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University of Toronto 



http://www.archive.org/details/historiagenerald01py 



HISTORIA GENERAL 



DE AMÉRICA 



-5^S«4>*CÜW^— 



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V // ^ //¿^^^^- 




HISTORIA GENERAL 



DE AMÉRICA 



DESDE SUS TIEMPOS MÁS REMOTOS 



D. FRANCISCO PI Y MÁRGALE 



MAGNIFICA EDICIÓN 



ILUSTRADA COK CROMOS, GRABADOS EN ACERO, AL BOJ, VIÑETAS, ETC., QUE REPRESENTAN MONOMENTOS, VISTAS, RETRATOS, ÍDOLOS Y CUANTAS 

BELLEZAS MERECEN REPRODUCIRSE POR EL BURIL 



TOMO I 



V o Li Ú 1»^ B N FK,Ii^EJR.O. 



JOYA LITERARIA 

PIQUERAS, CUSPINERA Y COMPAÑÍA 
BUENOS AIRES i MONTEVIDEO 

CANOALLO, 285-293 I 25DEMAYO,343 

JNIDCCCLXXIX. 

11.996 




^- í 



Es PROPIIÍDAD DE LOS EDITORES. 



ÍNDICE 

DEL PRIMER TOMO, VOLUMEN PRIMERO DE LA HISTORIA DE AMÉRICA (1). 



INTRODUCCIÓN 



PÁGS. 



I. Problfina geográfico y mercantil del siglo xv. — Solución buscada por los portugueses. — Solución pro- 
puesta por Cristóbal Colon. — Quién era Colon. — Por donde piído venir Colon ¡í concebir su proyecto: 
opinión de la Antigüedad sobre la figura de la Tierra: opinión de Aliaco y Toseanelli sobre la posibili- 
dad de ir á Oriente por Occidente: indicios que pudieron confu'mar á Colon en su idea. — Sobre si Colon 
la vio corroborada por revelaciones de un piloto, de f(uien se dice que una tempestad ai'roji'i á Santo Do- 
mingo. — Fe de Colon en su empresa. — La ofrece al Rey de Pijrtugal. — Conducta de Juan II. — A'enida de 
Colon á España en 1484. — Está dos años en casa del Du(iue de .Medinacoli — Recomendado por él, ve 
en 1486 á los Reyes Católicos. — Junta de Córdoba. — -\plazaniiento del negocio por los Reyes. — Los Reyes 
empiezan en 1487 á darle dinero del Tesoro Real. — Junta probable de Salamanca. — Nuevas partidas abo- 
nadas á Colon. — Colon está, sin embargo, descontento: escrilje al Rey de Portugal. — Juan II le contesta. 
— Le escriben otros príncipes. — Se impacienta Colon y va al campo de los Revés: fracasa en sus nuevas 
negociaciones. — Va á Palos y habla con Fray Juan Pérez en el monasterio ele la Rábida. — Fraj' Juan 
Pérez se interesa por él y escribe á la Reina. — Resultado faV'Oraljle de esta gestión. — Colon vuelve al 
campamento de los Reyes. — Exigencias de Colon: nuevo fracaso. — Habla Santángel á la Reina y logra 
decidirla en favor de la empresa. — Se llama de nuevo á Colon: se extienden y firman las capitulaciones. 

II. Motivos por qué tardó Colon en alcanzar el logro de sus pretensiones: estado de conocimientos de la 
época: preocupaciones y penuria de los Reyes: ideas exageradas del mismo Colon acerca de las tierras 
cuyo descubrimiento se proponía. — Carácter y fisonomía de Colon. — Preparativos para el viaje: cédulas 
expedidas al efecto por los Reyes C^atólicos. — bificultades en Palos para el apresto de la armada. — Salida 
de la armada el 3 de Agosto dé 1492. — Peripecias del viaje. — Desculjrimiento de la isla de Guanaham el 
12 de Octubre. — Toma de posesión de la isla por el .\liuirante en nombro de los Reyes Católicos. — Sello 
de servi<lumbre impuesto por este acto al Nuevo Mundo. 

III. Reseña geográfica de América 

PARTE PRIMERA 

l_A AMÉRICA ANTES DE LA CONQUISTA 



LIBRO PRIMERO 

INVASIONES ANTECOLUMBIANAS Y HECHOS DE LOS INVASORES 



Capítulo primero.— PucIjIos liárbaros y puelslos cultos de .\mérica á la llegada de los españoles. — Grados 
de civilización en los pueblos cultos. — .\ntigüedad de estos pueblos y del continente cpic ocupaban. — 
¿Eran estos pueblos antóctonos? — Si no lo eran, de dónde procedían"? — Hipótesis de la Atlántida. — Lo 
más probable es que los americanos procedan del Asia. — Analogías entre los orientales y los occidenta- 
les. — En las creencias. — En la organización sacerdotal. — En las costumbres. — En las ciencias astronó- 
micas. — En los jeroglíficos. — En los monumentos. — En el desijotisnio y el lujo de los reyes. — Cuándo y 
cómo debieron pasar los homlires de Ori(Mite á Occidente. — Insuficiencia de las fuentes históricas de Amé- 
rica. — El Popol-Vuh y los demás libros escritos por los indígenas. — Por qué me detendré poco en los 
primeros siglos 1 

Capítulo II. — Oriente de América. — Los linapis. — Testimonios de civilización ciue ya no existen. — Expe- 
diciones de los escandinavos. — La Islandia y la Groenlandia: establecimiento en la Groenlaiidia de 
Erico el Rojo. — Biarne, hijo de Heriulfo, descubre sin querer el continente americano, recoiTC la costa 
del Labrador y llega á Terranova. — Expedición de Leif el año 1000 de la Era de Cristo: dobla el cal)o Cod 
y entra en la bahía de Moniit-Hope. — El alemán Tyrker, uno de los expedicionarios, descubre vides .sil- 
vestres: Leif regresa con la chalupa cargada de uvas á Groenlandia. — Expedición de Thorvaldo. — Su 
lucha con los esquimales en la punta de Gurnety su muerte. — Expedición de Thorstcin. — Expedición 
de Karlsefne. — Relaciones con los indígenas. — Luchas que con ellos se sostienen: valor do Freydisa. — 
Quiénes eran los esquimales. — Por qué fueron tan infructuosas estas expediciones. — Expedición de 
Freydisa. — Europeos en las costas inferiores: desde la bahía de Delaware al golfo de Méjico. — Mayores 
signos de civilización en a(iuellas costas. — La Florida. — Relaciones con el Oriente de América en los si- 
glos xn xni y .xiv, — Expediciones de los groenlandeses á las regiones árticas. — De dónde tenemos estas 
noticias. — Monumentos de Massachussets, Rhoíle-Island y Groenlandia. — Monumentos de la cuenca del 
Mississipí ' 11 



(1) Lo ftbultmlo de este tomo, que lo hace de difícil manejo, nos ha indiipido & dividir el índice en dos partes, en la snposicion de que muchos de nuestros snp- 
critores preferiráu encuaderaarlo eu dos volúmenes por la causa menpiouada; de suerte que, en este caso, los seíiores encnademndores deberán cuidar de unir la 
primera parte del índice al volumen primero y la segunda al seguniln. Por lii misma raznn npavtinioí una iineva portada, así oouio la ocrrespondienle pauta para 
la colocación do las láminas de cada volumen. 

TOMO I I 



INDICK 



Pág.s. 

CvPÍTUi.o 111.— Diíieuliades para oscribir la liislDi-ia ilr Ins imclili.s de Ofcidcnlo.— Nocosidad do dividirlos 
en dos grupos. — Cueslion do fechas. — liielicacia do Ins jnouuiiioiilos artisticos para atdarar los aiiliguos 
lieiiipos.— Primeras gentes do que hablan las lradioii¡nos de Méjico: los quiíianies ó quinauíoUin, los ol- 
niecas, los xiealancas, los zaotecas.— lúilrada de los chicliinieeas y fundación de su imperio. — Los tolte- 
cas, Irilnis de los chicliimecas.— Su iiulciiendoncia, su guerra cojí las demás l.ril)as; su expulsión; su pe- 
regrinación por Méjico. — Llegada d(í los tollccas á Tulanzingo; fundación do Tula.— C.'onuin'as ocupadas 
po? los chic-himocas. — I",slal)lecinnenlo de la monarquía en 'J'ula. — Dudas introducidas por Brasseur de 
lidurbimrg sobre esta parte de la historia. — Ci'x/irc Cliimalpopoca y Memorial di; Col/iuaran. — Nauyot- 
zin, primor soberano de Tula. — Hoyos <lo Quaulititlan y Colhuacau. — Relaciones entro las tres monar- 
quías. Kevueltas en (Juaulititlan.— Conijuistas ile los royes de ColhuacanMixcohuall Mazalzin y Mixco- 

huallCamaxtli.— Asesinato de Mixcoluiatl (_:amaxtli y entrada do Huetzin, rey do Tula, en (_;olhuaean. 

Confederación do los reinos <lo Tula, Colliuacan y Olompan.— (^uetzalcí}all. — Contradicciones .sobre 

(íste personaje. — InlUuMieia ([uo ejei-ció sobre los |)uelilos do América. — Su origen; su historia. — .Su rei- 
nado en Tula. — Su caída. — Su retirada. — Su cstaldecimiento en l'liolula. — 'l'etzcallipoca baja contra él 
V Quelzalcoali se letira, desaparecioiulo en Guazacoah^o. — Quetzalcoall conocido en Yucatán y el país de 
los (Quichés. — Votan. — t;onsecueiicias de la fuga do Quetzalcoatl. — Triunfos y derrota do Totzeatlipoca. 
— Nauhvotl, rov de Tula 21 

C.\p¡Tui.o IV. — consecuencias del triunfo de Nauhyotl. — Restauración del nuevo culto en Cholula. — Con- 
siento Nauhvoll y liasta prescribe los sacrificios 'humanos. — Templo do la diosa de las aguas. — Fiestas 
expiatorias (io Mixi-ohuail-C'amaxtli y culto do Tlaloc. — Importancia eientíüca y artística de Tula. — 
Xiuhllatlzin, Matlaccoatl, Tlilcoatziñ. — Huenuic Atocpanocatl. — Su adulterio. — Consecuencias que tra^ 

jo_ Sublevación de los principias fouilatarios del Norte. — iluemac hace suyos otros príncipes y abdica 

orí favor de sti hijo Toi)iltzin Acxitl. — Liviandades á que se entrega Topiltzin: corrupción general del 

,.(.¡no. Topiltzin viendo cumplidas en sí mismo las profecías de Huenian, cambia de costumbres y or- 

deiui sacrilicins á los diosos. — Calamiiladcs que alUgou el reino. — .\provechan los rebeldes del Norte la 
ocasión para llevar la guerra á Tula. — Coiulucla do Topiltzin. — Suspensión de las hostilidades. — Moti- 
vos i)or(|uese las suspende. — Discordias entre los reyes eonfodorados. — Invasiones de los chichimecas. 
Pt.rdida \' recobro de Tula. — Los principes foiulatarios del Norte empiezan de nuevo la guerra. — Acti- 
tud belicosa de Toi)iltzin y do toda su familia. — Derrotas de Topiltzin, pérdida de Tula. — Iluemac III. — 
Su desastrosa suerte. — Fin de Nauhyotl II, rey de ('olhuacan. — Extincnm d(> la laniilia do los royes de 

Xiila. Fin del imperio de los toliecas. — Carácter físico, moral é intelectual de estos homlu'cs. — Lo que 

fueron como nación. — Su sentimiento de la unidad. — Sus cuestiones religiosas. — orden de los Nohual- 
Teteuctin. — Influencia de los toltecas más allá de los limites de su imperio. — Ideutidatl de algunas cíe 
sus tradiciones con las del Popol-Vuli. — Semejanza de sus monumentos, su culto, sus costumbres, su 
escritura v su croimlogía con los tie la .Vniérica Central. — Cuándo es probable ([ue se derramasen los 
toltecas por osla parte de .Vniéiica. — Hechos que en ella ocurrieron antes de la expulsión de los toltecas. 
— Los quichés. — Los yucalecas. — Los demás pueblos : 33 

Capítulo V. — (íuiém^seran los chichimecas. — Hasta donde se estendían al Sur y al Norte. — Descripción 
de sus costumliros y su carácter. — (¿uién los gobernaba cuando la destrucción de Tula. — Emprende Xo- 
loll la conquista del imperio de los toltecas. — Llega á Tula. — Funda la ciudad de su nombre en la falda 
del cerro de Xaltocan. — Funda la de Tenayucan en la margen occidental del lago de Méjico y establece 
allí su corte. — Reparte entre los jefes tierras y Aasallos. — Recilie á otros jefes chichimecas y les da tam- 
bién tierras soparájidolos para (|ue no puedan eoncertai'se en su daño. — Política que sigue respecto de 
los toltecas. — Los toltecas se reconstituyen principalmente en Colhuaean y recobran parte de su gran- 
deza. — Regidos por Nauhyotl, llegan á inspirar temoi'es al emperador de los chichimecas. — Xolotl exige 
á Nauhvoil el pago del feudo, y al sabor que Nauhyotl se niega á satisfacérselo, envía contra él á No- 
pallzin, su hijo, que lo derrota y mata en una batalla. — Xolotl pone jior rey de Colhuaean á .-Voliitometl 
v casa á Nopaltzin con uiui de las hijas de Pochotl. — Inihiencia de los toltecas sobre ios chichimecas. — 
Llegada de los ai-ulhuas, los tecpanecas y los otoniíes. — .So establecen en Coatlychan. — Xaltocan v Az- 
capotzaico. — Se multiplican los señoríos y se subdividen los feudos. — Xolotl les reparte tierras. — fee las 
reparte también á sus ])ropios hijos y á los seis capitanes qire con él vinieron á Méjico. — Ventajas del 
sistema feudal estalilei-ido por los chichimecas. — Disturbios á que venía ocasionado. — Rebelión de Yaca- 
,„.x. — Rcl)clion i\i' Acoloch. — .\mbas son dominadas y vencidas. — Otra conspiración de que habla Bras- 
seur. — Motivos de discordia quo había cu el Imperio. -^Muerte de Acliitometl en Colhuaean y de Xolotl 
en Tenavuca. — Edad <lo Xolotl. — Nopaltzin le sucedo en el trono. — Sus reformas y sus leyes. — Conducta 
de Y'cxochitlanez en Colhuaean. — Adelántala civilización en Anauhac, sobre todo bajo el imperio de 
Tlotzin-Pocliotl. — Relaciones do Tlotzin con el sacerdote Tecpoyo Achcauhtli. — Hechos notables de 
Tlotzin. — Estado general do h>s chichimecas. — Nuevas divisiones territoriales y nuevos feudos. ... 49 

C.vpíTLi.o VI. — Los aztecas. — Investigaciones sobre su origen. — Aztlan, do donde vinieron, debió de estar 
al Norte y no al Ocx'idente. — Monumentos notables al Norte; Casas Grandes del Gila y Casas Grandes 
de Chihuahua. — Salida de ios aztecas de .\ztlan. — No formaban una sino muchas tribus. — Sus diversas 
mansiones. — Chicomoztoc. — .Vcahualtzingo. — Lago de Patzcuaro. — Trasformación en el lago del jefe de 
los aztecas en el dios Huitziloijochtli. — Coatepec. — Origen en Coatepec de los sacrificios humanos. — 
Zumpango. — Los aco.go bien en Zumpango Techpanocatl, les da una de sus hijas y les toma una mujer 
])ara es))Osa d(> su hijo Ilhuicall, do (juien nace liuitzilihuitl, primer rey de Méjico. — Andan los aztecas 
errantes por muchos años y se fijan al hn en Chapultepec. — S(! atrincheran allí y eligen rej' á Huitzili- 
huitl. — Sus luchas con los xaltocanecas y los tecpanecas. — Entra por entonces á regir el imperio de los 
chichimecas (Juinautzin. — Tlaltecatzin, hijo de Tlotzin Pocholt. — Traslada Quinatzin la corte á Tez- 
cuco y deja de gobei'uador en Tenayocan á su tío Tenancacatl. — Se alza Tenancacatl con el Imperio y 
Qtiinantzin ijueda roilucido á su antiguo reino de Tezcuco. — Los reyes de Azcapotzalco mueven á su vez 
á los azte<-as contra Tenancacatl. — ICiitran los aztecas en Tenayocan y la pasan á sangre y fuego. — Apo- 
dérase del Inipoi-jo el re.\' de .Vzcajjotzalco. — Acamapichtli, su hermano se hace á poco rey de Colhuaean 
por el auxilio y arrojo do los mismos aztecas. — Terror que éstos infunden en todo el Anahuac. — Favora- 
ble cambio en la suerte do Qninanlzin. — .\taoado por nuevos rebeldes, los derrota y recobra su prestigio. 
— Le j)rostaii nxievaniente homenaje muchos do sus antiguos feudatarios. — So ve obligado á cederle el 
Imperio el rey de .Vzcapotzalco. — Los aztecas, muerto Muitzilihuitl, (digon rey al (lue lo erado los cul- 
huas. — Xiuhtemoc termina por arrojarlos dcd Reino. — Roilean entóneos los lagos y se lijan en Tenoch- 
titlan y Tlalcdolco. — Clemencia .v política de Qninautzin. — I'rogresos del sistema feudal. — Nuevas rebe- 
liones! — La do Cholula. — La de los hijos del mismo (,»uinantzin, en laque los aztecas esgrimen por pri- 
mera vez sus armas en favor del Imperio. — Tienen ahora los aztecas por jefes en Tlateloíco á Tlepcoat- 
zin, hijo del rey de .\zca])otzalco, en 'i'enochtitlan al anciano Tonuhczin — Carácter formidable de la re- 
belión <le los hijos d(d Emperador ,v causas (¡uo la han ])i-oducido — Dei-rola 0¡(' los lebiddcs. — Resultados 
de la vii-toria. — Progresos de los aztecas cu (d lago de Méjico. — Muei te ile Quinantzin y advonimieiUo al 
trono de su hijo Techotlalatzin. — Techotlalatzin dccdara nacional la lengua náhuatl ó mejicana. — .\po- 
senla en la misma ciudad de Tezcuco á cuatro tribus toltecas arrojadas do (.'olhuacan por cuestiones re- 
ligiosas. — Adopta el fausto y la magnificencia de los culhuas. — Fin político á que encaminaba todos sus 
actos. — Creación <le una grande asamblea ó Consejo de Estado. — Creación de consejos especiales.— Di- 



INUICK 111 

PÁGS. 



visión del Imperio en sesenta y cinco provincias. — Considerable reducción del i)oder feudal por estas 
medidas. — Guerras feudales qiic sin embargo hubo. — La de Xaltocan y Azcaijotzalco. — La ile lluexot- 
zingo y Tláxcala. — Prendas personales de Tecliotlalatzin. — Su influencia y su muerte (i3 

Capítulo VIL — Cómo estaban separados los aztecas. — Forma de gobierno ([ue adoptaron. — Bajo el rey Aca- 
mapiolitU se confundenen uno Colhuacan y Méjico. — Bajo HuilziUluiitl II quedan los mejicanos exen- 
tos de pagar tributo. — Adelantos que los mejicanos hicieron bajo los dos reyes. — Imitan los tlatelolcas ú 
los mejicanos. — Confianza que en unos y en otros pone el rev de .\zcapotzalro. — Quién era Tezozomoc. — 
(,»uién Ixtlilxochitl. — Guerra de Tezcuco y Azcapotzalco. — 'fezozomoc so alia con los n^yes de Tlatelolco 
V Méjico. — Derrotas que sufre. — Sitio de "Azcapotzalco por Ixtlilxoeliitl. — Paz im])rudentemeut(; conce- 
dida ;i Tezozomoc. — Consecuencias que tuvo. — Perfidia y celada de Tezozomoc. — Muerte de Ixtlilxochitl. 
— Tezozomoc se apodera del Imperio. — Netzahualcóyotl, hijo de Ixtlilxochitl. — Su nacimiento. — Su jura 
en Xuexotla. — Su educación. — Su fuga después de muerto su pa(lr<'. — Su persecución por Tezozomoc. — 
Tezozomoc le deja vivir primero en Méjico y después en Tezcuco; pero eiu'arga al m<)rir(|ue le nuiten 
en sus funerales. — Tezozomoc designa por sucesor á su hijo segundo y muere. — MaxUa, su ¡¡rimiigériito, 
se hace proclamar, sin embargo. Emperador é intenta matar á Netzahualcóyotl. — Fuga célebre de Netza- 
hualcóyotl. — Tecutzingo. — Pinolco. — TIecuilac. — Tecpan. — Quautehpec. — Tlamanalco. — Campamento 
de Calpolalpan. — Acude en defensa de Netzahualcóyotl hasta el rey de Chalco. — Falsa situación de 
Maxtla, que está en guerra con los aztecas. — Campaña de Netzahualcóyotl. — Futra sin resistencia en Tez- 
cuco. — Gana por los chalcas ¡i Coatlichan y por los tlasoaltecas y huexotzingas á Acolman, que pasan á 
fuego y sangre. — Embarazosa situación dé Maxtlapor la tenaz resistencia de los aztecas. — Recibe Netza- 
hualcóyotl una embajada de Itzcohualt y acepta la alianza que éste le propone. — No se decide á soco- 
rrerle hasta principios del año 1428. — Solicita de nuevo el apoyo de Tláxcala y Huexotzingo. — Ordena 
que lleven tropas á Méjico los señores de Chalco y Xuexotla, y éstos le maltratan los enviados y se su- 
blevan. — Hace levantar el sitio de Méjico. — Resuelve ir sobre Azcapotzalco ctm Itzcohualt. — Su bri- 
llante campaña i'ontra Maxtla. — Se detiene ante la zanja y el parapeto de Mazatzintamalco. — Toma la 
ciudad de Azcapotzalco después de ciento quince días de sitio y de una graii l^atalla. — Estragos que hizo 
en la ciudad v en todas las que fué tomando al Norte. — Baja de nuevo á Méjico, donde se celebran gran- 
des fiestas. — áus creencias religiosas. — Obras públicas de Méjico que se le atribuyen. — Emprende en 
1429 la sumisión de los rebeldes de Xuexotla y Chalco, que tenían en su favor la ciudad de Tezcuco. — 
Su conducta en Tezcuco y las demás ciudades. — En 1431 ve domado y sumiso todo el valle de Méjico. — 
Nueva constitución que (la al Imperio. — Triunvirato. — Causas que pudieron moverle á que lo creara y 
estableciera ~~ 

C.\píTULO VIII.— Ida de Netzahualcóyotl á Tezcuco. — Guerra con Itzcohuatl de Méjico. — Constitución del 
triunvirato. — Feudos. — Prevalece la opinión de Netzahualcóyotl, que estaba por restablecerlos. — Los 
restablece él en Tezcuco y se granjea la voluntad de sus mayores enemigos. — Reparte los pueblos libres 
en ocho distritos. — Embellece la ciudad de Tezcuco con grandes edificios. — Su palacio. — Su organización 
administrativa. — Sus Consejos. — El de Ciencias y Artes. — El Supremo de Justicia. — Descripción de la 
sala en que éste celebraba como tribunal sus audiencias y como Consejo de Estado sus sesiones. — Leyes 
promulgadas por Netzahualcóyotl. — Severidad y barbarie de las penales. — Constitución de la propiedad. 
— Los colpoUalis. — Sistema tributario. — .\bastecimiento de la casa de Netzahualcóyotl. — Carácter fas- 
tuoso de este Principe. — Su imperio estaba, sin embargo, reducido al valle de Méjico. — Guerras que em- 
prenden los triunviros para ensancharlo. — Diligencias y solemnidades para declarar la guerra á los ex- 
tranjeros. — Guerras contra ToUatzingo y los tlalhuicas. — Muerte de Itzcohuatl y advenimiento del primer 
Moiitezuma al trono de Méjico. — Siguen las guerras de conquista. — Guerra contra Cohuaixtlahuacan. — 
Contra Cuetlachtlau. — Contra Tlaucocautitlan y Tlapacoya.— Sublevación y castigo de Tollantzingo. — 
Guerra contra los huaztecas. — Casamiento de Netzahualcóyotl. — Calamidades que afligen al Imperio. — 
Pasadas ya, labra Netzahualcóyotl los famosos jardines de"Tezcutzingo. — Descripción de estos jardines. 
— Netzah'ualcoyotl poeta. — Carácter de sus cantos. — Sus ideas sobre lo pasajero de los bienes de la Tierra. 
— Conscinicuiias que de esto deducía. — Sus creencias religiosas. — Sus contradicciones. — Su templo al 
Dios desconoi-ido.— Netzahualcóyotl como hombre privado. — Sus virtudes. — Sus arranques proíéticos. — 
Sus últimas guerras. — Extensioii <le su Imperio, sobre todo después del advenimiento de .\xayacatl al 
trono de Méjico por muerte de Monlezuma. — Su designación de sucesor. — Su muerte 93 

Capítulo IX. — Influencia de Tezcuco eu el Imperio. — Causas de la grandeza de los triunviros. — Rivalidad 
de Méjico y Tezcuco. — Guerra é iucorporaciou de Tlatelolco á Méjico. — Dureza de carácter de Axaya- 
catl. — Muerte de Xihuiltemoc. — Guerra contra Matlaltzingo, Tochpau y Tolotlan. — Carácter y hechos de 
Tízoc, sucesor de Axayacatl.— Netzahuilpilli eu el trono de Tezcuco."— Desavenencias con sus herma- 
nos. — Actos de generosidad con que se los hace suyos. — Sus deseos de entrar en combate. — Invade y 
vence la provincia de Ahuillizajian. — Sus nuevos palacios. — Gasto de su casa. — Sus concubinas. — Su 
guerra ciuitra Nauhtla. — Muerte de Tízoc v advenimiento de Ahuitzotl al trono de Méjico. — Carácter de 
Ahuitzotl. — Expedición de los triunviros á las costas del Pacíflco. — Netzahuilpilli en Tizanhcoac, At- 
lixco y Huexotzingo. — Inauguración del templo de Méjico. — Terrible hecatombe que allí se hizo.— Des- 
cripción del templo.— Traída á Méjico de las aguas de Huitzílopochco y terribles consecuencias que tra- 
jo. — Causas de las frecuentes guerras del Imperio. — Triunfo de Ahuitzotl, su descalabro en AtUxco y su 
venganza. — Victorias y desastres de Netzahuiliúlli y los demás triunviros. — Zacatula. — Zapotlan. — Xal- 
tepec. — Iltepec. — Tehuantepoc. — .Vmaxtlan y Xocíiitlau. — Xaltepec. — Muerte de Ahuizotl y adveui- 
miento de Montezuma II. — Sev(M'idail (|ue tuvo Netzahualpilli para con sus hijos y sus concubinas. — 
Reformas que hizo en la legislación y dureza cou que castigó á los jueces. — Su generosidad con los des- 
graciados. — Su afición á la poesía y la astrología. — Sus creencias. — Su hijo Ixtlilxochitl, — Montezuma II. 
— Su despotismo. — Su magnificencia. — Su manera de fomentar la industria.— Sus guerras contra la re- 
pública de Tláxcala. — Hambre en Méjico. — Guerras del triunvirato. — Los ciuauhtemaltecas.— Los inix- 
tecas y los zapotecas. — Los itztecas, los ítzmiesteijecas, los tecuhtepecas y los de -\tlixco. — Expedición 
desgraciada á la provincia de Amafian. — Nuevas victorias del triunvirato. — Atrevida expedición á Hon- 
duras y Nicaragua.— Muerte de Netzahuilpilli. — .\nuncios de la venida de los españoles 113 

Capítulo X. — El Imperio ínmediatamejite antes de la conquista. — Su extensión. — Su población. — Su po- 
der. — Sus fortificaciones. — Su verdadero jefe á la muerte de Netzahuilpilli. — Discordias que á la muerte 
de este rey surgieron entre los hijos. — Manera como favorecieron la ambición de Monlezuma. — Estado 
de cultura de! "imperio.— Agricuttura.—Minería.— Industria.— Artes de construcción.— Piedra circular 
del templo mavor de .Méjicii.- .Mominiciito subterráneo de Xochicalco.— Templos de Tusapan, de Hua- 
tusco, de Papautla.— Escultura.— Piutura.—Comercio.— Escritura.— Diversas clases de jeroglí lieos.— 
Suerte que tuvieron los manuscritos mejicanos.— Enseñanza pública. — Lengua Náhuatl ó Mejicana. . . 133 

Capítulo XI.— Ciencias.— Aritmética.— Sistema Cronológico.- Calendario Civil.— Calendario Sacerdotal.— 
Si eran realmente los dos calendarios el uno del sol y el otro de la luna.— Astronomía.— Preocupaciones 
sobre los astros. — .agüeros. — Agoreros 155 

Capítulo XII.— Mitología.— Heterogeneidad que presenta.— Fetichismo.- Adoración del sol y de la luna. 
—Adoración del planeta Venus ó la estrella de la mañana.— Politeísmo.— Citlatonac y Citlalycue, pa- 
dres de los dioses.— Creación y muerte de muchas divinidades.- Origen misterioso de Quetzalcoatl y 
Huitzilopochtli. —Clasificación de los dioses: error de los mitólogos modernos.— Dioses agrícolas y me- 



iv índice 

PÁGS. 



teorológicos.— Dioses de las Artes y el Comercio.— Diosas genitrices.— Dioses héroes.— Dioses manes.— 
Culto.— Sacrilifios humanos.— Fiesta de Tlaxochiiiiaco en honor de Huitzilopochtli y de Oepaniztli en 
honcir de la diosa Toei. — Fiesta en honor de 'J'ziiiteotl y de (.'hieonK'roatl. — Fiestas en honor <le los dio- 
ses Tlaloques ó de las lluvias. — Fiestas en lionor ch.> Xinhtecnlli, dios del fuego. — Fiesta en honor de 
Huitzilopochtli.— Fiesta en honor de Mixcoatl. — Fiesta en honor de Tetzcatlipoca.— Predominio que iba 
tomando el culto de este Dios á la caida del Imperio. — Tendencias del Imperio al monoteísmo. — Uefuta- 
cion de los nuidernos mitólogos sobre la signiüeacion de Tetzcatlipoca. — Juicio de la religión del Impe- 
rio. — Uarbaric que revelaban no solo los sácriflcios hiimanos siuó también la manera de presentar á los 

dioses l')8 

C.vi>iiui.o XIII.— Destino que en el Imperio se daba al hombre y rt la mujer desde que nacían. — Ceremo- 
nias y riius del bautismo. — Ofrecimiento de los niños á los dioses. — Servicio del templo por todos los 
varones desde siete años A los veinte.- Educación que en los templos se les daba. — En los templos se 
les enseñaba la guerra y la política. — Salida de los colegios sacerdotales.— Ceremonias y ritus del matri- 
monio. — Monogamia. —Adulterio. — Consejos que daban los padres á sus hijas.— Consejos qiu; daban á los 
hijos. — Estado 'de preeñz de la recién casada. — Partos.— D(>iflcacion de las mujeres que morían en el 
aclo del aluinl)ramiento. — Felicitaciones que dirigían ala recien parida. — Entrada del varón emanci- 
pado en las secciones en que estaban divididos los pueblos. — Principales preocupaciones. — Moral. — 
Principales preceptos. — Era bastante pura pero incompleta. — Morigeración del Imperio. — Carácter prác- 
tico de la moral y de los conocimientos que se daba al pueblo.— Sobi'iedad de los mejicanos.— Sus man- 
leniuiientos.— Sil trage. — Siis habitaciones. — Situación bella y pintoresca de los pueblos. — Tristeza de la 
■\'ida en aquellas naciones. — Ideas sobre la vida futura. — El cielo, el paraíso, el infierno. — Carácter des- 
consolador de estas ideas. — Las creencias de atiuellas naciones sobre la vida futura deben de haber lle- 
gado á nosotros viciadas é incompletas. — Razones en que lo fundo. — Confesión de los mejicanos. — Cere- 
monias y ritus de los entierros. — Particularidad que se observa en el bautismo, el casamiento y el en- 
tierro de aquellos inieblos 18fi 

C.vpíTL'LO XIV.— Instituciones políticas.— La confederación de los tres reyes. — Carácter mixto de las tres 
monarquías. — Orden de sucesión. — Poder de los electores. — Quiénes lo fuesen en los tres reinos. — Cere- 
monias para la unción del nuevo rey. — Oraciones del rey y de uno do los sumos sacerdotes. — Ayuno é 
instalación del Rey en Palacio. — Oración de los barones.— Fiestas para la coronación. — Fausto de los 
monarcas.- Trajes'de fiesta y de guerra.— Pasión por la guerra en los tres pueblos.— Como se la prepa- 
raba. — Marcha de los ejércitos. — Estratejia. — Prisioneros. — Ventajosa posición del que hacía cien pri- 
sionei'os por su propia mano. — Castigos de los que en la batalla se hubiesen separado de las órdenes de 
sus jefes. — Organización militar. — Armas ofensivas y defensivas. — Conducta con los pueblos vencidos. 
— Tributos. — Sus diversas clases. — Su distribución y su cobro. — Censurable exención de tributos en fa- 
vor de los sacerdotes y los nobles.— Orden de caballería de los Tecles ó Tecutlis.— Ceremonial para en- 
trar en la orden. — Quienes podían ser Tecles. — Los nobles no estaban dispensados de cumplir las leyes., 
— Leyes principales. — Delitos contra las personas.— Delitos contra la propiedad. — Delitos contra la ho- 
nestidad. — Prostitución. — Concubinato. — Emliriaguez. — Hechicería.— Leyes soljre la esclavitud . — Escla- 
vos por la guerra. — Por delito. — Por contrato. — Blandura de la esclavitud. — Tribunales. — Tribunales en 
Méjico. — Tribunales en Tezcuco.— TriViunalcs con carácter político. — .absolutismo de la autoridad real. 
—Moderadores que ésta tenía. — Si el sacerdocio influía directamente en la política. — Qué clase de in- 
fluencia ejercía. — Gerarquía sacerdotal. — Los reyes tenían iguales, no superiores.— Como se entendían los 
triunviros.— Objeto y carácter de los embajadores. — Servicios Administrativos. — Obras públicas, correos, 

mercados. — Conclusión 203 

Capítulo XV.— Estados libres. — Los totonacas. — Su Constitución. — Su origen. — Su culto. — Los tlaxcalte- 
cas.— Su organización política.— Fecundidad y riqueza de su tierra. — Sus dioses.— Su fiesta de Camax- 
tle. — Su comunidad teogónica con Cholula. — Cholula. — Su carácter religioso. —Su fiesta de Quetzalcoatl. 
— Su gran pirámide. — Sus artes. — Su gobierno. — Huexotzingo. — Influencia recíproca de las tres Repú- 
blicas.— Matlatzingo.— Su constitución. — Su organización administrativa. — Su propiedad. — Reino de 
Michoacan. — Sus limites. — Su origen.— Cualidades de sus moradores. — Cualidades de sus tierras. — Su 
régimen político. — Su historia. — Su tradición sobre el diluvio. — Los chiapanecas. — Pueblos (¡ue había 
entre los chiapanecas y los tarascos ó michoacanecas. — Confederación de Tututepec, Mixlecapan y Za- 
potecapan. — Influencia del sacerdocio en estas naciones. — Mixtecapan.— Noviciado que habían de pasar 
en los monasterios los hijos de los Señores. — Templos subterráneos de lancuitlan, Chalcotoirgo y Coat- 
lan. — Sacrificios. — Zapotecapan. — Templos subterráneos de lopaa ó Mitla.— Monumentos célebi'es de 
este pueblo. — Si eran palacios ó sepulcros, — Qué piieblo pudo construirlos. — Culto de los muertos. — Du- 
das sobre la organización de los zapotee 'as. — Dioses que los zapotecas adoraban. — Conclusión 225 

C.vpítulo XVI. — Los quichés.— Su historia. — Svts últimos reyes. — Su organización política. — Carácter eco- 
nómico V religioso de sus monarcas.- Oración que éstos pronunciaban en favor de sus subditos. — Mito- 
logia. — í)ioses nacionales. — Ser supremo. — Cosmogonía. — Formación y destiiiccion del primer hombre. 
— Creación del segundo. — Dihivio. — Los hombres lictuales. — Leyes. — Delitos contra la propiedad. — De- 
litos contra la honestidad. — Disposiciones relativas al matrimonio. — Delitos de traición. — Castigo de los 
tiranos. — Idioma. — Literatura. — Rabinal-Achi, drama-baile. — Artes. — Arquitectura.- Monumentos de 
Palenque. — Revelación por ellos deirnaraza extinguida. — Ciencias entre los quichés. — Sistema arit^ 

mélico 241 

Capítulo XVII. — Los yucatecas. — Su historia. — Los itzas, los tutulxius y los mayas viven confederados. 
— Guerras que entre ellos se suscitan. — Destniccion de los itzas. — Invasión de otro pueblo que se apo- 
dera de Tancah. — Tiranía de los Cocomes. — Destronamiento y muerte de uno de ellos por el pireblo. — 
Ruina de la ciudad de Mayapan.— Restablecen los mayas su Imperio en Izamal y en la provincia de 
Zututa. — Guerras entre ellos y los tutulxius. — Discordias entre los mismos mayas. — Calamidades que 
afligen la Península. — Yucatáfi se eleva, sin embargo, agrande altura. — Sus monumentos. — Carácter 
general de sxi arquitectura.— Edificios de Uxmal, de Izamal, de Tikoch (Mérida), de Chichenitza.— Mi- 
tología: creencias á que i-orresponden estos monumentos.— Sobre la idea que se dice tenían los yucate- 
cas del cristianismo. — Sobre la cruz que se ase.gura haber encontrado allí los españoles.— Verdaderas 
ideas religiosas de los yucatecas.— Carácter antropológico de muchos dioses.— Ritus, sacrificios, supersti- 
ciones; ceremonias para ahuyentar el Diablo. — Confesión.— Rautismo.— Matrimonio. — Facilidad para el 
divorcio. — Penas contra los adúlteros.— Idea y temor de la muerte. — Entierros.r-Ideas sobre la vida fu- 
tura. — Falsas nociones sobre el bien y el mal'— El suicidio.— La esclavitud. — La guerra. — Los dos capi- 
tanes ó naconos.— Causas que favorecían en Yucatán la unidad nacional. — Naciones rivales que sin em- 
bargo hubo.— Régimen político que tenían. — Importancia de los nobles y los sacerdotes. — Organización 
sacerdotal. — Tribuios.— F'ropieilad, — Leyes de sucesión. — Tutelas. — Lealtad cu el cumplimieiUo de los 
contratos. — Leyes penales.-Costumbres.— Cultura intelectual.— Sistema de numeración. — Sistema cro- 
nológico. — .Vños bisiestos.— Katunes ó Ahau-Katunes. — Lengua maya.— Alfabeto yucateca ■ . 258 

Capítulo XVIII. — Topografía de Yucatán. — Topografía de Honduras.-^Estado de barbarie de los habitan- 
tes de Honduras. — Ti-ajesy alimentos. — Manera como criaban á los hijos. — Caza y pesca. — Guerra. — Ar- 
tes. — Religión. — Gobierno. — Leyenda de Coraizahual. — Significación é importancia de esta leyenda. — 
Sacrificios. — Supersticiones. — Los uahuales. — Rápida historia del habitante de Honduras. — Su naci- 



índice V 

PÁGS. 



miento. — Su matrimonio. — Su hacieuila. — Sus enfermedades. — Su muerto. — Nicaragua. — Semejanza de 
su civilización con la de Méjico en su .si.stema cronológico, sus libros, sus sacrificios, sus creencias, su 
lengua y hasta los nomijres de sus dioses. — Semejanzas con los yucatccas. — Fisonomía especial de los j)uc- 
blos de Nicaragua. — Razas diversas: los niquiranos; los chorotegas; los chontales y los caribisis. Trajes 
de los nicaraguatecas. — Diferencias sociales entre los dos se.xos. — Licencia en las costumbres. — Diversi- 
dad de gobiernos.' — Ejércitos y guerras. — Carácter orgulloso de los caciques. — Manera c-onio vivía el de 
Tecoatega. — Falta de verdaderos monumentos para juzgar de las artes de constnicción en Nicaragua. — 
Adelanto de otras artes.— Comercio.— Dioses. — No podían entrar en los templos sino los caí'iques. — Ha- 
bía oratorios para la plebe. — Ni aún en estos podían entrar las hembras. — Sacrificios y fiestas.— Moral. — 
Ideas sobre la vida futura.— Confesión auricular. — Ideas sobre el diluvio. — Sistema de numeración. — 
Vida del nicaraguateca. — Su nacimiento. — Su matrimonio. — Causas por qué se lo disolvía. — l'álria po- 
testad.— Sucesión. — Muerte.— Falta de noticias sobre los pueblos que se extendían de Nicaragua al Da- 
rien. — Resumen de las que dan Torqnemada y Herrera 277 

C.vpíTULO XIX. — La América Meridional.— Regiones civilizadas que en ella había; Cundinaman^a, Quito, 
Tahuautinsuyu.— Pueblos salvajes que había hasta las orillas del Sogamoso. — Los Muiscas. — Tribus bár- 
baras de que estaban rodeados. — Reinos en que estaban divididos. — Leyes de sucesión de los de Bogotá 
y Tunja. — Leyes de sucesión de los feudos. — Pontificado de Sogamoso. — Carácter electivo de este pon- 
tificado. — Tradición sobre su origen v el del reino de Tunja. — Bochica y Chia. — Sentido de esta tra- 
dición.— El reino de Tunja fué durante siglos el único que había en Cunduiamarca.— Origen del reino 
de Bogotá. — Saguanmachica. — Sus guerras y sus conquistas, — Michua, rey de Tunja. — Muerte de los 
dos reyes en Chocontá. — Nemequene, sucesor de Saguanmachica; Quinmuinchatecha, sucesor de Mi- 
chua.— Victorias y conquistas de Nemequene. — Muerte del hermano de este monarca. — Guerra entre 
Bogotá y Tunja. — Batalla del arroyo de las Vueltas y muerte de Nemec[uene. — Sucede á Nemequene su 
sobrino Thysqnesuzha. — Nueva guerra entre Tunja y Bogotá. — Tregua que se estipulii á instancia del 
pontífice de Sogamoso. — Supremacía de Bogotá. — Leves penales. — Leyes civiles. — Matrimonio. — Inter- 
vención del sacerdocio en los casamientos, los entierros y los actos de' la vida pública.— Guerras. — Pro- 
cesiones. — Organización y carácter de los sacerdotes. — Sacrificios. — Ofrendas. — Abstinencias de los pro- 
fanos que deseaban impetrar el favor de los dioses. — Creencias de los muiscas. — Medios de transmisión 
del pensamiento. — Ciencias. — Sistema de numeración. — Calendario.— Sacrificio que se hacia al principio 
de cada indicción. — Crítica del calendario.- Estado de las artes.— Estado de la agricultura.— Traje de los 
muiscas.— Couclusion 292 

Capítulo XX. — Los quitos. — Su situación. — Los caras. — Se embarcan los caras en sus almadías y van por 
el rio de las Esmeraldas al reino de Quito.— Conquistas sucesivas de los Scyris ó jefes de los caras.— Con- 
quistas al Norte.— Rebelión y castigo de Imbaya.— Conquistas al Sur.— Los purhuas ó puruaes. — Alianza 
de los caras con este pueblo.— Fusión de los dos pueblos por el matrimonio de Toa y Duchicela. —Exten- 
sión que tomó entonces el reino de Quito. — Decadencia á que vino luego por las invasiones de los ta- 
huantinsuyus.— Batalla de Alausi.— Muerte de Hualcopo.— Cacha, más afortunado en un principio que 
su padre, i'ecobra la provincia de Puruhua. — Triunfos del Inca Huayna-Capac— Paso del río Achupallas. 
— Batalla de Teocaxas.— Consejo de guerra en Mocha. — Cacha se decide por los caciques del Norte, que le 
aconsejan la continuación de la guerra. — Batalla de Hatun-Taqui.— Miierte de Cacha y fin del reino de 
Quito.— Huayna Capac, deseoso de consolidar su conquista, casa con Paccha, hija única del Viltimo 
Scyri.— Organización política del reino de Quito bajo los Scyris.— Enterramiento de los reyes. — Manera 
de enterrar á los subditos.— Por las tolas en que los enterraban se ha venido á conocer el estado de las 
artes. — Cómo labraban los quitos los metales y las esmeraldas.— Cómo la piedra.— Cómo el barro. — Teji- 
dos. — Artes de construcción. — Diversos sistemas de puentes. — .acueductos. — Fortalezas.— Templos.— 
Templos del Sol y la Luna en Quito.— Adoratorio de Cayambe.— Otros templos.- Religión de los quitos. 
— Sacrificios.— Semejanzas entre los quitos y los Incas. — Aumentan las semejanzas bajo la dominaciou 
de Huayna-Capac— Muere éste on Quito y divide el Imperio entre sus hijos Huáscar y Atahualpa.— Da 
con esto margen á la guerra civil y facilita el triunfo de los españoles 308 

Capítulo XXL— Tahuautinsuyu ó 'el Perú.— Su extensión.- Su poblaoion.—Su antigüedad.— Rrrínas y 
monumentos que la acreditan. — Rocas grabadas. — Ruinas de Tiahuanaco. — De Titicaca. — De Huanuco 
el Viejo. — Opiniones sobre las fuentes de la civilizaciou de Tahuantinsu,yu. — Imposibilidad de decidirse 
por ninguna.— Opiniones sobre el origen de los Incas.— Dificultades hasta para averiguar la verdad de 
los hechos que á ést )S se atribuyen.— Manco-Capac— Carácter patriarcal de este fundador del Impe- 
rio. —Sinchi-Roca.— Extiende el Imperio hasta Chuncará sin más armas que la palabra.— Lloque-Yupan- 
qui.— Emplea va la fuerza.— Somete á los canas y á los ayaviris.— Logra sin combate la rendición de los 
collas.— Llega "á las vertientes orientales de los Andes. -^Extensión que tenía ya entonces el Imperio.— 
Mayta-Capac— Pasaen balsas el río Desaguadero y reduce las tribus de Hatunpacasa. — Somete las co- 
marcas de Cnchuña y Moquehua.— Baja á Pucará y reduce varias provincias.— HataUa de Huaychu.— 
Los collas allí vencidos imploran el perdón del Inca. — Rendición de muchos puelilos á consecuencia de 
esta victoria.— Campaña al Occidente.— Puente de bejucos sobre el Apurimac— Gana á los chumpihuil- 
cas.— Somete á los allcas.— Dudas soln-e la verdad de todos estos triunfos.- Autoridad del historiador 
Garcilaso de la Vega.— Capac-Yupanqui.— Se hace prestar juramento de fidelidad por sus hermanos.— 
Conspiración de Putauo-Uman. —Manera como la descubre el Inca.— Visita Capac las provincias.— Gana 
sin encontrar resistencia la de Yanahuara.— Vence á los aymarás.— Arregla las cuestiones que éstos te- 
nían sobre pastos con los caciques umasuyus.— Gana por niedio de su hermano .\uqui-Titu las comarcas 
de Cotapampa, Cotanera v Huemampallpa, habitadas por los quichuas.— Gana en los llanos los valles de 
Hacari, Uviñay otros.— Expedición personal del Inca á la laguna de Paria.— Toma de Cochapampa y de 
Chayanta.— Camina el Inca al Norte, gana once leguas de territorio y baja á los Llanos.— Subj^iga desde 
Nanasca hasta Arequipa. — Inca-Roca. — Va contra los chancas. — Quiénes friesen éstos.— Inca-Roca los 
obliga por su decisión á rendirse. — Emprende luego la conquista de las Charcas.— Somete extensas co- 
marcas.— Funda escuelas, promulga leyes, mejora la administración de justicia,— Yahuar-Huacac— Ca- 
rácter pacífico de este Inca.— Gana, sin embargo, á Tacama.— Conjuración de los chancas.— Avanzan 
sobre el Cuzco.— Yahuar lo abandona v se retira á Muyna.— Su hijo, á quien había obligado á guardar 
rebaños en Chita, va á Muyna, le reprende y toma "sobre sí la defensa del Imperio.— Yahuar-Huacac 
queda de hecho destronado 320 

Capítulo XXIL— Huiracocha.— Se presenta como favorecido por el cielo,— .\campa una legua al Norte del 
Cuzco.— Recibe refuerzos délos quichuas y otros pueblos.— Dala batalla de Yahuarpampa,— Importan- 
cia de esta batalla,— Conducta de Huiracocha con los vencidos,— Entra<la triunfal de los vencedores en el 
Cuzco.— Falta de piedad filial en Huiracocha.— Huiracocha es, no obstante, adorado como Dios. —Lo que 
hace por impedirlo,— Pone un ejército á las órdenes de su hermano Pahuac Mayta y lleva hasta la fron- 
tera de Tucumau las armas del imperio, — Capitanea otro ejército y ocupa varias comarcas al Norte de los 
Chancas,— Baja á la costa; llega hasta Tarapaca.— Baja á las Charcas y ocupa áTucuman.— Levanta ino- 
numentos y coloniza el país de los Chancas, —Le sucede primero su hijo Urco, después Pachacutec— Tie- 
rras que conquistó, aunque no personalmente, este emperador.— Gaua sin combate á Jauja, con ligeras 
escaramuzas á Tarma y Punipu, con mucha dificultad á Chucurpu.— Resistencia de Huaras, Pisco- 
panipá y Cunchucu,— Entrega espontánea de Huamachticu. —Rendición de Caxamarca.— Sumisión de 

TOMO I 'I 



PÁGS. 

YuajTi. — Entrada de los vencedores en la Capital. — Expediciones á las costas del Pacífico.— Se rinden 
sin resistencia los valles de lea y I'isco; después de nmclios combates el de Chincha. — Deliende Chuqui- 
niancu los de Kunahuanac, Huarcu, Malla y Chilca y sucumbe sólo á instancia de sus pueblos. — Cuis- 
mancu, jefe de otros cuatro valles, se cntrcfía mediante un tratado por motivos puramente religiosos. — 
Seis años (Uíspucs prosiííuc Pacliarutcc sus conquistas por medio de su hijo Vupau(|ui. — Cíini|uista de 
Parmunca, Iluallmi, Sumia, Iluaiiapu v Chiiuu. — Oliras luiblicas, leyes y senteur-ias de Pacliacutec. — 
Le sucede su hijo Vupanqui. — Vupan(iui se csfuer/a ante todo por domarlos pueblos bárbaros al Oriente 
de ios .\ndes. — Logra algo de los moxos; nada de los ohiriguauas. — Haja a Chile. — Atraviesa su ejército 
el desierto de Atacama y se apodera con poco esfuerzo de Copiapo. — Gana después A Coquimbo. — Pasa el 
Maule y después de uiui sangrienta batalla tiene que repasarlo.— (jluedan las orillas ilel Maule por fron- 
tera meridional del Imperio. — Asamblea reliiíiosa de que hal)la Ballioa. — Sus acuerdos. — Sucede á Yu- 
panqui su hijo Tupac-Yupanqui. — Tupac-Yupanqui se dirige primeramente contra los puel)lns ai Nor- 
deste del Cuzco. — Campaña de Iluacrachucu. — Campaña contra los chachapoyas. — Los muy upa; upas y los 
cascayuncas se entregan al ver á los chachapoyas \encidos. — Campaña contra Huancapami)ay otras co- 
marcas. —Huan neo. — Guerra de Quito. . . '. 335 

Capítulo XXIII. — Guerra de Quito. — Insurrección de los caranguis. — Opiniones diversas.— Por qué sigo 
con preferencia á \'elasco. — Conquistas de Huayna Capac al Norte y al Occidenle. — A'enganzas que ejer- 
ció en los Llanos. — Por qué no se ensañó con los chachapoyas á pesar de haliérsele relielado. — Su predi- 
lección por Quito. — .Su viltima voluntad. — Su desacertada política al dejar á Atahualjja el reino de Quito 
V ;l Huáscar el imperio del Cuzco. — Efectos desastrosos que ésta produjo. — Guerra entre Atahualpa y 
Huáscar. — Su origen.— Atahualpa baja rápidamente contra los cañaris. — Su crueldad con la familia del 
hijo de Chamba.— Su retrato. — Su residencia en Tumibamba.— Embajada que le envia Huáscar.— Con- 
ducta pérfida de los embajadores. — Atahualpa se ve cuaiulo menos lo esperaba provocado á batalla. — La 
acepta y cae prisionero.— Logra evadirse y va á Quito.— Decisión de los grandes por la guerra.— Organiza 
un crecido ejército y baja de nuevo contra los cañaris. — Lo asuela y lo pasa todo á cuchillo. — Toma y 
destruye A Tumibamba. — Castiga con el mismo furor la provincia de Caxas. — Baja á Tumbez y divido e'ú 
tres cuerpos su ejército. — Va contra la isla de Puna y cae herido de un flechazo. — Se hace trasladar á Ca- 
xamarca, ganada ya por sus generales.— .\tacan los puños A Tumbez. — Quiere bajar á castigarlos .-Vta- 
hualpa y no puede sabiendo que ha salido contra él un ejército de la capital del Imperio.— Batalla de 
Huamachucu. — Atahualpa hace proposiciones de paz y Huáscar las desprecia. — Batalla de Quipaipan y 
prisión del Inca.— Manera como refiere estos dos hechos Garcilaso.— Crueldades que atribuye á Ata- 
hualpa.— Relación de Velasco. — Los generales de Atahualpa dan muerte á veinte delegados dé Huáscar. 
—Atahualpa resuelve apoderarse del Imperio y se ciñe la borla de los Incas.— Manda sus generales al 
Cuzco. — Coincidencia de estos hechos con la entrada de los españoles.— Juicio crítico de Atahualpa. — 
Conclusión 352 

Capítulo XXIV. — Causas porque los Incas hicieron y consolidaron con facilidad sus conquistas.— Institu- 
ciones del Imperio. — Juicios contradictorios de que son objeto.— Manera cómo resolvieron los Incas el 
problema social. — División general de las tierras de cultivo.— Reparto' anual de las municipales entre los 
vecinos.— Labranza en común de las tierras del Sol y las del Inca.— Manera de hacer frente á las nece- 
sidades de los años estériles. — Distribución del algodón y la lana entre las familias. — Artes que sabía 
ejercer por sí cada hombre del pueblo. — Artes que se ejercían á expensas del Estado. — Servicios que pe- 
saban sobre la plebe y condiciones bajo que los hacía.— Juicio sobre el sistema social de los Incas. - Sus 
iuconvenientes.— Sus ventajas.— Organización política.— El Inca.— Leyes de sucesión al trono.— Autori- 
dad absoluta del Emperador. — Respeto y veneración en que se le tenía'.— Magnificencia con que vivía é 
insignias que llevaba.— Sus viajes á las provincias.— Epítetos que se complacían en darle los pueblos.— 
Consideración de que gozaba toila su familia.— Honores que le tributaban después de muerto.— La em- 
I)eratriz ó coya. — El Príncipe heredero.— Educación que se le daba. —Ejercicios que había de hacer y 
pruebas que había de dar para que le armaran caballero y le dieran la borla amarilla.— Fiesta del «huá- 
racu». — La nobleza. — Sus divisiones y subdivisiones. — Diversas clases de Incas.— Los Incas de mujer le- 
gítima; los Incas de concubina de la sangre; los Incas de concubina extraña; Incas por privilegio.— Los 
curacas. — Los amantas. — División del Imperio en cuatro grandes regiones. — Los cuatro vireyes y el Con- 
sejo de Estado.— División de las regiones en provincias. — Los gobei'iiadores.- División de las provincias 
en pueblos. — De quién dependían éstos. —Oscuridad que aún existe sobre las relaciones entre la organi- 
zación social y la política.— Organización de varios servicios. — Los «chasquis» ó correos-postas.— Organi- 
zación de los ejércitos. — Condiciones del servicio de las armas. — Ventajas que llevaban los Incas á los 
demás conquistadores. —Benignidad para con los enemigos antes y después de haberlos vencido.— La 
emigración forzosa, consecuencia, no de la ley del vencedor, sino del despotismo 362 

Capítulo XXV. — Administración de Justicia.— Causas de su sencillez. — Leyes políticas.— Leyes crimina- 
les. — Garantías contra la prevaricación de los jueces. — Escasez de litigios y de procesos.— Si eran, sin 
embargo morales, los tahuantinsuyus.— Causas por que no podían serlo.— Religión del Imperio.— In- 
exactitud de las afirmaciones de Yiarcilaso acerca de este punto. -Además de la religión del Sol había 
otras muchas religiones. — Lo prueba de una manera inconcusa el libro de Arriaga, titulado «Extirpación 
de la idolatría de los indios del Perú». -Religión del Sol.— Importancia que supieron darle los Incas.— 
Era la religión oficial del Imperio.— Templos que los lucas erigieron al Sol; descripción del templo del 
Cuzco.— Santuarios que en él había consagrados á la Luna, las constelaciones, el trueno y el rayo y el 
Arco Iris.— Magnificencia general del templo.— El pueblo y gran parte de la nobleza lo creían aúii de 
mayor magnificencia porque no podían verlo sino exteriormente. — Fiestas al Sol.— Fiesta de «Yntip- 
Raymi». — Fiesta de la Purificación ó del equinoccio de Setiembre. — Fiesta del solsticio de Diciembre. — 
Fiesta del equinoccio de Marzo.— Sacerdotes.— Vírgenes del Sol.— Ofrendas.- Sacrificios.- Si se sacrifi- 
caba también al hombre. — Religiones populares. — Carácter esencialmente fetichista de todas, inclusa la 
del Sol.— .\doracion general'de los seres de la naturaleza. — «Huacas». — «Conopas». — Carácter fetichista 
do estas mismas deidades. — Politeísmo de que participalian, sin embargo, todas estas religiones. — Divini- 
dades antropomórficas.—Huiracocha. — La diosa de las lluvias.— El dios del rayo.— Rimac— La huaca de 
Hilavi.---Huarivilca. — Huari. — Tendencia del politeísmo de los tahuantinsuyus á lo monstruoso.— Esta 
tendencia se observa hasta en las conopas.— Las conopas eran en su mayor parte amuletos. — General uso 
de los amuletos en los pueblos cultos y hasta en los pueblos salvajes.— Si realmente se elevaron los ta- 
huantinsuyus á la adoración de las ideas arquetipas. — Tendencias al monoteísmo. — Con.— Pachaoamac. 
—Huiracocha.— Conclusión 377 

Capítulo XXVI. — Creencias de los tuhuantinsuyus. — Opiniones diversas sobre el diluvio. — Creencia en la 
inmortalidad del alma. — Ci'cencia en la futura resurrección de los cuerpos.— Supersticiones.— Agüeros. 
— .Vgorcros. — Hechizos. — .Supersticiones respecto á los niños. — Supersticiones en la confesión.— Supers- 
ticiones para con los moril>undos.— Estado de atraso de las ciencias.— FiloSofia.-Jurispi-udencia.-Ad- 
ministracion y Gobierno.— Medicina.— Cimjía.— Matemáticas.— Sistema de numeración. — Falta de nu- 
meración escrita.--Geonietría. — .Xstronomía. — Manera de determinar los solsticios y los equinoccios. — 
Ideas sobre los eclip.ses y los movimientos de la huía.- Sistema cronológico.— Oscuridad que reina sobre 
este punto de la historia de los Incas.— Aserciones de Montesinos.— Imposilndad de aceptarlas.— Estado 
de la navegación.— Imposibilidad de admitir la expedición maritinia que Balboa atribuye á Tüpac- 



índice vil 

PÁGS. 



Yupanqui.— Mcilios de iiavegat'ioii de los talmauliiisuyiis.— Balsas.— Sus diferentes olasos.— Barcas rlc 
enea. — Se disliufíuiau los l.aluiantiiisviyus algo más ([u"e en la eiencia en la poesía. — Poesía erótica. — 
Haravís.— Comedias. — Tragedias. — Olíanta. — Opiniones sobre el oríjen de esta tragedia. — Opinión del 
autor.— Argumento de la lragc<lia. — Las comedias y las tragedias formal)an parte de las fiestas |)úblicas. 
— Quiénes las reprnsentalian. — Arte métrica. — Música.— Instrumentos de cnerda, de viento y de percu- 
sión.— Causa princ'i|)al del estado general de atraso de los talniaiitinsuyus. — l^os ((ni|)piis. — l'ln qué con- 
sistían. — Cómo se determinaba por ellos los diversos órdiMies de ideas'.— Los quippu-camayoc. — El sis- 
tema de bis quippus podía dar de sí mucho más de lo (jue generalmente se cree. — No se hii encontrado 
hasta aquí medio de ilescifrarlos.— No los sabía descifrar el pueblo.— Para el pueblo estaban cerradas las 
puertas de la ciencia 393 

CAPírui.o XWII.— La lengua quichua. — Ortolo.gía. — i^nalogía.— Declinaciones. — Formación del plural'. 

Dual quichua.— Pronombres. — Pronombres personales. — Forma inclusiva y exclusiva de la prijnera 
persona del plural. — Pronombres demostrativos é interrogativos. — Pronombres posesivos. — Su impor- 
tancia. — Sus diversas aplicaciones. — Su declinación. — Concisión y riqueza quedaban á la lengua. 

Cómo suplían á los pronombies personales, principalmente en la conjugación del verbo. — Ejemplo por 
la conjugación del verbo sustantivo «cani.» — Regularidad del verbo en general. — Conjugación del ac- 
tivo «apa-n-y.» — Conjugaciones de transición ú objetivas. — Si las hay ó no en la lengua española. — 
Formas de las cuatro conjugaciones objetivas. — Su comparación con bis del verbo luUiuatl. — Su compa- 
ración con las del verbo vascongado. — Particularidades del verbo quichua. — Nombres verbales. — Nom- 
bres derivados de otros nombres. — Diversos modos de formar los derivados. — Voces compuestas. — Su 
formación. — Su abundancia. — Riqueza de preposiciones, conjunciones y adverbios. — Riqueza de formas 
comparativas. — Juego de los pronombres posesivos en los grados de comparación. — Precisión en deter- 
minar los de parentesco. — Originalidad de las lenguas americanas sobre este punto. — .Sintaxis quichua. 
— Cotejo de la lengua de los quichuas con la de los aymarás.— Semejanzas y diferencias en los nombres 
del sistema numérico de los dos pueblos.— Otras semejanzas y diferencias léxicas. — Gramática de la len- 
gua aymara. — Declinación. — Pronombres. — Plural inclusivo y exclusivo. — Pronombres posesivos. — Su 
escasa importancia respecto á los de la lengua quichua. — Conjugación del ^erbo. — Sintaxis. — Cual de 
las dos lenguas fuese mejor y cual de las dos mereciese el nombre de dialecto 405 

Capítulo XXVIIL — .\gricultura de los tahuantinsuyus. — Manera como aprovechaban los arenales de la 
costa y las faldas de los cerros. — Hoyas. — .\ndenes. — Llanuras elevadas. — Páramos. — Sistema de arar la 
tierra.— Abonos.— Riegos.— Acequias.— Orden para el aprovechamiento de las aguas.— Abundancia de 
productos agrícolas. — Escasez de instrumentos. — Manera como se molía el maiz.— Brebajes que de la ha- 
rina se hacía. — Plantas textiles que se aprovechaba.— Ganadería. — Llamas, alpacas, huanacos, vicuñas. 
— Prohiliicion de matar el ganado bravio.— Cacerías solemnes que anualmente se hacía. — Libertad que 
se dalia á los huanacos y á las vicuñas después de trasijuilados.— Industria minera. — Desconocimiento 
de la virtud del azogue para separar el metal de la escoria. — Cómo se los separaba. — Cómo se suplía por 
ligas más ó menos ingeniosas el hierro.— Falta de herramientas para el ejercicio de las artes.— Lo ade- 
lantada que estaba, sin embargo, la platería.— No lo estaba menos la cerámica. — Se trabajaba también 
admirablemente la piedra.— No así la madera. — De madera se hacía, con todo, las principales armas. — 
Tejidos. — Curtido y adobo de pieles.— Comercio. — Se conocía las pesas y se disponía de bestias de carga, 
y el comercio distaba de tener la importancia que en Méjico.— Bellas Artes. — Pintura. — Escultura. — 
Arquitectura.— Carácter general de este arte. — Qué monumentos no pertenecen, según el autor, á la ar- 
quitectura de los Incas. — Error de Humboldt. — Carácter marcadamente ciclópeo de los edificios que los 
Incas levantaron. — Cotejo entre la arquitectura pelásgica y la incásica. — Diversos sistemas de corte y co- 
locación de piedras. — Argamasas. — No siempre los Incas" hacían de piedra los monumentos. — Cómo se 
fabricaba los adobes.— Si había c'i no bóvedas. — Cotejo entre los monumentos de los Incas y los que el 
autor tiene por más antiguos. — Diversas clases de edificios.- Tambos. — Almacenes. — Casas de juegos. — 
Baños. — Palacios y templos. — F<n'talezas.— Descripción de la del Cuzco. — Acequias. — Puentes. — Con- 
clusión 421 

Capítulo XXIX. — Vida doméstica de los tahuantinsuyus. — Nacimiento. — Destete. — Educación. — Casa- 
miento. — Trabajo. — Vestido. — Alimentación. — Bebidas.— Paz del hogar.— Divorcio. — Fiestas. — Vanidad 
femenil. — Preparación para la muerte. — Enterramiento. — Reflexiones. — Conclusión del libro 43.5 

Capítulo XXX.— Sobre si hubo en América más pueblos civilizados de los hasta aquí descritos. — Rocas 
grabadas y pintadas que hay en todo aquel continente. — No indican á los ojos del autor la existencia de 
otros pueblos cultos. — Códices pintados y otras clases de jeroglíficos encontrados en pueblos bárbaros. 
— Tampoco son suficiente indicio para resolver la cuestión de que se trata. — Lo son ya las ruinas de Co- 
pan. — Su situación y descripción. — Sus esculturas. — Sus altares. — Su significación. — Si el templo en 
ruinas pudo ser obra del pueblo que encontraron en Honduras los españoles. — Semejanzas y diferen- 
cias entre estas ruinas, las de Y\u-atan y las de Palenque.— Ruinas de Quirigua.— Su situación y su 
descripción. — Semejanza entre estas niínas y las de Copan.— Ruinas de Cinaca-Mecallo.— Comparación 
con las de Copan y Quirigua.- Otras ruinas de dudosa existencia. — Ciudades de Patinamit y Utatlan. — 
Ruinas de Patinamit. — Ruinas de Utatlan. -^Otras minas en Guatemala. — Ruinas del lago de Peten. — 
Ruinas del lago de Yaxhaa. — Ruinas de Tikal — Todas estas ruinas parecen revelar la existencia de tres 
pueblos desconocidos. — Los Mound-Builders. — Campos atrincherados. — Campos-fortalezas. — Campos- 
templos. — Si lo eran verdaderamente.— Túmulos. — Túmulos-templos. — Ttimulos en figura de seres ani- 
mados.— Túmulos-cónicos. — Ruinas más allá del Gila y el Colorado. — Reflexiones y conclusiones. . . 444 



LIBRO SEGUNDO 

LO.S PUEBLOS BÁRBAROS 



Capítulo primero. — Método que se seguirá en este libro. — Dificultades que ofrece la historia de los pue- 
blos bárbaros. — Diferencias que estos pueblos presentan. — Tribus que ocupaban el territorio de la actual 
república de Chile. — ¿Habrían sido en otro tiempo más cultos y formado un sólo imperio? — Su sistema 
de numeración.— Su idioma.— Originalidad de esta lengua ó sea del ChiUdugu. — Ortología v prosodia del 
chilidugu ó lengua chilena. — Sencillez y regularidad de la analogía. — .\rticulo. — Nombre". — Manera de 
declinarlo. — Números del nombre. — Formación del dual y el plural. — Géneros.— Pronombres. — Pronom- 
bres personales. — Pronomln'es demostrativos. — Proiiombres posesivos. — Verbo. — Voces, modos, tiempos. 



PÁGS. 

Eii qué ooiisisten las terminaciones de la conjugación. — Características por las que se forman sobre el 

tiempo (le presente los (iem;\s tiempos.— Tiempos del modo indicativo. — Tiempos del subjuntivo.— Im- 
perativo. — Cómese suple el modo optativo. — Iiilinitivo. — Formación de la voz pasiva. — Formación de 
la impersonal y la reciproca. — Conjtigaciones de transición. — Modo de hacer negativos los verbos afir- 
mativos. — Sintaxis. — l'arte léxica de la lengua. —Facilidad en hacer verbos de todas las partes de la ora- 
ción. Verbos derivados de otros. — Verbos nombres. — Nonilires verliales.— Nombres derivados de nom- 

Iji'cs. Nombres abstractos. — Modo de formar palaljras derivadas por medio de partículas interpuestas. — 

Concisión y energía del idioma chileno. — Los chilenos no estaban adelantados sólo en la lengua. — .Su 
agricultura. — Sus artes. — Su industria minera. — Su alíarería.— Sus tejidos. — Sus medios de comunicar 
los piMisamientos. — Sus supersticiones. — En qué consiste su barbarie. — División geográfica de las tribus 
de Chile. — Los araucanos 473 

Capítulo II.— Los araucanos. — Lo que fueron y son todavía.— Comarcas que ocupaban antes de la Con- 
quista. Carácter físico y moral de este pueblo. — Gobierno.— Ghiilmenes y apogliiiimcncs. — Vuta-co- 

va^hs ó parlamentos. — \Ianera cómo se los celebraba. — Parlamentos de guerra. — Parlamentos para las 
paces.— Los thoquis.— Corla extensión de la autoridad de los ghiilmenes.— Jtiicios criminales y civiles. 
I^a propie(lad. — Trajes. — Trajes de pa/. — Trajes de guerra. — Armas. — .Vdelantos militares. — Institucio- 
nes bélicas.— Organización del ejército. — Kxtrema vigilancia en los campamentos. — Consejos de capita- 
nes. Formalidades para decretar la guerra.— Importancia de los contingentes qtie para hacerla apron- 
taban los ghúlmenes. — Conducta de ios araucanos con los prisioneros. —Creencias religiosas que profesa- 
ban.— Carencia de todf) culto á Dios. — Culto al Diablo. — Nombres y formas que á éste se daban.— Ofrendas 
V holocaustos.- Sacriiicio de un prisionero después de cada victoria.— Genios benéficos. — Ideas sobre el 
diluvio. — Ideas soljre la inmortalidad del alma.— Funerales.— Supersticiones. — Agüeros y agoreros. — 
Estado <le las ciencias. — La .aritmética y la Geometría. —La Astronomía. —La Cronología. — La Medicina. 

Los machis.— Los médicos y los cirujanos empíricos. —Total ausencia de las Bellas Artes. — Oratoria y 

poesía. — Costumbres domésticas. —Nacimientos. — Bautizos. — Crianza y educación de los niños. — Liber- 
tad de que gozaban los varones. — Libertad de las hembras. — Ceremonias practicadas á los primeros 
menstruos. — Matrimonios. — Compra de las noxias. — Ceremonias para los desi>osürios. — Raptos. — Condi- 
ción de la mujer casada. — Constitución de nuevas faínilias. — Hospitalidad. -.\rrrigancia de los arauca- 
nos. Diversiones y juegos. — Si era conocido el ajedrez en el antiguo Arauco. — Criterio erróneo que pa- 
rece seguir Molina -IS'J 

Capítulo III. — Los fuegios. — Nombres que en otro tiempo llevaban.— Su situación geográfica. — Cuestio- 
nes á que han dado origen. — Cómo los ijinta Oviedo. — Cómo los describen Knivet y otros autores ex- 
tranjeros. — Exageración de estas descripciones j pinturas.— Restablecimiento de la "verdad por D'Orbi- 

¡jnv. Si habrá degeneraclo desde los tiempos de la Conquista la raza de los patagones y los fuegios. — 

Allrmaciones de Albo, Uriarte y Urdaneta. — Curiosas noticias dadas por .Sarmiento de Gamboa. — Causa 
ile los errores de Oviedo. — Errores de .\rgensola. — Errores del mismo D'Orbigny. — Entre los fuegios 
como entre los patagones había gente de talla superior á la de los europeos. — Entre los fuegios hay razas 
distintas. — Por qué se las ha confundido en una.— Traje de los fuegios. — Alimentos. — Viviendas. — Ca^ 
rencia total de agricultura y artes. — Los fuegios están exclusivamente dedicados á la caza y la pesca. — 
Sus armas. — Sus piraguas.— Manera como las construyen. — Carácter nómada de esas tribus. — Manera 
como se trasladan de una isla á otra.— Condición de la" mujer allí y en casi todos los pueblos bárbaros. — 
Población. — Es ahora escasa y no era muy abundante cuando la Conquista. — Citas del diario de Sar- 
miento. — Diferencias características entre los fuegios de la región occidental y los de la región oriental 
del estrecho de Magallanes. — Hechos belicosos de los fuegios de la región oriental contra los españoles. 
Temor que infundía un arcabuzazo á los de la región oriental. — Carácter moral de los fuegios. — Aso- 
mos de culttira en la región oriental. — Falta de organización política. — Total carencia de leyes y tribu- 
nales. Religión. — Ideas sobre la vida futura. — Sacerdotes. — Médicos. — Funerales.— Lengua. — Voces 

fuegias sacadas de la relación de Sarmiento. —Por qué no escribo la historia de los puel)los bárbaros y me 
liniíto á clescribir su estado social. — Estado de barbarie en ctue vivían y viven los fuegios 502 

Capítulo IV.— La Patagonia. — Esterilidad de sus vastas llanuras. — Condiciones físicas de sus habitantes. — 
Vestidos.— Pinturas clel rostro.— Falta do limpieza y amor al trabajo. — Condiciones morales. — Pasión por 
la "tierra. — Armas ofensivas y defensivas. — Precauciones militares.— C^obierno durante la camiiaña. — 
Carencia de gobierno durantela paz. — Composición y carácter nómada de las tribus. — La caza. — Manera 
como levanta el patagón su toldo. — El patagón apenas conoce la industria. — No ha sabido nunca hacerse 
una canoa ni una liaisa. — Tiene, sin embargo, su sistema de numeración, su cronología y algunos cono- 
cimientos astronómicos. — Ideas pueriles que ha concebido acerca del cielo.— Creencias.— Dol)le natura- 
leza del dios Achekenat-Kanet. — Ausencia de todo culto. — Conjuros. — Terapéutica especial y rara em- 
pleada por los adivinos. — Supersticiones.— Vida social y doméstica. — Libertad de que gozan los varones. 

Cuando la alcanzan las hembras.— Ceremonias para cuando éstas llegan á la pubertad. — Matrimonios. 

Ritos que en ellos se observan. — Monogamia.— El patagón considera un crimen casarse con hembra 

de otra raza. — Cómo trata á la mujer. — Cómo la trata cuando le es infiel. — Es blando en sus costumbres. 
No es duro en la paz sino con los enfermos. — Terror que le inspiran las epidemias. — Cómo las com- 
bate.— .\mor y respeto que conserva para con los muertos. — Duelo de las viudas. — Funerales. — Falta de 
sucesiones ' 510 

Capítulo V. — Las tribus del río de la Plata. — Los puelches. — Cómo eran físicamente.- Cómo vestían y vi- 
vían.— Cómo eran de ánimo. — En qué estado tenían el arte, la industria y la ciencia. — Qué creencias 
profesaban. — Culto que rendían á Hualichu. — Imi)ortancia que dabau á sus médicos. — Servicios que de 
ellos recibían. — Cómo enterraban á los muertos. — Gobierno por qué se regían.- Lo amigos que eran de 
la igualdad. — Sus ritus y ceremonias. — Los charrúas.— Tribus de que se componían.— Situación que 
ocupaban. — Su aspecto físico.— Su porte.— No se pintaban ya como los patagones y los puelches. — Usa- 
ban en cambio el barbote y se labraban las mujeres en la cara tres rayas azules. — "Su traje.— Sus toldos. 
— Sus frecuentes cambios de asiento. — Razones que para ellos dal)an.— Su industria.— Sus alimentos. — 
Lo graves y tacittirnos que eran. — No tenían distracciones ni pasatiempos. — Armas de qué usaban. — Lo 
diestros que eran en manejarlas. — No conocieron las bolas de los patagones y los puelches.— Sus asam- 
bleas. — Su respeto á la opinión y la libertad ajenas. — Su modo de haj?er la guerra. — Su ardimiento y su 
vocerío en los ataques.— Su fiero amor á la independencia.— Su buen trato páralos prisioneros. — Qué 
hacían de los niños y las mujeres que cautivaban. — Por qué ni unos ni otros solían abandonar la tribu. 
— Los chan-uas no sál)ían aprovechar las consecuencias de sus victorias.— Carecían de gobierno.— V^enti- 
laban sin necesidad de juicio sus contiendas. — Se pegaban, pero no se mataban.— No mataban ni aiin á 
los que cometían adulterio con sus esposas. — Sus matrimonios. — Cuál era la condición do sus mujeres. — 
Cuál la educación de sus liijos. — Cuál su religión. — Cuál su culto. — Cuáles stis ceremonias para los en- 
tierros. — Lo liárbaros <iue eran sus dticlos. — Duelos de las mtijeres. — Duelos de los hombres. — Reflexio- 
nes sobre tan inhumanas costumbres. — Duelos de los minuaues. — Otras diferencias entre esta tribu y la 
de los charrúas. — Quiénes eran los guenoas de que habla Lozano.— Carácter de las lenguas de todos 
aquellos pueblos 520 

Capítulo V I. — Los mbocobis, los tobas y los payaguas. — Situación respectiva de estas naciones. — Caracte- 
res físicos y morales de los payaguas. — Cómo se cortaban éstos el cabello y se pintaban el cueipo. — Cómo 



ÍNDICE IX 

PÁcs. 

voslían. — Cómo so ailornaban. — Artns f|uo ejercían.— Canoas que fabricaban.— Destreza que tenían en 
manejarlas. — Lo buenos navegantes que eran. — .Su régimen poUtieo.— Sus sentimientos do libertad é 
igualdad.— Su manera de ednear á los hijos. — Su comportamiento con la mujer.— Sns divorcios.— Sus 
matrimonios.- Sus ceremonias para el parto de sus mujeres. — Sus tiestas. — Su liesta-sacrilicio del mes 
de Junio.— Reílc.>;iones sol)rc el carái-ter y fin de esta fiesta. — Creencias de los payaguas,— l,o puco liu- 
manitarios que eran. — Sus crueldades con los guaraníes. — Sus lieelios con los españoles.— Su con(lu(^ta 
para con los prisioiu'ros. — Su división en cadiqucs y siucuás ó paiguas y agaces.— Svi manera de con.s- 
truir los toldos. — Su indolente vida.— Sus médicos.— Su extraña manera de curar las enfermedades gra- 
ves. — Su más extraño modo de enterrar á los muertos. — Los mboeobis y los tol)as. — Hoy lian sul)stituido 
á los payaguas en las márgenes del Paraguay y el Faraná. — Son uu solo pueblo y se los desci'ibirá bajo 
el nombre genérico de tobas. — Territorio ciue ocupaban los tobas en tiempo de la t'onquista. — Cómo erau 
íisicamonté. — No se pintaban, pero se labraban el cuerpo. — Sus trajes. — Sus alimentos.— Sns viviendas. 
— Por qué se las hizo comunes á cada tribu. — Los tobas eran también belicosos.- Usaban el arco, la He- 
cha, las bolas. — Pasaban á nado los lagos y los ríos.— Se gobernaban como los charrúas. — Ei'an más hos- 
cos y feroces que éstos.— Tralalian, sin enrbargo, con dulzura á sus mixjeres.— ICran polígamos. — Por((ué 
no abundaban con todo en hijos. — Infame costumbre de sus mujeres de provo(;ar el aborto. — Sus ci-een- 
cias. — Sus conocimientos. — Su Medicina. — Su astronomía. — Sus tradioioues. — Los tobas labraljan ya la 

tierra. — .\\ui en las artes estaban más adelantados que los demás pueblos hasta aipií descritos .-)2;) 

C.\PÍTui.o VIL— DiUcullades con que se tropieza para la enumeración y clasilicaciou de los pueblos bárl)a- 
ros.— Causas de que proceden. — Diferentes nombres que se da á unos mismos pueblos y también á unos 
mismos ríos. — Aumento de confusión por los europeos. — Urgente necesidad para disiparla de reproducir 
las gramáticas y los diccionarios de los idiomas de aquellas naciones, imprimir los manuscritos y escri- 
bir los que aún faltan. — Naciones á orillas del Paraná. —Timbues y Caracaraes.— Por qué no los descri- 
bo.— Abipones. — Galianos y quilmes.— Jnris y tonocotes. — Lenguas. — Por qué recibieron este nombre. — 
Su carácter moral y físico,' su manera de tocarse y adornarse. — Guaycurues. — Su posición, su presun- 
ción y su fiereza.— Sus costumbres.— Su gobierno y sus duelos á la muerte de los caci<pies.— Su grado 
de cultura. — Consideraciones que guardaban á la mujer. — Barbarie (|ue mostraban nuitando á los hijos 
ilegítimos. — Aperues ó yapirues. — Cómo los describe .\lvar Nuñez. — Ml)ayas ó Albayas. — Su posición 
de hoy y laque tenían cuando la Conquista. — Su carácter físico y moral y su golnerno. — Sufocado. — 
Sus aumentos. — Sus armas. — Sus condiciones militares. — Fiesta que hacían las mujeres con las cabelle- 
ras de los enemigos. — Infame costumbre-de provocar el aborto. — Cómo se cohonestaba este crimen. — Ue- 
ligion, inhumanidad y creencias de estos bárbaros,— Enterramientos. — Relaciones con los guanaes. — 
Grupos en que estaban divididos guanaes y albayas.— Condiciones físicas y morales que distinguieron á 
estos dos pueblos. — Lo hospitalarios que eran los guanaes. — Cómo levantaban sus casas. — Cómo cons- 
truían sus camas. — Cómo se casaban. — Cómo deshacían sus matrimonios. — Por qué matalnin á muchas 
de sus hijas. — Sus fiestas.- Sus adornos.— Su traje.— Carecían de juegos, de bailes, de instrumentos mú- 
sicos, de gobierno.— Si pertenecían á la nación de los mataguayos.— Quiénes fueran éstos.— Su situa- 
ción. — Sus diversas tribus. — Dónde solían establecerse. — No eran navegantes, pero sí excelentes nadado- 
res.— Auncjue uómadas, tardaban en cambiar de asiento. — Sus casas, sus camas, su industria.— Si eran ó 
no belicosos.— .Si se acomodaban fácilmente á la servidumbre. — Su carácter moral.— Su amor á la danza. 
— Su lengua. — Su astronomía. — Su manera de enterrar á los muertos. — Los chiriguanos.— Por qué no 

los describo y ijougo aquí fin al capítulo .'iSS 

Capítulo VIII. — Los guaxarapos ó guarapayos. — Su situación.— Su vida ordinaria.- Su vida en las cre- 
cientes de sus ríos. — Los guatos. — Lo ariscos que eran. — Los sacocies ó chañes. — Estallan en las orillas 
del lago Marlene y en las del río Cheane. — Sus precauciones contra los insectos. — Los orejones. — A qué 
debían su nombre.— Vivían en la laguna de Sayba.— Dieron origen á una verdadera fábula. — Los arta- 
neses. — Su extraña manera de ataviarse.— Su pobreza. — Los xarayes. — Su mayor cultura. — Se vestían y 
se adornaban. — Molían y amasaban el maíz. — 'í'enían pueblos de mil hogares. — Tenían ya un principio 
de organización política. — Exageraciones que sobre ellos se ha escrito. — Dudas A que estas exageracio- 
nes han dado margen. — Los pueblos de tierra adentro. — Los Chiquitos. — Los Chiipiitos (género). — No 
eran ya nómadas. — Eran pacíficos, dóciles, sumamente hospitalarios.— Carecían de religión. — Tenían 
caudillos. — No formaron jamás cuerpo de nación. — No hablaban una sola lengua. — Carácter general de 
sus diversos idiomas.— Condiciones físicas. — Los chiquitos (especie). — Extensión de tierra que ocupa- 
ban. — Tribus sin número en que estaban divididos.— No se pintaban ya ni se labralian. — .Su traje.— Sus 
galas. — Sus armas. — Su generosa conducta con los vencidos. — Su bondad. — Su falta de gobierno. — Sus 
caciques-médicos. — Sus ideas solu'e el origen de las enfermedades. — Su terapéutica. — Su horror á los he- 
chizos. — Sus agüeros. — Sus creencias. — Su amor á los festines. — Su poco apego á la familia. — Su afición 
á la música, al baile y á los juegos. — Su juego de pelota. — Su agricultura.— Sus cacerías. — Su monogii- 
mia y la poligamia de sus caciques. — Obligaciones de sus mujeres. — Educación de sus hijos. — Sus casas. 
—Sus comidas. — Su lengua. — Los manacicas, rama de los chiquitos. — Su organización política.— Su ley 
de sucesión para los caciques. — Su religión.— .Sus principales dioses.— No se ocultaban éstos como los de 
otras teogonias. — Oráculos que pronunoialian. — Cómo desaparecían. — Cómo ungía el sacerdote que vo- 
laba con ellos al cielo y cómo volvía. — Si había realmente en esta teogonia algún reflejo del cristianis- 
mo. — Silo había en una tradición del mismo pueblo. — Ideas délos manacicas sobre la vida futura. — 

Ayunos.— Industria 548 

Capítulo IX. — Las demás naciones de la provincia de los chiquitos. — Los samucues.— Su situación topo- 
gráfica.— Sus condiciones físicas. — Su traje. — Su carácter moral. — Svrs instintos belicosos. — Modo como 
cultivaban la tierra. — Cuando iban á caza. — Situación topográfica de los curaves, de los corabecas, de los 
tupiis y los otukes, de los covarecas, de los paiconecas, de los curucanecas, los curuminacas y los sara- 
vecas. — Falta de fisonomía propia en estos pueblos. — Los Moxos. — Los Moxos, género.— Superficie que 
ocupaban. — Caracteres físicos que los distinguían de los Chiquitos. — Su traje.— Sus adornos. — Su falta de 
comodidades. — Su industria.— Su ignorancia. — Su medicina. — Sus creencias.— Sus fiestas religiosas. — 
Sus sacerdotes. — Su jerarquía sacerdotal. — Sus ideas sobre la inmortalidad del alma.— Su manera de en- 
terrar á los luuertos. — Su falta de goliie.rno. — Su modo de hacer la guerra. — Su respeto á la vida de los 
prisioneros y su crueldad para oou'los hijos.— Motivos de esta crueldad.— Los Moxos eran sin embargo 
de buena índole.— Cómo celebraban sus matrimonios.— Los moxos, especie.— Territorio que ocupaban. 
—No diferían de los Moxos, género, ni en condiciones físicas ni en costumbres.— Es probable- que fue- 
sen más cultos. — Su sistema de numeración.— Su sistema cronológico. — Motivos por que vacilu al deter- 
minar el grado de cultura de este pueblo. — Lo peligroso que es determinarlo inconsideradamente por 
las voces sin relación con las ele Europa que se encuentran en las lenguas. — Demostración de esta tesis 
por la lengua de los Moxos. — Aserto de Francisco Viedma sobre los medios gráficos de los moxos.— Falta 

de confirmación de sus palabras 561 

Capítulo X.— La lengua moxa. — Su prosodia. — Su analogía. — Importancia de sus pronombres.— Pronom- 
bres personales.— Pronombres demonstrativos.— Diferente manera de designar por estos pronombres las 
cosas y personas presentes y las ausentes.— A)3Ucacion de la forma neutra de estos mismos pronombres. 
—Pronombres posesivos absolutos.— Los hay equivalentes al lew francés, al scin y al ihr de los alema- 
nes y á los hi?, hcrs, iís de los ingleses.— Pronombres posesivos relativos.^=.Cuando perdían una de sus 
TOMO I - in 



índice 

PÁcs. 



5Ü9 



letras.— Diversos usos de estos pronombres.— Genitivos de posesión.— Acusativos y ablativos de movi- 
inieuto.— Dativos.— Números.— Verbos.— Verbos sustantivos.— Tiempos tunilamciUales: presentí! y fu- 
tur,).— .Manera de formarlos en los verlio., nuUchu y /íiííí7í(Í.— Diverso modo de formarlos cuando iba con 
nombre el vei'h,).— Kscasez de tiempo tanto en el modo indicativo eomo en los demás modos.— Como la 
sui)l¡an.—lnlinitivo.— Formas de uegaeion.— Carácter elíplieo de las frases de verbo sustantivo.- Verbos 
atributivos.— Formación de sus tiem"i.>os.— Gerundios y participios.— Participios de presente.- Partu-ipios 
de i)retérito.— Parlicipios de futuro.— Supinos.— (.'onjusaciou de supinos, participios y {íerundios.— For- 
mas de negación —Formas de recii)rocidad y de ir.uisiciou.— Forma pasiva.— Uso de los pronombres de 
tercera pi-rsona en los verl)js. — Uso de estos pronombres con los relativos, las preposiciones y los adver- 
bios. — Semejanza de las lenguas luoxa y «luictiua en la importancia y el desarrollo de los pronombres 
posesivos. — Preposiciones, conjunciones^ adverbios, interjecciones. — Sintaxis. — Hipérbaton. — Particula- 
ridades de la lengua.- Uso de distintos pronombres y aún interjecciones y nombres por las mujeres.— 
Laconismo con (¡ne se expresaba el número v la cosa numerada.— Diversidad de nombres para el padre 
propio y el extraño.- Modilií^aciones cine sufrían muclias palabras al unirse con pronombres posesivos. 

— Palabras compuestas 

Cu>írt-i.o .\.l.— Uonamas v caniclianas.— Su situación geográflea.—('ondiciones físicas de los itonamas.— 
Condiciones morales. — Religión. — Super.sticioues. — Los eaniclianas. — Sus condiciones físicas y morales. 

Su audacia. — Sus invasiones. — Costumbre que observaban ;'i la primera menstruación de sus hijas. — 

Los cavuvavas.— Su situación. — Su carácter. — Genios en que creían. — Los ¡lenes. — Su situación. — Su 
arrojo V amor á la independi-ncia.- Su destreza como navegantes.— Su gusto artístico.— Su lengua.— Los 
moviraas.— Su situación, su estatura, su lengua, su genio del mal y sus super.slicioncs.— Los chapacxi- 
i-as-Sii situación. —Sus eostumlires.- Los pacaguaras.— Su situación.— Su bondad.— Su espíritu em- 
prendedor.— Sus genios del Viieu y del mal.— Gusto musical de todos los Moxos.— Nuevo gnipo de pue- 
l)los en la fakla oriental de los Aiides. — Descripción de la comarca. — Pueblos de que sólo se sabe el nom- 
bre.— Pueblos de ([ue se conoce el estado social y las costumbres. — Color de estos pueblos. — Estatura.— 

Formas. — (^oudii'ioucs uenerales de vida. — Trajes 581 

Cu'iriri.o Xil.— Los vuracarés.— Su situación.- Belleza- de la tierra que ocupaban.— Caracteres físicos.— 
Trajes v adornos.— .Ve'ilidad v destreza para la caza y la pesca.- Carácter moral.— Agricultura.— Habita- 
ciones. 1- Alimentos.— Caza.-^ Pesca. — Fabricación de armas. — Otras industrias. — Costumbres. — Naei- 
luientos.-^Educacion hasta los siete años.— Educación posterior.— Casamientos. — Distrilmcion de las 
cargas c myugales.- Cambios de domicilio. — Visitas á parientes de apartadas tierras. — Falta de sociabili- 
(ln,i;_l.'ulta (íe suliordiiiacion y disciplina. — Ceremonias de la nubilidad en las hembras. — Carácter san- 
"rie'nto d(! sus fiestas. — Supersticiones. — Supersticiones respecto á la agricultura y la caza. — Supersticio- 
nes respecto á las enfermedades. — Supersticiones respecto á sus hijos. — Si era la superstición ó la reli- 
o-ion lo ([ue los llevaba al saeriflcio de su propia sangre. — Creencias. — Incendio de la naturaleza por Sa- 
raruma. — Salvación de un solo liomlire. — .\yudado este hombre por el mismo Sararuma, cubre de nue- 
vos bosques la tierra.— Da con una mujer y engendra varios liijos.— Su hija única se enamora de un 
árbol llamado Ule v logra verlo convertido en mancebo y tenerle por esposo.— Va Ule á caza con sus cu- 
ñados V muere desgarrado por un tigre. — Su esposa reúne los destrozados miembros y les restituye la 
vida.— Ule, sin embargo, al ver en las aguas de un arroyo que le falta parte de la mejilla, se niega á se- 
guir á su consorte.— Extraviada la esposa, va á parar eñ una casa de jaguares.— La madre de los jagua- 
res quiere salvarla v la oculta á sus hijos, pero inúlilinente.— Perece la mujer de Ule desin-dazíida por 
uno de los tigres. — Se encuentra cu su seno á Tiri. — Le salva la madre de los tigres. — Enterado Tiri de 
la muerte de su verda<lcra madre, se resuelve á matar á los jaguares. — Yerra el tiro al querer matar el 
cuarto, y creyéndose perdido invoca el socorro déla naturaleza. — Le salva la Luna. — Tropieza Tiri, 
piérdela uña del dedo gordo del pié y de la uña sale Caru. — Van Tiri y Caru á un banquete, vuelca 
Tiri una copa é inunda el mundo.- Perece Caru en el diluvio y Tiri le devuelve la vida.— Caru y Tiri 
cohabilan con el pájaro pospó y engendran cada uno una mujer y un hombre. — Por qué está condenado 
(d hombre al trat)a¡o, al dolor y la'mnerte. — ürí.ueu de los papagayos, los tucanes y otros pájaros.— De 
dónde salieron las diversas naciones de la tierra. — Por qué reina entre ellas la discordia. — Tiri, al termi- 
nar su tarea, se i'etira al Occidente. — .\ pesar de estas tradiciones uo rendían los yuracarés á dios alguno 
adoración ni culto. — Creencia en la inmortalidad del alma. — Dónde ponían el paraíso. — Originalidad de 
los yuracarés. — Su sistema de numeración. — Su lengua.— Sus suicidios. — Sus duelos.— Su origen. — Los 
moeeteués. — Su situación. — Las diferencias que los separaban de los yuracarés. — Los tacanas. — Los ma- 

ropas. — Los apolistas 586 

C.M'íTUi.o XIU. — Por qué no se habla de los guarayos ni de los pueblos situados en la cuenca del río de las 
Amazonas. — Por qné no se habla tampoco de las tribus de Quito de que escribió Velaseo. — Pueblos bár- 
liaros del reino de Bogotá. — Los panelies. — Su situación, sus tribus, sus armas, su crueldad con los ene- 
migos. — Invadían el territorio de sus vecinos, pero no lo incorporaban al suyo. — Su carácter físico y mo- 
i;i];^Su traje y sus galas. — Su caza, su pesca y su agricultura. — Su confraternidad. — Su bárbara cos- 
tumbre de matar á l;is hijas en tanto que no tenían un hijo. — Su gobierno.— Su reUgion.— Los sutagaos. 
—Su situación.— Su carácter.— Sus latrocinios y su manera de santiflcarlos. — La dulzura de su voz y la 
maldad de su alma. — Los tocaymas y los natagaymas. — .Su situación. — Su bravura. — Lo celosos que es- 
tallan de sus mujeres. — Los pantagoros y sus tribus. — Los pijaos. — Su valor. — Sus dioses y su rara ma- 
nera de hacerlos. — Los mnsos y los coliiñas. — Su situación. — Sus ereeucias. — Su total carencia de dioses. 
— Es de dudar si creían en la inmortalidad del alma. — Sus suicidios. — Sus entierros. — Su falta de insti- 
tuciones polítif^as. — Su justicia. — Sus casamientos. — Su conducta en los adulterios de sus mujeres. — Ma- 
nera como criaViau y educaban á sus hijos. — Su carácter belicoso. — Los laches. — .Su aflcion á la lucha. — 
Sus dioses. — Su l)riítal sensualismo. — Su extraña costumbre de convertir en hembras algunos de sus va- 
,Y,HPS, — Lo extendida que estaba la sodomía. — Los chitareros. — Sus tribus. — Su barbarie. — Reflexiones. . 600 
C.M'irui.o XIV. — Los caquesios. — Considerable extensión de tierra que ocupaban. — Condiciones físicas que 
los distinguían. — Cuan di\-erso carácter tenían los de la Costa y los de las montañas y los Llanos. — Los 
caquesios (le la Costa. — Sus prim-ipales poblaciones. — Su régimen político. — Su lealtad y su hidalguía. — 
Los caquesios del Sur. — Lo numerosos que eran según Nicolás Federmann. — No tenían un jefe supremo; 
pero es de presumir que estuviesen confederados. — Siguieron con los españoles muy distinta conducta 
que los de la Costa. — Eran los de los Llanos y la Cordillera bravos é indómitos. — Fort¡fical>an sus pobla- 
ciones. — Su industria. — Oscuridad que reina sobre sus instituciones, creencias y costumbres. — Distribu- 
ción general de los piieljlos bárbaros que haliía desde el reino de los Muiscas al mar de las .\iitillas. — 
Carácter de estos juieblos. — (/ómo se vestían. — Qué adornos usaban. — Cómo envenenaban sus flechas. — 
Lo bien que nadaban y bogaban los de las riberas del lago de Maracaybo. — Lo comunes (|ue eran en to- 
das aquellas naíáonesla p;)ligamia, lasodomía y el iiLcesto. — Condiciones especiales délos urabaes. — 
Manera como enterraba este pueblo á sus caciques. — Su genio del mal. — Su completa carencia do culto. 
— Los ciiytas tenían ya templos, ofrendas y sacrificios. — Se parecían á los caquesios, con quienes vivían 
unidos en la ciuilad de Acarigua. — Los guajií'os. — Lo bárbaros c indómitos que siempre fueron. — Ex- 
traña contraposición do caracteres en pueblos fronterizos 608 

(^,\pírui.o XV. — Los Llanos. — Su extensión y sus límites. — Descripción del Orinoco. — La cuenca de este 
río dista de estar animada toda por la vegetación ni poblada por el hombre. — Los omeguas ú oma- 



índice XI 

PÁns. 

guas. — Si realmente existieron. — Utre los encontró, según Fray Pedro Simón, catorce jornadas al Sur 
del río Giiaviare. — Dónde estaban á juzgar jior lo que refiero de esta expedición de Ulrc Juan de Castella- 
nos, — lluliii y hay omaguas. — l.os hay en el .\uiazimas y entre el Curainy y el I'uliiniayo. — I, ael escribe 
que los había también en las fronteras de la Uepüblica Argentina y las de liolivia. — i'uál pudo ser la 
cultura de este pueblo. — Se le atriiniye la costumbre de comprimir entre dos tablas la caljcza de los ni- 
ños. — Carencia de datos sobre sus instituciones y sus costumbres. — Los cabei'res. — Su institución. — Su 
carácter belicoso. — Sus luchas con los carilícs.— Los guajivos y los chiricoas. — Su situación. — Su carác- 
ter nómada. — Sus caeei'ías. — Su ijoco lespeto á la vida del hombre. — Orden que llevaban en sus expedi- 
ciones. — Sus continuas guerras y sobresaltos. — Los achaguas. — Su situación. — Sus condiciones físicas. — 
Su traje y sus adornos. — Sus armas. — Su numera de hacer las paces. — Su moral. — Sus creencias. — Su in- 
<lustria. — Sus procedimientos para hacer el iian y el vino. — Su quiripa. — Importancia que tomó entre los 
achaguas y otros pueblos esta fruslería. — Los ayricos y los jiraras no diferían mucho de los achaguas. — 
Los salivas. — Su situación. — Su docilidad y su cobardía. — Su afeminación. — Su vanidad. — Pomposas 
exequias que hacían á sits caciques. — Exequias á los subditos. — Supersticiones y preocu])acioiies. — Lo 
mal que miraban los salivas á las mujeres que parían mellizos. — Manera como azotaban íi sus manccl)os 
en la época de la siembra. — Cuidados que pesaban sobre las mujeres.' — Industria de los salivas. — l.os oto- 
macos. — Su situación. — Su régimen comunista. — Su obediencia á los caciques. — Su juego de pelota. — Su 
bárbara costumbre de sajarse el cuerpo. — Su equitativa distribución de los frutos del trabajo. — Su comi- 
da. — Sus bailes. — Su vigoroso temiilc. — Su continencia. — Su costumbre de casai' á los solteros con las 
viudas y á los viudos con las solteras.— Su frecuente estado de embriaguez por el uso del vino de man- 
dioca y el uso de la yupa. — Su audacia y su destreza en la pesca del caimán y la tortuga. — Su agricultu- 
ra. — Su pan. — Su comercio. ^Sus camas. — Los guamos. — Su situación. — Susestrechas relaciones con los 
otomacos. — Sus costumbres.- — Los mapuvcs, jjalenques y guayquiríes. — Sus ceremonias jjara los casa- 
mientos. — Su manera de conjurar al diablo. — Pueblos de la margen derecha del Orinoco. — Total caren- 
cia de noticias sobre estos pueblos. — Los guárannos.- — Manera como vivían en sus islas. — Partido que 
sacaban de la palmera murichre. — Vida alegre y feliz que llevaban C14 

C.-vpÍTULO XVI. — Descripción de los pueblos de los Llanos en conjunto.- Condiciones físicas.— Galas y 
adornos. — Vestidos. — Annas y manera de fabricarlas.— Guerras.— ¡Vlodo de llamar á las armas las tribus. 
— Tambores y atabales. — Escasa resistencia al enemigo. — Falta de disciplina.- Piiielias á que debían so- 
meterse los que aspiraban á ser jefes. — Afán general por pasar plaza de valiente. — Pueldos hábiles en el 
manejo de las armas. — Falta de educación de los hijos. — Poligamia. — Casamientos, — Incestos y repudios. 
— Adulterios. — Carencia de penas públicas, de leyes y de gobierno, — Falta de culto. — Tenían algunos 
pueblos por diosa á la Luna. — Lo que hacían en los eclipses. — Tradiciones y creencias. — Diveisos modos 
de enterrar á los muertos. — Lutos. — Duelo de los betoyes. — Cuidados á los" enfermos. — Resignación á la 
muerte. — Venenos y antídotos. — Numeración. — Cronología. — Astronomía. — Su])ersticiones. — Triste con- 
dición de las. mujeres. — Agricultura, — Dificultades con que se labraba la tierra.— Caza. — Orden con ([ue 
se renovaban los griijíos de caza<lores. — Hancbos que se formaba bajo las arboledas de más copa. — Manera 
de cazar á los javalíes y los pécaris. — Caza de monos y dantas. — Diversidad de procedimientos para la 
pesca. — Pesca del manatí. — Pesca en el raudal de los Atures. — Pesca por medio de raíces narcóticas. — 
Otras industrias. — Las necesidades de la vida material estaban satisfechas, no las del espíritu. — Lenguas. 
— Ijijeras noticias sobre su carácter " . . 631 

Capítulo XVII. — Costas de Oriente. — Se cree que las poblaban naciones do una misma raza: los tujnes ó 
guaraníes. — Se cree que formaban parte de los tupíes los carilies. — Es indudalde (¡uc tupíes y .guaraníes 
eran de una misma familia.— Tradición que lo corrobora.— Dudas sobre si lo eran tuiííes y caribes. — Lo 
que más parece disiparlas es la común tendencia de los dos i^ueblos á extender sus dominios. — Hipótesis 
de que son hoy objeto los tujnes. — Hip(')tesis del vizcoiide de Porto-Seguro. — I^os tupies, según él, des- 
cienden de los" antiguos carios del .\sia Menor. — Cómo pudieron arribar á las costas de América. — En qué 
época. — Fundamentos de esta hipótesis.— Analogías filológicas. — Analogías en las costumbres v en los 
dioses. — Escasa solidez de estos fundamentos. — Cuándo piaieban algo las analogías puramente léxicas.— 
Las analo.gías en las costumbres probarían algo más, si éstas no fuesen comunes á muchos otros pueWos 
de América. — Se i^rueba esa comunidad de costumbres. — Es más fundada la liii)i'ites¡s de Hrasseur de 
Bourbourg, que hace descender de los carios á los americanos todos. — No es, sjn emliar.go, admisitile nin- 
guna. — Brasseur para sostener la suya tiene que amontonar hipótesis sobre hipótesis.— Son, no obstante, 
de notar los muchos nombres de pueblos y lugares que emjjiezan por car, cari. — Lengua de los tui>íes ó 
guaraníes. — Ortología. — Metaplasmo. — Reglas á qué obedecía. — Partes de la oración, — Nombre. — Decli- 
nación. — Falta de números. — Cómo se la suj)lia. — Adjetivos. — Grados de com])aracion. — Manera de for- 
mar los diminutivos. — Numerales cardinales. — Ordinales, distributivos y partitivos. — Pronombres. — Su 
declinación. — Pronombres especiales ])ara cuando se señalaba la persona ó cosa á que se referían. — For- 
mas exclusiva é inclusiva del pronombre de primera persona del plural. — Pronombres posesivos. —Pro- 
nombre relativo y i'eciproco. — Diversas maneras de formarlos.— Sobre si eran aquí también los pronom- 
bres notas características del verlio. — Verbos activos. — Su conjugación.— Observaciones. — Riqueza de 
tiempos en el infinitivo y pobreza en los demás modos. — Formación de los supinos. ^Conversión de los 
verbos en nombres. — Conjugación lu-gativa del verbo activo, — Conjugaciones de transición, — Voz pasiva 
afirmativa. — Voz pasiva negativa. — Verbos neutros. — Lo difícil que era distin.guirlos. — S\i coujugai-ion, 
— Carencia de verbos sustantivos, — Verbos irregulares y defectivos. — Adverbios, preposiciones, conjuga- 
ciones é interjecciones. — Diferente numera de hablar del varón y la hembra.— Sintaxis tupi. — Parte lé- 
xica. — Monosilabismo y polisinteismo de la lengua 042 

Capítulo XVIII. — Opiniones sobre el primitivo asiento de los tupíes. — Estoy en que subieron de Mediodía 
á Norte. — Razones en qué me fundo. — Orden cronológico y geográfico de las excursiones de los tiipíes. — 
Los chiriguanos estaban en los Andes de Uolivia mucho tiempio antes del año 1541. — L<is caribes, en las 
Antillas mucho antes de la Conquista. — Si se parecían los tupies, como invasores, álos quichuas. — índole 
especial de sus guerras.— Su aptitud para las guerras marítimas. — Sus medios de defensa. — Su gobierno. 
— Su culto. — Los guarayos adoraban á Tamoi; pero Tamoi no era el dios de todos los tupíes. — Para el .\u- 
tor adoraban los tupies en Tupa á Dios,'en Añang al Diablo. — Si tenían idolos,—Oué eran los payes de 
los tupíes y los boyes de los caribes. — Creencia en otra vida. — Manera de enterrar á los <lifuutos. — Duelos. 
— Supei'sticiones. — Aj'unos. — Flagelaciones y sajaduras. — Tradiciones. — Orí,genque se dalian los caribes. 
— Carencia total de.medios objetivos para la trasmisión de los pensamientos, — Cronolo.íiía. — A.gricultura. 
— Caza y pesca. — Canoas de peri, planta aíuiática. — Casas.— Muebles. — Armas. — Instrumentos de música. 
— Ocupaciones de los caribes.— Sistema de vida <le los demás tupíes. — Constitución de la familia. — Casa- 
mientos.— Privaciones al hacerse nubiles las niñas. — .\1 estar embarazadas. — A] dar á luz un niño, — .-M 
estar enfermos los hijos, — Falta absoluta de educación. — Manera como los caribes desfiguraban la cabeza 
de los recien-nacidos. — Costumbre de horadarse el rostro. — Trajes, galas y adornos. — Fiestas. — Fiesta ori- 
ginal de los caribes. — Carácter poco expansivo y alegre de los tupíes.— Melancolía de los caribes. — Salu- 
dos que se hacían al verse después de larsa ausencia. — Los tupíes distaban de ser pulsihinimes, como 
pretende Azara.— Eran realmente anti'opófa.gos, — Afinidad que revelan los hechos anteriores entre todas 
las naciones tupies. — Condiciones físicas. — Estatura. — Robustez. — Facciones. — Color. — Las diferencias en- 
tre las diversas naciones tupíes confirman Ja identidad de origen. — Los chiriguanos. — Los guarayos. — 
Los Sirionos ' ' 661 



XU INDICK 

PÁGS. 



Capítui-o XIX.— Dificultades para determinar la situación de las naciones en que estuvieron divididos los 
tupíes y de las que con ellas hubo.— Cambios de lugar de muclios pueblos después y antes de la Con- 
quista.— Situación de los tapuyas, cuemigos de los tupíes. ^Carácter inquieto y feroz de estas gentes. — 
CoastiUiian su tipo los aymorés,' hoy botocudos. — Los aymorés tenían su principal fuerza en los bosques. 
— .\niaban con pasión la caza y ia guerra. — Kmplcaban'casi siempre la traición y la astucia. — Kran antro- 
pófagos. — Carecían de casas, de i)an y de todo genero do industria. — Los goaytácaes. — Kn qué se diferen- 
ciaban de los aymorés. — Los putigoarcs.— Eran ya tupíes,— .\ventaja))an en cultura ú toilos los tapuyas, — 
Los cayotes ó caytés. — Los tupinambaes, — Kstalian discuiiiuulos por casi todo el Brasil, — Formaban una 
solaíañiilia con "los tobayaras. — Su monografía, por Hans Stadcn. — Sus poblaciones.— Sus cal)añas. — Sus 
camas.— Su habilidad eñ la caza y la pesca.— Su manera de a|irovecliar el pescado que no podían consu- 
mir. — Sus tral)ajos agrícolas.— Sus diversos modos de emplear la mandioca.— Sus bebidas. — Su cerámica. 
— Sus herramientas. — Sus canoas.— Sus armas.— Sus eslratajeinas. — Sus preparativos de guerra.— Sus 
expediciones militares. — Sus combates.— Su conducta con los prisioneros. — Sus ceremonias al matarlos y 
devorarlos. — Sus bvienas cualida<les morales,— .Su afición á las galas y los adornos, —Su desnudez, — Sus 
sentimientos de ]uidor,— -Sus casamientos, — Su buen orden aún en las casas de los polígamos. — Sus hijos, 
— Su maiUM'a de darles nomlire y eilucarlos, — Su goliicruo, — Su carencia de leyes, — Su adoración á sus 
propias maracas, — Sus payes,— Sus ceremonias para divinizarlas.— Sus creencias y tradiciones, —Sus 
profetas, — Los tupinanuiui's,- Se parecían á los tupinambaes, — Los tupinaes, — Su especial manera de 
vengar los homicidios, — Los tanioyos, — Los goayauaes, —Sus pai'ticulares costumbres, — Sus sacriücios á 
los muertos. — Los carljoes. — Las naciones deT-Vniazonas. — Muchas de ellas eran tupíes, — Descripción de 
los omaguas, por .\cuña, — Dudas sobre el carácter general de los tupies, — Si realmente comían los tupíes 

á los prisioneros, — Si eran realmente ven.gativos,— Si eran ó no valientes 677 

Cv^iTüLO XX,— Los caribes, — Por ([ué costas se extendían, — For las riberas de qué ríos, — Con qué pueblos 
vivían inlerpola<los, — Al)orrecían de lUia manera especial á los aiiiacas.— De (lué pudieron nacer tan pro- 
tuiulos odios,— Semejanza entre los caribes y los tupíes, — Los caribes eran aún más audaces,— Su intre- 
pidez en la navegación,— Su l)ravura, — Terror que infundían á los pueblos vecinos é infundieron á los 
mismos europeos. — Su antropofagismo. — Sus incursiones en la isla de Horiqíien, según Podro Mártir de 
Anglcría. — Su carácter vengativo. — Su arrogancia.— Odio que generalmente se les profesaba. — Orí.gen 
que les atrilíuían los salivas y los achaguas. — Unían á la crueldad la doblez y la perfidia. — Eran, sin em- 
bargo, afables, hospitalarios y amigos de galas y adornos. — Lo eran, sobre todo, sus mujeres. — A dónde 
las condiu'ia la vanidad.— .\icanzaba la vanidad á los caciques. — Manera como se los llevaba en hom- 
bros. ^Escasa autoridad que, no oljstante, gozaban. — Carencia total de leyes. — Quién casti.iíaba allí á los 
adúlteros, — Condición de la mujer,— Triste suerte reservada á las de los cácicjues, — Sacrificios de vivos á 
los muertos, — Genaralidad y barbarie de esta costumbre, — Los caribes de Cumaná, — Su adoración al Sol 
y la Luna.— Su temor al diablo. — Su respeto á sus payes ó piaches. — Sus adornos. — Sus fiestas. — Fiesta 
en honor de sus caciques. — Conducta de sus mujeres en esos festines. — Descripción de la mujer cxrma- 
uesa. — Matrimonios. — Entierros. — Industria. — Los caribes de Santa Marta. — Lo industriosos que eran. — 

Su carácter.— Los caribes de Cartagi'ua. — Sus cualidades. — Reflexiones generales ^'■)i 

C.vpítulo XXL — Islas de Puerto Rico, Santo Domingo, las Lucayas, Culia, Pinos y la Jamaica. — Descrip- 
ción física de los habitantes. — Manera como vestían y se adornalían. — Sus cualidades morales. — Su abso- 
luta sumisión A los caciques. — Caminos y atarjeas que hicieron. — Sus armas. — Su pusilanimidad.— Su 
industria. — Sus canoas. — Sus bancos y sus vajillas de madera. — Sus objetos de oro. — Sus esculturas. — 
Sus herramientas. — Sus escasísimos ailelantos en las ciencias. — Sus areitos, — Quien se los componía, — 
Cómo los aprendía el pueblo, — Fiestas notables. — Forma de gobierno. — Leyes, — .\ltura á que sabían 
mantenerse los caciques.— Su nobleza de modales y su cortesía. — Caciques mayores. — Caciques menores. 
— Xilaynos. — Leyes de sucesión.— Multitud de nombres que se daba á los caciqties cuando nacían. — Bár- 
bara costumbre de enterrar con los caciques á sus más hermosas mujeres. — Exequias. — Ideas sobre la 
vida futura. — Notable arenga de un anciano de Culta sobre el destino de nuestras almas. — Teogonia de 
Ilayti. — Guamaonocon, ser supremo. — .^talieira, su madre. — Los eeuiíes, sus mensajeros. — Culto á los 
cemíes, — Frecuencia con que se bis reproducía en diversas clases de imágenes. — Templos. — Manera de 
consultar á los dio.ses. — Varios cemíes de i|ue los haytianos contaban verdaderos mila.gros. — Por qué no 
se hacía de la misma sustancia todos los ídolos, — Diversidad de cemíes, — Los bohitis á la vez sac<n'dotes 
y médicos,— Su grosera superchería, — Valor que daban sobre todo las mujeres y los caciques á las pie- 
dras que los bohitis fingían sacar del cuerpo de los enfermos,- Supersticiones, — ideas sobre el origen de 
las cosas,— Cueva de ((ue se decía haber salido el Sol y la Luna, — Cxievas de que se decía haber salido 
los primeros hinnbres, — Maracoel, — Guagagiona. — Gnagagiona se Ile\a todas las mujeres y las deja en 
Matiniíuj, —Desconsuelo de los hombres al encontrarse sin esposas ni hijas,— Seres sin se.xo que descu- 
bren entre los ai'boles,- Modo como los cogen y les dan sexo,— Origen del mar, — laia. — Los cuatro hijos 
gemelos de Itiba Tahuvava, — Pormenores de tan rara cosmogonía, — Su incoherencia y motivos que pue- 
den haberla producido. — Si (>i-a común á las demás islas la cosmogonía de llayli.— No lo era ni aún la 
teogonia. — .\doracion del Sol cu una comarca de la isla de Cuba. — Foi'ma de gobierno, — Diferencias <len- 
tro de la misma isla de Ilayti,— No por esto es posible dejar de incluir en un grupo todas las islas al 
Noroeste de la de Puerto Ri(-o, — Poblaciones. — Casas. — Juegos de pelota.— Kran los isleños tan hábiles en 
este juego conuj los otomacos.— No eran tan fuertes, — Por ¿(ué no lo eran,— Sensualismo de aquellos liár- 

baros. — Vida, social de los mismos si'gun el .\lmirante ^^~ 

Capítulo XXIL— .Vméri<-a Septentrional,— Florida, — Extensión (|ui' tiene hoy,— Extensión que se le daba 
en tiempo de la Con(|uisla, — Por qué me limito en este ca])itulo á la acliial Florida.—Carácter físico y 
moral de los habitaiUes. — Traje. — Manera de llevar el pelo.— .Vdornos.— Fausto de los caci(|ues.— Senti- 
timiento de belleza que en todos los ludiilauU-s se observaba. — Ejercicios y certámenes. — .\rmas. — Des- 
treza en manejar el arco. — Formidables disparos t[ue con él se hacían.- Guerras. — Imponentes ceremo- 
nias por que se las empezalia.- Marcha de los ejércitos.— Nuevas ceremonias al -entrar en territorio ene- 
migo. — Batallas. — Actos de cruelda<l con los contrarios que snctimln'an. — Respeto á los prisioneros. — 
Inceiulio de pueblos. — Toma de plazas.— Nuevas ceremonias después de la guerra. — Sú|dicas de las viu- 
das.— Cómo se recogía á los solilados muertos en acción de guerra.— línterramientos.-Panteones de los 
caci(|ues. — .Vsambleas.— Bebida de la easina. — Ejeeueiones. — Sacrificio de los hijos primogénitos. — Casa- 
miento de los caciques.— Manera (íomo se llevaba á la novia al lugar en que la cspei'aba el marido. — Ma- 
nera como el marido la recibía. — Duelos a la muerte de los caciques. —Leyes de sucesión. — Culto al Sol. 
— Fiesta del ('iervo. — Cultivo <le la tierra.— .\c,opios de cereales y legumbres. — Hambres. — Caza. — Vacas. 
— Venados.— Manera de cazar á los ciervos.— Manera de cazará los caimanes,- Industria,— Habilidad en 
curtir y adobar pieles, — .\rtes de construcción.- Casas. — Poblaciones. — Vida social. — Costumbres. — Los 
sodomitas. — Educación de los hijos. — Condición de la mujei'. — Preocupaciones. — Estado de la Medicina. '^1' 
Capítulo XXIII.— Qué pueblos indígenas pudieron ocupar la Flori<Ia en la época del Descubrimiento.— Si 
fueron los seminólas.— Trailicion de los shawanoes. — Dificultades que presenta la calificación de las tri- 
bus norte-americanas. — Esfuerzos de Gallatin y .Sehoolcraft.— Por ijué seguiré las clasificaciones estable- 
cidas. — Los appalaches.— Naciones comprendidas bajo este nombre. — Hablaban varios dialectos, pero una 
misma lengua. — La noción principal era la los muscogees. — Nombres con que eran conocidos. — Opinio- 
nes sobre su origen.— Origen que se daban los chickassaus.— Falta de cronología en todos los piieblos 



ÍNDICE ^'"l 

PXcs. 



muscogees ó creeks. — Carencia a))S(jlula de conocimientos astronómicos. — Ideas sobre la tierra. — Exiili- 
cacion de los meteoros.— listado de la Medicina.— Supersticiones.— Conoeimicnlos matemáticos. —Sis- 
tema de numeración. — Falta de desarrollo económico.— Falta de signos grálii-os.- .\rles mecánicas.— Ma- 
nera de construir las chozas.— Plazas. — Galponcs.—Estufas.— Mayos.— Diversos deslinos de las plazas 
públicas.— Di\'ersas clases de poblaciones.— Ciudades blancas y ciudades rojas.— Sus diversos jefes.— Es- 
casa autoridad de que gozaban.— Los clans.— Qué venían á ser.— Cómo se distinguían.— Carácter militar 
de los muscogees. — Importancia ([ue daban á la guerra. — Bebida de la casina.— Efectos que atribuían á 
este licor. -Ceremonias con que lo servían. — Fiesta de la cosecha.— Signilicacion de esta licsla.— l)i\ iiii- 
dades de los creeks.— Hesakadum Esseé v Stefuts Asegó.— El Paraíso y el Infierno.— Ideas particulares 
de los chickassaws.— Enterramientos.— Idea de los chickassaws sobre el diluvio.— Saeerdotes.—( 'asa- 
mientos.— Efectos del matrimonio legal.— Penas contra los adúlteros.— Estado de las costumbres.- -Edu- 
cación de los hijos.— Bravura de los creeks.— Bravura y cmeldad de los seminólas.— Esa liravura era lo 
que amaba la uiujer en el hombre.— Contingencia de los creeks.— Sustancias de que se alimenlaljan.- 
Leyes y reglas sobre la caza.— Propiedad.— Manera de trasmitirla.— Delitos.— Ejeeuciones.-Carácleí' fí- 
sico y moral de los creeks.— Tra.]e.—Divertimientos.— En la tierra ocupada por los creeks debierou de 
estar los panteones de Colachiqui cíe que habla Garcilaso. — Dónde hubieron de estar y si son ó no íal)ulo- 
sos. — Entrevista de la Señora de Cofachiqui con Hernando de Soto. — Panteón de Talomeco.— Reflexiones. /.?< 

Capítulo XXIV. — Los nátchez y los utoheez. — Situación de los dos pueblos.— Carácter físico v moral de 
los nátchez. — De dónde se los cree oriundos. — Sus tradiciones.— Sus soles ó reyes. — .\uloridad absoluta 
de que éstos gozaban.— Veneración que se les tenía.— Oficios piiblicos. — Formación de una aristocracia. 
— El Rey, primer sacerdote. — Puntos de semejanza y diferencias entre los soles y los Incas. — Leyes de 
sucesión. — Las jefes hembras.— Incontinencia de estas mu.jeres y de los monarcas.— Efectos que produjo. 
—Costumbre de matar al cónvuge plebevo.— Funerales de lo"s revés.— Sacrificios.— Religión.— Tem- 
plos.— Fiestas.— Fiesta de la luna del Maiz!— Fiesta de la luna del Corzo.— Guerra.— Costumbres i'nilita- 
res. — Conducta que se seguía con los prisioneros. — Cambios de nombre. — Supersticiones.-;-Tratados. — 
Ceremonial que en ellos se observaba. — Barbarie general de estas costumbres. — No eran menos bárbaras 
las otras.— Médicos.— Magos.— Lutos.— Matrimonios.— Cabanas.— Cabana del Sol.— Si oslaban en gran __ __ 
decadencia los nátchez cuaiulo les vieron por primera vez los europeos '"!' 

Capítulo XXV.— Pueblos de las costas de la Carolina del Norte.- Cuáles fueron los que encontraron los 
capitanes Amidas y Barlo\v. — Sus caracteres físicos. — Sxi carácter moral. — Recepción de Amidas por la 
esposa de Grangauameo, hermano de Wingina, cacique de Roanoque.— Cultura que se ol)servaba en to- 
das aquellas naciones.— Traje.— Tocado. — Adoruos. — Traje particular de los sacerdotes. — Traje de los 
agoreros.— Importancia que se les dalja. — Sistema religioso.— Kevvas. — Cómo le representaban.— Tem- 
plos. — Panteones de los reyes. —Manera como se conservaban los cadáveres. — Creencia en el paraíso y el 
infierno.- Culto á los astros.— Fiesta notable.— Poblaciones.— Cómo estaban dispuestas. -Casas.— Signos 
de cultura. — Contraste de estas naciones con las de los iroqueses <^' 

Capítulo XXVI.— Los alleghanis.— Su antigüedad.— Su luchacon los delawares.— Sus guerras con los iro- 
queses. — Los delawares. — Su primitivo nombre.— Su antigüedad. — Su situación. — Su decadencia.— Su 
traslación á las márgenes del Sus([uehaiina. — Los iroqueses.— Su impoitancia histórica. — .Vita idea que 
de sí mismos tenían.— Como los israelitas, se creían un pueblo escogido por Dios. — Sus tradiciones.-— 
Origen del hombre terrestre. — Hermanos gemelos que nacieron de una celeste pareja. — Enigorio, genio 
del bien y Eningonhahetgea, espíritu del mal. — Enigorio hace de la cabeza de su padre el Sol y del 
cuerpo la Luna.— Desata los ríos y los arroyos, puebla de animales la tierra y crea dos imágenes á su se- 
mejanza. — Eningonhahetgea croa entre tanto las fieras y corta la tierra en espantosos derrumliaderos. — 
Sus esfuerzos por crear otros hombres. — Formidable duelo entre los dos espíritus. — Puntos de contacto 
entre estos dos genios de los iroqueses y los de los antiguos persas. — Atahocan. — Tarenyawagon. — Ata- 
bentsic. — Thoitsaron Koskeka.—Agrcskoo.— Ausencia de todo culto éntrelos iroqu.eses, según algunos 
escritores. — Primitivo asiento de este pueblo. — Sus luchas con los monstruos. — Sus guerras con los pue- 
blos del Norte y del Mediodía.— Tradición sobre pueblos venidos de otros continentes. — Período de orga- 
nización de los' iroqueses. — La Casa Larga.— Las seis familias de que se componía.— Su supuesta distri- 
bución por Tarenyawagon. — Tarenyawagon les dispensa otros beneficios. — Identidad de vida y de pro- 
cedimientos en las cinco familias.— ^Orísen de la confederación iroquesa.— Leyenda sobre este origen. — 
Bases de la confederación.— Poder legislativo. — Poder ejecutivo. — Diversas clases de jefes.— Por qué las 
magistraturas tendieron á ser hereditarias en pueblos tan libres. — Administración de Justicia. — Relacio- 
nes extranjeras. — Trato de los iroqueses para con los pueblos vencidos. — .■V.dopciou.— .Sus efectos. — Valor 
que se daba al hecho de ser iroques. — Idea que de sí habían hecho concebir los iroqueses á las demás na- 
ciones. — Lo que tenían dominado cuando la Conquista.— Rápida historia de lo que antes de la Conquista 
habían hecho según las tradiciones recogidas por Cusic. — Lo orgullosos que estaban los iroqueses de su 
forma de gobierno. — La recomienda Canassatogo á los delegados de Peusilvauia, Maryland y Virginia el ^ 
año 1774 ^ '"'•• 

Capítulo XXVII. — Los iroqueses. — Su valor, su aptitud para la guerra, su astucia y su perfidia. — Sus cos- 
tumbres militares. — Su crueldad. — Su manera de consignar la importancia y el éxito de sus expedicio- 
nes. — Su conducta para con los prisioneros. — Sus adopciones. — Sus sacrificios. — Su elocuencia. — Dis- 
curso del jefe de los onondagas al inglés Dongan. — Discurso de Garrangula al francés De la Barre. — Dis- 
curso de Canassatego á los delawares. — Carácter de estos discursos. — Significación que tenían. — Los iro- 
queses eran naturalmente irónicos. — Cultivaban á la vez que la elocuencia el idioma. — Carácter de las 
lenguas irociuesas. — Numeración. — Medios de transmitirlos hechos y los pensamientos. — El wampum. — 
Estado de las ciencias. — Cronología. — Astronomía. — Medicina. — Supersticiones. — Capacidad intelectual. 
— Capacidad material de los cráneos. — Sentimientos. — Cualidades físicas. — Trajes. — Adornos. — .\rmas y 
herramientas. — Estado de las artes mecánicas. — Estado de la agricultura.— Previsión de los iroqueses 
como labradores. — .Vlimentos. — Habitaciones. — Pueblos. — Caminos. — Organización social. — Carácter ori- 
ginalísimo de esta organización. — Parentesco. — Matrimonios. — Cómo sé los concertaba. — Cómo se los 
contraía. — Cómo se los" disolvía. — Nombres de los hijos. — Fiestas. — Carácter que tenían, — Si eran sacer- 
dotes los que las preparaban y celebrab'an. — Cuántas y cuáles fuesen estas fiestas. — Danzas. — La de la 
guerra. — La de los muertos. — -La de las plumas. — Juegos. — Enterramientos. — Lutos ■ .-. • ■ ' 

Capítulo XX%TII. — Los hurones. — Su teriilorio.— Sus afinidades con los iroqueses. — Su carácter físico. — 
Su tocado. — Sus adornos. — Su carácter moral. — Su exagerada lascivia. — Sus matrimonios. — Sus ceremo- 
nias nupciales. — Sus divorcios. — Su \iciosa manera de educar á los hijos. — Sus principales profesiones. — 
Su división del trabajo. — Sus leyes sobre la propiedad. — Su organización política. — .Sus jefes y sus asam- 
bleas. — Su consejo de anfictiones. — Sus creencias. — Su Voseaba y su .\tahensic. — Su mitología. — Sus 
enterramientos. — Sus ceremonias fúnebres. — Su singular confraternidad. — Su tiesta de los difuntos. — 
Sus banquetes. — Sus banquetes bélicos y los de triunfo. — Sus convites de familia. — .Sus danzas.— Sus 
danzas y sus convites para los enfermos." — Sus medios curati\os. — Sus baños rusos. — Sus supersticiones. 
— Su ignorancia. — Sus falsas ideas astronómicas y meteorológicas. — Su industria. — Su manera de cons- 
truir las canoas. — Sus bellas arles. — Sus casas'. — Sus pueblos. — Sus fortificaciones. — Sus cambios de 
asiento ■. ■ '■'' 

Capítulo XXIX. — Los algonquines. — Su importancia según los muchos dialectos de su lengua.— Su prin- 

TOMO I IV 



XIV índice 

PÁGS. 



cipal asiento al llegar los europeos. — Territorio que oinipalian. — Puel)los qvie los eonstituían. — Tradición 
q\ie tciiiau soljre su pro])io origen. — Sus guerras con los luironcs y los iroqueses. — Sus creencias. — Su 
Kspíritu Supremo. — Monedo y Gezis. — Gitrlii Monedo y Mudje Monedo. — Carácter de ese dualismo reli- 
gioso. — Hs|nritus inferiores. — Poesía de ese politeisnio. — I. os cuatro genios de los puntos cardinales del 
Únivei'so. — Kl Sol, la Luna, los demás planetas y los truenos. — Wing, dios del Sueño.— Los gnomos, los 
gigantes y los ángeles custodios. — Fiesta al Sér'Supremo. — Si estaba realmente consagrada á Monedo ó 
al astro del día. — Ideas sol)re el origen y la primitiva educación del hombre. — Los cuatro hijos de Mo- 
nedo. — Lucha entre dos de ellos, (^lioka'nipok y Manabliow. — Muerte y resurrección de Chibiabos. — Re- 
gión de las almas. — Si la ponían en el cielo. — Leyenda. — ('on.secuencias (lue de ella se desprenden. — Kl 
paraíso do los algonquiries es superior al délos hurones y los iroqueses. — La Magia, la Sledicinayel 
don de Frofecia. — Asociaciones mágicas: los me<las y los wabeiuis. — Ceremonias para la admisión de un 
candidato en la asociación de los hkhUis. — Los tres grados de la orden de los medas. — Curación mágica 

de los enfermos. — L.xagerado poder que se atribuían los magos. — Rellcxiones 8118 

C.vpfrui.o XXX. — Tradición de los algon(|UÍnes sóbrela destrucción del mundo y la nueva creación del 
Sol y de la Luna. — Leyenda. — Los algon({uines, que desearon conocer el origen del Sol y la Luna, des- 
conocían las revoluciones d(>eNtos dos astros, — Carecían de todo sistema ci'onológico. — Ignoraban la causa 
de los meteoros. — Tenían de la tierra equivocadísimas nociones. — Estaban en los rudimentos de la pic- 
tografía. — ^No cultivaban de las Helias .\rtes sino la poesía y la miisica. — Carácter de su poesía. — Su in- 
dustria. — Su agricullura. — Su organización política. — Sus magistraturas. — Sus guerras. — Ceremonias que 
se hacía antes de empezarlas.— ("rtmo se pi-eiiaralia las guerras privailas y cómo las públicas.- Salida de 
las tropas. — Fiesta (jue al otro día se celebraba. — Vuelta de los expedicionarios. — Tratamiento de los jiri- 
sioneros.— Infamia que sobre ellos caía á los ojos de sus propios parientes.— Importancia de la pipa en los 
negocios militares. — Danza de la pipa. — Costumbres privadas. — Habitaciones. — Alimentos. — Traje. — 
Casamientos. — No podía el al.goiuiuin casarse dentro de su tribu; fuera de su tribu con cuantas mujeres 
quisiese. — Obligación de casarse con la viuda del hermano y del primo. — Si eran los algonquines más 
lascivos que los hurones. — Hasta donde llevaban de solteros "la incontinencia y de casados la continen- 
cia. — Ceremonias nupciales. — (Constitución de la familia, — Prevenciones contra los menstruos y los par- 
tos de la mujer. — Kdncacion de los hijos. — Supersticiones.— Creencia en la melempsícosis. — Cómo trata- 
ban los algonquines á los osos muertos. — Procesión que hacían Antes de ir á la caza délos bisontes. — 
Miedo que sentían por los espíritus y los magos. — Enten'amientos.— Túmulos.— Funerales. — Lutos. . . f^VJ 
CAPíruLO XXXI. — La lengua algonqu'ina. — Letras de que se compone. — Sonidos diversos de sus vocales.— 
Sus consonantes. — Su analogía. — Nombres. — Nombres animados é inanimados.— Svi clasificación. — Fun- 
damento de las excepciones ([ue sufría la regla. — Formación de los ])lurales.— Nombres que carecían di» 
número.— Substitución de algunas preijosiciones por inflexiones en los nombres. — Si había en el algon- 
quin casos y géneros. — Distinta manera de expresar un mismo sentimiento y una misma idea varones y 
hembras. — Nombres de parentesco. — Diminutivos.— Terminaciones por las q'ue se indicaba el mal estado 
de las cosas expresadas ])or los nombres. — Terminaciones para significar que una cosa pasó ó está por ve- 
nir. —Derivados. — Manei'adc formarlos.- Conversión de los nombres en verbos. ^ — Nombres compuestos. 
—Adjetivos. — .\djetivos dobles. — .\djetivos para nombres animados y para nombres inanimados. — Con- 
jugación de los adjetivos.— Sustantivacion de los mismos. — Tenían también números. — Formación de su 
plural.— Grados de comparación. — Formas negativas. — Numerales. — Pi'onombres. — Plural inclusivo y 
exclusivo. -Pronombres personales.— Pronombres posesivos. — Formas diversas de estos pronombres.— 
Pronombres relativos. — Pronombres demostrativos. — Verbos.— Sus diversas clases.— Sus muchas conju- 
.gaciones.- Sus modos. — Sus formas.- Conjugación del verbo saug, amar.— Conjugación del verbo ac- 
tivo waub, -s-er.- Conjugación del verbo sustantivo íena.— Carácter polisintético y descriptivo de la 
lengua.— Formación de palabras compuestas.— Carácter general del idioma algonquino, ...... 831 

Capítulo XXXII. —Escasez de datos sobre las diversas ramas de la familia algonquina. — Los ojibwas de la 
isla de Lapointe.— Su templo.— Su agricultura.— Su pesca.— Svi caza.— Su'industria.— Sus supersticio- 
nes.— Su bravura y su pujanza. — Sus' guerras con los munduas. — Su buen éxito en exterminarlos.— Sus 
guerras con los omanis, los dacotas y los iroqueses.— Sus luchas con los aboinugs.— Su costumbre de 
c|uemar á los prisioneros de esa raza".— Origen de esta costumbre.— Encuentros de los ojib-was con los 
aboinugs. — Combate naval en el Lago Superior. — Cnieldad de los aboinugs. — Venganza de los ojibwas. 
—Los dacotas.— Territorio ciuc ocnpaljan antes del Descubrimiento.— Su carácter físico.— Su carácter in- 
telectual y moral.— Sus diversas ramas.— Sus clanes.— En qué consistían.- Cómo se eutvaba en tan raras 
asociaciones.— Cuan supersticiosos eran los dacotas. — Su vasto supernaturalismo.— Veían los dacotas es- 
píritus en todas jiarles. - Su <'nlto,— Sus plegarias,— Sus ideas sobre la vida futura.— Su creencia en cua- 
tro almas.— Materialismo de su adoración y de sus fiestas,- Su fiesta del Sol.— Sus sacrificios.— Sus in- 
Jiumerables dioses. — I.m.-bas ([uc entre elk)s suponían v manera como por esas luchas explicaban algu- 
nos fenómenos de la naturaleza.— Los ontkeris.— Los c'haoterdahs.— Los wakinvanes.— Takuxkauskan, 
uno de los dioses de la guerra.— Haokah, otro dios de la guerra.— Eah y Wahun'dedan, otras divinidades 
bélicas,— Extraña fiesta en honor de Haokah.— Dioses del Norte y dioses del Mediodía.— Por ellos se ex- 
plicaba la sucesión del verano y del invierno.— Carácter i^oético'de esta mitología.- Si había sacerdotes. 
—Los que los suplían estaban ])rincipalmente dedicados á la curación de los enfermos.- Estado de la Me- 
dicina. —Rara terapéutica usada por los magos.— Impotencia de la ¡Magia para curar las enfermedades 
qiie se decía producidas por los espíritus de los muertos.— Escasa influencia de todas esas ideas de reli- 
gión j de ma.sia sobre la moral de los dacotas.— Eran rencorosos y vengativos, ingratos, enemigos del 
trabajo.— Tenían en ix)co á la mujer.— La mujer distaba, sin emlja'igo, de quejarse de su servidumbre. — 
Era más moral qui- el liombre.— Contradicciones que se observaba en la conducta de los dacotas.— La re- 
ligión no intervenía ni cu el nacer, ni en el casarse ni en el morir del hombre.— Ritus fúnebres.— Le- 
yenda del de la Pluma lilanca. —Ignorancia crasa de los dacotas en Astronomía y Cronología; en Física 
V Medicina.— Sus conocimientos matemáticos.— Su numeración.— Su atraso aún en las artes hermanas 

<Ie la poesía 848 

Capítulo XXXIII. —I.os dacotas.— Su golñerno.— Sus asambleas.— Su manera de casti.gar los delitos.— Sus 
¡deas sobre la propiedad.— Sus reglas sobre la caza.— Su modo de suceder. — Sus permutas.— Sus gue- 
rras.— Sus armas.— Su sistema de recluta.— Sus juramentados para la muerte,- Sus preparativos i)ara la 
campaña.— Sus equipos.— Su disciplina mililar.— Sus explcu-adcucs.— Sus ataques.- Su desorden así en 
las victorias como en las derrotas.— Su cnieldad.— Su extraña manera de celebrar el hecho de haber 
dado muerte á un enemi.go.- Su conducta para con los prisioneros.— .Su resjjeto á las cautivas.— Su 
danza de los escalpes.— Sus demás danzas.— .Sus juegos.— Su animadísimo juego de la pelota.— Su juego 
de huesos de ciruela.— Su juego de los mocasines,— Su fiesta del pei'ro,-Su sobriedad en la bebida y la 
comida,— Su traje,— .Su sentimiiMito estético,— Sus viviendas. — Sus tiendas ])ara el invierno y sus casas 
para el verano.— Su sistema de vida. — Su poligamia y las consecuencias que traía.— Su división de car- 
gas entre la mujer y el marido.— Sus mujeres.— Sus matrimonios.- Sus viudas,— Sus costumbres para 
con los recien-nacidos.— Sus adopciones.— Sus divorcios.— Su hospitalidad.— Su industria.— Su modo de 
cazar y de pescar.— Sus canoas.— Su falta de herramientas,— Su procedimiento para encender el fuego, 
cocer sus comidas y acarrear el agua,— Su modo de adobar las pieles,— Sus colores.— Su pictografía.— 
Su lengua.— Afinidades de esta lengua con la de los algonquines,- Afinidades con la quichua. — Particu- 



índice x\ 

PÁGS. 



laridados.— Rara intorposicion de los prouomljros entre las silalias del verbo.— Conjugaeiou especial de 
los verbos que empezaban por ¡/a, yo, yu. — Otra eoiijugacion más extraña ])ara los vcrl)(>s neutros y nún 
para alguno úo los activos. — Uso de los pronombres posesivos en otros vci-bos. — Cómo se incorporaba á 
los verl)os el posesivo que iba con el acusativo ó régimen dire:;to. — Manera como por algunos j)reíijos se 
indicalia algunas circunstancias de la acción de varios verbos activos.— Polisinleismo di? la lengua daco- 

ta. — l''.jempb)s y reglas para la íormacion de las voces compuestas. — Conclusión g(;s 

Capíi'ui.o XXXIV. — Naciones que comprendía la familia de los <lacotas. — Los winuebagoes. — Los diversos 
nombres con que se los conocía — Dínule vivían á la llegada de Ids europeos. — .Sus guerras. — Su táctica. 
— Su proce.ler con los prisioneros. — Sus canoas. — .Su capacidad cranial interna y su ángulo facial. — Sus 
ideas sobre el Sol, la Luna, las estrellas, los cometas y los eclipses.— Su cronología. — Su dualisnio. — Su 
manera de curar á los enfennos. — Sn temor al Diablo'.— Su Dios de la Medic-ina.— Su manera de recibir 
en los clanes á los catecúmenos.— Kara y curiosa liesta. — Lo que han pensado de esta liesta los europeos 
que la han visto. — Si los clanes son comparaljles con las logias masónicas.— Originalidad de los vvinne- 
bagoes en la cos.gonionia.— Creación de los ví<mUos y de la tierra. — Cómo alirmó el (irande Kspirilu la 
tierra al verla oscilando. — Creación del hombre y lá mujer. — Creación de los niños.— Creación d(d pri- 
mer hombre y la primera mujer de cada tribu. — Creó el Grande Espíritu para todos los hombj-es á los 
animales y las plantas; pero dio á los winnebagoos el fuego y el tabaco. — Al ver á los winnebagoes vie- 
jos y muy reproducidos leí recomendó la guerra.— Despierta el Genio del Mal é intenta repetir la obra 
del Grande Espíritu.— Su fracaso.— El hombre entre los dos genios.— Sobre si es posible atribuir á la in- 
fluencia del cristianismo tan rara cosmogonía. — El dualismo del bien y el mal pudieron y deliicron los 
■winnebagoes tomarlo de los algonquines j los iroqueses. — Las ideas cristianas no pudieron inspirar tan 
absurdas fábulas sobre la creación de los vientos, la tierra y el homíu'e.- Otra versión cosmogónica. — Es 
de ver en ella la creación del honrbrc blanco. — Inferioridad de esta segunda versión á la primera.— Ideas 
de los winnebagoes acerca ilel diluvio. — Ideas sobre el paraíso. — Relaciones con otros pueblos.— Los io- 
was. — Su situación en la época del Descubrimiento.— Sus ideas sobre su propio origen. — Sus guerras con 
sus propios hermanos. — Facilidad con r^ue rompían sus tratados do irdz y de alianza. — Singular manera 
de hacer esos tratados.— Superioridad que sobre las demás tribus se atribuían los iowas. — Los ocho cla- 
nes de este pueblo. — Animales á que rendían culto. — .Vtraso en que estaban. — Los osages. — Cómo expli- 
caban su origen.— Sus cualidades, sus armas, su traje.— Semejanza entre la ti'adicion de los osages y la 
de los delawares.— Otras semejanzas entre casi todos ios pueblos iiue se extendían des<le la bahía de C'he- 

sapeake á la de Húdson.— Conclusión SSl 

Capítulo XXXV. — Los mandanes.— Si puede considerárselos dacotas. — Si son oriundos de Europa. — En 
qué se fundan los que lo afirman. — Refutación de sus argumentos. — Origen que se dan los mandanes. — 
Cómo podría interpretarse la tradición á ser la tradición un símbolo. — Luchas de los mandanes con los 
dacotas, los cuervos y los assiniboinos.— No eran, sin embargo, belicosos los mandanes.— Tampoco inte- 
ligentes. —Estado de su civilización. — Sus trajes. — Sus tocados. — Sus casas. — Su mueblaje. — Sus poVda- 
ciones. — La que existe hoy en las márgenes del Missouri. — Sudatorios públicos de la trilju. — Condición 
de la mujer. — Matrimonio. — Poli.gamia. — Quiénes eran entre los mandanes los polígamos. — Carácter ge- 
neroso y hospitalario de esos salvajes.- Clase; en que estaban divididos.— Tótem que cada uno esco.gía y 
llevaba. — Ideas c^ue tenían sobre los espíritus del ÍSien y el Mal, el Cielo y el Inflerno. — Cómo procura- 
ban hacerse propicios á los Espíritus. — Sus principales fleítas. — Fiesta del diluv'io.— Fiesta del búfalo. — 
Fiesta de la virilidad.— Supersticiones.— Los hacedores de lluvias.— Los muertos. — Manera de guardar- 
los. — Culto tril)utado á los cráneos de los deudos. — Lutos. — Relaciones de los mandanes con otros pue- 
blos. — Los ahahways. — Los minnetaris.- Los upsarokas 8% 

Capítulo XXXVI. — Los hiperbóreos. — Cómo los divide Bancroft y donde los sitúa. — Los tinuehs. — Divi- 
sión de los hiperbóreos.— Como se subdividen. — Los chippewyanos, primera división de los tinnehs. — 
Gomóse subdividen á su vez. — Subdivisión de lostacuUis — de los kutchines— de los kenayos. — Los chip- 
pewyanos, prototipo de la raza, servirán de base parala descripción de los tinnehs. — t'aractéres físicos. — 
Modo de lavarse el rostro y cortarse el cabello. — Traje del varón. — Traje de la hembra.— Condición do la 
mujer. — Matrimonio. — Divorcio. — No trataban bien á la mujer sino los dog-ribs. — La mujer era casta. — 
Estaba convencida de su inferioridad y no trataba jamás de sobreponerse al hombre. — No sobresalía el 
varón por sus virtudes. — Su indiferencia ante los espectáculos de la naturaleza. — Su conducta con los de 
enfermos y los muertos.— Su brusco proceder con los extranjeros. — Su absoluta falta de gusto artístico.— 
Su afición al pemican y á los fetos de los ciervos y otras reses.— Su falta de ingenio. — Sus costumbres 
de caza.— Su gobierno. — Sus guerras. — Su origen.— Sus creencias.— Su paraíso. — Su carencia de culto. — 
Sus médicos.— Su terapéutica. — Sn previsión. -^Su firmeza de carácter.— Costumbres especiales de los dog- 
ribs. — Los tacullis. — Sus cualidades físicas. — Su amor al juego.— Sus viviemlas. — .Su vajilla. — Su manera 
de calentar el agua.— Sus utensilios de pesca. — Su gobierno.— Su manera de dirimir las diseoriUas. — Su 
confesión religiosa.— Deberes de sus hembras al espirar sus maridos. — Enterramientos. — Costumbres par- 
ticulares de los naotetanos y los nehannes. — Tradición sobro los últimos. — Los kutchines. — Nolileza y vi- 
rilidad de esta raza. — Sus adornos. —Su traje.— Su organiz.icion política y social.— Su comunidad de cos- 
tumbres. — En qué se distinguen de los demás los kutchines del río Yukon y los tenan-kutchines.— (Jué 
hacían los kutchines del Yukon en los diversos meses del año.— Ferocidad y costumbres de los tenan- 
kutchines.— Los kenays ó kenayos.— Los unakatanas.— Los ingalikos. -Los koloches.— Costumbres de 
los kenays que habitan en la península del mismo nombre.— Los atnas. — Su cronología según Baer. — 

Sus costumbres ■ . . . 9t)5 

Capítulo XXXVII. —Los es((uimales.— Su situación geográfica.- Su verdadero nombre.— Sus cualidades 
físicas.— Su clima. — Su trojí'.- Su alimentación. — Sus tiendas. -Sus iglns ó chozas subterráneas.— Sus 
palacios de hielo.— Su sistema de vida.— Sus pescas en los rios.— Su pesca de focas.— Su caza de osos.— 
Su caza de ciervos, rangíferos y pájaros.— Su pesca de ballenas.— Sus armas ofensivas y defensivas.— 
Sus utensilios.— Sus canoas kayak y sus canoas uraiak.— Sus patines y sus trineos.— Sus perros.— 
— Sus irtensilios para la pesca.— Sus herramientas. — Su industria.— Sus trabajos artísticos. — Su espí- 
ritu de imitación.— Su memoria.— Su aritmética.- Su cronología. -Sus ideas astronómicas.— Su medi- 
cina.— Su poesía. — Su humanidad.— Sn idioma.— Su moralidad. -Sus faltas.— Su poca ó ninguna con- 
sideración para las mujeres.— Su descuido con los enfermos.— Su presunción.— Su desaseo.— Su afán por 
adornarse.— Sus saludos.— Sus agasajos á los huéspedes.— Su poligamia y su poliaiulria.— Sus impedi- 
mentos para el matrimonio.— Sus esponsales y casamiento.— Su división del trabajo entre la mujer y el 
hombre.— Sus hijos.— Sus herederos.— Sus juégos.-Susfiostas.— Sus danzas. —Sus pantomimas. . . . 920 
Capítulo XXXVII'I.— Religión groenlandesa.— Idea del alma.— Apariciones.— Metempsíchosis.— Conver- 
sión de las almas dolos muertos en limas ó genios.— Los ingnersuits.— Los inguersuits buenos.— Los 
ingnersuits malos.— Lev^endas sobre los unos v los otros.— Los kajariaks.— Los kungusntariaks.— Los tú- 
neles.— Los inuas celestes.— El inua de la luna.— Diversidad de formas que se atribuía á los inuas.— El 
inua do la guerra. —Seres fantásticos.— Harstramli.—Margige.-Marbendill.— Las sinmas.— Los osos de 
costra de hielo.— Las focas hombres.— Los kivigtoks.— Los angiaks. Los piarkusiaks.— Los dementes.— 
Transformación de animales en hombros.— Los gigantes.— Las arpías.— Tornarsuk.— Arnarkuagssak.— 
El dualismo del bien y el mal.— El Paraíso v el Infierno.— La moral.— Virtudes y vicios de los groenlan- 
deses.— Los angakoks!— Funciones y poder de estos sacerdotes.— Pruebas por (pie haliian de pasar los 



ÍNDICE 
XVI 

PÁGS. 

