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Full text of "Historia general de Espaäna y de sus Indias : desde los tiempos mas remotos hasta nuestros dias : tomada de las principales historias, crâonicas y anales que acerca de los sucesos ocurridos en nuestra patria se han escrito"

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HISTORIA GENERAL 

DE ESPAÑA 

Y DE SUS INDIAS. 



TOMO SEGUNDO. 



HISTORIA GENERAL 




E ESPAÑA 



Y DE SUS INDIAS, 



DESDE LOS TIEMPOS MAS REMOTOS HASTA NUESTROS DÍAS, 



TOMADA DE [.AS PRINCIPALES HISTORIAS, CRÓNICAS Y ANALES QUE ACERCA DE LOS SUCESOS OCURRIDOS 
EN NUESTRA PATRIA SE HAN ESCRITO, 



por 



D. VÍCTOR GEBHARDT. 

Jush'tia el vertías. 



TOMO SEGUNDO. 



MAJUMRIE): I BA.RQI-OIjOIV.A : 

LIBRERÍA ESPAÑOLA, LIBRERÍA DEL PLUS ULTRA, 

calle de Relatores, núm. 14. Rambla del Centro, núin. 15. 

HABANA : 

LIBRERÍA DE LA ENCICLOPEDIA, CALLE DE O-REYLLl, NÚM. 91. 
1864 



a 



. 



Es propiedad deí Editor. 



Barcelona — Imp. de Luis Tasso, calle del Arco del Teatro, callejón eatre los números 21 y 23.— 1864. 



HISTORIA GENERAL 

DE 



ESPAÑA Y DE SUS INDIAS. 



PARTE SEGUNDA. 

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ESPAÑA GODA. 

Desde el año 413 hasta el 711 de nuestra era. 
CAPITULO PRIMERO. 

Procedencia de las tribus bárbaras que invadieron la Península.— Primeros tiempos de la domina- 
ción goda en España.— Muerte de Ataúlfo.— Sigerico y Walia.— Guerras entre los invasores.— 
Teodoredo. — Los Romanos intentan reconquistar la España. — Estado de la Península durante la 
invasión.— Emigración voluntaria de los Vándalos. — Engrandecimiento de los Suevos. — Operacio- 
nes de Teodoredo en las Galias. — Bacaudos españoles. 

Desde el año 413 hasta el 440. 

El mundo romano espiraba, y hemos asistido á sus últimos momentos. Del 
imperio de Occidente no le quedaba ya sino una vana soberanía, y haslala misma 
capital, la ciudad eterna, habia visto dentro de sus muros alas hordas de Alarico. 
En un principio, los bárbaros asolaron la Tracia,la Mesiayla Panonia; devastadas 
estas provincias, invadieron la Tesalia, Macedonia y Grecia; el Imperio, esto es el 
país habitado, iba estrechándose á cada momento, y sus fronteras eran la Italia. 
Llegó, empero, un tiempo en que ni aun estas fueron respetadas, y hemos visto á 
los Godos dominar en Roma. El tiempo de la conquisla habia terminado porque 
nada mas habia que conquistar, ó por mejor decir, que devastar ; la época de es- 
tablecerse habia llegado , y los bárbaros del siglo v, como hicieron mas tarde los 
Normandos, después de asolar y saquear la Francia, aceptaron y se establecieron 
en los territorios que habían ocupado. Así fué como hemos visto á Ataúlfo esta- 
blecerse en las Galias y pasar luego los Pirineos para ocupar parte de la Tarra- 
conense. 

Tenemos, pues, en España á Godos, Alanos, Vándalos y Suevos y tiempo es 
ya, que aunque muy poco, pues poco es lo que se sabe, digamos algo de la pro- 
cedencia de los cuatro pueblos invasores. 



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8 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

No es ya dudoso que el movimiento de emigración de las grandes masas 
de hombres que inundaron el Norie de Europa para lanzarse desde allí sobre el 
Mediodía y el Occidente, partió del Asia, cuna y semillero del género humano. 
Tiempo hacia que estas tribus bárbaras, empujadas por otras que sucesivamente 
iban emigrando del Asia superior, de la Escitia ó Tartaria , vivian en las ne- 
vadas regiones de la Escandinavia , de Dinamarca , de Rusia y de Germania, 
como escalonadas por la Providencia desde el extremo septentrional de Europa 
hasta las fronteras del imperio romano, para cumplir un dia la misión que habia 
de serles confiada. La superabundancia de población y la esterilidad y el ri- 
gor de aquellos climas hacíales desear un sol mas radiante y una tierra mas 
fecunda; y las tribus mas inmediatas al imperio romano, ya empujadas por los 
pueblos queá su espalda tenían, ya codiciosas de la hermosura y apacibilidad 
del país que á sus ojos se ofrecía, arrojáronse á invadir las provincias inmedia- 
tas del imperio. Las márgenes del Danubio eran la línea divisoria entre la bar- 
barie y la civilización, y una vez rota esta, empezó la lucha que hemos descrito 
en sus principales y mas importantes episodios en el tomo primero de la presen- 
te Historia. 

Los Alanos, pueblo de raza escítica y otro de los que junto con los Suevos, 
Vándalos y Godos, encontramos ahora en la Península, habían habitado al prin- 
cipio entre el Ponto Euxino y el mar Caspio; extendieron luego sus conquistas des- 
de el Volga hasta el Tañáis, y por un lado llegaron hasta la Siberia y por otro has- 
ta la Persia y la India. Invadido su país por los Hunos, procedentes de las fron- 
teras de China, parte de ellos se refugiaron en las montañas del Cáucaso, donde 
conservaron su independencia y su nombre, y otros adelantaron hasta el Báltico, 
asociándose luego á las tribus septentrionales de Alemania, con los Suevos, los 
Vándalos y los Burgundios, contra los Godos. Tan agrestes y feroces como aman- 
tes de la libertad, dice D. Modesto Lafuente (1), la guerra, el pillaje y la destruc- 
ción eran sus placeres. Su fuerza militar, como casi la de lodos los pueblos tár- 
taros, consistia en la caballería, y adornaban á sus caballos con los cráneos de 
sus enemigos. Entre las hordas bárbaras que inundaron el mundo civilizado fue- 
ron los Alanos los mas sanguinarios y crueles. 

Los Vándalos, de raza, á lo que se cree, puramente germánica, habían habí- 
tado tocio lo largo de la costa septentrional, desde la desembocadura del Vístula 
hasta el Elba. Habían hecho ya algunas invasiones en el imperio y también habían 
peleado contra los Godos. En la última irrupción venían de la Panonia, y devas- 
tadores por inclinación, la memoria de los horrores que causaron quedó en las 
tradiciones humanas como la de los grandes cataclismos. 

Los Suevos ya habían habitado cien cantones del interior de laGermania des- 
de el Oder hasta el Danubio. Eran los mas bravos y temidos de entre los Germa- 
nos, y su placer era exterminar y aniquilar poblaciones y formar á su alrededor 
grandes desiertos. Groseras pieles cubrían algunas partes de su cuerpo, y alimen- 
tábanse de caza y de la carne, y leche de sus rebaños. Toda su religión consistia 
en sacrificar anualmente un hombre en medio de bárbaras ceremonias en un bos- 



(1J His. gen. deEsp. P. I, 1. IV, c. I. 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 7 

que que llamaban sagrado. Distinguíanse por su larga cabellera que anudaban 
sobre la cabeza y recogían en una bolsa para entrar en batalla. 

El origen y la procedencia de los Godos, pueblo á quien mas nos importa co- 
nocer , ha dado ocasión á grandes debates. Quienes, apoyándose en una expresión 
de Tácito colocaron su asiento en la Germania hacia la desembocadura del Vístula; 
quienes, fundándose en ta autoridad de Jornandes, su obispo y cronista, los hacen 
proceder de la Escandinavia, hoy la Suecia; quienes por último los suponen ve- 
nidos de la Escitia, pretendiendo que eran verdaderos Tártaros, oriundos de los 
dilatados países que se extienden mas allá de la laguna Meótides.Esta opinión, in- 
dicada ya en el siglo vi por san Isidoro, no solo parece la mas probable en el 
dia por las autoridades que la recomiendan, sino que es la única por donde se 
pueden explicar grandes diferencias entre las costumbres góticas y las germáni- 
cas, acerca de las cuales no cabe ninguna duda, sin subvertir completamente la 
historia. 

De cualquier modo que sea , parece indudable que hacia principios de la 
era cristiana existían simultáneamente dos pueblos de Godos , semejantes no 
solo en el nombre, sino también en el idioma y en el aspecto, uno de los cuales 
habitaba las costas del mar Báltico á entrambos lados de los estrechos que le unen 
con el del Norte, mientras que el otro se extendía entre el Don y el Danubio, en 
los límites de Asia y de Europa. Tal vez eran hermanas estas dos tribus, como 
ramas separadas del mismo tronco, y divididas en uno de los movimientos ante- 
riores de la humanidad; pero si esto era así, el origen común de una y otra lo 
debieron ser las regiones del Asia superior de donde partieron sucesivamente, en 
tiempos mas antiguos que nuestra historia , las grandes emigraciones que poco 
á poco han ido poblando la tierra. Suponer á los Godos del Danubio oriundos 
de la Escandinavia es precisamente asentar una contradicción, ó cuando menos 
una excepción á todos los hechos primitivos de que tenemos noticia, y esto exigi- 
ría un cúmulo de pruebas que de seguro no pueden suministrarnos los que 
á aquella hipótesis se inclinan. 

Los Godos, pues, en cuanto nos interesan á nosotros, los Godos que han re- 
presentado tan gran papel en la agonía y ruina del imperio, y á quienes está des- 
tinado otro no menos importante en la fundación de la monarquía española, no 
son un pueblo germánico, como los Francos, los Suevos y los Sajones: son un pue- 
blo oriental como los Escitas y los Hunos. Latinizando su nombre, según era en- 
tre ellos costumbre, llamábanlos getas los escritores romanos y colocaban su 
asiento en la ribera del Ponto Euxino, entre los anchos rios que antes hemos men- 
cionado . Ya por esta época parece que se dividía la nación en dos grandes tribus 
separadas por el Dniéper (Boryshtems) , y llamados según su posición Ostrogodos 
(Ost-goths), Godos del Este, y Visigodos {West-GothsJ , Godos del Oeste: mas in- 
ternados en la Tartaria los primeros, mas próximos al orbe romano los segun- 
dos ; mas bárbaros aquellos, si así puede decirse, mas cercanos estos á la civili- 
zación, por su roce con pueblos que la disfrutaban. 

Qué fuesen los Godos en sus costumbres, en sus leyes, en su vida privada 
y nacional, durante el espacio de tiempo que ocuparon aquella región, primer 
alto en su marcha á que alcanza y que refiere la historia, son puntos mas bien 
para conjeturarse que para afirmarse con certeza. Respecto á esa Germania del 



8 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Dniéper no tenemos por guia al gran escritor del siglo de Vespasiano, y lejos de 
ofrecernos la antigüedad un libro semejante, nos vemos en la precisión de adi- 
vinar algo que le pueda suplir por medio de fragmentos esparcidos en multitud 
de analistas. 

Hé aquí sin embargo una descripción que nos ha dejado Ammiano Marceli- 
no de las tribus alanas, raza evidentemente gótica, según el sentir de los histo- 
riadores mas estimados. A falta de dalos directos, la crítica y la filosofía han de 
contentarse con los que dan origen á razonables inducciones, y explican lo igual 
ó si se quiere parecido, ya que no describan lo que se busca y apetece. «Jamás 
han habitado estos bárbaros, dice aquel historiador, bajo ningún techo; jamás han 
empuñado sus manos instrumento alguno con que labrar la tierra. La carne y la 
leche de sus rebaños constituyen todo su alimento, mientras que sentados en sus 
carros, que están cubiertos de ramas y cortezas, discurren lentamente por aque- 
llas inmensas soledades. Cuando llegan á un lugar abundante en pastos, forman 
los carros en círculo y hacen alto, para que sus ganados los coman; luego que los 
han agotado, prosiguen su marcha llevando á otra parte su errante y nómada 
población. En los carros es donde el varón se une á la hembra, donde nacen y 
se crian los hijos, donde eslán colocados los penates, donde fijan y consideran la 
patria. Llevando delante de sí sus innumerables ganados, puede decirse que se 
apacientan á sí propios, á la par con ellos. Cuidan sobre lodo de criar y de tener 
gran muchedumbre de caballos, acostumbrándose desde la juventud á dirigirlos, 
y mirando como un desdoro caminar á pié. Las mujeres y los viejos incapaces de 
batallar permanecen siempre en los carros dados á las ocupaciones que su sexo 
y su debilidad les permiten. Tampoco hay entre ellos templos ni imágenes ; una 
espada que clavan en tierra es la representación del dios Marte, y á él prestan 
adoración á su modo.» 

Por escasas que sean estas noticias, dice Pacheco (1), adviértense ya di- 
ferencias entre el pueblo que ellas describen y los pueblos germánicos de Tá- 
cito. Encontramos aquí un estado de civilización mas lejano, mas primitivo, mas 
oriental: al escucharle, no nos lleva nuestra imaginación á los bosques del Elba, 
sino á los desiertos de Tartaria. Esa ausencia completa de cultivo, ese carro por 
toda habitación, esa cabalgata permanente , unida al desprecio con que se mira 
al hombre de á pié, esa simplicidad de culto religioso, que apenas merece este 
nombre ; todo ello nos arroja leguas y siglos atrás hacia la época y hacia los lu- 
gares donde tuvo su origen el género humano. 

No eran estos seguramente los pueblos germánicos de Tácito. Estos en me- 
dio de su primitiva sencillez son ya estables y labran la tierra, viven en cierto 
modo apegados al suelo, y hacen consistir en la infantería la principal fuerza de 
sus ejércitos. Atrasados unos y otros, poco distintos aun del origen y punto de 
partida universal de todos los pueblos, han tomado ya distintas vias, y marchan 
divergentemente hacia el complemento de sus deslinos y déla civilización. Los 
unos llevan impreso el carácter europeo, que consiste principalmente en el culti- 
vo y la estabilidad, y los otros ostentan el asiático, el tártaro por mejor decir, 
que se ha fundado siempre en el pastoreo y la vagancia. 



(1; Discurso de introducción al Libro de los Jueces 6 Fuero-Juzgo, c. III, edic. de Madrid, 4847. 



CAP. I. — ESPA?xA GODA. 9 

Y no es esta la única diferencia que se observa en la vida y las costum- 
bres de los Godos y de los Germanos. Es notorio el alto lugar, la consideración 
distinguida en que, según Tácito, tenían estos á sus mujeres. Antes de la pre- 
dicación del cristianismo, puede decirse que este pueblo y algún otro de su fa- 
milia, eran los únicos que las habían colocado en una situación digna y elevada. 
En los pueblos de origen asiático, la mujer era la esclava y no la compañera del 
marido ; en los pueblos romanos era su hija de familias, que casi equivalía á la 
misma condición. Tanto en unos como en otros habíasela encerrado en la domes- 
ticidad, lejos ele permitirla salir al foro; y aun en aquella, su lugar es el mas ín- 
fimo. Los Galos y los Germanos , es decir , los pueblos de raza céltica, son los 
únicos que encumbraron á la mujer levantándola á la par con el hombre en lo 
interior de las familias, los únicos que la admitieron y escucharon en los nego- 
cios públicos, buscando y creyendo hallar en sus ideas algo de inspirado que 
aprender, algo de divino y fatídico que seguir. Esta es una distinción muy im- 
portante que nos revela completamente , en cuanto á excepción , una raza deter- 
minada y particular. 

Ahora bien : la mujer entre los Godos no es de ninguna suerte lo que entre 
los Germanos, sino lo que fué siempre entre los pueblos del Oriente y del Medio- 
día. En ella no hay divinidad, en ella no se reconoce inspiración, ella está encer- 
rada en el hogar doméstico, y su posición allí es dependiente y humilde. Falta 
toda analogía con la costumbre germánica, y el tipo oriental se patentiza en este 
punto como en laníos otros, al examinar atentamente las tribus godas que inva- 
dieron nuestro suelo. 

Pero hay mas todavía. Célebres son las asambleas de los Germanos tenidas 
de noche en medio délos bosques, para resolver todos los puntos grávese impor- 
tantes de la gobernación del país. Tácito las ha mencionado expresamente, y los 
demás escritores antiguos que han hablado de aquellos pueblos las han descrito 
con gran copia de detalles. Semejante institución ó costumbre pudo modificarse, 
pero no perderse del todo, cuando aquellos pueblos abandonaron su patria nativa 
y buscaron otras que les fuesen mas agradables á este lado del Rhin y del Danu- 
bio. La razón nos dice que un hábito tan arraigado no podia desvanecerse sin de- 
jar al menos por mucho tiempo restos dignos de consideración, y las historias de 
los Francos, de ese pueblo que es una reunión de tribus germánicas, viene á con- 
firmar irrecusablemente las mismas ideas. Los campos de marzo y de mayo tan 
importantes, tan repetidos en su historia, no son mas que la costumbre germáni- 
ca trasladada al suelo del imperio y acomodada á la nueva situación de los con- 
quistadores. 

Nada de esto vemos en la tribu ni veremos en el imperio godo. No se sabe 
que nunca jamás, ni en la Tracia,ni en la lliria, ni en las dos vertientes del Piri- 
neo, se hayan reunido en asamblea los hombres de aquella nación. Sabemos que 
eran elegidos los reyes, aunque ignoramos á punto fijo como esto se verificaba: 
de ninguna otra reunión del género de las dichas tenemos noticias, y bien debié- 
ramos tenerlas si por ventura las hubiese habido. 

Resulta, pues, de este conjunto de observaciones, la no procedencia germá- 
nica, la procedencia tártara de los Godos. Resulta, como dijimos antes, que no te- 
nemos respecto á ellos, como respecto á los pueblos de la otra parte del Rhin, la 

TOMO II. 2 



10 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. de j. c. luminosa y segura guia dei gran historiador romano. Aquello que en sus inmor- 
tales escritos es aplicable y general á todos los pueblos bárbaros del universo, eso 
bien podemos decirlo de los que nos ocupan ; pero lo que es característico y par- 
ticular, lo que no se puede decir de una nación sino cuando de hecho se ha ob- 
servado en ella, lo que en sus páginas se lee de especial á la germánica, segura- 
mente no tenemos datos para atribuirlo á la nación goda, ni podemos transcribir- 
lo á la cabeza de sus anales. 

Detuviéronse los Godos en sus incesantes correrías al llegar á las márgenes 
del Danubio, así por los abundantes pastos que allí encontraron para sus ganados, 
como por no serles ya fácil llevar sus excursiones á países en que dominaban las 
poderosas armas romanas. Allí hicieron alto largo tiempo, formando como la 
avanzada del grande ejército de los bárbaros ; pero engrandecidos ellos y próxi- 
mos á la civilización, no tardaron, según en su lugar hemos visto, en chocar con 
el mundo civilizado. Vencidos siempre al principio, no por esto desmayaban, ni 
dejaban de repetir sus acometidas, y al tiempo que con ellas iban debilitando al 
imperio romano, recibían á su vez en sus rudas imaginaciones las primeras im- 
presiones de la civilización. Con el ejemplo de lo que veian suavizábanse sus cos- 
tumbres ; el aspecto de las ciudades en que entraban les inspiraba admiración y 
respeto; los relatos de los prisioneros les hacían comparar las privaciones de su 
condición agreste y grosera con las comodidades y los goces de ios pueblos civi- 
lizados ; entre ellos iban penetrando las artes del mundo griego y romano, y has- 
ta las ideas del cristianismo pasaron el Danubio, y fueron á enseñarles la exce- 
lencia y las ventajas de una religión y de unas costumbres tan distintas de los há- 
bitos feroces que traían ellos de sus desiertos. 

Llegó por fin el caso de verse estos pueblos oprimidos y como empujados por 
otros mas bárbaros y mas feroces que detrás de ellos venian. Eran los Hunos, 
raza salvaje entre todas, de horrible aspecto y de horrible rostro, que, saliendo del 
fondo de la Tartaria y de las orillas del mar Caspio, habian derramado sus in- 
numerables hordas por los caminos del Occidente. Los Alanos, los Ostrogodos 
somátense á los terribles conquistadores, y los Visigodos, según hemos referido, 
decidiéronse entonces á pasar por última vez el Danubio, y pidieron al imperio 
tierras que habitar. En aquel tiempo fué cuando el obispo godo Ulphilas convir- 
tió á sus compatriotas al arrianismo que profesaba el emperador Valente. 

Desde esía época hasta su primera entrada en España hemos seguido pasoá 
paso á los Visigodos en sus relaciones con el imperio romano, y dejamos también 
referido en el anterior volumen las conquistas de Alarico (All reich, todo rico), y 
el primer establecimiento de Ataúlfo (Atta, padre, Huí fe, socorro). 

Hemos explicado también las distintas causas que señalan los historiadores 
á la invasión goda en España; pero sea cual fuere la causa que lo motivase, está 
el hecho fuera de toda duda. Tampoco están acordes ios historiadores en lo que 
hizo Ataúlfo luego de haber ensanchado así sus posesiones, mas Jornandes, 
cuyo testimonio no carece de peso en lo que hace referencia á las cosas góticas, 
refiere que aquel caudillo hubo de sostener casi al llegar á la Península dura 
guerra con los Vándalos, dueños ya de las provincias del mediodía, y que no fué 
416. asesinado hasta tres años después. 

Igualmente varían las opiniones acerca de la muerte de Ataúlfo. Los unos, 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 11 

y entre ellos el P. Mariana, dicen que un hombrecillo contrahecho y muy priva- 
do del jefe godo, que tenia por nombre Vernulpho, le mató por vengarse de 
ciertas burlas de que habia sido objeto; otros , y entre ellos Olimpiodoro , pre- 
tenden que fué asesinado por uno de sus servidores llamado Dobbio , deseoso de 
tomar venganza de la muerte de su primer señor, ordenada por Ataúlfo. Los 
primeros afirman que fué herido por el costado , y los segundos que fué atacado 
de frente y herido en el pecho en ocasión en que visitaba sus caballerizas. Lo 
cierto es que murió asesinado , siendo lo mas probable que lo fuese á consecuen- 
cia de una conspiración. Los Godos se cansaban de su inacción, y si bien Ataúl- 
fo tenia con Honorio frecuentes disensiones , no hacia á su modo de ver á los 
Romanos una guerra tan empeñada como ellos deseaban. Esta es la causa que la 
mayor parte de los historiadores, y también Mariana, señalan á la muerte de 
Ataúlfo. Cuanto se dice de aquel primer establecimiento de los Godos en la Pe- 
nínsula ha de ser acogido con cierta reserva , pues los distintos relatos que hasta 
nosotros han llegado, casi todos de una época muy posterior, se distinguen por 
sus dramáticos colores que hacen sospechosa su veracidad. Morales en sus Anti- 
güedades españolas ha colocado un supuesto epitafio de Ataúlfo que dice se en- 
contró en Barcelona, epitafio que ha sido reconocido como apócrifo por la mayor 
parte de los críticos, y al cual el mismo P. Mariana se negó á prestar entera fe. 
Dice así : 

BELLIPOTENS VALIDA NATVS DE GENTE GOTHORVM 

HIC CVM SEX NATVS REX ATAVLFE JACES. 
AVSVS ES HISPaNIAS PR1MVS DESCENDERÉ IN ORAS 

QVEM COM1TABANTVP, MILLIA MVLTA VIRVM. 

GENS TVA TVNG NATOS ET TE 1NVIDIOSA PEREMIT 

QVEM POST AMPLEXA EST BARCINO MAGNA GEMENS. 

Según Olimpiodoro, Ataúlfo dejó el mando de su gente ó la corona á su 
hermano, encargándole expresamente que enviara Placidia á los Romanos y que 
conservara con ellos la paz ; pero los Godos que odiaban el nombre de romano y 
suspiraban por la guerra , rechazaron al jefe designado á su elección , y nombra- 
ron á Sigerico (Siege reich, rico en victorias) , que se reputa el verdadero autor 
del asesinato de Ataúlfo. Sigericus , de stirpe proprior (ut aiunt) (1), de carác- 
ter indómito, habíase mostrado gran enemigo de los Romanos antes de su ele- 
vación ; pero su odio se desvaneció de repente , ó á lo menos, no se manifestó del 
modo que la nación deseaba. Sigerico se limitó á organizar un aparato triunfal, 
haciendo marchará Placidia á pié delante de su caballo, mezclada éntrelos 
prisioneros; y tanta crueldad, tanto orgullo, unido á tanta indolencia en dar 
principio á la guerra, disgustaron álos Godos que le asesinaron cuando aun no 
habia reinado un año. Los Romanos habíanles enseñado la manera de elevar y 
de destituir á sus caudillos, y eligieron á Walia (Wal, baluarte). 

Hemos de referir aquí una serie de hechos de que hacen mérito algunos 
historiadores, y que en parte hubieron de suceder durante la vida de A'aulfo. 
Entre los reyes bárbaros que fueron los primeros en ocupar ciertos puntos de la 



(i) Scott., Hisp. lllust. 



12 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Península , era , como hemos dicho , uno de los mas poderosos f Gunderico , cau- 
dillo de los Vándalos , llamado por algunos Godegisio y por Jornancles Giserico. 
Aquellos reyes ó caudillos de los pueblos bárbaros empleaban la astucia tanto 
como la fuerza para afianzar sus conquistas , y luego que lograban poseer un 
girón del imperio , era su primer cuidado celebrar la paz con los Romanos • y 
así fué como reinando Honorio , se otorgó la paz á Gunderico con la condición de 
que permanecería en España sin causar perjuicio á los antiguos habitantes, sine 
veterum incolarum maleficio, según escribe Mariana ; y como muchos ílispano- 
Romanos hubiesen sido despojados de sus tierras , como hubiese habido conside- 
rables emigraciones al acercarse aquellos conquistadores y se hallasen en poder 
del vencedor las propiedades abandonadas , estipulóse en el tratado que los legí- 
timos propietarios podrían reclamarlas aun cuando hubiese transcurrido la pres- 
cripción de treinta años. 

Esta alianza entre Vándalos y Romanos fué causa de cruentas guerras. Los 
Alanos , cuyo principal carácter era una ferocidad superior á toda comparación, 
atacaron á los Vándalos y á los Silingos , pueblo bárbaro arrastrado por aquellos 
desde la Germania hasta España, y los obligaron á abandonar la Bética y á re- 
tirarse á Galicia, cerca de los Suevos, con cuyo auxilio pudieron en breve los 
Vándalos rechazará los Alanos y recobrar sus antiguas posesiones. Imagínense 
ahora los sufrimientos de las poblaciones españolas entre aquel movimiento de 
bárbaros , quienes , después de destruirlo todo delante de sí, se agitaban en to- 
dos sentidos en España como en Italia, como en todo el mundo romano, y se 
entrechocaban antes de establecerse de un modo definitivo á semejanza de las 
olas de un mar tempestuoso. Los Alanos volviéronse entonces contra la Celtiberia 
y la Carpetania , y conquistaron muchas ciudades y villas , de donde los Roma- 
nos no habían sido expulsados todavía, sembrando á su paso la desolación. La 
determinación cronológica de estos hechos ofrece algunas dificultades , pero los 
historiadores mas dignos de crédito los creen coetáneos de la ocupación de Bar- 
celona por Ataúlfo. 

Hasta aquí vemos aun á los Romanos conservar sobre la España ocupada, 
devastada por los bárbaros , un imperio nominal , una soberanía de hecho. Alían- 
se con los Vándalos contra los Alanos, y con los Godos contra los Vándalos; en 
sus tratados hablan siempre como legítimos poseedores de la Península ; y en 
efecto, mientras el imperio conservará un resto de vida, mientras Roma humi- 
llada, pisoteada, espirante, no habrá perdido todo el prestigio de su nombre 
sobre los mismos bárbaros , veremos á los emperadores lisonjearse con la espe- 
ranza de reconstituir su vasta dominación, de reunir otra vez sus dispersos miem- 
bros , no renunciando ni aun Honorio á la idea de contemplar á la grandeza ro- 
mana renacer de sus inmensas ruinas. 

Luego que obtuvo AValia el mando y gobierno de los Godos , manifestó par- 
ticipar de los belicosos sentimientos de su nación , y del odio y desprecio que pol- 
los Romanos sentía, aun cuando verémosle en breve seguir igual política que sus 
predecesores é inclinarse anle los Romanos después de haberlos combatido. Reu- 
nido su ejército y su armada , resolvió apoderarse de las tierras que Honorio 
poseía en África , pero dispersados sus buques por una tempestad , á duras pe- 
nas pudieron los Godos volver á las costas de que habían salido. Los acontecimien- 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 13 

tos posteriores al naufragio de la armada son diversa y confusamente referidos 
por los historiadores. Algunos dicen que Constancio, general de Honorio y go- 
bernador de las Galias , cuya pasión por Placidia se menciona con frecuencia en 
los escritos de aquella época , marchó en aquel entonces contra Walia , así para 
secundar las miras del emperador como para apresurar el enlace que desde mu- 
cho tiempo tenia proyectado con la hermana de este , con la cual se asegura que 
estaba desposado antes de pasar en poder de los Godos y de ser esposa de Ataúl- 
fo. Al frente de un poderoso ejército , dicen aquellos historiadores , pasó los Pi- 
rineos , y al encontrar á los Godos , cuando estos creían la lucha inevitable, pro- 
púsoles la paz bajo las solas condiciones de que le seria entregada la viuda del 
sucesor de Aladeo y de que harían la guerra á los Vándalos. Walia recibió con 
gozo la proposición , pero dudoso , dicen los mismos historiadores , de los senti- 
mientos de.su pueblo, apeló al disimulo; expuso á sus tropas que los Romanos 
no eran enemigos bastante formidables para juzgar necesaria su pronta destruc- 
ción, y que era preferible marchar contramas dignos y peligrosos enemigos, 
aludiendo con estas palabras á los demás pueblos que se disputaban la Espa- 
ña (1). Según la misma relación, celebróse un tratado de paz: Placidia fué devuel- 
ta á los Romanos, y Constancio vio al fin colmados sus constantes deseos. Esto 418. 
sucedió, alo que parece, en el año 418. Los Suevos, los Alanos y los Vándalos, 
amenazados por los Godos y previendo su ruina , quisieron aliarse con los Roma- 
nos , sin olvidar los necesarios preparativos de guerra; pero Walia, que se en- 
contraba ya en su territorio , obligó á los últimos á refugiarse á Galicia, exter- 
minó á los Alanos , cuyos escasos restos se confundieron con los Vándalos , y 
respetó á los Suevos solo porque se habían declarado tributarios del imperio 
romano. Walia, siguiendo siempre la misma versión, continuó en paz con el 
emperador, respetó las provincias y los aliados del imperio , y obtuvo en recom- 
pensa la concesión de toda aquella parte de las Galias que se extiende desde To- 
losa hasta el Océano. Walia murió dos años después en Tolosa , habiendo rei- 
nado poco mas de tres años. Jornandes es el único que le señala mas larga vida. 

Por muchos que sean los textos en que pueda apoyarse semejante relato, pa- 
récenos, y en esto seguimos la opinión de Romey, que adolece de grandes inve- 
rosimilitudes. 

Así, es inadmisible que Walia pronunciara el enfático discurso que se le 



(4) El discurso que se supone dirigido por Walia á los Godos antes de celebrar la paz , dice 
así: 

«Invencibles Godos, á todas partes donde habéis querido dirigir vuestros pasos, desde las 
fronteras del norte á los límites mas remotos del sur, habéis sabido abriros camino con las armas 
en la mano, sin que nada pudiese ser obstáculo á vuestra marcha vencedora. Distancias, di- 
ferencia de climas , montañas, rios, fieras, numerosas y aguerridas naciones, se han puesto en 
vano delante de vosotros ; mas ahora los Vándalos , los Alanos y los Suevos se atreven á atacarnos 
por la espalda mientras los Romanos nos amenazan por el frente. A vosotros, esforzados guerreros, 
toca escoger el enemigo á quien hemos de combatir , y sea cual fuere el partido que toméis , vues- 
tro valor es para mí segura prenda de victoria ; en tanto que mande á hombres que no conocen el 
temor , nada puedo yo temer , y si el partido que ha de abrazarse fuese confiado á mi sola decisión, 
me acordaría únicamente de que soy vuestro rey, no tomaría consejo sino de mi propio valor , y 
elegiría al enemigo mas digno de vosotros. Los Romanos os son ya bastante conocidos ; sus ciuda- 
des han experimentado mas de una vez el poder de vuestras armas, y hasta las puertas de su ca- 
pital se han abierto ante vosotros. ¿ Por qué perder un tiempo precioso combatiendo con semejantes 
hombres cuando es mas glorioso despreciarlos que vencerlos?» 



A. deJC 



420. 



421. 



14 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

atribuye, y la crítica ha de considerarlo como otra de las frias alocuciones, inven- 
ción de los historiadores que no han vacilado en seguir á Tito Livio en esta sen- 
da opuesta á la de la verdadera historia. La relación verosímil de tales hechos, 
tales como parecen desprenderse de los diferentes textos (1), es que después de 
frustrados sus proyectos contra el África, Walia volvió á Barcelona con los su- 
yos, y ya pidiese la paz, ya le fuese ofrecida, no tardó en celebrar con los 
Romanos un tratado. Constancio encargado de la negociación, exigió de los Go- 
dos, como condición principal, la libertad dePlacidia, y Walia por su parte, para 
que el tratado mereciese la aprobación de ios Godos, estipuló diferentes cláusulas, 
entre otras la que obligaba al emperador á aprontarle seiscientas mil medidas de 
trigo. La lectura de este solo pacto, que manifiesta el estado de postración de los 
Romanos, pudo ser causa suficiente de la ratificación de la paz por ios Godos, que 
sin saber todavía el país en que habrían de establecerse, armados siempre y 
siempre en guerra, no se dedicaban á la agricultura, y carecían por consiguiente 
de subsistencias, sin que Walia hubiese de hablarles del escaso valor de los Ro- 
manos y de sus repetidas victorias. 

A lo que parece, Walia no marchó contra los Vándalos hasta después del 
penúltimo consulado de Honorio y de Teodosio (2), y luego de haberlos vencido, 
recibió en efecto de los Romanos, ó por mejor decir de Constancio, entonces arbi- 
tro supremo en esta parte de los Alpes, la concesión de la segunda y de la tercera 
Aquitania, es decir del territorio de Burdeos y del país de Auch (Gascuña fran- 
cesa), en cambio de parte de las provincias conquistadas por él en España, que 
puso en poder de los Romanos. 

Este rey ó caudillo de la nación goda fué el primero en establecerse en Tolo- 
sa, capital de los Godos en las Galias durante mucho tiempo, y murió por los 
años de 420,. no dejando mas que una hija, esposa del Suevo Ricimer, padre del 
famoso Ricimer que llegó á ser el arbitro de Italia, que elevó y derribó empera- 
dores á su antojo, y que presidió en cierto modo á la total ruina del imperio de 
Occidente. El mismo año de la muerte de Walia, Orosio, presbítero de la iglesia 
de Tarragona, puso fin á su historia de la que hemos tomado la mayor parte de 
las anteriores noticias. Este sacerdote habia mantenido una correspondencia es- 
crita, que por desgracia se ha perdido, con dos brillantes lumbreras del cristia- 
nismo, los santos Agustín y Gerónimo. 

A Walia sucedió Teodoredo, llamado por algunos Teodoro y Teodorico, y en 
el segundo año de su reinado, los Vándalos, que, arrollados por los Godos, se ha- 
bían refugiado cerca de los Suevos establecidos en Galicia, se levantaron contra 
sus huéspedes, ignórase por qué causa, é luciéronles terrible guerra. El rey de 
los Suevos se atrincheró en los montes Ervasos, que algunos creen ser los lla- 
mados Arvas entre León y Oviedo, y rechazó con tanto vigor sus ataques que los 
obligó á abandonar el territorio que les sirviera de asilo contra las armas de los 
Godos. Aquellos bárbaros lomaron otra vez el camino de la provincia á la que, se- 
gún opinión de muchos, han dejado su nombre (3), restablecieron en ella su do- 



lí) Véase a Paulo Orosio, Idacio, Olimpiodoro, Jornandes, etc. 

(2) Arcadio, emperador de Oriente, habia muerto en 408 y habíale sucedido Teodssio II. 

(3) Es opinión común, y el P. Mariana parece participar de ella, que la parte de la Bética que 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 15 

minacion asolaclora, llevaron sus correrías hasta las costas de Valencia, tomaron y a. de j. c, 
devastaron la ciudad de Cartagena, quitada poco antes á los Alanos y devuelta al 
señorío de los Romanos, embarcáronse y llegaron á las Baleares, que obedecían 
también á los Romanos, pusiéronlas á sangre y fuego, y pasaron algún tiempo 
pirateando por las costas de la Mauritania. 

Sin embargo, bajo el último consulado de Honorio y de Teodosio lí, el ge- 
nio espirante de Roma quiso intentar la reconquista de sus perdidos dominios. 
Honorio envió á Castino, conde de los domésticos (comes domesticorum), ó en otros 
términos, capitán de los guardias del emperador, á España, y en un principio al- 
canzó contra los bárbaros algunos triunfos parciales ; pero habiendo aceptado en 
las inmediaciones de Tarragona una batalla general, fué vencido, quedando en el 
campo mas de veinte mil Romanos. Esta batalla tuvo lugar pocos meses antes de 
la mueríe de Honorio, acaecida bajo el consulado de Mariniano y Asclepiodoro. m 

Hemos llegado de nuestra historia al primer cuarto del quinto siglo, y vemos 
á. la España ocupada todavía por los Romanos y por tres pueblos extranjeros : al 
mediodía hacia los Pirineos, por los Godos (Godos del Oeste, West-Goths ó Vi- 
sigodos); al mediodía también, pero hacia las costas del Océano y las márgenes 
del Betis, por los Vándalos, y por fin, en la región occidental, casi entre el Dou- 
ro y el Miño, por los Suevos. La provincia de Cartagena, la Carpetania, y casi 
todas las demás partes de España obedecian aun á los Romanos. 

Difícil por no decir imposible seria señalar de un modo exacto los inciertos 
y variables límites de los varios conquistadores. Los escritos contemporáneos y el 
estudio profundo de los escasos monumentos que han podido salvarse de aque- 
llos tiempos calamitosos no nos lo permiten, y es casi seguro que ni los mismos 
vencedores sabían las mas de las veces hasta donde se extendía su domina- 
ción , efecto natural de la época azarosa que estaba el mundo atravesando. El 
carácter verdadero de aquellos tiempos era la movilidad ; todo se agitaba antes 
de fijarse ; las fronteras, los tratados, el derecho de gentes no existían. La fuer- 
za , el capricho , los vicios y las virtudes de los hombres eran los únicos mó- 
viles de los acaecimientos humanos ; sin leyes escritas, la astucia y la violencia 
lo gobernaban todo. Si los bárbaros se hallaban mal en un sitio se dirigían á otro, 
talando á su paso las tierras y sembrando el espanto en las poblaciones. De ahí 
luchas y desastres sin número, hasta que cansados todos de guerra, se hacia la 
paz ; los vencidos la compraban muy cara las mas de las veces, pero no se le da- 
ba sanción alguna ; por lo general ni siquiera se escribía, y era violada según las 
necesidades y las pasiones que solo en los combates podían satisfacerse. El mun- 
do vivía en una inmensa y continua angustia ; no habia seguridad para nadie ni 
para nada, y el reposo de hoy era casi siempre precursor de la ruina y matanza 
de mañana. 

Sin embargo, donde existen los elementos de un gran pueblo, á pesar de los 
males y desórdenes inevitables de la conquista, los veremos reunirse, y tarde ó 
temprano constituirse en cuerpo de nación. Esta nacerá en las convulsiones de la 
invasión ó de la lucha, y crecerá con los caracteres distintos que le imprimirá 



conquistaron se llamó en un principio Tandaitcíc, cuya palabra se ha convertido en Andalucía. En 
otro lugar diremos algo de esta etimología. 



16 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. de j. c. j a providencia C on cualidades y defectos que serán propios suyos, con una cons- 
titución política, civil y religiosa mas ó menos buena; pero crecerá, llegando á 
ocupar entre los pueblos el lugar que Dios allá en sus impenetrables designios le 
tiene designado. 

Al estudiar la historia en su conjunto y en los acaecimientos sucesivos que 
la componen, es imposible no descubrir la ley secreta que, oculta bajo las apa- 
riencias del azar y también bajo la realidad de los infortunios, rige providencial- 
mente los destinos de la humanidad. A tan elevado y filosófico carácter debe la 
historia el amor que la profesan cuantos hombres sienten en su pecho la gran- 
deza y verdad de la idea del progreso, y no es esto decir que no posea otros en- 
cantos. Muchas veces sucede que al entregarse á su estudio en*busca de testi- 
monios y de hechos que sirvan de apoyo á tan noble creencia, observan los hom- 
bres que íes seduce por lo mismo que ella es , como un cuadro de los tiempos 
que fueron, independiente de toda inducción política y social. Bajo este aspecto, 
como mero relato de lo que hombres de la misma raza que nosotros hicieron en 
la tierra en que vivimos, la historia interesa á lodos; considerándola desde aquel 
punto de vista, es el alimento de las almas graves y reflexivas ; considerando 1 ;^ 
desde el último, forma el deleite de la masa general de los lectores. 

Volviendo ahora á nuestro asunto, y esperando que ha de sernos perdonada 
esta corta digresión, diremos que de los cuatro pueblos que hace poco hemos nom- 
brado, eran los Vándalos el que mas belicoso é inquieto se mostraba. Hemos 
visto sus devastaciones en la España meridional, sus correrías piráticas, para de 
nuevo y con mayor ardor combatir con los Suevos, sus antiguos enemigos, y es- 
tablecerse por fin en la parte de la Bélica que se llama ahora Andalucía. Allí vi- 
vían á su modo, es decir, como Vándalos que eran, cuando de pronto la España 
se vio libre de su azote por un acontecimiento que aumentó las calamidades del 
imperio y debia acelerar su ruina. 

La causa de tan singular emigración fué la siguiente: 

425> Valentiniano III, hijo de Constancioy de Placidia, acababa de ser proclamado 

emperador de Occidente, ocupando su madre la regencia. El conde Bonifacio, va- 
ron muy distinguido, era prefecto de África, pero á instigación de Aecio, capitán 
de mucho mérito, y de otros cortesanos, la regente le destituyó de su mando, le 
declaró enemigo del estado, y envió contra él á un Godo, llamado Sigisvulto, asa- 
lariado del imperio, quien logró desde el primer momento hacerse dueño de Car- 
tago. Irritado por semejante afrenta, Bonifacio recurrió á los Vándalos, y les ofre- 
ció la tercera parte de las posesiones romanas en África con tal que le vengasen de 
sus enemigos. En tanta manera ciega á los hombres la peste de la ira que ni el 
amor de la república, ni la lealtad que le debia, ni el celo de la religión á que sin- 
gularmente era aficionado, fueron parte para enfrenar á un hombre por lo demás 
tan señalado en bondad para que no ejecutase su mal propósito y saña. Los Ván- 
dalos, sin cesar hostigados en la Península, y animados quizás del deseo de mu- 

426. danza , aceptaron con gozo la oferta, y acaudillados por su rey Genserico , her- 
mano de Gunderico, muerto el año anterior, después de haber tomado á Sevilla, 

427 embarcáronse todos para el África en número de ochenta mil almas, según algu- 
nos historiadores, hombres, niños y mujeres, no dejando, según opinión común, 
masque su nombre á la provincia que habian conquistado y habitado, como para 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 17 

perpetuar su recuerdo. Llegados á África, lograron establecerse allí y constituir A - de J c 
un Estado que llegó á infundir temor á los Romanos; el mismo Bonifacio, calma- 
da su cólera y reconciliado con Placidia, intentó librarse de tan peligrosos veci- 
nos prometiéndoles una inmensa suma si consentían en volver á España, mas to- 
do fué en vano. Al ver la inutilidad de sus esfuerzos salió á guerrear contra ellos, 
pero lo hizo con desventaja, y tuvo que abondonarles el África después de estar 
sitiado en Hipona por espacio de mas de un año (1). Genserico ocupó entonces la 430. 
Mauritania, y fundó el imperio contra el cual Belisario había de combatir con 
tañía gloria en tiempo de Justiniano. 

En tanto Teodoredo, rey de los Visigodos, hacia también la guerra al impe- 
rio. Olvidado de los tratados recien estipulados entre Walia y los Romanos, rei- 
vindicaba con las armas en la mano la integridad de las provincias galas cedidas 
antes á Ataúlfo. M 426 puso sitio á Arles ; pero Aecio, ó mejor uno de sus ca- 
pitanes, le obligó á retirarse. Cuatro años después emprendió de nuevo el sitio, 
pero también Aecio socorrió á tiempo la ciudad é hizo que el sitiador abandonase 
su empresa. A Aecio se debe que el poderío romano, que á la muerte de Honorio 
■ Creció deber derrumbarse al abismo, apareciese por un momento con mas es- 
plendor ; la honra de que cubrió las banderas de Roma produjo el efecto in- 
mediato de inspirar alguna mayor confianza á los Hispano-Romanos, cansados del 
yugo de los Suevos, y en 431, los Gallegos enviaron á él una diputación, delatjue 431 
formaba parte el obispo Idacio, implorando su auxilio contra aquellos extranje- 
ros. Al propio tiempo los habitantes de Galicia se sublevaron y atrincheraron en 
sus poblaciones; pero Aecio, que no quería abandonarlas Galias, teatro de su po- 
der, ni separar de su ejército las tropas que habrían sido precisas para reducir á 
los Suevos, limitóse á enviar á los pueblos oprimidos uno de sus capitanes para 
decirles que los Romanos tomaban parte en sus males y querían que los Suevos 
respetasen su vida y sus bienes. No era esto lo que esperaban los Gallegos, pero 
así y todo, este lenguaje causó cierta impresión en los conquistadores, quienes 
desde entonces emplearon para con los vencidos mas humano trato. 

Destruidos los Alanos (2), y los Vándalos en África, solo quedaban en España 
los Godos y los Suevos, nación esta belicosa y feroz, pero de carácter menos de- 
vastador que los Vándalos. No contentos con dominar en Galicia, los Suevos, sa- 
bedores de que los Vándalos habían abandonado la Bética, quisieron apoderarse 
de ella, y Rechila, rey ó caudillo de aquel pueblo, emprendió la conquista de di- 
cho territorio. Los Romanos y los habitantes intentaron resistirle; pero los venció 440. 
en una gran batalla á orillas del Singilis, hoy rio Jenil ; ocupó luego por fuerza 
de armas Hispalis y Emérita, y en tres años logró reunir bajo su dominación Ga- 
licia, la Bética y la Lusitania. 

En aquella crisis general, los mismos gobernadores romanos abusaban del 
poder en todos los puntos donde habían podido conservarlo ; la división se mos- 
traba por todas partes, y el pueblo, agobiado por los infortunios públicos, busca- 
ba su remedio en sublevaciones parciales. Entonces tomó origen en las campiñas 



(1 ) San Agustín murió aquel mismo año en la ciudad sitiada. 

(2) Dice el P. Mariana que los Alanos, confundidos con los Suevos, perdieron hasta su nombre, 
y no dejaron otra huella en España que el nombre de Alanquer, pueblo en tierra de Lisboa, y el de 
Alanin, caserío en los montes de Sevilla. 

TOMO H. 3 



18 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

la facción de ios Bacaudos, especialmente hacia el Océano galo, en lo que son 
ahora las provincias vascongadas. 

Según algunos historiadores, y entre ellos Perreras, eran ios Bacaudos sal- 
teadores, pero no les da este nombre un escritor del siglo v, Salviano, presbí- 
tero tarraconense, que llegó á ser obispo en las Galias. Para él, los Bacaudos son 
hombres desgraciados, pobres, oprimidos, obligados á buscar en las reuniones 
de que han tomado su nombre (Bagud significa en celta junta, asamblea), un asi- 
lo contra las exacciones y tiranías de conquistadores que «se apresuraban á devo- 
rar su reino de un instante. » Las mas de las veces, los pueblos se entregaban á los 
Godos, los bárbaros mas ilustrados y humanos, y vivían bajo su dominación, non 
cum subjectis, sed cum fratribus cliristianis , dice Orosio. «Preferían, según Sal- 
viano, vivir libres bajo la apariencia de la servidumbre, que ser esclavos bajo la 
apariencia de la libertad (I).» 

«El nombre de Romano, dice Salviano, tan eslimado antes y comprado á 
tan gran precio, parece cosa vana en el clia, y es voluntariamente abandonado ; 
¿por qué así? ¿Qué induce á los hombres á la extremidad de no querer ya ser Ro- 
manos? ¿Por qué renuncian á este nombre? ¿por qué lo abjuran? ¿Por qué los que 
no se pasan á los bárbaros abrazan ellos mismos la vida bárbara ? Muchos Espa- 
ñoles y Galos así lo han practicado, y lo mismo ha sucedido en todo el mundo 
romano con todos aquellos á quienes la iniquidad romana ha obligado á renun- 
ciar á este nombre (2). Hablo de los Bacaudos, que, por la saña de los malos, 
han sido despojados, oprimidos y diezmados. A la vez han perdido su libertad, 
sus derechos y el nombre de romano, que les era tan caro ; y nosotros les impu- 
tamos como un delito su desgracia ; consideramos como un crimen su levanta- 
miento necesario; les damos un nombre que expresa su ignominia; los llamamos 
rebeldes, perdidos (vocamus perdüos), nosotros que ios hemos impulsado á ha- 
cerse delincuentes! Pues, ¿por qué otra cosa son Bacaudos y desertores de su pa- 
tria sino por nuestras injusticias, por la iniquidad de ios jueces, por la codicia de 
aquellos que han invertido en beneficio propio los caudales exigidos bajo pretex- 
to del bien público, de aquellos que, no contentos con despojar á los hombres, 
como los ladrones practican, los despedazan y, por decirlo así, se alimentan de 
su sangre (et, ut ita dicam, sanguine pascebantur) ? Por tales tropelías, y por tal 
violencia délos jueces, ha sucedido que los hombres agobiados y casi muertos, 
ya que no se les permitía vivir como Romanos, han querido ser lo que no eran, 
no siéndoles lícito ser lo que habían sido. Perdida su libertad, han debido salvar 
su vida y se han hecho Bacaudos, y solo su debilidad puede impedirles abrazar 
este partido. Aquellos que no le toman están como cautivos oprimidos bajo el yu- 
go de los enemigos, y sufren por necesidad semejante suplicio sin que su alma 
lo consienta (tolerant supplicium necessilate, non voto). Así son tratados todos los 
débiles, todos los humildes {ita ergo cum ómnibus ferme humilioribus agitur.)» 



(1) Aíalunt enim sub specie caplivitatis vivero iiberi, quam sub specie libertatis esse captivi. 
¿alvian., d;; Gubernatione Doi, 1. V. 

(2) Hiño est cüam, quod hi, qui ad barbaros non confugiunt, barbari lamen esse coguntur, sci- 
licet ut est pars magna Hispanorum, et non minimaGallorum, omnes denique, quos per universum 
romanum orbem fecit romana íniíjuitas jam non esse Romanos, üe Bagaudis nunc mihi sermo 
est... ■ te. Salvian., id., 1. V. 



CAP. I. — ESPAÑA GODA. 19 

Salviano continua su generosa defensa de los Bacaudos, é indícalas verdade- 
ras causas de su insurrección y de la vida agreste que adoptaban; explica el por- 
qué de haberse arrojado á tan fatales extremos, y revela con ello una de las cau- 
sas de la débil resistencia opuesta á los bárbaros y especialmente á los Godos por 
las poblaciones españolas. 

Descrita la tiranía y el desorden que reinaba en los territorios poseídos por 
íos Romanos, Salviano añade: «Semejantes sufrimientos no pesan sobre los Godos, 
ni sobre los Romanos que viven bajo su dominación ; y por esto es común senti- 
miento de cuantos Romanos están entre ellos que es preferible su poder y juris- 
dicción al poder y á la jurisdicción de los magistrados romanos. El único deseo 
de aquellos hombres en su voluntario destierro es poder vivir siempre bajo la 
dominación de los bárbaros. Y ¿ha de causarnos extrañeza que nuestro partido no 
venza al de los Godos, cuando vemos que los Romanos prefieren mas estar entre 
los Godos que entre nosotros? Nuestros hermanos, no solo no quieren abandonar- 
los para volver con nosotros, sino que nos abandonan para marcharse con ellos.» 

Este era el estado de los ánimos en España á fines de la mitad del siglo v. 
El pueblo abandonaba el partido de íos Romanos , no para pasar bajo el yugo 
de los Vándalos y de los Suevos, sino para entrar en comunidad social con los 
Visigodos, quienes en medio de las violencias y atropellos que les eran como na- 
turales, se mostraban empero dispuestos á aliarse con los habitantes del país, sin 
manifestar contra ellos animosidad alguna. Esto contribuye á explicar la facilidad 
con que los Españoles aceptaron la dominación de los Godos, y como estos pu- 
dieron fundar un reino en España, mientras los Alanos, los Vándalos y los Sue- 
vos, sus primeros conquistadores, fueron arrojados sucesivamente de la Penín- 
sula, ó á lo menos no pudieron conservar en ella el poderío político. 

En Salviano vemos también nacer la servidumbre desde los últimos tiempos 
de los Romanos, constituida por los poderosos á favor de las calamidades pú- 
blicas. 

«¿Quién no se aflige, dice Salviano, al considerar que los poderosos solo pa- 
recen haber emprendido la protección de los débiles para despojarlos y hacerlos 
mas infelices ? Bajo el pretexto de defensa, tales protectores empiezan por apo- 
derarse de los bienes de aquellos que se ponen bajo su amparo, y los hijos 
pierden su herencia para alcanzar la seguridad de sus padres. Los poderosos, no 
solo no dan nada á aquellos á quienes toman bajo su protección, sino que se lo 
arrebatan todo ; véndenles sus mas pequeños favores, y cuando digo que los ven- 
den, quisiera Dios que fuese del modo ordinario ; quizás así repollarían los com- 
pradores algún beneficio. Es una especie de venta de un género nuevo en la 
cual el que vende no da cosa alguna ; una especie de comercio inaudito, en el 
que toda la ganancia es para el vendedor, sin que al comprador le quede mas 
que la miseria (1). 

«Despojados de sus bienes, quédales únicamente su propia persona, y no 
tardan en perder lo único que habían salvado ; arriéndanse ellos y sus hijos para 
cultivar las tierras agenas, y venden su libertad por algunas medidas de trigo y 
un asilo.» 



(4) Inauditum hoc comercii genus est : venditoribus crescit facultas, emptoribus nihil rema- 
net, ni sola mendicitas. Salvian., de Gubernatione Dei, 1. V, 



20 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Así, en la época en que la esclavitud se abolía, sin guerra de esclavos, mer- 
ced á la constante, aunque indirecta acción de la Iglesia de Jesucristo, aprove- 
chando el universal trastorno, nacia la servidumbre. «Al hacer á tantos hombres 
esclavos de la gleba, es decir del campo á que iban unidos, dice Montesquieu, 
los bárbaros nada introdujeron que no se hubiese practicado antes de su con- 
quista con mayor crueldad todavía (1). » 

Yernos, pues, en esta época de descomposición casi todos los gérmenes de las 
instituciones futuras. El municipio romano, con sus franquicias independientes 
del emperador, no perecerá del todo en el inmenso naufragio. En los últimos 
tiempos del imperio, habíanse formado en España , bajo el nombre de Behetrías, 
corporaciones aun mas libres que los municipios romanos, casi al propio tiempo 
que las ciudades armóricas , apartadas de la alianza de los Romanos , se cons- 
tituyeron por algún tiempo en repúblicas, libremente confederadas, bajo el nombre 
de Bacaudos, que se halla con mucha frecuencia en el último período de la de- 
cadencia imperial (2). Las Behetrías españolas no desaparecieron entre los estra- 
gos ele la invasión, y verémoslas conservar su amenazada libertad por espacio de 
largos siglos. «En varios pueblos de Castilla la Vieja, dice Viardot en su Histo- 
ria de los Árabes de España, se observa todavía una costumbre muy notable 
nacida déla antigua independencia nacional; y consiste en no admitir ciudada- 
no alguno á los cargos de alcalde ó de regidor sin probar antes que no pertenece 
á clase alguna de nobleza. En esto se reconoce un vestigio de la elección de los 
antiguos decuriones, que eran nombrados por sus pares y no podían ser tomados 
sino en la clase de los curiales. » 

Los Bacaudos de España eran sin embargo mas que municipios, grupos de 
miserables reunidos libremente á las órdenes de un jefe, que divagaban por la 
campiña para procurarse el sustento. Pueblos enteros tomaron entonces partido 
por los Bacaudos, y no solo les daban asilo, sino que se reunían con ellos para la 
defensa común. Algunas de aquellas reuniones de hombres, nacidas de las des- 
gracias de los tiempos, se defendieron á veces, en una posición ventajosa, contra 
los Romanos, y contra los bárbaros, Vándalos, Alanos y Suevos, y también con- 
tra los Visigodos; en un terreno tan quebrado como el de nuestra patria, existi- 
ría sin duda, alguna de aquellas repúblicas en el fondo de algún profundo valle, 
y allí, ó en la cima de un escondido collado, seríales fácil evitar las pesquisas 
de todos en sus chozas de tierra ó de madera, merced á las turbulencias y á la 
ignorancia de la época. 



(1) Montesquieu, Grand. y Decad. de los Romanos, c. XVIII. 

(2) Este nombre aparece por primera vez en el siglo m. San Gerónimo, en la crónica de Euse- 
bio, cita las siguientes palabras tomadas de Eutropio 1. IX: '.< Diocle lianus in consortinm regni Hercu- 
líum Maximianum assumit; qui, rusticorum mulliludin>j oppressa, quos faclioni sute Bacaudarum 
tiOincn iiiáidcrat, pacm ■iiallis áedit...» 



^^c^sG>^é>i2{6$_^>^>^* 



CAP. II. — ESPAÑA GODA, 



CAPÍTULO II. 

Conquistas de los Visigodos en las Galias. — Movimientos de los Suevos en España.— Estado político 
de los Godos á la caida del imperio romano. — Atila.— Teodoredo y Aecio se unen contra él.— 
Batalla de los campos Cataláunicos. — Muerte de Teodoredo.— Turismundo.— Teodorico.— El em- 
perador Avito. — Teodorico en España.— Sus victorias contra los Suevos. — Acontecimientos en el 
reino godo hasta la elevación de Eurico. 

Desde el año 440 hasta el 466. 

La posición de los Godos respecto délos Romanos íenia algo de singular; hu- 
biérase dicho que el genio de lo porvenir no se atrevía á aniquilar al genio de lo 
pasado. Desde la muerte de Alarico y el enlace deAtaulfocon Placidia, por religión, 
por interés y por política habían renunciado los invasores, no á hacer la guerra 
para obtener tierras yrescates,pero sí á exterminar al caduco imperio. Mas de un 
solemne tratado de alianza se habia celebrado entre los emperadores y los caudi- 
llos godos, y en todos ellos se reconocía la supremacía, el dominio eminente de 
los primeros , según lenguaje de la edad media. Sin embargo , á la menor difi- 
cultad se rompia la paz, y así es como en esta época vemos á Romanos y Godos 
vivir en continuas alternativas de paz y de guerra, y tan pronto marchar unidos 
contra los enemigos comunes como volverse unos contra otros sin que á la dis- 
tancia en que estamos nosotros de ellos colocados, acertemos á explicarnos de 
un modo satisfactorio las causas de tales mudanzas. En la época de que ha- 
blamos, la rivalidad de Bonifacio y de Aecio habia elegido otro campo que la 
corte de Placidia; los dos rivales, como dos emperadores, se disputaban la pree- 
minencia con las armas en la mano. Aecio salió de las Galias para Italia con 
un ejército compuesto de soldados de distintas naciones, encontró á Bonifacio, y 
en la batalla que al momento se empeñó, mató á su adversario con su propia 
mano, con una larga lanza que habia mandado hacer expresamente, según dicen 
algunos historiadores. Todo parecía conspirar á la ruina del coloso romano: un 
defensor del imperio dio muerte á otro defensor del imperio. Teodoredo aprove- 
chó esta discordia que acababa de introducir la división en las fuerzas romanas, 
y puso sitio á Narbona. Litorio, general romano, que peleaba aun en nombre de 
los dioses del Capitolio, socorrió oportunamente la plaza, venció á los sitiadores 
y los persiguió hasta Tolosa, capital ya del nuevo reino que habia de formarse 
de un modo definitivo en tiempo del rey Eurico. Envanecido con su triunfo, Li- 
torio abrigó por un momento la esperanza de exterminar á los Godos, y llevó sus 
reales delante de Tolosa. Los Godos, rudamente atacados, solicitaban la paz, mas 
el Romano se la negó. Teodoredo y los suyos resolvieron entonces invocar el 
auxilio del cielo y correr los azares de una batalla; y con las preces de los obis- 



' §2 HISTORIA GENERAL RE ESPAÑA. 

ie J- c ' pos y la protección de Dios, dicen las crónicas contemporáneas, el cristiano Teo- 
doredo venció al gentil Liíorio. El fervor religioso de los Godos inflamó su valor; 
de aquel trance dependia su fortuna en Occidente, y en efecto, con la ayuda de 
Dios y de su espada hicieron maravillas, quedando Litorio muerto en la pelea. 

De este modo iba estableciéndose el reino de los Visigodos en la Galia me- 
ridional, y la derrota de Litorio extendió sus fronteras hasta el Ródano. Teodo- 
redo puso guarnición visigoda en muchas de las ciudades abandonadas por los 
Romanos; casi todos los pueblos, fatigados del desorden y de los vejámenes del 
gobierno romano, los recibieron con las disposiciones que nos ha explicado Sal- 
viano. 

Encontrábase entonces en las Galias en calidad de prefecto del pretorio, 
A vito, suegro de Sidonio Apolinar, el obispo poeta, cuyos poemas retratan mas 
al vivo y con mayor verdad aquella azarosa época que cuantas crónicas han lle- 
gado hasta nosotros. Avito intervino en la contienda, y como se habia granjeado 
el afecto así de los Godos como de los Galos, no tardó en celebrarse la paz. 

Hemos dicho la extensión que habia tomado en España la dominación de los 
Suevos, al paso que los Godos, ocupados enteramente en sus asuntos délas Ga- 

442. lias, habíanse debilitado en ella. En 442, los Suevos habían llevado sus conquis- 
tas hasta la provincia cartaginesa; el conde Sebastian, que pasaba al África para 
combatir á los Vándalos, desembarca en Barcelona, é intenta recobrar el terreno 
que los Romanos habían perdido; pero obligado por el deber, parte en breve, no 
sin haber obtenido antes de los Suevos la restitución de la Garpeíania y de la 
provincia de Cartagena. En algunas obras se habla de la sumisión de los Bacau- 

443, dos acaecida el año siguiente, pero hemos ya insinuado las probabilidades de 
que fuese tal sumisión muy ilusoria en un país como el nuestro. Lo que parece 
sí acreditado es que durante este mismo año, Asturio, dux utriusque militice, y 
Merabaudo, sujetaron á la obediencia romana el uno á gran porción de la Tar- 
raconense, y el otro á los Árecelüanos, habitantes sublevados de las montañas. 

Pásanse tres años: Vito, magister utriusque militice (conviene observar la di- 
ferencia que introduce el tiempo en los títulos militares), con un cuerpo de auxi- 
liares godos, ataca á los Suevos, pero es rechazado y puesto en fuga. El imperio 
suevo parece consolidarse al mismo tiempo que se ensancha; mas los pueblos se 
resisten todavía y solo sufren el yugo por encontrarse abandonados y divididos. 

Dos años después, la religión cristiana obra una revolución entre los Sue- 
448. vos de España. Rechila, que era gentil como la mayor parte de sus compañeros, 
muere en Emérita, la ciudad de los legionarios, que probablemente habia con- 
vertido en su capüal; su hijo Recciaro, que le sucede, se convierte al cristia- 
nismo, y de su conversión datan las alianzas de familia entre los caudillos suevos 
y los caudillos godos. Recciaro obtuvo la mano de la hija de Teodoredo, la que 
pasó de la corte de su padre arriano á los brazos del Suevo recién convertido. 
Recciaro no abandonó por ello su oficio de conquistado]-, y esta vez hizo la guer- 
ra á los Romanos, no al sur, sino al norte, paseando sus tropas por el territorio 
de los Vascones pirenaicos (1), lo cual indica cierto genio político; parece que 
tendía hacia el reino de su suegro, que deseaba extender su dominio hasta los 
Pirineos, como si comprendiese que en ellos habían de apoyarse sus reinos futu- 

( i ) Y r e"ase la crónica de Idacio y la de Isidoro de Sevilla. 



CAP. II.— ESPAÑA GODA. 23 

ros. ¿Por qué España fué goda y no sueva? Quizás se deba esío únicamente al 
valor de ios Vascones. Estos hicieron al bárbaro la guerra de emboscadas, y aun- 
que vencedor en los llanos y en algunos valles espaciosos, Recciaro no pudo 
sostenerse en ei país. Tan cerca de su suegro, quiso no obstante visitarle, y de- 
jando á los suyos divagando por las fuentes de! fíbro, pasó los Pirineos y llegó á 
Tolosa, donde con su bárbara rudeza llenó de admiración á la fcorte bárbara 
también del Visigodo Teodoredo. 

Desde Tolosa ¿volvióse Recciaro á España? Así lo afirman ídacio é Isidoro de 
Sevilla, pero oíros historiadores le nombran entre los caudillos que se opusieron 
á la invasión de Atila, y creen que cooperó á su derrota. Según ídacio ó Isidoro, 
tardó poco tiempo en regresar entre los suyos, y siguiendo el curso del Ebro, 
cuyas márgenes devastó, tomó y saqueó á César Augusta y á Ilerda en el país de 
los liergetas, que dependían aun de los Romanos, dejando á su izquierda el ter- 
ritorio ocupado por los Godos, que era de poca extensión y solo comprendía el 
país de los antiguos Indigetas , Áusetanos, Lacetanos y Laletanos, entre los Piri- 
neos, el Rubricatus y el Sicoris (elLlobregat y el Segre), siendo de advertir ade- 
más que le ocupaban en nombre de los Romanos siempre que se encontraban con 
ellos en paz. Desde este punto de partida, dentro del cual estaba Barcelona, el 
poder de los Godos debia extenderse progresivamente sobre tocia la Península; 
vérnosle crecer primero en las Galias para desbordar luego sobre España, y 
en poco tiempo establecerse sólidamente en ella desde los Pirineos hasta el 
Océano. Por esto es que importa no perderle de vista en sus progresos y en su 
primitivo modo de existir en las Galias. 

A mediados del siglo v , cuando nacían con inauditos trabajos las naciones 
modernas, Teodoredo, jefe de una numerosa familia, poseía con mayor ó menor 
estabilidad mas allá de los Pirineos, una extensión de territorio bastante dilatada 
para que pudiese llamarse un reino. Llevaba el título de rey, es decir que era el 
caudillo de su nación, y aunque estaba investido de grandes poderes, no podia 
ejercerlos sino á la "vista y con fiscalización de todos. Junto á los reyes godos 
habíase formado una especie de nobleza sin derechos fijos, sin privilegios escri- 
tos, compuesta de aquellos que mas se habían distinguido en los combates; y los 
hombres que la componían, valientes y animosos, eran respetados, oídos y te- 
nían lo que en el día llamamos la fuerza moral. Mas generosos, mas aguerridos, 
mas sagaces, en una palabra, mas aptos que la multitud, ejercían gran influencia 
en el cuerpo déla nación; rodeaban siempre al soberano, y superiores muchas 
veces á él por el valor y el mérito personales, eran sus consejeros, sus defenso- 
res y también sus enemigos. La paz, la guerra y los asuntos todos eran debatidos 
entre el rey y sus magnates, que eran la representación de la masa nacional. En 
la corte de los reyes godos vemos los primeros destellos de la libertad de que se 
gozó en Europa durante la edad media, de todas las instituciones que tanta vida 
y energía comunicaban al individuo aislado, aun cuando quizás de ellas se re- 
sintiese el todo; en una palabra, el régimen político de los Godos fué el primer 
paso hacia el régimen feudal tan calumniado como desconocido, y que luego de 
haber degenerado, acabó, como á su tiempo veremos, en las monarquías absolu- 
tas del siglo xvi y en los gobiernos déla época presente que parten mas cada dia 
de principios enteramente opuestos. 



24 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Yolvamos á Teodoredo , de quien hemos dicho que contaba con numerosa 
prole , seis hijos y dos hijas. A su tiempo veremos la fortuna de los hijos ; en 
cuanto á las hijas , casóse la mayor con Recciario, y la menor con Hunerico, hijo 
del Vándalo Genserico. Varios historiadores colocan este enlace entre las causas 
que llevaron á Atila á Occidente. En aquella época en que se creia haberlo ya 
visto todo en materia de barbarie , apareció el azote de Dios. Desde su reino com- 
puesto, no de ciudades, sino de inmensos campos entre el Tañáis y el Danubio, 
habíase mostrado ya una vez para terror del mundo. Vencedor de los Persas en 
Asia , habia sometido á los bárbaros de Europa , desde la Escitia hasta la Es- 
candinavia. El Norte todo era subdito ó aliado suyo ; con sus hordas habia sem- 
brado el espanto en Constantinopla y solo al precio de la íliria , de seis mil libras 
de oro y de un tributo anual , habia permitido al emperador (1) que continuara 
reinando. 

Aquel caudillo en su casa de madera en la cual nos lo representa Prisco, se- 
ñor de todas las naciones bárbaras , y en cierta manera de casi todas las civili- 
zadas , fué uno de los mas grandes monarcas de que jamás haya hablado la his- 
toria. 

En su corte se veian los embajadores romanos de Oriente y Occidente , que 
iban á recibir sus leyes ó á implorar su clemencia. Ya exigia que le fuesen en- 
tregados los Hunos desertores, ó los esclavos romanos que se habían fugado; 
ya que fuese puesto á disposición suya algún ministro del emperador. El anual 
tributo que percibía del imperio de Oriente ascendía á dos mil libras de oro ; re- 
cibía las asignaciones de general de los ejércitos romanos ; enviaba á Constanti- 
nopla á aquellos á quienes queria premiar para que se les colmase de bienes ; en 
una palabra, hacia continuo y muy lucrativo comercio con el terror que habia lo- 
grado inspirar á todos. 

Era temido de sus subditos , y parece que estos le profesaban amor. Sobre- 
manera fiero al paso que astuto ; ardiente en su enojo , pero sabiendo al mis- 
mo tiempo perdonar ó diferir el castigo , según mejor convenia á sus intereses, 
no hacia la guerra sino cuando la paz no le proporcionaba bastantes ventajas; 
servido fielmente hasta por los reyes que de él dependían , habia conservado en 
su vida la antigua sencillez de costumbres de los Hunos. Por lo que hace á su 
valor no merece por cierto grandes alabanzas si se atiende á que era caudillo de 
una nación en la cual los hijos se manifestaban poseídos de bélico ardimiento al 
escuchar las brillantes hazañas de sus padres, y en que estos derramaban lágri- 
mas cuando ya no podían acompañar á sus hijos al combate. 

Eran los Hunos , según las relaciones contemporáneas , de aspecto aun mas 
feroz que los primeros bárbaros que habían invadido la Europa , y en trato y co- 
mida groseros, tanto que ni de fuego ni de guisados solían usar, sino de raices 
y de carnes calentadas entre sus muslos, sustentando á veces su vida con la san- 
gre de sus caballos , pues para esto les abrían las venas y los sangraban. 

Expliquemos ahora como el enlace de la hija de Teodoredo pudo influir en la 
resolución del héroe de la barbarie. Entre Atila y Genserico , rey de los Vánda- 
los, mediaba estrecha alianza, y Prisco, que así lo afirma, lo funda en varias cau- 



¡1) Teodosio II. 



CAP. II, — ESPAÑA GODA. 25 

sas políticas. Los Vándalos habían quebrantado su pasada amistad con los Go- 
dos , pues por una sospecha de envenenamiento , Hunerico habia mandado cor- 
jar la nariz y las orejas á su esposa , enviándola luego á su padre. Semejante 
atrocidad excitó con violencia la cólera de Teodoredo , y temiendo el Vándalo su 
venganza , impulsó á Atiía á no retardar la conquista del Occidente : dueño de 
la Germania , de las Galias y de España , los Vándalos le auxiliarían en Áfri- 
ca, y el mundo hubiera sido su conquista. Habrían estrechado al imperio de Oc- 
cidente, provincias, reinos y cuanto de él dependía, entre sus formidables 
brazos , y, como Laoconte y sus hijos entre los anillos de la serpiente , el mundo 
romano habría exhalado el postrer aliento entre espantosas convulsiones. Tal era 
la política del Vándalo , y el Huno la comprendió ; armado de dos ó tres pretex- 
tos , cosa bien inútil para él , declaró la guerra al imperio , reclamando entre 
otras coí-as que le fuese entregada Honoria , hermana del emperador, y su prome- 
tida esposa. Atila puso, pues, en movimiento á todas sus naciones; sus campa- 
mentos fueron levantados todos á la vez, y el enjambre de sus guerreros empren- 
dió la marcha hacia la Germania y las Galias. 

Después de muchas vicisitudes , Aecio habia empuñado otra vez con mano 
firme el gobierno de las Galias. Hallábase en paz con Teodoredo , pero no pudo 
impedir que Hlodion , rey de los Francos , que habia llevado sus armas hasta el 
Somma , se estableciese en sus riberas. Hlodion tenia dos hijos , y muerto su pa- 
dre , los votos de los Francos se dividieron entre ellos , recurriendo el uno al je- 
fe de los Hunos , y el otro al emperador romano. 

Durante la marcha de Atila , habían tenido lugar muchas negociaciones, 
siendo curioso observar que la diplomacia desempeñaba y tenia gran parte, lo mis- 
mo que ahora, en los asuntos de aquella época. Valen tiniano , Teodoredo y Ati- 
la enviáronse varios embajadores , al tiempo que Aecio lo disponía todo para re- 
cibir dignamente á las hordas de los Hunos. Teodoredo , no sin vacilar mucho 
antes de adoptar un partido , habia reunido su ejército con el de Aecio, y él mis- 
mo, acompañado de sus dos hijos mayores, Turismundoy Teodorico , fué á pres- 
tar á los Romanos el auxilio de su espada. 

Aecio y Teodoredo se dirigieron á toda prisa al encuentro de los invasores, 
y halláronlos detenidos por el Loire, delante de Orleans ; al saber la llegada de 
los Godos y Romanos , Atila se retiró á los campos Gatalaunicos , que algunos 
llaman también Mauricios (1). 

El rey de los Hunos detúvose allí con sus hordas , entre las que habia pue- 
blos de todas razas, Ostrogodos , Gépidos , Hérulos , Rugíanos , Escitas , Bur- 
guodios , Francos y Turingios en número de quinientos mil. Aecio y Teodoredo 
no tardaron en presentársele delante, llevando consigo Italianos, Visigodos, Ala- 
nos , Alemanes, Ripuarios , otros Burgundios y otros Francos á las órdenes estos 
de Meroveo (Mere-wig.J. Aecio supo interesar en la causa de los Romanos á to- 
dos aquellos pueblos de origen y costumbres tan diversas: los Lelos , los Armori- 
canos, los Galos, los Sármatas habían acudido en masa bajo sus pendones. Dos 



(1) Convenitur itaque in campos Catalaunicos qui et Mauriaci nominantur. Jornand., c. 37. — 
La batalla se dio en las llanuras de Champaña entre Arcis del Aube y Chalons del Mame. Vése to- 
davía el lugar en que se empeñó , y los lumuli que encierran restos humanos que datan de catorce 
siglos. 

TOMO II. 4 



26 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

C. 



mundos estaban allí el uno delante del otro (1), y cristianos , gentiles é idólatras 
iban á tomar parte en la horrorosa batalla. 

Átila manifestó cierta vacilación cuyas causas no se saben, y dejó pasar 
gran parte del dia sin poner en movimiento su ejército , hasta que por fin á la 
hora nona del dia , según modo de contar de los antiguos , es decir á las tres de 
45i. la tarde, circa nonam dieihoram (2), ordenó la carga. La pelea fué terrible, nun- 
ca vista; ios combatientes se chocaban por batallones de cien mil hombres. En 
pocos instantes la tierra cambió de color , y en breve desapareció bajo montones 
de cadáveres ; los que aun vivian andaban y peleaban sobre cuerpos, sobre cabe- 
zas , sobre miembros calientes aun y palpitantes , y á cada momento hacían mas 
compacta aquella alfombra de muerte, que manaba sangre y dejaba oir mil es- 
tertores de agonía , mientras sin cesar se mataban aquellos á quienes sostenía. 
Ancianos que habían estado en la batalla referían que un riachuelo que atravesa- 
ba la inmensa llanura se convirtió en impetuoso torrente , engrosado, no por las 
lluvias, sino por la sangre ; y que los heridos se arrastraban hacia él, é impulsa- 
dos por su sed ardiente , bebían la sangre con que engrosaran su corriente (3). 
La matanza no cesó hasta llegada la noche , y ciento sesenta y dos mil hombres 
yacían amontonados en el campo ; pocas horas habían bastado para aquella obra 
de destrucción. 

Teodoredo, que mandaba el ala derecha, se habia lanzado á lo mas recio de 
la pelea en busca de Atila, y fué muerto de los primeros. Unos dicen que, arroja- 
do de la silla , habia sido pisoteado por los suyos en el ardiente combate , y otros 
que cayó herido de un flechazo que le disparó el ostrogodo Andage. Su cuerpo se 
encontró sepultado bajo un gran montón de cadáveres, pero Atila habia sido ven- 
cido. Detrás del muro de carros que defendían sus reales , el Huno pasó una no- 
che furiosa; golpeaba sus armas y cantaba, como un león cercado por los cazado- 
res que se agita rugiente en su caverna (4). 

El hijo primogénito de Teodoredo , Turismundo , había sido herido en la 
cabeza y se salvó á duras penas. Aecio, que á causa déla noche, no habia podido 
dirigir movimiento alguno , y que creia sus pérdidas mayores de las que fueron,, 
no se atrevía á creerse vencedor de Atila ; pero llegado el dia pudo convencerse 
que de los muertos que cubrían la tierra como gavillas hacinadas , el mayor nú- 
mero pertenecía al ejército de los Hunos. Atila , rodeado de sus carros , perma- 
neció tranquilo todo aquel dia ; después de su heroica, poética y báquica exalta- 
ción de la noche , el cansancio se habia apoderado de él y dormía en brazos de la 
ira y de la embriaguez. Aecio deliberó si le atacaría , y aunque el genio , ó por 
mejor decir el patriotismo , pues Aecio estaba dotado de un genio superior, así lo 
exigía , el general romano vaciló : los animosos esfuerzos de los Godos en la ba- 



(1 ) Fit crgo área innumerabilium populorum pars illa terrarum. Jornand., c. 36. 

(2) Id. , c. 37. 

(:¡) Si scnioribus credere fas est , rivulus memorati campi humili ripa prolabens , perempto- 
rum vulneribus sanguino multo provectus , non anchis imbribus , ut solebat , sed liquore concita- 
tus insólito, torrens factus est cruoris augmento; et quos illic coegit in aridam sitim vulnus 
inílicturn , fluenta mixta clade traxerunt: ita coustricti sorte miserabili sordebant, potantes sangui- 
nem , quem fudere sauciati. Jornand. , c. 40. 

(i) Strepens armis tubis canebat , incussiouemque minabatur : velut leo venatoribus pressus, 
speluncaj ad itus obambulans. Jornand. , c, 40. 



CAP. II. — ESPAÑA GODA. 27 

talla hiriéronle temer quizás que una vez destruido Atila, tomasen harto aseen- A.deJ.c. 
diente en los negocios del imperio, y otorgó la vida á Atila por temor de sus ene- 
migos. 

El Huno habia creído llegada su última hora , y se preparó para ella con 
bárbaro heroísmo; con las sillas de sus caballos habia mandado elevar una pira 
en medio de su campamento , cercado por las tropas de Aecio , y una parle del 
cual habia sido ya tomado. Atila, que habia sido el terror de los Romanos, íemia 
sobre todo llegar á ser su esclavo ó su juguete ; pero al día siguiente conoció que 
Dios no habia señalado aun su hora postrera. El silencio que á su alrededor rei- 
naba (1), revelóle que sus enemigos renunciaban á destruirle; ambiciosos sueños 
halagaron otra vez su fantasía , y tomó el camino de Italia y de Roma , á donde 
no llegó por haber detenido sus pasos León el Magno que le salió al encuentro 
á las riberas del Mincio. 

¿Por qué Aecio, porqué los dos hijos de Teodoredo, Turismundo y Teodo- 
rico , dejaron que se escapara su presa ? Ya lo hemos dicho; el general romano 
obedeció auna política recelosa y mezquina; y como los Godos en el entusiasmo 
de la victoria proclamasen rey á Turismundo , pero hubiese esta elección par- 
cial de ser confirmada y sancionada por el resto de la nación, persuadió con faci- 
lidad al hijo de Teodoredo de que sus intereses le llamaban á Tolosa. Turismun- 
do partió en efecto con su hermano ; Aecio se retiró también por otro lado , y de 
allí el prolongado silencio que tanto sorprendiera á Atila. 

De regreso á la capital del reino godo en las Galias , Turismundo tomó po- 
sesión de los tesoros de su padre , y como todo el ejército ponderaba el valor que 
desplegara en los campos Gataláunicos, fué por todos aclamado rey. 

La paz entre Godos y Romanos no fué de larga duración , y Turismundo 
pasó el Ródano con intención de apoderarse de Arles. La causa de la discordia 
era quizás la distribución del botin cogido á los Hunos , y Turismundo se cal- 
mó y abandonó sus belicosos proyectos después de enviarle Aecio un gran vaso 
de oro que pesaba quinientas libras, adornado con piedras preciosas. 

El reinado de Turismundo fué de muy corta duración. Soberbio y cruel mas 
de lo que podían tolerarlo los hombres libres y firmes á quienes mandaba , atrá- 
jose en breve el odio de los suyos , y en aquella época de violencia, sus hermanos 
Teodor-ico y Federico , recurrieron al asesinato para librarse de él , é hiriéronle 
dar muerte por uno de sus oficiales á quienes algunos historiadores llaman As- 
calerno, un año después de su elevación. Idacio con su brevedad ordinaria , 452. 
insinúa que Turismundo abrigaba la idea de hacerlos matar (2). 

Los Godos reconocieron por rey al mayor de ambos hermanos , bajo el nom- 
bre de Teodorico. La paz celebrada con los Romanos por Turismundo con la 
mediación de Avito , subsistía aun , y Teodorico , lejos de romperla , quiso ma- 
nifestar á Yalentiniano cuan caros le eran sus intereses , prestándole el auxilio 
de sus armas para reducir á un cuerpo de Bacaudos que se habia hecho dueño 



(1) Sed ubi hostium absentiá suntlonga silentia consecuta , erigitur mens ad victoriam , gau- 
dia praasumuntur , atque potentis regis animus in antiqua fata revertitur. Jornand., c. 40. 

(2) Thorismo, rex Gothorum, spirans hostilia in Theodorico et Frederico fratribus jugulatur. 
Idac. Cr. 



" de parte del territorio tarraconense. Su hermano Federico recibió el mando de la 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

do J. C. 
45 í. 

expedición, y según los historiadores, obtuvo señaladas victorias. 

Valentiniano III , de natural violento y apasionado , mandó dar muerte por 
aquel entonces á Aecio , el sosten del imperio, el vencedor de Atila, ya para 
castigarle de haber dejado con vida al rey huno , según algunos pretenden , ya 
porque su gloria le importunase , según dicen otros. En la corle imperial vivia 
Máximo , senador de la familia Anicia , célebre por sus relaciones con] San Ge- 
rónimo, junto con su esposa de extremada hermosura. Valentiniano , ; que solo 
prestaba oido á sus pasiones , concibió el deseo de poseerla , y con astucia y fuer- 
za llegó á hacerla suya, pero esto le perdió. La esposa de Máximo murió como 
Lucrecia, sin necesitar del puñal ; su vergüenza la mató, y Máximo, que anhelaba 
vengarse , excitó á dos bárbaros llamados Trasila y Optila, indignados con el 
455o suplicio de Aecio, á dar muerte á Valentiniano. Así Jo ejecutaron en mitad del 
dia y en público, y el pueblo, cansado de los excesos y de la crueldad del hijo 
de Placidia, aplaudió el crimen que le libraba del tirano. Máximo tomó entonces 
la púrpura, y deseando recoger la herencia entera del que le habia ultrajado, 
obligó á Eudoxia , viuda del emperador difunto, á tomarle por esposo. Eudoxia, 
así violentada, llama en su auxilio al Vándalo Genserico; este se dirige á Italia, 
desembarca en Ostia , y toma el camino de Roma. Máximo , que pretendía fugarse, 
es asesinado ; Genserico y sus Vándalos permanecen catorce días y catorce no- 
ches en la capital del pueblo rey, saqueando, destruyendo y devastando. Des- 
pués de su partida hubo de borrarse gran parte del catálogo de los monumentos 
y de las riquezas públicas de la ciudad eterna , y en aquella ocasión no habría 
sido tan penosa la tarea de Víctor que lo habia formado. Las casas de recreo si- 
tuadas desde Ostia hasta el cabo de Ancio , fueron visitadas todas por la solda- 
desca vándala, que derribaba y mutilaba estatuas y fundía el oro y la plata que 
encontraba en los muebles de los vencidos. 

Hemos dicho que los Godos eran los bárbaros menos inhumanos , y en efec- 
to, Alarico no se hizo reo de semejantes profanaciones. Al saber el implacable 
saco de Roma, indignóse la corte de Tolosa , y como muerto Máximo se hallase 
el Occidente sin emperador, como Roma y la Italia se encontrasen aturdidas con 
el golpe que les descargara el Vándalo , el rey de los Visigodos quiso dar un 
emperador á los Romanos. Para ello convocó una asamblea en Arles, y Avito, 
que pertenecía á una poderosa familia del montañoso país llamado Alvernia 
(Auvernia), yerno de Sidonio Apolinar y maestre general de las tropas roma- 
nas en las Galias, fué elegido y elevado al imperio. El mismo Sidonio nos ha de- 
jado la descripción de la asamblea de ancianos godos reunida al efecto. — «Se- 
gún su antigua costumbre , dice, sus ancianos se reúnen al salir el sol ; bajo los 
yelos de la vejez, conservan aun todo el fuego de la juventud. Las pieles que 
cubren sus descarnados miembros apenas llegan á sus rodillas, y llevan un cal- 
zado de cuero de caballo que les sube hasta media pierna , atado con un solo nu- 
do; la parte superior de aquella queda enteramente descubierta. » Aquellos an- 
cianos eran los soldados que con Alarico tomaron á Roma. 

Avito partió para Italia, donde no lardó en ser reconocido como á colega por 
Marciano, emperador de Oriente , y poco después Recciaro invadió con su ejér- 
cito la provincia de Tarragona. Teodorico , en nombre de su aliado Avito, re- 



iM¡. 



CAP. II. — ESPAÑA GODA 29 

quiere en vano al caudillo de los Suevos para^que se mantenga tranquilo en los es- 
tados que tenia concedidos, pero Recciaro no cesa en sus devastaciones. Teodorico 
pasa entonces los Pirineos , y Romanos y Godos marchan contra el invasor. En- 
cuéntranle en las márgenes del Urbico (el Orbigo) , á cuatro leguas de Astorga; 
unos y otros se atacan con violencia, y la batalla se hace general. Recciaro he- 
rido pudo salvarse á duras penas, y se refugió al extremo de Galicia. 

El vencedor Teodorico no quiso que los Suevos se rehiciesen después de su 
derrota, y se lanzó en su persecución. El dia 28 de octubre (fecha que ha lle- 
gado hasta nosotros) hallábase delante de Bracara , y esta ciudad le abrió sus 
puertas implorando su clemencia ; sin embargo Teodorico la entregó al saqueo, 
y solo fueron respetadas las personas , quedando prisioneros los principales Sue- 
vos que en ella se encontraron. Algunos escritores han pintado la toma de Bra- 
cara bajo los mas negros colores: sus habitantes, dicen, eran todos católicos, y 
los soldados de Teodorico profanaron las iglesias, robaron cuantas preciosidades 
en ellas habia y las convirtieron en establos. En ellas pusieron sus caballos y 
animales de carga después de derribar los altares , de expulsar á las vírgenes 
consagradas á Dios, y de despojar á los sacerdotes (1). 

En breve cayó Recciaro en poder de Teodorico , quien mandó darle muerte, 
en diciembre de 456; entonces recibió el rey godo la sumisión de los Suevos, y 
por un momento pareció su imperio destruido en España. 

Al tiempo que esto sucedía , las costas de Galicia habían sido invadidas pol- 
los Hérulos , pueblos septentrionales del Océano germánico , cuya capital , dice 
Ferreras, era, á lo que se cree, Meckleinburgo. Embarcados en siete buques, ha- 
bían tomado tierra en Galicia, pero los naturales los obligaron á volver a su bor- 
do. De allí se dirigieron á Cantabria y asolaron la Vardulia, mas aquellos reyes 
del mar se limitaban á devastar las costas. Una vez habían cargado sus barcas 
de botin, volvían á sus regiones septentrionales, y mas que conquistadores eran 
piratas. 

Llegada la primavera , Teodorico salió de Bracara y pasó á Lusitania para *í>7. 
reducir á la obediencia del emperador Avito las plazas que los Suevos arrebata- 
ron al imperio. Los restos de la nación sueva se lanzaron á bandadas á los campos; 
otros se refugiaron en la frontera occidental de Galicia entre Lucum y Brigan- 
tium, y aclamaron un rey á quien los historiadores llaman Masdra, hijo de Ma- 
silia. Teodorico se apoderó de Emérita, donde los Suevos se hallaban en gran 
número, y allí supo que Avito habia sido depuesto en Roma por el Suevo Rici- 
mer , quien hacia y deshacía emperadores , hasta que el Hérulo Odoacker , al 
cual llamamos Odoacro, acabó con el imperio y suprimió la púrpura. A lo que 
puede creerse , Teodorico amaba sinceramente á Avito , y el interés de ambos 
era uno mismo: su política fundada en sus sentimientos y en sus designios re- 
cíprocos, habia de consistir en robustecer el poder común, y el fin que se pro- 
ponían no era otro que el engrandecimiento del reino godo en la Galia meridio- 
nal y en España, y la devolución al imperio de su gloria y de la mayor parte 
de sus antiguas posesiones. El rey godo sintió vivamente la caida del emperador 



A. de J. C 



(4) Ferreras, Hist. de Esp., Parte III. 



A. de J. C 



30 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

su amigo , y concibiendo temores por su propio reino de allende los Pirineos, 
partió con precipitación para Tolosa. 

Su ejército no le siguió todo á las Galias, sino que dejó gran parte de él en 
España para contener á los Suevos y conservar las conquistas que en sus domi- 
nios hiciera. Para alhagar á los Suevos que se le habían sometido , Teodorico les 
dio j no un rey, pero sí un caudillo propio, llamado Acliulfo, del linaje de los 
Varnos; mas este olvidando la gratitud debida, creyó poder proclamarse rey in- 
dependiente. El ejército visigodo marchó contra él , y en esta expedición entre- 
góse á actos de violencia no solo contra los Suevos , sí que íambien contra los 
Hispano-Romanos. Ocupó el país que se extiende al norte del Duero hacia la 
sierra, y penetrando en Asturica, bajo pretexto de que esta era la orden del em- 
perador, saqueó la plaza y la pasó a sangre y fuego. Idacio y los autores ecle- 
siásticos insisten mucho sobre estas crueldades, pero Jornandes no hace de ellas 
mención. De todos modos no cabe duda en que Acliulfo, contra quien iba di- 
rigida la campaña, fué vencido y ejecutado. 

Sojuzgados otra vez, los Suevos protestaron de su obediencia y de su leal- 
tad, é imploraron la paz de Teodorico, quien, además de concedérsela, les per- 
mitió que nombrasen de entre sí un rey. Restablecidos en cierto modo en su in- 
dependencia nacional , se dividieron , y por una parte Franta , y por otra Mas- 
ara, antes nombrado, se disputaron el poder. Constituyéronse entonces dos par- 
tidos; los que seguian á Franta permanecieron sometidos á los Visigodos, y los 
458 que reconocían á Masdra se negaron á aceptar su ley. La Lusitania cayó en po- 
der de los últimos; Ulisipona les abrió las puertas, y todo el litoral hasta el 
Duero fué cruelmente devastado. 

Mayoriano , sucesor de Avito , aunque emperador elevado por Ricimer , te- 
nia corazón romano , y exigió sin rodeos la anulación de los últimos tratados. 
Teodorico , á quien estos favorecían , se negó á reconocer á Mayoriano , y de aquí 
se originó la guerra, convencido como estaba Teodorico, desde su expedición á 
España , de que los Romanos no podian sostenerse en la Península sin el auxilio de 
los Godos. Entonces envió dos ejércitos á España; el primero, al mando del du- 
que (1) Geurila, sometió la Bélica sin tener que vencer grandes obstáculos, y el 
segundo, á las órdenes del duque Sunierico, se incorporó en breve con él. Al lle- 
gar aquí los textos se confunden , y no es fácil entender las causas ni la sucesión 
de los hechos. Los historiadores no están acordes entre sí, alteran nombres, re- 
fieren los acaecimientos cada uno á su modo , y del caos de sus relatos solo puede 
inferirse que la lucha se hizo general y obstinada entre los Suevos y los naturales. 
Parece también que en esta lucha los Suevos del partido de Franta perdieron á 
su jefe, sin que se sepa el cómo, y que en su lugar aclamaron rey á Remis- 
mundo. 

El historiador Romey inserta aquí las actas de un concilio que dice ser el de 
Rracara, celebrado, según él mismo, en 411. La autenticidad del monumento que 
presenta el historiador trances no es reconocida , según hemos dicho en el apéndice 
del lomo anterior, pero auténtico ó no, pinta de un modo exactísimo los sufri- 
mientos, los trastornos y las calamidades de la época, y por esto lo continuamos 



(4) Dux, duque, general de ejército. 



CAP. ií. — ESPAÑA GODA. 31 

aquí. — «Ya sabéis, hermanos y compañeros , dijo el primer obispo que tomó la 
palabra, de que modo los pueblos bárbaros devastan la España toda; derriban los 
templos, asesinan á los servidores de Jesucristo ; profanan la memoria de los san- 
tos , los sepulcros , los cementerios ; aniquilan las fuerzas del imperio , y delante 
de ellos todo desaparece como el polvo que el viento levanta. Excepto la Celtiberia 
y la Carpetania, todas las demás provincias de estaparte de los Pirineos están some- 
tidas á su dominación; y como el daño amenaza cada dia mas nuestras cabezas , os 
he llamado á fin de que cada uno de por sí y todos juntos procuremos remedio á la 
calamidad común de la Iglesia. Consolemos y fortifiquemos las almas por temor 
de que el exceso de los males y de los sufrimientos las lleve á adoptar los consejos 
de los impíos, á seguirla via de los pecadores, á sentarse en la cátedra pestilencial 
de las heregías ó á apostatar de la verdadera fe. Mostremos á nuestro rebaño 
nuestra consiancia en sufrir por Jesucristo parte de los males que él padeció por 
nosotros...» El obispo hizo entonces la profesión de fe déla Iglesia universal , y 
ácada artículo , los obispos conlestaban: «Asimismo lo creemos. » 

«Sentado esto , dijo Pancraciano , resolvamos si os place lo que haremos de 
las reliquias de los santos. 

» Siga cada uno la conducta que mejor le parezca , dijo Elipando de Colim- 
brica: los bárbaros están en nuestro territorio y sitian á Lisboa ; Emérita y As- 
turica es!án en su poder, y cuanto antes nos atacarán. Yáyase cada uno á su 
sitio para confortar á los fieles y esconder las reliquias de los santos , enviándo- 
nos relación de los lugares ó cuevas donde las haya puesto , á fin de que con el 
tiempo no se pierda la memoria de ellas. 

«Idos en paz, dijo Pancraciano ; y quédese únicamente nuestro hermano 
Pontamio á causa de estar los bárbaros devastando su iglesia. 

«Deja que vaya á consolar á mis ovejas y á sufrir con ellas por Jesucristo, 
dijo Puntamio; no he recibido el cargo de obispo para el descanso, sino para el 
trabajo. 

«Excelentes palabras que apruebo. Dios te conserve.» 

Todos los obispos dijeron : « Dios te conserve en tan buen propósito , que 
también nosotros aprobamos.» 

Y todos se despidieron diciendo: « Yayamos con la paz de Jesucristo (1). » 



(1) Notum vobisest, fratres et sociimei, quomodo barbara gentes devastant universam 
Hispaniam , templa evertunt, servos Christi occidunt in ore gladii, et memorias Sanctorum, ossa, 
sepulchra, csemeteria profanant, vires Imperii confringunt, modo commoventes omnia sicut sti- 
pulam ante faciera venti. Prater Celtiberiam et Carpetaniam jam reliqua omnia versus Pyrenaeos 
sub sua jacent potestate. Et quia malum hoc jam est supra capita nostra, volui vos advocare, ut 
unusquisque sua provideat, et omnem simul communnem Ecclesiae calamitatem. Provideamus, 
socii, remedium animarum, ne multitudo laborum et aíílictiorum compellat eos abire in consilium 
impiorum, stare in via peccatorum, et sedere in cathedrá pestilentiae, aut apostatare á vera Fide: 
et ad hoc exempla constantiaenostra ponamus ab oculos subditorum, patientes pro Christo aliquid 
ex multis tormentis quaa ipsepertulit pro nobis 

Omnes episcopi: Similiter et nos credimus. 

Pancratianus: Nunc autem, si placet vobis ómnibus, statuatur quid agendum sit de reliquiis 
Sanctorum. 

Elipandus Colimbriensis: Non poterimus omnes uno modo eis faceré; sed, si vobis placuit, 
unusquisque pro temporis opportunitate id faciat. Barbari sunt intra nos: et Ulixbonam premunt, 
Emérita habent, Asturicam similiter, propediens eventuri supra nos; proficiscatur unusquisque in 
locum suum, et conforte fideles, corporaque Sanctorum honesté abscondat, et de locis et speluncis, 
ubi posita fuerint, relatorium vobis mittat, ue per cursum temporis inoblivionem veniant. 



32 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de j. c. p ara j og ca tóij cos n0 eran los Godos menos temibles que los Suevos, pues 
si entre estos habia aun muchos idólatras, aquellos eran todos arríanos, y en la 
guerra recobraban la afición al saqueo y á las ruinas que era natural á las bor- 
das bárbaras. España era en aquella época un vasto campo de batalla: Suevos, 
Godos, Romanos y Españoles, todos peleaban con encarnizamiento. 

En las Galias , Teodorico en guerra con Mayoriano , atacó á Arles siendo 
sus huestes rechazadas por el conde Egidio; algunos historiadores dicen que pasó 
armado hasta el Ródano , y que tomó á León por fuerza de armas en [regándola 
46o. al saqueo; pero es lo cierto que no tardó en celebrarse la paz entre Godos y Ro- 
manos, y esta nueva situación cambió el aspecto de las cosas de España. La 
lucha era viva y sangrienta en la Península entre los Suevos partidarios de Mas- 
ara y los naturales, y los Godos y Romanos, convertidos en aliados, de enemigos 
que eran, negociaron, aunque en vano, la paz con los Suevos que continuaron sus 
devastaciones. Muerto Masdra asesinado , según se cree, aclamaron por rey á 
Frumario. Remismundo, que capitaneaba el opuesto partido de los Suevos, ha- 
llábase en paz con los Godos y Romanos, y los partidarios de Frumario le ataca- 
ron al propio tiempo que á los Romanos, se apoderaron de Lucum por sorpresa 
durante las fiestas de Pascua, y pasaron á cuchillo la población. 

Nepociano y Sunierico, encargados de hacerles la guerra, penetraron en 
Galicia, los arrojaron de Lucum y los obligaron á internarse por las sierras. 
Frumario se retiró hacia Áquae-Flavise, llevando prisionero al obispo Idacio, se- 
gún él mismo nos lo diceensu crónica. Sunierico se apoderó de Escalabis, arrolló 
varias veces álos Suevos, y por fin entre Godos, Suevos y Españoles, cansados 
de guerra, celebróse una tregua, un armisticio mas que una verdadera paz. 

El nieto de Walia, el Suevo Ricimer, era en aquel entonces el supremo ar- 
bitro de Italia. Después de despojar á Aviío de la púrpura, habia investido de 
ella á Mayoriano, como ya hemos visto; pero Mayoriano era un hombre de talento 
y de resolución, que empuñó con mano firme las riendas del imperio, y que se 
mostró resuelto á realzar su honra y su fortuna (1). Ricimer no le habia elevado 
al imperio para esto, y así fué que se apresuró á frustrar los planes de Mayoria- 
m no. Una sedición excitada por el Suevo obligó á aquel á abdicar, y cinco dias des- 
pués el emperador depuesto bajó asesinado al sepulcro. Vibio Severo , hombre 
vulgar y sin valor, un hombre en fin, como deseaba Ricimer, se halló á la ma- 
no, y el Suevo le nombró emperador de Occidente. 

Egidio, maestre general de las tropas romanas en las Galias, se negó á re- 
conocer á Severo, y como tenia á sus órdenes fuerzas considerables, pensó por un 



l'ancratianus: Abite in pace omnes; solus remaneat frater noster Pontamius, propter destruc- 
tionem Eccle.-iae suae Eminiensis, quam barbari vexant. 

Ponlamius: Abeam et ego ut confortem oves meas, et simul cuna eis pro Christi nomine patiar 
labores et anxietates. Non enim suscepi munusepiscopi in prosperitate, sed in labore. 

Pancratianus: Optimum verbum, justum consilio, profectum approbo. Deus te conservet. 

Omnes episcopi: Servet te Deus in bono consilio, quod nos similiter approbamus. 

Omnes simul: Abeamus in pace Jesu Christi. 

(Labb., Concil., t. II, p. 4508.) 

(1 ) Tenemos de Sidonio Apolinar un panegírico en verso de Mayoriano , á pesar de haber su- 
cedido este á su yerno Avito. Mayoriano ha dejado notables leyes que revelan un gran espíritu de 
justicia. 



GAP. n. — ESPAÑA GODA. 33 

momento en marchar contra la Italia, y quizás lo habría efectuado á no detenerle A - de J - c - 
Teodorico, que rompió los tratados últimamente estipulados con Mayoriano. Una ' 
rivalidad entre generales favoreció, á lo que se dice, la ambición del rey godo. 
Agripino, gobernador de la Galia Narbonense, odiaba á Egidio, y ya defendiese 
mal á Narbona ó la vendiese, es lo cierto que Teodorico se apoderó de la plaza sin 
esfuerzo ninguno, quedando dueño desde aquel momento de toda aquella parte de 
las Galias. El rey godo, amenazado al noroeste por Egidio, envió contra él á su 
hermano Federico con un ejército, mientras que él tomaba posesión de la costa 
meridional de las Galias hasta el Ródano. Federico encontró á Egidio entre Or- 
leans y Tours, y sus tropas empeñaron batalla; pero vencido y muerto el caudillo 463. 
godo, Egidio disponíase no solo á continuar la guerra contra Teodorico, sino 
también á atacar á Ricimer y á Severo, cuando le sorprendió la muerte. Su vic- 
toria no estrechó en lo mas mínimo los límites del reino de los Godos en Occi- 
dente, y su muerte dejóles abierto todo el país comprendido entre el Ródano, el 
Loire y el Océano, de modo que el vasto territorio cuyos límites son el Mediterrá- 
neo, el Ródano, el Loire y el Atlántico, desde las fronteras de la Armórica hasta 
el estrecho de Gibraltar, quedó sometido á las' correrías de los Godos. Los Ro- 
manos solo ejercían en él una dominación, por decirlo así, casual, y aunque el 
fondo de las poblaciones españolas y galas era romano por las costumbres y las 
ideas, hemos dicho ya cuanto les fatigaba y de cuan poco les servia sostener el 
gran peso de un imperio que espiraba (1). Solo los Suevos contrastaban el pode- 
río de los Godos con la especie de reino que , basado en la violencia y el desor- 
den, habían fundado en Galicia, y á no aparecer en la escena del mundo un nuevo 
pueblo con su valor guerrero y su reciente fervor religioso, á no haber nacido 
por aquel entonces Glodoveo y San Remigio, quizás la Galia, en vez de ser fran- 
ca, habría sido para siempre goda. 

Teodorico empleó los últimos años de su reinado en aumentar y robustecer 
el poder de su pueblo, y en tomar posesión de las principales ciudades de la Galia 
meridional, de Nimes entre otras, importante ciudad romana á la que dejó sus 
franquicias municipales y su derecho latino. En todas partes donde fué reconoci- 
do el imperio de los Godos, respetó las libertades y las costumbres locales, y esta 
conducta política atrajo á su dominación gran número de poblaciones. Los tri- 
butos que percibió en las Galias fueron mucho mas llevaderos que los que exi- 
gían los Romanos, y un imprevisto acaecimiento hizo que pudiese contar con un 
nuevo aliado. La nación de los Suevos, dividida en España en dos bandos, el de 
Frumario y el de Remismundo, como hemos explicado, acababa de reunirse bajo 464 
el mando del segundo por haber muerto el primero, y este suceso que puso fin á 
la sangrienta guerra que desolaba el territorio de Galicia, fué aprovechado por 
Remismundo para renovar su alianza con los Godos. La leal conducta del rey 
Suevo satisfizo á Teodorico, quien dióle por esposa una de sus hijas; y como la 
belicosa nación de los Suevos llevaba con impaciencia el tratado recientemente 
estipulado con el Godo, Remismundo protestó otra vez de su fidelidad, y llevó su 

(1 ) «En ningún estado hay mas necesidad de tributos, que en aquellos que se debilitan, de mo- 
do que es preciso aumentar las cargas á medida que es menor la posibilidad de sufrirlas. En las 
provincias romanas los tributos llegaron á ser insoportables." Montesquieu, Grand. y Decad. de los 
Rom. c. XYIII. 

TOMO II. K 



34 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

servilismo hasta el punto de hacerse amano, creencia que profesaba ya la hija 
de Teodorico. El celo de los sectarios de Arrio, llegados de la corte goda con la 
nueva reina, secundó la apostasía de Remismundo, y gran parte de la nación 
participó de los errores de su rey. Idacio é Isidoro de Sevilla, y después de ellos 
el P. Mariana, atribuyen á cierto Áiace (natione Galata), ardiente amano, en- 
viado de las Galias con este objeto, la conversión de los Suevos al arrianismo. 

Sidonio Apolinar, á quien Teodorico hizo conde y que fué después obispo, 
en una carta que dirige á Agrícola nos ha dejado del rey godo y de las particu- 
laridades de su vida las siguientes noticias: 

«La estatura de Teodorico, dice, es mediana, su cabeza redonda, y su cabe- 
llera espesa y crespa se levanta desde la frente hasta la coronilla; pobladas cejas 
coronan sus ojos, y cuando baja los párpados, sus largas pestañas llegan casi hasta 
la mitad de las mejillas. Sus orejas, según la costumbre de su nación, están cu- 
biertas y como azotadas por los rizos de su larga cabellera. Su nariz forma una 
graciosa curva. Crécele mucho pelo bajo las sienes, pero todos los dias lo afei- 
ta debajo de la nariz y en las partes inferiores del rostro. Su cuello y su barba 
son regularmente gruesos, y su tez, de un blanco de leche, se colora algunas ve- 
ces de un sonrosado juvenil.... 

«En cuanto á su método de vida, Teodorico se levanta antes del dia y se 
dirige con escasa comitiva á visitar á sus sacerdotes, por los cuales muestra 
graneles atenciones, aunque de sus conversaciones confidenciales pueda colegirse 
que este respeto dimana mas que de la piedad, de la costumbre. El resto de la 
madrugada está dedicado á los cuidados del gobierno. Oficiales armados per- 
manecen en pié alrededor del trono , y si bien los jefes son admitidos al consejo 
para que no pueda decirse que dejan de asistir á él, se mantienen separados, y 
pueden hablar y discurrir libremente entre las cortinas de la sala y una barrera 
exterior. En el interior del salón penetran los diputados de los pueblos; el rey 
escucha tanto como le hablan, y contesla en pocas palabras. Si el negocio de que 
se trata exige ser meditado, lo aplaza; en casos sencillos ó urgentes manifiesta su 
decisión en el acto. 

«A la hora segunda (las ocho), se levanta del trono y se dirige á inspeccio- 
nar su tesoro ó sus caballerizas. Si después parle á la caza, no lleva al hombro 
su arco, pues lo consideraria indigno de la majestad real; pero si mientras andan 
ó cazan divisa una res, tiende la mano hacia atrás, y un esclavo coloca en ella un 
arco flojo, pues tan innoble creería cargar con un arco cuando no lo necesita co- 
mo recibirlo tendido. Tiéndelo, pues, el mismo, coloca en él la flecha y dispara. 
A veces antes de disparar manda á alguien que le designe lo que ha de tocar; 
indicante la presa que ha de derribar y la derriba, pudiendo darse por seguro 
que si equivocación hay, será de parte del indicador, nunca del tirador.— Respecto 
á sus comidas, las que hace los seis dias de la semana en nada se dislinguen de 
las de un mero particular. No se oye crugir la mesa bajo el peso de una maciza 
vagilla de plata, y allí nada pesa tanto como las palabras; se calla ó se habla de 
cosas graves. Las colgaduras de los lechos del banquete son de púrpura ó de al- 
godón, los manjares se recomiendan mas por su buen guiso que por su extrañeza; 
la plata se hace admirar mas por su brillo que por su peso, y las copas son pre- 
sentadas á los comensales con bastante intervalo, para que antes la sed las desee 



L CAP. II. — ESPAÑA GODA. 35 

que las rechace la embriaguez. En una palabra, allí se encuentran reunidas la 
elegancia griega, la abundancia gala y la presteza italiana; pompa pública, soli- 
citud privada y disciplina real. De los magníficos festines de los domingos no 
hablaré, por ser cosa sabida hasSa de las personas mas oscuras. 

«Después de comer, el rey hace ó no la siesta, pero en todo caso es muy 
corta. Si le da gana de jugar, toma vivamente los dados, los examina con cui- 
dado, los agita con gracia, los arroja con resolución, los canta con buen humor, 
y espera su turno con paciencia. Al sacar buen punto calla, al sacarlo malo rie, 
pero jamás se enoja. Deseoso de desquite, no quiere sin embargo que se le crea 
temeroso de perder. Si se lo ofrecen, lo rehusa ; si se lo dispulan, lo renuncia. 
La gente se separa de él satisfecha y sin turbación, y él se separa de todos sin 
ceremonias. Así en el juego como en la guerra , alimenta una sola idea , la de 
vencer; en el juego se despoja por unos instantes de la dignidad real; alienta, ex- 
horta á su adversario á la libertad, á la confianza, y por expresar todo su pen- 
samiento, teme infundir temor. 

«Además, gusta ver encolerizado á su adversario en caso de perder, lo cual 
es para él una prueba de que ha hecho lodo lo posible para ganar; y aunque qui- 
zás parezca extraño, el contento dimanado de causa tan insignificante ha contri- 
buido á veces á la resolución de grandes negocios. En aquellos momentos propi- 
cios, se le ha visto acceder gustoso á demandas que habia rechazado varias veces 
á despecho de elevadas recomendaciones. Yo mismo, si juego con el rey y tengo 
algo que pedirle, me tengo por feliz siendo vencido y perdiendo una partida que 
me asegura ganar mi instancia. 

«A la hora novena ( las tres) empiezan de nuevo las fatigas del gobierno; 
entonces vuelven los solicitantes, los enjambres de defensores; es aquello un tu- 
multo de pleitos que se prolonga hasta la noche. El anuncio de la cena real pone 
fin á él, y solo quedan por allí los patronos de los litigantes hasta el momento en 
que empiezan las guardias nocturnas. 

«Durante la cena se deleita algunas veces, aunque raras , con las burlas de 
los bufones y truhanes , pero sin que muerdan á nadie. Jamás se oye allí ór- 
gano hidráulico , ni poema entonado por varios á la vez. Tampoco son admiti- 
dos á cantar liristas, coraules, mesocoristas, ni tocadoras de tímpano ó salterio; 
el rey solo gusta de los cantos propios así para excitar el valor como para recrear 
el oido. Luego que se levanta de la mesa, los guardias nocturnos se establecen 
en el tesoro y en las puertas del palacio real para velar todo el tiempo del primer 
sueno. » 

Explicado queda como á favor de las circunstancias habia aumentado el 
poderío de los Godos, y como Teodorico supo aprovechar con habilidad las tur- 
bulencias del imperio. El Occidente tendía mas y mas á separarse de Italia; 
esta, á merced de una aristocracia militar de bárbaros, no tenia otros emperado- 
res sino los que le daba el capricho de aquellos que, á sueldo antes de Roma, 
habían pasado á ser sus verdaderos señores. El Suevo Ricimer hacia y deshacia 
á su antojo, pero harto ocupado mas allá de los Alpes, el Occidente se libraba de 
su dominación. Su protegido Yibio Severo solo era emperador de nombre, y en 
la universal descomposición, los gobernadores romanos levantábanse también con 
un poder independiente de Roma, de su sombra de emperador, de su sombra de 



e J. C. 



466. 



36 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

senado y de sus reales dominadores los Hérulos, los Rugios y los Vándalos. 
Syagrio, hijo de Egidio, habíase fundado una especie de imperio en las Galias, 
y su poder se extendia desde el Ródano hasta el Rhin , y desde el Rhin hasta el 
Loire. En el territorio de Soissons se habia formado un establecimiento de Fran- 
cos, con el cual Syagrio se hallaba alternativamente en paz y en guerra, y que 
iba pendrando en las Galias en forma de cuña. De allí habían de salir los con- 
quistadores de la tierra gala, y en aquel entonces habia ya nacido el fundador 
de la monarquía francesa. El África pertenecía á los Vándalos, los Godos domi- 
naban en las Galias desde el Loire á los Pirineos, y en España, en la Bética y en 
parte de Cataluña; muchas ciudades españolas reconocían aun el poder romano 
y comunicaban con la Italia y Constantinopla por el Mediterráneo; la religión ver- 
dadera y el arrianismo se disputaban las conciencias. Tal era el estado de Occi- 
dente cuando Eurico se apoderó del poder en Tolosa por medio de un fratricidio. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 37 



CAPÍTULO III. 

Reinado de Eurico.— Política de este rey.— Engrandecimiento del reino de los Godos. — Conquistas 
en España. — Conquistas en las Galias.— Fin del imperio de Occidente. — Reinado de Marico.— Su 
derrota y su muerte.— Rivalidad entre Amalarico y Gasaleico. — Intervención de Teodorico rey de 
Italia.— Definitivo establecimiento de la monarquía goda en España.— Reinados de Teudis , de 
Teudiselo, de Agila, de Atanagildo , de Liuva I y de Leovigildo. 

Desde el año 466 hasta el 587. 

En tiempo de Eurico (Ew reich , rico en leyes) , á quien da la historia los a. de j. e. 
nombres de Evarich y de Eulhorick, el imperio de los Godos en las Galias debia 
de llegar á su mas alto grado de prosperidad, y engrandecerse mucho en España. 
Apenas investido del poder real, gracias á la maldad cometida , Eurico se apre- 
suró á contraer alianzas , y envió embajadores á los Vándalos y á los emperado- 
res. Su mas ardiente deseo era la posesión de las Galias hasta mas allá del Ró- 
dano y la conquista de las dos ciudades mas opulentas de la época , Arles y Mas- 
salia , y para intentarlo no tardó en ofrecérsele un pretexto. 

León , emperador de Oriente, y su colega Antemio , sucesor de Vibio Seve- 
ro, atacaron por tierra y por mar á Genserico en sus posesiones africanas , y Eu- 
rico , diciéndose aliado del Vándalo , invadió las provincias romanas á ambos 
lados de los Pirineos. Sus triunfos fueron rápidos en la Península , y los Suevos 
le auxiliaron en esta campaña en la que sus armas quedaron siempre victoriosas. 

No están acordes los autores acerca de esta invasión ; al paso que unos 
aseguran que el ejército godo iba mandado por Eurico en persona , creen otros 
que lo fué por sus generales. De todos modos, es lo cierto que los Godos ocu- 
paron y dejaron guarniciones en todas las plazas fuertes que habian obedecido 
hasta entonces á Roma , entre otras Pamplona, Zaragoza y Tarragona, á la cual *?i. 
maltrataron cruelmente á causa de su obstinada resistencia ; y que discurriendo 
hasta el extremo de España , despojaron á los Romanos de todo el señorío que en 
la Península tenían y destruyeron del todo el Imperio que duró en ella casi sete- 
cientos años, con gran descontento de los Suevos , que conocieron, aunque tarde, 
la falta que cometieran ayudando á los Godos á anonadar el poder romano. 

El imperio de Occidente continuaba en el mas gran desorden. Antemio ha- 
bíase indispuesto con su yerno Ricimer , y este, apoderándose por fuerza de ar- 
mas de la ciudad de Roma, dio muerte al emperador siendo investido de la púr- 
pura imperial un senador llamado Olibrio. Eurico aprovechó esta coyuntura para 
atacar á los Romanos contra quienes lodo parecía conspirar. Muerto Olibrio , su 
sucesor Glicerio envió contra los Visigodos un ejército de Ostrogodos que tenia 



A. de J. C 



38 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

á sueldo , pero llevados estos por su fanatismo de secta , se unieron á los enemi- 
gos contra quienes debian combatir , que eran como ellos arríanos. 

El ejército romano de las Galias , bajo las órdenes de Syagrio , unido con un 
cuerpo de auxiliares francos mandado por su rey Hilderico , marchó conlra los 
Godos; mas la precipitación con que ambos generales presentaron la batalla fué 
causa de su pérdida , y después de derrotarlos completamente , Eurico se apode- 
ró de Tours y de Bourges. A pesar de estos triunfos consintió en hacer la paz con 
el emperador Julio Nepote, sucesor de Glicerio, hecho obispo, oyendo Eurico las 
exhortaciones de Epifanio, obispo de Pavía; pero aquella paz fué de muy corta du- 
ración , en cuanto pasado poco tiempo sitió y tomó á Clermonl , después de algu- 
na resistencia. Desde allí marchó á Burdeos , donde fueron á cumplimentarle los 
embajadores de los príncipes vecinos , según cuenta un antiguo historiador. 

Oigamos la descripción que Sidonio Apolinar , testigo presencial , hace de 
aquellos embajadores. 

« Vemos aquí , dice , al Sajón de azulados ojos ; acostumbrado á la mar pa- 
rece que le inspira miedo la tierra ; el viejo Sicambro , con el colodrillo pelado, 
tira hacia atrás , desde su vencimiento , su cabellera renacienie en su enveje- 
cida cerviz ; aquí se extravia el Herulo de verdoso rostro , que habita las profun- 
didades del Océano y disputa su color á las algas marinas; aquí el Burgundio, 
de siete pies de altura , implora suplicante la paz postrado de hinojos (1).» 

El imperio de Occidente se extinguía ; la Italia rebosaba de Scyros, de Ala- 
nos, de Rugios, de Hérulos, de Hunos y de Ostrogodos, á sueldo todos del impe- 
rio , y que figurando defensores de los Romanos , eran en realidad sus domina- 
dores. Ricimer habia muerto poco después de Antemio , pero Odoacro habia ocu- 
pado su puesto. Existia en aquel entonces un maestro general de los ejércitos 
romanos llamado Orestes , antiguo secretario de Atila , y de la hija del conde 
Rómulo , embajador de Valentiniano cerca del rey de los Hunos , habia te- 
nido un hijo al que diera el doble nombre de Rómulo Augusto. Depuesto Nepo- 
te , los bárbaros que capitaneaba Orestes en nombre del pueblo romano quisieron 
m. hacerle emperador , y él aceptó la púrpura , pero únicamente para su hijo : Au- 
gustulo á patre Ores te , in Éavenná imper atore or dinato, dice Jornandes. Vul- 
garmente á este nuevo emperador llamáronle Augustulo, ya le hubiese dado este 
nombre el cariño de sus padres , ya fuese por via de escarnio porque en él se 
acabó de todo punto el imperio de Occidente , que otro del mismo nombre , es 
á saber Octavio Augusto , habia fundado, á lo que parecia, para siempre y para 
que fuese perpetuo. «De esta manera, exclama al llegar aquí el P. Mariana, true- 



Istic Saxona cserulum videmus 
Assuetum ante salo, solum timere: 
Hic lonso accipiti , senex Sicamber, 
Posquam victus est , elicit retrórsura 
Cervicem ad veterem novos capillos : 
Hic glaucis Herulus genis vagatur, 
Irnos Oceaní colens recessus , 
Algoso propú concolor profundo : 
Hic Burgundio scptipesfrequenter 
Flexo poplite supplicat quietem. 

Apollin. , 1. VIII., epist. 9. 



CAP. III.— ESPAÑA GODA. 39 

ca y revuelve la fortuna ó fuerza mas alta las cosas humanas. Caen las ciudades A - de J - c - 
y los imperios , yérmanse los pueblos , y las provincias se asuelan ; que es todo 
consideración muy á propósito para conhortarse cada cual y llevar en paciencia sus 
trabajos. Ciudades y reinos muy nobles , dice continuando en sus reflexiones el 
historiador citado, yacen por tierra caídos como cuerpos muertos; ¿y nos, cuyas 
vidas estrechó la naturaleza dentro de pequeños términos , si alguno de los nues- 
tros muere, haremos extremo sentimiento ? Razón es sin duda y muy justo nos 
acordemos de que somos hombres , y no nos queramos atribuir la inmortalidad 
de los que están en el cielo.» 

Los bárbaros que acaudillaba Odoacro pidieron la tercera parte de las tier- 
ras de Italia (1) , y Orestes y Augustulo se negaron á ello. Odoacro exigió lo que 
se le negaba , y sitiando á Orestes en Pavía, mandó darle muerte. Augustulo fué 
preso en Ravena , despojado de la púrpura y desterrado , alcanzando la vida por 
el desprecio que inspiraba , y en 23 de agosto Odoacro se proclamó rey de lita- 476 
lia (2). El senado declaró que el Capitolio abdicaba el imperio del mundo, y Ro- 
ma volvió al polvo de la nada de donde habia salido. Pero no todo ha concluido 
para la ciudad eterna. Si su poder temporal ha pasado, hallará rica compensa- 
ción en el imperio espiritual de sus pontífices , y como dice un escritor fran- 
cés (3), Roma será siempre la capital del mundo cristiano : Capitolio inmovile 
saxum. 

Odoacro, amenazado por Zenon, emperador de Oriente, se apresuró á aliar- 
se con Eurico, á quien ofreció cuantas plazas se hallaban todavía sometidas á los 
Romanos en la otra parte de los Alpes. El Godo aprovechó con placer la ocasión 
de extender sus conquistas, y puso sitio á Arles que se le rindió después de una 
corta resistencia, conducta que imitó Marsella. 

El poderío de Eurico excitó los celos de los Burgundios , y deseosos de li- 
mitarlo, invadieron su territorio con un ejército formidable. Sin embargo, su fu- 
ror se estrelló ante los aguerridos soldados godos , y una sola batalla bastó para 
hacerlos huir á su país en completa derrota. El triunfante Eurico volvió á Arles, 
donde empleó los últimos años de su glorioso reinado en protejer las artes y en 
hacer compilar y publicar un código de todas las leyes suyas y de sus anteceso- 
res. León, ministro de Eurico, católico, y uno de los mas famosos jurisconsultos 
de la época, fué el principal autor de este código que, llamado de Tolosa por haber 
sido publicado en esta ciudad , puede ser considerado como una recopilación de 
ordenanzas de la milicia y de las costumbres de los Godos para la decisión y fa- 
llo de sus litigios. Por él se prueba hasta la evidencia que en España , lo mismo 
que en todos los dominios godos , se habia introducido el derecho personal ó de 
castas , lo que se confirma todavía mas si atendemos al objeto que se propuso 



(4) « El ejército de Italia, compuesto de extranjeros, exigió lo que se habia concedido á nacio- 
nes mas extranjeras aun, y formó, acaudillado por Odoacro, una aristocracia que se apropió la ter- 
cera parte de las tierras de Italia. Este fué el golpe de gracia descargado al imperio.» Montesquieu, 
Grand. y Decad. de los Rom. , cap. XIX. 

(2) Non multum post Odovacer, Turcilingum rex, habens secum Scyros , Hérulos diversarum- 
que gentium auxiliarlos, Italiam occupavit, et Oreste interfecto, Augustulum filium ejus de regno pul- 
sum , Lucullano Campaniee castello exilii poena damnavit. Jornand., c. 46. 

(3) Le Bas. 



40 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

le J * c ' Marico, hijo de E arico, con la publicación de la Ley romana, de todo lo que ha- 
blaremos á su tiempo. 

Una mancha oscureció, al decir de algunos, el glorioso reinado de Eurico; 
fogoso amano, persiguió cruelmente á los católicos; pero este hecho, sentado por 
el P. Mariana apoyado en Sidonio Apolinar, es negado por el historiador Ro- 
mey y otros, fundados en el testimonio de Gregorio Turonense. 

Los historiadores todos están acordes en considerar el reinado de Eurico co- 
mo el mas importante para España desde la invasión de los Godos, en cuanto á él 
se debió la definitiva constitución de la monarquía y la expulsión completa de los 
Romanos. Este rey entendido , espléndido , esforzado y uno de los hombres mas 
políticos de su época , gobernó con moderación á los pueblos que sometió á sus 
m ' armas , y murió en setiembre del año que cumplía diez y ocho de su elevación. 
Habíase casado con Ravaquilda , y de ella tuvo un hijo llamado Alarico , y una 
hija que se supone esposa de Sigismer, caudillo franco. 

Alarico fué aclamado rey luego de la muerte de su padre , y reinaba hacia 
dos años , cuando en el norte se formó la tempestad de que debia de ser víctima 
4 86 , mas tarde. Clodoveo (Chlod-wig, guerrero famoso) acababa de vencer á Syagrio, 
y el patricio romano, obligado á tomar la fuga, presentóse ai rey godo pidiéndole 
asilo. Alarico le recibió con gran afecto , pero cediendo en breve á las amenazas 
del rey franco, cometió la vileza de entregar á Syagrio , á quien Clodoveo hizo 
dar muerte. 

Algunos años después, Teodorico , rey de los Ostrogodos , penetró en Italia 
*93. con consentimiento del emperador Zenon , atacó á Odoacro , le venció y mató, y 
quedó dueño de sus estados que gobernó con singular acierto. Alarico solicitó 
su alianza, y casó con su hija Teudigota. 

Por aquel entonces, suscitóse sangrienta rivalidad entre los hermanos Gun- 
debaldo y Godegesilo, caudillos de los Burgundios ó Borgoñones, tomando Clo- 
doveo partido por este y Alarico por aquél. Gundebaldo, empero, logra asesinar á 
su hermano, se apodera de sus estados, y abandona á Alarico para aliarse con Clo- 
doveo. Esta fué la primera causa de resentimiento entreel rey franco y el rey godo. 

Los pocos años de paz , que para aquella época eran muchos , de que dis- 
frutaron entonces los Godos , permitieron á Alarico dedicarse á algunos trabajos 
legislativos á ejemplo de su predecesor. Hemos indicado que el derecho perso- 
nal ó de castas era el dominante en los países sometidos á las armas godas , y 
así vemos que aun los habitantes de una misma comarca estaban regidos por di- 
versas legislaciones, según el pueblo á que pertenecían. El código de Tolosa, co- 
mo ya hemos dicho , compiló el derecho de los conquistadores , y Alarico quiso 
hacer lo mismo con el derecho de los conquistados. Sin perjuicio de tratar de es- 
ta materia y de otras semejantes en un capítulo especial , tócanos decir aquí que 
el conde Goyarico, auxiliado de varios obispos y magnates, fué el encargado por 
el rey de aquel trabajo, que desempeñó compilando y resumiendo las disposicio- 
»06. nes del derecho romano y en especial las del código de Teodosio, por lo cual reci- 
bió el nombre de Ley romana, y que publicó enviando á cada conde una copia 
suscrita por el canciller Aniano (í). 



