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Full text of "Historia general de España, desde los tiempos mas remotos hasta nuestros dias. Por Don Modesto Lafuente"

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mSTORIá 6BHBBAI DB BSPAtA. 



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HISTORIA GINIRU 

DE ESPAM, 

K8M LOS TIUPM IA8 RDÍ9T0S liSTA lllIESTRdS MAB. 

POR DON MODESTO LAFÜENTE. 



TOIIIO IV. 



■ADRID* 

«STABLECailIENTO TIPOGRÁFICO DE MBLLAM, 

cill6de8iiUTenu9iii.8. 

MDGGCU. 



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I 



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HISTORIA GENEML DE ESP&M* 

SDAD MSOIA. 

LIBRO 1. 

CAPITULO XVU. 

ESTADO ITATBEUL TUCiEAU 

jm LA ESPAÑA ÁEABE T CRISTIANA. 

M 910 A 970. 

I. Reinos cristiaoos.— Progreso de la obra de la resUurscioo.— Lo que- 
so debió á cada monarca.— Débil reinado de Garda de Uon.— Vigor 
y arrojo de Ordeño II.— Tendencia de los castellanos bácia la eman- 
cipación.— Obispos guerreros do aquel tiempo.— Piedad religiosa y 
moralidad de los reyes.— Jaeces de Castilla.— Sistema de sucesión a/ 
trono.— Breves reinados deFruela I!, y de Alfonso IV.— Ramiro II. y 
Fernán González.— Lo que influyó cada uno en la suerte de la España ' 
cristiana.— Ordeño III.: Sancbo el Gordo y Ordeño el Malo.— Manejo 
de cada uno de estos príncipes: extraña suerte que tuYieron.— Ca^ 
tilla: Fernán González: cuándo y cómo alcanzó su independencia. — 
n. Imperio árabe.— Equivocado juicio de nuestros bistoriadoros so- 
bre su ilustración en esta época.— Grandeza y magnanimidad de Ab- 
derrabman ni.: generosidad y abnegación de A.lmudbaflár.— Magni- 
ficencia y esplendidez del Califa: prosperidad del imperio. — ^Alha- 
kem II.— Cultura de los árabes enaste tiempo.— Protección á las 
letras: progreso intelectual: cómo se desarrolló y á quién fué debi- 
do.!— Observación sobre las historias arábigas. 

L Ea la obra laboriosa y lenta de la restauración 
española, cada periodo que recorremos, cada respiro 
que tomamos para descansar de la fatigosa narracioa 



^f 1-2 872 Digitized by Google 



o ttlSTOBU DB EñTAÜa. 

de los lances, alternativas y vióisitudes de una lucha 
viva y perenne, nos proporciona la satisfacción de re- 
gocijarnos con la aparición de algún nuevo estado 
cristiano, fruto del valor y constancia de los guerre- 
ros españoles, y testimonio de la marcha progresiva 
de España háoia su regeneración. En el primero vi- 
mos el origen y acrecimiento, la infancia y juventud 
de la monarquía Asturiana: en el segundo anunciamos 
el doble nacimiento del reino de/Navarra y del 
condado de Barcelona: ahora hemos visto irse for- 
mando otro estado cristiano independiente, la sobera- 
nía de Castilla, con el modesto título de condado tam- 
bién. La reconquista avanza de los extremos al centro. 

Merced á la grandeza del tercer Alfonso de Astu- 
rias, Navarra se emancipa de derecho, y el primo- 
génito de Alfonso el Magno puede fijar ya el trono y 
la corte de la monarquía madre en León: paso sólido, 
firme y avanzado de la reconquista. ¡Asi hubiera he^ 
redado el hijo las grandes virtudes del padre, como 
heredó el primer rey de León las ricas adquisiciones 
del último monarca de Asturias I Pero el hijo que 
conspiró siendo príncipe contra el que era padre afee- . 
tuoso y monarca magnánimo, ni heredó las prendas 
paternales, ni gozó sino por muy breve plazo de la he- 
rencia real. A castigo de su crimen lo atribuyen nues- 
tras antiguas crónicas; propio juicio de quienes escri- 
bían con espíritu tan religioso. 

Vínole bien al reino su muerte, porque sobre ha* 



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PAftTB 11. LIBIO l« 7 

berse reincorporado Galicia á León con la sucesión de 
Ordoño 11.» acreditó pronto este príncipe que el cetra 
leonés había pasado á manos mas robustas que las de 
García su hermano. Los campos de Alange, de Méri-^ 
da, de Talayera, de San Esteban de Gormaz resona* 
ron con los gritos de victoria de los cristianos. Sin 
embargo, la batalla de Yaldejunquera demostró á 
Ordeno que no so desafiaba todavía impunemente el 
poder de los agarenos, y eso que pelearon unidos el 
monarca navarro y el leonés. Mas nía Sancho de Na- 
varra escarmentó^ aquel terrible descalabro, ni aco- 
bardó á Ordoño de León. Todavía el navarro tu va 
aliento para esperará los musulmanes en una angos- 
tura del Pirineo y vengar su anterior desastre, y to- 
davía Ordoño tuvo el arrojo de penetrar hasta una jor- 
nada de Córdoba, como quien avanzaba á intimar al 
príncipe de los creyentes: «Apresúrate á sofocar las 
discordias de tu reino, porque te esperan las armas 
cristianas ansiosas de abatir el pendón del Islam .i» Y ^ 
cuenta que imperaba en Córdoba Abderrahmao IILel 
Grande, y que mandaba los ejércitos mahometanos 
su tio el valeroso y entendido AlmudhafiEar. 

La prisión y ejecución sangrienta de los cuatro 
eondes castellanos ha dado ocasión á nuestros escrito^ 
res para zaherir ó aplaudir, según sus opuestos jui- 
cios, la se vera conducta del monarca leonés. Los unos 
cargan todo el peso de la culpabilidad ^obre los des- 
obedientes condes para justificar el suplicio impuesto^ 



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S HISTORIA DB BSFAJÍA. 

por el rey de León: los otros intentaa eximir de cul- 
pa á aquellos ma^Dates» para hacer caer sobre el mo- 
narca toda la odiosidad del duro y cruel castigo. Nos- 
otros, sÍD pretender eximir á los castellanos condes 
de la debida responsabilidad por la desobediencia á 
un monarca de quien eran subditos todavía, y por 
cuya falla de concurrencia pudo acaso perderse la 
batalla de Yaldejunquera, tampoco hallamos medio 
hábil de poder justificar el capcioso llamamien- 
to que Ordeño les hizo, ni menos la informali- 
dad del proceso (si fué tal como Sampiro lo cuenta) 
para la imposición de la mayor de todas las penas, lo 
cual se nos representa como una imitación de las su- 
marias y arbitrarias ejecuciones de Alhakem I. y de 
los despóticos emires de los primeros tiempos de la 
conquista, menos indisculpables en estos que en un 
monarca cristiano. Lo que descubrimos en este hecho 
es la tendencia délos condes 6 gobernadores de Cas- 
tilla á emanciparse de la obediencia á los reyes de 
León; tendencia que mal reprimida por el escesivo 
rigor y crueldad de Ordeño, habia de iBstallar no tar- 
dando en rompimiento abierto y en manifiesta esci- 
sión. Asi, mientras por un lado vemos con gusto es- 
trecharse entre las monarquías de León y Navarra las 
relaciones incoadas por Alfonso IIL y pelear ya jun- 
tos sus reyes, por otro empieza á vislumbrarse el 
cisma que habrá de romper la unidad de la monar- 
quía leonesa. 



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PAKTB II. LIBEO I. 9 

Lo que acerca de los prelados y sacerdotes de es« 
(a época dijimos en nuestro discurso preliminar ^^\ á 
saber» que solian ceñir sobre el ropage santo del 
apóstol la espada y el escudo del soldado, vióse cum- 
plido en el combate de Yaldejuoquera. Los musul- 
manes no debían maravillarse de esto, puesto que sus 
alimes y alcatibes peleaban también, y porque es- 
taban acostumbrados á ver batallar los obispos cris- 
tianos desde el metropolitano Oppas. Pero no dejaría 
de causarles estrañeza ver que uno de los obispos 
prisioneros era el prelado de Salamanca Dulcidío, 
aquel mismo Dulcidío que siendo simple presbítero de 
Toledo se había presentado en Córdoba indefenso y 
desarmado como apóstol de paz, encargado.de una 
negociación pacífica entre el califa Mobammed y el 
rey Alfonso IIL La Providencia parecía haber permi- 
tido la prisión de aquellos dos venerables pastores, 
como para enseñarlos que mejor estuvieran en sus 
iglesias alando el pasto espiritual á los fieles de su 
grey, que acompañando belicosas huestes en los cam- 
pos de batalla. Pocos a ños después,^ olvidado de este 
saludable aviso otro prelado, Sísnando de Gompostela, 
aquel turbulento obispo que fué á reclamar del 
virtuoso Rosendo la cesión de la silla episcopal con la 
punta de la espada, se ajusta los arreos del guerrero 
y sale á campaña, y la saeta de un normando le avisa 

\i) Tona. I. pég. 8á. 



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i o HISTORIA DB ESPASA^ 

á costa de la vida que no es el oficio de guerreador 
el que compete al ministro de un Dios de paz. Tales 
eran sin embargo las costumbres de aquel tiempo: y 
ái los medios de defender la fé no eran los mas apos- 
tólicos, el celo religioso que los impulsaba no puede 
dejar de reconocerse altamente plausible, y veremos 
por largos siglos á los ministros del altar creerse 
obligados á blandir la lanza en defensa déla religión, 
y al pueblo mirar á los sacerdotes de .Cristo como le- 
gítimos capitanes de los ejércitos de la fé. ¿Y cómo 
no babian de considerarlos asi, cuando se persuadian 
de que los apóstoles y los santos descendían del cielo 
á capitanearlos en persona y á esgrimir con propia 
mano el acero contra los enemigos de la cristiandad? 
Piadosísimo llaman todas nuestras historias á 
Ordeño II.; y asi era natural que calificaran al que 
erigió y dotó la catedral de Santa María de León, al 
que cedía para templo episcopal sus propios palacios,. 
y al que se desprendía de sus propias alhajas de oro 
y plata para colocarlas con su misma maneen los nue- 
vos altares. El palacio en que habitaban los reyes de 
León era un magnífico edificio abovedado que los ro- 
manos tuvieron destinado para baños termales. Hé 
aqui la historia religiosa de España. Al principio era 
un monje el que desbrozaba un terreno inculto para 
erigir sobre él una pobre ermita, que después un 
monarca piadoso convertía en catedral. Avanza la 
conquista y ya los monarcas cristianos pasan á ha- 



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PAmnn. libro i. II 

bilar tos edificios que antiguos dominadores gentiles 
habían hecho para su recreo; estos monarcas ceden 
después su propia morada para hacerla morada del 
Señor: las joyas de la corona van á adornar los altares 
de los santos: lugares y villas del dominio real se 
transfieren al de la iglesia por donación espontánea 
del rey, que quita y pone obispos y demarca los lí- 
mites de cada diócesis. De modo, que siendo los re- 
yes los que nombraban y deponian- obispos , los que 
fundaban y dotaban iglesias y monasterios , los que 
mandaban los ejércitos en persona» y los que admi^ 
nístrabán por sí mismos la justicia, venian á reasumir 
por la fuerza de las circunstancias las funciones pon- 
tificales, militares , políticas y civiles, del modo que 
por la organización de su código las ejercían los ca- 
lifas en su imperio. Pero la organización política de 
los estados cristianos no es invariable; ella se per- 
feccionará y se irán deslindando los poderes: la de 
los musulmanes es inmutable, y durarán los vicios 
radicales de su constitución tanto como dure la obce- 
cación de los hombres en la creencia de su falso 
símbolo **). 

Aquel Ordeno tan belicoso, aquel monarca (an 



(1) La catedral de León que zor, el maguífico templo que hoy 

edificó Ordooo II. en 916 no es, existe fué comenzado' en tiempo 

como muchos creen, la mísúaa que del prelado don Manrique, hijo 

boy por su grandeza y suntuosidad del coode don Pedro de Lara. 

arrebata la admiración de las gen- Véase Risco, Esp. Sagr.: t. 34 y 33. 
tes..De6trttida aquella por Almao- 



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42 HiSTOElA DB ESPAÑA. 

inexorable y tan severo en sus castigos, terminó su 
gloriosa carrera militar pagando un tríbulo á la de- 
bilidad Humana, enamorándose en su. postrera espe^ 
dicíon de la hija del rey de Navarra su aliado^ que 
hizo su tercera muger viviendo todavía la segunda 
aunque repudiada. La facilidad con que iremos vien- 
do á los reyes cristianos repudiar una muger legítima, 
divorciarse, casarse con otra en vida de la primera, 
sin que ni el pueblo mostrara escandalizarse ni los 
obispos dieran señales de oponerse, prueba el ensan- 
che de las costumbres de aquel tien>po eñ esta parte 
de la moral.. 

Fruela II. que sucede á sus dos hermanos no hace 
sino desterrar á un obispo y condenar á muerte á un 
hermano del prelado sin causa conocida. La lepra de 
que murió el rey dio ocasión á que el pueblo atribu- 
yera su pronta y asquerosa muerte á castigo del cielo 
por aquella doble injusticia: juicio tal vez mas reli- 
gioso que exacto, pero que prueba cómp condenaba 
el pueblo de aquel tiempo las injusticias, y que im- 
posibilitado de pedir cuentas al soberano que las co- 
metiera, volvía naturalmente los ojos al cielo, y le 
consolaba la fé de que había allí un rey de reyes que 
no dejaba impunes las injusticias de las potestades de 
la tierra. ¿Extrañaremos que este mismo instinto de 
moralidad social los condujera á buscar también en si 
mismos el remedio posible á sus males? En vista del 
duro comportamiento de Ordoño y de Fruela con los 



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PXRTB 11. LIBRO 1. 43 

condes , obispos y magnates , no nos maravilla que 
los castellanos , mas apartados del centro de acción 
de los monarcas leoneses, é inclinados ya á la inde- 
pendencia, trataran de proveerse de jueces propios 
que les administraran justicia con mas imparcialidad, 
ó por lo menos con mas formalidad en los procesos que 
la que aquellos reyes habian usado; principio del ejer- 
cicio, aunque imperfecto, de la soberanía, mientras no 
contaran con la fuerza para llevarla á complemento* 
Mientras la historia no haga evidente la no existencia 
áe los jueces de Castilla, la verosimilitud está en apoyo 
de la tradición y de los recuerdos históricos en que 
también se funda. 

Aunque Fraela IK dejaba al morir tres hijos, nin<- 
guno de ellos ciñe la corona: los grandes y prelados 
llaman á sucederle al hijo de Ordeno IL con el nom- 
bre de Alfonso IV. ¿Como los hijos de Ordeño no ha- 
bian sucedido antes á su padre? ¿Y cómo no suceden 
ahora á Fruela los suyos? ¿Qué sistema de sucesión á 
la corona se goardaba entre los reyes de León? Los 
hechos nos lo dicen: el mismo de los reyes de Asturias, 
el mismo del tiempo de los godos, y lo que es mas, casi 
el mismo que el de los árabes: sucesión generalmente 
consentida en la familia, libertad electiva en las per- 
sonas: las exclusiones de Alfonso el Gasto en el siglo IX. 
en Asturias, se ven reproducidas con Ordeño y Fruela 
en León en el siglo X. 

Y solo un alarde de libertad electiva pudo mover 



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1 4 HISTORIA BB BSPAIÍA. 

á los magnates leoneses á poaer la ooroaa en las sie-* 
Desde Alfonífo IV., príncipe á quien sentaba mejoría 
cogulla de monje que la diadema de rey» y mas afi^ 
clonado al claustro y al coro que á los campos de ba* 
talla y á los ejercicios militares. Sin embargo, la salida 
de Alfonso lY. del claustro de Sahagun para vestir 
otra vez las insignias reales de que se había despojado 
nos presenta un ejemplo práctico de lo que suelen ser 
las abdicaciones de los/eyes, aun aquellas que parecen 
mas espontáneas. 

Nos horroriza el recuerdo del terrible castigo im* 
puesto por Ramiro IL á su hermano Alfonso y á los 
tres príncipes sus primo-hermanos, y duélenos consi- 
derar que no ha bastado el trascurso de siglos para 
hacer desaparecer la horrible pena de ceguera here- 
dada de la legislación visigoda , antes la vemos apli- 
cada con frecuencia y con dufeza espantosa por nues- 
tros monarcas á los principes de su propia sangre y á 
sus deudos mas inmediatos^ Siglos bien rudos eran es- 
tos todavía. 

Mas si como cruel nos estremece Ramiro IL, co- 
mo guerrero nos admira y asombra; y asombrarfanos 
mas , si á su lado, no viéramos al mismo tiempo, al 
brioso Fernán González, á ese adalid castellano, que 
con su solo esfuerzo supo ganar para sí una monar- 
quía sin cetro y un trono sin corona. El ruido de los 
triunfos del monarca leonés y del conde castellano 
petietra en los salones del soberbio palacio de Zahara, 



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PAaTB 11. Lino I. 4 5 

y avisa á su ilastre huésped , el gran Miramamolin que 
decían los cristianos, el mas esclarecido y poderoso 
<ie los Beni-Omeyas, Abderrahman ni. , la necesidad 
de abandonar aquella mansión de deleites y de em- 
puñar la cimitarra si quiere volver por el honor hu- 
millado del Coran. Publica entonces el aighied , y 
acampa á las márgenes del Tormos el mas numeroso 
ejército musulmán que jamás se congregó contra los 
cristianos. Maboma y Abu Bekr no hubieran vacilado 
en encomendarle la conquista del mundo , porque 
menos numeroso era el que había subyugado la Per- 
sia, el Egipto y el África , y una sexta parte habia 
bastado para posesionarse de España dos siglos hacía. 
Conducíanle Abderrahman el Magnánimo y el vetera- 
no AlmadhafTar su tío, vencedores de Jaén, de Sierra 
Elvira, de Alhama, de Valdejunquera, de Zaragoza 
y de Toledo. ¿Cómo no habían de creerse invencibles? 
Al revés que en Guadalele, donde los soldados de 
Cristo eran los mas, los del Profeta los menos , en el 
Duero los guerreros del cristianismo eran infinitamente 
menos en número que los combatientes del Islam. Y 
sin embargó el Coran y elEvangelio van á disputar» 
se otra vez el triunfo en los campos de Simancas co- 
mo en los campos de Jerez. No importa la desigualdad 
del número á los cristianos: con las contrariedades de 
dos siglos se ha enardecido su ardor bélico , y son 
los vencedores de Osma y de Madrid. Antes de cru«* 
zarse las armas se eclipsa el sol, como si esquivase 



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W H15T0EIA DB ESPaKa. 

alumbrar el sangriento espectácalo que se preparaba: 
este fenómeno natural difunde el asombro en los dos 
campos, y todos sacan consecuencias fatídicas temien- 
do tener contra sí la ira y et en^jo del cielo , porque 
iodos son supersticiosos, cristianos y musulmanes. Da- 
se al fin la pelea, y la clara luz del sol de otro dia, 
mas resplandeciente ya de lo qué entonces los maho- 
metanos hubieran querido, enseñó á los cristianos con 
admiración suya el prodigioso número de infieles que 
en el campo habia dejado tendidos el filo de sus. espa- 
das. La larga tregua que después hubo de ajustarse 
entre Ramiro II. y Abderrahman III. prueba mas que 
las relaciones de batallas la pujanza que habia alcan- 
zado ya la monarquía leonesa. 

Aprovechó el califa esta paz para atender á la 
gimrra de África y para dotar al imperio de escuelas, 
de palacios y mezquitas, aprovechóla el rey de León 
para fundar monasterios y fundar iglesias ó reedifi- 
carlas. Esta era la marcha de las dos religiones y de 
los dos pueblos. 

Ramiro IL se despidió de los moros con otra ba- 
talla, de su hijo Ordeno transfiriéndole el cetro, y del 
mundo vistiendo el hábito de la penitencia. 

Con Ordeño III. , aunque sin culpa suya, comien- 
zan á romperse los lazos que unian á los diferentes 
gefes de los cristianos, y se conjuran contra el nuevo 
monarca su hermano, su suegro y su tio. Comprende- 
mos que á Sancho le punzara la ambición del reinar; 



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PARTE II. LIBRO I. l7 

(¡úe la política de Fernán González fuera debilitar la 
monarquía leonesa para labrar la independencia Cas- 
tellana: pero no alcanzamos loque pudo impulsar á 
García de Navarra á romper la buen^ armonía en que 
su padre habia vivido con tres reyes de León conse- 
cutivos. Ordoño en un arranque de indignación por 
la deslealtad de Fernán González su suegro se di- 
vorcia de la reina: único ejeiñplar que sepamos 
de una princesa que ha subido al trono en premio 
de un juramento de fidelidad de su padre, y que 
desciende de él en castigo de haber quebrantado su 
padre aquel mismo juramento; como si mas que reina 
fuese una prenda pretoria depositada en garantía de 
un conti'ato. 

Ocupa al fin Sancho por muerte de su hermano 
Ordoño III. el trono que anticipadamente habia inten- 
tado asaltar, y el conde Fernán González de Castilla 
tuerce repentinamente el giro dé su política, y de 
auxiliarquehasidode Sancho pretendiente, se muda 
en enemigo armado de SancAo rey; y es que quiere 
sentar en el trono á Urraca su hija, la repudiada de 
Ordoño III., que ha pasado á ser esposa del que va á 
ser Ordoño lY., todo por negociaciones de su padre 
Fernán González, que parecia especular en tronos con 
su bija. Es difícil bosquejar bien el complicado cuadro 
de sucesos que produjo la conducta incierta del volu- 
ble, ó si se quiere, del político conde. Merced á ella, 
Sancho el Gordo, siendo' ya rey legitimo ^ vióse des*. 
Tono IV. 2 



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48 HISTORIA DB BSPARa. 

tronado por el mismo que había querido hacerle rey 
intruso, y forzado á buscar un asilo al amparo de su 
tioGfircía de Navarra. 

Para que todo sea irregular y anómalo en esta 
época confusa y revuelta, Sancho el Gordo, destronado 
por los suyos, pasa de Pamplona á Córdoba á curarse 
de su inmoderada obesidad, y encuentra en la corte 
del califa médicos musulmanes que le restituyan su 
agilidad primitiva y un emperador mahometano que 
le ayude á recuperar su trono. Y el rey cristiano, de- 
puesto por un príncipe, un conde y un ejército cris- 
tiano, es restablecido por un sucesor de Mahoma y 
por soldados del Profeta. Cristianos y musulmanes 
sacrifican otra vez el principio religioso ó á la ambi- 
cionó á la política. Nopodia prosperar mucho la cau- 
sa de la fé cuando los cetros se conquistaban al abri*- 
go de los estandartes infieles» 

Ordeño el intruso huye cobardemente á Asturias, 
de donde le atrojan las armas victoriosas de Sancho: 
busca un refugio en Burgos, y los burgaleses le ar- 
rebatan su esposa y sus hijos y le envian donde su 
buena ó mala ventura le valiera; y Ordeno el Malo, 
rey sin trono, marido sin esposa, padre sin hijos, 
lanzado de León, arrojado de Oviedo, expulsado de 
Burgos, acaba sus días desastrosamente entre los 
moros, sin dejar otra cosa que la memoria de algunas 
tiranías que ejerció siendo rey, y el sobrenombre de 
Malo que leba conservado la posteridad. A pesar de 



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PAETB IL LlBftO U 19 

haber reíoado mas de tres anos, ni siquiera ha oble* 
nido an lugar en la cronologia. 

Parecía que Sancho debería haber perdido pres- 
tigio en el pueblo cristiano y devoto por haber debi- 
do la recaperacidn del trono á los auxilios de un ma- 
hometano. Pero Sancho obtiene del califa el permiso 
de trasladar el cuerpo del santo mártir Pelaydá León, 
y el pueblo leóoés entretenido con la solemne proce- 
sión de las santas reliquias olvida que tiene un rey 
por la gracia de Dios y del vicario de Mahoma. 

La traición y el veneno pusieron fin á los días de 
Sancho» y el rey cristiano que habia debido su salud 
¿ médicos musulmanes en la corte mahometana, pe- 
rece emponzoñado en su propio reino por un conde 
cristiano subdito suyo. La nobleza y la generosidad 
de los árabes correspondían entonces á la grandeza y 
á las virtudes desús califas; el imperio árabe estaba 
en su época de engrandecimiento. Las costumbres 
de los cristianos se resentían de las pasiones de 
sus príncipes y de sus magnates: el reino cristiano 
iba á entrar en un período de decadencia. Todo 
guardaba armonía. 

Descúbrese en la conducta de Fernán González 
que no se olvidaba nunca del fin á que lo encaminaba 
todo. De genio altivo y ánimo arrogante, conocedor 
de su propio valer, sabiendo lo que podía esperar de 
su corazón y de su brazo, amante de la independen- 
cia y alGrente de un piáis que pilguaba por adquirirla, 



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20 aiSTOBiA DE bspaSa. 

fijóse en el pensamiénlo de emaocipar á Castilla ¿ú 
los reyes de León, y de fundaren ella una soberanía. 
Achaque suele ser de los escritores apasionarse de los 
personages eminentes que nacieron en el mismo sue- 
lo que ellos y le ilustraron con hazañosos hechos y 
heroicas acciones, viendo solamente en ellos lo gran- 
de del héroe, nada de lo flaco dei hombre. No nos 
cegará á nosotros aquella circunstancia para dejar de 
reconocer que si grande fué el fio, justificado el pro- 
pósito, admirable la perseverancia, mucha la destre- 
za, asombrosa la actividad é indisputable el demiedo 
y el brio con que el conde castellano llevó á comple- 
mento su obra, no aparecen á nuestros ojos tan plau- 
sibles todos los medios qué empleó para realizarla. 
En su manejo con los monarcas de León Rami- 
ro II., Ordeño IIL, Sancho I. y Ordooo el Malo, asi 
como con el rey García de Navarra, auxiliando y 
contrariando alternativamente á unos y á otros, ó 
trabajando sncesivamente para entronizaré destronar 
áunos mismos, ó jurando fidelidad y quebrantándola, 
creemos que es n)eñester vengan muy en su auxilio 
las necesidades ó conveniencias de la política para 
neutralizar los juicios que pudiera inspirar la moral 
severa. Notamos no obstante con orgullo, entre otras 
nobles cualidades del conde Fernán González, la de 
úo haberse aliado nunca con los sarracenos ni transi- 
gido jamás con los enemigos de su patria y de su fé: 
cualidad que desearíamos poder sacar á salvo en mas 



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PARTE 11. LIBRO I. 21 

de UQ luouarpa cristiano y ea mas de uq celebrado 
campeón español de los que en la galería histórica 
irán apareciendo. 

Traigan también apasionados escritores la inde- 
pendencia de Castilla de lan antiguo como quipran. 
Nosotros, cíñéndonos á los datos históricos , no po-r 
demos anticiparla á la mitad del siglo X. , y á la 
época en que vemos al ilustre conde obrar ya de su 
cuenta y sin sujeción á las leyes de León, antes bien 
lanzando de aquel trono al monarca reconocido y 
colocando .en su lugar, siquiera fuese sin derecho, á 
un deudo suyo. No señalaremos el dia preciso en que 
Castilla pudo decirse independiente, porque no hubo 
dia de solemne proclamación, ni leemos ea parte al- 
guna que se alzaran en determinado dia pendones en 
las plazas públicas gritando : «¡Castilla por el conde 
Fernán González!» Castilla y su conde fueron ganan- 
do la independencia lentamente y de hecho al com- 
pás y en la escala á que los esfuerzos de Fernan- 
Gonzalez iban alcazando , y entre oscilaciones , al- 
ternativas y contraridades , á la manera de aquel que 
después de luchar con las vicisitudes de una enferme- 
dad penosa llega á encontrarse en buen estado de sa- 
lud sin que pueda señalar el momento preciso en que 
la recobró. 

Vamos ahora al imperio árabe. 

II. Nos es tanto mas necesario bosquejar la fiso- 
nomia del imperio musulmán en esta época, cuanto 



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22 IIISTMIA DB KSrAflA, 

qoe nuestros cronistas é historiadores apenas usan otro 
dictado que el de bárbaros para nombrar á nuestros 
dominadores árabes. Las creencias religiosas como las 
opiniones políticas saeteo de tal manera cegar la ra- 
zón de los hombres» qoe no les permiten ver en sus 
adversarios > ni calidad buena, ni acción digna de 
alabanza. Puede disculparse este apasionamiento en . 
los que fueron actores ó testigos presencíales de aque- 
lla lucha sangrienta, é injustamente por los estra« 
ios provocada. Nosotros , hombres de otro siglo, 
tan sinceramente religiosos como nuestros mayores, 
pero no perturbada nuestra razón ni enardecida con 
escenas qoe por fortuna no presenciamos , debemos 
juzgar con mas imparcialidad á los hombres de aquel 
tiempo, fuesen adversarios ó amigos. Por lo mismo 
que estamos mas tranquilos , tenemos obligación de 
ser mas desapasionados. 

Príncipes muy esclarecidos había dado ya la ilus-- 
tre estirpe de los Beni-Omeyas al imperio árabe-his- 
pano en el siglo y medio trascurridp desde su funda- 
ción en 756 hasta la muerte de Abdallah en 91 1 . Siete 
emires, ó sean califas, habian ocupado en este espa* 
ció el trono musulmán de Córdoba , y á pesar de los 
excesos y lunares de algunos de ellos , pocas dinastías 
reinantes pudieran presentar una serie de soberanos 
de tan altas dotes como lo fueron la mayor parte de 
los Ommiadas. Desde el primer Abderrahman , figura 
histórica bella y esbelta como la célebre palma que 



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«ARTB U. LIBRO I. 23 

plantó ea Córdoba por su mano, grande y colosal co^ 
mo.la soberbia mezquita que comenzó, pocos dejaron 
de señalarse ó por su ingenio ó por sud hechos de 
armas hasta Abderrahman liL, en que comienza el 
período en este nuestro capítulo comprendido. 

Acontecíale á Abderrahman III. de Córdoba lo 
que á Alfonso III. de Asturias. A ambos los hablan 
precedido dos ilustres principes de su mismo nombre 
cuya gloria y fama era muy difícil igualar, cuanto 
mas exceder. Pero los grandes hombres y los gran* 
des, ingenios nunca haVlan agostado el campo de la 
gloria, porque le fecundizan ellos mismos. Y asi como 
el tercer Alfonso supo elevarse sobre los dos predece- 
sores de su nombre^ asi el tercer Abderrahman halló 
todavía cosecha abundante de laureles que sus ante- 
cesores no hablan recogido. 

Todo fué grande en la exaltación de Abderrah- 
man 111. al califato, y todo hacía á los musulmanes 
augurar bien de su elevación. El viejo Abdallah dio 
una gran prueba de previsión y de tacto en procla- 
mar sucesor del imperio á un nieto sin padre, vas- 
- tago tierno cuyos frutos solo en lontananza era dado 
preveer , con preferencia á un hijo reputado ya de 
guerrero insigne, y con quien había compartido los 
cuidados del gobierno. Grandeza de ánimo y ab- 
negación admirable fué necesaria en Almudhaffar 
para verse pospuesto por su padre á un joven sobrino, 
hijo de un hermano rebelde , y no solo no darse por 



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24 UISTO&IA DB BSPAÑA. 

sentido, sino coastituirse de eotoDces para siempre ea 
el mas decidido sostenedor y en el mas firme y cons- 
tante auxiliar del proclamado. Y sobremanera rele- 
vante debia ser el mérito precoz del oieto del califa 
para ser recibido por el pueblo musulmán con tan 
unánime y universal aplauso. Guando un imperio 
cuenta en la familia de sus príncipes hombres de la 
previsión y tacto exquisito de un Abdallah » de las 
aventajadas prendas de un Abderrahman y de la ge- 
nerosidad y prudencia de un AlmudhaíFar, aquel pue- 
blo está en elcamíno seguro de engrandecimiento. 
Tal aconteció al imperio árabe-hispano.' 

Sin unidad y sin tranquilidad interior es imposi- 
ble que prospef'e un pueblo, y Abderrahman y Al- 
mudhañar se dedican á acabar con las anejas y enve- 
jecidas rebeliones que le. tenian desgarrado. Ambos 
rivalizan en energía: en el Mediodía el ano, en el 
Oriente el otro, á la presencia del prudente y simpá- 
tico Abderrahman, al brillo de la espada del intrépido 
y fogoso Almudhaffar tiemblan y huyen los insurrec- 
tos, las fortalezas enarbolan el pabellón del legiti- 
mo califa, y ni en los riscos de la Alpujarra ni en las 
crestas del Pirineo logran hallar abrigo seguro los re- 
beldes. Zaragoza, de tanto tiempo en poder de* los 
sediciosos; Toledo, segregada del imperio mas de 
medio siglo hacia ; Toledo con sus altos muros teni- 
dos por inexpugnables , to Jas abren sus puertas al 
emir Almumenim, y el' imperio árabe-español re- 



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PARTK 11. LIBRO 1. *" 25 

cobra la unidad rota hacía cerca de doscientos anos^ 
Mayor gloria para los cristianos, mayor lauro pa- 
ra Ramiro y Fernán González que han sabido humi-? 
llar en mas de una lid los estandartes muslímicos 
conducidos por guerreros como Abderrahman y Al- 
mudhaffar en el apogeo de su poder. Y de estar en 
el punto culminante de su poder daban testimonio los 
alminbares de las aljamas de Almagreb que resona- 
ban con el nombre de Abderrahman Alnasir Ledin 
AUah, gefe de los creyentes del imperio africano: 
dábanle las embajadas de los emperadores deBizancio . 
y de Alemania, de multitud de soberanos de Europa; 
dábanle las escuadras del califa que cruzaban los ma- 
res de Levante, y dábale el soldán de Egipto que ex- 
perimentó bien á su costa el poderío y pujanza del ' 
soberano cordobés. 

Si el sobrenombre de magnánimo con que los cris- 
tianos mismos apellidaban al tercer Abderrahman no 
indicara bastante cuál babia sido su conducta con ellos 
después de hecha la paz, publicáralo la hospitalidad 
generosa otorgada á Sancho el Graso, y su reposición, 
si acaso no del todo desinteresada, por lo menos con 
todas las apariencias de tal, en el trono leonés. ¿Hu- 
biera sido imposible que Abderrahman se enseño^ 
reara en todo ó en parte del reino de León , ^'si tal 
entonces hubiera intentado, á vueltas de las discor-i^ 
días que en aquella sazón ardian entre castellanos y 
leoneses? Pero fuese política > ó compasión al infor- 



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S6 illSTOaiA DB 98PA1ÍA. 

tunio» ó simpatía persoDal, é cuniplímienta fiel do 
algún pacto hecho con su favorecido, ú otra causa 
que ia historia no ha querido revelarnos todavía «^ con- 
cedámosle el mérito y á los cristianos la suerte de ha- 
berse contentado con el título honroso de protector, 
sin pretensiones ni reclamaciones de indemnización 
material. 

Unia Abderrahman á la magnanimidad la pasión á 
la magnificencia. Consignada la dejó en aquella ma- 
ravilla de los monumentos árabes, en el palacio es- 
plendoroso de Zahara, prodigioso conjunto de gran* 
diosidad y de belleza , morada de delicias y de en- 
cantos, que masque otra alguna parece representar 
los que una imaginación fantástica acertó á reunir en 
las Mil y una noches : con la diferencia que si estos 
fueron inventados para dar recreo y deleite con su 
lectura, los de Medina Zahara fueron una realidad 
según los testimonios históricos certifican. Los már- 
moles y jaspes, los artesonados y jardines de Zahara 
podrían ser obra de una loca prodiga.lidad ; imposible 
asociar á ella la idea de la barbarie , con que nuestros 
cronistas solian regalar en cada página á sus autores. 

CuandQ la Providencia quiere permitir el engran- 
decimiento de un imperio , alarga prodigiosamente 
los reinados de los monarcas mas ilustres. Mas de cin* 
cuenta años duró el de Abderrahman III. 

El de Alhakem II. su hijo fpé el reinado de las le- 
tras y de la civilización , como el de su padre habia 



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PAITR 11. Liimo 1. 27 

sido el de la grandeza y la expleodídez. Nombre de 
bellos recuerdos debió ser para los árabes este de Al* 
hakem 11. ¿Y dejaremos nosotros mismos de recordar 
con admiración las eminentes dotes de este esclarecido 
Ommiada por que fuese musulmán y^no cristiano? Es-* 
tó equivaldría á pretender neg9r el mérito de los Au* 
gustos, de los Trajanos, de los Adrianos y de los 
Marco-Anrelios, porque estos ilustres emperadores no 
hubiesen sido cristianos y sí gentiles. A la paz de Oc- 
la vioen la España romana sustituyó la paz de Alhakem 
en la España árabe, pero no sin que Alhakem, como 
Octavio César, diera antes pruebas de que si desea- 
ba la paz no era porque no supiese guerrear y venceri 
sino porque amaba mas las musas que las lides, los 
libros que los alfanges, los verdes laureles de las aca- 
demias que los laureles ensangrentados de las bata* 
lias, y nadie con mas gusto que Alhakem II. hubiera 
mandado cerrar el templo de Jano, si los hijos de 
Maboma hubieran conocido las divinidades y las eos* 
tumbres romanas. 

Yióse» pues, al cabo de mil anos reproducido en 
España bajo nueva forma el siglo de Augusto; con la 
diferencia que si en el de Augusto los talentos habian 
tenido además un Mecenas, en el de Alhakem cada 
walí y cada jeque aspiraba á ser un Mecenas protec** 
tor de los sábioi y amparador de los buenos ingenios. 
A los Sénecas, los Lucanos y los Marciales reempla- 
zaron los Abu Walid, los Ahmmed ben Ferag y los 



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Sí8 UISTOAIA DB. BSPAAa. 

Yahia beDHudbeil, y las églogas y las odas rcapare-*» 
cian con el nombre de casidas, como las célebres titu- 
ladas de las Flores y de los Huertos. La corte habíase 
convertido en una vasta academia; era Córdoba como 
la Atenas del siglo X., y la liberalidad, largueza y 
munificencia con que se premiaba las obras del inge- 
nio era tal que para creerla necesitamos verla por 
tantos y tan contestes testimonios confirmada. Pero 
compréndese bien á costa de cuántos sacrificios, de 
cuánta solicitud y de cuántos dispendios hybo de ad- 
quirirse aquella asombrosa colección de 400 ó 600 mil 
volúmenes manuscrístos que constituian la biblioteca 
del palacio de Meruan. 

Hay que advertir, noobstante, que ni este riquísi^- 
mo depósito de las producciones de la inteligencia, ni 
la civilización que en aquel tiempo llegaron á alcanzar 
ios árabes, fué obra de solo Alhakem H. ni de solo 
su reinado. La preparación venia de atrás, y era una 
semilla que habia ido desarrollándose y creciendo^ 
Desde que Abderrahman L fundó el califato español, 
propúsose la dinastía de los Beni-Omeyas aventajar 
asi en civilización como en material grandeza el impe- 
rio de sus implacables enemigos los Abassidas de Da- 
masco y de Bagdad. El primer Abderrahman habia 
buscado ya las mayores celebridades literarias para 
encomendarles la educación de sus hijos, los cuales 
esistian á los certámenes académicos, á las au- 
diencias de los cadíes y á las sesiones del dU 



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PAlUTB II. LlBkO t. 29 

V<an. Éi fundador del imperio masKmico de Occidente 
erigió ya multitud de madrissas ó escuelas, premiaba 
los doctos> y hasta nosotros han llegado los degantes 
versos que él mismo escribió con su pluma. Su hijo 
Hixem siguió las huellas de su padre y fomentó y 
propagó la enseñanza. Alhakem I., aunque sanguina- 
rio y cruel» era docto y le dieron el sobrenombre de 
ei Sabio. Abdérrahman II. oia y examinaba lass pro- 
ducciones literarias de sus hijos Ibam y Othman.- 
Del UI. hemos visto cómo llevaba á su corte los sa- 
bios de tqdas las partes del mundo y los colocaba en 
los cargos y puestos mas eminentes del estado, cómo 
iba siempre rodeado de un séquito numeroso de as- 
trónomos, médicos, filósofos y poetas distinguidos, y 
debíale Alhakem II. su esmerada educación literaria. 
Este califa, ilustradísimo ya y aficionado á las letras, 
alcanzó un período dichoso de paz ; y como el germen 
de la civilización existia , desarrollóse al amparo de su 
protección, al modo que las plantas crecen con lozanía 
cuando después de mucho cultivo y de copiosas llu- 
vias aparece un sol claro, radiente y vivificador. 

Una observación nos suministra la lectura de las 
historias arábigas. Ni un solo literato, ni un solo eru- 
dito xleja de ser mencionado por sus historiadores» No 
se verá que omitan jamás los nombres de los doctos 
que florecieron en cada reinado , con sus respectivas 
biografías y la correspondiente reseña de sus obras. 
Cítase con frecuencia el fallecimiento de un profesor 



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30 HUTOIU DB BftVAiU.^ 

distioguido como el acoutecimiento mas notable de qq 
año lunar. La narración de uo combate empeñado en- 
tre dos ejércitos se interrumpe jqú lo mas interesante 
para dar cuenta de que alli se encontraba, ó de que 
llegó á la sazón, ó de que murió á tal tiempo en cual* 
quier punto que fuese tal poeta ilustre ó tal astrónomo 
afamado. Conócese que estaba como encarnada en 
aquellas gentes la apreciapion del mérito literario , y 
asi correspoodia á un pueblo en que los califas eran 
eruditos, en que los príncipes eran bibliotecarios, y en 
que los guerreros soltaban el alfange con que habían 
combatido para empuñar la pluma y transcribir con 
ella las escenas mismas en que acababan de ser acto* 
res en los campos de batalla. 

Anticiparemos, sin embargo, aunque mas adelan- 
te tendremos ocasión de hacerlo observar , que era 
esta una ilustración mas brillante que positiva » mas 
superficial que sólida y mas poética que filosófica, con 
cuya prevención ya no nos maravillaremos tanto cuan- 
do la veamos desaparecer. 

Tal era el estado de los dos pueblos t musulmán y 
cristiano, cuando murió el ilustre Alhakem Almostan* 
sir Billah. Uno y otro van á sufrir grandes mudanzas 
y alteraciones en su situación física y moral. 



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CAPITULO XVIII. 

AUIANZOB BM c6bD0BA: 

BE BiM BO III. i ALFONSO V. BB LBOIT* 

Be 976 * 1002. 

Situación de los Iresreinos cristianos al advenimiento del califa Hizem II . 
— Menoria de Ramiro 111. de Lean.— Pónesele bajo la tatela de dos 
religiosas.-— Impradencias y desórdenes del monarca en sgr mayor 
edad.— Irrita á los nobles y prop!aman. á Bermado II. el Gotoso.— 
Almarzor primer ministro y regente del califato.-«-!mbecilidad del 
tierno califa.— Obra Almaozor como coberano del imperio.— Su na- 
cimiento: sos altas prendas: su conducta.— Jura eterna guerra á los 
oristianos.— Sus dobles campañas anuales.— ^Sus triunfos.- Fuga de 
Bermudo II. á Asturias.— *-Toma Almaozor á León y la destruye. — ^Sus 
victorias en África.— Conquista á Barcelona. -^Recóbrala el conde 
Borrell I|.— Descripción de las fiestas nupciales del hijo de Almanzor. 
—Los Siete Infantes de Lara.— Vence Alfnanzor y bace prisionero al 
conde Garda Fernandez de Castilla: su muerte.— Destruye el gran 
templo de Santiago de Galicia.— Triunfos de los musulmanes espa* 
Boles en Afr¡oa.-^lfuerte de Bermudo Ik de Leen.— Alfonso V.— 
Calamitosa situación déla España cristiana.— Alianza de los sobera- 
nos de León, Castilla y Navarra para resistir á Almanzor.— Befuer- 
zos que este recibe de Africa.^Famosa batalla de Galatañazor.— 
Glorioso triunfo de los cristianos.— Almtnz^ es derrotado después 
de veinte y cinco años de victorias, y de cincuenta batallas felices. 
— -Hueje en Medinaceli.— Epitafios de su sepulcro. 

Podemos anoncíar que llegamos á uoo de los pe* 
rfodos mas importantes de la domioaoioii sarracena en 
España. El nombre del personage que va á la cabe» 



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32 HISTORIA DB BSPAÑA» 

de este capítulo lo dice también bastante al que no 
sea del lodo peregrino en nuestra historia de la edad 
media. En el hecho mismo de ponerle al frente, no 
siendo Almanzor califa , damos ya en entender sufi- 
cientemente que no va á ser el califa , sino su primer 
ministro, el alma y el sosten del imperio musulmán 
y el gran competidor de los cristianos en la época que 
nos toca describir. 

Por una rara y singular coincidencia, de los cin- 
co estados independientes que se han formado en 
nuestra Península, á saber, el imperio árabe, los rei- 
nos de León y de Navarra, y los condados de Barce- 
lona y de Castilla , en los tres primeros y mayores 
reinan simultáneamente tres niños, Ramiro III. en 
León, Sancho Garcés el Mayor en Navarra, Hixem II. 
que ha sucedido á su padre Alhakem II. en Córdoba: 
acontecimiento nuevo para los tres reinos , de donde 
hasta ahora hemos visto excluidos los príncipes de 
menor edad. ¿Cuál de los tres tiernos soberanos pre- 
valecerá sobre los otros? Naturalmente habrá de pre- 
ponderar aquel que tenga la fortuna de ver deposita- 
das las riendas del estado que él no pueda manejar 
en manos mas robustas y vigorosas, el que vea enco- 
mendada la dirección del reino á persona de mas ta- 
lento y capacidad» la de la guerra á genio mas activo 
y emprendedor. 

Habíase confiado la tutela y educación del tierno 
monarca leonés y la regencia del reino á dos muge-» 



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PAETBIl. LIBRO 1. 33 

res, á dos religiosas, que lo era ya su lia Elvira 
cuando subió Ramiro III. al trono, y entró también 
después en el ctaustro su madre Teresa, ia viuda de 
Sancho L Por fortuna á la natural flaqueza del sexo 
supliá la piedad y discreción de estas dos mugere^, 
en términos que no solo marchaba en prosperidad' el 
estado bajo su gobierno, sino que en una asamblea 
de obispos y magnates celebrada en León (974) se die- 
ron gracias á Dios por los particulares beneficios que 
el reino disfrutaba bajo la acertada y prudente direc- 
ción de las dos piadosas princesas, y principalmente 
de Elvira, que era la que ejercía mas manejo en los 
negocios públicos^ hasta el punto de decir aquellos 
proceres^ que si por el s^exo era muger, por sus distin* 
guidos hechos merecia el nombre de varón ^*K En 
principios de virtud y en máximas de sana moral edu- 
caban las dos religiosas princesas á su real pupilo; 
ejercitábanse en piadosas obras y fundaciones; reme- 
diaban y corregían abusos, contándose entre sus me- 
didas la supresión que de acuerdo con los obispos hi- 
cieron de la silla episcopal creada en Simancas por 
Ordeño 11. contra los sagrados cánones que prohibían 
la existencia simultánea de dos cátedras episcopales er 
una misma diócesi. Prosperado hubiera el reino de 
León bajo el gobierno de tan virtuosas y discretas se- 



0) Ét quoniam seriptum est rorum ac [mminarum^ »et 

liieron aquellos ilustres ?arones) reoü credit et recle ágil eiiM 

Uta wm e$l diicretía afmd Do- hio vir nuncupalur, ele. Ri 

Hnum diversorum $exuum vi- Blp. Sag. iom. 34> pág. Sí83« 

Tomo IV. 3 



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34 HISTORIA DE ISPAÜA* 

ñoras^ si por una parte el príncipe do hubiera, á me- 
dida que crecía eu años, crecido también en aviesas 
inclinaciones, desyiádosede los saludables consejos 
de su madre y lia, y d^do rienda á sus pasiones ja* 
veniles y á los instintos de su natural soberbio y al? 
tivo; y si por otra parte el reino leonés hubiera podido 
conservar la paz que habían respetado Abderrah* 
man III. j Alhakem IL, y no se hubiera levantado 
en el imperio musulmán ub genio inquietador y beli- 
coso que habia de poner en turbación y conflicto todos 
los estados cristianos. 

Como si diera por perdido el tiempo que las dx- 
rectpras de su educación habían tenido enfrenadas 
sus malas tendencias y quisiera darse prisa á indem- 
nizarse, asi obró Ramiro IIL tan pronto como salió 
dé su menor edad. Con protesto de que no debía to- 
lerar que el reino continuara gobernado por mugeres 
y de querer manejar los negocios por sí mismo, eman- 
cipóse de sus dos prudentes ayas, contrajo matrimo- 
nio con una señora llamadaUrraca Sancha, de no co- 
nocida familia y no señalada por lo prudente; y lo 
que fué peor, juntando Ramiro á los caprichos y des- 
arreglos de su corla edad los ímpetus de un natural 
presuntuoso, despreciador de los grandes, no cum- 
plidor de las palabras y desatento y acre en las res*- 
puestas, ni instruido ni veraz ni discreto ^'^ de tal 

(4) Tal es el rHrato que de obispo Sampiro eo el número S9 
este principe dos ha dejado el de su Crónica. 



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PAKTB II. LIBAO I. 35 

manera disgustó y desabrió á ios condes y proceres 
de Galicia, Leoo y Castilla, yá de por sí poderosos y 
envalentonados, que los mas se le hicieron enemigos, 
y los de Galicia abiertamente se le rebelaron procla- 
mando á Bermado, hijo de Ordoño IIL y aun proce-» 
diendo á consagrarle como rey en la iglesia de ^n-* 
tiago (980)* Noticioso Ramiro de está novedad salió 
cdh sus tropas en busca de su competidor: encontrá- 
ronse ambas huestes en Pórtela de Arenas, donde se 
dio una batalla, en que murieron muchos de ambas 
partes, mas sin que se decidiera en favor de ninguna 
la victoria. Retiróse Bermudo á Cómposteia, y Rami^ 
ro, que de suyo no era muy belicoso ni esforzado, 
volvióse también á León* La muerte que á los dos 
años sorprendió á Ramiro dejó á su rival desembara- 
zado el camino del trono. Fué sepultado en San Mi- 
guel de Destriana, donde yaciasu al>uelo Ramiro II. ^^K 
Resonaba ya por este tiempo en toda España el 
nombre de Almanzor. ¿Quién era este famoso persona- 
ge que desde el principio se anunció tan terrible para 
los cristianos? Dirémoslo. 

(1) Suponen alguDos haber vi- rece no dejar lugar á duda los 
vido todavía Ramiro dos anos, fun- testimooios contestes de Sampiro, 
dados en tre» diplomas de este del Sítense, de Lucas de Tuy y de 
rey hallados en el monasterio de Rodrigo de Toledo. Debemos, no 
Sahagao, que llevan la fecha do obstante, advertir que asi en este 
984. Dada la autenticidad de estos reinado como en el que le sigue, 
documentos, resttltaria haberse re-^ se nota tal discordancia de fechas 
tirado á aquel monasterio después entre los autores, qee oo hay me- 
del reconocimiento de Bermudo dio fácil ni acaso posible de con- 
como rey de León. Mas en cuanto cfliarlos. El haber terminado Saín- 
á la duración de su reinado, pa- piro su luminosa crónica que tan- 



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36 ' HISTORIA DB B9PAÑA. 

Al morir el ilustrado califa Alhakem 11. había de^- 
jado (cosa extraña en aquella prolíñca familia) un solo 
hijo de poco mas de diez años, que á pesar de su 
corta edad fué sin oposición reconocido y jurado cali- 
fa por los grandes del imperio bajo el nombre de Hi^ 
xem^II.: primer ejemplo de una menoría en los ana- 
les del califato andaluz, como lo habia sido en los del 
reino de León la db Ramiro III. Hallábase á la sazón 
de hagib ó primer ministro aquel Giafar que tanto se 
habia distmguido en las guerras de África (976). Pero 
habia entre los vazzires de la corte un hombre que 
por su talento, por su afabilidad y gentileza se habia 
captado el favor y la confianza de la sultana Sobheya, 
la esposa favorita de Alhakem, la q^ue habia interve- 
nido en todos los negocios derímperio durante los úl- 
timos diez años, y' la sola muger que habia hecho un 
papel . político en la historia de los Ommiadas. El 
hombre que asi habia merecido la predilección de la 
sultana viuda, y á quien esta habia hecho sucesivamen- 
te su secretario íntimo y. su mayordomo, se llamaba 
MohameJ ben Abdallah ben Abí Ahmer el Moaferi: 
habia nacido en una aldea cerca de Algeciras; su pa- 



ta luz uod ha dado basta aqui, la nido á aclarar macho su oroaolo- 
faltado memorias dé aquel tiempo gía las historias arábigas ultima- 
do que 5a un respetable historia- mente publicadas, que ñor pvdie- 
dor 80 queja muy fundadamente, ron sor conocidas de aquellos res- 



y los errores introducidos por el potables escritores, y de ellas y 

cronista Pelayo de Oviedo, han desacote' ' /-:^-- 

podido ocasionar confusión tan resultan 

sensible. Felizmente conviniendo sucesos d 

casi todod en los hechos, han ve- mo siglo. 



cronista Pelayo de Oviedo, han de su cotejo con nuestras crónicas 
podido ocasionar confusión tan resultan bastante ilustrados loa 
sensible. Felizmente conviniendo sucesos del último tercio del déei- 



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VAftTB II. LIBRO I. 37 * 

dre había sido muy particularmente hoorado por Ab- 
derrahmaa HL, y su madre pertenecía á uqa de las 
mas ilustres familias de España. Había venido al mun- 
do en el mismo año de la famosa derrota de los mu- 
sulmanes en Simancas, «como si Dios (añade un his- 
toriador crítico) hubiera querido señalar y como com- 
pensar aquel desastre de los muslimes con el naci- 
miento del que habla de ser su vengador.» 

Este hombre, que ademas del favor de la sultana 
viuda, gozaba por su valor y prudencia de la consi- 
deración y el respeto de los vazziresde palacio, délos 
gefesde la guardia y* de los walíes de la provincias, 
fué nombrado por Sobheya primer ministro de su hi- 
jo sití quitar el título á Giafar, pero encomendando á 
su favorito la tutela de Hixem, y la regencia y direc- 
ción del imperio: ofendióse de ello Giafar, pero disi- 
muló su resentimiento. Yióse desdo entonces el impe- 
rio árabe en una situación nueva. La política de 
Almanzor, y lo que es mas estraño, la de la sultana 
madre, fué mantener al tierno califa en una ignoran- 
cia y como niñez perpetua para que ni^ conociera 
nunca su posición ni nunca pensara en emanciparse 
de la tutela en que se propusieron tenerle. Alejaron ^ 
de su lado los maestros á quienes su padre tenia fiada 
sQ educación, y rodeáronle de jóvenes esclavos que 
le tuvieran entretenido con sus juegos en los jardines 
deZahara. Ni Hixem pensaba en otra cosa que en di- 
vertirse, ni sü madre y tutor le permitían hacer mas 



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38 HISTORIA DE ESPAÑA. 

que órecer entrQ juegos y deleites, siempre encerrado 
en SQ alcázar, sin comunicar con nadie sino con los 
mucháchuelos de su edad; pues si en ciertos días se 
daba entrada en palacio á los vazzires, bacíaseles re- 
tirar en cuanto le saludaban, como suponiéndole en 
cierto estado de imbecilidad inteleotuaK De modo que 
el niño Haem era, mas bien que califa, un preso 
incomunicado, y solo por las monedas y oraciones se 
sabía que habla un califa llamado Hixem; pero el 
verdadero califa de becbo era Almanzor, que obraba 
en todo como si fuese el legitimo soberano, los decre- 
tos se publicaban en su nomíbre, que se esculpia tam-* 
bien en las monedas, y se oraba por él en las mez* 
quitas al propio tiempo que por el califa. 

Aunque su elevación babia sido del gusto de la 
mayoría de la$ vazzires y walíes del imperio, no fal- 
taron algunos que se mostraran hostiles, y uno de 
]os primeros cuidados del regente soberano fué irse 
deshaciendo de sus enemigos y rivales, castigando di- 
rectamente á unos, é indisponiendo mañosamente á 
los otros entre sí haciendo que se destruyeran mutua- 
mente. Al mismo tiempo ganaba á los poderosos con 
honores, á los soldados con larguezas, á los sabios 
colocándolos en altos puestos, siguiendo en esto el 
sistema y la poHtica de Alhakem. Si alguna medida 
odiosa se vela precisado á tomar, como la disminu- 
ción de la guardia slava devota de los Ommiadas, te- 
nía el ardid de hacer recaer su odiosidad sobre su 



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' PARTE 11. LIBEO |. 39 

compañero Giafar, deápresligiándole coa losMeruanes 
mismos. Y mientras meditaba como acabar de perder 
8ÍD estrépito áGiafar, tuvo la astncia de compróme-, 
ter á su hijo eti la guerra de África, negándole los 
auxilios que le pedia, y dando lugar á que cayera 
prisionero ^*K Así llegó á adquirir ttn grado de poder 
irresistible; poder que había de ser bien fatat á los 
cristianos, porque á la manera que Anibai había ju- 
rado sobre los altares de los dioses odio eterno é im- 
placable áRoma, asi Álmanzor había jurado por el 
nombre del Profeta acabar con los cristianos españoles 



(41 Ei erudito ori«nUI¡sU Do^ 
zy, en sus investigaciones sóbrela 
Historia política y literaria de 
España en la edad media, hace el 
siguiente retrato de Álmanzor, de 
quien ciertamente no se muestra 
upasióuado: #Un solo hombre lle- 
gó 00 solo é hacer impotente, al 
califa su señor, sino también á der- 
ribar ios nobles de entonces, ya 
que no la noblcia. Este hombre 
(]ue uo retrocedía ante ninguna 
infamia, ante ningún crimen, ante 
ningún asesinato, con tal de ar- 
ribar al objeto de su ambición; 
-este hombre, profundo político y 
el mas grande general de su tiem- 
po, idoio del ejercito y del paeblo, 
á quien la fortuna favorecía en to- 
das las ocasiones; este hombre era 
el terrible "primer ministro, el ha- 
ftib de Hixem II., era Álmanzor. 
Trabajando únicamente por afian- 
zar su propio poder, se contentó 
con asesinar sucesi Ya mente los ge- 
fes poderosos y ambiciosofi do la 
raza noble que lo hacían sombra, 
pero no trató de destruir la «rio- 
tocracia misma. Lejos do confiscar 



los biooes y tierras que esta poaeia, 
era por el pontrarío el amijgo de 
aquellos patricios que no lé inspi- 
raban temor, (pég. 2 y 3).» 

Cuenta mas adelante (pág. 208), 
como dos poderosos ^efes de. los 
euQucos slavos concibieron y tra- 
taron de realizar el proyecto do 
proclamar por sucesor do Alha- 
kem II. á su hermano AUMogírab, 
en lugar de su hijo Hixem, aun- 
que a condicioD de que aquel hu- 
biera de declarar á su vez sucesor 
del trono i su sobrino. Comunica- 
ron el proyecto al ministro Gíafar, 
el cual fingió aprobarle, pero ha- 
biéndolo revelado con el nn de to- 
mar medidas para conjurar ta 
conspiración á varios de sus ami- 
gos, y entre ellos á Mohammed 
beo Abi-Amar (después Álmanzor) 
éste se encargó dtr asesinar á Al- ^ 
Mogirah, <y estranguló al joven ' 
principe que aun no sabia la muer- 
te de su hermano.» Do este y 
otros sooseiantas hechos, que cüa 
taoDbien Almakar i, no dioe OBda 
Conde. 



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y no descansar hasta conseguir el esterminio de 
su raza. 
^ Con este designio bizo paces con los africanos, y 
' celebró con el ralímita Balkim, que tenia sitiada á 
Ceuta» un tratado de aniistad» por el que el emir 
africano se obligó á enviar anualmente al regente de 
España cierto número de soldados y caballos berbe- 
riscos; lo cual dio ocasión á que algunos murmuraran 
de que teniendo enemigos declarados en África se 
mostrase tan dispuesto á inquietar á los cristianos de 
Galicia y de Afranc, que años hacía estaí)an siendo 
fieles cumplidores délos tratos de pa^ hechos con 
Alhakem. Almanzor supo acalla» todas estas murmu- 
raciones» y cuando hubo recibido los primeros re- 
fuerzos de África, emprendió sus primeras escursio-^ 
nes por los territorios cristianos (977)^ dirigiéndose 
primeramente á la España oriental; dadas alli las 
convenientes órdenes para las sucesivas campañas á 
los walfes de aquellas fronteras, torció hacia las del 
Duero, y con las huestes de Mérida y de Lusilania 
hizo una incursión esploratoria en Galicia, taló campi- 
ñas, saqueó pueblos y ganados, hizo cautivos, y se 
volvió impuoemente á Córdoba satisfecho del éxito de 
sus primeras' algaras ^'^ 



(4 ) Ed este mismo ano so acabó «Ed el nombro de Dios ciernen- 
en Ecüa el acuedaeto qao había te y misericordioso, mandó edifi- 



mandado hacer la sulüina madre, car esta acequia la sefiora, en- 
y eif él se puso la inscripción sí- grandézcala Dios, madre del Prin- 
gttiente: cipe de los creyentes el foToreoido^ 



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PABTB I». LIDBO I. 44 

Y síd embargo, jio eran estas correrías sino el 
preludio y como el ensayo de otras mas serías y ter- 
ribles espedicionesqae meditaba. Desembarazado de 
los rivales que podia iemer, á excepción de Giafar, 
casi el únicq que quedaba; dueño de la confianza de . 
Sobheya; reducido á la nulidad el califa Hixem; 
contando con los socorros de África, y obrando ya en 
fin con la autoridad de un soberano, podo dar princi- 
pio á la realización de sus proyectos y de su plan de 
campaña, que consistía, como después se vio, en ha- 
cer por lo menos dos ii;rnpciones anuales en tierras 
cristianas, invadiendo alternativamente ya el Norte, 
ya el Oriente, con la velocidad del rayo, y dejándose 
caer* repentinamente alli donde menos le podían es- 
perar. Tocó á León y 6alici« sufrir el ímpetu de la 
primera irrupción (978). En manos aquel reino de un 
monarca niño y de dos piadosas mugeres, no prepar 
rado por otra parte á la guerra, y acostumbrado á la 
paz en que Alhakem le había dejado vivir, poca re- 
sistencia podía oponer, al intr épido guerrero musul- 
mán, ^el cual volvió á Córdoba llevando consigo 
porción de jóvenes cautivos de uno y otro sexo, sien- 
do recibido con grandes demostraciones de entosias- 
mo. Entonces fué cuando, al decir de varios autores, 

de Dio8, Hixem, hijo de Alhakem,^ prefecto cadl de loe pueblos de la 

prolongué Dios <u permanencia, cora (coma rea) de Bcija y Carmo- 

esperando por ella copiosas y na y dependencias de su gobier do, 

grandes recompensas de Dios: y se Abmed ben Abdallab ben Muza» 

acabó con la ayuda y socorro de en la luna de Rebie postrera del 

Dios por mano do su artifice y año 307.» 



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42 HISTORIA DB BSfAÍLA. 

se díó á Mohammed el Ululo de Alnaanzor fEl Man^ 
sur)y el Valeroso, el Defensor ayudado de Dios. 

O muy desinteresado ó muy político Almanzór, so 
recogía para sí otro frblo de estas espedí^iones que la 
gloría de haber vencido: el botin distribuíalo todo 
entre los soldados, sin reservar mas que el quinto 
que tocaba por la ley al califa, y la estafa ó derecho 
de escoger que se dejaba ^ los caudillos. Hombre de 
memoria y retentiva, conocía á todos sus soldados, y 
conservaba los nombres de los que se señalaban y 
distinguían: hábil en el arte de ganarse sus volunta- 
des, inspeccionaba personalmente ios ranchos de to- 
das las banderas, restableció la costumbre de dar 
banquetes á las tropas después de cada triunfo, f 
convidaba á su propia mesa á los que se habían dis- 
tinguido'' en él campo de batalla. \Y ay del que se 
atreviera á murmurar de su liberalidad para con los 
soldados! En la expedición que con arreglo á su sis- 
tema hizo en la primavera de 979 á las provincias 
fronterizas de la España oriental, fué tan pródigo en 
la remuneración de las huestes que le siguieron, que 
hubo de quejarse el hagib Giafar de lo poco que del 
quinto del botín, llamado el lote de Dios^ había in- 
gresado en el tesoro. Súpolo Almanzor,. y sirvióle de 
buen pretesto para desembarazarse del único compe- 
tidor que le quedaba, redújole á prisión, confiscóte 
todos sus bienes á nombre del califa, y le despojó de 
todos sus honores y empleos. Cuatro anos mas tarde 



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PAETB II. LIBEO !• 43 

corrió la voz de que Giáfar babia muerto de ponsun- 
cion y de melancolía. Historiadores hay que suponen 
haber tenido mas parte en su muerte la voluntad de 
Almanzor que ninguna enfermedad. 

Pero tan espléndido como era con los soldados, 
tanto era de severo y rígido en la disciplina. Dice 
Almákari, que cuando les pasaba revista» no solo los 
hombres estaban en las filas inmóviles y conio clava- 
dos, sioo qae apenas se oia un caballo relinchar. 
Cuenta que habiendo visto un dia relumbrar una es-^ 
pada al extremo de una línea faltando á la uniformi- 
dad del movimiento» hizo llevar á su presencia al 
culpable, el cual interrogado por su falta, dio una 
escusa que no pareció suficiente á Almanzor, y en el 
acto le mandó decapitar, y que su cabeza fuera pa- 
seada por delante de todas las filas para escarmiento 
de los demás. Al mismo tiempo era clemente con los 
vencidos y no permitía ni hacer daño ni cometer, vio- 
lencias con la gente pacífica y desarmada. Su política 
coní los cristianos, á quienes por otro lado deseaba 
exterminar, la confiesan nuestros mismos cronistas. 
«Lo que sirvió mucho á Almanzor, dice el monje de 
Silos, fué su liberalidad y sus larguezas, por cuyo 
medio supo atraerse gran número de soldados cris- 
tianos: de tal manera hacia justicia, que según he^ 
mos oido de boca de nuestro mismo padre, cuando 
en sus cuarteles de invierno se levantaba alguna se« 
dicíon, para apagar el tumulto ordenaba primero el 



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44 IIISTOBIA DB ESPAÜA. 

suplicio de un bárbaro que el de un crisliano ^^^» 
Este hombre singular, cada vez que volvia del 
campo de batalla, hacía que al entrar en su tienda le 
sacudiesen con mucho cuidado el polvo que habían 
recogido sus vestidos, y- lo iba guardando en una 
caja hecha al efecto, la cual constituía uno de los 
muebles mas indispensables y de mas estima de su 
equipage, con ánimo de que á su muerte cubriesen 
en la sepultura su cuerpo con aquel polvo, sin duda 
por aquello de la Sura ó capítulo IX. del Coran: 
«Aquel cuyos pies se cubran de polvo en el camino 
de Dios, el Señor le preservará del fuego.» 

Tal era el nuevo enemigo que de repente se habia 
levantado contra los cristianos. Con esto llegó á en- 
tusiasmar de tal suerte á los musulmanes, que todos 
á porfía pedian alistarse en sus banderas, y no eran 
los menos entusiastas los africanos berberiscos, á 
quienes daba una especie de preferencia /y de quie- 
nes llegó á hacer el núcleo y la fuerza principal de su 
ejército. Supónese que en una revista general que 
pasó en Córdoba contó hasta doscientos mil ginetes y 
seiscientos mil infantes: cifra prodigiosa que no pue- 
de entenderse fuese toda de tropas regimentadas, sino 
de lodos los hombres dispuestos á tomar las armas en . 
los casos necesarios. Tenia, si, un grande ejército ac- 
tivo y permanente que le acompañaba en todas las 

(4) Mon. Silens. Cbron. n. 70. 



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PAKTrU. UBBO I. 45 

espediciones, el cual se engrosaba ademas con la 
gente de la frontera por donde hací a cada invasión. 
Annqnesus irrupciones eran inciertas * acometiendo 
indistinta é inopinadamente ya un punto ya otro, in- . 
vadia con mas frecuencia la Castilla y la Galicia que 
la España oriental. Llevaba siempre consigo á su hijo 
el joven Abdelmelik para acostrambrarle á los ejerci- 
cios y á las fatigas déla guerra. El lector compren- 
derá lo difícil que debía ser para los escritores de 
aquellos tiempos dar cuenta de todas las campañas de 
este hombre esencialmenVe guerrero, que sin contar 
mas que las dos espediciones anuales que infalible- 
mente realizó, resulla liaber hecho en veinte y seis 
anos de gobierno cincuenta y dos invasiones por lo 
menos en tierras cristianas. Las principales de ellas^ 
sin embargo, han quedado consignadas, ya en nues- 
tras historias, ya en las crónicas árabes. 

I^s de los primeros años no podían menos de ser 
felices para el ministro regente, descuidados los cris* 
tía nos, desavenidos entre sí^ y ocupando el trono de 
León un rey joven, de pocCatinada conducta, y no 
muy querido del pueblo. Debió, no obstante, el pe- 
ligro mismo y la necesidad obligarlos á apercibirse y 
fortalecerse cuando las mismas crónicas muslímicas 
> nos hablan de una campaña en el año 370 de la he- 
gira <*^ en que habiéndose encontrado Frente á frente 

(f ) Este 8D0 árabe compren- 6 de julio de 984 del soo cristiano, 
dio deade el 16 de julio de 980 al 



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46 HISTOEIA DB BftPAÑl. 

los dos ejércitos cristiano y sarraceno, ocurrieron 
circunstancias dignas de especial mención. 

Hallábase Almanzor, dicen« á la vista de una po- 
derosa hueste de cristianos de Galicia y Castilla en el 
año 370: trababan los campeadores de ambos ejércitos 
frecuentes escaramuzas mas ó menos sangrientas y 
{K)r6adas. En esta ocasión preguntó Almanzor al es- 
forzado caudillo Musbafa «(¿Cuántos valientes caba- 
lleros crees tú que vienen en nuestra hueste?— Tú 
bien lo sabes, le respondió Mushafa.' — ^¿Te parece que 
serán mil caballeros? volvió á preguntar Almanzor. — 
No tantos. — ^¿Serán quinientos?— -No tantos. — ^¿Serán 
ciento, ó siquiera cincuenta?— -No confío sino en tres; 
respondió el caudillo.» A este tiempo salió del campo 
cristiano un caballero bien armado y montado, y 
avanzando hacia los muslimes, «¿Hay, gritó , al- 
gún musulmán que quiera pelear conmigo?» Presen- 
tóse en efecto un árabe, peleó el cristiano con él y le 
mató. «¿Hay otro que venga contra mí?» volvió á 
gritar el cristiano» Salió otro musulmán, comenzó el 
combate, y el cristiano le mató en menos tiempo que 
al primero. «¿Hay todavía, volvió á esclamar el cris- 
tiano, algún otro, ó dos ó tres juntos, que quieran ba- 
tirse conmigo?» Pre^ntóse otro arrogante musulmán, 
y á las pocas vueltas, dice su misma crónica, le derribó 
el cristiano de un bote de lanza. Aplaudían los cris- 
tianos con algazara y estrépido, desesperaba el despe 
cho y la indignación á los muslimes, y el cristiano 



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PABTE II. LlBBOl» 47 

volvió á SU campo, y al cabo de breves mocDentos 
viósele reaparecer en otro caballo do menos hermoso 
que el primero, cubierto con una gran piel de tigre, 
cuyas manos pendían anudadas á los pechos del ca- 
ballo, y cuyas uñas parecian de oro. «Que no sal- 
ga nadie contra él, esclamd Almanzor.» Y llamando 
á Mushafa le dijo: €¿No has visto lo que ha hecho 
este cristiano todo el dia? — T^ he visto por mis ojos, 
respondió Mushafa, y en ello no hay engaño, y por 
Dios que el infiel es muy buen caballero, y que 
nuestcos muslimes están acobardados.-^*-Mejor dirias 
afrentados, repuso Almanzor.» 

En esto el esforzado campeón con su feroz ca- 
ballo y su prepiosa cubierta de piel se adelantó y 
dijo: c¿No hay quien salga contra mí?*— Ya veo, 
Mushafa, esclamó Almanzor, ser cierto lo que me 
decias, que apenas tengo tres valientes caballeros en 
toda la hueste: si tú no sales, irá mi hijo, y sino iré 
yo, que no puedo sufrir ya tanta afrenta. — Pues ve- 
rás, replicó Mushafa, que'pronto tienes á tus pies su 
cabeza, y la erizada y preciosa piel que cubre su ca- 
ballo» — Asi lo espero, dijo Almanzor, y desde ahora 
te la cedo para que con- ella entres orgulloso en el 
combate.» Salió Mushafa contra el cristiano y este lé 
preguntó: «Quién eres tá y á qué clase perteneces 
entre los nobles muslimes?» Mushafa blandiendo la 
lanza le respondió: «Esta es mi nobleza, esta es mí 
prosapia.» ^Pelearon, pues, ambos adalides con igual 



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48 filSTOBIA DB BSVAHa. 

brío y esfuerzo, hiriéodose de rudos botes de lanza, 
revolviendo sus caballos, parando los golpes, y en- 
trando y saliendo el uno contra el otro con admirable 
gallardía. Pero el cristiano estaba ya cansado, y 
Mashafa, jóvea y ágil, acertó á revolver su corcel 
con mas presteza, y dando una mortal lanzada á sti 
valiente competidor logró derribarle del caballo: saU , 
tó Mushafa del suyo, y le cortó la cabeza y despojó al 
caballo déla hermosa piel, y corriendo con uno y 
otro despojo A Almanzor, fué recibido de este con un 
abrazo, é hizo proclamar su nombre en todas las 
banderas del ejército. Dada después la señal del com- 
bate, empeñáronse ambas huestes en , sangrienta ba- 
talla, que vinieron á interrumpir las sombras de la 
noche. Al dia siguiente los cristianos no se atrevieron 
á volver á la pelea, y se retiraron al asomar el dia. 
Almanzor volvió triunfante á Córdoba (*^» 
' Las dos irrupciones del año siguiente (de julio 
de 984 á junio de 982) fueron también sobre Castilla, 
que los árabes seguian nombrando. Galicia. El fruto de 
la primera fué la toma de Zamora, con otras cien for- 
talezas y poblaciones, cuyas murallas hizo abatil*. Los 
cautivos de ambos sexos, los ganados y despojos qne 
Almanzor cogió en esta campaña fueron tantos, que 
al decir de sus historiadores faltaban carros y acépi- 



(4) Conde, cap. 97« iLásiima so castellano, digdo de figurar cd- 
grande que do noa baya sido tras- tre loa héroes de ios tiempos ho- 
mitido el nombre de aquel valere- mérieosl * 



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»ARTB II. LIBRO U 49 

las en que llevarlos, y cada soldado tuvo ocasión de ' 
saciar bien sa codicia. Dicen qae Almanzor entró en 
Córdoba precedido de mas de nneve mil cautivos que 
iban en cuerdas de á cincuenta hombres , y que el 
walf de Toledo Abdala ben Abdelaziz llevó á aquella 
ciudad cuatro mil, después de haber hecho cortar en 
el camino igual número de cabezas cristianas, si bien 
esta última circunstancia no la dan por tan segura , ó 
al menos apareptan tener para ellos mismos el carác- 
ter de rumor. No fué tan feliz el incansable eneofiígo 
de los cristianos en la espedicion del* otoño de aquel 
mismo año« Sin oposición ni resistencia habia pasado 
el Duero el ejército musulmán y llegado á las fron-» 
dosas márgenes del Esla, pero no sin que los cristia-* 
nos los siguiesen y observasen desde las alturas. Alli^ 
creyéndose seguros los sarracenos, dejaron sus ca- 
ballos forragear libremente y qué paciesen la yerba 
que entre espesas alamedas viciosa crecía, y entrega^ 
ronse ellos también descuidadamente al solaíz en aque- 
llas frescuras. Los cristianos que los atalayaban apro* 
vecharon tan buena ocasión y cayeron impetuosa-» 
mente sobre ellos esparciendo con sus gritos de guer- 
ra el terror y el espanto en el campo enemigo. Los 
mas valientes corrieron á las armas y quisieron pre- 
pararse ala defensa, pero la multitud despavorida 
huyendo sin dirección y sin concierto, atrepellando 
los de la primera á los de la segunda hueste de las 
dos en qué estaban divididos los árabes, dio ocasioa 
Tomo iv. 4 



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fio msrmiA db bspaüa. 

á qo6 las espadas de los crístianos se cebaran en la 
sangre de sus confiados enemigos. En este estado, 
bramando de despecho Almanzor, arrqja ai suelo su 
dorado turbante, y llama á toz en grito por sus nom« 
bres á los mas esforzados caudillos:^ estos al ver la 
cabeza de Almanzor desnuda y sus desesperados ade- 
manes , se agrupan en derredor suyo, y tanto supo 
enardecerlos con sus enérgicas palabras y con el ejem- 
plo de su desesperado arrojo, que revolviendo sobre 
los cristianos ios persiguieron hasta encerrarlos en 
León (Medina Leyonis), y hubieran acaso penetrado en 
la ciudad» si una borrasca repentina de nieve y gra* 
nizo no los hubiera obligado á suspender la marcha y 
á pepsar en retirarse por temor á la cruda estación del 
invierno que se anunciaba ^^^ 

¿Cómo era posible que Almanzor en su orgullo 
pudiera olvidar ni dejar sin venganza el descalabro 
del Esla? Desde entonces su pensamiento, su idea 
dominante fué la de destruir la corte de los crístia- 
nos. Preparóse á ello como para una grande empresa 
haciendo construir en Córdoba ingenios y máquinas 



(1) Monach. Silens. Chrocu rey«s, ínfiriéodose qao ni uno ni 

D. 71. — Coade, cap. 97.«->Gomo oiro se haUaroo proaeotes ai com- 

esle suceso acaeciese el aoo en bate. Si hemos de creer ud a iodi«> 

que dejó d« reinar en León Baoii- cacton dei Cronicón Iriensa (n. 42), 

ro ni., y en que fué entronizado Almanzor obraba acaso de acuerdo 

Bermado ll.« oo se sabe con cer- con Bermudo, á quien este parece 

teza en cuál do los dos reinados había hecho ofrecimientos porque 

ocurriese , y di&dase mas porque le ayudara á poteaioiiarae del rei- 



ninguna crónica árabe ni crisiia- no de Leoo 
na nombra é nioguno de los dos 



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PAETBII. UBM 1. 84 

de batir sobre el modelo de las* romanas; que eraa 
los muros de Leoo altos y gruesos^ flanqoeados de 
elevadas torres y defeodidospor puertas de bronce y 
de hierro. Provisto ya de maquiaaría» y congregadas 
las huestes de Andalucía» de Mecida y de Toledo^ y 
lo que era mas sensible, acompañado dé algunos con^ 
des tránsfugas cristianos ^^\ partió al año siguiente A 
las fronteras de León y Castilla resuelto á tomar á 
toda costa la ciudad. Reinaba ya en ella Bermudo II. 
llamado el Gotoso» por la enfermedad de gota .que 
padecía. Si antes había hecho el hijo de Ordeño III. 
algún concierto con Almanzor, debió conocer ahora 
que no iba el guerrero musolman dispuesto á respe- 
tar antiguas relaciones. Asi hubo de persuadírselo el 
nuevo monarca leonés cuando se resolvió á abando- 
nar su apetecida capital y á refugiarse á Oviedo, lle- 
vando consigo las alhajas do las iglesias, las reliquias 
de los santos, y los restos mortales de los reyes sua 
mayores: triste y melancólica procesión, que recor- 
daba los días angustiosos de la pérdida de España ^^K 
Con todo eso no fué ni pronta ni fácil la toma de 
la ciudad, cuya defensa habi^ quedado encomeadadiBi 
al valeroso conde de Galicia Guillermo González. Eran 
ya los bellos dias de la primavera de 984 cuando 
Almanzor, estrechado el cerco, hizo jugar incesante- 

(4} Pelagü Ovetens. Chron. agritudine nimium gravatut^ 

p. 468. cum nou pos$ei bárbaro obviare^ 

(2) Rex autem Veremundus se recepii Ovetum, 
(dice LiiOBS de Tuy), podagrica 



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&S HISTOUA DB BSPAÍA. 

meóle todas las máquinas contra los muros y puertas 
de León. Por espacio de algunos dias^ fingió el caudi- 
llo mahometano atacar por la parte de Oeste para si- 
mular el verdadero ataqae que babia dispuesto por 
el Sar. Ya logró derruir una parte de la muralla» y 
las ferradas puertas comenzaban á bambolear. El 
conde Guillermo, enfermo y poslradot quebrantadas 
sus/uerzas con las largas fatigas» avisado por los su« 
yos del aprieto en que se vejan, hfzose ajustar suar^ 
madura y conducir en silla de manos desde el lecho 
en que yacía á la parte mas amenazada del muro y 
donde el peligro era mayor. Desde alli alentaba á los 
bravos leoneses á que defendieran con brío su ciudad, 
sus haciendas, sos vidas y las de sus hijos y muge- 
res. A sus enérgicas exhortaciones se debió la resis^ 
tencia heroica de los últimos tres dias. Irritado Al- 
manzor con la obstinación de aquellos valientes, ante 
cuyas espadas caian diezmados en las brechas los 
soldados musulmanes, fué el primero que pei^etró 
dentro de la ciudad con la banderat en una mano y el 
alfange en otra: siguiéronle multitud de sarracenos: 
el intrépido, el brioso, >el imperturbable Guillermo 
pereció en su puesto al golpe de la cimitarra de Al- 
manzor. Vino la noche, y pasáronla todavía los ala« 
rabes sobre las armas sin atreverse á penetrar en^ el 
corazón de la ciudad. A la primera hora de la mañana 
siguiente comenzó el saqueo y el degüello general, 
de que no se libraron ni ancianos, ni rougeres, ni 



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PAETB II. LIBIO I* S3 

niños: jamás en dos siglos y medio de guerras áes^ 
de que habia dado priocipio la restauración había sa- 
rrído ningún pueblo cristiano tragedia igual ^^K Las 
bronceadas puertas fueron derribadas, y los maci* 
zos muros en gran parte arrasados por orden de 
Almanzor. 

Astorga» la segunda ciudad de aquel reino, fué 
también tomada, no sin porfiada resistencia. «Pero 
sus defensores, añade el historiador árabe, trabaja* 
ron en vano, pues Dios destruyó sus fuertes muros y 
gruesos torreones.*» No pasó por entonces mas ade*- 
lante aquel genio de la guerra; rá^^ido en sus con*^ 
quistas y constante en su sistema de expiediciones, 
logrado su principal objeto volvióse á Córdoba, si 
bien destruyendo al paso á Exlonza, Sahagun, Si- 
mancas y algunas otras poblaciones ^^K Terrible en 
verdad habia sido esta campana para los cristianos. 
Era la primera vez desde Alfonso el Católico que et 
estandarte de Mahoma ondeaba en la capital de ia 
primitiva monarquía. Quedaban por alli reducidos 
sus límites á los que tuvo en los primeros tiempos de 
la recooquiista. 

Hombre político era Almanzor al mismo tiempo 



(4) . Lac. Tadeos.ChroD. p.89. testimonios de Locas de Tuy y do 

-^ODde, cap. 07. Pelayo de Oriedot este último di- 

{%) No' sabemos con gué fon- ceespresaneote: Aviurias, Go- 

dameoto pudo decir Mariana que llmciam et Berixum non intravit, 

tomó también los castillos de AWa, Lunam, Alvam, Gordonem non 

Lona, Gordon y otros que res-* intravit. 



guardaban á Asturias, contra los 



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'54 HltmUA DB ESPAÑA. 

que guerrero. Eo el tiempo que después de sos ex* 
jiedicioDes descaosaba ea Córdoba, su casa era una 
especie de academia á que asistían ios poetas y sá* 
biost á ios cuales iodos trataba con ia mayor bene- 
volencia y consideración» y sus obras iaá premiaba 
con tanta liberalidad como hubieran podido hacerlo 
los dos últimos califas. El estableció una especie de 
universidad ó- escuela normal para la enseñanza su* 
perior» en que solo entraban los hombres ya ilustres 
por su erudición ó por las obras de un mérito espe* 
cial y relevante, y él mismo solia concurrir á las au* 
las y tomar asiento entre los alumnos, sin permitir 
que se interrumpieran las lecciones ni á su entrada ni 
á su salida, y muchas veces premiaba por «i mismo á 
los discípulos sobresalieates. Estrana amalgama esta 
que vemos en los árabes, tan dispuestos para pelear 
en los campos de batalla como para discutir en las 
academias, tan aptos para las letras como para la 
milicia, para la pluma como para la espada. 

Entretanto el imbécil califa Híxem, aunque meso 
ya de diez y ocho años, continuaba betlame^te apri- 
sionado en su palacio de Zahara y sus deliciosos jar- 
dines, sin que nadie pudiese verle sin licencia de su 
madre y del ministro soberano. Y cuando en las pas* 
cuas y otras fiestas solemnes asistía por ceremonia á 
la mezquita, no salia de su maksura hasta que todo 
el pueblo se hubiese retirado, y entonces volvía, ó 
por mejor decir ^ le volvían á su alcázar rodeado de 



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PAHTB 11. UBEO 1. 55 

8U guardia y de su corte sin que apeuas pudiese ser 
visto del pueblo ^*K 

En el mismo año de la toma de Leoa ocurrieron 
en África novedades grandes para los muslimes espa- 
ñoles. Aquel Alhassam, á quien vimos en 975 em- 
barcarse en Almería para Túnez y Egipto, « aquel pri- 
sionero africano tan generosamente recitúdo y tan es- 
pléndidamente agasajado por el calif» Albakemll., 
prosiguiendo en su carrera de ingratitudes reapareció 
ahora en Túnez, y ayudado de Balkiip, al frente de 
tres mil caballos y algunos cabilas berberiscos, recor- 
rió el Magreb y se hizo proclamar en mudias ciuda-> 
des. Almanzor no podia ver con serenidad este mo« 
vimiento del ingrato Edrisita, é inmediatamente eA«> 
comendó la guerra de África á su hermano Abu Al- 
bakem Omar ben Abdallah. Pero la expedición de 
Omar del*otro lado del estrecho no fué tan feliz como 
lo habían sido las de su hermano en la Península. El 
ejército andaluz fué deshecho en una sangrienta ba- 
talla, y el emir edrisita obligó al hermano de Al- 
manzor á refugiarse en Ceuta, donde le tuvo estre- 
, chámente bloqueado. No era posible que el orgullo de 



<4) Llamábase maksura la tri- de ellos: estos no se mbvian hasta 
baña de los calibs un poco eleva- qoo do hobiesen salido todas 4as 
da sobre el pavimento en la parte mugeres. Las doncellas no iban é 
principal de la mezquita. La coló- ^ las mezquitas eo que no tuviesen 
caoion del pueblo érala siguien- un lugar apartado, y siempre asis- 
to: los jóvenes se ponían detrás tian muy tapadas oon sus velos. 



<ie los ancianos^ las mugeres de- Conde, cap. 
tras de los hombres y separadas 



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66 HiSToaiA DB bsfaSa« 

Almanzor sofriera humillación semejante: y atí envió 
seguidamente á África á su mismo hijo Ábdelmelik, 
joven que al lado de so padre babia sabido ganarse 
en pocos anos una reputación militar aventajada. Tal 
era la influencia de su nombre, que á la noticia de 
su arribo á Ceuta dándose Albassam por perdido le 
despachó mensageros solicitando un arreglo, y ofre« 
cíéndose á pasar él mismo á Córdoba á ponerse á la 
merced del califa Hixem, siempre que se le diera 
seguro para él y su familia. Otorgóselo Abdelmelik, y 
en sa virtud volvió á embarcarse para España el 
tantas veces rebelde y tantas veces sometido 41has« 
sam. Equivocóse esta vez en sus cálculos: creería sin 
duda encontrar otro califa tan generoso como Álha- 
kem, y lo que encontró fué un comisionado de Al- 
manzor encargado de cortarle la cabeza en el camino, 
coqao asi lo ejecutó, enviándola á Córdoba en testi- 
monio del cumplimiento de so comisión. Asi terminó 
su carrera de deslealtades el temerario Alhassam, y 
con el acabó en Magreb la dinastía de los Edri^itas 
que habia comenzado con la proclamación de Édris 
ben Abdallah en el año arábigo de 172, y concluyó 
con la muerte de Alhassam ben Eenuz en el de 375, 
habiendo de este modo durado 202 años y 5 meses 
lunares. El hijo de Almanzor tomó con este motivo el 
titulo que tanto le lisonjeaba de Almudhafiar, ó ven* 
cedor feliz. 

No impidieron estas guerras ni interrumpieron las 



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PARTB U. LIBIO I. 57 

expediciones periódicas de Almanzor á tierras crístia* 
nasw Eo el otoño del propio ano de 984 volvió á aca- 
bar de arruinar el reino de León, y entonces faé sin 
dada cnando tomó á Gormaz y Coyanza» hoy Valen- 
cia de Don Inan. A la primavera siguiente (que las 
primaveras y otoños eran siempre las estaciones que 
elegia para sos rápidas y afortunadas irrupciones), la 
tempestad periódica fué á descargará la regionorien- 
tal. Tocóle esta vez á Cataluña. Salió, pues, Alman- 
zor de Córdoba con lo mas escogido de su caballería. 
Detúvose en Murcia aguardando las naves y tropas 
que habían de acudir de Algarbe á proteger sus ope- 
raciones militares en Cataluña. Los árabes describen 
con placer el suntuosísimo hospedage que se hizo á 
Almanzor y á los suyos en los veinte y tres dias que 
permanecieron en Tadmir. Alojábase el regente en 
casa del gobernador de la provincia Ahmed ben Al- 
chatíb: los manjares mas raros y esqoisitos» las frus- 
tas mas delicadas se presentaban diariamente á su 
mesa : los aromas mas estimados de Oriente se der* 
ramaban con prodigalidad, y todas las mañanas apa- 
recía lleno de agua de rosas el baño de Almanzor y 
de sus principales vazzires. A (odas sus tropas se 
dieron cómodos alojamientos, y todos dormían en 
camas ricamente cubiertas con telas de seda y oro. 
Cuando Almanzor al tiempo de partir pidió la cuenta 
de los gastos, dijéronle que todo se había hecho á 
espensas del gobernador Ahmed. «En verdad, excla- 



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t>8 nisTOEíA DB upaHa. 

mó, que este hombre no sabe tratar gentes de guer- 
ra, que DO deben tener más arreo que las armas, ni 
mas descanso que el pelear, y me guardaré bien de 
enviar otra vez por aquí mis tropas: mas por Alá que 
un hombre tan generoso y espléndido no debe ser un 
contribuyente común, y yo le relevo de todo impues* 
to por toda su vida ^^Ky> 

Tomó desde alli Almanzor el camino de Barcelo- 
na> mientras las naves hacian su derrotero por la 
costa hasta la capital del condado. El conde BorrelK, 
á quien los arabos daban el título de rey de Afranc ^, 
salió con numerosas tropas á hacer frente á las del 
caudillo sarraceno; ¿pero quién podía resistir al ím- 
petu de los aguerridos y victoríosos soldados de Al- 
manzor? Los cristianos de las.moDtanas fueron arro- 
llados» ybuscaron su salvación dentro de los muros 
de Barcelona ; los musulmanes cercaron la ciudad con 
ardor y resolución: Borrell se fugó una noche como 
en otro tiempo él walí Zeid, solo que aquel lo hizo 
por mar, y mas afortunado que el moro, á favor de 
las tinieblas pasó sin ser visto por en medio de los 
bagóles algarbes: á los dos días la ciudad se rindió 



(4) Bbn Hayao, Hist. de los debía ignorar este üastrado autor 

Alameries.— Abu Bekr Ahm«d bea que el feudo de los reyc^ francos 

Said, en Conde, cap. 98. babia conoluido con Witredo el 

(2) Es muy extraño que el iui- Velloso, y que hacia mas de un 
cíoso Roseew-SamtrHilaire aiga siglo que el oondado de Barcelona 
al hablar de esta expedición: «Es- constituía un estado independíen- 
la ciudad (Barcelona), mandada te. Bn el mismo error incurre Ro- 
por un conde Borrell^ feudatario mey, sí mal no los hemos com- 
de los reyes francos » Pues no prendido. 



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PAETB u. Lumo I. 59 

por capitulación, y Alooianzor se encontró dueño de 
las capitales de dos estados cristianos , León y Bar- 
celona ^1^ En seguida se volvió á Córdoba por el in-^ 
terior de España» Tal era el sistema de Almanzor, in- 
vadir, conquistar, volverse , y prepararse para otra 
invasión (986). . 

Faltaba el otoño de aquel año , y no podia dejar 
de aprovecharle el incansable sarraceno. Las sierras 
y montañas de Navarra fueron el campo de sus triun- 
&les correrías; Sancho Garcés el Mayor probó á su 
tamo cuan impetuosas eran las acometidas deV guer- 
rero musulmán, el cual después de haber devastado 
el país de Nájera, volvióse á invernar á Córdoba car* 
gado de despojos. 

Su llegada á la corte muslímica coincidió con la 
de su hijo Abdelmelik, el triunfador de África , que 
había ido á celebrar sus bodas con su sobrina la joven 
Habiba. La descripción que hacen los árabes de estas 
fiímosas bodas y de las fiestas y regocijos con que se 
celebraron, nos informan de sus costumbres en estas , 
ceremonias solemnes, si bien las del hijo de Alman- 
zor se hicieron con una pompa desacostumbrada. El 
ministro absoluto convidó á las fiestas hasta á los cris* 
tianos: distribuyó á su guardia armas y vestuarios 
lujosos : dio abundaotes limosnas á ios pobres de los 
hospicios, dotó un gran níúmero de doncellas menes-* 

(4) Gesta Comit. BaTOiooo c celooa.— GoAde, cap. 98. 
7.— Los dos CbroDioooos d^ Bar^ 



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60 aiSTORIA DB bspaía. 

terosas, y prodigó regalos á los poetas que con me- 
jores versos cantaron el mérito y las virtudes de los 
dos, esposos. La novia fué paseada en triunfo por Ia9 
calles principales, acompañada de todas las jóvenes 
amigas de la familia , precedidas del cadí y de los 
testigos, y seguidas de los principales jeques y ca- 
balleros de la ciudad. Doncellas armadas de bastón^ 
citos Áe marfil con puño de oro guardaban el pabellón 
de la novia: el novio acompañado de gran séquito de 
nobles mancebos de su familia, armados de espadas 
doradas, habla de conquistar el pabellón de la novia, 
defendido en su entrada por la guardia de sus donce- 
llas. Los jardines estaban espléndidamente ilumina- 
dos: en los bosquecillos de naranjos y arrayanes, en 
derredor de las fuentes, en los lagos y estanques, en 
todas parjtes ondeaban vistosas banderolas, y coros de 
músicos acompañaban las lindas canciones en que se 
presagiaba la felicidad de los dos esposos: el pabe- 
llón de la desposada fué asaltado y conquistado por 
el novio después de un simulacro de combate entre 
los mancebos y las doncellas: toda la noche duraron 
las músicas y los conciertos» y la fiesta se repitió al 
dia signiente ^^K 

(1) Conde, cap. 99.— En este Eran las del famoso castellaoo Buy 
tiempo colocan también algunos Velazquez, señor de Viilaren , con 
de nuestros historiadores otras doña Lambra , natural de Bribies- 
fiestas nupciales celebradas en ca, señora también de una gran 
Burgos, con poca menos solemni- parte de la Bureba, y prima del 
*dad, pero de bien mas trágicos conde de Castilla Garcí Fernán- 
resultados que las de Córdoba, dez. Terrible é inolvidable me- 



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PARTE II. LIBRO I. 61 

Mas D¡ las bodas de su bijo, ni los sucesos de 
África en que figuraba abora la familia de los Zeiríes 



moria dejaron estas bodas eo Bs- 

riña por la sangrienta catástrofe 
que dieron ocasión, al decir de 
estos autores. Hablamos de ja cé- 
lebre aTentura de los Siete InfanF^ 
tes de Lara* 

Bran estos siete hermanos hi- 
jos de Gonzalo Gustios y de San- 
cha Velazquez hermana dls Ray^ 
y nietos de Gustios González, her- 
mano de Ñuño Basura, ▼ por con- 
secuencia oriundos de los jueces 
y condes de Caitilla. Su padre, 
dicen , les había construido un so- 



berbio pabcio repartido en siete 
satos, de donde se llamó el pue- 
blo Salae de loe Infantee. Babia 
convidado Ruy Velazquez á sus 
bodas á sus siete sobrinos, que en 
aquel dia fueron armados caballe- 
ros por el conde don Garicia. Ocur- 
rió en la fiesta nupcial un lance 
desagradable' entre Alvar Sán- 
chez, pariente de los novios, y 
Gonzalo, el menor de los siete in- 
fiíntes, que uno de los romances 
compuestos por Sepúlveda des- 
cribe asi: 



Un primo de doña Lambra, 
que Alvar Sánchez es llamado, 
vio que caballero alguno 
no alcanzaba en el tablado. 

Ninguno dio miente á ello, 
que e^tán las tajólas jugando: 
solo Gonzalo González, 
el menor do los hermanos, 
que á furto de todos ellos 
espigaba en un caballo. 

Alvar Sánchez con pesar 
al infante ha denostado. 
El respondió ¿ sus palabras, 
á las manos han llegado. 
Gran ferida dio el infante 
á Alvar Sánchez su contrario. 

Doña Lambra que lo vido 

f grandes voces está dando, 
eriase eo el su rostro 
con las manos arañando 



En su despecho la buena de 
doña Lambra mandó ¿ un criado 
que arrojase al rostro de Gonzalo 
un cohombro empapado en san- 
gre, que era la mayor afrenta que 
podía hacerse á un caballero cas- 
tellano. Este vengó el ultrage ma- 



tanflo al osado sirviente en el re- 
gazo mismo de doña Lambra á 
que se habia guarecido. La señora 
pidió venganza á su esposo en los 
términos que expresa otro ro- 
mance: ' ^ 



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62 HISTORU DB BSFAf A« 

que había de fuadar ana nueva dÍDaslia en Almagreb» 
nada eetorbaba á Almanzor para continuar sus cam- 



Matároome ud cociaero 
80 faldas de mi brial: 
si de esto no me Teogades, 
yo mora me iré á tornar. 



Roy Velazgnez, deseoso de 
complacerla, juró Tengarse no 
^solo de Gonzalo sino de todos sos 
'hermanos^ y hasta de su padre. 
Al efecto envió piimeramente á 
Córdoba á Gonzalo Gastios con 
pretesto de que cobrase ciertos 
dineros que el rey bárbaro (dice 
el P. Mariana ) había prometido, 
pero haciéndole portador de una 
carta semejante á la de Urias en 
Que encargaba al rey moro que 
tan pronto como llegara le hiciese 
quitar la vida. No lo hizo asi el 
moro , ó por humanidad , ó por 
respeto á las canas de hombre tan 
principal y venerable, antes le 
puso en una prisión tan poco ri- 
gurosa, que la hermana del rey 
moro le solia hacer frecuentes vi- 
sitas, aficionándose tanto al pri- 
sionero cristiano que de tales vi- 
sitas vino á resultar con el. tiempo 
el que dicha «eñora diera al mun- 
do un Mudarra González, fruto de 
sus amores , que después vino á 
ser el fuodador del Image nobilí- 
simo de los Manriaues de Lara. 
Tal gracia debió hallar la princesa 
mora en las canas del venerable 
castellano. 

Meditando entretanto Ituy Te- 
la zquez cómo vengarse de ios sie- 
te hermanos; logró ganar á los 
moros de la frontera y en combi- 
nación con estos les armó una ce* 
lada en los campos de Araviana á 
)a falda del Moncayo en que de»- 
CttidaBos ios de Lara y r.o podien- 
do sospechar la traición fueron 
todos asesinados en unión con su 



ayo Ñuño Salido, aonqoe no sin 
que peleasen como buenos y der- 
ramaran macha sangre de ene- 
migos. Roy Velazquez envió á 
Córdoba á Gonzalo Gustios el hor- 
rible presente de las cabezas de 
sus siete hijos, que reconoció el 
desgraciado paare á pesar de lo 
magulladas y desfiguradas que 
llegaron. Movido á compasión el 
rey de Córdoba dio libertad á 
Gonzalo, y le dejó ir á Castilla, 
sin que nos digan qué fué después 
de este infortunado padre. Lo que 
nos dicen es que cuando el mno 
Mudarra, fruto do sus amores de 
prisión, llegó á los catorce anos, 
á persuasión de su madre pasó a 
Castilla, y ayudado de loa amigos 
de su familia vougó la muerte de 
sus hermanos matando á Ruy Ve- 
lazquez, y haciendo que doña 
Lambra muriese apedreada y que- 
mada; acción por la cual no solo 
mereció que el conde de Castilla 
le hipiese aque\ mismo día bauti- 
zar y le armase caballero , sino 
que su mistna madrastra dona 
Sancha le adoptase por hijo y he- 
redero del señorío de su padre. 
Esta adopción se hizo al decir de 
nuestras historias con una cere- 
monia bien singular. Dicen que la 
doña Sancha metió al mancebo 
por la manga de una muy ancha 
camisa (que bien ancha era me- 
nester que fuese por delgado que 
supongamos al recien cristianado 
moro) , le ¿acó la cabeza por el 
cuello, le dio paz en el rostro, y 
con esto quedó recibido por hijo. 



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PAETB lU LIBRO I. 



63 



pañas periódicas. Otra vez en 986 volvió sobre Casti- 
lla, y tomó sia resistencia notable á S^púlveda y Za- 



De aqai viene, aiiade el P. Maria- 
na con admirable candidez, el 
adagio vulgar: «enlra por la man- 
ga y sale por el cabezón.» 

Tales la famosa historia, anéc- 
dota ó aventura de los Siete Infan^ 
tes de Lara^ tan celebrada por 

rtas y romanceros, sacada de 
Crónica general, desechada 
como fabulosa por mochos críti- 
cos^ admitida por otros como cier- 
ta en su fondo, pero desestimando 
\és circunstancias ó ridiculas ó in- 
verosímiles, y adoptada con todos 
suseprsodios por el P. Mariana. 
Sus editores de la grande edición 
de Valencia le ponen la siguiente 
Dotat cNuestros escritores mas es- 
timables tienen por aventuras ca- 
ballerescas la desgraciada muerte 
de los Infantes do Lara, los amo- 
res do don Gonzalo Gustios con la 
infanta de Córdoba, la adopción de 
Mudarra González, hijo de estos 
hurtos amorosos, y que este héroe 
imaginario haya sido tronco nobi- 
lísimo dellinage de los Manriques. 
Sería detenemos demasiado ha- 
cer demostración de tal fábula, y 
mucho mas producir los argumen- 
tos con que se desvanece, que 
pueiden ver los lectores en los ca- 
pítulos 11 y 4% del libro 11. de la 
Historia de la Casa de Lara del 
erudito Salazar; aunque por res- 
peto á la antigüedad no se atreve 
este excelente genealogista á ne- 

Sar el ^ceso de los Siete Infantes 
e Lara. Don Juan de Forreras 
trató también separadamente de 
este asunto en el t. XV|. cap. 14, 
póg. 99 do su Hist. de Esp. ( equi- 
votan la página de Perreras, pues 
es la 448).» 

De novela la califica tmmbien 
el señor Sabau en &us ilustracio- 



nes á Mariana. Pero el ilustrado 
don Ángel Saavedra, duque de 
liivas, en la nota tercera á la pá- 
gina 488 del tomo II. de so Moro 
Expósito nos hace conocer el si- 
guiente documento, que existe 
(dice) en el archivo del duque de 
Frias, actual poseedor de los es- 
tados de Salas, el cual puede dar 
diferente solución á la cuestiqn de 
autenticidad de esta tradición 
ruidosa. 

«En 4% de diciembre de 1579 
se hizo una información de ofioio 
por el gobernador de la villa de 
Salas, con asistencia de los seño- 
res don Pedro de Tovar y dona ' 
María de Uecalde au mnger, mar*> 
quesos de Berlanga , ante Miguel 
Redondo, escribano de número de 
ella, de la cual resulta, que pues 
al! i había en la íg}e8ia mayor de 
Santa María, en la pared de lá 
capilla del lado del Evangelio las 
cabezas de los Siete Infantes de 
la Hoz de Lara^ y la de Cus* 
tios su padre^ y la de Mudarra 
González su hijo bastardo, que 
por haber tantos años que estaban 
allí, y ser los letreros antiquísi- 
mos dudaban algunas personas si 
era verdad, mándese abrir las 
pinturas de ellas, y armascon que 
estaba cubierta dicha pared, para 
saber lo que habia dentro y ente- 
rarse de la verdad. Y dicho go- 
bernador poniéndolo en ejecución, 
mandó á un oficial que quitase 
una tabla pintsda , que estaba in- 
clusa en la dicha pared , la cual 
tiene siete cabezas de pintura an- 
ticua, al parecer de mas de cien 
anos, y encima de ellas hay siete 
letreros cuyos nombres dicen: 
Diego González, Martin González^ 
Suero González f don Fernán Gon* 



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64 H18T0E1A DB BSPAIÍA. ^ 

mora (*)• Pero el rumor de un serio movimiento hacia 
los valles del Pirineo oriental obligó *á Almanzor á 
volver sus pasos hacia Cataluña. No era infundado el 
rumor. Muchedumbre de cristianos habian bajado de 
aquellas altas montañas, llenos de fé y de resolución: 
mandábalos el conde Borrell. En vano se apresuró el 



%ale%, Ruy Gonzale», Gvatios Gmir 
zaUz, Gonzalo González. Y al ofe- 
bo de ellas, on poco mas abaio, 
está otra cabeza, que dice el le- 
trero que está sobre ella Ñuño 
Salido. Y de la otra parte de ar- 
riba de las cabezas está od casti- 
llo dorado , y encima piotadordos 
cuerpos de hombres de la ciota 
arriba: el letrero del uno dice 
Gonzalo Cwsítos, y el del otro 
Mudarra González, los cuales 
tienen cada tino en la mano me- 
dio anillo y le esldn yanUindo. Y 
qaitada la dicha tabla , pareció en 
la pared otra pintura muy anti- 
quísima, con los mismos nombres 
que la primera, excepto que el 
' nombro de la cabeza que está de 
la parte de abajo en la primera 
tabla dice iVuño Sabido, y en el 
mas antiguo Ñuño Sabido, Y vis- 
to que dichas* pinturas estaban 
sobre piedra, y que no había nin- 
floo oncial de cantería que rom- 
piese la pared, suspendieron la 
diligencia. En el día 46 de dicho 
mes y año do 4570 mandé el pro- 
pio gobernador á Pedro Saler, 
cantero, que tentase la dicha pa- 
red para saber sr estaba hueca: y 
dauoo golpes con un martillo don* 
de estañan las armas (que es ui 
castillo dorado), sonó hueco. 1 
quitando la pintura que estaba 
sobre la dicha piedra, se halló 
otra piedra de cerca de media va- 
ra de largo y una tercia de alto, 



ane se meneaba y estaba floja. T 
icho cantero, .presentes muchos 
Tocinos de la Tilla, la quitó, y 
dentro habia on hueco grande i 
manera de capilla , en la cual es- 
taba un arca, clavada la cubierta 
con dos clavos. Y sacada, la pu- 
sieron junto á las gradas del altar, 
donde se desclaTÓ, y pareció den- 
tro de ella on lienzQ muy delgado 
y sano, sin ninguna rotura, en el 
cual estaban envueltas las dichas 
cabezas, algo deshechas, desmo- 
lidas y desconynntadas del largo 
tiempo, aunque las quijadas y 
cascos están de manera que clara- 
mente se conoció ser cabezas an- 
tiguas, que estaban en la dicha 
arca. Y vistas por mucha parte de 
los vecinos de aquella villa, v 
otros, el dicho gobernador mando 
al oficial tornase á clavar el arca, 
y él 1q verificó con cioca ó seis 
clavos en la cubierta, dejando 
dentro las dichas cabezas, y vol- 
viendo á poner el arca en la capi- 
lla y tugar donde antes estaba.» 

En vista de este documento 
parece no poder dudarse del trá- 

Eíco fin de tos siete hermanos de 
ara: los demás episodios bao po- 
dido ser inventados por los nove- 
listas y romanceros. 

(4) EraMXXiV.prendiderunt' 
Sedpublica (Annal. Gomplut.).^ 
Era MXXIS, prendiderunt Zamo^ 
ram (Ann. Tolet.).- 



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tARTI II. LIBIO U 65 I 

caadillo musolman á evitar uq golpe de aquella gen- 
te; coaodo llegó ya estaba dado; Borre!! había reco* 
brado á Barcelona, ocupada na año hacía por losaga- 
renos: Almanzor no pudo hacer sino vencer en algu- 
nos reencqentros á los cristianos: á pesar del terror 
que inspiraba su nombre Barcelona quedó y continuó 
en poder de los catalanes i y el regente de la España 
muslímica tuvo que contentarse esta vez con llevar á 
Córdoba algunos despojos de su correría ^^K 

Coa mas fortuna al año siguiente el hombre de las 
dos campañas anuales invadió la Galicia, llegó cerca de 
Santiago, tomó á Coimbra,que dejó al fin abandona- 
da, y regresó ¿ Córdoba por Talavera y Toledo. Diría- 
se que antes se hablan cansado los antores de escribir 
que Almanzor de ejecutar sus sistematizadas irrupcio- 
nes pues ni los anales cristianos ni los árabes nos dan 
' noticias ciertas de las campañas que debió emprender 
en los siguientes años* acaso porque no (besen de par« 
ticular importancia, sí se exceptúa la que hizo en 9S9, 
en que destruyó y desmanteló las ciudades fronterizas 
de Castilla, Ostna, Alcoba y Atienza, que por su posi- 

(4) 6«8ta CMnit. BarcíA. io bres (!• Parage ó can Solariega. 
Ibrca, p. 543.— SesuD la tradición En osle tiempo acaeció eoFr a d- 

y las crónicas catalanas, en esta cía la memorable revolncíon qoe 

ocasión el conde Borrell II. ofreció biso pasar la corona de la familia 

privilegio militar ó de nobleza be- de los Carloviogios á la de los Ga- 

reditana á cuantos se preséntasela petos, de la dinastía de (^rW 

con armas y caballo en las monta- Magno á la de Hago el Grande, 

ñas deManresa, y de aqui, fliceo, Hugo Capoto, hijo de el Graode^ 

nació la clase llamada Ifomans de fué consagrado en Reims el a d« 

Pwradge^ esto es, hidalgos, hota^ julio de 9S7. 

Tovoiv. '5 



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66 BISTOIIA DB UFAÜA. 

cioQ habían sufrido ya cien veces todos los rigores de 
la goerra» y habian sido á cada paso tomadas, perdi- 
das y reconquistadas por cristianos y musulmanes <^^ 

En tanto no faltaron disgustos de otro género ni al 
, conde García Fernandez de Castilla ni al rey Bermudo 
4e Leoo» comenzando á dar al primero graves pesa* 
dnmbres su hijo Sancho queriendo sucederle antes de 
4íempo (996), y rebelándose contra el segundo algu- 
nos condes de Galicia; sucesoé que aunque por enton* 
ees.no pasaron adelante hubieran favorecido mucho á 
Álmanzor para sus acometidas y ulteriores designios, 
si él ne hubiera tenido por este tiempo otro mayor dis* 
gustó de la misma índole. Y vamos á referir uq hecho 
que ninguno de nuestros historiadores ha mencionado 
hasta ahora. 

Abatidos por Almanzor los mas poderosos nobles 
del imperio, el único que quedaba , Abderrahman 
ben Motarrif, walí de Zaragoza, temia que no había 
de tardar eh llegarle su turno, y quiso probar si 
' podia á su vez deshacerse del regente. Hallábase en 
Zaragoza el hijo menor de Almanzor llamado Abda«- 
llah , resentido de su padre por la preferencia que 
daba á sus dos hermanos. Proyectaron , pues , Ab- 
derrahman y Abdallah una revolución con el designio 
de alzarse el uno con la soberanía de Zaragoza y de 
todo Aragón, el otro con la de Córdoba y el resto de 

(4) Ghroo. Gooimbric.—Aonal. GompkfTUed.—GoQde, cap. 99. 



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PARTB II. LIBRO U 67 

España* Cootaban ya con algunos generales y vazzí- 
res. Súpolo Almanzor, y llamó á Córdoba á su hijo, á 
quien comenzó á tratar con mucha atención y dulzu- 
ra. En cuanto al de Zaragoza, supo Almanzor con su 
acostumbrada astucia ganar á sus trepasen una expe • 
dicion en que aquel le acompañaba, y que ellas mis-- 
mas le acusarán de haberse apropiado el sueldo de . 
los soldados. Con eéle motivo le quitó el gobierno de 
Zaragoza, pero con mucha política nombró para reem*. 
plazarle al hijo tíiismo de Abderrahman. Preso éste y 
procesado por malversador, hízole Almanzor decapi- 
tar en su presencia. Faltábale -atraerse á su propio 
hijo Abdallah , y lo intentó á fuerza ' de halagos y de 
amabilidad, mas todos sus esfuerzos se estrellaron 
ante el carácter obstinado y el genio sombrío de Ab* 
dallah, que en. otra expedición contra Castilla se pasó 
secretamente al conde García Fernandez, prometién- 
dole ayudarle contra su padre. Informado de ello Al- 
manzor reclamó enérgicamente al conde castellano la 
entrega de su hijo. Negóse García á la intimación , y 
permaneció Abdallah por espacio de un año al lado . 
del conde de Castilla. Mas en el otoño de 990, perdi- 
das por García las ciudades fronterizas arriba mencio- 
nadas, y recelando él mismo de las pretensiones de su 
propio hijo Sancho, debió convenirle desenojar á Al-- 
manzor y accedi6á entregarle el reclamado Abdallah, 
y enviósele coobuena escolta de castellanos. De orden 
de Almanzor salió el esclavo Sad á recibirle al cami- 



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08 BlSTOftlA DB B9PAÍÍA. 

DO,, el cual en el momento de enconlrarle besó la ma-- 
no á Abdallab, j no dejó de alimentarle la esperanza 
de que hallaría indulgebcia en su padre. Mas al lle- 
gar á las márgenes del Duero» intimáronle los solda- 
dos de Sad que se dispusiera á morir: el pérfido es- 
clavo que les había dado esta orden se habia quedado 
algunos pasos detrás: Abdallah se apeó con resigna- 
clon» y entregó sin inmutarse su cuello á la cuchilla 
del verdugo. Asi pereció el ambicioso y obstinado hijo 
de Almanzor á la edad de veinte y tres años ^^K 

Llegó asi el año 992 ». en que falleció el conde 
de Barcelona Borrell II., sucediéndole su hijo Raí* 
mundo ó Ramón Borrell III. , y dejando el condado 
de Urgel á otro hijo nombrado Arméngando ó Armen- 
gol. Los historiadores árabes se detienen en refe« 
rirnos los sucesos que á este tiempo en África acae- 
cían, los cuales ocupaban no poco á Almanzor, y pre- 
paraban en el Magreb la elevación de una nueva di- 
nastía bajo la astuta política de Zeiri ben Atiya, pero 
cuyos pormenores nos dispensamos de referir por no 
pertenecer directamente á nuestra España. Repelimos 
que por nada dejaba Almanzor sus dobles expediéio- 
nes anuales. Muchas parece haber sido consideradas 
por los escritores de aquel tiempo como acaecimientos 
comunes» pues apenas dan cuenta de ella^r otras les 

(I) Estebecbo, que refiere Ebn gacioDOB sobre la bistoria de la 

Ahdari eo bu aWÉayano 7-mo- edad media de España» tom. 1. pá- 

grib, DOS le ha dado á coDocer el gioa 19 á 24. 
oríoDialista Dozy en sos laTesti- 



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FAETB II. riBEO I. 69 

merecían mas ateocíon por sos resallados» tal como la 
que en 991 ejecutó sobre Castilla , y en que tomó á 
Avila, Corana del Conde y San Esteban de Gormaz, y 
la que en 995 hizo á la España Oriental con tan asom- 
brosa rapidez » que antes llegó él á Calaluna que su- 
piesen los cristianos su salida de Córdoba. 

Tantos desaslres sufridos en los eslados cristianos 
por las repetidas y rápidas invasiones del infaligable» 
enérgico y valeroso Almanzor , movieron al conde 
García Fernandez de Castilla, uno de los que mas 
habían tenido que luchar contra las huestes del in- 
trépido agareno» á iíamar en sa auxilio al rey don 
Sancho de Navarra, para ver de «resistir aunados á 
tan formidable poder. Asi fué que en su espedícion 
de 995 encontró ya Almanzor juntas las tropas cas- 
tellanas y navarras entre Alcocer y.Langa. Mas aun 
no hablan acabado de reunirse ni de prepararse al 
QDmbate, cuando ya se vieron atacadas por la caba* 
Hería sarracena: sostúvose no obstante la lid por todo 
el dia con igual arrojo y denuedo por ambas partes, 
y cuando la noche separó á los dos ejércitos comba- 
tientes unos y otros contaban con que al siguiente día 
se renovaría la pelea con mas furor. 

Cuenta Abulfeda (que también eran no poco dados 
á consejas los árabes de aquel tiempo), que la noche 
á que nos referimos, uno de los literatos que solían ir 
en el ejército segán costumbre de los musulmanes, 
llamado Said ben Alhassan Abulola, presentó á Ai" 



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7o HISTORIA DB ESPAJÍA. 

manzor un ciervo atado por el cuello, á cuyo ciervo 
puso por nombre García, y que en unos Versos que 
llevaba le pronoslicó que al dia siguiente el rey de 
loscristíanosy García (que asi llamaban ellos al conde), 
seria llevado al campo muslímico atado como el ciervo 
de su nombre. Aceptó Almanzor el ciervo y los versos 
con regocijo, y pasó una parte de la noche con sus 
caudillos preparando lo conveniente parala batalla, á 
fin de que se cumpliese el vaticinio del poeta ^*K 

A la hora del alba comenzaron ya á sonar por el 
campo muslímico los añafiles y trompetas; y la ter-^ 
fible algazara, y las nubes de flechas y los torbellinos 
de polvo anunciaban haberse empeñado la pelea: á 
poco tiempo los caudillos de la vanguardia sarracena 
comenzaron á cejar: los cristianos se precipitaron co* 
mo torrentes impetuosos de las cuestas y cerros con 
espantosa gritería; á su llegada, parecía desordenarse 
el centro del ejército musulmab y como prepararse á 

huir en confusión los cristianos se internan mas 

y mas ¡desgraciados! cayeron en el lazo que les 

tjsndiera Almanzor: aquella retirada y aquel desorden 
eran uu ardid combinado, y pronto se vieron envuel^^ 
tos por las dos alas y por la retaguardia de ta caba- 
llería enemiga ; y por mas que sus generales y 
caballeros pelearon con denuedo y ardor^ abatida la 
tropa cristiana con tan imprevisto ataque, , dióse á 

(I) Abulfeda, tom. 11. pág. 533.— Conde, cap. 400. 



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huir coD el mayor aturdímieoto sieodo acuchillada 
por los gínetes árabes. Y aun no faé este el resultado 
noías funesto de la batalla; el agüero poético se había 
cumplido;/ entre los caballeros castellanos que habiaa. 
sido hechos prisioneros se encontró el valeroso y des- 
graciado conde García , tan gravemente herido , que 
aunque Almanzor encomendó su curación á los mejo- 
res médicos musulmanes» sucumbió el digno hijo de 
Fernán González ¿ los cinco dias. Fué esta memorable 
y funesta batalla, según los datos que tenemos por mas 
exactos, el 2S de mayo de 995, y la muerte de García 
el 30 de dicho mes ^*K El cadáver del conde fué 
trasportado á Córdoba, y depositado provisionalmente 
á ruegos de los cristianos en la iglesia llamada de los 
Tres Santos: los árabes añaden que Almanzor le hizo 
poner en oa cofre labrado, lleno de perfumes y cu- 
bierto con telas ^e escarlata y oro para enviarlo á 
los cristianos, y que habiendo estos solicitado su res- 
cate á precio de riquísimos presentes, Almanzor, sia 
admitir los regalos, le hizo conducir hasta la frontera 
con una escolta de honor. Tan caballerosamente splia 
conducirse el héroe musulmán ^*^. 



(4) Annal. CoiDBOst. p. 319.— emperador de Alenaoia; tuvo 

Annal. Barg. p. 308. Et ductus adornas Garcia á Urraca» que eo- 

fuit Cid Cordobam^ et inde ad^ tro reliaidsa en el monasterio do 

duciüs ad Caradignam. CoUarrubíaa, y á Sancho que le 

(2) Era el conde García Fer- sucedió en el condado, 
nandez suegro de Berraudo el Go- Omitimos por fabulosos los amo- 
toso, cuya seflunda muger llamada res romancescos del conde GaroU 
Elvira, fué ni¡a del conde y de Fernandez con Argentina y San- 
Aya su esposa, bija de Enrique, cha, y las demás aventuras nove^ 



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7S 01BTOEIA DE BSPAÜA. 

Pero esto no le obslaba para proseguir sas acos* 
lumbradas espediciones , y en el mismo año de la 
muerte Je García Fernandez ejecutó otra á tierras 
de León, en que también obtuvo ventajas , de cuyas 
resultas el rey don Bermudo (Bermond que ellos de- 
cían), envió embajadores y cartas á Almanzor solici- 
tando avenencias y paz. Acompañó de regreso á los 
enviados cristianos uno de los vazzires , Ayub ben 
Ahmer, encargado por Almanzor de tratar con Ber-- 
mudo. No debió el vazzir coresponder muy cumpli- 
damente ó á los deseos ó á las instrucciones del mi* 
njstro cordobés, pues al regresar á Córdoba de vuelta 
de su misión hízole encarcelar, y no le restituyó la li- 
bertad mientras él vivió* 

O no fueron notables las invasiones que hiciera 
en 996, ó al menos no nos informan de ellas los do- 
cumentos que conocemos. En cambio en el 997, des- 
pués de una incprsion en tierras de Álava en la esta- 
ción lluviosa de febrero, cuy 9 botin se distribuyó por 
completo entre las tropas sin deducirse el quinto para 
él califa en consideración á haberse emprendido en 
medio de un temporal de frios y lluvias , verificóle la 
gran gazúa á Santiago de Galicia fScharU YakubJ, la 
mas célebre, si se esceplua acaso la de León , y la 
cuadragésima octava de sus irrupciones periódicas. 



iMcas y absurdas qa« nos cuenta rales, Yepes, Berganza, Mondejar 
Mariana, evidenciadas ya de tales, y otros respetables autores. 



y como tales deshecbadas por Mo- 



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PARTE U. LIBRO I. 73 

según Murphy ^^K El conde de Galicia Rodrigo Ye- 
lazqoez , uno de lo^ que antes habian conspirado con- 
tra el rey de León , por haber éste depuesto de la 
silla compo^telana á su hijo el turbulento obispo Pe- 
layo y reemplazádole con un virtuoso y venerable 
monje, parece que puesto á la cabeza de los nobles 
.descontentos, si no provocó, por lo menos auxilió esta 
entrada del guerrero mahometano. Es lo cierto que 
habiendo partido Almanzor de Córdoba y encamina- 
dose por Coria y Ciudad Rodrigo, incorpóráronsele, 
dicen, los condes gallegos en los campos de Arganin, 
y juntos marcharon sobre Santiago. Almakari que nos 
da el itinerario que llevó Almanzor, reñere minucio* 
ss^mente las dificultades que tuvo que venper el ejér- 
cito espedicionario para pasar ciertos rios y atravesar 
ciertas montañas. El 1 de agosto se hallaba el formi- 
dable caudillo del Profeta sobre la Jerusalen de los 
españoles. Desierta encontró la ciudad. Sus murallas 
y edificios fueron arruinados , el soberbio santuario 
derruido , saqueadas las riquezas de la suntuosa ba- 
sílica ; solo se detuvo el guerrero musulmán ante el 
sepulcro del santo y venerado Apóstol; seatado sobre 
él halló un venerable monje que le guardaba: el, re- 
ligioso permaneció inalterable» y Almanzor como por 
un misterioso y secreto impulso, se contuvo ante Ja 
actitud del monje y respetó el depósito sagrado. • 

(4) Goodepone esta espedicioa je de Silos, á Pelayo de Oviedo, y 
tres afiOB anies. Segoimos a{ mon- á Almakari. 



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71 HISTOAIA DB BSPAJÍA. 

Destruida la grande y piadosa obra de loa Alfon* 
sos, de los Ordoños y de los Ramiros, avanzó Alman- 
zor con su hueste hacia la Coruña y Betanzos» recor- 
riendo países , dicen sos crónicas» «nunca hollados 
por planta musulmana,» hasta que llegando á terreno 
en que ni los caballos podian andar, ordenó su reti* 
rada. Al llegar otra yez á Ciudad Rodrigo colmó de 
presentes á los condes auxiliares y los envió á sus 
tierras. Añade el arzobispo doií Rodrigo » y lo con- 
firma Almakari , quahizo trasportará Córdoba en 
hombros de cautivos cristianos las campanas peque- 
ñas de la catedral de Santiago » que mandó colgar 
para que sirviesen de lámparas en la gran mezquita, 
donde permanecieron largo tienpo ^^K Entró , pues, 
Almanzor en Córdoba precedido de cuatro mil cauti- 
vos, mancebos y doncellas, y de multitud de carros 
cargados de oro y plata y de objetos preciosos reco- 
gidos en esta terrible c^mp^na. Al decir de nuestros 
historiadores estuvo lejos de ser tan feliz su regreso. 
Cuentan que Dios en castigo del ultraje hecho á su 
santo templo de Santiago envió al ejército maslímico 
una epidemia de que morían á centenares y aun á 
miles. Pero el Tudense, qne no menciona aquella 
disenteria, dice que el rey Bermudo destacó por las 
montañas de Galicia ágiles peatones , que ayudados 



(4) Campanas minores in sig- dibüs eoltocavitt quce longo tem- 
num victorice secum tidit et in pote ihi fuerunt. Uoder* Toiet. de 
Mestquita Cordubensi pro lampa^ Beb. Hisp. I. V. c. 46. 



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PARTB 11. LIMO 1 . 75 

por el Santo Apóstol, perseguiaa desde los riscos á ' 
los moros y los cazaban como alimañas (», lo cual es 
muy verosímil atendida la topografía de aquel país y 
sus gargantas y desfiladeros. 

Dedicóse el rey Bermudo II. después dól desastre 
de Santiago á restaurar el santo templo con la magni- 
ficencia posible, y á reparar las maltratadas fortale- 
zas, ciudades y monasterios de sus dominios, para Id 
cual pudo aprovechar el reposo que al fin de sus días 
parece quiso dejarle Almanzor, pues no se sabe que 
en los dos años que aun mediaron hasta la muerte de 
aquel monarca, volviera á molestar el territorio 
leonés el formidable guerrero musulmán. Habíasele 
agravado á Bermudo la gota en términos de no per- 
mitirle cabalgar, y tenia que ser conducido en hom- < 
bros humanos. Al fin sucumbió de aquella enferñciedad 
penosa después de un reinado no menos penoso de 
diez y siete años , en uno de los últimos meses del 
año 999, en un pequeño pueblo del yierzo nombrado 
Viilabuena: su cuerpo fué trasladado después al mo* 
nasterio de Carracedo , y de alli años adelante á la 
catedral de León, donde sé conserva su epitafio y e. 
de su segunda muger Elvira ^*K 

(I) More pecudum trucida'- ter de prelado. Comienza por Ha- ^ 

bant. Luc. Tud. GhroD. p. 88. marle indiscreto y tirano en todo 

{t) Bl obispo cronista Pela yo (indiscrelus et tyratmus per om^ 

de Oviedo se empeñó en afear la nia); atribuye á castigo de sus pe« 

memoria de este rey, con una cados las calamidades que sufrió 

animosidad que sienta mal á un el reino, y basta la circunstancia 

historiador y desdice de su carác- de haber repudiado su primera 



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76 E18T0BIA DR RSPaKa. 