,„c aspirasen A serlo.-Divcrsas f ^-cs f a,^a^<^s -Con.nm^ ';^\^r:^^¡^!:^ 

tnios que la '''>>'''"f ^V"'-" '"^„ ií™.W J^RU^^^ l'« a.igakoks.-Por que percbaa estos su 

fS:;;'^f !l?í!ev;í;;a?;í!^SonJi;^So^^^^ li "^^^ groen,.a„dJsa y la de los de.n.s es- ^^^ 

quLn.ales.-Scu-janzas entre las '''^^ti^»^-^°'í¿^^--^,"^^^ •clíma.-Sus oomlicioues {isicas.-Siis 

C..1.ÍTU.O XXXlX,-Los ko.uagas.-buj, e sa. '¿^'^.\7¿f_st;'h,juria.-Su poliandria.-Sa manera de 
adohios.-.Sa traje.-^,us ':¿^'^--^::^^^^^^^^^'lsnraJcva de purilicav á las hijas cuando es- 
celebrar el matrinionio.-Su conducta P''V\ ,'''"" i .i i„si muioulos y procedimientos de caza y pesca, 
tas se l.acian púberes.-Sus ^^^"^^■^^'^^^^■-^^^'^^a^Z..-íiyx conducta en la guerra. 
-Su manera de cazar el oso gris.-bu V', ' ^ ¿"^ kr on -Su fiesta de la inmersión de las vcjigas.- 
-Sus inslilu.-ioncs Í^iviles.-Sus saceMol<^^Su lehí^ Su ,,,persli,dones.-Los aleu- 

Sus demás "'-^jW^-^^V'^'^ll S m ;7e Isi s aTloCl- Sus habitaciones.-Sus comidas.-Sus hombres. 
tas.-Suscon.Ucw.ies Usuras -su tiaje-Snsj^do.no.^^^^^^-^^^ ^^^^^^^^ ^^ ,^^^^ ^^ oso -Sus ar es.-Sus 

_Su carácter. -Sus disco rdurs.-Sus aunas ^u i^""'-'' ^j ; ,es._su moralidad,-Su g.ibierno.- 

adornos.-Sus ideas vcl,giosas.-Sus ^a;' ''lolcs.-S ^^ supeí^^^^^^^ tribus.-Sus cualidades fis,- 

Su divi-rso mo.lo de enterrar a .l''^'»^f.'''"'"--V"^Ve s s nmiercs -^^^^^ viviendas.-Su ódio 

eas.^Su rara eostunrbre de abrir el ^'%\'''':}Z'"¡ %TJmT-Sn ¿ran ¿uchiUo de dos puntas.-Su di- 
á la carne -le ballena.-Su ^''^]}!;>-^^^^^:^^'^,?¿^L.ün manera especial de resolver las cues- 
vision en clancs.-Su a•■'^lo"■«''^;-^"^ , '^',. _Pn.ela á que la sujetaban cuando se hacía nubü.-Ma- 
tiones entre dos tribus.-Su respeto a a m u J . ;j' ^^^ ,f ;'' ü'iviestas en memoria de los difuntos. ... 9;>2 
trimonio.-La¡_Hancia.-Bautisnu>.-Mitc^h g^ 
C\PÍTUi.o XL.-Los columbios,— ^u situación. »"^ 1"''"- i^„ distintas tribus.— Sus condiciones tísicas, 
^"rsas ramas. -Diíerencias cdmuUologicas.-Los 'y;;'^^--^;;^ ^t'g _|',s\ poca alicion á la 

-Sus vestidos.-Sus adomos^sus viv,e,^a^-Su^^^^ 

caza y á la carne de los anímale» de ticiia. ^us "'^ _^ ■ j _g „ famiUa.— Su matrimonio.— 

^SuJ annas.-Sns ^»^-^^^^-^l^::^t^^JÍ^^^%nttJ£^^ juegos.-Sus bailes.-Sus re- 
Condicion de sus mujeres. -Su i"¿;^' "• _R{^rVóslumbre de sus jeíes.-Su canibalismo.-Poder de 
presentacioncs.-Suscrceucias.-Sus 1 tus-K.™^ 

sus magos. -Sus gi-o*raf.S!U'erstimones.-Sule^^^ -Su manera de aplanar la cabeza de los ninos.- 

versas tribus.-Sus condiciones t'^»-'^»--^"',!^^"'^';^.^; ^Su" adornos.- Su traje.-Original construcción 
Su extraño modo ' e inntarse ¡; /j";: ;^^-=^'^^^^í^- „i^^rí^uilias.-Pro¿edimientos l)ara la pesca 
de sus casas.-MnltiphcKlad de 1;^^ ' '^' '^ ^ 'uniaban la carne de oso.-Depósito de víveres para el 
-Los que usaban P^ra a ,;az|U-l^ mudm .p c e^ músicos.-Oratona^- 

invicrno.--ArHias.-lndusliia.-Lauoas ^^^^^^ ,le la mujer.-De- 

Leugua.-Condir'iones moiulcs.-lnstitiw'iones Mairimon^^^^^ .Gobierno.— absoluta independen- 

vecluVde píx.p.edad -.Vbuso que se hacia de los^ 

cia de las Iribus.-Jefes.-Aristocrac^ia.- ;s la^ ^^^ -Meteinpsíchosis.-Tradicion curiosa. - 
cías. -Origen d,'! ho.n.re. ^'•^^^;^'^^^^^;^^^:^^i^ religiosas.-Fiestas civiles.-Banque- 
Espiritus mal.gnos.-l;.l \i'.'^«'',-^/.^.° ™d iTótems.-Enterramicn indios del Estrecho -Su 
t,es. -Bailes.-l'anto.nimas - Hos 1 alidaiL ^^¡^\^^ ^^^ ^^^ nutkas.-Diferencias físieas.-Di eren- 
:!^';:Z^:^:n:i:'^^^^^-^^^^^^ ^' alce.-Armas.-Artes.-Gobierno.-FamiUa.- ^.. 
Afici'mnlju,.g,>.-SuiHMsticioncs,-Enterramientos 



PAUTA 

PAKA LA COLOCACIÓN UL LAS LAMINAS DEL TOMO PHIMERO.-VOLÜMEN PRIMERO, 



Cuadro histórico-jerogliíico de la peregrinación de las tribus 



P.ics. 

lis aztecas al valle de México . ''í 

73- 

Lámina primera de la colección de Mendoza • • • • ' ' 1 ' ' j^j 

V^opia de la piedra que se encontré en la plaza Mayor de México a hnes de 1,90. ;;;;;;;;;; 143 

Pirámide do Papantla . . 161 

Páo-ina del Códice mexicano del museo Borgia 

Amigücdadcs mexicanas. -Máscara del Sol.-Idolos.-Calendario mexicano 1 

Armas, trajes, insignias, calzado, etc., de los mexicanos antes de la Conquista. ■•;;;;;;; ¿í 

El gran palacio de Mitla en Oaxaca 2^^ 

Ruina de Palenque 255 

\ Ruinas de Palenque .... 263 

Yucatán.— Puerta en l^xmal . . 427 

Vasos i>eruanos . . 411 

Antgüedades peruanas . . . 44y 

Esculturas de Copan .703 

pragmcntos de piedra hallados en la isla de Culia 



INTRODUCCIÓN 



I. Problema geográfico y mercantil del siglo xv.— Solución buscada por los portugueses. — Solución propuesta por Cris-^ 
tóbal Colon.— Quién era Colon. —Por dónde pudo venir Colon á concebir su proyecto : opinión déla Antijüedíd sobre 
la figura de la Tierra: opinión de Aliaco y Toscanelli sobre la posibilidad de ir & Oriente por Occidente; indicios que pu- 
dieron confirmar á Colon en su idea.— Sobre si Colon la vio corroborada por revelaciones de un piloto, de quien se dice 
que una tempestad arrojó á Santo Domingo.— Fe de Colon en su empresa.— La ofrece al Rey de Portugal.— Conducta 
de Juan II.— Venida de Colon á España en 1484.— Está dos años en casa del Duque de Medinaceli.— Recomendado por 
él. ve en 1480 á los Reyes Católicos.— Junta de Córdoba.— Aplazamiento del negocio por los Reyes. — Los Reyes em- 
piezan en 1487 á darle dinero del Tesoro Real.— Junta probable de Salamanca.— Kuevas partidas abonadas á Colon.— 
Colon está, sin embargo, descontento; escribe al Rey de Portugal.— Juan 11 le contesta.— Le escriben otros príncipes.— 
Se impacienta Colon y va al campo de los Reyes; fracasa en sus nuevas negociaciones.— Va á Palos y habla con Fray 
Juan Pérez en el monasterio de la Rábida.— Fray Juan Pérez se interesa por él y escribe á la Reina.— Resultado fa- 
vorable de esta gestión.— Colon vuelve al campamento de los Reyes. — Exigencias de Colon: nuevo fracaso. — Habla 
Santángel á la Reina y logra decidirla en favor de la empresa.— Se llama de nuevo á Colon; se extienden y firman las 
capitulaciones. 

II. Motivos por qué tardó Colon en alcanzar el logro de sus pretensiones: estado de conocimientos de la época: preocupa- 
ciones y penuria de los Reyes : ideas exageradas del mismo Colon acerca de las tierras cuyo descubrimiento se propo- 
nía.— Carácter y fisonomía de Colon.— Preparativos para el viaje: cédulas expedidas al efecto por los Reyes Católicos.— 
Dificultades en Palos para el apresto de la armada.- Salida de la armada el 3 de Agosto de 1492.— Peripecias del viaje. — 
Descubrimiento de la isla de Guanaham el día 12 de Octubre.— Toma de posesión de la isla por el Almirante en nombre de 
los Reyes Católicos.— Sello de servidumbre impuesto por este acto al Nuevo Manilo. 

III. Reseña geográfica de América. 




mundo. 



1 
.^ A>^ L EMPEZAR el siglo XV lialjía en Europa un problema 

de resolución difícil. El comercio con Asia se hacía 
sólo por el istmo que separa el mar Ivojo del Medi- 
terráneo. Tenía monopolizados un corto número de pue- 
blos los productos de la India y la China: las especias, 
los perfumes^ las sederías y las piedras preciosas, ya 
entonces objeto de general codicia. Á fin de impedir este mo- 
nopolio se deseaba con afán encontrar un nuevo camino para 
Oriente. 

Los primeros en buscarlo fueron los portugueses. Empren- 
dieron el año 1419 por las costas occidentales de África una 
serie de atrevidas expediciones que llenaron de asombro el 
Bajaron desde el cabo Non al de Buena-Esperanza, descubrieron y 



VI INTRODUCCIÓN 



poblaron las islas Azores, las de Madera y las de Cabo Verde. Hiciéronlo todo 
en menos de setenta años: el 1 1S7, acaudillados por Bartolomé Díaz y Juan 
Infante, habían corrido al Sur hasta los 33° 42' ; y al volver habían visto el 
extremo meridional de tan vasto continente. Aunque no lo doblaron, no duda- 
ban ya que por allí tenían abierto un paso á los mares de Asia. 

En tanto, aquí en España, se ofrecía un extranjero desconocido y pobre á 
ganar la India por muy distinto rumbo. Bajo la hipótesis de que fuese redonda 
la Tierra, sostenía que, navegando siempre á Occidente, se había de llegar 
á las playas de Levante ; y por lo que hasta entonces se llevaba descubierto, 
pretendía que no habían de estar á mil leguas de las islas Canarias. 

Este hombre era Cristóbal Colon, natural de la ciudad de Genova, marino 
de grande experiencia, que á la sazón había ya recorrido el Mediterráneo del 
Archipiélago al Estrecho, y el Océano desde el golfo de Guinea hasta más allá 
de Islandia. No merecía ni ambicionaba el nombre de sabio , pero conocía todo 
lo indispensable para el logro de su empresa. Era más que regular cosmógrafo, 
medianamente entendido en matemáticas y en astronomía , hábil en el uso de 
la brújula y el manejo del astrolabio. Tenía hasta cierta cultura nada común 
entre los navegantes; sabía la lengua latina y llevaba algún tanto leídas la 
Biblia y las obras de los autores clásicos. 

Cómo viniese Colon á concebir su audaz pensamiento no es difícil presu- 
mirlo. La redondez de la Tierra, admitida por casi todos los filósofos de la 
Antigüedad, á contar desde Parménides y Tales de Mileto, había venido á ser 
la opinión general de los hombres de ciencia, á pesar de los argumentos de 
Lactancio y San Agustín contra la posibilidad de que hubiese antípodas. Colon, 
marino y astrónomo, debió más de una vez robustecerla por sus propias 
observaciones. No le permitirían sobre este punto dudas ya la manera cómo en 
los viajes por mar van pareciendo ó desapareciendo los edificios y los cerros 
de las lejanas costas, ya el cambio de altura de los astros según se va del 
Ecuador al Polo, ya la sombra que en los eclipses de luna arroja nuestro 
planeta. 

Ni faltaba entonces quién creyera que, navegando al Occidente por el 
Atlántico, se pudiese llegar á la extremidad oriental del Asia. Lo había dicho en 
sus Tratados de Cosmografía el Cardenal Aliaco, que el año 1416 asistió al Con- 
cilio de Constancia; y lo sostenía Toscanelli, físico de Florencia, que gozaba 
entonces de gran nombradla. Consideraban los dos hasta corto y fácil el viaje 
á la India por este rumbo. Toscanelli llegaba á tenerlo por más corto que el 



INTRODUCCIÓN VII 



que hacían los portugueses á Guinea. Colon conocía las obras de Aliaco hasta 
el punto de haberlas anotado do su puño y letra, y estaba en relaciones con 
Toscanelli. üe él había recibido, en 1474^, una carta de marear, donde se 
determinaba hasta la derrota que se debía seguir para ganar al través del 
Océano los límites de Oriente. ' ¿Será tan aventurado suponer que principal- 
mente en esos dos hombres halló la fuerza de que necesitaba para ofrecerse á 
expedición tan peligrosa? 

Había además recogido Colon una serie de noticias y datos que le confirma- 
ban en su pensamiento. Por experiencia propia sabía que la Tierra servía de 
morada al hombre lo mismo en la zona tórrida que en la nuestra, y no era 
el Océano un mar tenebroso que pudiese intimidar almas de vigoroso temple; 
por relaciones de pilotos, que ya en la isla de Puerto Santo, ya en las de 
Madera, ya más lejos, se habían visto traídas por los vientos de Occidente 
gruesas cañas, recios pinos y maderas extrañamente labradas, y allá en las 
Azores, dos cadáveres de ancho rostro y facciones nada parecidas á las de los 
europeos, que bastaban por sí solos á revelar la existencia de ignoradas tier- 
ras. Á unos había oído, que en aquellas mismas aguas habían parecido alma- 
dias de rara forma; á otros que navegando por el mar de Irlanda, en tiempo 
borrascoso, habían dado á Poniente con playas que no les dejó abordar el viento 
y creyeron ser las de Tartaria; á otros, que saliendo de los archipiélagos ya 
descubiertos y avanzando al Oeste, habían distinguido á gran distancia islas 
á que no habían podido arribar después de largos días de viaje. 

Suponen algunos que Colon tuvo aún para afirmarse en su pensamiento 
noticias más determinadas y ciertas. Un piloto que salió de la Península para 
Inglaterra, dicen, impelido por contrarios vientos y terribles borrascas, cami- 
nó al Occidente y dio con la isla que llevó más tarde el nombre de Santo 
Domingo. Sereno el tiempo, hizo su viaje de retorno, pero con privaciones y 
trabajos que le hicieron perder á casi todos sus tripulantes. Llegó á Puerto con 
sólo tres ó cuatro, y esos tan padecidos, que murieron á los pocos días. Gra- 
vemente enfermo él mismo , acertó á parar en casa de Colon , su amigo ; y al 
ver llegada su postrera hora, hubo de contarle sus aventuras, revelarle el 



' Las cartas de Toscanelli á Colon están publicadas en la Historia de las Indias, por Fray Bartolomé 
de Las Casas, libro I, capítulo XII, obra que constituye los tomos 62, 63, 64, 65 y 66 de la Colección de 
documentos inéditos ¡wira la historia de Bspa>ii,yen la Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron 
por mar los españoles desde fines del siglo XV, por D. Martin Fernández de Navarrete, tomo II, docu- 
mento núm. 1 de la Colección Diplomática. 



VIH INTRODUCCIÓN 



rumbo que había seguido y entregarle su diario. Hombre entendido en su arte, 
pudo marcarle perfectamente el derrotero para la nueva Isla. 

Aunque relatan el hecho casi todos los historiadores primitivos de Indias, 
no todos lo ven de igual manera. Fray Bartolomé de Las Casas lo considera 
posible, y como para corroborarlo, dice que los indios de Cuba aseguraban 
haber parecido on Santo Domingo, años antes del descubrimiento, hombres 
blancos y barbados como los que Colon llevaba; pero termina por declarar que 
no lo afirma ni lo niega. Antonio de Herrera se limita á consignar la razón que 
muchos alegaban para creerlo falso. Gonzalo Fernández de Oviedo, aunque lo 
califica de novela, deja entrever sus dudas. Francisco López de Gomara lo da 
como cierto. En una cosa están acordes todos, y es en que por aquellos tiempos 
lo creía todo el mundo. 

Yo, sin embargo, no lo creo. Nadie ha podido fijar el año del suceso, ni decir 
el nombre de la carabela que hizo el viaje: reina la mayor discordia sobre quién 
fué el piloto, ^ y cuál el punto donde refirió á Colon sus aventuras. No es 
esto sólo. Para dar visos de verdad al hecho, ha sido necesario suponer la 
muerte, en días, de todos los tripulantes que al regreso de Santo Domingo logra- 
ron tocar la suspirada tierra , cosa por demás extraña. En los días que vivie- 
ron ¿es posible que no participasen á nadie su larga y penosa expedición, las 
maravillas que vieron , los hombres de otro color, otras facciones y otras cos- 
tumbres que en aquella Isla encontraron? ¿Es posible que nada se trajesen 
por curiosidad, ni como prueba de su inverosímil viaje? La menor cosa que 
hubiesen dicho habría corrido de boca en boca en aquellos años, donde era tan 
grande la fiebre por los descubrimientos. El hecho, obsérvese bien, no se refirió 
ni se divulgó sino mucho después de haber llevado Colon á cabo su proyectada 
empresa. Sucede poco más ó menos lo mismo con todos los grandes hombres: se 
los califica de locos cuando proponen sus altos pensamientos, de faltos de ori- 
ginalidad cuando los realizan. Después de cada uno de esos acontecimientos 
que abren á la humanidad nuevos horizontes, no falta jamás un predecesor 
oscuro á quien atribuir la gloria del hecho. 

Colon tenía, no obstante, en su proyecto la misma fe que si hubiese oído de 
los más veraces labios la imaginada historia. Según sus propias palabras, por 



' El nombre del piloto le dio el primero el Inca Gareila.so en sus Comentarios Eeales, libro I , capí- 
tulo III. Llamábase el piloto, según este escritor, Alonso Sánchez, y era natural de Huelva. Ni Her- 
rera, ni Oviedo, ni Las Casas dicen otro tanto. 



INTEODUCCION ix 



más de veinte años anduvo ofreciéndolo á los reyes de Europa é implorando la 
protección de todos los magnates. Ofreciólo primeramente á los Monarcas de 
Portugal, reino donde vivía desde el año 1470 y se había casado con Doña 
Felipa Muñiz, hija de uno de los pobladores de Puerto Santo. Á creerle á él, 
entabló aquel mismo año las oportunas negociaciones ; ^ á mí me parece cuando 
menos dudoso. Infiero de las cartas de Toscanelli que á lo más en 1474 hizo 
el ñrme propósito de buscar las Indias por el Occidente; y, ó mucho me engaño, 
ó creo poder afirmar que sólo después de 1481 habló seriamente del asunto con 
el gobierno lusitano. En tiempo de Juan II suponen hecha la proposición formal 
lo mismo los historiadores portugueses que los de España, y Juan II no subió 
al trono hasta 1481. 

Juan II tenia fija la atención en las costas de África. Se desvivía por prose- 
guir y activar las expediciones que en 1419 había empezado con tanto brillo 
el Infante D. Enrique, y estaban suspendidas desde 1446, en que había llevado 
Alonso Fernández su armada cien leguas más allá del cabo Verde. No por esto 
desoyó las proposiciones de Colon , antes las sometió al dictamen de sus mejores 
cosmógrafos : de Diego de Ortiz , Obispo de Ceuta ; de los maestros Rodrigo y 
José, médicos de Cámara. Ortiz buscaba precisamente un nuevo camino para 
las Indias; Rodrigo y José habían sido los principales autores de las Tablas de 
declinación solar y los reformadores del astrolabio. Después de liaber oído á 
Colon dieron los tres por ilusorio el proyecto. El Rey se conformó natural- 
mente con el parecer de sus hombres de ciencia, y desahució á Colon, ¡wr más 
que allá en el fondo de su ánimo no dejara de abrigar sus dudas. 

Dicen si el Rey, enterado de la derrota que Colon pensaba seguir, despachó 
secretamente una carabela en busca del Nuevo Mundo, y la vio muchos días 
después llegar al puerto, rasgadas las velas y roto el mástil por las tempes- 
tades que había sufrido; si no contestó á Colon hasta haber oído al piloto 
que la gobernaba como no había más allá de las islas descubiertas sino un mar 
proceloso y sin límites, por donde era temeridad arrojarse; si, sabedor Colon 
de tan pérfida conducta, resolvió dejar al Rey y al Reino sin esperar á que 
categóricamente le respondieran. Lo afirman también muchos de los primitivos 



' En una carta que dice el P. Las Casas haber visto (Historia de las Indias, lib. I, cap. XXVII), y 
ha publicado el Sr. Navarrete en su Colección, tomo III, pág. 527, decía Colon: «Dios, nuestro Señor, 
me envió acá (á Castilla), porque yo sirviese á, V. A. (la Keina Isabel la Católica) dije que milagrosa- 
mente, porque yo fui al Rey de Portugal, que entendía en el descubrir más que otro , y le tapó la vista 
y oído y todos los sentidos , que en catorce años no me entendió.» Puesto que consta que vino Colon de 
Portugal á España en 1484, en 1470, según él, debió proponer el negocio á los Reyes Portugueses, 

TOMO I 3 



INTRODUCCIÓN 



historiadores de Indias; pero tampoco lo creo. No hay documento que lo 
acredite, y es obvio que si Juan II hubiera querido aprovecharse de las reve- 
laciones de Colon, habría empezado, no por entretenerle, sino por despedirle. 
Los servicios de Colon habían de ser inútiles si por la carabela se encontrara 
lo que se pretendía; inaceptables si por ella se viniera en conocimiento de la 
imposibilidad de llegar á Oriente por Occidente. Ni podía temer ya el Rey que 
nadie se le adelantara: si no en Portugal, ¿dónde había de encontrar Colon 
un gobierno decidido á darle desde luego la mano para una expedición que no 
podía menos de parecer quimérica, cuanto más dudosa? 

Colon salió de Portugal el año 1484. Perdida la esperanza de obtener la pro- 
tección de Juan II, resolvió venirse á España, probablemente con el objeto de 
implorar la de los Reyes Católicos. Estaba ya viudo y no tenía sino un hijo 
que le había nacido en Puerto Santo. Despachó á su hermano Bartolomé para 
Inglaterra con el encargo de comprometer en su empresa á Enrique VII ; y él 
con su hijo Diego se embarcó en Lisboa calladamente para las costas de Anda- 
lucia. Ese sigilo con que partió de Portugal ha hecho incurrir en otro error á 
nuestros historiadores: no fué debido sino al temor de verse detenido por pro- 
cedimientos judiciales, probablemente á consecuencia de obligaciones que había 
contraído, y no podía pagar merced á la pobreza en que vivía. ^ 

Créese generalmente que Colon desembarcó en el puerto de Palos. Lo proba- 
ble es que lo hiciera en el de Santa María, de que era entonces señor D. Luis 
de la Cerda, primer Duque de Medinaceli. Se sabe hoy, por un documento irre- 
cusable, que estuvo en casa del Duque los dos años que tardó en tener su pri- 
mera entrevista con los Reyes. Vio al D. Luis, le habló de su proyecto, y logró 
convencerle en términos de inclinarle á facilitar las tres ó cuatro carabelas 
que le pedía. Por qué al fin no las obtuvo , lo dice el mismo documento ; lo que 
no es fácil explicar es por qué tardó tanto el Duque en decidir su conducta. ^ 

El Duque de Medinaceli á los dos años advirtió que era el negocio para su 
Reina, y se lo propuso desde Rota. Recibió afortunadamente de Doña Isabel 
carta donde se le decía que enviase al extranjero. Envió desde luego á Colon á 
Córdoba, donde estaban los monarcas, y con tal fe y tan ciega confianza, que 
pedía á la Reina le hiciese merced por el servicio que le prestaba, le diese 
parte en la empresa, y señalase el Puerto como punto de partida de la futura 



' y éa,se en la, Colección délos Viajes ij Des^uhrimlentos^ por D. Martin Fernández de Navarrete , el 
documento núm. :3 de su Colección Diplomática, tomo 11, pág. 10. 
' Documento núm. 14 de la misma Cnlrrriov , tomo 11 , pág. 27. 



INTRODUCCIÓN XI 



armada. No preveía ni imaginaba los obstáculos con que había de tropezar 
Colon antes de lograr su intento. 

Llegó Colon á Córdoba el año 148(J. No se fija el día en que vio á Doña Isabel 
y á D. Fernando; pero hubo de verlos, en mi sentir, el 20 de Enero. En este 
día revela él mismo que había venido á servir á los Reyes. ^ Cómo los Reyes 
estimaran la empresa , no lo dice tampoco nadie ; sólo sabemos que le remitie- 
ron á una Junta de hombres de estudio, que debía escoger y convocar Fr. Her- 
nando de Talavera, el padre Jerónimo que fué después Arzobispo de Granada. 
También se ignora quiénes fuesen los elegidos : ^ no debían de ser grandes 
cosmógrafos, á juzgarlos por los argumentos que contra la idea de Colon se dice 
que hicieron. 

Opusieron á Colon estos preclaros varones que cómo en tantos siglos y con 
sabios tan eminentes no se había de haber pensado en ese nuevo camino para 
las Indias, á ser verdad que existiese; que la Tierra distaba de ser tan pequeña 
como la suponía, y ni en tres años se había de encontrar el fin del Océano; 
que, siendo, como decía ser, esférica, si bajase mucho, á Occidente sobre todo 
con declinación al Mediodía , no había de poder luego repasar el Atlántico y 
volver á España ; que el proyecto , por fin , presuponía un imposible : los antí- 
podas. Ni faltó quien sacase á relucir más ó menos oportunamente la inhabi- 
tabilidad de tres de las cinco zonas en que dividimos el Globo, á pesar de 
haber venido ya entonces á disipar este jí^erro los viajes de los escandinavos y 
las excursiones de los portugueses. ^ 

El dictamen de la Junta fué, como supondrá el lector, adverso. Decíase en 
él á los Reyes que no debían tomar sobre sí empresa que descansaba en tan 
flacos cimientos, pues sobre perderse el dinero que en ella se invirtiese, pade- 
cería la Autoridad Real á los ojos de propios y extraños. Los Reyes, con todo, se 
limitaron á dar largas al negocio. Pretextando lo ocupados que los traía y los 
gastos que les ocasionaba la guerra contra los moros, aplazaron el más atento 
examen de la idea para cuando aquélla se concluyese. 



' Eu su libro diario escribió Colon el día 14 de Enero de 1493 : q\ie la oposición que en Castilla se 
había liecbo á su negocio había sido causa de que «la Corona Real de Vuestras Altezas no tengan cien 
cuentos de renta más de la que tiene después que yo vine á les servir, que son siete años agora á 20 días 
de Enero de este mismo mes.» (Colección de Viajes y Descubrimientos, por Navarrete, tomo I, pág. 285.) 

" Entre los elegidos sólo sabemos que hubo un doctor que se llamaba Eodrigo Maldonado , porque 
así lo declaró él mismo en el pleito que siguió el Fiscal contra Diego Colon, hijo de D. Cristóbal. (Colec- 
ción i^avarrete, tomu 111, pág. 589.) 

' Sigo en esto k casi todos los historiadores primitivos de Indias. No hay documento en que apo- 
yarlo. 



XII INTRODUCCIÓN 



¿Cómo obraron así los Reyes? Debieron ante todo influir en su ánimo la 
recomendación del Duque de Medinaceli y las palabras que de labios de Colon 
habían oído. Influirían además otras causas. Colon había ya logrado llamar la 
atención en la Corte. Había explicado á muchos su pensamiento, y no en todos 
había encontrado la desconfianza de la Junta. Oíale benignamente el gran Car- 
denal D. Pedro González de Mendoza, el que entonces privaba más con los 
Reyes. Protegíale D. Alonso de Quintanilla, Contador Mayor del Reino. Abogaba 
por él calurosamente Fr. Diego de Deza, Maestro del Príncipe D. Juan, que 
fué después Obispo de Palencia, y más tarde Arzobispo de Sevilla. Apoyábale 
con decisión el Camarero del Rey D. Juan Cabrero, el Comendador D. Gutierre 
de Cárdenas y el astrónomo Fr. Antonio de Marchena, sobre el cual es lástima 
que arroje tan poca luz la historia de aquellos tiempos. Los Reyes, á pesar del 
informe de la Junta, no pudieron menos de pararse ante la opinión de hombres 
en su mayor parte allegados á su propia casa. 

Pero Colon no podía tampoco pasar por tan largo aplazamiento. Se lo impe- 
dían su pobreza y sus años. Pasaba ya entonces de los cincuenta, y temía le fal- 
tase vida para realizar su idea. ¿De qué, por otra parte, había de sustentarse 
en tanto que la guerra se acabara? Podía hacer mapas y cartas de navegar, 
industria que, según parece, había cultivado ya en Lisboa; pero, ¡eran tan 
magros los rendimientos que daba este género de trabajo! Se desalentó de modo 
que pensó en dirigirse á Francia, proyecto que había ya concebido estando en 
casa del Duque. 

Quién ó qué le detuviera, tampoco se sabe. Tal vez en aquel año hubiese 
ya conocido á Doña Beatriz Enríquez , vecina de Córdoba. Son hechos 
irrecusables que en ella tuvo á su hijo Hernando, y que éste nació en 1488. 
Pudo muy bien Colon desistir de su viaje por amor y agradecimiento; pudo 
también quedarse por no mal nacidas esperanzas. 

El lector habrá oído ó leído probablemente que se sometió el proyecto de Colon 
á nuevo examen en la ciudad de Salamanca, entonces el centro del saber y de 
la inteligencia. Un autor de nuestro tiempo, dándolo por indudable, ha dado 
cuenta del suceso con tales pormenores , que no parece sino que encontró el acta 
de juicio tan importante. Colon, al decir de este escritor y el de otros muchos, 
no halló mejor acogida en los sabios de Salamanca que en los de Andalucía. 
Dista, con todo, aun el hecho del segundo examen de estar justificado: no lo 
acredita documento alguno, ni lo mencionan siquiera los escritores de aquel siglo. 

No por esto lo rechazo. En 4 de Mayo de 1487, se sabe de un modo auténtico 



iNTrobt'Ccioií xirl 



(|ii(' por la T(^S()i'(M'ía Heal so (lici'oii :!.()(ll) luai-avodisPK á ( 'oloii , (¡ik; csUúki 
íiqai l'aziendo alf/imas cosas complideras d sus Altezas. Ai.n'o iiiicnh dcliía ilc 
Iialjer ocurridd para (juo, lejos; dol fóriuino de la guerra , alirieseii los Reyes sus 
arcas al que con lanío iiienospr(^cio liahiau juzgado los uolables de ( '(irdolia. Pudo 
uiuy ))ien ser deliido este cauíhio al favorable informe (|iie alriliuyeu á una 
Junta de eosnuigrafos y matemáticos d(\ Salamanca, además de Fernando Pizari-o 
en sus ^'aroll(>s H/fsfres del Nnrru Mirvdo, los cronistas de ]a Orden de Sanio 
Domingo. Según estos autores. Fr. Diego de Deza , que era tamlñen domi- 
nico, alojó ;'i Colon en su convento de San Esteban, reuni() en Valcuevo á los 
más insignes maestros de aquella Universidad famosa, les sometió las ideas y las 
proposiciones de su desconsolado lnu''s¡)ed. ol)tuvo, después de largas conferen- 
cias, el más lisonjero dictamen, y, armado con él, se i)resentó á los Reyes, en- 
careciéndoles, no solamente las proliabilidades de éxito de la empresa, sino tam- 
iiien la gloria y los beneficios que de 11(> varia á cabo resultarían para la ('oroiui. 
Distaban Pizai'ro y esos cronistas de ser coetáneos del suceso; no escrüu'a 
ninguno con relación á ningún documento ni á testigos presenciales; })ero 
repito c|ue tengo i)or verosímil el hecho, ya por el cambio de conducta de los 
Monarcas, ya por Lj que Colon decía, más tarde acerca d(d P. Deza: El fue 
causa que sus Altezas liohiesen las Indias y que yo quedase eu Castilla. D. Fer- 
nando y Doña Isabel acertaron además á estar por aquel tiempo en Salamanca : 
salieron de ella para Córdoba el día 20 de Enero de 1487. ' 

Recibió Colon del Erario Real otras partidas: el 3 de Julio del mismo año. 
.1.000 maravedises para ayuda de su costa; en 27 de Agosto, 4.000 para ir al 
Real, que estaba entonces sol)re Málaga: en 15 de Octubre 4.000 para sus 
gastos; en 16 de Junio de 1488. otros :3.000, que se le dieron por cédula de sus 
Altezas. '^ No consta documentalmente que recibiese más; pero es de suponer 



' Véanse sobre este punto los notables artículos que con el titulo de Colon en Valcucco publicó 
I). Tomás Rodi'iguez Pinilla cu la fírcisto Occidental, que se publicaba en Lisboa el aao 1875. Colon 
después del descubrimiento hablaba siempre de Fr. Diep:i) de Deza en los términos más expresivo.';. Kn 
carta escrita el 21 de Diciembre de 1504, decía á su liijo Diego: «Es de trabajar de saber si la líeina 
dejj diolio algo en su testamento de mí, yes de dar priesa al señor Obispo de falencia, el que fué causa 
que sus Altezas liobiesen las Indias y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino pava 
i'uera.» En otra, escrita el IS de Enero de 15(15, decía á su mismo liijo: «Si el señor Obispo de Falencia 
es venido, ó viene, dílo cuánto me ha placido de su prosperidad; y tpic si yo voy allá, que be de posar 
con su merced, aunque él non quiera, y que habernos de volver al primero amor fraterno, y que non lo 
l)odcrá ue^ar, porque mi servicio le fará quesea ansí.» Co/cvv'f'oii (/<■ \'iíi/rs // De.<ciiliriiiiiciito:^. por 
Xavarrete, tomo I, págs. 402 y 496. 

' Sobre las cantidades dadas á Colon véase el doc\imento uúm. i, tomo II de la Colrccioii Sunin-eie. 

TOMO i 1 



XtV INTRODUCCIÓN 



que más recibiese, puesto que, según él mismo dice, desde el 20 de Enero de 
1486 no dejó de estar al servicio de los Reyes. Y que éstos no le al)andonaron 
después de Junio de 1488 lo acredita una cédula de 12 de Mayo de 1489, por la 
que mandaron á los Concejos de todas las ciudades, villas y lugares que le apo- 
sentaran gratis á él y á los suyos, les facilitaran á Lis precios corrientes los ví- 
veres de que necesitasen , y no tuvieran con ellos cuestiones ni ruidos de ningún 
género: cédula que por otro lado revela que Colon no estaba ocioso. ' 

Colon no estaba, sin embargo, contento. La dilación en resolver su negocio 
le traía desasosegado y quejoso. Por esto, sin duda, escribió al Rey de Portu- 
gal á principios de 1488 mostrándole grande afecto, voluntad de servirle é 
intento de volver á Lisboa. Allí luibría ^■uelto quizá, si no se lo estorbaran 
importantes consideraciones. Juan II le contestó desde Avis el día 20 de Marzo 
agradeciéndole el ofrecimiento , manifestándole cuánto se alegraría de verle , 
prometiéndole que liaría de modo que le dejase satisfecho, y dándole la seguri- 
dad de que ni á la ida , ni en la estancia , ni á la vuelta de su Reino le moles- 
tarían los tri1 límales. Pero, cualesquiera que fuesen los agravios que de a(|ui 
hubiera recibido , ¿cómo había de resolverse Colon á regresar á Lisboa, recor- 
dando por una })arte el nienos})recio en que allí le tuvieron , sabiendo por otra 
á Doña Beatriz en cinta? '^ 

Es indudable , puesto que él mismo dice haberlas enseñado á los Reyes Cató- 
licos, que tuvo Colon cartas, no si'ilo del Soberano de Portugal, sino también 
de los de Inglaterra y Francia, en las que se le invitaba á ir á tratar de su 
negocio. •' La del de Inglaterra es proljalde que la recibiese el mismo año 148N 
atendida la fecha del Mapamundi ({ue hizo en Londres su hermano Bartolomé 
para ganar el favor de aquel Moiuirca; ' la del de Francia tal vez la hubiese 
recibido antes, dados los propósitos que antes manifestó de pasar los Pirineos. 
Sin los dulces vínculos que aquí contrajo, sería muy difícil explicar su perma- 
nencia en España á pesar del largo y enojoso aplazamiento de su empresa. 

No agotó Colon su paciencia hasta que vi() inminente la rendición de Grana- 
da. Fué en 1491 al campo de los Reyes; y allí, bien fuese por lo inoportuno del 
momento, bien por los trabajos de sus enemigos, á cuyo frente estaba al parecer 



' Colección Navarreíe, tomo II, documento núm. 4, \^kí^. 11. 

' Colección Nacarrote, tomo II, documento núm. 3, pág. 10. 

^ Colección Naxarrcte, tomo III, documento nihn. 58, página 527. «También dije milagrosamente, 
poniuc hobe cartas de ruego de tros príncipes que la Reina (([uo Dios haya) vido y se las leyó el doctor 
de Villalon.» Cartaá Fernando el Católico do Mayo de 1505. 

* Véase sobre este particular la Historia de bis Indias', del i'. Las Casas, lib. I, cap. XXIX. 



ISTEODUCCiON 



l""r. Ifoniaudo de Tiibivcra , (lis1(') do liallai' ]a lnuMia. acocada (|un con taii1(» dorc- 
clio esperaba. Kn lautos aüos como se estaha tratando de ir á Oriente ¡tor Occi- 
dente se habían forniado en España distintas opiniones y opuestos l)andos: oj 
Itanclo contrario á Colon aprovechó hi coyuntura, y le derrotó i)or completo. 
Colon hubo de salir de la Corte , perdida toda esperanza. 

Entonces y no antes, fué cuando se dirigió á Palos con ánimo de pasar ;'i ver 
á un concuñado suyo de Huelva, y llamó á las puertas del convento do, la R;i- 
bida, escena sobre la cual derramaron tantas flores la tradición y la poesía. Te- 
nemos afortunadamente acerca de este suceso el testimonio de una de las perso- 
nas que en él intervinieron. ' Llevaba consigo Colon á su hijo Diego, niño 
todavía , y pidió para este niño pan y agua al portero de la Rábida. Acertaba á 
estar allí Fr. Juan Pérez, y como por el habla y el porte conociese que Colon 
era extranjero, le hubo de preguntar de dónde venía y qué le traía por aquellas 
tierras. Colon, que estaría, sin duda, ansioso de encontrar almas simpáticas con 
quienes explayar la suya , le dio cuenta de su negocio , de los años que llevaba 
para granjearse unas carabelas en que ir á Oriente, de las vicisitudes ¡¡or que 
había pasado su proyecto , de los muchos enemigos que tenía en la Corte , de los 
sangrientos sarcasmos que le ha1)íun dirigido , de su último rompimiento con los 
Reyes , del propósito , por ñn , de pasar a Huelva , tal vez para proporcionarse 
recursos con que llegar á Francia. 

Creyó ver Fr. Pérez la razón de parte del extranjero; y, para mejor juz- 
garle , llamó al convento á un amigo suyo , por noml)re García Hernández , 
médico de profesión y algo entendido en astronomía, que es precisamente la 
persona á quien se debe la relación de estos hechos. Platicaron los tres .sobre la 
empresa que Colon intentaba; y la creyeron, así el fraile como el médico, tan 
hacedera y gloriosa para su patria , que Pérez se decidió á escribir sobre el 
asunto á la Reina, de quien era confesor, ó cuando menos lo hal)ía sido, y re- 
tuvo á Colon en la Rábida, haciéndole esperar que su intervención cambiaría la 
faz del negocio. 

Contestó la Reina á los catorce días , agradeciendo las buenas intenciones de 
Fr. Pérez, y mandándole que luego de recibida la carta se pusiese en camino 
para su campo, no sin dejar esperanzado á Colon para que no se fuese. Obede- 
ció Fr. Pérez con tal diligencia, que aquella misma noche partió secretamente. 



' Probansas hechas por el Fiscal del Re;/ en el pleito que sirjidó contra el A Imirante de las Indias, 
Don Diego de Colon, hijo del D. Cristóbal. Declaraciones de Garda Hernández, Físico. {Colección Na- 
varrete, tomo llí, pág. 561.) 



INTRODUCCIÓN 



(•;i]i;ill('rii (Mi un iiiiild. ]i;ii';i el l?(';il de (!i-;in;i(l;i . y li;ilil<'> cnii 1iíii1;í r'lic;ir¡;i . ipip 
l;i l\('¡ii;i sp coinprmiuMiíi .-'i Í;icili1iir ;'i ('oldii los Iros buques con (|uo rslr so jini- 
|)(iiiia ilosful)rir las tierras al ()r¡pn1p del Asia. ' 

A i)(icii recii)ió ( 'dldii de la Reina •JD.OOd niai-a\edis para vestirse deeeute- 
iiieiite. einii])rar una cahalleria y vnher á la ( 'nrte. Llegarla ])i'()lialil(Muente al 
canil)!) de los Reyes en los días de rendirse Granada, puesto que nos hace saher 
él mismo que vii'i poner las Itanderas reales en las torres de la Alliauíbra. y al 
Rey moro salir á las ]iuertas de la ciudad y besar las manos á sus Altezas y al 
Principe, su señor, que murió antes de suliir al trono. Probable es también que 
sólo después de este grande acontecimiento lograse que se volviera á. hablar Ibr- 
malmente de su negocio. Las diñcultades entonces no estuvieron ya en los Re- 
yes, sino en Colini mismo. I^os Reyes accedían desde luego á darle armada con 
que hiciese su viaje de exploración por el Atlántico: Doña Isabel estaba dis- 
puesta á cumplir la ¡lalabra empeñada con Fr. Juan Pérez. 

Pero Colon en aquel supremo instante impone á los Reyes condiciones que los 
llenan de asombro. A(|uel hombre humilde, objeto poco há en la Corte de burla 
y de escarnio; aquel pobre mendigo, que no há mucho pedía pan para su hijo á 
las puertas de un convento y había debido recibir dinero de Doña Isaliel para 
vestirse Aones/aHieníc. como dice García Hernández, se levanta de imiiroviso 
cien codos sobre su estatura, y pide para emprender su viaje nada menos que 
(d Almirantazgo del mar Océano con todas las facultades y preeminencias del d(^ 
Castilla . el Yireinato y el Gobierno general de todas las islas y tierra iirnie qu(^ 
en aquellas aguas encuentre ó gane, el diezmo, deducidos los gastos, de todas 
las mercaderías que por cualquier título se adijuieran, inclusas las especias, el 
oi'o, la plata y la pedrería, y el derecho para todas las expediciones que en ade- 
lante se hagan de pagar la octava parte del costo y retirar otro tanto del jiro- 
ducto. Y quiere, y es más, el Almirantazgo, no sólo para sí, sino también para 
todos sus descendientes. 

Ante estas condiciones, caliílcadas de locas por sus adversarios, de exage- 



' Algunos Mstüiiadores de ludias designan á este fraile coa los nombres de Juan Pérez de Marelie- 
na, y con este motivo sospecha Fernández de Navarrete si sería el mismo personaje que con los de Fray- 
Antonio de Marehena figura entre los favorecedores de Colon. No me parece creible. Fr. Juan Pérez 
no era astrónomo, puesto que para juzgar del proyecto de Colon llamó en su auxilio al físico García 
Hernández; y Fr. .\ntoniu de ilarcheua lo era hasta el punto de ser propuesto por los Picyes para astro- 
logo de la segimda armada que con destino á las ludias se equipó el verano de 1493 en las costas de An- 
dalucía. Dejo aparte la diferencia de los nombres de pila que se atribuyen á uno y otro frailes. (Véase 
en la Colccrinn del mismo Xavarrete el documento núm. 71, tomo II. pág. 123.) 



INTRODUCCIÓN XVII 



r;i(l;is [ii>i' sus propins iimiü'iis. A'ohií') ;'i lV;ic;is;n' el pruycclM. Se ;icniis('j;ili;i ;'i 
('(il(»ii (jiK^ his inoflei'jiso: pcrn ( 'nlon lui (juiso. I)ic('si> (|iii' ;il liii (•(lusiiilii'i i|iic 
respecto ;'i l;i priinora ;inii;i(l;i S(^ convirtiese en oljlig-acioii el (Icrcclio de cdiitri- 
liiiir ¡I los g'íistiis poi' una oda^a ])ai-1o: la VíM'dad os (juo no parece esta correc- 
ción en las capitulaciones (¡ue después se hicieron. 

Vino á mejorar ese estado de cosas el patriotismo de ]). Luis Snutánücl. Mra 
Santáug-el escribano de i'aciou de la Corona aragonesa., gran jiartidario de Co- 
lon, y amante sobre todo de las glorias de España. Viendo con dolor i(U(' se daba 
de mano á. un proyecto en que á su modo de ver estalia interesada la ^^'randcza 
de estos reinos, se presentó á Doña Isabel, y de consideraciiui en consideración, 
la indujo á que aceptara las formuladas bases. Hízole presente que si mucho 
pedía Colon , mucho también prometía , y^ al fin no lialjía de ser almirante ni 
virey como no lo cumpliese ; que para su primera expedición no exigía sino \\n 
millón de maravedises, y él en cambio aventuralja su rei)utacion y su vida; qu(^ 
era la empresa para lionrar á cualquier monarca, y si por acaso -s-inieran otros á 
realizarla porque Colon se la propusiese, había de })adecer mucho el buen nom- 
bre y el prestigio de los de Es})aña; (jue era propio de los reyes gastar en des- 
culjrir los secretos del mundo, y en nada podía menoscabarse su dignidad 
porque no saliesen con su intento; que Colon era, íinalmente, homlire discreto 
y entendido, que sal:)ía responder á cuantos argumentos se le oponían y no era 
tan aventurado fiarle unas l)arcas para tan gran negocio. 

Agradeció la Reina el celo de Santángel, y se manifestó desde luego dispues- 
ta á pasar por lo que Colon ¡)edía. Consideraba prudente diferir la empresa })ara 
cuando se repusiese algún tanto el Tesoro de los gastos de la guerra; pero ma- 
uifestó que si Colon no ¡)udiese ya sufrir tanta tardanza , quería y era su vo- 
luntad que se buscase sobre sus joyas dinero con que ¡)agar el l)astiment(_) do 
los navios. Lleno de júbilo Santángel, se hincó de rodillas y besó las manos á 
la Reina, se ofrecí() á prestarle el millón que se necesitaba y le rogó que enria- 
ra con urgencia por Colon . pues le creía ya camino de Francia. Colon había 
salido efectivamente de Granada: se le alcanzó por un alguacil de (Vh'te en o\ 
puente de Pinos y^ se le hizo retroceder de orden de su Alteza. Doña Isabel, al 
verle , mandó al instante á su secretario Juan de Coloma . (jue ajustara con él 
las capitulaciones y^ extendiera cuantos despachos fueran necesarios para satis- 
facerle y disponer el equipo y^ la marcha de la armada. ' 



' Hé aquí el texto íntegro de las capitulaciones tal como le ha publicado el 8r. Xavarrete cu el to- 
mo 11 de su Colección de Viajes rj Dcscubriniiontos, pág. 11. A pesar de habérsela.s publicado por algu- 

TOMO I S 



INTRODVCCION 



Hau jiucstd ;il,i4'uilos (Mi diid;) qii(> fur-ni F>;tu1;'iiii;'ol (¡iiicii decidiese (>1 iirpicio. 
l'undúndose en qiio ('i)lon na le cita iiuiicii oiitro las personas á quienes nu'is .se 
debió el descubrimienlo do las Indias. Yo, con lodo, lo reputo cierto. Es para 



nos historiadores primitivos de Indias, las creo de tanto interés para mis lectores, (lue no puedo resistir 
¡I la tentación de reproducirlas. Es sumamente curioso ver A Colon pactando cou los Reyes de España 
sobre un descubrimiento de tanta importancia como el de América. 

Capitulaciones enthe los seí5okes Reyes Católicos y Cristóbal Colon, (Testimonio auténtico existente en el Archivo 
del Excino. Sr. Duque de Verafruas. Registrado en el Sello de Corto, en Simancas.) 

«Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan y otorgan á Don Cristóbal Colon, en alguna satisfac- 
ción de lo que lu'i de descubrir en las mares Océanas, y del viaje (jue agora, con el ayuda do Dios, liá. de 
hacer por ellas en servicio de vuestras Altezas, son las que siguen: 

Primeramente: que vuestras Altezas, como Señores que son de las dichas mares Océanas, fagan desde 
agora al dicho Don Cristóbal Colon su Almirante en todas aquellas islas é tierras firmes, que por su 
mano ó industria se descobrieren ó ganaren en las dichas mares Océanas para durante su vida y después 
del muerto á. sus herederos é sucesores de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preeminencias 
é pi'erogativas pertenecientes al tal oficio, é segund que D. .Vlonso Henriqucz vuestro Almirante mayor 
de Castilla é los otros predecesores en el dicho oficio lo tenian en sus distritos. 

Place d sus Altezas. — Juan de Coloma. 

Otrosí: que vuestras Altezas facen al dicho D. Cristóbal Colon su Visorey y Gobernador gencr.al en 
todas las dichas islas é tierras-firmes, que como dicho es él descubriere ó ganare en las dichas mares; ó 
que para el regimiento de cada una y cttalquier dellas faga él elección de tros personas para cada oficio; ó 
que vuestras Altezas tomen y escojan uno, el que mas fuere su servicio, é así serán mejor regidas las 
tierras que nuestro Señor le dej.ará fallar é ganar il servicio de vuestras Altezas. 

Place á sus Altc.~as. — Juan de Coloma. 

ítem: que todas é cualesquier mercadurías, siquier sean perlas, piedras preciosas, oro, plata, espe- 
ciería, é otras cualesquier cosas o mercaderías de cualquier especie, nombre é manera que sean, que so 
compraren, trocaren, fallaren, ganaren é hobieren dentro de los límites del dicho Almirantazgo, que 
dende agora vuestras Altezas facen merced al dicho D. Cristóbal y quieren que haya y lleve para sí la 
decena parte de todo ello, quitadas las costas todas (jue se ficiereu en ello, l'or manera, que de lo quo 
quedare limpio é libre haya é tome la decena parte para sí mismo, é faga della á, su voluntad, quedando 
las otras nueve partes para vuestras Altezas. 

Place á sus Alteras. — Juan de Colonia. 

Otrosí: que si ¡í causa de las mercadurías que él traerá de las dichas islas é tierras, que así como dicho 
es, se ganaren ó descubrieren, ó de las que en trueiiue de aquellas se tomarán acá de otros mercaderes, 
naciere pleito alguno en el logar donde el dicho comercio é trato se terna y fará: que si por la preemi- 
nencia de su oficio de Almirante le pertenecerá cognoscer de tal pleito? plega é vuestras Altezas que él ó 
su Teniente, y no otro Juez, cognosca de tal pleito, é así lo provean dende agora. 

Placea sus Alteras, SI pcrlrnrcn al dicho ojicio de Alinirantc, segunquc lo tenia el dicho' Almiranlc 
Don Alonso Henriqucz, <j los otros sus antecesores en sus distritos, y siendo justo. — Juan de Coloma. 

ítem: que en todos los navios que se armaren para el dicho trato é negociación, cada y cuando é cuan- 
tas veces se armaren, que pueda el dicho D. Cristóbal Colon, si quisiere, contribuir é pagar la ochena 
parte de todo lo que se gastare en el armazón; é que también haya é lleve del provecho la ochena parte 
de lo que resultare de la tal armada. 

Place á sus Altezas. — Juan de Coloma. 

Son otorgados é despachados con las respuestas de vuestras .Vltezas en fin de cada un capítulo en la 
Villa de Santa Fé de la Vega de Granada, A diez y siete de .'Vbril del año del Nacimiento de nuestro 
Salvador Jesucristo de mil é cuatrocientos é noventa y dos años.— YO EL liEY.— YO LA REINA.— 
Por mandado del Rey é de la Reina.— Juan de Coloma.— Registrada.— Calcena.» 



IÑTKODUCCIOÍÍ XIX 



mí altamente significativo que Colon , á la vuelta de su primer viaje , antes de 
llegar (i puerto , estando á la altura de las islas Azores , le escribiese á bordo de 
su carabela una larga carta, en que lo hacía relación de cuanto le lia1)ía ocurrido, 
sabiendo, le decía, que habréis placer de la grande victoria que niieslro Seiior 
me lia dado. Ni lo es menos que conste por documento inconcuso que Saiilniiu-cl 
prestó efectivamente íin millón y ciento ctiarenta mil maravedises para la ¡¡a- 
(ja de las carabelas que sus Altezas macularon á las Indias y ¡)ara la de Cris- 
tóbal Colon que va en la dicha armada. ^ 

Consiguió, por fin. Colon ver logrado el afán de tantos años: se le abri(>. por 
fin, un porvenir y una nueva vida. Ya puede cruzar el Océano y l)uscar la suspi- 
rada tierra. Si hasta aquí lo surcó simple marino , lo surcará ya almirante. Pesa 
en cambio sobre sus hombros una responsabilidad aljrumadora: le espera al 
término de su viaje, ó una gloria inmarcesible, ó una larga ai'renta. Si halla 
lo que ofreció será un semi-Dios, un héroe; si nó, llevará tal vez por muchos 
años el epíteto de loco. Que así juzga siempre el mundo las enij)resas de los lioni- 
Itres, nn por el lundanienlo en que descansan, sino por el éxito que ol^tiencn. 



II 



La tardanza de Colon en obtener el apoyo de los Reyes dependii'i de muchas 
y muy diversas causas. En aquellos tiempos, la redondez de la Tierra, aunque 
admitida por los honil)res de saber, no pasaba de ser una hipótesis. La ciencia 
cosmográfica podía decirse que estaba en mantillas. Las antiguas preocupa- 
ciones sol)re la parte habitada del Glol)0 apenas empezalian á desvanecerse por 
los descubrimientos de Portugal al Sudoeste de África. No se sabía aún hasta 
dónde llegaba el Asia por Oriente. Privaban todavía más los esludios es})ecula- 
tivos qi;e los prácticos. 



' Colección Ni(cnrrct(>. (.!;ii-tii ik' ( 'nlnn A SantAngel. Tomo I. pAir. .Tl-l; (locuitieiito iiúiu. 2, pAg. 8 
del tomo II. 



XX iS-rnoDrccioJí 

Los royes, por otra parle, pi'incipaliiiculo los de España . ocupados (mi la 
reconstiluciou do las naridiialidadcs cuando un cu :4'uerras exteriores, disponían 
de poco licuipo y escasos recursos para (examinar y acometer empresas de dudo- 
so éxito. No producían nuudio las confriliuciones . d(^ que estaban lihres (d (dero 
y la nohleza: no (mmu pródigos de su Ibrtuna los i)uel>los: no abundahan las 
operacdones de cr(''di1o piíMico. entonces casi redu(ddas á pr(''stanios de parlicu- 
lares y enajenación de oticios y rentas de la Corona. 

("oloii . además, alejalia de sí á muchos liombres de entendimiento, no si'ilo 
¡ior sus o-randes pretensiones, sino lamhien por las erróneas y exageradas ideas 
que tenía y daba de las tierras cuyo descubrimiento se proponía. No intentaba 
buscar un nuevo mundo, sino los límites orientales del ya conocido; y. guián- 
dose })or las descrii)ciones de Marco Polo, que le repetía en sus cartas Paldo 
Toscanelli. no baldaba sino de ir al encuentro de la isla de Cipango y del reino 
del Gran Khan, donde imaginaba fabulosas riquezas en oro, especias y pedre- 
ría. Quital)a con esto seriedad á su empresa, y facilitaba á. sus enemigos armas 
con que combatirle y ;íun ponerle en ridículo. 

Suponen algunos que si tanto encarecía aquellas tierras y aun les daba el 
nombre de Indias, era. sólo })ara. dar cebo ;i la codicia de los Reyes y traerlos 
más fácilmente ú sus designios; pero esto es inexact(j. En América estaba ya, y 
;íun preguntaba por Cipango y el Gran Khan, y andaba anheloso por hallar las 
soñadas riquezas. Si de algo pecal)a era, no de artero, sino de candido: no en- 
1ra1)a en su carácter comunicar ilusiones que no alndgase. 

Otras tenía que no dañaban menos su negocio. Enlazaba su empresa de ir á 
< h'iente por Oceiíbnite con la de ganará Jerusalen y rescatar el sepulcro de 
(.'risto. Calculaba que haljían de dar para tanto los tesoros que recogería en su 
viaje. Se lo dijo más de una vez á los Reyes, r[ue no lo oían sin sonreírse. ¿Era 
binqioco esto una estratagema? No; lo creía sinceramente, tanto, que insistió á 
menudo en la, idea aun después de en<'ontradas las Indias, y para demostrar la 
posibilidad de realizarla escribiíj la carta ([ue. llaman El lUtro de las Profe- 
cías. ' Era fervoroso cristiano, y llegaba á creerse el Ibimado á cumplir en su 
licuipo los altos fines de la ]^ro\ idencia. No contriliuy() esto poco á la tenacidad 
de sus ])ropósitos. á la decisión con (|ue arrostr(') los mayores peligros y á la. 
calma con ([ue snfriij los más in(>s[)erados reveses y las más negras desventuras. 

Religioso lo era (Jolón hasta (d punto de no emi»rcnder cosa de impnidancia. 



' Colrrriiin Xiild rrr/,\ DocllllK)\tn m'llll. I lll, Icilllu II, lAíS. 280. 



ÍNTEODCCCION XXÍ 



qup no invocase el iinnilu-c de hi Snntísiina 'Priiiiilad, ó por lo ummios el do (Vis- 
1o, ni recibir beneficio señalado que no diese íjracias ;\ Dios hincada la rodilla. 
Oraba y rezaba, no como un seglar, sino como un sacerdole. y era de lo más 
rígido en la observancia de los ¡¡receptos de la Iglesia. Color i-cligidso daba 
muchas veces á su pensamiento, y no tampoco por cálculo ni por hi])ocresia. 
Hablaba ej- ahundantia coráis, al decir como decía á loa Reyes, qnr» poi- sti des- 
cubrimiento se lial)ía de liacer posible sacar pueblos sin nVimero de los errores 
ilel paganismo, idea que tanto halagaba á Isabel la Católica. 

Era Colon religioso y bueno, cualidades ([ue no van siempre juntas. Desco- 
llará por la bondad de su alma entre los muchos hombres á quienes por sus 
viajes abrirá paso á la íbriuna y á la gloria. Como que era grave sin rayar en 
altanero, afable con los extraños, cariñoso y plácido con los suyos, amigo de 
hacer respetar su autoridad y sólo cuando se la deprimían, algún tanto 
colérico. 

Respeto infundía Colon . al decir de los que le conocieron , por su sola pre- 
sencia. Era de gallarda estatura, de luengo rostro, de luienas y reposadas fac- 
ciones, la nariz aguileña, los ojos garzos y vivos, el pelo antes rojo, ahora ya 
cano, el color Idanco v encendido, severo el continente. De tanto necesitaba 
en verdad para lo que emprendía. 

Firmáronse las capitulaciones entre Colon y los Reyes el día 17 de Abril del 
año 1492 en la villa de Santa Fe de la Vega de Granada. Expidiéronsele el día 
.')0 del mismo mes los despachos de Almirante, Virey y Gobernador de las islas 
■y tierra firme que descul)riese; y con la misma fecha se dict(') una provisión por 
la que se mandaba á los vecinos de Palos que á los diez días de haberla recibido 
tuviesen aparejadas y armadas dos carabelas para salir con él adonde se le tenía 
ordenado. Los vecinos de Palos, ¡i causa de haber hecho no se sa1)e qué en 
menoscabo de los intereses de la Corona, estaban condenados por el Consejo de 
Castilla á equipar y armar dos naves y estar con ellas por un año al servicio 
de los Reyes. Se les exigió por esta pro^•ision el cumplimiento de la sentencia, 
previniéndoles que Colon anticiparla á los tripulantes el sueldo de cuatro 
meses, regulándolo por el que se acostumbrase á pagar en aquella costa ;t la 
gente de mar que fuese en buques de guerra. ' 

El mismo día 30 de Abril se libraron otras cédulas de importancia. Por una 
se prescribía á todos los Concejos y Justicias de España que diesen ó 



Colcrrliiii Niii'arrck'. Documento lu'mi. (i y 7, tomo 11, j áí?s. 13 y IG. 

TOMO i 



XXII iKTüoDrccioí; 



liiciosen ánv ;'i Colon á procios razoniiblcs. sin ])()]in-lo oinharii-o ni dilación al- 
í^aiiia . maulo iiPfPsilaiM ]);íim (^1 abasfpcimienlo de las Iros oarabelas . di'a 
rueson vivíM'Os. ora p('ilvnra y pcrli'oclios de y-uorra . (H'a jarcias y otros oícclos 
niaritiiiios. ora carpiulords y maestros. Poi- otra se disponía rpio los aliuiijarifos 
do Sevilla dejasen sacar y llevar sin dereclios cnanios articnlos se comprasen 
con destinii á la nneva armada. Por otra se dalia á cnantds se emliareasen en 
las tres naves la se^niiadad de no sor jjerseguidos por sus anteíaores delitos 
hasta dos meses despnes de sn regreso á la IVnínsula : cédnla qne. como íacil- 
mente comiirenderá el lector, tendía á snperar las nuiclias dilicnltades con que 
lialiia de tropezar Colon para encontrar marineros qne se prestaran á seguirle 
en tan aventurada empresa. ' 

Armado Colon de estas previsiones, de cartas de recomendación jiara los 
reinos extraños á q\ie pudiese conducirle la caprichosa suerte y de credenciales 
en forma jiara ese Gran Khan y otros soberanos que esjieraha encontrar en la 
India, salió el día 12 de Mayo de Granada, nombrado ya paje del Príncipe Don 
Juan su primer hijo Diego. '^ Presentó el 23 á los de Palos la orden qne para 
ellos iba. y quedaron desde luego en obedecerla y cumplirla: pero ¿era la cosa 
tan sencilla como pudiera parecer al (jue atentamente no la considerase? Fácil 
podía ser ajirestar las carabelas, dificilísimo tripularlas. La dificultad subía de 
punto para Colon que. sí no en las capitulaciones, privadamente, es indudable 
(pie se obligó á costear la octava parte del coste de la armada. ¿Dónde había de 
tener fondos ¡¡ara tanto cuando tan polire haliía vivido? 

Colon, para vencer uno y otro obstáculo, no contaría probablemente con' 
más apoyo que el de Fr. Juan Pérez de la Rábida y el del físico García Her-* 
nández, ñaco apoyo para tan fuerte carga. Reina nuudia oscuridad sobre lo que 
por de pronto sucedió: mas no se necesitan grandes esfuerzos de inteligencia 
l)ara presumirlo. ¿Quién se había de querer embarcar para una expedición que 
se tenía por temeraria y loca sin más sueldo que el que se daba en viajes se- 
guros de costa á costa? El mismo vecindario de Palos, ¿no era natural que pro- 
testase contra el mandato de los Reyes, alegando que no pudo entrar en el ánhno 
del Consejo condenarle á equipar y armar dos carabelas para ir á lo desconocido? 
Algo de esto debió de ocurrir, cuando en 20 de Junio hubieron de ordenar los 
Reyes á las autoridades de Andalucía ijne se apoderasen de los boques españo- 



Colcccion Ndrarrcto. Docuincnto.'í núms. S. O, 10 y lí, tomo II, \){ysa. 10, 20, 21 y 23. 
Colcrrhin Ktiríirrrlr. DiKnmiciitii in'iiii. II. Imiiki II. \í{\.q. 22. 



INTEODl'CCION xxlir 



li's (jiic iiicj'di' les [i;iri'ci('S(Mi y nlilii^-ascu ;'i pilotos y trijMiliiiiIcs ;i poiuM'sc al ser— 
\ icio (le Colon y seg'uir el ruiiilio (\\w se les trazase. ' 

Aun así no logT() Colon su[i('rar las dificultades que le ofrecia el hacerse con 
la armada, cuanto menos la de procurarse dinero. Parece seg-ui'o. (jiie si al lin 
las dominí'i. fué gTacias al concurso délos hermanos Pinzón, ricos y liábiles 
navegantes de Palos, que disponían de huques y fondos, y ejercían grande in- 
ñuencia sobre la marinería. Martin Alonso Pinzón fué, ;'i lo (|ue parece, quien 
principalmente le sacó de apuros. Poi" el mismo García Hernández, testigo de 
vista, sabemos que aparejó dos navios y los dio á Colon })ara servicio de Sus 
Altezas. El otro navio se sabe ya también que se lo forzó á Juntarse á los demás 
en cumplimiento de la orden de 20 de Junio. Faltaba cTibrir la octa\a parte de 
los gastos de la expedición: y hoy por hoy, faltos de documentos, hemos de su- 
poner que la cubrieran los mismos hermanos. Qué tratos mediaran al efecto 
entre ellos y Colon, se ignora por completo. Se intentó probar des})ues, pero en 
vano, que Colon les había cedido la mitad de las ganancias. '^ 

¡Qué de fatigas antes de poner el pié en el agua para el ^'iaje! Tal es, ¡loco 
más ó menos, la historia de todos nuestros adelantos. He querido a(|uí referirlas, 
aunque no con grandes pormenores, tanto por el deseo de rectificar algún tanto 
los hechos, como para que se vea cuan laboriosos fueron los preparativos de un 
descubrimiento que tantos y tan dilatados horizontes abrió á la cosmografía, á 
la religión, á la política, y en general á las ciencias y las artes. 

No tuvo Colon aprestada y abastecida su pequeña armada hasta el día 2 de 
Agosto. Componíanla, como se ha dicho, sólo tres carabelas: la Santa María, 
la mayor de todas, que había de ir regida por el Almirante ; Id P/'nfa, la más 
ligera, que había de correr á cargo de Martin Alonso Pinzón, el mayor de los 
tres hermanos, y la Nii'a, de velas latinas, confiada al mando de Vicente Ya- 
ñez Pinzón, el que, según Herrera, pagó por Colon la octava parte de los gastos 
de la empresa. ^ Tripulábanlas, además de los tres capitanes, cuatro pilotos, 
entre ellos otro Pinzón. Francisco Martin, que iba con ]\fartin Alonso, un ins- 
pector general, un alguacil mayor, un escribano real, un cirujano, un médico. 



' Washington Irving, Vida y viajes de Cristóbal Colon, lib. II, cap. IX. 

' Sobre este punto no hay más noticias que las contenidas en el pleito que sigTiió el i'iscal del Key 
con D. Diego Colon, hijo de D. Cristóbal Colon, y éstas son contradictorias. Véase la Colección Na- 
carrcte. tomo III, pág. .538. 

' Historia ijcneral de los /lec/ios de los castellanos en las islas ij tiei'ra Jirine del mar Oi-rano. por 
Antonio de Herrera. Década 1." lib. I, cap. IX. 



XXIV INTRODUCCIÓN 



alií'uiios amiyos y criados, y iinveula iiiariiuM'os: cutre (oilus sülir(^ ciento vpint(> 
personas. 

Partií'i la ai'inada el vií'riies 3 de Ag'oslo, media liora antes de salir el sol. del 
puerto de Palos, y fué á situarse en la liaia'a de Saltes, isla formada ])or dos 
brazos del Odiel. enfrente de la villa de Huelva. De allí arrancó á las ocho de 
la niisnianiañana con rumlio á las islas Canarias . no sin dolor de niuclios de 
los que los veían hacerse á la vela y creían que no hahían de volver á saludarlos 
en aquellas playas. No iban tampoco muy alegres ni muy serenos los que sa- 
lían, que al corazón más valiente asusta lo desconocido. ' 

De nuestras costas á las de Canarias la derrota era ya entonces fácil. No su- 
cedió en ella sino (|ue por dos veces se soltí'i ó desencajó el timón de la Piula, 
según sospechas, por malas artes de los dueños de la misma carabela, que iban 
forzados y pretendían con tal ardid estorijar el viaje. Lo arregh) por de pronto 
como pudo Martin Alonso , y siguió con el resto de la armada. 

Se pusieron los expedicionarios ;'i la \ ista de la Gran Canaria el día 8 de 
Agosto. Bien hubieran querido tomar desde luego la isla, pero no pudieron. En 
ella quedó el día después la Pinta-, la Santa Marta y la NiJta arribaron, aun- 
que ya de noche, á la Gomera. Colon ^■olvió luógo á la Gran Canaria, con obje- 
to de componer y reformar a(|uel malhadado buque. De latino lo convirtió en 
redondo, y lo reforzó de modo que lo hizo ca¡)az de resistir las más bravias tor- 
mentas. Conseguido ya su objeto, regresó con la Pinta á la Gomera, viendo al 
paso una erupción del pico de Tenerife, que, según Las Casas, no dejó de con- 
turbar á los castellanos. 

Provista la armada de leña, canies y agua, salió Coloii del i)uerto de la 
Gomera el día 6 de Setiembre. (_)yó decir á \inos que venían de la isla de Hierro 
si andaban por allí unas naves de Portugal con intento de apresarle; mas no 
por esto se detuvo. Si pasó tres días sin salir de aquellas islas, no fué por su 
voluntad, sino por las calmas. Por fin, la noche del 8, merced á un viento 
Nordeste, pudo lanzar sus carabelas por el aun no surcado Océano con rumbo 
fijo á Occidente. Yió entrar la alegría en pocos, el temor y la zozobra en mu- 
chos. Tomó entonces una precaución acertadísima: abrió dos cuentas sobre las 
leguas que en adelante anduviese; iiuaparasí, otra para los que le seguían. 
Apuntando en esta caria día menos leguas de las que se ganaran, si por acaso 



' La .siguiente rcLiciou del vi.ajc de Colon está, calcada sobro el Diavio del mismo Almirante. Vóascle 
en la obra de Xavarrete; tom. I, pág. 153. 



INTRODUCCIÓN 



iiii ilcsciilirioso ücriM ;'i l;i dislnuciii (¡no Imbia ciilcnhidn y pi'diiH'liiln . 1;ii-i|;ii-i;iii 
m;'is sus ¿i'entes on míIvci'Iíi' d citov, desconfiar de su jw'riciii . y ;ili;iiidi(iiai'sp á 
una desesperación >i\w podía, serle finicsla. 

El día 11 , cuando llevaban ya recorridas más de ciento veinte leij,"uas. vieron 
los expedicionarios flotar en el agua uji gran trozo de mástil . (¡ue no debió 
serles de gran contento, pues les revelaba que otros babian seguido antes aquel 
camino con no muy Imena suerte. Al anochecer del 13, cuando Iial)ían corrido 
más de doscientas, advirtió Colon por primera vez la declinación al Noroeste de 
la aguja magnética , y al amanecer del 14, la declinación al Nordeste; fenóme- 
no que no dejó de sorprenderle y sumergirle el pensamiento en cavilaciones y 
dudas. 

El día 16 se hallaban ú unas trescientas leguas de las Canarias. Empezaron 
á sentir aires templadísimos y favorables , que no parecía sino que estuviesen 
en Abril y en las costas de Andalucía. Entraron en el mar de los Salgazos, de 
considerable extensión y variado aspecto. Son los salgazos iinnensos manchones 
de algas marinas (|ue miden trescientos y cuatrocientos pies . y flotan sobre las 
aguas. Tomáronlas Colon y sus gentes por hierbas terrestres que arrastraba- la 
fuerza de los vientos , y concibieron , no Colon , pero sí los suyos . la esperanza 
de que no tenían lejos la tierra. 

El día 17 se convirtió la esperanza en congoja. Notaron el cambio de las agu- 
jas los pilotos y lo supieron los marineros. Nordesteaban las agujas, dice Colon, 
una gran cuarta. Colon, viendo el efecto que esto producía, mandó que los pi- 
lotos volviesen á observarlas en amaneciendo. Como entonces las encontraran 
en su normal estado , Colon procuró calmar el temor y la inquietud de todos . 
suponiendo que no era el imán de la brújula el que varialia, sino la estrella del 
Norte la que se movía al rededor del Polo. Dislalia tal vez de creerlo: pero le 
convenía que lo creyeran. Tranquilizó de tal modelos ánimos, que andaban 
alegres marineros y pilotos, y corrían á cual más las naves. 

Al siguiente día, el expedicionario de más esperanza era el capitán y maes- 
tre de la Pinta. Había visto bandadas de aves en dirección á Poniente, é infería 
de esto qiie no podía estar muy apartada la tierra. Confiaba en verla aquella 
noche, y diciéndoselo á Colon, se adelantaba á. todos en su velera barca. El 
mar no podía estar más bonancible , ni más tibio el aire , ni m;is favorable el 
viento. 

Los vientos propicios eran tan constantes , que ya empezaban á nacer en las 
gentes singularísimos temores. Soplan aquí siempre, decían, los vientos de 

TOMO I T 



ixTnoDrcciDX 



liOXiiulc; ;.c(')iiii) sin lus de Pdiiionlc volvoríMiins ;i l;i imlri;!? AforliiiiiKlii- 
iiKMifc el (li;i '2'¿ 1ii\ i(M"(iii el \ifMi'(o ('(iiitrjirio . y el '''A so Icvnulí') la mar sin 
viento, cosa (jiie los Uonii do asoniln-o. Afortunadanionte. dipi. porque los ma- 
rineros se lialiian insulenlado ya cnn el Almirante y aun le amenazaban de 
muei-1e. 

¿Era esto lo (¡no en realidad los tenia alarmados? Les parecía ya muy lariin 
(>1 viaje. Se les hacia fijar desde muchos dias atrás la atención en lo que se tenia 
por indicios de tierra — hoy en unos alcatraces ó unos rabos de junco que iban 
á las carabelas, mañana en unos atunes que las cercaban, al otro dia en unos 
cangrejos que se sostenían sobre las algas, al otro en una ballena, al otro en el 
\ uelo de pájaros de Martin Alonso — y la tierra jamás parecía. Empezaba á d(>s- 
esperarlos tanta es¡)eranza fallida, y se revolvían contra Colon, que no sin 
zozobra procuraba calmarlos, ya- con Irlandas, ya con severas palabras. ' 

Les lalt;d)a todavía otro desengaño. El día 25 hablaban desde sus respectivos 
buques Pinzón y el Almirante sobre una carta de navegar, probablemente la 
remitida })or Toscanelli. (pie ambos habían examinado; y medio convenían los 
dos en que estaban en el punto de Occidente donde venían marcadas unas ishis. 
Se hallarían ;i la sazón, sobre poco m;'is ó menos, á cuatrocientas setenta leguas 
de las Canarias. x'Vtribuía Colon el hecho de no liaber encontrado tierra , primero . n 
que por las rompientes c^ue advirtieron el IS) habían debido modificar su direc- 
ción al Oeste, y luego á que no haliían andado las leguas que decían los pilotos. 
Volvió Colon á estudiar la carta, y á sol puesto oyó gritar á Pinzón, que estaba 
en la popa de su buque: ¡Albricias! ¡albricias! ¡tierra! ¡tierra! La alarma 
fué general y general el júbilo. Cayó el Almirante de rodillas y dio gracias al 
Señor, que había colmado sus afanes. Cantaba Pinzón y su gente el Gloria in 
excelsis Deo. Hacía otro tanto la tripulación de la Savia María. Se subían al 
mástil los marineros de la Nii/a, y repetían que se veía tierra en lontananza. 
1 Colon, creyendo que la tenía á unas veinticinco leguas al Sudoeste, torcía á 
Sudoeste. Al otro día hubieron desgraciadamente de convencerse de que todo 
había sido una vana ilusión de Martin Alonso. Habían tomado por la tierra 
unos celajes. Nuevo motivo de inquietud y de quejas; pero no de amenazas ni 
de tumultos. 



hs de presumir que íuesc aquí gravísima la situación del Almirante por lo que 61 mismo apunta en 
su /)ía/'w. «Así que //ííí// /lefcsa/'ío me íuó la mar alta, que no pareció (cosa más necesaria), salvo -el 
tiempo de los judíos cuando salieron de Egipto contra Moysen que los sacaba de captiverio.» 



ÍNTtiODÜCClOíí XxVlI 

Conocido (4 en^'año, volvic'i Colon á iinvcn-iir alncslc. I )ulcos y suavísimos 
los aires. Iranqnilo el mar cdnio un la^-o. adelanta han ]ioco: el I." do ( )c1 iihi-c. 
sin cinliargo, se hallaban á más de setecientas le^i;'uas de las islas Canarias, á 
si'ild (jninientas odíenla y cnatrn ])ara pilólos y niai'inerus. VA 'A creía ya firnie- 
nienle ((ue dejaba atrás las islas de sn carta. No me lie (|uerido delenei'. decía. 
pnr(|ne mi ñu es pasar á las ludias. Andaba desde el 2 c(ni viento fresco: hubo 
di;i. el 4. en qne hizo hasta sesenta y tres leguas. No (piiso oír el (> á Pinzón . 
ijue (M'a de parecer de inclinarse al Sudoeste: entendía (jiie Pinzón andalia en 
busca de la isla de Cipango. y él deseaba llegar antes á tierra lirme. 

El día 7 de Octubre cambió al parecer de pensamienbi. Aquel día. :il salir el 
sol. corrían á cual más las carabelas; y la NíJ'/a. ([ue iba delante. iz(i de repen- 
te bandera y disparó ima liombarda en señal de que veía tíei-ra. Nueva alegría, 
nueva esperanza y nuevo desencanto. Temeroso sin duda Colon de que si se 
prolonga])a mucho más el viaje, no se le alljorotara de nue^•o la ,ii'ent(^. y com- 
prendiendo que lo importante era ¡lor de prouto arrutar á una ¡ilaya . siquiera 
fuese la de una pequeña isla, puso la proa al Oestesudoeste al ver (|ue ^"olallan 
en aquella dirección grandes bandadas de aves qne venían del Norte. Recordalia 
que por el vuelo de los pájaros habían descubierto los portugueses muchas islas, 
y quiso probar fortuna. Cambio de dirección de incalculable influencia . que. 
como hace observar atinadamente Humbold. decidióla dístriliucion del nuevo 
continente entre las dos razas prejionderantes en Europa : la latina y ia germá- 
nica. ^ 

Se realizaron los temores de Colon el día 10 de Octubre, ctiando se llevaban 
andadas más de mil leguas. Navegaban aquel día á liuen ^'iento nuestros argo^ 
nautas, á diez y á doce millas por hora, y la noche antes habían oído incesan- 
temente pasar pájaros por sus carabelas; pero ya nada podía tranquilizarlos ni 
infundirles esperanzas. ¿Será eterno este viaje? se preguntaban. Alliorotáronse 
de nuevo, y diéronla, como siempre, contra el Almirante. Aquí es donde se 
dice que, agobiado Colon, les pidió un plazo de tres dias jiara descubrir la sus- 
pirada tierra. Lo que según él mismo nos cuenta hizo, fné esforzarlos lo mejor 
que pudo, encareciéndoles los .provechos que de la exiiedicion recogerían, y 
añadirles que era por demás quejarse, pues había salido para las Indias y no ha- 
bía de parar hasta, con la ayiula de Dios, encontrarlas. 

Eran ya tantas las señales que de estar próxinia la 1 ierra se jH-esentaban, 



' Co.s/;ío.s, poi- Alejaiiilvo <U' I ¡nniljnld. 1'i'Íiiut:i i.avto. cap. VI. 



XXVIII INTRODUCCIÓN 



que liioii luiliiora podido Tnlon fililiu'arse á 1iu-arl;i á los Iros días. Se dejó de ver 
del 4 ;d 7 las al-^-as flotantes, ¡¡areeieroii el 8 como nunca frescas, no se las ha- 
11(1 más tarde, cruzalian el ni;ir muchas aves de campo. Aumentaron el 11 estos 
indicios. Los mariiiiM-os de la Pinta vieron cañas y palos labrados al parecer con 
hierro, y hierha lei'restre: los de la X/ña un palillo cai'o'ado de escaramujos. 
Respiraron con esto los españoles todos, y se aleíi'raron. 

La noche de a(|uel mismo dia . estando Colon ;'i las diez en el castillo de popa, 
vio á lo lejos una luz. y no dando crédito ;i sus ojos, llamt') ¡)ara hacerle mirar 
en la misma dirección al repostero de estrados del Rey, Pero Gutiérrez. Oyén- 
dole decir que tamhien la veía, llamó para más certeza al veedor de la armada, 
Rodrigo Sánchez de Segó vía. Se convenció, por más que esteno pudiera ya 
verla, de que estaha cerca de costas hahitadas ])or el homhre: pero se limitó á- 
encargar á los suyos, después de la Salr.^. que hiciesen l)uena guardia en el 
castillo de proa y mirasen liien por la tierra . pues había de tener el primero que 
la descubriera un jubón de seda, además de los 10. 000 maravedís de juro que le 
estaban señalados por los Reyes. La descubrió á las dos de la madrugada del vier- 
nes 12 de Octubre de 140-2 un marinero llamado Rodrigo de Triana. Se había 
dado con la isla de Guanahaní, una de las Lncayas; se había descubierto, no 
las Indias que buscaba (,'olon, sino un nuevo continente. 

Grande fué el entusiasmo de todas aquellas gentes, inmensa la alegría, in- 
decible la admiración que les causaba la tierra á que se iban aproxima:ido. La 
tenían á dos leguas ciunido ¡lor ¡trímera vez la vieron : al abordarla no se can- 
saban los ojos de contemplar la rica y espléndida vegetación que la cubría , la 
raza de color de cobre que la polilaba, la diversa vida que allí vivían la natu- 
raleza y el homlire. Ni sentían entonces menos admiración y respeto por Cris- 
tóbal Colon, á quien pocos días antes alanimaban á quejasy llenaban de ultrajes, 
creyendo que los conducía por un loco pensamiento á una segura, temprana y 
desastrosa muerte. 

Renuncio á decir lo que pasaría por aquel varón esclarecido, incapaz de 
comprender todavía la importancia de su descubrimiento. Soñar largos años ■ 
con una idea, tropezar cada día con nuevos ol)stáculos para darle vida, llevar- 
la, por decirlo asi. nnierta en el alma: y después de amarguras y peligros sin 
cuento verla realizada al amanecer de un bello dia con aplauso de cuantos la 
calificaban de ilusión y (juiniera. debe ser para todo noble corazón y todo 
elevado espíritu fuculc do ])uros goces, que no alcanza á definir el filósofo ni á 
cantar el poeta. 



INTRODUCCIÓN S\'fS 



No por psto olviili) Cdlon el dclicr ijuo lo imponiaii sus carü'os de Virey. do 
Gobernadoi' y do Aliuiranio. SaH(i á tiorra en su barca acompañado, outro (itros 
muchos, de Martin Alonso y Vicente Yañez Pinzón, del Esci-iltano y el \'oedor 
de la armada; y ya en la costa, enarbolados el estandarte real y dos banderas 
de la Cruz Verde que llevaba en todos los uaAÍos, tiró de la espada y Iouk'i po- 
sesión do la isla en nombre de sus Rej'^es. Toma de posesión de que al [>uiiin le- 
vantó acta el Escribano. 

No sólo se acababa de descubrir un nuevo mundo, se acababa (]e ])onorle el 
sello de la servidumbre. 



III 



La tierra encontrada por Colon , á qiie damos el nombre de América , consti- 
tuye una de las cinco partes del Mundo. Mide 14.000 kilómetros de Septentrión 
á Mediodía, más de 40.000.000 cuadrados de superficie. Se extiende por los 
dos hemisferios, y abraza todo género de zonas y climas. Se pierde al Norte en 
las heladas regiones del Polo; baja tanto al Sur. que dista poco más de 11 
grados del círculo Antartico. Se compone de dos vastos continentes unidos á 
Levante por un extensísimo archipiélago , y á Poniente por una larga y des- 
igual faja de tierra, cuya anchura cambia desde (50 á 1.000 kiló:netros. Entre 
esta faja y este archipiélago hay dos verdaderos mares que se comunican por un 
estrecho. Lleva el nombre de América Septentrional el continente del Norte: el 
de América Meridional el continente del Mediodía: el de América Central la 
tierra y las islas intermedias. Llámanse los dos mares interiores el golfo de Mé- 
jico y el mar de las Antillas: forman el estrecho que los enlaza la extremidad 
oriental de Yucatán y la oriental de Cuba. 

La América toda es una inmensa isla bañada al Este por el Atlántico: al 
Norte por el mar Glacial; ah Oeste por el Pacífico: al Sur por las confusas 
aguas de los dos Océanos. Aunque aislada del resto del Glolio. no deja de estar 
Unida por la naturaleza al antiguo continente. La acercan ai Asia el estrecho 



XSX IKTBODrCCIoN 



do líí^hi'in^- y la corva cadeii;! de las islas Alculianas. (|u<' va de la poiiinsula 
de Alaska á la de Kaiiudiatka . desde la cual, por otra s(M'ie de islas, se descien- 
de á los mares del Japón y de Corea. La aproxima á l<]uropa la Groenlandia, 
que está de la Islaudia síilo á (il .1 kilómetros, y tiene sus costas orientales en el 
meridiano que pasa jior la isla del Hierro, la más occidental de las Canarias. 
Por el cabo de San Roque se adelanta como en busca del cabo Rojo, el más al 
Poniente de las riberas de la. salvaje Lii)ia,. 

La ponen en contacto con el Viejo Mundo sobre todo las corrientes oceáni- 
cas. Parte del cabo de Buena Esperanza la ecuatorial del Atlántico , y divi- 
diéndose en las ag'uas de Pernambuco, Ijaja al Sur más allá de Jeneiro, y sube 
al Norte basta el golfo de Méjico. Se confunde la septentrional del Pacífico 
con la de California, y se deja sentir hasta en las costas de Guatemala. Se 
desparrama la de Méjico por nuestro Océano, y va á la vez por los mares del 
Norte y de A'izcaya , se precipita por las islas Azores y las de Cabo Verde al 
golfo de Guinea. Merced á esta corriente, y no traidos por los vientos del 
Oeste , como á la sazón se creía, vinieron á las islas de África los pinos, los 
bambúes , los cadáveres y las almadias de que bablal)an á Colon otros marine- 
ros; merced á la del Pacifico pudieron, cuando la conquista, verse en las aguas 
de CaliíV)rnia los restos de la nave del Catay, de que habla Gomara en su 
Historia dr ¡as Indins: merced á la ecuatorial del Atlántico, fué el año 1500 
arrojado á las playas del Brasil por la tormenta Pedro Alvarez Cabral, que se 
dirigía al Asia por el rumlio que le ha1)ían trazado Bartolomé Diaz y Vasco de 
Gama; merced á las dos últimas, es más que probable, que mucho antes de Co- 
lon hul)iesen pisado el suelo de América otras razas y otros hombres de nuestro 
continente. 

A pesar de esto , no cabe dudar que América permaneció siglos incomuni- 
cada con los demás pueblos. Cuando los españoles la reconocimos, no hallamos 
en puerto alguno naves de otras gentes. Sólo vimos así en sus bahías, como á 
lo largo de sus costas, las piraguas y las almadias de que usal)an los indígenas. 
¡Lástima verdaderamente grande, cuando no hay otra región del Mundo mejor 
dispuesta para el comercio ! Acababa Colon de descubrirla, y encarecía ya la 
grandeza de los puertos que había encontrado, diciendo de unos que eran ca- 
paces de más de (■¡cu navios, de otros que podían dar abrigo á todas las armadas 
de Europa. Dejando aparte lo extenso de sus costas, tiene América golfos y bahías 
que son mares, lagos inmensos unidos por anchas corrientes al Atlántico, al 
Océano Glacial del Norte, y al mar de los Caribes; rios caudalosísimos y nave- 



INTRODUCCIÓN XXXI 

g'ables que l)añaii iiiilhircs ilr kihniu'iros de terriloi'io y proloug-Mii su curso ¡xir 
el ( )céaiiii. 

Desaguan esos grandes ríos eu el Aüáutk'o. y esto es dehido á l;i silujiciou 
(le la más importante cordillera americ-ana, que li;ij;i de Norle ;i Sur j)or lo 
más occidental, á corta distancia de las orillas del Pacífico. Alli . ;d Oeste, 
puede con razón decirse, que cruza las tres Américas una sola cadena de mon- 
tañas, clara y distinta desde la península de Alaska hasla el estreclio de Ma- 
gallanes, y no muy difícil de seguir á Septentrión hasta el cal)0 del Príncipe 
de Gales , á Mediodía hasta el cabo de Hornos. Se la llama diversamente en 
las tres Américas, y sólo en la del Sur se le da el noml)re de Andes; pero nadie 
pone ya en duda que Andes son los Montes Peñascosos del Norte, cuanto 
más los intermedios. Tiene la cordillera en toda su extensión picos eleva- 
dísimos , coronados de nieves eternas : al Norte el Brown y el Hooker , altos de 
cerca de 5.000 metros; en el centro los de Orizaba y Popocatepetl , que pasan 
de 5.000; al Mediodía los de Chimborazo, Ilimani y Sorata, que van de 6.530 
á 7.636, y se acercan por lo tanto á la altura de las cumbres del Himalaya. 
Cuenta además numerosos volcanes, célebres por derramar el fuego y la lava 
sobre vertientes cubiertas de hielo : lo son los ya nombrados picos de Popocate- 
petl y de Orizaba, y lo son también los de Cotopaxi, Antisana, Pichincha, 
Caxamarca y Aconcagua, todos también tan gigantescos, que se sospecha si el 
de Aconcagua es el más elevado de los Andes. Se bifurcan estos al Norte en 
Méjico, se trifurcan al Sur en Nueva Granada, y vuelven á bifurcarse en el 
Perú, donde envuelven el gran lago de Titicaca, y se unen con otra sierra, de 
que no tardará en hablarse. 

En la América Meridional ni en la Oentral no hay otra cordillera al Occi- 
dente, pero sí en la Septentrional, donde al Oeste de los Montes Peñascosos 
baja \ina desde el Oregon por las opuestas costas del golfo de California. Ai 
(oriente hay Otra en las dos Américas del Norte y el Mediodía ; en la América 
del Norte la de los x\lleghany ó Apalaches , qi;e llega á la Florida , y hasta 
parece que se prolonga por las islas de Cuba y Santo Domingo ; en la América 
del Mediodía, la del Espinazo,, que se extiende con distintos nombres hasta 
Montevideo. En una y otra América corre esta cordillera oriental por más (') 
menos espacio paralelamente con otra ; en la Septentrional con las Montañas 
Azules; en la Meridional con la sierra de las Vertientes. 

Hay en el sistema orográñco de estas dos Américas una semejanza tal. que 
las dos se presentan casi en su centro atravesadas por otra cordillera muy si- 



xxxu IMEODUCCION 



uuosa Y geueraliueulo baja. (jii(> ;iiT;mc;i (1p los Alulos. Ksta iiuova cii(lpn;i il(> 
montañas, en la .Vmóriea dol Norte s(>par;i las ¡i^-Uiís que vnii al g'oUo de Méjico 
délas que desembocan en bi balna de Uudson. el Océano (ilacial y el Atb'mtico: 
en la América del Sur divide las cuencas del Plata y del Amazonas. La dife- 
rencia más notable entre las dos Américas. bnjo este punto de vista, consiste, 
á no dudarlo, en que al Norte de la Septentrional, rola la tierra en cien islas, 
no hay otra cordillera que vaya de Oriente á Occidente; y al Norte de la Me- 
ridional hay las dilatadas sierras de Tumucuraque, Pacaraima y Parima. que 
van desde el cabo Norte al lugar en (jue el Orinoco tuerce su curso hacia Occi- 
dente. 

De la cordillera do los Andes á la del Este y de la Central á las costas del 
Norte ó el Mediodía , la distancia es grande y el declive de la tierra continuo : 
de la Central ó de las faldas orientales de la Occidental i)íirten naturalmente 
los ríos de abundosa corriente y dilatado lecho. De las vertientes occidentales 
de los Andes, próximas al Pacífico, sobre todo en la América del Sur, es obvio 
que no pueden bajar gruesos caudales de aguas. Si algunos bajan de importan- 
cia , como el Oregon y el río Colorado , es sólo en la América del Norte , donde 
los Montes Peñascosos distan en algunos puntos más de 1.500 kilómetros de las 
playas del Pacifico. 

Los ríos principales de la América del Norte son : el Mackeuzie , que desem- 
boca en el Océano Glacial Ártico ; el Nelson , que desagua en la l)ahía de Hudson : 
el San Lorenzo, que se pierde en el golfo de su mismo nombre, uno de los del 
Atlántico; el río Bravo y el Mississipí. que ^an á morir en el golfo de Méjico. 
El Mackenzie nace en el lago mayor del Esclavo y corre al mar en dirección 
al Noroeste , regando hasta 1.200 kilómetros del territorio en que viven los 
esquimales. El Nelson, reunión de otros dos ríos que llevan el nombre de 
Saskatchavan y proceden de los Montes Peñascosos , atraviesa el lago Winni- 
peg y cruza la Nueva Gales. El San Lorenzo puede decirse que empieza en los 
lagos al Sudoeste de la cordillera Central, los une y los contiene. Pone en co- 
municación el lago Superior, el Michigan, el Hurón, el Erié y el Ontario, y 
baja con gran caudal , primero entre el Alto Canadá y Nueva- York , y luego por 
el Bajo Canadá, pobladas de rica y lozana vegetación sus amenísimas riberas. 
Tiene de largo, á contar desde el lago Ontario, sobre 1.000 kilómetros; á con- 
tar desde el Superior, 3.350; de ancho de 800 á 3.000 metros enlodo su curso; 
unos 200 kilómetros en su embocadura; de profundo tanto, que es navegable 
hasta Quebek por navios de línea, hasta Montreal por buques de 600 toneladas. 



INTnODUCCION XXXIII 



( "iiciiia Pufre SUS :illii('iit('s ríos (•(lililí el ( )tt:i\a . (|IK> naco cu el lan-o de 'rmii- 
miscáuuiun'. separa los dos Cauadás. y recorre 900 kilómetros; en su propio se- 
no nuuierosas islas. 

VA rio Bravo, (jui^ foruia hoy el limite oriental de Méjico. descicnd(> de las 
faldas de Hierra Blanco, uiui de las ([ue componen la gran cordillera de Occi- 
dente, y baña la tierra por espacio de '2.200 kilómetros. Por espacio de 7.000 y 
más la baña el Mississipí , no sin razón llamado por los Natcliez Mcschacebc, 
madre de las ag-uas. Cruza de Norte ;'i Sur todos los Estados-Unidos, y aun([ue 
de humilde origen, crece con tantos y tales afluentes, que se le considera como 
uno de los primeros ríos del Mundo. Recibe al Este el Wisconsin . el Illinois, 
el Ohío; al Oeste el Missouri, el Arkansas, el Río Rojo: el más corto de los 
seis, el Wisconsin, de 500 kilómetros. El Illinois, de cerca de G80. está forma- 
do por la unión del Kaukakee y el río de las Llanuras , y es de importancia ; el 
Ohío, de 1.600. lleva consigo al entrar en el Mississipí nada menos que el 
Beaver, el Muskingum, el Scioto, el Mianis, el Kentucky, el AVabasch. el 
Cumberland y el Teunessee. El Missouri . de unos 7.000. absorlie otros doce rios , 
y es famoso por lo ancho de su cauce — de 800 a 1.000 metros — la profundidad ;i 
que en ciertos puntos corre — entre rocas de 4 liectómetros — la rapidez de sus 
aguas — de 8 á 13 kilómetros por hora — y lo imponente de sus cataratas; el Ar- 
kansas, de unos 3.500. recoje en su curso el Canadá, el Verde Gris, el Illinois 
Mayor y el Neocho: el Río Rojo, por fin. de '¿.350, crece con los ca\idales que 
le prestan el Cagamichi, el pequeño Río del Sud. el Azul y el Washitta. Con 
tantos afluentes de afluentes, algunos navegables, ¿cómo no ha de ser el Mis- 
sissipí la madre de las aguas, el río de los ríos? Tiene sus fuentes en el lago 
ytasca, baja por una pintoresca y anchurosa cascada, la de San Antonio, a 
una vasta llanura y á más de 2.000 kilómetros confunde su limpia corriento 
con la turbia y cenagosa del Missouri. En esta notable confluencia, tiene de 
ancho cada uno de los dos ríos más de dos kilómetros. Vase Itiégo abocinando 
el Mississipí, y gana en profundidad lo que pierde en anchura. Mide ordi- 
nariamente de ribera á ribera de 800 á 1.000 metros, y á 400 kilómetros de su 
embocadura ahonda de 30 á 40 brazas. Divídese á su entrada en el golfo de 
Méjico en multitud de brazos, y forma el más raro delta que puede concebirse. 
Desgraciadamente sólo por uno de ellos cabe ganar su cauce, y sólo por él pue- 
den bogar embarcaciones que calen de 4 á 5 metros. 

El Mississipí y el San Lorenzo son los más grandes rios de la América del 
Norte. Tiene éste por cuenca todo el Canadá, y aquél todos los Estados-Unidos. 



XXXIV INTEODüCCION 



I)('l (';iii;i(l;'i ;ii);ij'(i so oxtiendiMi los dos rios por l;i tici'i'n con sus iiurnorosos 
anuentes y subafluentes couio los nervios por el cuerpo del lionibre. 

No dejan de abundar los ríos ru la América del Centro: })ero no son ni tan 
caudalosos ni navegables, como no sea á corta distancia del punto en (lue 
desaguan. Para continuar viendo grandes ríos es necesario trasladarse á la 
del Sur. donde son todavía más numerosos que en la del Norte. En su ex- 
tremidad Noroeste rinde el Magdalena sus aguas al mar de los Caribes. En 
la opuesta están las bocas del Orinoco. Fluyen entre las dos cordilleras tras- 
versales el Amazonas y el Tocantínes, que al entrar en el Atlántico baten las 
costas de la isla Marajo. Bajan al mismo Océano desde las sierras de Levante el 
Paranayl)a y el San Francisco. Al Mediodía de la cordillera central nacen el Pa- 
rag'uay y el Paraná , que. confundidos luego, recogen el Uruguay y forman 
el majestuoso río de la Plata. Más al Mediodía aun, lame otro río las fron- 
teras de la Patagonia. No hablo de otros que serían aquí notables y son allí 
})oco más que arroyos. 

El Magdalena sale del lago Pampas con dirección al Norte, atraviesa casi 
todo el territorio de Nueva Granada, y se lanza por muclias bocas al mar des- 
pués de haber recorrido 1.820 kilómetros y reciltido al (_)este el Cauca, al Este 
el Bogotá y el Sogamoco. Nace el Orinoco en las vertientes occidentales de la 
Sierra de Parima, corre largo espacio al Septentrión creciendo por el tril)uto 
de muchos ríos, tuerce desde su confluencia con el Apure hacia Levante, y 
mucho antes de llegar al Océano . se deshace en cincuenta l)razos . siete na- 
vegables. Navegable es él en su mayor parte aun para los l)uques de nnis 
alto 1 tordo. Tiene de Abril á Setiembre crecidas inmensas que le hacen saltar 
y desbordarse á KMl kili'mietros de sus márgenes; cerca de Atures, las más es- 
pantosas cataratas. En su embocadura parece un lago; á 450 kilómetros del 
Atlántico siente las mareas. Cuenta de extensión 2.500 kilómetros, y recoje 
en tan dilatado curso siete corrientes de importancia. Lo raro es que no lejos 
de su nacimiento, tiene una derivación que constituye el Casiriaqui, afliiye al 
Río Negro y le pone en comunicación con el Amazonas. 

El Amazonas es sin disputa el río mayor del Mundo, más grande que el 
Mississipí. ]nás que el Ganges y el Nilo. Cuenta de longitud 5.000 kilómetros; 
de anchura de 4 á 5 en su ¡)arte superior, 288 en su punto de desagüe. Siente 
las mareas á GOO kilómetros del Océano, corre por él sin mezclar con él sus 
aguas ]iada menos que 135. El agua del mar es dulce en todo este largo trayecto. 

Ponen algunos geógrafos las fuentes del ^Amazonas en unas alturas de la 



INTHOCUCCION XXXV 



cordillera dp los Andes sitas culro el ('uzeo y Are(|u¡pa: nlros, los más, en el 
lago de Lauricocluí . que da vida al Tnngaira^aia. Cruza de Oesle á Este casi 
todo el continente , y con Iriliutarios tales, qne en cual(|niera nti-a parte del 
(llobo serían ríos de primer iirden. Decirlos todos sería tarea larga; enumeraré 
s(')lo los principales. Recilie en las íronteras meridionales d(d I^^cuadnr por su 
margen derecha al Huallaga y al Ucayale, á qne afluyen entre otros miudios 
el Apurimac y el A'ilcamayo; por su izquierda al Ñapo, que desciende del ( 'o- 
topaxi y viene ya engruesado por el Curaray y el Aguarico, y al l'utumayo, 
que se forma en otra cumbre de los Andes. Ya en el Brasil, recoge á Mediodía 
al .Turna, al Purús . al Madera, al Topáyos, al Xingú: al Norte al ("aqueta 
y al Río Negro. El menor de todos estos ríos, el Juma, tiene 120 kilíjuietros 
de largo. Algunos más tiene ya el Purús. El Madera, que viene de Bolivia con 
más de cien afluentes, tiene sobre 1.780. Cerca de l.OOO el Tapájos ó Topáyos, 
reunión del Arínos y del Juraeua , y no sin muchos tributarios. Unos 3.000 e] 
Xingú, que riega territorios inmensos y aumenta su caudal con el Ilaltagua. el 
Pacájas, el Río Fresco y el Guarini. Grande es también la longitiul d(d ('aque- 
ta, que brota de los mismos Andes; pero no como la del Rio Negi'o. que mide 
1.300 kilómetros y durante largo trecho tiene de 20 á 2.5 de ancluu'a: río nota- 
bilísimo que se alimenta del Río Blanco y el Juagapuri y, como se ha visto. 
comunica por el Casiriaqui ó Cassiquiare con el (Jrinoco. 

Dista de ser de la importancia, del Amazonas el Tocantínes. quédela sierra 
de Cayapo se dirige al Norte , se une en San .Joáo das duas Barras con el Ara- 
guaya, por otro nombre Río Grande, y baña por espacio de L.'JOO kilómetros el 
territorio brasileño. No lo es tampoco el Paranaiba, á pesar de ser navegable 
en 660 kilómetros de los 1.700 que recorre. Ni el San Francisco, con ser, si algo 
menos largo que el Paranaiba , más caudaloso , principalmente desde que tuerce 
al Nordeste su curso al Norte. Comparable con el Amazonas sólo hay el Plata, 
que le iguala en anchura , y en su desagüe , parecido á un golfo , presenta casi 
la del canal de la Mancha. 

El Plata propiamente dicho , no empieza sino en la isla de ]\Iartin García , 
donde recibe al Uruguay, y sólo tiene de largo 30 kilómetros. Pero se extiende 
generalmente su nombre al río Paraná, que baja de las vertientes occidentales 
de Itacolumí, y en Corrientes recoge al Paraguay, que nace en la cordillera 
Central, cerca de la meseta de Paréxis. Entendido así, cuenta de curso el Plata 
unos 2.800 kilómetros. No diré de sus afluentes, algunos tan considerables como 
el Pilcomayo, el Bermejo y el Salado. 



XxxVl INTHODUCCION 



El río qup consliluyf^ las IVoiiloras spjtlciili'ioiíalcs ¡lo la Patag'finia llcNa 1am- 
liieii el nombro ác Rio Ncii'i'o. Corro })riiiioi'o de Norte á Sur. y torcioinh» á 
Oriente derrama sus aguas en ol Atlántico. Ks bastante ancho en su boca, cuen- 
ta aún su l(»ng'itu(l ])or Centenares de kiliinietros. 

¡Qué abundancia 011 larg'os y caudalosos rios! Perdone el lector si omito en 
la América del Norte al ( 'oojier Mine River y al Bach . que hallan su tnmlia en 
las heladas ondas del Océano Glacial Ártico; al Kvikpak, al Fraser, al Sacra- 
mento, y al Río Grande del Sur. que se pierden en las del Pacífico; al Glnirchill 
y al Berens, que pagan triliuto á la bahía de Hudson ; al Gonnecticut . al Dola- 
ware, al Susquehauna , al Potomak, al Jñmes River y al Savannah, si de corta 
extensión . de ancho cauce y abundantísima corriente . Perdone si omito en la 
América del Sur al Esquivo ó Esequiho., al Corentin, al Paraiba, al Río Colo- 
rado, que nace no lejos del volcan de Aconcagua. 

Añádase ahora á esa multitud de ríos , sólo escasos en la Patagonia y en la 
Tierra del Fuego , la de los grandes lagos que hay en las tres x^méricas : en la 
del Norte, además de los que enlaza y continúa el río de San Lorenzo, orillas 
del mar Glacial el de los Esc[uimales, junto al círculo Ártico (3 en el mismo 
círculo el del Oso Mayor y el de Garry; más al Sur los dos del Esclavo, el de 
las Islas, el Athabaska, el Wolaston y el de los Rengíferos; más al Sur aún 
el Winnipeg, el Manitobah y el de los Bosques: luego los grandes lagos; por 
fin, cerca del río Utah. donde hoy viven los Mormones, el lago Salado; en la 
América Central los de Managua y Nicaragua; en la América del Sur, junto al 
mar de las Antillas , el de Maracail)0 : en el Perú , el Titicaca y el Arillágas ; en 
el Brasil, al Este, no lejos del Uruguay, el de los Patos; en la Patagonia el de 
Coluguape y el de Viedma. Callo aquí el Jaráyas y el Ibera, porcj^ue éstos pare- 
cen y desaparecen según los tiempos. 

Abundan los lagos , como se ve , más en la América Septentrional que en la 
del Sur y en la del Centro, y de aquélla en la parte más al Norte. Produce allí 
la estación lluviosa, no dos ni cuatro lagos intermitentes, sino un sinnúmero, 
unos mayores y otros menores, cercados de po(|uoños picos de rocas, como aquí 
en la Finlandia. Sucede esto principalmente al rededor del lago del Esclavo, el 
de Winnipeg y el de Athabaska. 

Para mayor ventura de aquellas vastas regiones muchos lagos y aun algunos 
ríos se comunican . ya ]>ermanenteniente. ya en las épocas de las grandes lluvias. 
Se cuasi confunden las cuencas de unos y otros ó están separadas por débiles y 
bajas crestas, y esto permite que después de copiosos aguaceros se pase, ya de 



INTEODUCCIO.V XXXVII 



uu líiixi) á un río, ya de un río á oti'o cuando no esláii ;iúii muy lejos de sus 
fuentes. De ciertos tributarios del Paraguay se pasa siu esfuerzo á los del Ama- 
zonas , de los del Amazonas á los del Orinoco , y , con ayuda del arte , se jiodrían 
multiplicar tan -^-entajosos tránsitos. Así se va hoy del Mississipí al San Lo- 
renzo. 

La tierra en aquellos continentes es singular bajo el punto de vista topográ- 
fico. Las mesetas de la cordillera occidental, longitudinales en el Perú, el 
Ecuador y la Nueva Granada por limitarlas los diversos brazos de los Andes, 
extensas y espaciosas en Méjico, dónde las forma el dorso mismo de las monta- 
ñas, se elevan sobre el nivel del mar de 2 á 3.000 metros, y están separadas de 
las llanuras por una corta y rápida pendiente. Los llanos son inmensos, la tier- 
ra baja. Por esto abundan los lagos y son de tanta longitud los ríos, y tienen 
cataratas y cascadas cuyo rumor llega á cinco y seis leguas de distancia, y 
llevan tanto ímpetu, que se abren paso entre las aguas del Océano. Contribuyen 
á esto la poca altura y las muchas quebradas de las cordilleras de Oriente. 

Explican estas mismas causas en parte las especiales condiciones que allí 
presenta el clima. Está América bajo los trópicos desde la entrada del golfo de 
California y el Norte de Cuba hasta las fronteras meridionales de Bolivia y 
unas leguas más abajo de .laneiro. Distan con todo de ser insoportables las ca- 
lores ni aun en el Ecuador, donde suponían los antiguos imposible la vida parn 
el hombre. Las eternas nieves de los montes, la elevación de las mesetas, las 
muchas aguas corrientes templan los ardorosos rayos del sol hasta el punto de 
.•einar en las altas llanuras una perpetua primavera. Los grandes calores están 
sólo en las llanuras bajas, como los grandes fríos en las cumbres de los Andes. 

Lo raro es que aun en las llanuras bajas dista de abrasar el sol como en Áfri- 
ca. Depende esto, según Humboldt, no sólo de la abundancia de aguas y la rica 
y frondosa vegetación que producen y mantienen, sino también de la poca an- 
chura de los dos continentes , de lo mucho que éstos se prolongan hacia los 
Polos , de lo constantemente que barren el Océano los vientos alisios y de la fal- 
ta de desiertos de arena. 

La vegetación en América es verdaderamente admirable. Las tierras llanas 
están cubiertas de inmensos bosques poblados de árboles, que parecen levantar 
al cielo sus gallardas copas. Allí crecen los más soberbios pinos, los que miden 18 
metros de diámetro y 97 de altura; ' allí la elegante, majestuosa y aro- 



1 Hnmboldt, Cuadros de la Xaliiralf^a . lib. IV, cap. XVI. 

TOMO I -10 



INTEODUCCION 



mítica magnolia, tan notable por sus flores coiuo por sus grandes, verdes 
y brillantes hojas : allí la gordouia. que tanto c'ontril)uye hoy al encanto de 
nuestras estuí'as. En la zona templada despliegan todas estas plantas su vigor 
y su lozanía; bajo los trópicos nos llaman otras la atención, ya por su utilidad, 
ya por la hermos\ira de sus flores. Allí nace el cocotero; allí otras muchas clases 
de jialmas elevan á más de 50 metros de la ti(>rra siis aéreas cimas. Allí el 
banano extiende al sol su agradable fruto y sus anchas y flexildes hojas. Allí 
la ceil)a. de enorme tronco, deja ver entre sus espesas ramas sus vistosas flores 
de color de púrpura. Allí toman gigantescas proporciones el sauce, la higuera 
y el anacardo. Allí hay árboles de madera tan fuerte como la corbana, la jagua 
y el espino; de madera tan rica como la caoba. Allí se alzan del fondo de hjs 
bosques el cedro y el árbol de la canela. Allí trepan por los viejos troncos y los 
cubren la vainilla, de hojas verdi-claras y flores que por su singular estructura 
se confunden con los alados insectos y los pájaros que atrae con su perfume, 
los carnosos y herbáceos tallos de los pothos, las desnudas ramas de los be- 
jucos, de 15 y 18 metros de largo. Esas plantas trepadoras se tienden con 
frecuencia de uno ;i oti-o ;irl)ol y forman una red tupida, qué sólo puede cortar 
el hacha. Vegetación exulterante, de que ajiénas cabe formar idea en nuestra 
Europa . 

Presentan grandes dimensi(nies en la zona tórrida hasta las cañas y los helé- 
chos. Hay bambúes que exceden en altura los álamos y los robles de estas 
comarcas; heléchos de 10 y 12 metros que parecen palmeras. No son menos de 
notar los cactos que ostentan sus raras formas en los desiertos. Reunidos en 
gran número constituyen verdaderos oasis, y vistos de lejos, tienen el aspecto, 
ya de grandes órganos, ya de candelabros, ya de tristes y silenciosas ruinas. 

Los heléchos van (jrdiiiariamente acompañados del benéfico árbol de la quina 
en las regiones donde todo el año es primavera. Y no es por cierto la quina el 
único vegetal americano que ha venido á curar nuestras enfermedades. Ameri- 
canas son la jalapa, la zarzapan'illa , el bálsamo de copaiba, la ipecacuana. Y 
americanas también muchas plantas, ya nutritivas, ya de aplicación á las 
artes : el cacao , el maíz , la patata . el tabaco , el algodón , el campeche y otras 
que omito. 

La vegetación en América es , generalmente hablando , brillante y de vivos 
colores. Brillantes y de vivos colores son también muchos de los animales que 
la pueblan. No hay en ninguna otra parte del mundo pájaros de más bello 
plumaje, ni tampoco insectos más caprichosamente pintados. El colibrí . el pájaro 



INTEODLCCION 



mosca, el guacamayo dejan atrás las más hermosas aves del antiguo continente. 
Acontece otro tanto con los reptiles: liay una gran \arie<hid de lagartos y cule- 
bras de vistosos colores. 

Se distingue allí el reino animal, no sólo por la hermosura, sino también por 
la grandeza. Hay pájaros enormes, entre ellos el cóndor, el verdadero rey de 
los aires. Llega á medir 5 metros de braza, se remonta á la altura de más 
de 7.000 , se deja caer súbitamente en la playa, pasando con la mayor ra- 
pidez del aire más enrarecido al más denso, atraviesa en horas tierras de 
todas las latitudes v climas. No es menor el caimán entre los lagartos. Tiene 
de longitud de 4 á 6 metros; es de agudos dientes y fieras garras, tan carnicero 
como astuto, velocísimo por la corriente de los ríos. Ni es menor la l)()a entre 
las serpientes. Larga de 8 á 10 metros, gruesa como el muslo de un hombre. 
de fauces desmesuradas . vive inmóvil enroscada en el tronco de un árbol . y 
cuando la aqueja el hambre se arroja con tal violencia sobre su presa, que la 
estruja, la amasa y la engulle de un golpe. 

Ni carece América de leones aun cuando no los tenga ni tan grandes ni tan 
bravos como los de iifrica. Alberga en cambio al temido jaguar en los bosques 
de los trópicos , al lobo , la zorra y otros animales dañinos en las selvas del 
Norte. Pero abunda más en los útiles. Trepan manadas de rengíferos y ovibos 
por las regiones septentrionales; más abajo el bisonte, que desciende los veranos 
á las praderas. En los países calientes vive el llama y todas sus especies. Hablo 
sólo de los animales indígenas. Dejo aparte, aun siéndolo, al castor, la rata 
almizclada, la marta y otros hoy muy buscados por sus riquísimas pieles. 

Lo más notable es la exuberancia con que allí todo se presenta. Son extensísi- 
mos los bosques, numerosos los rebaños de bisontes y de llamas. Las bandadas 
de pájaros llegan á veces á ocupar gran parte del cielo. «En el mes de Marzo, 
dice uno de los primitivos historiadores de Indias, he visto algunos años por 
espacio de quince ó veinte días , y otros años más , ir el cielo de la mañana á 
la noche cubierto de infinitas aves, unas tan altas que se las perdía de vista, 
otras más bajas, pero siempre muy por encima de las cumbres de los montes, 
que iban continuamente de Septentrión á Mediodía. '» 

La misma exuberancia se observa en el reino mineral. Demostraré más tarde 
por documentos irrefragables las maravillosas riquezas extraídas de las entra- 
ñas y de los cerros de aquellos continentes por los gobiernos que los domina- 



' Gonzalo Fernandez de Oviedo. Sumario de lo natural Instoria de las Indias, cap. LXVIII. 



INTRODUCCIÓN 



ron, las que saca aún la rodicia do nuestro sigio. Parecen allí de todo punto 
inagotables el oro y la plata. Hay mucho hierro. No escasean el platino y el 
cobre. Existen minas de esmeraldas, topacios, amatistas y otras piedras precio- 
sas. Pescáronse ])or mucho tiempo claras y gruesas perlas en el mar de los 
Caribes. 

A pesar de tanta riqueza, no debemos considerar igualmente felices todas las 
regiones del Nuevo Mundo. No en todas, sino en muy pocas, hay esos ricos 
metales que tanto estima el hombre; no en todas hay esa ^'egetacion que tanto 
cautiva al Niajero. Al Oeste de la cadena peruana de los Andes, en las costas 
de la mar del Sur, dice Humboldt, tam1)ien he pusado semanas enteras 
atravesando desiertos sin agua. ' Hay también desiertos en América: las sá- 
banas del Missouri, las mesetas de Méjico, los llanos de Venezuela, los campos 
parámicos, las pampas de Buenos Aires. Pero distan de ser tan tristes y des- 
consoladores como los de África. En la, estación de las lluvias, se cubren siquiera 
ya de altas y ondulantes hierbas, ya de pequeñas mimosas, ya de soberbias gra- 
míneas; y cuando no, divierten la vista con sus caprichosos cactos. 

Tal es el teatro donde se van á desarrollar los muchos y varios acontecimien- 
tos cuya historia he tomado solire mis hombros cuando estoy ya en el declinar 
de la vida; teatro grande, .si jamás lo hubo, sobre el cual despliega sus infinitas 
bellezas la- concavidad toda del firmamento. Brillan allí, no sólo las estrellas y 
constelaciones de nuestro hemisferio, sino también las del hemisferio del Medio- 
día: no S(3lo la Osa Mayor y la Menor, que giran aparentemente al red,edor del 
Polo Ártico , sino también la Cruz del Sur , que se mueve en torno del Antartico 
y fué la admiración y el asombro de los hombres del Viejo Mundo que por pri- 
mera vez la vieron. Viéronia estos hombres al pasar del Ecuador Junto con el 
Centauro, el Argos y las luminosas nubéculas y negras manchas que van calla- 
damente recorriendo sus eternas órbitas, y no hallaron palabras con que enca- 
recer la hermosura y la magnificencia de aquel no visto cielo. ¡Qué grandioso y 
conmovedor espectáculo no ha de contemplar el q\ie viviendo en el Ecuador 
mismo, pueda abarcar de una ojeada los astros de los dos polos y trazar mental- 
mente entre la Cruz y el Carro el eje del Universo! 

Hé delineado , y sólo á grandes rasgos , la geografía general de América ; 
la iré determinando por partes á medida que lo exija el curso de mi larga his- 
toria. 



' Humboldt, Cuadros d<' la nalurctlpca. lib. IV, cap. 1. 



PARTE PRIMERA 



LA AMERICA ANTES DE LA CONQUISTA 



LIBRO PRIMERO 

INVASIONES ANTECOL-UMBIANAS Y HECHOS DE LOS INVASORES 



CáPÍflliO flIMllO 



Pueblos bárbaros y pueblos cultos de América á la Ueg'atla de los españoles. —Grados de civilización de los pueblos cul- 
tos.— Antigüedad de estos pueblos y del continente que ocupaban.— ¿Eran estos pueblos -an tóetenos ?— Si no lo eran, 
de dónde procedían?— Hipótesis de la Atlántida.— Lo más probable es que los americanos procedan del Asia.— Ana- 
logias entre los orientales y los occidentales. — En las creencias.— En la organización sacerdotal.— En las costum- 
bres.— En las ciencias astronómicas— En los jerog-líficos.- En los monumentos.— En el despotismo y el lujo de lo'i 
reyes.— Cuándo y cómo debieron pasar los hombres de Oriente á Occidente.— Insuficiencia de las fuentes históricas de 
América— El Popel- Vuh y los demás libros escritos por los indígenas.- Por qué me detendré ])oco en los primero-í 
siglos. 




UANuo America lue üeseiiDieri 

1 estaba poblada en su mayor pa 

'M4^ que vivían unas de la pesca, o 



UANUO América fué descubierta por los españoles, 

parte de tribus salvajes 
otras de la caza, otras 
del cultivo de algunas plantas, y todas de los frutos 
que más ó menos abundantemente les daba la Na- 
turaleza. Sólo al Occidente, en la gran cordillera de los 
Andes , desde el Mediodía del Perú al Norte de Méjico , había 
pueblos y naciones. Aun éstas distaban de la cultura que 
habían alcanzado las de Europa. Tenían ya su gobierno, sus 
leyes, sus tribunales, su administración y su ejército; su re- 
ligión y sus sacerdotes; su agricultura, su industria y su 
comercio ; sus calzadas , sus fuentes , sus acequias , sus palacios 
y sus templos ; sus anales y sus fiestas ; su cronología y su 
cosmogonía; pero ignoraban el uso del hierro, carecían de 
buques, no acuñaban moneda, desconocían la escritura, y vi- 
vían unas de otras en tal aislamiento, que ni sabía ]^Iéjico del Perú ni el Perú 

TOMO \ 



HISTOEIA OENEIÍAL 



(le Méjico. P;ir:i comuiiicarso por mar s«Jlo disponían de la balsa y la canoa; para 
corresponderse p(jr tierra . de los peatones ; para sus cambios , de piedras ó 
de las almendras del cacao: para labrar la cantería de sus ediñcios, de herra- 
mientas de pedernal ó de cobre: para consipiar sus hechos, del quipus y el 
Jeroglííico. 

^» En esas mismas naciones había costumbres verdaderamente bárbaras. Se 
sacrificaba al hombre en los altares de los ídolos: no con mucha frecuencia en 
el Perú . cuya adoración al Sol no podía menos de ser dulce; pero sí en otros 
lugares y sobre lodo en Méjico, que tenía por ángel tutelar al dios de la guerra. 
Se derramaba allí en aras de Huitzilopotchli la sangre de los prisioneros; y á 
veces, sin más iin que el de proporcionárselos, se invadía el territorio délos 
tlascaltecas. Por centenares y aun por millares se contaban al año los cautivos 
degollados en los templos de esa deidad terrible. Y no era ésta la única á quien 
se hacían sacrificios , ni tampoco los vencidos en los campos de batalla las solas 
víctimas. Se guardaba el más hermoso de los prisioneros para la fiesta de Tes- 
catlepoca . en qiiien se veía el alma del mundo ; se inmolaban niños indígenas 
para aplacar en las grandes sequías la cólera de Tlaloc, el dios de las lluvias. 
Ni era raro que los aztecas se ofreciesen en holocausto á sus di^"inidades. En 
las grandes ceremonias religiosas solían muchos pueblos americanos picarse 
hasta brotar sangre, ya la lengua, ya los labios, ya las orejas, ya más delica- 
dos miembros. 

En casi todas esas naciones existía , además , el canibalismo como en las más 
salvajes tribus. No le había ya en el vasto imperio de los Incas; pero sí en el de 
Montezuma y en la América del Centro. Se comía la carne de los prisioneros. 
Se los cebaba para hacerlos más sabrosos. Se dejaba con vida á las mujeres y se 
las acoplaba con los vencedores sólo para que diesen hijos en que saciar tan bru- 
tal apetito. Se aprovechaba hasta los cadáveres de los muertos en batalla. Se 
llevaban niños asados entre las provisiones de guerra. Lo refiere Hernán Cortés 
en sus cartas al emperador Carlos V. Se dice que los mejicanos comían solamen- 
te las víctimas sacrificadas á sus dioses ; pero el mismo Cortés nos convence de 
que no es cierto. Ya que lo fuera relativamente á los tezcucanos y á los aztecas, 
no lo era respecto á los demás pueblos de la monarquía. ' 

Añádase á esto la costumbre que aun ha])ía en algunas de esas naciones de 
ir medio desnudos y pintorrajearse el cuerpo: hi de taladrarse ya las orejas, 
ya la nariz , ya el labio jiara llevar colgadas joyas y extraños adornos; eluso 



' Curtas de relación, de Hernán Cortés. — Carta tercera. — «Y por el camino que llevaban en pos 
del los hallaban muchas cargas de maíz y de niños asados que tenían para su provisión.» — «Y aquella 
noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos (los tlascaltecas), porque todos los que se mataron to- 
maron y llevaron hechos piezas para comer.» — «Y así nos volvíamos á nuestro real con liarta presa y 
manjar para nuestros amigos.» 



DE AMEEICA 



(le los ppnaclios y las pií^lcs de fieras para ir á la nMicrra : el atraso en las anuas, 
las groseras sni)erstieiüiies en que se vivía y las feroces leyes aun vigentes; y se 
verá con cuánta razón se afirma que en Auiérica estaban sólo á medio civilizar 
hasta los pueblos más cultos. Distaban, por ejemplo, de haber llegado á la altu- 
ra en que estábamos los españoles hace veinte siglos, cuando ^■inieron sobre nos- 
otros los ejércitos de Cartago y Roma. 

Infieren de aquí algunos escritores que los pueblos americanos sou jóvenes, 
no faltando quien diga que lo es aún la tierra que ocupan. Yo no lo creo. 

Que el Nuevo Mundo sea tan antiguo como el viejo , lo revelan por de ¡)ronto 
hechos inconcusos. Presenta en todas partes las mismas capas geológicas que 
nuestro continente ; en las crestas de los Andes , á mayor altura que el !Mont- 
Blanc de Suiza, petrificaciones de conchas oceánicas; en la parte de Santa 
Helena , al Norte de Guayaquil , restos enormes de ignotos cetáceos ; en Nueva 
Granada y en las cordilleras de Méjico, osamentas fósiles de mastodontes y 
elefantes, cuyas especies se extinguieron. No sólo debe ser tan antiguo como el 
nuestro; debe de haber pasado por las mismas revoluciones y catástrofes. 

Que no sean de ayer aquellos pueblos, lo manifiestan hechos no menos indu- 
dables. Sus cosmogonías y cronologías se remontan á lejanos siglos. Entre sus 
muchísimos idiomas los hay de gran complicación y riqueza. Gran número de 
sus monumentos llevan el sello de nna antigüedad remota. Lo llevan sus tú- 
mulos, sus campos atrincherados, sus rocas esculpidas, sus desiertos palacios, 
sus inmensas pirámides, á la vez templos y sepulcros. La de Cholula parece 
anterior á la invasión de los toltecas: las vastas ruinas del lago de Titicaca son 
de mucho anteriores á los Incas. Nadie se atreve á determinar la fecha de las de 
Mitla y de Palenque. 