(1 ) Véase el Apéndice. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 41 

Habíase verificado una aparente reconciliación entre Clodoveo y Aladeo, a. dej.c. 
y habíanse visitado y abrazado en un islote del Loire , cerca de Amboise ; pero 
pasado algún tiempo , el rey franco dice saber positivamente que se habia tratado 
de asesinarle , que la entrevista no habia sido mas que una celada , y que él, 
católico ferviente , no puede tolerar que posean los arríanos lamas hermosa 
parte de las Gaüas. Implorando , pues, la protección del cielo , dispone contra 
Alarico considerables armamentos ; en vano Teodorico , rey de Italia , cuñado de 
Clodoveo y suegro de Alarico, ofreció su mediación; en vano amenazó tomar 
las armas contra el agresor; todo ello no pudo impedir al Franco invadir las 
tierras de los Visigodos , entre los cuales tenia partidarios que le abrieron las 
puertas de la ciudad de Tours. Alarico salió á su encuentro al frente de un nu- 
meroso ejército con intención de permanecer á la defensiva; pero arrastrado 
por el ardor de sus tropas, empeñóse la batalla, y en ella fué derrotado su ejér- 
cito y él quedó sin vida. Según muchos y respetables testimonios, Alarico fué 
muerto por el mismo Clodoveo. Dióse esta batalla á tres leguas de Poitiers, en 
las llanuras de Vouglé, en el año 507, según el mayor número de historiadores, 
aunque el P. Mariana pretende haberse dado un año antes. 

Los capitanes del ejército visigodo volvieron á España después de tan cala- 
mitosa jornada, llevando consigo á Amalarico (Ámal-rikJ , hijo único de su rey; 
y considerando muchos Godos que Amalarico, que solo contaba cinco años, era 
harto niño para mandar dignamente , eligieron rey á Gesaleico , hijo natural de 
Alarico. A la cabeza de sus partidarios, atacó Gesaleico á Gundebaldo que sitiaba 
á Narbona, pero fué vencido y tuvo que refugiarse en España, donde su presen- 
cia causó nuevos movimientos en favor y contra suya 

A consecuencia de estas dos señaladas victorias, se rindieron á los vencedo- 
res muchos pueblos de Francia, como Burdeos, los Yesates, los de Cahors, los 
de Rodes y los de Alvernia, cuyo capitán llamado Apolinar , deudo que era de 
Sidonio , obispo de la ciudad, pereció en la batalla. Hasta se rindió la misma ciu- 
dad de Tolosa, donde estaba la casa real y silla de los Godos, de suerte que 
apenas en toda Francia les quedó cosa alguna que no viniese en poder de los 
Francos. 

En breve un formidable ejército enviado por Teodorico en auxilio de Ama- 
larico , á las órdenes de ¡bbas , uno de sus mejores generales , comunicó nuevo 
aliento á los Visigodos. Los Burgundios y los Francos fueron vencidos á su vez, 
y hubieron de abandonar la mayor parte de sus anteriores conquistas. 

Después de su victoria, Ibbas marchó á Barcelona, entró en ella por fuerza 
de armas y expulsó á Gesaleico, quien se refugió en África con algunos partida- 
rios suyos, siendo muy bien recibido por Trasimundo , rey de los Vándalos. 
Teodorico tomó para sí la Provenza en recompensa de su auxilio , y gobernó el 
resto de los estados de Amalarico durante la menor edad de este rey, cuya edu- 
cación confió á Teudis, Ostrogodo de nacimiento. 

Gesaleico, que habia obtenido del rey de los Vándalos considerables socorros 
en dinero , volvió á las Galias , levantó un ejército , pasó los Pirineos y se diri- 
gió hacia Barcelona; pero á cuatro leguas de esta ciudad encontró á una parte 
del ejército de Teodorico , y empeñada la batalla , fué vencido y puesto en fuga. 
Vuelto á las Galias , fué alcanzado por una partida de Ostrogodos que le dieron 

TOMO II. G 



42 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Adej.c. muerte, si bien algunos dicen que murió de pesadumbre por su mala fortuna. 
Su muerte y la de Clodoveo libraron á los Visigodos de las calamidades de una 
guerra civil y del temor de una invasión extranjera. 

Aunque Teudis gobernase la España con gran moderación , y se atuviese 
en todo á las instrucciones que de Italia recibía , las inmensas riquezas que le 
llevara en doíe una Española con quien se había casado , y además de esto, su 
constante negativa de volver á Italia para dar cuenta de su gestión, inspiraron 
algunas sospechas á Teodorico. Teudis lo conoció , y temiendo por su libertad 
y quizás hasta por su vida, formó para que le sirviese de guardia un cuerpo de 
dos mil hombres que mantenía á sus expensas (1). Teodorico, que receló alguna 
asechanza contra su nieto, se apresuró á declararle mayor de edad, y despojó de 
sus cargos á Teudis, quien volvió desde entonces á la vida privada. 
526. P° co después murió Teodorico, dejando por sucesor á otro nieto suyo llamado 

Atalarico, hijo de Amalasiunta , su hija, ydeEuíarico, noble godo, muerto 
antes que su suegro. Para evitar toda disensión entre los dos jóvenes reyes, acor- 
dóse que el Ródano seria el límite de ambos estados , y que no solo no serian lle- 
vadas á Italia las rentas de España , sino que Atalarico restituiría los tesoros 
de que se apoderara su abuelo. 

Fijados así los intereses y derechos de cada uno, Amalarico pensó en casar- 
se, y pidió y obtuvo la mano de Clotilde, hija de Clodoveo y hermana de los 
cuatro reyes francos que reinaban en el norte de las Galias. Este enlace que pa- 
recía prometer á los dos pueblos una paz duradera, dio lugar á espléndidas fies- 
tas (2) , pero en breve estalló entre ambos esposos la discordia que tan funesta 
habia de ser á Amalarico y al reino de los Visigodos. Amalarico , que era ar- 
riano, quiso que Clotilde, católica fervorosa, abrazase su religión, y de la obs- 
tinación y crueldad del uno y de la resistencia de la otra, nacieron rencores y 
malos tratamientos. Para sustraerse á ellos , Clotilde escribió á sus hermanos , y 
hasta envió á Childeberto un lienzo empapado en su misma sangre (3). Sus cuatro 
hermanos, reyes de diferentes parles de las Galias, tomaron al momento las armas 
en venganza de la desventurada, é invadieron los estados de Amalarico al frente 
de numerosas tropas. El rey godo salió á su encuentro, y vencido, buscó un re- 
fugio en sus naves; pero desgraciadamente para él, salió de allí en busca de sus 
tesoros que olvidara en Narbona , á lo que se cree ; sorprendido por los Fran- 
cos, un soldado le atravesó con su lanza al irse á amparar del sagrado de una 
iglesia (4). Algunos autores opinan que después de su derrota se refugió en Bar- 
celona, y que allí le asesinaron sus propios soldados. Según todas las aparien- 
53i. cías , estos hechos ocurrieron en el año 531. Childeberto y sus hermanos volvié- 
ronse á Francia con sus victoriosas tropas, llevándose los tesoros de Amalarico, 
en los cuales y entre los muchos objetos preciosos que encerraban , encontrában- 
se sesenta cálices y quince patenas de oro finísimo , que regaló Childeberto á las 
varias iglesias de su reino. Clotilde , que acompañaba á sus hermanos, murió 
durante el camino; su cuerpo fué llevado á París , y sepultado junto al de su pa- 



(\¡ Procop., de Bello Golh., 1. II, c. 13. 

(2) Id. id. id. 

(3) Greg. Turón., 1. III. 

(4) Id. id. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA, 43 

dre, en la iglesia de Santa Genoveva, que esiaba bajo la advocación de San Pe- A - de J,,c 
dro y San Pablo. 

Muerto Amalarico , los Visigodos recurrieron á la elección para tener un rey, 
y el mismo Teudis, á quien hemos visto gobernar con tanto acierto durante la 
menor edad de Amalarico , fué proclamado por ia asamblea de la nación. En 
aquel entonces Belisario, general del emperador Jusliniano, invadió con tal ra- 
pidez el reino de los Vándalos en África, que Teudis no tuvo siquiera tiempo 
para decidir si estaba ó no en su interés tomar partido en aquella guerra. 

Los Francos, que acababan de destruir el reino de los Burgundios, reunie- 534 
ron todas sus fuerzas contra los Visigodos é intentaron expulsarlos de la Galia, 
mas no pudieron lograrlo. Diez años después, Childeberto, que reinaba en la 544. 
Isla de Francia, y Gotario, que reinaba en Soissons, hicieron nuevas tentativas, 
y pasando los Pirineos con muchas y aguerridas tropas, se dirigieron á marchas 
forzadas hacia César-Augusta, á la cual pusieron sitio después de devastar cuanto 
hallaron á su paso. Teudis, que no habia podido oponerse á su rápida marcha, 
tomó sus medidas , ocupando los pasos de las montañas para caer sobre ellos 
cuando regresaren á sus estados. 

Luego, pues, que los ejércitos de Childeberto y de Gotario, cargados con 
el botin que recogieron en la expedición, se disponían á pasar otra vez ios Piri- 
neos, después de haber levantado por temor ó prudencia el sitio de César-Au- 
gusta (algunos autores dicen que lograron rendirla por capitulación) , Teudiselo, 
general de Teudis, los atacó con tal denuedo y oportunidad, que ambos ejérci- 
tos se vieron amenazados de una total ruina. Mediante una crecida suma de di- 
nero, Teudiselo les concedió una tregua de veinte y cuatro horas que aprove- 
charon para desbandarse y salvarse por aquellas breñas (1). 

Terminada apenas esta guerra, fué preciso marchar contra nuevos enemi- 
gos. Las tropas de Justiniano, después de arrojar á los Vándalos de África, se 
habían apoderado de la plaza de Ceuta antes que esta hubiese recibido los re- 
fuerzos mandados por Teudis. Llegados demasiado tarde , los Visigodos hubie- 
ron de poner sitio á la ciudad á cuya defensa habían sido enviados ; pero apro- 
vechando los sitiados de una suspensión de armas dispuesta por Teudis un do- 
mingo, de cuya festividad era rígido observador, le atacaron y le obligaron á 
reembarcarse y á levantar el sitio (2). 

Por aquel entonces, Belisario y luego Narses que le sucedió en el cargo de 
general por el imperio, derribaron con sus esfuerzos el reino ostrogodo de Italia, 
y fueron vencidos en batalla ó muertos Teodato , Vitiges, Ildebaldo, Ardarico, 
TotilayTega, todos por orden reyes de Italia después de Teodorico. ¡Efímera 
conquisla! En Constantínopla se renovaron los antiguos triunfos, que fueron 
presagio de próximos y mayores desastres. 

Pasado poco tiempo de su derrota , Teudis recibió de un hombre que era 548 
ó se fingia loco una estocada de la que murió al cabo de algunos dias , con cris- 
tiana resignación y prohibiendo que se persiguiera al asesino (3), 



(4) Vit. S. Avit. 

(2) lsidor., Hist. Goth. 

(3) Id. id. 



44 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Muerto Teudis, los grandes eligieron al general á quien hemos visto man- 
dar un ejército contra Childeberto y Clotario , llamado por los historiadores 
Teudiselo , Teodigis y Teudegesilo. El nuevo rey abusó torpemente de su au- 
toridad , y no reconociendo freno alguno en su pasión por las mujeres , todos los 
medios, aun los mas crueles, pareciéronle buenos para satisfacerla (1). Tales 
escándalos suscitaron contra él la indignación y el odio de su pueblo , y los 
grandes , muchos de los cuales habian sido sus víctimas, resolvieron poner fin 
á tanta tiranía. Para ello aprovecharon una ocasión que él mismo les ofreció; 
invitólos á un gran banquete , y luego que los conjurados vieron á los comensa- 
les algo tomados del vino , apagaron las luces , y á favor del desorden le dieron 
549 « de puñaladas. La trágica muerte de Teudiselo tuvo lugar en Sevilla un año y 
cinco meses después de haber sido proclamado rey (2). 

Los conjurados que asistieron al banquete creyeron que el asesinato de su mo- 
narca les daba derecho para elegirle un sucesor, y proclamaron sin formalidad al- 
guna á Agila;pero semejante proceder disgustó á los grandes que no habian sido 
consultados en la elección del nuevo rey, cuyas licenciosas costumbres no eran 
á propósito paraccnciliarle las voluntadas. La ciudad de Córdoba se negó á pres- 
tarle obediencia, y Agila, montado en cólera, púsose al frente de su ejército y 
marchó contra ¡a ciudad , con la firme resolución de tratar á sus habitantes de 
modo que escarmentasen cuantos tratasen de imitar su ejemplo. Los Cordobeses, 
empero, le salieron al encuentro, y en la batalla que con él empeñaron, encon- 
tró la muerte su propio hijo y sus tropas la derrota. 

La victoria alcanzada por los Cordobeses alentó á los habitantes de otras 
ciudades á sublevarse, y Atanagildo, noble godo, tan astuto como ambicioso, 
aprovechó ia incertidumbre de los sublevados acerca de la elección de un jefe, 
para hacerse proclamar rey. Con las tropas que seguían su bandera habría podi- 
do sin duda triunfar de su competidor , pero queriendo asegurar su causa, alióse 
con el emperador Justiniano á quien ofreció ceder cierta extensión de territorio 
á lo largo de las costas españolas (3). Justiniano accedió á sus deseos, y envió 
un ejército á las órdenes de Liberio, quien se emposesionó de la costa desde Gi- 
brallar hasta los confines de la tierra de Valencia. 

Los Españoles , católicos en su inmensa mayoría , vieron sin pesar aquellos 
sucesos , pues preferían la dominación imperial á la de los Godos á causa de la 
conformidad de sus creencias religiosas ; esto hizo que Liberio , que no tuvo que 
dejar guarnición en las ciudades , pudiese poner todo su ejército á disposición de 
Atanagildo. Reunidos ambos caudillos, sus tropas emprendieron la marcha con- 
tra Agila, que parecía querer poner sitio á Sevilla; alcanzáronle, prescniáronle 
batalla, le vencieron y le obligaron á refugiarse en Emérita, con los restos de 
su ejército. 

Agila intentó en vano reanimar el valor de los suyos y reunir nuevas tropas. 
Temerosos de las calamidades que atraía sobre España la guerra civil , penetra- 
dos de los peligros con que les amenazaba la presencia de un ejército extranjero, 



(4) Gre^or. Turón. 

(2) Id., Jornand., Isidoro. 

(3) Isidoro; Grcgor. Tutod. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 45 

y por otra parte irritados de la altivez y tiranía del rey que ellos mismos habían \$l L 
proclamado , sus partidarios le dieren igual muerte que á su predecesor. Sabido 
el suceso por las tropas , aclamaron por rey á Atanagildo (Athan-güd) , quien 
informado de lo que acababa de suceder, se apresuró á tomar el mando de los 
soldados de Agila y á licenciarlos después de darles gracias por la prueba de con- 
fianza que les habia merecido. Desde aquel momento quedó tranquilo poseedor del 
trono de los Godos, quienes, á no poner fin á sus intestinas discordias, habrian 
vuelto probablemente bajo el yugo romano , pues no cabe duda en que conquis- 
tadas África é Italia , Jusliniano hubiera intentado enseñorearse de España. 

Teudis habia sido el primero en trasladar la corte goda de Tolosa á España, 
y así él como Teudiselo y Agila habian residido sucesivamente en las principales 
ciudades de la Península. Atanagildo fijó su residencia en Toledo, á cuyos ha- 
bitantes edificó con el espectáculo de sus virtudes de familia. De un carácter afa- 
ble y benévolo, granjeóse Atanagildo el amor de los Godos. 

Sin embargo, los Romanos, á quienes algunos historiadores llaman los Im- 
periales, ya fuese que no se creyesen bastante recompensados por los servicios 
que prestaron á Atanagildo , ya cediesen á las instigaciones de los Españoles 
que sufrían con impaciencia la dominación de los Godos á causa de su arrianis- 
mo, se emposesionaron de varias plazas fuertes que no les habian sido cedidas. 
Los historiadores no expresan si aquellas ciudades les abrieron sus puertas ó si 
entraron en ellas á fuerza de armas; pero es lo cierto que irritados los Godos por 
aquella violación de los tratados, se quejaron amargamente á su rey, quien, des- 
pués de intentar en vano cerca de los Imperiales la via de las negociaciones, los 
despo.ó á la fuerza de sus nuevas conquistas. La historia no dice si esta guerra 
dio lugar á otros acaecimientos que los referidos, y tampoco expresa si tuvo otras 
causas además de las indicadas. 

Alanagildo tenia de su esposa Gosuinda dos hijas de rara belleza; la me- 
nor, Brunequilda, fué solicitada en matrimonio por Sigiberio,rey de Austrasia, ó 
por mejor decir de Metz, y nielo de Clodoveo. Gogon, primer ministro del rey 
franco, fué enviado á España al frente de una numerosa embajada, para formali- 
zar la demanda, y obtuvo la mano de la joven princesa, la cual abrazó el catoli- 
cismo á su llegada á Melz. Las fiestas del matrimonio fueron cantadas por un 
poeta romano de la corle del rey franco, y habla en su poema de la sin par her- 
mosura de Brunequilda que compara á Venus. El nombre de Brunequilda es fa- 
moso en la historia de la nación franca (1). 

Un año después, Ghilperico, rey de Soissons, pidió á Atanagildo la mano de 
su hija mayor Galsuinda, y como el rey godo no ignoraba la licenciosa conducta 
del franco, como los nombres de Audovera y de Fredegunda, sus mancebas, cor- 
rían en boca de todos, le concedió la mano de su hija con extremada repugnancia 
y exigiendo que los hermanos de Ghilperico saliesen fiadores de sus promesas. 
Una vez resuelía la partida de Galsuinda, la separación fué muy dolorosa, como 
si tuviesen todos un presentimiento de los infortunios que la esperaban. Cuénta- 
se que cuando estuvo todo dispuesto para la marcha, Gosuinda quiso acompañar 
algún tiempo á su hija, y subió con ella al carro de viaje ; llegada al lugar 



[\ Véase el Apéndice. 



46 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

x.dej. c. donde habia pensado separarse de su hija para volver á Toledo, no tuvo fuerzas 
para resolverse, y fué siguiéndola de distancia en distancia hasta el paso de los 
montes. Los nobles godos que formaban su séquito, creyeron que era ne- 
cesario no pasar adelante, y efectuada la desgarradora separación , volvieron con 
la reina á Toledo, mientras que su hija pasaba los Pirineos. Los presentimientos 
de la infeliz madre no fueron vanos: para complacer á Fredegunda, Chilperico 
mandó estrangular á su joven esposa (1). Los tres hermanos del rey de Sois- 
sons tomaron las armas para castigarle de su crimen, y le obligaron á ceder á 
Brunequilda cuantas plazas habia reconocido ser patrimonio de Galsuinda. 
567. Atanagildo murió después de un pacííico reinado de trece años; algunos 

historiadores aseguran que abrazó el catolicismo en ios últimos años de su vida. 

El reinado de Atanagildo fué seguido de un interregno de cinco meses, pues 
los magnates no acertaban á ponerse de acuerdo acerca ele la persona que podia 
dignamente reemplazarle, originándose de ahí grandes males para la nación. 
Poruña parte los imperiales, aprovechándolas turbulencias, extendieron sus con- 
quistas, y por otra los jefes particulares oprimieron á los pueblos de tal modo 
que, como sucede siempre en semejantes casos, al último rey habian sucedido 
cien tiranos. Sin embargo, el mismo exceso del mal produjo el restablecimiento 
del orden : el pueblo y sobre todo los habitantes de las capitales manifestaron su 
descontento y obligaron á los señores á terminar su elección. La mayoría de ellos 
nombró á Liuva (Leuw, león), gobernador que era de la Galia gótica. 

Liuva se hizo tan notable por su piedad y prudencia como por su valor, y 
creyendo que su ausencia de la Galia podia ser fatal á la causa de los Godos, lo 
ges mismo que sus ausencias de España cuando se hallase en la Galia, representó á 
los grandes la conveniencia de asociar á la corona á su hermano Leovigildo. Esta 
generosa proposición del rey fué recibida con muestras de general aprobación ; 
672. hízose como él deseaba, y Liuva residió casi siempre en las Galias donde murió 
después de cinco años de reinado, quedando dueño Leovigildo de todo el reino de 
los Godos. Algunos historiadores no cuentan á Liuva entre los reyes godos de Es- 
paña, lo que se explica por la cesión hecha á su hermano. Además Liuva no re- 
sidió casi en la Península, si bien reinó por espacio de un año antes de solicitar 
que le fuese asociado Leovigildo. Muchas medallas existen acuñadas en su nom- 
bre, por todo lo cual creemos que seria faltar á la exactitud histórica omitirle en 
la enumeración de los reyes de la nación hispano-gótica. 

Pocos reyes godos han dado lugar á tantas y tan contrarias calificaciones 
como Leovigildo ; pero sí es cierto que la muerte que mandó dar á su hijo Her- 
menegildo y las persecuciones con que agobió á los católicos durante algún tiem- 
po, son negras manchas en su vida, es también indudable que durante su go- 
bierno se realizaron muchas y grandes cosas, y que la nación goda llegó en su 
tiempo á un grado de poder y esplendor que jamás habia tenido, como veremos 
por las sucesivas explicaciones. 

Be su primer enlace con Teodosia, hija de Severino, duque de la provincia 
de Cartagena, cuyo padre fué, según algunos, Teudis, uno de los reyes anterio- 



(1 ) Véase el Apéndice. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 47 

res, tuvo Leovigildo dos hijos llamados, Hermenegildo y Recaredo. Teodosia ha- 
bía muerto cuando Leovigildo fué asociado al poder real. 

Entonces Leovigildo casó con Gosuinda, viuda de Atanagildo, y este ma- 
trimonio, como habia previsto, robusteció su autoridad. Su primer cuidado fué 
levantar un ejército, y con él atacó á los Imperiales y puso sitio á Asindo (Medina 
Sidonia). Los sitiados le opusieron una vigorosa resistencia, pero un traidor le 
facilitó la eütrada en la ciudad. 

En seguida volvió sus armas contra Córdoba que no le opuso menor re- 
sistencia que Asindo ; para tomarla valióse de un medio igual, y una vez en po- 
sesión de ella, despojó en poco tiempo á los Imperiales de muchas ciudades y for- 
talezas. 

Los Romanos ó Griegos, ó para hablar con mas propiedad, los Imperiales, 
eran enemigos temibles, no solo por sus armas., sino también por sus relaciones 
con la antigua nación hispano-romana que hallaba en ellos correligionarios, y 
además por ser asilo y esperanza de todos los descontentos. La imprudencia de 
Atanagildo habia permitido al imperio griego restablecer de un modo sólido su 
dominación en los territorios de la Península que se le habian cedido, y Leovi- 
gildo intentó despojarlos de ellos. Aquella guerra era para él nacional y la llevó 
adelante con indecible ardor, tanto que se le hacen justos cargos por haberse mos- 
trado en ella inexorable y cruel. La romana Córdoba fué tratada por él con ex- 
tremado rigor. Desde su victoria contra Agila, aquella ciudad se habia manteni- 
do independiente de los Godos, habíase gobernado por sí misma y restablecido 
sus usos municipales del tiempo del imperio; en una palabra, los Cordobeses veiau 
con pesar é impaciencia la dominación goda. Leovigildo tomó cruel venganza de 
esta disposición anti— gótica de los habitantes de Córdoba y sometiólos de nuevo 
bajo la obediencia de Toledo, después de devastarlo todo en la ciudad y sus al- 
rededores y de dar muerte á gran número de campesinos que habian acudido en 
auxilio de la metrópoli. 

Liuva murió durante esta guerra, que empezada á fines del primer año del 
gobierno de su hermano, duró mas de tres años. El resultado que para los Godos 
tuvo fué la adquisición de muchas é importantes ciudades además délas citadas; 
sin embargo, el imperio griego se conservó en varios puntos, y Leovigildo le otor- 
gó una tregua mas bien que la paz. 

Muerto Liuva, Leovigildo vióse rodeado por parte de los magnates de testi- 
monios de sumisión y respeto, disposiciones que el rey quiso aprovechar, á lo 
que suponen muchos historiadores, para hacer la corona hereditaria en su familia. 
Dijo á los nobles que el interés del pueblo exigía que sus dos hijos fuesen decla- 
rados herederos del trono, que se les concediese parte de la autoridad soberana, 
y siendo acogida esta proposición con gozo por los unos y sin oposición por los 
otros, Hermenegildo y Recaredo fueron proclamados príncipes de los Godos. 

Logrado esto, Leovigildo atacó á los Cántabros, pueblo que rechazaba la do- 
minación goda, y aun cuando costóle grandes esfuerzos subyugar el indomable 
valor de aquellos hombres y superar los obstáculos que en aquel país ha puesto 
la naturaleza á las invasiones, acabó por triunfar y someterlos bajo su domina- 
ción. 

Al llegar aquí vemos reaparecer á los Suevos. Miro, su rey, ó rey á lo me- 



48 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

nos de Lucum, y vecino por consiguiente de los Cántabros, prestóles auxilio en 
su guerra con los Godos, y cuando Leovigildo se disponia á atacarle, solicitó la 
paz. El rey godo, á quien llamaban á otra parte mayores empresas, consintió en 
otorgársela, no sin dirigirle algunas amenazas para lo porvenir. 

Desde Remismundo no hemos hablado de los Suevos, y en esto hemos debi- 
do seguir á los historiadores todos. En efecto, desde las turbulentas agitaciones 
á que se habían entregado los Suevos antes de esia época, se anonadaron, por de- 
cirlo así, y nadie hace mención de ellos. Como habia sucedido á todos los bárba- 
ros septentrionales trasladados á un país fértil y á un clima suave, parece haber- 
se apoderado de ellos el amor al reposo, de modo que no era ya el mismo pueblo 
á la segunda generación. Es probable que, obligados á vivir con los naturales, 
habían fraternizado con ellos, según modernamente se dice ; así á lo menos es 
permitido inferirlo del silencio que guarda respecto de ellos la historia durante 
un período de unos ciento setenta y seis años. El curso de la exisiencia histórica 
de los Suevos tiene cierta similitud con aquel rio que desaparece en el seno de la 
tierra en las inmediaciones del mar, y que solo reaparece para desaparecer de 
nuevo. Aquella nación vuelve á figurar en la historia pocos años antes del reina- 
do de Leovigildo con motivo de haberse hecho católico, de amano que era, su 
rey Teodomiro por haber obtenido por intercesión de san Martin de Tours» la 
curación de su hijo aquejado de grave enfermedad. Por Gregorio Turonense, que 
refiere el milagro, sabemos de un modo cierto la existencia y algunas particula- 
ridades del rey Suevo á quien él llama Cariarico; pero del reino de los Suevos, 
de su consiilucion, de su manera de existir religiosa, política y civil no se en- 
cuentra testimonio alguno en los historiadores contemporáneos, y por lo mismo 
tampoco en los que después han escrito. ¿ Existia una monarquía sueva ? ¿ Ha- 
bia un solo rey ó muchos? ¿ Qué diferencias se observaban entre los naturales y 
tos conquistadores ? ¿Habia entre ellos una fusión completa ? Se ignora, y por la 
oscuridad y confusión que en ella reinan puede decirse que la historia de los Sue- 
vos se resiste á toda investigación. Isidoro de Sevilla, contemporáneo que escribía 
en una provincia limítrofe, llama Teodomiro al primer rey católico de los Sue- 
vos, y Gregorio de Tours, que residía en las márgenes del Loire, llámale, como 
hemos dicho, Cariarico. Lo mas verosímil es que la nación estaba dividida por 
distritos, ciudades ó diócesis, teniendo cada una su rey ó jefe, y á un mismo 
tiempo Miro ó Mirón reinaba en Lucum, y Ariamiro en Bracara, según se des- 
prende de las actas de un concilio celebrado en esta última ciudad. Ahora bien, ¿son 
Ariamiro y Teodomiro una misma persona bajo dos nombres distintos, como por 
algunos se ha supuesto? Quizás sea así, pero de todos modos de las actas del 
Concilio 1 de Bracara, presidido por Lucrecio, se desprende un dato muy curioso, 
acerca de la inferioridad intelectual de aquel pueblo. 

«Es necesario, hermanos mios, dice Lucrecio en su discurso inaugural, que 
nos pongamos todos de acuerdo y nos afirmemos en la fe que debemos de ense- 
ñar, en cuanto hemos de hablar á ignorantes. Los pueblos de Galicia, situados en 
la parte extrema de España, tienen muy excasa idea de la religión verdadera (1).» 



(4 Con.cil. Omn., t. V, p. 894. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 49 

De las actas del concilio de Lugo, reunido en la misma época , puédense to- A> de,c - 
mar algunas nociones acerca de la extensión del país ocupado por los Suevos; los 
límites religiosos podrán darnos una idea de sus límites políticos. Uno de los pri- 
meros cánones de dicho concilio erigió la ciudad de Lucum en metrópoli ; Braca- 
ra conservó como sufragáneos los obispos de Portus (Porto), de Lameco (Lamego), 
de Conimbrica (Coimbra) , de Viseo , de Indonha y de Dumio; los de Iria-Flavia 
(el Padrón ), de Aquee-Origines ( Orense ), de Tyde ( Tuy ), de Britonnia (Mon- 
dofiedo ), y de Asturicum ( Astorga ), se hicieron depender del nuevo metropoli- 
tano de Lugo (1). Estas eran las diócesis del reino de los Suevos , y aquí acaban 
nuestras noticias. 

Volvamos á Leovigildo . 

Los habitantes del Orospeda (que forma hoy las sierras de Alcaraz y de Ca- 
zorla) , escudados en la fragosidad de su suelo , se habían librado hasla entonces 
de la dominación goda , pero fueron atacados á su vez y obligados á sufrir la 
ley del vencedor (2). 578. 

Esta última campaña puso fin á la guerra, y Leovigildo pensó entonces en 
casar á Hermenegildo su hijo primogénito. Siguiendo los consejos de la reina, so- 
licitó para él la mano de Ingunda, hija de Brunequilda, y obtenida que fué, dio á 
su hijo parte de sus estados. El joven príncipe estableció su corte en Sevilla, pe- 
ro no fué de larga duración el regocijo causado por semejante matrimonio. Her- 
menegildo abjuró el arrianismo y profesó la religión verdadera por diligencia de 
su esposa y por las amonestaciones de san Leandro, obispo de Sevilla, y este fué 
el origen de aquella guerra que dio un mártir mas al cielo y que envenenó con 
agudos remordimientos la vicia del rey godo. El príncipe contaba con el auxilio 
de los Imperiales para sostener su dignidad de que le privara su padre al saber 
su conversión ; pero el anciano rey ganó al general griego , y estrechó tan de 
cerca á su hijo que este hubo de someterse. Leovigildo le mandó despojar de las 
insignias reales, y le envió prisionero á Toledo. 

La contienda entre el padre y el hijo tuvo fatales consecuencias para los ca- 
tólicos. Los obispos y los eclesiásticos fueron tratados con extremada dureza , y 
la persecución acabó por extenderse á lodos los fieles , los cuales fueron acusa- 
dos de conspirar con los reyes suevos y francos. Brunequilda intercedió por su 
yerno ; pero sus esfuerzos para que su padre se reconciliara con él fueron neu- 
tralizados por la influencia de Gosuinda , que era fanática arriana. 

Los Vascones de Álava, de Navarra y del territorio de Jaca se aprovecharon 
de estas discordias intestinas para sublevarse , mas Leovigildo marchó contra 
ellos , los venció y se enseñoreó de sus ciudades. En conmemoración de su triun- 
fo, fundó en la provincia de Álava la ciudad á la que se dio y tiene todavía el nom- 581 
bre de Vitoria (3). 

(4 ) Concil. Oran. , t. V, p. 855. 

(2) El pasaje de la crónica de Biclar en que se refiere este hecho es curioso y caraterístico : — 
Auno ergo I imperii Tiberii, qui est Leovigildi IX annus regni , Abares Thracias vastant, et regiam 
urbemk muro longo obsident: Leovigildus rex Orospedam ingreditur, etcivitatesatquecastellaejus- 
dem provinciee occupat, et suam provinciam facit, et non multo post inibi Rustici rebellantes á Go- 
this opprimuntur , et post haec integra á Gothis possidetur Orospeda. 

^ (3) Anno V Tiberii, qui est Leovigildi XIII ann.... Leovigildus rex partem Vasconise occupat, et 
civitatem , qua3 Victoriacum nuncupatur, condidit. Johann. Biclar. Chron. 

TOMO II. 7 



50 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

El triunfo de Leovigildo no produjo el resultado que de él esperaba: su vic- 
toria le hizo dueño del territorio , pero no de sus habitantes , quienes pasaron en 
gran número los Pirineos , y se refugiaron en aquella parte de la Aquiíania ha- 
bitada ya por hombres de su raza , á la que ha quedado el nombre de Vascuña 
ó Gascuña. 

Mientras Leovigildo se hallaba en las provincias septentrionales de sus es- 
tados , su hijo se evadió de Toledo y se retiró á Andalucía. El rey , cuya saña 
contra Hermenegildo no se habia aplacado , marchó en su persecución , y des- 
pués de tomar á Mérida, se encaminó á Sevilla. En su camino supo que Miro, rey 
de los Suevos , iba en auxilio de Hermenegildo con cuantas tropas habia podido 
reunir, pero corlóle toda comunicación con la Lusitania, y le encerró en las gar- 
gantas de sus montañas. Miro, cercado por todas parles , tuvo que entrar en ne- 
gociaciones , y no solo renunció á su alianza con Hermenegildo , sino que se vio 
obligado á marchar con un cuerpo de tropas al sitio de Sevilla. Vivamente ataca- 
do y conociendo la imposibilidad de resistirse por mas tiempo , el príncipe burló 
la vigilancia de los sitiadores y se refugió en Córdoba , donde esperaba recibir 
socorro del emperador de Oriente. Sin embargo , lo esperó en vano ; el general 
encargado de auxiliarle le vendió por 30,000 sueldos de oro, según expresa Gre- 
gorio Turonense. Córdoba , último asilo de Hermenegildo, no tardó en rendirse, 
y desde un santuario en que se habia refugiado suplicó á su padre que le admi- 
tiese de nuevo en su gracia. Recaredo su hermano fué á verle , y persuadióle á 
que se abandonase por completo á merced de su señor y padre , y así lo hizo. 
De hinojos ante Leovigildo , imploró su perdón , y el anciano rey recibióle con 
gran alegría, y le estrechó contra su corazón. De pronto, empero , al ver que su 
hijo iba revestido aun de las insignias reales , se enfurece , manda despojarle 
de los vestidos que denotan su dignidad , y le envia preso k Valencia , si bien 
algunos dicen á Sevilla. Leovigildo lo habría perdonado lodo á su hijo: la guerra 
que habia suscitado , sus tratos con los Imperiales y los Suevos ; lo que no pudo 
olvidar , lo que quería castigar en Hermenegildo era su conversión á la fé ; por 
ello le habia degradado , y firme en su propósito de que su hijo católico no de- 
bía ser rey , se irrita al mirar en él las insignias reales. Sin embargo , el partido 
católico era en España el mas numeroso , y aunque perseguidos y apartados de 
los altos cargos del Estado , eran muy poderosos los hombres que esta religión 
profesaban por su influencia entre el pueblo , sobre todo en las capitales. Todos 
vuelven sus ojos á Hermenegildo , todos consideran como suya la afrenta hecha al 
príncipe, cuyo único crimen era el que todos habían cometido , esto es, profesar 
la religión verdadera, y elevan hasta él los clamores de sus esperanzas. De nue- 
vo empiezan las negociaciones con el emperador griego, que tan desleal se habia 
mostrado, y entran en la liga los reyes francos Childeberto y Gontrando. Las po- 
blaciones inmediatas á Valencia abrazan con ardor la causa del príncipe despoja- 
do, y al frente de un ejército de Españoles y de Griegos , Hermenegildo sale otra 
vez al campo en defensa de sus derechos, y penetra en la parte de la Lusitania an- 
tigua, llamada ahora Extremadura. Leovigildo, de carácter iracundo, se enciende 
en ira, jura reducir para siempre al hijo á quien apellida ingrato, y marcha con- 
tra él. Cargado de años , muestra todo el ardor de la juventud ; arroja á Herme- 
negildo de Emérita , le obliga á retroceder de plaza en plaza , y le arrolla hasta 



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CAP. III. — ESPAÑA GODA. 51 

Valencia. Las tropas del príncipe se desbandan, y otra vez se encuentra casi solo; A de h c> 
quiere entonces buscar un asilo cerca de su cuñado Gontrando , pero hecho pri- 
sionero por los soldados de su padre , es encerrado en los calabozos de Tarra- 
gona. 

Leovigildo no se coülenía ya entonces con exigir que su hijo abandone la 
parte que en el trono le diera, quiere que abjure su religión, mas Hermenegildo 
persiste en su fé ; rechaza con horror las amonestaciones del obispo arriano que 
su padre le enviara para catequizarle , é indignado su padre al saber el mal éxi- 
to de su tentativa , expide en su cólera la orden fatal. Sus soldados se dirigen á 
la cárcel, y Sisberto, su jefe , cortó la cabeza del mártir con su hacha de armas, 585. 
el dia 14 de Abril , tiesta de Pascua de Resurrección. 

Este fué el fin de aquella horrible tragedia. Algunos autores no hacen men- 
ción de la segunda campaña de Hermenegildo , y dicen que su padre ordenó su 
muerte luego después de hacerle prisionero en Córdoba. Los que tal suponen, 
refieren sucedido en la cárcel de Sevilla , la triste escena que nosotros hemos co- 
locado en la de Tarragona , por considerar esta última opinión fundada en mas 
autorizados testimonios. 

El martirio de Hermenegildo le ganó el cielo, y del príncipe tan desgraciado 
en este mundo solo podemos decir lo que de él expresa el P. Mariana , cuyas 
palabras explican muchos de sus infortunios: «Era Hermenegildo, dice , de con- 
dición simple y llana , cosas que si no se templan, suelen acarrear daños y aun 
la muerte.» A ser mas prudentes sus amigos y partidarios, á no consentir el prín- 
cipe con tanta facilidad en todos sus proyectos , quizás no habria llegado el caso 
de la dura y cruel exigencia de Leovigildo. Así se desprende de los hechos rela- 
tados , y así ha de consignarlo el historiador. • 

Su esposa Ingunda y su hijo , llamado por unos Atanagildo y por otros Teo- 
dorico , que se hallaban en una ciudad dependiente del imperio oriental , se em- 
barcaron para Constantinopla. Ingunda murió durante el camino ; el niño llegó 
á su destino, y fué educado en Constantinopla cerca del emperador Mauricio. 

Muerto su hijo , Leovigildo, aunque en guerra con los Imperiales , se limitó 
á guarnecer sus fronteras con numerosas tropas para ponerse al abrigo de cual- 
quiera intentona ; esto no obstante , aumentaba su ejército y llenaba sus almace- 
nes , y temiendo los Griegos que fuesen empleados contra ellos tantos preparati- 
vos, con intención de expulsarlos de España, solicitaron la paz, que les fué otor- 
gada. 

Antes de esto , Leovigildo habia hecho celebrar en Toledo un concilio, 
que , aparentando querer concertar á los católicos con los arríanos , presentó una 
fórmula especiosa de bautizar que envolvía con disimulo la misma heregía ama- 
na. Algunos obispos católicos tuvieron la debilidad de suscribirla, con lo que 
menguó por entonces el partido de Hermenegildo. Mas esto no impidió, como he- 
mos dicho , al iracundo monarca , enfurecido con las contrariedades que su hijo 
y los católicos del reino le suscitaban , dirigir cruda persecución contra los pre- 
lados y sacerdotes ortodoxos , ya desterrando á los mas ilustres, entre los cuales 
lo fué á Barcelona Juan , de Viciara , autor de la crónica tantas veces citada , ya 
llenando las cárceles de católicos , ya empleando contra ellos los tormentos y su- 
plicios , viéndose á la heregía reproducir en España durante el siglo vi escenas 



62 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

semejantes á las que habia ofrecido el paganismo en los siglo ni y iv. 

Oíros sucesos llamaron en breve la atención del anciano rey. Una revolución 
acababa de cambiar el gobierno de los Suevos : Andeca se habia apoderado del 
poder en perjuicio de Eborico , hijo de Miro, aliado y casi vasallo de Leovigildo, 
y después de cortarle el cabello (que, conforme á la costumbre de los pueblos de 
raza germánica , era hacerle inhábil para ser rey), habíale encerrado en un con- 
vento , obligándole á trocar por la cogulla las insignias reales. Leovigildo vio en 
ello una ocasión para destruir del todo el reino de los Suevos , como tantas veces 
deseara , y marchó contra ellos. Presa de intestinas discordias , los Suevos opu- 
sieron muy débil resistencia á la marcha del rey godo, que no tardó en poner si- 
tio á Bracara , donde residia Andeca. Dueño de la plaza y del usurpador , man- 
dó que á este le cortasen el cabello y le envió á un monasterio de Beja , según 
unos , y de Badajoz , según otros , siendo este el fin del reino suevo, unido desde 
entonces al reino de los Godos. 

Un Suevo llamado^Malarico intentó casi al mismo tiempo restablecer en Ga- 
licia la pasada dominación ; pero sus esfuerzos fueron vanos : atacado y vencido 
por los generales de Leovigildo , la nación sueva sufrió el yugo sin quejarse , ó 
á lo menos no consta en la historia otra tentativa para sacudirlo. El reino suevo 
se habia conservado en los límites que antes hemos indicado , á pesar de los es- 
fuerzos combinados de los Romanos y Godos, por espacio de ciento setenta y seis 
años, desde 409 hasta 585 (1). 

Estaba por este tiempo desposada con Recaredo una hija del rey franco 
Chilperico y de Fredegunda , ilamada Ringunda , y venia á verse con su espo- 
so, según lo tenían concertado. Los conquistadores de la Galia fundaban los dotes 
de sus hijas sobre los tributos que imponían á las propiedades y á las personas 
de sus subditos , y Chilperico , especie de Nerón de los Francos , arrancó de sus 
casas á cuatro mil habitantes de París para que acompañasen como esclavos á la 
futura esposa de Recaredo, y con esto y con cincuenta carros cargados de ricos pre- 
sentes , dice el historiador Romey , púsose en marcha la joven princesa. Nadie 
hacia con gusto aquel viaje , y hasta Ringunda parecía trisíe y afligida. Quizás 
pensaba en aquella princesa goda , hija del rey Atanagildo , que habia llegado de 
España por el mismo camino que seguía ella ahora, para morir tan pronto. Al sa- 
lir de París, escoltada por un brillante cortejo, rompióse el eje de su carruaje , y 
fué preciso detenerse. De pronto aparece un cuerpo de caballería de otros Fran- 
cos ; son enviados por el rey Childeberlo , lio de la novia , con encargo de pro- 
testar contra su matrimonio y requerirla que se volviese á París. Median expli- 
caciones entre unos y otros , y al fin permiten á la princesa continuar el viaje, no 
sin llevarse cien caballos con frenos y caparazones de oro. Los Francos de la co- 
mitiva murmuraban por tan largo viaje , y durante todo el camino experimentó 
Ringunda infinitas deserciones ; sus servidores se fugaban por centenares ; el 
odio que á su madre se profesaba manifestábase contra ella , y cuanto mas se 
alejaba de París , menos protegida se veia. Todo fueron azares en aquella expe- 
dición nupcial , dice Lafuente, y grupos de campesinos armados de la Galia me- 
ridional se opusieron repetidas veces á su marcha. Llega por fin Ringunda á Tolo- 



(4) Cron. de Biclar.— Greg. Turón. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 53 

sa, donde esperaba hallar asilo y protección cerca del duque Desiderio (Didier) que 
mandaba por su padre en aquella comarca; pero era aquel el tiempo de la rebelión 
de Gundebaldo . hijo natural de Gotario , y Desiderio , que habia abrazado su 
partido , en vez de defender á la princesa , apoderóse de cuantas riquezas le res- 
taban. Entonces abandonan todos á la prometida esposa de Recaredo , que se vio 
en poder de los enemigos dé su familia, á quienes no diera por cierto su madre 
el ejemplo de la piedad. Así las cosas, recibióse en Tolosala noticia de la muer- 
te de Chilperico, y la princesa, que á duras penas pudo librarse de manos de Gun- 
debaldo , se volvió á París. Recaredo , perdida la esperanza de que aquel matri- 
monio se hubiese de efectuar , casóse poco después con Baclda , de quien solo di- 
ce la historia que era doncella de sangre goda. 

Los Francos continuaban codiciando la Septimania (1) , y además Gontran- 
do y Childeberto alimentaban un odio personal contra los Godos, irritados por 
el suplicio de Hermenegildo , su aliado católico y pariente (era cuñado del uno y 
sobrino del otro ), quieren tomar de él venganza. Childeberto, detenido en Italia, 
donde combalía contra los Longobardos , confiere sus poderes á Gontrando , y 
este toma sobre sí todo el peso de la expedición. Un ejército considerable invade 
la Septimania , con orden de llegar en caso de triunfo hasta el corazón de Espa- 
ña , proponiéndose cuando menos despojar á los Visigodos de las bellas provin- 
cias que poseian todavía en las Galias (2). Abierta la campaña , el ejército de los 
reyes francos, dividido en dos cuerpos , bajo las órdenes de experimentados ge- 
nerales , se dirige á la Septimania por dos puntos diferentes; uno de dichos cuer- 
pos , compuesto de soldados reclutados en las provincias inmediatas al Sena , al 
Loire y al Ródano , marcha contra Nimes ; el segundo, formado por los naturales 
de las dos Aquítanias , se dirige contra Carcasona. De este modo era atacada la 
Galia gótica por sus dos extremos. 

La invasión se hizo con gran rapidez. Carcasona ha abierto ya sus puertas 
á Terenliolo , general del ejército franco del Oeste; pero la brutalidad de sus sol- 
dados subleva á los habitantes, que logran arrojar de sus muros á Terentiolo y á 
sus tropas. El general franco pone sitio 'á la plaza y sube al asalto al frente de 
sus soldados , pero le derriba y mata una piedra lanzada desde la muralla. Los 
sitiados verifican una salida en masa , dispersan á los sitiadores y vuelven á 
la ciudad con la cabeza del general enemigo , que clavada en una lanza , fué 
expuesta en lo alto del muro. La retirada del ejército franco fué un verdadero 
desastre , y los campesinos, que veian ocasión de vengarse de cuanto les habían 
hecho sufrir los hombres de armas de los reyes francos , no la desperdiciaron, y 
dieron muerte á cuantos fugitivos alcanzaron. 

En tanto Recaredo , que recibiera de su padre la orden de rechazar la inva- 



(1) Desde la batalla de Vouglé, dábase este nombre á la parte de la primera Narbotiesa que 
quedó en poder de los Visigodos , por comprender siete ciudades ó diócesis, incluso la metrópoli, 
á saber: Narbona , Carcasona , Lodeva , Beziers , Nimes , Maguelona y Adge.- Los escritores fran - 
ceses son los que mas usan el nombre de Septimania ; los autores godos ó españoles llaman á aquel 
territorio la provincia de las Galias ó la Galia gótica. 

(2) El odio de Gontrando se expresó entonces con una energía singular. — Igitur Guntchram- 
nus rex commoveri exercitum in Hispanias pnecipit, dicens : Prius Septimaniam provinciam diüoni 
noslrm subdüe, quee Galliis est propinqua : indignumesl ut horrendorum Gotthorum terminus usque in 
Gailias sit exlensus. Tune commoto omni exercitu regni sui, illuc dirigit. Greg. Turón., 1. VIII. c. 30. 



54 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

sion de los Francos , habia pasado los Pirineos , y no encontrando enemigos á 
quienes combatir por la parte del Ande , se dirigió hacia el Gard. 

Nicecio, gobernador de la Auvernia por Childeberto, después de reunirse 
con los generales burgundios , habia penetrado en los estados de los Visigodos, 
y ambos ejércitos asolaron cruelmente el país que recorrieron hasta Nimes, co- 
metieron horribles devastaciones en los alrededores de aquella ciudad , incendia- 
ron las casas de campo y arrancaron las cepas y los olivos , pues tal era el ca- 
rácter ordinario de las expediciones délos Francos. Nicecio y sus compañeros 
pusieron luego sitio á Nimes; pero el aspecto de aquella plaza fuerte y la actitud 
de los' sitiados íes hicieron desesperar del triunfo, y dividiéronse en varios 
cuerpos con objeto de emprender el sitio de ciudades de menos importancia. Esta 
campaña hace muy poco honor á los Francos (1): rechazados casi siempre, se 
entregaban á atroces violencias contra los habitantes, hasta que, sabiendo la 
proximidad de Recaredo , se resolvieron á emprender la retirada, lomando el ca- 
mino de Auvernia. La mayor parte perecieron en su marcha de hambre y de 
miseria. 

Libre de sus enemigos por su sola presencia , Recaredo entró por tierra de 
los Francos, les tomó dos fortalezas, sitió el importante castillo de Ugerno, si- 
tuado á orillas del Ródano, se apoderó de él, hizo prisionera á su guarnición, 
y se retiró triunfante a Nimes. Gontrando , que supo las victorias de Recaredo 
en Autun , donde se hallaba para celebrar la fiesta de San Sinforiano , concibió 
por ellas violenta ira ; pero no sintiéndose con fuerzas para tomar el desquite-, se 
limitó á deshacerse en quejas é injurias contra los generales vencidos, atribu- 
yendo sus últimas derrotas á la poca religiosidad de los Francos (2). 

La guerra habia cambiado de aspecto; los agresores permanecían ahora en 
la defensiva. Gontrando destituyó al gobernador de la provincia de Arles , lla- 
mado Calumnioso y conocido por Ágila , por no haber defendido el castillo de 
Ugerno, nombrando en su lugar al duque Leudigisilo. Este destinó cuatro mil 
hombres á la defensa de sus fronteras , mientras que Nicecio cubria con sus tro- 
pas las de Auvernia , de Rouergue y del país de Usez. El invierno habia llegado, 
y como no podia abrigarse temor alguno de una invasión franca , Recaredo pasó 
otra vez los Pirineos. 

En España, no era Leovigildo menos afortunado contra su enemigo. El Bor- 
goñon , que no habia de ser mal político , envió una armada á Galicia para sor- 
prender las costas y provocar una sublevación de los Suevos contra el dominador 
de su reino ; mas Leovigildo, avisado á tiempo, opuso sus naves á las del ene- 
migo, y la armada del rey franco se dispersó , cayendo en poder de los Godos 
casi lodos los buques que la componían. 

A pesar de tan importantes victorias , Leovigildo , cargado de años y deseoso 
de aplicar loda su atención á los asuntos de su reino , ofreció la paz á Gontrando; 
pero era tal el odio que profesaba este á los Godos y sobre lodo á la familia de 
Leovigildo, que no quiso entrar en negociación alguna. Recaredo, que al volver 
de su expedición á las Galias, habia sido admitido á compartir con su padre el 



(4,) Romey, p. f.« c . XIV. 

(2) Véase en Greg. Tur. la difusa y característica alocución de Gontrando. 



CAP. III. — ESPAÑA GODA. 55 

ejercicio del poder real, unió sus instancias á las de Leovigildo, pero lodo en va- a. de j. c. 
no (1). Tanta obstinación irritó al monarca godo, y á principios de aquel mismo s 86 - 
año, Recaredo volvió á Septimania, con ánimo esta vez de no mantenerse á la de- 
fensiva; pero cuando habia pasado ya las fronteras francas y hecho algunas cor- 
rerías por el país de Usez, á cuyos habitantes encontró muy bien dispuestos en 
favor de los Godos, llegó á él la noticia de la enfermedad de su padre. Sin pér- 
dida de momento dejó el mando del ejército y dio la vuelta á Toledo , hallando á 
Leovigildo moribundo , según unos, y muerto ya , según otros. 

Dícese que Leovigildo se convirtió al catolicismo antes de espirar, que man- 
dó alzar el destierro de Leandro y de Fulgencio , y que encargó á su hijo Recare- 
do que siguiese los consejos de ambos varones, así en las cosas de su casa en 
particular, como en el gobierno del reino ; pero de estos hechos que el P. Ma- 
riana sienta, fundado en lo que dicen Gregorio Turonense y Gregorio Magno en 
sus diálogos (2) , no hacen mención Juan Bicl árense ni Isidoro de Sevilla , y esto 
parece que ha de hacerlos poner en duda. Los sucesos que hemos relatado dan á 
conocer á Leovigildo como guerrero, y tócanos ahora decir algo de su gobierno. 
Nadie como él iuvo la habilidad de aprovecharse de las circunstancias y del ca- 
rácter de los Godos , y así le hemos visto establecer una severa disciplina en su 
ejército al que mantuvo siempre en movimiento , halagar á sus enemigos, sem- 
brar la disensión entre ellos y reducir á sus jefes : jamás los atacaba sino á uno 
después de otro , y á veces se le vio hacer grandes preparativos contra una na- 
ción , celebrar con ella la paz de un modo inesperado , y lanzarse contra otra que 
no sospechaba ni remotamente el ataque. 

Leovigildo mostró en la paz tan eminentes cualidades como en la guerra. 
Empuñando con mano firme el cetro , fué el primero en extender á casi toda Es- 
paña la dominación goda , conservando únicamente su antigua libertad algunos 
pueblos que habitaban en los inaccesibles montes del norte de la Península, y 
los Greco-Romanos las plazas que ocupaban desde el reinado de Atanagildo. 
Legislador inteligente , débense á él muchas disposiciones justas y acertadas, y 
se esforzó en introducir en el estado un sistema completo de rentas. Este rey fué 
el primero que sentó la monarquía hispano-gótica sobre las bases de una buena 
administración y que constituyó el poder de un modo sólido y estable. Leovigil- 
do, de quien se sospecha que abrigó la idea de hacer la corona hereditaria en su 
familia , fué un gran rey y tuvo todas las buenas cualidades y quizás todos los 
defectos de tal. El fué el primero en distinguirse por el traje de los demás Godos, 
y aunque no tomó la púrpura como Teodorico en Italia , revistióse del manto 
real, y adoptó las insignias usadas en oíros países , esto es , el cetro y la corona. 



(1) Gontrando parece haberse indignado masque todo por la derrota de su armada en las 
aguas de Galicia. — Legatí de Hispaniis ad regem Guntchramnum venerunt cum multis muneribus, 
pacem petentes, sed nihil certi accipiuntin responsis. Nam anno pretérito, cum exercitus Septima- 
niam debellasset, naves quaedeGalliisenGalleciam abicerant, exjussuLeuvichildiregis vastataesunt 
res ablatee, homines ccesi atque inlerfecti, nonnulti captivi abducti sunt. Ex quibus pauci quodam- 
modo scaphis crepti, patriae quai acta fuerant nuntiaverunt. Greg. Turón., 1. VIII, c. 35. 

(2) Greg. Turón., 1. VIII, c. 46; Greg. Magn., dial. 3. - Post hoc Leuvichildus agrotare ccepit, 
dice Gregorio Turonense, sed, ut quidam adserunt, poenitentiam pro errore herético agens, et obs- 
taas ne hinchceresi reperiretur quisquan consentaneus, in legem catholicam transiit; ac per septena 
dies infletu perdurans, pro his quae contra Deum inique molitus est, spiritum exhalavit. 



56 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Con general sorpresa, presentóse en una asamblea pública ceñida la frente con la 
diadema, que solo se encuentra en las medallas godas á contar desde Leovigil- 
do (1). El P. Mariana, al mencionar estos hechos, lo hace con las siguientes pala- 
bras , que consideramos muy acertadas: «Leovigildo fué el primero de los reyes 
godos que usó de vestidura diferente de la del pueblo, y el primero que trajo 
insignias reales , y usó de aparato y atuendo de príncipe, cetro y corona y vesti- 
dos extraordinarios : cosas que cada uno conforme á su ingenio podrá reprender 
ó alabar , por razones que para lo uno y para lo otro se podrían representar.» 

Este fué Leovigildo ; el bien y el mal se mezclan y compensan en su vida, 
como en la de la mayor parte ele los personajes históricos. Mucho hubo que cen- 
surar en él , y la pasión de mando , de extender su poderío , de no sufrir com- 
petidor , ni aun asomo de contradicción , fué la cualidad dominante en él ; tuvo sin 
duda muchos vicios de aquellos que por lo regular fomenta y agrava el ejercicio 
de la soberanía , pero fué también grande en muchos puntos , y considerado todo, 
uno de los mas grandes reyes de aquellos tiempos de barbarie en que se rehacía el 
mundo sobre las ruinas de la sociedad antigua. Su arrianismo perseguidor du- 
rante cierta época, la muerte de su hijo, que pesó siempre en su corazón como 
una pena desgarradora , las deposiciones y los destierros de muchos obispos cató- 
licos y su sustitución por obispos arríanos , fueron actos de tiranía que han en- 
negrecido su nombre á los ojos del historiador y que han hecho que le fuera 
disputado por muchos el dictado de gran rey que nosotros le hemos dado. 

Antes de la muerte de Hermenegildo y aun después, fundáronse varios mo- 
nasterios, entre oíros el Servifano de Játiva, cuyo fundador fué Donato, llegado 
de África con setenta compañeros y una rica biblioteca. El de Yalbanera en So- 
ria es de la misma época. 

Bajo este reinado empezó á escribir Juan , abad Biclarense, cuya crónica es 
una fuente preciosa para la historia de aquella época. Juan era natural de San- 
larem en Portugal, y pasó diez y siete años en Constantinopla estudiando las le- 
tras griegas y latinas. De regreso á su patria y desterrado á Barcelona , según 
hemos dicho , por haber abrazado la causa del príncipe Hermenegildo , fundó en 
las vertientes de los Pirineos el monasterio Biclarense ó de Valclara, que sometió 
á la regla de san Benito, y en él escribió la historia de los sucesos contemporáneos. 
Reinando Recaredo fué hecho obispo de Gerunda , y murió en el reinado de Suin- 
tila. Además de san Leandro , fervoroso y sabio prelado , la iglesia ortodoxa con- 
tó en tiempo de Leovigildo varios miembros muy distinguidos , empezando á 
florecer entonces Isidoro de Sevilla , hermano de san Leandro , que se hizo céle- 
bre como escritor y del cual poseemos una crónica no menos preciosa que la Bi- 
clarense. 



(4) Flores, Medallas de España, t. III 



CAP. IY.— ESPAÑA GODA. 57 



CAPÍTULO IY. 

Reinado de Recaredo. — Su conversión al catolicismo. — Conspiraciones. — Movimientos en la Sep- 
timania. — Rebelión de Athaloco en Narbona. — Empresas de los Francos contra la Septimania. — 
Ratalla de Garcasona. — Tercer concilio de Toledo. — Reinado de Liuva II.— Usurpación de Vite- 
rico. — Reinado de Gundemaro. — Reinado de Sisebuto.— Sus victorias contra los Imperiales. — 
Edicto de proscripción contra los Judíos. — Reinado de Suintila. — Definitiva expulsión de los Im- 
periales. — Elevación de Sisenando é intervención del rey franco Dagoberto.— Cuarto concilio de 
Toledo. — Reinado de Chintila. — Concilios quinto y sexto de Toledo. — Reinado de Tulga. — Reinado 
de Chindasvinto y Recesvinto. 

Desde el año 587 hasta el 672. 

Muerto Leovigildo, Recaredo (Reke, venganza, riele, palabra), á quien las A de 
victorias que obtuviera en sus dos campañas en la Galia gótica hicieron muy 
querido á la nación , fué reconocido mas bien que elegido rey. Su primer cui- 
dado fué continuar las negociaciones entabladas por su padre para celebrar con 
los Francos una paz duradera; con este objeto, pues, envió embajadores á Gon- 
trando , quien no quiso recibirlos á pesar de sus anteriores derrotas (I). Mas 
afortunado fué con Childeberto , pues este consintió en firmar la paz en virtud de 
haberle manifestado Recaredo que , lejos de haber tenido parte alguna en el su- 
plicio de Hermenegildo , habíale dolido en el alma el desastre de su hermano. 

Gonírando , empero , no abrió inmediatamente las hostilidades , y se limitó 
á estar pronto para aprovechar la primera ocasión favorable ; y así fué como 
Recaredo, que no tuvo que sostener guerra ninguna durante los primeros años de 
su reinado , pudo fijar toda su atención en los asuntos interiores de su pueblo. Su 
conversión al catolicismo fué el gran acontecimiento de este reinado. Convertido 
hacia algún tiempo , según se dice, por las amonestaciones de Leandro , y profe- 
sando en secreto el símbolo de Nicea , fué preparándolo todo para hacer pública 
su creencia. Empezó por manifestar dudas acerca de los principios opuestos á los 
católicos por los amaños , dijo que quería fijar su incertidumbre respecto á los 
dogmas que eran objeto habitual de las controversias de ambas religiones , y á los ü87í 
diez meses de reinado llamó junto á sí á varios obispos así artodoxos como arria- 
nos, á quienes escuchó con grandísima atención. Al mismo tiempo habia enviado 
emisarios á las provincias para preparar al pueblo , al cual hallaron en todas par- 
tes muy bien dispuesto para el cambio que se meditaba. Las poblaciones indígenas 
eran católicas; gran parte délos Godos, guerreros rudos é ignorantes, profesaban 
la religión de sus jefes sin examen y casi á ciegas , y el arrianismo solo contaba 
con algunos ardientes partidarios entre los obispos y la aristocracia militar de 



(4) Véase el Apéndice. 

TOMO II. 



58 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

palacio. El catolicismo, por el contrario, era defendido con energía y talento por 
un clero numeroso , que ejercia gran influencia en las poblaciones, ó' en oíros tér- 
minos, el talento y el número estaban por él. La política, pues, si es lícito ha- 
blar de ella en presencia de intereses !an elevados como los religiosos , de una 
esfera muy superior, no se oponia en nada al cambio resuelto por el soberano. 

Cierto dia Recaredo reunió á los obispos y á los grandes y les manifestó su 
resolución ; confesó la igualdad de las tres personas de la Santísima Trinidad , y 
abjuró toda creencia coniraria al dogma que acababa de reconocer , manifestan- 
do además el deseo de que la Iglesia fuese una en todos sus Estados. 

« Sucedió todo como podía desear, dice el P. Mariana, ca sabida la volun- 
tad del rey, bien así los grandes como los menudos se rindieron á ella, y vinieron 
de buena gana en lo que al principio pareció tan dificultoso (1). » Esto no obs- 
tante , cierto número de Godos permanecieron obstinados en sus antiguos erro- 
res , y no sufrieron el cambio introducido sin viva oposición. Dos conspiraciones 
estallaron casi á un tiempo. Sisberto, capitán de los guardias de Leovigildo, el 
mismo que , según hemos referido , decapitó á Hermenegildo , urdió una trama 
contra Recaredo; pero descubierta, fué su autor castigado con la muerte. 

La segunda se dirigió mas que contra el rey , contra Mausona, metropoli- 
tano de Emérita, y Claudio, gobernador de la Lusitania. Al frente de la conjura- 
ción se hallaban Sunna , obispo arriano de la misma ciudad , y dos condes lla- 
mados Segga y Yiterico. Su plan consistía en dar muerte á Mausona y á Claudio, 
en apoderarse de la ciudad y en sublevar la provincia entera contra Recaredo. 
Convínose, pues, en que Sunna solicitaría de Mausona una conferencia bajo pre- 
texto de quererse convertir, que Claudio seria invitado á ella, que Yiterico se 
colocaría de modo que pudiese herir á ambos mientras Sunna les dirigiría un dis- 
curso, y que Segga por su parte reuniría á los arríanos y se apoderaría de la 
ciudad. Preparado todo según lo decidido , Yiterico , llegado el momento fatal, 
no pudo arrancar su puñal de la vaina -/.entonces, sin apartarse los conjurados de 
su mal propósito, resolvieron dar el golpe durante una procesión pública que por 
aquellos dias había de verificarse; mas ya fuese por horror á la maldad proyec- 
tada, ya por falta de valor, Yiterico lo reveló todo a Claudio, quien redujo á 
prisión á los conjurados. El rey se limitó á castigarlos con el destierro y la con- 
fiscación de sus bienes. 

En la Galia gótica, Athaloco, obispo arriano de Narbona, formó una liga 
con dos poderosos condes llamados Granista y Yildigerno; los arríanos partida- 
rios de Athaloco tomaron las armas, corrió la sangre, y aun cuando carezcamos 
de detalles acerca de lo que sucedió entonces en la Galia gótica, consta que el 
obispo y los dos condes se entregaron á graves violencias: muchos católicos, y en 
especial eclesiásticos, fueron cruelmente asesinados. 

Recaredo tomó las convenientes disposiciones para reprimir la sedición, y 
entonces fué cuando Athaloco, Granista y Yildigerno, que querian á toda costa 
sacudir la soberanía del nuevo rey, llamaron en su auxilio a los Francos ; hicie- 



(\) Recaredus, dice la crónica Hiclarense, primo regni sui anno, mease X, catholicus, Deoju- 
vantc, ellicitur, et sacerdotes sect;e arian;e sapienti colloquio aggressus, ratione potius quam impe- 
rio convertí ad catholícam íidem facit, gentemque omnium Gothorum et Suevorum.... 



CAP. IV. — ESPAÑA GODA. 59 

ron mas, ofrecieron la Septimania á Gontrando con tal que la ocupara con sus 
tropas. Desiderio, duque de la provincia de Tolosa, recibió orden de avan- 
zar hacia el Aude ; Austrovaldo, otro general franco, fué enviado hacia el mis- 
mo punió, y reunidas las tropas de ambos, marcharon contra Garcasona. Los 
habitantes, aunque vivamente atacados, se defendieron bien, y en tanto pasaron 
los Pirineos las tropas enviadas por Recaredo para sujetar á los rebeldes. Atha- 
loco, el ardiente y ambicioso prelado que mereció el dictado de nuevo Arrio, ha- 
bía muerto de pesar y de desesperación, según Gregorio Turonense y Mariana, 
si bien es mas probable que fuese de enfermedad, puesto que entonces no era 
la partida desesperada aun. El ejército godo ocupó en poco tiempo toda la 
provincia, excepto la parte occidental, ocupada por Desiderio y Austrovaldo ; Gra- 
nista y Vildigerno habian muerto en un combate ; los Godos volvieron entonces 
sus armas contra los Francos, y llegaron ai pié de los muros de Garcasona cuan- 
do la ciudad se resistía aun. Desiderio, engañado por un ardid de guerra y ata- 
cado á la vez por los Godos y los sitiados, fué derrotado con gran pérdida de los 
suyos. Solo Austrovaldo con algunos de sus soldados pudo librarse de la espada 
délos Visigodos. 

A pesar de esta victoria, Recaredo no creyó deber retirar sus tropas de la 
Septimania, y en tanto que el obstinado Gontrando no accediese á celebrar con él 
un tratado de alianza, resolvió tomar la ofensiva. Sus generales entraron por la 
provincia de Arles, y recorrieron en todas direcciones el territorio que se extien- 
de desde el Ródano hasta el Duranzo ; no dejaron guarnición en las ciudades que 
tomaron, pero recogieron un botin considerable y difundieron á lo lejos el terror 
de sus armas. Recaredo, que ya una vez habia tomado y devuelto el castillo de 
Ugerno, en las márgenes del Ródano, se apoderó de él y lo conservó como un 
punto estratégico excelente , clave de las posesiones de Gontrando mas allá de 
aquel rio. 

Según Gregorio de Tours (1), Recaredo pidió aquel mismo año la mano de 
Clodosinda, hija de Rrunequilda, y á ser esto cierto, y á serlo también que lue- 
go de su rompimiento con Ringunda, celebrase matrimonio con Radda, como en 
su lugar hemos dicho, resultaría que no habria podido solicitar por esposa á la 
hermana de Childeberlo, sino ofreciendo repudiar á Radda, abuso que existia en 
las costumbres de la época. Sin embargo, algunos historiadores y entre ellos Ma- 
riana, sostienen que Recaredo no hizo semejante demanda hasta algunos años 
después del concilio toledano tercero, después de fallecida Badda ; pero sea como 
fuere, en una época ó en otra, es indudable que mediaron negociaciones para un 
enlace entre Recaredo y Clodosinda , enlace que , á pesar de lo que asegura el 
P. Mariana, es muy dudoso que llegase jamás á efectuarse. 

Lo que no es dudoso, lo que atestiguan numerosos monumentos, es el odio 
inveterado de Gontrando á Recaredo, y la longanimidad y mansedumbre con que 
este no cesaba de brindar con la paz á su mortal enemigo. Instado de nuevo pa- 
ra que celebrase un tratado con el rey de los Visigodos, Gontrando se negó á ello; 
en vano se le representó la reciente ó sincera conversión de su rival, pues con- 
testó que en nada entraba la religión en sus cuestiones de familia. Rrunequilda y 



il) Greg. Turón., l.IX, c. 46. 



60 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

e J c. Childeberlo se hallaban en mejores relaciones con Recaredo con motivo del pro- 
yectado enlace, y eslo fué otra causa de discordia entre los reyes francos. Bru- 
nequilcla envió ricos presentes á Recaredo con aquel motivo, y no satisfecho Con- 
tando con manifestar el disgusto que esto le causaba, mandó prender al mensa- 
jero portador de los regalos, á su paso por París (1). Quizás estas interminables 
cuestiones acabaron por disgustar á Recaredo , y quizás renunció á la mano de 
Clodosinda como antes habia renunciado á la de Ringunda. Casado con Badda 
hacia algún tiempo, es posible que entonces abandonara por completo la idea de 
repudiarla y que juzgase conveniente elevarla al rango de reina. Esta explicación, 
aunque no fundada en testimonios irrecusables, desvanece las dificultades que 
presenta este punto de la historia de Recaredo. 

6íil8 - A principios del siguiente año, Gontrando resolvió hacer un gran esfuerzo 

para despojar á Recaredo de la Septímania, y reunir esta provincia á sus domi- 
nios. Para ello convoca á todos los hombres de armas de su reino, y los coloca, 
junto con los restos del ejército de Austrovaldo, y también á este, aunque hecho 
duque de Tolosa desde la muerte de Desiderio, bajo las órdenes de Boson, quien 
iba acompañado de Antestio, guerrero entendido y astuto. El ejército de Austro- 
valdo fué el primero en ponerse en marcha para la conquista de la Galia gótica, 
y llegó delante de Carcasona que esta vez abrió sus puertas al enemigo y prestó 
juramento de fidelidad al rey Gontrando en manos de su lugarteniente Austroval- 
do. Boson y Antestio llegan poco después; el general en jefe se irrita de que se 
hayan llevado las cosas tan adelante sin su intervención superior, pero se dispone 
á continuar la conquista tan felizmente empezada. 

Recaredo comprende la necesidad de oponer á semejante ataque un guerrero 
experimentado , y elige á Claudio , gobernador de la Lusitania, de quien hemos 
hablado hace poco. Claudio, de origen romano, habia llegado por su mérito, aun 
cuando no fuese de la sangre goda (2) , á uno de los puestos mas elevados de la 
gerarquía militar. Godos y Españoles se arman contra los invasores, y pasan los 
Pirineos con dirección al punto invadido. Llegado á los campos de Carcasona, 
Claudio manda hacer alto á su ejército, reconoce la posición del enemigo, y se 
prepara para una acción decisiva. 

El ejército de Boson contaba unos sesenta mil combatientes, según los his- 
toriadores contemporáneos de ambas partes. Al saber la llegada de los Godos, cu- 
yas fuerzas, á lo que parece, eran de mucho inferiores, Boson le sale al encuentro, 
y acampado en las márgenes del Aude, parece desafiar á su adversario. Claudio 
finge teme]" una batalla, maniobra como si quisiere retirarse, y al mismo tiempo 
coloca el grueso de su ejército en emboscada. Boson es sorprendido en su campa- 
mento cuando menos lo esperaba por un cuerpo de trescientos hombres de armas 
los mas esforzados del ejército godo ; después de un corto combate, los Godos to- 
man la fuga; los Francos prorumpen en su grito de guerra, persíguenlos, arras- 
tran á la mayor parte del ejército y se precipitan en un valle, donde los esperaba 
Claudio. De repente suena el terrible cuerno de los Godos, y por todas partes 



(1) Greg. Turón., l.IX, c. 28. 

(2) A su tiempo veremos la distinción establecida por el código de los Visigodos entre los hom- 
bres de las dos razas. 



CAP. IV. — ESPAÑA GODA. 61 

aparecen las hachas, las espadas y las pesadas picas de los soldados de Claudio, 
que envuelven al ejército de Boson, el cual amontonado en el estrecho valle no pue- 
de casi moverse, y está á merced del enemigo. La historia no dice cuantas horas 
duró la matanza, que fué espantosa. 

En tanto Claudio, con otra parte de su ejército, se hallaba ocupado en com- 
batir con las tropas que habian quedado en el campamento de Boson, y su triunfo 
correspondió al que reportaran sus generales en el valle. Después de una lucha 
encarnizada alcanzó por fin la victoria en una verdadera batalla en campo raso ; 
dispersó y persiguió á los Francos hasta gran distancia, y todos sus bagajes caye- 
ron en su poder. 

Tal fué esta batalla, la que mayor gloria reportó á los Godos desde la céle- 
bre de los campos Caíaláunicos. La derrota de Boson ha sido referida con circuns- 
tancias milagrosas por ios piadosos cronistas contemporáneos, y Juan Biclarense, 
al considerar que Claudio con solo trescientos hombres, se atrevió á atacar en un 
principio á los Francos, compara la batalla á la de Gedeon. San Isidoro habla de 
esta victoria como de la mas señalada que los Godos hubiesen alcanzado en las 
Españas (1). 

Los numerosos prisioneros que quedaron en poder de Claudio fueron pues- 
tos en libertad. De los generales Boson, Austrovaldo y Antestio, nada dice la 
historia después de la batalla, y es probable que cayeran bajo los golpes de los 
vencedores. 

Desde aquel momento, Gontrando se consideró vencido; en un principio cre- 
yó en una traición de Childeberto y de Brunequilda, pero una reunión de clérigos 
y letrados declaró que la derrota de Carcasona solo debia de ser atribuida al va- 
lor de los Godos y de su general. 

Por aquel entonces, la viuda de Atanagildo y de Leovigildo, la madre de 
Brunequilda, la arriana Gosuinda, conspiró con un obispo de su secta- llamado 
Uldila, contra la vida de Recaredo, aunque algunos historiadores dudan de que 
fuese su objeto atreverse á tanto. De todos modos, la trama fué descubierta, y Ul- 
dila desterrado. «De Gosuinda, dice el P. Mariana, era dificultoso determinar lo 
que se debia hacer; acudió nuestro Señor, ga á la sazón la sacó desta vida, y con 
la muerte pagó aquella impiedad. » La crónica de Juan Biclarense dice que ella 
misma puso térmiuo á sus dias (2). 

Desde la victoria de Claudio, Gontrando nada mas emprendió contra Reca- 
redo, y cesó en todas sus correrías por la Galia gótica. Los reyes francos sus su- 
cesores renunciaron á conquistarla, y los Godos la tuvieron en tranquila posesión 
hasta la invasión sarracena. Entre Recaredo y Gontrando no se firmó tratado al- 
guno, pero hasta la muerte de ambos se pasó todo como si entre los dos se hubie- 
se pactado la paz. 

En ocho de mayo del siguiente año, Recaredo, deseoso de abjurar solemne- 
mente el arrianismo y de confirmar con público consentimiento de sus vasallos, 
y con aprobación de toda la Iglesia, la religión católica que habia abrazado, así 
como también de que se reformase y restituyese en todo su vigor la disciplina 



A.deJ. c. 



(4! Nulla unquaní in Hispaniis Gothorum vel major vel similis extitit. Isid. Hispal., Hist. Goth. 
(2; Gosvintha vero, catholicis sem per infesta, vitae tune terrniaum dedit Carón. Biclar. 



62 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

eclesiástica, relajada, como era forzoso, por la revuelta de los tiempos, convocó 
un concilio que fué el famoso tercero toledano, al que asistieron cinco metropo- 
litanos y sesenta y dos obispos. 

El rey renovó en él con toda solemnidad su abjuración y su profesión de fe, 
lo mismo que la reina Badda. Uno de los obispos preguntó á los eclesiásticos y á 
los magnates présenles que, dejada la secta arriana,querian seguir el ejemplo de 
su rey, si en aquella profesión y abjuración les descontentaba alguna cosa, dando 
todos por respuesta que aprobaban y abrazaban cuanto la iglesia católica profesa. 
Entre los personajes de importancia que abjuraron solemnemente el arrianismo,se 
contaron cinco magnates y ocho obispos, entre estos los de Valencia, de Viseo, de 
Tuy, de Porto y de Tortosa.En las juntas sucesivas se entró en discusión general, 
y redactáronse veinte y tres cánones, dirigidos á reformar las costumbres y la dis- 
ciplina eclesiástica. Entre ellos hay uno que puede servir de mucho para el estu- 
dio de la sociedad española en aquella época, tal es el que prescribe á los obispos 
y magistrados emplear toda su auíoridad para abolir los restos de la idolatría 
que subsistían aun en España y en la Galia gótica. 

Las disposiciones de este concilio, lo mismo que las dictadas por los sucesi- 
vos concilios de Toledo, fueron sometidas á la sanción real, y Recaredo los con- 
firmó con estas palabras : «Flavio Recaredo rey, esta deliberación que determi- 
namos con el santo concilio , confirmándola, firmo. » Esta anomalía que se obser- 
va en los concilios toledanos, esto es, que la autoridad real sancionaba sus dis- 
posiciones, siendo así que jamás los emperadores habían hecho á lo mas otra co- 
sa que consentir en los decretos de los Padres, ha hecho acreditar la opi- 
nión de que además de asambleas eclesiásticas eran los concilios de Toledo como 
grandes juntas políticas, como una especie de cortes déla nación, y bajo este con- 
cepto sus decisiones en aquello que no era meramente eclesiástico, necesitaban 
para su validez de la sanción, de la confirmación del rey. A no ser así, como es 
en el dia opinión muy válida, en la que acaba casi por convenir el historiador 
Lafuente, á pesar de refutarla en un principio, la iglesia, que tan celosa se ha 
mostrado siempre de su independencia y mas en aquellas épocas en que era ella 
sola el arca salvadora de los principios sociales, habría estado supeditada en de- 
masía á la autoridad del rey. 

El descontento de los arríanos aumentó con lo sucedido en Toledo, y Argi- 
mundo, que desempeñaba en palacio uno de los cargos principales, tramó una 
conspiración contra la vida del rey ; el gran número de los conjurados causó su 
pérdida ; la conjuración fué descubierta, y á Argimundo le corlaron el cabello y 
la mano derecha, paseándole luego con gran pompa por las calles de Toledo mon- 
tado en un asno, para que sirviera de ejemplo á los grandes y álos pequeños (1). 
Una embajada llevó al papa Gregorio la noticia de tan grandes cambios, y 
al mismo tiempo rogó Recaredo al papa que le enviase copia del tratado celebra- 
do entre Atanagildo y Justiniano, relativo á las tierras que los Imperiales poseían 
en España. Después de lamuerle de Leovigildo, estos se habían permitido varias 
excursiones por las tierras de los Visigodos, y Recaredo habia debido trabar con 



4) Turpiter decalvatus, post hít;c dextra ampútala, exemplum ómnibus ¡n Toletana urbe asi- 
no sedens pompizondodedit, et docuit fámulos dominiinon essesuperbos. Así acaba la crónica Bi- 
clarense una de las mas preciosas antorchas para la historia de España en aquella época de tinieblas. 



(1) Una quia Chartophylacium, praedicti pise memoriaa Justlniani principis tempore, ita sur- 
ripíente súbito ílamma incensum est, ut omnino ex ejus temporibus pene nulla carta remaneret. 
Alea autem quia (quocl nulli dicendum est) ea quee contra te suntapud temetipsum debes requirere, 
atque ha3c per me in médium proferre. Sanct. Greg. ad Recharedum regem, epist. II. (Véase el 
Apéndice.) 

(2) Recaredus regno est coronatus, cultis prseditus religionis, et paternis moribus longe dissi- 
milis. Namque ille irreiigiosus, et bello promptissimus; hic fide pius et pace praeclarus: ille armo- 
rum artibus gentis imperium dilatans : bic gloriosus eamdem gentem fidei trophaeo sublimans. 
Isid. Hispal. Hist. Goth. 

(3) Ignobili quidem matre progenitus, sed virtutum índole insignitus. Hist. Goth. in sera 
DCXXXIX. 



601. 



CAP. 1Y.— ESPAÑA GODA. G3 

ellos diferentes combates para hacerlos volverá sus fronteras. Gomo no pretendía 
despojarlos del territorio que poseían legítimamente, no habia pasado mas ade- 
lante, movido por su amor á la justicia, pero deseaba saber á punto fijo hasta don- 
de llegaban sus propios derechos y los de los Imperiales. Por esto solicitó del Pa- 
pa copia del tratado en cuestión, pero Gregorio no se la envió por dos razones, 
según expresa en la carta que de su propio puño le escribió: 1. a porque un incen- 
dio habia destruido los archivos que contenian el tratado pedido, y 2. a porque 
dicho tratado no era favorable á los Godos (1). 

Recaredo consagró á las reformas los restantes años de su reinado ; los últi- 
mos los ocupó en revisar y adicionar las leyes civiles, sorprendiéndole en tan útil 
trabajo la enfermedad que le llevó al sepulcro, después de quince años de ce- 
ñir la corona. 

El reinado de Recaredo fué uno de los mas gloriosos de la época goda, y de 
él data la unidad religiosa que aun hoy es para España una de sus áncoras sal- 
vadoras. De buena condición, de suaves costumbres, de gentil disposición y de 
rostro agraciado, ganó Recaredo el amor de todos sus subditos. Liberal por na- 
turaleza, piadoso casi siempre, severo cuando la necesidad lo exigía, esforzado 
guerrero, gobernante inteligente, acabó y perfeccionó la obra de su padre, hacien- 
do del pueblo godo la nación mas poderosa y temida de esta parte de Europa, co- 
mo también la mejor administrada (2). 

Dejó Recaredo tres hijos, según dice Mariana, llamados Liuva, Suintila y Gei- 
la. El citado historiador dice que á Liuva lo tuvo de su primera mujer, esto es de 
Badda (Mariana cree, como hemos dicho, que llegó á verificarse el matrimonio 
de Recaredo con Glodosinda) , y que los dos postreros no se sabe que madre tu- 
vieron. Otros historiadores, fundados en la crónica de Isidoro (3), dicen que Liu- 
va fué un hijo natural que tuvo cinco años antes de subir al trono, y que los otros 
dos nacieron de la reina Badda. 

Liuva, que contaba apenas veinte años, fué elegido por los grandes, pero su 
reinado fué de corla duración. Viterico, á quien hemos visto conspirar contra Re- 
caredo, logró persuadir al joven rey que declarara la guerra á los Imperiales, y se 
hizo confiar el mando de las tropas destinadas á esta expedición. Abusó, empero, 
de la confianza en él depositada, y valiéndose de la fuerza que le daba su empleo, 
se apoderó de la persona del rey y le dio muerte. Liuva tuvo el reino solo dos 603. 
años, en los que no obró cosa que de contar sea, salvo que con la hermosura de 
su rostro y con su gentileza tenia granjeadas las voluntades de todos, y por ser 
muerto en la flor de su edad dejó un increíble deseo de sí, y una lástima extraor- 



A. de J. C, 



64 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. dej. c. diñaría en el ánimo de sus vasallos, segun lo acreditan los escritos contempo- 
ráneos. 

Viterico (Vitt-Rich), aclamado rey por las tropas, atacó á los Imperiales y 
consiguió conlra ellos algunos triunfos, apoderándose entre otras de una ciudad 
llamada Sagontia, que Mariana dice ser Sigüenza (1). 
e07 Teodorico ó Thierry, rey de los Burgundios, pidió la mano de Ermenber- 

ga, hija de Viterico, y manifestó el deseo de que fuese este enlace prenda de du- 
radera paz entre ambos pueblos (2). Viterico, que no dejaba de abrigar alguna 
inquietud acerca del modo como sus vecinos habian visto su elevación, acogió so- 
lícito una proposición que tanto halagaba su vanidad, y se apresuró á contestar 
satisfactoriamente. Ermenberga partió para Borgoña con los embajadores del 
Borgoñon, llevando un magnífico séquito, pero poco tiempo habia de permanecer 
al lado de su marido. 

«Los embajadores presentaron la princesa al rey, en Chalons del Saona, y 
fué recibida con grandes honores y testimonios particulares de afecto y de cariño; 
mas Brunequilda, que no habia podido impedir esta negociación, halló medio de 
neutralizar su efecto en un tiempo en que todos, á no ser ella, lo habrian creído 
imposible. Ante todo hizo nacer incidentes que retardaron la celebración de las 
bodas, y luego atrayendo á sus miras á la hermana del rey, Teudelana, que te- 
nia gran influencia en su hermano, sirvióse de ella para disgustar al rey de la 
princesa. Ya fuese, pues, que Ermenberga careciese de belleza, ya tuviese algún 
defecto físico ó moral exagerado sin cesar, es lo cierto que Brunequilda y Teu- 
delana cambiaron de tal modo el ánimo del rey respecto de ella, que por espacio 
de un año fué retardando el matrimonio, hasta que por fin la envió otra vez á Es- 
paña, cometiendo además la indignidad de no restituirle su dote (3).» 

Indignado Viterico por semejante afrenta, alióse con Clotario, rey de Sois- 
sons, con Teodoberto, rey de Auslrasia y con Agilulfo, rey de los Longobardos ; 
sus ejércitos combinados habian de apoderarse de Borgoña que ellos habrian di- 
vidido entre sí ; pero Teodorico logró apartar á su hermano Teodoberto de la 
coalición ofreciéndole mejores condiciones que las que el tratado le procuraba. 
La defección de Teodoberto originó desconfianza entre los demás príncipes, y la, 
coalición quedó sin efecto (4). 

Desde aquel momento, fué Viterico objeto de desprecio por parte de los suyos 



(1) Adversus Romanum militem bella ssepe molitus, nil satis gloriae gessit, praeter quod mili- 
tes quosdam Sagontia per duces obtinuit, dice Isidoro de Sevilla, quien por otra parte reconoce el 
valor personal de Viterico : Vir quidem strenuus in armorum arle, sed tamen expers victoriae. 

(2) Eodem anno (607) Theudericus Aridium episcopum lugdunensem,Rocconem et .¿Epporinum 
comestabulum ad Bettericum regem Spaniae direxit, qui exinde Ermenbergam filiam ejus Theude- 
rico matrimonio sociandam tdducerent. Ibique datis sacramentis, ut a Theuderico Cabiilono pras- 
sentant, quam ¡lie gaudiens diligenter suscepit. 

(3) Daniel, t. I, 1. V. 

(4) Bettericus hiecindignans, legationem ad Chlotarium direxit: legatus Chlotarii cum Betteri- 
ci légate ad Theudebertum perrexit. Iterum Theudebcrli legali cum Chlotarii et Betterici le^atariis 
ad Agonem (is est Agilulfus rex Longobardorum) regem ltalice acceserunt : et unanimiter hi qua- 
tor reges cum exercitu undique super Theudericum inruerunt, ut regnum ejus auferrent, et eum 
morte damnarent, eo quod tantum de ipso reverentiam ducebant, legatus vero Gothorum evec- 
tu navali de Italia per mare in Spaniam reverlitur : sed hoc consilium divino nutu non sortitur 
effectum. Quod cum Theudonco compertum fuisset fortissime ab eodem despicitur. Fredeg. 



A. deJ 



CAP. IV. — ESPAÑA GODA. 65 

que atribuyeron á sus maldades la afrenta inferida á su hija. Odiado por gran 
parte del pueblo por atribuírsele la idea de restablecer en Españala secta arriana, 
cansados de él los magnates y grandes de palacio, le mataron en medio de un 6io 
banquete. Entronizado por el hierro, murió á hierro, dice san Isidoro, y la muerte 
del inocente quedó vengada ; el cuerpo de Viterico fué arrastrado por las calles y 
sepultado ignominiosamente fuera de los muros de Toledo (1). 

Gundemaro (Gund-mar) fué proclamado rey, según parece, por los mismos 
asesinos de Viíerico. Esto no obstante continuó la polííicade su antecesor respec- 
to de los reyes francos, y se ligó, á lo que puede comprenderse, mediante una 
suma de dinero, dice Romey, con Teodoberto, rey de Austrasia, contra el her- 
mano de este, Teodorico, rey de los Burgundios. ¿Hízolo para vengar el ultraje 
inferido á los Godos en la persona de Ermenberga ? Se ignora, pero es positivo 
que hubo alianza entre Gundemaro y Teodoberto de Austrasia contra Teodori- 
co de Borgoña; que el rey auslrasiano debia facilitar al Visigodo cierto número 
de hombres, por el mérito de una gracia pecuniaria ; que llegando á faltar esta 
gracia, ó por otra causa, sobrevino entre ellos un rompimiento, agriándose sus 
relaciones hasta el punió de que Teodoberto detuvo como prisioneros á los emba- 
jadores de Gundemaro, Totila y Gundrimiro ; que Gundemaro hizo que los re- 
clamara el conde obispo Balgarano, que gobernaba en su nombre la Galia góti- 
ca, quien escribió tres cartas á un obispo franco del reino de Teodoberto para 
obtener satisfacción de la ofensa, y acabó por romper por tierra franca apode- 
rándose de las ciudades de Jubiniano y Corneliano, cedidas antes por Recaí edo á 
la reina Brunequilda (2). Sin embargo de la vivacidad de este altercado, de este 



[\ ) Quia gladio operatus fuerat, gladio periit. Mors quippe innocentis inulta in illo non fuit, Ín- 
ter epulus emm prandii conjuratione suorum et interfectus ; Corpus vero ejus viliter est exporta- 
tum atque sepultum. Isid. Hispal., Hist. Goth. 

(2) Estos hechos resultan de las tres cartas de Bolgarano, conservadas en el archivo de Alcalá 
de Henares, las cuales han dado motivo á Mariana, aunque infundadamente, según los mas acredita- 
dos historiadores, para dirigir contra Gundemaro la acusación de que pagaba parias á los Franceses. 
— Los pasages de dichas cartas de que se desprenden los hechos referidos, dicen así : Ut si scripta, 
quse paulo ante glorioso Theudiberto regi directa sicut polliciti estis, destinare procurastis ; aut si 
missi vestri jam revertí sunt, vel quod reciperetis responsum, vel si usque hic placita deportantes, 
aut certe siad praesentiam gloriosissimi domini mei Gundemari regis praeparaturi advenerint, cer- 
tius sciamus, quomodo autubi o pecunia praeparetur. Epist.I Bulgaraniad episc. franc — Et qualate- 
re Beatitudinem vestram non arbitror, quod filius vester dominus Theutibertus cum gente Gotho- 
rum a decidentibus velut olim existit colligata principibus ; nunc per pactorum allegatione pacem 
per legatis ejusdem gentis devovit roborare perpetuam. Ex quo aliquod grato mérito pecunias, nu- 
merum gentis pollicitus est impertiré Francorum. Unde jam me constat, memorato vestrofilio Theu- 
tiberto pervenerabilem fratrem vestrum.... Verum episcopum destinasse scripta, per qua innotui 
quod jam ipsa pecunia a filio vestro domino meo Gundemaro rege directa... Obinde tuam tanctita- 
tem debita humilitate deposco, et si agnoscitiseam quam direximusad dominumTheutibertumpa- 
ginam pervenisse; aut si ea' quae per legatis Gothorum sunt sub definitione inita, si manebunt vera- 
citer adlegata, vel quantum praedictus filius vester in Avarorum bellica triumphatus est acie, ves- 
tris mereamur adfectibus informan. Epist. III...— Manet enim filio vestro glorioso domno meo 
Gundemaro Regi cunctaeque genti Gothorum non exigua, sed magna pecunias repetitio, ut nobiles 
ejusdem gentis legatos vestra magnificentissime cum consolato veritatis gratia discurrentes ab ves- 
tro injuste principe capti... Pateat vero Totilonum et Gundrimirum viros illustres a serenissimo do- 
mino meo Gundemaro rege directos, in finibus vestris in locum Irapinas post iüatam eorum dispec- 
tionem ínter praeceptione clausistis, et ad vos usque succedereloculenteraditumdenegastis. Dignum 
est vestri ut primum in sua dignitate Gothorum restituantur legati; et inter affinem sanguinemgen- 
tem servantem pacem, domino adjuvante, vestrorum si necesse est, ad praesentiam gloriosi domi- 
ni mei libertas maneat itinerislegatorum. Nam de loca unde intimastis Jubiniano et Corneliano, qua 
TOMO II. 9 



A. de J. C; 



66 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

principio de hostilidades por parte de los Godos, parece que las cosas no pasaron 
adelante, y que ambos pueblos continuaron en paz. 

En España, hizo Gundemaro una campaña contra los Vascones, á quienes 
venció y rechazó á sus montañas. 

En esto, hicieron los imperiales algunas irrupciones por territorio de los Go- 
dos, y Gundemaro marchó contra ellos ; estos que no se sintieron con fuerzas pa- 
ra aguardarle en campo raso, se fortificaron en su campamento, pero los Godos los 
atacaron, é hicieron en sus filas gran matanza que les quitó por mucho tiempo el 
deseo de salir de sus fronteras. 

En tiempo de Gundemaro se reunió en Toledo un concilio que no tiene nú- 
mero determinado entre los Toledanos, para declarar la metrópoli de dicha ciu- 
dad sobre los obispos todos de la provincia cartaginense de los cuales algunos se 
negaban á reconocerle portal, alegando que solo lo era en la provincia carpetana. 

De regreso de su expedición contra los Imperiales, Gundemaro cayó enfer- 
612. mo y murió después de un año y algunos meses de reinado. 

Sucedióle Sisebuto, y empezó por hacer la guerra á los Ásturos y á los Ru- 
cones (habilantes de la Rioja); contra los primeros envió un ejército á las órde- 
nes de Rechila, y contra los segundos a otras tropas bajo el mando de Suintila. 
Los Ásturos y los Rucones, que por la aspereza de su tierra andaban alborotados 
y sin querer reconocer obediencia al nuevo rey, fueron vencidos y sosegados. 

Sisebuto aprovechó el entusiasmo que excitaron estas victorias para intentar 
la expulsión de los Imperiales que ocupaban aun la costa mediterránea desde el 
estrecho deGibraltar hasta el reino de Valencia, y al occidente parte da Portugal, 
sin contar muchas plazas fuertes fronterizas. El patricio Cesáreo, gobernador 
griego, salió al encuentro del numeroso ejército godo, presentóle batalla, fué ven- 
cido, y tuvo que retirarse con gran pérdida. Sisebuto persiguió á ios Imperiales, 
y se apoderó en su camino de varias fortalezas. Cesáreo entretanto levantó un 
segundo ejército y probó la suerte de una nueva batalla, en la que sufrió mayo- 
res pérdidas aun que en la pasada. La mayor parte de los suyos fueron muer tos ó 
hechos prisioneros, y entonces fué cuando se manifestó la piedad yel magnánimo 
corazón de Sisebuto, quien mandó prodigar á los heridos toda clase de cuidados, 
y hasta rescató de sus soldados los prisioneros que habian cogido para darles 
libertad (1). 

La conducta de Sisebuto produjo el doble resultado de poner á Cesáreo en 
la imposibilidad de reunir otro ejército y de atraer á la causa de los Godos las 
guarniciones de las fortalezas, que casi todas se rindieron. Solo un partido que- 



in provincia Gothorum noscitur domna Brumgildes possedisse, ut a suis post ejus jure aditum tri- 
buamus hominibus; ordinandam miramur tuam sicnos hortare Beatitudinem, ut loca qua prosta- 
bilitate concordise sanclae memoria; dominus noster Richarredus rex in jure memórate contradidit 
domna; ut a partibus vestris scandalum nutrientibus foedus sit charitatis disruptum, et pars jura 
qua; stimukcm illicite suscitat, possessiones debeat gentis possidere Gothorum. 

(1) De Romanis quoque pnesens íeliciter triumphavit, et quasdam eorum urfces pugnando 
subegit... Adeo post victoriam clemens, ut pene omnes ab exercitu suo boslili prnsda in servitutem 
redados pretio dato absolveret, ejusque thesaurus redemptio captivorum existeret... Isid. Hispal. 
Hist. Goth. — Sisebodus dicebat pietate plenus : Heu me miserum cujus tempore tanta sanguinis ef- 
fusio íitur! Cuicumque poterat occurrere, de morte liberabat. Fredeg. c. 30. 



CAP. IV.— ESPAÑA GODA. 67 

daba á Cesáreo para salvar lo que restaba de las posesiones del imperio griego ; a. de j. 
solicitar la paz, y á él se atuvo. 

Cecilio, obispo Mentesano, se habia retirado para vivir lejos del mundo á 
un monasterio situado en tierra de los Imperiales, y como Sisebuto lo ha- 
bia reclamado en vano al principio de las hostilidades, Cesáreo aprovechó esta 
circunstancia, é hízole conducir á la corte del rey godo, acompañado de un emba- 
jador que llevaba una carta para el rey, en la que pedia que le indicase las con- 
diciones bajo las cuales consentiría en la paz. Sisebuto recibió muy bien al emba- 
jador, y le comunicó sus condiciones. El patricio las aceptó con la reserva de que 
fueren aprobadas por el emperador que era entonces Heraclio, y este ratificó el 
tratado, con la condición, que algunos historiadores rebajan á la categoría de 
consejo, de que el rey de ios Visigodos expulsase de su reino á los Judíos. Dícese 
que la aversión de Heraclio para con los Judíos dimanaba de que este inepto em- 
perador, muy dado á lo que llamaban astrología judiciaria, les aplicaba un vati- 
cinio que se le habia hecho, consistente en que el imperio seria destruido por una 
nación errante y circuncisa, enemiga de la fe cristiana. Los Imperiales evacuaron 
casi todas las plazas que poseían en las costas meridionales, y se retiraron al ter- 
ritorio que se ha llamado después reino de los Algarbes (1). 

Así pues, si Sisebuto proscribió á los Judíos fué mas que por impulso propio 
á excitación del emperador de Oriente, y en cierto modo en virtud de un tratado. 
Publicóse un edicto mandando á los Judíos recibir el bautismo dentro del término 616 . 
de un año bajólas penas mas severas, no quedándoles otroarbitrio queconfesará 
Jesucristo ó ver rapados sus cabellos, sus bienes confiscados y serellos puestos en 
servidumbre, cosa ilícita y vedada entre los cristianos, dice el P. Mariana, que á 
ninguno se haga fuerza para que lo sea contra su voluntad. Para dar una idea 
del número de Judíos que se encontraban entonces en España, bastará decir que 
mas de noventa mil recibieron el bautismo, y fueron la menor parte. Los mas hu- 
yeron, y fueron despojados de sus bienes y condenados en rebeldía. Los que no 
quisieron recibir el bautismo ni abandonar su patria adoptiva, fueron tratados 
con extremado rigor. Muchos pasaron los Pirineos, y buscaron un asilo en las dos 
Aquitanias y en la provincia narbonense, de donde algún tiempo después habia de 
expulsarlos también el rey franco Dagoberto, á excitación del mismo Heraclio. Las 
márgenes del Loire, el país délos Arvernos, la Sepíimania, y hasta los Alpes ma- 
rítimos vieron pasar numerosas familias de la raza hebrea, y el pueblo judío sufrió 
como una nueva dispersión. El clero fué el primero en condenar semejantes dis- 
posiciones, y los obispos casi unánimemente reprobaron estos rigores (2). Los dos 
edictos promulgados por Sisebuto contra los Judíos, ambos en el año cuarto de su 
reinado, se encuentran en la recopilación que se hizo después délas leyes visigo- 
das, que ahora se llama Fuero Juzgo (3). 

Temeroso de que los Imperiales no se mostrasen fieles observadores del tra- 
tado, Sisebuto mandó rodear la ciudad de Ebora de fuertes murallas flanqueadas 
por altas torres, é igualmente hizo fortificar otras muchas ciudades fronterizas. 



1 1 ) Véa?e acerca de esta guerra y del tratado que la siguió la correspondencia original de Sise- 
buto con el patricio Cesáreo en la España Sagrada, de Flores, t. III, p. 320 y sig. 
(2: Isid. Hispal. Hist. Goth. 
¡3) Cod. Leg. Visig., lib. XII, t. III, 1. 3. 



68 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

l *e j. c. Tomadas estas precauciones, tuvo que combatir con un nuevo enemigo. Los habi- 
tantes de la costa de África infestaban el Mediterráneo, y llevaban la desolación y 
la muerte á todos los pueblos de la España meridional. Sisebuto se embarcó con 
sus mejores tropas, abordó en la Mauritania Tingitana, se apoderó de Tingis, 
de Septa, y de los territorios inmediatos, dejó guarnición en las plazas fuertes, y 
puso fin de un golpe á las tropelías de los piratas. Obsérvese aquí que solo el cro- 
nista Rodrigo de Toledo habla de esta expedición, y que Masdeu y otros histo- 
riadores modernos la ponen muy en duda, 
sai. Sisebuto murió casi repentinamente á los ocho años y seis meses de reinado, 

de muerte natural, según unos, de veneno, según otros, aunque no es lo proba- 
ble, como dice Mariana, y no faltó tampoco escritor contemporáneo que achacó su 
fallecimiento á castigo del cielo por haber traspasado los límites de su autoridad 
en materia eclesiástica en la circunstancia siguiente: El obispo de Barcelona Eu- 
sebio permitió que los cómicos representasen en el teatro de aquella ciudad co- 
medias sacadas de las ceremonias gentiles; el metropolitano de Tarragona re- 
prendióle por su conducta, y el rey se permitió deponer al obispo y mandar que 
se consagrase á otro en lugar suyo . 

Sisebuto fué señalado en prudencia en las cosas de la paz y de la guerra, 
ferviente, á veces hasta el exceso, en el celo de la religión católica, y lo que en 
aquellos tiempos rayaba en prodigioso, enseñado en los estudios de las letras y 
muy versado en la lengua latina. 

En tiempo de este rey y en el séptimo año de su reinado, juntóse un concilio 
en Sevilla, presidido por san Isidoro, para condenar la secta de los acéfalos, he- 
regía reprobada ya en Oriente, pero que comenzaba á brotar en España. 

Por muerte de Sisebuto sucedió en el reino su hijo, que tomó el nombre de 
Recaredo II, mozo de poca edad y de fuerzas no bastantes para peso tan grande. 
Reinó solo cuatro meses, y pasados falleció sin que de él se sepa otra cosa (1). 

A Recaredo II sucedió Suintila (Swinthü),k quien el P. Mariana y otros his- 
toriadores suponen hijo de Recaredo I , hecho que Perreras niega , y del cual en 
efecto nada dicen los escritores contemporáneos. 

Al principio de su reinado, Suintila formó varios reglamentos para la bue- 
na administración de justicia; dispuso que se distribuyesen socorros á las clases 
necesitadas, y de estas pacíficas ocupaciones le distrajo una sublevación de los 
Vascones. Suintila dio orden á los gobernadores de las provincias de marchar 
con tropas á cortar la retirada á las fuerzas sublevadas , mientras que él las ata- 
caria por el frente. Este plan tuvo un éxito satisfactorio: los Vascones que se vie- 
ron envueltos; se sometieron, y el rey se limitó á quitarles el bolin que habían 
recogido y á obligarlos á que aprontasen cierto número de trabajadores para la 
construcción de una ciudad nueva, ala que se dio el nombre de Ologilis, que al- 
gunos suponen ser Olite, de Navarra (2). 

Los Imperiales no poseían mas territorio que el ángulo que forma el cabo de 



(4, Hujus vit;jj brevitas nihil dignum praíuotat. Isid. Pac. Chr., c. 7. 

(2 Ubi adeo montivagi populi terroreadvenlusejus perculsi sunt, ut confestim, quasi debita 
jura nosccntes remissis tellis et expeditis ad prccem manibus supplicis ei colla submitterent, obsides 
darent, Ologitin,civitatemGothorum, stipendiis suis et laboribus conderent, poliicentes ejus regno 
ditionique parere, o t quidquid imperaretur, efficere. Isid. Hispa!., Hist. Goth , c. 65. 



CAP. IV.— ESPAÑA GODA. 69 

San Vicente, y Suintila resolvió arrojarlos de allí. Dice el P. Mariana que dos pa- A, 6 ^ J - c - 
tridos gobernaban el débil resto de las posesiones del imperio griego en la Penín- 
sula, y que el rey, logrando dividirlos, hizo mas fácil la realización de su proyec- 
to. Sin embargo, no es probable que el emperador Heraclio tuviera dos goberna- 
dores por tan corta extensión de territorio. Oíros historiadores refieren, y esto pa- 
rece lo mas probable, que el único patricio que allí mandaba salió al encuentro 
de Suintila, le presentó batalla, y la perdió con la vida. Entonces un oficial tomó 
el título de patricio y el mando de las tropas mientras se esperaban de Constanti- 
nopla otro gobernador y refuerzos. 

De todos modos, parece acreditado que hubo una batalla en la que mu- 
rió un patricio, y que Heraclio, que no pudo enviar refuerzos, se limitó á nom- 
brar un nuevo gobernador con plenos poderes para hacer cuanto le pareciese con- 
veniente según las circunstancias. Suintila en tanto estrechaba al enemigo muy 
de cerca, y el patricio encontró á su llegada fuerzas insuficientes. Vivamente 
atacado , concentró su gente y lo dispuso todo para hacer comprar cara la vic- 
toria á los Godos, quienes, no queriendo reducir á sus enemigos á la desespera- 
ción, consintieron en entrar en negociaciones. Los Imperiales abandonaron cuan- 
tas plazas poseían aun en España en nombre del emperador, bajo la condición de 
quepodrian retirarse con los honores de la guerra, y Suintila reunió la Península 
toda bajo la dominación goda (1). 

Cubierto de gloria por la completa expulsión de los Imperiales, Suintila in- 
tentó vincular la corona en su familia, y asocióse en el poder su hijo Reeimiro. 
Sin embargo, no todos sus subditos vieron con buenos ojos semejante elevación, 
que pareció un alentado contraías prerogativas nacionales. Desde aquel momento, 
Suintila vino á ser tenido en poco por los Godos, y si hemos de dar fe á muchos 
historiadores y entre ellos al P. Mariana, desde aquel momento perdió también 
sus virtudes. Los vicios, los deleites le dominaron; hízose déspota, violó las leyes 
fundamentales de la nación, y en poco tiempo hízose objeto del odio universal. 
Conspiróse contra él, y el rigor con que castigó á los conspiradores envenenó la 
contienda ; el número de sus enemigos aumentó, y Sisenando, gobernador de la 
Galia Gótica, se puso á su cabeza. El magnate comprendió que la corona sehalla- 
ba al fin de su camino, y para recorrerlo mas pronto, llamó en su auxilio al rey 
franco Dagoberto. Este hizo suya su causa; pero solo en cambio del famoso vaso 
de oro, adornado de piedras preciosas, la joya mas rica del tesoro visigodo, con- 
sintió en prestarle sus hombres de armas (2). Sisenando lo prometió todo, y pa- 
só los Pirineos no solo con las tropas de su gobierno, sino también con un cuerpo 
de auxiliares francos, mandados por los dos mejores capitanes de Dagoberto, 
Abundancio y Venerando. 

Al saber los proyectos de Sisenando, Suintila se apresuró á salirle al en- 
cuentro, y llegó delante de César Augusta en el preciso momento en que los su- 
blevados acababan de penetrar en la ciudad. El rey tomó las necesarias disposi- 
ciones para una batalla ó para un sitio, pero su ejército aclamó á Sisenando, y «si. 



(i) Totius Hispanise infra Oceani fretum monarchia regni primus ídem potitus, quod nulli re- 
tro principumest collatum. Isid. Hispal., Hist. Goth. 
(2; Romey, P. 1 . tt c. XV. 



70 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. dej.c Suintila con su familia hubo de buscar su salvación en la fuga. Pocas horas 
después de su partida, presentóse Si señando en el campamento donde fué recibido 
con grandes muestras de entusiasmo, y después de festejar espléndidamente á 
los generales francos, á quienes colmó de presentes, tomó el camino de Toledo, 
cuyos habitantes le recibieron en triunfo y le proclamaron rey. 

La conducta de Dagoberto prestando sus tropas como un jefe aventurero, se 
explica por la inmoderada afición que la historia le atribuye al fausto y á las jo- 
yas (1). Una vez en al trono, Sisenando fué instado por el rey franco para que 
cumpliese su palabra, y en efecto entregó á los enviados de Dagoberto el precioso 
vaso. Los Godos, empero, no quisieron consentir en perder aquel tesoro al que iba 
unido para ellos un glorioso é histórico recuerdo, y colocándose algunos en embos- 
cada, arrebatáronlo á los embajadores. Sisenando se apresuró entonces á manifes- 
tar á Dagoberto la imposibilidad en que se hallaba de cumplir su promesa, y ofre- 
ció lealmente en dinero el valor de lo pactado. ¡Dagoberto aceptó la propuesta del 
rey godo, y recibió como indemnización doscientos mi! sueldos (solidi), que apli- 
có á la fábrica de la abadía de San Dionisio (2). 

En el tercer año de reinado, Sisenando convocó el cuarto concilio de Toledo, 
que se reunió en 5 de diciembre, presidido por San Isidoro, con asistencia de se- 
senta y nueve prelados, ya por sí, ya representados por sus vicarios. Las deci- 
siones de la augusta asamblea no dejan duda alguna acerca del carácter que á los 
concilios toledanos hemos atribuido, y son y serán eterno monumento de latutelar 
y digna protección que la Iglesia católica ha dispensado siempre á los oprimidos. 
Los Padres de Toledo no se limitan, como indicamos en el tercer concilio, á de- 
liberar y á legislar sobre materias eclesiásticas; ellos, que eran la parte mas ilus- 
trada y, casi estamos por decir, la única ilustrada de la nación; ellos, solos depo- 
sitarios en aquella época , de las claras y distintas nociones que sobre el poder y 
su ejercicio ha tenido siempre la sociedad modelo de la Iglesia; ellos, verdaderos 
amantes de la libertad, de la dignidad del hombre, fijan los primeros en la Espa- 
ña goda los límites del poder del rey, los límites de los derechos sociales. En los 
cánones del cuarto concilio de Toledo, concisos y sin aparentar la pomposa forma 
doctrinaria, se encierra toda una constitución; ellos contienen todo aquel derecho 
que así vigorizó y comunicó el sentimiento de su dignidad á los individuos como 
contuvo y elevó á los reyes, alta expresión de la sociedad, haciendo de nuestra Es- 
paña durante el principio de la edad media el país mejor gobernado de Europa, 
en lo que podían consentirlo las incesantes guerras, los excasos mediosde produc- 
ción y el estado violento del mundo al sacudir la tiranía de Roma. 

«A tí, rey, que estás presente, dicen los Padres en el canon LXXV, y á vo- 
sotros todos, príncipes de las edades futuras, pedimos con la humildad que á 
cristianos conviene, que seáis suaves y moderados para con vuestros subditos; 
os pedimos que rijáis con justicia y piedad los pueblos que por Dios os han sido 
confiados (3) » 

(i) Romey, p. i.'c. XV. 

(2) Considerando Masdeu el sueldo de oro como una fracción de la libra, deduce que la suma 
pagada á Dagoberto fué de 2,777 libras de oro. Mariana dice que solamente se le dieron diez libras. 

(3) Te quoque pr;i:sentem regem, futurosque sequentium aetatum príncipes, humilitate, qua 
debemus, deposcimus, ut moderati et mites erga subjectos existentes cum justitia et pietale a Deo 
volis créditos regatis. Concil. Act., Conc. Tolet. IV, t. V. 



CAP. IV.— ESPAÑA GODA. 71 

Y luego añaden: a. dey.c, 

«En cuanto á los reyes de las edades futuras, promulgamos en toda verdad 
esta sentencia: Si alguno de ellos, con menosprecio délas leyes, con orgulloso des- 
potismo, cegado por el fausto real, hace pesar sobre los pueblos una dominación 
cruel, para saciar su ambición, su avaricia ó sus apetitos, sea anatematizado en 
nombre de Jesucristo, sea separado de Dios por su santo jucio (1).» 

Esto en cuanto á los reyes, al poder. El hombre que abusa de él, de la ema- 
nación de su potestad que ha puesto Dios en la tierra para que sea posible el 
estado social, sea anatematizado; y uniendo el ejemplo á las palabras, el concilio 
escomulgó á Suintila, á su mujer y á su hermano por los males que cometieron 
en el tiempo de su dominación, y declaróle á él y á sus hijos incapaces para ejer- 
cer cargos públicos. Sisenando podia estar satisfecho: el monarca á quien destro- 
nara era objeto de las iras divinas y humanas; mas los Padres, ante él, rebelde 
ásu rey, después de establecer con tan terribles palabras y tan riguroso ejemplo 
las obligaciones de los soberanos, anatematizan por tres veces á los que quebran- 
tan el juramento prestado al Soberano. Tres veces anatematizan también á cuan- 
tos conspiren contra el poder, y ahí está toda la doctrina del gobierno, la verda- 
dera, la única que puede evitar á las naciones los cataclismos, la infelicidad y 
la ruina. 

El rey asistió á este concilio , pero no lo presidió; en la sesión primera hin- 
có la rodilla en tierra, y, con tono humilde y suplicante, pidió á la asamblea que 
reformara y pusiera en orden los asuntos del Estado. Las reglas que habian de 
observarse en la celebración de los concilios sucesivos llamaron primeramente la 
atención de los Padres, y , fijadas estas, pasaron á determinar varios puntos de 
disciplina eclesiástica. Los mas notables , y que pueden tener interés para el his- 
toriador profano , fueron que ninguno pudiera ordenarse de obispo ni de presbí- 
tero que no contase treinta años de edad, debiendo tener la aprobación del pueblo; 
que los obispos mandasen separar de sus barraganas á los clérigos que las tuvie- 
sen, que á nadie se administrase por fuerza el bautismo, y por lo mismo que en 
adelante no se obligase á los Judíos á recibirlo. 

El concilio ocupóse en seguida en los asuntos del gobierno ; dictó los cáno- 
nes y las disposiciones que hemos citado y mencionado , que figuran todas en el 
preámbulo del libro de los Visigodos , y estableció por fin el modo y las circuns- 
tancias de la elección de los reyes. «Muerto el rey, dijeron los Padres para poner 
á raya las ambiciones turbulentas, nadie tendrá derecho para gobernar el Estado 
hasta que se haya llenado la vacante del trono por los grandes y prelados (2).» 

El destronado Suintila habia vuelto á España y á la vida privada , y fa- 
lleció en la oscuridad , siendo el primer rey godo que al perder el trono no habia 635- 
perdido la vida. Poco después, en enero , á los cuatro años de reinado , murió 636 
en Toledo el rey Sisenando, á lo que se cree, de muerte natural (3). 

^) Sane de futuris regibus hanc sententiam promulgamus, ut si quis ex eis contra reverentiam 
legum superbá domina tione et faste regio in flagitiis et facinore si ve cupiditate crudelissimam po- 
testatem in populis exercuerit, anathematis sententia á Christo Domino condemnetur, et habeat a 
Deo separationem atquejudicium. Cont. Act., Conc. Tolet. IV, t. V. 

(2) Nemo meditetur interitus regem, sed defuncto in pace principe, primates totius gentes 
cum sacerdotibus successorem regni concilio communi, constituant. 

(3) Isid. Pac, Chr.,c. 9.— Sisenandus reg. n. an. IV. men. XI, dies XVI. Chr. Vulsae , c. 76. 



72 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de j. c Conforme á lo dispuesto en el úllimo concilio , acudieron los grandes y pre- 

lados para elegir sucesor, y después de ligeras disidencias, proclamóse á Chintila 
en abril del mismo año. Los dos únicos sucesos notables que en su reinado ocur- 
rieron fueron los concilios de Toledo V y VI; al primero, convocado luego que el 
nuevo rey se encargó del gobierno, asistieron veinte y cuatro obispos, y después 
de un canon relativo á la disciplina eclesiástica , confirmaron los Padres la elec- 
ción de Chintila. Sus restantes disposiciones se encaminaron á amparar á los hi- 
jos del monarca, mandando que aun después de la muerte de su padre nadie se 
atreva á hacerles agravio ni demasía. Para poner freno á la ambición, se ratificó 
el canon del concilio anterior que conminaba severas penas contra los que se apo- 
derasen del reino sin ser elegidos por votos libres. Prohibióse expresamente que 
en vida del rey y contra su voluntad se manifestasen deseos de ser elegido para 
sucederle ; consideróse como gran delito consultar á los adivinos para saber la 
época de la muerte del rey , lo mismo que negociar los votos antes de haberse 
esta verificado, y establecióse que solamente podian ceñir la corona los que per- 
tenecieren á la nobleza de los Godos. 

Chintila suscribió á estas disposiciones, y por un edicto de 1.° de julio orde- 
nó á todos los empleados de la corona que las hiciesen cumplir y ejecutar , y al 
pueblo que se conformase religiosamente á ellas. 
837 Para que estos decretos tuviesen mas fuerza , y fuesen recibidos de todo el 

reino , dice el P. Mariana, el año siguiente á nueve de enero, juntáronse en To- 
ledo mas de cincuenta obispos, siendo el fruto de su reunión diez y nueve cáno- 
nes enderezados parte á reformar la disciplina eclesiástica , parte á confirmar lo 
que acerca del rey y de sus hijos se decretó en el concilio pasado. Además de 
esto, celosos los Padres de la unidad religiosa, dispusieron por decreto particular 
que no se daria la posesión del reino á ninguno antes que expresamente jurase 
que no prestaría favor en manera alguna á los Judíos, ni aun permitida que algu- 
no que no fuese cristiano pudiese vivir en el reino libremente. 

Chintila parece haber reinado después pacíficamente \ á lo menos nada mas 
64o. se encuentra acerca de él en la historia. Verificada su muerte á los tres años y me- 
ses de haber subido al trono, Tulga, su hijo, fué elegido rey, influyendo no poco 
en la elección el amor que habia sabido granjearse el último monarca. Las opi- 
niones de los historiadores no están acordes sobre las cualidades personales de 
este rey, ni sobre el fin que él mismo tuvo. Tulga, dicen unos, no tenia vicios ni 
virtudes ; era un niño amable que dejaba concebir lisonjeras esperanzas ; pero 
la turbulenta y guerrera nación goda no tardó en cansarse de tener por rey á un 
niño. Además, celosos los nobles de su derecho de elección , miraban con repug- 
nancia al soberano cuya elevación sedebia, según ellos, únicamente á su cuna. La 
administración pública, los negocios del Estado empeoraban cada dia; los gober- 
nadores de las provincias abusaban de sus poderes ; por todas partes se elevaban 
quejas , y gran parle del pueblo se levantó contra Tulga. Los principales de la 
nación se pusieron de acuerdo , y Chindasvinto , guerrero eslimado , de enér- 
gico carácter, á pesar de sus años , reunió los votos de todos. Tulga debió de 
abandonarle su puesto, y privado de su cabellera y relegado á un convento, cam- 
bió las insignias reales por el hábito de monge. 

Así lo refieren unos , apoyados en el testimonio de Sigiberto Gemblacense, 



cap. iv. — espaKa goda, 73 

al paso que otros, mas fundadamente, á nuestro modo de ver, puesto que por Ade J 
ellos está el relato de san Ildefonso , testigo de vista , aseguran que Tulga 
era mozo en la edad, pero en las virtudes viejo , señalándose en la justicia, en la 
prudencia , en el gobierno y la destreza en las cosas de la guerra. Dicen que fué 
muy liberal para con los necesitados , virtudes todas que no impidieron á Chin- 
dasvinto , que tenia á su cargo la gente de armas , rebelarse contra él solo á 
causa de su juventud. Tulga , añaden , iba de estos principios en aumento y pa- 
recía haber de subir á la cumbre de toda virtud y valor cuando la muerte le ata- 
jó los pasos , falleciendo de enfermedad en Toledo á los dos años y meses de rei- 
nado. 

De todos modos es cierto que durante el reinado de Tulga no sucedió cosa 
notable que digna de contar sea , que bajó del trono después de un corlo reina- 6 *2. 
do, y que Chindasvinto , (Kind-swinih , poderoso en hijos), ya por la libre vo- 
luntad de los grandes, ya porque nadie se atreviese á resistirle, ciñó la corona de 
los Godos. 

Es cierto también , y esto parece dar razón á los historiadores primero cita- 
dos, que Chindasvinto encontró el reino presa del desorden y de la anarquía. Va- 
rios gobernadores de provincia negaban la obediencia al monarca y se habian 
acostumbrado á mandar sin reconocer superior. Chindasvinto debiapor precisión 
encontrar en ellos adversarios , y tuvo que hacerles la guerra para despojarlos 
de sus gobiernos (1). 

Así pues, el principio de su reinado hubo de ser muy borrascoso, y no logró 
que le reconociese como rey la España entera hasta después de una serie de 
combates, cuyos detalles no nos ha transmitido la historia. Su triunfo fué pre- 
cursor de grandes rigores , y por su orden fueron ejecutados doscientos nobles 
visigodos y desterrados otros muchos, si hemos de creer á Fredegario. Tanta 
severidad sembró por todas partes el terror , y de buen ó mal grado fué acatada 
en todo la voluntad del nuevo rey. Poco á poco, empero, esta severidad fué sus- 
tituida por la mansedumbre y el buen gobierno , y Chindasvinto, con la bondad 
de sus costumbres, prudencia y esfuerzo, logró atraerse el amor de todo su pue- 
blo. A medida que su autoridad se robustecía, mostrábase también mas exacto ob- 
servador de las leyes y costumbres visigodas, y en el quinto año de su reinado 6*6. 
reunió en Toledo un concilio, que fué el VII, para dar nuevo vigor á la constitu- 
ción nacional. Los cánones de este concilio ratificaron las rigurosas penas esta- 
blecidas por los anteriores contra aquellos que se pasaren al enemigo ó recurrie- 
ren á los extranjeros para triunfar en sus rebeliones , y después de confirmar la 
autoridad en manos de Chindasvinto, sancionó todos sus actos anteriores (2). Sin 
embargo, el rey era muy anciano, y temíanse por algunos las turbulencias de una 
elección precipitada ; él mismo habia concebido la idea de tener por sucesor á su 
hijo Recesvinto , que habia dado pruebas de capacidad así en la guerra como en 
la administración pública , y manifestólo así á algunos íntimos amigos ; mas co- 
mo esta clase de asociaciones habian casi siempre producido funestos resultados 
á los reyes visigodos , convínose en que se pediría oficialmente al rey que eli- 



(1) Demollens Gothos... regnat , dice Isidoro de Beja (Isid. Pac. Chr., c. 43 ). 
2) Concil. Tolet v VII, in Prsefat. et in canon. I. 

TOMO II. 10 



74 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de j. c. gj ere sucesor designando á Recesvinlo á su elección , como el mas digno de la 
649. corona. El rey hizo mas : no solo compartió , sino que abandonó el poder. Pro- 
cedióse en 22 de enero á una verdadera elección, y Recesvinto (Mek-swinth, fuer- 
te en la venganza ) , fué llamado segun todas las reglas á gobernar junto con su 
padre. Desde aquel momento, Chindasvinto depositó en sus manos lodo el cui- 
dado de los negocios públicos, y puede decirse que solo se ocupó en asuntos age- 
nos al gobierno. Las letras , á las que siempre mostrara singular aprecio, así 
en Iré el tumulto de los campamentos , como en las agitaciones de los primeros 
tiempos de su gobierno , fueron la ocupación de sus últimos años, y él fué quien 
envió á Roma el obispo Tajón en busca de las obras de Gregorio Magno. Chin- 
653. dasvinto murió cubierto con el hábito de penitente en 1.° de octubre, de enferme- 
dad , segun unos , y de veneno , segun oíros , á los noventa años de edad y á los 
diez meses ele reinado. 

Sin embargo , no todos los grandes habían visto con placer la elevación de 
Recesvinto al trono. Froya , uno de ellos, que tenia grandes riquezas y muchos 
y poderosos parientes y amigos pasó á la tierra de los Vascones de Aquitania 
para formarse un partido. Hemos dicho que en tiempo de Leovigildo , parte del 
pueblo vascon habia pasado á la otra parte de los Pirineos, donde sus frecuentes 
excursiones por la Novempopulania habían terminado con la conquista de una por- 
ción de aquella provincia hasta cerca de Tolosa: el Bearné, Bigorra y el territorio 
que baña el Adour, formaban parte desús posesiones, y allí vivían independientes, 
hablando su antiguo idioma y constituyendo una nación aparte , valerosa y em- 
prendedora, confederada en pequeñas repúblicas unidas entre sí por los únicoslazos 
de un origen y de un lenguaje comunes. Desde su nuevo territorio, que comunica- 
ba con el que su raza había conservado en esta parte de los Pirineos, tenían, por 
decirlo así, un pié en España y otro en las Galias, y bajo el menor pretexto, empren- 
dían correrías por las tierras de sus vecinos de una y otra parte, por poca que fuese 
su esperanza de volver cargados de botin. Aliábanse además con quien lo solici- 
taba , con tal que redundase en su provecho y no sufriesen menoscabo sus fran 
quicias , de modo es que Froya los hizo entrar con facilidad en su contienda , y 
pasó con ellos las fronteras españolas. Los invasores se entregaron á sus acos- 
tumbrados excesos, y devastaron campos y aldeas hasta llegar á Zaragoza. Allí 
habia de detenerse tan terrible agresión ; el ejército enviado por Recesvinto con- 
tra los Vascones .los atacó de improviso, é hizo en ellos espantosa matanza ; los 
que pudieron librarse de la espada goda, buscaron la salvación en los montes in- 
mediatos , y Froya , hecho prisionero , dícese que fué castigado con la muer- 
te (1). Sin embargo , muchas ciudades dieron asilo á los Godos rebeldes que si- 
guieron el partido de Froya , y se negaron á entregarlos al rey; amenazadas por 
las victoriosas armas de Recesvinto , no se intimidaron , y manifestaron estar 
prontas á rechazar la fuerza con la fuerza. No obstante, no se declararon en plena 
rebelión , y se limitaron á exponer sus quejas y á reclamar contra los infinitos 
abusos deque eran víctimas, versando principalmente sus representaciones acer- 
ca de los tributos que las agobiaban. Recesvinlo usó de su victoria con modera- 
ción, prestó oidos á las quejas délas ciudades, y prometióles justicia y reparación . 

(1) Tajón, ad Quiric, Esp. Sagr. f. XXX, p. M\ 



CAR. IV.— ESPAÑA GODA 75 

En cuanto á los rebeldes, ofreció convocar un concilio para decidir de su suerte, A - de JG 
y usar para con ellos de clemencia en caso de obtener el consentimiento de la 
asamblea Esta promesa determinó la sumisión de las ciudades sublevadas , y 
el orden quedó restablecido. 

Fiel á su palabra, Recesvinlo convocó un concilio en Toledo, que fué el VIII y 633 - 
el primero á que asistieron yen que firmaron los magnates. Reunido el concilio á, 
16 de diciembre, presentóle el rey un memorial en cinco artículos (1), en el cual, 
después de hacer en primer lugar la profesión de la fé católica, amonestaba y 
rogaba á los prelados que no solo determinaren lo que concernía á las cosas sa- 
gradas, sino también dieren orden en el estado del reino ; entre otras cosas, pi- 
dió ser investido del derecho de gracia y amnistía para los delitos contra el rey, 
y la asamblea discutió y votó acerca de todos los puntos que le fueron some- 
tidos, con la independencia y libertad que caracterizaba á aquella época , mezcla 
singular, como todas, de bien y de mal ; pero á la que no puede negarse la con- 
ciencia del derecho y de la dignidad individual , si bien la conculcaba muchas 
veces. La elección de los reyes ofrecía en la práctica grandes dificultades , y el 
concilio dedicó á ella una ley expresa , mandando que al morir el rey se proce- 
diere á la elección de su sucesor en el mismo lugar de su muerte por los obispos 
y los grandes del palacio reunidos , y no por la conspiración de un corlo núme- 
ro ó por medio de un movimiento sedicioso (2). Establecióse también que cuan- 
tos bienes adquiriesen los reyes después de su elevación pertenecerían á la co- 
rona, sin que por pretexto alguno pudiesen pasar á sus herederos, quienes solo 
podrían heredar el patrimonio que en la época de su elevación poseyese el rey, 
saludable disposición que fué acompañada de una rebaja general de los tributos. 
Recesvinlo procuró igualmente no hacer mas que un pueblo de los Romanos ó 
Españoles y de los Godos; hasta entonces el derecho civil romano , consignado 
en la ley de Alarico , habia sido el único seguido por los Españoles, y los Godos 
reconocían por norma el código de Eurico. Semejante diferencia desapareció en la 
época de que venimos tratando , y el código visigodo, es decir el de Eurico, con 
las leyes de sus sucesores que á él fueron añadiéndose , de lo cual se formó en 
tiempo de Recesvinto el libro de las leyes , el libro de los jueces ó el libro de los 
Godos , conocido después con el nombre de Fuero Juzgo , hízose la ley general 
de ambas naciones. Las disposiciones que prohibían el matrimonio entre los in- 
dividuos de ambas razas fueron abolidas (3) , medidas fundamentales que fue- 
ron deliberadas y acordadas todas ellas en los varios concilios ( VIII , IX y X 
de Toledo ) que se reunieron durante el presente reinado , uno de los mas dila- 
tados de la época goda. En aquel cuyos principales cánones hemos examinado 
(el VIII) fué concedido á los reyes el mas hermoso derecho de la corona , el 
de hacer gracia en materia de delitos de Estado , del cual no parece que los 
monarcas godos hubiesen gozado hasta entonces. Los Judíos admitidos en la co- 



(4) Concil., tom. VI, p. 394. Concil. Hisp. , t. IV. p. 538. 

