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Full text of "Impresiones de América, acuarelas y dibujos;"

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X 



OBRAS DE EDMUNDO DE AMICIS 

TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL ITALIANO 
por 

HERMENEGILDO GINER DE LOS RÍOS 
De venta en las principales librerías. 

PESETAS 



1870-71. — liecuerdos 3 

La vida militar. — Bocetos. ( Primera serie). . . 3 
La vida militar. — Nuevos bocetos. ( Segunda 

serie ) 3 

Páginas sueltas 3 

Retratos literarios 3 

España 3,50 

Efectos psicológicos del vino. (Conferencia). ... 1- 

Italia. Dos tomos 6 

Los amigos. Tres tomos 9 

Poesías, traducidas en verso castellano 3,50 

Corazón (Cuore). Diario de un niño, con pró- 
logo de Fernanfior 3,50 

Coiistantinopla. Dos tomos 5 

Novelas 3 

Holanda. ( En colaboración) 4 



Eli PRENSA 

Turin , Londres y Paris. 



IMPRESIONES DE AMÉRICA 



ACUARELAS DE NIÑOS 



RETRATOS DE HOMBRES 






OBRAS DE AMICIS 



IMPRESIONES 



AMÉRICA 



ACUARELAS Y DIBUJOS 



TRADfCCION DEL ITALIANO 



H. 6INER DE LOS RÍOS 









MADRID 

AGUSTÍN JUBERA. EDITOR 

ALMACENES DE LIBROS 

Calle de Campomanes, lo. 



Es propiedad. 
Legalizada por el autor. 



MADRID 

Imprenta Popular, Plaza del Dos de Maijo, 4. 
1889 



AL LECTOR 



^ A publicación de un libro de Edmun- 
^^^ do de Amicis constituye en Italia 
una verdadera solemnidad; y aunque no 
tanto, bien puede calificarse de aconteci- 
miento extraordinario en otros países , en- 
tre los cuales se cuenta España, por for- 
tuna. 

Los admirables estudios que forman el 
presente volumen no han sido todavía co - 
leccionados en la patria del autor. Por pri- 
mera vez se reúnen en español, pues, ha- 
biéndonos dispensado esta honra nuestro 
ilustre amigo. 

En Italia aparecieron en distintas re- 
vistas, periódicos, diarios, libros de rega- 
lo deprimerò de año, etc., etc., ó sirvien- 



Yin AL LECTOR 



do de introducción á otras obras , sin que 
hasta el presente ningún editor los reco- 
giera, constituyendo un cuerpo tan intere- 
sante como el titulado, por ejemplo, Fd- 
(jiñas sueltas^ entre otros volúmenes. Aca- 
so deba buscarse la razón de que hayan 
permanecido sin coleccionar, en los pro- 
pósitos del autor. Cada uno de estos capí- 
tulos forma como el boceto de un estudio 
amplio, que, una vez escrito, ha evocado en 
la mente de Amicis el deseo de desarrollar 
el tema, edificando sobre esa base una ver- 
dadera obra. Aquí se hallan los gérmenes 
de muchos de sus libros, unos que ya apa- 
recieron , otros que están á punto de salir 
á luz, otros que todavía no se han cristali- 
zado en el pensamiento del escritor insig- 
ne, otros, en fin, que tal vez quedarán para 
siempre en la categoría de meros deseos y 
halagüeños proyectos. Y no ciertamente 
(aludo á los últimos) porque no se presten 
para desenvolver un cuadro los apuntes ó 
la primera materia de estos trabajos, sino 
porque Amicis no sorprenderá el instante 
en el cual su voluntad se decida á la labor. 
Para otro cualquiera, un boceto, una acua- 
rela, un simple dibujo, un apunte, no da 
motivo mas que para lo elaborado; en cam- 
bio para el genial publicista, todo asunto 



AL LECTOK IX 

es grande y suficiente , toda nota bastante 
y susceptible para que en sus manos se con- 
vierta en obra completa y hasta colosal. 
Tratar lo nimio como lo total, el pormenor 
lo mismo que el conjunto, es tarea reser- 
vada á los artistas. 

Y así es él. Acaso haya quien objete que 
su estilo pertenece á otro tiempo; el meca- 
nismo de su literatura á otra época; sus 
procedimientos á un período histórico que 
desapareció por el momento^ ahora que 
priva el. naturalismo en toda su desnudez, 
el realismo con todas sus groserías; pero 
he aquí el mérito insigne de Edmundo de 
Amicis: hoy, fuera de la corriente de su 
tiempo y del gusto dominante , tienen tal 
vigor sus escritos , que sobrenadan por la 
superficie de las ondas en que estamos en- 
vueltos. Se discutirá cuanto se quiera acer- 
ca de lo clásico y lo romántico ; sobre el 
neoclasicismo y el realismo contemporá- 
neo ; se estimará como exótica la filosofía 
sinceramente creyente en los días que co- 
rren; pero lo griego, lo correcto, lo tier- 
no, lo que habla al alma, lo que impre- 
siona el espíritu , eso se salvará siempre 
del naufragio , pasando por cima de la ola 
avasalladora de este cuarto de siglo, para 
adquirir los caracteres de lo eterno y lo in- 



X AL LECTOk 

mortal : y así entendemos que son las pro- 
ducciones de Amicis. 

¿Dónde está el secreto resorte de su fuer- 
za literaria? 

Ciertamente que en el corazón y en la 
conciencia. Despojaos de lo que el gusto 
imperante y la caprichosa moda nos impo- 
nen; salvaos de lo que el ambiente que 
por todas partes respiramos nos envenena, 
y leed á Amicis; y no habrá fibra en el co- 
razón que no responda á la sacudida que 
él hábilmente provoca, ni sentimiento que 
no conteste á la demanda que él formula: 
no haya temor, — Sometido á la prueba, 
seguramente no existirá lector impasible 
que sepa sustraerse al influjo del ilustre 
escritor italiano. Llorará si se propone que 
llore, sollozará si quiere que gima, se sen- 
tirá preocupado si su designio fué hacerle 
meditar. Las almas fuertes ante él sOn 
débiles mujeres, los rudos temperamentos 
niños sensibles. 

Mientras el realismo (tal y como ahora 
se entiende, porque en el recto sentido de 
la palabra Amicis debe pasar por un ver- 
dadero naturalista) representa una lite- 
ratura del momento, una reacción más 
ó menos sana contra la retórica insulsa, 
contra el charlatanismo de los oradores y 



AL LECTOR XI 



la garrulería sensiblera de novelistas y lí- 
ricos, y vivirá con cierto valor, cuya im- 
portancia no es del caso discutir, escritores 
como el autor del presente libro seguirán 
eternamente como modelos; y no sólo por 
la belleza de su estilo, con ser éste tan so- 
brio como requiere la corrección, tan abun- 
dante como la observación minuciosa re- 
clama, tan lleno de verdad como la natu- 
raleza pide, sino porque bajo la rica en- 
voltura palpita un pensador: ya que no 
hemos de reputar únicamente filósofo al 
que cultiva la ciencia, sino al que con ar- 
te analiza , y con intención moral censura 
ó aplaude; aunque no aparezca la lección 
por entre la trama del estilo literario, an- 
tes bien se oculte sagazmente la enseñan- 
za, dejando que el lector derive las deduc- 
ciones del hecho expuesto. 



* 
* * 



Componen el volumen que ofrecemos al 
público tres órdenes de estudios. 

Los unos recuerdan las impresiones del 
viaje del autor á la América latina , y don- 
de aparecen todas las galas peregrinas del 



AL LECTOR 



ingenio de Amicis, pudiendo compararse las 
descripciones que encierra con las más fe- 
lices de sus mejores libros , si hay alguno, 
que supere á los demás. Al describir las 
Pampas; al trazar el cuadro de la colonia 
italiana en la República Argentina; al de- 
dicar sus recuerdos cariñosos á los niños 
italianos que crecen en la emigración vo- 
luntaria impuesta por sus padres que aban- 
donaron el suelo natal 

en busca del sustento 

que la patria cruel niega inhumana, 

como dijo en su hermosa poesía «Los emi- 
grantesn; al pintar el abandono del infeliz 
moribundo que queda al lado allá de los 
mares con los brazos extendidos hacia la 
patria simbolizada en el buque que vuel- 
A^e á Europa, en todos y cada uno de esos 
capítulos late un corazón tan grande y tan 
sano, cuanto grande y poética es la ima- 
ginación que creó los magistrales episo- 
dios. 

En el segundo grupo hemos reunido 
aquellos artículos que exhalan la fragan- 
cia de la niñez y la juventud, y cuya lec- 
tura unas veces trae la sonrio á los labios, 



AL LECTOR 



otras las lágrimas á los ojos; ora evoca 
benévolo entusiasmo, para juzgar las ca- 
laveradas (le los jóvenes reclusos en la Es- 
cuela militar; ora despierta la conmisera- 
ción y el respeto hacia las pobres exami- 
nandas que concurren ante un tribunal en 
busca del diploma que les servirá para 
morirse de hambre ejerciendo como maes- 
tras en un pueblo, donde se les pagará con 
escarnio la obra civilizadora que realizan; 
ora prepara la franca carcajada con el pin- 
toresco cuadro doméstico en que todos los 
hijos de familia cursan estudios, ó regoci- 
ja, en fin, el alma con las lindas miniatu- 
ras en que pinta la sensación causada en 
los niños por los cómicos, y las peripecias 
á que vive sujeto el librero dedicado espe- 
cialmente á los niños. 

En el tercer grupo, finalmente, hay estu- 
dios tiernos como el que se refiere á la vida, 
de un poeta turinés y á la muerte de un 
explorador de África; retratos admirables, 
como el del dramaturgo original, y un com- 
pendio, por último, délos Alpes italianos, 
con la historia de sus hombres, las glorias 
de sus soldados, los productos de sus di- 
versas regiones, la topografía del suelo y 
la fotografía de sus hijos que componen 
los bravos batallones alpinos, á quienes es- 



XIV AL LECTOR 



tá encomendada la defensa de las fronteras 
de la patria italiana. 

Terminemos estas' líneas, diciendo con 
Amicis, loque él escribió para su libro de 
poesías : 

...ve con Dios, nacido apenas, 
por el bello país donde has nacido; 
¿serás l>ien acogido? 
¡yo te escribí con sangre de mis venas! 



BÍ Wraducfor. 






IMPRESIONES DE AMÉRICA 



^ 



CUADROS DE LAS PAMPAS 



^^^ L carruaje corría rapido sobre la hierba 
^^^ y por entre los arbustos, deshaciendo á 
cada momento lo andado á capricho nuestro, ó 
describiendo libremente grandes semicírculos, 
sin sacudimientos y sin estrépito, como si co- 
rriese sobre una alfombra; puesto que en aquel 
campo sin límites , semejante á una gran plaza 
de a 'mas dispuesta para un millón de soldados, 
nohabíaniunamaleza, ni un foso, ni una piedra. 
El viento de las Pampas había despejado 
el cielo; veíase claramente á gran distancia co- 
mo en el mar; distinguíamos á lo lejos aves- 
truces y ciervos, que nos miraban y huían de 
nosotros. El propietario déla estancia (la cual 
comprendía más de seiscientas millas cuadra- 
das de terreno y estaba poblada además por 



18 IMPRESIONES DE AMERICA 



«ien mil animales , entre ovejas , vacas y ca- 
ballos), había dado orden el día antes para 
<]ue fuese recogida una gran parte de esos ga- 
nados esparcidos por aquellos prados vastísi- 
mos. Y ya por todas partes de la llanura in- 
mensa, avanzaban las grandes masas de ganado, 
como si pululasen, después de haber surgido de 
las entrañas de la tierra; allá á lo lejos oíase 
ensordecedor zumbido ; enormes borrones rosá- 
ceos cubrían grandes trozos del horizonte, cual 
si de improviso hubieran salido de los bos- 
ques otoñales y vinieran lentamente acercán- 
dose á manera de puntos negros. 

Aquellas manchas eran gauchos á caballo; 
y detrás de los ganados que se acercaban, apa- 
recían otros ganados allá muy á lo lejos con- 
fusos como nubes de langosta. Toda aquella 
gran llanura, poco antes solitaria y casi muer- 
ta, estaba animadísima y como si se moviese. 
No tardamos mucho en vernos circundados. 
Y entonces presenciamos un espectáculo bellísi- 
mo, un vivísimo placer enteramente nuevo para 
un europeo. Los caballos andaban al paso, en- 
cabritándose gallardamente , y el carruaje ca- 
minaba entre los ganados, rompía aquella ola 
viviente, nadaba por aquel mar de cabezas y 
de grupas, que se abría para dejarnos paso; y 
volvía á cerrarse á nuestra espalda, haciendo 
como relampaguear mil manchas negras y blan- 



CUADROS DE LAS PAMPAS 19 

<juÍ8Ímas, presentando cien tonos diferentes de 
pelo, y millones de ojos asombrados nos mi- 
raban. Apenas habíamos salido de un rebaño, 
entrábamos, nadábamos por otro más vasto y 
más denso que nos calentaba con sus millares de 
alientos, que ondeaba en torno nuestro hasta 
donde la vista alcanzaba, entremezclándose y 
mugiendo oloroso y humeante. Más lejos, gran- 
des trozos de terreno blanqueaban llenos de ove- 
jas, y grupos de infinitos caballos ennegrecían la 
verde llanura como ejércitos dispuestos en ex- 
tensas líneas de batalla. 

Aun á los mismos americanos que iban con 
nosotros se les escapaban exclamaciones de 
asombro ante aquel espectáculo. De pie en el 
carruaje, mirábamos en derredor, trastornados, 
imaginándonos estar viendo pasar los innume- 
rables ganados de un pueblo antiguo que emi- 
grase, millones de bárbaros encaminándose á 
la conquista de un mundo. 

Entretanto los gauchos echaban los rebaños 
delante de sí , galopando y gritando para ani- 
mar aquella fuga tumultuosa, y agitando al aire 
las cuerdas de sus lazos , cazaban los toros, 
apartándolos, rodeándolos. Aquello era her- 
moso, inspiraba sentimiento de orgullo por la 
fuerza humana al ver á un animal terrible, des- 
pués de algunos minutos de desenfrenada ca- 
rrera y de revolverse furioso, cogido en el lazo 



20 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

á veinte pasos de distancia por las patas delan- 
teras ó por las de atrás , caer, volver á levan- 
tarse, caer nuevamente, topar contra el pecho 
de los caballos, y yacer atado é impotente en 
medio de un grupo de hombres inermes, inmó- 
vil como si estuviese muerto y resignado al hie- 
rro que lo castraba. 






Al mismo tiempo otros gauchos^ por otro 
lado, junto con los soldados del calzón rosa de 
la escolta del Presidente , perseguían frenética- 
mente á los avestruces, los cuales devoraban el 
espacio haciendo zig-zags , con sus zancas de 
acero, huyendo delante de los caballos lanzado» 
á rienda suelta; y .cuando parecían cogidos ya, 
cercados, saltaban fuera del círculo que los 
apresaba, formando en la vuelta y salto rapidí- 
simo un pronunciado ángulo agudo ; y así se 
colocaban nuevamente fuera del alcance de 
sus perseguidores. 

Mientras esto acontecía, muchachos de siete 
años que se hallaban cerca de nosotros, hijos 
àegauchos, íirmes, clavados sobre los caballos en 
actitudes soberbias, lanzábanse desenfrenada- 
mente á la carrera, perdiéndose en el horizon- 
te envueltos en densa nube de polvo. 



CUADROS DE LAS PAMPAS 21 

Gauchos jóvenes y viejos, de arqueado pecho, 
figuras extrañas y hermosas que tenían algo del 
guerrero y del pastor, del torero y del bandi- 
do, envueltos en sus flotantes ^owc/íos , con sus 
cin tu roñes de monedas de plata y sus graijdes 
sombreros de fieltro, iban y venían alrededor 
nuestro, cuando los llamaba el dueño de la es- 
tancia^ galopando con altivez de príncipe. 

Los soldados nos traían para que los viése- 
mos animalejos cogidos entre la hierba, que se 
retorcían violentamente entre sus manos; lle- 
gaban hasta nosotros cazadores con sartas de 
perdices , de palomas ensangrentadas , de ánades 
silvestres, todavía palpitantes, que espiraban al 
pie de los caballos, batiendo las flores con sus 
alas. Otros gauclios llegados de muy lejos traían 
avestruces cogidos con las bolas. 

Por todas partes el aire resonaba de relin- 
chos, de mugidos, de gritos, de graznidos, de 
balidos; por doquiera que se dirigiese la mira- 
da todo era movimiento y fuerza, lucha y va- 
lor; la fecundidad, la riqueza en la más bella de 
sus formas: la riqueza de la carne y de la 
sangre; un estremecimiento inmenso de vida en 
la ilimitada llanura libre, el aire de un nuevo 
mundo para mí: un espectáoulo sencillo, anti- 
guo y grande. 



* 
* * 



22 IMPRESIONES DE AMERICA 

Así pasamos algunas horas. El sol estaba para 
ponerse. Los (/anchos comenzaron la caza del 
corcel salvaje, llabíasenos acercado una ma- 
nada de millares de caballos. He aquí cómo se 
realiza esa caza: de un grupo de potros que es- 
capan, uno, el de vista más perspicaz, se des- 
taca escapando más velozmente. Es que ha vis- 
to las cuerdas fatales girando por el aire á im- 
pulso del terrible puño de los gcudios^ ha com- 
prendido lo que ^so significa, y huye, se re- 
vuelve, salta, se lanza de aquí para allá con una 
rapidez prodigiosa. Pero por todas partes se le 
persigue, se le acompaña, se le acosa; en la di- 
rección de cada una de sus huidas, el implacable 
gaucho aparece, como un espectro, con el lazo 
levantado. 

Entonces parece que enloquece. El primero 
que vi cazar así era un hermoso potro negro, 
pequeño, de cuello corto, de piernas finísimas, 
muy semejante á un caballo árabe. Volaba. 
Pasó junto á nuestro carruaje como el rayo. 
¡Apenas pude verlo durante un segundo, y 
estoy viéndolo siempre ! Estaba bello , sober- 
bio, todo tembloroso, convulso de agonía y de 
ira, con el vientre á un palmo del suelo y la 
cabeza erguida y terrible; pasó como un relám- 
pago, hermosísimo, hasta invitar á enviarle un 
beso como á una criatura humana, radian te: 
de una belleza desesperada y heroica. 



CUADROS DE LAS PAMPAS 23 



Apenas tuve tiempo de lanzar una exclama-^ 
ción de asombro , y ya volvía atrás como im- 
pulsado por la fuerza del huracán. Toda nues- 
tra simpatía instintiva de hombres sin civilizar,, 
de salvajes, era para él, violenta como los ímpe- 
tus de la voluptuosidad. Era la juventud indó- 
mita, era la belleza, la fuerza ingenua y libre, la 
inocencia selvática y feliz que huía á la fuer- 
za del número, al poderío, al interés , á la as- 
tucia. 

Nosotros seguíamos con afán su desalentada 
fuga; deseábamos que no llegaran á cogerlo; go- 
zábamos con sus victorias de un momento. ¡Ya 
está en salvo! — exclamó uno. Había escapado 
fuera del círculo que lo rodeaba y se hallaba le- 
jos de sus perseguidores. Pero dos gauchos lo 
seguían volando^ revoloteando por las Pampas 
como las águilas por el cielo. 

¡No lo cogen! — decíamos. En aquel instante- 
un lazo le alcanzó una de las patas de atrás. 
Xo importa; volaba aún, rozando la hierba con 
el vientre, adelgazado y hecho sutil por su fre- 
nética carrera de verdadero vuelo. De pronta 
tropezó. Otro lazo le había cogido una de las 
patas de delante. Dio aún algunos saltos, se en- 
redó en las cuerdas, vaciló y por fin cayó al suelo 
como herido por una bala. 

A una gran distancia veíamos jadear horri- 
blemente sus aniquilados ijares , condenados 



24 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



desde aquel momento á la injuria perpetua del 
talón humano. 

Sin embargo, aquella fuga, aquella resisten- 
cia violenta que opuso al lazo, son poca cosa en 
comparación á la furia con que se revolvió con- 
tra el primero que le saltó á la grupa. Esto es 
lo que se llama propiamente «desbravar un po- 
tro «. 

El peligroso ensayo fué hecho poco después 
por un gaucho hercúleo, de gran busto patagó- 
nico, arqueado de piernas y cabelludo como un 
bárbaro, sobre un potro cogido algunos días 
antes, en medio de un semicírculo de gauchos 
apeados , de capataces de la estancia , de solda- 
dos, de criados. 

El domador llevaba espuelas semejantes á 
dos hojas de puñal; al potro, que tenía puesta 
una montura de piel de cordero negra, lo suje- 
taban fuertemente por las orejas dos gauchos á 
pie mientras el domador montaba. Otros dos 
gauchos estaban á caballo un poco separados, 
prontos á lanzarse á izquierda y derecha del 
animal en cuanto se venciese la primera furia, 
para traerlo á la resignación con el ejemplo pal- 
pable de sus dos hermanos domados. En el in- 
menso horizonte de la Pampa fulguraba la pues- 
ta del sol. Todos callábamos. Parecía que asis- 
tíamos á los preparativos de un duelo á muer- 
te. — ¡Yalor! gritó uno. 



Cuadros de las pampas 25 



El gaucho dio un brinco agilísimo y se plantó 
en la silla... Entonces experimenté un gran 
asombro. Me parecía estar viendo el primer 
hombi-e domando al primer caballo; comprendí 
la antiquísima lucha; conocí por primera vez 
al noble animal en toda su grandeza, en todo lo 
terrible de su primitiva fuerza, del orgullo vir- 
gen de su raza, nacida para ser libre, no con- 
taminada aún por la servidumbre. No hay pala- 
bra ni pluma capaz de describir los botes formi- 
dables, el retorcerse de serpiente y de tigre, las 
furias de toro herido, y los zig-zags, las espanto- 
sas contorsiones, y no digo los relinchos, sino 
los aullidos, los gritos casi humanos de dolor 
y de rabia con los cuales se rebela y lucha para 
despedir de la silla á su enemigo. Por el terror 
sólo no se explica aquel desencadenamiento- 
infernal. 

Parece que comprende y siente una vil trai- 
ción, un abuso inicuo de la fuerza , la burla y 
la vergüenza de no poderse vengar destrozan- 
do ; parece que entiende que^^ libertad es- 
tá á punto de acabar para siempre, que pre- 
vé en un momento todas las fatigas, todas las 
humillaciones y las miserias todas de la vida 
innoble, hacia la cual lo empuja la férrea rodi- 
lla del verdugo desconocido que tiene encima. 

Pocos segundos después hállase á media milla 
de distancia, es un punto negro en la llanura; 



26 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

pocos segundos más tarde está otra vez cerca 
como si cayese del cielo; luego de nuevo lejano, 
una sombra negra en un torbellino de polvo, 
dentro del cual vense confusamente los movi- 
mientos extraños y violentísimos del jinete, 
sacudido aquí y allá como un autómata atado 
á la silla, que debiera ser de un momento á 
otro lanzado al aire para caer despedazado por 
tierra luego. 

Es una íatiga indecible la que se experimen- 
ta viéndolos y secundándolos, como no se pue- 
de menos die secundarlos con todos los nervios, 
aquellos retorcimientos, aquellos movimientos- 
epilépticos, aquellos esfuerzos de resistencia 
sobrehumanos, que hacen que os tiemblen la& 
entrañas y os palpite el corazón. 

De pronto el caballo viene derecho desde le- 
jos sobre uno , como si fuese enorme ave de ra- 
piña que rompiese á volar horizoníalmentepara 
caer sobre su presa, y todos buscan un refugia 
entre los árboles ; de improviso gira sobre si 
mismo y comienza á dar vueltas vertiginosas en 
espacio muy reducido. 

El ginete, firme, fijo en la silla, con las pier- 
nas tiesas como dos barras de hierro, lo castiga 
furiosamente con la fusta; el potro salta, se en- 
cabrita, se retuerce como si sintiese duplicadas 
sus fuerzas y su vigor ; los espectadores anima- 
ban al gaucho con gritos y risas y aplaudien- 



CUADROS DE LAS PAMPAS 27 

do la inminente victoria del hombre; todos los 
caballos ensillados, atados á los árboles próxi- 
mos, se estremecen porque recordaban lo suce- 
dido con ellos y temblaban de miedo y de rabia: 
diríase que amenazan con una sublevación. En 
tanto el potro vuelve á huir como saeta, esca- 
pándose de entre sus dos cobardes hermanos, 
puestos á sus flancos para aconsejarle la rendi- 
ción. 