Al fijarme en tan importantes ruinas, hyos de admitir que sean jih'enes 
aquellos pueblos, estoy por sospechar con Humboldt si eran ciudades en deca- 
dencia que á la llegada de los españoles habían perdido ya la memoria de lo 
que un tiempo fueran. No corresponde en manera alguna á la suntuosidad y 
grandeza de los monumentos de Palenque y Mitla el estado de cultura en que 
se hallaban las pequeñas naciones de Guatemala al tiempo de la conquista. 
Entonces ignoraban ya los guatemalienses aun la existencia de esos gran- 
diosos restos de una civilizaciou al parecer perdida. Ejemplos de sociedades 
que degeneraron hasta embrutecerse, los tenemos en nuesti'o mismo conti- 
nen-te. ¡Cuánto más no los pudo haber en América, aislada jtor tantos siglos 
del resto del mundo ! Es en mi sentü' este largo aislamiento lo que más ha 
contribuido á que América en el siglo xv presentara tan raro contraste con 
Europa. 

Los aniericauos son, á no dudarlo, antiguos. ¿Serán autóctonos? Hoy por hoy 
no lo afirman ni la religión ni la ciencia, ni los que están por la unidad de 
la familia himiana , ni los mismos darvinianos, que, explicando por la teoría 



IUSTUHIA (¡ENEEAL 



lie la evolución la siicosiva Ibrmacion de los seres, uo sostienen ni pueden sos- 
1euer que descendamos los lioinbres todos de una sola pareja. En América, dice 
Haeckel. no lian existido jamás los animales que en la escala de la vida fueron 
nuestros predecesores. 

Es cierto que lioy. á los ojos del mismo Haeckel, forma el americano especie 
aparte por ser mesocéfalo , de cabello negro y rígido, de frente inclinada, de 
nariz grande, de pómulos salientes, de labios más bien delgados que carnosos, 
de poca ó ninguna ])arl)a. de color cobrizo, á veces un si es no es aceitunado, 
otras un si es no es amarillento; pero no lo es menos que, según todos los na- 
turalistas, tiene un marcado aire de parentesco con los mongoles, especialmente 
los ([ue vivpn al Nordeste del Asia, y no está de ellos separado sino por el hom- 
bre ártico , especie que puebla al rededor del Polo el estreclio de Behring, la 
tierra de los esquimales y la Groenlandia. ' 

Mas si los americanos no son antóctonos, ¿de dónde proceden? ¿Cómo y 
cuándo invadieron aquel continente? Este es el grande enigma de la historia 
del Nuevo Mundo: no sé que hasta ahora lo haya descifrado nadie. Las opinio- 
nes son muchas y por desgracia contradictorias. Recientemente hasta se ha 
querido hacer bueno lo que dijo Platón en su Timeo acerca de la Atlántida. Se 
ha desplegado una erudici(jn verdaderamente asombrosa para demostrar que 
existió en efecto aquella isla , se extendieron sus poderosos habitantes por am- 
bas costas del Mediterrilneo hasta Italia y Egipto , y al fin , á causa de grandes 
temblores de tierra y de una inundación que no se ha repetido, desapareció en 
los abismos del Océano. Se explicarían fácilmente por esta hipótesis las nume- 
rosas analogías que se observan entre las instituciones y las creencias de los dos 
continentes; pero dista de estar demostrada á pesar de los esfuerzos de ingenio 
de los que la sostienen. "^ No descansa en ningún fundamento histórico, no ha 
encontrado todavía asiento sólido en la Geología. La idea de que por el levanta- 
miento de una parte de la tierra cubrieron otra las aguas, no sólo en nuestro 
Océano , sino también en el Pacífíco y lo que hoy es mar de las Antillas y golfo 
de Méjico, no pasa de ser otra hipótesis. 

Las analogías entre los dos inundos son á la verdad grandísimas; pero es 
obvio que pueden dimanar lo mismo de haber entrado en relación el Occidente 
con el Oriente por la Atlántida , que de haberse comunicado el Oriente con el 
Occidente por el mar de Behring y las innumerables islas de la Polinesia. Para 
creer lo primero es preciso dar realidad á lo que pudo ser un mero parto de la 
fantasía; para admitir lo último, l)asta que partamos del afán del homlire por 



• Haeckel.— //(s¿oí/r de la crcaiion des circs or/janiscs d'aprcs les lois naturelles. Vingt-troisiéme 
leQon. 

* Véan.se las obras de Brasscur de Bourbourg, especialmente sus eu.atro cartas sobre Mójico. Quaíre 
loílrcs sur le Mr.riqíic. Taris, ISfiS. 



DE A.MEEICA 



ir en biisca de lo desconocido , y de las frecuentes emigraciones ú que dan lu"-ar 
las vicisitudes y las guerras de los pueblos : no creo dudosa la elección soljre 
todo cuando para resolver ciertas dificultades no sirve más lo primero que lo 
segundo. Una y otra opiniones son, ¡)or ejemplo, insuficientes para explicar 
cómo , puestos en contacto los dos mundos , eran desconocidos en América el 
arado y otras muchas cosas que , como hace notar oportunamente Prescott no 
es posible que una vez importadas caigan en olvido ni en desuso. ^ 

Así hoy se supone generalmente que los americanos proceden de Asia. Por 
sus cualidades físicas , ya he dicho que son afines de los mongoles , especial- 
mente de los tártaros , también de color cobrizo y cabello negro y fuerte. Por 
sus creencias se acercan también más á los asiáticos que á los europeos. Como 
los pueblos de Oriente, reconocían casi todos la existencia de un Espíritu 
creador del Mundo , para el cual no había representación posible ni era bas- 
tante ancho el recinto de un templo. Como ellos, afirmaban por tradición el 
diluvio . y decían que se habían salvado muy pocos mortales de la catástrofe. 
Añadían los aztecas que había pasado ya la tierra por varias revoluciones , y en 
esto parecían ser eco de los tibetauos, los indios y los persas. Como los persas 
rendían los incas un culto particular al Sol, la Luna y las Estrellas del firma- 
mento. Como si hubieran leído nuestro Biblia, suponían los mejicanos fabri- 
cada su pirámide de Cholula por unos gigantes que la habían querido levantar 
á las nubes y atraído sobre ella por tan insensato orgullo la cólera del cielo. 
Tenían, y es más, su Eva en la diosa Ciacoatl, la mujer serpiente, la j)rimera 
que pecó, parió y legó á su sexo los dolores del parto. Por ella fueron al bautis- 
mo, que empleaban, como ahora los cristianos, para limpiar á los recien naci- 
dos del pecado original y traerlos á nueva vida. 

La organización religiosa de los pueblos cultos de América era también pa- 
recidísima á la que se observa en las antiguas teocracias de Oriente. Había allí 
un clero numerosísimo , grandes sacerdotes que estaban al par de los reyes y 
alguna que otra vez se les imponían , fiestas maravillosamente espléndidas sa- 
crificios que degeneraban en hecatombes , monasterios , aquí de hombres que se 
consagraban á sus divinidades , allí de vírgenes que velaban por que no se apa- 
gase el fuego del templo. 

Era mayor la semejanza en ciertas costumbres. Los mejicanos, como los 
mongoles, quemaban los cadáveres, recogían las cenizas, y las encerraban 
junto con una piedra preciosa en más ó menos elegantes urnas. Los peruanos 
como los indios , guardaban por el contrario á sus muertos , y los enterraban , ya 
en pié, ya sentados, con parte de los utensilios, y á veces con los tesoros que en 
vida tuvieron. Sacrificaban también, como los indios, á las mujeres y los cria- 
dos favoritos del que fallecía para que le acompañasen y le sirviesen en su soñado 



Prescott. — Histoirc de la conqiictc chi Mcxique. Appendice. — Premiérc partie. 

TOMO I 12 



HISTUiaA (¡ENEEAL 



paraíso. Lo raro es que esta costuiuljre exisiia (mi inuclias do las tribus salvajes. 

Suben de punió las semejanzas al entrar en la reijion de la ciencia. Los 
mejicanos tenían semanas de cinco días t meses de veinte, años de diez v oclio 
meses, indicciones de trece años, pequeños ciclos de cincuenta y dos y grandes 
ciclos de ciento y cuatro. Empezaban el día al nacer el Sol y lo dividían en 
odio partes, cuatro de ellas determinadas por la salida, la puesta y el doble 
paso del sol niisniu por el meridiano. No desii.;-iiabaii por números los días del 
mes ni los años del ciclo menor, sino por nombi-cs. Tenían cinco días inter- 
calares. Concluía 11 el añu al liu de cada pequeño ciclo en el solsticio de in- 
vierno. Me reñero ai calendario civil; el ritual presentaba una .serie uniforme 
de períodos de trece días. — Contar por cielos é indicar por nombres los años 
del ciclo y los días del mes era cosa común á los mongoles todos, del Japón á la 
India. Empezal)an el día por la salida del Sol casi todos los pueblos del Asia. 
Lo dividían en ocIk» partes, ademas de ios romanos, los indios. Había también 
en Egipto ^ días intercalares. Concluía el año en el solsticio de invierno para los 
indios y los chinos. 

Guardan tamlüen relación con Oriente los jeroglíficos de Occidente. No eran 
tal vez comparaljles los de los mejicanos con los que constituían la escritura 
de los egipcios, pero sí con los entallados en los obeliscos de tan famoso pueblo. 
Si raras veces eran fonéticos, presentaban casi siempre unidos la acción y el 
símbolo. Ya que no tradujesen ideas, consignaban hechos, y eran los verda- 
deros anales del imi)erio. Bastaban, á pesar de su imperfección, á trasmitir los 
sucesos con muchos de los accidentes que los habían acompañado: determi- 
naban con precisión hasta el año en (pie habían ocurrido, por remota que 
fuese la fecha. Estaban, inn- decirlo así. á la mitad del camino que habían 
recorrido en Egipto. "' Los mismos quipjiHs de los peruanos tenian sus similares, 
no sólo en el Norte de la misma América , sino también en las prácticas de la 
antigua China. 



Cito el Egipto, ¡uuKinc no forme i)arte de Asia, por las estrccluis relaciones que siempre con ella tuvo. 
Eigorosainente hablando, no cabe decir que en América fuese conocida la escritura. Los mejicanos 
daban á conocer ciertos nombres con signos que representaban sonidos: los yucatecas tenian, aunque 
incompleto, un silabario. Nos lo da en su excelente Relación de las cosas de Yucatán el franciscano 
Diego de Landa, que lo había recogido de los labios y los escritos de los indígenas. Habla en Yucatán 
caracteres que parecían jeroglíficos para los sonidos simples a, i, c, í, e, /i, £, A% /, in, n, o, p, q. ri. 
5; los había para los sonidos compuestos en, cu. ma, ti, y uno que Landa sospecha si sería un signo de 
aspiración. Se carecía, como se ve, de caracteres para la expresión de muchos sonidos simples; y en 
cambio los había cuádruples para la «, triples jiara la A, dobles para la />. la /. la o, la p. la u. y uno es- 
pecial para la /j doble. 

Mas, como observa el mismo Landa, no empleaban los yucatecas sólo estos caracteres para trasmitir 
sus pensamientos; usaban también de figuras, y aun ponían en ellas ciertas señales para mejor enten- 
derse. Tenían, á no dudarlo, más jeroglílicos fonéticos que los mejicanos; pero al fin, como ellos, 
jeroglíficos fonéticos, y figurados, que se aclaraban mutuamente. i,Era esto aún la verdadera escritural 



DK AMEEIC.V 



Ni dejal)an de parecerse á los dr- l']L;-ip1o los iiKimnuenlos. l']ii los úc] IVn'i no 
eran tampoco paralelas las jambas de las puertas: los dinteles resiiHalian más 
estrechos que los iimbrales. Alnmdaban las pirámides lo mismo en la América 
central que en la del Norte, y eran también sepulcros . En alg-unas había 1ambie]i 
jeroiiiiflcos. í^e diferenciaban de las egipcias en que eran truncadas, se compo- 
nían de varios ¡)isos, y á la vez que 1 umitas eran templos; pero se acercaban por 
lo mismo á otros edificios de Oriente. Recuerda la de t'holula. al decir de llum- 
boldt . la de Belo, de Babilonia, que descrilñó Herodoto. ' 

Reflejábase, por fin, el Asia en el despotismo patriarcal de los incas y la 
esplendidez de la corte de los aztecas. En China, como en el Perú, el imperio era 
á la vez social y político: cuidaba no sólo de mantener el <3rden en los pueldos, 
sino también de asegurar el pan á los subditos. En el Indostan como en Méjico, 
desplegaban los monarcas una magnificencia y un fausto que maravillaban á 
los europeos : deja atrás las descripciones de Marco Polo sol)re el Gran Khan de la 
India la que nos hicieron los españoles de la recepción de Cortés por Montezuma . 

Sé bien que de todas estas analogías, y aun de otras miu'has (pie podría ir 
enumerando, no cabe inferir en rigurosa lógica que procedan de Oriente ni la 
pol)lacion ni la cultura de América; pero ¿quién duda que cabe por lo menos 
presumirlo? Puesto que no pod-emos reconocer autóctonos á los americanos, 
repito que esta presunción es justa, y no existe, hoy por hoy, otra más acertada. 
Habla ílumboldt de urui inscripción . al parecer tártara . (|ue se dice encontrada 
por Yerandrier el año 1746 en el Canadá, á 900 leguas al Oeste de Montreal. 
sentado . como se ha visto . orillas del San Lorenzo . v de unos caracteres üTa- 

» "O 

hados en una roca de granito, algo semejantes á los fenicios, que aseguraba 
haber descubierto un fraile franciscano en el fondo de una caverna, allá en la 
América del Sur. á siete grados de latitud Norte, entre el piieblo de T 'ruana y 
las márgenes Occidentales del ( 'aura . '^ Es verdaderamente de sentir que no lo 
haya visto por sus propios ojos ni podido responder de que sea cierto. 

Lo difícil ahora es presumir cómo y cuándo pasaron los asiáticos al Nuevo 
Continente. A juzgar por ciertos datos, debieron verificar este tránsito en apar- 
tados siglos. En las ruinas del Yucatán han brotado árboles que cuentan 
nvieve pies de diámetro. En los patios de los edificios de la misma península hay 
ocho y nueve pies de tierra vegetal sobre las losas del pavimiento . En uno de 
los de Uxmal han desaparecido bajo el paso de las muchedumbres unas tortugas 
de granito esculpidas en relieve. '^ Muy antiguos deben de ser para que tal su- 



' Humboldt, .SiVf's e/rs CordiUcrcíi rt Monnnicnls des peupLa indii/rtirs de l'Aiiiri-iqííi'. Pyrumidc 
de Choltila. 

' Humboldt. Lr iiiéiiir oiicrai/e. Maniiscrií hicroi/li/p/iiquo >i¡ti'<¡iic. ¡•onscrcr á la l>iblinthdqni' da 
Va ti can. 

' Wakleck, Vuijatic en Yucatán. 



ni.sT(ii;iA gi;ni!I?al 



ceda. Si, por otra parte, no conocían los americanos la escritura, ¿no parece 1(3- 
gico sospechar que no la conociesen tampoco sus predecesores? 

Sería inútil buscar en la historia la solución del problema . Si en América 
abundan las tradiciones , no los documentos . Perecieron en la hoguera muchos 
de los libros donde los mejicanos y otros pueblos habían consignado sus orígenes 
y sus vicisitudes . Los pocos que se salvaron aguardan todavía un C'hampollion 
que los descifre . Para todos los hechos anteriores ;'i la conquista no tenemos en 
realidad más que las noticias recogidas de boca de los indígenas por los europeos, 
y las escasas y compendiosas relaciones que dejaron escritas en nuestros carac- 
teres, y á veces en nuestra lengua, algunos americanos del siglo de Carlos Y. ¡Y 
son tan pobres y turbias unas y otras fuentes ! Cambia la tradición de cerro á 
cerro y de valle á valle ; y entre dos autores apenas hay conformidad sino en los 
hechos, ó muy señalados, ó muy modernos. 

Yeamos, no obstante, qué nos dicen estos inseguros testimonios. Hablan 
mucho de las tribus que en distintas épocas invadieron el territorio de América, 
muy poco de las que primitivamente lo poblaron. Fijan, ó por lo menos dejan 
entrever, las fechas de algunas irrupciones, pero S(3lo de las que ocurrieron unos 
siglos antes del descubrimiento. Más allá no las señalan sino por las grandes re- 
voluciones por que suponen que pasó la Tierra. x\sí no bastan de modo alguno para 
determinar cuándo pudieron establecerse en aquel dilatado continente los pri- 
meros hombres. ¿Bastarán siquiera para arrojar luz sobre el resto de la historia? 

Tienen grande autoridad todos estos libros cuando hablan del estado político 
y social en que se encontraban los pueblos de América al ser invadidos por los de 
Europa ; no ya tanta cuando refieren las vicisitudes por que aquellos pueblos 
pasaron en los anteriores siglos . Sobre todo los de los indígenas abundan en 
contradicciones, y hasta en contrasentidos; tanto, que un escritor de nuestros 
dias, gran conocedor de las lenguas del Nuevo Mundo, ha llegado á sospechar, 
y aun ha pretendido demostrar que algunos encierran en cada una de sus pala- 
bras un doble sentido, y son, si aparentemente relaciones de sucesos humanos, 
real y positivamente historias de la formación y los trastornos de la Tierra. ^ 
Estoy lejos de creer que libros enteros hayan sido escritos en equívocos , y mucho 
menos que sus autores , ya que desearan ocultar á los ojos del profano vulgo sus 
ideas, recurriesen á tan extraño medio: pero ^'eo sí algo que no me explico en 
las groseras contradicciones de que frecuentemente rebosan. Como quiera que 
sea, sirven, principalmente si se los coteja con las tradiciones recojidas por los 
europeos, para, cuando menos, descubrir la marcha general de los aconteci- 
mientos en un período de ocho á nueve siglos, en casi todo el que aquí co- 



' Véase el ensayo que con este motivo ka heclio el Sr. Brasseur en su ya citado libro Quatre iettres 
sur i Amériquf. Búsquese, en sus PíY-ccí Jiísíi/ícctííces, la que lleva por título: Histoire de la nation 
cxicaínc, MS. en lunfjue náhuatl de l'an 1576. 



i)\ 



DK AMKl'lCA 



nocenios con el noinlire (1(^ Edad Media. Con nnos y dlros liliros. los de los 
europeos y los de los indígenas , al;j;'o puede ya decirse de la historia antigua de 
aquel misterioso continente. 

Lo que hoy por lioy me parece temerario es quererse remontar ;i los tiempos 
del gentilismo, y ;iun ú, los primeros de la Iglesia. Si de tan apaiiados tiempos 
hallamos alguna que otra noticias en los libros que nos ocupan , son tan vagas 
y gratuitas , que no pueden menos de ser desechadas por todo el que no quiera 
escribir sino lo averiguado y cierto. Los pocos escritores que se atreven j,l recor- 
rerlos lo hacen, por decirlo así, con las botas de siete leguas de que habbui los 
cuentos de las hadas; tan áridos los encuentran. Es verdad que los monumentos 
pueden suplir algún tanto el silencio de los manuscritos ; pero ¿quién ha podido 
ni puede aún determinar el origen cj^ue tuvieron? 

Tal vez se le ocurra al lector preguntar si no había en los ¡jueblos cultos de 
América, como en los del Viejo Mundo, libros sagrados donde vinieran las 
genealogías y los hechos de los primeros hombres , la manera como éstos se multi- 
plicaron y difundieron ¡)or la haz de la tierra, las naciones que fundaron y las re- 
voluciones que sufrieron. Uno hay recientemente publicado en quiche y en fran- 
cés por el Sr. Brasseur de Bourbourg, que no carece de interés histórico; pero, 
ademas de ser oscuro y en su mayor parte simbólico , adelanta poco ó nada sobre 
los ocho ó nueve siglos de que hace poco hablaba . Contiene cuatro partes , y sólo 
en las dos últimas refiere hechos positivos y concretos . Habla desde la tercera de 
unos hombres venidos de Oriente, que después de haber sojuzgado á los quichés. 
se erigieron en señores de la tierra ; y en la lista de los que les sucedieron en el 
trono hasta que los españoles lo derribaron da sólo catorce generaciones de reyes . 

Empieza ese libro llamado Popol-VuJí por la creación del Orbe, y baja sin 
interrupción hasta el diluvio ; pero al llegar aquí se detiene , con sorpresa del 
que lo lee , en contar cómo se extinguió la familia de un monarca , por nombre 
A^iikuT)-Cahix , que decía ser el Sol y la Luna, y tenía un hijo que levantaba, y 
otro que removía y destruía montañas . Aun después de esta historia refiere 
detalladamente una larga lucha entre los matadores de Vukub-Cahix y unos 
reyes de Xibalba; aquéllos una especie de mágicos que no jugaban á la pelota 
sin que la Tierra se estremeciese ; éstos unos sombríos y terribles emperadores de 
quienes eran tributarios y agentes príncipes que tenían por oficio , ya víjlver 
lívido el rostro de sus semejantes, ya dejarlos como esqueletos, ya ponerles cara 
á cara con la traición , ya llevarlos á una inesperada y repentina muerte . Cómo 
y por qué no perecieran en la universal inundación todos estos personajes , no lo 
explica ni intenta explicarlo : se ve claro que los presenta , más que como seres 
vivos , como símbolos . Concluidas las dos leyendas, pasa sin transición á la 
venida de los orientales . 

Dice el Fopol-Yuh que estos son los nuevos hombres creados después del diluvio: 
pero aun aquí conserva su carácter simbólico . Los supone formados de maíz , los 



13 



1(1 nisTliTÜA i;KM¡I!ALDK AMKlilCA 

llama los hijos do la (■i^•iliza(•i(m . los j)irs(Mita vnifioiido Irilnis y (loiiiaiulo 
gentes. Si aquéllos eran los priinoros lioiiibros. ;.('u;nido liahiaii i'slos nacido y 
fonnado gTupos eapaoos ilc coinhatirlos":' 

El Popol-Vifli lio (*on1i(Mii'. por 0I1M pai'1(>. foclias. cuanto niiTios un sistema 
(•rouGlógioo : no ofrece ]iun1o alu'uno do parlidii. Si algún cálculo se quisiese- 
hacer, seria ¡)reciso tomar \n)v l);is(> d 1ioin[)o (mi ((uc vivi(') el último rey de eada 
una de las tres casas que en el Quiclie so eslahlecieron . y 110 hay })or quó decir si 
seria aventurado. ;.\i qué podría. d(>spuos íW tudii. wúev un liliro i'esúmen de 
his tradiciones de pequeñas trihus. rocnordo y s(ilo recuerdo do otro ya perdido, 
obra (le un antdr hasta aquí ignorado, quo lo escribió siendo ya c;iti)lieo. y pudo 
muy bien alterarlo, dojáudose llevar, bien do su iiuena. fe, bien do su fantasía?' 

Para datos cronobjgieos es indisjiensable aciidir á Méjico, y aun allí son 
grandes las contradicciones en apartáiiTlose mucho de los tiempos de la conquis- 
ta : aun allí no xnn poco más allá de ocho i'i nuevo siglos h)S tiempos hisbaácos. 

No importa que los lleven más lejos hasta algunos de nuestros autores: la 
verdad es que lo hacen partiendo de conjeturas y dejándose arrastrar jior el 
afán de todos los pueltlos en darse un roinotd origen. 

Este afán lo sentían los americanos lo mismo que nosotros. Era moderna en el 
Perú la dominación de los incas: databa cuando más del siglo xi . La tradición 
la hacía arrancar, sin embargo, de los primeros siglos del Mundo: inmediata- 
mente después del diluvio decía que habían parecido los hijos del Sol en el lago 
de Titicaca . Los muyscas. nación quo h;ibi1aba en la meseta de Bogotá, se creían 
deudores de su civili/acion á Bochica : asegni-;i]ian que los ha1)ía venido de las. 
llanuras sitas al Orienle do la coi'dillora de ( 'hiugasa cuando la Lima no derra- 
maba todavía su luz sobro la Tierra . Los mismos mejicanos creían que en la 
.segunda edad habían ocupado ya los ([uinametzin su patria, y en la torcera los 
olmecas y xicalancas. Decían levantada la pirámide de (Tiolula por quinamés 
que se habían salvado de la primera catástrofe. ;. Sería racional tomar en cuenta 
estas alisurdas tradiciones? ;. Lo sería . soliro todo, comprenderlas dentro de los 
tiempos hist(')ricos? 

Hago estas indicaciones ])ara ((uo el lector no (>s1rañe que. á posar de haber 
prometido escriliir la Ilis/oria dr Antrrlca desde los más remotos siglos, pase de 
corrida y casi en silencio los muchos (jne. hoy por boy. continúan mi vueltos en 
las tinieblas. Grandes son los esfuerzos del presente por ;iclar;i)dos. y (piizá no 
esté lejos el día en que caiga sobre ellos uii;i claridad inesperada: en tanto que 
no suceda, considero de mi deber ceñirme á los ya esclarecidos por 'documentos, 
ó cuando menos, por repetidos testimonios. Las excelentes obras do nuestros 
primitivos historiadores de Indias no me han de servir de poco auxilio. 



' Pojiol-Vuli. Le lint' .-iiii-rr ri irs inyllics (Ic I líiitíqiiílc (aiicrn-aiiii- ptir l.'Abhc Bi-as.^enr <lr 
Btiurbourij . París. ISCl. (Véase el apéndice de esta mi primera parte de la Historiu do Anu'-rira.) 



CAPITULO II 



Oriente de América.— Los linaiiis.— Tastimonios do civilización que ya no existen.— ííxpcdiciones de los escandinavos — 
La Islandia y la Groenlandia; establocimicnto en la Oroenlandia de Erico el Rojo.— Biarne, hijo de Heriulfo. descubre sin 
querer el continente americano, recorre la costa del Labrador y Uog-a á Terranova— Expedición de Leif el año 1000 de la 
Era de Cristo: dobla el cabo Cod y entra en la bahía de Mount-Hope.— El alemán Tyrker. uno de los expedicionarios, 
descubre vides silvedtres: Leif rog-resa con la chalupa cargada de uvas á Groenlandia.- E.xpodicion de Thorvaldo.— Su 
lucha con los esquimales en la puntado Gurnet y su muerte.— Expedición de Thorstein.— Expedición de Karlsefno — 
Relaciones con los indígenas.— Luchas que con ellos se sostienen: valor de Froydisa.— Quiénes eran los esquimales — 
Por qué fueron tan infructuosas estas expediciones.— Expedición de Freydisa.— Europeos en las costas inferiores: desdo 
la bahía de Delaware al golfo de Méjico.— Mayores signos de civilización en aquellas costas.— La Florida.— Relaciones 
con el Oriente de América en los siglos XII xiii y xiv.— Expediciones de los groenlandeses á las regiones árticas.— De 
dónde tenemos estas noticias.— Monumentos de Massachussets. Rhode-Island y Groenlandia.— Monumentos de la cuenca 
del Mississi]ii. 




'"^EGUN cintes indiqué, no tuvieron igual suerte los pue- 
^4 c/1j1os orientales y los occidentales de América. Perma- 

I-Oj j^V necieron los orientales hasta la época de Colon sumidos 
^ en la barbarie. Así, ó no tienen historia, ó. si la tie- 
nen, la desconocemos. Sólo de los linapis hay jiinturas acom- 
pañadas de cantos que nos permiten determinar su cosmogo- 
nía y los reyes ó caudillos que los gobernaron. 

Los linapis, á juzgar por estos raros documentos, se ex- 
tendieron del lago Michigan á las márgeiies del Ohío , y de las 
del Missouri y el Mississipí á las playas del AtLántico ; habían 
tenido hasta el primer tercio de este siglo noventa y seis reyes ; 

V creían en la existencia de un Dios . autor de todo lo bueno . 

Y un Espíritu, creador de todo lo malo: bis serpientes, los mons- 
truos, los grandes reptiles y todos los animales enemigos del 
hombre. ' 

Dícese que habían llegado á la escritura jeroglífica otros pueblos ó triltus de 



' Ha ptiblicado estos cantos C. S. líaliuesqui, en el tomo I de su obra T/t<' Ainrricun SaHun.<. \.\\- 
blicada el año 1836 eu Filadelfia; los ka reproducido Brasscur de Bourbourg al final de su libro titulad.. 
Quutre Icttrcs sur le Mcxique, que vio la luz en París el año 1S68. Están divididos cu dos series: \;ua 
que contiene las tradiciones de los linapis y los hechos anteriores al parecer á la llegada de esta tribu á 
América: otra que habla de los noventa y seis reyes que los linapis tuvieron hasta el año 1820. Consta 
la primera de tres cantos; la segunda de siete. Véase el uúm. 2 del Apéndice. 



12 HISTOlíIA GENEEAL 



la misma banda. Lederer aseg'iii"nT)a liace doscientos años liaber visto en la 
Carolina ruedas de sesenta rayos que recordaban los acontecimientos de seis 
siglos : y nuestro contemporáneo Humboldt habla de símbolos pintados eu ma- 
dera que los jesuítas habían visto en el país de los hurones. Mas no existen, 
(luc yo sepa, tan curiosos ol)jetos; y ya que existieran, no bastarían para es- 
cribir solu'e todo el (3riente de América más de unos renglones como los que 
acabo de consagrar á los linapis. 

Permaneció b;irl)aro hasta el siglo xvi el Oriente de América, á pesar de sa- 
Ijerse de un modo auténtico que ya en el siglo x vio desembarcar en sus costas 
hombres que procedían de Europa. Ya que otros hechos de su vida no conozca- 
mos, creo conveniente referir aquí este suceso, tanto para consignar de una vez 
cuanto constituya su historia antecolombiana, como para[[no verme después 
obligado á interrumpir la de los pueblos cultos del Occidente. 

Conocían los escandinavos la Islandia cuando menos desde el año 874. Ocu- 
¡íüla entonces el noruego Ingulfo , y la fueron lentamente colonizando familias 
de las más opulentas y poderosas del Norte. Recorridas en todas direcciones 
las aguas que bañaban la isla, no se tardó en descubrir la Groenlandia, que 
forma ya parte de América. Abordóla el año 986 Erico el Rojo, á quien habían 
desterrado de Islandia, y se estableció con Heriulfo y otras muchas gentes en 
Brattalid, lo más al Mediodía. Recibió el puerto en que se estableció el nom- 
bre de Eriksfiord. 

Biarne, hijo de Heriulfo, se hallaba á la sazón en los mares de Noruega; y, 
como al volver á Islandia encontrase ausente á su padre , se resolvió á buscarle 
á pesar de no conocer bien la situación de Groenlandia. Emprendió tan aven- 
turada expedición brumoso el cielo y con viento Norte, y tras largos días de 
viaje, perdido el rumbo, dio con una tierra llana que cubrían grandes bosques 
y no cruzaban sino algunas colinas. La dejó á l)abor en cuanto se convenció de 
que no era aquella la Groenlandia, navegó otros dos días, vio otra tierra del 
mismo aspecto, siguió bajando con viento Sudoeste, y tres días después arribó 
;i una isla montañosa y Uena de ventisqueros. Retrocedió entonces, y con sólo 
cuatro días de marchar al Septentrión ganó las playas en que sil padre vivía. 
Acababa de desciibrir sin saberlo el continente americano : acababa de recorrer 
la costa del Labrador y de tocar las orillas de Terranova. 

Diez y seis años después, el año 1000, Leif, hijo de Erico, compró el buque 
de Biarne, y se embarcó para las nuevas regiones. Se dirigió desde luego á Ter- 
ranova , á la que dio el nombre de Hélhiland ; y , viéndola de suelo ingrato , 
continuó su viaje hasta que halló otra tierra llana y frondosa en que había 
muchos bancos de arena y apenas tenían declive las costas. Estaba ya en lo 
que es hoy Nueva Escocia y él llamó Márldand ; y caminando con rumbo al Sur 
y viento Nordeste , llegó á los dos días al cabo Cod , lo dobló , se entró por la 
1)ahia de Mount-Hope y fué á echar anclas en un rio que desemboca en la mis- 



DE AMKIilCA 13 



ma rada y empieza en un lago. Se limitó de pronto á levantar en las márge- 
nes chozas humildes; pero, decidido á, pasar allí el invierno, construyó después 
verdaderas casas. 

Llevaba Leif consigo treinta y cinco hombres, entro ellos el alemán Tyrker, 
á quien desde su infancia había visto en la casa de su padre. Los dividió en dos 
secciones que debían por turno guardar la colonia y explorar la comarca. Se po- 
nía no pocas veces á la cabeza de los expedicionarios ; y cuando no , les encar- 
gaba que no se alejasen mucho dejándose llevar de una imprudente confianza 
ó de un ciego arrojo. Supo con dolor un día que había desaparecido Tyrker, y 
salió precipitadamente á buscarle. Tyrker se le presentó á poco diciéndole que 
había encontrado viñedos y uvas silvestres. El descubrimiento pareció de tal 
importancia, que Leif, al asomar la primavera, cargó de racimos la chalupa, 
de madera de construcción el buque, y se hizo á la vela para la Groenlandia, 
donde produjo gran sensación su viaje. 

Leif había dado el nombre de A^inland á la región de que venía. Abordóla 
el año 1002 su hermano Thorvaldo con sólo treinta hombres. Pasó Thorvaldo 
el invierno en las riberas del mismo rio ; y , ya que llegó el verano , mandó en 
la chalupa gente que navegara más al Mediodía. No supo al otoño sino que 
había mas allá grandes bosques no lejos de las playas, muchas islas, y sólo en 
una indicios de población por una granja de madera. Levantó parte del 
campo al otro año , recorrió el cabo de Cod y la bahía que éste forma al Norte , 
y al acercarse al promontorio de Gurnet, «hé aquí, dijo á sus camaradas, una 
hermosa tierra: éste será mi asiento.» 

No bien iba á desembarcar Thorvaldo , vio al pié del promontorio tres canoas, 
cada una con tres esquimales. En lucha con ellos, mató á ocho, pero sin poder 
evitar que uno se salvara y escapara en su ligero bote. Surgió al punto de la 
bahía innumerable cantidad de bárbaros , que dispararon sobre el buque milla- 
res de flechas. Thorvaldo y los suyos hubieron de levantar barricadas para 
ponerse al abrigo de los agresores. Los rechazaron al fin, pero después de 
herido mortalmente Thorvaldo, quien, al comprender que le iba á faltar la 
vida, ordenó se le sepultase en aquel mismo promontorio que, como en son de 
profecía, acababa de escoger por morada. Desconcertados los vencedores, reco- 
gieron á los qiie habían dejado en la bahía de Mount-Hope y se volvieron á 
Eriksfiord. 

Resolvió ir á vengar la muerte, de Thorvaldo el tercer hijo de Enrice, Thors- 
tein, y se embarcó el verano de 1005 con veinte y tantos hombres y su mujer 
Gudrida; pero con tan mala suerte, que anduvo hasta la entrada del invierno 
errando por el mar sin que acertase á saber dónde estaba. Después de un largo 
viaje se encontró al Occidente de la misma Groenlandia, en Lysnfiord, donde 
á poco acabó sus días. 

No por esto cesaron las expediciones á Vinlandia. Casó Gudrida, la viuda de 



H 



14 llf.sTílKlA CUNEllAL 



Thorstein . con Tliorñun, i)or s()l)roiioml)re Karlsofiip, honilirp rico y noble, 
que acabal);! de llegar de Islandia con Snorre Tliorbrandson , tanibieu de ilus- 
tre cuna. l*jnpeñó á su marido en una nueva excursión , y dio lugar (i que se 
equipase una verdadera armada. Tres buqnes se destinó entonces á la empresa; 
uno al mando del mismo Karlsefne y Snorre, otro al de Biarne y de Thorball 
y otro al de Thorvaldo, esposo de Freydisa, hija natural de Erico. Llevaban de 
ti-ipulacion hasta ciento setenta hombres; iban abundantemente provistos de 
víveres y aun de cabezas de ganado , por llevar siis capitanes el pensamiento 
de establecerse, si pudieran, en Vinlandia. 

Salió la expedición de Eriksfiord , de donde salían todas , la primavera de 
1007. Por Terranova, por Nueva Escocia, por el cabo Cod fué al fin Karlsef- 
ne á parar en la misma bahía que Leif, y se situó en lo alto de la playa. Le 
abandonaron Thorliall y ocho mariiieros, que se cerraron en que se había de 
marchar al Sudoeste y fueron, según se dijo, arrojados por el viento y la tem- 
pestad á las costas de Irlanda; pero le siguieron los demás y hallaron acertada 
la elección del sitio para la colonia. Miraron con placer manchada la tierra, 
aquí de trigo, allí de vides silvestres. 

Una mañana Karlsefne y los suyos distinguieron en la bahía gran número 
de indígenas que iban en canoas. Les hicieron señales de amistad, pero uo lo- 
graron sino que se les acercasen algún tanto y los contemplasen con asombro. 
Los vieron (i poco remar con prisa en dirección al cabo. No volvieron íi verlos 
hasta la primavera de 1008. Se adelantó entonces Karlsefne á la ribera, y en 
signo de paz levantó al aire un escudo blanco. Los indígenas, depuesto ya 
todo temor, entraron con él en relaciones de comercio. Estimaban en mucho 
el paño rojo y daban en cambio pieles grises. A cambio de pieles habrían com- 
prado también lanzas y espadas ; pero Karlsefne y Snorre prohibieron á sus gen- 
tes que se las vendieran. 

Continuó este comercio algunos meses , y habría durado más á no haber ido 
á interrumpirlo un para nosotros vulgar acontecimiento. Un día que estaban 
en la colonia los bárbaros , acertó á mugir un toro que allá se había llevado de 
Groenlandia. Se espantaron en términos, que se precipitaron en sus canoas, 
huyeron á todo correr por la bahía y no volvieron á parecer hasta el otro invier- 
no, en que iban ya armados y en son de guerra. Desembarcaron entonces dando 
grandes alaridos , y acometieron con tal ímpetu , que pusieron en retirada á los 
escandinavos. Los amedrentaron, no tanto con su lluvia de flechas, como con 
las grandes piedras que les disparaban desde lo alto de una pértiga que hacía las 
veces de honda. Dio uno de estos proyectiles en la cabeza de Thorbrando Snor- 
rason y le llevó á la muerte. 

Retrocedieron los escandinavos por las márgenes del río en que Leif había 
construido sus casas , y no se rehicieron ni aun á la voz de Freydisa , que les 
decía: «¿es posible que hombres como vosotros huyan ante un atajo de mise- 



DE AMÉRICA 15 



rabies? Si tuviera yo armas, pelearía mejor que vosotros.» No pararon ni aun 
al llegar á un bosque en que Thorbrando exhaló su postreí- suspij-o. Pero Frey- 
disa cogió entonces la espada de Thorbrando , y la blandió , desnudo el pecho , 
contra los enemigos, les impuso por su valor y su energía, los obligó á bajar á 
la playa en busca de las canoas, y puso así término á un combate que era i)ara 
los suj'Os una vergüenza. 

Admiró y ponderó mucho Karlsefne la decisión y el arrojo de Freydisa; pci-D 
temeroso de que se repitieran y agravaran los ataques, se resolvió á dej;ir l;i 
Vinlandia. Salió el primero para ver si al Noroeste encontralia á Thorhall, y 
el resto de la expedición invernó en la inmediata bahía de Buzzards , que está 
más al Oriente. Partieron los escandinavos para la Groenlandia en la primavern 
del año 1011, y llegaron á Eriksfiord sin otro acontecimiento de importancia 
que el de haber encontrado en Nueva Escocia á cinco esquimales y haber cogido 
á, dos, los más jóvenes, para enseñarles su lengua y bautizarlos. 

Mas ¿quiénes eran esos esquimales, únicos hombres que los europeos habían 
visto en las costas de América? Eran de ancho rostro, de grandes ojos, de sucia 
y desgreñada cabellera, de color negruzco, de ingrato aspecto. No daban ^nlor 
sino á las pieles de los animales ; de lo que les ofrecían los extranjeros aquello 
estimaban más que menos servía. No conocían la leche : un día que se la liizo 
prol)ar Thorvaldo, el marido de Freydisa, la hallaron tan buena, que estabnn 
dispuestos á cambiarla por cuanto llevalian. Vivían aún en cavernas; pero for- 
maban ya cuerpo: iban juntos á la guerra y estaban gobernados por reyes. Los 
reyes que á la sazón los mandaban , según refirieron los dos cautivos , eran dos 
y se llamaban Avaldamon y Valdidida. Como hombres de corazón ya se ha vis- 
to lo que esos bárbaros valían: eran agresivos y los espantaba el mugido de un 
toro: acometían un ejército y luego se detenían ante una mujer con espada. 
Como hombres de inteligencia valían menos. 

Desgraciadamente los escandinavos que hasta aquí fueron á Vinlandia nada 
que yo sepa hicieron por civilizarlos. Faltos de la osadía del conquistador y la 
perseverancia del colono, aunque })or dos veces llevaron ánimo de fijar en ella 
su asiento, otras tantas al primer cambio de fortuna levantaron tiendas. Es ver- 
dad que simples particulares , aunc[ue ricos y poderosos , no podían contar en sus 
quebrantos ni en sus peligros con la protección del Estado; inas ¿consta que la 
pidiesen? ¿consta siquiera que trajesen de Vinlandia algo con que estimular el 
celo ó la ambición de los reyes? Llevaban de allá, según parece, sólo maderas 
que acá en Europa vendían á Inien precio. De allá traían el mansur , especie de 
acebo de notable hermosura, aquí muy buscado para la fabricación de ricos 
muebles. 

Con objeto puramente mercantil se hizo todavía por aquellos años otra ex- 
pedición á Vinlandia. Promovióla y verificóla esa misma Freydisa, tan animo- 
sa contra los esquimales. Ganó al efecto á dos hermanos islandeses. Helga y 



16 HISTOKIA OENEEAL 



Finnboga, t[uo ;i(|uel mismo año. ol 1011, habían llegado á Islandia en un 
buque de Noruega. Fué con su marido y ellos á la bahía de Leif bajo la condi- 
ción de repartirse por mitad los productos del viaje; y, ya que allí estuvieron, 
ganada por la codicia, indujo i'i su esposo á deshacerse de los dos hermanos y 
de la gente que los acompañaba. Á manchar con uno de los más negros delitos 
aquellas apartadas tierras fué la última correría de los escandinavos por Vin- 
landia. ' 

Fué al parecuu- más beneficiosa para América la llegada por aquellos mismos 
años de algunos europeos á las costas inferiores, á las que van desde la bahía 
de Delaware al golfo de Méjico. Se sabe positivamente que en aquellas costas, 
acaso en las de la Florida, fué á parar el año 983, á impulsos de una tempestad, 
Are Marson, jefe de los reykianes en Islandia. Allí es probable y casi cierto 
que fuese á dar años después, el 999, Biorn Asbrándson, el apasionado amante 
de Thurida de Frodo , que perseguido por su adulterio , hubo de abandonar la 
Islandia sin dar á nadie cuenta del lugar á que se dirigía. Fué allá en 1027, 
empujado po-r vientos constantes del Nordeste, Gudleif Gudlángson, hermano 
deThorfinn, que había salido de Dul)lin con rumbo al Norte; y refirió á su 
vuelta que, atacado y cautivo por los indígenas, debió la vida á un hombre 
entre ellos de mucha autoridad . que se presentó acompañado de numeroso 
séquito, le habló en su lengua, le preguntó al saberle islandés por muchas 
personas de su país, principalmente por Thurida de Frodo, y terminó por 
darle, sin querer nunca decir quién fuese, una espada y un anillo con encar- 



1" Estas expedieioucs en nada disminuyen á mis ojos el mérito do Colon. No diré que las desconocie- 
se del todo, puesto que estuvo en Islandia, donde algún recuerdo había de quedar de tan aventuradas 
empresas; pero sí que las supiese con certeza capaz de decidirle A buscar durante años para continuar- 
las el apoyo de los reyes de Europa. Si así hubiese sido, por el Noroeste y no por el Occidente habría 
dirigido sus naves. Ni habría dicho, como dijo, que iba simplemente á descubrir por un nuevo derrotero 
la India. Habría hablado desde luego de nuevas y desconocidas tierras. 

El mérito de Colon está por otra parte no tanto en haber encontrado la América, cosa que no buscaba, 
como en haber partido de una hipótesis científica para lanzarse al través del Océano, entonces objeto de 
terror para Las gentes, con ánimo y con la casi seguridad de llegar por él al extremo Oriente. Hipótesis 
era entonces, como he dicho, la redondez de la Tierra, y se necesitaba á la verdad gran fe en la ciencia 
para determinarse por una mera hipótesis á tan peligroso viaje. 

Colon, ademas, no lo emprendió sólo para ensanchar el conocimiento geográfico del Mundo; lo em- 
prendió con el deliberado y firme propósito de colonizar las tierras que encontrase y gobernar á los que 
las poblasen. Por esto exigió de los Keyes Católicos antes de su partida que le nombrasen Almirante del 
mar Océano y Virey y Gobernador de cuanto descubriese. Llevó este propósito, y lo cumplió, cosa que, 
como ve el lector, no supieron hacer los escandinavos. Fué no sólo el descubridor sino también el pri- 
mer colonizador y el primer conquistador de .Vmérica. 

No, no amenguan bajo ningún concepto la gloria de Colon estas expediciones de los siglos medios; 
después de todo infructuosas. No sin razón los pueblos le enaltecen más y más á cada siglo que pasa. 
La Iglesia ha tratado en estos últimos años hasta de santificarle, la nobleza española de levantarle en 
Madrid una estatua. La poesía derrama siempre nuevas flores sobre el sepulcro de tan grande hombre. 



DE AMERICA 17 



go de entregar el anillo á Thurida, la espada á Kiartan, precisamente el liijo 
adulterino de Biorn Asbrándson. 

Biorn siquiera hubo de civilizar algo las tribus do aquellas costas; tal voz 
Are Marson hubiese ya dado principio á, tan difícil empresa. Según los docu- 
mentos sobre que escribo, los esquimales de Vinlandia decían ya que enfrente 
de su tierra había otra donde los hombres se vestían de blanco , llevaban en 
lo alto de unas pértigas unos paños de colores y cantaban. Los indios chawan- 
nos, que hace más de un siglo emigraron de la Florida y se hallan hoy esta- 
blecidos en el Ohío , dicen ser fama entre ellos que hubo un tiempo en su anti- 
gua patria un pueblo blanco que se servía de instrumentos de hierro. De la 
Florida se susurraba en la x-imérica Central que les habían venido los primeros 
civilizadores. 

La verdad es que aquellas tribus , las de la Florida sobre todo , sin ser cultas 
como los pueblos del Perú y de Méjico, llevaban gran ventaja A las que acaba- 
mos de encontrar en Vinlandia, á juzgarlas por la manera como las vieron en 
el siglo XVI algunos de nuestros historiadores de Indias. El Inca Garcilaso de la 
Vega dice que no tenían ídolos , supersticiones ni sacrificios ; que adoraban prin- 
cipalmente el Sol y la Luna ; que sus templos eran los sepulcros de sus mayores 
y colgaban á las puertas los trofeos de sus victorias ; que aborrecían y miraban 
con horror el canibalismo; que no casaban sino con una mujer y sólo sus caci- 
ques podían tener concubinas ; que cubrían con pañetes de gamuza lo que la ho- 
nestidad exige y Uevaban ceñidas al cuello mantas de finas y olorosas martas ; 
que usaban á más del arco , de tanta altura como su cuerpo , la pica , la partesa- 
na, la honda, todas las armas hasta entonces conocidas, á excepción del arcabuz 
y la ballesta; circunstancias que á no dudarlo revelan notables progresos. ^ No 
cabía decir tanto de todas las tribus de la Florida ; pero sí de algunas , como se 
verá más tarde. 

No fué mayor la influencia de los europeos en la América del Norte, porque 
aquí como en Vinlandia, no sólo no dispusieron de la fuerza ni de los tesoros 
de ningún Estado, sino que tampoco establecieron con su respectiva patria rela- 
ciones de ningún género. Los que estaban de la bahía de Delaware abajo vivie- 
ron abandonados del resto del Mundo; los que se establecieron en Vinlandia 
nada ni á nadie dejaron al levantar su campo. Tengo para mí sin embargo que 
en Groenlandia quedaron recuerdos de tan aventurados viajes, y aun en Europa 
no se los perdió del todo. El año 1121 se sabe que fué á A^inlandia el obispo 
groenlandés Enrice ; el 1285 que llegaron á una tierra nueva , probablemente 
Terranova, los sacerdotes islandeses Adalbrando y Thorvaldo; el 1347 que diez 
y siete hombres partieron de Groenlandia en un solo buque para Márkland , la 
Nueva Escocia. 



Garcilaso de la Vega. — Historia del adelantado Hernán de Soto, lib. I, cap. IV. 

TOMO I 



18 HISTORIA GENEEAL 



Quedó definitivamente ganada para el A^ejo Mundo sólo la Groenlandia. La 
colonia allí establecida subsistió siglos , se multiplicó y difundió por la costa , y 
llevó muy hacia el Polo sus descubrimientos. Tenían aquellos colonos la cos- 
tumbre de trasladarse en verano al Noroeste : iban á Grespar y aun A, la isla de 
Kingiktorsoak , según manifiesta una inscripción rúnica que allí se encontró en 
\H2-i. El año 1266, bajo los auspicios de unos eclesiásticos del obispado de 
Gardar, emprendieron un viaje de exploración por las regiones árticas, del que 
afortunadaniente nos da noticias una carta escrita por el sacerdote Halldor 
A otro por nombre Arnaldo , capellán de Magnus Lagabaeter , rey de Norue- 
ga. Por las indicaciones que en ella se hacen se viene en conocimiento de que 
llegaron á los 7 5° 46 de latitud boreal, un poco más al Norte del estrecho de 
]3árro\\ . 

Conocemos hoy todas estas expediciones por los preciosos documentos que 
ha recogido en nuestros mismos tiempos Carlos Christiano Rafn y ha publica- 
do en Copenhague con el título de Antigüedades Americanas la Sociedad Real 
de A)üicuarios del Norte Forman parte de esta colección no sólo vetustas re- 
laciones y crónicas , sino también lápidas y monumentos encontrados , ya en las 
orillas de Groenlandia, ya en Massachussets y Rhode-Island , teatro de las 
excursiones de Leif, Karlsefue y Freydisa; y es entre ellos notabilísimo el 
de Massachussets. Consiste en una roca grabada, sita al Oriente de la emboca- 
dura del Taunton , precisamente de aquel río por cuyas márgenes perseguían los 
esquimales á los hombres de Karlsefue. Contiene caracteres que parecen rú- 
nicos y unas figuras bárbaras como no estamos acostumbrados á verlas ni aun 
en las obras más rudimentarias del arte. Qué fuese ni qué significase no pudo 
ni sospecharse en mucho tiempo ; hoy convienen los americanos en que no es 
obra de sus mayores y se inclinan los europeos á que lo es de los escandina- 
vos. En Suecia se han encontrado monumentos análogos: los hay también en 
Islandia . 

Pero los escandinavos adelantan más en sus conjeturas. A fuerza de copiar 
y estudiar la roca han llegado á ver en ella la historia entera de la expedición 
de Karlsefue: la llegada de los navegantes; el número de los que allí se estable- 
cieron; la imagen del caudillo, la de su mujer Gudrida y aun la de Snorro, un 
hijo que en tan apartadas tierras tuvieron; el escudo que Karlsefue levantó como 
signo de paz cuando vio por segunda vez á los esquimales ; el toro que los es- 
pantó; la desgraciada lucha que con ellos hubo. Ver es; y con todo no se puede 
menos de confesar que algo dice aquel peñasco. No por vano pasatiempo graba 
el hombre en materia tan dura como el granito. 

Lo notable es que presentan el mismo carácter los monumentos de Rhode- 
Island. Son también rocas grabadas, llevan signos de la misma índole, los 
tienen distribuidos con igual desorden. Son también á la vez escritura figura- 
da y fonética. La semejanza es tal, que no cabe dudar de que sean obra de 



DK AMERICA líl 



lina misma época y un misino pnel)lo. Desgraciadamente están ya on ])aiic' 
borrados por la acción del tiempo : podríamos , do no , esperar que se descu- 
Ijriese algún día \ina clave segura parn, descifrarlos. Tres liay en Portsmouth , 
otros tantos en Tivérton. 

Los de Groenlandia no ofrecen va tantas diñcullades. Son lápidas i'mhndas 
en caracteres marcadamente romanos ó marcadamente rúnicos. El más dirícil 
y también el más importante es el ya citado de Kingiktorsoak, en rúnicu 
puro, que habla de unas lindes puestas el año 1134 por Erlingo, Biarnio y 
Tindridio, probablemente en señal de ocupación de la isla. Acreditan todos 
la larga permanencia de los europeos en aquellas regiones durante la Edad 
Media. 

Otro orden de monumentos hay en la parte oriental de América, que no son 
para echados en olvido. Principalmente en la cuenca del Mississipí, ya orilla 
de los ríos , ya en dilatados valles , se levantan aquí túmulos , allí vastas for- 
tificaciones, que imponen por su extensión y su grandeza. Unos atrinchera- 
mientos hay en las márgenes del Missouri, altos de 1,82 á 3,04 metros, que 
miden hasta 23 de profrmdidad en su Ijase y encierran más de 200 hectáreas de 
territorio. Un túmulo hay en la ribera meridional del Ohío, que es un cono 
truncado de más de 24 metros de altura y en su cumbre de más de 48 de cir- 
cunferencia. Abierto horizontalmente , se encontró que no contenía sino dos 
tumbas con otros tantos esqueletos y unos groseros utensilios. ' 

Estos monumentos no es ya posible atribuirlos á los escandinavos que en el 
siglo XI bajaron á Vinlandia. Ni estuvieron allí tanto tiempo los hombres de 
Leif y de Karlsefne que pudieran llevar á cabo tan grandes obras, ni eran 
tantos en número que necesitaran de tan prolongadas cercas, ni se sabe que 
llegasen á las orillas del Missouri ni á las del Ohío. Hasta en el Canadá se 
han descubierto por otra parte campos atrincherados como el del Missouri. 
¿Habrán sido entonces estos monumentos olu'a de los indígenas? No se sabe de 
tribu alguna que fuese capaz de levantarlos. Como dice la Sociedad Histórica 
de Rhode-Island , requerían esas fortificaciones para su construcción un grado 
de industria, de trabajo y de conocimientos, así como un adelanto en las 
artes, que no poseyeron antes de la conquista los moradores de aquella parte 
del Continente. "^ 

El origen de estos monumentos es uno de tantos enigmas de la historia de 
América. La opinión hoy por hoy más probable es que los hizo alguno de los 
muchos pueblos que invadieron el Occidente. Fué lenta la marcha de todas 
estas razas, asi cuando entraron como cuando salieron. Se detenían años y 



' Gallatin. Notes on the semi-civili.ied nations of México. — Schoolcraft. Obscrvalions respecíing 
tlie Gravo-Crcek-Mounl in Western. Virginia, in the transaciions, etc., vol. II. 
* Antiqttitutes Americana'. — Moniimentuiii vetustuin in Massachusseís. 



2o HISTOIilA GENTSEAL DE AMÉEICA 



años en una comarca: no solían dejarla sino acosados por el hambre ó por 
sus enemigos. 

Pobre encontrará sin duda el lector la historia antecolombiana de esta 
banda oriental del Nuevo Mundo. No tengo otros datos que ofrezcan algu- 
na autenticidad y no he de llenar el vacío con fábulas. Advierto que guar- 
do para el liI)ro II hablar detenidamente de las creencias, las instituciones, 
los usos y las costumbres, tanto de las tribus bárbaras como de las naciones 
cultas. 



Dificultades para escribir la historia de los pueblos de Occidente.— Necesidad de dividirlos en dos grupos —Cuestión de 
fechas.— Ineficacia de los monumentos artísticos para aclarar los antiguos tiempos.- Primeras gentes de que hablan las 
tradiciones de Méjico: los quinames ó quinametzin, loa olmecas, los xicalancas, los zaotecas— Entrada de los chichimecas 
y fundación de su imperio.— Los toltecas, tribus de los chichimecas.— Su independencia, su guerra con las demás tribus: su 
expulsión: su peregrinación por Méjico. — Llegada de los toltecas á Tulanzingo; fundación de Tula. — Comarcas ocupadas 
por los chiclümecas.— Establecimiento de la monarquía en Tula.— Dudas introducidas por Brasseur de Bourbourg sobre 
esta parte de la historia.— fódi ce C/iíma/po;)Oca y Memorial de Co/Aiíacan.— Nauyolzin, primer soberano de Tula.— Reyes da 
Quauhtitlan y Colhuacan.— Relaciones entre las tres monarquías.— Revueltas en Quauhtitlan.— Conquistas de los reyes de 
Colhuacan Mixcohuatl Mazatzin y Mixcohuatl Camaxtli.— Asesinato de Mixcohuatl Camaxtli y entrada de Huetzin, rey de 
Tula, en Colhuacan.— Confederación de los reinos de Tula, Colhuacan y Otompan.—Quetzalcoatl.— Contradicciones sobre 
este personaje.- Influencia que ejerció sobre los pueblos de América.— Su origen; su historia.— Su reinado en Tula.— Su 
caída.— Su retirada.— Su establecimiento en Cholulo.- Tetzcatlipoca baja contra él y Quetzalcoatl se retira, desapareciendo 
en Guazacoalco.— Quetzalcoatl conocido en Yucatán y el país de los Quichés.— Votan.— Consecuencias de la fuga de Quet- 
zalcoatl.— Tri nfos y derrota de Tetzcatlipoca,— Nauhyolt, rey de Tula. 










líANDE es mi perplejidad al emprender la historia de 
las antiguas nacione_s de Occidente. Me parece, en 
primer lugar, dificilísimo hacerlas marchar todas á la 
vez , cuando por las noticias que hasta aquí tenemos 
vivieron vida aparte y estuvieron sin relación alguna 
las que ocupaban la América del Norte y las que se constitu- 
l^?P yeron en la del Mediodía. Se empieza hoy á sospechar si los 
7 'V^ toltecas, pueblos septentrionales, bajaron al Perú, y hasta se 
establecieron á no gran distancia del Cuzco; pero es, en mi sentir, 
pequeño indicio para tanto el aire de parentesco que se observa 
entre la puerta monolita de Tiaguanaco y las suntuosas ruinas de 
Guatemala y Méjico. ' Mayores semejanzas veo entre determinadas 
creencias y costumbres de unas y otras naciones, y no las consi- 
dero bastantes ni aun para suponer qwe conociera el Sur la civili- 
zación del Norte. 

En mi opinión , para escribir con alguna claridad la historia de todas estas 
naciones , es indispensable dividirlas por lo menos en dos grupos ; comprender 



' Lctírc sur h-s antiquités de Tiarjuanaco. par S. Angr.and, extraite de la Rcvuc Ginóralc de UAr- 
c/iitecture ct dea Trarauj.- Publics de París, 

TO.MO I 16 



22 IIISTor.IA GENET!,\L 



en p1 uno las que huho diNdc las márgenes del Gila al istmo de Panamá, y en 
el otro las que florecierou del istmo á Chile. Aun así han de ser inmensas las 
dificultades. Sin más que fijarse en los idiomas y los monumentos, cree uno 
encontrar abismos , no ya tan sólo entre las tan remotas como las de Nicaragua y 
Méjico, sino también entre las tan próximas como las de Yucatán y Guatemala. 
Entre la lengua maj^a y la tzendal no hay más puntos de contacto que entre la 
mejicana y la quichi'ia; entre los palacios de Uxmal y los de Palenque no hay 
menos distancia que entre los templos del Anahuac y los del lago de Titicaca. 

No ofrece menos dificultades la cuestión de fechas. A pesar del ingenioso 
sistema cronológico de que disponían las más de estas naciones, no cabe hoy por 
hoy determinar ni siquiera cuándo ocurrieron las cosas de más importancia. Los 
penosos y concienzudos trabajos de Boturini, de Veytia, de Gama, de Humboldt 
no han bastado á fijar todavía la manera de entender el calendario de los 
aztecas. Ha dado el editor de Veytia en el primer tomo de la Historia An- 
tigua de Méjico la concordancia de los años mejicanos con los nuestros desde 
el del nacimiento de Cristo hasta el 1521, en que se apoderó Cortés del impe- 
rio de Montezuma. Mas ¿quién puede asegurar que sea cierto su punto de par- 
tida? Trabajaba Veytia sobre Boturini, y diferia de él nada menos que sobre 
los signos por donde empezaban á contar los aztecas las cuatro indicciones de su 
ciclo. ' Así apenas hay dos niitores que pongan en una misma fecha un mismo 
acontecimiento. 

Una el lector á esto las frecuentes contradicciones que, según dije en el 
primer capítulo, se observan sobre el fondo mismo de los hechos, así entre los 
autores europeos como entre los indígenas, y verá si con razón estoy perplejo. 
La oscuridad que reina sobre aquellos tiempos es todavía grande, y poco 
menos que invencible; la tarea de disiparla, tan espinosa como ingrata. En 
vano vuelvo los ojos á los monumentos del arte. Son muchos tanto ó más 
enigmáticos que los jeroglíficos. Sirven sólo para mayor desesperación del que 
escribe. Desespera efectivamente ver, por ejemplo, en las necrópolis de Mi tía 
y en los palacios de Palenque las huellas de civilizaciones que pasaron y de 
razas que desaparecieron , y no acertar á descubrir ni aun entre las vagas som- 
bras de la tradición y el mito quiénes pudieron lanzar al aire tan gigantescas 
moles, adornadas las Tinas de ricos y elegantes mosaicos en relieve, cubier- 
tas las otras de gallardas figuras de estuco, reflejo de un estado social de que no 
quedaban recuerdos en los tiempos de la conquista. ¿Por qué de extrañas y san- 
grientas revoluciones no habrá pasado la humanidad en América, cuando hace 
más de tres siglos se había ya extinguido hasta la memoria de los pueblos que 
habían levantado tan estupendas obras? 

Las primeras gentes de que hablan las tradiciones de Méjico son los quina- 



Veytia, Historia Anticua de Méjico, cap. V. 



DE AMEEICA S¡3 



metzin, hombres de elevada estatura, que fueron ;'i establecerse en las orillas 
del Atoyac, río que corre entro Cholula y Puebla; las segundas, los olmecas, 
los xicalancas y los zapotecas, que después de haber caído bajo el yugo de los 
quiuamés, convidaron un día á sus señores, los embriagaron, con Ins armas 
que les quitaron les dieron muerte, y dueños ya del país, lo poseyeron en ¡¡nz 
y ventura por largo tiempo. De dónde procediesen los quinametzin, no lo 
escribe sino Veytia, que hace á todos los invasores de América descendientes 
de siete familias que vinieron de Tartaria. De los olmecas y los xicalancas se 
dice que bajaron de Oriente en canoas, y desembarcaron primero en Panuco, 
después en las costas al Occidente de Yucatán, desde donde se corrieron á 
Méjico. En Yucatán se hablaba también de unos extranjeros que allá en re- 
mota época habían descendido de Oriente ; y también á gigantes se atribuían 
templos que , como los de Izamal y Mérida , tenían gradas de dos palmos de 
altura. ^ 

Según antes indiqué , creían los mejicanos del tiempo de la conquista que 
el Mundo había pasado ya por cuatro edades, ó lo que es lo mismo, ¡lor 
cuatro revoluciones de la naturaleza. Ponían en la segunda á los quinametzin , 
en la tercera á los xicalancas y los olmecas. En la cuarta hacían venir á los 
chichimecas del Occidente, y los pintaban acampados en lo más septentrional 
de Méjico, en las márgenes del Gila ó del río Colorado. No eran éstos al yn- 
recer un solo pueblo , sino un conjunto de tribus , si todas de un mismo tronco , 
de muy diverso carácter. Fundaron, se dice, la ciiidad de Huehuetlapallan y 
la hicieron cíibeza de su Imperio. 

Los chichimecas eran generalmente bárbaros. Andal)an medio desnudos, 
vestían pieles de fieras, se alimentaban de frutas silvestres y de los productos 
de la caza; vivían en cuevas, ó naturales, ó abiertas en los montes. Tenían 
su organización y aun su monarca ; pero casi autónomas las tribus y manda- 
das por caciques. Distinguíanse entre todas por h\\ mayor cultura .las de los 
toltecas, que conocían ya la agricultura y algunas artes, eran de dulces y 
suaves costumbres , seguían con inteligencia el curso de los astros y rendían 
á Dios un culto menos sangriento. ^ De ellos se dice que reunieron hace ya 
veinte siglos á sus astrónomos para la reforma del calendario; de ellos que 
no tardaron en declararse independientes de los emperadores de Huehuetla- 
pallan é hicieron de Tlachicatzin la capital de su República. 

Se ignora si esos toltecas permanecieron muchos años en Tlachicatzin , ni 



' Veytia, Historia Antif/na de Méjico, cap. XII. — Fr. Diego López do C'ogoUudo, Historia del Fh- 
ca^an, lib. IV, cap. III. — 'Lauda, fíclacion de las cosas de Yucatán, cap. XLIl. — Fernando de Alba 
Ixtlilxochitl, Historia de los e/iic/iimccas, parte 1.", cap. I. 

' Bernardino de Sahagiin, Historia unicersal de las cosas de Nueva-España, lib. X, cap. XXIX. — 
Ixtlilxochitl, Historia de los chichimecas, parte 1.', cap. III. 



24 IIISTOEIA GENEEAL 



si fué absoluta su independencia. Se asegura tan sólo que andando el tiempo 
se pusieron en guerra con las demás tribus, y vencidos y ari'ojados de si; pa- 
tria, emprendieron á fines del siglo \i de Cristo una larga peregrinación, que 
duró cien años. La emprendieron, al decir de muchos historiadores, con sus 
mujeres, ancianos y niños, con siete capitanes por jefes, con un sacerdote 
por consejero y guía. Andaban unos días y descansaban; en la estación que 
menos paraban tres años. Ni las abandonaban jamas completamente: solían 
dejar en cada, una cierto número de familias. Tampoco seguían siempre un 
mismo rumbo: ya il)an por la costa del mar, ya la dejaban: ya se dirigían á 
Levante, ya á Poniente; ya avanzaban, ya retrocedían. Daban ñ. veces con 
ríos y brazos de mar y los atravesaban en barcas. Refiere Yeytia una por 
una las etapas de tan dilatado viaje, y asevera haberlas visto consignadas en 
antiguas pinturas jeroglíficas. ^ 

Según los cálculos de este autor, (]ue distan bastante de los de Ixtlilxochitl, 
llegaron los toltecas A Tullan tzingo , hoy Tulanzingo el año 697. Al entrar allí, 
dicen el mismo L\tlilxochitl y Torquemada, recordaron que hacía dos ciclos, 
es decir, 10-4 años, que habían salido de su patria. No tardaron, con todo, en 
abandonarlo. A los diez y seis años, el 713, volvieron á ponerse en marcha con 
dirección á Occidente, y acamparon junto al pueblo de Xocotitlan, en las ribe- 
ras de un humilde río. Convidados por la dulzura del clima y la fertilidad de 
la tierra , fundaron allí la ciudad de Tullan, hoy Tula. No era ya su Animo 
cambiar de asiento: hicieron sus casas de lodo y piedra. ^ 

Tulanzingo y Tula todavía conservan memoria de lo que fueron. Está la 
una treinta leguas al Nordeste de Méjico; la otra catorce al Norte. Cuando 
la conquista había aún en la primera un templo llamado Vapalcalli, tajado 
en piedra y peña; en la segunda unas culebras en forma de pilares, abajo 
la cabeza, arriba la cola y los cascabeles. ^ 

Se fijaron, por fin, los toltecas en Tula, y de allí se derramaron por el 
valle de Méjico. Probablemente no sin lucha, que <áun quedaban en aquel país 
restos de los olmecas , los zapotecas y los xicalancas , y lo tenían ocupado en 
pártelos chichimecas. Los chichimecas, según parece, no habían permanecido 
ociosos durante la peregrinación de los de Tula. Ganadas algunas de sus tribus 
por el espíritu de rebelión é independencia, habían invadido el Anahuac ' y 



' Veytia, Historia Aniújua de Méjico, cap. XXI y XXII. 

- Ixtiilxocliitl, H¿s¿or¿acZe ¿os c/iic/íí'mecas, parte 1.^, cap. II. — Torquemada, Monarquía Indiana, 
lib. I, cap. XIV. — Según Ixtlüxochitl, entraron los toltecas en TuUantzingo el año 543, si nos atenemos 
á BUS Relaciones, parte 1.', rol. 2.°; el año 502, si nos atenemos k su Historia de los chichimecas. 

' Saharjun, lib. X, cap. XXIX. 

'* Toman algunos autores la palabra Anahiiac como sinónimo de Nueva-España; otros entienden que 
abraza toda la tierra comprendida entre los dos Océanos. No comprendo aquí bajo el nombre de 
Anahuac sino el territorio que ocupan hoy los Estados deQuerétaro, Méjico, Veracruz, Tláscala y Puebla. 



DE AjrÉRICA 26 



tomádolo , donde no de grado , por fuerza de armas. Unos, los niixcoliuas, se 
habían hecho señores de los lagos ; otros se habían establecido en la provincia 
de Quanhtitlan ; otros , los otomíes, se extendían de Querétaro á Tulanzingo. 

Ya en Tula los toltecas, cambiaron, según todos los historiadores, de forma 
de gobierno. Venían, como indiqué, regidos por siete capitanes, que los man- 
daban alternadamente; eligieron ahora un rey y constituyeron una monar- 
quía hereditaria. Hiciéronlo, se dice, movidos por el afán de reconciliarse 
con los ohichimecas, entre los cuales se conviene que fueron á buscar su pri- 
mer soberano. 

Sobre quién éste fuera, so1)re los sucesores y las leyes de sucesión que se 
dictaron, sobre el carácter y la marcha del reino, había hasta aquí bastante 
acuerdo entre los escritores ; Brasseur de Bourbourg ha venido cuando menos 
á sembrar la duda sobre tan iraiportantes hechos. El primer rey había sido 
para todos Chalchiuhtlanetzin ó Chalchiuhtlatonac , hijo, según Veytia, de 
Icauhtzin, emperador de los chichimecas. Las leyes de sucesión estaban redu- 
cidas á que nadie pudiera ser rey por más de un ciclo ; el que viviera más , 
entregara la corona á su heredero; y si por acaso alguno muriera antes, 
mientras no venciese el término gobernasen los ancianos. La monarquía, por 
fin, había gozado de paz y de ventura liasta la época de sus últimos reyes, y 
se había engrandecido más por la influencia de la civilización que por las 
armas. Se observaban algunas variantes en la genealogía real, pero de escasa 
monta. 

Brasseur de Bourbourg, fundándose en nuevos códices, sostiene ahora que 
la monarquía de los toltecas fué, por lo contrario, ruidosa y turbulenta; que 
no creció sino domando por la fuerza las tribus que ya entonces poblaban 
aquel suelo, unas extranjeras, otras indígenas; que no hubo las referidas leyes 
de sucesión, calificadas con justicia de extravagantes por Clavígero; que no 
fué Chalchiuhtlanetzin, sino Nanhyotzin, el primer rey de los toltecas. 
¿Estará en lo cierto? El Ccdice Chimaljtopoca ^ y el Memorial de Colhua- 
can ^ que le sirven de guía no tienen como documentos liistóricos más ni menos 
valor que todos los escritos en el idioma de los indígenas. Conoció Lxtlilxochitl 
el Códice Chimalpojjoca, tanto, que lo copió de su mano; y no lo siguió ni en 
su Historia de los chichimecas , ni en sus demás libros. Pero contienen ambos 



' Contiene este códice una historia de los reinos de Colliuacan y iléjico escrita en lengua náhuatl, 
la historia de los Soles y algunos fragmentos. La de los dos reinos empieza por lo menos en el año 751 
de Jesucristo. Forma tan importante documento parte de la colección del mismo tírasseur de Bourbourg 
y de la de Boturini. 

* El Me/íioriai ffe CoZ/irtftccm es un conjunto de historias originales do Colliuacan, Méjico y otras 

provincias, escritas en náhuatl por Domingo Chimalpain. Empieza en el año 4 de .Jesucristo y alcanza 

hasta el 1591. Tiene grandes lagunas hasta llegar al año 699. Forma parte de la colección de M. Aubin 

y también de la de Boturini. 

TOMO I n 



26 HISTOEIA GENEEAL 



documentos noticias m;'is verosímiles, y esto los reviste de grande autoridad á 
mis ojos. Detallan más, dan más nombres, más fechas, explican mejor los orí- 
genes de reinos después célebres. Los seguiré, sin privarme de los -datos que 
suministran los demás documentos. 

Fundáronse , á lo que parece , por aquellos tiempos tres monarquías : \ina 
en Colhuacan , de que fué Nauhyotzin el primer soberano ; otra en Quauhtitlan , 
de que lo fué Chicon-Tonatiuli; y otra en Tula, de que lo fué Mixcohuatl Ma- 
zatzin, á la vez rey y pontífice. Hubieron de empezar estos monarcas por em- 
plear sus armas contra la aristocracia. Se negaban á reconocerlos por sus reyes 
los que hasta entonces les habían sido iguales. 

Aun antes de haberse explícitamente confederado se respetaban las tres mo- 
narquías y se prestaban apoyo. Guerras exteriores no las sostenían sino con 
las tribus que les disputaban las fronteras, ó- bajaban como torrentes de las 
comarcas del Norte. Contra todas estas tribus debieron de pelear bravamente: 
muchos de sus caudillos fueron después elevados á la categoría de dioses. Se- 
ñal evidente de que estamos aún, no en los tiempos históricos, sino en los 
tiempos heroicos de América. 

La unión de las tres monarquías fué al parecer tal, q\ie al morir Nauhyotzin 
en Colhuacan le sucedió Mixcohuatl Camaxtli, hijo del rey de Tula, y al morir 
Mixcohuatl Mazatzin le sucedió en Tula uno llamado Huetzin , cuyo origen se 
ignora. La monarquía menos dichosa fué, según el Códice, la de Quauhtitlan, 
cuyo segundo rey, Xiuhel, murió de muerte airada. Alzáronse los pueblos indí- 
genas, y los chiehimecas se vieron en la precisión de recogerse en las alturas. 
Habría probablemente perecido Quauhtitlan, si por indicación de Xochitzin, 
una como profetisa, no se hubiese nombrado rey á Huactli, joven de valor 
y de energía, á cuya voz bajaron desde el lago de Chápala enjambres de chi- 
ehimecas. 

Mixcohuatl Mazatzin extendió su conquista por todo el valle de Méjico : no 
se estrelló sino en Cuitlahuac, que estaba casi enfrente de Colhuacan, en la 
parte pantanosa de los lagos. Mixcohuatl Camaxtli, su hijo, á quien se cono- 
cía con los nombres de Totepeuh y Nonohualcatl , llevó ya sus armas al otro 
lado de los montes. No solo tomó á Cuitlahuac; bajó al Mediodía de Popoca- 
tepetl y al territorio de Tláxcala y Huexotzingo, ciudades que, según algunos, 
le deben su origen. Murió desgraciadamente en Cuitlahuac á manos de los 
nobles , que no habían podido acostumbrarse aún al yugo de la monarquía. 

Los nobles no lograron, con todo, su objeto gracias á la decisión de Huetzin, 
que bajó al momento de Tula á Colhuacan é impidió la disolución del Reino. 
Ocurrió aquí un cambio de coronas. Huetzin pasó á ser rey de Colhuacan, y 
un Ihuitimal lo fué de Tula. Acontecía esto á mediados del siglo ix. Por aquel 
mismo tiempo, el año 856, se dice que se confederaron explícita y abierta- 
mente los dos reyes y el de otro Estado , por nombre Otompan , sobre el cual 



DE AMÉRICA 27 



había hasta aquí el Códice guardado sihMicio. Qué fuese del reino de Quauh- 
titlan lio lo refiere nadie: d()ndo estuviese el de ütonipau se conjetura. ¿Com- 
prendería, se pregunta, los dominios que constituyeron más tarde el de Tezcuco? 

La confederación, se dice, fué obra, no sólo de los reyes, sino también de 
los ancianos de las tres monarquías. Reunidos todos en una como asamblea, 
convinieron en dar al soberano de Colhuacan el título de Tlatocat-Achcauh , 
que equivale al de emperador, y significa el primero de los reyes. Cada rey 
había de continuar siendo , así en lo religioso como en lo civil , la autoridad 
suprema de su Estado; sólo en los intereses comunes deliberar con los otros y 
someterse á las resoluciones de la mayoría. Las leyes de sucesión habían de 
ser iguales en las tres naciones : el primer sucesor el primogénito , el segundo el 
segundo génito, el tercero el hijo del primogénito, el cuarto el hijo del segun- 
dogénito, y así sucesivamente. El heredero de la corona debía en cuanto llegase 
á la mayor edad ejercer el cargo de generalísimo; si no lo desempeñase bien, 
no podía subir al trono. 

Aquí , según el Códice , entra en acción un hombre de los más celebres y mis- 
teriosos que presenta la historia: Quetzalcoatl ó Quetzalcohuatl , uno de los 
civilizadores de América. Difícilmente se pueden dar sobre ningún otro per- 
sonaje noticias más contradictorias. Se le hace generalmente tolteca; pero no 
falta quien le ponga con los olmecas y los xicalancas. Unos se esfuerzan por 
ver en él á Santo Tomás , y le llevan al Nuevo Mundo en el primer siglo de la 
Iglesia; otros le suponen el iiltimo rey de Tula. Quién le dice Dios, quién hom- 
bre: quién monarca, quién pontífice; quién hechicero, quién santo. Se le da 
por todos un mismo fin, pero no por todos un mismo origen. 

Lo que nadie niega ni pone en duda es la influencia que este ser ejerció 
sobre la cultura de aquellos antiguos pueblos. Quetzalcoatl, se dice unánime- 
mente, les enseñó á mejorar el cultivo de la tierra, fundir el oro y la plata, 
tallar las piedras preciosas, tejer el algodón y la ¡duma, curtir y adobar las 
pieles, construir puentes y calzadas y levantar los más suntuosos monumentos; 
los exhortó á moderar las pasiones , domar la carne por el ayuno , purificarse 
por la penitencia y hacerse propicia la divinidad por la oración y el sacrificio de 
la propia sangre ; los apartó de inmolar á Dios victimas humanas , y los inclinó 
á no darle en ofrenda sino perfumes , flores , frutos , pan de maiz , mariposas , ó 
cuando más , serpientes y gamos ; les ablandó , por fin , el corazón , y les suavizó 
las costumbres. 

¡ Cómo tanta identidad de opiniones sobre los hechos de Quetzalcoatl , y tanta 
variedad sobre Quetzalcoatl mismo? Figuraba de muy antiguo en la mitología 
tolteca un Quetzalcoatl , dios de los vientos , que barría el camino á TlacUoc , 
dios de las lluvias : se le adoraba á veces como supremo señor del Mundo. El 
sacerdote de aquella divinidad llevaba también el nombre de Quetzalcoatl , como 
dice Sahagun en su Historia unioersal de las cosas de Nueva España. Se confun- 



28 iiisTüEíA i;eneral 



(Ii() al Quetzalcoatl dios con el Quetzalcoatl hombre , y de aquí las contradiccio- 
nes entre los cronistas. El Quetzalcoatl que nos ocupa pudo, por otra parte, ser 
á la vez sacerdote y rey, como se ha visto que lo eran todos los monarcas tolte- 
cas; hechicero y santo, como lo son en ciertos períodos históricos cuantos se ele- 
van sobre el nivel de los demás hombres. 

En otra circunstancia convienen aún muchos historiadores de América: en 
atribuir á Quetzalcoatl un origen extraordinario. No falta quien se lo dé muy 
semejante al de Cristo. Había en Tula, dicen, una virgen llamada Chimalman 
que tenía dos hermanas : Tzochitlique y Conatlique. Estando las tres un día 
solas en su casa, se les apareció de improviso un enviado del cielo. Tzochitlique 
y Conatlique murieron de espanto. Chimalman oyó entonces de boca del ángel 
que concebiría un hijo, y concibió al punto sin obra de varón á Quetzalcoatl, 
cuyo nombre significa, en sentido alegórico, varón muy sabio, en sentido natu- 
ral, serpiente de preciosas plumas. 

Le dice también hijo de Chimalman el Códice Chimalpopoca, pero sin hacer 
intervenir en la concepción al cielo. Chimalman, según este Códice, fué una 
princesa que defendió con heroísmo sus Estados contra Mixcohuatl Camaxtli, 
el rey de Colhuacan , que murió en Cuitlahuac á manos délos nobles. Ven- 
cida, casó con el vencedor, y tuvo de él á Quetzalcoatl, á quien llamó ademas 
Chalchihuitl , por haber soñado mientras estaba en cinta que llevaba en su seno 
una piedra de este nombre, una como esmeralda. 

De muy joven, sigue diciendo el Códice, acompañó Quetzalcoatl á sii padre 
en todas las expediciones de guerra; y cuando le supo asesinado, reunió al 
punto ;'i sus parciales , cayó sobre Cuitlaliuuc , lo luínó , lo entró por sorpresa 
y llevó acabo la más terrible venganza. Desapareció luego, y allá á los quince 
años, el 870, cuando estaba ya constituido el Im})erio y con jefe las tres na- 
ciones , se presentó en Panuco , llevando consigo una brillante pléyade de sabios 
y artistas. Dónde estuviera todo aquel tiempo no lo sabe nadie; se sabe sólo que 
el vengativo guerrero volvió convertido en profeta. Calzaba sandalias y vestía 
túnica; y blanco, de negros y largos cabellos, de espesa barba, de buenas faccio- 
nes y gallarda estatura, cautivó desde luego á las gentes. Pasó á Tulanzingo y 
allí empezó su apostolado. 

Teotihuacan venía siendo de muy atrás la ciudad santa de los toltecas y los 
demás chichimecas que habitaban los valles de Méjico. Contenía en su recinto 
los templos del Sol y la Luna, y era el teatro de las grandes fiestas religiosas 
y los grandes sacrificios. Inmolábase allí á los cautivos ó á los criminales en 
el altar de los dioses. Quetzalcoatl huyó de Teotihuacan como para protestar 
contra el antiguo culto. No detenía ya su mirada en los astros; la llevaba 
á lo que él llamó el vientre , el centro del cielo , é invocaba al Dios de su nom- 
bre como creador del Mundo. Allá en el fondo de los cielos veía un lugar de- 
nominado Ommeyocan, desde donde suponía que Citlallycue y Citlallatonac 



DK AMKKICA 29 



distribuían los bienes de la Tierra y predisponían á la virliid las almas. No 
quería ya tampoco en liolocanslo á l)ios víctimas humanas; quería sólo que cada 
cual vertiera de su sangre ]iiinzáiulose con espinas el cuerpo. (_'on agujas de 
esmeralda se lo picaba é\ después de haberse bañado á media noche en las 
fuentes de Atecpan Amochco. 

Tuvo pronto Quetzalcoatl numerosos prosélitos, y á la muerle de Ihuitimal 
se ciñó por voto del pueblo la corona de Tula. Abolió entonces por una ley 
los cruentos ritos de los chichimecas, y ordenó la purificación de todos los 
templos-: medidas con que no pudo menos de atraerse la cólera de los antiguos 
sacerdotes. Se la atrajo más con las reformas que después introdujo: el bau- 
tismo, el ayuno, la confesión, la perpetua castidad para los ministros de Dios, 
la creación de colegios sacerdotales sometidos á la más severa disciplina. 

Ganó en cambio Quetzalcoatl el corazón de la muchedumbre por la santidad 
de sus actos, el esplendor del culto, el fausto de la corte, la magnificencia 
de los monumentos , los caminos con cjue enlazó las tres naciones , el impulso 
que dio al comercio y á las artes, la importancia de que supo revestir á la 
ciudad de Tula, que prevaleció pronto sobre la de Colhuacan y fué la verda- 
dera metrópoli del Imperio. I)ice Sahagun maravillas de los palacios de Quet- 
zalcoatl en Tula; se hace lenguas de los adelantos de los toltecas en las artes. ' 

Tarde ó temprano, con todo, habían de dejarse sentir las mal reprimidas 
pasiones de los partidarios del antiguo templo. No se da fácilmente por ven- 
cida ninguna religión en el mundo. No renuncia fácilmente ningún ¡nieblo á. 
inveteradas costumbres, por abominables que sean. Dirigidos por Tetzcatlipoca, 
pidieron un día ciertos habitantes de Tula á Quetzalcoatl que, para mayor 
solemnidad de una de sus fiestas les dejara inmolar cautivos en aras de los 
dioses. Se atrevieron más tarde á pedirle otro tanto sus propios partidarios. 
Enfurecido Quetzalcoatl, lejos de acceder á tan injusta demanda, como supiese 
que se celebraban secretamente tan inhumanos ritos, castigó sin piedad hasta 
por simples sospechas. 

Nacieron de aquí grandes odios , que unidos á los celos de los reyes de Col- 
huacan y Otompan y á la ambición de Tetzcatlipoca, individuo de la familia 
de los Mixcohuatl con derechos eventuales á la corona de Tula, terminaron 
por encender contra Quetzalcoatl la rebelión y la guerra. No quiso ya Quet- 
zalcoatl resistir, por mucho que se lo aconsejaran; resolvió abandonar el trono 
y el reino , y partió calladamente de la ciudad , aunque sin poder impedir que 
muchos le alcanzaran y siguieran, decididos á compartir su suerte. Hacía en- 
tonces veintidós años que reinaba y veinticinco que había parecido en Panuco : 
dejaba el trono el año 895. 

Son curiosas las maravillas de que la tradición ha sembrado el camino de 



' Sahagun, Historia unircrsrd de las cosas ele Niieca-España. lib. X, cap. XXIX. 

TOMO I 1^ 



30 . nisTOIilA fiENERAL 



Quetzalcoatl á Cholula. Lleva tras sí el rey caído la flor de los ciudadanos; 
delante músicos que van tañendo la flauta; al lado pajes que le cubren la cabe- 
za con el parasol de plumas; por los aires pájaros de los más brillantes colores, 
que obedeciendo á sus órdenes, lian abandonado la capital rebelde. Si, vol- 
viendo atrás los ojos, ve á Tula y llora, sus lágrimas cavan y horadan los 
peñascos; si pone las manos sobre una roca, quedan en la roca impresas sus 
palmas; si apedrea un árbol, el tronco guarda por siglos las piedras; si se sienta 
en la loma de una sierra, baja el monte y se forma una quebrada. Esconde en 
el lecho de un río las escasas joyas que no ocultó antes de salir de Tula; y al 
fin, á instancia de los que fueron sus vasallos, deja en el reino las herramientas 
y los maestros de las artes. ' 

Phi Cholula, según Torquemada, fué Quetzalcoatl recibido con entusiasmo. 
Al venir de Panuco á Tula había dejado caer en ella su palabra: ahora reco- 
gía el fruto. Detuvo allí sus pasos y repitió la obra de Tula. Adoctrinó á los 
hombres en la moral y en las artes ; convirtió en hermosa ciudad lo que no 
había sido hasta entonces sino una pobre villa; extendió los beneficios de la 
civilización á toda la comarca. Por sus discípulos los llevó hasta Mitla. Reunió 
en torno suyo á los olmecas, que estaban al Sur y al Este de Popocatepetl , y se 
hizo, por decirlo así, un segundo reino. Fundó ciudades, levantó templos, abrió 
caminos, estableció donde quiera que pudo sus instituciones favoritas: cole- 
gios de sacerdotes y comunidades , ya de hombres , ya de mujeres , consagradas 
unas á la oración y al sacrificio, destinadas otras á guardar el fuego sagrado. 

Mas aun allí le persiguieron, al decir del mismo Torquemada, la ambición 
y el viejo ciilto. Tetzcatlipoca, bajo el nombre de Huemac, se había hecho 
ungir rey de Tula. Había logrado sojuzgar por su energía y su constancia la 
facción de Quetzalcoatl, pero á costa de muchos subditos que corrían á ponerse 
en Cholula á las órdenes del Profeta. Como por otro lado le encareciesen los 
sacerdotes el peligro que encerraban la rebeldía de los olmecas y la propaga- 
ción de la nueva doctrina á las mismas puertas del Imperio, se resolvió á bajar 
sobre Cholula con gran caudal de tropas. Quetzalcoatl se negó á resistir como 
en Tula, por más que los pueblos se manifestasen decididos á derramar por él 
hasta la postrera gota de sangre. Les comunicó su firme propósito de aban- 
donar la tierra ; les consoló con la esperanza de volverlos á gobernar un día, 
y, tomando consigo cuatro jóvenes de los más principales y virtuosos, empren- 
dió su tercera retirada. Ya en la embocadura del Guazacoalco, despidió á sus 
compañeros, anunciándoles que allá en los futuros tiempos vendrían y domi- 
narían el país unos hombres de Oriente, como él blancos y de espesas barbas, 
que serían sus hermanos. Desapareció luego por las aguas del río, y no se 
supo ni adonde se dirigió ni dónde acabó la vida. 



' Sahcujun, lib. III, cap. XII, XIII y ^\V .— Türqucniuda, iib. VI, cap. XXIV. 



DE AMÉRICA 21 



.Torquemada nos habla aún do la imperecedera memoria quo dr-jó Queizal- 
coatl en ChoMa. Le recordaban allí y le lloraban porque les había enseñado 
también á, trabajar el oro y la plata, y había puesto fin á los crímenes y los 
desórdenes. Le alababan sobre todo por su humanidad: no se le podía hablar 
de sangre, decían, que no volviese la cabeza ó se tapase los oídos. 

Podrá no ser cierto cuanto se atribuye á este personaje: su existencia y su 
misión civilizadora me parecen fuera de duda. Vivía aún Quetzalcoatl en el 
corazón de los mejicanos cuando la llegada de los españoles. Montezuma creía 
verle en Hernán Cortés, y no vacilaba en decirlo. No había en todas aquellas 
gentes tradición más viva ni más general que la suya. Le hallamos ademas 
en las escasas pinturas jeroglíficas que de aquella edad nos quedan , en muchos 
de los códices manuscritos , en todos los escritores del siglo XYI que estuvieron 
en Nueva-España. Le debemos reconocer, por fin, en las instituciones religio- 
sas que tan discordantes de las demás hallaron nuestros antepasados en Mé- 
jico. Por fortuna ha venido á derramar sobre él nueva luz el Ccdice Chi- 
malpopoca. 

Aun siendo un mito, debería Quetzalcoatl figurar en la historia de América. 
Los mitos no son, después de todo, sino la transfiguración, por el tiempo y la 
poesía , de personas y hechos reales ; y aquí el mito representaría una lucha tan 
llena de interés dramático como importante para la vida de un pueblo. Ten- 
dían los americanos en general á una religión de terror y de fuerza : la idea 
del pecado y la expiación palpitaba en todos sus dogmas. Aun cuando adora- 
ban el Sol y la Luna, y parecían rendir culto á la naturaleza, veían detras de 
aquellos astros á un Dios que se complacía en que corriese la sangre al pié de 
sus altares. Los esfuerzos por contener esta peligrosa tendencia, por substituir 
el amor al terror, la justicia á la fuerza, la ofrenda de las flores y los frutos 
á la vida del hombre, son demasiado grandes para que, ya estén per- 
sonificadas en un ser real, ya en un mito, los pueda jamás olvidar la historia. 
Desgraciadamente los de Quetzalcoatl fueron en gran parte infructuosos, pues 
prevalecieron los sacrificios humanos , sobre todo después de la expulsión de 
los toltecas; mas ¿dejó por esto de existir la lucha? Existió y continuó por 
largo tiempo. 

Los yucatecas miraban también á Quetzalcoatl como uno de sus primeros 
civilizadores. Conocíanle con el nombre de Cuentean, y le decían sin mujer 
y sin hijos. ^ De Quetzalcoatl hablaba asimismo el Popol-Vuh, aunque al pa- 
recer del Quetzalcoatl Dios, no del Quetzalcoatl hombre. Tohil, cantaban los 
quichés en Hacavitz, es realmente el dios de la nación yaquí: llamábase 
Yolcuat Quitzalcuat cuando nos separamos en Tulan Zuiva. "^ Empieza á di- 



' Landa, Relación de las cosas de Yucatán, párrafo 6,° 
' Popol-Vuh, parte 3.', cap. IX, 



32 HISTOIUA (ÍENEÜAL DE AMEKICA 



bujarse aquí cierta mancomunidad histórica eu los tres pueblos. No lejos de 
los quichés, sin embargo, más al Noroeste, recordaban los tzendales á otro 
civilizador, sin analogía con el de los toltecas, á Votan, en quien veían el 
origen de sus artes y sus leyes , el fundador de sus primeras ciudades , el 
que había organizado y dividido en cuatro reinos la monarquía de Palenque. ' 
Le tenían por Dios ; le habían dado un lugar preferente en su calendario , y 
si hemos de creer á Brasseur de Bourbourg, le veneran aún hoy hasta el 
punto de no pasar por el monte Excuruchan sin quemarle unos granos de 
copal eu el rústico altar que le tenían dedicado desde remotos siglos. '^ 

También en Quetzalcoatl adoraron las naciones de Méjico. Le adoraron como 
Dios, áuu habiéndolos abandonado en los momentos de peligro. Los pueblos no 
estaban naturahnente inclinados, como su pontíñce, á dejar libre el campo á 
sus perseguidores: resistían y pagaban caro su resistencia. En Guazatalco 
ya Quetzalcoatl, entró Tetzcatlipoca á sangre y fuego el país de los olmecas, 
é irritado porque no pudo coger al innovador, descargó sus iras en Cholula. 
Hizo allí atrocidades , sin contar lo que destruyó para borrar hasta el recuerdo 
de su enemigo. Templos, casas de oración, palacios, puentes, todo lo redujo 
á ruinas. 

Venció Tetzcatlipoca á cuantos pueblos habían creído en Quetzalcoatl; pero 
á fuerza de luchas y tiempo. No vio los peligros que con esto corría. Absor- 
bido en s\is conquistas. y embriagado por sus triunfos, no pudo ni siquiera pen- 
sar que otros allá en Tula le usurpasen el trono; y se encontró, no obstante, 
sin él cuando más grande era su poder y le parecía chica la tierra para su 
imperio. Alzóse allí Nauyotl, por cuyas venas corría la más pura sangre de 
los chichimecas; y favorecido por el monarca de Colhuacan, que no sin des- 
pecho se veía eclipsado por los de Tula, se apoderó del reino y se dispuso á 
defenderlo, llamando á las armas á todos sus subditos. En los lagos, entre 
Colhuacan y Tezcuco, se halló frente á frente de Tetzcatlipoca; le derrotó, sin 
que jamas volviera á saberse del rey vencido. Quedaba vengado Quetzalcoatl, 
pero no restablecidas ni su religión ni su política. 



' Núñez de la Vega, Constituciones Diocesanas.— Ordóñez, Historia del cielo ¡j de la tierra. 
' Brasseur de Bourbourg. Histoire des nations cioilisées du Mcxiquc, lib. I, cap. III. 



Consecuencias del triunfo do Nauliyotl.— Restauración del nuevo culto en Cholula. —Consiente Nauliyotl y hasta prescribo 
los sacrificios humanos.— Templo de la diosa de las aguas.— Fiestas expiatorias de Mixcohuatl-Camaxtli y culto de Tla- 
loc— Importancia cientiñca y artística de Tula.— Xiuhtlatlzin . Matlaccoatl , Tlilcoatzin.— Huemac Atecpanecatl.— Su 
adulterio.— Consecuencias qua trajo.— Sublevación de los príncipes feudatarios del Norte. —Huemac hace suyos otros 
príncipes y abdica en favor de su hijo Topiltzin Acxitl. — Liviandades á que se entrega Topiltzin : corrupción general del 
reino.— Topiltzin viendo cumplidas en sí mismo las profecías de Hueman , cambia de costumbres y ordena sacrificios á los 
dioses.— Calamidades que afligen el reino.— Aprovechan los rebeldes del Norte la ocasión para llevar la guerra á Tula. — 
Conducta de Topiltzin.— Suspensión délas hostilidades.— Motivos por que se las suspende.— Discordias entre los reyes 
confederados.— Invasiones de los chichimecas.-Pérdida y recobro de Tula.— Los príncipes feudatarios del Norte empie- 
zan de nuevo la guerra.— Actitud belicosa de Topiltzin y de toda su familia.— Derrotas de Topiltzin . pérdida de Tula.— 
Huemac III.— Su desastrosa suerte.— Fin de Nauhyotl II . rey de Colhuacan.— Extinción de la familia de los reyes de Tu- 
la.— Fin del imperio de los toltecas.— Carácter físico, moral é intelectual de estos hombres.— Lo que fueron como nación. — 
Su sentimiento de la unidad.— Sus cuestiones religiosas.— Orden de los Nohual-Tet3uctin.— Influencia de los toltecas 
más allá de los límites de su imperio.— Identidad de algunas de sus tradiciones con las del Popol-Ku/i.— Semejanza de sus 
monumentos, su culto, sus costiimbres. su escritura y su cronología con los de la América Central.— Cuándo es probable 
que se derramasen los toltecas por esta parte de América.— Hechos que en ella ocurrieron antes de la expulsión de los 
toltecas.- Los quichés.— Los yucatecas.— Los demás pueblos. 




V 



L TRIUNFO de Nauhyotl ' trajo consigo notables mu- 
danzas. La ciudad de Cholula recobró su autonomía. 
Confiada al gobierno de cuatro discípulos de Quetzal- 
coatí, que á su vez levantaron sobre sí dos autorida- 
des supremas, una política y civil, otra religiosa, restable- 
ció las instituciones de su desterrado profeta , y no tardó en 
ser la ciudad santa del nuevo culto. Rivalizó con la misma 
ciudad de Teotihuacan , centro del culto antiguo , donde residía 
la justicia federal y se coronábanlos reyes toltecas. Supo Nauh- 
yotl mantener la paz entre los dos cultos sin cohibirlos, y no ga- 
nó con esto pocos aplausos. 

Nauhyotl permaneció, sin embargo, fiel á las antiguas creen- 
cias. No sólo consintió los sacrificios humanos, sino que también 
los prescribió en honor de la diosa de las aguas, ;'i la cual hizo 



construir en Tula uno de los más ricos y suntuosos templos. El templo, dicen. 



' Nauhyotl es evidentemeiite el mismo rey que con el nombre de Mitl conocieron Veytia y muchos 
otros escritores. V. Veytia, Historia Anticua do Méjico, cap. XXVIII. 

TOMO I 19 



34 HISTUIUA UENEIiAL 



estaba como todos, en lo alto de una pirámide; la estatua de la diosa, bajo una 
bóveda ó techumbre que descansaba en pilares de alabastro. La estatua, de oro 
macizo, llevaba un collar de esmeraldas, zarcillos de turquesas rodeadas de 
brillante pedrería, en la mano derecha un jarro, en la izquierda una hoja de 
nenútar con ranas de oro. Creó Nauhyotl para el servicio del templo un cole- 
g:io de sacerdotes, y fijó el número de las víctimas que debían inmolarse anual- 
mente en holocausto de la que podía hacer desbordar de su cauce los mares y 
los ríos. 

Hasta se dice si Nauhyotl instituyó las fiestas expiatorias de Mixcohuatl- 
Camaxtli, en cuyos altares se sacrificaba A los prisioneros de guerra, y el hor- 
rible culto de Tlaloc, cuyas víctimas, niños de cortos años, ya perecían biijo 
la cuchilla del sacerdote, ya sucuinbían presas del terror y del hambre en 
oscuras cuevas, ya morían ahogadas en los lagos sin fondo del valle de 
Toluca. 

Nauhyotl, en cambio, fomentaba las artes y las ciencias, y hacía de Tula el 
templo del saber y del buen gusto. Tula, como se ha visto, había sido en el 
reinado de Quetzalcoatl y hasta en el de Tetzcatlipoca , .la verdadera capital 
del Imperio; C'olhuacan hal)ía quedado completamente oscurecida. Recobró 
ahora Colhuacan sus fueros de metrópoli, y adquirió solire Tula, una verdade- 
ra superioridad en el orden político. En ella recibían los reyes de Tula y Otom- 
pan su investidura; en ella se reunían los tres monarcas para deliberar sobre 
los asuntos generales de la Confederación y decidir la paz ó la guerra. Nauh- 
yotl quiso resarcir á Tula de la pérdida de la superioridad política con la ad- 
quisición de la científica, y lo consiguió á fuerza de crear escuelas y ser largo 
y espléndido con los sabios y los artistas. 

Tenía Nauhyotl por esposa á Xiuhtlatlzin, mujer de raras prendas, que com- 
partió con él las dulzuras y las fatigas del trono , y como él cautivó el corazón 
del pueblo. Muerto Nauhyotl el año 945, pudo Xiuhtlatlzin, gracias al amor 
que le profesaban los subditos , ceñir , contra las leyes de sucesión del reino , 
la corona de Tula. Desgraciadamente murió á los cuatro años, dejando por 
heredero y sucesor á su hijo Matlaccoatl, de quien, así como de Tlilcoatzin, 
que entró á reinar en 973, no recuerdan hecho alguno la tradición ni la 
historia. 

La historia, si de tal merece el nombre el conjunto de sucesos recogidos por 
los escritores del siglo XVI, no nos dice ya nada de la vida de los toltecas hasta 
llegar al año 994, en que da como elegido por rey de Tula á Huemac Atecpa- 
necatl, de la familia de los reyes de Colhuacan, hijo de Totepeuh, que lo era 
de Chalchiuh Tlatonac. Huemac, al decir de todos los autores, era hombre de 
saber , de prudencia , de gran celo religioso , aunque poco amante de los sacri- 
ficios, que restringió hasta donde pudo; y, á los ojos de todos los autores, pasa, 
no obstante, como la principal causa de la decadencia y la ruina del Im- 



DE AMÉmCA 35 



pin'io. T/is produjo, (licon, por liahorsi» prniulado cif>gamontfi do una mujer 
encantadora, (¡ue fué á ofrecerle miel ó viuo do Maguey, y por liaherse 
emiieñado, muerta su esposa, en que se reconociera por sucesor al li'ono á 
Topiltzin Acxitl, fruto de su adulterio. ' 

Castigábase el adulterio entre los toltecas con la muerte de los dos cómpli- 
ces. Grande fué la indignación de la nobleza y el pueblo, al ver sentado en el 
trono ;'i la adúltera y guardada la corona para un bastardo. Era esto, ala 
verdad, peligrosísimo en un país feudalmente organizado, de cuyos señores de- 
pendía en gran parte el poder de los reyes y la salud del Iniperio , en un país 
que por añadidura tenía en los chicliimecas , bárbaros del Norte, una per- 
petua amenaza. Esos chichimecas estaban constantemente en las fronteras 
del Anahuac , y costaba no poco trabajo contenerlos. Había fundado ya una 
de sus tribus el reino de Amaquenie é ingerídose otra en el de Otompan , esta- 
bleciéndose en los alrededores de Tezcuco. Otra, y es más, ocupaba por cesión 
de los reyes de Tula las pantanosas llanuras de Azcaputzalco. Estalla el ene- 
migo , no sólo á las puertas , sino también en lo interior del Imperio: bastaba 
el abandono de las fronteras para poner en gran riesgo la dominación de los 
toltecas. 

Levantáronse contra Huemac los príncipes que tenían al Norte sus feudos ; el 
más de temer, Hueliuetzin que se creía con derechos á la corona de Tula. Limi- 
táronse por de pronto á negarle toda obediencia y dejar de satisfacerle el tribu- 
to. Huemac, en vez de atacarlos, procuró ganar á otros de más valía para desde 
luego abdicar en favor de su hijo. Entró en negociaciones con Quauhtli y Maxt- 
lauzin, los más poderosos en tierras y vasallos, y les prometió nada menos que 
hacerlos partícipes del poder real si se decidían á favorecer su intento. Abdicó en 
cuanto los hizo suyos , é hizo coronar á Topiltzin Acxitl con inusitada pompa lo- 
grando que prestaran homenaje al nuevo monarca los señores todos del Reino, á 
excepción de los del Norte. 

Topiltzin demostró excelentes dotes en los primeros años de-su gobierno: des- 
colló sobre Quauhtli y Maxtlanzin , casi sus iguales , no sólo como rey , sino 
también como hombre. Mas se despeñó luego por el más desenfrenado sensua- 
lismo. No fué una, sino cien veces adúltero. Consiguió hacer instrumento de 
sus liviandades á dos sacerdotes , célebres antes por su santidad , después por 
sus infamias , y llevó la impiedad hasta el estremo de emplear la religión para 
satisfacer sus apetitos y cohonestar sus crímenes. Propagóse por días la corrup- 
ción á todas las clases, aun á las vírgenes que habían hecho voto de castidad 
y consagrádose al servicio del templo. Cihuaquaquil , gran sacerdotisa de la 
diosa de las aguas , fué un día á Cholula , y en el mismo santuario del templo , 



' Huemac Atecpanecatl ea el mismo rey que designa Veytia con el nombre de Tecpancaltzin. V. 
Veytia, Historia Anfujua d,' Méjico, cap. XXIX. 



36 HISTORIA i;eneral 



públicamente, se dejó requerir de amores por el pontífice de Quetzalcoatl , que 
había jurado no hablar ;'i mujer en los díns de su vida. Tuvieron un hijo, A 
quien pusieron por nombre Ixcatl, y en él vino f\ quednr vincubido el supre- 
mo sacerdocio. 

No bastaron a contener al rey las amonesta clones de sus padres ni las de sus 
deudos : no lo consiguió sino la superstición , de la que no había podido des- 
prenderse. Hueman, el sacerdote que en la peregrinación de los cien años 
dirigió á los toltecas, había profetizado que perecería su pueblo cuando lo ri- 
giese un liomlire de cabello erguido y naciesen colibríes con espolones, conejos 
con cuernos. Creyó un día Topiltzin reconocer estos prodigios en un conejo y 
un colibrí que había cazado en sus jardines; y, presa de un terror súbito, cam- 
bió de costumbres y ordenó sacrificios á los dioses. Mas como si estuviese ya 
decretada su ruina , llovieron calamidades sobre sus dominios : aguas torren- 
ciales que todo lo inundaban y destruían y huracanes que derribaban árboles 
y edificios: luego, prolongadas sequías, en que se agrietaba la tierra, se seca- 
ba el manantial de las fuentes y los arroyos , y hacía tal calor , que no parecía 
sino que lloviese fuego; fríos después, que helaban hasta los magueyes; pla- 
gas, por fin, de gusanos y gorgojos, que roían las plantas en los campos y el 
grano en los graneros : y como resultado de todo , un hambre que diezmaba las 
poblaciones. Llevaba el hambre al crimen, y había en todas partes cuadrillas 
de salteadores,, robos, tumultos, incendios. Están aquí conformes todos los 
cronistas : la tradición de tantos males había llegado viva hasta los tiempos de 
los españoles. ^ 

Aprovecharon la coyuntura los príncipes rebeldes del Norte para llevar la 
guerra al corazón del Imperio. Recibieron al punto embajadores que les pedían 
la paz y les ofrecían tierras; pero los desairaron sin dejarse vencer por los re- 
galos, que en riquísimos plumajes, tejidos de gran precio y joyas de oro guar- 
necidas de esmeraldas, les envió el rey de Tula. Topiltzin entonces, revistién- 
dose de valor, armó la gente que pudo y les salió al encuentro. Ya enfrente de 
sus enemigos, les despachó, sin embargo, nuevos embajadores, que por una 
parte les exagerasen las fuerzas de que disponía y por otra les recordasen la cos- 
tumbre tolteca de no romper las hostilidades hasta diez años después de la decla- 
ración de guerra. Logró con esto el propósito de evitar una batalla, en que por 
lo escaso de sus tropas no podía menos de ser vencido. 

Tuvieron Huehuetzin y los suyos más de un motivo para levantar el campo. 
Supieron la invasión de sus Estados por los chichimecas, y comprendieron 
la necesidad de ir pronto á contenerlos. Desgraciadamente no siempre pensa- 



' Esta hambre, al decir de Kiusborough, fué la que para los mejicanos puso fin íi la cuarta edad del 
mundo. V. Aniiquitics of México, vol. G." pág. 175. Gomara como veremos después, pone el fin de la 
cuarta edad unos siglos antes. 



m: AMKTiicA 37 



ron así ni ellos ni los rovos, ('oiim los romanos do] luiporio. onipozaron ;'i lins- 
car, para sobreponerse á sns rivales, el apoyo di' unos bñrbiiros qno eran p;ira 
todos un peligro y los habían ;d lin de envolver ;i lodos en una niisin;i eatás- 
trofe. Para colmo de mal, parece q\ie se rompió hasta la armonía que siem- 
pre había existido entre Otompan, Colhuacan y Tula: Ixtlitxochitl, en una 
de sus relaciones , habla de una victoria obtenida por Topiltzin sobre Nauhyotl , 
rey de los culhnas. ' Nauhyotl II era entonces efectivamente el jefe del Im- 
perio. 

Gracias ;V estas discordias , no tardaron en derramarse los chichimecas por los 
valles de Méjico. Se detuvieron los acxotecas en los alrededores de Tnla: Itaja- 
i'on los eztlepictines hasta más acá de Chalco. Trasmontaban estos frecuente- 
mente el PopOcatepetl, y llevaban la, inquietud y la alarniii á los pueblos del 
Mediodía, especialmente á Cholula. Habría podido detenerlos Nauhyotl. pero 
no lo hizo, satisfecho con ver que se alejasen de sus dominios. Fué á combatir- 
los solo Topiltzin, y aun tarde y por motivos puramente religiosos. No podía ni 
sabía tolerar el ostentoso culto de Nauhyoteuctli , que era el dios que adoraban . 
Pretendió ya en vano destruirlos: tantas batallas, tantas derrotas. No sólo no 
los venció; perdió, en tanto que los atacaba, la ciudad de Tula, (jine cayó en 
manos de los acxotecas. 

Es probable que hubiese entonces en Teotihuacan la asamlilea de que escribe 
Torquemada. Convencidos de que los afligían tantos males, por haber llamado 
sobre sí la ira de los dioses , reuniéronse , dice este autor , en Teotihuacan todos 
lo^ sacerdotes, príncipes y reyes para celebrar fiestas y sacrificios con que apla- 
carla. Después de raros prodigios, se les apareció, añade, uno de sus dioses y les 
reveló la urgente necesidad de abandonar la tierra. «No os esperan aquí, les dijo, 
sino calamidades , muertes , ruina : seguidme y os estableceré donde viváis tran- 
quila y sosegadamente.» ^ Dios merecía eu verdad ser llamado el que les diese 
tan oportuno consejo. 

Recoln-ó Topiltzin la ciudad de Tula por haberla evacuado los acxotecas á la 
muerte de Xalliteuetli , bajo cuyas órdenes vinieron; pero inútilmente. Presen- 
táronse á poco los chichimecas en las alturas del Anahuac . y cnljrieron el llano 
como las aguas de un río que salió de cauce. Saquearon á Otompan y Tezcuco; 
y, aunque hallaron resistencia en Colhuacan, de sol á sol la tomaron por asalto. 
Vino entonces Huehuetzin á reanudar la interrumpida guerra , y sonó la hora 
de la destrucción para el Imperio. No se amilanó la corte de Tula : hasta los pa- 
dres de Topiltzin, ya muy ancianos, tomaron parte activa en la organización y 
el mando de los ejércitos. Se dice que las mujeres acudieron á las armas, y las 
acaudilló la reina madre. 



' Ixtlilxochitl, Quinta relación. 

'' Torquemada, Monarqtiin In<ii(ina. lili. I, cap. XIV. 



TOMO I 



3S HISTORIA OENÜEAL 



Larga fué la guerra, poea^ las batallas. En la primera, sostenida por uno de 
lo-; generales de Topiltzin, sin stn- vencidos los de Tula-, debieron encerrarse en 
sus trincheras, y al fin, diyarlas y recogerse á la capital, sintiendo tras sí los 
pasos del enemigo. En la segunda, que dieron el rey y sus padres después de 
haber debido abandonar ;'i Tula , que entregaron á las llamas , quedaron derrota- 
dos hasta el punto de haber muerto en el campo la madre de Topiltzin y no ha- 
berse salvado los demás príncipes sino por la fuga. Ocurrió esta batalla junto á, 
los lagos de Méjico, y pudo Topiltzin ganar secretamente la isla de Xicco, en 
cuyas grutas hall(3 un seguro albergue contra sus fieros ^sencedores. Venía 
Huehuetzin acompañado de los demás rebeldes y tenía en su apoyo á los chicbi- 
mecas: contaba con ilimitados refuerzos, en tanto que los de Tula veían de día 
en día mermadas sus tropas y ningún medio de cubrir las bajas. Á los de Tula 
no les falti), con todo, el valor, sino la suerte. A causa de tan numerosas des- 
venturas, había empezado ya mucho antes la emigración de los toltecas: hallá- 
banse ahora dél)iles para luchar con enjambres de bárbaros. 

Veytia nos habla de otro combate más allá de Tlamanalco, donde perecieron 
ó se dispersaron los últimos restos de los toltecas. ' Lo cierto es, que Maxtlat- 
zin . uno de ios que Huemac asocio al trono de su liijo, después del desastre 
de los lagos se dirigió ;V Tula y se hizo fuerte en la cindadela de Toltecatepetl , 
que la defendía. No por esto pudo evitar que Tula cayera en poder de Hue- 
huetzin y los chichimecas. Logró solamente que la respetaran hasta el punto 
de buscarle entre los toltecas una sombra de rey á que dieron el noml)re de 
Huemac III. "^ 

Sobrevivió Tula á su propia ruina; pero sólo para volver á morir desgarra- 
da por las discordias, lo mismo de los vencedores que de los vencidos. Se ha- 
llaban ya divididos los chichimecas en dos grupos : los tolteca-chichimecas , que 
tenían por jefes á Icxicohuatl y Quetzaltehueyac , y los nonohualcas, á quienes 
capitaneaban Huehuetzin y Xelua. No podían los unos sobrellevar la suprema- 
cía de los otros, y l)iiscaban todos al infeliz Huemac por escudo de sus respecti- 
vas pretensiones. Terminaron al fin todos por hacerle blanco de sus iras, y des- 
pués de una implacable persecución le mataron en el fondo de una gruta. Yaotl, 
por su parte, avivaba en la ciudad y aun en el campo, el fuego de las guerras 
de religión , empeñándose en sostener á todo trance el bárbaro culto de Tetzcat- 
lipoca. Abandonado Tula por los chichimecas, se encargó ese Yaotl de darle con 
sus sicarios el golpe de muerte. 

Ni tuvo mejor fortuna Colhuacan, cabeza del Imperio. Nauhyolt había, al 
parecer, conseguido que los chichimecas se la dejaran como en feudo: debió 



' Historia antigua de Mí'Jico, ca,Y>- XWUl. 

' Diúse á este rey el nombre de Huemac III iior haberse dado también el de Huemac á Tetzcatllpo- 
ca, el sucesor y vencedor de Quetzakoatl. 



DE AMEKICA 



39 



ahora, para salvar la vida, ir á buscar asilo cu extranjero suelo. Fuó ;V morir 
en Guatulco, orillas del Pacifico. 

Huemac, padre deTopiltzin, tuvo aún, se dice, más lamentable suerte. Se 
refugió después de la batalla de los Lagos íi Chapultepec , y desde alli vio mo- 
rir una tras otra sus ciudades y sus esperanzas. No pudiendo resignarse al fin 
A tanta desventura, se colgó de las bóvedas de una gruta que le sirvi() de 
albergue. 

Así concluyó el imperio de los toltecas, que según todas las probabilidades, 
se extendía de mar á mar, entre los grados 16 y 21 de latitud Norte, si se in- 
cluyen en él sus muchos feudos. Concluyó, según Ixtlilxochitl, el año 958; 
según Brasseur, del 1060 al 1070; según Veytia, en 1116, á principios del si- 
glo xii. ' No por esto debe creerse que se extinguiera la raza ni desapareciera 
completamente de Méjico. Desaparecen así las tribus que viviendo de la caza ó 
de la pesca no cultivan los campos; no las naciones, por terril)les que sean sus 
desastres. Quedaron toltecas en toda la tierra del Anahuac, y más de una vez 
sentiremos su acción en los futuros sucesos. 

Eran los toltecas, al decir de todos los historiadores, de alta estatura, de 



' Ixtlilxochitl, Historia de las chic/iiinrcas. parte 1.', cap. III. — Brasseur de Bourbourg, Hi.ftoirr 
des nations cieilisócs du Muxiqn.i\ liv. 4., chap. IV. — Veytia, Hisíoria anii(/ui( de Méjico cíi\>. XXXIII. 
— Hé aquí ahora el catálogo de los reyes de Tula, según Brasseur y Veytia: 



9 

10 
U 
12 



Según Beasseue. 

Mixcohuatl-Mazatzin, rey en 752 

Huetzin 817 

I huitimal 8-15 

Qiietzalcoatl 873 

Tetzcatlipüca-Huemac 895 

Nauhyotl 930 

Xiuhtlaltzin, reina 945 

Matlalccoatl 949 

Tlilcoatzin 973 

Huemac II 994 

Topiltzin Acxitl 1029 

Huemac III 1062 



Secun Veytia. 

1 Uhalchiuhtlanetzin, rey cu 719 

2 Ixtlilcucchauac 771 

3 Huetzin 823 

4 Tütepeuh 875 

5 Naxacoc 927 

6 Mitl-Nauhyotl 979 

7 Xiuhtlatzin, reina 1035 

8 Tecpancaltziu 1039 

9 Topiltzin 1091 



Ixtlilxochitl, en su Historia de los c/iichimecas, da como reyes de Tula: 1." á Chalchiuhtlanetzin, que 
supone haber subido al trono el año 510; 2.° á Ixtliquechauac, que entró á reinar el 572; 3.° á Huetzin, 
que le sucedió el 613; 4.° ¿ Topeuh, que se ciñó la corona el 664; 5." á Xiuquentziu, que reemplazó á su 
esposo en 826; 6.° á Iztacquauhtzin, que le sucedió en 830: 7." á Topiltzin, que reinó del 882 al 958.— 
La variedad de nombres nace en gran parte de los muchos con que cada rey era conocido. 

Los reyes de Colhuacan ftieron, según Brasseur: 



1 Nauhyotl, rey en 717 

2 Nouohualcatl 667 

3 Yohuallatonac 815 

4 Quetzalacxoyatl 904 



5 Chalchiuh-Tlatonac, rey en 953 

6 Totepeuh 985 

7 Nauhyotl II , 1020 



Ni Veytia ni Ixtlilxochitl dan cuenta de estos reyes, 



40 IIISTOIUA liKNEÜAL 



bellas formas, algo más blancos y de más barbas que los demás chichimecas. 
Calzaban ordinariamente sandalias, se cubrían con mantas y unos como som- 
breros de paja ó de hojas de palmera. Aunque poco aficionados á la milicia , 
para ir á la guerra se vestían como de gala : se ceñían k la cabeza vistosos pena- 
chos, se pintaban el cuerpo, se ponían una banda de plumas y se adornaban 
con sus mejores joyas. Iban los soldados generalmente desnudos: no usaban sino 
del maxtle para ocultar lo que el pudor exige. Por toda arma de defensa tenían 
el escudo. Otras empleaban ya los jefes; el casco de colire ó de oro; la cota de 
algodón, impenetrable al dardo, que ajustaban sobre una túnica de lienzo. De 
los que lomaban parte en la guerra, unos eran ñecheros y llevaban el carcaj á 
la espalda, otros honderos y llevaban las piedras en bolsas colgadas del cinto. 
Blandían los demás, quién la macana, quién la maza con puntas de pedernal, 
quién la javalina. 

En agilidad no los ganaba nadie — podían correr sin descanso todo un día; en 
aptitud y fuerza para el trabajo, pocos los aventajaban. Beneficiaron los primeros 
las minas de Méjico , arrancaron los primeros la esmeralda de las duras rocas de 
granito. Construyeron vastos monumentos; levantaron enormes túmulos para 
guardar los restos de sus héroes é imponentes pirámides para sustentar los tem- 
plos de sus dioses. Amantes de lo grandioso, esculpieron para algunos de sus 
templos estatuas gigantescas. Colosal dicen que era en Teotihuacan la de la 
Luna, colosal debió de serla del Sol, de oro bruñido. Eran lostoltecas extrema- 
damente hábiles para cortar y cincelar la piedra; no lo eran menos para enca- 
lar las paredes, que más de una vez revistieron de ca})richosos mosaicos. Sobre- 
salían en otras muchas artes. Labraban el oro, la plata, el cobre, el ámbar; 
tallaban y pulimentaban las piedras preciosas y hacían toda suerte de alhajas; 
cocían y barnizaljan el barro y lo amoldaban á gran número de necesidades de 
la vida; hilaban el algodón, y principalmente por sus mujeres fabricaban ricas, 
variadas y primorosas telas. Tenían una industria especial entonces descono- 
cida en Europa: de las l)rillantps plumas de sus pájaros componían parasoles, 
rodelas, mantos, adornos y aun tapicerías para los muros de sus palacios. 

Conocían el arte de los jeroglíficos: por ellos trasmitían á las futuras genera- 
ciones sus más importantes acontecimientos. Un libro poseían en esta clase de 
escritura, que es lástima que no existiese ya cuando la conquista: el Tec- 
Amoxtli , que se dice compuesto por el sacerdote Hueman en los primeros años 
del reino de Tula y era , según parece , un resumen de las ciencias , las institu- 
ciones y la vida nacional de tan interesante ¡)uel)lo. Perpetuaban también los 
hechos en unos como poemas, que cantaban al son de la música en sus grandes 
fiestas. En cuanto á ciencias, las que más cultivaban eran la Medicina y la 
Astronomía . Habían medido con la misma precisión que nosotros el curso apa- 
rente del Sol y las revoluciones de la Luna : hablan dado nombre á muchas estre- 
llas. Creían en la influencia de los astros sobre el destino de los hombres, y 



DE AMÉmCA 41 



mezclaban malamente la Magia con la Astronomía; mas por a(|uellos tiempos 
sucedía otro tanto en Europa. 

Eran los toltecas, no sólo inteligentes, sino también morales. Tenían estable- 
cida la monogamia , castigaban duramente el adulterio , no eran nada blandos 
para los demás crímenes. Rendían hasta un exagerado culto á sus dioses. No 
juraban nunca; afirmaban simplemente bajo su palabra lo que decían. Se res- 
petaban los unos á los otros. Corrompiéronse sólo cuando se depravaron sus 
reyes. 

Tales fueron los toltecas como hombres. Como cuerpo de nación no fueron me- 
nos notables. Se elevaron pronto á, la idea de la unidad: la habían en cierto 
modo realizado aún antes de elegirse reyes. Si en los días de su larga peregrina- 
ción tuvieron siete capitanes, conviene recordar que sólo por uno eran regidos. 
Se relevaban los siete en el mando; no gobernaban nunca juntos. Estaba ademas 
sobre ellos el sumo sacerdote, una especie de pontífice. Ya de asiento los toltecas 
en el Anahuac , lo ha visto el lector , fundaron primeramente monarquías , más 
tarde un Imperio. Constituyeron una federación que , mientras subsistió, los hizo 
fuertes. Llegaron á la unidad sin menoscabo de la autonomía de cada pueblo, y 
aun dentro de cada pueblo tuvieron la variedad que nace del feudalismo. Ese 
feudalismo lo mató después; pero sólo cuando los reyes perdieron por sus vicios 
la autoridad que debían á sus virtudes. 

Contribuyeron además, á matar á los toltecas, las cuestiones religiosas, que 
habían empezado por darles movimiento y vida. Se envenenó de día en día la 
lucha entre el templo de Quetzalcoatl y el de Tetzcatlipoca , y los llevó á fre- 
cuentes tumultos y escenas de sangre. Lo que no produjo la división de clases, 
lo hizo la de cultos. Entre los nobles y los plebeyos toltecas no se dice que 
hubiese jamás discordias. Tampoco entre los hombres de guerra y los sacerdotes. 
Los soldados de Cortés encontraron en Méjico , no sin asonbro , una como orden 
de caballería á que daban los indígenas un remoto origen: ¿existiría ya, como 
pretende Brasseur, en tiempo de los toltecas? En aquella orden iban, al parecer, 
á refundirse todas las clases del Estado. Para ser admitidos en ella, no se pre- 
guntaba á nadie por su condición , sino por sus hechos. ¿Se la habría creado 
para mantener la buena armonía entre el patriciado y la plebe , el templo y la 
corte? 

Llevaban los individuos que la componían el nombre genérico de Nahual 
Teteuctin, maestros de la sabiduría ó de la ciencia, y estaban divididos en las 
siguientes categorías: los tzompan-teteuctin ó los jueces, los xiuh-teteuctin ó los 
caballeros de la esmeralda , los quauhtli-ocelotl ó las águilas-tigres , los tlotli- 
cuetlachtli ó los halcones-lobos, y por fin, los totozamés ó los topos. Estaba la 
Orden envuelta en el misterio . como aquí la masonería, y se dice si llevó á 
cabo grandes empresas. ¿Tendría también iin origen religioso? Si fué realmente 
creación de los toltecas, acredita el genio político de este pueblo. Es político. 



42 inSTOKlA (3ENEEAL 



sobre todo en civilizaciones no muy adelantadas, contrarestar el ospiñtu de 
clase y establecer vínculos entre los hombres. 

Fueron grandes los toltecas, y tengo para mí que extendieron su cultura más 
allá de los límites de su imperio. O mucho me engaño, ó se los ve cuando 
menos en las naciones que ocuparon la tierra de Yucatán y Guatemala. El 
Pojiol—V/fh es en algunos puntos un vivo reflejo de las tradiciones de Méjico. 
Creían los mejicanos del tiempo de la conquista, según refiere Gomara, que el 
mundo había pasado ya por cuatro edades ó soles , y no había empezado á lucir 
el quinto Sol sino después de veinticinco años de tinieblas. Á los quince de tan 
grande oscuridad, decían, nacieron el hombre y la mujer, que desde luego 
procrearon. ' El Pojiol-VnJi supone también formados los actuales hombres antes 
de brillar la nueva aurora. En la oscuridad, dice, surgieron y se multiplica- 
ron. En la oscuridad dejaron su patria y fueron ;'i Tulan-Zuiva. En la oscuridad 
continuaban cuando salieron de Tula y llegaron á la cumbre de C'hi-Pixab con 
sus dioses. Tenían allí centinelas mirando á Oriente para acechar el instante en 
que saliera la estrella de la mañana, precursora del día. Vieron brillar el Sol en 
Hacavitz, y quemaron al punto incienso, y danzaron majestuosamente vertien- 
do dulces lágrimas. "^ 

El mismo Popal- Vidi revela el común origen de los quichés y las tribus que 
poblaron los valles de Méjico. Según él, ya que han visto los quichés el Sol, se 
acuerdan de los yaquis, de quienes se separaron, y entonan el cántico kamucít 
entre gemidos y sollozos. «¡Ay! cantan, nos perdimos en Tula: nos dividimos y 
dejamos atrás á los yaquis. Heiuos visto nosotros el Sol; ¿dónde estarían ellos 
al parecer la aurora? Nuestro Dios es su Dios; Tulan-Zuiva, la cuna común de 
toda nuestra raza.» En las comarcas de Méjico, añade el Poj)ol-Vnh , que vie- 
ron los yaquis brillar el nuevo día. ^ 

Hallo aún entre el Popol-Vuh y las tradiciones de Méjico otra singular se- 
mejanza. Habla Sahagun de los guaxtecas, rama de los toltecas, y los pinta 
amigos de embaimientos. Complacíanse, dice, en hacer tomar por realidades 
vanas apariencias. Hacían ver un edificio entre llamas cuando no ardía, lleno 
de peces el mar de una fuente , cuando peces y fuente no eran sino ilusiones de 
los sentidos, despedazado su propio cuerpo cuando estaban vivos é incólumes. ■* 
Véase ahora cómo en el Popol-V/fh se vengan Xhunahpu y Xbalanque de los 
reyes de Xibalba. Matan delante de los reyes á un perro y al punto lo resucitan. 
Pegan fuego á una casa, y cuando está en ruinas la vuelven á su antiguo esta- 
do. Abren el pecho á un hombre, le arrancan el corazón, lo enseñan humeando 



' Gomara, ConqnixUidc Méjico, párrafo «Cuatro soles (jiic son edades.» 

* Popol-Vuh , parte 3.\ del cap. I al IX. 
' Popol-Vu/i. parte 3/ cap. IX 

* Sahagun, Ilisioria Uniccrml dv lus cvsui de Ntwva-Espaíia, lib. X, cap. XXIX, j^^rrafo 14. 



DE AMERICA 43 



á los atónitos iuo!i;ircas. y un niouienio (lospues el lininld'o oslú Heno de vida. 
Xhunahpii corta por lia la calveza ;'i Xbalanque y lo hací! cuartos. Levántate, le 
dice luég'o, y Xl)alanque se levanta. Llenos de asombro y de curiosidad los re- 
yes, quieren entonces pasar por esa fingida muerte. Xhunahpu y Xbalanque 
los matan , y no les devuelven la vida . ' 

Se observa esa comunidad de origen en algo m;'is que en simples tradiciones. 
En todos los pueblos que se extendían desde el río Tabasco al istmo de Panamá 
acostumbraban los hombres á teñir de su propia sangre la cara de los ídolos ; las 
inujeres á dejar sobre los altares i'rutas y flores ó inmolar mariposas y pájaros. 
Se solía construir los templos sobre pirámides , orientarlos y darles una piedra 
para los sacrificios , una escalera rápida por donde despeñar los cuerpos de las 
víctimas. Había parecidas ceremonias y ritos. Estaban más ó menos en vigor 
el bautismo, la confesión y el ayuno. Prevalecía la monogamia y se castigaba 
también con rigor á los adúlteros. Regía el principio monárquico. Los nobles, 
subordinados por más ó menos tiempo á la Corona, se hacían barones feu- 
dales. 

Desde remotos siglos se conocían, por fin, en todos aquellos pueblos los jero- 
glíficos; también los sistemas cronológicos. Jeroglíficos los hallamos hasta en 
alguno de sus más antiguos monumentos. Lo's de los alcázares de Palenque tie- 
nen todo el aire de una escritura; los de los templos y palacios de Yucatán nos 
ha dicho ya Lauda, que son en parte figuras, en parte letras. ^ No se parecen 
mucho los jeroglíficos de las distintas naciones; pero sí los sistemas cronológi- 
cos, basados todos sobre el de los toltecas. Son, por ejemplo, escasísimas las di- 
ferencias entre el de Yucatán y el de Méjico. Distinguíase principalmente el de 
Yucatán, en que además de los ciclos de 52 y 104 años, tenía otro de 312, que 
"se componía de trece ahau-catunes , ó sean épocas de 24 años. Distinguíase tam- 
bién, pero sólo aparentemente, en la manera de dividir el año. Si lo dividía en 
veintiocho semanas de trece días , lo dividía también en diez y ocho meses de 
veinte, intercalando en uno y otro caso los días necesarios para completar los 
trescientos sesenta y cinco. En realidad no hacía más que refundir en uno el 
calendario sacerdotal y el civil de los toltecas. Estas eran, sin embargo, las di- 
ferencias de más monta. 

Que se derramasen los toltecas por la América Central , me parece fuera de 
duda. Es difícil, ahora como siempre, determinar cuando lo hicieron. Si 
hubiéramos de creer á Sahagun', lo habrían verificado en remotos tiempos. «Los 
toltecas, dice, vinieron del Norte y desembarcaron en Panuco. Descendieron 
después, por la ribera del mar hasta Guatemala, sin perder nunca de vista las 
sierras nevadas y los volcanes. Se establecieron en Tamoanchan, donde vivie- 



Popol-Vuh, parte 2.% cap. XIII. 

Landa, Relación de las cosas do Yucatán, párrafo 41 



44 histuhia i;k.\keal 



ron miu'lios años. De allí fueron á Tollantzingo.» ' ('uaudo su larga peregrina- 
ción de un siglo , afirmada por todos los escritores , me parece á la verdad muy 
probable que recorriesen la costa occidental del Golfo. No me lo parece menos 
que se esparcieran por las márgenes del Tabasco y del Uzumacinta, y aun por 
la provincia yucateca, al ser expulsados de Méjico. Así lo dice Torquemada, así 
lo indica una de las relaciones de Ixtlilxochitl , y así lo creo. '^ No se me hace 
tampoco difícil creer que entre los dos períodos hubiesen llegado tan al Medio- 
día. Nadie ha podido aún definir los límites de su imperio; y Landa, como se ha 
visto, asegura que en Yucatán había l;i tradición de haber bajjado de Méjico 
Quetzalcoatl , antes ó después de los itzas. No son, en mi sentir, contradicto- 
rias las tres opiniones, sino complemento la una de la otra. Entiendo que el 
desarrollo de la vida social hubo de ser poco menos que simultáneo en Méjico y 
en las naciones de la América Central , sobre todo , si nos circunscribimos á las 
que miran al Golfo. 

Fijar ahora lo que aconteció en estas naciones mientras recorrieron y domi- 
naron el Anahuac los toltecas, es punto menos que imposible. Diré lo que 
alcanzo á vislumbrar en medio de tantas tinieblas. Los quichés, según el Popol- 
Vuh, procedían de un lugar que tenía siete grutas ó barrancos y se llamaba 
Tulan-Zuiva. Sahagun dice, que 'de un lugar donde había siete cuevas se 
esparcieron por distintos puntos , antes de haber llegado á Tulanzingo , los tol- 
tecas y los pueblos que los acompañaban. ^ Esto permite, cuando menos sos- 
pechar que los quichés eran uno de esos pueblos , y entraron en tierra de Guate- 
mala antes de la fundación de Tula. Entre la fundación y la destrucción de 
Tula, mucho pudieron y debieron hacer de lo que el Popol-Vith les atribuye. 

Hiciéronse fuertes los quichés en Hacavitz , y sostuvieron , con el favor de sus 
dioses, el ataque de las tribus indígenas, que pinta el Popol-Vuh, provistas de 
arcos y ñechas, defendidas por escudos y ricas armaduras, y adornadas de co- 
llares de oro. A^encidas ya, perdieron á sus caudillos Balam-Quitze , Balam- 
Agab , Mahucutah é Iqi-Balam , y fueron gobernados por Qocaib , Qoacutec y 
Qoahau , hijos de los tres primeros; jefe el uno de los hombres de Cavek, el 
otro de los de Nihaib y el otro de los de Ahau-Quiché. Qocaib, Qoacutec y Qoa- 
hau partieron ante todo á Oriente en busca de la corona y el título de reyes. Pa- 
saron al efecto el mar y se dirigieron á un gran señor llamado Nacxit, juez úni- 
co, de un poder sin límites. Tra,jeron de allí, dice el Popol-Viih, no sólo las in- 
signias del poder real . sino también el arte de pintar y de escribir de Tula para 
consignar y guardar los acontecimientos de su historia. ¿Habrían ido real- 



• Saliiígun, Hií-ioria Unrccrsuí de las roms do Nueea-España. Prólogo y lib. X, cap. XXIII; párra- 
fo 14. 

' Torquemada, Monarquía indiana, lib. 1, cap. XIV.— Ixtlilxocliitl, parte 1.', relación 5." Este au- 
tor los lleva en su Historia de los chiclnincras hasta Nicaragua. — Parte 1.', cap. 4." 

' Sahagun, Historia ljnirrri<al do las rosas do Niiora-F.spiiña. lib. X, cap. XXIX. párrafo 14. 



DE AMÉEICA 45 



mente ú Tula? ¿Habrían ido á Oolluiacau, silla del iniperío? ¿Qiiién era entonces 
Nacxit? 

Ya de regreso en Hacavitz los tres reyes, tomaron nuevamente sohre sí el 
gobierno de las tribus. Gran regocijo produjeron en las de Ral)iuaL Cakcliiquel 
y Tziquinaha; pero no, á lo que parece, en las de Tamub ó Ilocab. Siguieron, 
no obstante , tranquilos . y crecieron de modo que , no cabiendo ya en el monte , 
buscaron nuevas colinas donde establecerse. Fundaron muchos pueblos, cam- 
biaron el nombre de los que ya existían . y ensancliaron de año en año los lími- 
tes del Reino. Sus sucesores hubieron de trasladar ya la capital á Chi-Quix, 
que dividieron en cuarteles , según costumbre de los toltecas ; y los cuatro reyes 
la mudaron otra vez á Eu-Izmachi, donde hicieron las casas de cantería. 

Grande y magnífica se hizo á la sazón En-Izmachi ; pero no contenía aún los 
veinticuatro palacios que tanta grandeza le dieron. No contenía sino tres, uno 
para cada una de las tres casas. 

Los reyes no habían hasta aquí pretendido ejercer una autoridad al)Soluta. 
Los de Cavek, que eran entonces dos, Iztayul y Cotuha, pusieron en la capital 
su escudo como señal de poder, de majestad y de grandeza; y concitaron contra 
sí las iras de una de las tribus. Alzóse en armas la de Ilocab, que no quería sino 
un rey, y éste consigo; y amenazó de muerte á los dos monarcas. Tomó al 
pronto la ciudad y la pasó á degüello; mas cayó al fin en manos de Cotuha, que 
la castigó cruelmente , sacrificando á, no pocos en los altares de Tohib , su dios , 
y reduciendo íi los más á dura servidumbre. Ahogada así en sangre la protesta, 
no tuvo ya el poder real límites ni freno. Presentáronse en todas partes los que 
lo ejercían acompañados de un brillante séquito, aterraron á las pequeñas y á 
las grandes naciones con la amenaza de inmolar (i los cautivos, y, ebrios de 
orgullo, empezaron á consumir en banquetes y orgías los tributos de los pueblos. 
«Reuníanse, dice el texto, las tres familias en uno de sus palacios, y allí be- 
bían sus bebidas y comían sus comidas, precio de sus hermanas y de sus 
hijas; y alegre el corazón, no hacían más que comer y beber en sus pintadas 
copas.» 

