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EDITORIAL-AMÉRICA 

Director: R. BLANCO-POMBGNA 
Apartado de Correos 117. Madrid (España). 

PUBLICACIONES: 

I 

Biblioteca Andrés Bello (literatura) 

II 
Biblioteca Ayacucho (historia). 

III 

Biblioteca de Ciencias políticas y so- 
ciales. 

IV 

Biblioteca de la Juventud hispano- 
americana. 

V 

Biblioteca de obr is varias (españoles é 
hispano-americanos). 

VI 

Biblioteca de historia colonial de Amé- 
rica. 

VII 

Biblioteca de autores célebres (extran- 
jeros). 

De venta en todas las buenas librerías de España y América 
Imprenta de Juan Pueyo, Lupa, 29. — Teléf. 14-30. — Madrid 



ídolos rotos 



EDITORIAL-AMÉRICA 

Director: R. BLANCO-FOMBONA 

Apartado de Correos 117. Madrid (España). 

PUBLICACIONES: 

I 

Biblioteca Andrés Bello (literatura) 

II 
Biblioteca Ayacucho (historia). 

III 

Biblioteca de Ciencias políticas y so- 
ciales. 

IV 

Biblioteca de la Juventud hispano- 
americana. 

V 

Biblioteca de obras varias (españoles é 
hispano-arnericanos). 

VI 

Biblioteca de historia colonial de Amé- 
rica. 

VII 

Biblioteca de autores célebres (extran- 
jeros). 

De venta en todas las buenas librerías de España y América 
Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29.— Teléf. 14-30. -Madrid 



ídolos rotos 




BIBLIOTECA ANDRÉS BELLO 

Obras publicadas (a 3.50 pías, tomo), 

I. — M. Gutiérrez Nájera: Sus mejores poesías. 

II. — M. Díaz Rodríguez: Sangre patricia y Cuentos de color. 

HL— José Martí: Los Estados Unidos. 

IV.— José Enrique Rodó: Cinco ensayos. 

V.— F. García Godoy: La literatura americana de nuestros dios. 

VI.— Nicolás Heredia: La sensibilidad en la poesía castellana. 

VIL— M. González Prada; Páginas libres. 

VIII— Tulio M. Cestero: Hombres y piedras. 

IX.— Andrés Bello: Historia de las Literaturas de Grecia y Roma. 

X.— Domingo F. Sarmiento: Facundo. (Civilización y barbarie.) 

XI.— R. Blanco-Fombona: El hombre de Oro. (Novela.) 

XII.— Rubén Darío: Sus mejores Cuentos y sus mejores Cantos. 

XIII.— Carlos Arturo Torres: Los ídolos del Foro. (Ensayo sobre las 
supersticiones políticas.) 

XIV. — Pedro-Emilio Coll: El Castillo de Elsinor. 

XV. — Julián del Casal: Sus mejores poemas. 

XVI.— Armando Donoso: La sombra de Goethe.— 4 pesetas. 

XVII. — Alberto Ghiraldo: Triunfos nuevos. 

XVIIL— Gonzalo Zaldumbide: La evolución de Gabriel d'Annunzio. 

XIX. — José Rafael Pocaterra: Vidas oscuras (Novela.)— 4 pesetas. 

XX. — Jesús Castellanos: La conjura (Novela.) 

XXI. — Javier de Viana: Guri y otras novelas. 
XXII.— Jean Paul (Juan Pablo Echagüe): Teatro argentino. 
XXIII.— R. Blanco -Fombona: El hombre de Hierro. (Novela.) 
XXIV.— Luis María Jordán: Los atormentados. (Novela.) 
XXV. — C. Arturo Torres: Estudios de crítica moderna. — 4 ptas. 
XXVI.— Salvador Díaz Mirón: Lascas. Precio: 2,75 pesetas. 
XXVII. — Carlos Pereyra: Bolívar y Washington. — 4,50 pesetas. 
XX f III.— Rafael M. Merchán: Estudios críticos. 

XXIX-XXX.— Bernardo G. Barros: La caricatura contemporánea. 
XXXI-XXXIL— José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. 
XXXIIL— M. Gutiérrez Nájera: Cuentos color de humo y Cuentos frágiles. 
XXXIV. — Miguel Eduardo Pardo: Todo un pueblo. (Novela.) 
XXXV. — M. Díaz Rodríguez: De mis romerías y Sensaciones de viaje. 
XXXVL— Enrique José Varona: Violetas y Ortigas. (Notas críticas so- 
bre Renán, Sainte-Beuve, Emerson, Tolstoy, Nietzsche, Caste- 
lar, Heredia, etc.) 
XXXVII. — F. García Godoy: Americanismo literario. (Estudios críticos 
de José Martí, José Enrique Rodó, F. García Calderón, 
R. Blanco-Fombona.) 
XXXVIIL— Alvaro Armando Vasseur: El Vino de la Sombra.— 3,75 pe.. 
XXXIX. — Juan Montalvo: Mercurial Eclesiástica (Libro de las verdades) 

y Un vejestorio ridículo ó Los Académicos de Tirteafuera. 
XL-XLL— José Enrique Rodó: El mirador de Próspero. 
XLIL— R. Blanco-Fombona: Cancionero del amor infeliz.— 3,50 pesetas. 
XLIIL— Rafael María Baralt: Letras españolas. (Primera mitad del 

8Íglo XIX.) 

XLIV.— Eduardo Prado: La ilusión yanqui. (Traducción, prólogo y 

notas de Carlos Pereyra.) 
XLV.— José Rafael Pocaterra: El doctor Bebé. (Novela.) 
XL VI.— Miguel Antonio Caro: Páginas de crítica. 
XLVIL— M. Antonio Barrenechea: Ensayo sobre Federico Nietzsche. 
XLVIII. — Carlos Pereyra: El pensamiento político de Alberdi. 
XLIX. — Cecilio Acosta: Cartas venezolanas. (Apreciación de Cecilio 

Acosta, por José Martí.) 
L. — Aurelio Mitjans: Historia de la literatura cubana.— 5 pesetas. 
LL— Jesús Castellanos: Loa optimistas. 

LIÍ.— R. Jaimes Freyre: Castalia bárbara. Los sueños son vida.—Z ptas. 
LIIL— Manuel Sanguily: Literatura universal. Páginas de crítica.— i p. 
LIV. — Javier de Viana: Campo. Escenas de la vida de los campos de 

América. — 3,50 pesetas. 
LV.— María Enriqueta: Jirón de mundo. (Novela.) 
LVL— Manuel Díaz Rodríguez: ídolos rotos. (Novela 



BIBLIOTECA AMORES BELLO 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



ÍDOLOS rotos 

(NOVELA) 



-36- 



EDITORIAL-AMÉRICA 

MADRID 

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA: 

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LIBRERÍA 

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PRIMERA PARTE 



Mil emociones, á cual más intensa, le traían vibran- 
do desde el alba: unas tristes, otras alegres, luchaban 
todas entre sí, pero sin alcanzar ninguna el predomi- 
nio. De aquí cierta confusión, cierta perplejidad risue- 
ña, estado semejante al del éxtasis, ó mejor al estado 
de alma de quien empieza á despertarse y duerme to- 
davía, cuya conciencia en parte responde á los recla- 
mos de la vida real, en parte se recoge, obstinada y 
feliz, bajo las últimas caricias de un sueño. 

Alberto Soria volvía á la patria después de cinco 
años de ausencia. Cuando vio la tierra muy cerca, to- 
das las memorias de su niñez y juventud, hasta aquel 
instante confundidas con muchas cosas exóticas, reco- 
braron su primitiva frescura; y desde la cubierta del 
buque se dio á reconocer, al través de esas memorias, 
la costa y los grises peñascos de la playa, las colinas 
áridas medio sumergidas en el mar, ios verdes cocota- 
les y las casas del puerto, agazapadas las unas al pie 
del monte que sigue la curva costanera, desparrama- 
das las otras por la misma falda de! monte, cuesta 
arriba. A medida que se acercaba á la tierra y más 



8 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

claramente distinguía los objetos unbs de otros, con 
más vigor el pasado revivía en su alma. Casas, árbo- 
les, peñascos y algunos lugares muy conocidos de él 
evocaban en su espíritu un enjambre de recuerdos. 
Ya en tierra, después de haber caído en brazos del 
hermano que le esperaba en ermuelle, siguió viendo 
hombres y cosas á través de los recuerdos, con sus 
ojos de cinco años atrás, no habituados al llanto, á la 
sombra, ni al dolor, sino hechos á la sonrisa, á la fran- 
ca alegría de vivir, á las formas vestidas de belleza y 
á la belleza vestida de luces. De pronto se halló pen- 
sando en los últimos años de su vida como en un sue- 
ño, cuya vaga y esplendorosa fantasmagoría estaba á 
punto de apagarse. 

Ya el cambio de aspecto de ciertas cosas le recor- 
daba su larga ausencia, ya la intacta fisonomía antigua 
de otras cosas representábale con tanta viveza el pa- 
sado, que le parecía no haber vivido jamás ausente de 
la tierruca. 

Asi, en esa ambigüedad oscilante de vigilia y de 
sueño estaba todavía, horas después de haber saltado 
á tierra, en un vagón del tren que le llevaba á la ca- 
pital. Sentado contra un ventanillo del vagón, á la 
derecha, se asomaba de tiempo en tiempo á ver el 
paisaje, y se complacía en admirar sus pormenores, 
cuando antes esos mismos pormenores no le llamaban 
la atención, ó le causaban hastío de verlos con fre- 
cuencia. Si quitaba los ojos del paisaje, los ponía en 
el hermano sentado junto á él, y entonces los dos her- 
manos se consideraban mutuamente con una mezcla 
de curiosidad y ternura. Desde que se abrazaron en 
el muelle, á cada instante se miraban y sonreían, sin 
que ninguno de los dos hubiera acertado á decir por 
qué sonreían. Era tal vez la sorpresa de encontrarse 



ídolos rotos y 

cambiados, al menos por de fuera, lo que llamaba á 
sus labios la sonrisa, pues para entrambos el tiempo 
había volado, y ninguno de los dos estaba apercibido 
á encontrar mudanzas en el otro. Para Alberto, en 
especial, era muy grande la sorpresa. A su partida, el 
hermano, cinco años menor que él, era apenas un ado- 
lescente: el cuerpo, desmirriado, el rostro sin asomos 
de barba y de expresión melancólica y mustia. Su 
madre, enferma cuando lo dio á la vida, murió meses 
después, y en esta circunstancia veían todos el por 
qué de su aire pálido y marchito. Ahora aparecía 
transformado de un todo: de chico melancólico y frá- 
gil se había cambiado en mozo gallardo y fuerte. No 
conservaba de su antigua expresión enfermiza sino una 
como sombra de cansancio alrededor de los ojos. 
Aparte ese tenue rastro de su antigua endeblez, toda 
su persona, vestida con elegancia, y hasta con un poco 
de amaneramiento, respiraba la satisfacción de quien 
está bien hallado pon el mundo y empapa el ser, alma 
y cuerpo, en todas las fuentes de la vida. 

Si no con igual sorpresa, Pedro observaba al her- 
mano con mayor curiosidad, como si esperase descu- 
brir en éste algo maravilloso traído de muy lejos. Y 
los dos hermanos hablaban de muchas cosas, pero sin 
orden ni coherencia, cayendo de vez en cuando 
en silencios profundos. La misma abundancia de lo 
que deseaban decirse, repartiendo al infinito su aten- 
ción, sellaba sus labios. Además de eso los preocupa- 
ba, haciéndoles enmudecer, el temor de rozarse con 
un punto sensible, sobre el cual ninguno de los dos 
quería decir nada, esperando cada uno que empezase 
el otro. 

El tren había dejado la costa y subía, simulando 
amplias ondulaciones de serpiente, por los flancos de 



10 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

la sierra. Lejos, á la derecha, se divisaban los últimos 
cocales, la playa y su orla de espumas, el mar y el dis- 
tante horizonte marino, cerrado por espesos cortinajes 
de nieblas. Enfrente y á la izquierda no se veían sino 
cumbres, laderas y hondonadas. A una vuelta del ca- 
mino desaparecieron el mar, la playa y los cocoteros, 
para minutos más tarde reaparecer, y continuar así, 
apareciendo y desapareciendo, según el capricho de 
la ondulosa vía férrea. A medida que el tren se inter- 
naba en la serranía, más imponente y monótono era el 
paisaje. A un lado, la cuesta pedregosa del cerro; al 
otro lado, el barranco, en ciertos lugares profundísi- 
mo; por todas partes rocas negruzcas y tierra árida, 
color de ocre, de tonos amarillos y rosados, á trechos 
cubierta de raros manchones de verdura. Algunas 
quiebras, merced á ocultos hilos de agua, provenien- 
tes de la cumbre, lucían una vegetación lozana y rica; 
pero todas las demás, no humedecidas nunca, ó sólo 
muy de tarde en tarde por el agua del cielo, criaban 
maleza ardida del sol, rastrera y pobre. Por la orilla 
del barranco se sucedían los cactos de grande pencas 
espinosas, en el extremo de algunas de las cuales re- 
saltaba el higo rojo y áspero, semejando viva púrpura 
cuajada en los labios de una herida, ó inmenso rubí 
oscuro, casi negro. Y á lo lejos, muy cerca de las ci- 
mas, de cuando en cuando aparecían, fuertes y nobles 
habitantes de la altura, Jos araguaneyes en flor, inte- 
rrumpiendo con sus regios mantos de estrellas de oro 
la uniformidad gris de los breñales. 

Soria contemplaba el paisaje, recogiendo sus líneas 
salientes y sus colores más vivos con ojos expertos, 
habituados á percibir en todas partes y en todas par- 
tes recoger los rasgos dispersos é infinitos de la mul- 
tiforme belleza. Pero su atención la distrajo Pedro, 



ÍDOLOS ROTOS 11 

quien, primero titubeando, luego en tono resuelto, 
dijo como siguiendo una conversación interrumpida: 

— Pues «el viejo», como ya te he dicho, está malo, 
muy malo. Los médicos no le conceden mucho tiempo 
de vida. Según ellos afirman, difícilmente resistirá á 
un nuevo acceso. El último acceso le dio hace unos 
quince días, y no he visto nada más espantoso. Desde 
entonces en casa vivimos en perpetua zozobra, temien- 
do cada día lo que puede traer el día venidero. Afor- 
tunadamente, Rosa es toda firmeza y valor, y equiv ale 
á muchas enfermeras juntas. Cualquiera otra se habría 
rendido al cansancio, pues tarea de sobra tiene con su 
marido y papá. 

— ¿Su marido? ¿Y Uribe también está enfermo? 

— Siempre. Ya de esto, ya de aquello, siempre se 
queja de algo. Y aunque tiene aspecto descalabrado 
y enfermizo, y vive consultando á los médicos, hasta 
ahora no sé á punto fijo qué enfermedad es la suya* 

Por el alma del recién llegado pasó como un relám- 
pago de alegría perversa. Era su venganza. Se venga- 
ba de la tristeza abrumadora y sin motivo, de su dolor 
sutil é indefinible, suerte de celos malsanos prendidos 
en su alma como un germen de amarguras cuando 
recibió en Europa la noticia del proyectado matrimo- 
nio de Rosa Amelia. Esta, á propósito de su casa- 
miento, le escribió unas cuántas líneas, las cuales, á 
pesar de su tono cariñoso, no bastaron á sofocar en 
el ánimo de Alberto Soria el grito de un extraño des- 
pecho. Alberto se creyó ofendido en su amor á la 
hermana, como traidoramente despojado de un bien 
precioso, y desde esa época, sin él mismo sabe rio, 
tuvo celos del intruso, y guardó á la hermana un re- 
sentimiento vivo. 

Pero inmediatamente después de haberse alegrado 



12 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

•se avergonzó de su alegría, y sobre todo se avergon- 
zó de no haberse entristecido mucho al conocer el 
estado lastimoso del padre. Su semi-indiferencia le 
repugnó, y turbado, como el reo capaz de comprender 
su falta, quiso distraerse volviendo los ojos al adusto 
panorama de la sierra. 

Por el fondo del barranco y por la escueta ladera 
del monte empezaron á correr sombras de nubes, y 
finas gotas de agua cayeron, mojando la cara de Al- 
berto Soria, asomado al ventanillo. Hacia atrás, hacia 
el mar ya invisible, el paisaje seguía inundado de luz; 
y en ese espectáculo de lluvia y sol á un tiempo, Al- 
berto vio la imagen fiel de su alma, comparable en 
aquel segundo á un rostro enigmático y misterioso 
que de un lado sonriera y del lado opuesto llorase. 

La lluvia cesó, y deshecho el nublado, reinó de nue- 
vo en toda la extensión del paisaje la claridad fastuo- 
sa del sol, apenas interrumpida por la breve noche de 
los túneles. Alberto Soria observaba de nuevo las 
cuestas, la gualda túnica de los araguaneyes florecidos, 
las colinas color de ocre, bajas, casi desnudas, en al- 
gunos puntos revestidas de mogotes escuálidos, tales 
como dispersos mechones de cabellos lacios en una 
calva incompleta. Ya se distraía siguiendo sobre las 
piedras del monte un grupo de raíces trepadoras, en- 
lazadas como serpientes; ya se regocijaba á la vista 
de un peñasco en forma de cono, de vértice coronado 
por un solo árbol abierto sobre el peñasco, á la ma- 
nera de gracioso parasol de China. Y de todas estas 
cosas y de los matices de estas cosas se exhalaba para 
el viajero como una esencia, como un espíritu, un ideal 
de belleza fuerte y salvaje. 

Por segunda vez la atención de Alberto fué distraí- 
da hacia lo interior del coche; pero entonces no fué 



ÍDOLOS ROTOS 1$ 

la voz de su hermano, sino la voz de una mujer la que 
rompió su éxtasis contemplativo. En el mismo vagón, 
enfrente de Soria, conversaban dos pasajeros: un hom- 
bre como de treinta y ocho años, alto, seco, de ojos 
grandes, brincones y frente prolongada por una cal- 
vicie prematura, y una mujer bastante joven, rubia, de 
labios rojos, frescos, sensuales, lujosamente vestida y 
sentada entre una multitud de cachivaches: abanicos, 
abrigos y cajas de cartón de varios estilos y dimen- 
siones. En el hombre, Alberto reconoció un vago de 
buena familia, un elegante de profesión, antiguo héroe 
de salones y clubs, y en la mujer á una vendedora de 
caricias, antaño muy á la moda en la capital, por cu- 
yos paseos y calles arrastraba, como nuncios de su 
impudor, trajes llamativos y escandalosos. El veterano 
de salones y clubs hablaba lenta y reposadamente,» 
como persona de pro, en tanto que su interlocutora 
lo hacía con bruscos aspavientos descompasados. De 
su conversación nada llegaba á los demás viajeros, 
apagadas como eran las voces por el ruido del tren en 
marcha. Pero el tren se detuvo en una estación, y en- 
tonces Alberto oyó á la mujer decir de modo claro y 
distinto: 

— ¿Y qué me dices de Mario Burgos? Me han ase- 
gurado que tiene amores con Teresa Farías. Como 
Teresa Farías antes de casarse con Julio Esquivel fué 
novia de Mario... 

Y la mujer acabó ahogando un refrán grosero en 
una carcajada cínica y ruidosa. El héroe de salones y 
clubs murmuró algo con voz imperceptible, y vio des- 
pués á los demás viajeros, como temeroso y avergon- 
zado de que hubiesen oído las palabras de su compa- 
ñera de viaje. 

Alberto, al oirías, volvió los ojos como asombrados 



14 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

é interrogadores al rostro del hermano, el cual se limi- 
tó á responder con una sonrisa de significación incier- 
ta. Aunque no era amigo de ninguna de ellas, Alberto 
conocía á los personas cuyos nombres acababa de es- 
cuchar, y tal vez por eso le impresionaron hondamente 
las palabras malévolas de la errante vendedora de ca- 
ricias. Después de llenarle de asombro mezclado con 
un poco de indignación, esas palabras desviaron el 
rumbo de sus pensamientos. Desviaron sus pensamien- 
tos hacia el país lejano, hacia la distante ciudad euro- 
pea de donde él venia. 

Abstraído en la rememoración de cosas lejanas, para 
él desaparecieron las cosas al través de las cuales iba 
el tren, puesto en marcha de nuevo; no vio cómo el 
paisaje cambiaba poco á poco, sucediendo á las altas 
cumbres colinas humildes, y á los enormes despeñade- 
ros quiebras nada profundas. Por último, á la derecha 
de la vía surgió una hilera de sauces, de follaje amari- 
llento y pobre, y á poco se divisaron á lo lejos, como 
avanzada de la ciudad, ya muy próxima, algunas casas 
caprichosamente esparcidas. Como tantos viajeros que, 
al llegar al término, se complacen en recordar su pun- 
to de partida, Alberto evocaba con lucidez maravillosa 
la ciudad europea abandonada por él quizás para 
siempre. Los recuerdos de los últimos días vividos en 
esta ciudad fueron pasando por su memoria deslum- 
brada; pero uno solo de esos recuerdos triunfó al cabo 
de la esplendidez y la fuerza de los otros. En los largos 
mediodías y en las tristes noches de á bordo, en alta 
mar, le había perseguido sin tregua. Y ahora, cuando 
tal vez iba á extinguirse completamente, se lo repre- 
sentaba doloroso y bello como nunca. Era el recuerdo 
de un adiós todo besos y lágrimas. Era la visión de un 
cuerpo de mujer, lleno de temblores, enlazado á su 



ÍDOLOS ROTOS 15 

cuerpo; la visión de un rostro de mujer inclinado sobre 
su rostro; la visión de unos ojos rebosantes de lágri- 
mas, inclinados sobre sus ojos, húmedos de llorar; la 
visión de unos labios tendidos hacia sus labios en de- 
manda del último beso; la visión radiante de una her- 
mosa cabellera rubia, llamarada de sol cuajada en finí- 
simas hebras áureas, caída, durante los espasmos del 
dolor, en cascadas de trenzas y lluvia de rizos alrede- 
dor de dos frentes, hasta vestir de suave seda y per- 
fume las mejillas de dos rostros, hasta ocultar á la vez 
dos cabezas, cubriéndolas y amparándolas con toda su 
magia de luz y de oro, como una tienda real, perfuma- 
da y rica, protectora del amor de dos novios augustos. 



il 



Alberto Soria recordaba siempre con disgusto los 
días de incertidumbre y dolor que siguieron al término 
de sus estudios filosóficos. Necesitaba en esos días 
elegir carrera, según los deseos de su padre; y ante lo 
difícil de acertar en su elección, mantúvose un buen 
espacio de tiempo irresoluto. Adivinaba, merced á su 
inteligencia clarísima, lo decisivo y grave del momen- 
to. Otros de su misma edad, compañeros suyos en los 
bancos de la escuela, tranquilos é indiferentes por 
incapaces de reflexión, descuidados del porvenir, se 
disponían á tomar, al menor impulso extraño, por el 
atajo más próximo, así como tropel de sufridos corde- 
ros obedientes á la voz y al cayado de un pastor igno- 
rante. Víctimas de un sistema de enseñanza, todo ra- 
pidez, con el que se pretende madurar cerebros y pulir 
inteligencias, como se mueven máquinas por fuerza de 
electricidad ó vapor, en casi todos, precozmente ama- 
nerados, era ya imposible un desarrollo natural harmó- 
nico y sereno. Condenados á la fatiga prematura, en 
ellos el germen primordial, producto de la herencia y 
el medio, germen en cuyo regazo van las aptitudes y 
energías de cada individuo, había muerto ya bajo un 
fárrago de influencias contradictorias, ó en balde tra- 
taba de crecer, permitiéndose de cuando en cuando 
alguna protesta efímera. Unos, los más, escuchaban y 



ÍDOLOS ROTOS 17 

seguían resignados un consejo cualquiera; otros, los 
menos, y de estos pocos era Alberto, caían en confu- 
sión y duda, sin atinar, casi ninguno de ellos, la carrera 
mejor avenida con sus gustos é inclinaciones. 

En el seno de la familia Soria se discutían con fre- 
cuencia las probabilidades de éxito feKz de cada pro- 
fesión en particular, pero nadie tomaba en cuenta las 
aficiones mismas de Alberto. Su padre estaba por la 
Medicina ó las Matemáticas; su tía materna, la tía Do- 
lores, estaba sólo por las Matemáticas y hacía ascos 
á la Medicina, como á un oficio por demás plebeyo. 
Entretanto Alberto, el único interesado, no mostraba 
amor decidido por ninguno de esos estudios y profe- 
siones. Sentíase más bien atraído hacia el estudio del 
Derecho, en parte por ser la ciencia del Derecho la 
preferida de su tío paterno, el político de la familia, 
llamado Alberto como él y á quien él adoraba, en 
parte porque en la profesión misma del abogado algo 
le seducía. No le seducía el estudio mismo del Derecho 
ni el de sus fuentes históricas. Lo seducía la faz menos 
científica y más brillante de la profesión de abogado, 
idealizada por la figura del abogado triunfador en 
causas célebres. 

Nada le parecía tan glorioso como encadenar á los 
adversarios, leyes y jueces, con la cadena de oro de la 
palabra bella y el gesto noble y persuasivo. Este pa- 
recer iba en su alma ligado á la emoción más profun- 
da y turbadora de su adolescencia: emoción experi- 
mentada cuando fué á un teatro por la primera vez de 
su vida y pudo ver desarrollarse en la escena, majes- 
tuoso y deslumbrador, un drama perfecto. Los pe- 
ríodos harmoniosos y correctamente declamados, el 
ademán sobrio y feliz de algunos actores, los gritos 
dolorosos de los personajes tomados de la vida real, 

2 



18 MANUEL DÍAZ RODRICUEZ 

el centelleo de las luces y las joyas y los aplausos de 
la multitud le turbaron hasta dar á su fantasía la exal- 
tación de una embriaguez violenta. Aquella noche le 
fué imposible dormir: los oídos llenos con las palpita- 
ciones de todas sus arterias, los ojos abiertos en la 
sombra y empañados todavía en representarse los epi- 
sodios más notables del drama, pensando unas veces 
en los actores como en entes casi divinos, consideran- 
do otras veces al autor oculto de aquella urdimbre de 
verdad y poesía, desarrollada en la escena, como una 
cima insuperable de grandeza y de gloria. Mil senti- 
mientos nebulosos despertó esa emoción en su alma 
cerrada aún de adolescente. Pero Alberto no supo 
leer, ni siquiera adivinar en su emoción, el secreto de 
su destino. Y por mucho tiempo después, al recordar 
su tumultuoso estado de alma de aquella noche, lo 
atribuía á veleidad pasajera de su temperamento im- 
presionable. 

Deseando por una parte acabar con sus vacilaciones 
infinitas; queriendo por otra parte huir de las estéri- 
les disputas provocadas por esas mismas vacilaciones 
en el seno de su familia, decidió, en uno de esos arran- 
ques peculiares de los caracteres incompletos, débiles 
ó enfermizos, abrazar la profesión del ingeuiero. Sin 
darse cuenta exacta de lo que había pasado por él se 
encontró irremediablemente engolfado en el estudio 
monótono y frío-de las matemáticas. No faltó quien le 
infundiese esperanzas y aliento: mnchas voces opti- 
mistas le hablaron de un porvenir muy próximo, lleno 
de cosecha abundante, reservada á la ingeniería, En 
efecto: por el país en calma pasaba un soplo regene- 
rador cargado de bendiciones y promesas. Nadie guar- 
daba miedo al espantajo de la guerra civil, como si 
ésta no pudiese volver de nuevo á transformar carnpi- 



ÍDOLOS ROTOS 19 

ñas prósperas en desiertos, y ciudades florecientes y 
ricas en asilos de mendicidad y montones de escom- 
bros. Muchos se creían en el principio de una larga 
era de bienandanzas, y esperaban, como fruto de or- 
den y de paz, el nacimiento de nuevas indurtrias y 
nuevas riquezas, á cuya formación y adelanto contri- 
buiría, más que ningún otro, el ingeniero con sus luces. 

A pesar de todo, en el curso del primer año, su es- 
fuerzo de voluntad se rompió más de una vez, y á cada 
ruptura vivió momentos de dolor y días pálidos llenos 
de tristeza. Su manera rigurosa de concebir el deber, 
ayudada luego por la costumbre, venía á ser el solo 
aguijón de sus bríos. Trabajaba sin entusiasmo ni 
amor, no considerando sus estudios como destinados 
á embellecer y fecundar su vida, sino como simple ta- 
rea, indispensable y enojosa, al fin de la cual empren- 
dería otra diferente. Sin embargo, estudiaba con te- 
nacidad heroica, dejando pasar la juventud, grave y 
rígida, como una virgen privada de risas, cantos y be- 
sos. Sin ligerezas amables, ni calaveradas ingenuas, su 
vida se deslizaba como austera vida de monje en la es- 
trechez de los claustros. Sus labios, resueltos á con- 
servarse puros, rechazaban el ^bebedizo de los amores 
fáciles. Y fuera de dos ó tres amigos, coa los cuales 
de tarde en tarde gozaba de grato esparcimiento, nada 
le distraía de su empeño en terminar pronto y bien sus 
estudios. 

La tensión de su voluntad la sostenía el señuelo de 
".na promesa. Su padre le había ofrecido enviarle á 
Europa á coronar su carrera científica, ganando en los 
grandes centros del viejo mundo mayor suma de cien- 
cia, y preparándose, por el solo hecho de cruzar el 
océano, un éxito más feliz, como creía y aseguraba 
candorosamente el viejo Soria. 



20 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Por fin llegaron los últimos exámenes, y con ellos 
aproximóse el momento de la partida. Soria, pasados 
los exámenes, experimentó nn bienestar infinito, como 
quien se ve libre de una obsesión ó de una gran pesa- 
dumbre. Su voluntad, como después de largo encogi- 
miento, se desperezaba fuerte y gozosa. Y sentíase 
tan ágil, desembarazado y lleno de confianza, como si 
se hallara en el verdadero instante oportuno para dar 
un objeto á su vida. Su diligencia anterior se le apare- 
cía como simple deseo de llegar pronto al descanso 
y su austeridad como treta de refinado para mejor sa- 
borear todas las delicias y blanduras. Durante muchos 
meses, desde antes de emprender viaje hasta después 
de su llegada á París, la primera ciudad en la cual ha- 
bía de fijarse á completar sus estudios, vivió en el más 
profundo reposo. Desaparecida la tensión de su vo- 
luntad, la alegría de vivir, qne hasta entonces había 
pasado cerca de él como un torrente mudo, empezó á 
conquistarle. El torrente murmuraba, cantaba, convi- 
dándole en sus cantos y murmurios á beber de la onda 
tersa y fugitiva. Y sus labios, llenos de juventud, se 
inclinaron sobre la onda como una flor sedienta. 

Mientras la vida se le insinuaba amable y risueña 
en su alma despertó, á favor del reposo y del medio 
parisiense, un germen dormido. Y del germen brotó, 
derramándose como savia invisible por todo el ser in- 
contaminado de Alberto, una fuerza nueva que cada 
vez más afinaba sus ojos, afinaba su piel, afinaba sus 
nervios, y le hacía buscar, casi á pesar suyo, en los 
seres y las cosas, la gracia y la harmonía. Aquella su 
emoción turbadora, experimentada de niño cuando 
fué por la primera vez á un teatro, se renovó más cla- 
ra y á menudo, revelándose al fin como un instinto, 
como un sentimiento irresistible, nacido con él, indis- 



ÍDOLOS ROTOS 21 

pensable para él, sentimiento vivo y delicado de la 
BeJ^zaJiarmoniosa. 

Conocía de antes algunos de sus compatriotas resi- 
dentes en París y dedicados al estudio: médicos en su 
mayor parte, raros ingenieros y unos pocos artistas. 
Entre sus compatriotas no cultivó y sostuvo amistad 
verdadera sino con Emazábel, médico, é Iglesias, ar- 
tista, pintor y escultor á la vez, condenado á sucumbir 
dos año s más tard e en plena esperanza de triunfos, 
iglesias, y un joven argentino amigo de Iglesias llama- 
do Calies, pintor y discípulo de Laurens, < fueron los 
camaradas predilectos de Soria. Con ellos visitó los 
sitios más frecuentados de los artistas, los talleres es- 
cuelas, los grandes museos y las exposiciones ocasio- 
nales de escultura y pintura. 

Semejantes excursiones, en los primeros tiempos, 
las hizo, ó creyó hacerlas, con igual placer con que 
hacía excursiones á los alrededores de París ó visitaba 
las casas de curiosidades, regalo y diversión de la ocio- 
sa gente bulevardera. Pero poco á poco se marcó su 
predilección por las excursiones artísticas, y en éstas 
creció de un modo casi palpable el caudal de sus ideas 
y gustos estéticos. El grano de oro de su amor al arte, 
primero apenas perceptible como diminuta chispa de 
luz, muy ligero alcanzó las proporciones de filón rico y 
profundo. Soria saboreó pronto una alegría nueva, la 
alegría de conocer, con sólo echar una ojeada sobre un 
mármol ó una pintura, los primores y excelencias de la 
obra, y se ejercitaba en adivinar, asi la escuela á que 
pertenecía la obra, como también el nombre del artí- 
fice cuyas manos movieron el pincel ó encerraron en 
la piedra de la estatua la llama de la vida. 

Cuando quiso reanudar la interrumpida labor de sus 
estudios de matemáticas, advirtió y pudo medir en 



22 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

toda su magnitud el cambio asombroso realizado en él 
por el hecho de vivir en una atmósfera de arte. Cono- 
ció tristezas é incertidumbres a nálo gas á las que había 
probado en los penosos principios de su carrera. Y en 
ese estado de alma consideró como una fortuna los 
obstáculos que se opusieron á su admisión en la Es- 
cuela Central. Todo extranjero se tropezaba con esos 
obstáculos, y para vencerlos debía dirigirse al ministro 
de Instrucción Pública francés y reclamar la interce- 
sión del representante diplomático de su país en Fran- 
cia. Pero Soria, en vez de combatir las dificultades y 
vencerlas, más bien las exageró, asiéndose de ellas 
como do un áncora, valiéndose de ellas como de un 
pretexto, para no turbar su vida cómoda y feliz de cu- 
rioso de arte. 

Aljgabg Ilg dsjyinjpo, apenas había oído en la Sorbona 
las conferencias de un profesor de álgebra; y si estaba 
muy atento á las explicaciones del profesor, al dejar el 
anfiteatro las echaba en olvido, para no recordar sino 
las obras recién admiradas en museos y talleres: cua- 
dros hermosos y nobles esculturas. 

Sin embargo, bajo su calma en apariencia dichosa, 
nacía de cuando en cuando un vago remordimiento: ya 
se representaba con tristeza lo inútil del esfuerzo con- 
tinuo de sus largos años de estudio; ya pensaba en lo 
que su padre, confiado y bondadoso, estaba esperando 
tal vez del hijo ausente. 

En la compañía de Iglesias y Calles, y por su género 
de existencia, hubo de conocer á muchos artistas, en- 
tre ellos á uno que sobre él ejerció una influencia in- 
discutible. Se llamaba José Magriñat. Era uno de esos 
hombres de talento no muy grande, pero de voluntad 
prodigiosa/ que van dejando por donde pasan una im- 
presión de fuerza y de salud, con la cual dominan y 



ÍDOLOS ROTOS 23 

subyugan. Pintor, joven como de unos treinta años, 
nacido en Cuba de padres españoles, estrecho de fren- 
te, cejijunto y bastante seco de carnes, desdeñaba mu- 
chas cosas: desdeñaba el oro, desdeñaba la mujer, des- 
deñaba las letras, desdeñaba la política. En él no ca- 
bían sino dos ideas, d6s pasiones, dos fanatismos: la 
independencia de su país y la gloria de su arte. Su 
amistad fué para Soria como un baño de energía, y en 
Soria completó la obra de mucho antes iniciada por el 
medio. A poco de conocerse, ya eran verdaderos ami- 
gos. Y como José Magriñat se hallaba en vísperas de 
realizar uno de sus mejores sueños de artista, el viaje 
de Italia, cuando llegó el momento de partir, nada le 
fue tan fácil como llevarse de compañero á su nuevo 
amigo Alberto Soria. 

3 is meses duró el viaje, la peregrinación artística 
de ciudad en ciudad, como de santuario en santuario; 
seis meses llenos de luz, vividos en la sagrada comu- 
nión de un mismo ideal de belleza. A la curiosidad 
noble de los dos romeros no se escondió un solo punto 
en donde hubiese florecido una escuela de arte, ni la 
menor aldea en donde un alma de artista hubiese de- 
jado alguna de*sus vibracioees más puras palpitando 
eternamente en el fresco ó en la tela, en el bajorrelieve 
ó en la estatua. Pero sobre todo, Florencia los turbó, : 
los mareó con el océano de esplendores de sus infini- 
tas obras maestras, con sus mármoles y bronces alza- 
dos entre caricias de sol bajo los pórticos, en las pla- 
zas públicas, en las loggias anchurosas y claras, con 
sus mayólicas suspendidas de los frontones de edificios 
vetustos, como sonrisas de ángeles extraviadas en un 
rostro severo, con sus palacios llenos de majestad, 
cuya gracia y armonía se funde e,n una atmósfera ale- 
gre y sutil, en un cielo azul, delicado y vibrante. 



124 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Florencia despertó las últimas rebeldías del alma de 
Soria y determin ó el cam bio de éste. El punto de par- 
tida de su transformación fué un pensamiento sacrilego 
acariciado algunas veces por él bajo la cúpula de la 
Sagrestía Nuova entre los ricos mausoleos de los Me- 
diéis, mientras admiraba como en éxtasis la célebre 
Noche de Miguel Ángel. Ante aquellas figuras no aca- 
badas, tales jgpmo un tesoro apenas presentido de for- 
mas bellas y líneas poderosas, dióse una ver á pensar 
si nadie podría desentrañar la idea y completar la obra 
inconclusa del maestro incomparable. Después de re- 
lampaguear en su alma, ese pensamiento no se extin- 
guió de improviso como el relámpago. Lo asaltó va- 
rias veces, lo persiguió, lo dominó, lo poseyó, congo 
una imagen de voluptuosidad á un débil cerebro de 
eremita. 

Años más tarde, al recordar esas reflexiones que le 

««■■■■■■■«■■ 

sugerían las obras no acabadas del maestro, las consi- 
deraba, avergonzándose de ellas un poco, sacrilegio y 
locura. Sacrilegio y locura le parecía tocar, siquiera 
con la imaginación, aquellas formas. «Mejor están así, 
pensaba. Mejor están así, en su crepúsculo doloroso; 
quizás más bellas, seguramente más puras. Semejantes 
á flores entreabiertas, viviendo en parte la vida glo- 
riosa de la obra acabada, en parte escondidas aún en 
el misterio impenetrable del trozo de mármol sin pulir, 
parece como si esas creaciones del mayor de los artis- 
tas hubiesen tenido, por un momento, conciencia de 
su perfección futura, y en el supremo orgullo de su be- 
lleza, se hubieran quedado en los umbrales de la vida, 
temerosas de ser profanadas, y desdeñosas de mez- 
clarse con la fealdad inquieta y vana de los hombres. > 

A su vuelta á París, Alberto Soria tenia ya formado 



ÍDOLOS ROTOS 25 

un propósito muy firme, para cuya realización contaba 
con Iglesias y un artista notable, maestro de Iglesias. 

Y en cuanto pudo se dio al trabajo, velando su vida, 
ocultando sus proyectos á la curiosidad impertinente 
y maligna. Sólo Iglesias y Magriñat estaban en el se- 
creto, y muy bien lo guardaban. Soria tenía un miedo, 
rayano en pavor, al ridículo, y si alguien llegaba á en- 
terarse de sus planes, y éstos fracasaran por una razón 
cualquiera, la menor sonrisa irónica sorprendida en 
unos labios hubiera sido para él ccmio un tósigo de 
muerte. Además, él hallaba un soberbio placer de or- 
gulloso en rodear de misterio su vida. Su trabajo, 
oculto á los ojos de las gentes, le atraía con especial 
encanto. Y precisamente ese misterio de su vida no se 
lo perdonaban los otros. No halló clemencia ni per- 
dón ante la malévola curiosidad burlada de algunos de 
sus compatriotas desocupados, propaladores de malas 
noticias y amigos de chismes y calumnias. Compren- 
diendo cómo le era hostil esa curiosidad, Soria huía 
de ella. Pero cuando no la podía evitar, porque lo 
atacaba de frente, él respondía á sus ataques de modo 
seco y breve, ó, si estaba de humor, con evasivas bur- 
lonas. Uno de esos importunos, deseoso de conocer 
lo más íntimo de la vida ajena, conversaba una tarde 
con Soria, y conducía la conversación lo más diestra 
y disimuladamente posible, á fin de sorprender las 
ocultas ocupaciones de su conterráneo. De repente, 
variando de táctica, decidió irse á fondo. 

— ¿Y cómo está esa Escuela Central? 

— ¿La Escuela Central? No sé. Supongo que estará 
bien... Como siempre. 

— ¡Ah! ¿Pero usted no sigue los cursos de la Es- 
cuela Central? 

— No, señor. 



26 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

— ¿Asistirá á la Escuela de Puentes y Calzadas? 

— Tampoco. 

— ¿Pero usted, si no me engaño, es ingeniero? 

— Sí, señor. 

— ¡Ah! ¿Estudiará alguna otra cosa?... 

— Si: estudio humanidades. 

Y Soria, al hablar así, sonrió maliciosamente. El 
otro, interpretando á su modo la sonrisa de Soria, se 
permitió sonreír más maliciosamente aún y al mismo 
tiempo agregó: 

— «Sobre todo la humanidad femeninas Y mientras 
decía esto miraba de soslayo, con bastante socarrone- 
ría, á la rubia Julieta sentada cerca de Soria, para 
alejarse después con expresión de triunfo, muy con- 
vencido y orgulloso de haber dado en el blanco. «¡Si 
él estaba segurol Bien se lo había dicho poco antes á 
Emazábel, aquel estudiante de mediciaa serio y tra- 
bajador que tenía debilidad por Alberto Soria. Tan 
evidente era el caso, que Emazábel se limitó á recurrir 
á bobas frases de escéptico, para excusar la conducta 
de su amigo. > Y una por una evocó las palabras de su 
conversación con Emazábel y el ademán de éste, unas 
veces vivo, otras lento y resignado, como ademán de 
trabajador sin esperanzas ni fe. Bajo los árboles del 
boulevard, del lado afuera de un café, conversaban, en 
tanto que la luz de un día de primavera agonizaba en 
el cielo con lentitudes voluptuosas. Y cerca de ellos, 
bajo los árboles del boulevard y por las calles vecinas» 
empezaban a correr los perfumes , ej_ rum or y los in- 
numerables ap<>títn^ rfcs^praHns de las ciaras noches 
de París en fiesta. Hablaban de sí mismos, de sus pro- 
pios trabajos y proyectos, y de los trabajos y proyec- 
tos de los otros, amigos ó camarades, nacidos en el 
mismo pedazo de tierra humilde y obscuro de más 



ÍDOLOS ROTOS 27 

allá del océano, casi todos llegados á París con el 
ansia candorosa de recoger, cuál más, cuál menos, 
ideas, luz y energías, que más tarde irían á sembrar 
como simiente de bendición en el suelo de la patria. 

— Cuanto á ese pobre muchacho de Soria, me pa- 
rece perdido, perdido sin remedio... 

— ¿Por qué? 

— ¿Me preguntas por qué? Soria tiene más de dos 
años aquí, sin ocuparse en nada. En nada, en nada se 
ocupa. Es decir, no se ocupa sino en venir al café, en 
vagar sin objeto, en visitar museos, en hacerse de re- 
laciones vagas en el fondo de todos los cuchitriles de 
clientela dudosa de Montparnasse y Montmartre. Y 
todo eso en la compañía de Julieta, de esa rubia para 
quien debe ser como grano de anís una escasa pen- 
sión de estudiante. Nunca le he visto sin ella. ¿No 
crees perdido al que cae en las garras del monstruo? 
El monstruo es la mujer. Ella es la perdición de mu- 
chos de los nuestros, y va á ser la de Soria. ¡Cuánto* 
pobres tontos de por allá, recién llegados aquí, no 
sucumben al eterno hechizo amoroso y van á la mujer 
como iban los jóvenes de Atenas á la boca del Mino- 
tauro! Soria me parece uno de esos. Sin temor de 
errar, podría yo decir que esa mujer le ha arruinado 
ya, física, intelectual y moralmente. Muchas deudas le 
habrá hecho contraer á estas horas. Julieta, sin duda 
ninguna, es el tipo acabado de la parisiense de hoy» 
producto de una gran civilización enferma y podrida. 
Fina, delgada, nerviosa, parece que un sorbo de rocío 
y un rayo de sol pudieran satisfacerla, y sin embargo, 
nada la satisface. Es f^cil adivinar, con ver su boca, 
una infinita curiosidad perversa. Perfidia están diciendo 
sus ojos claros, azules, punteados de oro, que deben 
de brillar en la sombra como ojos de felino. Y tiene el 



28 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

cuello redondo y firme de la dominadora y la in- 
saciable. 

— Creo que exageras. Soria no me parece perdido, 
como dices, perdido sin remedio. Me hace la impre- 
sión de un homhre algo tímido, vacilante, no muy se- 
guro de sus fuerzas, que no ha encontrado aún su ver- 
dadera vía, pero que al fin la encontrará, guiado hacia 
ella por su inteligencia muy clara. 

— Puede ser... pero entre tanto malgasta su juven- 
tud, y con su juventud el ahorro, la sangre y el sudor 
de quién sabe cuántas generaciones. Además... que 
Soria esté buscando aún su verdadera vía, no deja cié 
ser una simple hipótesis piadosa. Para mí, es una nue- 
va víctima agregada á las innumerables víctimas de 
París y de la imprevisión paterna. Lo he dicho muchas 
veces: yo, padre de familia, necesitaría confiar mucho, 
mucho, en la lucidez de criterio y en la bondad y fir- 
meza de índole de^m hijo mío, para dejarle venir á lle- 
var la vida libre y halagadora de este París, que es lo 
infinito de la seducción, sobre lo infinito del desastre. 
¡Cuántos padres, creyendo hacer un bien, no hacen á 
cada paso un mal enorme! 

— El mal es el mismo para todos — replicó Emazá- 
bel — . Para todos, téngase buena ó mala índole, inten- 
ción firme ó flaca, juicio claro ó turbio. El mal es el 
mismo para quien se entrega á la vida ociosa, plena- 
mente, en cuerpo y alma, como para quien trabaja y 
lucha y vive de lucha y de trabajo. ¡Y cuidado si para 
este último es mayor ese mal! 

— No comprendo lo que quieres decir, pero entre el 
que lucha y trabaja, como tú, cumpliendo como bueno 
consigo mismo y con los otros, y el que sólo se ocupa 
en divertirse y gozar, hay bastante diferencia. 

— Hoy por hoy, sí: existe una diferencia. Mas para 



ÍDOLOS ROTOS 29 

el mal á que yo me refiero, en el porvenir, esa diferen- 
cia no existe. De vuelta á la patria, unos y otros, asi 
los que hoy viven en la ociosidad como los que vivi- 
mos en el trabajo, iremos á dar tal vez en una misma 
encrucijada obscura. 

Y Emazábel, renunciando á más explicaciones, cor- 
tó el diálogo inútil con su ademán triste y solemne de 
trabajador sin entusiasmos ni fe, cansado de aquel 
largo día de Junio que todavía agonizaba en el aire, 
sobre la c z eléctrica recién 

aparecida en lo alto de los fanales públicos, intensa y 
blanca, muy blanca, en figura de albos copos de nieve 
esplendorosa. 

Mientras provocaba las murmuraciones malévolas 
de los otros, exhibiéndose en todas partes como per- 
fecto holgazán, y siempre en compañía de Julieta, So- 
ria trabajaba con ahinco y ardor de fanático. Al prin- 
cipio, bajo la vigilancia del maestro y amigo de Igle- 
sias; más tarde, libremente, al aire los brazos y reves- 
tido de blusa en el taller de Iglesias, se adiestraba en 
imprimir las líneas y las formas del modelo desnudo 
en el barro á un tiempo esquivo y dócil. 

Conocimientos, en su ocasión adquiridos, de anato- 
mía plástica y dibujo, le facilitaron, reduciéndolas un 
poco, sus enojosas tareas de principiante. Y el exceso 
de trabajo no le daba, como en el curso de sus estu- 
dios de ingeniero, la sensación del vacío, la sensación 
del desierto desolado y monótono, que le ponía de hu- 
mor áspero y triste. Al contrario, hallaba en la fatiga 
como un desmayo delicioso, y á veces verdadero júbi- 
lo. A este fin contribuía Julieta, sirviéndole de auxiliar 
inteligente aunque humilde. Desde los comienzos de 
sus amores, ella había sido para él toda abnegación y 



30 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

ternura. Los menores escrúpulos y caprichos del aman- 
te los respetaba ella, de modo que nadie hubiera po- 
dido, por causa de ella, conocer la vida ni adivinar los 
proyectos de Soria. Removiendo, ejercitando y afinan- 
do la sensibilidad más recóndita y obscura del amante, 
contribuía, sin ella saberlo, á despertar en el amante 
la fuerza creadora del artista. 

Sintiéndose iniciado por eL/^mpr en los misterios 
de l a Bellez a, en sus amores buscó y halló Alberto el 
germen de su primera obra de arte. La concepc ión 
origjnal de su obra pasó á través de muchas metamor- 
fosis amables antes de hacerse definitiva. Su primera 
idea fué la de representar, en una ó más figuras bellas, 
el ideal confusamente delineado de un a mor fut uro, 
libre y feliz, nacido lejos de toda sos-echa, superior á 
toda liviandad y pequenez, exento de mancha. De esa 
idea pasó á otra, que le pareció análoga, si no idéntica 
en el fondo: la de representar el a mor anti guo, sano y 
alegre. Y as: fué, imaginando y cavilando, hasta que 
del bloque informe de sus imaginaciones confusas bro- 
tó la riente figura del Faurw ro bador de N infas. Y el 
Fauno robador de Ninfas, admitido al ser presentado 
en el concurso anual de escultura, triunfó de sus con 
currentes, de sus muchos rivales de mármol y bronce. 

La noticia de haber obtenino Soria una medalla 
cayó como una bomba cn*:re sus compatriotas estu- 
diantes, causándoles indecible sorpresa. 

— ¡Soria escultor! ¡Y sobre escultor, premiado! 

— ¡Quién lo hubiera dicho! 

— ¿Pero á qué horas trabajaba? ¡Si yo le creía la pc- 
Teza en persona! 

Tales y otras muchas exclamaciones de sorpresa 
fueron el bautismo de gloria del novel estatuario. Lúe 
go, notables críticos de arte exaltaron en la prensa de 



, 



>r 



... 



ÍDOLOS ROTOS 31 



París, con el talento del nuevo artista, el mérito de su 
obra, milagro de juventud y fuerza. Entonces, muchas 
manos aplaudieron, y muchos labios murmuraron pa- 
labras de lisonja. La abigarrada multitud parisiense 
desfiló delante del Fauno robador de Ninfas. Cada 
uno, hombre ó mujer, conocedor ó ignorante, dejó 
con sus aplausos algo de su alma sobre las tersas car - 
nes de mármol de aquellas dos figuras, predilectas de 
la gloria: el Fauno, en cuya actitud y expresión canta- 
ba la vida de toda una selva llena de palpitaciones de 
savia y de renuevos robustos, y la Ninfa, por cuyas 
formas de rara candidez y belleza se veía pasar el 
temblor pudoroso de la castidad vencida. Más tarde, 
los periódicos de^país de Alberto reproducían, exa- 
gerándolos un tanto, los elogios de sus colegas fran- 
ceses, y con el homenaje de la prensa patria llegaron 
á las manos de Soria muchas felicitaciones, muchos 
aplausos de parientes y amigos olvidados, y aun de 
personas desconocidas. 

Sin embargo, el aplauso mejor, el que debía coro- 
nar el triunfo del artista, ese no llegó al alma de So- 
ria, sino destilando amargura. La carta que recibió 
entonces de su padre, esperada con ansiedad muy 
viva, rebocaba en cariñosas palabras y ternezas. Pero 
Alberto creyó leer entre líneas algo que era á la vez 
protesta y súplica, y vislumbró á través de la prosa 
amable el gesto de un reproche. Eso lo mantuvo des- 
consolado y melancólico por algunos días, hasta que 
el tumulto de la vida parisiense y la continua suges- 
tión poderosa del ambiente artístico le devolvieron al 
trabajo y al arte. 

En medio á grandiosos proyectos de nuevas escul- 
turas lo sorprendió el aviso de la enfermedad súbita 
del padre, y ante el angustioso llamamiento de los her- 



32 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

manos apercibióse á la partida. Sin gran tristeza dejó 
tras de sí una obxa nq_ acabada, muchas esperanzas, 
muchos sueños de artista y el amor y los labios de Ju- 
lieta. Le seducía la idea de volver á la patria. Y al 
pensar en la patria, no pensaba en realidad sino en la 
imagen que de ella se había formado durante su aus- 
tera vida estudiantil, imagen hermoseada y engrande- 
cida más tarde por los recuerdos y la ausencia. 

Al despertar, el día siguiente de su llegada, en la 
casa paterna, recordó de nuevo los últimos años de su 
vida como se recuerda un sueño largo. Su ilusión, en 
ese instante, fué completa. El sol, penetrando á tra- 
vés de las rendijas de puertas y ventanas, caía sobre 
los objetos familiares colocados en los mismos sitios 
y de igual modo que cinco años atrás. Ya vestido, 
Soria abrió la puerta que comunicaba su alcoba con 
la salita en donde antes él y Pedro recibían á sus 
compañeros de estudio. Una ola dbjrjgs cura y fragan- 
cia fué á su encuentro, como dándole los buenos días. 
En el centro de la sala, sobre una mesa redonda, ha- 
bía una cesta de cristal llena de rosas frescas. Y como 
el caminante que, abrumado de fatiga, calor y sed, su- 
merge los labios en un arroyo frío y transparente, asi 
Alberto hundió su rostro en el manojo de rosas re- 
cién cogidas. Los pétalos de lasjrosas le hicieron cos- 
quillas en la barba, la nariz y los labios; le mojaron la 
frente y las mejillas. Y Soria, en un grito de sorpresa 
infantil, exclamó casi ebrio: 

— ¡Cuántas rosas! ¡Cuántas rosas! 



III 



. 



El resentimiento de Soria se deshizo ante aquellas 
claras muestras de ternura. Lo conmovió el hallar sus 
libros y muebles en el mismo orden en que cinco años 
atrás los dejó su capricho de estudiante. Previsión 
amorosa de la hermana era ese respeto á sus capri- 
chos estudiantiles, é indudablemente obra de esa mis- 
ma previsión era la bienvenida que la casa paterna 
parecía dar al recién llegado con el fragante y fresco 
lenguaje de sus flores. 

Y las miradas de Alberto, al ver á la hermana, la 
abrazaron como caricias de reconciliación y gratitud. 
«¿Cómo pudo guardar ni sospechas de un rencor á la 
que había sido con él buena hermana, buena amiga y 
perenne mediadora feliz entre él y su padre?> 

— Gracias por tus flores, Rosa Amelia, porque su- 
pongo las cortaste para mí. 

— Por supuesto. Pero no me des las gracias, por- 
que tengo muchas, muchas y muy bellas. En toda la 
ciudad no hay rosas tan lindas como mis rosas. Ya 
verás. Te preparo una sorpresa . Espérame aquí un 
segundo, y yo misma te mostraré mis rosales. 

Y Rosa Amelia dejó con su paso leve y gracioso el 
saloncito; apareció después al otro lado del patio; en- 
tró en la alcoba de su marido; llevó una medicina á su 
padre, y no tardó en volver adonde estaba Alberto 

3 



34 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

— ¿Recuerdas cómo estaba el corral de casa cuan- 
do te fuiste? Pues ya verás cómo se encuentra ahora. 

Juntos, los dos hermanos, atravesaron de prisa el 
comedor, el segundo patio de la casa y penetraron en 
el vasto corral, cercado de paredes. A pesar del anun- 
cio de Rosa, la sorpresa del recién llegado fué muy 
grande. ELcpiral, de espacio mucho mayor que el 
ocupado por las habitaciones de la casa, se hallaba 
convertido en un s olo jardín opulen to. En algunas par- 
tes del jardín, árboles ya bastante fuertes y crecidos 
formaban deliciosos rincones de sombra. Los árboles 
más raquíticos, los de follaje más pobre, lucían como 
oprimidos bajo el peso de numerosas parásitas, arran- 
cadas á los más viejos árboles del bosque ó las más 
húmedas rocas de la sierra. Y por todas partes, en 
casi todos los cuadros que dividían el jardín, se alza- 
ban rosale s en flo r. Sobre rosales de todas las espe- 
cies descollaban rosas de todos los matices. Pero las 
más abundantes eran las rosas blan cas y las rosas ro- 
jas, las candidas «pom_o flores de nieve y las purpúreas 
como llamas. Rosales faltos de hojas, casi únicamen- 
te vestidos de su flor, semejaban arbustos de ensueño. 

— Aquéllos son mis predilectos^ porque son los más 
bonitos. ¿Los ves?... Aquellos de la pila — . Y Rosa 
Amelia señalaba tres rosales de flores carmesíes y uno 
de rosas blancas, plantados alrededor de una fuente. 

En el tazón de mármol de la fuente, lleno de agua, 
nadaban peces dej^úrpura, manchados los más peque- 
ños de oro y plata; y en el centro de la fuente, sobre 
un pedestal diminuto, se alzaba un amorcillo tosco y 
gordiflón, también de mármol, inclinado á verse, muy 
risueño, en el espejo del agua, entre las imágenes tré- 
mulas de los rosales vecinos. 

Sorprendido de aquella transformación, Alberto 




ÍDOLOS ROTOS 35 



pensaba en una como vieja quinta ceñida de vergeles 
que la ciudad, al crecer, hubiese forzado á entrar en la 
monótona fila de sus casas vulgares y feas. Y de tiem- 
po en tiempo lanzaba exclamaciones de sorpresa que 
regocijaban y enorgullecían á Rosa. 

— Pues todo eso lo hice yo, yo misma. Naturalmen- 
te, los trabajos más.duros son obra de un jardinero que 
por aquí viene d^ vez en cuando. Pero todo lo demás 
es obra mía... Todo. Hasta en construir ese kiosco puse 
mis manos. ¿No es verdad que es muy coquetón ese 
kiosco, así pequeñín como es y todo verde?Las enreda- 
deras que lo cubren son de bellísima y flor de pascua. 
Ya verás en Diciembre y Enero cómo las campanillas 
azules lo hermosean que es una gloria. ¡Ah! se me ol- 
vidaba. ¡Pero qué cabeza la mía! ¡Y lo tenía tan pre- 
sente cuando entramos en el jardín! Se me olvidaba 
decirte que las camelias , aunque seguí muy fielmente 
las instrucciones que me dabas en tus cartas á papá, se 
malograron. Logré sólo una mata, y esa ha dado una 
flor, tan feúca y tan ruin, que me dan tentaciones de 
romperla. Ven y la verás. Por aquí... De este lado... 
¿La ves? Es una limosna de planta con una lástima de 
flor. La flor no es sino la caricatura de como son en 
Europa, según dicen. 

— Son flores muy bellas, grandes y vistosas. 

— Pero sin fragancia. 

— Sí. Son recreo de los ojos, y nada más, porque no 
tienen aroma, semejantes en eso á muchas mujeres 
bonitas. 

— Pst. Se prohibe decir mal de las mujeres en mi 
presencia. 

— ¡Si no digo mal de las mujeres! Ni siquiera he 
hablado de todas las mujeres. Digo que hay algunas 
como camelias: muy bellas y sin fragancia. Pero tam- 



36 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

bien las hay fragantes como rosas. Y tú eres Rosa en- 
tre las rosas. 

— ¡Tonto! ¿Vas á adularme para que te consiga algo 
de papá, como antes hacías? ¡Adulador! 

— Sólo que al lado de la Rosa grande pensaba yo 
encontrar, si no una rosa chiquitína, por lo menos un 
capullo. 

—¿Qué quieres decir?... No, no quiero que digas 
eso. No quiero. 
— Pero, ¿por qué? 
— No quiero. 

Y tan pálida se puso, y con tal firmeza habló Rosa, 
que Alberto enmudeció, todo perplejo, y se quedó mi- 
rando, lleno de curiosidad y extrañeza, á la hermana, 
en el rostro de la cual, pasada la gran palidez repen- 
tina, persistió una ligera expresión de enfado y susto. 
Alberto creyó estar viendo entonces por primera vez 
á la hermana. Su talle, sus líneas y contornos, los ras- 
gos de su fisonomía, Rosa los conservaba, después de 
tres años de matrimonio, tales como en sus tiempos de 
muchacha soltera. Nada revelaba en las formas de su 
cuerpo, ni en las líneas del rostro, la obra casi mara- 
villosa del amor, que arranca á las entrañas y trae 
afuera, esparciéndolas como luz, la gracia y la belleza 
ocultas en el seno de las vírgenes. Algo de infantil 
había aún en sus facciones, como si por ella hubiesen 
pasado inútilmente el amor y los años. 

Rosa Amelia rompió al fin el silencio, que empezaba 
á hacerse penoso: 

— María me ha ayudado mucho en mis labores de 
jardinera. 
— ¿María? 

— ¡Sí, hombre! María... María Almeida. Como ahora 
somos vecinas... Porque el señor Almeida está vivien- 




ÍDOLOS ROTOS 37 

do ahora muy cerca, á dos pasos de aquí. Es muy sim- 
pática María, y para mi ha sido una amiga excelente. 
Su amistad me ha servido á menudo de consuelo en 
mi vida un poco triste y solitaria. 

— ¿Y Pepito Vázquez? 

— ¡Ah! ¿te acuerdas de eso todavía? Pues eso se 
acabó hace mucho tiempo. Antes de yo casarme, ya se 
había acabado. 

— Es lástima. 

—¿Lástima? ¿Por qué? Al contrario: mejor fué asi. 
El no es nada bueno. María se engañó, como se enga- 
ñan muchas, como tal vez la mayor parte se engañan. 
Pero tuvo la suerte de comprender su error y de co- 
rregirlo á tiempo. 

— A tiempo, ¿después de algunos años de amores? 

— Sí, muy á tiempo, si se piensa en lo que á tantas 
otras les pasa, que no caen en la cuenta de su error sino 
cuando ya no tienen más remedio que arrastrarlo, lla- 
mándolo su deber, y como una cadena, á través de la 
vida, hasta el fin obscura y devastada. 

Alberto hablaba indiferentemente de esos amores 
como de cualesquiera otros amores, olvidado en abso- 
luto de su antigua admiración dé niño por la belleza 
de María. Esta fué la primera belleza de mujer que 
Alberto admiró y adoró en el silencio de sus timideces 
infantiles. Pero, ya hombre, se burlaba, como hacen 
casi todos los hombres, de ese culto ingenuo de la 
infancia. Sobre todo, después de viajar mucho y de ver 
los más excelsos tipos de belleza de todos los países y 
todas las razas, se consideraba alejado por más de un 
siglo de la dulce época inocente en que, para él, María 
Almeida poseía la belleza irreprochable de las Diosas. 
Débil ensueño de amor, no había hecho sino rozarle 
con su ala azul y huir muy lejos. Y ni un rastro de 






38 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

fragancia quedó en él de la frágil flor de idilio, muerta 
en botón en su alma adolescente. 

— Es lástima — repitió Alberto como distraído. 

Y en el mismo tono agregó Rosa: 

— Vas á hallar muchos cambios, y muchas cosas 
nuevas. ¡Cómo no! ¡Después de tanto tiempo! Cinco 
años ¿no es verdad? Cinco años... Y decir que en todo 
ese tiempo apenas me has escrito... 

Alberto, algo turbado, sin dejar de caminar junto á 
Rosa Amelia, hacia el fondo del jardín, pasó el brazo 
derecho sobre los hombros de la heimana y murmuró 
á manera de excusa: 

— Tampoco tú me escribías gran cosa. 

— ¡Qué diferencial Tú no pasabas las angustias que 
yo pasaba, ni tenías iguales deberes. ¿Qué podía yo 
escribirte, sino tristezas y bobadas? 

— Razón de más para escribirme, si vivías entre an- 
gustias y tristezas. Para deshacernos de ellas, ningún 
medio tan eficaz como el escribirlas. Es como si llorá- 



semos. 

— Sí, pero hay algunas que no deben escribirse, ó 
cuesta mucho trabajo hacerlo. 

— Esas, ¿cuáles pueden ser? ¿Cuáles pueden ser las 
tuyas? Comprendo que los cuidados de la casa y los 
achaques de papá... 

— No, no es nada de eso. Es otra cosa, y muy triste. 
Ya verás... ya verás... 

Luego, deteniéndose, y con la expresión de susto 
de poco antes, clavó sus ojos en los ojos de Alberto, 
y agregó: 

— Oye... ¿Papá no te ha dicho nada, absolutamente 
nada de Uribe? 

— No. Es cierto que todavía no hemos hablado á 
solas ni un instante... Si apenas he llegado. 



ÍDOLOS ROTOS 39 

— Es cierto. Pero te dirá muy pronto. Si, te dirá... 
Estoy segura... Pues bien, papá no puede ver á mi 
marido. No le quiere. Si, no hagas asi con la cabeza, 
como dudando. Esa es la verdad, la triste verdad. 
Ahora, figúrate mi vida, que no es tal vida, obligada á 
estar continuamente entre ellos dos, tratando de es- 
conder al uno la inquina del otro, evitando que á la 
visible aversión del uno el otro responda con un gesto 
de vinagre, esforzándome por deshacer entre los dos 
una nube cada vez más densa, por allanar entre los 
dos un abismo cada vez más hondo. Esto no puede 
ser vida... no es vida... Y todo ¿por qué? Porque 
Uribe está siempre enfermo, porque su familia no es 
muy simpática ni muy correcta... ¡qué sé yo!... Como 
si él tuviera la culpa de su enfermedad ni de los defec- 
tos de su familia. A veces creo que la enfermedad de 
papá es la culpable de todo, porque le ha agriado 
poco á poco el carácter, hasta convertirlo en otro 
hombre. El no era asi al principio. Si acaso le tenía 
mala voluntad á Uribe, no lo manifestaba nunca. No 
sé... No comprendo... El tampoco se opuso á mi ma- 
trimonio. Es verdad que me hizo algunas objeciones, 
pero nada serias. Al menos, entonces, no me pa- 
recieron nada serias. Fué al regreso de Bolívar cuan- 
do empezó mi martirio. En Bolívar pasamos cuatro 
meses, como tú sabrás: el clima nos maltrató mucho, 
y Uribe estuvo á punto de morir de la fiebre, lo que 
nos obligó á volver. Desde entonces goza rara vez de 
salud, y desde entonces también la antipatía que le 
inspira á papá es clara y violenta. Uribe advierte esa 
antipatía injusta y, como es natural, paga, si no en la 
misma moneda, en una moneda semejante. Imagínate, 
pues, cómo vivo, obligada á estar entre los dos. Los 
desagrados de ellos vienen á dar indefectiblemente en 



40 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

mi, á sumarse en mí, entristeciéndome y martirizán- 
dome hasta acabar con mis fuerzas. Porque ya me 
quedan muy pocas fuerzas, Alberto. Mi alegría y mi 
consuelo han sido este rincón de jardín y mis flores. 
Medio cultivando la tierra, haciéndola dar flores, cui- 
dando de esas matas, he aprendido á ser paciente, á 
esperar... Pero ya hasta eso comenzaba á no servirme 
de mucho... No sabes cómo respiré y me alegré cuan- 
do estuve segura de tu vuelta. Ese día, á pesar de 
todo, fui dichosa, y la esperanza volvió á mí como una 
música olvidada. 

— ¡Rosa! ¡Rosa Amelia! ¡Hermanita! 

— Desde hace quice días yo no pensaba en otra 
cosa... No pensaba sino en tu vuelta. «Alberto va á 
venir >, me decía. Y también me decía: «Alberto será 
conmigo como era antes, y yo seré con él como era 
antes.» En esos pensamientos encontraba alivio. Y 
desde que estás aquí me siento llena de confianza, y 
creo que vendrán para mí días mejores. 

— Sí, sí, Rosa. Sí, hermanita. Vendrán días mejores. 
Te lo aseguro. Te lo prometo. 

Y Alberto no dijo ni una palabra más, conmovido 
y embargado de sorpresa ante aquel doloroso frag- 
mento de confesión, ante el improviso estallar de 
aquella pena contenida, amarga y profunda. De nuevo 
pasó el brazo por sobre los hombros de la hermana, 
y al atraerla á sí, la sintió bajo su abrazo estreme- 
cerse. 

La vio, y al verla, sin saber por qué, pensó en la ma- 
dre muerta, y evocó la imagen de la madre, tal como 
la guardaba en sus borrosos recuerdos de niño. Eran 
las mismas facciones no muy bellas, pero agradables, 
finas, tal vez demasiado menudas. Los mismos ojos 
negros, la misma boca, y la misma expresión y casi 




ÍDOLOS ROTOS 



41 



igual frescura infantil por toda la cara. Pero el rostro 
de la madre no estaba como el de Rosa coronado de 
■na cabellera obscura, sino de cabellos blancos pre- 
cozmente blancos, tanto, que sobre lo fresquísimo de 
las mejillas, lucían como nieve sobre flores. 



IV 



El médico de la familia, un doctor Fuentes, que á su 
redondez de figura y á su gravedad sentenciosa de voz 
debía cerca de las cuatro quintas partes de su repu- 
ción y clientela, había dicho con tono solemne y afec- 
tado: 

— Me parece caso concluido... caso concluido. Sólo 
un milagro puede hacer que ese corazón triunfe. Sus 
fibras débiles, degeneradas, no reaccionan ya sino 
muy difícilmente á los tónicos más poderosos. Cafeína, 
esparteína, trinitrina y demás remedios análogos, ad- 
ministrados al enfermo, obran cjajjtfjusijos tirásemos 
al aire. Para mí, el desenlace fatal es inminente. 

Y como sucede, cuando todos yerran, los médicos 
estuvieron acordes. Emazábel mismo, aún con su pres- 
tigio de médico y recién llegado de París, halló justas 
las palabras de Fuentes, y agregó que, á lo sumo, po- 
dría establecerse un estado de asistolía crómca, de 
ningún modo perdurable. 