Debido fué sin duda el extraño reposo de que go- 
zaron en estos últimos años León y Castilla á las gra- 
ves turbulencias que de nuevo se suscitaron en Áfri- 
ca, y á cuya guerra si bien no concurrió Almanzor 
en persona , dedicó toda'su atención y esfuerzos. El 
emir Zeiri ben Atiya, no pudiendo disimular mas el 



moger y casádose con otra en ▼ida 
de aquella, accioo tan comuo eo 
aquellos tiempos como bemos ob-» 
servado, la califica él de nefas ne- 
fandissimum. Pero el monje de 
Silos, que muy justamente es te- 
nido por escritor mas veridico, 
desapasionado y juicioso, nos pin- 
ta á Bermudo como un principe 
prudente, amante de la clemen- 
cia y dado á las obras de piedad y 
doTociou. Cierto que su reinado 
fué calamíloso y desaraciadisimo: 
a>ero qué puniera naber hecho 
Bermudo contra un enemigo del 
talento y del temple de un Alman- 
zor? A pesar de todo y en medio de 
tan azarosas circunstancias np se 
olvidó de dotar al país de algunas 
instituciones útiles. Restableció las 
leyes del ilustre Wamba, y mandó 
observar los antiguos cánones; no 
los cánones pontificios, como ar- 
bitrariamente interpreta Mariana 
y le hacen ver sus anotadores, si- 
no los de la antigua iglesia gótica. 
En su afán de ennegrecer la fa- 
ma del monarca le atribuyó el 
cronista crímenes que no cometió, 
y milaAroe á los obispos que tuvo 
necesioad de castigar, y aun los 
aplica á obispos que se sabe no 
existieron. No fatig«irémos á nues- 
tros lectores con él relato de estas 
invenolpnes que acreditaron á Pe- 
layo de poco escrupuloso y aun de 
falsificaaor de la historia, de cuyo 
concepto goza entre los mejores 
críticos. 



Con respecto á las mogeres da 
Bermudo U., de las exquisitas in- 
vestigaciones del erudito Plores 
rosulta en efecto haber tenido dos 
legítimas, ó por lo menos veladas 
ambas in facie cécclesioíi la prime- 
ra llamada Velasquita, de quien 
tuvo á Cristina, que casada des- 
pués con el infante don Ordoño, 
dio origen á la familia de los con- 
des de Carrion:]a seronda Elvira, 
bija, como hemos dicoo, del conde 
de Castilla García Pernandez, de 
la cual tuvo también varias hijas 
y un hijo varón, que fué el que le 
sucedió en el trono con el nombre 
de Alfonso V. Es también induda- 
ble que se casó con Elvira vivien- 
do Vplasquita, á quien habia repu- 
diado, no sabemos por qué cansa, 
pero que fué reconocida como le- 
gítima*, y este monarca nos sumi- 
nistra otro ejemplo de la facilidad 
y ningún escrúpulo con que los 
reyes católicos de aquellos tiem- 
pos se divorciaban y contraían nue- 
vos matrimonios viviendo su pri- 
mera esposa. Tuvo ademas suce- 
sión Bermudo de dras dos muge- 
res que se cree fuerou hermanas, 
á quienes el sabio Florei. llama 
según su costumbre amig<u, y ios 
demás cronistas nombrad con me-^ 
nos rebozo caneuUinas* Noticias 
son todas estas que dan luz no es- 
casa sobre las costumbres y la 
moralidad de aquellos tiempos en 
esta materia. 



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PAETB II. LIBEO I. ' 77 

enojo contra Almanzor que hasta entonces habia en- 
, cnbierto con el velo de una amistad aparente, se re- 
solvió ya á suprimir en la chotba ú oración pública el 
nombre del regente de España , conservando solo el 
del califa Hixem. Deshecho y destrozado por el cau- 
dillo fa limita el primer ejército que envió Almanzor» 
fué precisó que acudiera su hijo Abdelmelik qu& ya 
habia ganado en África el título de Almudbaffar ó ven- 
cedor afortunado. Con su ida mudó la guerra de as- 
pecto. En una refriega recibió el emir Zeiri tres he- 
ridas en la garganta, causadas por el yatagán del ne- 
gro Salem, y en otro combate que duró desde la ma- 
ñjina hasta la noche, sucumbió en el campo de bata- 
lla. El valeroso hijo de Almanzor se posesionó i|e Fez, 
donde gobernó seis meses con justicia y con pruden- 
cia, y el territorio de Magreb quedó de nuevo some- 
tido á la influencia de Almanzor. Tan lisonjeras 
nuevas fueron solemnizadas en Córdoba dando li- 
bertad á mil ochocientos cautivos cristianos de ambos 
sexos, haciendo grandes distribuciones de limosnas á 
los pobres , y pagando á los necesitados todas sus 
deudas. 

La prosperidad de las armas andaluzas al otro 
lado del mar hubo de ser fatal á los cristianos de la 
Península; porque desembarazado Almanzor de aquel 
cuidado, volvió á sus acostumbradas espediciones. Dos 
mencionan las historias arábigas en el año 1000, al 
Oriente la una, al Norte la otra, que dieron por re- 



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78 UISTOEIA UB BSFAiÍA. 

soltado la destrucción de algunas poblaciones y la 
devastación de algunas comarcas , que los naturales 
mismos solian abandonar é. incendiar á la aproxima- 
ción de los enemigos* Trascurrió el ano 1004 sin 
notable ocurrencia , como si hubiera sido necesario 
este reposo para preparar el gran suceso que iban á 
pre^nciar los dos pueblos. 

Había sucedido en el reino de León á Bermu- 
dolí, el Gotoso, su hijo Alfonso V.» niño de cinco años 
como Ramiro III. cuando entró ¿ reinar, y al cual se 
puso bajo la tutela del conde de Galicia Menendo 
González, y de su muger doña Mayor. Dirigíale al 
mismo tiempo su tío materno el conde de Castilla, 
Sancho Garcés , el hijo y sucesor de García Fer- 
nandez. Reinaba en Pamplona otro gancho Garcés 
el Mayor , nombrado Cuatro^Manos por su intre- 
pidez y fortaleza , y estaba casado con una hija del 
de Castilla , llamada Sancha ^*K Todos estos sobe- 
ranos vieron en el año 4002 un movimiento univer* 
sal é^ imponente por parte de los sarracenos en el 



(4) El rey Sancho de Nairarra blase también de un conde Gui- 
era llamado en este tiempo rey de llermo Sánchez, cuñado de Sancho 
los Pirineos y de Tolosa, en razón él Mayor, que era duque de la 
á que «n poder se estendia á aque- Vasconia franaesa. Todos estos pa- 
lla región de la Galia, nombrada rece que suministraron tropas al 
aniigaamente la Segunda Aquíta- navarro para la batalla de que va- 
nía, ya por su parentesco con los mos á hablar, y asi so esplíca el 
condes de aquellas tierras, ya por- número considerable de cristiaDos 
que estos prefiriesen reconocer que llegaron á reunirse. Hist. des 
una especia de soberanía en ol Gont. de Tol<»e, Rodolp. Glaber, 
monarca navarro á someterse á la Bouquet, Briz, Martínez y Sando- 
nueva dinastía de los Capeioa. Há- bal, cít. porRomey,tom.iV.c.47. 



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PAITB IK LIBEQ I.< 79 

mediodía y ceolrodeia España muslímica. Los walíes 
de SaolaréD, de Badajoz y de Marida , allegaban 
toda la gente de armas de sos respectivos territorios. 
Nomerosas huestes berberiscas babiau desembarcado eD 
Aigeciras y eh OcsoDoba; eran refuerzos qae MoCz» 
hijo y sucesor del difunto Zeiri, se habia compróme* 
tido á enviar á Almanzor para la gran gazúa que me- 
ditaba contra los cristianos. Las banderas de África, 
de Andalucía y de Lusitaoia se congregaban en Tole* 
do. ¿Qué significan estos solemnes preparativos? Es 
que Almanzor ha resuelto dar el último golpe á Cas- 
tilia, á esa Castilla cuya obstinada resistencia le es ya 
fatigosa f y quiere agregarla definitivamente al im* 
perio musulmán. Terrible es la tormenta que amenaza 
á los castellanos. Pero su mismo estruendo los des- 
pierta, y en vez de amilanarse se preparan á conju- 
rar^. Convidó Sancho de Castilla á los dos soberanos 
sus parientes á formar una liga para resistir de' 
consuno al formidable ejército musulmán. La necesi- 
dad de la unión fué reconocida, cesaron las antiguas 
disensiones, pactóse la alianza, y se organizó la cru- 
zada contra los infieles. El punto de reunión del ejér- 
cito cristiano combinado eran los campos situados por 
bajo de Soria, hacia las fuentes del Duero no lejos de 
las ruinas de la antigua Numancia. Conducía las bande- 
ras de León, Asturias y Galicia el conde Menendo á nom- 
brede Alfonso V., niño enhxices de ocho años; manda- 
ban lasdeJNavarra y Castilla sus respectivos soberanos. 



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80 nmoEu DB bsfaSá. 

Los musulmaoes, divididos 6d dos coerpos» com^ 
puesto el uno de españolas, el otro de africanos, di- 
rigiéronse el Duero arriba * y hallaron á los cristia-' 
nos acampados en Calatañazor (Kalat^l-Nosorf altura 
del buitre, ó montaña del águila) « Cuando los espío- 
radores árabes (dice su crónica) descubrieron el cam- 
po de los infieles tan estendido , se asombraron de su 
muchedumbre y avisaron al hagib Almanzor, el cual 
salió en persona á hacer un- reconocimiento y á dar 
sus disposiciones para la batalla. Hubo ya aquel dia 
algunas escaramuzas que interrumpió la noche. En 
la corta tregua que esta les dio, añade el escritor 
arábigo, no gozaron los caudillos muslimes la dulzura 
del sueño; inquietos y vacilantes entre el temor y la 
esperanza, miraban las estrellas y á la parte del cielo 
por donde habia de asomar el dia. Al divisar el pri* 
íner albor que tanto suele alegrar á los hombres, los. 
tímidos sintieron como anublarse su espíritu, y el to- 
que de añafiles. y trompetas estremeció á los mas ani- 
mosos. Almanzor hizo su oración del alba: ocuparon 
los caudillos sus puestos, y se reunieron las banderas. 
Moviéronse también los cristianos y salieron con sus 
haces bien ordenadas: el clamoreo de los musulmanes 
se confundió con el grito de guerra de los cristianos: 
las trompetas y atambores, el estruendo de las armas 
y el relinoho de los caballos hacían retumbar los ve* 
cinos montes y parecía hundirse el cielo. 

Empeñóse la lid con furor igual por ambas parte». 



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rAlTB II. LIBIO t. 81 

Los cristiaoos con sus caballos cabiertos de hierro pe« 
leaban como hambrientos lobos (es la espresioa del 
escritor arábigo), y sos caudillos alentabaa á sus 
guerreros por todas partes. Almanzor revolvía acá y 
allá su fogoso corcel que semejaba á un sangriento 
leopardo: metíase con su caballería andaluza por en- 
tre los escuadrones de Castilla, é irritábale la resis- 
tencia que encontraba «y el bárbaro valor de los in- 
fieles.i» Sus caudillos peleaban también con un arrojo 
que.noaolros á nuestra vez podríamos llamar bárbaro. 
Con las nubes de polvo que se levantaban* se oscure- 
ció el sol antes de su hora, y la noche estendió antes 
de tiempo su ennegrecido manto. Separáronse con esto 
los guerreadores sin que ninguno habiese cejado un 
palmo de terreno : la tierra quedó empapada en san- 
gre humana: la victoria no se sabia por quién. 

Babia Almanzor recibido muchas heridas. Retira- 
do por la noche á su tienda, y observando cuan pocos 
caudillos se le presentaban, según costumbre después 
de un combate , «¿Cómo no vienen mis valientes? pre- 
guntó. — Señor , le respondieron , algunos se hallan 
muy mal heridos, los demás han muerto en el cam- 
po.» Entonces se penetró del estrago que habia su- 
frido su ejército ^ y antes de romper el dia ordeñó 
la retirada y repasó el Duero marchando en orden 
de batalla por si le perseguían los cristianos. Sin- 
tióse en el camino Almanzor abatido y desalentado : 
recrudeciéronsele y se le enconaron con la agitación 
Tomo iv. 6 



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99 BisTOftu ra bívOA'. 

las heridas de tal modo» qae no padieodo sosleoerse 
á caballo^ se bizo condecir en uoa silla y en hombros 
desús soldados por espacio de catorce leguas hasta 
cerca de Mediaa Selim (Ifedioaceli). Alli le encontró 
SQ hijo Abdelmelik (á quien no sabemos cómo no llevó 
á la batalla) enviado por el califa para adquirir nue- 
vas de su padre. A tiempo llegó solameqte para reco- 
ger su postrer aliento, pues lUli mismo y en sus bra- 
zos espiró el héroe musulmán á los tres días por an« 
dar de la luna de Ramazam, año 393 de la hegira (9 
de agosto de 1002), y áia edad de 63 años ^^K 

Sus restos mortales fueron sepultados en Medína- 
cqIl» cubriÓAdolos coa aquel polvo que, como dijimos, 
se había ido depositando en una caja del que sus ves- 
tidos recogían en Igs combates. Cumplióse la ley del 
Coran que decía: cEnterrad á los mártires según los 
»coge la muerte, con sus vestidos, sus heridas y su 
» sangre. No ios lavéis, porque sus heridas en el día 
>del juicio despedirán el aroma del almizcle.» So hijo 
Abdelmelik AlmadhafTar que tomó el mando del ejér- 
cito, le hizo también los honores fúnebres, y sobre. su 
sepulcro se inscribieron sentidos versos ^^K 

O ) Muchos de noestroft bÍ9to- sucmqs de los retóos orístíanos de 

rieoores, y entre ellos Maridoa, aqaol tiempo. Bnconlrámosle lleoo 

aoticipaa con m«QÍfiesta equivo- de iDexaotitndes y de aveoiaras fa- 

oaeíOD tres afios esta memorable hulosas y hasta absurdas. Sentimos 

b^taUa, y por coDsecueoma de ee- teoer queceosorar á tan respetable 

te error nacen asistir á ella á Ber- escritor, poro no podemos prescin- 

imio el Gotoso. Bien que oo ts po- dir da nuestie. deber histórico, 

aibie formar idea por Mariana ni (%) Conde copia la traducción 

<toloaboclMtdeAlHaBZOKDideloa qoe da uno de ana epitafios hito 



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PAETB II. LIBBO !• 83 

Asi acabé el famoso Mohammed ben Abdallah bea 
Abí Ahmer, coDocido por AlmaDzor, después de vein* 
te y cinco años de coiitÍDuado$ triunfos , y que basta 
su muerte se habta creído invencible. Lloráronle los 
soldados coa «j^argura ; <(;perdimos, esclamaban, 
nuestro caudillo , nuestro defensor , nuestro padre?» 
Con luto y aflicción vniTersaíl se recibió en Córdoba la 
nueva de su muerte, y en mucho tiempo ni la ciudad 
ni el imperio se consolaron; ó por mejor decir » no 
pudieron consolarse nunca , porque la muerte del 
grande hombre había de llevar tras sí la muerte del 
imperio. Dice nuestro cronista el Tudense , que luego 
que mnritS Almaaz0r se dejó ver á las margenes del 
Guadalquivir un hombre en trage de pastor que an- 
daba gritando, unas veces en árabe y otras en caste- 
llano: üEn Calatañaxor Almanzor perdió el tambor. r^ 
Y que cuando se acercaban á preguntarle se ponía á 
llorar y desaparecía á repetir las mismas palabras en 
otra parte. «Creemos, añade el piadoso cronista, que 
aquel hombre era el diablo en persona , que gritaba 
y se desesperaba por la gran catástrofe que hablan 
sufrido los moros.» 

80 amigo don Leandro Fernandez de Moratio, y es como sigue: 

No existe ya, pero qoeáó en el orbe 
Tanta memoria de sus altos hechos, 
Que podrás, admirado, conocerle 
Cual si le Tíeras hoy presento y yif o: 
Tal fué, que nunca en sucesión eterna 
Daráa loe siglos adalid segundo, 
Que así, venciendo en guerras, el imperio 
Del pueblo de iBoaael acrezca y guarda. 



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CAPITULO XIX, 

caída t disolución del califato. 

•e 4002 A 4034. 

Justos temores y alarmas de los musulmaDes.— Gobierno de Abdelme- 
■iik, hijo y sucesor de Almanzor» como primer roioistro del califa Hi- 
xem.— Sus campañas cóoira los crisiiaoos: su muerte.— -GobierDO 
de Abderrahmao, segundo hijo de AlmSinzor.— Infundado orgullo de 
este hagib: su desmedida ambición: hácese nombrar sucesor del ca- 
lifa.— Terrible castigo de su loca presunción.— Ministerio de Ifo- 
hammed el Ommiada y del slayo Wahda.— Encierran al califia Hixem 
en una prisión y publican que ha muerto.— llobammed se proclama 
califa.— Le destrona Suleíman con auxilio del conde Sancho de 
Castilla.— Gran batalla y triunfo de los castellanos en Gebal Quin* 
tos.— Recobra Mohammed el trono con ajfuda de los cristianos cata- 
lanes.— Saca Wabda al califa Hixem de la prisión» y le enseña al 
pueblo que le creia muerto.— Entusiasmo en Córdoba: alboroto: Mo- 
hammed muere decapitado, y su cabeza es paseada por las calles 
de la ciudad. — Apodérase Suleiman otra vez del trono, y desapare- 
ce misteriosamente y para siempre el califa Hixem. — ^Muere Suleí- 
man asesinada por All el Edrisíta, que ¿ su Tez se proclama califa. 
—Precipitase la disolución del imperio: partidos, guerras» destro* 
namientos, usurpaciones, crímenes.— Últimos califas: All, Abderrah- 
man IV., Alkasim, Yahia, Abderrahman V., Mohammed 01., Tahia, 
segunda Tez, Hixem III.— Acaba definitivamente el imperio om- 
miada. 

Muy fundado era en verdad el desalíeiítQ y la 
aflicción y pesadumbre que produjo en toda la Espa- 
ña muslímica la nueva de la derrota de Calatañazor. 



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PAETB IK tlfiliO U 85 

Penelraba bien el Instinto público que todo aquel es- 
plendor y grandeza» toda aquella eslension , pujanza 
y unidad que habia adquiridp el califato bajo la enér- 
gica y sabia dirección del ministro regente, habia de 
desplomarse y venir á tierra con la pinerte de aquel 
hombre privilegiado , que con tanta intrepidez como 
fortuna , con tanta maña como arrojo , y con tanta 
política como vigor, habia elevado el imperio musul- 
mán á la mayor altura de poder que alcanzó jamás, 
y reducido al pueblo cristiano casi á tanta estrechez 
como en los tiempos de Muza y de Tarik. Que si los 
defensores de la cruz no se vieron en tan escaso terri- 
torio encerrados como en las días de Pelayo, halláron- 
se al cabo descerca de tres siglos de esfuerzos casi en 
la situación que tuvieron en tiempo del primer Alfon- 
so, y apenas fuera de la cadena del Pirineo podían con- 
tar con una fortaleza segura, y con un palmo de terre- 
no al abrigo de las incursiones del gran batallador* 
Temíanlos musulmanes, derribada la robusta columna 
de su imperio, por la suerte de la dinastía Ommiada, 
con un califa siempre en estado de pueril imbecilidad, 
y sin esperanza de suc&sion. Temian también no me- 
nos justamente lo que á los príncipes y guerreros cris- 
tianos, antes tan abatidos, habría de alentar aquel 
solemne triunfo. 

Brindaba ciertamente ocasión propicia á los cris- 
tíaoos el resultado glorioso de la batalla, y mas que 
todo el desconcierto y descomposición á que por con-» 



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86 HISTORIA DB BSPAHa. 

secuencia de ella vino el imperio musnlman, no solo 
para haberse recobrado de sus anteriores pérdidas, 
sino para haber reducido á la impotencia á los sarra- 
cenos, si los nuestros hubieran continuado unidos , y 
en lugar de aprovecharse de las disensiones de los 
infieles no se hubieran ellqs consumido también en 
intestinas discordias y rivalidades. Achaque antiguo 
de los españoles era esta falta de unión y de coucicr* 
to, y causa perenne de sus desdichas y de la prolon- 
gada dominación de los pueblos invasores. 

El rey Alfonso V. de León, niño de ocho años, 
continuaba bajo la tutela de su madre doña Elvira y 
de los condes de Galicia Menendo González y su es- 
posa , que educaban al rey y gobernaban el reino con 
recomendable prudencia. El hijo de Almanzor , Ab- 
delmelik Almudhaffar, que habia ido á Córdoba con 
las destrozadas huestes del ejército sarraceno, fué 
nombrado por la sultana Sóbheya (que sobrevivió un 
corto tiempo á Almanzor) hagib ó primer ministro del 
•califa Hixem, el ciial proseguía en su dorado alcázar, 
entregado á sus juegos infantiles, contento con llevar 
el nombre de califa y sin tomar parte alguna en los 
negocios del imperio. Heredero Abdelmelik de la au- 
toridad y de algunas de las grandes cualidades de su 
padre , pero no de su fortuna , quiso proseguir tam- 
bién su sistema de guerra con los cristianos , y ase- 
gurado por la parte de África en cuya emirato confir- 
mó á Moez ben Zeiri, comenzó sus incursiones perió* 



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PAm iK Lino I. S7 

dicas por el lado de Cataliifia , y alcanasó ana victoria 
cerca de Lérida (1 OOS). Eo el otoño de aquel mismo 
ano, después de na corto descanso en Córdoba , pas6 
con grande ejército á tierras de León» y al decin^ 
ios historiadores árabes , venció en un encuentro á los 
leoneses; se apoderó otra vez de la capital , y destru* 
yó lo que habia quedado en pie en la ocupación de * 
su padre: relación que está en manifiesta discordan- 
cia con la que de esta espedicion nos cuenta el arzo- 
bispo don Rodrigo , el cual dice expresamente que 
Abdelmelik en esta tentativa fué puesto en Tergonzo* 
sa fuga por los cristianos ^^K 

Continuó el hijo de Almanzor sus incursiones pe- 
riódicas, ni notables por su brillo ni fecundas en re- 
sultados , hasta el 1 005 en que otorgó á los cristianos 
una tregua, que equivalió para ellos á una paz. De* 
bieron mover á los leoneses ¿ solicitar esta transac- 
ción algunas desavenencias ocurridas con el conde de 
Castilla I y apoyó y esforzó su instancia cí walf de To- 
ledo Abdallah ben Abdelaziz » uno de los mas antiguos . 
y fieles caudillos de Almanzor. Motivaba este interés 
del walí toledano en favor del monarca leonés lo sh* 



(4) «Venció, dicen 1ü6 escrito- Léoa, fué TergonRosanenie aiiu« 

res árabes do Conde, á los cristia- yentado, y se retiró ignomifíiosa- 

nos cerca de León, y ae apoderó iaente«..áeristiams twrpiiereffu' 

de la ciodad, y arrasó sos muroa gatus,turJnterestreoers^$,^^ uist. 

hasta el suelo, qáe ya aiRfes au Arab. b. as.*-B8tas contradiocio«» 

padre los habia destruido hasta nes son frecuentes, y no es ya iácíl 

la mitad.» Cap. 103.— «Habiendo apurar de parte de quién está la 

congregado, dice el arzobispo don Tordad. 



BodrigOy 00 grande ejército sobre 



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88 mSTOftU BB ISPAftA» 

guíente. Entre las <)autivas cristianas que Abdallah 
tenia en su poder se hallaba una hermosa doncella, 
hacía la cual concibió el walí una pasión vehemente. 
Supo que aquella linda joven era hermana del rey de 
León y pidiósela en matrimonio. Accedió Alfonso á 
darle su hertnana como medio y condición de alcanzar 
la paz de Abdelmelik. Celebráronse las paces , y tam- 
bién las bodas muy contra la voluntad de Teresa , que 
asi se llamaba la princesa cristiana. Cuenta la crónica 
que la noche de las bodas le dijo á su mal tolerado 
esposo: «Guárdate de tocarme* porque eres un prin- 
cipe pagano: y si lo hicieres, el ángel del Señor te 
herirá de muerte.i> Rióse de ello el musulmán» y 
desatendió su intimación. Mas no tardó en arrepen- 
tirse de ello» porqub á poco tiempo se cumplió el fa- 
tal vaticinio» y como el walí sintiese acabársele la 
vida , llamó á sus consejeros y sirvientes » mandó que 
devolviesen á su hermano 1^ joven desposada , tan 
bella cautiva como infausta esposa» y que fuese con- 
, ducida á León, acompañando el mensage con ricos 
dones de oro y plata , joyas y vestidos preciosos. Ab- 
dallah falleció ai poco tiempo : Teresa profesó de re* 
ligiosa en un convento» y en este estado murió en 
Oviedo en el año 1039<*^ 

Muerto Abdallah » y espirado que hubo también el 
plazo de la tregua » invadió de nuevo Abdelmelik las 

(4) Mag. Ovei. ChroD. D. 3. 



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rARTB II. uno I. , 89 

tierras de Castilla (1007), desmanteló á Avila, Gor- 
maz, Qsma y otras fortalezas que los cristiaDOs habiaa 
Mo reparando: avanzó por Salamanca i Galicia y Lu* 
sitanía y regresó á Córdoba , donde solo se detuvo á 
preparar la campaña de la primavera siguiente. Em- 
prendió esta hacia el interior de Galicia (4008), «al 
frente» dicen las crónicas árabes , de cuatro mil gine- 
tes escogidos , armados decoraa;as resplandecientes 
como estrellas» cubiertos sus caballos con caparazones 
de seda de dobles forros : seguia la caballería anda-* 
luza y africana » gente aguerrida que se habia distin- 
guido en las mas peiigrosasocasiones.... Acometieron 
á los cristianos 4 y aunque eran los héroes de su liem* 
po» que todos habiaa entrado en muchas batallas y 
eran gente avezada á los horrores de las peleas, los 
atropellaron y rompieron sasalmafallas, y se volvie- 
ron sobre ellos como dragones , y se pusieron en des-- 
^ ordenada fuga, dejando el campo regado de sangre. 
Siguió Abdelmelik el alcance con su caballería , y re- 
parados los cristianos en unos recuestos y pasos difíci- 
les, se renovó la cruel batalla. Los infieles (continúa 
su crónica) pelearon como rabiosos tigres, y alli los 
muslimes padecieron mucho. A favor de la oscuridad 
que sobrevino se retiraron los cristianos á sus ásperos 
montes, y los musulmanes viendo la horrible pérdida 
que habian sufrido se volvieron á las fronteras , y de 
alli por Toledo á Córdoba,» Esta fué la última campa- 
na de Abdelmelik. A poco tiempo le acometió^ ona gra- 



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90 RI8T0AIA DI BSTAfÍA. 

ve eáfermedad , de que sucumbió en Córdoba en el 
ides de Safar de 399 (octubre de 1 008) con gran sen- 
timieoto de los buenos moslimes, y no sin sospechas 
de que hulúese sido envenenado. 

Habia muerto ya la sultana madre; sti hijo el 
califa Hixem continuaba vegetando en su alcázar en* 
Ire juegos y placeres, y restaba otro hijo de Alman- 
sor, llamado Abderrahman, tan parecido á su padre 
en el cuerpo y la fisonomía , como desemejante -ea las 
cualidades del corazón y del entendimiento. Sin apti- 
tud para los negocios graves'ni disposición para gober- 
nar • dado al vino y á las mugeres , acostumbrado á 
pasar su vida entre juegos y festines , y aficionado 
á los ejercicios de caballería en que lucía su bella 
figura , fué no obstante nombrado b^^gib del califa (io- 
mo su padre y su hermano , por los slavos y eunucos 
del palacio , conocidos coa el nombre de Alameríes, 
que eran los que disponían de la voluntad del imbécil 
Hixetn y de las primeras dignidades del imperio. Tan 
lleno de ambición como escaso de mérito el nuevo 
ministro , no se contentó con tomar el pomposo título 
de Al Nasir Ledin Ailah como Abderrahman IIL el 
Grande , lo cual revelaba bastante su presunción des- 
medida , sino que so pretexto de la falta de sucesión 
de Hixem , aunque todavía se hallaba en edad de 
poder tenerla , pretendió y obtuvo del mentecato ca- 
lífti qoe le declarara vn\i alhadf ó sucesor del impe- 
rio. Paso tan arrojado y pretencioso , á que no se babia 



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PARTfi U. LIMO I. 91 

atrefvido ni ^cin el mismo Almanzor , y qne no d^ó 
de traspirar aunque dado en secreto , no pedia menos 
de indignar á los ilustres miembros de )á familia Om** 
miada , que se consideraban , y con razón , con mas 
derechos y mas títulos á la herencia del califisilo en el 
supuesto de morir Hixem D. sin sucesión» y que si 
habían soportado el yugo de Alman^or » habia sido 
íkAo por las relevantes prendas é ináisputabie mérito 
del ministro regente. 

Distinguíase entre ellos el joven Mohammed , bit- 
nieto de Abderrahman III., hombre de resolución y de 
brío, el cual, dispuesto á atajar las orgnllosas preten- 
siones de Abderrahman , pasó á las fronteras, habló, 
escitó y logró reunir en torno suyo á los muchos adic- 
tos á la familia de los Meruanes , y congregada una 
respetable hueste marchó á su cabeza derechamente 
sobre Córdoba. Informado de esta mardia Abder- 
rahman , salió con la caballería africana y lá guardia 
del callfe á hacer frente & su competidor; pero éste, 
hurtándole la vuelta por medb de una hábil maniobra » 
penetró atrevidamente en la capital , apoderóse del 
res(5 de la guardia yde la persona del califo , y cuan*, 
do el hijo de Almanzor revolvió sobre Córdoba , ar- 
diendo en ira y en despecho , y confiado en el favor 
popular oón que contaba por respetos á la memoria 
de su padre , halló la plaisa de palacio ocupada por 
las tropas de Mohammed: empeñóse alli un rudo y 
sangriento combate: el populacho en que confiaba 



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d2 BIStOElA DB BSVAÍÍA. 

Abderrahman » do solo se hizo sordo á sus órdenes» 
sino que se puso de parte de Mohammed ; faltóle hasta 
la guardia africana, y cuando desesperado intentó 
retirarse , cayó acribillado de heridas en poder de los 
enemigos: poco tiempo tardó en verse clavada en un 
palo ia cabeza del usurpador cortada de orden de 
Mohammed (1009). Asi acabó el segundo hijo del 
grande Almanzor : sus bienes fueron confiscados, y el 
pueblo, versátil en sus afecciones, desahogó su fu- 
ror destruyendo el magnífico palacio de Azahira que 
Almanzor habia construido para sí ^*K 

Comenzó el nuevo ministro por alejar del lado del 
califa todas las hechuras de sus antecesores y por ro- 
dearle de personas de su partido y confianza. Pero 
aguijóle pronto la impaciencia de reinar: al efecto 
hizo difundir primeramente la voz de que el califa 
habia sido atacado de una enfermedad grave : el poco 
interés que el pueblo mostró por la salud de un sobe* 
rano á quien no conocía y que nada significaba , ins* 
piró á Mohammed el pensamiento de atentar á su 
vida , pero el slavo Wahda á quien confió su designio, 
antiguo camarero de Hixem , y á quien por lo tanto 
conservaba un resto de cariño , pudo disuadirle de la 
idea de derramar sin necesidad una sangre inocente, 
y le sugirió la de encerrarle en una estrecha prisión 
y publicar su muerte, lo cual era igual para sus fines. 

(i) Goiide, cap. 104.— Alma- Tolet. Hiat. Arab. c 34. 
kari, en Marphy^ cap. 3.— Rodar. 



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rAMti ti. uno t. 93 

Accedió á ello Móhammed , y el califa foé sigilosa* 
mente encerrado. Para dar mas aire de verdad á la 
proyectada farsa , se discurrió y ejecutó lo siguiente. 
Había en Córdoba un cristiano por su desgracia y fa^ 
talidad muy parecido en edad , en estatura y en fiso^* 
nomia al hijo de Alhakem y de Sobheya. Este infeliz 
fué de noche sorprendido y ahogado; y habiendo 
colocado su cadáver en el lecho mismo de Hixem, 
publicóse que el califa habia sucumbido de su enfer- 
medad. Creyólo el pueblo: hiciéronse solemnes y 
pomposas exequias al supuesto califa , y congregados 
los walíes y vazires , fué declarado sucesor del cali- 
fato el hagib, Móhammed /de la ilustre dinastía de los 
Beni-Omeyas ^*\ el cual tomó el título de Mahady 
Billah (el pacificador por la gracia de Dios). 

No justificaron en verdad los sucesos la adopción 
de tan bello título. Habiendo determinado expulsar 
de Córdoba la guardia africana « aborrecid^a del pue- 
blo y de ninguna confianza para él , insurreccionóse 
esta á la voz de sus gefes ; los formidables zenetas y 
los rudos berberiscos atacaron bruscamente el real 
alcázar , y costó una lucha mortífera de dos dias el 
arrojarlos de la ciudad : la cabeza de su primer cau- 
dillo que cayó en la retirada herido y prisionero , fué 
arrojada por encima del muro al campo africano. Un 
primo suyo, nombrado Suleiman ben Alhakem , á 

(i) Rodw. Totot. Hítt^ Arab) U c— Conde» ubi supra 



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94 HtiÜMiH M BSmIa. 

qtma aola wM^oft f&c gefe ,. juró veogtr taiaavía tfrea* 
t«» y partiendo para las froDteras de Castilla « ínvooó 
la a.y4Mla y proleoomi del conde Sancho García $ ofre- 
ciéndole la posesión de irarias fortalezas si le prestaba 
su auxilio coatra el usurf^rior Uohammed. Acogió el 
conde castellaos la proposición , y un ejército cristiano 
unido á kos bertieriacos de Suletman , se encaminó 
hacia Córdoba» Saliólo al encuentro Mohammed con 
sus andaluces , y hallándose ambas huestes en Gebaí 
Quintos, trabóse una tremenda batalla (conocida ea 
l« hisiCK^ia árabe por la batalla de Katdisehjf en que 
las lanzas castellanas de Sandio se cebaron horrible- 
mente en la sangre de los andaluces de Mohammed: 
vein.te mif árabes quedaron en el campo (7 de no* 
viembre de 4009), y Moliamaied ,. el Paciftcadoc por 
la gracia de Dios, tuvo que refugiarse en Toledo al 
abrigo de su hyo Obeidallah, walí de aquella ciudad. 
Suleiman » victorioso , merced á los robustos brazos 
castellanos » no se atrevió á entrar en Córdoba rec^-> 
so del mal efl|>Lritu del pueblo contra las razas africa* 
nasi Un cues tardó en resolverse á entrar. Entmees 
se hizo proclamar califa con el sobrenombre de Ai- 
mostain BiUah (el protegido de Dios). 

Con justa desconfianza estaba Suleiman en Córdo» 
ba. Sus africanos eran aborrecidos de la^ razas árabes 
que predominaban en el Mediodía de España. Esta- 
llaban continuas conjuraciones que tenia que ahogar 
con sangre^ y en una ocasión se vio precisado á oor- 



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tMT la cabeza é im paríeole saya que iotooÉika 9a-* 
pU^^arl6 m di maiodo, y á eÍDCueiita cómplices loaa. 
Sia cmibargo de ser africano « no carecía SuleímaB de 
elevados sentímieDlos. Habíóodole descobierlo el sla- 
vo Wabda qoe el califa Hixeoí vi?ia y atrevídose á 
proponerle que le repusiera en el poder ; «tWatoda, le 
respondiólsío enojarse , yo lo desearía mnebOt pero* 
00 es ocasión de entregarnos á manos lan débiles; sa 
Ueo^po le vendrá. 1» Y como le hubiese aconsejado 
alguno que permitiese á sos soldados bacer una ma- 
tanza de los crislianos que le habían favorecido, á fin 
de que nunca pudiesen ayudar á otro: «Jamás, con- 
testó S^leiman con energía» jamás consentiré seme- 
jante maldad ; han venido bajo mi fé» y cumpliré mis 
Jiurament09.x> Pero temiendo algún desmán por parte 
de los suyos, dio licencia á los cristianos, y los invitó 
i qoe regresaran á sus tierras colmándolos de rique* 
zas y preciosos dones ^^K lo cual ejecutaron ellos de 
muy buen grado. 

Pero Soleiman había enseñado á su competidor 
Mohammed á quién había de recurrir para ganar 
victorias; y á 1^ manera que aquel había acudido a) 
conde Sancho de Castilla , este desde Toledo solicitó 
el ani^ilio de los cendes de Afranc , Bermond y Ar-« 
mengudi (Ramón Borrel , conde de Barcelona, y so 
hermano Armengol, que lo era de Urgel), los coales 

W Roa»r. Hbt. Arab. c. 30 el 3a.-€oade, cap. iOS» 



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96 BISTOklA I^B bspa9a. 

mediante tratos y convenios le asistieron con ana 
hueste de nueve túil cristianos , que Mohammed in-» 
corporó á treinta mil mnsnlmanes de las provincias 
de Valencia , Murcia y Toledo. A la cabeza de los 
catalanes venían los dos valerosos condes Ramón y 
ArmengoU y en las primeras filas ondeaban las ban- 
deras de los obispe» de Barcelona , Gerona y Vícb, 
que personalmente quisieron compartir con sus com- 
patricios los peligros de aquella guerra. Por primera 
vez los estandartes de Cataluña reflejaron en las aguas 
del Guadalquivir. Los ejércitos délos dos rivales 
mahometanos, Suleiman y Mohammed se hallaron 
frente á frente en los campos llamados de Akbatal- 
bacar (la colina de los Bueyes). Lanzáronse impetuo- 
samente los berberiscos sobre las huestes aun no bien 
ordenadas, de el Mahady, y hubieran sucumbido si 
las lanzas catalanas no hubieran inclinado la victoria 
en favor de Mohammed y regado los campos con 
sangre africana^ El triunfo fué tan señalado, que el 
año 400 de los árabes (el 1010 de los cristianos), en 
cuyo estío se dio este famoso combate, quedó seña- 
lado en la historia árabe con el nombre de el año 
de los Francos, que asi llamaban ellos á los catalanes. 
Pero tan insigne triunfo fué comprado con noble y 
preciosa sangre cristiana. Alli pereció el brioso conde 
Armengol xle Urgel; alli sucumbieron los tres vene- 
rables prelados , á quienes tal vez un escesivo celo 
religioso hizo preferir al ejercicio pacífico de su mi- 



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PAETBU. UB&Ol. 97 

oislerió la vida inquieta y peligrosa de la campaña ^^K 
QuedároQJe abiertas las puertas de Córdoba á 
Mohámmed ; y Suleiman , que debió echar *muy de 
menos el socorro de los castellauos, retiróse hacia Al- 
geciras coa iotento de reclamar auxilios de África» 
después d^ haber saqueado sus soldados el espléndido 
palacio deZahara, llevádose las joyas y suntuosas col- 
gaduras, las lámparas de oro y plata del alcázar y de 
la mezquita, y destruido con bárbara y salvage mano 
una gran parte de los libros de su magnífica bibliote- 
ca; que asi comenzó la deliciosa mansión del magní- 
fico Abderrahmau á ser destruida por Iqs vándalos 
africanos. Salió Mohámmed de Córdoba en persecu- 
ción de los fugitivos y dióles alcance en los campos 
del Guadiaro. Pero alumbróle en este encuentro in- 
fausta estrella : arremetieron su hueste los berberis- 
cos con iioapetuosa furia, y hubo de retirarse á Córdo- 
ba en desorden. Dedicóse á fortificar la ciudad, pero 
büilian ya, asi en la capital como en toda la España 
muslímica , las parcialidades y los bandos. El slavo 
Wahda que tenia guardado al califa servíase del se- 
creto de su depósito como de un talismán para con- 
servar su influencia y dársela á los slavos sus compa- 



(4) Roder.Tolet.lbid.— Coode, acaso de las heridas recibidas en 

Gap. 106.— Segua algnno», elcou- ella. Conde se contradice en dos 

de Armengol no murió en esta ba- páginas úo múj distantes. De to- 

taUa, sino en la de Gaadíaro,y dos modos es cierto que marió en 

según otros después de haber sa- esta espedicion. 
i ido de Córdoba á consecuenclfi 



TOHO IV. 



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n aiATOUd DS BftFAfiA. 

triciúSt que de este modo dominaban á liohammed. 
Hubiera éste querido conaervar los auxiliares catala- 
nes, pero «nieslros rumores que corrieron acerca de 
atentados que contra ellos se proyectaban , movieron 
al conde Ramón Borrell á volverse á Barcelona á pe- 
sar de las protestas del califa. Invocó Hohammed el 
apoyo de los walíes de Mérida y de Zaragoza y de los 
alcaides de la frontera, y escnsáronse todos bajo dife*- 
rentes protestos; y era que cada cual no pensaba ya 
sino en apropiarse algún despojo de un imperio que 
veian desmoronarse. Inquietábanle los africacos con 
incesantes algaras; á las calamidades de la guerra ci-? 
vil se agregaron las de una epidemia: faltaban enCór* 
doba las provisiones; lodo el que pedia abandonaba 
la ciudad y sus mismas tropas se le desertaban para ir 
á incorporarse á los africanos. La situación de Moham- 
méd era desesperada y no sabía qué partido tomar. 
Tomóle por él el astuto Wahda. De improviso y 
de su propia cuenta sacó de la prisión al desventura- 
do califa Hixem á quien todos creian muerto, y le 
presentó al pueblo en la maksura ó tribuna de la 
grande aljama. Entusiasmado el pueblo con tan ine&-. 
perada novedad, se agolpó á la mezquita, y saludó 
con aclamaciones de júbilo al resucitado califa (junio 
de 1012), no viendo ya en el principe imbécil sino 
al legítimo soberano de una dinastía á quien amaba 
entrañablemente. Asustado Mohammed con los gritos 
de alegría que oia resonar por todas partes > ocultóse 



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PARTS U« LUUIO I. 99 

en una de las piezas mas apartadas de su alcázar: 
descubrióle un slavo y le presentó al califa, que con 
una energía desacostumbrada : «Ahora probarás , le 
dijo, el fruio amargo de tu desmesurada ambición*» 
Y en el acto le hizo cortar la cabeza , que un vazzir 
paseó á caballo en la punta de su lanza por toda la 
ciudad: su cuerpo fué desgarrado y hecho piezas en 
la plaza pública , y la cabeza enviada al campo de 
Suleiman cómo para que sirviese de lección y de es- 
carmiento al caudillo africano. Mas el uso que de ella 
hizo Suleiman fué embalsamarla y hacerla conducir 
con diez mil milcales de oro al walí de Toledo Obei- 
dallah, el hijo de Mohammed, que se preparaba á 
vengar á su padre, con el mensage siguiente: «cAhf 
«va la cabeza de tu padre Mohammed: asi recompon* 
«sa el emir Hixem á los que le sirven y le restituyen 
«el imperio: guárdate de caer en manos de este in- 
«grato y cruel tirano: si buscas seguridad y vengan- 
«za, Suleiman será tu compañero.» 

La carta y el presente surtieron el efecto que se 
apetecia. Obeidallah , antes rival y enemigo de Su* 
leiman , se unió á él para combatir juntos al verdugo 
de su padre, y con este fin había salido ya de Toledo. 
Súpolo el slavo Wahdá y partió de Córdoba con un 
cuerpo escogido de caballería en dirección de aquella 
ciudad. Conocedor de la importancia y del valor del 
auxilio de los cristianos, le solicitó del conde Sancho 
de Castilla haciéndole ventajosas proposicioneSé Pero 



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400 HISTORIA DB ESFAKa. 

hablasele antícipado ]'a Suleiman, y Sancho le coo* 
testó: «Seis fortalezas me ofrece ya Suleiman; si Wah- 
da me promete por lo menos. otras tantas, preferiré 
emplear mis armas en favor del califa Hixem.» Dué- 
lenos ver á un soberano de Casulla adjudicar su po- 
derosa espada y disponer de los brazos castellanos en 
favor del mejor postor de entre los competidores mu- 
sulmanes, pero asi era por desgracia ^^K Wahda hizo 
su puja, y Sancho se decidió por él, y con ayuda de 
Jos cristianos se apoderó fácilmente de Toledo. Volvió 
el joven Obeidallah contra el enemigo, pero liatido en 
Maqueda por musulmanes y cristianos, desbaratada 
su hueste y hecho prisionero él y sus principales ofi- 
ciales fué enviado á Córdoba, donde el califa Hixem, 
convertido después de su resurrección de imbécil y 
mentecato en déspota terrible, como si realmente hu- 
biera renacido con otra naturaleza , hfzole dar una 
muerte tan cruel como la de su padre, y su cuerpo 
decapitado y mutilado fué arrojado al rio (101 3). De- 
jó Wahda el gobierno de Toledo al poderoso y noble 
jeque Abu Ismail Dilnúm» y después de haber entre- 
gado á los cristianos algunas de las fortalezas contra- 
tadas y despedídoios con grandes dádivas y prome- 
sas í*), tomó la vuelta de Córdoba. Premióle lárga- 



te) El arzobispo don Rodrigo, Corana del Conde, Osma y Gor- 

Hiit. Arab. o* 37. maz, «y algunas otras casas «n 

(2^ De las siete forlaleías pro- Extremadura.» Chroo. Burgens. 

metidas solo se meDciooan como Anaal. Gomplut. y Gompostel. 
entregadas cuatPQ »:San E^t^j^an, 



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PARTB II. LIBRO 1. 



104 



mcDte el califa Hixem, y dio á sus slavos y alameríes 
á título de perpetuidad las alcaidías y teneocias de 
Murcia , Cartagena, Alicante , Almería » Denia, Játiva 
y otras; costumbre y manera de premiar imprudeq- 
temente introducida por Almanzor, y principio y fun- 
damento de los reinos independientes que no hablan 
de tardar en nacer ^^\ 



(1) La relación de los sacesos 
de eslae guerras, que hemos toma- 
do de los autores árabes do Conde 
y de los historiadores latinos es- 
panoles, difiere en muchos inci- 
dentes de la que hace el señor Do- 
zy con arreglo á otras historias 
arábigas que él ha consultado. (Ae- 
cherehes sur tBisMre^ 6(e. T. L 
desde la pág. 238 baste la 268). 

^1 autor de este obra, titulada: 
Reclierches sur VHisloirepolitique 
et lUteraire de VEspagne pendaat 
le moyen age, comenzada á pu* 
blícar en Ley den en 1 849, se mue»- 
Ira en ella profundamente versa- 
do en la historia de la dominación 
de los árabes en España y gran 
conocedor de los autores arábigos, 
cuyas palabras textuales cite, co- 
pia y coteja con frecuencia en sus 
propíos caracteres, al mishio tiem- 
po que manifieste no serle estra- 
no Jo que en otras lenguas se ha 
escrito anti^a y modernamente 
asi en España como en otros pai- 
ses, por lo menos en lo relativo al 
oscuro período que so propone 
examinar. Escudriñador e inves- 
tigador minucioso, pero critico se- 
vero, duro, inexorable, confesa- 
mos que no han podido menos de 
introQUCÍr en nuestro ánimo zo- 
zobra, confuttion y desconfianza 
Jas atrevidas proposiciones que 
con aire de inCaliDle magisterio 
sienta ea el brevísimo prólogo en 



forma de epístola de su obra y 
en^el discurso de toda ella. Ú 
señor Dozy con un rigor desapia- 
dado parece haberse propuesto 
dar al traste con todas las ilusio- 
ues de los que creíamos que des- 
pués de las publicaciones de Casi- 
ri, de Gonae, de Gajaogos y de 
otros orientelistes nacionales y es- 
trangeros, podíamos ya saber algo 
de la historia de los árabes espa- 
ñoles. El señor Dozy tiene la cruel- 
dad de decirnos que no sabemos 
nada, porque estos escritores no 
lo sabían elfos mismos* Copiaremos 
algunas palabras de su prólogo. 

De Casiri dice, que «sus estrac- 
tos dejan mucho que desear en 
punto á exactitud; que no estaba 
suficientemente familiarizado con 
la materia que intentaba esclare- 
cer, y que por otra parte no so 
distingue por un juicio sólido f 
claro.»— Es, sin embargo, á quien 
trate con mas compasión y con me- 
nos dureza.— «Conde (dice) traba- 
jó sobre documentos árabes sin 
conocer mucho mas de este lengua 
que los caracteres en que se e^ 
cribe; pero supliendo con una 
•imaginación en estremo fecunda 
la falte de los conocimientos mas 
alómenteles, con una impudencia 
sin ejemplo ha forjado techas á 
centenares, inTontado millares de 
hechos, haciendo siempre alarde 
de quien pretende traaucir fiel* 



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102 mSTOKIA BK BSrAftA. 

La situación de Córdoba y de toda Andalucía es« 
taba bien lejos de ser lisonjera. Quejábanse amarga- 
mente los nobles de la preferencia que Hixem y su 



mente textos árabes.... Los histo- 
riadores moderDos , sin sospechar 
que eran unos simples engañados 
por un falsario, han copiado muy 
cándidameote todas estas menti- 
ras: algunos han dejado atrás á su 
mismo maestro comoioandosus in- 
yenciones con los autores latinos y 
españoles á auienes de e3ta ma • 

ñera calomnianan » oEn 

resumen (dice mas adelante), sí 
contamos solo el libro de Conde, 
considerado siempre como el mas 
importante y el m$is completo so- 
bre la historia de la España árabe, 
el público de boy, y hablo aquí de 
los literatos no orientalistas, no 
tiene mas medios para instruirse 
en esta historia que los que tenia 
el público paca quien escribió Mo- 
rales en el siglo XVL Es peor to- 
davía: los que han leído y estudia- 
do á Conde, se hallan en In nece- 
sidad de hacer todo lo posible para 
salir de este abominable camino en 
que se los ha estra viado, de olvidar 

lodo lo que habían aprendido 

Porque se deberá considerar de 
boy mas el libro de Conde como sí 
do' existiera (comma non ave~ 
nü),„ etc. 9 

Con muy poca mas piedad tra- 
ta al seuor Gayaogos, de quien di- 
ce desde Juego que «su libro no ha 
reemplazado al de Conde.» Y nos 
seria fácil citar muchísimas pági- 
nas en que hace una critica acre 
y amarga de ru traducción de Al- 
^ makari, ya suponiendo que no ha 
eolendidobien el original, ya no- 
tando omisiones esenciales ó adi- 
ciones que dice haber hecho el 
tradacter de su cuenta, yá hacien- 
do indicaciones no muy emboza- 
das que pareoe tienden á demos- 



trar que de parte de este ilustrado 
traductor ha habido algo mas que 
descuido ó mala inteligencia. No 
se podrá en verdad argüir al señor 
Dozy de indulgente en sus juicios. 

De todo ello deduce, que «la 
historia de España en su edad me- 
dia hay que rehacerla.» «Yo creo, 
añade, que se hará bien en aban- 
donar la senda hasta ahora segui- 
da. En lugar de hacer historia será 
mejor estudiar y publicar desdé 
luego los textos.» 

Véase si decíamos con razón 
que el señor Dozy con sus pala- 
bras y su obra babia introducido 
en nuestro ánimo confusión y des- 
confícinza, por lo mismo que su 
erudición v tos inmensos recursos 
literarios áe que parece dispone 
no pueden menos de dar valor y 
peso á sus juicios. Dejamos, no 
obstante, á los orientalistas espa • 
ñoles y e>trangeros (y en ellos 
comprendemos á todos los que 
hasta ahora han escrito de la his- 
toria de la España árabe) el cui- 
dado de contestar á los gravísimos 
cargos que contra ellos envuelven 
sos dogmáticas y absolutas aser- 
ciones, y de demostrar (como 
esperamos y nos alegraremos de 
que lo hagan) que ni ellos han 
sido ó tan ignorantes ó tan fal- 
sarios, ni los que noa hemos va- 
lido de sos obras hemos sido tan 
Cándidos y tan simples, ni acaso el 
señor Dozy sea tan infalible como 
él en sus arrogantes asertos su- 
pone. 

Nosotros mismos, que no nos 
preciamos de orientalistas, lo hare- 
mos ver fácilmente. Pongamos un 
solo ejemplo. En la relación misma 
de loB hechos, en que tanto corri- 



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fAWn II. UBKO I. 



103 



ministro daban á los slavos y alamerfes. Criticábanlos 
agriamente por el suplicio de Obeidallah , que al fin 
había sido hecho prisionero peleando contra cristianos. 
Ardia la capital en discordias y partidos , y Snlennon 
que con sns correrías no dejaba un momento de re^ 
poso al pais y estaba informado del descontento de la 
población, traspuso á Sierra Morena, visitó y escfibió 
á los walíes de Calatrava, Guadalajara , Medinaceli.y 
Zaragoza, ofreciéndoles la posesión hereditaria desu^^ 
gobiernos y reconocerlos como soberanos feudatarios 
sin otra carga que un luego tributo, si le ayudaban á 



ge ¿ Doestros autores y que le ha* 
cen esclamar: «lAsi la pobre Es- 
paña no tendrá jamás una Histo- 
rial (pig. 2(6)» cuenta el critico 
holandés que después de la bata- 
lla de Akbataibacar, Suleiman qué 
se había retirado hacia Zahara, 
«en una uocbe abandonó aquella 
mansión coa sus berberiscos, y se 
retiró sobre Xátiva (pág. 945).» 
iSabe bien el señor i>ozy dónde 
está Xátifa? Pue» está a nue?e 
legaas de Valencia, y á mas de 
setenta ú ochenta de Córdoba y 
do donde estofo Zahara, regalar 
distancia para retirarse en una 
noche. Por lo menos los espaSoles 
no tenemos noticia de otra Xáti?a 

Se la S»tabi8 de los romanos, la 
ti?a de los árabes, San Felipe 
de Játiva boy. Añade Dozv que 
Mohammed entró en Córdoba 
acompañado de los catalanes; que 
los berberiscos dejaron á Xátiva y 
avanzaron hasta Algeciras; que 
salió Mohammed de Córdoba en 
su busca, y se encontraron los dos 
ejércitos cerca del Guadiaro en \m 
cercanías de Algeciras, donde se 
dio la segunda batalla: todo en el 



espacio de cinco días que media- 
ron de uno á otro combate (del 45 
al ti de junio), en cuyo tiempo» 
sí Suleiman ▼ sus berberiscos an« 
doTieron de Zahara á Xáti?a y de 
Xátiva á Algeciras, tuvieron que 
andar cosa de ciento sesenta le* 
goas por lo menos. El señor Doxy 
enmienda (en la nota primera de 
dicha página) al arzobispo don Ro« 
drigo que en logar de Xáiiva non» 
bra CUana, y á Conde que la nom« 
bra Ciíawa. No conooemoa boy 
esta ciudad, pero tenemos esto por 
menos malo que hacer á SuleiaMS 
V á sus africanos ir donde ni po- 
dían ni debian ir^ y andar lo qoe 
ni podian ni debían andar. Y no 
deÜte ser otra Xátiva que la qoe 
nosotros conocenaos, puesto que el 
mismo Dozy, hablando del pr iocí* 
pado de Almería, noe dice, qoe 
«comprendía al N. E. las ciudades 
de Murcia, Oribnela ▼ XéUva 
(pág. 65).» De todos modos agra- 
deceríamos al sabio orientalista ho 
landés que con su infaübilídad nos 
disipara. esU dificultad hiatórioo- 
geográfica qoe nos ha ocurrido. 



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1Qi BISTOEU DB ISPAfÍA. 

libertar á Córdoba del tirano prptector de los slavos. 
Aceptaron ellos la proposición y le asistieron con sos 
personan y sus banderas. Aproximóse con este re- 
fuerzo Suleiman á Córdoba, desolada simultáneamen* 
te por la peste, la miseria y los partidos. Huian otra 
vez las gentes de la ciudad, acosadas por la penuria» 
Desd^ Medina Zabara, donde Suleiman sentó sus rea- 
les, muqtenia inteligencias con algunos nobles cordo* 
beses por medio de los tránsfugas que iban á su campo. 
En tal conflicto el ministro Wahda creyó oportuno es* 
cribir á los walíes edrisitas de Ceuta y Tánger pidién* 
doles ayuda y haciéndoles grandes ofrecimientos, 
mas luego mudó de parecer y guardó las cartas. No 
faltó quien le denunciara al califa como uno de los 
que se correspondían secretamente con Suleiman. 
Faese verdad ó calumnia, vióse el ministro Wahda 
preso por aquel mismo califa á quien él mismo había 
tenido tanto tiempo aprisionado; hfzosele capítulo de 
acusación de aquellas cartas que se hallaron en su 
poder, escritas, según muchos piensan, con acuerdo 
del califa y que nada revelaban menos que la inteli- 
gencia que se le suponía con Suleiman, y á pesar de 
todo, aquel Hixein que al cabo le era deudor de la 
vida y del trono, sin consideración de ningún genero 
condenó á muerte á su antiguo servidor ; que parecía 
haberse propuesto aquel malhadado califa desquitarse 
en pocos dias á fuerza de crueldad inflexible de la 
orpe flaqueza de tantos años. Fué el desgraciado 



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PARTB II. LIBIO I. 105 

Wahda reemplazado por el walí de Almeríji Hairan, 
slavo también , hombre disliDguidb por sa valor y 
generosidad , por sa benignidad y prudencia , y «el 
mas á propósito para salvar á Hixem si su fortuna no 
hubiese llegado ya al último plazo ^f^> 

. Apretaba ya Suleiman el cerco de Córdoba , y 
Hairan se propuso cumplir con los deberes de hombre 
pundonoroso y de fiel hagib. Pero de poco le sirvie- 
ron ni sus nobles propósitos ni sus heroicos esfuerzos, 
que no es posible, dice oportunamente el escritor 
arábigo, defender una ciudad que' no quiere ser 
guardada, y en vano es sacrificarse por un pueblo 
que desea ser conquistado. Mientras él á la cabeza de 
sus slavos rechazaba vigorosamente los enemigos que 
atacaban una puerta , el populacho arrollaba la guar- 
dia de la ciudad que defendía otra , y la franqueaba 
á los africanos. Merced á la cooperación de los de 
dentro , penetró Suleiman en la plaza : el combate fué 
horrible; inundáronse las calles de noble sangre 
árabe, porque los andaluces de pura raza árabe de- 
feodieron el alcázar del califa hasta no quedar uno 
con aliento, y entre cadáveres nobles cayó herido el 
generoso Hairan que los habia alentado á todos y fué 
tenida y pontado por muerto. Apoderáronse al fin los 
africanos del alcázar y de todos los fuertes ; poV es- 
pacio de tres dias fué entregada la ciudad á un hor- 

(\) Conde, cap. jOS.^Roder. Tolet. c. 38. 



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400 HISTORIA DB MfAÍiA. 

roroso saqueo: muchos nobles jeques y cadíes, muchos 
sabios y hombres de letras fueron pasados al filo de los 
rudos alfanges africanos (1 01 3). El valeroso Hairan 
era el que » tenido por muerto, respiraba todavía* 
á favor de la oscuridad de la noche y de la confusión 
del saqueo, habia podido refugiarse en casa de un 
pobre y honrado vecino , donde sin ser conocido se 
hizo la primera cura de sus heridas. Vivía Hairan , y 
le veremos todavía hacer un importante papel en la 
historia. Dueño Sulein^an del alcázar y del califa, 
suplicáronle y le pidieron por la vida de este algunos 
de sus honrados servidores : «lo que hizo de él se 
ignora , dice la crónica árabe , pues nunca mas pa- 
reció ni vivo ni muerto, ni dejó sucesión sino de 
calamidades y discordias civiles.» A3i desapareció 
definitivamente el califa Hixem 11., tan misteriosa y 
oscuramente como habia vivido ^^K 

Remuneró Suleiman á los walíes y caudillos sus 
auxiliares , reconociéndoles , conforme á lo ofrecido, 
la soberanía independiente de sus provincias, aunque 
con la condición de asistirle en las guerras, especie de 
feudo que ya casi ninguno se prestó á cumplir , y cuya 
medida apresuró mas y mas el fraccionamiento y sub- 
división de pequeños principados en que vino pronto 
á ca^r el imperio. Al paso que protegia á sus africanos, 
perseguía y ahuyentaba á los alameríes y slavos ^^K El 

(4) Conde, ibid. que estos eran. Los árabes com- 

(2) Aon no bemos espücado lo praban á los judíos gran número 



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PARTB II. LIBIO I. 107 

slavoHairan I Último ministro del califa » curado ya 
de sos heridas , logró escaparse de Córdoba y ganar á 
Almería» ciadad de su antfgoo walíalo. El wali puesto 
por Soleiman quiso impedirle la entrada, y aun se 
sostuvo en su alcázar por espacio de veinte dias , al 
cabo de los cuales, indignado contra él el pueblo, le 
arrojó por una ventana al mar con sus hijos. De Al- 
mería pasó Hairan á África, donde consiguió persuadir 
á AU ben Hamud , walí de Ceuta , y á su hermaüo 
Alkasim, que lo era de Algeciras, que le ayudasen é 
lanzar de Córdoba al usurpador Suleíman y á reponer 
al legitimo soberano Hixem , á quien suponia vivo y 
encarcelado por Suleiman. Sirviéronle mucho al efec- 
to las cartas cogidas al desgraciado Wahda , en las 
cuales el califa Ommiada'ofrecia á Ali nombrarle so 
sucesor y heredero. Alentáronse con esto los herma* 
nos Ben Hamud , y desembarcó Alí en Málaga con 
sus huestes de Ceuta y Tánger. Uniéronsele los ala- 
meríes, y diósele el mando general del ejército. Apo- 
derado de Málaga , marchaba el ejército aliado hacia 
Córdoba cuando salió Suleiman á su encdenlro. Vióse 
este obligado muy contra su voluntad á aceptar un 
combate general , en el cual llevó la peor parte y tu- 

de esclavos germanos ó ftlavos» de v babian abrazado el islamismo: 

lo9 cuales udos erao canucos y se los principes los maoumíiian por 

servían de ellos en los harems, ser vicios particulares, y muchos 

otros constituían parte de la puar- se habían hecho ricos propietarios, 

día de los califas, y solían disMn- y llegaron á formar un partido po- 

guirse en las batallas: iodos lleva- deroso opuesto al de los africanof 

an el nombre genérico de slavos, berberiacos. 



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108 aiSTOElA DS BSPAffA. 

vo qoe tocar retiradaí. Cúpolc peor suerte todavía en 
otro encuentro con ios confederados cerca de Sevilla^ 
Abandonáronle las mismas tropas andaluzas pasándose 
á los africanos : abandonábale ya del todo la fortuna: 
él y su hermano heridos perdieron sus caballos y 
cayeron prisioneros. Entraron al día siguiente los 
vencedores en Sevilla sin resistencia , y avanzando á 
CkSrdoba , tampoco hallaron oposición , que no quiso 
estorbarles la entrada el padre de Suleiman que go- 
bernaba la ciudad , sabedor de la desgracia de sus 
dos hijos y temeroso de mayores males. 

Valióle poco , en verdad , al anciano aquella con- 
ducta ; porque el feroz AU , haciendo que le fuesen 
presentados el padre y sus dos hijos Suleiman y Ab- 
derrahman ; estos ya casi exánimes de resultas de sus 
heridas : «¿Qué habéis hecho de Hiiíiem , les pregun- 
tó , y dónde le tenéis? — Nada sabemos de él , respon- 
dió el anciano. — Vos le habéis muerto , replicó Alf. — 
No , por Dios f contestó el viejo Alhakem , ni le hemos 
muerto, ni sabemos si vive ni dónde está.» Entonces 
sacando Alí su espada: «Yo ofrezco» dijo, estas cabezas 
á la vengiainza de Hixem y cumplo su encargo.» Alzó 
Suleiman los* ojos y le dijo : «Hiéreme á mí solo , Alí, 
que estos no tienen culpa.» Pero Alí» desatendiendo 
su ruego , los descabezó á todos tres con ferocidad 
horrible con propia mano. Diéronse luego á buscar á 
Hixem por todas las estancias y hasta por los subter* 
ráneos de palacio, y por todas las casas de la ciudad. 



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-PARTKII. LIBRO 1. 109 

y no habiéndole encontrado por ninguna parte» se 
anunció páblícamente su muerte en la ciudad , muer- 
te en que ya no quería creer el pueblo» dando esto 
ocasión al vulgo por espacio de algunos anos para mí| 
flibulas y consejas (1 01 6). 

Proclamado califa Alí ben Hamud el Edrisita » to- 
mó los títulos de Motuakil Billah (el que confia en 
Dios), y de Nassir Ledin Allah (el defensor déla ley 
de Dios). Pero dábanle mucha inquietud los alameríes, 
y el mismo Hairan le inspiraba recelos , porfío que, 
temeroso de su influjo , le envió á su gobierno de 
Almería. Habia escrito Alí á los walíesde tas provin^ 
cias reclamando su fidelidad y obediencia como á su- 
cesor legítimo dbl califato designado por el mismo 
Hixem; pero los de Sevilla , Toledo, Marida y Zara- 
goza ni aun siquiera se dignaron contestar á sus 
cartas. Formóse por el contrario una federación entre 
los walíes emancipados, al parecer y de publicó con 
el intento de colocar en el trono á algún principe Om- 
miada , de secreto tal vez con el principal designio 
de asegurar la independencia de sus gobiernos. Pro- 
clamóse, pues, á Abderrahman ben Mohammed , lla- 
mado Almortadi, de la ilustre estirpe de los Beni- 
Omeyas , hombre virtuoso y rico , de ánimo esfor- 
zado y muy querido de todos, al cual se dio el 
nombre de Abderrahman IV. Casi todos los walíes de 
la España Oriental y muchos alcaides del Mediodía, 
do quiera que dominaban los alameries , se agruparon 



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^^0 IllSTOEU D8 BSPAHA 

COD gU8to en derredor de aquella bandera. Mas en su 
misma corte y dentro de su propio alcázar tenia Alí ben ' 
Hamud desafectos que espiaban ocasión de deshacer- 
se de él. Un dia» cuando él se preparaba á salir de 
Córdoba, como ya lo habian verificado. sus tropas y 
acémilas, para combatir á Abderrabman que sesos* 
tenia en tierra de Jaén , quiso lomar antes un baño» 
del cual no salió , porque le abogaron en él los mis- 
mos slavos que le servían, tal vez ganados por los 
alameríes de la capital (1017). Divulgóse su mberte 
como un accidente y natural desgracia , y asi lo ere* 
yeron sus guardas y familiares. 

Nada aprovechó este acaecimiento á Abderrab- 
man Almortadi, porque el partido africano, bas- 
tante fuerte todavía en Córdoba, proclamó al walí de 
Algeciras Alkasim, hermano del abogado. Condújose 
Alkasim con una crueldad que hizo olvidar la de su 
antecesor , y con pretexto de descubrir y castigar á 
los perpetradores de la muerte de su hermano , á unos 
daba tormento, á otros hacia perecer en suplicios, y 
los alamerfes y las familias mas nobles de Córdoba se 
vieron oprimidas ó proscriptas, y no había quien no 
temiera su venganza. Pero alzóse pronto contra él un 
terrible enemigo^ su propio sobrino Yahia , hijo de su 
hermano Alí, que se hallaba en Ceuta, el cual pre- 
tendiendo que le pertenecía el trono de Córdoba, 
desembarcó en España al frente desús salvages tribus, 
y trayendo consigo una hueste auxiliar compuesta de 



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PAATB II* LlBftOl. 414 

los feroces negros del desierto de S6s » raza belicosa 
y bárbara que nunca habia pisado el suelo español. 
Cuando Aikasím partió de Córdoba á su encuentroi 
ya su sobrino se habia apoderado de Málaga : dieron-* 
se los dos competidores algunas batallas sangrientas, 
mas temeroso Alkasim de que sus discordias redan- 
dasen en provecho de Abderrabman el Qauniada que 
se mantenía en las Alpujarras, propuso á Yahia un 
concierto , por el cual se convino en compartir entre 
si el imperio. Tocóle á Yahia la ciudad de Córdoba, y 
encargóse Alkasim de proseguir ia guerra contra Al- 
mortadi con la gente de Sevilla , Algeciras y Málaga 
que reservó para sf. Mas habiendo tenido esle último 
la imprudente confianza de pasar á Ceuta con objeto 
de dar solemne sepultura á los restos mortales de su 
hermano, Yahia, con insigne mala fése hizo procla-> 
mar en su ausencia soberano único del imperio mus- 
límico español. Favorecióle mucho la general odiosi- 
dad que habia contra Alkasim , no solo para que aquel 
fatigado pueblo no se opusiese á la usurpación , sino 
para que los jeques y wazzires se alegraran del cambio 
y le juraran gustosamente fidelidad y apoyo (1024). 

Súpolo Alkasim en Málaga de regreso de su es- 
pedición funeral , y con toda su gente marchó resuel- 
tamente sobre Córdoba decidido á vengar la alevosía 
de su sobrino. Faltóle á Yahia el valor cuando mas le 
había menester, y á pesar de contar con el arrojo de 
sos negros, y con mas partido « ó siquiera con menos 



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412 aiSTORiA DB bspaSa. 

antipatías en el pueblo que Alkasím , no se alrevió á 
esperarle, y abandonando la ciadad, no paró hasta 
Algecíras. Sin resistencia entró segunda vez Alkasim 
en Córdoba , si bien la soledad , el silencio, la tristeza 
que notó á su entrada le significaron bastante el dis- 
gusto con que era recibido , y ique él aumentó con sus 
nuevas crueldades y sañudas ejecuciones. El dX^or^r 
recimienlo llegó á punto que «no podia ya dejar, de 
producir un conflicto. Una noche se tocó á rebato, 
y el pueblo , de antemano y secretamente armadb, 
acometió furiosamente el alcázar, que á pesar de su 
impetuosa arremetida no pudo tomar, porque la 
guardia le defendió con bizarría. El populacho, sin 
embargo , no se separó de allí , y por espacio de cin- 
cuenta dias tuvo estrechamente asediado al califa y 
sus guardias. Faltos ya de provisiones, determinaron 
hacer una salida vigorosa: muchos perecieron clavados 
en las lanzas populares : el mismo Alkasim hubiera 
sido despedazado sin la generosidad de algunos ca- 
balleros que le conocieron y escudaron , y le sacaron 
de la ciudad , y aun le dieron escolta hasta Jerez. 

Gansada la p&blacion del yugo africano, hubiera 
recibido con los brazos abiertos al Ommiada Abder- 
rahman Almortadi, si á tal sazón no hubiera llegado 
la noticia de su muerte. ¿Cómo, fué la muerte de este 
esclarecido príncipe , y qué había sido de sus aliados, 
y cómo no prosperó mas su partido á través de las 
disidencias entre los caudillos y califas africanoa? Hé 



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PARTE 11. LIBRO I. 1 13 

aqui como lo cuenta Ebn Khaldun en su capítalo sobre 
los principes de Granada. Veían Uairan y Almondhir 
(walí-de Almería el ano y de Zaragoza el otro, prin- 
cipales fomentadores de la insurrección y del partido 
de ^derrahman] que Almortadi no era el califa qué 
^llos% habían propuesto buscar. Cuidábanse ellos en 
él fondo muy poco de los derechos de los Omeyas , y 
sí combatían por un principe de aquella familia , era 
con la esperanza de reinar ellos bajo un señor débil é 
impotente que hubieran impuesto como soberano le- 
gitimo á los berberiscos. Pero Almortadi, que era de 
natural altivo y fiero, no quiso acomodarse á seme- 
jante papel ni contentarse con una sombra de sebera^ 
n(a. Lejos de obrar según las miras y fines de Hairan 
y Almondhir, fué bastante imprudente para hacérse- 
los enemigos. Un día los había prohibido entrar en su 
casa. «A la verdad, se dijeron ellos entre sí, este 
hombre se conduce de bien distinta manera ahora 
que manda un numeroso ejército que antes. Induda- 
blemente es un engañador de quien no se puede fiar.» 
Para vengarse de Almortadi, que habí^ favorecido á 
costa de ellos á los gefes de las tropas de Valencia y 
Játiva, escribieron á Zawi (^^ excitándole á que atá- 
case á Almortadi en su marcha á Córdoba, prome- 
tiéndole que abandonarían al califa cuando la lid es* 



~ (4) Za^i beo Zeiri era el waU y fué el que príDci palmeóte sostu- 

de Granada, que, como berberisco yo la guerra coa Abdetrahman. 
se había mantenido fiel á Alkasim, 

Tomo iv. 8 



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114 HISTOEIA DB BSPAÜA. 

tuviera empeñada. La batalla duró muchos dias; en 
UDO de ellos las huestes de Almondhir y de Hairan, 
según su promesa» volvierou la espalda al enemigOf 
quedando Abderrahman solo con los verdaderos par- 
tidarios de su familia y con algunos cristianos auxi- 
liares que llevaba. Fueron estos pronto puestos en 
fuga por los berberiscos, quQ hicieron horrible ma- 
tanza en sus contrarios « y se apoderaron de sus ri- 
quezas y de las magníficas tiendas de sus príncipes y 
. de sus generales. 

«Esta derrota» dice Ebn Hayan» fué tan terrible» 
qnehizo olvidar todas las demás: desde entonces 
jamás el partido andaluz pudo reunir ya un ejército» 
y él mismo confesó su decaimiento y su impotencia.» 
Expiaron» pues» Hairan y Almondhir con la ruina de 
su propio partido su infame traición conjra Almorladi. 
Este desventurado príncipe logró no obstante poder 
escapar de los berberiscos» y ya habia llegado á Gua- 
dix cuando unos espía» enviados por Hairan le des- 
cubrieron y asesinaron. Su cabeza fué enviada á 
Almería donde Almondhir y Hairan se hallaban en- 
tonces í*^ 



(4) Doz7,Recbercbes,etc. i. 4. derrahman, que espiró eo la mi»* 
pág. 40. y Bis.*-GoDde , cayo ma hora que al rey Abderrahman 
relato difiere del de Iba Khaldao, le anuDCiarou qae sus tropas y 
cuenta qae cen lo mas recio de la aliados seguiaa victoriosos á sus 
pelea, cuando la Tictoria sede- enemigos róap. 443].» Dozy supone 
claraba por los alameries, una fa- este acaecimiento en 1018. Conde 
tal saeta flechada por la mano del en 40f3. Esta última fecha con- 
destino enemigo de los Omeyas, cierta mejor con los sucesos ante- 
hirió tan gravemente al rey Ab- rieres y posteriores, según hasta 



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fAETBIl. LIBEOI. 41& 

Gran desconsuelo causó esta novedad á los alame. 
ríes de Córdoba y á todos los parciales de los Omeyas« 
que temían verse de nuevo envueltos en los horrores 
de la guerra civil de queen un momento se lisonjearon 
haberse libertado. Pero conociendo que no debian 
perder el tiempo en lamentos estériles, apresuráronse 
á proclamar califa á Abderrahman ben Híxem» her- 
mano .de Mohammed el biznieto de Abderrahman IIL 
Diéronle el título de Abderrahman V.» y el sobre- 
nombre de Almostadir Billah (el que confia en el am- 
paro de Dios% Joven de veinte yUres años, bella y 
agradable figura, ingenio claro, erudito y elocuente, 
y de costumbres severas, parecía Abderrahman Y. el 
mas á propósito para reparar los males del imperio, 
si los males del imperio no hubieran sido ya irrepa- 
rables. Todos ambicionaban ya el trono, y su mismo 
primo Mohammed ben Abderrahman fué el que mas 
. sintió verse postergado y juró destronarle ó sucumbir 
en la demanda. Sobre no poder contar ya ningún 
califa con la sumisión de los walíes de las provincias, 
perdióle á Abderrahman su propia severidad y su ce- 
• lo por la reforma de los abusos. Quiso enfrenar la 
licencia de la guardia africana andaluza y slava^ y 
suprimir algunos privilegios odiosos que se habían 
arrogado I y como no faltara quien instigase á los 

ahora loa cooocemoa. Según Con- capitado por Ali en una iavasion 

de, no pado Hairan tener parte en que este nizo en Almería. Dozy le 

el aaeainato del califa Ommtada, nace morir despuea de maerte 

pacato que refiere haber sido de* natural. ¡Notables discordanoiaa! 



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116 U8T0RU DB BSPAÑA. 

descontentos, á quienes tales medidas ofendian, bur- 
lábanse de él diciendo que era mas cortado para su- 
perior de un convento de monjes que para soberano 
de un imperio. Mohammed era et que principalmente 
fomentaba estas malas disposiciones. El resentimiento 
estalló en rebelión abierta, y una mañana antes de 
levantarse el califa, se vio asaltado por una muche- 
dumbre tumultuosa , que comenzó por asesinar los 
slavos que guardlaban la puerta de su departamento* 
Despertó Abderrahman al ruido, y empuñando su 
alfange, se defendió valerosamente un buen espacio, 
hasta que sucumbió á los repetidos golpes de los ase- 
sinos, que con bárbara ferocidad hicieron su cuerpo 
pedazos , y se derramaron tumultuariamente por la 
ciudad proclamando á desaforados gritos á Mohammed 
en medio de la sorpresa y espanto de una población 
intimidada. 

Dueño Mohammed del apetecido y ensangrentado , 
trono y siguió el sistema opuesto al de su antecesor. 
Propúsose conquistar la afección de la guardia africa- 
na á quien debia su elevación, á fuerza de prodigali- 
dades y larguezas. Otorgóle nuevos privilegios, daba 
á los soldados espléndidos banquetes, agasajábalos de 
mil maneras, y creyéndose con esto afianzado y se- 
guro entregóse á una vid^ de placeres, entre músicas, 
versos, juegos y festines en el palacio y jardines de 
Zahara que hizo reparar. Los walíes y alcaides que le 
veian tan distraído y apartado de los negocios públí- 



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PARTBir. LIBEO 1. 117 

eos y de gobierno obraban como señores iodependien* 
tes y disponían por sí de las rentas de las provincias, 
y como estas dejaron de ingresar en el tesoro y los 
dispendios del califa consumian tan apresuradamente 
los escasos recursos que quedaban, agotáronse estos 
' pronto, y solo á fuerza de gabelas y vejaciones em- 
pleadas por los recaudadores públicos podian los pue- 
blos de Andalucía subvenir á las liberalidades de su 
pródigo soberano. Pero era á costa de la miseria y de 
la opresión del pueblo, cuyas quejas y lamentos eran 
necesarios y naturales. Cuando todo se apuró, y llegó 
á faltar no solo para las acostumbradas larguezas sino 
basta para las atenciones indispensables, murmurá- 
banle ya simultáneamente la guardia y el pueblo, este 
por lo que habia dado de mas, aquella por lo que 
dejaba de percibir. Pueblo y guardia al Bn se suble- 
varon; comenzó la multitud amotinada por pedir la 
destitución de algunos vazzires y las cabezas de otros, 
y concluyó por reclamar á gritos la del califa y sus 
ministros. Merced á la lealtad de algunos gineles de 
la guardia africana que pudieron librarle del furor 
popular, logró Mohammed salir de Zahara con su fa- 
milia y refugiarse en la fortaleza de Uclés, cuyo alcai- 
de le franqueó generosamente la entrada. Pero allí le 
alcanzó el odio de sus perseguidores, y en aquel hos- 
pitalario asilo murió á poco tiempo ín venenado, des- 
pués de un corto reinado de año y medio (102&). 
Córdoba suspiraba ya por un soberano capaz de 



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418 HISTORIA DB BSFAÑA. 

poner térmiao á la feroz anarquía que la desgarraba^ 
Poseía entonces el emirato de Málaga y estendia sa 
gobierno á Algeciras , Ceuta y Tánger aquel Yahía 
ben Alí el Edrísita, que ya habia obtenido algún tiem** 
po el califato, y gozaba fama de gobernar con mo- 
deración y con justicia. A invitación de sus parciales 
pasó Yahia á Córdoba , donde fue recibido con de- 
mostraciones públicas de alegría. Su primer cuidado 
fué escribir á los walíes ordenándoles que pasaran á 
la capital á jurarle obediencia, pero estos no estuvie- 
ron €on él mas deferentes que con sus antecesores: 
los unos ó se escusarou ó se hicieron sordos » los 
otros le desobedecieron abiertamente y aun se atre- 
vieron á tratarle de intruso y usurpador» De este nú- 
mero fué el de Sevilla Mohammed ben Abed, llama- 
do Abu al-Easim, conocido ya por su rivalidad con 
Yahia. Quiso este castigar ejemplarmente su desobe- 
diencia , y salió á combatirle con la caballería de 
Córdoba , dando orden á los alcaides de Málaga , de 
Arcos, de Jerez y de Medina Sidonia para que se le 
incorporasen. Noticioso de ello el de Sevilla dispuso 
una emboscada y por medio de una hábil estratagema 
logró envolver el ejército del califa, que fué comple- 
tamente desbaratado: el mismo Yahia recibió en la 
refriega una lanzada que le clavó á la silla de su ca- 
ballo: su cabeza fué enviada á Sevilla en señal de 
triunfo, y las/eliquias del destrozado ejército cordo- 
bés se retiraron en el mas triste abatimiento (4026). 



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PARTB 11. LIBRO I. 119 

Asi acabó Yahia Bea Alí, último califa eddsita, que 
ea dos veces que ocupó el Ircuo do llegó á reinar año 
y medio. Mobammed ¡cosa extraña I se volvió á Sevi- 
lla sin aspirar al califato. 

Hubieron de proceder á nueva elección los cordo- 
beses, y á propuesta é ioQujo del vazzir Gehwar re- 
cayó el nombramiento de califa en Hixem ben Mo* 
hammed, otro biznieto del grande Abderrabman, y 
hermano de aquel desgraciado Abderrahman lY. Al- 
mortadi. Hallábase el eleg;ido retirado en la fortaleza 
de Albonte' (acaso Alpuente) en compañía de su alcai- 
de , cuando le fué anunciada ¡a nueva de su procfa- 
maciou. Modesto t desinteresado y prudente Hixem, 
contestó á los enviados del diván que daba las gracias 
al pueblo de Córdoba por la honra que le bacía y el 
afecto que le mostraba, pero que no podia resolverse 
á echar sobre sus hombros el grave peso del goUerno 
ni á dejar la vida quieta y pací&ca de su retiro. Pasá- 
ronse algunos meses antes que pudieran vencer su 
repugnancia al trono, y cuando hostigado por las ins- 
tancias de losprincípales alameríes se resolvió á acop- 
arle, difirió cuanto pudo su entrada en Córdoba so 
pretexto de organizar un ejército en las fróüieras, en- 
comendando entretanto el gobierno de la capital al 
vazzir Gehwar á quien nombró su hagib. Habían los 
-cristianos, á través de las discordias que también los 
consumían entre sí, aprovechados® algo, aunqjie mu- 
cho mas hubieran podido hacerlo, de las que destro- 



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1 20 HISTOEIA DB BSPAJftA ' 

zabao á los musalmanes » y ensanchado considerable- 
mente los límites de sus fronteras. Guerreó, pues, 
Híxem IIL con ellos por espacio de tres anos con for- 
tuna varia, y principalmente por la parte de Galatrava 
y de Toledo. Fomentó mucho la institución de los 
zahbits, especie de monjes guerreros, y como la mili- 
cía sagrada de los musulmanes , que se consagraban 
voluntariamente al ejercicio de las armas y á defender 
constantemente las fronteras contra los almogávares 
cristianos; origen , á lo que muchos creen, de las ór- 
denes militares cristianas. 

Pero si algo ganaba el califa sosteniendo el honor 
de las armas muslímicas en las fronteras , perdia mas 
por otra parte el imperio con su apartamiento de la 
capital, aflojándose , ó mas propiamente desatándose 
ya los escasos vínculos que le unian , ya tomando 
ocasión de su misma ausencia los sediciosos para fo- 
mentar en la capital hablillas y disturbios, ya decla- 
rándose los walíesen completa independencia y obran- 
do como reyes absolutos. De todo le dio aviso su fiel 
hagib Gehwar , instándole á que con la mayor pres-r 
teza y diligencia pasase á Córdoba. Hízolo asi Hi- 
xem (1029), y su presencia, su afabilidad, su pru- 
dente y generoso comportamiento no dejó de calmar 
los ánimos de los mas revoltosos é inquietos, y de 
captarse las voluntades de la mayoría de la poblaciout 
visitando las escuelas , colegios y hospicios , y socor- 
riendo á los huérfanos , desvalidos y eoifermos. Mas 



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PARTBU. LIBRO 1. 19|f 

cuando quiso persuadir á los walíes coa amistosas 
cartas y prudentes razones la necesidad de la unión y 
cooperación común para recuperar lo que las discor- 
dias habían hecho perdei: al imperio , no obtuvo ya 
sino ó negativas ó indiferencia, y no hubo manera de 
recabar de ellos las contribuciones y subsidios. Con- 
vencido de la ineficacia de los medios blandos y sua- 
ves , apeló á los fuertes y violentos , y encomendó á 
sus mas fieles caudillos la reducción de los walíes 
desobedientes. [Inútiles y tardíos esfuerzos! Algunos 
de los disidentes eran momentáneamente sometidos, 
pero la unidad del imperio ya virtualmente disuelta 
acabó de disolverse en lo material. El africano Zawi 
ben Zeiri se hacia proclamar rey de Granada y de 
Málaga : los de Denía y Almería , los de Zaragoza, 
Badajoz» Mérida y ToledOt declaráronse independien- 
tes de hecho y de derecho ; á las mismas márgenes 
del Guadalquivir se le rebelaban los de Carmoaa , Se- 
villa y Medina Sidonia ; y el mismo Abdelaziz á quien 
habia dado el gobierno de Huelva se alzaba con ei 
señorío de aquel país. ^P^nas le quedaba sino la ca- 
pital, y esla no tardó en enagenársele. 

Supieron que el califa en última necesidad habia 
hecho pactos y transacciones con los rebeldes, y aque- 
lla población, aquella raza degenerada, que, como 
el mismo His^em decia , ni sabia ya mandar ni sabia 
obedecer, le criticó de débil y de cobarde, le culpó 
de la mala suerte de la guerra y de las calamidades 



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122 - UlSTOftlA DB BSPAÑA. 

del reino, y se produjo en términos y demostraciones 
amenazadoras contra el califa. Aconsejábale Gehwar 
que abandonara la ciudad : él , que no habia gierecido 
la desafección del pueblo, no creía tampoco en su in* 
gratitud, hasta que lleg(S el caso de pedir la amoti- 
nada multitud á gritos por las calles la deposición del 
califa y su destierro. Avisóselo el mismo Gehwar, y 
entonces Hixem con resignación filosófica exclamó sin 
alterarse : «Gracias sean dadas á Dios que asi lo quie- 
re.» Y aquel príncipe que con repugnancia habia 
aceptado un trono jamás ambicionado, salió sin pesar 
de Córdoba acompañado de su familia y de algunos 
principales caballeros y literatos que quisieron correr 
la misma suerte que su soberano. Retiróse este pri- 
meramente á Hisn Aby-Sherif (1031), mas persegui- 
do alli por los cordobeses buscó un asilo cerca de Lé- 
rida, donde acabó tranquilamente sus dias en 1037. 
«En él, dice el historiador arábigo, feneció la dinas- 
tía de los Omeyas en España, que principió en Abder* 
rabman ben Moawia año 138, y acabó en este Hixem 
al-Motadi año 422 (de 756 á 1031). Así pasó el esta- 
do y la fortuna de ellos, añade, como si no hubiese 
sido. Feliz quien bien obró, y loado sea siempre aque^ 
cuyo imperio jamás acabará ^*^» 
• 

, (4) Conde, cap. H7. 



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GAPITIILO XX. 

REiKOS cristianos: 

BESDE ALFONSO V. ' DE LEÓN HASTA FERNANDO 1. 
DE CASTILLA. 

»• 40e2 4l037« 

Falta de unión entre los monarcas cristianos.— Conducta de Alfonso V. 
—Repnebla á León.— Sus desavenoocias con Sancho de Castilla.— 
Célebre concilio de León de 4020. — Sus principales cánones ó de- 
cretos.— Constituye el llamado Fuero de £eon.— Muerte de Alfon- 
so V.— Fueros de Castilla otorgados por el conde don Sancho.— 
Fueros en el condado de Barcelona.— Borrell II. 7 Berenguer Ra-^ 
mon ¡.—Fuero de Nájera por el rey Sancho el Mayor de Navarra.— 

' Garcfa II de Castilla y Bermudo III. de León.— Muere el conde Gar- 
da asesinado en Leoa por la familia de los Velas. — apodérase el 
rey de Navarra del condado de Castilla.— Horrible castigo de los 
Velas.— Gonqntsta una parte del reino de León.— Discordias entre 
el leonés y el navarro. — ^Vienen ¿ acomodamiento y se pacta reco- 
nocer á Fernando por rey de Castilla. — El navarro se apodera de 
Astorga y se erige en rey de León.— Muerte de Sancho el Grande 
de Navarra, y fomosa distribución de reinos que hizo entre sus hi- 
jos.— Guerra entre Ramiro de Aragón y García de Navarra.— Guer- 
ra entre Bermudo III. de León y Fernando h de Castilla.— Muere 
Bermudo.— Extínguese la línea masculina de los reyes de León.— 
Hácese reconocer por rey de León Fernando de Castilla.— Reunión 
de las coronas de León y (¡astilla en Fernando I. 

Decíamos en el^ aoteríor capítulo que el resaltado 
de la batalla de Galatanazor y la descomposícioD á 
que por consecuencia de ella vino el imperio musul- 



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1ÍS4 HISTORIA DB ESPAÑA. 

man, brindaba ocasión propicia á los cristianos, no 
solo para recobrarse de sus pasadas pérdidas, sino 
para haber reducido á la impotencia á los sarracenos, 
si los nuestros hubieran continuado unidos y sabido 
convertir en provecho propio el desconcierto á que 
aquellos vinieron y las disensiones que los destroza- 
l^an. Añadiremos ahora, que si después de la muerte 
de Almanzor (1002) y durante los seis años del go- 
bierno de su hijo Abdelmelik pudieron todavía los 
estandartes que triunfaron en la cuesta de las Águilas 
detenerse ante un resto de pujanza que conservaba el 
imperio mahometano bajo la dirección de aquel beli- 
coso caudillo, muerto este (1008), ni hallamos la ra- 
zón ni podemos justificar la conducta de los príncipes 
cristianos en no haber proseguido de concierto la 
guerra contra los enemigos de la fé. Pronto olvidaron 
que una sola vez que se habian unido habían triunfa- 
do det gran capitán de los a ga renos en el apogeo de 
su poder: y como si hubiera pasado para ellos todo 
peligro, volvieron al sistema fatal de aislamiento y 
renacieron antiguas rivalidades. 

Seguían, es verdad, venciendo las armas cristia- 
nas en Gebal Quintos y en Akbatalbacar, alli manda- 
das por el conde Sancho de Castilla, aqui por los con- 
des Ramón Borrell de Barcelona y Armengol de Ur- 
geU Pero vencían, el uno para dar el trono de Cór- 
doba áSuleíman el Berberisco, el otro para entronizar 
á Mohammed el Ommíada. Eran solicitados como au- 



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PAATB II. LIBAO I. 125 

xiliares, y aparecían como mercenarios pudiendo ha- 
ber obrado como señores. Contentábanse con la cesión 
de algunas fortalezas y ciudades en pago de un ser- 
vicio los que hubieran podido ganarlas por conquista, 
y. las espadas que hubieran debido emplearse contra 
los enemigos de la fé eran arrojadas en la balanza 
muslímica para inclinarla con su peso alternativamente 
ya en favor de uno, ya en favor de otro de los aspi- 
rantes al trono musulmán. Algo los disculpa el haberse 
propuesto, como creemos, debilitar de aquella manera 
las fuerzas de los mahometanos y contribuir á fomen- 
tar sus escisiones. 

. Sin embargo, no fué por estos solos medios, ni 
fué solamente el material ensanche de territorio lo 
que ganaron los reinos cristianos durante la disolu- 
ción del imperio Ommiada. Reparáronse y se repu- 
sieron de las pérdidas y desastres causados por Al- 
manzor, y lo que fué mas importante todavía, dieron 
grandes y avanzados pasos hacia su reorganización 
religiosa, política y civil. Alfonso Y de León , ya en 
su menor edad bajo la tutela y dirección del conde 
Menendo de Galicia y su esposa, y de su madre dona 
Elvira ^^^ ya después de haber alcanzado la mayoría 



(4 ) Usándose ya en los siglos nombres, sigatendo en esto la cos- 
que históricamente recorrérnoslos lumbre generalmente recibidas 
antenombres de Don j Doftaapli- Con respecto á los Alfotisos ó 
cadosá los reyes y reinas y ¿otras Alonsos, que de ambas maneras 
personas ilustres, los emplearemos se encuentran nombrados en núes- 
nosotros también, amique no en tros autores aquellos monarcad, 
todos lo) cases ni para todos los hemos preferido usar constante- 



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426 UISTORU DB BSI^AÑA. 

y eQlazádose en matrímoaio con la hija de los condes 
sus ayos llamada Elvira iambien^(1008), en ambas 
apocas con recomendable piedad » ó inspirada ó pro- 
pia, se ocapó en reparar y fandar iglesias y monas- 
terios, ó en dotarlos de rentas y hacerles ricas dona- 
ciones. Llenos están el cartulario y tumbo de León y 
todos los pergaminos de aquel tiempo de ' privilegios 
de este ¿género otorgados por el joven y piadoso mo • 
narca i^K 

Mas no fueron solos monasterios é iglesias los que 
fundó, reedificó ó restauró, el hijo del segundo Ber- 
mudo. La capital misma de su reino, la ciudad de 
León desde las deplorables inupciones de Almanzor 
y de Abdelmelik habia quedado asolada, casi yerma, 
reducida, como dijo Ambrosio de Morales, á un cadá- 
ver de población'. Alfeñico V se consagró con ahinco 
y ñfan á levantarla de sus ruinas, emprendió enérgi- 
camente obras de reparación y construcción , dictó 
oportunas medidas para atraer nnevos pobladores, y 
no perdonó medio para hacerla recobrar en lo posible 
su grandeza y esplendor primitivo. Aun conserva Al - 
fonso V el título de repoblador de León. Qui papú- 
lavit Legionetn post destructionem AlfMnzar , dice 



meóte el de Alfonso^ ya por ser una narcas en saa iastromenios públi- 

contraccion de Ildephonsus , ya co« se decían siempre: «Ego Áde^ 

porque los érabcs nunca omitían pkonsüs Dei gralía, etc.» 

el sonido de la f6ph,Sueae que los (4) Pueden verse' los muchos 

nombraran Alfúns, An(u8 ó Ade- que recogió el P. Risco en el to- 

funs^ ya porque los mismos mo* moXXXVI. de la Espaüa Sagrada. 



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PARTB II. LIBRO I. ' 4S7 

todavía su epitafio: et fecit écclesiam hanc de luto eí 
latere. Hasla á los maertes los hizo contribuir á dar 
vida á aquella poblaciou exánime, haciendo trasladar 
á la iglesia de San Juan los restos mortales de todos 
los reyes que se hallaban sepultados en diferentes 
iglesias del reino, entre ellos el cuerpo de su padre 
que hizo conducir desde el Yierzo. 

Las flesavenencias entre el rey de León y su tío 
el conde Sancho de Castilla debieron comenzar de 4 01 2 
en adelante, puesto que aquel año -se ve al rey don 
Alfonso hablar del conde con el afecto de deudo ^*\ 
y en 1017 le trata de inicuo, de deslealf de enemigo* 
que no piensa ni d^ dia ni de noche sino en hacerle 
daño ^^K Acaso fué la causa de estas excisiones la pro- 
tección qtie el castellano solia dar á los criminales que 
del reino de León pasaban á sus dominios, de cuyo 
comportamiento se vengó el leonés despojándole de 
algunas posesiones que aquel tenia en su reino y trans- 
firiéndolas á sus leales servidores. Agregóse á esto 
que aquella familia de los Velas, enemiga de los con- 
des de Castilla desde Fernán González , y que ex- 
pulsada por 9Ste y unida á los sarracenos los habia 
concitado á hostilizar la Castilla y dirigfdolos á veces 
en sus invasiones, viendo mal paradas las cosas de 
los musulmanes habíase acogido otra vez á Castilla, 

(i) Et etiam tius et adjutor noBlroSanetianiyauidienoeUque 

mius Sanctius comes, Esp. Sagr. malum perpetrapat apud noe. 

tom. 35, ap. IX. Gartular. de Leoo, fol. 488.-»-Eflp. 

(t) Infidelissimo et adversario Sagr. tom. 36, ap. XH. 



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128' OISTORIA DB ESPAÑA. 

donde los recibió el conde don Sancho. Mas como los 
Velas diesen muestras de volver á sus antiguas infi- 
dencias, los arrojó ignominioáamente el conde de sus 
estados. Entonces el de León no solo los admitió be- 
névolamente en su reino, §ino que les señaló en^ los 
valles limítrofes de León y Asturias tierras y posesio- 
nes con que pudiesen vivir con arreglo á su distingui- 
da clase ^^\ lo cual produjo gran resentimiento en el 
conde castellano, y estas* disidencias duraron hasta su 
muerte. 

No estorbaron al monarca leonés estas discordias 
ni le sirvieron de embarazo para congregar una de 
las mas Importantes asambleas que en la época de la 
restauración se celebraron en España , y de las que 
mas influjo ejercieron en su reorganización política y 
civil. Hablamos del concilio de León del año 1020 ^^^; 
asamblea político-religiosa, que nos recuerda las fa- 
mosas de Toledo del tiempo de los godos, y la pri- 
mera de los siglos de la reconquista en que se hizo 
un código ó pequeño cuerpo de leyes escritas que nos 
hayan sido conservadas después del Fuero Juzgo. 
Abrióse el dia 1 .** de agosto ^^\ en presencia del rey 

(1) Estos Velas eran Ires, so- primeramente nombrados, 

gun testimonios auténticos, Ber- (2) Mariana con manifiesto er- 

mudo, Nobuciano ó Nepociano y. rorlesupooe celebrado en Oviedo. 

Rodrigo; no Rodrigo, Iñigo y Diego, (3) ¥ a no se duda de esta fe- 

se(;un el arzobispo don Rodrigo á cha, con la cual conouerdan to^os 

quien siguió Mariana, ni menos los códices, y que por una mala 

Diego y Silvestre, según Lucas de inteligencia apareció equivocada 

Tuy, que nombra solo esto9 dos. en la colección de Aguirre, t. III., 

En escrituras del archivo de León púg. 480. 
aparecen las firmas de los tres 



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PARTte II. LIBRO I. 429 

y de su esposa doña Elvira, eQ la 'iglesia de Santa 
María, con asistencia de todos los prelados, abades y 
proceres del remo. cEn la Era MLVIIL (dice) , eH .*" 
de agosto á presencia del rey don Alfonso y de lanci- 
na Elvira SQ mager , nos hemos congregado en la 
misma sede de Santa María todos los pontífices , aba* 
des y grandes del reino de España, y por mandado 
del mismo rey hemos ordenado los. decretos sigaíen- 
tes. qae habrán de ser firmemente observados en los 
tiempos fulares ^*Ky> Biciéroose en él cincuenta y ocho 
decretos ó cánones, de los^cuales los siete primeros 
versan sobre asuntos eclesiásticos , previniéndose en 
el T."" que se trate primero de las cosas de la Iglesia, 
después lo perteneciente al rey, y en último lugar 
la causa de los pueblos feausa populorumj. Los otros 
hasta el 20 son verdaderas leyes políticas y civiles 
para el gobierno de todo el reino , y los demás son 
como ordenanzas municipales de la ciudad misma de 
León y su distrito: el 20.^ tiene por especial ob- 
jeto la repoblación de la ciudad , «despoblada (dice) 
por los sarracenos en los días de mi padre el rey 
Bermudo*i> 

Son notables , entre otras disposiciones de este 
célebre concilio, las siguientes: «Mandamos (dice el 
canon 43), que el hombre dé benefaetoria vaya libre 

(4) Tenemos á la vista la Cboía Col^ion de Faerosi Manicipales . 

del libro de testamentos de la igie- y Cartas-pueblas de los reinos de 

sia 4e Oviedo, inserta por don Castilla, León, etc., 1847. 
Tomás Muñoz en el tomo I. de su 

Tomo iv. .9 



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430 H19TOE1A BB ISfAÜA* 

COQ todos SOS bienes y heredades á donde quisiere. > 
El hombre ó paeblo de hentfacloria^ de donde se de*^ 
rkó la palabra behetrÁa^ era el que tenia derecho ó 
facultad de sujetarse al señor que mas le acomodaba 
para que le amparase» defendiese é hiciese bien, con 
la libertad de mudar de señor á voluntad: «con quien 
bien me hiciere con aquel me iré ('^» 

«Los que han acostumbrado á ir al (omío con el 
rey, con los condes ó con los merinos ('\ vayan 
siempre según costumbre.» Ir al fosado era lo mismo 
que ir á campaña, á lo cual por las leyes godas esta- 
ban obligados todos los propietarios, llevando á la 
guerra, ademas de su persona, la décima parte 
de sus esclavos. Eta las nuevas monarquías hablan ido 
los nobles y ricos relajándoosla obligación , y miran- 
do como mera costumbre lo que había sido verdadera 
ley. En algunas partes se había conmutado el serví* 
ció personal en una contribución llamada fonsadera. 
El citado canon tenia por objeto conservar aquella 



(4] Estas béhiitiatj Xan cele- qoe se denominaba (i« mar d mar. 
bres en el derecho de Castilla de (2) Los merinos (deríTacion de 
la edad media, eran de diferentes la voz latina majorinus), de <\ub 
clase» según su ostensión ó limita- < ya se halla mención en el Fuero 
cion. A veces el señor ó benefactor de los visigodos, erap unos jueces 
que se hubiera de elegir había de mayores del rey, de los cuales el 
ser de determinado pueblo ó locali- sayón era el ejecutor ó ministro, 
dad. A veces estaderecbo se estén* «Merino es nome antiguo de Es- 
día á todo un país ó distrito, y en pafia (dice la 1. 23, t. 9, p. ty de 
ocasiones nose prescribían limites, la Recopilación), que auier tanto 
sino que el pueblo de beheifia te* decir como home que na mayoría 
nía facaltad de eief^ir seior en para facer jnsticia sobre algoa 
cualquier ponto de la Península bigar señalado» asi como villa 6 
de uno á otro extremo, que era la tierra, etci 



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PARTB II. LlBftO 1. tSI 

ley ó costHmbre tan útil y aocesaria para la defensa 
del estado. 

Decretóse en el 18."^ qae en Leoa y en todas las 
eiadades del reino hubiese jaeces nombrado^ por el 
rey. Que también en este punto se habia relajado la 
legislación visigoda, apropiándose los señoreden mo* 
chos lagares este derecho de la soberanta. 

En cuanto á los fueros particulares que por esto 
concilio le fueron otorgadoá á la ciudad de León, ha- 
bíalos también muy notables» cNiaguñ vecino de 
León, clérigo ó lego, pagará rausa, fonsadera ni 
mañería ('^» Goncediase por el 24/ á lá ciudad de 
León el fuero de que si se cometía en ella algún ho* 
micidiot huyendo el reo de su casa y estando oculto 
nueve dias, pudiera volver á ella seguro de la justi** 
cia y guardándose de sus enemigos ó componiéndose 
con ellos, sin que el sayón leeStigi6ra <^osa alguna 
por su delito. Las causas y pleitos dé todos los vecinos 
de León y de su término habían de decidirse precisar 
mente en la capital, y en tiempo de guerra estaban 
todos obligados ¿ guardar y reparar sus muros, go« 
zando el privilegio de no pagar portazgo de lo qne 
alli vendieí>en (can. ^8). Todo vecino pedia vender 
en su casa los frutos de su cosecha «n pena alguna 



(4) T* hemos esplidado íe qn% poí el dei^eobo de testar los ftoe 

era fonsadera. Rauso se llamaba morían sin hijos, del caal estaban 

la multa qoe debía pagarse por príTados los esolaToe, oelonos j 

las heridas y contosiones. Maniría demás personas de origen serfil. 



(aanneria) era otra eootribnoíoo 



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132 ' HISTORIA DB BSI»A{ÍA. 

(can. 33). Las panaderas que defraudaran el peso del 
pan, por la primera vez habían de ser azotadas, por 
la segunda pagarían cinco sueldos al merino del rey 
(can. 34). Ninguna panadera podía ser obligada á 
amasar el pan del rey» como no fuese esclava suya 
(can. 37). 

Dos de los mas apreciables privilegios concedidos 
por este concilio fueron los siguientes: «Ni merino ni 
sayón pueda entrar en el huerto ó heredad de hom- 
bre alguno sin su permiso, ni extraher nada de él, sí- 
no fuese de siervo del rey (can. 38).» «Mandamos que 
ni merino, ni sayón, ni dueño de solar, ni señor al- 
guno entren en la casa de ningún vecino de León 
por nenguna cahñia, ni arranque las puertas de su 
casa (can 41).» Recaen estos privilegios ya sobre la 
malacostumbre qne había, ó mejor dicho, abuso, que 
con el nombre de fuero de sayonía se arrogaban los 
jueces y sus ministros de hacer pesquisas y visitas 
domiciliarias de oñcio y sin queja de parte conocida, 
estafando á los pueblos á pretexto de costas judiciales, 
ya sobre la corruptela de entrar por fuerza en las 
casas para cobrar deudas, en cuyos casos, entre otras 
vejaciones, solían arrancar y llevarse las puertas: cos- 
tumbres que c<Mi razón se denominaban en algunas 
escrituras malos fueros. Estas mismas gracias conce- 
didas por el concilio demuestran lo oprimidos que 
antes de su concesión estaban los vecinos de la ca« 
pital, y de aqui puede deducirse lo tiranizados que 



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PABTJS 11. LlfiAO 1* 133 

vivirían los moradores de las pequeñas poblaciones. 
Concluye el coneilio con una terrible comminacion 
de anatema á los transgresores de aquella ley: aSi 
«alguno de nuestra progenie ó de otra cualquiera 
«intentase quebrantar á sabiendas esta nuestra cons- 
«titucion, cortada la mano, el pie y el cuello , ar- 
trancados los ojos, saqadas y derramadas las entra- 
tñas ^^\ herido de lepra, juntamente con la espada 
«de la excomunión, pague la pena de su delito en 
«condenación eterna con el diablo y sus ángeles.)) ^ 
. Tales fueron las principales disposiciones del cé- 
lebre concilio de León de 4020. Mantúvose este có- 
digo en observancia por espacio de muchos siglos, y 
recibió el nombre de Fuero de León. Como principal 
título de gloria pregona, y con justicia, el epitafio de 
Alfonso y. el haber dotado el reino y la ciudad de 
buenos fueros fet dedit ei bonos forosK Así se iba mo- 
dificando , sin abolirse por eso ni dejar de reigir el 
Fuero Juzgo, la jurisprudencia heredada de los visi- 
godos, coa arreglo á las nuevas condiciones en que 
se iba encontrando la sociedad espsiMia. 

Continuó el rey don Alfonso en los años sucesivos 
promoviendo la devoción religiosa y dando de ella 
personal ejemplo, protegiendo á los buenos prelados 
como el docto Sampiro, aplicando frecuentemente á 



(4) •£ con ñas entrañas ftiera ' digo que ex istia en él monasierio 

é esparcidas por la tierra » de Beoevivere. > 

Copia de la traducción de este có- 



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4 34 UISTOUA DB BMáSA. 

la& monasteiios é igleaaa los bieoes. que confiscaba á 
los oríminales, y récompeosaado ios servicios de sus 
mas leales sábditos á cosía de los qoeíatenlabaD re* 
belarie contra la autoridad. Llególe asi el año 4026» 
ea qde cod motivo de la guerra que hacia por las 
fronteras cristianas el último ealiEai Ommiada Hi- 
xem IIK , á semejanza del postrer esftierzo de on 
moribnndot pasó e) monarca íepnés el Ehtero» y pro- 
siguiendo hacia el Sqr fué á poner sitio á Yiseo en la 
LusitBnta« La plaxa estaba ya casi á punto de ren- 
dirse, cuando no día , ostigado el rey por et calor, 
escesivo para aquella estación (5 de mayo de i 027), 
pásese á hacer on reconocimiento & caballo alrededor 
del muro, sin coram nt otro abrigo ni defensa que 
una delgada camisa de Kno: e» esto que una flecha 
lanzada de lo alio de una torre por mano de un mu- 
sulmán^ vino á clavársele en el cuerpo , y cayendo 
del caballo sucumbió á muy^poco tiempo de la he- 
rida. Asi murió Alfmso Y. de León el de U» buenos 
ftieros, á los 33 años de su edad y 2S de reinado, de- 
jando dos hijos jóvenes Bermndo y Sancha, que am« 
boe heredaron el reino como veremos después (^). 

Sancho de C^stüla por su parte tampoco se babia 
contentado con dilatar las fronteras de sus dominios^ 
ya reccA)rando con la espada muchas plazas perdidas 
en los calamitosos tiempos de Almanzor, ya recibien* 

(I) Pela^ Oret. Chroo. o. 5. Lvc. Tad. p. 89 etc. 
— Mon. Silens. Chron. n. 73.— 



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BAKTB II. MBHO !• 435 

do, coHio antes hemos «nanciado, fortalezas y ciuda^ 
des á cambio y premio del auxilio que á soHoitud de 
los califas ó caudillos sarracenos solía prestarles. Ganó 
también Sancho , aun antes qtae el monarca leonés, . 
fama y renombre de generoso y jnsticiero^ al pro« 
pió tiempo que de político y de organizador, por la' 
largueza con que otorgó á los pobladores de las ciu- 
dades fronterizas exenciones, franquíoias y derechos 
épreciables, que recibieron y conservan el nombre de 
fueros: nueva forma que comenzó á recibir la juris-' 
prudencia española , origen noble de* ias libertades 
municipales de Castilla, y justa y^ merecida recom^ 
pensa con que los príncipes cristianos ó remuneraban 
á los defensores de una ciudad qoe se sostenía heroica- 
mente contra los rodos é incesantes ataques del ene- 
piigo, ó aleotaban á los moradores de ua pueblo que 
había de servir de centtoela ó vanguardia avanzada 
de la cristiandad, espuesta siempre á las incursiones 6 
invasiones de los musulmanes; pequeñas cartas otor- 
gadas , y preciosas aunque diminutas y parciales 
constituciones, especie de contrato mutuo entre los 
soberanos y los pueblos , que mas de un siglo antes 
que en otro país alguno de Europa sirvieron de fun- 
damento á una legislación que todavía encarecen las 
sociedades modernas. 

Precedid, hemos dioho, el conde Sancho de Cas-- 
tilla al rey Alfonso Y. de León en la coocesion de 
estos fueros y carias-pueblas. Nos ha quedado escrito 



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436 HISTOmiA DE BSFAÑA. 

el que en 4012 concedió áNavedeAibaraálamár-* 
gen izquierda del Ebro ^^). Las referencias de qtros 
soberanos posteriores ai confirmar los que muchos 
pueblos habían obtenido del conde don Sancho » nos 
certifican de la liberalidad con que otorgó esta clase 
de derechos á las poblaciones de sus dominio;? el que 
tuvo la gloria de pasar á la posteridad con el honroso 
sobrenombre de Sancho el de lo$ Buenos Fueros. La 
exención de tributos y el no hacer la guerra sin es- 
tipendio^ como hasta entonces hablan acostumbrado, 
fué uno de los mas notables fueros que concedió este 
célebre conde de Castilla. ^Heredado é enseñoreado 
^l nuestro señor conde don Sancho del condado de Cas^ 

tiella fizo por ley é faero que de todo home que 

quisiese partir con' él á la guerra á vengar la muerte 
de su padre en pelea, que á todos facia libres^ que no 
pechasen el feudo ó tributo que fasta alli pagaban , é 
que no fuesen de alli adelanté á la guefra sin sol-^ 
dada <*^» «Dio mejor nobleza á los nobles , dice el 
arzobispo don Rodrigo , y templó en los plebeyos lá 
. dureza de la servidumbre ^*?.» 

El que precedió á su coetáneo Alfonso V. de León 
en la concesión de fueros, si bien los del conde cas- 

' (4) Llórente, Memorias de las poretll.Bergai]zaeDsus|Lnt¡gUc- 

ProiríDcias VascoDgadaa, pari. III. dades de España, tom. II. 

' —Memorias de la Academia de la (3) Nobilé^ nobiliUite potiore 

Historia, tom. III., pág. 308.— Go- donavit, et in mmorihus servUu^ 

lección de Faeros y Cartas-pner 0$ duritiam temperaviu De Reb» 

blas, tom. I. pág. 68. Hisp. lib. V. 
(i) Doeumento antiguo inserto 



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PART9 11. LIBRO 1. 137 

tellano do formaban todavía un cuerpo de derecho es 
crita como los del monarca leonés ^^\ precedióle tam- 
bién en la muerte, en 1021 ^^\ dejando por stacesor 
del condado á García su hijo» muy joven aun; pues 
que había nacido en el mismo año que su padre hizo 
a expedición á Córdoba en calidad de aliado y auxi- 
iardeSuleiman. 

Mientras asi obraban los soberanos de León y de 
Castilla durante la disolución del imperio muslímico 
cordobés, el conde Ramón Borrell de Barcelona, no 
qieüos celoso de la j^rosperi^ad y engrantlecimiento 
de SQ estado que los castellanos y leoneses, después 
de su expedición á Córdoba como auxiliar de Moham" 
med, y de regreso de las batallas de Akbatalbacar y 
del Guadiaro, redobló sus. ataques contra las fronteras 
musulmanas, en unión con los prelados, abades, viz* 
condes, caballeros y todos los hombres de armas, 
conquistando fortalezas y castillos hacia el Ebro y 
el Segre, y proveyéndolos de alcaides y gobernado* 
res de probado valor. Asi d^cendió él noble conde al 

(4) lío ioaistimos abora mas con aquello de haberse aficionado 

sobre las concesiones (orales del á ella cierto moro principal, «bom- 

conde Sancbo de Castilla, puesto bre muy dado á deshonestidades y 

3ue teodremos ocasión de hablar membrudo.» El mismo Mariana, 

e la legislación (oral de España, tan poco escrupuloso en prohijar 

yentoncesdemostraremostambien esta clase de consejas, aíiade des- 

?[tte los fueros y cartas-pueblas pues do haberla referido: «ves ver* 

ueron en España mas antiguos de dad que para dar este cueolo por 

lo que generalmente se cree. cierto no hallo fundamentos bas- 

()| Omitimos por infundado y tantea.» Mariana llama doña Oña 

fiabnioso el cuento del envenena- ¿ la madre de Sancho, siendo su 

miento de su madre y los amores verdadero nombre dona Aba. 

de esta que. refiere el P. Mariana, * 



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l38 HISTORIA DI BSPAÑA. 

sepulcro (25 de febrero-de 1018), dejando por suca-* 
sor del trono condal á su hijo Berenguer Ramón, jo- 
ven de tierna edad, bajo la tutela de so madre la 
condesa dona Ermesindis, que en las ausencias de sq 
esposo había quedado, siempre gobernando el conda- 
do, y de saber dirigir los negocios públicos con for* ^ 
taleza, discreción y buen consejo había dado multi- 
plicadas pruebas. Mas esta misma intervención en el 
gobierno del estado á que se acostumbró en vida del 
conde su esposo, las excesivas facultades con que este 
quisa dejarla favorecida en su testamento, y la corta 
edad é inesperiencia de su hijo, despertaron en ia 
condesa viuda un desmedida ambición de mando, 
que el joven Berenguer Ramón L tuvo que luchar 
después constantemente contra las exageradas pre*^ 
tensiones de su madre, ^origináronse disturbios gra- 
ves en la familia, 2|caso las catástrofes sangrientas que 
luego sobrevinieron tuvieron en estas oiscordias su 
principio y causa, y el hijo tuvo por fin que pactar 
con la madre sobre el imperio como se pudiera pactar 
entre dos rivales y extraños poderes. 

A pesar de estas flaquezas y de no haber sido el 
conde Berenguer Ramón un príncipe guerrero, debió- 
le el condado el haber hecho sentir la fuerza blanda 
de la ley y haber comenzado á dar asiento y forma al 
imperio heredado de sus mayores* «Por esto, dice un 
moderno historiador de Cataluña, la historia debiera 
trocar por el de Ju^lo el sobrenombre de Curvo con 



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rABTB II. LIBEO I. 139 

qyeidettgna ¿ Bereaguér Ramón L; y á Barcelooa le^ 
cumple añadirle el de Liber<^l^ ya qae á él debieron 
ea 4 025 los moradores de este condado la primera 
confirmación histórica de todas sos fcanquicias y de la 
libertad de sus propiedades ^^Kt» Ya el conde Bor- 
rell n. en 98& en su carta de. población en Cardona 
había dado á esta ciudad privilegios y deréchps apre- 
ciables (^^ y estas y otras exenciones eran las que 
confirmaba el desgraciado hijo de Ramón y de Erme* 
sindis. Asi iban los soberanos de la España crisüa* 
na casi simultáneamente y como por un sentimiento 
unánime fundando una nueva jurisprudencia y des- 
pojándose de sus atribuciones para compartirlas con 
los pueblos que 9on tan heroico y constante esfuerzo 
sostenían sus tronca al mismo tiempo que la causa de 
la cristiandad. 

No de otra manera obraba por su parta Sancho el 
Mayor de .Navarra. Aunque otro monumento no hu- 
biera quedado de este gran príncipe que'el insigne y 
celebrado fuero de Nájera, hubiera bastado para dar- 
le renombre ^^K De esta manera , y por una coincí- 



(4 ) El juicioso y malogrado se- lo sír aiente: Et si vohis major ne- 

Sor Piferrer, Recverdo& y Bellezas cessitas fwsrit, omnes vos impe^ 

de España^ tomo de Cataluña, pá* rabitis^ ¡per vestram honam t?o- 

gina 95. Itintalem^ aictit máerilis quod" 

(2) Copiada por Villanueva en modo opus est vobis, ut vos de^ 

«1 tomo 9^/* de su Viage literario é fendatis conírcL üaimicis vestris 

U» iglesias de España, ap. XXX. (sicj. 

— Gokccioo de Fueros y Carta»- (3) LoadpctoresAasojMaatttl 

pueblas, tom. 1. pág. 51 .—Léese atribuyerop este famoso (uero, sin 

ea esta carta, eutre otras cosas, dada por equivocación de nom- 



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440 HI^TOEIA DB BSPAÜA. ^ 

deocia singular, mieatras al raiperio mahometano de 
Córdoba óaminaba apresuradamente bacía su disolu- 
ción, los reinos ó estados cristianos de León, de Gas- 
tilla, de Barcelona y de Navarra, sin dejar de pro- 
gresar en lo material, aunc|ue no tamo como hubieran 
podido si hubieran obrado de concierto contra e) ene- 
migo común, se reorganizaban y recoústituian inte- 
riormente sobre la base de una nueva modificación t 
que sin destruir la antigua (pues ya hemos 'dicho que 
el código de los visigodos no dejó por eso de conside- 
rarsecomo la jurisprudencia general), daba nueva fi* 
sonomía á la constitución civil ^e ios estados, suplia 
á aquel en las necesidades y condiciones de nuevo 
creadas en las nacientes monarquías, y ampKándose 
cada dia hsibia de ser la base y principio de la legis- 
lación foral que tanta celebridad ^oza en )a historia 
de la edad medra de España*. 

La muerde de Sancho de Castilla y la de Alfon- 
so y. de León, ocurridas la primera en 1021 , la se- 
gunda en 1027, diQron ocasión á enlaces de familia 
entre los príncipes y princesas de las dinastías rei- 
nantes, los cuales produjeron relaciones y sucesiones 
que cambiaron esencialmente la condición de los esta- 



bres, á loa condes <ie Castilla doD origen: lati sunt fueros quce ha- 

Sancho y don García su hijo. Sem- buerunt in Naxera iñ diebus Sane- 

Seré y Guarines le sapone otorga- iii regís el Garciani reijfts.— Véase 

o por el re^ Alfonsoyi.de León ^ Marina, Ensayo Bi£tórico-crítico 

gue lo que hizo en 4076 fué con-» sobre la antigua legislación de 

nrmarle. Las palabras de este Castilla, u. 105. 
mismo monarca nos descabren su 



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PARTR U. fJBRO K 1 41 

(]o3 cristianos en que estdba la España dividida y 
complicaciones de largos y duraderos resultados. 

Era, como hemos dicho, conde de Castilla el jó* 
. ven García 11. hijo de Sancho, cuando sucedió en el 
trono de Lcon á Alfonso Y. su hijo Qermudo, tercero 
de su nombre, joven también de diez y siete á diez 
y ocho años» pero esclarecido en saber , aunque pe- 
queño en edad , como le califica un antigua escri- 
tor ^*K Uno de los primeros actos del nu^vo monarca 
leonés fué unirse en matrimonio con la hermana del 
conde castellano (1028)^ llamada Gimena Teresa, en 
algunos documentos también Urraca. Otra hermana 
del conde de Castilla ,. doña Mayor de nombre , y 
mayor también en edad, estaba casada coa don San- 
cho el dé Navarra. De forma que los tres soberanos 
de León , Navarra y Castilla , estaban emparentados 
en igual grado de afinidad. * 

Para estrechar mas todavía estos Jazos entre las 
familias reinantes, loscoades de Burgos c^ebraron 
consejó y acordaron enviar un mensageáBermudoIII. 
de León solicitando diese en matrimonio su única her- 
mana Sancha al conde García , y que con tal motivo 
consintiese en que dicho conde tomara el título de rey 
de Castilla. Acogió el leonés con beneplácito la emba- 
jada de los caballeros burgaleses, y lea prometió ac« 
ceder á ios dos extremos de su demanda. Partió, no 

' <4) /n célate parvus, in stimtia claru$. AnoD. de Sahagaik. 



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142 HISTOftlA DB BSrAÜA. 

obstante, Bermudo á Oviedo, cuya iglesia parece ha- 
bía hecho voto de visitar^ dejando en León á la reina 
su esposa y á su hermana. Satisfeóhos del resultado 
de su misión los nobles castellanos regresaron á Bur« 
gos, é instaron al conde Garete á que pasase «por León 
á Oviedo y concertase conBermadp todo lo concer-^ 
niente á su matrimonio y al título real. Hízoló así 
García , partiendo de Burgos en los primeros dias de 
mayo de 1029, con la flor "de la nobleza castellana. 
Llegado que hubieron á León, pasó inmediatamente 
García á visitar á la reina su hermana y á la hermana 
del rey, Sancha, su prometida* Pensaba detenerse en 
León solo los dias precisos para el descanso y para 
cumplir con los deberes de la galantería y de la ur« 
banidad* ¡Cuan ageno estaba de sospechar la catas** 
trofe qae te esperaba alli! 

Sabedores los Velas de la llegada de García á 
León, aquellos Velas á quienes , el conde Sancho ha- 
bía arrojado de Castilla y Alfonso V. habia acogido en 
su reino y dádoles posesiones en las montañas de As- 
turias, aquellos eternos enemigos de la familia de 
Fernán González, qae vieron una ocasión de vengar 
antigaos y personales agravios, aprovechándose de la 
ausencia del rey Bermudo, levantaron un buen golpe 
de gente de sns parciales, y marchando á su cabeza 
y caminando (oda una^noche sin descanso, sorpren^ 
dieron al rayar el alba del otro dia la ciudad de León. 
Habíase dirigido el conde castellano, sin duda con 



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PÁRTB II. LIBRO 1* 143 . 

objeto de cutnplir alguna devoción , al templo de Sao 
Juan Bautista. A la puerta misma del templo se vio 
de improviso asaltado por los conjurados» que síq 
respeto á la santidad d^l lugar consumaron su borri-i* 
ble proyecto, y la cabeza del joven coude de Castilla 
cayó á los pies de los que habien sido subditos de sus 
mayores, en los momentos en que le sonreía el mas 
halagüeño porvenir. Por una coincidencia que baoé 
resaltjir el horror del crimen , Rodrigo Vela, -que en 
los días de reconciliación con el conde don Sancho 
había tenido en la pila bautismal al niño García, fué 
el que descargó ahora con mano impía el golpe mor- 
tal sobre su ahijado. Varios caballeros castellanos y 
leoneses que acudieron á defender al joven conde 
cayeron también al golpe de los afilados aceros de lá 
gente de los Velas. Mas viendo estos amotinarse ^1 
pueblo para vengar la muerte dé García, abandonad- 
ron la ciudad y se retiraron al castillo de Monzón. 
Fué este lamentable suceso eí 43 de jnayo de 1029. 
La princesa Sancha» dice la crónica , derramó abun- 
dante llanto sobre el cadáver de su prometido esposo, 
y le hizo enterrar con los ddñdos honores cerca del 
de Alfonso su padre en la iglesia misma de San Juan 
Bautista <^>. 

Con la muerte^de García acababa la linea mascu- 

(4) Loe. Tad. Cbron.— Puso- ota, qw venit in LegUmem til oc- 

Mle «n el panteón de San Isidoro, dperetrt^vm^ 0i interfectut €tí 

ames San Juan, el sigoiente sen- á fiUi$ VeU comUit, 
eillo epitafios H. A. Dtm^uf Gmr-' 



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4(4 HISTOaiA DB BSPAÜA* 

lina de la ilustre prosapia, de Feroaa González, su 
tercer abaelo> y solo restaban dos princesas casadas 
ambas, la menor con Bermudo IIL de Leon> la ma- 
yor con Sancho el Grande de Navarra. Asi ei impor- 
tante condado de Castilla venia á qaedar expuesto á 
las pretensiones^ ó del mas ambicioso de los dos mo* 
Barcas, ó del mas fuerte, ó del que se creyera con 
mas derecho á él. Reuníanse todas estas cualidades 
en don Sancho el Mayor de Navarra, que no tardó 
en hacerlas valer para alzarse con la soberanía de 
Castilla, ni lardé tampoco en presentarse con pode- 
roso ejército, apoderándose del pais como de una he- 
rencia de que venia á posesionarse* Pero al propio 
tiempo los asesinos de García vieron caer sobre sí un 
venga Jor terrible, de aquellos de que á ks veces se 
vale la Provídenoía para la expiación de los grandes 
crímenes. 

Dijimos que los Velas se habían refugiado al cas- 
tillo de Monzón. Estaba esta fortaleza situada en una 
colina á orilhs del rio Garrion, en tierra de Campos, 
á dos leguas de Falencia, en la villa que hoy conser- 
va su nombre. AUi los fué á bii3car el viejo rey de 
Navarra; púsoles apretado cerco, tomó al fin el cas- 
tillo por asalto, degolló á todos sus defensores , ex- 
cepto á los tres hijos de Vela, á los cuales reservaba 

otro género de muerte Los hijos de Vela, los 

asesinos de García, fueron quemados vivos por orden 
del nuevo soberano de Castilla* Después de lo cual el 



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heredero .y vengador del malogrado conde pasó á 
Bargos, y se hizo reconocer por los grandes y caba- 
lleros castellanos como conde ó duque soberano de un 
pais que lan digna y valerosamente había sabido has- 
la entonces conservar su independencia desde los 
tiempos de Fernán González, cerca de un siglo había ^^K 

Asi don Sancho de Navarra se encontraba el mas 
poderoso de los monarcas cristianos. Pero esto era 
poco para satisfacer sus ambiciosas miras, que la fa*- 
ciudad con que se apoderara de Castilla no hizo sino 
despertar. La proximidad aL reino, de León, la corta 
edad del príncipe que ocupaba aquel trono, la fuerza 
de que entonces disponía, todo le excitaba á prose- 
guir en la carrera de conquista que tan próspera se 
le presentaba. Érale, no obstante, necesario otro pro- 
testo para llevar sus armas al territorio leonés, sobre 
el cual carecía absolutamente de derechos qne alegar* 
Un suceso vino ¿ proporcionarle el motivo Ú ocasión^ 
que deseaba para romper con el rey de León. Hé 
aquí como lo refieren las crónicas. 

Cazaba un día el viejo monarca navarro con sus 
monteros en uno de los bosques de ia comarca de 
Falencia. Uu jabalí herido y acosado por los alanos se 
internó en lo mas frogoso de la selva: el rey que le 
perseguía con el ardor é interés de entusiasmado ca- 
zador le vio entrar en una gruta, y no vaciló en ea* 

(4) Roder. Tolei. DeReb.Bisp. Apend.— 'Morales, Coron. I. XVU.^ 
c.-HSsC8lona, Hist. Ue Sab«gao, 

Tomo iv. 10 



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440 HIITOMA Dt MVAIIa.. 

trar también en pos de la fiera con reaotacíoii de acá* 
baria de matar: mas al levantare! brazo para arro- 
jarla el venablo le sintió embargado é inmóvil. En* 
tonces reparó en un altar que en el subterráneo había 
con la imagen de San Antolin ^*\ y conociendo que 
la repentina parálisis del brazo podria áer un castigo 
de su desacato pidió al santo perdón y le ofreció ^edi- 
ficarla allí un templo, con lo que el brazo recobró su 
acción. Y habiéndole informado á don Sancho de que 
aquel era el solar de la antiquísima Falencia, que el 
tiempo y^ las guerras habían arruinado y c(Hivertido 
en bosques de jarales, determinó reedificar la ciudad 
y en ella el prometidp templó á San Antolin, enco- 
meudando este cuidado al obispo Ponce de Oviedo, 
de quien no sabemos pomo estuviese en tan intimas 
relaciones con el monarca navarro siendo subdito del 
de León. Sea lo que quiera de esta anédocta , que se 
encuentra referida en udo de los privilegios del rey 
don Sancho, debiósele á este rey la reedificación de 
la ciudad y templo, y hállase hoy aquella santa gru- 
ta en medio del cuerpo principal de la catedral, de- 
dicada al santo mártir Antolin, siendo objeto de gran 
veneración para los fieles palentinos, de los cuales no 
hay quien ignore la aventura del rey don Sancho y 
del jabalí, origen tradicional de la fundación del ve- 
nerado santuario. 