Parece , sin embargo , que se agotan sus 
fuerzas, que va á desfallecer. Pero de pron- 
to otro arranque de cólera lo lleva fuera de 
allí, y helo otra vez lejos, en cien posturas 
fantásticas , devanando locamente con las pa- 
tas , ora rígido , ora como destrozado , descri- 
biendo rapidísimas curvas , como si el viento lo 
impulsara; y luego, ya se lanza volando direc- 
tamente hacia nosotros. Pero la lucha toca á su 
fin. 

Pide socorro, insulta, solloza, amenaza to- 
davía; mas su vigor disminuye, su galope se 
acorta, los dos caballos vuelven á ponerse á su 
lado; el domador consigue encaminarlo por 
donde quiere, vencido, enervado, cubierto de 
espuma, lleno de sudor, con el ojo extraviado 
y sanguinolento, aprieta á galopar de pronto al 
pasar por delante de nosotros, lanza todavía 
otro relincho quejumbroso, el último doloroso 
adiós á la libertad, ala Pampa sin límites, á su 



28 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



madre, y allá desaparece en el círculo de los 
criados... 

El abominable ultraje quedó consumado pa- 
ra siempre. 



Entretanto el sol había desaparecido : los 
innumerables ganados habían ido marchándose 
por todas partes, perdiéndose en el horizoa- 
te. Aún quedaba próxima á las casas de la 
estancia^ que formaban como un oasis habi- 
tado en medio del desierto de las Pampas, una 
manada de unos cuantos miles de caballos. Eq- 
tonces se hizo el arreo de aquel ganado, — fjau- 
chos^ soldados, trabajadores, criados, chiqui- 
llos á caballo , pusieron en fuga, y persiguie- 
ron aquella gran multitud caballar, vociferan- 
do, riendo, chasqueando las fustas, las cuerdas, 
incitándose con la voz y con el gesto, presa de 
una especie de gozoso frenesí. 

Nuestro carruaje, arrastrado al galope, los 
seguía. Aquella manada de caballos salvajes 
huyendo á través de aquella desmesurada llanu- 
ra solitaria, sobre la cual se alzaba ya el blan- 
co disco de una luna enorme, presentaba la 
imagen confusa y siniestra de la derrota de 
un ejército aterrado, de un ejército de in- 
dios de la Pampa exterior^ que sintiera de- 



CUADROS DE LAS PAMPAS 29 

tras de sí el fragor perseguidor de la artillería 
argentina. 

Eran unos cuantos miles y parecían millones; 
antojábase- que llenaban la llanura entera; era 
como una avenida negra, asoladora, un revolo- 
tear inmenso de crines, un hollar la tierra capaz 
de hacer que ésta se abriese; un relincho for- 
midable que llegaba al cielo. La ola de aquella 
inundación se agrandaba ó se estrechaba, con- 
virtiéndose en torrentes que se reunían de nue- 
vo para volver á dividirse; algunos grupos pre- 
cedían al grueso de la multitud y luego se deja- 
ban alcanzar por ella; otros se destacaban hacia 
los flancos y después se reunían á la muchedum- 
bre; algunos de la retaguardia se incorporaban 
al ejército con precipitadas imprevistas carreras. 

Cuando la manada caía en una laguna, pro- 
ducíase ima confusión, un tumulto indescrip- 
tible, una oleada de toda la multitud, un re- 
molino, una atolondrada fuga á lo largo de la 
orilla, una batahola de relinchos desesperados, 
de caballos que llamaban á sus hembras, de 
yeguas que buscaban á sus potrillos , de grupos 
de potrancos de largas patas, perdidos, asusta- 
dos en aquella confusión, sofocados por aquella 
huida á la desesperada; y luego, toda la manada 
inmensa y negra en el agua, atravesando la pla- 
teada laguna y un rumor ensordecedor de las 
aguas surcadas por veinte mil patas fugitivas. 



30 IMPRESIONES DE AMERICA 

Y gauchos^ chiquillos, criados, soldados, fir- 
mes siempre, lacerando los ijares de sus ca- 
balgaduras, volando como almas en pena, como 
si persiguiesen con encarnizamiento á los res- 
tos de un ejército derrotado por ellos en ba- 
talla campal. Y cuanto más aquella visión se 
alejaba de nosotros, que nos habíamos queda- 
do atrás, más parecía que la yeguada engrosa- 
ba, que sé agigantaban los corceles, que la hui- 
da era más precipitada, que el clamoreo crecía 
extendiéndose fantásticamente hasta los últi- 
mos confines del mar de tierra. 

Al fin desapareció la visión y extinguiéronse 
los clamores al lado allá de una gran ondula- 
ción del terreno; y sobre la solemne faz de la 
pampa, iluminada por la luna, no se vio ya 
ningún signo de vida. El mar de tierra se ex- 
tendía en torno nuestro inmóvil y silencioso, 
cortando el claro cielo con su eterna línea rí- 
gida y vigorosa; desde allí nuestra imaginación 
espantada veía aún la llanura eterna exten- 
derse formidablemente bajo la luna, desde los 
bosques subtropicales de Tucuman hasta las 
soledades heladas de la Patagonia. 



#^^^«i>-^*>*>€^^f-l#^M<^ 



II 



Á LOS NIÑOS DEL RÍO DE LA PLATA 



^^^ ELiCES Pascuas, feliz Año Nuevo. Mi feli- 
(^ citación llegará muy tarde á vosotros : no 
por eso la acojáis con menos benevolencia, por- 
que jamás me han salido del corazón parabienes 
más sinceros y más calurosos que éstos. ¿A quién 
los envía especialmente? — pensará alguno tal 
vez, y yo podría nombrar á muchísimos de vos- 
otros, porque recuerdo á muchísimos, no tanto 
por los nombres como por las caras , las voces, 
y los sitios que ocupabais en los bancos de las 
escuelas; — y precisamente mientras escribo ten- 
go delante de mí un montón de retratos vues- 
tros, y de versos queme recitasteis con voz 
poco firme y con la cara un poco vuelta atrás 
por la vergüenza ; de composiciones , de ramos 
de flores secas que recibí frescas y olorosas de 



32 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

vuestras manitas manchadas con tinta, y de 
cuadernos que me guardé á escondidas en los 
bolsillos, cuando los inspectores no miraban. 
Podría decir: Envío mi saludo á este y al otro 
de aquellos amiguitos y conocidos míos de los 
cuales tengo vivas las imágenes delante de los 
ojos. 

¡Oh! no ; en vez de eso, mando un saludo á 
todos, hasta á aquellos á quienes novi; una ca- 
lurosa felicitación á todo aquel pequeño pueblo 
sonrosado, .lleno de rizos, amoroso, chillón, 
que se agita y crece entre la gente grande del 
Río de la Plata, como flores bermejas y blancas 
en medio de frondosas mieses doradas: á todos 
vosotros, belleza, gracia, poesía de la patria 
argentina, que fuisteis una de las más vivas 
alegrías, y que sois aún uno de los más gratos 
recuerdos de mi viaje. 



* 
* * 



Sí, á todos; cada vez que suena en mi men- 
te ó en mi oído esta palabra: — Navidad — mi 
pensamiento vuela hacia vosotros y me parece 
veros reunidos todos en inconmensurable pelotón 
de mil colores, semejante á inmenso jardín délas 
tierras del trópico que se agitara al soplo de las 
fuertes auras del Atlántico, esparciendo por el 



Á LOS KliÑOS DEL KÍO DE LA PLATA 3Ì 



espacio mistei iosa fragancia de juventud. Er> 
medio de un millar de lindos rostros candi- 
dos y de cabelleras rubias, hay un millar de 
rostros morenos y de cabelleras de cuervo; y en- 
tre estos aspectos, extraños para mí, pero más 
queridos precisamente por su rareza, caritas 
negras, cabellos crespos, cutis de mulato, colores 
cenicientos y verdosos jamás vistos sobre sem- 
blantes humanos; y á lo lejos, al extremo de 
ese gentío, fisonomías todavía más extrañas, de 
color de tierra ó de cobre, con los ojos oblicuos, 
con los pómulos salientes, con expresión des- 
pierta y triste no desprovista de dulzura. 

El gentío ondea y gira y agita en alto los 
sombrerillos adornados con plumas de papaga- 
yo y banderas blancas y azules, y juguetes de 
París, y arcos de madera, y bolas pequeñas, le- 
vantando un vocerío ensordecedor, en el cual cojo 
aquí y allá sonoras frases españolas, palabras 
napolitanas, liguras, piamontesas y lombardas, 
raros vocablos de lenguas ignotas semejan- 
tes á trinos de pájaros, y notas sueltas de las 
monótonas y austeras canciones de las Pam- 
pas. 

Y abro con las manos aquella oleada hu- 
mana, bulliciosa y sonora, y sigo, ya á uno^ 
ya á otro: y alcanzo la hijita de un obrero de 
la escuela italiana de la colonia ; beso en la 
frente al pequeñín vestido de raso de un dipu- 



Si IMI'KESIOXES DE AMERICA 



tado del Congreso, y luego un pastorcillo de 
los montes de Catamarca, y una castellanita 
de Buenos Aires, y un r/a urlio de siete años, 
y un pilluelo genovcs nacido en un barco de la 
compañía Lavarello, y después una angelita 
argentina concebida en Genova y venida al 
mundo en Mercedes... 

¡Felices Pascuas, feliz Año Xuevo! 

¡Buena fortuna á todos, hijos de diez pueblos, 
rosas y perlas del nuevo mundo, ^j/co^ores par- 
lantes del inmenso valle del Plata, bellas y san- 
tas esperanzas , benditas promesas de una socie- 
dad nueva! 

¡Felices Pascuas, sed dichosos, llevaos bien; 
dad la mano á los pequeños mestizos, vosotros 
los criollos; besad en la frente á los pequeños 
indios, vosotros los europeos, y llamaos herma- 
nos, carísimos, hermanos, lejanos de nuestros 
hijos, dulces, amados, inolvidables recuerdos 
del alma mía! 



* 



¡Cuántos retratitos de muchachos he traído 
á la patria dibujados y miniados en la memo- 
ria; cuántos bellísimos paisajes del llano y 



A LOS NIÑOS DEL KÍO DE LA PLATA 35 

del monte en los cuales campea la figurita de 
uno de vosotros ! Recuerdo entre los primeros, 
ó mejor dicho, estoy viéndolos, á dos aldeani- 
llos montados á la grupa de un caballo que los 
llevaba al galope hacia la escuela de la colonia 
agrícola de la Esperanza; el uno acurrucado, 
pegado al espinazo del otro, formando como un 
solo cuerpo que tuviese cuatro piernas y dos 
cabezas; los dos con las carteras para los libros 
colgadas del hombro y las manos en los bolsi- 
llos de los calzones, resguardándolas del fresco 
de la mañana, soñolientos todavía, menos en el 
instante de contestar á nuestro saludo, después 
de lo cual desaparecieron entre la fina niebla 
que cubre la interminable llanura. 

Desaparecen en la neblina y surgen ahora dos 
señoritas vestidas de blanco en un palquito del 
teatro Colón, y entre una y otra, como co- 
locado sobre el veludillo del antepecho, un pu- 
ñado enorme de rizos negrísimos y lustrosos 
que no se ve de quién son ; pero que levantán- 
dose de repente sacudidos con fuerza, dejan 
ver una cara maravillosa de porten ita ^ dos ojos 
uomo estrellas, una sonrisa, un prodigio de boca 
y de hoyuelos, una de las caritas más adorable- 
mente morenas que hayan hecho jamás palpitar 
•el corazón de una madre argentina. 

Desvanécese el palco al terminar un canto del 
tenor Tamagno, y he aquí una cabana de barro 



36 IMPRESIONES DE AMÉIilCA 

y rastrojo, un rancho que vi cerca de Tucu- 
man, sobre un camino flanqueado de caña de 
azúcar. 

Dentro del rancho había un muerto en- 
tre dos velas encendidas; toda una familia de 
negros estaba arrodillada, parte dentro, parte 
fuera, en gradación que comenzaba con los 
grandes de rodillas junto al lecho, y concluía 
con los chiquillos que estaban en medio de la 
calle. 

El último de éstos era un granujilla de tre» 
años, color de cieno, con una gran cabellera 
encrespada , con las rodillas en el polvo, con 
las manitas juntas, gordo, medio desnudo, her- 
moso, sucio, adorable: volvió hacia nosotros su 
hociquillo de salvaje, y sin desunir las gárrulas 
que tenía por manos, juntas en actitud de orar, 
sonrió con la boca llena: estaba comiendo. 

Otro cuadrito: un hermoso muchacho de nue- 
ve años, elegante y esbelto, de fisonomía afec- 
tuosa y expresiva, colocado en la puerta de la 
cámara salón de un vaporcito que va á Santa 
Fe, como si estuviese dibujado sobre el fondo 
claro de las aguas del Paraná, ó su cabeza sur- 
giese sobre el verde de una isla cubierta de na- 
ranjos. 

Su padre me lo presentó como uno de los más 
famosos jinetes de su generación, capaz de re- 
correr quince leguas al galope en veinticuatro 



k LOS NIÑOS DEL RÍO DE LA PLATA 37 



horas, y le hizo recitar cuatro estrofas italia- 
nas, que son cuatro de mis más amargos remor- 
dimientos. 

A tí también envío mi saludo , simpáti- 
co muchacho, á quien no supe decir nada, 
«uando tantas cosas te habría querido decir, 
para dejarte un recuerdo de mí tan bueno y tan 
amable como el alma que se te asomaba por loa 
ojos. 

Y otra escena. Una sala anchurosa y esplén- 
dida del Casino del Progreso, una mesa resplan- 
deciente de cristal y de plata, rodeada de ami- 
bos; y rígida, junto á uno de éstos, una figura, 
para mí curiosísima, una verdadera sorpresa 
etnográfica, el primer ejemplar que yo veía de 
ia raza india: un criadito de ocho años, de 
•color indefinible que formaba como rara peque- 
ña mancha de barbarie en medio de la elegan- 
cia parisiense de aquel salón; pero de barbarie 
ennoblecida y no triste , porque sus grandes 
ojos negros reflejaban la paternal bondad del 
amo. 

¡Pobre flor trasplantada á la calle Rivada- 
■via! 

¡Era tan distinto de los nuestros en su as- 
pecto ! 

Pero á pesar de aquella su extraña máscara, 
•de sus facciones gruesas y rudas, tenía las mis- 
mísimas sonrisas, graciosamente tímidas, las 



38 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

mismas caricias ingenuas , todos los gentiles y- 
queridos atractivos del semblante de nuestro» 
muchachos. 

¡Felices Pascuas y feliz Año Nuevo, á tf 
también, mi pequeño indio^ y ojalá llegue día 
en que seas trabajador honrado y satisfecho, 
padre de hijos civilizados y libres, y ojalá la 
sepa yo, aunque sea dentro de muchos años, 
cuando ya mis cabellos estén tan blancos como- 
tus dientes! 

Otro recuerdo, el último: la caseta solita- 
ria de un colono lombardo en la Candelaria: 
la primera casa de colono italiano en que puse 
el pie. 

Allí había un chiquillo de cuatro años en 
el umbral de la puerta, que estaba llaman- 
do á unahermanita suya que no se veía. 

Era el primer muchacho italiano que podía 
coger en mis brazos desde que estaba en Amé- 
rica; tenía el corazón lleno de las varias emo- 
ciones del día; lo cogí, pero con demasiada vio- 
lencia; asustóse, se defendió, mo arañó, huyó- 
á un lado y se puso á llorar, mirándome con 
actitud de desconfianza; y yo me quedé un poco- 
avergonzado: mas el afecto se desbordaba del 
corazón y el amor patrio me sofocaba. 

Te envío una felicitación desde tu patria ¡po- 
brecillo! y un beso en la frente, el mismo que 
no pude darte en el otro mundo. Pero ¡ cuántos- 



\ Á LOS NIÑOS DEL RÍO DE LA PLATA .Í'J 

y cuántoi otros no veo con la mente, de todas 
clases sociales, desde el pequeñuelo propietario 
de sesenta mil vacas, que tiene más millones que 
dientes, hasta el bribonzuelo desharrapado, bello 
como un picarillo de Yelázquez, queme seguía 
todas las mañanas con el periódico debajo del 
brazo por la acera de la calle de Cangallo, di- 
ciéndome con voz ronca y suplicante : 

— ¡Tómelo usted! ¡Tómelo usted , parro- 
quiano! 

¡Felices Pascuas, feliz Año Xuevo, diminuto 
millonario! 

¡Felices Pascuas, feliz Año Xuevo, parro- 
quiano! 



* 



Felicidades también á vosotras, queridísimas: 
niñas de las escuelas italianas, á quienes paré- 
cerne estar viendo todavía oyendo la lección de- 
historia patria, buscando con la vista un auxi- 
lio á la memoria en los retratos de Garibaldi y 
de Humberto pegados en la pared, entre el 
mapa de Italia y el escudo de armas de la re- 
pública plateuse; niñas queridas á quienes tan- 
tas veces vi como á través de un velo, mientras 
escribíais con las cabecitas inclinadas sobre la 



'io imi'i:ksioxks dk amkuica 

mesa; á través de un velo que debía separar 
•con las manos, porque de la cabeza de cada una 
de vosotras mi pensamiento recorría volando 
una distancia de seis mil millas para posarse so- 
bre la cabeza de mis hijos; mientras entre el 
murmullo de vuestras voces oía dos voces de 
■otro hemisferio, que me llamaban y que me pa- 
recían voces apagadas y quejumbrosas de en- 
fermo. 

Felicidades á vosotras también, felicidades á 
•todos, desde la elegante espectadora del teatro 
Colón hasta el pequeño descamisado de Tu- 
cuman que rezaba con la boca llena. 

¡Que durante todo el año venidero no quede 
ningún vacío en los miles de bancos de las es- 
cuelas! 

¡Que el horrendo monstruo que destroza á 
los niños, no haga lanzar ni un solo grito de an- 
rgustía en ninguna casa, ni ranchería^ ni tienda 
de campaña alguna! 

¡Que la salud coloree y redondee las caritas 
más flacas y descoloridas, disipando del corazón 
de todas las madres americanas la inquietud, 
<íomo el benéfico viento de las Pampas disipa 
todas las nubes de su cielo ! 

¡Que todos podáis dar un gran paso adelante, 
^n este año: los nacidos en la abundancia, hacia 
la ciencia; los nacidos en la pobreza, hacia la for- 
tuna; los nacidos en la barbarie, hacia la civiliza- 



Á. LOS NIÑOS DEL UÍO DK LA PLATA 41 

ción; todas las niñas, hacia la hermosura; todos 
los muchachos, hacia la fuerza, y los unos y los 
otros, hacia la bondad y el trabajo , y todos, en 
fin, hacia ese amplio y fecundo sentimiento de 
tolerancia, de benevolencia, de amor patrio sin 
soberbia, y de amor fraternal sin envidia, que 
es el único que puede hacer de diez pueblos 
un pueblo y de cuatro razas una nación, dupli- 
cando con la unión la fuerza de todos. 

¡ Feliz Año Xuevo, felices Pascuas, niños de 
la República Argentina ! 

Nosotros las pasaremos tal vez entre nieve; 
vosotros las celebraréis bajo el ardiente sol 
del estío ; y sea benigno el sol á todos cuantos 
atraviesen al galope las vastas llanuras desier- 
tas para reunirse á sus padres ausentes; y es- 
parza más que nunca su sombra fresca, velan- 
do el sueño de ellos, el solitario, hospitalario 
ombú. 

Que brille límpida la Cruz del Sur en me- 
dio de la noche ; que á lo largo de las cos- 
tas interminables duerma cual lago tranquilo 
•el Atlántico. Felicidades, feliz Año Xuevo á to- 
dos, niños porteños é italianos, niños aristocrá- 
ticos j (/anchos, hijos de la ciudad, de las Pam- 
pas, de las selvas, de los Andes, maravillosa 
generación multiforme y variadísima, que ve- 
réis en vuestros últimos años una patria argen- 
tina transfigurada y poderosa , como apenas la 



42 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

desea ó la sueña, ya el orgullo amoroso de sus 
hijos, ya la reverente gratitud de sus hués- 
pedes. 

¡Felicidades, felicidades á todos, desde las. 
montañas de hielo á los mares, desde los bos- 
ques de palmeras á los desiertos de sal : niños 
adorables de América, dulces, amados, inde- 
lebles recuerdos del alma mía ! 



♦♦é^^«>€^H$N^^^^è^^ 



III 

LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 



AMINÁBAMOS poi* una llanura sin fin; le- 
^^^ jos ya más de seiscientos kilómetros de 
la embocadura del Río de la Plata , en medio de 
la vasta provincia de Santa Fé, adonde acude 
la mayor parte de la emigración campesina ita- 
liana, y que precisamente tiene una forma muy 
semejante al mapa de Italia: la figura de una 
bota, que apoya su pie sobre la provincia de 
Buenos Aires , y vuelve la ancha campana ha- 
cia las tierra salvaje del Gran Chaco, habitadas 
por indios, no civilizados aún en aquellos días. 
Era una hermosa noche de Abril, que allí es 
otoño. El pintor Romero, piamontés, que hace 
muchos años está en la República Argentina, 
dormitaba con el fusil entre las rodillas, en el 
coche, cansado de una gran matanza que había 



44 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

hecho de perdices y marfinefns; y el Sr. Aldao, 
un rico americano, fundador de varias colonias, 
entre las que recuerdo la Bella Italia y la Ga- 
ribaldi, me contaba las últimas correrías hechas 
por los indios en aquella provincia, sobro la 
la cual, durante el verano, se extendía un 
mar de cereales. Detrás de nosotros venían en 
un carruajillo dos labradores piamonteses, que 
se nos habían unido en la colonia del Pilar di- 
ciéndonos: — Donde usted vaya iremos también 
nosotros, hasta el. día que se embarque en el 
Paraná. 

Estábamos todos un poco pensativos; había- 
mos equivocado dos veces el camino; la colonia 
de San Carlos distaba aún mucho, los caballos 
iban ya rendidos; hubiéramos llegado al oscure- 
cer, y esto nos contrariaba por todos estilos. Es 
triste viajar de noche por aquella llanura inter- 
minable y desnuda, monótona, á aquella hora 
y en la estación aquella, perlas Pampas salva- 
jes, sin encontrar durante muchas horas á na- 
die en el camino. £1 sol descendía lentamente 
hacia su ocaso. 

* * 

El señor Aldao hablaba bien , como todos 
los argentinos, con aquella modulación tan pro- 
pia de ellos, en la cual dicen que se nota como 



LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 45 

el eco de la antigua cantinela de los indios; 
pero yo no entendía gran cosa á decir verdad. 

Los recuerdos de los últimos días absorbían 
por cqmpleto mi corazón y mi cabeza. ¡ Cuántas 
cosas nuevas, raras, grandes, conmovedoras 
había visto desde mi partida de la capital de la 
República! Primero aquel inmenso río Paraná, 
en una maravillosa noche de luna; después el 
bellísimo bosque que se extiende entre la anti- 
gua ciudad de Santa Fe y la colonia Esperanza, 
todo lleno de árboles del Paraíso, espinillos y 
grandes bambúes, de amplias y graciosas mele- 
nas, una especie de parque inconmensurable, 
lleno de palomitas de la virgen y de cardenales, 
temblando sobre los flexibles arbustos como ro- 
jas flores vivientes, asustados de vez en cuan- 
do por el paso repentino de grandes águilas que 
proyectaban sobre nosotros su sombra ; luego la 
Esperanza, formada con colonos de veinte dis- 
tintos pueblos ; después todas aquellas visitas 
que había hecho á los aldeanos piamonteses y 
lombardos, aquellas ahumadas chozas con re- 
tratos de Yíctor Manuel y de Garibaldi, adosa- 
dos á las paredes entre recuerdos de familia y 
de la ciudad , aquellas buenas gentes que nos 
habían recibido con tanta cordialidad, con- 
tándome todos sus negocios como á un antiguo 
amigo. 

Por último, el viaje á través de las colonias 



4(J IMPRESIONES DE AMÉRICA 

de Cavour, Pilar y San Jerónimo , donde por 
todas partes había encontrado piamonteses, 
lombardos y venecianos que me habían dirigido 
tantas palabras de cariño para la patria, apre- 
tando mis dedos entre sus callosas manos... 

¡Cuántas emociones en tan pocos días! Era 
un año de vida en una semana, una maravilla 
continua, un sentimiento de la patria como no 
lo había experimentado nunca, profundo y vio- 
lento, que me ahogaba; un cariño sincero hacia 
aquella pobre gente que me hacía cubrir de be- 
sos las cabezas de sus niños y sentir remordi- 
miento y vergüenza de no poder hacer nada 
por ellos, de no poder llevarles mas que bue- 
nas palabras de la madre patria : pero ¡ se ha- 
bían mostrado tan agradecidos aun á aquellas 
solas palabras! 