Pero, contra los pesimistas pronósticos de los médi- 
cos, la disnea angustiosa de don Pancho comenzó á 
desaparecer poco á poco, su pulso á readquirir su an- 
tigua regularidad y firmeza, y todo su cuerpo á des- 
hincharse, con tanta rapidez, que en donde estaba 
distendida con exceso, como en las piernas lo estaba, 




ÍDOLOS ROTOS 43 



la piel quedó formando arrugas enormes. De la posi- 
ción molesta que en la cama tenía, la cabeza y el tron« 
co sobre un alto rimero de almohadas, pasó don Pan- 
cho á sentarse de tiempo en tiempo en una silla del 
dormitorio, y luego á pasear por éste, charlando á la 
vez con los que iban á visitarle y entreteniéndose al 
principio en animar su charla con desahogos de buen 
humor, el fácil buen humor de quien después de verse 
á dos dedos de la tumba, se ve con salud más ó menos 
perfecta, y saborea la vida, golosamente, como un 
regalo. 

Un tanto sorprendidos, los médicos no dejaron de 
sostener su pronóstico. Emazábel aconsejó á Alberto 
no fiarse mucho de aquella inesperada mejoría. 

— Nada tan común en los enfermos del corazón como 
os golpes traicioneros. Sobre todo en las enfermeda- 
des aórticas, aun entre las mejores apariencias, puede 
sobrevenir la muerte súbita, aventando con un soplo 
todas las esperanzas. 

Pero Alberto, si bien oía con mucha atención y apa- 
rentaba acatar los prudentes avisos de Emazábel, en 
realidad no hacia de ellos caso ninguno. No quería in- 
dagar si era fundado ó no el temor de los médicos : 
bastábale ver la mejoría indiscutible de su padre. Y 
ésta, para él, era como un acto de clemencia para el 
alma de un condenado á la tortura. Lo libertaba de 
una preocupación fija y dolorosa. Varias veces en el 
curso de su viaje, al regreso de París, pensó con es- 
panto si no hallaría al padre muerto ó moribundo. Y 
al pensar de ese modo, se consideraba como reo de un 
crimen inútil, de un crimen sin remisión, el crimen de 
estar ausente, muy lejos, en la paz y la dicha, mientras 
el padre agonizaba. A la mano tenía mil excusas fáci- 
les, atenuadoras de su crimen, pero á pesar de ellas le 



44 MANUEL DÍAZ FODRÍGUEZ 

quedaba siempre en el alma algo asi como la anticipa- 
da amargura de un remordimiento. 

La mejoría del padre, además de adormecer y disi- 
par sus escrúpulos, permitióle dejar el encierro, ya 
muy largo, y recorrer la ciudad, ansioso de ver los 
cambios efectuados en el aspecto de la población, en 
los rostros de conocidos y de amigos, y en la belleza 
de mujeres antiguamente admiradas. Quería también 
verificar las malas predicciones de algunos amigos. Es- 
tos, desde que él llegó, no cesaban de anunciarle de- 
cepciones, enojos, desagrados de toda especie. El mis- 
mo día de su llegada, en la estación del ferrocarril, 
dos o tres de los que fueron sus camaradas en Europa 
y habían regresado antes que él, dieron principio á sus 
malos anuncios, deciéndole cosas disparatadas, deján- 
dole adivinar contrariedades y tristezas, alegrándose 
de su vuelta con palabras y frases ambiguas, entre se- 
rias y burlonas, que desconcertaron á Alberto por el 
tono zumbón y maleante. 



Alberto se dio á saborear las dulzuras de la vuelta. 
Recordó entonces, comprendiendo por vez primera su 
hondo sentido, las palabras de un autor admirado: .Se 
parte únicamente pata volver. Mucho del goce de un 
viaje está en el regreso. Y se explicaba la inquietud de 
ciertas almas que, en un ir y venir alternado y conti- 
nuo, se procuran á cada paso el dolor de la partida y 
el placer del retorno, hasta hacer de la propia existen- 
cia una sola voluptuosidad triste. 

Su primera salida la hizo una mañana, pero no más 
caminó doscientos metros, cuando volvió atrás los pa- 
sos. Al verlo tan pronto de vuelta, su hermana le pre- 
guntó si había olvidado alguna cosa. 



ÍDOLOS ROTOS 45 

—No, no he olvidado nada. Es que... Por la tarde 
saldré. 

Pero no dijo la causa de su retroceso brusco. Sólo 
interiormente pensaba: «Parece una artimaña diabóli- 
ca. Un pormenor tan baladí ¿cómo ha podido causar- 
me una impresión tan viva, un desagrado tan profun- 
do? Si Emazábel llegara á saberlo, ya tendría para un 
buen rato de broma. Y no sólo Emazábel: cualquiera 
otro hallaría mi desagrado muy ridículos Y pensando 
asi, Alberto se representaba su breve paseo. A lo sumo 
unos doscientos pasos: la calle angosta, sucia, á un 
lado casi desierta y abrasada de sol; al otro lado, en 
sombra, algunos transeúntes; por la calzada, á trechos 
limpia, á trechos inmunda, un coche á todo correr y 
un carro lento, saltante y chillón. En el trayecto, el 
recién llegado se complace en darse cuenta de que 
está pisando la calle que, de lejos, con la imaginación, 
había recorrido á menudo, y, aunque no desagrada- 
blemente, lo marea y lo turba cierto contraste repen- 
tino entre lo que ve y lo que él esperaba ver, porque 
la ausencia había en él poco á poco borrado la me- 
moria de las proporciones: en su recuerdo no eran 
las calles tan estrechas, ni tan bajos los edificios. Por 
último, al término del corto paseo, otra calle, la calle 
del Carnaval, aun más desaseada: en las aceras, tran- 
seúntes más numerosos, y calle abajo, al flemático y 
torpe avanzar de dos jamelgos flaquísimos, u n tranvía 
de ruedas grandes y caja diminuta, como caja de mu- 
ñecos ó de soldados de plomo. El tranvía, adelante, 
el cochero con un pie en el estribo, el otro pie en la 
plataforma, y las riendas, como al descuido, en las 
manos; dentro del carro, una mujer y tres hombres; en 
la plataforma trasera, el conductor, con la gorra tira- 
da sobre la nuca, los labios dispuestos al silbido, esti- 



46 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

ra el brazo derecho negligentemente por entre dos de 
los pasajeros á presentar á uno de éstos el billete del 
tranvía. Y sin cuidarse de si el pasajero ve ó no el 
ademán y toma ó no la boleta, como si para él nada 
de eso tuviera importancia ninguna, silba muy orondo 
y clava los ojos en el rítmico andar provocador de 
ina chicuela que pasa. 

Fuera de eso, nada recordaba de su corto paseo, 
nada por lo meuos bastante á justificar su desagrado, 
su tristeza, aquel dolor abierto de súbito en su alma 
como la rosa de una herida. 

Pero pronto olvidó su disgusto, ocupándose en 
abrir y vaciar dos cajas enormes de su equipaje, toda- 
vía cerradas, llenas la una de libros, la otra de objetos 
de arte, casi todos regalos de sus camaradas artistas. 
Pedro le ayudaba, riendo y parloteando, muy conten- 
to con satisfacer al fin su curiosidad imperiosa. Con 
porfía pueril, su curiosidad no había hecho sino ron- 
dar alrededor de aquellas dos cajas, midiéndolas con 
los ojos, calculando su peso, contemplándolas, acari- 
ciándolas tenazmente como á dos mudas esfinges á 
las cuales pretendiese arrancar un secreto delicioso y 
extraño. Mientras desclavaban las maderas, rompían 
el zinc y echaban á un lado en desorden la paja y los 
papeles de rellenar, el buen humor y la charla de Pe- 
dro aumentaban, desbordándose en exclamaciones de 
asombro ingenuo y exagerado, co mo aso mbro de niño. 
De los libros, llamaron la atención de Pedro algunos 
ya célebres que él no conocía aún, y otros, conocidos 
ó no de él, pero de edición atrayente, lujosa y rara. 

— Mira esta preciosidad — exclamó una vez Alberto 
comprendiendo el gusto de su hermano por las edicio- 
nes peregrinas y tendiéndole un libro diminuto — . Es 
un iibrito deliciosamente ilustrado por un artista ver- 



ÍDOLOS ROTOS 47 

dadero; un primor de libro, bueno para un presente 
de novia. Diminuto como un breviario, puede caber 
en el hueco de una mano chiquitína. Y con toda su 
belleza, en la belleza de la mano, sería como una gota 
de agua con todos los esplendores del Azul posada 
sobre un pétalo. 

— A ver... Exquisito, exquisito de veras. ¡Ah! ¡Pero 
son cuentos de Daudet! Xv 

— Sí, cuentos de Daudet; algunos algo bobos, muy 
delicados los más. 

— ¡Es lástima! No me sirve. Si fueran cuentos de 
Mendés, por ejemplo... 

— Pero así no lo querrías para dárselo á ta novia 
supongo. 

— No precisamente á una novia. 

Y Pedro, evadiendo la mirada interrogadora del 
hermano, volvió los ojos á curiosear otros volúmenes. 
Luego siguió hablando como hasta ahí, dando su opi- 
nión sobre autores y libros, juzgando de talentos y 
de obras, con la voluble gracia de ese dilettantismo 
ligero que, por sólo conocer la fragancia y la flor, se 
aventura á decir cómo está hecha la medula del árbol. 

Después de los libros fueron los demás objetos, los 
regalos qne traía Alberto á los de su casa y los que le 
habían hecho á él sus amigos en Europa: el bibelot 
raro, las curiosidades de pueblos y países remotos, y 
cuanto exornaba su taller y su habitación parisienses. 
De cada una de esas cosas parecía fluir una ola de re- 
membranzas. Alberto, ebrio de memorias, hablaba, 
hablaba, hablaba, y el rumor de su voz acrecía la dul- 
ce embriaguez de sus recuerdos. A cada paso decía 
un nombre, y al nombre seguía un retrato ó una cari- 
catura, y la historia alegre ó triste de una noche, de 
una tarde ó de una hora de su vida de estudiante y 






48 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

artista, de paseante vagabundo y trabajador, perse- 
guido y torturado por la obsesión de la obra. Y el 
entusiasmo de Alberto se comunicaba fácilmente al 
hermano, porque se trataba de París, el fascinador se- 
ñuelo de todas las almas jóvenes, y Pedro creía adi- 
vinar, alcanzar y poseer la luz, el amor y el perfume 
de París á través de los labios fraternos. Lo que Pe- 
dro no entendió muy bien fué la alegría y casi exalta- 
ción del hermano ante dos objetos, apreciados en 
mucho al parecer, según lo cuidadosamente enfarde- 
lados que estaban: el uno era una cabeza de yeso, ca- 
beza deliciosa de muchacha de veinte años, cabeza 
leonardina, la boca sensual y doliente, los ojos im- 
pregnados de ideal; el otro, una acuarela pequeñita, 
simple manojo de crisantemos áureos. 

La cabeza era obra de Alberto, la acuarela obra de 
Calles, aquel pintor de la Argentina amigo suyo. 

— Un tipo curioso Calles. Quería ser de todo y era 
cómico, y poeta, y pintor, y hasta elegante. Verdade- 
ro desbaratado, la fortuna, periódicamente, en forma 
de pensión, iba á él; pero él no la acompañaba nunca 
más de una semana. Antes de concluir ésta, se fundía 
á manera de nieve su fortuna, y jamás pudo él mismo 
averiguar cómo ni por qué. Debía á la patrona, debía 
al restaurant, debía al café, y, sin embargo, estaba 
siempre muy correcto y pulcro: las botas charoladas 
como un espejo; ni una tilde en su levita, negra y lar- 
ga, y el sombrero perfecto de lustre, limpidez y forma. 
Aunque presumía de hacer muchas cosas distintas, úni- 
camente en la pintura se revelaba la fuerza de su inge- 
nio. Y con todo eso, un buen muchacho, caballero de 
raza y de estirpe. ¡Un tipo curioso, curioso en verdad, 
ese Calles: refinado hasta la neuropatía, se mostraba 
en ocasiones como un salvaje perfecto! Una noche de 



ÍDOLOS ROTOS 49 

invierno, entre blancos torbellinos de nieve, lo encon- 
tré paseando con majestuosa lentitud por un bulevar, 
como en una tibia noche de Mayo. Andaba, según él, 
en busca de un verso orgulloso qne se le había ido vo- 
lando, y dejarlo que se extraviara en medio de aquella 
noche era condenarlo á perecer, ¡el pobre verso!, como 
un gorrión entumecido. Al mismo tiempo, su querida — 
una muchacha que llamaban Mamzelle Sourire ó Sou- 
ris, sonrisa ó ratón, no sé si por la semejanza de esas 
palabras en francés, ó si porque en todo su cuerpo 
había de ambas cosas, del ratón y la sonrisa, por lo 
menuda, frágil, juguetona y risueña — su querida con- 
taba que... 

Alberto, creyendo oir pasos que se acercaban, si- 
guió hablando en voz muy baja, casi en el oído de 
Pedro. Y Pedro, después de escuchar atentamente, se 
rió á carcajadas. Luego dijo: 

— Como los gatos. 

— Eso decían, entre otras cosas, los vecinos. Y ellos, 
para no seguir siendo la diversión de los vecinos, se 
vieron en el caso de entapizar con mucha abundancia 
la alcoba, sobre todo en los resquicios de ventanas y 
puertas. Pero la acuarela es deliciosa, ¿no es verdad? 

Y Alberto se deshizo en alabanzas de la obra y del 
acuarelista, alabanzas cuyo hálito fervoroso no entu- 
siasmó el alma del oyente. Pedro no miraba en la tela 
sino un manojo de flores, en tanto que en Alberto, á 
la sola vista del cuadro, despertaban, con la fina crí- 
tica del conocedor, alegre de entrar en ejercicio, los 
más amables recuerdos, claros y confusos, de, su vida 
parisiense. La cabeza leonardina, su primera obra, y 
la acuarela de Calles, eran para Alberto dos ricos 
veneros de sensaciones, como si ambas obras guarda- 
sen, testigos fieles y mudos, tocio lo que habían pre- 

4 



50 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

senciado de la vida de Alberto, de su vida más ínti- 
ma, hecha de amor y de arte. De ambos objetos, en 
más tenía al segundo, pues además de cofre de re- 
cuerdos, era como el símbolo de su vida amorosa. El 
crisantemo rubio le representaba la amante y le suge- 
ría la imagen de ésta, ó más bien la imagen de lo me- 
jor y más bello de ésta, de su cabellera blonda — lla- 
marada de sol_cuajada y partida en finísimas hebras 
ájareas— trayendo á la vez á sus labios, como un beso, 
la palabra ingenua que embellecía y coronaba el dulce 
ardor de sus deliquios: «¡Mi crisantemo de oro!> 

Alberto, largo rato guardó silencio, mientras acari- 
ciaba sucesivamente la acuarela de Calles y la cabeza 
leonardina, la primera con los ojos, la última con los 
ojos y las mauos. De pronto se volvió hacia Pedro, 
diciéndole: 

— Estoy pensando que en estos días debo darme 
á buscar un rinconcito adecuado para taller, aunque 
sea provisorio. Dentro de un mes, á más tardar, quie- 
ro ocuparme en algo. 

— Si aquí mismo, en casa... * 

— No, no. Ha de ser en otra parte; en donde pueda 
trabajar con toda independencia. 

— En ese caso te ayudaré á buscar... No, está bus- 
cado. Por lo menos puedo mostrarte, cuando quieras, 
un sitio muy tranquilo y á propósito. 

Cuando Alberto, hacia la tarde, salió de nuevo, nada 
persistía en su espíritu de su inexplicable disgusto de 
la mañana. Pisando la acera con más gozo y agilidad, 
se puso á recorrer las calles con la impaciencia del 
extraño que desea verlo todo y aprisa. De vez en 
cuando reconocía, ó bien se imaginaba reconocer el 
rostro de un transeúnte, y entonces vacilaba entre 



ÍDOLOS ROTOS 51 

saludar ó no, siguiendo después, cuando no lo hacia, 
perseguido por la duda de si la persona en cuestión 
sería un amigo de poco tiempo, ya olvidado. A veces 
parábase á observar un cambio entrevisto. Pero los 
cambios realizados durante su ausencia no eran mu- 
chos: ya una casa recién construida, ya un hotel ó, 
sobre todo, un café nuevo con pretensiones de lujoso, 
en donde antes existió una covacha infecta ó un figón 
miserable. En esa primera salida lo llenaban de rego- 
cijo pueril cieitos pormenores. Así, de un lado de la 
plaza Bolívar, se detuvo ante un árbol en flor á 
contemplarlo, como si fuese un modelo soñado con 
todas las gracias y primores, ó un bronce de Rodin, ó 
un mármol perfecto. 

En esta guisa, reconociendo rostros de viejos cono- 
cidos, deteniéndose á observar los cambios, experi- 
mentando vagos deleites á la vista de nonadas fútiles, 
cuando más graciosas, Alberto recorrió muchas calles, 
atravesó algunas plazas y, por último, ya muy tarde, 
se dirigió á lo más alto de «El Calvario >, deseoso de 
abrazar con la mirada, como en un solo abrazo de luz 
y de amor, á la ciudad entera. Dejó atrás la empinada 
y fatigosa gradería de cimento que lleva á lo alto de 
la colina, y tomó por la senda de suave pendiente 
por donde van los coches, para subir con más descan- 
so y ver desarrollarse más lentamente el claro paisaje 
nativo. Ascendiendo la colina, antes estéril, hoy sem- 
brada de flores y árboles, lo asaltaron, por analogía 
de li mpjresiories . dos recuerdos: el de una tarde, romana 
en el Pincio y el de una luminosajtarde florentina en 
el Viale dei Colli, donde un veneciano, proscrito en 
Florencia, hablaba de sus verdes canales remotos^ de 
sus verdes canales dormidos en un perpetuo sueño de 
belleza, con acento quejumbroso y nostálgico. 



52 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Llegado á la cumbre del paseo, buscó los mejores 
puntos de vista, y desde ahí se entretenía en descubrir 
con la mirada, nombrándolos á un mismo tiempo, los 
edificios más notables: el teatro Municipal; cerca del 
teatro, una iglesia á la manera de Bizancio, coronada 
de cúpulas; la Plaza de Toros, la Catedral, la iglesia 
de la Pastora y demás templos, casi todos de arqui- 
tectura mediocre. Y las torres de los templos, ideali- 
zadas por la distancia, proyectadas sobre el Avila 
unas, sobre el cielo las otras, adquirían á los ojos de 
Alberto gracia y esbeltez indecibles. Hacia el Noroes- 
te le pareció ver todo un barrio nuevo, como si la 
ciudad, en ese punto, se hubiera ensanchado brusca- 
mente: casas construidas y casas á medio construir so- 
bre una tierra color de ocre, algunos dispersos man- 
chones de arboleda y muchas calles, apenas en esbo- 
zo, rompidas de barrancos. 

Cuando Alberto se dispuso á bajar del Calvario 
hacía tiempo que las rosas del largo crepúsculo de 
Septiembre se deshojaban en el cielo occiduo. Mien- 
tras él bajaba, aproximándose á la ciudad, seguían des- 
hojándose las rosas de luz, ya no solamente en el cielo 
occiduo, sino en todos los puntas del cielo. Y las rosas 
deshojadas caían sobre el Avila, sobre los techos de 
las casas, sobre las torres de los templos, en las calles 
de la ciudad, é inflamaban la atmósfera. Alberto veía 
asombrado el suave incendio fantasmagórico, pregun- 
tándose por qué, tiempo atrás, antes de su partida, no 
observó nunca esas rosas de lo s crepúsculos de Sep- 
tiembre. Y á esa pregunta, confusamente se respondía 
que tal vez sus ojos, deshabituados por la ausencia, 
hechos á contemplar y descubrir muchas bellezas exó- 
ticas, habían aprendido á ver mejor la belleza de las 
cosas familiares. 



ÍDOLOS ROTOS 



53 



De vuelta al centro, á su llegada á la plaza Bolívar, 
vio muchas mujeres que bajaban hacia la plaza por la 
calle Norte, y se fué por ésta, llevado por su curiosi- 
dad, calle arriba. Eran devotas que salían de la Santa 
Capilla, unas, de velo, otras, de pañolón, casi todas 
con libros de rezos en las manos. La Santa Capilla, 
antes ligera y diminuta como u*i joyel, unida tan sólo 
hacia atrás al caserón de la Academia de Bellas Artes, 
libre á los lados y al frente, en medio de una plaza en 
armonía con su magnitud, había sido, á expensas de la 
plaza, convertida en pesado laberinto, feo y lúgubre, 
merced á la imaginación churrigueresca de ciertos cu- 
ras y beatas. Muchas devotas quedaban aún estaciona- 
das y en grupos, conversando en las puertas de la ca- 
pilla fronteras al Parque, vasto cuartel coronado de 
almenas. El frente del cuartel no está separado de la 
capilla de hoy sino por la sola anchura de la calle. Y 
tanto la capilla de un lado, como del lado opuesto el 
cuartel, situados como están en la intersección de dos 
calles, forman esquina. En la esquina misma, del lado 
de la capilla, había un grupo de devotas; y otros gru- 
pos había en la plazuela del lado Norte, único frag- 
mento respetado de la antigua plaza. Al pasar Alber- 
to cerca del grupo estacionado en la esquina, una del 
grupo, vestida de negro, como de luto riguroso, y con 
un velo negro también y muy -tupido, como el de cual- 
quiera turca de Estambul, con un solo y vivo movi- 
miento alzó y dejó caer el velo impenetrable. Y Al- 
berto pudo ver, como en un relámpago, una cara des- 
conocida y preciosa. Luego, "a la vista de una mujer 
del grupo de la plazuela, le asaltó la duda que, á 
la vista de otras personas, le había asaltado más de 
una vez aquella tarde. Creyó reconocerla; y más le 
turbó la duda cuando notó que ella se fijaba en él con 



54 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

la misma tenacidad que él en ella. Después de seguir 
adelante por algún tiempo, ocupado en un soliloquio 
mudo: "debe de ser ella... no, si no puede ser...", vol- 
vió de improviso la cara. Y los ojos de la mujer habían 
seguido sus pasos. Entonces, no sin antes disimular su 
intento, sacando el reloj á ver la hora, regresó por 
donde había ido. 

A lo lejos, en Occidente, morían las últimas rosas 
diáfanas. Las devotas del grupo de la esquina no se 
habían dispersado aún, y la misma muchacha del gru- 
po, con el mismo ademán rápido y gracioso, alzó y 
dejó caer el velo impenetrable. 

— Coquetuela — se dijo para sí Alberto, y siguió en- 
tonces camino de su casa, agitado por las mil sensa- 
ciones confusas de aquel día. Pensaba en el barrio 
nuevo, desde la altura del Calvario entrevisto, cons- 
truido sobre tierra árida color de ocre; pensaba en 
el desaseo de las calles; veía de nuevo, sobre el des- 
aseo de las calles, deshojarse las infinitas rosas del 
crepúsculo. Y dentro de él relampagueó la visión de la 
ciudad nativa como una visión de ciudad oriental, in- 
munda y bella. 




— ¿No se conocen ustedes? ¡Qué raro! Será que no 
se recuerdan. Teresa Farías, la señora de Julio Esqui- 
vel... Mí hermano Alberto — dijo Rosa Amelia, presen- 
tándolos. 

Y los dos presentados se saludaron con reserva fría 
y cortés, como si hasta aquel instante ninguno de ellos 
tuviese noticias de la existencia del otro, como si ape- 
nas dos días atrás no se hubiesen visto y escudriñado 
con mirada larga y profunda. «Lo que yo suponía>, 
dijo para sí Alberto, sentándose, después de saludar 
á todos, cerca de Emazábel. Junto á éste, en un extre- 
mo del sofá rojo obscuro, estaba Rosa Amelia; María 
Almeida ocupaba el otro extremo del sofá; y frente á 
Emazábel y Alberto, en sendas mecedoras, estaban 
Uribe y Teresa Farías. A la entrada de Alberto, la se- 
ñora Farías de Esquivel hablaba del mayor de sus dos 
chicos, de Augusto, cuya bronquitis, acompañada de 
fiebre muy alta, la encerró por algún tiempo en el 
cuarto del hijo, impidiéndole poner los pies fuera de 
casa, ni aun para visitar á Rosa cuando estuvo don 
Pancho á la muerte. 

— Después de mucho tiempo, sólo anteayer pude ir 
á mi hora á la Santa Capilla. ¡Figúrate! 

Y Teresa, al dar fin de este modo á sus excusas, 
asumió una actitud de sincera aflicción, y tuvo un ges- 
to desolado. En seguida vio de soslayo y con rapidez 



56 MANUEZ DÍAZ RODRÍGUEZ 

hacia donde estaban Alberto y Emazábel, bajó los 
ojos, y pasó y repasó la mano izquierda, una mano 
blanca, fina y sutil por las faldas, como si las limpiase 
de polvo ó de pelusas. Vestía, como Alberto la vio 
dos días atrás en la plazuela de la Capilla, un traje se- 
rio y elegante á la vez, de un gris casi negro, discre- 
tamente salpicado de motas azules. 

— ¿Has paseado mucho? — preguntó Emazábal á su 
amigo. 

—Algo. 

— ¿Y no empiezas todavía á fastidiarte? 

— Todavía no. 

— ¡Pero qué empeño tiene usted en que Alberto se 
aburra! ¡Como si todos echaran tan de menos á París 
como usted! — intercedió Rosa. 

—¿Como yo? Alberto lo echará de menos infinita- 
mente más que yo— repuso Emazábel. 

— ¿Y por qué? 

— Porque no es lo mismo ser un medicucho que un 
artista y... por tantas otras razones. 

— Muy duro debe de ser en verdad vivir aquí, des- 
pués de largos años de vida europea, en particular si 
se dejó algo en Europa — insinuó Teresa Farías. 

Alberto empezaba á protestar con un gesto, cuando 
Emazábel lo interrumpió, exclamando: 

— Indudablemente es muy duro, aun cuando no se 
deje nada en Europa, y aunque se preparen ustedes á 
decirme la palabra que hace tiempo les retoza en los 
labios. 

— ¿Qué palabra? «¿Inconforme?> 

Y las bocas de Teresa y de María desgranaron una 
risa alegre. 

— Pero si esa palabra no va con usted... Usted no 
pertenece al círculo de «inconformes». 






ÍDOLOS ROTOS 57 



— Bien sé que esa palabra no la emplean ahora aquí 
sino para designar á los que van á vivir durante algu- 
nos meses la vida de los bulevares y vuelven siguiendo 
escrupulosamente la mo da, con la levita según el últi- 
mo patrón salido de Londres, con la corbata de Da- 
vid, el sombrero de Dclion, el bastón cogido á la ma- 
nera de los elegantes en la avenida del Bois de Bou- 
logne ó bajo las Acacias, algunas palabras francesas 
en los labios, y sobre todo, un continuo echar menos 
la superficialidad rica, dorada y boba de la vida pari- 
siense. Pero ustedes, generalizando, me aplican en 
mientes la palabreja, y la merezco tal vez como nadie, 
aunque en otro sentido más doloroso. 

Uribe escuchaba á los otros, y sonreía como á la 
fuerza. Sus mejores amigos estaban entre esos «incon- 
formes» de que hablaba con desdén Emazábel. Pero 
Rosa Amelia, á favor de un silencio con maestría y 
flexibilidad amable de mujer, hizo cambiar de rumbo 
á la conversación, preguntando al hermano si no se 
había encontrado con Oliveros, como simplemente 
llamaban ellos al marido de la tía Dolores. 

— Pues estuvo aquí hace rato. Entraba el doctor 
Emazábel cuando él salía. Iba muy contento con una 
lechuza que acaban de regalarle. 

— ¡Jesús: ¡Una lechuza! Pero ¿la llevaba para su 
casa? preguntó muy alarmada Teresa. 

— ¡Ya lo creo! Si su casa la tiene llena de toda espe- 
cie de bichos, de pájaros, de jaulas... Esa es toda su 
pasión: coleccionar bichos. 

— ¿Y usted vio la lechuza? — preguntó María á Ema- 
zábel. 

— Sí, señorita. Por cierto que es el vivo retra- 
to de ese periodista llamado Amorós y amigo de 
Pedro. 



58 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

— Amorós... Amorós... Me parece haber leído algo 
de él... 

— Es probable. Es el biógrafo de Galindo, el gene- 
ral Galindo, el actual ministro de Fomento. 
f - Y como Alberto se quedara con el aire confuso de 

far quien no ha comprendido aún, Rosa, que oyó la res- 

puesta de Emazábel, vino en auxilio del hermano: 

— ¡Si tú debes conocer á Galindo! ¿No recuerdas 
la temporada que pasaste en la hacienda de los Ma- 
driz? Pues Galindo era entonces el mayordomo de la 
hacienda. 

— ¿Ese hombre? Pero si era un pobre diablo de 
campesino sin desbastar, ignorante del todo. 

— ¿Era? — replicó Emazábel — ; no, señor: es. 

Alberto había oído ya varias veces hablar de Galin- 
do el general, de Galindo el ministro, sin sospechar ni 
siquiera una vez que se tratase del mismo Galindo que 
él conoció de mayordomo burdo. Y mientras Alberto, 
que de lejos no siguió el modo peculiar de evolución 
de la democracia en su tierra, ni sabia por tanto de los 
nuevos nombres y personajes alzados por la onda tur- 
bia de las vicisitudes políticas, empezaba, al ser ini- 
ciado casi brutalmente en la verdad, á llenarse de 
[ asombro y tristeza, las damas, y como ninguna la Fa- 
rías, continuaban lanzando exclamaciones y haciendo 
visajes á propósito del calumniado bicho agorero, de 
la pobre lechuza. 

— Por nada del mundo consentiría yo uno de esos 
animales en casa declaraba Teresa con un gesto de 
repugnancia y grima. 

—¡La cara que habrá puesto tía Dolores al ver la 
lechuza. 

—Y con razón. ¡Figúrate! Yo de sólo ver un animal 
de esos me impresionaría bastante; y si lo oyera can- 



{dolos rotos 59 

tar de noche y en mi casa, me moriría de miedo, de 
seguro. * 

Entretanto la sonrisa de Uribe había dejado de se* 
tenue y forzada como al hablarse de los «inconfor- 
mes»: algo irónica, espontánea y más intensa, reavivar 
ba el casi muerto fulgor de sus ojos y ponía la ilusión 
de la frescura en sus labios marchitos. Uribe, dándose 
aires desdeñosos de espirita fuerte, se permitió decir: 

— Supersticiones, boberias de mujeres que tienen 
miedo de las cucarachas... 

Sin embargo, suceden cosas tan raras que por lo 
menos excusan al que abriga tales supersticiones. Us- 
tedes todos sabrán que el padre Flórez cayó hace días 
enfermo: sin habla y con todo un lado paralítico. Pues 
una semana antes de caer sin movimiento y sin voz, 
había sido invitado á una comida que dio el señor 
Wilson, ese señor que hace muchas buenas obras, con 
el fin de festejar el aniversario de una sociedad bené- 
fica. Los invitados eran catorce; pero á última hora 
uno de ellos, pretextando no sé qué, se excusó de asis- 
tir á la comida. Y sucedió entonces que los invitados, 
todos personas de edad, formales y muy serias, hasta 
hombres de ciencia algunos como el mismo doctor 
Fuentes, empezaron á mirarse de reojo, á vacilar, á 
esperar cada uno que el vecino se encargase de infun- 
dir ánimo á los otros, aventurándose á ser el primero 
en sentarse á la mesa... 

— ¡Qué imbéciles! — dijo por lo bajo Alberto en el 
oído de Emazábel. 

— ... Hasta que prosiguió Teresa — el padre Flórez, 
en su grave carácter de sacerdote, se vio obligado á 
dar ejemplo, sentándose á la mesa, y á condenar el 
miedo al número trece como ridicula superstición y 
vana herejía. Ya saben ustedes lo que sucedió poco 



60 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

después al padre Flórez. Y estoy segura que ninguno 
de los invitados, todos hombres, teme á las cucara- 
chas, como dice usted, Uribe. Además, las supersticio- 
nes han existido siempre y en todas las clases, ¿no es 
así, doctor? 

— Sí, señora. Y aun en los no supersticiosos, ó que 
no se creen tales, hay á menudo algo equivalente á la 
superstición vulgar. 

Y Emazábel, médico, y sabio en rarezas y extrava- 
gancias nerviosas, empezó á contar historias de ma- 
nías y tics muy singulares, descubiertos por él en 
clientes, en amigos y camaradas de estudios. Después, 
cada uno, imitando á Emazábel, contó alguna historia 
análoga. Uribe, silencioso, volvía á sonreír como for- 
zadamente. De vez en cuando, Rosa Amelia parecía 
turbarse, inquieta del giro que la conversación había 
tomado por su culpa. Alberto, mientras atendía á las 
palabras de los otros, y aun cuando él decía algo, se 
entregaba en lo posible á espiar los movimientos, las 
actitudes, la gracia y las formas de Teresa. Su práctica 
de los modelos le permitía adivinar, con cierta lucidez, 
á favor de las exterioridades visibles, la perfección y 
belreza de las formas ocultas. Mas no era su intención 
adivinar los velados primotes del cuerpo. El recuerdo 
de las frases casualmente oídas en el tren el día de su 
llegada y el recuerdo de la sonrisa malévola de Pedro 
al oir esas frases, despertaron su curiosidad, fácil de 
entrar en vibración y de exaltarse hasta una manía do- 
lorosa. Alberto hubiera deseado oir allí mismo las vo- 
ces interiores de Teresa, leer sus preocupaciones é ins- 
tintos detrás de la frente limpia y sobria, debajo del 
pelo abundante y castaño, de reflejos rubios, que ella 
se alisaba á cada minuto por detrás, con un movi- 
miento continuo de la mano izquierda, sutil y blanca, 




ÍDOLOS ROTOS 61 



ó ver en el fondo de los ojos de tinta rara, medio ver- 
des, medio azules, como violetas, toda el alma recogi- 
da en un punto; gota de rocío en la corola de un lirio 
azul, ó chispa de barro bajo el cerúleo y terso cristal 
de la onda. E incapaz de satisfacer semejante deseo, 
Alberto desviaba su curiosidad á ver la caída sobre 
la nuca de Teresa de sedeños rizos locos y á ver su 
piel, sembrada en las mejillas, hacia atrás, de vello 
muy tenue, muy blanca en el cuello y las mejillas, con 
ese blancor cálido y mate de las carnaciones del Ti- 
ciano — Magdalena del Pitti ó Venus de la Tribuna — 
que daba á los ojos la ilusión de suavidades de raso y 
de tibias blanduras de terciopelo. 

— ¿Te vas ya? — preguntó Rosa Amelia al ver á Te- 
resa levantarse. 

— ¿Cómo ya? Si te he hecho una visita muy larga. 
Ya Julio debe de estar impaciente. Y cuidado si anda 
buscándome por ahí... 

— ¿Es muy celoso? 

— No, niña. ¡Dios me libre! Pero es narura! que se 
impaciente si al llegar á casa no me ve, ni sabe en 
dónde estoy. 

Y volviéndose á Alberto: 

— Julio y usted se conocen, ¿no es verdad? Son co- 
legas. 

— En efecto. Estaba recordándolo ahora. Cuando 
él terminaba sus estudios de ingeniero, empezaba yo 
los míos, y entonces nos tratamos algo. 

— El es, además, un buen admirador de usted. El 
fué quien me mostró, en un periódico ilustrado, la fo- 
tografía de su escultura expuesta en París. Es delicio- 
sa su Ninfa. 

Alberto se inclinó. Y en ese mismo instante María 
Almeida exclamaba riéndose: 



62 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

— Vamos á ver quiénes son aquí los supersticiosos. 
Y señaló con la vista una mariposa negra posada en 
el cielo del corredor, muy extendidas las grandes alas 
velludas. 

— Jesús, niña! ¡Qué ocurrencia! 

— ¡Loca! Vamonos. Adiós, adiós... 

Uribe, sin dejar de sonreír, estaba intensamente 
pálido. Y Alberto, como absorto, saboreaba aún la 
inesperada lisonja de Teresa, la -primera lisonja oída 
en los labios de una mujer de su país, lisonja de sabor 
picante y herético en aquellos labios devotos, hechos 
á deshojar letanías y plegarias. 



SEGUNDA PARTE 



Don Pancho se paseaba, trémulo de ira, por su al- 
coba. Alberto no sabía qué decir ante aquel mal humor 
inexplicable. La causa de la furia paterna era un por- 
menor tan baladí, que Alberto no se detuvo á consi- 
derarla como la causa real de aquella furia, sino cornos, 
la gota imperceptible, pero suficiente á desbordar el 1 
agua del vaso henchido hasta los bordes. Rosa Amelia' 
había llevado una medicina á don Pancho unos cuantos 
minutos después de la hora indicada por los médicos, 
y la breve tardanza de Rosa era el solo motivo apa- 
rente de la furia. Des concertado, sin decir palabra, 
Alberto veía ya la cama anchísima, fuerte y severa, 
antiguo lecho nupcial, regazo de amores mullidos de 
esperanzas y sueños, entonces refugio de la viudez con 
la enfermedad y la tristeza por almohadas; ya sobre la 
cabecera de la cama la estampa de una Virgen pen- 
diente de la pared; ya con progresiva inquietud el des- 
compasado andar del padre furioso. Este, de pronto, 
las manos en los bolsillos del pantalón, los ojos como 
llamas, los labios lívidos, paróse delante de Alberto. 

— ¿Lo" vesT¿Lo ves? — dijo apretando los dientes, 



64 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

como si quisiera vencer el nervioso y repentino tem- 
blor de labios y barba—.. Eso es toda mi vida hace 
tiempo. Ya va para dos años que vivo en mi propia 
casa como un intruso, como un huésped incómodo. 

— No digas así... No digas así. ¡No te exaltes, por 
Dios! Tú sabes que los médicos te recomiendan sere- 
nidad, reposo y nada de emociones. 

Alberto se puso en pie, y con suavidad y mimos 
como á un chicuelo, suavemente, poco á poco, tan 
bien como pudo, tranquilizó al padre y lo llevó á ocu- 
par un sillón frontero de la silla en que él estaba. 

— Sí, nada de emociones. Eso lo dicen los médicos 
y es muy fácil decirlo. Como si las emociones pudieran 
impedirse conservando la memoria, teniendo corazón, 
sin arrancarse los nervios, todos los nervios. Y luego... 
Quién sabe... Quizás mi muerte sería un bien para to- 
dos. Sí, sí: sería un bien para todos. Anoche lo estaba 
pensando. Lo pensé toda la noche, sintiéndome solo, 
solo y como abandonado en una cárcel desierta. Los 
sirvientes no más me acompañaban, porque todos us- 
tedes habían ido á esas bodas, á las bodas de ese amigo 
de Uribe. Y al sentirme solo, por la prí:; des- 

pués de mi gravedad, pensé en la muerte, deseándola. 
Bien pude morirme anoche. Mi muerte habría sido 
justa coronación de la vida que llevo hace años, por- 
que me habría muerto casi de mengua en mi propia 
casa. 

Alberto, al oir estas palabras y comprender lo que 
escondían de reproche y verdad, tuvo la sensación 
vertiginosa de un gran peligro que acabase jde, .rozarlo 
" con su ala de tinieblas. 

— No digas eso. No debes decir eso. Tú te empe- 
ñaste en que .'aeramos á esas bodas. Rosa Amelia no 
quería ir, y fué por complacerte. 



ÍDOLOS ROTOS 65 

Así, en efecto, había sucedido. Pero á don Pancho 
le pareció haber obtenido muy pronto la obediencia 
de Rosa, y esta obediencia fácil lo entristeció mucho. 
Es verdad. Es verdad. Ella fué por exigencias 
mías. Pero, ¿cómo no exigírselo, si de no hacerlo yo 
así, hubiera sido peor para ella? Hubiera sido peor. 
¡Ah! tú nj sabe s... Si no digo ni una palabra, ó expre- 
so el deseo, vivo, angustioso coma era mi deseo, de 
guardarla anoche á mi lado, la habría puesto en un 
conflicto cruel é inútil. Su marido la habría obligado á 
ir con él. Bastaba q je yo desease lo contrario. ¡Ah! 
tú no snbcá... La voluntad de ese nombre lun^. es mi 
voluntad; su deseo es lo contrario del mío; entre los 
dos hay una l ucha sor da, obstinada y perpetu a. Así no 
pasaba antes... Ante s, es decir, cuanaoyo no ie co- 
nocía como ahora le conozco, cuando yo no estaba 
enfermo y nada temía y nadie me era necesario, por- 
que mis brazos eran fuertes, mi cuerpo de bronce y un 
poco de juventud calentaba todavía mis venas. Enton- 
ces yo era el amo, el único amo, y él, Uribe, me adu- 
laba hasta la bajeza, hasta darme náuseas. Pero hov 
las cosas han cambiado mucho, muchísimo. Hoy le 
conozco muy bien, j. él Jo sabe; froy veo claro en el 
fondo de su alma con la misma aversión de quien in- 
clina su rostro sobre un estercolero profundo, y él lo 
sabe. A pesar mío, él siente y ve mi desprecio. Y 
como él sab e, además, r ^flp f o, Pfl r "*' f Q hoy enfermo, 
sin esperanzas/de la solicitud y el amor de mi hija, se 
venga. Se venga, descontando sus antiguas adulacio- 
nes con crueldades finas de mujer, y su venganza tiene 
blanco fácil y puntería justa. Desde que estoy enfermoT^*^^ ¿ 
no hago sino temblar, creyendo leer en sus ojos y en* 
sus labios una amenaza horrible: la de quitarme á Rosa 
y llevársela muy lejos, no se adonde, no importa adón- 






MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



de. El todo es hacerme el mayor daño, vengándose 
bien de mi desprecio. Y con esa amenaza obscura 
vivo entre las inquietudes y congojas de un avaro... ¿Y 
es esto justicia? ¿Es esto la recompensa de mj ,yH a de 
esfuerz os, traba jo y honradez? ¡Buena recompensa! 
¡Buena justicial... Luch a, tobaja, no descajns.es. No di- 
dE e -5-laJberencia de un padre laborioso, antes bien 
acrécela y utilízala noblemente. Vas por un camino sin 
atajos, recto, siempre muy recto. Encuentras per un 
azar feliz á una mujer bella, fuerte y pur a, como un 
diamante raro, y la adoras. Creas un hogar, tienes hi- 
jos y los educas lo mejor que puedes Llegas á estar 
satisfecho de ti, porque has realizado algo difícil, obra 
magna: hacer honradamente una fortuna y alzar hon- 
radamente una familia, lo que en nuestro país, donde 
todo es instable, requiere más voluntad, amor y^yirJtud 
que en ningún otro país de la tierra. Un día, en me- 
dio de la satisfacción de haber sido bueno, cuando sa- 
boreas una felicidad ganada á pulso, te visita un gran 
dolor: pierdes á la mujer que amas aún más que á ti 
mismo. Preces, gimes, tejlesj^^eras. Y la muerta no 
sólo se lleva consigo un pedazo de tu alma; te deja, 
además, u^a^u^va^jtortura, unjouevo^dojor, un remo r- 
dimiento: el remordimiento de no haber sido con ella 
bastante bueno y generoso, el remordimiento de lágri- 
mas cuya fuente has podido sellar y no sellaste, de pa- 
labras injustas que han debido morir en tus labios y no 
murieron, de dolores que no evitaste, de caricias que 
no diste. A fin de hacerte digno del perdón de tu cul- 
pa, imaginaria ó no, te entregas á tus hijos, aja educa- 
ción, lajejicidad y el, Djpxyj^iuie tus hijos, dando á ellos 
las caricias, todas las caricias que no diste á la madre. 
Sobre todo te entregas á tu hija, á tu única hija, cuan- 
do empieza á transformarse en mujer, porque en su 



ídolos rotos 67 

belleza, en sji^ddzura» en su Jigndad, se reproduce 
cada vez mejor, viva y palpitante, el alma de la muer- 
ta. Y como esa hija única es á la vez tu primogénita, 
pronto llega á ser alma de tu casa, principio y fin de 
tu hogar, á un tiempo bija.yjhermana, madre y esposa. 
Todo s los grandes afec tos llegan á resumirse en ella v 
como ü ftji n_a flor todas las fragancia s',! r^er o apenas te 
das cuenta de esa maravilla de amor que está á dos 
pasos de ti, y te rodea y abraza co mo j m_cerco de 
luz, y te £rgieg,e_y_, sigue _comd~una bendición caída 
del cielo, apenas te das cuenta de ese tesoro de pren- 
das vivas que sin saberlo acumulaste, cuando llega 
uno, el primero que pasa, un cualquiera, un Uribe, y 
te despoja... te despoja- 
Alberto oía esos gritos_d£jioIor del padre, ya atóni- 
to como ante algo inesperado, ya sin asombro ninguno 
como ante algo muy conocido, como si todos aquellos 
gritos los hubiera escuchado otra vez dentro de sí, en 
el fondo de su alma, inevitables ecos de un gran dolor 
esparcido en la quie¿jid angustiosa de la casa paterna. 
Los labios de su padre le decían al fin claramente el 
drama íntimo y obscuro, entrevisto primero en los 
labios de Rosa, casi adivinado más tarde al través 
de las palabras y gestos de Uribe y al través de 
las reticencias más ó menos significativas del her- 
mano. , 

Distraídamente, como si hablara consigo mismo, 
Alberto exclamó: 

— ¿Pero cómo pudo ser? ¿Cómo pudo ser?— Y de 
este modo expresaba su vano esfuerzo por concebir 
algo inverosímil,*como la unión de dos términos de 
todo punto contrarios: la unión de cuanto ya podía 
conocer de Uribe, por sus palabras y acciones, con lo 
que él siempre creyó de la hermana, representado en 



68 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

su espíritu por una figura ideal, fuerte y noble, extraña 
al fondo frágil é instintivo de la hembra. 

— ¿Que cómo pudo ser? ¡Qué sé yo! Fué lo inevi- 
table... Como todos esos males que se advierten cuan- 
do ya no tienen cura. Entonces, además, yo no tenía 
sino escrúpulos vagos, vagas presunciones de lo que 
podría suceder en un porvenir más ó menos remoto. 
Pero nada considerable que objetar, nada que me per- 
mitiera asumir la actitud, muy expuesta á un ridículo 
inútil, de padre inflexible y tirano. Entonces él, Urj^e, 
no era tal como se reveló después, como es ahora. 
Era, ni más ni menos, como tantos otros jóvenes de 
«buena familia», de esos que no faltan á los bailes ni 
demás fiestas rumbosas de la llamada «buena socie- 
dad», que visten bien y bailan mejor, que pasean en 
coche por la tarde y van al club por la noche, que 
tienen, cuando no son ricos, un empleo en cualquiera 
casa mercantil y tal vez gastan algo ó mucho más de 
lo que puede darles el empleo. Si de él podía decirse 
algo más, yo no lo supe, ni nadie fué para decírmelo. 
Breve tiempo duró el engaño, porque todo, ¿oyes? 
todo llegó de improviso, COfllQ-Suele llegar la inunda- 
ción, como suele venir la avalancha. El matrimonio fué 
comcJaj>iedra de toque de Uribe; á poco de casado, 
su miseria física y moral saltó afuera, salió á la luz, á 
propagarse, manchándolo y corrompiéndolo todo 
como un llaga progresiva. ¡Ah! tú no sabes... tú no 
sabes... 

Y don Pancho, con voz ya airada, ya lastimosa, em- 
pezó á decir la historial, de aquel mal sin ^remedio, la 
historia de los abusos, incorrecciones y vicios de Uri- 
be. Con los más negros colores pintó su rubor y tris- 
teza de cuándo y cómo supo que el yerno era un tahúr 
desenfrenado. Una gran pérdida en el juego impulsó 



ÍDOLOS ROTOS 69 

á Uribe á distraer, de la casa de comercio en donde 
estaba, cierta suma, atenido sólo á una vaga probabi- 
lidad de reponerla en breve plazo; pero como esa vaga 
probabilidad no llegó á certidumbre, muy pronto que- 
dó Uribe al descubierto, y á duras penas la respetabi- 
lidad y la fortuna del viejo Soria extinguieron el es- 
cándalo en sus principios. 

Entonces, como es de regla en casos tales, llovieron 
revelaciones, revelaciones tardías que inútilmente exas- 
peraban á don Pancho. Y don Pancho, de una parte con 
el fin de hacer olvidar al público el suceso bochornoso 
y cruel, de otra parte con la esperanza de corregir los 
turbios hábit os de Uribe, consiguió para éste, por me- 
dio de sus relaciones personales y las de su amigo y 
compañero de negocios Almeida, un empleo en Bolí- 
var, en donde el yerno, como en país extraño, lejos de 
sus amistades de club y otras influencias perniciosas, 
cambiaría tal vez de conducta. Don Pancho sacrificó á 
su esperanza lo mejor de su alegría: la presencia de 
Rosa. Y el sacrificio fué vano. Muy pronto empezaron á 
llegarle, firmados con el nombre de la hija, telegramas 
rebosantes de angustia que demandaban dinero. Al 
primer telegrama, creyendo en reales apuros de Rosa, 
don Pancho expidió la suma requerida; pero á la se- 
gunda vez entró en sospecha, y puéstose á indagar, 
dio con el engaño. Convencido así de lo estéril de su 
gran sacrificio, llamó á su lado á los ausentes, y desde 
ese instante comenzó aquella vi da d e lucha más ó 
menos .encubierta, lucha de cada jiora. encarnizada 
lucha de dos volunta des Héhj les. una de ellas toda 
desprecio templado alguna vez de generosidad, la 
otra toda odio templado siempre de cobardía. Y en-^ 
tre esas dos voluntades, el alma de Rosa en continua / 
ansia de muerte. 



70 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

En don Pancho, á medida que él penetraba la índo- 
le de Uribe, germinó y creció poco á poco un pensa- 
miento que, de vez en cuando, se enseñoreaba de él 
y tenía la siniestra virtud de sumirlo en accesos de ra- 
bia. Era el pensamiento de haber sido víctima fácil de 
una comedia vulgar, el pensamiento de que Uribe, al 
casarse, no tuvo en cuenta las excelencias y gracias 
de su hija, sino la hucha bastante bien proveída del 
padre, del señor Soria, del «bueno del señor Soria». 

— ¡Ah! ¡Cuando lo pienso!... Y ahora me parece 
muy natural haberlo pensado antes, al principio, con 
sólo saber quién era el padre de Uribe: uno de esos 
políticos, hábiles improvisadores de fortuna, incrusta- 
dos en casi todos los gobiernos. Ese hombre, distin- 
tas veces improvisó fortunas, y la fortuna, así adquiri- 
da, se disipó alegremente en sejlas¿jnúsic a y j oy as. . . 
/¿Cuáles podían ser los hábitos é ideas aesus hijos 
* \ criados en ese medio? Asi, cuando lo sorprendió la 
muerte, caído y arruinado, no pudo dejar sino esc- 
una familia de pobres, con hábitos y arrogancias de 
marqueses ricos. Pobres así, con hábitos de lujo, y he- 
chos á la riqueza fácil, no pueden ser buenos. Y no lo 
son. Tú debes conocerlos ya. Es una familia de pará- 
sitos... una familia de parásitos... 

Y el viejo Soria, implacable, enumeró los defectos 
de la familia. 

—Uribe noj>odía sera no podíq sgr sino lo que es... 
Y paracoTmo de miseria, ha perdido hasta lo único 
bueno que poseía: cierto lustre superficial de la per- 
sona. No le queda ni la sombra de su antiguo exterior 
de lindo petimetre. Lo habrás visto demasiado. No 
más ie apunta la jaqueca, ya está pegándose hojas me- 
dicinales en las sienes, como una vieja campesina. No 
sé de enfermedad como la suya, tan rara y capricho- 



ÍDOLOS ROTOS 71 

sa. Tu amigo Emazábel ha dado en llamarla neuraste- fct/u** 
nia, pero tengo para mí que su verdadero nombre es w*¿¿& 
el de <sinvergüenzura». 

Después de un minuto de silencio y de reposo, don 
Pancho exclamó de nuevo, como pensando en algo 
que dejara por decir: 

— ¡AhjiíLno sabes... tú no .sabes... La misma Rosa 
Amelia no sabe todo lo que es Uribe. Ella, sin embar- 
go, es natural, sabe de muchas de las miserias de 
Uribe, y las esconde, pretende esconderlas á mis pro- 
pios ojos, como se esconde una lepra. Es incapaz de 
confesarme la menor flaqueza de su marido. 

— Eso, yo lo comprendo — observó Alberto — . Si 
ella es así con todos, lo comprendo y lo aplaudo. Un 
orgullo natural nos impulsa á esconder la lepra que 
nos roe la vida, y ese orgullo, en ella, es quizás para 
el porvenir el mejor salvaguardia de su virtud y su 
honra. Sin ese orgullo ¿qué sería de ella? ¿hasta dón- 
de iría ella cuando tú faltes? 

— No entiendo lo que dices... ¿Que hasta dónde 
iría? Pues hasta donde exige el deber, hasta donde 
puede ir quien tiene de Soria en las venas. 

Alberto no replicó. Pensaba en lo infinito, del des- 
en can tn . deJRosa y en lojrxsmediable de su tristeza; y 
al pensar asi recordó, comprencfíeñdóla entonces, la 
expresión de susto que tuvieron los ojos de la herma- 
na cuando él, recién llegado, en el jardín, le habló 
candidamente, en broma, de su esperanza fallida de 
hallar junto á ella, como junto á la rosa el botón, un 
renuevo de su hermosura y de su alma. 

A poco, don Pancho rompió en nuevas lamentacio- 
nes; pero ya no eran Rosa ni Uribe quienes las causa- 
ban, sino IJedro. 

— Un mala cabeza... un mala cabeza — repetía el 






(W* 



72 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

viejo á cada paso. Y ni su voz ni su furia tenían, al ha- 
blar de Pedro, la acerbidad y aspereza que tenían 
cuando hablaba de los otros — . Un mala cabeza. Está 
perdiendo su tiempo de un modo lamentable. A veces 
me figuro que los años bastaián á corregirlo, por - 
que él es bueno y suave en el fondo. Otras veces 
me mortifican mucho sus cosas, y aun me deses- 
peran. 

Y las cosas de Pedro que más le disgustaban eran 
sus veleidades políticas y amorosas. Las primeras le 
disgustaban por los amigos de que empezaba á rodear- 
se Pedro, so pretexto de política, hombres casi todos 
de mala reputación y costumbres. 

— ¡La política! ¡Para lo que ha llegado á ser la po- 
lítica! Una feria, una triste feria, la feria de las almas 
feas y monstruosas. ¡Si, al menos, Pedro pudiera ser 
como su tío Alberto! Pero ni él tiene su carácter, ni 
hoy pueden darse hombres como Alberto, como tu tío 
Alberto y otros más de su época y su partido, verda- 
deros liberales puros. Busca hoy uno que haya sido en 
política la tercera parte de lo que él fué y que sin ser 
vicioso, como él, muera sin dejar un céntimo. No lo 
hallarás, como tampoco hallarás entre esos políticos 
de hoy dos manos limpias de enjuagues. No sé lo que 
ha pasado. No sé lo que ha pasado por el país. Parece 
como si hoy no se pudiera ser político sin suscribir 
\ antes á un pacto por el cual se enajena la honra. Ese 
es mi miedo. 

Cuanto á las veleidades amorosas de Pedro, no le 
dolían sino por quien era entonces el objeto de esas 
veleidades. 

—¡La hermana menor de Uribe, Matildita, nada me- 
nos! ¡Cuando yo no deseo sino alejar á esa gente de 
nosotros lo más posible! Pedro sabe muy bien que esa 







ÍDOLOS ROTOS 73 



es mi voluntad, y sin embargo se divierte en atarnos á 
la familia de Uribe con nuevas ligaduras. 
— Eso no puede ser nada serio... 
— Serio es de todos modos, porque de todos modos 
es una mala acción. El debe tener en cuenta que esa 
muchacha, aunque la crea digna de burla, es la her- 
mana de Uribe, la cuñada de Rosa. Y por lo que res- 
pecta á uno de mis temores, para mí es lo mismo en 
todo caso. Por poco serios que sean los amores de 
Pedro y Mrtildita, siempre serán un pretexto admi- 
rable para los embrollos de misia Matilde. No sabes 
cómo es la misia Matilde de entrometida y trapacera. 
Me gustaría que hablases á Pedro, á ver si logras di- 
suadirlo de esos amores. 

Después de tomar aliento en una pausa más larga 
que las anteriores, don Pancho prosiguió: 

—Y decir, tal vez á dos pasos de la muerte, des- 
pués de una vida llena de trabajo, consagrada al de- 
ber, que n o he visto cuajar una sola esperan za, ni una 
sola. Eso es muy triste, muy triste. Tú mismo... No, 
no... Si no voy á reprocharte nada, porque tú no me- 
reces reproche ninguno. Sé demasiado que siempre te 
condujiste bien: lo sé demasiado. Pero- 
Alberto esperaba ansioso lo que el padre iba á decir. 
— Pero has dejado de hacer algo que me hubiera 
complacido mucho: en tres meses que llevas aquí no 
has ni intentado ejercer tu profesión de ingeniero. Y 
como dice Ahneida, esa profesión es un capital que 
tienes entre las manos, pero inactivo, estéril, como el 
capital guardado en el fondo de la hucha. Al hablarte 
así, no te dirijo ningún rcpoche: te expreso el deseo 
de que no abandones tu profesión, porque mañana, 
cuando yo muera, si acaso dejaré á ustedes lo sufi- 
ciente para vivir, y eso no basta. 



74 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Mientras escuchaba con atención á su padre, Alber- 
to sentía en sus adentros como un hervidero de tris- 
tezas, despechos y dolores, uno como hervidero de 
muchas cosas feas y muchas cosas malas que preten- 
dieran salir en una sola vez, y de improviso. Alberto, 
sin embargo, se contuvo. 

Lo contuvo el pensamiento de la vida precaria del 
padre, el pensamiento de la muerte inevitable y próxi- 
ma, suspendida sobre la frente del padre como un 
gesto de amenaza invisible, y á ese pensamiento, la 
indulgencia y la piedad aplacaron su hervidero inte- 
rior dejmichas cosas feas y muchas cosas malas. 

— Trataré de hacer como tú quieres. ' 

Pero, apenas dijo así, cuando ya estaba arrepentido 
y se avergonzaba de haberlo dicho, como de una co- 
bardía sin perdón. La promesa que envolvía sus pala- 
bras le recordó la que hizo, recién llegado, á Rosa* 
«Ahora, ¿cómo cumplir esta promesa, después de ha- 
ber oído á su padre? ¿A él no le tocaba ser, entre el 
dolor del padre y el de la hermana, á cual más pro- 
fundo, entre esos dos egoísmos, á cual más terco, tal 
como la doliente figura de Rosa entre su padre y 
Uribe?» 

«Con todo eso, ni una palabra buena ó indiferente 
sobre su arte, sobre su gloria y su porvenir de artista.» 
Y este dolor del artista, mezclado á los demás mezqui- 
nos dolores palpitantes en el silencio de angustia de 
la casa, vino á los labios de Alberto, cuando Alberto 
se vio lejos de la presencia del padre y rompió á gri- 
tar en medio de un sollozo: 

— ¿Adonde he venido? ¿Para qu¿ he venido? 






i 
Viendo morir las últimas luces del día, desaparecer 
en el ocaso la última llamarada roja, despedazarse por 
las ásperas cuestas del cerro el último jirón violet a del 
crepúsculo, sentía se más y. más estrechamente cercado 
por un círculo de som bra. A las primeras sombras noc- 
turnas que invadían poco á poco el taller como una 
marea sin rumor, se agregaba la de los más. obscuros 
pensam jentns ¿ ej^artistg pahirhajn Éste, de tiempo en 
tiempo, veía hacia el Sur, hacia Ja parte más baja de la 
ciudad, ó bien se fijaba, enfrente de la casita del taller, 
en una casucha aislada, muy vieja, de apariencia mise- 
rable, contigua á un gran espacio de tierra cercado de 
medio derruidas paredes, por sobre las que agitaban 
al aire sus follajes llorones cuatro sauces gigantescos. 
Y muy á menudo, ^jg^J^ESCÍ-Q rifi ,.!a .rn*" * 1 * rf)jj>l 
cercado contiguo lo volvía soñador, haciéndole pensar 
encina villa_4£_Rfima plantada de sauces en vez de 
cipreses y palmeras. 

Después de considerar un tanto la casa vetusta, de 
aire un si es no es señorial, ó el paisaje, á lo lejos velado 
ligeramente de azul, continuaba su paseo nervioso. Ea 
la obscuridad creciente, las figuras de tres bajorrelieves, 
copias de dos bajorrelieves del Donatello y de uno de 
Juan de Bolonia, fingían expresiones y actitudes fan- 
tásticas. A un lado, por el suelo, se extendía una gran 



76 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



mancha de yeso. Al otro lado, en un rincón, sobre una 
especie de tarima, alta, se alzaba misteriosa en medio 
de ía penumbra del taller y bajo su envoltorio de lien- 
zos húmedos, diariamente renovados, la obra interrum- 
pida. Era la estatua de una chicuela criolla. 

Alberto, después de conseguir un sitio á propósito 
para su taller, y deseoso de trabajar mientras llegaba 
la ocasión de poner sus manos en obra de más fuerza, 
quiso reproducir en barro de la tierruca la belleza del 
tipo de raza más común en el pueblo de su país, belleza 
original, mezcla de oro y canela, obscura y fragante. 
Con muchas dificultades halló al fin modelo y empezó 
con entusiasmo la obra; pero apenas la empezó, cuan- 
do se vio forzado á abandonarla. Después de las tristes 
y largas lamentaciones paternas, influencias extrañas y 
desconsoladoras lo distrajeron, hasta dejar de existir 
entre la actividad de su pensamiento y la de sus manos 
la necesaria armonía, el acuerdo necesario á la obra de 
arte. Desde entonces, es decir, durante más de una 
semana, no había hecho sino pasearse con andar me- 
ditativo, gacha la cabeza, las manos cruzadas por de- 
trás en la cintura, ó reconocer calle por calle el ai rabal 
pintoresco y gracioso en donde estaba el taller, sin 
otra ocupación que la de, á ciertas horas, rociar con 
agua la obra y los lienzos que la cubrían, á fin de con- 
servar indefinidamente la terneza del barro. El resto 
de su tiempo lo pasaba tendido á leer, y sobre todo á 
•j¿ soñar, en u na chaisa-lon$ ue puesta en la habitación 
inmediata al taller propiamente dicho. En esa habita- 
ción estaban ios bronces, mármoles y yesos diminutos: 
entre raras obras originales de arristas omigos, finas 
/ copias de la Venus de Milo, del Apolo del Belvedere 
/ y del Antinoo. Grandes abanicos multicolores y este- 
\ ras vaporosas de China exornaban las paredes. Entre 



ÍDOLOS ROTOS * 77 

un abanico del Japón y una esterilla chinesca lucía la 
acuarela de Calles, en tanto que la cabeza leonardina, 
primera obra y talismán de Alberto, montada sobre un 
pie de madera forrado de felpa roja, resaltaba dentro 
de un marco de tela también roja, artísticamente dis- 
puesto en la pared; y en la cabeza leonardina, la ex- 
presión voluptuosa de los labios y de la parte inferior 
de la cara crecía, haciéndose más violenta y brutal, 
gracias tal vez á los reflejos de sangre que el marco de 
púrpura vertía en los labios de yeso. 

De cuando en cuando, en vez de esperar la noóhe 
en el taller, la esperaba en su casa, en el kiosco del 
jardín, cuando el jardín estaba solo. Evitaba las con- 
versaciones con el padre, con Rosa Amelia, con Uri- 
be. La sola presencia de éste le era tan insoportable 
como su jerigonza esmaltada de términos y refranes 
corrientes en la jerga de los jugadores, jerigonza no 
particular de Uribe, sino, como Alberto lo observó 
después, común á casi todos los más emperifollados 
lechuguinos, reyes y dioses de la crema. Con el mismo 
Pedro se reunía ya muy poco. En los primeros tiem- 
pos andaban siempre juntos los dos hermanos: juntos 
iban de visita, juntos al teatro, al club, á todas partes, 
y sólo á ratos, no á menudo, Pedro evitaba la compa- 
ñía de Alberto. Como Pedro conocía á todos y de to- 
dos era conocido, Alberto, al andar con él, se hallaba 
naturalmente forzado á sufrir infinitas presentaciones 
de gentes de todas las clases: desde presentaciones de 
«notables» de la mayor influencia, hasta las de gomo- 
sos los más vacíos; presentaciones útiles varias de 
ellas, algunas mortificantes, enojosas las más; y tanto 
fastidiaban á Alberto cuanto complacían á Pedro, ha- 
lagado en su orgullo por el prestigio de belleza y glo- 
ria que evocaba, al pronunciarse, el nombre del her- 



78 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

mano, célebre en su país al menos. A Alberto no sólo 
causaban hastio semejantes presentaciones: además 
despertaban en él un sentimiento indefinible de triste- 
za y disgusto, al ofrecerle ocasión de ver en Pedro una 
peligrosa flexibilidad inaudita de ánimo, según la cual 
se acomodaba á las ideas y opiniones de su interlo- 
cutor, aunque éstas fuesen perfectamente contrarias á 
las suyas, Y Pedro, sintiéndose observado, solía decir 
algunas veces: 

—¡Qué quieres! Es necesario hacer de ese modo 
para subir y ser alguien en mi tierra. 

Pero semejante excusa ó explicación que Alberto no 
pedía, lograba hacerle aún más sospechosa la actitud 
falsa de Pedro. Esto de una parte, y de otra parte las 
primeras crueles punzadas de alfiler del medio, reve- 
lado de pronto como enemigo, le obligaron á reco- 
^gerse^.casL ¿aislarse t en u axircü lQ estrech ode pocas 
personas, de muy pocas, las más conformes con su 
alma. La ¡cimera punzada de alfiler fué para su vani- 
dad naciente de artista. Alberto se imaginaba al prin- 
cipio, cuando muchos ojos curiosos le seguían por la 
calle, ó con igual curiosa insistencia lo asediaban en el 
teatro, que esos ojos decían con su mirar importuno: 
«ése es Alberto Soria, el escultor, nuestro célebre es- 
cultor», ó algo así admirante y lisonjero. De tal modo, 
casi inconscientemente se preparaba un dolor, enar- 
deciendo y cosquilleando su vanidad, esa vanidad á 
veces desbordante de los artistas que ha^e aun á los 
más altos creadores de belleza comparables á fatuas 
mujerzuelas engreídas de la efímera gracia de sus for- 
mas. Muy pronto empezó á probar ese dolor, cuando 
supo de varias maneras y por los mismos labios de 
Pedro, que muchas de las miradas curiosas, idas tras 
él por la calle, no veían al artífice, al estatuario noble 



ÍDOLOS ROTOS 79 

y creador, como saludando su nombre y aplaudiendo 
su triunfo, subyugadas y vencidas del divino sortile- 
gio de la gloria, sino se fijaban en lo superficial del 
hombre, en lo exótico del traje y las m aneras, en todo 
lo que en la persona de Alber to decía de provenien- 
cia remota y des entonaba con el mecj io. quebrantan- 
do la tradición estulta del hábito, como una herejía. 
La curiosidad, no de admiración, estaba hecha de 
protesta, des dén y un poco de bu rla. El mayor núme- 
ro estaba acostumbrado al género de elegancia traído 
en el vestir y las maneras por mujeres y hombres, á 
los cuales pertenecían los en esa época llamados <in- 
conformes»; pero ignoraba ciertos matices raros que 
en las grandes ciudades europeas, y á fin de distin- 
guirse de la multitud, adoptan algunos artistas vanos 
ú orgullosos, alejados, como en un refugio ó cenácu- 
lo impenetrable, en un rincón de taller ó en los bajos 
de una taberna. Tal vez uno de esos matices, cuya di- 
sonancia con el medio no advertía el propio Alberto, 
dominaba en su vestir y le atraía la instintiva animad- 
versión de las almas. Preocupaba á muchas cabezas 
pulcras de elegantes el que Alberto llevase á menudo 
con la levita larga y negra, en vez del alto sombrero 
de copa, en esos casos de ley, uno bajo, de tela muy 
fina, leve y blardo, fácil de arrollarse como un ovillo 
entre los dedos. De los más preocupados con ese por- 
menor en el vestir de Alberto era Antonio del Basto, 
joven elegante de profesión, pequeño de estatura, 
siempre muy pulido, en extremo cuidadoso del peinar, 
con el pelo partido en dos por una raya perfecta que 
acababa en la nuca, y cuya partícula de nobleza ori- 
ginaba, según rumores, de la humilde trastienda de un 
modesto negocio de mercería. Antoñito del Basto 
pensaba y decía (en estilo editorialesco á lo Amorós) 



4/ 



80 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de la extraña combinación de Alberto, que era insóli- 
ta, como una monstruosidad, en los anales de la ele- 
gancia caraqueña. Y tanto se preocupó Del Basto, 
que, en compañía de otros como él, fué á consultar 
con aire grave y solemne á MaJtiflLByrgos, grhitp.r ole- 
' gantigrurn, si no sería lo correcto y merecido negar 
los honores del saludo al extravagante de Soria. Mario 
Burgos halló muy naturales y dignos los escrúpulos de 
Del Basto; pero decidió que bien podía continuarse 
dispensándosele á Soria el honor de! saludo, no por 
consideraciones á él, cuyo único mérito se reducía á 
«fabricar muñecos» más ó menos curiosos, trabe/jados 
con más ó menos arte, sino por consideraciones á al- 
gunos miembros de la familia Soria, á Pedro, y sobre 
todo á Uribe, miembro también del círculo de Del 
Basto, asiduo como pocos á la corte de Mario Burgos 
y admirador fidelísimo de éste. 