Después de Iztayul y de Cotuha, fueron reyes de Cavek otro Cotuha y Gucu- 
matz , rey maravilloso , al decir del Popol-Vnh, que cada siete días subía al 
cielo, se abría un camino para bajar á Xibalba, y se trasformaba en serpiente, 
en águila, en tigre, en sangre coagulada. La magia se ha visto ya que era una 
de las pretendidas ciencias de aquellos pueblos. Empezaron estos dos reyes por 
llevar la capital á Gumarcaah , cuyas casas hicieron de cal y piedra al rededor 
del templo de Tohil, que pusieron en lo más alto. Grande fué allí su pujanza á 
pesar de haber estallado la discordia entre las primeras familias , que , exaltadas 
por la rivalidad y los celos, se hicieron la guerra y se arrojaron las unas á las 
otras las cabezas de los muertos. Con el fin de poner término á tan deplorables 
luchas distribuyeron las altas funciones del Estado entre veinticuatro príncipes, 



22 



40 nisi'dliíA (;KNKl;.\r. 

nueve de l;i casa de Cavek. nueve de la de Nihaili. cnatro de la de Ahau-Quiché 
V dos de la de Zakik: y, luéií'O de restablecida la i)az. crecieron v se encumhra- 
ron de modo, que se les sometieron sin violencia las vecinas y aun las apartadas 
naciones. ( 'aulivábanlas sobre todo los prodigios de Gucumatz, en f[uien poco á 
poco se acostumbraron á ver el jefe de los pueblos. 

Tepepul é Iztaynl, sucesores de Cotuha y Gucumatz, vivieron tranquilos y 
prósperos: no ya E-Gag-Quicab y Cavizimah, la séptima generación de reyes. 
Preponderaba la casa de Cavek sobre las otras dos, y por esto me limito á 
citar á sxis monarcas. Levantáronse entonces por su independencia, no sólo las 
naciones recientemente puestas bajo el yugo de los quichés, sino tanibien ciuda- 
des conid las de los rabinales y los cakchiqueles. Cayó Quicab sobre unas y otras 
y entrándolas por fuerza las arruinó y devastó los campos. Por el terror domi- 
nó y abati() á los pueblos : pasó por todas partes como el rayo que rompe basta, las 
piedras. Prisiuneru que cogió, le hizo atar <á un árl)ol y matarle á flechazos. Así 
^■olvió á poner bajo su cetro las mal domadas gentes. 

Sobradamente comprendía, sin embargo, Quicab lo poco SíUidas que eran 
tan rápidas conquistas. Para asegurarlas reunió ú los demás reyes y ;l 
los príncipes, y les encareció la necesidad de colonizar los países vencidos, 
mantenerlos en estado de guerra y convertirlos en murallas y baluartes del 
Imjjerio. «Los príncipes son, dijo, los que han de tomar á su cargo tan ruda 
tarea;» y los príncipes salieron cada ciuü á su puesto con sus respectivas tropas. 
De aquí nació el feudalismo. Esos adelantados, á quienes se daba el nombre 
de jefes de lanzas y jefes de hondas, se hicieron héroes, y llevaron todos los 
días á sus reyes nuevos cautivos y nuevos tributos. C 'recio su orgullo al par de 
sus victorias , y hablaron cada vez en lenguaje más altanero á sus monarcas. 
Se reunieron y lograron al fin imponérseles. «Alcanzaron el título de guerreros 
y el de jefes de vasallos, tuvieron sus sillas, sus tronos, y fueron, dice el texto, 
los vigías y los escuchas , los baluartes , las puertas , los miiros y las torres que 
defendieron la nación quiche. ^> 

Suspendo aquí el curso de esta historia, manifestación viva y elocuente de 
las leyes generales á que obedecen en su desarrollo los pueblos, porque no 
puedo suponer qne pasaran más acontecimientos entre los quichés hasta la 
expulsión de los toltecas. Durante el mismo período hubo de ser la península 
de Yucatán teatro de no menos importantes sucesos: desgraciadamente no 
tengo para seguirlos ni siquiera un Popol-Vuh que me sirva de guía. No dis- 
pongo de otro documento qiie de una especie de apuntes cronológicos escritos 
en lengua maya, que Brasseur tradujo al francés y publicó junto con la Rela- 
ción de las cosas de Yucatán, de Diego de Landa, y éstos tan pobres y en tan 
poca armonía con los pocos datos que encuentro en los libros españoles del tiem- 



' Po/<o/-V'í(//— Parto 4.-', cai.ítiilos del I al X. 



I)K AMEIUCA 



po de la conquista, que apenas si l)astau más que [)ara ('oníundiniic y luicer 
vacilar mi pluma. 

Iníiero de cuanto he leído , que los primeros pobladores de Yucatán debieron 
de ser los itzas: no me atrevo á tomar en cuenta la opinión de los que creen que 
fueron los judíos. Hubieron de fundar los itzas varias ciudades: entre ellas 
tierra adentro la de Chíclieu , orillas del mar la de Champoton , que está sobre 
el Golfo. No debieron de tardar mucho en verse frente á frente con los tutul- 
xius, que venían al parecer de Chiapa. Los tutulxius, según los referidos 
a¡)uutes, entraron en la Península por el Mediodía á filies del siglo v; se esta- 
blecieron eu Ziyan-Caan, que estaba al Oriente, junto á la bahía de Cliecte- 
mal, á principios del vin: emprendieron en el mismo siglo la conquista de 
Chícheu. Vencidos los itzas hubieron de recogerse á Champoton, entonces 
Champutun, donde estuvieron por de pronto al al)rígo de los invasores. 

Quiénes fueran los tutulxius no lo asegura nadie : se sospecha que fuesen de 
la raza náhuatl lo mismo que los toltecas. Menos conocido aún es el origen 
de los itzas. De éstos se ignora hasta lo que hicieron antes de su salida de 
Chícheu. Se los dice sólo regidos por unos hermanos que al principio se distin- 
guieron de los demás hombres en lo religiosos y lo castos , y después , ausente 
lino, se entregaron á tales desórdenes, que suscitaron contra sí las iras de los 
subditos y murieron á manos de la muchedumbre. 

Poco antes ó poco después de la muerte de estos hermanos , refieren nuestros 
escritores que llegó á la Península aquel Cuculcan de que antes he hablado, al 
parecer el mismo Quetzalcoatl de Tula. Á él atribuyen la fundación de Maya- 
pan, cabeza de todo un reino, que estuvo situada á unas quince ó diez y seis 
leguas del mar y unas ocho al Mediodía de la actual Mérida. Dicen que dio á la 
ciudad gobierno y leyes , y años después la dejó por Méjico, de donde había 
venido. Ausente ya, reuniéronse, añaden, los señores de Mayapan y confiaron 
el mando supremo de la República á la familia de los cocomes, por ser la más 
antigua ó la más rica, ó quizá por tener entonces á su frente á un hombre de 
más energía. 

Poco después, allá en el último tercio del noveno siglo, fué arrebatada 
Chíchen á los tutulxius, no se sabe por qué gentes. Sábese sí, que los vencedores 
echaron allí raíces hasta constituir un nuevo Estado. Los vencidos no pensaron 
ya en recobrar la ciudad; pero tampoco en abandonar la Península. For- 
tificáronse hoy en uno , mañana en otro punto, y al fin arrojaron de Cham- 
poton á los itzas, que por muchos años anduvieron errantes, durmiendo ya en 
las rocas, ya en el fondo de los bosques. Extendiéronse desde allí los tutulxius 
por las sierras que caían enfrente de Mayapan , como á diez leguas de ciudad 
tan famosa, y las poblaron y las enriquecieron con grandes y suntuosos 
monumentos. 

Celebróse á la sazón entre los tutulxius. los cocomes de Mayapan y los jefes 



48 . HISTORIA GENERAL DE AMERICA 



de Chichen una confederación parecida á la de los toltecas. Lo indican tanto los 
escritores europeos como el autor de los apuntes. Confederación que no fué 
por cierto tan afortunada como la de Tula , Colhuacan y Otompan , pues se- 
gún se verá más tarde , no impidió entre los tres Estados guerras que aun 
duraban cuando la conquista. Nació al concluir la de los toltecas, y por esto 
no digo aliora por dónde fué á su muerte. ^ 

Tampoco hablaré de las naciones al Mediodía de Yucatán y Guatemala. 
Si tienen, como creo, una historia anterior á la destrucción de Tula, no 
la conozco. Algo acerca de eUa podría decir aprovechando las mil y una ñvbu- 
las de que están sembrados los anales de América, pero no me he propuesto 
escribir sino lo que tenga visos de racional, ya que no un carácter rigorosa- 
mente histórico. Á ser otro mi intento, no habría empezado la relación de 
los hechos de Guatemala en los quichés , ni la de los sucesos de Yucatán en los 
itzas: me habría remontado á más antiguos tiempos. 

Tal vez se me pregunte i)or qué he comprendido entonces los pueblos de 
Guatemala á Panamá entre los civilizados de Occidente y por qué en el pri- 
mer grupo. He dicho y repito que se ven de Panamá á Guatemala vivos 
reflejos de la cultura de los mejicanos. En Honduras, por ejemplo, encontra- 
ron los españoles reducida á cultivo la tierra, adelantadas las artes cerámi- 
cas, en uso la pintura jeroglífica y el sistema cronológico de los toltecas; en 
Nicaragua , en la tribu de los chorotecas , los anales y las leyes , escritas casi 
con las mismas figuras que habían visto en los libros de Méjico ; el oro mara- 
villosamente vaciado y labrado. '■^ 

Pero es hora ya de que refiera los acontecimientos posteriores á la destruc- 
ción de los toltecas. 



' St'i'ie lie las ('-pocas de la tiistoria Ma;/a, pa.tc de la colección de documentos de Brasseur. — Heta- 
cion de las cosas de Yucatán, por Diego de Lauda, párrafos del ñ." al 8.° — Herrera. — Historia general 
de los hechos de los castellanos en las islas y tierra Jirine del Mar Océano. Década 4.", lib. I, cap. III. 

* Herrera. — Historia general de los hechos de los castellanos. — Década 4.', lib. VIII, cap. III.— 
Década 3.", lib. IV, cap. VII. — Gonzalo Fernández de Oviedo, que estuvo en Nicaragua cuando la con- 
quista, hasta hace mejicanos á los chorotecas. Hablan, dice, la misma lengua que en Méjico. — Historia 
de Nicarajua, cap. I. 



CáPÍSÜ'LO V 



Quiénes eran los chichimecas.— Hasta donde se extendían al Sur y al Nort«.— Dascripcion de sus costumbres y su carácter, 
—Quién los {gobernaba cuando la destrucción de Tula.— Emprendí X jlotl la conquista del imperio de los toltecas.— Llega 
á Tula.— Funda la ciudad de su nombra en la falda dsl cerro de Xaltocan.— Funda la de Tenayucan en la margen 
occidental del lago de Méjico y establece allí su corte. -Reparte entre los jefes tierras y vasallos.— Ujcibe á otros jefes cUi- 
chimecas y les da también tierras separándolos para que no puedan concertarse en su daño.— Política que sigue respecto 
de los toltecas.— Los toltecas se reconstituyen principalmente en Colliuacan y recobran parte de su grandeza.— Regidos por 
Nauhyotl, llegan á inspirar temores al emperador de los chichimecas. — Xolotl exige á Nauhyotl el pago del feudo, y al sa- 
ber que Nauhyotl se niega á satisfacérselo, envía contra él á Nopaltzin, su hijo, que le derrota y mata en una batalla.— 
Xolotl pone por rey de Colhuacau á Achitometl y casa á Nopaltzin con una de las hijas de Pochotl.— Influencia do los 
toltecas sobre los chichimecas.- Llegada de los aculhuas. los tocpanecas y los otomies.— Se establecen en Coatlychan, 
Xaltocan y Azcapotzalco.- Se multiplican los señoríos y se subdividen los feudos. — Xolotl les reparte tierras.— Se las 
reparte también á sus propios hijos y á los seis capitanes que con él vinieron á Méjico. —Ventajas del sistema feudal esta- 
blecido por los chichimecas.— Disturbios á que venía ocasionado.— Rebelión de Yacanex.— Rebelión de Acotocli. — Ambas son 
dominadas y vencidas.— Otra conspiración de que habla Brasseur.— Motivos de discordia que había en el Imperio.— Muerte 
de Achitometl en Colhuacan y de Xolotl en Tenayuca.— Edad de Xolotl.— Nopaltzin le sucede en el trono.— Sus reformas y 
sus leyes.— Conducta de Ycxochitlanez en Colhuacan.— Adelanta la civilización en Anauhac, sobre todo bajo el imperio de 
Tlotzin-Pochotl.— Relaciones de Tlotzin con el sacerdote Tecpoyo AchcauUtli.— Hechos notables do Tlotzin.— Estado gene- 
ral de los chichimecas. — Nuevas divisiones torritorialos y nuevos feudos. 







"^ EGUN dije en el capítulo tercero, bajo el nombre de 

^4 < chichimecas vienen comprendidas muchas y muy 

diversas gentes. Los dejé establecidos en las már- 

j genes del Gila: falta decir hasta dónde se exten- 

^dieron desde su llegada á la dispersión de los toltecas. 

Bajaron hacia el Mediodía á las fronteras del reino de 
Tula; hacia el Septentrión no es fácil determinar hasta 
dónde subieron. En el siglo xvi, siendo virey de Méjico 
D. Antonio de Mendoza, hicieron nuestros soldados una ex- 
pedición al Norte desde Compostela. Atravesaron Xalisco, Cina- 
Iba , la Sonora , los ríos Gila y Colorado y casi toda la California 
Superior sin abandonar nunca la cordillera occidental ni per- 
der de vista las costas del Pacífico. Hasta en lo más boreal en- 
contraron poblaciones parecidas á, las de Nueva España. Á más 
de ciento veinte leguas del Gila descubrieron cinco provincias 
que les llamaron la atención por lo cultas. 

Tenían los pueblos que las componían consejos de ancianos que los goberna- 
sen y sacerdotes que les recordasen sus deberes sin exigirles sacrifi- 



50 HISTOKÍA (íKNERAL 



cios de sangre. Vivían en casas de mampostería que edificaban en común con 
ayuda de las mujeres. No disponían de cal, pero la suplían con una mezcla de 
carbón, tierra y ceniza. Conocían los sótanos y los lialiían convertido en ver- 
daderas estufas. Los enlosaban á la manera de los baños de Europa, ponían 
en medio uno como brasero donde arrojaban de vez en cuando puñados de 
tomillo. Allí habitaban los varones, arriba las liembras. Constaban las casas 
hasta de cuatro pisos , sin que por esto fueran de más de tres pies de espesor 
las paredes. 

No sólo cullivaban uquellos hombres las artes de construcción. Hilaban 
también y tejían, adobaban las pieles, eran hábiles alfareros. Hacían vajillas 
de barro cocido y barnizado y jarrones de esmerada forma. Ni desconocían 
tampoco la agricultura , jior más que la tierra no les exigiese grandes labores 
para darles sus frutos. Recogían gran cantidad de maíz y lo amasaban con 
mucho cuidado y limpieza. Tenían consagrada á tan importante trabajo una 
pieza donde hal)ia tres piedras y un horno. Las mujeres que habían de hacer 
el pan no entraban en el cuarto sin antes recogerse el pelo y cubrirse la cabe- 
za, sacudir los vestidos y quitarse los zapatos. Una rompía el grano , otra lo 
machacaba, oirá lo hacía harina , y en tanto un homlu'e tocaba á la puerta la 
dulzaina. Desleían luego la liarina en agua caliente, y hacían finas y muy 
delgadas tortas. Señales todas de no escasa cultura. 

Hombres y mujeres iltan todos vestidos á excepción de las solteras, que no 
podían cubrirse ni aun en los más rigorosos fríos. Llevaban los hombres una 
especie de camiseta de cuero tundido y encima un ropón de pieles. Tenían 
armas; y eran, aunque de carácter dulce, fieros en la defensa de sus hogares. 

La mujer gozaba de bastante consideración y estima. Fuera de hacer yeso 
para la edificación de las casas , estaba enteramente consagrada á los negocios 
domésticos. Ni casada ni soltera, ilia jamas al campo ni al bosque. Al contraer 
matrimonio recibía en los hombros un manto que su novio haliia debido hilarle 
y tejerle, y no podía ya ni bajar á los sótanos, como no fuese para llevar la 
comida á su esposo ó sus hijos. ' 

En comarcas menos distantes , como á ochenta leguas del Gila , vieron tam- 
bién nuestros soldados una provincia que llamaban Cíbola, donde había casas 
de tres y más altos; se labraba la tierra, se tejía el algodón y se hacían ropa- 
jes de pluma; usaban las mujeres el faldellín y los hombres el maxtle; se re- 
unían los varones todos para deliberar sobre los negocios públicos, y al salir el 
Sol, sentada en silencio la muchedumbre, recogía las palabras de un sacerdote 
que desde una eminencia les enseñaba á practicar la virtud y aborrecer el 
vicio. No tenían tampoco estos homlires más de una mujor. ni dejaban de 
considerarla. Eran laboriosos, miraban la cruz como un símbolo de paz, y 



' Relación r/rl cinje '/<: Cibuhi. \hw D. Pedro Ca-stañcda.— l'artc 2.', cap. IV, 



W. AMEíaCA 



iiiioin;il»,-iu ;i los inuci'ln^ i'dii las liíM-raiiiiciiiiis qiio haLíaii usado on vida. ' 

Hallaron, por lin. nuestros españoles en cuanlo recorrieron, evidentes mues- 
tras de una civilización más ó menos adelantada, y en todas partes, repito, 
algo, ya en los edificios, ya en los trajes, ya en las costumbres, que les recor- 
daba ;'i, Mf^jico. Se lo recordaba naturalmente mucho más lo que vieron y 
observaron más acá del Gila: en Suya, en la Sonora, en Petatlan, en (.'alia- 
cán, que era el límite septentrional del Vireinato. Había aquí ya ritos y lenguas 
muy semejantes á los que tenían conocidos. 

Los cliichimecas debieron por la tanto ocupar una considerabilísima extensión 
de tierra: de Mediodía á Septentrión por lo menos desde los veintidós á los cua- 
renta grados. No deljíó ser de mucho tanta la que ocuparon de Oriente á Occi- 
dente , cuando los toltecas habitaban en parte las costas del golfo de Oalifornia y 
el espacio que se extendía entre las dos cordilleras y se conocía con el nombre 
de grandes llanuras estaba desierto y era cuando más pasto de bisontes y abrigo 
de tribus bárbaras; pero aun en esta dirección debieron abarcar mucha del Gila 
abajo á juzgar por lo que escribe Alvar Nuñez Cabeza de Vaca en la relación de 
su penoso' viaje desde la Florida á la Nueva Galicia. Cien leguas al Este de Cu- 
liacan encontró Nuñez pueblos de asiento fijo que cultivaban el maíz y las ju- 
. días, tejían el algodón, iban vestidos y calzados, eran limpios, no miraban mal 
á la mujer y amaban las joyas hasta el punto de ir al Norte á trocar por esme- 
raldas las pli;mas de siis pájaros. - 

Se extendían los chichimecas por vastísimas regiones; pero sin formar un 
solo cuerpo ni en lo social ni en lo político. No sólo estaban divididos en 
multitud de gentes : no las tenían ligadas á todas por los vínculos del Impe- 
rio. Bien porque no hubiesen venido juntas, bien porque al difundirse por 
apartadas tierras rompiesen los lazos que pudiesen haberlas unido á la metró- 
poli, las había, y no pocas, que formaron naciones del todo independientes. 
Como tales las veremos ahora ir bajando al Anahuac y repartirse ya de común 
acuerdo, ya luchando, los dominios de los toltecas. Bajaban empujándoselas 
unas á las otras , como aquí en el siglo v los bárbaros del Norte. ¿Vendrían 
empujadas á su vez por tribus in vaseras? 

Los soldados que en el siglo xai fueron á Cíbola hallaron en toda la cor- 
dillera villas á medio poblar , otras en ruinas , algunas con los mismos pro- 
yectiles de piedra que hubieron de servir para aniquilarlas. Interrogados los 
naturales del país , les hablaron de unos hombres poderosos que unos años antes 
habían entrado la tierra y taládola y destruido muchos pueblos. Eran esos 
hombres los teyas, habitantes de las grandes llanuras, que cazaban el bi- 



' Relación dcí ctaje de Cíbola, por Castañeda. — Parte 2.^, cap. III. 

' Alvar Nuñez Cabeza de Vaca. — Nuufrai/ios // relación de la jornada que hijo á la Florida, capí- 
tulo XXXI. 



52 HISTiiIUA (IKNEEAL 



sonto, le (losollaban, curtían la piel y ](> Inician cnjirtos. como con el mejor ace- 
ro, valiéndose de un guijarro que añlakui con sus dientes; nómadas que donde 
quiera que se detenían levantaban tiendas como los árabes; salvajes que comían 
carne cruda , bebían sangre y chupaban con gran placer la hierba masticada 
que encontraban en el estómago de los animales á que acabal)an de dar muerte. 
Al Nordeste de la cordillera vivían esos teyas y los querechos , y al Sur los apa- 
ches. Aun hoy terror de los pueblos cultos de aquellas comarcas. ¿No vendrían 
los chichimecas al Anahuac huyendo de esos l)árbaros? ' 

Las provincias que nuestros soldados recorrieron eran evidentemente reliquias 
de muertas naciones. Las separaban extensos desplobados. Contaba la que más 
doce pueblos. En setenta ^•illas que se descubrieron más allá de Cíbola no había 
veinte mil almas. La vida se había ido, á no dudarlo, extinguiendo en aquellos 
lugares , teatro probablemente de una ignorada historia. '^ 

Lo raro es que de todas estas provincias en muy pocas vieron los españoles 
templos, en ninguna sacrificios humanos. En las que recorrió Alvar Nuñez ni 
señales se observaban de idolatría. Le dijeron los moradores que no adoraban 
sino en Agiuir, creador del mundo, á quien se reconocían deudores del agua y 
de todo lo bueno. '^ Aun para encontrar caníbales era preciso descender á Culia- 
can , asiento de los acaxas , que , al decir de Castañeda , iban á caza de hombres 
como de ciervos. 

Sacrificios religiosos de hombres, y esto parecerá más extraño, no los había 
ni entre los chichimecas del río Gila, los primeros que, destruida Tula, baja- 
ron á los valles de Méjico. ¿Cómo los había ya entre los que en los mismos va- 
lles estuvieron confundidos con los toltecas? El origen de tan feroz costumbre 
es otro de los enigmas de la historia del Nuevo Mundo. La exageraron más 
tarde los aztecas, no la introdujeron. 

Pero es hora ya de que me fije particularmente en los chichimecas, que for- 
nialtan parte del Lnperio. Determinar los límites de la tierra en que vivían es 
hoy por hoy imposible. Lo más que cabe aventurar es que tenían su principal 
asiento entre los ríos Colorado y Grila. En cambio alumdan en los autores las 
noticias acerca de su género de vida y su carácter. 

En ciertas cosas estaban por debajo de algunos de los chichimecas, de que 
hice mérito. Seguían habitando en cuevas é ignoraban por completo la agri- 
en Hura. Aprovechábanlos escasos frutos que les producían los árboles, sabro- 
sos bulbos y raíces, la miel de las abejas, del maguey y de la palma, hongos, 
principalmente algunos que los ponían ebrios; pero no cultivaban ni poco ni 
mucho los campos. Ni eran tampoco nuiy dados á las artes, por más que no 



' Castañeda .^iíí'/cífío;¡ del cuije de Cibulu. Parte 2.", capítulos V y Vil. 
* Castafieda.— i?('/«c!07i del viaje de Cíbola. Parte 2.', capítulo VI. 

' Alvar Nuñez Cabeza de Vaca.—Niíuj'rai/ius ij relación de las jornadas que liizo á la Florida, ca- 
pítulo XXXV, 



1)K AMÉRICA r;3 



dejasen (le ser diestros en cui'lir pides. laluMi- 1nr(|uesas, componer joyas y 
hacer adornos de plnmas, y supiesen alilar el jiedernal liasla emplearle ron 
ventaja para cuchillos y puntas de flecha. 

Eran esos chichimecas esencialmente cazadores. No dejaban su arco y su 
carcaj ni aun en la mesa : al acostarse los ponían á la caljecera de su. cama. 
Aprendían de muy niños á manejarlos, y no tenían en muchos años otro ejer- 
cicio ni otro juego. Principalmente délo que cazaban comían y se vestían; 
principalmente en efectos de caza satisfaciau los tributos. Aun á sus di\iuida- 
des rendían un culto venatorio : la res ó pieza que primeramente cogían la sa- 
crificaban al Sol, á quien tenían por padre. Perseguían á los venados y á las 
fieras , y se distinguían así por lo certero de sus disparos como por su agilidad 
y el alcance de su vista. Por miedo á que se les enturbiaran los ojos no entra- 
ban donde se encendiese fuego. 

Activos y de alimentación sencilla, pues fuera de los frutos de la tierra sólo 
se nutrían de carne asada , eran esos chichimecas , si no muy altos , de robusto 
cuerpo, duradera salud y larga vida. Ni tenían muchas enfermedades, ni las 
sobrellevaban con paciencia. Enfermedad que durase más de cuatro días, la 
terminaban metiendo una flecha por la garganta del paciente. Otro tanto ha- 
cían con los viejos á quienes tuviese abatidos el peso de los años. Los enterra- 
ban luego con gran regocijo, y se entregaban dos ó tres días al canto y al baile. 
Les parecía tan insoportable vivir penando , como cruel dejar de poner fin á 
los sufrimientos de su prójimo. No ignoraban del todo la Medicina, antes co- 
nocían las virtudes curativas de muchas hierbas; pero al verla ineficaz busca- 
ban el remedio en la muerte. No la temían, y eran por lo mismo hombres de 
valor y arrojo. 

Ni eran tan bárbaros qne anduviesen desmides. Varones y hembras iban cu- 
biertos de pieles : los varones , de uno como sayo que les llegaba por detras á 
las corvas y por delante á la mitad del muslo ; las hembras , de un faldellín 
corto y de un vípil ó camisa sin mangas. Calzaban todos sandalias, quién de 
hojas de palma, quién de cuero. Gustaban de adornos, y los usaban más ó me- 
nos ricos según su clase. Vestía el Emperador, y en esto se distinguía de sus 
vasallos , una piel entera de león ó de tigre que le servía de manto ; otra de 
ardilla que le ceñía las sienes y le caía por la cabeza á la frente , por la cola 
á la nuca; de oreja á oreja, una media corona de plumas, ya sueltas, ya pren- 
didas con un joyel de oro; en cuello, brazos y piernas, alhajas, más de notar 
por lo grandes que por lo bellas. Los nobles, que nobles había, imitaban á su 
jefe: no les estaba prohibido sino el uso de la piel del león, ya entonces mi- 
rado como rey de los bosques y símbolo de la monarquía. 

Eran esos chichimecas severos en sus costumbres. Príncipes 6 siibditos, no 
tenían más de una mujer y le guardaban fidelidad hasta la muerte. ¡ Ay de los 
adúlteros ! Probado el delito , los ataban á un poste y los mataban : les disparaba 

TOMO I 24 



54 HISTORIA GENERAL 



cada xiuo do los quo les eran ii^-nal(^s híist;i cHiiIro llocllas. Il)an con la iiiujer ;l 
todas partes: lo mismo A las fiestas que á los campamentos. Acostumbrábanse de 
niños á tenerla por compañera: no habían llegado á la pubertad cuando la 
recibían impúber del que la trajera al mundo. Apenas tenían las hijas cinco 
años, las daban los padres á niños de la misma edad y la misma clase. 

Eran por fin notables esos hombres en su vida religiosa y política. Tal vez 
en esto aventajasen á todos los demás chichimecas. Tenían clara noción de un 
Dios creador del Universo. No parece que rindieran culto á otros ídolos que al 
Sol y la Luna . ni les sacrificaran más (jue las ya indicadas primicias de la 
caza. Respetaban después de Dios á sus emperadores. Aunque distribuidos en 
feudos vivían bajo el imnediato poder de sus nobles, reconocían en el Empe- 
rador la autoridad suprema. Poseían el sentimiento de la unidad ; y cuando 
no por el feudo, lo conseguían por la federación ó las alianzas. ' 

Acertaba á gobernarlos cuando la destrucción de Tula el emperador Ach- 
canhtzin: y al saber la catástrofe, bien estimulado por la ambición , bien á 
ruego de los vencidos , resolvió la conquista del Anahnac y la confió á Xolotl 
sxi hermano. Seguido Xolotl de seis capitanes y un numeroso ejército, que 
acompañaban segiin costumbre las familias de los soldados, bajó con su hijo 
Nopaltzin. entonces mozo, por las playas del golfo de California, y las pasó á 
sangre y fuego, hasta que llenos de confusión y espanto, se le humillaron y 
consintieron en reconocerle por señor los príncipes que se haljían levantado 
contra el último rey de los toltecas. Sojuzgados ya estos rebeldes, pudo sin 
hacer uso de las armas pasear la tierra y entrar cuando qiüso en los codicia- 
dos valles de Méjico, tanto más cuando los chichimecas que antes habían inva- 
dido el Anahuac se pusieron bajo sus órdenes. Encontró allí desiertos, cuando 
no en ruinas, los pueblos, y se dirigió con afán á Tula por ver ciudad de tanto 
renombre. La halló solitaria y triste, medio en escombros, ganada por la hier- 
l)a; y la abandonó, aunque no sin dejar quien la repoblara. ^ 

Fué por de pronto á establecerse Xolotl en la falda de un cerro de Xaltocan , 
abundantísima en cuevas. Estaba construyendo allí una ciudad á que dio su 
nombre cuando por sus capitanes, que había enviado á explorar el país y ave- 
riguar dónde quedaban los restos de los toltecas, supo de otro lugar no muy 
distante ni tampoco escaso en cavernas, que ademas de estar agradablemente 
situado, gozaba de buen aire y de mejores aguas. Se trasladó al punto á la 



' Sahagun. — Historia Unicersal ele las cosas de Nucoa España, lih. X, cup. XXIX, párrafo 11.^ 
Vcytia. — Historia Antigua de Méjico, lib. II. cap. I. 

' De aquí hasta el fin del capítulo está basada la narración sobre los autores siguientes. — Ixtlilxo- 
cliitl. — //íSiíoríVt í7p tos c/ííV/itnícc«s, Parte 1." capítulos del IV al IX. — Veytia. — Historia Antigua de 
Méjico, lib. II, capítulos del I al X.— Torquemada. — Monarquía Indiana, lib. I, capítulos del XV 
al XLVII.' — Brasseur de Bourbourg. — Histoire des nations civiliséi's du Moxique. Yw. XI, chaps. I, 
II y III. 



DK AMKEICA 55 



nueva comarca y fundó ;'i Tenayocan, hoy Teuayuca, en la margen occidental 
del lago de Méjico. Fijada allí la corte, tomó quieta y pacífica posesión de todo 
lo que constituyó el imperio tolteca, distribuyó l;is r;imili;is de sus soldados en 
los pueblos sin gente, y empezó á repartir entre los capitanes tierras y vasallos. 
Organizó desde luego la nueva nación sobre el feudalismo. 

No tardó en recibir Xolotl á otros jefes chicliimecas , que al frente de más ó 
menos crecidas tribus venían del Norte. Vasallos suyos ó de su esposa Tomíyauli 
en el imperio de su hermano , los sabía díscolos y propensos á la rebelión y la 
guerra. Los separó á fin de que jamas pudieran volverse á remontar en su daño; 
pero sin por esto dejarles de dar tierras en que se estableciesen. Hacía Xolotl 
todas estas concesiones hasta con mano pródiga, tanto porque tenía de dónde, 
como porque , pueblos cazadores y no agrícolas , no podían contentarse con pe- 
queños fundos. No usaban ui él ni los suyos de la tierra más que poblándola de 
árboles y animales si estaba yerma, ó cercándola si contenía ya monte: no era 
otro su oTijeto que fomentar la caza é impedir que ésta se corriese á los vecinos 
predios. 

Era Xolotl bárbaro, pero no sin juicio. Al paso que así favorecía á sus gen- 
tes , respetaba y hacía respetar lo mismo la persona que la propiedad de los tol- 
tecas. Ya desde un principio había ordenado que no se los hostilizase como no 
opusiesen resistencia al paso de sus armas. Dispuso después que se los dejase en 
posesión de las ciudades y villas que ocuparan siempre que consintiesen en re- 
conocerle por señor y pagarle tributo. Con que tal hiciesen les permitía hasta 
que se gobernaran por las antiguas leyes y costumbres. Reconocía la superiori- 
dad de esos hombres, comprendía cuánto podían contribuir á la cultura de su 
pueblo, y lejos de pensar en aniquilarlos ni en reducirlos á ser-sidumbre . hizo 
por levantarlos. 

Merced á esta política, los toltecas que no habían salido del Analnuic y se ha- 
bían recogido , ya en determinados pueblos , ya en las montañas y los bosques , 
se reconstituyeron y aun recobraron parte de su grandeza. Siguieron gobernán- 
dose en Cholula por sus sacerdotes y sus jefes. Agrupáronse en rolhu;ieaii al 
rededor de Xiuhtemoc ó Xiuhtemal, á quien Topiltziu al dejar la patria había 
encomendado la vida de su hijo Pochotl y la salud del Reino. Reconocieron en 
Azcapotzalco por caudillo á Tzihuactlatonac , señor de TetloUincan , y como en 
señal de vasallaje le pusieron á los pies un comal de oro , resto de su antigua ri- 
queza. Sometiéronse por ñn en Chapoltepec, en Totoltepec, en Tlazalan, en Te- 
pexomac á las familias nobles que por acaso consiguieron sustraerse á la total 
ruina del Imperio. 

La reconstitución de los toltecas iba ya siendo tal, que empezó á inspi- 
rar recelos al monarca chichimeca. Inspirábaselos sobre todo en la ciudad de 
Colhuacau , hábilmente regida y cada día más vigorosamente organizada. Xiuh- 
temoc en Colhuacau ejercía, sin llevar el título de rey, una autoridad absoluta. 



56 HISTORIA GENERAL 



Había puesto á Pocliotl al cargo do una dama de Quauhtitenco , lugar no lejos 
de Tula; y le tenía allí no solo apartado del trono, sino también ignorante de 
los derecbos que le daban los vínculo-! de la sangre. Al morir, dejó por sucesor 
en el mando, no á ese infeliz bijo de Topiltzin, sino á su propio hijo Naubyotl, 
que no vaciló en bacerse rey ni en liacerse coronar como tal á usanza de los tol- 
tecas. Era Naubyotl bombre de saber y de temple, y como tal temible. Para 
conjurar peligros y afianzar en sus sienes la corona liizo á poco sacar de la os- 
curidad á Pocbotl, le dio en matrimonio :l su bija y le designó por su heredero. 
Rey ya de Colhuacan sin contradicción, ¿no era de temer que pensase en res- 
taurar el antiguo reino? 

No habían rechazado en parte alguna los toltecas el señorío de Xololt; pero no 
habían ido jamas ;l rendirle homenaje. Xolotl crey(') entonces conveniente inti- 
mar á Naubyotl que no le tendría por rey de Colhuacan, si no se apresurase á 
satisfacerle el debido feudo. Contestóle orgullosamente Naubyotl que nunca los 
reyes toltecas habían reconocido otro señor que á Dios ni sido vasallos de nadie ; 
y Xolotl mandó al punto sobre Colhuacan cá Nopaltzin con buen golpe de gente. 
Vencido y muerto Naubyotl en una batalla que se dio en las orillas de los lagos, 
habría podido fácilmente Xolotl acabar con el nuevo reino ; firme en su idea de 
no destruir, antes ganar á los toltecas, elevó por lo contrario al trono de CoUiua- 
can á Achitometl, bijo de Pocbotl, imponiéndole por toda condición el pago 
anual de un ligero tributo. Pocbotl, muerto poco antes, había dejado tres hijas: 
Xolotl, para mejor asegurarse la amistad de los toltecas, casó más tarde con una 
de las tres á Nopaltzin, su hijo. 

Los chichimecas no tardaron en sentir la influencia de los toltecas. Vivían en 
grutas ó en cuevas; empezaron á construir casas. Conocían sólo el plantío y el 
fomento de los bosques; empezaron á cultivar la tierra. Civilizáronse mucho más 
con la venida de otros pueblos, si no también toltecas, muy parecidos por el 
idioma y la ciütura. Eran esos recien venidos los aculhuas, los tecpanecas y los 
otomíes que, al decir de los autores, procedían de las opuestas playas del golfo 
de California. No vestían todos el mismo traje ni hablaban la misma lengua; 
pero tenían todos cierto aire de parentesco y se expresaban en dialectos de un 
mismo origen. Eran todos, ademas, industriales y agrícolas; todos idólatras de 
un dios á quien daban el nombre de Cocopitl , levantaban templos , sacrificaban 
pájaros y otros animales y ofrecían frutos, perfumes y flores. 

Venía Tzontecomatl al frente de los aculhuas, Chiconquaubtli á la cabeza 
de los otomíes, Aculhua capitaneando á los tecpanecas. Bien acogidos ó cuan- 
do menos tolerados por Xolotl , se establecieron respectivamente en Coatlichan , 
Xaltocan y Azcapotzalco , que pasaron á ser otros tantos señoríos. Afirmáronse 
desde luego en sus dominios por haberse casado x\culbua y Chiconquaubtli con 
dos hijas de Xolotl y Tzontecomatl con l;i del lultoca Cbulcbiulilatonac, uno de 
los principales jefes de la provincia de ('baleo; se aseguraron después más y 



DE AMÉEICA 57 



inás por los hijos que les nacieron. Contribuyeron éstos por una parte á estre- 
char los vínculos entre los pueblos todos de Méjico, por otra ú multiplicarlos 
feudos, y en mi sentir á subdividirlos. 

Xolotl aumentó y aceleró aún esta división del poder público. En tanto que 
necesitó el inmediato servicio de los seis capitanes que con él vinieron do líue- 
huetlapallan , no les repartió tierras , les dio sólo provisionalmente en los alrede- 
dores de su capital las que conceptuó necesarias para el alojamiento de las tropas 
que acaudillaban. Ya que hubo cesado todo temor de guerra, distribuyó entre los 
seis los territorios de Amazahuacan , Zohuatepetl , Tepeyacac , hoy Tepeaca , y 
Mamalihuasco , con todo el que fuesen adquiriendo sobre los indígenas por su 
autoridad y sus armas. Hizo luego otro tanto con sus nietos los hijos de Nopalt- 
zin , á quienes cedió Tlazalan , Zacatlan y Tenamitec sin más condición que la 
de residir en la calieza de los Estados que les cedía. 

A cada nueva generación se multiplicaban los feudos. ¿Era esto un mal para 
la monarquía de los chichimecas? No todos los feudos pagaban ^'11)1110 á la co- 
rona. No lo satisfacía ninguno de los que Xolotl había concedido á sus hijos, 
sus nietos y los seis capitanes con quienes hal)ía salido del Norte. No tenían 
estos feudatarios otra carga que la de acudir á la corte cuando se los llamase 
y la de socorrer con sus soldados al Emperador en tiempo de guerra. Pero 
tampoco necesitaba la Corona de muchos ingresos. Bastábanle para euljrir sus 
atenciones las prc^ineias lil)res y los feudos tributarios. Es de advertir que esas 
provincias, ademas de haberla de surtir de conejos, de liebres, de ciervos, de 
mantos, ya de pieles de animales, ya de hilo de maguey, ó lo que es lo mismo, 
de néquen , venían obligadas á multitud de servicios personales : á cercar los 
montes, guardar los jardines y los parques, asistir á los reyes y á los cor- 
tesanos. 

Los feudos eran, por otro lado, un excelente aguijón 'para la conquista. No 
siempre se los concedía en tierras ya ganadas ; se los establecía frecuentemente 
en comarcas fronterizas , cuando no más allá de los límites del Imperio. Por 
ellos principalmente lograron los chichimecas rebasar el círculo de montañas á 
que por muchos años vivieran reducidos. Sobre que sin los feudos habría sido 
difícil, cuando no imposible, que tantas, tan rudas y tan extrañas tribus hu- 
biesen podido acomodarse en el Anahuac sin grandes luchas y sacudimientos. 
Animadas casi todas de un fiero espíritu de independencia, aun por el feudalis- 
mo era raro que se aviniesen a morar juntas y obedecer á un solo monarca. Lo 
era tanto más , cuando sus caudillos deseaban todos el título de reyes , y aun 
viviendo Xolotl muchos lo fueron. Reyes se decían entonces los jefes de los 
acuilmas, los tecpauecas y los otomíes. 

Gracias á los feudos fué , por fin , más rápida la civilización de los chichime- 
cas. Tuvieron nías ceutros de cultura. Se penetraron más de las ideas y los 
sentimientos de los toltecas y aculhuas , de otra manera sus enemigos , ahora 



58 HISTORIA GENERAL 



SUS maestros. Es indecible lo que bajo la influencia de estos dos pueblos adelan- 
taron. Xolotl no se satisfizo ya con liacer parques; labró palacios y jardines, le- 
vantó al Sol un 1cni¡>Io en que sacrificaba las primicias de la caza. Se dice si ya 
en su tiempo conocían los chichimecas el uso de la pintura jeroglífica. 

El sistema feudal, sin embargo, no dejó allí, como en todas partes, de produ- 
cir disturbios. Jefes que obedecían sin repugnancia al Emperador tascaban im- 
pacientes y airados el freno de sus señores. Huetzin, como se ha visto, había 
recibido en feudo la provincia de Tepetlaoztoc : acababa de recilnr ahora el cetro 
de Cohuatlican ó Coatlichan por muerte de Izmitl, su padre. Con los onerosos 
tributos que había exigido tenía ya descontentos á sus vasallos. Los vio en ar- 
mas contra sí, luego que por Xolotl ó por Nopaltzin tuvo concertado su casa- 
miento con Atotoztli, bija de Achitometl, rey de Colhuacan, mujer de singular 
hermosura. Estaba apasionado por Atotoztli Yacanex, que tenía al parecer en 
subfeudo A Tepetlaoztoc y otras villas del contorno. Se rebeló, y ú la cabeza de 
sus tropas se fué derecho A Colhuacan y pidió en son de amenaza al Rey la mano 
de su amada. Aunque no la obtuvo, no se decidió t'i recurrir á la fuerza; pero 
no bien volvió á sus Estados cuando los puso en movimiento contra Huetzin y 
llevó el fuego de la insurrección á otras provincias. 

El suceso era gravísimo. Xolotl, reconociéndolo, dispuso que fuesen en socor- 
ro de Huetzin el rey de Xaltocan y el señor de Colhuacan, uno de sus más 
diestros generales. Les ordenó que juntos con Huetzin cayesen sin tardanza 
sobre Yacanex, y se le trajeran vivo ó muerto. «Tratad sin consideración al jefe, 
les dijo, con l)landura á los soldados.» Yacanex no se amedrentó con todo ante 
ese triple ejército: le presentó batalla y la sostuvo hasta la noche. Y aunque, 
sintiéndose quebrantado, buscó por algunos días su defensa en sitios ventajo- 
sos, de donde no salía sino para escaramucear á sus contrarios; ya que se vio 
con refuerzos, bajó de 'nuevo al campo y acometió con grande ímpetu á Huet- 
zin , que se hallaba con todas las fuerzas auxiliares y las suyas en los alrede- 
dores de Xuexotla. Por largo tiempo sostuvo también el combate; pero fué al 
fin vencido: desordenadas sus haces, luibo de pasar á P;\nuco. 

Según Ixtlilxochitl , estaban con Yacanex los jefes aculhuas, enemigos de 
Quinantzin , nieto de Nopaltzin , porque los había puesto al cuidado de tres 
murallas , construidas unas para proteger las plantaciones de maíz en las co- 
marcas de Xuexotla y de Tezcuco, otra para cercar en Tepetlaoztoc un parque 
de caza. Según Veytia, uno de estos jefes, por nombre x\cotoch, se coligó con 
Yacanex después del desastre de Xuexotla, y fraguaron juntos una conspira- 
ción para matar á Nopaltzin y á Tlotzin, que llevaban ya mucho más que 
Xolotl las riendas del Estado. «Descubierta la conspiración por uno de los cóm- 
plices, dice, salieron los amenazados príncipes contra los rebeldes, que se es- 
taban disponiendo al combate, y los deshicieron en una Ijutalla donde el joven 
Quinantzin, hijo de Tlotzin, liizo tales ])roezas, que ol)tuvo del Emperador, su 



I)H AMlíUICA 59 



bisabuelo, el señorío de Tezcuco. Víuicido Acolocli, añade, se retin') con Yaca- 
nexá Panuco, y ambos se internaron de modo, que no bastó lamas celosa 
persecución á detenerlos ni sorprenderlos : se restableció la paz y volvió la cal- 
ma á los espíritus.» ¿Tendrá razón Veytia? Brasseur, refiriéndose al Códice Chi- 
malpopoca, habla también de una conspiración, pero anterior al levantamiento 
de Yacanex , dirigida contra Xolotl , tramada á la vez por los chicbimecas y 
los toltecas y reducida á deshacerse del Emperador, que tenía la costumbre de 
dormir la siesta á la sombra de unos grandes árboles de sus jardines, por una 
súbita inundación de las aguas que los regaban. La conjuración fracasó aquí 
también por haberla sabido Xolotl antes no estallase y haberse ido á dormir, 
el día convenido para ejecutarla, en lo alto de una colina. 

La verdad es que había en aquel Imperio más de un motivo de discordia. 
Al feudalismo se añadía el trabajo incesante de los toltecas por recobrar su 
predominio, la resistencia que á la civilización oponía la barbarie, la di- 
versa índole, los mutuos celos y la recíproca desconfianza de las muchas na- 
ciones que habían ido á establecerse en unos mismos valles y unos mismos 
lagos. No es de admirar que hubiese guerras, sino que hubiese tan pocas. Re- 
fiere Brasseur algunas más porque da como venidas al Anahuac bajo el Im- 
perio de Xolotl gentes que según los demás autores entraron más tarde; Ixt- 
lilxochitl habla sólo de otra que un aculbua , señor de Azcapotzalco , hubo de 
sostener con el chichimeca (Jozcaque , á cuya voz se había levantado la pro- 
vincia de Tepozotlan en armas. Cozcaque salió vencido y hubo de bi;scar asilo 
como Acotoch y Yacanex en las montañas del Norte. 

Murieron á poco en Colhuacan Achitometl , en Tenayocan Xolotl , los dos 
más poderosos monarcas de aquellos valles , los que más contribuyeron á con- 
servar la civilización de los toltecas y á disminuir la barbarie de los chichi- 
mecas. Murieron los dos llorados de los pueblos, principalmente Xolotl, que 
tanto había hecho por mejorar y engrandecer su Imperio. Ya cadáver, se le 
revistió de todas las insignias del mando y se le expuso á las miradas de sus 
entristecidos subditos. Se le enterró después en una cueva de su propio palacio 
con asistencia de los muchos reyes y príncipes que le pagaban feudo ó le ren- 
dían cuando menos homenaje. ^ 

Reinó Xolotl , según Ixtlilxochitl , ciento doce años : según Yeytia , ciento 
quince. ¿Será cierto, como pretende Brasseur, que Xolotl era entre los chichi- 
mecas más un título que un nombre y se ha confundido por esta razón en un 



' Según Ternaux Conipans, posee M. Waldeck dos preciosos manuscritos en papel de áloes, donde 
están representados los principales sucesos del reinado de este personaje. Se ve á Xolotl sentado en 
su trono y acompafiado de su mujer y de sus hijas en el momento en que vienen á pedirle tierras los 
tres príncipes acuilmas. Se le ve en el acto de su casamieuto. Se ve á sus descendientes. Se ve á No- 
paltzin venciendo á Nauliyotl. 



60 HISTOEIA GENEEAL 



Emperador ;'i dos ó ni:'is príncipes? Fabulosa parece verdaderamente la longe- 
vi(l:i(l que á Xolotl se atrünive; pero en la historia antigua de América es co- 
mún dar á los personajes una vida que excede en mucho los límites ordinarios 
de la existencia del homhre. Si Xolotl hubiera sido un título, lo habrían se- 
guido llevando los demás jefes de los chichimecas; y, como verá el lector , no 
lo llevaron. Los anales de aquella edad, están aún culñertos de tinieblas: vano 
empeño hoy por hoy el de disiparlas ¿Cabe acaso ni s¡([uiera determinar 
cuándo reinó Xolotl en Méjico? Según Ixtlilsochitl del año 9(54 al 1075; según 
Yeytia de 1117 al lt>32; según Brasseur del 1064 al 1160. Contribuye no poco 
esta indeterminación de fechas á que cada autor ])onga bajo distinto reinado 
unos mismos sucesos. 

¡ Si no hubiese , con todo , más diferencias entre los historiadores ! Sucedió 
Nopaltzin á Xolotl en el trono de los chichimecas, y al paso que, según Ixtlil- 
xochitl y Yeytia, tuvo un reinado pacífico y próspero, fué, según Brasseur, 
tan desdichado , que se hicieron independientes los más de los señores feudales 
y quedó casi disuelto el Imperio. Verdad es que Brasseur se apoya sólo en 
vagas indicaciones de Torquemada, en mi sentir insuficientes para afirmar lo 
que afirma, y no da ademas grandes pruebas de tener un criterio sólido. Busca 
no pocas veces en la historia lo que cree que del)ió suceder, y contra su volun- 
tad, no sólo altera el orden de los hechos, sino que también los violenta. 

Conviene el mismo Brasseur en que con Nopaltzin siguió el movimiento ci- 
vilizador de los chichimecas . Reformó Nopaltzin , dicen todos , la administra- 
ción de justicia, corrigió algunas leyes, restableció las que á su entender 
habían caído sin razón en desuso , y promulgó hasta siete en que se descubre 
una marcada tendencia á la propiedad individual, aunque no considera la 
tierra sino l)ajo el punto de vista de la caza. De las siete no se conocen sino 
cinco; entre ellas una relativa al adulterio. Por las otras cuatro se dispone 
que nadie se atreva sin permiso del Emperador á poner fuego á los suyos ni á 
los ajenos campos sin que incurra en la pena de muerte; nadie tome piezas 
cogidas en red ajena, y el que lo hiciere, sobre perder su arco y sus ñechas, 
quede privado del derecho de caza; nadie levante pieza que otro hajB. herido, 
aun cuando la encuentre miierta; nadie por fin sea osado á quitar ni mudar 
las lindes de los cazadores, y el que las quite ó mude pierda la vida. 

No se esforzaba menos el nuevo rey de Colhuacan por la cultura de los tol- 
tecas. Achitometl había ya llamado á Colhuacan á los hombres mas sáliios y 
abierto multitud de escuelas que derramaron más tarde la luz por tfxlo el Im- 
perio. Icxochitlanez , que reinó al parecer antes que Xohualatonac, convocó á 
todos los grandes y nobles del reino para buscar el mejor medio de restablecer 
las antiguas leyes. Después de la caída de Tula no se habían atrevido á tanto 
los monarcas toltecas : iban ganando terreno y adquiriendo ascendientes sobre 
sus vencedores. 



DK AMÉEICA 61 



Adelantó rápidamente la civilización en el Anahuac, sobre todo cuando, 
muerto Nopaltzin, le sucedió en el trono su hijo Tlotzin-Pocliotl, designado con 
el nombre de Huetzin ¡tor muchos escritores. Tlotzin era chichimeca por su ])a- 
dre, tolteca por su madre. Señor de Oztoticpac, había vivido de muy joven en 
la jjrovincia de Chalco , donde , principalmente en la isla de Xicco , había muchos 
toltecas. Cazando un día por los alrededores de Coatlichan, había encontrado en 
medio de las selvas A un sacerdote de esta raza , Tecpoyo-Achcauhtli , que la- 
mentaba la barbarie en que había caído el Anahuac, y platicaba incesantemente 
con los suyos sobre la manera de volverlo á la antigua cultura. Gracias A este 
encuentro, se había verificado una revolución en su alma. 

Habíase asustado en un principio Tecpoyo viendo á Tlotzin con aire amenaza- 
dor y tendido el arco ; mas luego , con la esperanza de atraerle á sus miras y á 
sus ideas, depuesto el temor, se le había acercado pidiéndole cariñosamente per- 
miso para seguirle. Durante muchos días le había servido como de escudero; le 
llevaba en los hombros la caza muerta,- y la que habían de comer la aderezaba 
por su propia mano. Aderezábala como entonces no sabían los chichimecas, y 
Tlotzin, prendado de tan fiel compañero, le había llevado consigo. 

No había podido ya sobrellevar Tlotzin la ausencia de Tecpoyo , que unas se- 
manas después se había recogido á Xicco: había ido en persona ú buscarle y le 
había nombrado su consejero y su maestro. De él había aprendido á cultivar los 
cereales, sazonar las viandas, practicar las artes, amar la paz y la justicia; edu- 
cación que más tarde había completado Nopaltzin en Tezcuco enseñándole á go- 
bernar los pueblos, principalmente por el ejemplo de Xolotl, á quien no podía 
mentar sin que se le humedecieran los ojos. ^ 

Ya emperador Tlotzin , aprovechó las lecciones de Tecpoyo. Fomentó como 
nadie la agricultura. Hizo roturar en todas partes tierras, cultivar el maíz y las 
legumbres, y plantar algodón en las comarcas donde lo permitían el cielo y el 
suelo. No se satisfacía con mandarlo; recorría las provincias y castigaba á los 
que no cumplían sus leyes. Desplegó en esto un rigor tal, que muchos chichi- 
mecas, no pudiendo avenirse al trabajo de la vida culta, se retiraron á las mon- 
tañas de Metztitlan , Tototepec y otras más al Norte para conservar las costum- 
bres de sus padres y entregarse como antes al solo ejercicio de la caza. Si no se 
alzaron en armas , opusieron al Emperador esa resistencia pasiva contra la cual 
nada puede ningún gobierno. 

Tanto Tlotzin como su padre dieron, ademas, grande impulso á las artes. 
Llamaron á las ciudades de más importancia maestros que enseñasen á labrar 
el oro y la plata, tallar las piedras preciosas y construir edificios. Ni olvi- 
daron tampoco las ciencias ni las letras. Estimaron y favorecieron á cuantos se 



* Constan estos hechos por el mapa-Tlctzin, á la vez pintura y manuscrito. Ixtlilxocliitl habla tam- 
bién de Tecpoyo en su Historia de los chichi mecas. 

TOMO I 20 



fi2 HISTOKIA (¡KNEliAL DE AMIÍKICA 

dedicaban ú la Aslrolog-ía: procuraron que no faltase quien escribiera en jero- 
glíficos ni quien supiera descifrarlos. 

Estaban evidentemente en progreso los chichimecas. Habían abandonado en 
gran parte las cuevas por las casas. Tenían hermosas ciudades. Cuidaban no 
menos de los campos que de los bosques. Gustaban ya de los tejidos de algodón, 
aunque no se despojasen todavía de sus pieles de fiera. Se habían hecho algo más 
ostentosos, principalmente en la coronación y el entierro de sus emperadores. 
Habían ganado, ademas, mucha tierra: se extendían por la Mixteca y el Mi- 
choacan hasta el Pacífico. Contaban dentro del imperio hasta siete estados prin- 
cipales: el de Tenayocan, el de Coatlichan, el de Azcapotzalco , el de Xaltocan, 
el de Quauhtitlau , el de Colhuacan y el de Xuexotla ; infinitos señoríos de mu- 
cho menos nombre. 

Los estados y los señoríos aumentaban incesantemente. Ahora mismo, bajo el 
imperio de Tlotzin , nacen el reino de Tezcuco y los señoríos de Huexotzingo y 
TIáxcala. Quinantzin, hijo de Tlotzin, era señor de la ciudad de Tezcuco, y la 
había notablemente aumentado y embellecido. Tlotzin se la da con otros pueblos 
del contorno y le hace jurar rey de la comarca. Le exime del pago de todo feu- 
do, le cede todas las rentas que de allí obtenía. No queriendo ser menos gene- 
roso con los demás hijos, inviste luego del señorío de Huexotzingo áTochintzin, 
y del de TlAxcala á Xiuhquetzcaltzin , dando á Nopaltzin por acompañado del 
nuevo rey de Tezcuco. 

Tezcuco va á desempeñar ahora un gran papel en Méjico , al que se encami- 
nan pueblos aun desconocidos y poderosos. Pongo aquí fin al capítulo para en- 
trar m;'is desembarazadamente en la historia de los aztecas. 



oáFiimo ?i 



Los aztecas.— Investigaciones sobre su origen.— Aztlan. de donde vinieron, debió de estar al Norte y no al Occidonte.— Mo- 
numentos notables al Norte: Casas Grandes del Gila y Casas Grandes de Chihuahua.— Salida ás los aztecas de Aztlan.— 
No formaban una sino muchas tribus.— Sus diversas mansiones.— Chicomoztoc.-Acahualtzing-o. —Lago de Patzcuaro,- 
Trasformacion en el lago del jefe de los aztecas en el dios Huitzilopochtli.—Coatepec— Origen en Coatejiec de los sacrificios 
humanos.— Zumpango.— Los acog'e bien en Zum]»ango Techpanecatl. les da una de sus hijas y les toma una mujer para 
esposa de su hijo Ilhuicatl. de quion naco Huitzilihuitl, primor rey de Méjico.— Andan los aztecas errantes por muchos 
años y se fijan al fin en Chaimltepec— Se atrincheran allí y eligen rey á Huitzililiuitl.— Sus luchas con los xaltocanecas 
y los tecpanecas.— Entra por entonces á regir el imperio do los chichimccas Quinantzin.— Tlaltecatzin, hijo de Tlotzin Po- 
chotl.— Traslada Quinatzin la corte á Tezcuco y deja de gobernador en Tenayocan á su tío Tenancacatl.— Se alza Tenanca- 
catl con el Imperio y Quinantzin queda reducido á su antiguo reino de Tezcuco.— Los reyes de Azcapotzalco mueven á su vez 
i los aztecas contra Tenancacatl.— Entran los aztecas en Tenayocan y la pasan & sangre y fuego.— Apodérase del Imperio el rey 
de Azcapotzalco. — Acamapichtli. su hermano, se hace á poco rey de Colliuacan por el auxilio y arrojo de los mismos azte- 
cas.— Terror que éstos infunden en todo el Analiuac— Favorable cambio en la suerte de Quinantzin.— Atacado jior nuevos 
rebeldes, los derrota y recobra su prestigio.— Le prestan nuevamente homenaje muchos de sus antiguos feudatarios.— Se 
ve obligado á cederle el Imperio el rey de Azcapotzalco.— Los aztecas, muerto Huitzilihuitl, eligen rey al que lo era de los 
culhuas.— Xiuhtemoc termina por arrojarlos del Reino. — Rodean entonces los lagos y se fijan en Tenochtitlan y Tlatelol- 
co.— Clemencia y política de Quinantzin.— Progresos del sistema feudal.— Nuevas rebeliones.— La de Cliolula.— La de los 
hijos del mismo Quinantzin. en la que los aztecas esgrimen por ]irimera vez sus armas en favor del Imiierio.— Tienen ahora 
los aztecas por jefes en Tlatelolco á Tlepcoatzin, hijo del rey de Azcapotzalco, en Tenochtitlan al anciano Tenuhczin.— Ca- 
rácter formidable de la rebelión de los hijos del Emperador y causas que la han producido.— Derrota de los rebeldes.— Re- 
sultados de la victoria.— Progresos do los aztecas en el lago de Méjico.— Muerte de Quinantzin y advenimiento al trono de 
su hijo Techotlalatzin.— Techotlalatzin djclara nacional la lengua náhuatl ó mejicana.— Aposenta en la misma ciudad de 
Tezcuco á cuatro tribus toltecas arrojadas de Colhuacan por cuestiones religiosas.- Adopta el fausto y la magnificencia de 
los culhuas.— Fin político á que encaminaba todos sus actos.— Creación de una grande astimblea ó Consejo de Estado.— 
Creación de consejos esiieciales.— División del Imperio en sesenta y cinco provincias.— Considerable reducción del poder 
feudal por estas medidas.- Guerras feudales que sin embargo hubo.— La de Xaltocan .y Azcapotzalco —La de Huexotzingo 
y Tláxcala,— Prendas personales de Techotlalatzin.— Su influencia y su muerte. 



ARECEN ahora en el Analiuac otras gentes que con 
no ser muy numerosas llegaron ;'i fundar un sólido 
y brillante imperio. Llevan el nombre de aztecas ó 
aztlantecas porque se dice que proceden de una 
tierra llamada Aztlan, cuya situación se ignora. 
¿Será posible que no quepa determinar el origen ni 
aun de esas tribus que fueron de las últimas en ocupar 
los valles de Méjico y en ellos estaban cuando la con- 
quista? Para IxtlilxocLitl venían de Xalisco y eran los 
descendientes de los toltecas que, arrojados de Chapultepec 
después de la destrucción de Tula, habían buscado por Mi- 
choacan las costas del Pacífico. Para Aubin, escritor contem- 
poráneo, de la península de California.^ Para Veytia, de más 
allá de Cinaloa y la Sonora. Para Brasseur, del territorio 
comprendido entre las orillas del Colorado y las del Yaqui. 
Para Torquemada, de algún río ó brazo de mar del (accidente, no de región al- 





Aubiu, Mcinoire sur\la pcinlurc didactiquc. 



64 HISTOEIA GENERAL 



guna del Norte. «Podré convenir, dice este autor, en que durante su larga 
peregrinación llegaran á Nueva M<^.jico, jamas en que de allí vinieran.» 

Fúndase principalmente la opinión de Torquemada y Auhin en que, según 
ciertas pinturas jeroglíficas, debieron salir los aztecas de un lugar circuido 
de agua y ganar en barcos la tierra ñrme. Fúndase la de Brasseur en que el 
Yaqui durante el siglo xvi llevaba todavía el nombre de Aztatlan , no pocas 
veces confundido con el de Aztlan en los antiguos maniiscritos. En qué se fun- 
den la de Ixtlilxochitl y la de Veytia los ignoro. Tengo para mí que se dejan 
llevar aquellos escritores de muy flacos indicios. O muclio me engaño, ó los az- 
tecas debieron bajar de más allá del río Colorado, de las comarcas septentrio- 
nales que describe Castañeda en su Relación del viaje á Cíbola. 

Esas comarcas ya recordará el lector que las vimos pobladas de restos de 
muertas naciones, de ciudades unas en pié, otras en escomí iros, de gentes que 
aventajaban mucho en cultura á los cliichimecas de las márgenes del Gila. Los 
aztecas se distinguíaii también por lo civilizados. Conocían tantas ó más artes 
que los toltecas, cultivaban tantas ó más semillas. Eran pueblos marcada- 
mente agrícolas é indxistriales , por más que, según se dice, ejerciesen el oficio 
de bateleros y se dedicasen á la pesca. 

Sobresalían los aztecas en la arquitectura , y este es , á mi modo de ver , otro 
motivo para la opinión que sostengo. Se han descubierto recientemente vastas 
ruinas á no mucha distancia del lago de los Hormones. Vimos casi en la misma 
latitud casas de tres v más altos con estufas enlosadas v subterráneas. En las 
mismas riberas del Gila hay restos de un palacio á\in hoy conocido con el 
nombre de Casas Grandes de Montezuma. Más abajo, en Chihuahua, entre el 
río del Norte y las montañas donde nace el Yaqui, se ven, con la misma de- 
nominación de Casas Grandes, vetustas reliquias de otro monumento. 

De las Casas de Chihuahua nos ha dado noticias Hardi en sus Viajes por lo 
mterior de Méjico ; de las del Gila, un misionero español que en 1775 iba con la 
expedición que salió de Querétaro para California. ' Unas y otras están 
situadas no lejos de un río, en lugar ameno y deleitoso, cerca de extensos ves- 
tigios de ciudades que pudieron contener millares de almas. Unas y otras son 
cuadrilongas y están perfectamente á los cuatro vientos. Unas y otras tuvieron 
acequias, aun ahora visibles, que las surtían de agua. En unas y otras se 
extendían los acueductos por la ciudad vecina. Hechos todos que manifiestan 
hasta qué punto sabían los autores de aquellos edificios aprovecharse de las 
ventajas de la Naturaleza y aun mejorarlas por el arte. 

Ue las Casas Grandes del Gila sabemos algo más que de las de Chihuahua. 
Estaban defendidas por un muro en cuyos ángulos había unas como torres ó 



' Hardy, Traccls in t/u' inécrior of México. — Pedro Font, Plcino Cfoí/rrijico /lisiórico del nuevo 
descubrimiento del puerto del Monte Re;/. 



DE AMÉBICA 65 



baluartes. Eran en realidad dos casas: una al Oriente, de una sola pieza; otra 
al Occidente, compuesta de cinco salones distribuidos con una regularidad 
asombrosa. Uno había al Norte y otro al Sur, que ei-an jiaralelos y se dilataban 
de Este á Oeste ; entre estos dos, tres paralelos taiubien entre sí, que corrían 
de Sur á Norte. Comunicábanse todos, y las puertas eran todas i^-uales y caían 
sobre unas mismas líneas. No diferían en tamaño sino las de las entrad¡is exte- 
riores, abiertas exactamente en el centro de cada uno de los cuatro lados. Aun 
éstas eran una con otra idénticas. 

Tenían estas casas tres pisos y ademas un sótano; las paredes, aunque de 
tapia, recias y fuertes, por dentro verticales, por fuera escarpadas, de cuatro 
pies de espesor las interiores, de seis las maestras, todas sin más aberturas, 
fuera de las de entrada, que dos círculos por donde cabía saludar el Sol cuando 
salía y bajaba al ocaso. Rastros de escaleras ya no los g'uardan: es de presumir 
que las tuviesen de pino, puesto que de pino es la poca madera que allí se 
encuentra. A menos de veinticinco leg-uas no se hallan, con todo, bosques de 
pinos. 

Que los chichimecas del Gila no pudieron edificar tan Iñen conceljidos monu- 
mentos, es indudable; mal habían de saberlos' construir los que alojaban en 
cavernas á sus mismos príncipes. Menos los habían de levantar los hombres 
del Mediodía: invasiones de Sur á Norte ñolas registra la historia. Los hu- 
bieron de erigir forzosamente invasores de Norte ó, Sur que conociesen la ar- 
quitectura; y hemos visto ya que la conocían y la practicaban los puel)los que 
se extendían desde más allá del Gila hasta los cuarenta grados. Construían 
estos pueblos , y es más , por el mismo sistema de las Casas Grandes : hacían 
también de tapia las paredes. Al Este y al Nordeste no consta que hubiese 
entonces quien supiera otro tanto. 

Los pueblos de más allá del Gila , los sabemos , ademas , hábiles alfareros ; y 
alfareros hábiles resulta que eran los que edificaron las Casas Grandes. Asegu- 
ran, lo mismo Hardy que nuestro compatriota, que hallaron en los alrededores 
de aquellos palacios multitud de ollas y jarras de bellas formas: unas blancas, 
otras azules, otras encarnadas. Hardy, añade, que vio en los contornos del de 
Chihuahua hermosas imágenes de barro como las de Egipto. Tampoco se dice 
que fueran capaces de hacer otro tanto ni los chichimecas del Gila, ni las tribus 
acampadas en las tierras al Oriente. Sábese, por lo contrario, que lo eran los 
aztecas. 

¿No es así lógico presumir que el Aztlan de que se supone que vinieron los 
aztecas, estuviese más allá del Gila? Así parece que lo creía Veytia. Así lo ase- 
gura el cardenal Lorenzana en sus Coraoif arios á las cartas de Hernán Cortés, 
no sin razón tenidos en grande estima. Así lo dí^cía la tradición en el pasado 
siglo por boca de los indios de Chihuahua y la California. Así lo repite ahora. 
La industria de bateleros y la de la pesca ¿no habrían podido acaso ejercerla 

TOMO I 27 



66 HISTOPXA GENEEAL 



los aztecas, ya on las márgenes de ríos como el Sacramento, ya en la bahía de 
San Francisco , ya en los muchos lagos que hay al Noroeste desde los grados 
treinta y seis al cuarenta, ya en los que más al Oriente cortan la monótona 
superficie de las grandes llanuras? 

Difieren los aztecas de los pueblos del Septentrión en lo bárbaro y sangriento 
de su culto ; pero ese culto , según todos los autores . lo adoptaron sólo después 
de haber abandonado su palria. Salieron de Aztlan en la segunda mitad del 
siglo XI, y á semejanza de los toltecas emprendieron una peregrinación que 
duró más de doscientos años. En este largo viaje adoraron i)or primera vez á 
Huitzilopochtli. y le dieron en holocausto su sangre y la de sus enemigos. 

El motivo jKir qué los aztecas dejaron el país de Aztlan. si lo dice la tradición, 
lii calla la hisidria. Lo verosímil es que, como los pueblos del Norte de Europa, 
se mo\"iesen en busca de mejores tierras. A\"anzar()n, según todas las probabi- 
lidades, lenta y trabajosamente, aquí desalojando tribus, allí domándolas, casi 
en todas partes abriéndose paso por las armas. Sólo para llegar á Chicomoztoc, 
que debía de estar donde las Casas Grandes de Montezuma, invirtieron, al decir 
de Veytia, más de cien años. Hacían largas mansiones: nueve y hasta once 
años se dice que pasaron en ese mismo Chicomoztoc , donde , en sentir de Tor- 
quemada, se dividieron j)or intimación de sus oráculos. 

Los aztecas no formaban un siilo cuerpo: ¡¡erteneoían , según unos, á siete; 
según otros, á nueve tribus, cada ujia de las cuales tenía su Dios. Pretende 
Torquemada que aquí en Chicomoztoc se separó de las demás la que se distin- 
guió con el nombre de mexica. La verdad es que bien reunidas, bien las unas en 
pos de las otras, siguieron bajando todas al Mediodía. Capitaneadas por un hom- 
bre de gran prestigio, que unos llaman Huitziton, otros Mecitli y otros Camaxtle, 
atravesaron , á lo que parece , la Sonora , ganaron la cordillera occidental , y 
fueron á detenerse otros nueve años en Acahualtzingo, hoy San Juan del Río, 
pueblo á tres leguas de Durango. iVllí. según Gama y Chimalpain, ataron de 
nuevo la cuenta de sus años adoptando las indicciones de los toltecas, y cele- 
braron por la primera vez la imponente fiesta que para renovar el fuego sagrado 
se hacía á la conclusión de cada ciclo. 

De Acahualtzingo descendieron los aztecas á la provincia de Michoacan , por 
la de Xalisco, é hicieron otra larga mansión en las floridas riberas del lago de 
Patzcuaro. En ellas perdieron á Huitziton, quizá muerto á mano airada. Es- 
taban, se dice, inconsolables, cuando les dijeron sus sacerdotes que Huitziton 
había sido arrebatado al cielo y sentado á la izquierda de Tetzauh-Teotl, el 
dios del espanto. Le adoraron desde entonces bajo el nombre de Huitzilopochtli, 
guardaron los huesos en una cesta de junco, la llevaron por los caminos en 
hombros de cuatro ancianos , la pusieron en los lugares de descanso bajo tem- 
pletes de hojas y ñores, y no emprendieron sin consultarle ningún negocio. 
Coiisultábanle por sus sacerdotes , y p(U" sus sacerdotes vinieron á ser regidos ; 



Esta preciosa iiintum jeroglífica se con- 
serva en el musco nacional ile Méjico. Aun- 
que publicada ya en muchas obras, la repro- 
ducimos, seguros de que por ella, quizá mejor 
que por otras, se píxlrá formar idea de lo 
que era la escritura de los aztecas. He aquí 
su interpretación según el Sr. 1>. José Fer- 
nando Ramírez, conservador de aquel museo. 
Esta pintura es un itinerario: representa 
la larga peregrinación que los aztecas hicie- 
ron desde Aztlan al valle de Méjico. El 
camino está indicado por la estrecha faja de 
color cobrizo que serpentea desde el ni'nn. i 
al 48; la marcha y la dirección de los aztecas, 
por la huella negra que á trechos se observa 
á lo largo de la misma faja; el tiempo inver- 
tido en la peregrinación, por los haces de 
yerbas xiuhmolpiüis, que verá el lector, por 
ejemplo, á la derecha del lago del nt'miero I 
V á la derecha de la figura del munero 4; el 
de i^ermanencia en cada estación, por los 
puntos verdes que se notan á la derecha ó á 
la izquierda de figuras como las de los ni'i- 
meros 5 y 7; los pueblos en que los emi- 
grantes se detienen, por sus respectivos jero- 
glíficos. El haz de yerbas es el jeroglífico del 
ciclo ó periodo de 52 años; cada punto verde 
indica uno de los años de este ciclo. 

Dada esta idea general, veamos lo que re- 
presentan las figuras de cada ntimero. 

Xi'MEROS I y 2. Decían los aztecas que ha- 
bían salido de un lugar cercado de agua, por 
nombre Aztlan, á causa de habérseles apare- 
cido repetidas veces en la copa de un árbol 
un pájaro que cantando les decía: Tihiii. ya 
\-anios. Habían creído que una voluntad su- 
perior les mandaba que abandonaran la isla, 
y la habían abandonado á las órdenes de 
Huítriton, Tenoch, Tocpation y otros. El 
niimero i representa el lago, la isleta, el 
árbol y el pájaro de que habla tradición tan 
peregrina. El pájaro canta: así lo dicen las 
nuinerosas virgulillas que salen de su boca. 
Los aztecas le escuchan: asi lo dice la aten- 
ción con que los hombres del niunero 2 lo 
miran. .-\1 pié de la montaña del niunero I 
hay dos cabezas: esto significa que no todos 
los habitantes abandonaron la isla. En el 
lago hay un hombre tendido en una barca: 
este es probablemente el jeroglifico del nom- 
bre del lugar que dejaron los emigrantes. El 
haz de yerbas á la derecha del lago da á en- 
tender que empezaron estos su peregrinación 
al'comenzar un nuevo ciclo. En el mismo nú- 
mero 2 se ve ya á los aztecas en marclia: 
lleva cada jefe de tribu en la cabeza un signo 
que es el jeroglífico fonético de su respectivo 
nombre . 

NÚMERO 3. Veseeneste número un tcoca- 
lli ó templo, un árbol, un jeroglífico fonético 
y un xiuhinolpilli ó haz de yerbas. El jero- 
glifico es á no dudarlo el nombre del lugar 
en que hicieron los aztecas su primera man- 
sión; las demás figuras significan que allí 
permanecieron hasta la conclusión del ciclo 
y edificaron un templo. 

Nl'mf.ro 4. Las figuras de este número 
indican que en el lugar expresado por el jero- 
glifico contaron los emigrantes otro ciclo. 
Xl'MERO 5. Un jeroglifico dice C/"i-i7//«»: 
los puntos, que allí permanecieron diez años 
los aztecas. 

í\i!'.MERo6. ¿Tocoko? Aquí contáronlos 
aztecas, según el haz que se ve al lado, otro 
ciclo. 

Nt'MEKO, 7. Oztollaii. Aquí permanecieron 
cinco años, según los puntos de la derecha. 
Ni'MEKO 8. Mi'.qiíiahuala. Aquí se ex- 
presa que levantaron un templo, comjiletaron 
otro ciclo y perdieron á uno de sus jefes, el 
desijínado en el número 2 con la letra 111. La 
jiérdida de este jefe viene indicada en este 
número 8 por la figura in que es la de un ca- 
dáver amortajado según la costumbre de Mé- 
jico. Obsérvese cómo este jefe lleva en los dos 
números 2 y 8 el mismo signo en la calieza. 
NÚMERO 9. Xalpan. .\quí se dice que 
pennanecieron 15 anos 

NÚMERO 10. 'l'ctcpaiuo. Aquí se expresa 
que permanecieron 5 años. 

NÚMERO II. Oxitlipaii. Aquí se ve que 
estuvieron lO años. 

NÚMERO 12. Títzapoli'an. Permanencia: 
4 años. 

NÚMERO 13. Illluilcattpci-. Otros cuatro 
años. 

NÚMERO 14 PapaiiHa. Dos años. 
NÚMERO 15. Tzonpanno. Cinco años. 




CUADRO HISTÓRICO-JEROGLÍFICO DE LA PEREGRIll 




NÚMERO l6. .-tpazco. Cuatro años. 
Ni'MKKO 17. AtUcala^jiiian. Dos afios. 
NiMKUO 18. Ciiaiíhlillaii. Aqui estuvic- 
rim tres afios y se les fué uno de los jefes, 
el imlicado en el número 2 con la letra /■ 
(|\ie pas(') á fundar la poMacion del 
NC.MKKO 19, que se ignora cual fuese. 
Ni'MERO 20. Azcapol'.alco. .\quí permane- 
cieron 7 años y vieron terminar olro ciclo. 
La diversa posición que ocujja el ha?, de 
yerbas y una antigua tradición autorizan, 
según el Sr. Kamircz, la conjetura de que 
aqui hiciesen una corrección cronológica. 

Ni^'.MKKO 21 Chalco. No debieron pasar 
aí|uí un año comjjleto. 

NÚMERO 22. Pantitlan. Tampoco debie- 
ron estar aquí un año. 

Numero 23. 'JoZ/'C/lar. Permanecieron 
arjui dos años. 

NÚ.MICKO 24. Tlccohuatl. No debieron 
pasar aquí ni un año. 

NÚMERO 25. Ciianhlcpct:. Dos años de 
permanencia. 

Número 26. Chiioinoztoc Ocho años de 
jiermanencia. Los sjelc puntos que se ven 
sobre la ligura de este número forman ]iaríe 
del jeroglifico del pueblo .Siete en mejicano 
es chicóme, cue\a í);/í)//;dcaquí Chicomozloc. 
NÚMERO 27. Hiiilujuilocaii. Permanen- 
cia: tres años. 

NÚMERO 28. Se ignora el nombre de esle 
lugar. Permanencia: cuatro años. 

NÚMERO 29. Xaltcpozatihcan: i, a.ño^. 
Nú.mero 30. CozcaciíaitJico; 4 años. 
Nt .MERO 31. Techcatitlan: 5 años. 
Nu.MERO 32. Azcaxochic: 4 años. 
Numero t,t,. Tcpctlafa: 5 años. 
NÚMERO 34. Apan. Ni un año. 
NÚ.MERO 35. Tcozoinaco: 6 años. 
NÚMEROS 36,37, 38, 39y40. C/iafultefec, 
Tlatelolco, CoUiiiacan, Vita parte del lago de 
Méjico, un In^ay desconocido, tal \ez otra 
parte del lago. En Chapultepec, donde se 
e.xpresa que pasaron cuatro años, vivieron los 
aztecas traliajosamente y estuvieron en guer- 
ra con los naturales. Rotos en el último en- 
cuentro, buscaron la salvación por el único 
[nmto que les quedaba abierto, por el lado 
de Méjico que entonces se extendía á las 
faldas del nüsmo cerro. Parte de los fugi- 
tivos se dirigió á Tlatelolco (número 37); 
pero, alcanzados á la orilla del lago, en un 
lugar/ cuyo nombre jeroglifico lo forman 
un medio cuerpo yuna media cabeza de corzo, 
fueron derrotados, según e.xpresa el cuerpo 
humano que alli se ve mutilado y sangriento. 
De los que escaparon \ivos fueron unos 
conducidos prisioneros á Colhuacan (núme- 
ro 38) según denotan las dos figuras liumarias 
que corren cubiertas de sangre por lo alio 
del camino y las cinco cabezas también en- 
sangrentadas que hay á la izquierda; otros 
se salvaron en la parte del lago del núme- 
ro 39; pero el rey de Colhuacan logró des- 
cubrirlos y los hizo sus tributarios, según in- 
dican las figuras/; /, s, ésta imagen del Rey. 
y aquellas representación de las tribus avasa- 
lladas. Estuvieron alli cuatro años j' cerra- 
ron el sexto ciclo. 

Número 41. Se cree que represente esle 
jeroglifico el hecho de haberse refugiado los 
aztecas á los pantanos y malezas de lo inte- 
rior del lago, donde se consigna que estu- 
\ieron seis años. 

Número 42. .•\qui parece indicarse que se 
hizo un sacrificio humano y hubo un combale. 
NÚMEROS 43, 44. 45 y 46. Mansiones en 
cada una de las cuales estu\ ieron los azte- 
cas diez años. 

N ÚMEROS 47. Mixiulican. El grupo repre- 
..enta una mujer que acalia de dar ;i luz un 
niño. 

NÚMERO 48. Permanecieron aquí los azte- 
cas cuatro años y cerraron el séptimo ciclo. 
NÚMERO 49. Teiioclilitlan, término de la 
peregrinación y asiento de la actual ciudad 
de Méjico. Vese aqui el nopal, distintivo 
de la ciudad, los cuatro barrios de la misma 
indicados por las dos líneas azules cortadas 
en ángulos rectos, ^las tribus que se salva- 
ron, representadas por los siete jefes que 
están sentados en dos filas. 

Supongo que habrá comprendido el lector 
que esta interpretación- no puede conside- 
rarse sino como un ensayo. Es, como se ve, 
incompleta, y distamos de poder asegurar 
que sea en todas sus partes exacta. 



i ION DE LAS TRIBUS AZTECAS AL VALLE DE MÉJICO 



I)U .\Mi:i!iCA 67 

por Apanecall . p(H' Té/cacoliuall . |i(ii' ( 'liiiiialmaii . \h)v Quaulicoliuait , llauíado 
también Quauh11(^(pi('1/,(pii, (pie víik» ;i: ser su vci'dadrro jefe. 

Acostumbraban los aztecas, como los toltecas, á dejar gente en sus mansiones. 
Dejáronla sobre todo en Micboacan . donde es casi se^'uro cpic se dividieron é in- 
dudable que abandonaron ;\ Malinalxochitl, hermana de J:lni1zib)ii , que fué á 
establecerse en Texcaltepetl con gran número de sus parientes. Salieron de Pa1z- 
cuaro hacia el Nordeste , é hicieron otro alto en Coatepec , cerro que según la 
tradición convirtieron por consejo de sus sacerdotes en isla, atajando el próximo 
río y derramándolo por la llanura. Coatepec está cerca de Tula: agradáronse de 
la belleza del suelo y la bondad del clima , principalmente después que vieron . 
cubiertas de una brillante vegetación las orillas del nuevo lago, llenas de peces 
las aguas, de pájaros el aire. Tan satisfechos estaban en Coatepec, que cuando 
á los nueve años se les ordenó que lo dejasen, se resistieron por primera vez á 
obedecer á sus caudillos. 

Entonces fué cuando, en opinión de los analistas, se abrió la puerta á los sa- 
crificios humanos. Hablaron los sacerdotes al pueblo y le dijeron: «Hé aquí lo 
que acabamos de oir á Huitzilopochtli : ¿i\.sí es cómo me respetan los mejicauos? 
¿son acaso mayores que yo? No ha de pasar un solo día sin que tome venganza 
de su agravio , para que sepan todos que sólo en mí tienen su voluntad y su 
ley. » Oyerou de noche los amedrentados aztecas un grande estrépito en el lugar 
que les servía de templo , y al amanecer vieron tendidos al pié del altar los ca- 
dáveres de los amotiuadores. ¡Cuál no fué su terror cuando los vieron abierto, 
ensangrentado y sin corazón el pecho ! Creyeron desde entonces que sólo con la 
sangre del hombre cabía aplacar la cólera de Huitzilopochtli. 

Rompióse luego , dicen , la presa que se había hecho , recobró el río su antiguo 
curso, seco el valle, perdió sus encantos, y, resignados los aztecas, volvieron á 
emprender la marcha. Lo notable ahora es el estrecho espacio en que se mueven 
por más de un siglo. Algunos, los teochichimecas , forman campo aparte, y, 
dirigiéndose resueltamente á Mediodía, bajan á Tláxcala: los demás van dando 
vuelta á los lagos de Méjico. Hacen tan cortas las jornadas como largas las 
mansiones; y á la vuelta de diez años están á lo mejor á diez leguas del punto 
de que partieron. Cnce años después de haber dejado á Coatepec, llegaron, 
según Torquemada, á Zumpango, donde por primera vez hallaron favorable 
acogida. 

Era entonces señor de Zumpango Techpanecatl, y los recibió hasta con 
deseo, bien porque se prendara de la cultura y el aire marcial que los distin- 
guía, bien porque los creyera excelentes auxiliares para las luchas que á la 
sazón sostenía con sus vecinos los xaltocanecas. Les pidió mujer para Ilhuicatl 
su hijo, les dio una de sus hijas en matrimonio, les facilitó utensilios, tuvo 
por fin, con ellos tal alianza, que consintió en que se llevaran á su heredero 
Guando se determinaron á proseguir el viaje. De ese heredero, de ese Ilhuicatl 



68 niSTOElA GENEEAI. 



les nació H no lardar Ihiilzililiuill, á quien se considera como el primer rey 
do los mejicanos. 

No fueron ya en mucho liempo tan afortunados los aztecas. Aunque cortos en 
número — Aubin pretende que no pasaban de quinientos, — excitaron en todos los 
pueblos del Anabuac recelos y desconfianzas. Nueve años estuvieron en Zum- 
pango, y en otros veintidós no bailaron punto en que dormir tranquilos. Llega- 
ron un día á Tepeyacac , que estaba en las fronteras del señorío de Azcapotzal- 
00. Se les exigió tributo; y, como no pudiesen pagarlo, bajo las amenazas de 
los tecpanecas se hubieron de retirar precipitadamente de Tepeyacac á, Pantit- 
lan, de Pantitlan á Popotlan y de Popotlan á los bosques de Chapultepec, don- 
do hubieron de empezar por atrincherarse. 

En Chapultepec tuvieron los aztecas algún descanso. Pertenecía también al 
rey de Azcapotzalco , pero estaba inmediatamente sujeto al señorío de Mazatzin, 
padre de una joven de rara belleza llamada Xochipapalotl , la flor mariposa ó la 
mariposa de las flores. Se enamoró Xochipapalotl del jefe de los extranjeros, y el 
padre los dejó vivir allí pacíficamente aun después que por muerte de Quahui- 
tonal subió al trono de los culhuas. Dábase ahora el nombre de culhuas á los 
toltecas que habían logrado sostener en Colhuacan su en otras partes derrumba- 
da monarquía. 

En Chapultepec se repusieron los aztecas de sus fatigas, eligieron rey á Huit^ 
zilihuitl, y se atrajeron algunas de las trilius que los habían dejado por no su- 
frir el despotismo de sus sacerdotes. Más en número, y con más bríos, inspira- 
ron nuevos temores á los vecinos pueblos. Tuvieron primeramente contra sí á 
los de Xaltocan, que los redujeron á no poder salir de sus trincheras; después á 
los tecpanecas, que volvieron á exigirles tributo. También vencidos en esta lu- 
cha, hubieron de implorar la misericordia de los reyes de Azcapotzalco, que 
afortunadamente los respetaron y los hicieron respetar por la alianza que con 
ellos contrajeron. 

No es aún Chapultepec el definitivo asiento de los aztecas, pero sí el cerro 
desde donde han de tender sobre el Anabuac sus alas de águila. Están , i)or de- 
cirlo así, á la orilla del lago en que fundaran un día la cabeza de su Imperio. 
No podrá ocurrir ya suceso de importancia en que no figuren , lucha en que no 
suene el rumor de sus armas. Han llegado á Chapultepec precisamente al morir 
Tlotzin Pochotl, cuando están para empezar las guerras feudales, y príncipes 
ambiciosos van á disputarse en los campos de batalla la corona de los emperado- 
res. Podrán decidir muchas contiendas con sólo arrojar sus arcos ó sus macanas 
en uno ú otro plato de la balanza. 

Murió Tlotzin, según Brasseur, el año 1246; según Veytia, el 1298. Su hijo 
Quinantzin-Tlaltecatzin cometió al empezar su reinado tres graves yerros. 
Trasladó á Tezcuco la capital del Imperio; confió el gobierno de Tenayocan á 
un tío suyo bastardo, por nombre Tenancacatl , que se creía con derecho á la 



DE AMKlíirA fi9 

corona; y se hizo llevar á su luieva corio bajo dosel y en andas por ])rín('ipos 
y reyes. Herida en su oryuUo la aristocracia y descontenta la plebe, no tardó 
en ser objeto de una insurrección formidable, que tu^•o naturalmente en Tenan- 
cacatl su bandera y su jefe. Impotente para reprimirla, vio prontíj reducido 
su poder al reino de Tezcuco y á los pequeños estados de Coatliclian y Xuexotla. 
Permaneciéronle fieles los del Norte y los de Xaltocan y Colliuacan , pero con- 
siderándose poco menos que independientes. Fué proclamado Tenancacatl 
emperador de los cbichimecas. 

No se impacientó Quinantzín, á lo que parece, por recobrar su Imperio. For- 
tificó basta donde pudo sus estrechos dominios, fué lentamente aumentando 
sus tropas , y dejó á la acción del tiempo y la discordia la ruina de los vence- 
dores. Obró, en verdad, cuerdamente. Por aquellos días habían adquirido los 
aztecas gran renombre. Llamados en auxilio de Coxcox, rey de los culhuas, le 
habían dado una completa victoria soljre los xochimilcas. Los l)uscó Aculhua II, 
rey de Azcapotzalco , A quien devoraba una ambición sin límites , y los movió 
contra Tenancacatl facilitándoles en secreto gente y armas. Salieron vencidos 
los aztecas en su primer ataque; pero al segundo, favorecidos oportunamente 
por los soldados de Actilhua, que se habían escondido entre los juncos y las 
espadañas de los lagos , no sólo derrotaron á Tenancacatl , sino que también 
le obligaron á dejar la corte, que entraron á sangre y fuego. No por esto 
volvió Quiuantzin al trono de sus mayores ; pero se vio vengado y ganó en 
prestigio. 

Apoderóse del Imperio el rey de Azcapotzalco; y, no satisfecho con tanta 
grandeza, hizo volver á Colhuacan los ojos de su hermano Acamapichtli. Casado 
Acamapichtli con una hija de Achitometl, se presentó con más derecho que 
Coxcox al reino de los culhuas , y se decidió á ganarlo por la fuerza. Ganólo 
después de dos meses de lucha, gracias principalmente al arrojo de los aztecas, 
que, después de haber derrotado en batalla campal á los enemigos, los persi- 
guieron hasta la misma ciudad de Colhuacan y la tomaron por asalto. Grandes 
fueron desde entonces el terror que infundieron esos aztecas y el poder de que 
gozaron los señores de Azcapotzalco ; pero vino al cabo á prevalecer Quinant- 
zín sobre tan orgullosos príncipes. 

Quinantzin vio venir de repente sobre sí numerosos ejércitos capitaneados 
por hombres que hasta querían privarle de su reino de Tezcuco : por los señores 
de Meztitlan y Tototepec y por Acotoch , Yacanex é Icuex , los antiguos rebel- 
des. Dueño ya de muchas tierras, á que se unieron las de Xaltocan, CoatHchan 
y Xuexotla , desplegó tal energía y tuvo tal acierto . que en días acabó con sus 
enemigos, y á los jefes que no logró matar en el campo los hizo prisioneros. 
Sus rápidas , sus decisivas , sus inesperadas victorias hicieron mella hasta en 
el ánimo de pueblos que obedecían á la casa de Azcapotzalco. Le felicitaron y le 
prestaron homenaje los mismos aztecas; y Aculhua, temiendo' perder hasta su 



70 HISTOBIA GENERA t, 



autiguo señuríu, liubu de pasar por el dun) Iraiice de ir á Tezcuco y devolver 
ú Quinantzin el Imperio. 

¿Qué habían hecho en tanto los aztecas? Los aztecas eran para sus patroci- 
nados, á la par que un escudo, un peligro. Uniéronse con los soberanos de 
( 'olhuacan hasta el punto de elegirlos, muerto Huitzilihuitl, por sus propios 
reyes. Ya que pudieron extenderse por todo aquel Estado, se hicieron general- 
mente odiosos. Turbulentos, ensoberbecidos por sus triunfos, excitados por an- 
tipatías de raza, se entregaron á todo género de violencias, á violencias tales, 
-que Xiuhtemoc, sucesor de Acamapichili, no pudo menos de arrojarlos de sus 
fronteras. Rodearon entonces los lagos y se establecieron, nnos, los menos, en 
Tlatelolco, otros, los más, en lo que hoy es ciudad de Méjico. Creían tener de 
su dios Huitzilopochtli la orden dB no hacer asiento sino donde viesen sobre 
un nopal Tin águila devorando una culebra: creyeron haberla visto y pusieron 
tíH'mino á su viaje. Los impacientes, los que cansados de su larga peregrina- 
ción no quisieron esperar para concluirla á descubrir el águila, fueron ios que 
ocuparon la pequeña isla de Tlatelolco. Unos y otros vivieron bajo la sombra 
de los reyes de Azcapotzalco. 

No llamaron por entonces los aztecas la atención de Quinantzin , que sólo se 
ocupaba en reconstituir su Imperio. Era Quinantzin de esos hombres que sin 
carecer de energía tienen por la uK^jor de las políticas la blandura y la clemen- 
cia. No sólo perdonó á los _ vencidos ; devolvió á los más los señoríos de que 
antes de la rebelión gozaban. No se precavió contra futuras insurrecciones, 
sino creando altas dignidades que obligaran á residir en su corte y distribu- 
yéndolas entre los herederos de sus feudatarios. Teníalos así como en rehenes, 
y los acostumbraba á la obediencia. Mas ¿qué han de valer nunca los primeros 
ataques de los reyes contra los vicios orgánicos de las instituciones de los pueblos? 

El sistema feudal entre los chichimecas iba tomando de cada día más alar- 
mantes proporciones. Se multiplicaban los señoríos. Reyes como los de Colhua- 
can y los de Azcapotzalco se consideraban al nivel de los emperadores. Crecían 
los subfeudos. Arriba los arranques del orgullo, abajo los males de la servi- 
dumbre, eran constantes motivos de discordia. Así los tumultos y las guerras 
fueron, aunque de tarde en tarde, retoñando. Húbolos primero en Cholula, 
se los promovió luego desde el mismo palacio de Tezcuco. 

Seguía gobernándose Cholula por sns sacerdotes. Era como antes el templo 
de Quetzalcoatl y la ciudad santa de los toltecas. Dependía de los reyes de 
Colhuacan, y por ellos de los emperadores; pero gozaba de cierta autonomía 
y aun ejercía autoridad sobre muchos pueblos del contorno. Contra' esa autori- 
dad se levantaron ahora Cuetlaxcohuapan , Quauhquecholan y Ayotzingo. La 
sublevación fué tal , que , impotentes los sacerdotes para dominarla , hubieron 
de acudir á Colhuacan y á Tezcuco en demanda de soldados ; pero ya que los 
tuvieron, se dejaron caer con ímpetu sobre las villas rebeldes , y en días las 



DE AMÉBICA 71 



sojuzgaron bañándolas en sangre. Creyeron ó aíeetnron creer que liahia ocur- 
rido el mo\-imiento por sugestiones de los chichimecas , y desterraron do la Re- 
pública á cuantos no estaban unidos con los toltecas por los lazos de la afinidad 
ó el parentesco. 

La otra insurrección fué ya una guerra. Pelearon alli los aziecas por pri- 
mera vez en favor del Imperio. Tenían los de Tlatelolco por rey á Mixcohuall 
Tlepcoatzin, hijo segundo de Acuilma de Azcapotzalco ; habíanse dado por 
caudillo los demás á Tenuhczin . anciano de gran valor y prudencia ; y lo mis- 
mo Tenuhczin que Mixcohuatl acudieron en socorro del Empei-ado]' al primer 
llamamiento. 

Promovieron la lucha y se pusieron á la cabeza de los descontenlos cuatro 
de los cinco hijos del mismo Quinantzin, quejosos de no halier reciI)ido de su 
padre reino ni señorío, cuando no había dejado de recibirlos ninguno de sus 
deudos. No les fué difícil agitar el Imperio. Prosigiiiendo Quinantzin la obra de 
sus antecesores, se afanaba por construir y embellecer ciudades, reducir á cul- 
tivo la tierra, y mezclar los piieblos bárbaros con los más cultos. Ahora mismo, 
habiendo llegado á las lagunas de Méjico dos nuevas tril)us procedentes de la 
Mixteca, la de los chimalpanecas y la de los tlaitlolacas , hábiles principalmente 
en escribir con jeroglíficos la historia, los estaba distribuyendo por su capital 
y las villas "de más importancia á fin de que fueran derramando la civilización 
por todos los ámbitos de la Monarquía. Como ya se ha visto, irritaban estas me- 
didas á gran parte de los chichimecas, refractarios á todo progreso. Muchos, 
lo ha visto tainhien el lector, no piidiendo tolerarlas, hashi huían de los valles 
y corrían á guarecerse donde se conservasen puras sus costumbres. Aprovecha- 
ron los hijos de Quinantzin ese estado de cosas para el logro de su intento, que 
era nada menos que destronar al padre , coronar al hijo mayor y crear para los 
otros hijos nuevos señoríos. En los chichimecas bárbaros tuvieron su más firme 
apoyo. 

Rebeláronse las pro^-incias de Huastepec , Totolapan , Huehuetlan , Mizquic 
y Cuitlahuac, otras más al Occidente que se extendían á las playas del Pací- 
fico, algunas de las gentes sujetas á los reyes de Colhuacan , Xaltocan y Coat- 
lichan . Y los teochichimecas de los llanos de Povauhtlan, los más bravos v 
de más difícil vencimiento. Llam(3 Quinantzin á las armas á sus feudatarios, y 
reunió, según Veytia, hasta cien mil hombres, que distribuyó en seis ejércitos, 
confió al mando de los reyes y señores de más valor y pericia, y dirigió contra 
las diversas provincias de los rebeldes. Contra Cuitlahunc fueron los aztecas ;l 
las órdenes del rey de los culhuas ; contra Totolapan , el Emperador mismo , 
acompañado de Techotlalanzin , el solo hijo que le permaneció fiel en tan des- 
hecha borrasca. Es de advertir que estaban en Totolapan sus desnaturalizados 
hijos. 

Fueron batidos en todas partes los insurrectos; mas no desistieron fácil- 



72 • HISTOEIA GENERAL 



mente de su empresa. Prolongaron por dos años la lucha; y cuando ya, mer- 
mados y rotos, no podían separadamente sostener el empuje de sus enemigos, 
se reunieron iodos en los campos de Poyauhtlan y dieron la última batalla. 
Desesperados fueron por una y otra parte los esfuerzos, tanta la sangre ver- 
tida, que dicen si lleg«J á teñir las aguas de los próximos lagos. Venció final- 
mente Quinantzin haciendo prisioneros sin número y dejando la llanura cu- 
bierta de cadáveres. 

Los resultados de la victoria fueron indecibles. Sin esperanza de reponerse 
los vencidos . atravesaron Sierra-Nevada y se derramaron hasta Veracruz , po- 
blando las l)ro^ lucias de Atlixco, Cholula, Tláxcala y Huexotzingo. Data 
principalmente de entonces el engrandecimiento de la ciudad de Tláxcala, 
después cabeza de una célebre república. Crecieron y medraron todas aquellas 
provincias, no sólo con los dispersos, sino también con los proscritos. Perdonó 
Quinantzin la vida á sus hijos desleales, que en ninguna batalla osaron po- 
nérsele frente á frente; pero los excluyó de la sucesión y los desterró á Tláx- 
cala. Á- Tláxcala y Huexotzingo fueron también desterrados todos los prisione- 
ros de noble alcurnia. Á Tláxcala fué la misma Emperatriz, que prefirió seguir 
la suerte de sus hijos á continuar en el trono. Con tanta afluencia de gente de 
distinción aumentó la riqueza y cambió la vida de aquellas comarcas. 

Adquirió, por otra parte, el Imperio solidez y fuerza. Aprendieron señores y 
y pueblos á respetarlo, y en lo que vivi() Quinantzin no se atrevieron á rebe- 
larse. Prevaleció la civilización sobre la barbarie: que quisieran, que no, 
hubieron de irse amoldando los chichimecas á la vida culta. Fueron de día en 
día ganando los toltecas , por más que Colhuacan estuviese ya en decadencia 
gracias á sus civiles discordias. Por toltecas se tenía á los aculhuas, decidida- 
mente por toltecas á los recien venidos chimalpauecas y tlaitlolacas , que. como 
indiqué, procedían de las costas del Pacífico. Fueron todos compenetrando y 
modificando el Imperio, y el Imperio buscando en ellos su levadura. 

Ni adelantaron poctj los aztecas. Por su extremado valor en la toma de Miz- 
quic y Cuitlahuac se captaron la benevolencia de Quinantzin y del Rey de los 
aculhuas. Pudieron tranquilamente consagrarse á edificar, ademas de la ciudad 
de Tlatelolco, la de Tenohctitlan , aun hoy capital de Méjico. La halúan fun- 
dado después de haber vivido por algún tiempo dentro de la laguna en balsas 
compuestas de gruesos bambúes, sobre que extendían una capa de tierra sus- 
ceptible de las siembras y plantaciones necesarias para su alimento. Al tras- 
ladarse á las orillas, habían debido contentarse por de pronto con hacerse 
humildes cabanas al rededor de otra puesta en alto , templo de Huitzilopochtli. 
Podían aliora construirse viviendas más sólidas. 

La ciudad de Tenohctitlan llevaba también el nombre de México: el de Mé- 
xico p(ir llaiiüirse moxicas los aztecas; el de Tenohctitlan por ser Tonulu-zin ó 
Tenuhc el caudillo fie sus fundadores. Habrá observado el lector la gran dis- 



LÁMINA PRIMERA DE LA COLECCIÓN DE MENDOZA 




.\'os I á 10 Capitanes (¡uc sc^un al'juiios escritores. (lín<5ieron á los aztecas á su salubi de Aztlan 
Llainabaj.se se^ua el interprete del Códice: Aranlli, Ouapa. (Icelnpa.iqíieA-oll, Tfcineuh..Tenufh.Xü 
raimill. Xi.covolXiuhoaq y .\Lololl-lly VI Figuras que represerilan las nucla;les <ie lenayocaii. 

ó Teiiovuca v Tenochtillaa o Méjico. 



DE AMÉRICA 73" 



paridad de fechas que para cada acontecimiento so halla on los escritores de 
América: desde la fundación de Tenohctitlan esa disparidad va disminuyendo. 
Pénela Veytia en 1327; Brasseur en 1325; Torquemada en 1341. Continúa 
discorde sólo Ixtlilxochitl , para quien ocurrió dos siglos Antes , .si hemos de 
atenernos á su Historia de los chichimecas. 

Murió Quinantzin, según Veytia, siete años después de la batalla de Po- 
yauhtlan, dejando por sucesor en el Imperio á su hijo menor Tcchotlalatzin ó 
Techotlala, de gran capacidad para la política. Había tenido Techotlalatzin 
por nodriza á una señora tolteca, nacida en Colhuacan, y haljlaba de niño 
el idioma náhuatl , que llamaron después mejicano. Lo declaró nacional, y lo 
hizo desde luego de uso obligatorio para los empleados públicos. Estaban ya 
entonces muy mezclados y confundidos toltecas y chichimecas: la reforma no 
fué ni tan inoportuna ni tan difícil como podría parecer á primera vista. Sobre 
que al náhuatl pertenecían los nombres de los lugares , y sólo por el náhuatl 
cabía descifrar los jeroglíficos. 

Fué Techotlalatzin, como su padre, decidido partidario de los toltecas. Ha- 
bían retoñado en Colhuacan las luchas religiosas de la antigua Tula; y acaba- 
ban de ser arrojados del monte Huexachtecatl las cuatro tribus toltecas que en 
él rendían culto á Tetzcatlipoca. Acogiólos Techotlalatzin cariñosamente , y las 
aposentó en la misma Tezcuco, donde cada una construyó su barrio. No sólo les 
dio morada , les concedió libertad para que adoraran como quisieran á sus dioses, 
les erigieran templos y aun les ofrecieran sacrificios. 

Tan partidario era Techotlalatzin de todo lo tolteca, que á lo tolteca tenía 
montados su palacio y su corte. Desplegó ya en los primeros días de su reinado 
un lujo y una magnificencia que recordaban á los aculhuas los antiguos tiem- 
pos. Se celebraron por primera vez á su advenimiento al trono, según refiere 
Torquemada, luchas de leones y tigres. Revistió luego el poder imperial de 
grande aparato; se hizo de una brillante y numerosa servidumbre. 

Era hombre Techotlalatzin que amoldaba todos sus actos á un fin polí- 
tico, la subordinación de la nobleza: á su íin encaminaba hasta ese fausto 
de su casa y corte. Habíase propuesto su padre tener como en rehenes á los 
herederos de los príncipes tributarios; propúsose él hacer residir en Tezcuco 
á los príncipes mismos y lo consiguió en gran parte. Aumentó hasta veinti- 
siete el número de los reyes, y los reunió en un consejo de Estado. á que some- 
tía los grandes negocios. Creó consejos especiales de Guerra, de Relaciones Di- 
plomáticas , de Hacienda , de Cámara , y encerró en ellos á los señores que más 
temía. Puso al frente de estos cuatro cuerpos á personas que le estaban unidas 
por la amistad, cuando no por la sangre, y presidió él mismo el Consejo de 
Estado. 

El de Cámara tenía principalmente por objeto mantener el T)rillo y esplen- 
dor del trono: sus individuos, todos grandes dignatarios, constituían el séqui- 

TOMO I 29 



74 HISTOIUA GENERAL 



to (lol Monarca. Fonm» lodiivia Techotlalatzin otro cnorpo con los artífices 
qne le lahralian el oro Y la plata, los vestidos y las armas. Le convenía dar 
asiento en Tezcuco á un señor llamado rolmatl. y le colocó á la caheza do 
este cuerpo. Loa'ró por esas medidas convertir en simples consejeros de la Co- 
rona, cuando no en humildes palaciegos, á hombres que desde sus feudos ha- 
bían sido para los emperadores un constante peligro; yá muchos los dol)ló de 
tal modo á la. servidumbre , que á los pocos años , no ;'i sus artesanos , sino ;'i 
los hijos de Cohuatl mismo debía sus armas, sus trajes y todas sus galas y 
joyas. 

Llevó más all;i Techotlalatzin su astuta política. Andando el tiempo, dividió 
la Nación en sesenta y cinco provincias donde puso otros tantos gobernadores, 
y esto de manera que en todas viniesen á reunirse gentes de distintas razas, á 
fin de que si en una, por ejemplo, intentasen sublevarse los acuilmas, lo impi- 
diesen los toltecas, y si los toltecas los aculhuas. No por esto suprimió los se- 
ñoríos. Señores los hubo entonces quizá más que nunca: á setenta y tres ascen- 
dían, según la lista que nos dejó Ixtlilxochitl en su octava relación de los chi- 
chimecas. ¿Qué importaba, dirá el lector, si muchos apenas lo eran ya más que 
de nombre? Guardémonos de creer que el feudalismo hubiese muerto: las 
viejas instituciones tardan en morir, y aun después de muertas inñuyen ex- 
trañamente en el ser y la marcha de los pueblos. 

Los veintiséis reyes no se reunieron sino dos veces bajo aquel largo imperio. 
Se los quiso inútilmente divertir en apartadas guerras contra los pueblos del 
Norte : estuvieron siempre más atentos á su ¡¡ropia fortuna que á la de Tez- 
cuco. Se engrandecieron, á pesar de todo, los de Azcapotzalco. Decayeron los 
de Colhuacan y aun vinieron á gran ruina; pero no por la política de Techot- 
lalatzin, sino por las sangrientas luchas de religión á que abrieron la puerta' y 
no supieron ¡¡oner coto ni término. Comprendían todos el alcance de las refor- 
mas y las aborrecían : no esperaban sino una ocasión favorable para atacar- 
las. Era Techotlalatzin hombre de temple, y en tanlo que vivió las respetaron 
y enmudecieron : no bien murió , cuando en el mismo sepulcro dejaron sentir 
su enojo. 

Aun viviendo Techotlalatzin hubo , ademas , sus guerras feudales , primero 
entre Xaltooan y Azcapotzalco , después entre Tláxcala y Huexotzingo. Rei- 
naba á la sazón en Azcapotzalco, por muerte de Aculhua II, Tezozomoc, jefe 
de los tecpanecas , que soñaba nada menos que con ceñirse la corona de Tez- 
cuco; en Xaltocan, Tzompanzin ó Tzompantecuhtli , jefe de los otomíes, que 
consumía en el ocio y los placeres el tiempo que debía consagrar á la paz y al 
buen régimen de sus ¡¡ueblos. Declaró Tezozomoc la güera á Tzompanzin, 
bien aparentando, como algunos pretenden, salir á la defensa del Imperio, 
bien pretextando, como parece más cierto, que los otomíes invadían y talaban 
con frecuencia su lerritorio; y la hizo coa lal energía y tan buena suerte, que 



DK .SMKMICA 



loij,TÓ ú poco cutral' en la ciudad de Xaltocuu y unirla á sus Estados. Costóle más 
trabajo reducir el Reino; pero á la larga lo redujo. 

La guerra de Tláxcala se debió principalmente á los chichimecas , que des- 
pués de la batalla de Poyauhtlan buscaron en aquellas regiones un asilo ; pero 
fué al fin una guerra entre dos señores. Decidieron los chichimecas por su 
causa al señor de Huexotziugo, que miraba con envidia y con recelo los ade- 
lantos de los tlaxcaltecas, y, siiblevados á la vez en todas sus poblaciones 
contra el despotismo de que se decían víctimas, fueron con numerosas tropas 
sobre Tláxcala y le pusieron cerco. En grave apuro se halló esta ciudad á 
pesar de haberse apresurado Techotlalatzin á socorrerla ; en apuro tan grave , 
que cuando se vio libre de enemigos, atribuyó su victoria sólo al favor de los 
dioses. Envueltos los sitiadores en una oscura niebla, se habían destruido los 
unos á los otros. 

Fué , sin embargo , Techotlalatzin i:uo de los príncipes que más acertaron á 
conciliar el progreso con el orden. De claro juicio, supo contener dentro de 
justos límites su espíritu de reforma. 

Para la más rápida fusión de los pueblos cultos y los pueblos bárbaros , con- 
sintió en sus dominios la idolatría; pero sin dejarle atravesar los umbrales de 
su palacio , ni permitir que se vertiera en los templos la sangre del hombre. 
«Para mí, decía, no hay sino un Dios que todas las mañanas saludo en 
el Sol que nace. Como no es cuerpo, me parecen innecesarias las ofrendas. Ni 
puedo convencerme de que, habiendo creado los animales, se complazca en 
verlos impía y estérilmente sacrificados. Menos he de creer aún que se agrade 
en el holocausto del hombre, horror de la naturaleza.» No dejaba de lamentar 
que por el contacto de las demás razas fuese la suya abandonando la sencillez 
del antiguo culto: pero, ¿podía, aislándola, sacarla de la barbarie? Para guar- 
dar sus dioses levantaban entonces tribus enteras sus hogares y abandonaban 
con facilidad el suelo de la patria 

Los jefes chichimecas se han presentado hasta aquí muy superiores á sus 
pueblos. Techotlalatzin llevó esta superioridad al punto de no dejarse arrastrar 
al vicio ni aun por los hombres á quienes más admiraba. Repugnó al par de 
la idolatría los amores ilícitos. Como los antiguos chichimecas, ni solicitó más 
de una mujer ni la conoció mientras la tuvo encinta. Tampoco se entregó sin 
freno á los placeres de la mesa. Menos en el fausto de su persona, siguió en todo 
las severas costumbres á que debieron sus antepasados esa longevidad de que 
con más ó menos exageración hablan todas las historias. No serán así ya los 
que le sucedan. 

Esa severidad la llevó Techotlalatzin , como era natural, á las leyes. Exigió 
que se las cumpliera rigorosamente. Castigó hasta con dureza los delitos. Tra- 
bajó por establecer la igualdad en los tributos. Pretendió poner fuera del 
alcance de los poderosos la suerte de los débiles. 



HISTOKIA GENERAL DE AMKEICV 



Podía iaiilo y más Teeliotlalatzin , morced á su entereza y su carácter. ¿Podrá 
ya ni lanío su hijo Ixtlilxochitl, á quien deja mozo, sin experiencia, rodeado de 
peligros y con una carga que habría sido pesada para más robustos hombros? 
Al morir los demás emperadores habían acudido presurosos barones y reyes á 
darles sepultura y prestar homenaje al heredero; al morir Techotlalatzin sólo 
cinco pequeños feudatarios acudieron á Tezcuco. Se cernía evidentemente la 
tempestad sol)re el Imperio. ' 



' Ixtlilxocliitl. — Historia de los chichimecas, parte 1.", cap. X-XIV. — Veytia. — Historia Antigua de 
Méjico, lib. II, capítulos XII-XXVII. — Torquemada. — Monarquía Iiuliana, cap. I-VIII. — Brasseur. — 
Histoiro des nations civiUsées dii Mexique, liv. VI, chapitrcs IV ct V, liv. VII. — Saliagun. — Historia 
itnicersal de las cosas de la Nueva España, lüj. VIII. cap. I y III. 



^CáPITULQ; ?II 



Como estaban separados los aztecas.— Forma ñe goljierno que adojitaroii.— Bajo el rey Acamapichtli so confunden en uno 
Colliuacan y Méjico.— Bajo Huitzilihuill II quedan los mejicanos exentos de pafjar triliuto.— .adelantos que los mejicanos 
hicieron hajo los dos reyes.— Imitan los tlatelolcas á los mejicanos.— Confianza (|U ; en unos y en otros pone el rey de Azca- 
potznlco.— Quien era Tozozomoc— Quién Ixtlilxoclütl.— Guerra de Tezcuco y .\zcaiiotzalco.— Tozozomoc se alia con los reyes 
de Tlatelolco y Méjico.— Derrotas que sufre.— Sitio de Azcapotzalco jior Ixtlilxocliitl.— Paz inijirudentemente concedida á 
Tezozomoc— Consecuencias que tuvo.— Perfidia y celada de Tezozomoc— Muerte de Ixtlilxochitl. — Tezozomoc se apodera 
del Imperio. — Netzaliualcoyotl. hijo de Ixtlilxochitl.— Su nacimiento. —Su jura en Xuexotla.— Su educación.— Su fuga des- 
pués de muerto su padre.- Su persecución por Tezozomoc— Tezozomoc le deja vivir primero en Méjico y después en Tezcu- 
co: pero encarga al morir que le maten en sus funerales.— Tezozomoc designa por sucesor á su hijo seg-undo y muere.— 
Maxtla. su jjrimog-ónito. S3 hace proclamar, sin emhargo, Emperador é intenta matar á Netzahualcóyotl.— Fuga célebre 
de Netzahualcóyotl.— Tocutzingo.—Pinolco.—Tlecuihic.—Tecpan.—Quauhtepec.—Tlamanalco.— Campamento de Calpolal- 
pan.— Acude en defensa de Netzahualcóyotl hasta el rey de Chalco.— Falsa situación de Maxtla. que está en guerra con 
los aztecas.— Campaña da Netzahualcóyotl.— Entra sin resistencia en Tezcuco.— Gana por los chalcas á Ooatlichan y por 
los tlascaltecas y huexotzingas á Acolman. que jiasan á fuego y sangre.— Embarazosa situación de Maxtla iior la tenaz re- 
sistencia de los aztecas.— Recibe Netzahualcóyotl una embajada de Itzcohualt y acepta la alianza que éste le projione.- No 
se decide á socorrerle hasta principios del año 1128. -Solicita de nuevo el apoyo de Tláxcala y Huexotzingo.— Ordena que 
lleven tropas á Méjico los señores de Chalco y Xuexotla. y éstos le maltratan los enviados y se sublevan.— Hace levantar 
el sitio de Méjico.— Resuelve ir sobre Azcapotzalco con Itzcohuatl.— Su brillante campaña contra Maxtla.— Se detiene ante 
la zanja y ol parapeto de Mazatzintamalco.— Toma la ciudad de Azcapotzalco después de ciento quince días de sitio y da 
una gran batalla. — Estragos que hizo en la ciudad y en todas las que fué tomando al Norte. — Baja de nuevo á Méjico, don- 
de se celebran grandes fiestas.- Sus creencias religiosas.— Obras jiúblicas de Méjico que so le atribuyen.— Emprende en 
1429 la sumisión de los rebeldes de Xuexotla y Chalco. que tenían en su favor la ciudad de Tezcuco.— Su conducta en Tez- 
cuco y las domas ciudades.— En 1131 ve domado y sumiso todo el valle de Méjico.— Nueva constitución que da al Imperio. 
-Triunvirato.— Causas que pudieron moverle á que lo creara y estableciera. 




^J OMO dije en el anterior capitulo, divididos los aztecas 
<r - en dos campos, se establecieron los unos en Tenolic- 



titlan y los otros en Tlatelolco. No estaban separa- 
dos sino por un pequeño istmo, sólo visible al de- 
crecer las aguas; y vivían, con todo, independientes. 



M 

^ )^ Tenían distintos sacerdotes y distinto gobierno. Politica- 
mente sólo estaban unidos por el hecho de pagar trilnito 
á unos mismos príncipes. Como todos habitasen en territorio 
de los tecpanecas, eran todos feudatarios de los reyes de Az- 
capotzalco. 

x^brazaron desde luego la monarquía los de Tlatelolco, y 

pidieron rey á sus señores. Los de Tenohctitlan tuvieron sus 

vacilaciones y sus dudas. En Huitzililiuill t^uisieron un rey, 

< en Tenuhczin nn simple caudillo, y, siempre que perdieron 

á sus jefes, disputaron sobre la conveniencia de elegir otro ó confiar el mando 

á sus sacerdotes. Al fin adoptaron también la monarquía, pero limitándola por 



30 



78 HISTORIA GENERAL 



"im consejo do ancianos y reservándose la facultad de escoger entre los indivi- 
duos de la familia de Huitzililiuiíl A los más capaces. 

Á la muerte de Tenuhczin alzaron por sn rey los de Tenohctitlan al joven 
Acamapiclitli , que lo era ya de Colhuacan por su madre Atotoztli. Lograron 
por este medio la, unión de las dos naciones, y tuvieron á poco en su ciudad 
la corte de los culhuas. Adquirieron ya entonces grande importancia; pero la 
ganaron mucho mayor bajo el segundo Huitzililiuitl, hijo y sucesor de Acama- 
pichtli. Casó Huitzililiuitl con una hija del rey de Azcapotzalco ; y el rey de 
Azcapotzalco , queriendo ver en ellos más hien deudos que vasallos, los eximió 
del pago de todo tributo. 

Hicieron los aztecas de Tenohctitlan muchos adelantos bajo estos dos reyes. 
8e dedicaron no sólo á la pesca y á'la industria de bateleros, sino también al 
cultivo. Por medio de los chinampaí!, ' que cubrieron de vistosas huertas y 
floridos jardines, fueron de cada día ganando terreno solire las aguas del lago 
y acercándose á Tlatelolco. Entraron en comercio con las demás naciones de la 
laguna, y trocaron sus frutos y flores por cal, madera y piedra. Construyéron- 
se viviendas sólidas, edificaron templos á sus dioses. Diéronse policía y leyes. 
Bajo Huitzililiuitl principalmente se hicieron diestros en la guerra. Disponían 
de gran número de canoas, sabían luchar con orden por tierra y agua, tenían 
su estrategia y su táctica y en Itzcohuatl , hijo bastardo de xVcamapichtli , un 
jefe militar de pericia y de arrojo. Comenzaron entonces contra los señores de 
Chalco una guerra que dur() casi dos tercios de siglo. 

Aprendieron en los aztecas de Tenohctitlan los de Tlatelolco , á la sazón regi- 
dos por Quaquauhpitzahuac , hijo de Mixcohuatl, y fueron no menos hábiles en 
el ejercicio de las armas. De suyo belicosos y ademas peritos, inspiraron unos y 
otros tal confianza al Rey de Azcapotzalco , que se creyó con ellos capaz de ga- . 
nar el mundo. Éralo entonces Tezozomoe, hombre ya en años v de una ambi- 
cion sin límites , que para satisfacerla no vacilaba en emplear la perfidia ni el 
asesinato. Codicioso, desde que murió Techotlalatzin , del trono de Tezcuco, 
buscó en los aztecas su principal apoyo. 

Techotlalatzin, como se ha visto, se había enajenado por su política anti- 
feudal la mayor parte de los señores del Imperio. Si por su trato y su ener- 
gía ha1)ía podido contenerlos en la obediencia, no era fácil, repito, que lo 
consiguieran los sucesores, mucho menos si, como su hijo Ixtlilxochitl, fuesen 
aun jóvenes, de no muy severas costumbres y de carácter indeciso. Ixtlilxochitl, 
ya en vida de su padre , estaba amancebado y bal)ía cometido la imprudencia 



' Las chin.ampas eran unos camellones de cincuenta y hasta de cien varas de largo y de tres A cinco 
de anclio, compuestos de unas raíces llamadas céspedes, que se extraían del fondo de la laguna y flota- 
ban en el agua. Echábanles los aztecas encima media vara de tierra y en ella hacían sus sementeras y 
sus plantíos y labraban sus easas.— Veytia. Historia Antiyua do Mcjico, lib. IV, cap. XV. 



UE AMÉlilCA 79 



de repudiar A una Iiija de eso mismo rey de Azcapotzalco. Amancebado si^íuió 
después de haber recibido por esposa á Matlalcihuatzin , hermana del rey de 
Méjico; y, ya emperador, multiplicó el número de sus concubinas. Hiciéroule 
flojo el amor y el deleite cuando más necesitaba de entereza. Si la hubiese 
tenido y desplegado á tiempo, habría podido fácilmente cortar los ^'uelos á 
Tezozomoc , en quien su padre al morir le había ya señalado el mayor peligro 
para su trono; débil cuando podía y debía ser más fuerte, labró su propia 
ruina y atrajo á su patria males sin cuento. 

No era Tezozomoc de esos hombres á quienes la ambición i)r(;cipita. Ganoso 
de dar el golpe sobre seguro, lo fué preparando lenta y cautelosamente. Por 
los enlaces de sus hijos y de sus hijas, ofreciéndose á servir de escudo á cuan- 
tos príncipes recibían de Ixtlilxochitl algún agravio , lialagándolos á todos y 
principalmente recordándoles la mal disimulada servidumbre á que se los ha- 
bía reducido, se fué granjeando voluntades y allegando fuerzas. Ya que tuvo en 
su favor á gran parte de los feudatarios del Imperio , no vaciló en convocarlos 
secretamente á una junta donde les expuso la necesidad de recobrar la inde- 
pendencia y los perdidos fueros, ya que otra cosa no cabía, por las armas. 
Obtuvo el general asentimiento de sus camaradas , y esperó , sin embargo , 
para declararse en rebeldía más favorable coyuntura. 

' ■ Desarmó por de pronto con blandas palabras á Ixtlilxochitl , que noticioso 
de la junta se limitó á reconvenirle cuando habría deludo castigarle; y andu^•o 
acechando ocasiones, ya para herirle el orgullo, ya para quitarle la corona. 
Tuvo la inconcebible audacia de mandarle algodón en rama y pedirle que se 
lo hiciera hilar y tejer por las gentes de Tezcuco , repitió dos veces el hecho 
viendo que se le servía, é intentó por este camino nada menos que hacer de su 
Emperador su tributario. Lejos de conseguirlo, encendió el ánimo de Ixtlilx(j- 
chitl , que á la tercera vez guardó el algodón para cotas de sus soldados ; pero 
haUó un pretexto para la guerra. 

Convocó al punto á sus aliados , principalmente á los Reyes de Tlatelolco y 
Tenohctitlan, que no eran ya Quaquauhpitzahuac ni Huitzilihuill. arrebata- 
dos por la muerte , sino Tlacateotzin y Chimalpopoca ; y declarándoles su firmo 
propósito de atacar el Imperio, los convidó á la empresa bajo palabra de repar- 
tir con ellos las tierras que conquistase y el botín de las batallas. Los halló ;l 
todos propicios , y empezó con grande ímpetu la guerra creyendo que en pocas 
jornadas había de acabar con su enemigo y apoderarse de Tezcuco; pero vio 
por bastante tiempo fallidas sus esperanzas y derrotados sus ejércitos. 

Ixtlilxochitl se mantuvo en un principio á la defensiva y resistió con éxito 
los reiterados ataques de los mejicanos y los tlatelolcas, que atravesaban en 
canoas el lago y caían de rebato sobre los pueblos de la ribera. Un día logró 
por una falsa retirada alejarlos de las na^•es y llevarlos á las playas de C'hiuh- 
nauílan. y los desliiz" biistn dejarla Horra empapada en sangre. Brindó en- 



80 insTOFIA (MCNKHAL 



tonces con la ¡mz ;l Tezozoinoc, pero sin fruto. Más soberbio que nunca el rey 
de Azcapotzalco , le citó arrogantemente para los uiisuios campos en que aca- 
baba de salir vencido. Bajó á la vez soljre C'lúulinautlan y sobre Xuexotla, y 
ni cUin así pudo sobreponerse á su adversario. Kn una y otra batalla quedó 
humillado y roto. 

Convencido ya Ixtlilxocliitl del ascendiente que había adquirido sobre los re- 
beldes, se decidió á tomar la ofensiva y fué por el Norte á, invadir las fronteras 
del reino de Azcapotzalco. Las allanó y llegó á la corte de Tezozomoc sin haber 
encontrado ciudad ni ejército que bastasen á detenerle. Ya enfrente de la capi- 
t:d. liubi) d(^ limitarse A ponerle sitio, })ero con la certidumbre de ganarla en 
más ó menos tiempo. Teníala ya casi rendida por hambre y decidido el asalto, 
cuando reci])ió embiij adores que le pidieron la paz asegurándole que Tezozo- 
moc sería en adelante su más fiel vasallo; y ¡oh magnanimidad, que había de 
salirle cara! no sólo accedió á los ruegos del enemigo, sino que también se 
obligó á restituirle lo que le había quitado en tan largas y sangrientas luchas. 
Levantó Ixtlilxochitl el sitio de Azcapotzalco y se retiró vencedor á Tezcuco 
sin advertir que llevaba en su propio campo el germen de mayores discordias. 
Para sostener la guerra había debido estimular el celo de sus feudatarios con 
la promesa de distribuirles los Estados de los rel)eldes: incapaz ya de cumplír- 
sela, movió contra sí los ánimos de los que con más calor habían defendido su 
causa. Notólo el astuto rey Tezozomoc , y se consagró á buscar el apoyo de los 
descontentos. Ya que lo hul)o conseguido, que fué muy en breve, armó á Ixtlil- 
xochitl una celada en que se propuso hacerle perder el Imperio con la vida. 
Fingió el propósito de celebrar la paz con grandes fiestas y simulacros mili- 
tares, y llevó al efecto á Chiuhnautlan , cuyo Señor favorecía ya sus intentos, 
gran cantidad de tropas. Dispuso ademas coros y danzas, y para mayor espar- 
cimiento de Ixtlil Xóchitl una gran batida en los inmediatos bosques de Tena- 
matlac, altundantemente provistos de caza. Allí pensaba hacerle blanco de su 
perfidia. 

Conocedor de la trama Ixtlilxochitl , se excusó por medio de embajadores de 
asistir á las fiestas, pero sin que pudiese ya evitar la catástrofe. Airado Tezo- 
zomoc, hizo desollar á los enviados y extender la piel sobre imas rocas: y, po- 
niéndose luego á la cabeza de sus ejércitos, marchó sobre Tezcuco, dejando 
marcadas sus huellas c(m sangre y ruinas. En vano reclamó Ixtlilxochitl el 
servicio de sus vasallos : no consiguió sino el de los Señores de Coatepec , Izta- 
palocan y Xuexotla. Hubo de abandonar á Tezcuco é ir á buscar en el bosque 
de Tzinacanostoc, donde tenía un palacio, su último baluarte. Envió desde 
allí un hijo suyo á Otompan en demanda de socorro, y no consigui(J sino que 
se le mataran é hicieran cuartos los otompanecas. Sólo y sin esperanza de sal- 
varse, se dirigió á los treinta días á su heredero, y, después de rogarle que se pu- 
siera en salvo , le entregó un arco y unas flechas con que en pudiendo vengara 



DE AMEEICA 81 



SU muerte y restableciera su trono; y adelautándose luéf;-o con unf)s pocos 
hombres contra el enemigo, IucIh) furioso hasta pordor la \¡(la. Tendido estuvo 
allí hasta (|uo algunos de sus capitanes, viéndole y reconociéndole, le pusie- 
ron sobre una pira que levantaron en las márgenes del Quetlachac , le velaron 
de noche, le quemaron al apuntar el all^a y recogieron cuidadosamente las 
cenizas para honrarlas más tarde en Tezcuco. Así acabó Ixtlilxochitl y así se 
apoderaron por segunda vez del Imperio los orgullosos reyes de Azcapotzalco. 
La debilidad les dio en un principio fuerza y la clemencia los llevó después del 
borde del alñsnio á la cumbre del poder y de la gloria. 

No gozó, sin embargo, Tezozomoe ni tranquilo ni por mucho tiempo del 
fruto de su ^■ictoria. Hubo de hacer á sus aliados partícipes del Imperio ; domar 
por la fuerza las provincias de allende los montes, que, libres ya del yugo de 
los aculhuas, rechazaban el de los tecpanecas; luchar incesantemente con el 
primogénito de Ixtlilxochitl, que sin disponer de un pié de tierra ni de un sol- 
dado le preocupaba y turbaba el sueño. El primogénito de Ixtlilxochitl, por 
nombre Netzahualcóyotl, tenía entonces diez y seis años. Había nacido en 1402, 
según unos al nacer el Sol , según otros á medio día , circunstancia de que 
habían sacado los sacerdotes los más felices augurios. En 1414, á poco de em- 
pezada la guerra con el mismo Tezozomoe, había sido jurado en Xuexotla 
sucesor al trono de los chichimecas. Hal)ía recil:)ido desde su infancia una edu- 
cación brillante y aprendido en las campañas de su padre la carrera de las 
armas. En Tzinacanostoc estaba cuando Ixtlilxochitl fué á buscar en las lan- 
zas de sus enemigos su gloriosa muerte. Obedeciéndole, se ocultó de pronto en 
la copa de un árbol, y se refugió después en la colina de Quauhyacac, cu- 
bierta de espesos bosques. 

Persiguióle Tezozomoe hasta el punto de ponerle á ¡¡recio la cabeza. Ofreció 
grandes mercedes al que se lo trajera vivo ó muerto , y por un bando que se 
pregonó en todo el Imperio declaró traidores á cuantos le amparasen ó no se le 
denunciasen sabiendo dónde se albergaba. Dicen si llevó la crueldad al punto 
de hacer interrogar por sus soldados á los niños sobre quién fuese el jefe del 
Imperio y matar á cuantos respondiesen que lo era Netzahualcóyotl. Domadas 
ya todas las provincias y dóciles todos los ánimos á la servidumbre . fué para 
con él más blando. Á petición de unas damas aztecas le permiti() \\\iv prime- 
ramente en Méjico, después en Tezcuco. En Tezcuco llevó la generosidad al 
extremo de darle por morada uno de los mejores palacios. Mas al morir sintió 
renacer en su alma el temor y el odio; y llamando á sus hijos, les encareció la 
necesidad de hacer desaparecer á un joven que no podía menos de ser para el 
Imperio un constante peligro. «Le podéis dar muerte, les dijo, cuaiulo asista á 
mis funerales.» Dicen si hablaba entonces preocupado por unos sueños en que 
había visto devorado su corazón por un águila y desgarrados sus ¡)iés \)ov un 
tigre, tigre y águila en que habían reconocido sus agoreros á Netzahualcóyotl; 



3] 



82 HISTORIA GKNEEAL 



poi'o ]io necesitaba á buen seguro de avisos del cielo }»ai'a desconfiar de un 
Príncipe que tenía en su favor la legitimidad y el derecho y vivía opulenta- 
mente en la ciudad que hasta allí había sido la corte de los chichimecas. 

Tezozomoc era ya viejo cuando emprendió la guerra contra Ixtlilxochitl : 
miirió A los nueve años de haberle vencido y muerto. No relajó en nada los 
vínculos entre los feudatarios y el Imperio, no devolvió á los señores el poder 
ni la independencia' por que los había movido á pelear á su lado. Procuró 
satisfacer sólo á los que temía: á los Monarcas de Tenohctitlan y Tlatelolco, ú 
los Barones de Acolman, Coatlichan, Otompan y Chalco. Cedió al de Tlatelolco 
el territorio de Xuexotla y al de Tenohctitlan la ciudad y las dependencias de 
Tezcuco, elevó á los demás á Reyes, y dio á todos una participación nominal en 
el ejercicio de su soljeranía. Los hizo real y verdaderamente recaiidadores del 
Imperio , concediéndoles como en premio del servicio la tercera parte de los tri- 
butos. Á los otros Señores se limitó ;l repartirles algunas mercedes. Logró, no 
obstante, reducirlos á todos al silencio, y dejó á su muerte recogidos en un haz 
gran parte de los vastos y heterogéneos dominios de los chichimecas. Hombre 
de tenacidad y de energía, lo dobló todo á su voluntad de hierro. Aun al fa- 
llecer se impuso á sus vasallos y á sus hijos. Dejó por sucesor, no á su primo- 
génito Maxtla, sino á Teyauhzin, su hijo segundo. «No c^uiero en el trono, dijo, 
un carácter orgulloso y áspero.» 

Muri() Tezozomoc en Azcapotzalco á principios del año 1427. Cesa desde 
ahora, ó por mejor decir, desde el nacimiento de Netzahualcóyotl, la dispari- 
dad de fechas que desde aquí se ha observado entre los autores. Va entrando 
la historia en la realidad y saliendo de las regiones de la tradición y la poesía. 
Puedo ya marchar con paso más seguro en la relación de los hechos! 

Netzahualcóyotl, sin embargo, viene todavía embellecido por la leyenda. Se le 
pinta como uno de esos hombres predestinados al cu.mplimiento de grandes 
fines. Corre frecuentes peligros, y de todos se salva. Se le tienden una y otra 
celadas, y en ninguna sucumbe. Según Ixtlilxochitl, se libró de la muerte, no 
sólo en Tzinacanostoc, sino también en Chalco. Había ido allí desde la colina de 
Quauhyacac, y sin decir quit-n fuese había tomado parte en la guerra que sos- 
tenía la nación contra los vecinos pueblos. Mató un día á una dama por haberla 
visto vendiendo contra las leyes á unos hombres ebrios vino de maguey ó pul- 
que. Llamó sobre sí la atención y no faltó quien le conociese. Airado el Rey, 
le condenó á, morir de hambre en una jaula, cuya custodia confió á Quetzalmal- 
catzin, uno de sus hermanos. Compadecióse Quetzalmalcatzin del infortunado 
Príncipe y le hizo lle\ar secretamente víveres. \ como el Rey ordenase des- 
pués que condujesen ;il preso á la plaza pviblica y le entregasen á bis iras de 
la muchedumbre, llevando Quetzalmalcatzin su piedad al heroísmo, se puso en 
lugar de Netzahualcóyotl, y, dándole sus pro})ios vestidos, le facilitó In fuga. 

Muerto ahora Tezozomoc. corrió Netzahualcóyotl otro peligro. Auii([iie sabía 



DE AMKRICA 83 



la suerto que le esperiilcí cu Azcapolznlco, asistió á los ruiicnilcs del \ ¡cjo iiiu- 
narca. Quiso Teyauliziu cumplir dosde luóg-(j la voluuUid do su [)adre; pero 
Maxtla le detuvo diciéndole quo tiempo quedaba para cumplirla y no era 
conveuieute ir á turbar con un asesinato, que no á todos agradaría, tan fúne- 
bre ceremonia. ¿OI)raría Maxtla por Idandura de corazón? Era por lo conti'ario 
extremadamente fiero. Á los cuatro días se hacía proclamar Emperador contra 
lo que Tezozomoc había dispuesto , y daba por toda compensación á Teyauhzin 
el señorío de Coyohuacan, qiie no era de los mejores. Sabedor luego de que Te- 
yauhzin conspiraba contra su vida con Tlacateotzin y Chimalpopoca , juataba 
por sí mismo á su hermano y hacía morir á los Reyes de Tenohctitlan y Tlate- 
lolco. Urdía por ese tiempo asechanzas contra ese mismo Netzahualcóyotl, á 
quien hace poco salvaba de- una segura muerte. Llamábale á su Corte bajo el 
pretexto de consultarle sobre Tezcuco, y apostaba en su palacio guardias para 
asesinarle. Súpolo Netzahualcóyotl cuando estaba ya dentro del alcázar, y logró 
aún evitar el riesgo. Se evadió por unos jardines, ganó la laguna, y se retiró 
precipitadamente á Tezcuco. 

No le dejó ya tranquilo Maxtla. Temiéndole, había jurado perderle. Encar- 
gó al gobernador de Tezcuco ({uo le matara en un banquete, y, como no lo 
consiguiera, despachó cuatro capitanes con suficientes fuerzas para que, toman- 
do secretamente las calles y avenidas de la ciudad, se le acercasen so color de 
darle una embajada, y de cualquier modo le quitasen la vida. Ni aun así se pu- 
do librar de su enemigo. Supo el Señor de (.'oatepec la nueva trama, comunicó- 
la á los de Coatlichan y de Xuexotla, bajaron uno y otros con gentes á Tezcu- 
co y se ofrecieron á la defensa del Príncipe. No quiso aún Netzahiialcoyotl probar 
la sxierte de las armas: pero burló al Emperador escapándose por una galería 
subterránea que por consejo de su tío el Rey Chimalpopoca lial)ía hecho cons- 
truir en su palacio. Se disfrazó y ganó los arrabales pasando entre los mismos 
soldados de Maxtla. 

Huía esta vez Netzahualcóyotl tan convencido de que no cabían ya treguas 
con el tirano, como resuelto á buscar el apoyo de algunos Estados, reunir á 
todos sus parciales y emprender por la guerra la reconstitución del trono de 
los chichimecas. Citó para los bosques de Tecutziugo á cuantos acababan de 
manifestarse dispuestos á defenderle , y á esos bosques se dirigió de riesgo en 
riesgo. x\sí que advirtieron la fuga los cuatro capitanes se derramaron con sus 
guardias por la ciudad y los alrededores , y con preguntas envueltas en ame- 
nazas le anduvieron buscando. No habría de seguro podido salvarse á no haber 
encontrado en todo el camino gentes decididas á comprometer hasta la exis- 
tencia por ocultarle al furor de sus enemigos. Descubierto en Coxtlan, uno de 
los arrabales de Tezcuco , le escondieron en unos depósitos de ixtli , hilo de pen- 
cas de maguey de que se hacían las mantas de néquen. Ya en el campo, le 
protegieron contra unos soldados que le seguían el alcance, cubriéndole con 



48 HISTORIA GENERAL 



gavillas de eliian, planta que estaban á la sazón segando. Interrogados los 
segadores sobre si le habían visto, contestaron que i1ta liuyendo en dirección 
á Xuexotla. 