* 
* * 



El sol tocaba ya en el horizonte y doraba la 
llanura. ¿Cuándo llegaremos á San Carlos? 
]S^uestros dos coches eran como dos barquillas 
perdidas en la superficie del Océano, y aquel 
incierto y lento andar, en soledad tan vasta, 
nos producía cierta dulce tristeza. IS'adie habla- 
ba ya, cuando mi amigo el pintor, mirando al 



LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 



horizonte, vio una nube de polvo; dirigió á ella 
el anteojo, y dijo estas palabras, que me produ- 
jeron una sacudida: — Me parece ver una ban- 
dera. — ¿Qué podría ser? Dentro de la nube de 
polvo veíamos una manchita negra, luego dos, 
después otras; parecía una fila de carros, y apre- 
tamos el paso. — Es una bandera italiana — dijo 
Romero, 

A los pocos momentos estábamos á diez pa- 
sos del primer carro, que se detuvo; nos detu- 
vimos también nosotros y se paró todo el con- 
voy. Eran diez volantas^ largos carros agrícolas 
de cuatro ruedas, ligeros y pintados, cerrados 
por una especie de rastrillo, tirados cada uno 
por dos caballos adornados con cintas encarna- 
das y hojas verdes ; el primer carro llevaba la 
bandera y los diez iban llenos de colonos ita- 
lianos, labradores, obreros, comerciantes, in- 
dustriales, la mayor parte piamon teses, que ve- 
nían de San Carlos. 

Todos saltaron á tierra y vinieron á nuestro 
encuentro. Uno de ellos exclamó: — Tiene aquí 
fulano. — ;Ah! ¿Qué les importaba que fulano 
fuese una persona insignificante, indigna, por 
sí, de aquella gran atención? Era un compa- 
triota suyo, un hijo de aquella lejana madre 
patria, al cual los hijos del país, los argenti- 
nos, le habían dispensado tanta honra, y aquel 
honor había recaído sobre ellos mismos, que le 



48 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



consideraban como propio y les era grato. 
Esto bastaba á aquellos buenos italianos, á 
aquellos honrados labradores. — Sí, soy yo — 
respondía desde dentro el interrogado; y baján- 
dose del coche ya pretando contra su pecho aque- 
llas rudas y honradas manos: — Yo soy, y no 
tengo necesidad de hablaros; vosotros lo veis 
en mi cara, lo oís en mi voz; ¿no es verdad 
que toda mi alma se estremece de cariño y de 
gratitud hacia vosotros, amigos, hermanos míos, 
querida y noble sangre italiana, á la cual debo 
una de las más santas alegrías de mi vida? 



Sin embargo, ellos hablaron antes; me abra- 
zaban , reían, se restregaban las manos como 
para decir: — Ahora sí que estamos conten- 
tos. — Subí con siete de ellos ala primera volan- 
t(i. Iban vestidos de día de fiesta, muy afeitados, 
se llamaban de un carro á otro en piamontés 
y en lombardo , animándose mutuamente á ir 
bien en fila para hacer una entrada vistosa en 
la Colonia. Los caballos, de refresco, se lanza- 
ron al galope ; crugían los látigos , alegre voce- 
río se levantaba por todos lados y los tapones 
de las botellas de vino de Barbera saltaban por 



LOS ITALIANOS KN LA AKGENTINA 4i^ 



el aire; corrinitios á escape. Mis vecinos me pe- 
gaban con sus manos en las rodillas con familia- 
ridad entre anuible y tímida, diciéndome: — Aho- 
ra ya no está en América, sino en su país , en su 
casa. Verá — añadían — la colonia de San Car- 
los. Allí todos somos compatriotas, millares de 
piamonteses, la colonia más hermosa del estado 
de Santa Fe. Es menester que vaya mañana por 
la mañana á la salida de misa. — Vi, en efecto, 
millares de piamonteses. --En el Ayuntamiento 
se habla piamontés. Los alemanes, los ingleses, 
los franceses que tienen asuntos en la colonia, 
Tienen que aprender el dialecto y lo aprenden. 

Los caballos volaban; en pocos minutos se 
llegó á la pequeña colonia del Sauce, donde hay 
varias familias de indios. 

Los carros se detuvieron. — Oiga — me dijo 
mi vecino de la derecha, y volviéndose hacia 
una india vieja envuelta en un mantón de mil 
colores, que estaba en pie delante de su choza 
con faz terriza y ojos fijos oblicuos y una son- 
risa de bruja, — ¿creéis que lloverá pronto? — 
le preguntó. La india respondió en piamontés: — 
¡Oh! ¡ya no! ¡ya no!-^¿Veis? — exclamó con 
aire de triunfo el "vecino — ¡ también las indias! 
Y no había salido aún de mi estupor, cuan- 
do todo el convoy se lanzó á la carrera á través 
de aquellos solitarios campos, más ruidosos y 
más alegres que antes. 



■50 IMI'KKSIOXES DE AMERICA 



Al anochecer llegamos á San Carlos. En las 
casas veíanse luces; la gente estaba en las puer- 
tas, los muchachos gritaban : — / Va están aquí! 
¡Ya están aquí! Los carros dieron una vuelta 
rapidísima alrededor de la plaza en medio de 
los saludos de amigos y conocidos, y después 
se detuvieron delante de una casita modesta, 
donde una buena mujer, esposa de un colono 
alejandrino, me ofreció hospitalidad con estas 
gratísimas é impagables palabras que nò había 
oído desde hacía tanto tiempo: — Buenas noches^ 
s?)ior • quédese aquí , si u<ted quiere. 



* 

* * 



Allí cenamos todos juntos; fué un banquete 
agradabilísimo de cinco horas, que á todos nos 
pareció muy breve. Todos á un tiempo me con- 
taron la historia de la colonia, que algunos de 
los presentes había visto nacer treinta años an- 
tes próximamente. Entonces no era aquello 
más que una vasta llanura inculta, recorrida 
por manadas de búfalos y caballos. 

Los principios fueron difíciles: las correrías 
délos indios, siete invasiones de langosta en 
siete años consecutivos , pusieron á los colonos 
á durísima prueba; pero el trabajo incansable, 



LOS ITAI-IANOS EN LA AUGENTINA 51 

la audacia desesperada y la gran fertilidad del 
terreno acabaron por vencer las dificultades. 
Ahora es una do las colonias más prósperas del 
país, rica en liermosos edificios y en molinos, 
riquísima en máquinas agrícolas y habitada por 
gran número de familias que han pasado en 
pocos años de la pobreza al desahogo y casi á la 
opulencia. 

En los primeros tiempos surgieron discwdias 
religiosas que dieron por resultado la fundación 
de tres lugares próximos, en uno de los cuales 
se recogieron los indiferentes, en otro los pro- 
testantes y los católicos en el tercero. A este 
fué al que llegamos. Curiosísimo es para el 
europeo el aspecto de una de estas ciudades ó 
2)Iazas, comò las llaman, que son el corazón de 
la colonia ; el cuartel general de aquella po- 
blación invisible, extendida á grandes distancias 
como un cuerpo de ejército diseminado en 
gran número de destacamentos pequeñísimos, 
lío es un pueblo, no es una ciudad, 

Nosotros no tenemos nada semejante. Es co- 
mo el trazado de gran» ciudad, una página de 
apuntes con palabras y frases aquí y allá sepa- 
radas por muchas lagunas ; una sola vastísima 
plaza rectangular, rodeada de pequeñas casas 
blancas y encarnadas de un solo piso, entre las 
cuales se ven los principios de grandes calles; 
casas de pueblo, calles de metrópoli que se 



52 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



pierden en el campo; grandes extensiones de 
espacio, sencille/i primitiva en formas y co- 
lores, luz á torrentes y el aire vital de lá lla- 
nura infinita: un no sé qué de juvenil y de atre- 
vido, algo que habla de libertad y de esperanza. 
Allí están el Ayuntamiento, el juez munici- 
pal y el médico; allí se encuentra la escuela, á 
la cual van los muchachos á caballo; pocas tien- 
das y una iglesia modesta, donde acuden los co- 
lonos el domingo en volantas desde grandes dis- 
tancias. Los días de fiesta hay grande animación 
por la maiiana y un poco de bullicio por la tar- 
do. Los demás días la paz del claustro y el in- 
menso silencio de là campiña. 



* 



Tenían mucha razón al decirme: — Es me- 
nester ver la mañana del domingo. — La maña- 
na siguiente, á labora de misa, mis nuevos 
amigos rae llevaron allá por una ancha calle, 
rianqueada de eucaliptus y de álamos, que va 
desde la ciudad católica á las otras dos: me de- 
cían: — Ya verá qué sensación le causa. 

Y, en efecto^ apenas llegamos á la calle, 
alumbrada por el hermoso y tibio sol de un 
bello día de otoño, vimos llegar á la carrera, ca- 



LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 5.'i 



Tro tras carro, de cinco á diez en fila, todos lle- 
nos de gente, familias enteras; abuelos, mucha- 
«hos, mamas, grupos de niños; cada veinte pa- 
sos, labradores á caballo y también mujeres co- 
locadas en la silla á la manera de los hombres; 
todos vestidos con sus tr{\¿es de día de fiesta y 
casi todos piamonteses. Se les reconocía por los 
trajes; llevaban aquellas chaquetas de tercio- 
pelo negro, aquellos anchos sombreros, aquellos 
pañuelos á la cabeza, aquellas cofias, aquellos 
collares, los colores aquellos; pero especialmen- 
te aquellos rostros y aquellas actitudes. 

Eran nuestras nodrizas, nuestras hilanderas, 
nuestros soldados de Monferrato, del Bielese y 
del Canavese, era el Piamente genuino y vivo 
que salía á mi encuentro. ¡Oh mis dulces re- 
cuerdos de la infancia y de la adolescencia, ca- 
ros paseos campestres, hermosas fiestas de los 
santuarios^ Alpes sagrados y queridos! Mil re- 
cuerdos inundaban mi alma, sumergiéndola en 
torrentes de amor y de poesía. Me encontra- 
ba en mi* patria, vivía en una ciudad del Pia- 
monte y estaba á dos mil leguas de Italia. Me 
parecía un sueño, creía que todo iba á desapa- 
recer ó cambiarse de un momento á otro, y no 
íicababa nunca de pasar la fila de los carros, que 
se perdían de vista en la carretera; cada nueva 
volanta era una nueva maravilla para mí, un 
«opio de aire de la patria que me acariciaba la 



54 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

frente, una nota cariñosa de la voz de Italia que 
hacía rebullirse la sangre en mi corazón. — Da 
gusto, ¿no es verdad? — dijo uno de mis colonos 
mirándome al rostro. — Pero es menester no per- 
der la salida de misa. 

Volvimos atrás para verla. En todo el derre- 
dor de la plaza liabía centenares de voinnfas; á 
un lado larguísima fila de caballos de silla con 
las cinchas tricolores. La iglesia se hallaba llena 
hasta la puerta ; muchos labradores estaban 
oyendo la misa fuera del templo, unos de rodi- 
llas y de pie otros, teniendo el sombrero apre- 
tado contra el pecho. — Esperemos aquí — me di- 
jeron mis compañeros. — Ahora verá; apenas sal- 
gan, los tendremos á todos alrededor pidiendo no- 
ticias del país. Tenga un poca de paciencia. Le 
gustará mucho. 



* 
* * 



■' Pocos minutos después comenzó la salida 
despacio y con lentitud; volví á ver de cerca 
todas aquellas caras, aquellos pañuelos, los co- 
llares aquellos. Un enjambre de jovenzuelos y 
de niños se llamaban por sus nombres entre la 
multitud, con los diminutivos acostumbrados 
de los piamonteses, y reconocí la pronunciacióa 
del Alejandrino, del dePinerolo, del de la pro- 



LOS ITAMANOS EX LA ARGENTINA 0.> 

vincia do Cuneo y de otros lugares, cuya acen- 
tuación era tan clara como la de la misma 
madre patria. 

Algunos, llamados por mis compañeros, em- 
pezaron á acercarse; á los pocos momentos me vi 
en derredor una multitud que me hurtaba por 
todas partes. Xo tuve necesidad de preguntar á 
nadie; me dirigieron en seguida la palabra ellos 
con avidez. Me relataron todos de qué país 
eran. — Yo soy de Caluso. — Yo soy de Gallani- 
co. — Yo de San Segundo. — Y^o de Drenerò. — 
Muchos eran de los alrededores de Pinerolo. — 
¿Cómo va por allá? — me preguntaban. — Algu- 
nos me pidieron noticias de sus parientes como 
si fuese natural que yo los conociera. Otros se 
quedaban admirados y reían de contento entre 
ellos mismos, oyéndome citar el nombre del 
antiguo alcalde ó el del secretario del Ayunta- 
miento de su pueblo. 

Otros querían saber si se había concluido 
cierta línea de tranvías ó qué fin había tenido 
Fulano de Tal. Después me liacían muchas pre- 
guntas todos á un tiempo: — ¿Ha venido para 
establecerse aquí? — ¿Quiere acompañarnos á 
beber una copa á nuestro café? — ¿Me sabría 
decir si han licenciado la quinta del 61? — -¿Me 
diréis — interrumpí — cómo os encontráis aquí 
en América? — Fué una confusión de respues- 
tas; hablaban veinte á un tiempo en alta voz. — 



'56 IMl'KKSIONKS 1)K AMÉRICA 

Mejor bien que mal; pero nos faifa vino. — Otro 
se quejaba déla justicia y délos abogados. — El 
Gobierno no hace nada — decía un tercero. — 
Un viejo encontraba algo que observar acerca 
•de las escuelas elementales. — ¡Y esta vía férrea 
•de las colonias que no se acaba nunca! — ex- 
clamó uno á quien no vi. 

Algunos creían que había ido allí para hacer 
grandes compras de terreno. Poco apoco toma- 
ban confianza. Una labradora me preguntó si 
quería llevar una carta á un hermano suyo ca- 
rabinero. Dos colonos me dijeron al oído que 
tenían que pedirme un consejo: uno para un 
pleito y otro acerca de un hijo suyo que nece- 
sitaba volver á la patria y no había servido al 
Rey. — Ha hecho bien en venir á buscarnos. — 
j Quédese un poco con nosotros á ver que tal le 
va ! — exclamaban otros poniéndome la mano 
en el hombro. 

Hablaban el lenguaje de nuestros laly-ado- 
res, pero de modo más agradable, más familiar, 
con una expresión gratísima en la voz y en la 
mirada, á la cual no estamos acostumbrados en 
nuestro país. Mientras los más próximos charla- 
ban, los que estaban lejos, inmóviles, volvían 
la cara y tenían los ojos fijos en mí, como si la 
presencia de aquel compatriota, venido de re- 
fresco de la patria, despertase en ellos recuerdos 
y pensamientos nuevos y confusos; como si tu- 



LOS ITALIANOS £N LA AROENTIXA 57 



viesen algo en el corazón que hubieran queri- 
do, pero no hubieran osado ó sabido decirme. 



* 
* * 



Todo aquel día lo pasé con los colonos, yen- 
do de casa en casa y de tertulia en tertulia. En- 
contré viejos cazadores que habían estado en 
■Crimea; un milanés de ochenta años que se ha- 
bía hallado en las cinco jornadas, y que con- 
tó sus hazañas en la comida de la tarde , pro- 
rrumpiendo de tiempo en tiempo en gritos de 
alegría, como hacen nuestros compatriotas en- 
tre estrofa y estrofa de una canción. ¡Y cuán- 
tas relaciones y aventuras escuché! Biografías 
maravillosas de emigrados que habían pasado 
por diez oficios diferentes: de lacayos á mú- 
sicos, de músicos á marineros, de marineros á 
-coristas, de coristas á porteros, de porteros á 
colonos. Otros, llegados á los cincuenta años á 
América, solos y arruinados, habían vuelto á 
•empezar su vida, habían hecho dinero y rehe- 
cho una gran familia, que so híillaba esparcida 
desde el Paraguay hasta la Patagonia. 

Algunos labradores, que habían desembarcado 
■en la República Argentina hambrientos é igno- 
rantes, se habían transformado por completo^ 



58 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



con el cambio de fortuna, convirtiéndose en 
hombres civilizados, con cierto baño de política 
y de gusto literario y llegado á ser lo que se lla- 
ma hombres de peso. Estos me llamaban con 
gravedad aparte, y me preguntaban cruzando 
las manos detrás de la espalda: — Y bien, ¿có- 
mo está nuestra Italia? ¿Es respetada, es fuerte? 

En todos, por otra parte, aun ea los colonos 
más toscos, encontré viva la conciencia de la 
patria : un nuevo sentido de orgullo italiano, 
nacido de encontrarse allí, en país extran- 
jero, en medio de colonias de otros pueblos, 
entre los cuales se despierta y se mantiene siem- 
pre vivo el sentimiento de la emulación nacio- 
nal, estimulado con la presencia de un pueblo 
indígena, más numeroso, que los juzga á todos. 

Los piamon teses y los lombardos, especial- 
mente, orgullosos de la honrosa primacía que 
tienen sobre los otros como conquistadores, co- 
medores de tierras, así llamados porque roturan 
rápidamente, fecundizan y ceden á otros los te- 
rrenos para continuar roturando otros nuevos., 
no importándoles las incomodidades y los peli- 
gros. Todos, por otra parte, son diferentes de 
nosotros en su estado de ánimo y en sus mane- 
ras y están casi acostumbrados á aquel nuevo es- 
tado de vida- en el cual no sienten pesar sobre 
su cabeza, como entre nosotros sucede, todo el 
edificio de la jerarquía social. 



LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 59 



No ('.ienen ci amo constantemente á la vista, 
con el cual han de pasar tanto tiempo, robarlo, 
adularlo, ting-irlo y envilecerse, sino que sus 
amos son ellos mismos, libres en aquellos vas- 
tos espacios; en un país donde todos son labra- 
dores, el arado es la vanguardia de la civiliza- 
ción, y una gloria la conquista de la tierra. 
Aunque casi todos han salido forzosamente de 
Italia no llevando consigo mas que recuerdos 
de trabajos y de dolores, acostumbrados á la- 
mentarse, de las leyes, del Gobierno, de los 
amos, de todo, sin embargo de ninguno de ellos 
oí una palabra amarga contra la patria. ¡Jsi de 
uno! Al contrario, encontré en todos, singular- 
mente en los viejos y en particular en los máa 
cultos, un deseo, una curiosidad vivísima de 
volver á ver los lugares cambiados , las ciuda- 
des transformadas ; un gigantesco concepto de 
la belleza del país, de la importancia de los 
acontecimientos, de la grandeza de los hom- 
bres, de la fuerza del Estado; una tendencia de 
todos á olvidar defectos y miserias de que se do- 
lían en Italia para censurar las mismas cosas 
en el país donde se encontraban, citando como 
modelo la tierra natal. 

Un defecto encontré entre ellos: los menos 
afortunados estaban más envidiosos que entre 
nosotros de los que tenían mayor fortuna; y esta 
se comprende: porque habiéndose encontrada 



tíü IMPRESIONES DE AMÉRICA 



todos por algún tiempo en iguales condiciones, 
el espectáculo de la superioridad se hace más 
doloroso con el reciente recuerdo igualitario. 
Pero me encontré por compensación un espíritu 
de caridad y de fraternidad admirables: será 
efecto quizás de la mayor fortuna. Cuando una 
desgracia reduce á una familia á la estrechez ó 
al hambre, los amigos llevan á la colonia sus 
«arros, los cuales dejan en la casa en pocos días 
las provisiones del año. Y esto no me lo dijeron 
los ricos, sino los pobres, con lo cual se les pue- 
de perdonar la envidia. 



* 
* * 



Allí también, como en otras colonias, hice una 
visita á muchas casas lejanas de labradores. Fui 
á ellas con mi amigo Romero, sin otra compa- 
ñía, para poder discurrir más libremente. En- 
contrábamos por lo común sólo á las mujeres. 
A ellas les es más dolorosa la emigración, y más 
difícil acostumbrarse al nuevo mundo' y á la 
vida nueva. 

El hombre tiene la lucha violenta con la tie- 
rra, que le cansa y no le deja pensar. La mu- 
jer, ocupada eh trabajos que dejan libre la mén- 
te, piensa y se consume. Algunas recuerdan las 



LOS ITALIANOS EN LA ARGENTINA 61 



angustias de los primeros días; los maridos iban 
á trabajar las tierras lejos, aun de noche, á la 
luz de las linternas, y ellas pasaban solas todo 
el día en medio de aquella interminable llanu- 
ra que les daba miedo. — ¡Ah! — decían — mejor 
un pedazo de pan en el Piamente, que ricas 
aquí, — y lloraban y querían volver á Italia. 
Después, poco á poco, se habían acostumbrado, 
pero con trabajo. 

Ahora nos va bien — añadían, — pero aun así, 
nuestros recuerdos, las afecciones nuestras están 
siempre allá , donde hemos dejado nuestros 
muertos. — Y nos enseñaban recuerdos de fami- 
lia, fotografías amarillentas, rizos de cabellos 
colocados en cuadritos colgados en la pared, ho- 
jas sueltas de antiguos periódicos ilustrados 
con la figura de Italia coronada de torres, ado- 
sadas- á los armarios: todo lo que les quedaba de 
su país y de su familia. Una se excusó de no 
haber puesto fuera la bandera, diciendo: — Yea 
usted bien; el viento nos la ha destrozado; pero 
esta semana haremos otra, porque la bandera 
hay que tenerla. ' 

Algunas nos enseñaban con orgullo los apun- 
tes de la escuela de sus niños, que escribían 
ya en italiano y en español , porque el estudio 
del español es obligatorio. Tenían algunos mo- 
tivos particulares de disgusto : ésta, de carecer 
de tiempo para cultivar un poco en el huerto, 



ii2 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

como en el Piamonte, donde tenía tan buenas 
coles y tan ricos rábanos; aquélla el no poder 
echar párrafos con las amigas como en la patria, 
á causa de las grandes distancias; cuyas dis- 
tancias en efecto, y no es ciertamente deplora- 
ble, hacen bastante difíciles en aquellas colo- 
nias los placeres de la chismografía cotidiana. 

Encontramos también más de una que se la- 
mentaba de que la iglesia era pobre, de que 
había pocas funciones religiosas y mucho es- 
cepticismo, — Tri</o, plata ; plata , triyo, decía 
una, y no se habla de otra cosa: ¡que Dios me 
perdone! ¡Cómo acabarán estos países! Da ho- 
rror pensarlo. 

Casi todas deseaban volver al país natal an- 
tes de morir, al menos una vez, una vez sola 
para volver á ver al padre, la madre, el pueblo, 
aquel ángulo del cementerio, aquellos valles, 
las montañas aquellas. Y no puede definirse la 
expresión de aquella larga mirada con la cual 
nos despedían; un adiós mudo, lleno de ternura 
y de tristeza, de la que ciertamente no éramos 
nosotros el objeto; pero que, por lo mismo, aun 
nos conmovía más. Algunas, en fin, por delicado 
instinto, empujaban á los niños hacia nosotros 
para que nos auguraran feliz viaje, diciendo: 
— Da un beso á este señor, que vuelve á nues- 
tro país. — Y salían fuera de la puerta para 
vernos marchar. 



LOS ITALIANOS KX LA AUÜKNTIXA 63 



Aquella pobre labradora italiana, vista desde 
lejos con un nino en brazos nacido en el Para- 
ná; con otros hijos alrededor nacidos en Italia; 
delante de aquella pobre cabana solitaria sobre 
la cual ondeaba la bandera italiana en medio 
de las indefinidas pampas de América, repre- 
sentaba paia nosotros el amor de patria y la 
santidad de la familia en la forma más poéti- 
camente dulce, triste y solemne que puede con- 
■cebir la mente humana. 



* 

* * 



Por la noche cené otra vez con los colonos, 
muchos de los cuales, para honrarme más, to- 
maron una turquita patriótica, y casi toda la no- 
che oí en la calle varias canciones de mi país, 
tanto que me parecía estar durmiendo en algu- 
na casa del arrabal de mi pueblo. Al amanecer 
todos estaban ya de pie con la cabeza bomba 
y encarnados los ojos, pero vivos y alegres co- 
mo jovenzuelos. Y quisieron acompañarme du- 
rante varias millas por el camino de Santa Fe. 
El convoy de los carros volvió á formarse, y par- 
timos al galope, atravesando una neblina fría, 
que teñían de rosa los primeros rayos del sol. 



64 IMPRESIONES DE AMERICA 



El campo era siempre el de los días anterio- 
res, inmenso y triste. 