(4 ) No de San Aatonioo, como Antofíio, como l« lUma equ i?oct 
^ le Dombo Perreras, ni de San demefiie Romey. 



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FABTB II. UBBO !• 4 47 

Opúsose el monarca leonés á la reedificación de 
Falencia comenzada por el navarro, alegando perte- 
necer aquel territorio á sus dominios y no á los de 
Castilla; sostenía lo contrario el de Navarra, y la dis- 
eordia produjo un rompimiento entre los dos prfnci* 
pes 9 que era sin duda lo que Sancho apetecía , y 
mas en aquello^ momentos en que el rey de León se 
hallaba en Galicia con objeto de sofocar dos pequeñas 
sediciones que eri aquel pais se habian movido. Es- 
cogió, pues, el activo y experimentado Sancho oca- 
sión tan oportuna para invadir resueltamente los es- 
tados de su nuevo enemigo, y fuéle fácil posesionarse 
del territorio comprendido entre el Pisuerga y el Cea. 
Franqueó seguidamente este rio , y avanzó hasta los 
llanos de León. Mas alli encontró ya á los leoneses 
alzados en defensa de su reino y de su rey. Este por 
su parte acudió también con su ejército de Galicia, y 
ya los dos monarcas estaban para venir á las manos, 
cuando los obispos de uno y otro reino se presentaron 
como mediadores, haciendo ver á ambos monarcas lo 
funestas que eran tales disensiones para la causa co- 
mún del cristianismo. Y éranló en verdad tanto, que 
en aquella sazón acababa de caer el último califa de 
los Omeyas, arrastrando tras sí la disolución del im- 
perio musulmán; oportunísima ocasión para arruinar 
del todo el quebrantado poderío de los muslimes, si 
los cristianos no se hallaran con tales discordias dis« 
traídos. Lograron al fin las razones de. los prelados 



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4 48 HI8T0E1A D^ BSPAf A« 

traer á los dos monarcas á un acomodamiento (laégo 
veremos si de buena fé por ambas partes), estable- 
ciéndose por bases de ta paz el casamiento de Sancha, 
la hermana del rey de León antes prometida al malo-- 
grado García de Castilla, con el príncipe Fernando, 
hijo segundo del rey de Navarra (1032), que éste 
ternaria el título de rey de Castilla ,.y que Bermudo 
daría en dote á su hermana el país que Sancho al 
principio de la campaqa habia conquistado entre el 
Pisuerga y el Cea, quedando de esta manera cerce- 
nado el reino de León. Celebráronse las bodas con la 
mas suntuosa solemnidad , y Fernando quedó insta- 
lado rey de Castilla ^^K 

Parecia que con esto debería haber quedado sa* 
tisfecha la ambición del aqciano rey de Navarra, si á 
la ambición de los conquistadores se pudiera poner lí- 
mites. Pero apenas habian gozado un año de paz los 
leoneses, cuandQ volvió el navarro, sin pretesto que 
nos sea conocido, á- llevar sus ar.mas-al territorio de 
León; se apoderó de Aslorga ^*^ y procedió á gober- 
nar como dueño y señor el reino de Leoo, las Astu- 
rias y el Vierzo hasta las fronteras de Galicia ^^\ don- 



(1) Roder.Tolet.DeReb.Úisp. la iglesia de Paleada, coya coo- 
— Loe. Tud. Chron. sagracioa &lcaQZÓ ¿ ?er, y enton- 

(2) Pre$itSanciu»rexA8torga. ees hizo aceso iambtea abrir el 
Aon.GompIaU ouevo camioo desde Francia á 

(3) Privilegio del rey doa Per- Santiago de Galicia, por Navarra, 
nando 1. del uno 4 059.— Risco, Es- Brí vieica, Amaya, Carrion, Leoo, 
paña Sagr. lom. XXXVI. Apead. Astorga y Lugo, para los peregri- 
— Escol. Hist. deSahagon, Apead, nos que antes ibanl-odeando por 
—Tal Tezeo este tiempo se acabó las montañas de AlaTa y Astunaa* 



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MllTB u* Liimo t. 4 40 

de se babia acogido Bermudo. De esta manera se ha- 
lló Sancho el Grande de Navarra, merced á su am- ' 
biciOQ y á su energía, dueño de un vasto imperio 
que se extendía desde mas allá de los Pirineos hasr 
ta los términos de Galicia , y si él no tomó ya el 
titulo de emperador, aplícáronsele después por lo 
menos ^^K 

Pero duróle ya poco el goce de tan vasto poder, 
porque se cumplió el plazo que estaba señalado á la 
vida del conquistadoi. Y bien fuese que recibiera 
muerte violenta yendo á visitar las reliquias y el 
templo «de Oviedo, según la Crónica general ; bien 
fuese natural su muerte, como parecen indicarlo los ^ 
dos prelados cron¡sta:s de Toledo y de Tuy, no le co- 
gió aquella desprevenido, puesto que sintiendo apro* 
ximarse su fin tuvo tiempo para hacer entre sus hijos 
aquella célebre distribución de reinos que tantas di$«- 
cordias habia de producir y tanto había de alterar la 
respectiva condición de los estados cristianos. Dejó, 
pues, Sancho á su hijo mayor Qarcía el reino de Na- 
varra; á Fernando el anligno. condado de Castilla, 
juntamente cenias tierras conquistadas al refno de 
León entre los rips Pisuefga y Cea; á Ramiro, habido 
fupra de matrimonio, le señaló el territorio quehas- 
ta entonces habia 'formado el condado de Aragón, 

Yerra Mariana cuando atribuye reina su muger decia asi: Hie re- 

esta obra al conde Sancho de Cas- quietcit famtíla Dei Dotnna Ha- 

lula. yorñegina, uwor Sancii impera^ 

(4) El epitafio que se puso á la toris. 



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450 niSTOftU 0B BSPAitA. 

y por último á Gonzalo» otro de sus hijos » el sefforfo 
de Sobrarve y Rivagorza. 

Tal fué la famosa partición de reinoa que don 
Sancho el Mayor de Navarra hizo entre sus hijos po- 
co tiempo antes de su muerte» acaecida en febrero 
de 1035» después de. un reinado de cerca de 65 años; 
duración prodigiosa, y la mas larga que se hubiese 
hasta entonces visto ^*K 

En esto mismo año (26 de mayo de 1035)»j[iurió 
también el conde de Barcelona Bereñguer tlamon L el 
Curvo t coando solo contaba treinta años de edad, sí 
bien el cielo le habia dotado de larga sucesión en dos 
mugeres que faíabia tenido, doña Sancha de Gascuña 
y doña Gisla de Ampurias, sucediéndole en la so- 
beranía condal de Barcelona el primogénito del primer 
matrimonio Rampn Bereñguer» llamado el Viejo^ aun- 
que joven» por la razón que diremos después* 

No conocemos bastante para poder apreciarlas de- 
bidamente» ni las razones especiales que moverían á 
Sancho de Navarra» ni la intención y el fin que pudo 
llevar en distribuir de la manera que lo hizo entre sus 
hijos la rica herencia que les legó» ni los motivos 
personales que le impulsaran á dejar favorecidos á 
unos mas que á otros en aquella desigual partija. In- 
fiérese de las escatimadas y oscuras esplicaciones de 
los escritores de aquel tiempo que inQuyeron no poco 

(4) Moa.SU6iis.GhrOD.<-AnDaL pág. 308. . 
Goaplul. p*3t3.— Ghroa. Barg. 



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eiATBn. LIBIO j. 4BI 

en ella secretos y afecciones nacidas de la vida do« 
mastica de aquel gran monarca. De todos modos, 
cualquiera que hubiese sido la partición» una vez rota 
la obra laboriosa de ia unidad» una vez distribuido 
como patrimonio de familia el, grande imperio que 
Sancho había sabido concentrar en una sola corona 
con les esfuerzos de su vigoroso brazo» hubiera sido 
difícil poner freno á la ambición » á la codicia y á la 
envidia que muy pronto se desarrolló entre los her- 
manos coherederos, y evitar las sangrientas guerras 
civiles que entre ellos nacieron apenas enfrió el hielo 
de la muerte el cadáver de su padre. 

Ramiro el Bastardo (*), á quien tocó el pequeño 
reino de Aragón, fué el primero que, descontento de 
su lote tomó las armas contra su hermano García 
de Navarra, que de orden y acaso con alguna misión 
de su padre se hallaba á la sazón en Roma. Mas no 
contando Ramiro con bastantes fuerzas propias para 
despojar á su hermano, llamó en su ayuda á los ré* 
gulos musulmanes de Zaragoza, Huesca y Tudela, con 
cuyo refuerzo penetró hasta Tafalla y puso sus tiendas 
alrededoi: de esta ciudad. Pero García, que con no- 

(4) Preteodeo algoQos hacer á Sanetius rex ex aíicHla quadam 

Ramiro hijo legitimo. Creemos que nobilimma el pulcherrimoy que 

se eauivoca el señor Cuadrado fuit de Aybari^ genuit Ranimt- 

cuanao dice (Recuerdos y Bellezas rum Deinde accepU uxorem 

de España, tomo de AragoD, nota legitimam reginam..,.,... /Síiam 

á la pág. tZ)t «La opiaioa de que comüii Sanzio de Castella, El 

Ramiro era bastardo no tiene apo- monje de Silos (Ghron. n. 75) dice 

yo alguno en las crónicas anti* espresamente que le turo de una 

¿uas.» En el Ordo numerüm Re- concubina: •Dedit BamirOt quem 

fum PamfüQHmikm 9a lee: ew camubifiA Mm^rut » . 



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4SS mstrau tt tUáHk. 

ticid de la muerte de sa padre, regresaba á sod ea^ 
tados, informado del movimiento y proyectos ^e Ra- 
miro» reunió apresuradamente un ejército de pam- 
ploneses , y con la celeridad del rayo cayó sobre el 
caropamento.de Tafalla, arrolló las desapercibidas 
huestes, huyeron despavoridos los que quedaron con 
vida» y el mismo rey de Aragón, que acaso reposaba 
descuidado, para no caer en manos de García hube 
de montar descalzo y casi desnudo en un cabalb 
desjaezado y sin mas bridas que un tosco ronzal al 
cuello , y asi huyó hasta ganar las montañas de su 
reino, quedando los navarros dueños de las tiendas y 
despojos de cristianos y musulmanes. Debe creerse 
que no tardaron en ajustarse paces entre los dos her- 
manos, pues se vió^ luego á don Ramiro en posesión 
tranquila de su reino ^^K 

Por su parte Bermudo de Leen, tan luego como 
supo la muerte de Sancho, se preparó á recobrar sus 
antiguos dominios. Ayudábale el buen espíritu de sus 
-pueblos, y fácilmente se reinstaló en Leen y recuperó 
las tierras del Oeste del Cea. Gomo quien ostentaba 
hallarse otra vez en la plenitud de sus derechos , ex- 
pidió carta de privilegio para la reedificación de la 
ciudad y templo de Falencia, anulando la que habia 
dado don Sancho, como emanada de un poder ilegí- 
timo. Y como en su propósito de recuperar todo lo que 

(1) Bod. Toltt. 1. VI.—Mon. Sil. d. 76.— Luo. Tad. p. 91 . 



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»ABTB ti* UBAO l« 4iSd 

obligada por la fuerza y la necesidad habia cedido al 
naevo rey de Castilla avanzase sobre las modernas 
fronteras de las dos reinos, don Fernando , viéndose 
atacado por faerzas superiores á las suyas, acudió en 
demanda de auxilio á su hermano don García el de 
Navarra. No lardó éste en presentarse con un ejército 
en Burgos. Reunidas las fuerzas de ambos reyes cas* 
tellano y navarro, marcharon al encuentro del leonés. 
Halláronle con su gente en el valle de Tamaron, ri- 
bera del rio Carrion, y empeñóse una sangrienta ba- 
talla, en que de un lado y otro se peleó con igual 
' arrojo y esfuerzo. El rey donBermudo se mostró uno 
de los mas intrépidos y de los primeros en arrostrar 
los peligros: fiado en su juventud, en su valor, y en 
la ligereza de su caballo, llamado Pelagiolus^ sq pre* 
cipitó lanza en ristre en lo mas cerrado, y espeso de 
las filas enemigas buscando y desafiando á Fernando. 
Su ciega intrepidez le perdió. Fernando y García re- 
sistieron firmemente el choque de su rival; tropezóse 
Bermudo con la punta de sus lanzas , y cayó mor- 
talmente herido del caballo. Siete de sus compañeros 
de armas perecieron á su lado. El combate duró to- 
davía algunos instantes, pero la noticia de la muerte 
de Bermudo se difundió entre los leoneses, y se pro- 
nunciaron en dispersión y retirada hacia León (1 037). 
Asi pereció el joven rey don Ramiro III.^*\ con- 

(4) MoD.sn.D.79.— LacTad. rey don Femando el Mamo. 
«Di aap«^-SandoTal, Hiaioria del 



^ 



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4 S4 Hinoiu DB bspíAa. 

duyendo en él la línea varonil de los reyes de León, 
pues an solo hijo que había tenido sobrevivió unos 
pocos días no mas á su nacimiento. El monge de Silos 
al dar cuenta de la muerte de aquel malogrado mo- 
narca, se muestra embargado y como agobiado de 
dolor* Todos los historiadores elogian las virtudes de 
este príncipe. Joven, sia los vicios de la juventud, se 
ocupó en reformar las costumbres, era el consuelo de 
los pobres, fué justo y benéfico, y con leyes y casti- 
gos oportunos llegó á corregir en.gran parte el de*- 
aenfreno y la licencia que se habian introducido y 
propagado en el reino. 

t)espues de la batalla de Tamaron, conociendo 
Fernando lo que le importaba la actividad para con- 
sumar su obra, prosiguió con su. ejército victorioso 
basta los muros de León. Cerráronle los leoneses las 
puertas; pero reflexionando luego sobre la dificultad 
de resistir al castellano, considerando por otra parte 
que no habia mas heredero del trono de León que 
doña Sancha su muger , y que no les conyenia 
atraerse la enemistad del que un dia ú otro habia de 
ser su soberano , acordaron abrirle las puertas , y 
entró don Fernando en León con banderas desplega- 
das, y entre las aclamaciones de su ejército y alguna 
parte, aunque pequeña , del pueblo. Hizose, pues, 
ungir y coronar rey de León en la iglesia catedral de 
Santa María por su obispo Servando á 22 de junio- 
de 4037. 



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»AÍT< U. LIBIO I« ' 4S5 

De este modo vinieroa á reunirse las coronas de 
Castilla y de Leen» que. ambas habian recaído en 
hembras; la primera en doña Mayor, hija del conde 
de Castilla y muger de don Sancho de Navarra, y la 
segunda en doña Sancha» hermana del rey de León 
don Bermudo IIL y muger de don Fernando: <ac« 
ccidente y cosa (dice el padre Mariana hablando de 
«haber recaido las dos coronas en hembi'as), que to- 
«dos suelen aborrecer asaz, pero diversas veces antes 
«de este lieoüpo vista y usada en el reino de León: si 
«(d9ñosa, si saludable, no es de este lugar disputallo 
«ni determinallo* A la verdad muchas naciones del 
«mundo fuera de España nunca la recibieron ni apro- 
«barón de todo punto.» 

De esta manera se extinguió la línea masculina de 
aquella ilustre estirpe de reyes do Asturias y León 
que se remontabá^ hasta Pelayo y se enlazaba con las 
dinastías de los antiguos monarcas godos. La reunión 
de las dos coVonas de León y de Castilla, si bien costó 
sangre muy preciosa, encerraba en germen la futura 
unidad de las monarquías cristianas de España* Por 
desgracia esta obra de la perseverancia española tar^» 
dará todavía en llevarse á feliz término:, sufrirá to* 
davía interrupciones sensibles y contrariedades pe- 
nosas, pero los cimientos de «tan apetecida unioo 
quedaban echados* 



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CAPITULO XXL 

FRACaONAMIENTO DEL CALIFATO- - 

GUEftlLAS BNTRB LOS MUSULMANAS. 
»e 1031. 4 1080. 

Cautas do la disolaoióD del imperio ommiada.— Reinos independientes 
qoe se foVmaron.— Córdoba, Toledo» Badajoz, Zaragoza, Almería 

' Valencia, Málaga, Granada, Serilla, etc.— Familias y dinastías.— 
Alameries, Tadjibitas. Bcnt-Huditas, Beni-Al Ailhas, Edrisitas, Zei- 
ritas, Abeditas, etc.— Sabio y benéfico gobierno de Gebwar en Cór- 
doba.— República aristocrática. — Orden interior.— Armamento de 
tocinos honrados. — Seguridad pública.— Ambición del de Seyilla.— 
Sus guerras con los de Carmena, Málaga, Granada y Toledo. — El 
rey de Seyilla se apodera por traición de Córdoba.— ^Fin del reino 
cordobés* — ^Rey elución en Zaragoza.— Estío guese alli la dinastía de 
los Tadjibi, y la reemplaza la de los Beni-Hud. —Independencia y 
sucesión de los reyes de Almería.- Justo y pacífico gobierno de AI- 
Motacim.— Prendas brillantes de este príncipe.— Reyes de Valencia. 
Alzase con este estado el de Toledo.— Los Beni-Al Aflhas de Badajoz. 
— Engrandecimientdde AlMotadbiel de Seyilla.— So muerte,— Cua- 
lidades de su bijo y sucesor Al Motamid.— Su riyalídad con el de 
Almería.— Necesidad de estas noticias para el conocimiento de la 
historia de la España cristiana. 

Dos lérmioos puede tener un imperio que se des- 
compone y desquicia, combalido por las ambicionest 
destrozado por las discordias» devorado por la anar- 
quía» y corroído y gangrenado por la desmoraliza- 



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l^ÁBTB tu LI1I&0 !• 157 

» 

cien y por la relajación de todos los vínculos sociales. 
Este imperio, ó es absorvido por otro que se aprove- 
cha de su desorden, de su debilidad y flaqueza, ó se 
fracciona y divide en tantas porciones y estados cuan- 
tos son los caudillos que se consideran bastante fuer- 
tes para hacerse señores independientes de un terri- 
torio y defenderle de los ataques de sus vecinos. No 
aconteció lo primero al imperio de los Ommiadas de 
España, merced á la falta de acuerdo entre los prfn* 
cipes cristianos, los Alfonsos, los Sanchos , los Ber- 
Ddudos y losBorrells, j& algunos de los cuales los ma- 
hometanos mismos habian enseñado por dos veces el 
camino de su capital. Malogróse aquella ocasión, y 
España tuvo que llorarlo por siglos enteros. Sucedió, 
pues, lo segundo , esto es, el fraccionamiento del 
imperio musulmán en multitud * de pequeños reinos 
independientes, como pedazos arrancados de un man- 
to imperial. 

Acostumbrados los walíes de las provincias'á ver 
sucederse rápidamente dinastías y soberanos , fuertes 
por la flaqueza misma del gobierno central, halaga- 
dos y solicitados por califas débiles que necesitaban 
de su apoyo para conservar un poder disputado, he- 
chos á recibir por premio de un servicio prerogativas 
que los hacian semi^soberanos en sus distritos respec- 
tivos, de que fué el primero á dar ejemplo el grande 
Almanzor con sus slavos y alameríes (que no com«- 
prendemos como se escaparon sus funestas conaecuea- 



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458 «I8T0E1A DB BSPAAa. 

cias al talento de aqael grande hombre), fuéronse 
emancipando de la autoridad suprema, de forma que 
á la caida del último califa no tuvieron que hacer sino 
cambiar los nombres de alcaides y walíes en los de 
emires ó reyes. Eran entre estos los mas poderosos los 
de Toledo, Zaragoza , Sevilla , Málaga, Granada y 
Badajoz, y por la parte de Oriente, los de Almería, 
Murcia,' Valencia, Albarra<;in, Deáia y las Baleares; 
aparte de otra mult¡tu(í de pequeños soberanos, de 
los cuales habíalos qoe poseían solo un reducido can- 
tón , una.sola ciudad ó fortaleza. Cada cual en su es- 
cala tenia su corte, sus vasallos y su ejército, levan- 
taba y cobraba impuestos, muchos acuñaron moneda 
con su nombre, y alguno tomó el pomposo título de 
Emir Almumenin. 

No es fácil determinar la época precisa en que 
cada uno de estos reinos comenzó á ser ó á llamarse 
independiente; pues si bien desde el año 1009 empe- 
zaron, algunos walíes anegar con diferentes protestos 
y escusas su obediencia á los califas ó á rebelarse de 
hecho contra ello?, ó bien reconocían después á otros 
que les sucediesen y fueran mas de su partido , ó 
bien aquellas mismas escusas yj)retestos demuestran 
que aun no se atrevían á emanciparse abiertamente 
del gobierno central. Otros á quienes los califas deja- 
ban en una dependencia puramente feudal, iban ar- 
rogándose poco á poco los demás derechos y constitu- 
yéndose en señores absolutos , relevándose del feudp 



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MftTBii. unoi. 45d 

mnipre qoe la debilidad der los califas lo permitía. De 
modo qae desde la muerte del segundo hijo de AU 
manzor basta la extincioo del califato en el tercer.Hi* 
xem, puede decirse que fueron fermentando y des- 
arrollándose estas pequeñas soberanías» hasta que al 
nombramiento de Gehwar en Córdoba en 1031 se vio 
que era escosado contar ya con los walíes, y que ca*- . 
da cual gobernaba su comarca con autoridad propia 
' y se apellidaba rey. 

Compréndese bien que entre tantos régulos ó cau- 
dillos, pertenecientes á distintas familias ó dinastías, 
todos mas ó menos ambiciosos, obrando todos con in- 
dependencia , dispuestos á sostener la posesión de su 
territorio , con opuestos intereses , sin respeto á un 
poder superior que los refrenara, la condición natural 
é inevitable de esta situación babia de ser la guerra. 
La España mabomeiana babia de ser teatro de cpm- 
plicadas luchas, de alianzas y rompimientos infinitos 
de los musulmanes entre sí y con los príncipes cris- 
tianos, de variados incidentes, en que se viera á so- 
beranos y pueblos desplegar todo género de afectos y 
pasiones, nobles y generosas , miserables y flacas, á 
que ayudábanlas costumbres á la vez bárbaras y ca- 
ballerescas de las diferentes^ razas y familias que for- 
maban aquellos reinos. Embarazo grande para el his- 
toriador, que por largo tiempo ha de tener que ligar 
los descosidos retazos de cerca de cuarenta estados, 
eatre cristianos y musulmanes, que á este tiempo se 



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160 mSTOElA Í)B BSi^AffA. 

\ 

encuentran formados en el territorio de nuestra Pe« 
nínsula. Dejamos, no obstante, á los historiadores de 
la dominación sarracena en España el Ciargo de referir 
los sucesos especiales de algunas de estas pequeñas 
soberanías que pasaron sin ejercer grande influjo, tal 
vez sin que llegara á sentirse su ioQuencia en la con-' 
dicion social de los dos grandes pueblos, y nos con- 
cretaremos á hablar de las principales dinastías y de 
aquellos hechos que tuvieron alguna importancia en 
la historia general de la Península. 

Hemos nombrado ya los mas poderosos emiratos 
que se formaron en la España musulmana á la caida 
del imperio Ommiada.Casi toda la parte oriental y 
mucha de la meridional quedaba en poder dé los Ala- 
meríes y delosTadjibitas (llamados asi estos^últimos de 
la tribu de que eran originarios), familias unidas por 
la. sangre y por las*alianzas. En Zaragoza dominaba el 
bravo Almondhir el Tadjibi, á quien hemos visto figu- 
rar en las guerras de los últimos califas de Córdoba, 
y que por su valor y sus hazañas era apellidado con el 
título de Almanzor. Almondhir se habia apoderado de 
Huesca, cuyo gobierno tenia su primo Mohammed ben 
Ahmed, el cual tuvo que refugiarse al lado del rey 
de Valencia Abdelaziz, nieto de Almanzor. Acogió 
^ Abdelaziz con tanta benevolencia á su ilustre y des- 
graciado huésped , que dio en matrimonio sus dos 
hermanas á los dos hijos de Itfohammed. Pereció este 
en el mar queriendo pasar á Oriente. Sucedió á Al- 



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FAETB lU LIBmO 1. ' 461 

mondhir eo el reino de Zaragoza sa hijo Yahia, que 
reÍQÓ diez y seis años» y acabó cod él la dinastía de 
os Beni-Hixem, apoderándose de Zaragoza Suleiman 
ben Hud, aquel walí de Lérida que había dado ge- 
neroso asilo al postrer califa Omnaiada Hixem III. Con 
Suleiman reemplazó en Zaragoza á la familia de los 
Tadjibitas la de losBeni-Hud. Era Yahia rey de Za- 
ragoza cuando el primer rey de Aragón don Ramiro 
nvocó el auxilio de los- musulmanes aragoneses 
para hacer la guerra ^ su hermano don García de 
Navarra ^*K 

^n Almería sucedió á Ha irán el Alameri, muerto 
en 1028, su hermano Zohair, el cual guerreó con 
Badis el de Baeza, y murió en l)atalia en Aipuente en 
1 038 después de un reinado de diez anos. Abdelaziz 
el de Valencia intentó apoderarse de Almería después 
de la muerte de Zohair, pero Mogueiz el de Denii( 
atacó entretanto á Valencia, y queriendo Abdelaziz 
hacer la paz con él salió de Almería dejando el go- 
bierno de la ciudad á su hermano Abul Ahwaz Man, 
que después se declaró independiente, y le recpno* 
cieron entre otras ciudades, Lorca, Baeza y Jaén. 

Murcia pertenecía á los estados del dominio de 



• (I) Aqai 008 8e¡)aramo8 eo roa- é estos autores. Eo la pág. 53 y si- 

choB paotos de la oarracioo de gaieotesdellom.l.de su» luve^- 

Goode, y tomamos del señor Dozy iigaciottes sobre la historia de la 

aquiellas noticias eo que ooaparece edad media do Espaoa pueden ter- 

reottfica con mas justicia v taada* se loa -errores que oota en Good» 

meotoa á Cpode, al arzobispo doa acerca de esta dmastfa do los Tad* 

Rodrigo, á los qoe han aeguido. jibitas. 

Tomo it. 14 



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46S HISTOEIA DB BSPaAa. 

Zohair, pero después de la muerte de este priocipe 
pasó coa su territorio á Abdelaziz el de Valencia ^^K 
Eq Castellón, Tortosa y fronteras de Cataluña domi- 
naban también los Tadjibitas y Aiamerfes. Otro tanto 
Acontecía en Mérida y casi todo el Portugal. Mandaba 
allí Abdallah ben Al Afthas, y los Afthasidas eran tam- 
bién adictos á los Alame^íes á quienes debian su reino. 
Alameri era igualmente Sapor ó Sabur que se había 
alzado con el gobierno independiente de Badajoz, 
hasta que se apoderó de esta ciudad y reinó el mismo 
Abdallah ben Al Aflhas. Y en Toledo dominaba Ismail 
Dilnftm, cuya familia dio á este reino cuatro emires 
6 reyes. 

Por el contrario, en Málaga y Algeciras reinaban 
los Edrisitas, ó sea la familia de los Ben Ali y Ben 
Hámud, de aquellos emires de África que pbtuvieron 
en los últimos tiempos el califato de Córdoba, y cuyo 
señorío se estendia por las vertientes meridionales de 
las 4lppjd>*ras, teniendo su principal fuerza y apoyo 
en África. El pais de Granada y Elvira era regido por 
Qtt sobrino de Zawi el Zeiri, aquel que tanto habla 
favorecido á los califas africanos contra los Ommiadas 
durante las guerras del imperio, y que continuaba 
tan adicto como su tio al partido y familia de los 
Hamuditas. Por último, el reino de Sevilla se hallaba 

(4) Es may oscura la historia do consaUarao ios mannacritos do 

de Mareta eo esta época. Gayan- que se valieroo Goode y Gasíri. 

eos eoofiesa qae es casi imposible uozy se propone aclararla, 
oecidir en eeta materia no padien- 



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fARTIlI. LIBBOl. 163 V 

en manos del poderoso Mohammed Ebn Abed, que 
habia bastado él solo para derribar al califa Yahia ben 
Ali, y acaso el mas terrible de los que aspira^ban á 
recoger la herencia de los Ommiadas. 

Tal era el estado de la España muslímica cuando 
á consecuencia de la retirada del último califa Om- 
miada fué proclamado emir de Córdoba por los jeques» 
vazzires y cadíes reunidos el honradp Gehwar ben 
Mohammed , hombre de relevantes dotes personales, 
de ilustres ascendientes, ageno á todos los partidos, 
respetado por todos los bandos y muy querido de to-* 
dos. Gehwar, modelo de desinterés y de modestia en 
medio de tantas ambiciones desmedidas, creó para el 
gobierno del estado un diván ó consejo compuesto de 
los principales gefes de las tribus, espeqie de asam-x 
blea aristocrática á la cual invistió del supremo poder, 
reservando para sí solamente la presidencia. El diván 
era el qoe deliberaba sobre todos los negocios graves . 
del estado , y si alguno se dirigia á él en particular 
con alguna queja ó demanda , acostumbraba á res- 
ponder: «Yo no puedo resolver por mí en este asunto: 
eso pertenece al consejo, y yo no soy mas que uno 
die sos individuos.» Moderación desusada en tales 
tiempos, y con cuya política, á la vez qoe rehuía la 
' responsabilidad de exigencias peligrosas se captaba las 
vol'ttntades asi de los hombres influyentes como del 
pueblo. Todb correspondía en él á esta prudente y 
modesta conducta. Costó mucho trabajo hacerle ha- 



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161 HISTORIA DR BSPAfiA. 

bitar los regios alcázares» y cuando ya se determÍDÓ 
á ello, arregló el servicio de palacio bajo el pie eco- 
nómico de una casa particular, reduciendo gastos y 
suprimiendo gran número de sirvientes, y fuera de 
la material suntuosidad del alcázar parecia mas bien 
la vivienda de un subdito honesto que la morada del 
gefe de estado. 

Llamamos la atención de nuestros lectores sobre 
el gobierno de este ilustre musulmán. Una d^ sus 
primeras medidas fué la abolición de los delatores, 
que vivian como"" en otro tiempo los de Roma de las 
calumnias^y litigios que ellos mismos inventaban ó 
fomentaban. Estableció precuradores asalariados como 
los jueces y especie de fiscales encargados de las acu- 
saciones públicas. Creó proveedores, alcaldes de los 
mercados, almojarifes ó recaudadores de los impues- 
tos, que cada añotenian que dar cuenta de su admi- 
nistración al diván. Formó un cuerpo de inspectores 
de seguridad pública y *de vazzires encargados de 
vigilar la ciudad de dia y de noche. Cerrábanse las 
puertas y las tiendas á determinadas horas. Htzo dar 
armas á los vecinos mas honrados y acomodados, los 
cuales por turno rondaban las calles, y concluido sa 
servicio entregaban las armas á los que habían de 
reemplazarlos, dándoles cuenta de lo que habían ob- 
servado. Para prevenir los excesos y crímenes que 
solían cometerse de noche y que los malhechores no 
pudieran evadir el castigo fugándose de un cuartel á 



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PABTB 11. LIBRO I. 165 

Olro, hizo construir barreras -ó verjas de hierro al 
extremo de cada calle. Coa taa esmerada policía lo- 
gró restablecer ia tranquilidad y seguridad pública 
después de tantos desórdenes, y con las medidas para 
el abastecimiento de la ciudad llegó á hacerse Córdo- 
ba el granero de España > y el gran mercado á qae 
concurrían gentes de todas las provincias. 

Bajo un gobierno tan prudente y paternal, y ba- 
jo una administración tan económica y acertada pa- 
rece que hubieran debido los walíes agruparse en 
derredor del único hombre que se mostraba capaz de 
volver la vida al desmoronado imperio. Asi lo intentó 
el mismo Gehwar escribiéndoles y exhortándolos á 
que le prestaran obediencia como á gefe .superior de 
estado: pero fueron ya inútiles los esfuerzos y las| 
buenas intenciones de Gehwar; llegaban tarde, y* el 
mal no tenia remedio. Despreciaron la excitación 
unos, y recibiéronla otros con indiferencia fría y 
desconsoladora. Disimuló no obstante el prudente 
Gehwar, y aun volvió á escribirles aplaudiendo su 
celo por el bien y la seguridad de las provincias que 
les estaban encomendadas, pero rogándoles no olvi- 
dasen que la unión y la concordia eran la base de la 
prosperidad de los imperios. 

Dirigíanse tan buenos copsejos á quienes no tenian • 
voluntad dd oirlos. Estaban demasiado vivas las ri- 
validades y las ambiciones, y la guerra era inevita- 
ble. Fué el primero á romperla el poderoso emir de 



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466 uiSTOBiA OB espaKa. 

Sevilla, Mohammed Eba Abed, acometiendo al sahib 
de Carmooa, cuya familia deseaba extermioar. Blo- 
queado estrechamente el de Carmena « pudo no obs- 
tante fugarse, y corrió á implorar el auxilio de los 
de Málaga y Granada, Edrjs ben Ali y Habus ben 
Zeiri, los cuales le facilitaron tropas y recursos con 
el designio de atajar los ambiciosos proyectos del de 
Sevilla. Este por su parte envió contra los aliados á 
su hijo Ismail con un cuerpo de ejército. En un en- 
cuentro que tuvieron sucumbió peleando Ismail, y ^ 
los soldados de Málaga enviaron su cabeza en testi- 
monio de su triunfo á su rey Edris (1034)/ Este fu- 
nesto golpe y el temor de que Gehwar pudies&ligarse 
contra él con aquellos mismos emires movieron al de 
Sevilla á discurrir un medio que le diese á él presti- 
gio y- visos de justiñcacioQ á sus pretensiones. Al 
efecto inventó la especie mas original y peregrina. 
Publicó que el califa Hixem II. el Om miada, había 
reaparecido otra vez en Calalrava, que aquel infortu- 
nado califa le habia pedido su amparo, que él le ha- 
()ia dado asilo en su alcázar y prometídole reponerle 
en el califato. Hizolo anunciar oficialmente y escribió 
' á los principales jeques y walies de España y África 
interesándolos ^n favor del segunda ó tercera vez 
resucitado califa. Por extravagante y absurda que 
fnese la ficción, era tal el respeto y cariño que los 
pueblos de Andalucía conservaban al ilustré nombre 
de los Beui-Omeyas, que aunque todos los hombres 



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PAKTB 11. LIBRO 1. 167 

de razoD oyeron con djssden tan inverosímil fábula, 
DO falló quien por credulidad 6 por política la prohi- 
jase» y llegó á rezarse la chotba en las mezquitas y 
á batirse lúoneda en la zeka de Sevilla á nombre de 
Hilemll. (1036). 

Pero entretanto el ejército aliado de Málaga, Gra* 
nada y Carmena corrió las tierras de Sevilla , llevó 
sus algaras hasta las puertas de la ciudad , y llegó á 
entrar en el arrabal de Tríana. Logró al ñn recha- 
zarlos el general déla caballería sevillana, Ayub ben 
Ahmer, y los aliados , culpándose mutuamente del 
mal éxito de la.espedicioo, se separaron desavenidos 
y se volvió cada cual á su pais. Ayub se recompensó 
á sí mismo alzándose con la soberanía de Huelva y de 
Gezirah Saltis, cuyo gobierno tenia , al modo que su 
hermano Ahmed ejercía un señorío absoluto en Nie* , 
bla, A este precio se salvó Sevilla. 

Asi las cosas, falleció el rey de Málaga Edris ben 
Ali (1039), sucediéndole con general aprobación su 
hijo Yabia ben Edris, conT>cido por Hassan. Mas llega- 
do que hubo la noticia de la^ muerte de Edris á Ceuta, 
el slavo Nahjah que tenia aquel gobierno, vino de allí 
con el proyecto de coronar en Málaga al joven Hassan 
ben Yahia, á quien él habia educado, y á cuya som- 
bra se prometía dominar á un tiempo en Málaga y 
Ceuta. Siguióse una guerra en que el slavo llegó á 
.poner en aprieto grande al de Málaga, y en la mayor 
extremidad, hasta encerrarle en su propio palacio 



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168 HISTORIA DB BSPASa. 

como en una prisioQ. Dios sabe en qae hubierao para^ 
do sus proyectos ano haber acadido en socorro del 
de Málaga su pariente Mohammed ben Kassin el de 
Algeciras. Murió por último el ambicioso Nahjah en 
una celada que el de Algeciras supo prepararle, y 
desalentadas sus tropas, las unas se retiraron á África, 
las otras se quedaron al servicia) del mismo Ben Kas*- 
sin el tie Algeciras, el emir de Málaga fué repuesto, 
y volvieron las cosas á su estado anterior. 

Tales discordias, tales facciones y guerras á la 
vecindad misma de Córdoba, convencieron al buen 
Gehwar, con harta pesadumbre suya, de que sus 
generosos planes de unión y de paz eran irrealizables, 
é inútiles de todo punto sus nobles gestiones* Enton- 
ces se resolvió á ir sometiendo por la fuerza á los mas 
vecinos y menos poderosos de los rebeldes. Envió, 
pues, un general con un cuerpo de caballería escogi- 
da á ocupar la comarca de Alsahllah que tenia Hud- 
bail cbm'o si fuese suya propia. Pero imploró este je- ^ 
que el auxilio de Ismail ben Dilnüm el de Toledo, y ' 
una hueste toledana penetró fácijmente en el territo-- 
rio ocupado por los de Gehwar y repuso á Hudbail, 
á quien el país por otra parte; amaba por sus buenas 
prendas y por la dulzura con que le gobernaba. A 
pesar de no ser venturosos los sucesos de la guer- 
ra de Gehwar contra el señor de Alsahllah y el 
da Toledo, amábanle los cordobeses con justo en- 
tusiasmo por su bondad y su acrisolada justicia, "y 



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IPAftTB II. LIIIEO 1. ' 169 

beodecíanle por la tranquilidad y la abundancia lo- 
terior de que gozaban á la benéfica sombra de su sa- 
bia administración y gobierno: llamábanle el padre . 
del pueblo y el defensor del estado, y no habia sacri- 
ficio á que por él no se prestaran gozosos. En tan 
feliz estado vivieron hasta que acaeció su muerte en 
el ano de la hegira 435 (1044). Acompañaron su pom« 
pa funeral con llanto y sollozos todos los vecinos de 
Córdoba; y hasta las retiradas doncellas, dice el es- 
critor arábigo, fueron detrás de su féretro derraman- 
do preciosas lágrimas. Sucedióle su hijo Mohammed 
Abul Walid, tan prudente y virtuoso como su padre, 
pero de salud enfermiza y quebrantada. Amigo de la 
paz, mas de lo que convenia en tan revueltos tiempos, 
entabló negociaciones de avenencia con el rey de To- 
ledo y el señor de Alsahllah, mas habiéndole estos ' 
contestado con altiva aspereza, continuó á pesar suyo 
la guerra por las comarcas fronterizas no con gran 
rasnitado. 

Entretanto el de Sevilla creyó ya oportuno dar 
otro giro á la fábula de la aparición de Hixem, y 
publicó que habia muerto, dejándole escritas unas 
cartas en que le declaraba su heredero y vengador 
de sus enemigos'. No faltaron todavía imaginaciones 
que se dejaran seducir por la nueva conseja , y espe- 
cialmente los'alameries y la gente sencilla del pueblo 
á quienes el inextinguible apego á la dinasKa de los 
Omeyas predisponía á creer todo lo que se le contara 



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170 HISTORIA DB BSPAÜA. 

favorable á aquella esclarecida familia. Logró , pae«* 
con esto que se le mantuvieran fieles los que se le 
babian adherido cuando comenzó á pregonar la pri- 
mera parte de la fábula. Hilas un suceso fatídico vino 
á su vez á turbar la imaginación supersticiosa del 
emir. Su hijo Abed estaba casado con una hermana 
de Mogueiz el rey de Denia» y dQ este matrimonio 
nació en 1041 nn niño de quien auguraron los astro* 
logos que al fin de sus dias y cuando su fortuna se 
hallase en el pléniluuio de la prosperidad se eclipsa- 
ría totalmente. Al oir Ebn Abed que su nieto estaba 
sometido á las adversidades de un fatalismo irresis- 
tible, devoróle la pesadumbre de saber lo poco dura- 
dera que habria de ser su dinastía. Consumióle una 
enfermedad de melancolía, y al poco tiempo la muer- 
te, dice la cróuica, le trasladó de los alcázares de 
Sevilla á los del Paraíso (1042). 

Sucedióle su hijo Abed llamado Al Motadhi, prín- 
pe de buen personal y de agudo ingenio, pero cruel 
y por demás voluptuoso. Dícese de él que en tiempo 
de su padre entretenía en su harem hasta setenta 
lindas esclavas compradas á precio de oro en diferen- 
tes países, y que dueño del trono aumentó el número 
hasta ochocientas. Ai propio tiempo hacía servir á sos 
cortesanos bebidas dulces en tazas guarnecidas da 
oro y pedrería formadas de cráneos de los principales 
personages cuyas cabezas habian derribado el alfange 
de SQ padre y el suy6| entre los cuales se contaba el 



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PAITB U. I.IBKO I» 174 

del califa Yahía beo Ali. E$te hombre feroz y disolu- 
to era ademas ceosarado de impío, porque en los . 
veinte y cinco castillos de sos dominios solo hizo una 
mezquita y un pulpito, y en las comidas y bebidas 
no era tampoco mas guardador de la ley del Coran. 
Hizo Al Motadhi de nuevo la guerra á los emires de 
Málaga, Granada y Carmena, y logrando ganar á su 
partido á Mohammed el de Algeciras, éste, aunque 
primo de Edris 11. el de Málaga, á la cabeza de sus 
negros mercenarios acometió la capital del Edrisita 
y se apoderó de su trono. Sublevóse en favor de so' 
legítimo rey el pueblo de Málaga, ios negros del de 
Algeciras ó capitularon ó se fugaron descolgándose 
por el muro, y abandonado Mohammed se rindió á 
discreción. Edris tuvo la generosidad de perdonarle 
la vida contentándose con desterrarle á Laracbe. Per- 
dióle aquella misma clemencia, porque Mohammed, 
nunca arrepentido, siguió desde el destierro el hilo 
de sus tramas, volvió sobre Málaga, conmovió el 
vpueblo, y destronó á Edris, que murió ya viejo en 
una prisión. 

El de Toledo que veia sus campiñas taladas por 
las tropas del de Córdoba, escribió á su yerno Ab* 
delmelik, hijo del rey de Valencia Abdelaziz, y al 
walí de Cuenca Abu Ahmer paraque levantasen gen- 
te y le acudiesen con ella. Parfi quedar mas desem* 
. binrazádo hizo treguas con los cristianos de Castilla y 
Galicia. Hacho esto, entróse con poderosa hueste por 



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172 , BI8T0RU DB BSPAffA. 

las lierras áe\ de Córdoba, tomóle machas fortalezas, 
y convencido Ben Gehwar de qae no podía resistir 
solo á tan terrible adversario solicitó por su parte la 
alianza y ayuda de Al Motadhi el de Sevilla y de 
Mohammed ben Al Aflhas el de Algarbe. En uno y otro 

' halló la proposición benévola acogida, y por medio 
de sus respectivos vazzires reunidos en SevHIa, des- 
pués de una madura discusión á que asistieron los 
arrayaces ó régulos de otros pequeños estados, se 
estipuló una triple alianza entre los de Sevilla, Cór- 
doba y Algarbe para el mantenimiento y recíproca 
defensa de la integridad de sus dominios contra los 
enemigos exteriores, pero sin mezclarse en los asun- 
tos de gobierno interior del estado de cada uno. Sin 
embargo, no quedaron los de Córdoba y ,el Algarbe 
ihuy satisfechos de los términos del convenio, en el 
cual salía aventajado el de Sevilla; pero disimularon 
por entonces porque le necesitaban (4051). 

En conformidad alo pactado auxilió el de Sevilla 
á Ben Gehwar el de Córdoba con un cuerpo de qui- 

' nieotos gineles mandados por Ben Ornar de Oksono- 
ba, y otro semejante socorro le envió el de Badajoz. 
Los señores de Huel va, Niebla y Santa María de ios 
Algarbes, desazonados contra el de Sevilla por no 
haber querido reconocerlos jndependientes, se ofre- 
cieron á pasar sin so orden al servicio del cordobés; 
sabido lo cnal por Ben Abed el Seyillano, despachó 
contra ellos ¿ sa hijo Mohammed, que sucesivamente 



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rAETB II. LIBEO I. 173 

se fué apoderando de los estados y dominios de iodos 
aquellos aspirantes á soberanos. Carmona, aquella 
ciudad tan codiciada por los Abed, vióse también en 
la triste necesidad de rendírsele, y aunque otra vez 
pudo su sahib escaparse de noche é interesar de nue- 
vo en su favor á su antiguo aliado el de Málaga, no 
alcanzó otra cosa que poder fortalecerse en Ecija, 
única ciudad que le quedaba de su pequeña soberanía. 
No intimidó la triple alianza á Ismail Dilnúm el de 
Toledo: sus huestes continuaron devastando las cam- 
piñas de Córdoba , y por último en un sangriento 
combate que duró un dia entero deshicieron ol ejér- 
cito confederado cerca del rio Algodor» asi llamado 
por los muchos ardides y estratagemas que usaron en 
aquella lid los caudillos de ambas huestes. Golpe fué 
aquel que difundió la consternación en Córdoba, é 
hizo despertar al príncipe Abdelmelik, hijo de Ben 
Gehwar, hast^ entonces distraído en juego^ y de- 
leites con los jóvenes de su edad. Avivóle el temor 
del peligro y corrió á Sevilla á implorar con urgen- 
cia mayor socorro de Abed Al Motadhi. Pero este as- 
tuto y artificioso emir entretúvole coni obsequios, cum- 
plimientos y lisonjas, despidiéndole por último con 
muchos ofrecimientos y con el escaso auxilio de dos- 
cientos caballos. Guando Abdelmelik llegó á las cer- 
canias de Córdoba, halló ya la ciudad estrechamente 
cercada por los toledanos. Cortadas las comunicacio- 
nes, apretada la plaza, enfermo el rey y consternado 



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174 HISTORIA DB BSPAIIa. 

el pueblo, ofreciéronse premios i qaien se atreviera 
¿ llevar cartas al príocipe Abdelmelik y al rey de 
Sevilla que era ya su única esperanza. No faltó quien 
tuviera arrojo para atravesar el campo enemigo, y 
poner las cartas en manos de los dos persooages. El 
rey de Sevilla creyó llegada la ocasión oportuna para 
sus secretos proyectos» y dióse prisa á enviar á su 
bJjoMohammed y al caudillo Aben Ornar con toda la 
fuerza que pudo reunir de á pie y de á caballo, y con 
instrucciones de lo que debiera hacerse. Qué instruc* 
cienes fuesen estas, nos lo van á demostrar pronto los 
hechos. Grande fué la actividad que desplegaron los 
gefes sevillanos y muy bien meditadas l^s disposicio- 
nes que tomaron para el combate. Realizóse éste, y 
la caballería valenciana auxiliar del de Toledo huyó 
ante fa impetuosa acometida de las lanzas sevillanas 
y cordobesas. El desorden dé aquella desconcertó á 
los de Toledo, y lodos se retiraron despavoridos. Los 
caballeros de Córdo1)a no quisieron presenciar inacti- 
vos el triunfo de sus favorecedores, y salieron tam- 
bién de la ciudad en alcance de los fugitivos. 

Aqui comenzó el caudillo Aben Ornar de Sevilla á 
cumplir las instrucciones de su señor. Mientras las 
tropas.vencedoras corrían dando caza á los que buian, 
y en tanto que los de Córdoba habían salido á reco- 
ger los despojos del campo enemigo. Aben Omar, 
sin que nadie pudiese sospechar de sus intenciones, 
entróse con sus huestes en Córdoba, ocupó las puertas 



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rAftTBll. LIBBO I. 175 

y los faertes» se apoderó del alcázar, y el desgracia* 
do y eofermo Abul Walid Ben Gehwar se encoDtró 
castodiado, preso eo su propio palacio por una guar- 
dia que se había converlido de auxiliar en señora. 
Afectóle de tal manera tan inesperada maldad y trai- 
ción, que la enfermedad se le agravó rápidamente, y 
é los pocos dias le condujo al sepulcro. Cuando el prfn-* 
cipe Abdelmelik volvió del alcance y supo la alevosía 
de los sevillanos que le esperaban ya como enemigos 
á las puertas de la ciudad para impedirle la entrada, 
ardiendo en ira vacilaba sobre el partido que debería 
tomar, pero sacóle de la incertidumbre la misma ca- 
bíllerfa sevillana que le rodeó intimándole la rendi- 
ción. Determinóse el desesperado príncipe á morir 
matando, y peleó con heroica bravura, despreciando 
las ocasiones que tuvo para huir, hasta que herido 
de muchas lanzadas cayó prisionero. Encerráronle los 
nuevos poseedores de Córdoba en una torre , donde 
le acabó la pesadumbre mas que las heridas, y murió 
maldiciendo á su falso amigo Abed Al Motadhi el de 
Sevilla , pidiendo al Dios de las venganzas que diese 
igual suerte al príncipe su hijo , y oyendo entre los 
sollozos de la muerte las aclamaciones con que era re- 
cibido en Córdoba el rey de Sevilla, el cual ^ fuera» 
de mercedes y de fiestas y espectáculos de fieras ^*^ 



(4) Et la primera Tci, observa morías arábigas los combates de 
«A eredito escritor moderno, que fieras á estilo de los romanos, 
hallipios meooiooados en las me- 



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176 HISTORIA DE ISPAÜA. 

con que halagó y entretuvo á ios cordobeses, procuró 
hacerles olvidar la memoria del sabio y benéfico go«- 
bieldo de los Gehwar, cuya dinastía quedó eslingui- 
da juntamente con el reino de Córdoba (1060). 

Asi acabó la grandeza y la independencia de 
aquella ciudad insigne, que por mas de tres siglos 
habia sido la metrópoli del imperio ismaelita, da 
madre de los sabios, la antorcha de la fé y la lum- 
brera de Andalucía,» la corte de los ilustres y pode- 
rosos catiras, el centro y emporio del comercio , del 
lujo, de la riqueza y de las artes , y la envidia de 1 
Oriente. El rey de Sevilla pudo vanagloriarse del me* 
dio que empleó para alzarse con el mas precioso resto 
del imperio y del califato! 

Mientras tales sucesos acontecian en el Mediodía 
y centro de la España musulmana después de la caida 
del imperio Ommiada , en Ja parte oriental ocurrían 
otros de no menor importancia, y cuyo conocimiento 
nos es indispensable para la inteligencia de la historia 
misma de los reinos cristianos, con la cual esta ínti- 
mamente unido ^*K Al emir de Zaragoza Almondhír el, 

(1) Para los hechos hasta aqm en machas cosas, sin dejar por. 

referidos en el presente capitulo eso de consultar el corto número ' 

hemos consultado á Conde (part. de textos ó fuentes que est'tn i 

in. desde el cap. I hasta el 6). nuestro alcance, tiles como Gasi- 

tSobre las guerras civiles gue s¡r rí, Al Makarí, Ebn Abd el Halim,. 

guieron á la caida del califato de etc.» Giro tanto hemos hecho 

Córdoba, dice el ilustrado Homey nosotros. Mas respecto i los emi- 

(tom.V.cap. 22 nota), las mejores ratos j dinastías de Zaragoza, 

noticias, a unqoérecogidascoüpo- Valencia y Almería , etc., a no 

co tino y criterio, se hallan en dodsr padeció Conde machas 

Conde. Nosotros le hemos seguido equiTocaciones, y seguimos gene-. 



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FAftTBIl. LIBEOI. 477 

Tadjibi, cuyos hechos hemos contado en oiro capítulo, 
sucedió en 4023 su Hijo Yahia, que reinó diez y seis 
anos, y fué el que auxilió á Ramiro I. de Aragón, 
aúAque con poca fortuna <*). Yabia murió en una. re- 
volución que acaeció en Zaragoza en 4039, asesinado 
por su primo Abdailah ben Hacam, probablemente 
sobornado por Suleiman ben Hud el de Lérida, que 
fué el que se ahó con el reino, puesto que el asesino 
le reconoció por su soberano. Amotinóse el pueblo de 
Zaragoza contra Abdailah, que tuvo que retirarse al 
fuerte castillo de Rota 'l-Yeud, llevando consigo to- 
dos los tesoros de la familia real. El populacho sa- 
queó el palacio arrancando hasta los mármoles, y 
hubiérale destruido completamente si no hubiera 
acudido á toda prisa Suleiman, el cual restableció el 
orden y quedó desde esta é^oca reinando en Zarago- 
za, reemplazando asi á la dinastía de los Tadjibi la de 
losBeni*Hud« ' 



raímente á Dosy que le rectifica, tom. 1. desús iovestigaciones. Tó'^ 

según at principio apuntamos, canos, pues, ser el primer espa- 

«Reina, dice' Saiot-Hiláire (to- Sol que, guiado por este sabio 

raoUl. pág. 273, nota), en la suce- orientalista, aclare los oscuros su- 

siondefos emires de Zaragoza una cesos de aquellos paisas en el pe~ 

confusion enmarañada.... Conde, riodo que nos ocupa. 

Rodrigo de Toledo y Casiri se con- (4) La familia de los Tadjibilas 

tradicen á 'Cual mas sobre este ó de los Beoi-Hixem había reem- 

punto.» Sobre los emires de Al- plazado en Zaragoza ¿losBeoi- 

mería, punto no menos iotríocado, Lope, de quie\)es en nuestra his- 

dice Lafuente Alcántara- (Hist. de toria hemos hablado. Había sido 

Granada, tora. 11. p. 204 nota 3): su gefe Abderrahman el Tadjibi. 

«(La historia de esta dinastía debe El primer Tadiibita que vino á 

ocupar i los ingenios valencianos España M Aloúrah, seguu Ibn 

y aragoneses.! Es lo que se ha Alabar, 
propuesto esclarecer Dozy en el 

Tauoiv. 12 



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(78 iiisTOftu drhbmíIa. 

Otro de los mas poderosos, y acaso el mas bello' 
de todos los principados que se fundaron sobre las 
ruinas del imperio fué el de Almería. Después de la 
muerlede Zohair el sucesor de Hairan, cuyos hechos 
hemos también referido» quiso apoderarse de Almería 
Abdelaziz el .de Valencia, nieto do Almanzor/ pero ^ 
estórbeselo Mogueiz el de Denia acometiendo á 
Valencia mientras aquel se hallaba en Almería. Con 
objeto de hacer la paz con Mogueiz, salió Abdetem 
de ésta ciudad dejando por gobernador de ella á sn 
cuñado Abul AhwazMan (40iO). Declaróse Man íih 
dependiente, reconociéronle la mayor parte de las 
ciudades de aquel reino, qoe abrazaba territoríos de 
Murcia» deGranada y de Jaén. Poco tiempo reinó Man, 
pues mnrio en 4041 , y le sucedió su hijo Mohammed, 
de edad de catorce años, durante cuya minoría 
gobernó el estado su tio Abu Otbah el Zomadih. Su- 
blevóse contra el nuevo príncipe el gobernador de 
Lorca, y aunque acudió contra él el regente, no le 
fué posible reducirle á la obediencia. El regente mu- 
rió á los tres años, y Mohammed comenzó de diez y 
siete á regir por sí mismo el reino (1044), y á ejemplo 
de Abedel de Sevilla que hábia tomado el nombre de 
Al Motadbi, este tomó el de AI Motacim con que es 
conocido en la historia. ' ' 

La corla edad de este príncipe tentó á sus vecinos 
á hacerse señores de las plazas situadas á alguna dis- 
tancia de la capital, y como en realidad Al Motacim 



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MftTB II. LIBIU) U 479 

no 96 disttoguitíra por lo belicoso, lográroDlo aquéllos 
sía dificaliad grapde hasta reducirle di recíoio de la 
cuidad y de la comarca que la circunda, y aun así no 
carecía de impprtaocia, porque la sola ciudad equiva* 
lia á un reino. Todos los escritores árabes ponderan 
su grandeza en aquella época. Contábanse en ella, 
dicen, cuatro mil telares de las mas preciosas telas, 
habia multitud de fábricas de utensilios de hierro, 
dOr cobre y de cristal, era el puerto mas concurrido 
de España, boques de Siria* de Egipto^ de Genova y 
Pisa 86 surtían en él de todo género de mercancías, y 
conienia cerca de mil hospederías y casas de baños. 
Mas si Al Mótacim do era ni gran capitán ni pro- 
fondo político (dice el autor de quien tomamos estas 
noticias); si el historiador bo puede consagrarle pá* 
ginas brillantes, la justicia obliga á poner en su ca- 
beza la bella corona debida á un príncipe que merecia 
ser llamado el bienhechor de sus subditos. No envi- 
diaba á los que poseian mas vastos dominios que los 
suyos; contentábase con lo que tenia: enemigo de 
verter sangre, cuando la necesidad le ' forzaba á re- 
chazar los ataques de sus ambiciosos vecinos, hacia la 
guerra contra su voluntad: honraba la religión y los 
sacerdotes, y ciertos dias de la semana reunía én una 
sala de su palacio los faqufes y cortesanos, los cuales 
conferenciaban alli y discutían sobre los comentarios 
del Coran y sobre las tradiciones relativas al Profeta. 
Era justo, bondadoso, y se complacia en perdonar 



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180 HISTORIA DB ESPAÜA. 

las iojurias (O. Cieriamenie, prosigue este autor, sí 
un príDcipe tan noble, tan generoso, tan justo, tan 
amanto de la paz, hubiera reinado en otra época y en 
un país rbas estenso, su nombre hubiera sido inscrito 
entre los de los reyes que no deben su gloria á los ar- 
royos de sangre vertida por ensanchar algunas leguas 
los límites de su reino, sino á los beneBcíos que han 
derramado sobre sus subditos y á su amor por la jus- 
ticia. El carácter de AlMotacimera bien diferente del 
délos demás príncipes que gobernaban entonces la Es- 
paña, y su protección á las letras atrajo á Almería un 
^ considerable número de los mas distinguidos ingenios 
de la época. Consagrado á hacer la felicidad pacífica 
de sus .gobernados, ningún acontecimiento político de 
importancia caracterizó su largo reinado, que duró 
hasta junio de 1 091 • 

(4) CaéDtase de él la siguieDto tenemos, respondió Al Motacim, 
curiosa anécdota. Después de ha* pero he querido haceros ver que 
. ber colmado de favores al famoso os engasasteis cuando díiísteisque 
poeta de Badajoss Abul Walid al- Ebn Man había esterroinado los 
Nibli, este desde Sevilla cometió pollos de las aldeas.» Quiso el 
la ingratitud de insertar en un di- poeta, abochornado, disculparse, 
tirambo compuesto en honor de pero el príncipe*. «Tranquilizaos, 
aquel rey, el sigui€;nte verso: Ebn le dijo; un hombre de vuestra pro- 
Aoed ha destruido los berberiscos; fesioo no gana su vida sino obran- 
Ebn Man (que era el de Almería), do como vos: el solo que merece 
ha esterminado los pollos de las mi cólera es el que os oyó recitar 
aldeas. Pasado algún tiempo vol- este versó, y sufrió que ultrajaseis 
vio el poeta á Almería, olvidado á un igual suyo.» Para mas tran- 
ya de la amarga sátira que había quiiizarle le hizo el principe nue- 
escrito contra Al Motadm. Convi- vas dádivas, pero el poeta que no 
déle este príncipe un diá á comer conocía bien toda la bondad de su 
y no le presentó otra cosa qnh carácter, no se atrevió ápermane- 
poUos de distintas maneras adere- cer en Almería, y dirigió á Al Mo- 
cados. «Pero, señor, esclamó admi- tactm otros versos llenos de ar- 
rado el poeta, ¿no hay en Almería repentimiento: el príncipe prosi- 
otros manjares que pollosf— Otrps guió dispensándole mercedes. 



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VARTB II. LIBftO U iSV 

Habiendo muerlo en 1061 Abdelaziz el de Valen- 
cia, sucedióle su hijo Abdelmelik Almudhaffar bajo 
la lolela de^su pariente Al Mamun el de Toledo, que 
había sucedido á Ismail Dilnúm, el coal nombró su 
representante en Valencia á Abu Abdallah Ebn Abde- 
laziz, perteneciente á una familia plebeya de Córdo- 
ba y cuyo hijo habia de sentarse en el trono de Va^ 
lencia. Cuando en 1064 fué esta ciudad sitiada y ata- 
cada por Fernando de Castilla, según en su lugar 
diremos, Abdelmelik pudo salvarse* por la fuga. Al 
Mamun el de Toledo dejó apresuradamente su capital 
y pasó á Cuenca para estar mas cerca de Abdelmelik. 
Pero fuese que no quisiera fiar la defensa de aquélla 
ciudad á un príncipe tan débil como Abdelmelik con- 
tra un monarca tan valeroso y diestro como el cris- 
tiano, ó fuese solo ambición, Al Mamun despojó á su , / 
deudo del trono y le tomó para sí (1066). Alzado el 
sitio de Valencia por los cristianos, volvióse Al Ma- 
mun S Toledo dejando encomendado el gobierno de 
aquella ciudad á Abu Bekr hijo de Ebn Abdelaziz 
que habia muerto. Este Abu Bekr se proclamó mas 
adelante soberano independiente de Valencia, y era 
el que poseia aquel reino cuando Alfonso VI. se puso 
sobre aquella ciudad (*). 

A Mohammed ben Aflhas el de Badajoz, llamado 
Almudhaffar, sucedió en 1068 su hijo Yahía, nom- 

(4) E]ita 68 la relación que hace p. 808 y sig.) coieramenle diverfui 
Dozy eo sos lovcstigaciones (1. 1. de la de Ck>Qde (part. lU. c. o.) 



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182 HISXOEIA OB S^rAKA. 

brado AlmaDzor como sa abuelo; que este honroso 
sobrenombre se hizo común entre tos emires ó reyes 
de estos pequeños estados, y aplicábansete con fire* 
coengia desde que le llevó con tanta gloria el gran 
ministro y regente del califa Híxem. Mas como hu- 
biese quedado de gobernador de Evora sp heri;nano 
Ornar Al MotawakiU estallaron pronto desavenencias 
entre los dos hermanos^ de que nos tocaí*^ hablar en 
la historia de la Espeña cristiana, viniendo por último 
i reinar en Badajoz Al . Motawakil, el postrero de ta 
dinastía Aabasida (1981). 

Continuaba AI Motadhi el de Sevilla engrande- 
ciendo sus estados á costa de los de Málaga y Grana- 
da y de ios señores de otras pequeñas comarcas veci- 
nas. Ayudábale eü sus expediciones de conquista su 
hijo Mohammed, aquel sobre quien había recaido el 
horóscopo fatal, y como ya entonces comenzara á so- 
nar la fama de los Almorávides de África, no dudaba 
Al Motadhi que aquellas gentes serian las que habían 
de eclipsar la estrella de su dinastía según el pronós- 
tico de ios astrólogos, lo cual no dejaba de llenar su 
corazón de amargura y zozobra en medio de sus 
triunfos. Nuevas revoluciones estallaron en Málaga, 
y el viejo rey Edris ben Yahia fué fácilmente despo- 
Heido por su sobrino Mohammed ben Alcasim el de 
Algeciras, que continuó la guerra contra los Beni* 
Abedde Sevilla. Murió Habus el de Granada, y su 
hijo Badis hen Habus, enérgico, noble y brioso como 



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PAKTB 11. uno I. 18S 

stt |}adre« guerreó también valerosamente coolra el 
aeviUaoo, y supo mantener la integridad de su terri- 
torio. Llególe también su hora a} terrible y ambicioso 
AbedAl Moladhi de Sevilla (1069). Aquel hombre 
eodicioso, falso» disipado y cruel, que por ian pérfi* 
dos medios se había apoderado de Córdoba» tenia el 
sentimiento de la familia, y le mató la pesadumbre 

' de haber perdido Á su hija querida Tairab, joven 
de maravillosa y siugular hermosura* Empeñóse en 
que el corteje» fúnebre habia de pasar por delante de 
su< paladOt y aunque la fiebre le tenia postrado en 
cama, no pudo contenerse y se levantó y asomó á una 
veniana para presenciar la ceremonia funeral: causóle 
él especiáculo sensación tan viva y profunda que hu- 
bo que retirarle casi exánime, y á los dos dias siguió 
á su hija á la tumba. 

Sucedióle su hijo Abul Gasixn, el del horóscopo 
fatídico, que entre otros titules tomó el de Al Mota- 

, míd Billah, (el fortalecido ante Dios). Valeroso» mag- 
nifico y liberal» dulce y huoiano en la victoria, lite- 
rato y protector de los hombres de letras, en lo cual 
rivalizaba con Al Motacim el de Almería, pero ambi- 
cioso también» político y astuto» Siupo el nuevo mo- 
narca ganarse el afecto do sus subditos, y restituyó á 
sus hogares á todos los que la crueldad do su. padre 
tenia desterrados. Criticábanle» no obstante, como á 
aquel, porque también bebia vino y lo permitía beber 
á sus tropas para animarlas á los combates» y ademas 



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Í84 HISTORIA DB RSPAÑA. 

gustaba de (a sociedad de los judíos y de los cristia- 
nos. Veremos mas adelante las relaciones que con estos 
últimos sostuvo, y la iotervenoion que en ellas le tocó 
ejercer á su hija Zaida. Habíale recomendado su pa- 
dre en et lecho de mnerle que se guardara mucho de 
los Lamtunas ó Almorabitinos, (los que después co-* 
noceremos hajo el nombre dé Almorávides), y que 
cuidara de asegurar y bien y guardar las llaves de 
España, Gibraltar y Algeciras, y sobre todo que tra- 
bajara por reunir y concentrar en una sola mano el 
fraccionado imperio de España, que le pertenecía co- 
mo señor de la imperial Córdoba í*\ 

Tal era en general la situación de los pequeños 
estados musulmanes formados sobre los escombros 
del desmoronado imperio de los Ommiadas. Importá- 
banos conocer las principales divisiones en que quedó 
partida la España musulmana, las familias y dinastías 
que en cada región prevalecieron, las escisiones y 
guerras que tuvieron entre sí, y el poder de cada 
uno de aquellos príncipes, no solo por lo, que res- 
pecta á la historia muslímico-española, sino para * 
comprender lo mejar posible la de la España cristiana 
en este oscuro y complicadísimo período. 

(1) Conde, part. III. c. 5. . 



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CAPITULO XXII. 

FERNANDO I. DB CASTILLA T DE LEÓN. 

•«1037 4 1065. 

Cómo se captó Fernando el afecto de los loooeses. — ^Eu qué empleó los 
' primeros anos de su reinado.— Medidas de gobierno interior.-» 
Concilio de Coyaoza en 1060.— Sos principales oánooes.— Con fir- 
macioQ de ios fueros de Castilla y Lebo.— Guerra con su hermano 
García de Navarra^— Batalla de Atapoerca, en que muere García. — 
Noble conducta de Fernando antos y después de esta guerra. — Pri- 
meras campañas do Fernando contra los sarrrcenos. — Conquistas 
de Viseo, Lamegoy Goimbra.—-Su8 campañas en, el centro de la 
Península.— Sitio de Alcalá de Henares.— Humilde súplica del rey 
musulmán de Toledo.— Campaña contra el rey mahometano' de Se- 
villa.— Humillación de Ebn Abed.— asteria de la traslación del 
cuerpo de San Isidoro de Sevilla á León.— Testamento de Fernando. 
Distribución de reinos.— Campaña y sitio de Valencia.— Sorpresa 
de Paterna.— Enfermedad de Fernando.— Se retira á León.— Reli- 
giosa y ejemplar muerte de este gran motiarca. 

Dejamos eo el capítulo XX. á Fernando, prime- 
ro de este nombre, hijo dé Sancho el Grande de 
'Navarra, posesionado de las dos coronas de Castilla 
y de León, heredada esta última por su esposa la 
princesa doña Sancha, por haberse extinguido en 
Bermudo IlL su hermano, la línea masculina de Al- 
fonso el Católico, y adquirida la primera por extin- 
ción también de la línea varonil de los condes de 



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186 HISTORIA DB KSPAÑA. 

Castilla y por herencia de otra priacesst castellana, es- 
posa de su padce Sancho, viniendo á ser de este mo- 
do dos hembras el lazó qae unió las familias de Na- 
varra, Castilla y León, la base y' principio de la uni- 
dad de la monarquía española, cuyo complemento, no 
obstante, habrá de diferirse todavía siglos enteros. 
. ^ Quedaba con esto don Fernando el mas poderoso' 
de los reyes cristianos de España. Y si bien al prin- 
cipio le miraban muchos leoneses con alguna desafee* 
clon, nacida del natural sentimiento de faltarles la an- 
tigua y gloriosa dinastía de sus reyes propios y de 
considerarle de algún modo como estraogero para 
ellos, dedicóse este prudente monarca, después de 
conquistada la ciudad, á conquistar los corazones de 
sus nuevos subditos, ya gobernando con dulzura y 
con justicia, ya confirmándoles los buenos fueros que 
les babia otorgado Alfonso Y., ya añadiendo otros 
conformes á sus costumbres, ya también halagándo- 
los con anteponer en algunos diplomas el título de 
rey de León al de Castilla, aunque posterior aquel á 
este respecto á su persona. A pesar de esto, avezados 
algunos magnates y poderosos á revolucionarse fácil- 
mente contra sus reyes y señores, no dejaron de dar- 
le algunas inquietudes; hay quien señala entre aque- 
llos al conde Lain Fernandez: pero la prudencia y 
vigor del nuevo monarca redujeron tales conatos á 
inútiles tentativas, y el orden y la subordinación se 
conservaron en ambos reinos. 



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PAftñ n. LiBKo I. 187 

Consagróse» pues, Fernando en los primeros años 
de sit reinado á moralizar las costumbres, á restau- 
rar las antiguas leyes góticas, á organizar su antiguo 
y nuevo estado y á cuidar del orden y la disciplina 
cte la iglesia ^^K Sí la historia no nos ha trasmitido las 
particulares medidas que dicta para estos objetos, 
hallárnoslas como compendiadas en el concilio de 
Coyanza (hoy Valencia de Don Juan), diócesis de 
Oviedo,, celebrado por este monarca en unión con la 
reina Sanchfi en t050, y con asistencia de todos los 
obispos, abades y proceres ó magnates del reino, ad 
restaurationem nostrce chrisiianitatis: asamblea á la 
vez religiosa y política' como las de Toledo del tiempo 
de los godos, y en que se ordenaron trece cánones ó 
decretos, algunos de ellos importantísimos para la 
historia, relativos unos á negocicis eclesiásticos, otros 
al orden político y civil (^« Notaremos las principales 
disposiciones de este conciho. 

Mándase en el primer decreto [título que se dice 
eh el acta), que cada obispo desempeñe conveoiente- 



(4) Muchos historiadores, yeo- de Lugo y Cresconio de Compos- 
tre ellos Mariana, sopouen á este tela. No siA^emos cómo pudo én- 
mooaroa desde los primeros anos centrarse aqui el de Paraplooa. 
en guerra con los ¡úneles. Esto no Habíalos también de ciudades ocu- 
se coDforan ni con las historias padas todavía por los árabes. El 
árabes ni con Iss crónicas cristia- de Huesca, nombrado en el acta 
oas mas antiguas. . Visocensis, acaso por üsoensis, 

(2) Los obispos que asistieron fué probablemente el que Ferre- 

fueron ' loa siguientes: Froilan de ras tomó por de Viseo, deduciendo 

Oviedo,Diego de Astorga, X^ipria- de aqui que el concilio de Coyanza 

no de Leen, Siró de Falencia , Go- había sido posterior á la conquista 

mez de Huesca, Gómez de Cala- de esta ciudad' por Fernando, que 

horra, luán de Pamplona, Pedro es error manifiesto. 



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188 HISTORIA DB ESPAÑA. 

mente su minislerio con sus clérigos en su respectiva 
diócesis. 

Ordénase en el segundo que todos los abades y 
abadesas, monjes y monjas se rijan por (a regla de 
San Benito; y que todos con sus monasterios estén 
sujetos á los obispos. * 

Él tercero sujeta á todas las iglesias y clérigos á 
la jurisdicción episcopal, quitando á los legos toda 
potestad ó autoridad sobre ellas. Prescribe el servicio 
personal, de libros y ornamentos que hap de tener 
las iglesias y los altares: da reglas para el sacrificio 
de la misa; designa cómo han de vestirse los clérigos» 
mándales llevar siempre la corona abierta y la barba 
rapada, les prohibe el uso de armas de giíbrra, y 
tener en su casa otra muger que no sea madre, her- 
mana, tía ó madrastra. 

Preceptúa el quinto á los sacerdotes que no vayan 
á las I^as á comer sino á echar su bendición; que 
los clérigos y legos convidados á comer á las casas 
mortuorias no coman el pan del difunto sino haciefido 
alguna obra buena por su alma, y dando participa-, 
cion á los pobres. 

En el sexto, después de aconsejar á los cristianos 
que asistan á las vísperas los sábados por la tarde y á 
la misa los domingos, se manda que no andeú por los 
caminos como no sea para enterrar los muertos, visi- 
tar los enfernios^ ó por orden del rey , ó para resis-^ 
tir alguna invasión sarracena; y que los cristianos no 



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PARTB U. LIBRQ l/ 189 

cohabiten con judios ni coman con ellos. El noveno 
exceptúa á los bienes de lab iglesias de la ley trienal 
de la prescripción» y el duodécimo devuelve á los tem- 
plos el derecho de asilo en conformidad á la ley gótica. 
Versan los sétimo, octavo y decimotercero sobre 
negocios de gobierno político y civil. Estos dos últi- 
mos son de especial importancia histórica. aOrdena- 
mos, dice el octavo, que en León y sus términos, en , 
Galicia, en Asturias y en PortugaUse juzgue con ar-« 
r^lo á lo establecido por el rey Alfonso para los ho- 
micidios, robos y todas las demás caloñas. En Cas- 
tilla adminístrese la justicia de la misma manera que 
en los dia^ de nuestro abuelo él duque -3ancho.v> — 
cMandamos, dice el decimotercero, que todos, gran- 
.des y pequeños, no solo respeten la justicia del rey, 
sino que sean fieles y rectos como en los tiempos del 
señor rey Alfonso y se rijan de la misma^ manera que 
entonces: pero los castellanos en Castilla sean para el 
rey como lo fueron para el duque. Sancho. El rey 
por su parte los gobierne como el mencionado conde 
Sancho. Y confirmo todos aquellos fueros que á los 
moradores de León otorgó el rey Alfonso » padre de 
la reina Sancha mi esposa. El que esta nuestra cons- 
titución quebrantare, rey, conde, vizconde, merino ó 
sayón, eclesliásticoó seglar, sea excomulgado, etc. ^^Ky^ 
Por lo decretado en esta asamblea, aparte de lo 

(4) Agoirre, GoUect. Max. Concil. 



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190 HISTORIA DB BS^AÑA. 

perteneciente á la disciplina eclesiástica, se ve cómo 
el monarca garantía y confirmaba á cada uno de los 
dos estados retiñidos el uso y ejercicio de sos respec** 
ti vos privilegios y fueros» dando, a t propio tiempo tes- 
timonio del respeto que le merecían asi los píkeblos 
como los reyes sus antecesores. Pasó» pues, Fernán* 
, do el primer período de su reinado en afianzar la 
pacificación interior de sus reinos» en sofocar las ten* 
dencias de los magnates á la rebelión» en dictar re* 
formas para el clero» en establecer las bases de la 
legislación» renovando la de los visigodos y agregan- 
do á ella la que las nuevas necesidades de sus pue^ 
blos exigían» y en cuidar ademas con la solicitud de 
padre y con el esmero de rey dé la educación de sus 
hijos. Eran estos. Urraca» á quien babia tenido tres 
años antes de su advenimiento al trono de Léon; San- 
cho, que nació en el mismo año de su coronación; 
Elvira (en latín Geloira), Alfonso y García. A cada 
uno de estos hijos procuraba darle la educación mas 
adecuada á su edad y á su sexo» con arreglo á las 
costumbres de la época y á lo que el estado de la ilus- 
tración entonces permitía; á las hijas haciéndolas 
instruir en las labores propias de mugares y en los 
ejercicios de religión y de piedad, y á los varones 
amaestrándolos en el manejo de armas y caballos y 
en los deberes á que pudieraq ser llamados algún día. 
Fatalidad fué de Fernando, cQmo lo habia sido 
de los Alfonsos y de los Ordeños, y lo era para Espa- 



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PA«TBII/L1UD I. 494 

ña, tener que desnudar el acero antes contra sus 
propios deudos y hermanos que contra los enemigos 
naturales de su patria y de su fé. Por desdicha fué ' 
asi, y esta desdicha pers^uirá. todavía por mucho 
tiempo á esta nación tan heroica como desventurada. 
La partición de reinos hecha por Sancho el Grande 
de Navarra, sin duda con mejor intención y fé que 
con prudenda y tino, y que muy pronto habia co- 
menzado á dar amargos frutos con las funestas disi- 
dencias entre los hermanos coherederos de Aragón y 
de Navarra, prodújolos aun mas amargos, si bien algo 
mas tarde, entre los de Navarra y Castilla. Tiempo ha- 
cia que estaba viendo en secreto con envidiosos ojos 
el rey García de Navarra una tan bella porción como 
la de los dos reinos unidos de Castilla y León en manos 
de su hermano Fernando. Aunque parecia distraído d^ 
este pensamiento, ocupado como se hallaba en unión 
con su esposa Estefanía en embellecer con grandes edi- 
ficios y suntuosos templos la ciudad de Nájera, que ha* 
bian hecho córte y residencia real, no por eso habian 
dejado de devorarle la ambición y los celos, pasiones 
de que tan difícilmente se suelen desnudar los prín- 
cipes, hasta que un suceso vino á ponerle en ocasión 
de revelar designios que habia tenido encubiertos y 
en tentación de cometer un acto de insidiosa perfidia. 
Habiendo enfermado este monarca, creyóse Fer- 
nando en el deber fraternal de pasar á visitarle á 
Nájera (1053). Mas no bien hubo ílegado^ sugirió su 



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\%i HISTORIA DB ESPAÑA. 

presencia á García tentaciones siniestras contra sa her« 
mane, y aun hubo de proceder á dar órdenes para la 
ejecución de su mal pensamiento. Con todo; no debie- 
ron ser tan reservadas que de ellas no se apercibiese 
el castellano* lo cual le movió á dejar apresurada- 
mente aquella mansión y volverse á sus dominios con 
la fortuna de haber prevenido y frustrado oportuna- 
mente todo criminal intento contra su persona. Hizo 
la casualidad que á poco tiempo enfermara á su vez 
Fernando; y García» ya restablecido, quiso volverte 
la visita, como el medio mas propio para disipar 
cualesquiera sospecha que sobre él hubiera podido 
concebir su hermano. Grandes pruebas ó gran con- 
vencimiento debia tener Fernando de las desleales 
intenciones de García, cuando procedió á ponerle en 
prisión y á encerrarle en el castillo de Cea ^^K Mas 
habiendo logrado el navarro evadirse de la prisión 
sobornando á la guardia encargada de su custodia, y 
ponerse en cobro en sus estados, rebosando de índíg-. 
nación y de despecho ya no pensó en mas qUe en 
hafter guerra abierta á su hermano. Comenzó por de- 
vastar á mano armada las tierras fronterizas del de 
Castilla, él cual por su parte reunió grande ejército 



(1) No Coya, como escriben proTincia de Leoo/pero ha come- 
Mariana, Romey y otros. Coya es- tido al mismo tiempo dos graves 
té en Navarra, cerca de Pamplona, equivocaciones, la una eo suponer 
El redactor de la parte histórica acaecido este hecho en iOiO, ha- 
del Diccionario de Madoz ha apli- hiendo sido en 4053, y la otra en 
cado con mas acierto este suceso llamar al rey prisionero Sancho 
á la villa nombrada Cea, en la García, siendo García Sánchez. 



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PAftTB 11. UBEO 1. 193 

con el fía de castigar» ó por lo ineaosde reprimir se- 
mejantes agresiones. Todavía, sin embargo , quiso 
emplear los medios de la persuasión para ver de evitar 
un formal rompimiento , y despachó á García perso- 
nas respetables y prudentes que le recordaran la 
sangre común que por las venas de ambos corria, que 
le hicieran ver cuánto importaba el mantenimiento de 
la paz entre hermanos , que cada cual podia vivir 
tranquilo y feliz en los dominios que su padre les ha* 
bia señalado, y que meditara por último que en el 
caso de obstinarse no era posible que sus tropas/ in- 
feriores en número como eran, pudiesen resistir á la 
muchedumbre de las que Castilla tenia dispuestas 
contra él. Desoyó el navarro en su ciega cólera tan 
justas y racionales proposiciones, y en lugar de ve- 
nirse á buenas como la razón y la conveniencia le dic- 
taban , cometió el atentado de hacer prender los le- 
gados, si bien mudó luego de propósito, y ponién- 
dolos en libertad: «Andad, les dijo con arrogancia, id 
ahora á buscar á vuestro señor, que cuando yo ven. 
za á este, os volveré á traer prisioneros como ovejas 
de un rebaño.» 

Fiaba García en el valor de sus navarros, fiaba 
en los aliados musulmanes que habia logrado atraer 
á su partido, y fiaba en que él mismo era tan hábil 
general como soldado valeroso. Con esta confianza 
rompió con su ejército por tierra de Burgos en busca 
de su hermano» y estableció su campamento en Ata-- 
Tomo iv. 43 



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4 94 BISTOEU M UfhÜk. 

puerca, á cuatro leguas de aquella ciudad, y á la 
vista de las huestes castellanas que acampaban en 
aquel valle. Todavía Fernando , mas , á lo que es de 
creer , por* generosidad y nobleza de sentimientos 
que por temor , renovó á su hermano las proposicio- 
nes de paz, y aun envió á su campo á dos venerables 
varones, San Ignacio, abad de Oña, y Santo Domingo 
de Silos, á intento de ver si con sus santas palabras 
hacian desistir de su temerario empeño &1 obstinado 
García. Inútiles fueron también ios piadosos esfuerzos 
de tan virtuosos prelados* El malhadado rey de Na- 
varra corría desbocado á su perdición como aquellos 
hombres á quienes parece arrastrar á su ruina un 
destiño fatal. Frustradas todas las tentativas de ave- 
nencia por parte del monarca castellano, la batalla se 
hizo inevitable, y la batalta se dio. 

Al prímer albor de la mañana (1 .""de setiembre de 
4054), éntrela confusa gritería de ambas huestes, 
mezcláronse. los peleadores y se cruzaron con Airor 
las espadas. En el calor de la pelea vióse á un ancia- 
no y venerable navarro arrojarse lanza en ristre, 
sin casco y sin coraza, en lo mas cerrado de las filas 
enemigas, como quien busca desesperado la muerte, 
que' recibió con la imperturbabilidad de quien la de- 
seaba. Era el ayo del rey don García, el que le habia 
educado en su niñez, que después de haberle exhor- 
tado con enérgicas razones ¿ que desistiese de aquella 
guerra, viendo la ineficacia de sus consejos» no qoiso 



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PARTB II. LIBRO I. 195 

sobrevivir á la pérdida de su patria y á la muerte de 
su señor que preveía , y se anticipó á morir como 
buepo, Dna cohorte de caballeros leoneses, antiguos 
allegados al rey Bermudo, y particularmente adictos 
á la causa de su hermana la reina doña Sancha , de 
los que se habian hallado en la batalla de Tamaron, 
se abrieron paso con sus lanzas á través de Fos dos 
ejércitos, y llegando á donde se hallaba don García 
rodeado de un grupo de valientes navarros, se pre«- 
cipitaron sobre ellos v los arrollaron , derribando de 
su caballo al rey, que cayó al suelo acribillado de 
heridas. Quedáronle al temerario monarca tan sola- 
mente algunos momentos de vida, que aprovechó para 
confesarse con el abad de Oña; uno de los dos santos 
prelados cuya misión de paz no había querido escu- 
char anles el acalorado rey ^^\ 

Tal fué el fruto que de su tenacidad sacó el mo- 
narca navarro García Sánchez, conocido por el, de 
Nájera , en los campos de Atapuerca , que la tradición 
designa todavía hoy con el nombre de campos de la 
Matanza. Muerto García , gritaron victoria los caste- 
llanos, y desalentáronse y huyeron los navarros y sus 



(4) Hemos tomado la relación poro ellos y la reina deseaban 

de estos sncesos principalmente venEar con sangre la que él había 

del monge de Silos, Chron. n. 82 y hecho verter á Bermudo en los 

83, con la cual concuerda Lucas campos de Tamaron. El arzobispo 

de Tuy. Al decir del Sileose, Fer- don Rodrigo lo cuenta con algunas 

nando'de Castilla habla manifes- variantes, ríos merece en esto mas 

tado á aquellos caballeros fu de- fé el Silense, por ser escritor coif- 

seo de qne le entregaran vivo mas temporáneo. 



bien qoe muerto i su hermano; 



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496 HUTOftlA dbbspaKa. 

aQxiiiares. Fernando ordenó qae se persigaíéra á los 
fugitivos cristianos de modo que se les diera tiempo 
para salvar sus vidas: los sarracenos auxiliares quiso 
que fuesen tratados con todo el rigor de las leyes de 
la guerra , y los que no fueron acuchillados quedaron 
cautivos. Hizo Fernando recoger y trasportar el ca- 
dáver de su hermano á Nájera , y enterróle en la igle- 
sia de Santa María , edificada y dotada^por él ^^K Pudo 
Fernando después de esta victoria haberse hecho 
acaso sin gran dificultad dueño del reino de Navarra: 
moderado anduvo en haberse contentado con Nájera 
y con los pueblos de la derecha del Ebro: de todo lo 
demás puso él mismo en posesión á su sobrino Sancho, 
el primogénito de su desventurado hermano García. 

Desembarazado de esta guerra , y deseando ya 
medir sus armas con los infieles, regresado que hu« 
bo el victorioso castellano á sus antiguos dominios, 
preparó sus huestes para la campaña que emprendió 
la primavera siguiente (1055), pasando el Duero y el 
Termes , y penetrando en las provincias de la Lusita- 
nia ocupadas por los musulmanes ^^K Apoderóse desde 



(i) Tuvo el rey Garcia Sánchez vit. Esto unido á lo que antes ha- 
ocho hijoíif cuatro varones y cua- bia dicho este cronista, que «pasó 
tro hembras: Sancho, Ramiro, diez y seis anos sin salir de los lí- 
Fernando y Raimundo, y Urraca, mites de su reino ni emprender 
Ermesinda, Jimena y Mayor. La nada contra estrenas gentes,» de- 
reina doña Estefanía sobrevivió muestra que los historiadores es-* 
tres años y medio ¿ su esposo. pañoles, Mariana, Sandoval, Fer- 

(2) Mortuo fratre, dice el roras y otros han puesto indebi- 

monge de Silos, jam securus de damonte las campañas de Fernán- 

patrta reliquum tempus in expug- do en Portugal antes a ue la guerra 

nandos barbaros agere decre» con su hermano García. 



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FAETB II. LIBRO I. 197 

luego por asalto-de la fortaleza de Sena (hoy Cea) en 
la provincia de Beira. Desde allí continaó haciendo 
devastadoras correrías y tomando poblaciones, sin 
darse ni dejar mas descanso qae el que el rigor de 
las estaciones le obligaba á hacer , y que empleaba en 
atender á los negocios interiores de su reino. Atre- 
vióse ya en 1057 á poner sitio á Viseo » ante cuyos 
muros una flecha fatal habia dado treinta años hacía 
una muerte prematura á su suegro Alfonso V. de 
León. Terrible fué la resistencia que le opusieron los 
sitiados. Aquellos ballesteros musulmanes eran tan 
diestros y certeros, que á mas de no errar un golpe 
de saeta arrojábanlas con violencia tal , que no habia 
casco ni coraza tan dura que no la traspasaran , lo 
cual obligó á los sitiadores á armarse de triples cora- 
zas y de escudos forrados de madera. Habíase pro- 
visto también Fernando de cuerpos da honderos. 
Merced á estos medios y al arrojo de los castellanos 
la plaza fué entrada á viva fuerza , y sus habitantes 
y defensores ó pasados á cuchillo ó hechos cautivos. 
Entre estos últimos se hallaba todavía el que disparó 
el mortífero venablo que puso fin á la preciosa vida 
de Alfonso Y. Dicen que el rey » dfópues de sacarle 
los ojoSf le hizo cortar ambas manos y un pie , ven- 
ganza que querríamos no ver ejecutada por un prín- 
cipe cristiano, pero que en aquellos y aun en muy 
posteriores tiempos se consideraba y aplaudía como 
un rasgo de celo religioso y de piadosa y jiasta se- 



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498 . HISTORIA DB ESPAÜA. 

veridad^^L A la toma de Viseo siguió algunos meses 
después la de Lamego, oiudad situada cerca del Due- 
ro , y tenida por casi inexpugnable en razón á sus 
elevados muros. Nada arredró á los castellanos y 
leoneses 9 y abierta brecha en aquellas altísimas mu*- 
rallasy posesionáronse de la ciudad matando y cauti* 
vando según costumbre. Lo mejor de los despojos fuá 
de orden del piadoso monarca destinado al servicio 
de las iglesias y «de los pobres de Cristo,» según la 
espresion de la crónica ^^K 

Alentado Fernando con estos triunfos, concibió el 
proyecto de apoderarse de Coimbra. Era Coimbra la 
ciudad mas importante y como la capital de todas 
aquellas posesiones musulmanas. Para prepararse á 
tan gloriosa empresa como cumplido y fervoroso cris- 
tiano pasó el rey de Castilla á visitar el sepulcro del 
santo apóstol Santiago , á quien dirigió por espacio de 
tres dias y tres noches humildes y fervientes oracio- 
nes implorando por su intercesión el auxilio divino en 
favor de las armas españolas. Hecho esto , volvió á 
poner sitio á Coimbra (enero de 1058), lleno de es- 
peranza y de fé. No le fué, sin embargo, la toma de 
la ciudad tan fácil como acaso se habría imaginado. 
Costóle siete meses de asedio , al cabo de los cuales el 
hambre y lapenuría, á lo que se cree, obligaron á 



(4) Moa. Sil.ChroQ. o. 83 y 86. grada, tom. 44.-»Ribeiro, Disserl. 
(2) Id. n. 87.— Gbrou. Gonim- GhroQolog. é orit. sobre la Uisto 
bric. pág. 337.— 'Florez, Esp. Sa- ria de Portugal, t. IV . 



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FAKTB u. uno 1. 4M 

Io6 sitiados i pedir capitalacíon {%^ de julio), qoe •} 
monarca cristiaDo les otorgó , fijándose en los dos días 
siguientes las condiciones t reducidas á que los babi* 
tantes entregarían la plaza al monarca cristiano, sa« 
liendó ellos con sus mugeres y sus hijos y el dinero 
necesario para su viage. Fueron , no obstante , mas 
de cinco mil sarracenos entregados al vencedor en 
calidad de cautivos, y el domingo 26 de julio hizo 
su entrada solemne en Goimbra , acompañado de la 
reina doña Sancha , de los obispos de Composlela^ 
Lugo, Viseo y Mondoñedo, y de otros principales 
personages ^^K 

Dueño Fernando de Goimbra , encomendó el go- 
bierno de la ciudad y su coiparca á un tal Sisnanda^ 
que en su juventud habia sido hecho prisionero en 
Portugal por Ebn Abed rey de Sevilla ; en cuya ciu^ 
dad habiajiegado por .su mérito y sus luces á obte* 
ner de tal modo el favor del emir , que ademas de 
haberle confiado éste importantes cargos , vino i ha* 
cerle su mas íntimo consejero. Habíase puesto después 

(4) Cbroo. Complut. p. 346.^ Lo cierto es que eo la escritora de 

MOD. Silens. o. 89.— Florez, Enp. Lorbaon confirma el Cid, siendo 

Sagr. tom. 44. p. 90 y sigaieoles. esta la primera memoria ferldi» 

OtrosdifiereDÍaconquistadeCoim- qae de él so encoentra (tom. III., 

bra basta el año 4064.— Los anota- pág. 2S0 nota).! La escritura qoe 

dores de Mariana en la edición de se cita es de una gratificación que 

Valencia dicen: «Las antiguas eró' bizo el re? á los mongos da Lor« 

nicas cuentan que en la mezquita baon por el socorro de yi? eres que 

mayor de Goimbra después de su le suministraron para el sitio de 

purificación fué armado caballero G3imbra, que publicó en castalia* 

Rodrigo Díaz de Vivar llamado el oo Sendo? al en los Cinco Asy^s, 

Cid, por el rey Fernando, y descri- p. 42. 
hen el oeremoníal de esta función. 



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200 BISTOEU DI BSPaAa. 

Sisnando en relaciones t;on el rey de Castilla y de 
León 9 y como Sisnando conocía bien la religión , las 
costambres y la lengua de los árabes » parecióle al rey 
á propósito para gobernar asi á los cristianos como á 
los musulmanes que quedaron en la jurisdicción y dis- 
trito de Coimbra , donde les permitió seguir viviendo 
bajó ciertas condiciones. Sisnando gobernó sabiamen- 
te aquel territorio , haciéndose respetar igualmente 
de mahometanos y cristianos^ bajo el título que adop- 
tó de alvasir , españolizando el vazzir de los árabes. 
Bajo la administración de este singular personage fué 
agrandada y embellecida Coirnbra con magníficos 
monumentos. 

Fernando volvió á dar gracias al apóstol Santiago 
por el feliz éxito de su empresa , y regresando á León 
celebró una asamblea de magnates para deliberar, al 
modo que lo hizo en otro tiempo Ramiro IL , á qué 
punto de los dominios mahometanos convenia llevar 
la guerra. Tomado él competente acuerdo» salió el 
ejército cristiano á campaña la primavera siguien- 
te (1059), y tomó á San Esteban de Gormaz^ tan dis- 
putada dos siglos hacía por musulmanes y cristi^inos, 
á'Vadoregio, Aguílar y Berlanga. Prosiguió hacia 
Medinaceli, destruyó castillos y poblaciones, derribó 
las cabanas ó aduares que. tos sarracenos tenían para 
proteger y gnardar los ganados , demolió la línea de 
atalayas que de trecho en trecho habían construido, 
pasó la frontera de Cantabria (1060), y revolviendo 



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PARTB II. LIBRO 1. 201 

Otra vez hacia el reioo de Toledo, traspuso á Somo- 
sierra, taló los campos de Uceda y Talamanca, reco- 
giendo rebaños, cautivando hombres , mugeres y ni- 
ños, llevando lá devastación por todas partes, y no 
dando reposo ni á los musulmanes ni á sus soldados. 
Guadalajara, Alcolea, Madrid, todas las poblaciones 
musulmanas situadas en los valles ó á las márgenes 
del Henares, del Jarama y «del Manzanares , fueron 
teatro de las terribles correrías del monarca y ejérci- 
to castellano, que por último puso estrecho cerco á la 
importante ciudad de AI-Kalaa*en-Nahr (altura ó for- 
taleza del rio), de que le vino el nombre que hoy tie- 
ne de Alcalá de Henares. 

Habia ya el rey de Castilla desmantelado á hierro 
y fuego los edificios esteriores , ya el ariete habia 
desmoronado una parte de sus muros , cuando en ta^ 
aprieto despacharon los sitiados una embajadas al rey 
de Toledo, que lo era entonces Al Mamun , suplicán- 
dole los libertase por cualquier medio del rudo ene- 
migo que en tan apretado trance los tenia, y que lo 
hiciese pronto si no quería que á la pérdida de Alcalá 
siguiese la de todo el reino de Toledo. Hecho cargo 
Al Mamun del peligro, y escuchando los consejos de 
los mas prudentes , reunió una inmensa cantidad de 
oro y plata acuñada, telas y vestidos riquísimos , y 
habiendo obtenido un salvoconducto del monarca 
cristiano , pasó muy cortesmente en persona al cam- 
po del rey , y admitido ,á su presencia le rogó que 



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202 HISTORIA DB ESPaSa. 

aceptase aquellos presentes y que levantara mano en 
la devastación de las fronteras de su reino. Aun hizo 
roas el musulmán toledano. Para mever al rey de 
Castilla á que dejase mas pronto en paz sus dominios, 
le dijo que él y sus estados quedaban desde aquel 
momento bajo la protección y amparo del monarca 
leonés. Fernando rsi bien no confiaba mucho en las 
palabras del sarraceno, como que de todos modos por 
ser llegada la estación fria pensaba regresar á sus 
dominios • aceptó el presente y la oferta » y volvió 
cargado de botin á Tierra de Campos , como en otro 
tiempo Alfonso III. se habia retirado cargado de ri« 
quezas de debajo de los muros de Toledo (*^ 

Aprovechó Fernando aquel período de reposo de- 
dicándose á las mejoras interiores de su reino : res- 
tauró á Zamora, arruinada como León en los calami- 
tosos tiempos de Almanzor, y en esta última ciudad 
reconstruyó de cal y canto la iglesia de San Juan Ban - 
lista, ya reedificada de tierra cuarenta anos antes por 
Alfonso V. que habia hecho colocar en ella los cuer- 
pos de los reyes sus predecesores. Fernando, á rue- 
gos de la reina Sancha, que tenia especial devoción á 
este templo , destinóle también para panteón suyo y 



(i) Este ofrecimiento de Al Ma- Castilla, ha sido sin dada el que 

mun, que el mooge de Silos espre- dio ocasioo á algunos escritores é 

sa eu estos términos: se el reanum suponer que Al Mamun habia 

iuwn tum poteitaii eanm%sium obrado oomo aliado de Fernando 

dedit^ y que parecía constituirle en las campafias sucofti? sf. 
en f asalto ó tributario M rey de 



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PAETE II. LIBEO I. 206 

de SQ familia , y dispaso qae fuesen trasladadas á él 
l^^s cenizas de su padre Sancho el Mayor y de su cu* 
nado Bermudo. Terminadas estas obras » y deseando 
el piadoso monarca aumentar la devoción del pueblo 
á aquel privilegiado santuario, determinó enrique- 
cerle con las reliquias de los santos que existían eo 
las ciudades dominadas por I03 inñeles. Y como no 
esperase adquirirlas de otro modo que por la fuerza 
de las armas, juntó Fernando poderoso ejército , y en* 
caminóse con él por fa Extremadura y Lusitania y 
entróse por tierra de Andalucía esparciendo la devas- 
tación y el terror. Intimidado Ebn Abed el de Sevilla, 
de quien eran los estados invadidos , y á quien hemos 
visto en guerra casi incesante con los de Málaga y 
Granada, salió al encuentro del castellano llevando 
consigo ricos presentes , que ofreció al monarca cris- 
tianó rogándole los aceptase y que dejara de hostili- 
zar sus tierras y subditos. Consultó Fernando con los 
prelados y principales caudillos la respuesta que de- 
Beria dar , y como estos le aconsejasen que usara de 
mansedumbre basta con los enemigos de la fé^ aceptó 
el ofrecimiento del musulmán, mas no sin exigirle 
otro tributo de bien diferente índole, el que permi- 
tiera trasladar el cuerpo de la santa virgen y mártir 
Justa que desde la persecución de Qiocleciano yacía 
en aquella ciudad. Accedió gustoso Ebn Abed á la 
demanda, satisfecho de haber conjurado á tan poca 
costa la tempestad que le amenazaba , y hechas laa 



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S04 BISTOEU DB BAPAÜA. 

paces tornóse Fernando con su victorioso ejército á 
León (1062). 

Desde alli despachó á Sevilla 'una solemne emba- 
jada » compuesta del obispo de León Alvito , de Ordo- 
ño de Astorga, del conde Munio ó Nuno, y de otros 
dos nobles personages llamados Gonzalo y Fernando, 
con buena escolla , para que llevasen á ejecución lo 
pactado con Ebn A'bed. Presentáronse estos ilustres 
comisionados al rey musulmán , el cual les dijo que 
en efecto se acordaba de lo ofrecido , pero que era el 
caso que el cuerpo de la mártir Justa no se encontra- 
ba. Vanas fueron también las diligencias y pesquisas 
que por hallarle hicieron los enviados cristianos, lo 
que les dio no poco desconsuelo. Cuentan que en tal 
aflicción el obispo Alvito exhortó á sus compañeros á 
que por tres dias consecutivos de ayuno y oraciones 
procurasen mover á Dios á que no hiciese inútil su 
piadoso viage , revelándoles dónde se ocultaba el sa- 
grado tesoro qu$ iban buscando. Parecióles bien el 
pensamiento, y practicáronlo asi los enviados del rey.- 
La crónica añade que las tres noches se le apareció en 
sueños al venerable Alvito on hombre con una respe- 
table cabellera blanca , ceñida su frente con la mitra 
episcopal , que con gran magostad y dulzura le dijo: 
«Sé que el intento con que tú y tus compañeros ha- 
béis venido es el de llevar el cuerpo de la bienaventu* 
rada mártir Justa. Mas ten por cierto que la voluntad 
de Dios es que las reliquias de la santa queden aqui 



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PAETB U. UBRO I. 205 

para consuelo y amparo de esta ciudad. Sin embar- 
go , no quiere la bondad divina que os volváis con las 
manos vacías á vuestra patria , pues desde ahora os 
concede mi propio cuerpo; tomadle pues, y llevadle 
á la corte de León,» Preguntó entonces Alvito á aquel 
venerable prelado quién era, y él respondió: «Yo 
soy el doctor de las Espafias , Isidoro , que fui en oiro 
tiempo obispo de esta ciudad.» Y dicho esto, desapa- 
reció el santo anciano con toda la magostad y claridad 
que traia. Dicen también que en la segunda aparición 
señaló el santo obispo el lugar donde estaba su sepul- 
cro hiriendo la tierra tres veces con el báculo que 
llevaba , y que en conñrmacion de ser verdad cuanto 
^ decia pronosticó á Alvjto que hallado el sepqlcro y 
sacadas las reliquias , le atacaría una enfermedad , la 
cual á los poQOs dias le enviarla á participar con él de 
la corona de la gloria ^^K 

Todo , dice la crónica , se verificó tal como el ve- 
nerable prelado godo lo habia revelado al de León. 
La caja de enebro en que reposaban los restos de San 
Isidoro fué halfada en el sitio por él indicado, llenan- 
do de suavísima fragancia á todos los circunstantes 
como si hubiera caido sobre ellos un blando rock) de 

. (4) Bt moDge de SiIo9, que fué tomen qui interfuere prolata,* 

el primero. que dos trasmitió la '(Cuento, esclama otra vez, cosas 

historia de este glorioso y eelraño maravillosas, pero que recuerdo 

suceso, interrumpe vanas veces haber oído á los mismos que las 

su narraciOQ para decir: «Hablo presenciarou: mira loquoTy ab his 

cosas prodigiosas, pero contadas tamen, qui interfuere, me remir- 

por los mismos que intervinieron niecor- audisse,^ Véase también 

en ellas: 9tupenda loquoi-, ab hi9 Risco en la Vida de San Alvito. 



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800 H19T0EIA DB ESPAÑA. 

bálsamo ; el obispo Alvito murió á los siete dias en 
Sevilla 9 después de recibir los santos sacramentos y 
de haber encomendado la traslación del santo cuerpo 
á sus compañeros. Obtenida, pues, la venía del so- 
berano musulmán» fueron las sagradas reliquias del 
Santo Isidoro, junto con el cuerpo del obispo Alvito, 
trasladadas á León, donde el rey Fernando les tenia 
ya preparado un recibimiento solemne y pomposo, y 
aun él mismo con la reina y sus hijos, seguido del 
clero y el pueblo salió de la ciudad en procesión á 
recibir los sagrados cuerpos. El de San Isidoro fué de- 
positado en la iglesia de San Juan Bautista, que des- 
de aquel día tomó el nombre y advocación de aquel 
santo, y el del obispo Alvíto lo fué en la de Santa 
María de Regla. El dia de la ceremonia el rey agasa- 
jó con un banquete á todo el clero leonés , en el cual 
para dar un testimonio público de humildad y de de- 
voción , él mismo, la reina y los príncipes sus hijos 
sirvieron á los convidados á la mesa , haciendo los 
oficios no solo de domésticos ó criados , sino los re- 
servados á los esclavos de ambos sexos que se cogían 
en la guerra. Acaeció el ruidoso suceso que acabamos 
de referir en diciembre de 1063 ^^K 

Con motivo de la ''ceremonia de la traslación de 

(4) Pueden verse las Actas de y trueca á cada paso lastiraosa- 

esta traslación publicadas por el mente la cronología, pone el su? 

maestro Florez.— Mariana, que ceso de la traslación del cuerpo 

ademas de sus muchos errores de San Isidoro antes del concilio 

históricos en esta época, confunde de Coyanza celebrado en 4050. 



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PAETB 11. LIBIO I. 207 

las reliquias de la lumbrera de la iglesia goda San 
Isidoro t habían acudido á León los principales perso- 
nages de ambos reinos , y aprovechando esta ocasión 
el piadoso rey don Fernando, y sintiéndose ya en 
edad avanzada , reunió una asamblea mas política qae 
religiosa » á fin de repartir el reino entre sus hijos, 
para qae á su nraerte pudieran vivir con tranquilidad 
y en buena armonía. En esta distribución, en que tal 
vez se propuso imitar á su padre, no considerando 
bien los males y excisiones que aquella habia ocasio- 
nado entre los hermanos, adjudicó á Alfonso, que 
aunque no era el mayor era á quien amaba con pre« 
ferencia, todo el reino de León con los Campos Góticos 
ó Tierra de C4ampos; á Sancho, que era el prímogé-- 
nito, le dio el reino de Castilla ; hizo rey de Galicia 
á García, el mas joven de todos; á Urraca, su hija 
mayor , le confirió en dominio absoluto la ciudad de 
Zamora, y á Elvira la de Toro , ambas sobre el Duero, 
con todos los monasterios de su reino para que pudie- 
sen vivir en el celibato hasta concluir sus días ^^K 

Decoró el piadoso monarca con lujo y esplendidez 
ía iglesia ya dicha de San Isidoro; pasábase en ella 
muchas horas en oración , y solia mezclar su voz con 
las de los sacerdotes que cantaban las alabanzas divi- 
nas. Cuando iba al monasterio de Sahagun asistía con 
los mongos al coro , y mas de una vez tomó humilde^ 

(i) Mon. Si). CbroD. d. 403.— Pelag. Orel. Gbroo. 



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208 H18T0EU DB BSPlftA. 

mente asiento con ellos á la hora de la refección , par- 
ticipando como si fuese otro monge de la vianda pre- 
parada para la comunidad ^^K Su mano liberal estaba 
siempre abierta para socorrer á sacerdotes y clérigos, 
á las vírgenes consagradas á Dios, y en general á 
iodos los pobres cristianos menesterosos. 

Réstanos hablar de la última campaña contra ios 
infieles con que este gran monarca terminó su glorío- 
so reinado. Era, por el cotejo de las historias árabes 
y españolas, el ano 1064, cuando penetró Fernando 
con su ejército en la antigua provincia Celtibérica, 
infundiendo nuevamente el terror en los sarracenos, 
talando campiñas, saqueando lugares, incendiando y 
destruyendo cuanto encontraba fuera de las ciudades 
amuralladas, llegando en su escursion delante de la 
ciudad de Valencia. Gobernaba éste reino el débil 
Abdelmelik Almudhaffar , hijo de Abdelaziz , ó por me- 
jor decir , le gobernaba en su nombre su pariente 
Al Mamun el de Toledo. Sitiáronla los castellanos y 
leoneses. Un dia fingieron estos levantar el sitio como 
quienes se retiraban convencidos de su impotencia 
para conquistar la ciudad. Cayeron los valencianos 
en el lazo , y haciendo una salida , vestidos con sus 

(1) Cuenta el Silense que en rompió on mil piezas. Entonces 

ano de estos dias, habiendo ben- llamó á uno de sus pages, y lo 

decido el abad en las ánforas el mandó llevarla copa de oro en que > 

vino que se habia de serrir ala él bebía ordinariamente, y ponién- 

mesa, según co'stumbre, hizo pr&- dola sobre la mesa la regaló á los 

tentar al rey una copa de aguel padres en reemplazo de la que 

vino. El rey la dejó caer por des- había roto, 
cuido» y como «ra de cristal se 



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PAETB II. LIBEO I. 209 

trages de gala como si fuesea á divertirse con el ejér- 
cito cristiano, dieron en la emboscada que Fernando 
astutamente les había preparado cerca de Paterna » y 
acometidos de improviso por los cristianos, gran n&- 
mero de ellos fueron acuchillados, siendo bastante afor- 
tunado su rey Abdelmelik para salvarse por la fuga ^*K 
Volvió Fernando después de este triunfo á estrechar 
el cerco de Valencia, y estaba á punto ya de tomarla, 
cuando hizo la mala suerte que le acometiera una en- 
fermedad que le obligó á retirarse otra vez á León, 
donde no mucho antes habia hecho que fuese trasla - 
dado el cuerpo del mártir San Vicente, hermano de las 
santas Sabina y Cristeta que se hallaban en Avila. 

Llegó, pues, Fernando á León un sábado, 24 de 
diciembre de 1065. A pesar de su quebrantadísima 
salud su primera visita fué al templo de San Isidoro, 
donde arrodillado ante los sepulcros de los santos 
mártires hizo fervorosa oración á Dios por su alma. 
De alli pasó al palacio á reposar algunas horas. A la 

(\) De ^sta sorpresa de Pater- Fernando, segan en el anterior 
na de qoe no hablan nuestras capítulo expusimos. Asi, pues, 
crónicas, nos ha dado noticia el según Ibn-Bassán, el escritor mas 
árabe ibn-Bassftn, escritor con- iomediato á los sucesos que se co- 
temporáneo, MS. de Gotba, cita- noce, Al Mamun oo fué a Valencia 
do por Dozy*— A la nueva de este como aliado de Fernando, que es 
desastre fué cuando acudió Al M a- lo que se babia creído hasta abo- 
mun el de Toledo á Cuenca á pro- ra, sino como protector de Abdel- 
teger á su pariente Abdelmelik, y melik, aunque la ambición le con- 
considerándole poco hábil para virtió pronto de auxiliar en usur- 
defender la ciudad contra tan po- pador de su reino. — Almakari ha- 
deroso enemigo como Fernando, ola también de la batalla de Pa- 
lé depuso y encerró en la fortale- terna, qne indica igualmente Bbn 
za de Cuenca, alzándose con su Hayan, 
reino luego que levantó el sitio 

Tomo iv. i* 



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240 ttlSTOElA DB BSPASa. 

medía noche se hizo conducir otra vez á la ¡glesiat 
donde asistió á la misa solemne de la natívidad del Se- 
ñor, y después de haber comulgado hubo que llevarle 
en brazos á su lecho. A la mañana siguiente al apun- 
tar el didy presintiendo cercano su fín^ convocó á los 
obispos, abades y religiosos de la corte para que 
fortificasen su espíritu en aquel trance supremo, y 
todavía otra vez se hizo trasportar al templo en com-* 
pañía de aquellos venerables varones » revestido de 
todas las insignias reales. Alli arrodillado ante el al- 
tar de San Juan, alzando los ojos al cielo , pronunció 
con voz clara y serena estas memorables palabras: 
«Vuestro es el poder, Señor, vuestro es el reino, vos 
sois sobre todos los reyes , y todos los imperios del 
cielo y do la tierra están sujetos á vos. Yo os devuel* 
vo, pues, el que de vos he recibido, y que he con- 
servado todo el tiempo que ha sido vuestra divina vo- 
luntad. Ruégeos, Señor, os digneis sacar mi alma de 
los abismos de este mundo y recibirla en vuestro 
seno.» Y dicho esto, se desnudó del manto real, se 
despojó de la corona de piedras preciosas que cenia 
su frente, y recibiendo el oleo santo de mano de ios 
obispos, trocó el manto por el cilicio y la diadema 
por la ceniza, y prosternado y con lágrimas imploró 
la misericordia del Señor, á quien entregó su alma á 
la hora sesta del tercer dia de pascua, fiesta de' San 
Juan Evangelista* Tal fué y tan ejemplar y envidiable 
la muerte del primer rey de Castilla y de León, á los 



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PAaTB 11. LIBRO l« 



211 



28 anos y medio de haber ceñido la segunda corona, 
cerca de 31 de haber llevado la primera. Fué enter- 
rado en el panteón de la iglesia de San Isidoro que 
él había hecho construir ^^\ 

Bajo el cetro vigoroso de Fernando I. adquirieron 
gran preponderaucia los reinos cristianos de Castilla 
y de León 9 y su reinado preparó la gloria de los 
siguientes. Con justicia, pues, es llamado Fernando 
el Magno el que fué uno de los príncipes mas glorio- 
sos que cuenta la España ^^K 



(4) Mon., Sil., CbroD. n. 106. 
«-Tepes, Goron. de la orden de 
San Benito. — Sandoval , Cinco 
Beyes.— Floreí, Esp. Sagp. , y 
mncbos otros.— La Beina doüa 
Sancha, señora no menos piadosa, 
prudente y amable que su marido, 
le sobrevivió solo dos años, y fué 
enterrada también en la misma 
iglesia de San Isidoro al lado de su 
esclarecido esposo, como se ve 
por los epitafios grabados en sus 
tnmbas. — ^Anales Complut., Com- 
poste!, y Toledanos. 

(i) Hemos omitido el invero- 
simif é infundado suceso que 
eueota la Crónica general y adop- 
tó de lleno Mariana (1. IX., c. 5.), 
de la reclamación que en tiempo 
de este rey hicieron el papa y el 
emperador de Alemania para quo 
Castilla se reconociera feudataria 
de aquel imperio, de las cortes 
que para deliberar sobre esto ex- 
traño negocio, dice, reunió el rey 
Fernando, del razonamiento que 
en ellas hizo el Cid, de la resolu- 
ción que á consecuencia de su 
discurso se lomó, del ejército de 
diez mil hombres que al mando de 



Rodrigo de Vivar pasó á Francia, 
de la embajada que aquel recibió 
en Tolosa, del asiento qee allí se 
hizo para libertar á España del 
pretendido feudo, etc., por eetar 
ya reconocido y probado de fabu- 
loso todo este conjunio de bellas 
invenciones por los mejores críti- 
cos. Perreras dijo ya: «Esta pre- 
tensión no es mas que cuento, 
porque yo no he hallado, ni en los 
escritores germánicos, ni en otros 
de aquella edad rastro de tal in- 
tento, etc.» Los ilustradores de 
la edición de Valencia dijeron 
también hablaifdo de lo mismo: 
cPero nuestros historiadores mas 
atinados han desechado como fin- 

Sida (oda esta narración.)^ T el 
octor Sabau y Blanco dice con su 
acostumbrado desenfado sobre es- 
te capítulo de Mariana: «Todo este 
cuento es tomado de la Crónica 
oeneral de Espafia, que no tiene 
fundamento en ningún autor que 
merezca fé. Ninguno de los escri- 
tores de este tiempo hace mención 
de semejante suceso; y asi debe 
despreciarse teda esta narración, 
de Mariana como fabulosa.» 



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CAPITULO XXIII. 

LOS HIJOS DE FERNANDO EL MAGNO» 

SANCHO, ALFONSO T GARCÍA. 

Be 1066 A 1086. 

Jttioto de la distribucioa de reíDOS que hizo Fernando 1. de Castilla en 
fU8 tres hijos.— Guerra de Sancho de Castilla con sus primos Sancho 
de Aragón y Sancho de Navarra y su resultado.^Despoja Sancho 
de Castilla i sus dos hermanos Alfooso y Garcia de los reinos do 
León y Galicia.— Aventuras de Alfonso VI. de León.— Su prisión** 
toma el hábito religioso en Sahagun: se refugia á Toledo, y vive en 
amistad con el rey musulmán.— Quita Sancho la ciudad de Toro á 
su hermana Elvira.- Sitia en Zamora á su hermana Urraca. — ^Mue- 
re Sancho en el cerco de Zamora.— Traición de Bellido Dolfos.— b' 
Cid. — ^Es proclamado Alfonso rey de Castilla, de León y de Galicia. 
—Juramento que le tomó el Cid en Burgos.— Alianza de Alfonso VL 
con Al Mamun el de Toledo.— Toman juntos á Córdoba y Sevilla.— 
Piérdense otra vez estas dos ciudades. — Muerto de Al Mumun.— . 
Resuelve Alfonso la conquista de Toledo.— Alianza con el de Sevilla. 
—Ofrece este su hija Zaida al monarca leonés y la acepta.— Rindese 
Toledo al rey de Castilla.— Capitulacion.-Entrada de Alfonso en 
Toledo.— Concilio.— Primer arzobispo de Toledo.— Conviértese la 
mezquita mayor en basnica cristiana.— Cambio en la situación de 
los dos pueblos cristiano y musulmán. 

El ejemplo vivo y recieQte de lo funesta que ha- 
bla sido la parlicioa de reinos hecha por Sancho el 
Mayor de Navarra» ejemplo cuyas consecueacias fa* 



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^AETB II. LIBEO U 213 

tales había experimeotado eo sí misAo su hijo Fer- 
nando, no sirvió á esle de escarmiento, é incurrió« 
como hemos visto, en el propio error de su padre, 
rompiendo la unidad apenas establecida, y snbdiví* 
diendo las dos coronas de Castilla y León, unidas mo- 
mentáneamente, en sus sienes, entre sus tres hijos 
Sancho, Alfonso y García, en los términos que en el 
anterior capítulo dejamos espresados. Creyó sin duda 
Fernando, y tal debió ser su propósito y buen deseo 
como acontecería á su padre, dejar de aquella manera 
mas contentos á sus hijos, prevenir los efectos de la 
envidia y de la ambición entre ellos, y acaso se per- 
suadió también deque distribuido el reino en pequeños 
estados, cada soberano podría regir con mas facilidad 
el suyo ó sostenerlo con mas energía contra los sarra- 
cenos ó dilatar cada cual con mas fuerza de acción 
sus respectivas fronteras. Si tal pensamiento tuvo, 
pudo mas en él el buen deseo que la lección práctica 
de la esperiencia, y mostróse poco conocedor del co- 
razón humano. Faltaba por otra parte todavía el co- 
nocimiento y fijación de la sabia ley de la primogeni- 
tura para la sucesión al trono. Lo cierto es que la 
partición de reinos de Fernando encerraba, como 
vamos á ver, el germen de guerras tan mortíferas 
entre sus hijos como las que antes había ocasionado la 
distribución de su padre Sancho de Navarra. 

Bien le previeron algunos nobles leoneses, y en- 
tre ellos principalmente el prudente y experimentado 



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214 UISTQRIA DB ESPAlfA* 

Arias Gonzalo, los coates habian intentado persuadir 
al rey qoe revocase aquella división. No escuchó el 
monarca el consejo, y en conformidad á su determi- 
nación el mismo dia de su muerte fueron proclamados 
Sancho rey de Castilla, Alfonso de León, y García de 
Galicia y Portugal. Aunque descontento y quejoso 
Sancho, ya porque viese mas favorecido en la par- 
lija á su hermano Alfonso, ya porque como pri-> 
mogénilo se creyera con derecho á toda la herencia 
de su padre, no hubo todavía rompimiento entre los 
hermanos, ni se turbó su aparente concordia en algún 
tiempo, acaso porque supo mantenerlos en respeto 
su madre doña Sancha, señora de gran juicio y pru*^ 
dencia: por lo menos estuvo reprimida su envidia y 
DO se manifestó en abierta hostilidad hasta que mu* 
rió la reina madre en 1067. 

Mas no estuvo etílretanto ocioso el genio turbu* 
lento y activo de Sancho. Llamóle su ambición hacia 
otra parle, y esto contribuyó también á que dejara 
algún tiempo en paz á sus hermanos. Reinaban en 
aquel lietnpo en Aragón y Navarra otros dos Sanchos, 
primo-hermanos del de Castilla; el de Aragón hijo 
de su tio don Ramiro, y el de Navarra hijo de su tio 
don García <*> : reinando de este modo simulláneamen- 

(4) A su tiempo reclíficuremos tilla, habiendo muerto aquel en 

á Mariana, Romey, y otros bisto- 1063. Notaremos también enton* 

fiadores, que difieren la muerte ees la grave equivocación en que 

de Ramiro I. do Aragón basta el incurrió el juicioso y docto Zurita 

año de 1067 y le bacon reinar al en este punto,, 
mismo tiempo que Sancbo de Gas- 



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PAfiTB II. LIBRO 1. 215 

te tres Sanchos en Aragón, Navarra y Castilla; coin- 
cidencia que ha podido dar lugar á confusión y equi« 
vocaciones históricas» y sobre lo cual repelimos lo que 
acerca de la identidad de nombres díjimo3 en el pri- 
mer Yolámen de nuestra obra ^*K En tanto que el de 
Castilla encontraba ocasión para arrancar á sus her-- 
manos la herencia de su padre, ensayóse en otra em« 
presa, que fué la de querer privar á su primo el de 
Navarra de la parte que Fernando mismo le habia Te- 
conocido. Pero el navarro y el aragonés, conocedores 
sin duda del genio codicioso del de Castilla, habíanse 
confederado ya para impedir todo atentado que con* 
tra sus dominios intentase, y cuando aquel pasó el 
Ebro encontráronle los dos aliados en la llanura en 
que se fundó mas adelante la ciudad de Viana, lia* 
mada, dice un moderno historiador navarro ^^\ el 
Campo de la verdad^ «porque de muy antiguo esta- 
ba destinado para los combates.de los nobles en desa- 
fio, que creian encontrar la verdad y la razón en la 
fuerza ó en la destreza de las armas.» Dióse allí una 
batalla entre los tres Sanchos, en la^ cual el de Cas- 
tilla quedó vencido, teniendo que escapar precipita- 
damente en un caballo desenjaezado, como en los cam- 
pos de Tafalla habia acontecido treinta años antes á 
Ramiro de Aragón. Fuéle preciso al castellano repasar 
el Ebro, y regresar á sus estados, lo cual proporcio- 

(4) Tomo I. pág. 376. de Navarra, pág. 69 . 

9) Tanguas, uist. Gompend. 



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SI 6 HISTORIA DB BSPaSa. 

nó al (le Navarra el poder recuperar las plazas de 
la Ríója, perdidas por su padre y ganadas por Fer- 
nando á consecuencia de la victoria de este en Ata- 
puerca ^^K 

No pudo el rey de Castilla lomar satisfacción y 
venganza de sus dos primos como hubiera deseado, 
porque la muerte de su madre (1067) vino á allanar- 
le el único obstáculo que parecia haber estado com- 
primiendo los ímpetus de su ambición y estorbádole 
atentar abiertameule contra la herencia que sus dos 
hermanos habian recibido de su padre común. Vio, 
pues, llegado el caso de aspirar á lo que mas codi- 
ciaba y rota toda consideración y miramiento» aco- 
metió primeramente á Alfonso» que era el que mas 
cerca tenia, y sin dar tiempo á que el leonés recibiese 
los auxilios que habia solicitado de sus primos los de 
Aragón y Navarra para contener al turbulento caste- 
llano ^^K dióle un combate que el de León se vio en 
necesidad de aceptar en Plantaca ó Plantada (después 
Llantada), á orillas del Pisuerga» en que pelearon los 
dos hermanos como dos encarnizados enemigos (1 068). 
La victoria quedó por los castellanos, y Alfonso ven- 
cido tuvo que retirarse á León ^^K 

Fuese que Alfonso (el VL de su nombre) conten- 
tara por entonces á Sancho cediéndole alguna parte 



(4) Moret, ADoal. de Nav. lo Mariaoa) aquella bestia fiera y 
lib. 44. salvage.» 

{i) «T perseguir (añade el cuW (3) Annal^ Goroplnt. p. 34 3. 



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PARTB U. LIBRO I. 217 

de las fronteras de su reino ó condescendiendo con 
algnna de sns exigencias, ó que Sancho» debilitado 
en los campos de Viana, no se considerara en aquella 
sazón bastante fuerte para internarse en los dominios 
leoneses teniendo enemigos á la espalda, no se vuelve 
á hablar de nueva lucha entre los dos hermanos 
hasta tres años mas adelante (1071)^ que reaparecen 
combatiendo otra vez en Golpejar á las márgenes del 
Garrion, aun mas sangrientamente que en Llantada. 
Hay quien dice haber concertado antes y convenídose 
en que aquel que venciese quedaría con el señorío de 
ambos reinos. La fortuna favoreció esta vez á los leo- 
neses, y los castellanos volvieron la espalda dejando 
abandonadas sus tiendas. Condujese Alfonso con lau- 
dable aunque perniciosa generosidad , prohibiendo á 
sus soldados la persecución de los enemigos, á fin de 
que no se vertiese mas sangre cristiana, y porque, si 
fué cierta la estipulación que se supone, se creerla ya 
señor de Castilla. Perdióle aquella misma generosidad. 
Porque uno de los guerreros castellanos reanimó al 
monarca vencido diciéndole: «Aun es tiempo, señor, 
de recobrar lo perdido, porque los leoneses reposan 
confiados en nuestras tiendas; caigamos sobre ellos al 
despuntar el alba, y nuestro triunfo es seguro.» El ca- 
ballero qne asi hablaba era Rodrigo Díaz, conocido y 
célebre después bajo el nombre de el Cid Campeador, 
que ya entonces tenia entre los suyos fama de gran 
capitán, aunque es la prímera vez qne le hallamos 



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218 HisTatiA DB ispaHa. 

mencionado como tal en las antiguas hislorias ^^K 
Aceptó Sancho el consejo de Rodrigo, y sin tener 
én cuenta, si no un compromiso pactado, por lo menos 
la noble couducta que con él había usado Alfonso, 
cayó con su ejército al rayar la aurora sobre los des* 
cuidados y dormidos leoneses, de los cuales muchos 
sin despertar fueron degollados, los demás huyeron 
despavoridos, y Alfonso buscó un asilo en la iglesia 
de Santa María de Garrion, de cuyo sagrado recinto 
fué arrancado y conducido desde allí al castillo de 
Burgos (julio de 1071). Pasó Sancho con su ejército 
victorioso á la capital del reino leonés, de la cual se 
posesionó ya fácilmente. Amaba con predilección doña 
Urraca á su hermano don Alfonso, y á instigación y 
por consejo suyo rogó el conde Pedro Ansurez á don 
Sancho sacase de la prisión á su hermano, á lo cual 
accedió el de Castilla á condición y bajo la promesa 
de que Alfonso tomaría el hábito monacal en el mo*^ 
hasterio de Sahagun* Resignóse el destronado monar- 
ca á cubrir con la cogulla aquella cabeza que acababa 
de llevar una corona, él y sus favorecedores con la 
esperanza de que el tiempo trocaría las cosas y el 
variable viento de la fortuna daría otro rumbo á su 
suerte. Asi sucedió. Por arte y maña de los mismos 
que habian negociado su entrada en el claustro no 
tardó Alfonso en salir de él á favor de un disfraz, y 

(4) LacasdeTuy,p.97 y90.— El arzobispo don Rodrigo, I. VI, c 46. 



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PA&TB II. LIBRO I. SI 9 

tomando el camino de Toledo acogióse al amparo del 
rey Al Mamun, que no solo le recibió con beoevolen* 
cia, sino que le trató como á on hijo, según la ex* 
presión del arzobispo cronista. Díóle el rey n(iasulman 
morada cerca de so mismo palacio , proporcionábale 
todo lo que podia hacerle amena y agradable la vida, 
y basta le señaló una casa de recreo fuera de muros 
donde pudiese vivir apartado del tumulto de la ciu* 
dad, y entretenido con sus cristianos. 

Acompañábanle alli tres nobles hermanos, Pedro, 
Gonzalo y Fernando Ansurez, servidores fíeles suyos 
y de su hermana Urraca, que con tierna solicitud le 
habia procurado esta buena compañía. Con estos y 
otros cristianos no menos leales vivía Alfonso en su 
deliciosa alquería, en la mas estrecha amistad con el 
monarca sarraceno. Un día habiendo salido Alfonso á 
oaza por aquellos bosques, llegó hasta un sitio lla- 
mado Brivea, hoy Brihuega , fortaleza entonces de 
poca importancia, pero cuya situación agradó mucho 
al desterrado castellano. Pidiósela á Al Mamun, y es- 
te se la concedió sin dificultad. Alli estableció Alfonso 
una especie de colonia de cristianos sometidos á su 
autoridad. Asi pasó el destronado rey de León cerca 
de un año, ya auxiliando con sus cristianos al rey de 
Toledo en sus guerras con otros musulmanes, ya en- 
treniendo los períodos de paz en ejercicios de monte - 
cía, á que se prestaba grandemente aquel sitio. 