Así, Alberto Soria, sin él saberlo, estuvo en un tris 
de perder la amistad y las atenciones de lo más biza- 
rro de la juventud, á no ser el prudente dictamen de 
Mario Burgos, cuya voz era acogida de aquel círculo 
de gomosos como la voz del Papa lo es de los católi- 
cos buenos. Y quizás no sea muy justo el comparar á 
Mario Burgos entre los de su corte con el Papa entre 
í los católicos buenos, porque Mario Burgos era entre 
los suyos casi un dios: tanto le adoraba.Suyjt emían . 
-— ~ Entre las muchas razones del p rest} g -io de Mario 
KA, (V- Burgos, hallábase en primer término s u nc|ueza. una 
de las más redondas y brillantes de la ciudad, cuando 
los de su corte eran en su mayor parte de la especie 
de Uribe: simples parásitos; con eso, un fuerte barniz 
de ilustra c ión, ni sospechado siquiera de sus admira- 
dores, casi todos de cerebros lisos en los cuales nunca 
se extravió el grano de una idea, y en donde, á extra- 



ÍDOLOS ROTOS 81 _ 

viarse, no hubiera prendido, falto de asidero; luego, 
cierta desfachatez y audaci a en el habla r, en el rostro 
de rasgos viriles y en toda s u bizarra persona corpu- 
lenta y robusta; y por fin, sus t ri unfos de amo r, exa- 
gerados en importancia y número, llevados y traídos 
entre faldas de seda y negros smockings. De todo eso, 
y de su tono firme y dogmático al .juzg ar de toda 
suert e de asunto s, pues de todos era jue z, emanaba la 
seducción dentro de cuyo halo diabólico gemían, como 
en blanda cárcel de flores, lechuguinos y mujeres. Los 
del círculo de Del Basto y demás admiradores de Ma- 
rio Burgos i mitaba n sus gestos, repetían sus palabras, 
celebraban sus victorias de amor, copiaban sus vesti- 
dos é iban á él, en casos dudosos, á requerir su dicta- 
men infalible en cosas de buen tono. A él se le con- 
sultaba, por ejemplo, sobre cómo había de ser, para 
no pecar de incorrecto, el traje del cazador, ó sobre si 
la bota de caza había de llegar hasta la choquezuela 
y no detenerse á mitad de la tibia, y so&re otras cues- 
tiones, de igual manera trascendentales y peliagudas. x^-a***- 

Entre las muj eres, la seducción de Mario Burgos . 
tenia quizá más fuerza y ejercía mayo r estrago. Des- 
lumhraba á las unas con su oro, cautivaBlT á las otras 
con su fuerte belleza varonil: tanto éstas como aqué- 
llas veían en su amistad una honra, en la mirada de 
sus ojos un presente, en el saludo de sus labios una 
consagración, y, para todas, el abandonarse entre los 
brazos de él, en medio de la concertada y harmonio- 
sa baraúnda del baile, era como estar en la cima 
de la beatitud suprema. El poder hechizante de Mario 
se comunicaba á sus amigos como una gracia, y bastaba 
la ejecutoria de «amigo de Mario Burgos» para gozar, 
sobre todo entre las damas, de especiales favores. De 
este modo, fuera de algunos que materialmente vivían 

6 



82 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de él, sus amigos todos vivían del reflejo de su gloria 
v^- A ■ galante. Con el reflejo de su gloria cada uno de ellos 
tejíase un manto de rey. Y todos, en su gratitud y ad- 
miración, cantaban su nombre á cada instante, como 
Alberto pudo observarlo en boca de Uribe. Lo canta- 
ban delicadamente, religiosamente, con unción de ple- 
garia, como si entre sus labios el nombre fuese un 
pétalo que temieran ajar, algo muy rico y frágil que 
temieran romper, y cantando así, delicadamente, reli- 
giosamente, era como precioso talismán á cuya «virtud 
j. cedían puertas y corazones. 

A la vulgar inquina contra los modos de ser y de 
vestir de Alberto, diferentes de los estilados por la 
mayoría, se agregó muy pronto la inquina aún más 
profunda de envidiosos é incapaces contra lo que en 
él había de suj^ejrjojridad absoluta ó de absoluta dife- 
rencia: el artuta y su gloria- A sus oídos no tardaron 
en llegar palabras, dichos y fragmentos de conversa- 
ción destinados á desconocer al artista y su gloria, ó 
á representarle de un modo antipático, haciéndole apa- 
recer como un -hombre muy vanidoso, exageradamente 
engreído en relación con lo mezquino de su triunfo. 

Mario Burgos, en un almuerzo al que asistían, entre 
[$+• l¿r otros elegantes, Juan O'Connor y Antoñito del Basto, 
se permitió decir al hablar de Alberto Soria: «Apenas 
ha obtenido una medaílita como escultor, y ya se cree 
un genio, según parece por sus presuntuosos aires de 
hombre muy pagado de sí mismo.» Y todos los invita- 
dos fueron del mismo parecer de Mario Burgos. Pero 
si esas palabras mortificaron á Alberto, menos le mor- 
tificaron que las malignas pullas de Diéguez Torres, un 
inteligente. Una noche, en un corrillo de la plaza Bo- 
lívar, haciendo referencia á la llegada de Alberto, insi. 
nuaba Diéguez Torres: «¡El pobre Alberto Soria! El se 



ÍDOLOS ROTOS 83 

figuraba que iríamos á la estación á recibirle con mú- 
s icas, fi o rae y cohetes.» Y en e st» mismo c nrrn, que 
aplaudió con sonrisas adulonas la malvada pulla de 
Diéguez Torres, jraquella noche mis jaa se habló como 
de algo muy natural del suntuoso recibimiento hecho, 
días después de la llegada del escultor, á una tropa de 
malos cómicos de zarzuela por tandas. 

En el primer instante, Alberto no creyó á Diéguez 
Torres capaz de aquella majadería. Le era duro creer 
que tan boba especie viniera del mismo que deseó 
serle presentado, y al serle presentado le abi umó á 
protestas de admiración cariñosa. Por esas muestras 
de admiración y cariño, Alberto le guardaba gratitud, 
y sólo cuando hubo de conveacerse de la doblez de 
Diéguez Torres, la gratitud se le convirtió en recelo 
amargo. La doblez era en aquél espontánea, como un 
gesto habitual de su espíritu. Según él, hijo y conoce- 
dor del medio, todos los intelectuales, hombres de arte 
ó de ciencia, iban tarde ó temprano á dar en la polí- 
tica, y como á favor de la política pensaba él subir á 
una posición excelsa en donde satisfacer sus deseos 
de fortuna y de mando, veía en todo intelectual de 
mérito un probable concurrente futuro. Y en Alberto, 
á la primera ojeada, vio, junto al artista, un verdade- 
ro intelectual peligroso. Con su talento claro y pers J 
picaz reconocía y hasta loaba el mérito; mas, para los 
fines de su ambición, trataba de obscurecerlo y de ri- 
diculizarlo, sin retroceder ante la misma calumnia. En- 
gaño, dolo, perfidi a, eran por él considerados, en su 
lucha por subir, vocablos hueros, ó armas legales. Es- 
critor, capaz de pulcras, nobles concepciones de arte, 
su pluma la tenía pronta al servicio de mezquindades 
y vilezas. De él podía decirse que mientras una de sus 
manos cultivaba y cogía flores de arte, la otra se em- 



84 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

; peñaba en remover y esparcir infectos lodos. Esta 

/ dualidad, no muy rara, existía en toda su persona, 

/ hasta el punto de hacer de Diéguez Torres uno como 

\ serambiff uo en cuya formación hubiesen entrado por 

\ igual una paloma y un ave de presa. 

Pero nada impresionó al artista como una inven- 
ción calumniosa partida del círculo de hombres de im- 
portancia al que pertenecían el célebre crítico Ramos 
y el académico Rincones, círculo de hombres casi to- 
dos viejos, de sedicentes literatos, cuya influencia al- 
canzaba á muchas personas de lo más encopetado y 
rico de la ciudad aviieña. Según esa invención, la obra 
de Alberto, premiada en París, elogiada de buenos 
críticos, no había en realidad salido de las manos de 
Alberto, poco hábiles. Estas, abandonadas á sí solas, 
habrían cuando más creado una escultura mediocre, 
si el oro de Alberto no hubiese tentado y seducido 
las manos maestras de un escultor notable, desdeñoso 
de la fama, complaciente y sin escrúpulos. La imbécil 
calumnia fué acogida con placer, y con igual placer 
divulgada por aquellos á quienes Alberto parecía pre- 
suntuoso, á quienes Alberto era antipático y por los 
que ya habituados á verle diariamente no sabían divi- 
sar, al través de su apariencia de hombre como cual- 
quiera hombre, el alma del artista. 
/*" La primera sensación de Alberto, al conocer la ca- 
«y / lumnia, fué de vértigo y estupor sin límites, como de 
quien es de improviso preci pitado d e una cima alta, 
luminosa y coronada de azul, á l o más hondo y negro 
. de un barranco. En su tristeza profunda se sintió como 
abandonado de los hombres, como perdido sin espe- 
ranza en un desierto, y la queja hasta aquel día repri- 
mida en su alma comenzó á desbordar de su boca. 
«Para eso había él trabajado bravamente, como un 



ÍDOLOS ROTOS 85 

héroe; para eso había él sufrido innúmeros d olores 
vencido nostalgias, apurado amarguras, hasta conquis- 
tar, después de infinitos esfuerzos, una humilde miga- 
ja de gloria; para que, de regreso á la tierruca, sus 
compatriotas, en vez de aumentarle en simpatía y 
amor esa humilde migaja de gloria penosamente ad- 
quirida, se la desconocieran y negaran, exhibiéndole 
como un farsante vulgar disfrazado de artista, orgu- 
lloso de trofeos que no eran suyos. Lo que no hizo el 
odio al extranjero, de artistas envidiosos menos afor- 
tunados, e n una ciu dad mmn parí* en donde la lucha 
por la vida es cruel y sin piedad, en donde un triunfo 
de artjsta represent a f ortuna y bienestar , ,y£ p ideros, 
ganjuaro, lo hacían sus compatriotas en una ciudad 
pequeña, en donde el culto de la belleza y del Aft e^es 
promesa de . dolor, des^ r nparo y olvido . » Alberto, por 
la primera vez, enumeró sus decepciones sufridas des- 
de el día de su llegada, y e_ncontró su alma llena d e f 
muchas cosas muertas, como de innumerables pétalo s 
m architos , despojos de una antigua y blanca ilusió n 
casi enteramente deshojada. Su imagen de la patria no 
era ya la misma que guardaba en el corazón cuando 
arribó á sus costas, cuando todavía en la cubierta del 
buque abrazó á Pedro, ^cuando á través de las venta- 
nillas del tren vio surgir la belleza del paisaje nativo , 1 
originjal y soberbi o, desconocido ú olvidado, cuando 
en la estación del ferrocarril, á su llegaba á Caracas, |<) 
hallóse rodeado de amigos y parientes, yoiando bajo 
el techo de la casa paterna los labios de su padre y de 
su hermana ciñeron á su frente una corona que él cre- 
yó más pura y envidiable que sus coronas de artista. 
Para él, entonces, la patria era como dos grandes bra- 
zos ávidos de estrechare tiernos y amorosos y dos la- 
bios tendidos á besar su boca y su frente con amor 



86 



[\NUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



inflamado de orgullo. Pero los brazos empezaban á 
ceñir su garganta como un dogal de hierro, y los la- 
bios á besarle humedecidos en un brebaje venenoso. 
«¿Por qué? ¿por qué? ¿Acaso no era él de los buenos, 
de los buenos hijos de su país?> A la queja sucedió el 
reproche, y al reproche sucedieron los gritos de orgu- 
llo. «Desharía fácilmente la calumnia, confundiría á 
los calumniadores, demostrándoles que sus manos eran 
manos de artista, manos de creador capaces de ani- 
mar y embellecer el barro; los confundiría demostrán- 
doles cómo fué bajo sus manos que florecieron las car- 
nes deliciosas de su Ninfa, cómo fueron sus manos las 
que infundieron en las formas y en la expresión del 
Fauno bestial toda el alma de la selva.» 
\p¿p\ ?*&* Como nunca se dio entonces á trabajar con empeño 
j^s 4. M en su tipo de belleza criolla. Sólo con su obra y para 
[J.-r ¡jt su obra vivió días llenos de ardor activo y fecundo, en 
It^ 1 los que su imaginación anduvo siempre de concierto 
con sus manos. Pedro sostuvo esa actividad con el glo- 
rioso espejismo de una esperanza que le hizo ver al 
escultor como realidad próxima y segura. Se trataba 
de una gran noticia recogida en los propios labios del 
poderoso ministro del Interior, don Julián Suárez: el 
gobierno proyectaba, para el año siguiente, la erec- 
I ción de una estatua á Sucre, el héroe de la leyenda 
trágica y el alma idílica. 
\ ^/fc^ ¿l*íÍ rft/ tenia sus amabilidades y confianzas con Pe- 
X dro y otros jóvenes de la misma edad y condición de 

Pedro. Ventrudo, campechano, dado á los placeres de 
la mesa y del juego, vivía, no muy recatadamente, la 
vida de los clubs, y se hallaba así en contacto con lo 
más dorado y vacio de la juventud caraqueña. Según 
se murmuraba, y era la verdad. Suárez pasaba de claro 
en claro las noches junto á una mesa vestida de verde, 



ÍDOLOS ROTOS 



87 



en el más ruidoso de los clubs, pero en un salón en 
donde sólo penetraban los iniciados íntimos del minis- 
tro. Sin embargo de esos hábitos, don Julián Suárez no 
desatendía nunca el ministerio: todas las mañanas, al 
golpe de las ocho, entraba en su oficina á despachar 
asuntos pendientes y resolver problemas políticos, ni 
muy numerosos, ni, mucho menos, complicados. 

Sin gran talento ni ilustración, su larga práctica de la 
cosa pública y de los llamados políticos en el país le 
había llevado á poseer una malicia inteligente y oata- 
lladora que, sumada á cierta perspicacia natural, daba 
á él y á sus amigos la ilusión del talento y aun á veces 
del genio. Entre los jóvenes que frecuentaba por sus 
hábitos de club, distinguía á los simples lechuguinos de 
aquellos que sólo de lechuguinos cargaban el disfraz y 
eran capaces de más altas empresas. De estos últimos, 
con razón, consideraba á Pedro, por el cual tenía pre- 
ferencias no dudosas. Don Julián Suárez afirmó á Pedro 
que de un momento á otro el gobierno decretaría alzar 
una estatua á Sucre, y le dejó entrever por sus res- 
puestas á las preguntas de Pedro y al deseo claramen- 
te expresado en esas preguntas, que casi con seguridad 
á Alberto le encomendarían la obra. «Nadie — dijo 
Suárez — , nadie como un artista verdadero, que fuese 
á la. vez compatriota de Sucre, mejor llamado á repro- 
ducir en bronce la figura, y con el bronce interpretar 
la vida d e virtud , belle za y heroísm o del cumaués inta- 
chable.» 

Pero, á pesar de esos estímulos, muy pronto la vo- 
luntad vacilante del artista, falta de estímulos nuevos, 
como resorte cansado, se aflojó. Trabajaba poco y sin 
bríos. T risteza s, t emore s, dudas , entraron en su alma 
y turbaron su atención, hasta reducirle casi á la impo- 
tencia. De repente le asaltaba el miedo de morir antes 



88 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de ver acabada su obra, ó el miedo aúa más angus- 
tioso de una muerte parcial, la muerte de su espíritu 
creador de belleza, mientras continuaría viviendo la 
vida común á todos los seres, con la obra sin concluir 
presente á sus ojos como un reproche, presente á sus 
ojos y á los ojos de los demás como el irrecusable tes- 
timonio de estar en él exhausto el puro manantial de 
la inspiración artística y de ser su alma como un Sahara 
funesto en donde los gérmenes de arte mueren abrasa- 
dos al caer, sin que uno solo arraigue y eche flores. A 
veces, movidas de ese mismo miedo, sus manos cobra- 
ban agilidad morbosa, presas de un verdadero frenesí 
de la acción, durante el cual atormentaban f martiri za- 
ba:i y deíorrgajj^a inútilmente el barro. Pero al cabo 
de breves minutos, las manos, libres de su embriaguez 
loca y fugaz, volvían á la iuercia; los brazos, como de 
súbita parálisis enfermos, volvían á colgar inmóviles; y 
el artista, en su desolada actitud, ante la obra difícil, 
era en su taller, entre las diversas copias de esculturas 
célebres, una escultura más: la escul tura de la suprema 
des£spfí*aiwa. En la época de sus primeros trabajos 
artísticos, el alma de Alberto había atravesado por cri- 
sis análogas; pero ninguna alcanzó á tener la extraor- 
dinaria agudeza de la crisis de entonces. La más curio- 
sa y tal vez la más irremediable manifestación de su 
estado de alma era el disgusto de conocer para enton- 
ces en la ciudad á muchas gentes y el ser de muchas 
gentes conocido. La vida casi en común de las ciuda- 
des pequeñas, con su inevitable y continuo saludar á 
cada paso, con su inevitable y continuo participar de 
conversaciones indiferentes ú odiosas, y con sus otras 
muchas é iguales pequeneces, le procuraban un mar- 
tirio constante, como si cada una de esas pequeneces 
le arrancase algo de lo mejor de su talento, de lo más 



ÍDOLOS ROTOS O? 

bello de su alma y esencial á su vida. Le parecía como 
si todas esas pequeneces anularan su personalidad, 
esparciendo su atención, fraccionando y dividiendo sus 
fuerzas, que necesitaban más bien de condensarse y fun- 
dirse en ese hogar interno rodeado de silencio, rodea- 
do de meditaciones, foco de luz y calor, de donde sur- 
ge perfecta la obra de arte. En París, cuando un dis- 
gusto parecido empezaba á dominarle, tenía á la mano 
el remedio: bastábale irse lejos de su calle, lejos de su 
barrio, hacia un barrio distante y populoso, ó mejor, 
hacia coalquier boulevard lleno de tumulto, en donde 
se complacía largas horas viendo pasar millares y mi- 
llares de mujeres y hombres, verdadero raudal humano 
que arrastraba, rnnjn flnres pI torrente, expresiones y 
actitudes bellas y fugitivas. Y mientras tanto saboreaba 
la orgullosa alegría de no conocer á ninguno de aque- 
llos seres que pasaban y de no ser conocido de ningu- 
no, la voluptuosidad intensa y rara de sentirse solo, 
muy solo en medio de la multitud, alegría y voluptuo- 
sidad bajo las cuales llegaban á extinguirse las vibra- 
ciones y asperezas dolorosas de su alma, como bajo 
una lluvia de pétalos cargados de esenci a adormece- 
dora, ó bajo la presión de dos manos queridas carga- 
das" de amor, de caricias, de perfume y de sueño. Ya 
tranquilo, al pensar que ninguno de entre aquellos 
innumerables pasantes ni siquiera sospechaba que él 
escondía el ge rmen de una gran bellez a, una obra de 
arte aún en esbozo, Te parecía coma si en realidad su 
obra dejara de ser simple esbozo ó germen, para con- 
vertirse en obra fuerte y grande, y la consideraba en- 
tonces, oculta en el misterio de su ser, como un tesoro 
oculto bajo el polvo, á la vera de un camino, por el 
cual discurriesen muchos viajeros indiferentes y apre- 
surados. Pero esa alegría voluptuosa de sentirse solo 



90 MANUEL DÚZ RODRÍGUEZ 

en medio de la multitud, no estaba á su alcance en la 
ciudad natal, ciudad pequeña, en donde conocía á casi 
todos y era de todos conocido. 

Aun en el más absoluto aislamiento, el medio le 
rodeaba por todas paftes con su fealdad y tristeza. La 
política afeaba y entristecía el medio, c w orao un vene no 
sutil que penetrase' los hombres y las cosas. Nada 
lograba sostenerse desligado de la política: ella era la 
gran preocupación, la causa primera y profunda; esta- 
ba en todos los labios, en el fondo de todos los suce- 
sos; y á ella convergían y de ella emanaban todas las 
grandes manifestaciones de la vida, signo seguro del 
más hondo malestar, y presagio de muerte de los 
pueblos. Al principio, la política y sus hombres y sus 
maquinaciones turbias le causaron asombro; después, 
repugnancia. El ambiente, nada artístico, le obligó á 
retraerse. Apenas frecuentaba, al fin, la casa de las 
Almeida y un grupo de amigos de él y de Emazábel 
que se reunían raras veces en su taller, más á menudo 
por la noche al pie de un árbol de la plaza Bolívar, ó 
alrededor de una misma mesa en un café vecino de la 
plaza. Entre esos amigos, Alberto empezó á desaho- 
garse de cuanto pensaba y sentía de los hombres y 
cosas de la tierruca, y de cómo los hallaba á su regre- 
so. Formado por selección tal vez inconsciente, ese 
grupo de amigos representaba urna parte, cuando me- 
uos, de e§a.inÍnori^Jatde¿íuaT que en todas partes 
existe, superior al medio en que se mueve é incapaz 
de aceptar el medio, adaptándose á élj n úcleo de al- 
mas selectas, Q.obles, de ordinario temerosas de~Ta ac- 
ción, que rechazadas de todas maneras acaban por se- 
pararse en actitud como de resignación altiva, á ver 
desfilar camino de la victoria la muchedumbre de los 
mediocres y el interminable ejército de los nulos. 



ÍDOLOS ROTOS 91 

Pero el medio, ó lo que él más temía del medio, le 
persiguió hasta el seno de aquel grupo de amigos y 
del nogar de las Almeida. En realidad, ya se había in- 
sinuado en sus venas, contaminándolo, el veneno sutil 
esparcido en la atmósfera. Y la presencia del veneno 
en su propia sangre se le reveló en sus charlas con los 
amigos, y en las mismas conversaciones triviales con 
María Almeida. De improviso, al hablar, se encontra- 
ba tomando en serio la gran farsa, aquella gran farsa 
de la política, y entonces rompía en furores y protes- 
tas inútiles. Fué en uno de esos casos cuando sobre- 
vino el incidente que, durante los últimos días, le ale- 
jó de casa de las Almeida y le traía triste y ca- 
viloso. 

Alberto hablaba de los hombres públicos del día. 
En el orden en que los había ido conociendo, los iba 
enumerando, con los achaques y vergüenzas de cada 
uno: hombres que, sin luces ni ley, ni honra, ejercían 
de legisladores; ministros enriquecidos á la manera de 
ladrones vulgares que, en vez de estar condenados, 
como Alberto se lo figuró una vez, á vivir en la gehe- 
na del desprecio y el odio de las gentes, vivían, si no 
gozando del mismo aprecio antiguo, protegidos cuan- 
do menos de una benevolencia general, muy parecida 
á una complicidad anticipada y previsora; y en medio 
de esos hombres otros muchos, males, ineptos, nulos, 
pálidos, incoloros, triunfales pavesas flotantes después 
de las tormentas revolucionarías, ó criaturas del todo- 
poderoso nepotismo. Y hablando, hablando, Alberto 
habló de su presentación al ministro de Fomento, el 
general Galindo. Todavía la vergüenza le llameaba en 
el rostro. Pedro se había empeñado en presentarle á 
Galindo en el mismo ministerio, así por creer que sn p¿~ 
presentación fuese útil á los planes artísticos del her- 



92 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

mano, como por dar un rato de júbilo á su vanidad, 
haciendo ver al hermano sus relaciones íntimas con el 
ministro más influyente después de Suárez. Tras de 
algunas frases mal zurcidas que revelaban toda su cul" 
tura de sargentón grosero y basto, Galindo, en el tono 
un si es no es guasón de su voz avinada, se despidió 
de Alberto, diciéndole: «Siempre á sus órdenes en el 
Gran Partió Liberal. > 

«* Al oir esa frase estúpida y al ver la expresión ri- 
sueña y radiante con que los empleados presentes la 
acogían compá una ric a flor de ingenio, sentí infla- 
márseme de vergüenza la cara. Aquel hombre hablaba 
de su partido político, del partido liberal, como si es- 
tuviera hablando de su casa, de su hacienda, de un ho- 
tel ó de una hostería. 

— Y tiene razón— interrumpió María Almeida — . Lo 
que llaman partido liberal es ni más ni menos como 
una posada de reputación dudosa, á la cual se acogen 
los picaros de todas las clases, todos los picaros. 

— Tanto no... Tanto no... Usted exagera. El buen éxito 
y el triunfo han dado al partido liberal muchos de esos 
elementos perniciosos. Créalo: si en vez de este parti- 
do, el contrario estuviese en el poder, en el contrario 
habría quizás igual número de picaros. El partido li- 
beral cuenta en sus filas muchos canallas; pero ha con- 
tado y no debe dejar de contar todavía muchos hom- 
bres de honor. 

— No, no. Los liberales son todos ladrones y pica- 
ros — prorrumpió María con la pasión contenida y pro- 
funda de su familia conservadora. 

— No lo creo — replicó Alberto, y su seriedad y pa- 
lidez aumentaron de modo visible -. Además — agregó 
sonriendo como á fin de ocultar la desastrosa impre- 
sión de las crueles palabras de María me veo forzado 



ÍDOLOS ROTOS 93 

á recoger para mi sus palabras y su ofensa, porque mi 
familia es toda de liberales. 

Y María, al escuchar y comprender, se turbó tanto, 
que no acertó ni á balbucear una excusa. 

Alberto no volvió á casa de las Almeida desde en- 
tonces. Y al principio hallaba justo y natural su retrai- 
miento. Se creía con derecho á estar hondamente re- 
sentido con María, como si María lo hubiese maltrata- 
do á sabiendas, hiriéndole en uno de los más secretos 
amores de su alma, en el amor y culto á la memoria 
de aquel tío cuyo nombre llevaba, el único df. su fami- 
lia consagrado por completo y desde muy joven á las 
luchas de la política, á la defensa y lustre de las ideas 
liberales, á las que ofrendó saber , fortun a y juventu d, 
para legar á los suyos, después de servir á su país en 
los cargos más honrosos y eminentes, en vez de rique- 
zas mal habidas como hacen otros, un renombre muy 
puro y una historia sin mancha. 

Pero es3 como sombra de rencor fué disipándose 
en Alberto poco á poco, hasta no quedar en él sino la 
pena del brusco interrumpirse de un hábito amable. 
Acostumbrado á ir diariamente á casa de las Almeida, 
romper con la costumbre le costaba un esfuerzo dolo- 
roso. Echaba menos la serenidad y alegría de aque- 
lla atmósfera suave, en la cual sus nervios reposaban 
de la tensión adquirida en el taller, al pie del barro 
informe, y exagerada hasta el paroxismo en el sordo 
malestar de la casa paterna. 

De modo insensible, echando menos la atmósfera 
en que las Almeida respiraban, Alberto empezó á en- 
contrar excusas á las airadas frases de María. «¿No 
era insensato exigir que ésta supiese lo que sus her- 
manos mismos ignoraban? ¿No supondría ella que á 
él, artista, y después de una ausencia muy larga, nada 



94 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

importaban la política, sus hombres y sus luchas? ¿No 
era natural suponerle indiferente á esas luchas y á 
esos hombres? Además, él mismo, con su crítica acer- 
ba de Galindo, de todos los Galindo, había de antes 
preparado la injuria. Y quizás ella, María, abundaba 
en razón. ¿Qué sabía él, ausente, muy lejos, olvidado 
en un éxtasis divino de belleza? ¿Qué sabía él si todo 
lo que él aprendió á respetar de niño y amar de joven 
había muerto? ¿Los partidos, como los hombres, como 
los árboles, no muerenffLa-ramajseca, por entre cu- 
yas fibras no suben los húmedos besos de la savia.jao 
vuelve á^p^Jjoja^jujSores^Así de los partidos: cuan- 
do un partido, realizado lo que fué su ideal, en un mo- 
mento de su historia no se forja un nuevo ideal, perece 
falto de savia, como la rama perece. > A medida que 
con esas y otras razones excusaba á María, Alberto 
consideraba más y más ridiculo y bobo aquel su rencor 
que lo había atormentado inútilmente. Y al conven- 
cerse de lo injusto y vano de su rencor, una alegría 
impetuosa entrójc antando en su, alma, c omo fres co 
soplo"cTérbrisa en una corola moribunda. Pero Alber- 
to no se abandonaba jamás á una alegría: antes de t.n- 
/ tregarse á ella en absoluto, pretendía saborearla 
¿mejor, ex primiéndo la, de sdoblá ndola, an alizándol a. 
i??£ «¿Las razones que á su juicio excusaban á María, va- 
^iW^ lí an en realidad, ó porque él deseaba que valiesen? 
Si esto último, ¿por qué lo deseaba?» Alberto, á esa 
pregunta, se turbó, como si de pronto lo acusaran de 
un crimen que él dudase haber cometido en sueños. 
«¿Cómo podía ser? ¿Por qué no lo sospechó de an- 
tes?» Y su alegría dejó de ser franca alegría, templada 
i v *• como fué por la duda y el recelo. 



III 



— Llegas muy tarde. 

— Como no pienso bailar, no me interesaba mucho 
llegar temprano. 

— Pero no se trata de bailar; se trata de Suárez, que, 
como te dije, debía venir, y es probable que se vaya 
pronto. 

— ¿Suárez? 

— ¡Hombre! sí, Suárez, el ministro. Como te repug- 
na ir al Ministerio y hacer antesala... Y será difícil 
otra oportunidad como la de esta noche. Hace un ins- 
tante le dejé en el salón conversando con Araorós, el 
periodista aquel de quien te he hablado. Vamos allá: 
quizás los encontremos en el salón todavía. 

— Pero si no he saludado á los de la casa... No he 
visto á ninguno. 

— ¿Qué importa? Además, en el camino los veremos. 

A ese baile dado por el más viejo ministro diplomá- 
tico extranjero, en obsequio de lo más granado y culto 
de la ciudad, Alberto no fué movido del deseo de co- 
nocer á Suárez, el cuasi todopoderoso ministro de la 
República, sino del deseo mezclado de temor de en- 
contrarse con María Almeida. Creía humillante el ir de 
propósito en busca de una reconciliación, como á caza 
de una limosna, y esperaba que la recon iliación se la 
deparase la casualidad sin menoscabo de su orgullo. 



96 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

A su llegada á la puerta de la casa del baile, moría, 
rugiendo y quejándose de pasión, la música llena de 
languideces de un valse criollo. Alberto deseaba no 
ser advertido al entrar, y se quedó afuera, confundido 
entre los grupos formados contra las dos más bajas de 
las grandes ventanas abiertas á la calle, á esperar que 
rompiese de nuevo la música y entrar entonces, cuando 
ninguno de los entregados á la inquieta alegría de la 
danza pusiera atención en el convidado tardío. Du- 
rante ese intervalo se complació en recordar sus pri- 
meras escapatorias juveniles, sus primeras y quizás 
únicas travesuras, cuando en compañía de otros como 
él formó parte de antiguas «barras», como suelen lla- 
mar en el país á esos grupos de curiosos reunidos del 
lado afuera de la casa de un baile, ya indiferentes, ya 
bullangueros y hostiles, las más de las veces deslen- 
guados y criticones. Esa noche, entre los grupos de la 
«barra>, muy raros hombres del pueblo: casi todos de 
la misma condición social de los danzantes, cuando 
no del mismo círculo. La llegada al salón de las perso- 
nas más conocidas la celebraban los de afuera, según 
los casos, con sonrisas, cuchicheos, sobrenombres 
ofensivos ó de simple intención caricaturesca, ó bien 
con alguna frase picante que, sin tener vislumbres de 
ingeniosa, bastaba á despertar en los oyentes el buen 
humor y las risas. Políticos, elegantes y los más enco- 
petados personajes lugareños eran el blanco mejor de 
las burlas, más ó menos ponzoñosas. Ni las mujeres 
escapaban á la crueldad burlona de ese buen humor 
pendenciero y crítico. Así, al entrar en el salón una 
señora desconocida de Alberto, ya madura, muy rica 
de formas, de rostro bastante bello y fatigado, alguien, 
estudiante en apariencia, dijo en alta voz, como hablan- 
do con todos en la «barra», un dístico delicioso de un 



ÍDOLOS ROTOS 97 

viejo poeta latino. Con ese viejo dístico — explicaron 
cerca de Alberto — había saludado en memorable oca- 
sión á esa dama ya madura y aún bella, cierto poeta á 
quien la dama consagraba, según decían, el crepúsculo 
postrero de su belleza, no menos tibio y radiante que 
el alba en las mujeres voluptuosas. Pero entonces, aun 
en el peor caso, la malignidad cambiaba de forma: no 
tenia sino flechas perfumadas: las perfumaba el deseo. 
Y cuando ya los labios hipócritas habían satisfecho el 
placer de murmurar, los curiosos empeñábanse en per- 
seguir con los ojos los movimientos de la dama, como 
á fin de sorprender el ritmo de esos movimientos; em- 
peñábanse en escudriñar el rostro de la dama, como á 
fin de sorprender en su rostro las huellas profundas de 
un incendio apenas extinto; y algunos — tanto se insi- 
nuaban por entre los barrotes de la ventana — más 
bien parecían atentos á percibir el rico olor de la carne 
muy blanca, del seno turgente, de los brazos desnudos, 
dejando de ser simples espectadores curiosos, para ser 
los vencidos de esa fuerza de seducción terrible y obs- 
cura que tiene sobre muchos hombres la carne amasa- 
da con los besos de muchos labios. De ese modo, 
entre las pullas, los comentarios y las risas de la «ba- 
rra», Alberto vio desfilar por la sala y. el comedor un 
gran número de invitados, ya solos, ya en parejas. 
Empezaba á fatigarse de oir á los de afuera y ver des- 

I filar á los de adentro, cuando acertó a pasar por la 
sala Teresa Farías, la mujer de Julio Esquivel, haciendo 
romper en la «barra», en ojos y labios de curiosos, un 
coro unánime de alabanzas y deseos, al cual siguió 
inmediatamente un largo silencio hondo, como el silen- 
cio del espasmo. De ese homenaje á Teresa, Alberto 
se enorgulleció, como si lo rindieran á él mismo, recor- 
dando la dulce alabanza que para él tuvieron los labios 

7 



98 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de aquella extraña devota. A poco de atravesar Tere- 
sa Farías la sala, pasaba por el corredor, al brazo de 
Antoñito del Basto, María Almeida. María escuchaba 
con atención profunda cuanto Del Basto decía con mal 
disimulada viveza, tendido el busto hacia adelante, 
bajos los ojos, en tal actitud como si dejase caer 
adrede sus palabras en el seno entreabierto de la jo- 
ven. Tan trivial espectáculo que muchas otras parejas 
presentaban á su vista, sin causarle asombro, le pro- 
dujo entonces extrañeza. Un dolor sordo, muy sordo, 
y un_a amargura indefinible llenaron su alma. £1 amable 
departir de una pareja que, entre un valse y otro, des- 
cansa paseando, le turbó grandemente, como sí ese 
espectáculo, en sí muy trivial, celase un grave signifi- 
cado recóndito, ó le sugiriese una visión parecida á 
las visiones locas de voluptuosidad y pecado que tor- 
turan el alma de un amante ó de un esposo al germi- 
nar de la sospecha. Y como suele en casos tales, tras 
el vago dolor y la amargura indefinible, sintió remo- 
verse y gritar juntos en su alma el deseo y el odio. 
Deseo, ¿de qué? Odio, ¿á quién?... 

Al encontrar á Pedro en lo interior de la casa, Al- 
berto experimentó un gran disgusto, disgusto que ha- 
bía de aumentarse á la fuerza con la inevitable presen- 
tación al ministro. Quería ser libre, ser dueño de mo- 
verse y de curiosearlo todo, pensaba é!; pero en reali- 
dad no quería sino entregarse al raro placer angustio- 
so que empezaba á sabotear siguiendo los pasos de 
María Almeida. Desde su entrada en la casa, buscó 
entre los danzantes la pareja de María y Del Basto. Y 
adonde iba la pareja Jbaji.sus-íijos. 

La casa, de por sí muy capaz, había sido última- 
mente desembarazada en lo posible, a fin de ofrecer 



ÍDOLOS ROTOS 99 

á los numerosos concurrentes más espacio y holgura. 
Se bailaba en el salón; se bailaba en las habitacio- 
nes de la derecha, convertidas en larga prolongación 
de la sala; se bailaba en el corredor principal, nada 
angosto, entre los músicos en un extremo y un gru- 
po de mamas, de «veteranos> canosos y de señoras 
maduras que, sin bailar, hastiados y rendidos, con- 
versando entre sí, ó sonriendo sin saber por qué, 
beatamente, llenaban, en el otro extremo, el espa- 
cio comprendido entre la puerta del salón y la puer- 
ta de la antesala; y si en el patio mismo, por es- 
tar plantado de arbustos y flores, no podía bailarse, 
no dejaban algunos, huyendo tal vez de donde era 
más grande el tumulto y confusión de la fiesta, de ir á 
bailar en el exiguo corredor, frontero del principal, 
que daba acceso al buffet, bien y abundantemente pro- 
veído. Primero en el corredor principal, en seguida en 
la sala, y de nuevo en el corredor, Alberto siguió con 
los ojos la pareja de María y Del Basto. Por dos veces, 
María y Del Basto dejaron de bailar, y por dos veces 
el ademán y la no interrumpida conversación de Del 
Basto llenaron á Alberto de zozobra, como el anuncio 
de un peligro. En la actitud natural del «inconforme»^ 
veía la imagen grosera del deseo. Le inquietaba aquella / 
cabeza con el pelo partido en dos por una sola raya 
de la frente á la nuca; y en las palabras que de loss. 
labios del galán parecían caer en el seno de la joven, / 
vislumbraba caricias diabólicas, ó caricias de sátiro, / 
ávidas de ajar la virgen flor entreabierta del seno. / 
María escuchaba sonriendo las palabras de su com- 
pañero de baile. De pronto, á una vuelta, en medio 
al harmonioso vaivén de la danza, quedó mirando á 
Alberto, reclinado en la puerta del salón, y al verle 
dejó de sonreír, como turbada. Alberto se sintió lleno 



100 ^ MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de regocijo ante esa brusca turbación, y á la vez, gra- 
cias al breve desconcierto que sigue á las últimas 
notas de un valse, desconcierto formado por el des- 
enlazarse de las parejas, el romperse de los abrazos 
permitidos, el abrirse de los abanicos rumorosos y el 
dispersarse en desorden de la turba danzante can- 
sada de moverse en cadencia, perdió de vista á María 
y Del Basto. Fué entonces cuando, refugiado en las 
habitaciones de la derecha, á fin de evitar violencias 
y apreturas, se tropezó con Pedro. 

Mientras hablaba, instantes después, con la señora 
de la casa, á quien halló departiendo amablemente 
con un secretario de legación y su mujer, y más tarde 
mientras escuchaba las finas frases de lisonja y saludo 
con que galantemente le acogió Suárez, el gesto de Del 
Basto le perseguía con la obsesión de una imagen vo- 
luptuosa. El ministro, con habilidad suma y suma com- 
placencia, ensartaba frases y frases, algunas incoloras, 
algunas bellas, todas fáciles, casi todas vacías, hasta el 
punto de no poderse extraer de ellas ni un adarme de 
substancia. Esa táctica, elogiada sin reserva de sus 
amigos, de hablar mucho^y „no decir jiada, la seguía 
con todos, desde el más encopetado hasta el postu- 
lante más tímido y sin hieles, y no la abandonaba sino 
en presencia de dos ó tres políticos, entre ellos el pre- 
sidente, con quienes el juego aquel de maquiavelismo 
barato era, sobre inútil, peJigreso. 

— ¡Si es usted para mí como un viejo conocidol — 
aseguraba Suárez — . Muchas veces con su hermano 
Pedro he hablado largamente, largamente, á propósi- 
to de usted y á propósito de su talento y de su glo- 
ria. Su nombre, su solo nombre bastaría para que se 
le abriesen á usted las puertas y los brazos. Es un 
nombre ilustre, honra de la nación, y orgullo y bande- 







ÍDOLOS ROTOS 101 



ra de nuestro partido. Mejor, naturalmente, cuando á 
ese nombre se agregan, como en usted, méritos pro- 
pios. Usted empieza á conocer las dulzuras del renom- 
bre y la gloria, y nosotros nos permitimos considerar 
su renombre y su gloria como cosa nuestra. Usted, 
como ninguno, está llamado á auxiliarnos en una obra 
que es nuestro ideal, el ideal más caro al gobierno en 
que sirvo: tomar punto de apoyo en la juventud inte- 
ligente, asimilándose — é ilustrándose con ellos — á los 
jóvenes de talento y de buena voluntad; porque la ju- 
ventud... 

Y el ministro se engolfó en el socorrido generalizar 
sobre la juventud, en el socor rido é indisp?PsaH p dis- 
curso, millones de veces editado, sobre la juventud, 
repitiendo la vieja monserga, l a vieja caqcjón <je la ju 
ventad esperanza, de la juventud-porvenir, de la ju 
ventud ornato del presente .y fiel garantía del mañana 
Canción que, á pesar de su vejez, no pierde su virtud 
pues con ella siguen, explotando arriba los lobos vie 
jos, explotados abajo una turba de candidos é infinitos 
monigotes. Después de sobre ese tema esgrimir toda 
su elocuencia, pasó el ministro á disertar de cosas de 
arte con bastante ignorancia y descuido, hasta referir- 
se al fin especialmente al arte de Soria. 

— ... el arte que... el arte cuya... 

Y Suárez, después de balbucear algún tanto, mien- 
tras buscaba con esfuerzo visible una imagen de re- 
lumbrón y efecto, se decidió, con una frase dos veces 
lugar común, á rematar el período. 

A ese punto, Amorós, diestramente, como á fin de 
esconder el balbuceo ministerial, intervino, procla- 
mando que, «según su modo de ver, la escultura parecía 
condenada á morir, como estaba condenado el verso». 

— ¡Imposible! ¡Imposible, señor! Ninguna forma de 



102 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

arte perece. Se suceden, cambian, se multiplican: no 
perecen las formas de arte. Sería necesario que la vida 
misma se extinguiese. Decir que un arte perece es 
como decir que la vida concluye. ¡La vida! Un infinito 
de alma en lo infinito del movimiento. Para ser inter- 
pretada la vida, ese vasto complexo ideal, necesita de 
todas las formas de arte. Porque la vida todos la vivi- 
mos, pero no todos la comprendemos ni menos la abar- 
camos. Los artistas, los grandes artistas mejor dicho, 
son los encargados de interpretarla, comentándola be- 
llamente. Podemos vivir cien existencias sin entre- 
ver jamás lo que un solo verso ó una estatua puede 
revelarnos, en un instante fugitivo, del alma de las 
cosas. 

— Pero no puede negarse que la escultura viene casi 
estacionaria desde los días de Grecia. 

— Ese es un error fácilmente propalado y por des- 
ventura fácilmente creído. ¡Cuánto progreso no hay 
entre los días de Grecia y nuestros días! ¡Cuan lejos 
no está la imperturbable ataraxia helénica de la escul- 
tura de hoy, de los mármoles y bronces rebosantes de 
expresión intensa, honda, cuasi enfermiza de Rodin! 
El error viene de apariencias engañosas. Hanse obser- 
vado en la escultura, como en la poesía, como en todas 
las artes, largos eclipses, ó irás bien silencios prolon- 
gados, y de ahí viene el error. Se ha creído el silencio 
prolongado síntoma seguro de ruina. Perojflsjsilfiacios 
en art ¡ son como en la, Q tUE&UkMI lo» ¿lena el canto de 
\los gérmenes. Durante el solemne silencio periódico 
del exidio invernal, no sabe la naturaleza de muerte ni 
de ocios: trabaja, trabaja, y de antes acendra, al través 
de la promesa de la hoja y la sonrisa de la flor, toda 
la miel de los frutos. 

— Se conoce que usted es artista, y no sólo en es- 



ÍDOLOS ROTOS 103 

cuitara — dijo amablemente Suárez— . ¡Explica usted 
de un modo! 

— Sin embargo, sigo creyendo añadió Amorós — 
que el punto es bastante discutible. Por lo que á mí 
toca, me parece un hecho que la escultura no ha pro- 
gresado un ápice de Grecia acá. ¿Qué hizo el Rena- 
cimiento? Lo que se ha hecho después: copiar á los 
antiguos. El prejuicio en cosas de arte, florece de modo 
maravilloso. Viene un crítico y dice de una estatua, ó 
de un libro, ó de un lienzo, que es una obra maestra, 
y eso basta: los demás lo repiten. Así el juicio ligero 
de uno se convierte en prejuicio de todos. Sobre esta 
verdad, como punto de apoyo, he venido reuniendo 
datos y coleccionando notas para un libro de crítica 
que tal vez muy pronto daré á la estampa. ¡Sobre Mi- 
guel Ángel, por ejemplo! En mi opinión Miguel Ángel 
no fué sino un gran mamarrachista. 

— ¿Miguel Ángel?... 

Alberto no dijo más, y abrió grandemente los ojos. 
Y como su boca, cerró su alma. Tuvo para sus aden- 
tros un arrebato loco y fugaz de indignación contra sí 
mismo. Se sintió humillado, triste, ridículo, por su can- 
didez de haberse abierto el alma ante aquellos extra- 
ños, en particular ante aquel periodista amigo de Pe- 
dro, ante aquel buen sefior de anteojos, redondo de 
vientre, redondo de cara, redondo de ideas y autor 
distinguido — como dicen los gacetilleros del país á to- 
dos los escritores buenos ó malos — de «Rasgos bio- 
gráficos del gran demócrata general Nicomedes Ga- 
lindo». 

— No haga usted caso de Amorós — dijo sonriendo 
finamente Suárez — . El está en vena de discutir, y es 
un discutidor terrible; pero ni el momento ni el lugar 
se me antojan adecuados á discusiones de ningún gé- 



104 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



¡i** 



ñero. Usted es joven, querrá bailar, y tal vez le espe- 
ren por ahí algunas damas bellas y algunas horas dul- 
ces. No se detenga por mí. Viejo como soy, nada de 
provecho hago en estos bailes, y dentro de poco me 
escabulliré de la fiesta. Así, pues, desde ahora le digo 
adiós y de nuevo le aseguro, como ya le aseguré, que 
estoy á sus órdenes y dispuesto á servirle en sus nobles 
empeños de arte. Déjese ver pronto: ya en mi casa, 
ya en el ministerio, será usted siempre el bienvenido. 

T Ua^ Alberto reanudó su paseo. Aquí saludaba á éste, 

,, más allá cruzaba algunas frases con aquél, sin detener- 
se gran cosa; yendo de grupo en grupo, de la sala al 
corredor, del corredor al buffet, del buffet á las habi- 
taciones de la derecha, y de nuevo á la sala. En un 
grupo, Mario Burgos hablaba y reía, y los del grupo — 
dos amigos de Burgos y dos muchachas que éstos lle- 
vaban del brazo — celebraban ruidosamente sus donai- 
res y reían al compás de sus risas. 

Cuando pasó Alberto, Mario Burgos decía hallarse 
«en la úbrica> y «en la guama>, expresiones cuyo sig- 
v (j nificado no alcanzaba Alberto. Los amigos de Mario 
/ sonrieron complacientes, como halagados, y con su ac- 
ritud p^recíajidejcir: «¡Este MarioJ jeste J&arioJ ¡las 
cosas que tiene!», mientras los ojos de sus co mpañe- 
¿ras gritaban al arbiter eleganüarum: «¡Tómanos! ¡tó- 
manos! ¡haznos tuyas, oh nuestro ideaj he chol ^oi^ r e l > 
Pero el ideal hecho, carne y huesos no hubiera podido 
recoger galantemente la súplica de aquellos ojos, tan 
apurado se veía ya con tener dos novias á la vista del 
mundo y dos ó más á sus espaldas. En las habitacio- 
nes de la derecha, en discreto coloquio, sentados en 
un canapé de reps verde con discretos ramajes color 
de oro pálido, halló á Pedro y Matildita: él se expli- 



ÍDOLOS ROTOS 105 

caba con cierta viveza de gestos y de voz; ella oía sin 
hacer gran caso de las palabras de Pedro, impaciente, 
los labios recogidos en un mohín coquetón, avanzando 
y retrayendo sobre la alfombra, con movimiento ner- 
vioso y rítmico, sus pies calzados de raso blanco. Ves- 
tida de muselina de seda blanca, apenas le faltaban 
los azahares y unvvelo para semejar, en su pequenez 
de estatura, una linda muñeca trajeada de novia en un 
juego de niños. Pero, siguiendo la orla del escote, en 
vez de azahares, corría una guirnalda de rosas menu- 
das, y las rosas, abiertas á la riba del escote, eran 
como bocas en suplicio de Tántalo sobre el cristal fu- 
gitivo del torrente. «Un6/óe/oíjajaflj^sj^ensó Al- 
berto, fijándose entonces por la primera vez en""Toi 
ojos de Matildita, de línea oblicua y graciosa. Al pasosa-— 
de Alberto, ella bajó la vista, mientras Pedro guiñó 
los ojos al hermano, para seguir después el diálogo in- 
terrumpido, asumiendo sin igual compostura. En el 
corredor, de donde se pasaba al buffet, el paseante se 
detuvo á ver con mucha curiosidad una de las pocas 
parejas refugiadas ahí, como huyendo del tropel y con- 
fusión del baile en el resto de la casa: en el hombre, 
Alberto reconoció á O'Connor, uno de los más ínti- 
mos de Mario Burgos; á la mujer no la conocía. 

Cuando la pareja dejó de bailar, Alberto se fijó en 
la mujer, admirándola. Grácil de formas, rubia de un 

nihí^ <naY* > -r|frn | f»T¡<gmj*itr> r nifnnrKrJn como luz áurea 

por cabellos y tez, lucía, surgiendo del traje, como 
surge del cáliz un lir io de oro y enfermo. Con esa con¿o 
luz blonda parecía extenderse por todo su rostro una 
expresión 3c ingenuidad imponderable, como la expre- 
sión que tomaba de vez en cuando el rostro de Enri- 
queta, la mayor" de las Uribe. Semejante expresión 
formaba con la belleza rubia, y con el traje mismo, tal 



106 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

conjunto armonioso, que hizo exclamar á Alberto, 
como si hablase con alguien: «;Ua Botticelli!» Más 
tarde, Alberto oía á O'Connor contar, á dos de sus 
amigos congregados en un rincón del buffet, cómo 
eran los senos de Elisita Rieuera: - Los tiene lindos y 
duros, «requeteduros». — Pero ¿cómo has podido 
averiguarlo? — ¡Hombre! Pues bailando es lo má-i fácil 
averiguar esas cosas. — Depende de con quien se baila. 
Por mi parte, yo sé de unas piernas divinas. — Esta con- 
versación, proseguida en el mismo tono, produjo en 
Alberto igual inquietud que poco antes le causó Del 
Basto medio inclinado sobre el seno de María, como 
á decir un secreto precioso, y movido de esa inquietud 
se volvió á entregar á su persecución sin objeto. Cru- 
zóse á los pocos pasos con María. Los ojos de él se 
encontraron con los de ella, y Alberto vio los ojos de 
ella, al fijarse en él, dilatados por una gran sorpresa 
triste. De lejos, él se inclinó, y cuando siguió su cami- 
no iba más desembarazado y ligero, como quien, des- 
pués de caminar bajo la pesadumbre de un fardo, 
abandona fardo y pesadumbre. La expresión de triste- 
za de los ojos de María lo libertó de su propia inquie- 
tud y tristeza. Se sintió alegre, y quiso comunicar su 
contento á los otros. Su ráfaga de buen humor la des- 
hizo en burlas. Para cada ridiculez halló una palabra 
de ironía, rara en sus^ labios. Su buen humor llegó 
á escandalizar á Teresa Farías, la mujer de Julio 
Esquivel. 

— ¡Y yo que le creía tan serio! Personas bien infor- 
madas me habían dicho que era usted un monstruo de 
seriedad, algo asi como la seriedad perfecta. 

— Así se escribe la historia. Hay biógrafos muy ma- 
los. Ningún oficio como el de biógrafo para calumniar 
impunemente. Y á propósito de biógrafos: si usted hu- 



ÍDOLOS ROTOS 107 

biera oído lo que yo hace poco oí, no estuviera usted 
conversando como si tal cosa. 

— ¿Y qué oyó? 

— Cantar un buho. 

—¿Un buho? 

— Sí, señor: Amorós hablaba de arte. 

— ¡Cuidado! ¡Cuidado si le escucha! Mírelo en dón- 
de está conversando con la señora Riguera. 

— Seguirá ¿ablando de arte. 

—¿Y por qué? Bien puede hablar de otra cosa. 

—Como la señora Riguera es tan aficionada á la 
poesía... 

— ¿También eso? Pero usted está inaguantable. ¿Y 
cómo sabe usted...? 

-¿Qué? 

— Eso. 

— ¡Ah! ¿eso? Pues de un modo muy sencillo. Por 
un pájaro azu l que me cuenta muchas cosas, infinitas 
cosas. Y ese pájaro azul viene todas las tardes á de- 
cirme cosas picarescas allá arriba, más allá de la Mer- 
ced, algo más allá de la Pastora, casi al pie del Avila, 
en el patio de una casucha fea que yo llamo pompo- 
samente «el taller» ó «mi taller», algo más allá de la 
Pastora, en donde hay un barranco sembrado de tár- 
tagos y maíz, y sobre el barranco un puente á medio 
hacer, y más al Norte un caserón viejo y en ruinas con 
apariencias de villa romana plantada de sauces en vez 
de cípreses... 

Alberto no pudo concluir. En e~e momento, adon- 
de estaban él y Teresa, llegaron María Almeida y Uri- 
be á informarse ambos de por qué Alberto no baila- 
ba. Este comprendió: Uribe, su cuñado, sirviendo de 
galán á María, no era en suma sino un pretexto, un 
buen pretexto de ella; y al comprenderlo así, Alberto 



1 



108 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

se llenó de orgullo, como si recibiera el homenaje que 
se rinde únicamente á los genios y á los dioses. 

Después, eliminado Uribe, el pretexto, de la manera 
mejor, cuando Alberto y María empezaron á pasear 
juntos por la casa l'ena de luz, de música, de flores y 
bellezas, María se dio á sermonear graciosamente á su 
nuevo acompañante. 

— No sabía yo que usted fuera tan rencoroso, y has- 
ta el extremo de no quererme saludar... Sí, no me lo 
niegue: ha estado huyéndome toda la noche. ¿O cree 
que era bastante saludarme de lejos como si pasara en 
coche por la calle? No creí que mis palabras del otro 
día pudieran lastimarle mucho. Confieso que no pensé 
ni supe lo que q¿e dije. Tampoco se me ocurrió que 
usted, con lo que dije, fuera á mortificarse tanto. 
Como yo creía, y creo habérselo oído decir á usted, 
que para usted no hay nada sobre el arte, sobre la pa- 
sión del arte y la belleza, estaba yo muy lejos de su- 
poner, que le ofendieran mis palabras, porque estaba 
lejos de suponer que usted no despreciase la política 
y los políticos. 

Así, en ese tODO, ya serio, ya zumbón, siguió ha- 
blándole María: unas veces como si le diera excusas, 
otras como si le afeara el rencor y la suspicacia, cla- 
vándole entre sonrisa y sonrisa los más donosos alfi- 
lerazos de su ingenio. Pero cuando Alberto le respon- 
dió, diciéndole,* con su voz más limpia y clara, sus an- 
gustias de aquellos días, diciéndole abiertamente, sin- 
ceramente, como si se confesase con una hermana, 
como se confesaba en otros tiempos con Rosa Ame- 
lia, todo cuanto había pasado por su alma en aquellos 
días hasta el momento en que empezaron juntos á pa- 
searse y hablar, sin esconder siquiera sus incompren- 
sibles impulsos de rabia y desdén al verla esa noche 



ídolos rotos 



109 



en el baile del brazo de un necio, María dejó de son- 
reír, y no sonrió más en toda la noche. 

Más tarde, á la salida del baile, Alberto acompaña- 
ba á las Almeida. El iba adelante con María; detrás de 
ellos iban el señor Almeida y Carmen, la menor de 
las Almeida, simpatiquísima y burlona. Alberto y Ma- 
ría, en todo el trayecto, ni una palabra cruzaron. Las 
palabras no sólo hubieran sido inútiles: brutales hu- 
bieran sido, como las guijas con que un chico vaga- 
bundo rompe el claro- sueño de una fuente. Los dos 
lo comprendían y callaban. Sus almas, hasta esa noche 
oprimidas, necesitaban del silencio En el silencio pa- 
recían dilatarse, como en la espesura de las frondas la 
garganta del ave autes de romper en trinos. Y asi, di- 
latadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besác- 
dosj^ácaticiándose, al través de los brazos trémulos, 
como deben de acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos 
ro:-as, si de mal de amores padecen alguna vez las ro- 
sas, los rubíes y las llamas. 



) 



e» 



TERCERA PARTE 



Dos meses habían huido com^jjn_sueñfi_ delicioso; 
y Alberto los había disfrutado, cojno_en_uja dulce 
Cuento rancio un príncipe magnánimo disfruta del 
presente que, en homenaje á su virtud, le hizo un hada 
buena y viejecita. El creía estarse iniciando entonces 
en el amor, en el verdadero amor tranquilo y puro, y 
cada vez más impropio se le figuraba dar el mismo 
nombre de amor á l os abraz os, los besos y lasjágri- 
mas de Julieta. Ese escrúpulo mezquino provenía de 
su estrecha concepción católica del amor de los sexos, 
tan diestramente inculcada en su espíritu de niño, que, 
sin él saberlo, continuaba como años atrás predomi- 
nando en su alma, bajo todas sus rebeldías de intelec- 
tual y de artista orgulloso. DeJ^jlieta conservaba un 
recuerdo mela ncólico y vago. De tiempo en tiempo la 
veía con la memoria en el momento de los largos 
adioses, de la separación definitiva y eterna: el cuerpo 
sacudido de sollozos y, bajo el monte de oro del ca- 
bello, los ojos como dos fuentes desbordadas. En otra 
época al través de ese recuerdo mei .ncólico, Alber- 
to habría entrevisto un alma que él abandonó después 



112 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de ponerla en cruz y de abrevarla de amargura. Aho- 
ra, en la melancolía del recuerdo, no visíumbraba^sioo 
la tristeza jdeLpec^do. En su egoísmo inconsciente, 
consideraba ahora la intimidad y el cariño de Julieta 
como un brebaje impuro, calmante de sus tormentos 
de creador de obras bellas, ó como un éter al que su 
nostalgia demandó la embriaguez y el olvido. Los cri- 
santemos, en la acuarela de Calles, guardaban intacto 
el esplendor de su tinta rubia, pero las .memor ias qu e 
antes eyocaban^e^s_flores eran ya como flores muer- 
tas. «Su nuevo amor no era almohada de reposo, ni 
éter disipador de nostalgias. > Era un mundo nuevo y 
desconocido, por donde él empezaba á caminar como 
pnr un vasto jardín después de una lluvia: de todas 
partes venían á él, acariciando sus manos, acariciando 
su frente, un vaho de frescura y una ola ^efragancias. 
¿Mil amor lo reconciliaba con los seres y las cósase 
La belleza de la tierruca, al través ele su propia sere- 
Vo(K*\ nidad, encantaba sus ojos como la belleza de una es- 
( U^*° tatúa blanca y serena, de coutornos limpios. De esta 
suerte se le aparecía la belleza de la tierruca, sobre 
todo al ver lps cerros que del lado Norte limitaban el 
valle natal, cerros altos, de líneas precisas, netas, como 
cinceladuras, bastantes á dar á veces, por los días cla- 
ros, la^vjoajlu^ónjlej^^ Pero 
de todo el valle, de la ciudad con sus calles sucias, con 
sus jardines lujuriantes, con sus arrabales pobres, par- 
tidos de zanjas, no acabados de construir, y quizás por 
eso mismo pintorescos ; de los plantíos lejanos; de los 
v^rjiesucaXetaJes vecinos, v a salpicados de roj o gracias 
á la madurez de los frutos; de los montes; tleL.cieJo 
_azuji pocas veces pálido; de todo el valle parecía fluir, 
buscando el a; *ta de Alberto, una como agua muy 
pura. Al mismo tiempo, de modo insensible, el amor 



ÍDOLOS ROTOS 113 

le ponía en paz con las alm as: compadecía, con emo- 
ción llena de llanto, la vejez del padre, torturada y en- 
ferma; lamentaba la juventud marchita y estéril de 
Roia, y, en su indulgencia más y más grande, no ha- 
llaba tan ridículo á Uribe. Le perdonaba sus termina- 
chos grotescos, y apenas le oía cuando hablaba, de- 
lante de cualquiera, de las "cosas" de Mario, de las 
opiniones de Mario, del ingenio profundo y de los 
proyectos enormes de Mario, como si todos estuviesen 
obligados á saber de qué Mario se trataba. No sentía 
ya, como otras veces, tentaciones de preguntarle, afec- 
tando simpleza ó distracción: "¿Qué Mario? ¿El de 
Roma?" Excusaba su ridiculez y. sus defectos con la 
pésima educación de su madre, que, caída de la fortu- 
na en la escasez, no aprendió á ser pobre ni lo enseñó 
á sus hijos. "Pero su madre misma no era responsable 
única. Ella y él eran productos de una larga serie de 
prejuicios y errores acumulados en el alma de ios 
abuelos. Culpable era toda una familia encastillada, á 
través de las generaciones, en una tradición muerta y 
sin brillo, toda una familia hipnotizada, al través de 
los años y los reveses, por un pobre sueño de gloria y 
un mísero pingajo de nobleza rancia; empeñada en 
vivir del pasado, ciSsmdo á su alrededor se ensayaba 
el himno del porvenir; inmóvil, como fuera del tiempo 
y del espacio, en medio de un pueblo hecho á vibrar 
con todas las inquietudes nobles y malas de una de- 
mocracia turbulenta." 

Rosa fué la primera en advertir el cambio de Al- 
berto y conocer la causa del cambio. Regocijada por 
el cambio mismo, su regocijo llegó á júbilo cuando 
penetró sus razones. Lo perdido lo recobraba con 
creces. Reconquistaba al hermano cuando éste era 
dueño del ¿mor de Maris. La vida le presentaba con 



114 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

sencillez, como uua cosa ordinaria, lo que su deseo 
no se hubiera atrevido á soñar nunca: la unión del 
hermano con la amiga predilecta. Mejor no podía él 
empezarle á cumplir las promesas que le hizo recién 
llegado de Europa. Cifra de sus deseos y esperanzas, 
esa upión le prometía conservarle en el porvenir, de 
otro modo inclemente, dos grandes amores . Rosa y 
María se profesaban un cariño profundo. Sus vidas pa- 
recían obedecer á un destino idéntico. Un lazo muy su- 
til y muy fuerte ligaba sus almas. Rosas gemelas, naci- 
das en el mismo gajo, abiertas al mismo soplo, casi á la 
vez un mismo insecto nauseabundo manchó de baba 
sus pétalos. Casi á la vez, Rosa y María conocieron 
el desencanto amoroso; pero si la última lo probó á 
tiempo, la otra lo probó demasiado tarde, cuando ya 
no podía sino llevarlo, cadena ó cruz, á través de la 
vida, sin descansar un punto, siempre. En ese común 
desencanto, en ese dolor común, estaba, sin ellas com- 
prenderlo muy bien, toda la fuerza de su mutuo cari- 
ño. La alegría de Rosa, cuando Alberto le hizo la pri- 
mera confidencia de su amor, fué grande. Feliz con la 
noticia y con la intimidad y confianza renaciente del 
hermano, trataba de tiempo en tiempo de renovar su 
alegría, provocando las confidencias. Rosa las acogía 
como un regalo, cuando no las provocaba como un 
juego, pues le procuraban ratos de buen humor y hasta 
de risas, gracias á la vieja timidez de Alberto, exage- 
rada por sus naturales timideces nuevas de novicio en 
amores. Las confidencias del hermano, en razón de su 
timidez, eran en realidad semiconfidencias. Las frases 
venían á sus labios lentas, rotas, cortadas de balbu- 
ceos, y Rosa Amelia se complacía en diestramente 
ayudarle, diciendo la palabra que él no osaba decir, 
dando con el término justo cuando él todavía lo bus- 



ÍDOLOS ROTOS 



115 



caba adivinando á veces, para asombro de él y por 
alguna de sus frases rotas ó confusas, las circunstan- 
cias mismas, causa ó fin de su confidencia. Al asom- 
bro de Alberto ella contestaba riéndose de muy bue- 
na gana, ó bien decía: 

— Nosotras, las mujores, tenemos don de adivinas, 
al menos en esas cosas. 

Además de su alegría^ de las confidencias del her- 
mano, Rosa j?pn„QjuQ„iina alegría, .nueva: la de hacer, ' 
con las más bellas flores de su jardín, los ramilletes con 
que el hermano regalaba á su novia. En esta dulce ta- 
rea, Rosa ponía tal complacencia y ternura que, en 
realidad, las flores llevaban en sus pétalos el homenaje 
y el perfume~de dos almas. Los ramilletes dominica- 
les, como él mismo decía, aunque no fueran siempre 
dominicales, confundían á veces al enamorado como 
ramilletes de reproches: «¡Y yo que hallaba tan ridicu- 
la — solía pensar —la costumbre que los enamorados 
tienen de ofrecer flores á sus novias, los domingos! 
Hasta me indignaba á veces al ver alguno de ellos 
atravesar las calles con su mazo de violetas ó su ma- 
nojo de claveles y rosas en las manos. Y heme aquí 
sacrificando á esa costumbre como cualquiera depen- 
dientillo bobo. Pero es lo peor del caso que en la tal 
ridiculez encuentro gusto.» 

Alberto vivía entonces, algo tarde, un fragmento de 
su juventud, aún no vivido de él, y coa ese fragmento 
de su juventud conservaba en su alma un rincón intac- 
to, casi virgen. De ahí, propiamente, de ese rincón de 
su alma, que no del jardín, venían los manojos de jaz- 
mines y rosas, y con esos ramilletes, otros ramilletes 
mejores, más frescos, más puros, hechos con ternezas 
de amante y ensueños de artista. 

A esas flores, así las cultivadas en el jardín de Rosa, 



? 



o 



116 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

comqJ.Jasilüres ideales nacidas en el alma de Alber- 
to, María abrió su alma, y en su alma entroHelm pro- 
viso el amor, todo el amor, como entra de improviso 
una fiesta en un palacio Heno de cosas ricas y de cosas 
bellas, pero desde hace tiempo cerrado, silencioso y 
mustio. Desde su primero y único desencanto, María 
pareció empeñada en rehuir el amor de los hombres. 

Su conocimiento de los hombres y de las mujeres 
que la rodeaban, la obligó á concebir una idea nada 
noble del amor masculino. Casi todos, así los más como 
los menos instruidos, así los más como los menos cul- 
tos, no se enderezaban al amor sino por los caminos 
de la sensualidad y la violencia. De ahí su repugnancia. 
Pero el raro amor de Alberto, á la vez tímido é im- 
petuoso, burló su reserva y repugnancia. También ha- 
bía para ella en ese amor algo nuevo é incógnito. Las 
JrasesdgjAlberto, ingenuas, tmiidas, espjaüiáacas, como 
su amor mismo, l a enternecí an, l a arrullaban . yjaljin 
la vencier on. AI través de esas frases, á menudo in- 
coherentes y deliciosas, vislumbraba una misión cuasi 
divina. Y nunca la vislumbró tan bien como el día 
quizás el más feliz de sus amores, en que Alberto pa- 
reció venir de muy lejos, de muy alto, como de un en- 
sueño remoto, diciéndole: 

— Tu amor es azul, María. 

Ella, al oirle, fijó en él sus ojos como preguntándole: 
«¿Divagas?» Luego, tras de hacer con los labios una 
mueca burlona, riendo de felicidad con los ojos ne- 
grísimos, repuso, acusando sorpresa: 

— No sabia yo que el amor tuviese color ninguno. 

Pero él, sin hacer caso de la burla ni de la sorpresa, 
continuó: 

— Hay gentes qué no ven el color sino en las cosas. 
No lo alcanzan á ver en las almas. También en las 



ÍDOLOS ROTOS . 117 

almas hay color, María. Y tu amor es^ azul... Hay mu- 
jeres cuyo amor descolora. El amor de ésas es como 
un ácido sutil, como un ácido perverso, enemigo de 
colores: no mata las almas, pero las anula y vulgariza, 
despojándolas del color: su originalidad y su belleza. 
Es un amor egoísta y malo./Hay "otras mujeres cuyo 
amor es fuego y púrpura: tiñe de rojo las almas. Las 
almas encendidas en ese amor ven el mundo como á 
través de un velo de sangre; adquieren por un momen- 
to sobrehumana esplendidez, y pronto se consumen 
como aristas en la hoguera. Es pérfido ese amor: da á 
las almas una gran belleza efímera, y las destruye en 
cambio/Hay otras cuyo amor es azul, y ése no des- 
colora ni destruye: antes pone el infinito en un alma. 
El azul ama lo infinito, y el infinito ama lo azul y se 
complace en tomar apariencias azules. El cielo es azul, 
María. 



P<vm^/>n¿> 7 Vx^tíl- 



U 



— Te haría mucho bien pasar dos meses en La 
Quinta... 

La Quinta era la única posesión agrícola que el viejo 
Soria conservaba. Desde muy joven, éste desconfió de 
la agricultura y su porvenir, y fué poco á poco des- 
haciéndose, no sin ganar mucho, de las fincas hereda- 
das, hasta convertirse de un todo con vida y bienes al 
comercio. De la herencia de su padre no conservó sino 
La Quinta, por haber sido en ella donde empezó á 
crecer, bajo las recias manos del abuelo, la fortuna de 
los Soria. La guardaba sin utilidad, y por simple or- 
gullo y satisfacción de casta, como prueba de su origen 
claro y fuerte, como un recuerdo de familia, de igual 
modo como otros guardan un mueble apelillado y sin 
color, ó un libro muy viejo, ó una joya sin brillo ni uso. 
El mueble y el libro y la joya no tienen para los demás 
hombres gran valor, mientras sus dueños les atribuyen 
un gran precio de significación oculta, un gran precio 
fantástico, y no menos real que el menosprecio de los 
otros. Eso, para don Pancho, era La Quinta, compues- 
ta de un pedazo de tierra de labrantío, dos cafetales 
de arbustos viejos, plagados de nudos, mezquinamente 
productivos, bastantes árboles de fruta y una casa de 
campo adonde la familia solía ir de temporada por los 
meses calurosos. 






ÍDOLOS ROTOS 119 



— Te haría mucho bien pasar dos meses en La Quinta. 
De ese modo te sería fácil romper sin escándalo nin- 
guno ciertos lazos. A tu vuelta, si haces como debes, 
por interés todos fingirían no ver el cambio, y las cosas 
volverían á su rumbo natural, como si nada hubiera 
sucedido. Así me complacerías, y sobre todo compla- 
cerías «al viejo», á cuya vejez enferma y suspicaz de- 
bemos empeñarnos en mullir uno como lecho de al- 
godones. Además, dos meses de campo y soledad te 
serían benéficos. Necesitas corregir tus hábitos y po- 
ner un poco de orden en tu vida. Te lo he dicho á me- 
nudo, y convienes en ello. 