Sólo (le media en media hora encontrábamos 
una larga fila de aquellos raros carros de las 
pampas, de colosales ruedas, tirados por tres 
pares de bueyes, semejantes, á lo lejos, á pe- 
queñas casas suspendidas en el aire (ó á una de 
aquellas carretas de mercaderes napolitanos), 
almacenes ambulantes de cuanto Dios crió, ti- 
rados por seis ó siete caballos, que pasan como 
una exhalación y se pierden de vista apenas 
encontrados. 

Recuerdo que el camino parecía, en muchos 
puntos gris, por la abundancia de palomas sil- 
vestres. Había muchas bandadas à^pechos ama- 
riilos (oropéndolas), pájaros vistosísimos con 
todo el cuello y el pecho de admirable color de 
oro. De algunos árboles se escapaban nubes de 
negros tordos, y las perdices llegaban tan cerca 
de los carros que se habrían podido matar á la- 
tigazos. 

La niebla desapareció y el día quedó hermo- 
sísimo. Después de algunas millas de camino, 
empezaron las separaciones. La mayor parte. 
debía volver á sus trabajos. Bajaban de los ca- 
rros, nos abrazaban, volvían á subir conmovi- 
dos y seguían la carretera. Pero después de ha- 
ber recorrido un pedazo de camino hacia su ca- 
sa, tenían un rasgo de delicadeza que impresio- 



LOS ITALIA.NUS KN LA. AUüKNTIXA 65 



naba vivamente; volvían otra vez al carro, nos 
alcanzaban, imis pasaban delante é iban á espe- 
rarnos á otra revuelta del camino para dirigir- 
nos aún. un nuevo saludo de despedida. L-nos 
diez me siguieron todavía, entre los cuales es- 
taban los dos colonos del Pilar que me habían 
dicho : 

- — Dónde vaya iremos, hasta que se embar- 
que en el Paraná. 

Todos estos no me abandonaron ya. Iban 
conmigo por las calles de Santa Fe, en el pa- 
tio de la fonda , por las salas del Casino italia- 
no, por entre la turba que celebraba la inaugu- 
ración de las obras del camino de hierro de las 
colonias. 



* 
* * 



Por toda la orilla del Riacho, de noche, 
cuando iba á embarcarme , aun estaban á mi 
lado ; subieron conmigo al vapor y estuvie- 
ron allí hasta el momento de partir y fueron los 
últimos en bajar, después de haberme echado 
los brazos al cuello, descubriendo sus rostros tos- 
tados por el sol, por algunos de los cuales co- 
rrían las lágrimas. El vapor se movía ya sobre 
las aguas del río, y yo aun veía en la orilla el 



«6 



IMPftKSlONES DE AMKK1CÀ 



grupo de mis buenos colonos que me enviaban 
el último adiós, levantando sus brazos en alto, 
como para mandar aquel adiós por cima de 
mi cabeza á la madre patria que tan lejos es- 
taba. 



"QSS 



IS^^^^J 



♦♦♦♦♦♦ §^H$^^ ♦♦♦♦♦♦ 



lY 
¡PATRIA! 

(EN LA BAHÍA DE RÍO JANEIRO) 



.-^^ 




^V^ lEXTRAS estábamos para bajar á la barca 
de vapor que debía conducirnos al bar- 
co correo, brillando en nuestros ojos la alegría 
del regreso, se acercó á la comitiva un aldeano 
de cincuenta años, alto y pálido, de andar fa- 
tigoso y fisonomía anhelante, con un envoltorio 
bajo el brazo. 

Era un emigrante lombardo, uno de aquellos 
innumerables desgraciados que los médicos de 
los barcos rechazan para evitar un muerto á 
bordo durante la travesía del Océano; era un 
enfermo grave y habían rehusado admitirlo 
también porque en Río Janeiro había casos de 
fiebre amarilla, con lo cual el rigor era mayor 
aun que de costumbre. 

Preguntó por el comandante, que estaba en- 



68 IMPRESIONES UE AMÉRICA 



tre nosotros; se lo enseñamos, y se acercó á él 
descubriéndose. Los ojos liundidos daban á su 
semblante el aspecto de aquellos pobres aldea- 
nos sufridos y fieros, que causan más compasión 
que los otros, cuanrlo se les ve suplicar; porque 
se comprende lo muclio que deben sufrir ó ha- 
ber sufrido para cambiar su rostro de tal ma- 
nera. 

Pedía por gracia ser recibido á bordo. Yenía 
del interior del Brasil, y aparentaba estar com- 
pletamente aniquilado por larguísimo y penoso 
viaje, ambicionando tan solo volver á la patria. 
Aunque no lo decía, se adivinaba que que- 
ría partir á toda costa aquel día, porque se sen- 
tía morir, porque instintivamente comprendía 
que sus horas estaban contadas. 

El comandante del barco le dijo que no. 

El lombardo se golpeó la frente con la mano. 

Después empezó á rogar con voz trémula, ha- 
blando, ó mejor dicho, balbuceando rápida- 
mente: 

— Déjeme partir, señor comandante; déjeme 
partir. Colóquenme donde quieran. Enciérren- 
me; pagaré doble. ¡Cuando digo que me con- 
formo á que me encierren! Échenme al agua si 
ven que la cosa va mal. Pero tengo necesidad 
de partir; tengo allá mi familia, que me espera; 
¡los pequeñines... pago el doble, el doble; ten- 
gan compasión de mí, por amor de Dios! 



¡1'atkia! 6í» 

Y después de un momento, exclamó con ex- 
plosión: 

— ¡No me diga que no! ¡No me diga que no! 

El comandante se encogió de hombros, y con 
verdadera amargura, pero resueltamente, vol- 
vió á indicar su negativa y saltó á la barca. 

Entonces el aldeano se acercó á otro marino, 
y con voz afanosa, y cara y acento de hombre 
aterrado: 

— Tenga misericordia de mí, señor — le di- 
jo. — ]Iable al comandante. Mi faníilia me es- 
pera, llaga esta obra de caridad. No estoy tan 
mal y pagaré el doble; pagaré todo lo que quie- 
ran. ¿Es porque^me ven medio muerto? No, no 
estoy tan mal. Diga una palabra; recomiénde- 
me, se lo suplico; le pido que no me aban- 
done; debo volver á mi país; dígaselo así, ¡por 
amor de Dios! 

La persona á quien habló le dirigió frases de 
consuelo y de resignación, manifestándole que 
era imposible llevarlo en aquel estado, y saltó 
también á la barca. 

El aldeano saltó tras él , y dirigiéndose al 
•cónsul, se le pegó sin quererse separar, vol- 
viéndole loco á fuerza de palabras inconexas 
relativas á su vida y sus sufrimientos. Había 
-estado cuatro años en el Brasil ; no tenía pa- 
dres; estaba enfermo hacía algún tiempo; que- 
ría ir á cerrar los ojos á su paí«!. rodeado de los 



70 IMPRESIONES DE AMÉRICA 

suyos; perder el viaje en aquel día equivalía á 
morir en tierra extranjera, solo, abandonado y 
en medio de la mayor desesperación. Hablaba, 
rogaba con voz suplicante, en actitud de acari- 
ciar á los que tomaba como protectores, jun- 
tando las manos, interrogando alternativamen- 
te á unos y á otros, ora con palabras, ora con 
miradas que desgarraban el alma. 

Todos se volvieron hacia el comandante. ¿Era 
indispensable la no admisión? ¿No era posible 
hacer una excepción en su favor? 

Aquel rudo hombre de mar necesitó recoger 
en un punto toda su energía y hacer un esfuer- 
zo para contestar: 

— No — dijo por último, y volvió la cara á 
otra parte. 

El lombardo fué rechazado por un marinera 
y quedó fuera del tablón del puente, permane- 
ciendo en tierra mientras la lancha de vapor 
empezaba á moverse. 

El infeliz prosiguió suplicando, hablando pre- 
cipitadamente, golpeándose el pecho con los pu- 
ños, como para probar que todavía estaba fuer- 
te, y repetía sin cesar: 

— No muero todavía, no me muero; déjen- 
me partir ¡por amor de Dios! os juro que no me 
muero. 

Pero ninguno de nosotros se atrevía á mirar- 
lo. La barca se alejaba. 



¡ l'ATUIA ! TI 

Oímos aun alguna vez aquellas desconsola- 
doras frases lanzadas al viento como gritos de 
angustia y de rabia... 

Después no oímos más; todos callaban, pro- 
fundamente conmovidos por aquella escena, y 
girando la vista alrededor como para arrancar 
del pensamiento la tristeza. 



* 



La barca se deslizaba rapidísima sobre las 
transparentes aguas, presentándosenos ante la 
vista el maravilloso anfiteatro de Río Janei- 
ro. Aquellos altos picos de formas parecidas á 
las montañas lunares; aquellos montes pobla- 
dos de árboles gigantescos, reinas y emperado- 
res de la vegetación ; aquellas rocas aéreas , 
aquellos bosques melenudos, aquellos valles or- 
lados de jardines, aquellas islas coronadas de 
palmeras; todo aquel panorama inmenso, des- 
ordenado, extraño, tan grande que la fantasía 
se pierde en el intrincado laberinto de sus va- 
riadas formas; tan bello que casi deja en el es- 
píritu un sentimiento de melancolía rayano en 
el dolor, todo esto llenaba nuestros sentidos y 
ocupaba nuestra mente. 

Xos parecía arribar demasiado pronto al va- 



IMI'IÍKSIONES DK AMKKIC.V 



por, que ya liumoaba, y apenas subimos á él 
nos colocamos en la borda, en medio de otros 
mil pasajeros, para contení 1)1íii' la bahía «el 
arco triunfal de América^. 

Algunos amigos de Río Janeiro habían per- 
manecido en la lancha, en cuya ])roa ondeaba 
la bandera italiana. Allí permanecimos no sé 
cuánto tiempo. El sol empezaba á trasponer. 
,El cielo se teñía de carmín y rosa, la bahía de 
pálida púrpura, las grandes cimas cónicas pare- 
cían de coral, en el horizonte del Océano se 
extendía una franja de rojizas nubes... 

Ya empezaba á saltar alegre la conversación 
entre nosotros y ios amigos de abajo, cuando 
una voz dolorosa, siniestra, desoladora, ¡aquella 
voz! llegó de repente á nuestro oido: 

— I Déjenme partir! ¡Tengo familia! ¡Pago* 
doble! ¡Xo me muero! ¡Lo pido por amor de 
Dios! 

Apenas habíamos arrancado en la lanchn. ol 
infeliz aldeano se había lanzado en la barquilla 
de un negro, que lo transportó en menos de una 
hora, haciendo arabos esfuerzos sobrehumanos. 

El -comandante, desde lo alto del puente, le 
gritó: — ¡Es imposible! 

Pero entretanto el tenaz lombardo se había 
introducido entre las otras barcas y aforrándose 
á la cadena de la escala, seguía gritando frente 
á frente de un marinero que le cerraba el paso. 



¡I'atuia! T.{ 

Sus miradas afanosas se dirigían alternativa- 
mente al cnpitán, á nosotros, á los amigos déla 
lancha de vapor cuya bandera por rara coinci- 
dencia caía sobre su espalda. Y. cruzaba las ma- 
nos, se abrazaba á las piernas del marinero, 
besaba la bandera, señalaba al cielo, derrama- 
ba á borbotones un torrente de palabras, presa 
del vértigo: 

— ¡Mi país, mi familia, mis pequeñines; por 
piedad , no me muero ! . . . 

Y la voz cada vez era más ronca, y los lamen- 
tos cada vez más de niño, y la mirada cada vez 
más de moribundo, y los. gestos cada vez más 
de demente. 

Desde el puente, y como si reuniese el capi- 
tán todas sus fuerzas en un grito supremo, par- 
' tió estridente una voz de mando que decía: 

— ¡Arriba la escala! 

Las cadenas crugioron con ayes lastimeros, y 
la escala se levantó. El desgraciado, cogido por 
un marinero, se vio obligado á sentarse en me- 
dio de su barca. 

Entonces sucedió una cosa horrible: ¡rió! 

Al punto se oyó el silbato que indicaba la 
partida. 

Y desde la borda de tercera clase le gritaban 
al mísero lombardo: 

— Animo, hombre; ya harás el viaje cuando es- 
tés mejor; dentro de quince días hay otro barco, . . 



74 IMPRESIONES DE AMÉRICA 



Y alguna voz maldita salida de un cuerpo sin 
entrañass llego á gritarle: 
— ¡ P lí rgate , p ú rgate ! 

Todavía lo vimos rehacerse y parecía que no 
comprendía nada, fijando la vista sucesivamen- 
te en la proa y en la popa de nuestro barco con 
muestras de estupor. 

Movióse el buque. Colocóse en pie con ím- 
petu , cerró el puño y extendió el brazo en di- 
rección al puente, en actitud de lanzar horrenda 
maldición. Luego sentóse de pronto en un ban- 
co de la barca, y apoyando el rostro entre las 
manos rompió á llorar. 

Ya estaba lejos de nosotros y todavía lo mi- 
rábamos con los gemelos levantando y bajando 
los hombros como quien solloza con convulso 
movimiento... y le veíamos todavía con nuestro 
corazón oprimido. 

Allá quedaba en medio de la bahía, con su 
inmenso dolor, sin que nadie confortara su áni- 
mo... y á su alrededor todo sonreía, sonreía 
aquella inmensa belleza sin piedad. 

Cinqo minutos después no era más que un 
punto negro; y un segundo después, nada^ 
nada. 

Se había perdido en aquella indefinida su- 
perficie de las aguas color de rosa. 



I 



/ 

1"^ 



ACUARELAS DE NIÑOS 



1^ 



V 

MANICOMIO DE ENSEÑANZA 



^^^ AY en nuestra sociedad , hace una quin- 
^^^ cena de años , cierta forma de vida do- 
méstica, cierta especie nueva de familia bur- 
guesa, de cuyo tipo son modelo mis vecinos del 
piso entresuelo. 

Esta familia ha sido invadida por la escuela, 
dominada, sofocada por la Dirección de Ins- 
trucción pública, convertida en Instituto cien- 
tífico-literario, en el cual el padre y la madre 
han quedado reducidos al mero oficio de admi~ 
nistradores, ayudantes y bedeles. 

El jefe de la casa, abogado hacendoso, que ga- 
na cuartos, y su señora, hija de un rico fabrican- 
te, tienen seis hijos, tres varones y tres hem- 
bras: seis caras redondas, seis cabezas rubia* 
que pierden su color regularmente todos los años 



78 ACUARELAS 1>K NIÑOS 



desde los primeros días de Mayo hasta los últi- 
mos de Julio, para volverá engordar y adqnirii- 
su tinte normal en Octubre al afrontar nuevos 
programas académicos y al echarse á la cara nue- 
vos profesores. 

La niña mayor, de diecinueve años , entu- 
siasta del griego y del profesor Grraf , sigue su 
primer curso de letras en la Universidad, don- 
de ya ha enamorado á dos estudiantes. 

La segunda está en el tercer año de la Es- 
cuela profesional, en donde hay una maestra 
que la persigue: la menor estudia en la clase 
cuarta elemental de las escuelas municipales. 

El primogénito estudia leyes, y es el martirio 
del padre, porque no quiere hacer nada. 

El segundón está en segundo año del Insti- 
tuto, y es la pesadilla de la madre , porque se 
mata trabajando. 

El tercero va á la escuela superior, donde se 
atormenta con el dibujo, y de rechazo aflige á 
sus progenitores. 

Las criadas y un criado, que consumen la 
mitad del día en el servicio de acompañar a 
unos y otras, llevan en el bolsillo el cuadro de 
las horas de los distintos establecimientos, sa- 
cando de esto motivo de chachara y palique sin 
fin, porque conocen la vida y milagros de cada 
uno de los profesores de los seis cuerpos docen- 
tes. En la casa es un continuo ir y venir, par-r 



MANICdMIO I)K KXSK.ÑA.NZA 79 



tir y llegar,' cerrar y abrir la puerta, con un 
movimiento constante de carteras, cuadernos y 
encerados; una perpetua mescolanza de objetos 
de escritorio, libros y apuntes, que parece la li- 
brería donde se venden objetos de enseñanza 
en los días que preceden á los exámenes. Y á 
todas horas se oyen extraños diálogos entre los 
criados , del tenor siguiente: 

— ¿Sale á esta hora? 

— Sí. Le toca griego. 

— 'No te olvides de que hoy no hay clase de 
derecho. 

— ¿Tienes lección de matemáticas hoy por 
la mañana? 

— »-No; pero salgo temprano para comprar un 
compás , que Dios confunda. 

Pero la hora más tempestuosa es la del tra- 
bajo por la tarde, antes de comer. Cada cual se 
rompe la cabeza en su respectivo cuarto, salien- 
do de las seis correspondientes habitaciones que 
dan á un corredor, exclamaciones de los que 
luchan á brazo partido con las traducciones y 
los problemas, fragmentos de soliloquios filosó- 
ficos, fórmulas químicas, aoristos del verbo grie- 
go, fechas históricas, frases de selectos latinos, 
suspiros, arrastre de sillas sobre el pavimento 
movidas por impulsos impacientes, golpes ra- 
biosos ó nerviosos de la punta de plumas me- 
tálicas metidas febrilmente en los tinteros don- 



80 ACUAUELAS VE NIÑOS 

•■■■ • r .^..1.... 

de siempre hay poca tinta... y la campanilla 
suena cada cinco minutos. Entra un pasante de 
griego y latín; otro que repasa las lecciones de 
trigonometría; una mísera institutriz que viene 
á meter en la cabeza los libros á la más peque- 
ña de las escolares, y se encuentra por el corre- 
dor estudiantes de uno y otro sexo, que corren 
de una á otra habitación para ayudarse alterna- 
tivamente, para cambiarse diccionarios, libros 
de texto, traducciones clandestinas, ó papel se- 
cante para los cuadernos, ó arenilla para los es- 
critos. 

Alguna vez asoma su faz al cuarto de la se- 
ñorita mayoría criada más joven, que frecuenta 
la escuela dominical, con objeto de preguntar 
la conjugación de un verbo que tiene ella tam- 
bién que llevar á su clase; y los criados, al pa- 
sar de puntillas por el corredor, se detienen en 
las puertas para escuchar las cosas extravagan- 
tes que dicen con voz grave profesores y profe- 
soras y que repiten con voz tímida los estu- 
diantes... el dialecto dórico hablado en Tesalia, 
Beocia... 

...los fragmentos de Alceo, de Safo, de Co- 
rina... . 

...at Romee Lentulus, cum cceteris^ qui prin- 
cipes conjurationis erunt... 

...fíjese bien, señorita: hemos dicho que el 
primer tren parte á las 4 y 55 y recorre cua- 



MANICOMIO DE ENSEÑANZA 81 



renta y ocho k ilómetros por hora. Si el que debe 
alcanzarlo, parte... 



* 



Después, los pasantes y las institutrices sa- 
len, encontrándose en el recibimiento con el pa- 
dre y la madre , conversando con ellos breve- 
mente en voz baja, y entre exclamaciones dubi- 
tativas, pesimistas ó consoladoras, mueven la 
cabeza con desconfianza, se despiden con con- 
gratulaciones (según las circunstancias del día), 
y queda el matrimonio, ora perplejo, ora ale- 
gre, ora de mal humor. 

Entretanto, algunos de los estudiantes han 
concluido y cierran los libros con estrépito. La 
mesa está puesta, la comida pronta. Pero, en 
tres ó cuatro cuartos, comeen otras tantas jau- 
las, todavía se oye el rumor de tres ó cuatro 
desgraciados que bufan, se retuercen en las si- 
llas ó dan puñetazos sobre la mesa. Uno lucha 
con un verso de Horacio, que no ha podido tra- 
gar y lo murmura guturalmente; otro combate 
para buscar el final de una cláusula, y un ter- 
cero , en fin , hace la prueba de una operación 
aritmética, que no le sale. 

El padre, impaciente, da vueltas á la mesa 



82 ACUARELAS DE KlfiOS Y JÓVEKES 



en muchas ocasiones como el león ; los chicos, 
que han concluido, muertos de hambre, se de- 
sesperan por la tardanza; la menestra se en- 
fría; la cocinera refunfuña; la señora va y vie- 
ne como alma en pena; toda la casa está en la 
mayor agitación... por último, todos han aca- 
bado. 
-Ahora habrá un poco de paz... 



* 
* * 



, ¡Ilusión! La escuela invade también la mesa. 
Seis voces frescas, sonoras, incansables, caen 
obstinadamente de nuevo en la crónica diaria 
de los seis establecimientos respectivos, criti- 
cando los trabajos, relatando las riñas ó los dis- 
parates oídos en clase , las picardigüelas de los 
camaradas, los trozos de autores, palabras grie- 
gas y latinas, frases ó muletillas de maestras y 
catedráticos. Y son seis, diez, veinte, entre pro- 
fesores, maestros, directores, directoras, presi- 
dentes, pasantes, los continuamente citados, re- 
tratados, comentados, servidos por todos en la 
mesa y con todas las salsas. 

La señora quería hablar de sus haciendas 
domésticas y sus visitas, y el abogado de sus 
negocios y de sus amigos; piden diez minutos 



. MANICOMIO DE EKSEKAKZA S3 

de descanso, ruegan, suplican, ordenan, obtie- 
nen al fin un poco de silencio y alguna aten- 
-ción. 

Pero de pronto la escuela vuelve á dominar. 

La estudiante y el que sigue la segunda ense- 
Sanza se pelean por tal ó cual estrofa; la alumna 
de la Escuela Normal ofende á la de. la elemental 
con una frase despreciativa; el discípulo de ins- 
trucción primaria consulta con el cursante de la 
Universidad «sobre los medios de subsistencias 
del poder público''; y se empeñan en discusiones 
interminables sobre la^ dificultaos comparadas 
de los cursos y las materias, paralelos entre pro- 
fesores, y controversias acerca de un vocablo ó 
•de los confines y fronteras de los continentes y 
naciones. 



* 
* * 



Y como los unos devoran y los otros vocean, 
éstos empiezan á comer cuando aquéllos han 
acabado, el servicio se hace imposible, la seño- 
ra se irrita, el señor se tapa los oídos y pide 
gracia, mientras el criado, entrando en la coci- 
na con la cabeza bomba por los nombres raros 
•que oye, pregunta á las criadas: 

— ¿Quién será este demonio de Jenofonte? 



84 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

Y la cocinera, encolerizada porque el arroz 
se ha pasado, se tira á las paredes gritando: 

— Vamos á reventar todos en este manico- 
mio de sabios. 



^físAsSs' 



♦^^-©-^♦♦^-^ll^-^<* 



VI 

LOS CÓMICOS Y LOS CHICOS 



üÉ gran día para mí , y para muchos de 

^ mis compañeros de escuela, aquel en que 
un gran cartelón anunció la llegada de la com- 
pañía dramática. El pueblo era pequeño : así 
es que sólo iba una compañía al año , desde 
los primeros días de noviembre á principios de 
Diciembre, y una compañía endeble ó mala, 
por supuesto. Pero á nosotros nos parecían todos 
grandes actores. Una hora después de haber lle- 
gado, ya sabíamos en qué fonda paraban. 

— La primera actriz y el director de escena 
están en La barra de hierro. 

—El primer actor para en La Corona. 

— He visto al actor de carácter en el Café de 
la Unión. 



86 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 



Antes de comenzar las representaciones ya 
conocíamos de vista desde el primero hasta el 
último : los veíamos en las calles; desde lejos 
los examinábamos detenidamente, ó en el Café 
de Italia, mirando sus imágenes por los espejos 
para que no lo advirtiesen. 

¡Cuántas veces he visto pasar á los primeros 
actores muy perfumados, con sus levitas negras 
ajustadas al talle y los codos lustrosos; las pri- 
meras actrices, pálidas y tristes, vestidas de an- 
drajos gitanescos; actorzuelos amarillentos, me- 
tidos en raros casacones verdes y abrigados con 
bufandas grises; y pobres diablos, flacos gala- 
nes jóvenes, de los que sólo se veía la capa y 
el sombrero, que parecían el espectro del 
hambre!... 

En las poblaciones pequeñas se va poco al 
teatro; el coliseo algunas veces se cerraba, aca- 
bándose por consunción, después de quince 
representaciones. La compañía no tenía ya 
dinero ni para seguir ni para marcharse, y 
había que echar una colecta entre los aficio-^ 
nados. 

Pero esto no hacía disminuir en nada nuestra 
admiración por los artistas. Al contrario, ellos 
crecían, á nuestros ojos, en aquella miseria, 
víctimas de la ignorancia y de la barbarie públi- 
cas, y mucho tiempo aún después de marchar- 
se los compadecíamos, recordando sus actitudes 



LOS CÓMICOS Y LOS CHICOS B7 

y "sus recitados, y diciendo que el público de 
nuestra ciudad era un atajo de ignorantes y de 
miserables. 