. (2) Ab hinc ergo et deinceps ita erunt in regni glorian) praeficiendi rectores, ut aut in urbe regia 
aut in loco ubi princeps decesserit,cum pontificum majorumque palatii omnímodo eligantur assen- 
su ; non forinsecus , aut conspiratione paucorum , aut rusticarum plebium seditioso tumullu. Con- 
cil. Tolet. VIII, c. 4 o. 

(3) Leg. I dedispos. nup., de^'udic. et judicat. God. Leg. Visig. 



A de J. C 



76 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

munion católica fueron por un momento objeto de su severidad ; cierlas costum- 
bres conservadas , una repugnancia invencible hacia la carne de cerdo les hicie- 
ron acusar de apostasía ; pero confesada por los Judíos esta repugnancia , acom- 
pañada de la protesta de que en todo vivían como buenos y verdaderos cristia- 
nos, cesó la persecución, y el concilio se limitó á redaclar nuevos reglamentos, 
que forman parte del Código de los Visigodos (1). Este reinado parece haber si- 
do destinado todo él á úiiles trabajos, y lo que, según algunos, se realizó defini- 
tivamente en el reinado de Wamba, tuvo al parecer, un principio de ejecución en 
tiempo de Recesvinto: hablamos de la división y del deslinde de las diócesis. Las 
turbulencias , los desórdenes , las guerras habian confundido mucho las juris- 
dicciones metropolitanas , y una en particular , la de Emérita , habia sido redu- 
cido á la nada. En tiempo de su poder y de sus conquistas, los Suevos habian 
hecho dependientes de Braga las diócesis de que en Lusilania se apoderaron , y 
luego no se habia introducido modificación alguna en semejante estado de cosas. 

66t>. Oroncio, metropolitano de Emérita , reclamó cerca de Recesvinto , y reunido un 
concilio en aquella ciudad , devolviéronse á su metropolitano las diócesis que 
eran antes sufragáneas suyas. Es notable en el hijo de Cliindasvinto el aleja- 
miento en que tuvo de los altos cargos del Estado á sus hermanos y parientes. 
Lucas de Tuy y Rodrigo de Toledo mencionan en sus crónicas los planes con- 
cebidos por sus hermanos para que la corona quedase en un miembro de su 
familia , planes á que Recesvinto jamás se prestó , dicen los mismos cronistas, 
por respeto al derecho nacional de elección. Por espacio de mas de veinte y tres 
años, á contar desde el dia en que fué admitido en el trono en vida de su padre, 

672, gobernó este rey con prudencia y firmeza, muriendo por último á 1.° de setiembre 
en Gérticos , pueblo situado á cuarenta leguas de Toledo , en medio de los tes- 
timonios de amor y desconsuelo de los obispos y magnates. 



(1) Fuero Juzgo, lib. XU, t, II, I., 16. 



«-~-^><r^5i)T6^^^3^» 



Iññl 
Eñ¡=a 




CAP. Y.— ESPAÑA GODA 



77 



CAPITULO Y. 

Elección de Wamba.— Insurrección de los Vascones.— Rebelión del conde Hilderico en la Galia 
Narbonense.— Traición de Paulo. — Sumisión de los Vascones.— Campaña de Wamba contra Pau- 
lo.— Toma de Narbona y de Nimes. — Castigo de los conjurados. — Triunfo de Wamba. — Influen- 
cia civilizadora de la Iglesia. — Circunstancias particulares de este reinado. — Primera invasión y 
derrota délos Sarracenos de África. — Traición de Ervigio y abdicación de Wamba. — Conci- 
lios XII, XIII y XIV de Toledo.— Egica.- Concilios XV, XVI y XVII de Toledo.— Conjuraciones.— 
Asociación de Witiza en el reino. 

Desde el año 672 hasta el 701. 

Aun descartada de cuantas fábulas se ha querido rodearla , la elección de 
Wamba no deja de ofrecer un carácter extraordinario. La natural turbulencia 
de los hombres de aquella raza goda , siempre ruda é indócil á la ley , se ma- 
nifestó también en aquella circunstancia , y á pesar de las formalidades 
solemnemente establecidas por los concilios de Toledo para la elección de los 
reyes, procedíase siempre á ella algo tumultuosamente. Esta vez la elección fué 
acertada, y el sucesor de Recesvinto puede clasificarse entre los mejores reyes 
que tuvo España durante el período godo. Al morir aquel monarca , Wamba se 
encontraba en Gérticos con los principales dignatarios civiles , militares y eclesiás- 
ticos del reino , y fijando todos los ojos .en él , se reúnen y le aclaman sobera- 
no (1). Wamba, á quien el brillo de una corona deslumhraba muy poco, rehusa 
la honra que se le hacia; en vano se le ruega , se le insta; en vano se le repre- 
senta que el interés de la nación exige un rey experimentado y prudente; Wam- 
ba persiste en su negativa, hasta que uno de los presentes desenvaina su espada 
y amenazándole con ella , cuéntase que dijo estas palabras : «Serás rey. Te he- 
mos elegido, y debes aceptar. Serás rey, ó morirás á mis manos (2).» Los gran- 



(1) ....Eligieron al rey Bamba, que desde antes en los corazones de las gentes estaba destina- 
do 6 imaginado por futuro rey. Garibay, lib. VIII, de los Reyes godos que reinaron en España, 
c. XXXIX, p. 351 .—Sebastian de Salamanca explica del modo siguiente la muerte de Recesvinto y la 
elección de su sucesor : — Igitur Recesvindus Gothorum rex ab urbe Toleto egrediens in villam pro- 
priam venit, cui nomen erat Gérticos , qui nunc in monte Caurae dignoscitur esse, ibique proprio 
morbo decessit. Cumque rex vitam finisset, et in eodem loco sepultus fuisset, Wamba ab ómnibus 
praeclectus est in regno era DCCX. Sed ille renuens et adipisci regnum nolens, tamenaccepit invitus, 
quod postulabat exercitus: statimque Toletum advectus in ecclesiam metrópolis Sanctae-Marise est 
in regno perunctus. Sebast. Salmant., c. 2. 

(2) Cui acriter reluctanti unus ex officio ducum audacter in médium prosiliit, et minaci con- 
tra eum vultu, educto gladio, prospiciens dixit: Nisi consensurum te nobis promittas, gladii hujus 
mucrone modo truncandum te scias...— Julián de Toledo, contemporáneo y sucesor de Quirico en la 
dignidad de metropolitano de Toledo, nos ha conservado estas palabras en el principio de su Hist. 
de la esped. de Wamba contra Paulo. 



78i HISTORIA GENERAL I>E. ESPAÑA. 

des apartaron la espada, y otra vez rogaron á Wamba que aceptase, y entonces 
el elegido cedió á sus instancias, no sin manifestar cuan grande sacrificio era 
para sus años y sus aficiones encargarse del gobierno del Estado. El pueblo todo 
aplaudió la elección , y veinte y nueve dias después de la muerte de Recesvinto, 
Wamba, de regreso á Toledo, fué ungido y coronado en la iglesia de Santa María, 
entre las aclamaciones de la muchedumbre , por manos del metropolitano Quirico. 
— La crónica añade que en aquel momento una abeja , que fué vista por todos 
los circunstantes, se levantó de la cabeza del rey y voló á lo alto, como señal de 
la futura felicidad de aquel reinado (1). 

Wamba, que habia sido hecho rey á pesar suyo , era muy digno de gober- 
nar á ios hombres , y el mismo año de su elevación hubo de hacer frente á dos 
enemigos : los Vascones ó Navarros se sublevaron , no precisamente contra 
Wamba , sino contra la dominación visigoda; tal era su costumbre á cada va- 
riación que en el gobierno ocurría; muerto el rey, daban el grito de insurrec- 
ción, y por lo regular cada reinado empezaba por una guerra mas ó menos feliz 
contra los Vascones. Wamba reunió un ejército para dirigirse á la Yasconia, y 
estaba ya muy cerca de ella cuando recibió la noticia de una insurrección quizás 
mas grave aun. Hilderico , conde de Nimes, aprovechando la ocasión que le pa- 
recía favorable para hacerse señor independiente de la Galia gótica , acababa de 
levantar contra Wamba la enseña de la rebelión. Gumildo, obispo de Magalona, 
y un joven ambicioso , llamado Raximiro ó Remigio , abad de un monasterio de 
la diócesis de Nimes , los cuales no carecían de cierta influencia, se unieron á 
él , y por su mediación abrazaron su causa los pueblos y las ciudades inmedia- 
tas , en tanto que Hilderico, rodeado de sus hombres de armas, hacia y deshacía 
á su voluntad. Aregio , obispo de Nimes, que se negó á tomar partido por él, 
habia sido cargado de cadenas y conducido mas allá de las fronteras francas. Al 
propio tiempo, Hilderíeo habia dispuesto del obispado de Nimes «como habria he- 
cho con su propio patrimonio, » dice el autor de la historia de Languedoc , y lo 
habia dado á Remigio. Cada día tomaba la insurrección mas pronunciado carác- 
ter , siendo urgente no dejar que se extendiese y propagase por toda la Galia gó- 
tica, y entonces fué cuando Wamba , entre sus capitanes mas experimentados, 
escogió á Paulo, de origen griego , dice Julián de Toledo (2), para marchar 
contra Hilderico con parte de sus mejores tropas. Paulo , que bajo su exterior 
frivolo ocultaba una ambición profunda, y que habia soñado en ceñir una corona, 
vio en el cargo que Wamba le habia confiado un medio para aumentar su propia 
grandeza ; llegado á la provincia de Tarragona, ganó las voluntades del duque 
Ranosindo y del gardingo Hildigiso, y los sedujo por medio de magníficas pro- 
mesas (3). Entre ellos se convino en que se confiaría la custodia de las principales 
plazas de esta parte de la Tarraconense que forma hoy la provincia de Cataluña, 
á oficiales adictos y de confianza; que bajo pretexto de que así lo habia manda- 
do el rey, Ranosindo é Hildegiso reunirian sus tropas con las de Paulo;que pasa- 



(1) Ea hora pr;csentibus cunctis visa est apis do ejusca pite exilire, et adeoelum volitare, ethoc 
signum facturo est á Domino, ut futuras victorias nuntiaret, quod postea probavit Cventus. Sebast. 
Salmant., Ghr. 

(2) Paulus... qui erat de Gra>corum nobili nalione, in Gallias destinavit. 

(3) Julián. Tolct., Hist. Wambne regis Toletani, c. 7. 



CAP. V.— ESPAÑA GODA. 19 

rian los Pirineos , y que no arrojarían la máscara hasta encontrarse dueños de 
Narbona. Los conjurados se pusieron de acuerdo hasta en el modo como se daria 
la corona á Paulo. 

Tales maquinaciones no pudieron quedar tan secretas que no transpirase 
de ellas algo, yArgebaldo, arzobispo de Narbona, que llegó á sospecharlas, 
disponíase á impedir á Paulo la entrada en la ciudad ; mas como los rebeldes lle- 
garon de improviso , antes que hubiese podido poner á la ciudad en estado de 
defensa , fuerza ie fué acomodarse al tiempo , y Paulo la ocupó con su ejército, 
enseñoreándose de ella como de plaza conquistada. Poco después reunió á los 
oficiales de su ejército y á los principales habitantes, mandó comparecer afe-arzo- 
bispo, y luego de haber reconvenido á este ásperamente por haber hecho prepa- 
rativos de guerra contra el enviado de Wamba , encargado de pacificar la pro- 
vincia de las Galias, añadió ser cosa manifiesta el descontento que á los Narbo- 
neses causara la elección de Wamba, que por nadie era ignorada la fueraa que 
había debido hacérsele para que aceptara la corona , peso superior al que él 
podía sostener. Pintó á Wamba como un anciano sin carácter ni energía , bajo 
cuyo gobierno era imposible gozar de tranquilidad y bienandanza , é insinuó que 
se haria un gran servicio al estado y aun al mismo Wamba nombrando á olro rey 
digno de empuñar el cetro y capaz de gobernar con mano varonil y firme. La 
farsa necesitaba de un desenlace , y Ranosindo , que estaba en el secreto , manifes- 
tó ser este mismo el pensamiento de todo el ejército, que muchas provincias ha- 
bían cesado de reconocer la autoridad del nuevo rey, y que nadie, según él, era 
mas digno de mandar á los Visigodos que Paulo , que acababa de usar tan firme 
y modesto lenguaje. La turba aplaudió ; aclamaciones de antemano preparadas 
salieron de varios puntos de la asamblea , y Paulo fué proclamado rey. Los con- 
jurados, queriendo que nada faltara á la usurpación, propusieron que se coronase 
al momento al nuevo rey , y así se hizo. La corona estaba dispuesta , pues á su 
paso por Gerona , Ranosindo habia despojado al mártir san Félix de la corona de 
oro que al santo ofreció el católico Recaredo. Hilderico , Gumildo y Remigio 
aprobaron tan singular elección , y Paulo , de grado ó por fuerza logró reunir 
bajo su dominación toda la Galia gótica y gran parte de la actual Cataluña. Al- 
gunos gobernadores francos le prometieron, mediante estipendio , el auxilio de 
sus armas , y el rebelde nada omitió , no solo para defenderse en la Septimania 
de cualquiera agresión por parte de Wamba , sino también para prepararse y 
abrirse el camino de Toledo. 

Wamba se hallaba ocupado en reducir á los Vascones sublevados cuando 
supo la traición de Paulo y la singular escena ocurrida en Narbona (1). En tan 



(4) Refieren algunos historiadores, y entre ellos Mariana, quejsupo estas cosas por una carta 
del mismo Paulo, que es un curioso monumento de insultos y amenazas. Otros escritores ponen ea 
duda su autenticidad, pero nada tiene de inverosímil que Paulo), hombre jactancioso y deslenguado, 
que pretendía acreditarse con el vulgo y la muchedumbre que suele á las veces cebarse y hacer 
caso de tales desmanes, la escribiese y enviase. Dice asi: 

EPÍSTOLA PACU PERF1DI WAMBAHO REGÍ. 

In nom. Dom. 
Flavius Paulus summus rex Orientalis Wainbae regí Austri. 
Si jam ásperas et inhabitabiles montium rupes percurristi, si si jam fertosa et sylvarum nemo- 
ra, utleofortissimus, pectore confregisti: si jam caprearum cursum cervorumque saltum, apro- 



80 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

grave peligro, llamó á sus capitanes y pidióles consejo; unos opinaron que el rey 
no se hallaba en estado de entrar al momento en campaña contra los rebeldes , y 
que era prudente dar vuelta á Toledo para reunir fuerzas , y otros en mayor nú- 
mero dijeron que convenia reprimir sin pérdida de tiempo la indigna rebelión 
de Paulo y de sus partidarios. Wamba dio la razón á los últimos , pero declaró 
que encontrándose allí para combatir con los Vascones, importaba ante todo 
vencerlos. El ejército godo, poseído de indecible ardor, persiguió á los Navarros 
basta sus inexpugnables baluartes; los soldados de Wamba llegaron á las cum- 
bres mas elevadas de sus temidas montañas , destruyeron sus fortalezas , y ocu- 
paron sus pueblos y ciudades. Esta expedición fué llevada con tal ardor que, 
según se dice , bastaron siete dias para volver á la obediencia todo el país de los 
Vascones; Wamba aceptó los acostumbrados tributos, dice Julián de Toledo, y 
celebrada la paz , se encaminó á las Calías (1). Ante todo, empero , quiso que 
volvieran á la senda del deber los habitantes de aquella parte de la Tarraconense 
que habia entregado á Paulo la traición de Ranosindo y de Hildigiso , y se enca- 
minó hacia el Ebro, recobrando en pocos dias varias plazas, y entre ellas Bar- 
celona y Gerona. El obispo de esta última ciudad , por nombre Amador , salió á 
su encuentro y le presentó una carta de Paulo, en la que decía al obispo que no 
se alarmara por las noticias de la expedición de Wamba , que este no había de rea- 
lizarla nunca, y que en tan poco tenía sus amenazas, anadia, que le autorizaba 
para abrir las puertas de su ciudad episcopal á aquel de ambos reyes que prime- 
ro se presentase. Cuéntase que Wamba se sonrió al recibir la carta , y en efecto, 
Paulo habia tomado sobre sí el cuidado de allanarle el camino. 

Wamba dividió su ejército en tres cuerpos : el primero marchó por Castrum 
Libyse (2) , capital de los Ceretanos ; el rey tomó el mando del segundo , que ha- 
bia de operar en el centro , y el tercero penetró en el Rosellon por el camino de 
la costa, apoyado por la armada que cruzaba por aquellas aguas. Paulo habia 
tomado sus disposiciones para disputar á su adversario los pasos de los Pirineos, 
y el fuerte de Clausura (3) , construido para la defensa de uno de los principales 



rum ursorumque edacitates radicitus edomuisti: si jam serpentum vel viperarum venenum evo- 
muisti; indica nobis, armiger, indica nobis, domine sylvarum et petrarum amice. Nam si hsec 
omnia accubuerunt, et tu festina ad nos venire, ut nobis abundanter Philomelae vocem retexas. Et 
ideo, magnifico vir, ascendit cor tuum ad confortationem: descende usque ad clausoras. Nam ibi 
invenies Oppopumbeum (sic) grandem cum quo legitime possis concertare. 
Carta de Paulo al pérfido rey Wamba. 
En nombre del Señor. 
Flavio Paulo, supremo rey del Oriente, á Wamba rey del Mediodía. 
Dime, ó guerrero, dime en hora buena, ó Señor de los bosques, y amigo de las peñas, si has 
penetrado por las asperezas de los montes inhabitables; si has roto con tu pecho como fuerte león, 
las espesuras y troncos de las selvas, si has vencido á los ciervos y venados en ligereza; si has do- 
mado á los jabalíes, y acabado con los osos devoradores; si vomitaste por fin el veneno chupado á 
las víboras y serpientes. Si has cumplido ya todas estas hazañas, ven, ó cantor gilguerillo, á re- 
crear nuestros campos; ven, ó hombre grande y de gran pecho, hasta las bocas de los Pirineos, que 
aquí está el terrible destructor de todos los males, con quien podrás pelear sin desdoro de tus fuer- 
zas.— Esp. Sagr., t. VI, p. 533. 

(1) Acceptis obsidibus tributisque solitis, et pace composita, directo itinere in Gallias profec- 
turi accedunt 

(2) Puigcerdá. 

(3) Dábase por lo general el nombro de Clausura; á las fortalezas levantadas en los puertos ó 
pasos de los Pirineos, pero llamábase por excelencia Caslrum Clausura; un castillo muy fuerte 



CAP. Y. — ESPAÑA GODA. 81 

puertos , le habia parecido de importancia tal que encargó su custodia á Rano- 
sindo é Hildigiso. En él estaban encerrados con fuerzas considerables al atacar- 
le las tropas de Wamba , y á pesar de su presencia, fué la plaza tomada muy en 
breve. Ranosindo, Hildigiso y otros rebeldes de nota, hechos prisioneros, fue- 
ron enviados al rey con las manos atadas á la espalda. Caucoliberes , Yul turaría 
yCastrum Livise cayeron igualmente en poder de Wamba, y Yitimiroen íin, ge- 
neral de Paulo, que se hallaba con guarnición de soldados en Sordonia, otra for- 
taleza en el territorio de los Ceretanos , creyó no deber esperar al enemigo , y 
partió en secreto para llevar á Paulo noticia de lo que pasaba. Sordonia se rindió 
poco después (1). 

Dueño Wamba de cuantas plazas habían abrazado la causa de Paulo en 
esta parte de los Pirineos, pasó aquellos montes sin obstáculo , bajó á los valles 
del Rosellon, y acampó en ellos durante dos dias esperando á las dos restantes 
divisiones de su ejército, que se reunieron con él en la tarde del segundo dia, 
después de apoderarse también de las plazas que habian encontrado á su paso. 

Aquella noche fué consagrada al reposo , de que tanto necesitaban los sol- 
dados , y á la mañana siguiente , el ejército emprendió la marcha con dirección 
á Narbona. Allí esperaba Wamba encontrar á Paulo y castigarle de su traición, 
mas Paulo se habia retirado á Nimes con Gumildo, confiando á Yitimiro el cui- 
dado de defender á Narbona. Una numerosa división del ejército godo se presen- 
tó ante los muros de esta plaza é intimó la rendición á su gobernador , quien se 
negó á ello con arrogantes palabras. Entonces , y sin pérdida de momento , los 
capitanes de Wamba ordenan el asalto; los soldados se lanzan á los fosos; Vite- 
rico sostiene con valor el ataque, y durante tres horas logra rechazar de todos los 
puntos á los enemigos. Los Godos redoblan sus esfuerzos, ponen fuego á las 
puertas , arriman escalas al adarve, y penetran en la plaza. Yitimiro y los suyos 
no se dan aun por vencidos , y enciéndese de nuevo la pelea en las calles de la 
ciudad ; los soldados de Wamba se abren paso , dispersan y matan cuanto les 
resiste. Yitimiro se acoge á una iglesia con algunos de los suyos ; pero, perse- 
guido y descubierto, cae en poder de los soldados que le hacen prisionero. Arge- 
baldo y el primicerio Galtricio cayeron también en poder de la tropa, y en el fu- 
ror que á esta animaba recibieron maltratos , á pesar de la leal conducta que 
habia observado el primero , que solo contra su voluntad se hallaba comprome- 
tido en la rebelión (2). 

Siguieron los leales la victoria , y con la misma facilidad entraron por fuer- 
za las ciudades de Agde , Beziers y Magalona, en que fueron presos algunos de 
los principales rebeldes, y en particular Remigio, obispo de Nimes. Solo esta pla- 
za, en que Paulo habia reunido sus mas ardientes partidarios, estaba aun por el 
usurpador. Wamba envió una división compuesta de sus mejores tropas para 



construido á poca distancia del trofeo de Pompeyo en el Pertus. Este sitio conserva aun su antiguo 
nombre, y se llama Puerto de Clusas. 

(*) Uvittimirus tamen unus ex conjuratis, qui se in Sordoniam constitutus clauserat, nostros, 
irrupisse persentiens, statim aufugit, et tantae cladis nuntium Paulo in Narbonam perlaturus ac- 
cessit. Julián. Tolet., Hist.Wambfe, etc. 

(2) Así lo dice Rodrigo de Toledo; pero Julián, el historiador contemporáneo de estos sucesos, 
dice terminantemente que Argebaldo era tan culpado como Paulo y sus cómplices, y que merecía la 
muerte. 

TOMO II. 11 



82 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Ie JC ' rendirla , y él estableció sus reales á cuatro ó cinco leguas de la ciudad hacia el 
norte, con todo el grueso de sus fuerzas , como si temiera una invasión por parte 
de los Francos, con la cual en efecto se le habia amenazado. Las tropas enviadas 
673. contra Nimes llegaron á su destino al despuntar del alba del último dia del mes 
de agosto, y al momento tomáronse las convenientes disposiciones para el ataque. 
Los de la plaza , que creían tener que combatir con fuerzas más considerables, 
cobraron ánimo, y pidieron marchar al enemigo; mas Paulo, que temia una em- 
boscada, moderó su ardor, y los contuvo detrás de los muros. A poco rato de ha- 
ber salido el sol, los Godos dan la señal del combate y acometen las fortificacio- 
nes ; los soldados de Paulo no cejan , antes bien llegada la tarde rechazan á los 
Godos con pérdida, quedando por ellos toda la ventaja. La noche puso fin á la pe- 
lea, y convencidos los generales de Wamba de que sus soldados no eran bastante 
numerosos para ganar la plaza por asalto, envían al instante mensajeros al rey 
solicitando socorro. Wamba con igual diligencia les envió diez mil hombres que 
llegaron al pié de ios muros de Nimes al salir el sol del dia siguiente l. 8 de se- 
tiembre, y al momento dióse orden de intentar un segundo asalto. 

Informado Paulo de que los sitiadores acababan de recibir considerables 
refuerzos , empezó á desmayar, si bien, procurando disimular sus temores, fingió 
alegrarse de la noticia recibida. Dijo á los suyos que tenían ya á lodos sus ene- 
migos delante ; que allí estaba todo el ejército de Wamba , y que una vez ven- 
cido, no le quedaría ni un soldado ; según él, los Godos habían de volver las es- 
paldas al primer encuentro, y no habia que hacer mas sino rechazar con vigor y 
sin miedo su primer empuje. En tanto las tropas de Wamba se habían adelantado 
hasta el pié de los muros, provistos de todos los instrumentos bélicos empleados 
entonces en los asaltos de las plazas; sus cuernos habían dado la señal. Los sitia- 
dos corren á las murallas, y son recibidos con una lluvia de flechas y de piedras; 
á su vez hacen jugar sus ballestas y sus hondas, y el combate se hace general. 
Peleábase desde la salida del sol, y á la hora quinta, es decir, á las once de la 
mañana, los cercados, cansados y enflaquecidos con la gran carga y priesa que de 
fuera les daban, abandonan el muro. Los del rey redoblan sus esfuerzos : unos 
ponen fuego á las puertas, otros con picas y palancas arrancan las piedras de los 
adarves, y ábrense al fin camino hasta el interior de la ciudad; rompen entonces 
por las primeras calles que encuentran , matando y destrozando á cuantos se les 
oponen, y quedan por fin dueños de la plaza. Era miserable espectáculo , dice el 
P. Mariana, ver á la gente de Paulo acometida y apretada por frente y por las es- 
paldas de los suyos y de los contrarios con tanto estrago y matanza, que las ca- 
lles y plazas se cubrían de cuerpos muertos y estaban alagadas de sangre. Los 
gemidos de los que morían, los ahullidos de las mujeres y niños, la gritería y el 
estruendo de los que peleaban resonaban por todas partes. 

Sean cuales fueren las causas déla guerra, estas son sus consecuencias : el 
buen derecho mata lo mismo que la iniquidad, exclama el historiador Romey, de 
quien hemos tomado la presente relación de la campaña de Wamba, que á su 
vez tradujo él teslualmente del relato de Julián de Toledo , citado varias veces. 

Los partidarios mas ardientes de Paulo corren con él á refugiarse en el Circo, 
y se fortifican en su recinto (1), y solo la noche pone fin á la matanza de los re- 

(1 ) El anfiteatro de Nimes, llamado las Arenas, era uua verda dera fortaleza. La puerta oriental 



CAP. V. — ESPAÑA GODA. 83 

beldes que no fueron bastante afortunados para retirarse al último asilo que abri- 
gaba á sus jefes. Los vencedores godos se enseñorearon de la ciudad, y colocaron 
centinelas en todos los puntos abandonados por los vencidos; Paulo continuaba en- 
cerrado en el magnífico anfiteatro romano que se conserva aun en Nimes, y por 
una singular coincidencia aquel dia cumplia un año de la elección de Wamba. 
Paulo, insultado por el pueblo y maltratado por los Francos y Galos de los paí- 
ses inmediatos á quienes atragera á su partido mediante salario, despojóse aquel 
mismo dia voluntariamente del manto real y de todas las insignias de la sobera- 
nía, que hasta entonces habia llevado con cierta afectación. Nimes pasó aquella 
noche sumida en la desolación de una ciudad saqueada. 

Paulo tenia á su lado gran número de compañeros, pero á pesar de sus dos 
torres y de su fuerte construcción, el anfiteatro no podía servirles de asilo duran- 
te mucho tiempo. Además carecían de víveres, y habiéndose gran parte de los 
habitantes declarado contra ellos, no les era fácil procurárselos. En tan crudo 
trance, deliberaron acerca de lo que debian hacer, y resolvieron que lo mas segu- 
ro era implorar el perdón del rey. Los vencedores en tanto se entregaban al des- 
canso con intento de aguardar al monarca para que se le atribuyese la gloria de 
poner fin á la guerra , y además pretendían alcanzar perdón para los culpa- 
dos, que es cosa natural, dice Mariana, tener compasión de los caídos, principal- 
mente cuando son deudos de una misma nación como eran los vencidos en gran 
parte. El obispo de Narbona, Argebaldo, fué elegido entre los cautivos y co- 
misionado por todos para salir al encuentro del rey. Partió en efecto revestido 
de sus hábitos episcopales y acompañado de una reducida escolta, y encontró á 
Wamba á unas cuatro leguas de Nimes, poco después de haber salido de su cam- 
pamento para dirijirse á la ciudad conquistada, rodeado de sus capitanes cubier- 
tos de ricas armaduras. El rey montaba á caballo, y al verle Argebaldo se apeó 
del suyo, se dirigió á él, le saludó é hincóse de rodillas, despidiendo en abundan- 
cia de sus ojos y su pecho lágrimas y sollozos. Wamba le mandó levantarse (1), 
y Argebaldo le explicó entonces el objeto de su misión. Conmovido por sus pala- 
bras, el rey perdonó la vida á todos los culpables, pero como el obispo insistiese 
para obtener gracia cumplida, Wamba le interrumpió con enojo, diciendo: «Note 
toca imponerme leyes ; ¿ no'es bastante haberte hecho gracia de la vida ? A tí 
solo concedo perdón cumplido, añadió ; para los demás nada prometo (2) . » En 
seguida envió á Nimes algunos caballeros para que hicieran cesar los atropellos 
y las violencias de cualquiera parte que procedieren, y pregonaran su próxima 
llegada ; y trascurridas pocas horas, la polvareda que los caballos levantaban 
anunciaron la presencia de Wamba y de sus Godos. Sus armaduras, sus espadas 
desnudas que reflejaban los rayos del sol en una hermosa mañana de setiembre, 
despedían fulgores tales que se creyó ver á una legión de ángeles guiando al 
ejército de Wamba (3). Gran multitud esperaba al rey á las puertas de la ciudad; 

del anfiteatro romano habia sido en los primeros tiempos de la dominación visigoda, flanqueada de 
dos .torres, llamadas Torres de los Visigodos, que existían aun á principios de este siglo. 

(1 ) Ut erat misericordiae visceribus affluens, et ipse illachrymans, sublevan episcopum a térra 
praecepit. Julián. Tolet. Hist. Vambae. 

(2) Tibi ergo soli me ex toto peperci&se sufficiat, pro reliquis vero nlbil promitto. Id. id. 

(3) Cumque sol refulsisset in clypeis, gemino térra ipsa lumine coruscabat: ipsa quoque ra- 



84 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

soldados y ciudadanos habían acudido á saludarle, y algunas órdenes que dio 
públicamente, y que revelaban su solicitud en favor de la población, concilláronle . 
desde el primer momento el amor de los habitantes. Faltaba apoderarse de Paulo 
y de sus cómplices, que continuaban encerrados en el anfiteatro, y algunos caba- 
lleros de Wamba, al frente de un destacamento de caballería, se dirigen á aquel 
lugar, derriban sus puertas, y penetran en él sin que se les oponga la me- 
nor resistencia. Los Francos y los Sajones á sueldo de los conspirados se rindie- 
ron sin condición alguna, y Paulo y los demás caudillos de la rebelión fue- 
ron hallados á duras penas en las cuevas que habitaron en otro tiempo los ti- 
gres y leones destinados á los juegos del circo. Sacados de su escondrijo para ser 
presentados á Wamba, Paulo, pálido y con el rostro demudado, andaba á pié en- . 
tre dos caballeros que le sujetaban cada uno por un mechón de su gótica cabelle- 
ra (1). Llegado ante su vencedor, Paulo se prosternó, «humilde conducta, dice 
un historiador, que contrastaba con la arrogancia que afectara durante su prospe- 
ridad pasajera,» y desciñóse el cinluron militar, como degradándose á sí mismo. 
El rey dirigióle algunas reconvenciones (2), lo mismo que á los demás promove- 
dores de la rebelión que sucesivamente le fueron presentados , y mandó luego 
encarcelarlos fijando el día en que serian juzgados por sus pares en presencia 
del ejército. Los Francos y los Sajones prisioneros fueron puestos inmediatamen- 
te en libertad (3); perdonóse también á los Galos, Españoles y Godos que habian 
tomado en la rebelión una parte secundaria, y guardóse toda la severidad para los 
principales traidores. El rey dedicó sus primeros cuidados al restablecimiento 
del orden, mandó atender á los heridos, enterrar á los muertos, reparar los mu- 
ros, reponer las puertas, y devolver á los habitantes el botín cogido en el saqueo 
de los dias anteriores. Los objetos tomados á los rebeldes fueron por orden suya 
llevados á su presencia, y entre ellos escogió y devolvió á las iglesias los orna- 
mentos y vasos sagrados deque Paulo se apoderara, recobrando el mártir san Fé- 
lix su corona que, según expresión del historiador Lafuente, fué para Paulo verda- 
dera corona de martirio. Todo lo demás lo abandonó á los soldados, y no solo no 
se quedó cosa alguna para él, sino que Jos obsequió y regaló con dinero suyo 
propio. 

El dia tercero de su entrada en la ciudad (5 de setiembre), Wamba se cons- 
tituyó en tribunal en compañía de sus caballeros y capitanes, y allí, en presencia 
del ejército formado en batalla á ambos lados de los jueces, mandó comparecer á 



diantia arma fulgorcm solis sólito plus augebant. Sed quid dicam?... Ubi divina protectio evidentis 
signi ostensione monstrata est.¡Visum estenim... angelosqueipsos,etc. Julián. Tolet. Hist. Wambfe. 
(4) Dúo e ducibus uostris equis insidentes, protensis manibus hinc inde Paulum in medio sui 
constilutum innexascapillis ejus manus lenentes, pedissequa illum profectione oblaturi principi 
deferunt. Id. id. 

(2) Cum jam ante equum principis Paulus ipse, vel Cfeteri hujusmodi factionis capti, perduc- 
tiquc consisterent : Cum in tanto, ait, malo vesanias prorupistis, ut pro bonis mala milii responde- 
réis ? Sed quid immorabor? ite et estote sub custodiis deputati, quousque censura de vobis agitetur 
judicii. Id. id. 

(3) Estos Francos y Sajones eran aventureros atraídos á la Galia gótica por su amor á la guer- 
ra y al pillaje. Wamba estaba entonces en paz con el rey de Austrasia ; pero los gobernadores fran- 
cos vecinos de la Galia gótica eran en gran parte independientes, y sin haber guerra declarada en- 
tre los reyes de ambas naciones, estos gobernadores se permitían á veces guerrear por su cuenta 
por la tierra de los Visigodos. Romey, P. 1 . a c. XVI. 



CAP. V. — ESPAÑA GODA. " 85 

Paulo y á sus compañeros (1). Intimó al primero que dijese si le habia ofendido, 
si le habia irrogado injusticia, si le habia dado motivo alguno de queja. «Conju- 
róte en nombre de Dios omnipotente , que en esta asamblea de hermanos, 
entres conmigo en juicio, y me digas delante de ellos si en algo te he ofendido, ó 
si te he dado jamás ocasión que te pudiera excitar á tomar las armas contra mí y 
á erigirte en tirano (2).» Paulo contestó que, lejos de abrigar queja alguna con- 
tra Wamba, la confianza que el rey depositara en él habíale proporcionado los 
medios de venderle, y que reconocía no tener su traición disculpa alguna. Igual 
preguntase dirigió á los demás conjurados , y sus respuestas fueron análogas. 
Leyóse enseguida el juramento de fidelidad prestado por cada uno de ellos á 
Wamba, y á continuación el juramento que á Paulo prestaran de no deponer las 
armas hasta despojar á Wamba de la soberanía ; y la asamblea, aplicando á los 
reos los cánones de los últimos concilios relativos álos atentados contra los reyes, 
los condenó á muerte y á la confiscación de bienes. Julián de Toledo nombra ade- 
más de Paulo á veinte y siete condenados, entre los cuales figura en primer lu- 
gar Gulmido, obispo de Magalona La mayor parte de los nombres parecen ser 
godos, y entre ellos no se encuentra el de Hilderico, conde de Nimes, causa 
primera de la guerra, que sin duda habría muerto. Wamba, dueño de la existen- 
cia de sus enemigos , usó de la prerogaliva que los concilios dieran á los monar- 
cas, é hizo á todos gracia de la vida, limitándose á condenarlos á cárcel perpetua 
y á perder sus cabelleras. 

Vino á la sazón aviso de que el rey franco Ghilperico se acercaba con sus 
huestes para pelear contra los Godos, y Wamba salió á campaña, esperando al 
enemigo por espacio de cuatro dias; no quiso, empero, romper por las tierras de 
Francia á pesar de que en el relato de Julián de Toledo se dice que así lo desea- 
ban él y sus capitanes, porque no pareciese que era el primero en quebrantar las 
paces que tenia asentadas, y para evitar al país inútiles calamidades . Sin embargo, 
recibida nueva de que un capitán franco, llamado, á lo que parece, Lupo, gober- 
nador por el rey de Neustria de la Aquitania austrasiana, colindante con la Sep- 
timania, corría los campos de Beziers, talando, quemando y robando cuanto se le 
ponia delante, salióle el rey al encuentro con parte de su gente ; en poco estuvo 
sorprender á los Francos en Aspiran, entre Pezenas y Lodeva; pero, desconfiado 
Lupo de sus fuerzas, se retiró á lo mas alto de los montes inmediatos, dejando 
abandonados sus bagajes para huir con mas presteza (7 de setiembre). 

Victorioso Wamba de sus enemigos, detúvose algunos dias mas en las Ga- 
lias, con objeto de restablecer las cosas al estado que tenían antes de los últimos 
acaecimientos. Toda la Seplimania habia sufrido mas ó menos bajo la dominación 
del usurpador que acababa de ser derrocado, y nombró nuevos jueces, destituyó 
á algunos gobernadores odiados por las poblaciones, proveyó, alo que parece, al- 



(4) Hic igitur sceleratissimus Paulus, dum convocatis,adunatisque ómnibus nobis idest senio- 
ribus cunctis palatii, gardingis ómnibus, omnique Palatino Officio, seu etiam adstante exercita 
universo in conspectu gloriosissimi nostri domini, cum praedictis sociis suis judicandus adsisteret... 
Judicium in tyrannorum perfidia promulgatum. Julián. Tolet. c. 35. 

(2) Conjuro te per nomen Omnipotentis Dei, ut, iu hoc conventu fratrum meorum, contendas 
mecum judicio, si aut te in aliquo lsesi, aut occasione qualibet malitiae nutriyi, per quod excitatw 
hanc tyranidem sumeres, vel hujus regni suscipere attentares.Id. id. 



86 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

gunos obispados vacantes por la rebelión de aquellos que los ocupaban, en una 
palabra, antes de pasar los Pirineos, piso en orden iodos los asuntos de la pro- 
vincia. En Elna ó Cañaba, dio las gracias y despidió al ejército godo, según el 
uso de la época, y con su comitiva tomó el camino de Toledo, á donde deseaba 
volver después de seis meses largos de ausencia. En pocos dias se halló á las 
puertas déla real ciudad. 

Su entrada fué un verdadero triunfo (1). Los rebeldes cabalgaban en flacos 
rocines y vestían trajes oscuros y humildes , iban descalzos , con una cuerda ce- 
ñida al cuerpo , y llevaban rapado el cráneo, las cejas y la barba. Paulo se dis- 
tinguía entre ellos por la corona de cuero negro que llevaba en las sienes, signo 
irrisorio de la que habia querido usurpar (2). Venia luego el rey , rodeado de 
nobles y caballeros , con limpias armaduras , y así atravesó la ciudad sin cesar 
ni un punto las aclamaciones de la muchedumbre. Paulo y sus cómplices fueron 
llevados á la prisión que les estaba destinada ; entre ellos habia algunos ecle- 
siásticos , como eran un diácono de Barcelona , los obispos de Livia , de Agde y 
de Magnelona , el abad Remigio y otro abad de Beziers. Entre los seglares lla- 
maba la atención Vitimiro por su arrogante continente. 

Desde aquel momento, Wamba pudo dedicar toda su atención al gobierno 
civil 4e España. Toledo fué engrandecida y embellecida; ordenáronse obras 
públicas en varios lugares , y las vias romanas y los acueductos reparados , re- 
velan la solicitud de Wamba en pro del bien público. Decidido protector de la 
paz, no deja de ser singular que, después de una guerra civil en que habia triun- 
fado, y cuando los Godos no se hallaban en hostilidad con nadie , creyera nece- 
sario luego de su llegada á Toledo, m 1.° de noviembre, publicar la ley De his 
qui ad bellum non vadunt (3) , ya fuese que hubiese experimentado dificultades 
para reunir un número suficiente de soldados en su pasada campaña, ya que te- 
miese para la patria próximos peligros. Por dicha ley se dispuso que así los se- 
glares como los eclesiásticos habían de tomar las armas al primer llamamiento 
de los condes ú otros oficiales encargados del gobierno de las provincias , y se 
conminaron contra los que á» ella faltaren severos castigos como el destierro, 
la confiscación de bienes , y aun penas corporales para los miembros de la na- 
ción de un rango inferior. Esta ley hizo para los obispos y eclesiásticos todos una 



(4 ) Véase á Julián de Toledo , e. 29 y 30. 

(í) Rex ipse proditionis prsehibat w capite omni confusionis ignominia dignus, et picea ex 
coriis laurea coronatus. Id. Id. 

(3) E por ende establecemos en esta ley , que deste dia adelante, quando que quier que los 
enemigos se levantaren contra nuestro regno , si quier sea obispo , si quier clérigo , si quier conde, 
si quier duc , si quier ricombre , si quier infanzón , ó qual que quier omne que sea en la comarca de 
los enemigos, ó si fuera legado déla frontera acerca dellos, ó si llegar allí á ellos por aventura de 
dotra tierra , todo que sea cerca de la frontera fasta C, millas da quel logarose faz la lid, depuesque 
ge lo dixiere el rey ó su omne, ó pues que él lo sabe por sí en qual manera se quier, si man á mano 
n«n fuere presto con todo su poder para defender el regno , é si se quisiere escusar en alguna mane- 
ra, é non quisiere ayudar á los otros man á mano por amparar la tierra, si los enemigos ficieren al- 
gún damno, oca tivaren algún omne de nuestro pueblo, ó de nuestro regno, aquel que non quiso salir 
contra lo-, enemigos por algún sniedo , ó por cscusacion , 6 porenganno , 6 no quiso seer presto por 
amparar la tierra, si es obispo ó.clérigo é non oviere onde faga enmienda del damno que ficieren los 
enemigos en la tierra , sea cebado fora de la tierra conio mandare el príncipe,. Y esta pena mandamos 
que ayan los obispos , é los sacerdotes, é Jos diáconos é los clérigos que non an dignidad... E délos 
otros legos establecemos , etc. Fuero Juzgo , li.b. IX, 1. II., 1. 9. 



CAP. V- — ESPAÑA GODA. 87 

obligación de lo que hasla entonces solo habia sido costumbre , y esto aun en A - de J - G - 
ciertas localidades , y los redujo á llevar las armas como los demás ciudadanos. 
Para comprender bien esta ley , para no deducir de elía consecuencias muy 
falsas , y no caer en apreciaciones erróneas acerca del espíritu que á la misma 
presidió, es necesario atender que en la época de que estamos tratando, en laEuro- 
pa toda y mas aun en España , como tendremos ocasión de explicar mejor en la 
ojeada que nos proponemos á su tiempo dirigir sobre la edad media , la Iglesia, 
los eclesiásticos se hallaban mezclados en todo, así en las artes de la paz como en 
las artes de la guerra : en todas partes se encontraban , y el espíriiu de la igle- 
sia , la ilustración prodigiosa de sus miembros comparada con la de los demás 
hombres , vivificaba y suavizaba la existencia social. En beneficio de la socie- 
dad, que según un publicista, es muy posible que hubiese entonces perecido á no 
salvarla laíglesia, esta se seculariza, por decirlo así, é interviene en todos losasun- 
tos así del Estado como de los particulares. Legisladora, filósofa , sabia, artista, 
guerrera, así se encuenlra en los palacios, en las asambleas , en las escasas bi- 
bliotecas salvadas del cataclismo, en los campamentos, como en los templos y mo- 
nasterios. La edad media es el gran canto de la epopeya eterna de la Iglesia. De 
esta parlicipacion , dirección casi, diremos mejor , del clero en el movimiento y 
en la vida general del pueblo, de la lucha que sin cesar habia de sostener contra 
los instintos bárbaros y la crasa ignorancia de los nuevos pobladores de Occi- 
dente, resultaron sin duda algunos vicios; la ambición , el amor al mundo y sus 
deleites se desarrollaron quizás mas de lo debido en algunos miembros de la ge- 
rarquía religiosa; algunos, sin dejar de ser los menos bárbaros y los mas inteligen- 
tes de la nación , se dejaron arrastrar por la corriente ; la Iglesia quizás perdía 
en independencia algo de lo que ganaba en acción, mas el bien se hacia y el ge- 
nio civilizador de la Iglesia salía por todos los caminos al encuentro de la bar- 
barie invasora. Soldado con el soldado , pueblo con el pueblo , magnate con el 
magnate, de nuevo reprodujo la misión social de propaganda que habia realizado 
durante el imperio romano. Antes hizoá los hombres cristianos, ahora hacia á los 
bárbaros hombres, ¿quién se maravillará de su preeminencia ? «A esta su inter- 
vención eonlínua en las disensiones, en las guerras , en los reglamentos civiles, 
dice un escritor nada sospechoso de parcialidad (1), debe la España las fuerzas 
que la sostuvieron en su lucha contra el islamismo ; á ella debe su nacionalidad. 
A sus concilios , al espíritu belicoso de su clero , al entusiasmo religioso, ala 
mezcla de superstición y de sentimientos caballerescos que nació en los siglos 
siguientes , cuando el cristianismo y la religión de Mahoma lucharon cuerpo á 
cuerpo; al espíritu y al sentimiento religioso, productos naturales de la época gó- 
tica-bárbara-eclesiáslica , debe la España el ser de que disfruta. » 

Varios concilios se celebraron en tiempo de Wamba , y en un mismo año se 675. 
reunieron dos, uno en Braga y otro en Toledo (el XI), al que concurrieron diez y 
siete obispos casi todos de la provincia cartaginense. El estudio de las actas de 
los concilios puede parecer inútil á ciertos hombres obcecados por su repugnancia 
á cuanto es eclesiástico; mas para aquellos que quieren conocer bien una época, 
que desean comprender cual era su pensamiento , y sentir cual era su vida; pa- 



(1) Romey, Hist. de Esp. P. 1 ." c. XVr. 



88 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ra aquellos que están persuadidos de que solo es verdadera ciencia histórica la 
que muestra á los hombres y á la sociedad de un tiempo dado con todas sus di- 
ferencias características, y si así puede decirse pintorescas, para estos es á buen 
seguro mas instructivo este estudio que el de las crónicas meras narradoras de 
sucesos , en cuanto bajo aquel polvo sepulcral hay todavía algo que se mueve y 
vive. El concilio de Braga nos hace saber curiosas particularidades; dispúsose en 
él que en el sacrificio de la misa no se usare de leche ni de racimos de uva, sino 
solo de pan y vino, mezclándose agua en el cáliz conforme ala antigua tradición. 
Prohibióse á los presbíteros tener en su compañía otra mujer que su madre; man- 
dóse que los obispos fueren á pié á las procesiones y no llevados en silla por los 
diáconos , é impúsose excomunión y destierro á los obispos que mandaren azotar 
álos presbíteros , abades ó diáconos subditos suyos. El primer canon del concilio 
de Toledo , cuya abertura se fija en 7 de noviembre , establece las reglas que 
cada uno ha de observar en los concilios , y no deja de ser singular que 
se creyese necesario determinar lo siguiente : « En las sesiones del conci- 
lio , dice el expresado canon , se observará una gran modestia en las acciones 
y palabras, un gran silencio y un gran respeto. Siempre que se tenga que ha- 
blar se haráen términos mesurados, sin encolerizarse, sin chanzas y sin injurias.» 
El canon tercero priva de su dignidad á los eclesiásticos que intervengan en jui- 
cios que pueden producir sentencia de muerte ó mutilación de miembros, é insís- 
tese en el último en la celebración anual , tantas veces mandada, de los concilios 
provinciales. 

Ignórase si fué en este concilio ó en otro convocado poco tiempo después, que 
á instancia de Wamba se señalaron los límites y distritos de los obispados del reino, 
esto en el dudoso supuesto de que no sea este hecho invención de algunos histo- 
riadores. De cada silla metropolitana, capital política al mismo tiempo de una de 
las seis provincias que formaban el reino de los Visigodos , dependían cierto nú- 
mero de diócesis ; la división en seis grandes provincias era ya muy antigua, y 
el nuevo decreto , sin variar en lo mas mínimo esta división general, se limitó 
á cambiar los límites de algunas diócesis y la extensión de las metrópolis. 
Las seis sillas metropolitanas eran Toledo , Sevilla , Mérida , Braga , Tarragona 
y Narbona ; de Toledo dependían diez y nueve diócesis , ocho de Sevilla , trece 
de Mérida , ocho de Braga , quince de Tarragona y ocho de Narbona. Ignórase 
por qué razón fueron dejadas dos diócesis, las de Legio y Lucum, fuera de la nue- 
va constitución. De esto se deduce que el reino de los Visigodos contaba, ademas 
de los seis centros principales que hemos nombrado , setenta y cuatro ciudades 
ó diócesis. 

El hecho de la división de diócesis atribuida á Wamba es calificado de fá- 
bula por algunos escritores . entre los cuales se cuentan los eruditos Flores y 
Masdeu,y el mas moderno historiador Lafuente. Para sentarlo así, se apoyan en 
muy sabias investigaciones y en datos muy convincentes (1) , pero los au- 
tores antiguos , y después de ellos Mariana , hablan todos de esta división, 
y por esto hemos creído deber dar cuando menos una sucinta noticia de la 
misma. 



(4) Véase á Floros, Esp. S'ayr., t. IV. y í Masdeu.ffist. crít.deEsp., t.lX, p.485,edic. dalW*. 



CAP. Y. — ESPAÑA GODA. 89 

También en dicho concilio toledano ó en olro se crearon á instancia del rey A de J - c « 
nuevos obispados en pueblos pequeños y aldeas , y aun en iglesias particulares, 
«que fué , dice Mariana (1), un celo piadoso, pero indiscreto en el rey , y en 
los obispos una disimulación y deseo demasiado de agradaíle , sin tener respeto 
á las leyes eclesiásticas que vedan así bien hacer dos obispos en una misma ciu- 
dad , como poner obispos en lugares pequeños. » 

El cuidado que puso Wamba en la disciplina militar de sus ejércitos , le 
fué de mucho provecho para impedir una irrupción de los Sarracenos , que ya 
enlonces eran dueños del África , y no conten los con anchas tierras , deseaban 
todavía mas dilatadas conquistas. Acometieron por el estrecho de Gibraltar con 
una armada naval de doscientos sesenta buques , que por pequeños que fuesen, 
dice Masdeu , debían llevar gran número de combatienies. Los autores que ha- 
blan de este armamento no cuentan qué batallas hubo, solo dicen en general que 
por el valor de los nuestros fueron vencidos en tierra los enemigos, y perecieron 
en la mar todas sus naves, unas quemadas y oirás echadas á pique (2). Ignórase 
la fecha precisa de este acontecimiento , pero es probable que se verificara á fi- 
nes del reinado de Wamba. Yasco le coloca en el año 675 y Perreras dos años 
después. 

El P. Mariana (3) y oíros escritores , siguiendo á los dos cronistas del si- 
glo IX Salmaticense y Albeldense, sientan que Ervigio , hijo de Ardobasto (4), 
admilido en la privanza de Wamba , fué el instigador de esla invasión sarrace- 
na , con la esperanza de que obtendría el mando del ejército para combatirla, y 
que esto le proporcionaría ocasión para escalar el trono. Frustradas sus espe- 
ranzas , no se extinguió su ambición de reinar , y al ver la corona en la frente 
de un anciano robusto aun y lleno de vida , al considerar que una elección libre 
le ofrecía pocas probabilidades de buen éxito, pues Teodofredo, hermano de Re- 
cesvinto, se hallaba á la cabeza de un partido poderoso, recurrió para asegurar- 
se la corona auna traza que tuvo mas de lo depravado que de lo ingenioso. Dio m 
á beber al rey un brevaje que le hizo caer en tan profundo letargo que se le cre- 
yó muerto ó á lo menos agonizante ( 14 de octubre , domingo ), y apresuróse 
entonces á hacerle cortar el cabello y á revestirle con un hábito de penitente, 
según costumbre de la época. Al recobrarse , admiróse el rey de encontrarse sin 
cabello y en hábito de monge , y haciendo , como dice Masdeu , de la necesidad 
virtud , no trató de violar las leyes que privaban de la corona á los tonsurados, 
y en dos escritos firmados de su mano manifestó el deseo de tener á Ervigio por 
sucesor, y encargó á Julián, metropolitano de Toledo , que le ungiese según cos- 
tumbre. El que habia aceptado la corona de rey como un sacrificio , la dejó sin 



(1) Hist. gen.de Esp.l. VI, c. 44. 

(2) CCLXX naves Sarracenorum , Hispaniae littus agressse, occurrentibus ejusexercitibus, om- 
nes ibid deletae sunt, et ignibus concrematíe. Luc. Tud. Chron. Mundi. 

(3) Mariana , Hist. gen. de Esp., 1. VI , c. 14. 

(i) En tiempo de Chindasvvinto , un joven griego llamado Ardobasto , desterrado, á lo que se 
dice de Constantinopla , vino á España en busca de un asilo. Según algunos , Ardobasto era hijo de 
Atanagildo , nieto de Hermenegildo , y por este y por su abuela Ingunda , era el Griego de sangre 
goda y franca. Bien recibido por Chindasvvinto, adelantó tanto en su privanza que casó algún tiem- 
po después con una prima carnal del rey, y de este matrimonio nació Ervigio de que aquí trata- 
mos. Los escritores antiguos le llaman Ervigio , Eringio y Ervicio. 

tomou. 12 



90 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. de j. c. violencia y con el mismo desprendimiento y desinterés con que la habia tomado. 
Antes por evitar los males de una guerra civil que, en el caso de empeñarse en 
conservarla, veia ya inminente , se inmoló por segunda vez á la tranquilidad pú- 
blica , y descendió gustoso de un trono á que habia subido con repugnancia, re- 
tirándose á hacer vida de monje en el monasterio de Pampliega ( cerca de Bur- 
gos), donde vivió ejemplarmeníe el resto de sus días, siete años y tres meses (1), 
aunque algunos dicen mas, y otros un año solo. Su cuerpo estuvo en dicho mo- 
nasterio hasta que Alonso el Sabio lo hizo trasladar á Toledo, á la iglesia de 
santa Leocadia. 

Ervigio (Erwig), proclamado rey en virtud del deseo expresado por Wam- 
ba y del consentimiento de los prelados y grandes de palacio , al dia siguiente 
de haber aquel recibido la tonsura , fué ungido el domingo 22 del mismo 
mes por Julián metropolitano de Toledo, y desde aquel momento empezó para él 
la existencia agitada y atormentada de remordimientos que no acabó sino con 
su reinado. En un principio conoció la necesidad de acallar las sospechas que 
abrigaba el pueblo contra él , así como de robustecer su autoridad , y para ello 
681> convocó un concilio nacional en Toledo (el XII) á los tres meses de haber ceñido 
la corona. Presentóse á la asamblea con la mayor humildad y veneración, y en- 
trególe tres importantes documentos: el primero, firmado por los grandes palati- 
nos , atestiguaba que Wamba en peligro de muerte habia recibido la tonsura y 
el hábito religioso ; era el segundo la abdicación del mismo Wamba , en que 
significaba su deseo de que le sucediera Ervigio, y el tercero una carta del propio 
Wamba al metropolitano Julián , recomedándole que ungiese al nuevo rey con 
las formalidades de costumbre. Los obispos examinaron estos papeles , y decla- 
raron legítima y regular la elección de Ervigio , como acredita el primer canon 
del concilio , á propósito del cual se pretende por algunos poner en mal lugar á 
los Padres del concilio. « En vista de dichos documentos, dice el historiador La- 
fuente (2) , los Padres del concilio , que tantas leyes habían hecho sobre la forma 
de elección , declararon legítima la de Ervigio.» Pues qué ! ¿es acaso probable 
que fuese tan pública , y sobre todo tan probada la traición de Ervigio , para que 
el concilio echase sobre sí el peso de sumir á la nación en los horrores de una 
guerra civil? ¿No estaba allí la abdicación de Wamba, su deseo de que le sucedie- 
ra Ervigio , que parece apartar hasta la sombra de la duda? « Aun cuando Ervi- 
gio hubiese tenido alguna parte en la enfermedad y tonsura del antecesor , dice 
Masdeu (3), pudieron los Padres de Toledo confirmarle en el reino , ó porque ya 
no habia remedio para deshacer lo hecho, ó porque era muy grande en la corte el 
partido del nuevo rey.» Téngase además en cuenta que si bien la trama de Ervi- 
gio ha adquirido grandes probabilidades de positiva, no lo es tanto que no haya 
autores que no la pongan muy en duda , entre otros el mismo Masdeu ya citado. 
Los que no vacilan en echar sobre el concilio XII de Toledo el cargo de servilismo 
y hasta de abyección ante la potestad real , aun adquirida por un delito , vean y 
atiendan al canon segundo , en el que en presencia de Ervigio , el presunto usur- 
pador de la corona , así en bien del pueblo , para desvanecer todo peligro de 

(1 ) Masdeu , Hist. erit de Esp. t. X, p. 242. 

(2) Lafuente, P. 4 a I. IV. c. VII. 

(3) Hist. crit. de Esp. t. X , p. 24 2. 



CAP. Y.— ESPAÑA GODA. 91 

guerra eivil , como en vergüenza del delincuente, en caso de que el delito se hu- 
biese cometido, se dice: « Los que han recibido la penitencia estando enfer- 
mos , aun que estén privados de sentido y no la hubiesen pedido antes , lleven 
siempre el hábito penitencial;» y á continuación se añade : « Pero los presbíte- 
ros no la impongan sino á los que la pidan , y si alguno la da á los que están 
privados de conocimiento , quede excomulgado.» 

El concilio declaró contraria á los cánones la creación que hiciera Wamba 
délos pequeños obispados, de que antes hemos hablado, y templó el rigor de la 
ley De his qui ad bellum non vadunt, quitando como injusta la pena de infamia 
impuesta por dicho rey á los que no acudieren á la guerra cuando fueren llama- 
dos. «Con esto, dice Lafuente, acabó de extinguirse en el pueblo godo el espíritu 
y la energía militar que Wamba habia logrado hacer revivir en su reinado.» 
Confirmáronse además las leyes contra los Judíos que el mismo Ervigio habia pu- 
blicado, y á fin de que las iglesias no estuviesen por mucho tiempo vacantes, 
facultóse al metropolitano de Toledo para consagrar á los obispos de las que vaca- 
ren en ausencia del rey (1), «que fué, dice Mariana, una prerogativa de gran im- 
portancia, y como abrir las zanjas y echar los cimientos de la primacía que esta 
iglesia tiene sobre las demás de España.» 

Innegable es, sin que esto haya de entenderse en la mas mínima contradic- 
ción con lo sentado, que en las disposiciones de este concilio se trasluce cierto 
espíritu de animosidad contra el rey anterior, y esto hace suponer á un historia- 
dor (2) que Wamba, después de su victoria contra Paulo, gobernó quizás con 
cierta aspereza que hubo de lastimar la altivez de la oligarquía gótica, que era el 
primero, ó por mejor decir el único elemento de aquel gobierno, elemento per- 
nicioso es verdad, en el mero hecho de ser oligárquico, y que á fuerza de que- 
rer dar la preeminencia á la sangre goda, se encontró impotente para rechazar la 
invasión sarracena. Sin embargo, todo en el mundo se compensa; si España du- 
rante los siglos de que venimos tratando era, como otras veces hemos tenido oca- 
sión de decir, el pueblo mejor gobernado de Europa, si su código de leyes no re- 
conocía rival, si sus costumbres eran las mas suaves de Occidente, si no pre- 
senció los excesos y las devastaciones con que afligió á Francia el establecimiento 
de sus monarquías, si, en una palabra, era la nación mas civilizada entre todas, 
debíalo á su oligarquía mucho mas ilustrada de la que los tiempos comportaban. 
El pueblo perdia quizás en fuerzas lo que en bienestar y en civilización ganaba. 
Esta era España. 

No produjo el concilio toledano XII los resultados que de él esperaba Ervi- 
gio, y el pueblo no recibió las disposiciones dadas por la asamblea como el rey ha- 
bría deseado. La masa de la nación conservaba al penitente dePampliega indes- 
tructible afecto, y Ervigio pudo conocer por la frialdad que por él se mostraba que 
eran vanas todas sus diligencias. Habria querido borrar hasta el recuerdo de la 
gloria de Wamba, que no le dejaba un momento de reposo; habria querido apar- 
tar de sí una preocupación que tenia todos los caracteres del remordimiento, y 
agitado, atormentado, acudió de nuevo al concilio para que procurará con él el 



(1) Conc. Tolet. XII, c. I. 

(2) Romey, Hist. de Esp. P. 1 . a c. XVI. 



92 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

leJ ' c afianzamiento de su autoridad. Para ello, pues , en el cuarloaño de su reinado 
683. (domingo 1." de noviembre) reunió un concilio que fué el XIII de los Toledanos, 
y el mas numeroso de todos , pues firmaron en él setenta y cinco obispos ( pre- 
sentes ó representados por vicarios), cinco abades, tres dignidades y veinte y seis 
grandes (1). 

Los setenta y cinco obispos, según se desprende de las actas del conci- 
lio, eran (2) : De la jurisdicción de Toledo, Julián, metropolitano, presidente 
del concilio, y sus sufragáneos, los obispos : Leandro de Elche ; Palmacio, de 
Urci ; Concordio, de Palencia ; Antoniano, de Barti ; Gregorio,, de Oreto; Agricio 
de Alcalá ; Próculo, de Bigastro ; Ella, de Sigüenza ; Sonna, de Osma; Sempro- 
nio, de Arcavica ; Asturio, de Játiva ; Deodorato, de Segovia ; Sármata, de Va- 
lencia ; Floro, de Mentesa ; Olipa, de Segorbe, y Riccilano, de Acci ; Gaudencio, 
de Valeria; Rogato, de Beacia, y Félix, de Denia, estaban representados por sus 
vicarios : 

De la jurisdicción de Braga, Liuba, metropolitano ; Froarich (nombre sue- 
vo al parecer), obispo de Porto ; Hilario, de Orense ; Félix, de Iria ; Eufrasio, 
de Lucum ; Oppas, de Tuy; Atula, de Cauria, y Aurelio, de Astúrica, represen- 
tado este por su vicario : 

De la jurisdicción de Emérita, Esteban, metropolitano ; Monofonso, obispo 
de Indaña ; Mirón, de Conimbrica ; Reparato, de Viseo ; Gundulfo, de Lamego; 
Unigiro, de Avila ; Ilolemundo, de Salamanca ; Tractemundo, de Ebora ; Juan, 
de Beja ; Bellito, de Faro, y Ara, de Lisboa : 

Déla jurisdicción de Sevilla, Floresindo, metropolitano ; Cuniuldo, de Itá- 
lica ; Mumulo, de Córdoba ; Teuderac, de Sidonia ; Geta, de Ilipla ; Teodul- 
fo, de Ecija ; Gratino, de Egabro ; Sigebaldo, de Tucci, y representados por sus 
vicarios, Argebado, de Illíberis, y Samuel, de Malaca: 

De la jurisdicción de Tarragona, Cipriano, metropolitano, representado por 
su vicario Spasando ; Stercoreo, obispo de Auca ; Cicilio, de Tortosa ; Eusendo, 
de Lérida, y representados por sus vicarios, Idalio de Barcelona ; Valdered, de 
César Augusta ; Juan, de Egara ; Eufrasio, de Calagurris; Atilano, de Pam- 
plona ; Gadiscaklo, de Osea ; Leuberich, de Urgellum; Gaudilano, de Ampurias; 
Jaime, de Gerona; Austerio, de Tarazona, y Wisefredo, de Vique : 

De la jurisdicción de Narbona, Sunifredo, metropolitano, representado por 
su vicario Pacato ; Crescitaro, obispo de Beziers; Vicente, de Maguelona, y re- 
presentados por sus vicarios, Ausemundo, de Lodeva ; Claro, de Elna; Esteban, 
de Carcasona, y Primo, de Agde. Brandila, y dos llamados Potencio firmaron, 
el primero Laniobrensis , y los otros dos Uticensis y Verecemis, diócesis descono- 
cidas, dice Ferreras, en España y en la Galia gótica. Finalmente un Reginicio, 
de Auca, lo mismo que Stercoreo, firmó representado por un vicario. Los grandes 
eran: Ostulfo, que firmó el primero (3), Teudila (4), Audemundo, Trasimiro y 



(1) Viri ¡Ilustres Offici Palatini. 

(2) Concil. Omn., p. 123o. Aguirre Collect. Max. Conc. Hisp., %, II, p. 694.— Como Romey, he- 
mos creído curioso dar por una vez una nomenclatura completa de un concilio déla época. Losnom • 
bres en los diferentes pueblos tienen un carácter que les es propio digno de ser observado. 

(3) Ostulphus, comes, h«c instituía ubi interfui, annuens subscripsi. 

(4) Tlieudila procer similiter. 



CAP. V.— ESPAÑA GODA. 93 

Recaulfo, proceres ; Ubadamiro, Recaredo, Egica, Sisebuto, Suniefredo, Adeliab, 
y Salamiro, condes todos de la cava y duques (1); los condes palatinos Argemiro y 
Ataúlfo (2); los condes y capitanes de guardias Guiliango, Alterico, Nilaco, Seve- 
rino, Traserico, Sisimiro y Terresario (3) ; Isidoro, conde de los tesoreros (4) ; 
Valderico, conde de Toledo (5) ; Vítulo, conde del patrimonio (6) ; Cixila, con- 
de de los notarios (7), y por fin Gisclamundo, conde de las caballerizas (8). Es- 
tos títulos no eran puramente honoríficos , ni se transmitían de padres á hijos; 
expresaban el cargo, no la nobleza hereditaria. Por nobleza solo entendían los Go- 
dos la limpieza de raza, y si bien de ahí ha nacido la actual nobleza, si este es sin 
duda su origen, conviene consignar aquí que en la época de que estamos tratando 
un conde, un duque, eran hombres que desempeñaban los altos cargos públicos, 
llevando consigo la investidura y el ejercicio. 

Abierto el concilio con todas las ceremonias de estilo en la iglesia pre loríen- 
se (9) de san Pedro y san Pablo, Ervigio se presentó á él, pronunció un corto 
discurso, entregó al presidente de la asamblea un extenso memorial sobre los pun- 
tos que deseaba someter á sus deliberaciones, y se retiró. Una de las cosas que 
con mas insistencia solicitaba en su memorial era una general amnisíía para los 
rebeldes que fueron condenados en tiempo de Wamba, y aunque alegaba en apo- 
yo de su petición muchas y poderosas razones de humanidad, era fácil compren- 
der que la política no era agena á su pretensión, en cuanto con ello adquiría 
nuevos partidarios y aumentaba en otros tantos el número de los enemigos del 
rey despojado. En otro artículo exponía á los miembros del concilio sus temores 
para el porvenir de su familia, y les suplicaba que fuese puesta al abrigo de to- 
do fatal evento. La asamblea satisfizo al rey en todos los puntos: decretó que fue- 
sen puestos en libertad y reintegrados en la posesión de sus bienes los cómplices 
de la rebelión de Paulo, é igual favor se concedió á cuantos desde el tiempo de 
Chintila habian sido privados de su libertad y fortuna por delito de rebelión.— 
«Atendiendo á las grandes obligaciones que debemos al rey, quien se esfuerza en 
dar pruebas de su piedad, y en hacer experimentar á los pueblos que le eslán so- 
metidos los dulces efectos de su clemencia y de su celo en pro de sus intereses, 
dice el canon cuarto, prohíbese á todos bajo pena de excomunión, á los prínci- 
pes, obispos, grandes y á cualquiera otra persona, causar mal á la reina Liubigo- 
tona, su esposa, á sus hijos, yernos, etc., en sus personas, en sus dignidades, ni 
en sus bienes (10).» — El canon segundo revela cuan celosos estaban los Godos de 
sus franquicias y privilegios; en él se dispone, que por cuanto los reyes, sin justi- 
ficación, habian privado á algunos del honor de palatinos, y condenádolos á muer- 
te y á infamia perpetua, ningún palatino ni obispo pudiera ser privado de su ho- 



ll) Comités scantiarum etduces. Uno de estos condes, Egica, fué después rey. 

(2) Corniles cubiculi seu cubiculariorum. 

(3) í-patharii et comités, seu comités spathariorum. 

(4) Comes thesaurorum. 

5) Comes civitatis Toletana?. 

(6) Comes patrimonii. 

(7) Comes notariorum. 

(8) Comes stabuli. 

(9) Pretcriense, por hallarse fuera de los muros, de pretorium , que es casa de campo. 
(40) Aguirre, Collect. Max. Concil. Hisp., Concil. Tolet. XIII; c. 4, 1. II, p. «97. 



A. de J. C, 



94 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ñor ni hacienda, ni puesto á cuestión de tormento, ni encarcelado, ni castigado á 
azotes, sin que se conozca de su culpa en junta de prelados, grandes y gardin- 
gos ; que si se hallase culpado, se le castigue conforme á las leyes, y el que lo 
contrario hiciere, sea escomulgado. 

El canon tercero manifiesta el ahinco con que procuraba el monarca al soli- 
citarlo captarse el afecto de sus pueblos que se obstinaban en no concedérselo, 
por amor al rey penitente y por odio á la trama de que fué víctima. «Por cuan- 
to se deben al erario público crecidos tributos con que están oprimidos los pue- 
blos, dice, se da por firme y valedera la condonación propuesta por el rey de to- 
do lo que deben hasta el primer año de su reinado.» 

El canon quinto dispone «que ninguno se case con la viuda del rey, ni trate 
torpemente con ella ; y el que lo contrario hiciere, sea su nombre borrado del 
libro de la vida, aunque sea el rey (1).» 

El sex!o, celoso del explendor de la sangre goda, preocupación constante de 
los dominadores de España, prohibe conferir los cargos de la corte á siervos y li- 
bertos, para que la sangre de la nobleza no se confunda con la de estas personas 



En aquel mismo año, y apenas disuelto el concilio de que acabamos de tra- 
tar, llegó á España Pedro, legado del pontífice León II, con cartas para el rey y 
para algunos obispos, y con la misión de que la iglesia española, que no habia 
asistido al concilio de Constantinopla, VI entre los generales, aprobase las actas 
del mismo, en las que fué condenada, ademásde otros errores, la heregía de los 
monotelitas (hereges que negaban en Jesucristo la existencia de dos voluntades, 
divina la una y la otra humana), á fin de que en decisión tan grave no faltase el 
voto de ninguna iglesia. No era fácil volver á reunir un sínodo nacional en tan 
rigurosa estación, y mas cuando acababa otro de disolverse, y así fué, diceMas- 
deu (2), que se tuvieron cinco concilios provinciales en Sevilla, Mérida, Braga, 
684. Tarragona y Narbona, y luego en noviembre del siguiente año, con los diputa- 
dos de ellos, se juntaron los votos en Toledo (concilio XIV), firmando todos la 
adhesión al concilio ecuménico mencionado. «Así, dice Lafuente (3), se iba reco- 
nociendo prácticamente en la iglesia de España la supremacía de la silla de Ro- 
ma. » Con estas palabras revela el historiador citado participar de la opinión 
que tanto ha cundido durante algún tiempo, cuando las impugnaciones y los ti- 
ros de toda clase contra la sede de Pedro, parecían estar en moda, fatales res- 
tos de la sistemática y mezquina oposición del pasado siglo: opinión, según la 
cual la iglesia gótica y las demás vivían del lodo independientes del Sumo Pontí- 
fice, al cual se da únicamente el título de obispo de Roma. Hoy que , gracias al 
cielo, la generalidad de hombres que á las letras y en particular al estudio de la 
historia se dedican, están libres de las pequeñas preocupaciones que sobre este 
punto cegaron á nuestros padres, hoy que la ciencia histórica ha dado tan gran 
paso, es evidente, y por nadie puede ponerse en duda, que la iglesia de España 
nunca se consideró independiente de Roma ; que no habia de ir reconociendo 



(4) Sit nomen ejus abrasum et deletum de libro vita?, ut tartáreas judicii poenas excipiat, qui 
hace decreta honestatis devoverit violanda. Aguirre, Collect. Max. Cono. Hisp., p. 698. 

(5) Hist crít de Esp., t. XI, p. 244. 

(3) Hist. gen. de Esp. P. 1. a , 1. IV, c. VII. 






CAP. V. — ESPAÑA GODA. 95 

prácticamente, como supone el historiador citado, la supremacía de la sede apos- A ' de J * c ' 
tólica porque la ha reconocido siempre, uniéndose en este punto al concierto uni- 
versal de todas las demás iglesias del orbe, que reunidas en el centro de unidad 
establecido por el mismo Jesucristo, forman, desde el primer momento de su ins- 
titución, una sola iglesia católica. Todo ello lo demostraremos á su tiempo, pero 
hemos creído no deber dejar pasar sin este correctivo las palabras que sobre el 
concilio XIV de Toledo deja escapar D. Modesto Lafuente, palabras que á mu- 
chos habrían podido inducir en error por la autoridad de que justamente goza el 
historiador que las ha proferido. 

Nada bastaba para devolver la quietud al ánimo desosegado de Ervigio, 
que vivía siempre temeroso de que el partido de su antecesor pudiese algún dia 
denigrar su memoria y oscurecer el lustre de su casa. Llamó, pues,áEgica, 
primo hermano de Wamba, y le ofreció la mano de su hija Gixilona con promesa 
de hacer lo posible para asegurarle la sucesión al trono , con tal que se obli- 
gase con juramento á proteger y amparar á su familia después de su muerte. 
Egica escuchó con mucho placer estas proposiciones , juró lo que el rey quería, y 
se casó con Cixilona. Ferreras fija este enlace á principios del reinado de Ervigio, 
en 681 ; pero careciendo como carecemos de todo documento positivo que pueda 
ilustrar este punto , parece mas verosímil creer que hubo de celebrarse á fines 
de este reinado, en 686 ó 687. 

Sin otro hecho notable que la reparación del puente y murallas de Mérida, 
que se hizo durante su reinado, el receloso monarca cayó gravemente enfermo 
en Toledo. El dia antes de morir reunió á los obispos y grandes de palacio , y 
relevándolos del juramento de fidelidad, abdicó la corona en favor de Egica, que 
fué al momento aclamado rey. 

Ervigio habia reinado siete años y algunos días , y á no ser por las circuns- 
tancias especiales que le rodearon , por el desamor del pueblo que no pudo olvi- 
dar, ó su delito , ó la memoria de su antecesor , habría sin duda dejado fama de 
buen rey y entendido gobernante. Esto es lo que hizo decir al P. Mariana hablan- 
do de Ervigio estas palabras que encierran al parecer una contradicción , como 
la encierran los grandes esfuerzos de Ervigio para hacerse amar y consolidar su 
poder , y la leal insistencia del pueblo godo en no rodear su trono del afecto que 
le merecieran sus antecesores : « Su memoria y fama , dice el mencionado histo- 
riador al terminar la explicación del reinado de Ervigio , fué grande , aunque ni 
agradable ni honrosa. » 

Antes de la ceremonia que elevó al trono á su yerno , Ervigio se hizo ton- 
surar y tomó el hábito de penitente, á fin de hacer su resolución irrevocable. 
Wamba, á lo que se cree, vivía aun en su monasterio, y pudo ver el triste fin 
del hombre que le usurpara traidoramente la corona, así como la elección de un 
sobrino á quien siempre habia querido y á quien abrigara un dia la esperanza 
de tener por sucesor. Ervigio sobrevivió muy pocos dias á su abdicación , y mu- m. 
rió en 15 de noviembre. Por aquel tiempo debió de fallecer también Wamba, 
ignorándose la época fija de su muerte ; solo se sabe que tuvo el consuelo de 
morir á tiempo, dice con nobleza un historiador inglés (1), para no ser testigo 



(4) Universal History, etc. 



96 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Adej.c. de la venganza ejercida por su sobrino en la familia de Ervigio y en cuantos sos- 
pechaba que le habían ayudado en su traición. 

Reconocido como rey , Egica entró desde aquel momento en el ejercicio de 
la soberanía. « Todo el afán que puso el rey difunto , dice Masdeu , y todo el 
cuidado que tomó para asegurar su honra y la de su familia, de nada le apro- 
vecharon , pues como él habia traíado al antecesor , así le trató el sucesor, aunque 
yerno, tomando los mismos caminos é instrumentos , de que él se habia valido: 
¡tan loca es la presunción de algunos , que sin tener respeto á los demás, juz- 
gan que han de ser respetados , y no temen que se les pueda hacer lo que ellos 
hacen á otros (1)! » 

68s. En. efecto, en 11 de mayo , Egica , por el deseo de tener contenta á la na- 

ción , convocó en la corte un concilio que fué el XV de Toledo , y entre otras co- 
sas sometió á la deliberación de los Padres la cuesüon siguiente: Al casarse con 
Cixilona habia prometido amparar á la esposa , á los hijos , á los yernos, en una 
palabra, á la familia toda de su predecesor , y al ceñir la corona habia jurado 
hacer justicia por igual á todos sus subditos. Era el caso que Ervigio habia des- 
pojado injustamente á muchos grandes de sus títulos y bienes en favor de los 
miembros de su familia ; los despojados los reclamaban , y el rey tenia que hacer- 
les justicia en virtud del segundo juramento , mas en este caso faltaba contra la 
familia de Ervigio , á quien jurara protección. ¿Cuál de ambos juramentos le 
obligaba mas fuertemente?— Después de una atenta deliberación, la asamblea de- 
claró no obligatorio el primer juramento en circunstancias contrarias á la justicia, 
y estableció que dicho juramento solo obligaba al rey á amparar á la familia de 
Ervigio contra pretensiones injustas (2). «Así consignó solemnemente el décimo 
quinío concilio Toledano el gran principio de que la justicia es el gran deber de 
los reyes , y que ante él deben callar los intereses privados de familia, » exclama 
el historiador Lafuente, como si anteponer lo justo á todo y enlodo no fuese una 
obligación común á grandes y á pequeños. 

Lo cierto es que Egica usó ó abusó de este canon , de esta especie de liber- 
tad que se le daba respecto de la familia de su suegro , para tender la mano al 
partido oprimido , y vengar á la vez las injurias de los ofendidos y las que sufrie- 
ra Wamba. En su consecuencia, abatió y persiguió á la familia de Ervigio, cas- 
tigó á cuantos grandes le eran sospechosos de haber sido cómplices en la trama 
de que fué víctima su tio , y aun algunos dicen que repudió á Cixilona de quien 
tenia ya un hijo. 

Curioso es observar el espíritu y la tendencia que dominaba en los concilios 
de la época en que nos hallamos , celosos hasta lo sumo de la dignidad real. Ha- 
bíase prohibido en el décimo tercero de Toledo á las viudas de los reyes contraer 
nuevo matrimoniólo mismo que mantener torpes tratos, y como no pareciese sin 

69i. . duda suficiente esta precaución, en otro concilio celebrado en Zaragoza en 1.° de 
noviembre , concilio que, al parecer , ha de contarse entre los nacionales, se or- 
denó que las viudas de los reyes , para mayor seguridad y decencia , tomaran en 
adelante el hábito religioso en algún monasterio de vírgenes. 



(4) Masdeu, t. X, p. 244 



(2) Sic ergo ab illis vinculis juramenti quibus socero ante juravit, principem Egicanem Regem 
sancta synodus absolvendum elegit Conc. Tolet. XV, c. 33. 







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CAP. V. — ESPAÑA GODA. 97 

Gobernó Egica tranquilamente hasta el sexto año de su reinado en que Sise- A, 693. ÍC ' 
berto , metropolitano de Toledo , sucesor del piadoso y sabio Julián , tramó con- 
tra él una terrible conspiración. No solo el rey , sino todos los suyos y cinco 
principales palatinos , habían de caer á los golpes de los conjurados ; pero descu- 
bierta la trama , el castigo del metropolitano , autor principal de ella , se dejó por 
orden del rey á disposición del concilio Toledano XVI, que se tuvo por aquellos 
dias (2 de mayo) , y los Padres en pena de tan grave delito , le depusieron de la 
¡silla metropolitana , le desterraron , le privaron de todas sus dignidades y honores, 
y excomulgaron juntamente con él á los demás cómplices de la rebelión y á todos 
los que en adelante imitasen tan escandaloso ejemplo (1). En este concilio se es- 
tableció por primera vez que en todas las iglesias de España se rogase diaria- 
mente en la misa por la vida y prosperidad del rey y de la real familia : costum- 
bre ó rito que dura en nuestros dias con poca alteración en las palabras. 

Ignórase la causa de la criminal conjuración , aunque se supone que llevaría 
por objeto colocar en el trono á alguno de los parientes ó parciales del prelado, 
y de ella no se sabe otra cosa particular, además de lo dicho , sino que causó mu- 
chos alborotos é inquietudes , atribuyéndose por algunos (2) á efecto de la misma 
la guerra que por aquel entonces hubieron de sostener los Godos contra los Fran- 
cos. También es muy poco lo que de esta guerra sabemos , y la historia se limita 
á decir que se dieron tres batallas , sin ventaja decisiva por ninguna de las par- 
tes (3). Ño expresa de un modo positivo el origen de la guerra, ni como se ter- 
minó , ni en qué sitios se trabaron las batallas mencionadas , y lo mas probable 
parece ser que Eudo , que por aquel tiempo se habia declarado duque indepen- 
diente de Aquitania, obrando de acuerdo ó sin relación alguna con Siseberto, lle- 
vó sus tropas por tierras de los Visigodos , inmediatas á sus posesiones. El sabio 
autor de la historia del Langüedoc presenta el hecho como cierto. « Sus correrías, 
dice, que podían considerarse como una guerra declarada , duraron por espacio 
de tres años , y fueron , á lo que parece , consecuencia de la conquista que Eudo 
hizo entonces de la Aquitania austrasiana , situada en la frontera de los estados vi- 
sigodos (4). » De ahí sin duda las tres batallas dichas ; Mariana sienta que en las 
tres fueron desbaratados los Godos , pero Masdeu , apoyado en el texto ya citado 
de Lucas de Tuy y en la crónica de Sebastian Salmaticense , impugna el hecho 
que dice no tener mas autoridad que la de la palabra del erudito jesuíta (5). 

Los concilios se celebraban casi anualmente , y mas que nunca pudo decirse 
de los de este reinado haber sido verdaderas asambleas legislativas, según las 
ideas y las circunstancias de la época; y ya fuese, como dicen unos, que descubrie- 
se el rey otra sedición mas peligrosa todavía que la pasada , tramada por los 
Judíos de España con sus correligionarios de África para conjurarse contra el rei- 



(4) Ut quia necem Egicae manchinatus esset, honore, dignitate, rebus ómnibus priva tus, perpe- 
tuum mittatur inexilium, inexitu vitaetantum conmunionem suscepturus.-CoI.-Max. Concil.Hisp., 
t. U, p. 743. 

(2) Mariana, Hist. gen. de Esp., 1. VI, c. XVIII; Masdeu, Hist. crít. de Esp., t. X, p. 216. 

(3) Cum Francis ter bellum gessit: sed nullum triumphum habuit, nec quidem victus fuit. 
Luc. Tud., Chr. 

(4) Hist. del Lang., 1. 1, p. 374. 

(5) Masdeu, Hist, crít. de Esp., 1. c. 

TOMO II. 13 



98 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

A.deJ. c. nQ ^j. ^ p 0r eS pí r i|; U ¿ e animadversión é intolerancia del siglo, dicen otros (2), 
que todo pudo ser, si se atiende á que los Judíos , á quienes no contenia el amor 
de la patria, habían de estar deseosos de sacudir el yugo que sufrían , y al odio 
encarnizado que en aquellos tiempos se profesaba á la infeliz y maldita raza , el 
rey convocó un concilio en la corte (el X VII Toledano) , á ios 7 días de noviembre 
694. del siguiente año , y en el memorial con que inauguró sus sesiones , solicitó nue- 
vas y severas penas contra los Judíos (3) , exceptuando á los que vivían en las 
gargantas de los Pirineos (4), á los^que, por considerarlos inocentes de la trai- 
ción expresada, colócalos de un modo especial bajo la protección del gobernador 
de la provincia (5). Recargóse , pues , mas y mas la legislación contra la proscrita 
raza; mandóse que todos los Judíos que habiendo sido recibidos en la comunión 
cristiana, hubiesen judaizado ó conspirado contra el Estado, fuesen despojados 
de sus bienes y reducidos á esclavitud (6) , y que á la edad de siete años se apar- 
tasen de su lado sus hijos de uno y otro sexo , á fin de que, entregados á los fieles, 
fuesen educados en la religión verdadera (7). La historia no dice si fueron estos 
decretos ejecutados rigurosamente. 

Según algunos historiadores , los Sarracenos intentaron por aquel tiempo 
un desembarco en las costas de España , pero fueron rechazados con pérdida , y 
la Península se vio libre otra vez de sus agresiones. Las nolicias que de este su- 
ceso se tienen son pocas é inciertas (8) ; pero este hecho , lo mismo que otros 
análogos que en el presente relato hemos tenido ocasión de consignar , manifies- 
tan que la invasión árabe del siglo Yílí , coronada por desgracia de mejor fortu- 
na que las anteriores , no es un acaecimiento extraordinario que deba de sorpren- 
de? al historiador , obligándole á buscar causas extraordinarias también para 
explicarlo ; fué por el contrario lógico resultado de la natural tendencia de los 
Árabes, dominadores del África, á ensanchar sus conquistas y á pasar á la tier- 
ra de que les separaba un estrecho brazo de mar. 

Egica contaba ya una edad muy avanzada , y deseoso de transmitir la co- 
rona á su hijo , le encomendó, aunque mozo , los mas altos cargos del Estado , y 
697. compartió por fin con él la autoridad real. La fecha en que fué sancionada esta elec- 



(1) Masdeu,Hist. crít. de Esp. p. 217; Mariana, Hist. gen. de Esp., 1. VI, c. XVIII. 

(2) Romey, Hist. de Esp., P. 1. a c. XVI; Lafuente, Hist. gen.'de Esp., P. 1. a , 1. IV, c. VIL 

(3) ...Praesertim quia nuper manifestis confessionibus indubie pervenimus, hos in transma- 
rinis partibus Hebraeos alios consuluisse, ut unanimiter contra genus christianum agerent, praes- 
tolantes perditionis suse tempus: qualiter ipsius christianae fidei regulam depravarent. Quod et per 
easdern professiones, quae vestris auribussuntreserandae, patebit. Collect. Max. Conc. Hisp., p. 753. 

(4 ...lilis tantundem Hebrseis ad praesens reservatis, quae Galliae (Galliae gotichee) provincise 
videlicet intra clausuras (in vallibus, montibus circumseptis) noscuntur habitatores existere, vel ad 
ducatum regionis ipsius pertinere... Collect. Max. Conc. Hisp., 1. c. 

(5) ...Cum ómnibus rebus suis in sud'ragio ducis terrseipsius existant... Id. 

(6) ...Suis ómnibus rebus nudati... perpetuas subjectse servituti, his quibus eos jusserit servi- 
turos largitae, maneant usquequaque dispersa?. Id. 

(7) Sed et filios eorum utncusque sexus decernimus, ut á séptimo anno eorum nullam cum 
parentibus suis habitationem aut societatem habentes... Id. 

(8) Ferreras en su Historia, t. II, 1. IV, p. 422, dice que en una copia manuscrita de Isidoro Pa- 
cense, en lugar de ingressis (Arabibus) se lee in Groecis; pero él mismo lo tiene por error del copista, 
y así parece sin duda, diceMasdeu, porque en los autores antiguos no se halla noticia de Griegos que 
vinieran á nuestras costas, y en aquella época no le era posible al imperio griego emprender expe- 
dición alguna á tanta distancia. 



CAP. V. — ESPAÑA GODA. 99 

cion es incierta , y autor hay de los que tenemos á la vista (1) que dice haberlo A - de J * C: 
sido por el concilio Toledano XVIII, reunido bajo la presidencia del metropolita- 
no Félix , sucesor de Sisberto , en una época que se ignora , pero que el mismo 
historiador conjetura haber sido en 698 ó 699. Lasadas de este concilio se han 
perdido, así es que cuanto se diga acerca de él es dudoso. Mariana y otros his- 
toriadores dicen haberse celebrado cuando Witiza reinaba solo , y haber sido 
destruidas sus disposiciones por ser contrarias á todos los cánones y leyes ecle- 
siásticas ; otros indican que los cánones eran buenos y que por ello los destruyó 
el rey; pero los que opinan haberse celebrado en la época antes indicada, y ser 
injusto el cargo que á los Padres del mismo se dirigen , se apoyan en un pasaje de 
la crónica de Isidoro de Beja , que dice así : « En este tiempo floreció por grave- 
dad y prudencia Félix , obispo de Toledo , que celebró en la corte muy buenos 
concilios , aun cuando reinaban juntos Witiza y Egica. » 

Los lectores pensarán lo que quieran sobre este punto histórico , para la ge- 
neralidad de ellos poco interesante, y es lo cierto que Witiza, asociado al trono 
por su padre , ya confirmase ó no esta elección el concilio Toledano XVIII, reci- 
bió el gobierno de todo el país de Galicia que habia constituido el antiguo reino 
de los Suevos , convirtiendo á la ciudad de Tuy en una especie de corte ó resi- 
dencia real , desde donde gobernaba por sí aquella porción de la monarquía. 
Existen varias medallas de aquel tiempo , en las que se consagra la memoria de 
la unión de ambos reyes, viéndose en ellas grabados sus atributos y nombres. A 
los dos se les da el título de rey : egica rex , witiza rex , y en algunas se lee 
abreviado el lema regni concordia. 

Después de la elevación de su hijo , Egica reinó aun en su corte de Toledo 
unos cinco años , y murió á principios del mes de noviembre , habiendo reinado 701. 
en todo catorce años (2). Acerca del carácter de este príncipe han hablado los 
autores modernos con mucha diversidad, unos alabándole como rey excelente , y 
otros pintándole con horribles colores como tirano detestabilísimo. Si hemos de 
creerá Isidoro Pacense y á Rodrigo de Toledo, historiador del siglo XIII, 
Egica en los primeros años de su reinado se mostró amante de la justicia, y me- 
reció los elogios que le prodigó el XYI concilio de Toledo ; pero cambiando luego 
de carácter é inclinaciones , agobió á sus subditos con injustos pechos para sa- 
tisfacer su codicia , siendo tal su tiranía que hasta le llaman el perseguidor de 
los Godos. Esta opinión concilia todos los extremos , así que no ha de causarnos 
sorpresa ver al P. Mariana hacer de este rey el siguiente juicio :« En virtudes, 
justicia y piedad se puede comparar con cualquiera de los reyes pasados ; seña- 
lóse igualmente en las artes de la paz y de la guerra , y fué colmado y alabado 
de prudencia y de mansedumbre. » 

Durante su reinado y en el concilio XVI de Toledo se terminó el código de 
los Visigodos, en el cual aparecen varias leyes de este monarca. 



(<) Romey, Hist. de Esp., P. 4 .", c. XVI. 

(2) No están acordes los autores en la época precisa de la muerte de Egica. La crónica de Vulsa 
la fija en octubre del año 700. Rodrigo de Toledo un año después, y Ferreras sigue la cronología 
de Vulsa. Isidoro Pacense en su crónica y Aguirre en su cronología de los reyes godos, señalan la 
muerte de Egica en 701 , y esta opinión han adoptado Mariana, Masdeu y el mas moderno historia- 
dor Lafuente. 



100 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Egica dejó en pronunciada decadencia la monarquía. El imperio de los Go- 
dos toca á su fin, y todo parece oscurecerse á la vez. Las crónicas enmudecen ; 
los hechos y las genealogías se confunden mas y mas; hasta las actas de los con- 
cilios desaparecen. Los acaecimientos de aquella época desafortunada no han sido 
referidos por testigo alguno contemporáneo, y fuerza le es al historiador acu- 
dir y buscar auxilio en las concisas ó fabulosas crónicas de las edades sucesivas. 



CAP. VI. — ESPAÑA GODA. 101 



CAPÍTULO VI. 



Reinado de Witiza. — Contraria opinión de los historiadores acerca de este rey.— Relato del P. Maria- 
na.— Disensiones civiles. — Término del reinado de Witiza. — Rodrigo.— Bandos y discordias qtra 
dividían el reino.— Causas que fueron preparando la ruina de la monarquía.— Situación de le* 
Árabes en África á principios del siglo VIII.— Los hijos de Witiza y el conde Julián.— Tradiciona- 
les amores de Rodrigo y Florinda.— Los partidarios de Witiza y los Judíos instigan á los Sarrace- 
nos para que invadan á España.— Conducta de Muza.— Invasión de los Sarracenos á las órdenes 
de Tarik.— Batalla del Guadalete.— Muerte de Rodrigo. — Finis Hispania?. 

Desde el año 701 hasta el 711. 

Al llegar al importante reinado de Witiza, sentimos la falta de documentos 
auténticos contemporáneos: hasta los concilios, repetimos, que supliendo la esca- 
sez de historias de aquella época apartada, nos han servido de guia y suministra- 
do una luz preciosa para seguir la marcha de la sociedad godo-hispana al través 
de los últimos siglos, nos abandonan también, no habiendo llegado á nosotros, co- 
mo hemos dicho, las actas del concilio que mas tarde ó temprano celebró el mo- 
narca que acababa de ocupar el solio gótico. El código de sus leyes se da igual- 
mente por terminado, y solo nos quedan algunas sucintas crónicas escritas des- 
pués de la invasión sarracena y bajo la impresión de aquel triste suceso, que 
otros escritores modernos han amplificado según sus ideas y las de la época en 
que han escrito. 

¿Serán ciertos todos los desórdenes, todos los excesos, todos los delitos que 
á Witiza se atribuyen ? ¿ Merecerá este rey los deshonrosos epitetos que le pro- 
diga la historia ? ¿Debió España su perdición y la monarquía goda su ruina á 
la licencia, á la crueldad, al desenfreno y á la relajación de todo género de este 
rey ? Esto por siglos enteros se ha creído en España constantemente y sin contra- 
dicción, y esto niegan ó hacen cuestionable ahora los modernos historiadores. La 
memoria de Witiza, sobre la que pesaba una especie de anatema histórico, ha en- 
contrado al cabo de tantos siglos quien la defienda de muchas acusaciones. Y no 
porque se hayan descubierto documentos auténticos contemporáneos que alum- 
bren convenientemente un período que empiezan á rodear nuevas y espesas ti- 
nieblas, según dice con gran exactitud D. Modesto Lafuente al tratar de esta ma- 
teria, sino porque de distinta manera se juzga en épocas distintas de unos mis- 
mos hombres y de unos mismos hechos. 

El sabio Mayans fué de los primeros á mediados del pasado siglo en vindicar 
la memoria del rey, é imitado después por el no menos crítico y concienzudo 



102 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Masdeu, y en nuestros tiempos por Romey y otros, han hecho todos que, si no se 
han desvanecido enteramente los cargos que la tradición constante habia acumu- 
lado contra el penúltimo rey godo, quedasen á lo menos reducidos á la clase de 
sospechas, habiendo perdido el grado de certeza que por tantos siglos habian te- 
nido. 

El cronicón Moissiacense, compuesto á principios del siglo ix, unos cien años 
después de la muerte de Witiza, dio principio á los infinitos capítulos de acusación 
que habian de formalizarse después contra aquel rey, de quien se dice por pri- 
mera vez haber sido muy dado á la lascivia y haber excitado con su ejemplo al 
clero y al pueblo para que le imitasen (1). Algún tiempo después, Sebastian 
Salmaticense, que escribía á fines del siglo ix, ennegreció mas el cuadro, y pintó 
á Witiza encenagado en las mas escandalosas torpezas, rodeado de mujeres y de 
concubinas ; retratóle como un cristiano rebelde que, aborreciendo toda clase de 
amonestaciones, y temiendo sobre todo las del clero, prohibió las asambleas de 
obispos , y hasta se atrevió a mandar que estos y los presbíteros contrajeren 
matrimonio. «Estas impiedades, dice al terminar el cronista, fueron causa de la 
ruina de los Godos (2).» 

A medida que transcurre el tiempo, aumentan también los cargos. La cró- 
nica Albendense (3), escrita igualmente á fines del siglo ix, es la primera en ha- 
blar del asesinato del padre de Pelayo, en Tuy, por Witiza, y no falta quien diga 
que semejante pasage fué interpolado allí, en cuanto solo se encuentra en el ma- 
nuscrito de esta misma crónica llamado de san Millan. La crónica Silense en el 
siglo xi, la de Lucas de Tuy, y la de Rodrigo de Toledo en el xm han añadido suce- 
sivamente nueva hiél á la historia de este reinado. La primera dice que temeroso 
Witiza de la ambición de Teodofredo, que era de estirpe real, mandó sacarle los 
ojos ; la segunda asegura que Witiza mandó destruir los muros de todas las ciu- 
dades de España, excepto de tres ; é incurriendo indudablemente en error, sien- 
ta que despojó al metropolitano de Toledo Julián (este, muerto en tiempo de Egi- 
ca, habia tenido ya por sucesores á Siseberto, á Félix, á Gunderico y á Sinde- 
redo) para colocar en su lugar á Oppas, á quien supone hijo suyo. Por fin, Ro- 
drigo de Toledo adopta en su mayor parte los relatos anteriores, é insiste so- 
bre todo en la impiedad de Witiza, pareciendo en el fondo muy bien informado 
de ciertos detalles. 

Así las cosas, el P. Mariana, al escribir su historia, dio cuerpo á estas noti- 
cias esparcidas, las compiló, procuró armonizarlas con los pocos elogios que de 
Witiza habian llegado hasta él, é hizo de este reinado una relación completa que, 
por ser la recapitulación de cuantos cargos se han fulminado por la España toda 
contra el hijo de Egica, nos ha parecido conveniente continuarla aquí en sus 
principales pasages. 

«El reinado de Witiza, dice el historiador citado, fué desbaratado y torpe de 



(4) His temporibus in Spania super Gothos regnabat Witicha, qui regnavitannos VII et men- 
ses III. Iste deditus feminis, exemplo suo sacerdotes ac populum lujurióse vivere docuit, irritan» 
furorem Domini. 

(2) Sebast. Salmant. Chr , c. 6. 

(3) Cronicón Albeldense ó Emilianense, en el t. XUI de la Esp. Sag. , Madrid, 4785. 



CAP. VI.— ESPAÑA GODA. 103 

todas maneras, señalado principalmente en crueldad, impiedad y menosprecio de 
las leyes eclesiásticas. Los grandes pecados y desórdenes de España la llevaban 
de caida, y á grandes jornadas la encaminaban al despeñadero. Y es cosa muy 
natural y muy usada que cuando los reinos y provincias se hallan mas encum- 
brados en toda prosperidad, entonces perezcan y se deshagan: todo lo de acá aba- 
jo, á la manera del tiempo y conforme al movimiento de los cielos, tiene su pe- 
ríodo y fin, y al cabo se trueca y trastorna, ciudades, leyes, costumbres. Verdad 
es que al principio Wítiza dio muestra de buen príncipe, de querer volver por la 
inocencia y reprimir la maldad. Alzó el destierro á los que su padre tenia fuera 
de sus casas ; y para que el beneficio fuese mas colmado, los restituyó en todas 
sus haciendas, honras y cargos. Demás desto, hizo quemar los papeles y procesos 
para que no quedase memoria de los delitos y infamias que les achacaron, y por 
los cuales fueron condenados en aquella revuelta de tiempos (1). Buenos princi- 
pios eran estos si continuara y adelante no se trocara del todo y mudara. ... El 
primer escalón para desbaratarse fué entregarse á los aduladores, que los hay de 
ordinario y de muchas maneras en las casas de los príncipes : relea perjudicial 
y abominable. Por este camino se despeñó en todo género de deshonestidades : 
enfermedad antigua suya, pero reprimida en alguna manera los años pasados por 
respeto de su padre (2). Tuvo gran número de concubinas con el tratamiento y 
estado como si fueran reinas y sus mujeres legítimas. Para dar algún color y ex- 
cusa á este desorden, hizo otra mayor maldad: ordenó una ley en que concedió á 
todos que hiciesen lo mismo, y en particular dio licencia á las personas ecle- 
siásticas y consagradas á Dios para que se casasen. ... Hízose Otrosí una ley en 
que negaron la obediencia al Padre Santo, que fué quitar el freno del todo y la 
máscara, y el camino derecho para que todo se acabase y se destruyese el reino 
hasta entonces de bienes colmado por obedecer á Roma, y de toda prosperidad y 
buena andanza. Para que estas leyes tuviesen mas fuerza, se juntaron en Toledo 
los obispos á concilio que fué el décimo octavo de los Toledanos. La junta fué en la 
iglesia de san Pedro y san Pablo del arrabal, donde á la sazón estaba un monas- 
terio de monjas de san Benito. Era Gunderico arzobispo de Toledo. Los decretos 
deste concilio no se ponen ni andan entre los demás concilios, ni era razón 
por ser del todo contrarios á las leyes y cánones eclesiásticos. En particular con- 
tra lo que por leyes antiguas estaba dispuesto, se dio libertad á los Judíos para 
que volviesen y morasen en España. Desde entonces se comenzó á revolver todo y 
á despeñarse... y muchos volvieron los ojos al linaje y sucecion del rey Chindas- 
vinto para les volver la corona y poner remedio por este camino á tantos males. 
No se le encubrió esto á Witiza, que fué ocasión de embravecerse contra los de 
aquella casa, y lo>que comenzó en vida de su padre, que fué ensangrentar sus 
manos en aquel linaje, continuarlo como podia y llevarlo á cabo. Yivian dos hijos 
de Chindasvinto, hermanos del rey Recesvinto, que se llamaban el uno Teodo- 
fredoy el otro Favila (3). Teodofredo era duque de Córdoba... Favila era duque 

(1) Según otros historiadores, mandó quemar los registros en que constaba lo que debia el pue- 
blo por tributos atrasados, á fin de que nunca pudiese hacerse reclamación alguna. 

(2) Ferreras, huyendo de juzgar las intenciones, dice : «Los fondos del corazón humano solo 
Dios los puede penetrar, y siendo los hombres capaces de mudarse de la virtud al vicio, los vicios 
posteriores no prueban que sean hijos de ellos las acciones primeras.» 

(3) Rodrigo de Toledo dice que eran hijos de Recesvinto y esto es mas probable. 



104 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de Cantabria ó Vizcaya, y en el tiempo que Witiza en vida de su padre residía en 
Galicia anduvo en su compañía con cargo de capitán de guardias, al cual los Godos 
en aquel tiempo llamaban protospatario. Matóle á tuerto Witiza con el golpe de 
un bastón, y aun algunos sospechan para gozar mas libremente de su mujer en 
quien tenia puestos los ojos. Quedó de Favila un hijo llamado don Pelayo, el que 
adelante comenzó á reparar los daños y caida de España (1), y entonces acerca 
de Witiza hacia como teniente el oficio de su padre. Mas por su muerte, se retiró 
á su estado de Cantabria, y el conde don Julián, casado con la hermana de Witiza, 
fué puesto en el cargo de protospatario. Estas fueron las primeras muestras queWi- 
tiza en vida de su padre dio de su fiereza, y de la enemiga que tenia contra aquel 
nobilísimo linaje. Hecho rey, pasó adelante, y volvió su rabia contra don Pelayo 
y su tio Teodofredo ; al tio, maguer que retirado en su casa, privó de la vista, y 
le cegó; á don Pelayo no pudo haber á las manos, dado que lo procuró con todo 
cuidado, como también se le escapó don Rodrigo, hijo de Teodofredo, que des- 
pués vino á ser rey. Don Pelayo, por no asegurarse en España, dicen se ausentó, 
y con muestra de devoción pasó á Jerusalen en romería. En confirmación desto 
por largo tiempo mostraban en Arratia, pueblo de Vizcaya, los bordones de don 
Pelayo y su compañero, de que usaron en aquella larga peregrinación. Resultó 
destas crueldades y de las demás torpezas y desórdenes deste rey que se hizo 
muy odioso á sus vasallos. Él, perdida la esperanza de apaciguarles por buenos 
medios, acordó de enfrenarlos con temor, y quitarles la manera de poderse le- 
vantar y hacer fuertes. Para esto mandó abatir las fortalezas y las murallas de 
casi todas las ciudades de España: digo casi todas, porque algunas fueron exemp- 
ías deste mandato, como Toledo, León y Astorga, sea por no querer aceptalle, ó 
porque el rey se fiaba mas dellas que de las demás (2). Ultra desto por las mis- 
mas causas deshizo las armas del reino, en que consiste la salud pública y la li- 
bertad.... Era por este tiempo arzobispo de Toledo Gunderico, sucesor de Feliz, 
persona de grandes prendas y partes, si tuviera valor y ánimo para contrastar á 
males tan grandes... Quedaban otrosí algunos sacerdotes que, como por la memo- 
ria del tiempo pasado se mantuviesen en su puridad, no aprobaban los desórdenes 
de Witiza : á estos él persiguió y afligió de todas maneras hasta rendillos á su 
voluntad, como lo hizo Sinderedo, sucesor de Gunderico, que se acomodó con los 
tiempos y se sujetó al rey en tanto grado, que vino en que Oppas, hermano de 
Witiza, ó como otros dicen hijo, de la iglesia de Sevilla, cuyo arzobispo era, fue- 
se trasladado á Toledo. De que resultó otro nuevo desorden encadenado de los 
demás, que hobiese juntamente dos prelados de aquella ciudad contra lo que dis- 
ponen las leyes eclesiásticas.» 



(1) Entroncar estos dos personages (Favila y Pelayo), dice Ferreras, con los reyes anteriores 
no es fácil por los monumentos de los tres siglos posteriores; y así lo han hecho de diverso modo 
los autores, después de algunos siglos, entre quienes, á mi juicio, es el primero Pelayo, obispo de 
Oviedo, en unas genealogías que de esto dejó escritas, cuya copia sacó Ambrosio de Morales, y está 
en mi poder. Ferreras, Hist. de Esp., t. IV. 

(2) «Algunos dicen : que temeroso Witiza de las solevaciones, mandó demoler las murallas de 
todas las ciudades de su reino, fuera de las de Tuy, Astorga y Toledo ; pero esto es falso; íporque 
cuando los Sarracenos entraron en España, hallaron muchas ciudades con sus murallas, que de- 
molieron en castigo de su resistencia, como se verá en el decurso de la Historia.» Ferreras, Hist. de 
Esp , t. IV, p. 4, edic. de 4726. 



CAP. VI.— ESPAÑA GODA. 105 

Tal es el famoso proceso de culpas que la mayor parte de los historiado- 
res españoles han formado al rey Witiza, y con que por espacio de muchos siglos 
ha aparecido ennegrecida su memoria, atribuyendo á su relajación y desenfreno, 
tanto como al de su sucesor Rodrigo, la pérdida de la monarquía goda, y hacién- 
dole causa de que esta cayese bajo el dominio y poder de los Moros. Los autores 
que defienden á Witiza, que han querido rehabilitar su memoria niegan la mayor 
parte de sus capítulos, convierten otros en objeto de alabanza, y como Mayans, 
preséntanle como un monarca justo y benéfico. El crítico Masdeu califica de lo- 
curas, fábulas y falsedades la mayor parte de los excesos que á Witiza se atribu- 
yen. «Añaden á esto los modernos, dice (1), un largo tejido de fábulas que son di- 
rectamente injuriosas no solo á la memoria de este príncipe, sino también al 
buen nombre de la Iglesia española, y á los derechos y regalías de nuestros sobe- 
ranos. » Y todo esto lo sientan alegando que ningún escritor contemporáneo ex- 
plica tales hechos con las circunstancias que detallan los antecesores de Mariana 
y sobre todo el mismo Mariana, y apoyándose por el contrario en el testimonio de 
Isidoro Pacense (2), que escribió á mediados del siglo vm y en el del continua- 
dor de la crónica Biclarense(3), que termina su reíalo en el año 721. Vitiza reinó 
quince años clementísimamente, dice Isidoro de Beja, y de ahí y del pasage del 
mismo cronista que hemos citado al fin del capítulo anterior relativo á los bue- 
nos concilios celebrados durante su reinado, deducen mil consecuencias favora- 
bles todas al penúltimo rey godo. 

¿ Qué podremos sacar en claro de tanta contradicción ? ¿ A qué lado nos 
inclinaremos en vista de tanto como se dice por una y otra parte ? ¿ Qué podrá 
decir el historiador de buena fé que sin pasión ni plan preconcebido quiera dar 
una idea del rey objeto de tan encontrados pareceres ? Muy pocas palabras, pues 
repetimos que faltan documentos, datos y escritos fehacientes, y con todo cuanto 
dijese en pro de unos ó de otros, no hariamasque aumentarlas conjeturas, ya tan 
abundantes. Lo que sí parece cierto , lo que hallamos confirmado en todas las 
crónicas desde la Moissiacense , y el mismo Masdeu se ve obligado á recono- 
cer, es que Witiza fué muy dado á una vida licenciosa dejándose arrastrar de 
la lujuria con gravísimo escándalo. Parece cierto también que revocó las leyes 
antes promulgadas contra los Judíos , y por fin parécelo igualmente que tuvo un 
altercado con el papa Constantino á cuyas pretensiones , justas ó injustas , pues 
se ignora cuales fueren , se opuso. Esta es quizá la clave de todo el misterio; 
la resistencia de Witiza hubo de causar grave escándalo en aquellos siglos de 
fé y veneración en que se escribieron las crónicas que le acusan , al paso que 
era un motivo de alabanza para muchos autores del siglo pasado y también para 
algunos del presente. De ahí los negros colores con que cargaron su paleta los 
primeros , y el concierto de elogios que los segundos entonaron. Por desgracia, 
el hombre que la historia escribe es siempre de su época,y su amor á la verdad, 
y la antorcha con que ilumina los pasados tiempos no bastan casi nunca para des- 
vanecer las preocupaciones y las ideas dominantes de la época en que vive. 



(1) Hist. crít. de Esp., t. X, p. 220. 

(2) Cr. c 29 y 30. 

(3) Additio adJoannte Biclarensis ckronicon. en e' tomo VI de la Esp. Sag., Madrid, 4763. 

TOMO II. * * 



106 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

a. de J. c. £ g j n( | u( jable también que en su tiempo tuvo Wiliza muchos enemigos en 
España , ya fuese entre los Godos , ya entre los Españoles llamados también Ro- 
manos ; á lo menos parece cierto que fué lanzado del trono por una especie de 
revolución. ¿Cuál fué el carácter, cuales las causas y circunstancias de este suce- 
so? A la escasa luz con que miramos esla época funesta, solo nos es lícito entrever- 
lo ; mas dos palabras del cronista mas antiguo que nos es dable consultar sobre 
este reinado parecen indicar que esta revolución fué en cierto modo nacional, y se 
hizo por una asamblea de los principales entre los grandes de origen romano ó 
español ( senatu romano) (1). La raza indígena, aunque no era oprimida ni mal- 
tratada por los Godos, lejos de esto, estaba sin embargo excluida de toda partici- 
pación en el gobierno, y á lo mas tomaba indirectamente parte en él por cierto 
número de obispos salidos de su seno , y aun esto en calidad de prelados , no de 
Españoles. De modo que, aunque regida con blandura, no dejaba de estar en una 
inferioridad política real , y de ahí una rivalidad sorda y permanente entre am- 
bas clases. Las grandes familias de las que se elegían los reyes eran mas ó menos 
adictas á las ideas góticas , estaban mas ó menos dispuestas á borrar ó á mante- 
ner la línea divisoria establecida entre Godos y Españoles , á pesar de las inevi- 
tables alianzas , y estas familias , según sus sentimientos acerca de tan impor- 
tante cuestión , eran odiadas ó queridas por la población indígena. A lo que 
parece , Witiza pertenecía á una de aquellas familias detestadas por el pueblo á 
causa de su exclusivismo en favor de los principios góticos , y Rodrigo por el con 
trario era amado por el recuerdo de su abuelo , cuyas leyes habian establecido la 
igualdad de derechos para Españoles y Godos , si es cierto , como se cree , que 
fuese nieto de Recesvinto por su padre Teodofredo. De todos modos, es indudable 
que tenia gran partido entre los naturales ó Romanos , en quienes halló podero- 
sos auxiliares ; ellos le elevaron al trono, y muchos, aunque vagos indicios, ha- 
cen creer que no obtuvo con igual facilidad los sufragios de los Godos. Las 
circunstancias de esta revolución son completamente ignoradas , y carecemos de 
todo monumento que pueda guiarnos. ¿Murió Witiza en una batalla? ¿falleció de 
muerte natural ? ¿ fué asesinado? ¿ se refugió en un monasterio ? Ningún docu- 
mento auténtico lo manifiesta de un modo explícito, y solo se sabe que hubo un 
709. levantamiento , ignórase en que parle del reino , y que Rodrigo fué proclamado 
rey con el apoyo de una asamblea de ílispano-Romanos , de un modo distinto de 
lo que se verificaba ordinariamente con los reyes godos, tumultuóse, como dice Isi- 
doro de Beja. Los demás cronistas refieren el mismo hecho con extremada con- 
cisión. « Rodrigo , por ardides mas que por virtud , dice el continuador de Juan 
Biclarense, se apoderó del reino de los Godos el año nono (2). » — « Muerto Wi- 
tiza, dice la crónica de Sebastian Salmaticense, Rodrigo fué elegido rey de los Go- 
dos (3). » El cronicón de Moissac no es mas extenso (4) , y solo el arzobispo Ro- 
drigo explica que prisionero Wiliza del vencedor Rodrigo , este, en venganza de 
lo que con su padre hiciera, mandó sacarle los ojos , muriendo por fin en Górdo- 



(i ) Rudericus tumultuóse regnum , hortante senatu romano , invadit. Isid. Pacens. Chr. c. 34 

(2) Rudericus furtum magis quam virlute Gothorum invadit regnum anno nono. Joan. Biclar 
continuatio; Flores, Esp. Sagr., t. VI, p. 430. 

(3) Vitizane defuncto, Rudericus a Gothis eligitur in regnum. Sebast. Salmant. Ch., c. 7. 

(4) Gothi super so Rudericum regem constituunt^ Chron. Moiss., 1. c. 



CAP. VI. — ESPAÑA GODA. 107 

bael rey infeliz, bajo el peso de sus iniquidades (1). Téngase en cuenta sin em- 
bargo que Rodrigo escribió en el siglo xm , y que por lo mismo su autoridad 
en este punto es cuando menos sospechosa. 

También reina gran incertidumbre acerca del tiempo en que estos sucesos se 
verificaroo. Unos afirman que Witiza reinó doce años , siendo destronado á prin- 
cipios de 711 , al paso que otros , y estos parecen estar en lo justo , fundados en 
el texto del cronicón Moissiacense , que dice haber sido de siete años y tres me- 
ses el reinado de Witiza , fijan su destronamiento en febrero del año 709. Esta 
opinión, que es también la de Masdeu , hemos adoptado nosotros. 

En esta parte de la historia de España, de palpitante interés, todo yace en- 
vuelto entre tinieblas ; diríase que en la agitación de aquella crisis funesta no 
hubo nadie que pudiera disponer del tiempo necesario para relatar detallada- 
mente los principales sucesos. La tradición con sus exageraciones ó puerilidades 
fué la única que los reveló á los siglos sucesivos , é inútil es decir que si bien 
el historiador ha de apreciarla siempre y compararla con otros relatos menos ex- 
puestos á alteraciones y á inexactidudes, no debe de prestarla entera fé cuando 
va sola. Por esto nos hemos mostrado tan circunspectos en sentar hechos durante 
el reinado que termina , y por esto observaremos también igual conducta en el 
reinado que empieza. 

En efecto , elevado Rodrigo (Buderich) (2) como acabamos de ver, ¿ qué 
hizo? ¿qué luchas interiores tuvo que sostener ? ¿ Cuál fué su conducta? ¿su ca- 
rácter privado ? ¿ cuáles las verdaderas causas que irritaron al gobernador de 
Ceuta contra él? Poco ó casi nada sabemos acerca de ello ; y por cierto que gran 
necesidad tendríamos de muchos y auténticos monumentos para dibujar comple- 
tamente el cuadro de uno de los acaecimientos mas graves , de una de las catas - 



(1) Igitur , Rudericus filius Theodofredi , quem Vitiza, ut patrem privare oculis visus fuit , fa- 
vore romani senatus , qui eum ob Recensuindi gratiam diligebat , contra Vitizam decrevit publico 
rebellare , qui viribus praeeminens cepit eum, et quod patri suo fceerat fecitei , et regno expulsum, 
sibi regnum electione Gothorum et senatus auxilio vindicavit. Vitiza itaqueplenus abominationibus, 
vacuus regno, orbus oculis, propriá morte Cordubse , quo Tbeodofredum relegaverat exul , et ex 
rex, vitam finivit. iEra DCCLI. 

(2) o No sabemos porque nuestros historiadores comienzan á dar al último rey godo el título 
de honor Don , con que no han nombrado á ninguno de sus predecesores. Aplicante ya no solo á 
Don Rodriqo, sino también á Don Oppas , á Don Julián , á Don Pclayo, etc., sin que podamos expli- 
carnos la razón de esta novedad. Un historiador antiguo , Trelles , dice haberle sido dado este tra- 
tamiento a Pelayo por primera vez cuando reunió sus gentes para resistir á los Sarracenos. Cree- 
mos no obstante que no tuvo uso en España por lo menos hasta el siglo x. El antenombre Dom, 
contracción del Dominus , comenzaron á usarle los papas por humildad , reservando á Dios el ape- 
lativo entero. De los papas pasó á los obispos , abades y otros dignatarios de la Iglesia , de los cua- 
les descendió á los monjes. En Francia lo usaron los cartujos y benedictinos, y así son conocidas las 
obras de Dora Poiner , Dom Bouquet, Dom Calmet, etc. Afirman varios autores haber comenzado 
á aplicarse en España el Don á los Judíos , de donde vino á hacerse en algún tiempo dictado de hu- 
millación y afrenta. Mas luego lo fué de nobleza y gerarquía , y aun sé elevó á los santos y al mis- 
mo Jesucristo. Así hallamos en el poeta Gonzalo de Berceo: 

En el nomne del Padre que fizo toda cosa , 
et de Don Jesuchristo, fijo de la Gloriosa. 
Y también se aplicó á las divinidades paganas: como se vé en el Arcipreste de Hita: 
Señora Doña Venus , muger de Don Amor, 
Noble dueña , omillome yo vuestro servidor. 
De lodos modos creemos haberse aplicado inoportunamente al rey Rodrigo , así como á los de- 
más personajes que figuran en su época. Lafuente, Hist. gen. de Esp.,P. 1.° 1. IV, c. VIII, Nota. 



108 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

trofes mas terribles , de una de las revoluciones mas espanlosas, acaso la mayor 
que ha sufrido España , siendo difícil leer otra mas grande y repentina en 
los anales de la humanidad. Porque , como dice Lafuenle , «caer derrumba- 
da en un solo dia una monarquía de tres siglos , verse de repente invadido un 
gran pueblo, vencido , subyugado por extrañas gentes , que hablaban otra len- 
gua , que traian otra religión , que vestían otro traje; venir unos hombres des- 
conocidos , de improviso y sin anunciarse , casi sin preparación, apoderarse 
de un antiguo imperio, pelear un dia para dominar ocho siglos , desaparecer co- 
mo por encanto todo lo que existia , y sorprender la muerte á una nación casi 
tan de repente como puede sorprender á un individuo , es cierlamente un su- 
ceso prodigioso de los que rarísima vez acontecen en el transcurso de los si- 
glos (1).» 

Por la lógica natural de los hechos y por lo que se desprende de los relatos 
de los historiadores todos , el reino godo quedó presa de bandos y parcialidades 
intestinas, defendiendo unos al monarca reinante, trabajando otros y conspiran- 
do en favor del monarca destronado. Los jóvenes hijos de Witiza , llamados Si- 
sebuto y Ebas , y su lio Oppas , metropolitano de Sevilla, hombre, según le pin- 
tan las historias , activo, revoltoso y enérgico , apenas podían contener los ímpe- 
tus de su ira el contemplar el cetro godo en manos de un enemigo de su lina- 
je y partido , y aun cuando no podían alegar en favor de sus pretensiones el 
derecho de herencia que la nación goda no reconocía , andaban desvelados y 
furiosos por el recuerdo del ultraje á su padre y hermano inferido y con el de- 
seo de venganza. No les faltaban partidarios , que para todo los hay entre los 
amigos de mudanzas que esperan mejorar su partido si la feria se revuelve, y to- 
do esto hacia que ai-diera la nación en discordias , que hirvieran las ambiciones, 
y las maquinaciones y conjuras, trajeran revuelto al reino é inquieto y desasose- 
gado al rey. Ayudaba no poco al general desconcierto la relajación de cosiumbres 
que en los últimos tiempos había cundido , y ciertamente que Rodrigo, á pesar 
de sus cualidades buenas , pues los historiadores eslán unánimes en concederle 
algunas , no la curaba con su prudencia ni la corregía con su ejemplo. 

En efeclo, á lo que parece, tenia el nuevo rey partes aventajadas y prendas 
de cuerpo y alma que daban claras muestras de señaladas virludes. El cuerpo 
endurecido en los trabajos ; de corazón osado, se lanzaba á cualquiera hazaña 
por temeraria que fuese; su liberalidad era grande, y extraordinaria la destreza 
para granjear las voluntades y atraer los corazones ; pero á estas prendas unía 
una eterna memoria de las injurias, la soltura en las deshonestidades , y la im- 
prudencia en todo lo que emprendía. Así á lo menos nos lo pintan leyendas y ro- 
mances , único guia , aunque no muy fiel, que por este nuestro camino nos con- 
duce. Y no era á buen seguro este rey valiente sin tino , generoso y noble cuanto 
ligero y casquivano y amante del deleite, propio para levantarla la nación go- 
da de la postración en que habia caído. Los decretos de los últimos concilios ma- 
nifiestan á las claras la depravación de cosiumbres del pueblo hispano godo así 
por parte de los eclesiásticos como délos seglares, y habría sido necesario un bra- 
zo varonil y una cabeza privilegiada para encaminarle otra vez por la senda de 



[i) Hist.gen.dcEsp.,P. 1.=>J. IV, c. VIII. 



CAP. VI — ESPAÑA GODA. 109 

las sencillas y puras costumbres , del honor y de la fuerza. Los decretos sinoda- 
les, aunque severos, no bastaban á reprimir la incontinencia , el fausto y la pro- 
fusión en que parte del clero vivia , y de aquí puede colegirse cuales serian las 
costumbres de los seglares : tolerábase el concubinato público, y la fé conyugal, 
rodeada de tanta veneración por los antiguos Bárbaros , era ya sin recalo que- 
brantada. El lujo , la sensualidad , que es innegable haber tomado grandes creces 
durante el reinado de Witiza, habían contribuido á que el pueblo corriera desbo- 
cado á la ruina de la moralidad y de la honra, y Rodrigo, lejos de detenerle en su 
carrera, empujábale mas y mas con sus liviandades ydesórdens. «Todo eran con- 
vites, manjares delicados y vino , con que tenían estragadas las fuerzas , dice el 
P.Mariana, explicando los excesos de aquel pueblo tan poderoso ayer y tan mise- 
rable hoy, y con las deshonestidades de todo punto perdidas, y á ejemplo de los 
principales los mas del pueblo hacían una vida torpe é infame. Eran muy á pro- 
pósito para levantar bullicios, para hacer fieros y desgarros , pero muy inhábiles 
para acudir á las armas y venir á las puñadas con los enemigos. Finalmente el 
imperio y señorío ganado por valor y esfuerzo , se perdió por la abundancia y 
deleites quede ordinario le acompasan. Todo aquel vigor y esfuerzo con que tan 
grandes cosas en guerra y en paz acabaron, los vicios le apagaron , y juntamen- 
te desbarataron toda la disciplina militar , de suerte que no se pudiera hallar 
cosa en aquel tiempo mas estragada que las costumbres de España , ni gen- 
te mas curiosa en buscar todo género de regalo.» En vano Chindasvinto y 
Wamba habían logrado reanimar por un momento el vigor varonil de los 
antiguos Godos ; como un cadáver aplicado á la pila , solo pudieron imprimir en 
el cuerpo social una vida ficticia que se extinguió luego de cesar el agente que 
la producía. Y forluna fué quizás para los Visigodos y para la nación española 
unida ya á su suerte, la invasión sarracena ; á no ser esta , á no haberse encon- 
trado frente á frente con un enemigo en religión, en leyes, en costumbres, en to- 
do ; á no haber podido invocar en la lucha el sentimiento religioso , á no haber 
vuelto de su letargo por aquel rudo y casi mortal golpe , quizás el pueblo visigo- 
do estaba destinado á pasar por la historia como pasaron los Suevos, los Vándalos 
y tantos oíros que , fuertes en un principio é invencibles con las armas , fueron 
luego destruidos por las delicias de una vida deleitosa en las regiones del Medio- 
día. Quizás otro pueblo procedente de la Germánia, bullidora aun, ó de las Galias, 
habría acabado con la nacionalidad española. 

Así estaban las cosas de España á principios del siglo vm , en ocasión en 
que el inmediato continente africano habia pasado bajo la dominación délos Ara- 
bes. Estos, después de pasear sus pendones victoriosos, como á su tiempo expli- 
caremos , por la Persia , la Siria y el Egipto , hallábanse en posesión de la Mau- 
ritania , subyugada por las armas del profeta, como aquellas otras regiones. Ha- 
bíanse detenido sus estandartes ante las olas del mar que los separaba de España, 
pero no se habia extinguido el ardor bélico, ni el afán de la conquista , como lo 
habían probado las varias escursiones que hasta las costas españolas habían 
practicado en diferentes épocas. Conquistadores del África , desde la cual podían 
divisar las playas de España, esta era para los Árabes una tentación continua, una 
presa que espiaban y codiciaban siempre. Sin excitaciones de ninguna clase, va- 
rias veces habían intentado invadirla ó á lo menos asolar sus costas ; juzgúese lo 



110 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

que seria cuando los mismos Españoles acudieron á ellos invitándolos á acome- 
ter la empresa. 

En aquel tiempo , refiere un cronista árabe , algunos cristianos de Djezirah- 
al-Andalos (1), que es la Península de España, ultrajados por su rey Ruderich, 
que era señor de toda España desde la Galia Narbonense hasta dentro de la Mau- 
ritania ó tierra de Thandjeh, se presentaron á Muza-ben-Noseir, que gobernaba 
en África en nombre del califa de Damasco , y le incitaron á pasar con tropas á 
España, apartada de África por un estrecho de mar llamado Bab-el-Zoqaq (la 
Puerta de las angosturas); representáronle la empresa como fácil y segura , y 
ofrecieron que le ayudarian en ella con todas sus fuerzas : tanto puede el deseo 
inconsiderado de venganza (2). 

Era Muza emprendedor y ambicioso , pero tan prudente como amante de con- 
quistas y de gloria; no despreció pues la propuesta, pues disimuló con ellos algún 
tiempo sus intenciones; informóse en secreto del estado de España, de su gente y 
calidad de la tierra, de las divisiones de su gobierno, del poder del rey, y de los 
bandos y desavenencias que á la sazón habia entre sus señores. Se cuenta que 
un principal cristiano de Tanja le refirió con mucha verdad cuanto convenia sa- 
ber de la condición y estado de los pueblos, del mal gobierno del rey Rodrigo, 
y del escaso amor que le profesaban los Godos. 

¿Quiénes eran aquellos cristianos que así vendían la patria? ¿quiénes eran 
aquellos hombres desnaturalizados que necesitaban de la sangre de una nación 
entera para vengar sus propias afrentas? Todos los Españoles lo saben: eran los 
hijos de Wiliza y el conde Julián, de funesta memoria. 

La conducta de Julián , del hombre que es reputado el principal instigador de 
la invasión , ha sido explicada de distintos modos : unos pretenden que el gober- 
nador de Ceuta se pasó por dinero á los Sarracenos ; otros , y estos son los mas , que 
quiso tomar venganza de un ultraje personal. Estos dicen que Rodrigo habia violado 
á su hija Florinda, aquellos que á su esposa, y autores hay en fin que, fundán- 
dose en que crónica alguna contemporánea (3) , ni árabe , ni cristiana , habla de 
semejante violación, niegan toda Ja historia y hasta la misma existencia del 
conde, en lo cual se han dejado arrastrar harto lejos por su espíritu de crítica, 
puesto que el silencio de escritores contemporáneos no puede destruir el testimo- 
nio de tantos cronistas árabes, que nos hablan todos de Julián. Estos historiado- 
res atribuyen la traición del conde á un gran ultraje recibido en España mientras 
estaba él defendiendo en África el último baluarte de los Godos. Pero ¿cuál fué 
este ultraje? No lo dicen. 