Cuenta el arzobispo don Rodrigo, que habiendo 



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8S0 HISTOftU DR RSPAHa. 

bajado on dia Al Mamun al jardin del castillo de 
Bribacga á solazarse un ralo, y habiéndose puesto á 
conrerenciar con los árabes de su corte sentados en 
círculo, sobre el medio como se podría tomar una 
plaza tan fuerte como la de Toledo, Alfonso se habia 
recoslúdo al pie de un árbol , y aparecía profunda- 
mente dormido: creyéndolo asi los árabes, continua- 
ron departiendo entre si en alta voz y con toda 
confianza. Preguntóles Al Mamun si creian posible 
que una ciudad como aquella pudiera nunca ser con- 
quistada por los cristianos. cSolo habria un medio, 
contestó uno de los interlocutores, que seria talar por 
espacio de siete años sus campiñas , de suerte que 
llegaran á faltar absolutamente los víveres.» No fué 
perdida la respuesta, dice el historiador cristiano* 
para Alfonso que no dormia , y guardada la tuvo 
en su memoria; como queriendo atribuir á esta re-* 
velación la conquista que años adelante hizo de To« 
ledo este mismo Alfonso. Nosotros, concediendo el 
hecho, creemos que Alfonso no necesitaba de estas 
revelaciones , teniendo como tuvo tiempo sobrado 
para conocer la ciudad y calcular todos los medios 
que pudieran facilitarle su grande empresa, si por 
caso pensó en ella entonces ^^K 

Mientras esto pasaba en Toledo , Sancho., ufano 

(4) La esUiDcia de Alfonso en plomo derretido en una mano 

Toledo, se ha exornado con anéc- para probar ai estaba realmente 

dotas y cuentos inverosímiles, dormido, de que diz le quedó el 

como aquello de haberle echado sobrenombre de el de la mano ho- 



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PARTB 11. LIBaO I 221 

con la victoria, y no satisfecho con el reino de León» 
había continuado su marcha á Galicia, resuello á de- 
poner también de aquel reino á García, su hermano 
menor. García tenia exasperados los pueblos con in- 
moderados tributos» y disgustados á los principales 
gallegos con el ascendiente que dispensaba á uno de 
sus sirvientes ó domésticos llamado Vernula, á cuyas 
delaciones daba siempre oidos con una credulidad cie- 
ga. Muchas veces los nobles que habian sido el blanco 
de sus calumnias habian rogado al príncipe que alejase 
de sí tan indigno favorito. El rey so había empeñado 
en sostenerle, y haciéndose ya insoportables á los 
grandes las vejaciones que les causaba, asesinaron 
un dia al delator á la presencia y casi en los brazos 
mismos del rey. La cólera de García no reconoció lí- 
mites ni freno desde entonces, y degeneró en una 
especie de demencia ó de manía de persecución con- 
tra todos sus subditos de cualquiera edad ó sexo que 
fuesen. Asi cuando se presentó Sancho en Galicia, 
fuéle fácil la sumisión de los gallegos, harto indigna- 
dos ya contra la loca dominación de su hermano. Solos 
trescientos soldados seguian á García, con los cuales, 
conociendo la imposibilidad de resistir á la hueste 
castellana, acudió en demanda de auxilio á los sar- 
racenos de Portugal, ofreciéndoles que si le ayuda- 



rodada; lo de habérsele eneres- dados absurdas que el bueu sentí- 
pado el cabello en términos de no do nos dispensa de refutar seria- 
podérsele allanar, y otras puerili- mente. 



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S22 UlSTOftlA DB BSPAÑA* 

bao á hacer la guerra les darla en vasallage no solo 
sa reino, sino también el de sa hermano. Contestá- 
ronle los musulmanes con palabras de alto desprecio. 
«¿CiOn que no has podido, le dijeron, defender la es- 
tado siendo rey, y ahora que le has perdido nos 
ofreces dos reinos?» Tuvo no obstante el desairado 
y desatentado García la temeridad de seguir recor- 
riendo el pais con su pequeña cohorte, basta que lle- 
gando á la campiña de Sentaren ^^^ encontróse con su 
hermano Sancho, donde vinieron á las manos. Acu* 
chillada y desecha la gente de García y él prisione- 
ro, quedó Sancho dueño y señor de todo el reino de 
Galicia (4071). Fué el prisionero destinado aí castillo 
de Luna, de donde luego le soltó Sancho sobre ho- 
menage que le hizo de ser siempre vasallo suyo, y 
refugióse á Sevilla ^^. 

Parece que deberla haber quedado satisfecha la 
ambicioa de Sancho con verse señor de los tres reinos 
de Castilla, León y Galicia» Mas como ^u codicia fuese 
insaciable, tan pronto como regresa á León, volvió 
sus ojos hacia los pequeños dominios independientes 
de sus dos hermanas Urraca y Elvira; y só pretexto 
de que se interesaban demasiado en favor de Alfonso, 
llevó contra ellas un ejército considerable. Elvira no 



(4) Las palabras del arzobispo manuscrita del Escorial qae ci- 

don Rodrigo nos descabren la eti- ta Borganza.— €hron. Gompost. é 

mología de Santaren. in loco qui Iriense, pablioados por Floref , 

Santa-Hirenea <itcirtir. Eap. Sagr., iom«S0y23. 



(2) Fragmento.de una crónica 



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PARTE II. LIBRO I. 223 

le opuso resi8lencia ea Toro. Pero Urraca, contando 
con el pueblo de Zamora y con la lealtad de algunos 
nobles caballeros, entre ellos el prudente y valeroso 
Arias Gonzalo, á quien encomendó la defensa de la 
ciudad, se dispuso á soportar con ánimo varonil todos 
los azares y rigores del sitio. Estrechóle Sancho cuan- 
to pudo; los ataques y los asaltos se renovaban cada 
dia con mas ímpetu y corage, mas todos se estrellaban 
en el valor y decisión de los valientes zamoranos, 
acaudillados por el brioso y entendido Arias Gonzalo. 
Ya ios sitiados iban sintiendo algunos efectos de tan 
prolongado sitio, cuando salió de la ciudad un bom* 
bre llamado Bellido Dolfos, que dirigiéndose á don 
Sancho, y fingiendo acaso quererle informar del es- 
tado de la plaza, logró que el rey, dando entera fe 
á sns palabras, saliese solo con él á reconocer el mu- 
ro, con cuya ocasión, cogiendo á Sancho despreve- 
nido, le atravesó á traición con su lanza, y corrió á 
refugiarse á la ciudad. Rodrigo Didz, el Cid, que ha- 
cia parte del ejército de Sancho, sabedor de la acción ' 
de Bellido, lanzóse como un rayo en persecución del 
traidor, á quien se abrió una de las puertas á punto 
que faltaba ya poco para alcanzarle la lanza de aquel 
insigne guerrero: lo que hizo sospechar á los caste- 
llanos que Bellido contaba en la ciudad con partici- 
pantes y favorecedores de la traición C^K 

{i) Lqc. Tod. Chroú. p. 98 y Bourg. p. a09.-^Ániial. GoApOHt., 
«¡S.— GhroD. Lasii. p. 406.— Id. p. d49.-^d. Tolei. era MGX.-^La 



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224 HlSTOftU DB bspaiía. 

Con la muerte de Sancho difundióse en el campo 
la consternación. Los leoneses y gallegos, como que 
servian de mala voluntad en sus banderas, abando- 
náronlas incontinenti y se desbandaron. Los castella- 
nos, «como mas obligados, permanecieron firmes en 
su puesto, y colocando después en un féretro el ca- 
dáver del rey, le trasportaron con lúgubre aparato 
al monasterio de Oña, donde le dieron sepultura y le 
hicieron las correspondientes exequias. Algunos aña- 
den que los de Zamora salieron de la ciudad en per- 
secución de los fugitivos, y que los castellanos, cor- 
respondiendo á su fidelidad proverbial, se fueron 
defendiendo vigorosamente en la retirada, siendo 
celosos guardadores de los inanimados restos de su 
señor hasta depositarlos en la tumba. 

Acaeció la muerte de Sancho IL de Castilla el 6 de 
octubre de 1072. Su muger, la reina Alberta, no le 
dio sucesión. Habia reinado seis años, nueve meses y 
diez días en Castilla: en León un año, dos meses y 
veinte y dos dias , contando desde la batalla de Gol- 
pejar. Mereció por su valor el dictado de Sancho el 
Fuerte. Era de arrogante y bella apostura y en el 
epitafio de Oña se le compara en la figura y belleza á 
PáriSf en la bravura bélica á Héctor ^K 

embajada del Cid con quince ca- cerco de Zamora, no tienen fun- 

balleros á la infanta dona Urraca, damento en ninguna crónica anti- 

Leí desafio de Diego Ordoñez de gua, y deben ser contados en el 

ra, conloa tres hijos de Arias número de los romances. 

Gonzalo, con que Mariana y otros (S) Sanctius forma Pkwsetfe^ 

autores han amenizado el célebre rox hcctor in armU. 



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PAftTB II. LIBRO I. 225 

Reunidos los casteltanos en Burgos^ sin rey y sin 
persona de familia real en quien pudiese recaer el 
cetro» acordaron de común consentimiento elei^ir por 
su rey y señor á Alfonso, á condición solamente de 
que hubiera de jurar no haber tenido participación 
alguna en la muerte alevosa de Sancho. Tomada la 
resolución despacharon legados á Toledo, que infor- 
masen secretamente al rey Alfonso de su elección. Por 
su parte doña Urraca, de acuerdo con la nobleza de 
León y Zamora» envióle también secretos nuncios, 
recomendándoles mucho que procuraran no llegase la 
nueva á oidos del rey Al Mamun, temerosa de que tal 
vez retuviera á Alfonso, ó le impusiera condiciones 
humillantes á trueque de la libertad que le dieraryQCon 
corta diferencia de tiempo llegaron los mensageros de 
Zamora y de Burgos. Encontráronse unos y otros an- 
tes de entrar en Toledo con el conde Pedro Ansurez 
(Peranzules)» que todos los días acostumbraba á pasear 
á caballo fuera de la ciudad , al parecer por via de 
distracción y de recreo, y en realidad por si trope- 
zaba con quien le llevase noticias de su patria. Co- 
munica el conde la alegre nueva al rey Alfonso , y 
conferenciaron las dos sobre si convendría ó no infor- 
mar á Al Mamón de lo que pasaba, recelando peli- 
gros de hacerle la revelación , y temiéndolos no me- 
nos de guardar el secreto sí por acaso lo sabía por 
otro conducto el musulmán. 

En tal perplejidad exclamó de repente Alfonso: 
TOMO IV. 15 



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S26 HISTOEIA DB BSPíAa. 

«No 9 DO debo ocolUir nada á qaien taD generosa y 
noblemenle se ba portado coDmigo , tratándome como 
asa hijo. D Y presentándose con la franqueza propia 
de un noble castellano , informó por sí mismo al ma- 
solman de cuanto acababan de noticiarle los enviados 
de su hermana y de los castellanos. Todo lo sabía ya 
Al Mamun ; y correspondiendo á la confianza de sa 
ilustre huésped, y llevando hasta el fin la generosidad 
'con que desde el principio le habia tratado: «¡Gracias 
doy á Dios, exclamó lleno de alegría , qoe le ha ins- 
pirado tal pensamiento! El ha querido librarme á mi 
de cometer una infamia, y á tí de un peligro cierto: 
si hubieras intentado fugarte de aqui sin mi conoci- 
miento y voluntad, no hubieras podido salvarte de la 
prisión ó la muerte, porque ya habia hecho vigilar 
todas las salidas de la ciodad, con orden á mis guari- 
dlas de que aseguraran tu persona. Ahora vé, y toma 
posesión de tu. reino; y si algo necesitas, oro, plata, 
caballos, armas, ú otros recursos , de todo te podrás 
servir, pues todo te será inmediatamente facilitado*» 
Rasgo digno de todo encarecimiento , y cuyo relato 
nos pareciera apasionada exageración si nos le hubie* ' 
sen trasmitido escritores árabes, y no historiadores 
cristianos nada sospechosos de parcialidad en favor 
de aquellos infieles (^). ,\ 

Semcjjante conducta afianzó y estrechó mas y mas 

(4) noder. Tol«t. deReb. in ffi8p.Ge8t.-*Ln6. Tad. Ghron. obisap. 



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PAETB u. Lumo I. 227 

las amistosas relaciones entre Alfonso y Al Maman. 
Pidióle este. al de Castilla que renovase el juramento 
de respetar su reino, y de ayudarle en caso necesa- 
rio contra los árabes sus vecinos; igual }uramen(b le 
demandó para su hijo mayor. Hízolo asi Alfonso» obli- 
gándose para con él en los propios términos Al Ma- 
mun y su hijo. Otro hijo menor del de Toledo no fué 
comprendido en este compromiso, sin que sepamos la 
razón de ello , pero cuya circunstancia conviene 
po olvidar para lo de adelante. Con esto se dispuso 
Alfonso á tomar d camino de Zamora. Colmóle Al 
Hamun de obsequios y presentes, y con solemne y 
regia pompa le acompañó hasta la altura de una 
colina, donde se hicieron el cristiano y el musulmán 
una tierna despedida: prosiguió el primero con sus 
caballeros castellanos hasta Zamora, donde ya su 
cuidadosa hermana lo tenia todo aparejado y dispues- 
to para su proclamación. Desde alli partiéronse á 
Burgos á recibir el juramento de los castellanos. Ya 
hemos dicho el que estos por su parte habian acorda- 
do exigiral rey para prestarle su reconocimiento. Dura 
en verdad era la condición^ y no poco violento para 
nn rey haber de humillarse á prestar un juramento 
de su inocencia é inculpabilidad en la muerte de su 
hermano. Asi es que no habia caballero que osara 
exigírsele, y un silencio mudo é imponente reinaba 
en la iglesia de Santa Gadea. Hubo* uno al fin que se 
atrevió á pedírsele, y levantando su robusta voz, 



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228 HISTORIA DE ESPAf(Á. 

^¿Juráis, Alfonso, le dijo, no haber tenido partici- 
pación ni aun remota en la muerte de vuestro her- 
mano Sancho rey de Castilla? — Lo juro, respondió 
Alfonso.» Aquel arrogante castellano era Rodrigo 
Diaz, el Cid^,^^ Desde entonces, por mucho que Al* 
fonso lo disimulsTra, quedóle en su ánimo cierto 
desabrimiento y enojo hacia el Cid. Oido el juramento 
victorearon todos al monarca, y acabada la ceremonia 
se alzaron los pendones de Castilla por Alfonso rey 
de Castilla, de Galicia y dé León (1 073). 

Creyó su hermano García, el destronado rey de 



(4) Luc. Tud.,Chron. p. 99.— 
Algunos historiadore^cueotaD aue 
se repitió hasta Ires Tece» la for- 
mula del juraaoeDto, aunque las 
crónicas antiguas no hablan roas 

3ue de una. El obispo don Fr. Pm- 
encio de Sandoval en los Cinca 
Reyes, trae lo siguiente acerca del 
juramento de Alfonso VI. en Bur- 
gos. «En un tablado' alto para que 
todo el pueblo lo viese, se puso el 
rey, y llegó Rodrigo Dia2 ¿ tomar- 
Ae el juramento, abrió un misal 
puesto sobre un altar y el rey pu- 
so sobre ól las manos, y Roarigo 
dijo asi: ^iRey don Alfonso: ¿vos 
venta á jurar por la muerte del 
rey don Sancho vuestro hermano, 
que si U) matastes 6 fuisies en 
aconsejarlo decid que si, y si no 
muráis tal muerte cual murió el 
rey vuestro hermano, y villanos 
os maten, que no sean hidalgos, 
y venga de otra tierra, que no 
sea castellano^ El rey y los caba- 
lleros respondían Amen. Segunda 
vez ToWió Rodrigo y dijo: ¿Vos 
venis á jurar por la muerte del 
rey mi señor, que vos no lo ma- 



tastes ni fuistes en aconstíarlo? 
Respondió el Rey y los caballeros. 
Amen. Si no muráis tal muerte 
cual murió mi señor; villanos os 
maten, no sea hidalgo, ni sea de 
Castilla, sino que venga de fuera, 
que no sea del reino de León; y él 
respondió Amen, y mudósele el 
color. Tercera vez volvió Rodrigo 
Üiaz á d ecir estas mesmas pala- 
bras al rey, el cual y los caballeros 
dijeron Amen» Pero ya no pudo el 
rey sufrirse, enojado con Rodrigo 
Díaz, porque tanto le apretaba, y 
djjole: Varón Rodrigo Diazy ¡por 
qué me ahincM tanto que hoy me 
haces jurar, y mañana me besar 
rds la mano? Respondió el Cid: 
Como me ficiéredes algo, que en 
otras tierras sueldo dan d4os 
hijosdalgo, y €tsi f aréis vos á mi 
si me quisiéredes por vuestro vo- 
salloi mucho le pesó al rey de 
esta libertad que Rodrigo Díaz le 
dijo, y jamás desde este día estu- 
vo de veras en su gracia. Que los 
reyes ni superiores no >quieren 
subditos tan libres.» 



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PAftfE U. LIBRO 1. 2¿9 

Galicia, ocasión oportuna aquella para salir de su des- 
tierro de Sevilla y presentarse á Alfonso, en quien 
esperaba sin duda hallar mas benignidad que en San- 

' cho. Engañóse por su mal el desventurado príncipe, 
porque Alfonso, conociendo acaso su condición desaso- 
segada, su incapacidad para gobernar, las pretensio* 
nes que pudiera suscitar un dia,. y que tal vez no 
tuviese del todo cabal su juicio, prendióle de nuevo, 
é hizole encerrar otra vez en el castillo de Luna para 
no mas salir de él, pues alli acabó sus dias al cabo de 
diez y siete años de rigorosa prisión ^^K 

No tardó Alfonso VI. de León y de Castilla en 
acreditar á AI Mamun el de Toledo que la generosa 
hospitalidad, las atenciones, agasajos y ñoezas que 
le habia dispensado cuando era un príncipe destrona- 
do y prófugo, no hablan sido hechas á un corazón 
desagradecido: al contrario, deparósele pronto oca- 

. sion de mostrarle que, soberano de un estado pode- 
roso, sabia cumplir con los deberes que la gratitud 
por una parte, los recientes pactos por otra le impo* 
nian. Presentóle esta ocasión la guerra que el rey de 
Sevilld y de Córdoba Efan Abed Al Motamid habia mo- 
vido al de Toledo, invadiéndole sus posesiones. Asus- 
tóse, no obstante, Al Mamun cuando observó el mo- 

(4) Murió Garcia en 4090, á tationevoluitminuere se sanguine, 

consecuencia de una evacu^acion et postquam sanguinem rnmut, 

de sangre que se empeñó en ha- decidit in lecto^ et mortuus estt 

cerse. aegun el obispo Pelayo de et sepultus estin LegianeiU&rihüH 

OYíedo, autor contemporáneo, le hace morir en 4084. 
(Gbron. n. 40). Et Ule tn illa cap- 



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230 BISTOMA DB BSPAftA. 

vimientp en que ise pasíeron las tropas castellaDas, 
recelando de sa objeto, basta* que Alfonso le tranqui** 
lizó manifestándole que/cumplidor fiel del juramento 
con que se babia empeñado á auxiliarle en las guer- 
ras que los príncipes musulmanes pudieran moverle, 
como auxiliar y amigo suyo iba» no como enemigo y 
contrario. Causó no poco alborozo esta manifestación 
á Al Mamun, y dando las gracias á Alfonso, entrá-^ 
ronsé unidos por las tierras de Córdoba, llevando en 
pos de sí la devastación y el incendio, «como una 
terrible tempestad de truenos y relámpagos, dice un 
escritor árabe, que espantaba y destruia las provincias 
en pocas boras.)» Apoderáronse los toledanos de Cór- 
doba, donde en una sangrienta refriega que bubo 
en los patios mismos del alcázar real fué herido y 
espiró de sos resultas el hijo de Ebn Abed que se ha- 
llaba en la flor de su edad. «¡Venganza dé Dios, que 
es terrible vengador!» gritaban loa toledanos pasean- 
dp por las calles la cabeza del joven príncipe clava- 
da en la punta de una lanza. Pasaron desde allí á 
Sevilla, que tampoco pudo defender Ebn Abed, di- 
vididas como estaban sus fuerzas para atender á otra 
guerra en tierras de Jaén, Málaga y Algecíras (1076). 
Seis meses estuvo Sevilla en poder de Al Mamun, 
basta que repuesto Ebn Abed la cercó con todas sus 
fuerzas; enfermo Al Mamuo, privado del auxilio de 
' los caelellanos que habian regresado hacia sus domi- 
nios» agravada la enfermedad del de Toledo, y ha-* 



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PAaTB II. LlBaO I. 



281 



hiendo por último sucumbido de ella (1076), por mas 
que sos caudillos quisierpn tener oculta su muerto 
para que las tropas no se desalentaran, ya üo les. fué 
posible defender la ciudad, y recobróla Ebn Abed, 
que seguidamente marchó á Córdoba, y arrojó de 
alli á ios toledanos y alanceó al gobernador Haríz 
puesto por Al Mamun ^^K 

Al morir M Mamun en* Sevilla , habia dejado su 
hijo Hixem Al Kadir bajo la tutela y protección, entre 
otras personas, del rey de Castilla su amigo, «de cu- 
ya lealtad y amor estaba muy seguro.» Pero debió 
aquel príncipe reinar muy breve tiéihpo, desposeído, 
según algunos escritores, por los mismos toledanos en 
un alboroto que contra él movieron, acusándole de 
ser mas amigo de los cristianos que de los níusulma* 
nes, y poniendo en su lugar á.su hermano menor 
Yahia Al Kadir Billah, en quien concurrían opuestas 
circunstancias ('^ Pera pronto debieron arrepentirse 



(4 ). Conde, parte UI. o. 7 . 

(8) SobremaDera embrollados 
y ooofaaos bailamos fos sucesos de 
este período enlas historias ará- 
bigas y espaoolas. PrescíDdiendo 
de aae Goode pone la muerte de 
Al MamuD od 1074, Dozy coo ar- 
reglo á BUS autoresárabes eu 4075, 
Romey (que ee separa en esto de 
Conde, á quien comunmeote sigue) 
en '4077^ y otros á quienes nos- 
otros seguimos en i076, aparte de 
este hecho, que no pasa de una 
discordancia de fechas, encouirá- 
mosia mayor todavía en cuanto al 
sttoesor de Al Maman. Dozy dice < 



que fué su nieto Al Kadir (tom. 1. 
de sus Investigaciones, p. 341). 
Conde, que fué su hijo Yahia Al 
Kadir (part. III., cap. 7). El arzo- 
bispo don Rodrigo, que con tanta 
exactitud nos ha informado de la 
vida de Alfonso en Toledo» hace á 
Tahia hijo segundo de Al Mamun, 
y supone que otro hermano reinó 
antes que él, pues habla de si se- 
guía ó no lasnoellas de su padre 
y hermano: qui avüs fratris el pa- 
tria mhius aberrans etc. T es 

el mismo que diio antes no haber 
sido comprendido en el pacto de 
Alfonso y Al Mamun: erat autem 



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232 HISTOBIA DB JMPAÜÍA. 

los toledaDos de su obra, porque era Yabia bombín 
cruel» despótico, vicioso y desatentado. Abubekr bea 
Abdelaziz, el gobernador de Yalencía puesto por Al 
MamuD, negó su reconocimiento á la autoridad de un 
soberano que no vivi2\ sino entre eunucos y mugeres. 
Los toledanos, oprimidos con todo género de- vejacio- 
nes, llegaron á decirle un día: «Q tratas mejor á tu 
pueblo, ó buscamos otro que nos defienda y ampare.» 
Mas no por eso abandonó Yahía ni su vida de disipa- 



minor filim de cuyus (mdere nir- 
hil dixerunt, nec Aldefonsus fuit 
. ei in aliquo obligatus. Gribemos, 
pues, que hubo un hijo mayor de 
Al MamuD que sucedió á este y 

{precedió á Yahía. De él diceso- 
atncBle Romey que le destituyó el 
pueblo revolucioDaríameote, pero 
igDOramos de donde lo ha lomado: 
parece que quiso deciflo, pues al 
referirlo hace uoa llamada á nota 
(Pág. 210 del tomo V. de su Histo- 
ria;, mas la nota se le olvidó. Por 
otra parte, de un pasage de una 
crónica árabe traducido por Ga- 
yaogos parece resultar que ¿con- 
secuencia de un alboroto que se 
yoviólde noche en Toledo pidió 
Al Kadir á Alfonso un ejército cris- 
tiano que le ayudara á contener 
■US subditos: que Alfonso le exi- 
gió por ello tan gran suma de di- 
nero, que DO pudiéndola pdgar el 
musulmán reunió ¿ los principales 
▼ocÍDos y les intimó que de no fa- 
cilitársofa entregarla á Alfonso sus 
hijos y parientes en rehenes: que 
entonces los toledanos acudieron á 
AlMotaw^kilol de Badajoz, con cu- 
ya noticia el rev de Toledo aban- 
donó la ciudad de noche, y huyó á 
Hueto, cuyo gobernador no quiso 
darle asilo: que Al Motawakil en- 



tró en Toledo, y no quede á Al 
Kadir otro recurso que implorar 
de nuevo el auxilio de Alronsa, 
el cual le exieió en recompensa 
todas las contribuciones de Tole- 
do y ademas dos fortalezas; que 
Al Kadir aceptó las condiciones, 
Alfonso sitió la ciudad, Al Motavra- 
kil huyó, la ciudad se rindió, y 
Al Kadir fué repuesto en el tro- 
no. Nos es imposible conciliar esta 
narración con todas las demás 
noticias que tenemos acerca de la 
conquista do Toledo por Alfonso. 
Conde, que es entre los nues- 
tros el que mas de intenV> y mas 
difusamente trató de las cosas de 
los árabes, está tan confuso en lo 
relativo á este siglo, que es dífí- 
' cilisimo seguirle, y poco menos 
difícil entenderte. Ta nos eonten- 
lariamos con que no nos ocurrie- 
ran en lo sucesivo otras dificulta- 
des y do otro género que las que 
ligeramente apuntamos. Nuestra 
relación, no costante, irá basada 
en lo que del cotejo de unos y 
otrod resulto para nosotros mas 
averiguado. Por lo mismo desea- 
mos tanto como el señor Dozy que 
baya quien nos aclare este oscuro 
y complicado periodo de la histo- 
ria de la edad media de España. 



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9Éan 11. uBio I. S33 

cioD ni sus despóticos insliatos. Entonces los vecinos 
de Toledo enviaron un mensage al rey Alfonso de 
Castilla, invocando su poderosa protección» é invi- 
tándole á que piusiera cerco á la ciudad , que aunqne 
reputada por inespugnable, confiaban en que ellos 
mismos tendrían ocasión de facilitarle la entrada: re- 
solución estrema, pero no estrana en quienes se veían 
tan oprimidos y ajados que en expresión delarzobís- 
po cronista preferían la muerte á la vida. Por otra 
parte Al Motamid el de Sevilla, perpetuo enemigo y 
rival de los ben DHnúm de Toledo, provocó también 
á Alfonso á que rompiera la alianza <{ue le había uni- 
do áv aquellos emires, y aceptara la suya que le ofre- 
cía. Negoció, pues. Aben Ornaren su nombre un tra- 
tado secreto con Alfonso que los escritores musulma- 
nes con apasionada indignación califican de alianza 
vergonzosa, pero que al sevillano le convenia mucho, 
asi por abatir al de Toledo, como por quedar él des* 
embarazado para estender sus dominios por Jaén y 
Baeza, y por Lorca y Murcia. No desaprovechó el 
monarca cristiano tan tentadoras invitaciones, y como 
que no le ligaba compromiso ni pacto con Yahia, no 
habiendo sido este comprendido en el juramento he- 
cho entre Alfonso y Al Mamun, quedó resuelta en el 
ánimo del rey de^ Castilla la empresa de conquistar á 
Toledo, y comenzó á hacer gente y levantar bande- 
ras, y á juntar armas, viíaallas y todo género de 
bastimentos de guerra (1 078). 



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S34 HISTORIA DB SfiFAÜA. 

Hechos todos los aprestos, franqueó Alfonso con 
sus huestes las montañas que dividen las dos CasÜ* 
lias, talando campos, incendiando y destruyendo po- 
blaciones, haciendo incursiones rápidas é inespera- 
das, no dejando á los musulmanes, en expresión de 
uno de sus historiadores, ni tiempo para alabar á Dios 
ni para cumplir con sus obligaciones religiosas. Con- 
taba, no obstante, el toledano, aunque aborrecido de 
sus subditos, con muchos medios de defensa , la cin-^ 
dad era fuerte por naturaleza y por el arte, y ni po- 
día ni se proponía Alfonso conquistarla desde luego, 
sino irla privando de mantenimientos y recursos h^s- 
ta reducirla á la estremidad. Repitiéronse los siguien- 
tes años estas correrías devastadoras, sin que bastara 
á impedirlas el emir de Badajoz Yahia Almanzor ben 
Alaflhas, que se presentaba como protector y auxi^ 
liar del de Toledo, pero que se iba á la mano en lo^ 
de medir sus fuerzas con las huestes castellanas. El 
rey de Zaragoza Al Moktadir ben Hud, que en 1076 
había despojado de sus estados al de Denia, y era 
uno de los mas poderosos emires de España, se pre- 
paraba en 1081 á acudir en socorro del toledano, 
pero 4a parca, dice la crónica muslímica, le atajó sus 
gloriosos pasos, y su muerte fué un suceso feliz para 
Alfonso. Hizo éste en 1082 otra entrada por las mon- 
tañas de Avila, fortificó á Escalona y sef apoderó de 
Tala vera. Interesado el de Sevilla en estrechar la 
amistad y alianza coq el monarca cristiano, á favor 



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PAETB II. LÜBHO I. ^35 

de ki cual se había apoderado de Marcia en 1078^ 
ofrecióle en premio de ella por medio de su astuto 
uegocíador Aben Ornar su misma hija la hermosa 
Zaida con cierto número de ciudades por via de dote 
si la aceptaba en matrimonio, proposición que adml^ 
tió Alfonso, aunque casado entonces en segundas nup- 
. cias con Constanza de Borgoña. Prometia ademas el 
de ovilla invadir por su lado el territorio de Toledo» 
y.entregar al de Castilla en cumplimiento de aquel 
trato las conquistas que hiciese al Nordeste de Sierra 
Morena. En su virtud la b^lia Zaida pasó á poder de 
Alfonso quasipro uooore, que es la espresion del obispo 
cronista de Tuy. Escándalo grande fué este para Ips 
muslimes» que acusaban á Ebn Abed y á su favorito' 
de sacrificar los intereses del aislamismo y el decoro 
de su propia familia á una alianza bochornosa, y ha- 
cíanle fatídicos presagios. Pero el sevillano cumplió su 
promesa, tomando á Huete, Ocaña, Mora, Alareos, 
y otras importantes poblaciones de aquella comarca 
que vinieron á formar la dote de su hija. 

En la campaña siguiente (1083) se apoderó AU 
fonso de todo el país comprendido entre Talavera y 
Madrid. Al fin, después de tantas y tan devastadoras 
correrías, llegó ya el caso de poner el cerco á la ciu* 
dad fuerte, al baluarte principal del islamismo en 
España. Está Toledo situada sobre una elevada roca, 
6 mas bien sobré una eminencia cercada de barran- 
cos y peñas escarpadas, por cuyas sinuosidades corre 



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236^ HISTOUA DI MFAÜA. 

el Tajo bañaado casi todo el recinto de la ciudad» ex- 
cepto por Ifí parte de Septentrión en qae deja ana en- 
trada de subida agria y difícil, formando una especie 
de península. Defendianla gruesas murallas ademas de 
sus naturales fortificaciones. Sus calles estrechas y tor- 
tuosas contribuian también á dificultar su entrada aun 
en el caso de una sorpresa. Por eso desde una época 
que se pierdo en la oscuridad de los tiempos habia 
sido Toledo una ciudad importante. Lo fué ya mucho 
bajo la dominación de los godos, y estaba desde la 
entrada de Tarik bajo el dominio de los sarracenos,, 
que habían hecho de ella un centro del lujo y de las 
artes, que casi podía competir con Córdoba en sus 
mejores tiempos. 

Tal era la ciudad que se. propuso conquistar Al- , 
fonso. Para cerrarla por todas partes, cortar todos 
los pasos é impedir la entrada de vituallas y socor* 
ros, fiíéle preciso emplear mucha gente y ocupar 
también toda la' vega que se estiende á la falda del 
monte sobre que está asentada la ciudad. Levantáron- 
se torres/ y se jugaron máquinas é ingenios. Pero 
la principal arma de guerra era la privación de todo 
género de mantenimientos para los sitiados. El rey 
Yahia, que no se atrevia á habérselas en persona con 
X enemigo tan poderoso, pidió auxilio al de Badajoz» 
que lo era entonces Al Motawakil, el último de los 
Aflhasidas, el cual envió en efecto en su socorro al 
walf de Mérida su hijo. Pero el refuerzo llegó tarde; 



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PAATB U. LIBEO I. ' 237 

Alfadal beo Ornar do pudo ponerse en combinación 
€on ios sitiados, y tuvo que retirarse apresuradamen- 
te á Marida, derrotado por las tropas de Alfonso. Los 
árabes dicen que el cadí Abu Walid el Bedji profetizó 
en esta ocasión la ruina del islamismo en Andalucía: 
los cristianos cuentan que San Isidoro se apareció en 
sueños al obispo de León y le profetizó la pronta con- 
quista de Toledo. Asi los escritores de cada religión 
citan su profecías. 

Últimamente perdida por parte de los de la ciu- 
dad toda esperanza dé socorro y apurados por el ham* 
bre, la mayoría de los habitantes en unión con los 
judíos y con los cristianos mozárabes* expusieron al 
rey, algo tumultuariamente, la necesidad de que 
entrara en negociaciones con Alfonso. Diferentes veces 
salieron comisionados á tratar de paz, llegando en 
una de ellas á ofrecer el de Toledo que se baria vasa-* 
lio y tributario del de León, á condición de que le-^ 
vantára el sitio. Mantúvose firme Alfonso en no ad« 
mitir ni escuchar otra proposición que la de entre- 
garle la ciudad. Por fin la necesidad obligó á unos y 
la conveniencia á otros á celebrar el pacto de entre- 
ga bajo las bases y condiciones siguientes: Que las 
puertas de la ciudad, el alcázar, los puentes, y la 
huerta llamada del Rey serian entregadas á Alfonso; 
que el rey musulmán podría ir libre á Valencia; que 
los árabes quedarían en libertad de acompañar á so 
rey, llevando consigo sus haciendas y menage; que 



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840 HISTORIA DE ñS^AÜJí. 

Recobrada Toledo al cristianismo, y deseando Al- 
fonso volverle su antigua grandeza religiosa, con- 
gregó en coDcilio los obispos y proceres del reino, en 
el cual se restauró la antigua silla metropolitana y se 
eligió para ella al abad de Sahagun Bernardo, de 
nación francés, monje de Gluni que habia sido en su 
patria^ y protegido por la reind Constanza, francesa 
también (1086); varón de buen iogeoio y que gozaba 
de aventajada reputación por sus doctrinas y sus cos- 
tumbres, pero mas celoso por la religión que discreto 
y prudente á lo que se vio luego. El rey, dotada la 
iglesia con gran número de villas y aldeas, de huer- 
tas, molinos y campos para la sustentación de su cul- 
to y de sus . ministros, habíase partido para León, 
donde le llamaban atenciones urgentes. Entretanto 
el nuevo arzobispo, ó por hacer mérito de su celo, ó 
porque en realidad considerase afrentoso para los 
cristianos el que los infieles siguieran poseyendo el 
mejor templo de la recien conquistada ciudad, una 
noche de acuerdo con la reina Constanza y acompa- 
ñado de operarios y gente armada hizo derribar las 
puertas, despojar y purgar el templo de todo lo que 
pertenecía al culto muslímico, poner altares á estilo 
cristiano, y colocar en la torre una campana que man- 
dó tanér para convocar al pueblo á los oficios divinos. 
Indignó tanto como era natural á los musulmanes 
ver tan pronto y de tal manera violada ona de las 
condiciones de la capitulación, por la cual se habia 



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FAKTB 11. Limo I. 244 

estifíulado dejarles eí aso de aquel templo, y eomo 
aun coDStiluiaQ la mayoría de la población estovo á 
panto de moverse un alboroto que hubiera puesto 
nuevamente en riesgo la ciudad. Contúvolos por for- 
tuna la esperanza ^e que el rey anularía lo hecho 
por el arrebatado arzobispo. 

Irríló en efecto tanto á. Alfonso la noticia de aquella 
acción, que desde Sahagun, donde se hallaba, partió 
con la mayor velocidad á Toledo , resuelto á escar- 
mentar al arzobispo y á la reina misma como que- 
braotadores del solemne pacto celebrado' por él con 
los árabes. Los principales vecinos de Toledo, sabe- 
dores del enojo del rey , saliéronle al encuentro .en 
procesión y cubiertos ^e luto. Los mismos musulma- 
nes, calculabdo ya mas tranquilos las graves conse* 
cuencias que habrían de esperimentar de llevarse 
adelante el rigoroso castigo con que el rey amenazaba, - 
salieron también á recibirle, y uniendo sus súplicas 
á las de los cristianos, arrodillados todos intercedieron 
con lágrimas y razones en favor del arzobispo yxie la 
reina. Costóles trabajo ablandar el ánimo irritado de 
Alfonso, pero al fin hubo de ceder á tantos ruegos, y 
otorgado el perdón hizo sú entrada en Toledo, donde 
con tal motivo se trocó en dia de regocijo y gozo el 
que se tqmia que fuese de luto y llanto. Desde enton- 
ces la que había sido por largos años mezquita de 
mahometanos quedó de nue^o convertida en basílica 
cristiana para no dejar de serlo jamás, y se ordenó 
ToifoiY. 46 



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^48 mafímiA m wBwüíA^ 

que en memoria de tan sepalado be9^cÁ9 #e cele- 
brara cada año el 84 de enero solemne festí^idad re- 
ligiosa en nombre de Nuestra Señora déla. Ppz. 

Con la conquista de Toledo variará sen«^lemente 
la posición de los dos pueblos beligerantes- Privado 
de aquel fuerte apoyo el uno « contando el otro con 
un nuevo y avanzado baluarte , el pueblo nuisulman 
irá ya en declinación, y el pueblo cristiano t^wiará una 
actitud impouente y vigorosa. La España cristiana su- 
frirá también desde esta época modificaciones esen* 
ciales, no solo en lo material, sino también en lo mo- 
ral, en lo religiosa y en lo político. Desde U conquista 
de Toledo comenzará una nueva era para la monarr 
quía castellana: por eso la consideramos copió una de 
las líneas que marcan los límites del primer período 
de los tres en que hemos dividido la historia de la 
edad media en España. Antea, sin embargo, de bos- 
quejar el cuadro que presentaba el pstad'o social de 1^ 
> Península en el siglo que comprende la narración de 
los sucesos que llevamos referidos en este volumen, 
veamos lo que hasta esta fecha habia acontecido en los 
demás reinos cristianos. 



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amULG XXI?. 

ARAGÓN.— NAVARRA.— CATALUÑA. 

ftA]ll■4>.-^-IlO^ SANCHOS. — EAMON MEKECGiaE. 

»« 4035 ¿1085. 

Bamiro I. de i^ragoo.— Estrechos limites $ie su reino.-^'rastrada ten- 
tativa contra su hermano García de Navarra.— Hereda lo de So*- 
brarbe y Hibagorza por muerte de su hermano Gonzalo.— -Toma al- 
gunas plazas á los sarracenos.— Concilio de San Juan de la Peña.— 
ídem de Jaca.— lestaioentp de Raoúro 4.— ^Errores eo que nuestros 
historiadores han incurrido acerca de su muerte, y cuéntase como 
fué esta.— Sancho Ramírez. — Conquista á Barbastro.^Relaciones f 
entre los tres Sanchos, de Aragón, Navarra y Castilla.— El carde- ^ 
nal legado del ¿papa» Hugo Cándido.— Cuando se abolió en Aragón el 
rito gótico y se introdujo «1 romano.— Negociaciones con Roma,'— 
Muere aseáinado Sancho Garcés de Navarra, y se unen Navarra y 
Aragón en Sancho Ramirez.— Campañas de Sancho Ramírez con los 
árabes.— Condado de Barcelona.— Bamon Bereoguer 1. 1\ Vtfjo.— . 
Resultados de su prudente y sabio gobierno.— Ensancha \Óa limites 
de su estado.— Reforma eclesiástica: concilio de Gerona .-«-Cortes 
de Barcelona: famosas leyes llamadas U^a^f a.— Auxilia alrey ma-* 
snlmao de Sevilla.— Estension qne en su tiempo adquiere el conda- 
do de uno y otro lado del Pirineo.— Muere asesinada su esposa la 
condesa Almodis.— Aflicción del conde y su muerte.— Heredan 
el condado pro «ndttnso sus hijos. — ^Hace asesinar Berenguer á su 
hermano Ramón, Uamado Caht%a de £s(opa.— Qoeda con la tutela 
4e sa sobrino y con el gobierno del Estado.— Causas-porqué se sus- 
pende esta narración. 

En nuestro prólogo advertimos ya qne en las épocas 
en que estuvo fraccionada en muchos estados inde- 



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244 , msTOEíA ra ubaÍa. 

pendientes nuestra Península contaríamos separada-» 
mente los socesos peculiares de cada reino ó estado, 
siempre que las relacionen de unos cqu otros no estu- 
viesen tan íntimamente enlazadas que hicieran indis- 
pensable la simultaneidad de la narración. Solo asi 
nos parece que puede darse la claridad posible á la 
complicadísima historia de nuestro pais» en la cual, 
mas q^e en otra alguna que conozcamos, es tan fácil 
caer en confusión como difícil guardar la trabazón y 
unidad necesarias á la historia de un gran pueblo. 

Diminuto y reducido era el territorio compren- 
dido en el reino de Aragón, asi llamado del rio de 
este nombre, que en la parte central dé los Pirineos 
entre los valles del Roncal y de Gistain constituía él 
estado que en la distribución de reinos hecha por 
Sancho el Mayor de Navarra señaló á su hijo primo <- 
génito Ramiro. Apenas, según varios historiadores de 
aquel reino, abarcaba, entonces una. comarca como de 
veinte y cuatro leguas de largo sobré la mitad de ancho 
poco mas ó menos. Nadie podia imaginar en aquella 
sazón que tan estrecho recinto se había de convertir 
andando el tiempo en estado vasto y poderoso, y que 
habia de ser uno de los reinos mas estensos y respeta- 
bles no solo de España sino de Europa. Que Ramiro 
intentó muy desde el principio ensancharle á costa de 
los estados de su hermjiQo García de Navarra, dijí- 
moslo ya en el capítulo XXII de este libro. Pero sor- 
prendido y vencido en Tafalla, hubo dé agradecer el 



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fAin II. LIBIO u 246 

poder regresar fagilivo á guarecerse en las montañas 
de sa estrecho y exiguo estado* Asi permaneció hasta 
4038, en que su hermano Gonzalo, se^or de Sobrar- 
be y Ribagorza, fué asesinado á traición en el puente 
de Monclús por su vasallo Ramonet de Gascuña, al 
volver un día de caza. Entonces los de Sobrarbe y 
Ribagorza, Viéndose sin señor, eligieron por rey á 
Ramiro, con lo que comenzaron á recibir los primeros 
ensanches los limites de su reino. 

Habia casado Ramiro en 1036 con Gísberga, hi** 
ja de Bernardo Roger, conde de Bigorra, Á la cual 
ihudó el nombre en el deErmesinda* Tuvo depila óua- 
tro hijo^, á saber, Sancho que le sucedió en el reino; 
Garqía, que fué, obispo de Jaca; Teresa y Sancha que 
cas^on con los condes de Provenza y Tolosa. Bijo 
natural de Ramiro fué también otro Sancho, á quien 
dio el señorío de Aybar, lavierre y Latre¿ con titulo 
de conde, y el de Ribagorza. Murió la reina Erme- 
sinda en 4 / de setiembre de 1 049^ y fué enterrada en 
el monasterio de San Juan de la P^ña. 

Nótase- gran falta de documentos y noticias res* 
pecto á los primeros años del reinado de Ramiro^ Los 
escritores aragoneses suponen haber estendido su do- 
minación al condado de Pallas, y afirman haber con» 
quistado de los moros á Benabarre, lanzádolos de to-¿ 
dos los términos de Ribagorza, y aun hecho tributa- 
rios á^los emires de Lérida, Zaragoza y Huesca, en 
lo cual no están de acuerdo las crónicas arábigas. Mas 



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5146 aiñoKiA db svAffA« 

conocidos son sus hechos religiosos. Dos concilios 
86 celebraron en el reinaído de RaAiiro L « en San Joan 
de la Pena el óno, en Jaca él otro. En el primero» 
qae ha llegado mutilado á nosotros» se hizo nn canon 
notable por lo singalar: «Decretamos é institaimos, 
dijeron los padres, qiie tos obispos de Aragón sean 
nombrados y elegidos de los monjes de este monas* 
terio ^^^:» .testimonio inequívoco de ia inflnencia y as- 
cendiente que aquellos monjes ejercian. Pero mas im- 
portante y célebre fué el de Jada, congifegíídoen 1 063. 
Asistieron á él y le confirmaron, e\ rey donRarmíro» 
ios dos Sanchos sus hijos» el legítimo y eA bastardo, 
nueve obispos ^^\ tres abades, un conde y todos los 
proceres de la corte del rey. Era por io (antoun con - 
cilio mixto, como la mayor parte de los de aquel 
tiempo. Después de tratar de la reforma de las cos- 
tumbres y disciplina eclesiástica estragadas por las 
guerras y por el comercio con los infieles, se res- 
tauró en Jaca la antigua sitia episcopal de Huesca^ de- 
clarando que cuando esta ciudad se recobrara del po- 
der de los mahometanos, lá de Jaca le fuese subdita 

(4) Hocveró est nostras insti- do lo quo se íe ^dria anticipar 

tutionU deeretumi ut' spiscopi seria á esie ai o. 

aragonensei ex monachis príBfati (2) Los de Aux, Urgel, Bigor- 

eomobii hab^aníur et eHgantur, ra, Oloroo, Calahorra, Lectora, 

Collecl. 3Aax. Cooc. Hisp. t. IH.-^ Aragón, (Jaca) , Zaragoza y Roda. 

Seguo Flores (Bsp. Sagr. 1.111), Los nombres de ektas diócasis da n 

este coacilio debió celebrarse idea de la circunscripción de los 

en 1062. Sijb6nenie algunos cele- límites ({ue alcan2aba entonces el 

bradoen 40¿'k error manifiesto, reino, si bien algunos de estos 

puesto que asistió á él et rey don prelados estaban fódavia in par- 

Rimiro, que no empezó á reinar tibm infid9lium^ como el de Za- 

"^ ' i 103d. Por conseouenciá io* ragoza. 



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y ana miarna M&éí cod ella <iy la obedeciese como hija 
¿ so matrls.» Asignó el rey á esta diócesi á título de 
perpetuidad diferentes tierras y monasterios con das 
dependencias. 

Mas Ia( deliberación trascendental qae se tomó éú 
este conóilio» fué la donación que Ramiro y sn hijo * ' 
/Sancho hicieron á Dios y á San Pedro (al bienaventu- 
rado pescador, beato piscatori) <cde todo el diezmo de 
sus derechos, del oro , plata, trigo,' vina y demás co- 
sas que de grado ó por fuerza les pagaban asi cristia- 
nos como sarracenos, de todas las villas y castillos, 
asi en las montanas como en los llanos*. ¿ de todos los 
tributos que de presente ó de futuro percibieran ó pu- 
dieran percibir con la ayuda de Dios.» «Y donamos, 
añadieron, á dicha iglesia y obispo, la tercera parte 
del diezmo de lo que recibimos de Zaragoza y de Tu- 
déla.» «Y yo Sancho, hijo, del precitado rey, encen- 
dido en amor divino, concedo á Dios y á San Pedro 
{beqto clavigero) la casa que tengo en laca con todas 
sus pertenencias.» Tal es la devoción y piedad del 
primer Ramiro de Aragón, á quien por lo mismo no 
estrañamos que el papa Gregorio Vil. llamara mas 
adelante cristianismo principe. Ofrece este concilio la 
notable singularidad de haber sido también confirma- 
do por todos los moradores de Jaca, hombres y mo- 
geres fcuncti habitatoresaragonensis patricB , tam vi* 
ri quatá famince) que unánimemente esclamaron: 
«Demos gracias al Cristo celestial, y á nuestro be- 



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Si8 ^ msTOEíA DB ismSa. 

DigDÍsimo y serenísimo príncipe Ramiro.. • etc.» ^^K 
Dos años aDte3 de este concilio, hallándose el rey 
enfermo en San Juan de la Peña (1 061 ) , hizo su tes* 
tamento, qae se. conserva y cita como pieza auténtica» 
en el cual, después de declarar sucesor de todas sus 
tierras y señoríos á su hijo Sancho, «hijo de Erme- 
sinda, cuyo ooníbre bautismal fué Gisberga,« cede al 
otro Sancho, el ¡legitimo, Aybar, Javierre y Lalre con 
las villas de su pertenencia para que las posea en feu- 
do por su hermano Sancho como si fuese por él. Mas 
«si, lo que Dios no permita, hiciese la infamia de se- 
pararse de su obediencia, ó de querer levantarse con- 
tra los reyes de Pamplona, que ^ea echado de estas 
tierras y del señorío que le dejo, y que estas tierras 
y este señorío vengan á poder de mi hijo Sancho, hi- 
ja tbio y de Ermesinda.» Curiosas son algunas de las 
cláusulas que siguen , asi por la idea que dan de las 
costumbres, como de la modificación que estaba su- 
friendo la lengua en aquel tiempo ^^^ cPero mb armas, 
que pertenecen á barones y caballeros, sillas, frenos 



(4) Aguirre , G0llect. Cono, et de argento, et de girea, et crts- 

Hisp. talo, et macano, et roeos vestiioSf 

(i) Hé aqui algunos trozos de eí acitaras ^ ei coHectras^ etal- 

latín castellanizado de este docu* ^mucBllas, et sermtium de mea 

mentó: De meas autom armas qui mensa^ totum Yadafc, etc... Et idos 

ad varones et cavalleros perti- vassos quos Saoctius filius meus 

nent, sellas de argento et frenos comparaverU^ et redemerit, peso 

et brumias. et espalas^ et adar- per peso de pla^^ aut de cazeni, 

cas, eigelmos, ct tertioias, et úioapretidat et io Casteilos da 

ssutorioSt ai sporas^ et cavallosy fronteras de Mauros qui suntjpro 

el mulos, et eqaas, et voceas^ et /focara, etc.— Publicado por bris 

o?es, dimitto aa Sanctiam meam Martines* en la Bistoria de San 

filiiun, etc et wusos de auro Joan de la Peña, pág. 438. 



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f ARTB ^1. uno I. 249 

de plata, espadas, escudos» adargas, cascos, cinturo- 
nes y espuelas, los caballos, muías, yeguas, vacas y 
ovejas, las doy á mi bijo Sancho, al mismo á quien 
dejo aquella mi tierra, para que lo posea. todo; á ex- 
cepción de mis vacas y ovejas que estuvieron en Santa 
Cruz y en San Cipriano, que las dejo para mi ánima, 
mitad á San Juan y mitad á Santa Cruz. En cuanto á 
mi moviliariot oro, plata, vasos de estos metales, de 
alabastro, de cristal y de macano, mis vestidos y ser^ 
vicio de mesa, vaya todo con mi cuerpo á San Juan, 
y quede alli en manos de los señores de aquel monas* 
terio; y lo que de este moviliario quiáiere comprar ó 
redimir mí hijo Sancho, cómprelo ó redímalo^ y lo 
que no qui3iere comprar» véndase alli á quien mas 
diere; y aquellos vasos que mi hijo Sancho comprare 
ó redimiere, sea peso por peso de plata. Y el precio 
de lo que mi hijo comprare ó redimiere, y el precio 
de todo lo demás que fuere vendido, quede la mitad 
por mi ánima á San Juan, donde he de reposar, y la 
otra mitad distribuyase á voluntad de mis maestros, 
al arbitrio del abac) de San Juan y del obispo que fuere 
de aquella tierra, y del señor Sancho Galindez y el se- 
ñor López Garcés y el señor Fortuno Sanz y de otros 
mis grandes barones, por la salud de mi ánima pártase 
entre los diversos monasterios del reino, y en construir 
puentes, redimir cautivos, levantar fortalezas ó termi- 
nar las que están construidas en fronteras de los moros 
para provecho y utilidad de los cristianos, etc.» 



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2S0 HttT«lA BB UfáñA. 

Caentan la mayor parte de noestros bitoríadore», 
inclasos los particnlares de AragOD, qae teiñeado Ra- 
miro I. paesto cerco al castillo de Graud, el Grado se- 
gan otros, para arrancarle del poder de los sarrace^ 
nos, foé contra él con poderoso ejércllo, y como alia-» 
do del rey moro de Zaragoza sn sobrino el rey San- 
cbo el Fuerte de Castilla, y qne acometido y envuel- 
. to por todas partes el de Aragón pereció alK con mn* 
cbos de los soyos. Mas como Sancho de Castilla no 
comenzara á reinar hasta 4065, en qae murió su pa- 
dre Fernando el Magno, los escritores que le suponen 
en guerra con Ramiro I. de Aragón han tenido que re- 
currir á prolongar la vida de este monarca hasta 4067 
habiendo muerto en 4063, añadiendo asi un error 
cronológico para poder sostener una inexactitud his- 
tórica (*'. Siendo para nosotros cosa averiguada la 
muerte de Ramiro en 4 063 ^\ resulta no haber sido 
posible la ida del rey Sancho de Castilla contra 61 
cuando tenia asediado el Castillo de Graus, ni otA 
guerra alguna entre los dos monarcaá. ¿Cómo fcre 
pues la muerte de Ramiro I? 

(I) El eradito Romey ba ¡d- miro acaeció ea 1063, coenia tift 

corrido en este ponto en la misma embargo la goerra de este eco 

equivocación de Mariaoa. Ambos, Saocbo de Castilla que no reinó 

con otros muchos que nos dispon- hasta 1065. y la ida de Sancho al 

aamosde citar, difieren la muerte eastillo de Oraos cercado por Ra* 

de Ramiro hasta 4067, para dar miro. 

lagar á la guerra con Sancho. El (t) Anal. Toledan. primero^: 

docto Zurita (Anales de Aragón, cMurió el rey don Ramiro en Gra- 

lib. I. cap. 18) cae en una con- dos, era MGi.»— Epitafio de San 

iradiocion todavía mayor, Conri- Joan de la Peüa.^-^Blancas» Go- 

Hiendo én qae la miurte de Ra- meotaríos.— td. ln¿cripcióa«¿ o4 



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íAftTt u« um u ISI 

ÜA lii^oriador arábigo ^^ casa contesipoTáñeo y 
(|fie vitia en Zaragoza, ' tm ihtoftíá de este énteiú (te 
ma manera qae basta ahora no conoefamo^ «Coatído 
^A\ Moktadir Billa)»» dice, dejó á Zaragoza pdra ir coft 
«SQ hueste al encnentro de} tirano Radmil (Ramiro)» 
éé\ príncipe dé los^ Cristianos , habiendo ¡Reunido los 
«dos reyes el mayor ejército po^ble, dfércmse vista 
«musulmanes é infieles; eada uno dé los dos ejércitos 
«estableció Su eán&po y se colocó en orden de batalla. 
«El combate duró ona gran parte del dia; pero IdS 
«musulmanes salieron derrotados. Consternóse Al 
lAlokIadir ) \9t locha había sido tan encarnizada que 
idos musulmanes se dispersaron acá f a)Ni. Entoncei 
#At Moktadir llamó á cierto musulmán qu&aventa* 
Kjaba á todo$ los demás guerreros en donocimientóS 
«militares» el cual se llamaba Sadadáb. — ¿Qué pen^ 
«sais TOS de este dia? le preguntó Al Hoktadir.-^Dés- 
«gráciado ha stdd» le respondió Sádadáh; pero áruü 
€rae queda un recurso. Y dicho esto se marchó. Lle^ 
iyábít este tal et trage de los cristiaMs y hablaba ttray 
«bien su lengua porque Vivía á sü vecindad y se mea^ 
«ciaba con ellos muchas veces. Penetró pues en el 
«ejército de los infieles» y se acercó al tirano Radmil. 
«Encontróle armado de pies á cabeza» con la visera 



los reyes de AragOD.-—Mcírei, Aú- Sagr. i. HI. p'. 293.— Id. to- 
nal, de Navarra, i. I.— Id. loVea^ mo XLTV. Fragm . bistor. p. 3S7. 
ti^*c. bbtoric. pai;. lF9i.— Gron. (!) Al Torteéc^, éñsn Siréd^ 
dgBip toft, eitada por VíllaDaoT«, jort-áoloo, c\%, pót WÉf tñ Itft 
^Mj^BMrariO» pinf • MS.^BapaSá rareali p^; 489 • 



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8BS ASTOHU DI KSrAftA. 

«oalada de soerte que no se le veía mas que los ojos. 
cSadadáh le acechó esperando una ocasión de poderle 
thent. Presentósele esta, lanzóse sobre Ramiro y le 
«hirió en el ojp con su lanza. Ramiro cayó boca abajo 
«en tierra. Entonces Sadadáh comenzó á gritar en ro- 
«mance: «El sultán ha sido muerto, ¡oh cristianosl» 
«Difundida por el ejército la noticia de la muerte de 
«Ramiro dispersáronse los crbtíanos y huyeron pt^* 
«cipitadamente. Tal fué, por la permisión del Todo- 
«poderoso, la causa de la victoria de los musul- 
«manes.» 

Si asi fué como lo cuenta el historiador arábigo, 
aquel Sadadáh fué el Bellido Dolfos de los sarracenos. 
Sin embargo el rumor dé la muerte de Ramiro babia 
sido, falso: el rey estaba herido solamente; pero murió 
de sus resultas el 8 del siguiente mayo (*\ dejando 
por sucesor á su hijo Sancho el legítimo, quQ ya du* 
rante la enfermedad de su padre habia gobernado el 
reino, y á quien llamaremos Sancho Ramírez, para 
distinguirle de los otros dos Sanchos que reinaron 
en su tiempo en Navarra y en Castilla ^^K 

(I) En San Joan dd la Pena, maba él al Breviario y Misal de 

donde fué enterrado. loa godos], la cual soperaticionte- 

{%) Dice MariaDa, eo el cap. 7. oía con una persuasión muy necia 

del lib: IX? de la Historia, hablan- deslorobrados los entendimijentos, 

do de este rey: «Del papa Grego- y que con la luz de las ceremoDÍas 

• rio Vil. que gobernó la iglesia por romaoas dio un muy giaude lus- 

estostiempos se baila una bula en tre á España. A la verdad este 

3 ue alaba al rey don Ramiro, y príncipe fué muy devoto de la Se- 

ice faé el primero délos reyes de de Apostólica, en tanto grado que 

Esp^a qae dio de mano á la su* estableció por ley perpetua para 

persiidon de Toledo (qae ui lia- él y sos descendientes que fuesen 



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PABTB u. una I. 8S3 

Joven de diez y ocixo anos Sancho Ramírez^ pero 
príncipe de grande ánimo y esfuerzo, prosiguió guer- 
reando contra los árabes ansioso de vengar ta muerte 
de su padre» y ensanchó los términos de sus dominios 
mQcl;io mas que lo eran cuando él los beredára¿ Una 
de las empresas que en los primeros ano9 de su reina* 
do dieron mas fama al joven principe fué la conquista 
de Barbastro» que hizo en unión con el conde de Ar- 
mengol de Urgel su suegro, si bien costó la vida á este 
ilustre vastago de la noble familia de los Armengoles 
de Urgel que tantos Jureles ganaron en las guerras 
con los musulnaanes (1065). Abrió aquella conquista 
á Sancho Ramírez el camino para otras no menos 
importantes en las regiones fértiles y abundosas de 
la tierra Uan^» en que hasta entonces habían vivido 
los sarracenos con toda seguridad y regalo. Asi no le 
hubiera dístraido del que debía ser su principal obje-* 
to como el de todos los monarcas cristianos de aqnella 
época la ambición de S^incho de Castilla, que obligó á 
los dos Sanchos de Navarra y Aragón á confederarse 



siempre tribatarios al samo pon* gop no dio de m^no al Bre? iario 
. tifice: grande resolución y maes- gótico, ni este se abolió en Aragón 
tra de piedad.» hasta 4Q74, ocho años después de 
No es posible decir mas erro- baber muerto Bamiro. 4.<> El rito 
res en menos palabras. 4.^ Bl pa- gótico no era una superstición que 
pa Gregorio VU. no gobernaba en- con persuasión muy necia tuviese 
tonces la iglesia, ni ocupó la silla deslnmbrados los entendimientos, 
pootiiicia hasta diez años después sino un rito nacional muy venera- 
de la muerte de Bamiro. 2.^ La do y muy legítimo, reconocido co- 
bula á que se refiere no se baila mo tal no solo por la iglesia espa- 
an los registros de sus cartas, ñola, sino por concilios y pootifi- 
3.** El rey. don Ramiro 1. de Ara- oes. 5.<» Ramiro I. d^ Aragón no 



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«rti^ 9Í9Y qm produjo la guerra y M«tatti.49 ^oa 
(4066), coa todas las demás coíxsemt^cm 49 /fof 
diñes ya cuenta eo el Anterior capftala tuataiKlis déla 
UltaiiadeiClastílla. 

Un neigocio eclesiástico, de grave iaterás por las 
proporciones que llegó á tomar y por el grande ia^ 
flojo qjue coa el tiempo ejerció en la condición reli* 
giosa y pelitica de toda Gspana, vino á ocnpar al rey 
Sa^ctio Ramirez de Aragón en medio de las atancíot^ 
pes de la guerra. Era el tiempo eo qae ios papas y la 
•órte de Roma aspiraban á esteader sn influjo y de* 
miaaoíon y á sotneter á él todos los imperios y pria- 
oipes cristiaaos» de cayo sistema, y de sa justicia ó 
injusticia, conveniencia ó inconveniencia no jajsgare- 
mes ahora. España era el pais en que menos inter- 
▼encion había ejercido la Santa Sede aun en ios ne- 
gocios eplesiásticos, y mucho meaos en los témpora-* 
les. A' ella, pues, dirigieron su mira los romanos 
poaiíflces. Ocupaba á este iiempo la silla de San Pe* 
dro el pa^ Alejandro U., el cual en el ano segando 



hizo Btt reino perpétaameate tri- gaerra coa bu «obrípo Saacho de 
buterio de Aoma. S.® Si lo bubie- Castilla cuyo reinado oo alcanzó, 
f 9 becbo, babria aido nuiestra de Poue el concilio de Jaca de 4 063 eo 
^ «rail |>iedad, pero no uoa grande 1060, y bace posterior ¿ eate ^n dos 
reaoiucion, sino una resolucioa años el de San Juan de la Peña, 
muy peiittdicial á £apaña; y ño No haUainas pues eu Mariana ver- 
. autorizada por ninguna de las le- dad ni exactitud en nada de lo 
yes del reino. que cuenta de don Aamiro. ¿Ten- 
Todo esto recae denpues de ha- aremos necesidad de hacer la mis- 
l>er hecho Mariaaa mir á Ramiro ma adverieocia en otras ¿pocas y 
basta 4067. habiendo muerto ea reinados? 
tosa, j és haberle hecho morir ea 



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del reiiiado jde Sancho B«wr«? {1 Q6i) envió A Ara-^ 
gonal cardenal legada Hugo CándidOt con la comisión 
de impetrar del rey la abolición del rito y breviario 
gótico y mozárabe que hasta entonces habia usado 
constantemente la iglesia española, reemplazándole 
con el breviario y ritual romanó. Este paso del pon- 
jffic^ debió lisonjear mucho al monarca aragonés, 
el cual recibió al legadoen.su corte con grande^ 
honras acompañado de sus hermanos, Sancho el con- 
de, y García obispo de Jaca, y de varios ricos- 
hombres y caballeros principales del reino* Acaso los 
asuntos de la guerra impidieron al rey arreglar por 
entonces la negociación apostólica relativa á la susti- 
tución del rezo por favorables que^ fuesen para ello 
SMS disposioiones. O mas bien se diferirla por la re- 
damación que en favor del oficio gótico hicieron Cas- 
tilla y Navarra, de donde pasaron tres prelados al 
concilio de Mantua de 1067 á representar ante el pa- 
pa y^ el sínodo la legitimidad y santidad del rito mozá- 
rabe, logrando que uno y otro te reconocieran y apro- 
baran como tal. A pesar de todo, fué tal el empeño 
qoe en aquel negocio mostró Alejandro II., que ha- 
biendo vuelto el legado Hugo Cándido á Aragón, quedó 
abrogado el rito gótico en aquel reino y reemplazado 
por el romano (marzo de 1074), comenzando á usarse 
este en el monasterio de San Juan de la Peña; pri- 
mera brecha que se abrió en España á la preponde* 
rancia de la corte pontificia, preponderancia que ha- 



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256 aidTouA ra ispAftA. 

bía.de ir acreciendo, y qoe monarcas y pueblo? ino- 
tilmente se habian de esforzar después por atajar ^*K 
Deferente y respetuoso el monarca aragonés á la 
silla pontificia» puso bajo su protección todos los mo^ 
nasterios de su señorío, y con el cardenal Hugo Cán«- 
dido envió á Roma al abad de San Juan de la Peña, 
Aquilino^ suplicando al papa recibieso^ bajo su amparo 
aquel monasterio que sus predecesores babian funda* 
do y dotado con cuantiosas rentas. A su paso por Bar- 
celona lograron estos dos enviados que el conde Ra- 
món Berenguer decretase la abolición del rito mozá- 
rabe en sus estados y su reemplazo por el romano, al 
modo de lo que acababa de ejecutarse en Aragón, 
contribuyendo á ello la condesa doña Almodis, de na- 
ción francesa, acostumbrada en su patria á las cere- 
monias de aquella liturgia <^^ Fácil le fué á dpn San- 
cbo Ramirez alcanzar del papa Alejandro II. las bu- 
las que impetraban. Pero llevaba muy á mal su her- 
mano García, el obispo de Jaca, la exención de los 
monasterios y de las iglesias que se iban fundando y 
dotando en los lugares que se ganaban á los moros: 
exponia al rey que eso era derogar la jurisdicción or- 
dinaria, y procedía contra todos los que pretendian 
la exención. Inquietos traia á, los monjes y al rey la 



(4) Sóbrela Terdadera época en el tomo HI. de la Esp. Sagrada, 

de la iolroducciOD del oficio y (2) Diago,.Hi8. de los condes 

rezo romano en Aragón, pue- de Barcelona.— Sandoval, Cinco 

de verse la luminosa diserta- «bispos.— Florez, en la cüada di- 

cíon del erudito maestro Florez, sertacion* Esp. Sagr. tom. 01* 



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PARTB II. LIURO I. 257 

conducta del celoso prelado. Envió Sancho con este 
motivo nuevo embajador á Roma, y Gregorio VIL, 
que había sucedido en 1073 en la silla de San Pedro, ^ 
á Alejandro IL confirmó las exenciones otorgadas por 
éste. Por último, merced á la solicitud y buena maña 
del abad Galindo concedió el sumo pontífice al rey la 
facultad de distribuir y anexar las rentas délas iglesias, 
los monasterios y capillas que en adelante se funda- 
sen en su reinoó se conquistasen de los infieles (1 07 4) « 
Dio esto ocasión á un hecho que nos demostrará las 
ideas que en aquel tiempo dominaban 

El rey habia hecho aplicación de algunas de aque- 
llas rentas á los gastos y atenciones de la guerra que 
sostenía contra los enemigos de la fe. A pesar de lo 
sagrado del objeto, «teníase por grave, dice un histo*' 
riador de Aragón, lo que el rey hacia;» él mismo en- 
tró en escrúpulos; y pareciéndole que con aquello 
ofendería á Dios y acaso movía escándalo en el pueblo, 
hallándose con la corte en Roda hizo á presencia del 
obispo de aquella diócesi penitencia pública en el 
templo, y pidió perdón y satisfacción á Dios, por ha- 
ber echado mano de las décimas y primicias de las 
iglesias, mandando desde luego restituir á la Roda 
lo que él decía haberle usurpado ^*K 

Un acontecimiento imprevisto vino á poner un 
nuevo CQtro en manos de Sancho Ramírez de Aragón. 
El 4 de junio de 1076 hallándose entretenido en el 

(i) Zurita, Anal. líb. I. cap. 35. - 

Tomo iv. . 17 



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258 BISTQIIA DB BSPAJiA. 

ejercicio de la caza su primo Sancho Garcés de Navar* 
ra ea los bosques de Peñaleo, fué alevosamente sor- 
prendido por su hermano Ramón y precipitado por él 
y sus amigos de lo alto de una elevada roca, de lo 
. cual le quedó en la historia el nombre de Sancho el 
Despeñado y de Sancho el de Peñalen. Engañóse el 
fratricida si cometió el asesinato coa intención de ar- 
rebatar á su hermano la corona, porque los navarros 
viénd^esin rey y no creyendo digno del trono á quien 
por tan criminales medios pretendía usurparle, eligie- 
ron de común acuerdo al de Aragón, que asi se encon- 
tró soberano de una nueva y poderosa monarquía. Mar- 
chó el aragonés á Pamplona á posesionarse del reino 
que tan inopinadamente le habia venido, pero al propio 
tiempo Alfonso VI. de Castilla qne se consideraba con 
derecho á la sucesión de aquel estado dirigióse también 
con ejército á Navarra, y se apoderó ile la Rioja, de 
Calahorra y de otras plazas limítrofes de Navarra y 
Castilla. Un hijo de Sancho el Despeñado, llamado Ra- 
miro, huyó por temor al asesino de su padre y se re- 
fugió en Valencia, donde permaneció mucho tiempo y 
casó con una hija del Cid. Ramón el Fratricida, ex- 
pulsado por los navarros, se acogió á Zaragoza, don- 
de fué bien recibido por el rey musulmán , que le did 
casa y hacienda con que pudiese vivir con el decoro 
correspondiente á su clase de príncipe ^^K 

(4) Aaaal. Compost* p 320.— —Id. iDvest. lib. III.— Zurita, 
Moret, Aoal. de Navarra, lib. XUI. Aual. lib. I. cap. 23. 



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PARTB IK LIBRO I. 259 

No trató por entonces el aragonés de disputar á su 
primo el de Castilla la posesión de las plazas de Rioja 
de que se habia apoderado. Urgíale mas pelear contra 
los infieles, y con este intento pasó á Ribagorza, don- 
de sitió el fuerte castillo de Muñones y le 'tomó por 
asalto después de derrotar en sangrienta lid al emir 
de Huesca que á defenderle había acudido. En 1078 
se atrevió á pasar á la vista de Zaragoza , taló sus 
campos, siguió las corrientes del Ebro y construyó 
la fortaleza de Castellar, desdé la cual tenia en 
respeto toda aquella comarca mahometana. En los 
años siguientes obligó al rey de Zaragoza á com- 
prar la paz con un tributo anual , tomó varias for- 
talezas, se posesionó por asalto del castillo de Graus, 
lugar que tan funesto habia sido á su padre , fortificó 
á Ayerbe, conquistó á Piedra Tajada, y por último 
en 1086 ganó á Monzón , que con titulo de rey dio á 
su hijo don Pedro, que ya lo era de Sobrarbe y Riba- 
gorza ^^K 

Tal era el estado de tas cosas en- Aragón y Na* 
varra cuando Toledo fué conquistada por las armas 
de Castilla. Veamos lo que entretanto y en el mis- 
mo período habia acontecido en el condado de Bar- 
celona. 

De once á doce años de edad contaba solamente 
Rank)n Berenguer I. cuando en conformidad al testa- 
mento de su padre Berenguer Ramón I. el Curvo, 

0) Zurita, Anal. cap. VI y S9. 



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260 UISTOBIA DE BSPAÍÍA. 

subió al trono condal de Barcelona en 26 de mayo 
de 1035^*^ Veremos no obstante la justicia con que 
se aplicó al conde niño el sobrenombre de el Viejo^ 
por el tino , madurez y prudencia que supo desplegar 
en el gobierno del estado. Eranle tanto mas necesa-- 
rias estas prendas y virtudes cuanto que tuvo que lu- 
char muy desde el principio contra las pretensiones 
de su abuela la condesa Ermesindis» cuya ambición y 
afán de dominar habian dado ya harto que hacer á su 
hijo, el padre del actual conde. No porque ella tu- 
viese la tutela y administración del condado durante 
la menor edad de su nieto , como han consignado gra- 
ves autores , sino porque no queriendo renunciar á 
la desapoderada sed de influencia y de mando, movió 
tales desavenencias, rencores y disturbios en la fa- 
milia, que llegaron á hacer ligas y confederaciones 
muy enconadas unos con otros, y aunque su joven 
nieto la contrariaba con la entereza de un hombre de 
edad madura , no por eso dejó de llenar de amargura 
sus dias: que son temibles las intrigas y manejos de 
una muger ambiciosa de influjo y dada por intervenir 
en los negocios de gobierno. Llegó su venganza hasta 
el punto de pedir y alcanzar del gefe de la iglesia 
una excomunión contra el conde su nieto , compren- 
diendo en ella á sp segunda esposa Almodis y al 
obispo de Narbona Wifredo. En cuanto á sus preten- 

(4) De esirañar es eu verdad heredó el condado. Véase á Boft- 
el error del cronista Pojados, qao rull, Condes de Barcelona, to- 
da á este principe 39 anos cuando mo II. p. 3. 



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PARTE II. LIBRO I. . 261 

sioDos, no renunció á ellas hasta los últimos años dd 
su larga vida , en que arrepentida tal vez de sus in- > 
justicias , y de cierto cansada de luchar en vano con 
la firmeza del conde , vino á pactos con él , como ha- 
bia heqbo con Bereng«uer Ramón su hijo , y añadiendo 
una prueba de interesada y desdorosa codicia á las 
que habia dado de ambición, vendióle sus preten- 
didos derechos á los condados de Gerona, Barcelona, 
Manresa y Vich por el miserable precio de 100,000 
sueldos barceloneses, osean 1,000 onzas de oro, 
confesando ella misma en las escrituras su usurpa- 
ción, obligándose á ser fiel á sus nietos y comprome- 
tiéndose á impetrar del papa el alzamiento de la ex- 
comunión que á su instancia habia contra ellos ful- 
minado ^^K ' 

Unido en matrimonio con la princesa Isabel, hija 
del conde de Bitiers, Bernardo Treucavelo , tuVo de 
ella tres hijos, Berenguer, Arnaldo y Pedro Ramón, 
de los cuales solo vivió el último para desgracia de 
su padre y del estado, como veremos después. En los 
once años que duró esta unión , de 1039 hasta 1050 
en que. murió la condesa, tuvieron no pocas contes- 
taciones y diferencias grandes con varios otros condes 
y obispos, transacciones, convenios, alianzas, cesiones 
mutuas de poblaciones y fortalezas, que demuestran 
cómo los nobles catalanes esquivaban ya y rehuían la 

(4) PujadeSy Feliú, CarboDell, Colección de los docameDtos sin 
Masdea, Ballacio, Bofarull v otros, fecha de Ramón Berenguer 1. nú- 
—Archivo de la corona de Aragón, meros 173 y 201. 



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26Í HISTORU DB BSPaIÍA. 

sujeción á la autoridad central, y cómo él prudente con. 
de supo renovar los feudod y hacer que los principa- 
les barones le rindieran homenage y le juraran lealtad 
y ayuda en las guerras contra los sarracenos. Dedicóse 
á estas mas principalmente después de la muerte de la 
condesa Isabel su primera esposa, y la fortuna le favore- 
ció lo bastante para obligar á varios régulos musulma- 
nes árendirler parias. El de Zaragoza fué uno délos que 
probaron* mas la fortaleza y el brio délos cristianos 
catalanes. De gran auxilio sirvió para esto al de Bar- 
celona el célebre pacto que hizo con el intrépido y va- 
leroso Armengol de Urgel , por el cual so obligó éste 
á serle amigo fiel y á ayudarle g^n fraude ni engaño en 
todas sus expediciones contra los infieles, si bien re- 
servando Armengol para sí la tercera parte de lo que 
conquistasen, dándole el de Barcelona en feudo el 
castillo de Cubells, con 100 onzas de oro barcelonesas 
y 350 mancusos de oro anuales (1 (ir68). En virtud de 
este pacto, que nos recuerda el que en otro tiempo 
hicieron los dos hermanos Ramón Borrell de Barce- 
lona y el otro Armengol de Urgel para atajar aunados 
las invasiones de Almanzor, rompiíaron los desalia- 
dos la guerra por el valle de Noguera Ribagorzana, 
tomaron varias fortalezas á los musulmanes , y se en- 
sancharon los límites del condado barcelonés por la 
parte de Lérida , deTortosa y de Tarragona, estable- 
ciendo el conde alcaides de frontera en los castillos y 
fuertes avanzados hasta darse la mano por algunos 



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PARTB U. LIBIO 1 263 

puntos coa el reino de Aragón. El ardimiento bélico 
del de Urgel y la circunstancia de haber dado su bija 
Felicia en matrimonio al rey Sancho Ramirez de 
Aragón moviéronle á ofrecer su brazo á este monarca 
para ayudarlo en el sitio de Barbastro, y en esta glo- 
riosa empresa le arrebató la muerte (f 065), délo 
cual le quedó en la historia el sobrenombre de Ar* 
mongol el de Barba^tro. 

No era el conde don Ramón Berenguer I. hombre 
que por atender á las empresas militares desatendiera 
los negocios religiosos y políticos ilel estado. Por el 
contrario, mas todavía que de guerrero supo .ganar 
perdurable fama de piadoso, de legislador, de refor^ 
mador de las costumbres públicas. Ademas de haberle 
debido Barcelona la nueva fábrica de la catedral y 
otras piadosas fundaciones, quiso poner remedio á 
las costumbres relajadas y un tanto rudas de los ecle- 
siásticos, que mas se cuidaban de armaduras y caba- 
llos y de ejercicios de guerra y de montería qoe de 
los deberes de su sagrado ministerio. A este propó- 
sito congregó en 1068 con aprobación del papa Ale- 
jandro II. un concilio en Gerona , que presidió el le- 
gado Hugo Cándido de vuelta de su primer viage á 
Roma. Los catorce cánones de este concilio nos reve- 
lan cuáles eran los abusos y excesos que predomina- 
ban y que se creyó mas urgente corregir. Se conde- 
nó la simonía, se aseguró la dotación del clero se- 
cular, se excomulgó á los que no sé apartasen de los 



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264 HISTORIA DE E8PAÍÍA. 

matrimonios incestuosos y á los maridos que rehusa • 
sen reunirse con sus mugeres legítimas, se prohibió á 
ios clérigos el matrimonio y el concubinato, el uso cte 
las. armas, el ejercicio de la caza y los juegos de azar, 
pero no se abolió en este concilio el oQcio gótico, co- 
mo muchos han creído, sino tres anos después, y de 
la manera que mas arriba hemos enunciado ya ^*K 

No contento con eito el celoso conde, y aspirando 
al glorioso título de legislador, convocó en aquel mis- 
mo año («) y congregó en Barcelona y en su mismo pala* 
ció á los condes, vizcondes y barones principales de 
Cataluña, y de acuerdo y conformidad con la condesa 
doña Almodis, j5u segunda ó tercera esposa ^^\ mani- 
festó á aquella ilustre asamblea la necesidad de jefor- 
mar la legislación catalana. Habla regido hasta enton- 
ces el célebre Fuero Juzgo de los godos; pero mu- 
chas de sus leyes se habian alterado ó caido en des- 
uso con el trascurso de los tiempos, eran otras inapli- 
cables á las circunstancias de entonces , y los usos y 
costumbres de los nuevos pueblos habian introducido 



(1) Actas del coDcilío de Gero- doaa Almodis, hija de los condes 
na. — ^Véase Florez, Esp. Sagr. to- de {a Marca .en eÍLimosiD, estuvo 
mo iU. — La Canal, coDtiouacioD de don Ramón Berenguer el Viejo ca- 
la misma, tom. XLIH. sado con dona Blanca, de desceñó- 
te) Otrossupooen que en 4070. cida familia , á quien sin duda re- 
La opinión mas común y seguida pudió por los nuevos amores con 
es aue fué en 4068. doña Almodis, repudiada á su Tez 
(3) Hay vehementes indicios y por Poncio, conde de Tolosa. Crée- 
aun algunos datos para creer que se que este hecho fué ol que dio 
después de la muerte de la conde- ocasión á la abuela doña Ermesin- 
sa doña Isabel y en los tres años da para alcanzar del papa la exco- 
que mediaron basta que el conde munion de que hemos hablado 
contrajo nuevo matrimonio con contra 5us nietos. 



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PAKTB II. LIBRO 1. 265 

y arraigado costombres que habían ido adquiriendo' 
fuerza de ley. Era pues necesario suprimir unas, aco- 
modar otras á las nuevas condiciones sociales, y au- 
torizar con la sanción lo que la esperiencia había 
aconsejado como conveniente» Era menester en una 
palabra variar la constitución civil y social del pue- 
blo, y esto fué lo que hizo el conde don Ramón Be- 
renguer el Viejo con su esposa doña Almodis y con el 
auxilio de sus barones y magnates en las cortes de 
Barcelona de 1068, compilando el famoso código de 
los Üsages de Cataluña , sabia compilación que los 
ilustrados moQges de San Mauro llamaron la com- 
pilacion sistemática é integra de usos mas antigua 
y auténtica que se conoce ^^K Obra fué esta la mas hon- 
rosa del conde Ramón Bereuguer L , -y una de las 
mas brillantes páginas de la historia del pueblo cata- 
lán. Debemos advertir que aquella asamblea de Bar- 
celona no fué un concilio , como equivocadamente han 
querido decir Baronio , Mariana y otros autores , ni la 
presidió el cardenal Hugo Cándido, ni asistió á ella 
un solo obispo , sino un verdadero congreso político, 
unas cortes en que no se trató una sola materia ecle- 
siástica. Y lo que es mas , no se abolieron tampoco en 
ella las leyes góticas, como muchos también han pre-^ 
tendido, sino que se mantuvieron en observancia en 
la parte no reformada ó reemplazada por los Üsages 

, (4) VArí de vérifier les date$ ges y otros derechos de Cataluña, 
citado por Gapmany, Memorias de tom. I. * 

Barcelona, tom. U.— Vives, Usa- 



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266 H18T0EIA DB BSPAHA. 

-basta mucho después de incorporado el condado de 
Barcelona con el reino de Aragón ^^K 

La fama de la grandeza y poderío de Ramón Be- 
renguer había llegado á los árabes del Mediodía de 
España, y cuando Ebn Abed^el de Sevilla se puso so* 
bre Murcia , su negociador y caudillo Ebn Ornar , el 
mismo que habia agenciado la amistad y alianza de 
Alfonso VI. de Castilla y pasó también á Barcelona á 
solicitar auxilios del conde , que obtuvo á precio de 
diez mil doblas de oro» prometiendo otras tantas tan 
pronto como la hueste auxiliar catalana llegase á Mur* 
cia. El hijo del rey de Sevilla habia de ser entregado 
en rehenes al conde de Barcelona, y éste envió con 
igual condición un primo suyo al emir sevillano. Pi> 
saron, pues, las tropas catalanas los campos de Murcia, 
púsose el hijo del emir en manos del conde barcelo- 
nés, mas como no viese cumplidos por parte del rey 
musulmán otros artículos del convenio, apoderóse la 
sospecha y la desconfianza del ejército catalán y de 
su gefe , siguiéronse conflictos y choques en el cam- 
po, y Ramón Berenguer tomó sin soltar sus rehenes 
la vuelta de Cataluña. Retenido permaneció en su po« 
der el hijo de Ebn Abed Al Molamid , hasta que su 
ministro Aben Ornar volvió á pasar á Barcelona , no 
ya con solo la suma estipulada, sino con treinta mil 

(I) Floroz. Esp. Sag. tom. III. -^ Vives, Usag. lom. I.— Balucío 
Id. tom. XXtX.— Mttsdeu, Hist. Marca Bispan. lib. IV. 
Criat. tom. XIU.— Bofarull, tom. II. 



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PARTE II. uno I. 267 

doblas de oro, efectuándose entonces el cange del 
primo del barcelonés y del hijo del sevillano ^*K 

Si prudente , activo y mañoso fué el conde Ramón 
Berenguer L para restablecer la quebrantada unidad 
condal y dilatar las fronteras de su estado de este la- 
do de los Pirineos , no lo fué menos para aumentar y 
asegurar las posesiones que de la otra parte de los 
montes le pertenecían por derecho, de herencia de su 
abuela Ermesinda. Astucia , energía y diligencia ne- 
cesitó, y esta fué una de sus mayores glorias, para 
conseguir que fuesen renunciando á sus respectivas 
pretensiones los gefes de aquellas casas poderosas; y 
merced á su habilidad y destreza vióse por los anos 
1070 á 1071 dueño de los pingües estados de Carca- 
sona,Tolosa,Narbona, Cominges, Conflent y otros de 
aquella parte del Rosellon. De modo que llegó este 
célebre conde á concentrar en una sola mano un vas- 
tísimo territorio que de uno y otro lado de los Piri- 
neos comprendía los condados de Barcelona, Gerona» 
Vich , Manresa , Carcasona , el Panadés, j las comar- 
cas que caían en los condados de Tolosa , de Foix, 
de Narbona , de Minerva y de otras regiones trans- 
pirenaicas. 

Pero reservado estaba á tan gran príncipe ver aci- 
barados los postreros años de su gloriosa carrera con 
un gravísimo disgusto doméstico , el mayor de todos 
los qde habia esperímentado. Entre su esposa la con-^ 

(4) Conde, part. III. cap. VI. 



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268 HISTORIA DB ESPAÑA. 

(lesa Almodis y el hijo único que le babia quedado 
de la princesa Isabel, llamado Pedro Ramón , estalla- 
ron discordias que turbaron lastimosamente la paz de 
la familia. Acaso el entenado sospechaba que la mar 
drastra por amor á sus hijos propios instigara al pa- 
dre .para que le privase de lo que le pertenecía por 
derecho de primogenitura. Fuese esta ú otra la causa, 
el encono y las malas pasiones del hijo de Isabel le ce- 
garon y arrastraron al estremo de ensangrentar sus 
manos en la prudentísima esposa de su padre, y á 
mediados de noviembre de i 071 cometió el horrible 
crimen de asesinar á su madrastra la condesa Al- 
modis. Golpe fué este que apenó tan hondamente al 
desgraciado padre y esposo , que aquel corazón que 
los contratiempos no habían podido nunca consternar, 
dio entrada al pesar y al abatimiento, á términos de 
ir consumiendo ppcoá poco aquella vida preciosa hasta 
llevarle á la tumba. Falleció, pues, el ilustre conde 
don Ramón Berenguer el Viejo, el guerrero, el legis- 
lador , el justo, coronado de gloria y de laureles, pe- 
ro lleno de amargura , el 27 de mayo de 1076, des- 
pués de un reinado de 41 años. La historia sigue de- 
nominándole con el título de el Viejo ^ no por su edad, 
sino por el consejo y prudencia que mostró desde su 
juventud ^^K 

(1) Los cuerpos de ios ilustres ñas do madera cubiertas de ter- 

, condes don Ramón Berenguer 1. y ciopelo carmesí, colocadas en el 

( dona Almodis se conservan en la lienzo de pared interior que me- 

catedral de Barcelona, en dos ur- dia desde la puerta de la sacristía 



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PAUTE 11. LIBRO I. 269 . 

Era el año eo que á coasecuBDcia de la muerte 
alevosa dada á otro príncipe , Sancho Garcés el de Pe- 
fialen , se habían unido las dos coronad de Navarra y 
de Aragón en la persona de Sancho Ramírez. Asi, al 
propio tiempo que estos dos reinos parecían marchar 
hacia la unidad , Ramón Berenguer el de Barcelona, 
llevado del amor de padre como Sancho el Mayor de • 
Navarra y Fernando el Magno de Castilla , había in- 
currido en el mismo deplorable error que ellos, de- 
jando el estado pro indiviso á sus dos hijos y de la con- 
desa Almodis, los dos hermanos gemelos Ramón Be- 
renguer II. y Berenguer Ramón 11. Parecía fatalidad 
de los grandes príncipes, cuanto mayores eran des-^ 
conocer mas las pasiones de la naturaleza humana. 
Tenían demasiado cerca los nuevos condes el incen- 
tivo de la ambición para que pudiera dejar de tentar 
al uno ó al otro. Una sola corona para dos cabezas, 
por mas que el padre dejara dispuesto para evitar 
discordias que partiesen entre sí las rentas y las go- 
zasen por igual , fácilmente se había de convertir en 
manzana de discordia, y asi aconteció. Ramón Beren- 
guer, el primer nacido, llamado Cabeza de Estopa 
fCap d'estopesj por su blonda cabellera , era de tan 
gentil presencia como de índole apacible y amante de 
las virtudes pacíficas : Berenguer Ramón , el menor, 

que da salida al claustro, á udob fué condenada por el pontífice y 

quince palmos de elevación del colegio de cardenales á una ruda 

paTímento.— 'El matador de sn penitencia que duró veinte y oua- 

madrastra, Pedro Ramón, parece tro anos, 
qae desterrado de su paia natal 



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270 HISTORIA DB BSPáSa^ 

era belicoso, activo, impetuoso y descontentadizo. 
No tardó este último en mostrar por quién babia 
de romperse la difícil armonía y concordia tan nece- 
sarias para el bien de sus comunes pueblos » exigiendo 
al mayor palabra pública y testimoniada de que se 
efectuaría la partición de las tierras. Antojóseie luego 
poco segura aquella palabra, y mas adelante, en 1 079, 
ya exigió su cumplimiento, proponiendo adeudas que, 
pues el gobierno debía partirse en lo posible , cada 
uno de ellos morase medio año en el palacio condal, 
el uno desde ocho dias antes de Pentecostés hasta 
ocho antes de Navidad , y el otro el resto del año, y 
que cada cual esperase su turno y retuviese como en 
garantía el castillo del puerto. A todo iba accediendo 
el bondadoso y candido Ramón Berenguer Cap de 
Estopa^ y nada bastaba á satisfacer al exigente y des- 
contentadizo hermano Berenguer Ramón. Al año si* 
guíente (1080) los hallamos celebrando otro contrato, 
que descubre á las claras el rencor y malquerencia 
del hermano menor, pues entre otras condiciones ar- 
rancó á su hermano la de entregarle en rehenes diez 
desús mejores prohombres ^^K Tanta condescendencia 
y tanta mansedumbre de parle de don Ramoñ Beren- 
guer no hicieron sino precipitar su ruina. Dos años 
después de este último convenio , el 6 de diciembre 
de 1082, en un bosque solitario que había camino de 

(4) Archivo de la corooa de Bereogaer II. n. 48. 
Aragón , Goleccíoa de doo Ramón 



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PARTB II. LIMO I. 271 

Gerooa eutre San Celoní y Hostalricli se encontró el 
cadáver de un hombre que se conocía haber muerto 
ámanos de asesinos. Era éU el buen Berenguer Cap de 
Estopa, asesinado por gentes de su hermano Beren- 
guer Ramón. El desgraciado acababa de ser padre de 
un niño que un mes hacia le habia dado su esposa 
Mahalta, la hija del valiente capitán normando Rober- 
to Guiscard ^^K 

Espanto, indignación y horror causó en toda Cata- 
luña la nueya del horrible crimen. Sin embargo nadie 
se atrevía á tomar sobre sí la defensa y tutela de la 
desventurada viuda y del ilustre huérfano, llamado 
también Ramón Berenguer como su padre. Atrevióse el 
primero el vizconde de Cardona Ramón Folch (1083) 
á declararse vengador del Fratricida, Siguieron mas 
adelante su ejemplo (1084) los Moneadas y otros baro- 
nes y allegados de la casa condal, juntos con el conde 
y condesa de Cerdaña y el obispo de Vich. cMas ¿qué 
podia, exclama con razón un juicioso historiador ca- 
talán, una junta celebrada á escondidas y á la som- 
bra del misterip por unos pocos servidores contra la 
habilidad y pujanza de Berenguer Ramón,)» Por otra 
parte el testamento del ultimó conde favorecía al que 
sobreviviese de los dos hermanos coherederos , y ya 

(4) El maestro Diago ba queri- sí hubiera examinado bien los do- 
do salir é la defensa del conde comentos del archivo de Barcelo- 
Fratricida (qae con este infaman- na, y principalmente si hubiese 
te nombro se lo conoció después): visto la sentencia que los jueces 
de seguro no se hubiera oonstituí- de corte pronunciaron en Lérida 
do en defensor de tan mala cansa en 4157 sobre este hecho. 



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372 HISTOBIA DB BSPASa. 

por respeto á esta cláusula , ya por temor al carácter 
y pujanza de Berenguer Ramón, hubieron los conju- 
rados de tener por prudente diferir para mejor oca- 
sión sus planes de venganza , y consentir en que se 
sometiese la tutela del niño y el gobierno de lo que á 
este le tocaba en herencia á su tío Berenguer, el ase- 
sino de su padre , de la cual se le invistió en 6 de 
junio de 1085, si bien limitándola al plazo de once 
años,, y basta que el niño Ramón alcanzase á los quin- 
ce el derecho de reinar y de calzar las espuelas de 
caballero, símbolo del mando. 

Dejemos pues el conde Berenguer Ramón 11. el 
. Fratricida, gobernando el condado de Barcelona por 
si y á nombre de su sobrino; época que fué en Cata- 
luña fecundo principio de grandes é importantes su- 
cesos: y puesto que hemos trazado el cuadro de lo 
que aconteció en 4os tres reinos de Aragón, Navarra 
y Barcelona hasta la memorable conquista de Toledo, 
que inauguró una nueva era para Castilla, cuya mar- 
cha y vicisitudes hemos adoptado por norma para las 
divisiones de nuestros periodos históricos, hagamos 
aqui alto, y examinemos con arreglo á nuestro sistema 
las modificaciones que en su vida material y moral 
ha ido recibiendo cada estado de la España, asi cris- 
tiana como muslímica, en el período que comprenden 
los capítulos de este volumen. 



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CAPITDLO XXV, 

RESUMEN CRÍTICO DE LOS SUCESOS DE ESTE SIGLO. 
»e 976 4 1085. 

Expóoense las caoaas 3e los sacesos de este período.— Cotéjase la si- 
tuación de la EspaSa crístiaoa y de la España árabe á la aparición 
de Almanzor.— Retrato moral de este personage.— Lo que ocasionó 
su ruina.— Crisis en el imperio musulmán.— Mudanza en la condi- 
ción de los dos pueblos.— Comparaciones.— Por qué los principes 
cristianos no aprovecharon el desconcierto del imperio árabe.— De- 
sayenencias, escisiones, guerra entre las familias reinantes españo- 
las.— Juicio del carácter y. conducta de cada monarca y y fisonomía 
de cada reinado.— Paralelo entre el comportamiento de un rey ára- 
be, de un rey de Castilla y del Cid Campeador con Alfonso VI.— Di- 
sidencias entre los príncipes cristianos de Aragón, Navarra y Cata- 
luña. — ^Importante y melancólica observación que nos sugieren es- 
tos sucesos.- Por qué iba adelantando la reconquista en medio de 
tantas contrariedades.— Causas de la decadencia y disolucíoo de 
imperio omniada. 

En los 1 09 años que bao trascurrido desde la ele- 
vacioD de Almanzor , el enemigo formidable de los 
cristianos» hasta la conquista de Toledo por Alfon* 
so VI. de León y de Castilla, ha variado completa- 
mente la situación respectiva de los dos pueblos, 
el cristiano y el musulmán. Los poderosos y sober* 
bios son ahora los abatidos y flacos. Los que eran dé- 
biles y pobres se presentan ya pujantes y orgullosos. 
ToMoiV. 18 



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S7Í HISTORIA DE BSI*AÑA. 

Parecía que do fallaba sino inscribir definili va mente 
la palabra <tríunfo)> sobre el pendón del islam, y sin 
embargo resplandece la craz sobre la .cúpula de la 
grande aljama de Toledo convertida en basílica cris- 
tiana. El grande imperio mahometano de Córdoba 
que amenazaba absocber hasta el último rincón de la 
España independiente ha caido desplomado ; extin- 
guióse la ilustre estirpe de lob jBsclarecidos Beni-Ome- 
yaSi y los reyezuelos que sobre las ruinas del grande 
imperio han levantado sus pequeños tronos , los unos 
han sido derrocados por los monarcas cristianos, los 
oíros han caido á impulsos del huracán de la discor- 
dia civil, los otros son tributarios de los soberanos de 
Castilla, de Aragón ó de Barcelona. ¿Cómo y porqué 
causas se ha obrado esta mudanza en la condición de 
los dos pueblos? 

Después que la traición y el veneno pusieron fin 
á los días de Sancho el Gordo, la monarquía madre 
de Asturias y León viene á caer en manos de un niño 
de cinco años ^*^ y de dos mugeres ^^K ¿Qué se podia 
esperar de la suerte de este pobre reino, fiado á ma- 
nos tan débiles, precisamente cuando en el imperio 
musulmán ha sucedido á Abderrahman III. el Grande 
su hijo Alhakem 11. el Sabio? Por fortuna de los cris- 
tianos Alhakem los deja vivir en paz , porque ama 
mas los libros que las armas^ y gusta mas de letras 

(4) Ramiro llt/ 

(9) Teresa y Eiyira, madre y tía del rey. 



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PAATB U. LIBRO I. 275 

que de coaquistas: y por fortuna suya tambieu la 
monja Elvira que gobierna el reino , acredilá con su 
prudencia y discreción que bajo la toca de la virgen 
hay una cabeza que pudiera ceñir dignamente la dia- 
dema real. Pero aquel niño crece, y creciendo en 
cuerpo y en anos crece también en aviesas inclina-- 
- Clones, sacude el freno de la dirección y del buen 
consejo de sus prudentes tuloras, corre desbocado 
por el camino de los vicios, irrita con su desacor- 
dada conduela, con su altivez y ásperos tratamientos 
á los magnates de su reino, levántanse los nobles, se 
alza un pretendiente al trono, corónanlé sus parcia- 
les y le ungen con el oleo santo, se hacen armas por 
una y otra parte , se pelea , y la discordia , y el des- 
concierto y el desorden reinan en la pobre monarquía 
leonesa. 

¿Y cuándo acontece todo esto? Cuando en el pue* 
blo enemigo , cuando en el grande imperio musulmán 
aparece un genio belicoso, emprendedor y resuelto r 
figura histórica colosal, gigante que desde su apari- 
ción asombra, y á quien sin embargo se le ve siem- 
pre creciendo; político profundo, ministro sabio, 
guerrero insigne, el Alejandro, el Anibal^ el César 
de los musulmanes españoles. Escusado es que nom- 
bremos á este famoso personage con su verdadero 
nombre: porque ¿quién conoce á Mohamed ben Ab- 
dallah ben Abi Ahmer el Moaferi? Mas si le apellida- 
mos con el título que le valieron sus hazañas, si le 



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876 HISTOBIA DB BSPAfiA. 

nombramos Almanzor^ no hay ni quien le desco- 
nozca, ni quien le pronuncie sin asombro y sin 
respeto. 

Cuando un pueblo tiene la desgracia de ver suce- 
derse una serie de príncipes , ó débiles y flacos , ó 
desalentados y viciosos ; cuando ademas este pueblo 
se ve destrozado por las ambiciones y las discordias; 
cuando al propio tiempo en el pueblo enemigo se le- 
vanta un genio de las dimensiones de Almanzort 
¿quién no teme, y quién no augura la ruina pronta é 
inmediata de aquel imperio? Emprende Almanzor 
aquel sistema propio suyo de las dos irrupciones y 
campañas anuales". Incierto como un cometa errante, 
terrible como el trueno , rápido como el rayo , no se 
sabe nunca dónde irá á descargar el siniestro influjo 
de este astro de muerte» si al Norte, si al Este, si al 
Oeste de la España cristiana. Todo lo recorre el vale- 
roso musulmán, y alli se deja caer como una lluvia 
de fuego donde menos se le espera. Los cristianos 
pelean con valor , pero ¿quién resiste á la impetuo* 
sidad del mahometano? Cada estación señala un triun- 
fo para el guerrero árabe, y sus victorias se cuentan 
por el número de sus campañas. Zamora , la Numan- 
cia de aquellos tiempos; León, la corte de los mo- 
narcas cristianos; Barcelona , la ciudad de Luis el 
Pío y de los Wifredos; Pamplona , la plaza envidiada 
de Carlo-Magno ; Compostela , la Jerusalen de los es- 
pañoles; San Esteban de Gormaz, una de las llaves 



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PARTE II. LIBRO I. 277 

de Casulla, todo cae al golpe de lascimilarras sarra- 
cenas, todo cede al ímpetu del alfange manejado por 
el brazo irresistible de Almanzor. Bermudo el Goloso 
de León s^ refugia á los riscos de Asturias con las re- 
liquias de los santos y las alhajas de los templos como 
en tiejnpo de Rodrigo el Godo. Borrell huye de Barce- 
lona como Bermudo de León. Las campanas de la ba- 
sílica del santo apóstol son llevadas á la corte musul- 
mana para servir de lámparas en el gran templo de 
Mahoma. El conde García de Castilla es conducido y 
atado como un ciervo á los pies de Almanzor ; y mien- 
tras su hijo Abdelmelik gana en África el título de Al- 
mudbaffar (guerrero afortunado), los cristianos de Es- 
paña se ven reducidos á la cuna de su independencia 
como en tiempo de la conquista. 

Una ilustre religiosa de León , la célebre abadesa 
Flora, cautivada con otras compañeras eñ la catás- 
trofe de aquella ciudad , nos dejó consignados en pa- 
téticos lamentos los estragos de aquellos dias de tri- 
bulación. «Los pecados de los cristianos, dice, atra- 
jeron la gente sarracena de la estirpe de los ismaeli- 
tas sobre toda la región occidental , para devorar la 
tierra , pasar á todos al filo de sus aceros , ó llevar 
cautivos á los que quedaran con vida. Nuestra cons- 
tante acechadora la antigua serpiente les dio la victo- 
ria: destruyeron las ciudades, desmantelaron sus 
muros y lo conculcaron todo : los pueblds quedaron 
convertidos en solares , las cabezas dé los hombres 



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278 HISTORIA DB BSPAÍÍA. 

cayeron IroDchadas por el alfange enemigo, y no hubo 
ciudad, aldea ni castillo que se librara de la universa 
devastación.)» 

¿Será que baya «onado la última hora para el 
pueblo fiel? ¿Habrá entrado en les decretos eternos 
que sean perdidos para los cristianos los sacrificios del 
cerca de tres siglos? No; el que rige la marcha de 1^ 
humanidad y tiene en su mano los destinos de las 
naciones, volverá los ojos hacia su pueblo: pasará la 
tormenta, se calmará el huracán , caerá el coloso del 
Mediodía, el Nembrot de los muslimes. La Provi- 
dencia envia un soplo de inspiración á los monarcas 
cristianos, y los que estaban, sumidos en el abati- 
miento se sienten de repente fortalecidos, y los que 
hasta entonces habian sido víctimas de sus propias ri- 
' validades se unen instantáneamente para hacer un vi- 
goroso y desesperado esfuerzo en defensa de su fé y de 
su libertad. Líganse como instintivamente Ips sobera- 
nos de León, de Castilla y de Navarra, atrévense á 
desafiar al hombre de las cincuenta victorias^ y se da 
to memorable batalla de Galatañazor. La Providencia 
que suele hacer visible su omnipotente mano en las 
ocasiones solemnes, mostró alli que no abandonaba á 
los que confiados en ella no se dejan abatir por los in- 
fortunios. En el t^amino de Medinaceli se ven cuatro 
guerreros musulmanes conduciendo en hombros un 
personage moribundo entre las desordenadas filas de 
un ejército consternado. Este personage exhala entre 



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PARTE II. LIBIO I 279 

acerbos dolores su último suspiro Conducido á 

Hedinaceli, una lápida sepulcral guarda sus restos 
inanimados. Era Almanzor, el grande, el guerrero, el 
victorioso. «{Almanzor ha muerto! esclaman los solda- 
dos de Mahoma con acento dolorido: ¡cayó la columna 
del imperio!» El pueblo cristiano entona himnos de re- 
gocijo, y Córdoba viste de luto después de la batalla 
de Calatañazor, como Roma después de la batalla de 
Cannas. El imperio musulmán que llegó al apogeo de 
su engrandecimiento bajo un califa niño, comenzará 
á decrecer bajo un rey cristiano niño también, porque 
niño es Alfonso V. de León como Hixem II. de Córdo- 
ba, que Dios quiso colocar al pueblo cristiano en cir- 
cunstancias análogas á las del pueblo inñel para sus 
sabios fines. 

Difícilmente presentará la historia de ningún pue- 
blo entre sus grandes hombres el tipo de un persona- 
ge como Almanzor. Que fuese gran ministro, hábil 
regente, político profundo, administrador diestro, 
batallador insigne y el mayor general de su siglo, 
nos causaria admiración pero no asombro: que no se 
arredrara ante ningún obstáculo, ni cejara ante nin- 
gún crimen, ni reparara en la calidad de los medios 
para llegar á los fines de su ambición: que fuera des- 
haciéndose por reprobados caminos de todos los que 
creyera podían servirle de estorbo para afianzar su 
omnipotencia, cualidades son en que por desgracia se 
le han asemejado muchos de los que la historia deco- 



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Í%0^ HISTORIA DE ESPAJtA. 

ra con el título de héroes. Pero Almanzor es acaso el 
único valido que colocado por el favor en la cumbre 
del poder haya ejercido por espacio de veinte y cinco 
años una soberanía absoluta, una omnipotencia ¡limi- 
tada, sin escitar la murmuración ni la odiosidad del 
pueblo, siempre propenso á aborrecer á los privados. 
Almanzor, ministro, tutor y arbitro de un califa im- 
bécil, dueño del favor de la sultana madre, sin riva- 
les que temer porque ha cuidado de anonadarlos ó 
extinguirlos, emplea su omnipotente privanza en dar 
ensanche, engrandecimiento y gloria al imperio. So- 
berano de hecho, querido del pueblo y adorado de 
los soldados, reducido á perpetua nulidad el que de 
derecho cenia la corona, Almanzor no aspira á usur- 
par un título cuyas atribuciones ejercía, rara mode- 
ración atendida la condición humana que asi suele 
ambicionar los títulos como las cosas. Y el pueblo, 
que gustaba de ver respetado el principio de sucesión 
en su amada familia de los Beni-Omeyas, parecía al 
propio tiempo agradecer, en vez de sentir, que su 
califa viviese aislado y encerrado como un imbécil, 
á trueque de ver prosperar el imperio bajo el poder 
omnímodo de tan gran ministro. 

El califa Hixem vegetando entre pueriles placeres 
en el alcázar de Zahara represéntanos al débil empera- 
dor Honorio cobijado en el palacio de Rávena en vís- 
peras de desmoronarse el imperio romano; con la di- 
ferencia que Estilicen, aunque ministro íiábil y guer- 



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PARTE II. LIBRO !• 281 

rero valeroso, no poseia niel talento ni las altas pren- 
das ni el ánimo elevado de Almanzor. 

¿Era en realidad imbécil el califa Hixem, ó fué 
plan combinado de Almanzor y de la saltana Sobehya 
mantener embotadas sus facultades intelectuales? Si 
no lo era, ¿cómo la sultana madre consentía que su 
hijo desempeñase un papel tan degradante y abyecto? 
¿Quédase de relaciones mediaban entre la sultana y 
el ministro-regente? ¿Eran solo políticas, ó se mez- 
clarían afecciones de otra índole? Esto es lo que no 
vemos declarado por ningún escritor musulmán, co- 
mo sí se hubiesen propuesto encubrir con el velo del 
silencio hasta la menor flaqueza, si la había, que pu- 
diera empañar la gloria del grande hombre á quien 
tanto debia el imperio. 

Contrastes singulares presenta la vida de Alman- 
zor. Como guerrero, hace su campaña periódica, ven- 
ce, conquista, destruye, se vuelve á Córdoba, licen- 
cia su ejército, y ya no es Almanzor el guerrero, el 
conquistador, el victorioso: es Mohammcdelhagib,.el 
primer ministro y regente del imperio, el administra- 
dor celoso, el justo distribuidor de los cargos públi- 
cos, el amigo de los pobres, el fundador de escuelas, 
el académico, el protector de las ciencias y de los sa- 
bios, el amparador y premiador de los talentos ^*\ El 

u« astronomía 

biblioteca for- 

por Aioaicem II., no acerta- 

coDoilía^ esta conducta con 




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282 IIISTOEIA DB ESPAÑA. 

grao perseguidor de los cristianos y el destructor de^ 
sus ciudades celebra las victorias de su hijo en Áfri- 
ca dando libertad á dos mil esclavos cristianos, pa* 
gando á los pobres sus deudas y distribuyendo entre 
los necesitados abundantes limosnas^ y festeja y so- 
lemniza las bodas de ese mismo hijo haciendo dona- 
tivos á los hospicios y madrissas» y dotando doncellas 
huérfanas. Grande debió ser este persona ge cuando 
bs mismos escritores cristianos reconocieron su mérito 
y no pudieron negar las altas prendas de su mas ter- 
rible enemigo. Por primera y única vez que sepamos 
en los fastos del mundo, se vio al gefe de un estado 
compartir las estaciones entre las letras y las armas, 
y esta fué una de las causas de su perdición * Era 
ciertamente bello poder decir cada invierno y cada 
eslío en Córdoba: csalí, vencí, conquisté y he vuelto.» 
y después de cada campana consagrarse á los nego- 
cios pacíficos del estado. P^ro no advertía, y esto pa- 
rece incomprensible en tan gran capitán, que con ta- 
les períodos, y no deteniéndose á consolidar sus ad- 
quisiciones, daba lugar á los infatigables cristianos á 
que se repusieran desús pérdidas, y á que mientras él 
se enseñoreaba de Barcelona, los cristianos de Astu- 
rias recobraran en su ausencia las ciudades de Gali- 
cia ó de León, y en la primavera que Álmanzor in- 
vadía de nuevo la Castilla, Borrell recuperara á Bar- 

el grande amor á las lelras y coa nos dan Qoticia los mas de los bie- 
las ocupaciones académicas de que toriadores. 



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PARTB II. LIBRO i. 283 

celona; y así les dio tiempo para rehacerse y confede- 
rarse, basta recoger en Calatañazor el castigo de su 
orgullo y el fruto amargo de su errado sistema. 

Cuando se desenlaza y resuelve una gran crisis, 
todo por lo común se trastrueca y cambia. La muerte 
de Almanzor fue también la crisis de muerte para el 
imperio ommiada. Era una bóveda que se sostenía en 
los hombros de un Atlante: faltó el apoyo , y tenia 
que desplomarse el edificio. De los dos hijos de Al- 
lúanzor, el uno , Abdelmelík, fué como el último res- 
plandor de una luz que se apagaba. El otro» Abder- 
rahman, fué un insensato que quiso parodiar la gran- 
deza de su padre, y lo que hizo fué presentar un 
triste ejemplo de lo pronto que suele degenerar una 
raza. Fióse en que llevaba en su fisonomía la imagen 
y el recuerdo de su padre , y no advirtiendo que le 
faltaba su corazón , su entendimiento, su alma, atre- 
vióse á mas de lo que su padre se había atrevido.' En 
el castigo que sufrió llevó la penitencia de su des- 
acordada ambición y necio orgullo. Cuando el pueblo 
cordobés paseaba la cabeza del hijo de Almanzpr cla- 
vada en un palo, no pensaba en que aquel desfigurado 
rostro se había parecido al de su padre ; tenía solo 
presente que al padre había debido el imperio en- 
grandecimiento y gloria, y el hijo había sido un pre- 
suntuoso miserable. Desde entonces comienza la guer- 
ra entre los pretendientes á un trono, coma en otra 
parte dijimos , ni vacante en realidad , ni en rcali- 



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S84 niSTOEU DB bspáHa. 

dad ocupado. Los aspirantes solicitan el auxilio de las 
arm^s cristianas, y Sancho de Castilla coloca en el 
trono muslímico á Suleiman , como antes Sancho de 
León liabia sido repuesto en el trono cristiano por 
Abderrahman el Grande. Los papeles se han trocado. 
Y es que antes el imperio musulmán se hallaba en el 
período de crecimiento » ahora está en el de deca* 
dencia. 

¿Por qué los príncipes cristianos no llevaron esta 
decadencia á completa ruinsí , aprovechando el des- 
concierto de los musulmanes? Porque después de la 
unión momentánea que les dio el triunfo de Galata- 
ñazor volvieron á su sistema habitual de aislamiento, 
herencia fatal del antiguo genio ibero-celta, y como 
patrimonio inamisible de los españoles. Castellanos y 
catalanes contentáronse con poner su brazo y su es- 

' pada á sueldo de ^Ucitadores sarracenos\ y con de- 
bilitar si se quiere al enemigo en vez de aniquilarle. 
Triunfaban las huestes cristianas en Gebal Quintos y 
en Acbatalbakar; ¿para qué? para recibir á precio de 
su auxilio algunas plazas fronterizas, y sentar en el 

Hrono de Córdoba á un enemigo de su fé. Verdad es 
que se ocuparon en este tiempo los soberanos de la 
España cristiana en una tarea honrosa, la de dar le- 
yes , libertades y preciosos derechos á sus pueblos. 
Nacieron entonces los fueros de Castilla, de León, de 
Navarra y de Barcelona, y no negaremos á los San- 
chos , á los Alfonsos y á los Borrelles y Berengueres 



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PARTB 11. LIBRO I. 285 

el merecimiento que por ello ganaroD. Lisonjero es 
poder decir que nacieron las libertades de los munici- 
pios en España antes que en otra nación alguna. Gloria 
es no pequeña de nuestro pueblo. Pero prefiriéramos 
haberla obtenido un poco mas tarde, porque hubiera 
convenido mas que aquellos buenos príncipes hubieran 
diferido algo mas los fueros y consagrádose á anticipar 
algo mas la reconquista. 

La desunión y la rivalidad, plantas indestructibles 
en el suelo de España , y causas perpetuas de sus 
males , vinieron también á entorpecer y diferir la 
grande obra de la restauración. Alfonso Y de León y 
Sancho de Castilla , antes aliados y amigos, deudos 
antes y ahora, se llaman de público enemigos y du* 
ran sus desavenencias hasta la muerte de Sancho. Gar. 
cía su hijo que le sucede va á León á recibir por es- 
posa á la hermana de Bermudo III, y en vez de arras 
nupciales encuentra puñales de asesinos. El mismo 
Vela que le habia tenido en la pila cuando recibió el 
agua bautismal fué^el que le dio el bautismo de san- 
gre. La línea varonil de la noble estirpe de Fernán 
González quedó estinguida á manos de una familia 
castellana que ganó una funesta celebridad por sus 
deslealtades, y su extinción produjo, alteraciones y 
mudanzas sin cuento en todos los, estad os cristianos do 
España. . 

Sancho el Mayor de Navarra fue un gran rey, 
pero grandemente ambicioso. Pudo haberse presen- 



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286 historia' db bs^aKa. 

lado en Castilla como heredero, y se presentó cómo 
conquistador. No contento con haber dado la sobera- 
nía de Castilla con título de rey á su hijo Fernando, 
no satisfecho con haberle casado con la hermana de 
Bermudo de León, y con los derechos eventuales á 
esla corona, no tiene paciencia el viejo monarca na- 
varro para esperar á estas eventualidades, calcula 
sobre su vitalidad, y como si temiese que el joven 
monarca leonés pudiera tener mas hijos que dias 
pudiese él vivir, busca un 'protesto para romper la 
paz , fe invade sus estados y se titula rey de León. 
¡Cuan otra hubiera sido la suerte de los reinos cris- 
tianos si Sancho el Grande de Navarra hubiera em- 
pleado su brazo y sus armas contra los sarracenos en 
vez de emplearlas contra los príncipes sus propios 
deudos y correligionarios! Un acto do justicia , de 
justicia terrible, hizo Sancho en Castilla, quemando 
vivos á los Velas, los asesinos del conde García, cuya 
muerte le valió tan grande herencia. A veces un mis- 
mo hombre es al propio tiempo perpetrador de in- 
justicias y castigador de crímenes, al modo de aque- 
llas plantas cuyo jugo es á las veces mortífero veneno, 
á las veces medicina salvadora. 

Muere el gran monarca' navarro, á quien es lás- 
tima que tengamos que llamar usurpador, y Ber- 
mudo IIL de León recobra fácilmente su corte y parte 
de sus estados: ¿para qué? para malograrse joven en 
la batalla de Tamaron, no al golpe de las cimitarras 



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PARTB IK LIBRO I. 287 

agareoas, sino atravesado por la lanza del esposo de 
su hermana; y Fernando debe á la muerte dada al 
hermano de su esposa el ceñirse las dos coronas de 
León y de Castilla. ¡Triste y lamentable felicídadl 
Este primer paso hacia la unidad nacional es producto 
de una guerra fratricida; y la ilustre estirpe de los 
reyes de Asturias y de León» de los sucesores de los 
Ordeños y Ramiros, de Alfonso el Grande, del Gasto, 
del Católico, de Pelayo, de Wamba y de Recaredo, 
esta esclarecida dinastía godo-hispana que no han 
podido acabar en mas de tres siglos de lucha todas las 
fuerzas, todo el poder de losagarenos, se extingue con 
Bermudo en su línea varonil, como la de los condesde 
Castilla, en lid sangrienta con príncipes cristianos, con 
príncipes españoles, con deudos, con hermanos suyos. 
{Deplorable fatalidad de España! 

¡Y si al fin hubieran terminado con esto las funes* 
tas discordias! Pero el espíritu de ambición , de en* 
vidia y de rivalidad estaba como encarnado en las 
familias de uqestroá príncipes, y la famosa distribu- 
ción de reinos de Sancho el Mayor de Navarra, bien 
que la supongamos hecha con la mejor fé, no hizo 
sino desarrollar aquel germen de división y de muer- 
te. No bien habia descendido á la huesa aquel padre 
de reyes, cuando ya dos de sus hijos, Ramiro y Gar- 
cía, de Aragón y de Navarra» habían blandido sus 
lanzas para combatirse y despojarse mutuamente. Ra* 
miro habia llevado en su ayuda gente infiel y estran- 



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288 HISTORIA DB BSPASa. 

gera contra un hermano, español y cristiano cobo él- 
Aquel mismo García que en la batalla de Tamaron 
había lidiado en favor de su herma no Fernando de 
Castilla contra el cuñado dp éste Bermudo de León, 
conspira mas adelante contra Fernando, le arma ase- 
chanzas, le tiende lazos, en que al fin vino á caer el 
mismo que los tendía: incidit in faveam qtiam fecit. 
Por último le mueve una guerra imprudente y obsti- 
nada, lleva consigo auxiliares sarracenos para pelear 
contra su hermano, como antes los llevó contra él su 
hermano Ramiro, y se da el combate en que recibe 
García el castigo de su temeraria provocación. Fernan- 
do de Castilla que había visto en Tamaron caer á sus 
pies al hermano de su esposa, ve en Ata puerca su- 
cumbir el hijo de su mismo padre. ¡Tristes victorias 
las de Fernandol La una cubre de luto á León» la otra 
á Navarra: en cada una perece un hermano. ¿Necesi- 
taremos ya investigar las causas por que no progresa- 
ba como debía la reconquista? 

Y sin embargo no es Fernando el culpable; am- 
bas veces ha sido provocado: Fernando es un prín- 
cipe generoso: tiene á sus pies la corona de Navarra 
y no la recoge; le dice á su sobrino Sancho: «cíñetela 
tú , que harto severa lección has recibido con la 
muerte de tu temerario padre.» Fernando sabe á 
quiénes ha de mirar como verdaderos enemigos de 
su patria, y tan pronto como las turbulencias intesti- 
nas se lo permiten sale á combatir los musulmanes 



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»ABtB II. LlBtO té ^8d 

Toma á Cea, Viseo, Lamego y Coimbra, y después de 
conducirse como guerrero intrépido comienza á obrar 
como gran político. Pruébalo un hecho importaotísí* 
mo, en que no han parado la consideración nuestros 
historiadores. Dueño Fernando, por la capitulación de 
Coimbra de^ todo el territorio comprendido entre el 
Mondego y el Duero, deja á los moros que habitaban 
aquel distrito vivir en él tranquilos, regidos por sus 
propias leyes^ aunque sujetos al monarca cristiano y 
pagándole un tributo. Llamáronse mucíe/are^, como 
se llamaban mozárabes los cristianos que vivían con 
iguales condiciones en territorios dominados por los 
árabes. Gran novedad en la historia de ambos pue- 
blos, y principio de tolerancia por primera vez prac- 
ticado después de tres siglos de lucha. 

Igual conducta observa después con los reye^ de 
Toledo y de Sevilla. Cuando lleva el teatro de la guer- 
ra al primero de estos reinos, destruye, desmantela, 
demuele, tala, incendia y cautiva. Es el capitán brio- 
so que subyuga á fuerza de armas el pais enemigo, 
es el guerrero que vence y aterra. Mas coando los 
moradores de Alcalá invocan en su apurada situación 
el socorro de Al Mamun, cuando el rey mahometano 
se presenta en el campo del victorioso monarca de 
Castilla y le ofrece tributo y le presenta cuantiosos 
dones á trueque de que no hostilice mas sus pueblos^ 
entonces Fernando obra ya como gran político', y com- 
prendiendo cuan útil podrá serle la alianza del mu«- 
ToBio IV. 19 



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f^ fllfTOElA D» MfAÜA. 

snliiiM y cootenlo coa verle hamillado, ostenta una 
geaerosidad que deja obligado y reconocido al de 
Toledo. Cuando invade los estados del de Sevilla, las 
huestes castellanas llevan en pos de sí la devastación, 
el incendio , el esterminío. Entonces Fernando es el 
conquistador terrible. Mas cuando el rey Ebn Abed 
sale á encontrarle ofreciéndole dádivas y presentes, 
y se resigna á darle parias y accede á entregarle los 
cuerpos de dos santas mártires que los cristianos le 
reclaman, entonces Fernando vuelve á ser el vence- 
dor generoso y el monarca político: y sepáranse am- 
bos reyes satisfechos, el de Sevilla con haber conju- 
rado á costa de una humillación la tormenta que ame- 
nazaba á su trono y sus dominios , el de Castilla con 
la superioridad moral que parecía entrar en su sistema 
con preferencia á las adquisiciones materiales , y que 
le valió el titulo de par de emperador que le dan al- 
gunas crónicas cristianas. 

Por resultado de aquel concierto vio por segunda 
vez la España mahometana , humillada y silenciosa, 
la conducción pacífica de las reliquias de un santo des- 
de Sevilla á León, como en tiempo del tercer Alfonso 
había visto conducir las del mártir Pelayo desde Cór« 
doba á Oviedo. Aquello pudo atribuirse á la condes- 
cendencia de un califa, cumplidor exacto de una con- 
dición de paz , pero gefe de un grande imperio que 
no podin temer la guerra si se hubiera turbado la 
procesión religiosa: esto era ya una concesión que la 



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pAxn n. uBkú u S94 

necesidad arrancaba á on príncipe mahometano para 
salvar su imperio: porque ¡ay de él, si las cenizas del 
santo obispo Isidoro no hubieran llegado indemnes á 
la capital del reino cristiano! La traslación de aquellas ^ 
reliquias dio ocasión á Fernando para acreditar á sus 
subditos que el vencedor de Bermudo de León y de 
García de Navarra, que el conquistador dé* Viseo y de 
Coimbra, que el humillador de los reyes de Toledo y 
de Sevilla, que el reformador del clero en Coyanza, 
era el principé religioso que reedi6caba templos, que 
los dotaba con esplendidez y los enriquecía pon loa 
cuerpos de ¿autos ilustres traídos de las mas populo* 
sas ciudades musulmanas. Hace mas: Fernando da un 
banquete al clero, y el príncipe coronado de victorias, 
el rey de Castilla, de León y "de Galicia, depone es- 
pontáneamente su grandeza, y sirve á la mesa á loa 
convidados, apareciendo mas grande cuanto mas sé 
humilla, y avasallando mas los corazones cuanto mas 
parece querer nivelarse con el postrero de sus va- 
sallos. 

Se ve pues bajo Fernando I. el Magno al reino 
unido de Castilla y de León alcanzar una inoportancia, 
una solidez y una superioridad cual no habia tenido 
nunca todavía. Y eso que la muerte robó ¿ España y 
á la cristiandad tan insigne príncipe cuando amena- 
zaba hacer tremolar el estandarte de la cruz sobre 
los adarves de Valencia. Piadoso y devoto en todo el 
discurso de su gloriosa vida, modelo de unción, de 



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, 292 H18T0HIA DB BSPaI^A. 

virtud y de huaiildad religiosa en el acto de dejar el 
cetro para despedirse de este'mundo, do sabemos có- 
mo la iglesia no decoró al primer Fernando de Casti- 
lla y de León con el título con que honra á sus mas 
esclarecidos hijos» y qee muy merecidamente aplicó 
ínas adelante al tercer monarca de su nombre. 

Que fué funesta la distribución de reinos que hizo 
Fernando á ejemplo de la partición de su padre, lo 
dijimos ya. ¿Pero le haremos por ello un cargo tan 
severo como el que algunos modernos críticos preten- 
den hacerle? Acaso no fué solo un esceso de amor pa- 
ternal el que le movió á obrar de aquel modo: tal 
vez conociendo Fernando la tendencia de cada conde 
y de cada magnate á la independencia, creyó que la 
mejor manera de reprimir aquel' espíritu de insubor- 
dinación y de precaver una desmembración semejan- 
te á la del imperio árabe, era dejar á cada uno de sus 
hijos una monarquía mas limitada y que pudiera mas 
fácilmente vigilar. ¿Quién sabe si se propuso, desig- 
nando á cada hermano una porción casi igual de ter- 
ritorio, contentar á todos, y prevenir aquellas rivali- 
dades y envidias que estallaron después? No lo estra- 
ñaríamós, aunque los sucesos acreditaron lo errado 
del cálculo. Lo que no comprendemos es cómo i 
Fernando se le ocultó el genio ambicioso y díscolo de 
su hijo Sancho, y cómo no conoció la falta de capa- 
cidad y de virtud para gobernar de su hijo García. 
¿Pero se hubieran acallado las ambiciones y evilacjo 



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PARTE II. LIBEO 1. ^ 293 

las discordias sí hubiera caído toda la herencia en uno 
solo? Confesemos que en aquellos tiempos era una 
desgracia para el país el que un monarca muriese 
dejando muchos hijos. Recordemos las conspiraciones 
de fumilia que morlíGcaron á los reyes de Asturias, las 
conjuraciones de hermailDs que perturbaron el sosie- 
go de los monarcas de León: volvamos la vista á 
Navarra y Cataluña, y veremos los mismos odios de 
hermanos y las mismas catástrofes. Sí las guerras que 
sobrevinieron se hubieran circunscrito á los tres hijos 
de Fernando, podríamos creer que el germen de las 
disidencias habia estado todo en las partijas que 
aquel hizo de su reino. Mas cuando vemos á Sancho de 
Castilla, no bien cubierta la hoya en que reposaban 
las cenizas de su padre, en guerra ^ya con sus pri* 
mos; los Sanchos de Navarra y Aragón; cuando le 
vemos, después de dejarse arrastrar de la codicia 
hasta llevar fas lanzas castellanas contra dos débiles 
mujeres, ir á inquietar en sus limitadas posesiones de 
Toro y de Zamora á sus dos hermanas Elvira y Urra- 
ca, ¿cómo no hemos de atribuir estos males, masque 
á culpa del padre, al natural turbulento, codicioso, 
avieso y desnaturalizado del hijo? 

Este despojador de reinos, azote de su familia, 
que había desenvainado su espada contra dos primos 
y cuatro hermanos, cuando ya no le faltaba sino una 
hermana & quien despojar, se estrelló ante la cons- 
tancia de una muger fuerte, y en el cerco de Zamora 



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294 mSTOftlA DB BSPAftA. 

halló el condigno castigo de sa desmesurada codicia* 
El venablo de un traidor puso fin á sus días al pie de 
los muros de la única ciudad que le restaba para re- 
dondear el despojo de toda su familia» sin que leva* 
liera estar mandando un poderoso ejército ni tener á 
su lado al tipo del valor y de la intrepidez, Rodrigo 
el Campeador. No pretenderemos indagar por qué la 
Providencia se vale á veces de los criminales como 
instrumento para castigar á los que se desvian de la 
senda de la humanidad y de la justicia, pero es lo 
cierto que suele emplearlos para sus altos fines. ¿Tuvo 
Urraca alguna participación en el tcágíco término de 
su hermano? Asi lo espresaba uno de los epitafios que 
se dedicaron á la memoria de Sancho el Bravo (*> 
Nosotros no hallamos bastante justificadf tan grave in 
culpación, pero tampoco nos atreveríamos á salir ga- 
rantes de su inocencia, ni estraña riamos no hallarla 
pura, atendido su justó resentimiento y lo mal para- 
dos que en aquel siglo andaban los afectos de la 
sangre. 