En efecto, las emociones que los actores nos 
producían eran tan maravillosas, que debían 
parecemos seres sin corazón y sin cabeza los 
que no las experimentaban. Los efectos de la 
acción dramática en los niños, son , sobre poco 
más ó menos , tan profundos como los mismos 
efectos de la realidad, á lo cual ayuda también 
el no conocer del todo ni aun por intuición la 
clase social de los actores, quienes parecen 
criaturas casi sobrehumanas, y el misterio que 
les rodea aumenta su importancia. Entonces 
los peores cómicos nos hacían estremecer y re- 
ventar de entusiasmo; nos hacían mucho más 
efecto que el que pocos años después habían 
de producirnos los mejores artistas del mundo. 

¡Qué inmóviles estábamos clavados en nuestro- 
asiento, con la respiración suspendida, parecien- 
do que el corazón se nos quería salir del pecho 
y que una mano nos apretaba la garganta, cuan- 
do el diálogo animado de dos personajes presa- 
giaba que había de concluir en una desespe- 
rada resolución ó en una estocada. 



88 ACUAKELA8 DE NIÑOS Y JÓVENES 

No olvidaré nunca, aunque viva cien años, 
el efecto que me hizo una escena de Margari- 
ta Pusterla cierta noche que estaba yo en un 
palco con la familia, muy contento, después de 
haber hecho mi tarea de estudiante de cuarto 
año. 

Cuando Alpinolo cogía por el cuello á Vis- 
conti y le apuntaba con el puñal á la cara, 
llenándolo de improperios, me estremecía y 
saltaba de gozo, hundiendo las uñas en el ter- 
ciopelo del antepecho. Después, Alpinolo huye; 
Visconti (que era un hombrón con voz de true- 
no) se lanza á la ventana gritando: 

— ¡Seguidle! — Sigue las alternativas de la 
persecución y grita: — ¡Le cogen... se escapa... 
no... están cerca... huye... ¡ lo alcanzaron ! 

Aquellas terribles palabras: lo aìcanzarorì^ 
me hicieron prorrumpir en sollozos convul- 
sivos que apenas tuve tiempo de ahogar con el 
pañuelo. Mi padre me llevó fuera del palco, á 
los pasillos, procurando tranquilizarme; pero 
hasta al pasillo llegaba la voz estentórea de Vis- 
conti; comprendí que á Alpinolo le llevaban ata- 
do á su presencia; era una cosa horrible; volví á 
sollozar y mi padre me condujo abajo, al vestí- 
bulo del teatro; mas también allí resonaba aque- 
lla formidable voz y fué preciso que me sacaran 
á la calle. 

Estaba inconsolable, tenía el pecho destro- 



LOS CÓMICOS Y LOS CHICOS 89 

zado y seguí desesperado buen rato, en me- 
dio del círculo de pilludos que esperaban las 
contraseñas, no llorando ya, pero todavía an- 
heloso, con aquel execrado tirano delante de 
los ojos y de la fantasía. 



* 
* * 



Naturalmente, nos parecía que aquellos ac- 
tores tenían también fuera del teatro la impor- 
tancia, la potencia fascinadora de los persona- 
jes que representaban en la escena. Creíamos 
que ningún banquero millonario se hubiera 
atrevido á negar la mano de su hija á aquel 
hermoso primer actor, altivo y apasionado, que 
había interpretado tan bien el Francisco I la 
semana pasada; y no estábamos lejos de creer 
que, asaltado por una turba de asesinos, el bar- 
ba, no hubiera tenido que hacer mas que gritar 
con voz potente: — ¡Atrás, miiiseee... rabies! — 
como gritaba en el drama El delito misterioso^ 
para ver desaparecer á los malliechores como 
bandada de pájaros. 

Entre la amistad del conde de Cavour y la 
amistad del característico, hubiéramos escogido 
ésta sin vacilación alguna. Me acuerdo del gran- 
dísimo respeto que experimenté hacia la per- 



90 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

sona de un tío mío, muy burlón, desde la no- 
che que, entrando en mi casa, dijo que había 
jugado una partida de billar con el gracioso. 

En cuanto á las primeras actrices, bastaba 
que no fueran monstruos para que todos nos 
entusiasmáramos con ellas; era un enamora- 
miento anual, desde principios de Noviembre 
hasta los primeros días dé Diciembre, tan fijo, 
regular é inevitable como la lluvia de otoño. 

Recuerdo todavía á media docena como si las 
hubiera visto ayer: una mujerona con voz de 
trueno; otra flacucha, jorobadita, que parecía 
que estaba siempre llorando; cierta rubia, un 
ángel que representó tres temporadas consecu- 
tivas, estando en cinta siempre el último mes; 
y otras, gruesas y bien formadas; enfermizas y 
feas otras, con ciertas vocecillas agudas y pro- 
nunciaciones extrañas que parecían venir del 
otro mundo ; pero que todas nos arrebataban: 
en éxtasis cuando aparecían en el palco escéni- 
co, con los cabellos sueltos por la espalda, ha- 
ciendo el papel de loca con el acostumbrada 
sistema de llorar y reir á un mismo tiempo. 

¡Ah, Dios mío! ¡Ser querido por una pri- 
mera actriz era la suprema felicidad y la ma- 
yor de las delicias humanas! 

¡Qué superiores debían ser á todas las mise- 
rias de la vida; qué lenguaje tan sobrehumano 
debían hablar ; cuan prosaicas é insustanciales 



LOS CÓMICOS Y LOS CHICOS 91 



nos parecían todas las mujeres á su lado! Pero 
ninguno de nosotros se liubiera atrevido á espe- 
rar ni una mirada de aquellas criaturas miste- 
riosas y fulgurantes que se nos aparecían en sue- 
ños con el traje de María Estuardo, de Diana de 
Poitiers. 

Al encontrarlas en la calle enrojecíamos, y 
una palabra suya que cogiéramos al vuelo mien- 
tras pasaban , una frase extraordinaria y mis- 
teriosa como: tthe esperado á la modista hasta 
las sietefl... óbien unos han llevado los equi- 
pajes al Buey bermejo. . . ^ nps quedaba en el pen- 
samiento durante todo el dí^i como el sonido de 
celestial arpa!... 



* 
* * 



Los hombres , por otra parte , nos causaban 
impresión más profunda, porque en esa edad 
se admira más lo grandioso y lo terrible que lo 
tierno y delicado. Nuestra gran afición se cifraba 
en las escenas donde un personaje valiente y ge- 
neroso, ciego de ira, alcanzaba áotro gritándole 
cara á cara: «¡Cobarde, malvado, infame, mi- 
serable, asesino: tu sangre ola mía!» Des- 
pués, escupía, y nosotros aplaudíamos. En es- 
tas escenas, forzoso es decirlo, hasta los más tor- 



©2 ACUARELAS DE NIiVOS Y JÓVENES 

pes tenían momentos felices. Pero sobre todo 
nos entusiasmaban los momentos culminantes 
de los dramas patrióticos que, en aquellos años, 
alcanzaron mucha boga. Eran los buenos tiem- 
pos de Los mártires del 21, El niño Mortara , Los 
procesados de Mantua , si no equivoco los títu- 
los, y otros dramas llenos de conjurados, comi- 
sarios de policía, esbirros del Papa, gendar- 
mes austríacos; — dramas muy medianos, por lo 
que recuerdo de ellos , como obras de arte; 
pero de maravilloso efecto en los jovenzuelos, 
especialmente por las imprecaciones de los 
oprimidos contra los opresores, á algunas de las 
cuales, en verdad, nò les faltaba elocuencia. 

Nosotros saltábamos de nuestros asientos, dá- 
bamos palmadas, llorábamos ardorosas lágri- 
mas al oír aquellas fervientes invocaciones- al 
amor patrio, por las cuales los actores nos pa- 
recían tan venerables y gloriosos como los mis- 
mos héroes que representaban. 

Me acuerdo de un tal Maroncelli, por el 
cual hubiéramos dado la mitad de nuestra 
sangre. 

Y eso que entonces las tiradas de versos pa- 
trióticos se decían de un modo que quitaban 
toda ilusión artística. 

Cuando llegaba la ocasión, el actor se volvía 
adelantándose hasta el proscenio, como para 
arengar al público, y recitaba su relación como 



LOS CÓMICOS Y.LOS CHICOS !KI 

si fuera una cosa extraña al drama, cambiando 
de VOZ y de entonación, con los ojos en blan- 
co y como perdiéndose su mirada en el lejano 
horizonte. Pero ¡ qué importaba ! Estaban su- 
blimes. 

Y si alguna vez un espectador escéptico ó 
impertinente, al lado nuestro, exclamaba á me- 
dia voz: — ¡Qué perro! — era en seguida juzgada 
por nosotros: no podía ser mas que un burro ó 
un miserable. 

¡Oh inolvidables nqches! 

ís^os quedábamos en la puerta para ver salir 
al Dux, á Silvio Pellico, al viejo Schiller. — 
¡Ahí están ! — nos decíamos al oído — ¡son ellos! 
Y nos parecía un nuevo y mayor indicio de gran- 
deza aquel aire de cansancio entre desdeñosa 
y burlón con que salían del templo de su gloria, 
encendiendo un chicote , y cubriéndose el cue- 
llo hasta las orejas como simples mortales. 



* 



Podría hacer el retrato de casi todos si supie- 
se dibujar: tan fijos se me han quedado en la 
memoria; uno, principalmente, me arrebató: 
un primer actor de laRomaña, joven, que, según 



94 ACÜAJIELAS DE NIJÍOS Y JÓVENES 

decían, imitaba á Ernesto Rossi, á quien yo no 
había visto trabajar todavía. Recordándolo aho- 
ra, me parece que debía ser un cómico de la le- 
gua; manoteaba como un loco , y tenía una voz 
que parecía se iba á comer á los niños cru- 
dos. Pero cuando hacía ^/ bravo de Venecia, en 
el último acto , le hubiera echado á la es- 
cena de buena gana un fajo de billetes de 
Banco. 

Otras cien caras recuerdo con aspectos terri- 
bles ó grotescos: figuras que me parecían insu- 
perables modelos de belleza y de elegancia, co- 
losos con paso de elefante, una variedad infini- 
ta de piernas ; sobre todo , piernas vestidas de 
malla de todos colores; las piernas sutiles y 
magras de Luis XI ó de Felipe II, enflaque- 
cidas por las continuas ansias de la caza — 
en el plato; piernas gruesas é hidrópicas; las 
piernas torcidas y desiguales de Pablo y de Ro- 
meo; las torneadas y esculturales piernas de 
César de Bazán , á las cuales miraba con en- 
vidia contemplando mis escuálidas canillas de 
chicuelo que crecía precozmente. 

Entre todos, sin embargo, el que me quedó 
más presente en la memoria fué un segundo 
galán — me parece que era lombardo — el mis- 
mo que representó el Visconti aquella terrible 
noche de que hablaba antes. Algunas veces ha- 
cía también papeles simpáticos — constituían sus 



LOS CÓMICOS Y LOS CHIC08 95 



obras de empeño —en los dramas llamados pa- 
trióticos, ó si se quiere iKttt'ioleron. 

Era un tipo curiosísimo, de estatura regu- 
lar, pero fornido como atleta, un poco panzu- 
do, con gran nariz de caballete, corto de cuello, 
tosco; parecía hecho de una pieza y tendría trein- 
ta y cinco años, poco más ó menos. Apenas en- 
tendía lo que recitaba; después lo he compren- 
dido: decía el verso con monotonía desesperan- 
te, y lo mismo representaba el Duque de Alba 
que el tipo de padre cariñoso; pero tenía aquel 
cernícalo un órgano vocal de tal potencia que, en 
las relaciones patrióticas, especialmente cuando 
hablaba de abrir todos los espaciosos antros 
cavernosos^ se venía abajo el teatro con los 
aplausos. 

No, ninguna palabra puede dar idea de 
aquella voz ; no he oído jamás vozarrón seme- 
jante. 

Poseía un órgano de catedral, un cañón, un 
león, el cuerno de Astolfo en el cuerpo; hubie- 
ra sobresalido su monstruosa voz entre el estré- 
pito de los arsenales ó en los grandes talleres de 
máquinas. 

No me acuerdo ya en qué drama, hablando por 
casualidad de los suizos, se revolvía furioso con- 
tra los suizos mercenarios. 

Le recordaré siempre. 
. Decía en voz baja, con naturalidad, termi- 



06 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓTENES 

nando un período — como acostumbran los sui* 
zos; — y después, de repente, estallando como un 
mortero: 

ttjOooooh, los suizos! ¡Caaaar-ne vendi-da! 
¡Oooooh si la sombra de Guillermo Teli pudie- 
ra levantarse de su sepulcro! « 

Parecía que se oía el ruido del trueno en 
un valle de los Alpes, y no se le estremecía na- 
da el corazón á aquel animal. ¡Ca! Su acento no 
revelaba la menor emoción; su cara permanecía 
impasible; echaba fuera toda aquella ira sin des- 
componerse lo más mínimo, como si estuviese 
charlando con un amigo de cosas indiferentes. 
Pero ¿cómo resistir aquella voz? Yo la sentía des- 
pués resonar en mi cuarto ; y toda la noche y 
todo el día siguiente no hacía yo más que hin- 
char el cuello y ahuecar la voz declamando: 

—¡Oooooh, los suizos! ¡Caaaar-ne ven-di- 
da! — con un entusiasmo... del cual se resen 
tía después, desgraciadamente, la traducción 
latina. 



* 
* * 



¡Pobres cómicos! ¡Cuan lejos estábamos en- 
tonces de imaginar las miserias y los dolores que 
se escondían bajo sus mantos de rey y sus co- 



Los CÓMICOS Y LOS CHICOS 7í> 



letos de malln! Nos parecía que debían ser to- 
dos felices, afortunados en sus amores, busca- 
dos y obsequiados por todos en cuantas partes 
se presentaran. No había ninguno de nosotros 
que no soñara entonces con ser artista dramático. 

La familia se opondrá un poco al principio — 
pensábamos; — pero, después, cuando reconoz- 
ca nuestra vocación y pruebe la embriaguez de 
los aplausos, consentirá ¡ya lo creo! 

Entretanto nos ingeniábamos por imitar á los 
actores. 

Copiábamos el peinado del primer actor; 
nos anudábamos la corbata como el galán joven; 
imitábamos la pronunciación, el paso, el modo 
de reír, ya de uno, ya de otro; hubiéramos 
querido poder vestirnos como ellos. Aquel pri- 
mer actor romanólo de que hablaba antes usaba 
un gabán de entretiempo, color de café con le- 
che, que le estaba como pintado, un poco largo 
quizá, pero de una distinción que nos encan- 
taba. 

Me parecía que pasear por el pueblo con aquel 
gabán color de café con leche después de haber 
representado la noche antes El bravo de Vene- 
cía^ como él lo representaba, debía ser el más 
agradable de los triunfos humanos; él, al con- 
trario, modestamente, se paraba después horas 
enteras en los escaparates de las casas de co- 
mida. 



í>8 Arl'ARKI.AS DE NIÑOS Y JÓVENES 



- Nosotrossabíamoscuanto hacían, constituyén- 
donos en espías suyos, curioseándolosy siguién- 
dolos por todas partes. 

Luis XI guisaba en su casa; ¡quién lo hu- 
biera pensado jamás ! 

La primera actriz tocaba la guitarra. 

El actor que ejecutaba tan bien el Carlos Y 
había dicho una noche en el Cafe de la liofou- 
da , en voz alta: ujYale más un cabello de Sha- 
kespeare que toda la peluca de Víctor Alfieri!»» 

El galán joven fumaba tabaco turco. 

Y en aquellos cuarenta días de convivencia 
espiritual teníamos cierto cariño á todos; cuan- 
do silbaban á alguno , experimentábamos un 
dolor sincero; y el día después de su partida, 
estábamos siempre algo melancólicos, como si 
hubieran partido con ellos mil ideas, mil gra- 
tas fantasías, toda la turba viva y animada de 
los personajes históricos y de los héroes imagi- 
narios que habían representado en la escena: y 
nuestro pequeño pueblo volvía á caer en un 
silencio estúpido y enojoso. 



* 
* * 



Y ahora — me pregunto muchas veces, — ¿dón- 
de habrán ido á acabar sus días aquellos come- 



LOS CÓMIf'OS Y LOS CHICOS 99 



tliantes que viven aún tan tenazmente en mi me* 
moria, con sU fisonomía, sus voces y sus trajes? 

Los barbas ; pobres! habrán muerto casi to- 
dos; porque, querámoslo ó no, ha pasado un cuar- 
to de siglo desde aquellos afios; más de un se- 
gundo galán habrá cerrado los ojos en algún 
hospital probablemente; otros habrán corrido 
las más raras aventuras; de los actores jóvenes 

no se ha hecho célebre ninguno que yo 

sepa. 

¿Y aquellas pobres primeras actrices? Las 
veo confusamente seguir su trabajosa peregri- 
nación de pueblo en pueblo, reventarse en tea- 
tros desiertos y casi oscuros, llorar en alcobas 
desmanteladas de fondas de tercer orden, en- 
canecidas, enfermas, cansadas; y siento por 
ellas una gran compasión, como si en aquel 
tiempo las hubiese amado de veras, no como 
un niño, sino como un hombre. Al fin, ellas 
nos han alegrado y nos han conmovido en nues- 
tra primer edad, y son como antiguas amigas 
perdidas para nosotros. ¡Cómo podríamos re- 
cordarlas sin cariño y sin gratitud ! 



* 



Alguna vez , al asistir á una representación 
dramática en teatros de tal cual pueblo, adon- 



100 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

de he ido á pasar veinticuatro horas con un 
amigo, reconozco á alguno de aquellos actores 
antiguos, envejecido, jadeante, interpretando 
papeles secundarios y conociéndosele en el ros- 
tro las huellas de veinticinco años de trabajo, 
ís'o lo reconozco en seguida, naturalmente; pre- 
ciso es que ocurra la oportunidad de hacer al- 
gún gesto ó dar algún grito por el cual recuer- 
de su imagen de otro tiempo; entonces, á la 
tercera ó cuarta escena á lo más, reconozco á 
Kean, al marido de María Juana ó al Conde de 
Montecristo de aquellos tiempos, que me hacía 
volver á casa para estar cuatro noches con el 
corazón henchido de emociones. 

¡Qué placer, algo triste, pero vivo, experi- 
mento siempre en aquellos momentos! ¡Con qué 
profunda atención los escucho ahora! ¡Cuántos 
gratos recuerdos me decía el sonido de aquellas 
voces ! j Y cómo iría á esperarlos á la salida del 
teatro para festejarles, y hablar con ellos de 
íiuesfros buenos tiempos^ si no temiese ser to- 
mado por burlón ó por loco ! No hará más de seis 
meses, por ejemplo (y lo recuerdo porque esto 
me inspiró el escribir el presente articulejo), tu- 
ve uno de estos gratísimos reconocimientos. Pa- 
seando con el profesor D'Ovidio en la plaza de 
Solferino, vi que iba delante, diez pasos más 
allá, un poco á la izquierda, un señor grueso, 
ancho de espaldas, mal vestido, pero con cierto 



LOS CÓMICOS Y LOS NIÑOS 101. 

relativo esmero, con un gran bastón en la ma- 
no; una figura que me evocó gratísima remi- 
niscencia. 

— ¿Es posible — dije entre mí que sea el 
mismo? ¡Aun él tan fuerte y robusto, al cabo 
de tantos años ! 

Aprieto el paso y miro con curiosidad aquella 
cara. 

Era él : él en cuerpo y alma ; Yisconti , el de 
¡voz de cañón rayado, el de carne vendida ^ el 
formidable tirano que me había hecho escapar 
del teatro ahogado en sollozos. Mi primer im- 
pulso hubiera sido detenerle y decirle: — Pero 
¿cómo usted aquí? — ¿Cómo va? — Dónde ha 
estado? 

— ¿Sabes quién es ese? — le dije á D'Ovidio, 
y le conté la historia. 

— Detengámosle, pues — respondió riendo, y 
me arrojó hacia él. 

Pero el acostumbrado temor de pasar por 
loco me detuvo. 

¡Estúpido! N^o me lo perdono. Habría pasado 
quizá una noche agradabilísima; hubiera comido 
con él, habría oído la historia de quién sabe qué 
extrañas vicisitudes, le habría proporcionado un 
placer contándole mis emociones de niño; hu- 
biéramos vaciado varias botellas ; nos hubiéra- 
mos levantado de la mesa gritando los dos á un 
tiempo: 



102 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

— ¡Oooooh, suizos! ¡Caaar-ne ven-di-da!... 

Y por el contrario, no hice masque acompa- 
ñarle con la mirada hasta que volvió la es- 
quina. 

Pero le acompañó con una mirada de sincera 
y profunda simpatía, enviándole mi saludo des- 
de lo más hondo del corazón y saludando cari- 
ñosamente en él á todos mis compañeros, cole- 
gas vivos y muertos, galanes y barbas, buenos 
y malos actores... ¡ídolos de mi infancia, caros 
leeuerdos de mi juventud, fantasmas dulce- 
mente tristes de mi edad madura ! 



^íí^o^ 



^^♦:♦^<#>^<♦♦€^^^i>M♦> 



VII 



EL LIBRERO DE LOS NIÑOS 



í^^ OBRE niái-tii-! — Cada vez que entraba en- 
^^ su tienda me reía mucho, pero salía lle- 
no de admiración y de lástima. 

Tenía su librería, ó mejor, su cuarto de su- 
plicio, en un ángulo de la calle de Giusti, al 
lado de la escuela municipal de Norberto Rosa, 
poco más allá de otro librero de escuelas ele- 
mentales, el cual le disputaba la pequeña pa- 
rroquia escolar con cruel avaricia. 

Era una tienda típica de librero de niños, ó 
sea una mezcla extraña de cosas diversas, mi- 
núsculas, graciosas, inútiles, necesarias, ridi- 
culas, muy semejantes á la cabeza de los com- 
pradores. Tenía delante un escaparate muy 
grande y poco limpio, lleno de gramatiquillas, 
de tratadillos de aritmética , entre las cuales se 



104 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

veían en desorden cajitas abiertas con plumas, 
arenilleros con polvos de varios colores, y, den- 
tro de los agujeros, compases y lápices, pelotas 
y trompos colgados, dentro de redecillas de hi- 
lo , hojas y pistilos para hacer flores de trapo, 
estampas de soldados, de color, pedazos de re- 
galiz, bolas para juegos y libros de misa. En el 
fondo del escaparate, en medio de retratos en 
litografía de León XIII y del rey Humberto, 
se leía un cartel pintado, con esta inscripción: 
— Nuevo juego de la Barca; — y debajo una 
«artera de hoja de lata con este letrero en gran- 
des caracteres : — Cartapacio . encolar iíímortal^ 
privilegiado. Y alrededor calendarios con figu- 
rillas, papel de cartas con franjas y flores, mo- 
delos de dibujos para labores en cañamazo mez- 
clados con algunos libros extraordinarios: — El 
Observador de Gozzi, — Mis Prisiones, — Los 
Novios, — La Vida de Franklin , — amarillen- 
tos, envejecidos allí, en triste abandono sabe 
Dios desde cuánto tiempo. 

Completaban la originalidad de aquel escapa- 
rate, flores contrahechas, destinadas á las criadas 
que acompañaban á los niños á la escuela; una 
serie de tomitos toscos y plebeyos de cubier- 
tas elocuentes, como La verdadera llave del teso- 
ro. La cocinera piamonf esa y El Secretario ga- 
lante., tras de los cuales se leía (y no estaba fue- 
ra de lugar) un aviso fijado en tela: Listas de 



EL LIBRERO DE LOS HIÑOS 105 

revista para militares] y pegado á la vidriera, 
por delante, otro anuncio manuscrito: Se com- 
j)ran y venden sellos de cualquier nación. La 
tienda era pequeña y oscura, y tenía en el fon- 
do, enfrente de la puerta, un largo mostrador 
tras del cual el librero y su mujer resistían los 
asaltos de las turbas escolares, como si estuvie- 
ran detrás de fuerte barricada. El librero tam- 
bién era un tipo análogo á su tienda: un hombre 
como de cincuenta años, pequeño y ligeramen- 
te cargado de espaldas, con cuatro malos pelos 
sobre la frente y debajo de la nariz; mal enca- 
rado, irascible, pero bueno; con voz ronca y 
fuerte, muy gruñón, siempre amenazando, pe- 
ro provisto de una paciencia infinita. 



Nunca olvidaré la primera vez que fui á su ca- 
sa para hacerle ciertas preguntas sobre su co- 
mercio, pocos minutos antes de abrirse la escue- 
la, que era la hora en que afluían más com- 
pradores. 