Llegó Netzahualcóyotl al anochecer á los Ijosques de Tecutzingo, adonde fue- 
ron acudiendo por distintas sendas sus más leales servidores. Reunidos ya todos, 
les declaró su firme propósito de recurrir á las armas , y les encareció la necesi- 
dad de que cada cual allegase fuerzas para vencer á Maxtla en tanto que él iba 
á pedirlas á Tláx cala y Huexotzingo. Halló en todos asentimiento; y aquella 
misma noche, en la soledad y el silencio, mandó embajadores á varios señores 
de Coatlichan y al Señor de Chalco, encargó á los de ("oatepec y de Xuexotla 
que se retiraran y aprestaran las tropas que pudiesen , y en^•ió á Tezcuco á su 
maestro Huitzilihuitzin ¡¡ara que dispusiera en su favor los ánimos alentándolos 
con la esperanza de ver pronto humillados á los tecpanecas. 

Aunque lejos de saber y aun de sospechar esa conjuración de Tecutzingo, 
furioso Maxtla por el fracaso de sus proyectos , renovó el bando de su padre 
imponiendo terribles penas al que amparase á Netzahualcóyotl ó no se le de- 
nunciase, y ofreciendo al qi;e se le trajese vivo ó muerto, si noble y soltero, 
tierras y vasallos y una mujer de su propia casa, si célibe y plebeyo una dama 
ihistre y un Ijrillante feudo. Avivada así la persecución por la codicia, aumen- 
taron en todo el Imperio las dificultades que se oponían á los pasos del proscri- 
to. Netzahualcóyotl, sin embargo, prosiguió intrépido su viaje en dirección á 
Huexotzingo , aunque no sin llevar á vanguardia y retaguardia criados que pu- 
dieran darle oportuno aviso de la presencia de sus contrarios. En todo el día 
posterior á la junta de Tecutzingo, no halló mas que parciales entusiastas que 
se desvivían por obsequiarle y le prometían ayuda para la guerra. Alojado de 
noche en Pinolco, dio de nuevo con sus perseguidores. 

Recibióle allí, hasta con lágrimas de ternura, un otomí, ])or nombre Quacoz, 
quien , como si previese el futuro peligro , llamó á su casa buen golpe de gente 
con armas. Encargóles á todos que velaran, y para divertirles el sueño les puso 
en el patio un tambor hecho del grueso tronco de un iirbol á cuyo son pudieran 
entregarse al canto y al l)aile. Muy entrada ya la noche, Hegaron unos tecpa- 
necas en busca del Príncipe. Escondióle Quacoz al punto en el hueco del tam- 
bor, y fingiendo tomarlos por ladrones, les dio una carga á la cabeza de sus 
otomíes y los deshizo. Le trasladó luego á lo más fragoso de un monte vecino, 
donde le hizo construir una choza; y, como le oyese lamentarse de haber deja- 
do en Tezcuco á sus mujeres expuestas á las iras de Maxtla, fué por las muje- 
res de Netzahualcóyotl á Tezcuco. 

Reunidas ya en Pinolco, Netzahualcóyotl continuó su marcha. Iba cada día 
con mayor séquito, porque no pasaba por lu^-ar ni villa donde no se empeña- 
ran en seguirle algunos de sus adictos , deseosos de compartir con él los peli- 
gros de la fuga. Llevábalos á todos diseminados para que no llamaran la aten- 



BE AMKKICA 85 



cion de sus enemigos; y se dice si cerca de Tlecuilac, en uno de esos instantes 
de abatimiento en que cae el varón nu'is fuerte cuando se ve por muclio tiempo 
Manco de la desgracia, los juntó y les dijo: «¿Por qué me seguís? ¿Por (|ué 
os obstináis en seguir ;'i quien no ¡)uede defenderos? Huérfano, ando errante al 
través de montes y desiertos por sendas que sólo cruza la liebre y el ágil coi-zo, 
sin saber siquiera si donde voy en busca de apoyo encontraré la muerte h la 
par de mi buen padre que era más poderoso que yo. Volveos á vuestras casas, 
si no queréis morir conmigo , ó incurriendo en las iras del tirano perder vues- 
tros campos y viviendas. Si me favorece la fortuna, quizá me podáis ser más 
útiles desde vuestros señoríos.» 

Á una voz respondieron todos que antes querían morir que abandonarle; 
mas él, dejando por el lenguaje de la razón el del sentimiento, les hizo tales 
consideraciones, que los movió á que se retiraran y hasta consintiera en re- 
troceder á Tezcuco su hermano Quauhtlehuanitzin , á quien más amaba. Se di- 
rigió con escasa servidumbre á Tecpan , y allí pudo abrir su pecho á la es- 
peranza y la alegría. Recibió embajadores que le hicieron saber como tenían 
los sacerdotes de Cholula tropas dispuestas para socorrerle, y le invitaban 
á residir en la ciudad mientras se preparasen y reuniesen las fuerzas de los 
aliados. Sin aceptar el ofrecimiento, subió por las vecinas montañas, y «al 
llegar á la cumbre de la de Huilotepec , dice Ixtlilxochitl , como fuese al caer de 
la tarde, descubrió á un lado las llanuras de Tepepolco, iluminadas por los últi- 
mos rayos del sol, al otro las de Huexotziugo oscurecidas por la sombra de los 
cerros.» Despachó á Huexotzingo dos mensajeros, y al amanecer del siguiente 
día bajó la opuesta falda, no sin peligro aun de caer en manos de los tecpane- 
cas. Lo evitó, gracias á un bosque de sauces que había al margen del camino. 

En Quauhtepec recibió Netzahualcóyotl otra embajada, la de los señores de 
Huexotzingo, que se comprometían á llevarle donde y cuando quisiese todas 
las fuerzas de que disponían , y en muestra de amistad y de respeto le mandaban 
víveres y finísimos objetos de algodón y pluma; otra en Tlalmanalco, la de 
Tláxcala , que le remitía también mantas y provisiones , le ofrecía tropas con 
que levantar el trono de los chichimecas y le daba por campamento á Calpo- 
lalpan, donde había hecho construir á propósito vastos edificios. Creyó entonces 
ya vencidos sus adversos hados y cumplidas las esperanzas de Chimalpopoca , 
que días antes de morir le había designado como punto de salvación las repú- 
blicas de Huexotzingo y Tláxcala; y no pensó más que en reunir sus gentes y 
reconquistar su Imperio. Citó para Calpolalpan y para el día 5 de Agosto á 
todos sus parciales. 

No le faltó ni uno sólo de los que buscó en su ayuda : no le faltó ni Toteo- 
zitecuhtli, Señor de Chalco, que por odio á los aztecas hal)ía recientemente 
ofrecido sus ejércitos al orgulloso Maxtla. Netzahualcóyotl había enviado á 
Chalco de embajador á Teuhxolotl, que había empezado por ganar el ánimo 



3¿ 



86 HISTOBIA GENEÜAt 



de muchos uoliles y o\ di^ la luisiau esposa de Toteoziteciihlli. Contrariado To- 
teoziteciilitli p(ir su propia corte, había resuelto consultar al pueblo en la 
forma de costumbre. Había hecho levantar en la plaza pública un catafalco y 
atar en él á Teuhxolotl de pies y manos, declarar en alta voz el objeto de la 
embajada, y decir á los concurrentes que si estallan por Netzahualcóyotl, se 
desataría al enviado ; sino, se le ejecutaría. «Desatadle,» había gritado unáni- 
me la muchedumbre; y Toteozitecuhtli sin vacilar había dejado á Maxtla por 
el Príncipe. 

¿Qué hacía en tanto Maxtla? Maxtla estaba lejos de creer que tan cerca del 
valle de Anahuac se fraguase una tormenta capaz de humillar su soberbia y 
hundir su trono; no podía verdaderamente ni sospechar que en sólo trece días, 
los que mediaron del 23 de Julio al 5 de Agosto de 1427, pudiera el fugitivo de 
Tezcuco ganar ;'i tantos señores ni allegar hasta cien mil hombres de combate. 
Había hecho matar, como se ha visto, á los Reyes de Tenohctitlan y Tlatelolco. 
Aterrados de pronto los aztecas , no se habían atrevido á reemplazarlos en uno 
ni en otro pueblo. Mas recobrados luego de la sorpresa, habían elegido á Quauh- 
tlatohuatl los tlatelolcas, al guerrero Itzcohuatl los mejicanos. Maxtla había 
desaprobado los dos nombramientos. Había concebido la esperanza de reducir á 
los aztecas todos á su vasallaje, y no quería reconocerles acto alguno de inde- 
pendencia. En su orgullo hasta había querido privar á los mejicanos de la exen- 
ciojí de tributos que Tezozomoc les había concedido al darles por esposa de Huit- 
zililmitl A una de sus hijas. Irritados los aztecas, se habían unido en estrecha 
alianza y le habían declarado la guerra. Le habían ya rechazado en dos ata- 
ques, y Maxtla tenía ocupadas á la sazón multitud de tropas en el asedio de Te- 
nohctitlan y Tlatelolco, sitiadas por tierra y agua. De dos pueldos que habían 
sido el más poderoso brazo de su padre, se había hecho sus más implacables 
enemigos ; y ahora , gracias á la lucha que con ellos sostenía , hubo de ver á 
Netzahualcóyotl avanzando sobre Tezcuco sin casi poder salirle al paso. 

Netzahualcóyotl, luego que hubo reunido en Calpolalpan las fuerzas de Cho- 
lula , Huexotzingo , Tláxcala , Zempoalla , Totepec , Zacatlan , Tepepolco y otras 
provincias , repasó los montes y cayó sobre Otompan , que se le entregó sin re- 
sistencia. No maltrató la ciudad, pero sí mató a Quetzalcuiztli , que la tenía en 
feudo, y á otros muchos caballeros otomíes y tecpanecas. Recibió á poco el re- 
fuerzo de los chalcas, y dividió en tres ejércitos sus numerosas gentes. Puso de 
núcleo en el uno á los tlaxcaltecas y los huexotzingas, en el otro á los chalcas, 
en el otro á los chololtecas y á los pueblos que más devotos habían sido á su di- 
nastía. Propúsose atacar á la vez las provincias al Occidente de los lagos, é hizo 
marchar simultáneamente sobre Acolman el primer ejército, sobre Coatlichan el 
segundo, sobre Tezcuco el que él mandaba. Iba entre aquellos dos ejércitos no 
sólo para caer lo más pronto posible sobre la corte de sus antepasados, sino tam- 
bién para volar al socorro del que flaquease. 



DE AMÉRICA 87 



Llegaron los chalcas á Coatlicliau sin enemigos que vencer á su paso. Hallá- 
ronlos en Coatlichau , pero no muy fuertes para resistir sus ataques. Arrollá- 
ronlos y desalojáronlos de la ciudad , y no encontraron verdaderos combatien- 
tes sino en el Rey y en algunos soldados que se recogieron á lo alio de un tem- 
plo. Aun allí tuvieron la fortuna de herir al esforzado monarca, que cayo de 
la plataforma tinto en sangre. Guarnecieron la plaza, y sin descansar avanza- 
ron hasta cerca de Xuexotla. 

A Xuexotla llegó á la media tarde Netzahualcóyotl con su ejército. Fué bri- 
llantemente recibido por Tlacotzin , que la poseía á título de feudo; agasajado 
con una cena á que asistieron todos los nobles; auxiliado con nuevas tropas y 
provisto de víveres y de toda clase de armas. Sin que le detuviera la noche, 
adelantó hasta un pueblecillo que llamaban Oztopolca, inmediato á Tezcuco. 
Deudos, criados, subditos que jamas habían dejado de serle fieles, acudieron en 
tropel á saludarle y ofrecerle sus vidas. Él, sin dejarse ganar del júbilo, ordenó 
y distribuyó sus fuerzas para en cuanto amaneciese tomar la ciudad por asalto. 
No tuvo necesidad de acudir á tan duro extremo. No bien se acercó ú los arra- 
bales, cuando ancianos, jóvenes, madres con niños en los brazos, le recordaron 
la lealtad con que habían servido á sus antecesores, y le pidieron clemencia. Ac- 
cedió Netzahualcóyotl, y mandó á sus capitanes que entrasen la ciudad sin 
cebar las macanas sino en los ministros de Maxtla y los tecpanecas. Quisieron 
éstos resistir; pero fueron ú poco vencidos y deshechos. Á mediodía Netzahual- 
cóyotl se sentaba en el trono de sus padres. 

Los tlaxcaltecas y los huexotzingas habían recorrido en tanto el territorio de 
Acolman como una nube de verano. Habían metido á fuego y sangre cuantas 
poblaciones habían encontrado en su camino, y estaban ahora en Acolman do- 
mando la bravura de los tecpanecas, que, acaudillados por el rey Teyolcocohuat- 
zin, sobrino de Maxtla, parecían resueltos á perecer antes que rendirse. Murió 
Teyolcocohuatzin á manos de Tenalxochitzin, jefe de los huexotzingas, y su- 
cumbió al fin la plaza ; y , ufanos y ricos de botín los vencedores , la guarnecie- 
ron y caminaron la vuelta de Tezcuco. Habíales jb. salido al encuentro Net- 
zahualcóyotl ; y , no bien los tuvo á su presencia , cuando exaltando el valor que 
habían mostrado , y agradeciéndoles lo que por él habían hecho , les permitió 
que se retiraran con todo el botín y los emplazó para cuando se decidiese á re- 
cobrar por las armas el resto del Imperio. Hizo luego otro tanto con los chalcas, 
que no pasaron de Xuexotla. 

En menos de tres días llevó á cabo Netzahualcóyotl esta grande empresa. Ver- 
dad es que operaba en un espacio reducido y llevaba un formidable ejército; no 
lo es menos que había de vencer muchas dificultades, si no quería levantar 
sobre arena su nuevo trono. ¿De qué le habría servido ganar á Tezcuco si no 
hubiese arrojado á sus enemigos de toda la parte occidental del valle de Méjico? 
Sin dominar las provincias de Cuatlichan y Acolman, que estaban por los tec- 



88 niSTOEÍA GENERAL 



panecas, habría debido vivir bajo una doble y constante amenaza. Su mf'n-ito es- 
tuvo en caer á la vez sobre las tres provincias , y tan de súbito y con tal em- 
puje, que no dejó tiempo h Maxtla para socorrerlas. La rapidez y el buen con- 
cierto de sus operaciones le pusieron desde luego á la cabeza de los generales de 
su nación y de su siglo. 

Maxtla quedó verdaderamente desconcertado ante los fáciles y decisivos triun- 
fos del joven Príncipe. No se atrevía á levantar el sitio de Tenobctitlan y Tlate- 
lolco por temor de que los aztecas no le invadiesen las fronteras meridionales 
de Azcapotzalco , ni h ir sobre Tezcuco por no exponerse á caer entre dos fue- 
gos. Se decidió por activar el cerco de las dos ciudades y en tanto que las ganara 
mantenerse contra Netzahualcóyotl á la defensiva; pero sin ver en la tenacidad 
de los sitiados lo difícil qne era vencerlas. No había entrado aún Netzahualcó- 
yotl en Tezcuco , estaba todavía en Oztopolca , cuando recibía de Itzcohuatl una 
embajada, que al par de felicitarle por sus victorias, le proponía una alianza 
contra el tirano. Habíala aceptado Netzahualcóyotl; y confiados en él los azte- 
cas , meses y meses resistieron al furor de los soldados de Maxtla. 

Deseaba Netzahualcóyotl ya desde los primeros días de su victoria bajar al 
socorro de las dos ciudades ; pero se lo impedían por una parte la necesidad de 
consolidar y organizar el reino ; por otra , lo aborrecidos que eran de muchos de 
sus vasallos así los mexicas como los tlatelolcas ; por otra , lo convencido que 
estaba de que nada podía intentar como no dispusiese de fuerzas contra todas las 
de Azcapotzalco. Limitóse por de pronto á guarnecer sus fronteras, desde Chiu- 
huautla á Tezontepec y desde Iztapalocan á Chiuhuautla, adquirirse un ejér- 
cito propio, poner bajo gentes de su confianza los pueblos del valle, restablecer 
la buena administración de justicia y hacerse reconocer y jurar por todos los 
feudos á que había extendido sus conquistas. 

Á principios del año 1428 hubo de empuñar nuevamente las armas. Apreta- 
dos cada día más los aztecas por los tecpanecas, le enviaron nuevos embajadores 
en demanda de socorro. Fuéronlo Totopilatzin ó Telpoch y también Moteuhzu- 
ma ó Motecuhzoma, primo hermano de Netzahualcóyotl y general en jefe de 
los mejicanos ; y tal pintura le hicieron del apurado trance en que sus pueblos 
se veían , y de tal modo se sinceraron de la conducta que con Ixtlilxochitl 
habían seguido sus pasados reyes, que le movieron á concederles pronta y 
eficaz ayuda. Pidió Netzahualcóyotl por segunda vez el auxilio de las repúbli- 
cas de Huexotzingo y Tláxcala , y en tanto que lo recibía dirigió los mismos em- 
bajadores á Toteozicuhtli , Señor de Chalco, y mandó cuatro al de Xuexotla. Lo 
mismo el de Xuexotla que el de Chalco aborrecían de todo corazón á los aztecas , 
y hasta consideraban indigno de Netzahualcóyotl que se prestase á defenderlos , 
cuando ellos eran los que más lial>ían sostenido la causa do Tezozomoc y contri- 
l)uído á la ruina del imperio de los chichimecas. Indignáronse hasta el punto 
de negarse á oljedecer á Netzahualcóyotl y maltratar á los enviados. El de Xue- 



DK AMÉTÍICA 89 



xotla los hizo desde luego pedazos en medio de la plaza pública; Toteozicuhtli 
los metió enjaulas que dio á, guardar á Cateotzin, uno de los dos jefes de Tlal- 
manalco. Salváronse Totopilatzin y Moteuhzuma sólo por la abnegación de ese 
Cateotzin que los puso en libertad sabiendo que le había de costar, como le 
costó, la vida. 

Netzahualcóyotl no quiso por entonces castigar este doble agravio. Recibió de 
Chalco á los pocos días embajadores que se esforzaron por sincerar y hacer per- 
donar á Toteozicuhtli, que había solicitado y no conseguido el favor de Maxtla; 
y se limitó á despedirlos bruscamente y amenazarles con que había de caer 
sobre Chalco luego que hubiese salvado á los aztecas. Consagró toda su atención 
á recoger las más fuerzas que pudiese ; y ya que tuvo sobre cien mil hombres , 
sin esperar los refuerzos de más allá del Popocatepetl , corrió por agua á la de- 
fensa de Tenohctitlan y Tlatelolco. Por cuatro días consecutivos luchó con los 
tecpanecas, y logró al fin no sólo hacerles levantar el sitio, sino tamljíen arro- 
jarlos del territorio de Méjico. 

Tenía ya el ánimo de ir sobre Azcapotzalco. Concertó con ítzcohuatl y 
Quauhtlatohuatzin los medios de combatirlo ; y sólo después de concertados vol- 
vió á Tezcuco. El plan de ataque era parecido al que siguió desde Calpalalpan 
cuando vino á ganar la parte oriental del valle. ítzcohuatl y Quauhtlatohuat- 
zin con sus mejicanos y tlatelolcas habían de marchar en derechura á las fron- 
teras de Azcapotzalco, Moteuhzuma entrar por Tlacopan con los huexotzingas 
que Netzahualcóyotl le enviase; Tlacaeleltzin con otro ejército ganar unas casas 
fuertes que habían levantado los tecpanecas entre su capital y el cerro de Tepe- 
yacac , en la confluencia de dos ríos ; y él , Netzahualcóyotl , con el grueso de 
las fuerzas bajar por ese mismo cerro y seguir la ribera de las dos corrientes. 
El movimiento había de ser también simultáneo : nadie había de emprender el 
suyo que en lo alto de Coatepec, contiguo al Tepeyacac, no viese arder una 
grande hoguera. 

El día señalado para el ataque , Netzahualcóyotl , que había recibido conside- 
rables fuerzas de Huexotzingo , al rayar del alba desembarcó al pié del Tepeya- 
cac y al salir del Sol llegó á la cumbre. Hecha su ahumada en Coatepec, empezó 
á bajar por la opuesta falda. Avanzaron al punto los aztecas con el mejor éxito, 
ítzcohuatl y Quauhtlatohuatzin , aunque á costa de mucha sangre , hicieron re- 
troceder á los tecpanecas hasta más allá de una zanja que tenían en Petatlalcal- 
00 ; Tlacaeleltzin , si bien no pudo tomar las casas fuertes de la confluencia de los 
dos ríos, quebrantó y mermó el ejército que las defendía; Moteuhzuma halló una 
débil resistencia en Tlacopan , cuyo señor estaba secretamente con Tezcuco , y sin 
detenerse en la ciudad m;'is que para guarnecerla, corrió á unirse con su primo, 
que bajaba por las márgenes de las dos corrientes atropellando y ai'rasando 
cuanto encontraba al paso. Netzahualcóyotl se apoderó con irresistiljle em¡)uje 
de las casas fuertes. 

TOMO I 33 



OO msTOBIA GENEEAL 



Iba perfec+araente la jornada para los de Tezcuco, cuando repuestas las tropas 
tecpanecas, que estaban al mando de Mazatl y habían sido arrolladas por los 
Reyes de Tenohctitlan y Tlatelolco , cargaron contra los aztecas con tal deci- 
sión y tal arrojo , que no solamente los obligaron á repasar la zanja de Pe- 
tatlalcalco, sino que también los empujaron hasta las orillas de la laguna. 
Hasta á reembarcarse los habrían obligado si oportunamente no hubiera ve- 
nido á socorrerlos por la derecha Netzahualcóyotl, por la izquierda Moteuhzu- 
ma. Mazatl hubo entonces de retroceder de nuevo y no parar hasta una se- 
gunda zanja que había en Mazatzin tamaleo. Esta zanja circuía toda la ciu- 
dad de Azcapotzalco y estaba defendida por un alto parapeto que habían 
formado con la misma tierra de ella extraída, y tenía todo el aspecto de una 
muralla. Delante de tan vasto é imponente reducto no pudo menos de detenerse 
Netzahualcóyotl con todos sus ejércitos. Fué aquella noche á recojerse y fortifi- 
carse en la primera zanja. 

Recibió Netzahualcóyotl al otro día las fuerzas auxiliares de Tláxcala; y 
aunque contaba ya más de trescientos mil hombres, comprendió que no le 
había de ser fácil ganar en uno ni en dos ataques ni aquellas trincheras ni la 
ciudad de Azcapotzalco. Resolvióse á cercarlas dándoles parciales y frecuentes 
asaltos; y mantuvo al efectíj divididas sus tropas en cuatro ejércitos. A los 
cien días de sitio, viéndose ya Mazatl en ajmrado trance, quiso probar si en 
una batalla podía salvar el Imperio, é liizo ordenar por Maxtla á todas las ciu- 
dades tecpanecas y á todos los Estados amigos , que Uevasen á Tenayocan cuan- 
tos soldados pudiesen y en el día que se les señalaba atacasen á Netzahualcóyotl 
por la espalda. Proponíase poner entre dos fuegos á los sitiadores para más 
fácilmente desbaratarlos y vencerlos, y entre dos fuegos los puso. Mas si logró 
meter en aprieto las fuerzas de Netzahualcóyotl , que no tenían cubierta por el 
arte ni por la Naturaleza la retaguardia, no los otros ejércitos que al saberlas 
comprometidas volaron á socorrerlas. Largo y empeñado fué de todas maneras 
el combate: no terminó sino con la muerte de Mazatl, que sucumbió á los gol- 
pes de Moteuhzuma. Dieron entonces el grito de victoria los mejicanos, des- 
mayaron los tecpanecas, y Netzahualcóyotl, aprovechando el pánico de los 
enemigos, no paró hasta entrar con sus mejores tropas en Azcapotzalco. 

Gran saña debía tener Netzahualcóyotl contra esa ciudad según lo que con 
ella hizo. La entregó al saqueo, arrasó los templos y las principales casas , la 
destinó para más afrentarla á feria de esclavos. Por tres días la dejó á dis- 
creción de la soldadesca. Ni fué menos duro con los habitautes. Pasó á cuantos 
encontró por el filo de sus macanas sin respetar edad ni sexo. Hallaron á Maxtla 
escondido en un l)año, y le hizo llevar ignominiosamente á la plaza pública, 
cortarle la cabeza, arrancarle el corazón, esparcir la sangre á los cuatro 
vientos. Dice Veytia, que después hizo levantar una pira y quemar el mutilado 
cadáver á usanza de los toltecas, pero no hay otro autor que tal afirme. 



DK AMj!:i!lCA 01 



Ya vencida y castig:ada Azcapotzalco , marchó Netzalnialcoyotl soLre Cuyoa- 
can y Tlacopau, adonde se habían retirado los fngitivos. Las tomó sin grande 
esfuerzo, y his dio también ;il iiilhxje y al incendio. Hizo oiro tanlo con Te- 
nayocan , que le opuso resistencia, y luego con todas las ciudades al Norte. 
Hasta la de Xaltocan llevó entonces sus vencedoras y temidas armas. H izólo 
todo en el curso del año 1428. Abrió la campaña en Febrero, tomó en Junio á 
la populosa Azcapotzalco, entró en Xaltocan en el mes de Diciembre. No fué á 
Tezcuco, sino á Méjico, A descansar de sus fatigas. 

He hablado ya de la rebelión del señor de Xuexotla cuando se le ordenó que 
enviase tropas en auxilio de los reyes aztecas. Invirtió aquel orgulloso l)aron 
el año de que acabo de hacer la historia en sublevar contra Netzahualcóyotl 
toda la tierra al Oriente de los lagos. Ganó á su causa las provincias de Acol- 
man y de Otompan y toda la ril)era desde Chalco hasta la misma Tezcuco. Net- 
zahualcóyotl, no queriendo prolongar por más tiempo la campaña, dejó para 
más tarde el castigo de los rebeldes y bajó á Méjico. Ni siquiera guardó para 
la próxima contienda todas sus fuerzas auxiliares : despidió cargadas de botin 
á las que de más lejos le habían venido, aunque no sin la reserva de llamar- 
las de nuevo si lo exigiesen las necesidades de la guerra. 

No hay para qué decir si en Méjico recibirían ó no con entusiasmo y júl)ilo, 
no sólo á Netzahualcóyotl, sino también á los reyes Itzcohuatl y Quauljtla- 
tohuatzin , y á los príncipes Tlacaeleltzin y Moteuhzuma. Celebráronse bailes 
y otros regocijos públicos; sacrificóse á muchos prisioneros en los altares de 
Huitzilopochtli. Aborrecía Netzahualcóyotl tan bárbaras hecatombes; pero no 
se atrevía á contrariar la religión de sus aliados. Fiel á las tradiciones de los 
chichimecas , creía sólo en un Dios creador de todo el Universo ; miraba con 
aversión no solamente los holocaustos sino también el culto de toda clase de 
ídolos. Por esto sin duda en todas las ciudades que soji;zgaba, lo primero que 
hacía era quemar y arrasar los templos. Se los veremos quemar y arrasar en 
su propia ciudad de Tezcuco. 

Era verdaderamente Netzahualcóyotl hombre de raras prendas , muy supe- 
rior á sus pueblos y también á su siglo. No levantó en Tenohctitlan suntuosos 
templos, pero sí construyó, ademas de un palacio y un parque, obras de uti- 
lidad manifiesta. Á él se atribuyen las albercas de Chapultepec aun hoy exis- 
tentes, á él la elevada atarjea por donde corren las aguas de Chapultepec á 
Méjico. Durante su primera estancia en esa ciudad no hacía con todo sino dar 
comienzo á los trabajos: no asomó la primavera de 1429 cuando volvió á po- 
nerse en armas. 

Brindó con la paz á Itzlacazattzin , Señor de Xuexotla , y en cuanto la supo re- 
chazada, salió de Tlatelolco con sus veteranos y con los Reyes y las tropas de 
los aztecas. Por el lago se fué derechamente á Tezcuco; y así que desembarcó 
su gente, al rayar del día, ordenó el ataque. Fácil se le hizo entrar en la ciu- 



92 HISTORIA GENERAL 



dad; i)ero muy difícil ganarla. Los rebeldes, que liabían penetrado los inten- 
tos de sus enemigos, se bailaban repartidos en gran número por las casas, y 
ya que le tuvieron en las calles, le acometieron ¡¡or todos lados con tal ím- 
petu, que, si no lograron desconcertarle, consiguieron por lo menos detenerle. 
No menos de siete días hubo de estar luchando de la mañana á la noche : de 
barricada en barricada, y de esquina en esquina, los hubo de ir desalojando. 
Ya dueño de Tezcuco , la habría severamente castigado ú no haber salido los 
habitantes á pedirle clemencia. «No fuimos nosotros los insurrectos, ni los fa- 
vorecimos,» le dijeron, y con esto le aplacaron la cólera. Quemó los templos, 
dejó personas que rigieran la ciudad y fuerzas que la guardaran, y marchó 
sobre Xuexotla. 

Xuexotla, Coatlichan, Quauhtepec, Iztapalocan, le opusieron resistencia. 
Las fué venciendo una tras otra, y entrándolas á saco. Y si más no ganó, 
fué por el cansancio que creyó observar en los aztecas. Se volvió de repente á 
Méjico, aunque no sin dejar bieu defendidas las fronteras al Norte de Chalcj^. 
Aquel mismo año, no pudiendo ver con calma en la misma margen del lago 
sublevada la ciudad de Xochimilco , la combatió con sólo sus tropas y la re- 
dujo. Al otro, llamó nuevamente en su ayuda á los tlaxcaltecas y á los hue- 
xotzingas, y emprendió con su acostumbrado arrojo la sumisión de Cuitla- 
huac , de Acolman , de Otompan y de cuantas ciudades se atrevían á mante- 
nerse rebeldes. Acompañáronle entonces sin que se lo pidiera los mejicanos y 
los tlatelolcas. 

No duró mucho la campaña, pero fué sangrienta. El paso de un puente sobre 
el río Papalotlan costó largas horas de combate y buen número de víctimas. La 
toma de Acohnan , hoy Oculma, exigió tres días de continuos asaltos. Netza- 
hualcóyotl la entregó al pillaje y á la matanza: quemó los templos y también 
las casas de muchos nobles. Siguió talando cuanto encontró en su camino; y 
en Otompan, como hallase mayor resistencia, hizo mayor estrago. Sus no inter- 
rumpidas victorias y el terror que infundió le facilitaron pronto la llave de los 
demás pueblos , que no bien le veían cuando se le entregaban y le ponían á los 
pies cuantiosos presentes. Cruel con los soberbios, fué blando con los humildes. 

Vio por fin Netzahualcóyotl reconquistada y sumisa la mejor parte del imperio 
de los chichimecas. Podía ya ceñirse con orgullo la corona de sus mayores, y 
hacerse jurar Emperador por muchos de los reyes y príncipes que habían rendido 
homenaje á Techotlalatzin , su abuelo. Era en cierto modo más poderoso que ese 
mismo Techotlalatzin , puesto que muchos señoríos y aun reinos , entre ellos el de 
Azcapotzalco , habían pasado por la conquista á formar parte de Tezcuco. Hízose 
jurar Emperador en Tenohctitlan ; pero , asómbrese el lector, compartiendo el 
imperio con Totoquiyauhtzin , señor de Tlacopan, y con Itzcohuatl, el Rey de 
Méjico. Quiso que se rigiera en adelante por un triumiralo el Imperio que 
hasta entonces no haliía tenido más de un monarca. 



DE AMKRIOA 93 



¿Á qué podía obedecer esa inesperada constitución del poder público? Se 
comprende que Netzahualcóyotl lo hubiese compartido con los reyes de Mé- 
jico, á quienes debía en no pequeña parte la conquista de Azcapotzalco y la 
sumisión de los rebeldes al Occidente de las lagunas. Algo sobre esto llevaba 
tratado con Itzcohuatl desde la muerte de Maxtla. Pero Totoquiyauhtzin 
distaba de haberle prestado tan decidido ni tan eficaz apoyo : se había limi- 
tado en la guerra de Azcapotzalco á no oponer gran resistencia al paso de 
Moteuhzuma. No era tampoco rey ni señor de grandes dominios. El hecho 
de haberle dado participación en el Imperio ha parecido tan raro , que algu- 
nos autores han querido explicarlo por motivos ajenos á la política. Lo han 
atribuido á la influencia de una mujer, de una hija del mismo Totoquiyauht- 
zin, con la que suponen que Netzahualcóyotl estaba amancebado. ' 

Sin afirmar ni negar este último hecho , opino que la creación del triunvi- 
rato obedeció á un pensamiento político. En aquel tiempo, en el siglo xa', 
predominaban allí tres razas : la de los chichimecas , fundadores del Imperio ; 
la de los toltecas-culhuas , que venían siendo los maestros de los chichimecas; 
la de los tecpanecas , que , merced á su bravura y á la ambición de sus reyes , se 
habían apoderado ya por dos veces de la corona de Xolotl, y pretendían su- 
bordinar y absorber á los demás g.ueblos. Con hacer partícipes del Imperio á 
las tres, pudo muy bien proponerse Netzahualcóyotl cegar la fuente de las 
discordias que entonces habían removido y bañado en sangre aquella lier- 
mosa tierra. Creo descubrir este pensamiento en el título que se dio á cada uno 
de los triunviros. El día de la jura se saludó á Netzahualcóyotl como gran 
monarca de los chichimecas, á Totoquiyauhtzin como rey de los tecpanecas, á 
Itzcohuatl como rey de los toltecas-ciilhuas. Se extraña que se fuese á buscar 
en Tlacopan la representación de los tecpanecas, pero infundadamente. Ha- 
bría sido una verdadera temeridad restablecer el trono de Azcapotzalco : nada 
menos peligroso que levantar uno en Tlacopan, cuyo señor era, no sólo tecpa- 
neca, sino también nieto de Tezozomoc y sobrino de Maxtla. 

Si por otra parte en virtud de anteriores conciertos se veía obligado Net- 



' «Eutre las muclias concubinas que tenia el príncipe Nezahualcoyotl, dice Veytia, había una de 
singular hermosura, cuyo nombre no nos dicen, sino sólo que era hija do Totoquiyauhtzin, señor de 
Tlacopan, que, corrupta la voz por los españoles, llaman hoy Tacuba. Ésta, pues, juntaba al buen 
parecer la destreza y el artificio para hacerse amar del Príncipe, cuyo afecto poseía en más alto grado 
que todas las otras, y quien tenía ya en ella varios hijos. Su privanza, su alta nobleza y su natural 

ambicioso, le hicieron concebir el deseo de exaltar su casa y logró hacer entrar al Príncipe en su 

proyecto, que se reducía, no sólo á que no se despojase á su padre de los estados de Tlacopan, sino A 

que se le aumentasen y lo que es más se le diese en el gobierno del Imperio igual parte que al Eey 

de Méjico, de suerte que fuese éste un triunvirato de que dependiese el gobierno de todo el Imperio.» 

Torquemada y Clavigero dicen que esta señora se llamaba Matlatzihuatzin y la dan, no como concu- 
bina, sino como esposa de Netzahualcóyotl, Abandono el hecho al juicio de mis lectores. 

T9.MQ ¡ 3i 



9i HISTOEIA UENEKAL DE AMEKICA 



zahualcoyotl á compartir el luaiido con el Rey de Méjico, nada más político 
ni más previsor que haber asociado una tercera persona ;ü Imperio. Sin esto 
habrían sido indiriniililes las discordias que hubiesen surgido entre los dos 
monarcas. 

Á mis ojos, para acreditar los talentos políticos de Netzahualcóyotl bas- 
taría esta creación del triunvirato. No se pierda de vista que la juzgo con 
relación á las ideas y la situación de aquellos siglos y aquellos pueblos. ' 



' Está, escrito este capítulo sobre los de Ixtlilxocliitl, Historia de los chichiinecas, desde el XV 
al XXXII; sobre los de Vcytia, Historia anti;/iia de Méjico, desde el XXVI al LIV del libro II, y des- 
de el I al 111 dul libro III; sobi'e los de Tonincniada, Monarquía Indiana, desde el XVI al XLI; sobre 
los de Brasseur de Bourbo'.;rg, Histoirc des nátions cicilisóes du Mexique ct de CAinériqtic Céntrale, 
desde el I al IV del libro X. 



CáPÍlULO ?I1¡ 



Ida de Netzahualcóyotl á Tezcuco.— Guerra con Ilzcohuatl de Méjico.— Constitución del triunvirato.— Feudos.— Prevale- 
ce la opinión de Netzahualcóyotl, que estaha por restablecerles.— Los restablece él en Tezcuco y se granjea la voluntad 
de sus mayores enemigos.— Reparte los pueblos lil)res en ocho distritos.— Embellece la ciudad de Tezcuco con grandes 
edificios.— Su palacio.— Su organización administrativa.— Sus Consejos.— El de Ciencias y Artes.— El Supremo de Jus- 
ticia.— Descripción de la sala en que éste celebraba como tribunal sus audiencias y como Consejo de Estado sus sesio- 
nes.— Leyes promulgadas por Netzahualcóyotl.— Severidad y barbarie de las penales.— Constitución de la propiedad.— 
Los colpoUalis.— Sistema tributario.— Abastecimiento de la casa de Netzahualcóyotl.— Carácter fastuoso de este Prin- 
cipe.— Su imperio estaba, sin embargo, reducido al valle de Méjico. — Guerras que emjirenden los triunviros para 
ensancharlo.— Diligencias y solemnidades para declarar la guerra á los extranjeros.— Guerras contra Tollatzingo y los 
tlalhuicas.— Muerte de Itzcohuatl y advenimiento del primer Montezuma al trono de Méjico.— Siguen las guerras de con- 
quista.— Guerra contra Cohuaixtlahuacan.— Contra Cuetlachtlan.— Contra Tlaucocautitlan y Tlapacoy a.— Sublevación 
y castigo de Tollantzingo.— Guerra contra los huaztecas.— Casamiento de Netzahualcóyotl.— Calamidades que afligen 
al Imperio.— Pasadas ya. labra Netzahualcóyotl los famosos jardines de Tezcutzingo.— Descripción de estos jardines.— 
Netzahualcóyotl poeta.— Carácter de sus cantos.— Sus ideas sobre lo pasajero de los bienes de la Tierra.— Consecuencias 
que de esto deducía.- Sus creencias religiosas.— Sus contradicciones.— Su templo al Dios desconocido.— Netzahualcó- 
yotl como hombre privado.— Sus virtudes.— Sus arranques profetices. —Sus últimas guerras.— Extensión de su Imperio, so- 
bre todo después del advenimiento de Axayacatl al trono de Méjico por muerte de Montezuma.— Su designación de suce- 
sor,— Su muerte. 




)i ETZAHiALCOVOTL permaneció cuatro años en Méjico. 
'■L^Aj^-^ No volvió á Tezcuco sino después de rogárselo los 
y^r^l"^ * . que más le habían combatido. Desvivíase por repa- 
rarla cuando, según Ixtlilxochitl y Veytia, hubo de 
medir sus armas con Itzcohuatl , su tío , que por su edad , 
su experiencia y sus hazañas, se creía con derecho á ser el 
{1^ jefe del triunvirato. Sabedor de lo que este rey decía y tra- 
maba , cuentan que le declaró y le hizo la guerra . sin que 
bastaran á desarmarle ni blandas razones ni cuantiosos presen- 
tes. Fué, añaden, sobre Méjico, la venció, empezó á maltratarla, 
y sólo consintió en suspender sus iras bajo la condición de que 
todas las ciudades y aún las de Tlacopan , que con ella se había 
unido, le pagasen anualmente un tributo en mantas, escudos y 
ricos penachos. Omiten el hecho Torquemada y Clavigero; mas 
no por esto lo rechazo. Lo refieren Ixtlilxochitl y Yeytia coi; ¡lormenores que 
dicen haber sacado de antiguas pinturas. 

Como quiera que fuese, la verdad es que no se alteró, antes se confirmó y 



96 HISTORIA GENEEAL 



detenninó la nueva consititueiou política. Se deslindaron ante todo los límites 
de los tres Reinos. Se trazó al efecto una línea divisoria que, partiendo del cerro 
de Cuexcomatl, pasaba por medio de los lagos, y atravesando los montes de 
Xoloc y Techimatl, se extendía hasta el territorio de Tototepec, entonces tér- 
mino septentrional de las recien hechas conquistas. Toda la tierra al Oriente 
de esta línea debía pertenecer á Tezcuco; toda la que caía al Occidente, á Tla- 
copan y Méjico. Tlacopan, aunque enclavado dentro de Méjico lo mismo que 
Tlatelolco , tenía también marcada su periferia : marcadas las ciudades y villas 
que le correspondían. 

Fijáronse luego las atribuciones y los deberes de los triunviros y el triunvi- 
rato. Había de conocer el triunvirato de todas las cuestiones comunes A los tres 
Reinos , principalmente de las relativas á la paz y la guerra con otras naciones ; 
había de conocer por sí cada triunviro de todas'las que afectasen sólo el interés 
de sus pueblos. En las deliberaciones del triunvirato había de pesar por igual 
el voto de cada uno de los tres Reyes ; en el reparto de lo que se ganase en la 
guerra no podían ser iguales las cuotas. Así del botin como de los pueblos con- 
quistados se habían de hacer cinco partes ; una para el rey de Tlacopan , dos 
para el de Méjico y dos para el de Tezcuco. 

Suscitóse después la cuestión de los feudos. Gracias á las guerras de Azcapot- 
zalco y de Tezcu^co, estaban de hecho incorporados ;'i la corona de uno ú otro 
de los tres Monarcas. Opinaba Itzcohuatl por el stato qiio fundándose en que 
restablecerlos sería dar margen á nuevas discordias; Netzahualcóyotl, sólo por- 
que se los redujese á menor número: estaba en que se debía respetar todos los 
poseídos por príncipes de la sangre. «Es tiránico decía, privar de bienes here- 
ditarios á los hijos por el delito de los padres , peligroso cambiar radical y brus- 
camente las instituciones de los pueblos , inhumano ensañarse con sus propios 
deudos hasta confundirlos con la plebe , impolítico despojar á la Monarquía del 
esplendor que lo dan los grandes feudatarios. Para evitar futuras rebeliones, 
añadía, nos quedan sobrados medios; el sistema de Techotlalatzin y el rigor de 
las leyes.» Proponíase como su abuelo entretener en su corte y convertir en sus 
consejeros á los más altos y orgullosos barones. 

Prevaleció el voto de Netzahualcóyotl en el triunvirato , y se acordó resta- 
blecer hasta treinta feudos ; siete en el reino de Tlacopan , nueve en el de Mé- 
jico y catorce en el de Tezcuco. No se había de exigir á los nuevos señores otro 
acto de sumisión que el de prestar homenaje á los tres Reyes, ni más tributo 
que el de servirles con tropas en tiempo de guerra. Se les había de dar en cam- 
bio el derecho de asistir por sí ó por uno de sus hijos á las asambleas de los 
Estados, es decir, á las juntas en que se hubiese de resolver si el Imperio debía 
ó no declarar la guerra á otros pueblos. Era con razón la guerra para aquellos 
hombres cosa tan grave y de tanta monta , que , no considerando bastante para 
decidirla el acuerdo de los triunviros, quisieron que sólo se la pudiese acordar 



DK A.MElilOA 97 



eu un consejo íl que coiicuri-iesen los prohombres do las tres monarquías. 

Decretadas estas y otras medidas, volvió Netzahualcóyotl á su ciiulad de 
Tezcuco. Ocupóse primeramente en la reconstitución de los feudos. Suprimió los 
de Coatepec, Xal tocan, Iztapalocan, Papalotlan y otras ciudades; y restituyó 
casi todos los demás á los señores que antes los tuvieron y después habían sido 
sus mayores adversarios. Residían estos señores en Huexotziugo y Tlúxcala; 
y aunque perdonados hacía tiempo, no se atrevían á poner el pié en tierra de 
Tezcuco por temor de que el perdón no fuese una celada. Convenciéronse ahora 
de la sincera generosidad del Príncipe , y corrieron ;'i ofrecerle , no ya sus bra- 
zos, sino sus corazones y sus vidas. Sólo uno dejó de presentársele, el de Xue- 
xotla , y éste no por odio , sino por vergüenza : por el sentimiento de su ingra- 
titud y la conciencia de sus crímenes. Sintiólo Netzahualcóyotl y llevó su 
grandeza de alma al extremo de conceder el señorío de Xuexotla al hijo de Itz- 
lacazatzin, ya que Itzlacazatzin se negaba á recobrarlo. 

Repartió á poco Netzahualcóyotl las ciudades y los pueblos libres en ocho 
distritos, al frente de los cuales puso otros tantos mayordomos encargados de 
recaudar los tributos y abastecer su palacio. 

Consagró después su atención á la ciudad de Tezcuco. La dividió en seis bar- 
rios, donde distribuyó por grupos las distintas artes, la embelleció con suntuo- 
sos monumentos, la hizo morada de la nobleza. Allí llevó (i sus catorce feuda- 
tarios, á los más esclarecidos capitanes, á los hombres más versados en las 
ciencias y en las letras, á cuantos descollaban eu el Reino. Hizo construir para 
todos alcázares soberbios y uno para sí que asombraba por su grandeza. De 
Oriente á Occidente medía este alcázar mil doscientas treinta y cuatro varas ; 
de Norte á Sur nuevecientas setenta y ocho. Contenía ricas estancias, no sólo 
para los reyes de Tezcuco , sino también para los de Méjico ; salas para los gran- 
des Consejos de la Corona, cámaras para los poetas, los historiadores y los filó- 
sofos, aposentos para los guardias, almacenes para depósito de los tributos, 
ademas de un patio interior, otro que servía de plaza y mercado, vastos jardi- 
nes , á que daban sombra más de dos mil cedros , y belleza y vida multitud de 
acueductos , de fuentes , de estanques , de baños perdidos en el fondo de inge- 
niosos laberintos. Constaba de más de trescientos cuartos, y tenía aíin fuera de 
su recinto , al Norte , un palacio para los reyes de Tlacopan y una casa-museo 
donde vivos ó de oro y pedrería se hallaban juntos- los más bellos tipos de los 
seres animados que pueblan el aire, el mar y la tierra. 

En este alcázar tenía reunidos Netzahualcóyotl todos los altos cuerpos de 
administración y de justicia. Redujo los de administración á tres consejos, uno 
de Guerra, otro de Hacienda, otro de Ciencias v Artes: los de Justicia á dos 
tribunales, uno superior, otro supremo. Délos consejos que había creado Te- 
chotlalatzin omitió el de Cámara y refundió eu el de Guerra el de Relaciones 
Diplomáticas. Del Triljunal Supremo hizo á la vez Consejo de Estado; del Consejo 



35 



98 HISTORIA GENERAL 



de Hacienda, Tribunal de Cuentas. Fué el primero en organizar el Consejo de 
Ciencias y Artes, y en esto reveló una vez más la cultura de su espíritu. Le 
confió la dirección de todas las escuelas, el examen de los alumnos y oficiales 
que aspiraran á profesores y maestros , la inspección y el juicio de las obras que 
se recliazaran por defectuosas , la revisión de las pinturas destinadas á consig- 
nar los acontecimientos. Dióle tal importancia, que lo alojó en una de las me- 
jores salas, donde había un trono para cada uno de los tres Reyes. Allí se reu- 
nía en ciertas ocasiones con los de Tlacopan y Méjico, ya para hacerse cargo de 
los recientes descubrimientos, ya para oir cantar las glorias de su nación y las 
hazañas de sus mayores , ya para premiar á los subditos que más se distinguían 
como sabios, como artistas ó como poetas. Tenía al efecto amontonadas en los 
ángulos de la sala mantas de vistosos colores y en una mesa objetos de pluma y 
joyas. 

Se esmeró principalmente en la administración de justicia. Puso tribunales en 
los ocho distritos, é hizo que lo pusieran en los feudos sus feudatarios. Declaró 
anexa al señorío de Teotihuacan la jurisdicción para los pleitos y las causas 
entre los nobles de las cercanías de Tezcuco; al de Otompan la necesaria para 
dirimir dentro del mismo radio las cuestiones y los procesos de la ])lebe. Esta- 
bleció en su propio palacio los dos tribunales de que se hizo mérito: uno de 
apelación, que componían un presidente y veintitrés magistrados, otro supre- 
mo, que constituían el mismo Rey y los catorce Señores del Reino. 

El aparato y la majestad de este tribunal bastaban para hacer concebir la 
más alta idea de la justicia. Celebraban aquellos ministros sus audiencias en 
un rico salón alfombrado de pieles de tigre , cuyas paredes estaban cubiertas de 
tapices de colores. En el fondo, en medio de la testera, ardía perpetuamente un 
brasero; á los lados se alzaban dos tronos. El de la derecha, puesto sobre ocho 
gradas , era una silla con respaldo de oro guarnecido de piedras preciosas , so- 
bre la cual caía un airoso dosel de plumas , adornado en su centro de unos 
como rayos de oro. Delante de la silla había un sitial culjíerto de fino paño, 
donde se veían distribuidos en grupos un cráneo sobre unas armas, del que 
surgía una pirámide con un penacho de los que sólo podían usar los prín- 
cipes; mitras ó medias tiaras, una de oro, otra de pluma y otra de pelo, entre 
las que escogía el Rey la que convenía á sus diversas funciones; un mon- 
tón de turquesas y esmeraldas y una flecha de oro que le servía de cetro. 
Estaba algo más bajo el trono de la izquierda y no tenía sitial alguno ; pero no 
carecía de lujo. Formábalo una silla tejida de plumas, en cuyo respaldar se veía 
la divisa del Imperio. 

Debajo de los dos tronos se sentaban en dos filas , una de seis y otra de ocho 
sillas, los catorce feudatarios de la Corona. En la primera fila debajo del trono 
de la derecha, los Señores de Teotihuacan, Acolman y Tepetlaoztoc , y debajo 
del de la izquierda los de Coatlichan, Chimalhuacan y Xuexotla. En la se- 



DE AMÉIUCA 99 



g-und;i, debajo del tniiui de la izquierda, los de Tepechpan , Teyocan , C'hiii- 
liuautlan y Chiauhtla, debajo del de la derecha los de Otompan, Chicotepec, 
Quauhchiuauco y Tollantzing'o. 

El rey ocupaba de ordinario el trono de la izquierda. No pasaba al de la 
derecha sino cuando se trataba de g-raves negocios del Estado, ó del)ía , ya pro- 
nunciar, ya confirmar algún fallo de muerte. Ceñíase en este caso la mitra de 
pelo, empuñaba la flecha de oro, extendía su diestra sobre el cráneo, y dictaba 
la terrible sentencia. Imposible de todo punto revocarla. 

Asistía el Rey á este tribunal, no sólo para decidir recursos de alzada, sino 
también para oir aun sobre asuntos de escasa monta á los últimos hombres 
del pueblo. Allí estaba tres horas por día. y allí, concluida la audiencia, 
convirtiendo el tribunal en consejo, lo consultaba sobre todas las cuestiones, 
ya políticas ya económicas, ya militares ya civiles, que pudieran afectar la 
vida general de su Monarquía. Vivía, por decirlo así, con los hombres que lo 
formaban : los tenía lo más del tiempo en palacio , los reunía en su mesa , los 
llevaba consigo á todas las fiestas públicas , los hacía partícipes de su poder y 
su gloria; y lograba por este medio, sobre regir bien el Estado, alejarlos 
de los feudos que poseían , y hacerles olvidar que estaban reducidos á verdadera 
servidumbre. 

Promulgó ademas Netzahualcóyotl numerosas leyes, muchas encaminadas 
á impedir la reproducción de los pasados disturbios y escudar la persona del 
Emperador contra los vasallos. No consintió que feudatario ni príncipe al- 
guno usase del título de rey ni de las insignias reales : impuso al que tal 
hiciera nada menos que la pena de nmerte. Condenó al traidor á que se le des- 
coyuntase , se le demoliese y sembrase de sal la casa , y hasta la cuarta gene- 
ración se le hiciese esclavos á los hijos. Quiso que á golpes de maza se aplastase 
la cabeza al señor que. se atreviera á rebelarse contra el Imperio y no fuera co- 
gido en combate. Degollado mandó que fuese el general que abandonase al Rey 
en campaña. 

Impuso la misma pena al soldado que desobedeciera al jefe, abandonara su 
puesto , volviera la espalda al enemigo ó le favoreciera en tiempo de guerra ; 
al noble que , habiendo caído prisionero , volviera fugitivo á la patria ; al em- 
bajador que viniera sin contestación ó no hubiera cumplido fielmente su en- 
cargo; al juez que admitiera cohecho, y al sacerdote que faltara á sus votos. 

No castigó con menos rigor otro orden de delitos. Debían morir apedreados 
la adúltera y su cómplice, si los sorprendía ¡a fi-a/ja/ttt el marido; ahorcados, 
si los condenaba un juez por sospechas. Si el adúltero acertaba á matar al 
marido, había de morir en la plaza pública asado y rociado de sal y agua. 
Ahorcada había de ser también la mujer que sirviese de tercera á una casada, 
aunque no se consumase el adulterio; ahorcada la mujer noble que se hiciese 
ramera. Por el delito de sodomía se había de arrancar las entrañas al paciente, 



100 mSTOEIA GENEPAL 



atar al agenic á im poste y cubrirle de ceniza. Por el de embriaguez se debía 
desde luego matar al reo si fi;ese noble, raparle en público la cabeza si ple- 
beyo. Al plebeyo reincidenle se le había también de quitar la vida. Se la habían 
de quitar al reo de hurto, de robo, de usurpación de tierras. 

Leyes todas bárbaras , que revelan , sin embargo , en Netzahualcóyotl un 
firme propósito de consolidar el poder real y disciplinar y moralizar h su pue- 
blo, entonces ya no poco expuesto á dejarse ganar por los repugnantes vicios 
que afeaban el resto de América. El deseo de moralizar á los subditos , llevó 
á Netzahualcóyotl al extremo de reprimir las injurias contra los padres, no 
sólo imponiendo pena de muerte á los hijos, sino también privando (i los nietos 
del derecho de sucesión en los bienes de los abuelos. Mas en aquel mismo siglo, 
¿no adolecían acaso de igual exagei-acion y barbarie las leyes de Europa? Bro- 
taban también sangre, y aun las de hoy castigan en los hijos el adulterio y 
el incesto. 

Es de sentir que no se conozcan de Netzahualcóyotl sino las leyes penales. 
Al decir de todos los autores las dictó sobre la tierra. Leyes importantísi- 
mas, sobretodo, en pueblos semisalvajes , donde se estima el suelo más aun 
que para cultivarlo, para perseguir la caza. Afortunadamente, aunque no han 
llegado hasta nosotros, se sabe por datos bastante auténticos cómo estaba la 
propiedad en aquellos días. Había, como aquí, tierras de realengo, las había 
señoriales, las había concejiles. Llamo concejiles las que pertenecían á barrios 
ó tribus. Eran esas las más y las mejor regidas y cultivadas. Con el nombre de 
colpollalis ó altepatlalis venían á ser poco más ó menos como las que hoy 
constituyen el patrimonio de los municipios eslavos de Rusia. La propiedad era 
del barrio ó la tribu; la posesión, de las familias que los compusiesen. Vol- 
vían á la comunidad las tierras de las familias que dejasen de cultivarlas ó se 
extinguiesen , ó cambiasen de tribu ó barrio ; había de dar tierras la comuni- 
dad á cada nueva familia que se estableciese en el colpollali. Fuera de la tribu 
nadie podía poseer fundos de ningún género ; lo más que se permitía era que 
una tribu diese ó tomase á otra, por causa de necesidad pública, tierras en ar- 
rendamiento. Aun tratándose de terrenos incultos, castigábase con severidad 
al extranjero que se atreviese á beneficiarlos. Régimen mixto de individualista 
y de comunista por el que hoy abogan en los civilizados pueblos de Europa no 
pocos escritores. Tenía allí también cada tribu su jefe, su estarosta; pero un 
jefe que nada podía decidir respecto á la distribución de las tierras sino en con- 
sejo de ancianos. 

No carecía, con todo, ese jefe de atribuciones ni deberes. Llevaba la voz de 
la tribu ante el rey, los gobernadores y los tribunales de justicia. Defendía el 
colpollali contra toda clase de usurpaciones y cuidaba de que no se lo dejase 
sin cultivo. Llevaba un registro donde estaba pintado cada lote con expresión 
de la cabida, las lindes, los productos, el nombre del que lo poseía, el núme- 



DK AMKIUCA 101 



ro de personas ([uc lo hilirahan y los cambios úp maiid (juc li;iliía sufrido* re- 
gistro que la falla (1(^ escritura hacía más íiol (|no los de luiestras naciones. 
Convocaba, por fln, á los ancianos cuando había que resolver cuesliones ó de 
impuestos ó de reparto de tierras ó de liestas religiosas; y cuando éstas se 
verificaban distribuía de su propio caudal abundantes víveres á las numerosas 
gentes que acudían á verlas ó celebrarlas. Podía sobrellevar esta carga ])orque 
al par de los demás jefes cobraba tributos. 

Los tributos antes de Netzahualcóyotl distaban de constituir un sistema. Net- 
zahualcóyotl los regularizó y les dio una sencillez que aquí no tenían ni tienen. 
Nada, según se ha dicho, exigía de los feudos como no fuese el servicio de las 
armas. De los distritos libres cobraba tres contribuciones: una para el sustento 
de su casa y corte, otra para la conservación y reparo de sus palacios, otra para 
los gastos del Reino. Para el col)ro de la primera poseía en cada distrito un 
fundo de mil doscientas varas en cuadro que le habían de cultivar cuidadosa- 
mente los subditos ; para el de la segunda otras tierras de menos importancia , 
cuya labranza corría también á cargo de los pueblos. Hacía efectiva la tercera 
fijando la cuota que correspondía á cada colpoUali, y dejando en amplia liber- 
tad al colpoUaK para que la repartiese y la recaudase según le fuese menos gra- 
voso y lo creyese más acomodado ;'i sus circunstancias, (lomo no liul)iese mone- 
da y debiese percibirlo todo en productos , no pedía naturalmente á cada gru¡)0 
sino lo que en él se daba. No pedía, por ejemplo, mantas á un barrio puramen- 
te agrícola, ni algodón á las tribus de las tierras frías. 

De lo dicho habrá ya inferido el lector que había prestaciones personales y 
reales. Contribuían personalmente los que estaban al servicio de las tierras des- 
tinadas á los gastos de la corte , realmente los demás ciudadanos : en cereales , 
en legumbres, en especias los labradores; en artefactos los industriales; en mer- 
cancías los mercaderes.- El principio de la colectividad predominaba tanto en 
aquel sistema, que aun éstos pagaban, no por individuos, sino por gremios. 
Los industriales hasta llegaban á trabajar en común los objetos que habían de 
dar en tributo. Lo hacían en muchos barrios ó tribus los mismos labradores. 
Llevábanse á tal extremo las cosas , que hasta los regalos á los reyes por victo- 
rias ó por cualquiera otro feliz suceso se hacían gremialmente , y los reye§ en- 
viaban á los gremios las recompensas. 

Gracias á esta sencillez, la recaudación era barata y fácil. Se entendía el Rey 
con sus ocho mayordomos, y éstos con los jefes, ya de las tierras reales, ya de 
los colpollalis. El jefe del colpoUali para cubrir sus gastos y los de su tribu no 
tenía más que recargar la cuota. Eran, en verdad, crecidos los tributos; pero 
muchos también los contribuyentes, á pesar de la exención de que gozaban los 
sacerdotes y los nobles. Estaba entonces pobladísimo todo el valle de Méjico. 

Sólo para el abastecimiento de la casa de Netzahualcóyotl había que remitir 
diariamente á Tezcuco una enorme cantidad de víveres : treinta y una fanegas 

TOMO I 36 



102 HISTORIA GENEEAL 



Y 1r"s almudi^s do maíz en ,L;-ran(), ciia1rnci(Mi1as mil lorias de la misma sustan- 
cia, tres faneo-as y nueve almudes de chian y (itro tanto de fríjoles, treinta y 
dos mil almendras de cacao, veinte panes de sal, cincuenta cestos de chile á ])i- 
miento, diez de tomates y diez de pepitas de calabaza, veiiilc Jarros de miel de 
maguey, cien pavos y gran multitnd de piezas de caza y pesca. Enviábanlo por 
Im-no los mayordomos de los distritos, irnos durante cuarenta y cinco, otros du- 
rante sesenta y cinco, otros durante setenta días. 

Imposible parece que tanto pudiera consumirse en un palacio; pero lo dan por 
cierto cuantos autores he léido , y sobre todos Torquemada , que hace al por ma- 
yor la cuenta, y asegura haberla sacado del lil)ro de gastos del mismo Netza- 
liualcoyotl. Hay (|ue considerar , j)or otra ¡)arte, que tenía el Rey gran número 
de concubinas y una inmensa servidumbre, y comía ordinariamente con sus 
leudatarios, con los embajadores y con cuantas ¡)ersonas se distinguían por las 
armas (') las letras , y servía las casas de sus principales nobles , y daba plato á 
los consejeros, y compartía su pan con los infinitos pobres que llamaban á su 
puerta. El palacio de Tezcuco, del mismo modo que el de Méjico, eran á la sa- 
zón, y continuaron siendo hasta la conquista, la casa común de los grandes y 
la mesa común de los pequeños — Cortés y sus soldados no cesaban de admirar- 
se de la mucha gente que vivía y de la abundancia que reinaba en el de Monte- 
zuma : no podía menos de ser extraordinario el consumo que allí se hiciese. 

Netzahualcóyotl era, ademas, espléndido y lial)ía comunicado á cuantos le 
rodeaban su amor al lujo. Le gustaban los trajes magníficos, las alhajas, las jo- 
yas, los salones bien decorados, el fausto en las ceremonias y en las fiestas; y 
no era natural qne dejara de quererlo en la mesa, donde más se complacieron 
siempre en ostentar su opulencia los príncipes. Gracias á que por su aversión á 
la embriaguez y á las severas leyes que contra ella tenía hechas , cerró la entra- 
da il los vinos y á los licores ya entonces en uso , ó los escaseó por lo menos en 
sus banquetes. 

En los años por que corre esta historia distaba, no obstante, Netzahualcóyotl 
de regir un imperio tan vasto como el de sus mayores. Con sus ruidosas guerras 
y conquistas apenas había podido rebasar los montes que circuyen el valle de 
Méjico. Aun de su reino de Tezcuco había del)ido ceder terreno ;'i los tlaxcaltecas 
en remuneración de los servicios que le hal)ían heclio y en prenda de la alian- 
za que con ellos contrajo. El mismo valle de Méjico no lo tenía seguro. Debe 
ahora mismo bajar á someter con Itzcohuatl y Totoquiyauhtzin primero á Xochi- 
milco y Cuitlahuac, después á Chalco, pueblos mal domados y belicosos que 
pugnan constantemente por recobrar su independencia. El Señor de Chalco le 
ha ofendido hasta el punto de cogerle dos hijos que iban de caza, matárselos, y, 
convertidos en momias , hacerlos servir de candelabros en sus salones : no ha de 
parar Netzahualcóyotl hasta prenderle y, después de saqueada la ciudad, hacer- 
le pagar en el cadalso tan horrendo crimen. 



UE AMERICA 103 



Pero ya ni Netzahualcóyotl ni los Reyes de Tlacopaii y Aléjico pueden darse 
por satisfechos con la li-anquila posesión del valle. Están resueltos á emprender 
más allá de los montes una serie de guerras que iniíi cud;! dia ensanchando su 
Imperio. Se creen herederos de los toltecas y los chichimecas, y como tales con 
derecho á dominar cuanto éstos y aquéllos dominaron. No suelen, con todo, in- 
vadir el territorio de ningún puehlo sin que se les haya dado motivo. Lo ¡iiv;i- 
den. por ejemplo, cuando se les ha matado unos mercaderes, ó iulcrruuipido 
comunicaciones que de antiguo existían, ó violado las fronteras, ó pedido contr;i 
gentes enemigas alianza y socorro. Aun asi no empiezan jamas una guerra sin 
declararla, y aun agotar los medios de persuasión y de concordia. 

Son ciertamente para conocidas las diligencias y las solemnidades que pro- 
cedían entonces á la guerra. Luego que la tenían decidida los tres Reyes, en- 
viaban los. mejicanos á la capital contraria embajadores que al llegar allí re- 
unían á los ancianos de ambos sexos, les exponían su mensaje, les auguraban 
los males que les traería un rompimiento, y les encarecían la necesidad de 
persuadir al jefe de la nación á que no se dejara llevar de un insensato orgullo 
y diera cumplida satisfacción de los agravios que hubiese inferido á los triun- 
viros. Retirábanse luego los embajadores no lejos de la ciudad á esperar la res- 
puesta, para la cual dalian un plazo de veinte días. Si la contestación era favo- 
rable , se recibía como aliado al señor de la tierra , se le imponía un ligero tri- 
buto en oro, en pedrería, en plumas ó en tejidos de algodón ó néquen, y se le- 
hacia jurar que jamas se sublevaría contra el Imperio ni le suscitaría dificul- 
tades. 

Si era contraria la respuesta, bajaban de Tezcuco otros mensajeros que se 
dirigían al jefe enemigo, y le intimaban que como en otro plazo de veinte días 
no se sometiera, si preso en combate, se le sacrificaría á los dioses, si de otro 
modo, se le aplastaría el cráneo con una maza según prevenían las leyes. De 
someterse en el acto , le obligaban sólo á pagar anualmente un triluito ; de no , 
le untaban la cabeza y el brazo derecho con cierto licor que le daba fuerza , le 
ponían un rico penacho que sólo usaban los reyes, y le entregaban una gran 
cantidad de arcos, flechas, macanas y escudos. Retirábanse al punto adonde que- 
daban los mejicanos, y si vencido el nuevo plazo no cedía el jefe, venían de 
Tlacopan otros embajadores. 

Hablaban éstos á los capitanes y demás gentes de guerra, y los amenazaban 
con pasar á fuego y sangre ciudades y villas , hacer esclavos á todos los prisio- 
neros é imponer onerosas contribuciones, como en otro plazo de veinte días no 
procuraran y alcanzaran la sumisión del jefe á los tres Monarcas. Si accedían, 
se castigaba al señor sin exigir de la nación sino un trilnito algo más fuerte del 
que hubieran podido cobrarle los mensajeros tezcucanos; si rehusaban, se les 
distribuían mazas y escudos para que no pudieran decir en ningún tiempo que 
se les había atacado por sorpresa ni con desiguales armas, 



104 HISTOEIA GENEEAL 



Fenecido por lin el nuevo plazo, se reunían los embajadores de los tres Reyes 
y se despedían del jefe y los capitanes enemigos, previniéndoles que á los 
veinte días empezaría la guerra. Al mes rompíanse efectivamente las hosti- 
lidades. Movíanse primeramente juntos y al mismo paso los ejércitos de 
los tres Reyes; se disgregaban luego y acometían por tres distintas partes á 
sus contrarios. Táctica por la cual conseguían casi siempre la victoria, l^es- 
pertábase la emulación en los tres cuerpos; y había difícilmente quien pudiera 
resistirlos. El enemigo se veía obligado á dividir y ;iun á desparramar sus 
fuerzas. 

Dícese que Netzahualcóyotl comenzó por atacar los pueblos al Norte de Tez- 
cuco. Cayó sobre Tollantzingo , que siempre había lormado parle del Imperio, 
y la ganó con tal celeridad y empuje, que por no ser víctimas del furor de 
sus armas se le entregaron sin resistencia Xicotepec y Quauhchinanco. Res- 
petó y agregó al número de sus feudatarios á los señores de las tres ciudades; 
y con ellos fortalecido , domó hasta los montes de Totonacapan cuantos pueblos 
encontró al paso. Sobre ochenta leguas de territorio se cree que redujo en esta 
campaña. 

Llevó después la guerra con los Reyes de Tlacopan y Méjico A los tlalhuicas, 
que estaban más allá del Popocatepetl , á Mediodía. Iban los tres Reyes en so- 
corro del Señor de Xochitepec , que había reciljido un agravio del de Quauhna- 
huac, y no sintiéndose con fuerzas para vengarlo, había implorado la ayuda 
de los mejicanos; y cuando hubieron entrado en Quauhnahuac, so pretexto de 
que lo habían favorecido otras ciudades, corrieron y sujetaron toda la comarca. 
Cara les costó la victoria, pero no menos cara la hicieron pagar á los venci- 
dos. Quauhnahuac, Tepozotlan y Huastepec hubieron de entregar cada una 
todos los años cuatro mil trescientos lardos de mantas y vipiles, objetos de plu- 
ma y oro, esmeraldas y turquesas, flores para los palacios y mujeres para la 
servidumbre de los tres Reyes ; tributo crecidísimo , puesto que se componía 
cada fardo de veinte mantas. 

Murió á poco Itzcohuatl y fué reemplazado en el trono de Méjico por Mo- 
teiihcuzuma ó Montezuma, aquel general que tantos peligros corrió en su men- 
saje á los chalcas y tanto se distingiiió en la guerra contra Azcapotzalco. No 
por esto se suspendió las comenzadas guerras , antes se las siguió con mayor 
ahinco. Como si quisiera indicar que se proponía seguir una política belicosa, 
empezó Montezuma su reinado por levantar un templo á Huitzilopochtli y ma- 
tar en batalla campal al Rey de Tlatelolco. El rey de Tlatelolco, según Tor- 
quemada, ya en tiempo de Itzcohuatl había pretendido apoderarse de la corona 
de Méjico. 

Declararon la guerra los tres Reyes á ( 'ohuaixtlaluuican, ya muy al Medio- 
día, que se empeñó en cerrar el ])asi) por su liei'ra á los mercaderes del Norte. 
Salieron derrotados en la primera campaña; mas levantaron para la segunda 



DE AMÉRICA 106 



tan grandes ejércitos, que lo tomaron á pesar del socorro que le dieron los tlax- 
caltecas y los huexotzingas. Mataron en combate á muchos enemigos, y á todos 
los que hicieron prisioneros los sacrificaron á. sus dioses. Ni se satisficieron coa 
haber ganado la ciudad, aunque poderosa; hicieron suyos á Itztzocan , Tepeya- 
cac, Tecalco, Teohuacan y Quauhtochco, no muy lejos del Atlántico. 

Conquistaron después las comarcas de Atochpan, Tizauhcoac y Cueílachtlan , 
de que sacaron pingües tributos, no sólo en telas para vipiles y enaguas, sino 
también en hermosos tapices para los muros de sus palacios, pluma blanca 
para tejidos, plumas de colores para adorno de sus cuerpos, mujeres para su 
servidumbre, ciervos vivos, pieles de ciervo y otros artículos, así de utilidad 
como de lujo. Hallaron otra vez en Cuetlachtlan , ya orillas del golfo, á los hue- 
xotzingas y á los tlaxcaltecas que llevaban de refuerzo las tropas y los dioses de 
Cholula , y aunque de pronto se turbaron y Aun quisieron retroceder temerosos 
de un descalabro, los acometieron gracias á la decisión y al arrojo de Moqui- 
huix , nuevo Rey de Tlatelolco , y los deshicieron hasta poder ocupar en días 
toda la provincia. 

Redujeron por fin á Mediodía las tierras de Tlaucozuauhtitlan y Tlapacoya, 
que les pagaban tributo en colores, en incienso, en vasos finos, en antorchas y 
en penachos de quetzalli, que eran entonces los de más estima y mayor precio. 
Señalo las diversas especies en que se satisfacían los impuestos para que mejor 
se comprenda la organización y la especial vida de aquellas gentes. La contribu- 
ción de los cuetlachtlantecas consistía principalmente en cacao y en ulli, goma 
de que entonces se hacían las pelotas. 

Domados ya tantos y tan distintos pueblos , unos al Sur , otros al Este , hubo 
de volver Netzahualcóyotl los ojos y las armas á las provincias del Norte. Au- 
sente , le habían quemado los habitantes de Tollantzingo las ciudades que había 
dejado guarnecidas: las de Tlayacue, Chiquiuhtepec y Macanacazco. No satis- 
fechos con destruírselas, habían pasado la guarnición de las tres al filo de sus 
macanas. Airado Netzahualcóyotl, lo e^itró con poderoso ejército, lo castigó se- 
veramente , y le impuso , ademas de un fuerte tributo, la ol)ligacion de hacer 
plantar árboles en sus bosques y jardines. Para más sujetarlo fundó allí la ciu- 
dad de Tzihuinquilocan y la pobló de tezcucanos. No luibo necesidad de más 
para tenerlo por siempre bajo la dominación de los aculhuas. 

Ya en su corte, quiso Netzahualcóyotl llevar sus armas contra los cuextlane- 
cas ó huaxtecas, sentados en ambas márgenes del Panuco. Destacó un cuerpo 
de tropas á las órdenes de su hijo Xochiquetzalzin , y á los cinco ó á los seis 
días , una división de refuerzo que puso al mando de Acamipioltzin , otro de sus 
hijos. Acamipioltzin. que era Inien soldado y estaba ganoso de gloria, hizo 
una marcha tan hábil y rápida , que adelantándose á su hermano se puso el 
primero á la vista de los huaxtecas, que halló acampados á las orillas de un 
río. Aunque inferior en fuerzas, los acometió y los descompuso en términos, 



31 



106 HISTOEIA GENERAL 



que ni retirarse murieron ahogados muchos. Pasó el río, les siguió el alcance, 
acabó de desliacerlos, y, libre ya de enemigos en el cam})0, tomó una tras otra 
las ciudades de la comarca. Xochiquetzalzin , que iba detras, consumó la ol)ra. 
Se apoderaron los dos hermanos de Tlahuitolan, Cocolitlan, Acatlan, Paiztla, 
Tetlcoyocau . Otlnquiquiztla y Xochipalco; y después de guarnecerlas bajaron 
á Tezcuco. donde bis recihi(i triunfalmente la multitud y cariñosamente su 
padre . 

Eran Xochiquetzalzin y Acauíipioltzin hijos de Netzahualcóyotl, pero no le- 
gítimos. Netzahualcóyotl no estaba todavía casado: los había tenido de sus nu- 
merosas concubinas, que hahian llegado á darle sesenta varones y sesenta y sie- 
te hembras. Contrajo al fin matrimonio, y, al decir de sus historiadores, por un 
crimen. Enamoróse ciegamente de una j()ven de rara hermosura que le sirvió 
en la mesa de uno de sus feudatarios. La joven, de gran nobleza y hasta de real 
estirpe, de muy niña estaba casada ó por lo menos desposada, pero Aun virgen. 
No pudiendo Netzahualcóyotl vencer la pasión en que ardía, cuentan que 
llamó á Tezcuco al novio, le halagó, le dio mando en sus ejércitos, y en- 
cargó secretamente á dos de sus capitanes que ó le pusieran á la primera bata- 
lla en el sitio de más peligro y le abandonaran, ó le mataran de modo que se 
atribuyera la muerte á los enemigos. Cumplida la orden, añaden, pidió y obtu- 
vo la mano de la bella joven, y celebró las más espléndidas bodas que pudieron 
concebirse. 

Á este crimen principalmente atribuye Ixtlilxochitl las calamidades que en 
breve aquejaron al Imperio. Crecieron las aguas del lago hasta cubrir la ciudad 
de Méjico y obligaron á los haliitantes á recorrer en canoas las calles. Entonces 
fué cuando, según Torquemada , para evitar futiiras inundaciones, se hizo un 
gigantesco paredón ancho de más de cuatro brazas , largo de más de tres leguas 
y por casi una metido en agua. Sobrevino á poco en Chalco otra rebelión que 
costó muchas víctimas , y después abundantes nieves y rigorosos hielos, que 
destruyeron las siembras y los plantíos. Seis años duró el hambre y arreció tan- 
to, que hasta los padres il)an á Totonacapan á Aender por maíz á sus hijos. En 
vano los tres Reyes distribuyeron el mucho grano que tenían recogido en sus 
trojes y eximieron de todo trilmto ú los pueblos ; huían frecuentemente nume- 
rosas familias de aquella triste y asolada tierra. Para colmo de mal se quería 
aplacar con sangre humana la cólera del cielo, y se multiplicaban los sacrificios. 
«Se necesita sangre fresca, decían los sacerdotes,» y no se contentaban ya con 
inmolar prisioneros de guerra. 

El año 1456 empezaron á brillar mejores días. Vohió la tierra á dar sus fru- 
tos, regresaron muchos de los fugitivos, y entró de nuevo la calma y la alegría 
en los espíritus. Ni tardó el valle en repararse de sus quebrantos. Cultivadas 
hasta las cumbres de sus cerros, apta y dispuesta para el tral)ajo su polilacion 
inmensa, recobró en no mucho tiempo su pasada animación y su lirillante vida. 



DK AMÉIÍICA 107 



Hizo entonces Netzahualcóyotl SUS célebres jardines (1(! Tiv.ciilziiin-o, á que se 
subía por una escalinata de ciento veinte gradas, las menos do niaiiipostcria. las 
más cortadas en la roca. Tenían estos jardines ahundautísinias aguas, así para 
el riego como para las fuentes y los baños; y las recibían de otra montaña, dis- 
tante como dos leguas, por un acueducto de prodigiosa altura. Entraban las 
aguas por la cumbre de Tezcutzingo en un vasto depósito del cual surgía un 
peñasco donde estaban esculpidas las armas del Rey y los años y los principa- 
les acontecimientos del reinado; y de allí bajaban á Norte y Mediodía ¡lor dos 
atarjeas á tres estanques, consagrados el uno á las tres capitales del Imi)erio, 
de que eran símbolo las cabezas de otras tantas mujeres , los demás á las ciuda- 
des de Tula y Tenayocan, que fueron, como recordará el lector, la una el pri- 
mer asiento de los tol tecas, la otra de los chichimecas. Salían de los tres estan- 
ques formando bellas y sonoras cascadas, y se esparcían en multitud de caños 
por extensos jardines á que daban sombra los más gallardos y corpulentos árbo- 
les, belleza y perfume las más preciadas flores, música y armonía infinitos pá- 
jaros de vistoso plumaje recogidos en tierras calientes. 

Alzábase en lo alto una torre sobre cuyo elegante chapitel flotaban hermosos 
penachos; en una de las vertientes, un enorme león de piedra que tenía la cara 
de Netzahualcóyotl y solía estar bajo un dosel de plumas y oro; á la raíz, sun- 
tuosos palacios de gigantescos sillares , cuyas techumbres descansaban sobre vi- 
gas de cedro que medían noventa pies de longitud por cuatro de anchura; en los 
alrededores, un parque donde abundaban así las liebres como los ciervos. Conte- 
nían los palacios gran número de salones, entre ellos uno de extraordinaria ca- 
pacidad y magnificencia, donde recibía Netzahualcóyotl á los Reyes de Méjico 
y Tlacopan y á sus feudatarios. Eu el patio que lo precedía, por demás espacio- 
so, se celebraban los bailes y demás regocijos de corte. Alcázares y jardines de 
que todavía quedaban en el siglo xvii imponentes ruinas. 

Y no fueron sólo éstos los que hizo construir aquel Rey fuera de Tezcuco. 
Los tenía en Cauchianco, en Tzinacamoztoc , en Cozcaquauhco , en Cuetla- 
chiuhtitlan , en Tlateitec , en Tepetzingo y en i^catelelco , y todos ellos con her- 
mosos edificios, fuentes, l;)años, estanques y laberintos. Se los cuidalian y con- 
servaban por turno los pueblos del contorno , y se los surtían otros de peces , 
pájaros y flores de raras formas. Sentía, repito, iina verdadera inclinación al 
placer y al fausto, y no perdonaba medio por satisfacerla. Cosa al parecer ex- 
traña en un hombre que creía vanas y pasajeras las pompas del Mundo; recor- 
daba en elocuentes frases las súbitas y frecuentes mudanzas de los imperios más 
sólidos, y vivía fijo el pensamiento en un Dios de cuya voluntad dependía la 
fortuna de los hombres y la del Universo. 

Era Netzahualcóyotl poeta, y se conservan todavía algunos de sus cantos. 
En todos habla de la caducidad de las cosas humanas, comparándolas ya con las 
rosas, bellas y encendidas mientras guardan en sus castos botones las aljoñi- 



108 HISTOIÍÍA OENKlíAL 



radas ¡)orlas de la anroi'a . iiiarcliitas y sin cdlur luég'o que las tocan los rayos 
del Sol. padre de los vivientes; ya con el lunno que arroja el volcan de Popoca- 
tepetl entre i)olvo y llamas; ya con los verdes sauces, que por mucho que quie- 
ran durar ¡)erecen consumidos por un inesperado fuego, ó destrozados por el 
hacha, ó combatidos por el cierzo, ó tristes y agobiados por el peso de los años. 
Ve en la tierra una tumba y pinta con singular tristeza á los ríos y los arroyos 
alejándose sin cesar de los montes en c|ue nacieron y á medida que se acercan á 
los dominios de Tlaloc , el dios de los mares , laljrándose y ahondando las melan- 
cólicas urnas en que van á sepultarse. No halla duraderas ni estables sino las 
cosas del Cielo , « donde todo , dice , es eterno y nada se corrompe , donde el hor- 
ror del sepulcro es lisonjera cuna para el Sol y las funestas sombras briD antes 
luces para los astros.» 

¿Qué no dice luego de los héroes y los más poderosos reyes de su patria? Ha- 
bla del tirano Tezozomoc, erguido un día como el sauce sobre los débiles y los 
humildes, y después carcomido, seco, arrancado de raíz y hecho pedazos por 
el huracán de la muerte; recuerda lo florido y poderoso que fué bajo acjuel viejo 
monarca el Imperio, y la postración á que más tarde vino. Bajo las sombrías bó- 
vedas de los panteones ve hacinado , revuelto y confundido con la tierra , sin 
que sea ya posil)le distinguirlo, el polvo de sus antepasados y aun el de su pa- 
dre. «Ya no quedan de ellos, dice, otros monumentos qiie las toscas pieles en 
cjue se escril)ió su historici. Y ¿quién al considerarlo, exclama, no se ha de des- 
hacer en lágrimas viendo que los más bellos goces son ramilletes que se desho- 
jan en la presente vida?» 

Netzahualcóyotl distaba , sin embargo , de sacar de estas reflexiones las con- 
secuencias que el cristianismo. Deducía precisamente lo contrario. «Ya que son 
pasajeros los bienes del Mundo, parecía decir, apresurémonos á disírutar del 
bien que pasa; anhelemos y Imsquemos los del Cielo sin menospreciar los de la 
Tierra.» Á tal idea ajustaba por lo menos su conducta. Juguete fué de la fortu- 
na, y ni una sola ocasión desperdició de gozar de los favores de la suerte. 
Apenas restituido á los palacios de su padre i)or Tezozomoc, tuvo numerosas 
concubinas. Luego de concluidas las guerras de Azcapotzalco hizo construir 
los espléndidos alcázares de Tezcuco. Cuando se enamoró de la que fué su mu- 
jer, al saberla de otro no vaciló en sacrificarle. Reparado el Imperio del ham- 
bre que lo aquejó, hizo esa serie de jardines de que fueron digna corona los 
de Tezcutzingo. La idea está ademas en sus mismas poesías, si es suya la 
que tradujo Ixtlilxochitl en verso castellano y empieza por «Un rato cantar 
quiero,» cosa que pongo en duda. ' La })oesía es por lo menos de su escuela y 



' Pongo en duda que sea de Netzahualcóyotl esta poesía, porque no puedo persuadirme de que se la 
dedicara á sí mismo ni hablara de sí mismo en tono encomiástico. Cotejada con las otras dos que se le 
atribuyen, me parece, por otra parte, que revela otro espíritu y otra mano. Véanse las tres en el Apén- 
dice de esta primera parte. 



DE A.MEBICA KiO 



ú él esU'i dedicada. No una ve/ sino muchas encarece el autor á su amigo la 
necesidad de aprovechar el bien presente por ser medidos nuestros gustos y 
transitoria nuestra vida. Se trasfarenta á mi modo de ver la idea aun en los 
cantos que tengo decididamente por suyos. Quiere en uno de ellos Netzahualcó- 
yotl que «gocen por ahora de la abundancia y belleza del florido verano con 
melodías las parleras aves, y liben las mariposas el duce néctar do las fragan- 
tes flores. » 

Netzahualcóyotl no estaba, además, libre de contradecir por sus actos sus 
pensamientos. Nos lo revela principalmente su conducta religiosa. En sus 
guerras de Tezcuco le hemos visto quemando con furor los templos por odio á 
la idolatría. Afianzado ya su trono, los levantó en aquella misma ciudad hasta 
el número de cuarenta, uno, el nuxyor, á los dioses Tlaloc y Huitzilopochtli. 
Nada menos que sobre una pirámide cuadrangular de ochenta brazas de lado 
y veintisiete toesas de altura, á que se subía por ciento sesenta gradas, erigió 
las dos capillas en que se rendía culto á tan bárbaras divinidades. Aborrecía 
los sacrificios humanos, y consintió, sin embargo, que se pusiera entre las dos 
capillas la piedra Tcxcatl destinada á recibir las víctimas. Víctimas consagra- 
das á los ídolos estoy por decir que las hubo en su tiempo más que en los pa- 
sados, sobre todo si me circunscribo á los chichimecas. Se me dirá que hulw 
de transigir con las preocupaciones de su pueblo; mas no podían éstas exigirle, 
ni que construyera tantos templos, ni que los rodeara de cuatrocientas cáma- 
ras para habitación de los ministros que los servían, ni que entregara, como 
entregó, la educación de la juventud á sacei'dotes y reclusas. Fiel á sus creen- 
cias no lo fué hasta ya muy entrado en días. Tuvo de su esposa sólo dos hijos, 
que nacieron con muchos años de intérvíilo; uno llamado Tetzauhpiltzintli, 
muy favorecido por la naturaleza, filósofo, poeta, soldado y hasta diestro en 
las artes mecánicas. Perdióle desgraciadamente, merced á pérfidas insinuacio- 
nes de una de sus favoritas. Llegó á sospechar que conspiraba contra su impe- 
rio, y le entregó al juicio de los reyes da Tlacopan y Méjico, do quienes jamás 
podía esperar que extremaran las cosas. Éstos, con todo, después de una in- 
formación secreta condenaron á muerte al Príncipe, y le hicieron estrangular 
fingiendo que se le quería echar á la garganta un collar de flores. Inconsola- 
ble Netzahualcóyotl, no bien le nació un segundo hijo, mandó construir un 
suntuoso templo al Dios sin nombre, creador del Universo. Lo levantó sobre una 
pirámide de cuatro pisos en frente del de Huitzilopochtli. 

Consistía aquel templo en una torre de nueve altos que representaba los 
nueve cielos. El coronamiento, que era símbolo del postrer cielo y terminaba 
en tres puntas, estaba por de fuera negro y sembrado de estrellas; por dentro 
incrustado de oro, piedras y plumas. No contenía la torre imágenes ni esta- 
tuas, pero sí ciertos instrumentos músicos que se tocaba cuatro veces por día: 
al salir y al ponerse el Sol, á medio día y á media noche. Aunque Netzahual 



lio HISTORIA GENERAL 



coyotl, al pal- de los chichimecas , no viese en el sol Á Dios, lo niiraba induda- 
blemente como la más poderosa manifestación de Dios mismo, y áiin lo consi- 
deraba como el padre universal de nuestro linaje. A Dios le veía él en el último 
cielo, y allí suponía que iban las almas de los virtuosos. De los pecadores creía 
que después de muertos se los precipitaba á los abismos de la tierra, donde su- 
frían horribles tormentos. 

Con este singular ejemplo, y sobre todo con estas ideas, que procuró infundir 
en sus hijos, encargándoles que no rindiesen culto á los ídolos como no fuese 
por razón de Estado, contrapesó algún tanto Netzahualcóyotl la tendencia á los 
sacriñcios, nunca tan grande en Tezcueo como en Méjico, donde rayó en deli- 
rio. Repito, sin embargo, que ])udo hacer mucho más contra la religión de 
los aztecas , con sólo hacer por ella mucho menos de lo que realmente hizo. 

Hemos visto ya en Netzahualcoj'otl al filósofo, al poeta, al artista, al dies- 
tro general, al hombre de administración y de gobierno, al hábil político; 
falta que veamos al hombre privado, si es que en los monarcas, principalmen- 
te en los absolutos, cabe separación entie la vida particular y la pública. 
Netzahualcóyotl era verdaderamente más severo con los demás que consigo 
mismo, pues les exigía una continencia de que distaba de dar ejemplo; mas 
fuera de esta virtud, rara en los reyes y aun en los demás hombres, puede 
asegurarse que las poseía todas. Olvidaba fácilmente las injurias, y fuera del 
calor del combate, perdonaba á sus mayores enemigos. Humilde con los humil- 
des, no se desdeñaba de oir las quejas del último de sus vasallos. Hasta de la 
boca de un niño aprendía á moderar el excesivo rigor de sus leyes. Tenía un 
profundo sentimiento de justicia: estaba siempre dispuesto á reparar las ini- 
quidades que pudiese haber cometido. Era magnánimo y liberal con todo el 
mundo, sobre todo con los pobres. Muchos días, viendo desde su palacio que 
vendían poco las gentes del mercado, les hacía comprar secretamente y á Ijuen 
preciólo que les quedaba, y lo distribuía entre los ancianos, las viudas y los 
huérfanos. No oía llamar á su puerta á nadie á quien no socorriese: esperaba á 
veces para ponerse á la mesa que estuvieran saciados los hambrientos. Tenía 
dadas, además, relevantes pruebas de su resignación en las adversidades. Ni 
le abatía la contraria suerte, ni le desvanecía ni ensoberbecía la próspera. 

Así era universalmente querido, no ya tan sólo en Tezcueo, sino también en 
todo el Imperio. Vivo, se le amaba; muerto, se le veneraba. Se referían acei'ca 
de él multitud de anécdotas ; se le tenía hasta por profeta. Lo fué verdadera- 
mente, á juzgarle por un canto y unas palabras que Ixtlilxochitl le atribuye. 
«Oh rey lotonkin, exclama en el canto, después que hayas dejado por otra esta 
vida, vendrán días en que estén vencidos y sin ventura tus vasallos. No esta- 
rá ya el poder en tus manos, y tus hijos y tus nietos, agobiados de males, no 
cesarán de pensar en tí , arrasados en lágrimas los ojos. Serán huérfanos y servi- 
rán á extranjeros en su propia p ;tria.» Acabado el templo de Huitzilopochtli , 



tiE AMÉRICA 111 



«¿en qué año se destruir;!. pi'ci;iiiita, el tcniíilo (|U(' acabamos de consagrar? 
¿quién asistirá á su ruina? ¿serán mis hijos ó mis nietos? Se consumirá en- 
tonces el ])aís y se acabarán los Señores, se cortará el maguey antes de su total 
crecimiento, darán los árboles frutos prematuros, y se liará estéril la tierra; 
desde sus primeros años se entregarán hombres y mujeres al sensualismo, y se 
despojarán los unos á los otros. Si queréis evitar estas desventuras, educad des- 
de la infancia á vuestros hijos en la virtud y el trabajo.» 

Era verdaderamente Netzahualcóyotl hombre que no es posible confundir 
con el común de las gentes; hombreen quien eran poderosas y estaban fácil- 
mente armonizadas la razón, la voluntad y el sentimiento. Antes de morir lle- 
vó aún á cabo grandes cosas. Se habían rebelado nuevamente los chalcas, los 
eternos enemigos del Imperio, y JNIontezuma, rey de Méjico, ardía en deseos 
de poner fin á tan desastrosas guerras. Juraron los tres reyes no dejar las 
armas hasta destruirlos. Se decidió en una sola batalla la suerte de los insurrec- 
tos, pero en una batalla que duró todo un día y costó arroyos de sangre. 'S'en- 
cidos los chalcas, se entró la ciudad á saco y con tal furor, que cuantos habi- 
tantes pudieron escapar con vida, se derramaron por los vecinos montes, y 
muchos se dejaron morir de hambre antes que ponerse en manos del enemigo. 
Repartiéronse los vencedores la tierra y la distribuyeron á su vez entre sus ca- 
pitanes. Y á los chalcas que volvieron les condenaron á labrar unos grandes 
salones en sus palacios. Castigo horrible que los redujo á la mayor miseria, y 
habría bastado á quitarles la vida , si , compadecido Netzahualcóyotl , no les hu- 
biera facilitado víveres y unas chozas de paja. 

Fueron después los tres reyes sobre Tepeaca, también rebelde, y la domaron 
en otro combate. En campaña ya y más allá de los montes prosiguieron sus 
conquistas. Ganaron las provincias de Cuextlan , Tlahuitolan , Coxolitlan , Ta- 
mazolan, Acatlan, Piaztlan, Tetlcocoyan y Xilotepec, y las hicieron tributa- 
rias. ¡ Qué inmensa felicidad para él ver casi reconstituida la obra de los tolte- 
cas!^'iómás, según Torquemada. Vivía aún cuando, muerto Montozuma, se 
sentó Axayacatl en el trono de Méjico; vivía aún cuando Axayacatl llevó sus 
ejércitos á Tehuantepec y tomó á fluatulco; vivía aún cuando las armas del 
Imperio se reflejaban en las aguas del Pacífico. 

No tuvo al morir más que un pesar, castigo de su amor al concubinato. En- 
tre tantos hijos naturales no dejó más que uno legítimo, y éste de cortos años 
para sobrellevar la carga del gobierno. Habló el mismo día de su fallecimiento 
á los presidentes de los cuatro consejos, de quienes era también padre, y les 
dijo: «Aquí tenéis á vuestro rey y señor: aunque niño es cuerdo y prudente, 
y hará que reinen entre vosotros la concordia y la justicia. Si le obedecéis 
como leales vasallos, os conservará los señoríos y las dignidades. Siento cercano 
mi fin. Cuando muera, en vez de tristes lamentos entonad cánticos de alegría 
para que deis muestra de gran corazón , y lejos de consideraros abatidos las na- 



1 12 HlSTOIilA GlENEBAr, DÉ AMÉIilCA 



clones que sometí, croan al últiino de vosoti-os c;apaz de mantenei-las bajo el 
3'Ug-o.» \'()1 viéndose Ineg-o al Príncipe Acapioltz, en qnien tenía sn niayor con- 
íianza, añadió: «Acapioltz, sé desde este momento el padre de este niño. Ensé- 
ñalo á vivir y haz qne por tus consejos gobierne bien o! Imperio. Sé sn guía 
mientras no esté en edad do marcliar por sí mismo.» 

vSe despidió Netzahualcóyotl de sus hijos con lági-imas en los ojos, y á poco 
espiró. Ocurrió su muerto en el año 1470. ^ 



' Obras consultada.s para la redacción déoste capítulo. Ixtlilxoehitl , lliisloria de. los chichi inems. 
Tarto 1.", capítulos desde el XXXIV al XLIII.— Torquemada, JfíinanjyUi imliaiM. \ib. II, cai)ítulos 
del XL íil LVI. — Veytia, líisUn-ia aiidjiía de Méjico, lib. III, capítulos V, VI y VIL— 8u contiuu.a- 
dor, capítulos del I al IV. — Alonso de Zurita, Informen sobre las di/erenies clases de jefes de Xtiei'n 
EspcuVt, párrafo Orlijen de los co/pnHaiis y los siguientes. — Dávila Padilla, I/istoria dr hr procinci i de 
Snitiriijo. lili, II, capituliis \'I11 y IX. 



CAPÍTULO II 



Influencia de Tezcuco en el Imperio.— Cansas de la g-randeza ilo los triunviros.— Rivalidad do Méjico y Tezcuoo.— Guerra é 
incorporación de Tlatelolco á Méjico.— Diu'eza de carácter de Axayacatl.— Muerte de Xiliuiltemoc— Guerra contra Matlal- 
tzingo. Tochpan y Tolotlan,— Carácter y hechos de Tizoc, sucesor de .\xayacatl.— NetzahuilpiUi en el trono de Tezcuco — 
Desavenencias con sus liermanos.— Actos de generosidad con que se los hace suyos.— Sus deseos de entrar en combate.- 
Invade y vence la provincia de Ahuillizai an.— Sus nujvos palacios.— Gasto de su casa —Sus concubinas.— Su ffU2rra con- 
tra Naulitla.— Muerte de Tizoc y advenimiento de Ahuitzotl al trono de Méjico.— Carácter de Ahuitzotl.— Expedición de los 
triunviros a las costas del Pacfflco.— Netzahuilpilli en Tizanhcoac. Atlixco y Huexotzing-o.— Inauguración del templo de Mé- 
jico.— Terrible hecatombe que allí se hizo.— Descripción del templo.— Traida á Méjico de las ag-uas de Huitzilopochco j' 
tarribles consecuencias que trajo.— Causas de las frecuentes guerras del Imperio.— Triunfo de .Ahuitzotl, su descalabro en 
."Vtlixco y su venganza.— Victorias y desastres de Netzahuilpilli y los demás triunviros.— Zacatula.— Zapotlan.— Xaltepec. — 
Iltepec— Tehuantepec— .Amaxtlan y Xochitlan.— Xaltepec— Muerte de Ahu-zotl y advenimiento de Montezuma II.— Seve- 
ridad que tuvo Netzahualpilli para con sus hijos y sus concubinas.— Reformas que hizo en la legislación y dureza con que 
castigó á los jueces.— Su generosidad can los desgraciados.— Su afición á la poesía y la astrolog-ía.- Sus creencias.— Su hijo 
Ixtlilxochitl.— Montezuma 11.— Su despotismo.— Su magnificencia.— Su manera de fomentar la industria.— Sus guerras 
contra la república de Tlaxcala.— Hamljre en Méjico.— Guerras del triunvirato.— Los quauhtemaltecas.— Los mixtecas y los 
zapotecas.— Los itztecas, los itzmiístepecas. los tecuht3])ecas y los de -\tlixco.— Exjiediciou desgraciada á la provincia de 
Amallan.- Nuevas victorias del triunvirato.— .\trevida expedición á Honduras y Nicaragua.— Muerte de Netzahuilpilli.— 
Anuncios de la venida de los españoles. 







RF.VALEciEROx 011 toclo el Analuiac las instituciones, 




las leyes y las costumbres de Tezcuco. Había en to- 
das partes altos consejos de Adniinisti^acion y trilm- 
nales superiores de justicia, un mismo régimen para 
la propiedad y un mismo sistema para imponer y recaudar 
los tributos, magníficos templos y suntuosos alcázares y en 
todo un fausto sólo comparable con el de las antiguas na- 
ciones de Oriente. Tenían los señores de Clialco un palacio 
de tal lielleza, que los mismos descendientes de Xetzíihualcoyotl 
lo tomaron por modelo del de uno de sus principes. 

Debíase tanta grandeza principalmente á las victorias obteni- 
das sobre apartados pueblos, origen primero de incalculables 
despojos y luego de pingües rentas, flabía entonces un verdadero 
furor por las conquistas, y las hacía no ya tan sólo el Imperio 
sino también cada uno de los tres reyes. Por la constitución del triunvirato, 
en esto viciosísima, podía cada triunviro emprender guerras á su costa y ries- 
go contra cualquier nación extraña, y no eran ciertamente pocas las que de- 



114 HISTOEIA RENEEAL 



claraba y sostenía por si ya Tezcuco ya Méjico, afanosas por agrandar sus 
respectivos territorios. 

En esto era Méjico una verdadera rival de Tezcuco, á quien deseaba sobrepo- 
nerse. Empezó á la sazón por apoderarse de Tlateloleo y agreg-arla á sus domi- 
nios. Entre tlatelolcas y mejicanosexistían antiguas discordias. Quaubtlatohuatl, 
sucesor de Tlacateotl, hemos visto que había conspirado ya conti'a Ytzcohuatl 
y Montezuiiia luista el punto de implorar el socorro de otras naciones para ava- 
sallarlos. Al saberlo Montezuma, le había declarado la guerra y matádole en 
batalla. Reinaba ahoi-a en Tlat?lolco Mo(iu¡luii\, hombre tan libertino como 
ambicioso, y renovó las pasadas pretensiones. No bastó á contenerle el hecho 
de estar casado con una hermana de Axayacatl, rey de Méjico: después de ha- 
berla tratado mal, la arrojó de su palacio con sus hijos. 

Buscó Moquihuix secretamente el apoyo de Xcchimilco, deCuitlaliuac, de 
Mizquic, de Chalco, de Xilotepec, de Tultitlan, de Teiiayocan, de Mexicatzin- 
go y de Huitzilopochco ; y, ya obtenido, buscó el de Colhuacan, que se ofreció 
á ser el primero en romper la lucha. (Irandes probabilidades de triunfo tenia 
con el auxilio de tantos pueblos, siempre mal avenidos con los mejicanos, á 
quienes temían y aborrecían de muerte; pero se adelantó á sus aliados movido 
por el orgullo, y, solo contra las fuerzas de Axayacatl, en cuyo socorro vinie- 
ron otras gentes, perdió en dos dias de combate el trono y la vida. Pin vano 
desde la plataforma de un templo alentaba en Tlateloleo á sus soldados 
y trató de contener con unos pocos hombres el avance del enemigo: subieron 
los mejicanos á donde estaba y le precipitaron gradas abajo. Axayacatl, sedien- 
to de venganza, le abrió el pecho con sus propias manos y le arrancó el corazón 
aun palpitante; y, enseñoreándose luego de la ciudad, incorporó á Méjico el 
reino de Tlateloleo. 

Era ese Axayacatl hombre inflexible y duro: no se satisfizo con la muerte de 
su cuñado. Xiloman, señor de los culhuas, había pai'ecido en las aguas de Mé- 
jico, i)ero retirádose de enojo sin disparar una flecha al ver empezado el 
combate por Moquihuix contra lo que habían convenido: murió ajusticiado en 
Tlateloleo con veinte de los capitanes que le íxcompañaban. Corrieron igual 
suerte los gobernadores de Coatlichan y Huitzilopochco, que habían llegado al 
sitio de la lucha cuando había dejado de existir el rey en cuya defensa venían. 
Fueron ejecutados otros dos hombres notables hasta por simples sospechas. 
¿Moriría por igual causa Xihuitltemoc, señor de Xochimilco? Torquemada cree 
que, Axayacatl le hizo matar callada y alevosamente solo porque no so presen- 
tó en su campo. 

Pasaba Xihuitltemoc por muy hábil en el juego de la pelota, y por hábil se 
tenía el rey de Méjico. Quiso Axayacatl, según Ixtlilxochitl, medirse con Xi- 
huitltemoc, salió una y otra vez perdiendo, y herido en su amor propio llegó á 
jugar el mercado y la laguna de Méjico contra unos jardines de su contendien- 



DE AMÉEICA Hfi 



te. Como también perdiera, mandó al otro dia á casa de Xiluiitltemoc cuatro 
capitanes, que bajo el pretexto de obsequiarle y saludarle en n<)iiil)i-e del :Mo- 
narca le echaron al cuello una o-uirnalda de flores donde iba oculta una cuerda 
y le estrangularon. No niega Torquemada el hecho, representado al parecer en 
varias pinturas: pero entiende que bástala invitación al juego de pelota fué 
en Axayaeatl una celada. 

Dureza de carácter la mostró Axayaeatl en todos sus actos. Le hemos visto 
llevando á Tehuantepec sus vencedoras armas. Sujetó después á los cuetlachte- 
cas y á los xochiltepecas, y, unidos sus ejércitos con los de Tlacopan y Tezcu- 
co, emprendió la reducción de Matlaltzingo , provincia al otro lado de los mon- 
tes de Occidente. Dirigía él la expedición por ser niño aun y no tomar parte en 
la guerra el rey de Tezcuco, y forzoso es decir que la condujo l}rillantemeíite. 
Tomó á Xiquipilco, Xocotitlan, Xilotepec, Calimayan, Tlacotepee , Tolucan, 
Amatepec y Teuhtenanco; ocupó toda la tierra habitada , no solo por los mat- 
laltzingas, sino también por los mazahuas y los otomies, con cuyos prisioneros 
pobló la ciudad de -Xalatlauhco. 

Estuvo durante la campaña en gran riesgo de perder la vida. A no ser por 
el oportuno socorro de Quetzalmamalitzin, uno de los catorce grandes de Tez- 
cuco, la habría indudablemente perdido en manos de Tlilquetzpalli, señor de 
Xiquipilco, que con otros dos otomies logró herirle en un muslo y derribarle 
al suelo. Quedó cojo de la herida, y guardó tal rencor á los que se la infirie- 
ron, que habiéndolos convidado á un banquete que dio en Méjico, los hizo ma- 
tar, según Torquemada, á presencia de sus mujeres. 

Ex'a fiero y valeroso. Se le rebelaron los matlaltzingas y los sujetó en un cor- 
to número de batallas. Le mataron á unos mercaderes en Tochpan , y cayó so- 
bre Tochpan veloz é incontrastable como el rayo. Le hicieron lo mismo en To- 
lotlan, y no dejó con vida ni á uno solo de sus enemigos. Sacrificó multitud de 
prisioneros en los altares de Huitzilopochtü. 

No fué de mucho tan animoso ni tan resuelto su hermano Tizoc, que le su- 
cedió en el trono por indicación de los reyes de Thicopan y Tezcuco, por vo- 
luntad del senado de Aléjico y por consentirlo y aun exigirlo las leyes. Los que 
más, dicen que venció á los tlacotepecas. Por temor más que por agradecimien- 
to parece haber dado casa en su corte á los huexotzingas. Se consagró princi- 
palmente á embellecer y aumentar los templos de sus dioses. Él fué quien dio 
principio al más vasto que hubo en Méjico. 

Empezó en tanto el gobierno de Netzahuilpilli, no menos célebre ni menos 
digno de respeto que su padre. Netzahuilpilli, no bien muerto Netzahualcóyotl, 
habia visto puestos en duda sus derechos á la corona. Disputábanselos algunos 
de sus hermanos naturales, que, ilustres ya por sus hazañas y los cargos que 
habían ejercido, no podian avenirse á la idea de tener por rey á un mozo. Ha- 
bría tal vez sucumbido en la contienda , si los otros dos triunviros no lo hubie- 



116 niSTOEIA OENEBAL 



síHi ll('v¿ulu á Méjico á él y á todos los pretmidientes, no hnbieseu convocado 
allí ;'i los grandes de Tezcuco, y, discutida la cuestión por hábiles oradores, no 
la liubicsen resuelto por una votación solemne y decisiva. Se 1' había procla- 
mado allí mismo rey de Tezcuco y señor de los chichimecas, y sus hermanos 
habían debido mal que les pesara rendirle homenaje. 

Netzahualpilli, sin embargo, apenas dueño de sí mismo, procuró ganarse el 
corazón de esos hermanos más por la generosidad que por el miedo. Oyó siem- 
pre respetuoso el dictamen de Acapioltz , bajo cuya tutela había vivido; le 
confió á él y á lo-; demás las presidencias de los consejos; y á Ichantlaloatzin , 
hijo de aquella favorita causa y origen de la muerte del primer fruto legítimo 
de Netzahualcóyotl, sabiéndole pobre, le dio la ciudad de Chiauhtla con tierras 
de las nuevamente conquistadas para facilitarle asiento entre los catorce gran- 
des de Tezcuco. Se hizo suyos por este medio no solo al hermano sino también 
á la temible concubina, ya desde entonces contraria á los ambiciosos proyectos 
de los demás pretendientes. Llevó tan allá esta política, que á otro hermano 
que se le presentó pidiendo recompensa de los servicios prestados á su padre, 
ordenó que le construyeran en uno de los mejores sitios de Tezcuco un alcázar 
como el que tenia en Chalco Toteozitecuhtli. 

Dio Netzahualpilli muestras de prudente y también de bravo. Estaba deseosí- 
simo de entrar en combate. Ejercitábase incesantemente en el manejo de las ar- 
mas, visitaba á menudo los salones en que estaban las de su padre, las ensa- 
yaba y se entristecía al ver que no eran aun para su cuerpo. Negábase por esta 
razón todo regalo: dormía en el duro suelo, bajo una manta de nequen, como 
el último de sus vasallos. Halláronle un dia en esta disposición sus hermanos y 
algunos señores del Reino ; y, como se lo reprendiesen y á seguida le manifes- 
tasen el disgusto con que veían los pueblos que no iba á la guerra, decidió 
ponerse á la cabeza de los ejércitos que se estaban preparando para una expe- 
dición á Oriente. Demostró á no tardar que no era una damisela como decían y 
fingían creer sus adversarios. Sujetó con los reyes de Tlacopan y Méjico la pro- 
vincia de Ahuillizapan y se derramó con ímpetu por todas aquellas comarcas 
hasta ganar las orillas del Golfo. Hizo por su mano prisioneros á muchos capi- 
tanes enemigos, entre ellos á Tetzahuitl, uno de los más poderosos señores de 
la costa. Y al volver á Tezcuco no le faltaron entusiastas aclamaciones ni por 
la nobleza ni por la muchedumbre. 

Ya vencedor, no mostró Netzahuilpilli menos gusto que Netzahualcóyotl por 
el fausto y la magnificencia. Mandó construir un palacio, no de tan vastas di- 
mensiones como el de su padre, pero de tanta ó mayor esplendidez y de más 
bella arquitectura. No escaseó en él los jardines, ni las fuentes, ni las cañerías 
por donde llevar á todas partes las aguas del lago. En uno de los extremos, en 
el septentrional, abrió inmensas trojes para el maíz y los demás granos con que 
en los años de carestía se hubiese de subvenir á las necesidades del pueblo. Ilí- 



DE AMIÍTIICA 11'; 



zolas todas aireadas, espaciosas, capaces de contener cada una de cuatro á cin- 
co mil fanegas. Al Oriente puso un estanque donde se recogía infinita varie- 
dad de pájaros: á Mediodía y á espaldas de los edificios, los jardines para que 
estuvieran al abrigo de los vientos del Norte. 

Fué todavía más allá que su padre en los gastos de su casa. En trajes para 
la servidumbre y regalos para la nobleza empleaba anualmente más de qui- 
nientas setenta y cuatro mil piezas de vestir de las más ricas y preciosas telas. 
Verdad es que, según todos los historiadores, llegó á tener más de dos mil con- 
cubinas, entre ellas una que vivía en palacio aparte rodeada de una brillante 
y numerosa corte. Distinguíala entre todas, no porque fuese de mas noble es- 
tirpe, pues era hija de un comerciante, sino por los talentos de que la había 
dotado la naturaleza asi para los negocios como para la poesía. 

No era, con todo , varón para dormirse en los brazos del deleite. Reunió su 
ejército y marchó sobre Nauhtla, sita en las playas del Golfo, al Nordeste de 
Tezcuco. A pesar de las dificultades que ya en las montañas, ya en los rios le 
opuso la naturaleza, venció y sometió la provincia toda hasta la desembocadu- 
ra del Panuco, á-cuyas riberas había llegado por el Cuextlan Netzahualcóyotl, 
su padre. Al Norte no habían extendido mas allá sus dominios los toltecas. Hi- 
zo prisioneros á muchos esclarecidos capitanes y al mismo soberano de aquellas 
gentes; y volvió á su corte rodeado de una nueva aureola. 

En esto murió Tizoc, rey de Méjico, unos dicen si de muerte natural, otros 
si asesinado en secreto por los suyos, otros si de un tósigo ó de unos hechizos 
que le mandó á ruego del señor de Iztapalapan el señor de Tlachco. Sucedióle su 
hermano Ahuitzotl, de muy distinta índole, grandemente aficionado á la guer- 
ra, duro de corazón, de poca nobleza de alma, amigo de verter sangre más 
aún que en los campos de batalla en los altares de sus dioses. Apenas rey, se 
afanó por concluir el gran templo que había empezado su antecesor y á procu- 
rarse millares de cautivos con que inaugurarlo. 

Emprendieron entonces los tres reyes hacia las costas del Pacífico una de las 
más atrevidas expediciones. Recorrieron y dominaron todo el país de Tlappan, 
las dos Mixtecas, el Zapotecapan, y avanzando al Sur llegaron hasta Chiapa y 
Xoconuchco. Tampoco por esta parte se habían extendido más los toltecas : el 
Imperio crecía rápidamente y recobraba sus antiguos términos. En Chiapa fué 
donde encontraron los tres reyes la más tenaz resistencia. Volvieron cargados 
de despojos y, según Ixtlilxochitl, con más de cien mil cautivos. 

Ya en campaña Netzahuilpilli, íué á domar y castigar la provincia de Ti- 
zauhcoac, que se habla rebelado contra el Imperio y habia dado muerte á unos 
mercaderes de Méjico y de Tezcuco. Hizo allí, según el mismo autor, veinte y 
cinco mil prisioneros. Ni tardó en bajar sobre Atlixco, que constituia una repú- 
blica á la manera de las de Cholula y Tlaxcala. Luchó brazo á brazo con el se- 
ñor de la tierra y le prendió por su propia mano. No tuvo menos suerte con el 



40 



118 HI.STOEIA GENEEAL 



de líuexotzingo, de quien supo que estaba en relaciones secretas con dos de sus 
hermanos para destronarle. Herido en una pierna, cayó al suelo; pero arras- 
trando en su caida á su adversario, á quien hizo servir de escudo. Dio asi tiem- 
po á que los suyos le socorrieran; y, ya que se vio con gente, se sobrepuso al 
lidiador y le hizo su prisionero con sorpresa de cuantos habían visto tan sin- 
gular combate. Sufrieron los huexotzingas la más completa derrota: dejaron 
muchos soldados en el campo de batalla, muchos más en poder de sus enemigos. 
De los cautivos de todas estas campañas salvaron la vida pocos al decir de los 
escritores á quienes sigo. Tenia concluido Ahuitzotl su gran templo, y quiso 
inaugurarlo con arroyos de sangre. Convidó á la ceremonia á los reyes de Tla- 
copan y de Tezcuco y á todos los grandes del Imperio ; y logró que asistieran, 
si no todos, los más, seguidos de gran número de prisioneros de guerra. Hasta 
ochenta mil cuatrocientas víctimas pretende Ixtlilxochitl que inmoló en los nue- 
vos altares erigidos á sus dioses. Torquemada sostiene que fueron setenta y 
dos mil trescientas cuarenta y cuatro. Se pusieron, dice aquel autor, las cabe- 
zas en unos vacíos que se habían dejado á propósito en las paredes del templo. 
Moiernamente se ha disputado mucho sobie la posibilidad de tan bárbara 
hecatombe. Se ha puesto en duda que en los cuatro días que duró la fiesta pu- 
diese sacrificarse tal número de cautivos, ni hubiese guardias con que guar- 
darlos ni lugar donde tenerlos. Mas esto podría solo movernos á rebajar la ci- 
fra de los holocaustos: quedaría siempre firme que se vertió mucha sangre. Y 
que se la vertió no cabe negarlo atendido el unánime testimonio de los histo- 
riadores ya sobre este suceso, ya sobre lo que se multiplicaron y exageraron 
los sacrificios bajo los aztecas, sobre todo en los últimos años del Imperio. Tor- 
quemada determina el espacio que ocupaban los prisioneros antes de empezar 
á subir las gradas de los teocallis; Ixtlilxochitl las naciones de que procedían. 
Había 10000, dice, de la nación zapoteca, 24000 de la tlapaneca, otros S-AOOO 
de Tizauhcoac, 10000 de Atlixco y líuexotzingo. 

Es, por otra parte, necesario considerar la importaacia y la grandeza del 
monumento de cuya inauguración se trata. No hablo aquí de un templo mas 
ó menos suntuoso, sino de un vasto conjunto de templos consagrados á todos 
los dioses del olimpo mejicano. Había por lo menos cuarenta dentro de un es- 
pacioso recinto cuadrado, circuido de un alto muro, donde según Cortés, se 
habría podido hacer holgadamente una villa de quinientos vecinos. Tenía cada 
uno su colegio de sacerdotes, sus braseros en que ardía y debía arder perpe- 
tuamente el fuego sagrado , sus cuchillas y su piedra para los sacrificios. Re- 
clamaba cada divinidad sus victimas. No en uno sino en cuarenta templos á 
la vez se inmolaba aquellos días á los infelices prisioneros de guerra. ¡ Que á 
tales aberraciones pueda conducir el fanatismo! 

Quiso Ahuitzotl por este monumento religioso dejar atrás todos los de su siglo, 
y dejó atrás los de todos los tiempos. El área que este inmenso panteón ocu- 



bt: AMÉHICA llO 



paba toníii, al decir de Sahag'un , sobre doscientas brazas en cuadro. El muro 
que la ceñía era todo de piedra, medía ocbo pies de altura y estaba coronado 
de almenas. A los cuatro vientos otras tantas puertas daban entrada al atrio: 
sobre cada puerta había un armero abundantemente provisto de toda clas(! de 
armas. En medio del atrio se levantaba y descollaba sobre los tem])los de las 
divinidades menores el de Tlaloc y lluitzilopochtli. Veíase á los lados y á las 
espaldas multitud de fábricas , y entre las gradas del templo mayor y el muro 
una extensa plaza donde se celebraban los bailes sagrados. Los templos eran to- 
dos cuadrangulares; no era redondo sino el de Quetzalcoatl cuya puerta repre- 
sentaba la boca de una enorme serpiente de piedra. 

Alzábase el templo mayor sobre una mole rectangular de cinco cuerpos re- 
vestida de ladrillos cuadrados, que medía de altura más de cien pies y de base 
sobre noventa y seis varas de Norte á Sur, más de ciento de Oriente á Occiden- 
te. Era cada uno de los cuatro cuerpos superiores más reducido que el inferior, 
y dejaba en torno suyo uno como anden por donde podían marchar de frente 
hasta cuatro hombres. Por tan imponente masa corría al parecer una sola es- 
calera, pero cortada de modo, que sólo dando la vuelta al primer anden cabía 
tomar el segundo tramo y así sucesivamente. Eran los tramos rápidos para 
que con facilidad pudieran rodar por ellos los mutilados cadáveres de las víc- 
timas. 

El templo estaba en la plataforma superior del quinto cuerpo, á la parte de 
Oriente. Componíanlo dos elevadas torres de más de cincuenta y seis pies de 
altura, que constaban de tres cuerpos, uno de piedra y cal, dos de madera, 
y tenían por corona y remate airosos chapiteles. En el piso bajo, el verdadero 
santuario, estaban los ídolos sobre altares de piedra que levantaban cinco pies 
del suelo; en los altos, los ornamentos sacerdotales y los demás objetos desti- 
nados al culto. En frente de cada una de las dos torres, al nivel de los altares, 
ardían los braseros del fuego perenne; entre las dos y más acá de los braseros 
estaba la piedra texcatl, por arriba convexa, por debajo plana, alta y ancha 
de tres pies, larga de cinco^ donde se tendía de espaldas y se sujetaba las víc- 
timas para que el sacrificador pudiera de un golpe abrirles el pecho, arrancar- 
les el corazón, ofrecerlo al sol y arrojarlo á los pies de los ídolos. 

Otra piedra había aun para los sacrificios, pero no ya al ras del templo, si- 
no al de la mole que lo sustentaba, en el atrio, junto á la escalera. Era redon- 
da y mucho mayor que la de nuestras ruedas de molino. Atábase en su centro 
por un pié al que había de ser inmolado, y no se le dejaba llegar sino hasta el 
borde de la piedra, de una vara de altara. Con una simple rodela y una ma- 
cana corta había de luchar sucesivamente el infeliz cautivo hasta con seis me- 
jicanos provistos de mejores armas. Si los vencía, recobraba la libertad, reci- 
bía recompensas, y podía volver á su patria; si era vencido, sufríala suerte 
de los demás prisioneros. Barbarie sobre barbarie, imaginada sólo en favor 



ll'O HISTÓÍÍIA GENEÜAt 



(le los héroes, pues sólo á los héroes se concedía que por estas luchas probasen 
á sah'ar sus vidas. 

Los demás templos, aunque de mucho mas reducidas dimensiones, tenían ca- 
si todos la misma distribución y presentaban el mismo aspecto. Se distinguían, 
sin embargo, en que carecían de piedra para los sacrificios giadiatorios, no 
constaban en su base demás de tres cuerpos, ni consistían sino en una torre. 
. TJno había con escaleras á los cuatro vientos. Lo notable eran las numerosas 
fábricas que por todas partes los cercaban : unas con destino á comunidades de 
sacerdotes, otras á la educación de jóvenes de ambos sexos, otras al ayuno y 
la penitencia, otras á la preparación de los holocaustos y de las grandes so- 
lemnidades religiosas, otras á morada de los extranjeros que iban á visitar 
el templo, otras á depósitos de armas, otras á la guarda y al cautiverio de los 
dioses de las naciones vencidas, otras ala ostentación délos cráneos enemigos 
ensartados por las sienes en astiles que pasaban por los agujeros de unas altas 
pértigas clavadas en el suelo. I)e esos cráneos muchos estaban incrustados en 
las paredes de tan vasto monumento formando raros dibujos; otros entre pie- 
dra y piedra en las gradas de los templos. Hasta ciento treinta y seis mil con- 
taron los españoles del tiempo de la conquista. Y no hablo de las fuentes para 
las abluciones, ni del bosquecillo con riscos artificiales, de donde partían en 
cierto día del año para la caza, ni de la columna levantada en honor del pla- 
neta Venus, que tenían por la estrella precursora del sol, por el lucero de la 
mañana. 

Años después de 148G en que se inauguraron tan soberbias obras las embelle- 
ció todavía Ahuitzotl empedrando el atrio y la plataforma superior del templo 
de Tlaloc y Huitzilopochtli con grandes y magníficas losas de la piedra llama - 
da tezontli, entonces descubierta, tan bien labradas y lisas, que poco después 
impedían la marcha de nuestros caballos. Era aquel rey tan dado á las cons- 
trucciones como á las guerras, y no perdonaba medio por hermosear su corte, 
que encontró de tapia y dejó verdaderamente de piedra. Tal furor tuvo por 
enaltecerla, que se empeñó en llevar á las aguas de la laguna las de Huitzilo- 
pochco desoyendo el parecer de hombres entendidos que rechazaban por peli- 
groso el pensamiento. Las utilizó para hacer más fácil la navegación del lago, 
y vio á poco inundada la ciudad y en gran riesgo, no solo la vida de sus va- 
sallos, sino también la propia. vUlí recibió en la cabeza un golpe que mas tar- 
de le llevó á la muerte; y al fin hubo de restituir las aguas á su antiguo cauce. 

Mas ¡ qué aumento de población y de riqueza no acreditan todas estas obras! 
¡ qué exageración en los sentimientos religiosos, hecatombes como la ya con- 
signada, por mucho que se reduzca el número de las victimas! Alimentaba la 
guerra la codicia y los altares de los mejicanos, y la codicia y los altares de 
los mejicanos exigían sin cesar la guerra. Y como obraran poco más ó menos 
las mismas causas en los tecpanecas y los aculhuas ó sea los de Tlacopan y 



V>V. ^'v'-'nWK 121 

Tezcuco, la guorra venía á ser en i'illiiiio resultado la condición de vida del Im- 
perio. Parece increíble; pero es cosa (pie adveran todos los autores: había en 
el Imperio tierras donde por una especie de acuerdo de los triunviros se hacía 
l»rincipalmente la guerra con el objeto de procurar liolocaustos á los dioses y 
fortalecer la juventud en los combates y en el continuo manejo de las armas. 
Tales fueron primeramente las de Tlaxcala, y más tarde las de lluexotzingo 
y las de Atlixco, objeto de incesantes luchas y nunca incorjooradas al Imperio. 
Ixtlilxochitl asegura que se hizo sobi-e este punto hasta un convenio con los 
tlaxcaltecas. 

Eran también causa de no pocas guerras los mismos pueblos conquistados. 
Belicosos, indómitos, apasionados por su independencia, se rebelaban algunos 
una y otra vez contra sus vencedores. De ahí que leamos en las antiguas his- 
torias dos y más expediciones contra una provincia y la veamos atacada ya 
por las armas todas del Imperio, ya por las de uno solo de los triunviros. Re- 
partida luego de sojuzgada por la vez primera, ya que se levantase, corres- 
pondía el domarla principalmente al rey á quien hubiese caido en reparto. Sólo 
cuando éste se consideraba sin bastantes fuerzas para reducirla, invocaba el 
auxilio de sus aliados. 

Muerto el rey de Tlacopan Cliimalpopoca , fué reemplazado por Totoquihuat- 
zin, segundo de este nombre. Las guerras que bajo ese Totoquihuatzin, Ahuit- 
zotl y Netzahuilpilli se emprendieron ó se renovaron fueron infinitas, ^'enció 
Ahuitzotl no sin mucha sangre á los cuzcaquauhtenancas, que huyeron á Quauch- 
panco; sujetó á Quappilollan en una serie de brillantes triunfos; fué en vano 
contra los cuezalcuitlapillantecas, que, numerosos y fieros, le obligaron á le- 
vantar el sitio que puso á la capital de la provincia. Domó luego en la Huax- 
teca la rebelde Quauhtla, donde se distinguió por sus hazañas el Montezuma 
que le sucedió en el ü^ono; y junto con Netzahuilpilli derrotó en Xonacatepec 
á los huexotzingas llevándoles gran suma de prisioneros, que sacrificó en aras 
de Huitzilopochtli. 

Por los huexotzingas tuvo después Ahuitzotl un descalabro, de que se vengó 
cruelmente. En Atlixco^ según Ixtlilxochitl, le habían preso é inmolado á uno 
de sus hijos. Cayó un dia de rebato sobre aquella ciudad imaginando que, sor- 
prendida y sola, cedería al primer empuje. Resistió contra sus esperanzas At- 
lixco, despachó embajadores á Huexotzingo en demanda de socorro, y alenta- 
da y dirigida por Toltecatl, uno de los más esforzados capitanes de esta 
repiiblica, derrotó á los mejicanos. Toltecatl fué por esta victoria elevado al go- 
bierno de Huexotzingo; y un año después, combatido por los sacerdotes, hubo 
de buscar abrigo con algunos de sus palaciales en extraño suelo. Fueron aparar 
los fugitivos en territorio sujeto á Ahuitzotl; y Ahuitzotl, al saberlo, mandó 
que los mataran y llevaran los cadáveres á Huexotzingo. 

Netzahuilpilli no dejaba tampoco sosegar por mucho tiempo sus trop¿\s. Bien 



123 lilSToriA GlíKEÜAÍ. 



solo, bien acompañado, liizo una larga serie do campañas que sólo cerró en 
los últimos años de su vida. Se apoderó de Zacatollan, lioy Zacatula, gracias 
al arrojo de Teuhcliimaltzin, descendiente de los emperadores chlchimecas, 
uno de los guerreros más célebres, que había pasado la juventud en los campa- 
mentos V en las g^uarniciones de las costas del Pacifico. Había concebido este 
capitán el atrevido pensamiento de agregar Zacatollan al Imperio matando ó 
prendiendo á lopicatl Atonal, que como señor la gobernaba. Obtenida la venia 
de Netzaliuilpilli , se disfrazó de mercader con algunos de los suyos y entró en 
la provincia buscando coyuntura para el logro de sus designios. Descubierto , 
le encarcelaron y le escogieron por víctima para los sacrificios de la próxima 
fiesta. La víspera, con todo, acertó á escaparse cuando en orgía lopicatl y 
los principales del pueblo estaban completamente beodos, y al verlos tendidos 
y aletargados se le abalanzó y con un cuchillo le cortó la cabeza. Arrancóle 
luego las joyas que llevaba, metió joyas y cabeza en un saco, y se apresuró á 
ganar la frontera, que por su fortuna no estaba lejos. Los mismos nobles de 
Zacatula , al encontrarse sin señor , corrieron en busca de Teuhchimaltzin para 
que retrocediera y ocupara con tropas la capital en nombre del rey de Tezcuco. 

El año 1492, poco después de este suceso, conquistó Netzahuilpilli á Zapo- 
tlan, y el siguiente domó á Xaltepec, que por vez primera intentó sacudir el 
yugo de los aculhuas. En 1495 marchó sobre Iltepec y fué derrotado. Sufrió 
todavía otro desastre el año 1490, en que bajó á Tehuantepec junto con los re- 
yes de Tlacopan y Méjico. Donde tanto renombre habían adquirido los ejérci- 
tos de Axayacatl se desprestigiaron ahora los de los triunviros. No recobró su 
antigua fortuna hasta el año 1497, en que redujo las provincias de Amaxtlan 
y Xochitlan por la fuerza de las armas. Deseaba vengar el descalabro de Te- 
huantepec, y lo vengó en 1499. Entró el país á fuego y sangre , venció en cuan- 
tas batallas le presentaron los enemigos, tomó y saqueó la ciudad de Amixtloa- 
pan, y jtuso al fin la tierra toda bajo las plantas del Imperio. El año 1500 hizo 
otro tanto con la de Xaltepec, por segunda vez rebelde. La trató sin piedad y 
le exigió doble tributo. 

Llevó aun mas allá Netzahuilpilli sus guerras y sus conquistas. Dejo ahora 
de consignai'las, porque las hizo cuando, ya muerto Ahuitzotl, ocupaba el 
trono de Méjico un hombre ambicioso y fuerte que pretendía nada menos que 
deshacer el triunvirato y restablecer en su persona el imperio de los chichime- 
cas. Netzahuilpilli merece ser conocido, más aun que por su bravura, su pru- 
dencia y su amor al fausto, por su severidad en el cumplimiento de las leyes. 
Aventajó en esto á su padre y traspasó tal vez los limites que nos impone la 
naturaleza. Tenía, además desús numerosas concubinas, una ó dos mujeres 
legítimas y de ellas un hijo por nombre Huexotzincatl, que era su primogéni^ 
to. Supo un dia que este su hijo se había atrevido á requebrar en palacio á su 
favorita, ó según algunos, á mantener con ella relaciones fundadas en el amor 



DE AMERICA 123 



de los dos á la poesía. Le entregó á sus jueces, y, como resultase prol)a(lo <■! 
hecho y lo castigasen las leyes con la última p3na, no vaciló en condenarle á 
muerte. En vano quiso impedir la ejecución su desventurada esposa, en vano 
los grandes del Reino: hizo llevar á cabo la sentencia. ¿Era que no lo sentía ? 
Dicen que estuvo cuarenta dias sin dejarse ver de nadie. 

Según Ixtlilxochitl, castigó con no menos severidad á otro de sus hijos por 
causa más frivola: por haberse hecho construir un palacio sin la comj)o- 
tente venia ni haberla merecido por sus hazañas. No lo permitían las leyes ni 
aún al heredero de la corona mientras no hubiese asistido á cuatro combates, 
cogido por su mano á cuatro guerreros célebres y distinguidose en las ciencias, 
en la filosofía, en la oratoria, en la poesía ó por lo menos en alguna de las 
artes mecánicas. ínterin tales cosas no hiciese no podía nadie ni aun ceñirse 
las sienes con corona de plumas. Aún habiéndolas hecho, se necesitaba 
del permiso del Rey para construirse un palacio. Estímulo ingenioso, castigo 
excesivamente duro. 

Hizo matar aún Netzahualpilli á otros dos hijos por haberse atribuido pri- 
sioneros ajenos , á una hija por haber osado cruzar la palabra con el primo- 
génito de uno d^ sus señores. Ni fué menos duro con sus concubinas. Dio muer- 
te á dos solo por haber probado el vino. Hasta con una de sus esposa^, si mas 
de una tuvo, fué cruel é inexorable. La hizo estrangular por adúltera en la 
plaza pública á la vista de todos sus grandes y de los reyes de Tlacopan y Mé- 
jico, en presencia de una innumerable muchedumbre que de todas partes ha- 
bía acudido á Tezcuco ansiosa de ver tan fúnebre espectáculo. No sólo fueron 
estranguladas la reina y sus amantes ; lo fueron todos sus cómplices. Arrojóse 
los cadáveres en una fosa que se abrió en el fondo de un barranco, al pié del 
templo erigido al Dios que castigaba á los adúlteros. 

Adviértase que en todos estos actos se atenía Netzahuilpilli estrictamente á 
las leyes. Alguna que otra vez las exageral)a, y alguna que otra vez también 
las eludía por consideraciones políticas. Gozó un día de una dama que le dio á 
entender que le quería, y la hizo luego ahogar sabiéndola casada. Supo 
después que se quejó el marido, y por considerarle hombre poco amante del 
honor, mandó que le encerraran en un calabozo. Sólo tras muchos años, con- 
movido por una poesía del desventurado preso , le puso en libertad , le consoló 
V le hizo cuantiosos reáralos. Tenía ya entonces el marido cana la cabeza. — 
Presentáronle otro día á Netzahuilpilli dos sentencias de muerte, centrados 
reos del mismo delito de adulterio: uno músico, otro soldado. Confirmó sola- 
mente la del músico porque no convenia á sus ojos que la patria se privase de 
sus defensores. «En adelante, dijo, al soldado adúltero se le mandará para 
siempre á las guarniciones de las fronteras. » 

Otras reformas hizo en la legislación que verdaderamente le honran. Según 
habrá observado el lector, había en el Imperio esclavos. Seguían los hijos de 



124 HISTOEIA GENERAL 



esos esclavos, como en la antigua Europa, la condición de los padres. Dispuso 
Netzaluiilpilli que en lo futuro gozasen de la libertad que les concedía la na- 
turaleza. Regularizó además, los procedimientos, y estableció que los más gra- 
ves negocios no pudiesen durar más de ochenta días. Castigó severisimamente 
las faltas de los jueces. 

Hizo ahorcar á un juez por haber fuera del tribunal oido pleitos y dictado 
sentencias; á otro por haber favorecido á un noble contra un plebeyo. En jui- 
cio de revisión falló la causa contra el noble. A otro juez sólo por haber dife- 
rido un proceso mandó que le tapiasen la puerta principal de la casa y le pro- 
hibió que pusiese los pies en la curia ni hablase con ningún magistrado. Como 
su padre, oía por sí has quejas del último de sus vasallos y no conocía agravio 
que no reparase ni delincuente por alto que estuviera á quien no sentase la 
mano. 

Era tan duro para los criminales como para los demás blando y generoso. 
Condolíase mucho de los pobres y los socorría. Veía á veces pasar por su pala- 
cio á una mujer escuálida con hijos que en el rostro y el traje revelaban la mi- 
seria. Los hacía llamar, los interrogaba, los vestía y les daba de sus trojes 
sustento para el año. Tenía abierto su palacio sobre todo para los huérfanos , 
los ancianos y los enfermos. Cuidaba especialmente de los inválidos de la guer- 
ra, para quienes había levantado un hospicio. Los visitaba con frecuencia y 
se enteraba minuciosamente del trato que recibían. Gastaba en ellos, según 
Torquemada, una buena parte de sus rentas. 

Ni había dejado Netzahuilpilli de cultivar su entendimiento. Por mas que 
no se conserve ninguno de sus cantos , se sabe que era también poeta y se de- 
jaba ganar por el encanto de la poesía. Amaba sobremanera la contemplación 
y el estudio de los astros : pasaba horas y horas en su azotea observando ya el 
curso de los planetas, ya el aparente movimiento general del cielo. En lo mas 
alto de sus casas había construido, á lo que parece, hasta uno como observa- 
torio. Complacíase en platicar y discutir con los mejores astrónomos, á quienes 
reunía en su palacio. 

En religión participaba de las creencias de su padre. Estaba también por la 
existencia de un solo Dios creador del Universo. Cuando empezó á reinar es, 
con todo, indudable que ensanchó y embelleció en Tezcuco el templo de Huit- 
zilopochtli, y al inaugurarlo sacrificó gran número de prisioneros de guerra. 
Los aztecas habían impuesto evidentemente sus dioses y sus ritus á todo el Im- 
perio, y no era político atacar de frente las preocupaciones populares; mas, 
repito la observación que hice respecto de su padre, de respetarlas á fomentar- 
las va tan enorme distancia!.... 

Se acercan, sin embargo, para Méjico los tiempos de la conquista y allí ve- 
rá el lector hasta qué punto inñuyeron sobre la conducta de los reyes de Tez- 
cuco las ideas religiosas de Netzahualcóyotl y Netzahuilpilli. Ahora mismo, en 



D)5 AMlíElCA 12S 



los años por que corro esta liistoria, en los primeros meses del 1500 ht nace á 
Netzahuilpilli un hijo, por nombre Ixtlilxocliill , que será uno cU; los pi-¡ meros 
amigos de Cortés y uno de los que mas contribuyan á la servidunil)re de su 
patria. Había á la sazón en América y en Europa la costumbre de sacar el lio- 
róscopo á los hijos de los reyes y los gi^andes que venían al mundo. (Juentan 
que de Ixtlilxochitl predijeron ya los astrólogos que, partidario de un pueblo 
extraño y enemigo de su propia sangre, introduciría en el país nuevas leyes, 
destruiría la religión, los dioses y los ritus de sus compatricios y vengaría las 
víctimas impíamente sacrificadas en los altares de los ídolos. 

De haber existido, fué este horóscopo el primer anuncio profético de la ida 
de los españoles al Anahuac, si se prescinde del que se atribuye á Quetzal- 
coatl en las márgenes del Guazacoalco. Repitióse después el vaticinio al decir 
de todos los autores; mas ¿no sería esto debido á que los españoles estaban ya 
en América y se había esparcido por aquellos valles el rumor de su llegada ? 
Es muy de observar que estas profecías no empiezan sino en 1500 , cuando 
hacia ocho años que Colon había desembarcado en la isla de Guanahani y dos 
de los compañeros de tan célebre almirante habían tocado la tierra filóme en 
las costas al Sur del Mar de las Antillas. Crecían los augurios al paso que los 
españoles se acercaban al golfo de Méjico. 

Netzahuilpilli los veía, á lo que parece venir, á esos formidables hijos de 
Oriente. Hablaba de ellos con el rey de Méjico mucho antes de que arribase á 
Yucatán Francisco Hernández de Córdoba. Como antes he indicado , no ocupa- 
ba ya entonces el trono de Méjico Ahuitzotl, muerto á consecuencia del golpe 
que había recibido cuando la inundación del lago ; lo ocupaba otro Motezuhco- 
ma ó Montezuma, hijo de Axayacatl según los mas de los autores. Acostum- 
braban los aztecas á no buscar sucesores de sus reyes en los hijos mientras 
quedaran hermanos : así hemos visto á Axayacatl reemplazado por su herma- 
no Tízoc y á Tizoc substituido por Ahuitzotl, hijo como él de Itzcohuatl, uno 
de los fundadores del triunvirato. Agotada la línea de los hermanos entraban 
los sobrinos ó sea los hijos del primer hermano. Por esto había entrado ahora á 
reinar en Tenochtitlan este segundo Montezuma. No era en sentir de algunos el 
primogénito de Axayacatl, pero se le había elegido con preferencia á sus her- 
manos por las muestras de valor que había dado y el renombre de que gozaba. 