Es indudable sin embargo que los hijos y partidarios de Wiliza tomaron una 
parte real y activa en la invasión de España ; así lo consigna de un modo irrecu- 



(4) Por este nombre designaban los Árabes á la Península toda: (V. la Geogr. de Nubia. p. 451). 
ElSiro-Maronita Casiri (t. II, p. 327 y sig.) dice que el nombre de Andalucía se deriva de la palabra 
árabe B ándalos que traduce por región vespertina, región del Occidente. Es lo cierto que el nombre 
de Andalucía no se encuentra en documento alguno anterior á la conquista árabe. Los autores ára- 
bes lo hacen derivar de Ándalos (hijo de Tubal, hijo de Jafet, hijo de Noé), que, según ellos, fué el 
primero en llegar á la Península. Ebn Khalkan, Vida de Muza ben Noseir. 

(2) Conde, Hist. de la dom. de los Árabes en Esp., 1. 1, c. XIII. 

(3) El monge de Silos que escribió cuatro siglos después de aquella época, es el primero entre 
los Españoles que habla del conde Julián y de la violación de Florinda. 



CAP. VI.— ESPAÑA GODA. 111 

sable un contemporáneo , por lo regular muy conciso en todos sus relatos , Isi- 
doro de Beja (1). Sebastian de Salamanca (2) y la crónica Albeldense, que son 
posteriores de un siglo, lo dicen también terminantemente, y en este punto la 
crítica solo puede encontrar razones en apoyo de su dicho. En efecto, los hijos 
de Witiza, cuyos padre y abuelo habian ceñido la corona, podian muy bien haber 
alimentado la idea de ceñirla también un dia. Rodrigo habia triunfado, y Ebas y 
Sisebuto habian de ver en él al perseguidor de su padre y al hombre que frus- 
trara sus halagüeñas esperanzas. El despecho , el odio y la venganza pueden ar- 
rastrar muy lejos, y en esta explicación de la conducta observada por los hijos 
de Witiza nada se encuentra que no sea muy racional. 

En cuanto á Julián, era de su familia y esto lo explica todo. No hizo mas 
que lo que hicieron los hijos de Witiza y su lio Oppas, metropolitano de Sevilla. 
Para entronizar á su familia, llamaron á los Sarracenos en clase de auxiliares, 
y quedaron envueltos en la común ruina. 

Esto dice la historia, y estas son las deducciones fundadas que de ella se 
desprenden ; sin embargo , la tradición , que no sabemos si es anterior ó posterior 
al siglo xni , esto es á la época en que por primera vez se habla en las crónicas 
de Julián y de su hija, y por lo mismo si es hija de estos relatos, ó estos son 
hijos de aquella , no se limita á tan poco , y cuenta en romances y leyendas la 
circunstanciada historia por pocos ignorada de los funestos amores de Rodrigo y 
la Cava (3). 

Dícese que entre las doncellas principales que, según costumbre, se educa- 
ban en la corte sirviendo á la reina Egilona , habia una de extremada belleza y 
no menor recato , hija del conde Julián , quien se hallaba en aquel entonces en 
África , en clase de gobernador de Ceuta , según unos , y enviado en embajada 
sobre negocios de gran importancia, según otros. El rey licencioso y apasionado, 
amó á la doncella , y su fatal deseo creció mas y mas en sus entrañas desde que 
cierto dia contempló á Florinda que con sus compañeras se bañaba , mostrando 
al rey mas de lo que su honestidad habría consentido á saber que la acechaban, 
y de lo que era necesario para transportar al enamorado Rodrigo. « Desde aquel 
momento , dice la crónica , no era dia que el monarca no requebrase á la Cava 
una vez ó dos , y ella se defendía con buena razón. Pero á la cima, como el rey 
no pensaba tanto como en esto , un clia , en la fiesta envió con un doncel por la 
Cava, y ella vino ; y como no se dejase vencer con halagos , ni con amenazas, 
ni miedos , llegó su desatino á tanto que le hizo fuerza , con que se despeñó á sí y 
á su reino en su perdición. » Desolada Florinda, participó á su padre en una carta 
su desventura , y Julián juró saciar su venganza en la sangre del infame. Al mo- 
mento marchó á Toledo , é interrogado por el rey acerca del motivo de su ines- 
perado viaje , díjole el conde venir en busca de su hija para llevarla á su madre 
que , enferma , deseaba abrazarla. Dióle Rodrigo la licencia pedida , y el conde y 
su hija salieron de la corte dirigiéndose á Ceuta, y en Málaga, dice Mariana, 



(4) Isid. Pacens. Cr., c. 36. 

(2) Seb. Salmant. Cr., c. 7. 

(3) Cava en idioma árabe significa mujer de mala vida, lo cual se aviene mal con la virtud 
que en Florinda se supone. Esto ha hecho creer que le fué dado por los enemigos de su padre. Lucas 
de Tuy, autor del siglo xm, lo explica así: Cava quam pro concubina utebaíur. 



112 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

existe aun una puerta llamada de la Cava , por donde es tradición que salió esta 
señora para embarcarse. 

También es tradicional y cuenta Mariana el nuevo desacierto que cometió el 
rey, empeñándose en penetrar en un palacio encantado que exisiia en Toledo, 
cerrado con grandes cerrojos y fuertes candados para que nadie pudiese en él 
entrar , ca estaban persuadidos , así el pueblo como los principales, dice el his- 
toriador citado con su acostumbrada buena fe, queá la hora que fuese abierto, 
seria destruida España. En él no encontró el monarca godo sino un arcon , y en 
este un lienzo en que habia pintados hombres de rostros y hábitos extraordina- 
rios , con un letrero en latin que decia : Por esta gente será en breve destruida 
España. 

Tal es el suceso que , al decir de nuestros antiguos cronistas , desde el monge 
de Silos y el arzobispo Rodrigo hasta Mariana y Ferreras , dio motivo al ultrajado 
Julián y á los deudos de Witiza, sus parientes , para llamar á los Árabes de 
África y traerlos á España. Los críticos modernos , por el contrario , desechan 
la anécdota por apócrifa y fabulosa , fundados en la razón antes expresada, y 
por lo tanto nosotros, sin constituirnos en impugnadores ni en defensores de la 
tradición , nos limitaremos á decir con el historiador Lafuente « que si la historia 
ñola ha hecho evidente, la razón por lo menos la hace verosímil, y que lejos de re- 
pugnar al buen sentido como muchas que se mezclan en las historias de todos los 
pueblos, el hecho no habria estado en disonancia con la conducta y costumbres 
que la generalidad de los historiadores atribuyen á Rodrigo. » 

Así pues los hijos de Witiza, sus parientes y Julián incitaban sin cesar al 
Moro para que realizase la expedición proyectada, y á sus instancias parece que 
se unieron otras por parle de una raza maldita y oprimida. Los Judíos de España, 
duramente tratados, esclavizados, proscritos desde el reinado de Sisebuto, habían- 
se en gran número refugiado en África, huyendo de la persecución y del bautismo 
forzoso. Este pueblo, tan obstinado en sus rencores como en sus creencias, habia 
ido aglomerando en su pecho gran depósito de odio contra los monarcas godos, 
que tan sin compasión le trataban. Ya en el reinado de Egica díjose, según en 
su lugar hemos visto , que los Judíos conspiraban para entregar España á los 
Árabes, y fulmináronse nuevos rigores contra su pueblo. Witiza, empero, habia 
alzado, según algunos, el anatema que sobre ellos pesaba, y habíales dado, sino 
su protección, seguridades y consideraciones al menos; y con facilidad se com- 
prende que destronado Witiza, y temerosos de nuevas calamidades y rigores por 
parte de su sucesor, concerláranse otra vez con los Musulmanes para derrocar el 
poder de los Godos. La confianza que los invasores hicieron de ellos al tiempo de 
la conquista, es un indicio del acuerdo que reinaba entre Moros y Judíos. 

Excitaban también el ánimo de Muza para emprender esta conquista las 
apacibles descripciones que hacían de España los moradores de Tanja y otros 
Africanos: hablaban de su delicioso temperamento, de su claro y sereno cielo, 
de sus muchas riquezas, de la calidad y virtud maravillosa de sus plantas y fru- 
tos, déla sucesiva bondad del tiempo en todas las estaciones; de sus oportunas 
lluvias, de sus rios y copiosas fuentes, de los magníficos restos de sus antiguos 
monumentos, de sus vastas provincias y muchas ricas ciudades. En suma, decían 
que las amenidades de España no las puede igualar ni expresar el mas elegante 



CAP. VI.— ESPAÑA GODA. 113 

discurso , ni en la carrera de sus excelencias hay quien se le adelante que en esta A ' de J ' c * 
eompetencia aventaja á todas las regiones de Oriente y Occidente (1). 

Que la empresa era fácil, que el monarca godo era inexperto y odiado, que 
los bandos y facciones dividían el reino , que la disciplina militar se habia rela- 
jado en España, repetíanle los conjurados , ¿qué faltaba á este cuadro tentador? 
Muza, que acaso llevaba ya en su cabeza el pensamiento de la conquista, se dejó 
convencer , y prometió enviar sus tropas á España en caso de que le diese para 
ello licencia Walid, califa de Damasco. Para conseguirlo le escribió una carta, 
y le pintó como tierra de maravillas la región que intentaba conquistar y someter 
á la ley del profeta. «Es, le decia, Siria en bondad de cielo y tierra, Yemen en 
su temperamento , India en sus aromas y flores , Hegiaz en sus frutos y produc- 
ciones , Catay en sus preciosas y abundantes minas , Aden en las utilidades de 
sus costas. » Walid otorgó sin dificultad á Muza los poderes que solicitaba , encar- 
gándole sin embargo que no se aventurara demasiado en el proceloso Océano (2), 
y Muza se apresuró á tranquilizarle informándole de que el mar que divide á 
África de España, era un estrecho cuya anchura podia medir la vista (3). Desde 
aquel momento , preparólo todo para su expedición ; mas , circunspecto y cauto, 
quiso asegurarse de la exactitud de los informes recibidos , y encargó á Tarif, 
hijo de Malek-el-Ma' afery (4) , que con cien Árabes y cuatrocientos Berberiscos 
(en la misma proporción entraron mas tarde unos y otros en la formación de los 
ejércitos invasores) practicase un reconocimiento por las costas españolas. Salió 
la expedición de Tánger en cuatro barcazas y desembarcó en el sitio que ocupa 
hoy Tarifa, llamada así del nombre del jefe africano. Abdelmelek el Muferi, que 
luego se estableció en Al Djesirah al Haclra, El Mudar ben Meassemai, Zaid ben 
Kesid el Sekseki , y otros señalados caudillos formaron parte de esta primera ex- 
pedición que tuvo lugar en la luna de ramadan del año 91 de la hegira (julio). 
Los soldados de Tarif corrieron las costas de Andalucía , tomaron algunos gana- 710 ' 
dos y gente sin que nadie se les opusiese, y con esta presa y feliz suceso tornó 
Tarif á Tánger, siendo recibido con general contento. 

Muza consideró esta expedición como de feliz agüero , pero como prudente 
capitán, aplazó para la primavera la segunda expedición. En los primeros dias 
del siguiente año 92 de la hegira , nombró á Tarik ben Zeyad , general del ejército, 7n„ 
mas numeroso esta vez , que quería enviar á la Península , dejando en su lugar 
en el presidio de Tánger á su propio hijo Meruan ben Muza. Todos los Árabes 
querian pasar á la expedición y ver con sus propios ojos un país del que tantas 
maravillas se contaban, y el ejército , compuesto de doce mil Berberiscos y algunos 
centenares de Árabes , embarcóse y se dirigió de Tánger á Ceuta y de Ceuta á la 
costa opuesta. Según parece , Julián fué su guia. Los Sarracenos desembarcaron 
en una península que de lejos les habia parecido cubierta de verdura y á la que 



(1) Conde, Hist. de la dom. de los Árabes en Esp., 1. 1, c. VIII. 

(2) Manuscritos árabes de Oxford. Esto prueba cuan poco difundidos se hallaban entre los 
Orientales los conocimientos geográficos. 

(3) Manuscritos árabes de Oxford. 

(4) Algunos autores por la semejanza de nombre ó por creerlo así no hacen diferencia entre el 
jefe de la expedición exploradora y el del ejército que invadió después á España, llamando á los dos 
Tarik. Nosotros, además de haberlos visto distinguidos en muchas crónicas árabes, creemos que lo 
natural, atendida la diferente importancia de su misión, era que fuesen dos guerreros distintos. 

tomo n. 13 



114 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

llamaron por esto Djezirah al Hadra (isla verde , hoy Algeciras) ; el monte inme- 
diato (Calpe), pareció á Tarikuna posesión admirable, y se fortificó en él. Esta 
montaña se llamó en un principio Álfeth (monte de la Conquista ó de la Entra- 
da) ; pero poco después tomó el nombre del conquistador y se llamó Gebal Tarik 
(montaña de Tarik), en el dia Gibraltar. Los cristianos de la costa quisieron opo- 
ner alguna resistencia al desembarco , pero acuchillados , se dispersaron presa de 
indecible terror. 

El desembarco de Tarik en Al Djezirah al Hadra (1) se fija en jueves quinto 
dia de la luna de rejeb del año 92 de la hegira (28 de abril). Cuenta un autor 
árabe (2) , sin que otro alguno lo confirme , que una vez desembarcado , mandó 
Tarik quemar sus naves para quitará los soldados toda esperanza de fuga. 
Teodomiro , jefe superior de Andalucía , acudió con sus fuerzas (mil doscientos ó 
mil setecientos ginetes) para rechazar al enemigo , pero sus tropas fueron disper- 
sadas en sangrientas escaramuzas , y no se atrevieron á presentarse otra vez con- 
tra los Musulmanes, 

Refiérese que entonces escribió Teodomiro al rey Rodrigo, diciéndole: «Se- 
ñor , aquí han llegado gentes enemigas de la parte de África , yo no sé si del cielo 
ó de la tierra : yo me hallé acometido de ellos de improviso ; resistí con todas mis 
fuerzas para defender la entrada , pero me fué preciso ceder á la muchedumbre 
y al ímpetu suyo ; ahora á mi pesar acampan en nuestra tierra: ruégoos, señor, 
pues ianto os cumple , que vengáis á socorrernos con la mayor diligencia y con 
cuanta gente se pueda allegar : venid vos , señor, en persona , que será lo me- 
jor (3). » 

Llenó de espanto á Rodrigo la inesperada nueva, y mandó llamar sus gentes de 
consejo y guerra, enviando delante de sí la flor de la caballería de los Godos : partió 
esta hueste con mucha presteza y se reunió á la que mandaba el caudillo Teodo- 
miro. Adelantáronse contra los Muslimes, y hubo entre ambas huestes sangrientas 
escaramuzas, pero siempre con notable pérdida y grave daño de los Godos. En 
tanto Rodrigo allegaba sus gentes de todas las provincias y marchaba con todo su 
poder contra los invasores, y hasta parece que se le unieron los hijos de Witiza 
y su tio Oppas, fingiendo deponer sus rivalidades y querellas para resistir al pe- 
ligro común. No puede creerse en verdad, como en otra parte hemos indicado, que 
los enemigos de Rodrigo llevaran su saña hasta el extremo de querer entregar la 
patria á los Musulmanes, envolviéndola en luto y ruinas que también á ellos ha- 
bían de alcanzarlos ; quizás pensaban que una vez destronado el rey, se retira- 
rían los invasores mediante un tributo ó una cesión de territorio, y mientras otra 
cosa no se pruebe, consolémonos, como dice el historiador Lafuente, con fijar lí- 
mites al encono y á la traición, que también suelen tenerlos. 

Mientras esto sucedia, Tarik corría las tierras de Al Djezirah y Sidonia, y 
llegaba hasta las riberas del Anas (4), difundiendo terror y espanto en aquellos 



(4) Según Ebn Hayan, el ejército de Tarik pasó en diferentes viajes de África á Andalucía en 
barcos cuyo número se ignora. Rodrigo de Toledo dice sencillamente in navibus mercatorum. Estas 
naves serian sin duda grandes barcas, que, equipadas por Julián, pasaron y repasaron el estrecho 
hasta que todas las tropas hubieron llegado á su destino. 

(2) Jerif El Edris. 

(3) Conde, Hist. de ladom. de los Árabes en Esp., t. 1, c. IX. 

(4) Llamado por los Árabes Guady-Anas (rio Anas). 



CAP. YI.— ESPAÑA GODA. 115 

pueblos que ni tiempo ni ánimo tenían para la defensa. Por todas partes vagaban 
tropas de caballería que atemorizaban los pueblos, talaban y quemaban los cam- 
pos. 

Rodrigo se apresuró á llamar á Godos y Romanos á la defensa de la patria 
amenazada, y llegó á los campos de Sidonia con un ejército numeroso, pero poco 
aguerrido. ¿De qué elementos estaba formado el ejército de Rodrigo ? ¿Cuál era 
su verdadera fuerza ? Imposible es fijarlo con exactitud, en medio de la diversi- 
dad de los autores que sobre esto han discurrido. Unos hablan de setenta mil 
hombres, otros de cuarenta mil, otros de cien mil, y otros, por fin, entre los cua- 
les ha de contarse Conde, de noventa mil. Es lo cierto sí que Rodrigo llevaba á la 
defensa de su tierra una multitud considerable, pero poco dispuesta para la guer- 
ra, de difícil dirección en el combate, aunque valerosa, en una palabra, un ejér- 
cito reclutado á toda prisa. Conde dice que venían los cristianos armados de cora- 
zas y de perpuntes en la primera y postrera gente, y los otros sin estas defensas, 
pero armados de lanzas, escudos y espadas, y la otra gente ligera con arcos, sae- 
tas, hondas y otras armas, según su costumbre, hachas y mazas y guadañas cor- 
tantes. 

Noticioso Tarik de las disposiciones de Rodrigo, expidió mensajeros á Muza 
pidiéndole refuerzos , y fuéronle enviados cinco mil ginetes berberiscos ; los cau- 
dillos árabes reunieron sus banderas, congregáronse las tropas de caballería que 
coman la tierra, y á pesar de la inferioridad desús fuerzas, Tarik salió sin mie- 
do al encuentro del ejército hispano-godo. 

Avistáronse ambas enemigas huestes en los campos que riega el Guadalete, 
no lejos de la antigua Asindo, y del lugar que ocupa hoy Jerez de la Frontera. 
Allí iba á decidirse entre rios de sangre la suerte de España. 

Era un domingo, y corrían los últimos dias de julio. Godos y Musulmanes 
se hallaban por fin frente á frente : los Musulmanes, á quienes Mahoma prome- 
tiera el imperio del mundo (1), impulsados á la pelea por el entusiasmo religioso 
y por la codicia del botin ; los Godos, por la necesidad de defender sus hogares, 
su fe y su patria amenazadas, mas poco preparados para la guerra , cogidos, por 
decirlo así, de sorpresa, divididos entre sí y degenerados de sus pasados brios mi- 
litares ; los Árabes montados en veloces caballos, en la cabeza el blanco turban- 
te, el arco en la mano, el alfange colgado al cuello, la lanza al costado, tropa ad- 
mirable, entre la cual formaban los macizos y terribles escuadrones berberiscos, 
de blancos, rojos y negros albornoces, de las tribus de Zenete, de Gomeráh y de 
Masmudah, fieles compañeros de Tarik, para quienes una batalla era una fiesta; 
los Godos, casi sin caballería, bien armados sus cuerpos escogidos, pero el resto 
del ejército, gente allegadiza y mal armada. 

Tarik llevaba consigo doce mil hombres, á los cuales se habia reunido un 
refuerzo de cinco mil ginetes; sin embargo, no se limitaban á esto las fuerzas del 
general árabe. Muchos Judíos, y también algunos cristianos descontentos habían 
engrosado las filas de su ejército, que á lo menos aseen dia á veinte y cinco mil 



(4) «Escrito está_en los salmos que los santos sus servidores tendrán la tierra por herencia.» 
Alcorán, 24-105. 



116 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

hombres. El de los cristianos era, según los autores árabes , cuatro veces mas 
numeroso. Habia cuatro cristianos para cada muslim. 

Principió la batalla al despuntar de la aurora, y sin ventaja alguna duró la 
matanza hasta que la venida de la noche puso tregua á los sangrientos horrores. 
Pasáronla ambas huestes en el campo de batalla, y esperaban con impaciencia el 
punto del alba para renovar la atroz pelea. Llegado el dia, con enemigo furor 
principió la batalla, y para servirnos de la expresión de un cronista musulmán, 
el horno del combate permaneció encendido desde la aurora hasta la noche, sin 
que ninguna de ambas huestes ganase un palmo de terreno. 

Al tercer dia decaía el ánimo de los Muslimes que cejaban por todas partes, 
cuando Tarik alzándose sobre los estribos y dando aliento á su caballo, les dijo : 
« ¡ Oh Muslimes, vencedores de Almagreb ! ¿á dónde vais ? ¿ á dónde vuestra tor- 
pe é inconsiderada fuga? El mar tenéis alas espaldas, y los enemigos delante; no 
hay mas remedio que en vuestro valor y en la ayuda de Dios; haced, caballeros, 
como veréis que haré. Guallah (1)! Acometeré á su rey, y si no logro quitarle la 
vida, moriré á sus manos.» Y arrastrando á sus tropas en pos de sí, introdujo 
el desorden en las filas de los Godos, que desde aquel momento pelearon con 
constante desventaja, y sostuvieron mal el choque de la caballería berberisca. Ro- 
drigo, á quien conoció Tarik por sus insignias y caballo, hízose el blanco de to- 
dos los golpes, y arremetiendo con él en medio de sus caballeros, el caudillo ára- 
be le atravesó con su lanza. El triste Rodrigo cayó sin vida, y privados los Godos 
de su monarca, se dispersaron por todos lados (2). Los Árabes y Berberiscos 
de Tarik siguieron el alcance con su caballería ; la espada muslímica se cebó en 
ellos por mucho espacio, y murieron tantos, dice un autor árabe, que solo sabe 
cuantos Dios que los crió, quedando toda aquella tierra cubierta de cadáveres y 
miembros destrozados para pasto de los lobos. 

Esta es la versión de los cronistas árabes, añadiendo que Tarik tomó la ca- 
beza del rey Rodrigo y la envió á Muza, quien á su vez la remitió á Walid con 
un relato de la batalla. La rica imaginación árabe ha adornado luego esta rela- 
ción con mil episodios, y nuestros romanceros y escritores de la edad media no les 
fueron en zaga ; según unos, Rodrigo asistió á !a pelea como un verdadero sá- 
trapa, en un magnífico carro de marfil con ruedas de plata, tirado por dos muías 
blancas, ceñida en su frente la corona y llevando en los hombros clámide de púr- 
pura y oro. Un moderno autor inglés (3) llega á decir que Rodrigo iba bajo un do- 
sel resplandeciente de pedrería con las armas de su linaje; y sin insistir en demos- 
trar toda la falsedad de semejantes descripciones, todo induce á creer por el con- 
trario que, si bien dados los Godos á los placeres y al lujo, como antes hemos ex- 
plicado, estaban aun muy lejos de tanta magnificencia y que Rodrigo distaba 
mucho de ser un sátrapa asiático (4). La concisión y oscuridad de las memorias 
de la época ha favorecido los extravíos é inventos de la imaginación, y al último 



(1 1 Guallah ó valluh ! exclamación que equivale á por Dios ! 

(2) Según varios autores árabes, la batalla duró ocho dias. 

(3) M. Washington Irwing. Lejends of the Conques t of Spain. 

(4) Erat autem Kudericus durus in bellis et ad negotia expeditus, sed in moribus non disimi- 
lis Vitiza;. Rod. Tolet. Chr. 










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CAP. VI.— ESPAÑA GODA. 117 

rey godo y á los principales personajes de su tiempo se ha dado un carácter que 
jamás fué el suyo. 

Según otros autores, no decidió de la suerte de la batalla la intrepidez de 
Tarik y de sus Berberiscos. Al día tercero, sus batallones habían cejado en efecto 
y ya empezaba el general musulmán á desesperar de la victoria, cuando un secreto 
emisario le advirtió durante la noche que los hijos de Tfitiza y su tio Oppas se 
hallaban prontos á pasarse á su partido, con tal que en caso de quedar vencedor 
les dejara reinar sobre los Godos como hicieron su padre y abuelo, y se contenta- 
ra con un tributo y una porción del territorio español. Según esta versión, Tarik, 
que habia agotado ya todo su esfuerzoy valor, se apresuró á aceptar la proposi- 
ción con las condiciones dichas, reservándose infringirlas después de la victoria^ 
y al dia siguiente, cuando sus soldados recejaban delante de los Godos, el obispo 
Oppas y los dos hijos de Witiza se pasaron á los Sarracenos con las tropas que 
mandaban. La partida hecha menos desigual por la traición de los tres capitanes, 
fué aun vivamente disputada, y no quedaron triunfantes los Árabes hasta pasados 
oíros tres dias de pelea y matanza. 

El-Dhobi, autor árabe, atribuye el vencimiento délos Godos á su falta de 
caballería ; y en efecto, parece que los Godos miraron con gran descuido la cria 
de caballos. Servíanse de ellos muy poco en la guerra, y los caballos de la Béti- 
ca, tan famosos en tiempo de los Romanos y tan celebrados por sus poetas (1), 
habían decaído entonces de su antigua reputación, siendo preciso para regene- 
rarlos la conquista árabe. El autor á quien hemos citado no habla tampoco de la 
traición de los hijos de Witiza. 

Los documentos contemporáneos dicen que Rodrigo murió en la batalla, ya 
pereciese oscuramente en la refriega, ya le matase Tarik por su propia mano. 
Refieren otros que el rey al ver á su ejército en completa derrota buscó su salva- 
ción en la fuga y que la debió á la velocidad de su caballo Orelia, tan célebre en 
nuestros romances; desaparecido de la vista de todos, jamás se supo su paradero, 
si bien su corona, su manto real y sus borceguíes hallados en las márgenes del 
Guadalete, hicieron creer que se habia ahogado en sus aguas. Otros en fin cuen- 
tan que llegó á Lusitania, donde murió mucho tiempo después haciendo peniten- 
cia ; en apoyo de esta tradición cítase el sepulcro hallado muchos años mas tar- 
de en Yiseo, con esta inscripción: 

H1C REQVIESCIT RVDERICVS 
VLTIMVS REX GOTHORVM. 

Sin embargo, aunque transcrita por Sebastian de Salamanca, los mejores críti- 
cos no han vacilado en considerarla apócrifa, i 

Los historiadores tampoco andan acordes sobre la importante fecha de la 
batalla del Guadalete; los mejores autores árabes y los primeros cronistas 
cristianos la fijan en el año nonagésimo segundo de lahegira, y admitiendo la 
fecha precisa dada por el autor empleado por Conde (5 de jawal del año 92 de 



Illustret circum sonipes quicumque superbo 
Perstrepit hinnitu Bsetim, qui splendida potat 
Stagna Tagi, madidoque jubas adspergitur auro. 

(Claudias, de Cons. 3. 



118 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

lahegira), resulta que tuvo lugar en ios últimos dias de julio del 25 al 31 del 
año 749 de la era de España. 

También se han suscitado dudas acerca de la duración de la batalla, pero en 
las costumbres guerreras de los Árabes, y sin duda ha de decirse lo mismo de 
los Berberiscos, estaba guerrear no por medio de grandes masas, sino escaramu- 
zando hasta que juzgaban la ocasión favorable para el acometimiento decisivo. 
«La arremetida de los Árabes, dice Gibbon, no era, como la de los Griegos y Ro- 
manos, el esfuerzo de una línea compacta de infantería; ginetes y arqueros com- 
ponían la mayor parte de sus fuerzas, y una batalla con frecuencia interrumpida 
y con frecuencia renovada por combates parciales y escaramuzas de fugitivos, 
podia prolongarse muchos dias sin resultado decisivo (1).» 

Tarik se aprovechó de la victoria, y persiguió á los vencidos hasta el Gua- 
diana. En su marcha sitió y se apoderó de Astigis, donde se habían refugia- 
do gran número de Godos, escapados de la matanza del Guadalete, y escribió á 
Muza, pidiéndole refuerzos para pasar adelante. 

La monarquía goda habia caído derrumbada al soplo del viento africano ; el 
Guadalete se llevó en sus aguas la gloria y libertad de España. Allí, dice Maria- 
na, pereció el nombre ínclito de los Godos ; allí el esfuerzo militar , allí la fama 
del tiempo pasado, allí la esperanza del venidero se acabaron ; y el imperio,- que 
mas de trescientos años habia durado, quedó abatido por esta gente feroz y cruel. 
«¿E quién daria á mí agua, con que toda mi cabeza fuese bañada, exclama el 
bueno de Alfonso X en su crónica, é mis ojos fuentes, que siempre manasen lá- 
grimas, porque llorasen é plañiesen la pérdida, é la muerte de los de España, ó 
la mezquindad, é el terramiento de los Godos? Aquí se remató la santidad é re- 
ligión de los obispos é de los sacerdotes ; aquí quedó é menguó el ahondamiento 
de los clérigos que servían las igresias ; aquí peresció el entendimiento, é el en- 
señamiento de las leyes de la santa fe, é los. padres é los señores todos perescieron 
en uno... Toda la tierra astragaron los enemigos, é las casas hermaron, los ornes 
mataron, las cibdades robaron é tomaron.... Cuanto mal sufrió aquella Ba- 
bilonia, que fué la primera y mayoral en todos los reinos del mundo, cuando fué 
destroida del rey Ciro é del rey Dario... é cuanto mal sufrió Roma, que era se- 
ñora de todas las tierras, cuando la tomó é la destroyó Alarico, é después Ataúl- 
fo, rey de los Godos, é después Genserico, rey de los Vándalos ; é cuanto mal 
sufrió Jerusalen, que, según la profecía de nuestro Señor Jesucristo fué derriba- 
da é quemada, que non fincó piedra sobre piedra; é cuanto mal sufrió aquella 
nombre de Cartago, cuando la lomó y la quemó Scipion, cónsul de Roma ; dos 
lanío mal, é mas que aquesto sufrió la mezquina de España, desamparada, ca en 
ella se ayuntaron todas estas coitas é tribulaciones...» 

Finís Hispanice ! podían exclamar también los valerosos Godos, como mu- 
cho después han exclamado los guerreros de otra nación no menos esforzada y 
no menos infeliz. España resucitó ; mas el pueblo, cuyas desventuras nos ha re- 
ferido últimamente M. de Montalembert, continua envuelto aun en sus ropajes de 
luto, y para él es todavía una verdad el terrible grito de Finís PolonioB ! 

Antes de empezar el reíalo de la grandiosa epopeya de ocho siglos que de- 



(1) Hist. of tne decline aud Fall, of the Román Empirc, o. 51. 



CAP. VI.— ESPAÑA GODA. ' 119 

volvió á España su ser, tócanos detenernos algún tiempo, como hemos practicado 
á la caida del imperio romano, para dirigir una mirada á las instituciones, á las 
costumbres, á las leyes del pueblo que'sucumoe, y examinar el estado religioso, 
político y civil de España antes que los Sarracenos llevasen á ella sus armas y el 
influjo de sus ideas. España ha recorrido otra gran jornada de las cinco en que 
dividiremos el camino que en el mundo ha andado, y como hicimos al fin de la 
primera, veamos ahora su organización, su modo de existir, su verdadera historia 
al fin de la segunda. Y no se extrañe que nos detengamos en este estudio tanto ó 
mas quizás de lo que en la relación de los sucesos nos hemos detenido: la verdadera 
historia de un pueblo, repetimos, mas que en la sucesión de sus reyes, en la se- 
rie de sus guerras, con la explicación de las calamidades que le han afligido, 
mas que en la relación de su vida pública, digámoslo así, hechos mudos casi 
siempre para gran número de lectores, existe en el detenido examen de sus leyes, 
de sus usos, de su vida íntima. El estudio de las varias épocas en que puede di- 
vidirse la existencia de España, la comparación de la época romana con la goda, 
de esta con la dominación árabe, de la época en que bajo la dinastía austríaca 
era nuestra patria el mundo con la que se inauguró reinando la dinastía borbóni- 
ca, y la comparación de todas ellas entre sí, para ver que frutos ha recogido nues- 
tra patria en el camino andado ; lo que fué antes de cada jornada y lo que fué 
después ; que enseñanza, que sufrimientos, que adelanto, que retroceso ha expe- 
rimentado en ellas; que ha perdido, que conserva de cada una; en una palabra, 
discurrir y explicar el encadenamiento de causas y de efectos que han hecho de 
la España antigua, la España media y la España moderna , considerar desde lo 
alto la larga senda recorrida así como ahora la recorremos á nuestra vez, es una 
obra que creemos nueva en nuestra nación, que habría de ser el indispensable 
corolario del conocimiento de la vida histórica de España época por época, como 
aquí la explicamos, y que aun cuando en fuerzas pobres, sí en deseos y aspira- 
ciones ricos, quizás emprendamos y bosquejemos algún dia. 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



CAPÍTULO VIL 



Carácter moral de los Godos.— Su estado político.— Monarquía electiva antes y después de Recaredo. 
—Títulos y honores de los reyes.— Los hijos del rey no heredaban. — Concilios de Toledo. — Su in- 
fluencia.— Inconvenientes de la intervención directa del clero en el gobierno del Estado.— Opinión 
del autor sobre esta materia.— Oficio palatino. — Duques, condes, gardingos y vicarios.— Régimen 
municipal.— División de clases. — Nobles y plebeyos. 

¡ Qué revolución tan grande ha sufrido España en el período que acabamos 
de recorrer ! Gobierno, religión, leyes, costumbres, todo ha variado. Lo maravi- 
lloso de esta transformación es que unos pueblos designados con el nombre ater- 
rador de bárbaros; que una horda cuya planta salvaje iba dejando tras sí la hue- 
lla de la devastación y de la ruina ; que unas tribus que iban arrasando la 
tierra como una lengua de fuego ; que unas razas desprendidas de las regiones 
ásperas y Mas del Norte á los suaves y abundosos climas del Mediodía y Occi- 
dente como manadas de lobos hambrientos en busca de presas que devorar ; que 
unos hombres que en su marcha de destrucción mezclaban los despojos de las 
ciudades destruidas con los insepultos cadáveres amasados con la misma sangre, 
como la uva de un horrible lagar (1) ; que unas gentes que parecían ser el azote 
enviado por la Providencia para castigar á la humanidad de un modo que reso- 
nara por los espacios de los siglos futuros, hayan sido los que fundieron y reor- 
ganizaron la sociedad humana, los que reedificaron sobre ruinas y lagos de san- 
gre imperios que aun duran, los que fundaron en España una nación, los que 
declararon culto del Estado el mismo que hoy subsiste, los que dieron á los pue- 
blos leyes que aun se veneran, los que celebraron asambleas religioso-políticas 
que se admirarán y respetarán siempre, los mismos en fin que legaron á los reyes 
de España su título mas glorioso, de quienes la mas alta nobleza española se 
envanece de hacer derivar su genealogía, y cuya sangre corre acaso todavía por 
las venas de los actuales Españoles (2). 

Sin embargo, ¿eran tan bárbaros los Godos como los Francos, los Hunos, 
los Alanos, los Vándalos, y el enjambre de pueblos que vomitó el Norte? Sirvan 
de contestación á esta pregunta las siguientes noticias y reflexiones que vamos á 
consagrar al estudio de su carácter moral, que sin duda merece el primer lugar 
en la historia política y religiosa de la España goda (3). Sin hacer caso de Jor- 

(1) Velut in quodam horrendo torculari mixta... Hist. Gild. 

(2) Lamente, Hist. gen. deEsp., P. 1, l. IV, c. VI. 

(3) En este capítulo y en los sucesivos sobre la España Goda, nos hemos servido principalmen- 
te de la excelente Historia critica da España, de Masdeu ; de los pasages que á la sociedad visigoda 



CAP. VIL— ESPAÑA GODA. 1S1 

nandes , que pudo dejarse arrastrar del amor nacional , nuestro Paulo Orosio , 
Salviano, presbítero de Marsella, Sazomeno de Salamina, San Isidoro de Sevi- 
llanos autores de la historia Miscela (1), y los demás escritores de aquella edad, 
nos han comunicado tales retratos de los Godos, que sin tenerlos por doctos ni 
letrados , lejos de esto, hemos de reconocer en ellos humanidad, buen trato, y 
una política y filosofía notables para regla del gobierno y de las costumbres. Son 
acreedores principalmente á los mayores elogios , así por la moderación de que 
dieron repetidos ejemplos en sus guerras , virtud muy extraordinaria en los con- 
quistadores, aun entre pueblos cultísimos, como también por la piedad en que se 
esmeraron, templando en sus conquistas el furor de la victoria con el mayor 
respeto á los templos y á la religión. Alarico en el saco de Roma mostró una 
mansedumbre y una piedad admirables en un guerrero de la sangre de los Bal- 
tos (2). Ataúlfo se portó con su ilustre cautiva, la hermana de Honorio, con una 
templanza que no desmerece de la tan encomiada conducta de Escipion con la 
desposada de Alucio. Si el cónsul romano hubiera amado á la joven de Cartage- 
na, como el rey godo amaba á la princesa romana, y aquella hubiera estado libre 
como esta, no habría podido tratarla con mas nobleza que haciéndola su esposa, 
como lo hizo Ataúlfo, guardándole todas las consideraciones debidas á la prin- 
cesa imperial y á la esposa de un rey. Ataúlfo tuvo además el pensamiento de 
sustituir al imperio de los Césares un imperio gótico ; conociendo luego la impo- 
sibilidad de realizarlo por la poca aptitud de su pueblo, varió de designio, y se 
propuso ser el restaurador del imperio romano. En aquel pensamiento , que en 
gran parte hubo de ser el de Alarico, y que explica Orosio (3), se descubre ya 
el desarrollo de la inteligencia, se revelan ideas de civilización. Hasta el terrible 
Atila abrigó planes de recomposición social ; pero su misión no era entonces edi- 
ficar, sino destruir. 

Tomaron asiento los Godos en Italia, Francia y España, y con el cotejo de 
estas naciones, en que estaban entonces los vicios en la mayor pujanza por la fla- 
queza del gobierno romano, sobresalían mas las virtudes morales en que venían 
envueltas las armas de los nuevos conquistadores. Los Españoles, por relación 
de Salviano de Marsella (4), eran ardientes y lujuriosos : en Francia, dice Pro- 
copio (5) , reinaba mas que en otra parte del mundo la falta de honor y de pala- 



dedica M. Guizot en su obra Origine du gouvernement repfesentatif en Europe, y de la moderna His- 
toria general de España, por don Modesto Lafuente. 

(1) Hist. miscella ap. Murator., Script. rerum Italia, t. I. 

(2) La familia de los Baltos (los Atrevidos), á la que pertenecía Alarico, era de las mas distin- 
guidas entre los Godos. 

(3) Nam ego quoqueipsevirum quemdam Narbonensem, illustris sub Theodosio militiae, ethm 
religiosum prudentemque et gravem apud Bethleemoppidum Palestina;, beatissimoHieronimo pres. 
bytero referente, audivisse familiarissimum Ataulpho apud Narbonam fuisse: ac de eo ssepe sub tes- 
tificatione didicisse quod ille, quam esset animo, viribus ingenioquenimius, referre solitus esset se in 
primis ardenter inhiase, ut, obliterato romano nomine, romanum omnesolum Gotborum imperium 
etfaceret vocaret; essetque, ut vulgariter, Gothia quod Romanía fuisset... At ubi multa experientia 
probavisset, ñeque Gothos ullo modo pareie legibus posse propter eífrenatam barbariem, ñeque 
reipublicee interdici leges oportere, elegisse se saltem, ut gloriam sibi et restituendo in integrum au- 
gendoque Romano nomine Gothorum viribus quaeret, habereturque apud posteros romanee restitu- 
tionis auctor, postquam esse non poterat immutator. Orossi Histor., 1. VII, c. 43. 

(4) Salvian., De gubernatione Dei, 1. V, p. 142. 

(5) Procop., De bello Goth.,1 II, p. 111. 

TOMO II. ' 



122 HISTORIA GENEHAL DE ESPAÑA. 

bra : entre los Romanos, por testimonio de todas las naciones, la deshonestidad, 
la crueldad, la impiedad, la avaricia, la traición, todos los vicios juntos tenían 
su asiento y dominio. Los Godos, al contrario, eran castos y fieles á sus mujeres; 
defendían al paciente y al amigo como á sí mismos ; no eran pródigos, pero tam- 
poco avaros ; se compadecían del pobre , y cargaban el peso de los tributos sobre 
la gente rica ; respetaban sumamente á los sacerdotes católicos, aunque fuesen 
de religión extraña ; fiaban en Dios vivamente y le recomendaban todas sus guer- 
ras y negocios. Así pintan á los Godos las historias escritas al tiempo de su irrup- 
ción en Occidente, y sin tomar al pié de la letra este retrato quizás un poco car- 
gado, es un error imaginar que los Godos fuesen del todo bárbaros y salvajes 
cuando aparecieron mas acá de los Alpes. Los escritores que así los han descrito, 
al mismo tiempo que prorumpian en elogios de las naciones subyugadas, han in- 
currido en gran exageración , y es evidente que los Septentrionales, dice Mas- 
deudor muchos que fuesen y muy feroces, no se hubieran apoderado en tan poco 
tiempo de las provincias romanas, si hubiesen sido tan incultos y rudos como 
suele pintarlos nuestra soberbia, y si Roma por otra parte no hubiese ya perdi- 
do miserablemente el esplendor de las ciencias y bellas artes , que habían dado 
en otro tiempo el mayor impulso á su elevación y fortuna (1). 

Traían los Godos consigo el sentimiento de la dignidad personal , de la li- 
bertad individual, del horror á la esclavitud, de la frugalidad y la templanza, 
del respeto á la mujer y de la fidelidad conyugal, sentimientos conformes k la 
índole del cristianismo, que habían de servir de base á la sociedad que se recons- 
truía en reemplazo de la esclavitud, de las bacanales y del desenfreno romano. 
Pero en cambio íraian también el respeto y el gusto á la legislación de los Ro- 
manos y la religión que de ellos habían aprendido, dos principios que habían de 
entrar en la vida de la nueva sociedad como legados de la sociedad antigua, y 
que habían de acabar por identificarlos con los pueblos conquistados. Esta fusión 
empero, no podia ser repentina; necesitaba hacerse poco á poco y con el concurso 
lento de los años. 

Superiores en realidad por el carácter, los Godos, en sus relaciones con los 
pueblos indígenas, difirieron esencialmente de los demás bárbaros, y en especial 
de los Francos. Los conquistadores de la Galia septentrional se mostraron im- 
placables en la explotación de los vencidos, y no habría de sernos difícil acumu- 
lar pruebas y testimonios de la ferocidad que caracterizó entre todas la domina- 
ción de los cabelludos compañeros de Glodoveo. 

«La conquista de las provincias meridionales y orientales de la Galia por los 
Visigodos y Burgundios, dice Agustín Thierry, distó mucho de ser tan violenta 
cerno la del Norte por los Francos. Extraños á la religión que los Escandinavos 
propagaban á su alrededor, aquellos pueblos habían emigrado por necesidad con 
sus mujeres é hijos al territorio romano, y mas que por la fuerza de las armas, 
habian obtenido su nueva residencia por medio de reiteradas negociaciones. A su 
entrada en las Galias eran cristianos como los Galos, aunque de secta amana, y 
en general se mostraban tolerantes, sobre todo los Burgundios. 

«Dejando aparte cierto fanatismo arriano, los Visigodos, dueños del país si- 



(l) Hist. crit. de España, t. XI, p. 7. 



CAP. VIL— ESPAÑA GODA. 123 

tuado entre el Ródano, el Loire y los dos mares, unían á un espíritu equüativo de 
justicia mas inteligencia y gusto para la civilización. Largas expediciones milita- 
res á través de Grecia y de Italia habían inspirado á sus caudillos el deseo de so- 
brepujar, ó de continuar á lo menos en sus establecimientos la administración 
romana... 

«La irrupción de los pueblos bárbaros fué violenta y acompañada de gran- 
des estragos ; pero el amor al reposo se apoderó de ellos muy pronto, y cada dia 
se asimilaban mas á los indígenas. Los Godos en especial mostraban gran incli- 
nación por las costumbres romanas, que eran las de todas las ciudades galas; 
sus caudillos se envanecían de amar las artes y afectaban la cultura de Roma, y 
así se cicatrizaban por grados las heridas de la conquista; las ciudades reedifica- 
ban sus muros, la industria y la ciencia volvían á emprender su vuelo, y el ge- 
nio romano reaparecía en un país cuyos vencedores parecían abjurar de su con- 
quista.» 

Tal era el carácter y espíritu de aquella nación que saliera medio desnuda 
de los pantanos del Danubio. Habíase formado, había crecido, y nosotros que la 
hemos visto en tiempo de Decio (249-251), bárbara aun, aterrorizar al mundo 
romano, vérnosla en tiempo de Eurico (466-484), hablar solo en latin y negociar 
con Roma, una vez la hubo sometido á sus armas. Su monarca Eurico tenia una 
corte ; en Tolosa , en Burdeos , recibia diputaciones de los pueblos que se forma- 
ban con los despojos del gran imperio ; y aunque no llevaba el manto real, era 
príncipe que daba gran precio á las cosas que suelen no ser eslimadas sino por 
los pueblos cultivados. Gustaba de la cultura y las artes, y tenia un placer en 
que le fuesen atribuidas y se aplaudiesen en Italia las cartas escritas en su nom- 
bre á Honorio, en excelente latin, por su secretario León, hombre erudito que ha- 
bía puesto al servicio del rey bárbaro toda la amenidad latina de los mejores 
tiempos de la literatura romana (1). 

Casi al mismo tiempo, el caudillo de otro pueblo de Godos, el rey de los Os- 
trogodos, el gran Teodorico, decía en Italia que si entraba en sus miras producir 
muchas cosas nuevas, se proponía sobre todo conservar las antiguas (2). 

Una nación cuyos jefes abrigaban tales ideas á su primer paso en la carrera 
del gobierno, llevaba seguramente consigo gérmenes de civilización que no po- 
dían quedar estériles. 

Si es cierto que un pueblo sea tanto mas civilizado en cuanto se profese en él 
mayor respeto á la humanidad, en cuanto se vean menor número de suplicios atro- 
ces, de penas horribles, en cuanto se practiquen mas los principios de la frater- 
nidad humana, el pueblo godo merece un lugar muy distinguido entre los pue- 
blos bárbaros conquistadores de Occidente. Considerada bajo este punto de vista, 
la España en tiempo de los Godos aventaja en mucho á la España romana. Las 
guerras fueron menos mortíferas ; no se veian aquellos grandes holocaustos de 
pueblos enteros ordenados á sangre fria por un jefe militar, como los hemos pre- 



(1) Se pone pauxillum conclamatissimas declamationes, quas oris regii vice confiéis, quibus 
ipse rexinclytus... per permotae limitem sortis, ut populos sub armis, sic franat arma sub legibus. 
Apoll. Sidon., 1. VIII, epist. ad Leonem Eurici conciliarium, Scrip. rerum Franc., 1. 1, p. 800. 

(2) Proposito nostri est nova construere, sed amplius vetusta servare. 



121 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

senciado en los primeros tiempos de la dominación romana ; el historiador no ha 
de estremecerse ante el espectáculo de poblaciones entregadas á las llamas y á la 
espada de los conquistadores. Igual suavidad observamos en la administración 
interior. Los suplicios crueles son tan raros como las violencias militares, aun 
respecto á los rebeldes y regicidas. No vemos hombres quemados vivos, empala- 
dos, descuartizados, expuestos á las fieras del circo ó arrastrados á la cola de un 
caballo. La legislación goda, es cierto, consagra castigos crueles; pero ¿qué nación 
moderna no ha tenido por mucho tiempo en su código penas semejantes? En el pe- 
ríodo que acabamos de recorrer, hemos tenido que referir pocas crueldades, pocos 
asesinatos; únicamente en los primeros tiempos bañáronse repetidas veces en san- 
gre las gradas del solio. Sin embargo, á contar desde Recaredo, desde la conversión 
de los Godos al catolicismo, desde que la Iglesia puede dejar sentir su acción mas 
directamente en el Estado, aquel pueblo tan violento antes , se suaviza, sus cos- 
tumbres cambian, yla vida del hombre se hace casi sagrada á lo menos en las altas 
regiones. Nada tan moderado como la pena aplicada por Wamba á Paulo y á sus 
compañeros. Dos fratricidios en la familia de Turismundo, un padre que condena 
á muerte á su hijo, por un cúmulo fatal de circunstancias , es de cuanto pued^ 
acusarse á las familias reales en este período de trescientos años, desde Ataúlfo 
hasta Rodrigo. Y ¿qué es esto comparado con la serie de asesinatos, de cruelda- 
des, de atroces maquinaciones, de fratricidios innumerables, de horribles ejecu- 
ciones militares con que se inauguró en las Galias el establecimiento de la mo- 
narquía franca de los Merovingios? El suplicio de Brunequilda es mas espantoso 
él solo que cuanto hemos visto en la historia de los reyes godos. 

Al llegar á las Galias y á España , hallaron los Godos establecida la escla- 
vitud , y aunque no la abolieron, cambiaron sus condiciones, la modificaron su- 
cesivamente y la suavizaron , de modo que hablando con propiedad cesó de seí* 
esclavitud : los esclavos se hicieron siervos , y esto por triste que sea fué un gran 
progreso. Como hemos dicho , el principio de la esclavitud era entre los Roma- 
nos , absoluto ; el esclavo era la cosa del dueño , quien podia disponer de ella á 
su capricho. Entre los Godos era mas que todo un sistema moral sobre la divi- 
sión de las clases y de las condiciones ; y si en algunos puntos sus leyes en la 
materia se acercan á las de los Romanos , apártanse sensiblemente de ellas en 
otros muchos , según á su tiempo tendremos ocasión de indicar. 

Ha de hacerse además otra observación en honor de los Godos , y es que al 
suceder á los Romanos , para quienes eran los juegos del circo una pasión, en un 
pueblo que había llevado hasta el fanatismo el gusto de sus antiguos señores, 
dejaron caer en desuso tan bárbaros espectáculos. Sus cronistas , muy minucio- 
sos á veces en la descripción de sus fiestas públicas, no hablan jamás de correr 
toros, ni de combates de fieras ni de gladiadores , en una palabra, de nada que 
recuerde las sangrientas diversiones usadas entre los Romanos , y después entre 
los mismos Españoles. 

Examinemos, pues, de cerca la sociedad que formaron ; consideremos con 
detención sus instituciones , su vida; con mas detención y escrupulosidad si cabe 
de lo que lo hemos practicado con la sociedad romana , mucho mas conocida; 
y empecemos por dirijir una mirada general á su gobierno, á su estado político. 

El espíritu humano , inclinado por naturaleza á juzgar de la índole de las 



CAP. VII.— ESPAÑA GODA. 125 

cosas y á clasificarlas por sus formas exteriores , ha distinguido casi siempre 
los gobiernos por caracteres que no son de su esencia. Allí donde no se ha en- 
contrado ninguna de las instituciones positivas que, según nuestras ideas actua- 
les, representan y afianzan la libertad política , se ha creído que no podia existir 
libertad alguna , que el poder era absoluto. Sin embargo, todo anda mezclado en 
las cosas humanas; nada en ellas es simple y puro , y así como existe algo del 
poder absoluto en el fondo de los gobiernos libres, existe también libertad en los 
gobiernos en apariencia absolutos. No hay forma alguna de sociedad completa- 
mente desprovista de razón y de justicia , pues si la razón y la justicia se retira- 
sen de ella, la sociedad perecería. Los gobiernos en apariencia mas opuestos 
producen efectos semejantes , y aun cuando no sea esto decir que hayan de mi- 
rarse como indiferentes las formas de gobierno y que sus resultados sean iguales, 
manifiesta que no han de ser apreciados por algunos efectos ó signos exteriores. 
Para examinar como se debe a un gobierno, es preciso remontarse á sus principios 
esenciales y constitutivos, y entonces se viene en conocimiento de que muchos, 
cuyas formas son distintas, se derivan de un mismo principio, y de que otros que 
parecen semejantes por sus formas, son esencialmente distintos. ¿Cuál es la fuen- 
te del poder soberano? ¿de dónde procede ? En la contestación que se dé á estas 
preguntas reside el principio de los gobiernos. ¿Dónde existe este principio? ¿es 
anterior á la existencia de las sociedades ? ¿reside en una mera convención hu- 
mana? 

Esto es, repetimos, lo que ha de examinarse en un gobierno para conocer su 
verdadera índole, y esto es lo que consideraremos en el gobierno de los Visigo- 
dos antes de descender á la explicación de sus instituciones particulares. 

«La ley, dice el Líber Judicum , es por demostrar las cosas de Dios , é que 
demuestra bien bevir, y es fuente de disciplina , é que muestra el derecho, é que 
faze, é que ordena las buenas costumbres , é govierna la cibdad , é ama iusticia, 
y es maestra de vertudes , é vida de tod el pueblo. 

«La ley govierna la cibdad, é govierna á omne en toda su vida, é asi es da- 
da á los barones cuerno á las mugeres , é á los grandes cuerno á los pequennos, é 
asi á los sabios cuerno á los non sabios , é asi á los fiios dalgo cuerno á los vi- 
llanos : é que es dada sobre todas las otras cosas por la salud del príncipe é del 
pueblo, é reluce cuerno el sol en defendiendo á lodos. 

« La ley deve seer manifiesta , é non deve ninguno seer engannado por ella. 
Et deve seer guardada segund la costumbre de la cibdad, é deve seer convenible 
al logar , é al tiempo , é deve tener derecho , y egualdad , é deve seer honesta é 
digna , é provechosa é necesaria (1).» 



(1 1 Lex est aemula divinitatis, antistes religionis, fons discipünarum, artifex iuris, bonos mores 
inveniens atque componens , gubernaculum civitatis , iustitiae nuncia , magistra vitee , anima totius 
corporis popularis. 

Lex regit omnem civitatis ordinem , omnem hominis eetatem , quae sic fenimis datur ut mari - 
bus, iuventutem complectitur et senectutem , tam prudentibus quam indoctis, tam urbanis quam 
rusticis fertur. Quse summum salutis principum ac populorum culmen obtinet, et cum manifes- 
tó prseclaroque praeconio in modum lucidissimi solis effulgit. 

Lex erit manifesta , nec quemquam in captione civicum devocabit. Erit secundum naturam, 
secundum consuetudinem civitatis, loco temporique conveniens, iusta et sequabili prsescribens, con- 
gruens, honesta et digna, utilis , necessaria. lib. iud., lib. I, t. II. 1. 2, 3 y 4. 



126 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

En estas ideas , tan eminentemente filosóficas sobre la naturaleza y el objeto 
de la ley escrita, se revela la idea fundamental de la teoría. Existe una ley no es- 
crita , eterna , universal , solo de Dios plenamente conocida, objeto de las investi- 
gaciones y fin que ha de proponerse el legislador humano. La ley humana no es 
buena, no es ley sino en cuanto es émula y mensagera de la ley divina. Luego no 
se encuentra en la tierra el origen de la legitimidad de las leyes, y esta legitimi- 
dad se deriva, no de la voluntad de aquel ó de aquellos que hacen las leyes, sean 
quienes fueren , sino de la conformidad de las mismas leyes con la verdad , con 
la razón , con la justicia que son la ley verdadera. 

Quizás no alcanzaron los legisladores españoles de la época goda todas las 
consecuencias de esta teoría ; pero es innegable que sentaron la base. De ella 
dedujeron otro gran principio , desconocido entonces en Europa , á saber que 
el carácter de la ley es ser universal , igual para todos , agena á todo interés 
particular , dada únicamente en interés común , al contrario de lo que sucedía 
con las demás leyes bárbaras concebidas todas en favor de intereses privados, ya 
de individuos , ya de clases. Los legisladores de España , los concilios de Toledo 
fueron los primeros en proclamar en el orden político el principio de igualdad 
ante la ley , que les era inspirado por la idea cristiana de la igualdad ante 
Dios. 

De esta teoría sobre la naturaleza de la ley, habia de nacer la teoría siguien- 
te sobre la naturaleza del poder. 

1.° El poder solo es legítimo mientras es justo, mientras gobierna y es go- 
bernado á su vez por la verdadera ley, por la ley de justicia y de verdad. No hay 
voluntad humana , no hay fuerza terrestre que pueda dar al poder una legitimi- 
dad exterior y prestada'; el principio de su legitimidad está en él y solo en él, en 
su moralidad y en su razón. 

2.° Todo poder legítimo procede de lo alto. Aquel que lo posee y lo ejerce 
lo tiene únicamente de su propia superioridad intelectual y moral , y esta supe- 
rioridad la tiene de Dios. No recibe, pues, el poder de la voluntad de los hombres 
sobre quienes lo ejerce , y ejércelo legítimamente, no porque lo ha recibido, sino 
porque en sí mismo lo posee. No es un mandatario , un servidor , sino un supe- 
rior , un jefe. 

Y en efecto, estas dos consecuencias se hallan consignadas en la legislación 
visigoda. 

«El rey ye dicho de regnar piadosamentre; mes aquel non regnapiadosamen- 
tre, quien non a misericordia. Doñeas faciendo derecho el rey, deve aver nomne 
de rey; el faciendo torto, pierde nomne de rey. Onde los antiguos dicen tal prover- 
bio : Rey serás si federes derecho , et si non federes derecho non serás rey. 
Onde el re deve aver duas virtudes en sí, mayormientre iusticia et verdat (1).» 

« Et por ende nos que queremos guardar los comendamientos de Dios, da- 
mos leyes en semble pora nos, é pora nuestros sometidos á que obedezcamos nos, 



(4 Reí íi moderamine pie regendo vocatur. Non autem pie regit qui non misericorditer corrí- 
git; recU; igilur faciendo regis nomen benigne tenetur , peccando vero miseriter amititur; undeet 
apud veteres tale crat proverbium: Ilex ejus eris si recta facis , si autem non facisnon eris. Regias 
igitur virtutes, prrecipuje duae sunt, justitia ot veritas. lib iüd. Primus titulus. 



CAP. YII.— ESPAÑA GODA. 127 

é todos los reyes que vinieren después de nos , é tod el pueblo que es de nuestro 
regno generalmentre (1).» 

« Dios que fizo todas las cosas , ordenó con derecho la cabesza en el cuerpo 
del omne de suso , é fizo nascer de la cabesza todas las otras partidas de los 
miembros del cuerpo del omne. Onde por eso es dicha cabesza , porque los otros 
miembros comieszan á naszer de ella. E formó en la cabesza lumbre de los oíos, 
porque pudiese omne veer las cosas, quel pueden empeezer, é metió en ella la me- 
moria de entender , porque pudiese ordenar , é goviernar los otros miembros 
quel son sometidos... Por ende de vemos primeramentre ordenar los fechos de 
los príncipes , porque son nuestras cabeszas , é defender su vida , é su salud, ó 
después desto ordenar las cosas del pueblo, que mientre que el rey es con salud, 
que pueda mas firme mientre defender sus pueblos (2). » 

Después de establecer que solo es legítimo el poder que obra según la justi- 
cia y la verdad , que observa y dicta la verdadera ley ; que todo poder legítimo 
procede de lo alto y toma su legitimidad en sí mismo, no en voluntad alguna ter- 
restre , la teoría de los concilios de Toledo no pasa mas allá. Esta teoría , dice M. 
Guizot en la obra antes citada, conoce y sienta los verdaderos principios del po- 
der, pero olvida sus garantías. Los buenos preceptos abundan; las garantías rea- 
les , esta cuestión que trae aun dividido y agitado al siglo xix, no existen. 

En la monarquía visigoda observamos las consecuencias todas de estos prin- 
cipios , como de ello nos convenceremos si desde el punto de vista general en que 
hasta ahora nos hemos colocado, descendemos al examen particular de sus insti- 
tuciones. 

Su monarquía era electiva. En un principio el rey era nombrado por aclama- 
ción : los principales caudillos militares hacian oir su voz y el resto de la nación 
se dejaba arrastrar por ellos. Como habia de suceder, eran estas elecciones algo 
tumultuosas ; elevábase al electo sobre el pavés , y la multitud reunida le acla- 
maba rey. 

Poco á poco la elección se regularizó, mas hasta el reinado de Recaredo pue- 
de decirse que fué casi exclusivamente militar. 

Desde aquel momento, la nación goda entró política, religiosa y civilmente en 
una nueva senda. La Iglesia católica, que hasta entonces habia debido limitarse á 
una acción indirecta sobre los vencedores, fué en adelante la religión del Estado; 
sus principios , sus máximas hubieron de pasar al gobierno de los recien conver- 
tidos ; su espíritu de libertad al propio tiempo que de orden , de respeto é invio- 
labilidad del poder, hubo de infiltrarse en la nueva sociedad , y los obispos , los 
eclesiásticos, que á su natural influjo sobre aquellas naturalezas primitivas unian 



(4) Gratanter ergo iussa ccelestia amplectentes, damus modestas simul nobiset subditis leges, 
quibus ita et nostri culminis clementia et succedentium regum no vitas ad futura, una cum regimo- 
niinostri generali multitudine universa obedire decernitur id., lib, II, 1. 1, 1. II. 

(2) Bene Deus conditor rerum disponens humani corporis formam, in sublime caput erexit, at- 
que ex illo cunetas membrorum fibras exoriri decrevit. ünde hoc etiam á capiendis initiis caput 
vocitari percensuit , formans in illo et fulgorem luminum , ex quo prospici possent quaecumque no- 
xia concurrissent ; constituens in eo et intelligendi vigorem , per quem conexa et subdita membra 
vel dispositio regeret, vel providentia ordinaret... Ordinanda ergo sunt primum negotia principum, 
tutanda salus, defendenda vita, sicque in statu et negotiis plebium ordinatio dirigenda, ut dum sa- 
lus competens prospicitur regum, fida valentius teneatur salvatio populorum. id. lib. II, 1. 1, 1. IV. 



128 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ser los hombres mas ilustrados y doctos de su tiempo , debieron de intervenir en 
los negocios públicos. 

Su constante cuidado, todos sus esfuerzos se dirigieron á regularizar la elec- 
ción de los reyes , que si podia ser garantía de libertad , regularmente hecha, 
se converüa en tiranía de unos pocos , en ocasión de disturbios y rencores lleva- 
da á cabo por la multitud ciega ó por unos cuantos atrevidos. Por esto las repe- 
tidas leyes sobre la elección de los reyes de que hemos hecho mención en el cur- 
so de esta historia, por esto las severas penas fulminadas contra las tentativas de 
usurpación. 

« Por ende establecemos que daqui adelantre los reys deven seer esleídos 
enna cibdat ele Roma ( la ciudad real ) , ó en aquel logar hu murió el otro rey, 
et deve ser esleído con concello de los obispos , ó de los ricos omnes de la cor- 
te , ó del pobló , et non deve ser esleído de fora de la cibdat , nen de concello de 
pocos , nen de villanos de pobló (1).» 

Y no es extraño que los obispos y magnates godos se mostrasen tan celosos 
del principio electivo de su monarquía , que trataran de rodearle de todas las 
prendas de solemnidad y acierto para que no pereciera entre los abusos y los 
atropellos. La elección del monarca ó la necesidad de su confirmación es, sentada 
la teoría antes expuesta , la única garantía política , la sola limitación al ejercicio 
del poder de hecho. 

Sin embargo , necesario es decir que raras veces consiguieron el resultado 
apetecido; pocas fueron las elecciones verdaderas, hechas libres y espontáneamen- 
te ; y entonces la asamblea goda se veia obligada á cerrar los ojos sobre la usur- 
pación, á sancionarla á fin de evitar mayores males, si bien nunca olvidaba ful- 
minar nuevas penas para prevenir la reproducción de semejante abuso. Gobernar 
á hombres ambiciosos y rudos , pretender cimentar la legalidad , el orden , el 
buen gobierno entre los Godos que recordaban aun la vida nómada de sus an- 
tepasados , no era fácil empresa , y de ello pudieron convencerse mas de una vez 
los concilios de Toledo. 

Es pues infundado, á nuestro modo de ver, el cargo que dirigen algunos á 
los prelados y magnates godos de haberse opuesto siempre al principio hereditario 
para sus fines particulares , para amenguar la dignidad real y dictarle la ley en 
beneficio de sus prerogalivas. Creemos que no ha de buscarse la explicación de 
este hecho en causa tan mezquina , y que mejor ha de reconocerse en un alto in- 
terés político. 

« Aunque la monarquía de los Godos en España , á que Eurico dio princi- 
pio, dice Ferreras, fué hereditaria para Alarico su hijo, y para Amalarico su nie- 
to (2) , hízose luego electiva. Entonces solo los señores palatinos y los principales 
del reino podian hacer la elección; mas, desde el católico Recaredo , fueron 
también electores los metropolitanos y los obispos. Por consiguiente, aunque 



(4) Cod. de los Visig. T. prelim. 

2) «A nuestro modo de ver , no habia de decir Ferreras que la monarquía goda fué heredita- 
ria después de Eurico para Alarico su hijo y su nieto Amalarico , sino sencillamente que Alarico 
sucedió á su padre y Amalarico al suyo con consentimiento de la nación. Esta y otras veces inten- 
tóse establecer el derecho hereditario , pero siempre se opusieron á ello el pueblo y los magnates.» 
Uomey , Hist. de Esp., P. 4.» c. XVIII. 



CAP. VII.— ESPAÑA GODA 129 

los hijos subieran á veces al trono de sus padres , no fué por derecho de he- 
rencia, sino porque sus padres solicitaban este favor de los prelados y palatinos, 
como ha podido verse en el decurso de esta historia (1). 

La elección podia recaer en cualquiera individuo con tal que fuese honrado 
y famoso, que perteneciese á la raza goda y no hubiese recibido la tonsura ni el 
hábito religioso , á cuyas condiciones se añadió después de Recaredo la de ser 
católico. El que era nombrado rey habia de jurar á sus subditos la observancia 
de las leyes y la intolerancia de toda religión fuera de la católica , y recibía de 
ellos el juramento de fidelidad y obediencia. Pasaba después á la catedral en 
el primer dia de domingo , y allí le consagraba el obispo de Toledo ó de otra 
ciudad en que estuviese la corte , ungiéndole la cabeza con el sagrado óleo. La 
primera noticia que de esta costumbre, tomada de los reyes de Judea, se tiene 
en España, data del reinado de Wamba , y se conservó hasta el fin de la monar- 
quía goda. 

Los reyes godos cuando entraron en España no usaban trono, ni corona, ni 
vestidura propia que los distinguiese de los demás ; y en la época de la conquista, 
en tiempo de Siclonio Apollinar , iban vestidos de pieles que preferían á la púr- 
pura y á la seda (2). A mediados del siglo vi, Leovigildo, según cuenta Isidoro 
de Sevilla , fué el primero que mandó erigir un trono en su palacio de Toledo y 
se cubrió de vestidos suntuosos , para conciliarse respeto y veneración , dicen los 
historiadores, y sus monedas, como á su tiempo manifestamos, son las primeras 
que representan al rey con corona. Mucho antes de Leovigildo dábase á los reyes 
godos el título de dominus noster, según lo demuestran un decreto de Alarico pu- 
blicado en Tolosa en 505 y una inscripción de Narbona de 541. Grandes imitado- 
res de los Romanos , los Godos les tomaron las pomposas denominaciones que 
prodigaban á sus emperadores. Los monarcas godos recibían comunmente los tí- 
tulos de Píos, de Gloriosos, de Vencedores, de Serenísimos, y Recaredo fué el 
primero en tomar el sobrenombre de Flavio , ó porque se llamase así, y quisie- 
ran sus sucesores conservar su nombre, ó porque Flavius en lengua gótica, se- 
gún algunos escritores, (interpretación muy dudosa) significaba resplandeciente, es- 
pléndido. En pocos años creció muchísimoel lujode los reyes godos, estando ya en 
uso en tiempo de Ghindasvinto los vestidos de púrpura, los tronos de plata, y los ce- 
tros y coronas de oro con engastes de esmeralda y otras piedras preciosas. Aña- 
den algunos modernos que nuestros reyes usaban escudos de armas, y aun lo 
especifican menudamente diciendo que era cuartelado, y que en los dos cuartos 
superiores habia tres barras negras en campo de oro , y una corona de oro en 
campo colorado ; y en los de abajo dos leones rojos , el de la derecha sobre plata, 
y el otro sobre oro. Sin embargo, esto no tiene fundamento alguno y no puede 
sostenerse, en cuanto el origen del blasón no va mas allá del siglo x. Nació en una 
pequeña corte de Alemania , y las primeras ordenanzas reglamentando su uso 
datan del reinado de Enrique I , duque de Sajonia y luego emperador de Alema- 
nia, en el año 919. 

Gomo los hijos del rey no sucedían á su padre en el reino , estaba prevenido 



(<) Hist. gen. de Esp., t. III, siglo vil, reflex. gen 
(2) Sidon. Apoll. Carm. VII, v, 49 y 349. 

TOMO II. 17 



130 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

en el Código Visigodo, que el Príncipe no pudiese disponerá favor desús hijos ó 
deudos, sino de los bienes de su casa paterna, ó que personalmente le tocasen por 
herencia ó por otro derecho legítimo; y que todo lo demás que adquiriese desde el 
dia de su coronación, hubiera de pasar sin otra manda al sucesor de la corona. 
EsSa ley que faeno solo propuesta, sino casi redactada por Reces vinto, dice: «Man- 
damos que después de la muerte del Soberano queden á favor del reino , no solo 
los estados y dominios de la corona , sino también todo lo que el rey hubiese 
acaudalado ; pues habiendo el reino con su gloria honrado al príncipe , no es ra- 
zón que este menosprecie la gloria del mismo reino. Tengan presentes mis suce- 
sores que les obliga estrechamente su dignidad á gobernar con solicitud , á obrar 
con moderación, á juzgar con justicia, á perdonar con facilidad , á exigir con 
parsimonia y á observar con fidelidad... Como algunos de los que nos han prece- 
dido en el trono, dejándose arrastrar de la codicia , han aumentado las rentas de 
sus familias con el llanto público , nos hemos determinado á seguir los impulsos 
de la divina inspiración , disponiendo leyes que refrenen á los Príncipes , como 
ya se dispusieron para los subditos; y así mandamos en nombre de Dios á noso- 
tros mismos y á todos nuestros sucesores, que todo lo que ahora ordenamos é in- 
timamos se observe en adelante con mayor veneración y respeto.» 

Ilimitada y absoluta la monarquía goda en sus dos primeros siglos, hasta 
Recaredo., se modifica ó restringe desde este príncipe por influencias ó poderes 
que hasta entonces no habia conocido. No obstante, aun en los primeros tiempos, 
si bien el rey era el jefe superior del ejército, el que extendía su autoridad á to- 
das las clases del estado, estaba sugeto á las leyes del mismo modo que el pueblo 
en cuanto á la administración de justicia y no podia fallar sino con arreglo á 
ellas, salva la prerogativa de dispensar en algunos casos ó mitigar el rigor de 
las leyes concediendo indultos, en lo cual obraba por su sola autoridad y en el 
lleno de la soberanía (1). 

«Mientras que la monarquía fué nómada, diceD. Joaquín Francisco Pache- 
co (2), desde Atanarico hasta Walia, mientras que fué arriana, aun que estable y 
permanente, los reyes ejercieron un completo y omnímodo poder, sin mas correc- 
tivo que los movimientos anárquicos y el puñal de las conjuraciones.» 

En tiempo de Recaredo se inicia la obra de la fusión y amalgama de las 
dos naciones. La unidad de religión le habia dado principio: la unidad de legis- 
lación y la mezcla real de las familias debían venir á completarla. Entonces em- 
pezaron á tomar cuerpo, á solidarse por decirlo así, en cuanto la época lo permi- 
tía, las instituciones godas; desde aquel momento hubo una asamblea que de 
hecho, si no de derecho, limitó el antes omnímodo poder de los reyes, y que pro- 
clamó los principios de justicia, de igualdad, de buen gobierno que hace poco 
hemos mencionado. 

Las asambleas eclesiásticas habían sido desde muy antiguo tan frecuentes 
como célebres en nuestro suelo. Aun antes de que se tuviese el concilio de Ni- 
cea, en los primeros albores de esta costumbre, cuyos resultados habian de ser 



(4) Siempre se ha considerado, dice Masdeu, como regalía proplsima del soberano la graciosa 
dispensa del rigor de las leyes. 

(2) Discurso de introducción al Fuero Juzgo, en la edición de los Códigos Españoles. 



CAP. VII. — ESPAÑA GODA. 131 

tan importantes, encontramos ya un sínodo illiberitano, reunión de los obispos 
de España para ocuparse en la fe y en los intereses de la religión. Después de 
sancionada esta práctica por la aquiescencia y el uso de la Iglesia universal, los 
Españoles no la dejaron por su parte decaer; y Sevilla, y Braga, y Zaragoza, y 
Barcelona, y Toledo, y otras ciudades, son sucesiva y reiteradamente centro de 
estas reuniones religiosas, que ganan una inmensa autoridad en el ánimopiadoso 
de un pueblo eminentemente cristiano. Los sínodos católicos, empero, limitábanse 
á asuntos puramente eclesiásticos; la religión del pueblo vencido, lo mismo que la 
del pueblo dominante ninguna influencia directa ejercía en las esferas del gobier- 
no; y los obispos de la comunión de los monarcas, sacados del pueblo godo, hi- 
jos de sus proceres, no tenían mas voz en los negocios públicos que los obispos de 
la comunión popular, los hijos de los Romanos sojuzgados. 

Recaredo se convierte al catolicismo, unifica la religión de la monarquía, y 
llevado ya por su ardor de neófito, ó lo que es mas probable, necesitando de apoyo 
y consejo para la gobernación de sus subditos, y no teniendo en la raza goda 
ninguna gran institución que rodeara el solio, apartó á los concilios de su primi- 
tivo y especial instituto, convirtiólos en cortes del reino, si no por las personas 
que á ellos concurrían y la regularidad de su convocación por'las materias de que 
trataban, llevó á ellos los negocios del Estado, y les hizo tomar una parte, no bien 
definida, no permanente, pero sin duda alguna real y verdadera en las mas ar- 
duas atribuciones de la soberanía. Los concilios, en los que luego se sentaron los 
proceres, comenzaron á hacerse políticos, la monarquía de ilimitada que era vi- 
no á ser el gobierno basado en los principios que antes hemos expuesto, siéndole 
necesario, repetimos, de hecho, si no de derecho, la aprobación de todos sus 
actos por aquellas asambleas mixtas tan célebres en nuestros antiguos anales. 

Al llegar aquí, fuerza nos es apartarnos de muchos de los autores que tene- 
mos á la vista y expresar un sentimiento contrario al suyo, á pesar del respeto 
que por precisión han de inspirarnos sus reputados nombres. ¿Cómo calificare- 
mos el nuevo estado de cosas que inauguró Recaredo y que se prolongó hasta 
Rodrigo? ¿Qué diremos de esos reyes que piden consejo, que se inclinan ante 
las decisiones de los concilios toledanos? ¿Consideraremos á Recaredo, según el 
citado Pacheco, como un innovador desgraciado en la constitución de la monar- 
quía goda, por haber introducido en ella el elemento teocrático, que mas que 
ninguna causa, dice, contribuyó á perderla? Calificaremos á la monarquía goda, 
como lo hacen algunos en tono de desprecio, de monarquía de obispos? ¿Dire- 
mos como Lafuente, deplorándolo, que sobreponiéndose en ocasiones el cayado 
episcopal al cetro regio, pudo dudarse si eran los reyes ó los obispos los sobera- 
nos del Estado?— -No es este nuestro modo de ver. Siempre que á la ilimitada 
autoridad de un hombre ó de muchos sobre un pueblo, se le señalen reglas, se 
le deslinde la senda que ha de seguir, y sin mancillar en nada ni por nada la 
augusta dignidad que ha de revestir el poder soberano, se procure aconsejarle, 
ilustrarle, elevarle, rodearle de nuevo esplendor, é interponerse entre él y la dé- 
bil muchedumbre; siempre que esto haga un cuerpo leal, poseído de tanto amor 
al rey como al pueblo, que así tenga valor para reprobar los desmanes del uno 
como las veleidades del otro; un cuerpo queá esto reúna una sabiduría cuya 
celebridad ha vencido los siglos, una prudencia suma, el historiador, el filósofo 



132 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ha de aplaudir su obra, ya esté aquel compuesto por el clero, por la nobleza ó el 
pueblo. Los concilios toledanos lograron muchas veces poner á salvo al trono de 
los embates de unos guerreros tan ambiciosos como turbulentos, rodearon dema- 
gestad el solio, explicaron al monarca sus deberes, y exigieron del rey el jura- 
mento de guardarlos; templaron con la mansedumbre de la religión y de la cien- 
cia la índole feroz y los rudos instintos que aun conservaran los Godos; prepararon 
mas y mas la fusión sentándose juntos á discutir vencedores y vencidos; redacta- 
ron un código, prodigio de la época, como hemos tenido ocasión de ver y veremos 
aun mas al tratar de sus disposiciones civiles; libraron á España de la suerte 
que como á Francia, á Italia, al Occidente todo le estaba sin duda reservada, é 
hicieron de ella una nación cuando los demás pueblos yacían aun sometidos al 
bárbaro yugo de las legiones germánicas. 

Así lo vemos nosotros, que procuramos no olvidar jamás nuestro principio 
de que la libertad de los hombres es el bien supremo; nosotros, cuyo corazón está 
siempre con aquellos que previenen ó derriban la tiranía, cualquiera que esta sea. 
Y si se hace cargo á los concilios de Toledo de lo que hicieron, solo porque no fue- 
ron unas cortes en la acepción que hoydia se da á esta palabra; si lo que se hubiera 
perdonado y aun aplaudido al brazo popularse condena en los obispos por seríales; 
si el clero lo era todo en aquellas asambleas, poco los nobles y el pueblo nada, á 
pesar de la forma omni populo asentiente , tanto valdría como acusar á los obis- 
pos de ser ellos los únicos depositarios del saber y de las luces. La nobleza goda 
ruda é ignorante, el pueblo no menos ignorante y mas rudo todavía ¿qué papel 
podían desempeñar en las asambleas de su nación? El que desempeñaban en- 
tre los Anglo-Sajones y los Francos, en su Wittenagemot ó en sus campos de 
mayo, de donde salían siempre la guerra , los desórdenes, la conquista, la 
opresión, la tiranía de uno á veces, de la muchedumbre otras, el reinado de la 
fuerza siempre. «En España, dice M. Guizot en la obra que hemos citado varias 
veces, el gobierno tomó mas generalidad y una forma mas regular; las leyes 
protegieron mas á los débiles; la administración se ocupó mas en su suerte; hubo 
en la sociedad menos desorden y violencia, é ideas morales mas grandes y ele- 
vadas presidieron al ejercicio del poder. » Y no puede decirse que fuera la in- 
fluencia del clero ó de sus concilios lo que mas contribuyó á la pérdida de la na- 
ción goda. «La ilustración del alto dero, dice D. Modesto Lafuente , templaba y 
suavizaba la antigua rudeza gótica, pero al propio tiempo extinguíase el vigor mi- 
litar y la energía varonil del pueblo que en un día de prueba como el que sobre- 
vino, habia de echarse de menos y ocasionar la ruina del estado.» Esto, aunque 
exacto en el fondo, es muy ei roneo en la forma. Los vicios, la molicie debilitaron 
álos Godos, y aun cuando por algunos se dice ser ley providencial que á las lu- 
ces, á la ilustración de un pueblo acompaña casi siempre la debilidad, no debe 
el historiador buscar nunca las causas de su ruina en haber andado mas ó me- 
mos por la senda del progreso, del saber, de la civilización y del bien. 

No se crea, empero, que desconozcámoslos inconvenientes que, como á todo 
lo humano, acompañan á este sistema. El clero, así por su naturaleza como por 
su organización, es el cuerpo peor dispuesto para cualquiera resistencia en el orden 
político. Para oponerla, lees necesario abandonar su situación, abjurar de su ca- 
rácter y comprometer por lo tanto la fuerza moral en que reside su verdadero punto 



CAP. VII. — ESPAÑA GODA. 133 

de apoyo. El clero, tomando una parte activa y directa en el gobierno del estado, 
no se encuentra jamás en una posición natural y simple; al intervenir en el go- 
bierno, los obispos se ocupan en asuntos que no son los suyos, que no son el fin 
habitual y reconocido de su siluacion y de su vida, y por lo mismo tiene su in- 
tervención un carácter equívoco é incierto. A ella puede ir unida una gran in- 
fluencia, pero jamás puede poseer una fuerza de resistencia enérgica y eficaz. 
Además en esta mezcla de poderes, en estas relaciones entre el sacerdocio y el 
imperio, acaba siempre la Iglesia por perder gran parte de su independencia pri- 
mero, todo su influjo después. La disciplina eclesiástica se relaja, la autoridad 
real adquiere en prerogativas lo que en influencia concede, y así mismo sucedió 
en la iglesia gótica, como tendremos ocasión de ver en el capítulo en que expli- 
caremos su organización. 

De todo ello resulta , y decírnoslo para formular nuestra opinión en materia 
tan controvertida, que la intervención del clero , de los concilios en el gobierno 
de la monarquía goda, las vallas que opusieron á la antes ilimitada autoridad 
del rey, el espíritu civilizador que llevaron á las bárbaras regiones del gobierno, 
fué un gran paso hacia el bien. Que si entre él se deslizó algún mal, si habría 
sido preferible que las luces , el buen gobierno de la nación no hubiesen necesi- 
tado de la asistencia de los concilios , culpa es esto de la época que solo en el 
clero ofrecía fuerzas vivas de progreso y de civilización. A su clero debió la Es- 
paña goda haber dejado muy atrás á la España romana , y ser un anacronismo, 
digámoslo así , entre las Galias , la Bretaña y la Italia, sumidas en las tinieblas 
de la barbarie. 

La corte de loS reyes godos se llamaba curia , y los cortesanos ó palaciegos 
solían llamarse curiales ó privados, y también fieles ó proceres. Se daba general- 
mente el título de condes á todos los nobles que tenían empleo en palacio , y así 
el mayordomo se llamaba conde del Patrimonio, el caballerizo, conde del Establo, 
el secretario de Estado, conde de los Notarios, el de guerra, conde del Ejército, 
el tesorero, conde de los Tesoros, el camarero ó chambelán, conde de la Cámara, 
el copero mayor, conde de las Escancias, y el capitán de guardias , conde de los 
Espatarios. Además de estos empleos, que eran todos de gente distinguida, habia 
otros inferiores, y aquellos que los desempeñaban se llamaban prepósitos. Así los 
palaciegos nobles como los mas bajos , dice Masdeu (1), obtenían á veces como 
en feudo algunos bienes estables, con la obligación de servir al rey, darle anual- 
mente un número determinado de caballos , ó una cantidad de dinero ; pero no 
podían vender dicha hacienda, ni conmutarla ni darla sino á otros palaciegos de 
su misma esfera, el noble al noble , el plebeyo al plebeyo , y de modo que con la 
traslación del feudo se transfiriesen los empleos ó tributos con que el rey lo ha- 
bia cargado desde su principio (2). 

Estos grandes y principales dignatarios formaban cerca del rey un consejo, 
llamado oficio palatino, cuya importancia y participación en los negocios públi- 
cos están atestiguados por gran número de leyes dadas ya fuera de los concilios 
de Toledo, ya en virtud de su deliberación. Las palabras cuín omni palatino offi- 



(<) Hist. crit. de Esp., t. XI, p. 36. 
(2) Liber Iudicum, lib. V, t. IV, 1. 20. 



134 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ció, cum assensu sacerdotum majorum que palatii , ex palatino ofjicio, etc., se 
encuentran con frecuencia en el código de los Visigodos ; y estos textos lo mismo 
que la historia no permiten dudar que el oficio palatino intervenia en la legisla- 
ción, en el gobierno y en la elección de los reyes. 

El lugar que ocupaba este consejo en la organización política de la monar- 
quía no puede determinarse con precisión ; como el de los concilios, seria á buen 
seguro no bien definido, no permanente, pero real y verdadero. Las instituciones 
que limitaban el poder eran de hecho mas que de derecho , estaban en las cos- 
tumbres, en la fuerza de las cosas, mas que en las leyes escritas , y por lo tanto 
sus atribuciones , su intervención mas ó menos directa no pueden fijarse con 
exactitud. 

Las provincias eran gobernadas por duques y las ciudades por condes. Va- 
rios documentos prueban esta diferencia , y en particular el memorial presentado 
por Egica al concilio XVII de Toledo , en el cual da el rey el nombre de duca- 
tum á la provincia de Narbona, y las leyes visigodas, que distintas veces llaman 
duque al gobernador de provincia y conde al gobernador de ciudad. Guando ha- 
blan de los dos juntos , nombran primero al duque y en seguida al conde ; dis- 
ponen además expresamente que aquellos que se consideren perjudicados por la 
decisión del segundo puedan apelar al primero , como á un tribunal superior; y 
aunque la historia menciona duques de ciudades , como Victorio , duque de Cler- 
mont , en el reinado de Eurico , y Claudio , duque de Mérida , en tiempo de Re- 
caredo , esto significa que eran gobernadores de las provincias cuyas capitales 
eran aquellas ciudades , esto es de Auvernia y de Lusitania, como lo prueba mas 
y mas lo que del primero dice Gregorio Turonense y del segundo Gregorio Mag- 
no. Los duques residían en las capitales de provincia, Tarragona , Braga , Mérida, 
Córdoba, Cartagena , Toledo , Narbona y Tánger, mas á veces se encontraban 
en la corte varios duques , ó porque iban á ella por negocios de su provincia, ó 
porque aun acabado el gobierno se quedaban con el título y honores. Aun en 
Francia se observaba igual diferencia entre duques y condes, como lo insinuó 
claramente Venancio Fortunato , que escribiendo á Sigoaldo , le manifestaba su 
deseo de que el rey Childeberto , que le habia hecho conde , le promoviese á los 
honores de duque. 

El gobernador así de provincia como de ciudad , solia tener un sustituto que 
le ayudaba cuando las ocupaciones eran muchas , y hacia sus veces en caso de 
ausencia ó enfermedad. El que lo era del conde tenia título de vicario, que es 
nombre muy repetido en las leyes visigodas; y el del duque, según Masdeu, se 
llamaba gandingo, como lo era Hildegiso en la Tarraconense, bajo el duque 
fíanosindo, en tiempo del rey Wamba. El traductor del Fuero Juzgo tradujo 
gar din go por rico-hombre, y algunos auíores aseguran que el gardingato era 
oficio palatino. I). Modesto Lafuente (1), fundándose en la etimología del nombre 
gardingo, compuesto de las palabras germanas garde, cuerpo de tropas encarga- 
do del orden público, y ding , tribunal, dice que quizás eran los gardingos jueces 
de la milicia , encargados de la justicia militar, ó acaso como nuestros audito- 
res de guerra. Por las leyes visigodas y por el concilio Toledano xm sabemos 

(1) Hist. gen. de Esp., P 1.', I. IV, c. IV. 



CAP. YII. — ESPAÑA GODA. 135 

que los gardingos acudían á las juntas de los grandes , y tenían el primer lugar 
después de los duques y condes , aunque no firmaban en ellas como los demás, 
pues no se halla firma de gardingo en ningún concilio ni decreto real. 

En las villas y demás lugares subalternos había un alcalde con el nombre 
de prepósito 6 milico , que tenia sueldo del rey como los demás gobernadores, 
pues , como dice Recesvinto en una de sus leyes, la corte los mantenía á todos á 
fin de que no oprimiesen á los pueblos con indebidas exacciones , ni hicieran in- 
justicias por interés ó regalos. Los que cuidaban de recaudar los tributos , se lla- 
maban numerarios ; nombrábalos el conde del Patrimonio , y los confirmaba en 
cada ciudad ó villa su respectivo obispo , dándoles el primero sus poderes para 
que cobrasen por el rey , y el segundo los suyos para las cobranzas de la igle- 
sia. El empleo de numerario era odioso y se tenia por vil , como lo demuestra el 
hecho de haber sido un capitán llamado Teodemundo nombrado numerario de 
Mérida por orden expresa de Wamba , á que no pudo resistir , y haber solicitado 
luego de Egica una declaración de que no se le consideraría como á tal , ni se 
le seguiría mengua ni deshonra para la familia. 

¿Desapareció con la conquista el régimen municipal de los Romanos? El 
Breviario de Álarico prueba que no solo se habían conservado las libertades mu- 
nicipales , sino que se habían aumentado los derechos y franquicias que poseían 
los ciudadanos antes de la invasión de los Bárbaros. Los decemviros , los defenso- 
res de la ciudad , los priores ó séniores loci, los curiales y magistrados conser- 
vadores de la paz , en cuyas atribuciones entraba , á lo que parece , la administra- 
ción de los bienes comunales (1), son citados á cada paso en el código dicho. 
Libre de la recaudación de los impuestos el cuerpo de los decuriones , entraban 
en él sin repugnancia los vecinos mas notables; el defensor wbis no obraba ya 
solo como delegado del conde, sino también como representante de la curia, y 
de este modo, dice Lafuente, concentrando en sí los pueblos la vitalidad que 
les quedaba, preparaban el camino á los concejos posteriores. 

Todo ello es muy cierto antes de que la publicación del código de los Visi- 
godos unificase la legislación entre Godos y Romanos. ¿Qué sucedió entonces? 
¿Podremos decir que lo establecido á fines del siglo v por el Breviario de Alarico 
únicamente para los Romanos, subsistió hasta el siglo vm para los Godos y Ro- 
manos, convertidos todos en Españoles? Diversa es la opinión que reina sobre 
ello, aun cuando el silencio del Fuero Juzgo acerca de la mayor parte de estas 
disposiciones prueba mas contra su conservación de lo que prueba en favor de la 
misma el texto del Breviario , redactado en las Galias , en una época muy ante- 
rior y solo para una porción del pueblo. 

Esto no obstante, del silencio del Fuero Juzgo no ha deducirse , á nuestro 
modo de ver, su desaparición completa, dice M. Guizot. Las ciudades de Espa- 
ña pudieron y hasta debieron conservar algunas instituciones , algunos restos de 
libertades municipales. Discúrrese que no habiendo los conquistadores cuidado 
mucho de los municipios , conservaron estos en gran parte su régimen anterior, 
y es casi seguro , añade el mismo autor , que aquellos reducidos poderes locales 
gozaron de mas realidad é independencia de la que tuvieron en tiempo de los 



(1) Origine du gouvernement representatif en Europe, legón XXVL 



136 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

emperadores. El clero, que habitaba especialmente en las ciudades, y estaba 
unido á la raza romana , habia de protegerlos y procurar el acrecentamiento de 
sus facultades ; mas con ellos sucedía quizás lo que con las asambleas de Toledo 
y con el oficio palatino : existían , su acción era real , evidente , pero es imposi- 
ble fijar el papel que podían desempeñar en la constitución general del reino en 
cuanto no ocupan lugar alguno en las leyes escritas , á pesar de ser estas muy 
detalladas y comprender el orden civil por completo. 

Las clases del pueblo bajo la dominación goda eran casi las miemas que en 
tiempo de los Romanos. Habia nobles y plebeyos, señores y siervos , patronos y 
libertos. La nobleza se dividía en primates y en séniores como antiguamente en 
senadores y equites, y ahora en grandes y caballeros, y proseguía, según pare- 
ce , dice Masdeu , en el privilegio de tener caballo , que es el origen del título de 
caballero, pues en los casamientos solo al noble era permitido por ley regalar 
caballos á la novia. 

Las clases que no eran nobles se llamaban viliores, es decir que los con- 
quistadores se atribuían exclusivamente la nobleza , y consideraban como viliores 
á los indígenas ó Romanos, ya fuesen libres ó siervos. 

Sin embargo, la anterior división pertenece en su mayor parte al orden 
civil , y de los señores y siervos , de los patronos y libertos , hablaremos en el 
capítulo siguiente. 



CAP. VIH. — ESPAÑA GODA. 137 



CAPÍTULO Yin. 

Estado civil.— Hombres libres y siervos. — Patronos y libertos. — Patronos y buccelar ios. —Tierras 
alodiales, beneficiarias y tributarias.— Primer derecho civil de los Godos en España.— Abolición 
de la Ley Romana.— Examen histórico del Fuero Juzgo.— Juicio crítico sobre este célebre código. 
—Sus diversas clases de leyes. — Análisis de algunas de sus disposiciones. — Sobre la familia. — 
Nupcias, dotes, derecho de sucesión, peculio de los hijos, tutela, viudedad.— Colonos, vinculacio- 
nes, feudos. — Prescripción. 

Si de la legislación política pasamos al examen de la civil , no podremos 
menos de admirar el progreso social que alcanzó el pueblo español bajo la domi- 
nación de unos hombres que habian venido semi-bárbaros y acabaron por ser 
ilustrados y cultos. Los Visigodos de España ofrecen la singularidad de haberse 
dejado primeramente civilizar por el pueblo vencido, y de haberse hecho después 
civilizadores del pueblo conquistado. 

Hablemos anle todo del estado de las personas. 

Los Godos no abolieron absolutamente la esclavitud romana que hallaron 
establecida, pero la modificaron y mejoraron su condición. La esclavitud pasó á 
ser servidumbre, que fué un adelanto social, y de ahí la distinción entre señores 
y siervos, entre patronos y libertos. 

Siervos se llamaban en general todos los que estaban sujetos al dominio de 
otro, pero los había de varias especies y calidades, y según los distintos gra- 
dos de servidumbre, eran tratados de una manera también distinta. Habia sier- 
vos idóneos y siervos viles; siervos natos y siervos mancipios, siervos de corte, 
de iglesia y de particular. El siervo idóneo, llamado también convenibilis y 
bonus se distinguía del vil por su mayor habilidad ó por la altura del empleo en 
que su señor le ocupaba , y las leyes mismas consagraban esta distinción, pues 
cuando un hombre viciaba una sierva en casa de su amo, se le daban cien azo- 
tes si la sierva era bona, y solo cincuenta si era vil. Asimismo cuando un siervo 
forzaba á una mujer, mayor castigo se le daba si era vil, y mucho menor si era 
de la clase de los boni. 

El siervo nato, como su nombre lo indica, lo era desde su nacimiento por 
ser hijo de padres siervos ; y el mancipio ó facto era el hijo de padres libres que 
por su culpa ó por otro molivo incurría en servidumbre. El siervo de corte era 
el mas distinguido de todos , porque estaba sujeto inmediatamente al rey, y te- 
nia bajo su jurisdicción á otros siervos inferiores que le habian de obedecer y ser- 
vir como propios suyos , aunque él no podia darlos ni venderlos sino con aproba- 
ción del mismo rey, de quien los habia recibido. El siervo de la iglesia dependía 
del obispo ó del presidente del templo , y se empleaba en barrer y en otros oficios 

TOMO II. 18 



138 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

bajos , ó en los cargos temporales que no eran tan propios ó decentes para las per- 
sonas sagradas ; todos sus hijos y nietos , según la ley general de la servidum- 
bre, nacían siervos déla misma iglesia á que pertenecía su padre. El siervo pri- 
vado ó de un particular dependia en todo y por todo del arbitrio de su señor, menos 
en dos cosas las mas importantes, que son la vida y el honor; pues las leyes 
cristianas y humanas de los reyes godos abolieron la costumbre bárbara de los 
señores romanos , que podían impunemente matar á sus siervos y hacer infame 
comercio sobre la honestidad de sus esclavas ; y no solo matarlos prohibieron, 
sino cortarles cualquiera parte del cuerpo. F uera de esto podia el amo castigar- 
los con azotes, ayunos ó tormentos, ó de cualquiera otra manera; de suerte que 
por delitos cometidos contra el propio señor ni los jueces públicos tenían derecho 
sobre ellos sin licencia del dueño. De este dependia el siervo para toda especie 
de contratos aun para casarse; y todo lo que le daban, ganaba ó encontraba, lo 
debía ceder á él , sin adquirir el menor dominio sobre cosa alguna. El dueño, 
empero, en recompensa del provecho que sacaba del siervo , era responsable de 
todos sus errores y delitos , cuando este no podia satisfacer por ellos con su pro- 
pia persona. Así, por ejemplo , si el siervo deshonraba á una mujer , hería á algu- 
no , cometía un hurto ó pedia dinero prestado , tocaba al dueño hacerse cargo de 
todos los daños , y si no quería ó no podía satisfacer por ellos , habia de renun- 
ciar el siervo á favor del acreedor , ó de la persona ofendida. Las leyes godas 
mandaban que en cualquiera pleito que hubiese entre ingenuos y siervos , se hi- 
ciese justicia en los tribunales con la mayor imparcialidad tanto á favor de los 
segundos como de los primeros , pero al mismo tiempo hacían mucha diferencia 
entre unos y otros , mandando que no se recibiese el testimonio del siervo sino 
en caso de mucha necesidad , y aplicándole por los delitos que cometía doblado 
castigo que al ingenuo , y por los agravios que de otros recibía una satisfacción 
mucho mas ligera. Usábase en un principio entre los Godos que el siervo descon- 
tento de su señor tomaba asilo en la iglesia, y los sacerdotes le protegían, obli- 
gando á su dueño á que lo vendiese á otro; pero como en esto á veces habia 
engaño, ó por mala fe de los siervos que se quejaban sin razón , ó por malicia 
de tercera persona que se convenia con ellos para comprarlos, abolióse después 
este privilegio eclesiástico. El precio á que se vendían los siervos era muy varío 
según la edad y habilidad que tenían, y al llegar aquí hemos de observar que no 
han de buscarse nunca en el Fuero Juzgo, traducción del Líber Iudicum, hecha 
en el siglo xi, sino en el mismo original , cuantas noticias se deseen sobre la 
organización de la sociedad visigoda. Respecto al precio de los siervos, Masdeu 
impugna fundadamente el texto del Fuero Juzgo que dice: « Aquel que compra 
home libre, él estando delante, el vendedor no debe tomar mas de doce sóidos,» 
siendo así que el original no habla del hombre libre que esté delante, sino del 
libro presente, que es el de las leyes , en el cual fijó Ghidasvinlo en doce suel- 
dos ó veinte y cuatro escudos el precio de un siervo. Lo mas singular es, dice 
el autor citado , que los comentadores de nuestras leyes no han reparado en una 
equivocación tan grosera , de donde se ha originado que aun Alfonso de Villadiego 
ha dado de algún modo por lícita la venta del hombre libre, mientras el código 
visigodo la prohibe tan rigurosamente que iguala este delito con el del homicidio, 
y dispone que los parientes del hombre vendido tengan derecho sobre la persona 



CAP. VIII. — ESPAÑA GODA. 139 

y haberes de quien lo vendió, y aun sobre su misma vida, si no hay medio para 
recobrarle. Ni solo vender á un hombre libre estaba vedado por las leyes, pero 
aun darlo por prenda ó rehenes para tiempo determinado , de suerte que el 
acreedor que convenia en semejante contrato , habia de pagar en pena doblado de 
lo que le debian (1). 

El siervo que cobraba la libertad se llamaba liberto, y su señor que se la 
concedía, en lugar de dueño, empezaba á llamarse patrono, según el estilo de los 
Romanos. La acción de darle libertad , que en latin se decía manumitiere , y 
en castellano aforrar 6 franquear, se solia hacer con escritura formal, y en pre- 
sencia de un eclesiástico y dos testigos; y como esta donación por su naturaleza 
era perpetua , no se podía revocar, sino en caso que el franqueado hiciese algu- 
na injuria muy notable á su bienhechor , hiriéndole ó calumniándole gravemen- 
te , por cuya ingratitud , después de examinada en el tribunal , mandaba el códi- 
go visigodo que incurriese el delincuente en la servidumbre. 

Como hemos dicho de los esclavos, habia libertos idóneos y libertos viles; li- 
bertos de corte, libertos de iglesia y libertos de particular, y en todos ellos, aun- 
que eran libres, se consideraba siempre para las acciones públicas su nacimiento 
bajo, por cuyo motivo eran castigados con mayor rigor que los ingenuos, si bien 
no tanto como los siervos , no eran admitidos al juramento sino en caso de mu- 
cha necesidad , y con dificultad hallaban partido para casarse con persona libre, 
antes bien á los libertos de la iglesia estaba vedado expresamente. Los hijos y 
nietos del liberto entraban ya en laclase délos demás, libres ó ingenuos, sin que- 
darles sombra de infamia por el nacimiento de su padre ; pero continuaban sin 
embargo en depender del patrono, de suerte que no podian negarle ayuda y favor 
en cuanto se ofreciese ni hacer testimonio contra él ó contra sus descendientes, 
emparentarse con su familia , ni moverle pleito por interés. Todo esto estaba 
prohibido por las leyes civiles y canónicas , bajo pena de perder la libertad, vol- 
ver al estado de servidumbre; y en ella incurrían aun los libertos de corte y to- 
dos sus hijos y nietos si se retiraban del servicio del rey en tiempo de guerra ó 
de otra necesidad semejante. Los libertos de la iglesia y todos sus descendientes, 
aun cuando lograban ser promovidos á las órdenes sagradas , debian continuar 
en reconocerla por patrona, y por esta estaba mandado que á cada promoción de 
nuevo obispo, hubiesen de presentarse, y renovar la profesión de la dependencia 
propia de su estado. 

El título de Patrono no se daba solamente al prolector de los libertos, sino 
también á cualquiera señor que tuviese hombres armados para defensa de su 
persona y de sus bienes, como entonces se acostumbraba. A estos hombres se 
les llamaba á veces sayones, que es como decir satélites ó alguaciles (2), pero su 
nombre propio era el de buccelarios , porque vivian con la buccela (3) ó bocado 
que les daba el amo á quien tocaba mantenerlos. De todo lo que ganaban ó ad- 
quirían habían de dar la mitad á su señor, y si abandonaban su servicio, debian 
restituirle las armas y todo lo demás que él les hubiese regalado; pero estando 



(,1) Hist. crít. de Esp., t. XI, p. *4. 

(2) Masdeu, lug. cit. ' 

(3) Uuccelá, propiamente mendrugo de pan. 



140 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

con él, tenían derecho á que los protegiese, no solamente á ellos, sino también á 
sus hijos, y á que les colocase las hijas con el decoro correspondiente. 

Dadas estas noticias sobre el estado de las personas en la sociedad gótieo- 
española , digamos algunas palabras acerca del estado de las cosas. En un prin- 
cipio el estado de las personas daba origen al estado de las cosas; según que un 
hombre fuese mas ó menos libre , mas ó menos poderoso, la tierra que poseía ó 
cultivaba [ornó un carácter diferente; mas luego la condición de la tierra se con- 
virtió á su vez en señal de la condición de las personas. Según que un hombre 
poseyó ó cultivó esta ó la otra tierra, fué mas ó menos libre, mas ó menos consi- 
derado en la nación. El hombre empezó por calificar la tierra , y esta acabó por 
calificar al hombre, y como las calificaciones se convierten muy pronto en causas, 
el estado de las personas fué no solo designado, sino determinado, producido por 
el estado de las tierras. Las condiciones sociales se incorporaron en cierto modo 
con la tierra en la época de que ahora tratamos, y mas aun en las sucesivas, y el 
hombre se halló en este ó en el otro rango , gozó de mayor ó menor libertad é 
importancia social , según estuvo colocado en esta ó en la otra tierra. Al estu- 
diar la historia moderna, jamás han de perderse de vista las vicisitudes del esta- 
do de las tierras y de sus diversas influencias sobre el estado de las personas. 

Al hablar del estado de las propiedades territoriales y de sus vicisitudes, 
no nos proponemos examinar su condición civil , ni considerar á la propiedad en 
todas las relaciones civiles en que tiene parte, como herencias, testamentos, ena- 
genaciones, etc.; nuestro propósito es mirarla como señal ó causa de las varias 
condiciones sociales y como complemento de lo que hemos dicho y nos falta de- 
cir acerca del estado de las personas. 

Durante el período histórico que explicamos ahora, esto es desde el siglo v 
hasta el vni y aun en los sucesivos, vemos en España y Europa tres especies de 
propiedad territorial: 

1." Tierras alodiales. 

2 . a Tierras de beneficio . 

3. a Tierras tributarias (1). 

A su invasión habían hecho los Visigodos una repartición de las tierras con- 
quistadas, tomando para sí las dos terceras partes y dejando el resto á los venci- 
dos (2). 

Al decir esto no han de entenderse las dos terceras partes de todo el territo- 
rio, sino las dos terceras partes de las tierras en que los Bárbaros se establecie- 
ron. Estas tierras se llamaron sortes Gothorum, Francorum, etc. 

La distribución de las tierras se verificaría probablemente tomando ca- 
da caudillo la tercera parte para sí y para sus compañeros siendo un absurdo 
creer que las naciones bárbaras se disolvieron en individuos ó familias para ha- 
bitar cada una una porción de terreno aislado. Las distribuciones individuales 



(1) Véase el Apéndice. 

[i) Divisio inter ^otum et romanum facta de portione terrarum sive silvarum , nulla ratione 
turbetur, si tamen probetur celebrata divisio; nec de duabus partibus goti aliquid sibi roraanus 
pnesumat, aut vindicct, aut de tertia romani gotus sibi aliquid audeat usurpare aut vindicare, nisi 
quod á nostrá forsitan ei fuerit largitate donatum ; sed quod a pareatibus vel vicinis divisum est, 
postentas ¡minutare non tentet. Lib. Iud., 1. X, 1. 1. 1. 8. 



CAP. Y1II.— ESPAÑA GODA. 141 

fueron pocas ó ninguna; pruébalo el gran número de Visigodos que se encontra- 
ron sin propiedades territoriales y que vivian en las tierras y en las ciudades de 
un caudillo inferior ó del rey, y sin duda que el número de Visigodos que se hi- 
cieron luego propietarios beneficiarios fué mayor que el primitivo de propietarios 
alodiales. 

La palabra alodio no significó en un principio sino las tierras de que se apo- 
deró el vencedor en virtud de la conquista y que le tocaron en lote, loos, suerte 
alloted, de donde se deriva la voz lotería. 

El alodio, según la expresión de la época solo se tenia de Dios y de la espa- 
da; de modo es que durante mucho tiempo se distinguió entre los alodios propia- 
mente dichos y las tierras poseídas también en toda propiedad, cuyo propietario, 
si bien no debia por ellas á nadie cosa alguna, las habia adquirido por compra ó 
de cualquier otra manera. 

Tiempo después borróse esta distinción, y por tierras alodiales se entendie- 
ron las poseídas en propiedad absoluta, por las que su propietario no debia pres- 
tación alguna á ningún superior y de las que podía disponer con tocia libertad. 

El carácter esencial y primitivo de las tierras alodiales consistía en la pleni- 
tud de la propiedad, en poder donarlas, enagenarlas, transmitirlas por herencia, 
última voluntad , etc. 

Su segundo carácter era no depender de superior alguno y no deber á nadie 
servidumbre, pecho ni tributo. 

De que las tierras alodiales estuviesen exentas de toda carga particular res- 
pecto á los individuos no se sigue que lo estuviesen respecto al rey, y aunque con 
escasas noticias sobre este punto, puede decirse que desde los primeros tiempos 
de la conquista, los propietarios alodiales tuvieron que soportar ciertas cargas y 
tributos, que consistían, según algunos, en los regalos que debían hacer álos mo- 
narcas en determinadas épocas, en los medios de transporte que habían depropor- 
cionar al príncipe ó á sus enviados, y en el servicio militar, obligación que hemos 
visto exigida rigurosamente por los soberanos visigodos. 

Esta institución, como las que son hijas y subsisten entre la violencia y la 
conquista, no tardó en experimentar grandes modificaciones. La mayor parte de 
los propietarios de reducidos alodios fueron poco á poco despojados ó reducidos 
á la condición de tributarios por la usurpación de vecinos poderosos, y en el 
período godo pueden observarse en las leyes las tendencias de los grandes alodios 
lo mismo que de los grandes beneficios á absorver á los pequeños propietarios 
alodiales. Las donaciones á las iglesias tendían igualmente á disminuir el núme- 
ro de alodios, y habrían desaparecido en breve si una causa contraria no hubiese 
hecho que se creasen incesantemente otros nuevos. Como la propiedad de los alo- 
dios era segura, perpetua, y la de los beneficios precaria y mas dependiente, los 
propietarios de beneficios procuraban siempre convertirlos en alodios. De todos 
modos es probable que se creasen grandes propiedades alodiales, mas las peque- 
ñas tendían á desaparecer. 

Finalmente , la propiedad alodial se refunde en la propiedad beneficiaría, 
que es el feudalismo, aun cuando tócanos decir que esta revolución en el siste- 
ma de propiedades, si|bien inaugurada en la época visigoda, si bien pudieron ob- 
servarse durante esta las tendencias que á ella conducían, no llegó á consumarse 



142 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

hasta la época siguiente, hasta el tiempo de la reconquista. ¡Cosa singular! Los 
Godos bárbaros al conquistar las tierras del imperio romano establecieron la pro- 
piedad alodial; los Godos civilizados ya, con sus ideas de gobierno, con su respe- 
to y acatamiento al príncipe, adoptaron la propiedad beneficiaría ó feudal al re- 
conquistar de los Árabes las tierras de su patria. 

Explicada la naturaleza y las revoluciones de las tierras alodiales, digamos 
algo de las beneficiarlas. 

Los beneficios, cuna del régimen feudal, resultaron naturalmente de las an- 
tiguas relaciones de los jefes con sus compañeros en las selvas del Norte. El po- 
der de los caudillos indo-germanos estribaba lodo en las fuerzas de su banda, y 
así es que procuraban incorporar á ella el mayor número de hombres que lesera 
posible. Tácito refiere que , encargados de la subsistencia de sus compañeros, 
atraíanlos y conservábanlos por medio de continuas guerras , por la distribución 
de los despojos del imperio, por regalos de armas y caballos. Verificada la con- 
quista, el establecimiento territorial cambió la situación de los jefes ; en su vida 
nómada solo habían vivido del botín, pero entonces poseyeron dos clases de ri- 
queza: los bienes muebles y las tierras , y desde aquel momento hicieron á sus 
compañeros ó fieles distinta clase de presentes que les obligaron á adoptar otro gé- 
nero de vida. Estos bienes muebles é inmuebles fueron para los caudillos, lo mis- 
mo que para los demás, propiedades personales y privadas, y, según hemos dicho, 
la sociedad visigoda no vio consignada en sus leyes una idea de la propiedad 
pública hasta el tiempo de Recesvinto. En su origen no habia en ella sino indivi- 
duos poderosos por su valor y arrojo en la guerra , por la antigüedad de su fa- 
milia, por el lustre de su nombre, y estos reunían á su alrededor otros individuos 
que pasaban su vida en los mismos azares. 

Los bienes privados de los caudillos, y en especial de los reyes visigodos, 
compusiéronse en un principio de las tierras tomadas á los habitantes ó á otros 
bárbaros que habían dominado en el país en que se establecían, y estos bienes, 
aumentados considerablemente por las sucesivas conquistas y por las confisca- 
ciones, luego que la autoridad de los príncipes tomó una forma mas regular y 
estable , fueron empleados por los reyes en recompensar á los compañeros de sus 
fatigas, á todos aquellos que habían merecido su benevolencia , y también en la 
adquisición de nuevos guerreros. Los beneficios, pues, son tan antiguos como el 
establecimiento de los bárbaros en un territorio fijo. 

Los beneficios se concedían por un tiempo limitado , en cuyo caso se llama- 
ban precarios, por durante la vida del beneficiado, y también perpetuamente. De 
todo ello se encuentran ejemplos así en España como en las Galias durante la 
época que estamos examinando , y aun cuando una ley de Chindasvinto del año 
540 dice que las concesiones hechas por los príncipes no deben ser revocadas, 
vemos muchas revocaciones de beneficios por causa de deslealtad ó traición, y 
también algunas arbitrariamente en los primeros tiempos de la conquista. En 
los beneficios, á pesar de la oscuridad que naturalmente se observa en estas ma- 
terias, pueden considerarse dos tendencias : la de conservarlos de un modo here- 
ditario en aquellos que los habían recibido, y en los reyes la de recobrarlos ó no 
concederlos sino temporalmente. La primera triunfó y con ella el sistema feudal. 
Creen algunos autores que los beneficios no imponían en un principio obli- 



CAP. Yill. — ESPAÑA GODA. 143 

gacion alguna , pero esta opinión es contraria á la naturaleza de las cosas. El 
origen de los beneficios supone una obligación que consistia en acompañar, ayudar 
al jefe en sus guerras y expediciones, y eran de ellos despojados los que le falta- 
ban á la fidelidad debida. Adviértase que estas obligaciones se hicieron progresi- 
vamente mas explícitas y formales, á medida que las antiguas relaciones entre los 
guerreros y sus jefes tendian á relajarse y á disolverse por la dispersión de los 
hombres y su establecimiento en sus propiedades. En un principiólos hombres de 
la hueste vivían con su jefe, así en tiempo de paz como de guerra ; eran sus va- 
sallos en el originario sentido de la palabra, que significa comensal, compañero; 
pero cuando los vasallos se dispersaron para ir á habitar cada uno en su pro- 
piedad alodial ó beneficiaría, experimentóse la necesidad de determinar las obli- 
gaciones que les eran impuestas. Esto, sin embargo, se verificó progresiva é im- 
perfectamente, como sucede en todas las cosas que por mucho tiempo y por la 
generalidad han sido sabidas y reconocidas. Ignórase en que consistían precisa- 
mente estas obligaciones que iban comprendidas bajo el nombre general de fide- 
lidad, que en un principio fueron personales é iban unidas á la calidad de 
fiel, sin atención á territorio alguno, y que luego se consideraron anexas á la ca- 
lidad de beneficiado , pero es probable que quedasen reducidas al servicio militar 
y á la preslacion de ciertos tributos de los cuales no tenemos noticia. 

No eran los reyes los únicos que concedían beneficios , según se desprende 
de varias leyes del código de los Visigodos , y los grandes propietarios alodiales 
ó beneficiarios los daban también á sus compañeros. 

Por tierras tributarias entendíanse aquellas que pagaban un censo, un tri- 
buto á un superior y que no eran poseidas plena y enteramente por aquel que las 
cultivaba. Esta epecie de propiedad existia en España antes de la invasión, pero 
es la aumentó su número por varias causas, entre las cuales enumeraremos las 
principales. 

1. a Al establecerse en un punto un Bárbaro algo poderoso, no se apoderó 
de todas las tierras, sino que probablemente exigiria un censo ó ciertos servicios 
equivalentes de cuantas estaban inmediatas á las que habían pasado bajo su do- 
minio, y por lo mismo casi todas las tierras poseidas por Romanos ó Españoles 
debieron decaer en la condición tributaria. 

2. a La conquista no fué obra de un dia ; continuó aun después del primer 
establecimiento, y varios monumentos atestiguan que los grandes propietarios in- 
vadían sin cesar las propiedades de sus vecinos mas débiles ó les imponían pe- 
chos y atributos. En el estado de disolución en que la sociedad se encontraba, los 
débiles estaban á merced de los fuertes ; y muchas tierras libres en un principio 
y pertenecientes ya á Bárbaros débiles, ya á los antiguos habitantes, vinieron á 
quedar en la condición de tributarias. Muchos propietarios compraron ellos 
mismos la protección de los fuertes colocando sus tierras en esta condición, y las 
mismas causas que tendian á destruir los alodios ó á convertirlos en beneficios, 
obraban con mayor intensidad para aumentar el número de tierras tributarias. 

3. a Muchos propietarios ya alodiales, ya beneficiarios que no podian culti- 
var directamente todas sus tierras, las enagenaban por pequeñas porciones k 
simples labradores mediante un censo y ciertas prestaciones, y estas enagenacio- 
nes que se hicieron bajo formas y condiciones infinitas y diversas, crearon sin 



144 t HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

duda muchas tierras tributarias. El número y la gran variedad de derechos co- 
nocidos después bajo el nombre de feudales, se derivaron probablemente de con- 
tratos semejantes. 

Tales fueron las vicisitudes de la propiedad en la época de que nos estamos 
ocupando. De ellas hemos procurado dar una idea general indispensable en este 
capítulo ; mayores explicaciones corresponden ya á obras especiales, y por lo 
mismo continuaremos discurriendo sobre el estado de la sociedad visigoda consi- 
derada bajo el aspecto civil. 

De esta división de la propiedad resulta que en España existían hombres libres 
ó propietarios de alodios que no dependían de nadie á no ser de las leyes genera- 
les del Estado; vasallos ó propietarios de beneficios, que dependían en cierto modo 
del señor de quien habían recibido su propiedad , vitalicia ó perpetuamente ; y 
propietarios de tierras tributarias, sujetos á ciertas obligaciones particulares. 

¿Qué reglas, qué legislación los regia ? ¿ cuál era el regulador de sus ac- 
ciones en los actos de la vida civil ? Esto es lo que vamos á ver ahora con el exa- 
men del Fuero Juzgo. 

El primer derecho civil de los Godos en España no fué en cierto modo sino 
un derecho consuetudinario, y ya hemos visto por la historia como dos reyes go- 
dos Eurico y Alarico comenzaron á hacer compilaciones de leyes, para el gobier- 
no del pueblo godo el uno, para el del hispano-romano el otro. La ley romana 
subsistió durante mucho tiempo entre los Españoles, junto con la ley visigoda, 
hasta que por fin las relaciones de pueblo á pueblo, la mezcla de sangre y de 
intereses rebajaron, si no destruyeron la valla que separaba á ambas razas. La le- 
gislación se fué uniformando hasta hacerse una sola para las dos naciones, así en 
lo religioso como en lo político y civil , beneficio que se debió principalmente á 
los ilustres monarcas Recaredo, Chindasvinto y Recesvinío. «La ley de los Visi- 
godos triunfó, dice Montesquieu, y el derecho romano se perdió (1).» 

Los nuevos señores de España habian tenido que conciliar dos intereses muy 
opuestos, el de los Godos y el de los Romanos, el de los vencedores y el de los 
vencidos. A todos atendieron mientras ambos fueron bastante poderosos para 
dictar la ley, pero luego que á consecuencia de los años y del definitivo esta- 
blecimiento del pueblo conquistador, hízose posible regir á todos por me- 
dio de una legislación sola, aprovechóse la coyuntura ; compiláronse las leyes 
visigodas, y Chindasvinto y su sucesor prohibieron citar en los tribunales las le- 
yes romanas, si bien, y esto dice mucho en favor de su ilustración, permitieron y 
aconsejaron á los jurisconsultos que para ejercicio literario y mayor cultura 
de su espíritu las consultasen y estudiasen. «Bien sofrimos et bien queremos que 
cada un omne sepa las leyes de los estrannos por su pro ; mas quanto es de los 
pleitos indagar , defendérnoslo , é contradezimos que las no usen , que maguer 
que y aya buenas palabras, todavía ay muchas gravedumbres, porque abonda 
por fazer iuslicia, las razones, é las palabras, é las leyes que son contenudas en 
este libro. Nin queremos que daquí adelantre sean usadas las leyes romanas, ni 
las eslrannas (2).» 



(1) Esp. de las leyes, 1. XXXV11I, ú. Vil. 

(2) Aliena; genlis legibus ad exercitiuui utilitatis imbuí et permittimus et optamus ; ad negó- 



CAP. VIII. — ESPAÑA GODA. 145 

Como en otro lugar de esta obra hemos dicho, fué este un gran paso hacia 
la fusión de ambos pueblos, que se habria realizado por completo bajo el influjo 
de esta legislación, á no haber faltado el tiempo necesario para ello. De Reces- 
vinto á Rodrigo cuéntanse apenas sesenta años, y sesenta años son muy poca co- 
sa en la vida de un pueblo. Es evidente sin embargo que á fines del siglo vu, la 
raza indígena, los Romanos, habian salido del estado de inferioridad en que los 
tuvieron por tanto tiempo los conquistadores, y que estos habian depuesto en 
gran parte su altivez primitiva : la sangre española no era menos estimada que 
la sangre goda, y abolióse la ley que prohibía los matrimonios entre Godos y Ro- 
manos (1). 

Los reyes que sucedieron en el trono á Chindasvinto y Recesvinto continua- 
ron haciendo leyes para el gobierno del Estado, casi hasta la ruina de la monar- 
quía, y de todas ellas vino á formarse la famosa colección de leyes visigodas co- 
nocida en latin con los nombres de Codex Wisigothorum y Liber Iudicum , y én 
español con el de Fuero Juzgo. 

Este código, acaso el mas célebre, el mas importante, el mas regular y 
completo de cuantos cuerpos de leyes se formaron después de la caida del imperio 
romano, merece una atencioa preferente de parte del historiador que aspira á se- 
ñalar la marcha que han llevado la organización y civilización del pueblo á quien 
regia, así por ser el libro que como un espejo refleja la fisonomía de la sociedad 
para que fué redactado, como porque en él se encierran á la vez los restos que 
legara la edad antigua, las modificaciones de una época de transiccion y el ger- 
men de la edad media de España. 

Han variado largamente las opiniones sobre la época precisa de la ordena- 
ción de este código; pero lo mas cierto es que si bien se hicieron durante el im- 
perio godo varias y repetidas colecciones de leyes, la que tenemos y conocemos 
con el nombre de Liber Iudicum fué ordenada con todas ellas y coleccionada en 
los últimos tiempos de la monarquía. En efecto, en ella se encuentran leyes de 
Egica y de Witiza durante el tiempo que ocuparon juntos el solio, y no se hallan 
de Witiza so!o ni de Rodrigo , lo cual prueba que en los años del reinado co- 
mún de aquellos dos soberanos debió verificarse la compilación y promulgarse 
el código. 

Es opinión común, con cortas excepciones, que el código de los Visigodos se 
ordenó y promulgó desde luego en latin cual le conocemos, siendo traducido á la 
lengua vulgar algunos siglos adelante; pero si atendemos á que todas las leyes se 
dan para que las conozcan y practiquen los individuos de la nación á que van di- 
rigidas, hemos de decir, so pena de caer en un absurdo, que estas leyes debie- 
ron de estar redactadas en un idioma que entendiesen y usasen aquellos para 
quienes se daban. La lengua en que se escribió el Fuero Juzgo hubo de ser, pues, 
sin duda alguna la que entendía, la que hablaba entonces la nación goda. 



tiorum vero discussionem, et repulsamus et prohibemus. Quamvis enim elloquiis polleant, tamen 
difficultatibus hserent : adeo cum sufficiant ad iustitise plenitudinem et perscrutatio rationum et 
competentium ordo verborum, quae codicishuius series agnoscitur continere, nolumus sive roma- 
nis legibus, seu alienis institutionibus amodo amplius convexari. Lib. Iud., 1. II, 1. 1, 1. 8. 

(1) üt tam Gotbo Romanam quam Romano Gotham matrimonio liceat sociari. Lib. Iud., 1. III, 
1. 1, 1. 1. 

TOMO II. 19 



146 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

¿Cuál era esta lengua ? Ahí está la dificultad, y sin perjuicio de dar en otro 
capítulo las escasas noticias que sobre ello tenemos, nos limitaremos á decir aquí 
que no pudo ser el primitivo idioma que hablaron los Godos en sus selvas del 
Norte, porque ni ellos mismos, después de recorrer tantos países, de su continuo 
roce con los pueblos del orbe romano, le habrían comprendido, y mucho menos 
los Españoles. Que tampoco pudo ser el latin de los cánones conciliares, que este, 
á pesar de sus defectos, no pudo ser el idioma vulgar, pruébalo la razón natural 
que nos dice que ni los vencedores habían podido'tomar del todo la lengua de los 
vencidos y olvidar la suya, ni los vencidos en medio de tantas revoluciones era 
posible que conservasen puro el idioma primitivo. Es también un poderoso indi- 
cio lo que nos dice Mariana acerca del rey Sisebuto, cuya ilustración era tanta 
que comprendía y usaba el latin, luego el vulgo no lo comprendía ni lo usaba. Re- 
sulta de todo esto que, aun cuando para nosotros las leyes godas y el Liber Iu- 
dicum han existido primitivamente en latin, es probable que en su origen fuesen 
publicadas en el idioma que entendía y hablaba el pueblo godo, que no pudo ser 
otro que una mezcla del latin con la lengua ya degenerada que traían los con- 
quistadores. 

Respecto á la versión castellana que poseemos , no muy fiel y no libre de 
inexactitudes, sábese que en 4 de abril de 1241, Fernando III dio á la ciudad de 
Córdoba luego de haberla conquistado á los Moros , el Codex Visigothorum como 
fuero particular , y á este fin mandó que se tradujera del original latino para 
conocimiento común y perpetua observancia . 

Al tratar de la parte política del Fuero Juzgo y en otros lugares de este to- 
mo, hemos ya dicho de este célebre código el alto concepto en que se halla colo- 
cado en las regiones de la historia , y no son seguramente sus disposiciones ci- 
viles las que pueden hacerle perder el lugar que le hemos señalado. Esto no 
obstante, su excelencia no ha sido reconocida por todos, y algunos escritores, aun- 
que pocos, han hablado del Fuero Juzgo en términos tan injustos, á nuestro modo 
de ver , como contrarios á nuestras sinceras convicciones. Sea que los dominase 
la preocupación común de que siempre fueron toscas y de poco mérito las obras 
de los bárbaros , sea que les afectasen mas de lo justo evidentes defectos de es- 
tilo y de forma , necesarios , irremediables en la época de la redacción del códi- 
go visigodo: el hecho es que los juicios enunciados acerca de este han sido al- 
guna vez tan acres y severos como si se tratara de los vagidos instintivos de una 
legislación ruda y naciente , ó como si se hubiere esperado y debido encontrar 
en él todo el adelanto de nuestra científica civilización. Entre estos, Montesquieu 
pudo obcecarse hasta el punto de decir con una ligereza á nuestro modo de ver 
incomprensible: «Las leyes de los Visigodos son pueriles, torpes é idiotas ; no 
llenan su objeto ; están cargadas de retóricas y vacías de sentido , son frivolas 
en el fondo y gigantescas en la forma (1).» 

Felizmente ha sido impugnado por muchos y distinguidos escritores así an- 
tiguos como modernos el dictamen del publicista francés y de los que como él 
opinaban. Federico Lindenbrogio dice que el código visigodo ha sido siempre 
de tanta autoridad que aun en las Capitulares de Cario Magno se ven copiadas 



(4 ) Esp. de las leyes, 1. XXVUI, c, I. 



CAP. VIII. — ESPAÑA GODA. 147 

algunas de sus leyes. El célebre Grocio asegura que no son algunas solamente, 
sino muchísimas las que se hallan colocadas en las Capitulares de Francia y en el 
decreto de Ivon ; porque son tales, añade , que aun los que no estaban sujetos á 
ellas se honraban con adoptarlas y proponerlas. Arturo Duck reconoce que hi- 
cieron de él mucho aprecio los legisladores de Borgoña, Sajón ia y otros pueblos, 
y aun los Pontífices y concilios de la Iglesia católica. Pedro Giannonne habló de 
esta manera : « No se puede negar que los Españoles , por lo que mira al arle de 
reinar , se acercaron mucho á la sabiduría de los Romanos , de suerte que aun 
Bodino y Tuano Franceses, y Arturo Duck Inglés, han sido de parecer que entre 
todas las naciones que han dominado la Europa después de la caida del imperio, 
la española es la que mas se ha asemejado á la romana así en la constancia, grave- 
dad y fortaleza, como en la jurisprudencia y política. Es cierto que en la formación 
de las leyes ninguno ha imitado tanto á los Romanos comolanacion española. Ella 
nos ha dado leyes muy sabias y prudentes, y tales por fin que no queda otra co- 
sa que desear sino su ejecución y observancia. » Y si esto no fuere aun bastante 
para desvanecer las acusaciones de Montesquieu , del filósofo de Ginebra y de 
los apasionados Enciclopedistas de Francia , que son los que mas se han distin- 
guido en su animosidad contra el código visigodo , ahí están Gibbon , Guizot, 
Romey , Pacheco , Lafuente y cuantos modernos han escrito sobre historia ó le- 
gislación que reconocen en él un espíritu altamente filosófico, ideas muy elevadas 
y teorías verdaderas, agenas enteramente á las costumbres de los bárbaros. Todos 
descubren en él un carácter erudito , sistemático , social , y con todos sus de- 
fectos, confiesan ser el Liber Iudicum un glorioso monumento y el solo código de 
las épocas bárbaras en que se han proclamado altamente los grandes principios 
de moral. «Ningún cuerpo de leyes de los siglos medios , dice el historiador Ro- 
mey, se ha aproximado tanto al objeto déla legislación, ninguno ha definido me- 
jor ni mas notablemente la ley (1).» 