— Mal negocio, ¿eh? — 

El pobre hombre no tuvo necesidad de res- 
ponderme. Tres chiquillos respondieron por él, 
tres pequeños parroquianos, petulantes, que 



106 



ACUARELAS 1)K NINO» Y JOVKNKS 



apenas llegaban al mostrador, y cantaron loe 
tres á un tiempo, como si hubiesen ensayada 
el terceto en la acera: 



Déme un cua- 
dernillo de papel 
con rayas azules, 
sin mariden ; un 
cuaderno con la 
cubierta de color 
de rosa de la cla- 
se número tres y 
con la fachada de 
la Exposición; y 
una pluma nueva, 
pero que escriba 
bien: mire usted 
que la pruebo. 



Quiero un cua- 
derno de la clase 
número dos con 
la cubierta ama- 
rilla y el retrato 
de la reioa Mar- 
garita; una hoja 
de papel, para di- 
bujar, más limpio 
que el del otro 
día; y un lápiz pa- 
ra dibujo, de diez 
céntimos, pero 
bueno, y sáqueme 
usted la punta. 



Para mí un pe- 
dazo de goma do 
cincuenta cénti- 
mos, pero que no 
se rom pa Qn segui - 
da como la de la 
semana pasada, 
que mi padre dijo: 
u Parece imposi- 
ble , son unos tu- 
nantes; « unafalsi- 
11a blanca de cinco 
céntimos; y tam- 
bién una hoja 
grande de cazado- 
res á paso ligero .^ 



El librero se cruzó de brazos y exclamó: 

— Indicad otra vez uno á uno vuestras im- 
pertinencias respectivas. 

Volvieron á decir los tres á un tiempo lo 
mismo. Entonces, según su costumbre, dejó es- 
capar un silbido prolongado, que equivalía á: 
— ¡Señor, ayudadme! — última expresión de sU' 
paciencia. 

Le había pasado ya lo mismo veintisiete veces- 
aquella mañana. . Después llamó en su auxilio 
á su mujer, la cual agarró por el cuello de la 
chaqueta á dos de los muchachos para que el 
tercero pudiera decir solo lo que quería; y así 
que hubo servido á los tres gruñendo, el pobre 



EL 1,IBKER0. DE LOS NIÑOS 107 



hombre se volvió hax^ia mí y empezó de nuevo 
sus lamentaciones . 

Lo gracioso era que hablaba de los chicos 
con el mismo lenguaje con que se habla de 
los hombres. 

ttSon gentes llenas de pretensiones y sin es- 
crúpulos; serán acaso muchachos en su casa, 
pero en el comercio demuestran todos tener 
cuarenta añosn... Es un oficio pésimo el suyo; 
ganarse cinco céntimos en cien cuadernos, lu- 
char con la competencia de un vecino que 
les había quitado la mitad de la parroquia, 
dando por cinco céntimos un cuaderno, una 
pluma y un pedazo de papel secante ; lo que le 
obligaba á él á dar, además del cuaderno de pa- 
pel secante y la pluma, una figura de calco- 
manía... 

n Tener que luchar con una clientela ignoran- 
te é incivil, pero provista de una experiencia- 
ya increíble en lo que al comercio de objetos 
de escritorio se refiere; y de una tunantería 
matriculada hace años en materia de cuartos; 
y, después, con una casta de padres que no se 
hacían presentes mas que para defender las pe- 
queñas y groseras tunantadas de los chicos... 

nEra una mala vida de la que yo no podía 
formarme idea, un comercio de perros. — ¡Por- 
que son perros! — Era su exclamación favo- 
rita. 



108 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

— Palabra de honor — decía. — Preferiría ser 
librero de un presidio. Ahí viene uno. " 

Entraba en aquel momento un niño, á quien 
ól conocía de nombre y de hechos, y principió 
la siguiente escena. 

El muchacho, cabeza de Medusa, con gorra 
encarnada, se acercó al mostrador, al que ape- 
nas llegaba con las narices, y dijo con voz de 
cabo de escuadra de mal humor : 

— Un cuaderno de cinco céntimos papel nú- 
mero dos. 

El librero: — ¿Estás seguro que es número 
dos? 

— lie dicho número dos. 

— Ahí está el cuaderno. 

— Déme también la pluma y la calcomanía. 

— Ahí están la pluma y la calcomanía. 

— Quiero además una hoja grande de papel 
secante. 
■ — Una grande no puede ser, media. 

— Entonces cojo otra vez mis cinco céntimos. 

El librero se impacientó, pero me dijo al 
paño : . . 

— ¿Qué he de hacer?Tengo que dársela, si no, 
va contándolo á la escuela, y me quita media 
docena de parroquianos. 
• Y le dio la hoja grande. 

— Ahora — replicó el muchacho — déme usted 
cuatro obleas verdes. 



EL LIBRERO DE LOS NIKOS l(>i> 



— ¡Un testarazo en el cuello voy á darte! 
¡Holgazán, necio! ¿tú quieres arruinarme con 
tus cinco céntimos? — gritó el librero. — ¡Yete 
pronto fuera, ó te echo á la calle pegándote al- 
go que no se te caiga! 

— ¿Ha visto usted — me dijo cuando el mu- 
chacho se había ido— qué ladrones? ¡Y esto no 
es nada! algunos llegan á amenazarme : el otro 
día vino uno, al cual, por no haberle dado ade- 
más de un cuaderno, como el otro librero, una 
cajita de plumas, me dijo: 

— En la escuela mando en tres bancos; nin- 
(/iino de los tres bancos vuelve j^or aquí, ¿lo sa- 
be usted? 

Había otros que, por la maldita ambición de 
hacer creer que escribían muy adelantados, 
compraban un cuaderno de rayas muy juntas 
para ellos, y, advertidos después por el maes- 
tro de que aquello no les servía , le llevaban el 
cuaderno ya emborronado con la pretensión de 
que se lo cambiase, y si no se lo cambiaba, em- 
pezaban á chillar y á llorar, haciendo que se re- 
uniera la gente delante de la puerta. Había bri- 
bones que gastaban los cinco céntimos que le 
daba su padre en caramelos y en chucherías, é 
iban á él diciéndole: 

— Haga el favor de darme un cuaderno ; he 
olvidado los cinco céntimos , y hoy tengo exar 
men; mañana pagaré. 



.110 ACUARELAS DE NIÑO» Y JÓVENES 



Y recogido el cuaderno, no volvían á parecer 
por la tienda. , 

— Y todavía hay más, señor. Se aprovechan 
de la afluencia del día de examen, se ponen 
seis ó siete de acuerdo para venir aquí á armar 
barullo, y se llevan las cosas sin pagarlas, dis- 
putándoselas luego. Créalo usted, me dan muy 
malos ratos... ¡Maldito sea el ácido fénico! — y 
diciendo esto se tapaba la nariz porque había 
entrado una muchachita, muy bien vestida, á 
la cual sus padres habían fumigado para pre- 
servarla del cólera. — ¡Luego me apestan la tien- 
da"! — exclamó cuando pudo respirar. — Tenga, 
venga otra vez si quiere presenciar buenas co- 
sas; ¡son perros! 



* 
* * 



Volví algunos días después y le encontré con 
aspecto tal que parecía había plantado en sus 
carnes todas las plumas que distribuyera por 
la mañana. 

Había tenido una entrevista con el padre de 
cierto muchacho que le debía veinte céntimos 
por cuatro cuadernos. El padre había entrado 
en la tienda con cara amenazadora. 

— ¡Dice usted que mi hijo no le ha pagado! 



EU LIBKEBO DE LOS. ^I^OS 111 



Pues yo siempre le he dado los cinco céntimos. 
— Pues yo nunca los he recibido. 

— ¡Pues mi hijo no miente! 

— ¡Mida usted sus palabras! — Estaba fuera 
sí, contándome esta escena, cuando un mucha- 
cho, desde la puerta, preguntó con voz ronca: 

— ¿Quiere comprar un sello de Bolivia':' 
— ¡Revienta! — respondió, y continuó^ — Son 
perros y los padres no lo son menos. Créalo usted, 
€8 menester verlo. Tienen aquí los alumnos de 
primera enseñanza elemental á comprar el li- 
bro de lectura con grabados y se lo llevan á la 
«scucia. ¿Usted sabe cómo manejan los chiqui- 
llos las cosas? Por la manía de ver pronto el 
elefante y el león, agarran las páginas con to- 
dos sus cinco dedos y las ponen hechas una lás- 
tima; puede usted figurarse cómo quedarán. 
Pues bien; al día siguiente se plantan aquí sus 
padres para decirme: 

— ¡Qué porquería de libro ha dado usted al 
niño! — ¡Tea usted, caballero, eche una ojeada 
y mire qué libros me traen para encuadernar! 

Y me presentó un libro de lectura que me 
hizo prorrumpir en estrepitosa carcajada. 

Nunca, nunca he visto un pobre libro trata- 
do de aquel modo, ni creía que las uñas in- 
fantiles pudieran llegar á tanto; parecía que 
durante siete días había estado en una carbo- 
nería, en poder de numerosa familia de gatos. 



112 ACUARELAS DE MKOS Y JÓVElíES 

-*-¡Y pretenden que se lo devuelva como 
nuevo! — añadió el librero con su silbido acos- 
tumbrado; — ¿comprende? — Y son capaces^ 
cuando vuelvan á tomarlo, de sostenerme en mis 
barbas que lo he ensuciado yo; yo, ¡picaro mun- 
do! ¿Es este un oficio de cristiano? 
i Entretanto los parroquianos se suceden des- 
pachándolos la mujer. Chiquillas del pueblo con 
peinados y voces de macho, jovencitas vesti- 
das con elegancia, pequeños estudiantes con la 
cara mancjiada de tinta, grandullones de cuar- 
to curso, señoritas de diez y seis años vestidas 
á la moda, que dirigen alrededor miraditas sua- 
ves y desdeñosas, y compran un cuadernillo de 
papel de cartas, un poco de yeso, una pistola 
de cinco céntimos ó una tabla de multiplicar. 

Una niña de tercer año hizo que le cambia- 
ran dos veces la calcomanía , porque las figu- 
ras no eran interesantes. 

Un parroquiano, con un pañuelo á la cabe- 
za contó sobre el mostrador cuatro miserables 
céntimos, y echó un rato en buscar la quinta 
monedita perdida en el fondo de su bolsillo en- 
tre un puñado de cascaras de castañas. Uno muy 
pequeño, que llevaba la mano levantada con sus 
cinco céntimos, no se acordaba ya de lo que iba 
á comprar, y el librero se vio obligado á nombrar- 
le pacientemente diez ó doce cosas, hasta que al 
fin dio con lo que quería y pudo mandarlo con 



EL LIBRERO DE LOS NIÑOS 113 

Dios. Otro, que tenía aspecto deque no querrían 
verlo en su casa ni pintado, puso cinco céntimos 
en el mostrador, y después, creyendo haber he- 
cho ya su negocio, se fué y volvió á poco ame- 
nazando, como si le hubieran robado una gran 
cantidad, preguntando: 

— ¿Y mis cinco céntimos, señor librero? 

Había también otros que tenían deudas an- 
tiguas y poniendo las monedas sobre el mostra- 
dor decían : 

— Ahí tiene usted veinte céntimos : no me 
acuerdo bien si con esto he pagado todo. 

Y se quedaban un rato allí, como si espera- 
sen el recibo. El librero bufaba, echaba fuera 
el silbido de costumbre, y respondía siempre 
con los puños apretados delante de la boca, 
como para decir: — ¡Ah! ¡si pudiera servirme de 
ellos! ¡Pobre diablo, y era incapaz de dar á na- 
die un capirotazo en la nariz! 

Cierta vez encendió un fósforo para ver bien 
una media peseta que le había dado un parro- 
quiano de dudosa fama, y me dijo: 

— ¡Hago esto porque me han dado por dos 
reales botones de estaño labrados. — Pero la- 
brados con habilidad! ¡Qué perros! 

— Y tú ¿qué quieres? — preguntó á un niño 
pequeño que llevaba en el sombrero una gran 
pluma de gallo. 

— Déme — respondió — un cuaderno ver- 



114r ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

de con la estampa de la Tocadora de arpa. 
El librero puso sobre el mostrador el cuader- 
no verde con la tocadora de arpa. El mucha- 
cho la arrojó diciendo: 
— i^o he dicho eso. 

— ¿Cómo que no has dicho esto? — preguntó 
el librero cruzándose de brazos. 

— No, señor — contestó el muchacho con ad- 
mirable desenvoltura; — he pedido un cuader- 
no azul turquí , con el monumento á Víctor 
Manuel. 

El librero dejó caer los brazos y me miró. 
Después, servido el muchacho, 

— ¿Ha visto usted? — exclamó.— ¿Se ha visto 
nunca un modo más impertinente de quemar la 
sangre? Luego lanzó el silbido ó resoplido de 
costumbre , y añadió : — Habrá oficios malos en 
el mundo, pero como éste, ninguno. 

Y después de haber negado una cosa imposi- 
ble á otro bribonzuelo, el cual, por venganza, al 
irse le sacó un palmo de lengua, el pobre hom- 
bre se dejó caer en una silla, atusándose con 
sus manos los cuatro pelos que le quedaban y 
dando un suspiro de angustia. Había concluí- 
do la venta de la mañana. 

¡Pobre alma atribulada! Yolví muchas veces 
en el transcurso del año y tuve ocasión de cono- 
cer' cuántos eran los tormentos de su profesión 
miserable; en invierno tenía la calamidad de 



EL LIBRERO DE LOS NIÑOS 115 

la nieve: se la llevaban adherida á los zapatos, 
sacudían delante del mostrador Jas capas, los 
sombreros; le ponían, eu fin, la tienda hecha una 
pocilga; en verano, volviendo délas excursiones 
al campo y vaciándose los bolsillos para hacer 
sitio alas cosas que compraban, le cubrían el 
suelo de tierra, de arena y de hierbas, entre 
todo lo cual se deslizaban grillos vivos y ani- 
jnalejos á medio morir , que hacían gritar de 
miedo á su mujer. 

Por Navidad tenía el martirio del papel con 
orla para las cartas de felicitación, del cual 
nunca quedaban contentos; y cada parroquia- 
no estaba pensando media hora, antes de esco- 
ger. Muchos hasta tenían la desfachatez de de- 
volver el papel, después de dos días, diciendo 
que en casa lo hablan encontrado feo, y ya 
llevaban escrita media cara. Para Año Xuevo, 
después, el azote de otros aguinaldos, esa cos- 
tumbre bárbara , que Dios quiera se quite, de 
regalar una pluma, una estampa, aunque no 
sea mas que regaliz, á todos los holgazanes que 
se decían parroquianos, de los que iba un di- 
luvio de todos los barrios de Turín. 

Se presentaban de cada vez media docena, de 
<;aras que no había visto nunca, con pretensio- 
nes* exorbitantes y le decían : 

— ¡Qué no me ha visto usted nunca! Y otros: 
— gibemos venido siempre! — Y él: — ¡Sois un 



116 ACUARELAS DE KIXOS Y JÓVEXES 

atajo de embusteros! — Y ellos: — ¡Mire cómo 
habla! — Y entonces, hacía una salida impetuosa 
y los echaba fuera con una regla en la mano, 
y desde la calle se burlaban de él, le llamabaa 
papamoscas, ensucia-cartas, á lo que el infeliz r 
lleno de rabia, exclamaba: 

— ¡Ladrones! ¡Perros! ¡ Que llamo á los guar- 
dias! 

Hasta que, cansado, volvía á su sitio y se de- 
jaba caer en la silla diciendo: 

— ¡Hay que pegar fuego á la tienda! ¡Es im- 
posible seguir adelante! ¡Me están demoliendo f 
¡Estoy aniquilado! 

Algunas veces me atrevía á contradecirle un 
poco hablándole de crecientes esperanzas y tra- 
taba con buenas razones de inculcarle la resig- 
nación. 

— Usted se equivoca al expresarse de ese 
modo contra los niños, porque oiga usted una 
de estas tres cosas: ó son mejores que éramos 
nosotros á su edad, y esto debe alegrarnos; ó 
son lo mismo, y entonces no tenemos el derecho 
de quejarnos ; ó son peores, y la culpa no es 
de ellos, es nuestra; porque al fin nuestra es 
la sangre que coi-re por sus venas, y lo que ha- 
srein será el fruto de nuestra educación. Esto no 
tiene vuelta de hoja. 

yero á estas observaciones no respondía. Co- 
mo si le hubiere hablado en griego , alzaba los 



EL LIBRERO DE LOS KIÑOS 117 

ojos al cielo y decía: — ¡Perros! — y seguía ade- 
lante. 

Pero lo más gracioso era la fraseología que 
€mpleaba hablando de los chicos. 

Según él, nuestro Código penal tenía un gran 
vacío; hablaba mucho, principalmente, déla 
dificultad, del mérito que había en conservar- 
se honrado, teniendo que luchar con aquella 
gentecilla; había niños que venían á proponerle 
toda clase de picardías; libros robado^ en casa, 
que costaban bcho y diez pesetas cadauno, 
querían venderlos por dos reales, y conocía co- 
legas que se aprovecliaban de esto. Pero él te- 
nía las manos limpias. 

— Trato con bribones — decía, — pero soy una 
persona decente , y ninguno de estos tunantes 
conseguirá nunca que vaya con él á los tribu- 
nales. 

La semana anterior, por ejemplo, se le había 
presentado una niña á comprarle por diez pe- 
setas cojas de sorjjresa ; cuarenta reales robados 
ámamá, de seguro y la había despedido con un 
bufido, capaz de quitarle el apetito á la mucha- 
cha durante una semana. Daba risa, sobre todo, 
oirle hablar de los tipos que se le presentaban, 
de los embrollones que le hacían perder la ca- 
beza, ofreciéndole todo género de contratos y 
permutas, de pequeños préstamos, de ventas á 
plazos, de negocios complicados, ideados con 



118 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

una sutileza de viejos comerciantes, que le deja- 
ban lleno de estupor y avergonzado de su pro- 
pia sencillez. 

Conocía ciertos pequeños estafadores, que 
eran una perpetua amenaza para su negocio, y 
hablaba de ello con una mezcla de admiración 
y de terror, como hablaría un banquero de po- 
derosos rivales, con los cuales tuviese que lu- 
char, y de los que tuviera que temerse algo. 

— ¿Ye jisted aquel de los pantalones verdes? 
— me dijo una mañana señalándome un peque- 
ño alumno de tercer año que jugaba al trompo 
en medio de la calle. — Aquel que está allí — 
añadió bajando la voz — es más picaro que yo^ 
que usted, y que todos los libreros de Turín 
juntos. Aquel se me comía la tienda en un mes 
si no estuviera en guardia. 

Y concluyó con un suspiro y con su estribillo 
acostumbrado: 

— ¡ Perros ! ¡ Cuando yo lo digo ! . . . 

Había también, sin embargo, días fastos, ra- 
rísimos, en los cuales, después de haber di- 
rigido su acostumbrada invectiva contra aque- 
lla casta, admitía alguna excepción; eran días 
en los que le habían dado un poco de res- 
piro. 

— Cierto — decía á modo de concesión, — que 
hay también buenos chicos entre aquella gen- 
te, muchachos de conciencia incapaces de... 



EL LIBRERO DB LOS NIÑOS 119 

Hay algunos que tienen buen corazón , niños 
que vacían su bolsillo aquí en .el mostrador y 
compran libros y papel para los compañeros po- 
bres. La semana pasada, un chiquillo de siete 
años, que estaba comprando un modelo de pa- 
pel de una basílica, viendo entrar á un pobre, 
le echó una peseta en el sombrero y se quedó 
con las manos vacías. Hace tres años, por ejem- 
plo, el día de San Gaudencio, tres muchachos 
de segundo año me trajeron un ramillete, ^o 
son todos malos... ninguno merece estar en 
presidio. 

Esta era la más cariñosa expresión de su in- 
dulgencia. 

Pero al día siguiente llegaba yo á la tien- 
da , cuando acababa de ser objeto de una 
demostración hostil que le habían hecho desde 
la puerta, después de haberle dejado en el mos- 
trador, á guisa de tarjetas, cascaras de manza- 
nas y nísperos á medio mascar, y entonces ne- 
gaba hasta las honrosas excepciones ; la gene- 
ración nueva era una marea creciente de mal- 
dad; Italia estaba perdida; para el verano habría 
ya cerrado la tienda, estaba muy mal de salud, 
le quedaban contados días de vida, y dejaba oir 
un resoplido hondísimo, en el cual parecía exha- 
lar el alma entera. 

La última escena á que asistí en su tienda 
no se pagaba con todo el oro del mundo. 



120 ACUARELAS DE KlÑOS Y JÓVENES 

Entró un chiquillo de cuarto año, mal enca- 
rado, á quien miró con recelo. 

— Este viene á hacer alguna barbaridad^ — me 
dijo. 

Le conocía mucho; había tenido con él una 
cuestión el día anterior por una esponjita de 
pizarra. 

El muchacho se acercó, dejó cinco céntimos 
en el mostrador y dijo en voz alta: 

— Déme una vida de animal. 

El librero le miró un momento de reojo, pen- 
sando si tras de aquella petición se escondería 
alguna injuria. Pero el muchacho permaneció 
impasible. 

Por otra parte, aquella era la expresión de 
que se valían todos para pedir una hoja ilumi- 
nada en la que estaban representados animales 
comunes. 

El librero fué á buscar la estampa en los es- 
tantes, mirando siempre con recelo; después 
puso la hoja en el mostrador. 

— ¿Está el burro? — preguntó el muchacho. 

El librero temblaba; pero calló con dignidad. 

El muchacho tomó su hoja y se fué. 

Entonces el buen hombre comenzó á exami- 
nar atentamente los cinco céntimos, teniéndo- 
los entre la punta de los dedos, y diciéndome: 

— Los miro, porque aveces, en venganza, 
me los traen llenos de porquería. 



EL LIBRERO DE LOS NIÑOS 121 

Después salió del mostrador, miró por el sue- 
lo todo alrededor y me dijo: 

— Miro... porque, á veces, aparecen por aquf 
pequeños petardos que producen con su explo- 
sión un ruido infernal , y una vez por poco ha- 
cen abortar á mi mujer. 

Después miró bien delante del mostrador, 
diciéndome que algunos, mientras él se volvía 
á buscar en los estantes lo que pedían, dejaban 
pegada al mostrador una cabeza de burro en 
papel recortado, y luego venían en tropel con sus 
compañeros para hacer burla desde la puerta. 

Examinado el mostrador, salió fuera y vol- 
vió un momento después más tranquilo, dicién- 
dome : 

— ^0 ha escupido en el escaparate. 

Pero le entró una nueva sospecha y volvió á 
salir, diciendo al entrar: 

— He echado una ojeada á la acera, porque á 
veces escriben con carbón: Librero ladrón, y 
esto desacredita el establecimiento. ¿lia com- 
prendido — dijo por último — quédase de vida 
tengo que llevar? ¡Se está mejor en un bosque 
lleno de ladrones que entre esta canalla! 

Y empezó á cuestionar con otro muchacho, á 
quien decía, enseñándole los puños, si lo iba 
á volver tísico; un muchacho, de tres palmos de 
alto, el cual, habiendo comprado dos lápices y 
veinte céntimos de calcomanías , pretendía, no 



122 ACUARELAS DE NlSOS Y JÓVENES / 

8ÓI0 que le sacase punta á los dos lápices por 
ambos lados, sino que le fuese pegando con sa- 
liva sobre una hoja de cartón, una por una, to- 
das las veinticuatro figuritas. 

•Después de aquel día estuve mucho tiempo 
sin verlo. Supe que había recibido un golpe en 
el corazón , de un vendedor de periódkos que 
había establecido un puesto enfrente de él, un 
bribonzuelo que vendía también libros para es- 
cuelas y objetos de escritorio á un precio tal y 
con tales agregados, que no podía ser más que 
robándolos ó adquiriéndolos mal; una verdade- 
ra plaga para él , que le reducía á la nada en 
seis meses. 

En el curso del año no volví á verlo, hasta 
una vez, á fin de Junio, que estaba inmóvil en 
medio de la calle, delante de la escuela, pocos 
momentos antes de la salida de las clases, ca- 
viloso y pensativo, con la mirada fija en aque- 
llas funestas paredes que encerraban tantos tris- 
tes recuerdos, tantos engañadores suyos, tanto» 
atormentadores de su vida. Y después de ha- 
berlo contemplado un rato, me acerqué á él 
precisamente en el momento en que salían los 
muchachos de la escuela. 