Era este Montezuma cuando su elección sacerdote del templo de Huitzilo- 
pochtli , y cuentan que al ir á comunicársela le hallaron barriendo humildemen- 
te el templo. De allí le condujeron á palacio donde recibió los plácemes de los 
grandes y los de los reyes de Tlacopan y Tezouco. Tan sentidos los recibió del 
rey de Tezcuco y de tal modo se enterneció al oírlos ; que al querer contestarle 
por tres veces se le agolpó el llanto á los ojos y se le anudó la voz en la gar- 
ganta. Era muy amigo de que le distinguieran y le respetai'an ; mas al parecer 
humilde. Muy pronto dejó ver que lo era solo en la apariencia. 



126 HISTOKIA GENEEAL 



Siguiendo la costumbre de sus antecesores, salió desde luego á campaña. Fué 
con su hermano y la flor de la nobleza sobre Atlixco ; y, aunque no sin mu- 
chas pérdidas, venció y se trajo gran número de prisioneros, que sacrificó á 
sus dioses. Los sacrificó en las fiestas de su coronación, que fueron ruidosas y 
espléndidas. Dícese que concurrieron á verlas hasta los magnates de los rei- 
nos enemigos , y como él lo supiera los alojó en ricos aposentos y aun les faci- 
litó lugares de donde pudieran ver mejor los espectáculos. Caballerosidad, si 
no muy frecuente, tampoco rara en aquel siglo. 

Continuó Montezuma en el primer año de su gobierno la buena política de 
sus mayores. Sin distinción de clases premió á los soldados que se distinguie- 
ron en la guerra. A un capitán plebeyo cuanto famoso, á Tlilxochitl, que ha- 
bía prestado grandes servicios á sus tios , no tuvo inconveniente en darle el 
señorío de Tlachanco. Mas luego con asombro de los mismos aristócratas acordó 
alejar de su casa y corte á cuantos no fuesen nobles de nacimiento. En vano le 
hizo ver alguno de sus consejei-os la injusticia y los peligros de la medida; des- 
tituyó á todos los plebeyos de los cargos que ejercían diciendo que no podían 
menos de ser de bajo corazón y poco levantados pensamientos las gentes de 
humilde cuna. Relegó inexorablemente á los plebeyos á las bajas regiones de 
su inmensa servidumbre. 

Fué duro y orgulloso con los mismos aristócratas. Descalzos habían de es- 
tar en Palacio; descalzos le acompañaban por las calles. Sólo en las grandes 
ceremonias podían lucir y ostentar con él sus galas; en cualquiera otro caso, si 
las llevaban, habían de cubrirlas con un manto de pobre estofa. No podían ni 
mirarle : le habían de hablar con la frente inclinada y los ojos bajos. Hasta 
seiscientos estaban de la mañana á la noche en las antecámaras sólo por si se 
le ocurría llamarlos. Le conducían á donde quisiese en andas y lo tenían á 
gi'an merced y señalada honra. Hasta los grandes feudatarios debían residir 
en la corte, y ya que la abandonaran dejar como en rehenes á sus hijos, si los 
tenían, si nó, á sus próximos deudos. 

Fué asi Montezuma introduciendo en Méjico el mayor de los despotismos. Po- 
día cualquier subdito hablarle pero también descalzo, humillada la cabeza, 
llamándole tres veces señor y haciéndole otras tantas reverencias. Si acertaba 
á verle en la calle , debía postrarse. 

l'ara sostener tanta majestad debía naturalmente rodearse nuestro monarca 
de gran fausto y magnificencia. Dejó atrás á los reyes de Tezcuco. Vivía en al- 
cázares soberbios. Tenía una casa no menos buena que su palacio donde había 
extensos jardines con veredas de ricos jaspes, lindos miradores y hasta diez 
estanques unos de agua dulce y otros de agua salada, en que criaban trescien- 
tos hombres todo género de aves acuáticas; otra con anchas losas por pavimen- 
to, museo de pájaros de rapiña y fieras terrestres; otra donde se guardaba y se 
mantenía los monstruos do nuestra especie. 



DE AMÉIUCA 127 



No es fácil decir cuántas fuesen sus concul)inas ni su servidumbre. Sólo la 
que traían consig-o los seiscientos señores de que antes he hablado llenaba dos ó 
tres patios y llegaba á la calle. Comían todos en palacio. Distribuíanles los pla- 
tos hasta trescientos y cuatrocientos mancebos; y en invierno lleval)a cada pla- 
to su braserillo. La vajilla era toda de barro fino de Cholula. Comía el Rey 
aparte, en una sala espaciosa, sobre una pequeña almohada de cuero de bellas 
labores; y los platos que le ponían delante cubrían casi toda la sala. Servían- 
selos cuatro g-allardos jóvenes de la más alta nobleza y , al decir de algunos 
autores, otras tantas hermosas mujeres. Aunque solían acompañarle cinco <) 
seis ancianos, manteníanse á distancia, y como no les preguntase guardaban 
silencio. Al sentarse á comer y al levantarse dábasele agua en las manos. 

Toalla con que una vez se lavase, vajilla que una vez pareciese en su mesa 
pasaban desde luego á sus nobles ó á la demás gente á su servicio. Acontecía 
otro tanto con sus trajes, que mudaba cuatro veces por día. No se guardaba 
para su uso sino lo que llevaba ó empleaba en las grandes ceremonias. En cier- 
tas solemnidades religiosas servíanle por ejemplo la comida en platos de oro. 
En los mismos platos comía todos los años. Ni se desprendía tampoco de las co- 
pas en que tomaba el chocolate y las demás bebidas de cacao, copas unas de 
oro, otras formadas de bellas y elegantes conchas. 

Ostentaba aún Montezuma su lujo en esas imitaciones de la naturaleza que 
hemos empezado á ver en Tezcuco y mas tarde veremos en el Perú bajo el do- 
minio de los Incas. Tenia reproducidos pájaros, flores, animales de mar y tier- 
ra en oro, en plata, en pedrería, en pluma; y todo tan perfecta y maravillo- 
samente, que no acertaban á comprender Cortés ni sus soldados ni como estaba 
tejida la pluma, ni con qué instrumento se pudo tallarlas piedras, ni con qué 
arte labrar la plata ni el oro. Hechos que revelan no sólo cuan rico era el mo- 
narca sino también cuan grandes adelantos no había hecho la industria de los 
subditos. 

La industria había llegado efectivamente en Méjico, á un grado regular de 
cultura. Se labraba, además del oro y la plata, el plomo, el latón, el estaño, 
y el cobre. Se hacían primorosos artefactos de piedra, de hueso, de conchas de 
mar, de barro. La madera se la cincelaba, se la esculpía, se la ataraceaba y se 
la revestía de las más bellas y caprichosas formas. Se vidriaba y se pintaba la 
loza, y se hacían jaiTos y vasijas de exquisito gusto. En hilar y tejer el algo- 
don se era extremadamente diestro : no se cansaJ^an los españoles de admirar 
las variadas y finísimas telas que de esta planta se fabricaban. Se curtían como 
en ninguna parte las pieles y se las teñía de mil colores. En colores se había 
llegado á la perfección según acreditan las pinturas que todavía nos quedan. 

No hablemos de las artes de construcción, maravilla de los conquistadores. 
En cantería no aventajaba nadie á los mejicanos. El corte y el buen ajuste de 
los sillares merecieron el aplauso unánime de los arquitectos de Europa. Mere- 



128 HiSTOBIA GENEEAL 



ciéi^onlo sobre todo las losas de mármol de varios pavimentos, en algunos de 
color distinto y arregladas á la manera de nuestros tableros de damas. Estable- 
cida Méjico en un lago y bastante apartada de la tierra firme, abundaba prin- 
cipalmente en calzadas y acueductos: sorprendió con ellas á nuestros hombres. 
Los admiró hasta por sus puentes con estar formados solo de grandes y recias 
vigas, unas con otras atadas y sujetas: podían pasarlas hasta diez caballos de 
frente. Ni eran sólo notables los edificios públicos. Había casas particulares y 
no pocas que se distinguían no sólo por su hermosura exterior y la riqueza de 
sus aposentos sino también por los floridos jardines que tenían así en los pisos 
altos como en la planta baja. Era la ciudad toda de buen aspecto: anchas y 
rectas las calles de primer orden, grandes las plazas. Una había con soporta- 
les, espaciosa como dos veces nuestra antigua ciudad de Salamanca, donde al 
decir de Cortés compraban y vendían diariamente arriba de sesenta mil almas: 
era la del mercado mayor donde no faltaba ninguno de .los artículos necesarios 
para la vida. 

Montezuma 11 contribuyó poderosamente ¿i este desarrollo de Méjico. Por la 
guerra se procuraba riquezas y por su desmedido amor al fausto las distribuía 
y las hacía llegar á las últimas clases del pueblo fomentando las artes. No fué, 
sin embargo, muy feliz en sus primeras luchas. Quiso acabar con la indepen- 
dencia de Tlaxcala, que era todavía una gran república., y, tres veces derro- 
tado, hubo de abandonar su ambicioso intento. 

Tlaxcala no era una ciudad sino una provincia. Habíase extendido muchos 
años atrás hasta el Golfo, en cuyas playas tenía su más importante comercio. 
De allí sacaba el cacao, la cera, el algodón, la pluma, el oro. Los triunviros, 
como se ha visto, después que hubieron ganado á Totonocapan, bajaron por la 
costa del Golfo hasta la bahía de Campeche. Fueron rechazando tierra adentro 
á los tlaxcaltecas, y, lo que es más, privándolos del antiguo tráfico. Tlax- 
cala se redujo entonces á sus valles, fortificó sus fronteras y se decidió á guar- 
darlas contra todo género de invasores mientras quedara sangre en las venas 
de sus hijos. Poco á poco tuvo á los triunviros en todos sus alrededores, y, 
verdaderamente cercada, llegó á verse sin sal con que sazonar sus viandas. En 
tan riguroso asedio, que duró años y años, no solo carecía de lo necesario, 
sino que también debía sostener rudas y frecuentes peleas ya con los mejica- 
nos, ya con los tecpanecas , ya con los de Tezcuco, ya con los tres pueblos 
reunidos, que, según se dijo, la miraban como un campo donde aguerrir la 
juventud y procurar víctimas á los dioses. 

Quiso ahora Montezuma probar á someterla no pudiendo en su orgullo ver- 
la libre dentro de un imperio donde tantas provincias habían doblado la cabe- 
za á la general servidumbre; y, de acuerdo con los reyes de Tlacopan y Tez- 
cuco, ordenó á los pueblos frontiiizos que en determinado día la entraran por 
todas partes y cayendo sobre la capital la avasallaran. Era todavía Tlaxcala 



DE AMIÍmCA 129 



imiy poderosa : contaba de circunferencia sobre noventa leguas y las tenía gran 
trecho defendidas por los ehalcas y los otomies, que habían ido á buscar en 
ella un refugio contra sus vencedores. Entonces tenía además la fortuna de ser 
gobernada por cuatro hombres de tanto valor como táctica y prudencia; por 
Tlehuexolotzin, señor de Tepectipac, por Teohuayacatzin que lo era de Quia- 
Jiuiztlan, por Xicotencatl que lo era de Tizatla y por Taxixcatzin que lo fué de 
Tlatelolco. Pusiéronla algún tanto en aprieto sus eternos rivales los huexotzin- 
gas y los chololtecas , que después de haber pretendido en vano corromper á 
los otomies y á los ehalcas ya con regalos, ya con futuras distribuciones de 
tierras, la invadieron de súbito y penetraron hasta Xiloxuchitla, que distaría de 
la capital como una legua; pero, detenidos allí por Tizatlacatl, uno de los más 
bravos capitanes de la República, que perdió la vida en el combate, hubieron 
de retroceder viéndola bajar contra sí armada de todas armas, y le dieron lugar 
á que acudiendo á las fronteras rechazase los demás ejércitos de los triunviros. 

Por Sierra Nevada cayeron á su vez los tlaxcaltecas sobre los huexotzingas 
y los acorralaron hasta moverlos á implorar el auxilio de Montezuma. Monte- 
zuma envió al punto á su hijo Tlacahuepantzin con gran golpe de gente, mas 
no para que fueran directamente en socorro de los cercados, sino para que en- 
trasen otra vez en tierras de Tlaxcala y la obligasen por este medio á levantar 
el sitio. Por Tetelan y Muchimilco bajaron los aztecas á Quauhquecholan donde 
se reforzaron con las gentes de Iztzucan y Chietla y cuando ya se apercibían 
para la invasión se vieron con asombro frente á frente de los tlaxcaltecas, que , 
sabedores del hecho, se habían venido por Tlecaxtitlan , Ácapetlahuecan y At- 
lixco. Que quisieran, que no, hubieron de entrar en combate y sufrieron la 
más formidable derrota. Perdieron á su jefe Tlacahuepantzin y dejai'on todo 
el bagaje en manos del enemigo. No por esto lograron los tlaxcaltecas apode- 
rarse de Huexotzingo .ni de Cholula ; pero les talaron la campiña y las reduje- 
ron á un hambre tal, qu' hubieron de abandonarlas muchos habitantes. 

Herido Montezuma en el fondo del alma por la muerte de su hijo, propuso 
asi al senado de Méjico como á los reyes de Tlacopan y de Tezcuco que, reunien- 
do todas las fuerzas del Imperio, se las extendiese en círculo al rededor de la 
provincia de Tlaxcala y, acometiéndola por los puntos que mas vulnerables 
tuviese, no se cesase de pelear hasta someterla. Se aprobó y se puso en ejecu- 
ción su pensamiento; mas con tan negra suerte, que, al querer pasar las fron- 
teras de la República, fueron ya vencidos y rotos los ejércitos de los tres reyes. 
Lo fueron solo por los ehalcas y los otomies, y esto sin duda por la grande ex- 
tensión de la línea que ocuparon, lo desparramadas que hubieron de tener sus 
tropas y la falta de concierto y unidad que no pudo menos de haber en sus mo- 
vimientos. Al fin debieron convencerse los triunviros de su impotencia contra 
Tlaxcala y resignarse á tener enclavada en el corazón del Imperio una repú- 
blica independiente y libre. 



43 



130 niSTOEIA OENEEAL 



Ixüilxüchitl habla, sin embargo, de otra expedición á Tlaxcala quo supone 
heclia en los últimos dias del reinado de Netzahualpilli. I, a dice promovida por 
Montezuma con la pérfida intención de quebrantar las fuerzas de Tezcuco y ad- 
quirir en el imperio una decisiva preponderancia; y después de haberla minu- 
ciosamente referido asegura que está consignada en uno de los cantos donde 
aquellas naciones acostumbraban á recordar los principales acontecimientos. 
Montezuma, según él, insistió en la idea de avasallar la indócil república é 
invitó á sus colegas á llevar de nuevo sobre Tlaxcala la flor de los ejércitos del 
triunvirato. Netzahualpilli fué el primero en reunir lo mejor de sus tropas y 
enviarlas á la frontera bajo las órdenes de dos de sus hijos. A la fi'ontera fué 
también Montezuma con sus batallones, pero avisando secretamente á los tlax- 
caltecas de la marcha de los de Tezcuco y dándoles palabra de no terciar en el 
combate que con estos sostuvieran. Hicieron alto los de Tezcuco en una bar- 
rancada, y al otro dia, cuando después de haberse desayunado sobre sus escu- 
dos se disponían á ordenar sus haces, viéronse tan de repente y con tal ímpe- 
tu acometidos por todtis partes que fué inútil toda resistencia. Pereciei^on allí 
los hijos de Netzahuilpilli y todos sus capitanes, y de los soldados pocos esca- 
paron con vida. Montezuma presenció el degüello desde las faldas de Xacolte- 
petl sin hacer nada por salvar á sus aliados. 

No merece el hecho entera fé por referirlo solo Ixtlilxocliitl, siempre más fa- 
vorable á sus deudos l5s reyes de Tezcuco que á los monarcas de Méjico ; mas 
es para tenido en cuenta, por una parte que otros autores hablan de graves 
disidencias entre Netzahualpilli y Montezuma, por otra que Montezuma abri- 
gaba indudablemente la idea dehacersi? el jefe del triunvirato. Ni debe tampo- 
co olvidarse que Torquemada, si no en los últimos días de Netzahualpilli, 
poco después pone otra guerra de Montezuma contra la república de Tlaxcala, 
y no es sino muy común en la historia de Méjico que á un mismo suceso se 
asigne por cada autor distinta aunque no muy apartada fecha. La verdad es 
que bajo este segundo Montezuma adquirió Méjico una decidida preponderancia 
sobre Tezcuco. Algo muy grave hubo de pasar por que tal sucediera. 

No por esto Montezuma dejó de hacer sus guerras con acuerdo y ayuda de 
los demás triunviros. Después de las tres de Tlaxcala le impidió pensar en otras 
el hambre que nuevamente afligió el Imperio, hambre tan terrible como la pa- 
sada que trajo también consigo la venta de los hijos por los padres y la emigra- 
ción de numerosas familias. Mas luego que desapareció el azote, las guerras se 
sucedieron sin interrupción extendiéndose de cada día á mas numerosas y apar- 
tadas gentes. El mismo año 1.505, segundo y último del hambre, llevó Monte- 
zuma sus armas contra los quauhtemaltecas cuyos prisioneros sacrificó en la 
dedicación del templo de la diosa Chicomecohuatl , la Céres de los mejica- 
nos. Bajó luego contra los mixtecas y los zapotecas, que le habían matado 
á traición á los capitanes de las guarniciones de Tehuantepec, Oajaca y 



DE AMÉEICA 131 



otras ciudades, y hubo de sostener reñidísimas batallas. Pi-cndió en la tercera 
á Cetecpatl, seuor de Cohuaixtlahuacan, uno de los dos jefes enemig-os, y para 
apoderarse del otro, de Naliuixocliitl, señor de Tzotzolan, Iiubo de hacer una 
segunda expedición y empeñar otro combate. Ya vencedor, se derramó ])oi- to- 
dos los pueblos de la comai'ca entrándolos á saco. 

Recibió por entonces exageradas noticias de una contienda que hubo entre los 
chololtecas y los huexotzingas. Se le dijo por los mismos enviados de los Iiuexo- 
tzingas que habían perecido casi todos los habitantes de Cholula y estaba la 
ciudad desierta. Cholula continuaba siendo el templo de Quetzalcoatl : se había 
hecho poco á poco la Jerusalen de todas aquellas naciones, llabriala Montezuma 
vengado cruelmente, si, interrogados los huexotzingas , no hubiesen desmentido 
y aun castigado á sus mensajeros cortándoles las orejas y las narices. Las des- 
gracias de Cholula estaban reducidas á la muerte de muchos soldados y al in- 
cendio de algunas casas. 

Al año siguiente, en 1506, se hizo la guerra á los itztecas, á los itzcuintepe- 
cas, á los tecuhtepecas y á los deAtlixco. Los venció á todos Montezuma, pero 
con pérdida de no poca gente, sobre todo en Atlixco, donde perecieron ocho de 
sus más nobles y más valerosos capitanes. Los prisioneros cogidos á todas esas 
provincias fueron sacrificados en las dos grandes fiestas que aquel mismo año 
se hicieron en el templo mayor de Méjico y en el cerro de Huixuchtla: la dedi- 
cación del Tzompalli , lugar donde vimos que se guardaban en unas como al- 
cándaras los cráneos de las víctimas, y la renovación del fuego que se celebraba 
con gran solemnidad cada cincuenta y dos años , al fin de cada ciclo. 

En 1507 bajó oti'a vez Montezuma con sus dos colegas al Sudoeste, y cayó 
sobre las ciudades de Tzolan y Mictlan , cuyos habitantes las abandonaron re- 
cogiéndose en las vecinas sierras. Ya de regreso, castigó y domó al paso á 
Uuauhquetchotllan, que había sacudido el yugo de Méjico; y al otro año fué nada 
menos que á la remota provincia de Amatlan, América del Centro, donde no 
encontró mas que un sepulcro para sus soldados. Al atravesar unos altísimos 
cerros copiosas nieves acompañadas de violentos huracanes destrozaron la ílor 
de los tres ejércitos; y al dar con Amatlan iba tan quebrantado, que con faci- 
lidad le vencieron y rompieron. Volvió con muy escasa gente de tan desastrosa 
campaña. 

No por esto suspendió sus expediciones ni sus conquistas. Sin contar sus 
correrías por las tierras de Atlixco y Huexotzingo, del 1508 al 1512 domó á 
Icpaltepec, y Malinaltepec, castigó á los xochitcpecas y á los yopitzingas, asoló 
el pueblo de Tlachquiauhco, venció á Nopallan con pérdida de muchos 
soldados y hasta veinte capitanes, redujo á Quetzalapan, Cihuapohualoyan y 
Cuezcoraaixtlahuacan, aquí destruyendo á los moradores, allí obligándolos á 
buscar asilo en las más fragosas sjerras. Concil)ió al fin y llevó á cabo , al 
decir de todos los historiadores, la más atrevida de las campañas. Se metió, 



132 Historia geneeal 



con los demás ti-iunviros, por Chiapa y Guatemala y no paró hasta los confines 
de la América del Mediodía. Ganó á Honduras por la fuerza, y derrotado en 
Nicaragua, la ganó por la astucia. ¡(Jue efímeras no debieron de ser sin em- 
bargo estas conquistas á ser ciertas! 

No pudo ya el Imperio llevar más allá sus armas. Sonó pronto para ella hora, 
no ya de conquistar, sino de ser conquistado. Hace ya veinte años que los es- 
pañoles pisan el suelo de j\mérica, y en este momento acaban de descubrir 
la Florida. Están ya en una de las extremidades del Anahuac los hombres 
barbados y blancos de quienes dijo Quetzalcoatl que vendrían de Levante. No 
tardarán en salir de Cuba para explorar el Occidente del Golfo y penetrar por 
las márgenes del Tabasco en tierra de Méjico. Se lo anuncia á los triunviros un 
rumor vago de que no aciertan á darse cuenta; y ellos creen leerlo en la misma 
naturaleza: ya en una nube de fuego que asoma al Oriente, ya en un cometa, 
ya en el incendio de las torres de un templo, ya en la agitación de las aguas 
de sus lagos , ya en una simple liebre que cruza atrevidamente los salones del 
palacio de Tezcuco. Exaltada la fantasía por el terror, hasta se imaginan que 
cruzan armados por el aire sus futuros conquistadores y se levantan de la 
tumba princesas para revelarles sus aciagos destinos. 

Para colmo de mal muere á poco Netzahualpilli sin dejar elegido sucesor, y 
entra la discordia en el palacio de los aculhuas. Ha llegado el Imperio á la 
cumbre de la grandeza sólo para que fuese mayor su caida. ' 



' Fuentes históricas para este capitulo : IxtliLsochitl , Historiado los cinc himecas , ip&ite 2.' 'dA 
cap. 50 al 76. — ToEiítrEMADA, Monarquía Indiana, lib. 2.°, del cap. 56 al 81. — Op.tega, continuador de 
Veytia, Historia Antigua de Méjico, Apéndice del cap. 6 al 14. — Sahagun, Historia Universal de las 
Cosas de Xuera España, apéndice del segundo libro. — Cai-tas de Cortés, carta 2." 



CAFÍTUIíO 1 



El Imperio inm9diatam3nt3 ántos Aa la conquista.— Su extensión.— Su polilacion.— Su pod?r.— Sus fortificaciones.— Su verda- 
dero jefa á la muerte d3 Netzahuüpilli.— Discordias que á la muerta da esta rey surgieron entre los hijos.— Manera como 
favorecieron la ambición de Montezuma.- Estado de cultura del Imperio.— Agricultura.— Mineríi.-Industria.— Artes da 
construcción.— Piadra circular del templo mayor de Méjico.— Monumento subterráneo de Xochicalco,— Templos de Tusa- 
pan, da Huatusco. da Papantla.— Escultura.— Pintura.— Comercio.-Escritura.-Diversas clases de jeroglfticos.— Suerte 
qu9 tuvieron los manuscritos mejicanos.— Enseñanza pública. —Lengua Náhuatl ó Mejicana. 




") NTES de pasar á la historia de otras naciones con- 
iSiI?&f ■^^ viene determinar la extensión, el carácter y el esta- 
m^^"^ do de cultura del Imperio. 

Hay acerca de su extensión tan contradictorias 
sr/-?/ opiniones, que no parece sino que cada autor lo ensancha ó 
^^/'¿y lo reduce á su antojo. Solis lo extiende nada menos que de 
W'^ Panamá á la Nueva California. Humboldt, siguiendo á Cla- 
vígero, lo pone al Oriente entre el rio deTuxpan y el de Cuaza- 
coalco, al Occidente entre el puerto de Zacatula y los llanos de 
Soconusco. Ixtlilxochitl se limita á darle de mar á mar cuatro- 
cientas leguas. Cortés dice que á doscientas de uno y otro cabos 
de la ciudad de Méjico se obedecía á Montezuma. Se le obede- 
cía, añade, hasta en Cumathlan, que está á doscientas treinta 
leguas de la capital, setenta mas allá del rio de Grijalba. ' 
Clavígero y Humboldt son en mi sentir los que aciertan. Al leer el penoso 



' S01.IS, Conquista de Méjico, libro II, cap. III.— HrMEor.DT, Ensayo político sobre el reino de la 
Nuena España, lib. I. cap. I.— IxtlilxochiTl, Historia de los Chichimecas, cap. LXXI 1 1. —Carias de 
Heenan C'oetés, la escrita en Segura de la Frontera, á 30 de Octubre de 1520. 

TOMO X ^' 



134 HrsTOKIA (íENEUAL 



viaje de Cortés al golfo de las Hig-uenxs por terrenos pantanosos, lagunas y ríos 
sin puentes, montes sin caminos y comarcas estériles se liacen por de pronto 
dudosas las excursiones de los triunviros á Honduras y Nicaragua, y, ya que 
se las crea, se está lejos de mirarlas como verdaderas conquistas. Es de notar, 
por otra parte , que ni en Nicaragua, ni en Honduras, ni en Yucatán, ni en 
Guatemala encontrasen los españoles tierra alguna sometida al triunvirato. Al 
Sur no pudo evidentemente pasar el Imperio de la bahía de Términos ni de las 
riberas del Usumacinta. Al Norte pudo aún menos pasar del Panuco, en cuya 
margen izquierda empezaban los chichimecas bárbaros: no se escribe en histo- 
ria alguna que mas allá del Panuco llevasen los tres monarcas sus ejércitos. 
Tampoco pudo pasar de Mechoacan al Occidente, puesto que el Meclioacan per- 
maneció siempi-e autónomo. Terminaba el Mechoacan á Mediodía en las ori- 
llas del rio Mexcala ó de las Balsas: el Imperio no podía, por consecuencia, sa- 
lir al Pacífico sino del puerto de Zacatula abajo. Al Atlántico, al Oriente, 
podía cuando mas bajar del Panuco á Términos. 

Constituía así el Imperio como la tercera parte de la actual República. Ocu- 
paba el área que hoy ocupan además del distrito federal de Méjico, los estados 
de Veracruz, Tabasco, Chiapa, Oajaca, Guerrero, Pueb'.a y Querétaro. Aún 
dentro de esta superficie había, como ha visto el lector, ciudades y provincias 
independientes. Lo era Cholula, la ciudad sania. Lo era Huexotzingo. Lo era 
Tlaxcala, que á la ida de Cortés pudo poner en campaña hasta cien mil hom- 
bres. Lo era probablemente At'.ixco. Lo era la comarca de Guazacoalco. Lo 
era Tenich, sierra fragosa, cuyos habitantes se hacían temibles por lo beli- 
cosos y lo largo de sus lanzas. Lo eran Opoltzingo, Acatepec, Acapulco. Lo era 
por ñn Metztitlan, al Norte da Méjico. Mal seguras aun las conquistas de los 
triunviros, se rebelaban hoy unos, mañana otros pueblos y algunos conse- 
guían emanciparse. ' 

Es ya, no difícil, sino imposible determinar la población del Imperio. Debió 
de ser numerosa según las muchas gentes que unas tras otras lo ocuparon, los 
ejércitos que se puso en campaña ya cuando las guerras de conquista, ya cuan- 
do lucharon entre sí los tecpanecas y los chichimecas, los hogares que contó 
ó calculó Cortés en los pueblos que sometió á sus armas. Dio Cortés á la sola 
provincia de Cempoal cincuenta villas y fortalezas y hasta cincuenta mil hom- 
bres de guerra. Vio en la de Sienchinialen muchas villas y alquerías, algunas 
hasta de quinientos fuegos, que junt;is podían dar sobre seis mil soldados. Al 
atravesar los cerros que limitan al Oriente la de Tlaxcala anduvo tres días por 
tierras despobladas y estériles; pero al llegar al valle de Caltanmi halló en un 



' Cartas de Heknan Coptés, la citada anteriormente. — Alonso de Zueit,s, Informe sobre las dife- 
rentes clases de Jefes de la Nueva España, respuesta A la tercera pregunta, p4r. i." 



DE AMÍEICA 13") 



alto una villa de cinco á seis mil vecinos y en la llanura innumerables caseríos 
que casi se tocaban y se extendían á tres y más leguas. 

Aunque Tlaxcala y Cliolula no dependiesen del triunvirato, puede su ])obla- 
cion contribuir á que formemos idea de la del Imperio. En la provincia de 
Tlaxcala encontró Cortés hasta quinientos mil hogares. La capital, decía, es 
mucho mayor que Granada y de mucha mas gente que la que esta ciudad tenía 
cuando se la ganó á los moros: en su mercado hay todos los días treinta mil 
almas comprando y vendiendo. Veinte mil casas vio intramuros de Cholula y 
otras tantas en los arrabales. No queda aquí tierra por labrar, escribía: los 
mendÍ!;os abundan. 

Al Mediodía de estas repúblicas, ya en el Imperio, estaban las ciudades de 
Quauhquetchollan é Itzyucan, hoy de poca importancia. Daba Cortés de tres ¿i 
cuatro mil vecinos á la segunda, de cinco á seis mil á la primera. Cuacachula^ 
añadía, tendrá extramuros cuando menos otros tantos fuegos. Sobre todo al po- 
ner el pié en el valle de Méjico encontró muchas y populosas villas: Chalco y 
sus aldeas, que contaban hasta veinte mil vecinos; Iztapalapa, que tenía de 
doce á quince mil; Tezcuco, que reunía sobre treinta mil casas; Méjico-Tenoch- 
titlan, que era tan grande como Sevilla y Córdoba. Había en Tenoclititlan , se- 
gún el mismo Cortés, una plaza donde compraban y vendían diariamente has- 
ta sesenta mil almas, y no era aquel mercado el único. En una de las tres cal- 
zadas que conducían á tan vasta población, entonces dentro del lago, había 
tres ciudades, la que menos de tres mil, la que más de seis mil vecinos: en las 
tres y en la de Tenochtitlan, por poco numerosas que S3 supóngalas familias, 
no podía menos de haber de trescientas á cuatrocientas mil almas. Hasta mas 
de un millón han llegado á dar algunos escritores á la sola ciudad de Méjico. 

¡Qué de otras ciudades de importancia novio y tomó Hernán Cortés en ol 
valle, que dejaron honda huella en la historia! Tlacopan, hoy Tacuba, capital 
de los tecpanecas y asiento de uno de los triunviros; Colhuacan, abrigo y corte 
de los toltecas, después de vencidos por los pueblos del Norte; Teotihuacan, la 
ciudad sagrada; Tenayocan ó Tenayuca, primer trono de los chichimecas; Xal- 
tocan, Aculman, Coatlichan, Xuexotla que tanto hicieron en las guerras de 
Azcipotzalco; Coyohuacan, Xochimilco, Cuitlahuac, Mizquie, Tenanco, por 
mucho tiempo campo de batalla de los aztecas; Amecamecan, Iztapaluczan , Xi- 
malhuacan, Otompan ú Otumba que tan formidable ejército opuso á los espa- 
ñoles cuando, vencidos y arrojados de Méjico, iban á buscar su salvación en 
las apartadas costas del Atlántico. No de todas dice Cortés el número de veci- 
nos; pero califica de grandes á muchas y cuando lo determina da á la que me- 
nos de seis á ocho mil habitantes. ^ 

Pudo aquí Cortés pecar de exagerado por el deseo de abultar á los ojos de 



' Cartas do Cortés, la citada y la escrita en Cuyoacan el dia 15 de Mayo de 1522. 



136 HISTOEIA OENEEAL 



Carlos V su conquista ; pero no permiten creer que tal hiciera la ingenuidad y 
la sencillez que se descubren en las páginas todas de sus cartas, donde asi re- 
fiere sus desastres como sus triunfos, y aún éstos los atribuye más á Dios que á 
su pericia ni á su brazo. Aún cuando se pudiera creerlo, no cabria recurrir á 
testigos menos sospechosos, pues lo eran á no dudarlo asi los sacerdotes que 
allá fueron á la conversión de infieles como los pocos hombres que, convirtién- 
dose en escudo de los americanos, quisieron poner coto á las vejaciones y la ti- 
ranía de nuestros magistrados y nuestros capitanes. Exageraban éstos la po- 
blación antigua para encarecer los estragos que en ella había hecho la bárbara 
codicia de los encomenderos; exagerábanla aquellos para aumentar el número 
de almas que decían haber encaminado al cielo y pintar la milagrosa eficacia 
que allí como en todas partes había tenido la palabra de Jesucristo. El testi- 
monio de Cortés me parece aquí tanto mas seguro cuanto que lo creo confir- 
mado, ya por el papel que hasta aquí hicieron en la historia los pueblos de que 
nos habla, ya por los tributos que pagaban á los triunviros según documentos 
que existen y son irrefragables. 

La densidad de la población distaba, sin embargo, de ser la misma en todo 
el Imperio. Era aún mucha la que había en las opuestas vertientes de las mon- 
tañas que circuían el valle de Méjico; en las sucesivas llanuras iba disminu- 
yendo, sobre todo á Mediodía. Durante muchas leguas corrían entre despobla- 
das y silenciosas márgenes las aguas del Atoj-ac y del Mexcala. No aumentaba 
de nuevo la población sino hacia las riberas del Papaloapan, áque dio después 
su nombre Alvarado. Allí, al Sud del rio y hacia las costas del Pacífico volvían 
á pulular las villas y las ciudades: allí estaba Oaxaca, allí Mictlan, hoy Mitla, 
célebre por su necrópolis. Abundaba mucho más la gente en las playas de este 
mar que en las del Golfo. De las del Golfo el país mas poblado era sin duda el 
de los totonacas. 

Como quiera que fuese, el Imperio podía mucho. Lo prueban los ejércitos que 
opuso á los españoles. Si fué fácilmente vencido, se debió, como nadie ignora, 
en parte á la inmensa superioridad que le llevaban sus enemigos en las armas, 
en parte al decidido apoyo que les prestaron pueblos de la misma tierra, entre 
ellos los tlaxcaltecas que en distintas ocasiones les dieron mas de cien mil sol- 
dados. No tenía caballos ni cabalgadura que los supliese, no conocía la pól- 
vora ni disponía del hierro ni del bronce, pero no carecía de gente ni de 
medios de guerra. No ignoraba la estrategia ni la táctica; no desconocía 
la fortificación, que es más difícil. Sabia cercar sus ciudades y aun las 
cumbres de sus montes de espaciosas murallas de cuatro y cinco estados de al- 
tura sobre que se levantaba el correspondiente adarve; sabía, y es más, prote- 
ger las entradas de sus fortalezas encabalgando unos sobre otros los lienzos de 
estos muros. A ser suya y no per-tenecer á otra civilización la ciudadela que aun 
hov existe á tres cuartos de legua al Oeste de Mitla en lo alto de una escarpada 



DE AMÉEICA 137 



roca apenas accesible más que por la pai^te de Oriente, sabia emplear hasta los 
fuegos cruzados, sistema á que no se llegó en Europa sino tres siglos más 
tarde. 

Esta cindadela, una de las mas curiosas antigüedades de aquel continente, 
se compone de un muro, doble solo en uno de sus lados, que tiene de ancho 
veinte y un pies, de alto diez y ocho y de largo poco menos de una legua. Corre 
el muro por todo el borde superior de la roca, y presenta una multitud de án- 
gulos entrantes y salientes con cortinas que los enlazan. Unidos áél, seavanzan 
al Este en forma elíptica y algo ondulantes otros dos lienzos de muralla que 
mutuamente se flanquean y se buscan dejando en su intersección una ancha 
entrada, oblicua para que sea de más fácil y más segura defensa. Consti- 
tuye esta entrada la puerta exterior del fuerte; hay otra interior, menos ancha y 
también oblicua, que está abierta en el otro muro noléjos del ángulo meridional 
que los dos forman. Otra abertura se ve todavía en la fortaleza á la parte del 
Noroeste; pero ésta, que no es más que un portillo, no debió servir sino para 
que en el caso de un cerco pudieran socorrerse ó retirarse los sitiados. Dentro 
de las murallíis se conservan todavía restos de grandes edificios, probablemente 
casas donde alojar tropas y almacenes de efectos de boca y guerra. ¿Puede 
darse cosa más singular en aquellos siglos y aquellas gentes? ^ 

Eran también de notar las murallas de Quauhqucehollan ó Cuacachula que 
Cortés describe. Por fuera de la ciudad, dice, cuentan de altura como cuatro 
estados; por dentro están casi iguales con el suelo. Se ve por ahí que los aztecas 
no hicieron sino calzar de piedra y cal la eminencia en que estaba la ciudad 
sentada. Habrían sido ineficaces contra este sistema de fortificación lo mis- 
mo las modernas que las antiguas máquinas, lo mismo el cañón que el arie- 
te. Tenían las murallas un pretil como de medio estado, y á las puertas 
de la población, que eran cuatro, daban tres ó más vueltas, encabalgando el 
uno en el otro seis distintos lienzos. La toma de la ciudad era á no dudarlo 
trabajosa. ^ 

Podía mucho el Imperio, y se hallaba ahora real y verdaderamente bajo la 
supremacía de Montezuma. Montezuma ya en vida de Netzahualpilli había 
conspirado en contra del triunvirato. No solo había comprometido pérfi- 
damente -en Tlaxcíila los ejércitos de Tezcuco; había intrigado después por 
que las ciudades del Lago se negasen á pagar tributo á los reyes aculhuas. 
Netzahualpilli, ya entonces muy débil , se había atrevido á quejarse de esta con- 
ducta; y él, lleno de soberbia, le había contestado sin rebozo que era ya hora de 
que el Imperio dejase de ser gobernado por tres jefes. Hasta le había amenazado 



' VíVi/'t's rfe Guillermo Dita IX sobro las antigüedades mejicanas, tomoslV y V de Eiusborough, 
antigüedades de San Pablo da Mitlan, planchas 40 y 41, figura 05. 
" Carias do Cortés, la últimamaute citada. 

TOMO I 45 



138 HISTOEIA GENERAL 



con castig-arle si se permitía reproducir la queja. Respuesta que acibaró y aun 
dicen si precipitó los dias de Netzahualpilli. 

Al morir Netzahualpilli no osó todavía Montezuma apoderarse de Tezcuco, 
pero hizo cuanto pudo para tenerlo bajo su dependencia. No había Netzahual- 
pilli designado sucesor, y se creían con derecho á la corona tres de sus hijos: 
Coanacochtzin, Ixtlilxochitl y Cacama. Montezuma se decidió desde luego por 
apoyar á Cacama, que se le había manifestado siempre respetuoso y sumiso. 
Ganó en favor de su protegido á los electores y, lo que es más de maravi- 
llar, al mismo Coanacochtzin, en quien, según parece, veía Tezcuco el legí- 
timo heredero de Netzahualpilli. Cacama fué al íin proclamado rey de los 
aculhuas. 

No aprobó la elección Ixtlilxochitl: comprendía los designios de Montezuma y 
se resolvió á desbaratarlos. No había cumplido todavía veinte años y era ya de 
los hombres más notables del Reino por su carácter fogoso, la vivacidad de su 
ingenio y el valor que había desplegado en los combates de Tlaxcala y de Hue- 
xotzingo. Contábase que aún niño había dado muerte á su nodriza por ha- 
berla sorprendido en Palacio hablando de amores contra las leyes de Tezcuco; 
que no bien fuera de la infancia había organizado un batallón de camara- 
das de sus años donde al par de una índole turbulenta había revelado grande 
aptitud para la guerra; que ya mozo había hecho estrangular á dos consejeros 
de la Corona por haberle considerado como un peligro para el Reino y haber 
querido persuadir á Netzahualpilli á que le matara. 

Al saber Ixtlilxochitl la elección de Cacama, partió secretamente de Tezcuco, 
y se retiró á las montañas de Meztitlan, cuyos principales señores había tenido 
por ayos. Llamó allí á las armas á cuantos pueblos quisieran oponerse á la ti- 
ranía de Montezuma, halló favor en todas las provincias del Norte, ganó á los 
intrépidos totonacas, y, ya que hubo reunido un numeroso ejército, bajó sobre 
Tollanzingo y Tepopolco. No bien las hubo ocupado, venció en batalla campal 
álos otompanecas y entró en Otumba. Cayó después sobre Tezcuco y Méjico, y 
para mejor cercarlas fue tomando las ciudades de los alrededores: Papalotlan, 
Acolman, Chiuhnauhtla, Tecacman, Iluehuetocan, Tzompango. 

En terrible aprieto ss veían sus hermanos y aun el mismo Montezuma. El pe- 
ligro era grande. Empezaban á decidirse por Ixtlilxochitl los pueblos de-más allá 
delPopocatepetl, y se temía que la rebelión se propagara hasta la bahía de Cam- 
peche. Envió Montezuma contra el sitiador á un general de bravura, por nom- 
bre Xóchitl, que se había comprometido á traérsele vivo ó muerto; pero con tan 
mala fortuna, que, vencido en singular combate Xóchitl por Ixtlilxochitl, mu- 
rió en una hoguera á vista de los dos ejércitos. Embargó el terror los ánimos, 
y no pensó Cacama sino en buscar medios de concordia. 

La concordia se hizo, pei'o en bien y prosperidad de Montezuma. Se dividió 
verdaderamente en tres el reino de Tezcuco. Quedaron por Ixtlilxochitl las pro- 



DE AMliKICA 139 



vincias del Norte; por Cacama y Coanacochtzin las del Mediodía. ' Conser- 
vó aun Cacama el titulo de rey, pero solo el titulo. Así las cosas, no quedaba 
del triunvirato sino una sombra. ]\Iéjico pasaba á ser definitivamente la cabeza 
y el corazón del Imperio; Montezuma el arbitro de la suerte de toda la tierra 
desde el Panuco al Golfo. No sonaba ya en el Anahuac más que su nombre á la 
llegada de los europeos. Por emperador y monarca único le tuvieron en un 
principio los españoles, y puede sin dificultad asegurarse que hasta entibar en 
Méjico no supieron de los reyes de Tlacopan y de Tezcuco. ¡ Cuan otra no habría 
podido ser la suerte de Tezcuco si Ixtlilxochitl, en vez de asentir á las proposi- 
ciones de Cacama, hubiese continuado el cerco de las dos capitales sin soltar las 
armas ni dejar de atizar el fuego de la rebelión hasta destronar á Montezuma! 
Tuvo ese impetuoso joven en su mano restablecer el imperio de Xolotl sobre las 
ruinas de la monarquía de los aztecas. Quiso por la guerra evitar la suprema- 
cía de Montezuma, y se la dio por la paz que hizo mayor que si no hubiese com- 
batido la elección de Cacama. Verdad es que de todos modos había de ser poco 
duradera la obra. 

Estaba el Imperio abocado a su ruina, y siquiera sumariamente he de hablar 
no sólo de su poder sino también de su cultura. Algo la debe ya conocer el que 
haya leido los anteriores capítulos : mi propósito aquí es presentarla de mane- 
ra que se la pueda abarcar de una ojeada. 

La agricultura y las industrias á que da origen se hallaban en notable ade- 
lanto. Del maíz, objeto de gran cultivo, se sacaba azúcar, pan y hasta licores 
espirituosos. Se obligaba á la tierra a producir todo género de legumbres. Mi- 
rábase con gran predilección el maguey, y se lo aplicaba á los más diversos 
usos. De sus hojas ya se hacía papel , ya se abrigaba contra la intemperie las 
humildes cabanas; de su jugo salía el vino llamado pulque; de sus raíces, un 
nutritivo y sabroso alimento. Utilizábanse principalmente las hojas. Sus espi- 
nas servían de alfileres y agujas; sus duras y tenaces fibras, para fabricar el 
nequen, vestido de los pobres. No se estimaba menos el cacao, de que se com- 
ponían al par del chocolate frescas y deliciosas bebidas, ni el algodón, de que se 
tejían las más delicadas telas. Beneficiábase el plátano y la vainilla, y apenas 
había planta alimenticia ó medicinal que no se aprovechase. Cultivábase con 
esmero hasta las flores, á que tal vez no hubo nunca pueblos mas aficionados. 
Recuerde el lector los jardines de Tecutzingo. 

Para el fomento de la agricultura no se perdonaba medio. Castigábase con 
rigor la tala de los bosques, abríanse canales de riego en las comarcas secas. 
Como se ha visto, traíanse á veces aguas de muy lejos por atrevidos y costosos 
acueductos. A excepción de los soldados y principales nobles se dedicaban á la- 



' 1-x.TULxocmrL, Hisioria de Ins C/iichimecrtf, caps. LXIX y LXXVI.— Top.QUEMADa, Monarquía 
Indiana, lib. II, caps, del LXXXIII al LXXXVI. 



140 HISTOTtíA GENEEAL 



brar los campos todos los hombres útiles, inclusos los de las ciudades. Contri- 
buían al cultivo hasta las mujeres, á quienes estaban reservadas las menos pe- 
nosas faenas. Considerábase la agricultura como el manantial de todos los 
bienes y se la tenía por todas las clases en grande estima. Con los trabajos de 
la tierra guardaban más ó menos relación los nombres de los meses y muchas 
fiestas religiosas. La que se celebraba el primer día del cuarto mes del año es- 
taba, como se verá, exclusivamente consagrada á Tzinteotl, el dios de los 
maíces, y á Chicomecoatl, la diosa de los mantenimientos. Hacíase no menos 
importantes fiestas álos hermanos Tlaloc, los dioses de las lluvias; á Quetzal- 
coatí, el dios de los vientos; á Xiuhtecutli, el dios del fuego; á Izquitecatl y 
sus compañeros, los dioses del vino; á Macuilxochitl, el dios de las flores. ' 

Estaba también adelantada en el Imperio la minería. Se explotaban las mi- 
nas de plata, de estaño, de plomo, de cobre. Cuando no se los encontraba en la 
superficie, se bajaba en busca de todos estos metales á las entrañas de la tier- 
ra, donde hallaron abiertas los españoles vastas galerías. No se aprovechaba 
menos el oro, que se fundía en barras. El único metal que no se usaba ni se 
extraía era el hierro con ser allí abundante. Había en cambio grande afán por 
las piedras preciosas. De oro y plata ya hemos visto que se hacían obras admi- 
rables. Se llegó á saber mezclarlos de modo que se los veía alternados ya en 
las escamas de los peces, ya en las plumas de los pájaros de orfebrería. Se sa- 
bía también alear el estaño y el cobre, y con este bronce fabricar herramientas 
que permitían trabajar hasta el pórfido y la esmeralda. Se suplía el hierro con 
esta liga y también con el itzli ú obsidiana, piedra común en los terrenos vol- 
cánicos y por lo tanto en Méjico. De obsidiana eran los cuchillos con que los 
sacerdotes abrían en los sacrificios el pecho de las víctimas; de obsidiana mu- 
chas de las espadas que ceñían los jefes de los ejércitos. 

Había en el Imperio industrias que á no dudarlo igualaban, cuando no deja- 
ban atrás, las de Europa. No podía entonces nadie competir en tejidos con los 
aztecas ni los aculhuas. Reproducían unos y otros en sus telares los más capri- 
chosos dibujos ; y mezclaban con tal destreza el algodón y el pelo de ciertos 
animales, que muchas de sus telas parecieron de fina y brillante seda á sus 
conquistadores. Embellecían á menudo sus mantas con bordados y ricas orlas. 
Fabricaban vistosos tapices con que cubrían las paredes de sus palacios. Dis- 
tinguíanse principalmente por sus labores de plumas y la viveza de los colores 
que en todos sus artefactos empleaban. Uno tenían, á la sazón desconocido en 
nuestro continente, que sacaban de la cochinilla: el color carmesí, i-ival de la 
antigua púrpura. 



' Sahagun, Historia Uniccrsal de las cosas de Nueva España, lib. II y III.— Top.auEírADA, Mo- 
narquía Indiana, lib. III, caps. XXXI y XXXII.— Oviedo, Historia Natural y Moral de las Indias, 
tomo I, cap. IV. 



t)E AM¿I!ICA 141 



Ejercíanse en el Imperio otras muchas artes. Se adobaba y tliudía hábilmen- 
te todo género de pieles ; se hacían esteras de hoja de palma y cestas de caña y 
junco; se labraba, cocía y barnizaba el barro hasta darle el lustre do la loza y 
la transparencia de la porcelana; se pulía, embetunaba y bruñía ciertas pie- 
dras y se las convertía en espejos; se tallaba, como en el viejo mundo, las tur- 
quesas, las amatistas y las esmeraldas. A falta de cristal se usaba del barro, 
cuando no de la madera pintada ó del oro, para los vasos y las copas. ^ 

Estas j otras artes estaban, con todo, muy por debajo de- las de construcción. 
He hablado ya con ciertos pormenores del templo mayor de Méjico y de los pa- 
lacios de Tezcuco, de las obras hidráulicas por las que se unió á la tierra firmo 
las ciudades de los lagos, de los muros con que se cercó importantes plazas y 
se coronó las cumbres de los cerros. Se ven hoy todavía imponentes masas de 
ladrillo que no ha bastado á destruir la acción del tiemi^o, sillares enormes 
primorosamente cortados y escuadrados, el pórfido y el basalto esculpidos como 
la más blanda piedra, curvas de raras formas y verdaderas bóvedas, adornos 
aquí geométricos, allí fantásticos, relieves de mosaico, de granito y de estuco, 
restos de calzadas y puentes, grandiosas ruinas. ¡De qué medios mecánicos no 
se debió disponer para la ejecución de tan vastos monumentos! Se hallan algu- 
nos á gran distancia de toda cantera, y contienen piedras de colosales dimensio- 
nes : ¿cómo se las acarreaba y sobre todo se las subía á las alturas en que solían 
estar los templos y los palacios? 

En el templo mayor de Méjico había una piedra circular en que estaba gra- 
bado el calendario de los aztecas. Esta piedra, que aun existe, se calcula que al 
salir de la cantera hubo de pesar sobre cincuenta toneladas. Se la sacó de las 
montañas que están más allá de la laguna de Chalco, á unas diez leguas. Hubo 
de llevársela por tierra no siempre llana que interrumpían canales y arroyos, 
y se cuenta que ya en la capital hundió un puente y cayó al agua. ¡Qué de di- 
ficultades para conducirla y luego para colocarla! En la fachada de la necrópo- 
lis de Mitla , que no tengo por obra de los aztecas pero está dentro de los límites 
del Imperio, hay otra piedra que forma el dintel de tres puertas y es de más de 
cien pies de larga. Está como á treinta pies del nivel del suelo, tiene cinco de 
altura. ^ 

Podría citar aquí monumentos asombrosos por su grandeza; voy á citar uno 
que, con ser más humilde, es el que á mis ojos revela en los pueblos del Ana- 
huac mayor suma de conocimientos arquitectónicos. Al Norte de la montaña de 
Xochicalco hay una estrecha entrada que abre paso auna serie de galerías abier- 



. ' ToBQtrEMADA, lib. XIIT, cap. XXXIV.—G AMA, Descripción Histórica tj CronolÓQicct de las dos 
piedras, parte lí. 

* GAn^, Descripción citada. \in,rte.\, pA,ein.-iK 110 y 114.— HiniroLüT, Ensayo Político, tomo II. 
pAg. 40. 

TOMO I 4ó 



142 HISTOftlA GENEÜAt 



tas en la roca. Están cortados á nivel techos y muros; y el piso, que es de cemen- 
to, pintado de ocre rojo. En la extremidad de una de estas galerías, consagradas 
tal vez á la memoria, tal vez al culto de los muertos, hay dos salas separadas 
por otros tantos pilares de piedra, y en un ángulo de la más interior una cú- 
pula de sillería, de unos nueve pies de diámeti'o y poco más de altura, de cuya 
clave arranca un tubo en comunicación con la atmósfera. Las hiladas do silla- 
res, perfectamente unidas, van siguiendo con la mayor precisión y limpieza la 
curva de la bóveda. Con solo recordar que no llegaron jamás á tanto los grie- 
gos se comprenderá la importancia de ese monumento subterráneo. En la 
misma América no sé que haya otra construcción de este género, como no sea 
en la península yucateca. En un edificio de Kubah hay un aposento cerrado 
por una bóveda en forma de ojiva.' 

No solo estaban adelantados los pueblos del Anahuac en la edificación ; sen- 
tían también el arte. Quedan aún muchas de las pirámides que sustentaron los 
antiguos templos; los más délos templos han desaparecido. Los que todavía sub- 
sisten medio en ruinas bastan, sin embargo, para que podamos apreciar el 
buen gusto de sus arquitectos. Uno hay en Tusapan que descansa sobre una pirá- 
mide cuadrangular de un solo cuerpo. Piramidal á su vez, está dividido en 
tres altos por otras tantas cornisas: la inferior compuesta de varios filetes, la 
del medio adornada de una sencilla y elegante greca, la superior graciosa- 
mente combada entre dos molduras. De esta última cornisa arrancaba al pare- 
cer otro cuerpo piramidal que debía rematar graciosamente la obra. El ornato 
y las proporciones de todo el edificio recuerdan los buenos días de la antigua 
Roma. Son más rudos los adornos del templo de Huatusco; pero no dejan de 
revelar en su autor el sentimiento de la belleza. Lo revelan mucho más el tem- 
plo y la pirámide de Papantla. Tiene la pirámide de Papantla setenta y cinco 
pies de base por cincuenta y cuatro de altura, y está calzada en sus cuatro 
frentes de gruesos sillares de pórfido esmeradamente labrados. Consta de seis 
pisos. En su fachada, como todas al Oriente, hay una ancha escalera de cin- 
cuenta y siete gradas entre otras cuatro mucho más estrechas. Lo más notable 
y característico de esta fachada no es, sin embargo, la escalera sino una serie 
de profundos recuadros que corre entre la base y la cornisa de cada uno de los 
seis pisos, recuadros no poco parecidos á los de nuestros artesonados de Euro- 
pa. Están simétrica y armónicamente distribuidos y dan una especial hermo- 
sura al edificio, sobre todo por el juego de sombras que producen junto con las 
curvas y salientes cornisas. Del templo no se conserva sino parte del primer 
cuerpo. Distingüese no menos que la pirámide por lo saliente de sus cornisas 



' Viajes de Grii.LEEMo Düpaix so6re /«.s nntif/ iiedades mejicanas, primera expecllcíoii, núm. 34, 
antigüedades del pueblo de San Pablo de Mitlan, núm. 82. — .Iui.fs Gailhae.stid. Monumen/A Anciens 
el Modernos, Appendico, Moniimcnts Mexicains. 




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DE AMÉRICA 1 13 



y el almohadillado de sus ángulos, origen también de marcados contrastes de 
luz y sombra. ' 

En las obras de escultura se descubre aun más que en las de arquitectura el 
sentimiento estético de los mejicanos. En Tlaxcala se encontró un instrumento 
de música militar llamado Teponaztli, verdadera obra de arte. Es do una ma- 
dera de color de púrpura, pesada, recia y susceptible del mayor pulimento. Está 
uDuy bien tallado, y tiene riquísimos adornos. Es singularmente bella una fi- 
gura humana tendida sobre el pecho que en la apariencia lo sostiene. Reúne la 
cabeza verdad, expresión, hermosas proporciones; va elegantemente tocada; 
lleva pendientes en la nariz y los ojos y labios de madre perla. 

Se dice y se repite con frecuencia que los mejicanos no acertaron jamás á re- 
producir al hombre; pero es inexacto. En Cholula, en un pueblo á tres 
leguas de Ozumpa, en la misma Tlaxcala, vio Dupaix máscaras de piedra, 
expresión fiel de nuestro semblante. Las copió y se ve por sus dibujos que es- 
taban limpiamente escupidas y perfectamente modeladas. No traducian menos 
Ijien la naturaleza el torso que vio en S. Juan Ahuehuepan, las dos cabezas de 
mujer que le enseñaron en Mizquic, el bello y grandioso busto que admiró en 
las trofeos militares de Quauhquechula. Ni estaba tampoco falta de realidad la 
cabeza de piedra lava que á manera de cariátide halló entallada en el capitel de 
una columna de Huatusco. Para ver hasta donde llega el error que combato 
bastaría fijarse en el precioso busto de una sacerdotisa azteca que Ilumboldt 
publicó en sus Sitios de las Cordilleras y monumentos indígenas de América jliXwii.- 
borough en sus Antigüedades de Méjico. Este busto que lleva un tocado seme- 
jante al velo ó calántica de la cabeza de Isis y otras estatuas de Egipto es nota- 
bilísimo por lo felizmente que están en él concillados la naturaleza y el arte. ^ 

Procede este error de que muchos escritores han querido juzgar la escultura 
mejicana por los escasos ídolos que de aquellos siglos nos quedan. Es preciso no 
olvidar que en todas las épocas religiosas la escultura como la pintura han de- 
bido someterse á los tipos creados por el sacerdocio sin poder inspirarse en la 
realidad ni abandonarse á la fantasía. Conviene recordar por otra parte que al- 
gunos de aquellos ídolos, sin duda los más extravagantes, fueron obra, no del 
Imperio, sino de las desconocidas y misteriosas gentes que debieron de levantar 
la necrópolis de Mitla. Sé que aun fuera del templo se observa en muchas figu- 
ras humanas un total apartamiento de la naturaleza: se me vienen en este ins- 
tante á la memoria los relieves de la piedra triunfal que se conserva en la Uni- 
versidad de Méjico, relieves que al parecer representan las victorias de uno de 



• JuLEs Gailhabaud, Monuments Anciens ct Modcrnes, Appendico, Monumeuts jMexicains. 

* Viajes de Dupaix, números 17, 19, 33, 34, 35, 37, 50, 52, 128.— Humboldt, Siíios do Icts Cordi- 
lleras, parte II, párrafo I. — KlNSBOEoUGH, Antiquities of México, vol. IV, Spccimcns of Mexican 
Sculpture in the possesion of M. Latour Allard, plancha 8." 



144 IH.STOKIA «ENEEAL 



los reyes aztecas sobre quince provincias. Pero estos relieves, sobre ser también 
simbólicos ó, por expresarme con mas propiedad , escultura jeroglifica , no es 
tampoco justo considerarlos como el último esfuerzo del arte cuando desconoce- 
mos el siglo en que se los hizo y existen obras mas acabadas y correctas. No so- 
lo en la piedra triunfal sino también en otros puntos está mal reproducida la 
imagen del hombre. ^ 

Está frecuentemente mejor reproducida la de los animales y la del resto del 
mundo. Son para notados los trofeos militares de Quauhquecliula , Cuernavaca, 
Xochimilco, esculpidos todos en rocas durísimas, todos de grandes formas y to- 
dos en el fondo un escudo sobre cuatro largas y ondulantes ñechas. Lo son tam- 
bién un conejo en alto relieve de Xochimilco y un lagarto de Cuernavaca. Lo es 
mas que todo la serpiente con plumas que en Tepeaca, encontró Dupaix, bella y 
graciosamente enroscada. Niei*a menos feliz la escultura del Imperio en la crea- 
ción de animales fantásticos. Los del monumento de Xochicalco, ó Casa de las 
Flores, y otro descubierto en Mizquic pueden rivalizar muy bien con los que ve- 
mos en las gárgolas de nuestras catedrales de la Edad Media y en las obras del 
Renacimiento. '^ 

Del estado de la pintura no es posible formar juicio. Comprenderá fácilmente 
el lector que no cabe formarlo por las hojas escritas en jeroglíficos que se guar- 
dan como oro en paño en los museos de Europa y América. En esta clase de 
pinturas, sobretodo si como sucedía con algunas, se las ha de repetir á lo infinito 
se atiende más á la traducción de las ideas que á la copia fiel de los objetos que 
simbolizan. El arte no entra casi por nada en esas composiciones. Se in- 
dica las figuras;, no se las acaba. Se les aplica los colores según el simbolismo 
adoptado, no según la naturaleza. Color, forma, actitudes, todo es generalmen- 
te convencional. Asi inútil de todo punto buscar en libi-os tales ni sombras, 
ni medias tintas, ni corrección de dibujo. Hay en algunos, en la tercei'a parte 
de la colección de Mendoza por ejemplo, figuras bien delineadas y no mal pues- 
tas; pero son rarísimas. ¡Lástima que no quede otro género de pinturas! ¡Lás- 
tima que no queden siquiera esos papeles en que á la llegada de Hernán Cortés 
reprodujeron los mejicanos á los españoles junto con las naves surtas en el puer- 
to de San Juan de Ulua! Bernal Diaz del Castillo escribe que había grandes 
pintores en Méjico. ^ 

Lo raro á primera vista es que ni la industria ni las bellas artes gozaran en 
el Imperio de la protección ni de las preeminencias del comercio. Los mercade- 
res constituían un ramo de la aristocracia. Tenían preseas que los distinguían 



' KiNSBOEOUGH, vol. IV, plancha última de los viajes de Dupaix. 
* Dupaix, parte I, números 4, 23, 29, 31, 35; parte II, números 5, 11, 15, 24, 30. 
' Beenal Díaz del Ca.stillo, Verdadera Historia de los sucesos do la conquista de la Nueva Es- 
paña, cap. XXXVIII. 



DE AMEr.ICA 145 



do los demás ciudadanos. No podían como los nobles de sangre usarlas en to- 
das las fiestas, pero sí en his principales. Regíanse por cónsules y tribunales 
propios: ni aun por razón de delito perdían su fuero. Formaban uno de los con- 
sejos de la Corona. Mensajeros eran del Rey á donde quiera que fuesen: porta- 
dores eran de los regalos que á oti'o rey enviara. Si con motivo de sus expedi- 
ciones se encendía por acaso una guerra, pasaban á ser capitanes del ejército 
y hasta elegían al general en jefe. 

Hacíase entonces el principal comercio con naciones extranjeras que casi 
nunca lo miraban con buenos ojos. Estaba lleno de peligros, y los que lo ejer- 
cían no i)ocas veces habían de recurrir á las armas. Aunque parecían en todas 
partes con un sim]»le báculo, llevaban siempre de reserva la espada y el escu- 
do. Se la ceñían y lo embrazaban luego que advertían hostilidad en el país que 
atravesaban; y si se los acometía no vacilaban en atrincherarse y hacerse fuer- 
tes. Podían dar cara al enemigo porque iban siempre muchos. Encargábanse 
de vender los expedicionarios no solo sus mercancías sino también las ajenas ; 
y, como no dispusiesen de bestias de carga, necesitaban de gran número de 
peones. La caravana era de ordinario bastante numerosa para resistir un cerco 
ínterin se avisaba al Rey y se recibía socorro. 

A veces los mercaderes hacían por sí solos la guerra. Reinando en Méjico Ali- 
uitzotl, estuvieron cuatro años cautivos en Quauhtenanco. Viéronse allí sitia- 
dos por todos los pueblos de Ayotlan, que vivían hacia las orillas del Pacífico. 
Aunque abandonados á sus propias fuerzas , no solo hicieron levantar el sitio, 
sino que también prendieron á los más de los caciques y redujeron la Provin- 
cia. Plecho que fué causa de que se los considerara y ennobleciera. De vuelta á 
Méjico, se los recibió en procesión por los caballeros y los sacerdotes, y se los 
llevó á presencia del Rey, que, después de hacerlos descansar y encarecerlos 
sei'vicios que acababan de prestar al Estado, les dio por divisas las que habían 
quitado al enemigo y les regaló sendas fanegas de maíz y muchas y muy ricas 
mantas y maxtles. Tuvóselos desde entonces por capitanes, como dice Sahagun, 
disimulados, que contaban entre sus tareas las de preparar las conquistas del 
Imperio. 

Merecieron, además, los mercaderes el general respeto por su lealtad en los 
contratos. Solían al emprender como al concluir una expedición celebrar un 
banquete al que convidaban á sus colegas y sus deudos. Al final del banquete 
de regreso no faltaba jamás quien severamente los interrogase sobre si había si- 
do ó no bien ganada la comida y bebida que acababan de darle. En los merca- 
dos nacionales no eran ni dueños de fijar precio á las cosas ; lo fijaban los cón- 
sules. Los cónsules dirimían también los altercados y las contiendas entre los 
compradores y los vendedores. 

Se extendía el comercio interior á todos los productos útiles para la vida; el 
exterior casi exclusivamente á los objetos de lujo. Estaba en un principio limi- 



1 Id HISTOHIA GENERAL 



tado el exterior alas brillantes plumas de los pájaros. Fué después abarcando 
las mantas y los niaxtles de algodón y las i)iedras preciosas. Abrazó alg-o mas 
tarde las pieles de fiera y los artículos de oro : los barbotes , las cuentas , las 
sortijas, los pendientes; y cuando se empezaron á fabricar las mantas de hilos 
de diversos colores, los maxtles con orlas y las enaguas y los vipiles bordados, 
llegó por decirlo así á su apogeo. Vendía todos estos géneros á las naciones del 
Sud Y del Sudoeste, que le daban en cambio plumas de otras aves, productos 
del mar, aromas y sobre todo ámbar, substancias entonces de mucha estima en 
Méjico, donde la empleaban nobles y reyes para sus bezotes. Dedicábase tam- 
bién á la venta de esclavos. ^ 

Cultivábanse en el Imperio hasta las ciencias y la literatura. Si se carecía 
de alfabeto, se lo suplía por los jeroglíficos. De tres clases los había en la épo- 
ca déla conquista: unos meramente gráficos, que daban idea de las cosas y los 
hechos i)or las imágenes que los representan; otros simbólicos, que expresaban 
por signos convencionales todo lo abstracto; otros fonéticos ó casi fonéticos, que 
descomponían las voces y empleaban diversas figuras para cada uno de los ele- 
mentos que las constituían y cuando nó para cada una de las sílabas. Se usaba 
de los gráficos para consignar, por ejemplo , las costumbres de los pueblos y las 
ceremonias del culto, los actos que la ley ó la moi-al prohibían, las penas en 
que incurrían los delincuentes, los efectos en que habían de pagar las ciudades 
los tributos, la forma y los linderos de los campos, los acontecimientos de la 
historia. Se usaba de los simbólicos para significar el tiempo y sus divisiones , 
escribir cantidades, dar idea de la palabra, y á veces hasta para expresar 
que un homlire andaba ó la tierra se estremecía. Los fonéticos ó casi foné- 
ticos apenas se los usaba mas que para los nombres propios de personas , pue- 
blos y dioses. 

Estos últimos jeroglíficos eran sin duda los que más se acercaban á los signos 
del alfabeto. Distaban, sin embargo, de representarlos sonidos con la distin- 
ción y la fijeza de nuestros caracteres. Itzcohuatl ó Itzcoatl fué , como ha visto 
el lector, el nombre de uno de los reyes de Méjico. En el códice Vergara está 
descompuesto en Itz-co-ail y representado por una lanza , una olla y el emble- 
ma del agua. Agua, olla y punta de lanza ó de flecha significan respectivamen- 
te atl, cn-initl é itz-tli. Pero no en tudos los códices se escribe de igual modo el 
mismo nombre; en los más se lo descompone en Itz-coail y se lo traduce por una, 
serpiente, cGcdl, orlada de puntas de flecha. En el mismo códice Vergara suce- 
de algo más grave y anómalo con el nombre Tecuhtlacoz. Se lo descompone en 
Tecuh-tla-co-z y se lo figura por el busto de un noble, trcith-tU, unos dientes, 
lla-utli, y una olla, co-nüt!, atravesada por un punzón, zo, que quiere decir 
pinchar, sangrarse. Toma aquí el jeroglífico dos sílabas de la palabra íecuhtli, 



Sahaoun, Historia Universal do las cosas de Nueva España, libro III. 



I3É AMÉKICA 14" 



una incompleta de ihivHi , una sDla letra de ;o, que no es nombre sino verbo y 
verbo, no en participio, sino en presente de indicativo. Las irregularidades 
abundan. Ya se emplean imra silabas de una misnia palabra dobles jeroglíficos, 
como acontece con Teocaltitlan , donde teocal viene figurado por un templo, leo- 
c(il-li, j /e-o repetido por unos labios, te-ulli y un camino, o-íli; ya se divide 
una silaba en dos, como se observa en Tepalecoc de que se hizo Te-pal-c-ro-oc 
para ajustarlo á la escritura. Aquí siquiera está la división legitimada p(jr ca- 
recer la lengua náhuatl de voces que tengan el sonido coc por radical ni j)or 
primera silaba. En Mocuauhzoma se ve también dividida en cii-nah la sílaba 
ciianli, siendo cuait/i primera sílaba de caauli-tH águila y formando una cabeza 
de águila parte del jeroglífico. 

A la entrada de los españoles en el Anahuac todavía estaban á no dudarlo en 
mantillas esos jeroglíficos fonéticos. Aubin nos ha dado como ciertos y constan- 
tes los de unas cien sílabas. Para una escritura silábica ¿qué valen cien signos? 
Cabrá desculuir más, pero ¿cómo tenerlos por fijos siendo tan escasos los códices 
donde confrontarlos? Códices puramente fonéticos no los hay, además, que yo 
sepa en ninguna parte. Aun los nombres de las ciudades vienen no pocas veces 
expresados por las divisas ó sea por las armas que cada una tenía. Van siempre 
ó casi siempre mezclados con los figurativos y los simbólicos los jeroglíficos 
fonéticos. Lo van hasta en los códices de la América Central, donde se presume 
y aun se sabe que hay caracteres como los de nuestros abecedarios. La pintura 
acompaña la leyenda. Véase si no el Códice Troano, escrito en lengua maya, 
y el de Dresde, que no puedo considerar en manera alguna obra del Imperio. 
Difiere este precioso códice de todos los mejicanos en el dibujo, delicado, fácil y 
lleno de gracia; en el colorido, casi nunca brillante; y en los jeroglíficos foné- 
ticos, cuya regularidad y frecuente repetición me los hace tomar por letras. 
Contra la opinión de Prescott lo tengo por análogo á los bajos relieves de 
Palenque, sobre todo cuando me fijo en las cabezas de sus figuras humanas, 
casi todas curvilíneas de la nariz al colodrillo; y en él veo también uni- 
das, si no en todas, en la mayor parte de las hojas la escritura fonética y la 
gráfica. 

Los jeroglíficos más usados en Méjico eran los figurativos. Figurativos eran 
hasta los destinados á representar cosas abstractas, cuando éstas llevaban nom- 
bres de seres reales. Por figuras y sólo por figui-as se traducían, verbigracia, los 
siguientes nombres délos días: cali i , casa; cuetzpalin, lagarto; colmatl, ser- 
piente; mazatl, corzo; Itzcmatli, perro; ozomulli, mono; ccdotl , tigre; cjuauhtli. 
águila; ocochitl, flor y cozcaquauldli, rey de los buitres. En cambio se traducían 
poi- verdaderos emblemas ó símbolos hasta nombres de seres corpóreos tales co- 
mo el agua, el viento, la lluvia, el movimiento del sol y la muerte, nombres 
también de días. Por símbolos so expresaban asimismo la ciudad y el camino. 
La relación entre el objeto y su símbolo es casi siempre difícil verla. La serpien- 



148 HlSToraA GENEllAt 



te ora símbolo del tiempo. Un estandarte, una pluma y una l)olsa lo oran de los 
niimeros veinte, cuatrocientos y ocho mil. 

Aun combinadas las tres clases de jeroglíficos, resultaba imperfecta la escri- 
tura; pero más para nosotros que para los mejicanos. Los mejicanos cultos, al 
decir de los primitivos historiadores de Indias, leían sin esfuerzo bástalos có- 
dices hoy inteligibles. Ejercitábanse de niños á descifrarlos, y los leían con au- 
xilio de la tradicional oral, que tenían recogida en multitud de discursos y can- 
tos. No les era entonces difícil consultarlos. Abundaban principalmente en 
Tezcuco, este género de libros. Como que ei^an muchos los pintores consagrados 
á componerlos y tení¿in muy dividido el trabajo. Dedicábanse unos á la crono- 
logía y la historia, otros á las genealogías, otros á las leyes y á las ceremo- 
nias del culto, otros á los calendarios, otros á los libros de ciencias, otros á los 
linderos de las provincias, las ciudades y los pueblos y también á los de las 
fincas, otros á la distribución y la recaudación délos tributos, otros á las cues- 
tiones ante los tribunales de justicia. Aprendía cada cual su especialidad y á 
ello limitaba sus fuerzas y su ingenio. Hacíalos el liábito diestros y rápidos. ' 

Extendíanse ordinariamente esas escrituras pintadas en una larga hoja do 
papel de maguey que algunas veces arrollaban y las más doblaban y ponían 
entre dos guías de madera, como hacemos con los paisajes de nuestros abani- 
cos. Extendíaselas también en tela de algodón y en bien adobadas pieles. Prefe- 
ríase el papel de maguey ó de áloes, algo parecido al papyrus de Egipto, por 
lo suave, consistente y bello. Se conservan todavía en el mejor estado códices 
escritos en ese papel hace cuatro y mas siglos. Lo más de notar es que ni siquiera 
han perdido la frescui^a y la brillantez de sus colores. ¡Lástima que desapa- 
reciesen tantos en los tiempos de la conquista por el mal entendido celo de nues- 
tros prelados! El primer arzobispo de Méjico, D. Juan de Zumárraga, creyén- 
dolos obras de magia y fomento de idolatría , recogió cuantos pudo saqueando 
hasta los archivos de Tezcuco , y los quemó en la plaza pública. Imitóse el ejem- 
plo en Yucatán y Guatemala y las hogueras continuaron por lo menos hasta la 
bahía de Honduras. Aun hombres que conocían y estimaban los progresos inte- 
lectuales de los yucatecas, como Diego de Landa, se prestaron á esos autos de fe 
que con tanta justicia han mei'ecido la execración de la historia. «Ilallámosles 
(á los yucatecas), dice con una frialdad que indigna, gran número de libros 
destas sus letras, y porque no tenían cosa en que no uviesse superstición y fal- 
sedades del demonio, se los quemamos todos, lo qual á maravilla sentían y les 
daba pena.» ¿Por qué antes de condenarlos al fuego no se habían de tomar el 
trabajo de estudiarlos y entenderlos? ¿Por qué destruir ni aun los libros del 



' AUBIN. Móiiwirc sur l(L Pcinturc Didiu-tíque ct VcrrUiii'c Jiguralice des Atiriens Mexicatns.— 
Peescott. Historia do la Conquista de Méjico, introducción, cap. IV — Beasseite de Boxjebouro. 
Manuscrit Troano. — Kinsboiíough, vol. III. 



DE AMERICA • U9 



culto cuando se conseguía el fin que se buscaba con solo retirai-los de la circu- 
lación y ponerlos fuera del alcance de los indígenas? Principalmente por esos 
actos de barbarie está envuelta en tinieblas la época de que al presente escribo. 
Perdióse, si uo en todo, en gran ¡¡arte la manera de descifrar esos jeroglíficos, 
y hoy todo son vacilaciones y dudas que tal vez no alcance á disipar el más 
atento estudio ni el más constante trabajo. ^ 

Por medio de esa escritura y de los cantos y discursos que dejo indicados, se 
transmitían de generación en generación los conocimientos. Transraitíaselos en 
bien organizadas escuelas donde se vivía en comunidad desde la infancia hasta 
la edad de contraer matrimonio. En las superiores, establecidas en el recinto 
de los templos y regidas por sacerdotes, se instruía y educaba á los nobles y á 
los ricos; en lasi demás, colegios verdaderamente militares, se instruía y edu- 
caba al pueblo. En todas se empleaba gran rigor con los alumnos y se los tenía 
sometidos á la mas severa disciplina. En todas se les hacía adquirir hábitos de 
trabajo. Allí se los ponía al servicio de los dioses; aquí se los obligaba á culti- 
var la tierra asignada para gastos del Establecimiento. No se les consentían 
largos ocios. Cuando no en la enseñanza ni en las faenas del templo ó del cam- 
po, se los ocupaba en ejercicios ya de religión, ya de guerra. Adiestrábase en 
las armas principalmente á los de las escuelas inferioi'es. Para irlos acostum- 
brando á las privaciones de las campañas se les daba á comer pan duro y se 
les hacía dormir ligeramente vestidos en salones abiertos á manera de pórticos. 
No se dispensaba de esta vida en común ni aun á los hijos de los labradores; 



' Son escasísimos los códices mejicanos que sobrevivieron á tan bárbaros incendios. Lord Kinsbo- 
rougli el año 1831 lia tenido el buen gusto de reproducir en tres magníficos volúmenes todos los que á 
la sazón se conocían en Europa. Contiene su interesantísima colección: en el voh'imen I la de Mendoza, 
ipie se conserva en la bibliote.ca bodleyana de Oxford; el Códice Telleriano-Eemensis, que está en la 
biblioteca nacional de Farís; otro de la colección de Boturini y otros tres de la de Tomás Bodley, hoy 
también en la biblioteca bodleyana de Oxford; en el volumen II el códice del Vaticano, el que regaló á 
la Universidad de Oxford el arzobispo Land, el que se conserva en la biblioteca del Instituto de Bolonia, 
el que está en la biblioteca imperial de Viena, los que depositó en la biblioteca real de Berlín el barón 
de Humboldt, y un bajo relieve que forma parte del gabinete real de Antigüedades de la misma ciudad 
de Berlin; en el volumen III el códice del museo Borgia que está en el colegio De Propaganda Fide de 
Roma, el de la biblioteca real de Dresde, el cjue posee M. de Fejervary en Pesth (Hungría), y otro de la 
biblioteca del Vaticano. 

Contiene esta obra, verdaderamente monumental, otros seis tomos, pero no ya de códices pintados. El 
IV lo constituyen las láminas de los viajes de Dupaix y algunas otras tomadas de esculturas que se con- 
servan, ya en el Museo Biitánico, ya en casas de particulares. Los demás son ó la relación de estos 
mismos viajes y la explicación de algunos de los códices ó la reproducción de obras españolas, tales co- 
mo las de Saliagun y Fernando de Alba Ixtlilxocbitl. Merecerá eternamente Lord Kinsborougli por este 
bello libro, el reconocimiento de cuantos amen las letras, especialmente la Historia. No encontrará pro- 
bablemente en nuestra degradada nobleza quien ni remotamente le imite. Si se ti'atasc de caballos ó de 
toros.... 

En el Museo Arqueológico de iladrid se conserva otro códice aun no publicado. De él y algunos otros 
se hablará cu el Apéndice de esta Primera Parte. 

TOMO i 48 



^.Q HISTüEIA OENEEAL 



lo más que soles permiLia era que en ciertas épocas fuesen á trabajar con sus 
padres. Kn cambio debían llevar al colegio cierta cantidad de productos. 

Sólo en las escuelas superiores se iniciaba á los discípulos en los secretos do 
la teología y en el arte de gobernar á los pueblos. Se les enseñaba la cronología 
y la astrología, la interpretación de los sagrados mitos, los himnos de los dio- 
ses, las leyes y la organización del Estado, la estrategia y la táctica. Pero no 
á todos, según yo entiendo, se daban las mismas lecciones. Estaban distribui- 
dos en dos casas, la de Calmecac y la de Telpuchcalli; y, por lo que de Sahagun 
se infiere, sólo en la de Calmecac, destinada á formar los ministros del culto, 
se revelaban los misterios de la religión y la política. Se instruía á los de am- 
bas casas en la poesía, la elocuencia y la historia. Esta y otras asignaturas 
eran comunes á las escuelas inferiores. 

Podían también las hembras recibir su educación en los templos. Había en 
todos sacerdotisas y matronas, que tenían á su cargo dársela. No solían, sin 
embargo, asistir á tales colegios sino las jóvenes que de muy niñas venían con- 
sagradas por sus padres al servicio de los dioses. Las más se educaban é ins- 
truían bajo la inspección de las madres. No porque tuviesen ayas ó institutri- 
ces, dcyaban aquéllas de vigilarlas. Las enseñaban al par de las sacerdotisas á 
hilar, á tejer, abordar, á no permanecer ociosas. Las obligaban á levantarse 
temprano y acostarse ya muy entrada la noche. Las acostumbraban á ser pu- 
dorosas hasta el punto de que no se atrevieran delante de varones' á levantar 
los ojos. Si las instruían también en las letras y las artes, no lo dice la his- 
toria; lo que se sabe es que algunas mujeres profesaban la medie' na. i 

Merced á esta general educación había en el Imperio cierta clase de cultura 
nada común en más avanzados pueblos. Eran allí muchos los hombres que por 
los cantos aprendidos en las escuelas conocían las leyendas y los mitos de los 
antiguos tiempos, las hazañas de sus héroes y las trovas y elegías de sus poe- 
tas; muchos también los que podían recitar las más acabadas arengas dirigidas 
á los reyes por los pueblos ó á los pueblos por los reyes. De las poesías de aque- 
llos siglos no se conservan ya sino las de Netzahualcóyotl , de que hablé en otro 
capítulo ; pero de los discursos tenemos aún muchos recogidos por nuestros pri- 
mitivos historiadores. Sahagun en su Historia universal de las cosas de Nueva 
España transcribe hasta los que solían pronunciar los mejicanos en los actos 
solemnes de la vida. En los unos como en los otros, se observa galanura en la 
frase y una delicadeza de sentimientos é ideas que los hace tan bellos como 
elocuentes. Hay en algunos cierta unción especial y en los más una cortesía y 



< Sahagun. Hisloria Uiüoersal da las cosas de Nuccu España; Apéndice del segundo libro, pár- 
rafo últiiiK.; Apóudioc del libro III, cap. IV, V, Vil, y VIH; libro VIII, cap. XX; lib. X, cap, XXVII. 
— ZimiTA. Informe sobro los jefes de la Ntioca España; Respuesta á la cuestión IV del pAr. IX., par. 
Época cu (luc se admitía A los niños al servicio de los templos y los párrafos siguieutes.-ToRQUEMADA. 
Monurquia Indiana, lib. IX, capítulos XIII y XIV. 



EU AMÉEICA ITil 



un respeto que parecen constituir el fondo del carácter asi de los aculluias como 
de los aztecas. 

Ese respeto y esa cortesía se revelan hasta en el idioma que aquellas nacio- 
nes hablaban. Tiene la lengua náhuatl formas reverenciales no sólo para los 
nombres sino también para los verbos. De Tizcoati hace Itzcoatzin ; de Netz::- 
hunlcoyotl, NETZxnvAhC0Y0T7Ayi; de Nctzahualpüli, NETZAnuAi.piLTzixTLi; de fcfn, 
padre, tetatzin ; de cihuatl , mujer, cihuatzintli ; de tiáratj , persona, ti.acat- 
ziNTLi ó TLACATÓNTLi. No usa tamiDoco dcl verbo común (lazotla para decir que 
se ama á Dios ó á un padre ó á una madre ó á otra persona cualquiera con 
quien se debe ser humilde; usa del verbo tlazotilia ótlazotilitzinoa. Hace más: 
hace reflexivo el verbo, aun no siéndolo. Para expresar «amo á Dios» no dice 
simplemente n?'c^/a3-ofo7«rt in Tcotl sino nicnotlazotilia. Cambia para convertirlos 
en reverenciales la terminación de todos los verbos á excepción de los pasivos; 
y no es raro que en una misma frase presente bajo la forma r-everencial nombres 
y verbos. Traduce la proposición «Nuestro Dios ve todos nuestros pecados » por 
Tn Toteótzin quimottilia in mochi totldtlacoJ , donde Téotl , Dios, se transforma en 
Téotzin eiffa , ver, en ittilia. 

No es notable la lengua náhuatl por este sólo hecho. Reúne todas las circuns- 
tancias que en sentir de los modernos lingüistas caracterizan los idiomas de 
América. En ella los pronombres no sólo so incorporan al verbo sino también 
al nombre. Se dice ninemi, yo vivo; tinemi, tú vives; in ichcatl nemi , la oveja 
vive ; tinemi, nosotros vivimos ; annemí, vosotros vivís; in ichcame nemi, las 
ovejas viven ; y también woj32fóoM7í, mi cerdo; mopifzouh , tu cerdo; i¡)itzou]i, 
su cerdo; topitzouh , nuestro cerdo; amopitzouh, vuestro cerdo; iepitzouh, cerdo 
que pertenece á otro. Cerdo es en náhuatl pitzotl : cambia el Ü en m7í precisa- 
mente por la incorporación del posesivo. Con los verbos se incorporan hasta los 
pronombres de reflexión como se observa por el siguiente ejemplo: Ninocldpá- 
hua, yo me limpio; tvmocldpálma , tú te limpias; in icheatl mocliipülum, la oveja 
se limpia; titochipálmd , nosotros nos limpiamos; anmocldpálmd, vosotros os 
limpiáis ; m íc/ícame íuoc/iíjXíVmffl , las ovejas se limpian. Se incorporan los pro- 
nombres pacientes al verbo aun no siendo éste reflexivo. Quahmtin significa 
enojar: tinechqualantia , tú me enojas. 

Son también frecuentísimas en la lengua náhuatl las composiciones de pala- 
bras por las que algunos lingüistas pretenden que los idiomas americanos for- 
men un cuarto grupo. Las hay de substantivo con substantivo , de substantivo 
con adjetivo, de nombre con adverbio, de nombre y adverbio con verbo, de 
verbo con verbo. De oi'dinario las palabras componentes, á excepción déla 
última, pierden sus letras finales. De Teoll, Dios, y de cajíi, casa, se ha com- 
puesto TEocALLi, casa de Dios ó templo; de tlazolli, amado, querido, y tlamnch- 
tUli , discípulo, TLAzoTLAMACHTiLij, discípulo qucrido ; de ncn , inútilmente, y 
tiatormi , liablador, nentlatdani, charlatán, liombrc que habla en vano: de 



152 aiSTOfilA GÉNEilAt 



ixtlcnnatca, lu'ibilinente, j rliiJiud . liacor, ivrLAMATrAciiiiir.v, obrai' hábilmente; 
de coapatU, ruda, y pofoui , heder, coapapotoni, heder la ruda; de huci , gran- 
de, y mafi, tener por, hukimati, tenor por grande — niclinciinali in ¡llndrall, 
tengo por cosa grande el cielo; — áoqnnJait, -pvetévito de qualani , enojarse, é ifJ'i, 
ver, QUALANCAiTTA , Ver á otro enojado — nicqualancaitta in cilmall , ver á la mu- 
jer enfadada ó con ira; — de clñuh, pretérito de chihua, y ca, estar, chiuhtica, 
estar haciendo. No son menos en númei'o las composiciones de más de dos sim- 
ples. De quahnitl , palo, tlazotU, precioso, y Imi'lniciK tamboril, se ha formado 
QUAUHTLAzoHUEiiUETL , tamboril precioso de palo ; de Tcotl , Dios , tJacolli , pala- 
bra, y inati, saber, teotlatolmatim, conocedor de la palabra de Dios ó docto 
en las Escrituras. No son ninguna de estas composiciones hijas del capricho 
del que habla ó escribe ; forman parte de la lengua. 

Otra particularidad h&j en el idioma náhuatl que no es para que yo la ol- 
vide. Poruña simple modificación del verbo se expresa muchas veces lo que en 
español sólo cabe decir con el auxilio de otro verbo. Llorar es allí chora: hacer 
llorar, ciíoctia. Comer es qim; dar de comer, qualtia. Vivir es yo/i; dar vida, 
YOLiTiA. Hasta dos oraciones vienen á veces en una palabra aunque compuesta. 
Maticchiuh — de mati y r'//////írt — significa: mira que no hagas esto; maticnitec 
— de inat¿ y uifequi — mira que no le hieras. 

Sucede también en ese idioma, como en otros muchos de América, que se 
modifica el verbo según se lo hace intransitivo ó transitivo y según se le dan 
ó no casos indirectos. Llorar, como se ha visto, se traduce en náhuatl por 
choca: se lo ha de traducir por choqcilia si se lo usa como transitivo. Hacer, 
cuando no lleva mas que acusativos ó tiene un sentido absoluto, se traduce, 
según se ha dicho también, por chihua; se lo habrá de traducir por chihuilia si 
indica la persona ó cosa para que se hace. Yo lloro — nichoca; yo lloro á mi 
hijo — xiccHOQUiLiA m nopiltzin. Yo hago — nicchiua; yo hago pan — nicchihua in 
í/axcal/i; yo hago pan para tus hijos — NiQUiN'CPHHunjA in tlaxcaíli in mopilhuan. i 

Sufren modificación, y es más, los numerales cardinales según la naturaleza 
de los objetos que se estén contando, como se verá en el siguiente capítulo. 

No por esto asiente Hovelacque 2 á que las lenguas americanas deban formar 
por sí solas grupo. Estoy con él en que la náhuatl pertenece al de las agluti- 
nantes. Creo, sin embargo, que entre las de este género es de las nicis avanza- 
das y cultas. Es rica, variada, expresiva, bastante flexible para seguir hasta 
los diversos matices de los pensamientos. Es cortés y galana y, si se quiere, 
concisa por esa misma fuerza de incorporación que consigo lleva. Muy limada 
y estudiada había de estar ya en los tiempos de la conquista cuando, sobre 
permitir tanto atildamiento, era ya sumamente eufónica. En la composición 



' A rtr (le l,i Imf/ini lili'jlcañrt. l-Or D. .ÍOSÉ Ar.l'.STIN DE Ar,DAMA, 
" L<x Litii/iiis(i(/iii'. ]Hn- AunL HoVEtACQUE, chap. IV, par. XVII. 



C13 AMÉHICA ir)3 



do sus palaln-as usaba con frecuencia de la sincopo y la elipsis y también do 
lÍL;adui'as. Entre ciertas palabras componentes empleaba ya ol // como en Tca- 
cíil-tl-iltu) , cerca de la casa de Dios ó del templo, ya el cd como en xiclitjxihiKi- 
cn-nemi, vive con pureza. 

Con tan hermosa lengua no os de extrañar que prosperasen on o! Iinin'i'in I;i 
elocuencia y la poesía. 



TOMO I 49 



OAPÍTILO I¡ 



Ciencias.— Aritmética.— Sibtjiua Crouolóífico.— Calendario Civil.— Calontlario Sacei-dotal.- Si uraii realmente los do.s calou- 
darios ol uno del sol y el otro de la luna.- Astronomía.- Preocujiaciones sobre los astros.— Agüeros.— Agoreros. 








o es fácil determinar hasta dónele llegó en el Imperio 
el desarrollo de las ciencias. Que algunas se las hubo 
de cultivar con fruto nos lo dicen los monumentos 
de que habló en el anterior capítulo. En los trabajos 
xJfjo) individuales se puede alcanzar empíricamente una jierfec- 
cion que asombre; no en los que por su naturaleza son co- 
lectivos. En obras á que hayan de concurrir muchos bra- 
zos y muchas artes por lo menos el director ha de abarcar 
las relaciones del conjunto y conocer algunas leyes de la natu- 
raleza. Las ha de conocer indispensablemente el arquitecto aun 
cuando no construya sino en tierra firme ni se aparte de la línea 
recta ; habrá de conocer y aplicar muchas más si ha de edificar 
en el agua ó se propone cerrar los salones de sus palacios ó las 
naves de sus necrópolis con arcos ó bóvedas de sillería. 
No me propongo, sin embargo, entrar en el terreno de las conjeturas. Ha- 
blaré aquí solamente de lo que se sabe que había adelantado el Imperio en el 
camino de las ciencias. Poseía en primer lugar un sistema de numeración bas- 



100 HISTOEIA GENERAL 



tante sencillo, á que se ])odn'adar muy bien la calificación de vigesimal, puesto 
que el veinte era en realidad su base. Al llegar en aquel sistema á este número 
se contaba por veintenas hasta cuatrocientos; de cuatrocientos hasta ocho mil 
por cuatricentenas. Obsérvese ahora que cuatrocientos era el cuadrado de vein- 
te, ocho mil el cubo. De ocho mil en adelante se contaba por octi-millares. 
10,575 equivalía, por ejemplo, á dos octi-millares, una cuatricentena, ocho 
veintenas y quince unidades: perdónenseme los barbarismos. 

El veinte, el cuatrocientos, el ocho mil constituían tres órdenes de unidades 
y llevaban por lo tanto nombres propios. Del veinte abajo solamente los lleva- 
ban el uno, el dos, el tres, el cuatro, el cinco, el diez y el quince. Todos los 
demás números lo llevaban por decirlo asi prestado. Uno era ce; dos, omr; tres, 
;/i\i/: cuíitro, unid: cinco, macuilli; seis, cliicua-ci'; siete, clñc-omc: ocho, chicu- 
t'_;; nueve, cldcn-nauÁ; diez, matUtcllí: once, tnatlncfli-oicc: doce, matlaciliom- 
cuic: trece, matUidHoiii-oj; catorce, matlacllion-naui; quince, caxtulli : diez y 
seis, caxtulli-once; diez y siete , caxtidlioni-ome ; diez y ocho , caxtidliom-ci/ ; diez y 
nueve, caxfuUion-naui; veinte, cenipoualli; cuatrocientos, ccnizuntli; ocho mil 
cenxiqtdpilli. CeinpoualU, centzuntli y cenxiqídpüli adviértase que, aunque pro- 
pios de los números que representan , son ya nombres compuestos. Llevan de- 
lante el ce y significan, no veinte, sino un veinte; no cuatrocientos, sino un 
cuatrocientos; no ocho mil, sino un ocho mil, razón por la cual van cambiando 
de letras iniciales á medida que se van multiplicando por las unidades inferio- 
res. Cuarenta es por ejemplo üin-pounUi; ochocientos, on-tzonlU ; diez y seis mil, 
on-xiquipUli. Donde los números componentes se multiplican va elinferior ante- 
puesto; donde se adicionan, pospuesto. Asi ciento, cinco veces veinte, es ma- 
cidl-poHcdli : catorce, diez y cuatro, es matlactlion-naui. 

Dista sin duda este sistema del que hoy tenemos, pero no del que teníamos 
en nuestra misma Europa antes de la invención de los números arábigos. Las 
ventajas del que hoy usamos están en la sencillez de estas cifras y sobre todo 
en el diverso valor que hemos convenido en darles según la relativa posición 
que ocupan. No cabía esto en un sistema como el mejicano donde en rigor no 
había numeración escrita y sí tan sólo un corto número de signos para expre- 
sar el veinte y sus potencias. El veinte, como se ha dicho, venía representado 
por una bandera, el cuatrocientos por una pluma, el ocho mil poruña bolsa. 
Pintábase á veces solo tres cuartos, la mitad ó un cuarto de bolsa para indicar 
respectivamente seis mil, cuatro mil, dos mil; y tres cuartos, la mitad ó un 
cuarto de pluma para significar trescientos, doscientos, ciento; pero no cons- 
tantemente ni con mucha frecuencia. Los números del uno al veinti; los tradu- 
cían por pequeños círculos. Inútil creo decir que se reproducían los signos de 
veinte, de cuatrocientos y de ocho mil cuando se hablaba de mas de una uni- 
dad de estas tres clases. Se ponían tres banderas para decir sesenta, cuatro 
plumas para mil seiscientos, diez bolsas para ochenta mil. 



DE AMliEICA IfiT 



Si no habi¿i en el liiijicrio iiunieracion escrita, en eanilMo la haldada ei-a no- 
table por más de nn concepto. Se ha hecho observar ya las diversas formas que 
se daba á los nombres de los números sei>un la naturaleza de los objetos que 
se contaban. Los nombres de los números ordinales no variaban menos. I<'d jiri • 
mero era uniccc. i/iiiccciildl ó j/iricccntlauínií/H : el segundo i/jiiromr , i/niro/i/r// 6 
yniconílniíiaiitll , et sic de cíeteris. ¿Se trataba además de contar por su orden 
gentes que estuvieran sentadas? El primero era entonces tlaijarnlUfira: el segun- 
do ilaoncaijotiticii : el tercero flaii¡'(\!¡io!¡f¡ra , etc., etc. l'asaban á ser éstos llniín- 
cnttitienc , tktonc)i¡¡(>i¡iic(i<\ fliii¡í'c(t¡i()t¡i¡i-(ir etc., SÍ se había de contar gentes en pié. 

Esto no era, con todo, lo más raro. Había en aquella numeración formas 
especiales para decir otro, otros dos, otros tres, otros cuatro: de uno en uno, 
de cinco en cinco, de quince en quince; uno por cada diez, por cada catorce, 
por cada veinte, por cada ciento; una vez, dos veces, tres veces, diez veces: 
cada vez, cada once veces, cada cien veces; otra vez, otras dos veces, otras 
diez y seis veces; en una parte, en dos partes, en cuatro partes; en otra parte, 
en otras dos partes, en otras doce partes; en cada una parte, en cada seis par- 
tes; en otro tanto, en otros dos tanto, en otros cinco tanto: una vez uno, dos 
veces dos, ocho veces ocho; ambos á dos, todos tres, todos cuatro, todos once; 
ambas á dos cosas, todas las tres cosas, todas las siete cosas. Orcr ú orrrnMl 
significaba otro; ocnaui ú nciiivihfíil , otros cuatro; íioidi' ú oo)itcll de dos en dos; 
'niamaciiUlió mamacuiUeil . de cinco en (■[neo: i/nni/ní/artUrf ó 'niDníillUu-lrtl-friitetl , 
uno por cada diez: iiiirciuponfiJH-cc ó iiiic'iupoiífiltrfl-n'nMl , uno por veinte; 
ceppa , oppa , ¡/i'J'pn , una, dos, tres veces; ccceppn . noppa , ¡Kilnu'ppn . cada 
vez, cada dos, cada cuatro veces; ocxeppa, ocyexpa, oanacmlpa . otra vez, otras 
tres, otras cinco veces; 6v'6r«». , ocí^flí?, cliicmi''eccan , en una, en dos, en seis 
partes; occeccan, ncmacuUcnn. occhicoccan , en otra parte, en otras cinco, en 
otras siete partes; cceeccan, ooccan, matlallaccan , en cada una parte, en cada 
dos, en cada diez partes; ocnoyocquich , oppayxquich , ycxpayxquich , otro tanto, 
dos tanto, tres tanto; ceppnce, oppaome, yexpaycy, mncuilpaiiutcinlli, una vez 
uno, dos veces dos, tres veces tres, cinco veces cinco: yuiotnextin, y¡iin:>-ftn, yn- 
uauixtin , a.vix\)0% k áo'ü , todos tres, todos cuatro; ynnHaiiiamxfi , ydhinKVii'ixli , 
ambas á dos cosas, todas las tres cosas, etc., etc. ^ 

Esta variedad de formas demuestra el carácter sincrético del sistema, siste- 
ma del cual difícilmente podrá sospechar el lector que haya uno como reflejo 
en la vecina Francia. En Francia de sesenta á ciento se cuenta también por 
veintenas, y el ochenta lleva el nombre de quutre-vingfs , es decir cuatro vein- 
tes, navlipouaUi. También allí se dice, como en el antiguo Anahuac, sesenta 
y trece, sesenta y catorce, ochenta y diez y nueve. ¿No serán esto vestigios 
de un sistema vigesimal abandonado? 



' rrjr-,í/,,;/„/7'(w/í' ;\rOLi.SA, iVll. 118. 
TOMO I 



158 ttlSTOKIA GENEliAÍ. 



Era todavía más notable en el Imperio la manera de dividir el tiempo. Diez 
y seis horas contaba el día, cinco dífis la semana, cuatro semanas el mes, diez 
y ocho meses el año, trece años la indicción, cuatro indicciones la gavilla, dos 
gavillas el ciclo. Así el ciclo tenía ciento y cuatro años, la gavilla cincuenta 
y dos, la indicción trece; y el año trescientos sesenta días, el mes veinte, la 
semana cinco. ¿Habían, pues, los autores de esta división medido mal el curso 
aparente del astro del día? Lo habían medido con tanta precisión como nos- 
otros, y como nosotros habían visto que se verificaba en trescientos sesenta y 
cinco días y seis horas menos minutos. Así á los trescientos sesenta días de su 
qño civil añadían cinco intercalares, que se tenía por aciagos, y á cada gavi- 
lla otros doce y medio, que venían á ser veinte y cinco píira el ciclo. Mayor 
exactitud no cabía; y eraenverdad maravillosa, atendido el aislamiento en que 
aquellas naciones vivían y los ensayos y reformas que en Eui'opa se han debi- 
do hacer para llegar á menos satisfactorios resultados. Por la división que nos 
ocupa no se pierde un día sino en el transcurso de quinientos años. 

Era esta división muy antigua y se la atribuye generalmente á los toltecas: 
¿sería originaria de oti'os pueblos? Algo sobre esto he dicho en el primer capí- 
tulo. Que entre ella y las del Asia existen muchos puntos de contacto no cabe 
ponerlo en duda; identidad la hay en escasos pormenores. Considerada en su 
todo es verdaderamente nueva. Permítaseme que bajea mas detenido aníi- 
lisis por mas que deba repetir ideas ya esparcidas por las anteriores páginas. 

Empezaba con el sol el día civil, y de las diez y seis partes en que se lo divi- 
día cuatro venían determinadas por la stilida, la puesta y los dos pasos del 
mismo sol por el Meridiano. Llevaba el nombre de Iquiza Tonatiuh la primera; 
el de Ncpantla Tonatiuh , la segunda, ó sea, el mediodía; el de ünaqui Tonnfiuh, 
la tercera; el de lohualnepantla la cuarta, ó sea, la media noche. Las interme- 
dias ni tenían denominación especial ni podían ser apreciadas fuera del cua- 
drante solar sino por la posición que ocupasen en el horizonte bien el mismo 
sol, bien una constelación cualquiera. Unas y otras habían de ser desiguales 
aunque en el paralelo de Méjico no varíe en más de dos horas y veinte y un 
minutos la longitud del día. Podía esta sola variación desnivelar cada una de 
las horas de sol en más de catorce minutos. 

Componían cinco días, según se ha dicho, una semana, y cada quinto día se 
celebraba una feria ó mercado en algún pueblo. Distaba, con todo, la semana 
de tener allí la importancia que entre nosotros. Aquí es la división más usual 
y más iitil: sus días llevan constantemente los mismos nombres, y el último 
está siempre consagrado al culto y al descanso. Considerada allí como una sim- 
ple fracción del mes, quizá para el orden de esas mismas ferias, ni siquiera se 
designaba sus dias con nombres propios. No se les daba otros que los que en el 
orden de los del mes les correspondían. Xi ei-an por otra parte los días de la se- 
mana los dedicados á los dioses, 



DE AMEEICA 159 



No estaban dedicados ;'i lo^ dioses sino los meses, que eran inv;ii-ial)leinenie 
de veinte dias. Al decir de Sahagun y otros escritores presidía cada dios un 
mes en que le hacían grandes fiestas y le sacrificaban víctimas; solo cuatro 
debían contentarse con diez dias de reinado. De los veinte días del mes tenía 
cada uno su nombre y su correspondiente signo. Llamábaselos por su orden 
Cipiici/i, EliccaH , Calll, Cuctzpalin, Colmafl , Miquiztli, Mazall , ToclifH . Afi , 
Itzcuivfli, OzomnJIi, Malínalli , Acatl, Ocelotl, Quauhtli , Co:carjuau!i/:li, (Jllin, 
Tccpntl , Quiahuitl y Xóchitl ó sea Dios-Pez, Viento, Casa, Lagarto, Serpiente, 
Muerte, Ciervo, Conejo, Agua, Perro, Mono, Yerba, Caña, Tigre, Águila, Rey 
de los buitres. Movimiento anuo del sol. Pedernal, Lluvia y Flor; nombres 
que podían casi todos ser representados por imágenes. Están repetidas sus figu- 
ras hasta la saciedad en algunos de los códices que aún se conservan, princi- 
palmente en el del museo Borgia. 

Son también conocidos los nombres y los signos de los diez y ocho meses del 
año; no ya fáciles de traducir los unos ni de adivinar los otros. Los signos son 
casi todos emblemáticos ; los nombres están al parecer tomados , ya de las fies- 
tas que en cada mes se celebraban, ya de los fenómenos de la naturaleza. Lla- 
mábase por su orden á los meses Titi/J ó Itzcalli, Xochilhuítl , Xilomannliztli ó 
Atlcalmalco, Tlacaxipehi(alizt¡¡ , Tozoztontli, HueytozozÜi . Toxcatl ó Tcpopoclni'- 
lízfli, EtzrtlquaHztU , Tccuilhuitzintli . naeijtcciiilhuitl , Micatllii(itziiitli ó Tlaxocht- 
innco, IhicijDiiccnJhtiitl 6 Xocotlluu'tzi , Ocpaniztli ó TcnahuitUiztli , Pactli ó Ezozilí 
ó Teotleco, Hunj pactli ó Tepeiluitl , QuechoU , Pampictzaliztli y Atcmoztii. Este es 
por lo menos el orden en que se los coloca después de la importante Memoria de 
Gama sobre el Calendario Azteca que tomo aquí por guia. Anteriormente no to- 
dos los autores empezaban por un mismo mes el año. Empezábanlo Sahagun y 
Torquemada por el de Atlcalmalco ó Xiloniaualiztli, y lo acababan por los de 
Titiíl y Xochilhuitl á que daban el nombre de Itzcalli. Empezábalo Gemelli por 
el de Tlacaxipehualiztli y lo acababa por el de Atlcahualco. Daban margen á es- 
tas vacilaciones y dudas por una parte la indeterminación, la pluralidad y la 
falta de relación con los signos que había en los nombres de los meses^ por 
otra la carencia de toda división en el círculo donde se solía pintar los diez y 
ocho emblemas. Hoy se tiene casi la seguridad de que el primer mes fuera Tititl 
por haber dicho el indio Cristóbal Castillo en una historia que dejó manuscrita 
que se añadían los dias intercalares al mes Atemoztli. ^ 

La correspondencia entre estos meses y los nuestros era según los cálculos de 
Gama la siguiente. En el primer año de la primera indicción de cada gavilla 
ó medio ciclo duraba Tilill del O al 2<S de Enero; Xochilhuitl del 29 de Enero al 
17 de Febrero; Xilotnanaliztli del 18 de Febrero al 9 de Marzo Atcnoztli del 



' Sahaoun, Historia Uniccrt^iíl </r las cosas ríe yucra España, lili. II. — Toeqitemada, Mniiarquia 
Indiana, lib. X, caps. XXXVI, y siguientes. — Gemflli, Giro del Mundo, lámina del ano mejicano. 



lao 



ni.STor.IA GEííEEAL 



15 de Üi(;iciiiljr(> ;il ;> do Enero. Los dias 4, 5, O, 7 y S de este raes eran los 
intercalares, en mejicano nentontciiíi , tan aciagos en opinión de aquellas gentes 
que nadie osaba hacer en ellos cosa alguna y al que en ellos nacía le llamaban 
Xcflíini/I ó yciin'oaf/, hombre ó mujer para nada, y al que se ponía enfermóle 
abandonaban creyéndole incapaz de toda curación y aun de todo alivio. I\i 
juicios se dictaban en aquellos dias nefastos. ' 

Conjetura Sahagun si cada cuatro años estos dias eran seis en vez de cinco y 
había por lo tanto allí como aquí años bisiestos. Lo infiere de una fiesta que, 
según dice, se celebraba cada cuatro años en honor del fuego, fiesta, añade, en 
que se agujereaba las orejas de los niños y las niñas; pero ni lo afirma ni pei-- 
miten creerlo los trece o los doce y medio dias que consta se agregaban á cada 
gavilla de años. 

La indicción, ilitlpilU , era la base de la cronología. En muchos códices ape- 
nas se daba mas que el año de la indicción para determinar la fecha de los 
acontecimientos. Tenia la indicción como se ha visto ya, trece años y era la 
cuarta parte de una gavilla ó xiiüiuiolpilli. En cada xiuItinolpiHi había por con- 
secuencia cuatro (¡cdjjillis ó indicciones. Empezaba cada una de las cuatro por 
un signo — la primera por el de Tochll' , conejo, la segunda por el de Acntl , ca- 
ña, la tercera por el de Ticpntl, pedernal, la cuarta por el de Cnlli, casa — y 
por la combinación de estos signos con los números del uno al trece era facilísi- 
mo señalar cada uno de los cincuenta y dos años del x'ndnnulpHli. Siendo cuatro 
y trece los factores de cincuenta y dos, admitían naturalmente tantas combi- 
naciones como su producto. Eran éstas las siguientes: 



PHIMEBA INDICCIÓN O TLAUPILLI. 



(i Tucliib 

Omc Ac;ttl 

Yoy Tecpatl 

N:iui (,'nlli 

^raouilli TuclUli. . . . 
Cfíii-micc Acutí. . . . 
('lik'omc Tet'pídl.. • . 

CliicucyCiiUJ 

('hicuntini Tm-htii. . . 
Miitlactli Anitl. . . . 
MrttiactUonce TíícimuI. . 
MatJnctliomonic C'jilli. . 
Miitlactliomey Tochlli. 



lO-RJü. 

! Cafin. 
\ Pedernal. 
\ Ca!^n. 
> Conojo. 
! Cufifi, 
' Pctlfiíual. 
• (Jasa, 

I Caña. 

I'ecloriial. 
! Cnsn. 
( CoUüjo. 



SECUNDA INDICCIÓN O TLALPILLI. 



Ci- A'-:ill 

Omt T.ip;itl 

Xis\ Calli 

Naui Toulitli 

Macuilli Aciill. . . . 
ChiouHCf Tucpatl. . . 

Chicóme Cnlli 

Cbicucy Tochtli. . . . 
nhiciin!ini Acatl. . ■ . 
Matlaclli Tücpu-tl. . . 
MnthipLlioncc Calli. , . 
Mntlai'tliomomo Tot-htli. 
Hatlnctliomey Acatl. . 



I r.niii. 

'.' I'i:ilci*U«I. 

3 C.tsn. 

4 Couc'jo. 
r> Cufia. 

ü l'udcrual. 

7 Caaa. 

a Conejo. 

a (!.iria. 
lu Pciiurnal. 
U Caí;.i. 

12 Conejo. 

13 Caña. 



TERCERA INDICCIÓN o TLALPILLI. 



CUARTA INDICCIÓN O TLALPILLI. 



CfiTocpa!! 

Orno Calli 

Yííy Tochtli 

líaui Acatl 

Macnílli Teciiatl. . . . 

Chicuacc Calli 

ChicioiiRí Tuchtli. . . . 

CUiciioy Acatl 

Chicununi Tocimtl. . . 
RlatlacUi CiiUi. . . . 
Míitlactlioucí; Tochtli. . 
^latlact Humóme Acatl. 
Matlactliomcy Tecpatl. 



1 l'.dcTmiK 


(^iCülli 


I Ca.'ía. 


2 (-'lusii. 


Orne Tochtli 


2 Conejo. 


;t í^)ll<?jo. 


Yey Acatl 


3 Caiía. 


■l Carm. 


Xaiii Tecpatl 


4 Pedernal 


i'i Pciloniftl. 


Maonilli Calli 


.i Cu»A. 


6 Casa. 


CUicuace Tnohtli.. . . 


6 Conejo. 


7 Conejo. 


Cliicome Acatl. . . . 


7 Cana. 


8 Cafift. 


CliU-ney TtíCjHitl. . . . 


8 Pedcniri 


íl Pedernal. 


Chicunaui Calli. . . . 


9 Cusa. 


lU Ca'ía. 


Slatlnctli Tochtli. . . 


10 Conejo. 


11 Cüuejo. 


Hatlnctlioncc Aciitl. . 


11 Caíla. 


Vi Caria. 


Mactlatliomomc Tecpatl. . 


12 Pctlernal 


13 PGdm-Dftl. 


Maílactliomey Callí. . 


13 Cusa. 



En la escritura los signos estaban representados por las correspondientes fi- 
guras y los números por los pequeños círculos ó puntos redondos que he in- 
dicado. No se necesita por cierto de gran práctica ni memoria para saber de 
qué años del xiiilimoIpüH se habla en cuanto al abrir un códice se echa los ojos 
sobre las casillas azules donde vienen pintados signos y números. Los códices 
para designar sucesos llevan ordinariamente por orla de sus páginas esas casi- 
llas, que suelen contener no solo las fechas de los acontecimientos sino también 
los años intermedios. 

Con solo conocer, sin embargo, los años del xiuhuioljiUli sobradamente com- 
prenderá el lector que no había de ser posil)le determinar cuando hubiese ocur- 



' S.sHAGUX, Historia Unicersal de las cosas de Nueva España, lib. II, cap. XXXVIII. 







® ® ® 



íSf:,ií.. 



PÁGINA DEL CÓDICE MEJICANO 
DEL MUSEO BOF^GIA. 



%n¿ sw ¿escitrir Junto s k ork ssún pmtsdos por orden los símbolos de los vemte días del mes. Elprimerp Cipactli esiá a h derecha ieniro 
de dos árenlos concéntricos, junto i hfi^urane^n del an^uh inferior. Siguen ¡ueio sobre estañ^u-iEhecallJM.ru^-UpaUn.rohmtl.n ia par- 
le superior, de derecha i izquierda Miquizth, Mazatl, TochtU, M , YlzcumHi, OzomulU: m el lado ugmerdo. MulinaUiJcaH. OceJnfl Onnuhtlv. ,r. h 
paríe infenor, CozcaqnauhiU, Ollinjecpall, quiahmil, y Xóchitl. Los cualn símbolos encerrados en dobles circuios cOBCenlncos. son los " r cu» 

fmpezabaR lis cudlro sejnanas de cinco días. en qae estaba dmiiio times. 



DE AMÉRICA 161 



i'idu iiiiiyuu hecho histórico. Km iiidispcnsabh' llevar la, ciicnta. de los j 'míniKil- 
¡)illls transcurridos y tener un punto de que partir como lo tuvieron los latinos 
ea la fundación de Roma v lo tenemos nosotros en el nacimiento de C-risto. \'ov 
á decir cuál se cree que fuera este punto de jjartida. 

^Ixinliiiiülpilli venía de muy antiguo siendo entre todas las gentes del Ana- 
huac la más importante división del tiempo. Decíase por tradición que al íin de 
uno de estos periodos se había de extinguir el sol y acabar el mundo, y se lle- 
naba de terror el pueblo cada vez que se acercaba la conclusión de una gavilla. 
El último día se apagaba el fuego de los templos y el de todas las casas, y no 
lo volvían á encender los sacerdotes que, llegada la media noche, no se con- 
vencieran por el movimiento de las Pléyades que no se suspendía el curso de 
los cielos. Se ataba entonces, como se solía decir, los años y se renovaba el pac- 
to con los dioses. 

Cuéntase que los aztecas, al llegar en su larga peregrinación á Tlalixco ó 
Acahualtzingo, por piñmera vez después de haber salido de Atzlan ataron con 
solemnidad los años, y tomaron el de tan imponente ceremonia, que correspon- 
día al 1091 de Cristo, como por comienzo de una nueva época. Esto aseguran casi 
todos los historiadores modernos, y esto con alguna variante permite creer entre 
otros códices el que se conserva en el Vaticano. Baja allí la cuenta de los años 
hasta el 1559, término conocido de uno de los.ciithinolpil/is, y, siguiéndola hacia 
atrás, tanto por los signos de los años como por los de las mismas gavillas, se 
llega al de 1194. Fué también aquel año conclusión de j-in/ruiolpilli. y así lo in- 
dica el Códice por la correspondiente figura. Si al pié de la figura no hubiese 
mas de dos puntos redondos, la cuenta saldría desde luego exacta y la nueva 
época habría empezado indudablemente el año 1091. Tero hay por lo menos 
tres puntos, á mis ojos cuatro; y, de no engañarme, hay que retrotraer la 
nueva época al año 99S; de engañarme, hay que suponer que en 1091 se dio por 
concluido el primer xiuhmolpiHi de la nueva cuenta. No consiente la historia 
aquella retrotraccion y sí esta hipótesis, en mi entender confirmada por el Co- 
dex Telleriano-Remensis ; asi que considero necesario trasladar al año 1040 el 
punto de partida. Tal vez en aquel año fuese cuando los aztecas dejaron la tier- 
i-a de Aztlan por la de Méjico. A mediados del siglo XI dije antes que se pusie- 
ron en marcha. 

Como quiera que sea, este punto de partida no sirve más que para la crono- 
logía de cuatro siglos. No lo hay para los anteriores al siglo XI, y de aquí la 
discordancia de fechas que se ha observado, no solo en el período de la domi- 
nación de los toltecas, sino también en el de las invasiones de los chichimecas. 
Disparidad de fechas la hay aun después del siglo XI ; pero aquí nace ya de 
los mismos códices, no siempre de acuerdo sobre el año en que ocurrieron aún 
acontecimientos de importancia. Sobre que estos códices son más escrupulosos 
en la cuenta de las indicciones que en la de las gavillas, y no siempre ponen 



51 



162 IIISTOtUA IJKNKKAL 



];i atadura de los años ni on el ninllaetUomeu cnlli , que es verdaderamente el que 
cierra el .fiKhinoljiilU ni en el ('c TochiV que es el que lo empieza. 

Los aztecas siguieron, con todo, hasta el fin del Imperio dando gran solem- 
nidad á esta atadura de los años. Celebraban, al decir de Gama, tan impo- 
nente ceremonia el último de los cinco dias intercalares, el 26 de Diciembre. 
En estos cinco dias no solo dejaban apagar el fuego de los altares y extinguían 
el de sus casas, sino que también rompían las imágenes de sus dioses lares, 
destrozaban sus muebles y utensilios y rasgaban sus vestiduras. Según Tor- 
quemada por supersticiones apenas creibles cubrían, además, con una máscara 
de hojas de maguey el rostro de las mujeres en cinta y las encerraban en sus 
graneros; cubrían también el de sus hijos y no les dejaban conciliar el sueño. 

A la quinta noche salían en procesión del templo mayor de Méjico los sacer- 
dotes todos, vestidos con los ornamentos de las divinidades á que servían. Lle- 
vaban consigo dos maderas para encender fuego y la víctima sobre que habían 
de usarlas, escogida entre los más nobles prisioneros de guerra. A paso grave 
y tardo se dirigían en la oscuridad á la cumbre del monte Huixaclitecatl segui- 
dos de numerosas gentes. Estaba Huixachtecatl como á dos leguas: llegaban á 
la cima poco antes de media noche. Seguían allí con inquieta mirada el movi- 
miento de las Pléyades, y luego que las veían trasponer el zenit abrían con 
la cuchilla de obsidiana el pecho de la víctima. vSobre la misma herida frota- 
ban una con otra las dos maderas hasta obtener fuego, y, ya que lo conseguían, 
lo comunicaban á una grande hoguera. Allí ardía el ensangrentado cuerpo del 
infeliz prisionero. 

Azoteas de Méjico , plataformas de los templos, colinas y montes del contorno 
estaban llenos de espectadores que aguardaban afanosos ver la primera llama- 
rada. No empezaba á brillar cuando poblaba los aires un inmenso alarido de 
júbilo. Corrían luego todos á encender antorchas en la hoguera y á llevar el 
fuego sagrado quién á los altares, quién á sus casas, quién á lejanos pue- 
blos. Al salir el sol había ya nueva lumbre en toda la ciudad de Méjico y en 
muchas leguas á la redonda. Hacíase la ceremonia á la vez en todas las capita- 
les del Imperio y en todas se renovaba el pacto con los dioses. 

Los trece dias siguientes eran de general regocijo. Seguro ya el pueblo de 
que había mund(j para otros cincuenta y dos años , se entregaba á todo género 
de fiestas y de sacrificios. Vestía de nuevo, amueblaba y alhajaba de nuevo su 
casa, de nuevo la esteraba y blanqueaba y se procuraba nuevos ídolos. Reno- 
vaba también el sacerdocio las imágenes y las piras de los templos. Iban en 
procesión á todos los altares, y en todos se deponían ofrendas cuando no se da- 
ba, en holocausto pájaros y flores. ' 



tí.\aA(:vs, Historin Unicersal de las cosas de Naeca España; Apéndice del lib. 1\'.— ToRQirE- 
MAD.\, Monarquía Indiana, lib. X, cap. XXXIII. 



DE AMÉEICA Ul:3 



No se hacían mayores fiestas al expirar el ciclo de ciento y cuatro años. En 
realidad no era esta división de tiempo ni de grande aplicación ni de muclia 
importancia. No tenía, que yo sepa, signo propio; no servia ni siquiera para 
indicar la duración de las cuatro edades que allí concedían al mundo las creen- 
cias religiosas. Figuran esas cuatro edades en el códice del Vaticano, y los mi- 
les de años que cada uno se supone que tuvo vienen representados por unas 
como rodelas de plumas y pequeños círculos. Los circuios son unidades, las 
rodelas grupos de cuatro siglos. Así se sabe que se daban 4008 años á la edad 
primera, que acabó por el diluvio; 4010 á la segunda, que acabó por violen- 
tísimos huracanes: 4801 á la tercera, que acabó por el fuego; 5042 á la cuarta, 
que acabó por el hambre y llevó consigo la destrucción de Tula. 

El códice del "N'aticano ñja hasta el día en que ocurrió cada una de las cua- 
tro catástrofes; y sin embargo hasta sobi^e si se creía que las hubo reina entre 
los antiguos escritores la mayor discordia. Francisco López de (lomara habla, 
por ejemplo, de las cuatro, y atribuye á los mejicanos el aserto de que había 
acontecido la última el año 669 de Cristo. Entonces, dice, pretendían que había 
muerto el cuarto sol y permanecido el mundo por veinte y cinco años en las 
tinieblas. Fernando de Alba Ixtlilxochitl asegura por lo contrario que no te- 
nían los mejicanos por pasada la cuarta edad, antes creían que en ella se halla- 
ban desde la desaparición de Quetzalcohuatl y la invasión de los toltecas. Ni 
estaban tampoco de acuerdo los dos autores sobre la causa por que se decía que 
habían concluido ó concluiznan las cuatro edades. Según López de Gomara se 
sostenía que la cuarta edad había fenecido por el aire; según Alba se temía que 
no acabase por el fuego. Ni el uno ni el otro resultan conformes con el códice 
del Vaticano. ' 

En ese códice del Vaticano se advierte ya el uso de otro sistema cronológi- 
co. En las páginas de su primera parte se ven compaginados los veinte signos 
de los días con los números del uno al trece, como los de los años del xiuhmol- 
pilli. Hay, no una, sino dos orlas de casillas; y en ellas se van incesantemente 
sucediendo por orden, al paso que en la una los veinte signos con el número ó 
los puntos redondos que les corresponden, en la otra nueve figuras. Era este el 
calendario por el que los sacerdotes escribían sus anales, hacían sus agüeros y 
arreglaban sus sacrificios y sus fiestas. Dije hasta aquí del que regia la vida 
de los ciudadanos y la del Imperio; diré ahora del que regía el culto. 

Idearon los sacerdotes para hacerse un calendario propio dividir el tiempo 
en períodos constantes y uniformes de trece días. No queriendo dar nombre á 
los veinte y ocho que componían aproximadamente el año, resolvieron combi- 



' Feancisco Lope2 dé Gomaea. Conquiíitaídi' Mi'jico. cap. Cinco solos que son rdades.—lxTutxi^- 
t'HlTr,, Historia de los Chichimecas. Parte I, cap. l.—C.ódirc did Vaticano aptid KlNSBOEorcn, })&- 
ginas ;í, 4. ñ y Cn—E.rpUracinn del Códice apud eiuiidem. tiíiiio V, távola Vil. \'III. IX y X. 



ini 



ItlSTOEIA GESEEAL 



nar los trece números con los v(ñnte signos que para los días del iiics lema 
adoptados la cronología ordinaria. Como l:íx20 sean 260, tenían la seguridad de 
queen los primeros 200 días no habían de llevar ni sicjuiera, dos el mismo signo 
y el mismo número; pero la tenían también (!<■ (jue, agotadas las dos series, no 
podían menos de ir señalados los lor) dias restantes con los mismos números y 
signos que los KC) primeros. Si no se lo decía el cálenlo, se lo enseñaría la ex- 
periencia. Había de resultar de a(|ui una confusión que hiciese imposible el uso 
del calendario. Imaginaron entonces los ingeniosos ministros del altar la com- 
binación de estas dos series con o'ra de nueve signos, que llamaron dueños o 
espíritus de la noche. 13 x 20 X 9 son 2340: solo después de 2340 dias cabía ya 
que dos llevasen el mismo número, .el mismo signo de día y el mismo espíritu 

nocturno. 

Los nueve signos de la noche eran TIcH. fuego ó señor del año; Tr'cpnfl , pe- 
dernal: Xor/,;/l, llor: Ciivtentl, diosa del maíz: Má/iii/:Jh\ muerte: Afl , agua: 
Tlazol ¡ zoll . diosa del amor: Tcpni<>lofl¡ , espíritu que habita en las entrañas de 
los montes, y Quinhuiíl, lluvia. Observará el lector que de los nueve nombres 
cinco eran comunes a otros tantos signos del dia; pero esto, si era inconveniente 
en el lenguaje hablado, no en la escritura. Los nueve signos de la noche eran 
nueve cabezas que se distinguían principalmente por sus coronas, sus capacetes 
y sus penachos. 

Señalábase por este sistema los dias de la manera siguiente : 



. 'Ce ClPACTLI-TLE'l L. 

í;Omei;h.-rnll-'lVci>iitl. 

¡ ¡Yi'.vCnlli-X<.ohilÍ. 

, IXiUii Cui.-I-/.iuiltn-CiiitCfill. 

■ iMiiniilli r,.liiiaU-.Miiiui/ll¡. 

' ( 1,1, .,in. .\lu/.;ill-TlazoUci'tl. 
í r 1,1, III \ -I ...■litli-TppcyoUitÜ. 
i .flijfiniiiiii Atl-Qiiiiiliuitl. 

MftllíK-tti Itzcuiritli-TLKTL. 

MiitlnctliimcL- Ozoiiialli-Ttíoiiatl. 

MulluctlionK.mij JInlinnlU-XHcli¡lt. 

Mutlnctliomey Acutl-Cinteotl, 



("e Ocelotl-Miquiztli. 

Onie Quauhtli-Atl. 

YuV Cnzciiquíiuhtli-Tlníoltootl. 

Xiiui OUiíi-Tepcyolotli, 

Miicuilli Ttcpatl-Quiíiluiitl. 

Chicuaco Quiahuitl-TLETL. 

Ohiconie Xochitl-Tecpatl. 

Chicuey CIPACTLI-Xucllitl. 

rhicuutiui Ehecatl-Ciiitooll. 

Matinclli CiiUi-Miqmzl.li. 
I Miitlactliuiu'f Ciiclxpalin-All. 

Matlactliomonie Cohuatl-Tlii/.iltootl. 
¡ Maflacliiomey Miquiztli-Tlvpcyolotli. 



Ce Jtazntl-Qiiioh»Ítl. 

OmeTochtli-TLKTl-. 

Yty Atl-Tecpnt). 

Nnui Ily-cuiíitli-XocIiill. 

Slaciiilli Ojiomulli-Ciiitcntl. 

Chicunce MaliiiHUi-Miqniztli. 

Chicóme Acnll-Atl. 

Chicu<.y Ocelotl-Tlnzoltpotl. 

Chicummi Quanhíli-TL-pt-yololli. 

MatlactUCu/.c.i(iviaahtH-QuÍahuill. 

MatlactIumCL- Ollin-TLETL. 

MntlacLliomome Twpatl-lVcpall. 

Jlntlaitliomcy-Quialiulil-Xochitl. 



Cq XocUítl-Cintootl. 
Orne riPACTI-l-MiqHÍ?;tli. 
Y-'vlOlK'i.-iiil-All. 
XiilÜ Cfilli-Tljl/nUfOll. 
Mot-nilH Cm-i/.iH.liii-Tep.yolodí- 
Cliuuufi: C<.hu!itl-l¿ninluiill. 
Chicóme Miquizlli-TLTíTL- 
Cliieiiev MuzHll-TwjTatl. 
Chicuiiaui T."-litli-X>ichitl. 
.Matluctli Atl-Cinteotl. 
MatlactUonc-e Itzcuiíitli-Miqnizlli. 
Jlatlnctliomome Oxoninlli-Atl. 
Mailiictliomey MnlinHlH-Tlazoltenll. 



Ce, número 1 , se reproduce cada trece dias; Ciimctli ,ú^no del primerdía del 
mes, cada veinte; Tal, primer signo de la noche, cada nueve. Así continuaba 
la cuenta hasta los trescientos sesenta dias. Los cinco intercalares ó ncmontnnis. 
es decir vacíos, no llevaban compañeros de noche. En el primer dia del año nue- 
vo se interrumpía In-uscamente las trece series y se volvía á empezar por Ce 
apartIi-TU'tl, cuando sin peligro de confusión, según se ha visto, se las habría 
podido seguir por más de seis años. Es verdaderamente extraña esta inconse- 
cuencia *m hombres que tenían por principal objeto al hacerse un calendario, 
ocultar al profano vulgo, al par de sus cómputos, los misterios de la religión 

T de la astrología. 

Principalmente porque los ocultaba y contenía excitó este calendario en el 
primer siglo de la conquista el odio y el furor di- muchísimos cristianos. Saha- 
gun hasta pretendía que debía quemárselo donde ([uici-a (jue se lo encontrase. 
Xo se ha comprendido bien, exclamaba, hasta qué punto es origen de supers- 
ticiones é idolatrías. Negábale hasta el título y carácter de calendario, fundan- 



ANTIGÜEDADES MEXICANAS 




I. Máscara del Sol (tierra cocida dorada). — 2 y 3. ídolos de tierra cocida, color natural 
4. Calendario mexicano (tierra cocida de colores) 



DE AMÉIÍICA lOrj 



dose en que no abríizaba sino doscientos sesenta días. Ignoraba al pai-ccer la 
serie de los nueve signos de la noche, cosa en él por demás extraña. ' 

Sin que sea mi ánimo defenderla obrado los sacerdotes ni excusar la siem- 
pre embarazosa coexistencia de dos sistemas cronológicos, estoy lejos de creer 
que este calendario mereciese tan acerbas iras. El número trece y sus múlti- 
plos facilitaban la concordancia entre los dos calendarios. El año civil no con- 
taba sino un día más sobre la suma de veinte y ocho trecenas. Estando divi- 
dido el xiuhmolpilli en cuatro tlalpillis ó indicciones de trece años, con solo 
añadir á cada indicción una trecena de días quedaban evidentemente concor- 
dados los dos sistemas. Así las cosas , resultaba tener cada tlalpilli trescientas 
sesenta y cinco semanas de trece días, tantas como días tiene el año. Los dos- 
cientos sesenta días del calendario ritual contenían por otra parte cincuenta y 
dos semi-dócadas ó períodos de cinco dias, es decir cincuenta y dos semanas de 
las civiles. 

Han querido algunos ver en los dos calendarios la cuenta del sol y la de la luna. 
Por cuenta del sol se traduce efectivamente la palabra touahualli con que se de- 
signaba el calendario del Imperio, y por cuenta de la luna el nombre inctlapoJma- 
Ui que se daba al calendario de los sacerdotes. Mas no es posil)le adoptar esta 
opinión como se considere que la luna tarda 27 dias 7 horas y 43 minutos en 
describir su órbita al rededor de la tierra, y en el calendario sacerdotal, ni 
aún mirando cada período de trece dias como un semilunio y reuniendo en uno 
dos, se obtienen mas de 26 dias. ¿Es creíble que habían medido mal el curso 
de la luna pueblos que habían sabido medir el del sol con tanta exactitud como 
los astrónomos del califa Almamon, á cuyo año tropical no pudo añadir Zach 
sino dos minutos y nueve segundos? Ya que aquellos sacerdotes se hubiesen 
propuesto dividir en períodos iguales y redondos la revolución de la luna , no 
habrían dtyjido á buen seguro de recoger el residuo al fin de los doscientos se- 
senta ó de los trescientos doce días como se hizo en el otro calendario. Se dirá 
que el calendario civil era antiquísimo y distaba de ser obra del Imjíerio; mas 
¿se conoce acaso el origen del de los sacerdotes ? 

Fuera de la medición del año solar, que revela no escasos conocimientos y 
debió de exigir una larga serie de observaciones, se ignora áqué punto llevasen 
aquellas naciones la Astronomía. Que supieran la causa de los eclipses nos lo 
dice la página 22, parte 4.», del Codex Telleriano-Remensis. Para consignar 
en ella que el año Ome Tochtli ( 1494 de Cristo) hubo eclipse do sol visible en 
Méjico se pinta en un cielo bordado de estrellas la luna tapando el astro del día 
y arrojando detrás de sí una gran penumbra. Es también do creer que tuviesen 
distribuidos en constelaciones los demás astros. Conocían la de las Pléyades ó 
Cabrillas hasta determinar, como se ha visto, cuando la habían de tener sobre 



' Sahagun, Historia Uniccrsal ríe las cosas de \iiccu España. — Apéndice del lib. IV. 

TOMO I 32 



1(56 HISTOEIA GENEEAL 



SU cénit á media noche. No es ya tanto de presumir que distinguiesen las estre- 
llas errantes de las fijas. Cabe muy hien que confundiesen el movimiento real 
de los planetas con el aparente de los cielos á pesar de verificarse el uno respecto 
del otro en contrario sentido. La falta de instrumentos ópticos les había de difi- 
cultar mucho los progresos en esta parte de la ciencia. Y que aquellas gentes 
carecieran de tan im.portantes medios lo deja por lo menos sospechar la circuns- 
tancia de no haber encontrado los españoles el menor indicio de que los hubie- 
ra. Dice Dupaix que á una legua al Oriente de Mecamecan vio grabado en una 
roca un hombre que tenia levantada en las manos una especie de instrumento 
óptico ; pero el di))ujo que él mismo nos dio del liombre y de la roca no permite 
creer que fuese un telescopio lo que la figura sostuviese. Como dice con gracia 
Prescott, lo mismo podría ser aquello un telescopio que un mosquete. 

¿Deberé hablar ahora de las preocupaciones del vulgo en materia de Astro- 
nomía? El vulgo del Imperio era, como el de todas partes, supersticioso y cré- 
dulo. Después de la fiesta del Sol no podía ver asomar en Oriente tres de las 
estrellas que forman parte de la constelación de Toro que no temiese y se pre- 
guntase: ¿será próspera ó adversa la noche? Tres veces les quemaba incienso 
para hacérselas propicias. Cerraba también puertas y ventanas para no recibir 
las primeras luces del planeta Venus, al que daba el nombre de Citlapulli 
Hueycitlalin, la estrella grande. Teníalas por de mal agüero y creía que traían 
consigo las enfermedades. De los cometas decía que pronosticaban guerra ó 
hambre ó la muerte de príncipes ó reyes. 

Los agüeros, sin embargo, los sacaba más de la tierra que del cielo. Sacába- 
los ya del ahullido de las fieras, ya del canto del buho ó la lechuza, ya del 
inesperado encuentro de una comadreja ó de una sabandija, ya de la entrada de 
un conejo, ya de que se formase un hormiguero en la casa, ya de que en la ca- 
llada noche se oyesen golpes como si se estuviese cortando leña. Creía tam- 
Iñen en fantasmas y de ellas sacaba agüeros. Decía que eran ilusiones de 
Tezcatlipoca y unas tomaban la forma de un esqueleto que á saltos se escapaba 
del que lo perseguía, otras la de una mujer enana que desaparecía al querer 
cogérsela, otras la de una estantigua sin cabeza ni pies que andaba rodando 
por el suelo y exhalando gemidos. Aseguraba que los valientes podían luchar 
con las últimas á brazo partido, y, si las vencían, exigirles tantas espinas de 
maguey como prisioneros quisiesen hacer en la guerra. Hablaba de otra fantas- 
ma en forma de coyult ó de lobo que salía al paso á los viajeros para indicarles 
que los esperaban ladrones ó los amenazaban otras desventuras. En ese coyutl 
pretendía ver una metamorfosis del mismo Tezcatlipoca... ' 

Sobre todas estas visiones consultaba el vulgo á sus agoreros, llamados 
tonalpouhquis. Tenían estos agoreros á su cargo sacar el horóscopo á los 



Sahagux, lib. V. cars. del I al XIII: lib. VII ea] :.. III y IV. 



DE AMF.EICA 167 



recien-nacidos. La fe en la posibilidad de anunciar lo poi-venir era univer- 
sal entre aquellas gentes : pocos padres dejaban de llevar sus hijos auno de 
esos astrólogos. De astrólogos en realidad no merecían el nombre los tonalpouh- 
quis, puesto que ni por la influencia de los astros ni por los signos del cielo 
trataron jamás de predecir los destinos de sus semejantes. Por signos se regían, 
pero solo por los del día y la semana en que hubiese nacido el niño que se les 
presentaba. Valíanse al efecto del calendario de los sacerdotes. Buscaban pri- 
mero el signo del día que hubiese presidido la trecena del nacimiento, después 
el del día en que el nacimiento hubiese ocurrido; y de la combinada significa- 
ción délos dos inferían los gustos, las inclinaciones y la buena ó mala suerte 
que había de tener el mortal por quien se los interrogaba. No siempre haln'an 
de cotejar ni examinar los dos signos: los había y no pocos que dominaban to- 
da la trecena. Lo probable es que no dejaran de tomar en cuenta los de la no- 
che, á no dudarlo más misteriosos que los del día. 