La muerte de Sancho el Bravo valió á su hermano 
Alfonso tres coronas por una que aquel le babia ar- 
rancado. Las vicisitudes dramáticas de Alfonso VI. soá 
como el trasunto de la fisonomía de su época. Rey de 
León, inquietado por un hermano codicioso, vencedor 

(i) EnuDodelosáDgalosJesa ürraem apvd Numanliam cioi- 

sepulcro en Ofia se leia el epitafio taíem per manwn BellUi Ádolphif 

•igoiente: R$x i$te oedsut fidi^ magniirad^torii. 
proOUon eontiUo tan>ri9 iuct 



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MftTB II. UlM 1. 898 

y vencido en lus márgenes del Carríon y del Pisoerga, 
despojado del trono» acogido ¿ un templo» preso en 
un castillo de Burgos, monje de Sahaguo» fygado del 
claustro , prófugo en Toledo » agasajado por an rey 
musulmán » brindado en su destierro por leoneses»' 
gallegos y castellanos con las coronas de los tres rei- 
nos » aliado y auxiliar de un rey mahometano (el de 
Toledo) para destronar á otro rey mahometano (el de 
Sevilla), en amistad después y en alianza con el de 
Sevilla para destronar al de Toledo: favorecido y ob- 
sequiado del padre (Al Mamun), y derrocando del tro<^ 
no al hijo (Yahia), dueño y señor de la antigua corte 
de los godos donde antes habia recibido hospitalidad 
de un árabe, Alfonso YL representa y compendia ea 
este primer período de su dramática historia ta vida, 
las costumbres , el manejo ,^ las condiciones de exis- 
tencia de hombres y pueblos en aquella época turbu- 
lenta y crítica. 

;Qué contraste tan desconsolador forma la noble 
y generosa conducta de Al Mamun el de Toledo con 
la de Sancho de Castilla para con Alfonsol El uno ar- 
ranca el cetro á su hermano, el otro, siendo un in- 
fiel, acoge y trata al príncipe destronado como á un 
hijo; el hermano encierra al hermano en un castílle» 
el mahometano le da palacios y jardines para so re* 
creo: cuando por la muerte de Sancho quedó vacante 
el triple trono de Castilla, León y Galicia, AlMamua 
tenia en su poder el única príncipe llamado á ocupar - 



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296 HiáTOHiA DB esfaSa. 

le, y síd embargo en vez de retenerle, en vez de 
aprovechar para si aquella horfandad de los reinos 
cristianos para acometer cualquiera do ellos, ayuda á 
Alfonso con todo género de medios para que vaya á 
ceñir sus sienes con las coronas que le esperan; en 
cambio de tanta protección solo le pide su amistad. 
Este proceder de Al Mamun, que nos recuerda el de 
Abderrahnian el Grande con Sancho el Gordo, reve- 
la los instintos generosos de aquella noble raza árabe» 
que se iba á extinguir en España, al propio tiempo 
que la tolerancia que habia ya entre árabes y espa- 
ñoles, que aparte de la religión llegaban á rivalizar 
en hidalguía. Alfonso VI. como monarca español y 
cristiano hizo un bien inmenso á España y á la cris- 
tiandad con la conquista de Toledo: como amigo ju- 
rado de Al Mamun parece que deberían haber alcan- 
zado al hijo las consideraciones de que era deudor al 
padre: aquel hijo no obstante no habia sido compren- 
dido en el asiento de alianza , los toledanos mismos 
reclamaron ser libertados de su opresión por el mo- 
narca de Castilla, y A'íí^dso pudo, sin romper jura- 
mento hacer aquel servicio inmensurable al cristia- 
nismo y á la libertad^española, y redimir al propio 
tiempo á los musulmanes que le invocaban. 

El célebre juramento tomado á Alfonso en el tem- 
plo de Santa Gadea de Burgos patentiza toda la arro- 
gancia de la nobleza castellana. Sin embargo solo se 
encontró un caballero que se atreviera á tomársele, 



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PARTE II. LIBHO I. 297 

Rodrigo Diazi'seha ensalzado á coro este hecho del 
Cid como un rasgo de heroico valor cívico; lo fué; y 
con ello dio el Campeador un testimonio de la gran- 
deza de su alma; pero también fué un rasgo de au- 
dacia insigne el humillar á un monarca haciéndole 
que jurase por tres veces no haber tenido participa- 
ción en la muerte de su hermano: audacia que el 
Cid, menos acaso que otro caballero alguno, hubiera 
debido permitirse: porque Alfonso pudo haberle de- 
mandado á su vez: «¿Y juráis vos, Rodrigo, no haber 
tenido parte en la alevosía de Carrion, en aquella 
funesta noche en que mi hermano Sancho» por con^ 
sejo vuestro, después de vencido pagó mí generosidad 
degollando á mis soldados desapercibidos , haciéndo- 
me prisionero y apoderándosQ de mi trono? ¿Juráis 
vos estar inocente de aquella negra ingratitud que 
costó tan noble sangre leonesa, y que me hizo .cam- 
biar mi trono por una prisión, mi corte por un claus- 
tro, y mi libertad por el destierro de que vengo aho- 
ra?» No sabemos qué hubiera podido contestar el Cid» 
si de esta manera se hubiera visto apostrofado por el 
mismo á quien tan arrogantemente juramentaba. No 
lo hizo Alfonsp , contentándose con guardar secreto 
enojo á Rodrigo Diaz , enojo que hallamos fundado, 
si bien sentamos que le llevara/como en otra parte he- 
mos dicho (*\ mas allá de lo que reclamaba el inte- 

(4) Discono prelimíDar. 



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298 HISTORIA DS ESPAÑA. 

res de la cansa cristiana, y de lo que á él mismo le 
convenia para no ser lachado de rencoroso. 

Mientras tan íastimosas y mortales excisiones agi* 
' taban los tronos y los pueblos de Castilla y de León, 
¿reinaba más armonía entre los príncipes soberano» 
de Aragón, de Navarra y de Cataluña? Mencionado 
hemos ya las guerras entre los hermanos Ramiro de 
Aragón y García de Navarra: entre este y su herma- 
no Fernando de Castilla, y entre los tres Sanchos de 
Castilla, Navarra y Aragón. ¿A qué se debió la unión 
de estas dos últimas coronasen lassíenes del aragonés? 
á un fratricidiof á la muerte alevosa del navarro por 
su hermano Ramón de Peñalen, como la unión de las 
corDnas de León y Castilla en Fernando se había de« 
bido á la muerte de Bermudo peleando con el esposo 
de su hermana enlamaron. ¡Triste fatalidad de nues- 
tra España! Aquel suceso, sin embargo, nos suminis* 
tra una observación importantísima. El trono de 
Navarra pasa de repente de hereditario á electivo. Al 
menos los navarros prescinden del derecho de los hi- 
jos del último monarca: huye el uno por temor, y 
desechan al otro por tirano y fratricida, y entregan 
de libre y espontánea voluntad el reino á un prínci- 
pe, que aunque de la dinastía de sus reyes, era con« 
siderado ya como extraño, qué tal debia ser para ellos 
Sancho Ramirez de Arágoa. Este ejercicio de la sot^e* 
ranía en los casos estraordinarios ie hallamos lo mis- 
mo en ios pueblos cristianos que en los nyusulmanest 



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PAÁTB IK UBEO I. S99 

En el condado de Barcelona el gran príncipe Ra- 
món Berenguer el Viejo, el autor de los famosos Usa- 
ges, trabajando siempre por someter á los díscolos 
condes, víctima de discor<jlias domésticas » herido de 
^ excomunión por arte y manejo de una abuela intri^ 
gante y codiciosa, sufre la amargura de ver á un hijo 
ambicioso y desnaturalizado teñir sus manos en la 
sangre de la esposa de su padre, y ^baja al sepulcro 
prematuramente agoviado de pena y de dolor. Tam- 
bién el príncipe catalán, como los de Casulla, Ara- 
gón y Navarra, hizo alianzas con los árabes; y los 
campos de Murcia se vieron inundados de hi^estes ca- 
talanas y andaluzas, cristianas y muslímicas, mezcla- 
das y confundidas en defeiísa de una misma causa y 
en contra de otros cristianos y de otros in6eles, como 
en otros. tiempos se habian réubido en los campos de 
Acbatalbakar y del Guadíaro. 

Una fatalidad tan lamentable como indefinible pa- 
recia presidir á los testamentos de los principes cris- 
tianos españoles. Apenas se concentraba en una mano 
una vasta extensión de territorio á fuerza de apagar 
interiores disturbios y de vencer enemigos exteriores, 
volvian las disposiciones testamentarias de los prínci- 
pes á legar á sus hijos y á sus reinos una herencia de 
discordias y una semilla de ambiciones, de envidias, 
de turbulencias y de crímenes. Ramón Berenguer el 
Viejo de Barcelona, siguiendo el camino opuesto al 
de Sancho el Mayor de Navarra y de Femando el 



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300 HISTORIA OB BSPAÍA. 

MagDO de Castilla, dejó en el testamento el gérmeo 
de r^ultados igualmente desastrosos. Desconociendo 
como aquellos la índole de sus hijos y las ventajas de 
la unidad en el gobierno de un estado, y como si la 
soberanía consintiese partifCÍpaQÍones y su sola volün* 
tad bastase á enmendar la naturaleza humana y á des- 
pojarla de las pasiones de la ambición y de la envidia, 
quiso ceñir con una sola corona las sienes áe sus dos 
hijos, lo que equivalía á Icfgarles una manzana de 
discordia y un incentivo perenne de desavenencias. 
Desarrolláronse pronto por parte del mas desconten- 
tadizo y díscolo, del mas cpdicioso y avaro, y el ge- 
nio maléfico de la envidia arrastró á Berenguer Ra- 
món IL al estremo ^e teñir su mano en la inocente 
sangre del a preciable Ramón Berenguer Cap deEstopes^ 
y de darle una muerte alevosa. Otro fratricidio. 

Cpncluiremos este cuadro con una observación^ 
bien triste, pero exacta por desgracia. Los príncipes 
que han regido los diferentes estacaos de la España 
cristiana por el período que examinamos, todos á su 
vez han peleado entre sí, y casi todos cuando han 
blandido sus lanzas contra los soberanos de sus mis- 
mas creencias y de sus misma sangre han llevado con- 
sigo auxiliares musulmanes, ó comprados á sueldo, ó 
ligados con ellos en amistosas alianzas. De ellos los 
siete han muerto, ó en guerra con sus parientes, ó 
asesinados por sus propios hermanos. García de Cas* 
tilla bajo las alevosas espadas de los Velas: Bermu* 



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I^AttTK 11 ; LIBRO I. - 304 

do 10. de León y García Sánchez de Navarra comba- 
tiendo contra su hermano Femando de Castilla: San- 
cho de Castilla sitiando en Zamora á sa hermana 
Urraca: García de Galicia en unn prisión en que le 
encerraron sucesivamente sus dos hermanos Sancho 
y Alfonso: Sancho Garcés de Navarra traidoramente 
asesinado por su hermano Ramón en Peñalen: Ramón 
Berenguer II. de Barcelona bajo el puñal fratricida de 
Berenguer Ramón. 

A vista de tan aflictivo cuadro de miseria y de 
crímenes, que hacian interminable la obra gloriosa 
de la restauración española, nuestro corazón se lle- 
naría de horror y desesperaría del triunfo de la buena 
causa, si no se elevara á otra mas alta esfera, allá 
donde hay un ser superior que lleva magestuosa- 
mente las naciones y los pueblos á su destino al tra- 
vés de todas las miserias de la humanidad. A pesar 
de tantas rivalidades y malquerencias de familia, á 
pesar de tantas discordias interiores y tantas alianzas 
con los mahometanos, conservábase siempre vivo 
el sentimiento de la independencia y el principio re- 
ligioso como el instinto de la propia conservación. Y 
á la manera que en otro tiempo aunque se aliaran los 
españoles alternativamente con cartagineses y roma- 
nos se mantenía un fondo de espíritu nacional y on 
deseo innato de arrojar á romanos y cartagineses del 
suelo español, del mismo modo ahora subsistía, á 
vueltas de las flaquezas y aberraciones que hemos la-> 



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^ 302 nisToiíA DI «spaHa. 

mentado» el espíritu religioso y nacional, que puesto 
en acción por algunos grandes príncipes como Sancho 
el Mayor de Navarra, Fernando el Magno de Castilla, 
Sancho Ramírez de Aragón, Ramón Berenguer el 
Viejo de Barcelona, hacía que fuese marchando siem- 
pre la obra de la reconquista. Debióse á esta causa 
el que aquellas contrariedades no impidieran el acre* 
cimiento y ensanche que recibieron las fronteras cri»- 
. tianas en «León y Castilla, en Navarra, Aragón y Cata- 
luña, desde )a recuperación de León hasla la con- 
quista de Toledo, el acaecimiento mas importante y 
glorioso de la España cristiana desde el levantamiento 
y triunfo de Pela yo. 

¿Cómo no aprovecharon los árabes aquellas dis- 
cordias de los cristianos para consumar su conquista? 
Porque ellos estaban á su vez ip£|s divididos que los 
españoles. Por fortuna suya los cristianos se consu- 
mían en excisiones domésticas cuando mas útil les hu- 
biera sido la unión. Por fortuna de los españoles los 
sarracenos en las ocasiones mas críticas se enflaque^ 
cían y destrozaban entre sí y dejaban á los cristianos 
en paz. Iguales miserias en ambos pueblos. De aquí 
haber durado la lucha cerca de ochocientos años. 

El imperio árabe en su decadencia corrió la suerte 
de los imperios destinados á fenecer, no por conquistas 
sino por una de esas enfermedades interiores lentas 
y penosas, que del mismo modo que á los individuos 
van consumiendo los cuerpos social^ y corroyéndolos 



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PARTB IK Llimo K . 303 

hasta producir una completa disolución. Era ya an 
fenómeno que con una cabeza tan flaca como la de 
Hixem II. se hubiera robustecido en vez de enflaque- 
cerse el cuerpo del imperio; pero este fenómeno era 
debido á las altas y privilegiadas prendas de Alman* 
zor, y los fenómenos no se repiten cada dia. Muerto 
el hombre prodigioso, la marcha del estado siguió su 
natural orden y curso. Faltaba la cabeza y todos que- 
rían serlo. Despertáronse las ambiciones que la supe- 
rioridad de un solo hombre habia tenido reprimidas, 
y comenzó aquella cadena de convulsiones violentas, 
de sacudimientos, de crímenes, de confuMon y de 
anarquía , que acompañan siempre al desmorona- 
miento de un estado. Todos los imperios que pereceo 
por disolución se asemejan en el período que precede 
á su muerte. Conjuraciones, turbulencias, guerras de 
razas, relajación de los vínculos de la sangre, extin- 
ción de los afectos de familia, regicidios, hermanos 
que asesinan á hermanos , hijos que siegan la gar- 
ganta de su padre, temiendo no sucederle si se pro- 
longa unos dias mas su existencia , caudillos feroces 
que capitaneando turbas tan feroces como ellos con- 
quistan un trono por el puñal y la espada para des- 
cender de él por la espada y el puñal, soldados que 
quitan y ponen emperadores, pueblos que pasean hoy 
con regocijo la cabeza ensangrentada del que proclama- 
ron ayer con entusiasmo, soberanos de un dia, casi á 
la vez sacrificadores y sacrificados, grandes crímenes 



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30i IllSTOtllA DtE RS^aSa. 

y grandes criminales , horribles y trágicos dramas^ 
entre los cuales se deja ver de período en período 
alguna virtud heroica y sublime , como el Fulgor de 
una estrella en noche tempestuosa y oscura. Ha- 
biendo visto los escesos que acompañaron la agonía 
del imperio romano', no nos sorprenden los q\ie 
señalaron la caida del imperio ommiada: co6 la dife- 
rj^ncia que la ruina de este fué mas rápida, porque 
debido su engrandecimiento á las prendas personales 
de sus califas , faltando estos tenia que desplomarse 
casi de repente el edificio. 

Ademas del elemento de disolución que en su 
seno encerraba el imperio con tantas razas y tribus 
rivales y enemigas que ansiaban y espiaban la ocasión 
de destruirse, Almaúzoren medio de su gran talento 
. cometió errores que ayudaron no poco á la explosión 
de estos odios y rivalidades, ya con la protección que 
dispensó á las huestes africanas que llegaron á cons- 
tituir la mayoría del ejército musulmán, ya con la 
influencia que dio á la raza slava, á aquellos estran- 
geros quede la clase de esclavos do otros- esclavos 
subieron á la de príncipes y emperadores. Abrió tam- 
bién Almanzor ancha brecha á la unidad del imperio 
con los gobiernos perpetuos que por premio de mo- 
mentáneos servicios confirió á los alcaides y walíes. 
Este paso cuyas consecuencias no se conocieron du- 
rante su vigorosa administración, fué un ejemplo funes- 
to para el porvenir , para cuando el imperio cayese 



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»A&TS IK LIBRO I. 30S 

en manos mas débiles que las suyas. Los califas que 
siguieron á Hixem, así como lo? aspirantes al cali-^ 
fato, todos á imitación de Almdnzor para ganar elapo- 
yo de los walíes apelaban al recurso dehalagarlosi in- 
vistiéndolos con aquella especie de soberanía feudal) 
y ellos, harto propensos ya á la independencia, ó se 
emancipaban abiertamente del gobierno central, ó les 
negaban los subsidios de sus provincias y se hacian 
sordos á sus excitaciones y llamamientos; la impu- 
nidad en que los débiles califas dejaban á los walfear 
desobedientes alentaba á otros á seguir s6 ejemplo, y 
Córdoba, la metrópoli del imperio muslímico de Occi«^ 
denle, que se dilataba por casi toda España y por in- 
mensos territorios africanos, llegó á encontrarse com* 
pletamente aislada, constituido cada walí en soberano 
independiente del distrito de su mando. De aqui la 
multitud de régulos y pequeños monarcas que se al- 
zaron sobre las ruinas del califato, y de que hemos 
dado cuenta en nuestra historia, y cuyas guerras en- 
tre sí y con los cristianos hemos raferido« 

Expuestas las causas principales de los aconte^ 
cimientos, veamos la fisonomía política y social que 
presentaban los diferentes estados de la España crís^ 
tiana en este período. 



Tono iv« 80 



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CAPITULO XXVI. 

«OBIEBUO, LBTBSy GOSTUMBBBS DE LA ESPAÑA GBISTIANA 
BN ESTE PEBIODO. 

I. Los reyes.— Atribuciones de la Corona.— Cómo se desprendían de 
algnnos derechos.— Conservahanel alto j sopremo dominío.-^Fim- 
cionarios del rey.— 'Sistema de sucesión. —Impoestos.— II. Mudanza 
en la legislación. — Jurisprudencia foral.— Examen del fuero f con- 
cilio de León.— Lo§ siervos: cómo se fué modificando y suavizando 
la servidumbre.— Behetrías: qué eran: susdiferenles especies.— ^i^ 
licia.— Jueces.— Diversas claseü de señoríos. — Si hubo feudalismo 
en Castilla. — ^Fuerosde Scpúlveda, Nájera, Jaca, Logroño y Tole« 
do. — ^Sistemn feudal en Cataluña.- Los Usages.— 111. Gran mudanza 
en el rito eclesiástico.— Historia de ta abolición del misal gótico^ 
mozárabe é introducción de la liturgia roma na .•^Empeño délos pa- 
pas 7 del rey.— Resistencia del clero y del pueblo.— Pretensiones 
del papa (íregorio VIL— Carácter de este poutifice.— Monjes de Clu- 
ni.— Comienza á sentirse |a influencia y predominio de Roma en Es- 
paña. — IV. Estado intelectual de la sooiedad oristiana. — ^Ignorancia 
y desmoralización general del clero en toda Europa en esta época. 
—El clero español era el menos ignorante y el menos corrompido. — 
V* Costumbres pdblicas.— Espíritu caballeresco.--El duelo como 
lance de honor y como prueb» vulgar.— 4)tras pruebas vulgares.*-* 
Respeto al juramento. — Formalidades de los matrimonios.— Fies- 
tas populares. 

I. Al paso que en lo material avanzaba la recon- 
quista por los esfuerzos parciales de los príncipes y 
de los pueblos» progresaba también, aunque lenta y 
gradualmente, la organización política, religiosa y ci- 



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PAITE II. LIBEO 1. 307 

vil de cada sociedad ó de cada estado, no de un mo- 
do oniforme, sino coB arreglo á las circansiancias de 
localidad, á las tendencias y costumbres y ai origen 
y procedencia de cada reino, que es lo que constitu- 
yó la diferencia de fisonomía que distinguió los diver- 
sos estados en que entonces se dividió la España, di- 
ferencia qoe subsistió por muchos siglos, y que á pe- 
sar del trascurso de los tiempos no ha acabado de 
borrarse todavía. Dio no obstante la organización so- 
cial de la España cristiana pasos avanzados en el pe- 
ríodo que nos ocupa. 

Continuaban los reyes ejerciendo la autoridad su- 
prema en la plenitud de su poder, aun sin aquel con- 
sejo áulico de que se rodeaban los monarcas godos; si 
bien la necesidad por una parte, el espíritu religioso 
por otra, los hacian desprenderse diariamente de una 
parle de aquel poder y de aquella autoridad con las 
donaciones de territorios, rentas, derechos y jurisdic- 
ciones que hacian á iglesias ó monasterios, á obispos ó 
particulares, bien como actos de piedad y devoción, 
bien como remuneración y recompensa de servicios 
prestados al monarca, con lo que iba débil itándqse el 
poder de estos y robusteciéndose el del clero y la no- 
' bleza. Seguian no obstante los reye^ considerándose y 
. 4>brando como dueños y supremos señores de los ter- 
ritorios que se ganaban á los infieles, proveían á las 
iglesias, nombraban y trasladaban obispos, mandaban 
los ejércitos y administraban la justicia. Représenla- 



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3^8 HiSTeaiA db ebtaSju, 

ban SQ autoridad eaias provincias ó (jlislritos los coa» 
des, y ejercían en los pueblos ¿ su nombre las fun* 
cienes judiciales los merinos (majoríni), que tenian 
bajo su dependencia los ejecutores ó ministros inferio- 
res nombrados sayones ^\K 

La costumbre y el^ consentimiento hablan ido ha- 
ciendo mirar como hereditaria la corola; sin embar* 
go, ni babia todavía una ley de sucesión al trono, n¡ 
menos estaba establecido el principio de la primoge- 
nitura. Sancho el Mayor de Navarra y Feírnando el 
Magno de Castilla dispusieron de sus reinos como de 
un patrimonio de familia, y en la adjuáicacion de las 
partijas á sus hijos atendieron mas al cariño que al 
orden del nacimiento. Los prelados y magnates se 
amoldaban en esto á la voluntad de los monarcas, y 
la falta de una ley fija de sucesión produjo las dis- 
cordias en las familias reinantes, y las turbaciones en 
los reinos, que tanto hemos lamentado. Pero ningan 
príncipe se sentaba en el trono sin la aprobación y el 

(4) Concilio de León de 1090. libro I.)* la memoria mas antigua 

-—El señor Morón, en sa Historia qae se halla de este oficio es en el 

de la cÍTÍlizaciop de España (to- reinado de Bermudo I^. Los había 

mo III, p. 296), sienta oon grande mayores j Bubaltemoa, El Merino 



3|oivocacion 9ue el nombre de 
¿riño apareció por primera vez 
en el año 4090 en una escritura 



se empeló á llamar alguacil ma- 
yor antes de Enrique U. (SanU- 



yana, Magistrados y Tribunales de 
de donación hecha por Alfonso VI. España, lib. IIL cap. 2.)- D^ Meri- 
é la iglesia de Patencia- Error no- no se denominaron las merinda-^ 
table en un historiador, que no des, que se distinguiaií en anti- 
pedia ignorar cuántas Teces se goas y modernas. El conde Fernán 
nombraban dichos foncionarioB en González dividió las siete merin- 
el mencionado concilio ó sean Cor- dades de Burgos, ValdÍTieso, To- 
tes, como autoridad existente y Talina, Manianedo, Valdeporro, 
ya conocida. Según Salazar de Losa y Montija. (Berganza, lib. IH, 
Ifondoia (Dignidades de Gaitilla, cap. 44.) 



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PABTB II. uno I. 309 

reeoDOchnÍ6D(o de los obigjpos y proceres, y cuando 
la aplicación del principio Jiereditario era peligrosa, 
apelaban los pueblos á la elección, como aconteció en 
Navarra después de la muerte de Sancho el de Pena- 
len. Alfonso YL de Castilla subió la segunda vez al 
trono por la voluntad de los castellanos. Las hembras 
en Castilla y León no estaban excluidas de la suce- 
ñon al trono como eñ Cataluña; y habia caído en 
desuso la ley de los godos que condenaba á reclnsion 
á las, viudas de los reyes; por el contrario, solían ser 
tuloras^e sus hijos y regentes del reino como la ma- 
dre de Ramiro III. 

No hubo en los primeros siglos un sistema gene* 
ral de impuestos. Las rentas reales se componían de 
los dominios particulares del rey, del quinto de los 
despojos ganados en la guerra, uso que los cristianos 
tomaron de los árabes, de las prestaciones señoriales, 
que consistían en servicios personales de trabajo, en 
frutos, que alguna vez eran el diezmcr, y en las mul- 
tas y penas pecuniarias, que eran el arbitrio de mas 
consideración^ atendido el sistema de redimir las pe* 
ñas y sentencias judiciales por dinero^ á lo cual S9 
agregó después del siglo X. los tributos conocidos 
con los nombres de moneda forera, de rauso, yantar, 
fonsadera, martíniega, etc., que en otro lugar hemos 
mencionado y esplicado ^^>. 

n. La legislación sufre en este tiempo tina mo* 

(4) Cap. fio do 68te libro. 



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. 31 o HiflTOEIÁ BS BSPAÑA. 

difiícacion esencial. El célebre código de leyes faere-* 
^ dado de los visigodos, el Faero JuzgOt único cuerpo 
legal que h^bía regida» aanqae imperfectamente, en 
la Espina de la restauración, no podía ya ser apli- 
cado en (odas sus partes á un pueblo cuyas condicio- 
nes de oKistencia habian variado tanto. Las circuns^ 
tanciaseran otras, otras las costumbres, distinta la 
posición social, y era menester atemperar á ellas las 
leyes, era necesario no abolir las antiguas, sino su- 
plir á las que no podían tener conveiviente apticacíon 
con otras mas aoálogas y conformes á lo que exigian 
las nuevas necesidades de los pueblos y de los indi-* 
* viduos. Nacieron, pues, los Fueros de León y de Cas- 
tilla, de Navarra, Aragón y Cataluña, y gloria eterna 
será de los Alfonsos, de los Sanchos, de los Fernan- 
dos y de los Berengueres de España, haber prece*» 
dido en mas de un siglo á todos los príncipes de Eu-* 
ropa en dotar á sus pueblos de derechos, franquicias 
y libertades comunales, tanto mas meritorio en élíos 
cuanto que las continuas y desastrosas luchas domés- 
ticas y exteriores en que andaban envueltos no les 
impidieron ñjar su atención en la organización interior 
de sus estados. 

El concilio de León de 1020, asamblea político^ 
religiosa, testimonio insigne de) encadenamiento y 
enlace de las épocas y de las sociedades, porque re- 
vela la herencia que la España de la restauración ha- 
bla recibido de la España gótica, causó una verda- 



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PABTB lU UBRO U S1 1 

dera revolución social en el pais» introdujo un .nuevo 
orden de irosas en lo civil y en lo político, y mejoró 
notablemente ia condición de los hombres de aquella 
sociedad. Un ligero exornen de sus leyes (que nu^- 
tra cualidad de historiador general no nos permite 
hacerle mas detenido) nos^ dará una idea clara del 
estado de aquella sociedad y del mejoramiento que 
recjbió ^^K 

«Nadie, dice el canon 1.^, compre heredad del* 
siervo de la iglesia, ó del rey, ó de cualquiera hom- 
bre, y el que la comprare, pierda la heredad y el 
precio.» Este^decreto expresa las tres clases de sier- 
vos que habia. Los del rey eran lo^ mas coosid^ados 
y lenian otros siervos bajo su dependencia. Los si^r*^ 
vos de la iglesia eran los destinad os al servicio de los 
templos y al culto de las heredades del clero: los 
de particulares eran todos los demás que estaban ba- 
jo el dominio de los nobles ó de los simplemente in-- 
génuos, y se destinaban á los oñcios mecánicos y ser* 
viles y á las labores del campo. La servidumbre se 
habia trasmitido de generación en generación, y los 
descendientes de siervos eran los que constituian las 

(4) Nos fijamos en el concilio y docomento solemne escrito, eo 
jaero de León, no porque fuese el que se contienen ordenanzas y le- 
mas antiguo fuero que se conoce, yes civilos y criminales encamina- 
como dice Marina (Ensayo bistóri- das á establecer sólidameote las 
co Grit. lib. IV. u. 6), puesto qué municipalidades ; comunes de ua 
hubo antes que él otros fueros de reino, y afianzar en ellas un go- 
localidad, como los de Caatrojeriz biorno acomodado ¿ las circuní^ 
y Melgar de Laso, los de Paleozoe- tancias de los pueblos. 
Id, Sepúl^eda, etc^, sino por ser el 



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312 HlflTORU DB ESPAKa» 

familias de creacim. Pocoá poco había ido modifi- ' 
candóse esta servidumbre^ y los siervos fueron con* 
virtiéndose lenta y sucesivamente en solariegos, y 
estos en vasallos. Contribuyeron al mejoramiento pro- 
agresivo de la condición de esta clase, por una parte 
Jas ideas civilizadoras del cristianismo, por. otra el 
interés personal de los señores, que convencidos de 
que el cultivo d^ sus tierras prosperaba mas con el 
^trabajo de personas libres que con el de esclavos^ los 
elevaban á la clase de solariegos, y por otra la nece-f 
sidad de repoblar las villas y ciudades fronterizas de 
los moros para que sirviesen de valladar contra las 
invasiones enemigas. Los siervos que acudían á po^ 
blarlas obtenían su libertad, y adquirían tierras que 
labrar y derechos vecinales.>.Los particulares, teme- 
rosos de que sus siervos se acogieran á las nuevas 
poblaciones y los abandonaran, se apresuraban á dul- 
ciBcar su condición, dándoles solares para sí y para 
sus hijos, imponiéndoles solo un tributo mas ó menos 
grande. Esto había sido un verdadero progreso so« 
cial. Nada prueba mejor nuestro principio del. mejo- 
ramiento progresivo de la humanidad, que ver cómo 
ha ido pasando la cíase de esclavos á la de siervos, 
la de estos á ia de solariegos, después á la de vasa<- 
líos, en cuya marcha se podía haber augurado en 
aquella misma edad que todos los hombres habían de 
ser libres con el tiempo (*). 

(i) Sobre t\ origen, clases y difereiicias de solariegos y vusar^ 



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PARTE lU UBRO I« 31 S 

En el cáDon 9.^ de dicho concilio se habla ya de 
behetrías, cuya palabra nos conduce & dístingair las 
cnatro especies de señoríos que en este tiempo habia 
eh León y Castilla» á saber: el Realengo; en que los 
vasallos no reconocían otro señor qoe el rey: el Aba ^ 
dengo, qoe era una porción del señorío y jurisdicción 
real, de que los reyes se desprendían A favor de al- 
gunas iglesias, monasterios ó prelados: el Solariego, 
que tenian los señores sobre los colonos que habita- 
ban en sus solares y labraban sus tierras , pagando 
una renta ó censo, que. se llamaba infurcion : y el de 
Behetría, el mas favorable de lodos á los vasallas, 
por la gran preeminencia de mudar de señor á su vo- 
luntad y dejarle cuando querían (*>• 

Fué una institución hija de la necesidad y de las 
circunstancias en que se hallaban los pueblos ó indi-- 
viduos en los primeros siglos de la reconquista. Los 
débiles y pobres necesitaban del apoyo de losí pode- 
rosos y ricos, y buscaban su protección y se sometían 
á una especie de vasallage mediante algunas pequeñas 
prestaciones en señal de reconocimiento, obligándose 
por su parte los señores á protegerlos y ampararlos, 

^^, puede Terse á Ambrosio de derivada del griego» como dice 

Morales, á Berganxa en sos anti^ Ifariana (lib. XVI. cap. 17), sino 

gUedades, Asso y Manael en las de 6«fi0/'a€(oria,qae se corrompió 

notas al Fuero Viejo de Castilla, doipueseo ^íen^etria, y mas ade- 

Pidal eo las adiciones al mismo, laote en behetria^ que significaba 

Mo&oz en las Notas á los Fueros que los pueblos escogian sefiores 

latinos de León» etc. para bienhechores 6 omefactore$ 

(4) La palabra behetría no es sayos. 



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314 HiSTOUA BB bípaJIa. 

pero quedando aquellos en libertad de dejarlos y de 
mudar de señor tan pronto como cesasen de. ser prote- 
gidos en sus bienes , personas ó familias. Todos han 
seguido la definición que de las behetrías y sos dife- 
rencias hape el canciller Pedro López de Ayala en su 
Chrónica del Rey Don Pedro cuando dice: «Debedea 
csaber que Villas é Lugares ay en Castilla, que son 
«llamados behetrías de mar á mar^ que quiere decir 
«que los moradores, é vecinos en los tales lugares 
«pueden tomar señor á quien sírvanle acojan en ello$, 
«quienes ellos querrán» y de cualquier libage que sea, 
«é por esto son llamados bdietrfas de mar á mar^ 
«que quiere decir, como que toman señor, si quieren 
«de Sevilla, si quieren de Vizcaya, ó de otra parte, 
<E los lugares de las behetrías son unos qye toman 
«señor cierto,, de cierto linage^ y de parientes suyos 
«entre sí, é otras behetrías ay que non han naturaleza 
«con linages, que serán naturales de ellos, é estas ta- 
«les loman señor de linages, qualse pagan, é dicen 
«que todas estas behetrías pueden tomar y mudar 
«señor siete veces al día , y esto se entiende cuantas 
uveces les placerá^ y entendieren que los agravia el 
«que los tiene... ^^K» 

Necesitábase para la constitución de las behetrías 
el beneplácito del rey en virtud del superior dominio 

. (4) Equivocóle gravemente el zaron á llamarse behetrías por la 

P. Sota.((;broD. de los Prlacipes de libertad que t^niaa los señores de 

Asturias, lib. Ul.) al decir que los elegir un juez que eoteodiese ea 

solares de los iafauzones comea* los pleitos de sus vasallos. 



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PABTB U. LIBBO I. 316 

que tema sobre todos loa pueblos de la corona, y su 
organización y oondicíoneB variabao notablemente ea 
cada pueblo según los pactos que se estipulaban entre 
los señores y los vasallos, fuesen pueblos ó personas. 
De aqui I09 tributos y prestaciones llamadas devisa, 
naturaleza^ servicio personal, etc. y los diferentes 
medios por que se adquiría el derecho de behetría. 
Subsistieron estas hasta los tiempos de don Juan II., 
que con sabia política trastornó su constitución pri- 
mitiva ^*K 

Prescribíase en el cándn ó decreto 1 «^del concilio 
y fuero que examinamos la obligación de ir al fosado 
(á la guerra) con el rey, con los condes y los merinos, 
según costumbre. Supone este capítulo una fuerza 
pública, una milicia armada que tenia que acudir al 
llamamiento del rey, ya fuesen moradores de los 
pueblos de realengo, ya de los de señorío, que á costa 
de esta obligación solían concederse y adquirirse los 
derechos señoriales. Pero aquella milicia no era una 
milicia regimentada y á sueldo. Cuando el rey pro-* 
yectaba una conquista ó una irrupción, convocaba los 
nobles, los obispos, y el pueblo, y cada señor y á ve- 
ces cada obispo que ejercía derechos dominicales, 



<1) Los que deieeo ma^noU- morías del ficoal don AdIodío Ro* 

cías aobre esta materia, paedeo bles Vives, el tratado que dejó es- 

CttDf uUar taa leyei doi tiU YIU. 1 i* crito don Rafael de Floranes sobro 

bro I. del Fuero Viejo de Castilla, esta materia, y otros muchos do- 

coD las Notas de los doctores Arso cumeatos que seria largo eniune- 

yMaunel, las deltít. III. lib. VI. rar. 



de la Nueva Recopilación, las Me- 



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316 iiisTOEu DB bspaJIa. 

acudían con su respectiva gente y susbanderasi igual- 
menie que los vasallos de los pueblos de realengo. ^ 
Ninguno habia disfrutado de sueldo de campaña hasta 
el fuero que hemos mencionado del conde don San- 
cho de Casulla: hasta ese tiempo los gefes de las 
tropas asi congregadas subsistían de lo que llevaba 
cada cual, y mas principalmente de lo que tomaban 
al enemigo; Terminada la campaña, volvíanse los sol- 
dados á sus hogares, y las plazas recuperadas ó con» 
quistadas pertenecían al rey, que solía darlas á los 
condes ó señores en premio de sus servicios, con el 
cargo de fortificarlas y defenderlas, y concediendo 
privilegios á los soldados, vasallos ó siervos que qui- 
sieren establecerse en ellas y repoblarlas, origen de 
los señoríos y de las cartas de población. 

Establécense en dicho concilio jueces nombrados 
por el rey par^ que juzguen «las causas de todo el 
pueblo ¡2f^ y 86 concede á los copcejos ó ayuntad- 
mientes atribuciones administrativas, y algunas ve- 
ces también judiciales ^^K Se decreta la abolición del 
odioso y terribie fuero de sayonía ^^'; preciosa garan- 
tía otorgada á los individuos y á los pueblos contra 
las arbitrariedades de los delegados del poder, y 
progreso relativamente grande en la civilización, 
pero se confirmaban las absurdas pruebas vulgares 
por juramento, por agua caliente^ por pesquisa y por 

(I) Can. 48. 

(8) Can. 35, 45 y 47. 

(3) Can. 44. 



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FARTBn. Lmou 317 

daelo 6 combate personal '^^ triste testimonio de la 
ignorancia y grosería y del atraso intelectual en qne 
estaba todavía nuestra España, y del cfirácter supers-^ 
ticioso de nna época, en qoe aun se creia que velan- 
do Dios sobre la inocencia y el crimen no podía per- 
mitir la impunidad del reo ni la condenación del ino- 
cente, y suponíase que Dios habla de hacer en cada 
caso un mílagrq suspendiendo el efecto de las causas 
naturales. Sin embargo esta manera tan ineficaz y 
tan absurda de justificar é investigar la verdad en los 
juicios, heredada de los pueblos del Norte, era co- 
munmente usada en toda Europa. 

A pesar de las diferentes especies de señoríos que 
hemos apuntado como existentes en Castilla en la 
época que examinamos, y que parecía tener cierto 
tinte de ^udalídad, estuvo lejos de aclimatarse en 
estaparte de España el sistema feudal qne regía en 
otros estados de Europa. Ni la nobleza leonesa y cas- 
tellana alcanzó aqui la independencia y el poder que 
obtuvo en Alemania, Francia é Inglaterra, ni se co- 
noció aqui la rigorosa organización gerárquica del 
feudalismo, ni los condes y señores de Castilla tu- 
vieron el derecho de batir moneda, ni el tribunal de 
los pares, ni las ayudas pecuniarias, ni otros que cods- 
- titulan el sistema de iofendacion. A« pesar de los de- 
rechos dominicales y jurisdiccionales que los reyes de 
León y Castilla otorgaban á los proceres y nobles y á 

(4) Can. 40. 



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31 8 HunroBiA de mspaía. 

los obispos y abades, á pesar de que unos y otros 
tenian sos vasallos especiales, naoca los monarcas se 
despreadieroD de la suprema aotorídad sobretodos 
sus subditos, de cualquier gerarqoía que fuesen, con- 
vocaban y presidian las cortes ó concilios, administrá- 
base en su nombre la justicia, conservaron el dere- 
cho inalterable dé apoderarse en caso necesario de 
los castillos y fortalezas de los señores, y todos tenian 
obligación de asistirles á la guerra. Las circunstancias 
especiales de estepais le colocaron en un. caso excep* 
cional al en que se encontraban en lo geoeral/los 
demás estados y naciones de Europa ^^K La guerra 
continua con los árabes obligaba á los cristianos es- 
pañoles á reunirse á una sola cabeza, ^á agruparse en 
derredor de un poder central, para dar mas unidad 
á las operaciones militares, y los señores tampoco po-^ 
dian vivir mucho tiempo encastillados como ios ba- 
rones feudales, ni el desarrollo del régimen muni* 



. (1) El ilustrado Rob^rtson en 
9U4;8C«leDte y erudita Introducción 
á la Historia del reinado de Car- 
los V., ó no tuvo presentero pade- 
ció el descuido de no distinguir 
esta situación escepcional de la 
roonarauia castellana en lo relati- 
vo al leuda iismo: omisión indis- 
culpable en quien tenia aue tratar 
del estado político y civil ae Espafia 
anterior al gran reinado cuya his- 
toria se proponía escribir. — ^Mon- 
Bieur Gnizot,. en su Historia de la 
civilización europea, describe los 
caracteres del feudalismo y enu- 
mera las atribuciones de los po- 
seedores de feudos, y ninguna de 



ellas es aplicable d los SQuores de 
León y Castilla.— Véase también á 
Mondejar, en las M emprias histó- 
ricas del rey don Alfonso el Sabio. 
Marina, Ensayo hist. crit, núm. 63* 
«cEl único señorío feudal, dice Ta- 
pia (Historia de la civilización es- 
pañola, tom. I. pág. 66;, conocido 
en loa reinos de Castilla y Leoo, 
según el testimonio de los histo- 
riadores espadóles, fué el de Por- 
tugal, que con título de condado 
dio el re V don Alfonso VI. á don 
Enrigue de Besanzon, casado con 
su hija natural dona . Teresa, para 
si y sus sucesores.» 



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^ÁHTB U. LIBRO I. 319 

cipal les pertAitia arrc^arse la iodepend^ücia y la so- 
beranía qae en otros paises; y si los condes y nobles 
de Castilla se insubordinaban muchas reces contra 
sas monarcas, nt aqael desorden era habitual y per-^ 
manente, ni aqaella resistencia al poder monárquico 
era legal; era el resultado del estado todavía incierto 
de la sociedad, y de que faltaban aun al poder sn^ 
pnemo medios para asegurarse cqntra las agresiones 
de los genios turbulentos y contra la desobediencia 
índividuaU No hubo pues en España verdaderos feu^ 
dos sino en el condado de Barcelona, donde introdu- 
jeron los francos, fundadores de aquel estado, sus 
leyes, usos y costumbres; pues aunque en Aragón 
existió una especie de feudo con el nombre de honor, 
los magnates de aquel reino y del de Navarra nó 
eran tampoco aquellos señores feudales que hacían la 
guerra á los monarcas como iguales suyos, y que ejer« 
Cian en sus estados ana autoridad sin límites, como 
pequeños soberanos con sn ci5rte, sus tribunales, sus 
casas de moneda y su gobierno privativo. 

Ya dijimos que aunque el Fuero de León habia 
sido el mas solemne por la forma con que se otorgó y 
el primero que se escribió y cuyas leyes se dieron 
para que rigieran todo el reino, existian antes y des- 
de el siglo X, otros fieros en Castilla otorgados p6r 
sus condes soberanos, y principalmente por don San* 
cho, llamado el de los buenos fueros^ qne confirmó el 
primer rey de Castilla y de León Fernando el Magno 



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380 HUTOBU ra bsmSa. 

en el concilio de Coyanza de 4050. Goza entre ellos 
de justa nombradla el de Sepúlveda* de grande estima 
en la edad media por las franquicias y libertades que 
dispensaba á sus pobladores, y cuya legislación, aun- 
que diminuta, se estendió á otros muchos pueblos* 
Redújole por primera vez á escritura en 1076 el rey 

. don Alfonso VI., confirjnando los primitivos usos y 
costumbres autorizados por los antiguos condes. «Yo 
Alfonso, rey^ dijo, y mi esposa Inés confirmamos á 
Sepúlveda su fuero, que tuto en tiempo de mi abue- 
lo, y en tiempo de los condes Fernán González y Gar* 
cía Fernandez y del conde don Sancho, de sus térmi- 
, nos, ele. ^*>.» 

Un mismo espíritu animaba en este siglo á los so- 
beranos* de León y de Castilla, de Aragón y de Na- 
varra. El fueio concedido á Nájera por Sancho el Ma- 
yor, el otorgado á Jaca por. Sancho Ramírez, no fue- 
ron ni menos amplios ni menos célebres que el <le 
Sepúlveda; y Alfonso VI. de León y de Castilla con- 

afirmó los de sus antecesores, estendió la legislación 
feral á muchos pueblos, y los dio de nuevo á Toledo, 
Logroño, Miranda de Ebro, y otras poblaciones que 
fuera largo enumerar. Semejábanse todos, á pesar de 
su variedad aparente, en los puntos principales, re- 

(4) Marina, eD tu ED8ayohÍ8t6- derecho de Castílla. don BaEsel 

rico crit. números 4 07 á 4 42, recti- Floranes en la aaya a la copk del 

fíca varios errores en que acerca de Fuero de Sepúlveda y oiros, y da 

este célebre fuero incurrieron los noticia del que existe en el archi- 

doctores Asso y Manuel en su In-> to de aquella ^lla^ discorriendo 

trodttocion á las Instituciones del acerca de su autenticidad. 



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PAmXB II. LlBftO I. 321 

dacidos á mejorar la coodioíon civil de las personas y 
de los pueblos^ á dismioair los derechos dominicales, 
y á amplificar las franquicias y libertades del estado 
general. Era la nación qae se constituía en lo político 
y en lo civil por esfuerzos parciales^ del mismo modo 
que se constituía en lo material. Convendremos con el 
erudito Marina en que todos estos cuadernos de leyes 
no formaban un cuerpo de derecho general y com- 
pacto. Sin embargo* esta jurisprudencia foral conté* 
nia un sistema de leyes políticas, civiles y adminis- 
trativas, local por una parte, pues que muchas de 
estad cartas se daban á ciudades y villas particulares, 
y general por otra, atendida la poca variedad en las 
exenciones, y el espíritu igualmente popular y demo- 
crático que dominaba en todas, en cuyo sentido llega- 
ban á constituir los fueros un sistema general de le- 
gislación que venia á reducirse á tres principales pun- 
tos: régimen municipal, disminución de prestaciones 
señoriales, y concesión de franquicias y garantías al 
estado llano, para alentarle á poblar y defender del 
enemigo las ciudades fronterizas, ponerle á cubierto 
de las violencias de las magnates y establecer mas in- 
mediatas relaciones entre los pueblos y el rey ^^^ Lo 



(4) Daremos uoa muestra de dos y el duplo de las prendas: si ei 

las franauícias de los priucipales sefior ó gobernador de Sepúlveda 

fueros. I.^^Oel de Septiiveda. Nía- iojoriaba á algon vecino, debía 

gona persona podía .prendar á^ acusarle al concejo y obligarle á 

oirá por deuda, ni en Sepúlveda dar satisfacción al agraviado : el 

ni en sus aldeas, sin decreto judi- alcalde, merino y arcipreste de- 

cial, bajo la pena de sesenta suel- bian ser precisamente naturales 

Tono IV. SI 



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322 



HISTORIA M BSPAfÍA. 



que la autoridad real perdía por ooa parte reaun* 
ciando derechos y prerogativas y concediendo hnnn* 
nidadas y privilegios locales, ganábalo por otra eo 
prestigio con los pueblos, que recibian agradecidos 
aquellos beneficios, neutralizaban asi los monarcas el 
poderío peligroso de la nobleza , creando un nuevo 
poder en el estado, y estimulaban á la población y 
conservacioo de las fronteras con* el aliciente de las 
franquicias que concedían á sus moradores y defeft- 



fe 



dt a<|tte1l« YÍlla : el jaez debía ser 
eíegido anualmente de sus colla' 
cioñBB ó parroquias : eximióse á 
los vecinos del tributo de maSeria, 

Ír al fonsado del rey solo debían ir 
08 caballeros, como no fuera es- 
tando cercado ó para batalla cam- 
pal : cuando el rey iba ¿ la Tilia, 
no se habia de forzar á ningún 
vecino á dar alojamiento á su co- 
mitiva : todo el. que quisiera mu- 
dar de señor podía hacerlo , sin 
perder su casa ni heredad , como 
el señor nnaTO no fuera enemigo 
del rey, etc.— S.^ Del de Ndjera, 
El jpoeblo de Nájera no estaba 
obligado á ir al fonsado sino una 
vez al año y para batalla campal: 
ni el infioinzon ni el villano debían 
dar al rey el quinto de lo que ga- 
naran en la guerra, como era cos- 
tumbre generad en otras parles: 
se eximio ¿ los vecinos del yantar, 
ó sea obligación del suministro de 
víveres al rey como no fuera pa- 
gándolos por su justo precio : los 
delincuentes no podían ser presos 
dando fiadores: ios reos de cual- 
quier delito, menos de hurto, re- 
fugiados en Is casa de algún veci- 
no de Nájera, no podían ser ex- 
traídos por fuerza, bajo la pena de 
doscientos cincuenta sveldos sieor 



do de noble, y de ciento siendo de 
villano : quien pusiese una quere- 
lla ante los alcaides, y oo la con- 
cluyera dentro de un año y dia, 
K»rdia su derecho: los vecinos de 
ajera no debían dar escoaadera 
ni otro pecho mas que el de traba- 
jar el alfoz (término de la juríadic- 
cion) ó pago de su castillo: su con- 
cejo debía nombrar todos los años 
dos sayones: todos los vecinos po- 
dían comprar las tierras, viñas y 
heredades que quisiesen, sin las 
restricciones y maios fuerot qne 
había en otras partes, y construir 
todo ffénero de artefactos y ven- 
der libremente sus fincas, etc.— 
5.0 Del de Logroño, Se concedie- 
ron franquicias á todos bs qae 
gutsiesen establecerse en Logro- 
no, fuesen españoles, franceses ó 
de cualquier otra nación: se pr<H 
hibió á los gobernadores hacerles 
violencia ni injusticia: ni el meri- 
no ni el sayón podían entrar en 
las casas á 6acar prendas por fuer- 
za ni tomarles cosa atenna contra 
su voluntad : se los extinió de las 
pruebas de hierro y agua calien- 
te, de batalla y posqnrsa: el señor 
ó gobernador de la Tilla no habia 
de nombrar para merino, alcalde 
óaayoD sino á naturales de ella: se 



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rAftTI II. LIUKO I. 



323 



sores. De est? manera la concesioa de fueros era en 
los reyes símaltáneameate una conveniencia y una 
neceffldad, y redundaba en reciproca ventaja de los 
pueblos y de la corona. 

Grandemente progresó también la constitución de 
Cataluña en el siglo XI, con la promulgación de los 
Usages. Pero diferente este estado de los^demas de 
España asi por su procedencia como por su organiza- 
ción y sus costumbres, su división en condados de* 
mostraba ya el carácter feudal que habia recibido. 



concedió á los vecinos libertad de , 
eompra» y vender heredades, uso 
libre de agpas^ pastos, lefia, de 
ocupar y labrar las tierras baldias, 
etc.— 4.0 Del do Jaca, Se le quita- 
red los malos foer os que antes tenia, 
y se elevó la villa á la categoría de 
ciudad: todo vecino podia ediScar 
casas con la comodidad que mas 
gustase; comprar y vender libre- 
mente, probibióoaoles donar oí 
. vender los honores ¿ la iglesia ni 
á ios nobles: no se les obligaba á 
la fonsadera sino por tres días, y 
esto para batalla campal ó estando 
el rey cercado por los enemigos: 
ninguno podia ser preso dando 
fianzas: se tasaron laspensjs de los 
bomicidios y heridas como en otros 
fueros, etc. — ^Pueden verse mas 
pormenores sobre estos fueros en 
Sempere y Guarinos, Hist. del De- 
recho español, tom. 1. cap. 40, y 
en Marina. Ensavo Histórico Criti- 
co ya citado.— Merece por último 
emcial mención el Fuero de To^ 
ledo, por la especialisima situación 
en que se halló aquella ciudad 
cuando fué conquistada. Gompo- 
nian su vecindario cinco clases de 
moradores: i.o los mozárabes: 8.<> 
los castellanos, asi llamados por 



aoe constituían el mayor número 
cíe V)s que habían contribuido á ia 
conquista: 3.® los francos ó estran- 
tferos que airaidos de so riqueza 
fijaron en ella su domicilio: 4.** los 
árabes y moros, y 5.<» los ^udioo» á 
quienes se permitió vivir en su 
ley. A cada una de estas clases 
concedió Alfonso VI. prívilegina y 
fueros muy a preciables, v el go- 
bierno municipal de Toleoo sirvió 
después de modelo para otras ciu- 
dades y villas. Es potable la dis^ 
posición de que todos los pleitos se 
decidieran por un alcalde, asocia- 
do de diez personas de las mejo- 
res y mas nobles con arreglo á las 
leyes del Fuero Juzgo. A los la- 
bradores, pagando al rey un diez- 
mo de sus frutos, no se los habia 
de exifiir otra contribución, ni ser- 
vicio ce jornales forzados, fonsa- 
dera, etc., concediéndoles ademas 
que cualquiera de ellos que qui- 
siese cabalgar pudiera hacerlo y 
entrar en las costumbres de los 
caballeros. Sempere j (vuarinos, 
nbi aup. cap. 44. Marina, Ensayo 
y Teoría de las Cortes, Ortiz do 
Zúfiiga, Anales do Sevilla, y Mem. 
para la vida de San Fernando. 



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324 IllSTORU DB ISPAÜA. 

La nobleza calalaDa, organizada gerárquicamente 
como la francesa , y dividida en condes (ó potestades^ 
según los Usages), vizcondes, barones, varvesores, 
y simples caballeros, tenian una jurisdicción privile- 
giada para sus causas, administrando justicia por sí ó 
por sus bailes: existian para ellos los juicios de loa 
pares; los barones eran juzgados en su corte por los 
barones, los caballeros de un escudó por caballeros 
de un escudo, y asi los demás. Y aunque los dere- 
chos del príncipe fueron en Cataluña mayores que en 
otros paises feudales, los de cada señor sobre sus va- 
sallos, plebeyos ó payeses, eran absolutos, y algunos 
hasta inmorales y repugnantes, como el de servirse 
de los hijos é hijas de los payeses contra. su voluntad, 
y el de tomar para sí con las desposadas las primicias 
de los derechos, del matrimonio. El vasallo no podia 
repartir ^1 feudo entre sus hijos, sin permiso del se- 
ñor. El payés que recibiese daño en su cuerpo, honor 
ó haber, debia reclamar al señor y estar del todo á 
su justicia. Aquel mismo orden gerárquico constituía 
á unos mismos á la vez en vasallos de los que ocupa- 
ban una gerarquía mas alta y en señores de los que 
tenian debajo de sí. No podia, pues, existir en Cata- 
luña un poder público central como en Castilla, y si 
los condes de Barcelona conservaron su superioridad 
fué por lo Qxtenso de sus dominios, y porque solian 
concentrar en sí diferentes condados. Tuvo, pues, el 
condado de Barcelona todos los caracteres de la or- 



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PABTB 11. LIBBO I. 325 

ganizacion feudal que en su fundación y origen le 
había sido comunicada y trasmitida , si bien no ad- 
quirió desde el principio sino 'con el trascurso del 
tiempo su completo desarrollo. 

Tales fueron en resumen las alteraciones y nove- 
dades que sufrió cada uno de los estados cristianos de 
España en el periodo que abarca nuestro examen, 
relativamente á su organización política y civil, y á 
la respectiva posición social de los reyes para con el 
pueblo, de este para con los monarcas y los nobles, y 
de todos entre sí. 

III. Una novedad importantísima , un suceso de 
consecuencias inmensas para el porvenir de nuestra 
nación en el orden moral se realizó en el último ter- 
cie del siglo Xl^en España, innova óion cuyo influjo se 
esperímenta todavía después del trascurso de cerca de 
nueve siglos. Hablamos de la abolición del oficio gó- 
tico ó breviario mozárabe, y su reemplazo por la \i^ 
turgia romana á instancia y gestión de los romanos pon^ 
tífices, y de la intervención que desde esta época co- 
menzaron á ejercer los papas, no ya solo en los asun- 
tos pertenecienCes al gobierno de la iglesia española, 
sino también en lo tocante al poder temporal de sus 
príncipes y soberapos. Jamás monarca alguno español 
(y habia habido desde Recaredo hasta Fernando el Mag- 
no de Castilla multitud de piadosísimos y cristianísi- 
mos reyes) habia sometido y subordinado su autori- 
dad al poder pontificio: contaba ya el cristianismo cer- 



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326 HISTORU DE BSPAfÍA. 

ca de once siglos de existencia, y la iglesia española, 
sin dejar de reconocer la suprema y universal jnrisdic* 
cion espiHtnal de los sucesores de San Pedro sobre to- 
dos los fieles de la cristiandad, habíase gobernado 
á sí misma, bajo la protección de sus católicos monar- 
cas, con una independencia en que no la aventajó otra 
alguna de las ^naciones cristianas , como en ninguna 
bfílló tan gran número de sabios, virtuosos' y (dscla-« 
cidos obispos , y ninguna acaso suministró tan largo- 
y glorioso catálogo de insignes mártires y de varones 
santos. Una lucha heroica en que se hallaba empeña- 
da bacía ya cerca de cuatro siglos para sostener la 
pureza de su fé, y á la cual se debió sin duda que el 
pendón de Mahoma no llegara á tremolar en la cúpu- 
la del Vaticano, había acreditado á la faz del munda 
que España era la nación esencialmente católica y re- 
ligiosa. ¿Cómo, pues, se introdujo en su culto esa 
gran novedad que hemos anunciado contra la volun* 
tad del pueblo y de la iglesia española? Esplicarémos* 
lo con la severa imparcialidad de historiadores. 

Venia de muy atrás, y principalmente desde la 
coronación del emperador Carlo-Magno por el pap» ^ 
León lil., el pensamiento de ensanchar los límites dé- 
la autoridad pontificia, y algunos papas habían aspira* 
do ya á someter el poder temporal de los príncipes al^ 
dominio del gefe de la iglesia y á subordmar y sujetar 
las coronas á la tiara y los cetros de los imperios de 
la tierra á Igs llaves de los sucesores de Sen Pedro. 



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PAATB 11. LIBRO 1. 



327 



Las pretensiones de los papas Zacarias, Gregorio IL y 
Nicolás I. habián producido ya vehementes y acalora- 
das cuestiones» choques peligrosos y serios conflictos 
en los imperios. Mas en el estado de barbarie» deigno* 
rancia y de corropecion y desorganización social en 
que generalmente llegó á encontrarse la Europa en 
los, primeros siglos de la edad media, á vista de las 
calamidades y desgracias que afligian la humanidad» 
de las rudas y feroces pasiones que agitaban hombres 
y pueblos en aquellos infortunados siglos, volvíanse 
naturalmente los ojos como en busca de remedio hacia 
la única institución que por su antigüedad, por su es- 
pecial y sagrado origen» y por su universal influencia 
parecía reunir en sí las condiciones propias para mo- 
ralizar la sociedad y dar unidad al mundo» á saber, 
á la institución del pontificado. Cundió pues la idea 
de que el mundo no podía ser reformado sino por la 
iglesia que estaba á su cabeza. Has» desmoralizada 
también la iglesia ^^\ oponíanse los obispos y el clero 



(4) l!i.m¡8iB0 Gregorio Vil. de- 
oia: «Apenas deacobro algosos sa- 
oardoies qao hayan llegado por 
las vías eanÓDÍoas al episoopado, 
que TWaQCQouk comple é su clase, 
qae gobienen so rebafio con es- 
piriin de earídad, no oon el des- 
pótico offgvllo de loo poderosos do 
falierra. Eaire los priocipes se-* 
cubres noeacoeotro nÍDgttiioqoe 
prefiera la gloria de Dios á la su- 

Ía propia , la justicia al interés. 
*eores son que judíos y geotiles 
los romaoos, los lombardos, los 



Borman^desy eotre quienes viro 
(Bpi^. II. 49).»— Pero á su tos la 
corte romana era acusada de sór- 
dida codicia. El monje Raoul Gta- 
ber, qao atribuía al papa el dere- 
cho de dar el impeno de Italia á 
quien le parecieae, censuraba 
acremente la corrupción de la cor- 
te pontificia. (Coleocion de bisto* 
riadores originales de Guizot, to- 
mó Vi. pág. d96). Y coando el 
conde Foulques, célebre por sus 
maldades y robos , logró i fuerza 
de oro que el papa Juanen?ia- 



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328 



HISTOtlA PB BSPaKa. 



á las reformas; la medida de preseribiries la observan* 
cia del celibato bailó una resistencia desesperada, si 
bien el puebla cansado de presenciar la incontinencia, 
el lujo y la disipación de los sacerdotes, se puso en este 
punto del lado y á favor de los pontífices reformado- 
res ^^\ Comenzó por' otra parte la Incba entre los pa- 
pas y los gefes de los imperios, sosteniendo estos y 
disputándoles aquellos el poder temporal: deponían- 
se unos á otros, valíanse de todo género y linage de 
armas y de medios, guerreaban en persona, sufrían 
las alternativas y vicisitudes de la vida de las armas^ 
y los pueblos padecían turbaciones y conmociones 
violentas. Sinea¿)argo, en medio de la lucha mas vi- 
va y continuada con los monarcas y con los obispos, 
la iglesia romana fué ensanchando su autoridad en 
progresión ascendente preparándose el camino para la 



86 OD cardenal para la coDsa- 
graoioode su iglesia, á qae se 
oponía el virtaoso arzobispo de 
Toors» decía el citado monje: tLos 
prelados de las Calías reconocie- 
ron qae e&ta orden sacrilega no 
habia podido ser dictada sino por 
una ciega codicia, y que las rapi- 
ñas del ano recogidas por la ava- 
ricia del otro acababan de man- 
char la iglesia romana con este 
naovo escándalo, etc. (ib. p. 810. 
¿ 813).» Fueiies son las espresiones 
del monje, pero los escritores mas 
religiosos las citan como prueba 
de qae todo en aquel tiempo había 
llegado á contammarse. Én parte 
no estrenamos este lenguage cuan- 
do al hablar de Juan XIX. que 
ocupó la silla romana en 1084, di- 



cen los jaioiosos monjes de San 
Mauro, cque compró la tiara á 
precio de oro.» Puede verse á Ge-> 
sar Cantó, llíst. Uniy. Bpoc. X. 
cap. 47. Morón» Hist. de laGiviliz. 
de Esp. tom. IV. lecc, 32. 

(1) Un escritor de aquellos si- 
glos de tinieblas pinta con las 
siguientes ingeniosa& palabras la 
vida de los eclesiásticos de su 
tiempo: tPotiw d&düi quUb quam 
gloása: potius colligunt libras 
qu€tm legxmi libros: libmtiusit^ 
tuerUur Martham quam Marcum: 
malunt legere in Salmone quam 
in Salomone: Alan« de Art. praadi- 
cat. apud Le Bieor, Dissert. t. II. 
Ci t. por Robertson, Hist. de Cari . V. 
tom. 1. not. X. 



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PAITB II. LIBRO 1. 329 

domifiacioD universal á que aspiraba, y á la cual ía^ 
voreciael espíritu religioso de la época» y la circuns- 
tancia de que los pontífices á vueltas de su sistema 
de invasión temporal llevaban el noble y laudable 
objeto de conservar la pureza del dogma y de oponer 
á la anarquía en que se agitaba la sociedad la uni«- 
dad de un poder central venerable, sagrado y de 
prestigio como era la Santa Sede. 

En esta solemne lucha del gefe de la iglesia con 
los poderes temporales, en esta guerra de conquista 
de la tiara sobre las coronas, en que el influjo de 
aquella llegó á hacerse sentir en la mayor parte de 
los estados europeos, natural era que aspirara á es- 
tenderse también á nuestra España, que era la que se 
habia conservado mas independiente. ^1 campo que 
se escogió para infiltrar este influjo en España fué la 
pretensión de abolir el rito y misal gótico ó mozárabe 
tan justamente venerado de los españoles, como que 
era su culto nacional, inalterablemente conservado 
desde los primeros tiempos de la iglesia gótica y de 
reemplazarle con el oficio romano que se observabji 
en Italia, en Francia y en otras iglesias de Europa. 
Esta fué la misión especial que en nombre del papa - 
Alejandro II. trajo á Aragón en 1 064 el cardenal le- 
gado Hugo Cándido cerca del rey don Sancho Ramí- 
rez. Las negociaciones llevaron los trámites que en 
otro lugar dejamos referidos ^^K Ma^ á pesar de haber 

(1) En el cap. S4d« este libro. 



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izo HÍ8TMU DB BSVAlIjk. 

sido aprobado el rilo gótico español ea Roma en 
9S3 (^^ á pesar de haber sido de nuevo reconocido y 
aprobado como legitimo y católico en el concilio de 
Mantua de 1067 ^\ el papa redobló su empeño, y las 
nuevas gestiones del cardenal legado lograron al fin 
recabar del rey de Aragón en 4074 que decretase 
en su reiQo la abolición del rito mozárabe y su reem- 
plazo por el romano» y lo mismo obtuvieron en el 
propio año del conde Ramón Berenguer deBarcelona, 
aili coii mayor facilidad, por las razones que en nues- 
tra historia ya espusimos. 

Conservábase sin embargo el rito gótico*mozára- 
be en los reinos de León, Castilla y Navarra, no obs* 
tante algunas tentativas de Roma y de los monjes 
cluniacenses. Pero en 4073 subió al solio pontificio 
un hombre de alma apasionada, de temperamento 
fuerte, de genio activo, severo, inflexible y osado. 
El mas ardiente defensor del sistema de dominación 
omnímoda y universal, era también el mas á propósi* 
to para Realizarle sin cejar ante ninguna crasidera- 
cion, ante ninguna contrariedad ni obstáculo, y desde 
luego alzó su voz tremenda como para autorizar á 
los principes y soberanos de los pueblos. Pero al pro- 
pio tiempo austero y rígido en sus costumbres, era 
inexorable contra los vicios y desórdenes del clero, é 



(i) Florez» Esp. Sagr. iom. 11L Mantoa y asislieron á dipho con- 
numero 447. cilio algunos obispos españoles» 
(9) Con cuyo objeto pasaron á Id. ib. n. 434. 



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wAxn n. uno i. 33< 

iDfetígable en el alan de reformar y corregir sos cos- 
tumbres y mejorar la relajada disciplina de la iglesia. 
Este per^onage colosal» ¿ quien Bayle ha comparado 
con los Alcgandros y Césares, por el principio de que 
las conquistas de la iglesia no exigen ni menos talen- 
to ni menos corazón que las conquistas de los impe- 
rios, era el monje cluniacense Hildebrando, que su- 
bió al pontificado con el nombre de Gregorio VIL y 
que por su influjo puede decirse que haUa sido el 
verdadero pontífice bajo Alejandro IL En su gran 
proyecto de regenerar la sociedad con ayuda del 
cristianismo, y no creyendo poder realizar sus desig- 
nios sin que la cátedra de San Pedro se sobrepusiera 
en lo temporal como en lo espiritual á los tronos de 
los reyes, proclamó ya' atrevida y desembozadamente 
el principio de la soberanía universal del pontificado. 
Volúmenes enteros han escrito, asi los panegiristas 
como los detractores de este célebre papa, pai^ ca- 
lificar sus pensamientos; nosotros dejaremos al mismo 
Gregorio Vil. exponer sus propias ideas. 

«La iglesia debe ser Ubre ó llegar á serlo por me- 
«dio de su gefe, por el sol de la té, el papa. Este ' 
«ocupa el lugar de Dios, cuyo reino gobierna sobre 
cía tierra...» Convime, pues, que éste arranque á los 
«ministros del altar de los lazos con que el poder 
«temporal.los tiene encadenados.. .. Hállase el mundo 
«alumbrado por dos luminares, el sol, que es el ma- 
«yor, y la luna mas pequeña. La autoridad apostólica 



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332 HISTORIA BB BSPAKa. 

ese asemeja al spl» el poder real á la luna. Gomóla 
«luna DO alambra sino por influjo del sol, asi los 
«emperadores, I9S reyes, los príncipes no subsisten 

«sino por el papa, porque esteeniana de Dios 

cEmanando el papa de Dios todo le está subordinado: 
cante su tribunal deben Ser llevados todos los asuntos 
«espirituales y temporales. •• La iglesia romana como 
«madre manda á todas las iglesias y á todos los miem- 
«bros que les pertenecen, y tales son losemperado- 
«res, reyes, príncipes etc <*^» 

Todas sus cartas están llenas de estas máximas. 
Con arreglo á ellas quiso someter á su autoridad á 
todos los príncipes de la tierra, constituir á la Santa 
Sede arbitra de los destinos del universo, y conside- 
rar el mundo como una gran monarquía cuya cabeza 
era el romano pontífice. Asi apenas bubo príncipe á 
quien no disputara la soberanía ni reino que no pre- 
tendiera pertenecerle: él sostenía que la Sajonia ha- 
bía sido dada á San Pedro por Garlo-Magno: él invo- 
caba un diploma de este emperador, que decia poseer 
en sos archivos, para exigir tributos de la Francia: 
él amenazaba á los soberanos de Gerdeña con dar su 
isla á los conquistadores que se la pidiesen, si per- 
sistían en negarle el denario de San Pedro: él escri- 
bió á los dos reyes que se disputaban la Hungría inti- 
mándoles que se sometieran uno y otro al juicio y 
decisión de la Santa Sede: él alegaba derechos sobre 

(I) Epist. de San Greg. VII. 



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fÁMTIt II. LllttO I. 333 

la Dalmacia, y habiendo el heredero del trono de 
Rasia ido á Roma ¿ visitar los sepulcros de los santos 
apóstoles, le hizo recibir la óorona de sas manos co- 
mo un don de la iglesia romané; y sabidas son las 
guerras, los disturbios, las conmociones y los escán- 
dalos que produjeron sus contestaciones y disputas 
con Enrique IV. de Alemania, á quien excomulgó y 
depuso relajando á sus subditos el juramento de fide* 
lidad y aboliendo el derecho de investidura ^^K No 
menos aspiró al señorío en propiedad de toda Español, 
alegando que pertenecía á la silla apostólica antes de 
l)aber sido de los sarracenos, y diciendo que prefe- 
riría verla en poder de estos mejor que en el de cris- 
tianos que no rindieran el debido homenage á la San* 
ta Sede. 

En su carta á los principes de España les decía: 
«Creo no ignorareis que desde lo antiguo era el reino 
«de España propio del patrimonio d» San Pedro, y 
«aunque le tengan ocupado los paganos, como no 
«faltó el derecho, pertenece al mismo dueño* Por 
«tanto el conde Ebolo de Roceyo, cuya.foma no íg- 
«norareis, va ¿ conquistar esa tierra en nombre de 
«San Pedro, bajo las condiciones que hemos estipula- 

(1) Este derecho de investi- produjo entre los emperadores de 

dura consistía en que el empera- Alemania y los papas, duró hasta 

dor debía consentir en la elección el concordato de Calixto II. en 

de los preladoa^ quienes le juraban 1429, por el cual el emperador 

fidelidad y recibían de él por me- re8ia¡nó toda pretensión de in¥es* 

dio del báculo y el anillo los seno- tir a los obispos del báculo y el 

ríoe y derecho^ reales. El derecho anillo, y reconoció la libertad de 

de infcslidura, que tantas luchas las eleooieues. 



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334 HiSTomu de ssníía^ 

«do. Y si alguno de vosotros emprendiese lo mismo^ 
«observará el trato ígaal de pagar á San Pedro el 
«derecho de lo adquirido; y no de otra manera <*^» 

Jamás se hablan visto tan audaces pretensiones ni 
tanta actividad ni perseverancia, unidas á ún celo y 
á una severidad de costumbres* c[ue hacen perdonar 
á Gregorio YII., dice un escritor contemporáneo^ las 
innovaciones peligrosas que alentó con su ejemplo, y 
que se extendieron y perpetuaren después con poco 
provecho para la iglesia y con grave daño para los 
estados. 

Gomo la pretensión del señorío y dominio tempo* 
ral, lejos de hallar eco, fué rechazada en España, 
quiso que el reino le estuviese por lo menos moral- 
mente supeditado. El medio, escogido para Ue^rá 
este fin era la adopción del rito romano, y tan pron- 
to como Gregorio VIL ocupó la silla pontificia escribió 
al rey Sancho Kamirez de Aragón (4074) tributándole 
muchos elogios y llamándole rey piadosísimo y cris- 

(I) Sobre esta carta qae copia qué el miimo San Gregorio «ha- 

elnaeBlroPlorezeDeltoiii.XXV. «biendo llegado é reoonocer el 

de la España Sagrada, pág. 439, «mal informe en que le interesó la 

dice aquel erudito y religioso es- «fraudulencia, no toItíó á tocar 

critor:c(¿Dóode están las constitu- «semejante propuesta en las cjb- 

«ciones, por donde se dice haber «versascartas que escribió áEspa- 

«sido entregado el reino de Espa- «na después de 1077, siendo asi 

«na al derecho y propiedad de la «Que sobrevivió ocho años, cuya . 

«iglesia romana....^ ¿Qué empera-. «desistencia éebe atrüMirae al 

«oor cristiano, qué rey, berege «desengaño del mal íatforaM, etc.» 

«ó católico, hizo cesión de su do- Pág« 442«— ^ conde da£bolo Ro- 

«minio?» Estiéndese en fvobar cayo era bermaDO de (a reina da 

con aolidiaimas razones lo> infon- Aragón Felicia^ mnger de Sancho 

dado y absurdo del pretendí*- Raraírec. 
do derecho , y maoüesta luego 



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rABTB 11. LIBIO u 335 

tianisiaio porqoe habia abrogado en sus dominios el 
oficio mozárabe ^), y en el pro(>io ano escribió á Al- 
fonso VL de León y de Castilla para que practícase lo 
mismo en sos estados ^*\ sin omitir por eso otras 
gestiones ni dejar de »víar legacías, qae basta én- 
totees en Castilla solo habian producido disturbios. 
Pero Alfonso VI, , príncipe á qnien por otra parte tanto 
debió la España, tenia la cualidad de ser adicto á to- 
do lo qne fuese francés; y el que tan afecto ae mos- 
traba á los monjes de Clani» á cuya orden babia per- 
tenecido el papa Gregorio, el que casó consecutiva- 
mente con dos princesas de Francia, el que dio después 
sus dos hijas en matrimonio á dos^ condes franceses, 
el que nombró primer prelado de Toledo á un francés' 
y monje cluniacense y trajo de Francia monjes de 
Cluni para sentarlos en las primeras sillas episcopales 
de Castilla, no pedia dejar de estar dispuesto á admi- 
tir él rito romano, que se denominaba también rito 
galicano ó rito francés. En 4077 manifestó ya á las 
claras su Tolnntad de suprimir la liturgia mozárabe ó 
toledana, mas como hallase una lenaz y obstinada 
resistencia en el clero y en el pueblo á dejar su anti- 
guo rito nacional, remitióse la decisión á la prueba 
del duelo. Pelearon, pues, dos campeones, el uno. 
en defensa del oficio romano, el otro en favor del rito 
mozárabe. Tenció éste á su adversario; la historia nos 

(4) Epist. 63 del líb. 1. de San Gregorio. . 
(9) Epist. 64 de id. 



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336 H18T0EIA DB U^jJkk. 

ha conservado el uombre de este adalid de la causa 
del clero y del pueblo: era un castellaoo viejo llama- 
do Juan Ruiz de Matanzas ^^K 

No sirvió este solemne triunfo. Empeñado el rey^ 
siempre obsecuente á los deseos del papa, en que se 
adoptara el oficio romano, consiguió al fin en 1078, 
con ayuda del cardenal Ricardo que á petición 3uya 
le envió el pontífice, que se comenzara á introducir 
aquel rito en Castilla (^. Creyóse, no obstante, nece- 
sario (que tal era la repugnancia y mala voluntad 
con que era admitido el nuevo rezo) celebrar un con- 
cilio en Burgos, que presidió el mismo cardenal Ri- 
cardo, legado del papa, en que se decretó ya solem- 
nemente (108£) la abolición d6l rito mozárabe tan 
querido y venerado de los españoles ^K Todavía no 
bastó esto á vencer el disgusto con que era mirada en 
el reino esta innovación. Cuando se trató de estable- 
cerla en Toledo renováronse las disidencias entre el 
pueblo y el monarca. Este no desistia, y aquel se 
obstinaba en no querer desprenderse de un rito que 
habia tenido la gloria de conservar por siglos ente- 
ros en medio de la dominación musulmana. Temíanse 
grandes disturbios y se apeló á pedir al cielo nueva- 



(4) Chron. Barg. Era 4445.— (3) Florez, ubi sup. n. fSe.- 
Anal. Gompostel.— GhroD. ftaUea* Mariana pone muy eauiyocada- 
€608.— Floree, Eap. Sagr. t. III. mente este concilio en 1076, cuan- 
p. 473. do ni siquiera habia Tenido á Es- 

(5) Era^^ü entró la ley romor paña el legado pontificio que lo 
na en Esj¡aña. Memorias antiguas presidió* 

de Cárdena.— Flores, ibid. n. 175. 



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PABTB u. Lumo 1. 337 

sentencia. Convínose en que se echasen al foego los 
dos misales , y en que prevaleciera el que no se que- 
mara y saliera ileso de las llamas. También triunfó en 
esta prueba el breviario toledano , saliendo sin lesión 
de la hoguera ^^K En vano se regocijaron el pueblo y 
clero con el doble triunfo de su causa en las dos prue- 
bas del duelo y el fuego, decisivas en aquella edad. 
Contra la voluntad de los españoles y á riesgo de que 
se alterara la tranquilidad de sus reinos , mandó el 
rey que se desterrara de las iglesias de Castilla el ve- 
nerado oficio gótico y que se recibiera el romano. El 
papa habia triunfado; el predominio de Roma queda- 
ba establecido en España ; la cuestión de los dos ritos 
fué la que le abrió la* puerta. Desde Gregorio Vil. los 
legados del papa presidei^ nuestros concilios: el pri- 
mer arzobispo de Toledo después de la conquista se 
nombra á gusto de Roma , y el pontífice designa un 
estrangero , un francés , un monge de Cluni ^^: los 
legados que enviaba eran también cluníacenses y fran- 
ceses: el rey adicto al papa y á los monjes de Cluni, 
francesa la reina , franceses los condes y obispos á 
^ quienes los monarcas favorecieron mas, lodo cooperaba 
á arraigar en España la influencia pontificia, la influen. 
cia francesa y la influencia cluniacense , que venian á 
ser una misma, y todo cooperó al cambio radical que 

(4) Roder. Tolei.— Véase Fio- trangero y de humilde sangre, con 
rez, ubi sap. n. 204. tal que sea idóneo para el gobier- 

(5) «No te importe, decía el no de la iglesia.» Agoirre, üollect. 
papa al rey Alfonso, que sea es- Max. GoDoil. tom. til. p. 2)7. 

ToAio iT. 22 



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338 HISTORIA DE BSPAAa. 

safrió en este tiempo la iglesia espaoola» y con ella 
el estado social de la monarquía, cuyos resultados y 
consecuencias habremos de ver después ^^K 

IV. El estado intelectual de la sociedad cristiana 
en este siglo no podia ser todavía muy aventajado. 
Reducida la Bspaña desde el siglo VIH. hasta el XI. á 
la triste condición de un país conquistado» abrumada 
por enemigos poderosos , ahogados como en un dilu- 
, vio los restos de la cultura goda» teniendo que recon- 
quistarse palmo á palmo» en lucha incesante y per- 
petua con los dominadores , y casi siempre ademas 
trabajada con guerras civiles, precisados todos los 
españoles» inclusos clérigos» mongesy obispos» áen-, 
rístrar la lanza y embrazar el escudo para dar al pais 
la existencia material » sin la cual es imposible la vi- 
da civil» ¿qué literatura, qué artes» qué comercio» 
qué industria , qué escuelas , qué civilización podia 
tener la pobre España » ni qué cultura podía haber 
en una sociedad puramente guerrera? Gradas si del 
retirado fondo de algún claustro , ó como de. de- 
bajo de la bóveda de alguna catedral» salia un cro- 
nicón descarnado y seco» escrito en mal latin, ó al- 
guna leyenda piadosa» con que se entretenía y fo- 
mentaba el espirita religioso en aquellos malhadados 



(í) Es s'mgolar coincidencia licia, Ramón Bereogoer do Barco - 
9tto la liturgia romana so ¡ntroda"» lona con Almodia, y Alfonso do 
jera en Bspaña en tiempo de tres. Castilla con Inés primero y oon 
principes casados todos con fran- Constanza después » todas fran* 



cesas; Sancho de Aragón con Fe^ cesas. 



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PARTB II. LIBIO I. 339 

tiempos. Apenas siquiera en las cróoicas y documen-* 
tos de aquella época, calamitosa por una parte y glo* 
riosa por otra, se encuentra noticia de las escuelas, 
que no dudamos babia ya en algunas igle^as y mo- 
nasterios. Pero concentrado el escaso saber de aque- 
llos siglos en los obispos y sacerdotes, encontrándose 
apenas entre los legos quien supiese estender y menos 
redactar ana escritura , los clérigos tenian que hacer 
oficios de notarios, y, sin embargo, el clero hizo un 
señalado servicio á la Espafia y aun á Europa , con* 
servando en medio de su escasa instrucción los últi- 
mos restos del saber humano. 

En este estado vino el siglo XI., al cual por las 
razones ya indicadas y por otras que iremos expo- 
niendo , miramos como el siglo divisorio , como el 
eslabón que une la antigua rudeza con el renacimien- 
to de un estado social mas culto, ó por lo menos mas 
apartado de la ignorancia que babia señalado á los 
anteriores. Porque con las conquistas materiales, con 
la posesión ya mas pacífica y segara de grandes po«- 
blaciones y de territorios extensos y fértiles , con el 
mayor trato y comunicación con los árabes, y con la 
nueva organización de la sociedad que obraron la le- 
gislación foral y los concilios , aquella nación antes 
tan pobre y atrasada no podia menos de entrar con la 
reunión de todos estos elementos en una carrera de 
adelantos progresivos , aunque mas lentos de lo que 
fuera de apetecer. Asi es excusado buscar todavía en 



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340 HISTORIA DB BSPAKa. 

el siglo XL qí obras científicas 9 ni esmerados arte- 
factos, ni edificios suntuosos. En nuestra visita al ar- 
chivo general de la Corona de Aragón hemos encon- 
trado un documento que prueba bien el atraso litera* 
rio de aquel pais en el siglo que examinamos. Es una 
escritura, en que consta que Giliberto obispo de Bar- 
celona y los canónigos de Santa Cruz, por la gran 
falta y necesidad que tenian de libros, compraron en 
las calendas de diciembre del año 1 4 de Enrique ^^^ á 
Raimundo Seniofredo dos libros de gramática por 
precio de un casal sito en el Cali de Barcelona, y una 
pieza de tierra sita en Mogoria, y firmaron la escritu- 
ra de contrato cuatro obispos y varios eclesiásticos de 
dignidad, con el juez de Ausona ^^\ Todos estos re- 
quisitos y formalidades se emplearon para la adquisi-* 
cion de dos libros de gramática. 

¿Pero era solo en España^ donde se padecia esta 
escasez de elementos de instrucción? General era y 
acaso mayor en otros paises de Europa á pesar de ha- 
llarse en circunstancias menos desfavorables que el 
nuestro. Un ejemplar de las Homilías de Haimon obis- 
po de Halberstad , costó á la condesa de Anjou dos- 
cientos carneros, cinco cuarteras de trigo y otras tan- 



(4) Qae corresponde al 1044. lugar de la era qae regia en el re»- 

•»£n Cataluña siguieron por mu- to de España, 
cbísímo tiempo rigiéndose en su (2) Pergamino, n. 75 del 8.® 

sistema cronológico por los reina- conde de Barcelona don Ramón 

dos de los reyes de Francia,* en Berenguer I. 



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PAETB II. LIBRO I. 341 

tas de centeno y de mijo ^*K Cuando se regalaba algún 
libro á alguna iglesia ó monasterio , el donador le 
ofrecia en persona delante del altar por el remedio de 
su alma ^^^ Motivábalo en gran parte la falta de ma« 
teríales en que escribir. Escribíase solo en pergami- 
no, y era muy común tener que borrar un libro de 
Tito Livio ó de Tácito para reemplazarle con la vida 
de un santo ó con las oraciones de un misal. Reme- 
dióse mucho este mal en el siglo XI. con la invención 
del papel debida á los árabes, que favoreció extraor- 
dinariamente el estudio de las ciencias con la multi- 
plicación de los manuscritos. 

Asi no es maravilla que el clero" español fuese 
poco ilustrado: y á pesar de todo éralo mas que el 
de otras partes. Lamentábase Alfredo el Grande de 
que desde el río Humber hasta el Támesis no se en- 
contrase un sacerdote que entendiese la liturgia Qn su 
idioma natural, ó que fuese capaz de traducir el mas 
fácil trozo de latin. Entre las preguntas que los ca- 
ñones prescribían hacer á los que aspiraban á ser or- 
denados , era una si sabían leer el evangelio y las 
epístolas, y si á lo menos literalmente podían expo- 
ner su sentido; y muchos eclesiásticos constituidos en 
dignidad no pudieron firmar los cánones de los con- 
cilios á que asistían como miembros ^^K General era la 
ignorancia entre los legos de mas alta gerarquía : y 

(4) Uist. lit. de France, par (3) Nouveau Traite de Diplo- 
de» relie, benedict. tom. 7, p. 3. mal. yol 2. 
(9) Mural, vol. 3. p. 836. 



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342 HISTOIU DB ISPAKa. 

en esa Francia, después tan ilustrada , se cita, ya en 
el siglo XIYm el ejemplo del gran condestable Du- 
guesclin , uno de los mas ilustres personages de su 
época, que no sabia leer ni escribir ^*K La irrupción de 
la milicia de Gluni en España, de esa milicia que pro- 
ducía los varones mas doctos de su tiempo , fué favo- 
rable bajo el aspecto literario al clero españoU si bien 
parecía llevar en ello la doble mira de monopolizar 
las letras en el clero y de convertirla España en una 
nación puramente teocrática, pues á muy poco vemos 
al obispo Diego Gelmirez en un concilio de Santiago 
prohibir que los clérigos ensenasen á.los legos ^^K 

En cuanto á la grosería y corrupción de costum- 
bres, no negaremos que fuese lamentable la de una 
gran par,te de nuestro clero, á juzgar por las medidas 
que para corregirla se tomaron en los concilios de 
Goyanza, Jaca, Gerona y otros de este siglo. Duélenos 
leer en la Historia Gompostelana que los canónigos 
de la iglesia de Santiago avivían como animales , y 
se presentaban en coro sin cortarse jamás las barbas, 
con capas rolas y cada una de su color , habiendo tal 
desorden, que mientras unos canónigos comian con 
la mayor esplendidez otros se morían de hambre.» 
¿Pero eran mas cultos ó menos corrompidos los ecle^ 



[\) Saiale-Pelaye, Mem. sur de Robertson á la Hist. de Gár- 

TaDC. chev. los V. 

Puede verse sobre este asunlo (2) Aguirre, Collect. max. coa» 

toda la nota X del discurso prelim. cil. tom. III. 



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PAITB II. LIBRO 1. 343 

siásticos del resto de Europa? Desconsuela leer los es- 
critos deBaroDÍo y de Pedro Damiauo, y los cuadros 
de desmoralízacioQ que en ellos nos presentan. Rather, 
arzobispo de Yerona, que habiendo congregado un 
concilio bailó que muchos de los asistentes ni aun sa- 
bian el Credo , declamaba enérgicamente contra el 
clero de Italia, que «excitaba con el vino y los ali- 
mentos sus apetitos lividinosos.» El bienaventurado 
Andrés, abad de Vallombrosa, exclamaba: <(EI mi- 
nisterio eclesiástico estaba seducido por tantos erro- 
res, que apenas se hallaba un sacerdote en su igle- 
sia: corriendo los eclesiásticos por aquellas comarcas 
con gavilanes y perros» perdian su tiempo en la caza; 
unos tenian tabernas, otros eran usureros : todos pa* 
saban escandalosamente su vida con meretrices: todos 
estaban gangrenados de simonía hasta tal estremo, 
que ninguna categoría , ningún puesto desde el mas 
ínfimo hasta el mas elevado podía ser obtenido, si no 
se compraba del mismo modo que se compra el ga- 
nado. Los pastores, á quienes hubiera correspondido 
poner remedio á esta corrupción, eran hambrientos 
lobos ^^^» «Tienen hambre de oro, exclama Pedro 
Damlano hablando de los prelados... (^^» Pero no re- 
cargaremos mas este cuadro, y solo diremos con un 
erudito escritor de nuestros días • «Tanta deprava- 
ción atestiguan las crónicas, las invectivas de los hom- 

(1) Ap. Purioellí de San Aríaldo, U. 

(2) Op. XXXLc. 69. 



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344 HISTORIA DB BSPaKa. 

bres honrados y de los concilios, que en esto misma 
se ve una prueba mas de la ínstiUicion divina de la 
iglesia , pues si hubiera sido una institución humana, 
de cierto hubiera sucumbido ^^^» 

Infiérese de, todo, que el clero español en e^ie si- 
glo, en medio del estado de perturbación en que se 
hallaba la España, y á pesar de sus desarreglos par- 
ciales, era el menos corrompido y acaso el menos ig- 
norante de Europa. 

V. Difícil es siempre reducir á un cuadro las 
costumbres públicas que retratan ó constituyen la 
fisonomía de un pueblo y de un período, y mas de 
una época de que quédate tan escasos documentos. 
Indicaremos no obstante algunas de ellas. 

El espíritu caballeresco toma gran desarrollo en 
este siglo. Aunque mezclados muchos hechos con las 
fábulas introducidas por los romances; aunque con- 
temos entre las invenciones el reto del príncipe don 
Ramiro de Navarra á todos sus hermanos por defen- 
der el honor de su madre acusada de adulterio; el 
de don Diego Ordoñez de Lara á don Arias Gonzalo y 
á sus hijos y á todos los za mora nos, y como dice la 
crónica general, «á los grandes como á los pequeños» 
<é al vivo, é al que es por nascer, asi como al que es 
<cnascido, é á las aguas que bebieren, é á los paños que 
ccvestieren, é aun á las piedras del muro;» el del Cid 
con el caballero aragonés Martin Gómez por la pose- 

(0 César Cantú, Hist. Univ. épooa X. 



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PARTB II. LIBRO !• 345 

sioD de Calahorra, y otros semejaDtes que se le atri- 
buyen y de que está llena la historia romancesca de 
este siglo, encuéntranse en él tipos, ^ rasgos y accio- 
nes caballerescas en abundancia , asi en Castilla como 
en Aragón y Cataluña y en todos los estados cristia- 
nos. El caballero castellano que retó solemnemente 
á los moros del ejército de Almanzor , Gonzalo de 
Lara el vengador de sus hermanos, el conde Armen- 
gol de Urgel, el mismo Cid, que aun despojado de los 
arreos con que le revistiera después la fábula, se pre- 
sentaba ya como el genio y tipo de la caballería, da- 
ban ya á esta época aquel tinte que babia de distin- 
guir el carácter español en los siglos sucesivos de la 
edad media. 

De que no era el combate personal usado' tan so- 
lamente como lance de honor , sino también como 
prueba jurídica , hemos presentado ya hartos testi- 
monios, y ése no obstante en el siglo XI. comenzar la 
lucha entre una costumbre generalizada y el conven- 
cimiento de su monstruosidad. Pues por una parte la 
cuestión de los oBcios gótico y romano se remite de 
público á la prueba del duelo , y el antiguo fuero de 
Sahagun prescribe la lid para que los acusados de 
homicidio oculto pudiesen justificarse con esta prueba: 
por otra don Alfonso YL liberta al clero de Astorga 
de esta prueba judicial coma de un mal fuero ; el de 
Sepúlveda exime á sus habitantes de la prueba de ba- 
talla , y* en el de Jaca se manda que no estén oblí- 



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346 H18T011A DB BSPAÍÍA. 

gados al duelo sino de coDseQtimieDto de las partes, 
y precediendo para los desafios con personas de fuera 
el conseQtimieDto déla ciudad. Asi nuestros monarcas» 
si no quisieron ó no pudieron desterrar de la sociedad 
este abuso monstruoso, procuraron por lo menos con- 
tenerle , sujetando los duelos « lides , rieptos y desa- 
fios á un prolijo formulario, estableciendo leyes opor- 
tunas para precaver la frecuencia y evitar el furor y 
crueldad con que antes se practicaban. 

Otro tanto decimos de las demás pruebas llama- 
das vulgares, tales como la caldaria , ó -del agua hir- ' 
viendo y la del fuego ó hierro encendido. Horroriza 
leer el difuso ceremonial de este género de pruebas 
en el antiguo libro de fueros de San Juan de la Peña. 

«El agua, dice, debe ser fervient et sea tanta 

«en la caldera que él pueda cobrir al que ha de sa« 
«car las gleras de la muineca de la mano fata la 
<y untura del cobdo; pues que hobiere sacado las gle- 
«ras el acusado, átenle la mano con un paino de lino 
«que sean la^ dos partes del cobdo. Et sea atado en la 
«mano con que sacó las gleras en IX dias, et seyei- 
«líenle la mano en el nudo de la cuerda con que está 
«atado con seello sabido , en manera que no se suel- 
«te fata que Jos fieles lo suelten. Acabo de IX dias lo^ 
«fieles cátenle la mano, et si le fallairen quemadura 
«p^che la pérdida con las calonias. Et es á saber que 
«en el fuego con el'que se ha de calentar el agoa en 
«que meten las gleras , deben haber de los ramos 



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PARTB II. LIB&O I. 347 

«que soD benedichos en el dia de Ramos eo la egle- 
«sia ^^Kj> «Muger que á sabiendas fijo abortare, decía 
«el Fuero do Plasencia, quémenla viva si manifiesto 
«fore, si non sálvese por fierro. i> aCausa ciertamente 
admiración, dice con justicia á este propósito uno 
de nuestros mas sabios jurisconsultos, cómo nuestros 
mayores pudieron consentir que los intereses, fortu- 
na, honor, y vida de los hombres pendiese de cosas 
tan casuales y tan inconexas con la inocencia y con 
el crimen como las pruebas llamadas comunmente 
vulgares.» Ya hemos dicho las causas, y por fortuna 
también se iba conociendo la monstruosidad y ponien- 
do el remedio. 

Conócese que el juramento era muy sagrado y 
respetado en aquel tiempo, y el perjurio uno de los 
delitos que se miraba con mas hoiTor. Imponíase en- 
tre otras penas á los testigos falsos la de destruir sus 
casas hasta los cimientos, y la espiritual y terrible de 
la excomunión/'^ Y si las leyes son el reflejo de las 
costumbres generales de un pueblo, las noticias que 
de la legislación conciliar y foral hemos apuntado no 
dejan de dar luz sobre el estado social y moral de la 
España de aquel siglo. Podemos no obstante añadir, 
que si es cierto, cotnono duda afirmarlo el cronista don 
Pelayo de Oviedo,, que en los últimos años de Alfon- 
so VI. de Castilla podia una muger cruzar sola de un 

H) Al fol. 83. De traber Rieras de la culdera. 
, [1) Cao. 49. del GoDcil. de León. 



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348 HISTORIA DEIBSPAfÍA.. 

estremo á otro de España cod el oro en la mano sin 
temor de ser robada, ÍDquietada ni ofendida, do ha- 
bía sido iooporluQo el derecho penal ni infructuosa su 
aplicación, al menos en cuanto á la seguridad de las 
personas y de las propiedades, moralización prodi- 
giosa en una época en que el continuo guer- 
rear parecía deberla traerlo todo en turbación y de- 
sorden. 

La alta idea que sé tenia del matrimonio hacia 
que se mirara un día de boda como de júbilo para el 
pueblo, y las leyes mismas establecian severas penas 
contra los perturbadores de la pública alegría, y 
principalmente contra los que en tales días Injuriasen 
á los desposados. Los juegos con que se festejaban 
solían ser ya las danzas, las justas y torneos ^^K Y en- 
tre las formalidades de los matrimonios, figuraba 
siempre la trasmisión de arras, ceremonia que ha- 
llamos solemnemente practicada en los contratos ma- 
trimoniales de Sancho eí Mayor de Navarra, de Ro- 
drigo Díaz el Cid, de Ansur Gómez y de otros caba- 
lleros castellanos, navarros y catalanes. 



(4) El P. Fr. Luis de Ariz oo su con sos moras. Suceso que maní- 

historia de Avila , describe las fiesta lo admitida qpe estaba ya 

fiestas que en 4 107 hubo en aqoe- esta clase de fiestas populares, la 

lia ciudad cod motivo de las bodas mezcla de Árabes y cristianos en 

de Blasco Muñoz con Sancha Diaz, los regocijos públicos, y la modifi- 

y dice que hubo en ellas corridas cacion que en esta parte hablan 

de toros , torneos y bofardeos, ido. sufriendo las costumbres, á 

añadiendo que la infanta doña Ur- que debió contribuir mucho el 

rica danzó con el gallardo moro ejemplo del enlace de Alfonso VI. 

Fermín Hiaya á la usanza de la con la mora Zaida, la hija de Ebn 

morería; y los demás cada cual Abed de Sevilla. 



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PARTB II. LIBRO I. 349 

» No damos mas estensioD á esta ligera reseña del 
estado social de la España crisliaDa, asi por la escasez 
de los documeDtos de este tiempo, como porque la 
variación misma' que mas adelante con mas copia de 
datos iremos notando, nos habrá de informar mejor de 
lo que existia, por la mudanza do lo que en lo ecle- 
siástico, en lo político, en lo civil y en lo moral es*- 
perimentaron los reinos cristianos desde los fueros, 
desde la alteración del rito , y desde la conquista de 
Toledo. 



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PARTE SEGUNDA. 

BDADMEDIA. 

LIBRO II. 
CAPITULO I. 

ALFONSO VI. — LOS ALMORÁVIDES. 

»e 1086 é 4094. 

Apurada situación de los musulmanes.— DesaTiéneDse el rey Alfonso 
y el rey árabe de Sevilla. — Arrogante y agria correspondencia que ' 
medió entre los dos.— El de Sevilla y los demás reyes mahometanos 
de España llaman en su auxilio ¿ loa almorávides de África.— Quié- 
nes eran los almorávides.— Retrato de su rey Tussuf ben Tachfin, 
fundador y emperador de Marruecos.— Vienen los almorávides á 
España: nueva y formidable irrupción do mahometanos: úñense con 
Jos musolmanes españolea.— Salen á combatirlos Alfonse y los de- 
más príncipes cristianos.— Célebre batalla de Zalaes: solemne der- 
rota y horrible mortandad del ejército cristiano: logra salvarse el 
rey Alfonso y se refugia en Toledo. — Ausencia de Tussuf. — ^Reanf- 
manae los cristianos.— Resuelve Tosauf hacerse dueño de toda la Es- 
paña musulmana.— Apodéranse los almorávides sucesivamente de 
Granada, Córdoba, Sevilla, Almoria, Valencia, Badajoz y las Balea- 
res.— Desastrosa suerte de los emires de estas ciudades.— Conside* 
raekmes con el de Zaragoza.— Dominan los almorávides en España. 

Parecía que con la disolucioQ del imperio om-* 
miada , con las ventajas que en todas parles las ar- 



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352 HISTO&IA DB BSPAftA. 

mas cristianas habian obtenido, y con el desconcierto, 
los disturbios^ las guerras que los reyezuelos musul- 
manes tenian entre si/ debería haberse decidido en 
favor de España la gran lucha entre los dos pueblos 
y las dos creencias que se disputaban su señorío. Y 
hubiera sucedido asi, si por una parte el común peligro 
no hubiera inspirado á los mahometanos el pensa- 
miento de apelar como en otra ocasión , á un reme- 
dio heroico, y si por otra parte no hubieran tenido 
una África á que acudir, sumillero inagotable de ene- 
migos del pueblo español y del nombre cristiano ,. y 
á la cual volvían los ojos en sus mayores conflictos y 
tribulaciones. 

Pesábale ya al mismo Ebn Abed de Sevilla haber 
contribuido tanto con sus alianzas al engrandecimiento 
del poder de Alfonso. Advertíanselo también las sen- 
tidas quejas y murmuraciones que llegaban á sus oí- 
dos y el disgusto general de los musulmanes. Meditó 
pues, á pesar de los lazos que con él le unian , cómo 
cooperar á abatir al orgulloso cristiano, que dueño 
de Toledo, y después de haber corrido y devastado 
los emiratos de Zaragoza y Badajoz, tuvo el atrevi- 
miento de penetrar con un cuerpo de caballería por 
tierras del de Sevilla con pretesto de protegerle con- 
tra sus rivales de la costa meridional, y avanzando 
hasta Tarifa metió su caballo hiasta el pecho en las 
aguas del mar como en otro tiempo Okba, y exclamó: 
«|He llegado á los últimos términos de la tierra de 



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PARTB 11. LIBRO U* 3S3 

Andalucía!» Y regresó' tranquila y orgullosamente á 
Toledo. Acabó de mortificar el amor propio* de Ebn 
Abed aquella audacia del castellano y aquella ines- 
perada aparición so color de un auxilio simulado y no 
pedido. Todavía sin embargo no estalló la oculta ri- 
validad de los dos monarcas, hasta que con motivo 
de haber apuñalado los sevillanos á un judío, tesorero 
y privado del rey Alfonso, que éste habia enviaáo á 
cobrar el tributo que le pagaba Ebn Abed, le des* 
pacho el rey de Castilla nueva embajada pidiendo sa- . 
tisfaccion del agravio y reclamando varias fortalezas 
de su reino que le pertenecían. Arrogante y agria era 
la carta que Alfonso envió con el mensage; decía así: 
«De parte del emperador y señor de las dos le- 
yes y de las dos naciones, el excelente y poderoso 
rey don Alfonso hijo de Fernando ^*\ al rey Al Mota- 
mid Billah Ebn Abed (ilumine Dios su entendimiento 
para que se determine á seguir el buen camino): sa- 
lud y buena voluntad de parte de un rey engrande- 
. cedor de sus reinos y amparador de sus pueblos, cu- 
yos cabellos han encanecido en el conocimiento de los 

negocios y en el ejercicio de las armas en 

cuyas banderas se asienta la victoria, que hace á 
sus caballeros blandir las lanzas con esforzadas 
manos, que hace ceñir las aspadas en las cin- 



(1) Ed esta conreapondencia, á Alfonso^ hijo de I^Dcho, cayo 

que íDserta Conde en los cap. 49 y error copió Viardot al trascribirla 

1 3 de la tercera parte de su Bis- en la nota 4.* á so Historia de loa 

toria, se llama embocadamente árabes y moros. 

Tono IV. 23 



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I 



354 HISTMÍÁ Di bsfjJá. 

turas de sus campeadores, que hace vestir de luto las 
esposas* y las hijas de los mosulmanes y llenar vues- 
tras ciudades de lamentos' y alaridos. Bien sabéis lo 
que ha pasado en Toledo, cabeza de España, y loque 
ha sucedido á sus moradores y á los de su comarca eo 
el cerco y entrada de la ciudad ; y que si vos y los 
vuestros habéis escapado basta ahora , ya os llega 
vuestro plazo, que solo se ha diferido por mi volun- 
tad Y si no mirara á los conciertos que hay entre 

nosotros, ya hubiera invadido vuestra tierra y eché- 
doos á sangre y fuego de España sin dar lugar á de« 
mandas ni respuestas, y no habría entre nosotros mas 
embajador que el ruido y tropel de las armas , y el 
relinchar de los caballos, y el estruendo de los alam- 
bores y trompetas de batalla > 

Aunque muchos vazzires, en vista de esta carta 
aconsejaban al rey de Sevilla que viniese á un acó- - 
modamieoto coa Alfonso y le pagara el tributo , él le 
contestó con otra no menos soberbia y altiva , conce- 
bida en estos términos: «Del rey victorioso y grande, 
el amparado con la misericordia de Dios y confiado 
en su divina bondad, Mohammed Ben Abed, al sober- 
bio enemigo de Allah, Alfonso, hijo de Fernando, que 
se intitula rey de reyes y señor de las dos leyes y na- 
ciones (quebrante Dios sus vanos títulos) : salud á los 
que siguen el camino recto. En cuanto á llamarte 
señor de las dos aaciones, mas derecho tienen los 
muslimes para preciarse de esosiílulos que tú, por lo 



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PAETv 11. uno u. 36S 

qae han poseído y poseen de las tierras de los cris* 
tianos, y por la multUad de sus vasallos y riquezas, 
que nunca Hegará á ser comparable tu poder con ^ 
nuestro, ni puede alcanzarlo toda tu ley y tus secua- 
ces... Hasta ahora pensábamos pagarte tributo, y tú 
no te contentas con él y quieres ocupar nuestras ciu-- 
dades y ifortalezas: pero ¿cómo no te avergüenzas de 
tales, peticiones, y quieres que se entreguen á los tu- 
yos y nos mandas como si fuéramos tus vasaUo3? Mará-* 
víllome muclio de la manera con que nos estrechas á 
que cumplamos tu vana y soberbia voluntad. Te has 
envanecido con la conquista de Toledo, sin mirar que 
eso no lo debes á. tu poder^ sino á la fuerza y volun^ 
tad divina que asi lo había determinado en sus eter- 
nos decretos, y en eso te has engañado á tí mismo tor- 
pemente. Bien sabes que también nosotros tenemos 
armas* caballos y gente esforzada que no se asusta 
«del estruendo de las batallas, ni vuelve el rostVo á la 
horrorosa muerte, y que metidos en la pele^ nuestros 
caballeros saben salir de ella «lirosos. Nuestros caudillos 
saben ordenar las haces, guiar los escuadrones, ar- 
mar celadas, y no temen entrar por entre los filos de 
vuestras espadas, ni los estremecen las lanzas ases- 
tadas á sus pechos. Sabemos dormir en la dura tierra 
sobre el albornoz, rondar y hacer la vela de la no- 
che... y porque veas que es asi como te lo digo, ya 
te tienen preparada la respuesta á tu demanda, y de 
común acuerdo te esperan con sus' al fangos limpios y^ 



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356 HIATOEU DB ESfkHk. 

acerados y con sus gruesas y agudas lanzas. ••• Es 
verdad que hubo entre nosotros conciertos y capitula- 
ciones para que no moviésemos nuestras sírmas el nno 
contra el otro, porqne yo no ayudase á los de Toledo 
con mis fuerzas y consejo, de lo que pido perdón á 
Dios, y de no haberme opuesto antes á tus intentos 
y conquistas, aunque gracias á Dios toda la pena de 
nuestra culpa consiste en las palabras vanas con que 
nos insultas: pero como estas no acaban la vida, con- 
fio en Dios i^ue con su ayoda me amparará contra ti, 
y sin tardanza verás entrar mis tropas por tus tier- 
ras ^% 

Después de estas cartas era imposible ya tod6 
acomodamiento, y ambos se prepararon á la guerra. 
£1 de Sevilla llamó á su hijo Raschid y le comunicó el 
pensamiento de implorar el auxilio de los Almorávides 
de Arríca contra el poderoso rey de Toledo. Disuadió- 
selo el príncipe diciéndole que si tal hacía, aquellos 



(1) Dice el attlor arábigo, que en vereo le anadia lo sisuieate: 
Abatimienlo de animo y vileía 
En generoao pecho no se anida, 

El miedo es torpe y vil, de vil canalla , 
Es ei pavor, y si por mal nn dia 
Parias forzadas te ofrecí, no esperas 
Bn adelante sino para guerra. 
Cruda batalla, sanguinoso asalto, 
De noche y dia sin cesar un punto, 
Talas, desolación á sangre y fuego. 



Ármate, pues, prevente á la batalla, 
Que con baldón te reto y desaOo. 



Traduc. de Conde, Part.IU. c. 43. 



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PAETBll. LIBEOII. 367 

bárbaros acabartaa por arrojarlos de su patria. Obs- 
tinóse en ello el padre y le replicó: «Prerer iré, hijo 
mió, guardar los camellos del rey de Marruecos á 
ser tributario y vasallo de estos perros cristianos. — 
Pues hágase, contestó Rascbid, lo qne Dios te inspi- 
re.» Entonces el rey de Sevilla, tan arrogante con 
Alfonso, escribió al geré de los Almorávides de África 
la siguiente humilde carta, en que se pinta bien el 
abatimiento á que habían venido los mahometanos 
españoles: «A la presencia del príncipe de los mu- 
«sulmanes» amparador dé la fé, propagador de la ver- 
«dadora secta del califa, al imán d& los musUmes^y rey 
cde los fieles Abu YacobYussuf beaTachfin,el (noli- 
«to y engrandecido con la grandeza de sus nobles, 
calabador de la magostad divina, y de la potencia del 
«Altísimo, venerador de Dios y del cielo; que no se 
«envanece de su honra y grandeza, salud cnmplida 
tde Dios, como conviene á tu soberana y alta perso- 
4na, con la misericordia de. Díob y su bendición. Te 
«envia la presente el que abandonándolo todo se di- 
«rige á tu generosa magostad desde Medina-Sevilla 
«en el Interlunio de Giumada primera del año 479 
«(1 086), persuadido, oh rey de los muslimes, de que 
«Dios se sirve de tí para ensalzar y sostener su ley. 
«Los árabes de Andalucía no conservamos en España 
«separadas nuestras kabílas ilustres, sino mezcladas 
«unas con otras, de suerte que nuestras generaciones 
«y familias poca ó ninguna comunicación tienen con 



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358 iusToau db bspaKa. 

«nuestras kabilas que moran en África: y esta Taita de 
«qnioQ ha dividido también nuestros intereses, y de 
€la desunión procedió ia discordia, y apartamiento, y 
«la fuerza del estado se debilitó, y prevalecen contra 
«nosotros nuestros naturales enemigos, y estamos en 
«tal estado que no tenemos quien nos ayude y varga 
«sino quien nos baldone y destruya; siendo cad^ dia 
«mas insufrible el encono y rabia del rey Alfonso, que 
«como perro rabioso con sus gentes nos entra las tiér- 
«ras, conquista las fortalezas, cautiva los muslimes y 
«nos atrepella y pisa sin que ningún emir de España 

«se haya levantado á defender á los oprimidos 

«que ya no son los que solian, pues el regalo, elsua- 
«ve ambiente de Andalucía, los recreos', los delicados 
«baños de aguas olorosas, las frescas fuentes y esqui- 
«sitos manjares los han epQaquecido y han sido causa 
«de que teman entrar en guerra y padecer fatigas. ... 
«asi es que ya no osamos alzar cabeza; y pues vos, 
«señor^ sois el descendiente de Homair, nuestro pre- 
«decesor, dueño poderoso de los pueblos y dilatadas 
«regionest á vos acudo y corro con entera esperanza, 
«pidiendo á Dios^y á vos amparo, suplicándoos que 
«sin tardanza paséis á España para pelear contra este 
«enemigo, que infiel y pérfido se levanta <3ontra 
«nosotros procurando destruir nuestra - ley. Ve- 
«nid pronto y suscitad en Andalucía el celo del ca- 

«mino de Dios que no hay fuerza ni poder sino 

«en Dios alto y poderoso, cuya salud y divina mi* 



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PAKTB 11. LIBIO IK 359 

«sericordía y bendición sea con vuestra alteza.» 
Juntó ademas eñ Sevilla una asamblea de lo; je- 
ques, cadíes y príncipes mas amenazados del poder de 
Alfonso, y les espaso la necesidad de llamar con or- 
gencia al principe de los morabitas de África para que 
viniera á ayudarlos en su santa empresa. Todos con- 
vinieron en ello, á escepcion de Abdallah ben Yussuf, 
gobernador de Málaga, que tuvo el valor de oponerse 
al común dictamen en un vigoroso discurso que con- 
cluía: «Unios y venceréis. No sufráis que {os habitan- 
«tes de los abráisados arenales de África vengan á 
c posarse sobre nuestras tierras como enjambres de de- 
«cvoradoras langostas, y á pasear sus camellos por los 
«deliciosos campos de n,uestra Andalucía.» En mal 
hora hizo tan patriótica exhortación el previsor walf. 
Irritáronse todos contra él, llamáronle mal musul- 
. man, traidor y enemigo de la fé, y hay quien añade 
que le condenaron á muerte. Tan obcecados estaban 
y tan abatidos se veian aquellos-prócéres del islamis- 
mo, tan soberbios en otro tiempo. Decretóse pues en- 
viar un mensage de llamamiento al príncipe de los 
Almorávides de África, como allá en 756 en uoa 
asamblea de la misma índole se habia decretado otro 
igual para llamar al príncipe Abderrahmsin el Bení- 
Omeya. Omar ben Alafihas el de Badajoz, que ya an- . 
tes habia escrito por sí al rey Yussuf ben Tachfin una' 
carta en que le pintaba con tristes colores la situación 
apurada y angustiosa de los musulmanes españoles. 



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860 HI8T0EU DB B8PASa« 

fué el encargado de redactar elpeosage, que los em- 
bajadores nombrados habían de llevar personalmente. 
Era el principio del año 1 086. Mas antes de anunciar 
su resultado, digamos quiénes eran esos poderosos 
estrangeros que los árabes de España llamaban en su 
ayuda. 

. Un historiador moderno ha compendiado las no- 
ticias que acerca del origen y progresos de aquellas 
gentes pueden interesarnos para la inteligencia de 
nuestra historia ^^\ «Mientras que asi destrozaban las 
discordias intestinas la España árabe» levantábase del 
otro lado de la cadena del Atlas, en los desiertos de 
la antigua Gelulia, un hombre que había de recons- 
tituir un dia y dar unidad á los elementos entonces 
disidentes de la dominación musulmana, asi en Es- 
paña coíuo en África» y apuntalar con su mano po- 
derosa el bamboleante edificio de^sq imperio. Este 
hombre era el berberiscoYussufbenTachfin, déla tri- 
bu de Zanaga. Los lamtunas, fracción de esta gran 
tribu» ^ la cual pertenecía Yussuf» bien que hubieran 
aceptado con los primeros conquistadores la religión 
del Islam, habían quedado casi del todo estraños á la 
inteligencia de su moral y de sus dogmas, cuando 
llegó entre ellos Abdallah ben Yasidí, morabíla de 
Sñz, afamado por su ciencia y su santidad (41 4 de la 

(4) Ro8eewSaínt-Hilaíre,queá llena con los antecodeotes de loi 
to vei las ha lomado de Walsin Almoravidos cerca de cincuenta 
Eaterhaz?. Conde destina á esto largas páginas.— Tussuf es el Ja- 
iras capítulos enteros, y Romey zefde Conde» y elYusofdeDozy. 



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PARTB II. LIBRO tí. 364 

begira, 4026 de J. C). Abdallah, hombre entendida 
y hábil, esplicando los preceptos de una religioa qae 
prescríbia el proselilismo por la conquista, despertó' 
fácilmente el instinto guerrero de aquellas incultas y 
groseras poblaciones, y esplotando mañosamente el 
entustomo que en ellas habia producido una fé vivi- 
ficada y rejuvenecida, las lanzó contra algunas tribus 
berberiscas que se habian mantenido fieles á sns anti- 
guas creencias. En el fervor de una convicción nue« 
va, los lamtunas soportaron con admirable constancia 
fatigas inauditas, y alcanzaron en sus ásperas guari- 
das á aquellos montañeses, á quienes forzaron á ad- 
mitir la religión del profeta guerrero, y entonces fué 
cuando para recompensar el valor de que habian da- 
do tantas pruebas los llamó los hombres de Dios (Al 
morabith), y les profetizó la conquista del Magreb so- 
bre los musulmanes degenerados. 

cNo tardó Abdallah, aprovechando el entusiasmo 
de los recién convertidos, en conducirlos de la otra 
partedel desierto, y pasó con ellos el Atlas. La con- 
quista de Sijilmesa y de todo el pais de Darah fué el 
fruto de sus primeras victorias; sentaron los vence- 
dores sus tiendas en el Sahel, entre la montaña y el 
. mar, en medio de las llanuras de Agmat, y ocuparon 
la pequeña ciudad de este nombre. Algún tiempo 
después murió Abdallah, dejando á Abu Bekr ben 
Omar el cuidado deilirigir la regeneración religiosa 
que él habia comenzado. Supo Abu Bekr correspbn* 



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362 niSTOUA DB BSPAftA. 

der á la importancia de su difícil misión (460 de la 
hegira» 4068 de J. C.)* Consolidó su poder en el pais 
tanto por la dulzura y el ascendiente de la opinión 
4;omo porcia fueraa de las armas. Agmat se hizo el 
centro á que acudian de todas partes las poblaciones 
atraídas por la reputación de la justicia y por la fama 
de la santidad de las Almorávides. El número de pro* 
sélitos se hizo tan considerable que fué menester fun* 
dar una nueva ciudad y dar una capital al nuevo im^ 
perio. Escogió para ello Ábu Bekr una vasta y fértil 
planicie, llamada en el pais Eylana. Mas en el mo^ 
mentó de comenzar á edificar, los lamtunas que ha-^ 
bian quedado del otrp lado del Alias, viéndose ame- 
nazados por sus vecinos» reclamaron la asistencia de 
sus jeques, y Abu Bekr, sacrificando su naciente im- 
perio á las exigencias de su antigua patria, volvió á 
tomar el camino del desierto dejando el cargo depro- 
seguir su obra á Yussuf ben Tachfin» que ya se habia 
hecho conocer en las últimas guerras de los lamtunas 
contra los berberiscos. 

<iYussuf no pertenecia á las familias nobles de los 
lamtunas, y debió á su solo mérito y á la estimación 
de que gozaba entre los suyos el honor de continuar la 
ardua misión de conquistador religioso, bien qae 
inaugurada por Abdallah y por Abu Bekr. Nacido de 
pobre cuna, no podia aspirar á tan alto honor. Su pa- 
dre era alfarero, y andaba de tribu en tribu ven- 
diendo las obras de arcilla, producto de su industria.)» 



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PAETE II. LIBEO II. 863 . 

Caenta aquí el historíador como había anunciado el 
horóscopo á Yussuf que sería señor de un grande ¡m* 
perio: describe su carácter generoso, emprendedor, 
afiíble y digno. aReunia, dice, todas las gracias que 
atraen á la multitud y entusiasman á las masas. Asi no 
tardó en captarse numerosos parciales en las pobla- 
ciones de Agmat. Para afirmar su autoridad, que era 
solo provisional y meditaba hacer definitiva, resolvió 
sancionarla por la gloria de las armas. Comenzó pues 
por llevar la guerra á algunas tribus árabes de la co- 
mardá no sometidas aun, y les dio la ley. Después de 
este fácil triunfo proyectó la invasión de la antigua 
herencia de los Edris del reino de Fez. Convocó todas 

las tribus que reconociansu autoridad Mas de 

ochenta mil ginetes armados respondieron á su lia- 
mamiento. A la cabeza de esta formidable masa de 
guerreros invadió como un huracán lá provincia de 
Fez, y se apoderó de la capital, después de haber ba« 
tido cerca de ¡a montaña de Onegui, á doce leguasrde 
Hequinez, ¿ los descendientes de Zeiri que mandaban 
alli con independencia de España. De allí avanzó á 
TIemcem, de donde arrojó á los Zenetas; se hizo due- 
ño de toda la provincia de este nombre basta Argel, 
y volvió triunfante al pais de Agmat á comenzar la 
construcción de su capital proyectada, á la cual se dio 
mas tarde el nombre de Marruecos. 

<A este tiempo Abu Qekr, sofocados los disturbios 
de los lamtunas, regresaba sobre el Tell. Pronto tuvo 



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364 RlSTOUl DB BSPAÜA. 

conocimiento de las bríllaoles hazañas de Yussuf. De- 
masiado débil para pretender disputar con las armas 
un imperio que éste habia conquistado casi entero/ 
cedió á la opinión y tuvo la prudencia de renunciar á 
todas sus pretensiones: mas. como antes de partir^ de- 
sease ver al feliz conquistador, pidióle una entrevista 
que se verificó entre Agmat y Fez, en un bosque que 
se denominó después el. bosque de los Albornoces, 
porque Yussuf tendió en el suelo su manto para que 
sirviese de alfombra al que habia sido su señor.- Abu 
Békr le felicitó por sus victorias, díjole que solo habia 
dejado sus desiertos por venir á regocijarse en las 
glorias de su discípulo, la honra y el mas firme apoyo 
de los Almorávides; que en cuanto á él, su misión , 
estaba cumplida, y que no deseaba mas que el re- 
poso de una vida apacible en medio de los suyos. 

«Sometidas las provincias del Magreb, dueño de 
Ceuta y de las ciudades de la costa, líevó Yussuf sus . 
armas hacia Oriente, haciendo guerra^ implacable á 
. los árabes rebeldes á su dominación. En vano los an- 
tiguos conquistadores intentaron rechazar un yugo, 
tanto mas odioso 'Cuanto que se le imponían aquellos 
mismos á quienes sus mayores hablan antes subyuga- 
do; en vano forcejaron bajo la mano poderosa del 
berberisco: no les quedó mas alternativa que ó do- 
blegarse á sus leyes ó ir á vivir bajo la de los callifas 
Fatimitas, porque en breve las fronteras de Egipto 
fueron los solos términos de su poder.' Apode: ose de 



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PARTE II* LIBRO II. 366 ^ 

Bugfa y (le Túnez, hizo á sos príaci(>es tributaríost y 
regresó victorioso á so capital de Marruecos, donde 
se hizo proclamar emir de los musulmanes y defensor 
de la religión. (*) .» 

Algunos*escrilores árabes hacen el siiguiente re* 
trato .físico y moral de Yussuf. <Era, dicen, de color 
moreno lustroso, buena estatura, aunque delgado, 
poca barba, voz clara, ojos negros, cejas arqueadas^ 
nariz aguileña, cabellos largos: valeroso en la guer- 
ra, prudente en el gobierno, en estremo liberal» áns* 
tero y grave, modesto y decente en el vestir, mode- 
rado en tos placeres, afable éh sus maneras y en su 
trató, jamás vistió sino de lana, ni comia otra cosa 
que pan de cebada, carne de camello y fleche de ca-- 
mella, aun en el colmo de su grandeza y de su for- 
tuna, y en todo se mostraba digno del gran destino 
que Dios le tenia deparado.» 

Tal era el hombre cuyo auxilio invocaron los mu- 
sulmanes españoles. Guando recibió el mensage de 
estos consultó á su alkatib lo que debería hacer; res- 
pondióle aquél que mirara bien lo que hacía con pa- 
sar á España; «porque has de saber, oh emir de los 
muslimes, le dijo, que España es como una isla cor- 
tada y ceñida de mar por todas partes; es como uoa 
Qárcel donde el que entra difícilmente vuelve á salir, 
y si una vez pones allá los pies, no estará en tu ma« 

(4) Accedió á tomar este titulo cuales, sin embargo, no pudieroa 
á instancias de todos los, jeqaes, vencer su modestia ni reducirle á 
walíeft, alcaides y alkatÍTes, tos que tomara el de califa. 



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366 HISTOIIA DE ESPAÑA. 

no la vuelta. 1» A peaar de este consejo Yussnf contes- 
ta á los embajadores y áAl Motamid el de Sevilla^ 
que le daría su ayuda» pero que no podria hacerlo si 
antes no ponia en su poder la Isla Verde (Aigeciras), 
para poder entrar y salir de España cuando fuese su 
voluntad. Inútilmente espuso al sevillano su prudente 
hijo Raschid el peligro de acceder á la proposición de 
Yussuf> Obcecado Al Motamid, hizo solemne dona« 
cion de la plaza de Algeciras al emperador do Mar- 
ruecos para sí, sus hijos y descendientes. Un .vértigo 
fatal le arrastraba hacia su ruina; y no contento con 
entregarla llave desús dominios á su formidable alia- 
do, determinó pasar á África para informarle perso- 
nalmente de su desesperada situación. Encontróle en- 
tre Ceuta y Tánger; hízole una pintura sombría de 
la angustia en que tenia á los muslimes de España la 
pujanza y soberbia del rey Alfonso, y le instó á que 
no tardasQ en venir á socorrerlos. «Anda, le dijo Yus- 
suf, toma luego á tu tierra y cuida de tus negocios, 
que allá iré yo, siDios quiere, y seré vuestro caudillo 
y venceremos: yo iré en pos dé tí.» Volvióse Ebn 
Abed á España, y Yussuf entró en Ceuta, y previ-» 
niendo sus naves y allegando sus banderas^ niandó 
que pasase el ejército á España, y fué tanta la gente 
que pasó, dice la crónica, que solo su criador ¡nAede 
contarla. 

Desembarcó esta ioñnita muchedumbre en Algeci- 
ras y acampó en sus playas. Cuando Yussuf entró en 



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PAITB II. LIBEO II. 367 

SO nave dicen que extendió sos manes al cielo y ex- 
clamó: «Oh Dios mió, si este mi tránsito ha de ser 
para bien de los muslimes, aplaca y sosiega este mar, 
y si no ha de ser de provecho, embravécele para qoe 
no pueda hacer la travesía.» Dicen que Dios sosegó 
el mar, y la nave de Yussuf arribó con admirable 
velocidad á Algeciras (30 de junio de 4086), á cuyas 
puertas le esperaban ya el rey de Sevilla y los prin^ 
cipales emires de España, y en aquella misma tarde 
hubo consejo para deliberar sobre el mejor medio de 
ejecutar la expedición. Yussuf hizo reparar los muros 
de la ciudad, levantar torres y abrir fosos. Bbn Abed 
partió para Sevilla á disponer alojamientos, provisio- 
nes y regalos para el ejército auxiliar. Siguió detrás 
Yussuf con su innumerable muchedupibre. 

Sobre el campo de Zaragoza ^e hallaba el rey Al- 
fonso YL cuando le llegó la nueva de la irrupción de 
los africanos. Alzó apresuradamente el sitio de aque- 
lla ciudad, celebró consejo con sus generales, llamó 
en su auxilio á Sancho de Aragón y á Berenguer de 
Barcelona^ de los cuales el uno sitiaba á Tortosa y el 
otro corría el pais de Yalencia, y «los tres príncipes 
unieron sus banderas para resistir al nuevo y terrible 
enemigo: á las tropas de Castilla y Galicia se agrega- 
ron muchos caballeros franceses, con deseo de defen- 
der la cristiandad contra e\ mas formidable adversa- 
rio que se había presentado después de Almanzor. 
«También acudieron á Sevilla todos los emires musul-^ 



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368 IIISTOUA DB BSPAÜA. 

inaDéí con sas^raspQcUvas banderas. Ebn Abed el de 
Sevilla mandaba todos ios mahometanos españoles; 
Yussur conducía el ejército africano. Pastáronse en 
marcha desde aqaella ciudad en dirección de Bada- 
joz. Ebn Abed iba delante, y el lugar en que este 
acampaba por la mañana le ocupaba poi^ la tarde Yus* 
suf con sus Almorávides (^). Los dos grandes ejérci- 
tos cristianos y musulmanes se encontraron no lejos de 
Badajoz en las llanuras llamadas de Zaláca. Separaba^ 

' los un río, de cuyas aguas unos y otros bebian. Dé 
un lado resplandecían las brillantes cruces de las 

' banderas de Castilla y León: del otro ondeaban los 
estandartes de Hahoma-en que se veían inscritos ver- 
sos del Coran. Llamaban la. atención de los cristianos 
las enormes espadas, los groseros sacos y agrestes 
píeles de los morabitas que les daban un aspecto lú- 
guj)re: miraban estos con admiración las armaduras 
de los cristianos, sus manoplas y sus caballos cubier- 
tos de hierro. Las crónicas árabes y cristianas, todas 
refieren sueños misteriosos que dicen haber tenido asi 
Alfonso como Yussuf, y presagios fatídicos, como 



(1) La Gróuíca lusitana dice qae á ochenta mil caballos, de los 

también aquí que «eras tantos cuales cuarenta mil cubiertos de 

que ni su rey ni hombre alguno hierro, y los demás árabes, que era 

era oapat de contarlos, sino solo la caballería ligera. El Homaidi 

Dios.» 61 arzobispo don Rodrigo supone que.Üevaba cien milpeo- 

dice que cubrían la tierna como nes y cuarenta mil caballos. En lo 

liáoste s: 9% effuii $unt $uper ier^ que convienen todos es en a ue le 

rmJttciem mIx toeusto. En cambio acompañaba mucha caballería ara* 

la ntstoria arábiga hace subir el be como auxiliar, 
ejército de Alfonso nada menos 



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PARTB II. LIBIO II. 369 

acostambran á contar siempre que se iba á decidir 
qoa gran contienda. / . 

Con arreglo á lo que prescribe el Coran, Yussuf 
habia intimado á Alfonso , ó que le pagara tributo y 
se reconociera vasallo suyo, ó que abandonara la fé 
de Cristo y se hiciera musulmán. Y luego anadia: «He 
sabido, oh rey Alfonso, que deseabas tener naves para 
pasar á buscarme á mi tierra. Hé aqui que te he 
ahorrado esta molestia viniendo yo en persona á en- 
contrarte en la tuya. Dios nos ha reunido en este cam* 
po para qne veas el fin de tu presunción y de tu de« 
seo. — ^Vé y di á tu emir* contestó Alfonso al mensa- 
gero, que procure no ocultarse, que nos veremos en 
la batalla.)» 