— Es verdad. Necesito poner un poco de orden en 
mi vida... Aunque no tanto como tú crees. Mis hábitos 
malos — y serán malos desde un punto de vista filosó- 
fico — no son del todo execrables desde el punto de 
vista práctico. No sé si me entiendes, Alberto... Quie- 
ro decir que esos hábitos yo no los tengo por instinto 
vicioso. No me complazco en ellos con deleite: los su- 
fro porque me sirven. A favor de esos hábitos he con- 
seguido amistades y relaciones considerables y me he 
hecho cierta aureola de la que puedo sacar, en un pró- 
ximo porvenir, algo ó mucho bueno. No puedo estar 
mano sobre mano sin hacer nada provechoso, mientras 
pasa la vida. Pienso en el porvenir; necesito dssde 
ahora trabajar por hacerme de una posición como yo 
la pretendo, para no ser mañana un viejo cualquiera, 
un cretino cualquiera de cabellos blancos. Y para coa- 
seguir el triunfo es preciso valerse de las fuerzas que 
nos rodean, acomodarse al medio, como dice Diéguez 
Torres, empleando las armas que el medio suministra. 

—No te comprendo, Pedro* Unas veces hablas de 
luchas y te dices luchador, y ahora hablas de acomo- 
darse al medio. Son dos términos contrarios. Quien se 



120 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



acomoda al medio es un ser pasivo: no lucha. Aco- 
modarse al medio es deponer las armas, ó el arma por 
excelencia: el carácter. Y el carácter es todo el hom- 
bre. La lucha no es amoldarse al medio, sino comba- 
tirlo, modificándolo, haciéndolo á nuestras aspiracio- 
nes, á nuestras virtudes, á nuestro ideal. 

Pedro, en vez de contestar directamente á las pa- 
labras del hermano, respondió explicando sus propias 
palabras: 

— Cuando te digo «acomodarse al medio> quiero 
decir aprovechar su espíritu, sus tendencias, tomar de 
él cuanto me ofrece de más seguro para alcanzar mi 
objeto, para «subir» lo mejor y más pronto posible. 
Y para eso, lo más seguro aquí es la política, y no la 
de oposición, que á ninguna parte lleva. Comprendo 
que hubiera sido más digno y menos aventurado, 
como otras veces me has dicho, seguir las huellas del 
«viejo», imponerme de sus negocios, sirviéndole de 
compañero y auxiliar, y por último sustituirle. Así 
sus negocios é intereses no hubieran caído en poder 
de un extraño, en donde no pueden andar muy prós- 
peros, por más que ese extraño sea un modelo de ho- 
nestidad como es Almeida. Pero yo no tengo la más 
pequeña afición á las cosas mercantiles: nunca les 
tuve sino repugnancia y odio. Teneduría de libros, 
facturas, bajas, alzas, comisiones, cambios, todo, todo 
eso para mí es música wagneriana. Tampoco me atrae 
decididamente ninguna otra profesión ni oficio. Rom- 
pí los estudios universitarios, y no me arrepiento. 
Hubiera llegado con el tiempo á ser un pobre diablo 
de levita, y lo que es peor, á convencerme demasiado 
tarde de que el mejor camino por el cual puede irse 
lejos é irse bien es el que sigo ahora. No soy como tú 
un artista. Comprendo la belleza y el arte. Sobre todo, 






ÍDOLOS ROTOS 121 

respeto y admiro tu obra. Me enorgullece oír hablar 
de ti como de un famoso artista, como del primer es- 
cultor de por estas tierras. Asi dicen Romero y Alfon- 
20, y cuando les oigo hablar así me corre por detrás, 
por toda la médula, un frío delicioso de satisfacción y 
orgullo. Pero nuestros caminos son diferentes. Tú vi- 
ves en pleno ideal, soñando con la gloria, mientras mi 
temperamento es más bien enemigo del sueño, y de- 
seo vivirla vida, toda la vida, saboreando sus goces 
dulces y ásperos. Mientras tú sueñas con algo que\ 
está lejos y es como un espejismo, yo quiero poseer 
algo que está cerca y puede tocarse con las manos. / 
Por todo eso mi elección la tengo hecha desde hace 
tiempo: la política. En nuestro país, tan sólo en políti- 
ca se puede ser alguien, hacer figura y allegar dinero^ 

— Si fuera posible honradamente... El ejemplo de tío 
Alberto lo está negando. Fundador dei partido libe- 
ral, y muchas veces ministro, murió pobre. 

— Otros tiempos, chico. A ti mismo te he oído de- 
cir muchas veces que en el origen de los partidos, 
como en la cuna de las religiones, hay mucho de idea- 
lismo, y ese idealismo se condensa en algunos hom- 
bres. Uno de esos hombres, en el partido liberal, fué 
tío Alberto: era un poeta de su causa. Pero cuando 
un partido triunfa é impone su triunfo, la política se 
reduce al medro. En rigor, aun honradamente puede 
hacerse mucho en política. Además, eso de la honra- 
dez es muy relativo, sobre todo en política y en nues- 
tros tiempos. Conozco muchos con fama y nombre de 
honrados que, con bastante sigilo, repletaron la bolsa. 
Otros, menos astutos ó más cínicos, dejan ver su jue- 
go, y á pesar de su cinismo no pierden nada. Si acaso 
desatan una tormenta de maldiciones é injurias, pasan 
la tormenta... pasando el mar, camino de Europa. Du- 






122 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

rante algún tiempo, ya en París, ya en otra ciudad» 
comen el pan del ostracismo, un pan, según dicen, muy 
sabroso y rociado de champagne; y cuando vuelven del 
«ostracismos no sé si es la brisa del maro París quien 
los lustra, pero ya nadie les ve las manos puercas. 
Cuando regresan, vuelven á su ser antiguo, y aun suben 
en dignidad y merecimentos, como si el pasado les 
hubiera servido de escalón, y no de lápida. 

— Me da tristeza oirte hablar de ese modo. 

— ¿Por qué? si estoy diciendo la verdad. Nuestra 
moral se ha simplificado tanto, que es apenas un gesto, 
una actitud, y eso no sólo en política. Entre los que 
gritan «al ladrón > cuando un político roba, hay muchos 
que en secreto desean estar en su lugar, y no faltan, 
entre los más gritones, mercachifles que hacen gala de 
ser la quintaesencia de la pulcritud y han quebrado 
fraudulentamente. Que lo diga el hermano del señor 
Almeida, el irreprochable don Marcos. 

—¡Pedro! 

— ¡Si me consta! ¡Sijas^la^yerdad!... Eso, por otra 
parte, nada tiene que ver con los demás de su familia. 

Y Pedro, diciendo así, se arrepentía ya de sus pa- 
labras, temeroso de haber lastimado con ellas á Alber- 
to. Mientras duró el silencio, aumentaron su descon- 
tento de sí mismo y su angustia. 

— ¿Pero, en fin, sigues ó no mi consejo? ¿te vas ó 
no á La Quinta? 

— Oye, Alberto: cree que me gustaría con toda el 
alma complacerte; pero no puedo. Al menos ahora, 
no puedo. Estoy esperando algo que me han ofrecido 
Suárez y Galindo — ya sabrás algún día lo que es — , 
algo para mí considerable, como si dijera mi entrada 
triunfal en política. De irme ahora, perdería el fruto 
de un trabajo largo y sordo, porque he venido traba- 






ÍDOLOS ROTOS 123 

jando sordamente, sin que nadie sospeche mi esfuerzo 
ni mis planes. Con excepción de muy pocos, para to- 
dos continúo siendo un despreocupado, un vividor, 
hasta un lechuguino como O'Connor ó cualquiera . 

otro de su laya. Sin embargo, mi proyecto puede fra- 
casar todavía. Los buenos deseos de Suárez y Galindo 
no bas tan. A pesar de ser ellos ministros y yo un mu- 
chacho sin ninguna significación, algo me deben. Los ; J 
creo buenos amigos, capaces de hacer algo en mi fa- j 

vor, pero su bu ena voluntad no b asta. Es necesario / * 
prever los caprichos de la Voluntad Suprema, conse- 
guir la aquiescencia de quien está por encima de ellos, 
la aquiescencia del César todopoderoso, y es muy di- 
fícil entenderse con el César cuando éste es un estú- 
pido. Además de los planes míos, pienso en tus pro- 
yectos de arte. Por ellos haría yo muy mal en irme. Tú 
solo, estoy seguro, no harías nada. ¿Crees muy sencillo 
realizar esps proyectos? Pues no lo es. Piénsase en 
glorificar á un héroe del país, erigiéndole una estatua; 
y como tú eres el solo buen escultor del país, te enco- 
miendan la obra. Eso crees tú, y sería natural, pero la 
cosa no es como parece. ¿Que te dio seguridades el 
ministro? El las da á todos. Para alcanzar lo más mí- 
nimo de esos hombres es necesario estar encima de 
ellos, y tú no sirves para el caso. No sabes hacer ante- 
sala: no tienes paciencia y te ruborizas, como de un 
crimen, de hacer como los otros. Porque seas el solo 
escultor, no te creas libre de concurrentes. Si la erec- 
ción de la estatua se resuelve los tendrás, y poderosos. 
Por eso es bueno desde ahora apeicibirse. Mucho 
temo, en particular de cierto individuo de la familia 
del César, un tal Guanipe, negociante y contrabandista 
por más señas. 

— Pero si no es estatuario... 



124 MANUEZ DÍAZ RODRÍGUEZ 

— ¿Y eso qué importa? Lo que importa es el nego- 
cio: lo que el gobierno pague. La estatua es un pretex- 
to. Ni en ella ni en su erección habrá una sola sospe- 
cha de apoteosis del héroe. Será ni más ni menos un 
negocio, uno de tantos negocios con su lado ideal que 
deslumbre y distraiga á los pobres de espíritu. No te 
hagas ilusiones, Alberto. Has estado ausente muchos 
años y no tienes idea cabal de las cosas. Si te com- 
plazco yéndome á La Quinta, no podré hacer nada por 
mi bien ni por el tuyo. Ahora, si dentro de dos meses 
nada he conseguido, porque Galindo y Suárez no me 
cumplen sus promesas, ó si por cualquiera otra causa 
desespero de salvar mis proyectos y los tuyos, enton- 
ces te doy mi palabra de irme á La Quinta y de que- 
darme cuantos meses quieras en el campo. 

— Y mientras tanto seguirán tus amores con Matil- 
dita Uribe... 

— ¡Acabáramos! ¿Es eso lo que más te preocupa? 
Creo que no debieras preocuparte. Ya conoces bastante 
á esa gente. Mis amores no son ni pueden ser sino un 
juego, niñerías, ¿Que la pesada de misia Matilde anda 
diciendo por ahí que yo voy á llevarme en matrimonio 
á su joya «número dos», porque á Enriqueta, su joya 
«número uno>, la reserva para un marqués ó un con- 
de? ¿QnjJmpnrtB, si n° f¿ verdad? ¿Que se lo vienen 
á contar «al viejo» y «el viejo» rabia y se mortifica? 
Bien puedes tú convencerle de lo contrario. La táctica 
de la buena señora es demasiado vieja y conocida: 
cogerá de sorpresa á los tontos. En cuanto á Matildita, 
la má3 interesada, ella, acá entre nos, no toma ni pue- 
de tomar las cosas en serio: ella se divierte, yo tam? 
bien, y santas pascuas. 

— La cuestión, Pedro, no es que te diviertas ó no, 
ni que te quiera ó no pescar misia Matilde con su tac- 




ÍDOLOS ROTOS 125 

tica. La cuestión es otra muy distinta. En esos amores 
hay algo á que debes respeto, un punto delicado y 
sensible que puede algún día doler y arrancar lágri- 
mas á quien es inocente: las relaciones de Matilde con 
Rosa. Esa muchacha es hermana del marido de Rosa. 

— Rosa no será por mis tales amores ni menos hon- 
rada ni menos feliz, si de ella puede decirse que es 
feliz. También yo, en ocasiones, he pensado en lo que 
tú dices y he tenido escrúpulos, que momentos des- 
pués desechaba. Créeme: esa gente no merece tus es- 
crúpulos, ni aun los míos. Con el tiempo que llevas 
frecuentándola, debieras conocerla mejor, ó tal vez tu 
seriedad se ha interpuesto á manera de pantalla entre 
esa familia y tus ojos. Es muy probable. ¿Sabes por 
qué? Porque sabiéndote serio, y sospechándote más 
serio, mucho más de lo que eres en verdad, revisten 
para ti el recato, los remilgos y reservas que con los 
otros no usan. Sin embargo, desconfiando un poco, 
observando con malicia, hubieras podido ver algo é 
imaginarte el resto. Así no te preocuparías de Matil- 
dita, ni de las consecuencias que mis amores con ella 
puedan tener para nadie. Amores con Matiidita no 
tienen consecuencias. Puedo traerte ya, si quieres, la 
prueba de mis palabras, aunque la cosa no parezca ni 
sea de muy noble estilo. 

Y Pedro, diciendo así, tomó hacia el interior de 
la casa. 

Alberto, solo, se quedó pensando en cuál podía ser 
aquella prueba. A la vez, como distraídamente, reco- 
rría el jardín con los ojos. /Primero, su atención fué 
atraída á lo lejos por un grupo de begonias en flor 
que detrás de unos rosales enclenques, faltos de hojas 
y flores, fingían en el suelo una charca purpúrea/Lue- 
go, á poca distancia de donde él estaba, su atención 



126 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

vino á fijarse en el kiosco revestido de hojas, cuando 
sobre la verde vestidura del kiosco, un golpe de brisa 
balanceaba y movía las primeras campánulas abiertas. 
Los pronósticos de Rosa Amelia se empezaban á cum- 
plir: sobre el espeso follaje del kiosco, las flores de 
pascua lucían como sonrisas de ángeles. De un azul 
muy suave, teñido de oro en lo hondo de la campana, 
esas flores antojábansele á Alberto flores de ensueño, 
por su belleza grande y efímera. Abiertas á la aurora, 
la noche las encontraba moribundas. «Debían de ser 
en su frágil belleza, dorada y azul, como los deseos 
imposibles y los vanos sueños de la planta. > 

cAlberto, no sin pena, volvió de sus fantasías á la vida 
real? pensó en las palabras del hermano, y lo abrumó 
la tristeza. Al través de esas palabras, ya Pedro ha- 
blase de sus amores, ya de política, Alberto columbra- 
ba una verdad, y temía verla en plena luz. Inútil acha- 
car á fanfarronadas todo el discurso de Pedro: detrás 
de las fanfarronadas aparentes había algo razonable y 
firme. En realidad, no le preocupaban mucho sus há- 
bitos de político en cierne. Más le preocupaban en 
Pedro sus hábitos de club, sus numerosos amigos per- 
tenecientes á todos los bandos y colores — núcleo y 
origen de su popularidad, como él decía, y primer es- 
calón para elevarse — sus modos de ser pendenciero y 
manirroto, y por sobre todo sus amores, tal vez por- 
que estos amores y el modo de ser de Pedro dema- 
siado manirroto y liberal eran la continua lamentación 
y pesadumbre de don Pancho. Alberto, por aquellos 
días confiado, sereno y dichoso, quería ver las almas 
de la hermana y del padre, si no disfrutando de la di- 
cha perfecta, al menos de un reflejo de dicha. De aquí 
su empeño en disuadir de sus amores al hermano, y en 



ÍDOLOS ROTOS 127 

alejar á éste, cegando así un manantial de reproches y 
torturas. Pedro le contestaba con evasivas y reticen- 
cias, y esas reticencias le enojaban, no por lo que 
ellas valían, sino como evocadoras de una sospecha 
que ya otra vez lo había rozado, aunque vaga y sin 
forma. «Él no estimaba mucho á las Uribe, pero en su 
estimación no las ponía tan abajo como Pedro en sus 
frases y palabras ambiguas. Las juzgaba iguales á tan- 
tas otras de entendimiento limitado y huero. Vanas, 
frivolas, en sus cabezas de pájaros llenas de aire ha- 
cían veces de ideas unas cuantas preocupaciones. Mas 
debajo de las preocupaciones y de la superficialidad 
del carácter suelen esconderse, como joyas, excelen- 
cias y bondades del alma. No le constaba si esas bon- 
dades y excelencias existían en las Uribe: hubiérale 
sido necesario haber ido al fondo de sus conciencias, 
como en el fondo de los mares va á las perlas el buzo. 
Y él jamás deseó entrar en sus conciencias como buzo 
de almas. 

No sabía cómo ni cuándo empezó á ir á casa de 
ellas: empezó visitándolas rara vez, de tiempo en 
tiempo, quizás por estar la casa de ellas en su camino 
al taller, y luego menudeó sus visitas. La verdad fué 
que las Uribe se valieron de todas las artimañas para 
atraerlo, y él se dejó atraer, convencido de ser tildado, 
si resistía, de arrogante y orgulloso. Sus visitas le da- 
ban ocasión de observar de muy cerca y bien los ma- 
nejos del hermano. Pero muy pronto las Uribe se ol- 
vidaron de haber sido ellas quienes con hábil y disi- 
mulada maniobra le atrajeron, y miraban en sus visitas 
inequívocas muestras de estimación, afectuosas y es- 
pontáneas. Misia Matilde no sólo miraba señales de 
amistad, sino claras promesas. Para ella, y lo pensaba 
y decía á propios y extraños, las visitas de Alberto y 



128 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

sus demás afectuosas demostraciones eran sin asomos 
de duda, paladino consentimiento de ios amores de 
Pedro y Matildita. Y Alberto, en la circunstancia, in- 
terpretaba de seguro con su buena voluntad y buenos 
deseos la voluntad y los deseos de la familia Soria. 

Las conjeturas y predicciones de la madre parecían 
como de perlas á Matildita. Las hallaba naturales, dig- 
nas de su confianza y crédito, si bien templaba esa 
confianza con su poquito de temor é incertidumbre. 
«De todos modos, ¿por qué no habrían de realizarse 
esas predicciones? — pensaba Matildita — . Que Pedro 
fuese rico no era obstáculo ninguno. Y con otra razón 
no podía oponerse al matrimonio de Pedro su padre, 
avaro y esquivo. ¿Un hermano de ella no estaba ca- 
sado con una hermana de Pedro? Además, éste podía 
ser muy rico, riquísimo, si se comparaba la fortuna de 
los Soria con la pobreza apenas bien vestida y casi 
vergonzante de los Uribe, pero no era mejor que ella, 
al contrario...» Enriqueta, aunque de un modo muy 
débil, venía á ser en su casa como la cuerda de un 
globo cautivo, ó el lastre de un globo lanzado á la 
merced y furia de los vientos. En tanto que en el meo- 
llo de sus hermanos, de su madre y Matildita no había 
sino preocupaciones y simplezas, en el de ella había 
siquiera una sombra de razón. Entre los demás repre- 
sentaba el papel de regulador y correctivo, atenuando 
en ciertos casos el desorden, corrigiendo algunas lige- 
rezas y moderando los entusiasmos y locuras. Así, 
cuando su madre y Matildita empezaron á forjar so- 
bre las visitas de Alberto multitud de ilusiones y á 
darlas á los otros como realidades, ella les observó 
que no era bueno hacer pronósticos intempestivos, y 
menos proclamarlos como seguros, agregando que en 
taies asuntos lo mejor es callar y seguir la marcha de 



ÍDOLOS ROTOS 129 

las cosas con iiscreción y reserva. — Tú siempre des- 
confias y piensas lo peor — replicaron á dúo la herma- 
na y la madre. — Pienso lo más natural. Para mí nada 
significan las visitas de Alberto: nos visita porque pue- 
de visitarnos, porque lleva gusto en ello, como nos 
visita cualquiera otro. Nunca hace franca alusión á los 
amores de Pedro, como rehuyendo echarse encima 
ajenas responsabilidades. Y si ustedes me apuran, les 
diré que desde su primera venida aquí, sospecho y aun 
creo que él, en vez de apadrinar esos amores, con 
toda su fuerza los contraría. — ¡Qué cosas las tuyas! ¿Y 
por qué lo crees? No será porque Pedro pueda hallar 
alguna mejor que Matildita. Podra hallarlas iguales á 
ustedes, pero no mejores. — No sé decirles por qué lo 
creo: se me ocurrió una vez, no sé cómo, de repente, 
y lo creo desde ese día. Si fuera verdad, y Pedro me 
dejara por los consejos de él, ya sabría yo cómo ven- 
garme fácilmente — dijo á ese punto Matildita, poniendo 
en blanco los ojos. — No digas bobadas, Matildita. 
Aunque Alberto se oponga á tus amores, Pedro tam- 
poco necesita de sus consejos para dejarte el día me- 
nos pensado.— ¿Y por qué? — ¿Por qué? Parece como 
si ustedes vivieran en otro mundo: todo les parece 
muy sencillo y muy llano. Aun lo más difícil quieren 
de un momento á otro verlo andar como sobre rieles. 
Pero una cosa es tener amores y otra es casarse, en 
particular si el sujeto es como Pedro, quien, asi como 
es de alegre y simpático, es de enamoradizo y resba- 
loso. Demasiado lo saben ustedes. Bien le conocen. 
Es uu tipo muy difícil de retener, y si Matildita no lo 
consigue, no lo extraño, y también en gran parte cul- 
pa será de Matildita, porque no ha sido con él como 
debiera. — ¿Y cómo es Matildita con Pedro? — pregun- 
tó muía Matilde un poco alarmada. — ¿Que cómo es? 

9 



130 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Pues... pues... muy tonta. — Y misia Matilde se quedó 
muy oronda y tranquila, sin alcanzar la significación 
que esa palabra adquiría en los labios de Enriqueta. 
En cuanto á Matildita, ya porque se reconociera cul- 
pable, ya temerosa de oir algo más, no replicó sino 
acurrucándose cuanto pudo en el extremo del canapé 
en donde estaba. 

Alberto presentía, si bien de manera confusa, algo 
de cómo las Uribe comentaban sus visitas. Lo presen- 
tía en vagas actitudes de las nfuchachas y en transpa- 
rentes alusiones de la vieja. Estas alusiones, por lo mal 
traídas y claras, le parecían jocosas, pero alguna vez 
lo estrechaban, poniéndole en grave apuro, cuando no 
hallaba pronto una respuesta fácil, cortés y evasiva. 
En realidad, misia Matilde y las muchachas lo diver- 
tían: la primera con sus vanidades y preocupaciones, 
con sus monadas las últimas. Al través de todo eso, 
él adivinaba una sola ocupación y un solo empeño: la 
caza al marido. Y como en la tai caza no vio nunca á las 
Uribe emplear tratos ni artificios de mala ley, conside- 
raba sus escaramuzas con mirada irónica y benévola. 
La tal caza jamás la vedaron legisladores ni pontífi- 
ces, antes la favorecieron, y, al fin y al cabo, todas, así 
las más honestas como las menos puras, así las más 
humildes como las más altas, podían entregarse á ella, 
valiéndose de iguales armas, ó de armas poco diferen- 
tes unas de otras. Lo que él observaba en ellas no era 
más de lo que en la mayor parte veía: exponer en la 
ventana sus palmitos á la hora del paseo; pensar en 
trajes y confeccionarlos bien propicios á poner de re- 
lieve sus gracias y perfecciones; ensayar sonrisas, mi- 
radas y lánguidas posturas, buenas para estrenarlas 
después en el teatro ó la iglesia; ir á la misa de once, 
porque á la puerta de la iglesia, al acabarse la misa 



ÍDOLOS ROTOS 131 

de esa hora, asisten al desfile de las damas todos los 
jóvenes de la ciudad, cursis ó no; pasar en compañía 
de otras como ellas por frente al café adonde los más 
elegantes y repulidos de los jóvenes van, so protexto 
de paladear un aperitivo, á repletarse el estómago de 
brandy; y, por último, siempre acompañadas de ami- 
gas, pasear calle arriba y calle abajo, llenando, con 
sus gayas muselinas de color y las plumas y cintas de 
sus sombreros, y las risas y discreteos de sus labios, el 
desairado y feísimo cajón del tranvía que va por la 
calle más central y bulliciosa. A decir verdad, Alber- 
to hallaba muy de superficie la coquetería de aquellas 
muchachas, demasiado ingenua y boba para servir de 
redes y armadijos, y suponiéndola así, no recelaba de- 
bajo de ella nada repugnante y turbio. Eso hubiera 
podido jurarlo refiriéndose por lo menos á Matildita, 
pues Enriqueta, con su reservada seriedad y sus me- 
lancólicas languideces, despertaba en él recelos fuga- 
ces, como si la sospechara de esconder, bajo sus apa- 
riencias de seriedad y bajo sus lánguidas actitudes, 
cavilaciones de un cálculo sabihondo. 

Misia Matilde le infundía aún menos temor y sospe- 
cha, porque los procederes con que tendía á corrobo- 
rar la obra de las hijas eran ineficaces, cuando no con- 
traproducentes, por lo gurdos. La «psico!ogía> de la 
buena señora alcanzaba á caber en una sola palabreja, 
cifra de sus deseos y prejuicios. Sus hijos eran los «me- 
jores», sus hijas las «mejores», ó cuando menos iguales 
á las mejores. La palabra «mejor» la tenía siempre en 
la punta de la lengua y á cada paso la sacaba á re- 
lucir, viniera ó no á cuento, pero sobre todo á pro- 
pósito de bodas ó de anuncios de bodas. «El era me- 
jor que ella, ó ella era mejor que él.» Y al decir «mejor», 
nadie agregaba sílaba, como ante un dictamen sin ré- 



132 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

plica. La palabreja expresaba en los labios de misia 
Matilde sus preocupaciones de familia y de raza, única 
herencia que guardaba de sus abuelos todavía intacta 
ó horra; y como era natural, disfrutaba á su gusto de 
la herencia. De tal modo pronunciaba ella «mejor >, y 
de tal respeto y prestigio rodeaba la palabra, que 
ésta era á la postre en sus labios como un talismán, 
cuya virtud quitaba ó concedía, según el capricho de 
su dueño, nobleza, título y honores. Aparte esa pe- 
quenez, no exclusiva de ella, á misia Matilde, según 
Alberto, sólo podía hacerse el reproche de tener en 
sus hijas exagerada confianza; y tal vez era un reproche 
sin fundamento, porque bien conocería ella en qué 
grado eran sus hijas recatadas y virtuosas. Sin embar- 
go, á veces no podía menos de reprocharle esa con- 
fianza rayana en descuido, sobre todo cuando al en- 
trar por la noche en casa de las Uribe, sorprendía á 
Pedro en amoroso «aparte> con Matildita en el co- 
rredor: ella en un extremo del canapé, él en una silla 
al lado del canapé, mientras la buena señora dor- 
mitaba ó leía en un rincón de la sala, y Enriqueta so- 
llozaba en el piano romanzas y quejumbres. Tal vez 
misia Matilde ponía en Pedro, á título de cuasi parien- 
te ó allegado, igual confianza que en las hijas. Cuanto 
á los hombres de la casa, muy rara vez Alberto se en- 
contró con alguno de ellos. Uno de los tres era em- 
pleado de un banco; los otros campaban por sus res- 
petos, esperando que les cayeran del cielo prebendas 
ministeriales ó muchachas ricas; y ninguno de ellos 
sabía de su propia casa, en la cual no se estaban nun- 
ca sino el tiempo necesario al dormir y a! comer, em- 
pleando el resto del tiempo en el club, en el café, en 
el pasco en coche ganado al ji»ego, y en ir con otros 
de visitas, ó de bureo y parranda. Además de ese des- 



ÍDOLOS ROTOS 133 

cuido en que los Uribe tenían su casa, y del descuido 
aparente ó real en que la madre tenía á Matildita y En- 
riqueta, algo despertaba la más viva suspicacia de 
Alberto, y era el modo de ser y hablar un tanto des- 
enfadado y libre de los visitantes, hombres y mujeres, 
con Enriqueta y Matildita. Unas veces eran palabras y 
frases obscuras, olvidadas ó nunca oídas de él, pro- 
bablemente palabras y frases de sentido pasajero y ar- 
bitrario, de esas que la moda lleva y trae, como suele 
hacer con refranes y canciones. Pero otras veces eran 
palabras y frases de sentido libérrimo, si no libertino, 
y muy claro. 

Muy mal efecto le había hecho la conversación oída 
en casa de las Uribe el último domingo en la tarde, 
aunque no estaba muy seguro de si el mal efecto pro- 
venia de las palabras libérrimas que entonces escuchó, 
ó de una palabra trivial, quién sabe si inocente y sin 
malicia, enderezada á él en persona. La palabra, como 
saeta que al Aa* en ?! b)anm An^'p^y* rasguñó, y tal 
vez el resquemar de la herida hacía que el eco de 
aquella conversación le resonara aún en la cabeza, fas- 
tidiándole como trompetear de zancudos cuando Pe- 
dro le hablaba, y después, mientras duró la ausencia 
de Pedro. Aquel domingo en la tarde, Alberto halló 
en la salita de las Uribe á la señora Solórzano, tía de 
las Uribe, y á Elisa Riguera, el Botticelli admirado por 
él en el baile del ministro diplomático. A su entrada 
en la salita, aun antes de que Alberto abriera la boca, 
ya estaba misia Matilde abrumándole á felicitaciones y 
plácemes: — No sabía yo que usted fuese tan reservado 
hasta con nosotras. Pero todo al fin llega á saberse, y 
ya sabemos todo lo de usted. Le felicito, sí, señor, con 
mucho gusto por su elección muy atinada. Es una mu- 
chacha muy buena por todos respectos. — Y muy sim- 



134 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

pática y bonita — agregaron las hijas á dúo. — ¡Hombre! 
Bonita... — empezó á decir Alberto. — Sí es bonita — 
interrumpió Elisa Riguera — . Es verdad que ha des- 
mejorado un poco... Es bonita, pero no lo está ahora 
como cuando tenía amores con Vázquez. — ¡Niña! — 
dijo Matildita lanzando una mirada reprobadora y ha- 
ciendo visajes de disgusto á Elisa. — ¡Si no he dicho 
nada de particular! — dijo ésta asumiendo los aires más 
ingenuos del mundo—. ¿No es verdad, señor Soria? 
— Nada de particular — asintió Soria; agregando para 
sus adentros: envidiosilla. Luego Elisa continuó, como 
si tal cosa, haciendo comentarios del último recibo de 
la señora Urrutia, íntima de la madre de Elisa, comen- 
tarios interrumpidos á lo mejor con la llegada de Al- 
berto. Cuando los picantes comentarios del recibo de 
la Urrutia concluyeron, se pasó á hablar de si el pri- 
mero del año habría baile como de costumbre, ó no 
habría baile en la Casa Amarilla. Según Elisa, habría 
baile, porque así lo aseguraban Mario Burgos, Del 
Basto y O'Connor. — Pues con mi gusto mis hijas no 
irán á ese baile — dijo misia Matilde. Y encarándose con 
su hermana la señora de Solórzano: — No puedo acos- 
tumbrarme, niña, á la idea de ir á un baile dado por un 
generalote liberal y hasta grosero, aunque s*ea presi- 
dente de la República. — Pues nosotras, caso de haber 
baile, tal vez iremos: tanto es lo que nos están entu- 
siasmando con ese baile Mario Burgos y O'Connor. 
Hace mucha falta un baile de tiempo en tiempo. No 
es lo mismo dar vueltas con música de piano solo, 
como en los recibos de Mercedes Urrutia, que un baile 
en forma. 

Alberto, sentado junto á la mesa del centro de la 
sala, después de dar su opinión, porque se la pidieron, 
sobre el delicadísimo asunto del baile oficial de Año 



ídolos rotos 



135 



Nuevo, se puso á hojear como distraído, leyendo aquí 
y allá, un libro que halló sobre la mesa. Era un libro 
de versos de un poeta mejicano, todo miel de amores. 
Las mujeres, viéndole ocupado en leer, parecieron ol- 
vidarse al fin de su presencia, y continuaron entre sí, 
como si estuvieran solas, hablando cada vez con- 
más libertad y bríos. —¡Tanto que me gusta bailar! — 
manifestaba Matildita — . Apenas oigo música de baile, 
ya me están temblando con temblor sabrosísimo las 
piernas. — ¿Y á quién no le gusta el baile? — replicaba 
la señora Solórzano — . No concibo un joven ni una 
joven á quien no le guste el baile. Cuando oigo decir 
á alguno que no le gusta bailar, le juzgo pazguato ó 
presuntuoso. — Eso no, Tití — protestaba Enriqueta — . 
A mí me gusta bailar, es cierto; pero lo que me gusta 
más en los bailes es oir la música y ver los trajes y las 
joyas. — ¡Como tú eres tan rara! — explicó misia Ma- 
tilde. — Pues á mi — saltó la Riguera — lo que me di- 
vierte y gusta más de los bailes es la facilidad para el 
flirt, y nunca bailo sino con quien flirtee conmigo. 
— ¡Jesús, niña! ¡Qué cosas tienes! — clamaron las demás 
en coro, como si hicieran entonces reparo en Alberto 
y lo significasen á la aturdida. 

Alberto, como si no hubiera escuchado una pala- 
bra, siguió pasando las páginas del libro; pero un 
instante después, cuando las mujeres, como deseosas 
de sofocar bajo un fárrago de palabras las de Elisa, 
reanudaron la conversación con más ímpetus y abun- 
dancia, alzó disimuladamente los ojos á la cara del 
Botticelli, cuya expresión parecía de ordinario exhalar 
de sí una quintaesencia de ingenuidad y candidez, y 
las mejillas-deL Botticelli, en ese instante, eran como 
dos pensiles de rosas. 



136 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Cuando Pedro volvió, traía en las manos un libro. 
Llegado cerca de Alberto, alargó á éste el libro sin 
decir palabra. Alberto leyó el título: Demi-Vierges; y, 
como si no quisiese entender, viendo al hermano en 
los ojos, preguntó: 

— ¿Qué significa? 

— Recordarás que á tu llegada busqué entre tus 
libros uno que prestar á una muchacha, á Matildita. 
En vez de un libro, cogí varios, y ése es uno de ellos. 

— ¿Y cómo te atreviste á dar á una muchacha ese 
libro, que, sobre no valer grandemente como obra de 
arte, es con exceso escabroso? 

—La experiencia me autorizaba; de otro modo, nun- 
ca se me hubiera ocurrido. De los libros que presté á 
Matildita, ninguno mereció tantos honores como éste: 
fué el más leído, el más gustado, y recibió en su lomo, 
en su cubierta amarilla y en sus páginas blancas los 
apretones, halagos y caricias de muchas, pero de mu- 
cha 5 » manos bellas. De manos de las Uribe pasó á ma- 
nos de las Riguera, de las Solórzano, y luego á manos 
de la señora de Urrutia, de Teresa Farías... ¡qué sé 
yo!... y así anduvo por entre las manos de mucha se- 
ñorita y de muchas damas jóvenes. Matildita me con- 
tó la historia de esa peregrinación envidiable. Entre 
paréntesis, Matildita encuentra muy feo el asunto del 
libro y al autor inmoral, reservándose, cuando se le 
antoja, hacer como la perversa de Maud. Así, ese 
libro, que cuando lo tomé de entre los demás libros 
valdría á lo sumo tres pesetas, hoy es inestimable. 
Como documento vale un tesoro. El texto, como lo pue- 
des ver, se ha enriquecido y aumentado con notas lle- 
nas de fineza y donaire, escritas al margen de las pági- 
nas, y de puño y letra de Elisa Riguera y Enriqueta 
Uribe. Las de Elisa Riguera son las escritas en inglés y 



francés: ella 



ÍDOLOS ROTOS 137 



'anees: ella no pierde ocasión de mostrar que estropea 
esas lenguas, habiéndolas y encribiéndolas, porque 
vivió en Nueva York y en París; las de Enrique Uribe 
están en claro español pedestre, por lo cual no dejan 
de ser graciosísimas y agudas. Cuando quieras pasar 
un momento divertido, lee esas notas. Por causa de 
ellas estuve en un tris de perder el volumen. Hubiera 
sido una pérdida irreparable. Matildita no quería de- 
volvérmelo, y sólo después de yo exigírselo mucho 
me lo dio, bajo la condición expresa de no mostrárse- 
lo á nadie, y á ti mucho menos. No creas que el libro 
ha emponzoñado el alma de ninguna de sus lectoras. 
Estas, en la historia impresa á lo largo de las páginas 
del libro, han visto una glosa pálida, inexacta, más ó 
menos imperfecta, de la historia de su propia juven- 
tud, de la historia de su propia virginidad, que, como 
diría tu amigo Romero con su lenguaje primoroso, 
voló bajo muchas bocas y de entre muchas manos 
como un gran deshojamiento de iirios. Por supuesto, 
no hablo de las lectoras casadas: de éstas no conozco 
la historia de su juventud ni la historia de sus donce- 
lleces. 

— ¿Tú dices que ese libro estuvo en las manos de 
Teresa Farías? 

-Sí. 

— Las Uribe, ¿no llevan relaciones de amistad con 
las Almeida? 

— ¿Y con quién no llevan relaciones de amistad las 
Uribe? Cuñadas de Rosa, ¡con quién no llevan relacio- 
nes! Sí creo que las Almeida y las Uribe no se tratan 
ahora como antes. ¿Temes algo... de las Uribe? Pues si 
por ellas te pones á temer, te la pasarás temiendo. 
Cuando no son las Uribe, son las Solórzano, ó las Ri- 
guera, ó tantas otras que no conoces, ni tengo para qué 



/*• 



138 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

nombrártelas. Son muchos los vergeles en donde se 
están continuamente deshojando los lirios. Si de algu- 
na debes temer es de Teresa, aunque no como tú pue- 
des imaginarte: no la creo capaz de dar á sus primas 
ío que es pasto de sus nervios. No lo ha hecho con el 
libro de Prevost. Si lo hubiese hecho, yo lo sabría: 
Matildita me habría nombrado á las Almeida primero 
que á las otras, de seguro. Debes temerla de otro 
modo. Te lo digo por algo que supe, y no sé de dón- 
de proviene, si de las Uribe, de las Riguera ó de Te- 
resa misma. Lo más difícil te lo he dicho, ó más bien 
se ha encargado de decírtelo por mí el libro de Pre- 
vost. Nada me estorba, pues, para decirte el resto de 
la verdad, sin reticencias. En casa de las Uribe, como 
en casa de las Riguera, no hacen únicamente lo que 
ya sabes: también urden y preparan intrigas. Las Uri- 
be dicen que las Riguera; éstas, como es probable, 
dirán que las Uribe; pero es lo cierto que dicen que 
tú no tienes amores con María sino para acercarte más 
y enamorar mejor á Teresa. 

— ¡Eso es una calumnia! ¡Calumnia monstruosa! 

— Así dije, porque así lo creía, aun antes de afir- 
mármelo tú. Pero lo peor del caso es que la calumnia 
tiene visos de verdad. Adonde tú vas con mayor fre- 
cuencia, la mujer de Esquivel va con frecuencia no 
menos grande; y además, ella, en donde te nombran, 
siempre tiene pronto en los labios un canto lisonjero 
para tu gloria de artista. 

— ¿Y por qué sospechas de la misma Teresa? 

— He sospechado de la Farías, como he sospechado 
de tantas cosas, sin estar cierto de ninguna. En nada 
me baso. Cumplo mi deber diciéndote de esos rumo- 
res y de lo que me figuro de ellos, para que estés pre- 
venido. Después de todo esto — agregó Pedro al cabo 



) 



C 



ÍDOLOS ROTOS 139 

de una pausa — comprenderás cuánta razón tiene el 
buen señor Almeida, al decir con el tono firme y se- 
guro de un oráculo, achacando la culpa á la política: 
«Todo, todo se ha corrompido; sólo, afortunadamen- 
te, en medio á la corrupción general, nuestra mujer se 
ha salvado.» Y eso lo dice á veces en presencia de la 
Farías. 

Como Alberto no respondiese nada, Pedro con- 
tinuó: 

— En tanto que yo haré por escaparme, del modo 
más discreto, de manos de Matildita, no dejes, cuando* 
vuelvas á casa de las Uribe, de observar el canapé del 
corredor y e l biombo de la sala. Son dos muebles có- v 
modos y muy interesantes que podrían servir de maes- 
tros á más de uno de esos escritores de hoy llamados 
feministas. 

Pedro no se dio cuenta del mal que hizo al herma- 
no con sus discursos irónicos. Al quedarse de nuevo 
solo, Alberto se sintió aún más abrumado de perple- 
jidad y tristeza. Y'en Jajiisteza halló . .uno. como sabor 
nostálgico probado otras veces, hacía tiempo, lejos, 
primero en su cuartucho de estudia ntecTel barrio La- 
tino, luego en_sj^Íalleji4e_es^ultor, e n las alturas Lide 
MontpjixnasfiG, Llevado de la similitud de sensaciones, 
vióse atrás, en el pasado, en su cuartucho de estudian- 
te y en su taller de artista. Y no sabía decir si enton- 
ees, en aquella época lejana, fué ridículo ó más bien 
candoroso. Entonces no tenía sino evocar cierta ima- 
gen de la patria, y esa evocación era e speranza, y 
consuelo, y alegría . A veces, evocando esa imagen se 
vengaba de todo el mal que le hacían en aquella gran 
ciudad extraña, amiga y pérfida; se vengaba de la oje- 
riza que le mostraban á cada paso, como extranjero, 
en sus luchas por el arte y la gloria. Para eso le basta- 



140 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

ba oponer á esa imagen de la patria la que él se for- 
maba de París, la gran ciudad llena de bellezas y de 
horrores, capital de los Vicios. En ésta el adulterio, la 
prostituta y la demi-vierge eran la moneda admitida de 
«alones y calles, el argumento único de dramas y co- 
medias, el asunto indispensable de cuentos y de libros, 
como si la infamia sexual fuese la sola expresión y el 
solo fin del hombre. Al contrario, la imagen que él 
evocaba de la patria fingía la de un rincón primitivo y 
sano, en cuyo suelo abrían las virtudes espontánea- 
mente como flores, y en donde las vírgenes eran almas 
candidas, como brillar de linos, en cuerpos impolutos 
de ninfas montañesas. 



III 



Cuando Alberto vio acabada la obra, no fué extre- 
ma su alegría. La obra no realizaba á sus ojos la ple- 
nitud absoluta y feliz de la idea que fué en su espíritu- 
germen y atmósfera de la estatua. No la realizaba á 
sus ojos, porque ya en su mente esa plenitud no exis- 
tía. Sin él advertirlo, mientras daba á la obra la última 
mano, comenzaba sin causa aparente el divorcio de 
sus ensueños de arte y de amor, hasta ese punto uni- 
dos en un solo ensueño confuso y vago. De aquí su 
júbilo incompleto. La obra, y eso era todo, por el es- 
fuerzo de arte cumplido, halagaba su orgullo. El artis- 
ta se hallaba satisfecho del esfuerzo, y satisfecho ante 
sí mismo, sin que esta satisfacción la menguase la duda 
de cómo los demás hombres juzgarían de su esfuerzo 
y de su obra. El futuro juicio de los hombres le dejaba 
casi indiferente. El juicio futuro de los hombres, cual- 
quiera que él fuese, no podía privar al artista de sen- 
tirse, ante la obra acabada, capaz de muchos otros 
nobles esfuerzos, análogos á aquel de que la estatua 
era símbolo, privándole á un tiempo de la fe en s u 
virtud creadora, fe necesaria á los artistas, gracias ala 
cual éstos oyen, aun en los días áridos, brotar cantan- 
do en su alma la belleza como un manantial de aguas 
vivas. Pero no por tener contento su orgullo se des- 
deñaba, en lo íntimo de su espíritu, de exigir más tar- 



/ 



142 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de para la vanidad, siempre descontentadiza y medio 
loca, la fiesta y el grato rumor de los aplausos. Antes 
bien, necesitaba de ese rumor y de esa fiesta, á fin de 
amordazar la calumnia. Esta huiría como el mastín 
gruñón á que se impone silencio, ó bajo un disfraz 
cualquiera vendría á los pies de su antigua víctima á 
deshacerse en hipócritas himnos de admiración y ala- 
banza. Morderlo otra vez no podría la calumnia: muy 
lejos estaban de aquella ciudad los generosos maes- 
tros cuyas manos hubieran podido guiar sus manos 
tímidas de escultor novel en su empeño de imprimir al 
barro dócil formas y líneas de belleza perdurable. 

A su taller, uno tras otro, vinieron á admirar la 
obra sus amigos del "círculo de intelectuales inconf or- 
ines", como decía Emazábel, ó del "ghetto de intelec- 
tuales", como decía con mayor propiedad Romero. Al- 
fonzo, Emazábel, Sandoval, Romero y los otros halla- 
ron perfecta la estatua, y no escatimaron plácemes ni 
lisonjas al artista. Al verla, Romero exclamó: — jAd 
mirabie! — Agregando poco después: — Y no po- 
drán decirte exótico y descastado como tantas veces 
me han dicho á mí, porque escribo d e ¡literatura s ex- 
tranjeras, y en mi prosa llana aseguro no entender lo 
que quieren significar hasta hoy en literatura con crio- 
llismo, americanismo y otros ismos semejantes. No po- 
drán decírtelo, porque has magnificado con barro de 
la tierruca la_^Jlej!a_ja¿oJ]a. 

En efecto, el escultor había buscado de propósito 
un tipo criollo de gran belleza, y tuvo la suerte de 
conseguirlo sin tardanza, aunque no sin vencer no po- 
cas dificultades y resistencias, en una muchacha del 
Tuy, venida á la capital hacía tres años. La estatua la 
representaba desnuda, en ademán de pudoroso enco- 
gimiento, y con tan hábil artificio, que sin ver la sen- 



ÍDOLOS ROTOS 143 

sualidad en sus labios pudiese percibirse el alma sen- 
sual de sus formas. El barro, entre los dedos de So- 
ria, se impregnó de la suave languidez y gracia de mo- 
vimientos de las formas vivas, como el barro de un 
ánfora se impregna de perfume, y con su tinta natural 
contribuyó al mejor éxito de la estatua, reproduciendo 
hasta donde era posible, con su áureo y mate color de 
canela, el color de la piel de aquella mulatica nacida 
á la sombra de los cafetales del Tuy, bajo los apama- 
tes vestidos de rosadas campánulas vaporosas. 

Luego de alabarla en todos los tonos, Sandoval dijo 
melancólicamente: 

— Así me gustaría trabajar. Te envidio. Si, no digas 
que no. Te envidio. Me consolaré pensando que no 
tengo la culpa de no trabajar como yo quisiera, así 
como trabajas tú, con toda libertad y reposo. A la 
fuerza he de hacer como quieren y me imponen los 
filisteos, no como exige mi gusto. 

Sa¿jdoval_Jiabía estudiado ^pintura en París; había 
hecho un viaje de estudio en Italia, y no era un vul- 
gar pintamonas. Un día, la benevolencia oficial se ex- 
travió, cosa rara y feliz, sobre un muchacho de talento 
con alma de artista y sin protectores ni parientes de 
fuste. Y Sandoval marchó á Europa á estudiar pintura, 
pensionado del gobierno. Sin pérdida de tiempo, á su 
llegada á París dióse en cuerpo y alma al trabajo en 
un taller famoso, donde ensayó sus vuelos y tuvo prin- 
cipio la gloria de algunos de los más notables pintores 
contemporáneos. Con tales bríos, con tamaña furia se 
aplicó al trabajo, que, á fines del primer semestre, co- 
menzó á padecer de vahídos, de vértigos y de algo así 
como bruscas fatigas abrumadoras. Afortunadamente, 
la enfermedad no le molestó largo tiempo: triunfó, de 
la enfermedad, y se repuso. Oyó entonces, alertado ya 



144 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

por la propia experiencia, los consejos de quienes le 
hacían ver los peligros del mucho atarearse en una 
gran ciudad como París y en un clima diferente del 
suave clima de su patria, y volvió al estudio, si no con 
igual ahinco rabioso, aplicadísimo siempre. Empeñado 
en aquilatar, á fin de hacerlo valer un día, el oro de su 
ingenio, no hacía como otros que se pasaban las horas 
muertas entretenidos con el vano tumulto caleidos- 
cópico de los bulevares, ó corriendo detrás de peren- 
dengues y talles mujeriles. Aunque su magra pensión 
le hubiese permitido malgastar los días en holgorios, 
no los habría malgastado: tan irresistible é impetuoso 
era su deseo de poseer, como de un vuelo, como en 
un beso, todo su arte. Con pena y valor de héroe se 
impuso economizar cada mes algo de su pensión, y 
con estas 'economías llegó á ofrecerse con el tiempo el 
dulce regalo de una jira artística por la Italia del Nor- 
te y del Centro. Así, estudiando en el taller, estudian- 
do en los museos, trabajando mucho, le llegó el mo- 
mento de emprender un obra personal, seria y difícil, 
y de presentarse á concurso con esperanzas de vic- 
toria. Pero, entonces, un golpe rudo é improviso, una 
puñalada traicionera, mató en flor sus esperanzas. El 
gobierno de su país, sin dar aviso ninguno y sin paliar 
de ningún modo tan extrema y cruel determinación, 
acababa de suspender el pago de las escasas pensio- 
nes concedidas, la de Sandoval entre ellas. El gobierno 
se veía obligado á enfrentársele á una revolución po- 
derosa; y su más ilustre hacendista, entre muchas otras 
medidas, á cual mejor, de sufragar para los gastos de 
la guerra, halló el de suprimir sueldos de insignifican- 
tes y obscuros empleados y pensiones de artistas. En 
realidad, asi aquellos sueldos como estas pensiones 
eran migajas minúsculas ante el enorme gasto de una 



ÍDOLOS ROTOS 145 

guerra; pero así, migajas y ridiculas, no las perdonaban, 
pues en algo contribuían á realizar el ideal de todo 
buen ministro de Hacienda en casos parecidos: satis- 
facer las necesidades del ejército, defensor de las ins- 
tituciones, guardián de la Ley y otras zarandajas de / 
igual fondo y magnitud, sin causar p or eso, al diario"^ O^* 
r eparto y festín del César y sus ministros el más l eve / C&M*** 
menoscabo. Además, ni para el César de entonces, 
ni para ninguno de sus ministros, podía tener im- 
portancia el quitar el pan de la boca á un pobre 
diablo de pintor, abandonándole á su destino, á la 
miseria, tal vez al hambre, á miles de leguas de su i 
país, del otro lado del océano. «Y luego... luego... 
la política tiene sus exigencias>, como habría di- 
cho, repitiendo el imbécil refrán, cualquiera director 
de ministerio, ó cualquiera de los ministros. Entre- |f^<-i< 
tanto, Sandoval no sabía de exigencias de la política, 
pero sí de exigencias del estómago. Y tuvo hambre . 
Vio de cerca en toda su desnudez, en toda streruet- 
dad implacable y doliente, la miseria de las grandes 
ciudades populosas. Por lo menos al principio, noje 
quejó-de quienes le abandonaron sin escrúpulo. No se 
quejón ó por nobleza de alma, ó por falta de ocasión: 
tan ocupado estuvo desde muy pronto en conseguir 
el pedazo de pan de todos los días y en mantener 
contenta y esperanzada á la patrona. Sucedieron los 
días ajos días, los^ mes e s á los m eses; el gobierno, se- 
gún dijo el telégrafo, «triunfó de la revuelta, pudo á 
tiempo ahogar este crimen de lesa patria >; pero ni el 
ministro de Relaciones Exteriores, ni mucho menos el 
de Hacienda, volvieron á pensar en el artista. Sobre él 
cayó el olvido, un olvido absoluto lleno de silencio y 
abandone, como cae sobre ios muertos. Pero en su 
olv'do no había paz, como h ay paz en el sereno olvi- 

10 



146 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

do de las tumbas: estaba lleno de silencio y abando- 
no, pero también de inquietudes y tristezas, dejdoTor 
y hambre. Sus parientes más cercanos eran paupérri- 
mos: no podían socorrerle. Cuanto á sus parientes ri- 
cos, jamás le recordaban mucho, y entonces menos. 
Tampoco le estimaban gran cosa: eran «hombres de 
su trabajo», como ellos decían, incapaces de entender 
cómo puede nadie vivir sin otro oficio ni beneficio 
que el de embadurnar telas y combinar colores. Este 
como negro paréntesis de su vida sirvió de algo á 
Sandoval: le enseñó á ver claró en muchas almas de 
compatriotas: en unas, muy cerca de él, en París mis- 
mo; en otras, al través de cartas y á través de los ma- 
res . En casi todas no halló sino ruindades, frío y pe- 
queneces. Conoció, en cambio, do_£Lalmas.~ buenas: un 
rico estudiante de su pa ís y un artista español, cama- 
rada suyo, que rivalizaban, para él, en bondad y lar- 
gueza; el primero no sin la oculta pena de ver á un 
extraño haciendo de un modo encantador y sencillo 
lo que de ningún modo hacían sus compatriotas. Más 
tarde, cuando Sandoval pudo, gracias á unas manos 
piadosas, volver del oivido, como quien vuelve de en- 
tre los muertos, para de nuevo entrar en su país, no 
hablaba de aquellos dos amigos, el estudiante y el ar- 
tista, sin estremecérsele de ternura la voz y llenársele á 
veces los ojos de verdaderas lágrimas. En cuanto á las 
aventuras dolorosas de ese negro paréntesis de su vida, 
hablaba de ellas con la sonrisa en los labios, ó riendo 
como si recordara un saínete, no su propio vía crucis. 
De vuelta á la patria, para él no volvió á soplar ni la 
más leve ráfaga de fortuna. En balde se empeñó en ha- 
cer que el gobierno continuara la obra emprendida, 
cuando le envió pensionado á Europa. Creía natural, 
muy fácil, conseguir que el gobierno, después de pen- 



ÍDOLOS ROTOS 147 

sionarle para estudiar pintura, tratara de aprovecharse 
de sus conocimientos artísticos adquiridos en talleres 
y museos, para su bien y para bien de todos. Utilísi - 
mo podía ser en la llamada Escuela de Bellas Artes, 
en donde un grupo de jóvenes, todos de buena vo- 
luntad, con talento algunos, pretendían hacerse pinto- 
res trabajando^al azar, apenas con vagos rudimentos 
de dibujo, sin más lección ni vigilancia que la de un 
pintamonas cualquiera. Acostumbrado á la estrechez, 
le bastaba el sueldo mezquino del empleo, y en cam- 
bio de esa mezquindad, él ofrecía el casi intacto cau- 
dal de su experiencia, de sus luces, de sus ideas esté- 
ticas, ajenas y personales, originalísimas todas. Pero 
á los empleo s, aun á ios menos políticos, así como los 
atribuidos á la enseñanza de ciencias y de artes, ngjse 
iba por.Ls propias aptitudes, sino por la amistad y 
fgvr> r H^l C™""* Desde el primero de los ministros 
hasta el último comisario, ningún empleado de la Re- 
pública podía vanagloriarse de merecer por sus facul- 
tades y aptitudes el puesto que ocupaba ai la dignidad 
con que el puesto lo revestía. Entonces acabó de com- 
prender Sandoval cuánto le faltaba por comprender 
después de sus siniestras malandanzas en París. Cayó 
de su más alto sueño, de su aspiración más alta; pero 
cayó como artista, esforzándose por conservar en su 
caída un poco de arte y belleza. Para ganarse el pan, 
y vivir, siguió pintando. Sacrificó sus proyectos de glo-, 
riosas obras de arte, y se volvió retratista. 

Así le halló Alberto á su llegada de Europa, ejer- 
ciendo de retratista unas veces, otras ilustrando abi- 
garrados anuncios de carreras y corridas. «Vivía de 
retratar — acostumbraba decir á sus ÍDtimos — beodos 
y filisteos. Y aun ilustrando anuncios de corridas y ca- 
rreras, retrataba á sus compatriotas. > Hablando de 



reí 



148 



MANUFX DÍAZ RODRÍGUEZ 



ese modo entre sus amigos, vengaba sus pobres sue- 
ños de arte ¡dos para siempre, sus fallidas esperanzas 
de gloria, su vida entera de artista frustrado. En su 
oficio de retratar beocios y filisteos había descubierto 
y desarrollado en él, según él decía, un talento raro 
de pjnJtox^JSJisólpgo. En sus retratos ponjgu&Lalma de 
las personas retratadas, valiéndose de un hábil toque 

~ ll m L- I ■'" "lililí * 

de pincelque descubría con discreción el más recón- 
dito pliegue del carácter, sin turbar la semejanza ab- 
soluta de hocicos y pelambreras. Como prueba de esa 
rara habilidad citaba ejemplos y nombres muy conoci- 
dos: ya era el retrato de un vu jo avaro á quien puso 
en labios y ojos toda la negra sordidez de su almayya 
era uno de esos retoños del eterno Tartufo, una de 
esas «universales reputaciones» de honradez perfecta 
y rectitud inatacable, un hombre que hacía gala de re- 
ligiosidad escrupulosa y rígida, á quien el artista había 
puesto en las cejas y en las comisuras de la boca el 
principio de una mueca de sátiro; ya, por últim o, era 
otra «universal reputación», pero no de austeridad y 
virtud, sino de sabio hondo y literato ilustre, á quien 
Sandoval con un toque en las alas de la nariz y otro en 
la frente sacó á la luz todo lo que por dentro del per- 
sonaje había, vanidad é ignorancia. 

Sin embargo, merced á la munificencia de uircliente 
caprichoso, el pintor, siquiera por algún tiempo, des- 
cansó de retratos y de anuncios. El cliente, poco ducho 
en cosas de arte, si no sabía estimar al pintor, como 
artista, habíale cobrado inclinación y afecto como 
hombre. Le encargó una Madona, ofreciéndole, si la 
Madona resultaba de su agrado, una larga recompensa. 
Y aunque la obra fuese de encargó y el asunto de la 
obra no fuese de toda su predilección y gusto, Sando- 
val se dio á ella hasta acabarla, con entusiasmo tan 



ÍDOLOS ROTOS 149 

brioso, como si en su espíritu, ya desencantado y mus- 
tio, reflorecieran todos los suejíos y las esperanzas lo- £^^£gr 
cas del pintor adolescenteJ En un paisaje desolado, 
estéril, de rocas y arenas grises, la Madona, sentada 
sobre una roca, tenía entre los risueños y glotones 
labios del Niño el pezón de uno de sus pechos rebo- 
santes. La originalidad sutilísima de la obra estaba en 
el contraste, querido y marcado sin violencias por el 
pincel, entre el paisaje y las figuras del Niño y la Ma- 
dona. De ese contraste provenía, envolviendo como en 
una atmósfera de gracia la obra entera, un simbolismo \ 
encantador, á la vez claro y profundo. — ' 

El cuadro había de exponerse al público en el mismo 
lugar y en la misma ocasión que la estatua de Alberto. 
Así lo tenían concertado los dos artistas, mientras 
cada uno de ellos trabajaba en su obra. Llegado el 
instante de exponer las obras, Alberto opuso resis- 
tencia y algunas 'objeciones á la idea de exponer, 
como quería Sandoval, en un café de los mejor con- 
curridos, cuyo dueño cedía graciosamente un rincón á 
propósito para el caso. Temía tal vez el escultor que 
las obras, en semejante sitio expuestas, vieran mengua- 
da su dignidad y prestigio de obras de arte. Pero San- 
doval desechó sus escrúpulos y le persuadió de que 
era más ventajoso para ellos y para sus obras el ex- 
ponerlas donde y cómo él decía: 

— Al feo caserón de la Escuela de Bellas Artes, si 
ahí, como tú pretendes, nos dieran espacio y refugio 
para nuestras obras, nadie iría á verlas, en tanto que, 
expuestas en el café, á la fuerza las ven todos. Aqu í 
nadie se mueve por ver una estatua ni un lienz o. No 
basta exponer el lienzo y la estatua: es necesario im- 
ponerlos. Es necesario obligar á los ojos á posarse en 
la escultura y el cuadro; es necesario obligar, siquiera 



\y £o (~¿r> ^¿^ / £t ^Vvw4^S 






150 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



/ 



un día, á los dignos habitantes de nuestra muy culta 
ciudad, á ennoblecerse los ojos, antes de cerrarlos 
para el sueño, con la visión de una obra de arte. Por 
lo tanto, el sitio más á propósito es el café. Ahí van 
todos:/los hombres á beber la indispensable copa de 
brandy, el brebaje más embrutecedor y venenoso y uno 
de los principales factores de nuestra « grandeza > ma- 
terial y política^ las mujeres, por la noche, después 
de escuchar música en la plaza, ó después de salir del 
teatro, si no á beber malos menjurjes, al igual de los 
hombres, como suele verse en los discretos rincones 
de algún buffet de baile, sí á refrescarse y á continuar 
muy á menudo el flirt emprendido esa misma noche 
en la plaza ó en el teatro., 

Esas y otras muchas razones alegó Sandoval basta 
convencer á Alberto. 

La Madona y la estatua aparecieron una mañana ex- 
puestas en el café, así como Sandoval quería. Desde 
entonces. Alberto,^ra por desocupado^a atraído por 
el sitióla por juntarse con Romero ó por el secreto 
deseo de saber cuanto pudiera decirse de su obra, ó 
por todo eso á la vez, iba todas las tardes á la Plaza. 
Allí, al pie del monumento erigido al Libertador, en 
el centro de la plaza, encontraba siempre á Romero y 
los dos amigos empezaban, uno al lado de otro, á ca- 
minar arriba y abajo por el ancho camino de baldosas 
que, dividiendo en dos la plaza y pasando al pie de la 
estatua de Bolívar, corre de la calle en donde están, al 
Sur, los edificios del Palacio Arzobispal, de la Gober- 
nación y los Tribunales, hasta el principio de la grade- 
ría de cimento que sube á la calle del Norte, levantada 
sobre el nivel de la plaza. El remate de esa gradería de 
cimento lo forma el espacio de donde la Banda Mar- 



ÍDOLOS ROTOS Q 151 



cial, jueves y domingos por la noche, acompaña el pa- 
seo y la conversación de los concurrentes á la plaza, 
con fragmentos de óperas, alternados con valses y tro- 
zos de música charanguera. En esas noches la concu- 
rrencia es numerosa y mezclada y no tiene el sello ca- 
racterístico, peculiar de la concurrencia más reducida 
de todas las tardes. Pero así en la tarde como en la no- 
che la plaza ofrece un aspecto de salón difícil de ha- 
llarse en otra plaza pública. Las apariencias de salón, 
en parte provienen de su pavimento de mosaico; y 
tanto del pavimento como de los aires señoriles que él 
da á toda la plaza andan ufanos y orgullosos muchoi 
hijos de la ciudad, como si poseyeran algo único en el 
mundo. El embaldosado de color cubre el espacio que 
rodea la estatua, reviste las ocho vías cortas y anchas 
que de ese espacio libre se desprenden: cuatro de ellas 
á desembocar en las esquinas, las otras á partir en dos 
partes iguales cada lado del trivial y armonioso cua- 
drilátero de la plaza; y por último, orilleando ésta, el 
embaldosado forma entre el barandaje que separa la 
calle de la plaza y los espacios cubiertos de árboles de 
sombra una franja capaz, por donde se puede pasear 
tan holgadamente como por el centro y por las vías 
cortas que del centro parten hacia lados y esquinas. 
Entre cada dos caminos de baldosas hay un pedazo de 
tierra vestido de césped y plantado de grandes árbo- 
les. El césped en algunas partes no existe: apenas que- 
dan rastros de haber existido en el borde de anchas 
peladuras que son como una calvicie de la tierra. En 
otras partes, la calvicie comienza y no se la estorba, ó 
por incuria del Municipio, ó por la escasez de sus ren- 
tasjá lo sumo bastantes para cubrir las necesidades y 
exigencias del gobernador, el cual debe de tenerlas 
considerables y cuantiosas á juzgar por lo enorme de 

O. 



fe 



152 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

su vientre y ejjiúmero de sus queridas, elevado al de- 
cir de la fam a./ Tal vez por iguales motivos, algunos 
árboles, y de los más hermosos, languidecen y mue- 
ren: implacablemente abandonados á luchar solos con 
una multitud de parásitos de la peor especie, estos pa- 
rásitos los han vencido, invadiendo sus troncos y ra- 
mas, abrazándose de su corteza, robándoles la savia, 
hasta impedirles dar nuevas hojas y flores. Por fortu- 
na, la fea y cruel invasión no se ha extendido á todas 
las plantas: aun hay algunas ilesas. En cierto lugar 
predominan los jabiílojs, en otro lasjnarias; cerca de 
éstas, enfrente del Ministerio de Relaciones Exterio- 
res y de la Casa Presidencial, abundan las acacias. 
Según Romero, todo ese lado Oeste de la plaza es por 
Abril un espectáculo digno de admiración cuando las 

/acacias florecen y las flores en apretados racimos fin- 

\ gen sobre las copas de los árboles mantos de púrpura 
ó coronas de fuego. Otra3 plantas existen sólo en 
ejemplares únicos. Asi, al borde del caminito de bal- 
dosas que va de la estatua hacia el mamarracho arqui- 
tectónico llamado pomposamente La Catedral — edifi- 
cio imposible de distinguir de un caserón cualquiera, 
á no ser sus grandes puertas venerables y s,u torre pe- 
sada y ridicula, que sería la más odiosa de las torres 
si á dos pasos de ella no se alzara la torre funambu- 
lesca de la Santa Capilla —hay u n apam ate sin hojas, 
d e brazo^ ajquiiii cQSt enf ermo de murrias. No lejos del 
apamate, un lechozo endeble, abrumado por la exube- 
rancia de dos ^rHoIes vecinos, fijaba á menudo la 
atención de Romero. Este creía adivinar una harmo- 

/ nía profunda entre la salud y suerte de su patria y la 
/ salud y suerte de aquella planta enfermiza, delicada, 

\ como una hebra, de altura inferior á la de sus iguales 
del bosque, de hojas raras, amarillas, y de frutos esca- 



ÍDOLOS ROTOS 153 

sos, pequeñitos, que caían muy antes de llegar á la 
madurez perfecta. Y cada vez el lechozo enclenque 
despertaba en Romero innumerables reflexiones, á 
cual más irónicas y pesimistas. 

El pesimismo de Romero tenía raíces hondas y rea- 
les, era la expresión de una vida llena de labor, llena 
de esfuerzos, algunos dignos de gloria, pero condena- 
da, á pesar de esa labor y de esos esfueizos, á ser 
vana y estéril c^m^jmjjtierra malditajionde los gér- 
menes enferman ^_se j>udren. Perteneciente á una 
familia para Ta cual hacía veces de segunda religión el 
culto rendido á Bolívar, él halló en ese culto el más 
alto ideal de su existencia. Consideró como el fin más 
noble y justo que pudiera dar á su vida el ser útil con 
toda su fuerza y entusiasmo á la patria, convirtiéndo- 
se para ésta en humilde arcaduz de bienestar y fortu- 
na, y de ese modo contribuir á la grandeza y gloria de 
la herencia moral de aquel hombre, objeto de adora- 
ción en el seno de su familia y en el seno de su alma, 
y á cuyo lado veía á los demás héroes como pigmeos 
obscuros. Y su ideal, como una estrella, le siguió al 
través de su juventud laboriosa, durante la cual su es-^ 
/píritu inquieto é insaciable no se contentó con beber / 
\en un solo vaso ni de un solo vino. Conoció de varios 
vinos y de sus distintas embriagueces, pero no fué de 
un vaso á otro, li gero _y aturdido copaa-un~jdile,ttante, 
sino con sabia deliberación y método. Mientras estu- 
diaba derecho, ya su inclinación natural le llevaba á 
ciertos estudios puramente literarios, y sobre todo al 
estudio de ciertas cuestion es sociales, en cuya solu- 
ción próxima creía reconocer un progreso, una grande 
utilidad inmediata y positiva para su país y sus com- 
patriotas. Fué á Europa al terminar su carrera de abo- 
gado, y entonces pudo* consagrarse á los estudios que 



« / 



ñ fi 

154 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Habían sido siempre de su devoción y preferencia. 
Ahondó más de una literatura europea y reveló, ade- 
más de su talento claro, un agudo y original modo de 
ver literaturas y arte en trabajos de crítica, aceptados 
y aplaudidos con júbilo en toda la América española. 
Entre las cuestiones sociales más de su agrado esta- 
/ ban lo^jp^ohlemas de la educación en general, y espe- 
cialmente de la educación de las masas. A ellos dedi- 
có Romero la mejor parte de sus vigilias y trabajos. 
De muy cerca observó cómo estaban organizados y 
servidos los diversos ramos de la educación en las tres 
ó cuatro más prósperas y avanzadas naciones de Euro- 
pa. Y tanto los conocimientos adquiridos así, como 
los adquiridos en las páginas de muchos tratados es- 
peciales, Romero los fué aplicando de una manera 
ideal y teórica á las costumbres y á la organización 
casi embrionaria de su país incipiente. En ese trabajo 
concibió grandes proyectos y reformas realizables en 
su país, y con la exposición de esos proyectos y refor- 
mas y de sus ideas personales escribió un libro fuerte 
y bello. Su libro decía cómo era casi primitiva la edu- 
cación en su patria. Según él, de educa ció n moral y 
fígica no existía ni un esbozo, y en cuanto á lajeduca- 
ción intelectual existente, como era entendida y practi- 
cada, tenía tantos vicios y defectos, que ai lado de un 
poco de bien, causaba males innúmeros. Uno de estos 
males era la creación de toda una clase de hombres 
inútiles, declassés, parias v_pgj^ito^ que, después de 
seguir la carrera del médico, del abogado ó del inge- 
niero, no por secreta vocación ni aptitud, sino por la 
facilidad pasmosa y lamentable con que se ganan los 
títulos, remate y fin de las carreras, llegan á cruzarse 
de brazos ante una concurrencia enorme y en un tea- 
tro ya de por sí muy exiguo. Con cifras y documentos 




ÍDOLOS ROTOS 155 

irrefutables reveló, además, cómo la instrucción obli- 
gatoria y gratuita era simplemente una farsa, y á la 
vez proponía los medios de convertir la entonces risi- 
ble farsa en realidad seria y. fecunda. 