¿Se deberá por esto considerar escasa la cultura del Imperio? Conviene recor- 
dar que durante los siglos XV y XVI no privaban menos en Europa que en 
América los agoreros y los astrólogos. Importa poco que los adivinos de aquí 
pretendiesen leer lo futuro en el firmamento y los de allí en meros signos del 
calendario : tan mudos estaban los cielos como los signos y tan injustificados 
eran por consiguiente unos como otros pronósticos. Ni aun ahora, después de 
siglos, están exentos de aquellas ó parecidas preocupaciones los pueblos más 
cultos. Por meros signos, por las cartas de una baraja se determina aun hoy 
el destino de los hombres. De agüeros no se hable: hay millai^es de hombres 
que no emprenderían en martes camino ni cosa de importancia ni seguirían 
sentados en mesa donde acertasen á estar reunidas trece personas. ¡ Son tan in- 
c'.inados á la superstición todos los pueblos ! . . . 



CAPITULO ni 



Mitolog'ia.— Heterogeneidad que presenta— Fetichismo.— Adoración del sol y de la luna.— Adoración del planeta Venus ó la 
estrella de la mañana.- Politeismo.— Citlatonac y Citlalycue. padres de los dioses.— Creación y muerte de muchas divinida- 
des.— Orig-en misterioso de Quetzalcoatl y Huitzilopochtli.— Clasificación de los dioses: error de los mitólog'os modernos.— 
Dioses ag-rícolas y meteorológicos.— Diose.s de las Artes y el Comercio.— Diosas g-enitrices. —Dioses héroes.— Dioses manes.— 
Culto.— Sacrificios humanos.— Fiesta de Tlaxochimaco en. honor de Huitzilopochtli y de Ocpaniztli en honor de la diosa 
Toci.— Fiesta en honor de Tzinteotl y de Chicomecoatl.— Fiestas en honor de los dioses Tlaloques ó de las lluvias.— Fiestas 
en honor de Xiuhtecutli. dios del fueg'o. —Fiesta en honor de Huitzilopochtli.— Fiesta en honor de Mixcoatl.— Fiesta en 
honor de Tetzcatlipoca.— Predominio que iba tomando el culto de este Dios i. la caída del Imperio.— Tendencias del Imperio 
al monuteismo.— Refutación de los modernos mitólogos sobre la significación de Tetzcatlipoca.— Juicio de la religión del 
Imperio.— Barbarie que revelaban no solo los sacrificios humanos sino también la manera de presentar á los dioses. 




sTO me lle^■a como por la mano á referir l)revemente 
las ceremonias del Imperio. Brevemente, digo, por- 
que, como antes indiqué . reservo para el libro segun- 
do hablar con latitud de las teogonias, instituciones, 
usos y costumbres de todos los pueblos de América. Escri- 
biré aquí lo estrictamente necesario para señalar el estado 



¡^^f^Kj de cultura de Tlacopan , Tezcuco y Méjico en los tiempos de 
■ i>^ la conquista, que es lo que constit\iye el objeto y el fin de 

estas difíciles páginas. 

Era indudablemente heterogénea la mitología de aquellas na- 
ciones. Quedaban aún en todas restos de fetichismo, prepondera- 
ba en todas el politeismo, y en todas había tendencias mono- 
teístas. Nacía esto en gran parle de las diversas religiones que 
'i consigo habían llevado al iVnahuac hoy los toltecas, mañana los 
^ chichimecas, al otro día los aztecas. Habían luchado unos con 
otros los distintos cultos; y, no habiendo podido ninguno destruir ;'i sus rivales, 
se habían Tñen que mal hermanado conviniendo en llevar á un solo olinipo sus 
respectivos dioses. 







ARMAS, TRAJES, INSIGNIAS, CALZADO, ETC. , DE LOS MEJICANOS ANTES DE LA CONQUISTA 



1. Estandarte de oro y piedras preciosas adornado de iiUijuas.— 2. Abanico ti (juitasoi que usaba el Eniperador.— 3. Crupo de casco 
■de madera armado de dientes, y de una coraza de algodón, con adornos de varios colores, usados por los jefes inferiores.— 4. Estan- 
darte que se cree perteneció como enseña a alguna república.— 5. Adoruo de cabeza que usaba el Knjperador; maza de madera con 
puntas de pedernal; haclia de madera con filo de pedernal ; espada india de madera pintada.— 6. Otalt ú Otalet; bastón de mando de 
cacique; carcaj lleno de flechas envenenadas pertenecientes al cacique Guarimacoa, y gorro de lona con rodajas de nácar, para caci- 
que.— 7. Adorno de plumas que usaban en la cintura los Príncipes d Emperadores.— 8. Bota de piel curiida, cubierta con plauchitas 
de oro y adornada con piedras y flecos rojos, que usaba el Emperador.— P. Especie de cetro de madera adornado con oro, piedras y plu- 
mas rojas. 



DE AMÉEICA 169 



La ;i(loi':icioii ;'i Ins asiros era pu el Aii;iliuac aii1 i(|iiis¡iri;i. J<]1 sol. l;i luna y las 
estrellas tenían en Te(i1¡lni;ican (1(>S(1<> muclio antes de la inviision de los toltecas 
estatuas gigantes y templos, si rudos, grandiosos, de que aun sul)sis1en iui]»)- 
nentes ruinns. Culto directo al sol rendían, romo se lia visto, los ehichiuiecas. 
Lo saludaban cuando lo veían parecer en Oriente y hundirse en Occidente, y 
le ofrecían las primicias de la caza. Lo reverenciaban también los aztecas aun en 
los días de la conquista. Al despuntar de la aurora resona!)an ya en los aires los 
instrumentos y los himnos sagrados , humeaba el incienso . caía la codorniz en 
holocausto y el sacerdote derramaba sangre de su propio cueriio. Celebrábase 
ademas en honor del sol una flesta especial en el cuarto día de la trecena Ocelofl , 
hacia el fin de Enero. No sólo se le sacrificaban ya codornices, sino también hom- 
bres. Se los sacrifical)an sobre todo en los eclipses donde , sobrecogidas de temor las 
gentes, gritaban los varones, lloraban á todo llorar las hembras, se herían unos 
y otras la boca con las inanos y se cantaba y se t;iñía en todos los templos. Se 
escogía entonces por víctimas á los mancebos de Illanco rostro y cabellos ru- 
bios. ^ 

Este culto era evidentemente fetichista. Si el sol liahía tomado formas huma- 
nas en Teotihnacan. no en los teocallis de los aztecas. Se lo representalja cuando 
más, como se lo representa hoy, por una cara circuida de una l)rillante aureobi. 
De una manera análoga se pintalja á la luna á que también se entonaban him- 
nos y se hacían sacrificios. No se adoraba ni siquiera á los astros bajo noml)res 
distintos de los que en el lenguaje común llevaban. Para Tonati (di, el sol, y 
para Meztli , la luna, se quemaba copal y se vertía sangre. Si al sol se le desig- 
naba á veces con el calificativo de Teotl , Dios , al mismo sol era . no á ninguna 
personificación ni símbolo. 

Hallo aún otro resto de fetichismo en la adoración del planeta Venus como lu- 
cero de la mañana. A causa de vérselo parte del año en Oriente antes de romper 
el alba y parte del año en Occidente á las primeras horas de la noche, se lo tomaba 
en América del mismo modo que en Europa por dos seres que ninguna relación 
unía. Se lamentaba que dejase de parecer en Oriente, y en cuanto reaparecía se 
le inmolaban cautivos. Se los inmolaban, no tampoco ante ninguna estatua sino 
ante una simple columna en que estaba pintada una estrella. Hádasele la fiesta 
en Hilhuicatitlan , uno de tantos edificios como encerraba el templo mayor de 
Méjico. '^ 

Eran mucho más numerosas las manifestaciones del politeísmo. Había llegado 
á ser creencia general que allá en el último de los nueve cielos había desde mu- 



' HvMEOLDT, Sitios de las cordilleras y Monu/nentos de los pueblos indiíjenas de A menea, par- 
te 11, cap, II.— Sahagun, Historia Unicersal do las cosas de Nueoa España, lib. II, cap. XIX; lib. VII, 
cap. I y II.— OiKAED DE EiALLE, La Mit/iol(ii/ie Coi/iparée vol. I cliap. XX. 

^ Sahaoi'ií. Historia L'nÍL-crsitl de las cosas de Nuera España. Apéndice del lib. II, Par." Relación 
de los edificios del gi'an templo de Méjico, núm. 40. 

TOMO I ^3 



!7() insTOHXA GENEEAL 



clio autos de existir el sol y la luna dos seres de distiuto sexo llamados Citlato- 
■jicic y Ciílali/cne. Teníaselos por origen y manantial de toda vida y por ]>adres 
(le los mismos dioses. No se los representaba aún por imágenes, pero se les atri- 
buía ya nuestra forma , tanto que entre otros se les daba los nombres de Omete- 
ci/cli y O/ncci/iunfl , que traducidos literalmente signiflcan : dos señores, dos 
mujeres. 

Acerca del orden como pudieran haber sido engendrados los dioses por tan ce- 
leste pareja no habla nada concreto. Las leyendas reemplazaban el dogma, y so- 
bre ser contradictorias y alisurdas, se referían sólo á la últinia de las cuatro su- 
puestas edades del mundo. Decíase', por ejemplo, que al lin de la tercera edad, 
despoblarla la tierra . habían producido Citlatonac y Citlalycue á Tecpatl , es decir 
la cuchilla de piedra con que se abrió después el pecho de las víctimas. Mal re- 
cibido Tecpatl por sus hermanos, habla sido arrojado del cielo; y al caer en Clii- 
comoztoc , lugar de las siete cavernas, se había roto en mil seiscientos pedazos. 
Los mil seiscientos pedazos habían sido luego otros tantos dioses. 

Pero estos dioses no habían gozado de larga vida. Para disipar la oscuridad 
en que se encontralian se liabían dirigido á Teotihuacan y querido crear de 
nuevo el sol y la luna. Habían allí encendido un gran fuego y prometido que 
los primeros en echarse á las llauías pasarían á ser los dos luminares del 
cielo. Habían conseguido por este medio que brillara otro sol en el horizonte, 
mas sólo para su ruina. C'ondenados á muerte por sus propios padres, no había 
querido el sol ponerse en marcha que no perecieran los nuevos dioses. Hubieron 
de matarse los unos á los otros y ofrecer al sol sus ensangrentados y palpitantes 
corazones. Muertos por los huracanes los dice Sahagun en otro lugar de su his- 
toria. ^ 

I'ero quedaron los antiguos dioses, y nacieron otros más tarde. Qi;e á todos se 
los hiciese descender de Citlatonac y Citlalycue nos lo permite creer el misterioso 
origen qxie se daba á Quetzalcoatl y Huitzilopochtli. A Quetzalcoatl ya se ha vis- 
to que se le decía hijo de una virgen. A Huitzilopochtli se le suponía también 
concebido sin obra de varón , aunque por iina madre de familia. En Coatepec , cer- 
ca de Tula, refiere una leyenda, había una mujer por nombre Coatlycue. de 
quien habían nacido los centzonvitznaoas. Un día en que, como de costumbre, 
liarría por ¡lenitencia el monte recogió un copo de plumas que andaba volando á 
su alrededor, y se lo guardó en el seno. Después de concluida su ruda faena lo 
buscó inútilmente. El copo había desaparecido y ella quedaba en cinta. Al verla 
en tal estado los centzonvitznaoas, considerándola reo de lujuria, resolvieron ma- 
tarla. Cuando iban á realizar su intento salió de improviso Huitzilopochtli del 
vientre de Coatlycue. Nació armado do todas armas como dicen que nació Mi- 
nerva de la frente de Júpiter. Llevaba en la cabeza una corona de plumas, en 



' Sahagun, lib. VII cap. II. 



DE AMEEICA 171 



el brazo izquierdo un escudo, (ni la dieslra uu dardo, eucendida la cara y pin- 
tados de azul muslos y l)razos. Arremetió desde luego contra, los agresores, 
los arrojó de la sierra, los persiguió hasta Huitztlampa, y inn- más (jue im- 
ploraron piedad no se satisfizo hasta verlos casi á todos mordiendo el polvo de la 
tierra. ' 

Procedieran ó no de C'itlatonac y (Jitlalycue, la verdad os que aljundaban en 
el Imperio los dioses. ¿Cahia esplicarlos y clasificarlos? Hubo en la antigua Gre- 
cia un filósofo, Evhemero, que esplicaba la mitología por la historia. Siguiéron- 
le muchos en la edad moderna; pero ya hoy son más oidos los que en los mitos 
de todas las religiones pretenden ver personificadas las fuerzas vivas de la natu- 
raleza. Perdóneseme si no me decido en absoluto por ninguno de los dos crite- 
rios. No puedo creer que sociedades en la infancia y pueblos semibárbaros hayan 
hecho sistemáticamente de su mitología un puro simbolismo. Lo puedo creer 
tanto menos, cuanto que aun bajo el politeísmo se ve directamente adorados en las 
jnismas naciones que examino el sol , la luna y hasta me atrevería á decir que el 
fuego , y se observa por otra parte que , cuando se ha querido personificar en uu 
dios alguna de las fuerzas del mundo , se ha hecho sin recurrir á velos que no 
haya cabido rasgar sin grandes esfuerzos de la ciencia. Paréceme además inne- 
gable que en casi todos los pueblos politeístas se ha ido poco á ¡joco transforman- 
do en mitos á los antiguos héroes y por lo menos en parte poblando el Olimpo 
de seres que realmente fueron. En los pueblos de nuestros mismos días se nota 
una marcada tendencia á transformaciones análogas. 

De la existencia de Quetzalcoatl en el mundo hablan, por ejemplo, todos los 
historiadores. De Huitzilopochtli se dice ser aquel mismo Huitzitou que sacó de 
Aztlan á los aztecas y los condujo hasta las floridas márgenes de la laguna de Patz- 
quaro. Los analistas de Méjico refieren hasta cómo y cuándo se le convirtió en 
el dios de la guerra. De Patzquaro á Tenochtitlan , escriben, lo llevaban en an- 
das los sacerdotes y donde quiera que descansaban le ponían bajo templetes de 
hojas y flores. Desde C'oatepec empezaron á sacrificarle víctimas. Véase lo que 
sobre este punto he dicho en el capítulo sexto. ¿Se rechazará tal vez por insegu- 
ro el testimonio de esos autores? No sé que hayan podido bel)er en otros manan- 
tiales los que hacen de Huitzilipochtli el símbolo de la tormenta. 

Opino hace mucho tiempo que el estudio de la historia bajo sistemas preconce- 
bidos nos lleva más ;i falsear que á depurar los hechos. Es sin duda ingeniosísi- 
ma la manera como los mitólogos de hoy interpretan las antiguas religiones : 
mas en Historia como no sea para suplir la verdad ¿qué falta hace el ingenio? 
Entiendo que en el politeísmo del Imperio como en el de otras muchas gentes 
había dioses de distinto carácter : unos que eran realmente símbolos de la natu- 
raleza . otros que lo eran de las virtudes . los vicios y las pasiones humanas . 



Saiiagu>", lib. III, caí'. I. Toiíríin^írAPA, Mniuirquid IndiaiuiAü). VI. cap. XXI. 



172 aiSTOEIA OENEKAL 



otros (jue df liéroes se liuliiaii elevado á la categoría de divinidades y en el cielo 
representa lian no pocas veces lo (pK^janiás fueron en la tierra. 

Hallo primeramente en la mitología del Imperio un grujió de dioses que me 
permitiré llamar agrícolas y meteorológicos : Toci. ó Tuziutzin, ;i quien llama 
Saliagun el corazón de la tierra: l'ziiitcoll . dios de los maíces, hijo al parecer 
de Toci; Cliirunircoatl , la diosa de los alimentos, una como C'éres; Tezcatzon— 
catl y sus doce hermanos, dioses del vino; Quetzalcoatl . dios de los vientos; 
Tlaloc y Cltiilcliiiihll i/rifc . dioses de las aguas y las tempestades; Napntccutli , 
dios que lioi-da1ia dej'uncos y cañas las riberas de los rios: ()¡ii'clillt . dios que ha- 
bía inventado instrument(.is ¡¡ara pescar y matar peces; Hui.vlocioull . diosa de la 
sal, hermana primogénita de los Tlaloques; TzupKtldlcna ó la madre de Tzaim- 
tla , la diosa que enseñó el uso de la resina del pino; XiuhLcctitli dios del luego. 
Incluyo tamliien en el grupo á la diosa Xtloncn por mas que no haya podido 
averiguar do que fuese maestra ni protectora. Muéveme á tenerla por una délas 
diosas de la agricultura la fiesta que se le hacía todos los años en el mes de Ju- 
lio, fiesta donde se le sacrificaba en el temido de Tzinteotl una mujer que acom- 
pañaban, los varones apoyados en cañas de maíz y las hembras ceñida la cabeza 
de guirnaldas di^ llores. 

Forman en mi opinión otro grupo los dioses de las artes y el comercio: el 
mismo Qifcfzalcoiiíl , en quien adoraban los joyeros y los artífices de plumas; 
MacifUxocliitl y XfjcliU quetzal , á quien invocal)an los pintores y las lavande- 
ras; Tuci y Tutee, en quienes buscaljan la Medicina alivio para sus enfermos; 
lacatccutli ,C]iicoiiq<ntiJii(ill y Xumocail , Nacxitl , Cochimetl , lacapilzaoac y 
Chalmecaciüittl . que los mercaderes tomaban por escudo y guía en todas sus 
empresas. Adoraban los mercaderes á sus propios báculos de viaje que reunían 
en haz á donde quiera que fuesen y honral)an, ya vertiendo de su misma sangre, 
ya quemándole incienso; pero solo porque los miraban como la imagen de laca- 
tecutli. Atendida la imiiortancia que daban estos mismos hombres á los banque- 
tes, no me parece tampoco violento incluir en el grupo á Oinccatl. el dios de 
los convites. 

Pongo en otro grupo á las diosas genitrices: á C ixicoall ó Cihualcoliuall ^ la 
mujer serpiente, la primera que sufrió los dolores de parto; áChimaíman, ma- 
dre de Quetzalcoatl, y á CuaLlijcna , que lo fué de Huitzilopoclilli . diosas de los 
castos amores; á Tlaznlleotl y sus cuatro hermanas, diosas de la lujuria. 

Distingo, por fin, en otro grupo á los dioses-héroes: úlliiitzllnpuclilli, Mi.x- 
coaü. y Tetzcitlli¡ioni^ especie de trinidad bélica á que se sacrificaban milla- 
res de esclavos y prisioneros de guerra. Con ellos pueden muy bien ir acompa- 
ñados Micllcmteciftli y Mictecacihaall , que reinaban en la novena y última 
división del imperio de los muertos. 

Había además los dioses manes que tenía cada familia en su casa y en deter- 
minados días coronaba de ramos. 



1 11-: AMhiiiCA 17;3 



El culto (|U0 ;i: lüchis csliis (liviniíhidcs se 1i'iliu1ali;i coiisisliii i¡;'cii('i';ilinPii1o en 
ayunos, abstinencias, abluciones, cánticos, dan/as, ludias, olVoudas. liolocaus- 
tos, ya de aves, ya d(> liouibres. braseros (|ue ardían periietnauícnte á la ])uei-1a de 
los templos. No se derramaba, sólo en Iionor de los dioses de la g-uerra la, sangre del 
prójimo; hasta en honor de los dioses do la tierra y el cielo se hacían verdaderas 
hecatombes. En una de las ñestas de Huitzilopochtli , la que se celebralia en el 
mes de Micailhuitzintli ó Tlaxochimaco , del 18 de Julio al 26 de Agosto, no se 
inmolaba, por ejemplo, víctima alguna. La antevíspera se derramaban las gen- 
tes por campos y maizales en busca de flores. Llevábanlas de noche al temi)lo y 
al amanecer las entretejían formando cintas con (|ue ador]ial)an el patio. Prepa- 
rabíin por la tarde la comida del sigaiiente día, y el de la fiesta, muy de ma- 
ñana, acudían á los altares del ídolo. Flores, tamales é incienso ofrecían sola- 
mente los sacerdotes al sanguinario Huitzilopochtli . de guirnaldas de flores le 
cubrían , y con flores iban luego ;i honrar y ataviar las estatuas de los demás 
dioses. Comían después todos, sacerdotes y pueblo, y á medio día empezaba en 
el patio un pomposo areito. Guiaban el baile los hombres más eslorzados en la 
guerra , y ellos y los demás iban culebreando y cantando al son de la música 
que otros les tocaban Junto á un altar llamado Munmztli. Marchaban todos. 
puestos un hombre entre dos mujeres y una mujer entre dos hombres. Iban los 
hombres asidos de las mujeres por las manos; solamente los delanteros tenían 
por lo bravos el privilegio de llevarlas cogidas por la cintura. Hasta era tranquilo 
el baile : no agitaban los danzantes como de costumbre cabezas , pies ni manos ; 
ponían toda su atención en guardar la mayor compostura y evitar la menor di- 
sonancia*. Concluido el areito , ya de noche , retirábase cada cual á su casa y re- 
petía la fiesta al rededor de sus dioses lares. 

Véase en cambio la fiesta que se celebraba el mes de Ocpaniztli, del 6 al 25 
de Setiembre , en honor de la diosa Toci , que llamaban nuestra Imena madre . 
alma de la tierra y reina de la Medicina. Del día 1 1 al IX , desde que empezalja la 
tarde hasta que el sol se ponía, se ejecutaba al son de un simple atabal cierto 
baile reposado y grave donde ni siquiera se cantaba. Del 19 al 22 las médicas, 
así las ancianas como las mozas, luchaban partidas en dos escuadrones arroján- 
dose pellas que se hacían ya de palas de nopal , ya de flores amarillas , ya de 
hojas de espadaña, ya de los filamentos de algunos árboles. Abría estas raras es- 
caramuzas una mujer escogida para representar á la Diosa, y esta era lo princi- 
pal del espectáculo. Al otro día de concluidas las })eleas se la paseaba por el mer- 
cado. Recibíanla á, poco los sacerdotes de Chiconiecoatl y la llevaban á una vi- 
vienda próxima al templo , donde se la engañaba asegurándole que la esperaba 
el Rey en su tálamo. A'estíanla con los ornamentos de Toci, y á la media noche 
la conducían al templo acompañados de una inmensa, muchedumbre que apenas 
tosia ni respiraba por no interrumpir el general silencio. No bien llegaba la in- 
feliz mujer á lo alto de la plataforma, cuando, puesta sobre las espaldas de un sa- 



ri i 



174 HISTQEIA GINEKAL 



cerdote, recibía de 8Úl)ito la muerte. Otro sacerdote le cortaba de uu golpe la 
cabeza. 

Desollábanla inmediatamente y se vestía de la ensangrentada piel uno de los 
sacerdotes , el de más cuerpo Y mayores fuerzas. xVquél era desde entonces la 
personificación de la Diosa ; pero ¡ cuan de otra manera que la infortunada víctima 
á quien substituía! Acompañado de cuatro robustos jóvenes y seguido por muchos 
de sus colegas , arremetía contra unos soldados que le salían al encuentro . y . ya 
que lograba ponerlos en fuga , los perseguía con tal ímpetu , que aterraba á la 
muchedumbre. Iba luego en busca de la estatua de Tzinteotl y la llevaba con- 
sigo al templo de Toci , donde al amanecer corría la gente principal A presentarle 
toda clase de ofrendas. Ya libre de sus fugaces adoradores, inmolaba por si 
mismo á cuatro prisioneros. Adornado con las vestiduras y la diadema de la 
Diosa , los arrojaba uno tras otro sobre la piedra techcatl . les alu'ía el pecho . les 
arrancaba el corazón y gradas abajo los precipitaba del templo. 

Entregaba otros muchos cautivos á la cuchilla de otros sacerdotes , y se diri- 
gía á cierto lugar de la frontera , dónde , según el ceremonial , debía quitarse la 
piel de que iba cubierto. Allí le esperaba casi siempre'una nueva lucha. Así no 
solía emprender el viaje que no le custodiaran, ademas de sus devotos, mucha 
gente de guerra. 

No concluía aquí el espectáculo. El Rey, sentado en un trono que tenía un 
cuero de águila por alfombra y uno de tigre por respaldo , hacía en su propio 
palacio alarde de sus ejércitos. A medida que iban pasando ordenadamente pri- 
mero los capitanes, luego los soldados viejos, después los bisónos, les repartía de 
las muchas cosas que á sus pies tenía : á quienes rodelas , á quienes espadas , 
á quienes penachos, á quienes mantas y maxtles. Poníanse al punto jefes y 
soldados lo que habían recibido, y volvían á pasar con sus nuevos atavíos ante 
el Monarca, á quién hacían profundo acatamiento. Todos se considerahan para 
en adelante consagrados á la muerte , todos en la obligación de morir con los 
adornos del Rey en los campos de batalla. 

No tomaba la fiesta un color agrícola sino á continuación de este alarde. Ha- 
cíase un areito en que toma])an parte los soldados bisoñes é iban como los demás 
galanamente adornados de flores. Marchaban detrás el sacerdote imagen de la 
diosa Toci con todos sus fieles, y todos cantaban en el tono más alto. Enturbia- 
ban algún tanto la alegría de este areito los temores de las madres , á quienes les 
parecía ya estar separadas por la guerra de los hijos que acababan de tomar las 
armas ; pero se repetía á la otra tarde la danza , y la mayor concurrencia de pue- 
blo junto con la de los noljles y el Rey , que brillaba como ana ascua de oro , hacia 
desaparecer la tristeza de los menos bajo el general regocijo. Crecía aún el jñ- 
bilo cuando , acabado este segundo areito , parecían las vírgenes consagradas á la 
diosa Chicomecoatl con mazorcas de maíz á cuestas andando y cantando al com- 
pás de los sacerdotes , y éstos desde lo alto de un templete que llamaban la mesa 



DE AiMÉEICA 175 



de Huitzilopoclitii derraiuaudo sobre las gentes apiñadas al pié maíz de lodos los 
colores. ¿Querrá creerse que aim entonces conservaba la fiesta su tinte de 
sangre? Llevaban estos sacerdotes sobre su piel la de los cautivos sacrificados el 
dia anterior en el techcatl de la diosa Toci. 

Incruenta v aüTÍcola no liabia otra fiesta que la del mes Huev Tozoztli, del 
19 de Abril al <s de Mayo, en lionor de Tzinteotl y de Chicomecoatl. Durante 
cuatrodias.de rigoroso ayuno . se extendía capas de heno á los pies de las 
diosas . se enramaba á los dioses y se les ponía delante frescas y limpias espada- 
ñas. Recorríase después los maizales y los campos, se traía cañas de maíz y 
yerba y con ellas se adornaba los altares de los ídolos. Tenía cada cual en su 
casa las imágenes de Cbicomecoatl y de Tzinteotl , y no solo las embellecía al 
par de las del templo, sino que también les consagraba sus víveres: chían, maíz, 
tortas y solu'e todo una rana, símbolo de la diosa. En el teocalli de Chicóme- 
coatí, y no en sus hogares, había, sin embargo, de comerlos. Allí los comía el 
pnelilo todo en medio de la mayor algazara. 

Hacíase luego en el templo de Tzinteotl lo principal de la fiesta. Iban proce- 
sionalmente subiendo por las gradas multitud de vírgenes, teñido de pez el 
rostro, ceñidas de plumas brazos y piernas y con siete mazorcas de maíz á la 
espalda. Ya en el teocalli, se inclinaban profundamente ante la estatua de Tzin- 
teotl y salían con paso lento. Seguras iban de que les faltase para la prí'txinia 
cosecha la protección de los dioses. Metían las siete mazorcas en lo más hondo 
de la tro] y las guardalian para la sementera. 

No cabía fiesta más inocente: pero ¿lo eran ya las dedicadas á los dioses de 
las lluvias? Entre los dioses de las lluvias figuraban los altos montes, aquellos 
en que parecían formarse las nubes y las tormentas. Había al año muchas fies- 
tas para todas esas deidades que infundían á la vez temor y esperanza. Ya en el 
mes de Xilomanaliztli ó Altcahualco, del 18 de Febrero al 9 de Marzo, se cele- 
braba una que habría bastado para horrorizar á cualquiera otro })ueblo culto. 
Al son de flautas y trompetas, en andas culiierias de joyas y brillantes plumas 
llevaban los sacerdotes , bien á ciertos lugares del lago , bien á empinadas sier- 
ras, niños de pecho con el rostro pintado de aceite de uUi y alas de papel l)lan- 
quísimo, en quienes se desplegaba un insolente fausto. Calzaban estos niños co- 
taras de hermosas labores , vestían mantas y maxtles soberbiamente bordados, 
lucían en la cabeza vistosos plumajes y esparcidas por todo el cuerpo turquesas 
y esmeraldas. No se los conducía de un golpe al término del viaje: se les hacía 
pasar la noche en un oratorio donde sin cesar se les cantaba para que no pudie- 
ran entregarse al sueño. Al otro día se los llevaba á su destino y se les arran- 
caba impíamente el corazón, esparciendo la sangre á los cuatro vientos. ¡Ay del 
sacerdote ó del anciano que por compasión se retiraran de la muchedumbre 
antes de llegar al sitio de la catástrofe ! Se los tenía por infames é indignos de 
todo care:o. 



176 niSTOKIA GENEEAL 



Kii 1aii1() iillá eu el templo de Totee se celebraban sacrificios giadiatorios. 
Caulivos destinados á morir, sujetos por el pié á una piedra redonda, peleaban, 
armados simplemente de nna espada de ¡mío v nna rodela, con los mismos que 
los habían cogido en el campo de l)atalla. Luego que sucimibían. se les arrancaba 
también el corazón , se los precipitaba de lo alto del teocalli y se los entregal)a á 
sus dueños, que los asaban y distribuian entre deudos y amigos. 

Sacrificios había también, y no pocos, en la fiesta del mes de Etzalqualizili. 
del 29 de ]\Iayo al 17 de Junio. Se Ja empezaba de noche tocando en el templo 
de Tlaloc te¡)onaztlis , caracoles y demás instrumentos religiosos. Cantábase en 
los monasterios. Danzaba la ])lebe al compás de las sonajas. Acabado el ai'eito. 
se inmolaba multílud de caulivos. Los primeros en morir servían de asiento á 
los últimos. Metíase los corazones de todos en una jarra pintada de azul, y con 
ellos y las demás ofrendas se embarcaban los sacerdotes en una canoa del Rey 
para un lugar del lago que había por nombre Pantitlan y era un sumidero. Allí 
arrojaban los corazones y también piedras preciosas. Decíase que se alborotaban 
las aguas formando olas y arrojando espuma. Cogía luego uno de los sacrifica- 
dores un incensario . quemaba unos papeles , hacía ademan de ofrecerlos al remo- 
lino, y terminaba })nr lanzar el incensario mismo á la bora de tan negro escollo. 
Concluía la fiesta al rayar el alba. Hallábanse á la sazón los sacerdotes bañán- 
dose en Tetamacolco. 

No faltaban "síctimas tampoco en la fiesta del mes de Hueypachtli ó Tepei- 
luitl. del ]() de ()ctul)re al 4 de Noviembre. Se lleval)a en andas á cuatro muje- 
res y un hombre. Se los subía en las mismas literas á lo alto del templo. Abierto 
ya el pecho y arrancado el corazón, se los dejaba caer lentamente gradas abajo. 
Les cortaban después la cabeza y la ensartaban en varales destinados á los 
cráneos de los que así morían. Se los enviaba por fin á los barrios de que pro- 
cedían y se los repartía entre los fieles. Fiesta consagrada á los dioses de las llu- 
vias no la había sin sangre, como no fuera en el mes de Atemoztli, del 15 de 
Diciembre al 3 de Enero, mes en que se decía que estos dioses bajaban á la tier- 
ra. ('ontentál)anse en ella con inatar y quemar las imágenes de los montes que 
se hacía de pasta de bledos. 

Aumentaba la crueldad de los sacrificios en las fiestas de Xiuhtecutli . el dios 
del fuego. Celebrábase una en el mes de Hueymicailhuitl ó Xocotlhuetzi , del 17 
de Agosto al 5 de Setiembre. Comenzaba por un areito en que cada señor il)a dan- 
zando con el caulivd que traía destinado á la muerte. Llevaban los señores ama- 
rillo el cuerpo, colorado el rostro, ceñida la cabeza de uu plumaje á modo de 
mariposa, en la mano izípiierda un escudo de pluma blanca con garras de tigre 
ó de águila en Li mitad del campo; los cautivos, blanco el cuerpo, roja la cara, 
negras las mejillas, de ]iapel el maxtle. empenachada la cabeza, adornado el 
labio inferior de un bezote de pluma, tiras de papel del hombro al sobaco. 

Concluido el areito. á que sólo ponía fin la noche, en presencia y á honra del 



DE AMÉRICA 177 



i'uogo Citrtaltaii al ra])0 los señores ú los cautixos el jielo de la (■(ironilja y lo .i^aiar- 
(laban como sai^Tada memoria. YeL'ihanlos después, y al roiiijier el día los orde- 
naban })ara ijne un sacerdote los fuera desnudando y ai'rojara al fue^-o trajes y 
preseas. Ya desnudos, tomaba cada señor á su ^¡risionero y le conducía por los 
cabellos A un sitio llamado x\petlac, donde le ahandonalta. Descendían ent()nces 
otros sacerdotes, eclial)an incienso en poh"o á la cara de los cautivos, los ataban 
de pies y manos, se los cargaban en los hombros y lo subían ;l lo alto del templo 
donde ardía un vasto brasero las ascuas bajo las cenizas. Lanzál)anlos inhuma- 
namente á la hmibre, en la que no se revolvían las pobres víctimas sino para 
agravar sus tormentos. No los dejaban con todo expirar en el brasero: al verlos 
ya con las bascas de la muerte, los sacaban y los extendían sobre la piedra 
teclicatl, donde les arrancaban el corazón para arrojarlo á los pies de Xiulitecntli. 
Después de tan sangriento y feroz esjiectáculo , as(')ml)rese el lector, se entre- 
gaban los mejicanos alegremente al juego de las empañas. Alzábase en inedio del 
patio un madero altísimo en cuya cima liabía la imfigen en ¡)asta del dios del 
fuego. Abalanzábase multitud de mancebos á subir por el palo; y el que lograba 
coger la estatua era en bajando objeto de aplausos y honores. Le subían los an- 
cianos al templo y le regalaban joyas. Le vestían una manta con orla de iiluma 
que le pasaban por debajo del hombro izquierdo y le ataban en el de la derecha. 
Y así ataviado se le conducía á su casa acompañándole los ministros de los ídolos 
al son de las liocinas y las cornetas. 

No se hacia la principal fiesta del dios del fuego sino de cuatro en cuatro 
años, en el último de los dias intercalares ó nemontemis. Se sacrificalia en ella 
no sólo cautivos sino taml)ien esclavos, no sólo varones sino también mujeres. 
Pero se los sacrificaba en la forma común , poniéndolos desde hiego sobre la pie- 
dra techcatl y abriéndoles el pecho. Terminada la hecatombe, comenzaba un 
pomposo areito en que tomaban parte solo el Rey y sus nobles. Agujereábase 
después las orejas á niños y niñas, á quienes se daba padrinos. 

Fiestas sin sangre no las había para el dios del fuego sino en el ines Itzcalli (J 
Tititl, del 9 al 28 de Enero. Le ofrecían aquel mes las heml)ras tamales, los 
mancebos caza y pesca. Quemaban unos ándanosla caza y la pesca en una vasta 
hoguera que ardía delante déla estatua de Xiuhtecutli . y distribuían los tamales 
entre ios mancebos. Distinguíase la estatua del dios por el fausto con que se la 
decoraba. 

Era generalmente sanguinario, como se acaba de ver. el culto del Imjierio. 
Apenas se sabía honrar á la divinidad mas que por terribles holocaustos. ¿Cómo. 
sin embargo al hablarse de las víctimas inmoladas en los teocallis de Méjico se 
vuelve de ordinario los ojos á Huitzilopochtli . Mixcoatl y Tetzcatlipoca? Se ver- 
tía indudablemente más sangre en sus aras que en las de los otros dioses. Se la 
vertía no solo en casi todas las fiestas que les estaban dedicadas sino también en 
otras muchas ocasiones: al subir un rey al trono, al conquistarse una provincia. 



178 HISTORIA GENEriAL 



al ganarse uua balalla . al sufrir el Imperio una calamidad y no saber como ale- 
jarla de la cabeza de los pueblos. Se creía que sólo con ofrecerles los corazones 
de los vencidos cabla tener propicias tan feroces divinidades, y á veces se em- 
prendían guerras sólo para procurarles sacrificios. 

Referiré solo una de las fiestas de cada uno de los tres dioses. Ochenta días 
antes de la que se hacía en honor de Huitzilopochtli el mes de Panquetzalitztli , 
del 25 de Noviembre al 14 de Diciembre, se entregaban los sacerdotes á la pe- 
nitencia , y todos los días t'i media noche iban desnudos á poner ramas en los 
altares, oratorios y humilladeros de los montes. Concluida esta larga cuaresma, 
cantaban los himnos del Dios á sol puesto, mezclados varones y hembras. Nueve 
días antes del de los holocaiistos empezaban á disponer las víctimas. Las baña- 
ban con agua de la, fuente de Huitzilatl, que traían los viejos en cántaros con 
hojas de cedro , les teñían de azul l)razos y piernas, les listaban de azul y 
amarillo la cara , les atravesaban la nariz con una saetilla , les ceñían la ca- 
beza con una como corona de cuyo centro salía un manojo de plumas blancas 
y los vestían con los mismos papeles con que los debían llevar á la muerte. 
Habla también aquí entre las víctimas mujeres y hombres, unas y otros escla- 
vos. A los prisioneros de guerra ({ue hablan de morir no se los aparejaba con 
tanta anticipación ni con estas ceremonias. 

Llegado el (lia de los sacrificios, que era el último del mes. en cuanto ama- 
necía se bajaba del templo de Huitzilopoclitli la estatua del dios Paynal que era 
la que solía anunciarlos y presenciarlos. Inmolábase primero á cuatro cautivos en 
el juego de pelota del templo mayor de Méjico , y se los arrastraba después 
de muertos por el Tlachco, donde quedaba en sangre la huella de los cadáveres. 
Se iba en seguida corriendo á Tlatelolco y de allí á Nonoalco , donde se unía á 
la estatua de Paynal la de Quahuitlicac , su compañero. Juntas ya, se pasaba á 
Tacuba y en el barrio de Popotlan se mataba otros cautivos. Otros se mataba 
aún en Chapultepec . pasado el rio Izquitlau , á las puertas de un templo que allí 
había. 

En tanto que esta excursión sacerdotal se verificaba, los esclavos que habían 
de morir luchaban con unos soldados que blandían sendos garrotes de pino y 
arrojaban dardos. Disponían también de armas los esclavos, pero sólo de unos 
pequeños cascos de pedernal que despedían ámodo de saetas. No tenían espadas, 
ni para defenderse vestían como sus contrarios jubones ni embrazaban rodelas. 
Morían, con todo, en uno y otro liando combatientes, y si se llegaba á coger 
algún soldado se le tendía al punto sobre uti teponaztli y se le sacrificaba. Cesa- 
ba la pelea á la voz de un sacerdote que desde la plataforma del templo de Huit- 
zilopochtli les anunciaba el regreso del dios Paynal ; y en cuanto sonaban cara- 
coles y cornetas empezaban de nuevo los sacrificios. 

Matábase á los cautivos en el teocalli de Huitznaoatl ; en el de Huitzilopochtli 
á los esclavos. A estos se los precipitaba con ímpetu de las gradas del templo, 



DE AMElílCA 



179 



por las que corriau regaleros de sangre. No iiKjría uno que uu se tocase las trom- 
petas y las bocinas: y, ya inmolados todos, se retiraban los fieles á sus hogares. 
No por esto concluía la fiesta: se la prolongaba tres días más y al siguiente de 
la matanza bebían jiulque los viejos, los casados y los noliles. y los dueños de los 
esclavos muertos dal)an convites en que se tañía, se cantaba, se tocaba las so- 
najuelas y se hacían regalos á cuantos mancebos y doncellas servían ya la comi- 
da, ya la bebida. 

Celebrábase la fiesta de Mixcoatl en el mes Quetcholli , del 5 al 24 de No- 
viembre. Del quinto al noveno día de este mes se hacía todo género de saetas. 
Hádaselas en el templo de Huitzilopochtli como objetos sagrados. A este dios se 
ofrecía las cañas de que había de cortárselas ; en el fuego de los altares de este 
dios se las ponía rectas si por acaso estal)an torcidas: en el patio de este dios se 
reunían tenuchcas y tlatelolcas y las armaban de puntas de itzli: á este dios 
se las presentaba en haces de veinte cuando ya eran armas para la guerra. La- 
brábase ñochas para tirar al blanco, y allí en el mismo templo se ejercitaban los 
ciudadanos al tiro tomando por señuelo una hoja de áloes. Fabricábase también 
flechas para honrar la memoria de los mirertos en batalla, y junto con unas teas 
con que luego se las quemaba se las deponía sobre los sepulcros. 

No empezaba verdaderamente la fiesta de Mixcoatl hasta el onceno día del 
mes, en que después del almuerzo se ceñían los mejicanos las mantas al lomo, 
se armaban de arcos y saetas, unidos con los habitantes de muchos pueblos 
acorralaban la caza, y, ya que la tenían junta, la cogían sin dejar apenas con 
vida corzo, conejo ni lielire. No se llevaban los cazadores sino las caliezas de las 
reses y demás animales muertos que colgaba cada cual en su casa. 

Cinco días después empezaban los preparativos para los holocaustos. Repar- 
tíase los acostumbrados aderezos de papel á los esclavos que habían de morir ya en 
honor de Tlamatzincatl, ya en honra de Izquitecatl, ya en aras de Mixcoatl y 
su esposa Coatlycue. Ataviábase también á mxrchas mujeres destinadas al sacri- 
ficio. Llegado el día de la expiación, se comenzaba por suljír al templo á cuatro 
cautivos atados de pies y manos á quienes se llevaba , dice Sahagun , á manera 
de ciervos atados para la muerte. Abríase el pecho primeramente á, estos infelices , 
después á las mujeres, luego á los esclavos, por fin á la imagen del mismo dios 
Mixcoatl, á la cual se fingía arrancar el corazón como á sus víctimas. Alhajar por 
las gradas los cuerpos de las mujeres recogíanlos unas viejas y ¡cosa singular! 
les metían en la boca cuatro bocados de pan tintos en salsa de molli , y les rocia- 
ban el rostro con. hojas de caña mojadas en agua salobre. ¿A qué esas ceremonias 
si minutos después se decapitaba á esas pobres mujeres? 

La fiesta de Tetzcatlipoca era la principal del Imperio. Celebrábasela en el mes 
Toxcatl, del 9 al 28 de Mayo. Empezaba por el sacrificio de un gentil mancebo 
que durante un año había sido la imagen viva del Dios en la tierra. No tenía 
este gallardo joven tacha en su cuerpo. Era de buenos modales y gracioso jiorte. 



lí-d HISTORIA GENEÜAL 



Sabia tañer lÚPii la lia nía y andar por la callo dliendn ñores como las g'entes de 
la nobleza. Yeslia ricaineute. Llevaba zarcillos en las orejas, atravesado el l)ezo 
por un barbote de caracol marisco, al cuello una sarla. de piedras preciosas. De 
sartas de piedras preciosas tenía culñertos los antebrazos, los brazos ceñidos por 
ajorcas de oro. Usaba un maxtle de blanco lienzo y bellas labores, cuyas orlas 
bajaban casi hasta la rodilla ; sobre sus cotaras , también hermosas . unos cascabeles 
de oro para c|ue siempre se supiera por donde iba. Traía, por fin, teñidos de ne- 
gi'o la cara y el cuerpo , coronadas las sienes y cruzado el pecho de cintas de flo- 
res, á la espalda una como bolsa elegantemente recamada , sobre todo el traje una 
manta en forma de red de curiosas orillas v largos flecos. 

Gozaba durante el año este singular mancebo de la facultad de satisfacer todos 
sTis apetitos y sus antojos. Se alimentaba opíparamente : y solo cuando se ponía obe- 
so , i)or no perder la esbeltez de sus formas bebía sal con agua. Podía cada y cuan- 
do quisiera , ora fuese de noche ora de día , salir á recorrer la ciudad , si bien siem- 
pre acompañado de ocho pajes. No parecía en público, bien anduviese, bien no 
tañendo la flauta , que los fieles todos no le hiciesen profundo acatamiento y aun 
le adorasen besando la tierra. ¿Cómo no, si en él veían la encarnación de Tetz- 
catlipoca ■? 

Veinte días antes de la fiesta se empezaba á disponerle para el sacrificio. Se 
le despoja! )a de sus pomposas vestiduras. Se le lavaba el cuerpo. Se le cortaba 
los cabellos y se los ataban soT)re la coronilla con un cordón del cual pendían 
dos borlas con botón de plumas y oro. Se le entregaba cuatro doncellas con quie- 
nes pudiese holgar hasta la víspera de su muerte. 

Cinco días antes de la catástrofe aumentaban para el infeliz mancebo las aten- 
ciones y los festejos. Seguíanle á excepción del Rey todos los grandes; y le 
llevaban un día al barrio de Tecanman, otro al que guardaba la imagen de Tetz- 
catlipoca, otro ai monte de Tepetzingo, otro al de Tepepolco, donde le diver- 
tían con grandes banquetes y ruidosos areitos. De allí puede casi decirse que 
pasaba, á los umbrales del sepulcro. Luego de concluido el festín de Tepepolco , se 
embarcaba con sus mujeres, c[ue le iban consolando, en una canoa del Rey cu- 
bierta de un bello toldo j se dirigía á Tlapitzaoayan , cerca del camino de Iztapala- 
pa. Abandonado allí de sus cuatro esposas y seguido por sus ocho pajes, encami- 
naba sus pasos á un pequeño y desaliñado templo que distaba de la ciudad como 
una legua. A cada grada que subía destrozaba una de sus flautas; y no bien lle- 
gaba á la plataforma, cuando moría sobre el techcatl á manos de los sacerdotes. 
Sufría al fin la más oscura de las muerleselque durante un año había represen- 
tado al mayor de los dioses y estaba por encima de ios reyes. El pueblo no pre- 
sencial)a el holocausto. 

Por este sacrificio empezaba la fiesta de Tetzcatlipoca y por otro concluía. In- 
molábase el último día á otro joven cautivo en quién se veía la imagen de Huit- 
zilopochtli. No iba éste con el fausto del otro ni era objeto de adoración y culto; 



DE AMÉEICA 1^1 



pero utraia tambion las miradas de las ii'eutes. Tomaba parle en todas las danzas, 
y guiaba las del pueblo. A él tocaba decidir la hora de su muerte: cuando bien 
le parecía se entregaba en Ijrazos do los sacerdotes para (|ue le ai-rancaran ol co- 
razón y le cortaran la cabeza. Muerto él, se consagraban los sacrificadores á he- 
rir á los niños y á las niñas en muñecas, brazos y pecho con sus cuchillas de 
iztli. 

Entre los dos sacrificios se honraba casi exclusivamente á Huitzilopochtli , do 
c[uien se hacía una imagen de pasta. Poníasela en un tahlado portátil compuesto 
de maderos cortados en forma de culebra y de tal modo combinados que de cual- 
quier punto que se lo mirara formaran juego las cabezas y las colas de las fin- 
gidas serpientes. Atavitibasela , conduélasela en andas al templo y , ya cj^ue estaba 
en su lugar, se le hacían ofrendas. Quien le ofrecía tamales, quien codornices 
c[ue antes descabezaba, quien incienso. Seguían después los cánticos y los bai- 
les. Danzaban hasta los sacerdotes con las mujeres, cvianto más los palaciegos y 
la gente de guerra. ^ 

No cabe , sin embargo , dudar que por lo menos á la calda del Imperio prevale- 
cía Tetzcatlipoca. Se le miraba como el dios omnipotente, y los fieles todos le ro- 
gaban que les concediera los bienes de que necesitaban ó los librara de los males 
que sufrían. Nobles y pleheyos le tenían en su casa y no cesaban de invocarle. 
Sobre todo en la fiesta que se le hacía bajo el signo Ce Miquiztli no dejuba nadie 
de ofrecerle, ademas de tamales y codornices, perfumes y ñores. De él se creía 
que derivaban la próspera y la adversa fortuna, y á él se acudía, si la miseria ó 
la peste azotaban á los pueblos , para que les devolviera la salud y la abundancia : 
si estaban en guerra , para que les diese la victoria contra los enemigos ; si un 
rey se hacía tirano y atrepellaba las leyes , para c[ue los librara de tan duro azo- 
te; si otro rey moría, para que los inspirase en la elección del que hubiese de 
subir al trono ; si estaba ya elegido el sucesor ; para que le comunicara sus al- 
tos dones y le llevara por el camino de la justicia. Para todo se le invocaba con 
preferencia á los demás dioses. 

Por Sahagun conocemos las oraciones que en estos casos se le dirigían. Son 
muy de notar los epítetos que se le daban. En la oración contra la peste se le 
decía: «Oh valeroso Señor nuestro, debajo de cuyas alas nos amparamos y de- 
fendemos y hallamos abrigo , tú eres invisible y no palpable como la noche y el 
aire... Oh Señor, que habéis tenido por bien desampararnos en estos días confor- 
me al consejo c[ue vos tenéis así en el Cielo como en el Infierno... Señor nues- 
tro humanísimo, piadosísimo, nobilísimo, preciosísimo... cese ya vuestra ira y 
vuestro enojo. » «Señor humanísimo, se le decía en la oración por la guerra . ani- 



* Las noticias sobre todas las fiestas de que acabo de hablar están tomadas do los libros II y III de 

la, Historia Unioersal de las cosas de Nucca Españ% efe >Sah\stx y dol lib. VI de la Monarquía 
Indiana de Toequemada. 

TOMO I Oj 



182 HISTOEIA GENEEAL 



parador y defensor invisible é impalpable por cuyo albedrío y sabiduría somos 
regidos y gobernados y debajo de cuyo imperio vivimos... por cuanto es vues- 
tra majestad señor de las batallas, de cuya voluntad depende la victoria... su- 
plicóos que desatinéis y emborraclieis á nuestros enemigos para que se arrojen 
en nuestras manos y caigan todos sin dañarnos en las de nuestros soldados y 
peleadores, que padecen pobreza y trabajos.» «Oh señor nuestro liumanísimo , se 
lee en la oración por el rey nuevamente electo, vuestra majestad sabe lo que lia 
de acontecer de día y de noclie durante este reinado, y nosotros sabemos que nues- 
tros caminos y obras no estiln tanto en nuestra mano como en la mano del que 
nos mueve... tened por Iñen que el nuevo principe laj a y gobierne con toda 
prudencia y sabiduría el señorío que ahora le habéis encomendado.» ' 

Se ponía, como se ve, á Tetzcatlipoca sobre los demás dioses. Se le reconocía 
autor de la vida y se le dalia por mensajero la. muerte. Se le concedía imperio lo 
mismo sobre la tierra que sol)re el cielo y el infierno. Se le consideraba origen de 
toda potestad y consejero obligado de los reyes. Se le atribuía la presciencia; se 
atribuía más á su gracia que á nuestra voluntad que el hombre marchara por 
el sendero de la justicia. Por su alljedrío y su sabiduría se nos miraba regidos y 
gobernados. 

Por esto principalmente reconozco en el Imperio una marcada tendencia al 
monoteísmo. Se iba reuniendo los atributos de la divinidad en Tetzcatlipoca, y 
no faltaba mucho para que se le dijera padre délos dioses. Citlatonac y Citlalycue 
carecían de símbolos y templos : los debilitaba cada día más en la memoria y el co- 
razón de las gentes la prepotencia de ese nuevo dios de la vida. Se iba reproducien- 
do, á mi manera de ver, en Tetzcatlipoca al Dios creador del Universo, á quien 
adoraban los chichimecas ba;jo la denominación de Tloqne-Nahuaque antes de 
haber abandonado las márgenes del Gila, á ese dios ignoto á quien levantó Net- 
zahualcóyotl altares en Tezcuco y no habían olvidado aún los tlaxcaltecas cuan- 
do el descubrimiento. Por más que probable tengo que si España no hubiese ido 
á interrumpir tan bruscamente aquella civilización sui generis , no se habría he- 
cho esperar mucho el tiempo en que Tetzcatlipoca hubiese invadido los teocallis 
todos del Imperio y terminado por ser la única deidad ante la cual besasen la 
tierra las tres naciones. 

Lo que no puedo creer respecto de Tetzcatlipoca es que fuera la personifica- 
ción del sol como pretenden los modernos mitólogos. En todas las oraciones que 
Sahagun nos ha trasmitido se le llama impalpable é invisiljle , y en algunas in- 
visible como la noche. Muy ignorantes de sus misterios religiosos habían de es- 
tar los sacerdotes para que fueran á darle el epíteto más contrario al astro de 



' Libro Sexto da la Rrtúrica ij Filosofúi Monil r/ Teolocjia da larjcnlc mejicana por Beenaedino 
DE Sahagux. — Forma parte del vol. V de la obra de Kiusborougli. Es el libro sexto de la misma Histo- 
ria Unirersal do las cosas de Sueca España que tantas veces he citado. 



DE AMÉRICA 183 



que se le liaoe simliolo. En esas oraciones, ademas, se Jiabla muchas veces del 
sol y siempre como de un ser distinto de Tetzcatlipoca. Acaso se dig-a que cu los 
últimos días del Imperio se desconocía ya la verdadera significación de los anti- 
gwofi mitos; pero, sobre no ser esto creíble en un sacerdocio que no liabía dejado 
de existir en ningún tiempo y perpetuaba por la tradición y el jeroglífico sus 
conocimientos , mitos , como el de Huitzilopochtli , mucho menos antiguos dis- 
taban de ser interpretados como ahora se los interpreta. La tempestad quieren 
ver hoy en Huitzilopochtli , cuando por dioses de la tempestad se adoraba á los 
Tlaloques y por considerarlos tales se les sacrificaba tanta multitud do inocentes 
víctimas , cuando Huitzilopochtli fué siempre para los aztecas el dios de las ba- 
tallas y su maravilloso nacimiento , si cabe esplicarlo por la tempestad , no me- 
nos y aun más por la guerra. Nace armado Huitzilopochtli del seno de Coatlycue 
y empieza por castigar y destruir í'i los enemigos de su madre : ¿por qué no ver 
en esto la guerra y sí la borrasca? De la tierra al cielo pasa Quetzalcoatl de ci- 
vilizador á dios de los vientos; pero como tal es reconocido y adorado. Se ve 
siempre en Quetzalcoatl al que barre el camino á los dioses de la lluvia. 

Mas ¿qué juzgar de esa bárbara religión del Imperio? ¿Qué importaba, se po- 
drá decir , que se la concentrase en Tetzcatlipoca si se continuaba vertiendo en 
holocausto la sangre del homlire? Sacrificios y aun hecatombes humanas los re- 
gistra la Historia en casi todos los antiguos pueblos: en Egipto, en Fenicia, en 
Grecia, en Italia, en Cartago, en las Gallas, en nuestra misma Península. Ha- 
cíanlos entre nosotros principalmente las naciones de origen celta que vivían en 
las márgenes del Tajo y el Duero. Los exigía el druidismo no sólo en honor de los 
dioses sino también solire el sepulcro de los que habían muerto con gloria, y 
subsistió entre los galos hasta que suciimbió en su lucha con el cristianismo. 
Sacrificios , y es más , los hubo entre los hebreos , entre esas mismas tribus esco- 
gidas por Dios para que siguieran su ley y no se apartaran del sendero de la 
justicia. Moloch no fué allí menos cruel que Saturno entre' los gentiles. 

A causas muy graves debía de obedecer \in hecho tan general y contrario á 
los sentimientos que inspira la naturaleza. Para mí están todas en la índole mis- 
ma de las religiones, que llevan consigo la idea de la expiación y la de que, 
pues de Dios nos viene cuanto poseemos , cuanto poseemos , inclusas nuestra vi- 
da y la de nuestros hijos, debemos estar decididos á sacrificarle. Expiación exi- 
gían de sus creyentes lo mismo el Jehová de la Biblia que el Júpiter del Olimpo : 
y, ya que no hombres, animales vivos querían en holocausto. Le era suave y 
grato al Dios de los judíos el olor de la sangre vertida y las carnes quemadas en 
sus altares. No se olvide que ese mismo Dios ordenó al patriarca Abraham que 
le inmolase á Isaac, y Abraham no vaciló un momento en levantar la cuchilla 
sobre su propio hijo. Eran inseparables las dos ideas en todos los sistemas reli- 
giosos, y lo son aún en el que hoy domina. Para purgar las faltas de nuestros 
primeros padres no bastaron , según el cristianismo . las desventuras de cien ge- 



184 ni.sTOEIA GENEKAL 



neracioues; fué preciso que bajara el liijo de Dios á expiarla en un cadalso. Y si 
murió él p(»r los hombres ¿cómo no lian de morir por él los que le adoran? En el 
cristianismo, como en las demás religiones, morir por Dioses la más bella de las 
muertes ; vivir para Dios la más santa de las vidas: nada tampoco mejor para 
expiar y lavar todo género de culpas. 

La exageración de las dos ideas fué indudablemente lo que mantuvo al Impe- 
rio en la práctica de los sacrificios humanos. A toda calamidad que sufrían ima- 
ginaban aquellas gentes que por sus feltas ha])ían suscitado contra sí la cólera 
de los dioses, y para aplacarlos no veían mejor sistema que el de ofrecerles víc- 
timas. Se las ofrecían para conjurar los azotes y también para evitarlos. Y como 
creyesen que, siervos todos de la muerte no habíamos venido al mundo sino pa- 
ra hartara de las divinidades y pasto del sol y de la tierra, no economizaban íi 
los hombres ni para los combates ni para los sacrificios. Hacían constantemente 
la guerra, y creían hasta dulce para sus ídolos la sangre de los enemigos. Así 
eran pocos los prisioneros íi quienes guardaban para esclavos, y aun á éstos, 
como se ha visto, en no pocas fiestas los mataban. 

¿Como era posible salir de tan abominables ritus? Sólo por dos medios: ó por 
otra religión más benigna que hulñese ya substituido la expiación material por 
la de la penitencia y el arrepentimiento , ó por una revolución política que , eman- 
cii)ando á los puel)los del doble despotismo del rey y el sacerdote , les hiciese ad- 
quirir conciencia de la verdadera dignidad humana. Degenerados por muchos 
siglos de tiranía , divididos en clases , si no en castas , aislados en un mundo des- 
conocido, no podían los pueblos elevarse á idea alguna de libertad ni de independen- 
cia. Religión más suave que bastara á suplantar la del Im|)erio no la había, por 
otra parte , ni en la América del Norte ni en la del Centro : la de Quetzalcoatl 
había sucumbido desde mucho tiempo ante la de Tetzcatlipoca y se hallaba rele- 
gada á las repúblicas de Tlaxcala y de Cholula. Estaban cerrados los dos cami- 
nos como no viniese de fuera el impulso ; y de aquí la utilidad y aún la necesidad 
del descubrimiento. 

Bárbara la religión del Imperio lo era no solo en los sacrificios sino también 
en la manera de presentar á sus dioses. Los cubría de joyas y adornos, y resul- 
taban, sin embargo, monstruos. A los unos teñía de negro el semblante, á los 
otros de amarillo, á los otros de azul, á los otros de rojo, á muchos de varios 
colores. Quetzalcoatl, por ejemplo, tenía negra la cara, ceñida la cabeza de una 
mitra de que se alzaba un nutrido penacho, en las orejas pendientes de turque- 
sas, en la garganta un collar de oro, de la cintura arriba una como sobrepelliz 
labrada, de la rodilla abajo unas calzas de cuero de tigre, los pies calzados de 
negras sandalias , en la mano izquierda un escudo , en la derecha un cetro que 
parecía báculo de obispo y por la parte que se le cogía puño de espada. Lleva])a 
aún á cuestas como por divisa un plumaje á manera de llamas de fuego. 

En la fiesta del mes Itzcalli se componía dos veces la estálua de Xiuhtecutli. 



DE AMÉRICA 185 



La primera vez se le ponía iiua carátula muy Itrillaiile de mosaico, toda de 
turquesas y esmeraldas, una corona de ricas plumas en turnia de canastillo, de 
c\iyos lados partían otros dos i)lumajes que le caían soljre el rostro, unos cabellos 
rubios que le flotaban por la espalda y al cuello otro ancho ornamento de plumas 
de diversos colores que le bajaban basta los pies y aún se extendían por el suelo 
moviéndose y reluciendo al más dulce soplo de las brisas. Se le ponía tamljien la 
seg'unda vez una carátula y una corona; pero muy diversas. La carátula era de 
la nariz arriba de mosaico de concha; de la boca abajo de piedras de azabache. 
La corona , también de plumas , las tenía de quetzalli en el centro y en los. bor- 
des: allí altas y airosas, aquí dobladas sol)re los hombros. De plumas de papa- 
,í4-ayo era además la especie de manta que el Dios lleva! )a ¡¡rendida al cuello. 

Se amontonaba en unas imágenes las plumas, en otras el oro y la pedrería, y 
casi en todas se perdían bajo una multitud de galas y adornos las formas del 
ídolo. A Macuilxochitl , el dios de las cinco flores, se le representaba desnudo: 
¡qué de cosas no se veía, con todo, sobre su cuerpo! La boca y barba las tenía 
pintadas de blanco , azul y negro ; el rostro y lo demás de la figura , teñidos de 
rojo. Traía una corona de verde claro con plumas del mismo color y unas borlas 
que le venían á las espaldas; al cinto una manta revuelta, que le bajaba á los 
muslos y tenía una franja de que colgaban caracoles marinos; á los pies 
unas colaras de caprichosas labores; á cuestas un plumaje que era como iin es- 
tandarte hincado en un cerro. Llevaba por ñn en la mano izquierda su escudo; 
en la derecha un cetro á manera de corazón encima del cual flotalian pena- 
chos verdes y amarillos. 

Otro tanto acontecía con las estatuas de las diosas. No habían llegado aún 
aquellas naciones á esa sencillez de formas y de ornato que constituyen la belle- 
za y de tanta majestad revisten á los seres que se da en veneración á los pueblos. 
Esto y los sacrificios de sangre revelan verdaderamente atraso en el Imperio : 
¿lo revelarán también la moral y las costumbres? 



OáPIf uto XIII 



Doslino que en el Imperio se daba al hombre y á la muj jr desde que nacían.— Cerom-jiiias y ritus del bautismo.— Ofrecimien- 
to do los niños á los dioses. — Servicio del templo por todOs los varones desde siete años á los veinte.— Educación que en 
los templos se les daba.— En los templos se les enseñaba la g-uerra y la política —Salida de los colegios sacerdotales.— Ce- 
remonias y ritus del matrimonio.— Monogamia.— Adulterio.— Consejos que daban los padres á sus hijas.— Consejos que da- 
ban á los hijos.— Estado de preñez de la recien casada.— Partos.— Deificación de las mujeres que morían en al acto del alum- 
bramiento.— Felicitaciones que dirigían á la recien jiarida. -Entrada del varón emancipado en las secciones en que estaban 
divididos los pueblos.— Principales preocuiJaciones.—Moral.— Principales preceptos.- Era bastante pura pero incompleta- 
—Morigeración del Imperio.— Carácter práctico de la moral y de los conocimientos que se daba al pueblo.— Sobriedad de 
los mejicanos.— Sus mantenimientos.— Su trage.— Sus habitaciones.— Situación bella y pintoresca de los pueblo?.- Tristeza 
de la vida en aquellas naciones.— Ideas sobre la vida futura.— El cielo, el paraíso, el infierno.- Carácter desconsolador de 
estas ideas.- Las creencias.de aquellas naciones sobre la vida futura deben de haber llegado á nosotros viciadas é in- 
completas.— Razones en que lo fundo.— Confesión de los mejicanos.- Ceremonias y ritus de los entierros.— Particularidad 
que se observa en el bautismo, el casamiento y el entierro de aquellos pueblos. 




^] N el Imperio nacía el hombre para la g'iierra , la mii- 
'%í^ jer para el hogar. Al cortarles el ombligo decía la 



partera al hombre : esta no es tu casa sino tu posa— 
dp : tu tierra es el campo de batalla . tu oficio dar de 
beber al sol y de comer á la tierra con la sangre y la carne 
de los enemigos;» y á la mujer: «has de estar, hija mia, en 
tu casa como el corazón en el cuerpo : has de ser la ceniza 
con que se cul)ra el fuego de tus lares, has de ser las tré- 
bedes en que descanse la olla, aquí te entierra nuestro señor 
Dios Tetzcatlipoca.» Dichas estas palabras , junto al mismo hogar 
sepultaba la partera el ombligo de la niña ; guardaba el del niño 
y lo entregaba á los primeros soldados que salían á campaña con 
encargo de que lo pusiesen bajo la tierra del primer combate. 

Llevábase luego al recien nacido ú los agoreros ó tonalpouh- 
ques para que le sacaran el horóscopo; y éstos después de 
haber dicho la suerte que le esperaba, fijaban día para el bautizo. En esta so- 
lemne ceremonia se recordaba nuevamente el diverso destino del varón y la 
hembra. Bautizábase :'i los niños en el patio de su propia casa, ;'i presencia de 



I 



DE AMÉEICA 187 



todos sus p;ii'ieutes. á la luz de un hachón de teas grandes que ardían en nu 
ángulo. En medio del patio hahia un h^ljrilln nuevo con agua linqiia y clara. 
Había además para el liautismo de los varones una pequeña manta, un niax- 
tle. una rodela, un arco, unos dardos; para el de las hembras un vipil , unas 
enaguas, una rueca, un huso, una lanzadera. Aunque se reimían los con- 
currentes al despuntar el alba , no se daba principio á los ritus que no estuviese 
el sol en el horizonte. 

La partera era allí la sacerdotisa. Tomaba al infante y le mojaba con el agua 
del lelirillo primeramente los labios, después los pechos, más tarde la cabeza y 
por fin todo el cuerpo , recitando fórmulas encaminadas á decir que el agiia era 
manantial de ^ida y purificaba los corazones de las manchas que traían desde 
antes del principio del mundo. Le alzaba luego con ambas manos al cielo, y pedía 
ora al uno ora al otro de los dioses que le diesen virtud y vida y le llevasen por 
el camino de la justicia. 

Al levantarle por cuarta vez . si era varón el infante , profería estas elocuentes 
voces «á tí , oh sol, ofrezco esta criatura , que es de la familia de los que pelean en 
el campo de batalla. Dale el don que sueles otorgar á tus soldados para que pue- 
dan ir á tu casa de deleites , donde gozan y descansan los que mueren en la guer- 
ra.» Tomaba en esto el escudo, el arco y las flechas allí amontonadas y añadía: 
«aquí están los instrumentos de la milicia con que te alegras y ha de servirte; 
sé misericordioso con este pobre niño. » 

La consagración de los varones á la guerra tenía tanto de explícito , que ter- 
minaba la ceremonia por darles el nombre de alguno de sus antepasados, ceñirles 
el maxtle, ponerles el manto al hombro y entregarles las armas diciéndoles que 
éstas habían de ser su regocijo y su recreo. IT)an, ademas, á la casa del bautizo 
los mozos del barrio, tomaban la comida que se les había aparejado, y salían á la 
calle aclamando á voces al niño y gritando, si lautl era por ejemplo el nombre 
que llevaba: «lautl, Liutl, vé al campo de los combates, ya eres de la suerte de 
los soldados que son águilas y tigres y por haljer muerto en pelea van delante 
del sol alegrándole con sus cánticos y sus bailes. Y, vosotros, gente de armas, ve- 
nid á comer el ombligo de lautl. » Comida del ombligo llamal)an la del bautizo. 

Con las hembras se procedía de muy distinto modo. En cuanto habían recibido 
el agua regeneradora, las envolvía la partera en las mantillas, las metía encasa, 
y las ponía en la cuna', símbolo al parecer de la madre universal délos hombres. 
«En tus manos, oh loalzititl, decía á la cuna, encomiendo esta niña; críala, 
puesto que tienes para todos regazo. Mira no la dañes, guárdala siempre en 
blandura.» Y añadían los padres hablando con la misma cuna «recibe oh tú, 
que eres su madre, esta hija que te entregamos.» 

No tardaban niños y niñas en ser ofrecidos á los dioses , si eran de familias 
nobles ó principales. De los varones lo eran unos al Calmecac, otros al Telpuch- 
calli; de las heinbras unas al Calmecac, otras al Telpuchpan. donde se aprendía 



188 HISTORIA GENERAL 



ol cauto y la danza para los areitos. En cuanto lo eran los varones al Telpuchca- 
lli llevaban atravesado el bezo inferior por una turquesa ó una esmeralda; en 
cuanto lo eran al Calmecac las hembras , si aun de meses , traían un sartal al cue- 
llo , si ya de años , sajadas costillas y pechos por mano del sacerdote. Eran éstas las 
señales por que se los declaraba servidores del templo. Entraba cada uno en su 
monasterio al salir de la infancia ; solo las hembras prometidas al Telpuchpan 
dormían en la casa de sus padres. Al salir de la infancia entraban también, co- 
mo se ha visto, los hijos del pueblo en las escuelas agregadas á los teocallis. 

En realidad todos los habitantes del Imperio estaban de siete él veinte años al 
servicio de los dioses. Los que no l)nrrían el templo ni enramaban los altares ni 
quemaban incienso á los ídolos, ya labraban los campos afectos al sosten del 
culto, ya iban al monte en busca de leña para mantener en los innumerables 
braseros que ardían en lo alto de las pirámides el fuego sagrado. Los que estaban 
en el Calmecac y el Telpuchcalli no se distinguían de los dejuas sino por lo ele- 
vado de sus funciones. No solo cuidaban de lo interior del templo, ejercitábanse 
al par de los sacerdotes en la humildad y la penitencia. No desoían jamas la voz 
de sus maestros ni se resistían á dejar el incensario por la escoba. Practicaban 
los más rigurosos ayunos , se taladraban con espinas de maguey las carnes , y se 
bañaban en agua fría hasta en lo más crudo del invierno. Habían de ser parcos 
no solo en comer y beber, sino también en vestirse; habían de ser ademas limpios 
y castos. En el Calmecac debían serlo todavía más las hembras. De toda cosa 
carnal habían de apartar el pensamiento. Puro y trasparente como el zafiro habían 
de conservar el corazón , ya que tenían por principal tarea limpiar el templo y 
tejer así las vestiduras como las guirnaldas de flores de los ídolos. 

Todos los adultos del Imperio estaban al servicio de los teocallis, y todos, 
según se ha dicho , recibían la educación y la enseñanza de boca de los sacerdotes. 
Así se acostumbraban á respetar y honrar á sus divinidades , tomar parte en las 
fiestas y ceremonias del culto , implorar el favor del cielo con preces , lágrimas y 
sacrificios , interrumpir el sueño para hincarse de rodillas ante sus dioses lares , 
barrer por devoción liasta las calles y los caminos , ver impasibles y aun gozosos 
la muerte de los cautivos y los esclavos sobre la piedra techcatl de los templos. 
Aprendían á de.spreciar hasta la vida propia á fuerza de oir de los labios de sus 
preceptores lo que ya se les había dicho al sacarlos del vientre de sus madres : que 
habían nacido para ser soldados y morir en honra de Dios sobre el campo de l)ata- 
11a. No los enervaba allí el sacerdocio como en otras religiones, los hacía vale- 
rosos y esforzados por la creencia de que el sol y la luna se sustentnljan de cadá- 
veres , la casa del sol era el mayor de los paraísos , y no tenían entrada en ella 
sino los hombres que sucumbían en los combates y las mujeres que morían de 
parto. 

De los mismos sacerdotes aprendían los mejicanos las artes de la guerra. Prin- 
cipalmente del Calmecac, y del Telpuchcalli salían los capitanes de los ejérci- 



DE AMÉmCA 189 



tos. I^a necesitahan los sacerdotes para sus liolocaustos , y no sólo so la enseñaban 
á sus alumnos sino que taniT)ien los habituaban á las fati^-as que consifi'o lleva. 
Eran preceptos á la vez militares y relig-iosos el dormir poco, levantarse fi lo 
mejor del sueño, velar con frecuencia, no abrigarse demasiado conli'a ];is incle- 
mencias del cielo, arrostrar el calor y el i'rio. Pnra que lo suframos, se decía, 
nos puso Dios en la tierra. A los hijos del pueblo se los endurecía aún más en sus 
escuelas para la vida de campaña. 

Aprendían también de los sacerdotes las clases cultas la política y el derccdio. 
En el Calmecac se formaban los que habían de ejercer un día las m;'is altas ma- 
gistraturas: administrar justicia, gobernar Ljs feudos, aconsejar á los Reyes, 
dirigir las naciones. Los mismos príncipes habían estado en el Calmecac sumi- 
sos á las lecciones y los mandatos de sus maestros. Algunos habían sido hasta 
sacerdotes. Del templo de Huitzilopochtli dicen que lo había sido Montezuma 
cuando le llamaron al trono de Méjico. A las clases todas se las enseñaba á res- 
petar como á los dioses las autoridades y las leyes. 

No me extiendo más sobre ésto por haber hablado ya de la instrucción en otro 
capítulo. Dejaban los alumnos todos la comunidad ordinariamente á los veinte 
años. Entregaban á su Jefe un hacha que solían llevar al cinto, y ésta era la 
señal de despedida. No por ésto quedaban del todo emancipados. Si mañana que- 
rían contraer matrimonio, liabían de adijuirir la autorización do aquel jefe, ade- 
mas de la de sus padres. Comunmente se casaban al salir del colegio. Se lo or- 
denaba su propia familia, deseosa de que la, libertad y la naturaleza no los 
condujeran á la prostitución ó al concubinato. Elegían la novia generalmente los 
padres; el novio las hijas. Y ¡cosa singular! desaparecían no pocas veces en la 
elección las jerarquías y el espíritu de clase. Entre los consejos de los nobles 
hallo que no deben rechazar las niñas al mancebo que las pida aunque sea labra- 
dor ú oficial de cualcj[uiera oficio. «Ese mancebo que ha venido á biiscaros, 
se les decía , h;i sido enviado por Tetzcatlipoca. Que sea de l)aja que de alta 
estirpe, que feo que hermoso, debéis recibirle como don del cielo. Y cuidado que 
luego le humilléis ni le miréis con altivez ni desprecio, que enojarse há Dios 
con vosotras y castigaros. Ni que viváis en la mayor escasez debéis dejarle; orad 
á Dios, que reparte mercedes á c|uién le place y sabrá sacaros del atolladero. » 

Las ceremonias del casamiento eran algún tanto raras. Convenida la boda por 
los padres y fijado por los adivinos el dia fausto para celebrarla, había gran mo- 
vimiento en casa de la novia. En dos ó tres días no se dejaba de hacer tamales 
ni de moler cacao ni de recoger ñores y perfumes ni de preparar cañas de humo 
para los fumadores. Empezaban los bancjuetes la víspera y no cesaban hasta la 
tarde del matrimonio. Bañábase luego á la novia, lavábasele los cabellos, adorná- 
basele con plumas coloradas brazos y piernas, poníasele parches de margajita 
en la cara y sentábasela junto el hogar en un petate que le servía de estrado. 
Allí acudían viejos de parte del novio á saludarla y darle consejos. "Recordabais- 



190 msTOBIA OKNKHAI, 



le que lialiia jiasado para ella la edad de los juegos y las niñerías, en breves 
palabras le decían los deberes del nuevo estado, amonestábanla á que no des- 
lustrase el bu(>n nombre de sus padres, de quienes iba á ser apartada, y con- 
cluían por desearle afortunada y prospera AÍda. 

A la puesta del sol entraban los parientes del novio con muchas matronas y 
viejas honradas, y anunciaban á voces que iban por la novia. Recogíanla en una 
manta que una de las matronas traía aparejada y tendía en el suelo: y ya que 
estaban encendidos unos hachones de tea, se la cargaban á cuestas y la llevaban 
en procesión á la casa del novio, lija la novia con sus deudos, los demás concur- 
rentes en dos hileras. Asomábanse los vecinos todos á ver la comitiva , alum- 
brada por el fuego de los hachones. 

En Llegando á la casa, se ponía junto al hogar á los novios, la mujer á la iz- 
quierda, el varón ;'i la derecha. Acercábase la madre del novio á la novia, le 
vestía un vipil y le dejaba á los pies unas enaguas: la madre de la novia al 
novio y le anudaba en el hombro un manto y le dejaba á los pies un maxtle: 
prendas todas labradas, más ó menos ricas según la fortuna de las dos familias. 
En esto las casamenteras — habíalas de oficio — ataban el vipil de la novia 
con el manto del novio y declaraban unidos á los dos mancebos en indisoluble 
lazo. 

No paraban aquí los ritus. Llegábase la madre del novio á la nuera y le 
lavaba la boca. Luego de unos tamales y otro manjar que traía le daba á comer 
cuatro bocados, otros tantos al hijo. Cogían por fin las casamenteras á los dos 
cónyuges , los metían en un aposento , los tendía.n en la cama , les cerral^an las 
puertas, los velaban durante cuatro días, y al quinto sacaban al patio la este- 
ra en que se había consumado el matrimonio. ¡ Ay de la recien casada si no pa- 
recían allí las señales de que había entrado virgen en la casa de su marido! 
La vergiienza cubría para siempre su cara, cuando no la despedía su airado 
consorte y la llenaban de ultrajes sus nuevos parientes. 

Como no fuera para los Reyes, existía, según se ha visto, la más severa mono- 
gamia. Así la pérdida de la virginidad era en la mujer célibe lamas grave falta, 
el adulterio en la casada el más atroz de los delitos. No solamente lo castigaba 
la ley con la pena de muerte . lo condenaba más que la ley la conciencia públi- 
ca. «Oh hija mia muy amada, se lee en los consejos de los padres nobles, si vi- 
vieres en la tierra, mira que no te conozca más de un varón ni des á más 
tu cuerpo. Sería esto caer en un abismo sin fondo, un mal sin remedio que nada 
curaría en el mundo. Se empañaría y sería objeto de odio tu hoy preclaro nom- 
bre, subiría tu deshonra á tus ascendientes. De tí se diría: probarás la piedra, 
serás arrastrada y tomarás ejemplo de tu muerte ; de tí : la enterraron en el 
polvo de sus pecados. Importaría poco que lograses ocultar tu delito á la justicia, 
los dioses, que todo lo ven, tomarían de tí venganza. » 

Entre estos consejos los hay notables bajo otros puntos de vista. Aún los pa- 



DE AMEEICA 101 



(Irps do m;is ilustre ouiui eiu';irg'al)au á sus liijas que se levantasen de noche, 
lavasen cara y manos, cogiesen la escoba y liarriesen la casa, luciesen olea- 
cao, moliesen el maíz, hilasen y tejiesen. «Ahora que sois mozas y no se os hace 
escaso el tiempo, les decían, justo es que os ejercitéis, por si viniereis n pobreza, 
en tejer y labrar las más delicadas telas, en pintarlas y sacar todos los colores, en 
juntarlas unas con otras de manera que hayan de alabaros las -más diestras en el 
oficio. ¿Qué no dirían de vosotras si mañana que os casarais no f)s AÍesen ex- 
l)ertas en los trabajos propios de las mujeres?» Querían sol)re todo que supiesen 
liacer todo g'énero de comidas y bebidas para cuando viviesen con sus maridos , 
y no tenían por indecoroso sino que anduviesen á coger yerba ó á vender ají 
verde ó sal en las esquinas de las calles. 

Dábanlos padres á sus hijos consejos análogos. Les hablaban del lustre de 
sus mayores y de la necesidad de conservarlo ; pero no les encarecían menos la 
de laln'ar la tierra y aprender oficios mecánicos. «En parte alguna, les decían, 
hemos visto que nadie viva de su sola nobleza: cuidad de sembrar los maizales y 
de plantar los magueyes y los demás árboles que dan fruto para que no perezca 
la república. Aprended ademas algún arte como el de hacer obras de pluma: no 
sabéis lo que os podrán exigir mañana las atenciones de vuestro hogar y las nece- 
sidades de la vida.» No consideraban incompatible el trabajo con la hidalguía 
como la aristocracia de Europa. «No perdáis, añadían á sus hijos, el tiempo que 
se os da en este mundo: ocupaos en cosas provechosas de noche como de dia.» 

Los consejos á los pobres no debían ser naturalmente menos favorables al tra- 
bajo. Al despedir los jefes de comunidad á sus alumnos: «sed, les declan, piado- 
sos para con los dioses . amad ;'i -suestros padres , respetad á los ancianos , acor- 
daos de la instrucción que aquí habéis recibido, conducios como bravos en la 
guerra y trabajad para mantener á vuestras mujeres y á vuestros hijos.» Con- 
cluida la boda, pasados los cuatro días de vela, cuando ya se retiraban los deu- 
dos, las parientas del novio decían por otra parte á la novia : «esforzaos, hija, Jio 
os añijais por la carga del matrimonio que habéis tomado ;i cuestas. Aunque 
pesada, la podréis sobrellevar con el auxilio de Dios; rogadle (|ue os ayude; ved 
aquí cinco mantas que, según costumbre, os da vuestro marido para que con 
ellas tratéis en el mercado y compréis la sal y la leña con que habéis de guisar 
vuestra comida.» La madre de la novia era todavía más esplícita con el novio: 
«No penséis hijo , le decía , que podáis ya vivir en regalos ni delicadezas ; con vues- 
tro sudor habéis de ganar en adelante vuestro pan y el de vuestra esposa. Ha- 
ceos A los trabajos y á las fatigas que habréis de sentir en el corazón y el cuerpo, 
tal vez durmiendo en algún rincón de casa ajena, tal vez pasando arroyos y atra- 
vesando páramos, tal ^ez sufriendo calores contra los que necesitéis el aventa- 
dor de plumas, tal vez comiendo sólo pan con maíz Inslado. Estáis en vuestra 
libertad y entráis en otra ^ida.» 

No se tenía por feliz el matrimonio que careciese de ¡trole. Así en cuanto la 



192 HISTOIUA GENERAL 



novia se sentía embarazada lo decía á sus padres , que lo comunicaban á su vez 
á los del iiKirido y jior estos á los ])riiicipales del pueblo en un banquete á que se 
los convidaba. Pronunciábanse en aquel l)anquete senlidos discursos, donde al 
paso que se manifestaba gran regocijo pni- balierse dignado los dioses poner en 
arca de mujer tan moza tan vivo tesoro se revelalia el temor de que pereciese 
antes de nacer el concebido fruto y se imploraba el favor de Tetzcatlipoca. Ha 
conservado la historia estos discursos que eran como todos fórmulas , y es de notar 
el que se dirijía ü la novia, sobre todo cuando ésta había nacido en hidalga cuna. 
«No te ensoberbezcas por estar preñada , le decían , ni lo atribuyas á tus mereci- 
mientos, no sea que por tu orgullo te acarrees la cólera del cielo y abortes ó 
sucuml)as en el ¡tarli». Ahora más que nunca debes levantarte de noche y orar y 
barrer los altares de la casa: no te des á la dulzura del sueño. Muévete, trabaja, 
guárdate sólo de tomar ó levantar cosas que pesen. No abuses tampoco de los 
baños. No toleres que tu marido use de tu cuerpo. Evita ver cosas que te repug- 
nen ó te espanten. Satisface tus antojos. Haz en una palabra por que no se ma- 
logre el joyel que llevas en tu seno.» 

A los siete meses del embarazo reuníanse otra vez y comían juntos los pa- 
rientes de los cónyuges , llamaban con solemnidad á una partera y le confiaban 
el cuidado de la paciente. La partera añadía entonces á estos sabios consejos 
otros que eran ya fruto de la preocupación , no de la experiencia. Encargaba por 
ejemplo á la iiarturienle que no durmiese de día para que no saliese deforme el 
vientre de la criatura, ni se fijase en objetos de color rojo para cj^ue no naciese de 
lado el hijo. Acabado el discurso, encendía por sí misma fuego, calentaba gran 
cantidad de agua, metía la preñada en el baño, la tentaba y decía que endereza- 
lía el feto. Dictaba después á su cliente otras prescripciones y se retiraba hasta 
la hora del parto. 

El ¡)arto era á los ojos de aquellas naciones una verdadera lucha entre la vida 
y la muerte, f 'omparábase á la mujer que paría con el soldado que pelea en el 
campo y se adoraba como diosa á la que sncumbía. Adorá,bala antes qup bidos la 
misma partera que le dirigía estas sentidas frases: «Oh iñnjer fausta y beli- 
cosa, habéis combafidn valientemente. Despertad y levantaos que han salido 
ya los arreboles de la aurora v cantan las aves en la enranuida. Levantaos v 
componeos, é idos á la casa del sol vuestro padre, donde os esperan contentas y 
gozosas vuestras hermanas las diosas C'ioapipiltis. Bienaventurada vuestra muerte , 
pues por ella conseguisteis la eterna vida. Acordaos de nosotros allá donde estu- 
viereis y proveed á la pobreza en que estamos y padecemos.» 

Se lavaba en seguida á la muerta el cnerpo, se lejabonalia la cabeza, se le ves- 
tía las más ricas vestiduras , y al ponerse el sol se la llevaba en hombros de su 
marido al patio del templo de las diosas Cioapipiltis. Iba tendidos y desparramados 
los cabellos y' seguida pf)r multitud de parteras que , provistas de espadas y escu- 
dos, daban voces como los soldados cuando acometen á los enemigos. A las voces 



DE AMÉRICA 103 



salían unos mancebos llamados telpupuchtis, y trababan con ellas serios com- 
bates para arrebatar á la (lifiinta. 8epultábasela al fin en el mismo patio debajo 
de la tierra, y la guardaba y velaba el marido cuatro noclies cou algunos de sus 
amigos. Guardábala por temor de que la hurtaran ó soldados ó Iiecliiceros, los 
unos para quitarlp un dedo y los cabellos y pegarlos en su rodela imaginan- 
do que con ésto hal)ían de ser más esforzados y hacer más prisioneros; los otros 
para cortarle el brazo izquierdo y llevarlo á donde quiera ([ue liubiesen de vou- 
nirse á fln de que se adnrmeeieran cuántos presenciaran sus encantamientos. 

La semejanza entre el parto y las batallas era tal para aquellas gentes, que 
de las miijeres que de él fenecían se aseguraba también que, armadas de todas 
armas, iban delante del sol cantando, peleando y danzando. Los soldados que 
murieron en la guerra, decían, acompañan al sol desde que asoma por Oriente 
hasta que llega á la mitad del cielo: allí le toman las Cioapipiltis y le acompa- 
ñan hasta su ocaso. Al trasponer las cuml)res ó las aguas de Occidente creye- 
ron un tiempo que el brillante astro bajaba á derramar su luz por el inlierno y á 
despertar á los que allí dormían. 

Otra cosa se contaba de las Cioapipiltis que no las favorecía. Decíase que al 
dejar el sol se esparcían á veces por la tierra y se aparecían á sus maridos, cuan- 
do no álos niños, para quiénes eran infaustas. Niño cou quien tropezasen afirma- 
ban que se veía atacado de perlesía y de otras enfermedades. Así en ciertos días 
del año en que se las creía más inclinadas á bajar á este oscuro suelo no se per- 
mitía á los niños que dejasen sus casas y nnicho menos que salieran al campo. 
Suponíaselas amigas délas encrucijadas, y por esto en las encrucijadas princi- 
palmente se les ofrecía el día de su fiesta panes en figura ya de rayo , ya de ma- 
riposa. 

Mas las Cioapipiltis no abundaban. Fueron siempre por fortuna pocos los alum- 
bramientos desgraciados. Y era tal la alegría de los que lograban hijos!.... Se 
prodigaba los más pomposos epítetos á la parida : venían de lejos á felicitarla sus 
pairientes. No se hable del recien nacido. Sobre todo si era de familia poderosa, 
llovían las embajadas y las arengas. Ponderaban los oradores la suerte que les 
cabía en liaberle visto, dál)anle el nomijre de todas las piedras preciosas, recor- 
daban las glorias de los héroes de que descendía. No dejaban con todo de empañar 
algún tanto la ventura de los padres. Como al saludar á la esposa en cinta le ha- 
bían advertido el riesgo de que abortase ó muriese en el parto . hablaban ahora 
de lo frágil que es la vida y lo oscuro que es el porvenir de los niños. ¿Pasará 
éste como una flor? se preguntaban. ¿No le mereceremos y nos le arrebatará 
Tetzcatlipoca? ¿O por ventura vivirá y se encenagará en los vicios? 

En todos esos discursos se veía la mano de los sacerdotes ; y aquella reli- 
gión sombría no era en verdad la más á propósito para alegrar las almas. Repe- 
tía sin cesar que este miiudo era un valle de lágrimas y en él no halúa placer 
que el dolor no acompañase: que desde antes del i)riuci¡)io del mundo se había 



59 



194 HISTORIA GENliüAl, 



escrilo en el úllinio ciebí el destino de oadíi criatura y luda crialura, deliía- \mv 
lo tanto resignarse en todo á la volunlad de los dioses; que había naeido el 
hombre para la guerra y sólo por la güera podía conquistar el paraíso; qne á la 
divinidad por fin no se la aplacal)a ni se la ganaba sino por la oración, los suspi- 
ros, el llanto, la penitencia y el sacrificio. Para mayor desconsuelo de sus de- 
votos les ponía siempre delante la imagen de la muerte. Apenas pasaba día sin 
fiesta, ni fiesta en que no vertiese sangre sobre la piedra de los holocaustos. 
¿Cómo no había de echar un velo de tristeza sobre todos los corazones? Yiéronlo 
en los mejicanos los misioneros todos que allí arribaron después de la conquista. 

Emancipado ya de la escuela el habitante del Imperio, bien se casara, bien 
permaneciera célibe, entraba en una de las secciones en que estaban divididos 
los pueblos así para las necesidades de la guerra como para la recaudación de 
los tributos. Salía de las manos del maestro para caer bajo las de un capitán ó 
jefe á quien debía como á las demás autoridades absoluta obediencia. No tenía 
un superior sino muchos, pues si ejercía el comercio estaba ademas bajo la acción 
de los cónsules ; si la industria , bajo la del síndico de su gremio ; si la agricultura , 
bajo la del señor de la tierra ó la del cabeza del calpulli. Podía si era noble, 
mandar, pero no sin tener á quién doblar la frente, que aun los más altos se- 
ñores eran como siervos en el palacio de sus monarcas. Había de cumplir y 
cumplir sin murmurar las (ordenes de los superiores. Tal era el más importante 
de sus deberes así morales como políticos. 

En cambio la moral no se mostraba menos severa con las clases que goberna- 
ban. «No seáis, les decía, altivas ni soberbias. Hombres poderosos han sido vues- 
tros antepasados y no se ensoberbecieron. No hagáis nada indigno de su memo- 
ria. Debe el señor ser el corazón del pueblo: no tengáis jamas en poco á vuestros 
inferiores. Cuánto estéis más altos seréis más humildes, ^edlo, no lo finjáis, c[ue 
es vicio imperdonable la hipocresía. Habéis de contentar á vuestros jefes, pero 
también á vuestros subordinados; procurad siempre conciliar los intereses del 
Rey y los de'los subditos. No mandéis jamas cosa en que no puedan obedeceros.» 

I^a moral era en el Imperio bastante humanitaria con derivar de una religión 
de sangre. Lo ha visto ya el lector por lo (jue hasta ahora, llevo escrito: reuniré 
los preceptos de que hasta aquí no he hablado. Se habrá advertido ya que la lim- 
pieza entraba en el número de las penitencias religiosas: la urlianidad toda foi-- 
maba parte de la moral como tal vez debiera. «Ama, respeta y sir\'e, leo en xa- 
rios discursos, ;i 1u padre y á tu madre; honra y saluda á los ancianos; consuela 
á los afligidos y á los. pobres, no solo con palabras, sino también con obras. Ama 
á t\i prójimo, ama á todo el mundo. A nadie ofendas, ni con nadie riñas ni te 
insolentes; cállate cuando hablen mal de tí y no hables mal de nadie. Cuando 
oigas una injuria, no vayas jamas á referirla al injuriado: no sea que i)or tí se 
maten dos hombres, y caiga su muerte sobre tu conciencia. No seas altanero: 
como no estés constituido en auloridad. no prelendas nunca sobrcjionerte ni á 



DE AMÉIUCA 195 



tus iguales. Clurirtlale sol)i'e todo de adelanlarte ;i tus superiores: dales el puesto 
de honor á donde quiera que vayas. Solo así vivirás en i)az y serás querido de 
los dioses y de los hombres. 

»Sé conlinente, sé casto. Porque no conocieron mujer recibe Dios á los 
sacerdotes; porque no la codiciaron acoge con amor á los niños. Manchan 
los delitos el corazón y enturbian el entendimiento. Prematuros, agotan las 
fuentes de la vida. Desmédase el maguey, si le sacan la miel antes que crez- 
can. No busques, hijo, más de ima mujer y ni aún con ella te abandones desen- 
frenadamente á tus apetitos. Huye principalmente de la casada : que vá el adúltero 
á su deshonra cuando no á su muerte. No la mires, no te fijes en sus encantos: 
bastan los ojos para que cometas adulterio. Por solo adulterar con la vista pere- 
cieron muchos en el cadalso. 

»Sé en todos tus hálñtos modesto y sobrio. No vistas con desaliño porque es 
señal de bajeza, ni mantas ricas y bien laliradas porque no te crean orgulloso y 
vano. Vístelas decentes y limpias, y no las lleves ni tan sueltas, que arrastren, 
ni tan recogidas , que te queden muy altas. Tampoco las anudes por el sobaco como 
hace la gente fantasiosa y loca. Cíñete honestos , no lujosos maxtles ; calza siempre 
cotaras que no sean ni más largas ni más anchas de lo que tu pié reclame. Anda 
sosegada, no perezosamente; grave, no altanero. No hables tan alto, que parez- 
ca que gritas, ni tan bajo, que no te oigan. No quites nunca la palabra á nadie , 
no te apresures á dar tu opinión donde haya hombres' de más saber ó más años. 
Come y bebe con templanza; ni tan aprisa, que pases por hambriento, ni tan des- 
pacio que te califiquen de melindroso. Lávate antes de sentarte á la mesa cara 
y manos; y si otros hxibiesen de comer contigo, no te sientes que no hayas dado 
á todos agua con que se laven. Volverás á lavarte en alzándote de la mesa. 

»Sé diligente. Para hacer lo que debas , no esperes nunca que por segunda vez 
se te pida ; si te llaman , atiende siempre al primer llamamiento. Si por acaso 
oyeres que llaman á otro y vieses que no responde, hazlo tú por él y cumple 
como puedas lo que te ordenen. Tal vez acontezca ¡son tantas las vicisitudes de 
la vida! que caigas un día en servidumbre. Adelántate á los deseos de tu señor 
y no dejes de satisfacer por pereza ni aún sus antojos. Quizá viéndote útil te 
conserve, y vea en tí más que un esclavo un hijo. No guardes nunca lo que pue- 
des hacer hoy para mañana ni pierdas nada por incuria. No te embargue el sue- 
ño ni te detenga el calor ni te encoja el frío ni faltes al trabajo por gozar un 
momento más ó de la suave temperatura de la cama, ó de la fresca sombra de 
los árboles. El trabajo y la actividad favorecen la salud y regocijan el alma. 

»Tú, labrador, llena bien los deljeres de tu oficio. I^abra la tierra, siémbrala, 
cosecha el fruto de tus fatigas , planta juagüeyes , culti^-a el cocotero y sol)re 
todo construyete una casa, una casa que habites toda tu ^ida y cuando mueras 
sea el hogar y el consuelo de tus hijos. Y tú, mujer casada . ahorra los sudores de 
tu esposo. No le malverses la hacienda. No se la malgastes en locas fantasías. 



19G HISTOEIA GENEEAL 



Ténle siempre contento, séle fíel y agradable. Haz que las horas qne contigo 
pase le endulcen las del trabajo. Si se ausentó, cuando vuelva, sal con tus cria- 
das á recibirle. Si se porta mal contigo, rei^réndele blandamente y en secreto. 
Sería su deshonra tu deshonra. 

«Aborreced la mentira, vosotros todos que escucháis mis palabras. Sed siem- 
pre francos y llevad abierto el corazón para todo el mundo. Evitad hasta el 
contacto de los embusteros y los hipócritas. Confesad aún lo que os perjudi- 
que, decid la verdad aún á costa de vuestra sangre. Guardaos principalmente 
de mentir en daño ajeno. ¿Os piden cosa que no está en vuestra mano? ¿Os en- 
cargan un servicio á que no alcancen vuestras fuerzas? ¿Os ruegan algo que 
tengáis por indecoroso ó por injusto? No vayáis á otorgarlo sabiendo que no 
habéis de cumplirlo. Negadlo cortésmente. No sea que pudiendo no lo encar- 
guen á otro ú os tengan por hombres sin virtud ni decoro. 

»No hurtéis, no juguéis. Estos dos vicios se engendran mutuamente. No hur- 
téis ni juguéis, si no queréis que os difamen en plazas y mercados. 

» Si acertáis á ser nobles, son más vuestros deberes. No sólo no debéis por 
vuestras faltas muncliar de polvo y estiércol las pintui-as de vuestros padres; 
debéis sostener en vuestra persona la grandeza de vuestros antepasados y sobre- 
lioneros por vuestras virtudes á los demás hombres. » 

Esta moral, como ve el lector, era bastante pura. No exigía el bien por el 
bien, no pimía el premio del bien en la sola satisfacción de la conciencia. Daba 
por estímulo de las buenas acciones móviles verdaderamente egoístas : la gloria 
de los que fueron, la honra de sí mismo, el deseo de la paz, el temor de recibir 
mal por mal y ver menoscabados su vida ó sus intereses. Era egoísta aún cuando 
abría las brillantes moradas del Sol para los (|ue sacrificaban su vida por los dioses 
en los campos de Ijatalla. Pero ¿cuándo ni (bhide Iiubo moral social que no recur- 
riera á los mismos ñ análogos medios para moderando los instintos y las pasiones 
del hombre inclinarle á la virtud y apartarle del vicio? AVm hoy la mural del 
bien por el bien no pasa de ser el (Icsulcrdltan de los filósoíbs: dista de estar es- 
crita en el corazón de los ¡iueljlos. 

Era también incompleta la moral del Imperio: callaba sobre los deberes para 
con nuestra razón y la naturaleza. Pero no estaba tampoco ni entonces ni ahora 
más avanzada la moral de las naciones cultas ; y en cambio la del Imperio ha- 
]ua penetrado en la vida de los ciudadanos como la de ninguna otra sociedad 
del mundo. No que allí no Iiubiese vicios — ¿como no haberlos dónde estén reu- 
nidos cien hombres? — había allí robos y fraudes y homicidios y adulterios y 
prostitución y alcahuetes y rufianes y gentes que especulaban y vivían con la 
ignorancia del prójimo. Pero estaban en general menos corrompidas las costum- 
bres, rayaba más alto el sentimiento moral y hal)ía mayor masa de piie- 
blo que acomodase á la justicia sus actos. "S'erdad es que esto nacía en gran par- 
te, ya de la dureza de las leyes, ya del concurso que para la pública moralidad se 



DE AMÉRICA 19" 



prestaljau la religiüu y oi Imperio, ya de las iiis1i1uci<iiies políticas, encaminadas 
todas á mantener constantemente acti\-os á los lidmbres liasla el extremo de de- 
j'arles apenas piintu de reposo. 

Esta mayor morigeración de los mejicanos la hubieron de confesar los mismos 
españoles á poco de la conquista , principalmente cuando , gracias á lo más laxo de 
sus leyes y á la menor pureza de sus costumbres , los vieron caeí precipitadamente 
en todos los excesos de la embriaguez y la lujuria. No había pueblo ni mñs s()- 
brio ni más casto , exclamaban ; y algunos hasta reconocían que lo haljían per^"el•- 
tido los vencedores destruyendo inconsideradamente un régimen , que . como dice 
Sahagun , era conforme á la templanza y abastanza de la tierra , engendradora 
(lela sensualidad y el ocio. 

«Los mejicanos que no han entrado aún en relaciones con los europeos , escribe 
Alonso de Zurita, son muy sufridos: nada los turba ni los irrita. Sufren con 
paciencia que se los corrija, y no porque se los reprenda toman ni continúan el 
trabajo con desabrimiento. Cuanto más elevados en dignidad son tanto más su- 
misos; solo alguna que otra vez se permiten decir al que los riñe: iQt'é tie- 
nesl No fe encolerices. y reflexiona sobre lo que me mandas. Nosotros los 
hemos hecho rebeldes y tercos á fuerza, de esclavizarlos. Donde se los dej(3 li- 
bres son obedientes y dóciles hasta con sus nuevos amos.» Y en otro lugar: 
«eran antes escasos los pleitos y los divorcios, hoy abundan. Se apoderó la dis- 
cordia de las familias y de los hombres.» Y en otro: «trataljan l)ien á sus escla- 
vos. No conocían la usura.» Podría multiplicar las citas. 

Era práctica la moral en el Imperio como lo era la educación y la enseñanza. 
El mismo Alonso de Zurita hace observar en su escelente informe la multitud 
de conocimientos útiles que reunía el último de los mejicanos. En general, di- 
ce, todos saben tallar la piedra, edificar una casa, hacer un cable de junco, ha- 
llar donde quiera que estén los materiales necesarios para satisfacer las necesidades 
del momento. ¿Los sorprende la noche en sus viajes? Ponen todos manos á la olira 
y en minutos levantan sus tiendas. Aún los niños saben el nomltre y las cuali- 
dades de todos, los seres animados, de los árboles, de las mil y una yerbas que 
cubren los campos, de las muchas raíces que les sirven de sustento. ¿Se debería 
tal vez á su misma falta de escritura? 

Esto unido á su sobriedad les debía naturalmente facilitar la vida. «Los meji- 
canos , decía un oficial de los de Hernán Cortés , viven con muy poco : no hay na- 
ción que menos consuma.» Comían á la verdad opípara y delicadamente los seño- 
res; alimentábase principalmente de maíz el pueblo. Legumbres, ensaladas, 
raíces, aves, ya silvestres, ya caseras, constituían la variedad de sus platos: el 
cliili y el aj'i la de sus condimentos. Usaban los habitantes todos una belúda deli- 
ciosa que hacían del cacao y un vino llamado pulque que sacaban de sus magüe- 
yes. Con una taza de cacao, añadía el oficial citado, pueden pasar todo un dia sin 
tomar otro sustento, pítr m;is que vayan de viaje y sea larga la jornada. 



19*^ ni.STOEIA GKXErAL 



El traje no potlia tampoco ser más sencillo. Iliaii los liombres casi desnudos: 
llevaban zapatos sin empeine que sujetaban al tobillo })or anchas correas g-uarne- 
eidas de botones y ojales; en el entremnslo unmaxtle, especie de jiañuelo. <irdi— 
narianiente con franjas, cordones y borlas que ceilían ;i la cinlura: anudado al 
pecho un manto con orlas, casi siempre de más ó luénos complicados adornos. Cal- 
zal)an las mujeres zapatos semejantes á los de los hombres, vestían enaguas y una 
como sobrepelliz que llamaban vipil y las cubría de la garganta al cinto. Unos y 
otras solían traer al aire la cabeza: las mujeres suelto y esparcido el cabello, los 
varones recogido de diversos modos según las distinciones deque gozaban. Pena- 
chos no se los ¡>ermitían los hombres sino en la guerra y los areitos; tocados 
sólo las mujeres que habitaban en países cálidos, orilla de los dos Océanos. Usaban 
éstas un velo en forma de red de color amarillento. Mantos, maxtles, vipiles, 
enaguas eran comunmente de algodón pintado: los mantos, no ])ocas veces de te- 
la más basta, de hilo de maguey, de nequen. 

Cabla en todas estas ropas lujo y se lo veía en los trajes de la gente rica. De 
algodón había delicados y hermosos tejidos. Mezclábaselo, como se ha dicho, con 
pelo de liebre, ó de conejo, y se hacían telas que en suavidad y lu'illo dejaban 
atrás nuestras sederías. Mantos los tenían caprichosamente bordados con anchas 
orlas y elegantes flecos. Los tenían también de finas y elegantes plumas. Los 
mismos maxtles eran susceptibles de lujo. Los había que según la labor de sus 
franjas parecían de encaje. Eran á veces de gran precio sus cordones y borlas. 
Otro tanto sucedía con los vestidos de las mujeres. Hasta cuatro vipiles de dife- 
rentes cdlores y telas ostentaban algunas damas. Lleválianlos sobrepuestos y 
unos nii'is cortos que otros á la. manera que visten sus muchos relajos las aldea- 
nas de algunas provincias de Castilbi. Mas esto era la escepcion; la regla eran 
los trajes modestos. En otro capítulo me haré cargo más detenidamente de los 
atavíos de la gente noble. 

Era ni) muy difícil la vida y l)astante c('imoda. Las casas eran ordinariamente 
holgadas y las de las ciudades tenían azoteas. Solo las de la costa del mar solían 
estar culiiertas de ])aja. Eran unas de cal y piedra : otras de tierra y adobes. 
Las de la costa estaban circuidas de murallas también de ladrillo crudo. Había 
muchas esparcidas por el campo ya en las llanuras, ya en las colinas: muchas 
más formando calles y pueblos. Las poblaciones estaban por lo regular bien 
situadas: sus alrededores eran pintorescos. Las había en las faldas de los mon- 
tes, en fértiles y risueños valles, á las orillas de los rids, en las jdayas de los 
mares, en el fondo mismo de los lagos. Coutenian todas escaso número de calles 
espaciosas, pero muchas rectas y largas. En las de los lagos unas calles eran 
todas de agua; otras mitad de agua mitad de tierra. Arcillosa v lisa la tierra no 
parecía sino ladrillo. Haljía además en todos los pueblos de alguna importancia 
plazas y mercados, algunos, como el principal de Méjico, adornados de pórticos. 
.Solían ser grandes los mercados por venderse en ellos no sólo comestibles sino 



DE AMÉRICA 1!):) 



laiubieii toda elas(> de géneros así necesarios como supérñuos. ^'endiase allí des- 
de el chili y el ají verde hasta las joyas de oro y plata y estaba cada (3rdeii de 
mercancías en distinto departamento. No se hable de los teocallis. Eran tantos 
los de Méjico, que sólo con los braseros que perpetuamente ardían dohinte de sus 
fachadas , la ciudad toda estaba de noche espléndida y brillante. Hasta ciento 
noventa torres dice el oficial anónimo c[ue contó en una ciudad sita á seis leguas 
de Tlaxcala, probablemente Cholula. Pertenecían unas á templos, otras á casas 
principales. Si ha1)ia en aquellas poblaciones baños comunes, lo ignoro. Algunn 
indicación de que los liul)iese encuentro en uno de los discursos de los padres 
ú los hijos, pero la estimo insuficiente. Había baños para las abluciones en los 
teocallis y los monasterios; los había también en los palacios de los Reyes. Es 
de presumir qiie no faltasen en las viviendas de los nobles. Lo que en todas par- 
tes abundaba, ei'an los jardines: ya en otro punto dije que los liítliia no sólo en 
los patios sino también en las azoteas. 

Era bastante fácil y cómoda la vida; y sin embargo, lo he dicho y lo repito. 
triste. Triste no sólo por las causas que antes he apuntado sino también por l;i 
idea c|ue aquellos hombres tenían de la muerte. Creían en la inmortalidad, su- 
pongo que la del aLna; y sostenían que ya difuntos iban al cielo, al paraíso ó al 
infierno. Estaba para ellos el infierno en el corazón de la tierra; el paraíso en 
cierto sitio llamado Tlalocan, donde jamás hacía frió ni se despojaba de sus galas 
la naturaleza; el cielo en las esplendorosas moradas del astro del día. Lugar de 
eternas sombras decían que era el infierno : lugar sin ventanas ni luz donde rei- 
naban sobre un mundo de yertos y aletargados seres Mictlantecutli y Micteca- 
ciotl, el Pluton y la Proserpina de la antigxui Grecia. Lugar de perpetuas deli- 
cias decían por lo contrario que era el paraíso, lugar donde imperaban los Tlaloques 
y no faltaltan nunca mazorcas de maíz ai dejaban de fecundar nunca limpias y 
trasparentes aguas huertas y campos. Lugar de frondosas arboledas y frescos y 
sombríos bosc|ues decían por fin que era el cielo; lugar de encantados jardines 
donde pájaros de brillantes plumas respiraban sin cesar un aire perfumado por 
las más bellas y olorosas flores. No eran estos pájaros, según añadían, sino meta- 
morfosis de los mismos habitantes del sol . que á los cuatro años de irle siguiendo 
por el espacii) adquirían aquella forma y gozaban del dulce privilegio de recoi-- 
rer lo mismo los verjeles del cielo que los de la tierra. 

Para quienes creyeran los mejicanos reservado el cielo lo he dicho en estas 
mismas páginas: para los hombres que muriesen en combate y las mujeres cj^ue 
falleciesen de parto. Entendían que también lo estaba para los prisioneros á que 
se arrancase el corazón sobre la piedra d^^ los sacrificios. Suponían destinado al 
paraíso aún á menos almas : á los que cayesen heridos por el rayo ó se ahoga- 
sen en el agua ó pereciesen atacados por la lepra . las bubas . la sarna . la gota ó 
la hidropesía . Consideraban el resto de los hombres . es decir , la casi totalidad 
<le nuestro linaje, consagrado á los dioses del infierno. ¿Como no llevar la tris- 



200 HISTUIilA GENEEAL 



leza en el corazón princi])aluieute al acercarse á las riberas de la muerte? Ver- 
dad es que no liabía en su infierno ni llamas ni otros suplicios; mas ¿era 
poco vi^•ir en eternas tinieblas"? Ya que al)andonaron aquellas generaciones la 
antigua creencia de que el Sol bajaba, al dejar nuestro horizonte, á la bjljrega 
mansión de Mictlantecutli , debieron para consolarse cerrar las puertas de tan es- 
pantoso abismo y dejar la vida futura solo para los felices mortales predestinados 
al paraíso terrenal ó al cielo. 

Es tan desconsoladora, tan poco moral , tan a))surda esta doctrina sobre el des- 
tino ulterior del liombre , que llego á dudar de si realmente la profesaban los me- 
jicanos tal como nos la trasmitieron los escritores de Europa. Acabo de referirla 
conforme al texto de Saliagun y Torqueraada ; y , á decir verdad , no encuentro 
en autores que merezcan igual fé cosa en contrario. Hasta me parece verla confir- 
mada , así por las frases que se dirigían al que agonizaba , como por las ceremonias 
que se bacía con los muertos. Se solía decir por todo consuelo al moribundo que 
iba á poner fin á las miserias de la vida y trasladarse á un higar, si oscuro, an- 
cho, donde le habían de ver deudos y amigos antes de mucho tiempo. Amor- 
tajado ya, ademas de sus propias armas, herramientas y vestidos, un jarro de 
agua y un perro de color rojo, se le daba una serie de misteriosos papeles con los 
que se le anunciaba que había de vencer las dificultades del camino á las regio- 
nes de Mictlantecutli. El camino era verdaderamente trabajoso. Corría primero 
entre dos encontradas sierras; estaba luego defendido acá por una culebra, allá por 
una lagartija verde; atravesaba ocho páramos y otros tantos collados ; pasaba por 
un lugar donde soplaba un viento tan impetuoso que arrancaba las piedras ; se 
dirigía por fin á las márgenes del Chicunaoapa, el Aqueronte de aquel infierno. 
Dudo, sin embargo, que tal creyesen aztecas ni chichimecas cuando considero 
que por esta noción de la vida futura resultaban condenados á la región de 
las eternas sombras, lo mismo los justos que los delincuentes, los reyes que sus 
vasallos, los sacerdotes que la profana muchedumbre, los niños que los adultos. 
Los niños eran los amados de Tetzcatlipoca , los sacerdotes , sobre todo los que 
sacrificaban, objeto de adoración para el pueblo y aun para los mismos príncipes, 
que veían en ellos la imagen y la encarnación de los dioses. Se hace inconce- 
bible que solo porque no muriesen en batalla ó sobre la piedra de los holocaustos , 
ó heridos por el rayo , ó en el agua , ó atacados por ciertas enfermedades se los 
supusiese confundidos en el infierno con los últimos de los hombres. 

En mi sentir conocemos incompletamente sobre este punto las creencias de 
los mejicanos; me lo hace presumir más que todo cierta práctica religiosa de 
significación altísima. Se confesaban los habitantes del Imperio, como los cató- 
licos, y daban al acto gran solemnidad é importancia. Empezaba el penitente por 
rogar al confesor que buscara en los libros judiciarios el día más próspero para 
lavarse y purificar su espíritu. Elegados el dia y la liora , se dirigía al templo 
con un petate nuevo, un poco de copal y un liaz de leña. Encendía lumbre, bar- 



DE AMÉEICA 201 



i'ia la tierra, estendia el petate, y, ya que en él estaba sentado el sacerdote, le 
entregaba el incienso. Arrojábalo el confesor al luego, y al luego dirigía estas 
l)alabras: «Vos, señor, que sois el padre y la madre de los dioses, sal)ed que ha 
venido con gran dolor y tristeza vuestro vasallo ¡xjr haber caldo en muy graves 
faltas y estar de ello muy fatigado y pesaroso. Vos que sois defensor y ampara- 
dor de todos , recibidle á penitencia y oid la angustia de vuestro humilde sier- 
\o. » Volvía luego los ojos al penitente y le decía: «Estás, hijo mió, delante de 
Tetzcatlipoca. Guárdate de mentirle. Derrama en su presencia tus maldades: 
nada omitas por miedo ni vergüenza. Abiertos tiene ya para tí los brazos.» 

Sentábase entonces el penitente cara á cara del confesor ; y como si en él vie- 
se al mismo Tetzcatlipoca , profería estas breves frases : « Oh señor nuestro , que á 
todos recil)es y amparas, oye mis hediondos y repugnantes crímenes. No te se- 
rán por cierto ocultos, puesto que todas las cosas te son maniflestas.» Confesaba 
á continuación sus ¡)ecados por el orden con que los había cometido, y confesá- 
balos gravemente y despacio sin olvidar ninguno de los pormenores. El sacerdo- 
te le daba después una penitencia acomodada á la culpa, tal como la de ayunar 
unos días , cantar y bailar desnudo ante unas imágenes ó pasarse unas espinas 
de maguey por la lengua ú otra parte del cuerpo , y le declaraba limpio y purt) 
de toda mancha. 

¿A qué tan ceremoniosa confesión si, que falleciera que no en pecado debía el 
hombre después de muerto languidecer en las tinieblas del inñerno sin que por 
su absolución acá en la tierra le cupiese mejor fortuna que á las sombras allí 
encerradas? Advierta el lector, que esta confesión, i)or ser imperdonable toda 
reincidencia, no se la hacía más de una vez en la vida y la dejaban por lo mismo 
los pecadores para cuando se creían próximos á la muerte ó se hallaban en la edad 
en que más bien nos abandonan los vicios que los abandonamos. Si no para mejo- 
rar la vida futura ¿para qué había de querer el mejicano al fin de sus días ir á 
descubrir ni á un hombre ni á un Dios las debilidades y vergüenzas de su pre- 
sente vida? Dice Sahagun que lo hacían con el íin de sustraerse al castigo de la 
justicia humana, pero infundadamente. Si así liuljiera sido, no halu'ían espera- 
do á viejos para confesar sus delitos; los habrían confesado inmediatamente des- 
pués de cometidos, como, según el mismo autor, lo hacían después de sojuzgados 
á la espada de los españoles y á la ley del Evangelio. 

Como quiera que fuese , la ¡jerspectiva de los mejicanos que morían en su 
casa y de enfermedades comunes, nada tenía de halagüeña ni de brillante. La 
muerte era aún. más triste que la vida; los entierros, supersticiosos. Sepultábase 
antiguamente los cadáveres sin quemarlos ni mutilarlos. Se abría una fosa que 
se revestía de cal y piedra, y se sental)a en ella al muerto, si varón con su. es- 
pada y su escudo, si mujer con el huso y la rueca. ¿Se trataba de un Rey ó de 
uno de los grandes señores? Se hacía mayor la fosa y en ella se encerraba vivos 
con el cadáver alas concubinas v los esclavos favoritos. Cuando la conquista sólo 



202 HISTOEIA GENERAL DE A.MEEIC.\ 



se enterraba ya inte.ü'ro el (•a(lá^•er de los destinados al cielu. Enlerráliaselos 
tendidos y con una vara en la niaiin. A iodus los demás se los quemaba días 
después de amortajados con ¡4'ran ceremonia. ícelos alancea l)a mientras ardían en 
la hoii'nera . se recogía la ceniza y los huesos, se los guardaba en una olla jun- 
to con una esmeralda y se los metía en un hoyo que generalmente hacían dentro 
de la que fue su casa para que los hijos y los deudos pudieran cuando quisiesen 
presentarles ofrendas. 8e quemaba á los reyes y á los nobles lo mismo que á los 
plebeyos con la sola diferencia de que en la cremación de los primeros se sacrifl- 
caba gran número de escla^'os. ya de los que en vida hal)ían estado á su ser\'i- 
cio,yadelos que ofrecían al efecto los señores que asistían á las obsequias. 
Arrancal)an el corazón á esos esclavos según costumbre, y luego los arrojaban 
en otra hoguera distinta de la del monnrca. Mctimas había también en el en- 
tierro de los hombres principales, pero en limitado número. Veinte esclavos y 
veinte esclavas era lo nn'is que podía sacrificarse. Lo sensible era que ;'i los vein- 
te, á los cuarenta, á los sesenta y aun á los ochenta días de sepultados los reyes 
se repetían, aunque en mucho menor escala, tan terribles holocaustos. En los 
cuatro primeros aniversarios se vertía sangre, pero sólo ya de codornices., mari- 
posas y conejos. Sobre la se])ultura se ponía la imagen del rey muerto: allí se 
hacían los sacrificios y las ofrendas. 

Una particularidad he de hacer notar ahora antes no ponga fin á este capítu- 
lo, en que he seguido la vida social de los mejicanos desde el nacimiento á la 
muerte. Acaba de ver el lector, como se los bautizaba, seles casaba v se los ente- 
rraba. En ninguno de los tres actos , como no fuera en las exequias donde había 
sacrificios, figuraba el sacerdote. Una partera bautizaba, unas casamenteras enla- 
zaban á los novios, unos viejos amortajaban y quemábanlos cadáveres. El sacer- 
dote era ajeno á todos estos ritus. Cosa verdaderamente rara, cuando en todas 
partes toma ia religión á los hombres desde que nacen y los lleva como por la 
mano de la cuna al sepulcro. Aquí el sacerdote cuidaba verdaderamente más 
de los dioses que de los hombres: á los hombres apenas si los Iniscaba más q\ie 
para hacerlos adoradores y servidores suyos y sacrificarlos á sus ídolos. Era esto 
tanto más de estrañar, cuanto que difícilmente se podía encontrar pueblo más 
devoto ni que más recurriera á sus sacerdotes para los demás actos de la vida. 
En ellos tenía su maestro, su agorero, su astrólogo, su historiador, su cronolo- 
gista, su confesor, su guía. Anomalía como ésta, confieso que no me la explico. 

Falta ya tan solo que haljle de la vida política del Imperio. 

Por no reiictir las citas no he puesto ninguna en este capítulo. Lo lie escrito principalmente sobre 
el libro de Sahaiíun, Hi.-itoria Unlcersai de las cosas de Nueva España, lib. 1. cap. XII; ai)éndice del 
lib. III, cap. 1, II, y III; lib. VI. cap. del XVIII al XL; sobre el libro de Torquemada Monai-quia 
Indiana lib. XIII con todos sus capítulos; sobre el Informe de Alonso de Zurita acerca de los jefes 
de Xiíeca España, edición de Ternaux-Compans páginas 24, desde la 132 á la 1G5, y 182; sobro la Rela- 
ción compendiada de la Nuera España escrita por un caballero del séquito de Hernán Cortés, libro si 
corto en páginas, largo en enseñanza, y sobre las cartas de Pedro de Gante y Francisco de Bolonia, 
insertas en el tomo X de la colección del mismo Ternaux-Compans. Ks de advertir que los capítulos del 
lib. VI de la obra de Sahagun están separados del cuerpo de la misma en la edición de Kinsborougii, que 
es la que tengo á la vista, y se los lia de buscar, por lo tanto, no en el volumen VII. sino al final clel V. 



CAPÍTULO XI? 



Instituciones politicas.-La confederación de los tres reyes.-Carácter mixto de las tres monarquías -Orden de sucesión - 
Poder de los electores.-Quienes lo fuesen en los tres reinos.-Ceremonias para la unción del nuevo rey.-Oraciones del rey 
y de uno de los sumos sacerJotes.-Ayunc é instalación del Rey en Palacio.-Oracion de los barones-Fiestas para la co- 
ronación. -Fausto délos monarcas.-Trajes de fiesta y de guerra.-Pasion por la g-uerra en los tres pueblos. -Como se la 
preparaba.-Marcha de losejércitos.-Estratejia.-Prisioneros. -Ventajosa posición del que hacia cien prisioneros por su pro- 
pia mano.-Castigos de los que en la batalla se hubiesen separado de las órdenes de sus jefes.-Org-anizacion militar - \rraas 
ofensivas y defensivas-Conducta con los pueblos vencidos.-Tributos.-Sus diversas clases.-Su distribución y su cobro 
-Censurable exención de tributos en favor de los sacerdotes y los nobles.-Úrden de caballería de los Tecles ó Tecutlis -Ce- 
remonial para entrar en la Órden.-Quienes podían ser Tecles.-Los nobles no estaban dispensados de cumplir las leyes - 
Leyes pnncipales-Delitos contra las personas.-Delitos contra la propiedad. -Delitos contra la honestidad.-Prostitucion 
-Concubinato.-Embriag-uez.-Hechiceria.-Leyes sobre la esclavitud.-Esclavos por la g-uerra.-Por delito -Por con- 
trato-Blandura de la esclavitud.-Tribunales.-Tribunales en Méjico.-Tribunales en Tezcuco.-Tribunales con carácter 
político-Absolutismo de la autoridad real.-Moderadores que ésta tenia-Si el sacerdocio influía directamente en la políti- 
ca.-Que clase de mfluenciaejercía.-Gerarquiasacerdotal.-Los reyes tenían iguales, no superiores.-Como se entendían 
os tnunviros-Objeto y. carácter délos embajadores.-Servicios Administrativos.-Obras públicas, correos, mercados- 
Conclusión. 



OMO ha visto ya el lector , haliia en el Analiuac tres 

reyes : el de Méjico . el de Tezcuco y el de Tacuba , 

,. , 'J lo que es lo mismo el de los aztecas, el de los chi- 

•*' ^'^ cliimecas-culhuas y el de los tecpanecas. Conledera- 

>-- dos los tres desde los tiempos de Netzahualcóyotl , formaron 



K un triiunirato. Entendía cada uno en la elección de sus 




ííff- colegas, hacían juntos las conquistas, y se repartían el ho- 
'^ tin y la tierra ganada. Aunque iguales en poder, distaban de 
tener todos la misma importancia. Poca era la del de Tacul)a, 
sobre la de los de Méjico y Tezcuco. Uno de estos dos prevaleció 
siempre sobre los otros: bajo Netzahualcóyotl y ;'nin durante los 
primeros años de Netzahualpilli el de Tezcuco , después el de 
Méjico. Montezuma II, rey de Méjico, era, según he dicho, el 
verdadero emperador del Anahuae á la entrada de los españoles. 
Dispútase sobre si la monarquía era en los tres reinos electi- 
va ó hereditaria: en mi sentir participaba de ambos caracteres. Era hereditaria 
porque la corona no salía de las familias reinantes; era electiva porque, ademas 



, , HISTOEIA GENERAL 



(lo venir desiyiiadu el sucesor por uiui parte de pueblo, nu era rey sin el asen- 
ümiento de los otros reye?. Más diré y es (lue , en mi opinión , tenía más .le here- 
ditaria <iue de electiva en Tlacopan y Tezcuco: más de electiva que de heredita- 
ria en Méjico. No se sabe de un rey de Méjico que no fuese elegido por los 
ma-nates'; no se sahe de un rey de Tezcuco que lo fuese antes de Netzahualpi-^ 
lli.'Vueron para mi los aztecas los que introdiyeron el principio de la elección 

en Tezcuco v Tacuha. 

En cada xmo de los tres reinos había, sin embar-o, un orden de suceder á que 
por lo general se acomodaban los electores. En Tezcuco y creo que en Tacul.a 
prevalecía la sucesión directa: el hijo sucedía al padre. En Méjico sucedía el 
hermano al hermano; y, al faltar el últim.., entraban los hijos del primero. Her- 
manos eran los tres postreros reyes de Méjico anteriores á la conquista. Lo que 
se observaba por igual en los tres reinos era que comunmente no subían al trono 
sino los hijos de niujer legítima. Tuvo la regla, sus escepciones: Itzacohuatl, 
rey de Méjico, era hijo de una esclava. Tampoco en ninguno de los tres reinos 
evl indispensable el orden de prhnogenitura . Lo alteraban los mismos reyes 
por sus testamentos antes de la formación del triunvirato. 

Así las cosas , preguntará tal vez el que me lea: ¿en qué venía á consistir el de- 
recho de los electores? Consistía en preferir de los hijos ó de los hermanos al que 
creyesen más apto para regir los destinos de su pueblo, en descartar al sucesor 
legítimo que por sus vicios ó su falta de valor ó entendimiento fuese indigno 
de^la corona, en impedir que suliiescn al trono reyes niños y sufriese , el 
país los males inherentes á las regencias, en nombrar, extinguida la dinastía 
ó cuando lo\'eclamase imperiosamente la salud del reino, apersona de seso y co- 
razón que los goljernase aun cuando no se hubiese mecido en la cuna de sus mo- 
narcas. Por sus prendas personales, sobre todo por su mensaje á Tezcuco y sus 
hazañas en la guerra de Azcapotzalco fue rey de los aztecas el primer Montezu- 
ma, si deudo de Netzahualcóyotl, sólo capitán general del rey á quien sucedió 
en el mando. Con ser tan reducido, no era de tan poca importancia omo parece 
el derecho de elección de que se trata. 

Sobre quiénes gozaran de este derecho hay tamlúen discordia entre los que de 
estas cosas escribieron. Opino con Zurita, que lo tenían los jefes principales, es 
decir los barones del Reino. Opino con Sahagun que también lo tenían los Sena- 
dores, los capitanes famosos en la guerra y los sumos sacerdotes. No puedo creer 
con p'rescott que lo tuvieran solamente los cuatro noT)les que, según éL se esco- 
gían en el reinado de hoy para la sucesión de mañana. Esos cuatronobles.de 
quienes habla el mismo Sahagun y dice (pie habían de estar siempre al lado del 
rey electo no dudo que figurasen entre los electores; lo que niego es que fuesen 
los Vínicos. Habían de ser más numerosas las asambleas que al efecto se reunie- 
ron á fijarnos en la manera comr. refieren los autores de más crédito la elección 
de varios revés y en las arengas que se dirigían á los que acababan de ser 



DE AMÉEICA 205 



noml.trados. Torqueinada llega hasta suponer que la decisión de los grandes 
había de ser confirmada pur el pueblo: lo incuestionable es que debía serlo ])or 
los demás jefes del Triunvirato. Hacíase al parecer las elecciones por aclamación, 
no por escrutinio. 

Elegido y confirmado el nuevo rey. iba según muchos autores al templo de 
Huitzilopochtli , según otros, al campo de batalla. Que á poco emprendiese una 
guerra en que acreditase su valor y ensanchase las fronteras del reino lo 
dicen casi todas las historias; que lo hiciese antes de su consagración ;'i fin de 
procurarse cautivos con que honrarla sobre la piedra de los sacrificios , hay quien 
lo afirma y quien lo niega. Lo cierto es que antes ó después de esta campaña 
recibía las vestiduras reales de mano de los sacerdotes. Dirigíase para ello 
al templo del dios de la guerra con sus cuatro senadores y todos sus feudatarios. 
Iba desnudo, sin más que el maxtle, y en el mayor silencio. Ya en las gradas 
del teocalli , le tomaban del brazo dos de sus más nobles caballeros , y le subían 
á lo alto, donde le esperaban á la cabeza del sacerdocio los dos pontífices. Asis- 
tían á la ceremonia los otros revés : v reyes . sacerdotes v ü-randes . iban todos 
vestidos de sus más ricos trajes y adornos, como para que resaltase más la 
desnudez del nuevo monarca , que debía ser el primero en acatar á Huitzilopoch- 
tli tocando con el dedo á la tierra v llegándolo á la boca. 

El primer sacerdote empezaba por teñir de negro las carnes todas del monar- 
ca, unción de que no hay ejemplo en la historia de otras naciones. Tomal)a lue- 
go un hisopo hecho de ramas de cedro y sauce y de hojas de caña; y haciéndole 
poner de rodillas, le rociaba cuatro veces con agua acompañando el acto con 
preces y palabras de salutación que sólo el electo oía. Poníale por fin las vesti- 
duras , recuerdo más que de gloria de muerte : en la cabeza una especie de velo 
que le caía sobre la cara , en el cuerpo una como chaqueta parecida al vipil de 
las mujeres, á la espalda una calabacita con pizietl, polvos que se tenía por má- 
gicos, en la mano izquierda un talego de copal y en la derecha un incensario, á 
los pies unas sandalias : todo de verde oscuro . y pintado de cráneos y otros hue- 
sos de muertos. Adornado ya el Rey de estos atavíos puramente sacerdotales, se 
dirigía á la estatua de Huitzilopochtli y la perfumalja con el copal que iba ver- 
tiendo en el incensario. Sonaban al punto las cornetas y los teponaztlis , y la nau- 
chedumbre que estaba en el patio prorumpía en alaridos de júbilo. 

No se limitaba el Rey á incensar la imagen de Huitzilopochtli ; pronuncia- 
Ini una larga oración en que, después de haberse considerado indigno de regir 
á nadie y después de haber expuesto los peligros que en tan inhábiles manos 
había de correr el Reino , rogaba á Tetzcatlipoca que le infundiese su espíritu y 
su palabra ya que le había hecho espaldar de su silla , l)oca de su boca , oído de 
sus oídos , diente de sus dientes, uña de sus uñas, rostro de su rostro y cuerpo 
de su cuerpo. Oía á su vez de labios de uno de los sumos sacerdotes un prolijo 
discurso en que á vueltas de recordar las virtudes del rey difunto y encarecer lo 



i>-2 



206 HISTORIA GENERAL 



miiclu) que pesa sobre los más fuertes lioniliros la Q[V'gíi del gobierno le enumeraba 
los deberes que le imponía el encumbrado silio á que le habían levantado los dioses. 
«A vos toca, se le decía, regir en tanto que viváis la gente del pueblo, que es 
antojadiza y soberbia , sustentarla y regalarla como á niños que están en la cuna , 
halagarla y hacerle el son para que duerma ; á vos reciljir afaljle y humilde á 
cuantos se os acerquen llenos de tribulación y angustia , oírlos con sosiego y no 
resolver precipitadamente ; ;'i vos hacei'-justicia sin amor ni encono, ni excepción 
de personas. Guardaos de decir ni de pensar «yo soy señor, yo haré lo que 
quisiere » ; y ya que os sintáis ensoberbeceros , volved los ojos á la bajeza de vuestro 
origen. No durmáis á sueño suelto, ni os entreguéis á los deleites corporales, ni 
gastéis en profanaciones los sudores de los vasallos. No dejéis de pensar ni de 
noche en la suerte del Reino ; no para gozar sino para desviviros y morir por los 
demás se os acaba de dar el ¡)oder y la gloria. Pensad en deleitar á los demás 
no que á vos mismo; y no os olvidéis jamás ni de los dioses ni de vuestros sub- 
ditos.» 

Prometía el Rey hacer lo que se le aconsejaba y del Ijrazo de los dos sacerdotes 
bajaba como había subido las gradas del templo. No á su palacio, sino auna casa 
del templo mismo se le llevaba. Permanecía allí cuatro días en ayuno, incen- 
sando y ofreciendo de su sangre á Huitzilopchtli, y bañándose á media noche 
en una al1)erca de agua fría, como los ministros del culto. Hasta después de con- 
cluida esta penitencia no podía el Rey despojarse de sus vestiduras ni empezaban 
los preparativos para los areitos. 

Concluidos los cuatro días , iban los señores por el Rey al templo y le condu- 
cían á ¡¡alacio, donde todos le rendían pleito homenaje. Uno por todos le habla- 
ba, y á ejemplo del sumo sacerdote le recordaba los deberes del nuevo cargo. 
«Sed feliz, venía á decirle, todo el tiempo que viviereis: haced felices á vues- 
tros subditos. Sed ojo, orejas, pies, manos, para ver, oir y ejecutar lo que os 
convenga. Dios socorre, conserva y ama á los Imenos; llena de terror á los 
malos y de alegría al inocente. No olvidéis que sois su imagen en la tierra. 
Tenéis en vuestras manos corregir y perfeccionar ;ü pueblo: haced que aumente 
cada día en fuerzas por sus costumbres. Arreglad la conducta de todos vuestros 
vasallos , honradlos á todos según su mérito y guiadlos más que por vuestras 
palabras por vuestros actos. Tomad siempre consejo de los ancianos, que apren- 
dieron por experiencia, observad atentamente lo pasado á fin de precaveros con- 
tra lo futuro. No os acobarden las penas ni las fatigas que pueda ocasionaros el 
gobierno: no durmieron tranquilos vuestros mayores para extender, como exten- 
dieron, su poder y dejar, como dejaron, un nombre inmortal en la historia. Los 
muertos no pueden ver ya vuestras faltas ni venir á daros consejos ; dispensad que 
os los demos nosotros.» Palabras á la vez respetuosas y severas que forman vivo 
contraste con las torpes lisonjas que hoy dirijen los pueblos á los Reyes aún allí 
donde rigen las más avanzadas instituciones. Verdad es que ahora en las mo- 



DE AMÉEICA 207 



iiarquías iio hay esas aristocracias poderosas que entonces dispon ian de medios 
para impouerse á esos mismd^ príncipes á quienes tan alto hablaban. 

Contestaba el Rev modesta y cariñosamente á sus barones, y enli-ibii desde 
aquel momento en el ejercicio de su autoridad alisoluta. Pensaba primcranienlc 
en celebrar con espléndidas y ruidosas fiestas s;i advenimiento al Trono ; y ya que 
para ellas había fijado día consiiltando á sus agoreros, invitaba á sus deudos, 
á los jefes todos de las provincias y alguna vez á los délas naciones extrangeras. 
A todos alojaba, sentaba á la mesa y regalaba: á quién daba joyas, á quién vis- 
tosas mantas y maxtles , ;i quién aímas y elegantes penachos , á todos según la 
importancia que tenían. El día de las fiestas iba por segunda vez al templo en com- 
pañía de sus grandes y de una inmensa muchedumbre. Entonces era probable- 
mente cuando recibía la tiara ó mitra de que hacen mención algunos autores , signo, 
como aquí la corona, de la soberanía. Entregábase aquel día el pueblo átodo gé- 
nero de regocijos: danzas, simulacros, caiitares, músicas, banquetes. El Rey por 
su parte hacía cuantiosas distribuciones de víveres y limosnas á los pobres. Pro- 
longábanse á veces las fiestas, tres y más días. 

He hablado ya en otros capítulos del fausto y el esplendor con que esos Reyes 
vivían. He descrito los palacios de Tezcuco y referido los gastos que ocasionaban; 
he dado idea de lo que eran en Méjico las casas reales, el serrallo, la servidum- 
bre y el trato del postrer Montezuma. Difícilmente podía verse ni aún en los 
imperios de Asia mayor lujo ni magnificencia. Da Sahagun detenida cuenta de 
los trajes que aquellos monarcas vestían, y parece, no que relata, sino que finge. 
No llevaljan ordinariamente sino el maxtle, la manta y una <\i\e otra presea — 
manta riquísima de caprichosos dibujos, de preciosas franjas y de mejores bor- 
las; maxtles no menos costosos, recamados de algo parecido al encaje; prendas 
siempre de valor y estima; pero al fin prendas que, á escepcion de las joyas, 
usaban todas las gentes del pueblo. Mas ¿qué no se ponían para salir á campa- 
ña y sobre todo para las grandes fiestas , cosas para las que todas las clases de 
la sociedad reservaban allí sus galas? 

Sujetas á los cabellos de la coronilla llevaban los Reyes en su traje de fiesta 
dos borlas de finísima pluma que les bajaban por las sienes al cuello, en las 
orejas ricos pendientes, metidas en las paredes exteriores de la nariz dos tur- 
quesas, el labio inferior atravesado por una esmeralda ó por un barbote de cris- 
tal que parecía de zafiro , en la garganta sartales de piedras preciosas y un collar 
que sostenía un medallón orlado de perlas , sobre de los codos brazaletes de que 
sobresalían hasta, más allá de la cabeza brillantes y gallardas plumas, en los 
brazos ajorcas de oro , en las muñecas anchas pulseras de cuero perfumado con 
otra esmeralda sobre fondo negro , de la rodilla aljajo grebas de oro muy delga- 
das , en los pies sandalias de suela de piel de ciervo y de cálcanos de piel de 
tigre. Solían traer además en las manos ramilletes de ñores y cañas que decían 
de humo, unas como pipas en que fumaban. Completaban el traje un pájaro de 



208 HISTOKIA GENERAL 



vistosas plumas tj^ue se pouiau en la cabeza , compuesto de modo que el pico les 
cayera sobre la frente, las alas sobre los témpanos, la cola sobre el colodrillo, 
y por ñu uu plumaje que traían ;i la espalda. Traje ■s'erdaderamente rico y pom- 
poso, que, sin embargo, argüía en aquellas gentes falta de gusto y lamentable 
atraso. Con tan prolijos y confusos adornos no dejaban los reyes de ir desnudos. 