Encuéntranse en este cuerpo de derecho leyes de cuatro géneros ó clases : 
1.° unas que hacían los príncipes por su propia autoridad , ó en unión con el 
oficio palatino : 2.° otras que se hacían en los concilios nacionales, y fueron des- 
pués transferidas al código , como en algunas de ellas se expresa : 3.° otras sin 
fecha, ni título, ni nombre de autor, que son probablemente las que se tomaron de 
las antiguas y primitivas colecciones (2): 4.° y por fin otras que llevan al prin- 
cipio una nota que dice : antiqua, 6 antiqua novi'ter emendata, que se cree fue- 
ron tomadas de los códigos romanos y revisadas por los últimos reyes. Así, se 
encuentran á un tiempo en el Fuero Juzgo leyes en que se descubre aun el 
espíritu elevado de la culta sociedad romana , leyes en que se conservan restos de 
la antigua rusticidad goda , y leyes , y estas son las mas, en que se revelan no- 
ciones filosóficas y morales muy justas , y en que se reconocen, según expresión 
de Mr. Guizot (3) , los esfuerzos de un legislador ilustrado que lucha contra la 
violencia y la irreflexión de las costumbres bárbaras. Compónese de doce libros, 



(1) His. de Esp., P. i . a , c . XVIII. 

(2) «E aquellas leyes mandamos que valan, las quales entendemos que fueron fechas anti- 
guamente por derecho. » Lib. XI, 1. 1, 1. 5. 

(3) Histoire des origines du gouvernement representa tif en Europe , 1. XXV. 



148 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

precedidos de un título preliminar en el cual y en el libro primero se expresan , 
como en otro lugar hemos dicho, el origen y la naturaleza del poder, el objeto y 
carácter filosófico de la ley , el derecho y el deber del legislador; y cuando todas 
las legislaciones suponen, sin manifestarla, una solución cualquiera de estos pro- 
blemas primarios , y á ellos van unidas por lazos secretos , desconocidos á veces 
hasta del mismo legislador, el código visigodo ofrece la particularidad de que su 
teoría le precede y se reproduce en él sin cesar, articulada formal y expresamen- 
te. Sus autores quisieron hacer mas que mandar y prohibir : decretaron princi- 
pios y convirtieron en leyes verdades filosóficas. 

Los libros II, III , IV y V están destinados á regularizar las relaciones civi- 
les y privadas ; los tres siguientes tratan de los delitos y de las penas ; el nono 
de los delitos contra el Estado; el décimo y el undécimo contienen reglamentos 
relativos al orden público y al comercio ; y el último está consagrado exclusiva- 
mente á la extinción del judaismo y de las herejías. Los libros se hallan divididos 
en títulos á ejemplo de los códigos romanos , y los títulos en leyes á cuya cabeza 
va el nombre del rey que las ha hecho. Las mas antiguas son de Gundemaro y las 
mas recientes, según hemos dicho, de Egica y Witiza. Aquellas en que no se ve 
nombre de autor, están en su mayor parte tomadas de los concilios provinciales ó 
del código Teodosiano. No nos toca analizar detenidamente este famoso código, ta- 
rea mas propia del jurisconsulto que del historiador, pero no nos despediremos de 
él sin examinar sus principales disposiciones , puesto que ellas son el mejor ca- 
mino para llegar al objeto que nos hemos propuesto , esto es, al conocimiento de 
la vida y organización interior de la sociedad visigoda. 

Hemos dicho que la ley que prohibía el matrimonio entre Godos y Romanos 
había sido abolida por Iíecesvinto , y en efecto esta prohibición no podía ser ob- 
servada hallándose ambos pueblos en continuo contacto y comercio. En todo enlace 
se exigía una dote , pero al marido incumbía ofrecerla (1) , y en esto los Godos 
adoptaron al parecer las costumbres antiguas de los indígenas. La dote era el pre- 
cio que pagaba el marido á los padres de su esposa por la venta de su cuerpo, pro 
venditione corporis sui, y no podia exceder de la décima parte del patrimonio del 
esposo (2); pero los mas opulentos podían añadir é ella veinte siervos, diez decada 
sexo, y el valor de mil sueldos de oro enjoyas y regalos. Los padres de la esposa 
retenían esta dote destinada á atender alas eventualidades de su porvenir. El di- 
vorcio estaba prohibido , y después de un año de casamiento podia el marido dar 
á su esposa tocia su hacienda. El repudio no estaba permitido sino en caso de 
adulterio , y entonces el marido podia disponer de la culpable según su volun- 
tad (3). La mujer repudiada no podia contraer segundas nupcias (4). Las hijas 
entraban á suceder en los bienes paternos al igual que los hijos (5), y las viu- 
das no podían enagenar los bienes patrimoniales sin el consentimiento de un con- 
sejo de familia, costumbre que se observa todavía en Portugal (6). 



(1) Ne sine dotcconjugium fíat.... Nam ubi dos nec data est nec conscripta, quod testimonium 
esse poterit, in hoc conjugio , dijínitatem futuram? Lib. lud. lib. III, t. 1, 1. 1. 

(2) Id. 1 III, t. 1,1.5. 

(3) Id 1. III, t. IV, 1. i. 

(4) Id. 1. III, t. VI, 1. 1. 
(6) Id. 1. IV, t. II, 1 5. 8. 
(6) Id. 1. IV, t. 11,1. 14. 



CAP. YIH.— ESPAÑA GODA. 149 

Por la ley de Recesvinto, cualquiera hombre libre podia casarse con una mu- 
jer libre con tal que se contentasen los parientes y se obtuviese la licencia del go- 
bernador de la ciudad (1). La doncella no era dueña de dar la mano sino á quien 
sus padres, hermanos ó tutores la hubiesen prometido ; de suerte que si se ca- 
saba con otro perdia todos los derechos á los bienes de su casa (2), y ella y el ma- 
rido incurrían en servidumbre, debiéndose los dos entregar al esposo á quien ha- 
bían hecho agravio; pero como á veces los hermanos después de la muerte del padre 
se obstinaban en no colocar á la hermana para obligarla de este modo á casarse fur- 
tivamente y poderle luego privar de su porción de herencia , declararon las leyes 
que cuando ella quisiese podia llamar á los hermanos á la división de bienes (3). 
Los esponsales se hacían con escritura ó delante de testigos, y con la ceremonia 
del anillo (4). Lo que añade el Fuero Juzgo, dice Masdeu, del beso que se daban 
los contrayentes , debe de ser estilo mas moderno , por mas que se ponga bajo 
el título de ley de Recesvinto , porque en el código visigodo no hay tal ley ni la 
menor insinuación de tal costumbre. Hechos los esponsales, no podían deshacerse 
sino por libre voluntad y convenio de los dos esposos, ni podia diferirse después 
de ellos el matrimonio sino dos años ó cuatro á lo mas por razones fundadas, 
de modo que si pasado este plazo no se efectuaba el casamiento, quedaba deshecho 
el contrato sin otra declaración, á no ser que por una de las partes se alegase en- 
fermedad ú otro impedimento legítimo (5). El matrimonio como contrato elevado 
á sacramento, se celebraba en la iglesia y con solemnidad; la doncella se presenta- 
ba cubierta con un velo , emblema de su pudor virginal, y daba el consenso al es- 
poso y lo recibía de él en presencia de todo el pueblo. Después de haberlos el sa- 
cerdote bendecido, los ataba el diácono con una cinta blanca y colorada para sig- 
nificar , dice San Isidoro , con aquella atadura el vínculo matrimonial , y con los 
dos colores la pureza y la fecundidad (6). Un concilio de Valencia , que no se 
sabe si es de Francia ó España, añade que vueltos los novios á su casa habían de 
estar separados uno de otro hasta el día siguiente por el respeto debido á la ben- 
dición del sacerdote. 

Los padres, excepto en caso de encontrar á su hija en comercio ilícito con 
un hombre, no tenían derecho jamás sobre la vida de los hijos. El padre estaba 
obligado á mantenerlos durante la niñez, de suerte que si los daba á otro para 
que los criase, había de pagar un tanto por los alimentos hasta la edad de diez 
años; y si los exponía estaba obligado á comprarlos con su dinero, porque eran es- 
clavos del que los había recogido, y no teniendo con que redimirlos debia venderse 
á sí mismo para comprarles la libertad. El hijo que ganaba algo con su ciencia, 
arte ó industria, había de ceder al padre la tercera parte de sus ganancias mientras 
vivía con él en una misma casa, no siendo dueño absoluto, según las leyes visigo- 
das, sino de lo que adquiría al servicio del rey, ó de la tropa. El padre, fueradeloque 



{i ) Liberumque sit libero liberam , quam voluerit honesta conjunctione consulta perquirendo 
prosapise solemniter consensu, comité permitiente , percipere conjugcm Lib. Iud., lib, III, 1. 1, 1. t. 

(2) Id , lib. III, t. 1,1. 8. 

(3) Id., 1. 8. 
(4i Id., 1.3. 

(5) Id., t 1,1.4. 

(6) Sanct. Isid., de Eccl. Off., 1. II, e. 49. 



150 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

hubiese adquirido personalmente por donación del rey, no podiaseparar de sus bie- 
nes sino la tercera parte para mejorar al hijo que mas quería, y luego délo restante 
otra quinta para su alma ú otras mandas. En todo lo demás sucedian los hijos como 
hemos dicho sin distinción de sexos y edades, y solo eran causas de desheredación 
faltar los hijos al respeto debido á sus padres, y casarse las hijas contra la voluntad 
de estos. El orden de los herederos era el siguiente: hijos, nietos, biznietos, padres, 
abuelos y bisabuelos; después entraban los hermanos y demás parientes colatera- 
les, y faltando todo pariente hasta el séptimo grado, el marido heredábalos bie- 
nes de la mujer y la mujer los del marido. Los menores sujetos á tutela entraban 
en el goce de sus bienes á los veinte años, y los hijos que nacian de padres des- 
iguales seguian siempre por la ley la parte mas flaca y vil, cualquiera que fuese. 
Los hijos nacidos de siervo y sierva eran propiedad de los dueños de sus padres, 
y estos los vendían y se repartían el precio, ó bien convenían entre sí algún otro 
medio, porque, según las leyes, tenían los dos igual derecho. 

La viuda no podía contraer segundas nupcias hasta después de un ano de 
la muerte de su marido, so pena de haber de renunciar la mitad de sus bienes 
á favor de los herederos del difunto. Era muy común en las viudas en la Es- 
paña Goda, consagrarse á Dios solemnemente, vistiendo un hábito religio- 
so, llevando la cabeza cubierta con un velo negro ó colorado, y entregando al 
obispo en la Iglesia la profesión de castidad firmada de su mano. Semejantes viu- 
das, aunque no vivían en monasterio , ni en comunidad , eran verdaderas reli- 
giosas y no podían casarse ni dejar el hábito bajo pena de excomunión y aun 
de reclusión en un monasterio, si después de amonestadas no se corregían. No 
se permitía dicha profesión sino á las viudas de un solo marido, y debían hacerla 
por ley las que habían estado casadas con obispo, presbítero ó diácono. 

La multitud de leyes destinadas á proteger la agricultura, prueban la impor- 
tancia que dieron los Godos á la industria rural en sus dos ramos de cultivo y 
ganadería. Admirable es y curiosa por demás la minuciosidad conque se previe- 
nen todos los casos de daño ó atentado contra la propiedad predial ó pecuaria ylas 
penas que para cada caso se establecen (1). La extensión que tiene esta materia 
comparada con la relativa al comercio y á las artes, manifiesta que el pueblo 
godo, según fué perdiendo los instintos guerreros, se fué haciendo mucho mas agri- 
cultor que comerciante ni artista. La condición de los colonos fué mucho mas 
suave bajo la dominación de los Godos que lo había sido bajo la de los Romanos, y 
en el Fuero Juzgo encontramos el primer vestigio de vinculación que mencionan 
nuestras leyes. «El omne que es solariego non puede vender la heredad por nin- 
guna manera, é si alguno la comprare debe perder el precio, é quanlo ende reci- 
biere (2). » También, si se quiere, encontraremos en el Código Visigodo algo que se 
aproxime y parezca al feudalismo, pero de modo alguno el verdadero feudo tal co- 
mo se conoció después. Había hombres libres y pobres que se ponían bajo la pro- 
tección de un rico ó un noble , el cual proveía á sus necesidades y los amparaba 
á condición de que le siguieran á la guerra. Pero el cliente, como hemos visto, po- 
día abandonar á su patrono y buscar otro siempre que volviera al primero lo que 



(4) Lib. lud., lib. VIII, t. III. IV. 
(2) Id. lib. V. t. IV, I. 19. 



CAP. Yin. — ESPAÑA GODA. 151 

de él hubiese recibido. Mas que feudo, era una clientelaen que se conservaba un res- 
to de la libertad germánica y de la independencia ibera. Nohabia la servidumbre 
ni las gerarquías feudales que constituyeron el sistema feudal. Practicábanse los 
dos sistemas mas ventajosos de'cultivo, el enfiteusis y el arriendo, y si hubo 
aquíg un germen del feudalismo, por lo menos no llegó á desarrollarse. 

La prescripción se adquiría por treinta y cincuenta años, según la natura- 
leza de las causas. En las relativas á la propiedad territorial y á los siervos, se 
adquiría por cincuenta años de abstención (1). Las demás acciones aun proce- 
dentes de delitos prescribían á los treinta años (2), mas era preciso para ello que 
la persona perjudicada no hubiese guardado silencio por una fuerza mayor (3). 



(4) Sortes gothiquse et romauae quse intra quinquaginta anuos non fuerint revócate, nullo mo- 
do repetantur. Lib. Iud., X. t. II, 1. 4. 

(2) Id. 1. 3. 

(3) Id. 1.6, 



132 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



CAPITULO IX. 

Continuación del mismo asunto. — Sistema judicial. — Tribunales y jueces. — Atribuciones deljuez y de 
sus agentes.— Obligaciones y responsabilidad délos jueces.— Abogados y procuradores. — De- 
laciones. — Tormento. — Pruebas del agua y del fuego. — Prueba de testigos. — Apelaciones.— Siste- 
ma penal. — Pena de muerte, de ceguedad, de decalvacion, de infamia, de servidumbre, de ver- 
güenza y de azotes. — Penas pecuniarias.— Personalidad de las penas. — Legislación contra los Ju- 
díos. 

El Fuero Juzgo establece los dos grandes principios de igualdad ante la ley 
y de responsabilidad de los jueces, gran adelanto en el sistema jurídico. Llenos están 
los títulos que tratan de las leyes y del facedor de la ley de penas contra los jue- 
ces «que fagan tuerto por ruego, ó por ignorancia ó por miedo, y hasta por man- 
dado del rey» de modo es que bajo los aspectos judicial y penal, como le conside- 
ramos en este capítulo, no es el código de los Visigodos inferior al concepto que 
de él hemos formado política y civilmente examinado. 

Toda causa así civil como criminal estaba sujeta á la jurisdicción de los du- 
ques y de los condes; pero como estos, á causa de la naturalezade sus funciones, 
no podían emplear en la administración de justicia el tiempo necesario, tenían 
sustitutos con el título de jueces, á quienes comunicaban todos sus poderes sobre 
este punto (1). Además de estos jueces ordinarios dependientes de los gobernado- 
res, habia otros extraordinarios, llamados pacis assertores que recibían sus po- 
deres inmediatamente del rey, y solo podían conocer de las causas particulares 
que estaban encargados de juzgar por mándalo especial (2). Por ausencias y en- 
fermedades del juez suplía un sustituto con el título de vicario; y el ejército, según 
Masdeu, tenia un tribunal particular, cuyos jueces ordinarios eran los tiufados, 
quienes estaban revestidos del carácter de jueces aunen tiempo de paz en las ciu- 
dades ó presidios en que residían como jefes ó gobernadores militares. Así en 
efecto parece inferirse de la ley que nombra al tiufado entre los jueces, previ- 
niendo que quien no obtuviere satisfacción de él pueda recusar su tribunal y re- 
currir al del duque (3). Los ministros subalternos de que se valia el juez para la 



(4) Lib., Iud. lib. II, t. I. 1. 44. 

(2> Pacis autem assertores, non alias dirimant causas, nisi quas illis. Id. lib. II, t, I. 1. 16. 

3) Quoniam negotiorum remedia multimodae diversitatis compendio gaudent, adeo dux, comes, 
vicarius, pacis assertor tiufadus, millenarius, quingentenarius, centenarius, decanus , defensor, 
numerarius, et qui ex regia jussione, aut ctiam ex consensu parlium judices in negotiis eliguntur, 
sive cujus cumque ordinis omnino persona, cui dcbilum judicare conceditur; ita omnes in quantum 
judicandi potestatcm acceperint, judiéis nomine censeantur ex lege Id. Iib. II, t. I, 1. 14, y lib. IX, 
t. II, l. 8 y 9. 



CAP. IX. — ESPAÑA GODA. 153 

ejecución de su cargo eran de dos especies. Unos se llamaban misos ó mandade- 
ros, y eran verdaderos escribanos; su oficio consistía en citar y llevar las provi- 
dencias del juez al domicilio de la parte (1). Los otros que se llamaban sayones, 
prendian á los acusados, daban azotes y tormentos, y ejecutaban por fin cuanto 
mandaba el tribunal para cumplimiento de la justicia (2). Cualquiera podia pren- 
der á un ladrón ó malhechor, pero antes de veinte horas debia entregarlo ala jus- 
ticia, bajo pena de diez escudos á favor del juez (3). Así los jueces como sus mi- 
nistros y ejecutores habían de tener presentes los límites de sus territorios, porque 
si salían un paso del término de su jurisdicción, el duque de la provincia debia 
castigarlos según las leyes, imponiendo al juez la pena pecuniaria de una libra 
de oro (setenta sueldos ó ciento cuarenta y cuatro escudos), y al ejecutor la 
de cien azotes (4). 

La paga de los jueces y ejecutores se tomaba de las mismas causas que se 
ofrecían, pero sin que pudiesen exigir cosa alguna hasta después de finalizadas. 
El veinte por ciento era lo que tocaba al juez y el diez á los ejecutores (5), sin 
aumento alguno por ningún tí lulo , de manera que si cobraban algo mas habían 
de restituir á los interesados, no solo el doble de dicho aumento, sino también to- 
da la paga ó recompensa que por ley se les debia (6). Sin esto , tenia el tribunal 
otras ganancias en algunas penas pecuniarias impuestas por las leyes á su favor: 
así por ejemplo, quien no acudía al llamamiento del juez debia darle en pena de 
la desobediencia cinco sueldos de oro (7) , y quien alteraba el orden de la au- 
diencia, y requerido por el juez no abandonaba el tribunal, habia de pagar según 
su posibilidad hasta una libra de oro (setenta y dos sueldos). Los gastos extraor- 
dinarios de los pleitos iban por cuenta de los pleiteantes , y si para alguna eje- 
cución habían de salir los sayones fuera de la ciudad ó villa, las personas á cu- 
yo favor obraban, les debían dar para el viaje cabalgaduras, ya mas, ya menos, 
á proporción de su carácter y de la calidad de la causa , pero ni menos de dos, 
ni mas de seis (8). 

Hombres y mugeres tenían todos derecho para defender por sí mismos su 
propia causa , menos el rey y los obispos , á quienes no se permitía, porque sien- 
do personas tan distinguidas, no convenia que se expusieren á las contradicciones 
de un juicio , en que fácilmente , dice la ley, los pleiteantes en el calor de la dis- 
puta se maltratan unos á otros (9). Era tan respetado el derecho personal de de- 
fenderse á sí mismo , que aun el marido no f odia por su arbitrio defender á su 
muger, y si lo hacia y perdia el pleito, la muger tenia derecho para volver á co- 
menzar la causa por sí misma, como si nada se hubiese hecho (10). Los abogados 



(1) Lib. Iud., lib. II, 1. 1, 1.18. 

(2) Llamábanse también judiéis execulores Id. lib. II, t. 1. 1. 42. 

(3) Id. lib. VII, t. II, l. 47. 
(4 Id. lib. II, t. 1, 1. 47. 

(5) Id. lib. II, t. I, 1. 25. De commodis atque damnis judiéis vel saionis. 

(6) Quod si aliquis super hunc constitutum numerum usurpare prasumpserit, et mercedes, 
quas legitimé debent accipere, perdat, et quidquid super decimum solidum fraude quacumque per- 
ceperit, duplum illi cui abstulit reddad. Id. ubi supra. 

7) Id. lib. II, t. I, 1. 48. 

(8) Id. lib. II, t. 1. 1.25. 

(9) Id. lib. II, t. I. 1.4. 

(40 Id. lib. II, t. III, H 6. Es cierto que la ley dice, maritus sine mandato. 

tomo n. 20 



154 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

y procuradores (litigatores et assertores) habían de ser hombres ingenuos, de- 
bían manifestar por escrito el poder formal de su cliente (1), y solo después de 
finalizada la causa podian exigir la recompensa de su trabajo (2). Acerca de la 
elección de los procuradores, habia una ley muy sabia para poner en algún equi- 
librio á los litigantes , cuando eran muy desiguales por sus haberes : el cliente 
pobre podia ¡ornar por su abogado á un hombre tan poderoso como su adversa- 
rio, y el rico no podia tomar sino á uno que no excediese en caudales al pobre con 
quien pleiteaba. Los siervos por ley general no podian abogar sino por sí mismos 
ó por su señor (3), y los pobres tenían sus defensores particulares. Los litigato- 
res públicos se llamaban actores fiscali , y los de los pobres defensores. Los pri- 
meros eran nombrados por el rey y los segundos por el pueblo con la dirección 
del obispo. El oficio de procurador de pobres en sus principios duraba solamente 
un año , pero Recesvinto mandó que fuese perpetuo, y que el obispo velase so- 
bre su integridad y desinterés, bajo pena de ser responsable de todos los daños 
que se siguiesen á los pobres. 

Estaban abiertos los tribunales desde el amanecer hasta la caída del sol, y 
no podia el juez tomar reposo alguno hasta la hora sexta (mediodía). Así se 
practicaba todo el año menos los domingos y fiestas solemnes ; las ferias ó vaca- 
ciones grandes eran tres: las Pascuales , que duraban quince dias , esto es , el 
de la fiesta con otros siete antes y siete después ; las vendimíales que empezaban 
á diez y siete de setiembre y acababan á diez y ocho de octubre ; y las mesivas, 
ó de la cosecha, que eran de otro mes entero, desde la mitad de julio hasta la mi- 
tad de agosto (4). 

Fuera de los dias y horas de descanso, el juez no podia negarse á cualquie- 
ra recurso, ni diferir el juicio un dia solo, ni hacer impunemente el menor agra- 
vio á quien alegaba sus pretensiones (5). Si tardaba mas de lo justo en empezar 
los actos judiciales ó en continuarlos después de empezados , era responsable de 
todo el objeto de la causa , y debia satisfacer enteramente á la parte , como si él 
mismo hubiese perdido el pleito (6). Si ocasionaba gastos, mas de los que debia, 
los litigantes , sus abogados ó procuradores tenían acción contra él , y podian 
obligarle á resarcir los daños y abonar las expensas. Si por amistad, regalos ú 
otro cualquier motivo daba sentencia injusta, la parte ofendida tenia acción, no 
solo contra el adversario para recobrar sus bienes ó caudales, sino también con- 
tra el juez para que le pagase el doble de lo que habia hecho perder injustamen- 
te. Si daba sentencia á favor de una parte después de haber prestado oidos á al- 
guna recomendación de persona poderosa , la parte favorecida , aunque tuviese 
razón, debia dar el pleito por perdido, sin tener mas acción en adelante para de- 
fender sus derechos y pretensiones (7). Si el mismo rey tomaba empeño en algu- 



(1) Lib. Iud., lib. II, t. III, ]. 2. 
(!) Id. lib. 11, t. III, ]. 7. 
(3j Id. lib. II, t. III, 1. 3. 

(4) Id. lib. II, t. 1, 1. 2. 

(5) Id. lib. II, t. IV, 1. 2; t. I, 1. 20 y 2S. 
(6 ; Id. lib. II, t.I, 1.21. 

(7) Quicumque habens causam ad majorem personam se propterea contulerit ut injudicio per 
illius patrocimum adversarium suurn possit opprimere, ipsam causam de quá agitur, etsi justa 
íuerit, quasi victus pcrdat; liceatjudici mox ut viderit quemcumque potentem iu causa cujusli- 
bet patrocinan, de judicio cum abjicere. Id. lib. II, t. II, 1. 8, y t. III, 1. 9 4 



CAP. IX. — ESPAÑA GODA. 155 

na causa, por este solo motivo la sentencia era nula, y el juez que la habia da- 
do no podia eximirse de las penas legales, sino probando la influencia á que habia 
cedido. ¡Admirable modo de poner la administración de justicia al abrigo del 
soborno, del cohecho y de las influencias del poder! 

Los procedimientos eran muy sencillos y breves. Precedian las citaciones, á 
que debian obedecer los citados bajo pena de azotes ó de una multa de cinco has- 
ta cincuenta sueldos , según la diversidad de personas (1). La causa se instruia 
con gran rapidez, y luego de oidos el demandante y demandado , pasábase á las 
pruebas, que eran de tres especies: la primera, el examen de los testigos presen- 
tados por una y otra parte (2); la segunda, el de los contratos y demás documen- 
tos relativos al pleito (3), y la tercera, el juramento personal á que no podia el juez 
obligar sino en falta de toda otra prueba (4). Si en el discurso del juicio habia 
habido alguna falta de legalidad , recaía todo el daño sobre quien la habia oca- 
sionado. Así por ejemplo , si las citaciones habían sido ilegítimas por culpa del 
demandante , y en fuerza de ellas la persona citada habia tenido de perder tiem- 
po y gastar en viajes , el adversario le habia de dar un sueldo por cada diez mi- 
llas de camino (5). Al testigo que juraba en falso se le condenaba á resarcir to- 
dos los daños ocasionados á aquel contra quien atestiguó , y si no tenia caudal 
con que resarcirlos, se debía entregar á dicho sugeto en calidad de siervo (6). 
Asimismo el abogado, el procurador, el sayón, el mandadero y cualquiera otro 
que tuviese parte en la causa, si obraban maliciosamente contra los intereses de 
algún litigante, debian darle entera satisfacción ó con sus bienes ó con sus 
personas. 

En las causas criminales precedía la delación dada jurídicamente en el 
tribunal, ó por la persona ofendida ó por un tercero , siendo necesario en ambos 
casos presentarla por escrito y delante de tres testigos, para que el acusador no 
pudiese negar ó alterar en tiempo alguno la relación que habia hecho (7). Si se 
trataba de un monedero falso, el rey premiaba al delator con seis onzas de oro 
(treinta y seis sueldos) (8) ; si de un ladrón , debía premiarle este mismo con 
una cantidad igual á la del robo , y en defecto de caudales , se le cedía la terce- 
ra parte del hurto (9) ; así de un modo semejante se daba premio á los demás 
delatores, siendo la delación verdadera y no habiendo ellos tenido parte en el 
delito, porque si eran cómplices , no se les daba otro premio sino el de la impu- 
nidad (10). Si lo que habían expuesto era falso, no solo estaban obligados á re- 
sarcir todos los daños y perjuicios, sino que incurrían en una de dos sentencias, 



(1) LiB. Iud., lib. II, 1. 1, 1. 48, De his qui ammoniti judiciis epístola vel judicio ad judicium 
venire contemnunt. 

(2) Id. lib. II, t. IV, De pactibus et testimoniis. 

(3) Id. lib. II, t. V, De scripturis valituris et infirmandis. 

(4) Pnmum testes interroget: deinde scripturas inquirat ut veritas possit certius invenid, ne 
ad sacramentum facile veniatur, dice la ley Quidprimum judex servare debeat ut causambene co- 
gnoscat. Lib. II, 1. 1, 1. 22. 

(5) Id. lib. II, t. II, 1. 6. 

(6) Id. lib. II, t. IV, 1. 6. 

(7) Id. lib. VII, 1. 1, 1. 4, De Índice et de his que indicare dicuntur. 

(8) Id. lib. VII, t. VI, 1. 4. 

(9) Id. id. 1.3. 
(40; Id. id. 1. 4'. 



156 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ó sufrir todas las penas que habría merecido el acusado , en caso de ser culpa- 
ble, ó bien entregarse en esclavitud á disposición del inocente calumniado. La 
delación del siervo no era admitida si no le abonaba su amo con una fe de non - 
radez y buenas costumbres , y solo se hacia de esto excepción para con los mo- 
nederos falsos (1). 

El sistema carcelario entre los Godos nada tenia de extraordinario , mas 
la ley consagraba un gran principio de justicia: cuando el preso era reconocido 
inocente , no solo no debia sobrellevar gasto alguno , sino que se le resarcían 
cuantos perjuicios se le habían inferido (2). El tormento, abolido hace po- 
co entre las naciones modernas , era aplicado también por los Godos como un 
medio para venir en conocimiento de la verdad. Por lo general usaban de él con 
gran moderación , siendo responsable el juez de la vida y salud del paciente bajo 
penas gravísimas. Si el que moria ó recibía daño notable en los tormentos , era 
siervo, el juez habia de comprar otro hombre de iguales prendas y habilidad, y 
no teniendo dinero con que comprarlo, se habia de entregar él mismo en servi- 
dumbre (3). Si el infeliz era liberto, habia de pagar al patrono doscientos ó cua- 
trocientos escudos, según era mayor ó menor la habilidad del sugeto. La mutila- 
ción en el tormento era castigada con mas gran severidad aun cuando se ejercía 
en los ingenuos , pues por la muerte ó inhabilitación de uno de ellos, perdía el 
juez la libertad y todos sus bienes , y aun cuando probase que la desgracia habia 
sucedido sin malicia alguna por su parte, habia de pagar al paciente ó á sus he- 
rederos una multa de quinientos sueldos de oro (4). No solo los jueces estaban 
sujetos á estas penas, sino también los acusadores si á su instancia se ha- 
bían dado tormentos al reo (5). El número de casos en que podía indagarse la 
verdad por medio de la tortura era muy limitado y las excepciones muy nume- 
rosas. El noble no estaba sujeto á ella sino por delitos capitales; para todos los 
demás ingenuos, la causa debia llegar á la estimación de quinientos sueldos de 
oro; á la de doscientos para los libertos llamados bonos; á la de ciento para los 
inferiores, y para los siervos bastaba que se hubiesen hecho notables por la 
frecuencia de sus robos (6). 

La prueba del fuego y del agua eslaba igualmente admitida , pero única- 
mente en muy limitado número de casos. Conocidas son sobre este punto las 
ideas de la época : el inocente que metia un brazo dentro de un caldero de agua 
hirviendo , que tenia en la mano un hierro hecho ascua ó caminaba descalzo so- 
bre carbones encendidos , no experimentaba daño alguno , y solo el culpable su- 
fría los efectos ordinarios del fuego y del agua ; así se manifestaba la justicia de 
Dios (7). 

Esta bárbara y sencilla costumbre, cuyo origen es incierto, y que fué común 
en la edad media sobre todo á Francia é Inglaterra, tenia muy raras aplicaciones 



(4) 


Lib. Iud. lib. VIÍ, t. VI, De falsariis metallorum. 


(2) 


Id , lib. VII, t. IV, 1. i. 


(3) 


Id., lib. VI, 1. 1,1. 2. 


(4) 


Id., lib. VI, t. 1, 1. 2. 


(5) 


Id., lib. VI, t. I, 1.2. 


(6) 


Id., lib. VI, t. I, 1. 3 y 4. 


tf) 


Por esto eran llamadas esta clase de pruebas juicios de Dios 



CAP. IX. — ESPAÑA GODA. 157 

entre los Godos. En los doce libros de su código solo una ley(l) autoriza la prue- 
ba del agua hirviendo, y aun esto solo en las causas gravísimas (2). 

La edad para atestiguar en cualquiera causa era la de catorce años (3), así 
en hembras como en varones, que es la misma en que eran reconocidos hábiles 
para disponer de sus bienes y hacer testamento y contrato de cualquiera espe- 
cie (4). Los homicidas, ladrones, brujos, sorteros y pecadores públicos, y los que 
habían forzado á alguna mujer ó hecho alguna vez juramento falso, no podian ser 
testigos en causa alguna como hombres infames y sin conciencia (5). El testimo- 
nio de un hombre pobre no se recibía sino por falta de otro, porque quien necesita, 
dice la ley, tiene contra sí la sospecha de que mas fácilmente puede dejarse arras- 
trar del dinero. Tampoco el Judío era admitido aundespues debaulizado, y también 
estaban excluidos todos los siervos, menos los que servían en la corte, porque el 
rey, dice el traductor del código visigodo, los ha conocido por bonos é sin pecado. 
Se admilian todos sin embargo, principalmente en causas criminales cuando ellos 
solos habían estado presentes al hecho, ó tenían mas noticia que otros. Los pa- 
rientes de primero y segundo grado estaban también privados de atestiguar en 
favor de los suyos sino cuando faltaban otros que pudiesen dar testimonio, ó 
cuando era el pleito ó la diferencia contra otros parientes igualmente cercanos. Si 
uno mismo habia atestiguado una cosa de palabra y otra por escrito, se debía dar 
fe al papel mas que á la boca hasta que se descubriese la verdad, porque gene- 
ralmente, dice la ley, hacemos mas reflexión en lo que escribimos que en lo que 
hablamos. Habia leyes muy severas coníra el perjuro, y aun contra quien ocul- 
taba ó disimulaba la verdad cuando se le mandaba decirla. El testigo falso, de 
cualquiera calidad que fuese, caía inmediatamente en la infamia por toda su vida, 
y debia dar satisfacción á la parte con sus caudales, si los tenia, ó con cien azotes 
en público ó servidumbre perpetua á disposición de la persona ofendida , y del 
mismo modo era castigado quien compraba ó vendía un testimonio falso. Casi la 
misma pena se daba á quien legalmente examinado no quería descubrirla verdad; 
pues si era noble, ó como dice al Fuero Juzgo orne de gran guisa, se le declaraba 
enteramente inhábil para dar testimonio en adelante, y era una especie de infa- 
mia (6); y si era persona de la clase inferior debia sujetarse en público á la pena 
de cien azotes (7). 

Las apelaciones eran de dos clases: la mas regular era el recurso á los tri- 
bunales superiores por su orden, primero al del conde, después al del duque de la 
provincia y últimamente al del rey (8). Quien no quería seguir este método, po- 
día llamar por jueces á un mismo tiempo al conde de la ciudad y á su propio 
obispo, para que los dos juntos examinaren la causa ydieren por escrito sus sen- 



il) Fué promulgada por Egica, y es la tercera del título primero del libro sexto: Quomodo ju- 
dex examen aquce fervrnlis caasam perquirat. 

$) Usábase de un método semejante para averiguar si eran verdaderas ó falsas las reliquias 
de los santos. San Agustín habla ya de esta costumbre. 

3) Lib. Iud , Iib. II, t. IV, 1.44. 

ti) Id. id., lib. II, t. V, 1. 44. 

5) Id. id., lib, II, t. IV, 1. 41. 

(6) Id, t. IV, 1 4. De personis quibus testifican non hceat. 

(1) Para cuanto se refiere á los testigos véase el Libro de los Jueces, lib. II, t. IV., Detesti- 
bus et testimoniis. 

(8) Lib. Iud, lib. II, t. 1, 1. 23. 



158 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

tencias, que siendo uniformes eran decisivas , no reconociendo este tribunal otro 
superior alguno , sino s©lo al rey (1). Los pobres y necesitados tenian el pri- 
vilegio de poder apelar directamente al obispo, quien, después de oído el con- 
sejo de hombres sabios eclesiásticos ó seglares , podia sentenciar libremente 
según equidad y justicia (2). 

También en las penas con que se castigaban los delitos resplandece en el 
código visigodo la ilustración de sus autores , y la gran ventaja que llevaba á 
cuantas leyes regían entonces en Europa. El delito es considerado en él según su 
elemento moral y verdadero, la intención. Las diversas especies de criminalidad, 
el homicidio absolutamente involuntario, el homicidio por inadvertencia, el homi- 
cidio provocado, el homicidio con ó sin premeditación están distinguidos y defi- 
nidos casi tan bien como en los códigos modernos, y las penas varían en pro- 
porción muy equitativa. La justicia del legislador fué mas lejos aun, y quiso sino 
abolir, atenuar al menos la diversidad de valor legal establecida entre los hom- 
bres por las demás leyes bárbaras. La única distinción que conservó fué entre el 
hombre libre y el siervo. Respecto del primero la pena no varia ni según el orí- 
gen, ni según el rango del difunto, sino únicamente según los diversos grados de 
culpabilidad moral del matador. Respecto de los siervos, el Libro de los Jueces 
quiso sujetar á un procedimiento público y regular el derecho de vida y muerte 
que antes se arrogaban los señores. 

« Si el omne que faze algún pecado, ó lo conseió, non debe seer sin 
pena; mucho mas aquel non deve seer sin pena qui faz omizillio por su 
crueldad. E porque los sennores matan los siervos muchas veces por cruel- 
dad en ante que los siervos sean condempnados de algún pecado ; por end 
les queremos toller esta licencia á los sennores que lo non fagan, hy estable- 
cemos por esta ley que ningún sennor, nin ninguna sennora non mate su siervo, 
nin su sierva si non por mandado del iuez, por pecado que fiziesse el siervo pu- 
blicamientre. Mas si el siervo ó la sierva fizier tal pecado porque deva prender 
muerte, mantiniente su sennor de él, ó aquel que lo quisier acusar, dígalo al 
iuez de aquella tierra, ó á aquel sennor: é pues que lo dixiere, si el pecado fuere 
mostrado, el siervo prenda muerte por el iuez ó por su sennor en tal manera, que 
si el iuez lo quisier Justiciar de muerte, meta en su escrito aquelopor quel con- 
dempna. E si el sennor lo quisiere fer matar, ó lo quisier guardar de muerte, sea 
en su poder. E si el siervo ó la sierva por muy mal osamiento , contrastando á 
su sennor, si lo fi riere con arma, ó con piedra, ó con otra cosa , ó asmar de lo 
ferir, y el sennor se quier defender, ó se en aquela sanna luego matar el siervo ó 
la sierva , non deve ser tenudo del omezillio, se aquelo puede seer probado por 
testimonios délos siervos é de las siervas que estavan delante, é por el sacra- 
miento del sennor quel mató. Mas se el sennor ó la sennora matare so siervo ó so 
sierva por crueldad, si non fueren condempnados por el iuez, el que lo matar, 
por la locura que fezo deve seer echado fuera de la tierra por siempre , é deven 
haver la su buena los mas propíneos de su linage (3). » 



[i] Lib. Iud., lib.II, t. 1,1. 23. 

(2) Id. 1. 29, De datü episcopis potestate destringendi judicces nequiter judicantes; et ammo- 
nendi judicesnequiter judicanter, 1. 30. 

(3) Lib. Iud. lib. VI, t. V, 1. 12. 



CAP. IX. — ESPAÑA GODA. 1Ü9 

Esta ley y los esfuerzos que su redacción revela hacen gran honor á los le- 
gisladores visigodos, en cuanto nada honra tanto á las leyes y ásus autores, dice 
Mr. Guizot en su Historia tantas veces citada del régimen representativo en Eu- 
ropa, como luchar valerosamente y solo con un fin moral contra las costum- 
bres y preocupaciones culpables de su país y de su época. Inclinados los hom- 
bres á pensar que el amor del poder ha entrado por mucho en las leyes que se propo- 
nen la conservación del orden y la represión de las pasiones violentas, no puede 
creerse otro tanto de la que acabamos de transcribir. La ley se muestra aquí des- 
interesada, no busca mas que la justicia , y la busca trabajosamente contra los 
fuertes que la rechazan, en beneficio de los débiles que no pueden reclamarla, y 
quizás contra la opinión pública de la época , que después de hacer un gran es- 
fuerzo para ver á un Godo en un Romano , habia de hacerlo mucho mayor aun 
para ver un hombre en un esclavo. Semejante respeto del hombre, sea cual fuere 
su posición social , es un fenómeno desconocido en las legislaciones bárbaras , y 
en varios paises han sido necesarios muchos siglos para que pasare del orden 
religioso al civil, del evangelio alas leyes. 

Descendamos ahora al examen délas disposiciones penales del código visigodo. 

La pena de muerte tenia muy raras aplicaciones, y estaba reservada co- 
munmente á los grandes delitos morales, á las mujeres que se prostituían á sus 
propios esclavos, al forzador de una mujer y á la misma mujer violada, en caso 
de que consintiera á vivir con él; á los incendiarios, á los asesinos, etc. En las le- 
yes penales del código visigodo se ve la feliz alianza del cristianismo con las cos- 
tumbres puras que habían traído los pueblosbárbaros, convirtiéndose así la barba- 
rie misma, por una singular y providencial combinación, en elemento de morali- 
zación. Pero con todo este rigor contra los homicidas, las leyes declaraban exento 
de toda pena á quien mataba á otro aun voluntariamente en defensa, no solo de 
su vida, sino también de sus bienes; el axioma vim vi repeliere licet, estaba 
consagrado por la ley. Los suplicios ordinarios eran la decapitación y la hogue- 
ra, introducido este por el emperador Constantino en lugar de la ejecución en 
cruz. Ambos se aplicaban indiferentemente á los nobles y á los plebeyos, á los 
señores y á los siervos, pues el delito hacia iguales todas las condiciones (1). 

El rey, como hemos dicho, tenia el privilegio de librar de la muerte á quien 
por sentencia justa la merecía, pero mandaban las leyes que á los rebeldes de la 
nación ó del reino, aun cuando el príncipe por su piedad les hiciere gracia, se 
les hubiese de sacar los ojos, para que su vida á lo menos fuese amarga y peno- 
sa, y en ningún tiempo pudiesen ver la ruina pública en que se habían deleitado 
tan bárbaramente (2). La misma pena imponían las leyes al padre ó madre que 
mataba á su propio hijo después de nacido ó antes de nacer, en caso de que se 
le hiciera gracia de la vida (3). 



(4) Para las diversas aplicaciones de la pena de muerte véase el Libro de los Jueces lib. II, t. 
í, 1. 7;— lib III, t. II, 1. »2: t. III, 1. 2 y 8; t. IV, 1. 44;— ¡ib. VI, t. II, 1. 2; t. IV, 1. 26, y 8; t. V, 1. 42;- 
lib. VII, t. II, 1. 45; t. IV, 1. 5; -lib. VIH t. II, 1. 4, y sig. 

(2) Lib. Iud, lib. II, 1. 1, 1. 7.— Et si nulla mortis ultione plectaturet pietatis intuitu a prin- 
cipe illi fuerit vita concessa effossionem perforat oculorum secundum, cod. in legeac hususque fue- 
rat constitutum. 

(3) Id., lib. VI, t. III, 1. 7. Aut si vitae reservare voluerit (provincise judex aut territorit), 
omnem visionem oculorum ejus non moretur extinguere. 



160 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Otra pena de que hemos hablado con mucha frecuencia, la decaí vacion, era 
muy usada éntrelos Godos. Acerca del verdadero carácter de esta pena carece- 
mos de noticias positivas , y el turpiter decalvare de la legislación goda se halla 
traducido en los mas antiguos autores españoles por tresquilar en cruces, según 
dice Alfonso el Sabio en su crónica general (1), y por desfolar toda la fronte muy 
laidamientre, como se lee en el Fuero Juzgo castellano (2). Estas empero son inter- 
pretaciones muy poco explícitas, mas de ellas parece poderse colegir que la de- 
calvacion consistía en desollar la frente y parte de la cabeza con un hierro hecho 
ascua de un modo indeleble, para que la señal se conservase durante toda la vi- 
da. Anadian á esto el raer la barba á los delincuentes, que lo harían sin duda 
quemándoles las mejillas ó arrancándoles los pelos de raiz de modo que no vol- 
viesen, dice Masdeu, porque el afeitarles con tijera ó con navaja no podia ser pe- 
na ni afrenta estilándose entonces como ahora por lindeza y ornato. Se aplicaba 
dicha pena de decalvacion á la esclava ramera y escandalosa, al esclavo que se 
llevaba por fuerza alguna mujer, á los casados y casadas que con pretexto dereli- 
gion se separaban de sus mujeres ó maridos para pasar á segundo matri- 
monio, y así á otros muchos que cometían semejantes delitos ignominio- 
sos (3). La mera decalvacion llevaba consigo la degradación civil, pero no infa- 
maba como la causada por el hierro. 

La facilidad con que desde todas las clases podia caerse en servidumbre es 
una de las cosas mas notables de la ley visigoda. Enumerar los delitos castiga- 
dos por esta pena seria tarea harto difusa; la muger que se entregaba mas de tres 
veces á un esclavo , el hombre que contraía matrimonio con la muger de un au- 
sente reputado difunto, sin testimonios jurídicos de su fallecimiento, eran conde- 
nados á muerte civil (4). 

Otra pena afrentosa se usaba entonces, y era poner el reo á la vergüenza, 
presentándole al público desde un lugar elevado ó haciéndole pasear por las ca- 
lles sobre un jumento, como lo mandó Recaredo con el duque Arcimundo, y 
Wamba con el rebelde Paulo y sus cómplices. No solo por la ciudad hacían á ve- 
ces dar vueltas al delincuente, sino también por los arrabales y por las aldeas 
inmediatas, como estaba expresamente mandado para los hechiceros que embau- 
caban á la gente sencilla dando á entender que podian levantar nubarrones, pro- 
mover tempestades y destruir las cosechas. 

Mucho mas común era entonces el castigo de azotes, que á veces se daba 
en público y con mucha afrenta, y otras veces sin tanta deshonra delante del so- 
lo juez ó de pocos testigos. Se daban en secreto á quien viciaba la sierva agena y 
á quien legítimamente citado no acudía al llamamiento del tribunal ó superior; y 
seañadia la presencia de testigos cuando se daban á los hijos sin padres que, 
siendo tutores de la hermana, consentían en que el amante se la llevase por fuer- 
za. Se azotaban en público, ó paladinamientre , según expresión del Fuero Juzgo, 
los jueces que por amistad ó interés habían dado una sentencia conocidamente 



(1) Coronica general de España, P. 2 a , c. LI. 

(2) Fuero Juzgo, Iib. III, t. III, 1. 8, 9 y 10, t. IV, 1. il. 

(3) Lib. Iud 1. II, t IV 1. 6, lib. III, t. III, 1. 8, 9 y 10; t. IV, 1. 8, t. IV, 1.2; lib. IX, t II, 1. 9. 

(4) La enumeración de los delitos castigados con esta pena se halla en los lib. II, III y IV del Li- 
bro de los Jueces. 



CAP. IX.— ESPAÑA GODA. 161 

injusta; los siervos que movían pleito contra razón á sus señores; las personas 
quedaban testimonio contra verdad, ó en sus relaciones jurídicas la disimulaban 
ó callaban; quien robaba y forzaba alguna muger honrada, doncella ó viuda; la ra- 
mera que después de repetidas amonestaciones proseguía en su vida escandalosa; el 
señor que la sufría si era sierva, y el juez que no la castigaba; el padre ó madre 
que consentían en la prostitución de su hija; el sortero, el adivino, el incendia- 
rio, el ladrón, el perturbador de la quietud pública, y así otros muchos. Los azo- 
tes que se daban por cualquiera de estos delitos no excedían del número de tres- 
cientos ni solían bajar de cincuenta (1). 

La pena de desíierro que se tenia entonces por gravísima se aplicaba á las 
mugeres de mala vida (meretrices) ,á los que contraían matrimonios ilícitos y pro- 
hibidos por las leyes, y á quien pecaba con la muger concubina de su padre ó de 
su hermano. Se cortaba la mano derecha al monedero falso (2) y- á quien fal- 
sificaba alguna cédula ó decreto real, á no ser persona de alta condición 
que pudiera redimirse del castigo con la mitad de sus bienes (3). Estaba tam- 
bién en uso la pena llamada del tallón ó del recíproco, cuando una persona hon- 
rada ofendía personalmente á otro tirándole de los cabellos ó dándole un bofetón, 
puñada ó cosa semejante, pues la persona agraviada podia vengarse restituyendo 
la afrenta que habia recibido. 

El lugar ordinario en que sufrían la reclusión los condenados á ella era un 
monasterio donde estaban sometidos á una penitencia mas ó menos rigurosa, se- 
gún la voluntad del obispo (4). 

Las leyes penales de los Visigodos merecen particular elogio por dos artícu- 
los especiales : por el desinterés con que hacían recaer todo el provecho del cas- 
tigo, no á favor del príncipe ó del fisco, sino de la persona ofendida, y por la 
suma equidad con que echaban todo el peso de la pena sobre el reo solo, sin mez- 
clar en ella á los que personalmente no tuvieron culpa. «Aquel solo sea penado, 
dice el Fuero Juzgo, que fizier el pecado, y el pecado muera con él: é sus fijos ni 
sus erederos sean temidos por ende (5).» Ley sabía que proscribía toda trans- 
misión de infamia en las familias, y que enseñaba que en la sociedad cada cual 
debe ser hijo de sus obras. 

Los hombres libres no estaban sujetos á penas infamantes sino en ca- 
so de que no pudieren rescatarlas á precio de oro. Todos los delitos no castigados 
de muerte llevaban consigo la anterior pena de azotes, y la ley señalaba minu- 
ciosamente el número de ellos que correspondían á cada delito. Una muger libre 
convicta de haberse prostituido, recibía trecientos azotes (6), y en caso de rein- 
cidencia, después de recibir un número igual, era entregada de parte del rey á un 
pobre para que le sirviera en calidad de esclava, sin que le estuviera permitido 
presentarse en la ciudad (7). Doscientos azotes se aplicaban á cualquiera que con- 



(4) El Fuero Juzgo señala á veces un número menor, pero ya hemos dicho que el traductor 
castellano alteró á veces el original latino para acomodarlo á las circunstancias del tiempo. 

(2) Lib Iud. lib. VII, t. VI, 1. 2. 

(3) Id , lib. VII, t. V, 1. 1. 

(4) Id., lib. VI, t. V, 1. 3. 

(5) Lib. VI, t. 1, 1. 8. 

(6) Lib. Iud., lib. IH, t. IV, 1. 47. 

(7) Et si posmodum ad prístina facta rediisse cognoscitur, iteratim a comité civitatis trecen- 

tomo u. 21 



162 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

sulíase á un adivino, y las injurias, las ofensas personales se castigaban con arre- 
glo á una tarifa gradual según la que podía saberse con exactitud la pena del ul- 
traje hecho ó recibido. 

Las multas eran la pena mas ordinaria y general, y en varias ocasiones 
permitía la ley que el delincuente, en lugar de sujetarse á los azotes, diese sa- 
tisfacción con dinero á la persona ofendida. El juez por ejemplo, que había dado 
sentencia conocidamente injusta, podía librarse de la afrenta pública, doblando 
la cantidad que habia defraudado con su injusticia. La persona legítimamente ci- 
tada que no habia acudido al llamamiento del tribunal, podia rescatar los cin- 
cuenta azotes á que se habia hecho acreedora con diez sueldos de oro. Una contu- 
sión en la cabeza estaba tasada en cinco sueldos de oro, y en diez si habia corri- 
do sangre (1). Una herida que penetrase hasta el hueso costaba veinte sueldos, y 
ciento cuando habia fractura de hueso (2) . Pagábase una libra de oro por un ojo, 
cien sueldos por la mutilación de la nariz, otro tanto por la del pulgar, y cua- 
renta, treinta y veinte sucesivamente por la de los demás dedos. Cada diente roto 
costaba dos sueldos, y la fractura de una mandíbula una libra de oro. El hombre 
libre que heria á un siervo solo pagaba la mitad, y la tercera parte el siervo que 
hería a otro siervo, si bien recibía además cincuenta azotes (3). El raptor de una 
doncella ó viuda era condenado á cederle la mitad de sus bienes , pero si habia 
consumado el delito, caía en poder de la familia ofendida y recibía además dos- 
cientos azotes. Sin esto, eran condenados á mayor ó menor pena pecuniaria, según 
la gravedad del delito, quien alegaba en juicio leyes extranjeras con mengua del 
código nacional ; quien retardaba los procesos ó sentencias fuera de los términos 
establecidos, principalmente si resultaba daño para algún pobre; quien obligaba á 
otro con citaciones injustas á viajar ó hacer otro gasto; quien impedia el curso de 
la justicia con protecciones ó violencias ; el obispo que no castigaba los escánda- 
los de personas eclesiásticas ; el usurero que hacia ganancia sobre el puro cam- 
bio de la moneda, y otros muchos. La pena pecuniaria que imponían las leyes á 
quien ocasionaba involuntariamente la muerte de otro, por haber dejado suelto 
buey, caballo ú otro animal indómito ó feroz es distinta según la edad de la vícti- 
ma: la multa subia hasta la de sesenta y cinco años y bajaba luego, por la ma- 
yor proximidad de acabarse naturalmente la vida. 

La legislación contra los Judíos merece en el código visigodo un libro es- 
pecial (4). Las severísimas leyes publicadas sucesivamente contra ellos por los 
concilios y los reyes convirtiéronlos en enemigos secretos y activos del gobierno 
gótico, y su odio hacia las instituciones de que fueron víctimas sobrevivió al 
vencimiento de sus opresores. Poderosos y en gran número en la Galia meridio- 
nal, rechazaron mas que acogieron á los Godos que allí se refugiaron luego de 
la infausta batalla de Jerez. Al estudiar la legislación de un pueblo, conviene fi- 



tena flagella suscipiat, et donetur a nobis alicui pauperi, ubi in gravi servitio permaneat, et nun- 
quam incivitate ambulare permittatur. Lib. Iud\, 1. c. 

(1) Id., lib. VI, t. IV, 1. \. 

(2) Pro plaga usque ad ossum solidos XX : pro osso fracto C. Id., 1. c. 

13) Id., lib. VI, t. IV.— Esto título está cousagrado enteramente al precio de las lesiones cor- 
porales. 

(4) Véase el libro duodécimo, De removendis pressuris et omnium hereticorum sectis extinctis. 



CAP. IX.— ESPAÑA GODA. 163 

jarse sobre todo en aquellas leyes que han ejercido una influencia política cual- 
quiera, y es indudable que el rigor con que fueron tratados los Judíos tuvo gran 
influencia en los acontecimientos de la época. Hemos visto que, según muchos 
historiadores, fueron los Judíos quienes llamaron á los Árabes á España y les 
abrieron sus puertas, y de todos modos es lo cierto que, poco interesados en la 
defensa de un gobierno que los oprimía, se mostraron auxiliares celosos de los 
vencedores una vez realizada la conquista, como tendremos ocasión de manifestar 
en el decurso de esta historia. 

Luego que los concilios hubieron resuelto la abolición del judaismo, el brazo 
secular cayó con todo su rigor contra los observadores de la antigua ley. Empe- 
zóse por prohibírseles toda alianza conlos cristianos á menos que se convirtieren, 
y la ley declaraba nulo el matrimonio entre una cristiana y un Judío no conver- 
tido. Los hijos nacidos de sus uniones habian de ser arrebatados á sus padres, 
bautizados y educados en la fe católica. Estábales prohibida la celebración de las 
fiestas consagradas por su culto, y no podian celebrar la Pascua, ni observar el 
sábado ; las festividades del cristianismo eran por el contrario obligatorias para 
ellos, y al paso que les estaban prohibidas como delitos las prácticas expresa- 
mente ordenadas por la ley de Moisés, no podian abstenerse de ninguna de aque- 
llas que la misma considera y reprueba como impuras. 

Obligados por la severidad de los edictos á emigrar por su fe, ó á fingir par- 
ticipar de la de sus enemigos, hubieron de concentrarse tesoros de odio en aque- 
llos hombres perseguidos. Desde Chintila, muchos que profesaban el cristianismo 
en público, distaban mucho de ser cristianos en el secreto de su casa; la ley los 
persiguió hasta allí, y esto explica el gran número de disposiciones contra el ejer- 
cicio clandestino del judaismo que observamos en el código de los Visigodos. 
Aun después de haber confesado á Jesucristo, los Judíos convertidos no entraban 
en el goce del derecho común, pues no podian atestiguar contra los cristianos, po- 
seer siervos, ni obtener empleo ninguno. 

La fórmula del juramento exigido á los Judíos al hacerse cristianos de- 
cía así (1) : 

«Juro la observancia de mi profesión de fe por Dios Padre todo poderoso, 
cuyas son estas palabras : por mí jurareis, mas sin invocar el nombre de Dios 
Señor vuestro, que crió los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que fn ellos hay. 
Juro por el Dios que puso freno al mar, diciéndole : Hasta aquí vendrás y aquí 
reventará la hinchazón de tus olas : y por el mismo Dios , que dijo : En el cielo 
es mi silla, y la tierra la tarima de mis pies. Juro por quien arrojó de los cielos 
al soberbio Lucifer, yante cuya presencia tiemblan los ejércitos de los ángeles, 
se secan los abismos, y se derriten los montes ; por quien mandó al primer hom- 
bre que no comiese del árbol vedado, y en pena de la desobediencia le arrojó del 
Paraíso, permitiendo que arrastrase con la cadena de su delito á todo el género 
humano ; por quien aceptó el sacrificio del justo Abel y reprobó justamente al 
malvado Cain ; por quien conserva vivos en el paraiso á Elias y Enoch, que al 
fin de los siglos volverán al mundo, y morirán ; por quien mantuvo en el arcaá 



(4) Conditiones Judaeorum ad quas jurare debebant hi qui ex eis ad fidem venientes profes- 
iones suas dederint. Lib. Iud., lib. XII, t. III, 1. 25. 



164 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Noé y á su muger, con sus hijos ó hijas, y cuadrúpedos, y pájaros, y demás ani- 
males, para renovar la casta de todos los vivientes; por quien bendijo á Sem, hijo 
de Noé, para que de él descendiese Abraham con todo el pueblo de los Israelitas; 
por quien eligió á los patriarcas- y profetas, y dio la bendición á los tres padres 
Abraham, Isaac y Jacob; por quien prometió al primero de estos que serian ben- 
ditas en él todas las gentes, mandándole la circuncisión, como por señal de 
alianza perpetua. Juro por quien destruyó á Sodoma, y convirtió en estatua de 
sal á la muger de Lot; por quien luchó con Jacob¿ y dejándole cojo le mandó 
que en adelante se llamase Israel ; por quien sacó á José de la opresión de sus 
hermanos, y le hizo agradable á los ojos de Faraón para remedio del pueblo de 
Israel ; por quien libró del agua á Moisés, y le apareció en una zarza encendida; 
por quien se valió del mismo Moisés para los diez castigos de Egipto, y para 
librar á su pueblo de la servidumbre ; por quien separó las aguas del mar Rojo, 
formando una senda milagrosa, por donde los Israelitas pasaron á secas, y quedó 
ahogado Faraón con todo su ejército ; por quien guiaba á su pueblo en los viajes 
de dia con una coluna de humo, y de noche con una de fuego ; por quien hizo 
humear el monte Sinaí, viéndole todo el pueblo de Israel ; por quien nombró al 
primer sacerdote Aaron, y consumió con fuego á sus hijos porque habían ofre- 
cido sacrificio con fuego ageno ; por quien mandó que la tierra se tragase á Da- 
tan y Abiron; por quien convirtió en dulces las aguas amargas, y dio virtud á 
la vara de Moisés para que en la sed de su pueblo sacase agua abundantísima de 
una piedra. Juro por quien mantuvo en el desierto á los Israelitas por cuarenta 
años sin que nada les faltase, ni se les consumieran los vestidos; por quien man- 
dó que fuera de Jesusnave y de Calef ningún o!ro de los hijos de Israel entrase 
en la tierra prometida por no haber creído en la palabra del Señor ; por quien 
dispuso que su pueblo fuese vencedor mientras Moisés tenia la mano levantada 
contra los Amalecitas ; por quien hizo pasar á nuestros padres con Jesusnave 
por el rio Jordán, y en señal de haberlo pasado les hizo tomar doce piedras del mis- 
mo rio ; por quien les mandó que se circuncidasen inmediatamente con cuchillos 
de piedra; por quien destruyó los muros de la ciudad de Jericó, y honró á David 
librándole de las manos de Saúl, y de su hijo Absalon;por quien, oyendo las sú- 
plicas de Salomón, llenó de niebla todo el templo y lo santificó con su bendición; 
por quien arrebató de la tierra al profeta Elias en un carro de fuego y le hizo en- 
trar en los cielos; por quien escuchando las oraciones de Elíseo, dividió las aguas 
del Jordán ; por quien llenó de Espíritu Santo á sus profetas, y libró á Daniel 
de los leones; por quien mantuvo en vida á los tres niños dentro de la hoguera, 
viéndolo el rey enemigo; por quien tiene la llave de David, que ciérralo que na- 
die abre, y abre lo que nadie cierra; por quien obró todos los milagros y prodi- 
gios que han sucedido en Israel y en los demás pueblos déla tierra. Juro por los 
diez mandamientos de la ley de Dios; por Jesucristo, hijo de Dios padre ; por el 
Espíritu Sanio, que es verdadero Dios y tercera persona de la Trinidad; por la 
resurrección de nuestro señor Jesucristo y su ascensión á los cielos; por el glo- 
rioso y espantoso dia en que vendrá á juzgar á los vivos y á los muertos con 
semblante agradable para los buenos y terrible para los malos. Juro por el cuer- 
po y sangre del adorable Redentor, que abrió los ojos ó los ciegos, dio el oído á 
los sordos, restituyó el movimiento á los paralíticos, soltó la lengua á los mudos, 



CAP. IX.— ESPAÑA GODA. 16S 

y libró del demonio á los energúmenos; enderezó á los cojos, resucitó á los muer- 
tos, caminó sobre las aguas, y sacó á Lázaro del sepulcro y de la podredumbre, 
dando salud al difunto y alegría á los que le lloraban. Juro por el Criador del 
mundo, principio de la luz y autor de la salud; por Jesucristo nuestro Señor, que 
alumbró la tierra con su nacimiento, redimió á los hombres con su pasión, mu- 
rió sin perder la libertad entre las ataduras del sepulcro, quebrantó las puertas 
délos infiernos, sacó de allí las almas bienaventuradas, triunfó de la muerte, y 
subió con su cuerpo á los cielos, tomó asiento á la diestra de Dios Padre, y se 
apoderó del trono de su reino eterno. Juro asimismo por todos los coros de los 
ángeles, por las reliquias de los apóstoles y demás santos, y por los cuatro evan- 
gelios, que están sobre este altar, y que toco con mis manos : que todo lo que he 
dicho y prometido delante de mi obispo en la profesión de fe firmada de mi mano, 
lo he hecho y prometido con toda sinceridad, sin el menor engaño, y con el sen- 
tido natural de las palabras que dije, obligándome con ellas á renunciar á todos 
los ritos y ceremonias judaicas, creer con toda firmeza el misterio de la Santísima 
Trinidad, separarme para siempre de la secta de los Judíos y de toda comunica- 
ción con ellos, vivir en la religión de los cristianos y observar lo que ellos obser- 
van según las reglas y tradiciones apostólicas. 

« Si yo faltare en algunas de las cosas prometidas, ó manchare mi fé con al- 
guna superstición judaica , ó contradijere con mis obras el sentido natural y 
obvio de la profesión que tengo hecha ; vengan sobre mí todas las maldiciones 
prometidas por la boca de Dios contra los quebrantadores déla ley : vengan sobre 
mí y sobre mi casa y mis hijos todos los castigos de Egipto ; y para escarmien- 
to de los demás hombres me trague vivo la tierra , como á Datan y Abiron , me 
quemen las llamas eternas en compañía de Judas y de los Sodomitas ; y cuando 
me presentare al tremendo tribunal del Juez supremo de los hombres , dígame 
Jesucristro con indignación: « Vete, maldito, al fuego eterno, preparado para Lu- 
cifer y para los ángeles malos.» 

Puede decirse, pues, que toda la España cristiana se halla en germen en el 
código de los Visigodos : sus libertades ,.su monarquía absoluta , la intolerancia 
de su Iglesia , á la que debemos la unidad religiosa. Obra magnífica y sorpren- 
dente en verdad la de aquel pueblo, la de aquella civilización. De aquel pueblo, 
que ni al mundo antiguo ni al moderno corresponde; de aquella civilización, pro- 
ducto de tan encontrados elementos, y que con sus bienes y sus males no se igua- 
la seguramente á ninguna otra. Ahora que así en su parte política como en la ci- 
vil hemos reseñado y examinado la historia déla legislación visigoday de sus dis- 
posiciones , habremos de decir con Pacheco (2): «En este código tienen mucho 
que estudiar el erudito , el filósofo y el hombre de ley : para todos da inacabable 
materia, abundantes y provechosas esperanzas. A medida que la mina se profun- 
diza , que el tesoro se descubre , va siendo este mas rico y de especie mas fina y 
de mayor valor. » 

La influencia del Fuero Juzgo se sintió en España en las edades sucesivas y en 
parte hasta nuestros dias. El espíritu de sus leyes, desconocido por Montesquieu, 



(4) Discurso preliminar y de introducción á los Códigos españoles. Madrid, edic. de 4847. 



166 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

no ha cesado, junto con el espíritu de los concilios, de manifestarse en el curso de 
lahisíoria que estamos relatando; esto fué loque sostuvo y animó á la España cris- 
tiana en su lucha con los Árabes y Moros , esta fué la palanca que le sirvió para 
derrocar el poderío musulmán. Para España, el Fuero Juzgo es mas que un mo- 
numento ; es la fuente , el origen del derecho moderno. 



c ^Cz^Q\^i^QÍbj^0^s^» 



CAP. X. — ESPAÑA GODA. 167 



CAPÍTULO X. 



Constitución de la Iglesia. — Consideraciones generales. — Del arrianismo. — Triunfo de la unidad ca- 
tólica.— Orden gerárquico del clero. — Impugnación de la doctrina que establece la absoluta inde- 
pendencia de la Iglesia goda.— Derechos del Papa. — Relajación de la disciplina y directa interven- 
ción de la potestad secular en los asuntos eclesiásticos.— Derechos de los reyes. — Metropolitanos, 
obispos , presbíteros. — Redores ó Curatores. — Derecho de Patronato. — Casas canonicales y se- 
minarios. 

En su lugar correspondiente, hemos explicado como se introdujo y propagó 
el cristianismo en España y la influencia que ejerció en la moral pública en tiem- 
po de los emperadores. Las herejías, las sectas y los cismas, principalmente el 
de Prisciliano agitaron y turbaron muy pronto la naciente, aunque robusta Iglesia 
de la Península. Los primeros tiempos del cristianismo fueron aquí mas tormen- 
tosos , mas gloriosos que en otra provincia alguna del imperio. Si bien rudamen- 
te perseguida, hemos visto aparecer la Iglesia española aun antes de la persecu- 
ción de Diocleciano, y en los primeros años del reinado de Constantino, libre ape- 
nas de los verdugos de Diocles y de Galerio, el cristianismo, con el concilio Ili- 
beritano, daba en España el primer ejemplo de un cuerpo deliberativo de los 
asuntos comunes de los fieles. Desde este primer congreso cristiano podemos se- 
guir sin temor de extraviarnos la historia y la organización de nuestra Iglesia. 

Como hemos dicho, el arrianismo fué llevado á España por los bárbaros que 
la conquistaron; en Galicia, cuyos dominadores, de gentiles que eran, luciéronse 
católicos y poco después arríanos , duró noventa y seis años y ciento veinte y 
cinco en el resto de las provincias. La verdadera luz habia iluminado poco á po- 
co el alma de los Godos ; la doctrina católica hizo incesantes progresos durante 
los primeros ochenta años del siglo vi , y en tiempo de Leovigildo lo domina- 
ba todo. Por un momento la lucha se encarnizó; varios mártires dieron testimo- 
nio con su sangre de la fé que los animaba; pero se hallaban los ánimos en dis- 
posición tal, que muerto Leovigildo, bastó un acto de su hijo y sucesor para re- 
solverlo todo. Recaredo subió al trono en 586 , y un año después dio á conocer 
su conversión ; este suceso produjo la de la nación entera, y hemos visto la faci- 
lidad con que sus principales representantes, eclesiásticos y seglares , abjuraron 
solemnemente al arrianismo en el concilio tercero de Toledo (589). Tardó toda- 
vía un año en subir á la silla de S. Pedro el papa Gregorio Magno, á quien por 
consiguiente, dice Masdeu, atribuye el breviario romano sin razón alguna la con- 
versión de los Godos; preparada por la discusión , hallábase aquella en el fondo 
mismo de las cosas , pero su cumplimiento fué todo obra del príncipe Recaredo 
y de su consejero S. Leandro. Así lo atestigua el mismo Sumo Pontífice en su 



168 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

primera carta al rey con estas palabras: « Muchas veces me lleno de confusión, 
considerando por una parte mi inutilidad y pereza , y por otra la actividad con 
que trabajan los reyes de la tierra en llevar las almas al cielo. ¿Qué podré decir á 
mi Redentor en el dia del tremendo juicio , cuando me vea con las manos vacías, 
y vos os presentéis al mismo tiempo, seguido de tropas de cristianos, que deben 
a vuestras amonestaciones la gracia de Jesucristo ? Pero sin embargo, tengo yo 
también algún motivo de consuelo, porque amo en vos lo bueno que yo no hice, 
y gozándome de vuestras santas acciones , la obra que es vuestra por hechura, 
lo es también mia por afecto. Clamemos pues uno y otro, vos por lo que habéis 
obrado y yo por lo que me alegro ; clamemos con los santos ángeles : Gloria á 
Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad : pues yo 
creo que participando de vuestras buenas obras sin haber cooperado á ellas , de- 
bo por esto mismo mayores gracias á Dios (1).» 

En todo el largo espacio de tiempo que se hallaron los Godos inficionados 
de la herejía arriana y permanecieron sumidos en la idolatría los primeros 
Vándalos y Suevos, muchas iglesias conservaron con evangélica entereza la ver- 
dadera fé de Jesucristo. Algunos de los mismos reyes arríanos , por principios 
de política, ó por afición al culto de los vencidos, dieron protección y favor á los 
católicos, permitiéndoles sus juntas y solemnidades, y aun elevándolos, cuando 
se ofrecía, á los empleos mas nobles y de mayor confianza. Esto no obstante, al- 
gunas veces rompióse la buena armonía entre vencedores y vencidos, é idólatras 
y herejes descargaban sus rigores contra los fieles ; Eurico en la Galia Narbo- 
nense, los Suevos en Galicia , los Vándalos en Andalucía, y finalmente Leovigil- 
do se ensañaron contra los confesores de la fé católica , y castigaron en varios 
ilustres varones el no ser partícipes de sus errores. 

Juntameníe con la secta de Arrio , otros varios herejes procuraron sembrar 
por España su mala doctrina. La herejía de Nestorio comenzó á propagarse por 
nuestra península poco antes que la condenase en Oriente el concilio ecuménico 
Efesino, mas parece que se desvaneció muy pronto sin que causara notables es- 
tragos. De allí á pocos años apareció en Galicia un maniqueo llamado Pacencio, 
pero perseguido y condenado por los obispos de los territorios inmediatos , huyó 
á Extremadura , y abandonó luego la España , sin que conste que sus predica- 
ciones llegasen á reunir un número importante de discípulos. El prisciiianismo 
se reanimó también por aquel tiempo ; un concilio nacional ( 447 ) condenó de 
nuevo esta herejía ; pero no bastó todo esto para desarraigarla , pues según la 
carta que escribió en 525 ó en 530 Montano, obispo de Toledo, al monge Toribio 
y á todos los fieles del territorio de Patencia , existían aun priscilianistas en la 
primera mitad del siglo vi. Podríamos mencionar además gran número de sectas 
heréticas aparecidas durante el siglo vn, pero ninguna de ellas parece haber 
reunido muchos partidarios. En suma, las herejías de alguna importancia que se 
arraigaron eñ España en tiempo de los Suevos y Godos , fueron únicamente en 
numero de dos, la de Arrio y la de Prisciliano. Esto no obstante, encontrárnos- 
las muy debilitadas al llegar al siglo vi, y cuando Recaredo se convirtió al cato- 
licismo , eran únicamente ocho los obispos arríanos de toda España : dos de Ga- 

[i¡ Véase el Apéndice. 



CAP. X. — ESPAÑA GODA, 169 

licia , dos de Lusitania , dos de la provincia Cartaginense y dos de la Tarraco- 
nense , según consta por las abjuraciones que hicieron en el concilio Toledano 
tercero, firmado por sesenta y siete obispos de la nación. Además de esto su fer- 
vor arriano estaba muy debilitado , según lo demuestra la facilidad con que ab- 
juraron en dicho concilio. Desde aquel momento constituyóse la unidad católica; 
los reyes godos sucesores de Recareclo, se demostraron sus mas ardientes defen- 
sores , y en tiempo de Recesvinto, establecióse por ley del reino la intolerancia 
de toda herejía. «Se prohibe á todos, dice la ley, de cualquier linaje ó condición 
que sean, nacionales, extranjeros, ó pasajeros , mover cuestiones en público óen 
privado contra la fé católica, única y verdadera. Nadie se atreva á negar ó im- 
pugnar los mandamientos evangélicos, ni las instituciones apostólicas, ni las sa- 
gradas definiciones de los Padres antiguos, ni los decretos, aunque recientes, de 
la Santa iglesia , ni los Sacramentos , ni otra cosa alguna de las que tiene la 
Iglesia por santas : y entiendan todos que cualquiera que quebrantare esta ley, 
sea lego ó eclesiástico, perderá todos sus empleos, honores, dignidades, hacien- 
das y demás bienes, é incurrirá enla pena de destierro para toda su vida, á no ser 
que por la divina misericordia se convirtiere á penitencia. » Esta ley se renovó 
con las mismas penas bajo el reinado de Ervigio, y Egica su sucesor, en la me- 
moria que presentó al concilio XVII de Toledo , suplicó vivamente á los obispos 
que dispusieren sin el menor reparo cuanto fuese conveniente para el bien de la 
Iglesia, porque así, dice «se verificará siempre mas lo que se pregona y resuena 
con tanta verdad por casi todo el mundo , que la fé y religión han florecido 
siempre en los dominios de España.» 

El cuerpo de los eclesiásticos, en la España goda, lo mismo que en tiempo 
de los Romanos, estaba dividido en obispos, presbíteros , diáconos , subdiáco- 
nos, lectores, salmistas , exorcistas , acólitos y ostiarios. Pero antes de entrar en 
la explicación de las atribuciones de cada uno , importa que , conforme hemos 
ofrecido antes de ahora y lo exige la materia, dejemos sentada con testimonios y 
documentos irrefutables la verdad histórica de que la supremacía del Papa ha 
sido reconocida y acatada en todos tiempos por la Iglesia de España. No opinan 
así algunos historiadores , entre ellos el francés Carlos Romey , quien afirma po- 
sitivamente, en su por otra parte reputada obra, que la unidad católica de la Iglesia 
española no suponia de modo alguno el reconocimiento de la supremacía de Roma, 
llegando á decir « que así como el Papa es sucesor de san Pedro, igual en un to- 
do, según él , á los demás apóstoles , los obispos , sucesores de estos, eran entera- 
mente iguales á aquel en honores y en poder. » Esta, según el mismo historiador, 
era la doctrina que regia en la Iglesia goda, y por lo mismo esta vivia en com- 
pleta independencia de Roma , decidiendo como soberana en todos los puntos de 
dogma, de moral y de disciplina. Esta opinión parece ser profesada también por 
el historiador Lafuente, si bien no de un modo tan categórico, como en otro lu- 
gar hemos ya manifestado; y así parece deducirse de varios pasajes de su exce- 
lente Historia. En ellos, aunque no trata resueltamente de esta debatida cuestión, 
nos dice que la Iglesia hispano-goda se habia regido por sí misma durante si- 
glos enteros con entera independencia, y esto que cuando menos podría inducir 
á error , conviene que se aclare y se ilustre. Por esto , pues , nos proponemos 
consignar y probar aquí la verdad sentada antes. 

TOMO II. 22 



170 HISTORIA GENEIíAL DE ESPAÑA. 

A pesar de las considerables pérdidas de escritos antiguos acarreadas por 
tantos trastornos como agitaron á Europa, África y Asia en las irrupciones de los 
bárbaros y de los Sarracenos luego , quedan todavía bastantes documentos para 
desvanecer toda duda acerca del reconocimiento del primado de Roma por la Igle- 
sia de España durante los siete primeros siglos de su existencia ; y nos concreta- 
mos á los siglos expresados , pues con respecto á los siguientes , además de no 
deber entrar en la historia del período godo, no existe sobre ellos cuestión algu- 
na , y con nosotros están de acuerdo los mismos adversarios reconociendo que el 
primado del Pontífice romano fué constantemente acatado por la Iglesia espa- 
ñola. 

A mediados del siglo m, encontramos un notable suceso que confirma la 
verdad histórica que intentamos demostrar; y es digno de atenderse que tene- 
mos noticia del mismo y de las circunstancias que le acompañaron por los escri- 
tos de uno de los Padres mas ilustres de la Iglesia , de san Cipriano , quien tuvo 
sobre otro negocio serios altercados con el papa san Esteban, y hace por lo mismo 
mas plena autoridad en la materia. 

Los obispos españoles Basílides y Marcial fueron depuestos de su silla por 
libeláticos, erigiéndose y ordenándose en su lugar á Félix y Sabino. Basílides, 
que pretendía recobrar su silla , acudió al Pontífice de Roma , cerca del cual en- 
contró protección por haber sorprendido su buena fe, dice san Cipriano , con ar- 
terías y engaños. La actitud del Pontífice en esta cuestión puso en grave apuro á 
las iglesias españolas , no solo por la parte que los prelados habían tomado en la 
deposición de los dos obispos , sino también por haberse procedido ya á la elec- 
ción, de sus sucesores. Floreciente como se hallaba entonces la Iglesia de África, 
que contaba entre sus obispos á un varón tan ilustre como san Cipriano , acu- 
dieron á ella las iglesias de León , de Astorga y de Mérida solicitando consejos 
en su difícil situación; el obispo de Zaragoza, Félix, escribió también á la Iglesia 
de Caríago con el propio objeto, viniendo todo ello á demostrar la suma agitación 
que se introdujo en la Iglesia española por la mera noticia de haber hallado Ba- 
sílides protección en el Pontífice de Roma. 

Desde luego ocurre que á no haber sido reconocida en España la suprema- 
cía del Pon tí fice, habia de ser muy indiferente á los obispos españoles que san 
Esteban se empeñara ó no en favor de Basílides ; y que atrincherados ellos , di- 
gámoslo así, en su independencia , habria el obispo reclamante intentado en vano 
recobrar su sede, apoyado en la autoridad de un prelado que no hubiese tenido 
autoridad alguna sobre los deponentes ni sobre el depuesto. 

Estas reflexiones , que nacen de la sencilla relación de los hechos , se confir- 
man mas y mas con la carta que dirigió san Cipriano á los obispos españoles, 
exhortándolos á permanecer firmes en su resolución primera ; y esto lo diceno ne- 
gando la autoridad del Pontífice romano en este negocio, no alegando la incom- 
petencia del juez, como sin duda lo habria hecho á no estar convencido el santo 
de la facultad del Pontífice para entrometerse en el asunto, sino que, dejando 
en salvo la autoridad de san Esteban, se limita á rechazar las providencias 
que pudiesen emanar de Roma, diciendo que el Pontífice habia sido engañado, 
que Basílides habia cometido obrepción. Obreptumest, dice , siendo de notar 
que san Cipriano se vale de la expresión de que nos servimos todavía noso- 



CAP. X. — ESPAÑA GODA. 171 

tros al dar de nulidad la providencia de un superior mal informado (1). 

Hay mas : como argumento concluyente, apeló san Cipriano á una decisión 
de un Pontífice anterior, del papa Cornelio, quien decretó, dice, que los hombres 
que se hallaban en el caso de Basílides y Marcial podían ser admitidos á peni- 
tencia, mas no á la ordenación del clero y al honor sacerdotal. «Esto decretó 
junto con nosotros y con todos los obispos del mundo , nuestro colega Cornelio, 
sacerdote pacífico , justo y honrado por la dignación del Señor con el martirio (2). » 

Nótese bien que aun cuando dice haberse hecho aquello de acuerdo con to- 
dos los obispos del mundo , no puede entenderlo de un concilio general , pues- 
to que en aquella época no se habia reunido ninguno, « sino que habla de la 
aquiescencia manifestada por todos los obispos á la decisión de la Sede Apostó- 
lica , de la cual como del centro de unidad partia la enseñanza que se difundia 
por todo el orbe , bebiendo todas las iglesias en aquel manantial inmaculado, 
donde se conservaban la letra y el espíritu de las doctrinas de Jesucristo y de las 
tradiciones apostólicas. Habla san Cipriano de un punto en que, según él, estaban 
de acuerdo todos los obispos del mundo ; y sin embargo solo nombra uno , á uno 
atribuía el decreto : á Cornelio , al obispo de Roma (3). » 

Llegado el siglo iv, encontramos la carta del papa Siricio á Himerio obispo 
de Tarragona, escrita en el año 385, documento notable en muchos pasages, que 
demuestra que se acudía á Roma en los negocios arduos , no precisamente con- 
sultando á los Papas, como se consulta á personas virtuosas y sabias, sino como 
superiores , como revestidos de la autoridad suprema recibida del mismo Jesu- 
cristo. El citado historiador Romey , al decir que varias veces habia recurrido el 
clero español á Roma para la decisión de los casos difíciles , añade « haberse de 
distinguir los recursos formales délas meras consultas, las cuales, sin atribuir 
superioridad ni jurisdicción á aquellos á quienes se dirigen , pueden hacerse á 
todas las personas de virtud ó de ciencia (4). » 

Sin embargo , la carta del papa Siricio de que aquí tratamos no puede pres- 



(1) «Cyprianus, Ccecilius, Primus, Policarpus, Felici presbytero et plebibus consistentibus ad 
Legionem et Asturice, ítem Laelio Diácono, et plebi Eméritas consistentibus, fratri in Domino salu- 

tem Quod et apud vos factum videmus in Sabini collegee nestri ordinatione, ut de universas 

fraternitatis suffragio, et de Episcoporum qui in pra^sentia convenerant, quiquede eo ad vos litteras 
fecerant judicio. Episcopatus ei deferretur, et manus ei in locum Basilidis imponerentur. Nec res- 
cindere ordinationem jure perfectam potest, quod Basilidis post crimina sua detecta, et conscientiam 
etiam propria confessione nudatam, Romam pergens Stephanum collegam nostrum longe positum, 
et gestae rei ac tacitas veritatis ignarum fefellit: ut exambiret repon i se injuste in Episcopatum de 
quo fuerat juste depositus. Hoc eo pertinet ut Basilidis non tam abolitasint quam cumúlala delicta, 
ut ad superiora peccata cjus etiam fallada; et circumventionis crimen acceserit. Ñeque enim tam 
culpandus est ille cui negligenter obreptum est, quam hic execrandus qui fraudulenter obrepsit. 
Obrepere autem si hominibus Basilidis potuit, Deo non potest, cum scriptum sit. Deus non irride- 

tur » (Epístola S. Cypriani episcopi et martyris ad clerum et plebes in Hispania consistentes de 

Basilide etMartiale.) 

(2) Frustra tales episcopatum sibi usurpare conantur, cum manifestum sit, ejusmodi homines 
nec Eclesi?e Chnsti praesse nec Deo sacrificia offerre deberé. Ma-rime cum jampridem nobiscum, et 
cum ómnibus omnino episcopis, in toto mundo constitutis, etiam Cornelius collega noster sacerdos 
pacificus, et justus, et martyrio quoque dignatione Domini honoratus decreumí ejusmodi homines 
ad poenitentiam quidem agendam posse admitti, ab ordinatione autem Cleri, atque sacerdotali ho- 
nore prohiben. (S. Cyprianus, It.) 

(3) Balmes, la Civilización, revista religiosa, filosófica, política, y literaria de Barcelona, t. II. 
(i) Hist. de Esp., P. 1. a , c. XVIII. 



172 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

tarse á semejante interpretación , en cuanto toda ella no es precisamente de 
una persona sabia y virtuosa que responde á otra que la ha consultado , sino 
de un superior que responde á un inferior , con autoridad de enseñanza y con 
derecho de mando. « No negamos, dice, á tu consulta la competente respuesta, 
porque por razón de nuestro oficio , no podemos disimular ni callar , pues que el 
celo de la religión cristiana nos incumbe á nosotros mas que á todos los demás. 
Llevamos la carga de todos los que están gravados , ó mas bien la lleva en noso- 
tros el apóstol Pedro, quien , como lo confiamos, nos protege y defiende como 
herederos de su administración en todas las cosas (1). » 

No es esto todo ; el Pontífice establece varios capitulos sobre los diferentes 
puntos consultados, y en todos ellos se observa que habla como superior. «En 
adelante, dice, será menester que no os apartéis de esta regla si no queréis ser 
separados de nuestro colegio con sentencia sinodal .» «Basta ya de errores, añade 
en otra parte ; en adelante observen la regla sobredicha todos los sacerdotes que 
no quieran ser apartados de la solidez de la piedra apostólica, sobre la que cons- 
truyó Cristo la Iglesia universal. » «De todos modos prohibimos que esto se haga. » 
«Tuvimos á bien decretar.» «Decretamos con definición general lo que en ade- 
lante han de seguir todas las Iglesias y lo que han de evitar.» «Sepan en adelan- 
te los sumos prelados de todas las provincias,» son todas ellas palabras de su 
carta que por cierto no indican consejo ni consulta, sino orden, autoridad, poder. 
Ahora bien, ¿se sabe que en la Iglesia de España se levantase ninguna queja, 
ninguna reclamación contra semejante ejercicio de autoridad? No, antes bien 
san Isidoro en su obra de Los Varones ilustres, hace honorífica mención del papa 
Siricio; llámale Pontífice muy esclarecido, y lo que es mas de notar dice esto ha- 
blando de la misma carta, ú opúsculo de que estamos tratando. 

A principios del siglo v, hállase otro documento no menos decisivo en prue- 
ba del acatamiento con que era reconocido en España el primado del Papa. Ha- 
blamos de la carta de Inocencio I dirigida á los Padres del concilio de Toledo, en 
la que se echa de ver también que, en ofreciéndose algún negocio de gravedad, 
acostumbraban nuestros obispos dirigirse al Poníífice romano para que les ense- 
ñase lo que debian creer y prescribiese lo que debían practicar. Los Padres de 
Toledo trataban con mucha indulgencia á los priscilianistas,que en número con- 
siderable abjuraban sus errores, tanto, que mientras suscribiesen á la regla de fe 
formulada en los concilios, eran restablecidos en sus sillas los obispos que habían 
caido en los errores de aquella secta, echándose un velo sobre sus pasados ex- 
travíos. Esta benignidad era llevada á mal por algunos obispos de las provincias 
Botica y Cartaginense, y clamaban con tal violencia contra ella, que la Iglesia de 
España se veia amenazada de un cisma. En semejante situación, un obispo llama- 
do Hilario y un presbítero llamado Elpidio acudieron al Sumo Pontífice, poniendo 



(1) .... Et quia necessecrat nos inejus laboribus curisque succedere cui per Dei gratiam suc- 
cesimus in honore, factout opurtebal primitus mea? provectionis indicio ad singula (prout Dominus 
aspirare dignatus est) consultalioni Inx responsum competens non negamus, quia pro oficii nostri 
considera tione non est nobis disimulare, non est tacere libertas, quibusmajorcunctis christiana; 
religionis zelus incumbit. Portamus onera omnium qui gravantur; quinimo haec portat in nobis Bea- 
tusapostolus Petrus, quinos in ómnibus ut coníidimus, administrationis suae protegit, et tuetur 
heredes. (Epist Syricii Papa; ad Himerium Tarracon.) 



CAP. X.— ESPAÑA GODA. 173 

en su conocimiento los graves males de que se veia amenazada la Iglesia de Espa- 
ña; y deseoso Inocencio de poner remedio á ellos , escribió la carta de que trata- 
mos, carta notable también por revelarnos la gran importancia que se daba á las 
palabras del Pontífice, que se creían bastantes para calmar los ánimos y sosegar 
ladiscordia cuando no alcanzaba á tanto la autoridad del concilio. Este mismo do- 
cumento nos manifiesta que el Papa estaba ya muy ansioso de la situación de la 
Iglesia española, y no poco inclinado á tomarla iniciativa en este negocio, cuan- 
do las instancias del obispo Hilario y del presbítero Elpidio le determinaron á 
hablar. Por lo que toca á su estilo, acontece lo propio que con la del papa Siri- 
cio: habla Inocencio, no como persona particular consultada, sino como superior; 
no solo instituye, sino que manda. 

A mediados del siglo v, en el año 447, encontramos otro documento seme- 
jante, cual es la carta de san León I á Turibio obispo de Asíorga. Este obispo ha- 
bia remitido al Papa un índice de los errores de los priscilianistas y un libro en 
que los impugnaba. Contestóle el Papa felicitándole por su celo en favor de la fe 
católica y por haberle dado conocimiento délos restos que aun se conservaban de 
la mencionada s?cta. Prescribe adenás el Pontífice que se celebre un concilio en 
el que, conforme á las instrucciones que le había comunicado en contestación ásu 
consulta, se examinase si habia algunos obispos inficionados aun con aquella he- 
regía, para excomulgarlos en el caso que no quisieren abjurar sus errores. Des- 
pués ele decirle que ya ha escrito á los obispos de las provincias de Tarragona, 
Cartago, Lusitania y Galicia, mandándoles que celebren un concilio nacional, 
encarga á Turibio que les transmita las resoluciones que le acaba de dictar, dis- 
poniendo finalmente que si se atravesare algún obstáculo que impidiere la cele- 
bración de dicho concilio, se celebre al menos uno en la provincia de Galicia, 
que deberán presidir Idacio y Ceponio (1). 

En el año 461, los obispos de la provincia Tarraconense, quejosos del prelado 
de Calahorra, que habia ordenado algunos obispos sin consentimiento del metro- 
politano, acuden al papa Hilario para que dispusiere la conducta que debia seguir- 
se así con respecto al obispo ordenante como á los obispos ordenados. Esta carta 
es digna de notarse bajo muchos conceptos, porque no solo se halla consignada en 
ella la supremacía del Papa del modo mas explícito y terminante, sino también 
porque contiene confesiones muy claras sobre algunas preeminencias de esta pri- 
macía. El respetuoso encabezamiento de la carta explica ya mas de lo que pudie- 
ra decirse con extensos comentarios. «Al Beatísimo Señor, á quien debemos hon- 
rar con reverencia apostólica, el papa Hilario, Ascanio obispo, y todos los obis- 
pos de la provincia de Tarragona. «Esta salutación claro es que no va dirigida de 
igual á igual, sino de inferior á superior. Empiezan en seguida su carta, y en el 
exordio de ella se notan las siguientes palabras. «Aun cuando no mediara nece- 
sidad alguna de la disciplina eclesiástica, debíamos nosotros acudir á aquel pri- 
vilegio de vuestra sede, con el que, recibidas las llaves del reino después de la 
resurrección del Salvador, la singular predicación de san Pedro proveyó á la ilu- 
minación de todos por todo el mundo; y el principado de quien hace sus veces, 
como que está sobre todos, por todos debe ser tenido y alabado. Por tanto noso- 



(1 ) Epist. I Leonis Papse cognomento Magní, ad Turibium episcopum Asturicensem. Anno 4-47. 



174 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

tros, adorando en vos al mismo Dios, á quien servís santamente, acudimos á la fe 
alabada por boca apostólica, buscando instrucciones allí á donde nada se manda 
con error, nada con presunción, sino todo con deliberación sacerdotal (1).» Estas 
palabras prueban decisivamente la verdad que estamos defendiendo. Los padres 
de Tarragona piden al Papa, no un consejo, no una instrucción sobre un punto 
canónico, sino una disposición de autoridad ; «decidnos lo que queréis que haga- 
mos, añaden mas abajo , para que podamos obrar apoyados en vuestra autori- 
dad (2).» Hay también otra carta de los obispos de la provincia de Tarragona al 
mismo Papa, y en ella se notan iguales ideas sobre la supremacía del Pontífice, 
iguales sentimientos de respeto y de venerac ion , igual voluntad de obedecer su- 
misos á lo que tuviese á bien prescribirles. 

En la contestación que da el papa Hilario á las sobredichas cartas de los obis- 
pos de la provincia Tarraconense, á mas de las expresiones de autoridad que he- 
mos observado en todas las anteriores, llama muy particularmente la atención el 
que al mismo tiempo que los obispos de la provincia indicada habían acudido al 
Papa, apelaban también al mismo recurso desde distintos puntos de España otros 
interesados en sentido opuesto, excusando lo que los obispos de la provincia de 
Tarragona pretendían que se condenase. En la misma carta concurre también 
otra circunstancia muy digna de notarse, cual es la de que el Papa envia á Es- 
paña el subdiácono Trajano para que fuese portador de ella y al mismo tiempo lo 
corrigiera todo conforme á las disposiciones de la Sede apostólica. Es decir que 
ya en aquella época habia la costumbre de enviar los Papas sus legados para 
atender á las necesidades de las iglesias. 

En el mismo siglo, encuéntrase otro acto de semejante autoridad de un Pon- 
tífice romano sobre la Iglesia de España. Hablamos del nombramiento de vicario 
apostólico, hecho en Zenon obispo de Sevilla por el papa Simplicio; y á principios 
del siglo siguiente, en el año 317, observamos igual delegación de la autoridad 
apostólica hecha por el papa Hormisdas á favor de Juan, obispo de Tarragona, 
mandándole que, salvos los privilegios de los metropolitanos, cuide de la obser- 
vancia de los cánones y de los mandatos pontificios. 

Puédese además citar otra carta dirigida en 524 por el mismo papa Hormis- 
das á los obispos españoles, donde les enseña y prescribe varios asuntos de dis- 
ciplina, y también otro ejemplo que nos ofrece este Papa de otra delegación de la 
autoridad apostólica á favor de Salustio, obispo de Sevilla, en la que deja tam- 
bién salvos los privilegios de los metropolitanos. Como esta expresión podría pa- 



(1) Domino beatissimo, et apostólico reverentia á nobis colendo papae Hilario, Ascanius epis- 
copus, ct universi episcopi Tarraconensis provincias 

Etiamsi nulla cxtaret necessitas ecclesiastica? disciplina?, expetendum revera nobis fuerat illud 
privilegium sedis vestra, quo susceptis regni clavibus, post resurrectionem Salvatoris, per totum 
orbem beatissimi Petri singularis praídicatio universorum illuminationi prospexit : cujus vicarii 
prineipatus sicut eminet, ita metuendus est ab ómnibus et amandus. Proinde nos Deum in vobis 
penitus adorantes, cui sine querela servitis, ad fidem recurrimus apostólico ore laudatam, inde res- 
ponsa qu;erentes, unde bih.il terrorc, nihil praisumptione, sed pontifican totnm deliberatione praeci 1 - 
pitur. .. Epist. I, Tarracon. Episooporum ad Hilarium Papam, anno 46P. 

(2)... Qu:i:sumus sedem vestram, ut quid super hac parte observare ve'itis, apostolicisafílati- 
bus instruamur ; quatenus fraternilate collecta , praelatis in médium veneranda; synodi coustitutis 
contra rcbellionis spiritum vestra auctoritate subnixi , quid oporleat de ordinatore et de ordinato 
fieri, intelligere, Deo arljuvante , possimus. Id 



CAP. X. — ESPAÑA GODA. 175 

recer restrictiva de la autoridad pontificia, daremos sobre este particular algunas 
explicaciones. Es indudable que los metropolitanos gozaban antiguamente de 
muchos privilegios de que carecen en la actual disciplina, y que estos privilegios 
eran mirados con gran respeto. No es del caso enumerarlos aquí , ni tampoco 
referir cuales son las modificaciones que han ido sufriendo con el tiempo; pero lo 
que conviene advertir es que estos privilegios de los metropolitanos en nada se 
oponian á la primacía de la Santa Sede, pues que, según hemos visto, la autoridad 
pontificia se ejercía en toda su plenitud aun en el tiempo en que estaban vigentes 
estos privilegios. La misma cláusula en que se salvan estos es un nuevo indicio 
de las altas facultades que se consideraban anexas al primado del Papa, en cuan- 
to delegando este su autoridad á un obispo, creíase conveniente advertir que 
esta delegación no debia menoscabar los privilegios de los metropolitanos: lo que 
prueba que á no expresarse así , habríase quizás creído que el obispo, revestido 
con las facultades pontificias, podia derogar también estos privilegios. 

Gregorio Magno escribió, como hemos visto, á Recaredo afines del siglo vi, 
en un tono que no deja duda acerca de su autoridad en los negocios de la Iglesia 
universal, é intervino también en los de la Iglesia española, reponiendo á Janua- 
rio, obispo de Málaga, que habia sido depuesto de su silla en un concilio na- 
cional. 

Todavía podríamos alegar nuevas pruebas en confirmación de la misma 
verdad que estamos demostrando ; pero parécenos que son suficientes las alega- 
das hasta aquí, y con el eminente publicista (1) que hemos citado poco antes, 
diremos que no acertamos que es lo que puede contestarse á documentos tan de- 
cisivos. Y si se quiere saber el sentir de los mas ilustres varones de la Iglesia 
goda sobre esta materia, óigase á san Isidoro que nos dice : «Después de Jesu- 
cristo, el orden sacerdotal comenzó por Pedro, porque él fué el primero á quien 
se dio el pontificado en la iglesia, el primero que recibió la potestad de atar y 
desatar, y el primero que atrajo almas á la fe con su predicación.» Mas termi- 
nantes son todavía las palabras con que contestó el santo doctor á una consulta 
de Eugenio II de Toledo : « Jesucristo dijo á Pedro: tú eres Pedro y sobre esta 
piedra levantaré yo mi Iglesia.... y después de la resurrección le añadió : Apa- 
cienta mis corderos, que es decir los Prelados. De suerte que el honor de esta po- 
testad , aunque se ha transfundido á todos los obispos , reside en particular y 
por especial privilegio en el de Roma , que es eternamente cabeza respecto de los 
demás miembros.» 

Mucho podríamos prolongar estas citas, si no temiésemos fatigar á nuestros 
lectores y no creyéramos suficientemente aclarado este debatido punto histórico. 
Ni en España ni fuera de España, ni en los tiempos modernos ni en los antiguos 
se ha concebido jamás el catolicismo sin el primado de Roma ; en la idea de ca- 
tolicismo se ha abrazado siempre la supremacía del Pontífice romano, porque 
en la idea del catolicismo ha entrado siempre la de unidad, y unidad no la hay 
sin un centro, y este centro no existe sin Roma (2). Esta es la doctrina de todos 
los siglos, la tradición constante desde el tiempo de los apóstoles; y decir lo con* 



(4) Balmes, 1. c. 



176 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

trario fundándose en la diferencia de disciplina, en que esta durante el período 
de la España goda, era muy distinta de la actual, en la variedad de atribuciones 
que desempeñaban el Papa y los obispos, equivale tanto á decir como que no era 
monárquico el régimen de España en la misma época, porque sin duela su mo- 
narquía y las atribuciones del soberano eran muy distintas de la idea que aque- 
lla palabra despierta ahora en todos nosotros. 

¿Qué mas? El mismo Masdeu, persona muy autorizada en la materia por 
las profundas investigaciones que sobre la España goda ha llevado á cabo , y al 
mismo tiempo nada sospechosa á causa de la constante opinión que acerca de 
estos puntos profesa , sienta en su excelente obra (1) que la iglesia de España, 
durante la época goda reconocía en el Papa las calidades de centro y de cabeza 
y la primacía de honor y de jurisdicción. El mismo autor , analizando la disci- 
plina eclesiástica en la época de que estamos tratando, dice, en corroboración de 
lo que venimos sustentando , que el ejercicio de la supremacía del Papa sobre 
nuestra Iglesia en los siglos v , vi y vn, puede reducirse á cuatro artículos : re- 
mitir el palio á quien lo merecía ; levantar en Roma tribunal de recursos ó de 
apelaciones; enviar á España jueces pontificios, y tener en ella vicarios que 
obrasen en su nombre y autoridad. En los tres últimos hemos citado ya los casos 
mas notables ocurridos durante la España goda, y respecto del primero sabemos 
por el autor citado que san Gregorio Magno remitió el palio á san Leandro de Se- 
villa en los últimos años del siglo vi. 

Sin embargo , en otra ocasión hemos dicho , y ocasión es ahora de repetir- 
lo, que el régimen político de la monarquía goda habia de influir necesariamente 
en la disciplina de su Iglesia , y que la intervención del clero en el régimen civil 
habia de producir la intervención de la potestad secular en el régimen ecle- 
siástico. De ahí la confusión entre ambos poderes, y si el civil no poclia conside- 
rarse tan independiente como le concebimos en los tiempos modernos , la Igle- 
sia sufria igualmente gran menoscabo en su libertad é independencia , dos ele- 
mentos que le son altamente necesarios. Desde la conversión de Recaredo, los 
monarcas godos habían tomado el título de protectores de la Iglesia y ejercieron 
varias prerogalivas y atribuciones eclesiásticas , ya porque se las concediera la 
Iglesia agradecida por el esplendor que le diera en España, ya porque el poder 
real se las arrogase poco á poco , naciendo de ahí un estado de cosas que si no 
produjo fatales consecuencias y conflictos durante la época que estamos estudian- 
do, es muy contrario á las buenas ideas recibidas acerca de la libertad de la 
Iglesia y de la independencia en que, en lo posible, han de estar colocados los dos 
poderes eclesiástico y civil. 

Los derechos que los reyes godos desde que se hicieron católicos ejercieron 
en los asuntos eclesiásticos, pueden reducirse á cuatro , según el propio autor ya 
citado: el primero dar órdenes y providencias para bien y edificación de los fieles; 
el segundo tener tribunal de coacción para que se ejecutaran en él las sentencias 
canónicas ; el tercero nombrar los obispos para el buen régimen eclesiástico de 
todos sus estados, y el cuarto finalmente convocar los concilios nacionales y con- 
firmarlos con su autoridad para que fuesen respetados en lodo el reino. 



(1) Hist crít. deEsp., t. XI, p. 151. 



CAP. X.— ESPAÑA GODA 177 

El primero de estos derechos era ejercido por los reyes godos ortodoxos con 
una especie de predilección : complacíanse en dar decretos sobre esta materia, 
los cuales tenian cierta semejanza en cuanto á la forma á lo menos con las pas- 
torales de nuestros obispos ; la historia ha conservado mas de uno. Semejante 
derecho fué reconocido en los reyes hasta por los mismos concilios , y el de Mé- 
rida, no solo dio gracias á Recesvinlo « por la mucha piedad con que gobernaba 
en lo temporal , sino también por el buen uso de la sabiduría con que le ilustra- 
ba Dios para el gobierno de la Iglesia.» Recaredo dispuso que velasen igualmen- 
te las dos potestades eclesiástica y temporal en destruir los residuos de la ido- 
latría; y los concilios Toledanos III y XII confirmaron este decreto. El rey Chin- 
tila , con edicto aprobado por el concilio Toledano Y, mandó que se celebrasen 
anualmente en el mes de diciembre tres dias de rogaciones , en que el pueblo 
ayunase y tuviese todas sus tiendas y tribunales cerrados; y la historia de la épo- 
ca , repetimos , ofrece en gran número ejemplos semejantes de la intervención 
de los monarcas en los reglamentos mas sencillos de la disciplina eclesiástica. 

Ejercían también los reyes godos el derecho de examinar en última instan- 
cia las causas eclesiásticas, para que se terminasen con su autoridad y poder se- 
gún la norma de los sagrados cánones. El concilio Toledano IX presidido por san 
Eugenio III resolvió que en materia de bienes eclesiásticos así los fundadores y 
bienhechores de cualquiera Iglesia, como también sus descendientes y herederos, 
pudiesen libremente recurrir contra cualquiera clérigo á su propio obispo , con- 
tra este al metropolitano, y contra el metropolitano al rey. Con mas generalidad y 
amplitud se volvió á decidir esta misma jurisdicción real en el concilio Toleda- 
no XIII que fué aprobado con las firmas de cuatro metropolitanos , cuarenta y 
cuatro obispos sufragáneos , veinte y siete vicarios de obispos ausentes , cinco 
abades , tres dignidades y veinte y siete grandes de la corte. La historia nos su- 
ministra varios ejemplos de obispos, clérigos y monges citados al tribunal del rey 
por causas eclesiásticas , como sucedió al monge Tarra llamado por Recaredo á 
dar razón de su conducta, á lo que parece, no muy regular; y á Cecilio obispo de 
Mentesa , citado y obligado por Sisebuto á volver á su silla de que se habia reti- 
rado para vivir en un monasterio. No puede negarse que esta práctica de la Igle- 
sia de España , dice Masdeu, es contraria á la de otras iglesias de la cristiandad, 
en que estaba generalmente prohibido todo recurso de eclesiásticos á tribunal se- 
cular. «Los canonistas saben y confiesan , añade el propio autor (1), que nues- 
tra Iglesia , la mas pura y firme de todas en la unidad de la doctrina católica, te- 
nia en materia de disciplina muchas costumbres peculiares , que en vez de re- 
probación alguna , merecieron con el tiempo ser recibidas y adoptadas por otras 
muchas iglesias y aun algunas por la de Roma y por todo el mundo cristiano. » 
Algunos autores, empero, y entre ellos Cayetano Cenni (2), ponen en duda la ju- 
risdicción de los monarcas godos sobre los eclesiásticos de España ; mas sus ar- 
gumentos no parecen poder prevalecer contra los numerosos monumentos que la 
acreditan. 

Sabido es que los obispos en los primeros siglos de la Iglesia eran nom- 



(1) His. crít. de Esp. t. XI, p. 19. 
(2; De Antiquitate Ecclesiae Hispaniee. 

TOMO II. 



178 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

brados por el pueblo y el clero , y así se practicó bajo los príncipes arríanos, 
aun después de introducida la preeminencia de la Iglesia metropolitana. Ocur- 
rida la conversión de Recaredo á fines del siglo vi, parece que algunas catedrales 
empezaron á ceder este derecho al rey como se ve por la carta de Sisebuto , que 
antes del año 620 manifestó su voluntad al metropolitano de la provincia Tarra- 
conense acerca del obispo que se habia de dar á Barcelona , y por la de Braulio á 
san Isidoro, á quien encargó en 633 que pusiese todo su conato en que el rey eli- 
giese para la silla de Tarragona un obispo digno y cabal así por su santidad como 
por su doctrina. Sin embargo, no todas las iglesias convinieron luego en esta no- 
vedad , pues en el concilio de Barcelona (599) y en el cuarto de Toledo (633) se 
mandó que el clero y el pueblo prosiguiesen como antiguamente en nombrar á 
su Pastor, y que el metropolitano y demás obispos lo aceptasen y consagrasen. 
Prevaleció no obstante el partido de la prerogativa regia , de modo que pocos 
años después de dicho concilio, parece que todas las iglesias ele España se habían 
ya convenido en que cada una enviaría al rey sus informes acerca de los sugetos 
capaces de ocupar la silla, que el rey los nombraría, y que luego los aceptaría el 
metropolitano en el primer concilio provincial. Así se practicó hasta el año 681, 
en que viendo las iglesias por experiencia que este método era sobrado largo, ce- 
dieron todas en pleno concilio nacional al obispo de Toledo, como mas inmediatoá 
la persona del rey, el derecho de los informes para que el príncipe, llegando lano- 
ticia de la muerte de algún prelado, pudiese desde luego con solo el acuerdo delTo- 
ledanó, nombrar á quien le pareciese, y hacerle consagrar en la misma corte. Aun 
las traslaciones de un obispado á otro se hacían según el mismo sistema, como se 
ve por el concilio Toledano XVI, queen el año 693 dio la Iglesia de Toledo al obispo 
de Sevilla, la de Sevilla al de Braga y esta al de Porto. Masdeu, muy encariñado 
con lo que se llaman prerogativas regias, y acérrimo partidario de la intervención 
del poder civil en los asuntos eclesiásticos, que considera, muy equivocadamente á 
nuestro modode ver, como otros tantos pasos hacia la libertad, defiende loque no- 
sotros no hemos vacilado en llamar relajación déla disciplina eclesiástica, con estas 
palabras: «Reprueban agriamente algunos canonistas esta disciplina de España, 
por no tener ejemplar en decretos pontificios , ni en concilios de otras naciones; 
pero nuestra Iglesia tiene la gloria de haber dado ejemplar á otros, mas bien que 
tomádolo de ellas, en muchos puntos de disciplina, y por fin no es cosa censura- 
ble que el pueblo cediera á su príncipe el derecho que tenia desde el tiempo de 
los apóstoles de nombrar á sus obispos.» 

Otra prerogativa muy importante ejercieron los monarcas godos desde el 
punto de su conversión, que fué el convocar los concilios nacionales y confirmar- 
los con su autoridad. San Braulio de Zaragoza en el año 638 escribió en nombre 
de todos los obispos de España al papa üonorio I, que le habia mandado no des- 
cuidarla convocación de los concilios, diciéndole que ya el rey Chintila, como mo- 
vido de Dios con las mismas altas inspiraciones, habiajuntadoun concilio de todos 
los obispos de España y de la Galia Norbonense. El mejor testimonio, empero, de 
semejante costumbre son los mismos concilios nacionales de esta época (1), que 



(1) .Tuxta canouicum ordinem , tempore quo coneilium per metropolitani voluntatem et re- 
giam jussionemelectum fuerel agere, omnes coníinitimos episcopos in unumoportetadesse; neepro- 
tali re qutelibet causa opponidebet ad excusationem (ex Gonc. Emerit. anno666, c. 5). — Sunt non- 



CAP. X. — ESPAÑA GODA. 179 

atestiguan iodos haber sido siempre convocados por los reyes desde el dia en que 
abrazaron la religión católica ; que es decir los Suevos desde el año 560 y los 
Godos desde el 589. Los reyes confirmaban además las decisiones de los concilios, 
pero todo ello que, á ser los concilios españoles asambleas puramente eclesiásti- 
cas, habría sido una manifiesta usurpación y una conculcación deplorable de los 
buenos principios que han de regir en la materia , no lo es tanto si se atiende al 
carácter mixto de los concilios de la España goda que eran , como hemos visto, 
verdaderos legisladores políticos y civiles déla nación. 

La gerarquía episcopal se componía de metropolitanos y sufragáneos , sin 
que existiera patriarca nacional , arzobispo (1) , ni obispo con el carácter ó título 
de primado. San Isidoro en sus Etimologías solo define estas palabras tratando 
de la Iglesia de Italia ; que aun cuando para probar que ya entonces los metro- 
politanos se llamaban arzobispos, se cita un manuscrito de un concilio de Mérida 
y la copia de una carta de Quirico á san Ildefonso , tales manuscritos son copias 
modernas atestadas por sus autores de infinitas interpolaciones que les han hecho 
perder todo valor histórico. La carta de Benedicto II, que supone arzobispos en 
España , no prueba que los hubiera , lo mismo que la escrita porSiricio al obispo 
de Tarragona á quien da el título de metropolitano , no prueba que hubiese me- 
tropolitanos en España antes del siglo iv. Ambos pontífices hablaban según los 
usos de la Iglesia de Italia, muy distintos de los de España. Hemos anotado ya 
varios de los hechos que paulatinamente fueron creando la primacía de Toledo, 
y hasta á mediados del siglo vn no tuvieron los prelados de aquella silla presi- 
dencia ni preeminencia alguna sobre los demás metropolitanos. La dignidad de 
estos data de los últimos años del siglo iv; antes de este tiempo eran iguales en 
prerogativas los obispos todos , y ocupaba el primer asiento en cada provincia 
el prelado mas antiguo , de cualquiera iglesia que fuese (2). Pero como los Papas, 
siguiendo la costumbre de Italia y otras naciones, titulasen metropolitanos a los 
obispos de las capitales , y á ellos dirigiesen sus cartas como á presidentes ecle- 
siásticos de la provincia, se fué introduciendo poco á poco la novedad , de suerte 
que puede asegurarse que á mediados del siglo v estaba ya recibida en toda la 
nación. 



nulli qui pro hoc, admonitionem sui metropolitani et regiam jussionem accipiunt; et minimé 
implent quae jubentur: hos priscorum canonum sententiee excommunicatos esse jubent , usque ad 
tempus superventuri concilii , et quamvis excommunicationis damno feriantur, nihil tale in his im. 
penditur , quod debeant metuere ( ex eod. Conc. Emerit., c. 7. )— Véanse Cono. Bracar. i, ( 561 ) in 
prsef., p. 178; Conc. Bracar. II, (572) in prsef., p. 203; Conc. Tulet. III, (589) in ead., p. 221, 222; 
Conc. Narb. (589) in ead., p. 273; Conc. Tolet. IV, 633) p. 385; Conc. Tolet. V, (636) in conf. regia, p. 
406; Conc. Tolet. VI, (638) c. 4, et 19, p. 408, 413; Conc. Tolet. VII, (646) in prajf. p. 419; Conc. To- 
let. VIII, (653) in ead. p. 536; Conc. Tolet. X (656) in ead. p. 452; Conc. Emerit. (666) vide supra, p. 
200; Conc. Tolet. XI, (675) in praef. et. in c. 16, p. 238, 246; Conc. Bracar. III (675) p. 258; Conc. To- 
let. XII, (684; in prsef. et. in c. 43, p. 262, 270; Conc. Tolet c. XIII, (683) in c. 4 et 4 3, p 280, 287; 
Conc. Tolet, XIV, (684) c. 4, p. 302; Conc. Caesaraug. III, (604) in praef., p. 347, 349; Conc. Tolet. 
XVI, (693) in prsef. et in c 2, p. 320, 334; Conc. ToleCxVII, (694) p. 346. 

(4) El título de arzobispo (arc'nepiscopus) dado con frecuencia por Mariana y otros historiado- 
res á los metropolitanos de la Iglesia goda, no fué adoptado en España hasta después de la invasión 
de los Sarracenos. 

(2) Pruébanlo irrecusablemente las actas de los concilios nacionales, en los que se ve con fre- 
cuencia la firma del obispo de esta ó aquella ciudad colocada según la mayor ó menor antigüedad de 
su consagración. 



180 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Las sillas metropolitanas de la Lusitania, Tarraconense y Bética se estable- 
cieron sin dada alguna en las ciudades de Mérida, Tarragona y Sevilla; en las dos 
primeras por ser capitales de provincia , y en la otra porque, teniendo los hono- 
res de capital de nación , debia ser preferida ; y con esta preferencia que obtuvo 
fué tomando insensiblemente á la ciudad de Córdoba hasta los derechos de capital 
civil de provincia , como lo hizo Toledo con Cartagena. En la provincia de 
Galicia el único metropolitano fué el de Braga hasta después de la mitad del 
siglo vi, en que por ser la provincia sobrado dilatada , se dividió en dos porcio- 
nes, la una sujeta á la iglesia de Braga y la otra á la de Lugo. Destruido el reino 
de los Suevos, parece que con él acabaron para la iglesia de Lugo los honores de 
metropolitana , pues en el concilio Toledano III (389) toda la provincia gallega se 
consideró como una sola, y el obispo de Braga firmó con el título general de me- 
tropolitano de Galicia , añadiendo que firmaba también por su hermano Nigisio 
obispo de Lugo, sin llamarle metropolitano como se intitularon en aquel concilio 
todos los que lo eran. En la provincia Narbonense, estuvo disputada desde prin- 
cipios del siglo v la silla metropolitana entre los obispos de Narbona y de Arles, 
mas el primero acabó por ser reconocido y por ejercer sin disputa los derechos 
todos de metropolitano. Acerca de la provincia Cartaginense, Cartagena y Toledo 
aspiraron una y otra á la preeminencia, la primera porque habia sido capital des- 
de el tiempo de Constantino , y la segunda porque comenzó á serlo desde la des- 
trucción de Cartagena (425). En los primeros años del siglo vi, es innegable que 
una y otra pretendían el mismo honor, pues así constapor el concilio Tarraconense 
del año 516 y por el Toledano de 527. Cuando entraron los Imperiales en España, 
se dividió la provincia en dos dominios, y mientras duró esla división , que es 
decir desde el año 554 hasta el 622 , fueron legítimos metropolitanos los dos obis- 
pos, el de Cartagena en la Conlestania, que obedecía al emperador, y el de Tole- 
do en la Carpetania, que estaba sujeta á los monarcas godos. De la época de la 
expulsión de los Imperiales y de la consiguiente reunión de la Contestania y Car- 
petania en una sola provincia, data el reconocimiento de los derechos metrópoli ti- 
cos sobre la provincia de Cartagena en el prelado de Toledo , sin emulación ni 
disputa alguna. 

El nuevo sistema de los metropolitanos no destruyó enteramente la costum- 
bre antigua de honrar á los obispos por orden de antigüedad ; pues entre los su- 
fragáneos se mantuvo siempre este orden , y aun los mismos metropolitanos 
entraban en él cuando estaban fuera de su provincia, y ocurrida su muerte, ha- 
cia interinamente sus veces hasta nueva elección el obispo mas antiguo. 

Los derechos del metropolitano, según la disciplina de la España goda, eran 
cinco : convocarlos concilios provinciales, consagrará los sufragáneos, hacer 
las veces de ellos en sus ausencias, juzgar en primera instancia sus causas, y 
vigilar por fin sobre el buen régimen de los obispados y parroquias (1). 

Los obispados en tiempo de la España goda se fueron multiplicando in- 
sensiblemente por constituciones reales ó conciliares de que apenas nos queda 
memoria. Solo sabemos de cierto que los Suevos, por haberse internado á veces 
en la Lusitania, y los Imperiales, por el dominio que tuvieron en una porción de 

(1i Conc. Tarrac, ann. 516, c. 43; Conc. Tolet. III, c. 18; Conc. Tolet. IV, c. 3; Conc. Emerit. 
ana 666, c. 6; Gollect. Decret. St. Martini. Bracar., c. XVIII. 




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CAP. X.— ESPAÑA GODA. 181 

la Bética y Cartaginense, dieron motivo á que se tomasen algunas providencias, 
para corlar los pleitos que habia acerca de los límites de las iglesias así sufragá- 
neas como metropolitanas. Varios reyes y concilios atendieron á esta materia, y 
aun cuando sea muy incierta la pretendida división de obispados atribuida al rey 
Wamba , y no nos quede del tiempo de los Godos catálogo alguno de las diócesis 
de España , colígese sin embargo por las firmas de los concilios , que en el siglo 
vn eran á lo menos ochenta; ocho de la Galia Narbonense, y setenta y dos de 
nuestra península sin contar otros cuatro ó cinco cuyos nombres estropeados ó 
anticuados no es fácil entender lo que significan. Los de la provincia Tarraconen- 
se eran quince, á saber: Tarragona, Barcelona, Gerona, Lérida, Tortosa, Vich, 
Urgel , Ampurias , Tarrasa , Zaragoza , Tarazona , Huesca , Pamplona y Santa 
María de Oca. Los de la Cartaginense, veinte y uno: Toledo , Cartagena, Oreto, 
Cazlona, la Guardia, Guadix, Baza, Valencia, Denia, Elche, san Felipe, Totana, 
Segorbe, Segovia, Sigüenza, Arcos, Alcalá de Henares, Os nía, Palencia, Virgi y 
Bigastro; los dos últimos ya no existen. En la Bética habia once obispados: Sevilla, 
Córdoba, Elvira, Ecija, Cabra, Santiponce, Marios, Niebla, Jerez, Málaga y 
Adra. En la Lusitania catorce: Mérida, Ebora, Coria, Idaña, Estay, Beja, Águe- 
da, Lisboa, Coimbra, Viseo, Lamego, Salamanca, Avila y la antigua Caliabria. 
La provincia de Galicia tenia once: Braga, Dumio, Porto, Chaves, Tuy,el Padrón 
Orense, Bretona, Lugo, Astorga y León, Las iglesias de la Galia Narbonense 
eran ocho: Narbona, Agde, Beziers, Magalona, Nimes, Lodeva, Carcasona y 
Elna. 

Los obispos, por ley canónica, debían residir cada uno en su respectiva igle- 
sia, y no salir de ella sin dejar un vicario con las facultades necesarias para el 
buen régimen del obispado. Cualquiera metropolitano sin embargo podia llamar 
ásus sufragáneos, no solo para concilios ó consagraciones de obispos, sino tam- 
bién para celebrar con mayor solemnidad en la capital de la provincia las fies- 
tas principales, como son las de Pascua, Pentecostés y Navidad. El de Toledo 
en particular podia obligar á los suyos á residir en la corte la mayor parte del 
ano para dar con esto mayor esplendor á la capital del reino, y el príncipe tenia 
derecho para llamar de su iglesia ó cualquiera prelado y darle los encargos que 
le pareciese. Sin estos motivos, debía también el obispo salir una vez al año de 
su catedral para visitar todas las iglesias de la diócesis, examinar si estaban 
mantenidas con decoro, informarse de sus rentas y gastos y del proceder de los 
curas y demás clérigos (1): en cuyos viajes no podia llevar mas de cinco cabal- 
gaduras, ni detenerse en ninguna iglesia mas de un dia, ni exigir por los gastos 
del viaje mas de dos sueldos ó sean cuatro escudos (2). 

Los derechos del obispo sufragáneo eran unos caree terísticos y propios de su 
orden, y otros comunicables á los presbíteros. Los de la primera especie se redu- 
cían á cinco: preparar el crisma, administrar el sacramento de la confirmación, 
conferir órdenes mayores, dar el velo á las vírgenes, y consagrar las iglesias (3). 
La consagración de los templos (como también la del obispo y del rey) no se po- 
dia hacer sino en domingo, según consta por un canon expreso del concilio terce- 

(4) Conc. Tolet. IV, c. 26; Conc. Tolet. Vil, c. 4. 

(2) Conc. Bracar. II, c. 2. 

(?) Sanct. Isid., Eccl. Ofí., lib. II, c. XXVII. 



182 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

rodé Zaragoza. Antes de consagrar unaiglesia, habia de examinar el obispo las 
escrituras de su fundación y ver que rentas tenia, pues no podían consagrarse las 
que no contaban con dote suficiente para su decente manutención, ni las que lla- 
maban tributarias por ser de dueño particular, que cuidaba de mantenerlas como 
cosa suya, con las oblaciones ó limosnas de los fieles (1). Estaba también preve- 
nido que las iglesias que habían sido de los arríanos volviesen á consagrarse con 
la misa solemne acostumbrada y con las demás ceremonias. 

Los derechos que el obispo podía comunicar, y realmente comunicaba á los 
presbíteros, principalmente si tenían á su cargo una parroquia, eran tres: absol- 
ver á los penitentes, catequizar y predicar, y conferir órdenes menores (2). 

Por leyes generales del derecho canónico, no puede dividirse un obispado 
en dos, ni obtener un obispo dos obispados juntos, ni trasladarse de una silla 
menor á otra mayor; pero nuestra nación en tiempo de los Godos ó no observaba 
por lo general esta disciplina, ó dispensaba en ella fácilmente cuando lo juzgaba 
oportuno. Habiéndose consagrado un obispo en la ciudad de Falencia sin las de- 
bidas aprobaciones, dispuso Montano de Toledo, como metropolitano de la Car- 
taginense, que se pusiese otro obispo en dicha ciudad, y que al intruso, por de- 
coro del orden episcopal, se le diese durante su vida una porción de obispado en 
los territorios de Segovia, Buitrago y Coca, cuya desmembración, aunque según 
la disposición de Montano habia de ser interina, parece que se perpetuó desde en- 
tonces, pues consta después de este suceso por los concilios de Toledo, que Se- 
govia era obispado en propiedad. También sin desmembramiento ni división de 
territorios hubo á veces dos obispos en una misma iglesia, el uno propietario y 
administrador el otro, como sucedió cuando Potamio, de Braga, se retiró á un 
monasterio, pues el concilio Toledano X, sin quitarle el obispado, encargó su 
gobierno y administración á san Fructuoso, obispo de Dumio. 

El hecho de que acabamos de hablar es prueba de que á veces en España se 
daba encargo de dos iglesias á un obispo solo; pero tenemos sin esto otros ejem- 
plos con que se confirma lo mismo. Antes de san Fructuoso habia tenido san Martin 
las dos iglesias juntas de Dumio y Braga, que luego después de su muerte se se- 
pararon, entrando en la primera Juan y en la segunda Paníardo. Asturio, obispo 
de Toledo, halló en Alcalá de Henares los cuerpos de los santos mártires Justo y 
Pastor que estaban olvidados y perdidos, y no queriendo después de tan buen ha- 
llazgo apartarse de aquella iglesia, se quedó allí por obispo sin desprenderse de 
la que antes tenia, de suerte que por testimonio de san Ildefonso tuvo al mismo 
tiempo dos títulos, el de obispo nono de Toledo y el de primero de Alcalá. 

El concilio Toledano XVI nos dio un ejemplo muy notable de translaciones 
de obispos, mandando pasar á Faustino de la iglesia de Braga á la de Sevilla y á 
Félix de la de Sevilla á la de Toledo, en lugar de Sisberto,que fué degradado en 
pena de su rebelión contra el monarca. «Esla práctica de nuestra nación, dice 
Masdeu (3), aunque contraria al concilio Niceno, no debe censurarse, porque el 
asunto no es de doctrina sino de disciplina, en que pueden variar las iglesias sin 



(i) Gonc. Hispal. II, c. 5 y 7; Conc. Caes.-Aug. III, c. 1, etc. 
2) Sant. Isid., de Eccl. Olí., ubi supra. 
(3) Hist., crít. de Esp., t. XI. p. 189. 






CAP. X. — ESPAÑA GODA. 183 

ofensa ele la unidad católica, y porque no lo prohibieron Jesucristo ni los após- 
toles, antes bien en los primeros siglos estuvo muy en uso, como puede verse por 
un catálogo publicado por Sócrates y Casiodoro, de varios obispos trasladados 
de una iglesia á otra.» 

Al morir un obispo, entraba interinamente en su lugar el de la diócesis mas 
inmediata (1), á quien tocaba disponer el entierro, ejecutar el testamento y go- 
bernar la iglesia en lo temporal y espiritual, hasta que se consagrare nuevo obis- 
po (2) ; pero siempre con acuerdo y dependencia del metropolitano, pues este te- 
nia derecho para entender en ello por sí mismo ó por medio de otro, no solo en 
el caso de muerte, sino también cuando el sufragáneo, por sentencia canónica, se 
había de retirar á penitencia á algún monasterio. De aquí se seguía que el obis- 
po penitenciado ó moribundo no podia dejar sus poderes a! vicario, y mucho me- 
nos nombrar á otro obispo con título de coadjutor ó de heredero. 

El obispo ponia á su aíbedrío los rectores ó curatores (3), pero no podia de- 
ponerlos á su voluntad (4) ; dábales á cada uno un directorio que llamaban libri- 
to oficial (libellum officiale), en que estaba explicado como habían de adminis- 
trar los sacramentos, y prevenido todo lo que debían hacer para el bien de su 
iglesia, de cuyo gobierno habían de dar cuenta al prelado, no solo en el tiempo de 
la visita diocesana, sino también todas las veces que iban á la ciudad para asistir 
á los sínodos y procesiones. Cada curator para el servicio del coro y de su iglesia 
tenia un número de clérigos á proporción de las rentas, pues con esías debia ves- 
tirlos y mantenerlos con la debida decencia, teniendo derecho al mismo tiempo 
para castigarlos y azotarlos, si no cumplian con su obligación (5). 

También locaba al obispo la distribución de los beneficios á proporción de 
los bienes estables que tenia la catedral para la manutención de su clero ; pero 
los prelados habian de darle un recibo que llamaban carta precaria, para que 
quedando este testimonio de lo que el obispo les habia señalado en haciendas ó 
en frutos, no pudiesen jamás alegar derecho contra la iglesia, confundiendo los 
derechos eclesiásticos con los hereditarios. Muriendo el beneficiado ó dejando en 
vida el ministerio, los bienes volvían á la iglesia, á no ser que en atención á sus 
servicios, ó bien por pura caridad se destinase una parte de ellos para alimento 
de los hijos ó de la muger. Se permitía á veces á un clérigo tener dos beneficios 
aun de diferentes iglesias, con tal que sirviese á entrambas, ó no siendo esto posi- 
ble mantuviese en una de ellas un coadjutor ó vicario. Aun á los curas se permitía 
que tuviesen dos parroquias cuando estas eran muy pobres y no distaban mucho 
una de otra, de suerte que pudiese el párroco asistir á todas ellas para la admi- 
nistración de los sacramentos y para la celebración de la misa en los dias de 
fiesta. Pero como se viese por la experiencia que este sistema no convenia, man- 



(1) Conc. Valent. ann. 546, c. í, 2 y 4. 

(2) Testamento executio, et funeris curatio ad viciniorem spectat. Aguirre, p. 90, 9 1 y 98. 

(3) Esta palabra habia pasado del órdeu civil a! eclesiástico. En los municipios romanos, habia 
empleados (munifici) llamados curatores, teniendo á su cargo varios servicios municipales, curator 
frumenti, curator calendar u, etc. Esta palabra habia de haberse traducido propiamente por cura- 
dor , pero e4 uso á hecho prevalecer la de cura. 

(4) Sine coacto concilio, clericum deponere non potest. Aguirre, p. 585, ex Conc. Hispal. II, c. 6. 
—Lo mismo debe decirse para la rehabilitación. Conc. Tolet. IV, c. 28. 