A la aparición del libro, un cronista grave y sesudo 
escribió en su periódico( entre un suelto consagrado á 
la última corrida y otro suelto consagrado á decir las 
glorias de una tiple de zarzuelajque el libro represen- 
taba un esfuerzo loable y sano. Los demás cronistas, 
incapaces de examen ni juicio, reprodujeron las mis- 
mas palabras de su colega, muy orondos. Y eso fué 
todo el éxito del libro. Ni el libro de por sí ni la hu- 
milde alabanza del periódico hallaron eco en las esfe- 
ras oficiales; y si acaso lo hallaron sólo fué de protes- 
ta y censura. «¿Cómo se podía dudar de la eficacia de 
una ley como la de instrucción gratuita y obligatoria 
sin ir contra el bando político dominante, para el cual 
esa ley significaba honor, triunfo y bandera?» Es lo 
cierto que, cuando el escritor, publicada su obra, deseó 
abrirse paso hasta donde más directa y provechosa- 
mente pudiera trabajar por sus ideas y sus proyectos 
de reformas, tropezó con infinitos obstáculos, y al fin 
y al cabo fué á dar en el ^desaliento, cuna de su pesi- 
mismo. En el respetabilísimo y colosal engranaje de 
la Administración pública no podía caber un hombre 
con ideas, aún menos en el ministerio encargado de 
impartir al pueblo doctrina y luces. El ministro de la 
Instrucción Pública se hallaba muy bien con sus dos ó 
tres directores y sus demás empleados subalternos, 
prácticos oficinistas y aptos á negociar, como sus jefes, 
no sin buen olfato y buenos instintos mercantiles, con 
las piltrafas de sueldos de pobres diablos de precep- 
tores venidos en demanda de un mendrugo desde las 
más apartadas y recónditas aldeas. «Nada tan natural 



156 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

y típico, según Aroazábel, como el caso de Romero. 
Este representaba al hombre de méritos, inaccesibles 
al vulgo de los más, vencido á fuerza de oprobio y de 
vejámenes en una ^depio^*"**» ojflí^rida p^rn \^ 
peores. ¡Ay de aquel que revelase de algún modo 
pos%er una facultad sobresaliente!: la democracia lo 
excluía, sometiéndole á cuarentena como á un apesta- 
do, ó aislándole para siempre como á ua leproso.» 
Expresar ideas propias, tener un ideal de justicia, apti- 
tudes, orgullo del propio valer, sobrepujar siquiera en 
unas pocas líneas el nivel de los otros, eso bastaba á 
ser inmediatamente sospechado por lo menos de oli- 
garca/Había llegado á entenderse por verdadero de- 
mócrata un hombre desnudo de méritos, desprovisto 
de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos 
zoológicos, falto de pulimento, recién venido de la hez 
para honra y glorificación de la canalla, j\si Romero, 
más bien s ocialista , sobre todo al ventilar problemas 
de educación, no podía ser un buen demócrata, en 
tanto que Amorós, en sus famosos «Rasgos biográfi- 
cos», proclamaba al general Nicomedes Galindo gran 
demócrata unas veces, y otras veces demócrata ilustre. 

Romero, obligado á ser humilde corrector de prue- 
bas en una incolora revista oficia!, á escribir, en cam- 
bio de una mezquina recompensa, en dos periódicos 
pusilánimes, escribiendo á veces, por su placer, de arte 
y literatura, sin fe en su estrella, sin ninguna esperanza, 
descaecida la voluntad, no consideraba, sin embargo, 
con iguales negros colores la vida de los otros, cuando 
en los otros abundaba precisamente lo que en él fué 
causa de ruina. Le parecía evidente el buen éxito ab- 
soluto de la estatua expuesta de Soria, y con igual 
confianza, desconocida de él cuando se trataba de sus 



ÍDOLOS ROTOS 157 

propios asuntos, esperaba que el gobierno encomen- 
dase al artista, al único estatuario de su país, la estatua 
de Sucre, como lo esperaban y se complacían en de- 
cirlo muy quedo algunos otros más, amigos de Soria. 
Sin embargo, á los pocos días de pasearse con Alberto 
en la plaza, Romero no disimuló su extrañeza ante la 
mudez impenetrable de diarios, cronistas y público 
sobre un espectáculo tan raro y exótico eu la ciudad, 
como lo era el de una exposición de obras de arte, si 
reducidísima en número hasta donde era posible, gran- 
de en valor y excelencia. 

Por fin, después de pasar algún tiempo, comenza- 
ron á llegar hasta los dos paseantes, en la plaza misma, 
el rumor de los juicios que las dos obras merecían al 
criterio del público. 

Más que de su mosaico, la plaza tomaba aspecto de 
salón, de la manera como en ella se reunían á depar- 
tir y charlar hacia la tarde, sentados en sillas de al- 
quiler y esparcidos en diferentes grupos, hombres de 
los más notables y algunos que, si no eran notables 
todavía, estaban en camino de serlo pronto. Cada 
grupo, formado, excepto en extraordinarias ocasiones, 
de los mismos individuos, tenía en la plaza un lugar de 
reunión, si no fijo, preferente; siendo por lo común 
lugar preferido de los diversos grupos el pie de algu- 
nos fanales de gas, ó el pie de ciertos árboles. Y como 
en un salón que fuese el primero y el más importante 
de la capital, hasta la plaza llegaban y de ella par- \ 
tían, propagándose á todos los vientos, las crónicas 
de la vida ciudadana: crónicas negras, crónicas de 
amor, y sobre todo crónicas políticas, del mismo color 
de las negras, ó cuando menos muy turbias. Las cró- 
nicas políticas predominaban siempre, y entonces pre- 
valecían como nunca, porque el ambiente político, á 



\ 



158 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

inferir de más de un síntoma, comenzaba á estar bas- 
tante embrollado y borrascoso. Dos graves rumores, 
en esa época, apasionaban y conmovían, sirviéndo- 
les de solaz y esparcimiento, á los distintos grupos de 
la plazayüno de esos rumores era el de un salto sobre 
la Constitución que el entonces presidente de la Re- 
pública, á fin de perpetuarse en las dulzuras del po- 
der, había meditado y resuelto por sí y ante sí, y no 
esperaba sino la ocasión oportuna para darlo con vol- 
tereta y gracia* y en buena compañía. La ocasión 
oportuna era á fines de Febrero ó á comienzos de 
Marzo, al reunirse las Cámaras, y la buena compa- 
ñía la de casi todos los diputados y senadores, en su 
mayor parte ágiles y consumados volatineros. Los 
unos, amigos y empleados del gobierno, acogían el 
anuncio de la voltereta presidencial, justificando y ce- 
lebrando los planes de su jefe; y á quienes objetaban 
temores de una guerra probable sabían responder en 
medio de una sonrisa, entre maliciosa y plácida: «Go- 
bierno es gobierno... y las revoluciones triunfan, cuan- 
do el gobierno las hace, como ahora.» Los otros, es 
decir, los adversarios declarados ó no del gobierno 
y muchos indiferentes, nada optimistas, veían ya rom- 
per y enseñorearse de llanuras y montes, empobre- 
ciendo y sangrando al país, una nueva revolución, 
tan fecunda en bondades y gloria como las prece- 
dentes. Y como razón de estos pronósticos, hablaban 
de los tejemanejes de cierto general, senador de la Re- 
pública, asilado en una de las Antillas próximas, aper- 
cibido á caer bien provisto de municiones de guerra 
en un punto de la costa, cuando algunos de sus más 
valientes amigos le diesen la señal gritando muy alto 
y en son de protesta en las Cámaras. Con ese grito y 
su nombre de militar y enarbolando como bandera la 



ÍDOLOS ROTOS 159 

dignidad de la ley y la inviolabilidad y respeto de la 
Constitución, bien podía el jefe revolucionario expo- 
nerse á la azarosa aventura y alcanzar el triunfo á la 
postre, prometiéndose en este último caso, ya asegu- 
rada la victoria, llevar á buen fin el proyecto causa de 
la guerra, el malvado proyecto de los vencidos, tal vez 
para no quebrantar de ningún modo las buenas tradi- 
ciones miiitares^l segundo rumor alarmante era el de 
una operación ¿anearía audaz y felicísima concebida 
por el ministro de Hacienda contra el creciente males- 
tar económico del país, ya muy cerca de su período 
álgido. Se trataba de un empréstito colosal hecho en 
un rico país extraño y en tales condiciones que permi- 
tiría al malestar económico seguir, al presidente re- 
dondear su fortuna, ai ministro y á sus dos ó tres com- 
pañeros en los trabajos de la felicísima operación 
guarnecer con lustre sus cajas y, además de esos resul- 
tados comunes á otros empréstitos memorandos, trae- 
ría, como adehala y consecuencia inminente, compro- 
metido el territorio de la República y la misma nacio- 
nalidad en bancarrota. 

La operación bancaria concebida del ministro y la 
evolución política del presidente, como se expresaban 
los áulicos, fueron por esos días el tema obligado de 
las conversaciones en los corros de la plaza y en la 
ciudad entera. En los corros de la plaza, aparte uno 
que otro ímpetu insospechable, cada cual discutía y 
comentaba la presunta maniobra del ministro y la 
evolución del presidente, según se hallase lejos ó no 
del único resultado positivo del empréstito, ó según 
compartiese ó no la omnímoda gracia del César mas- 
todonte. 

Algunos abogados jueces y otros coh gas del Foro 
venían, al salir de los tribunales, á descansar del mono- 



160 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

tono hastio del indispensable procedimiento, sentados 
en círculo al pie de una maría escuálida y larguirucha; 
y disertando sobre el nuevo cariz de los sucesos pú- 
blicos, no cesaban de hacerse la melancólica ilusión de 
constituir un poder en el Estado, cuando en realidad 
no eran sino un estado del Poder. Más lejos, á la som- 
bra de unos árboles y al pie de un fanal de gas, re- 
uníanse unos cuantos miembros de la Academia de la 
Lengua — inusitado lujo de una democracia andrajo- 
sa — y otros hombres no académicos, si bien academi- 
zables, literatos á medias y á medias políticos. Enfren- 
te del grupo académico, el de personajes exclusiva- 
mente consagrados á la política: ahí se congregaban 
éstos, trayendo cada quien el reflejo y el perfume de su 
particular adoración, pues los unos vivían de hacerle 
corte al ministro Suárez, otros á Galindo, otros al mi- 
nistro de la Guerra, casi tan prestigioso y culto como 
Galindo, vanagloriándose todos de ser los cortesanos 
más ó menos favorecidos del César. En su mayor 
parte pertenecían á la clase denunciada, en el libro de 
Romero sobre la educación, como una clase peligrosa 
de parásitos y de parias, doctores que, después de es- 
perar inútilmente una clientela, se resignan á deponer 
su título y su honra ante el último general triunfador 
y semibárbaro, desecho y fruto de las guerras civiles. 
Desviados de su profesión, vienen á dar, como en un 
refugio, en la política; y en la política suben y medran, 
si se acogen á tiempo al resplandor de una espada. 
Detrás de los vivos laureles de un guerrillero afortu - 
nado, van ellos arrastrando sus pálidos laureles de doc- 
tores nulos ó indignos; y sucede á veces que los doc- 
tores, con su lastre pesado ó ligero de cultura, vencen 
en apetito feroz — tal vez por deseo de vengar su vida 
estéril— ai desalmado jayán de que hicieron su ídolo. 



ÍDOLOS ROTOS 161 

Sobresalían entre los personajes políticos, realizando 
los tipos extremos de su clase, dos hombresynmo que 
en sus mocedades fué médico, d e m a[g staosa_figura, 
de afectos nobles, pero mal servidos ó traicionados 
por una indolencia infinita, y de talento claro y gran- 
de, pero vano y ocioso, como tierra propicia á las 
mieses, pero abandonada á sí misma, bajo la lluvia y 
el sol, yerma y desnuda, mientras le roe las entrañas 
un gran sueño de espigas, de racimos y flores;^ otro, 
un tal Perdomo, entonces diputado por el Zulia, que 
en su perfil durísimo, en su mandíbula saliente, en sus 
labios gruesos y procaces, en todos sus movimientos 
y en toda su persona revelaba los instintos de una ali- 
maña carnicera. 

La primera expresión del juicio público sobre las doi 
obras de arte expuestas, les vino á Soria y Romero del 
diputado Perdomo. Delante de Perdomo, alguien ha- 
bló de la Madona y la estatua, y el diputado por el 
Zulia, con el aplauso de su auditorio y con aires de su- 
ficiencia y lástima, dijo no concebir cómo, en el mo- 
mento en que se discutían los más trascendentales pro- 
blemas, hubiese quienes malgastaran el tiempo hacien- 
do mujercitas de barro y pintando Vírgenes. 

Fuera de los mencionados grupos, esmaltaban la 
plaza otros de formación caprichosa. 

De entre los académicos, de un modo invariable, 
todas las tardes á la misma hora partía á juntarse con 
el señor Fabricio Ramos, al pie de un jabillo enfermo, 
el académico don Miguel Rincones. Aislados, en aisla- 
miento olímpico, del resto de los mortales, el espaldar 
de la silla de uno de ellos contra el exangüe tronco 
del jabillo, reanudaban ahí su perpetuo diálogo, inte- 
rrumpido sólo durante las horas de trabajo y de 
sueno. 

11 



162 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Don Miguel Rincones, el académico, andaba como 
á saltitos, la cabeza inclinada sobre un hombro, los 
ojos al suelo, y en su rostro y ademanes la repugnante 
expresión de las modestias fingidas. Bajo sus aparien- 
cias apacibles, calmosas, ocultaba las torturas de una 
ambición y una vanidad no satisfechas. Desde los 
treinta años, y ya frisaba con los cincuenta y seis, per- 
seguía como ideal una cartera de ministro, y en dos 
efímeras ocasiones tuvo el ideal en sus manos, para 
después vivir echándolo menos, y acumulando envi- 
dia, bilis y amarguras que él desahogaba sobre cual- 
quiera pergeñador de versos ó de prosa. 

Fabricio Ramos era tenido en la ciudad por crítico 
eminente. En su juventud recorrió, en viaje de placer, 
los principales museos españoles, franceses é italianos, 
y de entonces databa su autoridad y competencia de 
crítico. Así juzgaba de esculturas y cuadros como de 
músicas, y no se desdeñaba á veces de bajar de su 
Olimpo á discutir los méritos del último comiqui- 
11o de la legua ó del más ; humilde comprimario de 
ópera. Muy raras cosas escapaban á su crítica univer- 
sal de zahori infalible. Ramos y Rincones venían des- 
de su juventud unidos estrechamente, si no por igual 
ambición, por la misma vanidad literaria, igual envi- 
dia é igual modo cobarde y anónimo de ejercerla. 
Toda novedad literaria y artística les causaba insom- 
nios, y cada nueva reputación en arte y literatura, na- 
cional ó extranjera, les ponía fuera de sí, como un 
robo hecho á su propia reputación y fama. Entre los 
dos, maridando sus luces é ingenios, perpetraban pro- 
sas desabridas é hirientes, y las firmaban después 
con iniciales que no eran las de sus nombres. Ambos, 
además, diciéndose liberales en política, pertenecían 
al «Centro Católico» y profesaban públicamente la 



ÍDOLOS ROTOS 163 

ortodoxia más dura, estrecha y áspera, merced á la 
cual gozab?n de la estima y los honores de beatas y 
clérigos. Ni UDa vez, en todos los años que tenían vi- 
niendo á la plaza á sentarse juntos al pie del'fmismo 
árbol y á la misma hora, olvidaron, al resonar en la 
más próxima iglesia la primera campanada del Ánge- 
lus, descubrirse, luciendo el crítico una tersa calva 
cuasi luminosa, y el académico una gran frente fugitiva. 
Alberto conocía á Fabricio Ramos por haberle visto 
y encontrado muchas veces en compañía de Julio Es- 
quivel; á don Miguel Rincones le conoció al empezar 
sus oaseos en la plaza. En cambio, Romero conocía 
mucho á los dos y era de los dos muy conocido. El 
académico y el crítico le miraban con ojeriza impla- 
cable, no del todo injusta.' No le perdonaban un epi- 
grama fino y delicioso en que Romero aludía á ellos 
dos, y cruelmente. Con el título «Muerte de la Hama- 
driada», el epigrama contaba, en su breve forma per- 
fecta, las_trjst£zas, la enfermedad y la agonía de una 
encina transplantada de sus bosques á una plaza pú- 
blica. Ahí, á la sombra de la encina, acostumbraron 
acogerse á dialogar dos académicos, y bajo la canción 
de las hojas, todos los días, esparcieron el vano ru- 
mor de sus palabras. La encina desde entonces co- 
menzó á^ejraejora»-, languidecer y morir j^cjo.zLpoco, 
no porque una turba de parásitos dañinos, como el 
jabillo tinoso predilecto de Rincones y Ramos, la in- 
vadiera, sino porque la hamadriada, la semidiosa ocul- 
ta en la cárcel de su corteza, enfermaba y moría. 
Moría de oir los discretos diálogos académicos. El 
hastio, un hastío insondable y mortal llegó á la semi- 
diosa, al través de la corteza de la encina, llevado en 
esos diálogos. Estos, pjüidps, mu y soso s, m uy tristes , 
no encerraban la menor belleza, ni fragancia, ni mú- 



164 , MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

sica. Aquellos hombres habían, si acaso, visto al- 
guna vez dejjdios Pan la cabeza bicorne y las pezu- 
ñas caprípedes, pero jamás oído el son melodioso de 
su flauta. Prisionera del árbol, no pudo la semidiosa 
arrojar lejos de sí á sus vecinos incómodos, y la deses- 
peración y la rabia acabaron la obra del hastío. Poco 
á poco la hamadriada vio ajarse la húmeda y verde 
flor de su belleza, y á no habérsele apagado á tiempo 
las esmeraldas de sus ojos, habría visto colgar sus pe- 
chos inútiles, como exprimidos frutos glaucos. Muerta 
la hamadriada, murió el árbol, y de la encina quedó 
la forma seca, el ruin esqueleto cuyos brazos extendi- 
dos y obscuros parecían, en su desnudez lamentable, 
clamar inútilmente por su antiguo verdor y la antigua 
canción de sus hojas al cielo azul é impasible. 

Como lazo de unión entre los grupos de la plaza, 
andaban de uno á otro, sin respetar á veces los ín- 
timos coloquios de Rincones y Ramos, é interrumpien- 
do otras veces el ir y venir de los paseantes, Perdomo 
el diputado, y Diéguez Torres. Perdomo practicaba 
asi la que él tenía por una de las más indispensables 
condiciones del político perfecto: la de hablar con el 
mayor número de gentes, en el espacio de tiempo más 
corto, sobre asuntos de la más diversa índole. Hablar 
mucho significaba para él pensar abundantemente. A 
su juicio, taciturno é imbécil representaban una misma 
cosa. Y como siempre tenía en los labios un riquísimo 
sartal de frases, vivía feliz, figurándose poseer bajo el 
cráneo vastas minas de ideas. Diéguez Torres, más 
inteligente, y por lo tanto menos charlatán, iba de 
grupo en gupo recogiendo especies y palabras útiles 
á sus fines, adulando á unos, bromeando con otros, 
esparciendo cizañas, armando enredos, buscándose 
auxiliares y amigos, esgrimiendo, en fin, en defensa 



ÍDOLOS ROTOS 165 

de su obra de luchador, como decía él, sus mejores 
armas, entre ellas la calumnia. Su habilidad indiscuti- 
ble consistía en recoger las alabanzas hechas á terce- 
ros y llevarlas, convertidas en ofensas ó en algo peor, 
á oídos de los interesados. A pesar de eso, ó más bien 
á causa de eso, le acataban mucho. Al acercarse á él, 
se le tendían las manos, y palabras y frases cariñosas 
volaban á su encuentro. Entre los más apresurados en 
acatarle había algunos públicamente escarnecidos por 
él en artículos de periódico. Le temían, y como esta 
fué la ambición de sus comienzos, él saboreaba la glo- 
ria de saberse temido. Los políticos, aun los más vie- 
jos, no dejaban de respetar al político principiante: 
demasiado conocían su falta de escrúpulos. Diéguez 
Torres, á quien ayer le dio limosna, le dispensó aplau- 
sos ó le probó cariño, hoy, si convenía á su interés, le 
vapuleaba sin piedad en su burda prosa canallesca. 
La noticia de los planes del presidente cayó como in- 
esperada bendición del cielo sobre Diéguez Torres. 
Este llevó su actividad á la plenitud, y conoció la in- 
tensa y áspera alegría de quienes luchan con fe ciega 
en la victoria. Su trajinar en la plaza de corro en 
corro aumentó, y aumentaron sus cuchicheos y signos 
misteriosos con sus amigos y admiradores; pues Dié- 
guez tenía admiradores, y bien podía oponer á la de 
cualquiera general-ministro su tropa de cortesanos. En 
los planes del Presidente, á fin de perpetuarse en el 
poder, entraba el dividir la República, volviendo á una 
división antigua, en Estados más numerosos. Los nue- 
vos Estados exigirían diputados y senadores, y Dié- 
guez Torres contaba con ser uno de los nuevos dipu- 
tados. Alguien lo esperanzó desde un principio, pro- 
metiéndole ayudarle en realizar sus propósitos, y esa 
era la secreta causa de su mayor actividad y alegría. 



166 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Para hacer más rápida y fácil su obra, ó más bien la 
coronación de su obra, ocurriósele á Diéguez Torres 
una idea brillante: dentro de poco se cumpliría el ani- 
versario de la elección del Presidente, y ningún pre- 
texto mejor para halagar al César, manteniéndole pro- 
picio. Bastaba enderezarle, con motivo del aniversario 
de su elección y de modo público, en hoja impresa, 
felicitaciones y plácemes calurosos, firmados por cuan- 
tos distinguidos liberales jóvenes quisieran, figurando 
él, Diéguez Torres, como el primero de los firmantes. 
Ya sabría él, más tarde, monopolizar los méritos de 
aquellas felicitaciones públicas. Por de pronto buscaba 
sus víctimas. Una tarde se cruzó con Soria y Romero 
en la plaza, y acercóse á ellos, saludándoles con 
afectada amabilidad zalamera. Mientras les daba la 
mano se dirigió á Soria/ diciéndole: «Mis felicitacio- 
nes... Muy bonita su estatuica.» Luego, sin otra pala- 
bra, se alejó Diéguez Torres, y los dos paseantes pro- 
siguieron su interrumpido paseo. Al marcharse el po- 
liticastro, Romero vio con ojos tristes á su amigo: — No 
te extrañe, ni te importe eso de la estatuica. La envi- 
dia es así. Así es Diéguez Torres. Me parece estarle 
oyendo, cuando publiqué mi libro y cometí la bobada 
de enviarle un ejemplar, decirme con tono y aires 
protectores: «Muy bueno tu folletico.> Y el folletico 
tiene trescientas páginas escritas en no muy mala 
prosa. La envidia es así: en un matiz de expresión, en 
una palabra, en una sombra halla asidero. 

Dos días después, Diéguez Torres volvió á saludar- 
les, y entonces les invitó á firmar l a hoja de jelicitacio- 
nes dirigida&JlLIÍEesidente. Romero negó su firma, sin 
ambages. Alberto se limitó á decir á manera de excu- 
sa: — No soy político, señor Diéguez. Soy un simple 
escultor. Usted lo sabe. No soy político. —¿Eso qué 




ÍDOLOS ROTOS 167 

importa? Usted sabe que aquí todo tiene que hacer 
con la política. Imagínese usted que mañana el gobier- 
no decida erigir, á no importa quién, una estatua. A 
usted le gustaría sin duda le encargasen de la obra, 
¿no es verdad? Pues el gobierno, en vez de encomen- 
dársela á usted, se la encomendaría á un extranjero, si 
no lo cree á usted su amigo. — El no firmar esa hoja 
no creo que equivalga á ser enemigo de nadie. — Sin 
duda. Yo tampoco lo creo; pero no todos piensan 
como usted y yo. En fin, usted verá... Si se resuelve á 
dar su valiosa firma, puede hacerlo hasta pasado ma- 
ñana. Aquí mismo, en la plaza, mañana y pasado ma- 
ñana podemos vernos. — Es inútil, Diéguez Torres. 
— Será como usted quiera. 

Partido el politicastro, Romero empezó á dolerse, á 
lamentarse, á contagiar de su pesimismo á Alberto 
Soria. Después de haber negado su firma con irrecu- 
sable firmeza, pensaba en voz alta, hablando con So- 
ria, en las consecuencias posibles de su negativa ro- 
tunda. - Ese hombre es un miserable. Todo puede te- 
merse de él. Y por los dos le temo. Lo _peor es que 
vivimos entre innumerables Diéguez Torres. Son le- 
gión, y de ellos es la tierruca. ¡La patria! eso no existe 
para nosotros.> 

Y Romero continuó hablando de cómo nadie pare- 
cía haberse fijado en la Madona y la estatua, expuestas 
hacía tiempo. Apenas un periódico, reputado el más 
serio, acababa de publicar sobre las dos obras de arte 
un mezquino suelto de crónica, zurcido con tan ma- 
quiavélica destreza, que según la disposición de ánimo 
del lector, éste podía leer en el suelto elogios ó censu- 
ras. — Perdomo estuvo muy cerca de la verdad al de- 
cir cómo es malgastar el tiempo emplearlo pintando 
Vírgenes y esculpiendo Venus criollas. Tiene razón. 



k 



«M 



168 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

En una atmósfera llena de miseria y fealdad política 
s no cabe una_chispa de arte, ni un fulgor de belleza. > 
Y hablando, hablando, con igual amargura desespe- 
rada, Romero terminó por desear que el Bolívar del 
monumento de la plaza y su caballo de bronce des- 
aparecieran de improviso, una tarde, entre la lluvia de 
rosas del crepúsculo, en ua relámpago, para que no 
honrasen más con su gloriosa pesadumbre aquel pe- 
dazo de tierra maldito, como un pudridero de con- 
ciencias. 

Al fin, las crónicas políticas empezaron á discutirse 
menos. Una tarde, fueron completamente olvidadas 
En cambio, no se habló esa tarde sino de un suceso 
muy reciente que no dejaba de tener sus puntos de se- 
mejanza con las crónicas política 5. Tratábase de un 
robo hecho á la caja de una grande empresa mercan- 
til por dos jóvenes, miembros de dos familias de las 
más notables. De corro en corro, con el polvo y las 
hojas caídas, rodaron sobre el mosaico de la plaza los 
nombres de esos jóvenes. Y los mismos que días antes 
hablaban del proyectado empréstito, ó mejor, del pro- 
yectado robo de varios millones, como de algo muy 
justo, se mostraban escandalizados ante la ratería de 
los dandys, como ante un crimen descomunal y mons- 
truoso que desquiciara el universo. 

Precisamente en la noche de ese día, Sandoval llegó 
al «ghetto», al círculo de intelectuales reunido un rato, 
como de costumbre por la noche, alrededor de una 
mesa de un café vecino de la plaza, agitando en los 
aires, con la mano derecha, un periódico. Este era el 
único periódico religioso de la ciudad, y en él había 
un artículo lleno de alusiones insultantes para Sando- 
val y Soria. El artículo no mencionaba á ninguno de 



ÍDOLOS ROTOS 169 

los dos artistas é iba firmado por una equis. Mas lo in- 
sulso de su prosa y la cobardía del ataque denuncia- 
ban claramente el alma y la pluma de Fabricio Ramos 
y don Miguel Rincones. El artículo hablaba de ciertos 
jóvenes que por haber pasado los mares y haber vivido 
en París creíanse autorizados á pintar y esculpir inde- 
cencias; maldecía del arte con que esos jóvenes medio 
locos pretendían corromper una sociedad culta, muy 
honrada y católica, arte sensual, voluptuoso, pagano, 
todo impudicia y desnudeces; y el anónimo, dejando 
brotar la mala fe entre vaciedad y vaciedad como un 
negro chorro de fango, terminaba por aconsejar á los 
padres y madres de familia, buenos católicos, evitasen 
á la inocente mirada de sus renuevos el espectáculo de 
obras que no eran sino frutos de aquel arte podrido. 

Cuando uno de ellos acabó de leer en voz alta el 
articulo anónimo, Emazábel dijo: 

— El presidente y los ministros proyectan y consu- 
marán un robo en grande; dos de nuestros dandys 
consuman un robo en pequeño; y ustedes pagan. Si 
nosotros dejamos hacer, nunca reinará aquí otra justi- 
cia: justos por pecadores: justicia de sacristía que no 
se atreve coa los bandidos del Poder, ni con los rate- 
ros de salón, y cierra con el arte y el artista, indefen- 
sos por nobles. 

— Todo eso dan ganas de llorar — exclamó Romero. 

--¿Y por qué no de reir? — gritó Alfonzo. 

Soria no dijo ni una palabra; pero en sus ojos había 
toda la tristeza del mundo. Y cuando muy tarde, esa 
noche, volvía á su casa, hallóse viendo y consideran- 
do, si no con verdadero odio, con algo muy parecido 
al odio verdadero, losjiojabrfis, l as cosa s, todo lo de 
aquella ciudad estrecha y mezquina, de conciencia, 
como sus calles, angosta y sucia. . >• 



IV 



Los últimos rumores políticos y el estado de alma 
de sus camaradas de «ghetto> en aquellos días acaba- 
ron por decidir á Emazábel á tratar de poner en prác- 
tica los planes que él, de muy atrás, venía ampliando 
y hermoseando en su mente. El estado de alma de sus 
camaradas era, según él, fácil de convertirse en estí- 
mulo provechoso, en áspero deseo de combate, deri- 
vado luego en acciones fecundas. El despecho y la ira 
de Soria y sus amigos, ante el esfuerzo de arte burla- 
do, podía cambiarse en energía salvadora y durable, 
capaz de sustituir en el escultor y en los otros una vo- 
luntad que no tenían, ó la tenían descalabrada y en- 
ferma. Así, el primero á quien manifestó sus planes, 
ganándolo á ellos, fué Soria. Como había previsto, en 
él no halló resistencia ninguna. 

Soria acogió las ideas y los proyectos de Emazábel 
como necesidad imprescindible, y sin la más mínima 
sorpresa, como algo que él esperase, hasta parecerle, 
mientras el amigo exponía sus pensamientos, estar es- 
cuchando en otros labios algo que él había concebido, 
como si las palabras de Emazábel no hicieran sino 
/ desvauecer las brumas de un rincón de su alma, ó 
\*Aj¿f / evocar en su alma las figuras dudos as y l os conto rnos 
\. indecispjSj vagos, confusos, de un an tiguo sueño. El, 
\ como la mayor parte de sus camaradas, había entre- 




ÍDOLOS ROTOS 171 



visto aquella obra, pero la había entrevisto muy lejos, 
en una época distante, en un siglo futuro, trabajada 
de otras manos, cuando de las suyas no quedaría pol- 
vo ni recuerdo. Ahora, al través de los labios de su 
amigo, la veía claramente, libre de nieblas y vagueda - 
des, co mo un b loque de mármol traído á sus pies y en 
cuyo centro duro sus ojos de escultor adivinasen, pri- 
sionera del mármol, una estatua prodigiosa. Con hu- 
mildad reconoció no haber soñado la obra tan grande 
ni tan bella como surgía de las palabras y del alma de 
Egaazáb el, médico , no artista. En efecto, en el alma de 
éste y en las palabras con que él decía la magnitud ó 
delineaba los grandes lineamentos de la obra, la obra 
aparecía derramando, como perfume de vida, como 
hálitos de selvas primaverales, tesoros de una belleza 
nueva, belleza jn ilitante. belleza heroica: la b elleza d e 
la acción, quizás más grande y seductora que la belle- 
za de las obras de arte y la belleza le los BQ6¿Ot hon- 
dos é impasibles conao_ lagos profundos en cuyo cris- 
tal inmóvil beben los árboles frescura y silencio. 

Cuando Emazábel creyó haber comunicado á Soria 
el ardor y el entusiasmo de su causa, deseó dar parte 
de sus proyectos á los demás amigos, cuya disposición 
de ánimo debía de ser, si no idéntica, parecida á la de 
Soria. Este se brindó á convocarlos á todos en su ta- 
ller, y en su taller los congregó cierta noche de Enero, 
alrededor de una lámpara, de luz pobre y mustia. Sen- 
tado junto á esa lámpara puesta sobre un velador, 
Emazábel discurría. Los demás escuchaban, sentados 
los unos en la chaise-lorume. otros en sillas de paja, 
otros en fragmentos de mármol á medio pulir y en es- 
caños de madera. Fuera del reducido círculo de luz, 
en la penumbra de las paredes, dos bajorrelieves cele- 
braban gigantescas batallas mitológicas, y sonreía el 



172 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Fauno violador de ninfas en su copia de yeso. De vez 
en cuando, maquinalmente, Emazábel movía la lám- 
para, y entonces, en una pared, la silueta del Fauno 
disminuía ó se agrandaba, disminuyendo ó exagerán- 
dose á la vez la sonrisa de sus labios irónicos. 

De todos los del «ghetto», Emazábel era quizás el 
único de voluntad sana. Se lamentaba como los otros, 
pero sin perder nunca ios bríos. Todo mal daba á su 
espíritu ocasión de trabajo, de análisis y de irse en 
busca de remedios. Las circunstancias más difíciles no 
le turbaban y salía de ellas airoso. Los obstáculos más 
bien servían de gimnástica á su ingenio: tales y tantos 
recursos creaba él para sobrepujarlos. Pero además de 
esos recursos «ácidos bajo el imperioso aguijón de la 
necesidad, andaba él siempre con uno ó varios pro- 
yectos, condenados casi todos á no pasar nunca de 
proyectos. «Caja de sorpresas» le llamaban con cierta 
zumba amable sus amigos, así por su manía de forjar 
vanos proyectos como por su abundancia de recursos 
en los momentos difíciles. Su padre, hombre práctico 
y sereno como pocos, había hecho de él, por una edu- 
cación liberal sin hipocresías, un alma libre y fuerte. 
Le enseñó á conservar en todo la calma reflexiva del 
sabio, á sufrir decepciones, y á no dejarse entristecer 
más de lo justo por contratiempos y reveses. Con po- 
cos bienes de fortuna, legó á su hijo al morir una gran 
riqueza de palabras y consejos útiles guardados des- 
pués en la memoria filial como preciosos amuletos en 
un relicario inviolable. Alguna de esas palabras le evitó 
dolores y tristezas. Así, el fácil triunfo de los medio- 
cres favorecidos ni quebrantaba su confianza en su 
propio valer, ni le ocasionaba pesadumbres. A cada 
golpe de la injusticia, ya estaba la voz paterna cantan- 




ÍDOLOS ROTOS 173 

lole en la memoria como en los días de su juventud: «Sé 
honrado. Y cuenta contigo mismo, que tú no eres hijo 
de procer.» Su padre conoció una generación de hijos 
de proceres: la de los hijos de proceres de la Indepen- 
dencia; él conocía la de los hijos de proceres liberales. 
El favor había pasado de unas frentes á otras frentes, 
de una generación á otra, pero continuaba siendo fa- 
vor, y por tanto injusticia. Ciertos nombres iban rodea- 
dos de aureola, y quienes los llevaban obtenían, me- 
reciéndolo ó no, acceso á ias más envidiables alturas 
y derecho á una buena porción de prebendas y regalo. 
La palabra del padre, aplicada á otros nombres y 
á otra época seguía siendo oportuna, pues tampoco 
entre los proceres federales contaba Emazábel con 
abuelos. Con esos dichos felices y de otros varios mo- 
dos, la educación paterna había dado temple á su ca- 
rácter y fortalecido su piel para toda suerte de luchas. 
El único error de su padre consistía, al decir de Emazá- 
bel, en haberle enviado á rematar sus estudios médi- 
cos á Europa. Sin embargo, ese error lo atenuaron 
mil consejos rebosantes de cordura, al través de los 
cuales aquel hombre de instrucción escasa, no hecho á 
finezas y disquisiciones de psicólogo, parecía adivinar 
con lucidez incomparable todos los males, tristezas y 
desdichas á que está expuesto quien de su tierra na- 
tal, asiento de una vaga sombra ó remedo de civiliza- 
ción, pasa á vivir en una ciudad lejana, trono de la 
civilización más floreciente, los mejores años juveniles. 
Esos males, y otros de igual proveniencia, frutos 
del contacto de almas nacidas en pueblos jóvenes, casi 
rudimentarios, con la civilización de pueblos moder- 
nos y prósperos, los estudió Emazábel en sus conterrá- 
neos mismos, y bajo sus múltiples formas, desde las 
inofensivas por superficiales hasta las más graves y 



174 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

crueles. «Con los daños cada vez mayores del cosmo» 
^1{KJ politismo en su país, y quizás en todos los pueblos de 

la tierra latino-americana, era posible hacer un gran vo- 
lumen, al cual se diese por solo título «París >, porque 
si otra ciudad europea y alguna de la América sajona 
ejercen, al igual de París, grande influencia nociva en 
el desarrollo y costumbres de aquellos pueblos, París, 
que en el mal, en los vicios y en la seducción compen- 
dia á todas las ciudades, había de compendiarlas, asi 
como en la culpa, en el reproche. Broza desdeñable 
era la que París derramaba de vez en cuando en forma 
de lechuguinos y damiselas «inconformes», en los cua- 
les el amor á la ciudad extraña y el desamor á la pro- 
pia reconocían entre otras causas de igual fuste, ya el 
perpetuo bochorno de los mediodías en la ciudad pa- 
tria, ya el polvo de sus calles, olvidadas de una mu- 
nicipalidad empobrecida, polvo tenaz, abundante y 
perverso que, á la hora de los paseos en coche, hacia 
la tarde, mientras el cielo v uelca sobre la ciudad in- 

difejeiite^su^^ájL^W^^^.^u^o^as» se a ^ za Da J° l as 
ruedas de los coches, y al pisar de los caballos, flota 
en los aires como nube, cuelga como^un velo diáfano 
de los techos, refleja, suspendido así, la gloriajjurpú- 
rea del crepjisímkiL muriejite, cae y se pega de las pa- 
redes, afeándolas, penetra en los salones y deslustra 
los muebles primorosos, no respeta joyas ni trajes é 
impide lucir, á quienes pueden lucirlos, joyas inmacu- 
ladas y trajes frescos. Pero entre esos como títeres de 
una feria elegante, y con sus vanidades é insulseces, 
deslizábanse los adulterios medio ocultos, como en la 
hojarasca las víboras. El punto de partida de muchos 
adulterios en el seno de Cosmópolis estaba, según 
Emazábel, en un error muy análogo al error de todo 
estudiante de América recién llegado á París, cuando 






ÍDOLOS ROTOS 175 



se cree en la presencia de uns gran dama al divisar la 
primera pindonga vestida de gemas, encajes jr tules. A 
la observación errónea, ó más bien á la ninguna ob- 
servación, correspondía un concepto falso del alma 
parisiense y un nuevo modo personal de ver los hom- 
bres y las cosas. A esto se agregaba el roce con aven- 
tureras de todos linajes y países, la sugestión grosera 
del bulevar, el café y los teatros, y la sugestión más 
fina de novelas y cuentos, velada con los primores y 
donaires del estilo, como ponzoña bajo mieles. 

Almas de simples, casi bastas é inocentes, París las 
devolvía monstruosas, como si la gran ciudad, merced 
á un maleficio, despertase b? jo la corteza del hombre 
medio civilizado al hombre-bestia de las cavernas pa- 
lustres. Hombres públicos honestos, libres de mácula 
hasta el instante de embriagarse con la espléndida vi- 
sión de París, regresaban con ásperos apetitos de lo- 
bos. En vez de traer á la patria las mejoras en sus via- 
jes entrevistas, procuraban á su vuelta engrandecer y 
perpetuar el crimen de una administración que de muy 
atrás venía siendo el abuso y el robo organizados; y 
en sus aventuras y manejos torpes no tenían otro sue- 
ño ni otro fin que el de volver más tarde, con más 
descanso y más dineros á saborear con sibarítica bea- 
titud el espectáculo esplendoroso de París enfiesta, 
derramando, las noches claras, alegrías, perfumes y 
des eos loco s á las orillas de su río, sobre los arcos de 
sus puentes, por el cauce rumoroso de sus bulevares 
amplios, entre cuyas ringlas de fanales inmóviles re- 
bulle como hervidero de polícromos gusanos de luz la 
inquieta muchedumbre de fanales de color de las ca- 
rrozas en marcha. 

Pero tal vez el mayor de los daños de Cosmópolis, 
ó de París, como Emazábel decía, era el daño hecho 



176 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

á los intelectuales, hombres de ciencia y artistas. En 
ellos, casi fatalmente, con el nivel intelectual crecía el 
desapego al terruño. Hijos, en su mayor parte, de 
europeos transplantados á América en los días de la co- 
lonia, ó en los albores de la República, predispuestos, 
además, por la educación y los libros, hallaban en 
Europa un ambiente no extraño del todo, en el cual vi- 
vían hombres de su misma raza, cuyos abuelos habían 
sido hermanos de sus abuelos, como hijos de remotos 
antepasados comunes. El medio, con facilidad, poco á 
poco, ó rápidamente, los poseía. Se les insinuaba con 
sus bellezas, con sus virtudes y sus vicios; les daba sus 
¡deas, jrustos é ideales; hacía" al cabo desaparecer de 
sus nervios, á modo de rastro fugaz, la memoria de las 
últimas generaciones que les habían precedido, hasta 
dejarles como si en realidad continuaran á sus distan- 
tes abuelos de Europa, sin venir al través de varias 
generaciones dejcolfínos, Jibertadores y republica nos 
de América. El conflicto moralcle ese estado de alma 
proveniente se revelaba á muchos de ellos, á poco de 
volver á su país, en la ausencia absoluta de harmonía 
entre el nuevo medio y sus almas. El nuevo ambiente 
era hostil á sus ideas, gustos é ideales. Y por toda su 
vida interior venían á ser al fin, en medio de sus com- 
patriotas, como extranjeros que hablasen una lengua 
incomprensible. Perplejos, desalentados ante la em- 
presa formidable de luchar con el medio, corrigiéndolo, 
depurándolo, haciéndolo á sus almas, cambiándolo de 
adversario en amigo, caían en la más cobarde inacción, 
enfermaban en su país de la triste y acerba nostalgia 
de otros países, mientras pasaba melancólica y estéril 
su juventud, y sentían agonizar, consumida de atrofia 
incurable, su voluntad sin empleo. Tal era, con algunas 
diferencias de matices, la historia de casi todos aque- 



líos ioven 



ÍDOLOS ROTOS 177 



los jóvenes, artistas y hombres de ciencia, amigos de 
Emazábel. Rechazados por el medio hostil, se retraían 
á su propia timidez, y quedaban recluidos, aislados 
como en un ghetto, ó como en un hospital de leprosos. 

«A veces nuestro orgullo, decía Emazábel, nos acon- 
seja ver en esa reclusión de apestados una>honra, y en 
nuestro ghetto un Olimpo. Mas de cualquier modo 
que designemos el rincón en donde míseramente ve- 
getamos, ghetto ú Olimpo, ahí nos vencen y nos bur- 
lan. Quejándonos por lo bajo, en realidad asistimos 
como espectadores indiferentes al triunfo de los me- 
diocres y los perversos, al triunfo de los Diéguez To- 
rres y los Galindo, á la dignificación de los crímenes, 
á la apoteosis del robo, al desmoronamiento de la pa- 
tria. Somos, en nuestra democracia, un agregado iner- 
te, perjudicial como inútil, cuando en nosotros podría 
tener principios dichosos ia regeneración del país, la 
patria nueva. La obra de, l ns 1jfr*»rfraHnr«»« r incomple ta 
por fuerza de las cosas, apenas habrá sido aumentada 
en un ápice. Ellos nos legaron cuanto podían legarnos: 
un territorio libre, habitado de hombres también libres. 
Pero hombres libres en territorio libre, por si solos no 
forman pueblo ó nación, en el sentido filosófico de 
estas palabras. Es preciso que entre esos hombres, con 
tradiciones comunes, aparezcan, se desarrollen y en- 
trelacen, á manera de red sutilísima, instintos, odios, 
amores y tendencias comunes, cuyo conjunto viene á v 
constituir el alma de un pueblo. Por la creación de esa 
alma nacional, poco ó nada se ha hecho de efectivo 
entre nosotros. Los partidos políticos, en su lucha por 
la dominación y el poder, han olvidado completar la 
obra d~ nuestros ti vez ur.cv.de ellos puede 

reivindicar en su favor una efímera florescencia de 

12 






178 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

principios é ideales nobles, abierta en la conciencia del 
pueblo como ua alba gloriosa y fugitiva. Pero ese par- 
tido, llegado al poder, se corrompió en el estanca- 
miento y el reposo: después de realizar á medias al- 
gunos de sus más nobles ideales, no se tomó el trar* 
bajo de crear ideales nuevos; se olvidó de sus ideas y 
doctrinas; como antes el partido contrario, cayó de 
hinojos ante un hombre transformado en fetiche; y 
hoy, todavía en el poder, se está muriendo. Lo 
que de él queda sano, podría salvarse con el rá- 
pido ingerto de una rama vigorosa. ¿Poj^quéno 
habríamos nosotros de ser esa rama? No hablo de 
llegar á la política por las tortuosas veredas por donde 
van los Diéguez Torres, ni por las de sangre y lá- 
grimas por donde llegan los Galindo. Nosotros iría- 
mos á la política, procurando precisamente por la crea^ 
ción de aquella alma, de aquella conciencia nacional 
en el duro bronce de las masas. ¿Por qué no hemos de 
ser, nosotros los intelectuales, capaces y~o f ígnos de 
tan alta empresa? De realizarla, haríamos el bien de 
la patria y nuestro bien; saldríamos del ghetto en don- 
de ahora nos recluyen, y periodistas venales y gene- 
ralotes ministros dejarían de humillarnos con la inso- 
lencia de sus fáciles victorias. Esa obra, toda está por 
hacer, y por lo mismo es fácil á cada uno emplear en 
ella con fruto sus habilidades y fuerzas. ¿Carecemos 
de voluntad? Bien lo sé, pero la voluntad puede 
crearse. En vez de ir esparciendo lamentaciones, reco- 
jámoslas en un grito; hagamos de nuestras iras un es- 
fuerzo, y empecemos la lucha. Eso basta: las exigen- 
cias de la lucha crean y fortifican la voluntad, como 
el constante ejercicio de la función crea y fortifica el 
órgano. Tenemos ele frente, es verdad, un poderoso 
ejército de adversarios: cada mosaico de la plaza, cada 



.... 



ÍDOLOS ROTOS ' 179 



ra de nuestras calles de la capital y de otros pue- 
blos cría un Diéguez Torres; y en cada terrón de 
nuestros campos duerme un Galindo. Pero, de nues- 
tra parte, no somos tan pocos cual creemos en nues- 
tro orgullo. Buscando bien, hallaríamos numerosos 
compañeros: cerca y lejos de nosotros, en las aldeas 
más remotas y escondidas, viven hombres en cuyas 
almas arde la misma aspiración y el mismo ideal de 
las nuestras, como un perfume ó incienso inútil, por-X. ^ 

que los dioses á quienes va consagrado no tienen tem- / 
píos todavía. Además nosotros conocemos las armas' 
de los adversarios y sabemos prever sus golpes, por- 
que no es difícil preverlos, en tanto que es de toda 
imposibilidad prever les ajeances de nuestros medios 
de lucha. Una palabra bella y luminosa de ciencia ó 
arte, pronunciada en ocasión propicia, tiene un alean- / 
ce incalculable aun para quien la pronuncia y la siem- / 
bra como simiente de oro. El arte y la cienci a, en 
nuestros pueblos jóvenes, en nuestras democracias re- 
cién nacidas, no pueden ser sino lujo superlluo ó ar- 
mas útiles. Guardemos el lujo como ornato personal, 
como gala y sonrisa de nuestra vida interior; pero es- 
grimamos las armas para el bien del país, y en nuestra * £• . I 
propia defensa. De ningún modo sigamos como hasta > 
ahora: el escritor escribiendo su libro, el escultor escul- ) 
piendo su estatua, el estudioso hundido en sus medi- 
taciones y problemas, encerrados todos en un indivi- / 
dualismo salvaje, cada cual sobre su propio surco, sin / 
importársele nada del vecino. Sin duda la obra reali- 
zada así vale más que todas las políticas de los Suá- 
rez, como dice Romero, pero su acción es tardía: no 
se manifiesta sino muy lejos, en el porvenir, en las ge- 
neraciones futuras, y además de tardía es problemáti- 
ca. E s necesario que la acción de nuestra obr a se r evé- 



180 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



Ie_pr_onto, yjjodamos encauzarla, sacando beneficios 
de ella. Para eso debemos realizarla, no c^rno^rTásta hoy 
en las vagas regiones de la quimera, sino valiéndonos 
de las cosas, vida y costumbres de nuestro país, pro- 
curando por la creación de un alma nacional y mar- 
chando, en esa tarea de proceres, de concierto unidos. 
Entonces, en vez de raros gestos inacordados y monó- 
tonos de sembradores desconocidos entre sí, bajo el 
sol rutilante, sobre la tierra partida en surcos, podrá 
desarrollarse una vasta y simbólica harmonía de ges- 
tos de virtud milagrosa, como en las hieráticas figuras 
, de un exvoto consagrado á la gloria de Ceres. Algo 
l^ hay de podrido en el reino de Dinamarca. Pero la po- 
dredumbre que hoy infesta la atmósfera y nos la hace 
irrespirable, puede á nuestra semilla servir de estiér- 
col, y quizás veamos algún día, al través de la podre- 
dumbre, levantarse la patria nueva como una floresta 
virgen, de troncos robustos, de ramas eminentes, llena 
de cantos, vestida de follajes, coronada de flores.» 

Emazábel, después de exponer con más ó menos 
vaguedad los motivos de sus planes, dióse á explicar 
con precisión y abundancia de pormenores la manera 
de realizarlos. El había previsto algunas objeciones, y 
á medida se las fueron presentando, las fué reba- 
tiendo. Al menos en sus principios, la obra seria de 
pura propaganda. Esta podría hacerse por medio del 
periódico, de folletos y de conferencias públicas. El 
primer núcleo de «obreros» lo formarían los congre- 
gados en el taller de Soria y algunos más, y todos de- 
bían ser capaces de escribir en los diarios, ó de pre- 
parar conferencias públicas, ó de ambas cosas. Aparte 
las conferencias y publicaciones hechas en un orden 
establecido de acuerdo con el vasto plan de la obra, 
apenas esbozada, los demás escritos y conferencias 



>OLOS ROTOS 181 

versarían, según lo requiriese el día y la hora, sobre 
este ó aquel asunto. De la más perfecta libertad de ac- 
ción gozarían los miembros de aquella especie de liga, 
sin las trabas engorrosas de los estatutos y reglamen- 
tos inútiles de otras ligas vulgares. Dos ó tres obliga- 
ciones morales podían bastar muy bieu como lazo de 
unión y disciplina. Cada uno sería libre de escoger el 
campo de estudio de sus preferencias, obedeciendo á 
sus propias inclinaciones y aptitudes, con tal no per- 
diese nunca de vista la obra común y el fin de esa 
obra. Así, mientras los unos lucharan por la próxima 
resurrección de la justicia y el derecho, trabajarían 
otros por el próximo advenimiento de la belleza y el 
arte. Creado el primer centro, foco de energía ú oasis 
moral, se crearían en las demás ciudades del país nue- 
vos focos ú oasis, unidos al primero por corrientes in 
visibles de fuerzas ó frescura. «Con el tiempo, esfor- 
zándonos mucho, borraríamos — añadió Emazábel — 
hasta la memoria del desierto moral que es hoy nues- 
tro país, y quedaríamos en poder de una vasta orga- 
nización de propaganda, en apariencia platónica, fácil 
de convertir en la sólida organización de un partido 
político, el cual presentase á los de arriba obstáculo y 
barrera, y sirviese á los de abajo de salvaguardia y 
apoyo. 

Todos los reunidos en el taller aplaudieron la idea 
generosa de Emazábal, y muchos la aclamaron con 
alegría. Romero, tan escéptico de suyo, manifestó su 
aprobación, y se dijo dispuesto á empezar, la tarea que 
le tocase en la obra. Según Romero, una de las con- 
diciones para el éxito feliz era empezar pronto, abre- 
viando las pláticas y disputas preliminares, ante las 
cuales muchas veces vio proyectos análogos al de su 
amigo desvanecerse como el humo. Alberto Soria pro- 



182 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

metía conferencias de arte. Alfonzo fué el más reser- 
vado:- después de protestar su adhesión á la idea y de 
prometer su concurso á la obra, declaró ver mucho de 
utopía en aquellos nobles proyectos. «Estos — asegu- 
raba Alfonzo —podrían realizarse hasta lograr, como 
Emazábel predecía, la organización de un verdadero 
partido político, apto á vencer á los otros partidos, 
pero no hasta conseguir la formación de un alma na- 
cional en donde había tres razas ó entidafles étnicas 
diferentes y los varios productos de la caprichosa mez- 
cla de esas razas. Para la creación de un alma nacio- 
nal, tenia él por indispensable fundamento ó raíz la 
existencia de una sola raza, ó de un producto unifor- 
me de la fusión perfecta de razas distintas.» 

— Y en nuestro país— concluyó Alfonso —estamos 
aún bastante lejos de ese tipo uniforme. 

Pero los demás protestaron. «Las diferencias étnicas 
desaparecen bajo tradiciones é intereses comunes», 
dijeron. «Suponiendo justas las observaciones de Al- 
fonzo, se podría de todas maneras obtener un simulacro 
de nacionalidad, en el cual rompiese un día la nacio- 
nalidad futura, como en capullo renuente y sin aroma 
una flor de esplendidez y fragancia.» 

— En último caso, ya sería muchísimo si realizáramos 
lo que Alfonzo dice realizable. 

— ¡Y qué gloria la nuestra si llevamos á buen fin esa 
obra! 

— En el porvenir seriamos lo que son para nosotros 
los proceres de la Independencia. 

— O algo más... 

A ese punto, Romero, que había estado siguiendo 
las idas y venidas de la hiiueta del Fauno en la pared, 
observó: 

— El Fauno se ríe de nosotros. 



, 



ÍDOLOS ROTOS 183 



Todos volvieron la vista, divertidos por la inespera- 
da exclamación, á la sombra oscilante del Fauno. En 
la sombra de la pared como en la copia de yeso, el 
Fauno se reía, se reía, con su eterna risa burlona. Ema- 
zábel, entonces, propuso para el siguiente día otra 
reunión, en la cual se decidiese cuanto fuera preciso á 
los comienzos de la obra, y al ser aprobado por todos 
y cada uno, mató la luz, á fin — explicó él — de que la 
risa del Fauno, irónica y maleante, no los distrajese 
de los pensamientos nobles. 

Al dejar el taller de Soria, siguieron un buen es- 
pacio conversando y unidos por la calle desierta. 

— Somos doce — dijo uno — . Como los apóstoles. 
Buen presagio, si no hay un Judas entre nosotros. 

En la fresca noche de Enero, bajo el cielo estrellado 
había sobre la ciudad, extendida en lo más hondo del 
valle, una gasa luminosa como hecha de luz eléctrica 
y de bruma. 

— ¿Y por qué no hemos de ser en verdad los após- 
toles de la patria nueva, de la patria redimida, si he- 
mos de ir sembrando la semilla de la redención entre 
las gentes? 

Por todos, aun por aquellos que reían al oir esas 
palabras, como burlándos e de sí mismos, corrió el ca- 
lofrío saarfldodft los pqtiiKi>smn« heroicos, y todos 
entrevieron, en el porvenir, la obra acabada: la patria 
nueva, la patria redimida, hermosa y feliz, digna de 
aquella somEra de nación que fué de triunfo en triun- 
fo por la América, y digna del evocador de esa gran 
sombra, de aquel héroe que fué pasmo de las cumbres 
y maravilla de volcanes. 



^-¿ En giré pie nsas? — En nada. -¿Y por qué estás 
así? ¿ Qué tie nes? ¿Qué tengo? Nada. — No puede 
ser. Algo estás pensando. ¿Qué? - Boberías que no 
valen la pena. 

Este diálogo s ecoy breve, siempre el mismo, inte- 
rrumpió, como otras veces en aquellos días, el silen- 
cio cada vez más frecuente, más largo, más lleno de 
cavilaciones y de angustias Pero esa vez, María in- 
sistió: 

— No importa. Si son bobadas, quiero saberlas: 
dimelas. 

Ella deseaba saber la causa de aquella sombra caída 

en la riente mañana de su idilio, sombra surcada de 



sospechas y dudas, como _d e espectros la noche. Los 
dos habían penetrado, sin ella explicarse cómo, en un 
callejón interminable y obscuro, y sus almas, en ese ca- 
llejón tenebroso, eran como do s aves inquietas, ato- 
londradas por la obscuridad, que se rompían las alas 
en revoloteos inútiles y no hallaban salida. 

El cambio de Alberto fué brusco. En todo él se re- 
velaba, á los ojos de María, otro hombre. Su s palab ras 
yá no eran la música del corazón venida á cantar en 
los labios, como un e njambre loco y harmonioso de 
esperanzas y de sueños. Olvidados de esa música, sus 
labios parecían como fijos en un pliegue duro, y sus 



)OLOS ROTOS 

palabras, difíciles, casi violentas, resonaban de vez en 
cuando con son de reproche. «¿Por qué?», se pregun- 
taba María, y buscaba las razones del cambio de Al- 
berto. «Bien podía éste andar preocupado con sus 
trabajos y sus cosas de arte... Pero también podía ser 
ella misma la culpa de todo.» «Si le habrán dicho algo 
malo de mí, se preguntaba una vez. Hay almas que se 
deleitan en decir mal de los otros. Pero si alguien ha 
ido á él con invenciones malas, debió decírmelas, no 
creerlas.» Y mientras iba de esta en aquella solución 
más ó menos razonable del enigma, el malestar se 
ahondaba entre los dos, visiblemente. Hallándose to- 
das las noches juntos, cada noche se sentían más lejos 
uno de otro, y su diario coloquio de enamorados an- 
daba convirtiéndose en perenne tortura. Mientras la 
señora de Almeida, arrellanada en su poltrona y ren- 
dida de sueño, cabeceaba; mientras pasaba Carmen 
delante de ellos, riendo y bromeando, por atribuir sus 
actitudes forzadas y encogidas y su larga mudez á pa- 
sajeras riñas de novios, ellos, en sus dos sillas inme- 
diatas, r^pr^nnn ^nn £DLIUL.r^ll^-¿^ tormento. A 
veces el malestar cesaba sin motivo ninguno, pero no- 
ches después, también sin motivo niuguno en aparien- 
cia, reaparecía condensándose entre ellos dos como 
nube cargada de presagios tristes. María, desesperan - 
zada de hallar por sí misma el origen de esa nube que' 
amenazaba servir de mortaja á su amor, espiaba de 
continuo los más pálidos indicios que Soria le dejase 
entrever en sus gestos y palabras. 

—No importa. Si son bobadas, quiero saberlas: dí- 
melas — insistía ella esa noche — . ¿Qué piensas? 

— Pienso que seria lo mejor no pensar, sobre todo 
no recordar. ¡Si al menos pudiesen borrarse los re- 
cuerdos, la memoria, el pasado, con un esfuerzo del 



186 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

querer, como el chiquillo de la escuela borra con la 
esponja las grotescas imágenes que trazó con tiza en 
la pizarra ó en el muro! De ese modo tendríamos 
como en las manos la felicidad perfecta. 

A esas palabras, María coutestó murmurando «es 
cierto» , y no dijo más, c gpqp s j esas palabras le basta- 
sen para comprender las no dichas y temiese desper- 
tar con nuevas preguntas, en los labios queridos, las 
x palabras más crueles y odiosas que para ella podían 
salir de esos labios. Ella esperó, sin embargo, que el 
continuara diciendo el porqué de su aversión á la me- 
moria, y de frase en frase, poco á poco, se abriera el 
alma, dejando exhalar su pena oculta, (^mo un^ojlo- 
zo largo tiempo reprimido. Ella entonces habría deja- 
do caer las caricias de su voz, cjamauja kíüsamo, sobre 
ese mal secreto. Eila le habría dicho cómo su preocu- 
pación más dolorosa fué siempre que él no pensara 
nunca, nunca, lo que ya en él no era tímido y fugaz 
pensamiento malo, sino desesperante idea fija. Y al 
través de !as caricias de la voz, él habría columbrado 
el alma de ella, diáfana y pura conj^la^onjla, y como 
la onda irreprochable. ¿Podía reprocharse á la onda 

(el haber copiado en su cristal un vuelo de aves ne- 
gras? Las aves pasan, y el más leve rastro no mancilla 
la pureza de la onda. El habría quedado entonces 
como ljb rfí de un íncubo molesto, y habría tal vez con- 
siderado su inútil dolor cjwuj^juj3~ialta, como una 
ofensa que clamaba reparación y castigo. La nube con- 
/densada entre él y María se habría disipado cpma se 
Á disipan las nubes: entre lágrimas, precursoras de son- 
risas de sol en un cielo más claro. 

Pero Alberto no habló. Quedóse pensando: «¿Me 
habrá comprendido? Y si ha comprendido, ¿por qué 
dijo simplemente «es cierto >, y no otra cosa?» 



ÍDOLOS ROTOS 



187 



Ninguno de ellos percibió la flagrante contradicción 
de sus almas con lo que algún tiempo atrás pensaban 
y sentían. En ese tiempo hubieran tenido por blasfemia 
y pecado maldecir de lajnemor ia, porque en ella veían \ 
una deidad benéfica, repartidora de gracias, inagotable \ 
de bondad, en cuyas arcas, abiertas á los codiciosos 
deseos, podían cargarse las manos de estupendos te- 
soros invisib les. Recuerdas de seasaciones vividas, de 
horas apagadas, de días y años idos para siempre; los 
recuerdos de toda una existencia, gloriosa ó humilde, 
en la memoria duermen, prontos á despertar, dóciles 
al verbo de la evocación, cpn¡)r> rj ygrme n las vibracio- 
nes, con sueño ligerísimo de pájaros, en el hueco de 
las campanas sonoras. Como el instrumento, al ágil "^ 



toque de la mano, reproduce la misma nota indefinida- 
mente, así Hjrgf n^H^ «-^pro^n™ 1^ sensació n pasada 
é indefinid a mente la multiplica . Todu hombre puede 
revivir su vida, una vez, muchas veces, infinitas veces, 
multiplicándola por medio de la virtud inestimable de 
la memoria. Y esa virtud, Alberto y María, en sus diá- 
logos de amor, la exprimieron hasta saciarse. Los dos, 
por espontáneo impulso de sus almas, y como si 
obrasen de concierto, se fueron, remontando el curso 
de las horas felices y curiosos de llegar hasta la hora 
en que empezaron á quererse, como se remonta el 
curso de un río hasta el paraje fresco en donde el río 
brota como discreto manantial escaso, ó en forma de 
raudales tumultuosos, ávidos de correr cantando bajo 
el cielo, en plena luz, libres y muy lejos de la estrechez 
tenebrosa de la tierra profunda. Uno tras otro, ó los 
dos á un tiempo, contaban y recontaban sus tristezas 
y angustias, sus esperanzas y alegrías, todo lo que ha- 
bían sufrido y lo que habían gozado, cómo unas veces 
una palabra sola abrió en sus pechos abismos de dolor, 



188 MANUEL DÍ\Z RODRÍGUEZ 

y otras veces, quizás la misma palabra, descorrió á sus 
ojos horizontes ilimitados de ventura; y asi, hermosa- 
mente, divinamente, de confidencia en confidencia," 
reconstruían la vida, desde el instante en que ¿amor 
entró en ellos, y jea-&us corazones floreció como un 
gran lirio de luz alba. Cogidos de la mano, iban de 
'' jrecue/ri n en recuerdo, como dos amantes niños, de 
corazones puros, en sendero bordado de marg a rlas , 
van de margarita en margarita, deshojando lajs>_es- 
trelladas flores candidas, entre dulces balbuceos deli- 
ciosos. Pero una vez , mientras deshojaban un re- 
cuerdo, 3e esfe¡ como á improviso conjuro, surgió una 
sombra. Y ni esa noche, ni después, volvieron á des- 
hojar, entre dulces balbuceos, pálidas margaritas 
ideales. 

Alberto hablaba de aquel baile donde se encontró 
con María, y de su extraña reconciliación con ésta, 
después de su enojo aún más extraño; y confesaba 
cómo lo asaltaron esa vez, y hubo de hacer esfuerzos 
colosales para vencerlos, vehementísimos deseos de 
romper á Del Basto, pareja de María, cualquier cosa: 
un brazo, la nariz, una oreja, ó deslucirle cuando me- 
nos la facha deslumbrante de Apolo cursi, ajándole y 
estrujándole sus ropas, ofensa tal vez la mayor que po- 
día hacerse á aquel bobo presumido. Entretanto, Ma- 
ría le escuchaba sonriendo, con un haz de sonrisas en 
los ojos y un ímpetu.de risa en la boca fresca y grande, 
entreabierta sobre el albor de los dientes, como la he- 
rida de una granada enferma que tuviese la piel muy 
roja y exangües, blancos más bien, como de leche, los 
rubíes de la pulpa. 

— Y Del Basto parecía hablarte con tai animación y 
abundancia, como si empleara, haciéndolos valer, los 
milagros y hechizos de su elocuencia. ¿Qué te decía? — 



( 




ÍDOLOS ROTOS 189 



Necedades... Sus necedades de siempre. — Sin embar- 
go, en la expresión de su rostro y en su ademán, ya 
vivo como si exigiera, ya desolado 'y humilde como 
una súplica, se adivinaba el empeño de persuadirte á 
no sé qué. — Es verdad. Se empeñó en que yo accedie- 
ra á bailar con uno de sus amigos. Ese amigo suyo no 
se atrevía, con sobrada razón, á invitarme á bailar, y 
como, además, tampoco debía acercárseme sin mi pre- 
vio consentimiento, me envió un emisario en Del Bas- 
to. ¿Y quién era ése? — Vázquez. 

Al caer esta palabra, como á improviso conjuro sur- 
gió la sombra que desde esa noche les impidió seguir, 
entre balbuceos dulces, deshojando las ideales marga- 
ritas del recuerdo. Alberto recordó el nombre de 
Vázquez en aquella frase de Elisa Riguera, cuya ma- 
lignidad la exageraron las Uribe fingiendo la discre- 
ción más escrupulosa con sus aires remilgados y con- 
tritos. Entonces, de entre los labios de Elisa, habitua- 
dos á no arrojar de su vivo arco de púrpura sino la 
pri morea jaet? del beso, partió aquel nombre come 
unjiagdo__porta dor de j£fln7nñas y muerte; pero ese 
dardo en el espíritu de Alberto no hizo mella ninguna, 
resbalando sobre él, sin turbar la impetuosa harmonía 
del fondo, como la hoja seca sobre el agua. Y pro- 
nunciado ahora sencillamente, ingenuamente, sin tem- 
blar de la voz, el mismo nombre en los labios de Ma- 
ría, Recobraba con más violencia mortífera el malefi- 
cio que antes le comunicaron los labios perversos de 
la virgen loca. Tuvo para Alberto una significación in- 
esperada y terrible, y esta significación se la daba el 
instante ideal á que María lo asoció al pronunciarlo. 
En ese instante ideal que ellos consideraban como el 
principio de su vida amorosa, porque en él se encon- 
traron y unieron sus dos almas, aquel nombre surgía 



: 



190 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

como un límite ó un obstáculo, oponiéndose á la 
unión absoluta, soñada de Alberto, con la que había 
de ser alma de su alma y vida de su vida. Por la pri- 
mera vez, el amante reconocía que algo intangible es- 
capaba á esa unión, haciéndola imperfecta é ilusoria, 
algo vasto y hondo, lleno de cosas muertas y de cosas 
moribundas por cuya agonía pasaban, como tentado- 
res espejismos, deseos locos de revivir y perpetuarse. 
Ese algo vasto y hondo, extendido, como detrás de 
un límite, más allá del instante ideal de la primera 
conjunción de sus almas, era el pasado, á la vez 
lejano y próximo, irremisiblemente muerto y siempre 
ivo. 

En cada uno de ellos, el pasado era casi descono- 
cido del otro; pero mientras ella no podía figurarse 
bajo ningún aspecto el pasado de él, él vio ía repre- 
sentación más precisa y dolorosa del pasado de ella 
en la palabra que María pronunció inocentemente y 
en la sombra que evocó al sonar esa palabra. Como 
celoso guardián en el lindero invisible de un dominio 
sagrado, cerrando el paso á Alberto, surgió la sombra. 
Era una sombra muda y elocuente. Su elocuencia, po- 
derosa y amarga, estaba hecha de ironía. Y la ironía 
de la sombra, como una voz, dijo al intruso: «No pa- 
ses.Áqui empiezan mis dominios. Más allá deísta 
linde, nada hay tuyo. Más allá de esta linde, no hay de 
ti ni de tu amor el más obscuro presentimiento. En 
mis dominios reino sola. Hasta aquí has podido venir 
deshojando margaritas, perfumándote los de Jos y los 
labios con la tenue é imperceptible fragancia de sus 
pétalos menudos. De aquí en adelante no florecen para 
ti los recuerdos. Si á pesar de mi consejo amonestador 
no retrocedes y pasas, en vano buscarás, á la orilla de 
rutas y veredas, ideales margaritas: en un tiempo hubo 




ÍDOLOS ROTOS 191 



muchas y las deshojaron manos que no eran tus ma- 
nos. En vez de margaritas hallarás asfódelos, un gran 
campo de asfódelos, un interminable campo de asfó- 
delos, de cuyas flores irá á ti, como un perfume, á tur- 
b"ar tu razón, á emponzoñar tu vida, á corroer tus entra- 
ñas, la más mortal de las tristezas. ¿La conoces? Es 
una tristeza abrumadora, porque su causa es invenci- 
ble. Su causa es vida vivida, hecho que se cumplió 
fatalmente, algo que no puede quitarse de en medio 
con las manos, que toda la voluntad no puede supri- 
mir, y es incorpóreo, fantástico, indeciso, como yo, 
como una sombra. Es una tristeza abrumadora, porque 
es ó parece humillante: desencadena en el alma un tu- 
multo, y sobre ese tumulto pone un sello en los labios, 
como haría una humillación indeleble. ¿Oyes? ¡Una 
humillación indeleble! Habías de vesir: yo lo sabía, y 
te esperaba. Ahora, si puedes, vuelve atrás los pasos. 
¿Te es imposible? ¿Verdad que te es imposible? Pues 
entonces, bien venido seas. Yo, señor de estos reinos, 
te doy la bienvenida, y he de acompañarte. No me re- 
chaces, porque es inútil; he de acompañarte aunque 
no quieras. Me verás por todos los caminos, detrás de 
todas las rocas, al pie de todos los árboles; me escu- 
charás en la música de las aguas y los vientos; me sen- 
tirás en la malsana esencia de las flores. Adonde va- 
yas te seguiré: al mismo tiempo iré á tu lado, como tu 
propia sombra, y dentro de ti, como un íncubo.» 