La calle se llenó de ellos; era un torrente de 
vida; un gran chillerío se extendía por todas 
partes, pareciendo las notas alegres de una in- 
mensa bandada de pájaros. 



EL LIBRERO DE LOS NIÑOS 123 

Después de haberlo saludado me volví á con- 
templar aquel espectáculo, siempre nuevo y 
agradable, que hace despertar tantas confusa^ 
esperanzas en el ánimo, y al que me parecía 
también que él mismo, el pobre mártir, no era 
del todo indiferente; me pareció que bajo su 
adusto ceño de costumbre, en el fondo de su al- 
ma, tenía aún como un resto de simpatía y do 
admiración , y hasta un rastro de perdón. Y 
le dije , enseñándole aquel gratísimo espectá- 
culo: ^ 

— ¿Xo es verdad que eso es muy hermoso? 

Pero en vez de arrancarle mi pregunta la 
expresión de sus nuevos sentimientos, le hi- 
zo volver de pronto á sus añejas preocupa- 
ciones. 

— Sí, sí, está bien — replicó con su voz bron- 
ca, aunque un poco más suave que de costum- 
bre; — para verlos, sí... Pero — con una explo- 
sión de cólera, — ¡es menester sufrirlos en los 
negocios, en el comercio ! ¡ Allí querría verle á 
usted, señor mío! 

Y volviendo su honrada espalda, entró en su 
cuarto de tormentos ; en el cual me presenté á 
saludarle la última vez, hace dos meses, al vol- 
ver á abrirse las escuelas, porque pasando por 
allí, por casualidad , y viendo en el escaparate 
en medio de trompos y cartillas un libro amari- 
llo, que me tocaba muy de cerca, en el ^cora- 



124 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

zónrt (1); no pude dejar de entrar para darle las 
gracias. 

— Veo que también lo tiene nsted... — le dije 
asomándome. 

— ¿Qué quiere usted? — me respondió levan- 
tándose desde detrás del mostrador; — ese bry- 
to pev'todií^ta (el vendedor de periódicos) de en- 
f I-ente lo ha puesto en seguida á la vista, y tam- 
bién he tenido yo que tomarlo. 

Después me mostró con una sonrisa muy sig- 
nificativa que lo había leído. 

Yo esperaba con gran curiosidad su juicio. 

— ¿Y bien? — le pregunté. 

Sacudió la cabeza de un modo poco satisfac- 
torio. 

Después me expresó su juicio literario y pe- 
dagógico lentamente, con estas sencillas pala- 
bras : 

— Pues bien... créame: ¡es una raza de pe- 
rros ! 



(1) Alude Amicis á su hermosísimo libro titulado 
Cuore, j que el traductor de estas líneas también ha 
vertido al castellano, con el título de Corazón (DiAiio 
de un niño). 



'eSsA^S^ 



aì5x^^^^^5,^j,4^,^^,^^5p 



vili 

LA ESCUELA DE CABALLERÍA 



ELLA señorita que, á lo que parece, con- 
cluirá por ceñir su vida para siempre al 
cinturón de un oficial de caballería, y que estará 
punzada á su tiempo, como tantas otras, por el 
finísimo aguijón de los celos retrospectivos ¡oh! 
— no se olvide, — cuando quiera apreciar las con- 
fesiones de su marido, de tomarle cuenta de 
sus amores, ó de su amor de Pinerolo, porque 
uno al menos debe haber existido; eso, tan cier- 
to como el sol... Si él lo niega, que ella insista, 
y lo ataque resuelta como si tratase de sus mis- 
mos hechos, Pero no tendrá necesidad de re- 
cordar mis consejos malignos, porque será con- 
ducida á la sospecha por otras voces y por 
otros caminos. Y ya se me figura verla y oiría, 
con la cara encendida, rebuscar su inquisitiva 



126 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 



conyugal con aquella exageración amenísima 
que hace tan querida, aun páralos que son víc- 
timas, la elocuencia de una niña enojada. 
— ¡Quién lo niega! Pero todos habéis estado 
enamorados aquel año, es de regla, un artículo 
sobreentendido del reglamento. ¿No? No habrá 
sido en Pinerolo, hxbrá sido en Turín; pero Pi- 
nerolo era la base de operaciones de todos mo- 
dos. Conque... es verdad. Un amor doble, qui- 
zás... ó sin quizás. Uno de suspiros , y uno... 
ú otros... de otra naturaleza. 

Es necesario que por aquellas quince millas de 
"vía férrea se vean pasar sombreros y plumas de 
todos colores: una verdadera exposición ornito- 
lógica ambulante y constante con billete de 
ida y vuelta. Y la llaman uescuela de perfeccio- 
namiento». ¡Oh, el pasado de la caballería! ¡Y 
pensar que tantas muchachas del mediodía de 
Italia soñarán con el amigo ó con el primo le- 
jano, con el alivio de que está lejos, sí, pero 
fuera de toda tentación y de todo peligro, en 
aquella ciudad severa, casi perdida entre mon- 
tañas, con nieve eterna á dos pasos, y seis me- 
ses de invierno polar! ¡Pobres grullas! ¡Eh, ca- 
lla!... Es inútil... ¡Te odio!... 



* * 



¡Quién sabe cuántos bellos labios habrán d¡^ 



LÀ ESCUELA DE . CABALLERÍA 127 

cho algo semejante desde 1849 acá! Ya que 
desde esta fecha está la escuela de caballería 
€n Pinerolo, á partir del ano en que fué disuel- 
ta la escuela de equitación de la Yeterinaria 
real, ya de antigua memoria. Esta había sido 
abierta en el 1823, vigilada siempre por el enl- 
odado directo de los soberanos, no pudiéndose 
decir que diese malos resultados, gracias en 
parte al famoso Vagner, que fué jefe de caba- 
llerizas muchos años, fundando un método ex- 
celente de enseñanza, y no sabiendo del italiano 
mas que dos palabras : no y bestia, que le bas- 
taban; aquel Yagner que, partiendo de allí 
capitán , marchó después á ofrecer su látigo á 
Pío IX, el cual le dio el mando de un regi- 
miento de dragones, del que salió general. 

El objeto de aquella escuela era el mismo de 
la de ahora; pero los usos, conforme á los tiem- 
pos: que es como decir, muy diversos. Los ofi- 
ciales iban á los besamanos con calzón blanco; 
el profesor de lengua francesa é italiana tenía 
treinta pesetas de gratificación cada dos meses, 
y los caballos inválidos se daban á los frailes, 
haciendo una regular saca á Su Majestad. Pero 
no todos los usos eran diferentes, porque hasta 
entonces su majestad quería impedir las dema- 
siadas y frecuentes escapatorias de los oficiales á 
Turín, donde parece que desmontaban en ]a 
plaza Manuel Filiberto y en la fonda de la 



128 ACUARELAS. DE NIÑOS Y JÓVENES 

liosa blanca , que fué célebre ; y las brillantes 
escapatorias no eran muy raras, aunque fuese 
escaso el número de alumnos. 

De esta pequeña escuela piamontesa, que du- 
ro un cuarto de siglo, nace más grande, enri- 
quecida por otros estudios, é italiana, la escuela 
de Pinerolo, á través de la cual, mucho más 
ampliada, transformada y corregida, pasaron 
todos los oficiales de caballería del nuevo ejér- 
cito, desde el más viejo general al más joven 
subteniente ; todos aquellos procedentes del 
ejército meridional, ó del austriaco , ó del de 
la Emilia. 

Nueve jefes , de los cuales se han recogido 
sus retratos, como aquellos de los dux de Venen- 
cia, en una sala del club — cuyas caras ame- 
nazan arresto y prisión , — se sucedieron hasta 
ahora en la dirección de esta gran fábrica de 
oficiales, que hace treinta y siete años trabaja 
sin descanso. 

Y tuvo años de producción copiosa y afanosa, 
en los cuales la caballería ligera, los lanceros, los 
húsares, salían rápidamente de entre sus rue- 
das^ enseñados apenas, pero encendidos de en- 
tusiasmo, arrojando su grito de guerra en todos 
los dialectos de Italia; y tuvo sus años apacibles, 
como éstos, en .que trabajó lentamente y en si- 
lencio, fortificando y puliendo con cuidado su 
obra, para dar al ejército jinetes perfectos, uele- 



LA ESCUELA DE CABALI,ERÍA 129 

gantemente firmes y descuidadamente valien- 
tes". 

Treinta y siete años han transcurrido; un 
ejército de oficiales ha pasado ; mil vidas aven- 
tureras y extrañas, espléndidas y tristes, hicie- 
ron vacilar aquí los presagios y atormentaron 
las primeras pasiones. 

Cuando desde la colina de San Mauricio se fija 
la mirada hacia abajo , sobre los techos de aquel 
gran edificio siempre resonante por los relinchos 
y toques de clarín, la fantasía ve confusamen- 
te oficiales de caballería lanzados á la carrera 
por vastas llanuras verdes, matizadas de blanco 
por la enseña austriaca; y salas de baile dora, 
das, donde otros oficiales triunfan en medio de 
una flora volante de mujeres bellas; y bosques 
iluminados por la luna, humeantes todavía por 
una refriega solitaria de exploradores donde los 
mutilados caballos se revuelven en la agonía, y 
después sables cruzados y caras encendidas de 
combatientes, en jardines, cuyos rostros ilumi- 
na la aurora que despunta; y otras caras debili- 
tadas y pálidas, alrededor de las mesns de jue- 
go; y detrás de todos éstos , más lejanos y más 
confusos, otros caballeros, otros bailes, otros 
duelos, otras salas de juego , otros caballos que 
agonizan en medio de bosques solitarios , sobre 
cuyo panorama la luna resplandece. 

Pero también la luna de Pinerolo tiene que 



130 ACUARELAS DE XIXOS Y JÓVENES 

haber visto una parte de escenas no trágicas, si- 
no de plácidas y atrevidas locuras, en el tiempo* 
en que la juventud militar era más calavera y 
más alegre. Sería ameno el ir á preguntar á 
un viejo severo general: — ¿Se acuerda usted 
todavía de cuando bajaba á caballo por Santa 
Brígida, de noche, vestido á lo Hernani, arries- 
gando la vida en una carrera desesperada y 
despertando la ciudad á pistoletazos? O á otro 
general encanecido y venerable: — ¿Sentiría to- 
davía volver á aquellos tiempos, general, cuando 
trepaba al árbol de una plaza, en noche de llu- 
via, para ver á través de las vidrieras sobre 
qué lado dormía cierta señorita? O á un viejo co- 
ronel, lleno de gravedad y dolores: — ¿No le pa- 
rece que le haría bien, coronel, zabullirse des- 
nudo en el Chisone en una bella noche de Ene- 
ro, como hacia en aquellos buenos tiempos an- 
tiguos? 

Muchos de aquellos oficiales jovencillos, que 
Pioerolo vio brillar por sus calles , acumularon 
años y galones; otros^ todavía en la flor de la 
edad, los arrebató del ejército una herida glo- 
riosa; varios murieron heroicamente, acuchilla- 
dos por la caballería austriaca, en Montebello, 
en San Martino, en Custoza, apenas salidos de 
la Escuela. Arrojar el alma más allá del obstá- 
culo, prescribe el jinete alemán y arrojarse en 
seguida á cogerla; esos la echaron entre los ene- 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 131 

migos y no la recuperaron más. Y sentimos 
palpitar el corazón volviendo á encontrar en los 
registros de la Escuela sus nombres, con la re- 
lación de los castigos sufridos por sus escapato, 
rias juveniles, nacidas de una necesidad imperio- 
sa por devorar la vida, como si la presintiesen 
breve. 

Y volvemos á encontrar en aquellos nombres 
los nombres de toda la nobleza de Italia , los 
cuales despiertan en el alma un eco de aquella 
divina música de 1859, á cuyo sonido corrían á 
alistarse los duques, los marqueses, los con- 
des, moviéndose alegremente sobre sus caballos, 
impacientes por matizar con sangre sus escudos. 



* 



La escuela de entonces formaba al oficial ; la 
de hoy no liace más que completarlo, pero es 
más fatigosa y más austera que la antigua. Li- 
curgo encontraría poco que decir sobre el hora, 
rio. 

Los oficiales oprimen los arzones apenas lle- 
gados, pudiéndose decir que quedan en la silla 
por nueve meses; no echan pie á tierra más que 
para ir á los aparatos de gimnasia, pasar de la 
gimnasia á la sala de armas, escapar de la sala 



132 ACUARELAS DE >'I.>08 Y JÓVENES 

de armas á la escuela de tiro y de hipología^ 
correr del ejercicio al campo de los obstáculos^ 
del campo de los obstáculos á la escuela de cam- 
paña, del campamento al cuartel ; continuamen- 
te apremiados, destrozados, agitados, despiertos 
antes del alba, encerrados antes de la noche, te- 
nidos en la mesa todos juntos, vigilados de 
cerca, nunca de lejos, por el ojo paternalmente 
terrible de un coronel, que los conoce uno á uno- 
como á hijos, y que los gobierna con el regla- 
mento en una mano y el reloj en la otra. Lle- 
gados de la Escuela de Modena, donde prevalece 
la pluma al fusil y la banca al caballo, reciben 
aquí una sacudida violenta, casi brutal, que los 
contrae á todos de repente ; pero que reconocen 
bien pronto necesaria y benéfica, en la fuerza 
duplicada de los músculos y en una nueva y 
como impetuosa conciencia de la salud. 

En aquellos pocos meses se sigue en casi to- 
dos una trans í'ormación física, como por efecto 
de una segunda y rápida adolescencia. Tienen 
muchachos, parten hombres; entran estudian- 
tes, salen soldados. Eso se propone la escuela, 
y pOr esto, como ruda educadora, los fatiga y 
los esfuerza, casi mirando á domar la carne y 
á castigar las pasiones... Pero no doma y cas- 
tiga nada. Toda aquella juventud ansiosa de 
vida, no basta á contenerla ni los lazos es- 
trechos de la disciplina, ni la mano férrea del 



1 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 133 



coronel, ni la cerca angosta de Pinerolo; aqué- 
lla hierve y brota fuera como el vino espumoso 
<ie una cuba agujereada. Turín la enciende 
como un gran espejo de lente ustorio, y la atrae 
como una gigantesca bomba aspirante. Y los 
paseos lícitos y las carreras clandestinas se su- 
ceden, como alternan entre los novios, ante los 
ojos de los padres, las lisonjas permitidas y á 
las claras, con los ardientes besos furtivos. 

¡Ah bellas escapatorias! ¡Oh delicioso último 
tren del sábado! ¡Ah dulces entradas con la ca- 
ra cubierta en el prohibido baile de máscara, en- 
trando con la voluptuosidad del nadador mucha- 
cho que se lanza desnudo en el río en las bar- 
bas de la guardia municipal! 

Y será terrible la vuelta en las horas más 
frías de la noche en un cochecillo con el viento 
y la nieve en la cara, con el ansia de no llegar 
á tiempo al primer ejercicio de la mañana ; ni 
será difícil al coronel, que habrá oído desde la 
cama el pisar acusador de los caballos, recono- 
cer por la mañana á los prófugos , ó bien en 
los frenos mal puestos de los corceles, ó en los 
colbacs colocados del revés en el cuerpo de guar- 
dia, ó bien por los ojos hundidos, y el cabello 
enmarañado por la mano febril del carnaval. Y 
se correrá el peligro,. dormitando en la silla, de 
perder el equilibrio al primer bote de carnero 
soñando con el pensamiento umbroso , y desper- 



134 ACUARELAS DE NIÑOS T JÓVENES 

tando en el regazo de la madre tierra entre 
aquel maldito murmullo de los compañeros: 

«¡Toma! ¡Toma! ¡Toma!^ Pero ¡qué importa! 
Se le darán las fricciones de espíritu alcanfora- 
do y se pagará la contribución y el champag- 
ne... pero habrá sido lanzada el alma al ciela 
como caballo alado , á través de una noche ar- 
diente de Turín, y se habrán tragado de un 
sorbo ocho horas de libertad y de locura con la 
alegría frenética de la rebelión y del triunfo. 

Y aquel año de Pinerolo queda en la memo- 
ria de todos los oficiales de caballería como 
una de las etapas más sabrosas de la juventud, 
quizá precisamente porque el don más querido 
entre los placeres, el de la libertad, no se bebía 
más que á gotas á través de los agujeros del re- 
glamento, y cada gota resultaba como una esen- 
cia potente que procuraba el perfume y la em- 
briaguez de diez copas. 

Muchas veces, entre los cuidados y las amar- 
guras que crecen poco á poco, con el aumento de 
los hilos de plata en la gorra y en las mangas, 
ellos recuerdan con placer aquel año fresco y 
vivo que brota como una flor granate de la hi- 
lera, en gran parte descolorida, de todas las de- 
más. Y volviéndose á encontrar después de un 
largo tiempo en los campos y en las guarnicio- 
nes, en seguida, y siempre, recuerdan el irno al 
otro, con locuaz alegría, los sablazos dados jun- 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 135 



tos en las cabezas de cuero en el campo de los 
obstáculos, y las cabalgatas por la colina de 
Santa Brígida, por los senderos de cabras mon- 
tesas de los Muretti, y las volteretas hechas y 
evitadas, y aquel comedor claro y sonoro que 
oyó tantas protestas gastronómicas, desmenti- 
das por el trabajo precipitado de los w¿a>;^7es jó- 
venes; y aquellas eternas clamorosas discusiones 
técnicas sobre el caballo húngaro y sobre el ita- 
liano, y sobre la silla antigua y la nueva, y sobré 
el cruzamiento oriental é inglés, sobre las ca- 
dencias de los pasos y sobre la equitación de 
campaña y de picadero... y todos aquellos bellos 
sueños con los ojos abiertos, todas aqu ellas do- 
radas imaginaciones de guerra y de amores, de 
cargas victoriosas y de vueltas triunfales que 
se apagaron después una á una sobre el hori- 
zonte decreciente de la vida, como las chispas 
de luminaria lejana... 

¡Ah! sí, aquel casón de la escuela era oscuro 
y aquellas horas despiadadas; pero un verso fes- 
tivo resonaba en cada parte y alegraba cada co- 
sa; porque aquello era lo que el corazón canta 
una sola vez en setenta años. Aquella seño- 
rita, á que aludí, ha de tener por la escuela un 
poco de gratitud; porque aquí aprendió su te 
niente, y no bajo de sus ventanas, á estar a- 
caballo como está, sin romper la ordenada per 
pendicular que , descendiendo de la punta de 



Í36 ACUARELAS DE NIÍíOS Y JÓVENES 

la espada desenvainada, sigue hasta caer á cua- 
tro dedos del talón como está prescrito; y si 
quiere decir la verdad... la bella se enamoró de 
la perpendicular, antes que del alma. 

Debe alguna cosa á la escuela todavía. . . seiio- 
ra oondesa; le debe la satisfacción que experi- 
mentó en el último paper-himt, de ver á su ca- 
pitán hacer tan maravillosamente la zorra atra- 
vesando los fosos, los troncos de árbol y la ma- 
leza ; y colocar tanto espacio en pocos instantes 
entre él y los cazadores, que usted sola, es- 
poleando furiosamente su jaca, llegó á descubrir- 
lo y á alcanzarlo en una soledad verde, en la 
que resonó una nota armoniosa... que no fué la 
nota de un ruiseñor. 

¡Oh! también Pinerolo ama su escuela, que 
mantiene vivas sus tradiciones de ciudad mili- 
tar, y que está cada vez tan íntimamente liga- 
da con ella, que al sonido de aquel nombre — 
Pinerolo — pasa por la fantasía de todo italiano 
una cabalgata fulgurante de oficiales de veinte 
años. Esta los acoge, más bien que como hués- 
pedes, como á hijos de vieja mujer noble pia- 
montesa, nacida de valientes y crecida entre las 
armas; y vuelve la cabeza hacia allá con fran- 
ca sonrisa en los labios de madre razonable 
« indulgente que entiende la juventud. Y la 
escuela le añade vida y alegría. El movimiento 
de los yelmos plateados, de los colbacs negros. 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 137 

(le las divisas blancas, rojas, anaranjadas, ama- 
rillas; el vaivén rumoroso de los caballos y de 
los soldados del escuadrón de instrucción^ le dan 
el aspecto de una ciudad de frontera cuando es 
inminente la guerra. Además aquella asamblea 
de jóvenes, es como el hogar continuamente 
atizado que mantiene en el aire encendidas 
chispas amorosas, á las cuales vuelven los ojos y 
abren el corazón las graciosas muchachas de la 
fortissima hosti. 

Porque grande es todavía la virtud seducto- 
ra de aquella arma, la cual es quizás la única 
en los ejércitos modernos que conserva un re- 
flejo de la antigua poesía guerrera, y un cierto 
nombre de romántico descuido desdeñoso de 
las miserias de la vida. Aquel pensamiento de 
la tumba abierta despierta en los corazones fe- 
meninos vago sentimiento de trepidación , que 
es el principio del amor. Las pisadas del caba- 
llo espantado atraen á la ventana en toda hora 
una carita inquieta. Las miradas se anudan. 
Aquella cabeza negra de jinete, caldeada por 
el entusiasmo, se enciende, y más de una ca- 
becita de trenzas rubias sueña con un título pa- 
tricio y el golfo de Ñápeles ó la Cuenca de oro, 
y muchas esperanzas paternales germinan y 
florecen como pequeñas plantas cultivadas en 
secreto. 

Pero se acercan los exámenes, el estallido del 



•138 ACUARELAS DE NIK08 Y JÓVESE» 

primer temporal de verano rompe los sueños, 
el primer viento de otoño se lleva las flores y 
alguna lágrima virginal cae á tierra y algún 
suspiro paternal se levanta al cielo. Pero he 
aquí , al caer de las hojas, otros yelmos, otros 
colbacs, otros blasones, nuevos arneses, nue- 
vos potros, y entonces los sueños vuelven á em- 
pezar y á despuntarlas flores... El rayo de los 
ojos azules penetra alguna vez tan adentro, 
bajo la divisa del jinete, que el wo de los pa- 
dres lejanos no hace más que irritar la heri- 
da, y terminando á un tiempo el celibato y la 
escuela, se lleva en las ancas su subalpina ; y 
entonces la ciudad que comentó por un año 
todas las vicisitudes del romance caballeresco, 
aplaude la feliz clausura como en la carrera 
final de un torneo, mientras la bendición borra 
los nombres del registro amarillo, escribiendo 
encima: — aSaldado.ii 

Cada día se va añadiendo algún hilo de seda 
á los viejos y fuertes nudos que atan la escuela, 
áPinerolo, la cual ciudad demostró noblemen- 
te su ánimo hace tres años, llorando como una 
desventura para ella la muerte del bravo ofi- 
cial , que era á sus ojos casi la imagen vi- 
va de aquel instituto. El había sido un admi- 
rable ejemplo de cómo la rectitud de ánimo, 
el cumplimiento amoroso y constante de los 
propios deberes pueden acumular por sí solos 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 139 

sobre un hombre modesto y oscuro tanta sim- 
patía, tanto honor, que se confunda casi con 
la gloria. 

Nacido de una familia pobre, había comen- 
zado su vida militar á los dieciséis años, trom- 
peta en la caballería ligera de Saluzzo; había 
entrado de sargento imtnictor de equitación , á 
poco más de los veinte años, en la escuela, ejer- 
ciendo siempre el mismo oficio , y llegado al 
grado de comandante : acabando allí su ca- 
rrera y su vida. 

Había enseñado equitación á todos los ofi- 
ciales de caballería del ejército italiano , que 
todos , aun lejanos y después de muchos años, 
lo recordaban siempre con afecto y gratitud. 
Maestro incomparable á caballo, apasionado de 
su arte en el fondo del alma, tenía un aspecto 
soldadesco, un gesto imperioso, una manera 
de mandar fulmínea, que parecían la expresión 
de un alma de hierro; y era bueno é ingenuo 
como un muchacho. Fuera de servicio, los ofi- 
ciales estaban á su alrededor, bromeando, co- 
mo con un buen abuelo del que se hace lo que 
se quiere. 

En punto á cultura, había quedado poco más 
desoldado: comandante, hablaba todavía pia- 
montés á los napolitanos y á los toscanos, que 
se ingeniaban para comprenderlo adivinando 
sus gestos. Pero tan arraigada estaba la es ti- 



140 ACUARELAS DE NIXOS Y JÓVENES 



mación que inspiraba el hombre y el maestro, 
que liabn'a parecido innoble sonreirse por lo 
que faltaba al oficial. Todo Pinerolo lo conocía, 
y él conocía á todos; pasaba en medio de los sa- 
ludos y de las sonrisas déla ciudad amiga, que 
lo veía todos los días hacía casi treinta años, 
sencillo y afable en su dignidad madura de je- 
fe, como había sido en su altivez juvenil de 
sargento. 