(5) Lib. Iud., lib. IV, t. V, 1. 6; Conc. Tolet. III, c. 9; Conc. Tolet. IV, c. 26, etc. 



184 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

dó el concilio Toledano XYÍ que las parroquias muy pequeñas ó muy pobres se 
agregasen á otra mayor, y no se permitiese en adelante ni cura con dos iglesias, 
ni iglesia parroquial sin bastante renta para mantener un clero competente con 
diez siervos. 

Aunque por derecho ordinario pertenecía ai obispo la distribución de los 
beneficios y parroquias, declaró sin embargo el concilio IX de Toledo que los 
fundadores de cualquiera iglesia parroquial ó monacal eran dueños de nom- 
brar en ella los curas ó abades, con tal que fuesen hábiles para el empleo; cuando 
el obispo veia que no lo eran, podia disponer que se nombrasen otros, pero no 
ponerlos por sí mismo contra la voluntad de los fundadores, bajo pena de quedar 
inválida la ordenación que él hiciese. Este privilegio dado en España á mitad del 
siglo vn á los fundadores de lugares pios, puede considerarse como el origen y 
principio del derecho de patronato, de que empezaron á gozar siglos después va- 
rias familias seculares. 

El mero presbítero predicaba, sacrificaba y daba la bendición al pueblo. 

En las catedrales habia dos casas de comunidad, la una de eclesiásticos, se- 
gún costumbre de tiempos aun mas antiguos, y la otra de niños educandos como 
se estila aun en los seminarios. En la primera que se llamaba cónclave canoni- 
cal, de donde se ha originado el título de canónigos, vivían en forma regular los 
presbíteros y demás clérigos de la catedral, bajo la dirección de un ecónomo que 
cuidaba de vestirlos y mantenerlos, según las disposiciones del obispo. El semi- 
nario ó cónclave de niños era para los hijos y descendientes de los libertos de la 
catedral y para todos los demás niños ofrecidos por sus padres al servicio de la 
iglesia. Allí los criaba un anciano docto y piadoso, dándoles la instrucción nece- 
saria en lo espiritual y literario, y cumplidos los diez y ocho años se les pregun- 
taba delante de todo el clero reunido, si querían casarse ó vivir solteros ; y de 
allí á otros dos años, según la respuesta que habían dado, los promovían al sub- 
diaconato ó les permitían el matrimonio, dejándolos ir á sus casas (1). 

(<l) Conc. Tolet. II, c. 4 ; Gonc. Tolet IV, c. 34. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 185 



CAPITULO XI. 

Continuación del mismo asunto.— Clérigos inferiores.— Dignidades.— Rentas eclesiásticas y su ad- 
ministración.— Matrimonio y continencia de los clérigos. — Leyes[y observancias particulares de la 
Iglesia hispano-gótica.— Inmunidad eclesiástica.— Tribunal eclesiástico para las causas de los 
pobres y del bien público.— Concilios nacionales, provinciales y diocesanos. — Sacramentos.— Ex- 
comunión. — Penitencia sacramental y ceremonial. — Tonsura monástica, clerical y de penitencia. 
— Ordenes sagradas.— Monges y monjas. — Origen y diferencias déla vida monástica. — Reglas mo- 
nacales de España.— Vida monástica. -^Memoria de algunos.monges insignes. 

Explicados los dos grados superiores de la gerarquía eclesiástica, el episco- 
pado y el presbiterado, tócanos decir algo de los clérigos inferiores en la Iglesia 
goda. El diácono ó levita servia inmediatamente al sacerdote en el altar y dispen- 
saba la comunión á los fieles. El subdiácono recibía las oblaciones y preparaba 
los ornamentos y vasos sagrados para el sacrificio ; el lector leia en voz alta y 
explicaba el Antiguo y Nuevo Testamento. El salmista ó cantor (el mismo que en 
tiempo de la España romana se llamaba confesor), entonaba los salmos, himnos 
y antífonas en el coro, cuando acudía el clero para los oficios divinos. El exor- 
cista invocaba el nombre de Dios sobre los energúmenos para que saliera de ellos 
el espíritu maligno. El acólito encendía los velas para el sacrificio y tenia el can- 
delero al tiempo del Evangelio. El ostiario ó portero finalmente guardaba las lla- 
ves del templo, lo abria y cerraba, cuidaba de su limpieza y aseo, y de echar de 
él á los infieles y excomulgados. 

A estos grados explicados de la gerarquía, añadiéronse en el siglo vi tres 
dignidades, los arciprestes, arcedianos y primicerios, que, según la constitución 
del concilio de Mérida, debian residir en todas las catedrales. En algunas igle- 
sias se introdujo la costumbre de preferir la segunda dignidad á la primera ; pe- 
ro en España se conservó siempre el orden que acabamos de indicar, como cons- 
ta por las actas de los concilios de Braga y Mérida que nombran primero al arci- 
preste y después á los otros ; y mas claramente todavía por las de los concilios de 
Toledo en las que la firma del arcipreste precedía siempre á la del arcediano y del 
primicerio. El arcipreste presidia á los presbíteros ; el arcediano á los diá- 
conos y en algunas iglesias también á los subdiáconos, y el primicerio á los 
lectores, salmistas, exorcistas y acólitos. Sin esto solia haber un tesorero que 
presidia á los sacristanes y ostiarios, y un ecónomo, depositario de la caja de la 
iglesia, que cuidaba de los gastos comunes (1). 



(1) El cardenal de Aguirre supone que en cada clase de clérigos habia un primicerio, y que 
se llamaba así porque estaba puesto el primero en los catálogos de los eclesiásticos, escritos sobre 

TOMO II. 24 



186 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Por las fundaciones é instituciones de que hemos hablado en el capítulo an- 
terior y por otros muchos gastos que tenian las iglesias, como era el de mantener 
á cierto número de pobres, y alimentar á los fundadores y á sus hijos si lo nece- 
sitaban, preciso era que las catedrales y parroquias fuesen generalmente ricas, y 
lo eran en efecto, pues la liberalidad de los fieles era grande, en especial desde 
que la corte se hizo católica, pues antes de esta época es indudable que la pobre- 
za del clero era mucha. Las rentas eclesiásticas eran de dos especies: las unas 
eventuales procedían de los diezmos y de las oblaciones de los fieles, y las otras 
fijas ó estables, del producto de las haciendas y demás bienes inmuebles. Los 
diezmos y las ofertas gratuitas, ya fuesen en dinero, ya en pan, vino ú otra co- 
sa, se dividían en tres partes iguales: una era enviada al obispo, la otra era dis- 
tribuida entre los presbíteros y diáconos, según sus diferentes grados, y la terce- 
ra entre los subdiáconos y demás clérigos, á proporción, no del grado, sino del 
mérito y porte de cada uno, á juicio del primicerio (1). Otras tres partes se ha- 
cían de todos los bienes estables así de la catedral como de las parroquias : la 
primera era para el obispo, la segunda para los beneficiados, según el beneficio 
de cada uno, y la tercera para la fábrica de la iglesia cuyos eran los bienes, es- 
tando particularmente prevenido que si alguna parroquia necesitaba reconstruir 
ó reparar la iglesia yno tenia bastante dinero, supliese el obispo con su porción. 
Aunque el obispo era el principal administrador de todas las renías eclesiásticas, 
no podia enagenar los bienes, ni venderlos sin aprobación de todo el clero, ni 
disponer de ellos en ninguna manera á favor de sus parientes ó amigos, á no ser 
que diese á la iglesia tres veces tanto de lo que tomaba de ella para favorecer á 
otro (2); asimismo no podia dar libertad á ningún siervo sin reemplazarlo ó 
pagarlo. Solo era dueño de emplear los frutos de su porción á favor de ios pobres 
ó de causas pías, y si fundaba con ellos ó con su propio caudal alguna iglesia en 
su diócesis, le era permitido dotarla con la centésima parte de los bienes de la ca- 
tedral, y aun con la quincuagésima si la fundación era para monges (3). Si se va- 
lia de los siervos ó rentas de la catedral para mejorar sus propias haciendas, de- 
bía ceder á la iglesia todo el provecho que habia sacado, y al contrario, si con sus 
propias rentas ó siervos mejoraba las haciendas eclesiásticas, el provecho era 
todo para sí á no ser que voluntariamente lo renunciase. Para impedir que los 
prelados se apoderasen de cosa alguna de la iglesia, ó apropiasen á la catedral lo 
que era de las parroquias ó monasterios, estaba mandado que todo obispo, des- 
pués de su consagración, se hiciese cargo con inventario formal y delante de cin- 
co testigos de lo que se le entregaba en bienes muebles é inmuebles; en su ar- 
chivo habia de tener nota auténtica de las haciendas y haberes de todas las igle- 
sias de su diócesis, y cuando fiaba alguna á nuevo curator, albas ó capellanus, 
le habia de dar copia firmada de su mano de todas las escrituras y memorias 
pertenecientes á ella. A las excomuniones y demás penas canónicas con que 
estaba vedada al obispo cualquiera translación de bienes de una iglesia á otra, 



tablas enceradas. Esto empero no fué la costumbre de la Iglesia de España, en la que cada catedral 
tenia un solo primicerio. 

(l) Conc. Emerit., ann. 666, c. 13; Conc. Tolet. XVI, c. 5. 

(8J Conc Emerit., c. 21 ; Conc. Bracar. II, c. 2. 

(3) Conc. Tolet. IX, c. 5. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 187 

añadió el rey Wamba por ley que quien esto hiciese, no solo debería reponer los 
bienes en el estado primero, sino también compensar los daños ocasionados, y en 
caso que no tuviese posibilidad para cumplirlo, hubiese de sujetarse á peniten- 
cia mas ó menos larga, según el valor ó caudal, á razón de un dia por escudo. No 
solo los obispos, pero ninguna otra potestad podia quitar á las iglesias lo que po- 
seian, es lando declarado por las leyes visigodas que las donaciones hechas á Dios 
por cualquiera persona eran irrevocables y eternas (1). 

Al morir un eclesiástico, principalmente si era obispo, los diputados del cle- 
ro, junto con el obispo mas inmediato, hacian sin pérdida de momento el inven- 
tario de los muebles de su casa y de sus haciendas y bienes , y separaban lo que 
era personal de lo que era de la iglesia, para disponer de lo primero según el 
[estamento, ó según los derechos que alegasen los parientes y herederos. Preve- 
nían los cánones de nuestros concilios que lo que el difunto hubiese sembrado ó 
plantado en terreno de la iglesia quedase á favor de esta , y que los aumentos y 
mejoras conseguidos con su industria en tiempo del ministerio, se repartiesen 
con la debida proporción entre los herederos que tenían derecho á su patrimonio 
y la iglesia que lo tenia á sus propios bienes. Estaba también mandado que á los 
que hiciesen el inventario , se les diese por su trabajo el valor de una libra de 
oro ó solo de media, según los caudales del difunto. El testamento no era ejecu- 
torio y no podia hacerse la distribución de bienes hasla conseguir la aprobación del 
superior del difunto , la que por muerte de un presbítero ó clérigo debia pedirse 
al diocesano, por muerte de este al metropolitano, y por muerte del metropoli- 
tano al sucesor ó al concilio provincial. Al concilio se habían de llevar todos los 
pleitos que hubiese por muerte de algún prelado, como sucedió por la de Reci- 
miro , obispo de Dumio , que había dispuesto de todos sus bienes personales á fa- 
vor de los pobres, sin hacerse cargo de los daños que habia ocasionado á su ca- 
tedral con ventas y contratos viciosos. El concilio Toledano x, en que se trató la 
causa , después de examinar , no solo el testamento de Recimiro, sino también el 
de san Martin, fundador de aquella catedral , mandó primero resarcir los daños 
arriba dichos , y luego dar á los pobres lo restante según la voluntad del difunto. 

En los primeros tiempos, cuando las iglesias carecían aun de reñías, se 
permitía á los eclesiásticos dedicarse al comercio , con tal que no dejaran aban- 
donadas sus iglesias. « Que los obispos, sacerdotes y diáconos, decía el concilio 
Iliberitano, no vayan á las ferias á comerciar, abandonando sus iglesias; pero 
se les permite negociar en su provincia , y enviar sus hijos, amigos ó criados á 
traficar fuera del país (2). » Sin embargo, al principio del siglo vi, cuando las 
iglesias llegaron á tener rentas suficientes para el sostenimiento del culto y para la 
decente manutención del clero , prohibióse á los clérigos todo comercio y granje- 
ria, se castigó severamente la usura, se les señaló honorarios muy módicos para 
el ejercicio de su ministerio , y aun se mandó expresamente que no exigieran 
retribución alguna ni aun en concepto de gratificación ó presente, por el bautis- 
mo de los niños , por la consagración de los templos , ni por otros actos y fun- 
ciones de su instituto (3). Con esto quedaron mas libres para servir á la iglesia, 

(4) Lib. Iud. lib. V, t. I, 1. 1,2 y 3. 

(2) Can. 48. 

(3) Conc. Tarracon.— Id. Barcinon.— Id. Bracar. H. 



188 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

y con menos motivo para ausentarse , como sugetos mantenidos por ella misma 
para que la sirviesen. Cada uno desde el punto en que recibia órdenes menores, 
quedaba unido con su iglesia para toda la vida , no pudiendo aspirar á promo- 
ción alguna fuera de ella sin las dimisorias de su obispo. Se le obligaba á pro- 
meter desde entonces que por ningún título dejaría el ministerio que le fiaban, 
bajo pena de suspensión y reclusión ; y si alguno , quebrantando las leyes y fal- 
tando á su palabra , se atrevía á pasar á otra iglesia , ó ir vagabundo por las 
provincias sin carta formada ó comunicatoria (que era la licencia de su prelado), 
no podían los demás obispos emplearle ni darle los fieles acogida, sin devolverle 
á su legítimo superior ó denunciarle á la justicia secular en el término de ocho 
días. El vestido de los eclesiásticos no se distinguía del de los seculares sino en 
ser liso, modesto y ageno de toda pompa mundana, en cuya observancia jamás 
mereció el clero godo corrección alguna , sino en la Galia Narbonense , donde 
fué preciso prohibir á los clérigos la púrpura, por ser de sobrado lujo y propia de 
magistrados y poderosos (1). El buen eclesiástico en suma, según lo describe 
S. Isidoro de Sevilla , vivía enagenado del mundo y de sus placeres; abominaba 
los espectáculos , banquetes y diversiones ; no comerciaba ni trataba negocios se- 
culares ; hablaba con moderación , caminaba con sosiego , miraba con modestia, 
no frecuentaba casas de mugeres, se ocupaba en la lección y en los divinos ofi- 
cios, cultivaba su espíriUi en el estudio, instruía al pueblo en la doctrina, y le 
daba ejemplo con las buenas obras (2). 

Acerca del matrimonio y continencia de los eclesiásticos , la disciplina de la 
Iglesia goda es casi la misma que en los siglos precedentes. El clérigo , después 
de recibidas las órdenes menores , podia casarse , pero una sola vez y con muger 
virgen , y, viviendo con ella, podia ejercer el ministerio de su orden. Casado de 
este modo , se le promovía en edad avanzada á las órdenes mayores , y aun al 
obispado , con tal que se separase de su muger ó se obligase á no usar del ma- 
trimonio , teniéndose lo contrario por pecado gravísimo y de mucha infamia (3). 
El concilio íliberitano (á principios del siglo iv) mandó á los obispos, presbíteros 
y diáconos y á todos los clérigos que estuviesen de servicio abstenerse de sus mu- 
geres so pena de ser privados del honor de la clericatura (4). Prohibía conferir 
el subdiaconado á los que en su juventud hubiesen cometido adulterio, y man- 
daba degradar á los que así hubiesen sido ordenados (5). Permitia á los obispos 
y otros eclesiásticos tener en su compañía sus hermanas ó vírgenes consagradas 
á Dios, pero de modo alguno mugeres extrañas (6). 

Tres disposiciones dedicó á esta materia el concilio de Gerona de 517. Que 
los eclesiásticos, desde el obispo hasta el subdiácono, no habiten con sus mu- 
geres, ó en el caso de vivir con ellas, tengan en su compañía una de sus herma- 
nas que pueda dar testimonio de su conducta. Que los clérigos célibes no tengan 
en su casa mugeres extrañas , sino solo la madre ó hermanas propias. Que no se 



(1) 


Conc. Narbon. armo 589, c. 1; et Sanct. Isid. 


deEccle. Off., lib. II, c.II 


(2) 


Sant. Isid., 1. c. 




(3) 


Conc. Tarracon. auno 517, c. 6 y sig. 




(4) 


Can. 33. 




(8) 


Can. 30. 




(«J 


Can. 37. 





CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 189 

eleve á la clericatura á los que han pecado con otra muger aunque se hayan casa- 
do con ella después de muerta su esposa (1). Si el clérigo recibía en su casa mu- 
ger prohibida, incurría en las penas de suspensión y clausura, y si pecaba con 
ella, le condenaban los cánones á degradación y penitencia perpetua , mandando 
la ley (2) que á las mugeres con quienes hubiese convivido, las recluyera el prelado 
en un monasterio ó fuesen vendidas como siervas , siendo su precio distribuido 
entre los pobres (3). Los obispos y curas , que , por ser los mas disíinguidos del 
clero, debían dar ejemplo á los demás, eran mas severamente castigados si incur- 
rian en iguales faltas. El cuarto concilio de Toledo y el de Mérida de 666 dispu- 
sieron que nadie recibiese la investidura de un obispado ó de una parroquia sin 
hacer antes profesión de castidad (4); y en él concilio Toledano xi se extendió 
este precepto á los que recibiesen las órdenes mayores. Por lo que toca al celibaío, 
los subdiáconos estuvieron siempre sujetos en España á las mismas leyes de 
los diáconos y presbíteros (5). 

En el aseo y servicio de los templos , principalmente de las catedrales , tu- 
vieron los obispos el mayor cuidado, encargando el decoro de la casa de Dios á 
personas de mucha satisfacción, y castigando rigurosamente cualquiera profana- 
ción ó falta de respeto (6). El sacristán , que regularmente era un diácono, estaba 
sujeto á gravísimas penas si permitía que se hiciera el menor uso profano ele los 
vasos sagrados, ó de cualquier otra cosa que sirviese al altar, y aun para lavar 
los corporales y otros lienzos , debía tener vasijas á propósito que no se empleasen 
en otro uso alguno. Le* estaba particularmente encargado que estuviesen limpios 
los altares y encendidas las lámparas delante de las reliquias , y había pena de 
degradación para cualquiera eclesiástico que las apagase , impidiese los divinos 
oficios , ó hiciese otro desacato al templo del Señor (7). 

Para asistir al coro en los dias de hacienda , turnaban los eclesiásticos por 
semanas ; pero en los domingos y demás fiestas debían asistir todos , aun los de 
los arrabales y contornos de la ciudad (8). En él ocupaban los presbíteros el pri- 
mer lugar y los diáconos el segundo , formando dos hileras en círculo alrededor del 
altar, y luego después de ellos estaban situados los cantores y demás clérigos, 
observándose este orden así en las catedrales como en las demás iglesias. Se 
cantaban cada dia en el coro los maitines al amanecer y las vísperas después de 
la caida del sol, pues todo lo demás del oficio divino, que se componía entonces 
de completas, horas y nocturnos , parece que no se decía en comunidad sino en 
los monasterios. El tiempo de las completas era el de acostarse; las horas ca- 
nónicas , que eran tres , se rezaban en tres tiempos ; á la tercera hora del dia , á la 
sexta y á la nona , es decir á las nueve de la mañana , á mediodía y á las tres de 
la tarde (9) ; y asimismo los nocturnos en tres tiempos de la noche , de lo que se 

(1) Conc. Gerund., c. 6, 7 y 8. 

(2) Lib. Iud., lib. III, t. IV, 1. 48. 

(3) Conc. Tolet. IV, c. 43. 

(A) Casti sint, cuna extrañéis feminis non habitent. Aguirre, Col'ect. Max. Conc. Hisp.; Conc. 
Tolet. IV, c. 21, et Conc. Emerit. anno666, c. 1. 

(5) Conc. Tolet. XI, c.40. 

(6) Sanct. Isid , de Eccle. Off., lib. II, c. IX. 

(7) Conc. Tolet. anno 527. c. II; Conc. Tolet. XIII, c. 7. 

(8) Conc. Tarracon. anno 516. c. 7. 

(9) Los Godos habian adoptado de los Romanos el modo de contar las horas. 



100 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

han derivado los rezos que la Iglesia moderna llama nocturnos , aun cuando se 
cantan al mismo tiempo que los maitines (1). No nos ha quedado breviario del 
tiempo de los Godos • pero de los concilios y de las obras de aquellos tiempos se 
colige que tenia sustancialmente las mismas partes que tiene el Muzárabe, de 
que en su lugar hablaremos. Lo principal eran los salmos que antiguamente no 
se cantaban sino que se rezaban con pausa , pero después se introdujo cantarlos 
con melodía y acompañarlos con el órgano. Babia en el oficio responsorios , an- 
tífonas , himnos , lecciones y oraciones , aunque acerca de los himnos , hubo no- 
vedad en el siglo vi por razón de algunos introducidos por los priscilianistas para 
esparcir sus errores. El concilio de Braga y el concilio Toledano IV se esforzaron 
con sus disposiciones en prohibir su uso. Al fin de los salmos y responsorios se 
caniaba el Gloriapatri ; pero algo diferente del que introdujo en Roma el papa san 
Dámaso, pues los Españoles decían Gloria et honor en atención á algunos textos 
de David y de san Juan Evangelista, en que se da alabanza á Dios con las dos 
palabras juntas. 

El rito de la misa introducido en España por los siete Apostólicos, se con- 
servó en tiempo de los Godos sin alteración notable ; solo en Galicia hubo nove- 
dad por razón de los priscilianistas que, con el largo tiempo que existieron, 
habían compuesto varias preces y oraciones y aun dado el título de escrituras 
canónicas á invenciones suyas , con que llegaron á desfigurar de tal suerte la 
liturgia que no se distinguía en ella entre los ritos modernos y los apostólicos. 
En 538, el papa Yigilio, informado de esta confusión, envió al obispo de Braga 
un directorio déla misa como se decía en Roma, y el concilio Bracarense 
de 561 , ordenó que toda la provincia lo aceptase. Con ello sufrió gran alteración 
la antigua liturgia por ser la misa romana en muchas oraciones y ritos muy di- 
ferente de la española antigua. La alteración, empero, no salió de los límites de 
la antigua Galicia, ni tampoco duró allí mucho tiempo , pues sujeta en 587 á los 
reyes godos , convertidos al catolicismo poco después , acabaron las iglesias galle- 
gas por uniformarse con las demás en 633, cuando juntos en Toledo los obispos 
de Galicia con todos los demás de la nación española y francesa, mandaron de co- 
mún acuerdo que, para cortar escándalos y divisiones , todas las iglesias de Es- 
paña y Francia dijesen unos mismos salmos y oraciones, observasen un mismo 
método en la misa y en el oficio divino , y que como era uno el reino y una la fó 
de todos los Españoles, así fuese una también la disciplina eclesiástica. La misa 
estaba dividida en dos partes, la una llamada de los catecúmenos y la otra del 
sacrificio. En la primera se leia una profecía del Antiguo Testamento, una epís- 
tola de san Pablo y una parte de los evangelios; se anadian algunos responsorios y 
unos versículos con alleluya, que era lo que entonces llamaban Laudes ; seguía- 
se el Ofertorio, y luego un diácono en voz alia mandaba á los catecúmenos que se 
retirasen (2). La segunda parte llevaba el orden siguiente: se hacia una amones- 
lacion al pueblo para que se recogiese á orar; se rogaba á Dios con particular 
formulario para que oyese las oraciones de los fieles; se hacia la conmemoración 
de los vivos y de los muertos , nombrando particularmente á los fundadores y bien- 



io Sanct. Isid. Oper., jEHmolog., lib. VI c. XVIII. 
(2) Sanct. Isid., de Eccle. 00'., lib. I, c. XIII y sig. 



CAP. XI.— ESPAÑA GODA. 191 

hechores de la iglesia; se daban los abrazos de paz en señal de unión y caridad; 
se seguía la Ilación , que ahora llamamos Sanctus ó Prefacio ; luego el sacerdote 
consagraba, se rezaba el Pater noster, se distribuíala comunión, y intimamen- 
te se daba la bendición al pueblo , como se acostumbraba también al fin de los 
maitines y vísperas. En el año de 589, el concilio Toledano III, á instancia de 
Recaredo, añadió en la misa el símbolo de Constantinopta, como se decía en 
Oriente , y de España pasó después este rito en los primeros años del siglo íx , á 
las iglesias de Francia y Alemania, y entrado el siglo xi á la misma iglesia ro 
mana (1). 

El orden sustancial de la misa ha sido siempre el mismo, pero habia alguna 
variedad en las oraciones y lecciones según la fiesta que se celebraba, y según 
la persona viva ó difunta por quien se ofrecía el sacrificio. La misa de difuntos 
de que hablan varios concilios , afirma san Isidoro que se usaba desde el tiempo 
de los apóstoles ; pero á fines del siglo vn prevaleció entre algunos la falsa opi- 
nión de que la misa de muertos dirigida á un vivo podia acortarle la vida, y por 
consiguiente la mandaban decir con el malvado fin de conseguir de Dios la muerte 
de algún enemigo. Para extirpar este abuso , el concilio Toledano XVII prohibió 
semejantes misas á los sacerdotes, bajo pena de degradación, excomunión y reclu- 
sión perpetua. En las misas de difuntos y de cuaresma se quilaban los Aleluyas, 
y en las de domingo y demás fiestas se anadia el cántico de los tres niños de Da- 
niel. De las misas propias de santos , se ha conservado la de san Martin de Du- 
mío, que siendo, á lo que se cree, del siglo v, es muy apreciable por su antigüe- 
dad ; pero sin ella nos queda noticia de muchas otras compuestas por varios 
obispos que influyeron sucesivamente con su trabajo en la formación del misal 
de la España goda. Todas las catedrales y parroquias en la misa mayor rogaban 
cada dia á Dios por la salud y felicidad del rey, y mientras habia guerra ofre- 
cían á Dios el sacrificio por la prosperidad de nuestras armas. 

De los decretos de varios concilios se colige que en las catedrales y parro- 
quias se celebraba la misa cada dia. Los sacerdotes particulares no tenían en esto 
regla fija, pues, según cuenta san Isidoro de Sevilla, unos la decían todos los días 
de la semana , otros los sábados y domingos , y otros el domingo solo; pero lo 
primero era lo mas regular desde el siglo ív , y aun en un mismo dia repelían 
algunos el sacrificio para que pudiesen cumplir todos los fieles con el precepto de 
oir misa; pero esta costumbre cesó del todo cuando se quitó el motivo de ella, que 
era el de estar fiadas varias parroquias á un solo cura. 

Respecto de la materia del sacrificio, vemos que el tercer concilio de Braga 
condena la costumbre introducida por algunos en Galicia de consagrar en uva y 
aun en leche, resabio de la antigua heregía prisciliana; y el concilio Toledano XVI, 
reprobando la práctica de varios sacerdotes que para el sacrificio redondeaban 
una corteza del pan usual , mandó que se consagrase « en pan entero, blanco y 
pequeño, y hecho de propósito para el sacrificio, según la costumbre de la Igle- 
sia». De una carta de san Isidoro á Redempto , se deduce que la Iglesia goda , lo 
mismo que las demás occidentales , consagraban todas con pan ázimo , y que es 
errada la opinión de los que lo contrario han sostenido. 



(4) Flores, España Sagrada, t, III, p. 487 y sig. 



192 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Las fiestas que guardaba la Iglesia goda, además délos domingos, eran nue- 
ve , siete del Señor, y dos de la Virgen : Natividad , Circuncisión, Epifanía, Re- 
surrección , Ascensión , Pentecostés , Invención de la Santa Cruz , la Inmaculada 
Concepción de María, y su Anunciación ó Encarnación del Verbo. La fiesta de la 
Concepción se introdujo en España cuando no era celebrada en otro país alguno, 
á mediados del siglo vn. 

La Pascua de Resurrección se celebraba en tres dias consecutivos , comen- 
zando por el primer domingo después del plenilunio de marzo , como siempre se 
ha observado en la Iglesia católica; mas como para señalar dicho domingo habia 
frecuentes cuestiones en el mundo, nacidas de la diferencia en los cálculos astro- 
nómicos, dispusieron los concilios españoles que cada año por octubre consultasen 
entre sí los metropolitanos sobre el dia que habían de señalar para el año si- 
guiente , y que habiéndolo fijado , lo intimasen á los sufragáneos por carias ó en 
tiempo del concilio provincial, que solia tenerse cada año por noviembre ; y lue- 
go cada sufragáneo por las fiestas de Navidad lo publicase en su catedral, y pasa- 
se el aviso á todas las iglesias de su diócesis. 

La Iglesia goda se preparaba para la solemnidad de la Pascua con el ayuno 
cuadragesimal , observándolo con el mayor rigor como instituido por los apósto- 
les. Comenzábase la cuaresma en lunes, cinco dias mas tarde que ahora , y si 
bien sus dias eran cuarenta cabales , contándolos desde el amanecer de dicho lu- 
nes hasta las vísperas del sábado santo , los ayunos no eran sino treinta y seis, 
porque quitaban los cuatro domingos intermedios que son los que suplimos aho- 
ra con los cuatro dias de ía semana de ceniza. El domingo de Ramos se llamaba 
entonces con este mismo nombre y también con el de Capitiluvio , porque en es- 
te dia acostumbraban lavar la cabeza de los niños para presentarlos bien limpios 
al bautismo, que se daba á iodos en el sábado inmediato. Los tres dias últimos de 
la semana santa estaban destinados , como ahora , á la memoria de la pasión y 
muerte de nuestro Señor. En el jueves santo se despojaban los aliares, se lavaban 
los vasos sagrados , se limpiaba con el mayor aseo toda la iglesia , se abrían las 
puertas del baptisterio , cerradas desde el principio de la cuaresma , y el obispo 
consagraba el crisma y lavaba los pies á sus inferiores. No hay memoria de que 
se hiciesen monumentos como ahora se estila ; antes bien en algunos puntos ha- 
bíase introducido la costumbre detenerlas iglesias cerradas todo el viernes san- 
to , porque para este dia no habia oficios particulares , por cuyo motivo mandó 
el concilio Toledano IV que lo ocupasen los obispos y curas en predicar la pasión 
del Señor y en disponer á los fieles para la comunión de Pascua. El sábado sanio 
se bendecía el fuego y el cilio pascual , se daba el bautismo á los niños y cate- 
cúmenos, y se baria también el agua bendita, pues aun cuando no parece quesea 
de institución apostólica , es innegable que su uso es muy antiguo , y que en Es- 
paña era ya muy común á principios del siglo vi. 

Además de la cuaresma habia otros ayunos fijos ó extraordinarios, que se 
observaban lodos con rigor , aunque no ianto como en los siglos anteriores, pues 
ya se habia introducido el uso del pescado, que en tiempo de la España romana 
no se tenia por lícito , manteniéndose únicamente hasta principios del siglo vn la 
disciplina antigua en la abstinencia del vino y de los licores. En los dias de do- 
mingo estaba vedado todo ayuno y no se doblaban las rodillas para orar. Se ora- 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 193 

ba asimismo en pié todos los cincuenta dias pascuales desde la Resurrección has- 
ta Pentecostés , en cuyo tiempo tampoco habia ayunos públicos ó de precepto. 

En los dias de ayuno , así ordinarios como extraordinarios, se hacian proce- 
siones de penitencia, que los Latinos llamaban rogaciones, y los Griegos letanías, 
acudiendo para ellas á la iglesia metropolitana todos los sacerdotes y clérigos, y 
aun los curas que podían. Salia la procesión de la catedral é iba á determinados 
lugares que llamaban estaciones , porque allí se detenían los fieles delante délos 
sepulcros de los mártires, á rogar á Dios por la prosperidad de la Iglesia, del so- 
berano y de la nación. Abrian la procesión los hombres y la cerraban las muge- 
res, y eidero que iba en medio , llevaba á veces el Sacramento y otras veces las 
reliquias de algun santo. Algunos obispos de Galicia habian introducido la cos- 
tumbre de hacerse llevar en andas sobre los hombros de sus diáconos; pero el con- 
cilio Iíí de Braga reprobó esta vanidad, y mandó que los diáconos ó levitas lleva- 
sen sobre sus hombros el tabernáculo de Dios; y que si queria llevarlo el obispo 
colgado del cuello, como entonces acostumbraban, caminase á pié como los de- 
más con devoción y humildad. Parece que en los dias de procesión se cerraban 
los tribunales y tiendas, pues así lo previno el rey Chintila en uno de sus de- 
cretos. 

También para los entierros se formaba procesión de eclesiásticos, que acom- 
pañaban al difunto con salmos hasta la iglesia , donde le hacian las exequias y 
ofrecían el sacrificio por su alma. La costumbre gentílica de que los siguiese 
mucha gente con cantares fúnebres , ó con sollozos y lágrimas forzadas, se con- 
servó en España por mucho tiempo , hasia que el concilio Toledano Iíí la prohi- 
bió enteramente en los funerales de los eclesiásticos y mongas , y encargó á los 
obispos que procurasen quitarla en cuanto les fuese posible, aun de los entierros 
délos seculares. En los de los Judíos y aun de los catecúmenos que morían sin 
bautismo , estaba prohibido el canto de salmos y toda otra honra exterior : y en 
Galicia se enterraban sin exequias y sufragios públicos, no solo los suicidas, si- 
no los que morían sentenciados por sus delitos. La ley de Teodosio, que prohibió 
toda sepultura en los templos, se renovó en el concilio de Braga del año 561, 
aunque parece que después de esta época, se fué introduciendo poco á poco -la 
costumbre contraria, pues san Julián de Toledo, que escribía por los afíosde685, 
dice que algunos se hacian enterrar en las iglesias cerca de las aras de los márti- 
res. El respeto que se tenia á los sepulcros es imponderable , estando prohibido 
llevarse las urnas aun por devoción ó piedad, bajo pena de cien azotesó cuarenta 
y ocho sueldos , según la calidad de la persona que se la llevaba. Quien las des- 
truía ó profanaba , ó bien despojaba un muerto , ó le quitaba cualquiera cosa, 
mandaban las leyes visigodas que si era persona libre llevase cien azotes y pa- 
gase á los herederos del difunto una libra de oro ; y si era esclavo, se le diesen 
doscientos azotes y luego le quemasen vivo. 

La antigua ley del asilo fué respetada por los Godos, y una délas pri- 
meras cosas que nos cuenta la historia de su dominación, es haberse refugiado 
en la casa episcopal de Barcelona los hijos de Ataúlfo. En un principio el lugar 
de asilo era solo el altar y el coro, pero después se extendió á toda la iglesia, y 
últimamente bajo el reinado de Ervigio hasta treinta pasos alrededor de ella, con 
tal que en aquel trecho no hubiese casas particulares, pues estas no estaban com- 

toko ii. 23 



194 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

prendidas en el privilegio. Si un reo de muerte tomaba sagrado, mandaban las 
leyes visigodas que el juez lo pidiese al obispo con juramento de que no se le 
daria muerte, y cuando los sacerdotes le hubiesen arrojado del coro, le cogiese 
la justicia y le condenase á esclavitud, azotes ó pena pecuniaria, según la calidad 
del delito y la persona. Refugiándose alguno por deudas, riñas ú otra cosa seme- 
jante, los sacerdotes llamaban al acreedor ó agraviado para que le perdonase ó le 
otorgase plazo para pagar; y hecha así la composición amigablemente, se le des- 
pedía del asilo. Si la persona agraviada ó acreedora se atrevía á sacarle del tem- 
plo sin las debidas licencias, no solo perdía todos sus derechos sobre él, sino que 
incurría también en excomunión ó suspensión, y por ley real debía pagar á la 
iglesia una multa de ciento á cuatrocientos sueldos á proporción de sus haberes. 
Solo era permitido por las leyes civiles perseguir aun dentro del templo á quien 
se refugiaba en él con las armas en la mano, y no habia pena alguna contra 
quien le cogía ó defendiéndose le mataba, si por otra parte tenia derecho para ha- 
cerlo. 

Las inmunidades en tiempo de la España goda no estaban bien de- 
finidas, pero á consecuencia del hecho que hemos observado varias veces, esto 
es, de la intervención del poder civil en los asuntos de la Iglesia, dependían 
todas del arbitrio de los reyes. Los obispos, clérigos y monges estaban sujetos al 
fisco y á la justicia secular del mismo modo que los legos, y leyes de Chindas- 
vinio, Recesvinto, Waniba y Ervigio imponen penas pecuniarias gravísimas á los 
eclesiásticos que, citados por cualquier tribunal, no obedecieren al llamamiento; 
encargan además á los gobernadores y jueces que velen con mucho cuidado sobre 
la conducía de todo el clero y en particular de los obispos (1), y cuando noten 
en ellos escándalo en el proceder, ó descuido en el gobierno de sus subditos ó in- 
justicia en la distribución de los bienes elesiásticos, los castiguen con mulla, des- 
tierro ó confiscación de bienes, según la calidad del delito y de la persona. Entre 
las penas dictadas por la ley civil contra el alto clero, desde los diáconos arriba, 
no figuraban la decalvacion, ios azotes ni la muerte, y el concilio de Mérida de 
666 permitió al juez secular castigar con todas las demás penas legales al obispo 
que mutilase á un esclavo déla iglesia (2). El Toledano XI, celebrado en tiempo 
de Wamba, impuso la pena de reclusión y penitencia perpetua á los eclesiásticos 
que cometieran delito capital (3); y el Toledano XYI, á que asistió el rey Egica, 
hablando de la sodomía que se castigaba en el clero mas bajo con azotes y decalva- 
cion, previno que en los obispos, presbíteros y diáconos se castigase con degra- 
dación y destierro (4). Los clérigos inferiores, y asimismo los siervos y libertos 
de la iglesia, gozaban de algunos privilegios, como el que les concedieron Re- 
caredo y Sisenando de que no los emplease el gobierno en trabajos ni servicios 
públicos (5), y el que dio Wamba á los que no tuvieren dinero , conmu- 
tándoles las penas pecuniarias en reclusión y penitencia (6). El clero de España 



(1) Lib. Iud ,lib. II, t. I, 1. 18. 

(2) Conc. Emerit. c. 15 y sig. 

(3) Tone. Tolct. XI, c. 5 y 6, De compescendisexcestibus sacerdotum, etc. 

(4) Conc. Tolet, c. 3, De stupris seu de sodomitis. 

(5) Conc. Tolet. III c. 6, 8 y 21; Conc. Tolet. IV, c. 42 y sig. 

(6) Lib. Iud, lib. IV, t.V, l. 6. 



CAP. XI.— ESPAÑA GODA. 19S 

pagaba también tributos al rey al igual que los seculares, y Egica, en una de sus 
memorias presentada á los Padres de Toledo, habló en estos términos: «Daréis 
orden á los obispos que para satisfacer las imposiciones reales (regiis inquisitio- 
nibus), no echen mano de los bienes de las parroquias, ni se atrevan á cargarlas 
con pechos ó contribuciones (inquisitiones aut evectiones), debiendo ellos pagará 
la corónalos acostumbrados homenages con las rentas de sus catedrales.» 

Aunque los eclesiásticos estaban sujetos á la justicia ordinaria cuando esta 
los llamaba de su motu propio ó por instancia de algún secular, tenian sin em- 
bargo sus tribunales propios, y solo delante de ellos podia citar un clérigo á otro 
en causas así civiles como criminales. Los presbíteros, diáconos y demás clérigos 
estaban sujetos al tribunal. del obispo, el obispo al del metropolitano, y este al 
del concilio ó al de dos metropolitanos juntos , é igual orden se observaba en las 
apelaciones. El juez eclesiástico para levantar tribunal en causas ordinarias, de- 
bía llamar dos ó tres asistentes de autoridad, y en causas de mayor monta, ne- 
cesitaba convocar concilio diocesano, formado de presbíteros y diáconos. Se oian 
las partes, se examinaban los testigos y juramentos , y se daba la sentencia por 
escrito firmada por el obispo. Excomuniones, suspensiones, degradaciones, re- 
clusiones, ayunos, destierros , privación de beneficios ó estipendios, y aun 
azotes y disciplinas para los clérigos menores, estos eran los castigos permitidos 
al tribunal eclesiástico, sin que pudiese condenar á muerte, decalvar, mutilar ni 
dar otras penas afrentosas. Ño tenian los obispos otras cárceles sino las de los 
monasterios así de hombres como de mugeres, ni otras fuerzas sino las del brazo 
seglar, á las que recurrían para ser obedecidos en caso necesario. 

Tenia el tribunal eclesiástico un privilegio muy grande á favor de los po- 
bres, á quienes hiciese injusticia algún juez ó gobernador; pues, como en 
otra parte hemos dicho , de cualquiera sentencia que les fuese dada , podian 
apelar al obispo , según leyes expresas del código visigodo. Mándase en ellas 
que, como Dios encargó al obispo el remedio de los pobres y oprimidos, escuche 
las quejas que le llevaren contra los jueces y gobernadores, y levantando tribunal 
con otras personas sabias y prudentes, intime la sentencia que fuere justa; y aña- 
den que el magistrado secular que se opusiere á dicho juicio, pagará al obispo 
la quinta parle del valor de la causa, y al rey dos libras de oro; y que también el 
prelado, si por respetos del mundo concurriere en la iniquidad, haya de pagar al 
pobre otra quinta parte. Otro hecho que prueba la continua mezcla que se hacia 
entonces de las potestades eclesiástica y civil, era la costumbre introducida de 
que acudiesen cada año al concilio provincial todos los jueces y procuradores del 
fisco y sujelasen su conducta al examen y corrección de los obispos, á quienes es- 
taba encargado que no les permitiesen el mayor abuso de su potestad, y que en 
caso de no poder impedir de otra manera sus vejaciones ó maldades, diesen 
aviso á la corte y los excomulgasen. Solíase sujetar extraordinariamente al juicio 
de los obispos algunas causas muy graves, en particular las de rebeliones y le- 
vantamientos; pero estaba prevenido por los cánones que los prelados recibiesen 
esta honra á no ser con la condición expresa de que no habían de dar sentencia 
de muerte, ni aun á quien la mereciese. 

Los concilios de los Godos eran de tres clases: nacionales, provinciales y 
diocesanos, los primeros convocados por el rey, los segundos por el metropolitano 



196 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

y los terceros por el sufragáneo. Los concilios diocesanos, á que asistian los aba- 
des, presbíteros, diáconos y demás clérigos de la diócesis, debian celebrarse á lo 
menos una vez al año, para notificar á todas las iglesias del obispado lo que se 
habia mandado en el concilio provincial. Los de provincia se tenian antiguamen- 
te cada seis meses; pero en 589 los obispos reunidos en Toledo (1) decidieron 
por varios motivos (2) que bastaba tenerlos una vez al año, señalando por dia fijo 
el 18 de mayo, aunque después prevaleció la costumbre de trasladarlo á primero 
de noviembre (3). Asistian á ellos lodos los obispos de la provincia, muchos 
presbíteros y diáconos, y varios seculares de autoridad, los primeros paradefinir, 
los segundos para dar consejo, y los terceros para ejecutar y autorizar lo que se 
mandaba. Para los concilios nacionales no había tiempo determinado, pues solo 
se juntaban cuando lo pedia la necesidad, ya por asuntos de doctrina ó de disci- 
plina, que son los propios de la potestad espiritual, ya por cuestiones de esta- 
do de cierta importancia. Reuníanse también al vacar el trono, en atención al de- 
recho que tenian los obispos de nombrar sucesor al rey difunto en unión con los 
palatinos; y ya hemos visto que estas gran des asambleas nacionales se componían, 
no solo de los obispos de España y de ia Galia Narbonense, sino también de 
muchos abades, presbíteros diáconos y señores de palacio. 

Los que por su jurisdicción y carácter tenian voto definitivo en los concilios 
eran solos los obispos, y solo ellos los firmaron hasta mitad del siglo vji. 

El año 633, en que se tuvo el concilio YÍIÍ de Toledo, convocadopor Reces- 
vinlo, es la época de las primeras firmas así de los abades y dignidades, como 
de los grandes de la corte; desde algún tiempo, como hemos dicho, habíase intro- 
ducido el uso de tratar en común en aquellas juntas, que tenian unafisonomía apar- 
te entre todas las demás asambleas de los cristianos, de las materias de interés ge- 
neral, y los abades y dignatarios, que no habían sido hasta entonces sino consulto- 
res, comenzaron desde dicha época á tener voto definitivo. Los seculares asimismo 
deliberaban y votaban, pero solo en los concilios mixtos en que se mezclaban 
cuestiones políticas, pues en los de materias meramente eclesiásticas no tenian voz 
alguna, como se ve con los ejemplos de los Toledanos Xy XIV, en que no pusieron 
sus nombres, porque los asuntos del primero fueron todos eclesiásticos, y en el se- 
gundo no se trató de otra cosa sino de recibir el concilio ecuménico YI. El conci- 
lio Toledano XYII dispuso que ningún secular asistiese á las deliberaciones del 
concilio durante los tres primeros dias,por estar destinados exclusivamente á ma- 
terias doctrinales y disciplinarias. El primer lugar en las firmas se daba á los 
metropolitanos, el segundo á los obispos sufragáneos, el tercero á los abades, el 
cuarto á las dignidades de la catedral, el quinto á los vicarios délos prelados au- 
sentes, y el último á los grandes y palatinos. Los metropolitanos, sufragáneos y 
abades firmaban cada uno en su clase por orden de antigüedad, sin preferencia 
de ninguna iglesia respecto de otra; los vicarios de los obispos ausentes ponían 
sus firmas según la antigüedad de los prelados á quienes representaban, y los 
demás eclesiásticos observaban el orden de su dignidad, firmando primero los 



A) Conc Tolet. III, c. 18. 

(2) Entre ellos figuraban en primera línea la pobreza de algunas iglesias y lo costoso de 
los viajes. 

(3) Conc. Tolet. IV, c. 3. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 197 

arciprestes , luego los arcedianos , y en tercer lugar los primicerios. 

La iglesia de España, de quien han tomado todas las demás del mundo in- 
numerables establecimientos y ritos, tiene también la gloria de haber dado regla 
á todos los concilios, en orden al método y forma con que deben celebrarse. El li- 
bro titulado: Ordo de celebrando concilio, de que suelen honrarse todas las colec- 
ciones conciliares, es obra del Toledano IV, y es el primero y mas celebrado en su 
género, aunque aumentado después por otros concilios de nuestra misma nación. 
El ceremonial que se usaba en estas circunstancias era el siguiente» Al rayar del 
alba, los porteros de la catedral abrían una sola puerta, poniéndose alli de 
guardia para impedir la entrada á los que no tenían lugar en el concilio. Entra- 
ban luego juntos los obispos, y tomaban asiento primero los metropolitanos y des- 
pués los sufragáneos, unos y otros por orden de antigüedad. Entraban luego 
los presbíteros, para quienes había sillas detrás de los obispos, y en segui- 
da los diáconos, que se ponían en pié delante de los mismos sin asiento algu- 
no. En el centro se colocaban los notarios ó secretarios de la asamblea, 
y los seculares á quienes se permitía el ingreso ; y luego, cerradas las puer- 
tas, el arcediano de la catedral pronunciaba en alta voz la palabra Oremus. Pos- 
trados todos de rodillas, hacían oración en voz baja hasta que uno de los obispos 
mas ancianos la interrumpía con unas preces vocales, á que todos respondían 
Amen. Hecho esto, el arcediano decía en voz alta: Sur gitefr aires, y luego tomaban 
lodos su lugar en el orden arriba dicho. Abríase inmediatamente la sesión con la 
lectura de la profesión de fe, en que no solo se incluía el símbolo constantinopoli- 
tano, sino la aceptación expresa de los cuatro primeros concilios ecuménicos. Un 
diácono vestido de alba tomaba después el códigodelos cánones, y leía los princi- 
pales, y en particular los que tenían relación con las materias que debían tra- 
tarse. En los tres primeros días del concilio se ayunaba, y se trataba únicamente de 
asuntos religiosos, dándose los decretos á pluralidad de votos, sin permitir á nadie 
discursos ni contiendas ruidosas, bajo pena de ser expulsado del congreso, y que- 
dar excomulgado por un año. Los días consecutivos examinaban las causas délos 
obispos y las querellas del clero, de que debía estar informado el arcediano para 
proponerlas, y se ciaban las sentencias por escrito firmadas por todos los obispos. 

Los concilios nacionales que se conocen del tiempo de la España goda son 
diez y nueve, uno del siglo v, dos del vi y diez y seis del vil; el primero cele- 
brado, según dicen unos, en Braga, y según otros, en Caldas de Galicia, llamada 
antiguamente Aguas Cilenes , el décimo sexto en Zaragoza y todos los demás en 
Toledo (1). 

Acerca de la administración de sacramentos, hallamos las siguientes noti- 
cias en los monumentos de la España goda , siendo de advertir que en tantos 
como han llegado hasta nosotros no se halla nombrado una sola vez en siete si- 
glos el sacramento de la extremaunción, hablándose en ellos con tanta frecuencia, 
no solo de los demás , sino también en particular del crisma y de su repartición 
por las parroquias. 

Los ministros ordinarios del bautismo eran los obispos y presbíteros ; los 



(i) Las actas de estos concilios se hallan in extenso en las colecciones de Aguirre, de Catalani, 
de Loaisa, etc. i Véase el Apéndice de este tomo). 



198 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

dias destinados para conferirlo, las fiestas de Pascua y Pentecostés, y los lugares 
propios para la función, las catedrales y parroquias ; pero en caso de necesidad 
lo daban los clérigos inferiores y aun los seculares en cualquiera lugar y dia del 
año. Las pilas bautismales eran generalmente de piedra , y estaban en lugar se- 
parado que se cerraba el primer dia de cuaresma y se abria el jueves santo. 
Desde principios del siglo vi introdujeron algunos obispos la costumbre de usar 
una sola inmersión en el bautismo , con el fin de apartarse de los arríanos que 
confirmaban su error de las tres naturalezas divinas con el uso común de las tres 
inmersiones, prevaleciendo por fin no solo en España, sino también en todo el Oc- 
cidente. El rito del bautismo para niños y catecúmenos era el siguiente: primero 
se les decian los exorcismos, excitándolos con un soplo á que renunciaran al de- 
monio , por boca agena si eran niños , ó por sí mismos si eran adultos. Se les 
ponia la sal en los labios como en señal de la sabiduría cristiana que habían de 
manifestar en sus palabras , si bien este rito parece no haber sido recibido en 
todas las iglesias. Después de esto se les ungían los oidos y la boca para indicar 
con aquella unción la suavidad del Evangelio que debian recibir y pregonar , y 
se les mandaba decir el símbolo de la fe ó por su misma boca ó por la de sus 
padrinos, según la edad que tenian. Hechas estas preparaciones se bautizaba al 
niño ó al catecúmeno en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 

La confirmación se daba inmediatamente después del bautismo, ungiendo la 
frente del bautizado con el crisma para que pudiese llamarse cristiano , y po- 
niéndole después las manos sobre la cabeza, como hacían los apóstoles, para que 
bajase sobre él el Espíritu Santo. San Ildefonso dice que los que se habían de 
bautizar, así niños como adultos, iban al baptisterio en traje de penitencia, y que 
después de bautizados y confirmados, se les ponia una túnica blanca para deno- 
tar la limpieza de sus almas, y asistían con ella á los divinos oficios en las fiestas 
de Pascua , hasta que el sacerdote les quitaba aquel vestido, con oraciones dis- 
puestas para este fin. De esta costumbre sin embargo, no se encuentra hecha 
mención en los concilios ni en otro escritor alguno. 

Los bautizados y confirmados, así adultos como niños, recibían inmediata- 
mente la eucaristía por el derecho que tenian como cristianos de participar del 
cuerpo y sangre de Jesucristo. Parece que en España se daba la comunión al 
pueblo bajo la sola especie de pan; pues el concilio Toledano XI declara que no 
son culpables los que por mucha sequedad de las fauces no pueden tragar la 
hostia á secas. A los presbíteros y diáconos se daba la comunión al pié del altar; 
á los demás clérigos dentro del coro, y fuera de él á los seculares así hombres co- 
mo niugeres, dando la preferencia á los huéspedes ó peregrinos. La comunión 
general y de obligación era entonces como ahora la de Pascua. En las iglesias 
parroquiales y catedrales se guardaban siempre algunas partículas que llama- 
ban entonces reliquias de Dios , para poderlas dar por viático á los moribundos, 
si pedian con palabras ó señas la absolución, y aun á los que no podían pedirlo 
por la fuerza del mal, con tal que hubiesen vivido sin indicio de impiedad y como 
conviene á cristianos. 

La excomunión con que la iglesia castigaba á los reos, era de dos especies, 
como en los siglos antecedentes ; pues á unos privaba de la sola comunión euca- 
ríslica, no admitiéndolos al sacrificio, y á otros aun de la eclesiástica , no reci- 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 109 

biéndolos en la iglesia, ni aun en el tiempo permitido á los catecúmenos. Estaba 
todavía en observancia la ley del apóstol san Pablo que separa á los fieles de los 
excomulgados aun en el trato civil, pero como este era á veces inevitable, princi- 
palmente cuando los excomulgados tenian empleo público ó de palacio, declaró el 
concilio VII de Toledo que el príncipe podia dispensar en esto, y el concilio XII es- 
pecificó que todos los fieles, así legos como eclesiásticos, podrían tratar libremente 
con cualquier otra persona con quien trataba el rey «porque no es razón, añade, 
que los sacerdotes rechacen á quien la piedad del príncipe acoge. » Las excomu- 
niones se intimaban según la calidad del delito, ó para tiempo determinado, ó para 
toda la vida; pero á los moribundos se les admitía desde luego á la reconcilia- 
ción y comunión eclesiástica , y si habían hecho digna penitencia de su pecado, 
ni aun la comunión eucarística se les negaba, que es la única que se negó en los 
siglos antecedentes á algunos grandes pecadores. 

La penitencia que precedía á la comunión eucarística , era de dos especies, 
sacramental y ceremonial. La primera á que han estado siempre obligados todos 
los que han cometido pecado grave, se llamaba ya imposición de las manos , ya 
bendición beatífica , ya reconciliación. La penitencia ceremonial era la que se 
hacia públicamente en la iglesia por pecados públicos, así para escarmiento age- 
no y castigo propio , como para disponerse con ella á la reconciliación pública 
que daba el obispo desde el altar pasados algunos meses ó años, según la grave- 
dad del delito. A tres imposiciones de manos estaba sujeto el penitente público; 
la primera cuando se presentaba á confesar su culpa y á recibir el traje de peni- 
tente ; la segunda siempre que se le daba la paz para despedirle de la iglesia en 
tiempo del sacrificio , y la tercera cuando acabada la penitencia se le admitía á 
la comunión eucarística. Los penitentes llevaban un vestido humilde y grosero, 
dormian sobre una manta tegida de cerdas , se cubrían la cabeza con ceniza y se 
dejaban crecer la barba y los cabellos ; les estaba prohibido asistir á convites y 
diversiones públicas , y entender en negocios ágenos ó propios , y solo debían 
ocuparse en la oración y en lo que pudiese servir de ejemplo y edificación de 
los fieles. 

Además de la penitencia pública que , como impuesta por los cánones , era 
penal y de obligación, habia otra especie de penitencia á que se obligaban algunos 
voluntariamente sin haber cometido delitos públicos; y esta no llevaba consigo 
ninguna afrenta, ni era impedimento como la otra para las sagradas órdenes, pe- 
ro tenia de particular ser irrevocable y perpetua como los votos religiosos. Desde 
el siglo v, ó principios del vi, prevaleció en España la costumbre de que los en- 
fermos , viéndose agravados y en peligro de muerte , tomaban por devoción la 
tonsura y el hábito de penitencia, obligándose á llevarlo perpetuamente si Dios 
les daba vida. Como el uso de esta penitencia, á que dieron el nombre úe viático, 
se hiciese tan común que el no hacerlo hubiera ya parecido falla de piedad , se 
introdujo que si el moribundo, por la gravedad del mal, no tenia advertencia para 
pedir el hábito, los parientes ó amigos se lo ponían, como si él mismo lo hubiese 
pedido; y con solo esta oblación agena, quedaba el paciente, en caso de salir con 
bien de su enfermedad , obligado para siempre á la vida penitente. Así se prac- 
ticó, hasta que el rey Chindasvinto , por los inconvenientes que habia habido, 
mandó que no valiera en semejantes casos la oblación agena, si el enfermo no la 



200 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ratificaba después con entero conocimiento. Dichos penitentes podían morar en 
sus casas sin encerrarse en monasterio , pero llevando siempre la cabeza raida y 
el hábito religioso , separados de todo negocio y diversión , y viviendo con 
ejemplaridad y castidad , sin poder casarse si eran célibes , ni cohabitar con la 
muger ó marido si lo tenían, de manera que aunque no claustrales, eran religio- 
sos y consagrados á Dios, y estaban obligados á todas las prácticas de la vida mo- 
nástica (1). Si alguno de ellos se casaba ó despojaba del hábito , fuese hombre ó 
muger, le excomulgaba la iglesia como apóstata, y le condenaba á reclusión per- 
petua y á rigurosa penitencia en un monasterio (2). Solo á los casados muy jóve- 
nes, por indulgencia del concilio Toledano V, se permitió que usasen del matri- 
monio por un número determinado de años á discreción del obispo, pero sin poder 
pasar á segundas nupcias en caso de morir el otro esposo (3). 

La tonsura de los penitentes voluntarios era semejante á la de los monges, 
que llevaban toda la cabeza rapada y la barba larga, pues, según expresión de 
san Isidoro (4) , no les era permitido criar cabello ni afeitar la cara. Los clérigos 
por el contrario , aunque usaban también la tonsura , parece que se afeitaban como 
los seculares , pues no nos queda canon alguno de aquellos tiempos que mande lo 
contrario ni escritor que lo insinué. El canon tercero del primer concilio de Bar- 
celona, que es el único que habla de la barba (5) , se lee de dos maneras diversas 
según los diferentes códices , y de todos modos confirma lo que llevamos dicho. 
La primera versión es: Nullus clericorum comam nutriat aut barbam: Ningún 
clérigo crie cabello ni barba : la segunda es : NuUus clericorum comam nutriat 
vel barbam , sed radat: Ningún clérigo crie cabello ni barba , antes bien se ra- 
sure (6). 

Acerca de la tonsura clerical , algunos , principalmente en Galicia , se abrían 
una corona en medio de la cabeza semejante á la de los eclesiásticos de nuestros 
días , y llevaban el resto del cabello largo como los seculares; pero esta forma 
fué reprobada por el concilio Toledano IV , como introducida por los priscilianis- 
tas. El estilo común y el recibido en dicho concilio era raparse todo lo alto de la 
cabeza dejando el pelo sobre el cogote y orejas en forma de semicírculo, como lo 
llevaban hace poco algunas comunidades religiosas (7). Dice san Isidoro de Sevi- 
lla que la institución de la tonsura clerical es del tiempo de los apóstoles, pero 
esto puede ser muy bien un error del sabio obispo, pues la historia atestigua que 



(-1) Lib. Iud., lib. III, t. V, 1. 3. 

(2) Id. 1. c. 

(3; Conc. Tolet. V., c. 8. 

,4) De Eccle. Off., lib. II, c. XV y sig. 

(5) Coliec. Max. Conc. Hisp., t. II, p. 279; Conc. Barcin. anno 640, c. 3. 

(6) Algunos con el Cardenal Aguirre, para que el texto diga todo lo contrario, han pasado á la 
primera versión el radat de la segunda quitando el sed; pero es corrección libre y sin fundamento, 
y contraria á la disciplina de España, cuyos eclesiásticos conservaron la costumbre de afeitarse aun 
en tiempo de los Árabes. Puede también servir de alguna prueba un epigrama de san Eugenio en que 
califica de hipócritas á los que se dejaban crecer la barba á fin de aparentar santidad (*), pues pa- 
rece que no se hubiese atrevido á ridiculizar un uso común á todo el clero. 

(7) Omnes clerici vel lectores, sicut levita?, et sacerdotes, detonso superius toto capite, in- 
ferius solam circuli coronam relinquant: non sicut hucusque in Galliciae partibus faceré lectores vi- 
dentur, qui prolixis, ut laici, comis, in solo capitis ápice modicum circulum tondent. Ritus enim iste 
in Hispania hucusque híereticorum fuit. Conc. Tolet. IV, c. 41. 

(') Si buibn sanctum faciunt, ni! snnctlus liirco. 



CAP. XI.— ESPAÑA GODA. 201 

los primeros confesores de Jesucristo llevaban el cabello como los demás. Es po- 
sible sí que datara esta costumbre de muy antiguo , mas es lo cierto que su res- 
tablecimiento en los siglos v y vi se debe á la iglesia de España, cuyos ministros 
llevaban todos esta señal desde el obispo basta el último clérigo, incluidos tam- 
bién los niños que ofrecían sus padres á la iglesia desde la mas tierna edad (1): 
eclesiásticos , monges , penitentes de devoción y decalvados todos llevaban rapada 
la cabeza, pero de modo que se distinguían unos de otros. Los decalvados por la 
justicia se diferenciaban de todos los demás porque su tonsura era desigual y he- 
cha con fuego, y la de los otros con igualdad y á navaja. El distintivo entre clé- 
rigos y monges era la barba que dejaban crecer los segundos y no los primeros. 
Los penitentes voluntarios se confundían con los monges, pero se distinguían de 
los penitentes públicos porque estos debían llevar el pelo largo y desgreñado pa- 
ra significar la muchedumbre de sus culpas y el desconcierto de su alma (2). 

La tonsura así monástica como clerical se recibía muchas veces sin libertad, 
no solo porque estaban permitidos los niños oblatos, ofrecidos por sus padres á 
la iglesia ó al monasterio, á cuyo servicio quedaban obligados por toda la vida, 
sino también porque á veces se hacia fuerza aun á los adultos , obligándoles ya 
á tomar las sagradas órdenes, ya á adoptar la vida monástica (3). 

Además de los moribundos forzados á celibato , como hemos dicho , por vo- 
luntad agena (4), la historia nos ofrece muchos ejemplos de semejante violencia. 

En los primeros siglos de la España goda , se daban las órdenes menores á 
los niños de cualquiera edad , el subdiaconato á los veinte años, el diaconato á 
los veinte y cinco, y el presbiterado y obispado á los treinta, «porque en esta edad, 
dice san Isidoro de Sevilla, empezó Jesucristo á predicar (5).» Pero como después 
se introdujese el abuso de anticipar el diaconato , dándolo aun en la niñez , el 
concilio Toledano ÍY (633) restableció con nuevos decretos la práctica antigua (6). 
Mandóse también varias veces que ninguno se ordenase por salto ni fuese promo- 
vido de una orden á otra, sin haberse ejercitado antes en la primera; pero, como 
en esto dispensan ahora los papas , así parece que dispensaban los obispos sin 
mucha dificultad , presentando la historia varios ejemplos de seculares y monges 
promovidos de golpe al presbiterado y aun al obispado (7). 

El primer requisito necesario para recibir las sagradas órdenes era la cua- 
lidad de hombre libre , y no solo no podía ordenarse el siervo , pero ni aun el 
liberto á no ser que lo fuese de la misma iglesia en que se ordenaba , porque en- 
tonces no dependía de otro patrono alguno. Los libres é ingenuos debían para 
ordenarse ser subditos de la misma iglesia, estando prohibido á todo obispo or- 
denar á ios monges ó seculares de diócesis agena, sin orden ó licencia del pre- 
lado de la misma (8) , y después de ordenados presbíteros , no podían ser promo- 
vidos á otro obispado sino al de su propia iglesia. Los militares, los palaciegos, 



(4) Sanct. Isid. Oper., de Eccl. Off , lib. II, c. IV, et plur. loe. 

(2) Id. 1. c. 

(3) Conc. Tolet U, c. 4; Conc. IV, c. 49. 

(4 La historia de Wamba atestigua la fuerza de esta costumbre. 

(5) Sanct. Isid. Oper., de Eccl. Oír., lib. II, c. 5. 

(6) Conc. Tolet. IV. c. 20. 

(T) Conc. Tolet. IV, c. 49; Conc. Barcin. anno 599, c. 3. 

(8) Conc. Tolet. IV, 1. c. 

TOMO II. 26 



202 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

los bigamos , los maridos de viuda, los penitentes públicos , los energúmenos, 
los decalvados ó notados de infamia , y los que tenían alguna imperfección no- 
table en el cuerpo, todos estos estaban excluidos de las sagradas órdenes, y se re- 
quería también en los ordenandos que no hubiesen caído en la heregía , no dado 
escándalo en las costumbres , y que tuviesen la instrucción y literatura necesaria 
según el orden en que debían ejercitarse. Otras dos cosas se tenían por muy ne- 
cesarias: la primera que en la administración de las órdenes no se mezclase si- 
monía alguna , y la segunda que el obispo proporcionase el número de los orde- 
nandos según las rentas de la iglesia, para que no quedase ningún eclesiástico sin 
beneficio y sin el estipendio necesario para mantenerse con decoro (1). Los que se 
ordenaban sin alguno de dichos requisitos, quedaban condenados por ley canó- 
nica á la degradación ó suspensión , según la gravedad del hecho , á no ser que 
el obispo ó el concilio les hubiese dispensado en lo que se podia (2). 

Cuando alguno se ordenaba, ó después de haber incurrido en degradación 
ó suspensión volvía á ser recibido al ministerio , se le entregaban las insignias 
propias de su grado (3) : al ostiario, las llaves; al acólito, el candelero; al exor- 
cista, al salmista y al lector, los libros correspondientes á su oficio ; al subdiá- 
cono, el cáliz con la patena; al diácono, el alba y la estola; al presbítero, la es- 
tola (4) y la casulla , y al obispo, el anillo y el báculo. 

Antes de la caida del imperio romano no existían monasterios en Occidente, 
y acerca de la vida monástica en España no se puede hablar con gran acierto, 
si bien parece indudable que tuvo su cuna y origen en la vida eremítica. Los mon- 
ges antes de ser cenobitas fueron solitarios. Hombres ó mugeres se consagraban 
en la soledad al servicio de Dios en la vida contemplativa , ofreciéndole la vir- 
ginidad como la ofrenda mas pura. Antigua debía ser ya esta costumbre en Espa- 
ña, cuando en su primer concilio, el Iliberitano, hubo necesidad de imponer penas 
á las vírgenes consagradas á Dios , que faltando á la promesa de guardar virgini- 
dad , hacían una vida licenciosa , negándoles la comunión hasta en el artículo de 
la muerte (5). Sin duda penetrados los obispos del concilio de Zaragoza de 380 
de la dificultad de conservar estado tan perfecto en la edad de las pasiones, dis- 
pusieron que no se diese el velo á las vírgenes que se consagraban á Dios , hasta 
la edad de 40 años (6). En el mismo concilio se hace mención por primera vez 
de monges , estableciendo penas contra los clérigos que por vanidad dejaban los 
oficios de su ministerio y se hacían monges (7) . La necesidad de castigar el abu- 
so supone ya antigüedad en la práctica ó profesión. Estos monges, empero, eran 



(1) Conc. Tolet. XI., c. 4, 8, 9 y 40. 

(2) Conc Tolet. 1. c. 

(3) Sanct. Isid de Eccle. Off. lib. II, c. V y sig. 

(4 La estola, llamada entonces orario, era común á los presbíteros y diáconos, quienes se dis- 
tinguían por el modo de llevarla: los primeros se la ponían sobre sus espaldas y la cruzaban sobre 
su pecho; los segundos la llevaban sobre el hombro izquierdo y recogían sus dos extremos bajo el 
brazo derecho para estar mas libres en el servicio del altar. 

(5) Virgines quae se Deo dicaverunt si pactum perdiderint virginitatis, atque eidem libidini 
servierint, placuit ncc in fincm eis dandam communionem. Quot si semel persuasae, etc. Conc. Ili- 
berit. c. 4 3. 

(6) ítem lectum est non velandusesse virgines quae se Deo voverint, nisi quadraginta annorum 
probata ;(>tate, quam sacerdos comprobaverit. Conc. Caesar Aug. c. 8. 

(7) Si quis de clericis propter luxum vanitatemque pransumptam, etc. Id. c. 6. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 203 

solitarios que vivian aisladamente en ermitas ó lugares retirados , y el docu- 
mento mas antiguo que tenemos de la vida cenobítica, esto es, cuando de los yer- 
mos pasaron los monges á monasterios para vivir en comunidad , es un canon del 
concilio de Tarragona del año 516 (1) , de donde se puede colegir que los primeros 
monasterios de nuestra nación se fundarían á fines del siglo v ó á principios del 
siguiente. Estas comunidades religiosas gobernaríanse sin regla fija y estable, 
con solo la dirección de los obispos y abades hasta después de la mitad del si- 
glo vi en que florecieron los dos fundadores san Martin y san Donato , pudiendo 
decirse que entonces empezó la tercera clase de monges regidos por reglas y 
constituciones. En este sentido deben entenderse las palabras de san Ildefonso, 
que « Donato , según dicen, fué el primero que introdujo en España el uso y Ja 
regla de la observancia monástica, » pues es cierto que los monasterios españoles 
son mas antiguos y mucho mas lo son los monges sin monasterio. Las primeras 
fundaciones de que se tiene noticia , son la de Dumio en Portugal á media legua 
de Braga, de que fué autor san Martin, natural de Hungría, con el favor deTeodo- 
miro rey de los Suevos, después del año 560; y la del monasterio Servilano en 
el reino de Valencia cerca del cabo Martin , fundado por el abate san Donato que, 
como hemos dicho en otra parte , pasó de África á España con algunos mon- 
ges, cerca del año 570 (2). Siguiéronse después innumerables fundaciones, de 
suerte que llegaron á escasear los monges por los muchos monasterios que habia, 
dimanando de aquí el abuso de algunas comunidades religiosas que vestían por 
fuerza el hábito á sus familiares y labradores. Los monasterios mas insignes de 
la España goda, además del Dumiense y Serví laño son: el de san Millan de la Co- 
gulla , en la Rioja , fundado por san Emiliano , que á la sazón era cura en la villa 
de Verceo; los de Gompludo, en el Bierzo, y de san Román de Ornisga, cerca de 
Toro, que juntamente con otros tuvieron por fundador á san Fructuoso, obispo 
de Braga; el Agaliense, en Toledo, el de Tibaes, en Portugal, el de Santa En- 
gracia, en Zaragoza, el de Pampliega, en tierra de Burgos, el Biclarense ó de Val- 
clara, en Cataluña, el de san Pedro de Montes, en el Bierzo, el de san Salvador 
de Leyre , en Navarra , el de san Pedro de Cárdena y el de san Claudio , en la ciu- 
dad de León. 

Hemos dicho ya en otra ocasión que las viudas se consagraban solemne- 
mente á Dios tomando el hábito religioso y el velo , y entregando al obispo de- 
lante de todo el clero un voto de castidad escrito y firmado de su mano ; hemos 
visto que estas mugeres, aun cuando no vivian en monasterio, eran verdaderas re- 
ligiosas, y también algunas doncellas sin salir de la casa paterna vestían el hábi- 
to religioso profesando virginidad por toda la vida , y siendo llamadas virgines 
sacrm ó devotos por corrupción de las voces latinas Peo votce, equivalentes á con- 
sagradas á Dios. Al admitir el obispo en la iglesia su profesión de virginidad, 
bendecíalas como á las viudas, cubriéndolas además con un velo blanco, testi- 
monio de su virginidad , á diferencia del de las viudas que era negro ó de color. 
La vírgenes así consagradas habían de llevar siempre el velo, y si faltaban á sus 
votos eran castigadas por los cánones con la pena de excomunión mayor, exis- 



(4) Conc. Tarracon. c. H. 

(i) Sanct. Isid., de Eccl. Oíf., lib. II; Sanct. Greg. Turón., lib. I; Sanct. Ildeph. de Vir. Illust. 



204 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

tiendo penas muy severas conlra cualquiera que las desviase del cumplimiento 
de sus deberes (1). 

Otras mugeres habia, así vírgenescemo viudas, que para guardarcaslidadcon 
menos peligro , se encerraban en un monasterio sin salir de él en toda la vida ni 
conversar con hombres, sino por necesidad y con mucho recato. Aun en los monas- 
terios mixtos ó dobles, que eran de varones y mugeres á un mismo tiempo, habia 
tal separación que solo la iglesia era común , y solo podían hablar con las mon- 
jas el abad que las gobernaba y el ecónomo que cuidaba de la administración de 
los bienes ; y aun á estos no les era permitido conversar con ninguna de ellas si- 
no en presencia de otras dos. Como los monges cuidaban de lo temporal de las 
monjas , así estas en recompensa les cosían los vestidos y les remendaban y lim- 
piaban la ropa, ocupándose en estas labores después de haber cumplido con la 
oración y demás ejercicios espirituales. Aunque dependían inmediatamente de la 
abadesa y del abad , debian reconocer al obispo por superior absoluto así en lo 
espiritual como en lo temporal. 

Resulta pues que así los hombres como las mugeres podían abrazar la vida 
religiosa encerrándose en monasterios, ó viviendo estas en sus casas y aquellos 
en lugares desiertos y apartados de toda comunicación. Pero no debia ser muy 
ejemplar la conducta de estos anacoretas, ni inspirar gran confianza al clero secu- 
lar y regular , cuando los concilios tuvieron precisión de mandar que pasasen á 
vivir á los monasterios los ermitaños que andaban diseminados por las soledades 
y desiertos de la Península, y san Isidoro se quejaba amargamente de unos hom- 
bres que no eran clérigos, monges ni legos, y que guardaban solo la exterioridad, 
no la práctica de lareligion (2). En efecto, grandes abusos parecieron resillar de 
la vida errante de los ermitaños , y por esto sin duda el concilio IV de Toledo 
mandó á los obispos que sacasen á todos los ermitaños de sus ermitas y los reco- 
giesen en los monasterios de sus diócesis (3). Mas tarde no se permitió anadie 
adoptar semejante género de vida, sino después dehaber estado algunos años en mo- 
nasterio para tomar lecciones de espíritu y vida monástica(4). Gonlos monges yba- 
jo su dirección, vivian los niños llamados oblatos, ofrecidos á Dios, como hemos di- 
cho antes, por voluntad agena, en virtud de la potestad que tenían para ofrecer- 
los así el padre como la madre de común acuerdo, ó cada uno por sí solo. 

Pretenden varios escritores que los primeros monasterios en España siguie- 
ron la regla de san Benito ; pero si bien esta regla fué generalmente adoptada en 
Occidente , es muy dudoso, por no decir imposible, que fuera la de las primeras 
comunidades de la Península. Las reglas monacales compuestas en España en 
tiempo de los Godos son alo menos cinco: la de san Donato, fundador del monas- 
terio Servitano , que es fama haber sido la primera introducida en España (5); 
la de san Fructuoso, obispo de Braga, que dedicó á los santos Justo y Pastor su 



(4) Lib. Iud., lib. III, t. IV, 1. 18; t. V, 1. 4. 

(2) Habentes signum religionis, nonreligionis oflicium, Hippoccentauris símiles, ñeque equi, ñe- 
que homine , mixtumque (ut ait poeta) genus , prolisque biformis. Sanct. Isid. , de EccI. Off. , lib. II, 
c.III. 

(3) Conc. Tolet. IV, c. 53. 
(A) Conc. Tolet. VII, c. 5. 

(5) Sanct. lldeph., de Viris Illustr., c. IV, p. 286. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 205 

monasterio de Compludo ; la de san Valerio de Astorga , la de Juan Biclarense, 
obispo de Gerona , citada por san Isidoro de Sevilla, y la del mismo Isidoro, re- 
comendable por mas de un título, que puede verse en la colección de sus obras. 

Las principales ocupaciones del monge eran el oficio divino, la meditación, la 
lección espiritual y el trabajo corporal. El trabajo de manos se hacia en común, 
como todo lo demás, y se entregaban las labores ó manufacturas al ecónomo ó 
prefecto para que las vendiese y emplease su produelo en mantener á los mon- 
ges. La comida ordinaria era de yerbas , legumbres y alguna fruta , y solo en 
los dias de fiesta se permitía un poco de carne. En los meses de mayor calor se 
comia y cenaba, pero en los restantes del año no había sino cena, y mientras du- 
raba la mesa se leia la Sagrada Escritura ú otro libro devoto. Los platos que 
daba la comunidad eran tres, y tres los vasos de vino , y en los días de ayu- 
no pan y agua sin vino, aceite ni otra cosa. Dormían diez por diez en una estancia 
con un decano, sobre camas de estera y pieles, y vestidos con una túnica grosera, 
y no les era permitido ninguna ropa de lino. Todo el ajuar del monge eran tres 
túnicas , un capuz , dos capas ligeras y una pesada, un capotillo para dentro de 
casa , unas mangas para cubrirse los brazos , sandalias para verano y zapatos 
para invierno. Sin licencia del abad no podían salir de casa ni oficiar en ninguna 
iglesia ; y quien los hospedaba cuando eran fugitivos, debia restituirlos al mo- 
nasterio ó denunciarlos á la justicia secular dentro del término de ocho dias. 

Todas las casas de religión estaban sujetas al obispo diocesano, de quien de- 
pendían enteramente en lo espiritual y temporal. El obispo ponia los abades y 
ecónomos , dirigía á los monges por el camino de la virtud , castigaba las faltas 
de observancia (1), vigilaba sobre la economía de la casa, y daba licencia para 
nuevas fundaciones cuando lo juzgaba conveniente , pues solo con su aprobación 
se podían erigir monasterios. No le estaban vedadas sino tres cosas : ocupar á 
los monges en acciones serviles , disponer de los bienes de la casa contraía vo- 
luntad de los fundadores ó bienhechores que los cedieran determinadamente pa- 
ra alivio de aquella comunidad ó decoro de aquella iglesia , y abolir ó cerrar los 
monasterios , impiedad , dice el concilio II de Sevilla, que merece ser castigada 
con excomunión mayor y con la privación del reino de los cielos. Los monges 
eran todos legos en los primeros tiempos, pero desde el siglo vi empezaron los 
obispos á permitirles el sacerdocio en sus iglesias claustrales, y también á dar- 
les licencias de confesar y fiarles las parroquias. De este nuevo sistema nacieron 
dos novedades ; la primera que los monges fueron dejando poco á poco el trabajo 
corporal que se había tenido hasta entonces como característico de la profesión 
monástica ; y la segunda que salieron de su primitivo estado de humildad , co- 
menzando á igualarse con el clero , de suerte que se tenia ya por cosa santa pa- 
sar del estado clerical al monacal , siendo así que antes se habia prohibido con 
severas penas. El papa san Gregorio Magno á principio del siglo vn empezó á exi- 
mir á los monges de la jurisdicción episcopal; pero, á lo que parece, no fué esta 
disciplina observada por las iglesias de España. 

Muy numerosos son los monges que florecieron en la España goda por su 
santidad y ciencia, y algunos de ellos merecen especial mención , entre otros To- 



(4) Conc. Tolet. IV, c. 50 y 54 ; Conc. Emerit, ann. 666, c. 44. 



206 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ribio de Palencia , que no ha de confundirse con el obispo de Astorga, encarga- 
do por Montano obispo de Toledo de reformar la iglesia de Palencia en que se ha- 
bían introducido algunos abusos; san Victoriano, abad del monasterio de su nom- 
bre en el reino de Aragón: san Martin de la Cogulla, natural de Verceo en laRioja, 
que vivió en su juventud en Bilibio , cerca de la villa de Haro , bajo la dirección 
de un ermitaño llamado Félix ; después de cuarenta años de vida solitaria en un 
desierto , sacóle de allí el obispo de Tarazona para confiarle una parroquia , y 
murió á la edad de cien años cumplidos en el monasterio fundado por él en la 
Rioja. San Martin , fundador del monasterio de Dumio cerca de Braga, fué insig- 
ne por virtud y doctrina , y tuvo mucha parte en la conversión de los Suevos. 
San Vincencio, abad del monasterio de san Claudio en la ciudad de León, obtuvo por 
su firmeza cristiana la corona del martirio , y siguió luego sus huellas el santo 
monge Ramiro con otros compañeros. El sabio consejero de Recaredo, Leandro, fué 
monge antes de ser obispo de Sevilla, y en el claustro adquirió la ciencia y el ce- 
lo que desplegó después en su elevado puesto. San Fructuoso, hijo de padres ilus- 
tres, se dedicó desde la juventud á la vida religiosa , fundó tres monasterios en 
el Bierzo , otro en las costas de Galicia y otro en la isla de Cádiz. Santa Bene- 
dicta, doncella de sangre muy noble, prefirió el desierto ala mano de un rico 
señor godo, y fundó un monasterio de ochenta vírgenes. El genio portentoso déla 
España goda, el doctísimo varón que asombró con su erudición al mundo , que 
fué el luminar que alumbró aquellos siglos , y cuyos rayos han penetrado al tra- 
vés de las sucesiones de los tiempos hasta el presente , el insigne san Isidoro de 
Sevilla , de quien se decia en aquel tiempo que el que hubiese estudiado á fondo 
sus obras podia jactarse de conocer todas las obras divinas y humanas, salió 
también del claustro y del monasterio Agaliense de Toledo , y allí sin duda reu- 
nió el gran caudal de ciencia que hizo proferirá su siglo en la expresión hiperbóli- 
ca que hemos referido. A los insignes religiosos de que acabamos de hacer memo- 
ria, puédense añadir : el obispo de Gerona Juan de Biclar autor de una crónica 
preciosa que hemos citado varias veces; los dos Eugenios de Toledo tan famosos 
por su talento ; san Eutropio obispo de Valencia ; Juan obispo de César Augusta, 
hermano de san Braulio , mezclado en todos los asuntos importantes de la época, 
y por fin santa Florentina virgen, hermana de san Isidoro de Sevilla, que compu- 
so ella misma las reglas para su convento (1). 

Hemos expuesto algo extensamente la constitución de la iglesia hispano-go- 
da, porque su importancia histórica nos ha parecido incontestable. 

En aquella época, la Iglesia estaba en todas partes. Único poder vivificado** 
y fundado en bases distintas de la fuerza material, era verdadera soberana de 
las almas , y los obispos y el clero , con su ilustración y virtudes, gozaban de 
inmensa influencia, como repetidas veces hemos observado en los capítulos 
anteriores. 

De ahí ese poder que nos sorprende ahora, esa activa intervención del cle- 



(1) Hállanse noticias de todos estos personages en la gran obra de Mabillon y Achery (Acta 
sanclorum ordinis S. Benedicti t. I, de S. Turibio monachoelogium historicura, p. 487; de S. Vic- 
toriano p. 189 y sig; t. II, Vita S. Fructuosi auctore S. Valerio, p. 581, etc.), en S. Ildefonso (de Viris 
Ilustribus , c. 4 , 6 , 7, 8 , 10 y 13) , y en la obra de Isidoro de Sevilla que lleva igual título c. 3», 
41 y 45. 



CAP. XI. — ESPAÑA GODA. 207 

ro en todas las transacciones del orden social. El cristianismo habíase hecho un 
principio de vida de las sociedades nacidas de la conquista bárbara; solo él con- 
servaba la existencia moral en aquellas épocas de iniciación y de crisis. Su acción 
se revela en las ideas lo mismo que en las cosas, y sin el conocimiento del cris- 
tianismo desaparece la historia moderna. Hallárnosle mezclado así en los mas 
pequeños detalles déla vida doméstica como en el gobierno de los pueblos: hasta 
que la revolución francesa de últimos del pasado siglo cometió el atentado de re- 
chazarlo y separarlo definitivamente de sí, el cristianismo dominó los acaeci- 
mientos todos , subsistió y vivió en todas las ideas y en todos los sentimientos, 
y á aquellos que tienden de continuo á achacar á la influencia y al poder del 
clero los males de las sociedades antiguas, que consideran como un gran mal lo 
que fué quizás su única áncora de salvación, diremos lo que escribe M. Guizot 
en su obra citada tantas veces (1). «El poder del clero en aquella época 
fué tan grande como beneficioso. Despertó y escitó en los bárbaros las ne- 
cesidades morales; inspiró é impuso el respeto por los derechos é infortunios 
de los débiles, y dio el ejemplo de la fuerza moral cuando era todo presa de la 
fuerza bruta. No hay idea mas falsa que atacar una institución ó una influencia 
por los perniciosos efectos que ha podido producir después de siglos de existen- 
cia; en la época en que se formó es cuando debe ser considerada y apreciada.» 



(< ) Histoire des Origines du Gouvernement representa tif en Europe. 



208 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



CAPITULO XIÍ. 

Límites territoriales de la España goda.— Capitales de España.— Sus provincias.— Capitales délas 
provincias.— Nombres de las ciudades y villas. — Organización militar. — Ejército y sus oficiales.— 
Armas y trajes de los soldados. — Algunas costumbres del pueblo visigodo. — Industria. — Agri- 
cultura. — Metales y minas. —Comercio. — Pesas y medidas. — Monedas.— Marina. — Ciudades fun- 
dadas por los Godos. 

España en liempo de los Godos no tenia por fronteras los Pirineos como la 
nación de nuestros dias. El imperio godo comprendía gran parte del Languedoc 
y del país de Foix, sometidos á la jurisdicción de Narbona, y las tierras de Bear- 
ne y Gascuña, que eran de la provincia Tarraconense y tenían el nombre general 
de Hispano-Vasconia. Esta Vascuña española, aunque situada á la otra parle de 
los Pirineos, distinguíase de la segunda mas septentrional, la que unas veces in- 
dependiente y otras aliada de los duques de Aquitania, no reconocíala domina- 
ción goda. La cordillera pirenaica pertenecía, pues, por completo á España y no 
como ahora solo en sus faldas meridionales (1). 

Varios escritores ponen la corte de los reyes godos, quien en Barcelona quien 
en Evora, y quien en otras ciudades menos principales. Pero dejando apar- 
te la época en que los Godos no se habían fijado todavía, y llevaban, por decirlo 
así una existencia nómada, es indudable que el primero que tuvo su corte en Es- 
paña, que fué el rey Amalarico, la fijó en Sevilla, y allí se mantuvo hasta el rei- 
nado de Atanagildo que la trasladó á Toledo. La corte estuvo en la Galia durante 
cuarenta y dos años, desde 469 hasta 511; en Sevilla cuarenta y tres, desde 
511 hasta 554, y en Toledo por fin ciento cincuenta y seis años, des- 
de 554 hasta 711. Los Suevos, que reinaron en competencia de los Godos 
ciento setenta y ocho años, desde 409 hasta 587, tuvieron casi siempre la 
corle en la ciudad de Braga, capital de la provincia que les tocó en suerte al liem- 
po de la invasión. Los caudillos de los Vándalos y de los Alanos en el poco tiem- 
po que ocuparon los primeros la Bélica y los segundos la Lusitania, habitaron 
particularmente las ciudades de Sevilla y Mérida. 

La metrópoli de toda España, desde la época de Constantino , era Sevilla , y 
los reyes godos la reconocieron por tal, residiendo en ella hasta que las armas de 
Jusliniano hubieron sometido la Bélica. Entonces fué cuando Atanagildo trasladó 
á Toledo la sede del gobierno, si bien Sevilla, alo que diceMasdeu, continuó con- 
servando los honores de capital de la Península, aun cuando la corte no residiese en 



(2) Oienart, Notitia utriusque Vasconiuo, lib. III c. I, p. 386. 



CAP. XII.— ESPAÑA GODA. 209 

ella, hasta mediados del siglo vn, como lo prueba la relación del viaje de Tajón á Ro- 
ma, que sucedió por aquel tiempo, en que se da todavía á esta ciudad el título de 
metrópoli de España. Por los años de 622, habiendo ya los reyes godos arrojado 
á los Imperiales, podian reponer la corte en su antiguo lugar, pero como habían 
pasado setenta yocho años y se hallaban bien colocados, dice Masdeu, no lo hicie- 
ron por entonces ni después, y así poco á poco fué perdiendo Sevilla los honores 
de capital y adquiriéndolos Toledo. Parece que puede fijarse la época de esta no- 
vedad por los años 615, en que Toledo recibió nuevo lustre y amplitud por bene- 
ficio del rey Wamba. 

Las provincias de nuestra península, cuando entraron en ellas los pueblos 
septentrionales, eran según la última división atribuida á Constantino, en núme- 
ro de siete, como ya sabemos; cinco internas, la Tarraconense, la Cartaginense, la 
Galicia, la Lusitania y la Bélica, y dos externas, la Mauritania Tingitana y las Is- 
las Baleares. España perdió la última poco después de la invasión, y adquirió en 
cambio la Galia Narbonense, conquistada por los Godos (I). El desmembra- 
miento de las Baleares se verificó en el año 455 ó 456, en cuyo tiempo los Ván- 
dalos se apoderaron de ellas, sujetándolas en lo temporal á su gobierno de África, 
y en lo espiritual al de Cerdeña, de que también eran dueños. Por espacio de se- 
tenta años, las Islas Baleares dependieron de esta jurisdicción, si puede darse este 
nombre al gobierno de los Vándalos, hasta que destruido su imperio por las ar- 
mas de Belisario, pasaron á poder del emperador de Oriente. Justiniano se apode- 
ró también en aquel entonces de la Mauritania Tingitana, que habia estado so- 
metida á los Vándalos todo el tiempo que duró su imperio de África, y mandó 
repararla ciudadela de Ceuta, obra de los Romanos, que estaba casi arruinada. 
Hemos visto como Teudis, que intentó reconquistar la plaza, fué rechazado con 
pérdida; pero sin embargo, así Ceuta como toda la provincia designada con el 
nombre de Mauritania Tingitana volvieron á poder de los Godos, sin que sepa- 
mos, observa Masdeu, cuando y de que modo fueron reconquistadas, y san Isido- 
ro de Sevilla en el siglo vn, las cita ya en el número de sus posesiones. 

La España goda contaba, pues, como la España romana las mismas siete 
provincias, si bien la Narbonense habia tomado el lugar de las Islas Baleares. 
La Vasconia gala no era una provincia distinta , y formaba parte de la Tarraco- 
nense. La Carpetania empezó á tomar el título de provincia en el año de 554 , y 
á su tiempo veremos lo que á ello dio motivo. 

Las capitales de dichas provincias eran las mismas que lo fueron en tiempo 
de los Romanos , á saber: Tarragona, Cartagena, Braga, Mérida, Córdoba, Nar- 
bona y Tánger , pudiendo únicamente suscitarse alguna duda acerca de Braga y 
Cartagena, contra las cuales alegaban derechos las ciudades de Lugo y de Tole- 
do. La primera no tenia á su favor sino haber sido en algún tiempo iglesia me- 
tropolitana, pero Braga no dejó por ello de serlo, y cuando se destruyó por fin el 
reino de los Suevos, volvió á intitularse como antes capital de toda la provincia. 
Mayores dificultades existen por lo que loca á Toledo, pues aun cuando es indu- 



(1) Masdeu pretende que esta provincia se llamó Septimania por los Septimani ó colonos de la 
legión séptima, que se establecieron en Beziers, y que habiendo tomado después el nombre de Golhia, 
se formó el nombre de Landgollüa y por fin el de Languedoc Ambas etimologías nos parecen muy 
fundadas. 

TOMO II. 2 "í 



210 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

dable que tuvo los honores de metrópoli de la Cartaginense , se ha discutido mu- 
cho acerca del origen de semejante hecho. Para comprender este suceso, preciso 
es tener presentes algunos hechos notables de la historia. La irrupción de los 
Vándalos, que asolaron á Cartagena en el año 425, y la dominación de los em- 
peradores griegos , que duró en España sesenta y ocho años , desde 554 á 622, 
son las verdaderas causas de la novedad de que tanto se disputa. Toledo recibió 
los honores de capital de provincia después del año 425 y prosiguió en tenerlos 
aun después de restablecida Cartagena, por mas que esia se los disputase de contí- 
nuosin renunciar jamás á su antigua prerogativa. Son prueba deesia contiendalos 
dos concilios casi coetáneos, el de Tarragona del año 516, y el de Toledo de 527; 
pues Hedor, obispo de Cartagena, que asistió al primero , y Montano, obispo de 
Toledo, que presidió el segundo, dieron entrambos á sus iglesias el título de me- 
tropolitanas. Con la entrada de los Imperiales en España, legitimaron uno y otro 
sus pretensiones, pues dividida en dos la provincia Cartaginense, Cartagena, en 
la cual residían los representantes de los emperadores griegos , fué reconocida 
por capital de la Contestania, y Toledo, donde los reyes godos pusieron su cor- 
te, quedó capital de la Carpetania. Estos eran entonces los verdaderos territorios 
de las dos capitales; pero como sus respectivos soberanos aspiraban uno y otro 
al dominio de toda la provincia , así cada una de las dos ciudades , no contentas 
de su territorio, se intitulaba capital de toda la provincia sin serlo absolutamente 
sino de la mitad. Tuvieron fin las diferencias cuando el rey Suintila acabó de 
arrojar á los Imperiales, pues volviendo á formarse de los dos dominios una pro- 
vincia sola , fué necesario reconocer una sola capital. Cartagena lo habia sido 
siempre y de ella lomaba su denominación toda la provincia, mas á pesar de esto 
prevaleció la ciudad de. Toledo , por el respeto de ser corte de los reyes , y tomó 
la jurisdicción sobre toda la provincia, que conservó por espacio de ochenta y 
nueve años, hasta la invasión de los Árabes. 

Las provincias y sus ciudades conservaron generalmente bajo el gobierno 
godo los mismos nombres que tenían en tiempo de los Romanos, como se ve por 
todos los autores de aquella edad y en particular por las relaciones geográficas 
del Anónimo de Ravena. En su historia de la España árabe, donde Masdeu trata 
con mucha erudición de la geografía de la edad media, demuestra que los nom- 
bres de Catalaunia, Portugalia, Andalucía, Sibilia, Granata y así otros muchos, 
cuyo origen se atribuye por varios autores á los Vándalos y Godos , son de edad 
mas reciente y muchos de ellos arábigos. Los Romanos añadieron á las ciudades 
de España varios renombres como los de Julia, Flavia, Augusta, Ccesarea, foga- 
ta, y otros semejantes ; de todos se perdió la memoria en tiempo de los Godos, y 
solo Córdoba conservó el de Patricia, según lo vemos repetido en muchas mone- 
das acuñadas en dicha ciudad. 

La organización militar de los Godos acercábase mas á los sistemas modernos 
que al de las antiguas legiones. Fundábase sobre la base decimal, como el de la 
mayor paite de los pueblos de raza germana. Los regimientos de que se componía 
la milicia gótica eran de mil hombres cada uno, cuyo jefe se llamaba millenarius, 
ó tiufade, que significaba , dicen , en lengua gótica persona alta y sublime (1). 



(1) Se ha escrito mucho sobre esta palabra, pero todo induce a creer que el tiufade y el mile^ 



CAP. XII —ESPAÑA GODA. 211 

El regimiento se dividía en dos batallones de quinientos hombres , el bata- 
llón en cinco compañías de cien hombres , y la compañía en diez piquetes de 
diez hombres cada uno, llamándose sus respectivos oficiales quinquenarios, cen- 
tenarios y decanos, según el número de soldados que tenían bajo sus órdenes. 
Había además oficiales annonarios, que eran como proveedores ó comisarios de 
guerra, y otros llamados compulsores (1), que tenían el cargo de hacer levas y 
reclutas. El general del ejército, que se llamaba entonces prwposüus os tis, ó pre- 
sidente de la hueste, era generalmente un duque, pero aveces se fiaban las expe- 
diciones á un conde, como en el dia á un teniente general. Las embajadas milita- 
íes para los tratados de paz, se solían encargar á los obispos, costumbre que no 
fué solo de los Godos, sino también de los Suevos y aun de los Frankos. Idacio 
trató las paces entre los Suevos y Gallegos; san Epifanio, entre el emperador y el 
rey Eurico; Argebaldo, entre el rey Wamba y los rebeldes de Nimes, y así otros 
muchos tuvieron semejantes cargos. 

Estaban sujetos á las levas en tiempo de guerra todos los varones, excepto los 
niños, viejos y enfermos, y los que estaban en actual servicio del público ó de la 
persona real ; quien tenia siervos se habia de llevar consigo la décima parte de 
ellos (2), proveyéndolos por su cuenta de todas las armas necesarias defensivas y 
ofensivas. Quien se ausentaba ó escondía para no seguir el ejército, perdía todos 
sus bienes y era condenado á destierro si era persona muy elevada por su noble 
empleo, y si no era de tanta distinción, fuese noble ó plebeyo, incurría en la pena 
de azotes y de decalvacion; si bien estas penas tan rigurosas se templaron en cier- 
to modo en el concilio Toledano XII , á instancia del rey Ervigio. Los oficiales así 
superiores como subalternos que recibían regalos de cualquiera que fuese para 
eximirlos de la guerra , debian doblar cuatro veces lo que habían recibido , y pa- 
gar por otra parte al rey el valor de ciento cuarenta y cuatro escudos. Si dispen- 
saban del servicio á un soldado, ó le daban licencia para volverse á su casa, paga- 
ban la pena en dinero á su centuria ó compañía, según la tasa impuesta por 
las leyes, que penaban al tiufade en veinte sueldos, al centenario en diez y al de- 
cano en cinco. Los gobernadores no podian negar á los annonarios cosa alguna 
que pidiesen por orden del general para la manutención del ejército, y si la ne- 
gaban, se les obligaba á pagar de su caudal cuatro veces mas de lo que se les 
pidió. 

El centenario que desamparaba el servicio en tiempo de guerra, era conde- 
nado á la decapitación (3), y si entraba en el orden eclesiástico para salvar la 



nario eran una misma cosa. El autor riel Fuero Juzgo traduce el nombre tiufade por el quehí cn- 
guarda mil caballeros en la hueste Fuero Juzgo, lib. IX, t. II, 1. 4. 

(1) Estos eran siervos del rey, serví dominici, según los califica el código de los Visigodos, lib. 
IX, t. II, 1.2. 

(2) En un principio no fué mas que la vigésima, pero Wamba dispuso que fuese la décima. 
Sin que pueda explicarse la causa, el Fuero Juzgo dice la mitad donde se expresa la décima en el 
texto latino original. — Et ideo id decreto speciali decernimus, ut quisquís ille est, sive sit dux, sive 
comes atquc gardingus, seu sit Gothus, siveRomanus, necnon ingenuus quisque, vel etiam manu- 
missus, sed etiam quislibet ex servís fiscalibus, quisquís horum estin exercitum progressurus. de- 
cimam partem servorum suorum secum in expeditíonem bellicam ducturus accedat. (Lib Iud, lib. 
IX, t. H,l. 9). 

(3) Si quis centenarius dimittens in hostem ad domum suam refugerit capitali supplicio subja- 
ccbit. Id., lib. IX t. II, 1. 3. 



212 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

vida debia sufrir la pena pscuniaria de seiscientos escudos, que se repartían entre 
los soldados de su compañía. Los demás desertores, si eran oficiales de inferior 
graduación, pagaban á la compañía veinte escudos, y si eran meros soldados, re- 
cibían cien azotes in convenía merientium publicé, es decir delante de la tropa, y 
no en el mercado ante todos, como tradujo por mala inteligencia el autor del Fuero 
Juzgo. Al hallarse alguna ciudad ó villa en necesidad urgente, ó por invasión de 
sus enemigos ó por levantamiento de sus ciudadanos, todos los habitantes de los 
lugares inmediatos, nobles y plebeyos, seculares y eclesiásticos, tenían obligación 
de marchar inmediatamente á socorrer la plaza bajo pena de destierro y confisca- 
ción de bienes si eran obispos, duques ú otras personas de elevada posición, y de 
infamia y servidumbre si eran menos distinguidos, sin exceptuar clérigos ni no- 
bles (1). El botin y los despojos de la guerra eran para la tropa, ya de un modo, 
ya de otro, según las disposiciones del general, y si alguno recobraba de mano 
del enemigo cualquiera cosa que hubiese pertenecido á un compatriota suyo, la 
tercera parte del valor era para sí y los otros dos tercios para el dueño (2). 

Los Godos tenían buena infantería, pero, al revés de los Suevos, eran mas 
temibles como gine!es que como peones. Sus armas defensivas eran el yelmo, la 
coraza, el escudo y la cota de hierro; y sus armas ofensivas, la lanza, el dardo, 
la flecha con punta de acero ó con betún ardiente, la espada ancha y larga de dos 
filos llamada spathus (3), la pica, el puñal llamado sarama, etc. El traje militar se 
distinguía poco del de los demás ciudadanos: el soldado llevaba un sayo de lana 
ó de piel, y el gran calzón forrado. Debe no obstante creerse que con el tiempo 
se iria modificando la manera de vestir. Vérnoslos representados del modo dicho 
en dos monumentos de época distinta, pero de igual autoridad histórica, á saber: 
en la coluna de Arcadio en Conslantinopla, y en la puerta déla iglesia de san Pe- 
dro de Villanueva (4). Además délas armas propias de los antiguos españoles 
y de las que introdujeron Romanos y Godos, se hacia uso en España de algunas 
otras extranjeras, como eran la cateya teutónica, que era un dardo pesado que 
hería con mucha fuerza, y el hacha que llamaban francisca por haberla tomado 
de los Francos. 

Los Godos aprendieron de los Romanos su táctica á campo raso y su sistema 
de sitiar las plazas ; de su sistema de fortificación y de su arquitectura hablare- 
mos en su lugar oportuno. 

Los Godos conservaron en España la costumbre de vestirse de pieles, traí- 
da por ellos del Septentrión , donde es preciso semejante costumbre á causa del 
rigor del clima. A los Romanos causó gran sorpresa la singularidad de este traje, 
y sus poetas é historiadores lo consideraron como un rasgo característico del 
pueblo godo. En uno de sus poemas, Claudiano llama á una reunión de Godos 
una asamblea velluda: 

Pellila Gelarum 
Curia (5).... 



(1) Lib. Iud , lib. IX, t. II, 1. 8. 

(2) Id., 1. 7. 

(3) De ahí las palabras spalhariu?, comes spathariorum,prolo spalharius. 

(4) Fundada porErmenesinda, hermana del reyFruela. 

(5) Ciaud., de Bello Gothico, v. 461. 



CAP. XII.— ESPAÑA GODA. 213 

Los Godos llevaban todos el cabello largo , y el solo epíteto de cabelludo 
bastaba para distinguir á un bárbaro de un Romano (1). Era tan característica 
esta diferencia , que el Godo que cortaba sus cabellos á la romana, declaraba con 
ello renunciar á su nación y hacerse romano. Semejante costumbre se conservó 
en la España gótica , y Moníesquieu dice que una larga cabellera era , propiamente 
hablando, la diadema de sus reyes. En la colección de medallas de los reyes 
godos, publicada por Velazquez en 1759, todos los bustos están representados 
con los cabellos largos , partidos sobre la frente , y cayendo por ambos lados del 
rostro. 

Ignórase sin embargo si los Godos cortaban algo de su cabellera, limitán- 
dose como los Francos á mantenerla de cierto tamaño, ó sí dejaban que creciera 
sin cortarla en tiempo alguno. Entre los Francos solo los miembros de la familia 
que ocupaba hereditariamente el trono, habían de dejar crecer sus cabellos durante 
toda su vida, y á este propósito dice lo siguiente el historiador Agustin Thierry: 
«Según una costumbre antigua, nacida probablemente de una institución religio- 
sa, era atributo particular de esta familia (la de los Merovingios) y símbolo de 
su derecho hereditario á la dignidad real, una larga cabellera conservada in- 
tacta desde el instante del mismo nacimiento , á la cual las tijeras ni hierro al- 
guno podían jamás tocar. Los descendientes del anciano Meroveo (Mero- Wig) 
se distinguían por esto entre todos los Francos , y bajo el traje mas vulgar eran 
siempre reconocidos por su cabellera que, ya trenzada, ya flotando en libertad, 
cubría sus espaldas y les llegaba hasta la cintura (2). Despojarse de la menor 
parte de este adorno , era profanar su persona, quitarle el privilegio de la con - 
sagracion, y suspender sus derechos á la soberanía, suspensión que el uso limi- 
taba por tolerancia al tiempo necesario para que los cabellos , creciendo de nuevo, 
hubiesen llegado á cierta medida. Un príncipe merovingio podia sufrir de dos 
maneras esta deposición temporal , ó bien cortando sus cabellos á la usanza de 
los Francos, es decir á la altura del cuello, ó bien rapándolos al estilo romano, 
género de degradación mas humillante que el otro , que iba acompañado por lo re- 
gular de la tonsura eclesiástica. » Si el príncipe despojado de su cabellera era 
joven, se le aplicaba este dicho popular: « El árbol es tierno aun, y sus hojas re- 
toñarán de nuevo (3). » No podia esto decirse de los reyes y ciudadanos godos. 
Una vez habia el hierro cortado su cabellera , habían de renunciará toda partici- 
pación en los cargos políticos y civiles , y solo les quedaba abierta la carrera de 
la iglesia. 

Los vestidos ordinarios de los Godos eran: el stringium, especie de túnica 
muy antigua, deque se halla memoria en Plauto; el amiculum, que era un 
manto de lino , con que se distinguían antiguamente las meretrices , pero que en 



(4) Claudiano describiendo un consejo de Godos celebrado por Alarico ¿dice: Crinigeri sedere 
patres. 

(2) Solemne enim est Francorum regibus numquam tonderi: sed á pueris intonsi manent: cas- 
saries tota decenter eis in humeros propendet: anterior coma é fronte discriminata in utrumque 
latus deflexa.... idque velut insigne quoddam eximiaque honoris praerogativa regio generi apud 
eos tribuitur. Subditi enim orbiculatim tondentur. Ex Agathae Historia; apud Script. Rerum Fran- 
cic , t. II, p. 49. 

(3) In viridi ligno has frondes succisae sunt, nec omnino erescunt, sed velociter emergent ut 
crescere queant. Greg. Turón. Hist., 1. II, p. 185. 



214 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

la época de que tratamos se hizo de un uso general ; el retiolum, que era una red 
para tener recogidos los cabellos, el mantum, que servia á manera de manguito 
para cubrir las manos y que formaba parte del traje militar de un Godo, y el 
camisum , camisa, que se hacia de tela como ahora : estos eran los principales y 
ordinarios vestidos , pero habia otros mas nobles y de mayor gasto, ya de telas 
de seda ó de paño finísimo, pues las lanas españolas eran tan estimadas como 
antes por sus colores vivos y hermosos. Las mesas eran espléndidas y ardían en 
ellas las velas de cera. Los juegos, la caza y los teatros absorvian mucho dinero. 
Los hombres se afeitaban con tijera y aun con navaja, y se peinaban con mucho 
aseo, formando con las guedejas unos pequeños rizos que llamaban granos; las 
mugeres se servían de espejos , se lavaban con albornías de plata , bebían en co- 
pas de oro, se adornaban con diamantes y otras piedras preciosas, y se cargaban 
de anillos de oro todos los dedos de la mano (1). Al terminar el período romano, 
hemos visto hasta que punto reinaba el fausto y el lujo entre los pueblos de la 
Península, y si las calamidades de la conquista y el espíritu cristiano debilitaron 
por algún tiempo en España el deseo de poseer y gozar de las comodidades todas 
de la vida, este deseo no tardó en renacer con su antigua fuerza comunicándose 
á los mismos conquistadores. En nuestro sucesivo examen de la vida interna, 
por decirlo así, de nuestra patria bajo la dominación goda , tendremos ocasión 
mas de una vez de manifestar hasta que punto se llevaba en España el refina- 
miento de las artes todas. En Andalucía particularmente debia ser el lujo muy 
grande , según puede colegirse de las relaciones de Procopio, que pinta por 
una parle la gran miseria de los naturales de Mauritania , y por otra la magni- 
ficencia que habían introducido en ella los Vándalos después de haber vivido diez 
y ocho años en la Bética. «Aquellos hombres , dice Procopio , viven con delicadeza 
increíble, al contrario de los Mauritanos, que son miserabilísimos. Desde que en- 
traron en África, dispusieron mesas espléndidas , cubriéndolas cada día de lo me- 
jor que produce aquel terreno. Yan vestidos de seda y con ropajes del mas alto 
precio ; pasan el tiempo en los teatros , en las corridas de caballos , en la caza y 
en toda especie de diversiones : el baile , la comedia , la música , el canto y todo 
lo que sirve de deleite, les agrada infinitamente: se recrean en los jardines con 
banquetes magníficos á la sombra de los árboles y al fresco de los arroyos (2). » 
Diez y ocho años de permanecencia en el mediodía de España habían bastado pa- 
ra inspirarles estos gustos, que por otra parte no cambiaron en nada su ferocidad 
natural , dado caso de que no dieran por efecto el aumentarla. Los gastos que 
se hicieron en Francia para el viaje de la princesa Ringunda, prometida al rey 
Recarcdo , pueden darnos una idea del lujo con que se celebraban en España los 
casamientos. Llevaba cincuenta carros de equipage, mas de cuatro mil personas 
de servicio y un número correspondiente de caballos con frenos de oro y muy 
preciosos jaeces. Aun en los casamientos de particulares llegó el lujo á tal exceso, 
que las leyes hubieron de ponerle lasa , mandando que ninguno pudiese dar en 
dote mas de la décima parte de sus bienes , y fuera de esto que los grandes y sé- 
niores no pudiesen regalar á la novia sino diez pajes, diez doncellas y veinte 



(4) Isid. Hispal. ^Elimologiarum, 1. XIX, c. 23, 24, 25, 28, 31 et 32, p. 500, etc. 
(2) Procopio. de Bello Vandálico, 1. IV, p. 349. 



CAP. XII. — ESPAÑA GODA. 215 

caballos, y en ornamentos mugeriles el valor de mil sueldos ó sean dos mil escu- 
dos de oro. 

De las artes é industria de la España goda, no tenemos casi otras noticias 
sino las que nos dio san Isidoro de Sevilla en su obra de las Etimologías. Por 
lo que toca en general á hilar y tejer, nombra el santo la mataxa, madeja, el 
gubellum, ovillo , la trama , y el licium, que son los lizos por donde pasa el ur- 
dido. Entonces, como ahora, se hacían de tela el camisum,ú sabanum,\& cortina, 
cuyo nombre ha pasado sin alteración á nuestra lengua , el mantelium, que servia 
como ahora los manteles para cubrir la mesa, y así otras muchas cosas seme- 
jantes para el servicio doméstico. Hay también memoria de tejidos de seda, de 
paños de lana, de hilos y cordones de oro, de vidrios de varios colores y de ma- 
nufacturas de metal , particularmente de plata y acero , según tendremos ocasión 
de ver en el capítulo que consagraremos á las bellas artes. 

JEran sin duda los Godos muy aficionados á la guerra y al ejercicio de las 
armas, mas luego que se establecieron en nuestra península y vieron que los 
Españoles se ejercitaban en la labranza, empezaron a seguir en esto, como en 
otras cosas, el ejemplo de la nación. Según hemos dicho en otro lugar de la pre- 
sente obra, el nuevo gobierno en la época de la invasión dividió las tierras de cul- 
tivo en tres partes, dejando una para los nacionales, y señalando las otras dos 
para los conquistadores , sin que unos pudiesen entrar por ningún título en las 
haciendas de los otros sin expresa licencia del rey. Solo era permitido penetrar 
por los yermos y despoblados de que no se habia hecho división. La medida or- 
dinaria de cada campo era de cincuenta aripennes ó sean veinte y cinco yuga- 
das; las haciendas estaban divididas unas de otras con mojones de piedra labra- 
da, y era tan grande el rigor con que mandaba la ley respetarlos, que por cada 
mojón que uno moviese sin autoridad pública, se le daban cincuenta azotes si era 
esclavo , y si era hombre ingenuo , se le condenaba á pagar cuarenta escudos al 
dueño del terreno (1). Hemos dicho también la minuciosidad con que protegieron 
las leyes visigodas los dos ramos de la industria rural , el cultivo y la ganadería, 
y desplegábase gran severidad contra los que causaban algún daño así á las 
tierras ó á los frutos y cosechas como á los animales de carga ó de labranza. 
Quien robaba uva ó quemaba viña habia de pagar doblado de lo que habia ro- 
bado ó quemado ; si alguno cortaba un árbol ageno, se le penaba, según la cali- 
dad del árbol , en diez escudos , por un olivo , seis por un manzano , cuatro por 
una encina y dos por otros árboles inferiores (2) ; y asimismo al que afeaba un 
buey ó caballo , cortándole la cola ó las astas , se le condenaba inmediatamente á 
la pena pecuniaria de un tremisse , que valia unos trece reales. Estas disposiciones 
y otras análogas, que se hallan derramadas por el código de las leyes visigodas, 
principalmente sobre arriendos y términos , prueban, repetimos aquí, que los Go- 
dos , auuque guerreros , amaban y protegían la agricultura. En efecto , desde el 
primer siglo de su gobierno, el trigo cuyo cultivo habia sido abandonado, volvió 



(4) Lib. Iud. lib. X, t. III, 1. 2. De collicis etevulsis limitibus. 

(2) Si quis, inscio domino, alienam arborem inciderit: si pomífera est, det solidos III; si oliva, 
det solidos V; si glandifera major est, det solidos II, si minorest, det solidumunum, etc. Lib. Iud., 

lib. viu, t.m. i.4. 



21 G HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

á abundar en España, como en la época de los Romanos , y según se colige de un 
pasage de Casiodoro, pudo ser exportado á África y á Italia reinando Teodorico 
en esta última región. Los escritores de aquella época han tratado muy poco de 
estos asuntos; pero por lo que insinúan las leyes arriba dichas y san Isidoro en 
sus Etimologías, sabemos que los Españoles tenian muchos molinos de agua, y 
proseguían en cultivar el lino y el esparto, y en hacer el mejor aceite que se 
conocia. Reportaban grandes beneficios de la pesca y de las abejas, dos ramos 
de mucha consideración en la España antigua, que en cera, miel y salmuera se 
habia aventajado siempre á todas las demás provincias de Europa. Para el riego 
de las tierras sangraban los rios formando canales y acequias , y un hilo de agua 
se estimaba tanto , que quien lo robaba á otro habia de pagar cinco sueldos ó lle- 
var veinte y cinco azotes, según la calidad de la persona. Donde no habia mas 
agua que la de los pozos, usaban lo que los Españoles llamaban ciconia, que era 
un palo largo con un pozal á una extremidad y un contrapeso en la otra. 

Las minas riquísimas de nuestra península no rindieron tanto a los Godos 
como á los Romanos y Cartagineses, porque estaban exhaustas y la codicia no era 
tanta; pero sin embargo, por lo que puede colegirse de las pocas noticias que nos 
quedan , se ve que proseguían en beneficiarlas , principalmente las de hierro y 
minio que eran muy fecundas. Sidonio Apolinar, escribiendo á Orosio, hace men- 
ción de la hermosa sal de Cardona en Cataluña , y nombra en otra parte la pie- 
dra del rayo en que comerciaban los Españoles , que será sin duda el ceraunio, 
de que habla también san Isidoro de Sevilla. En las obras de este santo y en las 
de san Eugenio III se da noticia de varias piedras de nuestra península que esta- 
ban entonces muy en uso, como son la obsidiana, la especular, el imán y la arena 
para la construcción del vidrio. Se comerciaba también entonces en el plomo y es- 
taño de nuestras provincias, aunque proseguían dándolo con mas facilidad, dice san 
Isidoro, las minas déla Britannia. El célebre oro del Tajo se halla nombrado por 
Jornandes en la historia gótica , y de los demás metales se encuentran noticias 
exparcidas en otros autores , aunque mucho mas escasas que en las obras de los 
Romanos, que celebraron tanto la fecundidad y riqueza de nuestras minas. Los 
metales mas preciosos se ve que abundaban mucho por las mismas monedas que 
nos quedan de los reyes godos, y por la facilidad con que se imponía á los delin- 
cuentes la pena pecuniaria de libras de oro. 

El comercio que habia sufrido duros golpes durante los últimos tiempos de 
la dominación romana , no pudo alcanzar durante el período godo el esplendor y 
la prosperidad que en otros tiempos tuviera; nuestra nación no negoció ya por las 
aguas del Norte ni por las costas del mar Rojo, y hubo de limitarse á frecuentar 
los puertos mas inmediatos de Francia, Italia y África, según se colige de las re- 
laciones de Sidonio Apolinar, san Gregorio de Tours , y Aurelio Casiodoro. El 
giro del dinero rendía mucho álos comerciantes , pues en el censo redimible per- 
mitían las leyes el interés de uno por ocho que equivalía al doce y medio por cien- 
to. El comercio sobre comestibles, como vino, trigo y aceite, era de tanta conside- 
ración, que quien daba semejantes generosa otro para que negociase con ellos po- 
día exigir por su interés hasta el cincuenta por ciento. Los contratos mercantiles, 
para que tuviesen fuerza lega!, se habían de hacer ó por escrito, ó delante de tes- 
tigos ; se exigía fianza cuando la persona no era abonada ; se pedían prendas pa- 



CAP. XII. — ESPAÑA GODA. 217 

ra mayor seguridad del comerciante, y se tomaban por fin las mismas precaucio- 
nes que aun al presente están en uso. Para los negociantes extranjeros habia un 
tribunal separado en que se juzgaban sus causas, no por las leyes de España, sino 
por las de su propia nación , lo cual demuestra el gran número de comerciantes 
extranjeros que habría en España. En esta institución han querido ver algunos el 
principio ó como la indicación de los consulados modernos. 

En los pesos y medidas conservaron los Godos, por la mayor parte, Ifrs usos 
que hallaron introducidos en España desde el tiempo de los Romanos. Pesaban al- 
gunas veces con balanzas y otras con la romana, que llamaban entonces campa- 
na, por haberse inventado, dice san Isidoro, en la Campania de Italia. El cente- 
nario era el peso mayor de todos, y el calculo óchalco el inferior. Un chalco y un 
tercio formaban la silicua, una silicua y media el cerato; dos ceratos el óbolo; dos 
óbolos un escrúpulo ; tres escrúpulos la dragma; cuatro dragmas el cstatero; dos 
estateros la onza; doce onzas la libra; cincuenta libras el talento mínimo, pues ha- 
bia otros mayores, y dos talentos el centenario. Las medidas de aceite, vino, trigo, 
y otras cosas semejantes , podían dividirse en tres clases : pequeñas, en que se 
media por dragmas; medianas, que procedían por libras, y grandes, en que secón? 
taba por modios. Entre las pequeñas , el cochlear llevaba media dragma , la con- 
chula una y media , el ciatho diez, el acetábulo doce, el oxibafo quince y la cotu- 
la sesenta, que son siete onzas y media. Entre las medianas, la mina hacia una 
libra, el sexlario dos, el chelix ocho, el gomor ó metreta diez, el congio docey el 
modio cuarenta y cuatro. Entre las grandes finalmente, el sato llevaba un modio 
y medio, el bato dos modios y un congio , la urna dos modios y medio, el ánfora 
tres , la artaba tres y un congio, la medimna cinco modios, la metreta grande 
diez, el gomor grande quince y el coro treinte modios , que eran mil trescientas 
veinte libras. Los caminos se median por millas de mil pasos cada una, como en 
tiempo de los Romanos , pues la legua de que usaban los Francos , que era en- 
tonces de milla y media, no se habia introducido en España. Las medidas de íe^ 
las y de campos eran las siguientes : diez y seis dedos formaban un pié , cinco 
pies un paso y dos pasos una pértiga. Un clima tenia seis pértigas en cuadro; 
una agna tenia por lo largo doce pértigas y por lo ancho solo cuatro pies; un ara- 
penne era un cuadro perfecto de doce pértigas cada lado : un yuguero se formaba 
de dos arapennes unidos , una porca tiraba de largo diez y ocho pértigas y de 
ancho tres ; un campo estadial se extendía hasta sesenta y dos pértigas y media; 
un campo miliario hasta quinientas, y una centuria, que eran cien yugadas, has- 
ta dos mil cuatrocientas. En la medida del tiempo no hicieron los Godos variación 
alguna , antes bien se acomodaron al uso de los vencidos, que contaban los años 
por su era hispánica sin recibir la costumbre general de Europa, en que estaba 
establecida ya la era cristiana , como veremos después. Prosiguieron en dividir 
el siglo en veinte lustros, el lustro en cinco años , el año en doce meses , el mes 
en semanas y dias con los mismos nombres antiguos ; dividían el día del mismo 
modo que antes , partiéndolo en cuatro partes iguales de tres horas cada una , y 
la noche en otras cuatro semejantes, que llamaban prima, tercia, sexta y no ¡a. 
Del amanecer hasta media mañana era prima, de media mañana hasta mediodía, 
tercia-, de mediodía hasta la mitad de la tarde sexta , y de la mitad de la tarde 
hasta la caida del sol nona. 

TOMO II. 28 



218 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Las monedas de aquellos tiempos son la mayor parte de oro , algunas de 
plata y aun de plata dorada, y muy raras las de cobre; de este melal se harían 
pocas, porque los Romanos habían hecho infinitas, y los Godos no tuvieron difi- 
cultad en dejarlas circular según las muchas que se han conservado hasta nues- 
tros dias. Tienen comunmente grabado en el anverso el busto y nombre del rey, y 
en el reverso el de la ciudad en que se acuñaron, con una cruz sobre gradas ó sin 
ellas. En algunas se lee : En nombre de Dios , ó en nombre de Jesucristo ; en 
otras , todos nos sean obedientes ó todas ¡as ciudades nos abedezcan , y en las mas 
de ellas se da el príncipe el título de Justo , Piadoso , Vencedor ó Señor nuestro. 
Guando ios reyes eran dos , poníase una C junto á sus nombres para significar la 
concordia de entrambos, según el uso antiguo de los Romanos . La moneda que cor- 
ría para el comercio se reducía á libras, sueldos, semisas, tremisas, silicuas y di- 
neros , pero con la diferencia que el dinero era siempre de cobre , y las demás 
monedas de plata ó de oro (1). La libra de oro hacia 72 sueldos , el sueldo de 
oro 21 silicuas , la semisa era la mitad del sueldo , la tremisa la tercera parte, y 
la silicua la vigésima cuarta. La libra de plata se dividía en 20 sueldos , y el 
sueldo en cuarenta dineros. £1 valor de la libra era poco menos de trece escudos 
y medio. Los reyes que batieron moneda fueron diez y ocho, desde Liuva hasta 
Rodrigo , con la particularidad de llevar sus bustos, á contar desde Recaredo, las 
insignias reales introducidas por Leovigildo. Las ciudades que acuñaron moneda 
fueron veinte y siete, no contando entre ellas las de la Galia Narbonense , y son: 
Sevilla, Toledo , Tarragona , Braga, Mérida , Córdoba , Narbona , Talavera, Re- 
copolis, Olovasium , Salamanca , Bergium , Caliabria , Evora , Idaña , Porto , 
Lisboa, Eminium , Baeza, Marios , la Guardia , Barbi, Elvira, Valencia, Zarago- 
za, Tarazona, Barcelona y Tortosa. De las monedas bajo su aspecto artístico é his- 
tórico, hablaremos en otro lugar. 

En tiempo de los Godos no se hicieron en la marina muy grandes progresos, 
pues los úl timos y calamitosos años del imperio habian amortiguado en los áni- 
mos de los Españoles, lo mismo que en todos los subditos romanos, la afición que 
tenían al mar y á todo género de industria. La preocupación bárbara y romana á 
la vez que tenia por vil y bajo al hombre que ejercía un arte manual, ó se dedica- 
ba á comprar y vender, había distraído á los Españoles del comercio y de la nave- 
gación, cosas ambas que van siempre unidas, y la gran causa religiosa, que 
pugnaba entonces para vencer y tomar posesión del mundo, desviaba también á 
los hombres de las especulaciones puramente materiales. La insuficiencia científica 
de la época venia en auxilio de las causas generales, y la actividad natural de 
los habitantes de Cádiz, de Málaga y Barcelona , no pudo desplegarse como antes 
en expediciones marítimas. El pueblo que había de descubrirla América, y que 
en varias épocas habia tenido de ella como un vago presentimiento (2), había 



(4) La opinión del P. Mariana, que hace derivar los^ducados modernos del tiempo délos Godos, 
atribuyendo á los duques el derecho de batir moneda en las provincias de su mando, ha sido reco- 
nocida como errónea y completamente infundada. 

(2) Los habitantes de Cádiz sospecharon, a lo que se cree, la existencia de un nuevo mundo y lo 
buscaron desde la mas remota antigüedad. Lactancio en el siglo iv y san Agustín en el v esforzáron- 
se en probar, con razones derivadas de un falso sistema de física el primero, y con razones teológi- 
cas el segundo, que no habia ni podia haber antípodas ; con ello acabaron de destruir en el munde 
cristiano la idea antigua de una tierra desconocida, y la navegación por el Océano llegó á considerarse 



CAP. XII. — ESPAÑA GODA. 219 

abandonado hasta cierto punto la exploración del mar cuando los Godos se esta- 
blecieron en España. Así pues, al ser invadida nuestra península , hallábase en 
ella la marina en un deplorable estado, y así se mantuvo por unos doscientos años, 
hasta que en tiempo de Sisebuto se construyó una armada naval que se hizo res- 
pelar y temer de los emperadores de Oriente. Bajo el reinado de Suinlila, vemos 
á los Godos dar fin en el mar á muchas y gloriosas acciones; en tiempo de Wam- 
batomó parle una armada en la represión de la intenlona de Paulo, y fué des- 
truida una armada sarracena de doscientas setenta velas. Reinando Egica y Wi- 
tiza, derrotaron los Godos oíra semejante que infestaba nuestras cosías , cosas 
todas que suponían una fuerza naval no despreciable para aquellos tiempos. 

Las ciudades que consta de un modo positivo haber sido fundadas en el 
período de que estamos tratando , son únicamente tres. La primera es Reco- 
polís , ciudad de ñecaredo , fundada por Leovigildo en el territorio de Cuenca, 
en la ribera del Tajo, con buenos muros y bellos arrabales, según las relaciones 
de Juan Biclarense y de san Isidoro de Sevilla. La segunda, que se llamó Vitoria- 
cum, corresponde, según opinión común, á la que ahora llamamos Vitoria en la 
provincia de Álava, y se construyó por orden del mismo rey, que la hizo rodear de 
buenas fortificaciones para tener sujetos á los Vascones , que, según hemos visto, 
se habían sublevado varias veces. Contra los mismos Navarros y á sus espensas, 
fundó el rey Suinlila cuarenta años después otra ciudad fuerte que se llamó Olo- 
gilis y es conocida ahora con el nombre de Olite. Fuera de estas tres , atribuyen 
algunos al rey Atanagildo la fundación de una villa que todavía conserva su nom- 
bre en el reino de Portugal, y á Wamba la restauración de Gérticos , lugar 
inmediato á Yalladolid, en que fué proclamado rey; mas la villa de Atanagildo no 
tiene o Ira cosa á su favor sino su propia denominación, que seguramente es go- 
da, pero sin que nada en la historia atestigüe haber sido fundada por aquel rey, 
y en cuanto á Gérticos, que se llamó después Wamba, con la sola proclamación de 
tal rey, tuvo bastante motivo para apropiarse su nombre. Contra toda verdad his- 
tórica, algunos escritores atribuyen á Leovigildo la fundación de la ciudad de 
León, cuyo origen romano está fuera de toda duda ; á Wamba , la de Pamplona, 
que es mucho mas anligua, y tomó su nombre de Pompeyo ; á Amalarico, la de 
Almería, que no es palabra goda, sino arábiga y significa atalaya, y así á otros 
príncipes godos varias fundaciones en que no tuvieron la menor parte. Lo úni- 
co cierto es que engrandecieron y fortificaron muchas ciudades antiguas, y en 
particular Toledo y Mérida , según hemos visto en los reinados de Wamba y de 
Ervigio. En tiempo de este último rey, los muros y el antiguo puente de Mérida 
fueron restaurados con gran magnificencia por orden y dirección de Salla, duqne 
déla provincia lusitana. También en tiempo de los Godos, según todas la aparien- 
cias , construyóse el magnífico palacio que habitaron tiempo después los prínci- 
pes árabes y que ocupaba el gran espacio en que se elevaba el convento de Santa 
Fé,el Hospital de expósitos y oirás muchas casas particulares. De la arquitectura 
y demás bellas artes durante el período godo, hablaremos en el capítulo siguiente. 



no solo inútil, sino imposible. Jornandes (de Orig. Act.Getarum, p. 93) y el anónimode Ravena Geo- 
grafía, lib.V, c. 28.) 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



CAPÍTULO XIII. 

Letras y bellas artes en la época visigoda.— Principales escritores de este período; historiadores, poe- 
tas, teólogos, etc. — Paulo Orosio.— Etimologías de san Isidoro de Sevilla.— Discípulos de Isidoro. 
—Escuelas. — Bibliotecas. — Estado de las ciencias.— Medicina. — Arquitectura. — Principales fábri- 
cas délos Godos.— Sus caracteres. — La tradición artística de la antigüedad no se interrumpe en 
nuestra Península.— Tesoros de los Visigodos.— Coronas de Guarrazar. — Pintura y escultura.— 
Música.— Medallas.— Su carácter.— Inscripciones lapidarias.— Signos particulares empleados en 
ellas.— Era española.— Era de Jesucristo.— Caracteres numéricos.— Corrupción del latín en las 
inscripciones — Déla rima.— Variaciones del lenguage.— Conclusión del período godo. 