Y 1 ' sombra, vestida de ironía, se movió como si se 
aprestara á seguirlo á todas partes... A veces parecía 
d isipars e qomp_ qfl fleco de bruma; pero no tardaba 
en reaparecer con toda su ironía intacta, siempre igual 
y siempre diversa; va insostenib le comp_Ji£CÍiajde jinos 
alfilerazos múltiples, ya p enetran te c ^ano la hoj a de 
una daga, yd b rutal como el golpe de una maza de 






192 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

hierro. Fechas, nombres de lugares y personas, traí- 
dos por el azar de la conversación, evocaban la som- 
bra, alzándola entre los dos amantes como un huésped 
mudo. Al empezar un gesto, ó al decir la primera pa- 
labra de una frase venida como espontánea exhala- 
ción á sus labios, Alberto se arrepentía del gesto ini- 
ciado ó de la frase no dicha, como si leyese, en la ac- 
titud irónica de la sombra, que el otro hizo el mismo 
gesto ó profirió la misma frase. Al mirarle ó sonreirle 
María con la más candida luz de los ojos, ó el más 
amoroso mohín de los labios, por su imaginación, tur- 
bada como la de un febricitante, pasaba entre vivos 
relámpagos la pregunta siniestra: «¿Miraría asi^xU 
otro? ¿Sonreiría así al otro?* Y á la probable respuesta 
afirmativa, seguía la representación lúcida de aquella 
mirada ó sonrisa que no fué para él, y esa representa- 
ción inmediata con su lucidez maravillosa lo atormen- 
taba, como si no fuera obra suya, sino realidad paten- 
te. Su espíritu se abandonaba después de una de esas 
representaciones, como después de un esfnerzo inte- 

j lectual sostenido é inútil, á una gran laxitud melancó- 
lica, y buscaba en el silencio un refugio. A veces una 
ansiedad tremenda lo sobrecogía, oprimiéndole como 
entre un rígido cerco metálico: lo asaltaba el temor de 
que la sombra se hiciera visible á María, de que ésta 
viera en el amor de él una copia del amor pasado; de 
que María, al través de él, como al través de ua cris- 
tal, estuviese contemplando la imagen o^eljoíro, y asal- 
tado de esas imaginaciones locas, empeñábase en im- 
^primir á su amor un sello oríginalísimo y raro, con el 
/ mismo empeño con que trataba de imprimir su perso- 

I nal estilo de escultor en la obra de arte. Llevado de 
/ ese empeño de di itinofuirse de los demás hombres, ha- 

\ ciéndose único en su amor como en su arte, daba ea 



ÍDOLOS ROTOS 193 

ños caprichos y futilezas que eran la inquietud ó 
admiración de María 

— ¿Tú te llamas María, propiamente María? — ¡Hom- 
bre! | Está bueno! Me parece que sí. ¿Y cómo voy á 
llamarme? — replicó María, considerando á Alberto y su 
pregunta con sorpresa jovial, cuasi burloua. — Quiero 
decir si te llamas María solamente, María á secas... 
Como se acostumbra poner varios nombres en vei 
de uno... — Mi nombre, en realidad, es María Luisa; pero 
nadie me llama sino María. — ¿Nadie? — Nadie. — ¿Nun- 
ca te ha llamado nadie María Luisa? — Nunca. — Pues 
desde ahora seguirás llamándote para los otros María, 
y para mí, para mí soio, María Luisa. ¿Entiendes?.. 
Es un capricho. 

Y Alberto, pensando poder en lo adelante nom- 
brarla como el otro nunca la nombró, sintióse lleno de 
alegría triunfal, como si sus manos de creador hubie- 
ran sorprendido y fijado, en el sereno ritmo de una 
estatua, una nueva imagen portentosa de la multifor- 
me Belleza. 

Otras veces, al contrario, lo torturaba el deseo de 
hacer visible á María aquella sombra alzada entre los 
dos como un huésped mudo. Mil preguntas, á cual más 
cruel, se le atrepellaban en los labios. Por medio de 
ellas quería aplacar el jajiai¿L.verjjgiuQS¿L dc_Xluiocer, 
c omo en los cadáver es el disector, el más recóndito 
pliegue, el más íntimo secreto de lo que fué la vida de 
aquel pasad o. piu^rtQJux&v^cablemente, que ahora sa- 
lía de la tumba á sentarse entre los dos como una som- 
bra. Y las preguntas, así como llegaban atropcllándoie, 
atropeliándose retrocedían de los labios, dejando en 
éstos un poco de su corrosiva acerbidad, como en las 
playas deja la onda algo de su amargura indestructible. 

Combatido de e*te desto y de aquel temor poco i 

M 



194 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

poco, valiéndose de representaciones falsas, de indi- 
cios no evidentes, Alberto reconstruía la imagen del 
pasado, á imagen y semejanza de una gran Quimera 
inmóvil. Por fin, un día, la Quimera se animó, desper- 
tó, y de sus fauces ardorosas y profundas .vomitó un 
río de llamas. Alberto sintió d entro de él encende rse 
y palpitar sus ficciones con la vida terrible y soberana 
del incendio, inflamadas tal vez por un hálito de impu- 
reza, por un hálito voluptuoso, misteriosamente en- 
gendrado en el seno de su propia castidad, intacta 
cuando la obra lo absorbía. 

Alberto vio las rosas, hasta entonces blancas de su 
idilio, comenzar á teñirse de púrpura. 

Las mes ideales representaciones de sonrisas y mi- 
radas rebosaban en voluptuosidad cruel é ignominio- 
sa, como las representaciones que espontáneamente 
surgen de las almas de amantes y esposos burlados 
ante las pruebas de la traición irremisible. Su espíritu 
después de esas representaciones, no se abandonaba 
ya á una gran laxitud melancólica, sino se debatía y 
crispaba como la carne viva tocada del fuego. En vano 
buscaba en el silencio un refugio. Hasta allí lo perse- 
guían, repitiéndose, como un estribillo satánico, las 
palabras de la sombra: "Es una tristeza humillante: 
desencadena en el alma un tumulto, y sobre ese tu- 
multo pone un sello en los labios, como haría una hu- 
millación indeleble. u Todas las infamias y vulgarida* 
des del medio se le aparecían como penetradas de una 
luz reveladora y precisa, como hablándole con voz 
unánime y tremenda, aconsejándole, amenazándole, 
exasperando sus temores, multiplicando sus dudas, 
alimentando el incendio prendido en el vientre de la 
Quimera inmóvil en el centro de su alma. En to- 
das veía ceméntanos, glosas de su amor y celos, con 



ÍDOLOS ROTOS 195 

la irritante suspicacia del contrahecho, que en to- 
das las miradas y sonrisas va de continuo vislum- 
brando una sarcástica alusión á su joroba. Las pala- 
bras de Elisa Riguera volvían frecuentemente á bri- 
llar dentro de él, más claras y mas vivas. El tiempo, 
en vez de extinguirlas, parecía avivarlas. Y Alberto 
cada vez les hallaba una significación nueva, como 
quien examinando una gema entre los dedos descubre 
en la gema, á cada movimiento de la mano, una nueva 
faz luminosa. Gracias á un rápido proceso obscuro las 
palabras de Elisa Riguera llegaron á representársele 
unidas, por multitud de lazos invisibles y fuertes, á las 
palabras que él oyó d mismo día de su llegada al 
país, yendo hacia la capital, en boca de una errante 
cultivadora de lujurias. Jamás olvidó aquellas frases 
referentes á la Farías, la mujer de Esquivel, ni la im- 
pr esión que le hicW nr) pn )p^ lahips Hp una cortesa- 
na. Ahora, estas frases aparecían en su ánimo guar- 
dando con las palabras de Elisa una relación estrecha, 
semejante á la estrecha relación que guardan, al tra- 
vés de la sólida traba de las paredes, los fundamentos 
y el ápice de un mismo edificio. Entre las frases de la 
cultivadora de lujurias y las palabras de Elisa estaban 
las historias de vírgenes locas, narradas de Pedro, se 
alzaba la imagen de Teresa Farías con su ambigüedad 
turbadora, se hallaban las conversaciones de los Ma- 
rio Burgos, O'Connor y Del Basto — cuando éstos no 
discutían sobre el color de sus camisas ó el chic de 
sus corbatas, sino discurrían sobre sus manejos liber- 
tinos, practicados en la penumbra de ciertas salas, de- 
trás de cortinajes espesos, al amparo de celosías impe- 
netrables y de prudentes biombos, vanagloriándose 
de abonar asi ei alma de ía mujer como uu campo 
donde sus manos recogerían en el porvenir flores de 



/ 



196 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

adulterio — y por último se ordenaban en batallón im- 
puro todas las perfidias y miserias de amor que, ante 
los ojos bien apercibidos, corrían por aquella ciudad 
contaminada. Con todo eso, los celos exacerbados de 
Alberto se forjaban su propia historia. La sola ima- 
gen de Teresa Farías bastaba á mantenerlos en vibra- 
ción perpetua. La intimidad obligada, por el paren- 
tesco próximo, de Teresa con las Almeida le intpira- 
ba desconfianza y disgusto. Y como Teresa frecuenta- 
ba constantemente á sus primas, el disgusto fué poco 
á poco transformándose en manía dojorosa. Al llegar 
Teresa, Alberto se preparaba, como un enfermo 
advertido de la crisis futura. Cuando Teresa daba la 
mano á María él sentía como si toda la sangre se le 
agolpase en el corazón y lo rompiese. «¿No llevaba 
aquella mujer en sus manos, en sus ropas, en toda 
ella, un contagio, el más terrible y odioso de los con 
tagios?» Así como Teresa era ambigua en su persona, 
por sus aires devotos y el prestigio fluente de las 
aventuras de amor que le atribuían, así era de ambi- 
gua la sensación que en Alberto despertaba. Parecía 
hecha de atracción y grima. Teresa le inspiraba la 
/repugnancia que inspiran las culebras y al mismo 
/ tiempo le atraía, como el vaso colmo atrae al labio 
sitibundo. «¿No le saludaba ella de una manera muy 
diferente de como saludaba á los otros? ¿No ha- 
bía en el saludo para él como un esbozo del gesto 
de quien brinda una copa rebosante?» Pero cuando 
la mano de Teresa tocaba la mano de María, y en 
otros casos la sensación de repugnancia triunfaba de la 
simpatía misteriosa; y entonces la imagen de la Farías 
era dentro de él como el anuncio de una traición inmi- 
nente. A veces, al solo recuerdo de Teresa, mientras 
él deambulaba por las calles desiertas de la ciudad en 



ÍDOLOS ROTOS 197 

el silencio de la noche, caía en una de sus locas crisis 
de celos; parecíale verse ya delante de la traición con- 
sumada, bajo el golpe de un destino irrevocable y cie- 
go, y todo, todo su orgullo, desde el simple y brutal I 
orgullo del macho, hasta su más noble orgullo de ar- 
tista, se rebelaba en él, tendiéndole como un arco, 
fijándole como en un espasmo, durante el cual sentía 
Alberto llenársele de obscuridad los ojos, escapársele 
la conciencia y detenérsele el corazón, como en una 
pausa de la vida. 

Después de alfl nna de g¡nars r ri ' gig r r)V)f\ I a voz de la 
pazj¡ .finita sobre el océano uespuéb do jj borrasca, 
una buena voz interior SJ¡ rizaba en Alberto, Y la voz 
decía: «Te asustas de tus propias ficciones. Las creas 
tú mismo, son obra tuya y puedes arrojarlas de ti 
cuando quieras. ¿Por qué no las arrojas de ti, si te da- 
ñan y atormentan, siendo tu obra? Porque son obra 
tuya. Vives en plena ficción: has hecho de apariencias 
realidades; de un grano de arena, montes; de un tallo 
de flor, florestas; de una sombra de mal, infiernos de 
ignominia. En la miseria de los otros has tallado el 
molde de tu propia miseria. Con las miserias é infa- 
mias de los demás, tus celos viven tejiendo y deste- 
jiendo sobre tu amor moribundo una tela emponzoña- 
da. ¿Por qué en la miseria é infamia de los otros mi- 
ras tu miseria y tu infamia futuras? La sola idea de es- 
tar celoso de un Vázquez te horroriza. Tu orgullo de 
artista y de hombre se rebela. Pero no, me engaño: 
no es tu orgullo, sino tu vanidad quien se rebela. Va- 
nidad son tus celos. Todos los celos esconden un sen- 1 
timiento de inferioridad incompatible con el orgullo, i 
El orgullo, el verdadero orgullo del artista y del hom- ^ 
bre ve desde muy alto, jamás desconfía, y jarras des- / 
espera. Sé orgulloso como debe serlo un artista, y los 



198 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



celos huirán como fantasmas. Por un exceso de orgu- 
llo puede llegarse adonde llegan por un exceso de 
humildad las almas simples: á coger el bien donde se 
encuentre, no para destruirlo, analizarlo, so pretexto 
de borrarle una mancha benéfica, sino para gozar de 
él y saborearlo sin el menor dejo de amargura. Con tu 
vanidad y tus ficciones te has encerrado en un presi- 
dio donde tu alma y tu amor se mueren. Abre esa pri- 
sión, y vuelve á ser libre. Castiga tu vanidad con un 
acto generoso, y de ese acto saldrá tu amor como re- 
vestido de nueva pureza y gritando de júbilo. Abra- 
sa tus labios con los carbones ardientes de la confe- 
sión: desnuda tu miseria ante quien debes, di tu 
dolor á quien debes decirlo: si lo haces, yo sé de una 
caricia que, sobre el tumulto de tu alma, caerá 
como el aceite cae en el tumulto de las ondas. Será 
una caricia de María, pura como de ella, porque 
ella es pura; en lo hondo de la cisterna, el espe- 
jo del agua reprodujo una vez una imagen de cuervo, 
pero la imagen del cuervo no manchó su cristal inco- 
rruptible* . 

Sin embargo, Alberto apenas empezaba á decir la 
verdad á María, vagamente, cuando ya estaba retroce- 
diendo, confundido y temeroso. Desconfiaba de la 
virtud purificadora de las confesiones, y su confesión 
le parecía el más vano sacrificio del orgullo. La creía 
inútil, incapaz de arrancarle del flanco la dentellada 
fija y dolorosa. «Después de la confesión pensaba 
él - continuaría padeciendo como antes. ¿Su amor, al 
nacer, no estaba ya enfermo, como si trajese en las 
entrañas un germen impuro? ¿Su amor, no se le había 
revelado entre un ímpetu de celos? Estos ¿no serían 
en él necesarios á su manera de amar, esencia y ca- 
rácter de su amor, algo asi como hijos de una fatali- 




ÍDOLOS ROTOS 199 

dad orgánica?» Y al interrogarse de este modo, por 
su memoria pasaba, entre vagos fragmentos de con- 
versación con su tía Dolores, el recuerdo mejor de su V 
infancia, la figura dulce, melancólica y triste de la \ 
madre muerta, con su rostro fresco y joven debajo 1 
del cabello blanquísimo, como n,p rosal que, todavía/ 
en flo r, fué sorpre ndido de la nieve; por su memoria 
pasaba la silueta de la misma tía Dolores, inaccesible 
y huraña, pendiente de un reloj, contando y recontan- 
do las horas y los minutos, dándose por engañada sin 
remedio á la más mínima tardanza, inquietándose, 
desesperándose á la menor sospecha como á la más 
horrible certidumbre, y en su desesperación convir- 
tiéndose, contra su natural bondadoso, en espía, fan- 
tasma y verdugo del pobre diablo de su marido, del 
bueno de Oliveros, hombre apacible y de conciencia 
como un sol, sin otras pasiones ni otros esparcimien- 
tos, cuando no le abrumaba la tarea sobre la mesa de 
su escritorio, que el coleccionar pajarracos y leer sus 
dos ó tres autores predilectos, por los días festivos, 
encaramado en una acacia del corral, sobre una espe- 
cie de silla construida y acolchada por él hábilmente 
en la unión de dos ramas vigorosas, como en un refu- 
gio en donde al menos gozaba de la ilusión de sobre- 
ponerse á todas las tristezas y disputas conyugales; y 
detrás de la figura adorable y deliciosa de la muerta, 
detrás de la figura grotesca de la viva, pasaban, repi- 
tiéndose como un estribillo satánico, las palabras de 
la sombra: «Adonde vayas te seguiré: al mismo* tiem- 
po iré á tu lado, como tu propia sombra, y dentro de 
ti, como un íncubo.» i 

Y Alberto se miraba en el porvenir arrastrando su 
cadena, perpetuamente esclavo de una sombra. Se mi- 
raba en el porvenir como llegando á una playa de- 



200 MANUEL DÍAZ RODKÍGU5Z 

sierta y obscura, recogido y lanzado de roca en roca 
por ei vaivén del océano, semejante á vil despojo de 
naufragio. «¿Qué sería, entonces, de su arte, de su 
nombre y de su gloria?> A esa pregunta, los celos de 
Alberto se armaban de las más poderosas armas que 
los celos pueden esgrimir en un artista: se armaban de 
todos los prejuicios, preocupaciones y calumnias que 
artistas é intelectuales han acumulado sobre la mujer 
indefensa. Los celos dejaban entonces el rosario de 
las torpezas del amor, y se pcnían á desgranar otros 
rosarios. «¿Habrá alguna mujer capaz de la compren- 
sión clara y absoluta de una vida y alma de artis- 
ta?— comenzaba por preguntarse Alberto — . Y esa 
mujer, si existe, ¿vivirá en María?» Muchas veces ha- 
bía creído ver la luz de aquella comprensión clara y 
absoluta en los ojos de ella, cuando él, con irresistible 
entusiasmo, le hablaba de su obra, de sus ideales ar- 
tísticos, de su única religión de belleza y ^e gloria, y 
en esos momentos, dentro de él, su alma jubilosa gri- 
taba: ¡Salud, oh elegida! Creyéndola capaz de aquella 
comprensión clara y absoluta, fuente de la abnegación 
y la fidelidad supremas, indispensables en la compañe- 
ra de un artista; él, entonces, la adoraba, no tan sólo 
como novia ó amante, sino como una fuerza más,nece 
saria á la fuerza creadora de su genio, como un har- 
monía más, necesaria á la perfecta harmonía de su glo- 
rioso mundo de estatuas. Pero lo que duraba aquella 
luz fugaz en los ojos de María, duraba la divina ilu- 
sión en Alberto. Pronto, mil pequeneces de la vida 
real venían como á decirle: te engañas. No de otra 
suerte le hablaba la actitud asumida por María, des- 
pués de la exposición de su última obra. A Alberto le 
chocó su aparente indiferencia y despego. María afec- 
taba ignorar la exposición de la obra, y cuanto sobre 



uu*>. 



ÍDOLOS ROTOS 201 

ésta se había hablado ó estrito. Su actitud, á veces for- 
zada, era, sin embargo, la misma de todos los de la fa- 
milia Almeida y de su propia hermana Rosa: todos, 
como obedeciendo á una consigna, visiblemente evi- 
taban hablar de la estatua. Y alberto llegó á imaginar- 
se y luego á creer que la actitud esa de los Almeida * 
provenía del anónimo de Rincones y Ramos publica- 
do en el diario del cura Fiórez. El anónimo, á pesar 
de su infamia y estupidez, merecía el respeto de las 
gentes, porque vestía sotana de» cura. Ese hecho bala- 
di le puso enfrente de un infíiito presentido é ignora- 
do de él, el infinito de dolor y obscuridad impenetra- 
ble con que de una parte la herencia, la educación de 
otra parte, separaban su alma del alma de María; le 
puso enfrente del alto valladar, hecho de hipocresía y 
disimulo con que la educación católica, sobre todo 
en ciudades como aquella, pequeña y de origen es- 
pañol, separa la mujer del hombre. «Mientras para 
la mujer ese vallado constituye las más de las veces 
una fortaleza diabólica, para el hombre es una per- 
petua asechanza>, pensaba Alberto. Y pensaba tam- 
bién si de aquel infinito, de él presentido é ignora- 
do, si de la valla hecha de hipocresía y disimulo 
no saldría para él, más tarde, la hembra instintiva, 
la eterna esclava y dominadora eterna. «¿No veía 
él por todas pa7tes~~a la hembra instintiva? ¿Ñola 
veía á su lado, en su misma hermana? ¿Cómo, si no, 
explicar la unión de ésta con Uribe, hombre ignorante, 
depravado, inútil, casi idiota? > Y de nuevo se miraba 
en el porvenir como llegando á una playa desierta, re- 
cogido y lanzado de roca en roca por la eterna furia 
del océano, semejante á un vil despojo de naufragio. 
«¿Qué sería de su arte, de su nombre y de su gloria, 
si él llegaba á caer en las traicioneras garras de la 



202 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

hembra instintiva? «Un recuerdo, entonces, lo llenaba 
de espanto, fulgurando en su memoria como un ojo 
luminoso abierto de improviso en las tinieblas. Y no 
sabía decir cuándo, ni cómo, ni por qué se grabó tal 
recuerdo en su espíritu con la fijeza y la esplendidez 
de un diamante. Era un recuerdo de la vida fabulosa 
del Giorgione. La fábula representa al cuasi mítico 
pintor veneciano, después de la doble traición de la 
querida y el discípulo, muriéndose de amor y de celos. 
Ante el espectáculo de esa muerte, ante ese espec- 
táculo del genio, el arte y la gloria vencidos, humillados 
por las artimaña? de una hembra y la seducción vul- 
gar de un barbilindo, Alberto sentía al mismo tiempo 
crecer su inmensa admiración piadosa por el gran ar- 
tista burlado y exaltarse á lo indecible su propio or- 
gullo. «¡Jamás, jamás caería él en los brazos de la Per 
fida! Jamás, jamás confiaría él su nombre á una mu- 
jer; su nombre, que él venía trabajando, con pertinacia 
y paciencia, como una medalla florentina; su nombre, 
que él venia y seguiría esculpiendo como una estatua 
en la memoria de las gentes! Siquiera en Giorgione, 
como en Beethoven, la querida, rasgando el corazón, 
dejaba el nombre ileso y puro. Pero no sucedería lo mis 
mo cuando se tratase de la mujer, de la esposa. Y en 
ésta, como en la querida, bien podía estar en acecho 
la hembra, la eterna esclava... Jamás, jamás confiaría 
él su nombre á una mujer, porque el nombre es todo 
el artista: es el sello de su obra, la cifra de su gloria, 
de su dignidad y su orgullo; y ha de ir esplendiendo 
como una joya límpida, debe estar sin mancilla como 
una hostia, ha de ser inviolable como un tabernáculo.» 
Con esas luchas de treguas raras: lucha de su amor 
con su arte, lucha de su amor con los celos y de éstos 
con su orgullo, Alberto vivía en vacilaciones perennes. 



ÍDOLOS ROTOS 203 

Incapaz de un esfuerzo de voluntad salvador, se fiaba 
del destino, y sorprendíase á veces esperando y cre- 
yendo en algo imprevisto como una catástrofe que 
vendría á deshacer de un golpe su angustia y sus ca- 
denas. Entretanto, los celos continuaban, sobre su 
amor moribundo, tejiendo y destejiendo una tela em- 
ponzoñada. Entretanto, las flores que Rosa Amelia 
cortaba todos los domingos para su hermana futura 
languidecían, como olvidadas é inútiles, en el cuarto 
de Alberto. Una vez Alberto pensó que el otfo pudo 
haber llevado á María iguales flores. Desde entonces 
las flores de todos los domingos empezaron todos los 
domingos á languidecer en un florero azul, y ahí, ol- 
vidadas é inútiles, á través de la semana languidecían, 
hasta que sus pétalos mustios, rotos de sequedad, vo- 
laban con el viento. 

Y las rosas, antes blancas, del idilio, eran ya, más 
que purpúreas, casi negras, como rosas de Calvario. 



VI 



Un *día, al amanecer, Alberto despertó á los golpes 
y voces que una sirvienta daba en la ventana de su 
cuarto: 

— ¿Niño Alberto! ¡Niño Alberto! Que se levante y 
venga ligero, le manda decir la niña Rosa. 

Alberto saltó de la cama, y todavía á medio vestir 
echó á correr, entrando por el comedor, hacia la habi- 
tación paterna. «De seguro un nuevo acceso de angina 
precordial, como siempre sucede, sobresalta y llena 
de susto á Rosa. Y hacía más de un mes que el mal- 
dito acceso no crucificaba al pobre viejo. ¿No habrá 
manera, ninguna manera de prevenirlo y evitarlo?» 

Las dos alas de habitaciones de la casa, hacia ade- 
lante separadas por el patio principal, se unían hacia 
atrás en el comedor espacioso. Las habitaciones ocu- 
padas por Alberto y Pedro, las cuales constituían el 
ala izquierda con relación á la entrada, terminaban 
adelante en una puerta frontera á la puerta de la calle, 
en tanto que las habitaciones del lado opuesto se con- 
tinuaban con el salón, al través de la antesala, ordina- 
rio lugar de recibo. A la antesala seguía el aposento 
de don Pancho, y entre ese aposento y el comedor se 
hallaban las dos habitaciones de Uribe y Rosa. Por 
estas habitaciones llegó Alberto: en la primera víó á 
Uribe, apenas vestido como él, tendido boca abajo 



ÍDOLOS ROTOS 

sobre una cama en desorden, hundiendo el rostro en 
el medio de una almohada, alzando los extremos de 
ésta con las manos y apretándolos contra sus oídos, 
convulsivamente, como deseoso de no ver ni escuchar 
lo que á su alrededor acontecía; en la segunda, vino á 
su encuentro la misma Rosa, con un grito que le llenó 
de espanto y lo inmovilizó de sorpresa. La desespera- 
ción hasta entonces refrenada y taciturna de Rosa pa- 
recía romper, exhalándose en un grito. Alberto se sin- 
tió á la vez rodeado por los brazos de la hermana; y 
los brazos endebles lo oprimían, lo magullaban, como 
si quisieran deshacerlo, impidiéndole casi respirar, su- 
jetándole y sacudiéndole con una fuerza que Alberto 
nunca habría sospechado en ellos, escondida bajo apa- 
riencias de fragilidad primorosa. 

— ¡Rosa! ¡Rosal 

Pero Alberto no oía ni su propia voz: el grito de la 
hermana le llenaba los oídos, rompiéndolos, dislace- 
rándolos. Al fin los brazos que, como tenazas crueles, 
le oprimían, cedieron, y el mismo grito vaciló, se que- 
bró, deshaciéndose en sollozos y lágrimas: 

— ¡Muerto! Muerto, sin que ninguno de nosotros es- 
tuviera al lado de él. 

— ¿Muerto? ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Pero no era un 
acceso? ¿No será un síncope, Rosa? 

Y Alberto corrió á la cama donde su padre yacía, 
el rostro á la pared, ojos y labios entreabiertos, uno 
de los brazos fuere de la cama, péndulo y rígido, y en 
el extremo del brazo la mano durísima y cerrada, 
como si la hubiera sorprendido la rigidez en un supre- 
mo esfuerzo de lucha. En los labios, en los ojos, en 
todas las facciones quedaba la expresión de la angus- 
tia asfíxica, evidente precursora del trance final, pero 
ya muy atenuada, muy débil, hasta poderse confundir 



206 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

con la expresión de una melancolía dulce. La muerte 
habió templado la violencia y dulcificado la amargura 
con la suavidad irresistible de sus manos piadosas. 
Pero si en el rostro se adivinaban apenas, la acerbidad 
y la aspereza del último combate persistían en el ex- 
tremo del brazo péndulo y en aquella mano dura, ce- 
rrada, tendida fuera del lecho, en el aire, como desa- 
fiando con su actitud amenazadora á un enemigo invi- 
sible. Alberto cogió esa mano, fría como hielo, entre 
las suyas: trató de abrirla, venciendo la flexión de los 
dedos, y después de varias tentativas inútiles, decidió 
ocultarla entre las ropas del lecho, forcejeando sin 
brusquedad por extender el brazo rígido á lo largo del 
cuermo exánime. Luego, enderezó la cabeza del cadá- 
ver, vuelta hacia el muro. Enderezada ya, la besó en la 
frente y se aprestó á cerrarle ojos y labios. La mandí- 
bula, reacia, resistió; y los labios quedaron entre- 
abiertos. No pudo cerrar sino un ojo: los párpados del 
otro no podían ya obedecer al acto benigno de los de- 
dos filiales. En los labios, y sobre todo en la fijeza de 
aquel ojo sin luz, Alberto leyó repentinamente un re- 
proche. Acababa de recordar una de las frases crue- 
les que su padre le había dicho tiempo atrás paseán- 
dose por aquella misma alcoba, airado y triste: «¿Sa- 
bes? Voy á morirme de mengua en mi propia casa.» Y 
estuvo á punto de romper en llanto sobre el padre 
muerto... Pero su emoción fué á la vez profunda y fu- 
gitiva. 

Después de sobreponerse á la emoción, regresó al 
cuarto vecino, en donde Rosa, inconsolable, sollozaba. 
Esta contaba entre sollozos que mucho antes de ama- 
necer creyó oir su nombre en sueños. Despertó en 
gran sobresalto, se incorporó en su cama y se mantu- 
vo así largo tiempo, dispuesta á levantarse y correr si 




ÍDOLOS ROTOS 207 



oía de nuevo su nombre ó algún ruido alarmante; y 
como no oyera ningún ruido, se volvió á recostar, aun- 
que sin poderse dormir, agitada -de vagos recelos, 
hasta que el alba entró riendo como todos los días 
por las junturas de puertas y ventanas. A la hora de 
costumbre se levantó á llevar á don Pancho, con un 
de leche, la cucharada de una medicina ordenada 
del médico. Al abrir la puerta que comunicaba con la 
estancia del padre su propia estancia, llamó dos, tres 
veces al enfermo. No obteniendo respuesta ninguna, 
desembarazó con prontitud sus manos de cuanto lle- 
vaban, abrió los postigos de una de las dos ventanas 
que al patio caían, y al reconocer en la cara del padre 
la impasible faz de la muerte, empezó á dar voces. 
Acusábase de no haber acudido á la voz que la llamó 
en sueños, como de un crimen imperdonable. Se deso- 
laba pensando que de obedecer á la voz misteriosa ha- 
bría impedido quizás que su padre muriese en el más 
cruel abandono, como un pordiosero vagabundo, sin 
hogar ni familia. Pero Alberto acalló esos escrúpulos 
de Rosa, y la consoló, diciéndole cómo la muerte de 
seguro había sido repentina, según las previsiones de 
Emazábel; cómo, en ese caso, hubiera sido inútil estar 
cerca del padre moribundo, y cómo el agonizante 
mismo, en ese caso, no podía sufrir, porque no se 
daba cuenta del tránsito supremo. 

— ¿No habría sufrido? ¿Crees tú que no ha sufrido? 
¿Y aquella mano, Alberto, aquella mano? 

— Alguna convulsión inconsciente, como en todos 
los moribundos. 

Con esas y otras parecidas razones, á las cuales él 
mismo no daba mucho crédito, calmó un poco á la 
hermana. Luego fué á comunicar la muerte de don 
Pancho, sirviéndose dei teléfono, á todas las personas 



V 



208 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de la familia, comenzando por la tía Dolores y Olive- 
ros, y mandó llamar á Pedro á toda prisa. Hacía algo 
más de una semana, Pedro se había por fin marchado 
á La Quinta, renegando de sus amigotes Galindo y 
Suárez, motejándoles, en toda ocasión, de nulos y cre- 
tinos, incapaces de influir ni una migaja en el cucur- 
bitáceo testuz de! César criollo, y jurando, con aires 
de misterio, tomar pronta y segura venganza de los 
ministros y del César inepto y ávido, cuya política se 
reducía á repartir pensiones y todos los empleos pú- 
blicos á \, s cucúrbitas de su numerosa parentela. 

Después de la emoción profunda y fugitiva que lo 
removió junto al cadáver, eri Alberto se hizo una luci- 
dez maravillosa. Su espíritu se volvió más claro y más 
leve, como si á un tiempo hubiese ganado luz y perdi- 
do pesadumbre. De esta levedad y lucidez de espíritu 
nacía un deseo irrefrenable de acción y movimiento. 
Y Alberto obedecía al deseo irrefrenable de acción, sin 
darse cuenta de ello, en su papel de improvisado jefe 
de casa, mientras daba órdenes, disponiendo todo lo 
necesario á la inhumación y á las exequias, yendo y 
viniendo sin parar un segundo, solo, pues Uribe, el 
único hombre que había en la casa además de él, con 
los nervios desordenados y locos, poseído aún del es- 
panto de la muerte, se hallaba en la incapacidad mái 
absoluta de asistirlo. Ni tampoco se le ocurría á Alber- 
to reclamar la asistencia de nadie, porque se encon- 
traba como nunca: agilísimo, holgado y sereno Den- 
tro de él, como fuera de él, en medio de la luz de 
aquella mañana espléndida, sobre los seres y las co- 
sas, triunfaba la vida. Entre dos explosiones de sollo- 
zos de Rosa Amelia, la risa de un muchacho callejero 
desgranó en el zaguán mismo de la casa mortuoria 
sus cristalinas cuentas resonantes. Muchas flores 



ÍDOLOS ROTOS 209 

abiertas en el jardín, con el alba, dejaban escapar, de 
sus vegetales y tiernos turíbulos, invisibles nubes de 
su incienso precioso. Por toda la casa, venciendo los 
acres olores de medicinas encerradas en algunas 
habitaciones, corría una ola de fragancias nuevas. 
El sol, ya muy alto, en un cielo primaveral, incen- 
diaba con su fuego más rubio la atmósfera límpida. 
Hacia el Norte, en el aire muy claro, sobre el cielo 
muy azul, resaltaban los contornos del Avila con la 
precisión de sutiles contornos de viñetas. Y del cielo, 
del Avila, de todas las cosas, emanaba, desafiando á la 
muerte, una serenidad indestructible. 

- A mediodía llegó Pedro. Alberto lo esperaba en el 
corredor principal y Pedro, al verle, fué á caer en sus 
brazos bañado en lágrimas. Los escrúpulos y el llanto 
de Rosa redoblaron con la llegada de Pedro. De los 
brazos de Alberto Pedro pasó á los de Rosa, y este 
abrazo fué para toda la casa la señal de una explosión 
de gemidos. Sólo una vieja criada, inmóvil cerca de 
una de las puertas de la estancia mortuoria, lloraba 
en silencio, y sobre su piel color de bronce eran sus 
lágrimas como diamantes puros. Pedro y Rosa estu- 
vieron llorando abrazados, hasta el anochecer, á la 
orilla del lecho en donde el padre estaba ya vestido 
de blanco para el viaje sin retorno. 

Desde por la mañana comenzaron á llegar algunos 
de la familia: entre otros, Oliveros con su mujer, las 
Almeida y misia Matilde Uribe con sus dos pimpollos 
tentadores, emperifollados como siempre. En otra cir- 
cunstancia hubieran movido á risa los hipócritas aires 
compungidos de misia Matilde, y los esfuerzos de Ma- 
tildita por parecer muy circunspecta y grave. Con sus 
aspavientos de falso dolor, sin embargo, misia Matilde 

u 



210 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

lograba tan sólo poner fuera de si á la mujer de Oli- 
veros. Y ésta no se recataba en perseguirla con sus 
miradas más enconosas, adivinando, bajo los hipócri- 
tas aires desolados, la alegría del triunfo. Misia Matil- 
de misma olvidaba de vez en cuando su comedia: al 
través de su antifaz, hecho de inconsolable y descom- 
puesto dolor, dejaba entrever el regocijo del fondo, y 
entonces, en especial cuando hablaba con sirvientes, 
asumía tan imperativas maneras y actitudes, como si 
fuese ya la única dueña de la casa. En la muerte de 
don Pancho, misia Matilde veía, si no su triunfo com- 
pleto, el principio de su triunfo. Ningún obstáculo se 
opondría ya á que ella viviese con su hijo casado, pues 
el obstáculo de más fuerza terminaba con el viejo So- 
ria. Y para sus adentros misia Matilde combinaba las 
frases y el gesto con que, en buena oportunidad, par- 
ticiparía su resolución de vivir en lo adelante con el 
hijo casado: "¡Qué hemos de hacerl Debemos acom- 
pañarles. Particularmente Rosa, la pobre, ¡se ha que- 
dado tan sólita!" 



i 
Cuando cerró la noche, los empleados de la fune- 
raria vinieron á soldar, sobre el cadáver transportado 
al ataúd en presencia de toda la familia, la caja inter- 
na de cinc; y sobre ésta bajaron en seguida, fijándola 
en sus bordes, la tapa de la caja exterior de madera, 
vestida de luto. Luego, los mismos hombres traslada- 
ron el ataúd á una especie de túmulo erigido en medio 
de la sala, entre dos candelabros argénteos. A Rosa 
la llevaron entonces entre ía tía Dolores y María Al- 
meida á la pieza más apartada, contigua al comedor, 
mientras Pedro se fué detrás del ataúd, y como antes 
á la orilla del lecho, se quedó llorando á un lado del 



>LOS ROTOS 

ataúd, sin que nadie pudiera desprenderle de ahí en 
toda la noche. 

Ya en !a noche avanzada, cuando cesaron las idas y 
venidas de los visitantes con sus abrazos y saludos de 
pésame y en toda la casa no quedaron sino los pocos 
amigos dispuestos á acompañar á los Soria durante 
la fúnebre vela, cuando, en una palabra, Alberto no 
tenía en qué distraer su vivo deseo de acción y su 
inquietud, consideró de frente su propia serenidad im- 
perturbable, y su serenidad le horrorizó. Todas las 
emociones, todas las tormentas que el dolor desenca- 
denara de súbito en su casa, no habían dejado en él 
sino un rastro muy leve, una sensación de frío y des- 
templanza en piernas y muslos, idéntica á la sensación 
tantas veces experimentada por él cuando pasaba un 
examen en sus lejanos tiempos estudiantiles. «¿Por qué 
no lloraba él como Rosa? ¿Por qué no lloraba como 
Pedro?> Mientras él comenzaba á hacerse á sí mis- 
mo esas preguntas, Romero y Alfonzo, viéndole como 
resignado y tranquilo, le hablaban de Emazábel, en- 
fermo desde el día siguiente al de la memorable reunión 
en el taller, y le hablaban de la obra que había de fe- 
cundar la juventud sin flor de todos ellos, glorificar sus 
nombres y redimir la patria. Alberto, después de oír- 
les con mucha atención algún tiempo, se distrajo á 
considerar nuevamente su propia serenidad y, con el 
mismo horror de la primera vez, volvió á preguntarse 
por qué no lloraba él como Pedro ni sollozaba como 
Rosa. Pedro, cerca del ataúd, se estremecía de cuando 
en cuando. Alberto le oía llorar sosegadamente, y se 
asombraba de ese llanto continuo y fácil como el co- 
rrer de un arroyo. Nunca hubiera imaginado á Pedro, el 
que siempre reía, capaz de tantas lágrimas. Parecía 
como si todas las lágrimas que dejó de verter en la 



212 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ , 

vida, entonces las vertiera. De tiempo en tiempo, en la 
alcoba más distante, del pecho mismo de Rosa Ame- 
lia surgía una como escala de sollozos: los primeros, 
altos como gritos; los últimos, casi imperceptibles 
como suspiros tenues. En la antesala y en el comedor, 
las conversaciones tenidas en voz baja hacíanse en voz 
aún más baja, ó se interrumpían por completo. Y en 
el gran' silencio, al través de las habitaciones, desper- 
tando en cada habitación un eco diferente, los sollo- 
zos venían á deshojarse y caer sobre el ataúd como 
flores impalpables. Mas, á los oídos de Alberto, los so- 
llozos y los ecos por los sollozos despertados, empe- 
zaron á resonar como acusaciones tremendas. A veces, 
turbando el silencio profundo, sólo se oía en toda la 
casa el intermitente caer de las gotas de agua desde 
la piedra de filtrar del tinajero en la tinaja rebosante; 
y en el melancólico rhlmor de queja que las gotas de 
agua alzaban al caer, antojábasele á Alberto oir un 
reproche. «¿Por qué no lloraba él como Rosa? ¿Por 
qué no lloraba él como Pedro?» Y Alberto, sin darse 
cuenta quizás de lo que hacía, hizo esfuerzos por en- 
ternecerse hasta las lágrimas . Recordó los episodios 
de su niñez y juventud, á los cuales iba más íntima- 
mente enlazada la figura paterna; recordó palabras y 
consejos cariñosos de su padre; recordó tiernísimos 
fragmentos de cartas que su padre le había escrito á 
Europa; y los recuerdos de cartas, consejos y episo- 
dios que en otra ocasión le habrían arrancado lágri- 
mas, entonces le dejaron impasible. En vano se repre- 
sentó al padre tal como era en los últimos días, exa- 
t cerbado por la vejez y la enfermedad, impaciente y 
nervioso. En vano se lo representó quejándose, maldi- 
ciendo de la vida, que lo traicionó, porque después 
de prometerle mucho, no le cumplió ninguna de sus 




ÍDOLOS ROTOS 213 



promesas. «Con nadie — pensaba Alberto -fué tan 
cruel é injusta la vida: trabajador, no obtuvo cuanto 
por su trabajo merecía; hombre, perdió muy pronto 
la mujer que adoraba y se vio él mismo adivinando 
de continuo á la muerte en acecho á dos pasos de él; 
padre, vio á los hijos lanzarse por los caminos que él 
menos esperaba, y á la hija casada con quien repre- 
sentaba á sus ojos precisamente lo contrario del hom- 
bre que soñó para su hija única. Hasta su último ins- 
tante, la vida no cesó de perseguirle con dureza. Y 
aun después que le abandonó para siempre, ¿no con- 
tinuaba la vida maltratándole, no seguía siendo cruel 
é injusta para con su memoria en las entrañas imper- 
turbables del hijo que él llamó una vez el mejor de sus 
hijos? > 

Y como no logró enternecerse con ninguna de estas 
reflexiones, Alberto se dispuso á no ver sino impure- 
za ó vanidad en el dolor de sus hermanos. Pensaba; 
< Quien tiene el llanto fácil tiene más fácil aún el olvi- 
do.» O bien se preguntaba si bajo aquel dolor impe- 
tuoso no se esconderían grandes remordimientos. 
Pero luego se arrepentía, se avergonzaba de haberse 
puesto á buscar una causa pueril ó un origen impuro 
al dolor de los otros, y terminaba por injuriarse, lla- 
mándose perverso y mal nacido. Y las injurias tampo- 
co lo turbaron. Ninguna lágrima subió á humedecer 
sus párpados resecos. Su espíritu se conservó, como 
si fuera^un pedazo de cristal de roca: sereno, lúcido y 
tirme. 

Replegado sobre sí mismo, Alberto consideró de 
nuevo con espanto la serenidad suya, hecha de un sen- 
timiento de liberación casi alegre. Y entonces la ver- 
dad se le apareció en el fondo del alma. La muerte de 
su padre, inesperada y brusca, interrumpía bruscamen- 






214 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

te su lucha interior, desarmaba sus celos desbocados 
y locos y llenaba esa tregua de los celos con la obs- 
cura é inefable esperanza de la victoria y la paz 
definitivas. De aquí su extraña serenidad, hecha de 
un sentimiento de liberación casi alegre. «La catás- 
trofe presentida de él, esperada por él, como una 
libertadora que vendría á deshaeer su angustia y 
sus cadenas, era la muerte de su padre. > En vano 
se llamó criminal, infame, hijo desnaturalizado y 
perverso: su espíritu no dejaba de gritar con la ju- 
bilosa exultación del triunfo: «¡libre! ¡libre! ¡soy li- 
bre!» Alberto sentía en realidad como si no estuviera 
unido á nada ni nadie por ninguna especie de lazos, 
deberes ú obligaciones. A una pregunta que le hizo 
Alfonzo, se extrañó como si Alfonzo le hubiera habla- 
do en una lengua incomprensible. 

Romero y Alfonzo habían seguido conversando so- 
bre Emazábel, su enfermedad y sus proyectos. Lamen- 
taba Romero la enfermedad importuna de Emazábel, 
porque sin éste no se atrevían á dar principio á la 
obra. Emazábel, con su fuerza de voluntad, unía, dán- 
doles valor, las voluntades de los otros, de por sí pusi- 
lánimes é impotentes. «Sin embargo — opinaba Alfon- 
zo—, era tal vez mejor no haber comenzado la obra 
todavía, por las calumnias que sobre ella estaba ha- 
ciendo propalar Diéguez Torres.» Este, sabedor de la 
reunión tenida en el taller de Soria, despechado por- 
que no le invitaron á la reunión, ni sobre el fin políti- 
co de ella le fueron á consultar su parecer, publicó, ol- 
vidando firmarla, una hoja suelta en la cual denunciaba 
al gobierno y al país las turbias maquinaciones y los 
muy siniestros conciliábulos de un grupo de «godos». 
Entre alusiones más ó menos claras, más ó menos grose- 
ras, revelaba algo del plan de Emazábel, pero falseando- 




ÍDOLOS ROTOS 215 



lo, contrahaciéndolo á su guisa. «Unos cuantos jóvenes 
pertenecientes á familias conservadoras — afirmaba 
él — abrogándose el titulo de intelectuales, y con el 
pretexto de instruir á las masas, organizaban una vasta 
conspiración, cuyo verdadero propósito era deprimir 
á las gentes de color hasta la despreciable condición 
política y social que tuvieron durante la Colonia y aun 
en los comienzos de la República». «Y aunque la espe- 
cie fuera demasiado burda para ser creída, tal vez ha- 
bría hecho bastante daño— opinaba Alfonzo — por ser 
infinita la muchedumbre de los ingenuos. Más bien po- 
día verse una fortuna en el malestar de Emazábel, 
porque á causa de él no se empezó bajo malos auspi- 
cios la obra.» Ai opinar así fué cuando Alfonzo diri- 
gió á Alberto una pregunta. Y Alberto, perplejo, se 
quedó largo rato sin contestar, como si no compren- 
diera, como si no le interesase en absoluto lo que Al- 
fonzo y Romero discutían; como si le fueran extraños 
los proyectos de Emazábel, y él no los hubiera aplau- 
dido y prohijado, considerándolos cual propios; como 
sí no fuera él mismo quien había hecho apuntes, reco- 
gido notas, y bosquejado ya, para los fines de la obra, 
una larga serie de conferencias; como si no fuera él 
mismo quien acababa de enviar su «Venus criolla» y 
la copia del «Fauno» premiado en París á la Escuela 
de Bellas Artes, con la intención de consagrar en esa 
escuela, con permiso del director, su primera confe- 
rencia artística á los estudiantes de escultura. 

Hacia el amanecer, Alberto observó cómo la sensa- 
ción de frío y destemplanza que molestaba sus piernas 
la víspera se había ido propagando poco á poco por 
todo su cuerpo. Era, bajo la cabeza libre y despejada, 
como un amodorramiento general, surcado á veces de 



216 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

punzantes fríos enojosos. Y tan incómoda sensación 
fué agravándose á medida que avanzaba la mañana, 
primero con los últimos preparativos de los funerales, 
después, en la iglesia, con los infinitos apretones de 
manos de los invitados, indiferentes é hipócritas, y por 
fin con el viaje entre nubes de polvo y llamaradas de 
sol, camino del cementerio. De cuando en cuando, Al- 
berto dejaba de sentir sus miembros, y era como un 
paralítico sobre cuyo cuerpo casi muerto, inmóvil, per- 
sistía la tortura de una inteligencia intacta. 

Algunas aves, extraviadas en el cementerio, entre 
las copas de los cipreses y cujíes, cantaban sobre las 
tumbas. La coronas de flores, traídas de la ciudad en 
el carro fúnebre, fueron depositadas cuidadosamente 
cerca de la fosa. Un sacerdote bendijo la sepultura, y 
sobre la urna descendida en la fosa cayeron las prime- 
ras paladas de tierra. Alberto oyó el sordo rumor al- 
zado por las paladas de tierra, al caer sobre la urna, 
como si saliera de sí mismo, de su pecho, y al mismo 
tiempo su molesta sensación de modorra se desvaneció 
como un humo pesado á un fuerte soplo de brisa. La 
verdadera significación de aquella ceremonia fúnebre 
penetró en él con sacudida formidable. No era sólo su 
padre lo que iba á dejar ahí, bajo la tierra, y por siem- 
pre: con su padre se quedaban el hogar, la familia y 
todo un infinito de sueños, esperanzas y amores. Com- 
prendió entonces cómo su padre aun enfermo, débil, 
moribundo, era una gran fuerza, porque realizaba la 
unión de corazones y vidas cuyos destinos é ideales 
no podían ser más diferentes. «¿Qué sería de ellos 
mañana? ¿Qué sería mañana de Pedro, de él y de 
Rosa? Ni él ni Pedro vivirían mucho tiempo con Rosa, 
á causa de Uribe. Pedro y él no vivirían mucho tiem- 
po unidos, á causa de la radical diferencia de sus ideas 



ídolos rotos 217 

y costumbres. Dentro de poco, mañana tal vez, cada 
uno tomaría por su lado. Serían como golondrinas 
que, después de vivir todo un verano juntas á la som- 
bra de un mismo alero, se dispersan á las primeras rá- 
fagas de otoño... ¿Con su padre, su hogar y su fa- 
milia, no iba á dejar también su propia juventud y sus 
más puros sueños, esperanzas y amores, pudriéndose 
bajo aquel montón de tierra?> A esas reflexiones, 
mientras las paladas de tierra seguían cayendo con 
sordo rumor, su serenidad imperturbable se deshizo 
como un cielo muy claro que se deshiciera en lluvia. 
En sus ojos aridísimos rompió la más limpia vena de 
llanto. Y Alberto, aquel día y toda la noche de aquel 
día, lloró, lloró mucho, dejando correr en el mismo 
cauce, ahondando por la vigilia, de sus mejillas ma- 
cilentas, con las primeras lágrimas de su orfandad las 
últimas de sus amores. 



CUARTA PARTE 



Cantaban las cigarras. De cada árbol, de cada ar- 
busto brotaba el monótono canto anunciador del es- 
tío. Cerca y lejos, cada mancha de verdura, cada 
rama, c ada h oja, era un chirrido estridente, insosteni- 
ble, como la nota más alta y gloriosa de una cuerda 
hecha de cristal que estuviese vibrando hasta romper 
de frenesí ó de júbilo. De la escasa vegetación nacida 
á orillas de las quiebras y barrancos que, desprendién- 
dose del Avila, bajan á cortar y dividir caprichosa- 
mente la ciudad hacia el Norte, venían los cantos mo- 
nótonos y agudo?; venían del Oeste, délos raros fo- 
llajes respetados aún por la incuria administrativa so- 
bre El Calvario, colina antes revestida de flores y de 
lozana arboleda; venían de los cafetales tendidos al 
Este y Sureste de la población; de todos los puntos 
del horizonte venían; y en la ciudad misma, de cada 
patio ó corral lleno de árboles de sombra, de cada jar- 
dín, de cada plaza pública, surgía un coro idéntico en- 
sordecedor y penetrante. Y como en un grandísimo 
templo gótico van las columnas, los arcos y las demás 
partes del edificio enlazándose y fundiéndose de modo 



220 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

harmónico á rematar en la suprema esbeltez de la 
aguja, así los cantos y los coros dispersos por toda la 
ciudad se enlazaban y fundían en la atmósfera infla- 
mada, sobre la ciudad ebria de bullicio y de sol, pri- 
mero en un vasto coro unánime, y, por fin, en un solo 
grito desesperado que volaba hasta el cielo como un 
dardo impetuoso. 

Percibiendo todo eso, Alberto, inactivo y solo en su 
taller, se imaginaba oir en aquel grito, el grito de la 
tierra enferma de Jjejjie* torturada de sed, que clama- 
ba á los cielos, implacablemente azules, por una gota 
de agua. La tierra tenía fiebre. El calor de la fiebre se 
alzaba por todas partes de la tierra sitibunda, y tam- 
bién por todas partes el rubor de la fiebre subía en 
llamara das violen tas á la cima de los Trucares, á lo alto 
de las marías, á las copas de las acacias, que se desga- 
jaban de flores. No se veía sobre los árboles, en nin- 
guna parte de la ciudad ni en sus contornos, sino flo- 
rescencias pu rpúrea s, reveladoras del ince.ftdip, que 
abras&ba las entrañas de la tierra. Desde la ventana 
del taller se divisaba á lo lejos, por sobre las tapias 
de un corral, una maría empavesada de p úrpur a. 

Alberto, algo intranquilo, se asomó á la ventana y 
recorrió con los ojos la calle desierta. Ningún ruido, á 
no ser el de los cantos de cigarras, turbaba el pesado 
letargo estival de la hora. Sobre la tierra, á trechos 
roja , á trechos gualda, de la calle no empedrada, re- 
verberaba el sol como sobre una áurea lá mina Jbruñi- 
da. «Nunca ha tardado tanto — se dijo Alberto, al re- 
tirarse de la ventana con los ojos encandilados por el 
sol. — De la iglesia al taller habrá un cuarto de hora, 
si acaso veinte minutos. A menos que un obstáculo 
repentino la haya obligado á no salir de su casa.» Y 
Alberto sintió rebelarse todo su ser contra el proba- 



ÍDOLOS ROTOS 221 

ble obstáculo improviso. Todo él vibró y se tendió, 
resorte vivo, como si pretendiera volar al encuentro 
de la esperada; todo él deseó á la que había de venir,, 
con igua l impaciencia acd aiasa con que la tierra hacía 
un mes estaba clamando por la lluvia. También él, 
como la tierra, tenia fiebre: la fiebre cantaba en sus 
venas, ardía en su corazón y comenzaba á llenar su es- 
pera de inquietud y sobresalto. La tierra, en su fiebre, 
con sus árboles atormentados de sed, con sus follajes 
ardidos, con sus florescencias rojas, con sus innúmeros 
cantos de cigarras, no era sino un solo clamor que 
exigía del cielo inclemente la gracia de la lluvia. Así 
en todo él, como en la tierra febricitante, no había sino 
un sólo deseo, una sola ansiedad, un grito solo: Tere- 
sa. Porque Teresa le traía la frescura del agua en la 
misma boca en cuyos labios enfermó él de fiebre inex- 
tinguible, ^q 

Días después de enterrado su padre, Alberto se fué, 
diciendo que por una breve temporada y en busca de 
fuerzas, como á convalecer, á Macuto, el único pue- 
blecito de baños de la costa. Necesitaba, más que de 
reposo y fuerzas, de recogimiento y soledad, á fin de 
ver claro dentro de sí, oir mejor las voces de su alma, 
y trazarse luego un plan de vida futura, ajustando á 
los más fieles juicios de su conciencia la conducta que 
seguiría en lo adelante con sus propios hermanos, con 
María Almeida, y con Emazábel y los demás amigos 
generosos, empeñados en el mismo proyecto colosal, 
muy noble, sin duda, pero tal vez delusorio, de redi- 
mir la patria, enferma y decadente de sus fealdades é 
ignominias. 

A la llegada de Alberto había muchos bañistas en 
aquel pueblo de la costa, pero la mayor parte de ellos 



222 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

comenzaban á volverse uno á uno á la capital, porque 
la estación de los baños tocaba á su término. Los últi- 
mos, los más rezagados, los más renuentes á irse, par- 
tieron casi en tropel, cuando en la rústica y serena paz 
del pueblecito comenzaron á estallar, como bombas, 
después de las noticias de muy ásperos debates en el 
Congreso, las primeras é indudables noticias de una 
revolución capitaneada por el «ínclito» general Rosa- 
do, aquel mismo general senador cuyos tejemanejes en 
una de las más próximas Antillas traían de tiempo 
atrás al gobierno desazonado y caviloso. La proclama 
de guerra que el general Rosado lanzó desde un hato 
de su propiedad á todas las comarcas y gentes de la 
república llegó al pueblo, traída no se sabía de dónde 
ni por quién, y en el pueblo pasó por todos los habi- 
tantes y bañistas de mano en mano, despertando en 
los unos curiosidad ó alegría, sembrando en los otros 
alarmas y tristezas. 

La lectura de la proclama belicosa de Rosado fué 
como la señal de partida de muchas familias que se 
marcharon sin dilación, y muy pronto, aunque en aque- 
llos parajes de la costa no hubiese nada que temer, 
ni entonces ni más tarde, no quedaron en el pueblo 
sino tres ó cuatro familias de la capital, entre ellas la 
familia Solórzano y Teresa Farías con sus dos hijos. 
Por el mayor de éstos, enfermizo y bastante desmi- 
rriado y paliducho, se vino Teresa á aquellas playas. 
La acompañó algún tiempo la hermana de su marido. 
Cuanto á Julio Esquivel, retenido por sus quehaceres 
en la capital, venía al pueblo una vez por semana: lle- 
gaba el sábado por la tarde, y en las primeras horas del 
siguiente lunes volvía á la capital, adonde lo llamaba 
su deber en la oficina de una gran Compañía deque era 
empleado como ingeniero jefede la sección de dibujo. 







ÍDOLOS ROTOS 223 

En la soledad en que el pueblo se quedó, al ausen- 
tarse la muchedumbre de los bañistas, Alberto creyó 
ver una sólida garantía del retraimiento necesario á lo 
que él llamaba su indispensable convalecencia. Para 
saborearlo mejor, puso método en su ocio, repartien- 
do las horas lo más gratamente posible. La mañana la 
invertía casi toda en darse un baño y en hacer, des- 
pués del baño, una excursión por los contornos más 
agrestes. Ya se iba siguiendo la ondulante curva de la 
playa, entre uveros y rocas; ya remontaba el curso del 
riachuelo que, á un lado de la población, viene á ren- 
dir á la mar el escaso tributo de sus aguas limpísimas. 
Caminando río arriba, por no muy trilladas veredas, 
llegaba á veces hasta alguna de las revueltas, ricas en 
sombra y frescor, de las que el río forma á poco de 
abandonar el cerro en cuyas alturas nace; y ahí, en 
esa revuelta, sobre un duro peñón suavizado y pulido 
por el beso incansable del agua, se embelesaba en ver 
y oir el correr murmurante del río entre peñascos y 
breñas, pero sin dejar de atender el otro raudal que 
por lo más hondo de su alma corría, arrastrando mu- 
chas cosas muertas, como á sus pies el río se desliza- 
ba, arrastrando hojas caídas y ramas rotas. 

Por la tarde, en las horas de más calor, buscaba un 
refugio en la umbría del parque de arboleda muy es- 
pesa que se halla á la entrada del pueblecito para 
quien viene de la capital; y á la sombra de caobas, hi- 
guerotes y majaguas, á ratos leía, á ratos contemplaba 
á lo lejos, por entre los claros del follaje, el mar casi 
nunca apacible, de ordinario inquieto y rizado, llena 
la móvil superficie glauc a de infinitos choques de olas, 
coronados de espuma, que fingían, en su efímero y 
blanco relampaguear, innumerables y esparcidos copos 
de algodón de candidez reluciente. A esas mismas ho- 



224 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

ras quedábase raras veces en el alte comedor del Ca- 
sino, viendo siempre hacia el mar, á través del pedazo 
de vega soleada que empieza á la derecha del Casino 
y acaba no lejos de ahí, en donde la tierra avanza 
en el mar una punta erizada de ásperas y eminentes 
rocas. En una ú otra parte, leyendo, ó contemplando 
el océano, Alberto esperaba, como se espera una fies- 
ta, la hora en que muere el día y el sol cae en la mar, 
en medio de la gloria incomparable y fugitiva del cre- 
púsculo. 

Nada le era tan dulce como saborear aquella hora 
cual un festín de belleza. Cuando el sol empezaba á 
declinar, ya estaba él esperando en la playa, con la 
misma piadosa expectación con que el creyente espera 
el principio de una ceremonia de su culto, los prime- 
ros juegos y combinaciones de matices que la última 
luz derrama sobre el mar, el cielo y el monte. Ese dia- 
rio y siempre nuevo festín de belleza lo saboreaba 
desde el puentecito de madera que une el estableci- 
miento de baños de mar á la tierra firme, ó sentado al 
pie de uno de los raquíticos olivos silvestres plantados 
en línea paralela á la primera fila de casas del pueblo, 
ó paseándose arriba abajo junto al murallón que pro- 
teje la playa contra el asalto de la onda en los días de 
borrasca y en el subir de la marea. Las olas, cuando 
el mar está siquiera un poco agitado, se rompen contra 
el malecón, restallando como látigos ó retumbando 
como truenos, y al romperse llenan los aires y van á 
barrer, por sobre el malecón, el paseo de la playa, coa 
el furente hervor de su espuma deshecha en polvo su- 
tilísimo. 

Tan escrupulosa y consagrada atención Alberto po- 
nía en seguir los cambios de la luz y las diversas tintas 
de las aguas y del cielo, que algunos crepúsculos, con 



ídolos rotos 2£5 

sus más imperceptibles pinceladas, quedábansele has-^^ 
ta mucho tiempo después resplandeciendo en la me-/ 
moría. Ya era un ocaso en que un largo .nubarrón plo- 
ffl izo. como densa_faja_ de brumas, ocupaba el hori- 
zonte; por sobre la nube, un haz de tintas pálidas, que 
se desmayaban y morían como pétalos de flores en- 
fermas; debajo, entre la nube y las aguas del mar, 
una tenue raya color de fuego, como hecha con un 
pincel fino y primoroso; y el vientre mismo de la nube 
horadado, en el sentido de su longitud, en tres puntos 
diferentes, de ios cuales, como de otros tantos respi- 
raderos de una fragua, saltaban á la mar sendos fúlgi- 
dos chorros de topacios derretidos. Ya era otro cre- 
púsculo admirado desde el puentecito del estableci- 
miento de baños; detrás del pueblo, de la más alta 
cumbre del monte, se desprendía, subiendo en los 
aires y avanzando á la vez hacia el mar, un blanco jirón 
de niebla; á lo largo de la playa, las cimas de los co- 
cos, movidas del terral, simulaban destrenzadas cabe- 
lleras de indios; en el cielo de Occidente, dos lagos: 
uno de oro con bordes azules, el otro de fuego con 
orillas de ópalo; y entre esos dos lagos y el jirón de 
niebla que subía de la montaña, una gran zona celeste, 
clara y profunda, en cuyo fondo chispeaba el primer 
lucero de la noche como diamante solitario prendido 
en el velo azul de una virgen. 

Pero muy pronto Alberto echó de ver que en lugar 
de serle más fácil, resultábale más difícil retraerse, 
como quería, en aquel pueblo casi por completo aban- 
donado. Siéndole conocidas las pocas personas que en 
el pueblo quedaban, y hallándolas á cada momento á 
su paso, forzoso le fué acercarse á ellas, intimar con 
ellas y participar de sus pláticas y reuniones al aire 
libre, en el parque, en la playa y á la sombra de los 

15 



226 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

matapalos é higuerotes que llenan con sus follajes sus 
barbas y hasta sus raíces, la segunda de las tres calles 
que cruzan el pueblecito de Este á Oeste. De tal modo 
llegó á verse en el caso de concurrir á cortas é impro- 
visadas excursiones á las cercanías. Las excursiones las 
improvisaban Teresa y las Solórzano. Y como no se 
trataba ni de banquetes, ni de estrepitosas partidas de 
campo, ni de ninguna otra diversión por ese estilo, 
Alberto no se podía excusar con lo reciente de su luto. 
Sufriendo al principio de mala voluntad esas escapa- 
das agrestes, les fué tomando ley poco á poco. 

La presencia de Teresa le hacía pensar de cuando 
en cuando en sus peores noches de ceíós, aunque sin 
despertarle ya aquel sentimiento ambiguo de simpatía 
y aversión que Teresa entonces le inspiraba. Muerta la 
voraz Quimera que estuvo enseñoreada de su espíritu, 
desvanecidos los celos como odioso y ridículo espan- 
tajo, sepultado en lo más íntimo del alma su amor 
suspizaz é infeliz, aquella aversión, producto de natu- 
rales reflexiones egoístas, se disipó, dejando en liber- 
tad la simpatía confundida enantes con ella. Y la sim- 
patía en libertad halló en el pueblecito desierto un 
cómplice habilidoso y amable. Halló, en la vida casi 
en común que llevaban los pocos habitantes del pue- 
blo, ocasiones de crecer, hasta manifestarse irresistible. 
Poco á poco, Alberto se encontró llevado, y se dejó 
llevar de aquella fuerza obscura. Ni por un instante se 
le ocurrió luchar contra ella. «¿A qué oponerse al des- 
tino? ¿Mejor no era abandonarse á él como la hoja á 
los caprichos del aire? ¿No le presentaba el destino 
providente el medio más á propósito para acabar con 
las últimas vacilaciones de su alma, apresurando su 
convalecencia hasta conseguir de nuevo su entera sa- 
lud interior de otros días?» Al menos á la sola intere- 



ÍDOLOS ROTOS 227 

sada, Alberto no disimuló sus vivas inclinaciones. Al 
contrario, más bien parecía tomar empeño en mani- 
festárselas de modo patente, como si quisiera, obrando 
así, purgar y deshacer hasta en el recuerdo su antigua 
aversión injusta. En sus acciones y palabras, las claras 
muestras de simpatía iban á su fin derechamente, ó 
por las caminos más cortos. El menor de los dos chi- 
quillos de Teresa fué muchas veces candido interme- 
diario de aquella simpatía cuyas alas empezaban á ar- 
der en un fuego nada puro. Vivaracho y travieso, tanto 
como era de tímido y melancólico su hermano, acos- 
tumbraba todos los días romper la lectura del escultor 
y turbar la pesada somnolencia del parque, á la hora 
de la siesta, con el bullicioso y alegre tumulto de sus 
risas, juegos y charlas. 

El chiquillo, después de evitar muchas veces, al 
principio, el contacto de aquel señor que leía todas 
as tardes á la sombra, por parecerle muy grave y ce- 
ñudo, fué después con los días acercándosele, y á la 
postre le cobró confianza y apego. Alberto se veía 
forzado á interrumpir sus lecturas, á responder á la 
avalancha de preguntas que despeñaba sobre él su 
ami go lili p utiense , á mostrar á éste una á una todas 
las páginas del libro que leía, hasta convencer al chi- 
quillo, incrédulo y malicioso, de que el libro no tenia 
"santos", y á veces á secundar en sus juegos, como 
cualquiera otro chiquillo, al de Teresa, riendo y corre- 
teando con él, por dentro y fuera del parque, bajo las 
majaguas y caobas. Al terminar los juegos, Alberto 
cogía entre sus manos al chiquillo — cuando éste, avi- 
sado ya, no tomaba sus precauciones, poniendo entre 
su amigóte y él una distancia prudente — y le besaba 
y estrujaba, hasta sofocarle á caricias. El chiquillo, 
que empezaba por dejarse oprimir, acababa protes- 



228 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

tando. Alberto jamás lo dejaba antes de enfurecerlo 
siquiera un segundo, obligándole á debatirse, por el 
solo placer de mirar cómo, sacudía la rebelde guedeja 
castaña y cómo, bajo el ceño fruncido, le chispeaban 
los ojos en furia, semejanlesü dos esmeraldas ardien- 
tes. Eran, como los ojos de la madre, claros, no del 
todo verdes, más bien entre verdes y azules, pero des- 
piertos, muy despiertos, no amodorrados, como los 
ojos de la madre, en una languidez continua. Cuando 
Teresa presenciaba aquellos retozos con aires de lu- 
cha, el chicuelo corría, al verse libre, á buscar en ella 
un refugio contra los desconsiderados apretones. Ella, 
sonriendo, besaba al hijo en la boca, en los ojos, en el 
cabello alborotado. Y Alberto, sin poderlo evitar, 
pensaba entonces que los labios de Teresa debían de 
imprimirse en el rastro aún fresco de los suyos. "¿No 
se encontrarían sus besos? ¿Cuando ella besaba al 
hijo, después de haberle besado él, besaba únicamente 
. al hijo?" A esa reflexión— diabólica vacilaba confuso, 
medio extraviados los ojos, como quien se entretuvo 
paladeando un vino f uerte. Su extravío y aturdimiento 
eran á veces tales, como si por cada uno de los poros 
de su cuerpo entrase, quemándolo y mareándolo con 
sus llamas y canciones, una voluptuosa, embriaguez 
desconocida. De esa manera germinó el deseo que, de 
reflexión en reflexión, por el mismo acto provocada, 
fué irritándose y creciendo, como de estímulo en estí- 
mulo, hasta llenar la sangre de Alberto con su hálito 
ardoroso. Y como Teresa continuaba siendo la misma 
para él, de modo que él veía siempre en el saludo de 
Teresa un esbozo del gesto de quien brinda una copa 
rebosante, él, un día, se atrevió á poner sus labios en 
los bordes de la copa. 

Fué en el curso de una de aquellas excursiones im- 




/ 



ÍDOLOS ROTOS 229 



provisadas por las Solórzano y por la misma Teresa. 
Caminaban rio arriba, y habían llegado precisamente 
al paraje en donde concluye lo que puede llamarse 
camino, y de donde no es posible seguir sino atre- 
viéndose con escarpados é inseguros vericuetos, ó sal- 
tando por el cauce del río, de roca en roca. Adelante, 
acompañadas por dos amigos de lo más «granado y 
culto» de la capital iban las Solórzano. Parte de ese 
agrupo delantero andaba todavía por una resbaladiza 
j vereda, angosta y húmeda, formada con las raíces de 
t£es jabillos muy frondosos, cuando los otros, pasada 
la vereda, empezaban ya á saltar de roca en roca so- 
bre los pozos tersos, de cristales muy diáfanos y fondo 
hecho de arena, blonda y menuda, como polvo de oro 
cernido. Teresa y Alberto seguían detrás, los últimos 
de todos, conversando. Llegados al punto del cual no 
pasarían sino marchando uno en pos de otro por la 
misma vereda que los demás acababan de trasponer 
antes de pisar la vereda, sin que ninguno de los dos 
pudiera decir más tarde cómo ni por qué, se besaron 
largamente, escondidos bajo^el sonrosado parasol de 
Teresa, abierto sobre ellos, entre el verdear de las 
hojas y á la vera del camino, c omo una monstruosa 
anémona salvaje. 