El traje de guerra solía ser nms sencillo. Usaban con frecuencia capacetes, 
ya de oro, ya de plata, con un manojeen cada sien de plumas de quetzalli . 
largas y verdes. Ceñíanse otras veces un casco rojo ñ que iba unida una corona 
de plumas, de cuyo centro salía un penacho', tamljien de quetzalli, terminado 
por un tamborcito y una escalerilla que les caían sobre la espalda. Ponían- 
se á la garganta un collar de piedras preciosas, grandes y redondas. Cubrían 
el cuerpo, ya con un coselete de pluma bermeja sembrada de caracolitos de oro. 
que les llegaba ;l la mitad del muslo ; ya con otro más corto , de pluma amarilla 
y llamas también de oro , que sólo les bajaba á las corvas. Sujeto al coselete 
llevaban de ordinario un faldellín de plumas. Calzaban grebas y sandalias como 
las del traje de fiesta; y en lo que más cifraban su orgullo, era en los escudos y 
las divisas. El campo de las rodelas era de pluma, ya de uno, ya de otro colores. 
la orilla de oro: de la semi-circunferencia inferior colgaban rapacejos de pluma 
con botones y borlas. Otras veces por lo contrario, orillas y campo eran de plu- 
ma, y de oro solamente el centro, en que venía labrada una mariposa. Las di- 
visas, que se llevaba como á cuestas, presentalian formas de variedad infinita. 
Consistían , ya en un taml)or y unos rayos de oro . ya en una figura del Diablo . de 
cuerpo, alas y cola de pluma, de ojos, cejas, uñas y dientes de oro y de cuernos 
de quetzalli, ya en un cestillo con lui perro que tenía también de oro las uñas y 
los dientes y en la cabeza un rico plumaje. 

Solían llevar, además, los reyes en la guerra una l)anderita de oro realzada 
por un hermoso penacho , con la cual al tocarse al arma daban la señal de la pelea , 
y á veces hasta el estandarte del Reino , magnífica rueda de plumas en medio 
de la cual brillal)a la imagen del Sol, toda de oro puro. 

La guerra, como se ha visto, era la pasión y la primera necesidad de las tres 
naciones. A ella estaba consagrado el hombre desde que nacía, para ella se le 
educaba, y solo por ella podía encontrar la gloria en la tierra y la bienandanza 
en el cielo. Un rey bravo querían principalmente aquellas belicosas razas; y si 
para serlo había diversos candidatos de igual ó parecido derecho, al más bravo 
preferían. Así los reyes, que quisieran, que no, debían ocuparse ante todo en la 
guerra. Enemigos . los tenían siempre en las fronteras , ya que por tales reputaban 
á los pueblos que no les satisfacían tributos : á las fronteras , apenas sentados en 
el trono, llevaban sus ejércitos, cuando no, á las repúblicas libres enclavadas en 
el Imperio. Esos mismos senadores con ellos elegidos los estimulaban á tomar las 
armas. No sé si el lector recordará que entre los grandes consejos fundados por 
Netzahualcovotl en Tezciico haltía uno de la guerra: lo había también en Tacú- 



DE AMÉRICA 209 



ba y en Méjico, y tenía también sii asiento en el palacio de los reyes. Era el ¡iri- 
mer consejo que los nuevos monarcas oían. 

No vaya, sin embargo, á creerse que esos hombres emprendiesen á tontas y á 
locas la guerra. He dicho en otra parte los motivos que buscaban y los procedi- 
mientos de que se servían para declararla. Aún después de resuelta, no la empe- 
zaban que no tuviesen recogidas las noticias necesarias para hacerla con éxito. 
Mandaban ante todo á la nación que habían de invadir gente sagaz y entendida 
que examinase la naturaleza del terreno y la condición de los pobladores : los 
pasos fáciles y los peligrosos , los pueblos grandes y los pequeños . la situación y 
los flancos vulnerables de las plazas fuertes , el carácter fiero ó blando de los ha- 
bitantes , las armas ofensivas y defensivas de que disponían . Que no lo tuviesen 
todo figurado en pinturas con expresión de las distancias que se haljía de recor- 
rer para llegar al corazón y á los extremos de la nación enemiga , no solo no se 
ponían en campaña , no decidían • siquiera cuando ni por donde habían de 
abrirla. Con ayuda del Consejo de la Guerra estudiaban y determinalian sobre 
las pinturas que se les había traído un plan completo de operaciones ; y ya que 
lo tenían , llamaban á los primeros capitanes y les daban órdenes precisas sobre 
la ruta que habían de seguir, etaj)as que debían hacer , jornadas en que podían 
llegar á los principales puntos de combate y sitios á que habían de atraer á los 
contrarios ¡jara mejor ganarles la batalla. 

Mandaban á la vez á los feudatarios y á los demás jefes de las provincias que 
en tal día y tal lugar se incorporasen con tropas al ejército, y á los mayor- 
domos é intendentes que aprestasen armas , víveres , mantas , tiendas , y para tal 
día los tuviesen, ya en la capital, ya en las concertadas estaciones. Depósitos de 
armas los había ordinariamente en todos los .templos de importancia , como para 
dar un carácter más sagrado á la guerra; pero no siempre eran bastantes para 
las gentes que se levantaba. Era considerable el del templo mayor de Méjico. 

Dispuestas así las cosas, y armados y distribuidos entre los soldados viejos 
los bisónos, se abría la campaña. No se movía junto ni en un mismo día todo el 
ejército. Salían los primeros los sacerdotes con sus ídolos; un día después los gene- 
rales con la flor de sus guerreros , es decir , con aquellos hombres que en otras 
luchas habían ganado prez y fama de valientes; al otro día los mejicanos: al 
otro los de Tezcuco; al otro los de Tacuba; al otro la gente allegadiza. No se 
reunían todos bástalos confines de la nación objeto de la conquista; y aun en- 
tonces , no pocas veces se ordenaba á las tropas de los tres reinos que marchasen 
por distintos puntos y fuesen á caer sobre la ciudad ó campo en que se esperaba 
mayor resistencia. Dejaba de emplearse esta división de fuerzas, que había con- 
tribuido no poco á sus muchísimos triunfos, sólo cuando el enemigo había agol- 
pado las suyas en las fronteras. Como quiera que fuese, ya el uno delante del otro 
los dos contrarios ejércitos , no empezaba el ataque el de los triunviros sino cuan- 
do habían encendido fuego sus sacerdotes. Tocaban al arma las bocinas , y los 

TOMO I U3 



21(1 HISTOEIA r.ENEPAL 



reyes , si los reyes asistían al coiultate . levaiitalian sus estandartes ó sus banderitas 
de oro. Acometían entonces los imperiales con grande ímpetu dando espantosos 
alaridos. A voces pretendían aterrar los soldados á sns adversarios , y con sns cas- 
cos de cabeza de león ó de tigre los capitanes. Entregaban unos y otros ásus sa- 
cerdotes los primeros enemigos que cautivaban para que incontinenti y sobre el 
mismo campo de batalla se los inmolase A los ídolos; guardaban los demás para 
hacerlos esclavos ó llevarlos á. morir en los templos de su patria. No era muchas 
veces tanta la sangre que se vertía como la que se derramaba en los sacrificios. 

Hacer prisioneros era el atan de los soldados y los capitanes. Como que para ob- 
tener ciertas distinciones era indispensable haberlos hecho por sí cuando menos 
en número dé cinco. Sin esta condición ni aun los hijos de los reyes podían usar 
penachos ni llevar divisas. En caml)io el que la llenalia ó sobresalía por sus proe- 
zas, siquiera fuese el último hombre del pueblo, no solo podía usarlos, sino que 
tenía abierto el camino al poder y ú la fortuna. Pasaba fócilmente de soldado ;l 
capitán, de plebeyo á noble. Podía llevar, ademas de las divisas y de los 
plumajes, bezotes de zafiro y esmeralda, joyas de plata y oro y hasta borlas en la 
cabeza; y á donde quiera que iba se sentaba en puestos de honor y se atraía el 
general respeto. Había por esta razón en todos los ejércitos jueces de campo para 
dirimir las discordias que sobre prisioneros se suscitaran. 

Se recompensalia á los valientes y se castigaba con severidad á los que en las 
batallas se hul)iesen separado en lo más mínimo de las órdenes de sus jefes. Impor- 
taba. poco que luibiesen faltado por arrojo, no por cobardía, ciue fuesen capitanes 
ó simples soldados , que por su extralimitacion hubiesen facilitado ó impedido el 
triunfo de sus armas; declarados culpables por los mismos jueces de campo, no 
pagaban ordinariamente sino con la vida. Con pena de muerte se castigaba tam- 
bién todo abandono de puesto. Así, ruda la disciplina, grandes los premios con- 
cedidos al valor en la tierra , mayores los ofrecidos para el cielo , casi seguros de 
morir los combatientes si caían en jioder del enemigo , con dificultad había en 
toda aquella parte de América ejércitos comparables con los del Imperio. En corto 
número de combates reducían no pocas veces naciones belicosas. 

Acerca de su organización poseemos desgraciadamente escasos pormenores. 
Su uijidad táctica era , á lo que parece , el grupo de doscientos ó cuatrocientos 
hombres; tenía cada uno su capitán y su estandarte. Iba el estandarte, según el 
oficial anónimo , fijo en una lanza , y ésta adherida á la espalda del abanderado 
de modo, que ni le impedía batirse con el enemigo , ni era posible arrancárselo 
sin hacerle pedazos. Como se enlazaran entre sí estos grupos no pude inquirirlo. 
Solo sé que había cuerpos de ocho mil homl)res, y al frente del ejército estaban 
unos como capitanes generales , llamados Tlacochcalcatl el uno, Tlacatecatl el 
otro. El orden y el aire con que esas tropas marchaban debía de ser admirable. 
No solo el oficial anónimo, el mismo Hernán Cortés se ag-radaT)a del porte mi- 
litar de tlaxcaltecas y mejicanos. 



DE AMÉEICA ¿11 



Conocemos algo mejor las armas ofensivas y defensivas del Imperio. Llevaban 
los soldados recogido el pelo en diversas formas según sus anteriores actos do ])ra- 
vura ; los capitanes cascos de madera , guarnecidos de plata y oro y aun de ¡)iedras 
preciosas, que les entraban hasta el cuello y representaban cabezas de jaguar, 
de león ó de serpiente. A'estían unos y otros una especie de peto, semejante al 
sago de los celtíberos, que, tejido y relleno de algodón, era impenetrable á las 
flechas y á los dardos : encima un sobretodo que formaba una sola pieza con sus 
calzas y les descendía hasta la mitad del muslo. Calzas y sobretodo estaban 
cubiertos de plumas de dos colores, diversos en cada batallón ó compañía. Usal)an 
adémaselos capitanes cierta cota sobredorada, cuando no de oro. Completaba la ro- 
dela esta sencilla armadura. Compuesta de recios bambúes sujetos por una doble 
tela de algodón de las más fuertes , rechazaba no solo las flechas, sino también las 
balas de hierro de los arcabuces ordinarios; era, aunque reducida, de gran de- 
fensa. Tenía por adorno la de los capitanes, como la de los reyes, láminas de oro 
y plumas. 

Las armas ofensivas eran, el arco, la saeta, el dardo, la lanza, la espada. La 
flecha, el dardo y la lanza tenían la punta ó de espina de pescado o de piedra. 
De piedra era también el filo de la espada , y de una piedra tan acerada y dura . 
que la hacía temible al par de las hojas de Damasco y de Toledo. «En una 
batalla , dice el oficial anónimo, he visto á un indígena peleando con uno de 
nuestros jinetes. Abrió con su espada el caballo hasta las entrañas, y lo dejó 
muerto en el acto. Aquel mismo día otro indígena, de una cuchillada en el cue- 
llo tendió otro caballo á sus plantas.» Eran aquellas espadas de madera fuerte y 
grandes como aquí las de ádos manos. Al decir del mismo oficial usaban aún los 
sóida dos^de Montezuma otra arma terrible : dardos de tres puntas ó por mejor 
decir , tres dardos ingeridos en un bastón que se disparaba de un golpe y , dis- 
parados, salían en dirección distinta. Arrojábanlos según él con una máquina 
igual ó parecida á la ballesta ; y ésta , á lo que se cree , era su sola máquina de 
guerra. ¿Es posible que no hubiese otras donde había fortalezas y pueblos mu- 
rados? 

Tomadas en conjunto , no eran á la verdad estas armas para luchar ni aún 
con las que aquí teníamos antes de la invención de la pólvora : pero sí para me- 
dirlas con las de los demás pueblos de América , principalmente puestas en manos 
de hombres aguerridos y de ejércitos organizados y sujetos á disciplina. Así hizo 
el Imperio en poco más de un siglo conquistas que asombraron. Verdad es que 
fueron en no pequeña parte debidas á la política de los triunviros. La nación 
conquistada no perdía allí ni sus dioses ni sus leyes ni sus costumbres. ?no 
perdía ni siquiera su gobierno cuando de algún modo había capitulado con sus 
vencedores. Pasaba simplemente á ser un feudo de la Corona, y como tal con- 
traía dos cargas: la de pagar tributo y la de aprontar soldados. Si no había sido 
reducida por la sola fuerza de las armas, seguía mandándola su jefe como uno 



212 EUSTOEIA GESEEAL 



de tantos vasallos de los tres reyes. Recibía, eu otro caso un gobernador, que no 
le alteraba sino en lo más preciso las instituciones , y entregaba á los conquista- 
dores parte de sus tierras. 

Los tributos de las naciones vencidas eran una de las pingües rentas del Era- 
rio; pero distaban de cubrir las atenciones de los tres reinos. Venían á llenar- 
las los que satisfacía el feudo y la provincia, lijeras según unos, según otros 
abrumadoras. Muy leves no podían ser, atendido al fausto de las tres cortes y lo 
frecuentemente que la guerra aumentaba los gastos del Imperio. Tal vez, aun 
siendo pesados , se hiciesen llevaderos por lo equitativo de su distribución y lo 
fácil y oportuno de su cobranza. He dado ya en otro capitulo una idea general 
de cómo se los repartía y recaudaba : completaré la noticia. 

Como indiqué respecto de Tezcuco, en las tres naciones había tierras de 
propiedad del Rey, que eran y debían ser cultivadas por ciertos contribuyentes. 
A cargo de otros estaba el cuidado de los jardines y la conservación y la repara- 
ción de las casas reales. Sobre otros pesaba la obligación de procurar alimentos 
al Monarca y su servidumbre. Parecían individuales estas cargas, y nunca lo 
fueron. Gravaban no á tales ó cuales individuos, sino á tales ó cuales pueblos: 
éstos eran los que surtían de víveres los palacios y mandaban por turno á sus 
administrados á labrar los campos y los jardines y á cuidar de los edificios de 
los reyes. Se hacía por encabezamientos la exacción y el cobro de las contribu- 
ciones. 

Para comprender mejor este sistema rentístico conviene saber cómo se halla- 
ban políticamente organizados los tres reinos. Estaban divididos en feudos, en 
unas como encomiendas y en provincias libres ó de la Corona. Los feudos eran 
todos hereditarios , se regían por leyes de sucesión y de elección análogas á las 
de la monarquía, y en su vida interior eran completamente autónomos. Sucedía 
otro tanto con las encomiendas , que no se distinguían de los feudos sino en ser 
vitalicias. Eran una especie de tierras beneficiarías concedidas por los Reyes á 
los subditos que más se habían distinguido en la guerra ó en cualquiera otro 
terreno habían contribuido á la salud y la grandeza de la patria. En los unos 
como en las otras el Estado sólo se entendía con el jefe así para el servicio militar 
como para la recaudación de los tributos. El jefe, es decir, el beneficiario ó el 
feíulatario , cuidaba de cobrarlos , según sus especiales leyes, á sus ciudades y 
^■illas. 

Las provincias libres estaban mandadas en lo político por un gobernador y en 
lo económico por un intendente ó mayordomo, ambos de real nombramiento. No 
me atrevo á creer que estuvieran encabezadas , pero lo estaban de seguro las 
poblaciones que las componían. Sabía cada pueblo y cada ciudad lo que debía 
satisfacer al Tesoro, y lo satisfacía á su tiempo. Al par del feudo y la encomienda 
lo cobraba de los ciudadanos con arreglo á sus leyes. Era allí tan general este 
sistema de encal)ezamientos, que ni aún el municipio repartía su cupo entre los 



DE AMERICA 213 



individuos. Lo disiribiiia oiiti'p losoTeniios y entre los culpullis. Decía, por ejem- 
plo , al gremio de tejedores las telas que hahia de entregar para el Estado; al de 
oficiales de pluma, los artefactos de pluma: á los armeros las armas. Los calpii- 
llis no sé si recordará el lector que eran comunidades agrícolas. 8e ordenalia al 
jefe de cada calpuUis. el más anciano de toda la tribu, que para tal día, recogiese 
tantas medidas de maíz ó de frijoles, ó para tal otro enviase á las tierras del Rey 
tantos labradores. 

Esto facilitaba considerablemente la equidad en el reparto y la economía en el 
cobro. Hacía además soportables los tributos la circunstancia de pagárselos en 
especie y en los artículos que cada cual producía. Como hice observar en otro capí- 
tulo . acostimibral)an á trabajar en común para satisfacerlos así la agricultura 
como las artes y los oficios. El impuesto parecía quedar reducido por este medio al 
sacrificio de unas horas ó unos días de trabajo. Añádase á esto que á los labrado- 
res no se los exigían sino al tiemiio de la cosecha, y á los industriales y los mer- 
caderes se los cobraban en diversos plazos que iban, según las localidades, de 
veinte á ochenta días. Contribuía todo á que se hiciese menos gravosa la carga. 

Lo habría sido mucho menos sin la exención de pagar contribuciones otorgada 
á cuántos estaban al servicio de los templos y á los nubles. Los noliles eran 
aun más numerosos en el Imperio que los ministros del culto. Como que á 
los de sangre se agregaban todos los días plebeyos que borraban por sus hechos 
4e armas lo ruin de su origen. Bastaba allí, como se dijo, que el último hombre 
del pueblo hiciese cinco prisioneros de guerra para que entrara en el rango de los 
-aristócratas. Se le hacía tecle ó Tecutli , es decir , miemljro de una orden de calja- 
Uería que algunos suponen fundada por los toltecas , y pertenecía desde entonces 
A lospillis ó patricios. Esta orden de caballería tenía, según escribí en otro capí- 
tulo, diversos grados. Equivocadamente á mi modo de ver los han tomado algunos 
autores por diversas órdenes. La denominación de águilas-tigres que se daba con 
frecuencia á los capitanes no era, por ejemplo, más que la de uno de los grados 
de los Tecutlis. 

La entrada en esta orden era muy solemne. Iban los antiguos tecles en busca 
del neófito, y le conducían al templo de Tetzcatlipoca. En un brasero del patio 
-le hacían quemar copal en honra del dios del fuego. Le desnudaban á poco sacer- 
dotes de cinco divinidades y le cul)rian con los mantos de sus ídolos. Así vestido, 
-se acercaba á las gradas del teocalli , donde le agujereaban la nariz dos tecles 
con un afilado hueso de águila y otro de tigre. Comía luego con sus futuros 
hermanos , y había de consagrar cuatro días á la vigilia . á la oración , al ayuno , 
y al sacrificio de su propia sangre. 

_ \uelto el neófito á sus hogares, no renovaba las ceremonias que no tuviese re- 
cogidas, así para los tecutlis como para los sacerdotes, gran número de inanias, 
de objetos de pluma y de alhajas. Ayunaba entonces otros treinta días con sus 
parientes, encendía nueva lumbre, la velaba sin tregua, y otros cinco días des- 

TOMO I ^ 



¿14 insTiiiuA (;KNKi;Ar, 

pues. ;'iut('s ({ue el sol siilici'a. se diriyia eiilre músicas y ilau/as, no solo con sus 
(l(Mi(li)s. sin(') también cun sus amig-os y fddos ios calialleros de la Orden, al lugar 
de la ciudad li del puidiloá i[ue se jialiia lujado ;i Tetzcatlijtoea. Adoraba allí con 
lodos al dios invisible é inipal])al)le. le liaeia ofrendas, le quemaba incienso y 
sólo interrumpía tan relio-iosos actos para dar espléndidos festines en que termi- 
naba por reo-alar cuanto había adquirido. Volvía á Tetzcatlipoca no bien acabados 
los banquetes, y trocaba riquísimos mantos ])or los viejos del ídolo. Vestía los 
mantos de un dios: ¿que más ventura ya ni más grandeza? 

Desde la primera ceremonia no se había lavado ni peinado el neófito. Le lleva- 
ban sus mayores y otros tecutlis á la orilla de iin rio ó de nn arroyo y le su- 
mergían por cuatro veces en el agua. No empero sin lialjei- Antes arrojado al 
fondo de la corriente turquesas y esmeraldas ni sin habérselas teñido con sangre 
de codorniz y aun con la del cuerj)o de los tecntlis. ¿Había de aprovechar la in- 
mersión sin previos sacrificios á ( "hachitlicue, la diosa de los baños ? Se lavaba al 
novel caballero, se le vestía de verde, se le llevaba en triunfo al templo y se le 
volvía jior íin ;'i, su casa hecho tecle en medio de los más ruidosos bailes y regocijos. 

¿Podrían aspirará ese título solo los hombres de armas? No: lo obtenían 
también los mercaderes y ;íun los honilires de condición ínfima, siempre que 
hubiesen adquirido fortuna y por sus ideas, sns sentimientos ó sus servicios se 
hubiesen hecho acreedores á salir de la clase de pecheros. Eran así tantos los 
Tecutlis. que con darles casi todos los destinos del Estado, con hacerlos capita- 
nes, jueces, gobernadores, mayordomos, quedaban todavía sin empleo los mu- 
chos que hemos visto Ibmando las antesalas y los patios de las casas de Monte- 
zuma. Llegaban éstos á miles en los tres reinos, y no sólo no pagaban sino que 
consumían. Era la Orden si un verdadero estímulo un no menos pesado grava- 
men para los plebeyos, que, además de la contribución directa, pagaban en casi 
todas las ciudades, la de puertas ó, lo que es lo mismo, la de consumos. 

Estaban los nobles exentos de pagar tributos , pero no de cumplir las leyes. 
Eran las leyes severísimas para todas las clases y se las aplicaba con rigor á los 
mismos príncipes. Se castigaba con la muerte á todos los homicidas, aun álos 
que matasen á su mujer adúltera. Se decía de éstos que usurpaban la jurisdicción 
de los tribunales y eran por lo tanto dignos de las má,s graves penas. No se perdo- 
nal)a ni los homicidios en duelo. Si dos se desafiaban, debían aplazar el reto ])ara 
el primer combate con los enemigos. Podían entonces batirse los dos sin que na- 
die se lo impidiese; y. no por(|ue sucumbiera el uno, quedaba el otro sujeto á la 
acción de la justicia. 

Con la muerte se castigaba también los delitos contra la propiedad de los 

particulares y la del Estado. Moría el que violaba las lindes de las tierras, el 

■que se entraba por los maizales y las huertas y los robaba , el que cometía en los 

]nercados el menor de los hurtos. Si')lo de las orillas de los campos se permitía 

que tomara el viajero dos i) tres mazorcas de maíz para satisfacer el hambre^ 



DE AMÉEICA 215 



Morían ademas el tulor que in) daba cuenta de los bienes de su |iu|iiiu, y, pás- 
mense los lectores, el hijo que malversaba la herencia de sus ascendientes. A los 
demás ladrones se los reducía ;'i condición de esclavos. 

Con la muerte se solía castigar también los delitos de lujuria loñucipalraente 
el coito de padres con hijas, de padrastros con entenadas, de suegros con nueras, 
de hermanas con hermanos, de tíos con sobrinas. Acedaba la ley el matrimonio 
entre tales deudos, y los tenía por incestuosos si carnalmente se unían. No ex- 
ceptuaba sino á los cuñados: había prevalecido en aquellas naciones la costumbre 
mosaica de casarse el hermano sobreviviente con la viuda del muerto. Se mataba 
así mismo á los adúlteros , á los sodomitas y á las mujeres que tenían unas con 
otras impuros contactos. Era tan odioso el adulterio, que hasta había castigos 
para el que sabiéndola reo de este crimen se acercase á su esposa. Pena de muerte 
sufrían también los que. varones, se vistieran como hembras (). lu^mliras. como 
varones. No era Irlanda la ley sino con los alcahuetes, á (juienes sólo se quemaba 
los cabellos en la plaza pública con hachones de te;i. 

Se toleraba en el Imperio la prostitución; pero no los burdeles ni aun las casas 
de prostitutas. En sus propios hogares, no en los ajenos, debía la mujer ramera 
ejercer su oficio. Tampoco era delito el concubinato. En his alt:is clases era fre- 
cuente, nada raro en las bajas. Ahora digo, no en los ])asados tiempos. En los 
que actualmente historio hasta se amancebaban las doncellas con asentimiento 
de sus padres. Sólo cuando haliía prole estaban obligados los amantes ;i tomar- 
las por esposas ó dejarlas. Hecho que no deja de revelarnos cuánto se iba alte- 
rando la pureza de las antiguas costumbres. 

De los delitos militares he hablado ya en otras ocasiones y ;iun en este capí- 
tulo. Había también penas para los hechiceros; las había, como antes se ha vis- 
to, para los borrachos. Ni hombres ni mujeres podían beber pulque. Aún viejos, 
sólo podían beberlo con cierta medida y en ciertos regocijos. Conducía la embria- 
guez á grandes excesos en lo demás de América, y quiso el legislador cortarlos. 

Notables eran todas estas leyes, pero mucho más las que se hicieron sobre los 
esclavos. La esclavitud distaba de ser en aquellas naciones tan dui'a como en 
la antigua Europa. No era hereditaria : los hijos de los esclavos nacían libres. 
No daba ni quitaba personalidad: el esclavo tenía el carácter de hombre, no el 
de cosa. No abría ni siquiel'a fosos entre el amo y el eschiNo: podía el siervo 
casar con mujer libre y hasta el señor recilúr por esposa á su esclava. Podía el 
esclavo, y es más, adquirir para sí y procurarse á su vez esclavos que le sirvieran. 
Ni era el esclavo enagenable como aíI mercancía ; lo era sólo cuando se negaba 
al trabajo ó huía ó se encenagaba en los vicios. Aun entonces cabía venderle 
sólo después de amonestarle tres veces delante de testigos. Cabla mucho menos 
sobre los esclavos el derecho de -sida y muerte. Se podía destinar al sacrificio 
sólo á los que eran prisioneros de guerra. Como que éstos por el simi)le liecho de 
ser cautivos eran víctimas consagradas á los dioses. 



216 HISTORIA GENERAL 



Conipi'ouderá el loctor por estas últimas palaljras que no tenía alli la esclavi- 
tud por único origen la guerra. Hacía también esclavos el delito: el robo, por 
ejemplo, en troj ó panera, el hecho de vender á un niño perdido en vez de entre- 
garle para que se le pregonara y le ¡¡udiesen recoger sus padres , la falta de no 
descubrir. conociiMidola, cualquier traición contra el Rey ó el reino; el crimen de 
enagenar sin licencia del juez la cosa que se lial)ia recibido en depósito. Si cien^ 
to vendían al niño perdido , ciento quedaban esclavos y perdían su hacienda. 
Repartiasela por mitad entre el comprador y el niño. 

Había, además, esclavos por contrato: vendíanse como tales ya hombres que 
habían perdido al juego su fortuna, ya mujeres corrompidas que habían agotado 
sus recursos. Deseosos unos y otros de prolongar por algún tiempo sus vicios, 
enagenaban su liliertad ])ara. después de consumido el precio. Padres que agobia- 
]ni. la miseria veiidiau también por esclavos á sus propios hijos. Para que fuesen 
Vellidas debían celebrarse estas negociaciones ante cuatro ancianos. Presenciá- 
banlas aveces muchos mis testigos por reputárselas actos de los más solemnes. 

Era allí la esclavitud tan blanda, que, al llegar á cierta edad el hijo vendido, 
podía el padre substituirle por otro . á éste por un tercero , y así sucesivamente á 
fin de que viniese á pesar por igual soltre su familia la carga de la servidum- 
bre. No solía el comprador mirar con malos ojos el uso de este derecho; lo con- 
sideraba por lo contrario un favor y por cada substituto que recibía daba algo de 
sobreprecio. Como fuesen buenos los esclavos, los trataban los señores casi al par 
de sus hijos, y no era raro qiie al morir los emanciparan. Quizá esta misma blan- 
dura fuera causa de que los padres ahogaran los sentimientos de la naturaleza 
hasta el punto de entregar por esclavos á los que eran carne de sus carnes. 

Para la aplicación de todas estas leyes había en las tres naciones una escogi- 
da y severa administración de justicia. Escogida y severa digo, porque se bus- 
caba á los jueces entre los hombres más ilustrados y probos, y se los castigalja 
duramente si admitían dádivas , tenían en más el poder del rico que el dere- 
cho del pobre ó se atrevían á dictar fuera del recinto del trilnmal sus autos y 
sentencias. En Tezcuco vimos ya castigos de esta clase bajo el imperio de Net- 
zahualcóyotl y Netzahualpilli. Los hubo también en Méjico. Se había compren- 
dido en los tres reinos la necesidad de que fuese igual para todos los hombres la 
justicia si se quería que doblasen todos con resignación la cabeza á las más tirá- 
nicas leyes y al más duro absolutismo. 

No era ya igual en los tres reinos la organización de los tribunales. Se ignora 
la de Tacuba, se conoce algún tanto la de Méjico y Tezcuco. Predominaban en 
Méjico los tribunales unipersonales, en Tezcuco los colegiados. Había en todas 
las poblaciones de Méjico unos como jueces de paz que fallaban los pleitos de me- 
nor cuantía é incoaban los juicios criminales. Halña además en cada ¡irovincia un 
magistrado ijue llamaban Tlacatecatl y conocía en primera instancia de las cau- 
sas por delitos, en primera y única de las civiles. Acompañábanle otros dos hom- 



DE AMERICA 217 



bres de ley, pero en calidad de auxiliares y asesores; era tan sólo él quien dic- 
taba las sentencias. Iban en apelación las causas criminales á oiro juez siiperior 
conocido con el nombre de Cihuacouatl, que gozaba de grande autorichid y re- 
sidía sólo en pueblos de importancia. Era este juez dentro del territorio de su 
jurisdicción tribunal ^Supremo : no cabía alzarse de sus fallos ni aun auto bi 
Corona. No podía ser nombrado síiki por el Rey ni delegar á nadie sus l'uucio- 
nes. ¡Desgraciado del que se atreviera ni á comunicarlas, ni á usurparla si 8e lo 
daba muerte, se le confiscaba la hacienda y se le vendía la mujer y los hijos ¡)or 
esclavos. 

En la capital , en las mismas casas del Rey , había tribunales muy distintos : 
uno donde apenas se hacía más que instruir los procesos, otro superior donde 
se los fallaba, otro supremo presidido por el Soberano y couipuesto de trece cón- 
sules á donde se remitían las causas de muerte é iban <l ser juzgados por sus de- 
litos los nobles y todos los que ejercian altas magistratiiras. El que salía conde- 
nado por este tribunal pasaba incontinenti á manos del Acrdugo. 

Variaba algún tanto la organización de los tribunales chicbimecas. En -sez 
de los jueces tlacatecatles tenia Tezcuco audiencias sitas en distintos puntos 
del Reino, cada una de las cuales constaba de dos oidores. Iban en alzada los 
procesos graves, no (i un juez como el Cihuacouatl, sino á una asamblea gene- 
ral de magistrados que cada ochenta días presidía el Monarca. En la capital, en el 
palacio de Tezcuco recordará además el lector que había dos triltunales : el del 
Rey y el de Dios, donde con tanta solemnidad se pronunciaban las sentencias 
de nuierte. Componíanse los dos en tiempo de Netzahualcóyotl de gran número 
de miembros : el primero de veintitrés magistrados , el segundo de los catorce 
grandes feudatarios del Reino. De sólo dos jueces los supone Torquemada cuando 
la conquista. 

Lo común á la administración de justicia de las dos naciones era la rapidez 
de los procedimientos, las muchas horas que diariamente consagraban los jueceis 
á oir pleitos y causas, el sistema de reproducir por la pintura el objeto de los 
litigios , la existencia de ministros inferiores ya para emplazar á los demandados , 
ya para consignar la resultancia de los procesos, ya para conservar el orden en 
los tribunales. Que fuese motivo de la controversia un campo, una casa, una 
laguna, un esclavo, se pintaba al esclavo, la laguna, la casa, el campo, no sólo 
para que el juez pudiese apreciar mejor el derecho de las partes, sino también 
para que en todo tiempo constase determinadamente cuál hubiese sido la cosa 
juzgada. La falta de escritura daba en aquellas naciones mocha clariíbid y pre- 
cisión á. ciertos negocios. Por esas pinturas se regían años después los españoles 
para fallar pleitos relativos á la propiedad de la tierra. 

Era , como se ve , bastante aA'anzada la organización de los Trilninales en los 
dos reinos. Lo notable es que, según Torquemada y Zurita, las asambleas ge- 
nerales que presidía cada cuatro meses el Rey de Tezcuco eran á la vez jurídi- 



co 



218 HISTOEIA GENEEAL 



cas y políticas. Las comparan los dos axifores ;'i las Cortes de Castilla, y aseguran 
que en ellas se ventilahan y discutían los más arduos negocios de la República. 
Lo duda Prescott. y yo no lo afirmo; pero este doble carácter se sabe por Ixtlil- 
xochitl que también lo tenía el tribunal de los catorce feudatarios. Consejo de 
Estado era á la vez que tribunal de justicia. ¿Sucedería otro tanto con el tri- 
bunal (le los trece de Méjico? Es por lo menos presumí! »le. Hal)íase ido asimi- 
lando cada uno de los tres pueblos las insiitiu'iones de sus confederados. 

¿No seria eu1(hices alisoluta la aulorídad de los Reyes? Absoluta era, puesto 
que no debían, (jue yo sei)a . someterse á las decisiones de ningaina asamblea ni 
de ningún consejo. Algo moderada debía, sin embargo, estar por esos altos 
cuerpos cousuUíaíis. El Rey de Méjico tenia, como se ha visto, i)or consejeros 
obligados cuairo senadores elegidos con él en \\n mismo día y por unos mismos 
proceres. Inamovililes hasta el advenimiento de otro Rey, no podían menos de 
ejercer grande ínñuencía sobre sus soberanos. No debían ejercerla menor los ca- 
torce grandes vasallos de Tezcuco sobre el ánimo de los descendientes de Netza- 
hualcóyotl. En uno y otro reinos hal»ía ]Hir otra parte numerosos consejos de 
guerra y Hacienda, en Tezcuco hasta uno de ciencias y artes. Por ilimitado que 
fuese el poder real, habían de tender todas estas colectividades á encerrarlo den- 
tro del círculo de las leyes. Las violó rara vez aun el postrer Montezuma con 
haber sido el monarca más aristocr;í1ico y más orgulloso de los aztecas. 

¿Enfrenarían taml)ien el poder real los sacerdotes? No parece que allí los sacer- 
dotes intervinieran directamente en la política. No se los vé en ninguno de los 
consejos de los reyes. No se sabe que conocieran de ningún género de juicios. No 
se dice que perteneciesen á la inmensa servidumbre de los palacios. Cuenta Ixtlil- 
xochitl que cada ochenta días se juntaban cu un salón llamado Tlacotco el Rey 
de Tezcuco, sus hijos, sus deudos y sus dignatarios, y, ya reunidos, subía á uno 
como pulpito un orador de temple que con gran libertad denunciaba y censuraba 
los errores y los vicios de los circunstantes sin perdonar al soberano. Tenía este 
acto cierto aire religioso : el Rey mismo no vacilaba en confesar allí sus yerros , 
si por acaso los había cometido. No se dice, con todo, que el orador fuese sacer- 
dote. 

Suponer que el sacerdocio no influyera en la suerte de aquellas naciones sería 
verdaderamente insensato. ¿Cómo no había de influir si él era el que educaba en 
el Techpuchcalli y el Calmecac á todas las clases altas, inclusos los hijos de los 
Reyes? si presidía los combates y podía precipitar y aun provocar la guerra con 
sólo decir que sus dioses estaban sedientos de sangre? si era el archivo de todos 
los conocimientos y tenía por el terror dominadas las conciencias? Lo que pre- 
tendo y miro como inconcuso es que á pesar de este prestigio no estaba como en 
otros pueblos sobre la Corona. Si ungía y coronaba á los reyes y aún formaba 
parte del Senado que los elegía , el Rey y los grandes elegían en cambio á los 
dos pontífices, 



DE AMÉRICA 219 



L;i jerarquía sacerdüliil tld liuperi(j. se parecía. ;il díjcir d(! Salia^aiii. á ia do 
la l<4desia. Se componía de ¡ic(')litos. de diáconos, de presbíteros, de olñspos. de 
sumos sacerdotes y por liu de un patriarca cuya jurisdiccinn se exleiidía á todo 
el Reino. Los elegidos por el Rey y los grandes ei-an los dos sumos sacerdotes: 
éstos á su vez elegían al Patriarca. Uno y otros salían con irecuenci;i de lii plebe. 
No il su nobleza sino ;'i su virtud se atendia. Los que más puros habían ])erma- 
necido en sus costumbres, los que en los grados inferiores habían sido más ce- 
losos y humildes , los que no habían perdonado sacrificio por servir á sus dioses 
y á los hombres eran los que de escalón en escalón . y no por saltos , se elevaban 
á la cumbre de la jerarquía. 

Ejercía por todas estas razones aquel sacerdocio un gran poder míjral: poder 
material, ninguno. Ninguno digo sobre los profanos, que sobre sus propios 
miembros no dudo que lo tuviese. No tanto, con todo, que pudiera sustraerse á 
la acción de las leyes civiles cuando incurriese en graves delitos. Los sumos 
sacerdotes, el mismo Patriarca sufrían grandes castigos si, quebrantando su \-(jto 
de castidad , se entregaban á placeres impuros : sodomitas , hasta pagal)an con 
la vida su nefando crimen. Nueva demostración de que la Corona estaba por en- 
cima del sacerdocio. 

Tenía el Monarca iguales, no superiores; é iguales solo en sus confederados. 
Como se ha dicho , repartíanse desigualmente los tres reyes el botin y las tierras 
de conquista, y había siempre uno que aspiraba á prevalecer y prevalecía sobre 
los otros; pero se reconocían todos con igual poder y completa autonomía en 
sus respectivos pueblos. Entendíanse, sin embargo, no por embajadores sino por 
simples mensajeros; y lo más del tiempo no los necesitaban. No estalla Tacuba 
ó Tlacopan á dos leguas de Méjico; estaba á poco más de seis Tezciico. Yisit;'i- 
banse frecuentemente los tres soberanos, y aun pasaba el uno meses en la corte 
del otro ; tanto , que en cada uno de los tres palacios había multitud de piezas pa- 
ra alojamiento de los demás triunviros. Sobre que las continuas guerras los obli- 
gaban á vivir juntos desde que se las preparaba hasta que se las concluía. 

A los embajadores los reservaban para cuando hal)íau de dirigirse á reyes 
extranjeros. Escogían para tan espinoso cargo á los hombres de más xíúev y más 
nobleza, y los vestían de modo que no cupiese confundirlos y sí respetarlos. Les 
imponían el uso de sus propias insignias, el de una especie de dalmática de cu- 
yas extremos pendían borlas de colores , el de una manta finísima revuelta al 
cuerpo y recogida por dos de sus puntas sobre los homliros, el de ricas plumiis 
con que debían trenzar el cabello, el de una flecha en una mano y la rodela en 
otra y el de una red, por fin, á donde habían de llegar víveres para el camino. 
Mandaban á veces hasta cuatro juntos; dependía el número déla importancia 
del negocio y de la del Rey con quien se iba á tratarlo. ¡ Ay de la nación extranje- 
-ra que se atreviese á injurinr ni á recibir mal á estos embajadores! Sin más se 
consideraban con derecho á declararle la guerra. Querían, como en Europa, que 



220 HISTORIA GENERAL 



se los i'espptíini romo ;'i sí iiiisnios y so los üivieso por sagrados é imiolables. 

No me es posible escribir más (1(^ la organización política del Imperio; fáltame 
sólo decir algo de la que se di(') á los servicios públicos. Materia corta, no sólo por 
la escasez de noticias que sobre ella tengo, sino también por lo fácil que es aljra- 
zarlos en conjunto. Merced á la falta de moneda se hacía todo por un mismo 
procedimiento: el de las ])restaciones personales. Así se construía palacios, jar- 
dines, acueductos, acequias, puentes, vías. Así también se los conservaba y se 
los reparaba. Los palacios, los jardines y los acueductos que por este sistema se 
hicieron los liemos ya visto: de sus calzadas no quedan restos, de sus puentes 
hay aun ejemplos c[ue admiran. A una jornada de Tehuantepec, en un pueblo 
(]ue llamaban Chilmitlan vio y dilnij(') Dupaix uno de manipostería de cuatro 
varas de extensión y dos de anchura cuyo ojo presenta en sus extremos un arco 
ai)untado (|ue forman sólo dos corpulentos y curvilíneos sillares. En la provin- 
cia de Tlaxcala, en la vertiente de un escarpado cerro halló y delineó otros dos 
compuestos de anchas y desiguales piedras l)ien aniveladas. Tiene el uno de lon- 
gitud catorce varas . el otro treinta y cuatro : de anchura el uno dos y media ; el 
otro doce. La muralla del mayor mide nada menos que veinte varas; los obeliscos 
que la coronan á la entrada y la salida del puente de catorce á quince. Es menor 
el ojo que el de la otra fábrica — vara y media de ancho por vara y tres cuartos 
de alto; — mas presenta formado su cielo por grandes y recias losas tendidas ho- 
rizontalmente. Era Tlaxcala, según tantas veces se ha dicho, república que no 
dependía del Imi)erio: á falta d(» otros ca])e. sin embargo, juzgar por estos puen- 
tes lo que serían los de los aztecas y los chichimecas. Desde la entrada de los tol- 
tecas venía desarrollándose la civilización en Tlaxcala como en los pueblos limí- 
trofes. 

A mantener estas oleras en buen estado contribuía la misma religión con sus 
ritos y sus preceptos. Sobre haber declarado meritorio para sus dioses barrer las ca- 
lles y los caminos , mezclaba en el mes Ochpaniztli sus sacrificios y sus fiestas con 
los trabajos de sus devotos, á quienes obligaba la ley civil á repararlos edificios y 
á limpiar \ conservar calzadas y atarjeas. Tomaban así los hombres todos parte en 
la conservación y la mejora de las vías })úblicas, y cabía llevar á cabo las más atre- 
vidas construcciones. 

Después de las obras públicas el servicio mejor organizado era el de cor- 
reos. Teníanlos en todas clirecciones ; y en poco más de veinticuatro horas lle- 
gaban las órdenes y las noticias á los confines del Imperio. A semejanza de 
nuestras postas había de cuatro en cuatro ó de cinco en cinco leguas peatones que 
se relevaban unos á otros y corrían á todo correr á la estación próxima. Tenía 
cada peatón su casa ó torre en que albergarse, y había de estar siempre dispuesto 
á ponerse en camino. Líjs había de paz y también de guerra. Vestían éstos ciertas 
insignias para que en todas partes se los respetara, y en su 1raje y compostura in- 
dicaban si eran iiorladores de faustas ó infaustas nuevas. Si de infaustas, llevaban 



DE AMÉRICA 221 

suelto y (lesgi'cilado el cabello: ])asal);in en silencio jior las ciuilades y nadie 
osaba íuten-og'aTlos. 8i de faustas, ilian con el pelo reco.a'ido. ceñida la caheza 
de un lienzo Illanco, en una numo la rodela y en la otra la macana, l'lnlralian 
en los pueblos danzando y esgrimiendo la espada , y las gentes los segiiían dando 
alaridos de jú))ilo. Eran inviolaliles estos correos como los embajadores. 

Habían dado por ñn afjuellas naciones grande importaucia y escelente orga- 
nización al ser\'icio de los mercados. Teníanlos divididos en compartimientos 
para las diversas clases de vituallas y mercancías ; en cada compartimiento oficia- 
les encargados de poner precio á las cosas y evitar fraudes y cuestiones entre 
los que comprasen y vendiesen. El menor delito re\estia en aquellas plazas 
gravedad suma. La menor riña era severamente castigada. Nada menos que 
bajo la suprema inspección del Rey estaba el mercado de Méjico. 

Tal era en resumen el estado de aquellas naciones antes de la con(|uista. ^.Me- 
recían el nombre de cultas? ¿merecían el de bárl)aras? Barbarie y cultura son 
dos maneras de ser de nuestra especie C[ue carecen de valor absoluto. ( 'alinea- 
mos generalmente de bárbaros á los piieblos que en su desarrollo intelectual, 
material y moral no lian llegado á la altura del nuestro. Marruecos lo es hoy 
para nosotros. Nosotros lo fuimos en la Antigüedad á los ojos de Grecia y Ronuí . 
para quienes lo era el resto del mundo. Fuéronlo después para todo el mediodía 
de Europa las tribus invasoras del Norte. ¿Qiié de estraño que los españoles del 
siglo XVI reputasen liárbaros no solamente los pueblos del Anahuac sino tam- 
bién los demás de América? 

Bárbaros eran á no dudarlo relativamente á los que vivían en la orilla izquier- 
da del Mediterráneo y en estas playas del Atlántico. Con veintiocho signos tra- 
ducíamos todos los pensamientos, con diez todas las cantidades, con ocho todos 
los sonidos y todas las modulaciones de la voz del hombre. Más ó menos conocía- 
mos todas las ciencias : mal que bien nos esplicábamos los fenómenos de la 
naturaleza y los de nuestra propia vida. Empezábamos á darnos cuenta de la 
configuración del globo y determinábamos con exactitud la marcha de bjs pla- 
netas. No estál)amos lejos al poner el pié en el Anahuac de elevarnos á la con- 
cepción del actual sistema astronómico. 

Navegábamos hacía ya siglos en buques de alto bordo : y . gracias á ese estu- 
dio de las revoluciones del cielo, á la reforma del astrolabio y á la invención de 
la l)rújula, podíamos abandonar las costas y engolfarnos en los mares. No tenía 
mos ya reducido el comercio á las fronteras de la patria ni á las naciones que 
nos temiesen ; trocábamos en paz los productos del Septentrión con los del Me- 
diodía y los del Oriente con los del Occidente"! No vivíamos encerrados en un re- 
pliegue de la tierra como el marisco en su concha. No teníamos solitarios y si- 
lenciosos los puertos. 

Disponíamos para toda clase de transacciones de la moneda y la letra de cambio. 

TOMO I Cj 



222 HISTORIA GENERAL 



Sin dar mercancía pur niercaucia podíanlos adquirir todas las del mundo, y sin 
movernos de nuestras ciudades pagar obligaciones contraidas en los más remotos 
pu&blos. No necesitábamos ni aún para la compra de víveres lle\ar á la ¡¡laza 
talegas de cacao. 

Ni estal)a entre nosotros reducido el trabajo á un corto número de industrias. 
Cultivábamos el trigo en las llanuras, la vid en los collados. Exprimíamos de 
nuestros lagares el vino y el aceite. Bebíamos ó cuajábamos la leche de las vacas 
y las ovejas. Hilábamos y tejíamos el lino y el cáñamo, la seda y la lana. Bajá- 
liamos en busca de los metales á las entrañas de la tierra, y labrábamos con per- 
leccion el hierro, de general aplicación á las artes. De hierro hacíamos las herra- 
mientas: de hierro las armas. El oro y la ¡)lata los convertíamos, no solo en del- 
gadas láminas, sino también en delgados hilos. Así podíamos faliricar el tisú y 
el brocado. Conocíamos el ^idiio: y el último de los hombres lo tenía en los mu- 
ros de su vivienda para . sin i)ri\-arse de la luz . guarecerse de las inclemencias del 
cielo. Hacíamos vajillas de barro y de porcelana , groseros utensilios y muebles 
de talla riqíiísima. Acabábamos de descubrir la imprenta, el arte de reproducir 
la palabra escrita y popiüarizar y perpetuar el pensamiento. 

En arquitectura ¿á c[ué no hal)íamos llegado? Estaba ya culjierta Europa de 
esos monumentos ojivales que tanto asombran. El arco vertebrado no era una 
excepción en nuestros edificios. Por él culiríamos á grandes alturas espaciosas 
naves. Sobre él cargábamos el peso de enormes bóvedas. Por su ley construíamos 
las atrevidas cúpulas que tan airosamente coronan las catedrales modernas. Lo 
lanzábamos no solo de pared á pared, sino también de cohimna á columna, á 
veces hasta de la una á la otra orilla de un rio. Lejos de ser aquí excepción, 
constituía sistema. 

Estaba aquí muy desarrollado el sentimiento estético. No nos limitábamos á 
reproducir la naturaleza, la idealizá])amos. Teníamos bastante vigor en nuestro 
espíritu para formar de los seres vivos imágenes más puras y bellas de las que 
los sentidos nos trasmitían. Simliolizábamos las más altas abstracciones; llegá- 
bamos á pintar la luz. el aire, el espacio. Hacíamos hasta reflejar los movimien- 
tos del alma en los rostros de nuestras pinturas. Por la música despertábamos 
todas las pasiones y todos los afectos. 

No éramos ciertamente modelo de virtudes . pero poseíamos una moral bas- 
tante más perfecta de la que nos permitían seguir los instintos. Nos vedaba el 
piidor que pareciésemos en público desnudas las carnes. Teníamos sobre todo 
nociones bastante elevadas de Dios y su justicia, le creíamos líno. Nos sentíamos 
enlazados con él más por los vínculos del amor que por el lazo de la servidum- 
bre. No le sacrificábamos ya los animales, cuanto menos los hombres. Si, arreba- 
tados por un deplorable fanatismo, quemábamos todavía á los que disentían de 
nuestros dogmas , no porque entendiéramos que con aquellas victimas nos le ha- 
bíamos de hacer propicio ni le hal)ía de ser grato el olor de la sangre. Lejos de 



DE AMÉIÍICA 22a 



nosotros la idea de darle en holocanslo el corazón de los vencidos en la guerra. 
No los hacíamos ya ni esclavos. Eramos belicosos y teníamos en mucho los com- 
bates, i)ara los que disponíamos de armaduras de hierro, lanzas y espadas de 
acero, arcabuces y cañones; no al estremo de creer reservado el cielo para los 
c[ue sucumbiesen en el campo de batalla. El paraíso era á nuestros ojos el pre- 
mio de la virtud, el infierno el castigo de la maldad y el crimen. 

Había entre las dos civilizaciones verdaderos abismos. Vivían solas y aisladas 
acj^uellas gentes sin conocer apenas más tierra que la medida por sus armas , sin 
extender más allá su comercio , sin más embarcación que la canoa , sin otro medio 
para sus transacciones que el cambio directo de productos. Quisieron inútilmente 
emplear por moneda el cacao . ^alor cuando menos tan movedizo como los demás 
valores. Por carecer de bestias de carga, tenían reducidos a la condición de tales 
gran número de sus semejantes. Al Norte, no lejos de sus fronteras, habrían po- 
dido ver manadas de bizontes fáciles de domesticar y aplicar á las necesidades de 
la vida. O no los conocieron, ó no se les ocurrió la idea de cazarlos y domarlos. 
Había , y es más , dentro de su territorio abundantes minas de hierro : no su- 
pieron tampoco utilizarlas ni salir de la edad de piedra. 

Era allí estrecho el campo de la industria, más estrecho el de la ciencia, es- 
trechísimo el de la filosofía. Sin imprenta, sin escritura, sin más que jeroglíficos 
en su mayor parte figurativos apenas cabía consignar sino hechos y aun imper- 
fectamente. Bajo la forma de hechos se debía que se quisiera que no, presentar así 
los procedimientos del arte como las reglas de la moral y las leyes del Imperio. 
Se expresaba por símbolos las cantidades y un corto número de seres abstractos ; 
no había medio de seguir la ilación ni la marcha de las ideas. Discursos, poe- 
sías, sistemas, había que fiarlos á la tradición, que todo lo desfigura y lo cor- 
rompe. Imposible de toda imposibilidad el movimiento intelectual que había en 
Europa aún cuando pesaba sobre todas las frentes la mano de hierro de la teocra- 
cia. Allí el sacerdocio podía comprimir aun más que aquí el vuelo del espíritu. 
Como que era el anillo de la tradición . el arca de todo saljer . el maestro de reyes 
y pueblos y el intérprete de esos mismos jeroglíficos en que estaban encerradas la 
escasa ciencia de aquellas naciones. No se puede ni se debe atribuir á otras causas 
la inferioridad de razón que hubieron de reconocer en los mejicanos aún los españo- 
les que más los enaltecían para librarlos de la dura servidumbre á que se los redujo. 

En artes vimos ya donde rayaban. En escultura llegaron cuando más á la 
imitación de la naturaleza. En pintura acertaron raras veces á copiarla. La idea de 
la divinidad , lejos de escitarles el sentimiento de la belleza, los condujo frecuente- 
mente á concebir monstruos. Sobresalieron principalmente en la arquitectura, é 
impusieron más por la grandeza de las masas y la magestad de las líneas que 
por el buen gusto de los adornos ni la hermosura del conjunto. Descubrimos la 
curva vertebrada solo en un subterráneo. No hay vestigios de bóvedas en nin- 
guno dé sus templos. 



224 llIhTORIA GEKriíAL L>E A.MKÜKA 

Eran lal \ez luiis moral(>s que los euro¡)eos, pero no jior la conciencia de su 
propia dignidad ni d(^ la dii;-niilad ai^-ena. Ihan casi desnudos. Sacriticaljan á los 
ídolos los prisioneros de g'uerra y hasta sus pro¡)ios hijos. Es más: los coniian. 
eran caníbales. ¡Si siquiera no hubiesen comido más que las victimas sacriñcadas 
en aras de sus dioses! Comían también á los que sucumbían en los campos de 
batalla. No permite dudarlo el testimonio unánime de los escritores que asistie- 
ron ú la conquista. Hernán Cortés lo consigna en sus cartas como el más vulgar 
de los hechos. ¿Qué idea no habían de tener aquellas gentes de los dioses y los 
homl)res? Aunque no fuese más que por esta costumbre, haliian de parecer 1)ár- 
baros á los ojos del viejo mundo. 

He dicho en el capitulo jirimero (|ue eran aquellas gentes menos cultas que los 
españoles de hace veinte siglos; y no creo haber exagerado. Les aventajaban en 
la organiiíacion política y en el ejercicio de algunas artes, principalmente en la 
arquitectura : les eran en lo demás inieriores. Ni eran los españoles de aquel 
tiempo antropófagos . ni todos sacriíicalian hombres á sus ídolos. Iban vestidos. 
Cultivaban los campos. Beneficiaban, no sólo las minas de oro y plata, sino tam- 
bién las de hierro. E.sgrimían armas tan buenas y aVín de mejor temple que sus 
conquistadores. Habían ya domado al buey y el caballo, y contaban con carros de 
guerra y de trasporte. Tenían su alfabeto, tamláen su moneda. Ejercían las artes 
más necesarias para la vida. Eran sobre todo ñeros, indómitos, hombres animados 
del sentimiento de su jiropia dignidad, y se axenian mal con toda servidumbre. 
Nada menos que dos siglos pelearon por su independencia ú pesar de la superio- 
ridad de Cartago y Roma en la estrategia y la táctica. .Se arrojaban muchos so- 
l)re sus espadas por no ser esclavos. 

Como qiiiera que sea. preciso es contesar que la civilización del Inn)erio miji- 
cano tiene un sello de originalidad (jue la distingue de las demás del mundo. 
Es una mezcla \ erdaderamente rara de cultura y liarliarie. do ])equeñez y 
grandeza, de Itrutales y delicados sentimientos. Por lo orÍL:inal y rara he 
creído necesario bajar á poianenores en estos cinco últimos capítulos. Solo jior 
ella podré explicar más tarde la facilidad con que iiu puñado de europeos aca- 
bó con el Imiierio y d i'iu-or y la crueldad con que los vencedítres trataron á los 
vencidos. ' 

' Fuentes históricas do este capítulo: .Sahagun lib. XIII, caps. VIII, IX, XII, XI\', XV'II, XVIII, 
XIX y XXI; lib. VI, caps, del IX, al X. Tueqvemada lib. XIII, cap. XXXV; lib. XI, caps. XXV, XXVI. 
.^XVIII, XXVIII, y XXXI, lib. XII, caps, del XII al II: .Alonso de Zieita respuestas á la primera, ter- 
cera y cuarta j reguntas; Ixtlilxóchitl, Historia de los Cliicldinrras. Parte I, cap. XXXVII. lielucion 
lie un ojicinl iinúniíiio de ílernidi Coi-tés, vol. X de la colección de Tcrnanx. Conipans. Carla de Pedro 
de Cante, en el mismo voh'men. De las eerenionias qxie en oiro Ueni¡io .-v ohscrcuhan pura la admi- 
sión de los Tecles; memoria ccntcnida en el mismo trmo. (.'artas de Ileruan Cortés: carta segunda. 



OAPÍtüLO 



Estados libres. —Los totoiíaoas.— Su Constitución.— Su oiiyen.— Su culto. —Los tlaxcaltecas.— Su org-anizacion [lolítica. —Fe- 
cundidad y rifiueza de su tierra.— Sus dio.ses.- Su fiesta de Camaxtle.— Su comunidad' teog-ónica con Cholula.— Cliolula.— Su 
carácter religioso.— Su fiesta de Quetzalcoatl.— Su gran pirámide.— Sus artes.— Su g-ol)ierno.—Huexotzingo.— Influencia re- 
ciproca de lastres RepúWicas.— Matlatzing-o.— Su constitución.— Su organización administrativa.— Su propiedad.— Reino 
de Miclioacan. -Sus limites.— Su origen.- Cualidades de sus moradores.— Cualidades de sus tierras.— Su régimen político.— 
Su Iiistoria.— Su tradición sohre el diluvio.— Los cliiapanecas, — Pueblos que había entre los chiapanecas y los tarascos 
ó miclioacanecas. — Confederación de Tututepec. Mixtecapan. y Zapotecapan. — Influencia del sacerdocio en estas nacio- 
nes.— Mixteca) an.— Noviciado que habían de pasar en los monasterios los hijos de los Señores.— Templos subterráneos de 
lancuitlan. Chalcotorgo y Coatlan.— Sacrificios.— Zapotecapan.— Templos subterráneos de lopaa ó Mitla.— Monumentos 
célebres de este ¡lueblo.- Si eran palacios ó sepulcros.— Qué pueblo pudo construirlos.— Culto de los muertos.— Dudas sobre 
la organización de los zapotecas.— Dioses que los zapotecas adoraban —Conclusión. 



;v 



ONSAGRO este capitulo á los Estados indeiieiidientes 
-■:hár h)^ ., ;) del Imperio. Al lle<4-ar los españoles nt) lo era ya el 



de los totonacas. perd liacía pocos años que nl»e- 
decía á Montezuuia. l'>talia di\ idido eu veinte par- 
cialidades ó íainilias y re^-ido p(ir uua sdla calieza. 



j!"(\ No tuvo al parecer uiás de uua dina.stia (|ue había eiupeza- 
por Omeacatl y concluyí'i por Quauhtlaeliana. Vivii) eu 
])az durante sigdos: antes de la guerra con los mejicanos 
sillo liabia sufrido una civil y otra extranjera. Era no obstante 
bravo y amaba la libertad como uing-uuo: según verá más larde 
el leclor, por el afán de recobrarlo ofreció sus armas á Cortés. 
luego que Cortés desembarcó en svis costas. 

El origen de esos totonacas no es fácil determinarlo. Se los 
hace venir de Cbicomoztoc . el misterioso lugar de las siete cue- 
vas allá por el siglo vn, y hasta se dice si fueron hts (pie en 
Teotihuacan edificaron los grandiosos templos del Sol y la Luna. Lo que parece 
indudalile es que desde Teotihuacan marcharon en dirección á ( )riente y acam- 
paron primero en Zacatlan . luego en las vertientes y quebradas de Sierra .\hidrc 




226 HISTORIA (JESERAL 



y por fin en las llanuras de C'empoal, orillas del Atlántico. Allí se establecieron 
definitivamente, y se propagaron é hicieron temibles. 

Adoraban los totonacas principalmente á Tzinteotl . divinidad agrícola. Le ha- 
bían levantado un templo en una de las más altas cumbres, en medio de rosales y 
frondosas alamedas; y no le sacrificaban sino tórtolas y codornices. Rendían culto 
á, otros dioses y les inmolaban á sus prójimos, pero á impulsos del terror, no de la 
veneración ni del respeto. Rogaban constantemente á Tzinteotl que intercediera 
por que el Sol los redimiese de tan dura servidumbre. Tenían este astro por su- 
premo Dios, y esperaban les enviase un hijo para librarlos de divinidades 
que les exigían tan cruentos holocaustos. Mataban cada' tres años á otros tantos 
niños, les arranca1)an el corazón, mezclaban la sangre con gotas de ulli y semi- 
llas que recogían de las huertas de sus teocallis , y repartían la masa entre los fie- 
les como pan sagrado. Circuncidaban también á los varones veintiocho ó veinti- 
nueve días después del nacimiento. Cortaba el sacerdote con un cuchillo de pe- 
dernal el prepucio, y lo arrojaba á la lumbre. 

Grande era el Estado de los totonacas, pero no de mucho tan importante co- 
mo el de los tlaxcaltecas. Los tlaxcaltecas, según se ha visto, continuaban 
independientes. Aunque cercados de enemigos por todas partes, habían sabido 
resistir siempre á las armas de los triunviros . No estaban , sin embargo , regidos 
por un solo jefe. Distril)ui(los en cuatro grandes señoríos, — el de Ocotelolco, el 
de Tepectipac , el de Quiahuiztlan y el de Tizatlan; — vivían bajo el gobierno de 
otros tantos caudillos. En lo particular obedecía cada cual á su señor; en- lo ge- 
neral, á todos. Constituían una federación en el riguroso sentido de la palabra. 

Era autónomo cada señor dentro de su señorío ; debía reunirse con los demás 
para resolver los negocios comunes á toda la república. Deliberaban juntos los 
cuatro sol)re la paz y la guerra, las vías de comunicación y las relaciones con 
otros pueblos . Delegaban en uno su poder sólo i)ara las empresas militares . 
Estaban todos mientras duraba la lucha á las órdenes del colega que habían 
nombrado generalísimo. Les había enseñado la experiencia que sólo por la uni- 
dad de acción podían vencer á sus contrarios y mantenerse libres . Era genera- 
lísimo á la entrada de los Españoles Maxixcatzin, señor de Ocotelolco. 

Participaban los cuatro señores del doble carácter de hereditarios y electivos 
que hemos observado en la monarquía de Méjico. Tenían derecho de suceder al 
padre todos los hijos de mujer legítima; pero no le sucedía sino el que designaban 
los demás cuatuorviros junto con los nobles de la respectiva cabecera. A falta 
de hijos sucedían los hermanos; á falta de hermanos, los sobrinos; á falta de 
sobrinos, los más próximos deudos. La elección se verificalja las más de las veces 
viviendo aún el señor de cuya sucesión se trataba : solían los señores al sentirse 
enfermos convocar la junta y aun presidirla. 

Debajo de los cuatro señoríos estaban treinta feudos ó mayorazgos, que se 
regían por las mismas leyes de sucesión y pagaban tributos , ya reales ya per- 



DE AMÉBICA 227 



sonales. Tenían ;V su voz vasallos y jurisdicción soIh'í» Ids i)uo1)1os. Al par de los 
señoríos no i)asal)an Jamás á las hembras. A las hembras, como á los varones que 
no heredaban el poder, no se les concedía sino bienes de ipie pudieran susten- 
tarse y vivir como corres¡)ondiese á la íjrandeza de sus mayores. Aún á los bas- 
tardos se les daba tierras y esclavos para que no afrentasen la memoria de sus 
padres. 

Estaba bien organizada la República, y contalia multitud de empleados. Todos 
eran y debían ser nobles . No se permitía ni antes ni después de la conquista 
que los plebeyos ejercieran cargos públicos. Un macehual á quien se emplease 
en la portería de un convento suscitaba vivísimas protestas. Prestábanse hasta 
los más nobles tlaxcaltecas á desempeñar los destinos más humildes con tal de 
alejar de ellus á la plebe. No sin motivo se ha calificado de aristocráticos aquella 
nación y aquel gobierno. 

Eran los habitantes de Tlaxcala chichimecas de origen. Hablaban la lengua ná- 
huatl, pero algo toscamente. No habían venido de un golpe al régimen que acaba 
de describirse. Vivían en un principio bajo un sólo señor llamado Colhuacatecutli 
que dividió el reino en dos para dar uno á su hermano Teyohnalminqui . Bajó 
éste su casa á un sitio llamado Ocotelolco , y de aquí las dos cabeceras de Ocotelolco 
y Tepectipac, que subsistieron solas muy poco tiempo. No había aún muerto 
Colhuacatecutli, cuando bajaron al valle otros chichimecas y pidieron territorio 
en que establecerse. Concedióselo CoDuiacatecutli , y nació el señorío de Quiahuiz- 
tlan, que tuvo á Mizquitl por primer caudillo. La cabecera de Tizatlan se fundó 
má.s tarde: formáronla nobles que se apartaron de las de Tepectipac y de Ocotelolco 
y aceptaron por jefe á Xayacamachantzompant, ¡¡or otro nombre Tcxolohua- 
tecutli. 

Esta división no amenguó en nada las fuerzas de la Re¡)úl)lica ; contrapesada 
p(ir la federación, las aumentó lejos de disminuirlas. Creció de cada día Tlaxcala 
en gente, en armas, en recursos. Enriquecióse mucho por el comercio exterior; 
¡)ero pudo vivir holgadamente de sí misma cuando , resueltos A conquistarla los 
Triunviros, la tuvieron sitiada por más de sesenta años. Carecía entonces de al- 
godón para vestirse , de oro y plata con que adornarse , de cacao que beber y de 
sal con que sazonar sus viandas; no de pan ni de legumbres, ni de caza de que 
nutrirse. Tierra de pan, como indica su propio nombre, bien y generalmente 
cultivada , disponía de cuanto le era indispensable para la vida ; y , tan sobria como 
esforzada, sabia prescindir de lo supérfluo. De tal modo se había acostumbrado í'i 
comer sin sal, que pudiendo no la usaba ni aún después de sujeta al dominio 
de los españoles. Abundaba ¡¡ríncipalmenle en maíz y en grana. 

Contribuía mucho ;i la fecundidad de Tlaxcala una sierra al Sudeste de la 
capital, de más de quince leguas de ruedo y dos de subida, que está en in^•ierno 
coronada de nieve y en todas las estaciones poblada de encinas y pinos. Las 
nubes que se formaban en las cimas regaban frecuentemente la provincia. Te- 



HISTORIA GE.NKRAL 



ilian asi lu> tlaxcaltecas <j;v<\u veneración á esas uioiitanas. y en ellas adoralian 
á Matlalcvieye. Era Matlalcueye por su nombre la diosa ili'l faldellin azul y por 
sus hechos la madre de las aguas: subían los Libradores todos á derramarle ofren- 
das si llovía, á inmolarle niños si estaban secos los campos. Los grandes sacrifi- 
cios no se los hacia allí, sin embargo, para hacerse propicia á Matlalcueye sino 
[¡ara aplacar á ( 'aniaxtle . dios de la guerra . que tal vez fuera el mismo Huitzilo- 
pochtli de los mejicanos. Celebrábase cada cuatro años en honor de esa deidad 
terrible una fiesta donde corrían arroyos de sangre. 

Preparábase la fiesta por un ayuno de ochenta días para los profanos, de 
ciento sesenta ¡)ara los sacerdotes. Los sacerdotes se mortificaban ademas ta- 
ladrándose la lengua y iiasando en distintas ocasiones ¡lor el taladro hasta tres- 
cientas y cuatrocientas agujas unas más gruesas que otras. Próxhno el gran día , 
pintábanse unos de blanco, otros de ní'gro. otros de azul, y bailaban de sol á sol 
á las espaldas del templo , recientemente enlucido y adornado. Vestían luego la 
gigantesca estatua del Dios . de más de quince pies de altura . y la de otro peque- 
ño ídolo que se decía traído por los primeros pobladores. 

La víspera de la fiesta empezaban las ofrendas y los sacrificios. Ceñíase á 
Camaxtle en el brazo izijuierdo una rodela de oro con rapacejos de pluma: 
poníasele en la mano derecha un dardo cuya punta de pedernal era como 
el hierro de una lanza. Quién le ofrecía mantos, quién unos como capuces la- 
brados de algodón y pelo (jue no parecían sino de seda, quién olorosas y deli- 
cadas flores, quién mariposas, conejos, codornices, culebras y lagartos. Matábase 
á todos estos animales en presencia del ídolo, y allí empezal)an los holocaustos. 
¡Si no los hubiese habido más deplorables! 

A media noche se presentaba delante del teni]»lo un sacerdote cubierto de las 
vestiduras de su Dios: y después de haber encendido lumbre nueva por el frote 
de dos leños arrancaba el corazón á uno de los más nobles prisioneros de 
guerra. Ya-,i a(|uello como el preludio de la gran matanza. Sacrificábase hasta 
quinientos cautivos en la sola cabecera de (Jcotelolco, más de mil en los cuatro 
señoríos. ^ al día siguiente se inmolaba todavía otros catorce ó quince como si 
no estuviese aún apagada la sed de Camaxtle. I^o más terrible era que tan bár- 
baras hecatombes se rejietían con moti-s-o de la misma solemnidad no sólo en las 
vecinas repúblicas de Cholula y Huexotzingo, sino también en otros muchos 
pueblos á la redonda . que adoraban, ademas de sus propios dioses, al de los 
tlaxcaltecas. Llabía en todas aquellas gentes una especie de comunidad teogó- 
nica. Tlaxcala. ])or ejenq)lo. decía que el dios de Cholula, Quetzalcoatl, era 
hijo de Camaxtle. y no vacilaba en prestar las vestiduras de Canuixtle para que 
se las pusieran á Quetzalcoatl los chololtecas. 

Observábase esta comunidad teogónica sobre todo en Cholula. Cholula, como 
recordará el lector , había sido la ciudad en que habla prevalecido el culto de 
Quetzalcoatl sobre el de Tetzcatlipoca. (Quetzalcoatl al decir de la tradición y la 



DE AMÉRICA 229 



liistoria la había escogido por morada cuando abandonó el reino de Tula y dej;i- 
dole sus discípulos cuando se embarcó en las aguas del Guazacoalco. Seguía 
devoto y fiel á Quetzalcoatl , y era. no obstante, el santuario de todos los dioses. 
No le había en el Anahuac que no tuviera allí su templo. Allí aciulían en 
peregrinación los pueblos del Panamá al Golfo. Allí tenía cada nación su teocalli, 
y cada señor su casa. Allí se practicaba todo género de ritos y toda clase de 
fe'acrificios. Hasta en los altares de Quetzalcoatl se inmolaba ya al liomlu-e: había 
comunidad, no sólo de dioses, sino también de holocaustos. 

La fiesta de Quetzalcoatl en Cholula era muy parecida á la de Camaxtle en 
Tlaxcala. Iba también precedida de rigurosas penitencias. Ochenta días antes se 
reunían los sacerdotes todos en los atrios de los templos , y se sentaban contra la 
pared provistos de espinas de maguey, copal, un incensario y goma. En los 
primeros sesenta días ni podían levantarse sino para mudar el cuerpo , ni dormir 
sino tres horas: una al salir el sol, dos á primera noche. Lo demás del tiempo lo 
habían de pasar orando, quemando incienso ó sangrándose las orejas. Si alguno 
se. dormía, se le despertaba hiriéndole con las mismas puntas del maguey, cuan- 
do no imponiéndole mayor castigo. A media noche se bañaban en agua fría y se 
tiznaban. Añadían á estas mortificaciones el avuno. En Ljs últimos veinte días, 
era ya más corta la vela y menos dura la vida, pero aún ásperas y fatigosas. 

Sólo el día de la fiesta podían los penitentes abandonar el templo é ir á sus 
casas por ni;e vos trajes. Confundíanse aquel día con el pueblo, y participaban 
de la alegría general. No , sin embargo , de modo que pudieran dispensarse los 
sacrificadores de ejercer su oficio. Se inmolaba á cuantos cautivos se había hecho 
en la guerra. Afortunadamente la fiesta, como la de Tlaxcala , no se celebraba 
más de una vez en cuatro años. ¿Se exj)lica fácilmente que hasta en la ciudad de 
Quetzalcoatl se introdujera al fin tan inhumana costumbre? vSe inmolaba también 
á niños de ambos sexos en la ciudad de Cholula. 

Cholula , lo he dicho ya , era la Jerusalem de aquella parte de América . Fun- 
dada por los toltecas, cuando no por los xicalancas, se la veía, no sólo como el 
campo de batalla en que habían luchado los ejércitos rivales de Quetzalcoatl y 
Tetzcatlipoca , sino también como el sitio en que después del diluvio habían in- 
tentado los hombres levantar gradas por donde escalar el cielo. Estaba toda- 
vía en pié la colosal pirámide , y miraban los pueblos á Cholula como el arca 
de sus primitivas tradiciones. Hoy ¡oh maravilla! existe aún tan grandioso y 
singular monumento ; existe cuando han desaparecido ya los trescientos y más 
teocallis que contaron en la ciudad los españoles del tiempo de la conquista. 
Como para guardarlo cubriólo de tierra y vegetación la naturaleza, y hoy es ya 
cerro lo que fué edificio. Monte hecho á mano lo llaman ahora los naturales, y 
monte parece , según están confundidos sus cuatro cuerpos , sus ciento veinte 
escalones y sus aristas. Apenas se revela ya el trab;\io del hombre mas que en 
algunas hileras de adobes que asoman acá y acullá entre matorrales y arbustos. 

TOMO I ('"' 



í;j I HláTOEIA OENERAL 



¿Qiu' jiikIo ser tan iiii])()iieiito ohi'a? A no dudarld iiu Iciiiplí). Tomi)lo de 
QuetzalctiaÜ consta ((uo era á la caida d(d hiii^M-id. Si lo Cik'' áiile.s de otro dios, 
no 1(1 dic(> la liisluria. Que fuese otr.i invrc de Halicl Id alii-nia s(ili) una tradición 
derramada ])dr todas aquellas naciones. Hulxi desde su luisnio orid-en de estar 
destinada á templo, sed-uu son idénticas sus formas á las de todos los que subsis- 
ten desde Honduras al Panuco. Sobre ser una pirámide escalonada, está perfec- 
tamente á los cuatro ^'ieutos. Tiene además sus huecos y sepulturas. Roto uno 
de sus ¡uid'ulos por abrirse nuevos cau)ino^. una se encontró de piedra que 
encerraba dos cadáveres, vasos artísticamenb' barnizados y teñidos de \ario-; 
colores é idolds de l)asal1(i. 

La obra es \erdadcrami'nb" notable por su d-randeza. Medida j)or llumboldl, 
result(') ser de cincuenta y cuatro metros de altura, de cuatrocientos treinta y 
nue\e de longitud en cada uno de los cuatro lados de su base. Tiene por conse- 
cuencia doble asiento que la pirámide de C'lieoi)s y mayor elevación qiu^ la de 
Mycerino. Es toda de ladrillos no cocidos entre capas de arcilla. Créenla alg-unos 
completamente hueca . y hasta dicen si cuando la conquista ocultó g'^au número 
de soldados que hablan de salir de im[)roviso contra Cortés y conseguir }>or la. 
sor¡)resa lo que no haliian ¡lodido por la lucha. La verdad es que ni mencionan 
este hecho los historiadores de aquel sigio. ni ha exploi'ado nadie lo interior de la 
l)irámide con andar acuciosa tanta gente por descubrir tesoros . que se supone 
enterrados en el corazón de los antiguos tenqilos. 

Con ¡)oseer esta maravilla y ser el panteón del Anahuac no podía ( 'holula 
dejar de gozar de gran renombre. Gozábalo, ademas, por sus rectas, largas y 
esjiaciosas calles, la belleza de sus casas, el número de sus torres, que pasaban 
de cuatrocientas, lo ameno de sus alrededores y el adelanto de sus artes. No 
tenía rival en la alfarería ni en los vaciados de oro y i)lata: dejaba atrás á la 
misma Florencia en la delicadeza , el barniz y la ¡tintura de su loza. Allí se 
surtían de \>hiinx y cojias los reyes de Tlactqtan. Tezcuco y Méjico. Ni era infe- 
rior á los (lemas pueblos en hilar y t(>jer el algodón, ni en dar á sus telas l)ri- 
Uautisimos colores. Fomentaba mucho la cochinilla . de que salen el carmín y la 
escarlata. Era industriosa y se sentía alentada en su trabajo por la anuencia de 
forasteros. No le ¡troducía menos el tranco merca útil (jue las artes. Así era de 
las ciudades más opulentas. 

Fra laminen notable Chohda ¡lor su goliierno. Allá en los iirimitivos tiempos 
.se la cree regida poi- un monarca: después [uw iiiids hombres de guerra que se 
elegía en determinadds })eriodos. Lo l'ué . se dice, poi' cuatro discípulos de Quet— 
zalcoall luí'go que éste la abandom') perseguido por Telzcatlipoca. Que durante si- 
glos lo fuese á la manera de Tlaxcala por cualuor\iros es innegable. Lo es aún 
que esos cuatuorviros nombraban para la mibcia un capitán general y para la 
religión un [idutílice. Duraba este régimen , aunque con alguna mudanza . al 
entrar los europeos. Haijía á la sazón en ('holula un capitán general asistido de 



DK AMÉmCA . £.51 

un consejo áf seis noltles en ({uc tenía asieiilo y reprcsenlaciou el sacerdocio. 

No me detendré aliova en la república de Hnexotzinyo con ser independienle 
y no carecer de inij)ortancia si se atiende ú su iiolilacion, (jue no ])ajaha de 
treinta y cinco mil vecinos. Se gobernalia como la de los tlaxcaltecas, y no se dis- 
tinguía de la de C'holnla sino pur el carácter alpo l)elicoso de sus Iial)i1an1es. Ilue- 
xotzingo, Cholula y Tlaxcala eran tres estados contiguos que no ¡¡ddian menos de 
influir el uno en los otros y aún vivir confederados para su común defensa. 
EstuAiéronlo de ordinario, aunque más de una vez se volvieran Cliolula y Hue- 
xütziugo contra su poderosa aliada. Cuando tal sucedía, cas1i¿¿al)a rudamente 
Tlaxcala á las dos pequeñas repúblicas y las reducía pronto á que imploraran su 
amistad y su clemencia. Era Tlaxcala entre todas la poderosa y" fuerte, tanto que 
los pueblos situados al otro lado de Sierra Madre, se habían visto' obligados 
á defender un anchuroso paso que se hace entre dos cerros con una muralla que 
vio Cortés alta como de ocho pies, ancha como de quince, corrida de un adarve 
que tendría pié y medio y protegida por una entrada en que ;i manera de rebe— 
lli-n doblaban una sobre otra dos grandes cercas. Era toda la mui'alla de jiiedra, y 
hubo de sorprender algún tanto á los españoles, que hasta allí no lialiían vislo ni 
sospechado en los indígenas tales obras ni parapetos. ' 

Estaban las tres repúblicas al Sudeste de Méjico: al Ueste lial)ia (jiros estados 
libres. No lo era ya Huexotzingo; pero lo había sido hasta los tiempos de Axa- 
yacatl. y son para recordadas sus antiguas instituciones. Gobernábanlo tres 
jefes, no todos iguales en autoridad ni en jerarquía. Reemplazaba al primero el 
segundo, al segundo el tercero, y al tercero un hijo del primero, el que pa- 
recía más capaz y más digno. Cuando il)an á extinguirse las familias de los dos 
jefes superiores, se elevaba al tercer puesto al jioble que más se hubiese distin- 
guido por su prudencia y su bravura. Lográljase así que ejerciera siempre el 
poder persona ya versada en los negocios y acostumbrada al mando. 

Hallábase dividido el reino todo en calpullis ó calpollalis. y en cada calpuUi 
liabíá uno como gobernador ó alcalde. Eran estos alcaldes, no de nombramiento 
de los jefes, sino en parte hereditarios, en parle electivos. Ejercían el cargo de 
por ^•ida, y al morir les sucedía el hijo, hermano ó deud(j que el pueblo designaba. 
Podían los jefes recusar al favorecido, pero sólo cuando lo fuera contra las leyes. 
Aún entonces no tenían mñs derecho que el de exigir nuevas elecciones. Trataban 
por esta razón con gran respeto á esas autoridades subalternas, que juntas podían 
desposeerlos siempre que degenerasen en tiranos. Alojábanlas y manteníanlas 
cuando las sabían en la capital, y hasta les daban de sxis esclavos. 



' Sobre lo hasta aquí escrito véase á Tor(JUE.\iad.v Monarquía Indiana libro II. caps. X\I y LXXXII: 
libro III, caps, del XII al XVIII; libro VI, caps. XXV y XLVIII; libro VIII, cap. V; libro X, caps. XXXI 
y XXXIl; libro XI caps. XX.II, XXllI y XXIV.— Humboldt. Sitios de las cordilleras, parte II. capi- 
tulo II.— TíVí/V'í de Dl i'Ai.'c lámina S. Cai'tas de Cokté.«, la del 30 de Octubre de \^-20. 



HISTOPIA GENEPAL 



Mirabun en realidad los jefes por todos los subditos. Acensaban muchas tier- 
ras de que disponían, y cobraban un pequeño canon. Ahorraban gran parte de 
los granos y legumbres que recibían en trilnito, y los guardaban para los tiem- 
pos de carestía. En una hambre que duró tres ú más años, no sólo dejaron de :'e- 
caudar las contribuciones , sino que taml)ien alimentaron de sus bien provistos 
graneros la muchedumbre. Los impuestos eran todos personales. Como en Méjico, 
había en cada calpuUi campos, huertas, jardines, y talleres destinados á la 
satisfacción de los tributos: allí trabajaba por turno cada habitante los días ne- 
cesarios. No estaban exentos de este servicio sino los censatarios de los jefes. 

Las tierras que no pertenecían á los tres soberanos eran todas concejiles. 
La justicia se administraba ordinariamente por los mismos cabezas de los calpu- 
Uis. Solo los negocios graves caían según su importancia ya bajo la presidencia 
de uno de los dos jefes de menos jerarquía, ya bajo la del jefe supremo. ¿Nd 
tendrían más atribuciones especiales aquellos dos jefes? Deliieron de ser ademas 
los primeros capitanes de guerra. Llevaban los títulos de Tlacochtecatl y Tlaca- 
tecatl , como los dos generales de Méjico. ^ 

Matlaltzingo estaba situado á la otra parte de los montes de Tlacopan , y Az- 
capotzalco , entre el rio de su mismo nombre , hoy de Lerma , y las vertientes 
meridionales del volcan de Toluca. Confinaba al Occidente con el gran reino de 
Michoacan, jamás domado por los aztecas. Dícese que tenía este reino de Norno- 
reste á Sursudeste setenta y ocho leguas , unas treinta y ocho de costas sobre las 
aguas del Pacífico. Es diñcil fijar los límites de todas esas naciones, pero es 
probable que se extendiese del rio Tololotlan al de Mexcala y mirase al mar desde 
la boca del Coahuayana á Zacatollan ó Zacatula. Reino, en sentir de todos los 
autores, pobladísimo, que habitaban gentes de cuatro razas: chichimecas. azte- 
cas, otomies V tarascos. 

Quiénes fueran esos tarascos no acierta á decidirlo nadie. Asegura Sahagun 
que se los llamaba así del dios á quien rendían culto, un Taras ó Toras, que era 
el Mixcohuatl de los mejicanos; pero con esto no los hace sino coetáneos de los 
toltecas. No los tendría por menos antiguos Torquemada, cuando afirma que 
Amititl de los primeros mixeohuas, era adorado en Michoncan como uno de los 
héroes que fundaron el Reino. Falta saber si eran toltecas, y ya que no bi fue- 
sen, de dónde procedían. Tarasca era la inmensa mayoría de los habitantes, ta- 
rascos fueron por muchos siglos los príncipes que los gobernaron y tarasco sería 
verosímilmente el nombre de los ríos , de las montañas , de los lagos , de las ciu- 
dades y de los pueblos. ¿Eran acaso toltecas los noni])res de Chápala. Cuitzeo y 
Patzcuaro con que se conocía sus lagunas, ni los de Apacingan, Cupatitzio, 
Ouitimba, Churumuco y Tiripitio que se puso á los afluentes del Mexcala, ni los 
de Campo y Pucuaro que se daba á dos de sus sierras, ni los de Querétaro. Ta- 



' ZuFiTA. Inforiíir íídhrc las diffvcntcs clases do jefes rlc Sueca España. \ ar. pen. 



DE AMÉEICA 233 



rimoi'o, Indaparapeu . Guayaugareo y Morelia , propios de otras tantas pobla- 
ciones? 

Se ignora por completo el oríg-en de esos tarascos. No se sabe sino que eran 
hombres de alta estatura, bien formados, de color algo menos cobrizo que las 
otras razas, elegantes asi en el lenguaje como en las maneras y sobre todo ami- 
gos de las armas. Eran, dice Torquemada, tan buenos tiradores, que á cien pa- 
sos no erraban el blanco. Hombres y mujeres llevaban corto el cabello, y los sol- 
dados ceñida de una honda la cabeza. Distinguíanse en lo físico por su robustez 
y en lo moral por su energía. 

Contribuían no poco á su robustez las circunstancias de la tierra. Era Mi- 
choacan de apacible clima, aunque más caluroso qi;e frío. Abundaba en las cosas 
necesarias parala vida y también en las superfinas. Producía algodón y cacao, 
tenía ricos veneros de cobre . estaño , plata y oro , no escaseaba de cereales ni de 
legumbres. Distinguíase, principalmente por la abundancia de peces. De aquí 
tomó el nombre de Michoacan, que significa lugar de pesca. Era generalmente 
llano , pero no sin desiguales y fragosas sierras donde nacían el ciprés y el cedro 
y había espantosos abismos. No se gozaba de menos salud en los montes que en 
los valles. Eran sobre todo bellas y deliciosas las riberas de sus lagos. No las 
había como las de Patzcuaro en todo el Imperio. Medía este lago cinco leguas de 
longitud y doce de circunferencia, y estaba rodeado de frondosas arboledas. Eran 
menos hermosos los de Cuitzeo y de Chápala, pero mayores. De catorce (i quince 
leguas de periferia contaba el de Cuitzeo; de treinta y cinco ;i cuarenta de lon- 
gitud y de tres á diez de anchura el de Chápala, que tenía como el mar finjo 
y reflujo. Tenía digo, y no tiene, porque me refiero á un reino que ya no 
existe. 

Reunía Michoacan lo agradaljle y lo agreste , y agrestes al par de agradal:)les 
eran los tarascos. Tan indómitos en la guerra como suaves en la paz. fueron 
siempre el terror de los mejicanos. No sólo no les dejaron conquistar uno solo de 
sus pueblos ; los obligaron á tener constantemente bien fortificadas y guarne- 
cidas las fronteras de Matlatzingo. 

Su régimen político presentaba algunas singularidades que no puedo pasar en 
silencio. Aunque divididos en cuatro grandes pueblos, obedecían todos á un 
soberano que residía en Tzintzontzan , junto íi las aguas del Patzcuaro. Era es- 
te rey absoluto , y vivía con mayor fausto que los monarcas de Méjico. No le 
ganaba nadie ni en ricas joyas, ni en concubinas, ni en servidumbre. Mujeres 
le servían el aguamanos , le escanciaban el vino , le vaciaban la escupidera , le 
tenían á buen recaudo las alhajas. Hombres le peinaban y tejían guirnaldas de 
fiores, le perfumaban, le defendían del sol y le dalia n aire con abanicos de plu- 
ma, le divertían con chistes y anécdotas ó con música y baile, y le guardaban 
los licores y las mujeres. ¿Qué de otras gentes no tenía á su servicio? Üu criado 
para calzarle, un porta-destral para cortarle la leña, un remero y un piloto para 



Ül) 



2:34 HISTORIA CKNEEAI, 



el paso (le his ricw y li»s l;ip)s. im armero y un jnyern. dos ó Ires cazadores y 
otros lautos niéilicos. 

(lo]»ei'iialia este rey la iiioiiar(iiiia [lor medio de un lu^'arteuieute o-eueral que 
llevalia el uoiuLre de pirowaiiqueu-eandari y estaLa á sus inmedialas (h-deues. 
No tenia junto á si más (pie á este l'unciouario y á otro llamado curu-apendi, 
que proveia ;i los dioses de vietiinas Ininianas. "^'a viejo y próximo á la muerte 
uo era raro (]vie eom})artiese el poder con uno de sus hijos. T(Uiia la facultad 
de nomlirarse sucesor v solía nombrarle en vida v' aun llamarle ú regir el 
Reino para (jue i'uese entrando en la ¡¡radica de los negocios. No podia elegir á 
un estraño. pero sí posponer el hijo primogénito al último de sus herederos ñ 
descendientes. No era el ])rimogénito lieredero l'orzoso de la corona síik') á falta 
de designación del padre. 

( 'ómo se goliernasen los cuatro grandes })uelilos y sus provincias lo ignoro. 
Es de suponer que por el misjno sistema feudal que iieuios visto en los demás 
reinos y repúblicas. No se salie sino que hahla en Michoacan tres grados de uo- 
bleza y tres de sacerdocio. Los achacchas, los carachaca-pachas y los acambe- 
chas; los liauri-pia'pechas. los curi-tiechas y los curi-pechas, ó quemadores de 
incienso. 

Esta organización ])olítica era . al parecer, moderna. Vivían al principiólos 
tarascos distril)uidos en pequeñas tribus ó estados independientes. Tenían su 
más importante jefe en el rey de las islas de Patzcuaro. á quien oliedecían uiu- 
clias ciudades de tierra firme. No entraron ;i formar cuerpo de nación hasta que 
cayeron bajo el yugo de los chichimecas . con uno de cuyos caudillos casaron 
pronto á la hermana de uno de sus guerreros, ^'ária fue la suerte de las bata- 
llas; ])ero al lin vencieron los chichimecas, (jue no tardaron en conñmdirse con 
los vencidos ni en ¡)oner 1)ajo la techumbre de unos mismos templos sus dioses 
y los de los indígenas. Aún entonces dist(') de cíuistituir Michoacan un sólo 
puelilo. Tariacuri. que acababa de conquistarlo, lo dividic) en tres reinos y los 
repartió entre su hijo y los hijos de sus primos. Solo cuando Ziziz-Pandacua- 
ré, nieto de Tariacuri. logríi volverlo á reunir en su mano, fué definitiv^amente 
Michoacan el reino á que acalio de consagrar estas lineas. Aconteció ésto, se 
dice, á principios del siglo xv: la hu-ha con los chichimecas. debió por lo que se 
ve, durar centenares de años. ¿En qué ])unto de la historia antigmi de América, 
se fijarán los ojos que no se dé con impenetrables sombras? 

lia fusión de los chichimecas y los tarascos fué tal, que á la caída de Mon- 
tezuma se adoraba indistintamente en Michoacan á los dioses de los dos pueblos . 
se profesaba unas inismas creencias y se refería las mismas tradiciones. Eo 
mismo se rendía cuHo á la diosa Xai'atanga, diviniíhid ¡irincipal de los tarascos, 
que á (Juricaweri . (jue lo baliia sido de los chichimecas. Por encima de estos 
dioses volvían todos las miradas al ciido en busca del invisible creador del 
mundo, á (luien ali-ihuían el bien v el mal. la \ida v la muerte. De este dios 



DE AMÉPICA --V) 



SO creían lodn-; lioclnini . y ;'i osle dios alirmahaii i|iu' hahiaii do volver para re- 
cibir el premio de sus virtudes ó el castig-o de sus criuieiies. Hablaban además 
todos del diluvio como si liub¡(>ran hndo nuestra Biblia. 

Un sacerdote llamado Tezpi se ha1)ía, según ellos, embarcado en un bnqne 
de alto bordo con su mujer, sus liijos, animales de varias especies, y semillas 
de diversas plantas. 8e liabía librado por este medio del casi total naufragio de 
nuestra raza ; y, ya que halMan disminuido las aguas , hal)ia soltado un buitre, qnc 
no había vuelto por haber encontrado sobradamente carne muerta en que cebaí-- 
se. Había soltado después otras aves, y tampoco las había recobrado. Sólo un 
colibrí á quien había abierto por ñn la puerta hal)ía regresado á la nave con una 
rama verde en el pico. Conviértase á Tezpi en Noé, al colibrí en paloma y se 
está en la tradición heln'áica. Da verdaderamente qué pensar esta casi identidad 
de tradiciones. ' 

De ]\Iiclioacan al Uzumacinta no habia ya. propiamente hablando , otro eslado 
libre que el de los cliiapanecas. Los chiapanecas. lejos de haber caído l)ajo el 
yugo de los mejicanos, habían ganado en el siglo x^ las tierras de los tzeuíbiles 
y los zoquis. Eran ricos no sólo por el fruto de sus guerras, sino también i)or el 
de su trabajo: mantenían activo comercio ccm las vecinas gentes. Esbiban go- 
bernados por jefes puramente electivos. Tenían dos iguales en dignidad y poder, 
que habían de resolver juntos los negocios de la República. Caso tal vez único en 
la América del Norte. 

Entre h)s chiapanecas y los tarascos ¡qué de ¡tueblos no había 1 Los zacatecas, 
los cuitlatecas, los tlapanecas. los yoppis, los mixtecas, l^os zapotecas. los chon- 
tales, los mixis y los wabis sin hablar de los del Oriente. Pero estaban to( 
más ó menos sujetos á los Triumviros. Algunos, sin embargo, hacía muy ¡)oc 
tiempo que habían dejado de ser nación independiente, y presentaban una ñso- 
nomía muy distinta de la de sus dominadores. — Me considero en el deber de 
escribir algo sobre su religión y su política para completar el cuadro que me he 
propuesto hacer en estos seis últimos capítulos. 

Antes que al)sorbiese el Imperio aquellas regiones habia á la parte del Pací- 
ñco tres reinos que formaban una confederación ¡larecida á la de Tezcuco. Tla- 
copan y Méjico: el reino de Tututepec. que era esencialmente marítimo, tenía 
por capital la ciudad de su mismo nombre y hoy por hoy carece de historia; el 
de Mixteca¡)an ó de la Mixteca Superior, cuya cabeza era Tilantongo; y el Zapó- 



os 

o 



' Brasseur de Bourbourg en su caiJÍtulo III, libro IX de la //íi'focííí (/'■ /«.s iiacionc.i ctc!li:adui <lc 
Méjico da sobre Michu.acaii muchas de las noticias que aquí trascribo. Las ha tomado principalmente. 
según dice, de un mauuscritu que íorma parte de la colección Peter Forcé do Washington y se titula: 
R<dacion de las ceremonias ij ritos, ij población y <¡ohernucion de los indios de la provincia de Mi- 
choacan. hecha ,al Excmo. Sr. D. .\r.tonio de Mendoza, virey y gobernador de esta nueva Kspaüa. Véase 
además .^ ToEQiTMADA, 3/(Jíi(í/-íy»/(/ /;íí/í'<(;uí, libro 111 raii.s. XXI y XXIX y libro XI cap. XVIII; á. 
IIeeeeea, Hlsloi-ia fjeneraldc las Indias, dec. III. libro 111 cap. IX. 



23G HISTOPIA GKNEP.AL 



tecapan, tjue tenia dos cortea;: una religiosa en Mictlan ó lopaa y otra ci\il en 
Teotzapotlan ó Zachilla Yolio. El más poderoso de los tres era el de los zapo- 
tecas, que había invadido el país de los chontales, desalojado del golfo de 
Teliuantepec á los wabis , procedentes según unos del Perú y según otros de Ni- 
caragua , rechazado á los mixis más allá del río Xaltepec y aun allí perseguídolos 
hasta no dejarles mas abrigo que el de los bosques y las cavernas. 

Cómo se rigieran los tres reinos , cuáles fueron sus príncipes , cuál su historia 
apenas cabe decirlo. Allá de vez en cuando citan las antiguas crónicas uno que 
otro hecho . ó uno que otro nombre relativos á los mixtecas ó á los zapotecas ; 
series de nombres ó de hechos las dan raramente. De sus escasas noticias parece , 
con todo . inferirse que gozaba allí el sacerdocio de mayor autoridad que en las 
demás naciones. En Mixtecapan el Sumo Pontífice estaba cuando menos al par 
de los reyes. De los monasterios salían los generales, los consejeros, los precepto- 
res, cuantos hubiesen de ejercer destinos de que dependiera la suerte\de los pue- 
blos. En sus monasterios, y es más, habían de pasar un duro noviciado los hijos 
de los señores antes de entrar en posesión de sus mayorazgos. 

Se los llevaba al pié de los altares , y allí se los desnudaba , se les ponía un max- 
tle rociado de substancias aromáticas y se les colocaba en los hombros una grosera 
túnica. Se les daba luego una caja de lancetas de iztli para que se sangrasen len- 
gua y orejas en servicio de los dioses y se les frotaba el pecho, mejillas y frente 
con hojas de beleño.* Santificados ya de este modo, habían de pasar un año en el 
convento sin comer sino lüerhas, maíz tostado y miel silvestre, sin tocar mujer 
ni hacer más que obedecer y mortificarse. Salían de allí sucios y mugrientos por 
el humo de las antorchas. Se los conducía á un baño donde los limpiaban cuatro 
nobles doncellas, y se los volvía con pompa al seno de sus íamilias. 

No predominaban en Mixtecapan los palacios sino los templos. Estaba el prin- 
cipal en Achiuhtla , morada del gran sacerdote ; pero no era el que más llenaba 
de sagrado temor á los creyentes. Les infundían más respeto los de Yancuitlau, 
Chalcotongo y C'oatlan , los tres subterráneos. Notable era el de Yancuitlan, 
espaciosa gruta que habían embellecido los hombres ; ¡¡ero lo era mucho más , 
la caverna de Chalcotongo , abierta en las entrañas de un cerro que por su 
grande elevación llevaba el nombre de Cima de los Cervatillos. A su entrada en 
un pequeño descampado, término de un camino que serpenteaba entre peñascos 
y sombríos bosques alzábanse en medio de flores y olorosos arbustos las mons- 
truosas estatuas de las divinidades de los mixtecas. Conducía un ancho pórtico 
formado i)or la misma naturaleza á un vasto salón hermosamente cincelado ; v allí 
á la tenue luz que descendía de las taladradas bóvedas, se veía sentados junto al 
muro en bancos de piedra así los cadáveres de los pontífices de Achiuhtla, como los 
de los reyes de Tilantongo. Más á lo interior . en otras salas, había los archivos de 
la Nación y otras estatuas de los dioses. Se conmovían los fieles todos al penetrar 
en ese recinto de la muerte á pesar de considerarlo como la ])uerta del paraíso. 










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DE AMEPICA 



237 



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Era todavía más iuipouculo el .santuario de C'uatlaii, consagrado desde remotos 
tiempos ;l iiu héroe convertido en mito por la imaginación del pueljlo. Bajábase 
al santuario siguiendo el curso de un pequeño río que se deslizaba entre árljoles 
agitados siempre por los vientos que salían del subterráneo. Las bóvedas de los sa- 
lones, que eran muchos, descansaban en altísimas columnas que no eran sin») es- 
talactitas blancas como el alabastro. A ochenta pasos de la entrada se inclina1)an 
súbitamente las bóvedas al suelo , y bajo sus sombríos arcos se veía con espanto 
la boca de un abismo sin fondo á que se desbordaban mugiendo las aguas del río. 
Están ya rotas las columnas y medio hundidas en la arena; pero cabe todaví; 
contemplarlas imponentes salas y el más imponente precipicio. 

No sacrificaban generalmente los mixtecas víctimas humanas á sus ídohjs • 
pero lo hacían en momentos de pruelia. (;'u1)rían entonces de ricas vestiduras á 
sus esclavos, los adornaban de flores, los conducían á Coatlan. y, mientras se 
ocultaba entre nubes de incienso la imagen de su héroe, los arrqjal)an al abis- 
mo. Siempre la barbarie en esas religiones. 

En Zapotecapan eran también conocidos los templos subterráneos. Uno había 
en Yopaa de inmensas dimensiones. Dábase á la entrada con un espacioso san- 
tuario seguido de salas que servían para la iniciación de los wiyanas ó sacerdo- 
tes. A la derecha en una galería más profunda yacían los cadáveres de los pontí- 
fices y á la izquierda en otra galería los despojos de los reyes. Había al fondo uno 
como vestíbulo terminado por una escalera que conducía á salones más subter- 
ráneos. El número y la extensión de estos salones no son para dichos: las l)ii- 
vedas descansaban en un verdadero bosque de pilares. Era aquello un intermi- 
nable laberinto de galerías y cámaras entre las cuales hal)ía una destinada á 
sepulcro de guerreros y de grandes hombres. Como la puerta del paraíso consi- 
deraban también los zapotecas tan vasto y sombrío monumento. 

Pero los zapotecas tenían , ademas , sobre la tierra colosales construcciones , 
según Brasseur, palacios, según Dupaix, necrópolis. En la misma ciudad de Yo- 
paa, es decir, en Mitla, había cuatro cuyas ruinas son aún hoy asombro del 
mundo. Consta la mayor de cuatro edificios sueltos, lados de una superficie 
cuadrada, que tienen de largo el uno ciento cincuenta y seis pies, los otros ciento 
veinte. Están todos en alto y comunican con el suelo por siete ú ocho soberbias 
gradas que miden en el uno sesenta y un pies y en los demás cincuenta y cua- 
tro. Constituyen en todos la entrada tres puertas sin batientes separadas por dos 
pilares anchos de más de ocho pies, sobre los cuales descansa un arquitrabe de 
una sola pieza cuya longitud no baja en el edificio del Norte de treinta y tres va- 
ras. Tiene cada pilar su capitel y su abaco y en medio del abaco un nicho circu- 
lar probablemente destinado á la estatua de alguna de las divinidades zapotecas. 
Es verdaderamente singular el frontis de ese edificio del Norte. Está deco- 
rado de Oriente á Occidente por tres fajas de mosaico divididas en tableros ó 
compartimientos cuadrilongos. Es de relieve el mosaico y forma grecas de dis- 



■30 



233 HISTOEIA GENERA r. 



tintas figuras que no se reproducen sino en los tableros que á uno y otro lado se 
corresponden. Está cada compartimiento como defendido por una moldura de alto 
realce. Calzan enormes sillares los ángulos de la fachada y constituyen el zócalo 
t|ue levanta del suelo todo el cuerpo arquitectónico. Termina finalmente el fron- 
tis por una cornisa recia que va sin interrupción del uno al otro extremo. 

Abren paso las puertas á un salón máximo de ciento treinta y dos pies de 
largo por veintiuno de anchura que dividen longitudinalmente en dos seis cilin- 
dros ó columnas berroqueñas de una sola pieza de más de diez y seis pies de ele- 
vación y tres de diámetro. Y á su vez comunica este salón por un corredor en- 
losado de grandes piedras con un patio cuadrangular ;i que dan otras cuatro 
estancias, la menor de treinta y tres pies de largo y la mayor de más de sesenta. 
No son tan vastos ni de tan rica decoración los demás edificios ; pero son todos 
gigantescos y pertenecen al mismo género. Predominan en todos la línea recta, 
las formas angiüares, los adornos geométricos, los mosaicos de relieve y en 
tíjdos se presentan los mismos rasgos característicos. 

No descubren los sillares la huella del cincel ni el pico, y están con todo per- 
fectamente ensamblados. No parece sino que se los escuadró y afinó por su mu- 
tuo roce. La parte maciza de los muros se compone de algo de cal, arena y tierra y 
tienen de espesor como dos varas. Están metidas en ellas por el vértice las piezas 
constitutivas del mosaico, de forma de cuña. No une estas piezas cemento ni 
argamasa de ninguna especie. Ni todas están sentadas de plano; lo están unas de 
canto y otras verticalmente , según lo exigió el dibujo. liO interior de las paredes 
está encalado y además revestido de una capa de mezcla fina y otra de bermellón 
y almagre maravillosamente bruñida. Bruñidos y lustrosos estaban también 
los pavimentos , mezcla de cal y arena cubierta de otra composición más delicada 
y sólida. Como eran rojos los muros, eran de color azul los suelos. Color y color 
de bermellón lo tenían á lo que parece hasta los frentes de los edificios. Ca- 
racterizaban todas estas circunstancias tan desconocida arquitectura, y la carac- 
terizaban no menos los arquitrabes travesanos de lina sola pieza con que se cer- 
raba por la parte superior los vanos de las puertas. 

¿Qué eran en primer lugar esos ]uonumentos? ¿qué naciones los erigieron? 
Yo los creo con Dupaix, sepulcros, no palacios. Me lo hace creer ante todo el 
lugar en que están situados. No se los construyó en Zaquilla, corte de los reyes, 
sino en Yopaa, trono de los pontífices; no en ningún sitio ameno y deleitoso, 
sino en un valle circuido de cerros , pobre de vegetación y rico sólo en reptiles é 
insectos como la víbora y la tarántula. No se hizo nunca en tan míseros luga- 
res suntuosos palacios. En sitios más pintorescos y deliciosos estaban los admi- 
rados alcázares de Tehuantepec, Iztapalapa, Tezcuco y Mfjico. Sobre que llevaba 
el valle , entiendo que desde la dominación de los aztecas , el nombre de Mict- 
lan , en náhuatl infierno , morada de todos los que no perecían heridos del rayo , 
ahogados, víctimas de ciertas enfermedades ó en los campos de batalla. Lia- 



DE AMÉKICA 239 



mábanlo Mictlau y tamlñen Miquitlau, que sig-nilica lu¿;-ar de la muerte. 
Me afirma en esta opinión la estructura misma de los monumentos. Los salo- 
nes son todos largos y estrechos; la fisonomía de los edificios, severa y triste; la 
falta de jardines, de aguas, de acueductos notoria. Dupaix halló por otra parte 
dos como sepulturas ó panteones subterráneos debajo de uno de los cuatro pre- 
tendidos palacios de Mictlau y en una casa antigua , edificada en la cumbre de 
nn elevado cerro que dá entrada á la sierra de los mixis. Las dos están en forma 
de urna y son de importancia. 

¿Cómo olvidar ademas el culto que los zapotecas tributaban á los muertos? 
Creian los zapotecas, y con ellos muchas naciones de América, que las almas de 
los difuntos andaban errantes muchos años antes de entrar en el paraíso ó 
bajar al infierno y en cierto día del mes de Noviembre visitaban á sus parien- 
tes. Arreglaban la víspera sus hogares como para recilñr al más distinguido 
huésped, y encima de la mesa en grandes jarros que luego cubrían de hojas de 
ahuacatl ponían las más sabrosas viandas y licores que su fortuna les permitía. 
Salían por la noche con antorchas á convidar á los espíritus ; y volviendo de im- 
proviso á sus casas, se arrodillaban en torno de la mesa. Hasta rayar el alba per- 
manecían en esta actitud sin atreverse siquiera á levantar los ojos por temor do 
que lo tomasen á ofensa los muertos y dejaran de libar ú oler las bien pro vistas- 
jarras. Como á la mañana no les cupiese la menor duda de que habían gozado de! 
banquete los espíritus , no so atrevía á probar nadie los ya para ellos sagrados ali- 
mentos. Levantábanse y corrían todos á los templos á ofrecer sacrificios y rendii- 
nuevo homenaje á los difuntos; y no se retiraban contentos que no les hubiese 
dado el sacerdote algo de lo que se había depuesto en ofrenda al rededor de un ca- 
tafalco cubierto de un tapiz negro que se había construido enfrente del santuario. 

Honraba el zapoteca á los muertos no sólo en tan lúgubre fiesta sino también en 
el aniversario del día en que habían nacido. Honrábalos sobre todo con pomposa? 
exequias cuando acababan de perder el aliento. Con rara solemnidad enterrabí! 
á sus reyes. Les vestía las más ricas vestiduras y los adornaba con las mejo- 
res joyas; y de noche, á la luz de las antorchas, los llevaba en hombros de doce 
grandes á la puerta del panteón de Yopaa. Bajábalos allí á la galería de los mo- 
narcas y los sentaba en un trono poniéndoles en una mano la jabalina y en la 
otra el escudo. Subía luego al templo, revestía al gran sacerdote de los hábitos 
pontificales y contemplaba en süencio cómo este ministro de los dioses quemaba 
incienso á Pecelao, se sentaba, se ponía en comunicación con el ídolo, y, arre- 
batado de un furor divino , pronunciaba voces y aún gritos inarticulados que 
revelaban á los agoreros los destinos del nuevo príncipe. 

Todo parece á mis ojos indicar que estaban construidos para el culto de la 
muerte tan grandiosos monumentos ; pero éste no es en verdad el más oscuro de 
los problemas que suscitan. El más oscuro es el de su origen. Eran ya anti- 
quísimas estas fábricas al poner el pié en el Anahuac los españoles ; y todo indu- 



240 HLSTOHIA fíENEPAL DE AMEKICA 



ec ú cretn- que los /.apotecas de aquel tiempo eran incapaces de edificarlos. No 
desconocía este pueblo la arquitectura ni las artes ; pero había ya perdido el se- 
creto de remover tan enormes masas de piedra y hacer el mosaico de relie\e , 
completamente ignorado lo mismo en Grecia y Roma que en Asia y en Egipto. 
¿Qué raza pudo llevar á cabo tan sorprendentes obras? Si los toltecas ¿cómo no 
las dejaron de la misma índole allí donde más dominaron, en el valle de Méjico? 
Examinaré en otro capítulo la elegante y caprichosa arquitectura de los mayas, 
y convendrá el lector conmigo en que no hay más analogía entre los estilos que 
entre los idiomas de esta nación y los zapotecas. Para mí es hoy por hoy irreso- 
luble el problema. 

Cubren aún impenetrables sombras la antigua historia de América. ¿Quién 
acertará á disiparlas? Las instituciones políticas de esos mismos zapotecas son 
para nosotros un misterio. En un principio parece que el Wiyatao, el Sumo Pon- 
tífice, reunía en su mano los dos poderes: el civil y el religioso. Debió de per- 
der más tarde el civil á juzgar por las dos galerías que se dice había en el 
subterráneo de Yopaa, una consagrada á los reyes, otra á los grandes sacerdotes. 
Cuándo ni cómo ocurriera esta división de poderes, ni siquiera lo indica 
nadie. La autoridad del Wiyatao era hereditaria: ¿dejaría el Wiyatao la espada 
á alguno de sus deudos y daría con esto origen á la monarquía? No cabe asegu- 
rar sino que el Wiyatao, como el pontífice de Mixtecapan, ejerció en todos 
tiempos grande influencia sobre el Estado gracias á sus colegios sacerdotales re- 
cogidos entre los hijos de las familias aristocráticas y aún de los mismos reyes. 

Reina cierta oscuridad hasta sobre los dioses zapotecas. Se ignora quién fuese 
ese mismo Pecelao de que poco antes hice mérito. Se le tenía por señor de los 
sepulcros de Yopaa, y es posible que fuese el Mictlantecutli de los mejicanos. 
Solo por un vocabulario de la lengua zapoteca que hizo y recopiló en el siglo xvi 
Fray Juan de Córdoba, se sabe, que ademas de este dios, había en Zapotecapan 
otros muchos á. que se daba el nombre genérico de Pitaos: uno de la abundan- 
cia y de las mieses, otro de la lluvia, otro fie hi caza y de la pesca, otro de los 
terremotos, otro de los sueños y aún otro de las gallinas, dioses todos sobre los 
cuales estaba el Ser increado, eterno é infinito, autor del Universo. ' 

Es verdaderamente de notar que en todas esas naciones establecidas del Golfo al 
Panuco existiesen más ó menos confusas y más ó menos extravagantes la idea de 
un ser supremo y la de la inmortalidad del alma. Lo al parecer más raro es que las 
dos ideas hubiesen entrado hasta en el entendimiento de tribus completamente 
salvajes. Diré sobre esto mi opinión en el libro segundo. Basta aquí consignar el 
hecho. Estamos todavía en los pueblos cultos, y es preciso que los sigamos por las 
costas de la América Central y la del Mediodía. Tarea todavía larga y difícil. 



' Brasseur de Bouebouec, Hisíoin; des nations cicilisées da Mcxique, cliap. I ct. II. Burgoa, Gio- 
r/rafia Dcsrripiinr, Hi^torin de Gnaxaca. Viajes de Dupaix, antigüedades del pueblo de S. Pablo 
Mitlaii. 



unnm x? 



Los quichés.— Su historia.— Sus últimos reyes.— Su organización política.— Carácter económico y religioso de sus monarcas. 
—Oración que éstos pronunciahan en favor de sus subditos.— Mitología.— Dioses nacionales.— Ser supremo.— Cosmogonía.— 
Formación y destrucción del primer hombre.— Creación del segundo.— Diluvio.— Los hombres actuales.— Leyes.— Delitos 
contra la propiedad —Delitos contra la honestidad.— Disposiciones relativas al matrimonio.— Delitos de traición.— Castigo 
de los tiranos.— Idioma —Literatura.— Rabinal-Achi . drama-baile.— Artes.— Arquitectura.— Monumentos de Palenque.— 
Revelación por ellos de una raza extinguida.— Ciencias entre los quichés.— Sistema aritmético. 




N el capítulo anterior he hablado de los chiapaneca.s. 
Con ellos lindaban los quichés que ya conoce el lec- 
tor y dejé cuando, enseñoreados de toda la tierra 
de Guatemala , hubieron de convertir en barones ;i 
los adelantados de sus fronteras , rivales de los que brilla- 
1)an al rededor del trono , cuando no de los mismos reyes. 
Desgraciadamente el Popol-A"uh. que me sirvió de guía, 
suspende aquí la historia de aquel pueblo , y se limita á dar 
los nombres de las siete generaciones de monarcas que después 
de Quicab y Cavizimah gobernaron el Imperio. A Quical) y ( 'avi- 
zimah , dice , sucedieron Tepepul y Xtayub ; á éstos Tecum y Te- 
pepul ; á éstos Yahxaki-C'aam y Quicab ; á éstos Yukub-Noh y 
Cavatepech ; á éstos Oxib-Quieh y Beleheb-Tzi , que pelearon con 
los españoles y, cayendo en una celada, murieron á manos del 
verdugo. Habla de otras dos generaciones de reyes: de Tecum y 
Tepepul, ya tributarios de Castilla, y de D. Juan de Rojas y I). Juan Cortés, 
ya convertidos al cristianismo; pero bien habría podido excusarlo. Por befa lleva- 
rían sobre todo los últimos el dictado de príncipes. Zurita los vio pobres y mise- 



V 



242 HISTORIA GENERAL 



ralües como niiii^-iiuo, las mujeres haciendo galletas de maíz é yendo al bosque 
por agua y leña , los niños desnudos , los mismos reyes condenados á pagar con- 
tribución y no teniendo de qué satisfacerla. 

Eran éstos los jefes de Cavek. El Popol-Vuli da también los nombres de los trece 
que lo fueron en Nibaib y de los nueve de Abau-Quicbé con más los títulos de 
las grandes casas de los tres reinos en que estaban como vinculados los prime- 
ros destinos. Trabajo á primera vista ocioso, y, sin embargo, muy útil para todo 
el que pretenda conocer la singular organización política y administrativa de 
aquellas gentes. 

Constituían los quichés tres naciones confederadas que se regían por otros 
tantos reyes de un mismo origen. Eran los tres monarcas iguales en poder y 
autoridad dentro de sus respectivos pueblos ; mas en la confederación prevalecían 
los de Cavek, como de la casa primogénita. Así Gumarcaah, corte de los Cavek, 
era desde C'otuha y Gucumatz la capital del triunvirato. Gumarcaah era la misma 
ciudad que conocían con el nombre de Utlatlan nuestros primitivos historiadores 
de Indias. Estaba en una colina, y allá en la cumbre tenía el templo de Tohil, 
en las faldas los palacios para las tres familias reales. 

El orden de sucesión era el mismo en las tres casas: hijos, hermanos, deudos 
los más próximos; pero habrá observado el lector ya que en la de Cavek suenan 
desde la cuarta generación los nombres de dos reyes. En la de Nihaib no sucede 
otro tanto sino respecto á la segunda y tercera generaciones; en la de Ahau-Qui- 
ché no acontece nunca. ¿Eran realmente dos reyes los que en Cavek había? 
Según Torquemada, nombrábase el rey de Utlatlan sucesor en uno de sus hijos 
y daba á otro el título de electo para cuando aquél muriese. Hacía ademas 
capitán mayor de sus ejércitos al primogénito del primer hijo y capitán menor 
al del segundo. Al morir el Jefe se corría por decirlo así la escala: el sucesor 
pasaba á rey, el electo á sucesor, el capitán mayor á electo, el capitán menor á 
capitán mayor, á capitán menor el más cercano pariente. Sólo cuando alguno se 
había manifestado incapaz en el ejercicio de su primer cargo, dejaba de ascender, 
y moría, si capitán, de capitán; si electo, de electo. Aunque no todos eran reyes, 
gozaban del aparato y los l)eneficios de tales : sentábanse todos bajo dosel y vi- 
vían de los tributos de los pueblos. No se diferenciaban sino en que el capitán 
menor se sentaba bajo un solo dosel de plumas, el capitán mayor bajo dos meti- 
dos el uno en otro, el electo debajo de tres, el sucesor y el rey debajo de cuatro, 
que daban gran pompa y majestad al trono. No expresa Torquemada si concur- 
rían todos al gobierno de la nación; pero lo deja presumir cuando pondera la 
bondad de este régimen, régimen, dice, que no permitía llegar á rey sino á 
hombres ya experimentados en los negocios. Los destinos de capitán menor y 
capitán mayor se ve por otra parte que no podían dejar de ser activos. 

Zurita, que habla especialmente de Utlatlan, difiere algún tanto de Tor- 
quemada. Los pueblos de Utlatlan, dice, estaban gobernados por tres jefes. El 



DE AMETÍlCA 243 



inferior era el electo, que se sentaba bajo \ia dosel de jilunias. Bajo tres doseles 
tenia el superior su trono. Los dos jefes inferiores ejercían jurisdicción, y conocían 
de todos los negocios comunes. Habían de oir al superior sólo cuando se trataba 
de aplicar la pena de muerte. La elección de los tres, añade, y esto es lo más 
notable , se hacía por los nobles en la forma acostumbrada para los reyes de Mé- 
jico y los de Matlatzingo. Verdad es que implícitamente viene á, decir lo mis- 
mo Torquemada. ¿Quién sino una asaral)lea podía declarar incapaces de suceder 
A los jefes inferiores? 

El Popol-Viih no deja ni sospechar que la elección entrase por algo en el 
nombramiento de los reyes. No habla siquiera de esos tres ó cuatro escalones por 
dónde, según Zurita y Torquemada, se subía al trono. Mas yo creo descubrir en 
este mismo Popol-A\üi á los cinco jefes de que hace mención Torquemada. En 
primer lugar los dos superiores, los dos reyes, no llevaban, según esta especie de 
Biblia, el mismo título: era el uno Ahpop, el otro Ahpop-Camha. Cuando por 
otra parte había que dictar alguna resolución suprema, la dictaba no sólo el 
Ahpop y el Ahpop-Camha, sino también el Galel y el Ahtzic-Yinak, que podían 
ser muy bien los dos capitanes del ejército. «Después de lo cual, leo en el párra- 
fo XIV, capítulo X, de la cuarta parte, se reunió el consejo por orden de los re- 
yes, del Ahpop, del Ahpop-Camha , del Galel y del Ahtzic-Vinak,» enumeración 
que encuentro repetida en el párrafo XVII del mismo capítulo. Falta solo el 
electo, y al electo le hallo entre las altas dignidades, no solo de Cavek, sino 
también de Nihaib y Ahau-Quiché, las otras dos naciones. «Había en las tres 
casas, dice el Popol-Vuh, un Nim-Chocoh, un grande electo , y obraban los tres 
como padres de todos los príncipes: juntos mandaban como padres y luadres de 
la palabra. Era de las más elevadas la condición de los tres electos.» 

Se sabe, ademas, por el Popol-A^uh que había bajo la inmediata autoridad de 
los reyes un consejo donde se discutían los altos negocios del Estado. Este 
consejo se compondría probablemente de los cabezas de las veinticuatro casas 
en que vimos distribuidos los primeros cargos de los tres reinos. ¿Sería allí 
donde se hiciesen las elecciones de que habla Zurita ó por lo menos se eKminase 
de la sucesión á los incapaces? Por no hacer pesada esta relación diré tan sólo 
cuáles eran los grandes dignatarios que en Cavek había. El Ahau-Ahpop; el 
Ahau-Ahpop-Camha , el príncipe ministro de la casa ; el Nim-Chocoh , el grande 
electo de c^ue acaba de hablarse ; el Ahau-Ah-Tohil , el príncipe de los sacerdotes 
de Tohil; el Ahau-Ah-Gucumatz , el príncipe de los sacerdotes de Gucumatz; 
el Popol-Vinak-Chitui , el consejero de no sé qué clase; el Lolmet-Quehnay , el 
ministro de los tributos ; el Tepeu Yaqui , el Gran Yaqui ; el Popol-Vinak-Pa- 
Hom-Tzalatz-Xcuxeba, el consejero del juego de pelota. Análogas, cuando no 
idénticas, eran las primeras dignidades de los otros reinos. 

En las provincias había gobernadores , según Torquemada , de libre nombra- 
miento de la corona , según Zurita , elegidos por los reyes, pero en cierto modo he- 



2-14 HISTORIA GE^LKAL 



i-edilurios. Sucediaules. so,i;-uu este tmior, los hijos y los hermanos , como tuviesen 
aptitud para el car<í-o; á falta de unos y otros, el más hábil de sus deudos. En- 
liendo yo que los liabría de una y otra clases. Desde la revolución que se hizo 
bajo el reinado de Quicab y Cavizimah, debió de haber en el imperio de los qui- 
chés verdaderos barones feudales ; y éstos donde quiera que los hubo fueron he- 
reditarios y se rigieron g-eneralmente por las leyes de sucesión al trono. No sé 
que después volviera á recobrar la Corona sus perdidos fueros. ' 

Esos reyes Quicab y Cavizimah debieron ser sin duda los que por sus conquistas 
redondeasen la nación (|uichp y le diesen asiento. No se explicaría de otra ma- 
nera que en ellos interrumpiera bruscamente el Popol-^'uh la relación de los su- 
cesos y pasara á decir (-('iino vivían los dos monarcas y adoraban ú los dioses. 
No harían los reyes que les sucedieron sino conservar lo conquistado y seguir 
las costumbres de tan valiosos ascendientes. Eran éstas á la verdad dignas de 
nota. Reciljían de sus pueblos todos los reyes tributo en producciones de la tier- 
ra. Recibíanlos principalmenle de las naciones vencidas, que les enviaban dulce 
miel y ricos metales, cetros de esmeraldas y de perlas, hermosos objetos de plu- 
ma. Pero ni los malbarataban ni consumían sino los necesarios para su ali- 
mento y su decoro. Con ellos mantenían, no sólo á su servidumbre, sino tam- 
bién á cuantos súljdiios il)an á Gumarcaah para la resolución de negocios del 
Estado. 

Más aún que por lo económicos distinguíanse aquellos reyes por lo religiosos. 
Condenábanse frecuentemente á largos y rigurosos ayunos. No comían enton- 
ces pan ni conocían á sus mujeres: oraban, gemían, quemaban incienso á su 
dios y le imploraban sobre todo para sus pueblos. «Salve, oh Belleza del día, ex- 
clamaban según el Popol-Vuh, salve, Hurakan, Corazón del cielo y déla tierra. 
Tú que repartes la felicidad y la gloria, tú que das los hijos y las hijas, vuelve 
á nosotros tus miradas y esparce á manos llenas tus beneficios. Da el ser á nues- 
tros vasallos , haz que crezcan y vivan , ellos qiie sostienen y alimentan tus alta- 
res y te invocan en los senderos, en las márgenes de los ríos, en los barrancos, 
á la sombra de los bosques. Dales hijas é hijos. Líbralos de todo infortunio. No 
consientas que se introduzca entre ellos el tentador ni les hable á la espalda. Haz 
que no resbalen ni se lastimen , que no sean fornicadores , ni incurran en sen- 
tencia de jueces. Haz que no caigan ni en los bajos caminos, ni en las altas 
veredas; que no haya para ellos delante ni detrás de sus pasos ni piedra en que 
tropiecen ni otros peligros. Prepárales caminos llanos y francas sendas; no permi- 
tas que de tí les venga malaventura. Que se deslice feliz su existencia ante tu 
boca y tu faz, oh Corazón del cielo, oh Corazón de la tierra, oh tú, Majestad 
oculta, oh Tohil . oh Avilix . oh Hacavitz , que llenas de la una á la otra las cuatro 



' ToEQUEMADA, lib. XI, cap. XVIII; ZuriTA, par último; Popol-Vuh, lugares ya citado.s. 



DE AMERICA 245 



extremidades y lo.s cuatro ángulos del mundo. Que mientras haya luz estén 
todos, oh Dios, ante tu Loca y tu rostro.» ' 

He transcrito :'i la letra esta oración que, según el Popol-Vuh, pronunciaban 
los reyes llorando y gimiendo desde el fondo de sus corazones, porque es la me- 
jor introducción A la mitología de aquellas gentes. Tohil, Avilix, Hacavitz 
eran por decirlo así los dioses nacionales. Según en otra parte se ha visto, con 
ellos se decía que habían venido los quichés desde Tullan-Zuiva en las tinie- 
blas de una larga noche. Tohil era el Dios de Cavek; Avilix el de Nihaib; Haca- 
vitz el de Ahau-Quiché ; pero los tres tenían templo en Gumarcaah y recibían 
ofrendas de los tres pueblos. Se los llegaba á considerar como una sola divinidad, 
y no pocas veces en Tohil se los adoraba á, todos. No se los adoraba simplemente 
quemándoles copal y derramando la sangre de pájaros y fieras ; se les daba tam- 
bién en holocausto el corazón de los enemigos. El suyo propio debían los quichés 
sacrificarles, según el Popol-Vuh, desde que, muertos de frió en Tula, alcanza- 
ron de Tohil el fuego por que suspiraban á cambio de estarle unidos de la cin- 
tura al sobaco. Allí mismo, añade el texto, hicieron las tribus todos sus sacri- 
ficios. Picábanse tiempos después orejas y codos, y recogían la sangre en una 
copa que estaba al borde de la sagrada piedra. 

Era también esta piedra objeto de culto para los reyes del Quiche y todos sus 
pueblos. Estaba en un templo de Cahbaha que se conocía con el nombre de 
Tzutuha, y consistía para algunos en un pedazo de obsidiana brillante como un 
espejo, donde se creía que Tohil, Avilix y Hacavitz expresaban por imágenes 
su voluntad y sus oráculos. Tengo yo para mí que era representación y símbolo 
de los mismos dioses. En un mal envoltorio de secreto contenido, cuanto más en 
una piedra , decían encerrada la divinidad lo mismo en aquellas naciones que en 
las del valle de Méjico. La Majestad Oculta no era más c^ue un envoltorio. 

Lo de notar es que en todos estos dioses no parecían ver los quichés sino 
fases de otro que llamaban Hurakan, Corazón de cielo y tierra. En la oración que 
acabo de reproducir sólo figuran Tohil , Avilix , y Hacavitz como otras tantas 
determinaciones de ese ser supremo ; y en el mismo Popol-Vuh se habla de Tohil 
como el representante y la sombra del Creador y del Formador del hombre. Hu- 
rakan era para los quichés el alma y el rey del universo. Anunciaba su poder por el 
relámpago que alumbra y el rayo que mata. Eran, si así puedo expresarme, ser 
de su ser, no sólo esos dioses nacionales, sino también todas las potencias que 
contribuyeron á sacar del caos la naturaleza. El que engendra y el que da el 
ser los llama á todos el mismo Popol-Vuh en sus primeras páginas. En Méjico vi- 
mos tendencia á la unidad en medio de la multiplicidad de dioses : aquí vemos 
la unidad en la multiplicidad como no la hubo en ninguna de las teogonias de 
la antigua Europa. 



Popol-Vuh, parte IV, cap. XI. 

TOMÚ I "S 



246 HISTORIA GENEEAL 



Los quichés teuíau ademas su cosmogonía. Por fierlo qvie no distalta de la di' 
nuestro Génesis. «En un principio, dice el Popol-Vuh. todo era silencio y 
calma: vacía estaba la inmensidad de los cielos. No hal)ía ni hombres, ni fieras, 
ni aves, ni peces, ni hondouadas¡, ni l)arrancos, ni piedras, ni plantas. No se 
había manifestado todavía la tierra; no existían sino los cielos y la mar inmó- 
vil. Reinaban las tinieblas, la noche. Sólo allá sobre el mar tranquilo brillaban 
como luz que aumenta el Creador . el Formador , el Dominador , la Serpiente de 
plumas, los que engendran y los que dan la ^•ida. Hablóles el verbo de Dios y 
resolvieron. Retírense', dijeron, las aguas, y pareció la tierra. Como niebla se 
formó cuando á manera de cabrajos salieron del mar las montañas. Cubriéronse 
al punto los cerros de cipreses y pinos; y, divididas las aguas, bajaron los arro- 
yos á los valles por las vertientes. 

«Habló entonces el que engendra y el que da la vida y dijo: ¿se han hecho 
acaso los montes y las selvas para que estén silenciosas é inmóviles? Creóse 
en seguida A los ciervos y los pájaros, y se los distribuyó en distintas mora- 
das. Tú, ciervo, dormirás en los barrancos, orilla de los torrentes; allí estarás 
entre el forraje y la maleza. Irás sobre cuatro pies y te multiplicarás en el fondo 
de los bosques. Vosotros, pájaros, os alojareis en lo alto: liareis vuestros nidos y 
creceréis entre las ramas de los árboles y en las plantas trepadoras. Hablad, se 
añadió luego á los animales todos, Itramad, aullad, rugid, gorjead, cada cual 
según su especie y según su género. Honrad sobre todo á vuestro Dios, de- 
cid su nombre, saludadle, invocad á Hurakan, el corazón del cielo y de l;i 
tierra. 

«Viendo el Creador y el Formador que los animales no acertaban á in\'ocarle, 
hagamos, dijeron, al hombre para que nos respete y obedezca, nos sostenga y 
nutra. » Aquí ya el Popol-Vuh cae en la extravagancia. Refiere 'que se formó de 
arcilla al primer homljre ; y como careciese de cohesión , no moviese la cabeza , 
tuviese velados los ojos y ya que hablase, lo hiciese sin discernimiento, se le des- 
truyó como incapaz de reconocer y adorar á Dios aún encendidos los espacios por 
la luz de los relámpagos. Creóse, dice otro ser más consistente después de con- 
sultados Tepeu y Gucumatz y también los adivinos Xpiyacoc y Xmucane ; pero 
no se acertó tampoco sino á dar vida á maniquíes de madera, que, si razonaban 
y hablaban y se multiplicaban , faltos de corazón y de inteligencia, vivían como 
brutos sin dirigir nunca la vista al cielo ni recordar al autor de sus días. 

Cansóse Dios al fin de hombres tan inútiles, v los l)arrió de la haz de la tierra. 
Les envi(') al pájaro Xecotzovach para que les arrancara los ojos; á Camalotz para 
que les cortara la cabeza; á Cotzbalam para que les devorara las carnes; á 
Tecumbalam para que les rompiera y machacara los huesos. Volvió contra ellos la 
naturaleza toda, hasta los utensilios de que se servían; é, hinchando las aguas, 
inundó llanos y montes. En vano los hombres, llenos de desesperación, querían 
subir á lo alto de sus casas; las casas se desplomaban. En vano querían trepará 



DK AIMERIOA í;47 



las ramas de los árboles; los árboles los sacudían. En vano iban á buscar abrigo 
en las cavernas ; las cavernas se cerraban . 

Eu este tiempo, según el Püpol-\'uh, íia'ía escasa claridad en la tierra. Es- 
taba oscurecida la taz del sol y la luna; no había nacido el día. Seres al parecer 
extraordinarios habían conseguido salvarse del diluvio; pero no existían aún los 
actuales hombres. Los hijos de la civilización y de la luz, los que haliían de 
rociar con propia y ajena sangre las aras de sus dioses, no vinieron sino más 
tarde . cuando estaba ya para inundar de resplandor los espacios el sol y las es- 
trellas. Eran ya estos hombres como Hurakan los deseaba: seres hermosos y 
perfectos , que veían , oían , hablaban , razonaban , pensaban , conocían , levan- 
taban los ojos de la tierra al cielo, los bajaban del cielo á la tierra. Hasta 
superiores eran á lo que su dios los había querido : abarcaban con la vista los 
más remotos horizontes y penetraban en el corazón y las entrañas del mundo. 
Grande, dice el texto, era su sabiduría: su ciencia se extendía á los bosques, 
las rocas , los lagos , los mares, los montes y las llanuras. Tanto alcanzaban, 
que Hurakan temió quisieran serle iguales y hacerse dioses, y para impedirlo 
les sopló en las pupilas y les veló los ojos como se empaña con el aliento la tersa 
y brillante cara de un espejo. Se oscureció desde entonces su mirada, y no 
alcanzaron á ver sino lo que tenían cerca. Su ciencia quedó destruida. 

Otro rasgo hallo en el Popol-Vuh, que no puedo pasar en silencio. Creó Dios 
la mujer después del hombre. Recibieron los cuatro primeros padres de los 
quichés mientras dormían á sus esposas ; y cuando al despertar las vieron y 
contemplaron, se estremecieron de gozo. ^ 

¿Qué pensar de estarara é incompleta cosmogonía? Hasta en sus más absurdas 
afirmaciones pareceasomar la tradición hebraica. ¿Deberá inferirse de ésto que los 
quichés hayan tenido por maestros á los judíos? En mi sentir las cumbres de las 
montañas han debido decir á los hombres de todos los siglos y de todos los pueblos 
capaces de inducciones y deducciones que la tierra hubo de estar en un princi- 
pio cubierta por las aguas. Las grandes revoluciones de la naturaleza debieron 
por otra parte causar tan honda sensación en los ánimos, que no pudo dejar de 
trasmitírselas de generación en generación y de gente en gente. Algo más tarde 
hallaremos efectivamente su recuerdo hasta en tribus casi salvajes. Las define 
cada nación á su modo ; pero no las ha olvidado ninguna. Inclinado ademas el 
hombre á buscar motivos para todos los hechos , las ha considerado naturalmento 
como castigo ó venganza de los dioses; y, no hallando en la tierra otros seres res- 
ponsables , ha terminado por atrilniirlas á la perversión de las generaciones que las 
presenciaron y sufrieron. En esta misma perversión y este castigo ha creído 
encontrar después el origen de la oscuridad de su entendimiento , de la flaque- 
za de su voluntad , del predominio de sus ¡lasiones y de la ineficacia de su con— 



Popol-Vah. P.arte 1, caps. I. II y III; Parte III, caps. I y II. 



248 HISTOEIA GENEEAL 



ciencia. Así en mi opinión ni la semejanza ni aún la identidad de este género de 
tradiciones bastan para acreditar entre dos pueblos, cuanto menos entre dos 
continentes, lazos de autoridad ni de parentesco. 

La cosmogonía de los quichés después de todo tiene un sello de originalidad 
que no es para olvidado. Aunque bajo el velo del símbolo, presenta los difíciles 
y ásperos senderos por donde se perfecciona el hombre y llega de la vida salvaje 
á la vida exalta. No le pinta desde un principio ni bello ni inteligente. Es se- 
gún ella hijo de la civilización y de la luz sólo cuando recibe por tercera 
vez la vida; y si entonces ve mermadas sus facultades, no es por su culpa], sino 
por celos de sus dioses. Pensamiento profundo que parece querer indicar cuan 
avara es la naturaleza de sus secretos y cuánto nos enaltece el hecho de sor- 
prenderlos y descubrirlos. 

Estos quichés eran, á no dudarlo, pueblos l)astante cultos. Tenían no solo su 
cosmogonía, sino también sus leyes; una escritura que llevaban ya de Tula 
cuando se fijaron en las márgenes del Uzumacinta, una aritmética, una lengua 
capaz de expresar altos conceptos, una literatura, á juzgar por una pieza dra- 
mática que Brasseur de Bourbourg ha incluido en su colección de documentos 
para la historia y la filología de América. 

Entre sus leyes las había de nota. Se castigaba los delitos contraía propiedad 
sólo con multas y devolución de lo robado. Aún al reincidente, aún al ladrón de 
oficio no se le ahorcaba mientras tuviese un deudo que satisficiese el importe de 
sus condenas. Estaba prohibido cazar en tierras de otro y pescar en ajenas aguas; 
pero no se obligaba al que tal hiciese sino á entregar su caza y su pesca. Sólo 
cuando pertenecía el reo á los enemigos de la nación se le imponía la pena de 
muerte. Matábase también al ladrón de objetos sagrados, pero cuando eran de 
valía. De nó, se le hacía esclavo. 

De los delitos contra la honestidad, se castigaba con la muerte sólo la vio- 
lación consumada ; la frustrada no más que con la servidumbre. También se col- 
gaba ó despeñaba á los adúlteros , pero cuando la adúltera era esposa del monarca. 
El simple estupro no llevaba consigo pena aflictiva como no reclamasen por la 
mujer los padres ó los hermanos. Si éstos lo exigían, se declaraba esclavo al 
delincuente y aún calña matarle. La prostitución no era delito. 

Una costumbre había entre esos quichés que recuerda otra de Méjico. Dotada, ó 
por mejor decir comprada la mujer, no volvía más á la casa de sus padres ni á la 
de sus parientes. Si viuda, casaba con el cuñado ó con el más próximo deudo del 
marido. Era, con todo, más libre que en ningún pueblo de Europa. Mediando 
justo motivo abandonaba la casa conyugal sin intervención de nadie. Si, instada 
i\ que volviera, no volvía, quedaba disuelto el matrimonio. Marido y mujer po- 
dían casar de nuevo con quien quisieran. Licencia verdaderamente de admirar 
en gentes donde la mujer era poco menos que esclava. 

Las penas duras y graves estaban allí generalmente reservadas para los crí- 



DE AMÉRICA 249 



menes contra el Roy y la República. El (juiclié, plebeyo ó uoIjIc^ (jue (lcscul)ría 
los secretos de la guerra ó se pasaba al enemigo , el cacique ó señor que amoti- 
naba á los macebuales ó los disuadía del pago de los tributos, no S(31o moría,