Señalóse dia para el combate; combale horrible» 
caal no habían visto otro los hombres , dicen los es- 
critores arábigos. Era un viernes, 23 de octubre 
de 4086. No nos detendremos á referir los pormeno- 
res de aquella lucha sangrienta , de aqaella terrible 
lid en que se derramó tanta sangre cristiana. Nuestros 
cronistas la mencionan con un laconismo qne parece 
significar que quisieran no les mortificase su recuer- 
do ^^K En cambio los poetas árabes la celebraron á 
competencia, como si hubiese sido el triunfo definiti- 
vo del Coran sobre el Evangelio. El parte que dio 

(4) «Arraocaroa moros al rey les Gomplotens. y Gompoaiel. Don 

don Alfonso en Zagalla,» dicen so- Rodrigo la refiere con macha bre- 

lamente los Anal. Toledan. H.— vedad. La Groo. Lusitana es la 

La Crónica Borgento es iguala que se detiene algo mas en ella. 
mente sucinta. Lo mismo los Ana- 

Tomo it. 84 



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'370 II18T01U 0B BBVAJÍA. 

Yu8suf el gefe de los Almpravides al mejuar de Mar- 
ruecos, demuestra lo que envaaeció á los musuhna- 
nes aquella victoria. 

«cLuego que nos acercamos (ledecia) a[ campo del 
« tí rdDO' nuestro enemigo (maldígale Dios), le dimos á 
cescoger entre el islam, el tributo y la guerra , y él 
«preñrió la guerra. Habíamos convenido en que la 
«batalla se diese el lunes 15 de Regeb» pues él nos 
«dijo: «el viernes es la fiesta de los musulmanes* el 
«sábado la de los judíos, de que hay muchos en nuea- 
«tro ejército , y el domingo es la de los cristianos.)» 
«Convenimos, pues, en el dia: pero este tirano y sos 
«gentes faltaron como acostumbran á las palabras y 
«conciertos, lo cual acrecentó nuestra saña para la 
«pelea, y les pusimos campeadorcfd y espías que otea* 
«sen sus movimientos y nos avisasen de ellos. Así 
«fué que á la hora del alba del viernes 12 de regeb 
«nos vino nueva de cómo el enemigo ya movía sa 
«campo contra nosotros...» Refiere luego algunas cir- 
cunstancias de la batalla y continúa: «Sopló entonces 
«el ibrbellino impetuoso del combate, y la sangre que 
«las espadas y las lanzas sacaban de las profundas 
«heridas que abrian formaba copiosos ríos.... y cada 
«uno de nuestros valientes campeadores ofrecía al de 
«Afranc y al maldito Alfonso raudales que les podían 
«servir para hartarse y nadar en ella los quinientos 
«caballeros que de ochenta mil y de cien mjl peonen 
«le quedaron, gentío que trajo Dios ala Almara para 



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Pijcri 11. I.1BB0 II. 374 

«molerlos y expráBÍrios, y quiso Dios librar á uoos 
«pocos malditos eu uq monte para que desdé allí 
«viesen su calamidad.. •• aia quedar mas que el vano 
«recurso y miserable del 6uaí de Alfonso, q«e no 
«halló mas remedio en su desventura que ocultarse * 
«en las tinieblas de la oscura y atezada nocbe. El 
«emir de los muslimes, el defensor de la santa guer** 
«ra, el numerador y destructor de los ejércitos ene- 
«migos, dadas gracias á Dios con bendita seguridad, 
«acampaba sobre el carro del triunfo y de las victo* 
«rias y á la sombra de las vencedoras banderas^ in- 
«signias del amparo y de la gloria. Ya tos caudalosos 
«ríos, el Nilo de las algaras arrebata impetuoso sus 
' «edificios y fortalezas, tala sus campos y encadena 
«sus cautivos, y mira esto con ojos^ de comphtcenoia 
«y de alegría^ y Alfonso ^leno de rabia con desmaya-* 
<do9 y tristes y vertiginosos ojos. De los emires da 
«España solo Ebn Abed rey de Sevilla no volvió la 
«carnal temor de la cruel matanza, y se mantuvo 
«peleando como el mas esforzado y valiente campen-- 
«dor, como el principal caudillo de los mudimes, y 
«salió de la batalla con una leve herida en un muslo 
«para gloriosa reliquia de la maravillosa acción eo 
«que la, recibió. Alfonso amparado de las sonikbras da 
«la oscura noche se salvó bpyendo sin camino cierto 
«ni dirección, y sin dar sus tristes ojos al sueno, y 
tde loa quinientos eaballeros que con él escaparon, 
«los euaftroeientos perecieron en el oamino> y no ea- 



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372 H18T01IA DB BSPIAa. 

«iró en Toledo sino coa ciento. Gracias á Dios (>or to* 

tdo esto.» 

Mandó Amir Amamiain, añade el autor arábigo, 

corlar las cabezas á los cadáveres cristíaDOs, é hicie- 
ron á sa presencia montones de ellas como torres, que 
cubrían la lanza mas larga que habia en el campo 
puesta en píe. Abu Merüan que se halló en la batalla 
escribe que por curiosidad se contaron delante del rey 
de Sevilla hasta veinte y cuatro mil. Y Abdel Halim 
refiere (cosa que parece increible, exclama el mismo 
autor musulmán), que de aquellas cabezas envió 
Yussufdiez mil á Sevilla, diez mil á Córdoba, diez 
mil á Valencia, y otras tantas á Zaragoza y Murcia, 
quedando ademas cuarenta mil para repartir por las 
ciudades de África ^*), «que con tan prodigiosa victo- 
ria humilló Dios la soberbia de los infieles en Es- 
pañaW.» 

Aun rebajada la parte hiperbólica de las relacio- 
nes de los árabes, no hay duda de que el triunfo de 
los Almorávides en Zalaca , fué grande y solemne, y 
tal vez el combate que costó mas sangre española y 
cristiana desde que los soldados de Mahoma habían 
pisado nuestro suelo. Habia reunido Alfonso el mayor 
y mas noble ejército que se habia visto en España, y 

(4) Conde; párt. III. cap. 46 y envió ¿ Sevilla, y q«e ai ver lie- 

47. gar el ave mensagera toda la cia- 

(t) Cuentan loa árabes qne Al dad fluctuaba entre el temor y la 

Motamid el de Sevi]la escribió el eaperanxa. baata que llegó, y dea- 

retnltado de la batalla á su hijo atado y aesenvuelto «I papel ae 

en doe dedos de papel que ató ba- saludó la nueva del triunfo coa 

j o las alas de una paloma, la cual trasportes de alegría. 



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?ÁMtE II. usao II. 373 

lodo pereció en on solo dia en Zalaca como en Gaa- 
dalete. 

De temer era qae España hubiera voelto á sucam- 
bir como entonces bajo la ley del Profeta , si Yossof 
hubiera proseguido la conquista como Tarik. Pero 
Dios determinó no abandonar á los suyos, y no 
dar á los vencedores dicha cumplida. En la noche 
misma del triunfo recibió Yussuf la triste nueva 
de haber fallecido en África su hijo mgs querido^ 
y no pudiendo resistir á un sentimiento de ternura, 
partió el héroe africano á presenciar los funerales de 
su hijo en lugar de asistir á las fiestas triunfales que 
en España se preparaban , dejando el mando del 
ejército á Abu Bekr, uno de 'sus mejores caudillos. 
Con la ausencia de tan insigne gefe cobraron aliento 
los cristianos , y no tardó en volver á introducirse 
la desunión entre los musulmanes» obrando otra vez 
cada cual por su cuenta. Abu Bekr con los africanos 
y con Ben Alaftas el de Badajoz corrió las fronteras 
de Castilla y Galicia recobrando ^pueblos y forta- 
lezas ocupadas por los cristianos. El de Sevilla 30 en- 
tró por tierra de Toledo y^ tomó las plazas que en 
virtud de anteriores tratos habia cedido á Alfonso. 
Pasó luego al pais de Murcia , donde encontró una 
partida de esforzados españoles que desesperadamenr 
te le arremetieron y destrozaron la mitad de su hueste, 
forzándole á buscar asilo al lado del gobernador de 
lorca. Acaudillaba estos españoles Rodrigo Díaz el 



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374 HiSTomiÁ M b8paSa« 

Cid, qi6 coü este motivo mlvió á la gracia del rey 
Alfonso. Envió el monarca algunos refuerzos al casü- 
lio de Aledó (Alib ó Lebit entre lo6 árabes) de que el 
, Cid se habia apoderado, y desde donde molestaba 
sin cesar las, fronteras del sevHIano. Disgastado éste 
del mal éxito de sos operaciones en lo de Morcia y 
Lorca , retiróse á Sevilla, y escribió á Ynssnf infor- 
mándola de los estragos que los cristianos bacian en 
sos tierras , y ponderándole sobre todo lo qne el Cid 
hacia por la parte de Valencia. Decíale que los Almo- 
rávides no tenian gefe que supiera mandarlos m en- 
tendiera la guerra que convenía hacer en España: que 
si las atenciones de su gobierno no le permitían ve- 
nir, él se encargaria de conducir las banderas muslí- 
micas en la península. La impaciencia no le permitió 
esperar la respuesta á esta carta, y pasó á Marruecos 
con el fin de expóuer de palabra á Yussuf la situación 
de España. Esperaba Ebn Abed que le daría el mando 
en gefe de los Almorávides, pero Yussuf penetró su 
pensamiento y sus intenciones, y después de recibirle 
con mucho agasajo le dijo como ia vez primera: «cAlIft 
iré yo pronto , y pondré remedio á todos los malea 
firrancando de raiz lascau^s que los producen.» Con 
eaio Al Motatnid se volvió á España mas apesarado 
que satisfecho. 

Ea efigcto, al poco tiempo desembarcó Yusauf por 
segunda vez en Algeciras (10^8),* donde ya tempe- 
raba Ebn Abed con multitud de acémilas y carroSf y 



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PAftTB II. uBao 11. 375 

mil camellos cargados de provisiones. Escribió desde 
alli Yussuf á todos los emires españoles invitándolos á 
concarrir á la guerra santa, y señalándoles por punto 
de reunión la fortaleza da AlQdo, ó mas bien los cam- 
pos que la rodeaban. Concurrieron á esta expedición 
los granadinos acaudillados por su rey Abdallah bou 
Balkin; los malagueños, por Themin, .hermano de 
éñie: los de Almería por Mohammed Al Motacim ; los 
de Murcia por Abdelaziz ; los walíes de Jaén» Baza y 
Lorca; Ebn Abed el de Sevilla con todos los suyos, y 
por últia)0 Yussuf con sus Almorávides. Atacaron los 
musulmanes la plazade Aledo con vigor, y Yussuf la 
hizo bloquear y batir por todas partes ; en vano se 
repitieron los ataques dia y noche por espacio de cuá* 
tro meses. La bizarría con que se defendieron los 
cristianos hizo inútil toda tentativa, yYusisufyEbQ 
Abed fueron de opinión de que se levantara el cerco, ^ 
y que sería mas ventajoso correr las fronteras de los . 
cristianos y hacer incursiones en sus dominios. Túvo-r 
se consejo para deliberar; los pareceres fueron diver-» 
sos; agrióse la discusión, y Ebn Abed echó en cara á 
Abdelaziz el de Murcia, que estaba en inteligencia 
con los cristianos ; Abdelaziz , joven acalorado y fo** 
goso, echó mano á su alfange para herir á Ebn Abed; 
Yussuf hizo prender al agresor y se le entregó á Ebn 
Abed con grillos á los pies. Las tropas de Abdelaziz 
se amotinaron, y no solo abandonaron el campo, sino 
que acantonados en los confines de la provincia interr 



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376 HiSTomu ds mpjlHa. 

ceptabao las comonicaciones y víveres al mismo ejér- 
cito musulmán, haciendo cundir en él el hambre y 
la miseria. 

Noticioso de estas desavenencias el rey de Castii- 
Ha, juntó un ejército y marchó al socorro del castillo. 
Al propio tiempo cundió en el campo de Ynssuf lá 
nueva de que los de Afranc se dirigían al mismo punto 
en auxilio de Alfonso, y todo junto le movió á levan- 
tar sus tiendas, y dándose repentinamente á la vela 
en Almería, pasó otra veza la Mauritania. Los de- 
mas capitanes retiráronse también cada cualá sus 
dominios. Alfonso entonces corrió la tierra de Mur- 
cia, y convencido de los peligros y dificultades de 
conservar una fortaleza enclavada en territorio ene- 
migo, hizo desmantelar el castillo de Aledo, donde 
tantos intrépidos defensores habian recibido nnamuer* 
. te gloriosa, y volvió satisfecho á Toledo. 

Pasó Yussuf todo el año siguiente en África, aten- 
diendo á los negocios de su vasto imperio. Mas llegó 
el año 1090 (483 de los árabes), y las cartas apre- 
miantes de Seir Ben Abu Bekr, su lugarteniente en 
España , revelándole las intrigas y discordias de los 
andaluces^ é informándole de las continuas hostili- 
dades de los cristianos en las fronteras musulmana»,, 
le movieron á Venir por tercera Vez á España. Ahora 
no venia Hbmado por los reyes árabes de Andalucía» 
ahora traia Yussuf otras intenciones, y pronto iban á 
recoger los mismos que antes reclamaron su auxilio 



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FAftTB II. LIBBO II. 377 

el froto de su improdente llacnamiento. Desembarcó 
Yossof en su ciodad de Algeciras, y á marchas for- 
zadas se ppsó sobre Toledo, obligando á Alfonso á en- 
cerrarse en la ciudad, devastando las campiñas y po-» 
blaciones de sus contornos, y aterrando á las gentes 
de la comarca. Pero el hecho de no haberle acompa- 
ñado á esta espedicion ningún príncipe andaluz, le 
hizo sospechosos los emirea españoles, y estos por su 
parte conocieron que no eran ya solo los cristianos 
contra quienes iba á desenvainarse la espada del po- 
deroso morabita. Eí primero que penetró sus inten- 
ciones fué el rey de Granada Abdailah Ben Balkio, y 
el primero también contra cuya ciudad se encaminó 
Yussuf desde los xampos de Toledo, acompañado de 
formidable hueste de moros zenetas, mazamudes, gó- 
meles y gazules. Unos dicen que el rey de Granada 
le cerró al pronto las puertas^ otros que disimuló y 
le recibió como amigo. Es lo cierto que Yussuf, se po- 
sesionó de Granada, y que habiendo hecho prender á 
Abdailah y á su hermano el gobernador de Málaga 
Themin, los envió aprisionados con sus hijos y servi- 
dumbre á Agmat de Marruecos, donde les señaló una 
pensión para vivir que satisBzo religiosamenle, aca- 
bando asi la dinastía de los Zeiritas en Granada, que 
babia dominado ochenta años. 
^ Fijó Yussuf por alguñ tiempo su residencia en es- 
ta ciudad, encantado de sus bosques, sus jardines, 
sus aguas, su espaciosa vega, sus aires puros, subri- 



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378 HUTOIU DB BStlÜA. 

liante sol, y las altas oumbres de aquella sierra cu- 
bierta de perpetua nieve. 411i le enviaron los reyes 
de Sevilla y Badajoz sus emisarios para felicitarle por 
la adquisición de su nuevo estado, que el miedo á 
los poderosos conduce casi siempre á la adulación yá 
la bajeza. El príncipe africano no permitió á los adu-^ 
ladoresqoe pisasen los umbrales de su alcázar y los 
despidió con enérgica dignidad, harto bochornosa pa- 
ra ellos. Esto acabó de descorrer el velo que hasta 
entonces hubiera podido encubrir sus intenciones, y 
los emires desairados, reconociendo, aupque tarde, su 
ftilta y la posición comprometida en que iban á verse, 
comenzaron á prepararse á la propia defensa,- y mas 
el de Sevilla, á quien principalmente amenazaba la 
tempestad (^K 

Resuelto habia venido Yussuf á apoderarse de to- 
da la España mahometana, arrancándola de manos 
que creía impotentes para defenderla, y haciéndola, 
como en otro tiempo Muza, una provincia del im«- 
perio africano. Con este pensamiento y el de levantar 
nuevas huestes de las tribus berberiscas, pasó otra 
vez á Ceuta y Tánger, dejando las convenientes ins- 
trucciones á Seir Abu Bekr sobre el modo como habia 
de manejarse en la ejecución de la empresa. Reuni* 
dos pues los africanos que de nuevo envió Yussuf cob 



(1) De si en este tienipo hicí^ desavinieron otra vez, hablaremos 
ron ílfonso y el Cid uoa incarsion laeso cuando contemos los hechos 



hasta la Vega de Granada y allí se del Cid. 



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FAftTt if. libmu. 879 

los qoe exíaltiaii ya en Espafia, diyidiéroDse los Almo, 
ravides en caatro ¿oerpos para operar simoltánea-» 
meóte al Este y al Oeste de Granada. El ge&eral en 
gefo Aba Bekr marchó en persona al frente de la 
mas foerte de estas divisiones contra el rey de Se-* 
villa, como el mas poderoso y temible ebemigo. Por- 
fiada y tenaz resistencia opuso Ebn Abed; no tanto 
por el número de sos fuerzas, que eran inferiores á 
las del moro, como por los recursos de su talento. 
Pero poco á poco fué perdiendo las plazas de su reino; 
Jaén, que fué tomada por capitulación; Córdoba, en 
que los afrícaaos hicieron gran carnicería, y en qoe 
filé pérfidamente asexuado un hijo de Ebn Abed; 
Rondad en que pereció también el mas joven desmi 
hijos á manos del mismo ejecutor; Baeza, Ubeda, AU 
modovar, Segura, Galatravjai, y por último Carmena, 
tomada al asalto por el mismo Seir ^u Bekr y que 
acabó de quitar toda esperanza de resistencia á Al 
Hotamid reducido ya á los solos muros deSevilla. 

Entonces viéndose perdido esteeinir, se humi- 
lló á solicitar de nuevo el auxilio de^ rey cristiano 
Alfonso, contra quien antes habia llamado á Yussaf 
y á sus Almorávides, ofreciendo al rey de Castilia 
entregarle las plazas en otro tiempo' conquistadas pa-^ 
ra dote desn hija Záida, asi como todo lo que en lo 
sncesivü con so aynda adquiriese. Y Alfonso, biea^ 
fuese por consideración y obsequio á Zaida, bien por 
que le asustasen ios progresos de los Almorávides^ 



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380 nimmu d« BSPAftA» 

todavía accedió á enviar al inconstante Al Motamid, 
olvidando tantos perjuicios y males como por causa 
suya había sufrido, un ejército de cuarenta mil in* 
fantes y veinte mil caballos, á las órdenes probable» 
mente del conde Gormaz <*). Pero habiendo escogida 
Ben Abú Bekr sus mejores tropas lamtunas, zenetas y 
mazamudesi para que saliesen á batir álos cristianos, 
quedaron estos derrotados cerca de Almodovar des- 
pués de rudos y sangrientos combates en que pere- 
cieron multitud delamtunas ó almorávides. 

Privado Ebn Abed de este postrer recurso, estre- 
chado mas y mas por él activo representante de Yus- 
suf, y acosado por las instancias de los sevillanos que 
reducidos al último extremo le aconsejaban la capi- 
tulación, consintió en solicitarla, y la obtuvo alcan- 
zando seguridad para sí, sus hijos, mugéres y escla- 
vos, y para todos los habitantes. Tomó pues posesión 
de Sevilla Seir Abo Bekr en la luna de Regeb (setiem- 
bre de 1091), é hizo embarcar á Ebn Abed con toda 
su familia con destino á la fortaleza de Agmat. Gnan- 
do por última vez desde la nave que los conducia por 
el Guadalquivir volvieron los ojos hacia la bella ciu* 
dad de Sevilla, abierta como una rosa, dice un autor 
árabe, en medio de la florida llanura, y vieron des- 
aparecer las torres de su alcázar nativo, como un sue- 
no de su ' grandeza pasada, todas sus mugeres, sos 

(1) 'El conde Gumis, dicen las historias arábigas. , 



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tAATB Ú. LIBEO II. ^ 384 

hijúsuipe cambiabaD iipa vida de placeres por las mi- 
serias del destierro, saludaron con destrozadores la- 
mentos aquella patria qae no habían de ver mas. En 
sa cautiverio estuvo siempre Ebn Abed jodeado de 
sus hijas» vestidas de pobres y andrajosas telas; pero 
bajo aquellos humildes vestidos se descubría su deli* 
cadeza y hermosura, y resplandecía en sus rostros la 
regía magestad, siendo como un sol eclipsado y cu- 
bierto de nubes. Dicen que era tan estremada su po- 
breza que llevaban los pies descalzos y ganaban hilan- 
do su sustento. Murió Ebn Abed Al Motamid, el mas 
poderoso de los emires de España después del imperio, 
en su destierro de Agmat miserable y desastrosamente: 
triste remate á que le condujo el llamamiento de auxi- 
liares extrangeros. 

Dueños los Almorávides de Granada, de Górdbba 
y de Sevilla, fácil les fué enseñorearse de toda la Es* 
pana musulmana. Poco tardó en caer en su poder 
Almería, donde tan gloriosamente habia reinado, el 
erudito y generoso Al Motacim, teniendo su hijo Izzod- 
haula (qué solo reinó después de so padre tres meses) 
que buscar un asilo enBugfa (1091). Aun cupo mas 
desventurada suerte ¿ Otnar ben Alafias el de Bada- 
joz,'' que hecho prisionero con sus dos hijos Fahdil y 
Alabbás después de tomada por asalto la ciudad, fue- 
ron inhumanamente degollados por orden de Seir Abu 
Bekr ^^K Valencia, donde reinaba el antiguo emir de 

(4) Doxy, Recberches, iom. I. p. 4tt y 136» qae refiere estot su* 



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3S8 UflTOEU M BfllfAiA. 

Toledo Alkadir bea INlaúm qajB destronó el rey AU 
fooso, Faé toínada también por los Aimoravktes. 
Abandonada por los cristianos qae sostenían á Ben 
Dilnüm» el cadí de Valencia Ahmed ben Gehaf la en- 
tregó á Iqs africanos, y Yahla AJJcadir sacuoibió de- 
sabrosamente (1092). Cayeron luego las Baleares en 
poder de los naevos conquistadores de África. De esta 
manera en menos de tres años tuvo Ynssuf el orgullo 
de someter una en pos de otra todas las soberanías 
de la España musulmana. 

Solo Zaragoza se habia salvado de la universal 
conquista. Razones de alta política y de mutuo iote* 
res mediaron para que fuese respetada esta parte de 
España. Su rey era un príncipe rico, afable ademas 
y muy humaiio, querido de sus pueblos y respetado 
de los vecinos: sostenia con heroico valor una gran 
parte de la España Oriental» en que se comprendian 
las importantes ciudades de Medinaceli, Galatayud, 
Daroca, Huesca, Tudela, Barbastro, Lérida y Fraga: 
dueño del Ebro bajo, de los Alfaques y Tarragona, 
enviaba sus naves cargadas de frutos españoles á los 
mares y puertos de África, y redbia en retorno mer-* 
cederías de Oriente, de la India, de la Persia y de la 
Arabia. Yussuf no se atrevió á enojar á tan poderoso 
r^y» y Abu Giabr temía por su parte tener por ene- 
migo á quien tan multiplicadas victorias y conquistas 

cesos con arrezo á los textos de ganas variantes de como los ctten- 
B«n Alabar y Ben Alkaüb» CQQ al- ta Conde. 



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. VARTB U. UUMO U. 383 

iba haciendo. Para coDJarar, pues, la tempestad en- 
vió á Yussof presentes de gran valor, qae Aloodaihace 
consistir en catorce arrobas de plata, acompañados de 
una carta en que solicitaba su alianza y amistad, 
y en la cual entre otras cosas le decia: «Es mi reino 
«el baluarte que media entre tí y el enemigo de núes- 
«tra ley: este antemural es el amparo y defensa de 
«los muslimes, desde que reinaron en esta tierra mi» 
«abuelos, que siempre velaron en esta frontera para 
«que los cristianos no entrasen á las demás provincias 
«de España. Será mí mas cumplida satisfacción lase* 
«guridad y confianza de tu amistad, y que estés cier* 
«to de que soy tu buen amigo y aliado. Mi hijo Ab- 
«delmelik te manifestará las disposiciones de nuestro 
«corazón, y nuestros buenos deseos de servir á la de- 
«fensa y propagación del Islam.» A esta tarta con* 
testó Yussttf con otra no menos atenta y expresiva, 
ofreciéndole todas las seguridades de ana amistad 
sincera y estrecha, con que quedaron ambos reyes 
satisfechos y contentos. 

Oportunamente hizo esta alianza el rey mahom^ 
taño de Zaragoza, y falta le hacian los auxilios que 
le suministraran los Almorávides, por mas que los 
historiadores árabes exageren su poder, porque desde 
4088, asi el rey don Sancho Ramirez de Aragón co- 
mo don Pedro su hijo no hablan cesado de hostilizar 
y talar sus fronteras, le habían toipado á Monzón y á 
Huesca, y haciendo por último una violenta irrupción 



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384 U8T01IA DB BSFAfÍA. 

eo tierras de Zaragoza, se había apoderado el últíma 
de estos mooarcas de Barbastro^ babieodo sucumbi- 
do mas de cuarenta mil musulmanes en esta guerra 
al filo de las espadas cristianáis. Pero con la ayuda « 
que recibió de los Almorávides, y gracias ¿ su opor- 
tuna alian2;a, no dejó de mejorar su posición y de va« 
riar el aspecto de la guerra» como habremos de ver 
en la historia de aquel reino. 

Quedaba, pues, posesionada de la España maslí- 
.Biica una nueva raza de hombres^ los Almorávides 
africanos, conquistadores de los mismos qae antes 
los habían conquistado á ellos: nuevos, cartagineses 
llamados por sus hermanos y convertidos en domina-* 
dores y tiranos de los mismos que los habían invo- 
cado como protectores y salvadores. Cumplióse la pro- 
fecía del walí de Málaga y del hijo de EbnAbed cuando 
dyeron: «Ellos nos atarán con sus cadenas y nos 
arrojarán de nuestra patria.» Terribles fueron sus 
primeros Ímpetus y arremetidas contra los cristianos: 
vecemo9 como se desenvuelven de estos nuevos y for-» 
midables enemigos. 



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CAPITULO 11. 

EL aD gaupeador. 

Enojo del rey de Castilla con Rodrigo. — Destié^ralo del reino.-^AUanza 
del Cid con el rey Al Matamin de Zaragoza. — Saa campafias contra 
Al Mondhíf de Tortosa, Sancho Ramírez de Aragón y Eeren- 
guer do Barcelona.— Vence y hace prisionero al conde Berengaer: 
restituyele Ja libertad. — Acorre al rey de Castilla en un conflicto: se- 
párase de nuevo de él.— Correrías y triunfos del Cid en Aragón.— 
Sus primeras campafias en Valencia. — Política y mana de Rodrigo 
con diferentes soberanos cristianos y m usa Imanes^— Reconcilíase de « 
nsevo con el rey de Castilla^ y vuelve á indisponerse k y separar- 
se.— Vence segunda vez y hace prisionero á Berenguer de Barcelo- 
na.— Tributos que cobraba el Campeador de diferentes principes 
y señores.— Sus conquistas en la Rioja.— Pone sitio á Valencia.— 
Muerte del rey Alkadir.— Apuros de los valencianos.— Hambre hor- 
rorosa en la ciudad.— Tratos y negociaciones.- Proezas del Cid.— 
Rendición de Valencia*— Comportamiento de Rodrigo.— Sus discur- 
sos á los valencianos. — ^Horrible castigo que ejecutó en el cadi Ben 
Gehaf.-»Recbaza y derrota á los almorávides.— Conquista á Mur- 
viedro.— Mqerte del Cid Campeador.— Sostiénese en Valencia su es- 
posa Jimena. — ^Pasa á Valencia el rey de Castilla, la quema y la 
abandona.— Posesiónanse los almorávides de la ciudad.— Aventu- 
ras romancescas del Cid. 

Resonaba por este tiempo en España la fama de las 
proezas y brillaDtes hechos de armas de un caballero 
castellano» cuyo nombre gozará de perpetua celebri- 
dad, no solo en España y en Europa sino en el mundo» 
y que ha alcanzado el privilegio de oscurecer y eclíp- 
Toaio lY. 25 



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386 HISTORIA DE ESPAÑA. 

sar á tantos héroes como produjo la España de la 
edad media. Este famoso caballero era Rodrigo Diaz 
de Vivar , llamado luego el Cid Campeador í*\ de 
quien ya hemos contado en nuestra historia algunos 
hechos, pero cuyas principales hazañas nos propone- 
mos referir en este capítulo ^^K ¿Mas cómo adquirió 
este personage tan singular prestigio? ¿Cómo se hizo 
el Cid el tipo de todas las virtudes caballerescas de la 
edad media española? ¿Cómo ha venido á ser el héroe 
de las leyendas y de los cantos populares? ¿Es el mis- 
mo el Cid de la historia que el Cid de los romances y 
de los dramas? 

Que desde el siglo XII. hasta el XVI. se mezcla- 
ron á las verdaderas hazañas de Rodrigo el Campea- 
dor multitud de aventuras fabulosas que inventaron y 
añadieron los romanceros , es cosa de que no duda 



(1) El Cid, de el Seid, señor.— 
El Campeador; equivalente á re* 
tador, peleador i de la palabra teu- 
tónica champh, duelo y pelea: al- 
gunos le hacen síDÓnimo de cam» 
peón: entre los árabes cambitor, 
camhiatur; los latinos solían lla- 
marle campidocttM.-rNombré bá- 
sele también Ruy Dias, síncope 
de Rodrigo Diaz. 

[i) Seria por consiguiente casi 
supérfluoadvertir que rechazamos 
completamente los desacertados 
asertos do Masdeu,que dedicó ca- 
si un volumen á^ poner en duda to- 
do lo relativo al Cid, y concluyó 
con estas temerarias palabras: 
aResuita por consecuencia legití* 
«ma, que no tenemos del famoso 
«Cid ni <]na sola oolicia que sea se- 
«f^ura ó fundada, ú merezca lugar 



«en las memorias de nuestra na- 
ación. Algunas cosas dije de él en 
«mi historiado la España árabe.... 
«pero habiendo ahora examinado 
tía materia mas prolijamente, juz- 
cgo deberme retractar aun de lo 
apoco que dije, y confesar con la 
«debida ingenuidad, que de Ro- 
«drigo Diaz el Campeador (pues 
«hubo otros castellanos con el mis- 
«mo nombre y apellido) nada ab- 
csolutamcnte sabemos con proba- 
«bilidad, ni aun su mismo ser ó 
«existencia.» (Refotaciorí* critica 
de la historia leonesa del Cid, pá- 
gina 370.)— Sentimos que tales 
palabras hayan sido estampadas 
por un español, y mas por un es- 
panol erudito, v amaiíte por otra 
parte de las glorias españolas» á 
veces hasta la exageración. 



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PAm II. LIBBO II. 



387 



ya ningan crflicoi El deslindar la parte verdadera y 
derla de la ioventada y fabulosa» ha sido trabajo qae 
ha ocupado por mucho tiempo á los críticos mas era- 
ditos, sin que hasta ahora haya sido posible fijar con 
exactitud la línea divisoria entre la verdad y la fá<^ 
bula. Felizmente los modernos descubrimientos, espe- 
cialmente de memorias y manuscritos árabes , y su 
cotejo y confrontación con los documentos latinos y 
castellanos debidos á celosos escudriñadores de nues- 
tras bibliotecas y archivos» permiten ya descifrar con 
mas claridad, si no con entera luz , lo que acerca 
de este célebre personage puede con certeza ó con 
probabilidad adoptar la historia y lo que debe quedar 
al dominio de la poesía. No vamos sin embargo á ha- 
cer una biografía del Cid » sino á referir la parte de 
sus hechos que tiene alguna importancia histórica, 
por los documentos arábigos y españoles que hasta 
ahora han llegado á nuestra noticia ^^K 



(I) TomamosL, 
gaiaen esta materia a) doctor 
zy, que en sus in? estigacioDes so- 
bre ia historia literaria y política 
de España en la edad media, dos 

Sorece babor reunido mas copia 
e datos sobr^ el Cid que niogUD 
otro eserTCdrque conozcamos, y en 
locualcreemds ba hecbo uo nota- 
ble servicio ata literatura históri- 
ca espafiola. Las últimas cuatro- 
cientas páginas de su primer tomo 
en4.o las dedica á hablar del Cid. 
Loa documentos mas antiguos 
que dan noticia del Cid son: un 
manosccito árabe de Ibo Bassáo, 
escrito en 4 4 09, que copia el refe- 



rido autor: elPoama del Cid. que 
suponen machos compuesto bacía 
la mitad del siglo XII: una crónica 
escrita^eo el Mediodía de la Fran- 
cia bácíá el año 4 U4 : del siglo XUl 
son la crónica de Burgos, los Ana- 
les toledanos primerofi, el Liber 
Begum, los Anales compostela- 
nos, las Crónicas de Lucas de Tay 
y del arzobispo don Rodrigo, que 
dan escasas noticias sobre ei Cam- 

Epador:la Crónica general atri- 
uida ¿ don Alfonso el Sabio, y las 
crónicas é historias de los siglos 
siguientes, quo adoptaron las no- 
ticias de lasqoelas babiao prece- 
dido. En 479Í publicó el ilustrado 



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388 HISTOBIA PE BSPAÑA. 

Hémosle visto ya distíngoirse como gaerrero bajo 
las banderas del rey don Sancho él Fuerte de Castilla 
en los combates de Llantada y Golpejares y en el 
cerco de Zamora. Hémosle visto en el templo de Santa 
Gadea de Burgos tomar al rey Alfonso aquel célebre 
juramento que tanto debió herir el amor propio del 
monarca castellano. Bien que éste disimulara al pronto 
su enojo, es lo cierto que no le perdonó la ofensa, y 
que mas adelante le desterró de su reino, á cuyo acto 



P. Risco un libro con el tjlulo de 
La Castilla y el mas famoso caste- 
llano, de un manuscrito latino en 
4.0 que halló en la Biblioteca de 
San Isidro de León, y que conte- 
nia entre otras cosas una antigua 
historia del Cid que llevaba por tí- 
tulo; Hic incipit gestada Roderíci 
Campidocli. El célebre historiador 
déla confoderucion suiza, Juan de 
MuUer, que publicó en 1805 eo 
alemán una historia del Cid, admi- 
tió como auténtica la latina y tomó 
como buena fuente histórica el 
Poema del Cid. Masen aquel mis- 
mo año publicó Masdeu el volu- 
men 20 do su Historia sritica de 
España^ en que se propuso probar 
que el manuscrito de Leoo era 
apócrifo, concluyendo por negar, 
ó al menos por poner en duda bas- 
ta la existencia del Cid. Huber, eo 
su historia del Cid publicada en 
4829, cree en la autenticidad de la 
de Risco. La muerte impidió á e-;te 
contestar á Masdeu. El ¡lastrado 
P. La Canal, continuador como 
Risco déla España Sagrada, habia 
escrito una refutación ¿ la critica 
de Masdeu, que no se publicó, en- 
tre otras razones, por haber muer- 
to el crítico jesuíta. El señor Quin- 
tana escribió la vida del Cid. Ha- 
blan de él ademas no pocos histo- 



riadores árabes citados ó traduci- 
dos por Conde, Gayangos y Dozy. 
El primer instrumento público 
en que sepamos pusiera su firma 
el Cid es el privilegio de Fernan- 
do el Magno dado á los monjes de 
Lorbaon cuando conquistóá Goim- 
bra, cuya copia tenemos á la 
vista, y que citamos en nuestro 
capitulo 33 del anterior libro: há- 
llase ademas en varios documen- 
tos del rey don Sancho de los anos 
1068, 4069, 4070 y 4072: en la 
Carta de Arras para su contrato 
de matrimonio con doña Jímena en 
4074, que publicó Sandoval en los 
Cinco Reyes: se ve también la ñr- 
ma de Rodrigo Diaz en el Fuero 
de Sepúlveda de 1076, y en otros 
muchos instrumentos de aquel 
tiempo. Su carta de arras es uu 
documento-notable. 

«En el nombre de la ^anta ó 
indivisible Trinidad, Padre, Hijo y 
Espirito Santo, Criador de todas 
las cosas visibles ó invisibles, un 
solo Dios admirable y rey eterno, 
como saben muchos y pocos pue- 
den declarar. Yo, pu^, Rodrigo 
Diaz recibí por muger á Ximena, 
hija de Diego, Duque de Asturias. 
Quando nos desposamos prometi 
dar á dicha Xímena las villas aquí 
nombradas, hacer de ellaa eacri- 



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?AETB II. LIBRO II. 389 

acaso DO fué agena la familia de Gareía Ordoñez, ene- 
migo de Rodrigo. Pasó entonces el de Vivar á tierras 
de' Barcelona y Zaragoza y comenzó á guerrear por 
su cuenta. El rey mahometano de Zaragoza Al Mok* 
tadir babia dividido sus estados entre sus dos hijos 
Al Mulamín y Al Mondbir» llamado también Alfagib: 
el primero obtuvo ¿ Zaragoza , el segundo á Lérida» 
Tortosa y Denia. Habiendo estallado la guerra entre 
los dos hermanos, Al Mondhir hizo alianza con Sancho 



tara y señalar por fiadores al Con- 
de doQ Pedro Ássurez y al Coade 
don García Ordoñez de que son 
ciertas las herencias que ten^o en 
Castilla. Es á saber la hacienda 
que tenso on Cavia y la porción de 
la otra Gavia, que fué de Diego 
Velazquez, con las que tengo en 
MazuUo, en Villayzan de Gande* 
muüio, en Madrigal, en Villasan- 
ces. en Escobar, en vGriialva, en 
Luaego, en Quintanilla de Mora- 
les, en Boada, euManciles,eo Vi- 
llágalo, en Villayzan de Trevino, 
en Villamayor, en Villahernando, 
en Vallecillo, en Melgosa y otra 
parte de Boada, en Alcedo, en 
Fueoterevilla, en Santa Cecilia, en 
Espinosa, en Villanuez y la Nuez, 
en Quintana Laynez, en Víllanue- 
▼a, euCerdmos,eoBivar, en Quin- 
tana Hortuño, en Huseras, en Per- 
quorino,enUbieroa, en Quintana- 
montana, en Moradilto con el mo- 
nasterio de San Cebrian de Val- 
decañas, en Laimbistia.Doyte to- 
das estas villas, en que no se cuen- 
tan las que sacaron Alvar Fañez y 
Alvaro Alvarez mis sobrinos, con 
todar* sus tierras, viñas, árboles, 
prados, fuentes, dehesas y molinos 
con sus entradas y salidas. Todo 
esto os doy y otorgo en arras á 
Tosmimuger Xímena, conforme 



al fuero de León, y según hemos 
acordado entre nosotros, con titu- 
lo de filiación y prohijación. Ade- . 
mas de esto te doy todas las de- 
mas villas y heredades fuera de 
las aqui espresadas , en donde 
quiera que yo las tenga, y tú las 
puedes haber enteramente, asi las 
que al presente tenemos, como las 
que pudiésemos adquirir por ra- 
zón de esta prohijación, i si yo 
Rodrigo Diaz muriese &ntes que 
vos mi muger Ximena Diaz, y 
permanecieres en estado de viu- 
da goces de dichas villas en titu- 
lo y prohijación, como arras pro- 
pias, con lo demás que dejare y 
quedare en mi casa de bienes, 
pueblos, ganado, cavallos, cava- 
Uerias, armas y ajuares de casa: 
de modo que sip tu voluntad no se 
dé cosa alguna, ni á hijos ni á 
otra persona: y después que mu- 
rieses lo hereden los hijos que na- 
ciesen de nuestro matrimonio. St 
sucediere que ^o Ximena Diaz to- 
mare otro mando pierda el dere- 
cho á todos los bienes, que por es- 
ta prohijación y arras reciño y la 
hereden los hijos gue nacieren de 
nuestro matrimonio. Asimismo yo 
Ximena Diaz prohijo á vos Rodri- 
go Diaz mi marido de estas mis 
arras, de todos mis muebles y 



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890 



BI8TMIA ra BSVAftA. 



RamireZt rey de Aragón y de Navarra » y con Beren- 
guer Ramón IL de Barcelona ; peleaba Rodrigo Diaz 
en favor de Al Mutamin. Entró el Cid en Monzón á la 
vista del ejército de los aliados» por mas que Sancho 
hubiera jurado que nadie tendría la audacia de ha- 
cerlo. Después de lo cual dedicóse con Al Mutamin á 
reedificar y fortificar el viejo castillo de Almenara, 
entre Lérida y Tamariz. Acudió á sitiar esta fortaleza 
el conde Berenguer» junto con los de Gerdana y Urgel, 
y con los señores de Vicb, del Ampurdan, del Rose* 

cuaDto heredare* esto es, villas, 
oro, plata, heredados, cavallerías» 
armas y alhajas de casa. T si su- 
cediere que yo Ximooa Diaz mu- 
riere aotes que yos Rodrigo Diaz 
mi marido, es mi voluntad here- 
déis toda mi hacienda como qaeda 
dicho y seáis duefio de toda ella y 
la podáis dar é quien gustaseis 
después de mi muerte y después 
la hereden los hijos que de noso- 
tros hayan nacido, lo cual otorgo ^ 
prometo yo Rodrigo Díaz á vos mi 
esposa, por el decoro de vuestra 



hermosura y pacto de matrimonio 
Tírginal. También nosotros los di- 
chos condes Pedro hijo de Assur y 
García hijo de Ordeño fuimos y se- 
remos fiadores. Por tanto yo el 
dicho Rodrigo Diaz otorgo esta 
carta á vos Ximena Diaz, y quiero 
que sea firme sobre toda la ha- 
cienda nombrada y prohijación, 
que entre nosotros hacemos para 
que la gocéis y disponíais de ella 
a vuestra voluntad. Si alguno en 
adelante, asi por mi como por mis 
parientes, hijos, nietos, estrenos ó 
herederos, oontra viniere á esta es- 
critura, rompieren ó instaren á 
romperla, el tal quede obligado á 
pagar dos ó tres veces doblado; y 
lo qu4 ae hubiese mejorado; y pa- 



gue al fisco real dos talentos de 
oro y vos lo gocéis perpetuamen- 
te. Fué hecha esta carta de dona- 
ción y prohijación en 49 de julio 
deiaera44%2,queesteañode4074. 
Nosotros Pedro Conde y García 
Conde, que fuimos fiadores, oimoa 
leer estacarte, la confirmamos con 
nuestras manos. En nombre de 
Cristo, Alfonso rey por la gracia 
deDios, Urraca Fernandez Elvira, 
hija de Fernando juntamente con 
mis hermanos, Conde Nudo Gon- 
zález, conf. conde Gonzalo Salva- 
dores coof. Diego Alvarez, Diego 
González, Alvaro González, Alva- 
ro Salvadores, Bermudo Rodrí- 
guez, Alvaro Rodríguez, Gutierre 
Rodríguez, Rodrigo González, paje 
de lanza del rey, Munio Diaz, Gu« 
tierre Nuñiz, Froyla Mufiiz, Fer- 
nando Pérez, Sebastian Pérez, Al- 
varo Añiz, Alvaro Alvarez, Pedro 
Gutiérrez, Diego Gutiérrez, Diego 
Maurel, Sancha Rodriguez, Tere- 
sa Rodríjguez. Fueron Testigos 
Anaya, Diego y Galiodo.» 

Era Rodri(;o hijo de Diego Lai- 
nez, descendiente de Lain Calvo, 
uno de ios jueces de Caatilla; y 
Ximena lo era de DiegOi conde do 
Asturias. 



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PARTB U. UBEO II. 391 

IIoD y de Garcasona. Sancho Ramírez de Aragoa aa- 
daba por otra parle ocupado. Prolongábase el cerco,- ^^^^^ 
y comenzaba á faltar el agua á los sitiados (1081). 
Notició Al Mutamin áRodrigo, que se hallaba entonces 
en la fortaleza de Escarpa, en la confluencia delSegre 
ydelGinca, la apurada situación en que se veía ia 
guarnicionde Almenara. Quería el musulmán que Ro 
drigo atacara á los sitiadores, mas el castellano pre* 
fírió ofrecer á los condes catalanes cierta suma de di- 
nero á condición de que levantaran el asedio, propues- 
ta que rechazaron los catalanes con indignación. Irri- 
tado con este desaire el Cid, los atacó, acuchilló gran 
número de ellos, ahuyentó á los demás, hizo prisionero 
al conde Berenguer de Barcelona, y partió con el or- 
gullo del triunfo á Tamariz, donde presentó su ilus- 
tre prisionero á Al Mutamin, y de alli á Zaragoza, si 
bien á los cinco dias de retenerle en su poder le de* 
volvió, al decir de la crónica, su libertad ^^K Premió 
Al Mulamin al Campeador con muchos y ricos do* 
nes y alhajas, y le dio mas autoridad que á su pro- 
pio hijo, de suerte que era el Cid como el señor de 

(4) Gesta Gomit. Barcío.p. 20. desaveneDcias entre el castellano 

—Según el Poema del Cid^ Ro- y el barcelonés que el poeta ia- 

drigo había estado antes en Bar- dicó en los siguientes versos, pues- 

celona, donde debieron sobrevenir tos en boca del conde: 

Grandes tuertos me tione mío Cid el de Bibar: 

Dentro en mi Cort tuerto me tobo arant: 

Firiom* el sobrino é non lo enmenaó roas. 
Y hablando de la batalla añade: 

Hy ganó á Colada, que mas vale de mili marcos de plata. 
Frisólo al conde, para su tierra lo lebaba: 
A stts creenderos mandarlo guardaba.... 



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392 oíSTouA BB espaKa. 

todas las tierras pertenecientes al reino de Zaragoza. 
Cuando en 1083 el gobernador de Roda Albofalac 
se rebeló contra Al Mutamin y proclamó soberano á su 
tío Almudhaffar, este pidió ayuda al rey don Alfonso, 
que le envió á su primo el príncipe Ramiro de Navarra 
con el conde Gonzalo Salvadores de Castilla y muchos* 
otros nobles que conduelan una respetable hueste. No 
contento con esto Almudhaffar, suplicó al rey de Cas- 
tilla que fuese en persona. También le complació en 
esto Alfonso y permaneció algunos dias en Roda. Mas 
como después de su partida hubiese muerto Almudha- 
fTar, trató Albofalac con el infante Ramiro» y ofrecién- 
dole entregar la plaza á Alfonso rogó á este que pa- 
sase personalmente á posesionarse de ella. Por fortuna 
receló el monarea de tan generoso ofrecimiento y dis- 
puso que entraran sus generales delante de él. La sos- 
pecha era harto fundada. Al entrarlas tropas de Castilla 
una lluvia de piedras descargó de improviso sobre los 
cristianos; muchossucumbieron victimas de aquella trai- 
cio, y entre ellos el conde Gonzalo Salvadores, nom- 
brado Cuatro-Manos , cuyo cadáver fué trasportado á 
Oña (1084). Triste y apesadumbrado se hallaba en su 
campo el rey Alfonso, cuando noticioso el Cid de aquel 
desastre pasó á unírsele desde Tudela. Recibióle be- 
névolamente el monarca , y le manifestó su deseo de 
que le siguiera y acompañara á Castilla. Hízolo asi 
Rodrigo. Mas como no tardase en penetrar que no se 
habia extingido aun la desfavorable prevencioa del 



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PAETB n. UBRO n. 303 

rey hacia su persona , separóse otra vez de él y se 
volvió á Zaragoza. 

EDComendóie entoaces Al Matamin que hiciese 
algunas incursiones por tierras de Aragón. Rápidas 
como el relámpago y abrasadoras como el rayo eran 
estas correrías que el Campeador hacia con sus han* 
das» y antes regresaba él cargado de prisioneros y de 
botín que tuvieran tiempo sua enemigos para aperci- 
birse de ello cuanto mas para . prepararse á resistir 
sus acometidas. Entróse después por los dominios de 
Al Mondhir Alfagib, taló y devastó sus campos, puso 
sitio á Morella , y reedificó y fortificó el castillo de 
Alcalá de Ghivert. Invocó Al Mondhir el auxilio de su 
aliado Sancho Ramírez: asentaron los dos príncipes 
sus reales en los campos del Ebro, desde donde in- 
timó Sancho á Rodrigo Diaz que evacuara el ternto- 
rio de Al Mondhir. ^ venis, contestó el arrogante 
castellano» con intenciones pacíficas, os dejaré el paso 
libre, y aun os daré ciento de mis guerreros para qae 
os escolten y acompañen : pero yo no me moveré de 
donde estoy.>lCon esta respuesta marcharon Sancho 
y Al Mondhir ¿ontra Rodrigo que los esperó á pié fir* 
me. Empeñóse el combate: larga y reñida foé la 
pelea : pero el guerrero castellano derrotó al fin y 
deshizo las huestes de los dos monarcas , cristiano y 
musulmán , que ambos se salvaron por la fuga. Per- 
siguiólos el Campeador y logró hacer prisioneros dos 
oüi soldados con multitud de nobles aragoneses : con 



V 



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394 BtfTOEU 0B UFAÜA. 

estos y con un iomenso botín se volvió á Zaragossat 
donde Al Mutamin le colmó nuevamente de honores. 
Otro campo se abrió después al hazañoso castella- 
no* El nuevo teatro de sus proezas había de ser Va- 
lencia. Reinaba intranquilamente en esta ciudad el 
desgraciado Yahia Aikadír ben Dilnüm , á quien Al- 
fonso había arrojado de Toledo. Gracias á las tro- 
pas castellanas que guarnecían á Valencia manda- 
das por Alvar Fañez, aunque costeadas por Alka-» 
dir^ había podido este irse sosteniendo contra pro- 
pios y estraños enemigos. Sin embargo habia perdido 
á Játiva que su gobernador entregó á Al Mondhir , el 
rey de Lérida, de Tortosa y de Dehia, hermano del de 
Zaragoza. Al Mondhir habia hecho ya algunas tenta- 
tivas para apoderarse de la mi^ma capital, y aunque 
infructuosas, los valencianos tenían el triste presen- 
timiento de que Valencia se habría de perder por Al- 
kadír como Toledo. En tal estado ocurrió la famosa 
irrupción de los Almorávides y la terrible y funesta 
derrota de Alfonso VL en Zalaca que dejamos referi- 
da en el anterior capitulo. Alfonso habia llamado i 
Alvar Fañez de Valencia» y privado Alkadirde su 
único sosten y apoyo hizo allana con Yussuf el gefe 
de los Almorávides, emancipándose del soberano de 
Castilla. Mas como Ynssuf volviese á África y el Cid 
hubiera ahuyentado á los Almorávides de Hnrcia» 
encontróse otra vez el de Valencia abandonado y solo: 
sn rival Al Mondhir se presentó con poderosa hues- 



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rim u. uno ii* 305 

te al pie de los muros de la ciudad: en tal apuro vol- 
vió otra vez Alkadir los ojos hacia Alfonso de Castilla, 
cuyo auxilio reclamó, como igualrneute el de Almos* 
, tain de Zaragoza » que babia sucedido á su padre Al 
Mutamin, y coa quieo el Campeador cootinuaba en la 
misma amistad y alianza que con su padre. Concerta- 
ron entonces Almostaín y Rodrigo ayudarse recípro** 
camente para conquistar á Valencia, á condición da 
que la ciudad habría de ser para Almostaín , el botío 
para Rodrigo todo» 

Noticioso de esta confederación y de este proyec** 
to Al Mondhir apresuróse á levantar el sitio, y los 
dos aliados se presentaron delante de Valencia. Dié* 
les Alkadir cumplidas gracias, considerándolos como 
atentos auxiliares é ignorante de sus ulteriores desig* 
nios. Mas cuando el de Zaragoza recordó al Cid so 
promesa de ayudarle á conquistar á Valencia, res- 
pondióle el castellano que aquel proyecto era irreali- 
zable porque Alkadir era on vasallo del rey de Cas- 
tilla, y que quitársela á Alkadir equivalía á quitar*- 
sela á Alfonso, so soberano , á quien él no pedia fal*^ 
tar: contestación que dio al traste con todas las ilu- 
siones de Aimostain , el cual se retiró desazonado á 
Zaragoza. Manejóse entonces el Cid con la maña y 
astucia de un gran político. Mientras con buenas pa- 
labras entretenía por un lado á Alkadir el de Valen^ 
cia, por otro á Al Mondhir el de Lérida, y por otro á 
Aimostain el de Zaragoza , hablando i cada cual en 



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396 msTORU bb bspaKa. 

el sentido que halagaba mas sos intereses, aseguraba 
y protestaba ai rey de Castilla que, vasallo sayo ca« 
mo era, ni obraba ni guerreaba sino en el interés de 
su soberano: que su objeto en enflaquecer y debilitar 
á los moros; que la hueste que mandaba la sostenía á 
costa de los infieles y nada le costaba al rey, á quien 
pensaba hacer pronto dueño de todo aquel país. Sa- 
tisfecho con esto Alfonso permitióle retener bajo sa 
mando aquel ejército, y comenzó el Cid á hacer por 
la comarca de Valencia aquellas atrevidas excursio- 
nes que al propio tiempo que le proporcionaban pro- 
veer al mantenimiento de su gente, difundían el es- 
panto y el terror entre los mahometanos (1089). 

Convencido ya el de Zaragoza de que para tomar 
á Valencia no podia contar con el Cid, trató confieren- 
guer de Barcelona, á quien halló mas propicio, tanto 
que seguidamente vino el barcelonés á poner cerco á 
aquella ciudad tan codiciada de todos. Era esto á la 
sazón que Rodrigo habia pasado á Castilta á confe- 
renciar con el rey Alfonso sobre sus proyectos y ope- 
raciones» Recibióle bien el monarca y le dio el domi- 
nio y sefiorío de todos los pueblos y fortalezas que 
conquistara á los musulmanes. Guando regresó hacia 
Valencia el Campeador con una hueste de siete mil 
hombres que entonces acaudillaba , no se atrevió el 
conde Berenguer á esperarle , y levantando el cerco 
tomó la vuelta de Barcelona, contentándose sus sol- 
dados C(m dirigir amenazas é insultar á los del Cid, 



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PARTE IK LIBEO II. 397 

el cual no quiso atacarlos por cousideracíoo al pareo- 
tesco que unía á Berenguer de Barcelona con Alfonso 
dé Castilla su soberano ^*). Prometió á Alkadir el de 
Valencia que le protegería contra todos sus enemigos, 
moros ó cristianos , y pactó con él que llevaria á la 
ciudad el botin que recogiera en sus «espediciones, y 
en cambio el de Valencia le asistiría á él con mil di- 
nares mensuales. Emprendió de nuevo Rodrigo sus 
correrías por el pais , y obligó á los alcaides de las 
fortalezas á pagar á Alkadir el tributo que acostum-* 
braban. 

Una nueva complicación vino á indisponer otra 
vez al Cid con su soberano. Guando en 1090 Yussuf 
con sus Almorávides y con los árabes andaluces fué 
á atacar el castillo de Aledo, Alfonso avisó ¿ Rodrigo 
para que acudiera al socorro de los sitiados. Por una 
fatal combinación de circunstancias , y acaso mas por 
culpa de Alfonso que de Rodrigo, no pudo este incor- 
porarse oportunamente al ejército cristiano. Valiéron- 
se de esta ocasión sus enemigos para acusar al Cid de 
traidor á su rey, imputando su retraso á intención de 
comprometer el ejército de Castilla y de proporcionar 
un triunfo á los sarracenos. Por inverosímil é injusti- 
ficable que fuese la acusación, el monarca, siempre 
prevenido contra Rodrigo Diaz, ó dio ó aparentó dar 
Qrédito ¿ los denunciadores, revocó el derecho de se- 

(4) Sin duda por alguna de las oriundas de Francia como las con 
osposas do este último, casi todas desas de Barcelona. 



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398 aiSTMIA DB BSrAKA. 

norfo que le babia dado sobre las forlaleays qae con- 
quistara, le privó hasta de las posesiones de su pro- 
piedad» é hizo poner en prisión á sa esposa y sos hi- 
jos. Noticioso de tan doras medidas» despachó el Cid 
uno de sos caballeros para qae le justificara ante el 
rey Alfonso ofreciendo probar sd inocencia en duelo 
judicial. Desoyó el monarca la proposición. Devolvió- 
le, no obstante, la esposa y los hijos prisioneros» mas 
no satisfecho con esto el Cid» le envió cuatro justifica- 
ciones» cada una en términos diferentes: nada baa- 
tó á ablandar el ánimo del injustamente enojado 
monarca. 

Volvió entonces el Campeador á guerrear por su 
cuenta. Desde Elche donde se hallaba partió siguien- 
do la costa. En pocos días rindió la guarnición de Po- 
lop» donde se apoderó de una cueva en que babia 
custodiado un tesoro de inmensas riquezas en dinero 
y en telas preciosísimas. Pasó el invierno en las in- 
mediaciones de Denla. Desde Orihuela hasta Jáliva no 
dejó un solo muro en pie. El botín vendíalo en Valen- 
cia con arreglo al tralo hecho con Alkadír. Marchó 
después con todo su ejército contra Tortosa» taló la 
comarca y se apoderó de Mora. Su antiguo enemigo 
Al Hondhir» rey de aquella tierra, acudió de nuevo á 
Berenguer de Barcelona » suplicándole le ayudara á 
desembarazarse del importuno guerrero castellano. 
Berenguer que deseaba también vengar las humilla- 
ciones que habia recibido del Cid» púsose cod grande 



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PARTB 11. LIBIO n. 399 

ejército sobre Calamocha , y aun l(^ó hacer entrar 
en la confederación al rey de Zaragoza Almostain. 
Eran ya tres principes, dos mosalmanes y uno cristia- 
no, conjurados contra Rodrigo solo, y sin embargo, 
todaría quisieron comprometer al rey de Castilla á que 
los ayudara á humillar al altivo y formidable castella* 
no, lo cual no consiguieron. 

Hallábase el Cid acampado en un valle circunda- 
do de altas montañas, coando Almostain, que sin du- 
da quería congraciarse con Rodrigo, le avisó que iba 
á ser atacado por el barcelonés* «Pues bien, le con- 
testó en una carta el de Vivar, aquí le esperaré, y os 
ruego que le ensenéis esta carta.n Vivamente picado 
el de Barcelona escribióle á sa vez diciendo'que espe« 
rara su venganza; que si creia que él y los suyos eran 
mugeres, pronto le haría ver lo contrarío ; que si se 
atrevia al dia siguiente á dejar sus montañas y com- 
batir en el llano, entonces le tendría por Rodrigo el 
guerrero, el Campeador, mas si lo rehusaba ó esquí* 
vaba le tendria solo por traidor y alevoso. A tales 
denuestos contestó sobre la marcha Rodrigo, hacién- 
dole ver que no le intimidaban sus bravatas, y que si 
hasta entonces no le h^bia atacado agradeciéralo á la 
consideración que habia querido guardar al rey Al- 
fonso su soberano; pereque en la llanura le encon- 
traría í*J. En su consecuencia , hizo el conde Beren- 

0) Gesta Comit. Barcín.— La f^íoa 4S$. 
Gasllila y el iiMiafiffloao oaaUllano, 



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400 flUTOEU DB BSPAfÍA. 

gaer ocupar de noche y con sigilo las montañas que 
se levantaban á espalda de los reales del Cid, y al 
rayar el alba se precipitaron los catalanes en el va- 
lle. El de Vivar que no estaba desprevenido, salió im- 
petuosamente á su encuentro y arrolló la vanguardia 
de Berenguer, si bien el Cid cayó herido del caballo 
en términos de no poder pelear. Pero sus intrépidos y 
leales castellanos prosiguieron combatiendo tan brío* 
sámente, que después de hacer grande mortandad en 
los catalanes condujeron prisionero al pabellón de 
Rodrigo al conde Berenguer con varios otros nobles 
catalanes y cinco mil soldados mas. 

Humillado y confuso él condOt fué al principio 
duro y ásperamente tratado por su vencedor , que ni 
siquiera le permitió tomar asiento á su lado en la 
tienda* Mandó^que le tuvieran bien custodiado fuera 
del recinto de los reales , pero que ni al ilustre pri- 
sionero ni á los suyos les escasearan la despensa. 
Inútil era el obsequio para quien con el disgusto y el 
bochorno de la derrota estaba mas para pensar en lo 
amargo y desabrido de su suerte que en lo sabroso y 
dulce de la vianda ^^^ Dolióse al fin el Cid de la pe- 



: (4) Esta esceoa de la comida pió tiempo qae con una vivacidad 
está pintada en el Poema con una sumamente dramática, 
senoulezrada y enérgica, al4)ro- 

k Mío Cid non Rodrigo grant cocinal adobaban: 
El Conde Don Remont non golopresia nada. 
Adiscenle los comeres, delante selos paraban: 
El non lo quiere comer, á todos los rasooaba. 
«No combré on bocado por quanto ha en toda España: 



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PARTE \U LIBRO II. ' 404 ' 

Badumbre del barcelonés, y díóle libertad á los pocos 
dias^ como ya en otra ocasión lo habia hecho, no sin 
recibir ahora por premio del rescate lá enorme suma 
de ochenta mil marcos de oro de Valencia. Los demás 
prisioneros ofrecieron también por el sayo crecidas 
cantidades, y bajo palabra de aprontarlas se les per- 
mitió ir á sos tierras: cnmpliéronlo ellos, volviendo 
cada cual con lá suma, que le correspondía , y como 
algunos no hubiesen ppdido reuniría, llevaban sus 
hijos ó «as padres en rehenes hasta salisfacer.el resto. 
Admirado el Cid y aun enternecido de tanta lealtad, 
quiso corresponder á ella generosamente y declaró á 
todos libres sin rescate alguno. 

Despoes de esta victoria, llamada de Tobar del 
Pinar, el Cid estuvo algún tiempo enfermo en Daro - 
ca, desde cuyo punto envió mensageros al rey de 
Zaragoza Almostaín, y como se hallase con él en esta 
ciudad el vencido y rescatado conde de Barcelona, 
envió á decir á Rodrigo por los mismos mensageros 



Antes perderé el caerDO é dexaré el alma, 
' * calzad 

e^ deste pan é beoed deste vino: 
Si lo qué digo ncióredes, saldredes de cative: 



Puea que tales malcalzados me vencieron de batalla.» 
Mió Cid Ruy- Diaz odredes lo que dixo; 



Sinon en todos vuestros dias non veredes Gbristianismo yt 

Quando esté oyó el conde yes iba alebrando: 
«Si lo ficiéredes, Cid, lo que avades fablado. 
Tanto quanto yo viva dend seré maravilIado.j> 

—«Pues comed, conde, ó quando fueres yantada, 
A vos é á otros dos darvos be de mano....» 

Alegre es el ponde, ó pidió agua alas manos.... 
tDel día que fui Conde, non yantó tan de buen grado, . 
El sabor que dend' be non será olvidado....» 

Dánle tres palafrés muy bien ensellados.... etc. 

Tomo it. ' 26 



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402 HISTOEIA DE ESFAÜA. 

que deseaba ser su amigo y valedor. Despreció al 
pronto el Cid rudamente la oferta, y solo á instancias 
de sus compañeros de armas que le expusieron tao 
ser acreedor á tan tenaz encono quien tanto se humi-*- 
liaba después de vencido y despojado, consintió en 
aceptar la alianza de Berenguer, el cuál pasó alegre 
y contento á darle las gracias^ y poniendo una parte 
de sus dominios bajo la protección del de Vivar^ baja- 
ron juntos hacia la costa, y acampando el Cid enBur- 
riana, tomó Berenguer la vuelta de Barcelona. 

La derrota del conde Berenguer causó tal pesa- 
dumbre á su aliado Al Mondbir el de Tortosa, que de 
ella enfermó y murió af poco tiempo, dejando un hijo 
de corta edad bajo la tutela de los Beni-Bétyr, de los 
cuales el uno gobernó á Tortosa, el otro á Játiva y el 
tercero á Denía. Comprendieron estos la necesidad de 
aliarse con el Cid, y obtuviéronlo á costa de un tri- 
buto anual de cíncaenta mil dinares. De modo que en 
aquel tiempo cobraba el Campeador, ademas de estos . 
cincuenta mil dinares, y de los doce mil que le pa- 
gaba el de Valencia, otros diez mil del señor de Al- 
barracin^ diez mil del de Alpuente, seis mil del de 
Marvíedro, seis mil del de Segorbe, cuatro mil del de 
léríca, y tres mil del de Almenara. Con tales rique- 
zas y tales tributos no.debia apesadumbrarle mucho 
que Alfonso le hubiera despojado de sus estados y 
bienes: 

Sitiaba Rodrigo á Liria .en 1099li cuando recibió 



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PAATB II. U9E0 II. 4t)3 

cartas de la reina Constanza de Castilla y de $as anoii- 
g08 en qae le rogaban diese ayuda y mano á Alfonso 
en la expedición que preparaba á Andalncia contra 
los Almorávides, asegurándole que asi volvería á 
entrar ea la gracia de su rey. Galante el Cid y obse- 
cuente á la voz de su soberana, dejó á Uria cuando 
estaba á punto de rendirse y se incorporó al ejército 
expedícionarío de Castilla. Mas como Alfonso sentase 
su campo en las montañas de Granada, y el Cid para 
protegerle avanzara al llano de la vega, vio en esto 
el monarca castellano, siempre receloso del Qd, un 
rasgo de personal presunción, que los envidiosos cor- 
tesanos no se descuidaron tampoco en representar 
como tal; asi cuando volvían á Toledo, no bien tra- 
tados por los africados, al paso por Ubeda dirigió el 
rey á Rodrigo palabras ásperas y de enojo, y aun 
dejó entrever sa intención de arrestarle. Calló el Cid 
y disimuló; mas durante la Boclie levantó su campo 
y se volvió á tierra de Valencia. Muchos de los suyos 
se quedaron entonces en las banderas de Alfonso. 

Nada, sin embargo, arredraba, al Campeador. 
Cuando llegó á Valencia, el rey Alkadir padecía una 
grave enfermedad, y el Cid era quien de hacho do*^ 
minaba alli. Pero hallábase mal Rodrigo conel reposo. 
Salió, pues, para Morella, y cuando de aqui se díri* 
gia á atacar á Borja, recibió aviso de Almostain el de 
Zaragoza que le rogaba le amparase contra Sancho 
Ramírez de Aragón que se iba appderando de sus 



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404 HI8T0RU DB BSPAÍIa* 

dominios. Mudó el Cid de rambo y se faé á Zaragoza 4 
Costóle al aragonés, sí quiso evitar el venir á las ma- 
nos con el Campeador» solicitar un acomodamiento con 
él, que el Cid aceptó á condición de que no molesta- 
ra mas á Almostain. Sancho regresó á sus estados, y 
el Cid se quedó ^n Zaragoza. 

^Habia aprovechado el rey Alfonso la ausencia de 
Rodrigo para sitiar á Valencia, de acuerdo con los 
genoveses y pisapos que con sus naves le habían de 
apoyar por la parte del mar. Desgraciadamente ocur- 
rieron entre los sitiadores desavenencias que obliga- 
ron á Alfonsea volverse á Castilla. El Cid 'en tanto 
habíase dirigido á la Rioja, y apoderádose de Alberi- 
te, de Logroño y de Alfaro. Hallábase en ésta última 
fortaleza» cuando el conde gobernador de Nájera 
García Ordoñez le envió unos mensageros para inti- 
marle que permaneciera allí siete días solamente^ al 
cabo de los cuales se vería con él en batalla. Contes- 
tóle el Cid que quedaba esperándole; pero en vano 
aguardó los siete diasque su retador deseaba. Eicon* 
de Ordoñez» después que hubo juntado su ejército» 
volvióse desde el camino sin atreverse á medir sus 
armas con las del Campeador» el cual acabando de 
talar aquellos campos» tomó otra vez la vuelta de 
Zaragoza. 

Entreta\ito habían ocurrido en Valencia sucesos 
de la mayor gravedad. los Almorávides se habían 
apoderado de Murcia, de Denla» y después de Alci- 



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PAETB II. LIBEO 11. 405 

ra. Esto y la ausencia del Cid babiao alenlado al trai- 
dor cadí de Valencia Ben Gehaf para intentar sentarse 
en el trono del débil Alkadír: movió un alboroto en 
el paeblo, y facíliló la entrada á lo3 Almorávides. E| 
desventurado Alkadir, invadido su palacio, salió ves- 
tido de muger y se cobijó en una casita entre sus 
mismas concubinas. Alli le alcanzó el puñal de un. 
asesino, y apoderado de^ su cadáver el cadí revolu- 
cionario Beo GehaC, cortóle la cabeza que arrojó á un. 
^.'stanque» y el tronco de su inanimado cuerpo fué al 
dia siguiente- enterrado en un foso fuera de la ciudad, 
sin un lienzo siquiera que le cubriese. Tal fué el 
desastroso fin (noviembre de 1092) del desgraciado 
Alkadir ben Dilnúmt á quien Alfonso VL babia lan*r 
zado en 1085 de Toledo, donde tantos beneficios 
babia recibida de su padre cuando era un principe 
desterrado y prófugo. El usurpador cad,í. paseá- 
base orgulloso por las calles de Valencia con toda la 
pompa y aparato de un rey. Sin embargo, nadie le 
daba el título de tal, y Valencia se gobernaba á mo- 
do de república por un senado compuesto de los ciu- 
dadanos mas respetables, del mismo modo que Cór- 
doba cuando se extinguió la dinastía de k)s Benir 
Omeyas. 

Los partidarios del monarca asesinado avisaron de 
todo al Cid Campeador, que desde Zaragoza acudió 
presuroso á las inmediaciones de Valencia. Uniéronr 
sele lodos los fugitivos y descontentos de la ciudad. 



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106 BMTORIA DB UfáfíA 

Escribió Rodrigo al rebelde cadt reprendiéndole sa 
comporta míenlo y reclamando imperiosamente el tri- 
go que había dejado en los graneros de Yalencía. 
Contestóle Ben Gehaf que el trigo había sido robado,, 
y que la ciudad se hallaba en poder de los Almora- 
Tides. Indignó al altivo castellano aquella carta , trá^ 
ló al cadi de malvado y de imbécil, y le conminó con 
constitoirse^n vengador del asesinado Alkadír. Escri- 
. bió á todos los gobernadores comarcanos , y á todos 
los hizo ó tributarios, ó vasallos, á auxiliares. Dos ve- 
ces al día enviaba el Cid sus algaras al territorio va- 
lenciano: hombres, ganados, todo lo arrebataban loe 
soldados de Rodrigo, respetando solo á los labradores 
y habitantes de la Huerta , á quienes mandaba respe- 
ta i;* y aun tratar con dulzura para que se dedicaran li- 
bremente á sus faenas* Ya en lugar de dos, hacía tres 
algaras diarias, una á la mañana, otra al medio día y 
otra á la tarde, no dejando un instante de reposo á los 
valencianos. Incapaces de rechazar sus ataques los 
trescientos ginetes que fien Gehaf mantenía con el tri- 
go que había pertenecido al Cid, iban menguando cada 
día diezmados por las espadaa castellanas. Una part& 
de los tesoros de Aflcadír que Ben Gehaf enviaba at 
general almoravide que se hallaba en Denla, cayó en. 
manos^ de Rodrigo. 

Dueño ya éste de todos los fuertes de la comarca, 
avanzó con todo su ejército á estrechar de cerca la 
QÍudad. I)izo quemar todos )os pueblos de la circua- 



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PAETB 11. LIBftO II* 407 

fercDcia» los molinos « las barcas del Guadalaviar, las 
tórresi las casas y las mieses d.e la campiña. A los poi- 
cos días atacó y tomó el arrabal de Yilianueva , con 
graa mortaadad de moros y Almorávides. Al siguien- 
te se posesionó de la Alcadia, y las tropas cristianas 
escalaron ana parte del muro de la ciudad. Acudió, 
innumerable morisn^a eh su defensa, y empeñóse lar- 
go y recio combate hasta que los moros pidieron á. 
voz en grito la paz. Otorgósela el Cid á.los del arra** 
bal ¿ condición de que mantuvieran sus tropas, y 
quedó tranquilo poseedor de la Alcudia encargajido. 
mucho á sus soldados que, respetaran las personas y 
las propiedades de sus moradores. Cada vez mas es- 
trechados loa valencianos, ya no sabian qué partido 
tomar. Congregados por último valencianos y Almo* 
ravides acordaron pedir la pa2^al Campeador con las 
condiciones que él quisiera dictarles. Respondióles eV 
Cid que las pusieran ellos^ con tal que entrara ea la 
estipulación que se atojasen los Almorávides. Cuando, 
se les comonicó esta respuesta exclamaron los afri- 
canos: clamas hemos tei)ido un dia mas íeMi.p Cour 
certóse, pues, que los Almorávides saldrían de la 
ciudad; que Ben Gehaf pagaría á Rpdrigo el valor del 
trigo de que se habia apoderado, con mas diez mil 
dinares mensuales y todo, lo atrasado i y que éste po- 
dría tener su ejército en Cebolla, fortaleza que él 
había conquistado y puesto en formidable estado d^ 
defensa. A ella se retiró el Cid con arreglo al tratado. 



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408 U^SlOUlA DB BS^Aá^- 

si bien^ eoDservando los arrabales, /londe dejó un sU 
iDOxarile encargado de cobrar el tributo. 

Nuevas complicaciones vinieron á- poner á prueba 
el* valor, la serenidad, la astucia y la política^ del 
Cid. Los Almorávides , vencedores en el resto de Es- 
pana», se aproximaban á Valencia. Eran la única es-* 
^panza de los valencianos, y contando ya con su 
apoyo, hicieron que el mismo Ben Gebaf, antes tan 
humillado y abatido» declarara la guerra al GaBnpea- 
dor, pues de otro modo lo hubieran hecho los Beni- 
Tahir sus rivales que dominaban en Valencia* Llega- 
ron una noche los valencianos á divisar desde las 
torres de la ciudad las hojgueras del campamento de 
los Almorávides que ávaq^aban por la parte de Játi- 
va, y regoóijábalos ya la esperanza de Verlos al si- 
guiente día atacar las tropas de Rodrigo, cuyo mo- 
mento aguardaban para salir ellos y consumar lader • 
rota. I Vanas ilusiones ! El de Vivar que los esperaíba 
á pie firme, habia hecho destruir los puentes del 
Guadalaviar é inundar la planicie, de suerte que solo 
por una estrecha garganta se podia entrar en su cam- 
po. Los elementos vinieron también en su ayuda: 
aquella noche se desgajó á. torrentes el agua del cie- 
lo ; los hombres no recordaban una lluvia, tan copio- 
sa: los caminos se pusieron intransitables: á las nue- 
ve de la mañana un mensagero llegó á Valencia á 
anunciar que los Almorávides habían retrocedido*. 
Los que se aproximarop fueron los cristianos, quo^ 



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rABTB If. LIBRO IN 409 

ÚGsáe et pie de la muralla se burlabas de los de la 
ciudad; el Cid la hizo cercar por todas partes; las 
subsistencias iban escaseando dentro y subian de pre-^ 
ció cada día, mientras los sitiadores tenían vlv/sres 
en abundancia* Anuncióse que los Almorávides ha- 
bían tomado la vuelta de África, y los gobernadores . 
délos castillos se apresuraban á implorar humilde- 
mente la alianza y la protección del Cid (4093). Un 
poeta valenciano de los sitiados espresó entonces la 
angustia de su situación en la siguiente elegía que 
traducida del árabe nos conseryó la Crónica general» 

I Valencia, Valencia ! vinieron sobre ti macnos quebrantos, é 
eslás en hora de morir: pues si ventura fuere ^ue tú escapes, es- , 
to será gran maravilla á quien quiec qde te viere. — E si Dios fi- 
zo merced á algún logar, tenga por bien de lo facer á ti, ca fues- 
te nombrada alegría é solaz en que todos los moros folgaban, é 
avien sabor é placer. — ^E si Dios quisier que de todo en todo te 
hayas de perder desla vez, será por los tus grandes pecados ó 
por los tus grandes atrevimientos que oviste con tu soberbia.— 
Las primeras cuatro piedras caudales sobre qué tu foeste forma- 
da, quiérense ayuntar por fiícer gran duelo por (i é non pueden. 
—El tu muy nobre muroi que sobre estas cuatro piedras fué le- 
vantado, ya se estremece todo, é quiere caer, ca perdido ha la 
fuerza que avie.— Las tus muy altas torres, é muy fermosas, que 
de lejos parescien é confortaban los corazones del puebro, poco á 
poco se van cayendo.— Las tus brancas almenas, que de lejos 
muy bien relumbraban , perdido han la su lealtad con que bien 
parescien al rayo del sol.— £1 tu muy nobre rio caudal Guadala- 
viar, con todas las otras aguas de que te tú muy bien servios, sa- 
lido es de madre é va onde non debe.— Las lu muy nobres é vi«- 



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410 BMTOaiA M ESPAik. 

ciosas kuerUs que en deredor de ti so»» el lobo rabiosa lee cavó 
las raices é non pueden dar fructo.^LostustaQy nobres prados en 
que muy fermosas flores é nuichas avie« con que tomaba el tu pue- 

bro muy grande alegría, todos son ya secos. - 

-— Et lu gran término, de que lá te llamavas Sefiora, los fue- 
gos lo ban quemado, é á ti llegan los grandes fumos.--A la ta 
gran enfermedad non le puedo fallar melezina, é los físicos spo 
ya desesperados de te nunca poder sanar. — Valencia, Yalenciii, 
todas estas cosas que to he dichas de ti, con gran quebranto que 
yo tengo en el mi corazón, las dixe éias razoné. . . s . 

Culpábanse los de dentro unos á otros, y el pue-> 
blo, inconstante en sus pasiones, tan pronto acrími- 
naba á Ben Gehaf^ tan pronto se irritaba contra ios 
Beni-Tahir« El hambre comenzaba á hacer estragos: 
hacíalos también la discordia* El furor popular des- 
cargó entonces sobre los BenUlahir; púsose fuego á 
la casa en que se habían ocultado ; prendiéronlos y 
los entregaron al Cid. Indignáronse sus partidarios, y 
ardían en deseos de venganza. Ben Gehaf solicitó una 
entrevista con Rodrigo; concediósela éste, y entre 
otras humillantes condiciones á qpe accedió el apu- 
rado cadí, fué una que entregarla en rehenes al cas- 
tellano su propio hijo. Mas por la noche reflexionó so- 
bre su imprudencia, y al día siguiente escribió al Cid 
diciéndole que antes perdería la vida que entregar su 
hijo. Contestóle el Cid con una carta amenazadora, y 
las hostilidades se renovaron. Estaban los cristianos 
tan cerca de la ciudad, que arrojaban piedras á mano 
sobre ella* El hambre hacía cada día mas estragos: ya 



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rAAmi. LiBaoii. 411 

■o se veodia el trigo por cahíces ni por fanegas, sino 
por libras y-por onzas: las bestias de carga se censa* 
mían, y se devoraban los anímales inmundos ^^K 
Se registraban los sumideros para buscar el desperdi- 
cio y el rampojo de la uva. Las mageres y los mucha- 
chos atisvaban el momento en que se abría una puerta 
de la ciudad para lanzarse fuera y entregarse á los cris- 
tianos, los cuales solían venderlos á los moros de la 
Alcudia por . un pan ó un jarro de vino, y aquellos^ 
desgraciados estaban tan transidos d^ hambre, que 
luego que tomaban alimento se morían. 

En tal estremidad, Ben Gebaf y las personas aco- 
modadas que aun no querían rendirse, acordaron im- 
plorar el auxilio del rey de Zaragoza Almostain, el 
cual no atreviéndose á romper con el Cid , no hacia 
^ sino entretener con moratorias y buenas palabras á 
los de Valencia, y enviar alternativamente mensages 
¿ Rodriga y .á Ben Gehaf, Entretanto se habían ido 
consumiendo los poqu(sinu>8 víveres que queda- 
ban ('>. Alimentábase ya de cadáveres la gente por 
bre: llegaba la «stenuadon en rbuchos al punto de 
caerse muertos andando: ya no tenían fuerzas para 
precipitase de las murallas y entregarse á los cristía- 

(4) «E tornáronse á comer los (2) La Crónica general da cuen- 

perros ó los gatos é los mores.i ¡a de las tarifas qae iban teniendo 

-El autor árabe del Küábo^ l-iklifá los artículos de consumo se^n 

asegura que un ratón costaba un que se iba prolongando el sitio, 

diñar (p. 25). Ibn Bassan dice tam- Baste decir que la medida de tri-> 

bien que cel hambre y la miseria so fué subiendo desde un diñar 

obligaron ¿ los valencianos á co- nasta 400, y asilo demás. 
Qier animales inmundos.» 



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412 H19T0EIA DB. BSPAÍIa. 

nos como antes habian hecho otros. Viendoel cadt que 
no podía aliviarlos padecimientos del pueblo» indig-^ 
nado ya contra él, condescendió en entregar el mando 
at fakih AI Wattán, el cual envió un mensagero á Ro- 
drigo para arreglar nn ttatado en los siguientes tér- 
minos: los valencianos pedirían socorro al rey de Za- 
ragoza y al general de los Almorávides, que se ha- 
llaba en Murcia: si estos no les auxiliaban en el tér- 
mino de quince dias, Valencia se rendiría al Cid con 
las siguientes condiciones: Ben Gehaf conservaría la 
misma autoridad que antes, con seguridad para su 
persona, familia y bienes: Ben Abdus (el almoxarife 
del Cid) seria inspector de impuestos: Muza (que se- 
guía su partido) tendría el mando militar: la guarní- 
cíoQ se compondría de cristianos mozárabes: el Cid 
residiría en Cebolla, y no alteraría ni las leyes ni las 
contribuciones, ni la moneda de Valencia. La estipu- 
lación fué firmada por ambas partes. 

Al día siguiente partieron cinco patricios (bornes 
mayorales, dice la Chrónica) para Zaragoza, y otros 
tantos para Murcia. Rodrigo había puesto por condi* 
cíon que cada embajador podría llevar consigo cin- 
cuenta dinares solamente. En su virtud pasó en per<* 
sona á reconocer á los que iban á embarcarse para 
Denia, y de alli continuar por tierra á Murcia. Hfzolos 
registrar, y se halló que llevaban gran cantidad de 
oro y plata, de perlas y piedras preciosas, parte.de 
su propiedad, parte de los comerciantes de Valencia, 



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>1>AttTB II. LIIIRO II. 413 

que querían poner á salvo sus tesoros. El Cid conñscó 
iodo esto, y dejó á los embajadores los cincuenta di- 
nares convenidos. 

Trascurrieron los quince dias, y los embajadores 
no regresaban. El Campeador intimó á Ben Gebaf 
que si pasaba un momento mas del plazo estipu- 
lado se consideraría relevado de observar la capi- 
tulación. Sin embargo, aun trascurrió un día sin que 
le abrieran las puertas, y cuando los negociadores del 
tratado se presentaron al Cid, éste los hizo entender 
que no estaba obligado á nsida, porque el plazo ha- 
bía pasado. Respondiéronle ellos que se ponian en 
sus manos y se encomendaban á su generosidad y 
prudencia. Al siguiente día se presentó Ben Gehaf al 
Cid, y ambos con los principales caudillos cristianos 
y musulmanes firmaron los artículos de la ya citada 
capitulación. Ben Geb^f regresó á la ciudad, y al 
medio día se abrieron las puertas al ejército cristiano. 
Verificóse la entrada del Cid Ruy IHaz el Campeador 
en Valencia, el jueves 1 5 de junio de 1094 ^*K 

Subió Rodrigo á la torre mas alta del muro para 
contemplar la ciudad de que acababa de enseñorearse. 
Recibía con mucha afabilidad á los moros que iban á 
besarle la mano, y encargaba á sus guerreros que 
los saludaran y aun les hicieran lado coando pasa-* 
ban« Agradecidos á tan generoso comportamiento los 

(I) Iba Alabbary la Crónica primeros dicen también: «Prisó 
general están contestes en señalar Mío Cid Valencia, Era, 4 4 3li.» 
«ste día. Los Anales Toledanos 



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41 4 H18T0E1A DE ESPAÍIa. 

iofieles, pregoRabap á voz ea grito qoeoo habían vis- 
to jamás un hombre mas honrado ni que acau-* 
(lillára una tropa mas disciplinada. BenGehafieofre* 
ció una gran parte del dinero que había tomado á los 
monopolistas del trigo durante el sitios pero el Cid» 
que sabía de que manera lo había adquirido, rehusó 
el presente. 

Después por medio de un heraldo hizo' una invi- 
tación á todos los patricios deL territorio valenciano 
para que se reunieran en el jardinde Villanueva; lue- 
go que se hubieron congregado, subió á un estrado 
cubierto de estera y tapiz, mandó á los magnates que 
se sentaran enfrente de él, y les habló de esta ma- 
nera: «Yo soy un hombre que nunca he poseído nin- 
«gnn reino, pero soy de linage de reyes ^^^c el dia que 
tví esta ciudad me agradó y la envidié, y pedí á Dios 
(ique me hiciera dueño de ella: ved cuánto es el poder 
«del Señorl el dia que puse cerco á Juballa (Cebolla), 
«no tenia mas que cuatro panes, y ahora Dios me ha 
«hecho merced de darme á Valencia, y me encoen- 
«tro señor dé la ciudad. Si hago en ella justicia. Dios 
«me la dejará; si no hiciere derecho, sé bien que me 
. «la volverá á quitar. Así, que recobre cada cual su 
€ hacienda y la disfrute como antes: el que encueo- 
«tre su campo labrado, que entre al instante en él; 
«el que le halle sembrado y cultivado, pague su tra- 

{i) La Chrónica: «mas 00 de «y nadie de mi linage le ha te* 
Jioage de reys.»— Dozy traduce: nido.» 



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^ «bajo y h simiente al cultivador y poséale. Quiero 

I «tambiea que los colectores de impuestos en la ciudad 

í cno tomen mas que el diezmo, según vuestra eos- 

i «tumbre: he determinado oíros en jnício dos dias 

í «cada semana, los lunes y jueves; mas si tenéis aU 

I «gun negocio urgente, venid cuando queráis, y os 

coiré, que no soy yo hombre que me encierre con las 
f «mügeres para beber y yantar como vuestros señores 

I «á quienes nunca lográis ver (^); quiero arreglar vnes- 

«tros negocios por mí mismo, ser como un compa- 
«ñero vuestro, protegeros como un amigo y como un 
«padre: yo seré muestro alcalde y vuestro alguacil; 
«y siempre que tengáis que querellaros uuqs de otros, 
«os haré justicia. »^Luego anadien: «Hánme dicho que 
«Ben Gehaf ha hecho muchos males á algunos de 
«vosotros, tomando vuestros haberes para hacerme' 
«con ellos un presente: yo me he negadp á admitir- 
«le, que si codiciara yo vuestra hacienda sabría to- 
«marlá sin pedirla ni é él ni áotro; pero líbreme Dios 
«de hacer violencia á nadie por adquirir lo que no me 
«pertenece. Haga buen provecho, si Dios lo permite, 
«á los que han traficado con sus bienes; y lo que 
«Ben Gehaf haya tomado, iñando que lo tome lue- 
ngo sin otro alongamiento ninguno. ... • • • 
«Quiero que me juréis que habéis de cumplir lo que 
«os diré y que no os desviareis de ello. Obedeoedme, 

• 
(4) Dozy traáace: «beber y mandoandodacinlar por yantar. 
cantQr:pawr boire el ehañter\i» to- 



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41 & UISTOEIA DB BSPiÜA. 

«y DO quebrantéis jaipas los pactos que hagamos: ob- 
«servad lo que os ordene «ca me pesa mucho de 
«quanta lazeria é de cuanto mal pasastes comprando 
<xet cai7 de trigo á mi4 maravedís de plata, mas fio yo 
cen Dios que yo lo tornaré á maravedí:» en fin, 
«ahora estad tranquilos y seguros, porque he prohi- 
«bido á mis gentes que entren en vuestra ciudad á 
«traficar: he designado para mercado suyo la Al- 
( Kcodia: lo he hecho por consideración á vosotros., 
«^e mandado que no se prenda á nadie en ia ciudad: 
«si alguno contraviene á esta orden, matadle sin 
«miedo alguno.»— «No quiero, anadió todavía, entrar 
«en Valencia, no quiero vivir en ella, quiero esta- 
«blecer sobre el puente de Alcántara una casa de 
«recreo, un logar en qite vaya á folgar á la$ veces.^ 
Con gran contento oyeron los moros esté discurso. 
Sin embargo al querer tomar posesión de sus tierras 
hallaron mil dificultades de parte de los cristianos que 
las poseian^^ Esperaron pues á que el Cid les hiciera 
justicia el primer dia de tribunal que era un jueves. 
Admiráronse y se desconsolaron dé oir al conquista- 
dor espresarse en aquella audiencia en términos bien 
desemejantes á los que en la anterior asamblea había 
usado, diciendo qoe él necesitaba sus soldados como 

(4 aCa de quantas heredades de sus soldadas: é los moros ve- 
los christianostenian labradas, no yendo esto, atendieron fasta el 
les quisieron dejar ninguna; como jueves que el Cid habla de salif á 
quier lesdejaban [as;qae non eran oir los pleitos asi como dijiera.9 
labradas; ca decíanque elCidque Gbroniqa, c. S06^ 
les diera por este anno en cuenta 



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PARTB II. LIBRO II. 417 

SU brazo derecho; y qae no podía enojarlos. Díjoles 
ademas que él era el único señor de Valencia, y si 
querían obtener su favor era menester que le entre- 
garan la persona de Ben Gehaf, á quien quería casti» 
gar por la traición cometida contra su rey, y por las 
miserias y padecimientos que á ellos y á él mismo 
babia ocasionado. Pidiéronle ellos tiempo para deli- 
berar. ¿Pero quién se atrevía entonces á contrariar la 
voluntad del Cid? Ben Gehaf fué preso^ y entregado. 
Hízole Rodrigo poner una nota\le todo lo que poseía, 
y que jurase ante lo» principales moros y dristiaifos 
no poseer otra cosa que lo que en la lista constaba, 
reconociendo al Cid el derecho de condenarle á muerte 
si otro haber se le encontrara. Obraba de esta manera 
Rodrigo porque sabia que Ben Gehaf babia tomado 
para sí y conservaba ocultos los tesoros del asesinado 
Alkadir. Mandó, pues, reconocer las casas de los ami* 
gofi de Ben Gehaf imponiendo pena de la vida á los 
que ocultaran las riquezas que este les hubiera con- 
fiado: el miedo hizo que todos le fueran entregando los 
tesoros que guardaban. Hizo igualmente registrar la 
casa de Ben Gohaf, y por revelación de un esclavo se 
hallaron en ella inmensas riquezas en oro y pedrería. 
Habíase trasladado ya el Cid al palacio de Yalen- 
cía, contra los términos de la capitulación que no 
creía obligarle, y reunidos allí los principales de la 
ciudad, les habló ptra vez de esta suerte: «Bien sa- 

abeis, prohombres de la aljama de Yalenciai cuanto 
Tumo iv. 27 



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418 HISTOAU DB B8»aSa. 

«he servido y ayudado á vuestro rey, y cuáatos Ira-^ 
«bajos he soportado anl^s de ganar esta ciudad. Ahora 
«que Dios me ha hecho duefio de ella, la quiero para 
umí y para los que me han ayudado á ganarla» salva la 
«soberanía de mi señor el rey don Alfonso. Vosotros 
«estáis en mí presencia para ejecutar lo que fuere de 
ami voluntad y bien me pareciere. Yo podría tomar 
atodo lo que poseéis en el mundo, vuestras personas, 
«vuestros hijos, vuestras mugeres; pero no lo haré. 
«Pláceme y ordeno que los hombres honrados do 
«entre vosotros, los qne se han conducida siempre 
«con lealtad, vivan en Valencia en sus casas con sus 
ttfamilias; mas no habéis de tener cada uno sino una 
«muía y un, criado, ni podréis usar ni conservar ar^ 
«mas sino. en caso de necesidad y con mi autoriza- 
ación: los demás desocuparán la ciudad y vivirán en 
ala Alcudia, donde yo estaba ante&. Tendréis mez- 
«quitas en Valencia y en la Alcudia: tendréis también 
«vuestras alfaqules: viviréis con arreglo á vuestra |ey; 
<y con vuestros alcaldes y alguaciles que nombraré 
«yo: poseeréis vuestras heredades, pero me daréis 
«el señorío sobre todas las rentas, administraré la 
«justicia, y haré batir moneda mia. Los que quieraa 
«quedar conmigo bajo mi gobierno, que queden; los 
«que no, vayan á la buena ventura, pero solo sus per^ 
«sonast sin llevar nada consigo: yo les daré sal vo- 
cconducto.D 

Dejó tan contristados á los moros este discurso 



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P4>TB U. UBKO H. 419 

como satisfechos habidn quedado con los aDteriores. 
Pero la voluntad del Cid era entonces la ley, y tenia 
(fue ser cumplida. Ensn virtud salieron los moros con 
sus mugeres y sqs hijos de Valencia á ocupar el arra* 
hal, y los cristianos de la Alcudia entraron á reem- 
plazarlos en la ciudad. Los que salieron eran tantos, 
dicen» que tardaron en desfilar dos dias enteros. 

Creyó el Cid llegado el caso de ejecutar en el 
usurpador Ben Gebaf an castigo ejemplar y terrible. 
En medio de la plaza hizo ahondar un hoyo, en el 
cual dispuso fuese metido el antiguo cadí de modo 
que quedaran solamente descubiertas la cabeza y las 
manos. En derredor de esta fosa se pusieron haces de 
lena á los cuales se les prendió fuego. Aquel desven- 
turado mostró una serenidad horriblemente heroica. 
Pronunciando las palabras* sacramentales de los árabes: 
«En el nombre de Dios clemente y misericordioso, n 
á fin de s^breviar su suplicio con su propia mano se 
aplicaba las ascuas y los tizones encendidos, y asi ex- 
piró entre tormentos horrorosos. El Cid quería que- 
mar también á la familia y parientes de Ben Gehaf, 
pero musulmanes y crisüanos se interesaron é inter- 
cedieron por ellos, y lograron, aunque con trabajo, 
ablandaf $. Rodrigo y salvarlos de tan ruda sentencia. 
Sin embargo ejecutó el, mismo castigo en algunos 
otros personages. Con esto Ben Gehaf, antes tan abor- 
recido , fué mirado como un mártir entre los musul- 
manes. Sus mismos enemigos ensalzaban después 



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420 HISTORIA DE BSPANA. 

aquella desgt aciada víctima. Iba Bassáo , el escritor 
mas inmediato á los sucesos, decid: «Quiera Dios es- 
crjbír esta acción meritoria en el libro en que ha re- 
gistrado las buenas aecionés del cadí; que le sirva 
para borrar los pecados^que antes hubiese cometido.» 
Fué el suplicio de Ben Gehaf en mayo ó principios de 
junio dé 4095. ^ 

€(EI poder de esle tirano (continúa el citado escri- 
tor árabe hablando del Cid) fué siempre creciendo, 
de modo que pesó sobre las altas y las bajas comar- 
cas, y llenó de terror á nobles y á plebeyos. Uno me 
ha contado haberle oido decii^ en un momento de vi- 
vos deseos y de estremada avidez: Un Rodrigo perdió 
á España^ y otro Rodrigo la rescatará. Palabra que 
inruúdió el pavor en los corazones, y que^hizo pensar 
á los hombres que sucediera pronto lo que recelaban 
y temían. Sin embargo, este hombre, la plaga de su 
tiempo, era por su amor á la gloria, por la prudente 
firmeza de su carácter, y por su valor heroico, uno 
de los prodigios del Señor.» Elogio grande en la 
pluma de un musulmán contemporáneo. 

Propúsose Yussuf ben Tachfin, el emperador de los 
Almorávides, reconquistar á toda costa á Valencia. 
Era Valencia paraél/dicé^'el'CitadO'gscríiQrv una aris- 
ta en el ojo. Un numeroso ejército mandado por su 
lugarteniente Ben Aixa fué á ponerle sitjo. Al undé- 
cimo dia hizo el Cid una salida impetuosa, derrotó los 
enemigos y se apoderó de su campo (4096). 



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MKTE II. LIBftO II. i21 

Después de la batalla de Alcoraz ganada por Pe* 
dro I. de Aragón, de que daremos cuenta qd las cosas 
de este reino, los nobles aragoneses aconsejaron á su 
rey que hiciera alianza con el Cid. Gustosos vinieron 
en ello el aragonés y el castellano , y habiendo tenido 
una entrevista marcharon reunidos hacia Valencia. 
Cerca.de Jáliva salió á su encuentro el general almora- 
vide Ben Aixa coa treinta mil hombres; poro lo me- 
ditó^mejor, y tuvo por prudente evHar el combate. 
Prosiguiendo después por la costa hacia el Sur ,> vié- 
ronse acometidos por los Almorávides favorecidos 
por una escuadra. Comenzaban á desfallecer los cris-^ 
tianos viéndose acosados por mar y por tierra. El Cid 
recorrió las«.filas á caballo, los realentó , lanzaron el 
ejército almoravide de sus ventajosas posiciones, apo- 
derándose de los efectos de so campo , y volvieron á 
entraren Valencia. El de Aragón regresó á sus esta- 
dos, el castellano se preparó á tomar á Murviedro, 
donde mandaba el senór de Albarracin, que aliado 
suyo antes, le habia sido infiel durante el sitio de Va- 
lencia (1097). 

Primeramente quiso recobrar á Almenara , que 
cayó en su poder á los tres meses. Púsose después so- 
bre Murviedro. Pidiéronle los sitiados un plazo de 
treinta dias, á condición de rendírsele si no eran en 
este intervalo socorridos. El Cid se le* concedió. El 
señor de Murviedro y de Albarracin se dirigió suce- 
sivamente en deman Ja de auxilio á Alfonso de Castir 



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' 422 UISTOBIA BB BSPAÜA. 

Ha, á Almostain de Zaragoza, á los AlmoraTides y al 
conde de Barcelona • Alfonso contestó quemas le agra- 
darla ver á Murviedro en poder de Rodrigo qae en 
el de un pripcipe sarraceno. Negósele Almostain in- 
limidado por las amenazas del Campeador. Los Alma- 
ravides no quisieron moverse sin que el emperador 
Yussuf se pusiera á su cabeza. Y el de Barcelona, que 
sitiaba á Oropesa, se retiró con solo el rumor de que 
se aproximaba el<lid. Pasados los treinta dias intimó 
Rodrigóla rendición á los sitiados. Disculpáronse ellos 
con que los mensageros no habían regresado aun , y 
el Cid les dio espontáneamente un nuevo plioo de 
doce dias. Pasaron estos, y todavía le suplicaron que 
prórogará aquel bastir la pascua do Pentecostés : el 
Cid les concedió generosamente hasta San Juan : tal 
era la confianza que tenia de que nadie sjsría osado 
á, socorrerlos; y aun les permitió poner en seguridad 
sus mugeres, sus hijos y sus bienes. En vano espe- 
raron este largo tiempo los sitiados, nadie se atrevió á 
acudir en su ayuda, é hizo el Cid so entrada en 
Murviedro el 24 de junio de 1098. Pidióles entonces 
el equivalente al dinero que habían enviado á los Al- 
morávides para empeñarlos á qae fuerana combatirle, 
y como no les fuese posible aprontarlo fueroi> los mo- 
ros de Murviedro, encadenados y conducidos á Va- 
lencia. 

Pero Castilla iba á verse bien pronto privada 'del 
robusto brazo del mas ilustre de sus guerreros. Los Al- 



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^ PAftTB 11« LlBftO II. 423 

moravides mandados por Beo Aixa derrotaron á Alvar 
Fañez, pariente y compañero del Cid, en las inmedia- 
ciones de Cuenca. Avanzaron hacia Alcíra, y habiendo 
encontrado alli una parle del ejército de Rodrigo le 
derrotaron también. Cuando los soldados que escapa^ 
ron con vida le llevaron tan triste nueva , el Cid, ja-; 
más vencido cuando él capitaneaba sus guerreros» mu- 
rió de pesar (julio de 1099). «¡Que Dios no use dé 
misericordia con él!» añade el escritor arábigo. 

Todavía después de la muerte de Rodrigo su e^ 
posa Jimena , digna consorte de tan grande héroe, 
continuó defendieqdo á Valencia contra los reiterados 
ataques de los Almorávides. Mas de dos años sostuvo 
la ilustre viuda el honor de las armas castellanas en 
aquella ciudad ya famosa, hasta que en octubrede 1101 
le puso cerco el general almoravíde Mazdali con po- 
derorisimo ejército. Aun asi se sostuvieron firmemen- . 
te los sitiados por espacio de siete meses, al cabo de los 
cuales, envió Jimena al obispo de la ciudad, Geróni- 
mo, francéscomola mayor parte de los que Alfonso ha- 
bía colocado, á suplicar al rey de Castilla que acu- 
diera en su socorro. Hizolo asi Alfonso VI., entrando 
con sa ejército en Valencia sin que el de los Almorá- 
vides fuera capaz á estorbárselo. Mas conociendo Al- 
fonao que sin él brazo y la espada del Cid seria diR- 
cil sostener una ciudad tan apartada del centro de 
sus astados, deterihinó abandonarla , y después de 
haberla puesto fuego salió con toda la guamicioii 



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4¿4 UISTOaiA DB EBPA&A. 

cristiana en procesión solemoe, llevando limeña con^ 
sigo el cadáver de su ilustre esposo. Entró , pues, 
Mazdalí con sus Almorávides en la ciudad el 5 de ma- 
yo de 4102. «¡Que Dios le asigne, dice el escritor 
musulmán» un lugar en el sétimo cielo, y se digne re- 
compensar su celo y sus combales por la santa causa 
otorgándole las mas bellas recompensas reservadas á 
los que han practicado la virtud!». 

En aquellos momentos mismos escribia Abu Ab- 
derrahman ben Tahér al vazzir Abu Abdelmelik: «Os 
escribo á mediados del mes bendito (Ramadan): he- 
mos triunfado, porque los musulmanes han entrado 
en Valencia (restituyale Dios su vigor), después de 
haberse visto cubierta de oprobio. El enemigo ha in- 
cendiado la mayor parte, dejándola en estado tal que 
asusta al que la contempla y le hace caer en silencio- 
sa y sombría meditación. La ha cubierto de 4iegros 
ropages, como el luto que llevaba cuando se encon- 
traba en elfa: un velo cubre todavía su mirada , y su 
corazón que se agita sobre carbones encendidos lanza 
suspiros profundos. Pero quédale su cuerpo delicioso: 
quédale su terreno elevado semejante al oloroso mus- 
go y al oro esplendente t sus jardines cubiertos de 
árboles, su rio de limpias aguas: y gracias á la bue- 
na estrella del emir de ios musulmaneá y á los cui- 
dados que le consagrará , sé disiparán las tinieblas 
que la cubren; recobrará su ornato y sus joyas ; por 
la tarde se adornará de nuevo con sus magníficos ves- 



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. PAHTB II. Liúao II. 42S 

tídos; se mostrará en todo su brillo, y se asemejará al 
sol cuando ha entrado en el primer signo del Zodia- 
co. Alabanza á Dios, ney del reino eterno, que la ha 
purgado de los que adoran muchos dioses. Ahora que 
ba sido recobrada al Islam, el consuelo ha venido á 
dulcificar los dolores que el destino y la voluntad de 
Dios tíos habian causado. » 

El cuerpo del Cid fué sepultado en el claustro del 
monasterio de Cárdena. Jimena su esposa murió en 
1104, y fué también sepultada en aquel ilustre mo- 
nasterio al lado de su esposo. El Cid tuvo un hijo lla- 
mado Diego Rodríguez, que fué muerto por los mo' 
ros en Consuegra. De las dos hijas de Rodrigo y de 
Jimena, la mayor llamada Cristina casó con Ramiro, 
infante de Nayarra y señor de Monzón , de cuyo ma- 
trimonio nació García Ramírez, el restaurador del rei- 
no de Navarra, ta otra, nombrada María, tuvo por 
esposo á Ramón .Berenguer III., conde de Barcelona, 
los cuales hubieron uoa hija que casó con Bernard, 
último conde de Besalú ^^\ , 

Tales son los hechos históricos mas importantes 
del Cid Campeador ó por lo menos los que del coteja 
de las historias y crónicas arábigas y latinas que co- 
nocemos y gozan de alguna autoridad , resultan más 
probados y averiguados ^^K Objeto y argumento el 

(i) Bergan2a,Antigi]ed.lom.I. (2) Ademas de las obras ciia- 

pégina 553.— Haber, Hist. del Cid, das en las primeras notas de es- 

pégioa 245.— Bofarull, Condes, te capítulo, poco nos habrá que- 

lomo 11, p. 457. dado por consultar de lo muchí* 



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426 UISTOBIA DB ESPaSa. 

£id del mas antiguo moaumenlo de la poesía caste- 
llana, tema perpetuo de los cantos populares de la 
edad media, y héroe predilecto de las leyendas y ro- 
mancest cada poeta y cada romancero fué añadiendo 
á la vida del Campeador alguna hazaña , algún retó, 
alguna batalla, alguna aventura amorosa ó caballe- 
resca, mas ó menos verosímiles, hasta hacerle el tipo 
ideal de los héroes y de los caballeros de la edad me- 
dia; de todo lo 'cual , sin admitirlo como historiado- 



&imo que delCidse ha escrito des^ 
de el Poema ha^ta las Vida$ "de 
españoles ilustres de Quinuina, 

Í hasta los artícuios de Pidal y 
artzembueh ea la Revista de 
Madrid y el Ghbo^ y hasta \a? no- 
tas de Galiano á la historia de Es- 
pada del inglés Dunham. 

Por lo mismo estrafiamos y la- 
mentamos, y ca^ no concebimos 
cómo un espafiol de nuestros dias 
tan ilustrado como el señor Alddá 
Galiaoo, se atreyará decir en la 
nota del apéndice U. del tom. II. 
. de dicha Historia , lo siguiente: 
Soín-B si ha existido ó no el Cid 
está pendiente todavía la disputa: 
siendo imposible determinar de 
un modo que no deje lugar á la 
duda por faltar para elto las óom- 
pétenles autoridades» 

Según eso, no son autoridades 
competentes parael sefior Galiano 
ni los escritores árabes de Conde^. 
ni Ibn Bassán, ni Ibn Alabbar» ni 
Ibn Kaldhun , ni otros que cita y 
copia Dozy, algunos dolos cuales 
vivieron y escribieron en tiempo 
del Cid, ó por lo menos cuando to- 
davta estahao, por decirlo asi, ca- 
lientes sus cenizas. Sogun eso, no 
son autoridades competentes para 
el señor Galiano ni los Anales To- 



ledanos, ni los Gompostelanos, ni 
Lucas de Tuy, ni Rodrigo de To- 
ledo, ni la Crónica seneral , ni )a 
de Burgos, ni la de León, ni nin- 
guna otra crónica. Bien que pa- 
rece no haber visto ninguno de 
estos documentos, puesto que mas 
abajo dice: «fn verdad, el stlsn- 
cio de los escritores mas antiguos 
tocante al Cid i^o d^a de tener 
peso.» Y en seguida: cO(ro st/en- 
eiq heay no menos inexplicable f 
muy poderoso para probar que 
era poco conocido et Cid en los 
tiempos en que florecióy yi es fca- 
ber cartas pueblas del tiempo de 
don Alfonso el VL, firmadas por 
varios de los principales magna'' 
tes del reino , entre las cwdes no 
está el nombre de RodriaQ Dias»* 
Remitimos al señor Gaiiano á las 
escrituras que hemos citado en 
nuestro capítulo, y aun podríamos 
añadir algunas mas sitúese nece- 
sario» No nos sorprenderían tales 
asertos en Dunhamy en Southey, 
á quiones sigue; pero los estrafia- 
mos en Galiano aun mas que en 
Masdeu. 

En nuestra relación de los he- 
chos del Cid hemos seguido en 
mucho te Crónica genercU de don 
Alfonso el Sabio. Deremos la rt- 



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FAMTB II. LIBIO II. 



427 



res, nos haremos, cargo cuando juzguemos al Cid y 
su época bajo el punto de vista critico y filosóGco ^^. 



zon. Esta crónica había sido mi- 
rada como un tejido de leyendas 
popaterea y de tradiciones íabv^ 
losas. Tiénelas, en efecto , y hay 
épocasengue es menester mocho 
discernimiento para distinguir ]a 
verdadera historia por entre la 
multitud de fábulas y roinances 
que se le han agregado. Pero en lo 
relativo al Cid, que ocupa mas de 
la mitad de su parte cuarta » el 
sefior Dozy en susinvestigaciones 
ha hecho ver que la Chronica del 
rey Sabio es la que está mas de 
acuerdo con las de los árabes aue 
gozan d^ mas crédito y autoridad 
y mas inmediatas á ios sucesos, 
escepto en lo que evidentemente 
ha sido tomaoo de la desacredi- 
tada crónica de Cárdena^ £1 doc- 
tor Dozy cita muchas palabras» 
fraaesy ideas y locuciones que le 
hacen creer que la Chroniica g^ 
nmral en este punto no solo está 
basada sobre autores árabes, sino 
que en muchasocasionesse revela 
habar sido traducidos pasages en- 
teros de ellos. Sospecha que el 
autor dequien principalmente to- 
mó su re lato el cronista fué Ahmed 
ben Giafor AlBaUi» que residia 
on Valencia dorante el sitió del 
Cid, el cual escribió una historia 
de Valencia desde la conQuistade 
Toledo por Alfonso VI. hasta la 
prisión de Ben Gehaf. El susodi- 
cho autor parece que fué una de 
Jas personas que el Cid^hízo qoe«- , 
mar. En el Diccionario Biográfico 
de los gramáticos y lexic^rafos 
por Al Soyutf, se halla el artículo 
Siguiente sobre el dicho Ahmed 
AlBattí: «habia estudiado lashe- 
lias letras, escribió liltros de gra. 
mática, etc. El Campeador (maU 
dígale Dios), después que se apa- 
deró de Valencia le hizo que- 



mar.... etc.» Por eso, observa Do- 
zy» el autor de la Chronica gene- 
ral deja de ser exacto desde que 
llega a la muerte de Ben Gehaf, y 
haciéndole morir apedreado se 
pone en contradicción con Ibn 
Bassán, valenciano y cdnlempo- ^ 
raneo, y con Ibn Alabbar» valen- 
ciano también y uno de los mas 
exactos y verídicos de los árabes. 
Sea de esto lo que quiera^ el crí- 
tico holandés ha hecho un servi- 
cio grande á la historia con de- 
mostrar el acuerdo en que está la 
Chronica general con lasarábigas, 
facilitando asi el conocimiento do ' 
los hechos verdaderos é históri- 
cos del Cid. 

(1) Ni nos compete, ni es fácil 
dar cuenta de todas las aventuras 
que los dramas, lasieyendas y ro- 
mances han atribuido al Cid. Men- 
cionaremos algunas» siquiera sea 
solo como muestra del carácter de 
la época en que so inventaron. 

Desde muy mancebo, dicen, 
comenzó Rodrigo á mostrar su tra- 
vesura y su ^n corazón; y cuen- 
tan que habiendo recibido su pa^ 
dre una afrenta del conde Gor- 
maz, el buen anciano ni comia, ni 
bebia ni descansaba. Movido de su 
pena Rodrigo » salió á desafiar al 
coode, le mató, le cortó la cabeza, 

L coleándola de la silla de su ca- 
klloTué á presentársela á su pa- 
dre, en ocasión que este sehallaba 
sentado á la mesa sin tocar los 
manjares que delante tenia. En- 
tonces el níio llamó la atención 
del padre hacia aquel sangriento 
trofeo, y le dijo: cMirad la yerba 
aue 06 na de volver el apetito: la 
lengua que os insultó ya no hace 
oficio iie lengua , ni ia mano que 
osafrentó hace ^ oficiode mano.i 
£1 buen viejo se levantó y abrazó 



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i28 



HISTORIA DB BSPAÜA. 



ó su hijo, diciéfldole, qae qnien 
había llevado á su casa aquella 
cabeza debía serlo de la easa de 
Lain Calvo. Lo singular fué que la 
hija del conde, enamorada del 
Cid, se presentó en la corte de 
León, y puesta de hinojos ante el 
rey le pidió por esposo á Rodrigo, 
poniéndole en la alternativa ó de 
concederle su mano ó de quitarle 
la vida. Otor^da tan estrafia mer- 
ced, y obtenida la mano de Ro- 
drigo, este la llevó á su casa; pero 
hizo voto de no conocer^ hasta 
haber ganado cinco batallas cam- 
pales. Dióse entonces á correr por 
las tierras coma roanas de los mo- 
ros, é hizo en efecto cautivbscinco 
reyes mahometanos. 

Yendo en peregrinación á San- 
tiago de Gompostela , al llegar á 
un yado encontró un leproso, que 
metido en un barranco rogaba, á 
los transeúntes le pasaran por ca- 
ridad. Los demás caballeros hu- 
yeron de tocar aquel desgraciado; 
solo Rodrigo tuvo compasión de 
él, le tomo por su mano, le envol- 
vió en su capa, le colocó en su mu- 
la y le llevó al lugar á aue iba á 
dormir. Por la noche le hizo sen- 
tar á su lado y comer con él en 
la misma escudilla. La repug- 
nancia de los compafieros de Ro- 
drigo fué tal, que se imagina- 
ban que la lepra habia contami- 
nado sus platos, y salieron de la 
pieza á toda prisa. Rodrigo se 
acostó con el leproso , envueltos 
ambos en la misma cajpa! A media 
noche, cuando Rodrigo se habia 
dormido, sintió en sus espaldas 
un soplo fuerte que le despertó. 



Buscó al leproso, le Mamó, y viendo 
que no respondía, se levantó, en- 
cendió una bugía.... el leproso ha- 
bía desaparecido. Volvióse Rodrt- 
goá acostar con la luz encendida; 
en esto que sale apareció un hom- 
bre vestido de blanco: a¿Dnermes, 
Rodrigo? le preguntó.— No duer- 
mo; ¿pero quién erestú que tanta 
claridad y tan suare olor difundes? 
—Soy San Lázaro. Y bas de saber 
que el leproso á quien has hecho 
tanto bien y tanta honra por amor 
de Dios, era yo: y en recompensa 
de ello es la voluntad de Dios que 
cada vez Que sientas un soplo co- 
mo el que has sentido esta noche, 
sea señal de que llevarás á feliz 
Iremate las cosas aue emprendas. 
Tu fama crecerá de día en día, te 
temerán moros y cristianos, serás 
invencible, y cuando mueras mo- 
rirás con honra.» 

Son muchas las proezas y he- 
chos marayilloaos que suponen 
ejecutó ya en los reinados de Fer- 
nando y de Sancho; pero comienza 
á aparecer mas novelesco desde 

3ue desterradQ por Alfonso VI. 
eia la casa paterna. Pintan con 
colores vivos y tiernos la aflicción 
de Rodrigo cuando al disponerse 
á salir de Vivar vio las salas de- 
siertas, las perchas sin capas, sin 
asientos el pórtico, y sin halcones 
los sitios donde estar solian. A su 
paso por Burgos con su lucida co- 
mitiva, hombres y mugeres se aso- 
maban á las ventanas á^erlb pa- 
sar, y nadie se atrevía á recibirle 
en su casa por temor al rey Al- 
fonso, que había prohibido seve- 
ramente que le diesen albergue. 



Mío Cid Ruy Díaz por Burgos entraba. 
En su compañía LX pendones llevaba. 

Convidar le yen de grado, mas ninguno non osaba: 
El Rey don Alfonso tanto avie la grand'saña. 
Antes de la noche en Burgos del entró su carta. 
Con grand'recabdo é fuertemente sellada: 
Que a mío Cid Ruy Diazt]ue nadi nol'die^en posada; 



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( riETB II. UBIO 11. 

E aqu^l que ge U diese sóplese yera palabra 
Que perderíe los a veres é mas los oyos de la cara, 
E aun demás los cuerpos é las almas. 
Grande duelo avien las gentes christianas: 
Ascóndense de mió Cid ca noi'osan decir nada. 



429 



I 



Entonces sin duda debió decir 
el Cid de su barba aquellas céle- 
bres palabras: «Por causa del rey 
don Alfonso que me ha desterrado 
de su reino no tocarán tijeras á 
estos pelos, ni de ellos caerá uno 
solo, y de esto tendrán que hablar 
moros y cristianos*» 

Multiplicáronse los prodigios 
en la conquista de Valencia, y so- 
bre todo cuando los Almorávides 
mandados por el rey Bocar (Seir 
Abu Bekr) fueron a acometer ia 
ciudad. Entonces no solo el Cid, 
sino el obispo don Gerónimo, ar- 
mado de lanza y e^ada, mató tan« 
ios moros que no nubo quien le 
igualara en matar sino el mismo 
&mpeador; rompióseleel asta de 
su lanza al prelado guerrero, y 
echando mano á la espada, no se 
sabe cuantos infieles murieron á 
sus golpes. Rodrigo buscaba al rey 
Bucar, que á todo correr de su ca- 
ballo huía del Campeador. «¿Por 
qué asi hoyes, le gritaba, tú que 
¿as venido de allende el mará ver 
al Cid dé la luenga barba? Vuelve 
y nos saludaremos uno á otro.» 
Pero por mas que el Cid espoleó á 
su Babieca, el rey moro ganó la 
orilla del mar; entonces Rodrigo 
le arrojó soJQiuma y le hirió entre 
ambos hombros , y el rey Bucar 
malamente herido se entró en el 
mar y ganó nn barquichuelo: el 
-Cid se apeó del caballo y recogió 
su jespacía. Asombra el número de 
moros que según las leyendas mu- 
rieron aquel dia. 

Volvió mas adelante el rey Bu- 
car sobre Valencia con numerosí- 
simo ejército. El Cid reposaba en 
su leQho cuando se le apaieció un 
personaste, despidiendo un olor 
u^gantísimo y vestido de un re- 



pago blanco como la nieve. Esta 
vez era San Pedro: «Vengo á anun- 
ciarte, le dijo, que no te restan 
sino treinta días de vida. Pero es 
la voluntad de Dios que tus gen- 
tes venzan al rey Bucar, y que tú 
mismo después de muerto seas el 

2ue des el triunfo en esta batalla. 
1 apóstol Santiago te ayudará, 
pero antes has de arrepentirte 
delante de Dios de todos tus pe- 
cados. Por el amor que me profe- 
sas y por el respeto que siempre 
has tenido á mi iglesia de San 
Pedro de Arlanza, el hijo de Dios 

3uiere que te suceda lo que te he 
icho.» Al dia siguiente refirió el 
Cid á sus caballeros la vi&ion que 
había tenido, juntamente con 
otras que hacia siete noches le 
perseguian, y les anunció qtie 
venceriaU/al rey Bucar y á los 
treinta y seis reye s moros que le 
acompañaban. Después de aquel 
discurso se sintió malo y se con- 
fesó con el obispo don Gerónimo. « 
Los pocos días que aun vivió no 
tomo mas alimento en cada uno 
que una cucharada del bálsamo y 
la mirra que el soldán de Persia> 
noticioso de sus hazafias, le habia 
enviado de regalo, mezclado con 
agua rosad a. Las fuerzas se le 
acababan, pero su tez se conser- 
vaba sonrosada y fresca. La vís- 
pera de morir llamó á dofia Jime- 
na, al obispo don Gerónimo, á Al- 
var Fañez, á Pero Bermudez y á 
Gil Díaz, y les dijo cómo habían 
de embalsamar su cadáver, y lo 
que después habían de hacer de 
él. bicto al fin su testamento y 
murió cristianamente. 

A los tres dias de su muerte, 
el rey Bucar y los treinta y seis 
reyes moros pusieron sus quince 



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430 



HlSTOtlA DB BSPAMA. 



mi) tiendas delante de las pierias 
. de Valenoia. Había en el campo 
moro una negra que capitaneaba 
otras doscientas negras, con las 
cabezas rapadas, á esoepcion de 
un mechón de pelo, porque iban 
cumpliendo nna peregnnacion: 
sos armas eran áreos torcos. A I09 
doce días de sitio, después de ha- 
ber hecho todo lo que el Cid ha« 
bia ordenado, determinaron los 
cristianos salir de Valencia. El oa* 
d¿?er embalsamado del Cid iba 
montado en su fiel Babieca, sujeto 
por medio de una máquina de ma* 
dera que habia fabricado Gil Díaz. 
Oomo se mantenía derecho, y el 
Cid lleyaba los ojos abiertos, la 
barba peinada, escudo 7 yelmo de 

Ser&amiüo pintado, que parecía 
e fierro^ y en la mano su formí** 
dable tizona, semejaba perfecta-^ 
mente estar tí vo. Salieron, pues, 
de la ciudad. Iba Pero Bermnde^ 
de vanguardia: escoltaban á dofia 
Jimena seiscientos caballeros; de« 
tras iba el cadáver del Cid con es- 
colta de ciencaballeros, y el obispo 
y<>il Díaz á sus lados. Alvar Paftez 
prepafóelutaque. De las doscien- 
tas negras las ciento fueron al ins« 
tante derrotadas, las otras ciento 
hicieron no poco estrado en iosori»- 
tianos, hasta que habiendo moer* 
to so capitana huyeron todas. 
Entonces los cristianos atacaron 
el grueso del ejército musulmán* 
Los moroaque vieron uo caballero 
mas alto que los otros, montado 
en un caballo blanco, en la izquier- 
da un estandarte blanco como la 
nieve, y en la derecha una espada 
que parecía de fuego, huían des- 
pavoridos; hicieron en ellos los 
fieles horrible matanza, y conti- 
nuaron victoriosos camino de Cas- 
tilla. 

Llegado que hubieron á San 
Pedro de Cardefta, colocaron el 
cadáver del Campeadora la dere- 
cha del altar, en una silla de mar** 
fil, con4iHa mano descansando so« 



bre su Tizona.Bn una ocaaíon en- 
tró un jod/o en la iolesia del mo- 
nasterio á ver el cadáver del Cid* 
y como se hallase soiOy díio para 
sí: «He aquí el cadáver del famoso 
Ruy Díaz de Vivar, cuya barba 
nadie fué osado á tocar en vida: 
ahora vov á tocarla yo á ver qué 
me sttoeae.» T alargó el brazo, y 
en el momento envió Dios su es- 
píritu al Cid. el cual con la mano 
derecha asió el pomo de su Tizona 
y la sacó un palmo de la vaina. 
El judío cayó trastornado y co* 
menzó á dar espantosos gritos. El 
abad del monasterio, qne predi- ' 
caba en la plaza, oyó loslamentoá, 
suspendió el sermón y acodió coa 
el pueblo á la iglesia. El judío ya 
no RríUba, nareoía difunto; el 
abaa le rocío con unas gotas de 
agua y le volvió á la vida. El y^ 
dio conté el milagro, se convirtió 
á la fé de Cristo, se bautizó, reci 
bió el nombre de liiego Gil, y ea« 
tro al servicio de GilDiai. 

Fuera largo enumerarlos pro- 
digios que los romanceros y poe- 
tas, y ya no solo poetas y román- 
ceros, sino los venerablea monjes 
de Cardefia aplicaron al Cid en 
vida y en muerte, y no tan sola- 
mente á la persona del héroe, sino 
á su cadáver, á su féretro, á su 
cofre, á su tizona , y hasta á sn 
caballo Babieca, que Gil Diaz en- 
terró á la derocha del pórtico del 
convento, plantando sobre sa 
tumba dos alamos que crecieron 
eiiormemente. La historia ro* 
mancesca del Cid llegó á hacer 
olvidar su historia verdadera, y 
ha costado no poco trabajo des- 
lindar la una de latitra, y aun no 
está de todo punto determinada. 

Í clara la línea que las separa y 
ivide. Sucede ademas que al 
través de las aventuras bélicas, 
religiosas, amorosas y caballeres- 
cas que los poemas y los cantares 
han atribuido al Cid, se revela el 
genio de la edad media: á vueltas 



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PAKTS U. LIBtO 11. 



431 



de estafl bellas fiocíones, se des- 
cubren importantes realidades; 
los poetas y los monjes habrán in* * 
ventado las anédotas, pero las 
anécdotas están basadas sobre el 
espíritu de la época. Demodoc^ue 
si IOS anales y las crónicas contie- 
nen la historia de los verdaderos 
sucesos, los poemas, las leyen- 
das, los cantares y las tradiciones 
desarrollan á nuestra vista el 
cuadro moral de las pasiones, de 
^ las creencias, de les amorest de 
las Inchas pouticas, de las cos- 
tumbres, en fin, que constituían 
Ja índole y el genio de la edad 
media castellana. 

Terminaremos esta nota óapén- 
dice con la célebre aventura de 
los infantes de Garrion, que tanta 
popularidad adquirid en España, 
a pesar de no hallarse apocada en 
fundamento alguno histórico que 
merezca lé. Cuando el Cid con- 
quistó á Valencia, dos caballeros 
castellanos solicitaron la mano de 
sus dos hijas Estos dos caballeros 
eran los condes de Garrion. Omi- 
tiendo las negociaciones que al 
decir del poeta mediaron entre 
los pretendientes, fil rey Alfonso 
y el Cid, el doble enlace se ve- 
rileó, aunque con harta repug- 
nancia de este, y los infantes per- 
manecieron durante dos afios en 
Valencia. Estando alli sus yernos, 
le sucedió al Cid la famosa aven- 
tura del león que se salió de la 
jaula y puso 'en consternación á 
todos sos caballeros, habiendo si- 
do los de Cerrión los que se con- 
dujeronmascobardemente. Cuan* 
do el Cid, agarrando al león por 
la melena le Volvió á encerraren 
su jaula, los infantes de Cerrión, 
que se habían escondido, el uno 
debajo de nna cama, el otro tras 
^^^ del huso de un lagar, salieron de 
^^ 8us*esc5intftes, pero tuvieron que 
sufrir la burla y el sarcasmo de 
los demás caballeros, lo cual los 
llenó de cólera, y no pensaron 



sino en vengar aquella afrenta» 
aunque sobradamente merecida* 
Después de la victoria del Cid so~ 
bre el rey Bocar, los infantes de 
Carríon, á quienes tocó una gran 

Ssrte del botin, manifestaron su 
eseo de volverse á Cerrión con 
sus esposas» El Cid accedió á ello, 
y mandó á Felez que los acom- 
pañara. 

En Molina fueron rooy cortes- 
mente recibidos por el rey Aben- 
galvon^ aliado del Cid, el cual en 
la coonanza de amigoá tuvo la de- 
bilidad de enseñar sus tesoros á 
sus huéspedes. Ellos, correspon- 
diéndole con ingratitud, proyec- 
taron quitarle la vida y riquezas. 
On moro que entendia el latin les 
oyó lo que hablaban, y los denun- 
ció á su rey. Abengálvon les afeó 
suindignoprocederyalevososde- 
sijgnios, mas por consideración al 
Cid los dejó partir libremente. Al 
llegar á los montes de Corpa, me- 
ditaron ejecutar otro proyecto to- 
davía mas horrible que desde Va- 
lencia traian. A las orillas de un 
limpioarroyuelo,queen el bosque 
hallaron, levantaron sus tiendas, 
y alli pasaron la noche en brazos 
de sus esposas. Al amanecer orde- 
naron á la comitiva que se pusiera 
en marcha y se fuera delante. Lue- 
go que quedaron solos eon doña 
Elvira y doña Sol (que así llama la 
leyenda á lashiías del Cid), les in- 
timaron que iban á vengar en 
ellas los insultos recibidos de los 
compañeros de su padre cuando 
la aventura del león: y desnudán- 
dolas de sus vestidos se prepara- 
ron á azotarlas con las correas de 
sus espuelas. Expusiéronles las 
desgraciadas hermanas que pre- 
ferirían les cortasen las cabezas 
con las espadas Colada y Tizona 
que el Cid íes había dado. Inexo- 
rables estuvieron los bárbaros es- 
posos: azotáronlas con correas y 
espuelas, la sangre corrió de sus 
cuerpos, y cuando ya el dolor les 



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432 



mSTORfA BB BSPAflA, 



embargó la voz y no podían gri- 
Ur, jas abandonaron á los buitres 
y á las fieras del bosque. 