Desde entonces, no hubieron menester de interme- 
diario sus besos: como abejas incansables y libres en- 
tre la colmena y la flor, así volaron entre sus bocas. 
La libertad necesaria á su vuelo durante las breves ex- 
cursiones improvisadas, como en la memorable ex- 
cursión río arriba, la resguardaba el paxasol_ de Teres a, 
convertido en a[cjhu^tejirj£cio.so, liggrisjmo y^sabio. 
Ya se^abría como una" flor;, sobre las cabezas de los 
amantes, apoyadas una en otra, ya se agitaba con el 
inquieto revolotear de una mariposa delante de los 



230 MANUEL DÍAZ RODRÍGU EZ 

labios desfallecidos y como absortos en el espasmo 
del beso. Cuandp_el„parasol no protegía sus besos, los 
P rn ^ g íl!l31Bk a de la noc h^ sinluna enja-playa 
s oJter'' a ~ Ahí, en los sitios más obscuros y discretos 
se encontraban sus bocas. A veces, en el malecón, 
viendo venir las olas á estrellarse contra la muralla á 
sus pies, esperaban que una ola más grande que las 
otras viniese refunfuñando fieros y amenazas, para 
entonces huir, no sin mezclar, durante el fingido^azo- 
ramiento de la fuga, el temeroso rumor de sus labios, 
que se juntaban por un segundo, con el rumor de la 
onda que al pie de la muralla se rompía, restallando 
como un látigo ó retumbando como un trueno. Otras 
veces aprovechaban las mejores coyunturas que se les 
ofrecían por la noche, en el puentecito que une el es- 
tablecimiento de baños de mar á la tierra firme. Ahí 
se reunían las Solórzano, sus dos amigos elegantes 
recién venidos de la capital, Teresa, Alberto y alguna 
otra persona. Cuando una de las muy alegres primas 
de Uribe no rasgueaba zurdamente una guitarra, en 
tanto que otra de ellas acometía alguna romántica y 
boba canción de amores,!comentábanse las últimas no- 
ticias deja guerra llegadas de Caracas por eLtre.n ó 
el teléfono, y otras varias noticias, complaciéndose las 
damas en mover la lengua y los labios parleros si se 
trataba de noticias de noviazgos rotos, de noviazgos 
en agraz, de matrimonios fresquecitos, ó de sucesos 
menos confesables aún, pero en los cuales el amor, 
caprichoso y tiránico, figuraba también, haciendo li- 
bremente de las suyas. Para dar las noticias de esta 
última clase no había, al decir de las Solórzano, 
como Pepito Rieja, uno de aquellos dos amigos ele- 
gantes recién venidos de la capital. Tenía tanta gra- 
cia y un lenguaje tan pintoresco para hablar de aque- 




ÍDOLOS ROTOS 231 

lias cosas, que las Solórzano le escuchaban rendidas 
de admiración y como en éxtasis, cuando no celebra- 
ban sus pullas con lisonjeras carcajadas. Asi, Rieja, 
dando cuenta una noche, de lo que en la ciudad se 
murmuraba sobre el continuo visiteo de Mario Burgos 
á casa de las Riguera; diciendo cómo algunos creían 
que Mario enamoraba tan sólo á una de las muchachas 
Riguera con la intención de quien, para ir hasta el 
tronco de un árbol, empieza por guindarse de una 
rama; diciendo cómo otros creían que el intento de 
Mario era apechugar con rama y tronco á la vez, aca- 
bó por decir que, según su parecer, Mario estaba sin 
duda «tirando una parada de dos cabezas>. Este di- 
cho, y su correspondiente retintín malicioso, lo aco- 
gieron aquellas vírgenes románticas, aficionadas á can- 
tar al triste son de la guitarra las más tristes cantigas 
de amor, entre un alto coro de risas, cuya espontanei- 
dad trataron de cubrir después con un «¡las cosas de 
Riejal» ó un «¡las cosas de Pepito!>, según eran más 
ó menos amigas de aquel narrador de estilo incompa- 
rable. En tales ó parecidas circunstancias, Teresa y 
Alberto hallaban siempre ocasión de cambiar, casi en 
las barbas de los demás, algún beso furtivo, siendo 
tanto mayor el deleite que saboreaban en el beso, 
cuantos mayores riesgos corrían de ser vistos de los 
otros. Sobre todo en Alberto, el deleite de los besos 
fugaces, como súbito roce de alas, era indecible. El 
calofrío del peligro le hacía más picante el sabor de los 
besos, ya de por si muy deleitoso. A formar en él ese 
deleite contribuían: un poco de su vanidad, por la sa- 
tisfacción de sentirse dueño de algo que le envidiarían 
muchos hombres, el sobresalto continuo del primer 
adulterio, el pensamiento de ser besado de una boca 
hecha á deshojar plegarias y letanías, y las mismas tor- 



232 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

ceduras de conciencia con que ei_re£ugrdo de' María 
Almeida venia á tu rbarlo _á menudp_£n.medio á los ar- 
dores impacientes de «u idilia-culgable. 

Las impaciencias de su ardor crecían cada vez más, 
pero hallaban en Teresa una serenidad imprevista, no 
turbada, al parecer, ni de un amago de fiebre. Con se- 
mejante serenidad, ella contenía, moderaba y descon- 
certaba los ímpetus de él. Y él empezó á dudar de 
ella, á creerse víctima de una insondable coquetería 
diabólica, porque de otro modo no se conciliaban á 
su juicio, en una misma mujer, aquella resistencia tran- 
quila, contra la cual iba á estrellarse el aguijón de su 
deseo, y la tranquila audacia con que Teresa le ofre- 
cía sus labios y la miel de los besos fugitivos en los 
paseos, en la sombra de la playa y en el puentecito de 
los baños, casi en la presencia de los otros contertu- 
lios. Pero Teresa disipó las dudas y sospechas, y pre- 
vino los reproches que de sospechas y dudas bien po- 
dían derivar, manifestándose atormentada por escrú- 
pulos, en los cuales Alberto creyó, á pesar de lo ex- 
traños é incomprensibles que eran. Lo s es crúpulos de 
Teres a venían de recordar que en aquel pueblo ella 
había pasado los primeros días de su luna de miel, y 
de considerar como profanación ó sacrilegio el caer 
en los brazos del amante en donde cayó por la prime- 
ra vez en los brazos del esposo. «¡El pobre Julio! ¡Era 
tan bueno!... Después, cuando volvieran á la capital... 
En la capital sería cosa muy distintas 

La razón de su resistencia no estaba en esos escrú- 
pulos, que no eran sino vagos y mal traídos pretextos: 
estaba en algo más consistente, menos ideal que esos 
escrúpulos: en un simple cálculo egoísta. En las cosas 
de amor, Teresa conocía muy bien todo el precio de 
la espera. Sabía que el don, cuanto más esperado, más 




ÍDOLOS ROTOS 233 



precioso y más dulce, Y deseaba que Alberto espera- 
se, como ella de mucho tiempo atrás venía esperando. 
En efecto, lo que para él era delicioso é inesperado 
principio de una intriga de amor, para ella no era sino 
el fin heroicamente esperado de una larga y secreta 
obra, cumplida al través de meses, dificultades y es- 
torbos. Y así se lo dio á entender ella misma, cuando 
le dijo cómo aquel amor suyo había empezado á ger- 
minar en su alma. «El germen de su amor — según ella 
decía —fué la corazonada que tuvo la primera vez que 
le vio, recién llegado de Europa, aquel día en que, es- 
tando ella en la plazuela de la Santa Capilla, acertó él 
á pasar por la calle. Sin ella saber cómo, al verle y 
adivinar quién era, se dijo para sus adentros: á ese yo 
le querría. Y cuando él no sólo volvió á mirarla, sino 
desanduvo lo andado para de nuevo pasar delante de 
ella, en vez de repetir en sus adentros «á ese yo le 
querría», se dijo sin la más leve incertidumbre: «ese 
me querrá». «Y una veluntad de mujer—agregaba Te- 
resa — es irresistible. Cuando se propone secar una 
fuente, ó siquiera torcer el curso de sus linfas, va has- 
ta el corazón de la montaña; y si la montaña resiste, 
cambiará de cimientos la montaña antes que ella de 
propósito.» Pero aun sin ese cálculo sugerido por la 
virtud milagrosa de la espera, ella no se hubiera en- 
tregado jamás al amor en la atmósfera de aquel pue- 
blo. No era ese el ambiente exigido de sus nervios 
para las exaltaciones del amor y las dulzuras del pecado. 
En_ ella parec ían^ vivir , una al ladn ríe otra, dos mu - 
iSíSS distintas. Y según cual de las dos predominase, 
así cambiaba Teresa de vida y costumbres. De aquí 
las alternativas que por sí solas formaban su existen- 
cia: iba de excesos de_vida_ piadosa á excesos de vida 
mundana. Ya consagraba todos los instantes á una in- 



234 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

finidad de prácticas devotas; ya, sin abandonar de un 
todo sus devociones, coacedía más espacio y atención 
á las cosas del mundo. Cuando se hallaba en este últi- 
mo caso, en una faz de vida mundana, como sucedía 
en aquel pueblecito costeño, su modo de vivir se acor- 
daba mejor y á la vez con las leyes naturales y con la 
ordinaria moral de los hombres. Como su vida, se de- 
puraban sus nervios, despojándose de sensaciones in- 
útiles ó malsanas y excesivas. Los instintos nacidos 
y aguzados en su anterior vida artificial, se mellaban 
entonces; y Uajp^u^ieJJbJUusca. se dormían sus volup - 
tuosidades, como un rebaño de corzajuhajo la .nieve. 
De su ser voluptuoso, apenas persistía el vivo gusto 
con que saboreaba las caricias de los vientos y del 
agua. Sus goces, principales eran exponer su rostro á 
la violencia de las más fuertes brisas del mar, y sentir 
en todo su cuerpo los besos de la onda. Llegaba, la 
primera, todos los días, á la parte del establecimiento 
de los baños reservada á las mujeres. Y acostumbraba 
llegar la primera, no tanto porque su baño solía ser 
más largo que el de las otras, como porque no le gus- 
taba sino bañarse. uní ca mente, vestia^.x©*4o£Íiiia*-de 
de su blancura. En la blanca glorja de-AU-desnudez 
perfecta, se ponía á recorrer con los ojos la glauca in- 
mensidad mariha, desde lo alto de la gradería de ce- 
mento que, por no muy suave inclinación, conduce 
hasta el baño propiamente dicho — espacio de mar cir- 
cundado de gruesos palos unidos entre sí merced á 
planchas de hierro, y por entre los cuales, y aun á ve- 
ces por encima de los cuales penetran las olas . En 
esa actitud contemplativa, llegaba á representarse á 
menudo el mar, cuyo inquieto lomo ondulante veía 
desvanecerse en el vago confín del horizonte, como un 
gigantesco monstruo lascivo apercibido á poseerla. 




ÍDOLOS ROTOS 235 



Entonces, con un ligero calofrío por toda la piel y una 
sonrisa perversa en los labios, empezaba á descender 
de lo alto de la gradería de cimento, grada á grada. 
Bajaba con pasos cautelosos, apoyándose con una de 
sus manos en la cuerda que, pasando al través de va- 
rias estacas, divide en dos, de arriba abajo, la grade- 
ría de cimento. Con tales precauciones, evitaba resba- 
lar sobre el cimento de las últimas gradas, revestido 
de una traidora pátina de musgo. Al meterse en el 
baño comenzaba para ella su verdadera delicia. Sin- 
ti endo por todas p artes los bese s, de. la onda, se hacía 
la ilu sión de h allarse en poder de un amante ardiente 
y habi lísimo, á cuyos labios expertos é insaciables no 
sepodía esquivar la más J^£¿£álit& partícula de su 
ciisEpo-de&Dudo. Largo tiempo se recreaba en esa ilu- 
sión del amante que de pies á cabeza la envolvía de 
continuo en un solo beso, mientras ella no lograba re- 
tenerlo ni un segundo entre sus brazos. Luego, olvi- 
dando estas fantasías, se daba á jugar como una chi- 
cuela, golpeando el agua con sus manos, recogiendo la 
espuma de la mar en el hueco de sus dos manos juntas, 
como una sola blanca y rosada concha marina, ó des- 
prendiendo de los palos, y de las trabas de hierro que 
cercan el baño, panzudos caracoles. Grande era su ale- 
gría cuando le llevaban las ondas un alga por la cual 
tenía preferencias: un ajgajmuj£ suave al tacto y á la vis- 
ta, semejante á un delicado terciopelo verde, por la 
textura del cual pasaran muy desvaídos reflejos de oró. 

Con esa alga se r.onstmía dladpma^ paja la frente, bra- 

zaleles para los Jarazos, ajorcas para la,garganta de sus 
pies, y de ese modo ataviada continuaba sus juegos, con- 
tinuaba dando golpes en el agua, recogiendo y lanzan- 
do á los aires copos de espuma, desnuda, alegre y feliz 
de retozar, como una libre nereida juguetona. De sus 



236 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

hábitos matinales, sacaba ella pretexto, una vez, para 
burlarse con mucha sorna y finura de Alberto, mien- 
tras afeaba á éste su costumbre de permanecer en la 
cama hasta muy entrado el día y le reprochaba el 
guardar toda su admiración para los crepúsculos de la 
tarde, menospreciando las auroras. «Las auroras — de- 
cía Teresa — no son menos dignas de admiración que 
los crepúsculos vespertinos. Al contrario: al menos 
para un escultor debieran ser más dignas de admirar- 
se las auroras. Es casi una vergüenza que en un pue- 
blo como éste, un escultor no esté despierto y de pie 
/muy antes del alba. Hacia el alba puede verse á V e- 
\ ñus, todos los días, nacerj de !?»« espumas. De mí sé 
decir que he presenciado muchas veces, cada vez con 
mayor gozo, el nacimiento de Venus. ¡Cuál no sería 
el regocijo de un escultor que, pudiendo sorprender 
las formas de la diosa entre su aérea veste de espu- 
mas, fuese capaz de fijar esas formas en el mármol! > 
Sin alcanzar entonces el^er dadero sen tido, oculto en 
esas palabras y en la sonrisa burlona con que Teresa 
las decía, ""Alberto acertó á responder: — Si Venus 
quiere, no es preciso que yo la vea surgir de entre la 
espuma de los mares. Puede aparecérseme de un 
modo, si bien prosaico, mejor que otro ninguno para 
esculpir sus formas. Si Venus quiere, puede prosaica- 
mente ir á mi taller, cuando estemos de vuelta en la 
ciudad.* Y Venus quiso. 

Pero, antes, Venus cambió, el alma simple y riente 
de pagana que tenía entre las espumas, por un alma 
nueva y nada simple de católica. Teresa pareció cam- 
biar, en efecto, á su vuelta á la capital, de trajes y de 
alma. A los primeros signos reveladores de ese cam- 
bio, Alberto se llenó de asombro. Comenzó por ex- 
trañar que Teresa, aún temerosa de ir á su taller, es- 



ÍDOLOS ROTOS 237 

cogiese como lugar de cita los templos. El primer lu- 
gar en donde se vieron y hablaron, á su regreso de la 
costa, fué la Santa Capilla. Teresa escogió este lugar 
para su primera cita de amantes, porque, según ella, 
á las puertas de la Capilla se habían visto los dos por 
la primera vez, y porque ahí tuvo ella el presentimien- 
to claro de sus amores. En esa capilla, adonde Teresa 
debía por lo menos ir una vez en la semana, á cierta 
hora, á llenar sus deberes de adscrita á la cofradía de 
la Adoración Perpetua, comenzó para los dos un im- 
paciente y largo peregrinar de templo en templo, ó 
de capilla en capilla, según adonde la devoción muy 
viva de Teresa corría desalada. Pocas damas contaba 
la ciudad tan piadosas como ella. La inquietud pe- 
renne de su piedad la citaba y ofrecía el padre Flórez 
como un ejemplo inimitable y cuasi único de ardor se- 
ráfico. Tal vez en gracia de ese alto concepto en que 
la tenía, el padre Flórez la encargaba, al presentarse 
la ocasión, de diversas obras benéficas, en especial 
de aquellas obras que, sin dejar de ser muy pías, 
redundaban en provecho más ó menos palpable de 
su parroquia ó de su diario. Y aunque el cura le 
hieiese á la vez varias encomiendas por el estilo, á 
cual más difícil, Teresa las cumplía sin desatender nin- 
guna de sus múltiples devociones. Además de las de- 
vociones comunes á los católicos fervientes, ejercía las 
de todos los miembros de la Adoración Perpetua y 
las aún más rigurosas y considerables de terciaria. 
Como terciaria, debía diariamente oir misa y leer el 
oficio, entre otras cosas. Pues con todo eso y con cui- 
dar de su casa y de sus hijos, le sobraba tiempo y va- 
gar bastante para hacer novenas y devociones menú - 
das, que variaban las unas con el mes, las otras con el 
día. Así, Teresa no faltaba nunca en la iglesia de la 



238 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Merced, por la tarde, á la celebración del domingo de 
Minerva. Y fué en la iglesia^de la Merced, un domingo 
de Minerva por la tarde, en donde llegó á su fin aque- 
lla extraña romería, sensual y piadosa. Alberto comen- 
zaba ya á sentir disgusto y repugnancia por el vano y 
continuo peregrinar de templo en templo. No com- 
prendía el empeño de Teresa en conservar su amor 
en una atmósfera de incienso y de plegarias, á menos 
que su propósito no fuera sustraerlo á la curiosidad y 
á la murmuración malignas- de los hombres. ¿Quién 
imaginaba á Teresa, piadosa y beata, capaz de hacer 
de los templos confidentes de amor y predilectos re- 
fugios de citas? Estas, además, no eran, para mayor 
disgusto de Alberto, sino sombras de citas; porque 
según los casos, debían hablarse muy poco, ó apenas 
verse. Mas, aquel domingo de Minerva por la tarde, 
Teresa interrumpió la insipidez monótona é igual de 
sus pobres simulacros de citas. Alberto, apoyado con- 
tra una de las pilastras que separan la nave lateral de- 
recha de la nave mayor, examinaba la concurrencia, ó 
seguía con ojos vagos, distraídos, las ceremonias litúr- 
gicas, ó espiaba con ansiedad — como si de lejos y por 
la sola fuerza de la sugestión pudiese leer y traducir 
la palabra del enigma — el enigma vivo de la tentadora 
beata arrodillada en la nave del centro. Rezado el ro- 
sario, terminado el sermón en que un padre capuchi- 
no, después de hablar de los innúmeros horrores in- 
fernales, concluía por exigir de los fieles una limosna 
para el nuevo enlosado de la iglesia, empezó á orga- 
nizarse y luego á moverse la procesión del Santísimo. 
La procesión había de recorrer todo el ámbito del 
templo, bajando por la nave del lado izquierdo con 
relación á los fieles, para subir por la otra nave late- 
ral, pasando bajo el coro. Un monago repartió cirios 



ÍDOLOS ROTOS 239 

entre los hombres de buena voluntad. Estos, orde- 
nados en dos filas, los cirios, ya prendidos, en las 
manos, precedían, formándole escolta, al Santísimo 
llevado bajo un palio, de cuyas varas argénteas iban 
asidos algunos notables de la parroquia. Entre las dos 
filas de hombres con cirios en las manos, marcha- 
ban dos monaguillos portadores de cruces. Delante 
del palio, unos cuantos barbones y cogotudos capuchi- 
nos cantaban, mientras á la vez uno de ellos mecía 
un incensario y los demás tomaban flores de cestas 
que en las manos tenían y regaban el suelo de flores, 
alfombrando así de pétalos y fragancias el camino del 
Rey de los Reyes. Al paso del Santísimo, -se arrodilla- 
ban en la nave del centro las devotas, y en tanto que 
unas continuaban de rodillas después de pasar la pro- 
cesión, otras, al pasar ésta, se alzaban para unirse á la 
muchedumbre de fieles que iban murmurando rezos 
detrás del palio. De estas últimas fué Teresa. Alberto 
la vio cnando se alzaba y se unía á la multitud y espe- 
ró á verla poco después entre la turba, cuando la pro- 
cesión pasara, como había de pasar, muy cerca de él. 
Pronto ¿mpezó á desfilar la procesión delante de Al- 
berto, el cual, desprevenido, observaba, ya al capu- 
chino que movía el incensario al compás de sus cantos, 
ya el gesto sobrio con que I09 otros capuchinos espar- 
cían flores por el suelo, ya ras insignias del sacerdote 
que llevaba el Santísimo con aire solemne, cuando sin- 
tió una de sus manos arrastrada y prisionera de otra 
mano imperiosa. Al volverse encontró los ojos de Te- 
resa que le miraban centelleando con una luz que él 
no les conocía. Teresa lo invitaba á seguirla con la mi- 
rada de su3 ojos y la presión de su mano. Esta no ce- 
saba de oprimir la mano de Alberto, y Alberto se dejó 
llevar sin resistencia ninguna. Cogidos de la mano. 



240 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

como dos novios en una campiña desierta, siguieron 
con el gentío que iba detrás del palio murmurando 
oraciones: ella, con la beatitud suprema de quien sa- 
borea un placer sobrehumano, él, todo trémulo, con- 
fuso, turbadísimo. Su azoramiento, sin embargo, no fué 
tal, que se le escapase la significación del irresistible 
impulso de Teresa. Más que todo cuanto de ella sabía, 
aquel episodio mudo le enseñó á ver en el alma de la 
amante, á penetrar el misterio de sus largas romerías 
piadosas, á explicarse aquella extraña unión de la más 
viva sensualidad con un misticismo refinado y exigente. 
Para su amor, Teresa necesitaba de una atmósfera 
mística. Sin esta atmósfera, su amor no era ni bastan- 
te sensual ni bastante profundo. Parecía alimentarse 
de rezos y devoción, como otros amores de mujer se 
alimentan con espectáculos impuros ó terríficas visio- 
nes de sangre. En Teresa andaban siempre juntos la 
plegaría y el deseo. Nacían de su corazón como dos 
flores gemelas de una planta que diese á la vez flo- 
res blanquísimas y flores de púrpura. Cuanto más 
blancas y numerosas las plegarias, más numerosos y 
encendidos los deseos. Aunque parecieran nacer jun- 
tos como flores gemelas, los deseos venían más bien 
en pos de las plegarias. Teresa hallaba su más alto 
gozo en sentirse deslizar y caer en la culpa, después 
que la oración y las penitencias limpiaban su alma de 
inmundicias. Creyente, angustiosos conflictos morales 
y mil obscuros temores la sobrecogían cuando en me- 
dio de sus prácticas devotas la rozaba el pecado don 
sus alas de fuego; pero conflictos y temores, en reali- 
dad aumcn^^n_Sii¿eleite^ejifermizo, haciéndola ver el 
pecado mayor y más dulce. La devoción, los múltiples 
ejercicios de piedad, el ir y venir de templo en templo, 
de capilla en capilla, la misma atmósfera de esos luga- 



ÍDOLOS ROTOS 241 

res en donde el ruido y la luz dormitan en perpetua 
penunmbra, eran, asi como los cuidados que prodigaba 
á su belleza, otros tastos me dios de exaltar su po der 
v olup tuoso. Habituados á la s omnolencia de la l uz y 
los colores en el clarobscuro de las capillas, al tenue 
susurrar de las plegarias y al timbre apagado de las 
voces en las naves profundas de los templos, y además 
felices con ese hábito, sus nervios casi no respondían 
vibrando con júbilo sino á sensaciones vagas, indefini- 
bles, crepusculares, co mo languidece s entre sensuales 
y pur as, e £Í!^LV£lujpJuosaj^ místicas. Tales sensacio- 
nes ambiguas, al condensarse y acumularse en los ner- 
vios, comunicaban á éstos una sorprendente virtud ó 
fuerza oculta, capaz de romper al roce más débil, se- 
gún los casos, en puros desmayos místicos ó en volup- 
tuosidades lo-: :.s: Alberto asistió á un despegar de las 
voluptuosidades dormidas, bajo la blancura de Tere- 
sa, como un rebaño de corzas bajo la nieve. Dormidas 
durante su vida mundana, que en Teresa venía á ser 
la vida menos artificial, sus voluptuosidades un día, al 
roce más leve, al suave olor del incienso, despertaron 
de su blando oueño de corzas convertidas en tropel de 
leones ávidos. A la exaltación de sus voluptuosidades 
contribuían mucho algunas de sus amigas íntimas y la 
solicitud exquisita y extremosa de que rodeaba su be- 
lleza. Una de sus más vivas preocupaciones era preve- 
nir el más imperceptible menoscabo á la suavidad se- 
dosa de su piel y al raro tono, cálido y mate, de su 
blancura. En el pueblecito de la costa, medio olvidada 
de sus preocupaciones, gozaba más bien con exponer- 
se á las ásperas caricias de los vientos y el agua del 
océano; pero de vuelta á la ciudad, á sus amigas, á su 
vida y hábitos piadosos, la dominaban otra vez aque- 
llas preocupaciones, y al rudo baño de la onda en el 

16 



242 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

aire libre de la playa sustituía, tomándolos con un mé- 
todo invariable, como bi fuesen un a je sus, prácticas 
devotas., copiosos y delic.ajáísimosjpaños de perfumes 
y^e leche. Esos baños, los de leche en especial, se los 
había recomendado, como el mejor me dio d e garantir 
el prejciosjoj)lanco mat e de su piel, una de sus más 
íntimas amigas: la señora de Urrutia, íntima á su vez 
de la Riguera y la Vindas. La Urrutia era entusiasta 
por esos baños, y los tomaba con frecuencia. La idea 
de tomarlos le vino de leer en cierta ocasión, estando 
en París, que Paulina Bonaparte no podía privarse de 
ellos, y con ellos la princesa logró mantener siempre 
lozana y provocativa su blanca y mate carnación de 
voluptuosa. Y Teresa acataba cuanto venía de labios 
de la Urrutia, como si cuanto la Urrutia dijera estu- 
-"r- viese revestido de una autoridad irrefragable. El ascen- 
diente que sobre Teresa ejercía la Urrutia no emanaba 
de la persona misma de ésta, sino de la seducción de 
algo que la rodeaba como una aureola. Si Teresa hubie- 
ra podido juzgar, con juicio libre de toda clase de nubes, 
* á la amiga, la hubiera juzgado inferior á ella tal vez, por 
lajnjeiigejncia, que en la Urrutia no despuntaba de su- 
til; por los ¿gustos, que no eran en la Urrutia ni artís- 
ticos, ni depurados, ni cuantiosos, y hasta por el_mo,- 
do de entenjder..-y practiaarja^devodón, que en la 
Urrutia apenas era objeto de veleidades fugitivas. 
Pero entre el juicio de Teresa y la persona de la ami- 
ga flotaba una densa nube de turbadores misterios. 
Su amiga había viajado mucho, conocido casi todas 
las grandes ciudades europeas, vivido largos años en 
París, y, sobre todo por esto, la veía Teresa, con los 
/ ojos de su imaginación, rodeada del misterio de innu- 
( merables cosas desconocidas y bellas, de infinitas co- 
\ sas lejanas, fascinantes y dulces. Teresa, igual á tantos 



ÍDOLOS ROTOS 243 

otros que no traspusieron jamás los límites de su pa- 
tria, se representaba á París como el más acabado re- 
sumen de cuantas delicias y primores abarca el Uni- 
verso. De tal manera de representarse á París prove- 
nía el soberano prestigio que realzaba á sus ojos la 
persona trivial de la Urrutia. A través de la amiga, ad- 
miraba la gran ciudad hermosa. Y por el solo hecho 
de haber vivido largos años en esta ciudad, conside- 
raba á la amiga como un ser privilegiado, cuando no 
ibajiasta rendirla homenaje y culto como á un ser ex- 
traterreno, además de escucharla siempre, al ella di- 
sertar sobre cosas de elegancia y de amores, como á 
ujn_oráculo infalible. En Teresa, las palabras de la 
Urrutia eran como semillas en un campo fértil: com- 
pletaban la múltiple acción enervante del rigorismo de- 
voto, de los_tibios olores de incienso, de la semiobs- 
curidad soñolienta de templos y capillas y de los mue- 
lles baños de leche y de perfumes. E indudablemente 
la inagotable seducción y hechizo de su París imagina- 
rio, cuyo solo reflejo la mareaba y se le imponía en la 
persona de la Urrutia, fué una de las tantas fuerzas 
que la empujaron á los brazos de Alberto Soria. 

Las citas en el taller continuaron, las un tanto esca- 
brosas en los templos, desde el día siguiente al de 
aquella procesión en que Teresa y Alberto, pecando 
de sacrilegos, marcharon cogidos de las manos entre 
la multitud suplicante de los fieles. Teresa no iba ja- 
más al taller sin antes cumplir, como de paso, con al- 
guna de sus devociones ordinarias en la iglesia más 
próxima. Alberto la esperaba en el taller, vibrando 
con la doble impaciencia de amante ardoroso y artista 
concienzudo. Cada vez, él, debía glorificar el barro 
con las perfecciones de ella. Desde la primera cita, él 
recordó su propósito de esculpir las formas de Venus, 



244 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

cuando Venus le visitara en su taller, en vez de apare- 
cérsele al surgir de la onda, entro un albo traje de es- 
pumas. Y ella se prestó á la satisfacción de ese propó- 
sito, más que movida de la vanidad femenina de ver 
copiada su belleza, curiosa de asistir á los gestos, para 
ella obscuros como gestos de magia, con que las ma- 
nos del escultor transmitirían al barro las redondeces 
de sus formas, y, sobre todo, la gracia de sus líneas, 
múltiple y cambiante como un ser de mil rostros en 
cada uno de los cuales resplandecieran un alma y una 
sonrisa diferentes. Pero aunque el artista pretendiese 
distribuir sus horas por igual entre la obra de amor y 
la obra de arte, la primera adelantaba cada vez con 
perjuicio de la última. Poco á poco el estatuario, se- 
guro de tener de cómplice al modelo, fué haciendo 
menor el tiempo consagrado á la estatua, á fin de pro- 
longar el consagrado á las caricias. Nunca Alberto se 
había setido vencer del amor como entonces. Más bien 
casto, aquel amor ponía en su alma la sorpresa que 
debe de pasar por el alma de un paisaje de ordinario 
tranquilo, cuando lo invade la tormenta con el es- 
trépito de su cólera. Le parecía no haber probado en 
su vida anterior sino embriagueces fugaces. Cuando 
á su memoria se asomaba la imagen de Julieta, la veía 
como el símbolo de una existencia casi pura. Jamás en 
los labios de la antigua amante probó la embriaguez 
que le daban los labios de la devota, como si de estos 
labios pasara derechamente á sus venas el más capitoso 
y turbador de los filtros. La fuerza diabólica del filtro 
provenía quizás de ser los labios disertos en la ple- 
garia y hábiles en el beso. Pero el encantamiento amo- 
roso de Teresa no provenía sólo de su boca, ni fluía 
sólo como un filtro. Lo despedían sus ojos como una 
luz; sus manos lo esparcían como una esencia; prove- 



ÍDOLOS ROTOS 245 

nía de todo su cuerpo, como si fuera un soplo que 
todos los poros de su piel espiraren. Y el soplo lenta- 
mente invadió el ámbito del taller y el alma de su due- 
ño, imponiéndose en uno y otro como señor en sus 
dominios, arrojando de uno y otro los alientos que 
poco antes los lleuaban: audaces alientos de artista y 
nobles alientos de patriota. A su ímpetu huían tímidos 
y desbandados los sueños: así los blandos sueños in- 
cubadores de bellezas como el gran sueño heroico de 
la redención patria. En el taller y en el artista no quedó 
sino el turbio y agitado sueño de la embriaguez vo- 
luptuosa. 

Alberto, con la sensibilidad exaltada por la continua 
lucha de amor, exageraba, engrandecía, materializaba 
las sensaciones más ligeras, hasta el punto de ver y 
aun de palpar las redes peligrosas é inextricables del 
Hechizo. La sensación más va^a, de cualquiera otrc\ 
no percibida, ó percibida apenas como un roce, en &h\*¿~~ 
despertaba una imagen precisa, como la imagen de un 
acto material evidente. A estímulos débiles, respon- 
dían sus nervios con resonancia maravillosa. A veces 
un simple ademán de Teresa le procuraba el espasmo 
del placer más agudo. Un movimiento de las manos de 
Teresa, como aquel con que ella acostumbraba alisarse 
por detrás el tupido cabello castaño, paseando la pal- 
ma de su mano con lentitudes de caricia desde el blan- 
co esplendor de la nuca hasta la cima del pelo, ó el 
movimiento rápido con que una de sus manos deshacía 
algún pliegue de su falda, ó cualquiera otro movimien- 
to insignificante de las manos de Teresa, le turbaba 
como brusco ademán que á su vista y á sus pies vol- 
case un ánfora henchida de aromas. Las manos de la 
amante gozaban, á los ojos de Alberto, de una vida, 
como su belleza, extraordinaria. Teresa las cuidaba 



24b 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



mucho. Eran muy blancas, muy suaves, como candidos 
lirios de seda. Flores de carne, esparcían voluptuosi- 
dad, que es el aroma de la carne. Pero vivían y se agi- 
taban en el extremo de los brazos, como si no fueran 
partes en el acabado conjunto de uu ser, sino seres 
distintos con vida propia. Por su movilidad é inquie- 
tud, eran, en el extremo de los brazos, dos blancas 
mariposas prisioneras, dos blancas mariposas temera- 
rias que se dejaron fascinar y vencer del hechizo in- 
contrastable de Venus, como sus infinitas hermanas 
del aire se dejan cada noche fascinar y vencer del he- 
chizo de la luz eléctrica en lo aito de los fanales pú- 
blicos. Merced á su vida intensa, además de esparcir 
fragancia como flores, parecían ver y oir, y parecían 
hablar y conocer de un gran número de cosas ignora- 
das y exquisitas. De ellas no podía decirse que toca- 
ban: acariciaban. En dondequiera posaran su inquie- 
tud, ya en los vestidos ó en las formas de Teresa, ya 
en el libro de oraciones, ó en otro objeto, ya en las 
manos ó el cuello del amante, c ada cont acto suyojera 
una caricia. Y si u n solo ademán de esas manos ba sta- 
>a á sacudir á Alberto con el espasmo del placer m ás 
agudo, su contacto .ó_caric£a llegaba á veces» extre- 
mando la violencia de la sensación, JLcamhiajLeJ es- 
pasmo de placer en espasmo doloroso. Desconocidas, 
al principio, de Alberto, raras cuando empezaron, se- 
mejantes sensaciones confusas, mezcla de placer y do- 
lor, de que es tan rica la voluptuos¡dad,"sé hicieron á 
la postre casi diarias y cada vez más intensas. Los ner- 
vios, después de vibrar largo tiempo de sólo placer, 
empezaban tal vez á cansarse y dolerse de la monoto- 
nía de aquella excitación, bajo la cual vibraban como 
castigados de continuo cada uno de ellos con un péta- 
lo de rosa. Esas y otras muchas obscuras y contrarias 



ÍDOLOS ROTOS 247 

sensaciones movieron á Alberto á pensar, no sin enva- 
necerse un tanto, que poseía en Teresa , en vez de una 
simple criatura voluptuosa, la Voluptuosidad mism a, 
toda la voluptuosidad, con su placer y su dolor, con j¿ 
sus exaltaciones y tristezas, con sus ardores exaltados 
y sus fatigas hondas, con su escoria bastarda y su oro '-^^f 
de buena ley, con su infamia rastrera y sus vuelos ro- 
mánticos rayanos del éxtasis místico. 

Pero, después de pensar de esa manera, muchas ve- 
ces la duda le amargaba su vanagloria. Asi le sucedió 
aquella tarde en que Teresa tardaba en acudir á la cita 
como jamás había tardado. «¿Poseía él la voluptuosi- 
dad, ó no era él más bien el poseído? ¿La tensión de 
cada una de sus fibras, el continuo vibrar de cada uno 
de sus nervios, el desusado latir de cada arteria suya, 
la ansiedad y el deseo de todo él tendido hacia Tere- 
sa como un arco, no eran evidente señal de que él esta- 
ba poseído de la más insana fiebre voluptuosa? Quizás 
la fiebre de la tierra nada tenía que hacer con la pro- 
pia fiebre, como se lo imaginó por un instante. La fie- 
bre de la tierra pasaría pronto: á las primeras lluvias 
enmudecerían entre las hojas verdes las innumerables 
cuerdas de cristal de la gran lira del verano, y palide- 
cerían hasta apagarse, en las copas de bucares y de 
acacias en flor, los vivos rubores de púrpura. Pero su 
fiebre, su gran fiebre de voluptuosidad, no se extin- 
guiría bajo la lluvia de besos del amante; con más fu- 
ria, al contrario, seguiría dominándole, poseyéndole, 
incendiándole; continuaría alimentándose de cuanto 
en él había de más noble y puro: razón é independen- 
cia de hombre, y entusiasmos y genio de artista, para 
no dejar al fin dentro de él sino lo que deja toda fie- 
bre, lo que deja todo incendio: pavesas, ruinas, des- 
pojos/ Y Alberto, habituado al análisis, empezó á 



248 NANUSL DÍAZ RODRÍGUEZ 

analizarse, considerando cómo había cambiado con 
sólo un mes de fiebre. "Había cambiado de alma has- 
ta no conservar ni un rastro siquiera de su alma antigua. 
¿Lo que apenas dos meses antes, cuando era simple 
calumnia, le pareció imposible y monstruoso, no lo vio 
después como hacedero y lo aceptaba al fin como un 
hecho fatal y aun necesario? ¿El simulacro de sus 
amores con María, de qué estaba sirviendo sino de es- 
cudo á sus culpables amores con Teresa? Él, antes 
irreductible cuando se trataba de la lealtad, vivía en- 
tonces del engaño. Continuamente engañaba á su her- 
mana, á María, al viejo Almeida. Teresa, pérfida y vo- 
luptuosa, le daba con su voluptuosidad un poco de su 
perfidia. La hembra instintiva, la pérfida, la que pensó 
esquivar, lo tenía en sus garras, y lo hacía víctima de 
su perfidia, imponiéndosela. Por salvarse de un riesgo 
lejano y problemático, había venido á caer en un pe- 
ligro inmediato y seguro. ¿No pretendió, en efecto, 
huir de los males que vislumbraba en el amor de Ma- 
ría, acabando de matar este amor con otro amor, olvi- 
dándose de María en los brazos de Teresa? Y ahora, 
de nuevo empezaba á temer por su vida, por sus pro- 
yectos, por su libertad, por su nombre y gloria de ar- 
tista; y sus temores eran tan vivos, como durante sus 
noches de celos, en lo más negro de su angustia. ¿Pre- 
tendiendo conservarse integro, no corrió á dejarse 
mutilar entie unas garras de monstruo? Ya era un 
mutilado. Ya no podía envanecerse de su lealtad, 
como de un atributo superior, echando en cara á la 
hembra su perfidia. No podía ya, sin maldecirse, mal- 
decir de la hembra. ¿Consumado el primer sacrificio, 
no vendrían de por sí los otros? Después de sacrificar 
lo mejor, su honradez, lo que se imaginaba él irreduc- 
tible, ¿no lo sacrificaría todo á la Voluptuosidad, aquel 



>OLOS ROTOS 249 

monstruo ce la enorme y dulce boca insaciable? 
Teresa le dominaba sin imposiciones ni exigencias, 
por su solo poder voluptuoso. Teresa, la piadosísi- 
ma, engañaba á toda la ciudad, y él contribuía al en- 
gaño. El contribuía al engaño de aquel pobre diablo 
de marido, indefenso porque no era nada receloso. El 
no era amigo de Julio Esquivel, y no se creía en el de- 
ber de guardarle fidelidad como á un amigo, pero le co- 
nocía lo bastante para saber que era bueno y mirarle, á 
través de su ideal de justicia, como no merecedor de 
la más sangrienta injuria que puede hacerse á ningún 
hombre. Aquel pobre diablo de marido era un pobre 
diablo de ingeniero, incapaz de no cumplir con el últi- 
mor de los que él aceptaba como sus deberes de inge- 
niero y de marido. No pensaba sino en los hijos y en la 
esposa: trabajaba sólo p3ra ellos. Cuando no estaba en- 
corvado largas horas, diariamente, sobre su mesa de 
trabajo, sobre sus papeles de dibujo, estaba, si la 
Compañía necesitaba de éi en el campo mismo, traba- 
jando noche y día á la intemperie, bajo la lluvia ó el 
sol, por montes, despeñaderos ó quebradas. Y todo el 
fruto de su trabajo, cuanto podía ganar con el sudor 
de su frente, con los esfuerzos de su inteligencia y de 
sus manos, porque no se desdeñaba á veces de hacer 
con sus dos manos la ruda labor del jornalero más hu- 
milde, iba á Teresa, la cual muy presto lo convertía 
en trajes de tintas propias á realzar la blancura mate 
de su piel, y sobre todo en ricos baños de perfumes y 
de leche para lustrar sus formas y hacerlas más ter- 
sas, más dulces y apetecibles á los besos del amante. 
Y él, Alberto Soria, contribuía al engaño de aquel 
hombre, haciéndose reo de la más odiosa injusticia. 
Mujer, Teresa, nada ó muy poco sabía de la justicia: 
apenas conocía de ésta el repugnante fantasma de la 



250 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

justicia religiosa,- fácil de eludir con rezos y otras de- 
vociones más ó menos oportunas. > Y Alberto, refle- 
xionando así, después de avergonzarse de su culpa, 
de sí mismo, de Teresa, tuyojunjmjxptu dé ira^yenga- 
dora, como si él fuese, no el amante, sino el esposo 
burlado. Sintió que si Teresa hubiera estado junto á 
éi, la habría ofendido de palabra ó con los puños, vi- 
llanamente... 

Pero Teresa no llegaba. 

Cuando Alberto empezaba á desesperar de verla 
ese día, Teresa entró en el taller, los ojos y las meji-. 
lias en fuego, el pecho jadeante. ♦ 

—¡Si supieras! ¡Me han seguido!— fueron sus pri- 
meras palabras, y á esas palabras, un tanto de curio- 
sidad y otro tanto de celos , aplacaron en Alberto las 
voces de la honradez y los nobles ímpetus de ira. 

— ¿Quién? 

— Si no te dijera quién, no lo adivinarías nunca: don 
Fabricio Rincones. 

— ¡Ah! ¿El honorable don Fabricio Rincones, el 
crítico de La Cruz, se permite seguir á las damas? 
¿Y para qué puede seguirte ese viejo? 

— ¡Qué sé yo! Es un viejo muy «pretencioso >. He 
oído decir muchas cosas de él... Desde el otro día 
sospechaba yo que Rincones estaba siguiéndome. No 
te dije nada porque creí que fuesen puras imaginacio- 
nes. Hoy no me queda la menor duda: él sabe que 
vengo casa de ti. Viniendo para acá, le he encontrado 
ya tres veces, con la de hoy. La primera vez me pare- 
ció que él no había reparado en mí; la segunda, me 
saludó de lejos, y aparentaba ir muy de prisa; pero hoy 
no se contentó con saludarme de lejos. Acercóse á dar- 
me la mano, á preguntarme por mi marido, y á decía- 




ÍDOLOS ROTOS 251 



rarme su extrañeza de verme á estas horas y por estas 
alturas. Y aunque no me turbé y le respondí con mucho 
aplomo una sarta de mentiras, él no ha debido de creer- 
me ni media palabra. Le dije que venía por aquí á tra- 
tar de ver á una sirvienta, de cuya dirección no estaba 
muysegura, y á ese propósito le hablé de las desazones 
que las sirvientas nos procuran á las dueñas de casa, 
de cómo el servicio anda cada vez peor en la ciudad, 
y de no sé cuántas bobadas por el estilo. Al despe- 
dirse, me deseó con mucho retintín que diera pronto 
con la casa de la sirvienta. Como si quisiera darme á 
entender que él sabe adonde vengo, se me aparece 
cada vez más cerca de aquí, de modo que hoy le en- 
contré ahí mismo, en la última esquina, cuando yo me 
disponía á cruzar la calle, viniéndome hacia acá. Por 
supuesto que cuando éi se despidió, en vez de diri- 
girme hacia acá, seguí en la dirección que traía; seguí 
derecho, derecho, sin atreverme durante largo tiempo 
á volver atrás los ojos, y así llegué hasta donde hay 
una quebrada muy profunda y toda llena de tártagos. 
Hacía años, muchos años— desde que yo estaba chi- 
quita—no veía tártagos. Luego crucé á la derecha, 
como si me encaminase hacia el Avila, siguiendo por 
la orilla de la quebrada al principio, y después por 
una callejuela partida de zanjas y hoyos. La callejuela 
me condujo á un caserón que tiene una alta verja de 
hierro, y por entre los barrotes de la verja creí ver 
flores, muchas flores, como si el caserón no fuera sino 
un gran jardín cercado. De ahí, temiendo regresar por 
donde había ido, doblé de nuevo á la derecha, tomé 
por otra calle partida también de zanjas y hoyos, y 
luego otra y otra calle semejante, por las cuales yo no 
había pasado jamás; me extravi é; pretendí salir lo más 
pronto posible del apuro, y por eso empleé más tiem- 



252 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

- 

po del necesario, hasta que al fin, después de muchas 
vueltas y revueltas, las más de ellas inútiles, alcancé á 
divisar de lejos esta calle, y aquí me tienes. Todo por 
el viejo Rincones: jah viejo malo! No creas que él vaya 
á decirle nada a mi marido. No lo hará, y no porque 
él sea incapaz de hacerlo, sino porque antes intentará 
otra cosa. Y esa otra cosa es la que no quiero que él 
intente. ¡Es un bandido! Pretenderá hacer conmigo 
como hizo con la Urrutia, y eso hay que evitarlo de 
cualquier modo. El maldito viejo nos obligará á vernos 
en otra parte, ó á otras horas y con menor frecuencia, 
Y á todas estas, ¿qué hora es? Debe de ser tardísimo. 
Alberto vio el reloj, y, en efecto*, era muy tarde. Y 
después de ver y decir cuan tarde era, echó una ojea- 
da triste sobre la obra no concluida, arrinconada, como 
olvidada en un ángulo del taller, bajo su pardo capu- 
chón de lienzos húmedos. La tristeza de sus ojos pa- 
reció decir á la estatua: «nunca te acabaré». Y como 
Teresa comprendió lo que decían los ojos del artista, 
cogió á éste por las manos y le cubrió las manos de 
besos, mientras hablaba como si hablase con las ma- 
nos: — «Es ya tardísimo. Hoy no se trabaja. Para esta- 
tuas hay tiempo de sobra. Para las caricias el tiempo 
es muy corto, ó no hay tiempo. ¡Ah, si ustedes pudie- 
ran fijar en el barro, sobre la vaga reproducción de 
mis formas las caricias que vierten sobre mi carne, 
sobre mis formas vivas! Pero las caricias no se pue- 
den fijar en el barro... Ya ustedes han creado mucha 
belleza y recogido mucha gloria: es tiempo de que re- 
posen en el amor, dando y recibiendo amor. Y para 
el amor todo el tiempo es breve... Para ustedes, la es- 
tatua es un juego de niños y debe serles indiferente 
acabarla hoy ó mañana. Entretanto, mis formas prefie- 
ren ser acariciadas en sí mismas, no en su copia. Toda, 



ÍDOLOS ROTOS 253 

toda mi carne les pide amor, les pide caricias . Y la 
caricia que deja de darse es un pecado. La caricia que 
deja de darse es un dolor para quien deja de darla y 
para quien deja de recibirla.» A las caricias que Tere- 
sa prodigaba á sus manos, Alberto exultó de orgullo. 
«¿Aquellos besos no eran el más alto homenaje que la 
voluptuosidad y la belleza podían rendir á su genio 
de artista, simbolizado en las manos creadoras?» La 
exultación de su orgullo triunfó de sus nobles ímpetus 
de ira y de todas las veces de su alma, hasta no dejar ? 
dentro de él sino ej jrrito de la fiebre. Luego, sin sa- / 
ber ninguno de ellos cuál ¿TeTTós dos conducía al otro, 
atravesaron la estancia en donde se alzaba sobre un 
pedestal rojo la cabeza leonardina y resaltaban en la 
pared los áureos crisantemos de la acuarela de Calles, 
para de esa estancia pasar, levantando una amplia y 
espesa cortina de damasco purpúreo que disimulaba 
una puerta, á la última alcoba, santuario de amores, 
tenida en la pulcritud y el esplendor más propios de 
un santuario, exornada con obras de arte y con retra- 
tos de Teresa colgados de los muros, y embalsamada 
con perfumes -los perfumes de Teresa preferidos — y 
con la rica y natural fragancia de grandes manojos de 
rosas frescas. Y ahí se amaron, como siempre se ama- 
ban en aquellos días, loca y gloriosamente, confun- 
diendo su propia fifchre con la fiebre en que, bajo el A J7ií*.<.— ■" 
espléndido sol de Abril, ardían las cosas todas, con- /_^^¿>* 
fundiendo el grito de sus corazones insaciables y el 
impetuoso gritar de sus pulsos con el insostenible *-%*~#.^-, 
clamor con que la tierra, tor turada de sed, clamaba á 
los cielos, implacablemente azules, por una gota de 
agua. 

Aquella tarde, al despedirse de Teresa, Alberto 






254 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

bajó hasta la plaza Bolívar, como todas las tardes á la 
misma hora. La plaza había cambiado de aspecto: ha- 
bía crecido poco á poco y á la vez en belleza y en 
fealdad, sin que nadie atinara á decir si era mayor su 
fealdad ó su belleza. Y su belleza era sobre su fealdad 
como un vestido opulento sobre una úlcera. La escua- 
lidez y el raquitismo de algunos de sus árboles tino- 
sos desaparecían bajo florescencias lujuriantes. Las 
marías, coronadas de púrpura, esmaltaban el suelo 
con sus flores. Las acacias, todas flores, eran como ár- 
boles de fuego. Arriba, en cada rama, en cada hoja, 
una cigarra. Y cada cigarra era un chirrido estridente, 
como la nota más alta de una cuerda hecha de cristal 
que estuviese vibrando hasta romper de frenesí ó de 
júbilo. Abajo , manchando el mosaico de la plaza, una 
turba de politicastros, venidos como las cigarras de 
todos los puntos del horizonte, paseaban, bajo el ru- 
bor de los árboles, pálidas lepras que no sabían de 
rubor, y en medio aí canto de la cigarra, ebria de luz, 
la mudez temerosa de las fieras en acecho ó la ga- 
rrulidad insulsa de los pencos montaraces. 

En su mayor parte eran senadores y diputados ve- 
nidos á !a capital, como las_. ci ga rras, de todos los 
pujrto^jieLiottzonte. Como al centro natural de sus 
conciencias, iba al pudridero de conciencias de aque- 
lla plaza pública. Ahí llegaban armados de pasiones 
pequeñas, de intereses pequeños, de enormes apeti- 
tos. Ahí se reunían, después de representar su diario 
entremés en las Cámaras, á departir sobre la guerra, 
sobre los negocios del Estado, sobre los grandes pro- 
blemas políticos, formando eii toda la plaza muchos 
corros, á menudo pintorescos por las diferencias de 
color, de vestidos, actitudes y pelajes. Cada corro de 
politicastros poseía su político eminente, su prqhom- 




ÍDOLOS ROTOS 255 



bre, y á ése los demás le rodeaban y temían. Ya el pro- 
hombre se pavoneaba entre las miradas de envidia de 
sus colegas menos venturosos, revestido con algún 
reflejo de la gloria del César/p ton algún retazo de 
la influencia de un ministro, ó con el resplandor de 
sangre de un prestigio de generalote provincial, ya 
enarbolaba, como una enseña inaccesible al vulgo de 
los hombres, su propia influencia, su propio presti- 
gio lugareño y su ridicula gloria de campanario. Era 
de ©irle entonces, quienquiera que él fuese, hablar de 
sus luchas políticas personales, de las luchas de su 
partido, de su agrupación ó de sus hombres, ponien- 
do tal arrogancia en el gesto y en la voz, como si de 
sus hombres, de sú agrupación y de sus luchas depen- 
diese, por lo menos, el simple bienestar de su patria, 
si no el bienestar y equilibrio de todos los pueblos y 
naciones. El_pj^hombre, mientras hablaba así, veía á 
los oyentes con miradas de superioridad y á la vez de 
lástima infinita, como si considerase la pequenez de 
los otros y al mismo tiempo les compadeciera, porque 
no podían hablar como él de aquellas inconmensura- 
bles honduras, por las cuales él andaba y se esparcía 
con igual llaneza que andaban y se esparcían los otros 
bajo los árboles de la plaza. Y los oyentes recogían 
como una limosna ó se disputaban como un favor esas 
miradas, pagándolas en admiración y aplausos al pro- 
hombre. 

Aquellos alrededor de los cuales no se formaba 
círculo de cortesanos lisonjeros, porque no eran pro- 
hombres y no podían hablar de su partido, de su agru- 
pación ni de otras mil zarandajas de igual trascendencia, 
iban de corro en corro, oyendo, observando, allegan- 
do en su ir y venir cuanto les parecía útil á su apren- 
dizaje y carrera de políticos, repitiendo en un corro 



256 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

como propia la palabra que en el corro anterior aca- 
baban de oir en boca más autorizada, ó sembrando ci- 
zañas y tejiendo intrigas de grupo en grupo á la ma- 
nera de Diéguez Torres, el político en agraz, quieii 
por aquellos días andaba al parecer bastante alicaído 
y preocupado. Algunos, para darse importancia á los 
ojos de los profanos y á los de sus mismos colegas, ha- 
cían como el senador Luis Rengel — un general mofle- 
tudo y rechoncho, de amplio sombrero de jipijapa y 
de bigotes y perilla tremebundos — y el diputado Per- 
domo, su ilustre conterráneo, los cuales, de vez en 
cuando, se llamaban de corro á corro con signos de 
misterio, se alejaban de los demás, hablábanse al oído 
y hacían muchos gestos y visajes, como si ellos fueran 
los únicos, entre aquella esjt<cu\ija^mjjchedam bre de 
farsantes de carnaval, que alcanzaran á ver. con su 
perspicacia de zahones políticos, un golpe de estado 
inminente. Y más de uno, aun de los más listos, al ob- 
servar á distancia aquellos diálogos misteriosos, caía 
en el engaño y se llenaba de recelo, temiendo no se 
le adelantasen Perdomo y su amigo á ofrecer al presi- 
dente de la República alguna combinación feliz, capaz 
de salvar á éste y á su gobierno de las dificultades y 
los peligros de entonces, ó á felicitarle por algún 
buen suceso, no publicado todavía, si bien sabido de 
Rengel y Perdomo, que las armas del gobierno acaba- 
ban de obtener sobre las montoneras revolucionarias. 
A menos de pasar por enemigo del gobierno y de las 
instituciones, debía decirse entonces de las tropas re- 
volucionarias que eran sólo montoneras; de su jefe, que 
era un vulgar cabecilla ambicioso, y de los que anda- 
ban con él, que eran pobres ilusos ó criminales empe- 
dernidos; y todo eso, aunque dicho con ánimo de es- 
conder la verdad, resultaba la verdad más estupenda 



ÍDOLOS ROTOS 257 

Prohüiabres y demás politicrastros de menor cuantía 
esperaban con impaciencia la noticia de la más humil- 
de victoria del gobierno, para desfilar todos, uno á 
uno, delante del César, abrumándola á felicitaciones, 
mientras maldecían de la revolución criminal y de su 
inepto y ambicioso cabecilla, sin que pasase por el ma- 
gín, á uinguno de ellos, que sólo ellos y no otros eran 
los culpables de la revolución, por haber dado á su 
cabecilla inconsciente y sin escrúpulos, como todos los 
mili tarotes de su laya, el más valedero é ideal de los 
pretextos para desencadenar sobre montes y llanuras 
el torbellino de humo y sangre y deshonor de las 
guerras civiles. A ellos ¿qué les importaba la gue- 
rra? ¿Qué les importaba que la guerra segase en flor 
innúmeras vidas útiles, devastase los campos, tala- 
se los bosques, destruyese el humilde conuco del mon- 
tañés labrador y el hato del llanero , cuando las 
vidas de ellos estaban en salvo, cuando la hacienda 
de ellos estaba en seguro y su capital político, según 
decía muy satisfecho Perdomo, en vez de padecer 
y disminuir con la guerra, más bien se acrecenta- 
ba? En verdad, un capital y un mercader había en 
cada uno de ellos. Llamábanse guardianes de la Cons- 
titución y acababan de violarla trabajando en pro 
de su capital de mercaderes. La fuerza y casi todo el 
valor de su capital político, verdadero amasijo de in- 
famias, consistía, en último análisis, en la gracia del Jlé- 
^ar; y éstos por obtener, aquéllos por conservar la gracia 
del Cgs^r, no vacilaron en violar la Constitución, por- 
que el Cesar lo demandaba así para sus maquiavélicos 
planes futuros. Al cumplir los deseos del César, ha- 
bían dado al mismo tiempo la señal que esperaba la 
guerra para encender el país con su fiebre de odio y 
sangre. Pero, eso, ¿qué les importaba? Ellos no te- 



( .1 



258 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

mían á la guerra. No eran ellos quienes iban á las ba- 
las. A las balas no iban sino los del pueblo, «carne 
de cañón», los miserables, los de pies desnudos, los 
obreros, los campesinos, todos cuantos eran los ilotas 
de aquella nueva Esparta, en donde el robo tenía tam- 
bién, como en Esparta, honor y preeminencias. Ricas 
prendas de vestir, entre otras cosas, constituyen pri- 
vilegio en aquella democracia. Los desvalidos, los del 
montón obscuro, los que jamás han sido ciudadanos 
porque jamás ejercieron ni saben ejercer los derechos 
qus politiquillos de todos los países llaman con mucha 
pompa imprescriptibles derechos del ciudadano, ésos, 
los ilotas de aquella democracia, enferma desde su 
origen, eran los solos que de grado ó por fuerza pa- 
gaban tributo de sangre á la República. Ellos eran 
qnienjss iban á guerrear, quienes iban á la matanza, 
llevados de la revolución ó del gobierno como un re- 
baño de carneros dóciles, quiene s poblaban con sus 
gemidos las noches siniestras de los campos de bata- 
lla, quienes teñían de sangre las rocas y las fuentes, 
quienes vestían con sus cuerpos mutilados y blanquea- 
ban más tarde, con sus huesos desnudos, laderas y 
fondos de precipicios, para que la turba de los trafi- 
cantes en el bazar de la política se repartiesen, quien- 
quiera que triunfase, los trofeos y el botín de la victo- 
ria. Aun sutes de la victoria, sin importárseles nada 
de cuantos por su culpa caían al golpe de las balas, 
lc¿S4iQliÜ£asixoj3 culpables de la guerra, muy lejos de 
las balas, en el refugio de la ciudad, trabajaban redon- 
deando á cual mejor su capital político. Días de revo- 
lución, días turbios, eran el tiempo de la cosecha para 
aquellos sembradores de males. Su fidelidad al César 
adquiría entonces el precio más alto, y más caros ven- 
dían sus votos. «Para algo se habían embarcado, como 



ÍDOLOS ROTOS 259 

decía Rengel, en la misma nave que el César » Lue- 
go, si la tempestad arreciaba, tiempo habría de aban- 
donar la nave á las furias de la onda. Los politicastros 
débiles^ b¡§ o fips r temeroso s de comprometer para 
siempre su carrera de políticos, mientras daban prue- 
bas de fidelidad al Césa r, llevaban el alma vacilan do, 
rntrgja ^d^lidaH y 1« trajrlnn. como por sobre una 
cresta de monte que separase dos abismos. Y sus al- 
mas perplejas se inclinaban á uno ú otro abismo, se- 
gún oyesen el rumor de lamentaciones del desastre ó 
los gritos del triunfo. Los fuertes, los veteranos de la 
política no vacilaban, porque no temían á la guerra. 
Ellos estaban seguros de no perder, de cualquier 
modo como la guerra terminase. Acompañaban al go- 
bierno, porque muy rara vez las revoluciones alcanzan 
la victoria sobre los gobiernos constituidos. Y si por un 
milagro de la suerte la revolución vencía, ¿para qué se 
inventaron los tratados y parlamentos de última hora, 
si no fué para sobre ellos pasar, . como sobre puente 
de plata, de lo más negro del desastre á lo más glorio- 
so del triunfo? Mientras llegaba esa última hora, explo- 
taban su fidelidad tranquilamente y lo mejor posible. 
Bajo los árboles de la plaza, en la antesala del pala- 
cio presidencial, en la dulce quietud soñolienta de las 
Cámaras Legislativas, lab oraba n, sin perder nunca los 
bríos, por sus pasione s pequeñ as, por sus intereses 
pequeñosrpor s us apetitos eqormes. No todos~ténian, 
sin embargo, enormes apetitos. Entre aquellos politi- 
castros había quien se consideraba feliz, y se apercibía 
á sobrellevar cuantas responsabilidades le echaran en 
los hombros, con un vaso de aguardiente. Alguno 
cifraba su ambición en conseguir del gobierno que le 
enviase á descansar de las tareas parlamentarias, entre 
cada dos reuniones del Congreso, al mejor de los con- 



Í\xít 



260 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



sulados de la República en Europa. Los más exigentes 
eran los prohombres, los representantes de los intereses 
de círculos, agrupaciones ó partidos locales. ¡Ah, la 
política local! Esa política y sus luchas, de que tanto 
hablaban los prohombres, por lo común se reducían á 
sostener el valimiento, en el seno de un estado cual- 
quiera, de uno ó varios matones, desechos del pa- 
tíbulo, y á conservar el monopolio de unos cuantos em- 
pleos, de los más propicios al lucro. Pero los prohom- 
bres hablaban de la política local, muy graves, muy 
solemnes. Hablaban de ella como de algo respetable 
y misterioso. En sus conversaciones y discursos la tra- 
taban con muchos miramientos y mimos como á una 
gran señora, aunque ya de muy lejos la tal señora oliese 
á barragana. ¡Ay de quien dijese que su olor no era 
olor de virtud! Nadie podía negar su virtud excelente 
y prodigiosa. De ella vivía todo un círculo, toda una 
agrupación, toda una oligarquía local patibularia. A 
ella debían los _ prohombre s, senadores ó diputados, 
cuanto eran. En realidad, senadores y diputados, el 
gobierno los tomaba en cuenta cuando representaban 
con sus propios intereses personales los intereses del 
cacique ó de la banda, agrupación ú oligarquía local 
triunfadora. Todo podían representarlo, menos los in- 
tereses del pueblo de que se llamaban representantes 
cuando se hallaban en vena de burla. A muchos de 
ellos el pueblo no les conocía; y alguno de ellos ne- 
gaba, no sin vislumbres de verdad, que existiese nin- 
gún pueblo á muchísimas leguas á la redonda: de ser 
de otro modo, ¿por qué no se escuchaban jamás ru- 
gidos de león, sino quejumbrosos balidos de carneros? 
Mientras el león no les amedrentase con sus rugidos, 
ni les destruyese y les aventase á los cuatro vientos el 
teatro de sus farsas con un golpe de sus garras jus- 




ÍDOLOS ROTOS 261 

ticieras, ellos, los politicastros, los histriones de la po- 
lítica, proseguirían en su perpet ua faqsa ca rnavalesca, 
seguirían representando, no los intereses cTeT ningún 
pueblo, sino sus propios intereses, con los intereses de 
aquel ó este círculo, de aquella ó esta agrupación, de 
aquel ó este cacique, de aquel ó este cónclave de bur- 
déganos. Sus labios, al decir intereses políticos, can- 
didamente significaban lucro, pues lucro y política en 
su jerigonza infame eran sinónimos. La razón y el fin 
de su política se llamaban «lucro>. Su ley se llamaba 
«lucro». Doctores viles y generalotes ignaros tenían un 
ideal común, y el único emblema justo de su ideal era 
la imagen de un aye_de rapiñ a. — ""■*" 

Aquella tarde, como todos los días, Alberto halló 
en la plaza algunos de sus amigos, deslizándose tími- 
damente por entre los grupos de políticos, recatándo- 
se de los demás, como si ellos, los intelectuales, no 
los políticos, fuesen los leprosos. Las primeras noti- 
cias de la guerra llenaron sus almas de consternación 
y pesadumbre. La guerra vino á turbar, si no á des- 
truir, sus proyectos, cambiando su alegría naciente de 
innovadores, prontos á la acción, en hondas tristezas 
de frustrados. De nuevo en sus labios florecieron, pon- 
zoñosas y amargas, las quejas inútiles. Privados por la 
guerra del único medio de acción de que eran capa- 
ces, iban á la plaza á lamentarse y gemir entre sí, exa- 
cerbando su dolor con el roce de aquella carnavales- 
ca turba de politicastros enfermos de codicia. El des- 
aliento minó, desmoralizó sus voluntades, que ya nc 
iban juntas como un haz de saetas disparadas en un 
solo vuelo harmonioso á dar en el mismo blanco. An- 
daban desunidas y flojas. Tan sólo Emazábel mantenía 
su voluntad armada como siempre. Su aparente insig- 
nificancia de medicucho escondía un alma heroica. 



262 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Para él no había motivos de lamentarse. «¿Qué im- 
porta la revolución? — decía—. Todo consiste en espe- 
rar, y en saber esperar, no entristeciéndonos con la 
espera, porque sería lo mismo que si nos preparáse- 
mos con nuestras propias manos la derrota. La revo- 
lución ha de cesar alguna vez: no será eterna. Días ó 
meses ¿qué importa? Esperemos. La obra, nuestra 
obra, no se nos podrá escapar de entre las manos. Al 
alcance de nuestras manos hallaremos, intacto como 
hoy, todo lo que está por hacerse. La mina de oro no 
huye como un espejismo delante del minero: la rica 
pesadez de su vientre la obliga á estarse inmóvil en la 
tierra profunda y á esperar, como á un libertador, al 
minero que, aliviándola de un poco de su carga, le dé 
la suprema alegría de los partos luminosos. Y por 
nuestra parte, nosotros los mineros, conoceremos la 
alearía de la acció n, que es la alegría de l a salud ca- 
bal, porque resume todas las alegrías del vivir. Espe- 
remos. Esperemos. > 

Romero declaró su desacuerdo sin rebozo: 
— ¿Esperar qué? ¿Esperar que termine esta revolu- 
ción, para luego vivir esperando y temiendo que em- 
piece la otra, la nueva revolución, la que seguramente 
ha de venir después, capitaneada por otro general 
cualquiera, de tantas campanillas y tan nobles prendas 
é intenciones como el general Rosado? Esta revolu- 
ción es para nosotros como una advertencia oportuna. 
Viene á decirnos á tiempo cuánto hay de utópico en 
nuestros planes. Nuestra ob ra, tal como nosotros la 
concebimos, es por su naturaleza muy lar ga, muy di- 
jícil» sobre todo muyjejita. Y así como la concebimos, 
no la realizaremos jamás, porque al menos para la for- 
mación de su primer núcleo sólido necesitamos de un 
largo espacio de tiempo libre, y esto no lo conseguí- 




ÍDOLOS ROTOS 263 



remos nunca. Esperar unos días ó unos meses, no im- 
porta. Pero á nuestra obra no bastan días ni meses. Si 
terminada la revolución, emprendemos la obra, suce- 
derá que después de haber hecho con gran entusiasmo 
y en gran harmonía el ademán de lossembradores; des- 
pués de haber fatigado nuestros brazos, esparciendo 
nuestras semillas por todos los surcos, apenas cuando 
el grano se hinche y empiece a romper en tallos y ho- 
jas, vendrá la otra revolución, la nueva revolución, la 
que siempre está por venir en estos países dej a fie- 
bre t y arrasará nuestra cosecha ó nuestras esperan- 
zas de cosecha, de igual modo como arrasará enton- 
ces y arrasa hoy el verdeante conuco del campesino. 
O modificamos nuestros proyectos á expensas de nues- 
tro ideal, sacrificando una partecita de nuestro ideal, 
quizá la más pura, acercándonos, aunque nos repugne 
y humille, á los modos de acción de los politicastros 
más odiosos, ó declaramos de una vez imposible nues- 
tra obra y nos cruzamos de brazos. Otra cosa no po- 
dremos hacer mientras el ciudadano de estas repúbli- 
cas viva preguntándose todos los días, al despertar, 
lo que debía de preguntarse todos los días, al des* 
pertar, el ciudadano de Roma decadente: «¿A quién 
aclaman hoy emperator las legiones? ¿Quién es hoy 
el favorito de los pretorianos? ¿Sobre qué espaldas de 
patán flamea hoy la púrpura?> 

Sandoval asintió á las palabras de Romero. Alfon- 
zo, por su cuenta, resumió su parecer y todas sus re- 
flexiones en una sola palabra: 

— ¡A emigrar! 

— ¿Emigrar? 

— Sí, emigrar. Si declaramos imposibles nuestros 
planes, no será para cruzarnos de brazos: nos faltará 
cumplir con un deber todavía: el de salvarnos, salvan- 



264 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

do nuestro ideal con nosotros. Nadie debe sacrificar 
su ideal. Nadie debe exponer su ideal á la vergüenza 
de los sacrificios inútiles. Y para salvarnos con nuestro 
ideal entero, libre de sombra y de manchas, habremos 
de irnos por el solo camino abierto á nuestros pasos, 
el doloroso camino de la emigración, á buscar bajo 
otros climas, en otras comarcas, entre otras gentes, la 
patria de nuestro espíritu. 

Alberto, sin decir palabra, venía oyendo cuanto de- 
cían los demás, con indiferencia un si es no es melan- 
cólica; pero al oir á Alfonzo, su alma, despierta de sú- 
bito, se inclinó hacia Alfonzo y á las palabras de Al- 
fonzo. Emazábel protestó: 

— Emigrar es cobardía. Si no es desertar, es por lo 
menos darse por derrotado mucho antes de combatir. 
Es abandonar lo que en las manos tenemos, por huir 
detrás de una sombra que tal vez no alcanzaremos 
nunca. Nunca dejaremos de ser extranjeros en donde 
quiera vivamos lejos de aquí. Emigrar es renunciar á 
un derecho, á un legado, á la porción de herencia, 
humilde ó grande, que la patria nos debe á cada uno 
de nosotros. Es dejárselo todo, y sin lucha, á esa pan- 
dilla de miserables. 