Muy triste es el estado en que quedó sumida en Occidente la inteligencia 
humana á mediados del siglo v. Derrocado el gran Imperio por hordas dadas 
únicamente á las armas y al fragor de las batallas , mal podían salvarse del ge- 
neral naufragio la bella literatura de Grecia y de Roma y las artes que á tan alto 
grado de esplendor habían llegado en el mundo romano. Por espacio de algunos 
años, los hombres atribulados con tan grandes infortunios, hubieron de pensai* 
solo en los medios de resistir y sobrevivir á las calamidades que sobre ellos ve- 
nían, y durante algún tiempo los poetas, los literatos enmudecieron, y los artistas 
todos abandonaron una escena en que solo se consagraba culto á la fuerza y de- 
vastación. A mediados del siglo v, pareció envolver á Europa un velo de san- 
gre y de dolores, y por un momento las letras y las bellas artes, amables compa- 
ñeras del hombre, parecieron haberle abandonado. Como si por nuestro continente 
se hubiesen extendido las aguas de aquel rio al que atribuían los antiguos la fatal 
propiedad de quitar á la mente todo recuerdo délo que había sido, vemos con dolor 
y sorpresa á la antes culta Italia sin un hombre de suficiente instrucción para ser 
enviado de nuncio á Constantinopla (1), yá Francia obligada á fines del siglo vi á 
dar las órdenes sagradas á personas que no sabían leer (2). Pocos años habían 
bastado para que desapareciera en un mar de ignorancia y de barbarie el ponde- 
rado saber de las ciudades italianas, la refinada cultura de las poblaciones espa- 
ñolas, la general erudición literata y artística del mundo romano. Tan espantoso 
ejemplo, que habría de estar siempre presente á los ojos de las naciones, convirtió 
por algunos años á Europa en un vasto campo ele batalla, sin que en ella se oye- 
ran otras voces que las insolentes amenazas del bárbaro y las quejas de los ven- 
cidos, ni se vieran otros monumentos que la tienda errante del Godo , del Hérulo 
ó del Franco. En la furiosa inundación todo se fué á fondo ; pero sosegadas las 



,1) Agath., Epístola ad ConstantinumPogonatum. 
(2) Conc. Narbon., c. 14. 



CAP. Xm. — ESPAÑA GODA. 221 

aguas y encauzadas otra vez, sino en sus primitivos lechos, en otros que les abrió 
la Providencia, para la cual el desorden y la confusión pueden ser medios, pero 
jamás resultados, viéronse salir y aparecer en la superficie muchos de los objetos 
sumergidos. Las letras, las artes, las ciencias, todos los dones especulativos del 
espíritu, aunque transformados por la catástrofe pasada, se presentaron para en- 
cantar oíra vez la vida humana, y hacer vivir á los hombres una vida mejor que 
la de la materia y la desús brutales pasiones. No obstante, y aquí vemos otro de 
los grandes favores dispensados al mundo por la Iglesia, nuestra amorosa madre, 
los nombres hubieran quizás rechazado el amable botin que las olas les arroja- 
ban, incapaces en muchos puntos, por su ferocidad y rudeza, de comprender el 
beneficio que las aguas les traían, Entonces la Iglesia se apresuró á anliciparse á 
todos, y trabajadores infatigables, sus miembros recogieron uno á uno los tesoros 
que del mundo antiguo se habían salvado. Obispos y monges acuden á 3a ribera, 
recogen con afán los restos del naufragio, los conservan, llévanlos á sus palacios 
y monasterios, hacen de ellos sus inseparables compañeros, y algunos anos des- 
pués, cuando Europa creia haberlo perdido todo, supo asombrada que casi todo se 
había salvado. 

España fué sin duda la primera en reportar estos beneficios, y así como se 
constituyó en ella un gobierno, una sociedad estable y digna mientras todos los 
demás pueblos eran presa de la violencia y vagaban todavía entre todos los hor- 
rores de lo desconocido, en el horizonte de esta tierra privilegiada aparecieron 
también los primeros destellos de la resurrección del mundo espiritual. Los sig- 
nos que la acompañaron y siguieron habían empero de participar de la índole y 
carácíer de la sociedad y de la fisonomía severa de los hombres que la componían, 
y como si el pasado estrago hubiese dado á las al mas un nuevo baño de vigor y en- 
tereza, como si la religión cristiana atrajese todas las fuerzas vivas del espíritu 
hacia las grandes y sublimes especulaciones, no encontraremos en el período 
godo la amena y risueña literatura de los siglos pasados, no veremos in- 
geniosos dramas, sorprendentes epopeyas: siendo la religión la base sal- 
vadora sobre que todo lo nuevo se habia asentado, siendo los concilios y sus le- 
yes, según acabamos de ver, los elementos constitutivos del gobierno, sien- 
do el clero el depositario de los conocimientos humanos en aquella época, 
la literatura tenia de ser circunspecta y grave, como los hombres que á ella 
se dedicaban. La moral, la teología, la jurisprudencia, el derecho político, la 
filosofía, ía historia, eran las ciencias en que empleaban su talento y su estudio, 
y cuando Chindasvinto envió el obispo Tajón á Roma, no le mandó en busca de 
las obras poéticas de Horacio ó de Lucano, sino de las obras morales de san Gre- 
gorio Magno, que comentó y amplificó después aquel ilustre prelado de Zara- 
goza. 

Entre los historiadores mas notables de aquellos tiempos hemos de nombrar 
en primer lugar á Paulo Orosio, testigo de la revolución que convirtió en gótica 
á la España romana, nacido, según muchos críticos, en Bracara (1). Perse- 
guido por los Vándalos, que, idólatras ó arríanos, mostraron gran crueldad pa- 
ra con los sacerdotes católicos, huyó á África, donde conoció á san Agustín, y 



(4) Castro. Bibllot. Españ., t. II. 



222 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

desde allí, quizás por consejo del santo doctor de la Iglesia, pasó á Belén, al lado 
de san Gerónimo. En Jerusalen tomó parteen un concilio celebrado contra lossec- 
tarios de Pelagio, cuya doctrina combatió en varios de sus escritos. Por aquel 
tiempo empezó, á lo que se dice, la obra que es leidacon gusto aun en nuestros días 
y que ha trasmitido su nombre á la posteridad. Una singular opinión se acredita- 
ba entonces entre los defensores obstinados del politeísmo: el género humano, se- 
gún ellos, no habia experimentado jamás tantas calamidades como desde que el 
cristianismo habia aparecido en el mundo. Orosio quiso probar en su obra por 
medio de infinitos hechos, y enumerando los acaecimientos todos de la historia 
universal, desde el origen de las cosas, que el género humano habia sido siem- 
pre desgraciado, mas antes del establecimiento de la religión de Jesucrito que 
después. Los sucesos trágicos, las guerras, los asesinatos, las tiranías, los incen- 
dios, las pestes, los saqueos de ciudades, las matanzas y las calamidades de toda 
clase habían afligido mucho á la humanidad antes de la venida de Cristo para que 
fuese difícil tarea la que Orosio se había impuesto, y en los sucesos anteriores 
encontró contra sus adversarios numerosos argumentos (1). La compilación his- 
tórica de Orosio es sin embargo algo oscura é indigesta; el plan de su obra no 
fué concebido con toda la claridad necesaria, lo que no impide que se hallen 
escritas con gran fuego algunas páginas de su larga disertación histórica, y que 
se repute por lo general exacto cuanto refiere del siglo en que vivió. A lo que 
parece, murió Orosio en Cartagena á fines de aquel siglo y á una edad muy 
avanzada. Otros dicen que al regresar á su patria desembarcó en Menorca , pero 
que al hallarla ocupada por los bárbaros regresó á África donde murió. 

El obispo Idacio, natural de Limica, ciudad que estaba situada en las márge- 
nes del rio Limia, escribió dos historias cronológicas, mas descarnadas aunque 
la de Orosio, si bien no menos útiles, en continuación de la de Eusebio de Cesa- 
rea la una, con el título de Crónica y la otra con el de Fastos consulares, llegan- 
do con ellas hasta la mitad del siglo v en que floreció, y deteniéndose principal- 
mente en la narración de los hechos de que fué testigo. Hemos hablado ya de la 
crónica de Juan Biclarense (2), y hablaremos mas lejos de la de ambos Isi- 
doros. 

Aunque, como hemos dicho, la prosa fué mas cultivada que la poesía en tiempo 
de los Godos, España cuenta sin embargo algunos poetas de aquel tiempo , y en 
primer lugar han de citarse los dos Avitos, uno de los cuales escribió un poema 
sobre el origen del mundo y de sus primeros habitantes. Draconio habia cantado 
en versos heroicos los seis dias del mundo y de la creación , argumento favorito 
de los primeros poetas cristianos, bajo el título de Ilcxameron. Su poema perte- 
nece á una época anterior á la conquista de los Godos, pero puede calificarse de 
gótico por las variaciones que sufrió en el siglo vil, cuando Chindasvinto lo dio 
á corregir á Eugenio de Toledo (3). Orencio, obispo de Uiberis , compuso en 



(4) Por esto tituló su obra: Historiarura adversus Paganos libri. VIL La última edición es la 
de Havercamp, Lugduni Batavarum, 4738. 

(2) Johanncs Biclarensis, Chronicon, Flores, España Sagr., t. VI, Madrid, 4763. 

(3) Dracontii Libelli , ab Eugenio tercio jussu regis Chindaswinlhi, emendati , Lorenzana, 
PP. Tolet., t. I. 



CAP. XIII.— ESPAÑA GODA 223 

el mismo siglo un poema en versos exámetros acerca de los deberes de los 
cristianos (1). 

No hablaremos de los cuatro hermanos Elpidio, Justo, Nebridio y Justiniano, 
autores de algunos tratados teológicos; ele Aprigio, obispo de Beja, comentador 
del Apocalipsis; de Liciniano, autor de algunas cartas curiosas al pontífice de Ro- 
ma; de Severo de Málaga, autor de un tratado contra el obispo de Zaragoza, sos- 
pechoso de arrianismo; de Eutropio, obispo de Valencia, autor de un libro sobre 
los pecados capitales, ni aun de Leandro, tan influyente, según hemos visto, bajo 
el reinado de Recaredo y autor de varios escritos teológicos. Detendrémonos sí 
ante el genio portentoso de la España goda , ante el insigne san Isidoro de Se- 
villa, con tanta frecuencia mencionado por nosotros en el curso de esta historia. El 
solo catálogo de sus obras da idea de la inmensidad de conocimientos que abarca- 
ba aquel genio portentoso á quien el concilio octavo de Toledo del año 653, llamó 
«doctor excelente, gloria de la Iglesia católica, el hombre mas sabio que se hubie- 
se conocido para iluminar los últimos siglos, y cuyo nombre no debe pronunciarse 
sino con gran respeto.» Isidoro sabia el griego y el hebreo, y habia leido cuantos 
libros se hallaban escritos en ambas lenguas, y las ciencias todas no le eran menos 
familiares. Además de una Crónica desde el principio del mundo hasta el año 626 
de la era cristiana, de la Historia de los Godos, Vándalos y Suevos, atribuida equi- 
vocadamente por algunos á Isidoro de Beja, y de las Vidas de los Varones Ilus- 
tres, escribió san Isidoro los Comentarios sóbrela Sagrada Escritura, tres libros 
de Sentencias 6 de opiniones, dos libros de Oficios eclesiásticos, una regla para los 
monges de laBética, un libro De la naturaleza délas cosas, dos tratados de Gra- 
mática y de Controversia, la Colección de antiguos cánones de la Iglesia de Espa- 
ña, varios tratados de moral, el libro De la vida y muerte de los santos de uno y 
otro Testamento, dos libros de Sinónimos, conocidos bajo el nombre de soliloquios; 
y otros muchos escritos, obras que han sido varias veces recopiladas, y cuya úl- 
tima edición completa fué hecha en Madrid en 1778. 

Pero la obra inmortal de Isidoro, la que nos revela su vastísima y porten- 
tosa erudición , es la de las etimologías ó de los orígenes, sabia compilación 
en que reunió las nociones útiles de cuanto cuestionaba el mundo sabio en el si- 
glo vii. La Enciclopedia de Isidoro, según la llama un autor moderno, obtuvo 
un éxito asombroso , y por mucho tiempo estudiaron los Españoles toda clase de 
ciencias en la obra del sapientísimo doctor. Veinte libros comprende esta obra 
que, dejada incompleta por su autor, fué terminada luego de acaecida su muer- 
te, por san Braulio, su discípulo. Artes, ciencias, bellas letras, gramática, retó- 
rica, dialéctica, metafísica, política, geometría, aritmética, música, astrono- 
mía, física, historia natural, de todo trata el sabio escritor ala altura de los co- 
nocimientos á que podia llegar el hombre en aquel tiempo , y cuanto mas se exa- 
mina , mas justo se conoce ser el nombre que se le ha conferido de Enciclopedia 
de la época (2). El erudito obispo nada omitió, ni la táctica militar, ni la náutica, 



(4) Mart,et Dur., Thesaurus novus anecdotorum, t. V. 

(2) Antes de Isidoro, habíanse intentado algunas obrasde este género. Una idea semejante ins- 
piró á Varron (nacido en el año H6y muerto en el 27 antes de J. G.) sus Rerum humanarum et di- 
vinarum Antiquitates, y sus Disciplinarum libri IX, cuya pérdida deploran los sabios. La Historia 
Naturalis de Plinio, en la que supo encerrar tantos tesoros científicos, es casi una Enciclopedia. Sto- 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ni el arte de construir buques , ni la arquitectura , ni la pintura. Juegos , espec- 
táculos, artes y oficios, los mares, la tierra, el cielo, todo está comprendido en 
aquel repertorio científico de conocimientos humanos , dice D. Modesto Lafuente, 
quien llama á san Isidoro el restaurador de las letras y de los estudios en Espa- 
ña, y el sol que alumbró al período hispano-godo (1). 

Débese también á Isidoro la primera colección canónica de los concilios 
españoles , y preténdese también , aunque esto es dudoso , que fué el primero en 
compilar el Codex Legis Wisigothorum. A él se debe sin duda alguna la Litur- 
gia adoptada por las iglesias de España durante el período gótico, y la funda- 
ción junto á su iglesia de Sevilla, de una célebre escuela que sirvió de ejemplo á 
muchos establecimientos del mismo género en el resto de la península , con lo 
cual la iglesia gótica se adelantó nueve siglos á la institución de seminarios, de- 
cretada por el concilio de Trento. Véase, pues, si merece Isidoro el título que le 
da el historiador citado y también el francés Carlos Romey (2). 

Entre los discípulos de Isidoro, hallamos á Ildefonso, nombrado en otros 
varios pasajes del presente libro , autor de algunas obras teológicas escritas en 
un latín menos puro que el de su maestro, de un tratado del bautismo, de 
una epístola á Quirino , obispo de Barcelona , de una defensa de la virginidad de 
la Madre de Dios, y de la vida de algunos varones ilustres, entre los cuales ha 
de citarse la de su preclaro maestro (3). Encontramos también á Braulio, obispo de 
Zaragoza , á quien dedicó Isidoro su libro de las Etimologías , y autor de una 
vida de su amigo , db una historia de san Millan y de Santa Leocadia , así como 
también de varias cartas que han sido recopiladas en un volumen (4). Cílanse 
otros muchos escritores de esta época , y entre ellos Gonencio, autor de un li- 
bro de máximas ; Máximo , autor de una historia de España en tiempo de los 
Godos, que por desgracia se ha perdido; Kedempto, discípulo también de Isi- 
doro , y autor de un relato de su fallecimiento ; Juan , hermano de Braulio, 
que le sucedió en la sede de Zaragoza , autor de numerosos himnos , puestos , á lo 
que se cree , en música por él mismo , y de un tratado sobre la celebración de la 
Pascua; Pablo, diácono de Mérida, que bajo el reinado de Recesvinto y de 
Wamba ilustró la memoria de los santos varones de su patria (5) ; Eugenio, 
obispo de Toledo , observador de las revoluciones lunares ; otro Eugenio , pri- 
mero monge, y luego obispo también de Toledo, que escribió epigramas y cul- 



beo ó JuandeStobi, ciudad deMacedonia, que escribía en el siglo v, compuso una obra de la misma 
clase, de la que lian llegado hasta nosotros algunos fragmentos. Finalmente, bajo el título de Saty- 
ricon, Marciano Gapella (natural de Madauro de África, según unos, y deCartago, según otros), pu- 
blicó á mediados del siglo v un libro en prosa y verso en el que trata de las siete ciencias que cons- 
tituían entonces el conjunto de los conocimientos humanos, á saber: la gramática, la dialéctica y la 
retórica comprendidas bajo el nombre de trivium, y la aritmética, la geometría, la astronomía y la 
música inclusa la poesía) bajo el de quadrivium. Este sistema de estudio había pasado de Jas escue- 
las de Alejandría á las de Constantinopla. Las Etymologiw de Isidoro, citadas con menos frecuencia, 
son sin embargo muy superiores al Salyrir.on de Marciano Capella. 

(1) Hist. gen. de Esp., p. 1. a , 1. IV, c. IX. 

(2) Hist. de Esp., p. 1. a , c. XVIII. 

(3) Véase la Recopilación de Lorenzana: Sanctorum Patrum ecclesiee Toletana) quae extant 
Opera, etc. Matrili, 1782. 

(4) Risco, España Sagrada, t. XXX. 

(5, De Vita et Miraculis Emeritensium Patrum, Flores, España Sagr., t. XIII. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 225 

tivó la poesía y la música ; Julián , obispo de dicha iglesia , autor de muchas 
obras teológicas , de un Horóscopo para el siglo venidero , de epitafios y de epi- 
gramas , lo mismo que de la célebre historia de la expedición de Warnba contra 
Paulo (1); Idalio, obispo de Barcelona, Félix de Toledo y Tajón de Zarago- 
za, autores , el primero de varias epístolas , el segundo de un elogio de Julián, 
y el tercero de compilaciones y comentarios sobre las obras de san Gregorio Mag- 
no (2). En el siglo siguiente , que fué el de la conquista árabe, escribió Isidoro, 
obispo de Beja , y compuso una crónica que empieza en el año 611 , y acaba en 
el 754 (3). Este movimiento literario y científico prueba evidentemente que las 
letras latinas reaparecieron en España después de la invasión , como hemos dicho 
al principio de este capítulo , y arranca á Romey la siguiente confesión , que no ha 
de pasar desapercibida en boca de un historiador extranjero y francés: «En nin- 
guna época , dice , en presencia de los hechos que llevamos mencionados , han 
estado desterradas ó extinguidas las letras y las luces enlre nuestros vecinos de 
la otra parte de los Pirineos (4). » 

El hecho de Chindasvinto que daba á Eugenio un poema para que lo corri- 
giese; el libro de Isidoro dedicado á Sisebulo, hombre sabio y muy entregado al 
estudio, orador de mucha elocuencia y de mucha doctrina; instruido en las bellas 
letras y en la mayor parte de las ciencias , según el testimonio de ambos Isido- 
ros ; los diferentes escritos dirigidos por Leandro á Recaredo , el favor concedi- 
do por este y sus sucesores á Leandro y á Isidoro ; el celo de muchos , de casi 
lodos los monarcas godos para la compilación de un código nacional y para la 
conservación de los monumentos históricos ; el respeto con que miraban las de- 
cisiones de los concilios , son otras tantas evidentes pruebas de que las ciencias 
y las letras distaban mucho de hallarse durante aquellos tiempos de supuesta 
barbarie en el lastimoso estado que generalmente se cree (5). 

Durante este período, las bibliotecas no parecen haber sido muy numerosas 
en España, pues entonces eran igualmente raras en todas partes. Los grandes 
trabajos de copislería, cuyo honor se ha atribuido con justicia á los monges, 
empezaron en aquella época. Las grandes colecciones de manuscritos (pues una 
biblioteca no consistía en otra cosa) no podían formarse sino con muchos gastos 
y con prodigios de ciencia y de trabajo. Cítase sin embargo la biblioteca traída 
de África por Donato , fundador del monasterio servitano , é Isidoro menciona 
la biblioteca de Pamfilo , que contaba treinta mil volúmenes. Invadida la Penín- 
sula por los Árabes , los monges solo pudieron llevarse á Galicia y á Asturias 
una escasa parte de sus riquezas intelectuales , pues no cabe duda de que en 
aquella época habia reunidos ya en los conventos muchos manuscritos. Tiempo 
después de la catástrofe y aun en nuestros dias se han encontrado con frecuencia 
manuscritos de aquella época; los archivos de las catedrales, la biblioteca del 
Escorial y las de los conventos , llenas estaban de monumentos inéditos del si- 



(1) Juliani episcopi Toletani Opera omiiia, Lorenz. Patr. Tolet., t. II, Matriti, 4785. 

(3) Risco, España Sagrada, t. XXX. 

(3) Isid. episc. Pacensis, Chronicon, Flores, España Sagr., t. VIII. Matriti, 4769. 

(4) Hist. de Esp., p. 1 .», c. XVIII. 

(5) Para mas noticias, véase á Masdeu, Hist. crít. de Esp., t. XI. 

TOMO II. 29 



226 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

glo vir , y para que se hayan librado de tantas vicisitudes , de tantas guerras é 
invasiones , de laníos saqueos é incendios , fuerza es decir que su número se habia 
multiplicado de un modo considerable. 

Las ciencias propiamente dichas, ó á lo menos las ciencias naturales, des- 
preciadas por los Romanos , poco cultivadas y casi desconocidas por los Españo- 
les durante el período romano, no empezaron á florecer en España hasta la épo- 
ca de los Árabes , según veremos en su lugar oportuno , y muy singulares oran 
las ideas que en aquel tiempo se tenían acerca de la medicina y de su practica y 
ejercicio. Los médicos no podían sangrar ni medicinar á muger iibrp, é ingenua, 
como no fuese á presencia del padre, madre , hermano , hn> ? abuelo ó algún 
otro pariente (1). Si la sangría enflaquecía al enfermo , el, médico era condenado 
á cien sueldos de multa (£) , y si el enfermo movía á consecuencia de la medica- 
ción, era entregado el médico á los parientes del difunto , considerándole como 
homicida (3). La recompensa no era proporcionada al grave peligro que llevaba 
en sí el ejercicio de esta profesión , pues por sus cuidados solo recibía el médi- 
co cinco sueldos de oro , y aun esto después de la completa curación del enfer- 
mo (4). 

Antes de explicar lo principal que puede decirse acerca de las bellas artes en 
el período godo , no podemos hacer cosa mejor que transcribir las palabras con 
que encabeza D. José Amador de los Rios , uno de los capítulos de su obra sobre 
el arte latino-bizantino en España. « Achaque ha sido harto común en cuantos han 
tratado fuera de la Península de las artes españolas , dice el ilustrado autor antes 
citado , el desconocer su existencia durante la dominación visigoda. Háse afir- 
mado generalmente que hundida España en profunda oscuridad bajo el peso de la 
barbarie, ni pudo conservar la gloria del arte clásico que tan grandes monumen- 
tos habia producido en la patria de los Sénecas y Golumelas , ni le fué tampoco 
hacedero el dar señales de vida en la senda abierta por el arte cristiano, desde el 
momento en que brillando la cruz en el lábaro de Constantino , aspira aquel 
arte á dominar en Occidente. A la verdad no se conforma este juicio con la his- 
toria de la civilización , desconociéndose al emitirlo que no se extingue en un solo 
dia la luz del antiguo mundo , ni es fácil renuncia para la humanidad la radical 
y absoluta de conquistas laboriosamente realizadas en el transcurso de muchos si- 
glos. Pero es lo notable que no solamente se ha caido en el doloroso error de su- 
poner desposeída de bellas artes á la nación española durante un largo período, 
el cual no carece por cierto de verdadera gloria , sino que se ha olvidado al pro- 
pio tiempo , además de la enseñanza que los monumentos ministraban , la exis- 
tencia de un documento inestimable que, habiendo servido de constante faro en la 
edad media, llevaba en sí la mas terminante condenación de semejantes asertos, 
siendo al par irrecusable testimonio del grado de cultura á que llegó el arte ar- 
quitectónico , y con él las demás artes que se le asocian , bajo el imperio de los 



(1) Nullus medicus sine prsesentiá patrjs, matris, fratris, filii, aut avunculi, vel cujuscumque 
propinqui, raulierem ingermam flebotomare praesumat. Lib. Iud., lib. XI, 1. 1, 1. 4. 

(2) Id., lib. XI, t. I, I. 6i 

(3) La misma ley. 

(4) Id. 1. 7. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 227 

reyes visigodos (1). » Y en efecto, las celebradas Etimologías de Isidoro nos dan 
sobre este punto cuantas noticias pueden desearse. 

Empezando por la arquitectura, arle capital, llamada en todas edades á 
imprimir el sello de sus formas á las producciones de las demás artes del diseño, 
según expresión del escritor antes ciíado , tócanos examinar someramente , pues 
otra cosa no permite la índole de nuestro trabajo , qué monumentos notables de- 
jaron los Godos de su dominación en la Península , y que rasgos principales ca- 
racterizan su arquitectura. « Despojada la arquitectura romana de su antigua se- 
veridad , dice un autor , sujeta , como todas las artes del imperio , á la influen- 
cia ejercida sobre ellas por la conquista del Asia y las peregrinas importaciones 
de los países orientales, si aun pretendia afectar las principales formas tomadas 
de la Grecia , y su sencillez y su pureza , llevaba ya en su seno algo de indeciso 
y licencioso , que acelerando su decrepitud , la disponía á los cambios que ha- 
bían de variar su esencia y darle un nuevo aspecto. Con sus rectos perfiles y 
sus arcadas semicirculares, con sus pomposos cornisamentos, con sus imponentes 
masas y sus órdenes medio romanas , medio griegas , franqueó bien pronto los 
límites de la unidad; admitió en vez de un solo cuerpo simple y sencillo , el con- 
junto de tres ó mas , complicados y sobrepuestos ; hízose mas pesada y menos 
sólida ; mas libre , y menos suelta y gentil ; mas sobrecargada de ornatos, y 
menos bellaj mas preocupada , y sin embargo menos escrupulosa ; mas amiga 
de la ostentación , pero en realidad menos grande y espléndida (2).» Este era, 
pues , el estado del arte arquitectónico en España y en Italia al ser invadidas por 
las hordas asiático-germanas; al alejarse estas de sus selvas en busca de una 
nueva patria , ni dejaron en ellas ni llevaron consigo una arquitectura propia. 
Bastábales entonces la cabana de ramaje, la tienda de pieles ó el carro de sus cam- 
pamentos que los transportaba de país en país, y de conquista en conquista. Sin 
embargo, si su rudeza primitiva no les permitió cultivar el arte mas indispensa- 
ble al bienestar del hombre , acostumbráronse desde muy temprano á respetar 
los monumentos del mundo romano , y acabaron al fin por imitarlos en sus 
construcciones. La arquitectura predominante en el imperio de Occidente fué 
la suya. En los primeros tiempos del establecimiento de los Godos en España, se- 
guramente que no habia de descubrirse en sus construcciones la grandeza y no- 
ble majestad , la fácil y esmerada ejecución, el gusto correcto y puro de los me- 
jores dias del imperio ; sino que serian menos ostentosas, mas tímidas y reduci- 
das. La miseria de la sociedad , el temor de los ánimos , el cambio continuo de 
dominación que los agitaba, no podían consentir en aquella época ni los grandes 
esfuerzos del genio , ni los recurs os poderosos que reclaman sus grandes concep- 
ciones. Mas sentada la monarquía , habiendo la raza hispano-latina hecho pasar 
su credo á la religión de los vencedores , pudo la arquitectura erigir otras vez 
iglesias y monumentos, imitando las fábricas suntuosas que habían sido sucesiva- 
mente elevadas desde Augusto hasta Trajano y los muchos templos erigidos antes 



(1) El Arte latino-bizantino en España y las coronas -visigodas de Guarrazar: Ensayo histórico 
critico, por D. José Amador de los Rios. Madrid, 1861. 

(2) Ensayo hist. sobre los diversos géneros de arquitectura empleados en España desde la 
dominación romana hasta nuestros dias, por D, José Caveda. Madrid, 4848. 



228 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

por los cristianos á semejanza de las basílicas , tales como el espíritu religioso 
nabia determinado sus formas y carácter de un modo invariable. 

Acudamos ahora á san Isidoro, y él nos dará sobre todos los edificios que 
levantaban los Godos en su tiempo cuantas noticias podamos apetecer. Habla pri- 
mero el santo de los edificios sagrados ( wdificia sacra) , y establece con entera 
claridad la diferencia que mediaba entre las basílicas ( basílica}), monasterios 
(monasterial ) , oratorios (oratoria) y cenobios (cenobio); dícenos que clase de 
edificios eran los martirios ( mar tijria) y lavatorios (delubra),y explicando el 
uso de las aras y altares, nos transmite preciosos datos al referirse á los pulpitos, 
tribunales y analógios. No se muestra menos minucioso el sabio doctor en el 
examen de los edificios públicos ( cedificia publica), entre los cuales, clasificando 
las ciudades, colonias, municipios, castillos, vicos (vici), castrosy aldeas (pagi), 
da cuenta de las construcciones suburbanas, muros, torres y demás propugnáculos 
y promurales que ásu defensa se referían. Explica el uso de los circos , teatros 
y anfiteatros^, el de las termas , baños , lavaderos (apodyteria) , casas de co- 
mida (popince) y tabernas (taberna}), no olvidando tampoco la estructura délas 
calles , á las que rodeaban con frecuencia espaciosas soportales (imbuli). 

Fíjase luego san Isidoro en las habitaciones de todos géneros (habitáculo,) , 
y definida la de los reyes (aula regia), la cual excedía á las demás por la riqueza 
de los cuatro pórticos que la circuían , menciona los atrios de los magnates, 
que solo podian tener tres pórticos; pasa en seguida á los hospitales y hospicios 
(hospüia et xenodiquia), y en otros capítulos determina las fábricas que servían 
para custodia de objetos preciosos (repositorio), y las que se destinaban á talle- 
res ( operaría). Entre las primeras habla de los sagrarios (sacraria), dónanos 
(donaría), erarios (airaría) y bibliotecas (biblioteca}), y entre las segundas de las 
fábricas de lana (gynecia), de los hornos ( furni ) y de los lagares ( torcularia ). 
Emplea tres capítulos en el examen de las construcciones propias del campamen- 
to (papiliones, tentoria) y de los sepulcros (sepulcro) , no olvidando los edificios 
rústicos ni las casas y tugurios (casce, tugurio). 

No contento san Isidoro con indicarnos la existencia de todos estos edi- 
ficios , lánzase á considerar los elementos de la construcción y ornamentación, y 
después de manifestar las diferencias que existen entre pórtico y vestíbulo, en- 
tre claustros internos y claustros externos (fores et valuce); después de hablar 
de los cimientos y paredes (fundamenta et parietes), de las pilas y pilares, de los 
ábsides y testeros (ábsida et testudines), de los pavimentos y mosaicos (pavimen- 
to et tessellce), define los arcos, basas, colunas y capiteles , que formaban la par- 
te mas noble de la decoración , no olvidando las tejas (tegulce, imbrices), canales 
y fístulas (canales, fistulae) que cubrían y defendían los edificios , recogiendo las 
aguas llovedizas. 

Si pues en estos preciosos datos hemos de reconocer , como dice Los Rios 
en su obra ya citada , la existencia y el ejercicio de un arte que atiende 
de igual modo á los mas altos ministerios de la religión y á las mas sencillas ne- 
cesidades de la vida , ¿cómo será posible negar á la época visigoda la posesión 
de este mismo arte? Sin embargo, aun cuando no poseyésemos tan precioso docu- 
mento como el que acabamos de mencionar, la historia multiplica los monumen- 
tos que á esto aluden , enseñándonos que en las mas apartadas provincias de la 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 229 

monarquía visigoda se erigían aulas , atrios , basílicas , monasterios y hospicios, 
y que Toledo, corte de aquellos monarcas , vio levantarse dentro y fuera de sus 
muros toda clase de construcciones. 

Casi todos los monarcas visigodos prodigaron en efecto á dicha ciudad repe- 
tidas muestras de su predilección , y á tal punto llega el noble anhelo de engran- 
decerla, que no solamente la rodea Wamba de nuevas murallas defendidas por 
torres y promurales de gran fortaleza, sino que la exorna también de elegantes y 
admirables fábricas , perpetuando su obra con los siguientes versos que mandó 
esculpir sobre las puertas de la ciudad : 

erexit, factore deo, rex 1nclytus urbem 
Wamba, suae celebrem protendens gentis honorem. 

Una de las basílicas mas célebres y la primera de Toledo , fué la dedicada á 
la Virgen María dos meses después de convertido Recaredo á la religión católica, 
mucho antes de la celebración del gran concilio nacional en que imitaron su 
ejemplo los obispos arríanos, basílica que se distinguió después con el título de 
la Sede Real, y en cuyo seno se celebraron algunas de las respetables asambleas 
que daban á un tiempo leyes á la Iglesia y á la república. San Eulogio en su 
Apologético supone de admirable obra la famosa iglesia de Santa Leocadia, erigi- 
da en la misma ciudad de Toledo por el favor y protección de Sisebuto , y á la 
verdad que los cinco capiteles, despojo de este templo, existentes hoy en el patio 
segundo del hospital de Santa Cruz en Toledo , si bien de ejecución poco esme- 
rada, no manifiestan , dice la obra sobre los géneros de arquitectura empleados 
en España , que antes hemos citado, haber pertenecido á una fábrica vulgar, ni 
ser producto de un arte degenerado y menesteroso. No era menos famosa la igle- 
sia pretoriense de San Pedro y San Pablo , donde, no solo se congregaron algu- 
nos concilios , cual en el Pretorio de la basílica de Santa Leocadia, sino que 
fueron también ungidos los reyes por mano de los obispos , como nos refiere san 
Julián del ya citado Wamba, mostrando así la magnificencia de estas construc- 
ciones. 

También fueron erigidas en Toledo durante el período godo y corriendo los 
siglos vi y vn las seis iglesias que tan extraordinaria fama han alcanzado, así en 
los tiempos medios como en la edad moderna, bajo el título de Mozárabes (1); y 
si, abandonando la ciudad regia, dirigimos nuestras miradas á los demás pun- 
tos de la Península , veremos las grandes y magníficas fábricas del monasterio 
Agaliense, fundado en 534 por Atanagildo, bajo lainvocacion de san Julián, ypues- 
to al norte de Toledo, á orillas del Tajo; del titulado de San Cosme y San Damián, 
situado, según algunos, en el pago délos Darrayeles, y puesto, según otros, en las 
cercanías de Buenavista; del de San Pedro y San Félix , fundado por Viterico, 
al otro lado del rio , cerca de la corte visigoda , tal vez en el mismo lugar que 
hoy ocupa la renombrada ermita de la Virgen del Valle; del de San Pedro el Ver- 
de, cuya fundación se atribuye al obispo Aurasio que gobernaba la sede de Tole- 
do durante los reinados de Viterico y Gundemaro; del de San Silvano , situado en 



(1) Las iglesias mozárabes se construyeron: Santa Justa en 554; santa Eulalia en 559; san Se- 
bastian en 601; san Marcos en 634; san Lucas en 641, y san Torcuato en 701. 



230 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

el puente de Santa Cruz; de la basílica de San Juan, contigua á la catedral de Ma- 
rida ; déla iglesia de San Martin, erigida en la ciudad de Orense á mediados del 
siglo vi; del palacio episcopal de Mérida, edificado por el obispo Fidel en la se- 
gunda mitad del mismo siglo, y por fin de las catedrales de Sevilla, de Zarago- 
za, de Mérida y otras varias ciudades. 

Estos testimonios bastan para tener por cierto que durante la monarquía 
goda no careció nuestra patria de muchas y muy notables construcciones reli- 
giosas, no siendo menos importante consignar que gozaron de gran renombre las 
destinadas á otros objetos de la vida. Con admiración vieron los Árabes al pene* 
trar en las ciudades españolas aquellos suntuosos alcázares que habían dado á 
san Isidoro, con la magnificencia de sus pórticos, la brillante idea que nos trans- 
mite de las aulas regias. «Cundía la fama de su grandeza á los historiadores 
mahometanos , quienes al consignar en sus obras el sorprendente efecto produ- 
cido así en Tarik ben Zeyad y Muza ben Noseir, como en los califas orientales, 
por las maravillas de aquellos palacios , ponderan á tal punto las riquezas de 
los Reyes rumies que apenas acertamos ahora imaginarlas. Soberbia, grandiosa y 
rica por extremo era la fábrica de aquellos palacios; suntuosos sus salones y es- 
tancias ; vistosos y deslumbradores sus pavimentos ; imponderables los tesoros 
que en ellos habían hacinado los reyes visigodos (1).» 

Por desgracia no poseemos en su primitiva forma ninguna de las basílicas, 
monasterios ni palacios levantados durante la dominación goda. Destruidos por 
la saña de los hombres y las vicisitudes de los tiempos , ó adulterados hasta 
el punto de no dar razón de su antigua traza y ornamento , por la misma piedad 
que intentaba conservarlos ó embellecerlos, seria vana toda diligencia para hallar 
un monumento íntegro de aquella edad, cuando ni aun los muros con que rodeó 
Wamba su ciudad favorita han 'logrado permanecer enteros. Despedazados fri- 
sos, dice D. José Amador de los Rios (2), cuyo primitivo empleo es hoy por ex- 
tremo difícil averiguar; solitarios capiteles que han servido de trofeo á otros 
edificios posteriores, formando extraño maridage con los que ahora los rodean; 
truncados fustes que guardan por ventura alguna inscripción ó conservan las 
huellas de características estrías ; fragmentos de jambas, metopas, dinteles ó im- 
postas, y algunas lápidas de consagración , hé aquí las reliquias que han so- 
brevivido en Toledo al golpe destructor de los siglos , bastando sin embargo á 
pregonar la existencia de aquel arte , cuya viviente confirmación solo puede en- 
contrarse en las primitivas basílicas de la monarquía asturiana. Mas ya que no 
exisla hoy edificio alguno de los construidos por los Godos en nuestro suelo ¿se- 
rá por eslo imposible formar idea de la arquitectura en ellos empleada? ¿Se ha 
perdido para la posteridad la idea de su carácter distintivo? ¿De dónde se deri- 
va? ¿Qué rasgos la distinguen, qué alteraciones ha sufrido? ¿Lleva el sello de la 
originalidad, ó es solo una imitación? A muchas de estas preguntas llevamos 
dada la contestación en lo que antes hemos dicho acerca del estado de la ar- 
quitectura romana en la época de la invasión. Así la encontraron los Godos al 



(1) El Arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar: Ensayo histórico 
crítico por D. José Amador de los Rios. 

(2) Id. 



CAP. XIII.—ESPAÑA GODA. 231 

posesionarse de Italia , y así fué por ellos cultivada con mas ó menos diligen- 
cia, pero nunca con tanto abandono y libertad que alterando sus tipos primitivos 
alcanzasen borrar del todo su carácter romano. Puede por el contrario asegurar- 
se que, en cuanto su cultura lo permitía, se propusieron conservarle, ciñéndose á 
imitar las fábricas romanas y procurando en sus restauraciones asemejar las 
partes renovadas á las antiguas, 

Teodorico, príncipe de los Ostrogodos y dueño del imperio de Occidente, que 
arrebatara á Odoacro con la vida , siéntese dominado por la noble ambición de 
liacer célebre su nombre , mas que por sus victorias , por su genio civilizador; 
esforzándose en restablecer la pompa y el esplendor de la sociedad romana, re- 
paraba en cuanto le era posible los estragos de las recientes invasiones, y preve- 
nía á sus arquitectos Daniel y Símaco que en la renovación de los edificios ro- 
manos deteriorados por las guerras, procurasen asimilar de tal manera las 
nuevas construcciones á las antiguas, que pareciendo todas de un mismo tiempo, 
quedasen las fábricas con un carácter uniforme , y como existían en su primiti- 
vo estado. 

En España encontraron los Godos los mismos edificios que les eran en Italia 
conocidos; igual era el estilo que los distinguía y la cultura y el genio que los 
produjera. No variaba, pues, ni la imitación, ni el modelo, ni el espíritu que los 
inducía á reproducirlos. Romanos por hábito y por inclinación, si no era dable 
que olvidasen sus artes, si no conocían otras, es preciso advertir que al cultivar- 
las no debían oponer resistencia á las impresiones de una nueva escuela llena 
de brillantez y de vida por mas que desconociesen sus principios. « Por esto se 
advierte que en la aplicación de los rasgos aislados del estilo neo-griego , dice 
Caveda , los Godos ni se proponían un sistema, ni eran arrastrados por el deseo 
de innovar. Cedían á vagas reminiscencias, á impresiones fugitivas no analizadas 
por el arte mismo, apegados siempre á las prácticas romanas (1).» Pero esto que 
podia llamarse imitación respecto de la grey visigoda , no era ni podia ser mas 
que la prosecución en el ejercicio del arte cultivado por sus mayores en orden á 
la grey hispano-latina. Aunque dominada por la fuerza, no renuncia esta á sus 
tradiciones artísticas , así como no abjura de su religión ; no pide á los conquis- 
tadores un arte que no podían suministrarle, sino que aplica sus antiguos prin- 
cipios á las construcciones que levanta , sin esquivar renovarlos , á causa de su 
contacto con los Romanos de Oriente , con las conquistas de aquel arte que tan- 
tas maravillas creaba á la sazón en la corte de Constan tinopla. 

Hé aquí pues, dice el citado D. José Amador de los Ríos, la doble fuente de 
esta arquitectura, de este arte, que, con exactitud histórica y filosófica, designa 
con el nombre de latino-bizantino. Llegado el solemne instante en que la historia 
del imperio visigodo se determina en el tercer concilio de Toledo, el pueblo que 
triunfa religiosa y moralmente, salvando al propio tiempo su lengua, su ciencia, 
su literatura, no puede darse por vencido respecto de las artes por él cultivadas 
durante los días de prueba y de zozobra , al paso que el pueblo visigodo, avasa- 
llado por el prestigio de la antigua civilización, dominado después por la irresis- 



(1) Ensayo hist. sobre los diversos géneros de arquitectura empleados en España desde la do- 
minación romana hasta nuestros días. 



232 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

tibie fuerza de Ja doctrina católica , no opone resistencia alguna al desarrollo de 
aquel arte quejenia también recibido por suyo, siendo este el concepto único en 
que puede llevar su nombre. 

Por lo dicho se conocerá cuan infundada es la dominación de arquitectura 
gótica aplicada á las construcciones de cierto estilo arquitectónico, que no llegó á 
conocerse hasta el siglo xm. El sistema ojival que constituye el gusto gótico, na- 
ció mucho después que los Godos hubieran dejado de figurar en el mundo. Para 
formarse una idea mas completa del arte de construir entre los Godos, ya que no 
puede analizarse ni uno solo de sus edificios , puesto que ninguno se conserva, 
bastará examinar los que fueron erigidos en los tiempos inmediatos á la ruina 
de su imperio, cuando su reciente memoria debia mantener sin alteración sensi- 
ble las prácticas y los principios que habían adoptado y seguido constantemente 
en su manera de edificar. La arquitectura gótica no pereció con el trono de Ro- 
drigo; sin alteraciones notables en su carácter esencial fué transmitida íntegra á 
sus sucesores , y ellos la recibieron como una herencia preciosa de sus padres, 
que la necesidad y el respeto les obligaban á conservar. Yerémosla en la monar- 
quía asturiana, tal cual en Toledo se mostraba protegida por Recaredo, Sisebuto 
y Wamba. Goda todavía, apegada al estilo latino, inalterable en sus rasgos, fiel 
á las tradiciones, dice Caveda (1), la reconoceremos fácilmente en las humildes 
fábricas de nuestros reyes ; y si bien subordinada la construcción á la escasez 
y penuria de los tiempos, no la permitían brillar como en sus mejores dias, los 
recordará con todo sin desmentir su procedencia , siendo en el fondo la misma 
que predominó en España , en Italia y en las Galias , por espacio de tres siglos. 
Así lo veremos en el lugar oportuno de la Parle IIL 

De todo esto se deduce que, lejos de interrumpirse la tradición del arte an- 
tiguo , lo aceptaron los sucesores de Ataúlfo , tal como se cultivaba al penetrar 
ellos en nuestra península , recibiendo después las modificaciones que sucesiva- 
mente fué aquel experimentando; y que no solo prosiguió la raza hispano-latina 
en posesión del arte heredado de sus mayores, sometido ya á las necesidades del 
rito y de la liturgia católicos, sino que refrescadas aquellas nociones, ó modifica- 
das en parte con el ejemplo de las provincias imperiales y el frecuente comercio 
con Bizancio, impuso sus prácticas artísticas á la raza visigoda, llegada la época 
del tercer concilio Toledano, como le impuso también su religión y su literatura. 

Todas las arles del diseño participaron del carácter general que imprimió á 
la arquitectura la doble influencia latino-bizantina, reflejando el fausto y la 
pompa de las costumbres, refinadas sobremanera, con el vivo ejemplo de la 
corte de los Justinianos y Heraclios. Y en efecto,, imposible es que perma- 
neciera muy atrasada en la senda de las bellas artes la nación que habia lle- 
gado á tal grado de fausto y de riqueza. Ponderan en efecto nuestros primeros 
cronistas la riqueza que ostentaron reyes y magnates , de que dan testimonio 
irrecusable dos monumentos coetáneos de inestimable precio, como son el tantas 
veces mencionado libro de las etimologías, maestro de cuanto se refiere á aquella 
edad, y el Código de los Visigodos, que nos revela aquel estado de extremada cul- 
tura en que el desapoderado anhelo del lujo y de la opulencia corrompe la pu- 
to L.c. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 233 

blica fe, adulterando el valor de los metales (1). Sin embargo, mas que en estos 
testimonios , en los historiadores árabes hemos de buscar la sorpresa que en ellos 
produjeron aquellas regias aulas de Toledo y los portentosos tesoros que las 
mismas encerraban. A ciento setenta asciende el número de coronas y diademas 
tejidas de oro y piedras preciosas, que halló Tarik en el palacio de Rodrigo, se- 
gún el testimonio de los referidos historiadores : llenaban las preseas y vasos de 
oro y piala un aposento en abundancia tal, que no alcanzaba la descripción á pon- 
derar tanta riqueza (2): un Psalterio de David, escrito sobre hojas de oro en ca- 
racteres yunanies (griegos) con agua de rubí disuelto, brillaba en medio de aquellas 
riquezas (3), cuyo extremado valor acrecentaban maravillosos espejos , piedras 
filosofales y libros prodigiosos, faltando palabras para pintarla suntuosidad des- 
lumbradora de la Mesa de Salomón, cuajada de perlas y esmeraldas, incrustada 
de gruesos rubíes, záfiros y topacios, y ornada de tres coronas ó collares de oro 
guarnecidos de aljófar. 

Y no eran estos los únicos tesoros que excitaron la ambición y la codicia de 
los conquistadores de Toledo, dice D. José Amador de los Rios en su obra tantas 
veces citada. Tras la depredación de Tarik cayó sobre la corte visigoda la cruel 
avaricia de Muza, quien no contento con los despojos que aquel le ofrecia, afligió 
á los cristianos con bárbaros castigos para arrebatarles sus bienes, y fatigó el 
seno déla tierra en busca de tesoros. «Cuando Muza señoreó en Toledo, dice un 
escritor árabe, llegósele un hombre y le dijo: —Envía alguien conmigo y te descu- 
briré un tesoro.— Oyólo Muza, y enviando hombres de su confianza, llegaron á 
cierto lugar donde el denunciador dijo: — Cavad aquí. Y como cavaron, descubrió- 
se inmenso tesoro de alhajas, sembradas de rubíes, topacios, esmeraldas y otra 
pedrería cuyo brillo oscureció su vista, y lo enviaron todo á Muza (4).» 

Las basílicas de Toledo y de toda España no ofrecieron menor incentivo á 
la rapacidad de los mahometanos, depositarías como eran de las magníficas 
ofrendas de la liberalidad de los reyes, obispos y magnates. Un historiador árabe, 
Ebn Hayan el Gortobi, atribuye la citada mesa de Salomón á los cuantiosos 
legados que los reyes y poderosos hacían á las iglesias, cuyos ministros, dice, 
allegando estos bienes, labraban ricos y vistosos utensilios para el culto sagrado, 
tales como tronos, mesas, atriles y otros objetos semejantes. Tal era pues, en sen- 
tir del historiador citado, el origen de aquella maravillosa mesa, que no de los pa- 
lacios reales, sino del altar mayor de la basílica de Santa María de la Sede Real 
arrebató con otras mil preseas y vasos sagrados el conquistador de Toledo. 

Dados estos antecedentes históricos, dice enlaobra especial que alas Coronas 
de Guarrazar ha dedicado D. José Amador de los Rios, no cabe duda en que el 
Tesoro de Guarrazar, colección sin igual de las mas preciosas joyas, superior por 



(1) Lib. Iud., lib. VU. t. VI. 

(2) ...Y encontró puertas, que al ser derribadas por los lanceros con sus lanzas, mostraron á 
Tarik vasos de oro y de plata cuantos no puede abarcar descripción, y halló en ella la mesa que 
había sido del profeta de Dios, Salomón, hijo de David (sobre entrambos la salud): y era, según se 
refiere, de esmeraldas verdes; y esta mesa no se había visto cosa mas hermosa que ella, y sus va- 
sos eran de oro, y sus platos de una piedra preciosa verde y otra salpicada de blanco y negro. Ebn. 
Alwardi, Perla de las Maravillas; Idrisi, Geografía. 

(3) Bayan Almoghreb, P. 1 , pág. 3<! . 
llj Id. 

TOMO II. 30 



234 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

el esplendor de la materia y el mérito de la ejecución á cuantas colecciones aná- 
logas existen en Europa, si no procede directamente de la ciudad que embelleció 
Wamba, es al menos otra prueba de aquella magnificencia que reyes, magnates 
y prelados visigodos habian ostentado en las basílicas de Toledo, asociándose in- 
mediatamente al desarrollo artístico que supone un estado social tal como hemos 
descrito. Depósito fecho en tiempo de coita , según expresión del rey sabio, dice 
el citado escritor, ha venido á demostrar mas y mas cuan grande fué el conflicto 
de la monarquía visigoda al caer sobre España las falanges del Islam, y á derra- 
mar bastante luz sobre las narraciones de los historiadores árabes y cristianos 
que parecían antes fabulosas. La importancia del tesoro de Guarrazar es bajo este 
punto de vista incontestable, y por lo mismo parécenos conveniente decir aquí al- 
gunas palabras acerca de un suceso que por algún tiempo logró interesar á la na- 
ción entera y que hoy dia es objeto entre los sabios de animadas controversias, no 
habiendo faltado en esta misma capital y poco antes de escribir nosotros estas líneas, 
quien ha puesto en dúdala legítima procedencia del tesoro descubierto, atribuyén- 
dola á los cálculos de la ingeniosa y poco escrupulosa especulación. De todos mo- 
dos, esta opinión que solo hemos visto consignada en una memoria leída en 
una de las academias científicas de Barcelona (1), no puede considerarse aun como 
una verdad, muy lejos de esto, en cuanto han reconocido y reconocen todavía la 
autenticidad del tesoro los sabios españoles y franceses. 

Con unánime sorpresa de la nación entera cundió en los primeros me- 
ses de 1859 la triste noticia de que un rico depósito de las artes españolas, con- 
sagrado con el nombre de uno de los mas celebrados reyes visigodos, había 
dejado de pertenecemos con mengua de nuestra ilustración y con desdoro de 
nuestro buen nombre, pasando á los museos de Francia, nuestra vecina. Habíase 
descubierto en la fuente de Guarrazar, oculto en el cementerio de un oratorio ó 
basílica, levantado á dos leguas al oeste de Toledo, y encerrado en dos cajas de 
argamasa, construcción que no tenia semejante en cuantos sepulcros allí exis- 
tían. Hemos dicho ya la causa que dan á este depósito algunos escritores y entre 
ellos D. José de los Rios, depósito que no solo constaba de las joyas deposiiadas 
en el museo de las Termas, en Francia, y de las adquiridas después por S. M. la 
Reina, sino que iban acompañadas de otras varias que han perecido en el crisol 
de ignoranies ó codiciosos plateros. Las coronas de Guarrazar, así las existentes 
en Gluny como en nuestro museo nacional, representan y personifican durante la 
monarquía visigoda la piadosa costumbre introducida en Occidente por Constan- 
tino, no extinguida en nuestra patria y resucitada por Recaredo desdeel momen- 
to en que abrazó la fe de los Fulgencios y Leandros. Consistía esta en ofrecer los 
monarcas y magnates sus coronas ante los altares cristianos, y de ello son eviden- 
te prueba los mismos historiadores árabes, quienes nos aseguran que en la basíli- 
ca primada de las Españas habian consagrado los sucesores de Recaredo crecido 
número de coronas, no escatimando esta honra á otras basílicas metropolitanas, 
como sucede en la de Mérida, sin que esto signifique que algunas no fuesen an- 
tes ornamento personal y aun signos de la potestad suprema. 

Nueve son por desgracia las clonas que han salvado los Pirineos, y que 



(1 ) Memoria leída por D. Josó Puiggarí en la Academia de Bueuas Letras de Barcolona. h 86í . 



CAP. XIII.— ESPAÑA GODA. 235 

formadas de aros ó cercos de oro, revelan, según D. José de los Ríos, por sus no 
dudosos caracteres tanto la época en que fueron labradas como el arte y el pueblo 
que las produjeron. El conjunio y general aspecto de una de ellas es verdadera- 
mente deslumbrador y original por extremo. Enriquecida pródigamente de gran- 
des piedras preciosas, tales como las produjo la naturaleza, está suspendida por 
cuatro cadenas de oro, y de ella se desprenden veinte y cuatro péndulos de záfi- 
ros piriformes que sostienen las veinte y tres letras que componen la inscripción 
votiva, en el orden siguiente: 

f RECCESVINTHVS REX OFFERET. 

Menos fastuosa, si bien no menos digna de estudio, es la corona que sigue 
en tamaño á esta de Recesvinto, adjudicada por arqueólogos extrangeros á la es- 
posa de aquel rey. De ella pende una cruz ricamente sembrada de piedras pre- 
ciosas en el anverso, mostrando en el reverso esta inscripción: 

in di 

NOM 

INE 

OFFERET SONNICA. 

SCE 
MA 
RÍE 
INS 
ORRA 
CES. 

La última palabra sorbaces es todavía un misterio para los anticuarios. 

De todas estas coronas, que son realmente votivas, parece poder asegurarse 
que fueron ofrendadas algún tiempo después del tercer concilio de Toledo, no 
solo porque desde aquel momento, tan solemne en la historia de la civilización 
española, se refleja con mas fuerza en las bellas artes la influencia bizantina, si- 
no porque únicamente desde entonces pudo generalizarse la piadosa costumbre 
que simbolizan. Sin embargo, excepto de las dos que ligeramente hemos descrito, 
de Recesvinto y de Sonnica, es imposible de todo punto designar los personajes 
que ante el altar las consagraron. lía de observarse por último que todas reve- 
lan el mismo procedimiento artístico, como que todas pertenecen á un mismo ar- 
te y á una misma cultura. 

No eran estas las únicas preciosidades depositadas en el cementerio de la 
basílica que existiera en las famosas huertas, y el propietario de las mismas, pe- 
saroso de haber destruido otras muchas joyas, no sin dolerse de que le hubiesen 
arrebatado algunas otras, presentó á S. M. la Reina magníficas preseas proceden- 
tes del mismo tesoro, entre ellas la celebrada corona de Suintila. Estos descubri- 
mientos tan importantes para conocer el verdadero estado de las artes en el pe- 
ríodo en que nos ocupamos, en caso de ser auténticos y verdaderos, como hasta 
ahora existen fundados motivos para creerlo así, dieron lugar á otros hallazgos 



236 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de no menor importancia. Abandonando á los arqueólogos y anticuarios la solu- 
ción de las cuestiones á que quizás se prestan las mencionadas joyas, es induda- 
ble que en las escavaciones mandadas practicar por el gobierno en el lugar en 
que se suponen encontradas, esto es en las huertas de Guarrazar, halláronse frag- 
mentos de edificios, y reconocióse allí la existencia de un templo católico rica- 
mente exornado de mármoles y piedras entalladas. Aun cuando el tesoro de Guar- 
razar no hubiese producido otro beneficio que el descubrimiento de aquellos 
restos arquitectónicos, habrían de sentir por él viva gratitud la historia y la ar- 
queología (1). 

La escultura y la pintura participaron durante este período del carácter gene- 
ral que á las artes del diseño hemos asignado, y si bien no poseemos monumento 
alguno de la segunda de dichas artes, los adornos de la arquitectura, y los bajos 
relieves de los sepulcros y otros monumentos, nos demuestran ser una verdad lo 
que llevamos dicho. Las figuras, aunque de un dibujo poco correcto, no carecen sin 
embargo de expresión. En los sepulcros , como en Cabeza del Griego y en otras 
parles, vese por lo regular una cruz ó un pez, símbolo onomástico de Jesucristo, el 
alfa y la omega y oirás expresiones míslicas. Dícese queel sepulcro gótico mas an- 
tiguo descubierto hasiala fecha, pertenece afines del siglo v, yenTalavera de la Rei- 
na se ha encontrado alpinamente uno de mármol blanco, largo de ocho pies y ancho 
de dos, notable por su suntuosidad y buenas formas. De los últimos tiempos del 
imperio godo y de los primeros que siguieron á su destrucción, consérvanse al- 
gunos monumentos notables, entre otros las dos esculturas que adornan la puer- 
ta de san Juan de Yillanueva. En la una vese á un guerrero á caballo armado de 
punta en blanco y dispuesto á partir, deíenido tiernamente por una muger; en 
la otra el mismo guerrero atraviesa con su espada á un oso aferrado ásu escudo, 
haciendo ambos alusión á la muerte de Favila, despedazado en la caza por un 
oso. La Iglesia de Yillanueva fué edificada por Ermenesinda, hermana de aquel 
rey, debiendo advertir que el mismo hecho se encuentra representado en varios 
monumentos de la época. 

Las notas musicales, aunque no sabemos que forma íenian, eran usadas ya 
por los Godos , pues no hubieran podido dejar ala posteridad, como lo hicie- 
ron, sus composiciones en música, á no expresar con notas sobre el papel los di- 
ferentes tonos y voces. Los mas insignes compositores de música en este período 
fueron san Leandro, Conancio, Juan de Zaragoza, san Braulio , san Julián y san 
Eugenio Iíí, el primero del siglo vi y los demás del vu. San Leandro puso en mú- 
sica varios salmos y los aleluyas de la misa ; Conancio, obispo de Falencia, com- 
puso muchas melodías de singular dulzura; Juan, sucesor de Máximo en el obis- 
pado de Zaragoza, aplicó el canto á sus propias poesías; san Braulio se hizo muy 
famoso por sus composiciones musicales ; san Julián de Toledo puso en música 
muchas parles del oficio divino , y finalmente san Eugenio corrigió la música 
eclesiástica, que estaba ya entonces muy viciada por exceso quizás de blandura. 
El canto en las iglesias se acompañaba regularmente con el órgano, y se procu- 
raba que fuese muy armonioso , pero al mismo tiempo muy devoto y pausado, 



(1) Víase el Apéndice. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 237 

para no confundirlo, dice san Isidoro de Sevilla, con la música afeminada de los 
teatros. 

Las medallas de este período son por lo general de un trabajo grosero, é his- 
tóricamente hablando, de muy difícil interpretación. Los caracteres de sus exer- 
gos son muchas veces ilegibles, y vense en ellas con frecuencia restos de letras 
rúnicas; el thor ó la D de los Visigodos, muy semejante á la de los Escandinavos 
y á la de los Griegos, ocupa en ellos frecuente lugar , y, como dijimos antes de 
ahora, el busto de los reyes, á contar desde Recaredo, va adornado con las in- 
signias reales introducidas por su padre Leovigildo. 

Dijimos también las ciudades donde se acuñaba moneda y la época desde 
la cual poseemos colecciones de medallas , lo que parecería probar que los reyes 
anteriores solo las hicieron acuñar en muy corto número. Réstanos únicamente 
describir algunas medallas de la época para que se vea la importancia que puede 
atribuírseles bajo el aspecto artístico é histórico. 

Existe una medalla de Liuva llevando por exergo liuvan justi ; en el rever- 
so se quiso figurar probablemente una Victoria , que un numismático italiano 
tomó por un insecto, tan mal está dibujada. En efecto, es difícil reconocer en 
aquel grosero dibujo la Victoria de las monedas imperiales con las alas desple- 
gadas , y teniendo en una mano la corona y una palma en la otra. La palabra 
vittoria que trazó el grabador, no sirve de mucho para descubrir su intención, 
difícil como es leerla por hallarse las letras casi borradas. Poseemos también 
una medalla de Leovigildo, cuyo busto muy mal dibujado parece á primera vis- 
ta una cabeza clavada en un palo. En otra medalla del mismo rey, la forma de 
las letras es mucho mejor, y el busto está representado de frente , llevando una 
corona terminada en cruz , como la de los emperadores de Constan tinopla. En la 
leyenda, el nombre de leuvvigild va precedido de las letras d. n. (Dominus nos- 
ter) y de la palabra rex. La -cabeza parece cubierta de una especie de peluca, 
singularidad que empieza en Leovigildo y hácese mas y mas notable en las mo- 
nedas de los reyes posteriores. De este monarca, poseemos muchísimas meda- 
llas, algunas de las cuales llevan en el reverso una Victoria con el exergo rex 
iNCLiTüá y otras los nombres de las ciudades en que fueron acuñadas , como to- 

LETO REX , TOLETO JUSTUS , PIUS EMÉRITA VÍCTOR, BRACARA VÍCTOR, NARBONA PÍUS, 

ce: araco: ta omo, que se interpreta cesabagosta cono. 

De Recaredo tenemos monedas con la misma cabeza y peluca en el anverso 
y reverso ; en una parte se lee : recarédus rex , y en la otra: toleto pius. En 
otras se lee : toleto justus, reccopoli fecit , reacia Víctor, mentesa pius , pius 

1SPAL1 , PIUS CÓRDOBA, LIRERI PIUS, EMÉRITA VÍCTOR, EMÉRITA PIUS, JUSTUS ÍEM1NIO, 

taracona, barcinona, cesaracosta, dertosa, olovasio, etc. 

Monedas de Wamba ; cabeza de perfil con la cruz en la mano, y la leyenda 
I. D. N. M. (/» Dei nomine) wamba rex. 

En una moneda de Ervigio, vese una cabeza de perfil con la barba partida 
y un sencillo birrete. En otra del mismo rey, la cabeza está de frente, pero tan 
mal dibujada como la otra. 

Hay una moneda de Egica mas singular aun ; la cabeza lleva un birrete y 
esstá colocada en una especie de base; en el primer término se ve una cruz y otros 
signos inexplicables á no interpretarlos como símbolos de Victoria. La leyenda 



238 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

parece decir in christi nomine egicanus rex. Medallas hay en que figuran reuni- 
dos Egica y Witiza; la una de las dos cabezas lleva corona y la otra una especie 
de peluca que cuelga hacia afras. De entre ellas sale una cruz, y en el reverso se 
lee el nombre de witiza y el de ispalis. Otras mas bárbaras aun llevan los nom- 
bres de Córdoba, de Tarragona y de Zaragoza, y en una moneda de Witiza solo, 
acuñada en Toledo, la cabeza, cubierta con la acostumbrada peluca, parece unida 
á las espaldas por una sola línea ó por medio de un palo. 

En una medalla de Rodrigo, en la que Morales pretende ver una cabeza ar- 
mada con un casco puntiagudo con dos cosas semejantes á cuernos, léese in dei 
nomine rudericus rex : el reverso dice : egitania píus. 

Gomo se vé, estas medallas tienen escaso interés por lo que al arte se refie- 
re, pero al mismo tiempo que atestiguan la imperfección de los medios entonces 
empleados en la acuñación y en el grabado, sirven también para confirmar los he- 
chos y las épocas de la historia (1). Las inscripciones lapidarias no merecen ba- 
jo este aspecto menor consideración. 

La mas antigua inscripción de los tiempos del cristianismo que se ha encon- 
trado en España, es, según Masdeu, un epitafio de Lebrija que llévala fecha del 
año 523 de la era española (485) (2), pues no puede citarse la inscripción sepul- 
cral de Ataúlfo, muerto en 416, por ser incontestablemente apócrifa. Antes déla 
mitad del siglo v, poseemos muy pocas inscripciones cristianas, pudiéndose de- 
cir que los desórdenes de la decadencia, las guerras y las invasiones de los bár- 
baros privaron á los primeros cristianos de consagrar en piedra la memoria de 
los suyos, ó causaron la destrucción de las lápidas existentes. Las inscripciones 
en metal pertenecen todavía á tiempos menos remotos, y, como hemos visto, las 
medallas mas recientes de los reyes godos son posteriores á la mitad del siglo vi; 
la mas antigua, según Masdeu, es del año 567 (3). 

El idioma empleado en las inscripciones fué el latin hasta á mediados del 
siglo xiii, pues aun cuando poseamos muchas en lengua vulgar de fechas an- 
teriores, son evidentemente apócrifas y redactadas mas modernamente. Las del 
monasterio de San Salvador de Ofia, que llevan fechas del siglo íx, fueron obra 
del abad del mismo monasterio, Juan Manso, que murió á fines del siglo xv. A la 
misma época atribuye Masdeu otras muchas inscripciones de monasterios y con- 
ventos, entre ellas las de San Juan de Gorias, de San Juan de la Peña, de San 
Francisco de Ledesma, de San Clemente de Toledo, de San Cosme y San Damián 
de Covarrubias, etc., monasterios en que se encuentran sepulcros antiguos con 
inscripciones modernas. Estos fraudes piadosos eran inspirados, dice el indicado 
autor, por el deseo de dar mayor antigüedad á aquellos establecimientos reli- 
giosos. 

Lo cierto es que no empezaron á grabarse inscripciones en lengua vulgar 
hasta principios del siglo xni. Las mas antiguas de este género son de 1238 y 



(1) Sóbrelas medallas godas, puédese consultar ft Velazquez Ensayo sóbrelos alfabetos de las 
letras desconocidas que se encuentran en las medallas y monumentos de España, Madrid, 1752, al 
mismo, Conjeturas sobre las medallas de lo.s reyes godos, Málaga, 1*759 ; á Flores, á Mahudel, etc. 

(2) Masdeu, Colección preliminar de lápidas y medallas del tiempo de los Godos y Árabes, 
t. IX, c. IV, art 4, n. i. 

(3) Id., c. I, art. 2, n. 4 . Es la medalla de oro de Liuva en caracteres muy confusos que antes 
hemos descrito. Véase también á Flores, Medallas, etc., t. III, p. 469. 



CAP. XIII.— ESPAÑA GODA. 233 

1239, la una de Valencia en dialecto valenciano (1), y la otra del monasterio de 
Monserrate en Cataluña en idioma catalán (2). También hasta el siglo xni se em- 
plearon en las fechas las cifras romanas, y en la época dicha empezaron á usar- 
se los caracteres arábigos. Algunos sabios navarros citan una inscripción del mo- 
nasterio de San Salvador de Leire con la fecha de 611 de la era española, la que 
corresponde al año 573 de Jesucristo (3); pero es evidente que esta inscripción 
no puede ser del siglo que se supone, en cuanto los Árabes no habian entrado en 
España ni existian aun como mahometanos. Los sepulcros de los reyes de Na- 
varra en el monasterio de San Juan de la Peña, los de los Condes de Castilla en 
San Salvador de Oña, están fechados con cifras árabes desde el siglo vm hasta 
el xi ; pero por el estilo y el tenor de las inscripciones es fácii reconocer su orí- 
gen mas moderno. Por esto es, pues, que aun cuando no puede dudarse de que 
España fué la primera nación de Europa que usó las cifras arábigas, seguramen- 
te pocos siglos después de la conquista, son muchas las circunstancias que hacen 
tener por apócrifas las inscripciones en que figuran aquellas antes de la primera 
mitad del siglo xm. Desde esta época, como veremos á su tiempo, la celebridad 
de las tablas astronómicas de Alfonso (tabulas Alfonsinas) popularizó los núme- 
ros arábigos, no solo en España, sino en tocia Europa. 

En la presente historia hemos marcado siempre los hechos con los años de 
la era cristiana por creerlo así mas inteligible para el común de los lectores, aun 
cuando los cronistas del período gótico se valen siempre de la era española, 
siendo posterior al mismo período la costumbre de servirse de la era cristiana, y 
no abandonándose en muchas provincias el uso de la era española hasta muyade- 



(<l) Nuñez de Castro, Crónica de los Señores Reyes de Castilla, D. Sancho, etc., Apéndice apo- 
logético, etc. sin paginación. 

(2) EN LO PRESENT RETAVLE 

ES CONTEGVOA BREVMliNT 

LA HISTORIA O VIDA. 

DE AQYELL DEVOT E SINGVLAR ERMITA 

FRARA IVAN GVARIN 

LO QVAL INSPIRAT 

DE LA GRACIA DEL SANT SP1R1T 

VENECB FER PENITENCIA 

EN LA PRESENT MONTAÑA DE MONTSERRAT 

E PRINCIPIA LO PREPENT MONASTIR 

SOLS INVOCACIO 

DE MAOONA SANTA MARÍA 

EN LOQUAL GLORIO SAMENT 

FINA SOS DIES 

ANNI 123Ü. 

La fecha indicada en la inscripción se refiere al altar, según observa Masdeu, y no al ermitaño 
Guarin, muerto hacia mas de tres siglos. Veáse á Yepes, Coronica general de la Orden de san Beni- 
to, t. IV, cent. 5, p. 227. 

(3) A. 611. ER. 

FVLCHERIVS ME FEC1T. 

Yepes, para probar la grande antigüedad del monasterio de Leire deNavarra, cilaun privilegio ma- 
nuscrito del año 1077, en el cual el rey D. Sancho Ramírez le llama el primer convento y el mas anti- 
guo de lodo el reino ; pero este aserto no puede fundarse en la inscripción anterior, en cuanto carece 
de toda autenticidad. . 



240 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

lantado del siglo xiv. Esto no obstante desde mediados del siglo vi, y con mas 
frecuencia desde principios el siglo íx, encuéntranse inscripciones fechadas se- 
gún la era vulgar. Como veremos á su tiempo, Alfonso II el Casto manifestó 
cierta predilección por el modo de contar los años usado en el resto de la cristian- 
dad, mas todos los monumentos de su reinado llevan aun las fechas según la era 
española. Los catalanes parecen haber sido los primeros en adoptar la era de Je- 
sucristo, como lo prueban dos inscripciones cuya autenticidad no parece dudosa, 
la una de Gerona del año 906 (1) y la otra de san Cucufate del año 1010 (2). 



( 1 ) CESPITE SVB DVRO 

CVBAT SERVUS DEI 

ECCLESLí! gervndensis episcopvs 

V1XIT 1Ñ EPISCOPATV 

ANNOS XV. 

OBIIT. XV. KAL. SEPTEMBRIS 

ANNO DOMiNI D.CCCCVI. 

( J 2) . 1N HAC VRNA IACET OTHO 

QVONDAM ABBAS 1NCLYTVS 
QVI DVM V1XIT GORDO TOTO 

FVIT DEO DEV1TVS. 
HIC CVM AD PR.IPOS1TVRAM 
VALLENSIS PERGERET 
CONTING1T QVOD 1ACTVRAM 

MORTIS TVNC EVADERET, 
NAM TVM FVIT BARCHINONE 

A PAGANIS OBS1TA 
ATQVE DOMVS HVIVS BONA 

CVM PERSONIS PERD1TA. 
TAMDEM MAVRIS H1NC PV1SATIS 

OTHO CITO REDI1T 
ET HANC SANCTI CVCVFATIS 

DOMVM V1RIS MVNIIT 
MOX ELECTVS 1N ABBATEM 

MONACHOS INSTÍTVIT. 
QVCS SECVNDVM FACVLTATEM 

DOMVS PAVIT INDVIT 
SIC PROTECTVS DEI DEXTRA 

CVRAS EG1T OMN1VM 
QVOD DITAVIT INTVS EXTRA 

PR/ESENS MONASTERIVM, 
HVNC GERVNDA TVNC VOCAV1T. 

PR/ESVLIS AD GLORIAM 
etJvtramqve GVBERNAVIT 

PRVDENTIíR ECCLESIAM 
JTA HVNC PR/EVEN1T DEVS 

BENEDICTIONIBVS. 
QVOD NON EST INVENTVS REVS 

SED 1VSTVS IN OMNIBVS 
DVM FLORERET ISTE SANCTVS- 

MERITORVM FLOR1BVS 
CASV MORTIS EST ATTRACTVS 

PAGANORVM ¡CTIBVS. 
NAM IN BELLO CORDVBENSI 



CAP. XIII.— ESPAÑA GODA. 241 

Conviene observar sin embargo que la era cristiana no se hizo de un uso 
común en España hasta el siglo xm , y esto hace que hayan de mirarse con mu- 
cha prevención las fechas según el indicado cómputo , anteriores á la época dicha. 
En esta categoría han de colocarse las inscripciones de San Juan de la Peña y San 
Salvador de Ofía antes mencionadas , y algunas otras que se suponen pertene- 
cer á los siglos xi y xu. 

En algunas inscripciones cristianas se hallan á veces dos cifras que no son 
arábigas ni romanas , y cuyo valor es menester fijar para la inteligencia de mu- 
chos documentos de los siglos medios. Es la primera una T , de que se halla 
ejemplo en tres lápidas de Córdoba , en dos de Camón y en una de Orense ; la 
segunda es una especie de C ó coma , ya puesta al derecho , ya al revés , que se 
ve grabada en una lápida de Oviedo y en otra de Aguilar del Campo , citadas por 
Masdeu. La T significa sin duda mil como lo atestiguan gran número de códices 
manuscritos, donde no puede interpretarse de otro modo. Masdeu, que vio este 
signo empleado con mas frecuencia en las inscripciones de Córdoba que en las 
de otra parte alguna , sospechó en un principio haberse introducido por los Ara- 
bes, pero no tardó en conocer el poco fundamento de esta opinión, en cuanto jamás 
los Árabes, ni en números, ni en palabras , han indicado el número mil con 
la letra T. Los Godos, por el contrario , lo mismo que otros pueblos septen- 
trionales de raza germánica , usaban , según toda probabilidad , para designar el 
número mil en su lengua primitiva , de palabras que empezaban con T, tales 
como tusen, thusend, tusund, pertenecientes á varios dialectos teutónicos, yes 
verosímil que así como los Griegos se servían de la X , inicial de xilios , para 
designar el número mil, y los Romanos de una M, inicial de mille, los Godos 
introdujeran la T , inicial de tusen, que significaba mil en su lengua nacio- 
nal (1). La T de los Godos puede proceder también de la inicial de la palabra 
griega xilios alterada en la escritura, pues no cabe duda que durante el período 
gótico y también en los años posteriores empleáronse letras griegas en vez de las 
latinas , como en las palabras IHsus por JEsus , XPristus por Cllristus , Receswi- 
n@us y ChindasvinQiis por RecesvinTHsus y ChindasvinTHus , no siendo increí- 
ble que la T fuese en su origen una f gótica, y que de esta usasen en lugar de X 
para significar xilios ó mil : cuando menos es indudable que la f reemplaza en 
muchas medallas á la X de los Griegos para significar una misma cosa. 

En cuanto al segundo signo numérico en forma de coma , que se ponia á la 
izquierda de la X en esta forma X', ó que á veces se expresaba así cX , cree 



CVM PLVRIBVS ALUS. 
MORTE RViT DATVS ENSI 

COEL1 DIGNVS GAYJMIS 
CVIVS OSSA SVNT SEPVLTA 

IN HOC PARVO TVMVI.0 
PPIR1TVSQVE LAVDE MVLTA 

SVMMO VJY1T SÁCULO 
ERANT ANNI MILLE DECEM 

POST CHRISTI PRzESEPIA 
QVANDO DED1T 1STI NECEM 

PRIMA LVX SEPTE5IRRIA. 

(1 ) Aun en el dia mil se expresa en inglés por tkousand. 

TOMO II. 31 



242 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Masdeu que su valor es cuarenta , y dice que la coma fué en un principio una L 
romana , que vale cincuenta, de modo que el signo gótico cX equivale al XL ro- 
mano (cincuenta menos diez=cuarenta). 

Mucha parte de nuestras inscripciones están en versos de los llamados leoni- 
nos, y en el profundo examen que ha hecho Masdeu de las inscripciones de esta 
época, ha reconocido cuatro especies de versos rítmicos. Unos consuenan en solo 
una sílaba, como en las palabras juniAS y calendA.3; otros en dos sílabas , pero 
sin diferencia alguna entre las largas y breves de la prosodia latina , como en 
consobr INVS y en dom INYS; otros igualmente en dos sílabas, pero el modo de 
los asonantes modernos , como en vlctl y vig Intl ; y otros en fin tienen sus rimas 
perfectas como las que se usan ahora en casi todas las lenguas de Europa. De la 
primera especie de consonantes, que son las mas imperfectas ] tenemos ejemplos 
desde el siglo vn en una inscripción de Alcazer de Sal del año 682 y en otra 
de Cádiz de 639 (1). 

La segunda especie de versos , en que se corresponden las palabras breves 
con las esdrújulas, se halla usada desde el siglo íx en adelante como en la ins- 
cripción de Glavijo en que íum YLVS rima con m YLVS y dom INYS con sobrl- 
NYS. Los asonantes se hallan en muchas lápidas desde el siglo x, pues en una 
inscripción de Málaga del año 982, magnifícVs rima con ferv Id Vs, y domlnO 
con altissImO. En otras muchas van emparejadas tejií con petit, mensis con 
novembris, asonantes enteramente iguales á los que usamos en el dia. 

También poseemos ejemplos antiquísimos de lo que llamamos consonantes 
en la versificación española, y en el sello de Alfonso II el Gasto, que debiera ser 
sin duda del siglo íx , leemos los siguientes versos : 

ANGÉLICA LAETVM 
CRVCE SVBLIMATVR OVETVM 

REGÍS HABENDO TRONVM 
CASTI REGNVM ET PATRONVM . 

Es digno de observarse también en las inscripciones de la época el modo 
como están dispuestos los versos , formando cuartetas , cuyo primer verso rima 
con el tercero, y el segundo con el cuarto, ó bien el primero con el último y los 
dos del medio entre sí. De ello tenemos ejemplos desde los primeros años del si- 
glo xi , y así ha podido verse en el epitafio de Othon , obispo de Gerona , enter- 
rado en el monasterio de San Gucufate, que hemos transcrito en una de las notas 
anteriores. 

Pocos años después compusiéronse los versos siguientes , que pertenecen al 



I ) Los versos siguientes están tomados de la última: 



PARVA DICATO DEO . 

PERMANS1T CORPORE VIRGO. 

HIC SVRSVM RAPTA 

CELESTI M1GRAT IN AVLA. 

OBI1T JVNIAS 

DÉCIMO QVAHTOVIÍ CALENDAS: 

HIC EST QVERVL18 

ERA DE TEUPORE MORTIS 

DCLXXXXVU. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 2á3 

epitafio del Dean (decano) Ordono, enterrado en Val de Dios en Asturias, en el 
año 1060: 

OVETENSIS ERAT 

ORDONIVS ISTE DECANVS 

QVEM GENVS EXTVLERAT 

MENS SACRA , LARGA MANVS : 

QVI RELEVANS INOPES 

VIRTVTVM FLORA REPLETVS 

SED1S DISCRETVS 

MVLTIPLICAVIT OPES. 

VT FACERET TOTV3I 

ET ESSET PROSPERA FINÍS 

CLVSTRIS DEVOTVM 

SE MONACHAV1T IN HIS. 

Puede inferirse por lo tanto de lo que antecede la falsedad de las opiniones 
que sustentan varios escritores sobre el origen y principio de la rima. Es inexacto 
en primer lugar que sus autores hayan sido los trovadores provenzales, porque 
estos no comenzaron á hacer uso de ella hasta el siglo xi, mientras que se usaba 
en España desde el ix, y rigurosamente hablando desde el yin. No es también 
menos inexacto llamar á esta clase de versos leoninos, del poeta León, de París, 
pues este vivió á fines del siglo xn, y su uso era ya común en España en los 
siglos anteriores. Tampoco es cierto que los Árabes introdujesen en la Península 
las rimas de una sola sílaba, en cuanto los epitafios de Cádiz y de Alcazer de Sal 
antes citados, en los que se encuentra esta clase de rima, son de una época muy 
anterior á su invasión (659-682) (1). 

Lo mas probable parece ser que con la venida de los Godos se introdujeron 
en España las primeras rimas, y que recibiendo mayor perfección en tiempo 
de los Árabes , acabaron de pulirse en las trovas de los Provenzales, desde las 
que volvieron á Casulla á fines del siglo xn ó á principios del xni (2). 



(i) De ello tenemos otra prueba en el epitafio de los Condes de Basalú, sepultados en la iglesia 
de Santa María de Ripoll por los años 1020 y 1052; dice así: 

SPLENDOR FORMA CARO 
VIRTVS CVM GERMINE CLARO 

VT CITO FLOKESCVNT 
MÓDICO S1C FINE LIQVESCVNT. 

HAEC DVO TESTANTVIt 
COMITÉS QVI HIC TVMVLANTVR. 

(2) La primera inscripción en posesía castellana es un epitafio de Toledo, que lleva la fecha de 
1278 y empieza así: 

aqvi: jaz: don: fernan: gvdiel: 
mvy: onrrado: cavalero: 
agvazil: fve: de: toledo: 
a: todos: mvy: derechvrero: 
cavalero: mvy: fidalgo: 
mvy: ardit: e: esforzado: 
e: mvy: facedor: de: algo: 



244 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Bajo la influencia del cristianismo, las fórmulas gentílicas desaparecieron de 
las inscripciones lapidarias ; no se usaron manes ni sombras , ni el S. T. T. L., 
sit Ubi térra levis, ni sobre todo el nombre de divus, que únicamente se encuentra 
dos veces en una prolongada serie de inscripciones cristianas : la primera en una 
inscripción de Oviedo del siglo ix , en que se aplica la palabra diva á la buena 
memoria del rey Ramiro, y la segunda en una de Santiago del siglo xn, en que 
se da el título de divus á san Fernando abad. El nombre de Jesucristo y la cruz 
habían reemplazado así en las inscripciones como en las monedas á estas fórmu- 
las anticuadas, y á veces se ponia también en ellas la primera y última letra del 
alfabeto griego, el alfa y la omega, para significar que el Dios crucificado ha de 
ser nuestro principio y fin. De ahí tomó sin duda origen la piadosa costumbre 
peculiar de nuestra nación de honrar con la señal de la cruz toda suerte de es- 
crituras y cartas , asi públicas como privadas , costumbre que se ha conservado 
hasta nuestros dias (1) . 

Acerca de la ortografía, es muy fácil convencerse, por el examen de los mo- 
numentos originales, de las infinitas alteraciones que sufrieron en España los ca- 
racteres romanos , á consecuencia de las naciones que sucesivamente dominaron 
en ella. El estudio de las transformaciones de muchas letras en las inscripciones 
cristianas , no carece de importancia histórica, y no deja de ser muy curioso in- 
vestigar á través de los siglos las notables variaciones que ciertas palabras han 
experimentado. 

Confundir la V con la B, y esta con aquella, es defecto en que caian nues- 
tros antiguos á cada paso, escribiendo Sivilla y Sibilla, Evora y Ebora, Alvarm 
y Albarus, y así otras infinitas palabras que á veces nos dejan duda de su sen- 
tido, como sucede en los pretéritos y futuros de dedicavit y dedicabit, consecravit 
y consecraba ; y este defecto echó tan hondas raices en España desde el tiempo 
de los Godos, que todavía dura en muchas de nuestras provincias (2). Trocábase 
también muy fácilmente la P en B, la V en O y la G en G, y por esto de OlisiPo- 
na formaron OlisiBona, de donde viene Lisbona y Lisboa; de CordVba, PorTVs- 
cale y GVndemarus hicieron CordOba, PortOcale y GOndemarus, etc. En vez de 
CesarauGusta y Gondemarus, escribíase á veces CesaraCosta y Condemarus , al 
contrario de lo que sucede en la lengua castellana en que se muda con fre- 
cuencia la G en G, como sucede en las palabras godas que acabamos de citar, 
PortuCale, TarraCona, CesaraCosta, transformadas por nuestra lengua moderna 
en PortuGal, TarraGona y Zar a Goza. 



mvy: cortes: bien: razónalo: 
servio: bien: a: W: xpo: 

e: a: santa: maria: 

e: al: reí: e: a: toledo: 

de: noche: e: de: día: etc. 

(1) La lapidaria española mudó enteramente de aspecto á fines del siglo mi, habiéndose co- 
menzado desde entonces á hacer uso de la lengua vulgar en vez de la latina , de los números ará- 
bigos en vez de los romanos, y de la era de Jesucristo, en vez de la era española. Masdeu, t. IX, 
p. XXIII. 

(2) De ahí las satíricas palabras de Scalígero contra los Vascones: Felices populi quibus vivero 
est libere. 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. 245 

Era también costumbre entre los Godos borrar una letra de los diptongos, 
pronunciando únicamente la que mas sonaba y duplicar la Y según el uso del 
Norte, como en los nombres Witiza, Wamba, etc. (1). A veces doblaban igual- 
mente la N, y en vez de sénior, escribían sennior; y en vez de domna (corrupción 
de domina), escribían donna, que probablemente pronunciarían con el sonido de 
gn; y de la costumbre que los mismos Godos introdujeron de escribir una N sola, 
notando la otra con una raya en esta forma sénior, doña, añus, pañus, se han 
originado las palabras castellanas señor, doña, año, paño, y oirás innumerables. 
Aun el decir año y paño, en lugar de añus y pañus, nos viene también de los Go- 
dos, porque ellos, hallando dificultad en las declinaciones latinas, nombraban las 
mas de las cosas en ablativo, como se ve en las monedas, que tienen todas en di- 
cho caso los nombres de las ciudades, del mismo modo que las nombramos aho- 
ra, Ebora, Córdoba, Toleto. El latin muy corrompido ya que los Árabes ha- 
llaron en España , acabó de corromperse después de la conquista , y el romance 
que se formó casi en todas partes durante los siglos siguientes, debió mucho al 
idioma de los vencedores. Sin embargo , si es imposible desconocer su influencia 
en muchos puntos , quizás ha sido por algunos algo exagerada. 

«Es preocupación antigua, dice M. Bouterweck, atribuir á la mezcla de ios 
Castellanos y Árabes la aspiración áspera y gutural que se encuentra en la lengua 
española, lo mismo que en la arábiga y en la alemana; pero yo creo mas proba- 
ble ser este acento un resto de la antigua pronunciación germánica de los Visigo- 
dos, que se mantendría mas intacta en las montañas de Castilla , que en los de- 
más puntos de España, y que andando el tiempo se confundiría fácilmente con la 
pronunciación arábiga. Hace verosímil esta opinión ver que las palabras arábigas 
que se pronuncian aspiradas en el idioma español, se pronuncian en portugués 
con el sonido de s ó de %. Obsérvese además el modo como los Españoles cambian 
la o en ue, análoga á la metamorfosis de la o en o de los Alemanes, comparando, 
por ejemplo, el nombre alemán kórper con el español cuerpo, póbel con pueblo, 
etc., (2)._» 

A su tiempo diremos algo mas sobre la historia y el perfeccionamiento de 
la lengua española, examinando la influencia que ha ejercido en ella el idioma 
de los Árabes. Nuestro objeto aquí no ha sido otro que explicar someramente el 
estado de la lengua latina y del romance en las varias provincias españolas en la 
época de la invasión, tanto á lo menos en cuanto es posible, atendidos los escasos 
monumentos que pudieron sustraerse de la general catástrofe. 

Con esto, creemos haber presentado un cuadro exacto y completo del estado 
de España en tiempo de los Visigodos; bajo su imperio, hemos mostrado á nues- 
tra patria cambiando, no solo de condición , sino también de aspecto. Hemos vis- 
to como los Godos introdujeron en ella una nueva constitución política y civil; 
como la ley dividía y determinaba los poderes; cual era el grado de civilización 
de España en aquel período; cual el estado del comercio, de la navegación , de 
las letras y de las artes, ó en otros términos, hemos examinado la situación políti- 



(<l) En muchas lenguas modernas de Europa, la doble W se ha cambiado en Gu, y escriben 
Guillelmo, Guifredo y Guiscardo, por Willelmo, Wifredo y Wiscardo. 

(2) Bouterweck, Historia de la Literatura española introducción, p. 67. 



246 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ca, civil , religiosa, económica, mercantil y literaria en que se encontraba Es- 
paña al ser invadida por los Sarracenos, cuya historia nos toca emprender ahora. 
Para el filósofo y para todo hombre que desee leer la historia con provecho, na- 
da es tan importante como el exacto conocimiento de la siíuacion de los pueblos 
y estados en las épocas en que se han verificado sus grandes revoluciones. Por 
esto, pues, y porque la España goda es la base, por decirlo así, de nuestra histo- 
ria moderna, porque entonces fué nuestra patria una nación, cuando antes no 
era mas que una mera provincia; porque la civilización dio un gran paso hacia 
su perfeccionamiento, por mas que al esplendor y á la pompa de Roma sucedieran 
momentáneamente la rudeza é ignorancia de las tribus bárbaras ; porque el po- 
der, la ley quedó asentada sobre una verdadera base, sin depender como antes 
del capricho de un hombre ó de una muchedumbre ; porque se reconoció la dig- 
nidad y la libertad de los asociados ; porque aumentó ía moralidad; porque dis- 
minuyeron las inútiles matanzas de hombres, se tuvo mayor respeto á la huma- 
nidad, á la propiedad, á la libertad individual; porque eran mas suaves las leyes 
y menos rigurosos los castigos, como que dominaba entonces en España y en 
Europa ía benéfica influencia del cristianismo, por todas estas razones, pues, 
nos hemos detenido en explicar hasta minuciosamente en ciertos puntos la exis- 
tencia de nuestra patria durante el período que acaba de transcurrir. La época 
goda, aunque corta, pues solo abraza el espacio de tres siglos, es muy fecunda en 
acaecimientos grandes, y el mas grande entre todos es sin duda el de la transfor- 
mación social que se obró durante ella en nuestra península. Por esto importa es- 
tudiarla en todos sus detalles, en todas sus instituciones, y por esto la hemos dado 
en nuestra obra un lugar preferente. A través de las calamidades con que empe- 
zó para España el siglo v, encuéntrase á principios del vm mas adelantada en 
el camino de la civilización; durante estos tres siglos, la sociedad siguió su mar- 
cha progresiva hacia su mejoramiento, y no hemos de vacilar en repetir que las 
instituciones godo-eclesiásticas fueron un gran paso hacia este fin. Digamos, pues, 
con el autor del discurso que precede al Fuero-Juzgo, que fué una grande época, 
un período interesante y no completamente estéril en los anales del mundo, el 
que se extendió para España desde el siglo v hasta el vm; que fué una gran mo- 
narquía aquella cuyos gérmenes nos trajo Ataúlfo, que asentó Teodoredo, que 
Eurico constituyó , que llevó tan alta Leovigildo, que sostuvieron con su in- 
gente ánimo Chindasvinto y Wamba. «Sí , añadiremos con el mismo autor, 
fueron unas respetables , ilustres, distinguidísimas asambleas las de los concilios 

Toledanos Fué una gran nación la que venció á los Romanos, rechazó á los 

Hunos, sojuzgó á los Suevos y se estableció desde el Garona hasta las columnas 
de Calpe. Fueron una gran iglesia y una gran literatura las que tuvieron á su 
frente á Ildefonso y á Eugenio, á Leandro y á Isidoro. Y fué mas grande aun que 
todos estos elementos que le dieron vida, el célebre código que nació en esa so- 
ciedad, que ordenó esa monarquía, que caracterizó esa época, que fué redactado 
por esos literatos y esos obispos. Cuando faltas y yerros por una parte, cuando la 
ley de la naturaleza por otra acabaron con el pueblo y sus monarcas, con los pro- 
ceres y con los sacerdotes, con el poder y con la ciencia de aquella edad, el có- 
digo se eximió justamente de ese universal destino , y duró y quedó vivo 
en medio de las épocas siguientes , que no solo le acataron como monumen- 



CAP. XIII. — ESPAÑA GODA. . 247 

to, sino que le observaron como regla y se humillaron ante su sabiduría.» 
Hemos terminado la tarea que nos propusimos en esta parte de la historia 
de España. Juzgada la época goda por muchos y de muy diferente modo, hemos 
manifestado nuestra opinión y dado sobre ella cuantas noticias hemos creído in- 
dispensables para que los lectores la acepten, si la creen exacta, la modifiquen ó 
la varíen, si la consideran errónea. Como en la España romana, hemos procura- 
do descender hasta el fondo de la sociedad cuya existencia contamos. Igual con- 
ducta, igual sistema seguiremos en nuestro sucesivo relato, pasando ahora á ex- 
plicar los dolores é infortunios que por enlonces cayeron sobre la atribulada 
España. 



CAP. I — ESPAÑA ÁRABE. 249 



PARTE TERCERA. 



¡E 



REINADO DE LOS REYES CATÓLICOS. 
Desde el año 711 hasta el 1516 de nuestra era. 

CAPÍTULO PRIMERO. 

Advertencia preliminar.— La Arabia. — De los primitivos Árabes. — Origen y predicación de Maho- 
ma. — Conducta, política y religión del falso apóstol. — Caracteres del islamismo.— Política de los 
sucesores de Mahoma. — Sus conquistas. — Su conducta para con los vencidos.— Conquista de 
África. — Relaciones de los califas con sus lugartenientes. — Naturaleza del poder supremo entre 
los Árabes. — Conquistas de Ocba, de Zohaír y de Hassan. — Guerra de Muza en el Magreb. 

Después de haber seguido en todas sus faces por espacio de trescientos años 
la existencia política de España bajo la dominación visigoda, hasta su último 
monarca, tócanos ahora retroceder un siglo, y como hicimos con los pueblos 
que en el siglo v invadieron nuestra península, contar someramente el origen, 
las conquistas, el camino andado por el nuevo pueblo que se mezcla ahora 
en sus deslinos, hasta llegar á las playas españolas. Mas habremos de hacer aun 
en el largo período que á nuestros ojos se presenta y que va á ser objeto de 
nuestro relato. Hasta ahora, entre la oscuridad de los primitivos tiempos, bajo 
el yugo cartaginés , provincia romana , ó imperio hispano-gótico , España ha 
sido siempre una. Los acaecimientos que en su suelo ocurrían, los trastornos que 
la agitaban, las vicisitudes que sufría podían ser referidas con unidad, siguiendo 
un orden estrictamente cronológico, como así lo hemos venido practicando; al 
llegar aquí, esta unidad desaparece: no solo encontramos en el suelo español dos 
pueblos enemigos, el vencedor y el vencido, entre los cuales ni sombra de fusión 
existe, sino que ambos se subdividen en otros infinitos totalmente separados y 
distintos casi siempre, cuando no rivales ú hostiles. Imperio árabe é imperio cris- 
tiano, es la grande y profunda división que á primera vista aparece; pero luego 
obsérvase dividido el primero lo mismo que el segundo en reinos, repetimos, dis- 
tintos y separados, cada uno con su historia particular que importa mucho co- 

TOMO II. 32 



250 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

noeer. Asturias, León, Castilla, Barcelona, Aragón, Navarra y otras pequeñas 
soberanías entre los cristianos; Sevilla, Córdoba, Zaragoza, Granada y otros mil 
estados independientes entre los mahometanos atraerán sucesivamente nuestras 
miradas, y nadie podrá desconocer la imposibilidad en que estamos de continuar 
en nuestro relato el orden cronológico estricto que, como el mas claro y mejor, he- 
mos seguido hasta ahora, so pena de llevar incesantemente á nuestros lectores de 
una á otra parte, de hablar de Castilla y á renglón seguido de Aragón, de la or- 
ganización musulmana y á continuación de la española , haciendo confuso ó inin- 
teligible nuestro relato á fuerza de pretender hacerlo claro. El sistema estricta- 
mente cronológico que hasta ahora hemos seguido con buenos resultados, á nues- 
tro modo de ver, produciría en adelante un resultado opuesto, así es que, sin 
abandonarlo del todo, emendónos áél en lo que sea compatible con la inteligencia 
y cumplida relación de los sucesos, nos apartaremos de él, siguiendo nuestra his- 
toria por regiones ó reinos que no por el riguroso orden de fechas, en cuanto lo 
exija la claridad, primera base de las obras históricas. 

Esto sentado, demos principio á nuestra tarea. 

Al tiempo que Reraclio reinaba sobre el imperio romano de Oriente, que los 
hijos de Clotario se disputaban en sangrientas contiendas la Galia conquistada; 
casi en la época en que España arrojaba para siempre de sus playas á los Greco- 
Romanos, preparábase en un extremo de Asia una revolución que habia de ejer- 
cer gran influencia en nuestra patria. Mahoma huia de la Meca á Medina, y este 
suceso era precursor de su próxima elevación. Entre la Arabia y la España se ex- 
tiende la dilatada península africana, pero no por la distancia en que se verifi- 
caba nos interesa menos esta revolución; ella comunicará un carácter nuevo á 
España, dando origen al torrente que devastó y por un momento aniquiló á 
nuestra patria antes de que hubiese transcurrido un siglo desde la muerte de 
Mahoma. 

Pero antes de emprender la historia de la dominación de los Árabes en Es- 
paila, desde su invasión y conquista, dilatada serie de grandes acaecimientos y 
de circunstancias memorables (1), importa explicar que eran los Árabes, cuales 
eran sus cos(umbres,y que causales impulsó á abandonar las campiñas del Yemen 
y á llevar los triunfantes pendones de Islam (2) hasta los extremos occidentales 
de Europa, para amenazar por un momento al Occidente entero y fundar el bri- 
llante imperio que resistió por espacio de ocho siglos álos esfuerzos todos. 

La península de Arabia, cuyos habitantes se derramaron llegado el siglo 
vn por lodos los caminos del mundo conocido y conquistaron gran parte de la 
tierra, es la vasta región que rodean el mar Rojo, el Océano índico y el golfo Pér- 
sico, entre la Etiopia, la Persia, la Siria y el Egipto . Los antiguos la dividían en 
Arabia Pétrea, en Arabia Desierta, y en Arabia Feliz, y en efecto mas de la mi- 



(1; Este es el asunto que ha tratado Conde con el auxilio de los manuscritos árabes del Es- 
corial. Su obra, empero, difusa y oscura en muchos puntos, mas que como una verdadera historia 
de la dominación árabe en España, puede considerarse como una recopilación de materiales y do- 
cumentos para el historiador. Preciosa bajo este titulo por mas de un concepto, á ella acudiremos 
con frecuencia en nuestra relación. 

(2) Islam sollámala creencia de los Mahometanos; este nombre significa y se emplea en el 
sentido de confianza, seguridad y resignación en la voluntad de Dios , manifestada en el Coran. 



CAP. I. — ESPAÑA ÁRABE. 251 

tad de la Arabia no es aun ahora sino desiertos y arenales. La misma Arabia Feliz 
debe su nombre mas que á la fertilidad de su suelo, á su favorable situación en 
las cosías del mar Rojo, y la parte de esta comarca en que se levanta la Meca (la 
Macarobade los Griegos), cuya fundación se atribuye á Abraham, y que en un 
principio no fué mas que un parador para las caravanas, es de las mas áridas de 
la Península. 

La Arabia Desierta confina con la Siria, y es el verdadero desierto de los 
Hebreos, aquel en que se refugiaron Agar é Ismael expulsados por Abraham de 
su familia. Región desafortunada , carece de agua y de vegetación , y todavía 
ahora es habiíada únicamente por tribus nómadas de Árabes llamados Be- 
duinos. 

La Arabia Pétrea, que linda con la Arabia Desierta y puede confundirse con 
ella, toma su nombre de una ciudadela llamada Petra por los Griegos. Es el país 
de los Nabatheos (1), y, como la Arabia Desierta, ocúpanla hoy tribus beduinas, 
casi hasta las puertas de Jerusalen. 

Tampoco faltan desiertos en la Arabia Feliz, pero hállanseen ella fértiles va- 
lles, deliciosos oasis, pozos y manantiales de agua viva; el aire es puro y templa- 
do, sobre todo en las inmediaciones del Océano, al orieníe de Mokha, y aun á 
poca distancia de la Meca, en el país de Taief. En el extremo occidental de la 
Península, la naturaleza toma un aspecto mas risueño aun, y allí está el pais de 
Aden ó Edén , que se sup one ser la cuna del género humano , el paraiso ter- 
renal . 

Los geógrafos modernos dividen la península arábiga en seis regiones á sa- 
ber: el Berrial ó desierto del Norte, el Bahhrein y el Oiman, distriíos marítimos 
que dan frente á la Persia, el Hegiaz y el Yemen al Occidente, mirando al África, 
y por fin el Negid, vasta planicie que se eleva en el centro como una isla rodea- 
da de arenales y de llanuras muy bajas. 

Sorprendidos por el singular aspecto de los pastores nómadas de las regio- 
nes septentrionales del Hegiaz, los únicos que conocieron, los soldados de Ale- 
jandro los llamaron á causa de sus tiendas scwírai (hombres de la tienda). El 
conconquislador macedonio respetó su país, y tiempos después Augusto y Traja- 
no intentaron vanamente penetrar en él. 

Los historiadores de la nación, dice Gagnier, dividen á los Árabes en tres 
clases, á saber: 

Los Árabes primitivos, que fueron los primeros después del diluvio en habi- 
tar la Arabia, y cuya posteridad se ha extinguido ó confundido con los que lle- 
garon después. 

Los Árabes puros y sin mezcla, es decir aquellos que después déla confu- 
sión de las lenguas, se establecieron en la parte de Arabia llamada Yemen ó Ara- 
bia Feliz, que descendían de Kahtan ó Jotkan. 

Los Mosiarabes, entendiéndose con este nombre aquellos que se hicieron 
Árabes, ya mezclándose, ya aliándose con los Árabes puros. Estos Mosiarabes 



(4) Los Nabathci deque habla Ammiano. Los Griegos y los Latinos confundían alas tribus 
árabes diseminadas desde las orillas del mar Rojo hasta el Eufrates bajo la denominación genérica 
de Sarracenos^ Soopaw.uot. Véase á Menandro, Procopio y Marcelino. 



252 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

son la posteridad de Ismael, hijo de Ibrahim (Abraham), de quien Mahoma des- 
cendía en linea directa (1). 

Los Árabes preciábanse de unir la genealogía de sus principales tribus á 
la de los patriarcas hebreos . Entre todos, profesaban á Abraham gran veneración, 
y por Ismael su hijo hacían remontar su propia raza en línea directa hasta 
el primer hombre. Mahoma habla de Abraham como de un santo profeta; era de 
la verdadera religión (2), dice. La idolatría manchó después á los Ismaelitas, y 
esta mancha es la que él, Mahoma, habia recibido lamision de borrar (3). 

Ambas Arabias eran pues, residencia de diferentes kabilas ó tribus, las unas 
viviendo en las ciudades, y el mayor número divagando errantes, llevando sus 
tiendas y rebaños á los lugares abundantes en pastos y en agua, y conservando 
en sus campamentos la existencia patriarcal que aprendieran de sus abuelos, hi- 
jos de Ismael. Hablar de las costumbres de estos antiguos Árabes, seria describir 
las virtudes y los vicios de la infancia de las sociedades. Said ben Ahmed, que 
fué cadi de Toledo, decia que habían de considerarse dos razas de Árabes, una 
estinguida ya, y otra que subsistía aun. Los que no existen y que formaban nu- 
merosas poblaciones, tales como las tribus de Ad, de Themud, de Fesm y de 
Yadis, han desaparecido hace mucho tiempo, y ni poseemos su historia ni los me- 
dios de averiguar su origen y su descendencia (I). Los que subsisten aun forman 
dos razas, la de Kathan y la de Adnan, y su historia ofrece dos épocas ó esta- 
dos, de ignorancia el uno y de islamismo el otro. 

Dejemos hablar, empero, a uno de sus mas reputados historiadores. 

«En la época de su ignorancia (así llaman al tiempo anterior al Islam) 
los Árabes, dice Abulfeda, eran célebres éntrelas nacionespor su poderío y altos 
hechos; el imperio pertenecía ala kabila ó tribu deKaíhan(5), y la principal familia 
de los reyes era la de losllamyares óHomairitas,eníre la que habia reyes, señores 
y tohbas. Los otros Árabes, ó sea los de Adnan, eran de dos clases en aquellos 
tiempos de ignorancia, y habitaban los unos en ciudades, y eran los otros pasto- 
res agrestes. Los de las ciudades vivían de su trabajo, de sus tierras, de sus re- 
baños, de su industria y del comercio que hacian á lo lejos á gran distancia de 
sus casas. Los pastores agrestes pasaban su vida en los llanos y vagaban por los 
desiertos, alimentándose de la leche y de la carne de sus camellos, errantes en 
busca de pastos para sus rebaños y de manantiales ó pozos , y al encontrarlos, 
plantaban sus tiendas sin cesar por esto de ser nómadas . Estas eran sus costum- 



(1) Elmacin refiere del modo siguiente la emigración de Agar y de Ismael al Hegiaz. «E Ibra- 
him los envió á ambos á la tierra de Hegiaz, donde Ismael se casó con una hija de los Árabes del 
país, y habló árabe. Sus hijos se llamaron Ismaelitas, y délas mugeres de Hegiaz tuvo doce hijos 
fuertes que llevaron el arco como el ángel lo predigera á Agar.» Elmecin, Historia Saracenica, pars í, 
p. 48. 

(2) «Dios conocey vosotros noconoccis. Abraham no era judío, ni cristiano, sino déla verdade- 
ra religión; su corazón estaba resignado áDios, y no pertenecía al número de los idólatras.» Alco- 
rán, sura 3. 

(3) La religión de las tribus ismaelitas era una mezcla de sabeismo, de idolatría, de judaismo 
y hasta de cristianismo corrompido. La idolatría sin embargo dominaba entre ellos. 

(i) De las tribus primitivas indígenas no quedaba recuerdo alguno ni aun en tiempo de Maho- 
ma. Habíanse confundido enteramente con las tribus extrangeras de la raza abrahániiea, de las que 
nacieron las tribus guerreras que Mahoma sacó ele la idolatría y animó de uua misma fe. Los Ismae- 
litas eran entonces los únicos Árabes. 

(5) Jahtan ó Jeqtan, hijo de Heber. 



CAP. I.— ESPAÑA ÁRABE. 253 

bres durante la primavera y el verano, y en invierno, cuando no se encuentran 
en los campos frutos ni yerbas, dirigíanse á las llanuras de Irak ó de Caldea, y á 
las fronteras de Siria, y trataban de pasar el tiempo de sus cuarteles de invierno 
con la mayor comodidad posible , soportando con paciencia las inclemencias de 
la estación. 

«Sus secías eran numerosas ; Hamyar adoraba al sol ; Cancha á la luna; 
Misam á la estrella El Debarran ; Laham y Jedam á la estrella de Júpiter ; Tai á 
la constelación de Sohail (Canopea) ; Kais á la Ashera el Obur (Sirio) ; Asad ala 
de Mercurio; Tzaquif á un pequeño edificio en las alturas de Nahla, llamado Alat. 
Entre ellos, algunos creían en la resurrección de los muertos , y decían que im- 
portaba sacrificar sobre el sepulcro de cada uno su caballo ó su camello... Su 
ciencia, y de ella se envanecían mucho, consistía en conocer bien su lengua y la 
propiedad de sus locuciones, y en componer versos y discursos elegantes. Sabían 
el curso de los astros , su salida y su ocaso ; cuales están opuestos entre sí, de 
modo que al salir el uno se oculta el otro, y cual lleva lluvia y cual buen tiempo; 
procediendo sus conocimientos en la materia, no de un estudio metódico, sino de 
su atención continua en consultar el cielo noche y día para sus necesidades y tra- 
bajos. En cuanto á filosofía, sabían muy poco. Dios no lo quería y no les había 
criado para ello. Este era su estado en la época de su ignorancia; en la del isla- 
mismo, bien conocido es, y lo diré si Dios quiere.» 

En los tiempos poco anteriores al Islam, los Árabes eran gobernados por 
sus emires ó reyes de taifas, es decir jefes de ciertas tribus, que ocupaban un de- 
terminado territorio ó divagaban dentro de sus límites. Independientes y nóma- 
das, divididos por valles, campamentos y pozos, aquellos pueblos estaban por lo 
regular en guerra entre sí ó con sus vecinos por causas livianas, tales como con- 
tiendas y enemistades de pastores sobre pastos y abrevaderos, robos y vengan- 
zas, terminándose fácilmente estas guerras por consejo de sus emires ó ancianos, 
que eran los jefes de sus tribus , ó por la mediación de una tribu desin- 
teresada. Los mas poderosos emires ó reyes de taifas eran protegidos , unos por 
los soberanos de Persia , y otros por los emperadores griegos. Los jóvenes po- 
seían y adiestraban caballos, y manejaban el arco, la lanza y la espada ; gusta 
ban de jugar con sus corceles, y luchaban con gran emulación en esta clase de 
ejercicio. Envanecíanse sobre todo de su antiguo origen ismaelita y de su inde- 
pendencia, de la gracia y elegancia de su idioma, de sus poesías sublimes ó in- 
geniosas, de su hospitalidad, y de la generosa protección que dispensaban á sus 
huéspedes. 

Estas tribus distaban mucho de formar un cuerpo de nación cuando Maho- 
ma las reunió bajo un solo Dios y bajo un solo jefe. 

No trataremos aquí de caracterizar al falso Profeta, solo sí diremos que to- 
do revela en él á un hombre superior ; él libró á los Árabes de sus antiguas su- 
persticiones é hizo de ellos una nación, y á este título, por mas que sean muchos 
los cargos que pueden dirigírsele, tendrá siempre el privilegio de excitar la curio- 
sidad y la admiración. De él, lo mismo que de cuanto precedió á la llegada de 
los Árabes á España, solo diremos lo indispensable para que se comprenda la 
historia de nuestra patria durante su dominación. 

Circunstancias particulares de nacimiento y de fortuna favorecieron el genio 



254 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

de Mahoma (1). Nacido en la Meca por los años 569 de Jesucristo (2), tenia ya 
cerca de cuarenta años al concebir el proyecto de cambiar la faz de la Arabia. 
Sus primeros años habian sido humildes y trabajosos, y aunque de una tribu 
ilustre que tema parte en el gobierno de la Meca (3) y ocupaba en él el primer 
lugar, habia tenido por toda herencia al morir su padre cinco camellos, algunos 
muebles y una esclava etiopia (4). 

No podemos referir aquí todos los sucesos de su vida, y únicamente nos toca 
decir que á cuarenta años empezó á declararse contra los ídolos de su patria. La 
Kaabah (casa ó templo de los dioses en la Meca, fundada á lo que se creía por. el 
mismo Abraham ), contenia muy extraños ídolos, de piedra los unos, de madera 
los otros, tomados de los diferentes cultos del Asia, y también la famosa piedra 
negra que tanta veneración merece por parte de los Musulmanes (5). El tio de 
Mahoma era gran sacerdote ó guardián de la Kaabah, y aun cuando el héroe de 
quien tratamos hubiera podido sucederle, prefirió á esto y al comercio, á que an- 
tes se habia dedicado, una misión mas elevada, aunque mas peligrosa. Otros y 
mas altos eran sus pensamientos, y por espacio de quince años, al regresar de los 
viages á que su profesión le obligaba, después de reposaren los brazos de Cadija su 
consorte, retirábase á una cueva del monte Ara para entregarse á profundas me- 
ditaciones. Allí fué donde, á su decir, se le apareció el ángel Gabriel, presentán- 
dole un libro y llamándole profeta de Dios, y de allí salió para dar principio á sus 
predicaciones. «No hay mas Dios que Dios, decia, y Mahoma es su profeta,» y 
daclaró guerra implacable á toda especie de idolatría, sosteniendo la unidad de 
Dios y caracterizando á los que abrazaban su doctrina con el nombre de Musli- 
mes, que quiere decir tanto como hombres resignados á la voluntad divina. En- 
tonces empezó á leer en público el Coran (6), con gran disgusto de los goberna- 
dores de la Meca, y aunque tenia ya su libro acabado, no le leia ni le revelaba 
todo de una vez, sino por páginas sueltas, según las escribía y se las entregaba el 



(1) Era de ia raza de Adnan, la mas ilustre entre los Árabes, y pertenecía á la tribu de Co- 
raix, la primera de aquella raza. Desceadia en linea directa de Hashem, el personaje mas dis- 
tinguido de la tribu ; su padre se llamaba Abdallah, hijo de Abdelmotaleb, hijo de Hashem, hijo de 
Abdmenaf, hijo de Kosai, hijo de Kelab, hijo de Movra, hijo de Caab, hijo de Lokva, hijo de Galeb, 
hijo de Fehri, hijo de Malek, hijo de Al Nadar, hijo de Kenanah, hijo de Khozaima, hijo de Modre- 
ca, hijo de Alyas, hijo de Modhor, hijo de Nazar, hijo de Maad, hijo de Adnan. Su madre se llama- 
ba Amina y era de la misma tribu. Según todos los autores árabes, que convienen en que Adnan 
era descendiente de Ismael, esta genealogía es indudable. 

(2) Setenta años antes del nacimiento de Mahoma, los Hebaschites ó Abisinios (Etiopios) se ha- 
bian apoderado de la parte meridional de la Arabia. En el mismo año del nacimiento de Mahoma, 
atacaron á la Meca, siendo rechazados por Abdelmotaleb abuelo del falso profeta. La guerra etió- 
pica fué el principio de una era que los Árabes llamaron del Elefante. De ella se habla en el Coran 
iSura, 85, vers. 4). 

(3) La Meca estaba gobernada por una especie de senado compuesto primero de seis, luego de 
ocho y por fin de diez miembros. Sus atribuciones eran tanto religiosas como políticas. Este gobier- 
no participaba de la índole de la república y de la monarquía por la exclusión del poder de uno so- 
lo y por la admisión del principio hereditario. Era una especie de república aristocrática. 

(4) Llamábase Baraca, y fué apellidada Omm-Aiman (la madre fiel). Mahoma solo tenia dos 
meses cuando perdió á su padre, y ella fué por algún tiempo su nodriza. 

(5) Créese con algún fundamento que es un areólito, y fácil seria en efecto que una piedra 
caida, según pocha creerse, de las profundidades del ciclo, hubiese atraído la veneración de pueblos 
sencillos é ignorantes. E^to, no obstante, no pasa de ser una conjetura. 

¡6 Coran significa lectura y Al -Coran la lectura. Llámase también á este libro Kitab ó Kitab- 
Allah (el libro por excelencia ó el libro de Dios), Al-kalam-sberyf (la palabra sagrada), etc. 



CAP. I. — ESPAÑA ÁRABE. 255 

ángel Gabriel. Con talante y voz de hombre inspirado, recitaba en las plazas pú- 
blicas los pasages mas maravillosos de su obra, los mas á propósito para herir ias 
ardientes imaginaciones orientales, pero aun así apenas pasaron de doce sus se- 
cuaces durante los tres primeros años de su predicación. Su esposa Cadija, Alí, 
Ornar, Abu-Becre y Zaid formaban parte de aquel consejo, mas en el trancurso 
de diez años, el número de sus discípulos aumentó considerablemente en la 
Meca y en las campiñas. Sus continuas predicaciones excitaron en alto grado el 
enojo de los Coraixitas, sacerdotes del templo, y amotinado el pueblo contra éi, 
el innovador hubo de tomar la fuga y refugiarse en Yathreb (Medina) (1), ciudad 
situada al norte de la Meca, también en el Hegiaz. Aquel suceso fué llamado la 
fuga ó la hedjira, y sirvió de cómputo para la cronología de los Árabes (2). 

A Medina acudieron muchos discípulos del nuevo profeta, y como desde muy 
antiguo reinaba entre esta ciudad y la Meca una rivalidad inextinguible, su par- 
tido se reforzó en breve con las principales familias del país, quedando desde en- 
tonces asegurado su triunfo. Por espacio de otros once años tuvo que vencer aun 
con vicisitudes diversas la resistencia de los Árabes idólatras y de los Judíos, 
que le eran enemigos ; pero el acero empleado en auxilio del Coran, lo allanó to- 
do, y después de infinitos trabajos, de triunfos muy disputados, de combates ca- 
si continuos, en los que fingía la intervención de la divinidad, el valeroso y audaz 
innovador sometió por fin á sus leyes á los Coraixitas, á la Meca, á toda la Ara- 
bia (3). Tomada la Meca, el camino era fácil, y en el monte de Al-Safah fué pro- 
clamado primer guia y sumo pontífice de los Islamitas. El genio y la audacia de 
aquel hombre fueron tales, que en el año vigésimo segundo de su misión, habia 
reunido bajo sus banderas á las tribus todas de la Arabia, y se preparaba á diri- 
gir en persona la guerra santa contra los Griegos y los Persas, cuando le sor- 
prendió la muerte. 

Mahoma murió en el año 11 de la hegira, el lunes doce de rebie prime- 
ra (632), sin designar al que habia de sucederle, y de común acuerdo los prin- 
cipales Muslimes nombraron á seis electores, quienes eligieron sucesivamente á 
los cinco primeros califas ó sucesores de Mahoma. Abu-Becre, que fué el pri- 
mero, no menos celoso que su antecesor por la propagación del Coran, formó el 
proyecto de enviar á su gente fuera de la Arabia para que llevasen á otros pue- 



(1) Yathreb recibió entonces el nombre de Medinath-al-Naby (ciudad del profeta). Después se 
la ha llamado por excelencia Medinath, Medina la Ciudad). 

(2) La hedjira (hegira) empieza el primer dia de moharrem, primer mes del año arábigo, dia 
qué corresponde al viernes 16 de julio del año 622 de J. C. A pesar de que la fuga de Mahoma tuvo 
lugar el 8 de rebie primera de dicho año, y su llegada á Medina el 16 del mismo mes (28 de setiem- 
bre de 622), es decir sesenta y ocho dias después, los Mahometanos cuentan el principio de su era 
desde el primer dia del año de esta fuga, y no del mismo dia en que esta se verificó. Mahoma 
contaba entonces cincuenta y cuatro años. 

(3) Después de la toma de la Meca, Mahoma reunió a los principales habitantes y les pregun- 
tó qué tratos esperaban de él. o De tí, hermano generoso, hijo de un hermano generoso, contestaron, 
solo esperamos bien. —Idos pues, les djjo, sois libres.» Restablecida la calma, dirigióse á la colina 
de Al-Safah, donde fué proclamado soberano espiritual y temporal, y recibió el juramento de todo 
el pueblo reunido. Después de esta ceremonia marchó hacia la Kaabah, á la que dio vuelta siete ve- 
ces ; tocó y besó la piedra negra, y entrando en seguida en el templo, destruyó los ídolos en número 
de trescientos sesenta, sin perdonar las estatuas de Abraham y de Isaac, á pesar de su respeto por 
ambos patriarcas, y para purificar aquel lugar sagrado, volvióse á todas partes gritando : «Allah 
Akbar ! (Dios es grande !.) etc.» (Art. Mahoma, Biog. univ., t. XXVI. \ 



256 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

blos el conocimiento de Dios, y los hiciesen tributarios de su imperio. Apacigua- 
das algunas desavenencias domésticas, y resuelta la expedición, escribió el califa 
una proclama en Medina que envió á todas las provincias de Arabia, y que decía 
así : «En tu nombre, ó Dios hacedor de cielo y tierra, Señor misericordioso y cle- 
mente : Abdallah Athic ben Abi Gohafa Abu Becre, á todos los Muslimes seguido- 
res de la ley de Dios, salud y prosperidad ; loado sea Dios, y engrandezca las 
perfecciones de su siervo. Esta carta es para que sepáis que he determinado en- 
viar á Siria gentes escogidas de vosotros para sacar aquel país de poder de in- 
fieles ; y quiero que sepáis también que trabajando por la propagación del Is- 
lam, obedecéis á Dios, seguís las intenciones del enviado de Dios, y todos vues- 
tros pasos serán recompensados del Señor con abundantes premios en el paraíso.» 

Convocados los Árabes para la guerra, acudieron sin dilación y como á por- 
fía de todas las tribus, así los habitantes de las ciudades como los moradores del 
campo, atravesando las arenosas llanuras del Hegiaz, dejando sus rancherías y 
aduares. Los pueblos de los valles del Yemen y los pastores de las montañas de 
Omán, cuantos alumbra el sol desde la punía septentrional de Belis en el Eufra- 
tes hasta el estrecho de Babelmandel al mediodía, y desde Basora en el golfo Pér- 
sico, á la parte del oriente , hasta Suez y confines del mar Rojo al occidente, 
(odos llegaron en confusa muchedumbre, voluntarios- todos, todos pobres de ar- 
mas y vestidos, pero llenos de fervor y religioso celo, alegres y confiados en los 
venturosos sucesos de las primeras guerras del Profeta y animados de sus pro- 
mesas. En poco tiempo se reunieron en Medina innumerables tropas de á pié y 
dea caballo, y acamparon por los alrededores de la ciudad. 

Los habitantes salieron todos á presenciar el alarde de estas numerosas 
huestes, y en presencia de todos, el califa Abu-Becre confió el mando general de 
las tropas á Gezid ben Abi Sofian, á quien mandó en alta voz marchar á la con- 
quista de Siria. 

Hizo después una breve oración, rogando á Dios que amparase á ios suyos y 
les diese esfuerzo y moderación y no les dejase caer en manos de sus enemigos, 
y en seguida dirigiéndose á Gezid, díjole en medio del sepulcral silencio de la 
multitud : «A íu cuidado confio la dirección de esta santa guerra, y te encargo 
el mando y acaudillamiento de estas tropas : no las oprimas, ni trates con alta- 
nería ni aspereza ; mira que todos son Muslimes ; entiende que van en tu compa- 
ñía prudentes y esforzados capitanes ; consúltalos en las ocasiones, no presumas 
demasiado de tu parecer, aprovéchate de sus consejos, y cuida siempre de obrar 
sin precipitación, no como temerario y sin juicio. Con todos has de ser justo, que 
quien no fuere justo y cabal, no prosperará.» A las tropas dijo: «Al encontraren 
la pelea á vuestros enemigos, haced como buenos Muslimes; acordaos de ser dignos 
descendientes de Ismael. En la ordenanza y disposición de las huestes y en las 
batallas, seguid vuestras banderas, obedeced á vuestros caudillos ; no cedáis ni 
volváis la espalda á vuestros enemigos, pues peleáis por la causa de Dios ; no os 
lleven viles deseos, y nunca temáis entrar en las peleas , ni os espante el ex- 
cesivo número de los contrarios. Si Dios os diere la victoria, no abuséis de ella 
ni ensangrentéis vuestras espadas en los rendidos, en los niños, en las mujeres y 
débiles ancianos ; en las entradas y paso por tierra de enemigos, no hagáis talas 
de árboles, ni destruyáis sus palmas y frutales, ni estraguéis, ni queméis sus 



CAP. I. — ESPAÑA ÁRABE. 257 

campos ni sus casas, y de ellos y de sus ganados tomad cuanto os convenga. No 
destruyáis ninguna cosa sin necesidad, ocupad las ciudades y fortalezas, y des- 
truid aquellas que pueden ser asilo á vuestros contrarios. Tratad siempre con 
piedad á los rendidos y humillados, y así Dios usará con vosotros de misericor- 
dia. Oprimid á los soberbios y rebeldes, y á los que sean pérfidos á vuestras 
condiciones. No haya falsía ni doblez en vuestros convenios y tratos con los ene- 
migos, y sed siempre con todos fieles, nobles y leales, manteniendo constantes 
vuesira palabra y prometimiento. No turbéis la quietud de los monges y solita- 
rios, ni destruyáis sus moradas , pero tratad con rigor de muerte á los enemigos 
que resistan armados las condiciones que les impongamos.» 

En esfas palabras , en este entusiasmo ardiente y tranquilo á la vez, se re- 
vela todo el genio musulmán. Tal será en adelante el papel de los califas , pontí- 
fices mas que jefes políticos. Ábu Becre, Osear, Otman y Ali ejercerán así el 
mando, y dominando á los ejércitos desde la Meca ó Medina, dirigirán los nego- 
cios todos espirituales y temporales de los creyentes. 

Dividió el califa aquellas tropas en dos grandes ejércitos; el primero partió 
contra la Siria, y el segundo, á las órdenes de Khalid ben Walid marchó para 
las Iracas y confines de Persia. ¿Quién, esclama Lafuente, será capaz de detener 
estos torrentes que se creen impulsados por la mano de Dios, ni qué imperio 
podrá resistir al soplo del huracán del desierto? El Señor, dicen los historiadores 
árabes, hizo venturosas estas expediciones, y dio á los Muslimes repetidos y 
muy señalados triunfos contra los Griegos y Persas. Entraron por fuerza de ar- 
mas en las ciudades de Tadmor , líira, Hauran , Bostra, Hemesa , Damasco y 
Balbec , y la fama de estas conquistas infundía general terror en los enemigos, 
de suerte que ni los mas numerosos ejércitos, ni la fortaleza de las ciudades re- 
sistían el ímpetu de las huestes muslímicas. Peleaban siempre con gentes atemo- 
rizadas y dispuestas á la fuga, y por el contrario los Árabes acometían seguros 
de la victoria, despreciando los peligros y horrores de las batallas. En el año 13 
de la hegira (634), al mismo tiempo que la antigua y populosa ciudad de Damas- 
co se habia entregado á los dos caudillos de las tropas árabes , Abu Obeida y 
Khalid , después de largo y sangriento cerco, el califa Abu Becre falleció , habien- 
do reinado dos años, tres meses y nueve dias. 

En estas primeras guerras, Jos discursos de los caudillos árabes llevan el 
sello del entusiasmo guerrero y religioso que los animaba; ya esciten á sus sol- 
dados , ya reten á un adversario á singular combate ó juren treguas , sus pala- 
bras revelan cierta viveza, cierto ingenio. Desfiguradas por los cronistas, debi- 
litadas ó desnaturalizadas por los traductores, recargadas á veces de adornos 
extraños, la mayor parte de las que hasta nosotros han llegado parecen discur- 
sos copiados de Tito Livio; algunas, empero, se han librado de esta doble alte- 
ración, y ofrecen la naturalidad que caracteriza las expresiones apasionadas de 
los héroes primitivos de Homero. 

En efecto , el fervor militar de los Muslimes se manifiesta en estos prime- 
ros tiempos en algunos dichos sublimes. En el año 11 de la hegira, en una bata- 
lla contra los Griegos cerca de Hemesa , Dherar cae en poder del enemigo ; esta 
noticia difunde el desorden entre los Sarracenos, pero un oficial , Rafi ben Omei- 
ra , les grita : « ¿Qué importa que Dherar viva ó muera? Dios está vivo y nos 

TOMO 11. 33 



258 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

mira: pelead!» Los 31uslimes vuelven al combale y consiguen la victoria. 

En un peligro semejante , otro jeíe exclama : « Mirad al cielo : pelead , pelead 
por Dios , y os dará la tierra ! » 

En el sitio de Bostra (año 11 de la hegira), Khalid gritaba sin cesar entre 
el fragor de la batalla: « Alhamlah! alhamlah ! Algiannah! algiannah! (El com- 
bate ! el combate ! El paraiso ! el paraíso ! ) » Y estas solas palabras llenan á los 
suyos de incomparable ardor. Para inflamarlos , no les hablaba del saqueo ni 
de los tesoros de Bostra , sino que les mostraba el paraiso abierto como la mas 
bella recompensa de los que morían peleando. Khalid era el mas intrépido entre 
los guerreros árabes , y los Griegos , lo mismo que sus soldados , le llamaron la 
Espada de Dios (1). 

Los Árabes fueron los primeros en gustar de los combates singulares , sem- 
brando así los primeros gérmenes de la caballería , y entre los invasores de Es- 
paña los veremos florecer á medida que serán mas cultas sus costumbres con el 
aumento de riquezas. Lo mismo sucedió en Oriente bajo los califas de Bagdad 
(Abassidas). 

De todas las ideas, hasía de la galantería que observaremos en los Moros 
españoles, hallamos quizás el principio en las sencillas y caballerescas palabras 
deMahoma, aplicadas del cielo á la tierra: — Quien bien ama calla, padece, 
muere y coge la palma del martirio. 