Lleno de cuidado esperaba Fe- 
lez Mufioz á la ladera de una mon- 
taña, y cuando tío llegar los in- 
. fantes sin sus esposas^ sospechó 
alguna catástrofe y se volvió al 
monte, donde halló á sus desven- 
turadas primas casi moribundas. 
Las llamo por sus nombres, abrie- 
ron ellas los ojos, doña Sol le pi- 
dió agua, que él le llevó en su 
sombrero; puso á las dos damas 
sobre su caballo» las cubrió cen su 
capa^-tomando el caballo de la 
fonda las condujo á la torre de 
doña Urraca. Guando este desagui- 
sado llegó á noticia del Cid, llevó 
la mano á la barba, y exclamó: 
«Por esta barba aue nadie jamás 
tocó, los infantes de Cerrión no se 
holgarán de lo que han hecho: en 
cuanto á mis hijas yo sabré ca- 
sarlas bien.» Llegaron sus hijas á 
Valencia, el padre las abrazó tier- 
namente y. volvió á jurar que las 
casaría bien y que sabría tomar 
venganza de los de Garrion. En- 
vió, pues, á Muño Gustios á pedir 
justioia ai rey Alfonso de Castilla 
contra los infantes. Alfonso con- 
vocó cortes en Toledo. Los de Car- 
rion pidieron al rey les permitiera 
no asistir; pero el monarca los 
obligó á ello. Para intimidar al Cid 
se presentaron los infantes con 
gran comitiva y acompañados de 
García Ordoñez, el mortal enemi- 
go de Ruy Díaz. Alfonso nombró 
arbitros á los dos condes Enrique 



y Ramón. El Cid presentó su qae- 
rella. y reclamó sus dos espadas 
Colada y Tizona. Los arbitros 
aprobaron su demanda, y las dos 
espadas fueron devueltas al Cid. 
Después reclamó las riquezas que 
había dado á los infantes al partir 
de Valencia. Hubo algunas difi- 
cultades por parte de ios de Car- 
rioB. pero al fin las restituyeroa 
también . Por último, pidió Vengar 
en combate la afrenta que habían 
hecho á sus hijas. Realizóse el 
duelo, y los tres campeones del 
Cid, Pero Bermudez, Martin An- 
tolinez y Muño Gustios vencieron 
á los dos infantes y á Asur Gonzá- 
lez, y las hijas del Cid se casaron 
con los infantes de Navarra y 
Aragón. » 

El autor de esta leyenda (que 
no se halla en historia alguna fi- 
dedigna) parece se propuso infa- 
mar la familia de los tondes de 
Garrion, aborrecida acaso en Cas- 
tilla, los Vani Gómez del poema. 
Ademas, el conde que hubo en 
Garrion desde i088 hasta 4147. 
fué Pedro Ansurez, que no era de 
la familia de los Gómez, como pue- 
de verse en Sandovai, Sota, Blo- 
ret, Llórente y otros. De la misma 
manera pudiéramos evidenciar de 
apócrifas otras muchas anécdotas 
, del Cid, con que no queremos ya 
fatigar á nuestros lectores, y que 
puede ver el que guste en el Poe- 
ma, en los dramas y en las colec- 
ciones de romances de Sánchez^ 
de Duran y deDepping. 



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€APITDLO m. 

FIN DE ALFONSO VI. DE CASTILLA. 

SANCHO EAMIRBZ T PBDRO I. EN ARAGÓN: 

SBRÚeOBR RAMÓN II. Y RAMÓN BBRBNQUBR III. BN 

GATALüffA. 

Me 1094 é 1109. 

Gasa AlfoDflo sos dos l^jaa urraca y Teresa coa dos condes franceses. 
—Dales en dolé los condados de Galicia y PortoKal.— Muerte de 
la reina Constanza, y matrimonios socesiYOs de Alfonso.— La mora 
Zaida abraza el cridti&nismo, y se hace reina de Castilla con el nom- 
bre de Isabel.— Gontíni&an las guerras de Alfonso con los Almorá- 
vides.— Muere Tussuf y su bqo Ali es proclamado emperador de 
Marrae^ y emir de Espafia.— Funesta batalla de Udés: derrota 

* del ejército castellano, y muerte del príncipe Sancho, único hijo 
varón de Alfonso.— Sentidos lamentos de este.— Enferma y muere 
Alfonso VI. de Castilla.— Su elogio— Sobre Jas diferentes esposas 
de este monarca.— Aragón.— Campañas de Sancho Ramírez.— Mue- 
re herido de flecha en el sitio de Hnesca.-^roclamacion de su hijo 
don Pedro.— Prosigue el sitio de Huesca.— Oran triunfo de los ara- 
goneses en Alcoráz.— Conquista de Huesca.- Muerte de don Pedro, 
y sucesión de su hermano don Alfonso. — Catalufia.— Hechos de Be- ' 
renguer II. el Fratr¡cida.«^us guerras con el Cid.— Importante 
conquista de Tarragona.— Acusación y ireto por el fratricidio: su re- 
sultado.— Auséntase Berenguer de Catalufia.— Entra á regir el con- 
dado Ramón Berenguer III. el Grande. 

No había hecho poco Alfonso de Castilla ea irse re* 

poniendo del desastre de Zalaca, hasta eli panto de 
Tomo iv. 88 



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434 HISTOEIA DB BSPA^A. 

triunfar al poco tiempo de los Almorávides en Aledo^ 
y de poder en 1 093 hacer uua gloriosa expedición 
por Extremadura y Portugal, apoderándoi^e sucesiva- 
mente de Santaren, Lisboa y Cintra ^^K Tanto en Aledo 
como en la campaña del Algarbe haiyían faeobo impor- 
tantes servicios al monarca casteHano aquellos condes 
franceses que dijimos habían venido i España con el 
(leseo de lomar ptorte len la soteome tocha <f«e et 
nuestra península se sostenía con tanto heroísmo eñ 
favor de la cristiandad. Habíanle merecido parti- 
cular predilección dos caballeros' dé la ilustre casa de 
Borgoña, Ramón y Enrique, primo hermanos, y pa* 
rientes de la reina de Castilla, Constaba, segynda 
muger de Alfonso VI. ^'^ De tal modo ganaron estos 
condes el afecto y la privanza del rey, que en 1092 
les dio en matrimonio sus dos hijas Urraca y Teresa. 
Obtuvo el conde Kamon la mano de Urraca, hija le^ 
gHima de Alfonso , habida de su matrimonio con 
Constanza. Fuele dada á Enrique la otra hija de Al- 
. fonso llamada Teresa, nacida de la únion declarada 
ilegitima del rey coa Jimena Nnaez. A Urraca y Rai. 
mundo les dio el condado de Galicia, á Teresa y En- 
rique el del territorio que de los moros había ganado 
en la Lusitania. Principio fué este de grandes socesos, 

(i) ChroD.Losit. adaon. 4093. HermodeBorgoo», y Enrique lo 

— Id. Conimbric. p.-330. era de otro Enrique, hermano de 

(t) La reina CoDBlanza era hi- aquel, y iodos descendientes de 

ja de Itoberto, duque de Borgeüe, Roberto, hermeoo del rey Bnrí- 

y viuda del conde de Chalons. Ra- que 11 do Francia, 
mon ó Raimmido ere hijo dé Oifi* 



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rARTB 11. LIBRO 1I« 435 

orfgea del nueyo reino que habia de erigirse en Por- 
tugal, y fundamento que habia de servir para que 
dos estrangeros fuesen tronco y raiz de dos dinastías 
reales en España, como lo habremos pronto de ver. 
De esta manera tomaron los franceses en Castilla en el 
reinado de Alfonso VI. igual influjo y preponderancia 
en lo polftico y en lo militar al que anunciamos ha- 
bían tomado en lo eclesiástico j lo religioso los pre- 
lados y monjes de aquella nación de que aquel mo- 
narca llenó las iglesias españolas. 

Las invasiones de los Almorávides en el Algarbe y 
la conquista de Badajoz con la muerte del último emir 
Ornar ben Alafias que. en otro lugar dejamos indi- 
cada, hicieron que Alfonso volviera á perder una 
parte de aquellas adquisiciones, abrieron ^us puertas 
á los africanos Evora, Sil ves, la misma Lisboa y otras 
importantes poblaciones de Occidente. Mas distraídas 
después las Aierzas musulmanas á la parte de Valen- 
cia por el Cid Campeador, y habiendo los dos condes 
fk^anceses sostenido algunos encuentros y combates con 
los tropas muslímicas que^ en Portugal y en 3us fron- 
teras habían quedado, hallamos en i 097 á Enrique 
de Borgona dominando el territorio comprendido en- 
tre él Miño y el Tajo, y á Raimundo en posesión de 
lo que hoy abraea la moderna Galicia, después de 
haber ayudado á Alfonso á repoblar las ciudades de 
Casilla, Avila, Salamanca, Almazan y Segovia (^>. 

(i) SaodoY, Cinco Reyes, Alfonso VI. 



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436 HISTORIA DB BSPAÍKa. 

Habiendo fallecido en 1093 la reina Constanza, 
el monarca castellano contrajo nuevas nupcias con 
Bertha , repudiada de Enrique IV. de (jermania, qué 
á los dos años dejó otra vez vacante con la muerte el 
tálamo de Alfonso. Una princesa mora fué entonces 
llamada ¿ compartir con el rey de Castilla el lecho y 
el trono. Era la b.ella Zaida, la hija del rey árabe 
Ebn Abed de Sevilla, que en los tiempos en que su 
padre habia hecho alianza con el monarca cristiano la 
habia entregado á este como prenda de amistad y á 
título de esposa futura, juntamente con los pueblos 
de Vilches, de Alarcos, de Mora, de Conáuegra^ de 
Ocana y otros del reino de Toledo, en calidad de dote. 
"Muy joven en aquel tiempo la hermosa Zaida, habia 
continuado en poder de Alfonso, según unos como 
consorte, según otros en concepto mas equívoco y 
menos honroso. Ni lo uno ni lo otro creemos fundado. 
Ni las crónicas insinúan que Alfonso quebrantara la 
ley de los cristianos que prohibe la bigamia, ni hay 
documento que indique que tuviera con la bella mu- 
sulmana relaciones de naturaleza de producir escán- 
dalo. Pero Alfonso amaba tiernamente aja joven mora, 
y el corazón de la hija de Ebn Abed se habia pren* 
dado de la grandeza y generosidad del monarca cas-, 
tellano. Amibos desea^ban unirse con legítimos lazos, 
pero la diferencia de religipn establecía entre ellos 
un abismo. Acaso el afecto y la convicción obraron de 
concierto en el corazón de Zaida, y Zaída renunció á 



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rAlTBU. L1BE0 1I. 437 

la fé de sus padres y abrazó la religión de Alfonso; 
hfzose cristiana, y tomó en el baatisma el nombre de 
María Isabel (con el segundo la nombraba siempre 
Alfonso y es conocida en los documentos). Entonces el 
rey, libre de todo compromiso por las muertes suce- 
sivas de Constanza y de Bertha, realizó solemnemente 
su deseado enlace con Isabel Zaida (1095), de la <n)al 
tuvo al año sij$uiente el ansiado placer de ver nacer 
un príncipe, fruto de su amor y heredero de su trono, 
puesto que Samcho, que asi se llamó el bijo de Zaida, 
era el único varón que Alfonso babia logrado tener 
en sus diferentes consorcios ^^K 

Pasáronse los años siguientes atendiendo Alfonso 
á las cosas de su reino, y acudiendo, ya á la parte de 
Extremadura, ya á la de Aragón ó Andalucía, segbn 
que la necesidad y sus relaciones con los reyes mu- 
sulmanes y cristianos lo reclamaban, sin que otros su- 
cesos importantes ocurrieran en Castilla que los que 
en anteriores- capítulos dejamos referidos. Así las co- 
sas, volvió Yussuf el emperador de Marruecos por 
cuarta vez á España, trayendo en su compañía sus dos 
hijos Abu Tahir Temim y Alí Abul Hassan. Aunque el 
menor este último, tenia mas talento y mas valor que 



(1) babel comienza á aparecer iglesia de Astorga. En un privile- 

como reina en las cartas y privile- gio de 25 de enero de 1103 da el 

Sioe del rey Alfonso desdíe 4095, y rey don Alfonso á su esposa Isabel 

apenas hay año aue no le hallemos los epítetos de diUctissima, ama^ 

inscrito en algún documento basta tiasima: y eu otro se lee: Elisa» 

el i407, en que murió; como pue- beth Regina divina. Sota, cit. por 



de Terse eu el libro becerro de la Romey. 



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438 HISTOEU 1>B bspaIU. 

su hermano, y era el predilcxHo de su padre* Con 
ellos recorrió las provincias, y hablando de la díspo- 
»cioD y naturaleza del país comparaba su conjunto á 
un águila, y decia que la cabeza era Toledo, Caíatrava 
el pico, el pecho Jaén, las uñas Granada, el ala de- 
recha la Algarbia, y la Axarkia el ala izquierda ^^^ 
Terminada su ví«ta, convocó los jeques y principales 
caudillos Almorávides, y concertó con ellos declarar 
I futuro sucesor de todos sus estados de África y España 
á su hijo All, cuya carta y paóto de sucesión comen- 
zaba en los siguientes términos: cAlabanza á Dios 
que usa de misericordia con los que le sirven en las 
herendas y sucesiones; que hizo á los reyes cabezas 
de los estados para la paz y concordia de los pue^ 
blos.... etc;» Estendída y leida la carta^ prestado por 
Alí el juramento de gobernar el iiñperio en conformi- 
dad á las condiciones que su padre le imponía, y por 
los jeques y vazzires el dé aceptar gustosos y conten* 
tos la sucesión, firmóse el acta en Córdoba en setiem- 
bre de 4 4 03. Entre las condiciones que Yussuf impuso 
¿ su hijo relativamente al gobierno de España se ha- 
llaban las de que habria de encomendar las magis- 
traturas y gobiernos superiores militares á los mora- 
bitas de Lamtuna: que la guerra contra los cristianos 
y la guarda de las fronteras la hiciese con los musul- 
manes andaluces como mas prácticos y entendidos en 

(1) Conde, part. 111. c. 23. 



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PAIITK 11. LJUHO II. 43ft 

la oaanera de pelear que con veoíi^ para España: que 
mantaviere oonsUateineDle en la Península uo ejér-*' 
cito biea pagado die 1 7,000 gine tes Almorávides, di&- 
tribuidos de esta maaera; 7,00<> en Sevilla, 1 ,000 eu 
Córdoba» 3,000 ea Granada, i,000 en el Este y 2,000 
en el Oeste: que honrara siempre á los musulmanes 
andalocos y evitara toda coVsion con los de Zaragoza , 
que eran el baluarte del Islam. 

Dadas estas disposiciones , partió Yussuf otra vez 
para Cetila, donde retirado de los negocios comenzó al 
poco tiempo, á enfermar ó mas bien á seulir la debili- 
dad de la vejezp pues contaba ya cerca de cien años. 
Lleváronle ¿ Marruecos; pero de cada dia« dice el ^utqr 
árabe, era mayor su debilidad, tauto que sus fuerzas 
del todo desaparecieron, «y asi murió (Dios haya . 
míseríeordia de él) á la salida de la luna de Mubar- 
ran entrado el año &00 (1 1 07), habiendo vivido cien 
años y' reinado cerca de cuarenta.» Llamáronle el ex- 
oeleiite, la; estrella de la religión , el defensor de la 
ley de Dios, y dábaale otros pomposos nombres. Su 
imperio llegó á ser el mas vasto que*se había conoci- 
do y fué el que hizo predominar en España la raza 
africana sóbrela raza árabe. Su hijo Alí Abul Hassan, 
que habia ido á recoger sus iitlimos alientos y á re-^ 
cibir sqs postreras instruecionesi, fué inmediatamente 
proclamado emperador en Marruecos. 

En aquel mismo año vino Alí á España. En Algo- 
Ciras recibió á lodos los cadíos de las aljamas, á los 



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440 HI8T01U DB BSrAlÍA. 

walíes^y gobernadores de las ciodades, á los sabios y 
principales caballeros de! pueblo, que fueron á vÍ8Í«- 
tarle« y arregladas las cosas de Andalucía se volvió 
á Africa/desde donde envió á su hermano Temim, 
walí que habia sido de Almagreb • confiriéndole el 
gobierno de Valeaeia. Des eoso Temim de ejecutar al- 
guna empresa que acreditara su mando en España, 
propúsose tomar la ciudad y castillo de Uclés , que 
. defendía una fuerte guarnición castellana. Un nume- 
roso ejército africano asedió la población y la comba* 
tió con tal ímpetu que la tomó á viva fuerza. Los 
cristianos se atrincheraron en el castillo. El rey AU 
fonso.con noticia'de este suceso, aunque anciano ya y 
achacoso de salud, se disponía á partir para socorrer 
en persona á los defensores de Uclés. Pero impidió- 
selo, al decir de algunos autores, una herida recibida 
en otra anterior batalla ^\ y en su lugar envió á los 
principales de sus condes, y quiso ademas que fuese 
en su compañía su hijo Sailcho, que aunque de solos 
once anos de edad habia sido ya armado caballero 

(4 ) Sandoval (en sus Cinco Re- da» á Dios qw los clérigos hacen 

yes, de quien sin duda la h» adop- lo que habían de hacer los cabo-' 

lado Dozy> supone esta batalla en lleros, y los caballeros se han 

4 406, T dada en un pueblo de Bx- vuelto clérigos por los mios peco* 

tremadora nombrado Salatrices. dos:» aludiendo á Garda Ordoñez, 

En ella, dice, salió derrotadO/Cl el enemigo del Cid, y á los condes 

rey don Aironso y herido, en una de Cerrión, que «fea y cobarde- 

pierifa. Retirado á Coria, añade, mente se hablan retirado y falta- 

vio con alegría llegar algunos de do en la batalla.» Dice también 

sus cotodes que tenia por perdi* que sentido de aquellas palabras 

dos, y como entre ellos fuese el el conde Garda Ordofiez» se pasó 

obispo don Pedro de León con el á los moros y fué cansa de gran- 

roquete salpicado de sangre sobre des males en Castilla . 
las armas, exclamó el rey: «Oa- 



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, PAlTJtlt. LIBIO II. 444 

por so padre y sabia manejar un caballo. Iba el jó^ 
ven principe encomendado* á sa ayo el conde García 
de Cabra. Encontráronse ambos ejércitos y pelearon 
con ánimos encarnizados. El triunfo se declaró por los 
mnsolmanes. Sobre veinte mil cristianos quedaron *en 
el campo, entre ellos el tiernp infante don Sancho, el 
heredero del trono y el ídolo de su padre (4108). En 
ío mas recio de la pelea , dice el arzobispo don Ro- 
drigo, el joven príncipe sintió so caballo gravemente he- 
rido, y dirigiéndose ásu ayo esclamó: «(Padre, padre! 
]mí cabalio está herido!» A estas voces acudió el con- 
de y presenció la caída simultánea del caballo y del 
infente. Apeóse el conde del suyo , y cubriendo con 
su escodo á Sancho, se defendió, por buen espacio 
rechazando valerosamente los golpes de multitud de 
musulmanes que le rodeaban, hasta que enflaquecido 
por las muchas heridas cayó sobre el cuerpo de 
Sancho, como para mojir antes que ^u protegido, y 
alli sucumbieron los dos. Los otros magua tes quisie- 
ron sustraerse^'á la muerte con la huida; pero alcan- 
zados por un destacamento de caballería musulmana 
fueron los mas degollados. Los que escaparon con 
vida llevaron la triste nueva al rey don Alfonso, el 
cual traspasado de dolor y amargura^ dicen que es- 
clamó en el lenguageque se supono de su tiempo, en 
medio dé suspiros que parecía arrancarle el corazón: 
*¡Ay meu fillol ¡ay meu filio! alegría de mt corazón é 
lume dos meos ollos^ solaz de miña vellez: ¡ay meu es^ 



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44S HISTOMA^DB EB^áAh. 

piülo^ en que yo me soya t)er» é can qfub^ tomaba moy 
^ran praeer ¡ay mw heredero mayor I Caballem, ¿hu 
míe lo k^es? Dadme meu filio, cpfufeci A lo otial el 
conde Gómez de Gaadespiím respoodié: «Señor, el ki- 
jo que Bos pides, ao dos le confiaste, á nosotros.» A 
esto repljkxS el rey: tSi se lé confié ¿ oíros , vosíEitres 
eraia^ sosi compañeros para el combate y para la de- 
fensa; y cuando aquel á quien yo le di murió ampa- 
ráadole» ¿qué buscáis aquí los que le habéis aba^do- 
nado? — Señor, le respondió Alvar Paáez» pareciónos . 
que no podíamos vencer aquel campo» que seria ma- 
yor daño vuestro procer allí lodos en vano, y que do 
08 quedara con quien poder defender la tierra, y las 
ciudades, fortalezas y castillos que con tanto trabajo 
habéis ganado; esto nos hizo venir aqui, señor, para 
que con la falta del príncipe y con la nuestra ne que- 
darais de todo punto sin arrimo*» Mas no bastaban ra-r 
zooes á consolar al rey, que cada vez lanzaba mas 
hondos suspiros. . 

Llamóse esta batalla de Uclés la batalla de los 
Siete Condest por el núoiero de los que en ella pere-^ 
cieiroD, y á esta lamentable derrota se siguió la pérdi- 
da de Cuenca, Huete, Ocaña, Consuegra, y otras po- 
blaciones de las que habían formado el dote de Zaida, 
la cual para mayoi^ desconsuefo del monarca hacia 
poco tiempo le había dejado en triste viudez. Había 
muerto también en 1 1 07 su yerno el conde Ramón de 
'Galicia, el marido de su única hija legitima Urraca, 



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rARTB 11. LIBRO II. 443 

de la cual dejaba un oiño de cuatro años llamado Al* 
fonao, nacido en ud lagar de la costa de Galicia nom- 
bnido Caldas, qoe de esto se dijo masadelante Caldas, 
de Rey. Esto tierno nieto era el úoico varen que des- 
púe9 del malogrado Sancho le quedaba de sus dife- 
rentes matrimonios al anciano y afligido monarca de 
Castilla. Tal vez el ansia de lograr todavía sucesión 
inmediata varonil fué la que pudo determinarle , á 
pesar de su provecta edad , de sus achaques y de sus 
amarguras» á contraer aun nuevas nupcias eon una se* 
Bora nombrada Beatriz, cuyo consorcio le proporcio- 
naría en sus últimos diaa algunos consuelos ; pero (a 
naturaleza le negó ya el de la sucesión que tanto ape- 
tecía y que tao conveniente hubiera podido ser para 
la tranquilidad del reino, qqe harto turbado se vio 
por aquella falta, como luego hemos de ver. 

Tantas y tan hondas penas no podian dejar de 
abreviar los dias de un príncipe que tantos trabajos y 
. vicisitudes habia sufrido, y á quien por otra parte 
acpiejaban materiales y físicos padecimientos. La en- 
fermedad y las penas le iban símnltáneamente consu- 
miendo la vida, que al decir del arzobispo cronista se 
iba sosteniendo con el ejercicio á caballo qoe por con- 
sejo de los mádicos hacia diariamente , como el mas 
provechoso para quien estaba acostumbrado á las du- 
ras fatigas de la campana (n. Al. fin sintiéndote ya es- 

(4) Roder. Tolei. iib. Vi. c 3K. 



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444 BISTOEIA DB BSPAftA. 

tremadarneúle débil , llamó cerca de sí al arzobispo 
don Bernardo y á los monjes de San Benito , y con 
ellos pasó los postreros días. Por último en la noche 
del 30 de junio de 1 109 pasó á gozar del eterno des- 
canso el gran conquistador de Toledo, á los setenta y 
nueve años d^su edad yá los cuarenta y tres y medio 
de un reinado tan lleno de glorias como de azares y 
vicisitudes, sostenido don ánimo constante en lodas 
las mudanzas de la fortuna ^^K Lloráronle los toleda- 
nos» y esclamaban: c¿Cómo asi» oh pastor» abandonas 
tus ovejas? Ahora los 'sarracenos y los malhechores 
acometerán el rebaño que estaba encomendado á tu 
guarda!» 

El arzobispo don Rodrigo nos^ dejó un magnífico 
elogio' de este monarca. «Fué (dice la traducción an- 
utigaa) de gran bondad é muy noble, alto en virtud» y 
«de gran gloria, y en los sus dias nunca menguó jus- 
«ticia, y el duro servicio ovo cabo é fin, y las lágrí- 
«mas lo ovieron, y la fé ovo crecimiento, y la tierra y 
<xel reino ovo ensalzamiento, y el pueblo atrevimien- 
«to, y el enemigo ovo confondimiento. Amansó el cu - 
'«chillo, quedó. el alárabe, ovo miedo el de África. 
«El lloro y el llanto de España nunca ovo consolador 
«fasta que éste reynó.l..*. La grandía del su corazón» 
«virtud de los fijosdalgo, no se tuvo por entero de 
«vivir entre las angosturas de las. Asturias, y escogió 

(4) Peiag. Ovet. n. 15.— Anal. Toled. primeros; p. 386. 



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PAATB n. LIBIO II. 445 

«el afán y el trabajo por compañero en su vida. El 
«deleite y el vicio tovo mezquindad, é probar las dub- 

«dosas lides le fué placer é alegría Rey crecido/ 

«recio, fuerte el su coraizon , fiando en nuestro Señor 
«falló gracia ante los ojos de nuestro Señor del cielo 
«é de la tierra.» 

Sd cuerpo estuvo esipueslo por espacio de veinte 
dias/al cabo de los cuales con gran solemnidad y 
acompañamiento de obispos, sacerdotes, magnates, 
guerreros, nobles, plebeyos, hombres y mugeres, 
cubiertos de ceniza, con los vestidos desaliñados, y 
dando gritos de dolor , fué trasladado , según él lo 
babia dispuesto, al monasterio de Sabagun , de que 
^babia sido gran proteclor y devoto , donde al de- 
cir de algunos bistoriadores tuvo impulsos de tomar 
el bábito monacal, donde le babia tomado provisional- 
mente algún tiempo en dias de desventura , y donde 
yacian las cenizas de sus [mugeres ^*K 

Antes de entrar en las graves alteraciones que á 
poco de la muerte de este gran príncipe agitaron y 
conmovieron los reiúos cristianos, menester es que 



(4) <E1 tratado de laa mogerotf aun oyéndolos no se Tencen las 

del rey don Alfonso VI. (dice el dudas, antes parece qae mientras 

investigador y erudito Florez en mas hablan menos nos entende- 

su obra dé las Reinas Católtcos), mos. 

es una especie de laberinto, dob'- «Cinco mugares le señalan ce- 
de se entra con facilidad, pero es munmeote los autores. Algunos 
muy dificultoso acertar á salir añaden mas; otros quitan; y como 
ipientras no se descubra alguna si no bastara la incertidumbre del 
guia, que hasta hoy no hemos vi»- número, se nos acrecienta la del 
lo, siendo asi que han entrado orden, ignorándose cuál fué pri- 
m«chos*á reconocer el terreno; y mero, cuál después. Los escrito* 



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446 HinOElA DB BS»Aft4. 

volvamps uü momento ia Tista hada lo ifue eatretanlo 
en Aragoft y Cataluña había aoonMctdo » y mas ha*^ 



res aotiguás ofrecían an camino 
algo suave; pefo loa Modernos le 
han aembrado de espinai, aña- 
diendo tanto número de aendaa 
qae es difícil discernir cuál sea la 
legítima.» 

Bn efecto, no bay sino leer el 
tratado mismo del ilustrado Plo- 
res .para verlsl caos que los es- 
critores han introducido en el 
ponte retatiTO á las mogeresdo 
Alfonso VI., á su orden, y ¿ la dis- 
tinden entre legitimas yconca* 
binas. Creemos, no obstante, que 
pesadas impaVcialmente las razo- 
aes de unos y otros, el caos des- 
Éparece en gran parte, y solo 
quedan algunas diferencias que 
tampoco Temos imposible concer- 
tar. Nosotros DOS hemos tomado 
•1 trabajo de leerlos casi todos y 
ezamtoar los datos en que cada 
cual apoya su opinión, con arra- 
lólo á los «Males faemos formado te 
nuestra, dispuestos á dar razón 
00 too lundameaVM que nos ben 
servido para formarla » aunque la 
naturaleza de una historia gene-' 
pal no nos permita ahora dete- 
ttemos á esplanarnos. 

Para nosotros es fuera de du- 
da que la primera muger de Al« 
ionao fué Inés» hija de Guido Gui- 
llermo, duque de Aquitania y 
sonde de Poitou: quo casó con eila 
hacia 4074, y duró el matrimonio 
haota I07S. Esta reina no turo sii- 
oesion. (Ghron MaUeac.«*-Bsorit. 
do 8an Miilan.— Fnero de Sepúlr .) 

Sígnese Jimena Nunez ó Mu- 
ios (según que al padiv nombran 
■neo Ñuño Y otros Manió), do la 
ooal tuvo Aliboso dos hijas, Birira 
y Teresa, (¡ue fttoron las que ca* 
ioron la primera con Rannundo de 
Tolosa, y la segunda con Enriquo 
d« Bosenson. Do esta Jimooa es do 



la que se cuestiona si fué muger 
legíUnia é fué soto ooooobina. Pa- 
ra nosotros ni fué concubina ni 
muger legitima, sino moger ile- 
gítima, con la cual no podia c«- 
sarse por ser parienta en tercer 
grado de consanguinidad, en que 
no se dispensaba entonces, y ade- 
mas por afinidad; y que esto fué 
lo que debió escitar la cólera del 
papa Gregorio VII. para hacer «1 
rey separarse de ella. Mas es io- 
dudable que tirio con ella oomo 
muger desde el 4078 al 4080, en 
que casó con su segunda legftíaia 
mufter Constanza. 

Bra GonManza hija de BOberto 
duque de Borftoña, y riuda de 
Bugo n., conoe dé Gbalons. De 
ella toro ¿ Urraca, la que casó 
con Raimundo ó Bamon de Borgo- 
na^ conde do Galicia, y que fmé 
despuea reina de Castilla. Vi?ió 
eata reina, que so llamé Empara*^ 
triz desde la conquista de Toledo, 
hasta el a&o 409t, 6 principios 
del 4093. (Sandor.-<7epes.— Ga- 
riray y otros.) 

En este año de 4093 casó con 
Bertba, repudiada de Enrique IV. 
reydeGermania en 4060. (Crónicas 
de Francia). Tenemos con Ploresi 
por mas auténticas las escrituras 
que suponen haber fallecido Bertba 
en 1090. en cuyo año mencionan 
ya á Isabel. Tampoco tuvo Alfonso 
sttotoion de esta reina, y el deseo 
de tener oft heredero fegítímo y 
varón era sin duda una de las 
causea de nraltiplcar tantos ma- 
trimonios. 

Convienen jtodos en que Alfon- 
so tuvo uns coarta muger legiti- 
ma pombrada Isabel, y están to- 
dos i^hnente de acuerdo en que 
el hijo único del rey, Sancho, tA 
que murió en la oattUa de Ocles» 



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PAiTB 11. Lino n. 147 

bí«Dd6 de eDlazarse tanto después tos sucesos de unos 
y otrosestados. 

Hemos visto oomo lasfrontéras del reino de Aragón 
se iban dítatando bajo el ee^gico y activo Sancho 



ie había tañido <le ZaMa, hüade 
Sbn Abed el rey árabe de Sevi- 
lla, la oaal para imirae á AlfoDse 
se babia hecho cristiana y 'tomado 
por nombre bauiimnal liaría Isa* 
bel. aangiie el rey la nombraba 
ttabel Bolamente, y era el solo qae 
usaba en laa escritaras. Hé aquí 
)Bil parecer dos Isabeles, qae han 
sidfo cauaa de las mas debatidas 
cuestiones entre los historiadores, 
f en lo qoe eatá lo mas compKcado 
del laberinto de las mugores de 
Alfonso VI» Poes loa qoe admilen 
his dos como maseres legitimas no 
aaben cuándo ni dónde colocar la 
ana que no estorbe á la otra v que 
no trastórnela crdnologfa. Y los 
que hacen á Isabel Zaida concubi- 
na solamente, no aciertan á espli- 
car ni el ser tenido su hijo Sancho 
por heredero legitimo del irooo. 
de Castilla, ni laa escritoras en qae 
se nombra ana Isabel como muger 
legitima despoea qoe soponon 
muerta la otra, ni saben de qaién 
podo ser b^ la primera. Y sobre 
esto han armado ana madeja de 
coeationes'qQe eb el sopoestode 
las dos Isabeles no es fácil des- 
enredar. 

Nosotros tenemos por cierta la 
inexistencia de la que se supone 
primera Isabel , á quien Lacas de 
Tuy, y otro¿ escritores posterio- 
res, y hasta un epitafio que. le 
pusieron en León, la hacen hija ile 
Lois, rey de Francia, ▼ es cierto y 
averiguado por todas las historias 
de aquella nación que el rey de 
Francia á que alude el Tudense do 
iuYO ninguna hija que se llamara 



Isabel. CreemoB paos qoe tto bobo 
mas Isabel que Zaida, la bija del rey 
moro de Sevilla, que tomó aquel - 
nombre al hacerse cristiana, que 
fué muger legitima de Alfonso, que 
estuvo casada con él desde 4095 ó 
96 hasta 4 4 07 en que murió, que de 
este matrimonio nació Sauohb, el 
que pereció en Ucléa, heredero le- 

f;ítimo que era del reino, y qmo 
uego to vieron á Sancha y Elvira, 
qoe casaron despoes la una con el 
conde Rodrigo Gonaalez de Lara, 
y la otra con Rogerio I. rey de Si- 
cilia. Ademas de los datos que hay 
para creer esta opinión la masase* 
gura, es la única que puede <^n-* 
oiliar el orden y las lechas de to- 
dos los matrimonios de este rey, y 
las edades de cada uno de su hi- 
jos, sin embarazo ni confusión. 

Poco feliz el rey en la sucesión 
varonil que tanto deseaba, y^ sus- 
pirando todavía por ella, casó 
000, á pesar de so edad y «os acha- 
ques, en 1408, c6n Beatriz á quien 
el arzobispo don Rodrigo baoo 
también francesa, y la cual le so- 
brevivió, ba1>ieodo muerto el 
rey^ como hemos dicho, en 1409. 
De Beatriz no se sabe mas sino 
que luego que enviudó se volvió á 
sa patria. (Pelag. Ovet. Ghron. 
número If). 

Tales fueron las mugares de 
Alfonso VI. según los documentos 
que tenemos por roas fehacientes. 
En 1101 habían moerto las dos 
hermanas del rey dona Urraca y 
doña Elvira, las quo habían tenido 
las ciudades de Zamora y de Toro. 
(Sandov. Cinco Reyes). 



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448 HISTORIA DB BSPAfÍA. 

Ramírez, rey también de Navarra , que cada dia to« 
maba alguna población» alguna fortaleza, algún en- 
riscado castillo á los sarracenos » acosándolos y redu- 
ciéndolos por las riberas del Ebro y del Gallego , de' 
Ginca y del Alcanadre ^*K Enemigo terrible de los dos 
reye^ mahometanos de Zaragoza Al Mutamin y Aimos- 
taín, hemos visto en cuan apretados conflictos llegó á 
ponerlos muchas veces, aliándose al efecto con Beren- 
guer de Barcelona y con el emir de Tortosa y Denia 
Al Mondhir Alfagib, si bien por desgracia contrariada 
en muchas ocasiones y teniendo que medir sus armas 
con las del Cid Campeador ^^K A pesar de estas con-^ 
trariedades llegó el caso de considerarse bastante 
fuerte para poner en ejercicio el proyecto que cons- 
tituía el blanco de sus mas vehementes deseos, el 
de la conquista de Huesca, uno de los mas fuertes ba- 
luartes de los infieles y su principal escudo de defensa 
contraías armas cristianas de Aragón. Habia ido San- 
, cho Ramírez preparando muy diestramente el terreno 
para esta importante conquista, y cuando se deter- 
minó ya á ponerle sitio llevó consigo respetable hues- 
te de aragoneses y navarros que distribuyó en los co- 
llados de alrededor. 

Sentó el rey sus reales en un moniecillo ó repecho 
de donde podía ofender grandemente á los sitiados, 
y que desde entonces tomó el nombre de el Pueyo de 

(41 Véase el cap. 24 del anterior libro. 
. (2) Cap. l.<> de esieiibro. 



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PARTB 11. LlBEOll. 449 

Sancho. El cerco no obstante continuaba coolentítod^ 
porque los sitiados se defendían con bizarría. Impa* 
cíente el monarca aragonés púsose un día á' reconocer 
el muro, y habiendo hallado en él una parte más fl&ca 
que las otras, y por donde le parecía que sé podridí 
fácilmente combatir, levantó el brazo derecho paní 
señalar aquel sitio á sus compañeros de armas : en 
esto una flecha arrojada desde el adarve vino á herir 
al rey debajo del brazo en la parte que dejó descu«- 
bierta el escote de la loriga. La fatal saeta llevaba en 
su punta la muerte, como la que atravesó á Alfonso V» 
en el sitio de Viseo. Conociólo asi Sancho , y convo- 
cando á tódps los ricos-hombres y caballeros hizo ju- 
rar ante ellos á sus dos hijos don Pedro y don Al« 
fonso, que no levantarían el cerco hasta tener ga« 
nada la ciudad y puesta bajo su dominio y poder. 
Hecho esto y consolando con animoso esfuerzo á 
los príncipes y á sus caudiHos , murió este aguer* 
TÍdo y valeroso monarca el día 4 de junio del 
año 4 094. Su cuerpo fué llev,ado al monasterio de 
Monte-aragon fundado por él , donde estuvo depo- 
ÍBitado hasta que ganada la ciudad le trasladaron al 
de San Juan de la Peña , donde le dieron honrosa 
sepultura í*^. 

Muerto don Sancho, y aclamado y reconocido por 
rey su hijo don Pedro, continuó éste el sitio de Hyesca 

(4) AnaU Compostol.^Roder. critores de Aragoa. 
Tolet.— Zurita, AbiBiroat y otros es- * 

Tono IV. ^ 29 



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4S0 HisroEíA DS bspaSa. 

coD el mismo áaimo» perseverancia y empeño con que 
hubiera podido hacerlo, su padre. Mas considerando 
también el de Zaragoza que de la conservación ó pér- 
dida de Huesca dependía la posesión de toda la tierra 
llana» hizo un llamamiento general ¿ los musulmanes 
de su reino, y aun invocó la cooperación de dos condes 
cristianos sus amigos, González y García Ordoñez de 
Nájera^*^; «caen aquella revuelta de tiempos yestra- 
«cgo.de costumbres, dice un historiador, no se tenia por 
aescrúpulo que cristianos ayudasen ^ los moros contra 
«otros cristianos.» Púsose en marcha el ejército infiel» 
sin que su número arredrara al nuevo rey^don Pedro; 
antes salió á encontrarle, marchando delante de todos 
el príncipe Alfonso su hermano, que ya anunciaba lo 
que babia de ser mas adelante esté insigne guerrero. 
Acompañábanle los principales caballeros y ricos hom- 
bres de Aragón, los Gastón de Biel, los Lizanas , los 
Bacallas, los Lunas, y aquel Fortuno, que dicen traía 
de Gascuña trescientos peones armados de mazas,' de 
que tomó el nombre ^e Fortuno Maza quo dejó á sus - 
nobles descendientes. 

Los agarenos eran en tan gran número que cubrían 
todo el camino desde las riberas del Ebro hasta Jas 
del Gallego. El conde García envió na atento mensage 
al rey don Pedro aconsejándole que levaptáta el sitio, 

(4) EstQ Garda Ordonez, qae moros, es un peraonage misto- 
aparece unas Teces peleando eo rioso é ¡Dcomprensible, coya bio«- 
las 61as de Alfooso de Castilla, gráfta seria dificilisimo esoribir. 
otras gacrreando en favor de los 



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G(fogle 



fARTBtl. UBEO II. 451 

porque do era posible que escapara oiogon crísiraoo. 
La respuesta del rc^y fué avanzar á los campos de Al- 
coráz« donde se eacoutrarou las dos bqestes. El pría-- 
dpe don Alfonso fué el que comenzó el combate ha- 
ciendo terrible daño á los infieles. La pelea se fué 
generalizando y embraveciendo; convienen todos en 
que fué de las mayores y mas sangrientas batallas que 
se hablan dado entre musulmanes y cristianos: doró 
hasta lá noche, y el arrogante don García, auxiliar de 
los moros, el que dbcia que no podía escapar píngun 
cristiano, fué uno de los prisioneros ^^K Agaardabán 
los aragoneses que. al dia siguiente se renovara la pe-- 
lea, y lo que al dia siguiente sucedió fué ver diofiam- 
parádos los reales de los infieles, que con pérdida 
de treinta á cuarenta mil muertos se hablan retirado 
de prisa con su i:ey á. Zaragoza. Ganada la batalla» 
volvió el rey don Pedro sobre Huesca, que á los ocho 
dias se rindió, y entró en ella tóunfante el 2& de 
noviembre de 4 096. Esto es lo que refieren las cró- 
nicas cristianas; veamos como la cuentan los árabes. 
cE3 rey de Zaragoza Almostain Bíllah Abu Giafar, 
«cuando creia descansar, y qae los cristianos escar- 
«mentados' en Zalaca le dejarían go2ar de la fe- 
«licidad de aquella victoria, se vio acometido de 
cmuchedumbre de infieles que acaddiUah^ el tirano 



( I ) Debió ser pronto puesto en ñando á Alfonso de Castilla en ana 
libertad, porqoo en 49 de mayo ospedicion hácit Zaragoaa. 
de 4 097 aparece otra Tes toompa- 



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4S2- UlSTOniA 1)B ESPAÑA. , 

«Aben Radiuir ^^^ Salió contra él con cuanta geute 
«pudo allegar, que serian veinte mil hombres entre 
«ginetesy peones, gente muy esforzada, y robusta co* 
(dumna del Islam. Encontráronse estas tropas cen las 
udel tirano Aben Radmír, que eran igual número en- 
ttre caballos y peones. Fué el encdentro de estas dos 
«ihuestes, dice Ben Hudeil, cerca de Medina Huesca , 
«(fronteras de España^Orienlal (fortifíquelas Dios y ani^ 
«párelas). Estaban ambos ejércitos muy confiados cada 
«uno en su poder y en el valor y destreza de sus 
«caudillos, hijos de la guerra, leones embravecidos. 
«Presentáronse la batalla, y al principio de ella dijo 
aAbenRadmir (destruyale Dios) á sus principales cam. 
apeadores: <Ea, mis amigos» señalemos con pie- 
adra blanca este dia; ánimo y á ellos.» En i^ste 
«punto se trabaron las dos contrarias huestes con igual 
«denuedo y valor, y fué la batalla muy reñida y san- 
«grienta, que ninguno tornó la cara á la espantosa 
"«muerte, ni quería ceder ni perder su puesto ni fila, 
4 y mucho menos el campo: cada uno quería que su 
«caudillo le viese peleando como bravo león, hasta que 
«fatigados ambos ejércitos que no podían menear las 
«af mas suspendieron* la cruel matanza á la hora de 
«atahzar. Estuviéronse mirando unos á otros como 
<qna hora, y luego haciendo señal ellos cqn sus bo- 
«ciñas y trompetas, y nosotros con nuestros -a tambó- 
la Esto esy el bijo deRimiro; Sancho Ramírez. 



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PARTB 11. LIBRO 11 iS3 

«res, se trabó cod nuevo {mpetu la pernada y san- 
cgrícDla lid: acometieron los cristiaDos con tal pu- 
«tjaüza que de tropel entraron dividiendo nuestra 
«hueste, y así hendida aquella fortaleza que so man- 
utenía, se siguió la confusión y desordenada fuga, y la 
xi'espada del vencedor se cebó en las gargantas musli- 
ütnicas hasta la venida de la noche, y el rey Almos- 
ataim el Zagir Aben Hud y los suyos se acogieron ,á la 
«ciudad de Huesca. 

«Luego los cristianos cercaron la ciudad y la com- 
«batian con máquinas é ingenios; y los valientes musr 
«limes salian y daban rebatos, y se los destruían, } 
«en uno de estos fué herido y muerto de sáfela Aben 
«Radmir, el rey de los cristianos: pero no por eso 
«levantaron el sitio, antes-bien con nuevas tropas vi- 
«nieron á la conquista. Estaban los muslimes muy 
tapurados, y como Almoslain hubiese logrado salir de 
«la ciudad allegó muchas gentes,^ y pidió auxilio á los 
«emires de Albarracin y de Játiva y Denia, que luego 
«fueron en su ayuda. Con la fama de la venida de 
«este socorro los cristianos levantaron su campo de 
«Huesca, y salieron con poderosa hueste al encuentro 
<fde los muslimes. Fué. el encuentro en cercanías de 
«la fortaleza de Alcoraza, acometiéronse^ con grande^ 
«ánimo y la pelea fué muy reñida y sangrienta que' 
«duró hasta la venida de la noche: en ella los mus- 
«limes recibieron grave daño, y muchos principales, ' 
«asi que como fuesen gentes diversas , culpando los 



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454 uiSTOKiA ]>E bspaKa. 

• «unos á los oíros del sacesoí no qoisieron esperar al 
€dia siguiente la suerte de nuevo combate» y^unos 
«por ana parte y otros por otra se retiraron aquella 
«noche dejando machos muertos y heridos en moü- 
4 tes y valles para agradable pasto de las fieras y de 
«lias aves carnívoras. El rey Almostain se retiró á Za«- 
«ragoza perdiendo la esperanza de mantener aquella 
«ciodad» y pocos dias después se entregó Huesca á 
«dos crislianos^^^)) 

De esta victoria data el haber tomado Ips reyes de 
Aragón por armas la cruz de San Jorge en campo de 
plata (pues los historiadores aficionados á apariciones 
dicen que San Jorge anduvo á caballo en aquella bsK 
taUa)i y en los cuadros del escudo cuatro cabezas ro- 
jas qae dicen representan cuatro reyes ó caodiHos 
moros que én aquella jornada murieron. 

Doeño doa Pedro de Huesca, hizo convertir la 
mezquita principal en templo cristiano, que se dio la 
obispo de Jaca para establecer en ella la silla episco- 
pal como habia estado antes de la entrada de los mo- 
ros* y el obispo de Jaca volvió á intitularse de Hues- 
ca. Y el papa Urbano D. con noticia de esta victoria, 
confirmó al rey la facultad que Alejandro U y Gre- 
gorio VIL hablan concedido á su padre para que los 
reyes de Aragón pudiesen distribuir las rentas de las 



(4 ) Goihle, part. DI. oop. iS«— conviene eo todo lo susta^oial coa 
DoKV Qopia la relación de Al-Tor- la de Ben Uiudei!^ 



ofouíy autor contemporáneo, <)ae 



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PARTB 11. LlltRO II. 4SK 

jglesias que se ganasen de los moros, y de las qoe de 
nuevo se edificasen, á escepcion de las catedrales; 
dando también facultad á los ricos hombres para que 
pudiesen anejar á cualquier monasterio, ó reservarse 
para sí y sus herederos cualesquiera iglesias de lu- . 
gares de moros que ganasen en la guerra, ó las que 
se fundasen en sus pi^pios heredamientos, con las 
décimas y primicias, ^á condición de hacer celebrar 
los oficios divinos por personas convenientes con lo 
demás necesario al culto ^*K 



Siguió á la conquista de Huesca la aliantadel 
aragonés con el Cid y su espedicioná Valencia, segGn 
en el capítulo II lo dejamos referido. De regreso ásus 
estados prosiguió el rey don Pedro a tacando denodada- 
mente los castillos y fortalezas de los moros, entre ellos 
el formidable de Calasanz, el dePertusa, con que 
terminó la campaña de 1099, y por último la impor- 
tante plaza de Barbastro (1100), con los castillos de 
Ballovdr y Velíliay últimas reliqaras del reino de 
Huesca. Viósele en 1102 correr las fronteras de Ca- 
taluña, donde habían quedado á los moros algunos 
asilos que les quitó sin dificultad, y en 1104 entrar 
atrevidamente por tierfas de Zaragoza hasta poner d 
pie cerca de sus muros, talar y destruir su. campiña, 
y retirarse á Huesca, donde pronto iban á verse ma«« 
logradas las esperanzas que á los aragoneses habia 

(1) Zurita, Anal. part. I. c. 32.— Bula de Urbano II. 



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l'Se HISTOIIA DB BSPAiíá. 

¡nfundido la repatacioQ de su joven inonar(;a. La pér-^ 
dida de un tierno príncipe de su mismo nombre que 
habia tenido de su esposa Berta acibaró los dias de 
aquel ilustre soberano en términos que sobrevivió 
muy poco tiempo á la prematura muerte de su hijo. 
Ni sus glorías de conquistador fueron bastantes á con- 
solarle, ni la robjistez de la edad, qaé contaba enton- 
ces treinta y cinco años, pudo neutralizar b\ estrago 
que en su naturaleza produjo, el dolor de aquel in- 
fortunio, y el 2^ de setiembre de aquel mismo año 
(1 1 04) lloraron los aragoneses el fallecimiento del 
conquistador de Huesca y de Barbastro. Mucho en 
verdad los consoló el haber recaidQ la sucesión del 
reino en su hermano Alfonso, príncipe animoso y 
fuerte, que habia de merecer mas adelante el sobre^ 
nombre de Batallador; pero cuyos hechos nos reser- 
vamos referir en otro capítulo por el íntimo enlace 
qne tuvieron con los sucesos de Castilla que siguieron, 
á la muerte de Alfonso VL 

Dejamos en Cataluña al conde de Barcelona Be- 
renguer Ramón I(. el Fratricida rigiendo el estado por 
sí y como tnUyf del tierno príncipe Ramón Berenguer, 
el hijo de su hermano Cap d€ Estopa el asesinado ^*K 
si bien cpn la condición impuesta por los condes y- 
barones de que la tutela no hubiese de durar sino 
hasta que el huérfano niño cumpliese los qijipce años 

[4) Cap. %k del anterior libro. 



\ 



t 



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PAKTB 11. LIBRO II. 457 

y con ellos adquiriese el derecha de reioar c^lzanda 
las espuelas de caballero» Ocupado tijajerop al Fratri- 
cida en los siguientes anos las guerras en que le he- 
mos visto envuelto con el Cid Campeador^ tan funes^ 
tas para la causa de la cristiandad como las alian- 
zas del conde catalán con el irey de Tortosa y Deniá 
Al Mondbir Alfagib, que dejamos en otra parte refe- 
ridas í*^ 

En medio de estas lamentables escisiones entre el 
conde barcelonés y el guerrero castellano, una empre- 
sa grande, noble, digna, vino á ocupar la aten- 
ción del primero con gran contentamiento de los ca- 
talanes: tal fué el prefecto de reconquistar la antigua 
metrópoli de la España Gterior, la célebre Tarrago- 
na, punto avanzado que ios musulmanes poseian 
en el Oriente de España y cuya ventajosa posi- 
cion para el tráfico de, mar les bacía cuidar con par- 
ticular interés de su conservación. Ya ^n el anterior 
condado el clero catalán, ansioso de recobrar su anti- 
gua metrópoli, ba\)ia hecho oscitaciones para que se^ 
acometiera una empresa á la vez patriótica y religio- 
sa; ya habia preocupado este pensamiento á don Ra- 
món Berenguer el Viejo; y ahora él hijo, mal seguro 
de la sumisión de los condes y barones, menos seguro 
todavía del cariño del pueblo, temeroso de ver recaer 
sobrQ sí las penas y censuras de la Iglesia y acosado 
tal vez de remordimientos, no podía menos de aco- 

(4) Capitulo 1.0 de oste libro. 



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4S8 HISTORIA DR SUPAÜA. 

ger con ahinco un proyecto cuya ejecncioD habría de 
borcar en gran parle el hoüdo disgusto que en todo el 
páis y en todo&los ánimos había prodiicido el fratri- 
cidio. Por otra parte el obispo de Vich, cabeza de la 
asamblea de los vengadores de aquel ci^fmeo, tenia el 
mayor interés en la realización de una conquista que 
habiade valerle la posesión de aquella silla metropo- 
litana» por haberlo ofrecido asi la Santa Sede para 
cnando llegara el caso de la apetecida restauración. 
Asi mientras el conde soberano se aparejaba para una ^ 
empresa de que esperaba habría de resultar su reha- 
bilitación en el aprecio público, el prelado Auao^ 
nense partía á Roma á implorar tos auxilios del gefé 
de la cristiandad. ^ 

Ocupaba eqtonces la silla de San Pedro el papa 
Urbano II., el gran promovedor de las cruzadas á la 
Tierra Santa qoe á la sazón absorbían el pensamiento 
y el entusiasmo del mnudo cristiaoo. £1 pontífice vio 
en el proyecto de recobrar y restaurar la iglesia Tar- 
raconense nn motivo de cruzada no menos digno de 
los apóstoles y de los guerreros de la fé que el <ie 
recuperar los santos lugares; por lo cual no solo aco- 
gió con gasto la demanda del prelado catalán, siaoqne 
eximió del voto de cruzarse para la Palestina á citano- 
tos quisiesen acudir á la reconquista de Tarragona, 
«futuro antemural, decia, del pneblo orístíano;» eos* 
cedió jubileo plenísimo á los que personalmente aooiá- 
pañasen la espedicion, otorgó otras muchas gracias, 



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espiritoales, eonfirmó al obispo de Yieh la futura pre- 
lacia de aquella metrópoli» y escitó eficazmente á to- 
dos los príncipes» barones y caballeros, eclesiásticos y 
seglares de los países limítrofes, á que concurrieran 
á la santa empresa. Con tales elementos activáronse 
los preparativos, alistáronse en gran námero los guer- 
reros, y abrióse la campana. Prósperas y felices mar* 
charon las primeras operaciones; fueron los sarrace- 
nos perdiendo sus castillos; la ciudad de las antiguas 
murallas ciclópeas fué con impetuoso vigor acometi- 
da, y los pendones del cristianismo tremolaron en los 
muros en que tiempos atrás resplandecieron las águi-^ 
lasromanas y en que después había ondeado orgulloso 
el estandarte de Mahoma (4090)» Lanzados los infieles 
de la Cíodad y campo de Tarragona, y forzados á in- 
ternarse en lo mas áspero de' las montañas de Prados 
al abrigo de Ciurana y de Tortosa» limpio de sarra- 
cenos el territorio comprendido entre el llano de Tar- 
ragona y de Urgel, qnedó allanado el camino para los 
fiíturos ataques de Tortosa y de Lérida. Restaurada y 
purificada solemnemente aquella insigne iglesia, y ar-* 
reglado lo conveniente al gobierno de la ciodad , el con- 
de Berenguer hizo donación de su conquista al após- 
tol San Pedro, y á los pontífices sucesores suyos: «con 
lo cual, añade un ilustrado escritor catalán, acaba de 
ser notorio que vino en la empresa movido de peniten- 
cia y cnanto ansiaba detener el rayo del Vaticano ('^> 

(4) Piferrer, necuerdos y Detleías, tom. de Cataluña, p. 147. 



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460 HISTOBIA DE BSPAÜA. 

De incalculables y felicísimas coDsecuencias hn* 
biera podido ser para todo el Oriente He España la 
gloriosa conquista de Tarragona, si seguidamente no 
hubieran embarazado de nuevo al conde Berengaer 
y á los catalanes las guerras con el Cid, su? descafa*, 
bros y contratiempos en Calamocba y Tobar del Pi- 
nar (1 092) que en otra parte dejamos referidos, so 
estancia en Zaragoza y sus correrías por tierras de 
Valencia después de avenido con el Campeador, hasta 
la conquista de Murviedro' por el de Vivar y el sitio 
dé Oropesa por el barcelonés (1095). La misma Tor- 
tosa habiasido ya objeto de algunas teütalivas de 
parte de Berenguer II. en 409ó, cuando de repente 
se ve vacar la corona con(]|al, y al año siguiente se 
encuentra á su joven sobrino rigiendo por sí el es- 
tado. ¿Qué fué lo que motivó tan repentina desapa- 
rición? 

Las expediciones militares del conde Berengaer 
Ramón IL pudieron acaso suspender, pero no haceq 
desistir á los magnates barceloneses de su empeño en 
descubrir y castigar al perpetrador de la muerte de 
Ramón Cap de Estopa; y aunque la asamblea de 1085 
no tuvo el resultado que entonces se propusieron, no 
pararon los coligados,, especialmente Bernardo Guíller- 
mp deQueralt, Ramón Folch de Cardona y Araaldo Mi- 
ron, hasta retar como buenos al fratricida, al uso de 
aquellos tiempos, y 'obligarle á fuer de caballero á 
presentarse al reto en la corte do Alfonso VI. de Cas- 



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PAKTB 11. 1.1BE0 II. 461 

tilla, donde ai fia fué convencido de su traición y ale- 
vosía judicialmente ó per batallam ^^K Este srngular 
juicio debió verificarse entre el 1096 y el 1097, que 
es la fecha que media entre las últimas esprituras que 
se halUn firmadas por este conde y su desaparición, 
del condado de Barcelonaii Convencido pues y des- 
honrado el Fratricida, lomó la única resolución que 
era ya compatible con erdcscrédito en que la prae* 
ba de su delito le ponía á los ojos de los catalanes: la 
de partir á Ja Tierra Santa. Asi y por tan misteriosos 
caminos conduce muchas veces la Providencia á los 
hombres á la expiación de sus crímenes. Allá en aque- 
llos apartados lugares murió batallando en defensa de 
la cruz el matador de su hermano, con cuya peni- 
tencia pudo acaso aplacar al eterno juez, ya que acá 
sus hazañas no fueron bastantes á desenojar á los ven* 
gadores del fratricidio í*^ 

Cómo ya en aquel tiempo el jóv«n Ramón Beren- 
guer, hijo del asesinado y sobrino del Fratricida, el de- 
fendido y amparado en su niñez por la fidelidad de 
los catalanes en medio de aquellas turbaciones y guei"- 
ras, se hallase en la edad de los quince años> en que. 
podía ser armado caballero, fué proclamado conde y 



(1) Este hecho ha pasado des- d'Arc, Hístoire des conquéles des 
conocido de Duestros historiadores Normaofls, etc-Muchos catalanes 
hasta que nos le ha descubierto el iban ya entonces ¿ la conauista 
investigador é ilustrado señor Bo- de la Tierra Santa, creciendo el 
farnU en sos Condes vindicados, furor de cruzarse para la Palestina 

(2) Necroloftio dé Ripoll.^Zu- al paso que menguaba el temor 
rita, Anal. p»L c. Iil6.«^auttier por la seguridad de Cataluña. 



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462 HISTORIA DE BSPAÑA» 

sucesor de su padre con arreglo al testamento de su 
abuelo. Acas» ya entonces se había enlazado el joven 
p^íncipe^con María, la hija segunda del Cid y de dona 
limeña, de quien hablamos arriba, y de la cual solo 
tuvo una hija cuyo nombre se ignora ^^^ Muerta ésta, 
casóse háciá mediados de 4406 con Almodis, de la 
cual no tuvo sucesión, y últimamente de terceras 
nupcias en 4412 con Dulcía, condesa de Provenga, 
de quien tuvo tres hijos y cuatro hijas', de los cuales 
hablaremos mas adelante. 

Fué este conde el conocido con el nombre de Ra- 
món Berenguer III. el Grande, príncipe valeroso y 
esfor^do caballero, como tendremos ocasión de ver 
en otro lugar: puesto que los sucesos del reinado de 
don Ramón Berenguer IIL serán ya objeto y materia 
de otro capítulo. 

(1) Archivo de la corona de de.— Apend. á la Marca Hia¡Miaa 
AragOD, Golecc. del andécimacoa- números 337 al 339. 



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€AIMTIILO IV. 

DOÑA URRACA EN CASTILLA: 

I 

DON ALFONSO I. EN ARAGON« 
W 1409 A 1134. 

Dificaltades de este reinado. Opueatos jaicios de loa biatoriadorea.-^ 
MatrimoDío de doña Urraca coa don Alfooao 1. de Aragón*— Deaa- 
Teoeocias conyugales.— Disiorbíoa, guerras, calamídadoa que o^- 
síonan en el reíno.-^La reina presa por su eapoao.— Índole y carác- 
ie^ dtolosdoH consortes. —Alternativas de ayeneDCias y discordias. 
•—Guerras entre caatellanos y aragooeses.-^atalla8do Gan^eapina y 
Villadangos.— Proclamación de Alfonso Raimundez en Galicia.— 
Gaerrean entre sí la reina y el rey, la madre y el hijo, Enriqurde 
Portugal, el obispo Gelmirez, doña Urraca y su hermana dona Te- 
resa.— Declárase la nulidad del matrimonio.— Retírase don Alfonso 
á Aragon.-oNuevas turbulencias en Castilla, Galicia y Portugal.— * 
Gran motin en Santiago: los sublevados incendian la catedral , mal- 
tratan á la reina ó intentan matar al obispo: paz momentáne»— 
Nuevos disturbios y guerras.— Amorosas relaciones de doSa Urraca: 

. au muerte: proclamación de Alfonso VH. su hijo.— Entradas de los 
sarracenos en Castilla.- Sucesos de Aragón.— Triunfos y proezas de 
Alfonso I.al Balaiiacior.— Importante conquista de Zaragoza.— Atre- 

. vida espcdicion de Alfonso á Andalucía.— Nuevas invasiones en 
Castilla: autérminc-^Franquea el Batallador por segunda vez loa 
Pirineos y tome á Bayona.— Sitio de Fraga: su muerte.— Célebre y 
singular testamento en que cede au reino á tres órdenes religiosaa^ 

Turbolento, aciago» calaMitoso, y tristemente cé- 
lebre fué el reinado de dona Urraca: «episodio funesto 



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464 niSTORu db rspaüa. - v 

dijimos yaí en nuestro discurso preliminary q«i6 borra- 
ríamos de buen grado de las páginas históricas de 
nuestra patria.» Y no somos solos á decirlo: díjolo 
ya antes que nosotros el autor del prólogo á la histo- 
ria de doña Urraca por el obispo Sandoval coo estas 
palabras: «Deberíamos descartar tales reinados de 
ia serie de los que constituyen nuestra historia nacio- 
nal ^*).v> Y como si fuese poco embarazo para el histo- 
riador haber de dar algún órdeñ y claridad ^1 caos 
de turbulencias y agitaciones, de desconcierto y de 
anarquía que distinguió este desastroso período, vie- 
ne á darle nuevo tormento la mas lamentable dis- 
cordancia entre los escritores que nos han ti^asmitido 
los sucesos y la divergencia mas lastimosa en ios jui- 
cios y caliGcaciones de- los persoi^iges que en ellos in- 
tervinieron. ' ^ ' 

Los unos, como por ejemplo, Lucas de Túy y el 
arzobispo de Toledo, á quienes siguen Mariana y 



(4) Mas no nos es posible á 
nosotros, historiadores espafio- 
los, seguir el partídq qae ha 
adoptado Romey, qae ha sido pa- 
sar casi en blanco el reinado de 
•dofia Urraca, supliendo di Yació con 
unA.estensisima relación de los he- 
chos de los árabes en aquel tiempo; 
como si aquel erudito faistoriaaor 
S9 hubiera arredrado ante las in- 
mensas dificultades y complica- 
ciones que este reinado ofrece^ , 
cosa que sin embarao estrañamos ' 
en tan laborioso y discrelo inves- 
tigador. 

Conociendo estas mismas difi- 
cultades el ilustrado señor Hercu- 



laño, moderno historiador de Bor- 
tugal, dice hablando de este rei- 
nado: «En la falta absoluta ^e no-^ 
tas cronológicas que se encuentra 
en las crónicas contemporáneas, 
el historiador n^oddrno que desea 
atinar con la verdad se ve muchas 
veces perplejo para señalar el óf- 
den y el. "enlace, do los aconteci- 
mientos. Cuando la España tenga 
nna historia escrita con sinceridad 
y conciencia, el periodo del go-^ 
bierno de doña Urraca seii uno 
do los que pongan á mas dura 
prueba el discernimiento del his- 
toriador.! Hist. de Portugal. to<- 
mol. p. 347. 



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PARTE II. CIBRO II. 465 

Otros, hacen recaer toda la culpabilidad de los desas- 
tres y de las discordias en la reina de Castilla » á la " 
cual llaman «rauger recia de condición y brava;)» ba^ 
blando sus «mal encubiertas deshonestidades;» dicen 
que «con mengua suya y de su marido andaba mas 
suelta de lo que sufria el estado de su persona;» y 
suponen que el haberse separado del rey «fué porque 
este prudentísimo varón procuraba refrenar y corre- 
gir sus liviandades.» Mientras otros; como Berganza y 
Perer, y mas especialmente los maestros Florez y 
Risco, rechazan como calumniosas todas las flaque- 
zas que le han sido atribuidas , y echan toda la odío^ 
sidad de las desavenencias y disturbios sobre el rey 
don Alfonso, suponiéndole las intenciones mas avie- 
sas y los hechos mas sacrilegos , llápaándole rudo 
maltratador de su esposa, tiránico perseguidor de sa- 
cerdotes y obispos, profanador y destructor de tem- 
plos , robador de haciendas y de vasos sagrados , y 
atentadot* á la vida del tierno príncipe. No hay mal- 
dad que los unos no atribuyan al rey; no hay estra- 
vlo que los otros no achaquen á la reina. 

Juicios mas.encontrados y opuestos, si en lo posi- 
ble cabe, hallamos acerca del prelado de Compostela 
Gelmirez, personage importante de esta época. Al de- 
cir de la Historia Compostelana, el obispo Gelmirez fué 
un dechado de santidad y de virtud , como apóstol, 
como guerrero, como consejero del niño Alfonso, y 
como tal favorecido singularmente de Dios por una 
Tomo IV. ^ 30 

I 

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I6G HISTOEU DB BSPASa. 

larga serie de extraordinarios favores. El aator de la 
España Sagrada le coloca en el número de los héroes 
evangélicos, y le encomia y le ensalza eomo varón 
doctísimo como moralizador de la Iglesia, como ge- 
neroso y fiel á su reina : mientras el critico Masdea 
hace de él el siguiente horrible retrato: «El arzobis- 
po, dice, ciego por Francia , aborrece á España ; se 
dedicó á la milicia mas que á la Iglesia ; fué codicioso 
y usurpador de lo ageno; fué inquieto y litigioso ; in« 
fiel á sus dos reyes Alfonsos y á su reina, doña Ur- 
raca ; traidoV y vengativo ; famoso por su excesiva 
ambición; insigne por sus sacrilegas simonías. •• re* 
galaba dinero por no obedecer al papa; obligaba á 
sus penitentes á darle regalos en pena de sus culpas. .. 
consiguió á peso de oro las dignidades de arzobispo 
y nuncio, ..•• etc.» ¿Quién será capaz de reconocer A 
un personage por dos tan opuestos retratos? 

Mas fácil es conocer las influencias y los fines que 
guiaron las plumas de escritores tan antagonistas , y 
licito será sospechar que panegiristas y detractores 
escribieron con apasionamiento, y fueron extremados 
los unos en sus alabanzas, los otros en sus vituperios. 
Nosotros emitiremos con desapasionada imparcialidad 
lo que del cotejo de unos y otros autores creemos re- 
sulta mas conforme á las leyes y reglas de la verdad 
histórica. 

Poco antes de morir Alfonso VI. de Castilla declaró 
heredera de sus reinos á su hija legítima doña Urraca, 



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FAATB II. LIBRO lU 467 

viuda de Ramón de Borgona, conde de Galicia, que 
habiá fallecido en 1107 en Grajal de Campos, y del 
cnal tenia dos tiernos niños, Alfonso y Sancha. Ya en 
vida de aquel iqonarca se habla tratado de las se- 
gunda nupcias de la heredera de Castilla; mas aun- 
que su padre se manifestó inclinado á que se enlazara 
con Alfonso de Aragón, acaso con el laudable designio 
de que llegaran á reunirse asi la dos coronas de Ara* 
gon y de Castilla, no se realizó entonces el consorcio, 
' antes bien recomendó el anciano monarca á su hija que 
en este como en otros graves negocios enx]ue se inte*, 
resára el bien del reino siguiera los consejos de los 
grandes y nobles castellanos (*). Recayó pues el go- 
bierno de Castiga en las débiles manos de una mu- 
ger, cuando tanta falta hacia un brazo vigoroso 
que le reparara de los desastres sufridos y enfrenara 
la osadia de los africanos vencedores. en Zalaca y en 
Uclés* Contenió no obstante doña Urraca á leoneses y 
castellanos ea los primeros meses de su reinado, con- 
firmando (setiembre de 1100) los fueros de León y 
de Carrion, aquellos en la forma que los habia otor- 

(4) Ed ^stóconvieoenla Hifl- dona urraca aoaente de Castilla, 

toria oompoatalana. Lacas de Tuy, «on su marido caando falleció so 

el ADÓniroo de Sabagoo y los do- padre: de haber venido entonces 

camentoa y escritoras qoe citan doña Urraca y despojado de sos 

Bersaoia, Aotigued. tom. \U y estados al conde Pedro Ansorez, 

Bís^. Bi- 1. de León, tom. I. En etc. La réioa no se casó hasta a1- 

Gonsecoeocia debe desecharse co- gunos meses despoes del falleci- 

mo falso lo que, siguiendo al arzo- miento de so fiadre, y el conde 

bispo- dbo Rodrigo, cuentan San- Pedro Aosiirez aparece firmando 

doval, Mariana y otros, de h^ber- con ella la confirmación de los 

se efectuado las bodas tiviendo fueros de León y de Carrion. 
Alfonso VL: de bailarse la reina 



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468 ' ~ HISTORIA DB BSVAftA. 

gado su ilustre bisabuelo Alfonso Y., firmando coi> ella 
los obispos de Leou, Oviedo y Falencia, y el famoso 
conde don Pedro Ansurez, su ayo y tutor y síu prin- 
cipal consejero en el gobierno del reino. 

Amenazaba ya en este tiempo los estados de Cas- 
lilla el rey Alfonso I. dé Aragón, príncipe belicoso y 
atrevido, que se hallaba en la flor de su edad y goza* 
. ba ya fama de gran guerrero. La nobleza castellana, 
temiendo por una pártela audacia del aragonés, con- 
,siderando por otra la necesidad de confiar la de- 
fensa del reino á un príncipe cuyo nombre y cuya 
espada pudiera tener á raya á los mahometanos, 
resolvió casar Á la reina con el hijo de Sancho Rami- 
rez, sin reparar entonces ni en las cualidades de 
los futuros consortes, ni en los inconveniehtes del pa- 
fcntasco en tercer grado que los unia como descendien* 
les ambos de Sancho el Mayor de Navarra. Condes- 
cendió la reina, aunque muy contra su gusto, con la 
voluntad de los grandes, asi por cumplir lo que su 
padre le tenia recopaendado, como por no exponer sus 
estados á riesgo de ser poseídos por un príncipe és- 
trangero, que como tal era considerado el aragonés 
entonces ^^K Reunidos pues los condes y magnates en 

(4) La repugnancia con que seguir la disposición y arbitno de 
doña Urraca accedió á esle ma- ' los grandes, casándome con el 

trimonio la manifestó ella misma cruento, fan tánico y tirano rey de 

bien esplícilamente mas adelante Aragón, juntándome con él para 

caando decia al conde don Fer- mi desgracia por medio de oa 

nando: «En esta conformidad vino matrimonio nefando y execrable.» 

á suceder que habiendo muerto Anón, de Sabagun.— Risco, Hís- 

mi piadoso padre me tí forzada á toría 4o León. 



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PABTB 11. LIBEO II. 469 

el castillo de Muñón en octubre de 1109, <alU casa- 
ron é ayuntaron, dicte un escritor contemporáneo, 
á la dicha doña Urraca con el rey de Aragón í*^» 
Matrimonio Tata!, que llevaba en sí el germen de las 
calamidades é infortunios que po habian de tardar en 
afligir y consternar el reino. 

Todavía sin embargo al año siguiente (1110) 
acompañó la reina con el ejército castellano á su es- 
poso por fierras de Nájera y Zaragoza, con el fin sin 
duda de ayudarle á conquistar por aquel lado algunas 
poblaciones de los moros, señalándose este viage de 
doña Urraca por las donaciones y mercedes que iba 
haciendo á los pueblos, iglesias y monasterios. Pero 
la discordia entre los regios consortes no tardó en es- 
tallar. Unidos sin cariño; mas dotado el aragonés de 
las rudas cualidades del soldado que de las prendas 
que hacen amable un esposo; no muy severa la reina 
en sus costumbres, ó por lo menos no muy cuida- 
dosa de guardar recato en ciertos 'actos exteriores, 
llegó el rey no solo á perder todo miramiento para 
con su esposa, sino á maltratarla, ya no de palabra 
sino de obra, poniéndola las manos en el rostro y 
los pies en el cuerpo ^^K Los prelados y el clefo que 
siempre habian desaprobado este matrimonio, por el 
parentesco en grado prohibido que entre ellos mediaba, 



(4) AnÓDiroo de Sahagun. eise, pede suo me percusisse omni 

{% Faciemmram suis moni- doletúam es^nobilitati : HiUoria 
bus sordUiis muUolies turbntam Goaipost. L. f. cap. 64. 



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479 UI8T0EU DB BSPAftÁ. 

proponian á la reina el divorcio como el mejor medía 
de salir de la disgustosa situación en que se enóon-- 
traba* Prestaba ella gustosamente oidos á esta especie, 
según unos porque ademas del mal trato que su- 
fría^ abrigaba escrúpulos sobre la legitimidad y va-* 
lidez de su matrimonio, según otros pprque asi la ani- 
maba la esperanza de poder unirse con el noble conde 
door Gómez de Gandespina, que ya en vida de su pa- 
dre dicen habia aspirado. á su mano, y con quioD 
inantenia aun relaciones no muy desinteresadas. Tale» 
discordias y hablillas fueron dando margen al descaro 
conque los partidarios de el de' Aragón desacreditaban 
á la reina y á sus parciales, llegando los burgeses de 
Sahagun á llamarla sin rebozo merefriz pública y en- 
ganadora, y á todos los suyos «hombres sin ley, 
mentirosos, engañadores y perjjuros ^*K^ 

Alarmado don Alfonso cotí estas disposiciones y 
proyectos, y con pretesto de ocurrir á la defensa de 
Toledo amenazada por los africanos, puso en las prin- 
cipales ciudades y fortalezas de GastUla guarnicione» 
de aragoneses, y lo que fué mas significativo toda- 
vía, encerró á la reina en el fuerte de Gastellar (1414 )^ 

Para la debida inteligencia de los importantes su- 
cesos á que estas disensiones dieron lugar y que va- 
mos á referir, menester es dar idea del estado en que 
se encontraban Portugal y Galicia, cuyos príncipes» 
magnates y prelados van á tomar una parle activa en 

(i) ' AnoD. de Sabaguo, cap- 48. 



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PAETB U. UBEO II. 471 

ellos. Ya en vida dé Alfonso VI. los dos condes fran* 
ceses yernos del monarca, correspondiendo con in- 
gratitud á sus beneficiost babian hécbo entre si on 
pacto secreto de sucesión para repartirse el reino á la 
mperte del soberano de Castilla ^^K La del conde Ramón 
de Galicia, primer esposo de doña Urraca, frustró la 
alianza y concierto de los dos primos, perp al propio 
tiempo avivó la ambición de Enrique el de Portugal, 
que llevando mas lejos que antes sus miras concibió 
la atrevida idea de hacerse señor, no ya de una parte., 
sino de toda la monarquía castellana. Frustradas sus 
pretensiones con el llamamiento de doña Urraca á la 
sucesión del trono leonés, pero no cediendo en sus 
audaces proyectos, pasó á Francia á reclutar gente 
con que hacer la guerra á la hermana de su espasa. 
Prendiéronle en aquel país, acaso por suponerle otros 
fines de los que aparentaba; pera fugado de la pri« 
sion> y habiendo regresado á Españ» por los estados 
del aragonés, ligóse con Alfonso para acometer uni- 
dos las tierras de León y Castilla y repartírselas lue- 
go entre sí (1111). 

Entretanto criábase en Galicia en la pequeña al- 
dea de Caldas y bajo la tutela y dirección del conde 
Pedro de Trava, el tierno príncipe Alfonso Raímun- 
dez, hijo do doña Urraca y de su primer esposo dqp 
Ramón de Borgoña* Luego que su- madre pasó á so- 
lí) De este documeoto • que tratemos del prÍDcipio del reíDO 
IHibUcó por primera vez D' Acbe- do Porto(^L 
ry, daremos mas Dotícias cuando * 



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472 BI9T0EU OB BSFAilA. 

gandas nupcias con el de Aragón, el conde Pedro 
trató de hacer proclamar rey de Galicia al infante doo 
Alfonso, con arreglo, según varios escritores, á las 
disposiciones testamentarias de su ilustre abuelo para 
el caso del segundo matrimonio de doña Urraoa. 
Cuando esta.sefk>ra se hallaba retenida en la fortale* 
za de Castellar, el resentimiento contra su marido la 
hizo naturalmente volver su pensamiento hacia su 
hijo, y envid mensageros á Galicia escitando á los 
nobles á que le proclamaran en aquellos estados. 
Una repentina reconciliación del rey y la reina detuvo 
en su propósito á los condes gallegos parciales del 
príncipe, temiendo la venganza del impetuosa ara- 
gonés, de cuya violenta índole tenían ya pruebas en 
su primera espedicion á Castilla y Galicia. Mas aquella 
reconciliación cambiaba al propio tiempo la situa- 
ción de Enrique de Portugal, el cual considerándose 
ya desobligado del concierto hecho con el aragonés, 
púsose de parte del conde de Ira va, y le. instigó á 
que llevara adelante ei pensamiento de elevar al 
tieriio príncipe su pupilo al trono de Galicia. Descu- 
brióse entonces, al decir de la Historia Compostelana, 
el proyecto que habia formado el monarca aragonés 
de atentar á la vida del infante y de su ayo; 

Pero la conducta del conde Frolaz de Travá hizo 
estallar una guerra, civil en Galicia^ Algunos hidalgos 
enemigos suyos, y especialmente los hermanos Pedro 
Arias y Arias Pérez, atacaron á fuerza armada la 



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PARTE ll« LIBEO II. 473 

fortaleza de Sania María dé Castrelio donde la con- 
desa de Trava custodiaba al tierno infante: defendióse 
aquella señora valerosamente y pidió auxilio al obis- 
po de Composlela Diego Gelmirez, que habiendo se- 
guido basta entonces una política vacilante, s^ decla- 
ró protector del joven príncipe. AcAdió el prelado, 
mas al tiempo 4e abrirle la puerta del castillo, entró- 
se tras él la gente de Arias Pérez, que intentó arraur 
car al niño Alfonso de los brazos de la condesa; to- 
móle en los suyos el obispo; pero los sediciosos arre-' 
batáronsele con violencia, y príncipe, condesa y pre- 
lado todos quedaron prisioneros. Viendo después 
Arias Pérez y sus parciales que la ciudad de Santiago 
y toda la tierra se ponian en armas en favor del obis- 
po, púsole en libertad, logrando después 'el prelado 
pacificar la Galicia, y aun atraer al partido del infan- • 
te á los nobles que se le habían mostrado mas ad- 
versos. 

De repente mudaron otra vez de aspecto las co- 
sas. El genio dominante y brusco del rey de Aragón y 
el ligero proceder de la reina de Castilla no eran para 
hacer ni sincera ni durable la concordia, y añadía le- 
ña al mal apagado fuego de la disensión conyugal la 
preferencia que doña Urraca parece seguía dando al 
conde Gómez González, y. que los amigos de don Al - 
fonso traducían de criminal. x\griáronse pues, de nuevo 
los regios consortes, y llegó el desabrimiento á produ- 
cir pública y formal separación. Agrupái^onse en tor- 



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474 HISTQRU DB EBP^A^ 

uo de la reina los condes castellaDos* y muy especial* 
mente su anciano ayo Pedro Aosurez, don Gómez 
GoDzalez de Gandespina y don Pedro González de La- 
ra, estos dos últimos esperando tal vez cada cu^i qae 
el divorcio les abriera el camino del trono, pues am- 
bos blasooaban en su íntimo valimiento. En cambio 
Enrique de Portugal, que por ambición y personal 
iaterés se arrimaba siempre al bando enemigo de la 
reina de Castilla, volvióse otra vez al lado del de 
Aragón renovando su antigua alianza con Alfonso, 
que durante su pasagera reconciliación con la reina 
se habia apoderado de Toledo donde gobernaba Al* 
var Fañez^*^. Llegadas las cosas á estado de rompí* 
miento y de material hostilidad, encontráronse leone- 
ses y castellanos con el de Aragón y el de Portugal 
en el Campo de Espina, cerca de Sepúlveda, distrito 
de Segovia. Mandaba la vanguardia de los de Castilla 
el conde don Pedro de Lara: cargó sobre ella el ara* 
gonés con tal brio que el de Lara hubo de abandonar 
el campo y^ retirarse de huida á Burgos. Quedaba para 
sostener el combate el conde don Gómez, que se de* 
fendió mas tiempo, pero arrollado también por los 
aragoneses, declaróse por estos la victoria (noviem-. 
bre de 4 1 1 1), contándose entre los muertos el mismo 
conde con no pocos magnates y muchos soldados ^^* 

(1) Anoal. Toled. primoros.— let. I. 7.— Florez, siguiendo la 
Berganza, Aotígaed. tomo II. Historia Gompostel., anticipa la 

(2) Anoal. Cotnplut. ad aon. fecha de esta batalla. 
4 Hl.— Lucas Tiid.— Roder. To- 



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PAiTi II. Linoii. 475 

Orgulloso quedó con este triunfo el aragonés; la 
destrucción y el pillage señalaban la marcha de su 
ejército por los pueblos de Castilla; los obispos parti- 
darios de la reina ó eran desterrados ó abandonaban 
asustados sus sillas, y los templos sufrían las depre* 
daciones ^e la soldadesca. La reina <^oo?ocaba á sus 
parciales; y los proceres gallegos, temerosos de la 
impetuosidad y pujanza del de Aragón, olvidando al 
parecer antiguas discordias y agravios, de acuerdo 
también con doña Urraca, realizaron la aclamacipndé 
su hijo el niño Alfonso Raimundez por rey de Galicia, 
ungiéndole por su mano en la catedral de Gompostela 
el obispo Diego Gelmirez: después de lo cual, deter- 
minaron llevarle á su madre á Castilla , acompañán- 
dole el prelado, el conde de Trava y otros muchos 
señores gallegos con toda la gente armada que pu- 
dieron allegar. Noticioso de este suceso el aragonés, 
^lió á encontrar la comitiva del príncipe su entenado, 
á la cual halló ya del lado de acá de Astorga, en el 
camino de esta ciudad á León. En un pueblo nom- 
brado Viadangos (hoy Villadangos) se trabó un re- 
ñido combate entre aragoneses por uoa parte y Ico* 
neses y gallegos por otra. Pugnaron aquellos feroz- 
mente por apoderarse del rey niño, estos por defen- 
derle y ampararle. Vencieron aquellos otra vez, pero 
en medio de la batalla cogió al tierno monarca el 
obispo Gelmirez y le salvó llevándole al castillo de 
Orcillon donde se hallaba su madre. Los dcma§) so 



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476 H18T0EIA US BSPAlfA* 

refugiaron á Astorga, donde se hicieron fuertes. La 
reina y el obispo se faeron por las asperezas de Astu- 
rias á Santiago, huyendo de encontrarse con las ven- 
cedoras tropas de Aragón^ y sufriendo los rigores de 
un crudísimo invierno ^*\ 

Hecho en Galicia un llamamiento á todo% los que 
se les conservaran fieles, pronto pudieron la reina y 
el obispo salir de nuevo á campaña con mayores fuer- 
zas, marchando en auxilio de los de Astorga, á quie- 
nes sitiaba ya el aragonés. Venia ahora como auxiliar 
de los castellanos y gallegos capitaneando las tropas, 
el copde Enrique de Portugal que otra vez habia 
mudado de partido y arrimádose al d^ la reina de 
Castilla. Temió Alfonso de Aragón este poderoso re- 
fuerzo, levantó el cerco de Astorga y se retiró al cas- 
tillo de Peñafiel í*^ á la parte de Valladolid. Cercá- 
ronle alli los castellanos, portugueses y gallegos (1 1 1 2). 
Durante este sitio ocurrieron graves desavenencias 
entre. doña Urraca, don Enrique de Portugal y su es- 
posa doña Teresa, la hermana c|e la de Castilla, que 
habia acudido aíli, y que produjeron entre ellos nue- 
vas y serias escisiones, y la retirada del portugués ^^K 

(i) Pergravia Hiñera et labo^ á pasarse eco tanta frecuencia de 

riosos montes, frigidoaque ntvi- uno á otro bando, y que habia 

huB el glacie prosteritOB kiemis. ocurrido para que levedmos tan 

Hist. Gompost. I. 7.C. 73. pronto de auiiliar como de ene- 

{%) Anal de Sahaguo, c. Hl. roigo, ya del rey de Aragón, ya 

— ^La ^Composte'iaua dice á Car- del de Galicia, ya déla reina de 

rion. Seguimos en esto al de 8a- CastilHd?^ En esta complicadisima 

hai^un, que escribía mas cerca madeja de sucesos no es fácil dar 

dei teatro de los sucLSo-^. cuufila de todo^ los episodios é 

<3^ 4Q|ié.n)avi% al üo Portugal incidentes si no se ha de interrutn- 



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PARTB TI. LIBRÓ II. 



477 



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Por otra parte ia llegada de un legado del papa en- 
'viado para poner término á tantos males y. llevar á 
efecto la definitiva separación de Alfonso y Urraca, 
dio nuevo rumbo á Iqs negocios, celebrándose por 
intervención de los principales señores de Leen y de 
Castilla una especie de concordia, en que se acordó se 
hiciese distribución de castillos y lugares entre el rey 
y la reina, á condición de que si el rey perjudicase á 
la reina y faltase á los pactos la defenderían todos, 
mas si esta traspasase la convención, todos favorcce- 
rian al rey. 

Pronto mostró el aragonés la mala fé con que ha- 
bía hecho aquel asiento y capitulación. Apoderábase 



pir á cada paso ol hilo do la nar- 
ración principal. Pero veamos co- 
mo esptica \^ vefsétil conducta dé 
este importante y revoltoso por- 
sonage un moderno historiador de 
PortugHl, que ha estudiado bien 
este periodo, como principio que 
fué de aquel reino. 

Después del triunfo de Alfonso 
y Enrique en Campo do Espina, 
el ejército do los dos aliados entró 
en Sepúlveda. Algunos nobles cas- 
tellanos á quienes unian lazos de 
antigua amistad con el portugués, 
representáronle cuánto mas digno 
sería de su persona quo hiciera 
causa común con ellos que con el 
enemigo de León y de Castilla; 
dijéronle que si tal hiciera le nom- 
brarían gefe de sus tropas é in- 
ducirían á la reimí á que repar- 
tióse con él fraternalmente ana 
parte de los estados de Alfonso VI. 
Halagaron al ambicioso é incons- 
tanté'Enrique aquellas razones, y 
abandonando otra vez el partido 



del de Aragón, fué á presentarse 
á dona Urraca, la cual confirmó 
Jas ^romeras hechas por los baro- 
nes. Juntos, pues, caminaron á 
Galicia, y unidos hicieron laespe- 
dícion de Astorga y Pe ñafiel. Si- 
tiando estaban esta villa, cuando 
llegó al campamento la condesa 
de Portugal, Teresa, hermana de 
Urraca y esposa de Enrique, que 
venia é unirse con su marido. Es- 
t? señora, que noH^edia ni enami 
bicion nieu espíritu de intriga a- 
mismo conde, instigóle á que an- 
tes de todo exigiese á so hermana 
la realización de la prometida par- 
tición de estados, espooiéndole 
que era una locura estar arries- 
gando su vida y las áp sus solda- 
dos en provecho ageno. Diólo En- 
rique oídos, y comenzó á instar 
por qu&se le cumpliese lo pacta- 
do. Agregábase Ó estoque loa por- 
tugueses nombraban á dona Tere- 
sa con el titulo de reina, todo lo 
cual ofendía el amor propio do 



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478 HISTORIA DB espaSa. 

de tos castillos y lagares que en la concordia babian 
tocado á la reina, y propasóse basta querer lanzarla 
del reino. Ofendidos de esto los castellanos, y acor- 
dándose de que doña Urraca, á vaeltas de sus fla- 
quezas y defectos, era su reina legítima, y conside- 
rando ademas que don Alfonso era el quebrantador 
del pacto, declaráronse en favor de ella, y obligavoQ 
al aragonés á abandonar la Tierra de Campos, y refu- 
giarse en el castillo de Burgos. Alentada la reina, y 
protegida por fuerzas de Galicia, marchó alia en per- 
sona contra don Alfonso , y con tan feliz éxito que se 
▼ió este forzado á rendir el castillo y á retirarse á sus 
estados. Todavía desde alli se atrevió á enviar emban 



dona Urraca como reina y como 
mager/y en sa reseotimieato pú- 
sose eo secretas iaioligeDcias coa 
Alfonso, y levantando el cerco con 
pretesU) do satisfacer las pretjpn- 
siones de Enrique y de Teresa, se 
encaminó con ellos á Paleqcia. 
Hlzose alli, por lo menos nomi- 
nalmente, la partición prometida. 
Solo se ie entregó el castillo (|e 
Cea, y con respecto á Zamora, 
que era una de las ciudades ma^ 
importantes que tocaban á Enri- 
que, determinóse que fuera á re- 
cobrarla con tropas de la reina. 
Pero esta previno secretamente á 
sus caballeros que, tomada quo 
fuese la ciudad, no se la entrega- 
sen. Con esto se encaminaron las 
dos hermanas á Sahagun, cuyos 
habitantes eran parciales del ara- 

§0008. Dona Urraca se separó aili 
e su hermana, dejándola en el 
monasterio, contra cuyos monjes, 
como señores de la villa, abriga- 
ban odio grande los del pueblo, y 



ella se fuó á Leoo.Fácilea de imaí- 
ginar cuál seria la indignación de 
don Enrique cuando supo el desleal 
comportamiento de la reina de 
Castilla, sa cunada, y cuando vio 
de esta manera fallidos lodos sus 
proyectos. Entonces resolvió ha- 
cer á un tiempo la guerra á los 
dos reyes. Guanao después se jun- 
taron Alfonso y Urraca en Garrion, 
Enrique fué á pon^r sitio a la vi- 
lla; mas por causas que la historia 
no declara, acaso porque viese 
malparada la suya, retiróse el 
portugués C0n los nobles que le 
seguían. Todavía continuó por al- 
gún tiempo en su política incierta 
y versátil este conde, sin renun- 
ciar nunca á sus ambiciosos pla- 
nes y ¿sus sueños de dominación 
en Castilla, basta que la muerte 
atajó unos y otros en 4.** de mavo 
de 4444 en Astorga.— Anónimo de 
Sahagun.— Hercul. Bist. de Por- 
tugal, lib. I 



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FAITE U. LIBIO IU« 479 

I jadores á CasiUIa, solicitando volver á anírse con la 

I reina y prometiendo ser fiel cumplidor délos paclps, y 

t todavía los castellanos se inclinaban á complacerle en 

I obsequio á la paz, que tal era el ansia de quietud que te- 

nían. Merced á la enérgica oposición que hizo el obispo 
I de Santiago 4 que reanudara un matrimonio declara- 

do ya por el papa incestuoso y nulo, fué desechada la 
propuesta de Alfonso. Tan obcecados estaban algunos 
que la oposición de Gelmirez le puso á riesgo de per- 
der la vida después de ser insultado. La reina fué la 
que se le mostró ihas agradecida, y en su virtud hizo 
con el prelado un pactó de estrechísima alianza 
(junio de 1 1 4 3.) Sin embargo la declaración solemne 
y formal de la nulidad del matrimonio solo se hizo , 
algunos meses mas adelante en un concilio celebrado 
en Falencia, promovido por el arzobispo de Toledo 
don Bernardo y presidido {)or el legado del pontffi'ce 
Pascual 11. . ' 

Muy lejos estuvieron de terminar por esto los dis- 
turbios, las calamidades, las intrigas, las miserias, 
las ambiciones, los atentados, ias deslealtades, incon- 
secuencias, excesos, venganzas y desmanes de todo gé- 
nero á que estaba destinada la monarquía caste- 
llano-leonesa en este malhadado período. Aparte de 
no haber cesado las pretensiones del de Aragón, da 
haber quedado ocupadas muchas plazas por guarni- 
ciones aragonesas y de alzarse todavía bandos y suble- 
vaciones en favor de aquel monarca, ó tomándole al 



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480 HI8T0E1A DB ESPaKa. 

menos por pretesto, quedaban dentro de Castilla ele* 
meatos sobrados de turbaciones y revueltas, cornea^ 
zando por la reina y acabando por" los últimos burge- 
ses, que envolvieron al reino en un laberinto de in- 
testinas luchas mas fácil de lamentar que de describir. 
Desprestigiaban á doña Urraca» ademas de sus ante- 
' rieres flaquezas, las intimidades, por lo menos sos- 
pechosas, con don Pedro González de Lara, de 
quien confiesan sus mismos defensores que «estaba 
unido con ella en lazo muy estrecho de amor^*),» y 
de cuyas* comunicaciones existía una prenda en e( 
hijo de ambos don Fernando Pérez Hurtado, si bien/ 
los esci;itores que salen á la defensa del honor de la 
reina intentan legitimar el nacimiento de este hijo con 
el matrimonio que dicen mas ó menos públícfimen- 
te celebrado entre doña Urraca y el de Lara. Por 
otra parte como barruntase que el obispo Gelmi- 
rez movia tramas en Galicia á favor del infante Al- 
fonso indispeniendo los ánimos contra la reina, pasó 
allá doña Urraca, iotentó prender al prelado sin tener 
en cuenta la reciente alianza, resistió él con resolu- 
ción, é interviniendo los nobles gallegos, reconciliá- 
ronse otra vez la reina y el obispo (111 4). 
. Nada mas distante qac la buena fé en estas con- 
cordias, y todo lo habría en ellas menos sinceridad. 
Apenas la reina se habia retirado de Galicia tuvo aviso 

(1) Hist.Gompost. lib.U.— Fio- gina 257. ^ 

rezi, Reinas Católicas, iom. I. pá- 



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PAftTB lli llBftO li. ' 481 

de que 6l conde de 1?ra va en ccDnivencia con di obispo 
de-Santiago sq amigo ínlímo, pretendía despojarla de 
su autoridad , ó por lo menos desmembrar su reino 
para* formar nn estado grande é independiente para sn 
pupilo. Los autores de la Historia Compostelana que 
escribían por encargo de Gelmirez procuran justificar 
al prelado del cargo de infidelidad á su ^berana, di- 
ciendo que Qran calumniosas imputaciones que los 
malévolos inventaban para malquistarle con la rei- 
na, pero la índole del prelado , mal encubierta por 
sus mismos panegiristas , hace demasiado veresimiles 
los ocultos manejos que le' atribuían. Ello es que la 
reina volvió nuevamente á .Galicia (1446), resuelta 
otra vez á prender al mañoso y artero obispo, el cual 
resistió ya á mano armada, en términos de obligar á 
la reina po solo á ceder débilmente de sus intentos, 
sino'á desenojarle con humillaciones indignas de, la 
magestad , jurándole que no daría oidos á sus émulos 
- é instigadores, y que antes perdería el reino que vol- 
verá ofenderle. Estos propósitos no fueron demás 
duración que los anteriores. Fuesen ó no ciertas 
las maquinaciones á que dicen volvió el turbulento 
prelado, por tercera vez intentó la reina su prisión;, 
entonces Gelmirez arrojó la máscara y se declaró 
abiertamente en favor del príncipe, y con él muchos 
barones de Galicia, con lo cual el de Trava-que figu- 
raba á la cabeza del partido^ se encaminó<:on su re- 
gio pupilo á Santiago* La reina, á quien en medió de 
Touo lY. 31 



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482 HUTOftlA DB ES»AÍA* 

la ligereza de su carácter no faltaba acltridad tn re- 
solución, marchó derecha y precipitadameateá aque- 
lla ciudad coa cuaatbd caballet^os pudo reunir de los 
que seguian su baado» procurando al propio tiempo 
ganar al obispo Gelmirez erreciéndole satisfliGciones j 
escitando su codicia con mercedes y liesioaes de cas- 
tillos que haeia á su iglesia para tenerte favorable. 
Prdsignió á pesar de todo el prelado favoreciendo el 
partido del príncipe, declarando perjuros á todos- los 
gallegos que le fuesen infieles (4446). 

No pensaba asi el pueblo de Santiago; qne abor- 
reciendo á su obispo, después^ de haber hecho sáKr 
al niño rey con la condesa dé TraVa su tnlora , ^ábrió 
á la reina de Castilla las puertas de la ciudad. Re- 
fugióse él revoltoso prelado con su gente de armas i las 
torres de la iglesia: los burgeses entraron á saco el 
palacio epificopal, proclamándole rebelde y enemigo y 
pedian su deposición; los soldados del de Treva se pa* 
eaban á las filas de la reina, y por último á mediación 
de algunos nobles vínose el aparado Qbispo á buenas y 
compúsose con dofia Urraca asentando otra paz se^ 
mejanle á las anteriores. Con esto la rema dé Castilla 
salió en persecución de los partidarios^ de su hijo , y 
especialmente del conde Gómez Ñoñez que tenia por 
él algunos castillos. Sitiado se hallaba ya el (iondé 
gallego, cuando la reina se vio á su vez inopinada-^ 
mente sitiada por un nuevo enemigo. Este nuevo ene- 
migo, ¡triste y lamentable cQmglicacion de guerras 



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PAITE II. uno u. 483 

domésticasl era $ju misma hermana doña Teresa de 
PortogaU lA vioda de Enrique, qoe disimnlada y as- 
tota, después dé haber Vivido en aparente armonía 
con stt hermana, mas sin renunciar á sos pretensio- 
nes, habíase ligado secretamente con los partidar 
rios de so sobrino, el conde Frolaz de Trava y el 
obispo Diego Gelmirez. Hallábase poes la reina de 
CastiHa en Soberoso cuando se vio cercada por las 
tropas del de Trava y de so hermana Teresa. Necesitó 
de todo el esfuerzo de sos castellanos para salir á 
salvo d9 aquel conflicto, mas al fin, á Cavor de una 
salida impetuosa que desconcertó á los' rebeldes pudo 
doña Urraca retirarse á Corapostela y de alli á 
Leon<*)« 

Ubres el de Trava y la condesa de Fúrtogal con 
la ausencia de la reina, avanzaron hacia Santiago 
matando y cautivando hombres y recogiendo gana- 
dos. La alianzfl^ de la de Portogal con el ayo del 
príncipe su sobrino no era por d^to desinteresada. 
Valióle primeramente dilatar sus dominios por los 
distritos de Tny y de Orense, donde ejerció por largo 
tiempo actos de señorío. Valióle ademas otra relación 
que comenzó en(onoes y habiade hacerse en lodo 
adelante ruidosa y Tunesta, con harto menoscabo de 
su honra. Acompañaban al conde de Trava sos dos 
hijos Bermudo y Femando. Entre este último y lia 
condesa vioda de Portogal despertáronse, en medio de 

(4) HÍ8t.lC0IDp08t. 1.1. C. 444. . 



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484 HISTORIA DB BSVAftA. 

lasfatígas y riesgos de aquella vida procelosai aficiones 
que DO, eran políticas y que habían de producir en 
Portugal escándalos y perturbaciones harto. mayores 
que las que en Castilla babian movido las amis* 
tades y tratos de dona Urraca. Permaneció dona Te- 
resa en Galicia hasta que los peligros con que los 
sarracenos amenazaban las fronteras de sus estados 
la obligaron á^ regresar á Portugal para acudir á su 
defensa. 

Quedaba el obispo en Santiago para hacer fren- 
te á las hostilidades del conde en virtud del ál* 
timo pacto con la reina. Mas apenas ésta se había au- 
sentado, estallaron de nuevo los odios de los compos- 
télanos contra su obispo, al cual trataban con menos- 
precio insultante, tanto que tuvo que acogerse al 
^ amparo de la reina, á quien fué á buscar á Castilla. 
Recibióle doña Urraca con benevolencia, contraías 
esperanzas y cálculos de los gallegos: y tanta confian- 
za puso en él esta vez, que después de haberle re- 
galado la cabeza del apóstol Santiago el Menor que 
había traído de Jerusalen el obispo Mauricio de Bra- 
ga, le dio la importante* misión de negociar paced'y 
restablecer la armonía entre la reina y su hijo y los 
condes de su parcialidad. Feliz el prelado en estas 
negociaciones que tanto interesaban á lápazdel reino, 
á las cuales le ayudaron varios condes de Castilla con 
arreglo á lo que ^n una reunión celebrada en Saha- 
gun habían acordado, ajustóse un pacto de reconcí- 



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PAKth 11. LIBEO II. 48S 

Ilación entre la madre y el hijo, que firmaron treinlá. 
nobles por cada parte, jurándose mutua amistad, fide- 
lidad y apoyo por espacio de tres años (1117). 

¿Quién diria que «el reino leonés no había de reco- 
brar con esto el sosiego que tanto necesitaba? Y sin 
embargo en lugar de bonanza comenzaron aqui las 
borrascas ínas tempestuosas. La reina parlíó otra veza 
Calida con deseo de abrazar á su hijo, que también 
la recibió con muestras del mayor contento; y des- 
pués de este acto de tierna « expansión dirigióse doña 
Urraca á Santiago con ánimo de castigar á los revoU 
toses enemigos del obispo. Tumultuárouse estos de 
nuevQ, y tomando las armas híciéronse fuertes en la 
catedral del Santo Apóstol. La nueva de que la reina 
y el obispo intentaban desarmarlos acrecentó su furor. 
Los que fueron á mandarles deponer las armas hu« 
biéron de perecer á manos de los sediciosos. Dentro 
del templo mismo se combatía con lanzas, saetas, pie- 
dras y todo género de proyectiles. Pasóse fuego á las 
puertas y á los altares, y las llamas subían hasta la 
cúpula de la gran basílica. La reina y el obispo, no 
creyéndose seguros en él palacio episcopal, refugiá- 
ronse á la torre llamada de ilas Señales ^^\ con su 
corte y sus mas fieles defensores y allegados. No tar^ 
daron en verdad los populares en invadir el palacio 
destruyendo cuantos objetos á su \\Áia se 6frecian. 

(4) Confngiuni ad turrem sig- Hisi. Coffipostel. I. i. c, 4 U. 
norum una ctim comitatu suo. 



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486 niBTOAiA »B upaIU. 

Acometieron segoldaineote la terrecen que la reiM y 
el prelado de hallaban, y como las piedras y las ar- 
mas arrojadizas no bastasen á hacerse rendir á los 
ilustres refugiados, introdojeron foego y malerías 
combustibles por una de las ventanas bajas de la 
torre. El fuego, et humo^ la gritería feroz Üe loa 
amotinados pusieron tal pavor á los de dentro que 
creyendo Negado el término de su vida preparárcHise 
á morir cristianamente confesándose tpdos con él 
prelado. La reina instaba a) obispó i que saliese. 
«SaHd TOS que podéis, oh reina, contestó Gehnirez^ 
puesto que yo y los míos somos él blanco principal 
del encono de esa furiosa gente.» Y era así que de 
fuera gritaban: «Que salga la reina si quiere; muera 
el obispo con todos sus secuaces ^*^» Deténnínóse 
con esto la reina á salir, mas la ciega y frenética mu- 
chedumbre, perdido iodo pudor y respeto, taa^óse 
sobre ella, y entre improperios y baldones maltratóla 
brutalmente basta rasgar sus vestiduras^ mesar sos 
^bellos y dejarla deshonestamente tendida en tierra.^ 
A poco rato salió también el obispo, disfrazado con la 
capa de un pobre que le proporcionó el abad de Sao 
Martin, y tuvo la fortuna de atravesar de incógnito 
por entre las furiosas turbas hasta ganar el templo de 
Santa Haria. Allí se acogió también la maltratada 
mna. 

(1) Begkia si vuU eye^Suk- p0reanl.Ead.Ibid. 
liir... ctUiri arms et wcendio 



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9AKí% u. Lwao u. 487 

Losa^oes de la. torre prostguieroa: precipita* 
haose aiK>s4e lo alto de eliatioyeodo de las llamas» 
perecáaa ptrM abrasados» cooláodose entre las v(c- 
tknas ua hermaoo y im aobrioo del ol^ispo. Buscábase 
¿ éste por todas partes; andaba el prelado de templo 
eo leíoplo y de casa en casa, escalando tapias» ven- 
tfSpas y tejados como uo miserable ó como un crinií- 
nal á quien persignea los satélites de la justicia» bus- 
ando un asUo seguro y no hallando lugar en que pu- 
diese reposar tranquilo, basta q«ie á vueltas de mil 
aprietos» de repetidos sustos y dramáUcos lances en que 
fireciienlementese vióá riesgi^de perder la vida» logró 
ser trasportado á unconve^tode las, afueras de la ciu- 
dad ^*K La reina no consiguió verse libre sinoé costa de 
un pacto jurado coi^ los disidentes» ofreciéndoles que les 
dariaotro obispo y que todo segoberna ría en la ciudad 
á satisbtcdon suya, y prometiéndoles que ratificarían 
aquel concierto el príncipe su bi^o» el conde su ayo, 
y todos los magnates de su corte» Duró este pacto 
ij^puesto por la violencia» el solp tiempo que tardó 
la reina en ipoorpoiurse con las tropas do su hijo y 
del conde de Trava^ que apostados á las afueras solo 



(4) Lq0 autores <le la Historia nuestos mas injoriosos, llamándo- 

Goiiiposielaiia» amigos persooales le liraao y opresor del pueblo, m- 

del obispo Oéunirez, ponderan la digno del episcopado, etc. Horrori- 

sana y el encono con que le per- za leer la relación que de este 

«egnían k>^ foblet ados» buscáis inmnlto hacen los referidos escrt- 

time basta detrás do los altares de toros, que eran dos canónigos de 

los temples, en los rincones y só- la catedral, testigos oculares de 

taños de las casas, profiriendCo las Jos sucesos. 



amenazas mas horribles y los de- 



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ilS8 lUSTORI^ DB BSPAl^A* , * 

esperaban saber que la reina estaba libre para ea»« 
besiir la iciadad, no baciéndolo anies por el iemor de 
que aquella señora fuera sacrificada al furor popular.^ 
Luego que se vieron reunidos» la reina madre, el 
joven Alfonso su bija, el prelado, el conde de Trava 
y todos sus parciales y seguidores, dispusiéronse á 
acometer la población y á hacer expiar su audacia 
y sus excesos á los revoltosos. En vista de tan impo- 
nente actitud y j^asada la primera efervescencia det 
tumulto, salierc^i les principales déla población, ca- 
nónigos y ciudadanos, los unos á implorarla indulgen-*, 
eia de la reina, los otro» á suplicar al obispo alzara 
ta excomunión que contra ellos habia fulminado. Me- 
nester fué pa:ra templar el grande enojo de los ofen- 
didos lo humilde y lo porfiado de los ruegos: mas ai 
fin, convenidos h>s insurrectos á influjo de los princi- 
pales comppstelanos en deponer las armas y disolver 
lo que ñamaban su germania ó hermandad <*>, en jurar 
fidelidad á' la reina y al obispo y dar en rehenes cin- 
cuenta jóvenes de las familias mas distinguidas, ac- 
cedió por su parte te reina á indultarles de la pena 
de muerte, limitándose á desterrar y confiscar sus bie^ 
nes á ciento de los principales fautores de la^ rebelión, 
canónigos y ciudadanos, y á imponer á la ciudad una 
multa metálica. Entraron^ pues, la reina y el obispo 
en Santiago; don Diego Gelmirez fué repuesto en su 

(i) Germaniiatem stiam, scí- truere. 
' licet Gonspiraiioaem» omaino de^ 



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PArrB ir. libeo n* Í8d 

silla apostólica: ordenóse la restitución de las alhajad 
robadas, y la iglesia del apóstol y el palacio «pisco-* 
pal fueron reparados á costa de los insurgentes. 

Mas prósperamente marcharon en los stguieQtes 
años los sucesos para el obispo Gelmirez que para la 
reina de- Castilla y para el rey su hijo. Tiempo hacia 
. que el ambicioso prelado andaba negociando elevar 
^su siHa á la categoría de metropolitana. Inútiles* sin 
embargo, habían sido sus gestiones con los papas 
Pasdval y G^lasio. Vino en esto á alentaf sus esperan- 
zas la acupacion de I» sede pontificia por Calixto II. 
hermano que era* del di&mto Ramón de Borgoña, 
padre del tierno rey don Alfonso Raimundez. No 
desaproii^ech6 el prelado de Gompostela tan favora- 
bles ckcunsta netas y relaciones para activar su pre- 
tensión, valiéndose para elb no solo del influjo de 
los monjes franceses de Gloní , sus amigos » del* 
' obispo de Porto y de canónigos de Santiago que en- 
viaba á Roma para gestionar su demanda, sino de 
otros medios menos evangélicos que sus mismos pa* 
negiristas nos han revelado^ cuáles eran las remesas 
metálicas que por conducto de los canónigos de San- 
tiago^dirigia á la curta romana, no sin graves dificul- 
tades á causa de tener el rey de Aragón interceptados 
los pasos del Pirineo» <x¿Quién, podrá decir, esclaman 
con candida ingenuidad los autores de la Historia 
Cbmpostelana , cuánto ha gastado del tesoro del após- 
tol, y aun de su propio bolsillo» para ver finalmente 



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/ 



490 HinroáiA di sarAÍA. 

realizado so deeeo <*>?» Podo el Duevo poDltfbe oo 
poca resistencia al otorgaimeoto de la inerced que cod 
tantos ruegos se le pedia, mas al fin vencido ¡lor las 
inslanqías de jos negociadores, expidió las letras 
apostólicas trasladando la metrópoli de Mérída á Sai^ 
tiago, y dando idemas al nuevo arzobispo la -legacía 
apostólica sobre Jos obispados de Herida y de Bra- 
ga (1 120), desde en ya época goza de tan insigne pri- 
vilegio la iglesia Gomposteiana. 

Había hecho valer el obispo como mérito para im- 
l^etrar aquel honor Jos servicids ,enteriormeftle pres- 
tados al sobrino del pepa, ei priodpe Alfonso Raí- 
mundez, y el papa- á su vez debió poner por. condi- 
ción al prdado que siguiera fiavorecieodo la causa 
del hijo de su hermano* Ello es que en la bula de 
erección de^la nueva oaetrópoli se declara expUcita- 
mente lo que habian contribuido á aquella concesión 
los ruegos de Alfonso. Los compromisos que coa cales 
tratos adquiriera Gelmirez en favor del hijo y en 
dotrimeiito de les derechos de la madre, aunque 
ocultos y tenebrosos, no debieron ser ian secretos que 

(1) Lo0 canónicos autores do la, y que uo bastando todo eeto 

dicba Historia, escrita por encaroo para completar dosoíentosciiKxi^en- 

del propio obispo, dos mforman de ta marcos de píate, añadió elot>ia- 

lo que Je costó la gracia del arzo- po cuarenta oarcos de.so propio 

bispado. Ademas de las grandes i)ecoíio. Hist. Gompostel. lib.U; 



i en metálico, refieran ba- cap. 44. A^i no estrafiamos qiM 

berse eoTiado éBoma una mesa diera el crítico Masdeu at. obispo 

redonda de plata que había sido Gelmirez las calificaoioaes de si- 

del rey moro Almostain, una cruz rooniaco y otras no menos dures, 

de oro que babía regalado el rey como bemos indicado en t\ prín* 

Ordoñoa) templo de Santiago, y cipio de este capítulo, 
otras varias alhajas de oro y pla- 



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PAB/TE tu LIBRO II « 491 

16 IM tradtetera dona Urraca. Acaso ealoa maiiqoa 
■lóvíeroD á la reíafr^ de suyo dada á ia movilidad^ á 
partir por coarta ó qniata ves á Galicia (4121), sir- 
▼iéodole ahora de aparente motivo el recobrar los 
estados de Tay qee su hermana doña Teresa le tenia 
«surpados. Cond^jose tan mañosamente .la reina en 
esta ocasión qoe comprometió al prelado á que la 
ayudara en aquella empresa, no solo con su persona, 
sino con sos hoaabreís de armas, y hasta con los 
caballeros de Gomposlela que por fuero oo estaban 
ebKgados 4 avanzar h^ista el distrito de Toy. La cam- 
paña foé tan feliz^ queá pesar de las dificultades 
que ofrecía el Miño» las tropas gallegas penetraron 
basta el territorio portugués, incendiando, ta)ando y 
asolando campiñas y poblaciones. Rápida avaneaba ia 
conquista de Portugal, y aunque doña Teresa se re« 
tiraba presurosa al distrito oriental de Braga, llegó 
su hermana doña Urraca á tenerla sitiada en el ca&* 
tillo de Lamoso. Debió la condesa de Portugal so sal* 
vadon á un desenhiee inopinado qoe nos revela, ó 
la inconsecuencia y veleidad, ó la artería y la doblez 
con qoe obraban todos los personages que figuran en 
esta inlertaaÍDable madeja de intrigas y de enredos. 
El arzobispo, á qoien sin doda ligaban compro* 
misos con la infanta de Portugal, viendo la demasiada 
prosperidad de doña Urraca manifestó su deseo de re- 
gresar ¿ Santiago con preteslo de atender á los ne- 
gocios de su diócesi. La reina que sospex^haba de su 



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49S HISTORIA DB W^kt^H. 

lealtad y qoe meditaba vengarse del prelado le suplicó 
qué no la privara de su presencia en tales circons* 
tanciás y cuando tan bliles podian serle sus prudentes 
consejos. Solo por este maquiavélico designio po(ie- 
mos (sspiicar el tratado de paz y amistad que apareció 
de repente celebrado entre las dos hermanas, por el 
cual la de bastilla cedía á la de Portugal el dominio de 
muchas tierras y lugares en ios distritos de Zamora, 
Toro, Salamanca y otros, y la de Portugal juraba de- 
fender y amparar á la de Castilla contra todos sus ene- 
migos, moros ó cristianos, y no acoger, ni permitir ea 
sus dominios á ningún vasallo que fuererebelde á la 
reina. Hecho este concierto, retiróse el ejército in- 
vasor hacia Galicia. Llegado que hubieron todos á la 
margen izquierjla del Miño, dispuso la reina que pa- 
saran el río ios primeros los caballeros y hombres de 
armas del arzobispo Gelmirez. Tan pronto como le 
faltó al prelado su gente, la reina le mandó prender 
y encerrar en un castillo, sin que le quedara otro re- 
curso que protestar contra tan estraño y desleal pro- 
cedimiento ^^K 

Por uno de esos fenómenos que se observan en 
' las revoluciones, los compostelanos antes tan enemigos 
del prelado y que tan sañosamente le habían perse- 
guido, se aunaron ahora para defenderle y gestionar 

(1) Goavienen lodos eD qae do- querido creerle. Prueba esto las 

ña Teresa babia dado aviso confi- buenas inierigencías que babia eo- 

deocial á Gelmiroz del s atentado iré el arzobispo y la de Portugal, 

que su hermana proyectaba con- y que todos obraban con falsía y 

ira él, y que el prelado no había con doblez. 



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MBflt II. LlBftO II. 493 

i por todos los medios su libertad. Guando la reina vol- 

I vio á Santiago noencontró sino descontento y enojo. 

I £1 cabildo juró libertar á su arzobispo aunque le 

\ C03tara consumir para ello todas las rentas de la igle- r 

I sia. £i hecho de la prisión no hizo sino apresurar el 

■ desarrollo de la trama que contra la reina había. Se- 

I paróse de ella su hijo, y con él el conde Frolaz de 

[ Trava y los principales hidalgos gallegos, que con sus 

tropas acamparon á orillas del Tambre al Norte de , 
Santiago; conmovióse la ciudad, y vióse forzada la 
reina á poner en libertad al arzobispo, el cual^ no con- 
tento con esto, reclamó enérgicamente la devolución de 
las rentas, castillos^y posesiones de que la reina se habia 
apoderado, cuestión capital para Gelmirez,^ y en que 
^ halló todavía renitente á doña Urraca. Ofensa era esta ^ 
qne perdonaba el arzobispo menos que la de la pri- 
sion^ y asi juró no apartarse de la liga ni dejar las 
armas hasta que le fuesen restituidos á su iglesia sus 
honores, esto es, sus castillos y tierras. No cedió la 
reina en esto, y se salió al campo con sus tropas; salió 
también con las suyas el arzobispo y se unió con las 
de don Alfonso y los confederados: unos y otros 
acampaban cerca de Monsacro, y estaban para venir 
¿ las manos ambos ejércitos, cuando, á propues- 
ta del arzobispo , dicen sus' parciales , se enta- 
blaron negociaciones de paz entre el rey y la reina, 
de qne resultó un tratado de avenencia' que la reina 
garantizó, dando en rehenes sesenta caballeros de su 



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494 nisvoRiA i« vspaña. 

comitiva/ y de que ^1 arzobispo sacó el partido que 
se proponía» que era el recobro de sus rentas y pose- 
siones. Según los actores de la Compostelana^ babia 
mandado ya el papa Calixto á los prelados de Espada 
qua celebraran-concilio y exoomulgaran á^ la reina sa 
cuñada si no daba libertad á don Diego Gelmirez y 
no restituia sus bienes á la iglesia de Santiago. 

¿Seria duradera y sólida la paz ajustada en Moa« 
sacro ebire el rey, la reina, el arzobispo y ks condes 
y caudillos.de uno y otro campo? Imposible en aquella 
anarquía de partidos y de encontrados intereses. No 
faltaron todavía desazones y disturbios» que omili* 
remos por menos importantes y menos ruidosos. Un 
legado enviado espresamente por el papa Calixto pa- 
rece logró por fio mantener por lámenos en aparente 
armonía á la madre y al hijo, y niuchas veces apare- 
cen en las escrituras firmando uoa¿ veces dona Urraca 
y don Alfonso» otras, la reina SOI0, y otras también 
solo el rey; prueba do lo poco deslindados que se ha- 
llaban sus derechos y dominios, y de que tampoco 
en realidad conreinaban. Era una situación anómala en 
la que se hallaba el reino de Castilla, pues lo que en ^ 
rigor habia era una. reina madre tolerada por un hijo, 
también rey, y un monarca hijo tolerado por una 
madre también reina. Sin embargo, la cojiducta 
po^o hábil de la reina para el gobierno del estado á 
pesar de la energía de su carácter, sus inconsecueo- 
cías y humillaciones, sus intimidades con don Pedro 



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FAftTB 11. une II. 495 

de Lara que tráiao agriados á los caballeros castella- 
nos y qiie la po^ieroia en conflictos y situaciones 
desdorosas para la mágestad, el partido qae habia 
ido ganando su hijo don Alfonso, anos hacía rey np^ 
mina! de Galicia, única bandera inocente y^ para que 

' se había enarbolado entre tantos manchados estan- 
dartes, la esperanza qtíe á todos infundían las cuali^ 
dadeádeeste principe que se encontraba ya man- 
cebo, lodo contribuyó á que eú ios últimos años 
adquiriera el hijo una verdadera supremada en los 
estadosde la madre. Así continuó esta situación tan 
difícil de definir baM marzo de 4426, en que des-- 
pues de una vida tan tempestuosa falleció la, reina 
dona Urraca en tierra de Campos, 6 segon comun^ 
mente ae Cfee, en Satdafia. Lleváronla á sepultar á 
San Isidro de León, donde se conserva su cuerpo y 
su epitafio ^>. 

A las torbuleneias intestinas que hicieron tan de- 
sastroso el reinado de doña Urraca,* se babian agre* 

' gado las invasiones y entrada de los musulmanes 
qutf vinieroQ á acabar de perturbar el pobre reino de 

0) Hasta ta moorúi de esta se- esto lo hallamos apoyado en fas- 

Bomba sidp contada por alganos daoaeoto digno de fé« Lo qae no 

de nna manera bien desfovora- tiene doda ea qae dejó doa bijos 

ble á aa repntackm y himeatidady del oonde de Lara, Peroaódo j El- 

aopomiendo nnoa beber fallecido vira. Loa maestros Floréz y Kiaco, 

en el acto de dar nueva aoceaioii, se eafaertan por probar que loa 

ooaa mveroaimil ensa edad, y que legitimó casándoee con el mencio« 

no hallamos jnstiBoadia, otroa ha- nado conde: pero este matrimonio 

ber quedado muerta de repente á no recibió por lo menos las aolem- 

fa pverta de San Isidro oe León nídadea ordinariaa. Florez, Rein. 

coandosalia de deapojar el temple Catol. tom. T. Risco, Hist. de León , 

de las alhajas sagradas: tampoco tom. L 



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496 BISTOAIA .DE BSPaSa. 

Castilla, haMo agitado ya en lo interior. El. empera- 
dor de Marruecos Alí ben Yussuf habia venido de 
África nada menos que con cien mil caballos, al decir 
de los árabes ^*^ . y después de haberse detenido un 
mes en CkSrdoba se encaminó á tierra deTole(ío'(1 1 09) 
^ talando y destruyendo sin misericordia cuanto en- 
contraba; los hombres huían espantados á los mon- 
tes,, y. el pais quedó asolado y como yernio. Algún 
tiempo mas adelante (41 1Q) puso^itioá la insigne 
ciudad^ que defendia y gobernaba c^ valeroso Alvar 
fanez,. apoderándose los africanos de los bellos jardi-- 
nes de la derecha del Tajo. Aproximaron los Almora*- 
vides sus máquinas á los muros d^ la ciudad y co- 
menzaron el ataque, que por espacio de siete dias re- 
chazaron vigorosamente los castellanos. Una noche ar- 
rojaron los de África multitud de proyectiles incen- 
diarios á una de las mas fuertes torres del muro, que 
comenzó á ser devorada por las llamas. Los cristianos 
que se hallaban. en ella lograron apagar el fuego ver- 
tiendo sobre los combustibles gran cantidad de vina- 
gre; Los asaltos que después intentaron los africanos 
fueron tan infructuosos como el fuego. Al sétimo dia 
dispuso Alvar Fañez una salida impetuosa que des- 
concertó á los sitiadores y les obligó Si levantar el cerd- 
eo quemando todas sus máquinas ^^K Pasaron estos ú 
desahogar su rabia sobre Tala vera, de que se apode- 

' (4) Conde, ^rt. III. c. !25.— (2) Anal. Tolet. primeros.— 
Al-Karláa.— GhroD.Adef.Imperat. Ghron. Adef.— Ai Kartás. 



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PAKTB II. UBIO 11. 497 

raroa, y volvieroD sobre Madrid, Olmos yGaadalaja-» 
ra, eiFcaya situacioa se declaró la peste éa el ejército 
de AU, lo cual le forzó á regresar á Córdoba, y de alti 
á África ^^K Pero otro caerpo de Almorávides manda-* 
do por Seir Abu Bekr recorría el Algarbe y qaitaba á 
los cristianos muchas de las ciudades ganadas por lá 
espada de Alfonso VI. 

Libre Alvar Fañez de aquella innumerable tno^ 
rísma, tomó después la ofensiva, y haciendo con sus 
toledanos una atrevida escursion á Cuenca la arrancó^ 
aunque por poco tiempo, del poder de los Almorávi- 
des (1111). Mas no dejaban á su vez los sarracenos 
de aprovecharse de las disensiones que agitaban la 
Castilla, y dos años mas adelante (1113) la comarca 
de Toledo se bailó de nuevo invadida por otro ejérci- 
to africano mandado por Mazdali ^'^ .que devastó á 
sangre y fuego el pais,*tomó la fortaleza de Oreja, de-^ 
golló sus defensores, cautivó mugares y niños, y pu- 
so otra vez sitio á Toledo (1114). Libertóse también 
esta vez la biudad, gracias á la intrepidez de Alvar 
Fañez, si bien á costa de haber perdido en un comba^ 
te setecientos de sus valientes soldados. Este insigne 
capitán, el mas famoso de los guerreros castellanos de 
la época de Alfonso VL, si se esceptua el Cid, después 



(1) Ed esta ocasión secreefaé en este ataquo por el ejército me- 

cuando te deacobrió la imagen de ro. Chron. Adei.— Al-Kariáa* 

Naeaira Señora de la Almudena, (2) El que machos de noestroi 

tan Tenerada en Madrid, en ano hisloriadores llaman Amaxaldi<' 
de los liemos de la muralla rotos 

Tomo !▼• '^ 82 . 



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498 



niS'TMU DE BSrAÍA. 



de baber combatido taa brava y heróicameote á los 
sarracenos, murió á manos de sus mismos compalrio* 
tas, víctima de las discordias civiles qae destrozaban 
el reioo castellano. Contábasele entre los partidarios 
del rey de Aragón, y en una espedicion que hizo á 
Segovia, asesináronle en esta ciudad los parciales da 
Castilla ^^K Dióse el gobierno db Toledo al capitán Ro- 
drigo Nuñez; y en las vicisitudes y oscilaciones que 
en este agitado período sufrió la monarquía castellano- 
leonesa, Toledo pasaba alternativamente al poder del 
mooarca de Aragón, ó de la reina de Castilla^ ó del 
joven rey Alfonso Raimundez su hijo, según que las 
circuoslancias baciim momentáueamente mas podero- 
sa cada bando por aquella parte ^^K 



< (4) En la octava de la pascaa 
de 4H4. Anal. Toled. primeros. 
Era 115).— Croo, de Cárdena. — 
Id. Burg60se.^IbaRhalduiD. 

(2) A este tiempo se peñere, al 
decir dol obispo Saodoval, un su- 
ceso tan ruidoso como dramático, 
que se cuenta haber ocurrido en- 
tre el rey de Aragón y loe vecinos 
]f defensores de la ciudad de Avi- 
a. Con noticia, dicen, que tuvo el 
aragonés de que e^ infante don 
Alfonso, á quien él vivamente an- 
daba persiguiendo, iba i ser lle- 
vado por loscastellanos de Siman- 
cas á Avila, envió ^un mensage á 
esta ciudacl donde contaba con al- 
gunos parciales, diciendo espera- 
ba te acogcrian llanamente y co- 
mo obedientes subditos cuando A 
ella viniese. Contesté al de Ara- 
gón Blasoo Jimeno que gobernaba 
f>rovisiooalmente la «iadad, que 
os. caballeros de Avila estaban 
prontos á recibirle y aun á aj^u- 



4arte en' las guerras que biciese 
contra los moros, pero que ai lle- 
vaba intenciones contra el niño 
Alfonso,' no solo no le recibíHao^ 
si naque serian sus enemigos mas 
declarados. Indignó al aragooéi 
contestación tan resuelta e ines- 
perada) y juró vengarse» A poco 
de baber sido entrado el tierno 
nieto de Alfonso V[ en Avila, don- 
de fué alzado y reconocido por 
rey, acampó Alfonso de Aragón 
con su ejército al Oriente del^ 
ciudad. Desde allí despachó un 
mensage á Blasoo Jimeno* dicien- 
do que si era cierto qpe había 
muerto el nuevo rey de Gaatillt 
(pues se había divulgado esta voz) 
le recibiesen á él, prometiendo 
otorgar mil privilegios y merce- 
des al concejo y vecinos de la 
oittdad; y si fuese vivo se le mos- 
trasen, empeñando su fe y pNsla- 
bra real de gao una vei eatisfo- 
cho de que vivía, alaría ei can,. 



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PARTB II. LIBIO lU . 499 

Desventurada suerte hubiera sido ia de .Castilla • 
devorada por las discordias, si los musulmanes 
hubieran conÜDuado haciendo en ella sus terribles 
irrupciones. Mas por fortuna suya limitáronse desde 
1 1 H á rápidas y pasagera» entradas, gracias á que 
el rey de Aragón los traia por allá entretenidos y no 
poco maltratados. Porque este monarca, desde que 
desechado por los castellanos, lanzado de Burgos y 



DO y se retiraría á Aragón. Con- 
icKBfo Blasco Jiineoo que el rev de 
Castilla, su señor, se Dallaba den- 
tro sano y baeino, y iodos ios ca- 
balleros y fecinos do Avila dis- 
puestos a defbnderle yá morir 
por él. Respecto al otro estremo, 
después de consultado y tratado 
el punto, se contino en satisfacer 
al rey de Aragón bajo las condi- 
ciones siguientes: que el eragenétf 
entrarla en la ciudad aooinpaMh- 
do solo de s^is caballeros, todos 
desarmados, para ver por , sus 
propios ojos «1 nue?o soberano do 
Castilla, y loa de Avila por su par- 
te darían en reboñes nido Aragón 
sesenta personas de las principa- 
les bmiJias, que quedanan rete- 
nidas en su campo mientras se ve- 
rificaba la visita, después de lo 
cual se obligaba^ <«M>peoa de per- 
juró y fementido,» é devolverlas 
sin lesión ni agravio* Hecho por 
an^bas partes juramento de ciwiü- 
plir lo pactado, el rey de Ara^oa 
se acercó al muro y puerta de le 
ciudad con sus seis caballeros, y 
de ella salieron los rebooes par^ 
et campamento aragonés* Reci- 
bido el de Aragop por Blasco Ji- 
meno y varios otros nobles de 
Avila, tyo creo, buen Blasco, le 
dijo, que en verdad vuestro rey 
es vivo y sano, y asi no es menes- 



ter aue yo entre en la ciudad, y 
me bastará y daré por satisfecho 
con que me le mostréis aqni á la 

Suerte, ó aunque sea en lo alto 
el muro.» Recelando, no obs- 
tante, los de Avila sí tan genero- 
sas palabras encerrarían alguna 
traición, subieron al niño rey al 
cimborio de la iglesia, que está 
junto á la puerta, y desde^allí se 
le mostraron. Hlzole el de Aragón • 
desde su caballo una muy urbana 
cortesía, á que contestó el tierno 
príncipe con otra, y satisfecho al 
parecer el aragonés se volvió á 
su campo sin permitir que de la 
ciudad fe acompañara nadie. 