Y Emazábel, con un gesto y una mirada y un ade- 
mán de desprecio infinito, abarcó y mostró la turba 
de los politicastros dispersos bajo los árboles de la 
plaza. Como evocado por el gesto y la voz de Emazá- 
bel, se apareció entonces, dirigiéndose al grupo de in- 
telectuales y artistas, el insigne diputado Perdomo. 
Llegado cerca del grupo saludó, y con la mano hízole 
signos á Alberto, como expresándole deseos de hablar 
á solas con él. Perdomo se había hecho presentar á 
Alberto desde cierto día que, en un momento lú- 
cido, comprendió que no dejaba de ser útil de cuando 




ÍDOLOS ROTOS 265 



en cuando, aun en medio de los más graves proble- 
mas políticos, el saber pintar madonas y esculpir mu- 
jerzuelas, como él desdeñosamente había dicho en 
otra ocasión,. cuando entre las maneras de perder el 
tiempo, en la tierruca, la de pintar y esculpir le pare- 
cía la más lastimosa. Después de hablar varias veces- 
con Alberto, diciéndose admirador de él y de su arte, 
del cual no tenía idea ninguna, sin preámbulos Perdo- 
mo le preguntó una vez al artista si era verdad que él 
deseaba, como decían, que el gobierno le encomenda- 
se la estatua de Sucre. «Si es verdad — continuó Per- 
domo, sin deterse á oir la respuesta afirmativa de Al- 
berto — mi amigo el general Luis Rengel y yo nos 
comprometeríamos gustosos y con seguridades de 
buen éxito á interceder por usted con toda nuestra inr* 
fluencia cerca del presidente de la República.» Y Per- 
domo agregó que por la «arrimada de canoa» él y su 
amigo no exigían sino un par de mil pesos. Alberto^ 
del mejor modo posible, á fin de no lastimar la deli- 
cadeza de los dos políticos notables, rechazó el mercado, 
advirtiendo á Perdomo que él no pensaba ganar ni un 
céntimo en !a obra, si acaso le hacían el honor de en- 
comendársela. «Apenas exigiré del gobierno lo mate- 
rialmente necesario para la obra. Cuanto á lo demás, 
daréme por muy contento con la honra y íbs aplau- 
sos.» Perdomo se le quedó viendo, al oírle, con aires 
de incredulidad; pero convencido al fin de que Alber- 
to no le estaba diciendo ninguna mentira, le dijo: «Voy 
á darle un consejo, un consejo de amigo, porque me 
es usted simpático: no haga usted eso. Si lo hace, si 
usted piensa hacerlo de veras, esté desde ahora segu- 
ro de que no lo encargarán de la estatua. ¡Si el mismo 
presidente querrá sacar su tajadita de la estatual Si 
usted no se dispone á pedir tres ó cuatro veces más 



266 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

de lo necesario, la estatua se la encomendarán de se- 
guro á cualquiera otro, menos á usted. Oiga mi conse- 
jo, y si lo sigue, ya sabe: estoy á sus órdenes. Pero si 
no lo sigue, usted verá...» 

Desde ese día, Alberto y Perdomo apenas habían 
cruzado una que o'cra palabra, hasta aquella tarde en que 
Perdomo llegó* á la plaza haciendo signos al escultor, 
como si desease hablar á solas con él. Peí domo venía 
á demostrarle cuan puesto en razón había estado su 
consejo y todo cuanto él había dicho á propósito de 
la estatua. Según Perdomo, y era cierto, la Gaceta 
Oficia!, esa noche, traería el decreto por el cual se or- 
denaba la creación de una estatua á Sucre y se encar- 
gaba de la obra á Guanipe. Alberto se mostró sorpren- 
dido únicamente de que el gobierno se ocupase en de- 
cretar la erección de ninguna estatua, cuando era de 
suponérsele ocupadísimo en guiar y seguir las opera- 
ciones de la guerra. "En primer lugar — explicó Perdo- 
mo — el deber del gobierno es guardar las apariencias. 
Es decir: el gobierno debe, mientras combate la revo- 
lución, aparentar que la revolución lo tiene sin cui- 
dado ninguno. Debe tratarla como cantidad despre- 
ciable, aunque adquiera proporciones temibles. Así, 
usted ve que el gobierno decreta, dispone, trabaja, 
como si la revolución no existiera. Esta es, por otra 
parte, la mejor época para negocios como el de Gua- 
nipe. Imagínese usted que la revolución triunfe: como 
el mármol para la estatua no habrá tenido tiempo de 
salir de la cantera, se quedará, tal vez, por siempre 
jamás en la cantera; pero, en cambio, el presupuesto 
de la estatua, habrá ya pasado del Tesoro Nacional á 
las manos de Guanipe y compañía." 

Cuando Alberto volvió al grupo de sus amigos con 
la noticia de Perdomo, Alfonzo, después de la sorpre- 



ÍDOLOS ROTOS 267 

sa indignada y triste que todos manifestaron, se apro- 
vechó de la noticia para decir de nuevo: 

— Emigrar, ¿es ó no el deber de quien lleva dentro 
de sí un ideal de belleza irrealizable en su patria? 
Aquí no florecen ideales artísticos, y cuando tímida- 
mente, como avergonzándose de ello, logran dar flo- 
res, todo se conjura á impedir que sus flores cuajen en 
frutos de inmortalidad. Quien como Soria tiene un 
ideal artístico, debe salvarlo y salvarse, huyendo. 

Nadie replicó. Emazábel mismo estaba á punto de 
convenir con Alfonzo, por lo menos en lo que al escul- 
tor se referia. A Romero le pareció que venía al caso 
recordar los turbios tejemanejes de Diéguez Torres, 
cómo Diéguez Torres los había invitado á él y á Soria 
y cómo ellos se negaron de modo terminante á poner 
sus firmas al pie de las felicitaciones que muchos jó- 
venes liberales de los más distinguidos dirigieron me- 
ses atrás al presidente de la República. 

Menos triste y sorprendido quizás que sus propios 
camaradas, Alberto no pensó aquella tarde, ni des- 
pués toda la noche, sino en cuál no sería el disgusto 
de Pedro al día siguiente, por la mañana, cuando le 
diera la noticia. Pedro había regresado á «La Quinta> 
después del entierro de su padre, y todos los días, en 
la mañana, hablaba por teléfono con Alberto, no des- 
de «La Quinta» misma, donde no había teléfono, sino 
desde la hacienda de los Madriz, próxima á «La Quin- 
ta». Cada vez Pedro se informaba de cuanto se decía 
en la ciudad sobre la revolución, y del estado en que 
se hallaban los asuntos de Alberto. Los asuntos de 
Alberto, para él, se reducían á conseguir que el go- 
bierno encargase al hermano de la estatua de Sucre. 
Para alcanzar este propósito, Pedro, desde el campo, 
aconsejaba al hermano cuanto debía hacer, no sin con; 



268 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

fiar en que sus amigos Galindo y Suárez, ya que no 
habían querido ó podido ayudarle en sus personales 
empresas, trabajaran á favor de los planes artísticos 
de Alberto, muy justos y nobles. Alberto, por com- 
placer á su hermano, siguió los consejos de éste, cuan- 
do no estaban en pugna con su carácter. Tres ó cua- 
tro veces visitó á Suárez por indicaciones y exigen- 
cias de Pedro. El ministro, muy afable con él, como 
siempre, se le ofreció un día, de la manera más gra- 
ciosa, á presentarle al presidente de la República, el 
cual, según él decía, «deseaba mucho conocer al doc- 
torcito liberal que hacía estatuas». Y el ministro, al 
citar la frase idiota del presidente, la ensalzaba como 
un milagro del ingenio inculto. Alberto, sin embargo, 
después de andar en idas y venidas, por cons ejos de 
Pedro, hasta cansarse, no obtuvo de su ir y venir sino 
esperanzas vagas primero, después evasivas que te- 
nían de pretexto la guerra, y además la convicción, 
por otra parte muy fácil de adquirir, de que para el 
primer magistrado de la República significaban igual 
cosa picapedrero y escultor, alarife y arquitecto. Pe- 
dro no dejó por eso de insistir para que Alberto pro- 
siguiera sin desalentarse en aquellas idas y venidas, y 
ni una mañana olvidó informarse con Alberto de 
cómo iba el asunto de la estatua. Y cada vez, al in- 
formarse, lo hacía con mayor ansiedad y exigiendo el 
mayor número de pormenores. 

Cuando supo la noticia de Perdomo y conoció ios 
términos del decreto publicado en la Gaceta, luego 
de lanzar dos grandes exclamaciones que, por lo fuer - 
tes, Alberto no las percibió sino en forma de un ron- 
co rumor confuso, Pedro soltó por el teléfono una an- 
danada de injurias, como si al otro extremo del hilo 
telefónico le oyese, en vez de su hermano, el propio 



ÍDOLOS ROTOS 269 

César en medio á la viva aureola de sus envidiables 
ministros. 

— ¡Mejor!— decía Pedro entre cada dos injurias—, 
¡mejor! Algo asi era lo que yo quería saber para estar 
seguro y sin remordimientos de conciencia. Haré que 
me las paguen todas juntas, los muy canallas. ¡Ya ve- 
rán! ¡Ya verán! Dime si el bestia de Galindo ha salido 
á campaña, como decían, ó si se queda en su hato del 
ministerio. 

Y Alberto le contestaba, cuando Pedro mismo no 
se lo impedía, y cuando no se lo estorbaba la risa que 
le daban las expresiones pintorescas y graciosas con 
que la indignación exaltada de Pedro zahería é inju- 
riaba á los ministros. Alberto se reía de las fanfarro- 
nas amenazas obscuras del hermano, sin llegar á com- 
prenderlas. 

Cuando las comprendió, era ya muy tarde. Las ta- 
les amenazas, y con ellas otras muchas cosas, como la 
serena é irreprochable conducta de Pedro en los últi- 
mos tiempos, no llegó á explicárselas muy bien Al- 
berto sino dos días después de haber comunicado á 
Pedro el decreto de la estatua, cuando una mañana, 
al despertar, se halló con que desde el amanecer le 
estaba esperando el isleño mayordomo de «La Quin- 
ta>, para decirle cómo se hallaba en grandísimo apu- 
ro: «No le quedaba ni un pión pa un rimedio. Toos 
los piones de «La Quinta > y muchos de la jasiendas 
de los rede res se habían dio la noche antes pal mon- 
te con don Pedrito, diciendo que pa la rivolución y 
echando vivas á la rivolución y al general Rosao. El 
no sabía cómo, pero lo cierto era que don Pedrito 
los había entusiasmao á toos, y á toos los armó 
con fusiles que tenía guardaos en alguna parte de los 
redores. El no se había percatao de la cosa sino á las 



270 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

últimas, cuando ya no era tiempo. Denguno le jizo caso. 
Hasta el negrito Endalesio, tan trabajaor y tan for- 
mal, andaba de lo más embul'ao, y cuando él fué á 
decirle que no se juera, se le encaró y le dijo que él 
ahí no era el amo, lo que era verdá, y que no se en- 
trometiera, porque él — Endalesio ~y loj otros estaban 
dispuestos á irse con el blanco, aunque el blanco los 
llevara hasta la fin del mundo. Don Pedrito lo oyó en- 
tuavia menos. Y por fin toos se jueron sin dejarle un 
pión pa una azada. Dispués, en la madrugada, supo 
que los muchachos se habían encontrao al salir con la 
patruya del pueblo, y como ellos eran más, habían he- 
cho corre á la patruya. A sigún había oído él, don Pe- 
drito y los muchachos iban como pacía el Tuy, por 
onde paecía que andaba guerriando un general amigo 
de don Pedrito.» Alberto comprendió muy bien por 
qué Pedro se había quedado lejos de sus amigos, de 
sus hábitos, de sus placeres, muy largo tiempo y tran- 
quilo, sin acusar impaciencias, ni decir de su vuelta á 
la ciudad la más mínima palabra. Ni más ni menos es- 
taba preparaado con sigilo y habilidad suma su propio 
alzamiento, para el caso de que Suárez y Galindo, 
sus antiguos amigotes, burláranse de él basta no po- 
der más, como él decía. 

Perplejo y sin saber qué decidir estaba Alberto, 
después de escuchar al mayordomo, cuando se apa- 
reció buscándole Romero. Este, acezando, porque ha- 
bía venido á todo escape, le dijo que la policía tenía 
orden de hacerlo preso en dondequiera lo encontrase. 
Acababa de participárselo un pariente suyo, empleado 
de la Gobernación. 

— ¿Ponerme preso? ¿Y por qué? 

— Sencillamente porque eres hermano de Pedro, y 
Pedro se alzó. Y si necesitas de una sorpresa más, te 



ÍDOLOS ROTOS 271 

diré que entre los que se fueron anoche, según dicen, 
camino de la revolución, se halla Diéguez Torres, lo 
que explica el por qué andaba tan caviloso en estos 
días, y significa, dado el individuo, que la revolución 
debe de venir de triunfo en triunfo. 

— ;Lo que me importa la revolución! Quiere decir 
que por las locuras de Pedro tendré que andar escon- 
diéndome ahora... 

— Y lo más pronto posible, si no quieres pasar una 
temporada de penitencias y ayunos en la cárcel. Que- 
darte aquí no puedes, porque la policía anda allanan- 
do sin el menor escrúpulo las casas que le parecen un 
tanto sospechosas. 

Y los dos amigos discutieron sobre si convenía más 
á Alberto refugiarse en casa de un amigo en la misma 
ciudad, ó esconderse en el campo en alguna de las ha- 
ciendas más próximas á «La Quinta», en la de los 
Madriz, por ejemplo. Esto último les pareció lo más 
razonable, y Alberto lo creyó lo más conveniente, 
porque le permitiría además, de cuando en cuando, 
socorrer ó acompañar al mayordomo en sus apuros. 
El mayordomo se fué, ya avisado y más tranquilo. De- 
cidido á dejar la ciudad, Alberto lo anunció á Teresa 
tan discretamente como pudo. Por teléfono previno y 
avisó á los Madriz para que éstos dispusieran lo ne- 
cesario. Por teléfono también se despidió de María. 

Y ésa misma tarde, Alberto, armado ya de un pasa- 
porte que el pariente de Romero, empleadiilo de la 
Gobernación, había conseguido para él, escapó de la 
ciudad, entre las burladas vigilancias de la policía, 
cuando el crepúsculo se desmayaba por fin, desangrán- 
dose por sus enormes heridas purpúreas, en los brazos 
de la noche. Durante un buen espacio, en la sombra 
naciente siguieron cantando las cigarras. De todos los 



272 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

puntos del horizonte venían los cantos monótonos y 
agudos. En la ciudad misma, de cada patio ó corral 
lleno de árboles, de cada jardín y cada plaza pública 
surgía un coro idéntico. Y los cantos y coros, disper- 
sos por toda la ciudad, se enlazaban y fundían en la 
atmósfera aún inflamada, sobre la ciudad ebria todavía 
de bullicio y de sol, primero en un vasto coro unánime, 
y luego en un solo grito desesperado que volaba hasta 
el cielo como un dardo impetuoso. «Es la fiebre de la 
tierra», pensó otra vez el artista. 

En la sombra cesaron, por último, los cantos de ciga- 
rras. La noche boiró, en lo alto de bucares y acacias 
el rubor de la fiebre. Pero la fiebre seguía. Su rubor, 
aún más violento que en la cima de los árboles, rom- 
pió de nuevo á relampaguear en la sombra nocturna, 
incendiando los aires, royéndolos flancos del Avila, 
en las coronas de llamas de la roza. Las terribles co- 
ronas de fuego se dilataban, crecían cada vez más, avi- 
vadas por los vientos de la altura. Mientras Alberto 
admiraba el incendio de la roza, en su espíritu se abría 
la flor de un símbolo. Y en el símbolo creyó ver la ex- 
plicación de la última época de su vida, creyó ver la 
explicación de la vida alborotada de las gentes de su 
país y creyó penetrar el secreto del alma de aquellas 
comarcas, triste, ardorosa y enferma. Las purpúreas 
coronas de llamas de la roza eran las únicas dignas del 
dios de aquellas comarcas, un dios indígena semibár- 
baro y guerrero, cruel y voluptuoso, un dios que fuera 
al mismo tiempo el dios de la Voluptuosidad, la Co- 
dicia y la Sangre. 



II 



El anónimo era una de las más constantes manifes- 
taciones del alma de la ciudad. En todos los campos 
de la vida brotaba su flor tímida y ponzoñosa. La im- 
portancia de su papel social y sus diferentes formas 
habían sido objeto de observación y comentarios para 
algunos cronistas. Sobre su sola influencia en la polí- 
tica y en los políticos, Diéguez Torres y Amorós hu- 
bieran podido escribir un tratado luminoso y profun- 
do. Ambos eran expertos en manejar como arma po- 
lítica el anónimo. Ninguno de los dos lo consideraba 
sino como un arma, de empleo más ó menos arriesga- 
do, pero segura, eficaz, exquisita y reservada á muy 
pocos por su difícil manejo, para el cual se requería 
expresa vocación y sumo arte. Entre las múltiples for- 
mas del anónimo de uso más corriente, había una que 
los cronistas no mencionaban, tal vez porque siendo 
la más generalizada de todas, la daban por bastante 
conocida. Y sin embargo de ser la más general de las 
formas del anónimo, era la más discreta, porque no 
dejaba rastro. No dejaba en pos de sí ni fragmentos 
de papel, ni signos que pudieran convertirse en dela- 
tores. Por eso las mujeres la preferían. Era un simple 
rumor, un sonido, una palabra, una voz cobarde de 
eunuco, una voz contrahecha de máscara que, sin sa- 
berse de dónde, venía, como traidora saeta invisible, 

18 



274 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

á dar impune y derechamente en el blanco, á través 
de los hilos del teléfono. En la ciudad, muy pequeña, 
había muchos teléfonos, tantos como en una gran ciu- 
dad laboriosa. Y esos teléfonos, obreros útiles de las 
grandes ciudades, ahí, en la ciudad pequeña, se trans- 
formaban, á. menudo en sembradores de cizañas é ig- 
nominias. Cuando no hacían las veces de una Celesti- 
na incomparable, servían de arcaduces al anónimo. 
Este volaba así mejor y más presto, muy rara vez de- 
jaba de caer en el blanco, y de antemano tenía la im- 
punidad segura. Los telefonistas, de concierto con las 
costumbres de los más, habían hecho de ese anónimo 
algo inviolable, armándose de una especie de nuevo 
secreto profesional inmoralísimo. Fuera de algunos 
pocos privilegiados, como los ministros del César y 
otros personajes considerables para quienes no existía 
el nuevo secreto profesional, todos estaban expuestos 
á la salpicadura de infamia de ese anónimo. Un repi- 
queteo de timbre, una voz de mojiganga, y el anónimo 
golpeaba la víctima como una centella. Y la víctima 
se iba con su dolor clavado como un arpón en las 
entrañas, ó bien, enfurecida por lo aleve del ataque, 
y no pudiendo tomar venganza del criminal y de sus 
encubridores no menos viles, tomábala con los puños 
rabiosos del aparato alcahuete. 

Dos veces, contra la paz de María Almeida, voló 
por teléfono hasta María el anónimo. La primera vez 
María no comprendió: la voz de máscara, en su em- 
peño de velarse demasiado, acabó por hacerse dema- 
siado confusa. Pero la otra vez, la voz contrahecha 
«de una amiga que no deseaba sino el bien de María y 
su tranquilidad», fué muy explícita y clara: «Casi to- 
das las tardes Teresa Farías, tu prima, va sola al ta- 
ller de Alberto.» Luego, la voz, como sobrecogida de 



1 



ÍDOLOS ROTOS 275 

piedad, explicaba con satánicas modulaciones piado- 
sas: «Quizás Teresa no va al taller á nada malo. Al- 
berto le estará haciendo un busto...» María, á esas pa- 
labras, no siguió escuchando. Se alejó del teléfono. 
«¡Malvadas! ¡Calumniadoras!», murmuró, mientras pen- 
saba en las Uribe. 

LasUribe no se habían mostrado nunca muy amables 
con ella, tal vez por celos de su amistad íntima con Rosa. 
Pero desde que ella tenía amores con Alberto, y sobre 
todo desde que Pedro, sin decir ni siquiera una pala- 
bra para significar su propósito de no volver, se fué, 
dejando consternadas á misia Matilde y Matildita, las 
Uribe no sólo no se le mostraban nada amables, sino 
la perseguían manifiestamente con su ojeriza, como si 
ella, en último resultado, tuviese la culpa de la poco 
galante deserción amorosa de Pedro. Sin embargo, di- 
ciéndose repetidas veces que el anónimo venía de las 
Uribe y era una calumnia, en vez de tranquilizarse, » 
María empezó á dudar de la calumnia. "A las Uribe 
les importaba sólo hacerle daño, y para ello así po- 
dían valerse de la verdad como de la mentira. Mejor 
si podían valerse de la verdad, porque el daño sería 
más hondo." "De una parte, el hecho de esperar, 
para decirle aquella infamia, el instante en que ella, 
por ausencia de Alberto, no podía asegurarse bien de 
la verdad, ¿no estaba delatando á voces la mentira?" 
Pero, de otra parte, María recordaba cómo se llenó 
de sorpresa al advertir en Alberto la brusca desapa- 
ción de los celos que tanto la habían torturado, y 
cómo atribuyó esa desaparición brusca de los celos 
al triunfo del amor sobre la vanidad, cuando tal vez 
la debió atribuir á la desaparición misma del amor, al 
triunfo alcanzado sobre el amor mismo por otro amor 
nuevo. 



276 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Durante largo tiempo María titubeó entre una y otra 
hipótesis, entre la verdad y la calumnia. Mientras tan- 
to su memoria evocaba gestos, actitudes y palabras de 
Alberto y de Teresa, y muchos de esos gestos, actitu- 
des y palabras, hasta ese día inexplicables para ella, 
explicábaselos entonces claramente, suponiendo ver- 
dad el denuncio de la voz contrahecha y anónima. 
Poco á poco, á las vacilaciones, á la duda, sucedió el 
deseo de saber la verdad, toda la verdad, aunque ésta 
le costase el precio de la dicha. «Todo menos la incer- 
tidumbre.» Una idea fija, una resolución incontrasta- 
ble, apercibida á romper cuanto se le opusiera, em- 
bargó su alma. Y desde ese punto vivió en una agita- 
ción inconcebible, engañando su impaciencia con una 
actividad exasperada, sin objeto ni orden. Le pasaba 
como á todas las naturalezas graves, retraídas, en las 
cuales predomina la vida interior: fuentes selladas que, 
al hincharse de improviso, tratan de escapar de su en- 
cierro, desbordándose, atropellándose como ríos tu- 
multuosos. 

Su inquietud no la dejó sino el siguiente día, al ha- 
llarse en presencia de Rosa Amelia. Sus palabras y ges- 
tos no guardaron ni un rastro de su loca agitación de 
la víspera. Mas, en toda su persona, en el tono de su 
voz, en su mirar, en su actitud, se transparentaba la 
firmeza de su resolución incontrastable. Aunque Rosa 
no se hallara todavía repuesta de la ansiedad y el 
susto en que la sumió la inesperada noticia de la ex- 
pedición revolucionaria de Pedro, no dejó de advertir 
con extrañeza el cambio de María, maravillándose, 
aún más que del cambio, de las razones de él, cuando 
María se las declaró de modo breve y preciso. 

— ¡Mentira! No pueden ser sino mentiras! — excla- 
maba Rosa, realmente desconcertada primero, y des- 



ÍDOLOS ROTOS 277 

pues en el colmo de la más espontánea y pura indig- 
nación — . ; Mentira! Calumnia de envidiosas. ¿Consi- 
deras á Teresa y Alberto capaces de tamaño crimen? 
Porque sería un crimen, si eso fuera verdad. Que Al- 
berto, queriéndote, sea capaz de unos amores seme- 
jantes, podría ser, puesto que al fin y al cabo los hom- 
bres no conciben el amor como nosotras; pero que ta- 
les amores los tenga con Teresa, con la que es en tu 
casa como tú misma, eso no puede ser sino calum- 
nia. No hagas caso de ese anónimo. 

— ¿Te parece muy fácil no hacer caso? ¡Y aunque 
lo fuera! Quiero saber. Quiero estar segura de si es 
mentira cuanto dice el anónimo. Y si es verdad, quie- 
ro ver de frente la verdad, aunque me cueste mucho. 
Porque de ser verdad, Alberto no me quiere, no pue- 
de quererme. No debo, y siento que no lo podré tam- 
poco, vivir un día más en esta incertidumbre en que 
estoy, gracias quién sabe á qué alma buena. Porque 
quiero saber, vengo á ti. Por eso recurro á ti. Sólo tú 
puedes ayudarme á descubrir muy pronto, hoy mismo, 
si es mentira ó verdad la infamia que me han dicho 
por teléfono. 

— ¿Cómo? 

— Yendo conmigo al taller de Alberto. No hay me- 
dio mejor. Si lo que dice el anónimo es verdad, en el 
taller deben d^ existir claros indicios de la verdad. Si 
no, te prometo no hacer caso ninguno, y aun reírme de 
todos los anónimos que puedan seguir enviándome 
por teléfono, ó de otra manera, las buenas almas tan 
solícitas de mi tranquilidad y mi bien. 

— ¿No es esa una locura, María? 

— ¿Por qué? Nada tiene de particular que tú vayas 
al taller de Alberto, y yo bien puedo acompañarte. 
Esa es la manera mejor de conocer la verdad, y ya te 






278 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

he dicho que estoy decidida á conocerla pronto, aun- 
que me cueste mucho. Si no me complaces, me valdré 
de cualquiera otro medio, aunque me llamen loca ó 
algo peor. ¡Compláceme! Te lo exijo en nombre de 
nuestra vieja amistad. Compláceme: te lo ruego, ó 
no volverás á verme en tu vida. 

El tono resuelto de María, al decir estas palabras, 
conturbó el alma de Rosa. A su deseo de justificar al 
hermano, á su firme confianza en que se trataba sólo 
de calumnias, añadíase en Rosa, para, si «o destruir, 
al menos quebrantar su resistencia, el miedo de per- 
der el amor de María, quizás el único afecto seguro y 
fiel entre los afectos que la rodeaban. A las palabras 
de María, apenas opuso una tímida objeción débil: 

— ¡Pero si yo no tengo la llave del taller! Alberto se 
la dejó á Romero. 

— Para pedírsela á Romero, hay pretextos de so- 
bra. Puedes pedírsela diciéndole que necesitas enviar 
á Alberto, adonde está, libros, dibujos ú otras cosas 
de las que Alberto guarda en su taller. El pretexto no 
importa. La cuestión es pedirle inmediatamente la lla- 
ve, antes que él pueda comunicar con Alberto por 
teléfono ó de otro modo. Y si, pidiéndosela tú, no te 
la envía, es porque el anónimo dice verdad. No me 
quedaría duda. 

La resistencia de Rosa hubo de ceder á la obstina- 
ción implacable de la amiga. Rosa mandó pedir la lla- 
ve á Romero, y éste se la envió, porque no habiéndo- 
le dado Alberto orden expresa de no entregar la lla- 
ve á su hermana, él no podía excusar su negativa con 
excusas valederas. Antes de irse, Alberto, después de 
recomendarle mantener siempre húmedo el barro de 
la obra comenzada, mojando el capuchón de lienzos 
que lo cubría, le exigió, sin decirle por qué, muy con- 



ídolos rotos 



279 



vencido de que bastaba su exigencia para contar con 
la discreción más absoluta, no pasar nunca de la alco- 
ba en donde se hallaba la acuarela de Calles á la últi- 
ma alcoba. Y aunque Romero sospechase la naturale- 
za del secreto escondido en esa alcoba, no tuvo ten- 
taciones de violarlo . Para él no existia la alcoba ni el 
secreto, así fueran accesibles á su curiosidad, como 
estuviesen protegidos contra ella por cerrojos innú- 
meros. Sabía que de la posesión de aquel secreto lo 
separaba apenas el espesor de una cortina, Pero el se- 
creto no le atraía ni le inquietaba. No se acordó de él 
sino á la demanda imprevista de Rosa. «¿No temía Al- 
berto que un secreto que no era sólo de él se divulga- 
se? ¿Por qué, entonces, para hacerse mandar dibujos 
y libros de los guardados en el taller se dirigía á 
Rosa?» Al mismo tiempo, Romero, con mucha candi- 
dez, pensó qne el secreto quizás no corría peligros, 
pues los libros y dibujos de Alberto se hallaban en la 
estancia de la acuarela de Calles; pensó que si Alber- 
to encargaba á Rosa de tan peliaguda misión, sería 
por estar muy seguro de Rosa; y pensó, además, que 
siendo Rosa hermana de Alberto, no le traicionaría, 
no podría traicionarlo. Y pensando de tal modo, can- 
didamente, después de haber enviado á Rosa la llave, 
Romero trataba de excusarse á si mismo. 



Lo que primero detuvo la atención de las dos, á su 
llegada al taller, fué la estatua vestida de su capucha 
de lienzos recién mojados. En la superficie de aquella 
masa informe y obscura se veían las huellas de gotas 
que habían rodado al suelo, mientras algunas gotas 
rodaban todavía, lentamente, como lágrimas. María, al 
ver la estatua, se abalanzó sobre ella y la despojó de 



280 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



sus lienzos, ya separándolos, ya arrancándolos, hasta 
dejar todo el barro desnudo. 

— ¿No es Teresa? ¡Sí, es ella! ¡Es ella! No puede 
ser sino ella — gritó María, y á la vez tendió los puños 
crispados y vibrantes, como á derribar la estatua de 
su pedestal exiguo. 

— ¿Estás loca? ¿No ves que eso no se parece á na- 
die? Se parece á Teresa tanto como á ti, como á mí, 
como á cualquiera otra mujer... Puedes decir que es 
una mujer, y eso es todo. 

Y Rosa, al mismo tiempo que hablaba á María, le 
sujetaba las manos. Ninguna de las dos, en efecto, po- 
día hallar en aquella masa informe la más vaga seme- 
janza con la Farías. Aun en la obra acabada les hu- 
biera sido muy difícil sorprender tal semejanza, por- 
que el propósito del escultor no era copiar fielmente 
los rasgos de belleza de su amante, sino traducir en 
esos rasgos toda la Voluptuosidad misma, fatigada é 
incansable, rica en placideces y en dolor, acerba y 
dulce. Ante él ademán elocuente de María, Rosa tuvo 
miedo; se arrepintió de haber cedido, de haber ido al 
taller; por la primera vez presintió lo que iba á pasar 
de irrevocable, y comenzó á temblar, á temblar, y tan- 
to la entorpecieron sus temblores, que, cuando María 
se le desprendió y se^ alejó de ella, no pudo seguirla. 
Inmóvil, y ahogándose de zozobra y de miedo, se 
quedó cerca del barro desnudo. ' 

— ¡María! ¡María! No hay nada. Vamonos. Hemos 
hecho una necedad en venir. Vamonos. ¿No ves que 
no hay nada? ¡María! ¡María! 

Pero ésta no la escuchaba, ni podía escucharla: ha- 
bía atravesado, examinándola con rapidez, la estancia 
en donde se hallaban la cabeza leonardina y la acua- 
rela de Calles; había traspuesto la espesa cortina de 



ÍDOLOS ROTOS 



281 



damasco purpúreo, y ya percibía el perfume de vo- 
luptuosidad esparcido en el ambiente de la última al- 
coba. 

— ¡Era verdad! ¡Infames! ¡Infames I 

Si en la estatua no adivinó el símbolo de la volup- 
tuosidad, sí percibió su perfume en el ambiente de la 
alcoba. Es perfume que no engaña. No engaña ni á la 
prostituta, ni a la virgen, tal vez menos á la virgen 
que á la prostituta. Quien jamás lo conoció, lo reco- 
noce al percibirlo. E se perfume^ olor de carne y esen- 
cia de besos y caricias , mezclado ahí á fragancia de 
flores y al pjerfunie que María conoció por ser el per- 
fume preferido de Teresa, llenaba la alcoba y parecía 
exhalarse del lecho y sus ropas y cortinajes finísimos 
de las paredes, del tocador, y de todos los demás 
muebles de aquel rincón de taller convertido, por 
obra y gracia de la voluptuosidad, en boud oir elegante 
y deleitoso. 

María no sólo reconoció en el aire el perfume pre- 
ferido de Tereré: vio además los dos retratos de Te- 
resa colgados de la pared, y la sobrecogió uno como 
violento calofrío de grima y rabia. En vez de sentir- 
se ahí como violadora de un secreto y de un domicilio 
ajeno, sentíase al contrario como violada por aquella 
atmósfera y su espíritu voluptuoso. De sus ojos, de sus 
manos, de toda ella partieron desalentadas las iras, 
como de la aljaba de Diana disparábanse las flechas á 
castigar al cazador insolente que, por entre el fresco 
laberinto del boscaje, corría, inflamado en deseos im- 
puros, detrás de los candidos pies esquivos de la diosa. 
María, casi loca, en un acceso de dolor y de rabia, des- 
hizo el lecho, revolviendo sus ropas, y rasgó sus cor- 
tinas; descolgó de la parea los dos retratos de Teresa 
y los arrojó al suelo, para en seguida pisotearlos en 



282 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

una danza frenética de sus pies vengadores; derribó 
del tocador, en el desorden de sus movimientos, una 
redoma de perfume, y la redoma al caer se quebró, 
exhalando toda su alma fragante y ligera; registró casi 
todos los muebles y uno de éstos, especie de armario, 
lo encontró lleno de camisas de mujer, aéreas y va- 
porosas. 

Eran camisas de ^seda y de blondas y encajes, ro- 
sadas, azules, malvas, lilas, de todos los colores. María 
las fué sacando una á una, y una por una las estrujó, 
las mordió, las desgarró en mil pedazos, hasta formar 
en el centro de la estancia, con fragmentos de camisas 
de mujer, un alto y polícromo rimero de jirones, de 
entre los cuales pareció ella por último surgir sin mo- 
vimiento, silenciosa, los puños crispados, los ojos muy 
abiertos y fijos, como la imagen de la Desesperación 
ó la estatua de una Furia. 

— ¡María! ¡María! 

Cuando Rosa pudo al fin llegar á la última alcoba, 
después de alzar la pesada cortina de damasco, se dio 
cuenta, con sólo ver, de lo que estaba sucediendo. Se 
hallaba en presencia de lo que su miedo presintió: en 
presencia de lo irrevocable. 

— ¡María! ¡María!— gritó de nuevo Rosa. 

Y entonces María se estremeció como si volviera en 
su acuerdo; comenzó á frotarse desesperadamente las 
manos, una contra otra, como empeñada en hacerles 
perder hasta la memoria de sus contactos impuros con 
las blondas, la seda y los encajes de aquellas camisas 
de mujer, cómplices de abrazos, besos y quién sabe 
cuántas caricias locas; y después de frotarse las ma- 
nos largo tiempo, se precipitó en los brazos de la ami- 
ga confusa: en el seno de ésta ocultó su rostro, y de 
sus ojos corrieron dos ríos de lágrimas. 



ÍDOLOS ROTOS 283 

Por la ventana frontera á la puerta escondida bajo 
la cortina de damasco, entraba el sol alegremente, y 
con el sol entraban los cantos de cigarras venidos de 
los bosqiíecitos de tártagos de las quebradas próximas. 

— ¡Y todo esto por mi culpa! ¡Por mi culpa! — dijo 
Rosa, desesperada á su vez. 

— Por tu culpa, no. Tú no tienes culpa. Has hecho 
lo que debías. La culpa es toda de ellos, ¡los infames! 
¡Infames! « 

Y el llanto de María redobló. Después, como si de 
su rabia y su dolor triunfasen la grima y el disgusto, 
exclamó desasiéndose de Rosa y buscando la salida: 

— Vamonos. Vamonos, Rosa. 
Pero ésta la contuvo. 

— No, no saldremos hasta que no te calmes y dejes 
de llorar... 

Y cuando por fin salieron y bajaron hacia el centro 
de la ciudad, sus almas, que parecían condenadas á 
separarse para siempre al más traidor de los golpes, 
sintiéronse más unidas que nunca. Ni por un instante 
pensó Rosa justificar á su hermano. María ni por un 
instante pensó vengar en Rosa el crimen de Alberto. 
Unidas por desengaños comunes, aquel desengaño, te- 
rrible y cruel para entrambas, uníalas aún con más 
fuerza y estrechez, elevándolas á la más alta y pura 
concepción de la amistad, inaccesible al vulgo de las 
almas femeninas. Víctimas del amor, engañadas y bur- 
ladas del amor, sus destinos eran gemelos. Juntas, en 
lo futuro, cultivarían, como en el pasado, su pedazo 
de jardín; juntas, como en el pasado, prodigarían las 
aguas vivas de su amor, desdeñadas de los hombres, á 
la tierra, que no paga con desdén; y ya que el corazón 
de los hombres no tenía rosas para ellas, ellas arran- 
carían rosas, muchas rosas, á la tierra, cultivándola. 



III 



Hacía una semana las tropas de la revolución habían 
penetrado en triunfo en la ciudad, cuando Alberto 
volvió de su escondite. 

Algunos todavía no lograban darse cuenta de cómo 
Rosado alcanzó tan estupenda y rápida victoria. Parte 
porque el gobierno la mantuviese, por motivos fáciles 
de adivinar, en la mayor ignorancia de lo que estaba 
pasando en el resto de la República, parte porque ella 
fuera de por sí indiferente y descuidada, la capital, en 
efecto, no se vino á formar idea justa de la revolución 
y de su magnitud y su brío, sino cuando, ya victoriosa, 
la revolución tocaba á sus puertas. 

Apenas tres ó cuatro meses bastaron al antes obs- 
curo cabecilla vulgar, transformado por la suerte de 
las armas en ilustre campeón intrépido y feliz, para es- 
trechar y vencer al gobierno, vengando la ley atrope- 
llada por los mismos que debían servirles de severos 
guardianes escrupulosos . En toda la República el mo- 
vimiento de la revolución fué irresistible y unáni- 
me. De todas partes respondió un eco al grito de 
guerra de Rosado y sus compinches. Muy al principio 
tan sólo hubo un momento de vacilación y descon- 
fianza, proxenientes quizás del turbio fondo de me- 
lancólico escepticismo acumulado en el alma del pue- 
blo durante una larga y negra serie de revueltas ínúti- 



ÍDOLOS ROTOS 285 

I 

les. Pero el pueblo, siempre niño, se dejó, como otras 
veces, engañar y seducir de palabras hermosas. La fa- 
cultad, en él inagotable, de forjarse ilusiones, triunfó 
de su vago escepticismo. En su corazón se puso á 
germinar, á sonreír y á florecer una loca esperanza. 
Y esa esperanza, propagándose como el más traidor 
de los contagios, no respetó ni á los más fuertes. Muy 
pronto 1ú compartieron con la masa del pueblo incau- 
to los que no hacían parte de la muchedumbre anóni- 
ma, los que sobresalían del nivel común y aun algunos 
de los que, diciéndose intelectuales, proclamábanse 
adversarios de toda guerra y de su fatal séquito de 
generalotes advenedizos. Unos y otros eran insensi- 
blemente llevados á poner su esperanza en la guerra, 
como si de la guerra hubiese de salir la salvación para 
todos. Los que se creían menos ilusos, aunque lo fue- 
sen tanto como los demás, esperaban en un dictador 
magnánimo con perspicacia y luces de sociólogo, ca- 
paz de comprender y bien dirigir las fuerzas de aque- 
lla democracia corrompida y de echar por último las 
bases de una verdadera nación y de la república ver 
dadera. Poseídos, á pesar de ellos, de la fiebre revolu- 
cionaria, olvidaban, en la v locura de la fiebre, sus ideas 
y reflexiones de los tiempos de paz: olvidabanque la 
guerra no produce casi nunca sino guerra, que casi 
ninguna revolución trae en su vientre sino lágrimas y 
ruinas, queja obra de un dictador es, como éste, efí- 
mera y deleznable; que el dictador con luces, magná- 
nimo y perspicaz no surge sino rara vez de los conflic- 
tos rojos; ^ueá cada guerra civil se agregan á los ya 
existentes nuevos probables dictadores bárbaros, por- 
que detrás de cada general vencedor se arrastra la in- 
evitable cohorte de nuevos coroneles y generalotes 
improvisados, ignaros y ambiciosos, en cada uno de 



286 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

los cuales anda escondido y prosperando el germen de 
(j^r, r un Imperator futuro. Olvidados de sí mismos y de sus 
propias ideas, con más facilidad se olvidaban de los 
otros. Ninguno recordaba ya lo que Rosado y los otros 
jefes é iniciadores de la revolución habían sido antes 
de lanzar su grito de guerra. Ninguno recordaba ya 
que todos ellos, antes de lanzar ese grito, eran teni- 
dos por hombres malos. A Rosado, antiguo ministro, 
antiguo presidente, se le consideraba como el más 
ruin de los malhechores. Hablábase de él como de un 
salteador vulgar sin asomos de escrúpulos. Y á sus 
amigos, á los que por él trabajaron en el Congreso, 
dando á la revolución una bandera prestigiosa, si no 
los consideraban tan malos como él, tampoco los 
consideraban menos viles. Los que en pleno Con- 
greso llamaron al país á las armas eran tenidos por 
venales. Casi todos, entre ellos los más escanda- 
lizados ante la inminente violación de la Ley, habían 
venido viviendo de los oros de César hasta la vís- 
pera del día en que invitaron al pueblo á ponerse 
de la parte de Bruto. Pero desde entonces, por el 
solo hecho de erigirse en adversarios del César y en 
defensores de la Ley, la opinión de las gentes volvió- 
seles benigna y entusiasta. Rosado, con decir que ve- 
nía á la defensa de la Constitución y la Ley, escanda- 
losamente holladas, dejó de ser el más ruin de los 
N malhechores. No le comparaban sino con los héroes 

más nobles de la antigüedad: le llamaban modelo de 
ciudadanos, el soldado por excelencia de la Ley, el va- 
rón íntegro. Y sus amigos aparecieron también á los 
ojos de la multitud con almas nuevas. El frecuente ha- 
blar de la Constitución y la Ley, proclamándose de- 
fensores de ellas, les prestó ^ureola y fama de hom- 
bres puros. Nunca se vio de modo tan patente como 



ÍDOLOS ROTOS 287 

esa vez la virtud prodigiosa de las palabras. Para el 
sagaz general Rosado y sus amigos, el repetir á cada 
momento las palabras Constitución y Ley, fué como 
bañarse en las aguas lústrales de una piscina milagro- J 
sa, hasta quedar limpios de toda lepra. 

Cuando en la capital se traslucieron de irrecusable 
modo los primeros grandes triunfos de la revolución, 
empezaron á desertar de las filas de fieles al gobierno 
muchos politicastros. El gobierno, en un instante de 
súbito pánico y turbación, olvidó su máscara de sere- 
nidad aparente y se dejó ver, tal como estaba, débil y 
temeroso. El efecto de semejante olvido fué aumentar 
las deserciones de los politicastros. Algunos, con igual 
cinismo con que antes hablaban de haberse embarca- 
do con el César en una misma nave, entonces achaca- 
ban al César todas las culpas, y encontraban la revo- 
lución legal y justiciera. Otros, no satisfechos con de- 
sertar en espíritu, se iban, al principio ocultamente, 
luego sin molestarse en hacerlo de tapadillo, á engro- 
sar las filas del ejército revolucionario. La debilidad 
creciente del gobierno y los progresos continuos de la 
revolución hicieron que muy pronto se formasen, á las 
puertas mismas de la capital, en los alrededores de 
ésta, casi en las barbas del César y sus ministros, gran- 
des partidas de rebeldes como la capitaneada por Pe- 
dro Soria. 

Después de contaminar á los politicastros, el soplo 
de traición comenzó á sacudir las almas de los milita- 
res fieles al gobierno. El César se vio poco á poco 
desamparado de sus generales más adictos. Uno solo 
se mostraba decidido á no abandonarle. Los demás le 
abandonaban diciéndose desalentados de la lucha, 
cada vez más recia y vana, pero en realidad, si no le 
dejaban por cobardía, le dejaban porque de tiempo 



288 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

atrás venían en tratos con la revolución y sus jefes. 
Los últimos no se cuidaron mucho de las formas; no 
ocultaron sus perfidias bajo disfraces: le dijeron que 
estaba de más, y le aconsejaron la fuga. No se la acon- 
sejaron: se la impusieron. Y el César obedeció, trans- 
formados en mansedumbres de oveja sus ásperos ins- 
tintos de lobo. Fué de una infamia á otra infamia . De 
la. infamia de su grosero y criminal cesarismo corrió á 
la infamia de la fuga, y á la infamia del destierro fácil, 
apacible y clorado, en una gran ciudad lejana y opu- 
lenta. No se detuvo á defender siquiera con un simu- 
lacro de resistencia heroica algo de su honor hecho 
trizas. Menos aún pensó en rescatar con un supremo 
acto noble, con un supremo acto de belleza, á seme- 
janza de los Césares verdaderos, los de Roma y Bi- 
zancio, toda la infamia de su vida, traspasándose el 
corazón con sus propias manos ante la derrota inmi- 
nente, ó partiéndose las venas en el baño de pórfido, 
en el agua perfumada y tibia, bajo flotante y purpúrea 
mortaja de infinitos pétalos de rosas. 



A su llegada á la capital, Rosado encontró dis- 
puesto á rendírsele, tras de cortos y sencillos parla- 
mentos, lo que del gobierno quedaba aún en pie. De 
esa ocasión aprovecharon los politicastros rezagados 
todavía, para mostrarse políticos hábiles, pasándose al 
enemigo por el cómodo puente de plata de los parla- 
mentos. De los primeros entre los hábiles fué Perdo- 
mo. Según este, la suma de todas las responsabilida- 
des y todas las traiciones estaba en el César fugitivo. 
Y no sólo se pasó con extraordinaria desfachatez al 
enemigo, sino además trató de escamotear á ios triun- 
fadores una buena parte de triunfos, por la manera 



ÍDOLOS ROTOS 289 

como él había conducido y llevado á feliz conclusión 
los parlamentos. 

Concluidos los parlamentos, Rosado entró en la ciu- 
dad en medio á un inmenso clamor dé apoteosis. La 
ciudad toda aclamaba, desbordante de gratitud, al hé- 
roe que venía por los fueros de la Constitución y de la 
Ley, en malí hora pisoteados. Cada habitante de la 
ciudad se creía en el deber de festejar el triunfo de la 
revolución como su propio triunfo. Muchos, los inge- 
nuos, veían en aquel triunfo el real advenimiento de la 
república, ó por lo menos el principio de una era de 
paz y bienandanza. El haber combatido juntos en pro 
de una misma causa en las filas de la revolución hom- 
bres de los dos partidos contrarios, apareció á mu- 
chas almas de simples como presagio halagüeño, y sa- 
ludaban esa unión como el término seguro de las gue- 
rras civiles. Pero los liberales consideraban el triunfo 
de la revolución como un triunfo liberal, porque el 
jefe de la revolución, Rosado, re decía liberal, y por 
liberal todos le tenían. Por su parte, los conservado- 
res, aunque en la plaza pública no lo dijesen, miraban 
en el triunfo de la revolución un triunfo de su partido, 
porque si bien Rosado era liberal, sus tenientes no lo 
eran: pertenecían en su mayor parte á los conservado- 
res. Y esos tenientes, además, contaban y traían en su 
haber mayor número de victorias que el jefe mismo. 
De esa manera, atribuyendo los unos, cada cual á su 
partido, el triunfo de la revolución, esperando los 
otros que ese triunfo aumentase, no la gloria de su 
partido solamente, sino la dicha y bienestar de la pa- 
tria, irían todos viviendo de esperanzas é ilusiones, 
hasta el día en que Rosado, extinguido el clamor de 
apoteosis y pasida la embriaguez de las fiestas, em- 
puñase las riendas del gobierno y continuara la obra 

19 




MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



de ruina, de scrédito y decadenc ia, tomándola en el 
mismísimo punto en que la dejó su predecesor, el Cé- 
sar fugitivo. Entonces caerían las telarañas de los ojos, 
huiría de las almas la ilusión de las alas azules, y todos 
al fin comprenderían cómo el triunfo de la revolución 
no fué el triunfo de este ó aquel partido, de esta ó 
aquella idea, sino el triunfo de los mismos viejos abu- 
sos, el triunfo de los mismos viejos apetitos, con muy 
pocas diferencias de nombres y de caras. 

Entretanto el populacho y la soldadesca llenaban 
las calles de la ciudad con su regocijo bullicioso, dan- 
do vivas á la revolución y á su jefe. Grupos de solda- 
dos y de pueblo se paseaban por las calles, contentos 
con lanzar temos ó vivas y exclamaciones de júbilo. 
Pero manos tan hábiles como aviesas trabajaron por 
convertir el ardor de ese regocijo en furias vengado- 
ras. La muchedumbre, de alma pasiva, se dejó llevar á 
los peores excesos por algunos de los que en tiempos 
de paz llamábanse partidarios de la justicia y del or- 
den. Merced á esos justos, en la ciudad estallaron los 
motines y prendieron las represalias. Inocentes máqui- 
nas y otros útiles de una imprenta, en donde un gra- 
fómano servil imprimió sus lisonjas al gobierno caí- 
do, fueron arrastrados y esparcidos en toda la ciudad 
por la mano de saqueadores ebrios, entre algazara de 
granujas. La venganza de los justos no podía caer so- 
bre la persona del César, ni sobre las personas de sus 
ministros, como el César puestos en salvo; pero cayó, 
v seguida de la multitud, sobre sus casas indefensas. 
Nada respetó aquel torrente humado hinchado de 
odio, rencores y envidias. Las casas del César y de 
sus ministros fueron saqueadas una por una. Los re- 
tratos, muebles y objetos de arte, no completamente 
destruidos á golpes de varas, de sables y de puños, 






ÍDOLOS ROTOS 291 

los arrojaban maltrechos al arroyo. Objetos íntimos, 
destinados á no salir jamás de la discreta penumbra 
de la alcoba, salieron á la cruda luz de las calles. La 
multitud echó abajo una de las casas más trabajadas 
del saqueo, y se hablaba de no dejar piedra sobre pie- 
dra en las de algunos de los hombres más notables 
del gobierno caído. Arrastrados del vértigo, validos 
de la confusión, escudados por lo denso de la muche- 
dumbre en desorden, ciertos corazones viles empeza- 
ron á cobrar, traicioneramente, personales venganzas. 
Y mucha sangre tal vez habría manchado las calles de 
la ciudad, á no ser una de esas intervenciones felices 
con que la naturaleza imperturbable parece revelarse 
con un alma consciente y bondadosa en medio de su 
fatalismo oscuro. Ei cielo, hasta ese entonces impasible 
y azul, condolido al fin del hondo clamor de angustia 
de la tierra, se deshizo en lágrimas. Al principio fue- 
ron grandes goterones lentos, al tocar en tierra sorbi- 
dos con desesperada avidez de la tierra ardorosa; luego 
fué la lluvia de los cielos blancos, una lluvia menuda 
precipitada y continua, que llenó y refrescó la atmósfe- 
ra, empapó la tierra y la surcó de torrentes y ríos, 
arrastró inmundicias é impurezas; barrió de los flancos 
del cerro, convertidas en fango, las cenizas de la últi- 
ma roza; acalló el cántico estridente de las últimas ci- 
garras; avivó, para mejor extinguirlo, en las copas de 
los árboles, el incendio de púrpura; y en las calles de 
la ciudad aplacó y deshizo el vano y miserable tumul- 
to de los hombres. 

Cuanto le dijo Romero sobre las escenas vergonzo- 
sas que habían afeado por aquellos días la ciudad, y 
sobre lo acaecido con la llave del taller, no impresio- 
nó tanto á Alberto como la simple noticia de haber 



292 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

sido, de orden superior, transformado en alojamiento 
de tropas el caserón de la Escuela de Bellas Artes. 
Rosado lo había dispuesto así porque todos los cuar- 
teles de la ciudad no eran bastantes á contener su 
ejército victorioso. Semejante noticia fué par,a el escul- 
tor como inesperada catástrofe. Cuando tiempo atrás, 
con la intención de hacer, ajustándose á los proyectos 
ilusorios de Emazábel, una serie de conferencias, hizo 
llevar á la Escuela su última obra y las copias del Fau- 
no y la Ninfa de su obra premiada en París; y cuando, 
obligado á dejar la ciudad y esconderse en el campo, 
quedaron sus estatuas en la Escuela, ni por un segun- 
do se imaginó que ahí, en la Escuela, en el único rin- 
concito de su tierra consagrado al estudio del arte, 
pudieran correr sus obras ninguna clase de peligro. 
«¡Cómo imaginarse entonces que la Escuela de Bellas 
Artes la convertirían muy pronto en refugio de solda- 
desca! > 

— ¿Y mi Venus criolla? ¿Y las copias del Fauno y la 
Ninfa? 

Romero no sabia nada de eso: no había podido in- 
formarse de nada en aquellos días de tumulto. Era in- 
útil, y además arriesgado, salir en aquellos días á la 
calle, recorrida por bandadas de saqueadores. 

— Supongo — dijo Romero —que tus estatuas, con 
las copias de esculturas célebres que hay en la Escue- 
la de Bellas Artes, las habrán resguardado de toda 
ofensa en algún lugar inaccesible á las gentes de tropa. 

— ¿Pero no estás seguro? 

— No. ¿Cómo he de estarlo? 

— Pero, en fin, el director de la Escuela debe saber 
en dónde y cómo se hallan las estatuas. 

— La Escuela no tiene director: el que tenía cuando 
te marchaste para el campo renunció poco antes de 



ÍDOLOS ROTOS 293 

entrar en la ciudad Rosado con sus tropas, y el go- 
bierno, en esos días, no estaba para ocuparse en de- 
signar un nuevo director á la Escuela. 

— ¿Entonces qué hacer? Quiero saber ya, inmedia- 
tamente, en dónde y cómo se hallan las estatuas. El 
Fauno y la Ninfa no me importan mucho: al fin son 
copias. Pero mi última obra, ya eso es distinto. 

Y el escultor habría deseado correr, volar, como el 
hombre á quien vienen á decir que su hijo está en pe- 
ligro de muerte. Para él, artista, su obra sin duda era 
más que un hijo Un hijo no podía ser de él solo, en 
tanto que su obra era exclusivamente de él, sólo de 
él, símbolo perdurable de su orgullo, sangre de su ge- 
nio, alma de su alma. 

Sin pensar ninguno de los dos en lo que hacían, Al- 
berto y Romero se llegaron á la puerta del cuartel, 
antes Escuela de Bellas Artes. El oficial de guardia 
condescendió á conversar con los dos amigos, y les 
advirtió que, para cumplir su deseo de entrar en el 
cuartel á ver las estatuas y llevarse uña de ellas, de- 
bían proveerse de un permiso en toda forma del mis- 
mo general Rosado. Discurrían, poco después de ha- 
blar con el oficial de guardia, sobre la mejor manera 
de conseguir aquel permiso, cuando se les apareció 
como un salvador Pedro Soria, vestido aún con sus 
arreos de campaña: espada á la cintura, chaqueta bien 
ceñida al talle, pantalones listados de amarillo, y en la 
cabeza, rodeando el ancho sombrero de paja, una 
cinta de co^ox^guaido vistoso. Y Pedro se ofreció 
á conseguirles en un periquete el permiso de Ro- 
sado. 

Sin embargo, el permiso tardó en llegar á las ma- 
nos de Alberto unos días, que para Alberto se desli- 
zaron con lentitud angustiosa. 



294 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

Cuando volvió por fin á la entrada del cuartel, vol- 
vió en compañía de Romero. 

— ¡Cabo Miyares! Acompañe á estos señores hasta 
allarriba, aonde están las jestatuas — dijo el oficial de 
guardia, después de leer el permiso y la firma de Ro- 
sado. 

El oficial de guardia y el cabo Miyares cambiaron 
una sonrisa picaresca, no advertida de los otros. Y el 
cabo Miyares, zambo un si es no es patojo y muy ca- 
bezón, se dispuso á guiar á los dos amigos, adelantán- 
dose á ellos cosa de uno ó dos pasos. No tenían sino 
atravesar el corredor principal del piso bajo, subir por 
una escalera á gradas gastadísimas del tanto subir y 
bajar de la gente, para llegar, en el piso alto de la 
casa, al salón consagrado, cuando la casa no era cuar- 
tel, sino escuela de arte, á los trabajos de escultura. 

El salón de esculturas, muy vasto, daba á la calle, y 
encerraba muchas copias de estatuas célebres. Entre 
otras de menor importancia, estaban resaltando allí 
con el reflejo de belleza inmortal robado á sus mode- 
los, hermanos del milagro, las copias de las Venus de 
Milo y del Capitolio, las del Gladiador moribundo, la 
del Torso de Hércules, la del Apolo del Belvedere, 
sereno y arrogante, y la del suave Antinoo, el de las 
tersas formas divinas. El salón se continuaba á la de- 
recha con una estancia exigua, que daba como el sa- 
lón á la calle y estaba, también como el salón, llena de 
estatuas. Las paredes las tenía tapizadas de acade- 
mias y otra suerte de dibujos. Ahí, en esa estancia, fué 
donde quedaron, á la partida de Alberto, las copias 
aisladas del Fauno y la Ninfa de su obra premiada en 
Paris y su Venus criolla. 

Mientras atravesaban el corredor principal del piso 
bajo y subían la escalera, ansiosos de llegar adonde 



ÍDOLOS ROTOS 295 

habían de estar aún las esculturas, los dos amigos 
vieron apenas los soldados que, solos ó en gru 
pos, llenaban, en el piso inferior, los corredores y el 
patio. 

Ya tendidos por sobre los duros suelos, ó sobre man- 
tas, azules de un lado y rojas del otro, dormían; ya ex- 
tendidos sobre un costado, formando círculo con otros 
compañeros encima de la frazada bicolor, jugaban. En- 
tre los soldados podían verse todos los tipos del pue- 
blo: rostros blancos, cuya blancura servía de realce á 
la amarillez paludosa; negros casi puros de las po- 
blaciones costaneras, con escleróticas muy blancas y 
almas fatalistas; gestos duros, batalladores é inteligen- 
tes de mulatos; y gestos apacibles de indios, de mirar 
melancólico y dulce. 

En lo alto de la escalera, el cabo Miyares, rascándose 
la cabeza y encarándose con los dos amigos, se detuvo 
por un segundo, que fué para los tres de honda perpleji- 
dad y embarazo. 

— La custión es que loj muchachoj han... desarreglao 
un poco esos muñecos. Como cuando uno viene de cam- 
paña no lo licencian á uno ái mismo... 

Alberto y Romero, á su llegada al salón, empezaron 
á entender lo que significaban las reticencias de Miya- 
res. El hijo de Latona, Apolo, descendido de su pe- 
destal, rotos los brazos y un pie, vencido, no vencedor, 
andaba por los suelos boca abajo. En esa misma ac- 
titud ignominiosa, muy cerca de Apolo, estaba An- 
tinoo, el de las formas divinas. Y ambos, como supli- 
ciados á traición, lucían en la espalda, en lo más bajo 
del dorso, la boca de una herida profunda. Luego, 
ante el espectáculo de las Venus, decaídas como Apo- 
lo, se les acabó de revelar la última significación recón- 
dita de las reticencias de Miyares. Las Venus, al revés 



296 MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 

del dios de la luz, miraban al techo del saión, no hacia 
la tierra. Los soldados, entre una frenética explosión 
de erotismo bestial, con las puntas de sus bayonetas 
habían simulado, en los blancos cuerpos de las estatuas, 
el sexo de las diosas. Y no pudiendo ya violar cam- 
pesinas en los ranchos de la sabana y en los bohíos del 
monte, violaron, con sus caricias de brutos, las blancas 
diosas de yeso. En las divinas alburas de las Venus 
aparecían con toda claridad las huellas de los abrazos 
infames y el inmundo rastro de la más ruin semilla de 
hombre. Alberto, mudo, manifestaba su espanto, su 
indignación y su ira en una palidez intensa. Romero, 
por su parte, adivinando y respetando el dolor de su 
amigo, no podía menos de pensar en una como epo- 
peya gigantesca y terrible, la epopeya de la Sangre y 
la Lujuria, desarrollada en la noche de las cavernas 
prehistóricas. 

Con ímpetu de náufrago, Alberto se asió por un ins- 
tante fugitivo de una esperanza falaz, al divisar á lo 
lejos, en el fondo de la estancia contigua al salón, en 
el mismo lugar y la misma actitud que él la dejó la úl- 
tima vez, la copia de su Fauno. La estatua del Fauno 
era, en efecto, la sola estatua respetada de la chusma. 
Con su alma de plebe, obscura y supersticiosa, la sol- 
dadesca vio, á través de la frente bicorne y de los la- 
bios irónicos del semidiós de los campos, un demonio 
truhán y vengativo. 

Pero sobre la Ninfa y la Venus criolla parecía ha- 
berse encarnizado la furia de espasmos y caricias bes- 
tiales de los bárbaros en celo. Sobre todo, la Venus 
criolla era una sola ruina triste, en la cual muy difícil- 
mente se alcanzaba á reconocer la antigua obra, la 
escultura destinada á perpetuar un peregrino fulgor 
de belleza, la estatua d» la mulatica del Tuy fresca y 




ÍDOLOS ROTOS 297 

primorosa, como hecha de barro blondo, fragancia de 
canela y zumo de flores de apamate. 

Cuando Alberto abarcó, en toda su magnitud, la 
miseria de sus creaciones, después de considerarla en 
silencio durante un largo espacio, de su garganta bro- 
tó, rompiéndose, destrozándose, a l go que fué mitad 
sollozo, mitad rugido: 

— ¡Canallas! ¡Canallas! ¡Canallas! ¡Todos canallas I 

Luego, por un instante, se rió con risa de loco, 
mientras decía, señalando las estatuas y dirigiéndose 
á Romero: 

— ¡Y nosotros que teníamos la candidez de pensar 
en el arte como en un medio de regeneración política! 
¡Blasfemos!... ¿Ves? ¿Ves? Por aquí pasó la Bestia, la 
gran Bestia impura. ¡Ah, la Democracia! ¡Nuestra De- 
mocracia! ¡Nuestra santísima Democracia! 

— ¿El blanquito como que se ha molestao? Yo le 
dije que loj muchacho... — empezó á decir, un poco 
amostazado, el cabo Miyares, el zambo, un si es no es 
patojo y muy cabezón, al sentir, en las palabras y la 
risa irónica de Alberto, los latigazos del insulto. 

— ¡Sí me he molestado! ¡Sí me he molestado! — gri- 
tó el artista, en una súbita exaltación de rabia. Y su 
palidez, ya intensa, creció hasta convertirse en blan- 
cura, semejante á la blancura en que resplandecían, 
antes de ser violadas, las frágiles diosas de yeso. 

Prudentemente, el cabo Miyares retrocedió unos 
pasos: en la palidez espantosa del artista reconoció 
una palidez que no era la del miedo. Entretanto, Ro- 
mero se acercaba á su amigo, le asía del brazo, y, atra- 
yéndole á sí, le decía: 

— ¡Cálmate! Cálmate y vamonos. V amonos. Aq uí 
nada hacemos. 

Alberto, dócil, se dejó llevar del amigo. A la salida 



298 



MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ 



de cuartel quiso hablar, y, cuando empezó á hablar, se 
le saltaron las lágrimas. 

— Alfonzo tenía razón — prorrumpió — . Alfonzo te- 
nía razón cuando me dijo que me fuera. Yéndome en- 
tonces, cuando él me lo dijo, me hubiera llevado qui- 
zás algo intacto, me hubiera llevado quizás casi entero 
el buen humor de la tíerruca. Alfonzo tenía razón: na- 
die tiene derecho á sacrificar su ideal. El supremo de- 
ber de un artista es poner en salvo su ideal de belleza. 
Y yo nunca, nunca realizaré mi ideal en mi país. Nun- 
ca, nunca podré vivir mi ideal en mi patria. ;Mi pa- 
tria! ¡Mi país! ¿Acaso es ésta mi patria? ¿Acaso es 
éste mi país? 

Y antes que en lengua bárbara, la bota férrea de 
nuevos conquistadores, la de los bárbaros de hoy, ve- 
nidos también del Norte, como los bárbaros de ayer, 
la escriba para la turba infame, ciega ante la verdad, 
sorda al aviso, el artista calumniado, injuriado, humi- 
llado, escribió con la sangre de sus ideales heridos, 
dentro de su propio corazón, por sobre las ruinas de 
su hogar y sobre las tumbas de sus amores muertos, 
una palabra irrevocable y fatídica: Finís patria. 



Publicaciones de la EDITORIAL-AMÉRICA 

BIBLIOTECA DE LA JUVENTUD HISP ANO-AMERICANA 

SE HAN PUBLICADO: 

I. — Hernán Cortés y la epopeya del Andhuac, 
por Garlos Pereyra. — 3>50 ptas. 

II. — Francisco Pizan % o y el tesoro de Atahuah 
pa, por Carlos Pereyra. — 3 ptas. 

IÜ. — Humboldt en América, por Carlos Perey- 
ra. — 3,50 ptas. 

IV. — El general Sucre, por Carlos Pereyra. — 
3,60 ptas. 

Y. — La entrevista de Guayaquil, por Ernesto 
de la Cruz, J. M. G-oenaga, B. Mitre, Carlos A. 
Villanueva. Prólogo de R. Blanco-Fombona. — 
3,50 ptas. 

VI. — Tejas. La primera desmembración de Mé- 
jico, por Carlos Pereyra. — 3,50 pesetas. 

VII. — Ayacucho en Buenos Aires y Prevarica- 
ción de Rivadavia, por Gabriel Rene-Moreno. 
4 ptas. 

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por Eduardo Posada. — 3,50 pesetas. 

IX. — El Washington del Sur. Cuadros de la 
vida del Mariscal Antonio José de Sucre, por B. 
Vicuña Mackenna. — 4 ptas. 

X. — Leyendas del tiempo heroico. Episodios de 
la guerra de la independencia americana, por 
Manuel J. Calle. — 4 pesetas. 

XI. — Los últimos virreyes de Nueva Granada 
(Relación de mando del virrey don Fr ancuco Mon- 
talvo y Noticias del virrey Sámano sobre la pérdi- 
da del Reino), por Francisco Montalvo y Juan 
Sámano. — 3,50 pesetas. 

XII. — El almirante don Manuel Blanco Enea- 
lada. — Correspondencia de Blanco Encalada y 
otros chilenos eminentes con el Libertador, por 
Benjamín Vicuña Mackenna. — 3,50 pesetas, 



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Con análisis de Kierkegaard por el profesor danés 
Harald Hoífding y un estudio crítico del mismo 
por H. Delacroix. 
Traducción de Alvaro Armando Vasseur (obra 
inédita en castellano). — Precio: 3,50 pesetas. 
II. —Enrique Heine: El Cancionero. (Das Buch der 
Lieder.) Intermezzo lírico. Baladas. El regreso... 
Traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde. 
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ducci. — Precio: 3,50 pesetas. 
III.— Eca de Qüeiroz: París. 

Traducción y prólogo de A. González-Blanco 
(obra inédita en castellano). — Precio: 4 ptas. 
IV.— Eugenio de Castro: Belkis. 

Traducción de Luis Berisso. 
V. — Josué Carducci: La vida es sueño, Don Quijote y 
otros ensayos... Traducción y prólogo de J. Sán- 
chez Rojas (obra inédita en castellano). — 4 ptas. 
VI. — Lafcadio Hearn: Fantasmas de la China y del 
Japón. 
Traducción de Alvaro Armando Vasseur (obra 
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Traducción y prólogo de R. Lasso de la Vega 
(obra inédita en castellano). — 4 ptas 
VIII. — Giovanni Papini: El crepúsculo de los filósofos. 

Traducción y prólogo de José Sánchez Rojas 
(obra inédita en castellano). — 4 pesetas. 
IX.— Sainte-Beuvü: La mujer y el amor en la literatura 
francesa del siglo XVII. 
Versión de María Enriqueta (obra inédita en cas- 
tellano). — 3,50'pesetas. 
X. — Eca de Queiroz: (artas de Inglaterra. 

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Marqués de Ureña y Samaniego, María Gertrudis 
Hore, Alvaro Cubillo de Aragón, Juan de Matos 
Fragoso, Cristóbal del Castillejo, Luis Gal vez de 
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VI. — Antonio Mañero: México y la solidaridad ameri- 
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fía. — Su característica.— Su labor.) 

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VIII. — E. Gómez Carrillo: Tierras mártires. 

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£o?"de r RÍficSf eSÍI ««„ y la sociedad Ínter- 
riores. nacional americana. 

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gía en la Universidad de Precio. 4,50 pesetas. 

México y Miembro del tribu- 
nal perm ;nente de Arbitraje, 
de La Haya. 

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toña, de Cartagena (Colom- Precio. á,5U pesetas. 

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VII. — Ángel César Rivas: Ensayos de historia política y 
De la Academia de la Histo- diplomática.— Precio: 4 pesetas. 

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VIII.— José Gil Fortoul: El hombre y la historia. (Ensayo de 
De la Academia de la Histo- Sociología venezolana.) 

ria, de Venezuela. ,-, „ Kr . _..■>._ I,. 

Precio: 3,50 pesetas. 

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Presidente del Consejo Na- tudios psiquiátricos.) 
cional de Educación en la Re- T>„„^.t^ o k« ^ na ^ na 

pública Argentina. Preci0: 3 > 50 Pesetas. 

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"'HtSnt^eVe^X.^ ^ecio: 4 pesetas. 

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riores. y 

XI- XII.— J. D. Monsalve: El ideal político del Libertador 
Mit-mbro de número de la Simón Bolívar. 
Academia^ h^ Historia, de Dog gruegog ^ ft ^ cada 

uno. 

XIII.— Fernando Ortíz: Los negros brujos. (Apuntes para un 
Profesor de Derecho público estudio de Etnología criminal.) 
en la Universidad de la Ha- p^^. ^ Q pe8eta8> 



XIV. — José NicolAs Matienzo: El Gobierno representativo 
Profesor en las Uuiversida- federal en la República Argen- 
des de Buenos Aires y la tina. . Precio: 5 pesetas. 

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Chile. 

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Chile en las República» del los dos VOlÚmene8. 

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XX. — Emilio Rabasa: La organización política de México. 
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XXI.— Alejandro Alvarez: El derecho internacional del por- 

Secretario general del Insti- venir. 

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XXII.— José Ingenieros: Ciencia y Filosofía. (Seis ensayos.) 
Profesor en la Universidad Precio: 3,50 pesetas, 

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XXIII.— Carlos Pereyra: La Constitución de los Estados 

Antigu, profesor de Sociolo- Unidos como instrumento de do- 

gia en la Uni versidad de Me- mnoc ^ n plutocrática . 

xico y miembro del Tribunal r 
permanente de Arbitraje, de 
La Haya. 

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Matemáticas de Caracas. ^ _ jjj Las grandes cuencas 

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Los volcanes. 

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XXVL— José Gil Fortoul: Filosofía constitucional. 

Profesor de Ciencias 



BIFv i DEPT. J 5 I 1361 



?L M « Rodríguez, Manuel 

«549 ídolos rotos 

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