Una vez lanzado á la carrera el genio de los Árabes, no se deiuvo hasta que 
sometió bajo el yugo del Profeta á las tres cuartas partes del mundo entonces 
conocido. En tiempo de Mahoma, el espíritu guerrero se despierta, se exalta, y 
el entusiasmo religioso une su irresistible influjo al vigor natural á los Árabes ; en 
tiempo de Abu Becre , cae la Siria á los golpes de Khalid ; reinando Ornar ex- 
tienden los Muslimes sus conquistas hacia el Occidente. Alejandría es sitiada y 
el Egipto conquistado. Ornar muere asesinado, y sucédele Otman que liene 
igual suerte. Alí muere como sus antecesores, y el imperio naciente se divide 
entre los partidarios de Alí y los de Moaviah , su competidor , origen de la 
dinastía de los Ommiadas y primer califa de Damasco ; sin embargo, por 
muchas que sean las discordias intestinas de la nación nueva, sus soldados 
continúan en el exterior la obra de la conquista , y se derraman con la impetuo- 
sidad del torrente por el Norte , el Oriente y el- Mediodía. La Persia , el imperio 
griego, el África son atacadas á la vez é invadidas por los ejércitos árabes , y 
cuanlo realizaron entonces aquellos hombres, poco antes tan despreciados, os- 
tenta un carácter extraordinario de grandeza. No son los capitanes los que 
guian á la multitud armada , sino esta quien los arrastran : un impulso que pa- 
rece en efecto emanar de Dios y que atribuye á Dios lodos sus triunfos, los lle- 
va, los empuja. En menos de cien años los límites de sus conquistas van mas 
allá que los del antiguo imperio romano , y su fatalismo es para ellos segura 
prenda de victoria. Por Dios y el paraiso combaten y mueren contentos ; su Dios 
es quien afila sus aceros, quien da vigor á sus brazos; solo de Dios es el triun- 
fo (2). Sean los califas guerreros ó no, poco importa; y en tiempo de Walid, que 



(1) Vino un general llamado Khalid, á quien se apellidaba la Espada de Dios. Teof., p. 278. 
^2) Véase el Coran (sura III, vers. 123).— El Señor recordando a Mahoma la victoria de Bedre, 



CAP. I. — ESPAÑA ÁRABE. 2o9 

residió constantemente en Damasco , fué cuando las conquistas de los Árabes 
llegaron á mas apartados confines , en Oriente hasta Samarcanda (tomada en 707), 
y en Occidente hasta Andalucía. Reinando el mismo soberano, un ejército árabe 
llegó hasta el mar Negro, y atacó al imperio griego á pocas leguas de su capital. 

Tales fueron los prodigiosos triunfos de este pueblo, favorecidos sin duda por 
un singular conjunto de circunstancias para él afortunadas. Los guerreros misio- 
narios de la nueva religión hallaron el Asia y el África casi abiertas á sus armas, 
y al desbordar de su península , el imperio romano de Oriente, la Persia y el 
Egipto estaban en plena decadencia; esto no obstante , tuvieron que vencer in- 
mensos obstáculos, y la mayor parte de sus rápidas conquistas ha de atribuirse 
al entusiasmo y al esfuerzo de los conquistadores. 

Si los seguimos en sus guerras á través del África hasta el Estrecho , veré- 
moslos en lucha con los elementos y las terribles tribus del Atlas, que la política 
mas que la violencia hizo musulmanas. Desde Egipto, Amru habia pasa- 
do á África en el año 640 sin poderla someter, y después de él, Otman envió 
desde Medina á Egipto y al territorio africano á Abdallah ben Saad. Este, al frente 
de cuarenta mil entusiastas, atravesólos desiertos de Mármara y de Barcah, 
tan formidables para las legiones romanas , y llegó vencedor hasta Trípoli , puer- 
to de mar rico y populoso, que bajo su antiguo nombre griego ha ocupado hasta 
nuestros dias el tercer lugar entre los estados berberiscos. Ciento veinte mil 
Griegos, Moros y Libios reunidos apresuradamente, marcharon al encuentro de 
los Árabes, pero Abdallah atacó y dispersó á aquel ejército sin orden ni disciplina, 
cuyos restos destruyeron en su fuga á Sofaytala, ciudad populosa, construida á 
ciento cincuenta millas al sur de Cartago. La victoria de Abdallah fué seguida de 
la pronta sumisión de todos los pueblos de la provincia; muchos adoptaron el 
Islam, y los que no, pagaron tributo. Sin embargo, diezmados los Muslimes pol- 
las fatigas y las enfermedades epidémicas , regresaron á Egipto después de una 
expedición de quince meses , sin haber tomado en realidad posesión del país. 

Pasados pocos, años, Moaviah ben Horeig hizo tres expediciones al África; 
la primera el año 33 de la hegira, antes de la muerte del califa Otman , y la se- 
gunda y tercera algunos años después de este califa. Moaviah entró en África 
con mucha gente ilustre de Muhageries y Alansaries (1) , y fuá en su compañía 
el ínclito Abdelmelek ben Meruan, que llegó á ser califa. Los Muslimes conquis- 
taron ciudades y grandes alcázares y la antigua ciudad de Cirene; dejaron en 
ella una guarnición árabe, y volviéronse cargados de ricos despojos. 

Confiada Cirene en sus fortificaciones y en el número de sus habitantes , no 
tardó en sacudir el yugo , y entonces (665 — 46 de la hegira) fué enviado al Áfri- 
ca por el califa Moaviah al frente de diez mil caballos el famoso Ocba ben Nafe 
el Fehri , que empezó por recobrar la Cirenaica y su capital , arruinando en el 
cerco muchos antiguos y grandes edificios de la ciudad griega (2) , y edificando 



en que él profeta habia puesto en fuga á los idólatras lanzando polvo contra sus rostros, le dice: No 
eras tú quien lanzaba el polvo, sino Dios que lo lanzaba por tus manos. Estas palabras se leen todavía 
en las lanzas de los Musulmanes. 

(4) Muhageries, los que salieron con Mahoma en su fuga, y Alansaries, sus auxiliares. 

(2) El Novairi (Ahmed ben Abdel Waheb), ms. árabes de la Bibl. nac, n. *702. 



260 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

en cambio mezquitas y escuelas para enseñar la lengua y las doctrinas de su ley 
á los hijos de los vencidos. 

Mientras esto sucedía, el califa Moaviah ben Ali Sofian (1) reunió el gobier- 
no de Egipto y de África, como si fueran dos pequeñas provincias , y dio el man- 
do á Muhegir Diñar el Ansari , quien , envidioso de la gloria y general estima- 
ción que merecía Ocba ben Nafe al ejército y á los pueblos , escribió contra él al 
califa , logrando por sus artes y sugestiones que este depusiese á su rival del go- 
bierno de Cirene. Preciso fué obedecer, val presentarse Ocba ante el califa para 
dar cuenta de su conducta en el gobierno, de sus relaciones con Muhegir y de las 
diferencias que entre él y este habían mediado , dijo con noble entereza: « Con- 
quisté pueblos y regiones de infieles , llevando á ellas el conocimiento de Dios y 
de su santa ley; edifiqué mansiones y mezquitas, y en premio de estos servicios 
envías á Abdel Ánsar para que me prenda ; si esto no es sinrazón , dígalo tu jus- 
ticia. » Moaviah le respondió : « Ya sé quien es Muhegir , y quien es Ocba. Estoy 
satisfecho de tu celo y de tu justo proceder.» Y se apresuro á restituirle el mando 
del territorio que habia conquistado (2). 

El nuevo caliíli, Yezid (680) distisjuió y honró mucho á Ocba, y según les 
cronistas árabes (rasgos característicos que son de notar, en cuanto arrojan gran 
luz sobre las primeras relaciones de los conquistadores musulmanes con los su- 
cesores de Mahoma), le dijo: « Ya tienes tu provincia, vé á ella, y repara tu 
agravio. » 

Durante la ausencia de Ocba, Muhegir , por envidia y odio á sus cosas y 
memoria, hizo destruir los primeros fundamentos de una ciudad que Ocba que- 
ría elevar bajo el nombre de Cairvan (3); trasladó sus primeros habitantes á dos 
millas del punto por donde pasa el camino de Túnez, y mandó trazar los límites 
de una ciudad nueva , de la cual se observan aun vestigios en el territorio de 
Audan. 

Ocba, portador de la deposición de Muhegir, llegó al Aírica , y después de 
deponer á su rival, le redujo á prisión, sin que Muhegir extrañara es tas providen- 
cias, que ya esperaba después de la muer íe del califa Moaviah, su favorecedor (4). 



(1) Para inteligencia de nuestro relato, diremos unas pocas palabras de los sucesores de Ma- 
homa (los califas) hasta la época de la conquista de España. En un principio, vemos a los cuatro su- 
cesores inmediatos del profeta, el Califato perfecto, Abu Becre, Ornar, Otman y Alí, que residieron 
en Medina y en la Meca, desde la muerte del profeta (632) hasta 660. A fines del reinado de Alí, 
Moaviah ben Abi Sofian, de la familia de Omeya, wali (gobernador) de Siria, bajo pretexto de ven- 
gar la muerte de Otman, le disputó el poder, y de ahí se originó la guerra civil. Muerto Alí, Hassan, 
su hijo, le sucedió en el Hegiaz (660); pero Moaviah tomó el título de califa de Damasco, y fué el 
origen de los Ommiadas. Después de él reinaron Yezid I (680) y Moaviah II ,685) en Damasco, al 
tiempo que en la Meca (continuación del cisma de Alí), imperaban Abdallah, hijo de Zobeir (683), 
Meruan (683), Abdelmelek (684) y por fin Walid (705\ sexto de los Ommiadas. 

(2) ALunos dicen que quien le restituyó el mando fué Yezid, hijo de Moaviah, después de la 
muerte de su padre, y esto parece ser lo mas probable. 

(3) A unas treinta leguas al sudeste de Cartago y á siete leguas del mar. Fué capital de la parte 
de África llamada por los Árabes Afrilciah, que comprende la provincia de Cartago, la Tripolitana 
y la Cirenaica de los antiguos. 

(4) Tales eran entre los Árabes las vicisitudes del mando. Vese, dice un autor, á aquellos capi- 
tanes tan esforzados , tan arrogantes con los reyes , dejar y tomar otra vez el mando en virtud de 
una simple carta del califa , siendo nuevamente generales , meros soldados y embajadores al menor 
signo de su voluntad. 



CAP. I. —ESPAÑA ÁRABE. 261 

Ocba mandó también que no siguiese la puebla de la ciudad que fundara Muhe- 
gir, y que los moradores volviesen á Cairvan, dedicando á ella mayor cuidado y 
solicitud délo que hiciera en el anterior gobierno (1). 

• Acabadas estas cosas, Ocba se lanzó á nuevas conquistas , llevando consigo 
á Muhegir encadenado, y penetró por el país entonces desierto en que se eleva- 
ron después las ciudades de Fez y de Marruecos, hasta el extremo occidental del 
África. Allí fué donde, detenido por la valla insuperable del Océano, dícese que 
metió en él su caballo hasta tocar el agua en las cinchas, y exclamó: «¡Señor Alá! 
si estas profundas aguas no me detuvieran, yo seguiría para llevar mas adelante 
el conocimiento de tu ley y de tu santo nombre. » De regreso á Gairvan , pereció 
en la batalla de Tehuda, á los golpes de los Moros y Berberíes reunidos (2). 

Con este motivo refiérese de Ocba un rasgo muy caballeresco. Muhegir , su 
prisionero, habia sabido la sublevación que se preparaba, y advirtió á su rival el 
peligro, pero era ya tarde: la rebelión estalló antes deque hubiese podido tomarse 
medida alguna eficaz. Ocba aceptó la batalla, invocó al Dios deMahoma, y en su 
nombre escitó á los Muslimes al combate; pero antes hizo poner en libertad á 
Muhegir , que acudió en defensa dé su generoso enemigo (3) , hízole que le die- 
ran armas y un caballo, y reconciliados ambos, desenvainaron la espada y mar- 
charon á la pelea al frente de los caballeros muslimes. La muchedumbre de sus 
enemigos alcanzó sin embargo la victoria, y arrollados los Árabes, murieron los 
dos caudillos con la mayor parte de sus compañeros (43—682). 

La victoria de los Berberíes en Tehuda fué debida principalmente á un jefe 
á quien los historiadores llaman Ebn Kahinah. Este intentó sorprender á Gair- 
van, pero los jefes Zohair y Ornar marcharon contra él , y aunque el Berberí 
guiaba á mas de treinta mil hombres , con la ayuda de Dios , dicen los historia- 
dores árabes , los Muslimes quedaron vencedores. Ebn Kahinah y los suyos hu- 
yeron en desorden , y fueron perseguidos por siete mil caballos , que era toda 
la gente de Zohair. 

Esta victoria animó á los Muslimes, y acreditó mucho mas á este noble cau- 
dillo , á quien escribió Abdelaziz ben Meruan , wali de Egipto , dándole gracias 
á él y á todo el ejército por su constancia y valor , y á nombre del califa le en- 
cargó el mando ele la conquista de África , y le envió gente y armas para refor- 
zar aquel ejército que no podia atender á la conquista y sosegar las inquietudes 



(1) Algunos dicen que Cairvan fué poblada por el valí Moaviah ben Horeig , que al llegar al 
sitio donde se halla Cairvan , que era un valle de muy espesa arboleda, acogida de fieras , leones, 
pardos , tigres y serpientes , dijo en altas voces : « Salid de este lugar, fieras que moráis en este va- 
lle, salid , dejad este bosque y espesa selva.» Y lo dijo tres veces y en tres días, y no quedó allí fie- 
ra, león , onza ó serpiente que no dejase luego aquel ¿bosque. Mandó á su gente cercarlo de altos 
muros , clavó en medio su lanza , y les dijo : « Este es , este es vuestro Cairvan.» 

(2) Cuénlanse de Ocba singulares crueldades. Llegado á Wadan , sometió esta ciudad , hizo 
al rey prisionero y mandócortarle la oreja. El infeliz preguntó la causa de tan duro trato para con 
un hombre con quien los Muslimes habían celebrado pacto de alianza , y Ocba le respondió: « Es 
un aviso que he querido darte : cada vez que tocarás tu oreja , te acordarás de los compromisos 
que has contraído , y no pensarás en hacer la guerra á los Árabes. » 

(3) Ocba dijo á Muhegir: «Hoy, amigo, es día de'libertad , de martirio y de ganancia , f la mas 
preciosa para los Muslimes; y no quiero que pierdas tan buena ocasión.— Así es la verdad, respondió 
Muhegir, y te doy gracias porque me concedes esta oportunidad, que cierto deseo la misma ventu- 
ra.» Conde, Hist de la dom. de los Arab. en Esp., P. 4 . a c. V. 



262 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

y revueltas de los Berbenes (1). Entre tanto Zohair allegó la genle que estaba 
en Atrabolos , y con esta y la que habia llegado de Egipto , salió de Barca 'para 
dar principio á la campaña. En Cunia le salió al encuentro una hueste innumera- 
ble que parecia una inundación, y aunque Zohair quiso hacerle frente, Abu Sajea y 
gran parte de la caballería egipcia se opusieron á sostener la batalla. En el mo- 
mento en que Zohair y sus valientes acometían á los enemigos , retiráronse ellos 
del campo con precipitada marcha y si bien los Árabes de Zohair pelearon con 
prodigioso esfuerzo, hubieron de ceder al número y dispersarse en desorden. Zo- 
hair con pocos de los suyos volvió á Barca (año 64 de la hegira), y defendió con 
constancia la frontera. Con esta victoria, los Berberíes ocuparon todo el país de 
Cairvan, y se apoderaron también de la ciudad. 

Al saber este desmán , pasó á África Abdelmelek ben Meruan , encontró en 
Barca á Zohair , y juntas las tropas de ambos, hicieron cruda guerra á los Berbe- 
ríes, y recobraron á Cairvan y las demás posesiones anteriormente perdidas. Los 
Berberíes sin embargo se rebelaban siempre que se les ofrecía ocasión oportuna, 
y el wali Zohair , que continuó gobernando la provincia de Barca , fué muerto 
en una celada por los cristianos con gran número de los suyos. 

Así estaban los asuntos de África cuando Hassan ben Naaman el Gasani. 
que era wali de Egipto á la muerte de Zohair , recibió de Abdelmelek ben Me- 
ruan, elevado al califato (el quinto de los Ommiadas), orden de continuar la con- 
quista (692). Todas las rentas de Egipto fueron exclusivamente consagradas á 
esta expedición , y Hassan se puso en marcha al frente de cuarenta mil hombres 
de tropas escogidas. Con esta hueste se dirigió contra la antigua Caríago, que era 
aun entonces la primera plaza fuerte de África , y la cercó y apuró tanto que al 
cabo de largo sitio la entró por fuerza , destruyó sus muros , y pasó á cuchillo á 
la guarnición greco-mora de la ciudad fenicia que esta vez cayó para no levan- 
tarse jamás. Casi todos sus habitantes abandonaron sus bienes á los Árabes y 
se refugiaron á Sicilia y á España. A aquella época se atribuye la dudosa his- 
toria de Kahinah , á la que se llama reina de los Berberíes , y viuda probable- 
mente del caudillo berberí de aquel nombre de que antes hemos hablado. Dícese 
que sostuvo la guerra con varia fortuna por algunos años , pero que al fin fué 
vencida y hecha prisionera por los Muslimes en una sangrienta batalla. 

En el año 700, excitado por la fama de las grandes riquezas que los Musli- 
mes hallaban en las ciudades de África , quiso pasar á ella el hermano de Ab- 
delmelek, y este condescendió á su deseo ; nombrado para el gobierno de Barca, 
en lugar de Hassan ben Naaman , á quien se privó del mando de la provincia, 
Abdelaziz ben Meruan entró en África , y apenas llegado á Barca despojó al wa- 
li Hassan de cuanto poseia, y lo tomópara si. Hassan adoleció no mucho después 



(-1) Este nombre, que repetiremos con frecuencia en el decurso de nuestro relato, es genérico 
y comprende á las naciones todas que habitaban en África mas allá de la frontera del imperio ro- 
mano. « El nombre de Berberíes designa , no una raza única y homogénea, dice ¡VI. de Avezac (Nue- 
va Bnciclop., t. II, art. Berberíes , p. 605) , sino la confusa mezcla de poblaciones, á las que en la 
época de la invasión de los Árabes musulmanes , darían los dominadores romanos y bizantinos el 
nombre de bárbaros.-» En todo tiempo fué costumbre inmemorial entre los Griegos y Romanos lla- 
mar así á las naciones que no eran griegas ni italianas , y M. de Avezac siguiendo en esto á los mas 
autorizados críticos, haco derivar el nombre de Berberíes de bárbaros, del cual poruña nueva cor- 
rupción se ha hecho berberiscos. 



CAP. I. — ESPAÑA ÁRABE. 2ti3 

y murió de puro pesar y despecho: reveses de fortuna que son muy frecuentes en 
la historia de los Musulmanes. 

En tiempo de Abdelaziz empezó á darse á conocer Muza (1), el futuro con- 
quistador de España. Encargado por el wali de la conquista de Almagreb (2), 
desplegó gran habilidad en esta peligrosa misión; él fué el primero en emplear la 
persuasión y la blandura con las indomables poblaciones de las tierras altas , y 
formó los primeros lazos que las unieron después al islamismo. Las campañas 
de Muza merecen una historia particular, pero no es este lugar para emprenderla. 

En el año 88 de la hegira , según Ebn Haiyan , el califa Walid , hijo de 
Abdelmelek , confió el gobierno supremo del África septentrional á Muza ben 
Noseir, con el título de wali. Muza continuó haciendo con buena fortuna la guer- 
ra á las taifas innumerables de Berberíes á caballo, sujetó en poco tiempo sus prin- 
cipales cabilas , y exigió rehenes de las tribus de Masmudah , Zanhaga , Retama 
y Hoara , que eran las mas antiguas y numerosas de la tierra. El wali mostra- 
ba sobre todo ardiente celo en instruir á las tribus berberíes en la ley alcoránica, 
y convirtió á gran número á la religión de Mahoma. Desde los primeros años de 
su gobierno, llevó sus conquistas hasta las playas del Océano; sitió y tomó á Azi— 
le , Tanja ( Tánger ) y Tetewan ( Tetuan ) , y únicamente resistió á sus armas 
la fortaleza de Ceuta (3), merced á la vigorosa defensa de Julián el Cristiano. 
Ghithisa (así escriben los Árabes Witiza) reinaba entonces en España, y propor- 
cionó á su pariente Julián todos los medios para oponerse al vencedor de África. 
Muza hubo de levantar el sitio , y renunció á la toma de Ceuta. 

Retirado en Cairvan , continuaba desde allí su obra de proseliiismo. Todo 
el pais de Almagreb le estaba sometido , y los Berberíes délas varias cabilas del 
Atlas , que profesaban el sabeismo , empezaban á escuchar la palabra del após- 
tol de Dios. Todos pagaban tributo ó habían celebrado alianza con los Sarrace- 
nos , y por fin diez y nueve mil ginetes berberíes , en su mayor parte musulma- 
nes, formaban la guarnición de Tánger bajo el mando de Tarikben Zeyad, Ber- 
berí también, á lo que se cree , pero convertido desde mucho tiempo á los pre- 
ceptos del Islam , habiendo quedado en Tánger únicamente algunos Árabes para 
enseñar el Coran á los recien convertidos. 



(i) Mussay (Moisés ) ben Noseir, de la tribu deLakhmi. 

(2) Magreb ó Al-Magreb, es decir el Occidente. Así llamaron los Árabes en un principio al Áfri- 
ca toda , situada al Occidente respecto de la Arabia. El nombre de Magreb fué dado después espe- 
cialmente á la parte noroeste del África y al territorio del Atlas.— Al-Magreb-al-aiisalh , occiden- 
te del centro , al-Magreb-al-aqssa , último occidente. 

(3) Eq árabe Sebtah , antiguamente Sepia , ad Septem Fratres.— Los siete hermanos eran 
siete montes , muy fáciles de contar desde las alturas de Gibraltar. 



264 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



A. de i. C. 



712. 



CAPÍTULO II. 



Venida de Muza á España. — Sucesos que siguieron á la batalla del Guadalete. — Toma de Córdo- 
ba. — Entrada de Tarik en Toledo.— Condiciones impuestas por el vencedor.— Marcha de Mu- 
za. — Capitulación de Sevilla. — Sitio y toma de Mérida. — Correrías de Tarik al norte de Toledo. — 
Reunión de ambos caudillos en Toledo. — Desgracia de Tarik. — Victorias de Abdelaziz en las pro- 
vincias orientales. — Teodomiro.— Tratado de paz entre Abdelaziz y Teodomiro.— Reconciliación 
entre Tarik y Muza. — Campaña simultánea de ambos generales al centro y al este de la Penín- 
sula.— Su reunión delante de Zaragoza.— Toma de Zaragoza. — Sigue la conquista. — Tarik y 
Muza son llamados á Damasco . — Carácter de la conquista. 

Desde el año 711 hasta el 713. 

En esíe estado se encontraba el África en 711 cuando ocurrieron en España 
los acaecimientos que hemos relatado en el capítulo Vi de nuestra Parte segunda. 
Estaba demasiado inmediata la tempestad, dice Lafuente, y soplaba el huracán 
demasiado cerca, para que pudiese libertarse de sufrir su azote nuestra penínsu- 
la. Los desmanes de Rodrigo , las discordias de los Hispano-Godos, y la traición 
de Julián y de los partidarios de Witiza pudieron ser los incentivos para que 
Muza , que capitaneaba á un pueblo belicoso, entusiasta y triunfante , resolviese 
la conquista de España. De aquí los tristes hechos que hemos referido , de aquí 
la esclavitud de nuestra patria. 

Muza recibió con cierto envidioso despecho la noticia del gran triunfo obte- 
nido por Tarik: la gloria de su lugarteniente parecíale ser una usurpación de 
la suya propia , y resolvió marchar á España para dar fin personalmente , junto 
con sus hijos, ala conquista de este hermoso país. En la carta que al califa escri- 
bió participándole lo ocurrido y el triunfo del Guadalete, calló el nombre del ver- 
dadero vencedor , al mismo tiempo que empleó tan vagas y ambiguas palabras 
que el califa le atribuyó en un principio la victoria agena. Walid, dicen las cró- 
nicas árabes, recibió con indiferencia la cabeza alcanforada de Rodrigo, como 
acostumbrado á semejantes presentes , y en esto el wali , aun con riesgo de que 
los Godos se rehicieran , exponiéndose á perderlo todo, envió á su esforzado lu- 
garteniente la orden de suspender su marcha y sus operaciones todas hasta que 
llegase él con las fuerzas necesarias para dar cima á la completa dominación de 
la Península. Desde aquel momento, dedicóse á toda prisa á poner en regla los 
asuntos de África , reunió hopas cuyo número se hace ascender á diez mil ca- 
ballos y ocho mil infante árabes y africanos , confió el gobierno de África á su 
hijo Abdelaziz (1), y en la luna de rejeb del año 5*3 (712) pasó el estrecho y 

(1 , El Dhobi dice que dejó en África á su hijo Abdelaziz , y esta opinión adoptan Conde y La- 
fin ule y hemos adoptado nosotros ; El Habar dice que fue" su hijo Abdallah, y no Abdelola , y así 
lo copia Ilomey. El ll'riki dice que Muza tardó cuatro meses en venir á España. 



CAP. II. — ESPAÑA ÁRABE. 265 

desembarcó en España, acompañado de sus hijos Abdelola y Meruan , cuyo nom- 
bre llevó después el palacio construido en las márgenes del rio al oeste de Cór- 
doba. 

Asimismo entraron con él en España muchos caballeros de la tribu de Co- 
raix , y oíros Árabes muy principales , como Almonazir , Alí ben Rebie Lahmi, 
Hayut ben Reja Temami , y Hanas ben Abdalah Asenani , que fundó después la 
gran aljama de Zaragoza. Importa, pues, distinguir casi en todo la segunda ex- 
pedición de la primera. 

La primera conquista fué obra del Berberisco Tarik, y la toma de posesión 
definitiva, del Árabe Muza, distinción que ha de arrojar mucha luz sobre los he- 
chos sucesivos de la presente historia. La rivalidad délas dos razas, que con tan- 
ta evidencia se manifestará á nuestros ojos en los hechos posteriores, revélase 
desde el origen de la conquista en los dos caudillos que la realizaron, y con Ro- 
mey, diremos que esta distinción no nos parece haber sido indicada con la preci- 
sión debida por los escritores que de esta materia han tratado. 

Tarik con sus vencedores Muslimes corría todala tierra, llenando de espanto 
á sus moradores, cuando con gran sorpresa suya recibió las órdenes de Mu- 
za. Por un momento pensó en obedecer; pero conociendo el doble peligro de su 
situación, optó por el que mas halagaba su gloria, y tomó el partido de la desobe- 
diencia. Sin embargo, con su sagacidad africana, quiso escudar con especiosos pre- 
textos su atrevida resolución, y reuniendo á los capitanes de su ejército, comunicóles 
las disposiciones del wali. Todos manifestaron sudisgustopor tan inoportuno man- 
damiento; ¿cómo era posible detenerse en ocasión tan favorable? A todos pareció 
que no era bien perder tiempo ¡an precioso, y entre otros habló Julián el Cristia- 
no, y aconsejó á Tarik diciéndole : (Puesto que ya venciste el gran ejército de 
los Godos, y los principales señores cristianos que asistieron con su rey á la 
batalla de Guadalete se han esparcido, no debes perder este tiempo en que to- 
davía llevan en sus corazones el terror de tus armas: persigúelos ahora sin dar- 
les espacio ni lugar; porque si se recobran, fácil cosa es que se rehagan y alle- 
guen nuevas gentes, y se concierten y animen las atemorizadas tropas; así que sin 
tardanza debes penetrar en las provincias y ocupar las principales ciudades, que 
en siendo dueño de ellas, y en especial de la capital, ya nada hay que temer (1).» 

A todos parecieron bien estas razones, y las esforzaron tanto, que Tarik, que 
no deseaba otra cosa, ordenó luego las haces, distribuyó las banderas, mandó 
pasar alarde de su hueste, y alabando su valor por lo pasado, y exhortándolas á 
nuevas victorias, ordenó que las tropas se abstuviesen de ofender á los pueblos 
pacíficos y desarmados, que solo persiguiesen álos que llevasen armas y tomasen 
parte en la guerra y defensa del país, y que no robasen ni apañasen despojos si- 
no en campo de batalla, ó en entrada por fuerza en las ciudades enemigas. 

En seguida dividió el ejército en tres cuerpos: confió el mando del primero 
áMugueiz el Rumi (2), y lo envió á Córdoba; encargó el del segundo áZayde 
ben Kesadi para que caminase á tierra de Málaga, y el tercero, acaudillado por 
él mismo, partió á lo interior del reino por tierra de Jaén á Tolaitola (3). 

(4) Conde, Hist de la dom. de los Árabes en Esp., P. 1 . a , c. XI. 

(2) El Romano, el Griego, el cristiano, el extranjero. 

(3) Así desfiguraron los Árabes el nombre de Toledo, depravación de«urbs toletana» que oirían 

TOMO II. 34 



266 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

. La división mandada por Zayde arrolló en poco tiempo los débiles restos 
del ejército visigodo hasta las provincias orientales, se apoderó de Astigis que 
le opuso tenaz resistencia , impúsole un tríbulo , confió á los Judíos la cus- 
todia de la plaza , en la que solo quedaron muy escaso número de Árabes , y 
llevóse en rehenes á los principales habitantes. Tomó igualmente y de paso Má- 
laga y Elvira, que no opusieron, á lo que parece, resistencia alguna, las trató de 
igual manera, y se reincorporó con la hueslede Tarik apoca distanciade 'íoledo. 

La división dirigida contra Córdoba á las órdenes de Mugueiz, no fué menos 
afortunada en su camino. Llegada delante aquella ciudad, intimóle la rendición 
con condiciones no muy duras, mas los Godos que la defendían se negaron á 
aceptarlas, y Mugueiz dio principio ai cerco de la plaza. Un dia sus ex- 
ploradores que, disfrazados de soldados godos, recorrían el país, volvieron al 
campamento con un pastor á quien habían sorprendido en las inmediaciones de 
Córdoba, y como el rústico sintiese gran ¡error á la vista del traje, nuevo para 
él, de los soldados de Mugueiz, este procuró tranquilizarle, deseoso de sacar buen 
partido de su prisionero. 

Y si se pregunta qué lenguaje, en los primeros momentos de la conquista, 
sirvió de intermediario entre vencedores y vencidos, recordaremos que el lalin, 
no muy corrompido aun entre el clero y los mas notables habitantes de las ciu- 
dades, y en estado de gerga entre las clases inferiores, era á principios del siglo 
vin, la única lengua que entendían y hablaban en España los grandes y el pue- 
blo, Godosé indígenas. Por lo mismo los conquistadores hubieron de comunicar por 
necesidad en este idioma Con los habitantes de España, ya de un modo directo, 
ó indirectamente por medio de intérpretes, lo que había de serles mucho mas fá- 
cil de lo qué á primera vista puede parecemos. Vencedores déla Siria, del Egip- 
to y de la Mauritania, que habian sido por espacio de largo tiempo provincias 
romanas, sus filas habian debido aumentarse al pasar con naturales de aquellas 
regiones, para quienes era sin duda la lengua latina muy familiar. El mismo 
Mugueiz no pertenecía á la raza de los invasores; habíase unido á los Árabes, se 
había convertido al islamismo, pero era de origen romano, como lo indica su 
apellido de el Rumi, dado por los Árabes á cuantos habian nacido en las provin- 
cias del imperio romano. Mugueiz, pu es, hubo de dirigirse en latín al pastor cor- 
dobés apresado por sus exploradores. 

Preguntando al labriego si conocía algún lado flaco en los muros de Córdo- 
ba por donde pudiese sorprender á la ciudad, obtuvo preciosas noticias. Mitad 
por miedo y mitad por deseo de servir al que le interrogaba, el pastor indicóle 
en efecto un punto del muro de fácil acceso, y ofreció al general extranjero ser- 
virle de guia. Llegada la noche, los Musulmanes se acercaron á la ciudad, y Dios, 
según el cronista árabe de quien tomamos esta relación, favoreció su empresa. 
Una deshecha tempestad alejó á cuanlos habrían podido descubrir su marcha, y 
mil ginetes, llevando á la grupa otros tantos peones, pasaron el rio, llegando sin 



á los cristianos, así como de Astigis hicieron Estija por Ecija, deCesaraugusta, Saracusta por Zara- 
goza, y deHispalis, Esbilia por Sevilla. En estos primeros tiempos, citaremos á veces los nombres 
de las ciudades y provincias españolas tales como los Árabes los corrompieron, en cuanto esto pue- 
de servir para conocer el origen de muchos nombres modernos y encontrar la huella de los primí- 
tiYOS. 




Los árabes se apodaran por traición d& Cord<?l>a. e-rv 7YL~ 



CAP. II. — ESPAÑA ÁltABE. 267 

ser apercibidos al pié de las murallas. El pastor que les servia de guia condújoles 
al lugar por donde el muro era accesible, y en efecto, una enorme higuera que 
junto á él crecia, permitia escalarlo y subir á él. Un Árabe mas fuerte ó ágil que 
los demás llegó al adarve, Mugueiz desplegó su turbante y le arrojó uno de sus 
extremos, sirviéndole para subir á su vez; otros le siguieron por el mismo cami- 
no, y al ser en número suficiente, marcharon á las puertas de la ciudad, dieron 
muerte á los centinelas, y abrieron el paso al resto de las tropas, que se precipi- 
taron por las calles dando gritos de victoria y ocuparon la plaza antes que des- 
puntara la aurora. 

El tumulto, los alaridos de los soldados esparcieron el terror entre los habi- 
tantes, quienes hubieron de someterse á la ley de los vencedores. El gobernador, 
sorprendido, ó creyendo superior el número de los enemigos, no tuvo tiempo sino 
para refugiarse con cuatrocientos compañeros armados en la principal iglesia de 
la ciudad, que por lo visto estaba fortificada como oirás muchas de la época, ó 
cuando menos rodeada de fosos. Como en ella encontraron agua y algunas pro- 
visiones, defendiéronse allí por espacio de muchos dias con obstinado valor, has- 
ta que Mugueiz mandó aplicar fuego á la iglesia, y perecieron todos, quedándole 
á aquel lugar el nombre de Iglesia de la Hoguera. 

Dueño de la plaza, Mugueiz le impuso las condiciones ordinarias, esto es, el 
tributo del quinto y rehenes escogidos por él, y haciéndola su cuartel general, 
llamó al resto de su división, confió á los Judíos parte de su custodia militar, y 
¡cosa notable y atestiguada por muchas autoridades! dejó su gobierno á los prin- 
cipales habitantes, saliendo luego á correr la tierra y á conservar en ella el terror 
de la victoria. A esta política, á este ardor, á su maravillosa actividad que les 
hacia multiplicarse, por decirlo así, y presentarse casi á un tiempo en diferentes 
puntos, debieron los Árabes sus rápidos triunfos en España. 

Jamás conquista alguna se llevó acabo con mas rapidez; en todas partes se 
sitiaban y tomaban ciudades, y mientrasMugueiz seenseñoreaba de Córdoba, Tarik 
ae adelantaba hacia Toledo. El terror habia llegado á su colmo; los magnates, el 
clero, el pueblo no pensaban siquiera en la resistencia, y huian hacia Asturias, 
hacia las Galias, hacia Italia los que pudieron hacerse con buques, llevando 
cuantas riquezas les era dable. Los Árabes hallaban las ciudades medio desier- 
tas (1). 

A todas imponían iguales condiciones: exigían el tributo de guerra anual de 
la quinta y á veces de la décima parte de la renta de tierras é inmuebles; se apo- 
deraban de cierto número de rehenes, de las armas, de los caballos y animales 
de tiro, y confiscaban los bienes, muebles é inmuebles, cuyos propietarios habían 
huido. 

Aquellos que se quedaron continuaron en el goce de sus propiedades pagan- 
do el tributo dicho. A los vencidos se les dejó la libertad religiosa y el libre ejer- 
cicio del culto, á condición de celebrarlo en el interior de sus iglesias y de no impe- 
dir á sus correligionarios convertirse al islamismo, si así loquerian. Las iglesias 
se conservaron, prohibiéndose construir otras nuevas, y respecto á los sacerdotes 
y monges no parece que ninguno fuese maltratado. El testigo cristiano mas au- 



(4) Ms. de Oxford. 



268 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

téntico de aquel tiempo, el obispo Isidoro, continuó administrando su diócesis de 
Beja, esto suponiendo que fuese ya obispo en la época de la entrada de los Árabes, 
y acabó de escribir su crónica, que llega hasta el año 754, en presencia de los con- 
quistadores, hallándose España cubierta de mezquitas. 

En tanto Tarik y Zayde llegaron delante de Toledo (1), cuando las relaciones 
de los vencidos en el Guadalete habían sembrado por todas partes el terror, y 
pintado con exagerados colores, como sucede siempre, el número de los enemi- 
gos, su valor y la escelencia de su caballería. Los principales señores que habían 
seguido á su rey en la guerra habían muerto en la batalla, ó andaban errantes y 
fugitivos; los que habían quedado en la ciudad, con la nueva de la rota del ejér- 
cito y de la dirección que lomaron los Muslimes , habían huido con sus familias, 
de suerte que la ciudad tenia muy poca gente de guerra y de importancia. Aunque 
la fortaleza de la plaza, situada en un alto y escarpado monte ceñido por el Tajo, 
pudiese permitir á los Godos oponer alguna resistencia á los invasores, ya fuese 
miedo, falta de fuerzas ó de provisiones, ó todo junto, salieron á tratar sus ave- 
nencias con Tarik, que recibió á los diputados con bondad y firmeza. Concertóse 
que entregarían cuantas armas y caballos hubiese en la ciudad; que los habitan- 
tes que quisieren abandonar sus hogares podrían salir en libertad perdiendo sus 
bienes; que aquellos que se quedasen serian dueños pacífica é inviolablemente de 
sus casas y posesiones, sugetas á un moderado tributo; que gozarían del libre 
ejercicio de su religión, del uso de sus iglesias y derecho de conservarlas; pero 
que no edificarían otras sin licencia del gobierno; que no harían procesiones pú- 
blicas, que se gobernarían por sus leyes y jueces, y que no impidirian ni castiga- 
rían al que se quisiese hacer Muslim. Fué una capitulación semejante ó igual á 
las concedidas, como hemos dicho, á todas las ciudades españolas, y después 
que los habitantes hubieron entregado armas y rehenes, las tropas y los caudillos 
árabes entraron en la plaza. 

Ocupó Tarik con su guardia el alcázar del rey, que estaba en una altura 
dominando el rio, y allí halló inestimables tesoros, conforme hemos relatado, si- 
guiendo á los cronistas árabes, al hablar de las artes y riquezas de los Visigo- 
dos. En una apartada estancia, dicen algunas crónicas, encontró veinte y cinco 
coronas de oro guarnecidas de jacintos y otras piedras preciosas, pues era cos- 
tumbre, dicen, que después de la muerte de cada nionarc a que reinaba en España 
se colocase allí su corona, escribiendo en ella el nombre de su dueño, su edad y 
los años que habia reinado. Veinte y cinco reyes godos, añaden, habían reinado 
en España hasla la época déla conquista, y por esto es que Tarik halló veinte 
y cinco coronas reales en el alcázar de Toledo (2). 

Lucas de Tuy, sin fundamento alguno, según observa Masdeu, fija la toma 
de Toledo en un domingo de Ramos, probablemente del año 712, lo cual coloca- 



(1) Una relación poco verosímil dice que las órdenes de Muza no llegaron á Tarik hasta encon- 
trarse este delante de Toledo, y que se conformó á ellas, limitándose á tomar la ciudad. 

(2) Isid. Pac.Chron.— Rodcr. Tolet. de Reb. Misp.— Conde, P. 1 . a , c. XII. Fácil y casi seguro es 
que encontrase Tarik coronas, pero es muy dudoso que fuesen veinte y cinco. Desde Ttudis, el pri- 
mer rey gorlo que lijó difinitivamente en España la sede del gobierno, hasta Rodrigo , se cuentan en 
efecto veinte y cinco reyes; pero sabemos que Leovigildo fue" el primero en ceñir corona , y desdo 
Leovigildo hasta Rodrigo se cuentan apenas diez y siete monarcas. 



CAP. II. — ESPAÑA ÁRABE. 269 

ria este suceso muy distante de la batalla de Guadalete, y dice que los Judíos de 
la ciudad, de acuerdo con los Sarracenos, la entregaron áTarik mientras los cris- 
tianos habían ido en procesión á la iglesia de Santa Leocadia, que, según esto, ha- 
bía de estar fuera del recinto de la ciudad. Estos detalles, empero, dados por pri- 
mera vez por un escritor del siglo xm, nos parecen en efecto muy poco autori- 
zados. 

Al desembarcar Muza en las playas andaluzas, supo que Tarik habia con- 
tinuado la conquista contra su mandamiento , y apesarado y sañudo , dícese 
que resolvió desde entonces la pérdida de su lugarteniente, cuya gloria deseaba 
ante todo igualar. Instruyóse del camino que su rival siguiera, y tomó entre los 
cristianos guias fieles que jamás le engañaron , dicen las historias árabes (1). 
«Cuando la Providencia te pone en la mano la cuerda de la felicidad , todas las 
criaturas concurren á hacerte feliz, tus mismos enemigos te ayudan, y si se ofre- 
ce alguna dificultad , la fortuna cuida de vencerla y de allanarte el paso (2). » 
Sus guias le condujeron primeramente á lo largo de las costas de Schahduna 
(Sidonia sin duela), de la que se apoderó por asalto, y marchó en seguida hacia 
Carmona, plaza fuerte, cuyas puertas le fueron abiertas durante la noche por los 
partidarios de Julián, que se habían introducido en la ciudad como compatriotas 
y defensores. Muza puso luego sitio á Esbilia (Sevilla) , mientras que numero- 
sos cuerpos de caballería berberisca corrían la tierra para aterrorizar á las po- 
blaciones. Sevilla resistió un mes, pero al fin hubo de capitular. El caudillo ára- 
be le impuso las condiciones del islam, escogió rehenes, hizo en la plaza una en- 
trada triunfal , y después de confiar su custodia á Isa ben Abdila el Jowail de 
Medina, se dirigió á Lugidania (Lusitania). llípula , Osonoba, Pax Julia y Mir- 
tilis se rindieron sin resistencia á sus armas, y según costumbre, dejó en ellas 
cierto número de tropas, bajo el mando de un jefe experimentado, para contener 
á la población y cuidar de los enfermos. Así ocupó todo el país desde el Betis 
hasta el Anas, y siguiendo luego las márgenes de este rio, tomó de paso otras 
muchas ciudades sin hallar resistencia hasta delante de Mérida, cuyos habitantes 
cerraron las puertas. Obligado á detenerse ante la antigua ciudad romana, el 
general árabe comprendió que habria de reunir todas sus fuerzas para reducirla, 
y llamó á su lado á Abdelaziz, que se habia quedado en África, ordenándole que 
le trajera nuevo refuerzo de gente. A la vista de Mérida, Muza quedó admirado por 
la grandiosidad y magnificencia de la ciudad de Augusto , y parecióle que para 
edificarla habían debido reunir todos los hombres su arte y poderío (3). «Ventu- 
roso el que logre rendirla», exclamó al contemplarla. Esta, empero, no era fácil 
empresa, pues los moradores parecían haber recobrado para defenderla un resto 
del valor guerrero que abandonara á los Españoles en presencia de los Árabes. 



\\) Según Ebn Hayan, los partidarios de Julián, que le acompañaban, le dijeron : (-Nosotros te 
guiaremos por un camino mas glorioso que el seguido por Tarik, y él pondrá en tu poder las ciuda- 
des mas opulentas del Ándalos.» 

i2) Conde, P 1. a , c. XIII. 

(3) Mérida ha conservado escasos restos de su antiguo esplendor, y mucho tiempo hace que 
de la ciudad de los legionarios decia Nonio lo siguiente: «Urbs haec olim nobilissima ad magnam ín- 
cola rum infrequentiam delapsaest, et praeter priscseclaritatis ruinas nihil ostendit.» (Hispan. Illust., 
c. 34, p 406 HO). Sin embargo, Mérida posee aun un puente de sesenta arcos, un acueducto de pro- 
digiosa altura, un arco y una naumaquia, restos romanos muy notables. 



270 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Muza empezó por experimentar algunas dificultades al establecer su campamento, 
y hubo de rechazar una salida de los habilanles , que se apoderaron de sus 
primeras tiendas. Los Sarracenos hallaban por fin enemigos que no huian. 

Era aquel un género de guerra enteramente nuevo para el viejo general. 
Hasta entonces la astucia y la intrepidez le habian servido para subyugar á las 
tribus berberíes, pero hallábase con obstáculos de naturaleza muy distinta. Mérida 
le oponía cuanto el arle y la civilización habian inventado para la defensa délas 
ciudades , y él carecia de las máquinas necesarias para abrir brecha y derribar 
aquellos anchos muros, aquellos baluartes, aquellas torres que por todas partes 
le impedían acercarse á la plaza. Resolvió no obstante reducirla , y cada dia da- 
ba un recio combate á la ciudad por diferentes partes, y provocaba con sus alga- 
radas á los sitiados, quienes salían por lo regular al campo y empeñábanse com- 
bales en los que con frecuencia quedaba la victoria por los Españoles. Muza 
habia perdido á sus mejores capitanes y ardia en ira y en impaciencia , cuando 
acudió á una estratagema que le dio muy buen resullado. Habia visto que á cier- 
ta distancia de la ciudad habia una honda cueva cortada en la peña , y en ella 
escondió de noche mucha gente de á pié y de á caballo. A la hora del alba, como 
tenia de costumbre, salió de su campo para combatir los muros, y asimismo los 
cristianos que estaban ya habituados á sus diarios rebatos , salieron á estorbar 
sus combates. Mandó Muza á los suyos hacer una bien fingida retirada, de suer- 
te que cargando la gente de los cercados, se fueron arredrando los Muslimes ha- 
cia su emboscada. Los cristianos empeñados en la pelea y en seguir á los Árabes 
con la ventaja que creían obra de su esfuerzo, llegaron combatiendo y arrollando 
al enemigo mas adelante de la celada contra ellos preparada ; entonces salieron 
los soldados de Muza y acometieron con gran ímpetu y vocería; los Musulmanes 
antes fugitivos hicieron frente á sus contrarios con denodado ánimo, y se trabó 
una sangrienta lucha que duró muchas horas, hasta que los cristianos acabaron 
casi todos con la vida. Semejante revés no desalentó a los sitiados, y no tardaron 
en lomar el desquite. Los Muslimes se apoderaron en un asalto de una fuerte tor- 
re, pero estrechados á su vez por los cristianos que peleaban con no visto denue- 
do, perecieron todos á los golpes de sus enemigos. Por esto llamaron después á 
aquella torre Bordje al Clmhada, torre de los mártires. 

Llegó en este tiempo Abdelaziz con siete mil caballos africanos y gran nú- 
mero de ballesteros berberiscos, y viéndolos de la ciudad que el campo de los 
Árabes se acrecentaba con nuevas tropas, y que en la plaza faltaba gente de guerra 
y escaseaban las provisiones, determinaron capitular. Muza recibió á sus envia- 
dos en su tienda, y estipuló con ellos las bases de la capitulación. Muza era ya an- 
ciano, y para ocultar sus años, dice un historiador, tenia de blanco su barba, cos- 
tumbre del conquistador que ha dado sin duda lugar á lo que se refiere de la im- 
presión que hizo en los diputados de Mérida, en su segunda entrevista, el reju- 
venecimiento del general (1). Duras fueron las condiciones que Muza les impuso: 



(4 Dicese que el primer dia se les apareció Muza con barba blanca yel segundo con barba ne- 
£ra que tiraba á roja. Maravillados en gran manera, volvieron a la ciudad y dijeron á los sitiados 1 
«¿Por ventura peleareis con hombres que rejuvenecen cuando quieren en su vejez ? pues sus reyes 
así lo hacen, y nosotros los hemos visto mozos, después que los habíamos visto canos y viejos. Así 
que salid, y conceded cuanto os pidieren si queréis ser salvos.» 



CAP. II.— ESPAÑA ÁRABE. 271 

además del tributo de guerra anuar(kharadj¡)yde la confiscación de los bienes de 
aquellos que habian muerto durante el sitio ó que abandonaren la ciudad, exigió 
que le fuesen entregados los ornamentos y las riquezas de las iglesias y la mi- 
tad de los edificios consagrados al culto de Jesucristo para convertirlos en mez- 
quitas, y escogió rehenes entre las mas ilustres familias de los Godos que se ha- 
bian retirado allí después de la batalla de Jerez. Entre ellos se hallaba la reina 
Egilona, viuda de Rodrigo, llamada A>lat por los autores árabes. 

Dueño de Mérida, Muza hizo en la ciudad su entrada triunfal en 1.° de ja- 
wal del año 93 de la hegira (11 de julio de 712), dia de Alfitra (1). Pocos dias 
antes habia estallado una insurrección en Sevilla, y en ella perecieron ochenta 
Árabes de los que Muza dejara en guarnición, y los demás habian debido tomar 
precipitada fuga. Abdelaziz enviado por su padre contra la ciudad sublevada, en- 
tró en ella con fuerzas considerables é hizo pasar á cuchillo á cuantos habitantes 
no abandonaron, sus hogares, dándola después como residencia á algunas tribus 
del Yemen que allí se establecieron. Abdelaziz recibió en seguida de su padre la 
orden de dirigirse á la parte meridional de la Península. 

En tanto que esto sucedía en Lusiíania y en Bética, Tarik, después de ocu- 
parlos alcázares y fortalezas de Toledo, continuaba sus conquistas hacia el norte. 
Algunas partidas de Godos recorrían la tierra, y saliendo en su persecución, las 
dispersó. Llegado á Guadilhidgiara, pasó este rio, se encaminó á los montes 
(Sierra de Guadarrama), los atravesó por un valle, que se llamó desde entonces 
Feg-Tarik (Builrago), ocupó varias ciudades en las comarcas que formaron des- 
pués Castilla la Vieja, como Medina del Campo, el fuerte de Almaya, Medinaceli 
(Medinelh Salem) etc., y volvió á Toledo cargado con considerable bolin. Entre 
otras preciosidades, dícese que halló en esta expedición, en Medinaceli, á lo que 
comunmente se cree, la famosa mesa de Salomón, de oro y esmeraldas, de que 
hemos hablado antes de ahora, y que tan gran papel desempeña en todas las re- 
laciones de los conquistadores. Hay quien supone que esta inestimable joya ca- 
yó en su poder en la toma de Toledo. También, según ciertos autores, Tarik solo 
llegó hasta Almaya antes de regresar á la capital ; mas otros afirman que pene- 
tró en Galicia y se hizo dueño, pasando por Aslorga, de todo el país hasta Gijon, 
aserto que no tenemos por verosímil. 

La noticia de la marcha de Muza hacia Toledo, hizo que Tarik volviese allí 
á toda prisa, yen efecto, el general quería pedir á su lugarteniente cuenta severa 
de su desobediencia. En su camino, el conquistador de Mérida se apoderó por 
avenencia de varias plazas, persuadiendo á los pueblos que los Árabes no venían 
á destruirlos ni despojarlos, ni quemarles sus campos é incendiarles sus pobla- 
ciones, sino á llevarles el conocimiento del Dios verdadero (2), y que solo ha- 
cían la guerra á los rebeldes y obstinados en vana é inútil resistencia. Ofrecié- 
ronse á los Árabes en esta marcha los maravillosos puentes y los portentos de la 
grandeza romana, de los cuales tan magníficos restos existen aun en nuestra pa- 
tria, y que ellos creían obra no de los Romanos, sino de ios antiguos Jonios, se- 



(4) La Pascua que termina el Ramadan. 

(2) El carácter religioso de esta guerra no puede ponerse en duda. En aquella época estaban 
los Árabes todavía en todo el fervor de su proselitismo, y eran los apóstoles armados de la unidad 
de Dios. Todos lospueblos eran para ellos idólatras, politeístas (moscheriknn). 



272 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

gun dice uno de sus autores. Admiráronles sobre todo la elegancia y solidez de 
los puentes del Tajo y del Guadiana, y expresaron su sorpresa con toda la pom- 
pa oriental ; á sus ojos, aquellos monumentos mas que obra de hombres, lo eran 
de Genios divinos. 

Llegado Tarik á Toledo antes que Muza, se apresuró á salirle al encuentro, 
conociendo las malas disposiciones que traia, y reunióse con él en Medina Tal- 
bera (Talayera de la Reina). Al divisarle, Tarik echó pió á tierra, y acercándose 
al wali sin humildad ni altivez, ofrecióle, sabiendo su avaricia, algunas joyas 
preciosas que le habían correspondido personalmente en la dislribucion del botin. 
Muza recibió á su lugarteniente sin agasajo, mas no dejó estallar todo su resen- 
timiento ; la entrevista fué fria, pero no borrascosa, y juntos marcharon á Tole- 
do. El mismo dia de su llegada, reunió Muza los principales capüanes de ambas 
huestes, y en presencia de iodos interrogó con severidad á su lugarteniente y di- 
rigióle los mas vivos cargos. «¿Por qué no obedeciste mis órdenes? preguntóle el 
wali con altivez. — Porque así lo determinó el consejo de guerra, contestó Tarik, 
á fin de impedir que ios enemigos pudieran rehacerse, y porque así creí servir 
mejor la causa del Islam.» Muza exigió la entrega del botin y la parte del tesoro 
público, é insistió particularmente para que se le diese la famosa mesa de Salo- 
món, que Tarik le presentó en efecto, pero falta de un pié, que de intento le ha- 
bía hecho quitar con singular y característica previsión, como en su lugar ve- 
remos. Muza extrañó la falta, pero díjole Tarik, que de aquel modo la habia ha- 
llado. La entrevista terminó con la destitución de Tarik, á quien el wali, en nom- 
bre del califa, privó del mando de su ejército, confiándolo á Mugueiz el Runii. 
Añádese que la conferencia tomó al fin carácter tal, que Muza mandó prender y 
azotar al vencedor de Jerez en presencia de sus compañeros de armas, sin que 
nadie k no ser Mugueiz tomara la defensa del infortunado general. La cuestión 
fué diferida á la decisión del califa, y según ciertos autores, Muza llevaba su 
rencor hasta pretender la muerte de su rival. 

Esta contienda suspendió por algún tiempo las conquistas de las armas mu- 
sulmanas en el norte y oeste de la Península, en tanto que las continuaba Abde- 
laziz por el mediodía y las costas orientales. Hemos visto que después del castigo 
impuesto á la población de Sevilla, Abclelaziz, por orden de su padre, habia mar- 
chado hacia la parte de nuestra tierra que baña el Mediterráneo, pero aquella 
frontera estaba defendida por Teodomiro, el caudillo godo* que peleó antes que 
ninguno con los Moros en los campos de Tarifa. En la batalla de Guadaleie por- 
tóse también como un valiente, y perdida la jornada, reunió algunos centenares 
de dispersos, y se retiró hacia las tierras que le pertenecían al norte de la pro- 
vincia cartaginesa. Los Godos que le siguieron le aclamaron rey, y esto ha he- 
cho que algunos autores, y entre ellos Masdeu, lo cuenten como el primer mo- 
narca de la reconquista. El territorio que ocupaba fué llamado por los conquista- 
dores tierra de Tadmir (1), é igual nombre dieron por la misma causa a una 
ciudad ó fortaleza que se levantaba sin duda en las tierras particulares de Teo- 
domiro, situada en la frontera occidental de Murcia, al pié de un monte, en el 



(<I) Propiamente Tdmir. El nombre árabe no tiene vocal entre la T y la d, de modo que no sa- 
bemos si las letras árabes que componen este nombre dicen Tudmir 6 Tadmir. 



CAP. II.— ESPAÑA ÁRABE. 273 

mismo lugar que ocupa hoy Caravaca (1). A pesar de contar con escaso número 
de soldados, resolvió mantenerse en su tierra con sus esforzados compañeros, y no 
consentir en ser de ella despojado sin combate, y al saber la marcha Abdelaziz 
adelantóse con cuantos hombres válidos pudo reunir para defender su acceso. 
Emposesionado de las alturas y desfiladeros de las fronteras, hostigó al enemigo 
en las gargantas y pasos de las montañas, que defendió palmo á palmo, eviíando 
siempre una batalla general que no consentía la inferioridad de sus fuerzas. Los 
Árabes empero, á fuerza de obstinación y valor lograron llegar hasta las campiñas 
de Lorca y empeñar batalla con los cristianos, quienes fueron vencidos y arrolla- 
dos. La caballería africana de Abdelaziz los persiguió crudamente, y obligóles á 
refugiarse en la ciudad fortificada mas próxima, que era Auriola (Orihuela). 

Teodomiro quiso resistir hasta el último momento ; con fuerzas diez veces 
superiores, el enemigo habia por precisión de apoderarse de la plaza, pero el 
caudillo godo esperaba obtener una capitulación favorable , y sus esperanzas no 
salieron frustradas. Casi sin soldados, acudió á una feliz estratagema para ocul- 
tar al enemigo su debilidad: hizo que vistieran el sayo militar de los Godos to- 
das las mugeres de Orihuela , que colocó en los muros de la ciudad sitiada , y díce- 
se que para mayor ilusión , hizo que dispusieran sus cabellos de modo que imita- 
ran la barba de los soldados godos. El Árabe victorioso cayó en el lazo; puso 
cerco á la ciudad con grandes precauciones, y dispúsolo todo para un asalto 
reñido y sangriento. Teodomiro salió entonces como parlamentario, y de parte 
del caudillo godo, solicitó conferenciar con Abdelaziz. Este le recibió muy bien, y 
el supuesto mensajero á nombre de Tadmir y de la ciudad, pidió seguridad y paz 
porque se allanaban á entregarse con buenas condiciones, conforme á la genero- 
sidad de los caudillos muslimes y á la nobleza del príncipe, que las pedia para 
bien de sus pueblos. Abdelaziz quedó muy contento de la proposición , y trató en 
seguida de las bases de la paz con el enviado del rey de los cristianos , pues Teo- 
domiro no habia juzgado prudente descubrirse aun. Evidente es que no seremos 
nosotros quien afirme las circunstancias tocias de esta relación , si bien nada hay 
en ella inverosímil ; pero lo que sí es cierto y positivo es el tratado de paz cele- 
brado delante de Orihuela entre Abdelaziz y Teodomiro , que nos ha sido con- 
servado y es uno de los mas curiosos monumentos de la época. Dice así, tradu^ 
cido literalmente : 

«En nombre de Dios, clemente y misericordioso: rescripto de Abdelaziz 
ben Muza para Tadmir ben Gobdos (hijo de los Godos) : la paz sea con él y 
sea este para él mismo una estipulación y un pacto de Dios y de su profeta, á 
saber : que no se le hará guerra á él ni á los suyos ; que no será depuesto ni 
apartado de su reino ; que los fieles no matarán , cautivarán ni separarán de los 
cristianos á sus hijos y mugeres ; que no se les hará fuerza por lo que toca á su 
ley (su religión) ; qu£ no se incendiarán sus iglesias , sin otras obligaciones por 
su parte que las que aqui se estipulan. Queda convenido que e) poder de Tadmir 



(1) De un pasage del itinerario de Abi Mohammed ben Ruzach, citado por Faustino Borbon 
(Cartas para ilustrarla España árabe, etc.), parece resultar que Tadmir estaba situado entre Merpig, 
y Murcia. La expresión árabe es Carietucat Tadmir (fortaleza de Tadmir), yes probable que el 
nombre de Tadmir se habrá perdido y que Carietucat se convertiría en Carucat y después en Ca- 
ravaca r 

TOMO II. 35 



274 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

se extenderá y ejercerá pacíficamente sobre las siete ciudades cuyos nombres 
siguen: Auriola, Balentiia (Valencia), Locant (Alicante) , Muía, Biscaret, (Bi- 
gerra) Atzis (Aspis) y Durcat (Lorca) ; que no capturará á los nuestros; que no 
dará asiio á nuestros enemigos, ni les prestará socorro, y que sabiéndolo, nos 
revelará sus provéelos contra nosotros. El y los suyos se obligan á pagar un tri- 
buto anual de un diñar de oro (1) por cabeza, cuairo medidas de trigo , cuatro 
de cebada, cuatro de mosto, cuatro de vinagre, cuatro de miel y cuaíro de 
aceite, y los siervos ó pecheros la mitad. — Hecho ea 4 de rejeb del año 94 de 
la hegira, y testificaron sobre esto Otman ben AbiAbdah, Habib ben Habí 
Obeida, Edris ben Maicera y Abul Cassim el Mazeli. » 

Firmado el convenio, Teodomiro se dio á conocer á Abdelaziz, quien se 
holgó mucho de su franqueza y noble proceder, y comieron juntos, dice el cro- 
nista de Muza, como si de mucho tiempo hubiesen sido amigos. El dia siguiente, 
Abdelaziz y sus principales capitanes, en los cuales figuraban los firmantes del 
tratado, ilustres tocios ea la historia de la conquista, entraron en Qrihuela en 
lucida cabalgata para visitar á Teodomiro, y maravillados al ver los escasos 
hombres de armas que en la ciudad se veian, preguntóle Abdelaziz: «¿Qué se 
ha hecho la multitud de guerreros que cubrían estos días el muro? » Teodomiro 
confesó entonces su estraíagema, y Abdelaziz y los caudillos musulmanes, lejos 
de sentir enojo , la aplaudieron y celebraron (2). Tres días estuvieron estos en la 
ciudad española, duranle los cuales fueron muy obsequiados, y transcurridos, 
volvió Abdelaziz á su ejército que acampaba en la campiña , dirigiéndose con él 
á los llanos de Jaén , hacia el sudoeste. Retrocedió la hueste á las comarcas de 
Sierra Segura, entró en Baíza (Baza), en Acxi (Guadix), Jayen (Jaén), en Elvira 
(ílliberis), en Garnatah (Granada), que poseían los Judíos, y en Anticarra (Ante- 
quera), y llegó á Málaga y á las demás poblaciones de la costa, sin hallar resis- 
tencia en parte alguna , y dejando , según costumbre , cierto número de Árabes y 
Judíos para la custodia de las ciudades conquistadas. 

En este tiempo, dice Conde, llegaron á Muza órdenes del califa, mandán- 
dole restituir á Tarik el mando de las tropas que tan gloriosamente habia condu- 
cido , diciéndole que no inutilizase una de las mejores espadas del Islam; y Ta- 
rik, poco tiempo después de haber sido encarcelado, recibió otra vez el mando 
de una de las principales divisiones, de la que venciera con él en Guadalete. 
Eran tales las ideas y costumbres de aquellos hombres que, después de haber re- 
cibido en público un indigno castigo, Tarik pudo de nuevo ejercer entre ellos el 
mando sin que su gloria y reputación hubiesen sufrido menoscabo. Muza fingió 
una reconciliación sincera, y determinó que Tarik partiese sin dilación con sus 
tropas hacia la España oriental , mientras que él con las suyas se dirigiría á Ga- 
licia y á las regiones del norte de la Península que no habían sido subyugadas 
todavía. 

El país que Tarik estaba encargado de someter es llamado de Tzogur por 
los historiadores de la conquista, y sea cual fuere el origen de esle nombre, que 



(1) Moneda de oro: cada diñar es de valor de veinte dirhames ó monedas de plata. 

(?) Masdeu incurre en error al decir (t. XII, p. 47 y 18 de su Hist.) que Teodomiro capituló con 
Abuzara. Como observa el historiador Romey, la crítica y sagacidad de Masdeu no le han librado 
de muchas inexactitudes en esta parte de su obra. 



CAP. II. — ESPAÑA ÁRABE. 275 

figura por primera vez en los autores árabes (1) , comprendía, según el Dhobi, 
desde los confines de Talavera , casi lodo el territorio al sur y al este de Toledo, 
la Mancha, Alcarria y Cuenca, hasla Tortosa. 

Muza y Tarik dieron principio á sus expediciones á un tiempo, y las noti- 
cias que tenemos acerca de la organización de sus ejércitos hacen gran honor á 
ambos generales. Las tropas habían de ir muy descargadas y á la ligera; la ca- 
ballería con su piel y saco de provisión , su hortera de cobre y sus precisas ar- 
mas, y la infantería sin mas embarazo que esias. Las provisiones de cada taifa, 
cargadas en acémilas , eran distribuidas según las banderas, y estos bagajes 
iban conducidos por pocos hombres, de suerte que no se inutilizasen brazos vi- 
gorosos para el combate. La naturaleza del mando entre los Árabes era tan re- 
ligiosa como militar. El general velaba por el cumplimiento de los deberes esen- 
ciales del islamismo, prescribía á los soldados sus reglas de conducta, y les leia 
pasages del Coran escogidos según las circunstancias; él les daba la señal de la 
oración, era su juez y volvía á la buena senda á los que de ella se apartaban. 
Antes de marchar de Toledo, ambos generales renovaron á sus tropas bajo pena 
de muerte la prohibición de robos y pillaje, solo permitido después de las ba- 
tallas en el campo enemigo y en entradas por fuerza de ciudades, y aun en estos 
casos se exigía la expresa autorización del jefe. 

Marchó Tarik al oriente hacíalas fuentes del Tajo, atravesó las ásperas 
sierras ele Arcabica, Molina y Segoncia, y descendió á las vegas y campos que 
fertiliza el rio Ebro. Muza se dirigió hacia Sentícay Salamanca, que se entregaron 
sin resistencia, allanó la tierra hasta Astorga, volvió, siguiendo las márgenes del 
Duero, á la parte oriental de España, y descendiendo al rio Ebro, llegó al cerco 
de Medina Saracusta (Zaragoza), que tenia en gran aprieto el ejército de Tarik. 
Habia ocupado ya esta hueste todas las ciudades de la comarca , pero aquella 
plaza en donde se habia reunido mucha gente ele toda España , opuso á los inva- 
sores una resistencia obstinada; sin embargo , un riguroso bloqueo y repetidos 
asaltos habíanla reducido al último extremo, cuando la llegada de Muza hizo 
decaer de lodo punto el ánimo de los cristianos, que ofrecieron rendirse con las 
condiciones acostumbradas. 

Envanecido el wali con el efecto que producía su llegada , y codicioso de 
las grandes riquezas que sabia encerradas en la plaza, impúsoles, además de 
las condiciones ordinarias , una contribución extraordinaria de guerra que habia 
de entregársele el dia de su entrada en la ciudad. La necesidad hizo que los ha- 
bitantes de Zaragoza suscribiesen á todo, y acudieron á sus joyas y á las precio- 
sidades de sus iglesias para reunir la gran cantidad que el vencedor exigía. Mu- 
za tomó en rehenes á los jóvenes mas nobles de la población, puso en ella un 
buen presidio de gente escogida , y confió su gobierno á Hanax ben Abdallah 
Asenani , que poco después edificó allí una mezquita magnífica y una principal 
aljama. 

Así iba dándose cima á la conquista de España , y continuando el ejército 



(1) Algunos pretenden que Tzogur sea una corrupción del latín Tugurio que significa un país 
cubierto de chozas, Tugaría a tecío appellanlur domicilia rusticorum sórdida ^Forcelleni Lexicón, 
t. IV, p. 432), porque el país á que se aplica era de los mas agrestes de la Península. Otras muchas 
explicaciones se dan también que son harto difusas para tener aquí cabida. 



276 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

su expedición , entró sin resistencia en las mas populosas ciudades de Aragón y 
Cataluña. Osea, Calagurris, Tarazona, Ilerda fueron al momento subyugadas, 
y en la última ciudad los generales se separaron. Muza se dirigió á la costa, y 
se apoderó de Barcelona, de Gerona, de Ampurias y de la antigua llosas, y aun 
cuando se ha dicho (1) que Tarragona , Ampurias, Urgel y Ausona fueron des- 
truidas por él hasta en sus cimientos , no hallamos en parte alguna testimonios 
bastantes que lo acrediten , excepto por lo que toca á la última , que parece haber 
sufrido en lodo su rigor la ley de los vencedores. 

Según El Nowairi , Muza pasó después las montañas, y llegó al país de 
Afranc, apoderándose de Medina Narbona ; pero no es probable que penetrase 
hasta allí, habiéndose de atribuir sin duda á otra expedición el hallazgo de los 
siete ídolos ecuestres de plata, así los llama el cronista árabe, en la principal 
iglesia de la ciudad Otro historiador dice que se apoderó de igual número de 
colunas de plata maciza en la iglesia de Sania María de Garcasona , en cuya ciu- 
dad es muy dudoso que jamás entrase (2). Lo mas probable es que las excursio- 
nes de Muza á las Galias se limitasen á algunas correrías (al garah) (3) por el 
territorio que forma @1 Rosellon. Luego se tornó á España, caminó hacia Galicia 
por Astorga, entró en Lusitania, y en todas partes sacó muchas riquezas que no 
dividía con nadie (á). 

En tanto Tarik caminaba por otro camino y observaba otra conducta. Si- 
guiendo el curso del Ebro, bajó á Tortuxa (Tortosa) , y apoderóse con rapidez 
increíble de Murbiter (Murviedro) , de Valencia, de Játiva y de Denia, hasta los 
inciertos límites del reino de Teodomiro. Como en todas partes , los habitantes 
quedaron en pacífica posesión de sus haciendas, bajo la fe y protección de los 
Musulmanes , quienes solo se apoderaban de los bienes abandonados por los fu- 
gitivos. Los despojos y tributos los repartía con los Muslimes , sacando el quinto 
que reservaba para el califa con gran escrupulosidad , y si hemos de creer al au- 
tor á quien traduce Conde, no comunicaba á Muza sus empresas, sino que escri- 
bía directamente al califa, censurando la codicia insaciable del wali. Este por su 
parte acusaba también á su rival cerca del jefe de los creyentes, y quejábase so- 
bre todo de su indisciplina y prodigalidad , tan contrarias á los principios militares 
de los Musulmanes. 

De estas quejas y reconvenciones, dice un autor árabe, dedució el califa 
El Walid ben Abdelmelek la conveniencia de poner en otras manos el cuidado 
de la conquista, y llamó á Siria á los dos generales que con sus odios y discor- 
dias comprometían así el triunfo del islamismo. Mugueiz el Rumi , que había ido 
á Damasco á llevar detalladas noticias de las primeras victorias de los Árabes en 
España, recibió orden de volver á la Península con encargo de transmitir á am- 
bos rivales la voluntad de Walid. Tarik obedeció al instante, pero Muza eludió 
la orden del calila , y noticioso de que los cristianos se refugiaban principalmen- 
te en las montañas de Galicia y de Asturias, dirigióse hacia aquel lado. Dispo- 



(1) Marca in Marca Hispánica. 

(2) Maccary, Ms. do la üibl. nac. citado por M. Reinaud, n.° 704. 

(3) Asf llamaban los Árabes á los reconocimientos que por lo regular practicaban antes de sus 
expediciones de conquista. 

(4) Conde, P. i.",c. XVI. 



CAP. II. — ESPAÑA ÁRABE. 277 

níase á emprender la guerra con vigor , cuando un segundo mensajero , Abu 
Nashd (1) , le sorprendió en Lugo , en medio de su ejército, y cogiendo las rien- 
das de su caballo , le notificó otra vez y de un modo imperativo la disposición 
del califa (2). 

A ser cierto que Muza hubiese concebido el vastísimo proyecto de conquis- 
tar la Europa toda después de la España, y de no volver á Siria hasta haber so- 
metido bajo la dominación de los Muslimes las Galias, la Germania, la Italia, y 
el imperio romano de Gonstantinopla, desde el océano Atlántico al Ponto Euxino, 
combinando esta inmensa expedición con los esfuerzos simultáneos de un ejército 
musulmán que operase en el Asia Menor (3), concíbese su despecho al aban- 
donar una empresa con tanta fortuna empezada. A la edad que contaba érale pre- 
ciso no perder tiempo, y hubiera querido emplear útilmente para el islamismo 
los restos del ardor deque se sentía poseído. Sin embargo, la obediencia era 
necesaria, y por mucho que fuese su sentimienío, partió con la esperanza de que 
el califa aprobaría su deslumbrante plan de conquista. Confió á su hijo Abdelaziz 
el gobierno supremo de la Península, cuyo centro fijó en Sevilla, desde donde las 
comunicaciones con el África eran ücilesy cortas, y reuniendo los ricos despojos, 
fruto de sus afortunadas expediciones, la famosa mesa de Salomón, las coronas de 
oro halladas por Tarik en el alcázar de Toledo , y una cantidad inmensa de oro y 
pedrería, pasó el Estrecho y pisó otra vez el Magreb, primer teatro de sus haza- 
ñas. Muchos prisioneros, entre los cuales se contaban cuatrocientos varones de 
las familias regias godas que tenia en rehenes, es decir de las principales fami- 
lias godas cuyos miembros podían subir al trono, le acompañaron en su marcha 
triunfal hacia Damasco por el litoral africano. 

Tarik habia llegado á Damasco antes que su rival, y cuéntase que esplicó su 
conducta con una lealtad militar que le granjeó el afecto del califa. «Señor, dijo, 
los Muslimes honrados de tus huestes que me han conocido en África y en Espa- 
ña, pueden decirte cual he sido en todas ocasiones, y aun nuestros enemigos los 
cristianos dirán si he sido cobarde, si cruel, si avaro.» 

Cerca ya Muza de Siria, con su cortejo triunfal, adoleció Walid de grave 
enfermedad, y su hermano Solimán, designado para sucederle, que deseaba re- 
servar para los primeros dias de su califato la fastuosa entrada del vencedor de 
España, escribióle que se detuviera en su camino y difiriese de algunos dias su 
llegada á Damasco. La carta de Solimán fué entregada á Muza en Tiberias de Pa- 
lestina; pero ya fuese fidelidad á Walid, ya creyese su muerte muy próxima, 
continuó su marcha y llegó á Damasco con sus carros cargados de despojos y sus 
largas filas de cautivos, antes de la muerte de Walid. De aquí el rencor de Soli- 
mán contra Muza, rencor que no tardó en producir muy terribles efectos. Es pro- 
bable que no le fué pedida explicación ninguna por el califa moribundo, y en va- 
no trató de ablandar á su sucesor ofreciendo á sus pies el inmenso botin que de 
España extragera. Solimán se mantuvo inflexible, é hizo espiar duramente á Muza 



(1 ) Probablemente enviado por Mugueiz el Rurni . 

(2) Según Ahmet (Ms. de Gotha citado por Lembke «se habia apoderado del fuerte de Baru y 
del de Lek, y se habia detenido para marchar desde allí á la roca de Pelayo y al mar Verde. » 

(3) El gigantesco plan de Muza está atestiguado por muchos historiadores árabes y en especia \ 
por Maccary. El califa lo calificó de extravagante, tan vasto y grandioso era. 



278 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

su desobediencia. Quiso que ambos rivales compareciesen ante él, y secomplació 
en ver al wali de África y de España acusado por su lugarteniente, á quien alenta- 
ba constantemente con palabras ó miradas. La historia de esta contienda toma de 
pronto en los autores árabes el carácter de un cuento ó de una crónica de la edad 
media. Ál ofrecer Muza los tesoros y preciosidades que traia para el califa, le dio 
la preciosa mesa verde, orlada de jacintos y esmeraldas. «Emir de los fieles, 
dijo entonces Tarik, yo la hallé. — No es verdad; este hombre os engaña.— Un 
pié le falta, repuso Tarik, pregúntese al que la trae que ha sido de él.» Muza 
contestó que de aquel modo la habia hallado, y Tarik sacó entonces la parte de 
la mesa que habia tenido la precaución de guardar, diciendo: — «Juzgúese ahora 
de la veracidad de Muza.» El wali quedó convencido de impostura, y apoderán- 
dose de este pretexto el resentimiento de Solimán, el vencedor de África y de 
España fué condenado á ser azotado, y expuesto á un sol abrasador después de 
pagar una multa de cien mil mitcales. 

¡Singular nación aquella en que semejantes castigos nada tenían de infaman- 
te! Aun después de sufrir tan cruda pena, Muza no abandonó la corte de Damasco, 
y Solimán se complacía en oir referir al anciano guerrero, sus victorias en Alma- 
greb y en España. A pesar de sus culpas para con Tarik, era Muza hombre de rara 
inteligencia y de experimentada intrepidez, y el califa estaba curioso de saber 
cosas nuevas acerca de sus posiciones occidentales de Jos mismos labios de uno 
de sus conquistadores. Un historiador de Granada, Alí ben Abderrahman, nos ha 
conservado una de estas conversaciones, que revela bien el carácter y genio ará- 
bigos. Solimán interrogó un dia al wali acerca de las naciones que habia visto. 
«¿ílas hallado en tus conquistas, le preguntó, pueblos muy valerosos? — Señor, mu- 
cho mas de los que yo acertaría á describirte, contestó Muza.— Pues habíame de los 
cristianos. — Son, dijo Muza, leones en sus castillos, águilas en sus caballos, y 
mugeres en sus escuadrones de á pié; si ven la ocasión la saben aprovechar, y 
cuando quedan vencidos son cabras en escapar á los montes, que no ven la tier- 
ra que pisan. — ¿Y qué me dices de los Berberíes?— Que son gente muy semejante 
á los Árabes en acometer, pelear y ayudarse, en el sufrimiento, en la fisonomía 
y en la hospitalidad; pero son al mismo tiempo los hombres mas pérfidos del 
mundo, y no cumplen palabra ni guardan pacto ni fe alguna. — Y de los de Afranc 
¿qué me cuentas? — Que son gente infinita, prontos y animosos en el acometer 
y pelear; pero medrosos y temidos en la fuga.— ¿Cómo te ha ido con esas gen- 
tes? ¿las has derrotado ó te han vencido?— Esto no ¡por Alá! ni una bandera mía 
huyó jamás, y nunca han dudado mis Muslimes en acometerlas aunque fuésemos 
cuarenta contra ochenta.» 

España quedaba pues sometida á las armas sarracenas. Rápida, veloz fué la 
conquista, y lo que costara á los Romanos siglos enteros de luchas, realizáronlo 
los Árabes en menos de dos años. Imprevisto el ataque, sangrienta la victoria, ar- 
dorosa la persecución, esforzados y activos los enemigos, los Españoles no habían 
podido recobrarse del estupor que difundiera en todos los pechos la triste jornada 
de Jerez, cuando los corceles musulmanes corrían ya por tocios los campos y sus 
pendones flotaban en todas las ciudades. ¡Singular deslino el de las naciones, que 
así se precipitan y derrumban por el abismo de su perdición, como los indivi- 
duos, y basta un año, un dia, una hora, para que el que era ayer pueblo rico y 



CAP. II. — ESPAÑA ÁRABE. 279 

floreciente se vea mañana hollado y escarnecido por escaso número de conquis- 
tadores. A haber sido los Árabes cristianos, ó á no haberles inspirado con tanta 
vehemencia el principio del proselitismo, á haber podido, como los bárbaros del 
siglo v, recibir en sus corazones la huella de la religión de los vencidos, es casi 
seguro que España, que habia ya pasado bajo tantas dominaciones, acabándose 
estas por identificarse con ella y ella con estas, habría hecho con los Árabes lo 
que con los Godos. Habría combatido con ellos por mas ó menos tiempo, y por 
fin la fusión, la amalgama se habría verificado entre ambos pueblos. Si no suce- 
dió así, si España recobró su independencia, si entre vencedores y vencidos no 
hubo jamás la fusión que hemos presenciado entre Españoles y Romanos, y entre 
Hispano-Romanos y Godos, débese á la religión; ella fué la que salvó entonces á 
nuestra patria, como dejamos apuntado en varios parages de esta obra, ella la 
que le dio la independencia yla libertad primera después de ocho siglos de comba- 
tes. Justo es decir, empero, y esto prueba mas y mas cuan profunda habia de ser 
la valla que separaba á Árabes y Españoles, que no fué la conquista tan ruda, 
bárbara y cruel como nos la pintan nuestros antiguos cronistas, y como han dicho 
después los historiadores que los han copiado. Júzguenlosinonuesíros lectores por 
las capitulaciones de las ciudades conquistadas, de que acabamos de hacer méri- 
to, y vean si pueden ni siquiera compararse las calamidades de la invasión árabe 
con las de la romana y goda. Respecto á los bienes, respecto á las personas, res- 
pecto á la religión y hasta al gobierno de los vencidos, estos fueron los caracteres 
déla conquista árabe, sin que nadie por ello entienda que no fueran muy y muy 
aciagos para nuestra patria los dias de la invasión. No pasa un pueblo de una 
dominación á otra del lodo distinta, no pierde su independencia, no inclina la 
cabeza al yugo, no ve junto á sí hombres de raza, de religión y de costumbres di- 
ferentes, no experimenta en una palabra tan gran cataclismo, sin profundos tras- 
tornos, sin mortal angustia, sin abundantes infortunios y numerosas víctimas. 



c-v^^T^s^jij^SN^i^ 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



CAPÍTULO III. 

Gobierno de los walies sucesores de Muza. — Abdelaziz benMuza.— Su administración. -Su tolerancia 
para con los cristianos. — Se casa con la viuda de Rodrigo. — Muere asesinado. — Ayub. — Alhaur. — 
Invasión de la Galia. — Alsamah. — Batalla de Tolosa de Francia. — Ambiza.— Conquista de la Sep- 
timania.— Otros emires. — Expedición de Abderrahmaná Aquitania.— Batalla de Poitiers. — Garlos 
Rlartel.— Consecuencias de aquella jornada. 

Desde el año 713 hasta el 740. 

Encargado Abdalaziz del gobierno de España, había puesto en Sevilla la 
corte y al dyuan (1) de los Árabes, é introducido un principio de administración. 
Determinó el modo de percibir los tributos, para lo cual nombró mohtasebs ó co- 
lectores en las principales ciudades subyugadas, y estableció con el nombre de 
alcaides magistrados superiores encargados de la dirección de los negocios ci- 
viles. Los Españoles, si bien bajo la suprema inspección de estos alcaides, 
tenían sus jueces, sus obispos, sus sacerdotes lo mismo que antes, y vivían por 
consiguiente, bajo sus leyes y según las creencias y los ritos de la iglesia hispa- 
no-gótica, no dependiendo de los Árabes, propiamente hablando, sino por lo que 
tocaba al tributo. Sus obligaciones para con el gobierno de la conquista eran muy 
sencillas y se reducían á dos ó tres puntos principales, que no llegaban á cons- 
tituir para los vencidos el estado de vasallageá que estaban sometidos entonces los 
pueblos galo-romanos de las Galias, bajo la dominación franca. Abdelaziz regu- 
larizó los tributos que fueron fijados en la quinta parte de la renta, si bien 
variaban desde la quinta hasta la décima en ciertos distritos privilegiados, 
á consecuencia de tratados ó concesiones particulares. La sumisión de los 
Españoles á los Árabes, no llevaba consigo, repetimos, estado ninguno de 
vasal lage; la esclavitud romana y la servidumbre gótica, tan fuertemente 
consagrada en el código visigodo, parece haber sufrido desde entonces profun- 
das variaciones, hasta llegar en algunos puntos á desaparecer. 

De lodos modos perdió casi instantáneamente su carácter gótico, fundado en 
el derecho aristocrático de un reducido número de familias á gobernar las otras; 
entre los nuevos conquistadores, la servidumbre estaba, si así podemos decirlo, 
menos organizada. Fundada en el derecho del mas fuerte, no descansaba en el 



(i ) Aduana; en entre los Árabes la casa del senado 6 del consejo. Dábase también este nombre 
á la casa dondo se llevaba la cuenta y razón de las rentas públicas y donde se depositaban. 



CAP. III.— ESPAÑA ÁRABE. 281 

principio de humillación relativa de determinadas razas, y era un resultado del 
azar y la fortuna que no imprimía la menor infamia. El musulmán desde la con- 
dición de esclavo podia aspirar á todo con (alentó y audacia. La profesión de fe 
distinla tampoco era por sí misma causa ó pretexto de servidumbre, y el ejemplo 
de los Españoles es en este punió concluyente. Hubo matanzas horribles, ciuda- 
des destruidas, guarniciones enteras pasadas á cuchillo, pero nunca en España 
pensaron los Árabes en establecer la servidumbre. El pueblo que se conformaba 
á pagarles tributo conservaba su libertad, sus propiedades, su religión, y recibía 
el nombre de Mostárabe ó Mozárabe , nombre ya usado en oíros países por los 
conquistadores, que significaba hecho, convertido en Árabe (1). 

Abdalaziz se distinguió por su moderación y tolerancia para con los cristia- 
nos, y suavizó en cuanto pudo el infortunio de los vencidos. Una muger, por 
quien concibió Abdalaziz una violenta pasión, parece haber. influido mucho en la 
generosa conducta del emir (2). Hemos dicho que entre los rehenes tomados por 
Muza en Mérida hallábase Egilona, viuda de Rodrigo; ella hermosa, y Abdalaziz 
joven y apasionado no tardaron en amarse, y á sus consejos se atribuye el singu- 
lar favor con que trató el emir á los cristianos. Un crítico español (3), hablando 
de la viuda de Rodrigo, exclama: «Siempre me admiraré de que se haya inven- 
tado una Cava para mengua de la nación española, y se haya dejado en olvido á 
Egilona y cuanto esta muger ilustre llevó á cabo para resucitar á España y en- 
dulzar sus infortunios.» A ella debiéronse en efecto, antes de la partida de Mu- 
za, las favorables condiciones otorgadas por Abdelaziz á Teodomiro, puesto que el 
joven caudillo lahabia llevado consigo á la España oriental y obedecia ya adian- 
to le mandaba. Hecho wali, se casó con ella en Sevilla sin exigirle la abjuración 
de su fe religiosa. Egilona recibió de su esposo el nombre árabe de Omm al Ys- 
sam, la de los ricos collares (4). 

Este enlace y su conducta benévola para con los cristianos , habían de ser 
muy funestos al joven Abdelaziz, de cuya fe sospecharon los suyos. Los fer- 
vientes Musulmanes le echaron en rostro tratar con sobrada mansedumbre á los 
pueblos conquistados , y sobre todo el reposo que concedía á aquellos que aun 
no lo habían sido. Hasta se dijo que , traidor á la ley del Islam , habia abrazado 
el cristianismo , y aun cuando esto no conste de un modo positivo, es lo cierto 
que por amor de Egilona , Abdelaziz mostró á los cristianos tanto afecto y predi- 
lección , que no ha de causarnos sorpresa el descontento de los suyos. A su blan- 
dura debieron la. independencia de que gozaron los refugiados de Asturias , que 
hostigados vivamente por Muza , quizás habrían debido abandonar su postrer 



(4) Los autores del arte de verificar las fechas (t. II, part. 3. a p. 389\ suponen equivocadamen- 
te que el nombre de Mozárabes 6 Muzárabes se habia dado á los cristianos de España en memoria 
del nombre y de las concesiones de Muza. 

(2) A los gobernadores de España se daba indistintamente el título de wali ó el de emir. El 
emir de España dependía del de África Emir, ó mejor almir , significa , según Golius , imperator, 
princeps, dux qui aliis quomodocumque prceest, impuratque. 

(:i) Faustino Borbon. 

(4) Dícese que la llamó también Zahra ben Isa, Flor hija de Isa (Jesús), Flor de la raza de Cris- 
to ó de los cristianos ^véase Monarquía Lusitana, t. II, p. 284) —Su autor se equivoca al llamar al se- 
gundo esposo de Egilona Abdelmelek , hijo de Tarik. Véase también Vestigios da lingoa arábica em 
Portugal, etc., p. 202. 

TOMO II. 36 



282 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

asilo antes de reunirse en él en número suficiente , á no haber ocurrido la parti- 
da del anciano general. Abdelaziz solo llevó sus pendones hasia el extremo de la 
Lusitania , y jamás pasó el Duero; mientras sus generales recorrían la parte 
nordeste de !a Península , y lomaban Pamplona y los principales pasos de ios 
montes Albaskenses (montañas de los Vascos), él, de regreso de su expedición á 
Lusitania, fijó su residencia en Sevilla y solo se ocupó en administración. 

Oirás circunstancias que importa indicar aquí favorecieron además lacausade 
nuestros mayores : hablamos de las divisiones y discordias que desde un princi- 
pio se manifestaron entre los vencedores, y aun cuando carecemos de monumen- 
tos con cuyo auxilio podamos explicarlas en todos sus detalles , sin embargo, es 
posible con un poco de estudio manifestar en globo/sus principales motivos. Sin 
contar los odios profundos de pueblo á pueblo , que no lograron borrarse bajo el 
imperio de una religión común , y que animaban al Árabe, al' Sirio , al Egipcio, 
al Moro contra el Berberí , y recíprocamente, habia los rencores de tribu á tribu, 
de familia á familia , que desde la tierra nativa habían seguido á los conquista- 
dores á la tierra conquistada , y que estallaron' desde los primeros tiempos. Las 
rivalidades de ambición entre los caudillos los despertaron entonces , como des- 
pués habia de hacerlo la división de las tierras. Los Yemenitas estaban por un 
general , los Berberiscos por otro, y los de Siria contradecían siempre á los de 
Egipto. Así se dividieron tas fuerzas musulmanas; la pasión de Abdelaziz por 
Egilona hizo lo demás , y los cristianos del Norte no fueron atacados. En el ar- 
dor de las primeras contiendas parece que ni siquiera se pensó en ellos , lo que 
fué gran fortuna para unos y gran desgracia para otros. 

Estos rumores contra Abdelaziz fueron tomando consistencia, y los enemigos 
del emir luciéronlos llegar á oidos del califa Solimán , que era hombre receloso 
y vano, y que irritado ya contra el padre y temeroso del resentimiento de los 
hijos, omnipotentes en sus gobiernos de Cairvan, Tánger y Sevilla , acogió con 
avidez el pretexto que se le ofrecía. Dióse una sentencia de muerte contra Abde- 
laziz y sus hermanos, y se envió la orden fatal ácinco de los principales caudillos 
del ejército de ocupación en España. El primero que la recibió fué ílabib ben 
Obeida el Fehri, el fiel amigo y compañero de Abdelaziz , y aun cuando experi- 
mentó tanto dolor como sorpresa, la orden del califa era categórica (1) y la obe- 
diencia precisa. Los cinco jefes se pusieron de acuerdo , y como Abdelazis ape- 
nas contaba enemigos, y temiesen que las tropas, -que -le amaban mucho, se suble- 
vasen en su favor , resolvieron sorprenderle en su propio palacio , encargándose 
Zeyad de la ejecución del plan. Abdelaziz habitaba con Egilona en una quinta á 
poca distancia de la ciudad, cerca déla cual habia mandado construir una mezqui- 
ta particular , y allí decidieron herirle en la oración matutina. Para apartar de él 
á la muchedumbre y para precaver cualquier trastorno luego de sabida su muer- 
te , gran número de emisarios corrieron los sitios públicos propalando que el wa- 
lí era un mal creyente, que se habia convertido en secreto á Ja superstición cris- 
tiana, y que aspiraba al poder supremo y á la humillación de los Muslimes, 
llegando á decir que Egilona le cenia cada dia una corona semejante á la que 



(i) Isidoro deBeja dos dice el motivo real ó el pretexto de la orden del califa. — Consilio Egi- 
lonis regina; conjugis quondam Ruderici regis , quam sibi sociaverat, jugum arabicum a sua cervi- 
ce conaretur averíete , etregnum invasum lliberiaj sibimet relemptare. Isid. Pal., Chron., c. 42. 






CAP. III —ESPAÑA ÁRABE. 283 

llevaba su primer esposo , Rodrigo el Romano. Estas calumnias animaron contra A de J - 
él á la turba popular , y entonces fué cuando se hicieron públicas las órdenes 
del califa. 

Con esto y todo , trataron algunos de oponerse á la muerte de su caudillo, 715. 
pero fué en vano. Zeyad penetró con los suyos en la mezquita, mientras Abdelaziz 
rezaba en ella la oración del alba , y le hirieron lodos á la vez con sus lanzas: 
cortada su cabeza , y enterrado su cuerpo en el patio de la casa , enviaron aque- 
lla al califa en una preciosa caja con alcanfor y esencias , y cuéntase que al re- 
cibirla Solimán, tuvo la crueldad de enseñarla á Muza, que con otros guerreros 
habia entrado á visitarle. « ¿ Conoces esta cabeza? le preguníó. — Sí, !a conozco, 
exclamó el anciano volviendo horrorizado el rostro ; la maldición de Dios sea so- 
bre el asesino de mi hijo que valia mas que él ! » Los otros dos hijos de Muza ha- 
bían sido también decapitados por orden del califa. ¡ Singular recompensa , dice 
un historiador, reservada por la suerte á los esforzados guerreros de esta noble 
raza! Agobiado de dolor , Muza partió para Waltichora, su país nativo , donde 
murió de tristeza poco tiempo después. 

Solimán no tardó en seguirle al sepulcro. Bajo este califa de tan escaso mé- 
rito personal , acabóse la obra de la gran aljama de Damasco , en cuya fábrica 
se gastaron cuarenta cestas de á catorce mil doblas de oro cada una. Yezid ben 
Mahlabi ben Abi Sofia llevó sus armas al Asia hasta la Georgia , y su hermano 
Muslema , marchando contra los Griegos , puso sitio á Constantinopla. Tarik, 
como Muza , terminó sus dias en la desgracia y la oscuridad , y en parle alguna 
de los anales musulmanes hallamos el modo como pasó el vencedor de Jerez los 
últimos años de su vida ni la fecha de su muerte. 

Igual ignorancia reina acerca del fin de Egilona , de Julián y de los hijos 
de Witiza. Dicen algunos que estos perecieron en la batalla de Guadalete, y otros 
los hacen sobrevivir al vencimiento de los Godos. El mayor número de historia- 
dores solo nombran á dos hijos de Witiza, y ¡lámanlos Ebas y Sisebuto ; un Ara- 
be (1) habla de tres , y les da los siguientes nombres : Almondo, Romiah y Ar- 
tobas ; dice que se hicieron musulmanes , y que , establecidos en España , 
tuvieron numerosa prole. Sin embargo , este aserto de un escritor posterior de 
muchos siglos á los hechos que refiere, sin que indique las autoridades de donde 
los toma , no ha de merecernos mucha fe. 

El perseguidor de Muza murió en 21 de safar del año 95 de ¡a hegira (3 de 
octubre de 717), después de reinar dos años y ocho meses : Sucedióle en el im- 
perio su primo Ornar ben Abdelaziz ; su madre se llamaba Omm Ázima , y era 
hija del gran califa Ornar , el compañero y fiel lugarteniente de Mahoma. Ape- 
llidóse Abu Nafas , y el primer dia de su reinado , que fué muy semejante al de 
sus antecesores , abolió la costumbre de maldecir á Alá en los pulpitos délas 
mezquitas , práctica introducida desde el tiempo de Moaviah ben Abi Sofian, que 
la instituyó en el fervor de sus guerras contra el califa á quien disputaba el impe- 
rio. Ornar la abolió diciendo: « Dios manda la justicia y la benevolencia.» 

Desde la partida de Tarik y de Muza, Abdelaziz habia gobernado la España 
cerca de diez y ocho meses , y como el califa al disponer la muerte del hijo de 



(4) Ibn-el-Khauthyr. 



284 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Muza no le habia nombrado sucesor , los generales y principales Muslimes se 
reunieron en consejo , y de común acuerdo nombraron emir interino á Ayub , ca- 
pitán experimentado y administrador inteligente , que se habia distinguido en 
las guerras de África y de España. Ayub ben ílabib el Lahmi pertenecía á la fa- 
milia de Muza y era primo hermano del infortunado Abdelaziz (1), y el primer 
acto de su gobierno fué trasladarlo desde Sevilla á Córdoba , que situada mas en 
lo interior del territorio , le pareció un centro de acción mas favorable. Ayub, 
aunque guerrero , procuró en el corto tiempo que ejerció el poder introducir cier- 
to orden en la administración de la conquista , y créese que áél se debe la divi- 
sión de la Península en cuatro grandes regiones , que fueron designadas con los 
nombres de norte (al Djouf), mediodía (al Qeblah), oriente (al Sharqyah) y 
poniente ( al Garb), nombre que se encuentra en el moderno de una de las pro- 
vincias occidentales de la Península. Visitó Toledo y Zaragoza, prestando oido en 
todas partes á las quejas y reclamaciones de los pueblos y gobernadores , y de- 
cidiendo por lo regular según justicia. El poder de los walíes de las ciudades 
distantes y de segundo orden era casi absoluto como que solo dependía del walí 
superior de Córdoba , y era ejercido con despotismo ó justicia según el carácter 
de los hombres que lo desempeñaban ; solo la frecuente intervención del walí su- 
perior podia templar su tiranía , y Ayub destituyó á muchos , conservando úni- 
camente á aquellos que habían sabido captarse el afecto de cristianos , judíos y 
musulmanes. Detúvose algún tiempo en Zaragoza, una de las plazas mas adelan- 
tadas y fuertes que poseían los Árabes en España , y visitó luego los puertos de 
los Pirineos , colocando en ellos numerosos cuerpos de observación. A lo que 
parece no pasó la cordillera; la Galia era todavía para los Árabes la Gran Tierra, 
a la que no llegaban sin cierta curiosidad mezclada de temor , y si bien pensaban 
en su conquista, no creían llegado aun el momento de emprenderla , lo que no 
impedia que tuvieran en ella algunas avanzadas y que guarniciones árabes ocu- 
pasen los pueblos de la vertiente de los Pirineos que forma hoy los confines del 
Rosellon , y varias fortalezas del mismo territorio hasta mas allá del Tech. Por 
todas partes mostróse Ayub celoso por los intereses de los pueblos , y reparó en 
cuanto pudo los desastres de las pesadas guerras ; mandó levantar de nuevo los 
muros de muchas ciudades , y sobre las ruinas de Bilbilis , completamente des- 
truida , edificó la ciudad que recibió el nombre de Calal-Ayub ( fortaleza de 
Ayub). Sin embargo, poco tiempo gozó del gobierno , á pesar de ejercerlo tan 
dignamente ; el wali superior de África , Mohamed ben Yezid , de quien depen- 
día , recibió orden de destituir á lodos los Lahmi (de la tribu de Muza ) , y le 
retiró el mando después de siete meses de ejercicio, nombrando en su lugar á 
Alhaur, el primer emir musulmán que llevó sus algaradas hasta el interior de las 
tierras de los Galo- Visigodos , ocho años después de la destrucción de la mo- 
narquía toledana. 

El Horr ben Abderrahman , llamado también Alhaur, era de carácter du- 
ro y emprendedor , y desde su llegada trató con implacable rigor á musul- 
manes y 'cristianos. Noticioso de que se cometían abusos en la imposición y co- 
branza de los tributos , mandó azotar y encarcelar á los culpables. Su severidad 



(í) Fué acusado, á lo que parece sin razón, de haber tomado parte en la muerte de su primo. 



CAP. III.— ESPAÑA ÁRABE. 285 

para con las menores faltas acabó por sublevar contra él á todos los caudillos A aeJ.c. 
musulmanes , y llegando sus quejas hasta el wali de África, nombró este en lu- 
gar del riguroso emir á AIsamah, tan célebre bajo el nombre de Zama en las cró- 
nicas y romances caballerescos. 

Es opinión común atribuir á Alhaur la toma de Narbona y la reducción de 
la Septimania al yugo musulmán , mas los historiadores andan divididos sobre 
este punto , y los mas dignos de fé nombran á AIsamah como el primero que rea- 
lizó esta conquista. Según los últimos , Alhaur se limitó á algunas violentas ex- 
cursiones , á aquellas algaradas que por lo regular precedían entre los Musul- 
manes á sus expediciones de mas importancia. Conde (1) dice , sin embargo, que 
Alhaur esparcía el terror en las tierras que riega el Garona al otro lado de los 
montes de Al Bortat (2); pero es lo probable que pasara los Pirineos por el puer- 
to de Porlus y de Gervera en su extremo oriental, y que limiiase sus correrías al 
país que se extiende entre el Aude y el Mediterráneo , defendida como estaba 
Narbona por gran número de clausurce y de castra. 

Bajo el gobierno de Alhaur y mientras se disponia para la conquista de la 
Septimania, agitáronse los cristianos del norte de España, hecho sobre el cual 
hablan de una manera muy vaga los historiadores árabes. Los croni¿tas cristia- 
nos contemporáneos no son mucho mas explícitos , pero á juzgar por la fecha 
que atribuyen al primer levantamiento de los cristianos de Asturias al mando de 
Pelayo, que dicen sucedido en 717 ó 718, debió ser esto lo que dislrajo á Al- 
haur de sus nuevas conquistas. Con la extensión que su importancia requiere 
explicaremos la primera formación del estado independiente , cuna de la monar- 
quía española, mas parécenos que no es este para ello el lugar á propósito. La 
historia de los sucesos confusos y cuya fecha no es incontestable ha de ser nece- 
sariamente crítica, y el historiador, mas que atenerse á un orden cronológico ri- 
guroso, ha de referirla donde lo cree mas conveniente, á fin de no alterar la cla- 
ridad y el orden del conjunto, y según advertimos al principio de uno de los ca- 
pítulos anteriores, continuaremos la historia de los Árabes hasta que crea- 
mos llegado el momento de explicar el origen de la monarquía asturiana , aun 
cuando hayamos de retroceder á fechas ya pasadas. Únicamente diremos aquí 
que gobernando Alhaur hubo una sublevación de los cristianos de España 
que no fué reprimida con facilidad , y que este peligro obligó al emir á regresar á 
la Península pocos meses anles de su destitución, que precedió de algunos dias 74». 
á la muerte del califa Ornar II, verificada en 25 de rejeb del año 101 de la he- 
gira (febrero de 719), sucediéndole en el califato Yezid ben Abdelmelek (3). 
Ornar habia recibido el sobrenombre de Virtuoso , y fué llorado hasta por los 
enemigos de su familia. Tarifel Musawi, celoso partidario de Alí (4), exclamó al 
saber su muerte: « O hijo de Abdelaziz, si humanos ojos debiesen llorar por al- 



lí) P. 4. a , c. XXI. 

(2) Djebal al Bortat (montañas délos puertos ) arabizando el nombre latino bárbaro portas 

(3) Continuaremos indicando la sucesión de los califas, hasta que la España árabe se sustrai- 
ga á su autoridad. 

(4) Los partidarios de Alí se llamaban schiitas por oposición á los demás Musulmanes llama- 
dos sunnüas 6 de la tradición. Las dos grandes divisiones ó cismas de los Musulmanes se han re- 
partido su imperio, y en el dia la Persia, y el Asia en general, pertenece á los schiitas; la Turquía, 
el Asía Menor, la Siria, el Egipto y el África hasta el Estrecho, á los sunnistas. 



286 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

guno de los Omeyas , los mios te lloraran ; tú nos libraste de la infamia de la 
maldición (1) , y si posible fuera, á mi vez te libraría de ella. » 

El primer cuidado de Alsamah á su llegada á España fué imprimir mayor 
regularidad á la administración , en cuya obra , á pesar de los esfuerzos de sus 
predecesores, quedaba todavía no poco quehacer; habia que reglamentar la 
división de terrenos ; los tribuios estaban mal repartidos; regiones fértiles se 
veian desierlas; las tribus se habian diseminado al azar por las ciudades, y ocu- 
paciones fueron estas que atrajeron ante lodo la solicitud del nuevo gobernador. 
Mandó dar principio al magnífico puente de Córdoba, que quedó terminado en 
tiempo de Ambiza; recorrió las provincias y estudió su estado; fué el primero 
en formalizar una especie de inventario de los bienes de los Musulmanes en la 
Península , y envió al califa un estado de las riquezas del país , con la descrip- 
ción de sus ciudades , de sus rios , de sus costas y de sus puertos , y con la ex- 
presión aproximada de su población , de su comercio y de sus recursos de toda 
clase (2). 

Alsamah era guerrero como todo buen musulmán, y valeroso y desprecian- 
do el peligro, se exponía con resignación y á veces con alegría á los azares de las 
batallas, en que la muerte abría á los fieles las puertas del paraíso. Recibió, 
pues, con placer la orden de apoderarse de la Septimania y de llevar el islamis- 
mo á las tierras de los infieles mas allá de los montes de AlBortat; para ello 
llamó á la guerra santa (el djihed) á todos los hombres de buena voluntad que 
quisieren seguirle, pues la guerra no era una obligación política, sino un deber 
sagrado para los fervorosos Musulmanes. La guerra, la religión, la vida políti- 
ca, la vida civil, la vida de familia eran indivisibles, y la unidad de Dios lo 
resumía para ellos todo. Alsamah reunió en poco tiempo un ejército, y á su frente 
emprend'ó la marcha. 

¿Cuál era á principio del siglo vm el estado del país contra el cual el emir 
se dirigía? ¿Quién gobernaba aquella Galia gótica una vez destruida la monar- 
quía de Toledo? Una rápida mirada sobre la situación del país es aquí absoluta- 
mente necesaria. Al noroeste (Neustria) habia un reino regido nominalmente por 
los descendientes de Clodoveo. Al este, habíase formado un nuevo imperio, es- 
tableciéndose en él una segunda invasión de Francos no menos bárbaros que los 
que Clodoveo llevó dos siglos antes á la conquista de la Galia septentrional. El 
reino de Austrasia no tenia otro soberano que Karl , mayordomo (maire) del 
palacio , hijo de Pepino de üerestall. Al mediodía, la Septimania ó Galia gótica, 
que no era ya goda , ignoraba aun á quien pertenecería, y no se hallaba en es- 
tado de perlenecerse á sí misma. Finalmente, al sudoeste y hacia el centro , un 
guerrero audaz, un hombre tan entendido en guerra como en administración, 
llamado Eudon ó Eudo , procuraba afianzar la independencia de la Aquitania y 
defenderla á la vez de Árabes y Francos. Tal era la situación de aquel país, 



1) La maldición de Alí, de que antes se ha hablado. 

(2 Zama ulteriorem vel citeriorcm Hiberiam proprio stylo ad vectigalia inferenda describí! 
Prsedia et manualia, vel quidquid illud est quod olim praedabiliter indivisum retemptabat in Hispa- 
nia gensomnis Arábica, sorte socüs dividendo (partem reliquit militibus dividendam), partem ei 
omni re mobili et inmobili fisco associat. lsid. Pacens., Chr., c. 48. 



CAP. III.— ESPAÑA ÁRABE. 287 

cuando Alsamah se precipitó por las gargantas de los Pirineos con sus bandas de A - ^qJ-g. 
Árabes y Berberiscos, á la conquista de la fierra gala. Narbona no pudo resis- 
tir á sus armas , y se rindió después de veinte y ocho dias de sitio; Beziefs, 
Maguelona y Agala fueron rápidamente subyugadas, y el emir llevó hasta mas 
allá del Ródano el terror de las banderas musulmanas. Después de una excursión 
á Provenza, dirigióse hacia Borgoña, tomó y saqueó gran número ele ciudades, y 
volvió triunfante á Narbona cargado de despojos y seguido de numerosos cau- 
tivos (1). 

Esta primera expedición no fué mas que el preludio de lo que Alsamah se 
proponia hacer , y volviendo inmediatamente sus armas contra las posesiones del 
duque de Aquitania , que habia proporcionado socorros contra él á los Septimanios 
vencidos, marchó hacia el Garona atravesándolos risueños valles del Aude, y 
puso sitio á Tolosa. La ciudad estaba próxima á rendirse, cuando Eudo llegó á su 
auxilio con un ejército considerable. La mulülud de su gente era tanta, dice el 
cronista árabe á quien traduce Conde , que el polvo que sus pies levantaban os - 
curecia el cielo con densísimas nubes. A la vista de tantos enemigos, los Musli- 
mes parecieron vacilar por un momento , pero Alsamah les dijo : « No temáis á 
esa muchedumbre: si Dios está con nosotros , ¿quién estará contra nosotros?» 
Ambos ejércitos se acometieron , dice la crónica árabe, con el ímpetu de los tor- 
rentes que bajan de las cumbres, y se ¡rabaron con igual ánimo; la pelea y ma- 
tanza fué atroz , y la victoria estuvo dudosa largo tiempo. Corría Alsamah á to- 
das partes como bravo león , y animaba á los suyos en lo mas arduo y sangrien- 
to de la pelea; sus brazos desíilaban sangre que fluia al levantar su espada , y 
seguido apenas de dos ó tres caballeros , habíase metido en lo mas espeso de las 
filas cristianas , cuando cayó atravesado de una lanzada. La pérdida de su cau- 
dillo descorazonó á los Musulmanes, y todo el ejército cedió el campo á los ene- 
migos, dejándolo cubierto de cadáveres y bañado en sangre. Así murió Alsa- 
mah, después de pelear con heroico valor, y así alcanzaron los cristianos señala- 
da victoria bajo los muros ó muy cerca de Tolosa , el dia once de mayo de 721. n\ 
Lo mas recio del combate tuvo lugar en la antigua vía romana de Tolosa , que 
fué llamada por los Árabes Balat-el-Chuada (la calzada de los mártires). 

Los restos del ejército de Alsamah fueron reunidos por Abderrahman (2), 
uno de los capitanes que mas se habían distinguido en la batalla, y dirigidos 
hacia Narbona. Dícese que Eudo los persiguió hasta la vista de dicha ciudad, 
pero el general árabe ejecutó con tanta habilidad su retirada, que logró burlar 
los intentos de sus enemigos. Llegados á Narbona , los Árabes reconocieron á 
Abderrahman por su emir, y esta elección fué confirmada por el walí superior 
de África. Esforzado, generoso y atrevido, era Abderrahman así por su valor 
como por la nobleza de su carácter, uno de los mas dignos héroes que se distin- 
guieron entre los Musulmanes de la época, y las crónicas se complacen en referir y 
ponderar sus hazañas y victorias. Al saber la rota de Tolosa, Ambiza , á quien el 



(1) Postremo Narbonensem Galliam suam facit, gentemque Francorum frequentibus bellis sti- 
mulat, et electos milites Sarracenorum in praedictum narbonense oppidum ad praesidia tuenda de- 
center collocat. Isid. Pacens., Chr., c. 48. 

(2) Es el Abderrahman de las crónicas y romances caballerescos. 



288 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

ie j.c. emir confiara el gobierno déla conquista al partir para su expedición , reunió 
tropas y las envió en auxilio de Narbona , permitiendo así á Abderrahman con- 
tener á los cristianos de la Galia gótica, entre, los cuales cundia gran agitación 
ocasionada por el triunfo de los Aquitanos. Los montañeses de los Pirineos en el 
territorio de Jaca fueron subyugados también por el valeroso emir, quien, según 
las crónicas, reunió graneles riquezas en los paises que entonces sometió al islam. 
La excesiva generosidad con que repartía el botín entre sus soldados, hizo que 
estos sintiesen por él un afecto muy poco común ; su costumbre era abandonárselo 
todo, excepto el quinto que mandaba la ley reservar para el califa, y esta libera- 
lidad, decimos, le hizo muy querido de las tropas, que, según expresión de un 
historiador árabe , miraban las montañas como llanos cuando se tralaba de ser- 
virle, no habiendo obstáculo superior á su buena voluntad. 

Por aquel tiempo y en 25 de la luna de jawan del año 105 de la hegira (27 
724. de enero de 724) , murió el califa Yezid, á quien sucedió su hermano íiixem ben 
Abdelmelek , y en tanto el gobierno de Abderrahman y su popularidad disgusta- 
ron en España á algunos jefes principales , que escribieron á África acusándole 
de corromper las costumbres frugales y sencillas de los Musulmanes. Estas y 
otras quejas, basadas siempre en lo mismo, determinaron al gobernador de Áfri- 
ca Baxar ben ílantala á destituirle, nombrando en su lugar á Ambiza ben Sohim, 
que, además de su mérito personal, era Kelbi, es decir de la misma tribu que el 
wali. Era Ambiza caudillo muy estimado por su valor y prudencia, y tenia el de- 
puesto Abderrahman tan noble corazón que no se ofendió en lo mas mínimo con 
lo que había pasado , y contentándose con el antiguo mando que habia ejercido 
en la España oriental , cumplimentó al nuevo emir con muy sinceras expresiones 
y protestas de amistad. 

Para vengar el desastre de Tolosa, Ambiza envió varios ejércitos á la otra 
parte de los Pirineos, que en vano intentaron recobrar las plazas de que habían 
sido expulsados. Narbona era la única que les quedaba , y en ella estaban sus 
provisiones de toda clase. En las varias correrías que hicieron al este, las tropas 
árabes llevaron constantemente lo peor , hasta que Ambiza resolvió ponerse él 
mismo á la cabeza de su ejército. Carcasona fué la primera ciudad que atacó y 
lomó por asalto, y en seguida se dirigió hacia el este, refiriendo un antiquísimo 
autor (1) que sometió todo el país desde Carcasona hasta Nimes por medios pací- 
ficos. A las ciudades que se le rendían voluntariamente limitábase á exigirles 
rehenes que enviaba á Barcelona, y á todas permitía el libre ejercicio de su cul- 
to. El espíritu general de los tratados de los Árabes en la Galia era el mismo 
que en España, y solo variaban en sus detalles. No imponían por fuerza el isla- 
mismo; contentábanse con predicarlo y con estipular en lodos sus tratados la 
condición expresa de que no se pondría inconveniente alguno á la conversión de 
los cristianos á la ley de Mahoma. Una división de su ejército tomó luego el ca- 
mino del norte. « Dios , dice un autor mahometano al hablar de esta campaña, 
habia sembrado el terror en el corazón de los infieles. Si alguno se presentaba era 
para implorar gracia. Los Musulmanes ocuparon muchos paises, concedieron ca- 



li) Annal. Anian. Pr.,p. 15. 



CAP. III. — ESPAÑA ÁRABE. 289 

pitulaciones y llegaron por fin al valle del Ródano, donde alejándose de la costa, A deJ c - 
penetraron por el interior de las tierras (1).» 

Ambiza en persona mandaba la expedición , y siguiendo las márgenes del 
Ródano, apoderóse de Lion, llamado por los Árabes Loudun por una contracción 
de Lugdunum, penetró por las orillas del Saona hasta Rorgoña , tomó y saqueó 
á Augustudunum (Autun) , y volvió cargado de despojos y satisfecho de haber 
corrido y reconocido la tierra. En sus guerras procedían los Árabes de dos ma- 
neras muy distintas , ó por mejor decir, se proponían dos objetos : ya corrían 
y asolaban un país, contentándose con reconocerlo y difundir en él el terror de 
sus armas , en cuyo caso lo abandonaban al menor obstáculo que se les ofrecia; 
ya aspiraban á imponer la ley del Islam de un modo regular y á constituir un 
establecimiento fijo en el territorio atacado, y en este caso mostrábanse tan pru- 
dentes y obstinados como en el otro atrevidos y aventureros , doble carácter que 
se observa en todas sus expediciones militares. En sus guerras en las Galias, era 
España su punto de apoyo ; de ella sacaban sus fuerzas y hacia ella los condu- 
cían otra vez sus derrotas ó la necesidad de tomar reposo y nuevos bríos para la 
campaña siguiente. Ambiza continuaba, pues, la política de su nación, pero aque- 
lla distante algarada á Rorgoña habia de serle muy fatal. En uno de los muchos 
combates que hubo de sostener para salir de ella con honra, recibió gran número 
de heridas de las que murió al retirarse á Narbona. Algunos autores dicen que 723 - 
cayó alanceado en la misma escaramuza. 

Pocos momentos antes de morir designó para sucederle á Hodeirah ben Ab- 
dallah , cuyo nombramiento no fué ratificado por el emir de África , quien envió 
en su lugar á Yahia ben Salemah, hábil y esforzado general, pero de un rigor in- 
flexible. Hacíase temer así de los Muslimes como de los cristianos , y mientras 
habia salido á recorrer las fronteras, los Árabes descontentos consiguieron del 
nuevo gobernador de África que enviase como sucesor de Yahia á Hodeifa ben 
Alhus, hombre sin talento que solo pudo sostenerse en el gobierno durante algu- 
nos meses. Destituido y reemplazado por Otman ben Abu Neza , este fué muy 
pronto víctima á su vez de la inconstancia de aquellos turbulentos y desconten- 
tadizos jefes , y sustituido á los seis meses por Alhaitam ben Obeid , nombrado 
por el mismo califa. No fué acertada, empero, la elección del soberano : apenas 
instalado en su gobierno , Alhaitam manifestó un carácter avaro y cruel que le 
hizo generalmente aborrecible , y en tanto Otman ben Abu Neza , su predece- 
sor , habia tomado de nuevo el mando del ejército que ocupaba las posesiones 
musulmanas en las provincias orientales á ambos lados de los Pirineos (2). He- 
mos visto cuan comunes eran entre los musulmanes estas repentinas variaciones 
gerárgicas que hacian del superior de ayer el inferior de hoy, y Alhaitam fué un 
ejemplo singular de lo que venimos diciendo : después de tiranizar á España y 
de perseguir á sus enemigos con suplicios y torturas , fué tratado él á su vez 
como habia tratado á los demás. Una de sus víctimas instruyó directamente al 
califa de sus exacciones y violencias , y el soberano envió á España á Muhamad 
ben Abdallah para averiguar con imparcialidad la conducta del emir , castigarle 



(1) Maccary, Ms. de la Bibl. nac, citado por Reinaud, n.« 704. 

(2) Otman ben Abu Neza es el Munuza de las antiguas crónicas españolas y francesas. 

tomo li. 37 



290 HISTORIA GENEi-AL DE ESPAÑA. 

de J - c en caso de considerarle culpable, y poner en el gobierno de España á la persona 
de mayor crédito y confianza entre los caudillos que en ella se encontraban. 
Poco trabajo le costó al enviado apurar la verdad, y convencido del mal gobier- 
no de Alhaitam, hizo en él una ejemplar justicia que caracteriza perfectamente á 
aquel pueblo raro bajo tantos conceptos. Preso en nombre del califa , despojado 
de sus insignias de jefe , con la cabeza descubierta y las manos a¡adas á la es- 
palda, fué paseado montado en un asno por la ciudad cuyo terror era algunos 
dias antes, entre el escarnio de la muchedumbre. En seguida fué cargado de ca- 
denas , embarcado y puesto á disposición del gobernador de África ,• y ando á 
72í. donde Dios quiso: así dice la crónica árabe, 

Muhamad dirigió personalmente los asuntos de España con prudencia y pro- 
bidad por espacio de dos meses , al cabo de los cuales nombró walí al guerrero 
Abderrahman , el mismo que por su excesiva liberalidad para con los soldados 
habia sido antes depuesto. Este nombramiento fué recibido con general aplauso, 
y solo los Berberiscos lo vieron con enojo, porque, como Árabe que era, Abderrah- 
man distinguía y apreciaba con preferencia á los de su raza. 

El primer cuidado del emir al íotnar posesión del poder fui disponerlo todo 
para la conquista de la Gran Tierra, mas allá de los Pirineos. En aquel entonces 
se hacían en Siria inmensos preparativos contra el imperio griego , y una expe- 
dición debia corresponder en Occidente con el ataque de la Europa oriental. 
Hizo además una visita á todas sus provincias para reparar las injusticias come- 
tidas en tiempo de Alhaitam ; restableció por todas partes el orden , administró 
igual justicia á cristianos y musulmanes, y exigió de todos en nombre del Coran 
la exacta observancia de los tratados (1). Mandó restituir á los cristianos las igle- 
sias que les habían quitado en menosprecio de las estipulaciones de la conquista; 
destruyó las que se habían levantado en algunos pueblos por connivencia intere- 
sada de los gobernadores , y al mismo tiempo anunciaba en las mezquitas su 
gran proveció de llevar la guerra á la otra parte de los montes , excitando á los 
fieles á prepararse á ella. 

Sabemos ya cual era el estado de la Galia en la época en que Abderrahman 
se disponía para llevar á ella la guerra sagrada. La Septimania estaba en poder 
de los musulmanes, desde los Pirineos orientales hasta el Ródano. Eudo, el ven- 
cedor de Tolosa, duque soberano de Aquitania , gobernaba la parte de territorio 
comprendida entre los Pirineos , las fronteras de la Septimania , el Océano , el 
Loire y el Ródano. Al Norte, mas allá del Loire, dominaban los Franco-Austra- 
sios, y de la primitiva energía de los compañeros de Clodoveo, casi no se encon- 
traban ya huellas. Los Galo- Romanos, subyugados por los primeros conquistado- 
res francos y por los sucesores de Clodoveo (Merovingios) , habían pasado con 
sus antiguos dominadores bajo el yugo de los Franco-A uslrasios, pueblo bárbaro, 
ignorante en las letras y en el romance de las Calías, que entonces empezaba á 
formarse de la corrupción del latín , y terror de las provincias del mediodía, 
muchas veces asoladas por su formidable soldadesca. La Septimania sobre todo, 
donde los Árabes habían establecido su dominación, temia mucho á los Austrasios, 
y conquistadores por conquistadores, es seguro que los Galo-Romanos y aun los 



(1) «Cumplid vuestros tratados, pues de ellos habréis de dar cuenta.» Coran, sura 17, vers. 36. 



CAP. III. — ESPAÑA ÁRABE. 291 

Godos, á pesar de la diferencia de religión, habrían preferido los Árabes, en quie- 
nes se observaba á lo menos ciería generosidad y respeto por cuanto pertenecía 
á las artes y á las ciencias, á los rudos y feroces Teuskos de Carlos el Baslardo, 
paganos en su mayor número. La Aquilania y la Neustria, abierlas á ambos pue- 
blos , se ofrecían como una presa al mas atrevido, y como para conquistar la 
Galia eniera , era necesario apoderarse antes de ambas regioms , Abderrahman 
pensó dirigir contra ellas sus primeras tropas. Dueño de Burdeos , de Poitiers, 
de Tours y de París, fácil le hubiera sido esperar refuerzos, organizar la conquis- 
ta y rechazar á los Austrasios hasta su antigua patria, mas allá del Rhin; y lue- 
go, volviendo al Ródano, establecer la dominación musulmana en todo el país que 
es ahora la Francia. Sin embargo, Dios no lo quiso así, dicen sus historiadores, 
y el instrumento de que se sirvió el Señor para detenerle fué aquel Carlos ape- 
llidado Martel, á quien los Árabes llaman Kaldous ó Karlé, fundador del poderío 
de la segunda raza de los reyes francos. 

Los preparativos de Abderrahman fueron extraordinarios , como convenia á 
una expedición cuyo objeto era la conquista definitiva ele una vastísima comar- 
ca. Su voz había sido oida: tribus enteras de Arabia , de Siria, de Egipto y de 
África habían llegado á España , y todos los hombres en estado de empuñar las 
armas se habían agrupado bajo sus banderas. Todo estaba dispuesto para la 
gran empresa , y el emir iba á ponerse en marcha cuando supo que sus órdenes 
habían sido desobedecidas por el gobernador de la frontera oriental , que debía 
formar la vanguardia con las fuerzas de que disponía. Era este gobernador el 
Berberí Ofman ben Abu Neza, que, envidioso de las glorias del wali, de carácter 
inquieto y díscolo , pero belicoso y esforzado , se habia aliado con Eudo, duque 
de Aquitania , y casádose con su hija llamada Lampegia. Habíala hecho prisio- 
nera en una cabalgata que hiciera en tierras del duque; enamorado de su belleza, 
habíala pedido á su padre por esposa, y aun cuando estos matrimonios eran de- 
testados por los dos pueblos, la razón política aconsejó á Eudo consentir en él. 
Amenazado por Carlos en su frontera del norte , quiso asegurar á lo menos la 
del mediodía , y, á lo que parece, no se equivocó al contar con el auxilio de su 
yerno musulmán. 

Estos sucesos á que Abderrahman no prestara en un principio atención al- 
guna, fueron para él un rayo de luz, y conoció cuanto debia temer á Abu-Ne- 
za. Auxiliado este por su suegro, y al frente de fuerzas respetables , podia preci- 
pitar á los musulmanes en una guerra civil, y Abderrahman resolvió anonadarle 
antes que pudiera dar principio á la ejecución de sus planes. Envió, pues, aun 
jefe sirio llamado Gedhy ben Zeyan al frente de un cuerpo de tropas, con orden 
expresa de buscar á Abu Neza y traérselo vivo ó muerto. Gedhy se puso en cami- 
no, y fué tal la rapidez de su marcha, que sorprendió á Otman en Castrum Lívise 
(Puigcerdá) (1), antes de que hubiese hecho preparativo alguno para su defensa; 
apenas tuvo tiempo de tomar la fuga con su esposa y algunos servidores, mas 
Gedhy mandó perseguirle por los desfiladeros de las montañas. Fatigado Abu 



(l) El autor árabe de quien tomamos estas noticias habla de Medina al Bab (la ciudad de la 
Puerta), nombre que se habia dado sin duda á Julia Livia, por ser como la puerta por donde se pa - 
sa al resto del continente europeo. 



292 HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 

Jej. c. Neza, descansaba, dice un autor árabe, con su cautiva bienamada, cerca de una 
clara fuente que daba al valle fertilidad y frescura ; mas cuidadoso de su 
cautiva que de su propia vida, aquel hombre tan valiente temblaba entonces aun 
del ruido del agua que se precipitaba entre las peñas, y del rumor del viento en- 
tre las cañas y arbustos. De pronto sus servidores creyeron oir los pasos de sus per- 
seguidores, y no fué vano el recelo de sus corazones. Rodeado por los guerreros 
de Gedhy y desesperando de su salvación, Otman recomendó á los suyos el cui- 
dado de su esposa, y cuéntase que se precipitó en un abismo para no caer con vi- 
da en manos de sus enemigos (1). Refieren otros que sacó la espada y murió com- 
batiendo, herido de muchas lanzadas. Apoderados de Lampegia, corlaron la ca- 
beza al desangrado cuerpo de Otman, y Gedhy se apresuró á poner á los pies 
del emir estos testimonios de su pronta obediencia. Abderrahman quedó admira- 
do al ver la hermosura de Lampegia, y según costumbre de la época, envióla al 
califa, junto con la cabeza de su esposo y el relato de las causas que habian mo- 
tivado tan rápida ejecución. 

m Libre de todo recelo tocante al interior de la Península, Abderrahman se 

pone en marcha. España no habia visto jamás ejército tan considerable de mu- 
sulmanes, y las tropas, marchando bajo el blanco estandarte de los Ommía- 
das (2), dirigiéronse por el país délos Yacceos, dice Isidoro (querrá decir por el 
país de Jaca y de Navarra) (3), atravesaron los Pirineos y avanzaron hacia los Es- 
lados de Eudo por los hermosos valles de Bigorra y del Bearne. La marcha de 
los Árabes parece haber sido directa desde los Pirineos hasta Burdeos, á lo menos 
el grueso del ejército corrió con rapidez este camino, no sin señalar su paso con 
estragos y devastaciones. Tal era, hemos dicho, la costumbre de los Sarracenos: 
difundían el terror para vencer luego con mas facilidad á sus enemigos, y á ella 
se mostraron fieles á su entrada en la Vasconia transpirenaica. Aquella inmensa 
hueste que habia sido á duras penas contenida por las estrechas gargantas de los 
Pirineos, se derrama y esparce, una vez franqueada la inmensa barrera, como un 
torrente devastador. En todas partes imprime huellas de sus pasos ; la abadía de 
San Sabino cerca de Tarbes y la de San Severo de Rustan en Bigorra, fueron sa- 
quedas ; Oleron, Bearne, Aire y Bazas fueron dejadas mas muertas que vivas, y 
aunque Burdeos intentó resistirse, fué tomada y saqueada, como las demás po- 
blaciones que vieran antes que ella los estandartes del Profeta. El conde que 
mandaba allí en nombre de Eudo, pereció en el asalto, y los Árabes, tomándole 
por el mismo soberano su enemigo, cortáronle la cabeza para enviarla á Da- 
masco. 

Hasta aquel momento todo se habia presentado fácil para los Sarracenos, 
pero entonces empezaron para ellos los obstáculos y dificultades. Los bagajes y 
el botin entorpecían su marcha, y después de pasar con cierto trabajo el Carona 
y el Dordoña, encontraron por fin á Eudo que salia á su encuentro con numero- 



(i) Isid. Pac, Chr.c.58. 

,2) El blanco era el color de los Ommíadas, el negro el de los Abassidas y el verde el de los 
Fatimitas. 

(3 Armo Dí.'CXXXII. Abderaman, rex Spaniae, cum exercitu magno Saracenorum per Pampa- 
lonam et montes Pyreneos transiens Burdigalem civitatem obsidet. Anales de Aniano, Duch., t. III, 
p, 437. 



CAP. III. — ESPAÑA ÁRABE. 293 

sa hueste de Aquitanos. El recuerdo del desastre de Tolosa no contuvo á los mu- 
sulmanes, y lanzándose contra el ejército enemigo, lo pusieron en completa der- 
rota. Isidoro dice que solo Dios puede saber el número de muertos que hubo 
entre los cristianos (1). Vencido el anciano duque, quedaba abierta la Aquitania 
á los victoriosos Sarracenos, quienes adelantaron por la tierra tomando ciudades 
y ocupando aldeas