Tan pronto como llegó á sus 
reales, mandó á sos gentes que 
allí mismo ó su presencia degolla- 
ran todos los rehenes, como asi se 
ejecutó, llegando su ferocidad al 
estremo de nacer hervir y cocer 
en calderas las cabezas de aque- 
llos nobles é inocentes ciudada- 
nos, de lo cual, dice la traiiícíon^. 
le quedó á aquel lugar el nombré 
de loa Fwiíeictai, A la nueva de 
tan horrorosa y aleve ejecución, 
todos los abuleoses ardían en de- 
seos de tomar venganza; pero 
encargóse de ella el mismo Blasco 
limeño, que salió á retar perso- 
nalmente al rey de Aragón, al 
cual alcahzó^ cerca de Ontiveros, 



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500 



UlSTOaiA DK B9PAMA. 



declarada soiemoemente la nulidad de su malrimonio 
coQ dofia Urraca, se retiró á sus estados, si bien no 
renunció á sus pretensiones sobre Castilla y dejó eo 
varias de sus plazas guarniciones aragonesas para te- 
nerla siempre en respeto y poder hacer la guerra ó 
por sí ó por sus capitanes, dedicóse desde entonces á 
guerrear activamente contra los moros fronterizos de 
sus dominios, que ojalá á esto se hubiera concretado 
siempre para gloria suya y bien de toda España. Des-» 



-tnarcbando con sa hueste camino 
de Zamora. Htzole detener el de 
Avila RO pretesto de ser portador 
de una embajada de su concejo, 
y cuando se vio enfrente del rey, 
con entera voz y severo continen- . 
te le echó en cara su felonía, 
y concluyó diciendo: «E como 
cmal alevoso é perjuro, non mo- 
«recedor de haber corona ó nom- 
rbre de rey, non cumpliste lo ju- 
«rado, antes como alevoso matas- 
ctea los nobles de los rehenes, 
«que fiados de vuestra palabra 
«ó juramento eran en el vuestro 
«poderlo. E por lo tal vos repto 
«en nombre del concejo de Avila, 
«é digo que vos f.iré conocer den- 
«tro de una estacada ser alevoso, 
«é traidor, é perjuro.»» El rey en- 
cendido en cólera, mandó á gran- 
des voces á los suyos que casti- 
garen el desacato y osadía de 
aquel hombre, y que le hicieran 
pedazos. Reliáronse sobre él ios 
de la comitiva del rey, defendióse 
Blasco valecosamento, roas los ba- 
llesteros le arrojaron tantas lanzas 
y dardos, que al fin cayó muerto 
después de haber herido él á mu- 
chos. En el sitio donde esto acae- 
ció se puso una piedra que llama- 
ron eí Hito del reptOy y alli se eri- 
gió una eroñta, donde dicen está 



sepultado Blasco Jimeno. En pre- 
mio de tan insigne lealtad conce- 
dió el rey don Alfonso Vil. á la 
ciudad de Avila grandes exencio- 
nes y privilegios, y les dio por 
armas un escudo en qae se vé un' 
rey asomado á una almena.-rSaiH 
doval. Cinco reyes.^yil Goaza» 
lez Dávila eif su Monarquía de 
España, tom. 1. líb. 2., hace ana 
referencia, aunque ligera y rápi- 
da, de esto hecho. No sabemos da 
donde lo hayan podido tomar, ni 
comprendemos como pudiera acae- 
cer en la época que Sandoval de- 
termina, que fue después de ' la 
batalla de Villadangos,,caando el 
niño Alfonso fué llevado f^or el 
obispo Geimirez al castillo de Or- 
cíllon, ni entendemos cómo aa 
madre y el prelado pudieron de- 
iar allí al tierno principe, contra 
10 que insinúan las crónicas mas 
antiguas, ni cómo ni con qoé ob- 
jeto pudieron traerle entences loa 
castellanos á Simancas y á Avila, 
ni cómo pudo estar el de Aragón 
en Avila cuando todos lo suponen 
sitiando á Astorga. Dejamos todo 
esto á cargo del prelado historia- 
dor, ya que no nos espresa ni las 
crónicas ni los monumentos de 
donde haya podido sacarlo. 



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PARTE II. UBEO II. 501 

de entonces comenzó á aparecer Alfonso I. de Ara gon 
príncipe ilustre y guerrero hazañoso y grande. Mos- 
tróse otro hombre el aragonés desde que suspendió 
por lo menos, ya que'no renunciara á so porfia y ter- 
quedad de dominar en Castilla, y bien le indicaron 
losr sucesos que no era el pelear con cristianos sino 
con moros la empresa áque estaba llamado. 

Ya antes habia hecho probar á los sarracenos el 
vigor de su corazón, la fuerza de su brazo, el temple 
de sus armas y el brío de las tropas aragonesas. Ha- 
bíalesganado á Ejea, á cuyos pobladores otorgógrandes 
franquicias, y denominó de los Caballeros en honor 
de los queá conquistarla le ayudaron; Tauste, sobre las 
riberas del Ebró, en cuyo triunfo debió mucho á la va- 
lentía y esfuerzo del intrépido don Bacalla; Castellar, 
en que tuvo presa á la reina de^Caslilla, y en que pu. 
so una guarnición de aquellos terribles Almogávares, 
que tan formidables se hicieron á los moros ^*); y por 
último Tudela, á las márgenes del Ebro, donde pere- 
ció el rey de Zaragoza Almostain Abu Giafar, aquel 
célebre emir que hasta entonces habia sabido mante- 
nerse independiente entre ios cristianos y los Almora- 

(i) Bran los Almogávares una solo de io qu6 cogían ^ los caro- 

iro|rá ó espeoíede milicia franca pos ó arrebataban á los enerDigos. 

Saese formó de los montañeses Iban vestidos de pieles, calzabaa 

e Navarra y Aragón, gente ro- abarcas de cuero, y en la cabeza 

basta, feroz, acostumbrada á la llevaban una red de bierro á mo- 

fatiga y á las privacioues, que do de casco: sus armas eran es- 

. mandados por sus propios candi- ' pada, cbuzo y tres ó cuatro^ vena- 

líos hacían incesantes correrías bios: llevaban consigo sus hijos y 

por las tierras de tos moros cuan- mugeros para que fuesen testij^QS 

do no servían á sus reyes, viviendo do su gloria ó de su afrenta^ 



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I 



solí HISTORIA DB BSPAÜA. , 

vides. El árabe Abdallah ben Aita que se halló pre- 
leote en la batalla de lúdela coa el sabio Asafir, la 
caenta de este modo. «El virtuoso y esforzado rey de 
Zaragoza Abu Giafar Almostain Billah salió contra los 
cristianos que tenian puesto cerco á Tudila, y con es- 
cogida caballería fué á socorrer á los suyos.... y pe* 
loando el rey Abu Giafar valerosamente por su perso- 
na^ le pasafon el pecho de una lanzada y cayó muer- 
to de su caballo. Con esto tos muslimes cedieron el 

campo, y la ciudad fué entrada por los cristianos 

Llevaron los musulmanes el cuerpo de su rey á Za- 
ragoza y le enterraron con sus propias vestiduras y 
armas.... y luego fué en ella proclamado su hijo Ab- 
delmelik, llamado Amad-Dola, que yá habia dado 
iñdestras de su valor en la jbatalla de Huesca y en las 
algaras de Tauste y de Lérida ^^'.)» La ciudad con- 
quistada se dio en feudo de honor al conde de Alper-^ 
che, á quien principalmente se debió la victoria; se* 
ñaláronse á sus moradores grandes términos, y se les 
concedió que fuesen juzgados por el antiguo Fuero de 
Sobrarbe. 

Pero el gran pensamiento del monarca aragon^, 
el proyecto que ocupaba su ánimo desde que ciñó la 
corona de sus mayores, y de que le tuvieron dístrai- 
do sus campañas de Castilla, era la conquista de Za- 

(4) Conde, part. IIL c. S5.-^ que haIYamos mas conforme á la 

Pero el autor árabe flupooe la con- marcha de las operaciones do Al- 

buislade Tudelaen 1440. Zarita fonso^ 
(Anal. c. tí) la bace en 4144, )o 



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' ráBTi II. Llll«o^ n* SOS 

ragoza. I^ra preparar su grande enopresa comenzó 
una activa persecución contra los reyes y caudillo» 
moros de Zaragoza , de Lérida, de ^Fraga, y contra 
los fronteros de Valenci» y otros comarcanos. La fama 
de SQ9 proezas volaba por todas partes. Un ilustre 
f^incipe estrangero vino en 1116 á aumentar el ea^ 
ploqdor de so ya brillante corte y comitiva, y á acre» 
eer los términos de sus estados ^*K Fué este el distin- 
guido don Beltran de Tolosa, hijo del conde don Ra- 
món de Tolosaque casó con doña Elvira, bija de Al- 
fonso VL dé Castilla. Era de consiguiente don Del- 
iran deudo del mismo rey de Aragón <. Habíase distin- 
guidasu padre y ganado gran prez en las guerras^de 
la Tierra Santa, y el misma don Beltmn eon retenta 
galeras genovesas y con ayuda del rey de Jerusalen, 
habiaconqoistadoá Trípoli, y béchose señor de aquella 
ciudad. Esté valeroso príncipe vino á haeerse vasallo 
del rey de Aragón , y á ofrecerle no soto el condado 
de Tolosa» sino ios señoríos de Rodes, Narbona, Car- 
casona, oon otros honores pertenecientes al condado. 
Don Alfonso dejó todos estos estados al conde don 
Beliran para que los poseyese á título de feudo y con 
reconocímieato de vasallage. Asi iban engrandecrén- 
dose tos limites del reino de Aragón , parte por tos 

(4) L06 principales caballeros rvs, Anger de Miramoot, AroAldo 

' estraogeros que le acompañabao de Cabadaov coa otroa nobles de 

eran (ademas de Rotroo, conde Bearne y de Gascuña. Agregá- 

de Alpercbe): Gastón de Bearne, baose ¿ estos los ricos boBibres 

el conde CentuUo de Bigorra, el de Aragón y de Navana en gran 

conde de Gominges, el vizconde nómere. 
de Gabartet, el obispo de Lasca- 



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M% HISTORIA DB BSPAAa. ' 

triunfos de las armas^ parle por resaltado de la gran 
ÜLíoa y reputaeioQ de su valeroso príncipe. 

Zaragoza se hallaba ya cercada en estetismo año 
de 1116, con cuya noticia el emperador de los Almo- 
ravidesi Alí, envió desdeGranada en su socorro un cre- 
cido número de tropas de caballería al mando de Aba 
Mohamed Abdallah, que obligaron á Alfonso á levan- 
tar el cerco. Pero sucedió que desconfiando el rey de 
Zaragoza, Amad-Dola,()el caudillo de los Almoravi-- 
des, se salió déla ciudad con su familia y tomó el par- 
tido de ofrecer á los cristianos su alianza y amistad 
contra los moros de África. Gran arrimo Xué este para 
el rey de Aragón* Disgustados los zaragozanos con 
esta alianza llamaron al walí de Valencia, Temim, her- 
mano de Al(, y toda la comarca se declaró por los 
Almorávides. Las tropas africanas de Andalucía vinie- 
ron en socorro de la siempre amenazada Zaragoza: 
mandábalas el valiente Temim , y llevaba consigo los 
mejores gefes almorávides y lamtuoas: inútil fué to- 
da esta afluencia de guerreros, mahometanos; Alfonso 
los fué derrotando en multitud de batallas, que fuera 
largo enumerar, y que justificaron bien el dictado de 
Batallador con que se le apellida. Engreido óon estos 
triunfos, despreció ya Alfonso la alianza y amistad de 
Amad-Dola, y le exigió que le entregase la ciudad. 
Vióse Amad'Dola mas comprometido de le que espe- 
raba, y no sabiendo qué partido tomar, sedecídió por 
fortificar y defender á Zaragoza^ 



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rjjín II. UBEO II. 506 

Reanióse entonces toda la gente de armas do los 
cristianos, y en el mes de mayo de 4 1 4 8 se puso e? 
movimiento an' numeroso ejército de francos y aragb- 
neses, qtie fueron tomando á Aimudevar, Saríñena, 
Gurrea y otros pueblos, y pasadas las riberas del Ebró 
y del Gallego avanzaron sobre Zaragoza. A los ocho 
dias eran ya dueños de las aldeas del contorno y aun 
dé los arrabales que habia fuera de muros. Acudió el 
rey en el mismo mea de mayo con sus ricos*hombres 
y toda su gente de guerra, y comenzó á apretar el 
cerco tK>n mayor actividad. Defendíanse los de dentro 
con desesperado brío; y como hubiese pasado el mes 
'de junio sin poder rendir la plaza, desconfiados ya 
los franceses de poderla tomar, y por otra parte nada 
lisonjeados por el rey, según ellos escriben, volvié- 
ronse á Fcancia sin que^el rey hiciera la menor de- 
mostración de estorbárselo, quedando solo los condes 
y vizcondes. El aragonés perseveró con su gente en 
el cerco, estrechándole mas cada dia, y combatiendo 
la ciudad con máquinas y torres de madera. Faltáron- 
les á los sitiados los víveres; perecían ya de hambre y 
cansábanse de esperar socorro, y como dice uno de 
sus historiadores, «ya no le aguardaban sino del cie- 
lo.» Alfonso les ofreció seguridad én sus vidas y ha- 
ciendas, y que podrían morar libremente en la ciu- 
dad ó donde quisiesen; con cuyas condiciones entre- 
garon lap]a2a, y entró en ella triunfante e( Batalla- 
dor, y se alojó en el palacio real que llamaban la 



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Azuda, jauto ¿ la puerta de Toledo* Muchos nobies^ 
muslimes pasaroa á Valeacia; Amad^Dola se relír6 
GOD (oda su fomilia á la fortaleza de Rota *l*Yahad. 
Asi se recuperó para el' cristiano la astígoa y 
famosa .César Augusta de los romanos» la ciudad de 
mas consideración que conservaban ahora loe sarra* 
ceños en el centro de España, y que habian poseída 
sin interrupción cuatrocientos años cumplidos* Terri- 
ble golpe fué este para los musulmanes, tanto coma 
de gloria y prez para el monarca cristiana de Aragón. 
El cu«l en remuneración al señalado esfuerzo y comK 
tancia que en esta empresa babia mostrado el conde 
Gastón de Bearne,,le hizo merced de la parte de la 
ciudad que habitaban los mozárabes, que eran ciertos 
barrios de la parroquia de Santa María la Mayor, pa- 
ra que los tuviese en feudo de honor, y asLse tnstitu-- 
laba señor de la ciudad de Zaragoza, como era C06«- 
tombre. Al conde de Alperche le dio otro barrio y 
parte de la ciudad que está entre la iglesia mayor y 
San Nicolás. A los pobladores y vecinos concedió 
grandes privilegios é inmunidades, entre ellos ía 
exención de tributos, declarándolos infanzones^ y do- 
tándolos de otras franquicias que explanaremos en 
otro lugar. La mezquita mayor fué convertida en ba- 
sílica cristiana, y nombrado su primer obispo el ve- 
nerable varón don Pedro Librana,*á qnien consagró 
el papa Gelasio II. ^K 

(O conde, cap. 2l.^Zunta> cap. 44. 



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rAETB II. LIBIO II. 607 

I Uftino el rey don Alfonso cod tan señalada con* 

i quista, y conociendo la importancia de aprovechar el 

I desánimo y terror de los mahometanos, juntó de nue« 

I vo sus tropas, y dirigiéndose hacia el Moncayo tomó 

I varios lugares de las riberas del Ebro; ganó á Tara- 

i zona, donde restableció su antigua silla episcopal; y 

I Borja, Álagon, Mallen, Hagallon, Epila y otros pue- 

i bios de aquella comarca, pasaron en aquella expedi- 

r cion al dominio de las armas aragonesas. Encaminóse 

I luego hacia Calatayud, ciudad importante por hacer 

I frontera de los reinos de Aragón y Castilla. Rindióse 

I también Calatayud á las triunfantes armas del rey 

f Alfonso (H 20), que doló á sus nuevos pobladores de 

I fueros y leyes para su gobierno, y fuéronse entregan^ 

I doBubíerca, Albama,-Aríza y otros muchos lugares 

^ de la comarca que riega el Jalón. Púsose después so- 

^ bre Daroca, lugar fortfsimo entonces, y como la llave 

para el reino de Valencia y tierras de Cuenca y de 

Molina. El africano Temim, un tanto recobrado de sus 

, anteriores derrotas, habia enviado contra Alfonso una 

florida hueste de infantería y caballería. Encontróse 

el ejército moro con el aragonés en un pueblo cerca 

de Daroca llamado Cutanda; trabóse allí una reñida 

pelea, en que los cristianos dejaron tendidos en el 

campo á veinte mil voluntarios muslimes, sin expe- 

^ rimentar por su parte pérdida alguna: triunfa que 

por extraordinario nos parecería increible, si no hu*^ 

biéramos lomado esta noticia de los mismos historia^ 



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508 HlflTOftlA DB BSPAÜA. 

dores árabes. Murieron « dicen estos mismos, en esta 
terrible batalla Abu Bekr bea Alari, %el alfaqui 
Ahmed bea Ibrabim, y otros caudillos y personas de 
cueuta; el resto del ejército huyó desbaratado á Va- 
lencia ^*K El rey don Alfonso escogió un lugar en las 
fuentes del rio Jíloca, que hizo poblar y fortificar, 
por ser sitio á propósito para enfrenar las correrías y 
' cabalgadas de los moros de Valencia y Murcia, al que 
puso por nombre Monreal, y fué de gran servido 
para la defensa y conservación de sus dominios por 
aquella parte. 

, El genio emprendedor de Alfonso no se satisfacía 
con ir dando tan buena cuenta del emirato de Zara- 
goza» ni se contentaba con ensanchar sus estados por 
las fronteras de Valencia y de Castilla.. En 1 122 vio- 
sele atravesar el Pirineo y penetrar en la Gascuña 
francesa, sin que las memorias antiguas nos expliquen 
la verdadera causa de esta expedición extraordinaria.- 
tal vez quisiera resucitar antiguas pretensiones de los 
reyes de Aragón á aquellos estados. Ello* es que el 
conde Centullo de Bigorra, uno de los que se hablan 
retirado del sitio de Zaragoza, presentósele á rendir- 
le pleito-homenage y á dársele por vasallo, prome* 
tiéndole tener en sü nombre aquel pais, y cuanto en 
adelante pudiese conquistar. Entonces el rey de Ara- 

(4) Zarita y los historiadores qaista de Zaragoza. Los Anales 

modernos de Aragón ponen equi- Toledanos ooncaerdan cqd et bis- 

' Tocadamente la victoria de Cu- toriador árabe, 
tanda en el mismo año de la con- 



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PABTB II. UBAO II. 609 

gOD quiso pagar, ó su hamillacion ó su generosidad , 
haciéodole merced de la villa de Roda alas riberas del 
Jalón, de la mitad de Tarazona con su término, de 
Santa María de Albarracin con su territorio, cuando la 
ganase de los moros, con otras rentas y heredamien- 
tos ouanto bastaje para el mantenimiento de doscien- 
tos caballeros que babian de servir en la guerra, con 
dos mil sueldos ademas de moneda jaquesa en. cada 
un año. Ya antes hemos visto empleado por el rey don 
Alfonso este mismo sistema de recompensas, que lla- 
maremos honores ó feudos, especialmente con los con- 
des francos que ó le rendían vasallage ó le auxiliaban 
en la guerra. 

Infotigable don Alfonso, y no pudiendo tener ocio- 
sa su espada, todos los paises hallaba buenos para 
guerrear contra los infieles. Asi de vuelta de su espe- 
dicion á Gascuña entró talando y destruyendo las ve- 
gas y campos que los moros tenian á las riberas del 
^gre y del Cinca. Ganó á orillas de este último rio 
el pueblo y castillo de Alcoléa, cuyo señorío dio á uno 
de sus ricos -hombres por servicios que le habia pres- 
tado; batió después en muchos reencuentros á los 
moros de Lérida y Fraga; entróse por el reino de Va- 
lencia^ quemando campiñas y demoliendo las forta- 
lezas y lugares que querían defenderse; avanzó de 
la otra parte del Júcar; taló la vega de Denia; prosi- 
guió por el reino de Murcia camino de Almería, y 
asentó sus reales sobre Alcaráz al pie de una món- 



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540 HI8TOEU^0S iSFAltA. 

tana. Paro no se detiene aquí el torrente. Los mozá^ 
rabes de Andaltícfa, noticiosos de las proezas del 
aragonés, han reclamado secretamente su socorro* y 
excitádole á que invada el territorio andaluz, ofre* 
ciéndole incorporarse á sus banderas. Esperante como 
al gran libertador de los cristianos, y Alfonso aranza 
intrépidamente con una hueste de escogidos guerre- ' 
ros, y el estandarte de Aragón se ve ondear en la 
fértil vega de Granada y en la^ risueñas márgenes 
del Genil (14 25). Acude la población mozárabe á en- 
grosar las filas de sus hermanos; tien^blan los musul- 
manes granadinos, á quienes gobernaba entonces 
Temim, el hermano del emperador, y rezan la azala 
del miedo ^^K Amenaza la hueste cristiana á la ciudad, 
pero las nieves y las lluvias vienen á contrariar los 
esfuerzos de Alfonso» que por espacio de diez y siete 
días que tiene que luchar contra los elementos mas que 
contra los enemigos"; al cabo de los cuales se decide 
á levantar el campo y se pone en marcha, no en re- 
tirada hacia Aragón, sino avanzando hacia el mar. 
Franquea audazmente los difíciles pasos de la Al- 
pujarra , cubiertos desnieve, llega á Motril, des-* 
cubre la bella y templada campiña de Velez Má- 
laga, gana la playa de aquel mar que tanto ansiaba 
ver, y tomando una barquilla penetra en aquellas 



(I) La oración gao rezaban en asisüeiida á ba mezquilaa con ar- 
los trances aparados, abreviando mas. Condoy c. 29. 



laa^postraoiones y eeromontat, y 



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PABn II. UBBO it. SI 4 

das que bañan las dos cosías española y africana <*K 
Salisfecfao con haberse dado este placer, retro- 
cede casi por los fnismos paisas, atraviesa hondos va- 
lles y empinados riscos; desde las cumbres da Sierra 
Nevada dirige una mirada hacia las lejanas costas del 
continente africano, desenvuélvese á costa de mil di- 
ficaltades de los embarazos que á su marcha oponen, 
ya las nieves, ya las bandadas de musulmanes que 
por todas partes le cercan y acosan; á la ida y á la 
vuelta no han ceéado de molestarle los sarracenos; 
algunos valientes ha perdido, la fatiga y los combates 
han diezmado sos filas, pero él ha logrado triunfar 
hasta de once régulos mahometanos, y por último, 
después de mil riesgos y cualidades logra el audaz 
aragonés volver á las tierras de sus dominios, seguido 
de mas dé diez mil mozárabes andaluces á quienes 
proporciona una nueva patria, y con indecible con-^ 
tentó de los cristianos aragoneses que con razón tem- 
blaban por la suerte de sus hermanos'y por la vida 
de su rey (4426). 

Tal fué la famosa y arriesgada expedición de Al- 
fonso el Batallador, una de las mas atrevidas de que 
hacen mención las historias, y que si no dio por fruto 
ninguna ocupación sólida de ciudades y' territorios 
enemigos, fué de uo efecto moral inmenso, descon- 



(4) Al decir de los árabes de hubiese hecho para cuando llegase 
Conde» cogió por si mismo un pee- é aquella playa, ó por el orgullo 
cado, ó por cumplir un yoto que de oonkirlo en Zaragoza. 



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512 HUTOBU DB BSPAHa« 

certó á los ¡afieles» hízoles ver á dónde llegaba el va- 
lor y la intrepidez de un monarca cristiano, libertó 
millares de familias mozárabes y dejó sembrada la 
desconfianza entre los infieles y los cristianos qae 
antes les hablan estado sumisos. Lo peor fué para los 
que tuvieron la desgracia de no poder seguir sos ban- 
deras , pues recelosos ya los musuímanes, y con el 
fin de prevenir nuevas defecciones, tomaron la dará 
medida de trasportar multitud de mozárabes anda- 
luces al suelo africano, donde los mas murieron víc- 
timas de la miseria y de los malos tratamientos ^^K 

La muerte de la reina doña Urraca de Castilla, 
acaecida en 1126, y la proclamación solemne de su 
hijo don Alfonso Raimundez en León bajo el nombre 
de Alfonso VII., convirtió de nuevo la atención y las 
miras del monarca aragonés hacia aquella Castilla en 
otro tiempo por él tan codiciada, y á lo que parece 
no olvidada nunc^. Pero la posición de este reino va- 
riaba de todo punto con la elevación del hijo de dona 
Urraca. Al desconcepto en que la veleidad y la poco 
asentada conducta de la madre la hablan colocado, 
sustituía el universal contentamiento y beneplácito con 
que los magnates castellanos y ios nobles leoíieses re- 
cibían y aclamaban al hijo , iris de paz y anuncio de 

t4) LoB porDÍenores de esta fa- go diferentes de las de los árabes 

mosa algara del Batallador se bar de Conde. Algunos la conCdoden 

lian en «1 cap. S9, pari. HI. de con la que poco mas adelante hiio 

Conde. Las crónicas cristianas no Alfonso Vil. de Castilla á oiro 

bablan de ella: Zorita la mencio- punto de Andalucía, 
na, aunque con circunstaDcias al- 



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rABTB II. Lino n. 513 

sosiego después de tantas y tan deshechas borrascas. 
Las ciudades y plazas en qoe se conservaban gaar* 
ntciones aragonesas iban sometiéndose al nuevo sobe- 
rano, ó eran expulsados por los habitantes mismos 
de las poblaciones. Mas no era el Batallador hombre 
que consintiera verse impánemente despojado de lo 
que todavía 4>retendia pertenecerle. Ambos Alfonsos 
estaban resueltos á sostener lo que cada cual llamaba 
sos derechos; el de Castilla con el ímpetu y ardor de 
un joven ávido de gloría y convencido de asistirle la 
justicia; el de Aragón con la confianza y el orgullo 
de un conquistador' avezado á las lides y á las vic- 
torias, y prevalido del ascendiente que creía darle 
la edad y los títulos de antiguo esposo de la madre 
del castellano: ambos junta ron y prepararon sus hues- 
tes; el de Aragón, fué el primero que rompió portier- 
ras de Castilla avanzado hasta el valle de Támara 
(4 leguas de Patencia). Encontráronse alli los dos ejér- 
citos; mas afortunadamente cuando amenazaban á 
Castilla nuevos males y estragos, cualquiera qu^ hu- 
biese sido el vencedor, ni el de Aragón se atrevió á 
atacar, ni el conde de Lara que guiaba la vanguardia 
del de Castilla mostró deseo de pelear con los arago- 
neses (que no era el de Lara afecto á su nuevo sobe- 
rano), y como interviniesen ademas los prelados de 
ambos reinos en favor de la paz, concertóse es- 
ta dejando al aragonés regresar libremente á sus 
estados» y obligándose á entregar en un plazo da- 
Tomo iv. 33 



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514 HISTORIA 0B BSPAÍA. 

do las plazas que auo coDservab^ en Castilla (1 427). 
Ni el Batallador se mostró escrupuloso en el cum- 
plimiento de las condiciones de la paz, ni dejó por 
eso de devastar el pais castellano que atravesó, y la paz 
de Támara fué. mas bien una mal observada tregua» 
puesto que á los dos años volvió otra vez el aragonesa 
inquietar la Castilla poniéndose con su ejército sobre 
la fortaleza de Morón. Acudió presurosamente el hijo 
de doña Urraca á la cabeza de todos sus vasallos, á 
escepcion de los Laras que rehusaron ya seguirle, y 
halláronse otra vez castellanps y aragoneses cerca de 
Almazan prontos á combatirse. Pero otra vez media* 
ron los prelados, y tampoco fueron infructuosas sus 
pacíficas amonestaciones y consejos. El de Aragón 
quiso que se guardara consideración á su edad , y 
que la propuesta de concordia partiera del de Casti- 
lla como mas joven y como entenado suyo que había 
sido. Condescendió el castellano con un deseo que le 
pareció justo, y entonces el aragonés mostróse gene- 
roso diciendo: «Gracias á Dios que ha inspirado ta! 
pensamiento á mi hijo: si hubiera, obrado asi antes, 
no me habría tenido por enemigo: ahora ya no quiero 
conservar nada de lo que le pertenece.» Y ordenando 
que le fueran restituidas las fortalezas que aun rete- 
nía en Castilla (4129), retiróse á Aragón, «y nunca 
«mas entró en Castilla, dice el cronista obispo de 
cPamplona, si bien por eso no faltaron^ guerras y 
«muertes entre castellanos y aragoneses, que por mu* 



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9ÁMJE II. UBEOIl. 545 

«chos años se hicieron todo el mal y daño que pu- 
«dieron como craeles enemigos ^^'.x> 

El Batallador, cuyo genio activo no podia sufrir el 
reposo, sin dejar de atender al gobierno de su reino 
ocupóse también en acabar de sujetar las comarcas de 
Molina y Cuenca. Con esto y con haber dado á poblar 
á los condes y auxiliares franceses un bbrrio de Pam- 
plona concediéndoles los mismos fueros que á los mo- 
radores de Jaca, juntó de nuevo síis tropas en Navar- 
ra; franqueó otra vez los Pirineos, y puso sitio á Ba- 
yona ^'^ no sabemos con qué título. Acaso le movieron 
á esta nueva empresa agravios que el conde deBigor- 
ra y otros sus aliados hubieran recibido del duque de 
Aquitania. Ello es que consiguió enseñorearse de Ba- 
yona (1431). Mas como la ausencia del centro de su 
reino realentára á los mahometanos de Lérida » Tor- 
tosa y Yalenciat causando algunos descalabros á los 
aragoneses, apresuróse Alfonso á repasar el PirineOt 
y otra vez los escudos dé Aragón volvíbron á reflejar 
en las aguas del Ebro, del Cinca y del Segre. Mequi- 
nenza, importante fortaleza mahometana situada en 
los confines de Cataluña, se rindió al Batallador en 
junio de M 33. Los estandartes aragoneses fueron 
loego paseados por las. riberas de aquellos ríos, y 
por último acometió don Alfonso la difícil empresa de 

(I) SandoT. Gron. do Alfon- error de Mariana, qae pone esta 

fo VI.— Son, sin embargo, inexac- paz en 4 4 32 . 
taa las fechas qoe da á estos snce- (3) No á Bárdeos^ eomo dioe 

sos.— Aun es mas manifiesto el erradamente el inglés Oanham. 



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K4 6 UISTOAU 1}E BSPAÜA* 

apoderarse de Fraga, fuerte por su natural posición, 
en estrecho lugar colocada en un recuesto de tan an- 
gosta subida que muy pocos bastaban á defenderla, 
cuanto mas que todo aquello lo tenían los moros 
grandemente fortificado* Asi fué que por dos veces 
se vio obligado don Alfonso á levantar sus reales. 
Pero esta misma resistencia y dificultad le empeñaba 
mas y mas y comprometía á no cejar en su empresa, 
y juró por las santas reliquias no desistir hasta no 
verla coronada con buen éxito. Asegárase qoe ya los 
sitiados se allanaban á rendirse por capitulación, y 
que el aragonés desechó con indignación su oferta, 
agriado con la anterior tenacidad de los moros. En - 
tonces estos se pre,pararon á hacer un esfuerzo de- 
sesperado, y llamando en su ayuda con instancia á 
Aben Ganya, walí de Lérida, y acudiendo estocaudi- 
lio con un refuerzo de diez mil Almorávides que aca- 
baba de recibir de África, trabóse un recio y fiero 
combate, en que los cristianos fueron atropellados y 
rotos, sufriendo tal mprtandad, que millares de ara- 
goneses quedaron tendidos en las llanuras. Alli pere- 
ció también el heroico monarca» Alfonso el Batalla- 
dor (*), con otros valientes nobles aragoneses y fráng- 
eos, entre ellos los hijos del de Bearne, Centullo de Bl- 

(4) Enesto coDYieDen ios Ana- fooso I. La que nosotros hallamos . 

les Toledanos, el Anónimo de Rí- mas confirmada es la que hemod 

poU 7 el arzobispo don Rodrigo consignaiiio. Convenimos en esto 

con los historiadores árabes. Zu- con el moderno historiador de 

ritai Traggia y otros cuentan con Aragón, el Sr. Foz, tom. I. p. 263, 
alguna variación la muerte de Ai- 



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FABTB II. LIBBO II. 517 

gorra, los obispos de Rosas y Jaca y muchos otros se- 
ñores principales. Fué esta desgraciada batalla en ju- 
lio de 4434. «El famoso dia de Fraga, dicen los es- 
critores árabes» na le olvidarán nunca los cristianos.» 

Asi acabó el conquistador de Tudela, de Zarago- 
za, de Tarazona, de Galatayud, de Daroca, de Ba- 
yona, de Mequinenza, y de mil plazas y ciudades; el 
vencedor de cien batallas, la gloria de Aragón, y el 
terror de los moros. Dod Alfonso I. de Aragón fué un 
rey cual convenia en aquellos tiempos, batallador, 
activo, incansable; jamás hizo alianza, ni transigió 
con los infielea. 

Réstanos dar noticia del extraño é inconcebible 
testamento de este principe , que tanto hizo cambiar 
la situación no solo de Aragón sino de toda España. 
Hallándose este monarca en octubre de 1 1 34 con su 
ejército sobre Bayona, y viéndose sin hijos que pu^ 
dieran sucederle en el reino > otorgó su célebre y 
ruidoso testamento que ratificó dos años después en 
el fuerte de Sariñena. Después de dejar multitud de 
ciudades, villas, lugares, castillos, términos y rentas 
á otras tantas iglesias y monasterios que señalaba, 
declaró herederos y sucesores de sus reinos y seño- 
ríos por partes iguales al Santo Sepulcro, y á los ca- 
balleros del Templo y los Hospitalarios de Jerusalen» 
de tal manera que le sucediesen en todos sus dere- 
chos sobre sus subditos y vasallos, prelados y ecle- 
siásticos, ricos-bombres y caballeros, abades, canóni- 



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518 HISTOAIA DB BSrjJtA. 

g06, moDjeSt militares y burgeses, hombres y muge- 
res, grandes y pequeños, ricos y pobres , con la mis- 
ma ley y condiciou que su padre , su hermano y él 
habian poseído el reino. «Doy también, anadia, á la 
milicia del Templo mi caballo y todas mis^ armas, y 
si Dios me diere á mí á Tortosa, sea para el hospital 
de Jerusalen.^... De esta manera todo mi reino, toda 
mi tierra, cuanto poseo y heredé de mis antecesores 
y cuanto yo be adquirido y en lo sucesifo con el au- 
xilio de Dios adquiriere y cuanto al presente doy y 
pudiere dar en adelante, todo sea para el Sepulcro 
de Cristo y el hospital de los pobres y el templo del 
Señor, para que lo tengan y posean por tres justas é 
iguales partes con la facultad de dar y qui- 
tar, etc. ^*^i> 

Veremos mas adelante las novedades y alteracio- 
nes á que dio lugar este famoso y singular testamento. 

(1) Archivo do la corona de Aragoo, Reg. I. fol. 5. 



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GAPITVLO V. 

ALFONSO EL EMPERADOR EN CASTILLA: 

RAXIEO BL MONJB EN ABAOON: GARCÍA RAMÍREZ W MA- 
YARE A. 

»e 4426 a 4137. 

Goneraí aplauso coa que faé aclamado Alíonso VII. de GastiUa.— Vistas 
y tratos de su tia dona Teresa.— Sujeta algunos condes rebeldes.— • 
Sus triunfos en Galicia y Portugal.— Rindensele las plazas ocupadas 
por los aragoneses.— Pasa á su seryicio el emir Safad-Dola.— Glo- 
riosa incursión de Alfonso en Andalucía.— Elección de Eamiro el 
Monje en Aragón, y de García Ramírez en Navarra: sepárense otra 
▼ez estos dos reinos.— Entrada del castellano en Zaragoza.-*Rín- 
denle homenaje los reyes de Aragón y de Nayarra. El conde de Bar- 
celona y los de Gascuña en Zara.^oza.— Proclámase solemnemente 
Alfonso Vn. emperador de España.— Diferencias entre aragoneses y 
nayarros.— Tratado deVaddaeogo.— PreparatÍTOsde rompimiento. 
—Conducta de don Ramiro oí Monje.— Célebre anécdota de la Cam- 
pana de ffuesea.— Abdicación de don Ramiro.— Desposa 'á su bija 

' con el conde de Barcelona y le cede el reino.— Cataluña.— Ramón 
Bereguer III. el Grande.— Sus guerras con los moros. — ^Ensanches 
y agregaciones (|oe recibe el condado. — Conquista de las Baleares. 
— Espedicion del conde á Genova y Pisa.— Sus alianzas con el de 
Aragón. — Profesa de Templario y muere.— Ramón Bereoguer IV.— 
Establece el orden de Templarios en Cataluña.— Casa con la hija de 
Bamiro el Monje de Aragón.— Úñense Aragón y Cataluña y forman 
un solo estado. 

Ensánchase el ánimo del historiador como debió 
dilatarse el de los castellanos al pasar del calamitoso 



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620 HI8T0E1A M ESPáKa. 

y mísero reinado de doña Urraca, al espléndido y 
próspero de don Alfonso VIL su hijo. Joven de 21 
años cuando murió ^u madre (1126), educado en la 
escuela práctica de los infortunios, juguete inocente 
desde su infancia de las rivalidades de los magnates, 
de los rudos procedimientos de su padrastro y de 
la desacordada ligereza de su misma madre , for- 
zado á actuar sin intención ni voluntad propia en to- 
dos los enredos de aquel perpetuo drama, único astro 
que brillaba puro en medio de las tinieblas de aqoei 
turbio horizonte, destinado por su nacimiento á ocu<-> 
par el trono castellano , apreciado por las prendas y 
virtudes que habia tenido tantas ocasiones de descu- 
brir en su temprana carrera de vicisitudes y de vai- 
venes, proclamado años bacía rey en Galicia, monar- 
ca nominal primero, compartfcipe después eael reí- 
no de Castilla con su madre, y el verdadero sebera- 
no de hecho en los últimos ^ños de doña Urraca, fué 
á los dos dias del fallecimiento de esta solemnemente 
aclamado y coronado el joven Alfonso rey de Castilla 
y de León en la iglesia catedral de ésta ciudad cen 
universal aplauso y contentamiento. Apresuráronse á 
reconocerle y rendirle homenaje los condes y señores 
de Asturias, León y Castilla, y habiendo pasado loe" 
go á Zamora, donde se hallaba su tia doña Teresa de 
Portugal, y donde un año antes se habia, armrado ca- 
ballero su primo don Alfonso Enriquez (tan célebre 
luego como fundador del reino de Portugal), allí fue^ 



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FA&TBU. UBIOll* 52 1 

^ ron ajorarle obediencia los condes é hidalgos de Es- 

tremadara y de Galicia. Ed ao pueblecito de la co« 
i marca de Zamora, nombrado Ricobayo, celebraron 

i una entrevista el noevo monarca castellano y sa tía 

[ la condesa de Portugal, y estipulóse entre los dos una 

paz por un determinado período de tiempo. 

No te fisiltaron sin embargo al joven Alfonso algu- 
nas chispas y aun llamaradas que apagar, restos del 
I fuego que en los diez y siete años del reinado de su 

I madre habia devorado la monarquía. Negáronse á 

obedecerle algunos condes, ya resistiendo entregarle 
I las fortalezas que poseían, ya alzando bandera de re- 

belión en Castilla y en las Asturias de Santillana, bien 
como parciales del rey de Aragón, bien como anti- 
guos favorecidos de doña Urraca, que acostumbrados 
á las preferencias de la madre, y aun á la especie de 
soberanía que á la sombra de aquella privanza hablan 
ejercido en el reino, no sufrían tener que someterse 
como otros cualesquiera subditos al hijo. Eran los 
principales entre estos el íntimo valido, y al decir de 
algunos, oculto esposo de la reina, don Pedro Gonzá- 
lez deLara, y su hermano don Rodrigo González. Fué 
el joven monarca apagando estos parciales incendios, 
sometiendo los rebeldes, ocupando sus fortalezas, y 
tranquilizando el reino, usando para con los sedicio- 
sos de más geoerososidad de la que ellos podían 
esperar y acaso merecían. Habian logrado los de La- 
ra apoderarse de Patencia á la voz del rey de Aragón 



i 



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8SS BlfflOEU DB BSPAHa. 

y ayudándolos los cabaireros de Burgos y de Castroje- 
riz que estaban por el aragonés. Acudió con presteza 
don Alfonso, y recobrada la ciudad y cayendo en su 
poder los díscolos condes, escepto don Rodrigo Gon- 
zález que pudo fugarse á Asturias, hízolds encerrar 
en, las torres de León; mas á poco tiempo, por inter- 
cesión de sus parientes púsolos en libertad eh magná- 
nimo príncipe^omo quien no temia á tan impotentes 
enemigos. Despojado de sus feudos el conde de Lara, 
y no pndiendó sufrir la abatida y humilde situación á 
que después de su pasada grandeza se veía reducido, 
allá se fué á buscar al rey de Aragón, y cuando este 
príncipe tenia sitiada á Bayona murió de resultas de 
heridas recibidas en un desafio con don Alfonso Jor- 
dán, el hijo de don Ramón de Tolosa, pariente del 
rey. Asi acabó el célebre favorito y amante de la rei- 
na dona Urraca, objeto de tantas murmuraciones y 
celos en Castilla <*). 

Quedaba todavía su hermano don Rodrigo el fu- 
gado de Falencia. Mas toda aquella tenacidad hubo 
de ceder ante la actitud imponente del rey, que entró 
devastando á sangre y fuego las tierras y castillos ea 
que aquel se habia hecho fuerte. El término de esta 
expedición, omitiendo las circunstancias menos impor- 
tantes que refieren algunos cronistas, fué que arre- 
pentido de su rebeldía el deLara pidió humildemente 
« 

(4) SandOT. ChroD. del Emperador Alfoiiso Vil. 



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PARTB 11. LIBEO II. B28 

perdoo á au soberano, jurando que de alli adelante 
seria su mas fiel y leal servidor. Correspondió el rey á 
sa humillación con tal generosidad» que para tener* 
le mas obligado por la grQtitud, no solamente le voU 
vio á su gracia, sino que le confió la tenencia de Toledo, 
la mas importante de Castilla. Y no le pesó de ello en 
verdad, porque el honrado castellano fué después uno 
de los caballeros que hicieron al rey mfls útiles servi- 
cios y le dieron mas leal ayuda en las guerras contra 
los infieles. 

Estas contrariedades, y las que por otra parte le 
suscitaba el rey de Aragón y dejamos referidas en el 
anterior capítulo, no fueron las solas que tuvo que 
arrostrar y vencer el joven monarca de Castilla y de 
León en los primeros años de su reinado. Sostenien- 
do su tia doña Teresa de Portugal con admirable per- 
severancia las* pretensiones de independencia que no 
logró ver realizadas don Enrique su marido, conti- 
nuaba en Galicia después de la concordia de Zamora, 
no solo fortificando y guarneciendo sus castillos del 
Miño,, sino levantando otros nuevos, como quien se 
preparaba, y no con mucho disimulo, á resistir la domi- 
nación de su sobrino. Fiaba lá de Portugal en el va- 
limiento de don Fernando Pérez, el hijo del conde de 
Trava, antiguo ayo del príncipe, y en los barones y 
caballeros portugueses y gallegos con quienes aquel 
tenia relaciones de parentesqoó de amistad. Intimas 
eran las de doña Teresa y don Fernanda, y mas de lo 



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624 msTomu db bspaSa. 

que al baeo nombre y al decoro de una princesa cod- 
venía, y que llevadas á términos todavía mas estre- 
mosos que las familiaridades que tanto en Castilla se ha- 
blan murmurado entre doña Urraca y el de Lara, ha- 
blan de producir no tardando en Portugal disgustos 
y explosiones mas estruendosas que las que habían 
conmovido la monarquía castellana. La actitud, paes» 
de dona Teresa movió á Alfonso VII., su sobrino, á 
ponerse con numeroso ejército sobre Galicia y Portin- 
gaL La suerte de las armas favoreció, coak> era 
lo natural, al mas poderoso, y vióse doña Teresa obli- 
gada á reconocer la supremacía del monarca castella- 
no. Ya en aquel tiempo se hablan alzado algunos no^ 
bles portugueses contra la privanza del amante de do- 
na Teresa, don Fernando Pérez, y en favor del hijo 
de la condesa, el joven don Alfonso Raimundez, qoe 
acababa de ceñir el cinturon de caballero en la igle- 
sia de San Salvador de Zamora, y á quien su madre 
habia tenido hasta entonces en vergonzosa oscuridad 
y apartamiento de los negocios del Estado y sin con- 
sideración alguna en la corte. Hallábanse los parcia-* 
les del joven Alfonseen Guimaranes, cuando llegó el 
ejército de Castilla á poner cerco á la ciudad. Conven- 
cidos los sitiados de la debilidad de sus fuerzas, de- 
clararon en nombre del joven Alfonso Enriquez que se 
consideraba y consideria en adelante vasallo de la 
corona leonesa. Un poderoso y honrado hidalgo del 
pais, llamado Egas Moniz, salió por fiador de aquel 



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PARTB 11. UBAO H. 58& 

reconocimiento^ y confiado en su palabra Alfonso de 
Castilla, volvióse para Gompostela con el arzobispo 
Gelmirez que le babia acompañado con sus hombres 
de armas en esta espedicion, y que intervino no poco 
en aquel ajuste de paz ^*K 

Ityi de esta manera el nieto de Alfonso VI. alla- 
nando dificultades, aquietando su reino y haciendo 
respetar su nombre. Su matrimonio con doña Beren* 
guela, hija del conde don Ramón Berenguer IIL de 
Barcelona, celebrado en 1428 en Saldafia, fué princi- 
pio de la amistad que después tuvo con el conde bar- 
celonés ; y la belleza, la dulzura, el talento y las vir- 
tudes de esta princesa le dieron pronto un saludable 
ascendiente en el ánimo de su joven esposo, que nun- 
ca tuvo que arrepentirse de seguir los prudentes con- 
sejos de la reina. Esta señora y la hermana del rey 
doña Sancha, á quien tuvo siempre en su compañía, no 
menos distinguida é ilustre por su ingenio y altas pren- 
das, eran consultadas por el monarca en los casos mas 



(4) Hisi. Compo9t. lib. II. c. 85 gíó, llevando consigo sa mager y 
—Cuenta la tradición portoguef a, aaa hijos, á la corte del monarca, 
y jantamente algunas historias, al cual se presentó con los pies 
que cuando los sucesos de 4428 descalzos y una soga al cuello, co- 
(de que nosotros hablaremos mas mo quien prefería entregarse á la 
adelante) pusieron el Portugal en muerte antes que dejar de com- 
manos de Alfonso Bnriquez, y esta plir una palabra empeñada. Gran- 
principe y los barones portugoe- demente irritado estaba AifoD- 
ses eludieron la promesa y com- so VII, mas desarmó su ira aque- 
premiso de Guimaranes con el rey lia prueba inaudita de lealtad, ▼. 
de Castilla, solo el honrado Bgas le dejó ir libre, quedando para ei 
Monis sostuvo lo que babia jura- en el concepto de un noble ceba- 
do. T aSaden que para dar un llero. Hercul. Hist. de Portogal, 
testimonio de su lealtad se diri« tom. I., p. 188, y not. XII. 



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BS6 HISTORIA DB ÍbSPAIÍA. 

difíciles y en los mas árdaos negocios del Estado, y 
goíábaole por lo común con tino y con madnrez, y no 
sin merecimiento y sin justicia dio y mapdó dar á so 
hermana el título honorario de reina, nunca hasta en- 
tonces aplicado á las hermanas de los reyes ^^K 

La retirada de don Alfonso de Aragón el Batalla- 
dor á consecuencia de la concordia de Almazan , de 
que dimos cuenta en el precedente capítulo» desistien- 
do de sus pretensiones sobre Castilla (1129), fué un 
suceso feliz que dejó desembarazado al castellano pa- 
ra atender á las cosas del gobierno interior de su reí- 
no, como lo hizo ya en las cortes ó concilio de Falen- 
cia celebrado aquel mismo año, y para poderse de- 
dicar á guerrear contra los infieles» siguiendo en es* 
to las huellas de su ilustre abuelo. Inquietábale no 
obstante ver la fortaleza de*Castrojeríz ocupada toda- 
vía por algunos pertinaces aragoneses» y no descansó 
hasta ponerle tan apretado cerco que forzó á sus de- 
fensores á rendírsele (4430). Era ya grande con esto 
el respeto que á los sarracenos inspiraba el nombre 
de Alfonso VIL de Castilla : y como en aquel tiempo 
hubiese muerto el antiguo emir de Zaragoza Abdel- 
melek AmadrOola en su fortaleza de Rota'l-Yehud, 
último asilo en su desgracia» su hijo Abu Giafar Ah- 
med» apellidado Safad-Dola » cansado del humillante 



(i) Luc. Tadens. Gbroo. pá- Saodoval equívoca la fecha del 
gina 403.— Ghroo. Adef. Imperat. matrimonio de Alfonso Vil. con 
«Mar. Condes de Barcelona.— • muobaa oirás. 



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PA&TB U. UBAO n. 527 

protectorado del rey de Aragón en que vivia» y temieo- 
do el disgusto cod que sus propios subditos llevaban 
su alianza con un rey cristianot tomó la resolución de 
reconocerse vasallo del rey de Castilla, cediéndole á 
Rota 'l*Yebud con otras plazas fuertes de su ya re- 
ducido emirato. Recibióle benévolamente el monarca 
leonés, y agradecido al servicio que en esto le hacia, 
dióle á su vez varios señoríos en Castilla y León, des- 
apareciendo de este modo los últimos restos del cé- 
lebre emirato de los Beni-Hud de Zaragoza (1132), 
de aquellos belicosos príncipes que tanto y tan heroi- 
camente hablan luchado con los reyes cristianos de 
Aragón ^^K 

Los cristianos de Toledo y los musulmanes de An- 
dalucía se hostilizaban mutuamente haciendo repeti- 
das irrupciones en sus respectivos territorios. Tachfin 
ben Alí era el general que sostenía la guerra en Es- 
paña á nombre de su padre el emperador de los Al- 
morávides. Alfonso Vil. desplegó en la guerra contra 
los infieles igual energía á la que habia mostrado pa- 
ra la pacificación interior del reino. Una noche se 
vieron los moros tan de improviso atacados en su 
campo y con tal ímpetu y bravura, que por confesión 
de los mismos historiadores árabes «muy pocos Almo- 
rávides escaparon de su vengadora espada •>» El esfor- 

(4) Condo, part. III. c. 33.-^ méate qae Rota 'UTebud, ó Ro- 

El obisfK) Sandoval comete Tarias da de los Judíos, que perteuecia 

inexactitudes al dar cuenta de es- á Aragón, era una Rueda que dice 

te suceso, y supone muy errada- esta cáia entrada de Andalucía.» 



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5S8 flUTOAU DB BSPAJk. 

zado Tachfio se mantuvo coa irnos pocos safríendo 
coD admirable coostaDcia las mas peligrosas arreme- 
tidas de la caballería castellana, basta que él mismo 
herido en una pierna, de que quedó ya imperfecto 
siempre, dio gracias de poder escapar con vida. El 
fequí Zakarya, su alcatib, escribió con ocasión de esta 
batalla una casida de elegantes versos en que le con- 
solaba de su derrota, describía lo horroroso del com- 
bate y le daba oportunos avisos y consejos milita- 
res (*». 

Orgulloso con este triunfo el de Castilla, juntó S 
las márgenes del Tajo un numeroso ejército y resol- 
vió hacer una atrevida invasión en Andalucía, á seme- 
janza de la que ocho años antes habia hecho su padras- 
tro el rey de Aragón. Su nuevo vasallo el árabe Sa- 
fad-Dola se ofreció á servirle de guía en su marcha^ 
Dividió el rey su ejército en dos cuerpos para pro- 
veerse con mas facilidad de subsistencias; á la cabeza 
de uno marchaba él mismo; guiaban el otro el ex-emir 



(4 ) Hó aqai algunos de los yer- cío de aquella batalla: 
808 con que el poeta pinta lo re- 
Trábase Dueya lid, espesos golpes 
Se multiplícaD, recio martilleo 
Estremece la tierra, y con las lanzas 
Cortasse embisten, las espadas hieren, 
T hacen saltar las aceradas piezas 
De los armados, y al aangríento lago 
Entran como si fuesen los guerreros 
Camellos que U ardiente sed agita, 
Cual si esperasen abrevarse en sangre 
Que á borbollón^ las heridas brotan, 
Fuentes abiertas con las crudas lanzas... 
Trad. de Conde, part. Hl. c. 3Ü. 



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PARTE II. LIBRO II. ' 529 

Safad-Ddía y aquel don Rodrigo González de Lara, el 
antígao rebelde de León, Falencia y Asturias, que tal 
era la confianza que le inspiraban y ia fidelidad con 
que le servían el musulmán recién allegado y el 
cristiano antes enemigo. Por dos distintos puntos 
atravesaron la sierra , y juntáronse allá en el suelo 
andaluz donde los mantenimientos abundaban. 

«(Era la estación de la siega , dice la crónica de 
don Alfonso, y el rey mandó incendiar las mieses, las 
viñas, los olivares y las higueras. Consternó el terror 
á los MaraUtas (los Almorávides) y á las hijos de 
Agar (los musulmanes andaluces). Abandonaban los 
infieles las plazas que no podían defender, y se reti- 
raban á los castillos fuertes, á las cuevas de los mon- 
tes y á las islas del mar. Plantó el ejército cristiano 
sus tiendas cerca de Sevilla, quemando los pueblos y 
fortalezas abandonadas: llenaron su campamento de 
cautivos, de ganado, de aceite y de trigo. El fuego 
devoraba las mezquitas con sus impíos libros , y los 
doctores de su ley eran pasados al filo de la espada. 
De alli pasó el rey á Jerez, que destruyó, y avanzó 
hasta Cádiz. A vista de esto los príncipes andaluces 
enviaron á decir secretamente al emir Safad-Dola: 
«Habla al rey de los cristianos para que nos libre de 
los Almorávides; y le serviremos contigo, y reinarás 
sobre nosotros tú y tus hijos. > Safad-Dola , después de 
haber consultado con el rey, les respondió: «Andad y 
decid á mis hermanos los príncipes de Andalucía que 
Tomo iv. 34 



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530 HISTOKIA DB BSI^AÜA. 

se apoderen de todas las plazas fuertes» y hagan la 
guerra á los Almorávides, y el rey de Leoa y yo vea- 
d remos á socorreros.» Pero el rey determinó retroce^ 
der en seguida, que no era para contarse todavía se^ 
guro en aquellas tierras, y regresó sin descalabro á la 
comarca de Toledo ^^^ 

Después de esta famosa algara tuvo el rey que so- 
focar algunas alteraciones y revueltas que habían mo* 
vido en Asturias los condes don Gonzalo Pelaez y don 
Rodrigo Gómez, que al fin tuvieron que darse á partí- 
do, contribuyendo no poco á la feliz terminación de 
estas sublevaciones los consejos que don Alfonso se- 
guía recibiendo» asi de su esposa doña Berenguela co- 
mo de su hermana doña Sancha (1 1 33). Y eso que no 
se mostró el rey el mas celoso guardador de la fideli- 
dad conyugal, pues en una de estas expediciones á 
Asturias aficionóse á una dama llamada Gontroda» hija 
del conde don Pedro Díaz, «y húbola (dice el obispo 
cronista) en su poder, y de ella una hija que se llamó 
doña Urraca , y dio para que la criase á su hei^mana 
la infanta doña Sancha ^^Kn 

En tal estado se hallaban las cosas de Castilla 
en 1134 cuando acaeció la muerte de don Alfonso el 



(1) GroD. de Álíoaso Vil.— daba el segundo oaerpo no era 
Conde no babla de esia espedí- don Rodrigo González el de Lara, 
cion. Algunos la confunden oon la sino don^odrigo Maritnei Osorio. 
de Alfonso el Batallador, aun (t) La misma que Teremos des- 
siendo tan distintos los pantos á pues casarse oon el rey de Nafar» 
<|ae se dirigieron. Según Sendo- ra don García Ramírez. 



taly el conde castellano que man* 



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PlBtB II. LIBRO 1!. 531 

Batallador ea los campos de Fraga, qué vino á oca* 
sionar grandes mudanzas en todos los reinos crístia* 
nos españoles, y á acrecentar el poder del monarca y 
de la monarquía castellana. Tan luego como se supo 
el fallecimiento, juntáronse aragoneses y navarros en 
Borja, donde celebraron cortes, á que asistieron ya 
no solo los ricos-hombres y caballeros , sino también 
procuradores de las ciudades y villas, ó sea de las 
universiiadeif como alli se denominaban (primer caso 
en que hallamos mencionada la asistencia del brazo 
popular á las cortes del reino), para tratar de la elec- 
ción de sucesor, sin tener en cuenta para nada el tes- 
tamento de don Alfonso en que legaba el reino á 
las tres órdenes religiosas del Templo, del Sepulcro y 
de San Juan de Jerusalen ; que ni siquiera se cues- 
tionó entre los aragoneses ni les ocurrió poner en tela 
de duda la ilegalidad de tan extravagante testamento. 
Tenía gran partido entre ellos un rico-hombre nom- 
brado don Pedro de Atares, señor de Borja, á quien 
algunos hacen biznieto, aunque bastardo, de Ramiro I.: 
mas dos caballeros aragoneses que conocían bien 
ciertos vicios de su carácter, y á quien tachaban 
principalmente de arrogante y presuntuoso , tuvieron 
bastante persuasiva para torcer las voluntades de los 
unos y bastante maña para agriar é indisponer con él 
á los otros, y ya no se pensó mas en don Pedro de 
Ataros* Fijáronse entonoes los aragoneses en don Ra- 
miro, hermano del Batallador , monje del monasterio 



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532 BISTORU DB ESPAÑA. 

de SaÍDl PoDS de Thomieres, cerca de Narbona. f^are^- 
cióles á los navarros desacordada proposición la de 
elegir para rey á un monje, y asi por esto como por 
aprovechar la ocasión de recobrar su independencia y 
darse otra vez un rey propio, acordaron retirarse á 
Pamplona, y allí por sí y sin contar con los de Aragón 
alzaron por rey de Navarra á don García Ramírez, 
hijo del infante don Ramiro el que casó con la hija 
del Cid, y nieto de don Sancho, aquel á quien mató 
en Roda su hermano don Ramón. De esta manera vol- 
vieron á separarse Aragón y Navarra después de faa- 
ber formado por cerca de medio siglo un mismo reioo. 
Con esto los aragoneses resolvieron definitivamen- 
te en las cortes de Monzón colocar la corona de sa 
reino en las sieaes del monjlB Ramiro , y obtenida 
del pontífice la doble dispensa de la profesión monás- 
tica y del sacerdocio, el buen monje no tuvo reparo 
en trocar el sayal y el báculo por el cetro y la diade- 
ma, y en prestarse á añadir el sacramento del matri- 
monio al del orden, casándose, á pesar de los cua- 
renta años de hábito, con doña Inés, hija de los coa- 
des det Poitiers y hermana del duque de Aquitaaia^ 
En octubre de aquel año (1 1 34) se hallaba el monje* 
rey ejerciendo la potestad real en Barbas tro (*>. . 

(4) Mariana y otros autores historiador de Sao Jaan de la Pe- 
dicen haberle concedido la dis- ña, suponen que don. Ramiro ha- 
pensa el papa Inocencio U. Sabau, bia sido abad de Sabagun y de»- 
sigttiendo á Perreras, afirma ha- pues obispo electo de Burgos, áñ 
berlo hecho el antipapa Anacleto. Pamplona, de Roda y Barbastro. 
Mariana^ Zurita y Traggia, con el Hay quien le niega el orden sa- 



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t>l 



páetb 11. LiBao II. 533 

Mas el de Castilla que aspiraba á alzarse con una 
' buena parte de la herencia del de AragoD;, alegando 
' el derecho que á ello tenia como biznieto de Sancho 
^ el Mayor de Navarra, que se habia ido apoderando 
' ' ya de Nájera y de las plazas de la Rioja que babian 
' poseido los monarcas castellanos sus mayores, con 
^ pretesto también de socorrer á Zaragoza, contra los 
^ ataques de los Almorávides, iban acercándose á esta 
|{ ciudad con poderoso ejército. Ni el de Aragón ni el 
B- de Navarra contaban con fuerzas para resistirle, ni tal 
tf era su intención tampoco; antes bien conveníales á 
\i uno y á otro ganar la amistad del castellano, temien- 
K* do cada cual por su parte la guerra que la separación 
^e> de Navarra amenazaba producir entre navarros y 
é aragoneses. Asi no solamente entró Alfonso. Vil. sin 
if resistencia en Zaragoza, donde se bailaba el reymon* 
]9) je en el mes de diciembre, sino que este le cedió la 
¿if ciudad de Zaragoza con toda la parte del reino de 
1$ Aragón de este lado del Ebro, reconociéndose. feuda- 
¡t tario del de Castilla y rindiéndole pleito-homenage. 
^) Confirmó don Alfonso como rey^ á las iglesias de Zara- 
li^^ goza los privilegios que les habia otorgado el Bata- 
.^ llador, y don Ramiro se retiró á Huesca contentándo- 
la se con titularse rey de Aragón, de Sobrarbe y Riba- 
I gorza, y suponiendo en los documentos vasallo suyo 

^,r cerdoial. Véase á Traggia, Memo- cortes de Borja y de Monzón, tan 

% rías de la Academia de l.i Uisto- admitido por todos los historia- 

¡^1 cía, iom. lU. el cual niega lo de las dores. 



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K34 HisTouA M bwaHa. 

á García Ramírez, rey de Pamplona <*>. Babia coa- 
eurrido también á Zaragoza el hermano déla reina de 
Castilla Ramón Berenguer lY. de Barcelona « los con- 
des de Urgel» de Fox, de Pallas» de C!ominges, el se- 
ñor de Mompeller, con varios otros condes y seño- 
res de Francia y de Gascuña^ y todos hicieron conre-r 
deracion y amistad con el monarca de Castilla. Satis- 
fecho este con el resultado de so espedicion, y dejan- 
do en Zaragoza guarnición de tropas castellanas, vol- 
vióse á León, donde vino á encontrarle el nuevo rey 
de Navarra, que deseando tenerle de su parte en las 
diferencias que preveía con el de Aragón, se hizo tam- 
bién vasallo suyo. 

Parecióle á Alfonso VIL qoe quien tenia debajo de 
sí á tan poderosos principes bien podia ceñirse ya la 
corona imperial. Con este pensamiento convocó cor- 
tes en León para la pascua del Espkitu ^nto (4435). 
Celebráronse estas con toda solemnidad en la iglesia 
mayor, asistiendo á ellas la reina doña Berenguela, 
la hermana del rey doña Sanch?, don García, rey de 
Navarra, don Raimundo, arzobispo de Toledo, que ha* 
bia sucedido á don Bernardo, con todos los demás 
prelados, abades y grandes del reino. Tratóse el pri- 
mer día de negocios peiitenecientes al buen régimea 
eclesiástico y político del Estado. Verificóse en el se- 
gundo la solepme ceremonia de la proclamación. Ror 

(I ) Carta de donación de la era tarios, p. 4 48. 
4 4 73, citada por Blancas, Comen- 



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PAETB II. LIBEO U. . 535 

deado de numeroso y brillante cortejo fué conducido 
el rey del palacio á la iglesia de Santa María: espe- 
rábanle allí los prelados, magnates y clero: desde la « 
entrada hasta el altar mayor fué llevado en proce- 
sión, marchando el monarca entre el obispo de León 
y el rey de Navarra; pusiéronle con toda pompa el 
manto y la corona imperial; y las bóvedas del templó 
resonaron con los cantos de los himnos sagrados y coa 
las aclamaciones de Viva el Emperador. Terminada 
la augusta ceremonia, acompañaron todos á Alfonso al 
real palacia, donde el nuevo emperador agasajó á la 
comitiva con un suntuoso banquete. Al siguiente dia 
volviéronse á congregar los grandes y prelados, y 
acordaron varias disposiciones sobre asuntos religio* 
sos y políticos, siendo el primero y mas importante la 
confirmación de los fueros y leyes otorgadas por los 
monarcas anteriores ^^K 
i Mientras esta superioridad alcanzaba el de Casli* 

I Ha, no era posible que hubiese paz ni concordia entre 

' aragoneses y navarros con sus dos reinos y sus dos 

i reyes, uno y otro precisados á ampararse de la pro- 

^ lección del emperador. Miraban los aragoneses la 

(4) Gbron. Adef. ImperaU— meatos y epitafios á mas de im 

Sandotal , Cinco Reyes.— Risco, rey de León y de Castilla, y los 

Hist. de León. En este último pue- escritores aragoneses le dan á su 

de verse la refutación de los ar- monarca Alfonso I. el Batallador; 

{jumentos de Moret, para negar mas ningún principe oristiuno ha- 

a asistencia del rey de Navarra, bia recibido en España solemne - 

á la coronación imperial de Al- mente Is investidura y la dtade- 

fonso VII.— El título de empera- ma imperial hasta Alfonso Vil. de 

dor se había aplicado ya en doca- Castilla. 



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m I 



536 BlSTOtlA DB BSIaKa. 

Navarra como una parte integrante de su monarquía; 
consideraban los navarros á don Ramiro como inhábil 
para llevar la corona ppr su profesión, estado y edad; 
la guerra amenazaba, y hacíanse ya grandesdaños en 
los lugares de las mal deslindadas fronteras. Para po- 
ner remedio á estos males acordóse, á instancia y di- 
ligencia de los prelados y algunos ricos-hombres 
amantes de la paz, que se nombraran tres jueces por 
cada uno de los reinos, que decidiesen como arbitros 
la querella. Juntáronse estos seis jurados en Vado^ 
luengo: el arbitrio qne tomaron fué que cada ouo de 
los dos monarcas gobernase su reino, pero que don 
Ramiro fuese considerado como padre y don García 
como hijo, y que los términos de Aragón y Navarra 
serian los mismos que en otro tiempo habia señalado 
don Sancho el Mayor, á lo cual añaden algunos la in- 
calificable cláusula de que don Ramiro hubiera de 
mandar sobre todo el pueblo, don García sobre el. 
ejército y los nobles. Por mas que esta sentencia, da* 
da sin duda con mejor intención que acierto, dejara 
vivo el germen de la discordia entre los dos monar- 
cas, ambos manifestaron conformarse con el fallo, y 
en su virtud pasó el de Aragón á Pamplona como á 
dar seguridad y firmeza al convenio. Recibióle el na^ 
varro con toda pompa y solemnidad; mas de la sia- 
.ceridad y buena fé con que en esto procediera, tuvo 
muy pronto motivo de recelar don Ramiro, puesto 
que un caballero fué á avisarle confidencialmente d^ 



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. PAUTE u. Uno u. 53^7 

que aquella misma noche trataba don García de apo- 
derarse de su persona. Fuese ó no verdad el proyec- 
to, el rey-monje le creyó, y de noche, de prisa , d¡3- 
firazado y con solos cinco de á caballo que le acom- 
pañaran salió de Pamplona como un fugitivo, y cami- 
nando toda la noche llegó al monasterio de San Sal- 
vador deLeire, y desde alli con poca detención pasó 
á Huesca ^^K 

Con tal proceder era ya imposible toda reconcilia- 
ción entre el aragonés y el navarro, y se hizo aun mas 
inminente que antes nn rompimiento entre ambos rei- 
nos. Don García comenzó á disponer sus gentes para 
la guerra: con objeto de tener á su devoción los caba- 
lleros y ricos-hombres , hizoles grandes donaciones y 
mercedes, y el obispo y cabido de Pamplona anduvie- 
ron con él tan generosos que le franquearon el tesoro 
de la iglesia para las atenciones de la campaña. Don 
Ramiro hacía iguales preparativos en Huesca (1 136), 
pero sus excesivas larguezas y liberalidades con los 
magnates y ricos-hombres á quienes pródigamente 
habia ido dándolos lugares y castillos de su reino, lo 
mismo que sus indiscretas donaciones á los monaste^ 
rios é iglesias, habían debilitado su autoridad y po- 
der ^n términos que ni le guarbaban consideración los 
grandes ni respeto el pueblo. Llamábanle, dicen, por 
menosprecio el Rey-cogulla , y aun cuando se haya 

(4) ZariU. Anal. lib. 1. c. 59. 



á I 



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B8S HUTOaiA DB BSrAÜA. 

exagerado su ineptitud basta el puoto de suponer que 
cuando cabalgaba , embarazado con la lanza y el es- 
cudo, tenia que sujetar y regit con la boca las bridas 
del caballo (lo cual está en contradicción con los an- 
tecedentes que de su vida activa/ aun después de moo* 
je, tenemos ^l})^ es no obstante cierto que carecía de 
valor para las cosas de la guerra y no tenia mas ha- 
bilidad para gobernar un Estado. Por lo mismo no es 
de ettrañar en tan débil monarca que apelase á la pro- 
tección y amistad del de Castilla para que leí auxilia- 
se contra el navarro, y que en la entrevista que con 
aquel tuvo en Alagon le cediese á Calatayud y demás 
pueblos que su hermano el Batallador habia oonquis* 
tado en esta parte del Ebro , conviniendo no obstante 
en que Zaragoza fuese restituida al señorío de Ara- 
gón. Tampoco extrañamos diese en rehenes al empe- 
rador, según algunos historiadores afirman, ó por lo 
menos le prometiese para mayor seguridad del asien* 
to, sd hija Petronila, con quien el castellano se propo-> 
nia casar á Sancho.su hijo mayor: que el rey-monje 

(1) Traggia, Memorias de la entre él y sus caballeros al entrar 
Academia, tom. lIl.-<-Hé aqai có- en el primer combate en qae an. 
mo cuenta el romance lo que pasó encontró: 

Las riendas tomad, señor, 
con aquesta mano misma 
con que asidos el escudo, 
y ferid en la morisma. 

El rey, como sabe poco, 
luego alli les responaía: 
—Con esa tengo el escudo, 
Teoellas yo no podría, 
ponédmelas en la boca, 
que sin embarazo iba.... 



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PAETB U. LIBRO II. 529 

habia burlado los cálcalos públicos, logrando, á pesar 
de 8Q8 años verse reproducido en una bija, destinada 
4 causar grandes novedades en Aragón y en toda 
España. 

Repugna ciertamente asi al genio apocado de don 
Ramiro como á la resolución que luego tomó de abdi- 
car el cetro y volver á la vida religiosa, el hecho rui- 
doso y la sangrienta ejecución que algunos autores le 
han atribuido, conocida con el nombre simbólico de la 
Campana de Huesca. Cuentan, pues, que habiendo 
enviado un mensagero á consultar con el abad de su 
antiguo monasterio de Saint Pons de Thomíeres cómo 
debería conducirse para tener tranquilo el reino y su- 
misos á los magnates que le menospreciaban , el buen 
abad hizo entrar consijD;o en la huerta del convento al 
enviado del rey, y á su presencia, á imitación y ejem- 
plo de Tarquino en Roma, fué derribando y descabe- 
zando las mas altas coles y lozanas plantas que en el 
huerto habia , advirtiéndole que por toda respuesta 
contase al rey lo que habia visto y presenciado. Con 
esto don Ramiro convocó (4 1 36) á todos los ríeos-hom- 
bres, caballeros y procuradores de las villas y luga- 
res de Aragón para que se juntasen en cortes en la 
ciudad de Huesca. Congregados que fueron, espúsoles 
la peregrína especie de que queria fundir una campa* 
na cuya voz habia de oirse y resonar en todo el ret-* 
no, á fin de^sonvocar la gente siempre que fuera me- 
il^ester. El proyecto escitó la burla de los magnates 



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ft49 HISTORIA. DB BSIU^A. 

aragoneses» pero nadie penetró la oculta y misteriosa 
significación que envolvía. Desapercibidos fueron. con- 
curriendo un did los grandes al palacio del rey , eL 
cual habia colocado en una pieza personas de.su con- 
fianza que ejecutaran su atroz designio. De esta mane- 
ca, en cumplimiento de sus instrucciones, fueron uno 
á uno degollados hasta quince ricos-hombres de los 
mas principales,, cuyas cabezas hizo colgar en una bó- 
veda subterránea que aun se conserva.' El sangriento 
espectáculo, manifestado al público^ hi^o, dicen, ma^ 
moderados y contenidos á los grandes. La anécdota, 
aun cuando no se apoya en documento alguno históri- 
co fehaciente , podría ser creible si se tratara de un 
príncipe mas cruel ó severo que don Ramiro, ó de mas 
ánimo y resolución que él ; pero aplicada al rey-mon- 
je, y no confirmada por la historia , nos parece inve- 
rosímil é inadmisible ^^K 

Lo que hizo don Ramiro en aquellas cortes fué 
anunciar su pensamiento y resolución de despren- 
derse de una corona tan erizada para él de espinas y 



(I) El jaicioso Zarita caeota Rodrigo, dí el cronista de Alfon- 
este suceso coa duda j descon- so VII., ni el Anónimo de Saha- 
flanza. Traggia en sn citada Me- gan y su interpolador, que fueron 
moría supone con Ganbay, Briz, ios escritores mas inmediatos al 
Martínez y Abarca, cque este fué suceso que se supone, hablan .ana 
nn cuento fonado para dar color palabra de un hecho tan ruidoso 
¿ la ínutiiidaa de don Ramiro, so- y gue tan honda impresión -ha- 
bré el verdadero castigo ó justicia bna causado en los ánimos. El 
ejecutada en 4 136 en algunos re- ilustre académico citado espone 
henes gue se hallaban en Huesca, otras varias razones, que nos pa- 
segon los anales ó memorias de recen concluyentes, para pronar 
Cataluña que alesa Zurita.» Lo la.Calsedad de la Campana, ó mas 
cierto es que ni el arzobispo don bien de la Campanada de Huesca* 



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PAUTE ^1. LlBllO íí. S'41 

át dificülladed, y de retirarse otra vez á la vida reli- 
giosa y privada » paesto que tenia ya una hija en 
gúieü recayese la sucesión del reino. Tratóse en su 
virtud del casamiento de la infanta, aunque era á la 
sazón una niña de dos años. Hubiérala dado acaso el 
débil don Ramón al emperador don Alfonso que la 
destinaba para su hijo primogénito, si los aragoneses, 
que ni olvidaban sus recientes dí^ordias y antipatías 
con los castellanos, ni querian de modo alguno que el 
reino de Aragón se incorporase con el de Castilla, no 
le hubieran persuadido á que la desposara con el 
conde don Ramón Berenguer IV. de Barcelona, qtie 
por su valor y sus virtudes, por la inmediación de los 
dos estados y por la mayor analogía de costumbres 
entre los naturales de uno y otro reino , les ofrecia 
mayores ventajas, suponiendo que asi. no tendrían 
tampoco por enemigo al de Castilla atendiendo el es- 
trecho deudo y amistad que lexinia con el barcelonés, 
como hermano que este era de la emperatriz. Ayudó . 
á estas negociaciones Guillen Ramón de Moneada, 
senescal de Cataluña y uno de los magnates de mas 
inflojo. Decidió, pues, don Ramiro dar su hija en es- 
ponsales al conde de Barcelona, y hallándose ell 1 de 
agosto de 4 4 37 en Barbastro se concertó el matrimo- 
nio de la infanta doña Petronila con don Ramón Be- 
renguer, dándole con ella todo el reino de Aragón, 
cuanto se extendía y habia sido posoido y adquirido 
por el rey don Sancho su padre y por don Pedro y 



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5Í2 HISTOAU DB BSPAÜA. 

don Alfonso sus hermanost salvos los usos y costom- 
bres qae en tiempo de sas antecesores tavíeron los 
aragoneses» y reservándose el honor y título de rey ^*\ 
En SQ consecuencia todos los burgeses de Huesca 
hicieron juramento de obediencia y fidelidad (24 de 
agosto) al conde de Barcelona y nuevo rey de Ara- 
gón ^^\ Y mas adelante en 2? de agosto y 4 3 de no-* 
viembre, hallándose don Ramiro en Zaragoza, con- 
firmó de nuevo á presencia de los ricos-hombres de 
Aragón su abdicación absoluta del reino á favor de 
don Ramón Berenguer, y para que no hubiese duda 
en ello le hizo cesión de cuanto le hubiera retenido ó 
reservado cuando le entregó su hija ^^K Hecha esta 
solemne renuncia, sé retiró don Ramiro á San Pedro 
el Viejo de Huesca, donde principalmente pasó el resto 
de sus dias, no volviendo á tomar parte en los nego- 
cios públicos, y haciendo nna vida retirada y oseara 
hasta mas de mediado el siglo XIL en que falleció W. 
De esta manera aquel reino que en tiempo de 
Alfonso el Batallador parecia que iba á absorber en 
8Í todos los estados cristianos de España , cornizo 
por sufrir con Ramiro el Monje la desmembración de 
Navarra, continuó por hacerse feudatario del de Cas- 

(i) Ai'ehíf o de la corona de montos qoe prueban haber estado 

AfaaoD, pergam. d. 86* también en San Jaan de la Peñ8| 

(9) Ibid. pergam. n. 76. Borja y otros pantos. Se cree que 

i3) n>id. pergam. námerosSS tívió basta 4454. De aa esposa 

y 87. doña Inés apenas quedó memoria 

(4) No estuTO siempre después alguna; infiérese quo sa redujo 

de su renuncia en Huesca, como también á la vida priyada. 
algunos han escrito. Hay docu* 



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' ^ lilla ycoúclúyópor iocorporarseal coüdádodeBar- 

* celóna, acabando así la linea masculina de los vigo- 
> rosos monarcas aragoneses, á los ciento y cuatro años 

• dé haber comenzado á reinar el primer Ramiro; todo 
por haber puesto la corona en la cabeza de ún monje» 

\ que en el espacio de tres años trocó el sayal y la co- 

\ güila- por el manto y la diadema» cambió el sacer* 

docio por el matrimonio, tuvo una hija, la desposó, 

I enagenó el reino y se volvió á un retiro de donde no 

debió haber salido nunca, 
i Gran novedad fué para España la reunión de es* 

I tos dos estadosbajo el cetro de un solo príncipe, y 

uno de los pasos mas avanzados que en aquellos si* 
I glos se dieron hacia la unidad de la monarquía. Mas 

I por lo mismo que en adelante habitemos de conside^ 

I rar ya á Cataluña y Aragón como un solo reino» ne- 

, cesitamos exponer cual era la situación de Cataluña 

antes y al tiempo de verificarse este importante su- 
ceso. 

Dejamos en el capítulo IIL de este libro posesio- 
nado del condado de Barcelona á don Ramón Beren*- 
guer IIL, llamado el Grande, hijo del Asesinado y so- 
brina del Fratricida. Indicamos también los felices 
auspicios con que se habia inaugurado el gobierno 
del joven príncipe, cuyos primeros años se habiaa 
I pasado entre sobresaltos y agitaciones. Educado en la 

escuela de las campañas; animoso de corazón y re-- 
suelto, aliado y amigo de los belicosos y denodados 



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544 HISTOai A DB ESPAfÍA • 

condes de Pallars y de Urgel, hízose pronto temible 
á los mabometaDOS y contribuyó no poco á derribar 
el emirato de Zaragoza tan tenazmente sostenido par 
k)steriáblesBeni-Hud. El caudillo Mohammed ben Al- 
hag que de orden de Temim habia hecho una algara 
devastadora á tierras de Cataluña (1109), se vio á 
su regreso sorprendido por los montañeses catalanes 
en las fragosidades de las brefias, y allí pereció coa 
multitud de almorávides y la mayor parte de los ca- 
balleros de Lamtuna que le acompañaban ^*K Envía- 
do luego contra el barcelonés con mas poderosa hues- 
te el waM de Murcia Abu Bekr ben Ibrahim, taló los 
campos catalanes, incendió alquerías, robó ganados y 
frutos, y devastó de nuevo las comarcas; mas ha* 
biéndose jimtado catalanes y aragoneses para cerrarle 
el paso en su retirada, vióse empeñado en un serio 
combate, en que si no fué del todo desbaratado, por 
lo menos setecientos musulmanes lograron^ al decir 
de los historiadores árabes, «la corona del martirio.» 
Un suceso doméstico vino en este tiempo á afli- 
gir el corazón del animoso conde barcelonés, á saber, 
la muerte de su segunda esposa doña Almodis, que 
le dejó sin darle sucesión. Mas aquello mismo que le 
afectó como esposo fué ocasión de engrandecimiento 
para el pais y de agregarse nuevas joyas á la corona 
condal; puesto que quedando en aptitud de contraer 

(4)" Conde, part. III. cap. 24. 



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PAKTB lU LIBBO II. 645 

terceras nupcias , enlazóse en 4112 condona Dulcía* 
heredera de los condes de Provenza, que le trajo 
aquellas ricas y *cultas posesiones* y agregó á Cataluña 
el célebre país de la gaya ciencia que tan buenos imi- 
tadores encontró en los catalanes y cuyo contacto tanto 
influyó en el desarrollo de la literatura y de la civili-^ 
zacion catalana. Coincidió coa este suceso la incorpo- 
ración del condado de Besalú al de Barcelona por 
muerte sin sueesion de su último conde Bernardo, en 
conformidad á un pacto anterior. Con esto y con ha- 
berse visto forzados el vizconde Aton de Carcasona y^ 
8tt feroz hijo Roger á reconocerse feudatarios del de 
Barcelona c^ligáúdose á servirle y valerle como va- 
sallosi veia don Ramón Berenguer el Grande ensan- 
charse sus dominios con la agregación de pingües es- 
tados, y quedaba en disposición de acometer empre- 
sas que habián de elevar muy alto su nombre y su 
fama. Una feliz casualidad vino á abrirle un nuevo 
camino de gloria^ 

La república de Pisa, cansada de sufrir las conti- 
nuas y molestas incursiones con que la fatigaban lo.s 
sarracenos de las islas Baleares , resolvió al fin tomar 
venganza de sus importunos enemigos, y armó una 
flota para ir á buscarlos á las mismas islas en que se 
guarecían. El papa Pascual IL concedió á esta em- 
presa los honores de cruzada, y en agosto de 4113 
se dio á la vela aquella escuadra de voluntarios ita-t- 

llanos que de todas parles, como á una guerra santa» 
Xqmo IV. 3S 



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SiC HISTORIA 1>K ESPAÑA. 

hablan acudido. Una tempestad los arrojó á primeros 
de setiembre á la cost^ oriental de Gataluñat que ellos 
creyeron ya ser Mallorca. Difundióse entre los cata- 
lanes la nueva del desembarco de aquella gente, y 
del objeto de su empresa. Ellos también habian e^ 
perimentado vejaciones da parte de los árabes isle- 
ños, y pidieron concurrir á la venganza y ser iiQCor-f 
porados en la expedición. El conde accedió á la pe- 
tición de sus pueblos, y conferenció con los písanos, los 
cuales no solo admitieron por compañeros ¿ los cata- 
lanes, sino que dieron á don Ramón Berenguer el 
mando supremo de las fuerzas. Pasóse aquel invíenao 
en preparativos, y en junio de 4114 tomó la armada 
el rumbo de las islas. La primera que sucumbió á las 
armas cristianas fué Ibiza. EMO de agosto se apo- 
deraron los cruzados del último baluarte, y demoli- 
das las fortificaciones y repartido el botin, izóla es« 
cuadra para Mallorca. J)esembarcado que hubo el 
ejército aliado, dirigióse á embestir la capital. Largo 
fué el cerco, los combates muchos, varios los azares, 
disputados los asaltos, y sensibles las pérdidas ; pero 
fué mayor la constancia t y el conde tuvo buenas y 
muchas ocasiones de mostrar allí su denuedo y lo que 
valia su espada. Al ñn, después de pasar muchos* tra- 
' bajos y aun enfermedades en la cruda estación del 
invierno, á principios de febrero del año 111S se or- 
denó el' general asalto por tres partes del muro si- 
multáneamente ; hasta diez veces fueron rechazados 



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PAftTC fl. L1B&0 11. 547 

los cristianos, pero ni por eso se entibió su ardor im- 
petuoso ; apoderáronse del primer recinto , los demás 
cedieron ya pronto á su furia; todo fué desde enton- 
ces mortandad y estrago, y al través de la ruina y 
desolación, y de los ayes y lamentos, y de aquel cua- 
dro de horror y de muerte,. uu espectáculo consola- 
dor y tierno se ofrecia á los ojos de los cristianos, el 
de Iqs cautivos cuyas cadenas rompían, y queise ava« 
lanzaban á llenar de bendiciones y abrazos á sus li- 
bertadores ^^\ 

Grande fué aquella expedición y conquista, yapa- 
rece mayor cuanto mas se consideran las dificultades 
de aquel tiempo. Mucha gloria recogió en ella el 
conde don Ramón Berenguer , no tanto por la parle 
real de adquisición de un territorio que por entonces 
no habia de poder conservar, como por el inflfijo mo- 
ral que adquiría su nombre, por el prestigio que 
aquel triunfo daba á las armas catalanas, por el im-« 
pulso y desarrollo que habia de tomar su marina y 
por la comunicación y tráfico en que habian de que*- 
dar con aquellos italianos. Por lo demás ni estos po-* 
dían mantener lo conquistado , ni la naturaleza de 

(1) Nnestro malogrado «ihigo en 4413 en San Felió de Gaizoles 

el sefior Pi^errer, en sos Reeuer^ entre el conde don Ramón Beren- 

do» y bellezas de Bgpaña (tomos gaer III. y los písanos, y otros 

de Mallorca y Catalafia), insertó qae connrma la crónica Gesta 

cariosos documentos y pormeno- triumphalia per Fisanos faC" 

res acerca de esta famosa esper ia, etc, de Muratori. En esta in-* 

dicion de písanos y catalanes á teresante obra hallará el C[oe las 

las Baleares, sacados del Archivo desee circanstancia&é incidentes 

general de fa corona de Aragón, en que no le es dado detenerse i 

tale^ como el convenio celebrado un historiador general. 



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54S^ H19T0tIA DB B^PAIÍA. 

aquel ejército allegado de tan diversas gentes lo per^ 
tnitia , ni lo consentían tampoco las circunstancias de 
Cataluña acometida en sp ausencia y bosligada por 
multitud de taifas muslímicas. Ademas que Yussuf no 
se habia descuidado en enviar sus naves al socorrode 
aquellas islas; y por todas estas razones los cristianos 
obraron con. prudencia en dejar á Mallorca y regre- 
sar á sus respectivos países, llenos de gloria, de ri« 
quezas y de cautivos moros. Y no por eso fué in-- 
fructuosa aquella empresa: el orgullo musulmán que- 
daba abatido; ya no podían infestar los mares con 
sus piraterías tan á mansalva como antes; los catala- 
nes comprendieron toda la utilidad que podía pres- 
tarles la marina asi, para las oonquistas como para el 
comercio, y se dieron á fomentarla, y sirvióles no 
poco para la seguridad de sus costas y para el tráfico' 
mercantil en que habian de ser luego tan afamados. 
Supónese el regocijo con que al regreso de tan 
gloriosa Jornada serian recibidos los catalanes expe« 
dicionarios. Tenia ya entonces Alfonso el Batallador 
harto entretenidos á los moros de todas aquellas par- 
tes, lo que debió proporcionar al conde de Barcelona 
tiempo y desahogo para acrecentar sus fuerzas nava- 
les, á que le ayudaron sus subditos con prodigiosa 
actividad, particularmente los barceloneses. Ello es 
que á poco tiempo vióse una numerosa flota catalana 
surcar atrevidamente las aguas del Mediterráneo. 
En ella iba el conde don Ramón con bastantes pre- 



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PAATK 11. UBftO 11. 549 

lados y barones, y la competeate dotacioa de, hombres 
de armas. No tardó la escuadra en arribar á Genova i, 
donde bailó honroso recibimiento^ De allí tomó el rum- 
bo á pisa: de esperar era que el gefe de la ei^pedícion 
aliada de catalanes y pisanos á Msijlorca recibiese 
allí mayores obsequios. Y en efecto, cuentan las cró- 
nicas que al tomar tierra fué recibido en procesión 
solemne, y que á esta primera acogidsi correspon- 
dieron los ulteriores agasajos. Renovada allí y e&- 
trecliada la alianza y la amistad con los que una feliz 
casualidad habia hecho antes amagos, eayió el conde 
don Ramón desde Pisa una embajada al pontífice 
Pascual IL solicitando otorgase los honores de cruza^ 
da á los que le ayudasen á la guerra que pensabii 
emprender contra los moros de Cataluña. El papa 
condescendió gustoso con los deseos del conde, y 
t^ascual 11. no hizo mas que expedir una bula mas de 
este género; que casi le iban haciendo los pontífices 
el medio ordinario de alentar los cristianos 4 la 
guerra. • 

Contento el barcelonés con el buen éxito de sus 
negociaciones, emprendió el regreso á su patria. A 
su paso por Provenza halló que la fortaleza de Fossis 
ó Castellfoix se habia rebelado, y separádose de sq 
obediencia. Dispuso saltar á tierra con su gente« y de 
tal modo fué cercada y batida la ciudad por los bar- 
celoneses, que tomándola á viva fuerza pudieron pro* 
seguir con la satisfacción de no dejar á sus espaldas 



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550 HISTORIA DE BSPAÑA. 

pla:^ alguna enemiga. En esle tiempo se había enri-* 
quecido el condado de Barcelona con otra nueva he-* 
rencía semejante á la del condado de Besalu. Bernar- 
do Guillermo conde de Cerdaña había muerto sin hi- 
jos, y con arreglo á la condición con que su hermano 
Guillermo Jordán le habia instituido heredero, pasa- 
ba su condado al de Barcelona. Asi iban reuniéndose 
én Ramón Berenguer III. los diferentes estados en que 
desde el tiempo de los Wifredos andaba dividida la 
Cataluña (de 1116 á 1120). 

Aunque el norte fijo de los pensamientos del con- 
de don RdnK)n había sido siempre la reconquista de 
ta importante plaza de Tortosa, dedicóse primero» 
por lo mismo que habia tenido mas de una ocasión 
de conocer las dificultades de aquella empresa, á 
asegurar los puntos comarcanos. Fué uno de estos la 
célebre Tarragona, que aunque recobrada por su lio^ 
el Fratricida^ continuaba arruinada y desierta* ex- 
puesta siempre á los rudos ataques de los Al mora vi-* 
des. Ayudóle á su restauración el santo obispo Ola- 
guer, á quien el conde nombró para aquella silla ar-^ 
¿obispal, reiterando la donación que á aquella iglesia 
habia hecho su tio de la ciudad y su territorio, 
añadiéndole á Tortosa, ccuandd la divina clemen- 
cia quisiera volverla at pueblo cristiano*» El olnspo 
Oiáguer pasó á Roma, obtuvo la confirmación del ar- 
zobispado, los honores de legado pontificio, y una 
bula promoviendo la cruzada para libertar las iglesias 



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fARTB II. LIDtO II. 5Sf 

españolas. La veoída de Olagucr, y la aliaoza con Ge- 
nova y Pisa alentaron al conde á llevar sos estandartes 
por las campiñas de Tortosa hasta el pie de las murallas 
de Lérida. El resultado de este atrevido luovimienio 
fué poner al wali de Lérida en la precisión de cele 
brar un convenio por el que se le hacia tributario de 
ambas ciudades, y le entregaba los mejores castillos 
de aquella ribera: en cambio el barcelonés le concedió 
algunos honores en Barcelona y Gerona, y le prome- 
tió l(enerle prontas para el verano siguiente veinte ga- . 
leras y los barcos necesarios para trasportar á Mallorca 
doscientos caballos y su servidumbre ^^K, 

No fué tan próspera la suerte de las armas al 
conde don Ramón Berenguer en los anos que media- 
ron del 1120 al 1125. Dtstraido en este tiempo don 
Alfonso el Batallador con sus osadas escursiones á Va«- 
lencia, Murcia y Andalucía, quedó solo el barcelonés 
para resistir á los Almorávides que con el grueso de 
sus Cuerzas se arrojaron otra vez á vengar stis ultrages 
en Lérida y Tortosa. Las historias hablando una desas- 
trosa derrota que sufrieron los catalanes delante del 
castillo de Gorbins entre Lérida y Balaguer, en que 
de tal modo fueron deshechos los crísliañQs, qye solo 

(1) Enel Archivo de Barcelona Roimundum barchinonensem, co- 

(OoleccioD de escrituras rolladas milem ti marchÁonem: qtwd de 

del conde Ramón Berenguer lU., uta hora in antea sint amici in- 

numero 129) hemos visto original ter se et fideles, sine ullo malo 

el convenio celebrado en setienv- ingenio et enganno, etc.* Y apa- 

bre de 41520, que empieza dsí: rece firmado por el conde don Ra- 

ntíocesl convemenlia que est facía mon, á cuva firma sigue la do 

ÍMíer Akhaid Aviplel rt dominum Avifilf»! en árabe. 



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6^2 tflSTOElA üK ESPAÑA. 

quedaron de so ejército cortas y despedazadas reli'* 
quias. A este estrago se añadió la guerra que á doo 
Ramón le fué movida por don Alfonso Jordán de To- 
bosa sobre el condado de Provenza, y en que tuvo que 
venir á una transacción, por la que se convino en que 
se partiesen en iguales porciones la Provenza y Avi** 
non, quedando por dotí Alfonso el castillo de Belcaire 
y la tierra de Argencia , concertándose ademas que 
cualquiera de las dos condesas que muriese sm hijos 
fuese devuelta su porción á la. que sobreviviera* Hf- 
zose este pacto á 1 5 de setiembre de 41 35. 

Conocieron ambos príncipes, el de Aragón y el 
de Barcelona , la conveniencia y aun necesidad de 
aunar sus esfuerzos para mejor resistir al enemigo 
común, y al efecto tuvieron una entrevistar ea que 
quedó acordada una unión, que no era sino el prín^ 
cipio y auuncio de la que en breves años había de es- 
trechar los dos t*eino6 hasta refundirse las dos coro- 
nas. Mutuas eran, sino iguales las ventajas de esta 
alianza» El de Aragón , cuyo poder era mayor por 
tierra, aseguraba sus posesiones y q^iedaba desem- 
barazado para atender á la parte de Castilla por donde 
Alfonso Vil. en aquella saíoa sé presentaba amena- 
zante. El de Barcelona,, mas poderoso por mar,, que- 
daba apto para atender ét sus aprestos navales y 
para dar ensanche á la contratación y al tPáñco» 
que se hacía de^ cada día mas^ activo. Así se^' en*^ 
contró bastante fuerte hasta para imponer leyes á. la 



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fftftn iK UBRa iu 558 

fepúbKea de CíéDova, que ya se hallaba en goerra con 
la de Pisa. Y en 4127 celebró un convenio con 
Roger, príncipe de la Polla y de Sicilia « en que le 
prometió enviarle para el próximo verano una escua* 
dra de cincuenta galeras; argumento grande del poder 
marítimo que alcanzaba ya Cataluña y del rápido pro* 
greso que en corto tiempo había tomado, al cual se 
conoce bien lo que ayudaba el genio y disposición de 
sus naturales. Eo aquel mismo año, no descuidando 
los negocios del interior, humilló al conde de Ampu- 
rias Hugo Ponce, cuyas demasías y altivez obligaron 
á don Ramón Berenguer á apelar á las armas, y ha- 
ciéndole pa^ar por la mengua de ver derribadas las 
fortalezas que habia erigido de nuevo, le forzó á no 
conservlBr sino las que la ley le permitia como depen- 
diente del conde de Barcelona. 

En la historia de Castilla hemos hablado del enlace 
que en 1128 celebró don Alfonso Vil. ^n doña Be- 
rengúela, bija del conde dan Ramón Berenguer, cuyo 
casainiento robusteció también el poder del catalán, 
y echó los cimientos de las relaciones y alianzas que 
habían de medrar después entre aquellos dos distan- 
tes estados. ^ 

Mas á poco tiempo, debilitado ya el conde por la 
edad y por las fatigas, enflaquecidas sus manos y fal- 
tas de robustez para seguir manejando la espada, 
muerta ya su tercera cfsposa doña Dulcia> y presin- 
tiendo acaso que se le aproximaba la hora de dejar ó' 



'c 

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bai HIStORIA DE ESPAÑA. 

también los trabajos de la tierra, en julio de 1129 
hizo profesión de hermano- Templario en manos del 
caballero Hugo Rigal, que con su compañero Bernar- 
do habla venido á aclimatar en Cataluña la orden y 
milicia del Templo, acompañando la profesión con la 
donación del castillo y territorio de Grañena, como 
punto avanzado de la frontera , para que pudiese 
aquella milicia lener parte en la conquista de la im- 
portante plaza de Lérida. Cuando sintió que iba á 
sonar pronto la hora de bajar al sepulcro, se hizo con- 
ducir en una pobre cania al hospital de Santa Eula- 
lia, y en aquel humilde trage y sitio le cogió la muer- 
te en 49 de julio de 1 131 , al año justo de haber pro- 
Tesado de Templario. 

Tal fuéi^l fin del conde don Ramón BerenguerlII. 
el Grande, el conquistador de Mallorca, el que echó 
los cimientos de la marina catalaYia y dio el primer 
impulso al desarrollo de 3U industria y su comercio, 
el que en tan revueltos ttempos se había hecho res« 
•petar de las naciones estrangeras^ é impuesto duras 
condiciones á sus naves, el que habia traido á Cata- 
luña un tráfico, 'una literatura y una civilización que 
habia de producir ún cambio benéfico en su estado so- 
cial. A su muerte componíase su estado de los condados 
de Barcelona, Tarragona, Vich, Manresa, Gerona, Pe- 
relada, Bésalú, Cerdaña, Conflent, Vallespin, Fono- 
llet, Porapertusa, Carcasona, Redes, Provenza y nu- 
merosas pososiorics hacia el Noguera Ribagorzat\a. 



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»AATB II. LlBttp 11. S5^ 

Heredólo todo su hijo mayor doD Ramoo Berea-' 
guer IV.» ^cepto lá Provenza» que dejó á su segundo 
hijo dóQ Berengoer Ramón. Comenzó el nuevo conde 
de Barcelona muy pronto á acreditar que era digno 
sucesor de Berenguer el Grande^ y mostró su respeto 
y amor é la justicia, remitiendo, siendo el soberano, 
á la decisión de un tribunal, presidido por el arzobis- 
po Olaguer, un litigio que traia con la famflia llamada 
de los Castellet, cuyo pleito, atendidas circunspecta- 
mente todas las pruebas, se falló en su favor. 

Don Ramón Berenguer IV. quisó dar cima al pen- 
samiento de su padre, sancionando el definitivo esta-^ 
blecimiento de los Templarios en Cataluña. Y habien- 
do promovido el arzobispo Olaguer una de esas asam- 
bleas mixtas de religiosas y pol(licds> llamadas con- 
cilios, determinóse en eila la admisión solemne de la 
milicia del Templo en 1133^, que sancionó el conde 
don Ramón como soberano, dando á los caballeros el 
castillo de Barbera, en las ásperas montañas de Pra- 
dos, frontero de Lérida y Tortosa, la mas fuerte gua- 
rida qpe conservaban todavía los infieles. 

Sucedió al año siguiente la desastrosa batalla dé 
Fraga, en que murió don Alfonso el Batallador, y 
cuya muerte vino á cambiar la (ai de todos los esta- 
dos cristianos españoles. Desde la elección de don 
Ramiro el Monje hemos apuntado ya iás relaciones 
del conde de Barcelona con el monarca de Castilla, la 
ida de aquel á Zaragoza, sus tratos con Alfonso VIL^. 



M I 



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&d6 HUTOBU M BSPAÑA 

y cuanto medió hasta el casamiento de futuro de la 
infanta doña Petronila con el conde de Barcelona don 
Ramón Berengaer IV., y la incorporación de Aragón 
^ con Cataluña por la cesión que de sus estados hizo 
don Ramiro, que es basta donde en el presente capí* 
tulo nos propusimos llegar. Desde ahora la historia de 
Cataluña es la historia de Aragón, porque ya constitu* 
yen un sote estado. 



/ 



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APfiNDICS. 

CONTINUA EL CATÁLOGO DE LOS REinES DE ESPANA. 



CALIFAS OMMIADAS. 



Año en que 




Año en que 


«■ifezaron. 


' Nombres. 




97e 


Hixem IL 


1091 


1016 


Ali ben Hamud el Edrisila. 


1017 


1017 


Allunim 


lOIS 




Abdemhman IT. 


1013 




Abdemhman V. ' 


]«I3 




Mohammed III. , 


lOSS < 




Yahia ben Ali 


lOM 




Hixem III. 


1031 



CONDES BE CASTILLA. 



970 

995 

Mil 


Teman Gonulez. 
García Fernandez. 
Sancho Garóes. 
García 11. 

BETES DE LEÓN. 


970 

99S 

lOtl 

10S9 


m 

999 
10«7 
4037 


BamiroIU. 
Bemrado II. 
Alfonso V. 
Bermodo IIL 
Oofa Sancha. 


98S 

999 

1017 

1037 



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REYES DE CASTILLA T DE LEOK. 





Fernando 1. 


1065 


Sancho 11. 


1073 


Alfonso Vi 


1109 


Uoila Urraca. 


1126 


Alfonso VII. 



1065 
107t 
1109 
tH6 



CONDES DB BARCELONA. 





Borrell 11. 


993 1 


992 


Ramón Borrell III. 


1018 1 


1018 


Berengaer Ramón I. 


1035 1 


4035 


Ramón Berengaer I. 


1076 


107fi 


Ramón Berengoer II. 
Berenguer Ramón II. 


108S 


M.V lU 


1»»S 


1096 


Ramón Berengaer III. 


1131 


1131 


Ramón Berengaer lY. 

RBTBS DE ARAGO^. 




103» 


Ramiro i. 


1963 


106.1 


Sancho Ramírez. 


1094 


1094 


Pedro I. 


1194 


4104 


Alfonso I. el Batallador. 


1134 


1134 


Ramiro II. el Monje. 


1137 


1137 . 


Ramón Berengaer IV., príncipe de Ara 
gon y conde de Barcelona. 


■• 








DE NAVARRA. 






Sancho García II. ó Sancho el 






Mayor. 


lOSS 


1035 


García Sánchez II. 


10S4 


1054 


Sancho III. Garcés. 


1076 


1076 


Sancho IV. Ramírez. (Union con Aragón^ 


. 


- 


HUEVA SEPABAGWN. 




1134 


García Ramírez. 


nw 


11 M 
1194 


Sancho V. el Sabio. 
-Sancho VI., el Foerte. 


1194 



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índice del tono IV. 



PAUTE SEGUNDA. 




CAPITULO XVIL 

ESTADO MATERIAL Y MORAL 

DE LA ESPAÑA ÁRABE T CRISTIANA. 

*e910 * 970. 



PAGINAS. 



1. Reinos cristianos.— Progreso dé la obra de la restanra- 
cion. — ^Lo qae se debió a cada monarca. — Débil reinado 
de Garcia de León. — Vigor y arrojo de Ordeño IL — ^Ten- 
dencia de los castellanos hacia la emancipación. — Obis- 
pos guerreros do aquel tiempo.— Piedad religiosa y mo- 
ralidad de los reyes. — Jueces de Castilla. — Sistema de 
sucesión al trono. — Breves reinados de Fruela II. y de 
Alfonso IV. — Ramiro II* y Fernán González. — Lo que in- 
flujo cada uno en la suerte de la Esgaña cristiana.-— Or- 
deno III.: Sancho el Gordo y Ordeno el Malo.— Manejo 
de cada uno, de estos principes: extraña suerte que tu- 
vieron. — Castilla: Fernán González: cuándo y cómo al-^ 
canzó su independencia.— II. Imperio árabe.- Equivo- 
cado juicio de nuestros historiadores sobresu ilnstracion ^ 
en esta época. — Grandeza y magnanimidad de Abderrah- ^ 
man ni.: generosidad y abnegación de Almiydbaffar.— « 

Magnificencia y esplendidez del califa: prosperidad dol 
imperio.— Alhakem II.— Cultura do los árabes en este 
tiempo.— Proieccioa á lae letras; projgreso intelectual: 
cómo se desarrolló y á quién fué debido.— Observación 
sobre las b(8ioria& arábigas. < ^ á <^0 



j 

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CAPITULO xvin. 

ALMANZOIt EN CÓRDO0A: 
, l»B BAM.ro III. Á ALFONSO V. BN LEONt 
»e 976 4 1002. 

ftituacioo de Im tres reinos cristiaDos al advenimíeDio del 
califa Hixem II.— Menoría de Ramiro III. de León.— Pó- 
nesele bajo la tatela de dos religiosas.— Impradenciaa v 
desórdenes del monarca en sa mayor edad. —Irrita a 
lo^ nobles j proclaman i Bermodo II. el Goloso. — ^Al- 
XAiizoK primer ministro y regente del califato. — ^Imbe- 
cilidad del tierno califa.— Obra Almanzor como soberano 
del imperio.-*-Su nacimiento: sus altas prendas: su con- 
ducta. — Jura eterna guerra á los cristianos. — Sus dobles 
campañas anuales. — Sus triunfos.— Fdga de Berqipdo Ii. 
á Asturias.— ^Toma Almanzor á León y la destruye. — Sus 
victorias en África.— Conquista á Baroelona.^Recóbra- 
1a el conde Borrell II.— Descripción de las fiestas nup- 
ciales del biio de Almanzor.— Los Siete Infantes de Le- 
ra. — ^Vence Almanzor y hace prisionero al conde Gfarcla 
Fernandez de Castilla: su muerte.-^Dostruye el gran 
templo de Santiago de Galicia.— Triunfos de los musul- 
manes espafioles en África.— Muerte de Bermudo n. de 
León.— Alfonso V.— Calamitosa situación de la España 
cristiana.— Alianza de los soberanos de León , Castilla y 
Navarra para resistir á Almanzor^ — ^Refuerzos ^ue este 
recibe de África.— >Famosa batalla de Calatanazor.— 
Glorioso triunfo de los cristianos.— Almanzor es derro- 
tado después de veinte y cinco años de victorias, y de 
cincuenti^ batallas felices.-r-Muere en Medinaceli.— Epi- 
tafios destt sepulcro. *34 i B3 

CAPITULO XIX. 

caída T DISOLUCIÓN DEL CALIFATO. 
•elOOSé 1031. 



Justos temores y alarmas de los musulmanes.— Gobierno 
de Abdelmelik, biio y sucesor de Almanzor, como primer 
ministro del califaüixem.— Sus campañas contra los cris» 



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INDIGR. 561 

pXoinas. 



líanos: gu muerte.— Gobieroo de AbderrahmaD, segun- 
do bíjo de Almaozor. — Infundado orgullo de este bagib: 
su desmedida ambición: bácese nombrar sucesor del ca- 
lifa.— Terrible castigo de su loca presunción.— Minisifr- 
rio de Mobammed el Ommiada y del slavo Wabda.— En* 
cierran al califa Híxem en una prisión y publican que ha 
muerto.— Mobammed se proclama califa.— Le destrona 
Soleiman con auxilio del conde Sancho de Castilla.-^ 
Gran batalla y triunfo de los castellanos en Oebal Quin* 
tos.— Recobra Mobammed el trono con ayuda de los cris- 
tianos catalanes.— Saca Wabda al califa Hixem de la 
prisión, y le enseña al pueblo que le creía muerto.— En- 
tusiasmo en Córdoba; alboroto*. Mobammed muere deca- 
pitado, y su cabeza es paseada por las callos de la ciu- 
dad. — Apodérase Suleiman otra vez del trono, y desapa- 
rece misteriosamoDte y para siempre ej califa Hixem. — 
Muere Suleiman asesinado por AH el Edrisita, que á su 
vez se proclama califa.— Precipitasa la disolución del 
imperio: partidos, guerras, destronamientos, usurpacio- 
nes, crímenes.— Últimos califas: All, Abderrabman IV., 
Alkasim, Tabia. Abderrabman V., Mobammed III., Tabia, 
segunda vez, Hixem III.— Acaba definitivamente el im- 
perio ommiada ', 84 á 122 

CAPITULO XX. 
REINOS gristiaÍios: 

DESDE ALFONSO ▼. D£ LEÓN HASTA FERNANDO 1. 
DE CASTILLA. 

me 4002*1037. 

Falta de unión entre los monarcas cristianos.— Conducta de 
Alfonso V. — Repnebla á León*— Sus desavenencias con 
Sancho de Castilla.— Célebre concilio de León de40iO. 
—Sus principóles cánones 6 decretos.— Constituye el 
llamado Fu$ro d§ ¿son^— Muerte de Alfonso V.— Fueros 
de Castilla otoroados por el oonde don Sancbo.-^Fue- 
ros en el condaoo de Barcelona.— Borrell U. y Bereu'- 
guer Ramón I.— Fuero de Nájera por el rey Sancho el 
Mayor de Navarra.— Garcia II. de Castilla y Bermudo III. 
de León.— Ifoere el conde Garcia asesinado en León por 
lafiamiliadeloe Velas.— Anodérase el rey de Havarra 
del condado de Castilla.- Horrible castigo de los Velas. 
—Conquista una parte del reino de León.— Discordias 
Tomo iv. 36 



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562 HISTORIA DB ESPAKa. 

pXqinas. 



I 



entre el leonés y el n aterro. — Vienen é acomodamiento 
so pacta reconocer á Fernando por rey de Castilla. — 
11 navarro se apodera de Astorga y se erige en rey de 
León.— Haerte de Sancho el Grande de Navarra, y fa- 
mosa distribución de reinos que hizo entre sos oijos.— • 
Guerra entre Ramiro de Aragón y Garcia de Navarra. — 
Guerra entre Bermudo IIL de León y Fernando I. de 
Castilla. — Muere Bermudo.— Extínguese la linca mascu- 
lina de los reyes de León.— Hácese reconocer por rey 
de León Fernando de Castilla.— Reunión de las coronas 
de León y Castilla en Fernando T 4i3 á 455 



CAPITULO XXI. 
FRACCIONAMIENTO DEL CALIFATO. 

GUERRAS ENTRE LOS M0SULMANE8 . 



1031 A 1080. 



Causas de la disolución del imperio ommiada .-Reinos in- 
dependientes que se formaron. — Córdoba, Toledo, Bada- 
joz, Zaragoza, Almería, Valencia, Málaga, Granada, 
Sevilla, etc.— Familias y dinastías.- Alameries, Tadjibi- 
tas. Boni^uditas, Boni-Al Afthas, Edrisitas, Zeintas, 
Abeditasy etc.— Sabio y benéfico gobierno de Gebvrar en 
Córdoba.— República aristocrática.— Orden interior.- 
Armamento de vecinos honrados.- Seguridad pública.— 
Ambición del de Sevilla.— Sus guerras con los de Car- 
mona, Málaga, Granada y Toledo.— El rey de Sevilla se 
apodera por traición de Córdoba*— Fin del reino cordo- 

^ bes.— Revolución en Zaragoza.— Estínguese alli la dinas* 
tía de los Tadjibi, y la reemolaza la de los Beni-Hud.— 
Independencia y sucesión ae los reyes de Almería.-— 
Justo y pacífico gobierno de Al Motacim.— ^Prendas bri- 
llantes de este príncipe.— Reyes de Valencia. Alzase 
con este estado el de Toledo.— Los Beni-AI Afthas de Ba- 
dajoz. — ^Engrandecimiento de K\ Motadhi el de Sevilla. — 
Su muerte.— Cualidades de su hijo y suoesor Al Mota- 
mid.— Su rivalidad con el de Almería.— Necesidad de 
estas noticias para el conocimiento de la historia de 
la España cristiana 156 á 484 



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CAPITULO XXII. 



FERNANDO I. DB CASTILLA Y DE LEÓN. 



•e 



4037*1065. 



PiÍQINAS. 



Cómo 86 captó Fernando el afecto de los leoneses.— En qué 
empleó los primeros anos de su reinado.— Medidas de 
gobierno interior.— Concilio de Goyanza en 1050. — Sus 
principales cánones.— Con fírmacioa de los fueros de Cas- 
tilla y León.— Guerra con su hermano García de Na- 
varra.— Batalla de Aiapaerca, en que muere García. — 
Noble conducta do Fernando antes y después de esta 
guerra. — ^Primeras campañas de Fernando contra los 
sarrrcenos. — Conquistas de Viseo, Lamego y Goimbra.— 
Sus campanas en el centro de la Península. — ^Sitio de 
Alcalá de Henares. — Humilde súplica del rey musulmán 
de Toledo. — Campaña contra el rey mahometano de Se- 
villa —Humillación de Ebn Abed. — ^Historia de la tras- 
lación del cuerpo de San Isidoro de Sevilla á León. — 
Testamento de Fernando. Distribución de reinos. — Cam- 
paña y sitio de Valencia. — Sorpresa de Paterna.— En- 
fermedad de Fernando. — Se retira á León. — Religiosa y 
ejemplar muerte de este gran monarca 485 á 241 



CAPITULO XXIII. 
LOS HIJOS DE FERNANDO EL MAGNO, 

SANCHO, ALFONSO Y GARCÍA. 



Juicio de la distribución de reinos que hizo Fernando I. de 
Castilla en sos tres hijos.- Guerra de Sancho de Castilla 
con 808 primos Sancho de Aragón y Sancho de Navarra 

Ísa resultado.— Despoja Sancho de Castilla á sus dos 
ármanos Alfonso y Garda de los reinos do León y Ga- 
licia.— Aventuras de Alfonso VI. de León.— Su prisión: 
toma el hábito religioso en Sahagan: se refugia á Tu- 



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56 Í> IllSTOaiA DB ESPAÑA. 

PÁGniAd. 



ledo, 7 vive en amistad con el rey musulmán. — Quita 
Sancho la ciudad de Toro á su hermana EWira. — Sitia 
en Zamora á su hermana Urraoa.^Muere Sancho ea el 
cerco de Zamora. —Traición do Bellido Dolfos. — El Cid. — 
Es proclamado Alfonso rey de Castilla, de León y de Ga- 
licia. — ^Juramento que le tomo el Cid en Burgos. — Alianza 
de Alfonso VI. con Al Mamun el de Toledo. — Toman jun- 
tos á Córdoba y Sevilla. — Piérdense otra vez estas dos 
ciudades. — Muerto de Al Mamun. — ^Resuelve Alfonso la 
conquista de Toledo, — Alianza con el de Sevilla. — Ofrece 
este su hija Zaida al monarca leonés y la acepta. — Rín- 
dese Toledo al rey de Castilla.— Capitulación.— Entrada 
de Alfonso en Toledo.— Concilio.— Primer arzobispo de 
Toledo.— Conviértese la mezquita mayor en basílica 
cristiana.— Cambio en la situación de los dos pueblos 
cristiano y musulmán 24i á 243 

CAPITULO XXIV. 
ARAGÓN.— NAVARRA,— CATALUÑA. 

RAIURO. LOS SANCHOS. — BAMON BBEEHGUBR. 

Ramiro 1. de Aragón.— Estrechos limites de su reino.— 
Frustrada tentativa contra su hermano García de Na- 
varra .-Qer-eda lo de Sobrarbe y Bibagorza por muerte 
de su hermano Gonzalo. — Toma algunas plazas á los sar- 
racenos.-'Concilio de San Juan do la Peña. — Ídem de 
Jaca.— Testamento de Ramiro 1.— Errores eo que nues- 
tros historiadores han incurrido acerca de su muerte, y 
cuéntase como fué esta.— Sancho Ramírez.— Conquista 
á Barbastro.— Relaciones entre los tres Sanchos, de Ara- 
l^on, Navarra y Castilla.— El cardenal losado del papa, 
Hugo Cándido.— Cuando se abolió en Aragón el rito gó- 
tico y se introdujo el romane— Negociaciones con Ro- 
ma.— Muere asesinado Sancho Garcés de Navarra, y se 
unen Navarra y Aragón en Sancho Ramírez.— Campañas 
de Sancho Ramírez con los árabes.— Condado de Barce- 
lona •— Ramón Berenguer I. el Vú^'o.— Resultados de sa 
prudente y sabio gobierno. — Ensancha los limites de su 
estado.— Reforma edeeiásiica: concilio de Gerona.—- 
Cortes de BaFcelooa: famosas teyes llamadas Vsage^.^-* 
Auxilia al rey musulmán de Sevilla. --Esteasioa que ea 



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iHDlcá. S65 

PAOlItA^. 

sa tiempo adquiere el condedo de uoo y oiro lado del 
Pirineo.— Maere aseeinada au esposa la condesa Almo- 
djs.— Aflicción del conde y su maerte.— Heredan el con« 
dado pro üuUviio sos bijos.— Hace asesinar BerenAuer 
á sn hermano Ramón, llamado Cabesadé JEstopa.— Qoe- 
da con la Uitela de su sobrino y con el gobierno del Et- 
iado.— Causas por qué se suspende esta narración. • < . M3áS73 

CAPITULO XXV. 

EBSÜMBII GRiTlOO DB LOS SÜGB80S DB B8TB 8I0L0. 

»e 976 A 1i>86. 

Expónense las cansas de loa siiceaos ó» este período.— Go- ' 
tejase la situación de la EapaSa crtsiiana y de la EsnaSa 
árabe á la aparición de Aunanzor.-^Retrato moral de 
este personaje.— Lo que ocasionó sa ruina.— Crisis en 
el imperio musulmán.— Mudanza en la condición de los 
dos pueblos.— Comparaciones.— Por qué los principes 
cristianos no aproyecbaron el desconcierto del imperio 
árabe.— DesoYenencias. escisiones, guerra entre las fa- 
milias reinantes espa&oías.-- Juicio delcavácter y oondoo- 
ta de cada monarca, y fisonomía de cada reinado.— Pa- 
ralelo entre el comportamiento de un rey árabe, de un 
rey de Castilla y del Cid Campeador con Alfonso VI.— 
Disidencias entre los príncipes cristianos de Aragón, 
Nayarra y Cataluña.— Importante y melancólica obser^ 
▼ación que nos sugieren estos sucesos.— Por qué iba 
adelantando la reconquista en medio de tantas contra- 
riedades.— Causas de la deoadeneia y disolución del 
imperio omniada 37.1 á 305 

CAPITULO XXVI. 

GOBIBBNO, LBTBS, GOtTOniEBS DB LA BSPAÑ A CBISTIAN A 
BN BSTB PEE10D0. 

I. Los reyes.^Atribuciones de la Corona.— Cómo se dea- 
prendian de algunos derechos.— Gonaenaban el alto y 
supremo dominio.— Fuaaionarioa del rey.^-Siftleina de 
sucesión.— ImpttestOft.r-U. Uwium tü la legiiXaonn.-* 



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666 UISTORIA DB BSPAffA. 

PAGINAS. 



Jurisprudencia foral.— Exámeo del faero y concilio de 
León.— Los siervos: cómo se fué modificando y suavi- 
zando la servidumbre.— Behetrías: qué eran: sus dife- 
rentes especies. — ^Milicia. — Jueces.— Diversas clase.^ de 
señor ios.---^i hubo feudalismo en Castilla. — ^Fueros de 
Sepúlveda^ Nájera, Jaca, Logroño y Toledo.— Sistema 
feudal en Cataluña.— Los Usajes.— III. Gran mudanza 
en el rito eclesiástico.— Historia de la abolición del mi- 
sal gótico-mozárabe é introducción de la liturgia roma- 
na. — ^Empeño de los papas j del rey.— Resistencia del 
clero y del pueblo.— Pretensiones del papa Gregorio VII. 
—Carácter de este pontífice.— Monjes de Cluni,— Co- 
mienza á sentirse la influencia y predominio de Roma en 
España.— IV. Estado intelectual de la sociedad cristiana. 
— ^Ignorancia y desmoralización general del clero en to- 
da Europa en esta época.— ^1 clero español era el menos 
ignorante y el menos corrompido.— V. Costumbres pú- 
biicas.- Espíritu caballeresco.— El duelo como lance de 
honor y como prueba vulgar •-4>tr88 pruebas vulgares. 
-Respeto al juramento.— Formalidades de los matrimo- 
nios.— Fiestas populares 306 á 34!) 



PARTE SEGUNDA. 

EOAD MEDIA. 
LIBRO II. 

CAPITULO I. 

ALFONSO TI. LOS ALMORÁVIDES. 

»• 1086 4 4094. 



Apurada situación de los musulmanes. — ^Desaviénense el- 
rey Alfonso y el rey árabe de Sevilla .—Arrogante y agria 
correspondencia que medió entre los dos.— El de Sevi* 
Ha y los demás reyes mahometanos de España llaman en 
su auxilio á los almorávides de África.— Quiénes eran los 
almorávides.— Retrato de su rey Tussuf ben Tachfin, 



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índice. 567 

PAOIWAS. 

fundador y emperador de Harraecos— Vienen los al- 
morávides á España: nueva y formidable irrupción do 
mahometanos: úñense con los musulmanes españoles. — 
Salen á combatir los Alfonso y los demás principes cris- 
tianos.«-Gélebre batalla de Zalaes: solemne derrota y 
horrible mortandad del ejército cristiano: logra salvar- 
se el rey Alfonso y se refugia en Toledo.— Ausencia de 
Tnssuf. — ^Reanimanse los cristianos. — ^Resuelve Yussuf 
hacerse dueño de toda la España musulmana.— Apodé- 
ranse los Almorávides sucesivamente de Granada, Cór- 
doba, Sevilla, Almería, Valencia, Badajoz y las Balea- 
res. — ^Desastrosa suerte de los emires de estas ciudades. 
—Consideraciones con el de Zaragoza.— Dominan los Al- 
morávides en España 361 á 384 



CAPITULO II. 



BL CID CAMPEADOR. 



Enojo del rey de Castilla con Rodrigo. — Destiérrale del rei- 
no.— Alianza del Cid con el rey Al Mutamin de Zarago- 
za.— Sus campañas contra Al Hondbir de Tortosa, San- 
cho Ramírez de Aragón y Berenguer do Barcelona. 
—Vence y hace prisionero al conde Berenguer: restitu- 
yele la libertad. — Acorre al rey de Castilla en un conflic- 
to: sepárase de nuevo de él.— Correrías y triunfos del 
Cid en Aragón. — Sus primeras campañas en Valencia. 
— ^Política y maña de Rodrigo con diferentes soberanos 
cristianos y musulmanes. — Reconciliase de nuevo con el 
rey de Castilla, y vuelve á indisponerse y á soparar- 
se.— Vence segunda vez y hace prisionero á Berenguer 
de Barcelona.- Tributos que cobraba el Campeador de 
diferentes príncipes y señores. — Sus conquistas en la 
Ríoja. — Pone sitio á Valencia.— Muerte del rey Alkadír. 
— Apuros de los valencianos.— Hambre horrorosa en la 
ciudad.— Tratos y negociaciones. — Proezas del Cid. — 
Rendición de Valencia.— Comportamiento de Rodrigo. — 
Sus discursos á los valencianos. — Horrible castigo que 
ejecutó en el cadi Ron Ge haf.— Rechaza y derrota á los 
Almorávides.— <^onquista ¿ Hurviedro.— Muerte del Cid 
Campeador.— Sostiénese en Valencia su esposa Jimena. 
— Pasa á Valencia el rey de Castilla, la quema y la 
abandona. — Posesiónanse los Almorávides de la ciudad. 
—Aventuras romancescas del Cid ... 385 á 432 



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CAPITULO III. 
FIN DE ALFONSO VI. DE CASTILLA. 

SANCHO KAMIEBZ Y PBDBO 1. BH AEAOOH: 

beebmcbr ramón ii. t ramón bbrbvchjbr ui. mr 
gatalüíIa. 

•• 4094 A 440». 

PÍ€IlfiS. 



Casa AlfoDSO sos dos hijas Urraca y Teresa coa dos condea 
fraoceses.— Dales en dote los coodados de Galicia y Por- 
tugal.— Muerte de la^reioa Constanza, y matrimonios 
sucesÍTOs de Alfonso.— La mora Zaida abraza el cristia- 
nismo, y se hace reina de Castilla con el nombre de Isa* 
bel.— Continúan las guerras de Alfonso con los Almora* 
vides.— Muere Yussuf y su hijo Ali es proclamado em- 
perador de Marruecos y emir de Espafia.— Funesta ba- 
talla de Uclés: derrota del ejército castellano, v moer- 
te del príncipe Sancho, único híio yaron de Alfonso.-» 
Sentidos lamentos de éste. — Enrecma y . muere Alfon- 
so VI. de Castilla.— Su elogio.— Sobre las diferentes 
esposas de este monarca.— Aragón.— Gampafias de San- 
cho Ramírez.- Muere herido de flecha en el sitio de 
Huesca.— Proclamación de su hijo don Pedro.— Prosigue 
el sitio de Huesca.— Gran triunlo de los aragoneses en 
Alcoráz.— Conquista de Huesca.— Muerte de don Pedro, 
y sucesión dé su hermano don Alfonso.— Catalufia.—He- 
chos de Berenguer 11. el Fratricida.— Sus guerras con 
el Cid.— Importante conquista de Tarragona.— Acusa- 
ción y reto por el fratricidio: su resultado.— Auséntase 
Berenguer de Cataluña.— Entra á regir el condado Ra- 
món Berenguer III. el Grande . 433ái6S 



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CAPITULO IV. 
DOÑA URRACA EN CASTILLA. 

DON ALFONSO I. EN ARAGÓN. 
••4109 4 1434. 



pXooias 



Dificaltadei de esto reinado. Ofaestos jaicioa de los histo- 
riadores.— Matrimonio de dona Urraca con don Alfonso I. 
de Aragón.— DesaTunencias conyugales— Disturbios, 
guerras, calamidades que ocasionan en el reino.— La 
reina presa por su esposo.— Índole y caráctor de los dos 
consortes.— Alternatifas de avenencias y discordias. 
Guerras entre oastollanoa y arasoneses.— Batallas de 
Gandespina y Villadangos.«^ProcIamacion de Alfonso 
Raimondezen Galicia.— Guerrean entre si la reina y 
el rey» la madre y el hijo, Enrique de PortujaU el obis- 

E) Gelmirez, doña Urraca y su hermana dona Teresa. — 
eclárase la nulidad del matrimonio.— Retirase don Al- 
fonso á Aragón. — ^Nuevas turbulencias en Castilla, Gali- 
, cía y Portugal. — Gran motín en Santiago: los sublevados 
incendian la catedral, maltratan á la reina é intentan 
matar ahobispo: paz momentánea.— Nuevos disturbios , 
y guerras. — ^Amorosas relaciones de do2a Urraca: su 
muerte: proclamación de Alfonso Vil. su hijo.— Entra- 
das de los sarracenos en Castilla. — Sucesos de Aragón. 
— Triimfos y proezas de Alfonso I. el Batoüodor.— Im- 
portante (conquista de Zaragoza.— Atrevida espedicion de 
Alfonso á Andalucía.— Nuevas invasiones en Castilla: 
su término. — ^Franquea el Batallador por segunda vez 
los Pirioeos y toma á Bayona.— Sitio de Fraga: su muer- 
to.— Célebre y singular testamento en que cede su reino 
á tres órdenes religiosas. ^ . . 463 á 518 

CAPITULO V. 
ALFONSO EL EMPERADOR EN CASTILLA: 

RAMIRO EL MONJE EN ARAGÓN: GARCÍA RAMÍREZ EN NA* 
VARRA. 

•e 4126 a 1137. 

General aplauso con que fué aclamado Alfooso VII. de Cas- 
tilla.— Vistas y tratos de su tia doña Teresa.— Sojeta 
algunos condes rebeldes.— Sus triunfos en Galicia y Por- 



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570 HISTORIA DB BSPAAa. 



tagal.^Rindensele las plaza§ ocapadas por loa arago- 
neses.— Pesa á sa servicio el emir Satad-Dola.— Glo- 
ríosa iocursion de Alfonso en Andalucía .—Elección de 
Ramiro el Monje en Aragón, y de García Ramírez en Na- 
varra*, sepáranse otra vez estos dos reinos.— Jotrada 



FÍ6IHAS. 



del castellano en Zaragoza.— Ríndenle homenaje los re- 
yes de Aragón y de Navarra. El conde de Barcelona y los 
de Gascuña en Zaragoza.— Proclámase solemnemente 



Alfonso VIL emperador de España.— Diferencias entre 
aragoneses y navarros.— Trataao de'Vadoluengo.— Pre- 
parativos de rompimiento.— Conducta de don Ramiro el 
Monje.— Célebre anécdota de la Campana de Huesca, — 
Abdicación de don Ramiro.— Desposa á su bija con el 
conde de Barcelona y le cede el reino. — Cataluña. — 
Ramón Bereguer III. el Grande.— Sus guerras con los 
moros.— Ensanches y agregaciones que recibe el conda- 
do.— Conquista de las Baleares. — ^^pedicion del conde 
á Genova y Pisa.— Sus alianzas con^el de Aragón. — Pro- 
Tesa de Templario y muere.— Ramón Berensuer IV. — 
Establece el orden de Templarios en Cataluña. — Casa 
con la hija de Ramiro el Monje de Aragón.— Úñense Ara- 
gón y Cataluña y forman un solo estado 5«)r¿566 






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