Un día que volvía de dar un paseo, el caba- 
llo se levantó de improviso y le cayó encima, 
dándole con la cabeza en el vientre un golpe 
mortal. Llevado á casa ensangrentado, y perdi- 
do el sentido, fué asistido día y noche por sus 
oficiales, que se remudaban á la cabecera mien- 
tras vivió. Y sus últimos pensamientos, sus 
últimas palabras, fueron para ellos. Delirando, 
se afanaba por un discípulo que le parecía pe- 
ligrar en examen, y lo defendía ante el tribunal, 
gritando que lo debían experimentar sobre un 
'caballo cerrado, no con un potro: ó veía otro 
caer de la silla en el campo de los obstáculos, 
con los pies enganchados en los estribos y grita- 
taba :— ¡ Párate ! ¡Párate ! — llevándose las ma- 
nos á la cabeza. — ¡ Pobre Baralís ! 

Y así, siempre con la idea del cumplimiento 
de su deber, aun en la agonía, espiró. 

El antiguo trompeta tuvo los honores de un 
príncipe. La ciudad entera se aglomeró detrás 



LA ESCUELA DE CABALLERÍA 141 

de su feretro, y la caballería italiana colocó so- 
bre su fosa un busto de mármol, que su valien- 
te y digno coronel Eugenio Pan tassi descubrió, 
saludándolo con las más nobles palabras que 
puedan salir del corazón de un soldado. 

Por más que los comandantes y los maestros 
envejecen y mueren, la escuela siempre es jo- 
ven: ella recibe cada año una oleada de sangre 
viva y ardiente, que hierve algunos meses entre 
sus murallas, y se esparce después por toda 
Italia á hincharse y á reinflamar las venas de 
veinte regimientos de caballería, un poco des- 
vigorizados y cansados de la larga expectación 
de la prueba. Porque el estado de ánimo de un 
ejército que está en paz muchos años, es muy 
semejante al de una muchacha en que el tiempo 
huye y el amor no llega. Y la misma duda, can- 
sada é impaciente á un tiempo , está en el áni- 
mo del que de ella habla ó escribe: porque sí es 
inhumano de un lado el desear la guerra por la 
guerra, no es posible del otro el saludar y ad- 
mirar este tesoro sagrado de juventud, de fuer- 
za y de hierro, sin que se arrastre el afecto cada 
momento hacia el deseo de verlo operando y ven- 
ciendo. 

¡Oh terrible mañana, lleno de oscuridad y 
de silencio! ¿qué escondes? ¿Cuál sería el grita 
que se escaparía del alma si te iluminase un re- 
lámpago , un relámpago solo á nueátros ojos? 



142 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

...quizás quizás está ya señalada tu sentencia, 
¡oh bello oficial de lanceros, que espoleas tu 
gran bayo oscuro en la calle de San Segun- 
do! En vano esperarás sobre tu camilla llevar 
curada á los besos de tu amante la horrorosa he- 
rida que te abrirá la frente, y sentirás, futuro 
dragón ^el Piamente, acaso doblar las piernas 
bajo las tuyas á aquel mismo corcel que ahora 
acaricias, herido en medio del pecho, y serán 
los mismos caballos de tu escuadrón, ¡desventu- 
rado! los que á pocos pasos del cuadro enemigo, 
romperán tu hermoso cuerpo yacente. 

Y á tí, ¡oh, bello jinete de la divisa amarilla! 
será un lanzazo vibrante en las tinieblas el que 
te marcará sobre el pecho el sitio de la medalla 
de la cinta gualda, la cual no llegará á tiem- 
po de sentir los latidos de tu corazón. Pero esta 
previsión no os turba, bravos jóvenes; respon- 
déis con una sonrisa: — ¡Qué importa! — y, apli- 
cando el acicate al caballo, os lanzáis á rienda 
suelta en el porvenir, ofreciendo alegremente 
la cerviz al beso de la muerte y de la patria. 



'ZSsA)^ 



♦♦#♦♦♦ i^l^$l-M^^^*^^ 



IX 

REVÁLIDA DE MAESTRAS 



/^^ ORRÍAX los años en los cuales todavía 
^^^ existía un único examen, concurriendo 
candidatos de todos los institutos de Turín; 
acudían por esto unas ciento cincuenta en el día 
á que nos referimos á la Escuela Normal, para 
sufrir el examen por escrito que había de su- 
ministrarles el certificado oficial de pobreza^ 
como ha definido un diario pedagógico el título 
de maestra. 

Habíanse agrupado unas cincuenta delante 
de la puerta desde las primeras horas de la ma- 
ñana, y á cada instante llegaba un nuevo gru- 
po ó una pareja; señoritas elegantes de la Es- 
cuela Normal , con sombreros que parecían ca- 
nastillos de flores; muchachas de aldea, cuyo 
origen estaba mal disimulado por tal cual ador- 



144 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

no de la capital, de pésimo gusto, y hermanas 
de Cottolengo con los escapularios encarnados 
al cuello; Jiijasde milifares con aquel graciosa 
trnje corto que les daba el aspecto de guirnal- 
das de flor de lis. Los grupos ó piquetes esco- 
lares iban acompañados por las maestras, las 
directoras ó las porteras de los establecimien- 
tos; las alumnas^ír/raí/íis llevaban al lado, ora 
la madre, orala tía, ora al padre encanecido y 
grave, con la conciencia de la prueba solemne 
en que iba á poner el honor intelectual de su hija. 
Un profesor me señaló algunas hermanas de 
San José, que tenían ciertas cofias de vieja con 
velo sobre los ojos. Yo no reconocí más que las 
Rosinas en el vestido violeta y el pañuelo blan- 
co artísticamente anudado sobre el pecho, y 
sobre él la cruz de oro colgada de una felpilla 
negra. Observé un grupo de muchachas que lle- 
vaban al cuello cintas de varios colores que pa- 
recían encomiendas de ciertas condecoraciones; 
me dijeron que procedían del Instituto religio- 
so de Yirle. Veíanse candídatas extremadamen- 
te jóvenes, solas, que adelantaban tímidas, co- 
mo huérfanas abandonadas, y aun algunas se- 
ñoras vestidas con severa elegancia (quizá viu- 
das), con ese aspecto especial que revela la lu- 
cha heroica que se lleva á cabo á brazo partido 
con la miseria, y éstas adelantaban con paso re- 
suelto y rostro altanero, aunque con los ojos ba^ 



RETÁLIDA DE MAESTRAS 145 

jos. Las últimas que llegaron vestían los gaban- 
cillos de seda negra del Instituto del Socorro, y 
las vestidas color de tierra, que eran las niñas de 
Santa Rita. 

Pero ni aun el director generífl conocía to- 
das las divisas de aquel innumerable ejército 
femenino. Las había de la Providencia, de la 
Anunciación, de la Concepción. La hora ha- 
bía transcurrido y llegaban con precipitación 
todavía. 

Lle2;aban anhelantes, travendo en las manos 
papel, plumas, tinteros, libros, cartuchos con 
fruta y pan, y hasta frascos con café y coci- 
mientos de flores cordiales, todo ello comprado 
y preparado de prisa aquella misma mañana. 
Y como los libros estaban prohibidos , muchas 
los llevaban debajo de la ropa, y venían tan 
abultadas y cargadas que andaban con cierta 
dificultad y sin garbo. En algunas se notaba 
como truncada la hermosa línea que baja de la 
cadera, á la altura de la rodilla, saliendo unos 
ángulos agudos, enteramente inexplicables para 
todo aquel que no se fijase ó desconociera el 
uso de determinadas amplias faltriqueras pos- 
tizas, inventadas para el contrabando de los li- 
bros de texto. Candidatos hembras, maestras, 
padres, directoras, amigas, fueron entrando y 
colocándose apretadas en un largo corredor don- 
de las esperaba el secretario del provisor gene- 



14G ACCARF.T.AS DE XIXOS Y JÓVENES 



ral para pasar lista, el inspector para leer el 
tema, y dos profesores y una maestra para vi- 
gilar los trabajos. 

Cuando se creía que no podía faltar ninguna, 
apareció una figura que llamó la atención de 
todas: una hermana del Buen Pastor, comple- 
tamente vestida rje blanco, con ancho ci n turón 
ccle'ste alrededor del talle, sandalias blancas y 
velo negro. Era alta, rubia, bella, de aspecto 
modesto al par q»e firme, y semblante ilumi- 
nado por dulcísima sonrisa. Atravesó el corre- 
dor con andar resuelto y noble que ponía en 
elegante movimiento todo aquel traje ligero y 
sencillo; su entrada fué precedida y seguida 
por prolongado murmullo de admiración. Oí 
decir que era hija de un coronel muerto en 
campaña y que debía dejar el velo para ir de 
maestra á un municipio rural. 

Después de ella, nadie se fijó en la entrada 
de otra muchacha con mal arreglada cofia de 
campesina en la cabeza y una basta carpeta ba- 
jo el brazo; una pobre chica, pequeña y tosca, 
de cabellos rojos, enteramente sola, pobremen- 
te vestida, la cual traía pintado en el rostro, 
irregular y feúcho, pero simpático á fuerza de 
ser honrado y humilde, el horror al examen. 



* 



REVÁLIDA DE MAESTRAS 147 



A la líltima campanada de las odio, ci socrc- 
riò, de pie sobre un banco, dominando su ca- 
beza calva á todas aquellas cabelleras, pasó lis- 
ta con voz tonante. Para las aluninas de los 
establecimientos oficiales, ó bien organizados 
privadamente, fué cosa breve y hacedera; pero 
para las demíís... 

La una no había llegado todavía y contesta- 
ba por ella una tía suya, diciendo que la aca- 
baba de dejar en la oficina de la inspección 
para. pagar los derechos; por otra respondía una 
amiga: — Se habrá perdido... no ha estado nun- 
ca en la capital: ¡está t^n lejos!... -dos ó tres 
llegaron corriendo precisamente en el momen- 
to en que se leían sus nombres, rojas como 
amapolas,, ahogándose, disculpándose con que 
habían ido no sé adonde á recoger la firma de 
no sé qué documento. 

Terminada la lista, se concedieron aún algu- 
nos minutos, para ver si llegaban las ausentes, 
y entonces estalló un gran cuchicheo, que iba 
creciendo, creciendo, hasta convertirse en vo- 
cerío ensordecedor. 

Las discípulas de los centros organizados es- 
taban unidas en grupps charlando de prisa y á 
media voz; las riirales se habían arrinconado, 
mudas y como absortas en contemplación de 
asombro, de donde se transparentaba como cier- 
ta envidia resignada y melancólica frente á 



I 48 ACLAKELAS DE XIXOS Y JÓVEKES 

frente del círculo de las educandas de la Escue- 
la Normal, altivas todas, segura cada cual de 
sí misma, hablando correctamente en altavoz y 
con el tono de quien se encuentra en su pro- 
pia casa y quiere hacerlo comprender á las 
demás. 

Entre éstas se destacaba una chica de fulgu- 
rantes ojos, pequeñilla, trigueña, vestida un si 
es ó no es de fantasía y un tantico pretenciosa, 
pero agradable, viva como el ingenio, brillante 
como la plata; un bello tipo, en fin , soberbio, 
de poetisa rebelde á la pedagogía y los regla- 
mentos. De ella se murmuraba aquí y acullá 
que ya colaboraba en varios periódicos literarios 
y que hasta había escrito una novela. 

La pobre campesina del pelo rojo la admi- 
raba tímidamente y como avergonzada de sí 
propia; y aquella se componía y pavoneaba, co- 
mo si se sintiese orgullosa por ser objeto de tan- 
ta atención, sin dignarse mirar hacia sus admi- 
radoras. 

Descubrí al pasar por entre aquellos grupos 
á una religiosa medio escondida entre las com- 
pañeras, que oraba sin cesar moviendo los con- 
vulsos labios, apretando las cruzadas manos has- 
ta el punto de tener blancas las uñas. 

Entretanto las maestras y directoras daban 
sus últimos consejos alas examinandas, algu- 
nas de las cuales tomaban apuntes. 



IIEVÁLIDA DE MAESTRAS 149 

— Matilde, te recomiendo la manera de cerrar 
las cláusulas. 

— Jío olvidéis aquel bendito punto y coma. 

— Ya sabe mi recomendación; conque... sen- 
cillez, orden y precisión. 

— ¡Los períodos largos, por amor de Dios! 

— ¡Sentir y meditar! 

Llegado el momento de la entrada del tribu- 
nal, debieron intervenir los profesores para in- 
terrumpir las advertencias y consejos. En- 
tonces se convirtieron las recomendaciones en 
compasivos saludos. 

; Animo, hija mía! 
¡Adiós! 
¡ Hasta luego ! 
Confianza y esperanza! 
Ah, pobrecilla! 
La portera, de pie en la puerta, secuestró ine- 
xorablemente, aunque no sin trabajo, todos los 
libros visibles, y las candidatas entraron casi á 
la carrera en la sala de actos, procurando todas 
llegar las primeras, para ocuparlos bancos más 
lejos del profesor. La bella religiosa vestida de 
blanco se sentó en el sitio más cerca de aquel. 
Cuando todas estaban sentadas, entró sin 
aliento una chicuela medio trastornada por la 
carrera que acababa de dar, y en la cual había 
perdido el velo, exclamando con voz moribunda: 
— ¿Se ha dictado ya el tema? 



150 ACUARELAS DE Xl.ÑOS Y JÓVEXES 



Muchas soltaron la carcajada, y ella fué á co- 
locarse, soplando todavía, en la punta de un 
banco. 

Acto seguido reinó profundísimo silencio. 



El director, teniendo á su lado á los profeso- 
res y á la maestra, rompió solemnemente el se- 
lló de lacre del pliego cerrado donde se conte- 
nía el tema para el ejercicio del examen, y que 
se refería á un trozo de composición gramatical 
y literaria. 

Aquellas ciento cincuenta muchachas esta- 
ban allí inmóviles, con los ojos fijos, la boca 
cerrada, suspendiendo el aliento como ante una 
máquina fotográfica. Era un espectáculo nuevo 
aquella mescolanza de rostros y vestidos, ele- 
gantes ó de aldeanas, monásticos, de colegialas, 
cuya variedad, inmensa y extraña, desaparecía 
casi, á la vista del observador bajo la expresión 
uniforme de atención inquietante y profunda á 
la cual se habían adaptado todos los diversos 
aspectos. 

Aquí y allá distinguíanse semblantes lindísi- 
mos, que se destacaban de la medianía del ma- 



I 



REVÁLIDA DE MAESTRAS 151 
* - 

yor número como flores entre hojas; y veíase 
un mar f]e cabezas como muestra multiform 
de peinados, estudiadamente vistosos , estudia 
damente simples, tufos atrevidos, ondas senti- 
mentales, trenzas apretadas, nudos flojos, cocos 
modestos , rodetes complicados , lucían por do- 
quier, expresando cada cual su belleza é indi- 
cando si el sol de los campos ó el fuego de las 
tenacillas Labia tostado y ondulado aquellas 
cabelleras. 

La campesina del cabello rojo habíase sen- 
tado entre una monjita regordeta y una seño- 
rita alta, cursante en la Escuela íí^ormal. 

La poetisa estaba hacia el centro, y como se 
había quitado el sombrero hacía gala de un 
enorme montón de rizos negros que le caían so- 
bre la frente y las mejillas como melena de sal- 
vaje. Dos bancas estaban completamente llenas 
de religiosas todas vestidas de negro, y en 
otros parecía se habían dado cita los vestidos 
más primaverales , las cabecitas más capricho- 
sas y más adornadas de la clase escolar. La luz 
que penetraba por las rasgadas ventanas del 
fondo esparcía un contorno de oro sóbrelas ca- 
belleras, un nimbo brillante sobre todas las ca- 
bezas, reflejos luminosos sobre todos los hom- 
bros. 

Y para concluir el cuadro, sentado en un ve- 
lador, solitario, en medio del hemiciclo formado 



152 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

por las mesas y los bancos, se destacaba un can- 
didato singular, que no habiendo podido, por 
razones particulares, ir á examinarse á la escue- 
la normal de maestros de una provincia, había 
obtenido la gracia de ser examinado con las 
maestras en la capital. 

Era un carabinero de la legión de Turín, 
vestido de uniforme. 



* 



Apenas el inspector leyó la última palabra 
del tema, se percibió el rumor de una onda de 
murmullos, de suspiros, de exclamaciones com- 
primidas, como después de la lectura de una 
sentencia ante un tribunal, y duró aquella olea- 
da algunos minutos, entre febriles movimientos 
de cabezas y manos, y mezcla precipitada de 
hojas y cuadernos. Después volvió á reinar 
profundo silencio. 

Trabajaron las dos primeras horas tranquila- 
mente. Uno de los profesores y la maestra, que 
tenía el aspecto de una gobernadora destituida, 
vigilaban; pero los libros sacados de las faltri- 
queras misteriosas cumplían su misión á las mil 
maravillas. El entrecejo del profesor no impor- 



REVÁLIDA DE MAESTRAS 153 

taba á nadie; á aquellos trescientos ojos pers- 
picaces no se escapaba el sentimiento de indul- 
gencia que se escondía bajo aquella máscara 
amenazadora. 

Empezaron á circular por debajo de las ban- 
cas los pedacillos de papel y los abanicos portado- 
res de súplicas de socorro. Solamente la monja 
blanca meditaba y escribía, sin cuidarse de lo 
que ocurría á su alrededor, en actitud y compos- 
tura de santa virgen. La poetisa trabajaba como 
inspirada, paseando de vez en cuando una mi- 
rada sonriente compasiva sobre sus vecinas, y 
sacudiendo con movimientos de orgulloso triun- 
fo si; rizada cabellera, como si esparciese en 
derredor un nimbo glorioso de donde se des- 
prendiera copiosa lluvia de ideas. 

Veíanse acá y allá en el recogimiento del tra- 
bajo actitudes graciosísimas de cabeza; y como 
quiera que todas estaban inclinadas sobre el pa- 
pel, en todas se podía apreciar su longitud , des- 
de la frente á la coronilla, sirviendo las rayas 
blancas y espesas de término de comparación y 
de medida. Pequeñas manos nerviosas mojaban 
la pluma en el tintero con movimiento rápido 
y frecuente; grandes ojos azules buscaban la 
frase de vez en cuando, cual si estuviese escri- 
ta en el techo, con miradas errantes de enamo- 
rada, ó descendían al suelo, ó giraban de uno 
á otro lado; actos impacientes se sucedían, y á 



154 ACrAKELAS DK XlSoS Y JÓVENES 

veces más de un codazo reclamaba la severa pu- 
pila de la profesora, y golpecitos constantes de 
tacones en el suelo indicaban la fiebre en éstas 
ó en las otras. 

La pobre chica del cabello rojo debía haber- 
se atascado desde el principio en alguna grande 
dificultad y parecía desanimada; ¡con cuánta 
envidia y tristeza contemplaba el correr ligero 
de la pluma de sus compañeras! ¡Pobres jóve- 
nes ! ¡ Cuántas esperanzas estaban confiadas á 
aquellos trabajos! ¡Cuántas familias, caídas de 
repente en la pobreza por inesperada muerte 
de los padres ó por otras circunstancias, depen- 
dían en aquel instante solemne del acierto de 
aquellas plumas! Yiejos labradores del campo, 
operarios, hombres inútiles, industriales sin 
ocupación, comerciantes venidos á la indigen- 
cia... todos aguardaban de la hija maestra un 
pedazo de pan y un rayo de ventura. 

En los breves intervalos de reposo, al termi- 
nar una página, algunas pensarían quifás en 
su lejana aldea y en la pequeña escuela donde 
reinarían envidiadas; otras, recorriendo lósanos 
con el pensamiento, ya se veían directoras te- 
midas y acariciadas en una escuela normal de 
capital de provincia; más de una tal vez tenía 
en aquel momento en la mente la composición 
de un libro de lectura que había de darle hon- 
ra y provecho; y en muchas aguijoneaba la fan- 



REVÁLIDA DE MAESTRAS 155 



tasía un amor apasionado de alguna alma noble, 
nacido por la admiración de la vida que ella 
llevaba, honrada y valerosa, y por sus virtudes 
de educadora y de maestra. 

Se traslucía de casi todos aquellos semblan- 
tes, bajo la preocupación del momento, la fe 
intrépida , el amor ardiente hacia la infancia, el 
entusiasmo materno y apostólico con que la 
mayor parte de las mujeres se lanza en la ca- 
rrera de la enseñanza. Quien hubiese podido 
dar forma y color á todo lo que veían en el por- 
venir aquellos cerebros exaltados, pintaría un 
hermoso cuadro, una luminosa confusión de 
paisajijlos amenos, de buenas alumnas , de al- 
caldes obsequiosos, de municipios que aplau- 
dían, de distribución de premios en solemnes 
festivales, dentro de salas llenas de guirnaldas 
y banderas, y de jóvenes inclinados y sonrientes 
en actitud de entregar el anillo nupcial, en 
medio de un círculo de padres conmovidos y 
madres llorando... 



Entre tanto trabajaban y trabajaban. 

Pero la chiquilla del cabello rojo parecía cada 



15Í} ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

vez más desanimada; parecía que trataba de 
reunir en su entendimiento, desesperadamente 
y en vano, las pocas ideas perdidas en su pobre 
magín inculto, doblemente oscurecido por el 
miedo. 

Ella fué la que hizo que dirigiera mi pensa- 
miento hacia tristes presagios... 

¡Ah! no os abandonéis á esos sueños... Tú, 
linda morena del primer banco, relegada á una 
escuela solitaria, fortín avanzado de la civili- 
zación, en medio de un campo poblado de ig- 
norantes, consumirás el ánimo durante sie- 
te años entre una muchedumbre de chicuelas 
cuyos padres les inculcarán el desprecio hacia 
el alfabeto, sugiriéndoles palabras vituperables 
que irán á escribir con carbón en la puerta de 
tu casa. 

Tú, señorita vestida de color lila, maestra 
municipal de una gran ciudad, tendrás que 
derramar lágrimas de fuego por las impertinen- 
cias que vendrán á decirte ala escúdalas ver- 
duleras enriquecidas y vestidas de seda, furiosas 
porque no has demostrado demasiadas consi- 
deraciones con la recua indisciplinada de sus 
retoños. 

Tú, por el contrario, delicada rubia, consu- 
mirás tu salud en una escuela rural subterrá- 
nea, apestada por la vecina cuadra del alcalde. 

Tu compañera de la izquierda, en un mu- 



REVÁLIDA DE IIAESTRAS 157 



nicipio donde no se cobra por años enteros, se 
verá obligada á vivir cosiendo camisas para 
los campesinos. 

Tú , la distinguida muchacha de nariz aca- 
ballada, caerás de la gracia dentro del partido, 
por haber despertado los celos de la alcaldesa, 
y tendrás amargada la vida por el párroco, 
porque no vas á misa de cinco. 

A las dos amigas del banco posterior les es- 
pera respectivamente ser llamada la una por 
apodo lapohre^ considerando la aldea como un 
deshonor tener una maestra que compra poco 
en la plaza y míseramente se alimenta por so- 
correr á su familia ausente; y la otra, será ob- 
jeto de una calumnia infame, por cada vestido 
nuevo que compre con el dinero que le mandan 
de su casa. 

Tú, pálida y soberbia joven, después de ocho 
años de trabajo y muchos meses de persecu- 
ción, perderás tu escuela por haber desdeñado 
las galanterías del borracho síndico. 

Tú, pobre niña, que hojeas el libro á hurta- 
dillas; tú, más amorosa probablemente que 
fuerte, sufrirás la angustia de averiguar un día 
que el primer anónimo que ha denunciado al 
inspector de la provincia tu culpa para echarte 
fuera del país, lo ha escrito precisamente el 
hijo de un concejal , al cual habrás entregada 
al propio tiempo honra y corazón. 



l.'ìS ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

TÚ, no te rías, pequeña poetisa del pelo ri- 
zado, porque en un municipio lejano do la ca- 
]»ital, cobrarás el sueldo de un mes cuando lle- 
ves seis de atraso, todo él en pequeñas mono- 
das de céntimo, y necesitarás, al abandonar el 
pueblo, cargar un jumento para llevarte tu 
caudal, debiendo hacer el viaje á pie para no 
cansar demasiado la caballería. 

No rías tampoco tú, graciosa y delgadilla 
de los dientes blancos, porque adquirirás, una 
enfermedad que te durará un año, por haber 
corrido durante un mes de crudo invierno, con 
la nieve á las rodillas, yendo de casa en casa 
á dar lecciones particulares en las de los ricos 
propietarios de los alrededores. 

¡Qué queréis! es una vida ruda, jovencita?, 
la que os ofrece la patria. Debéis vivir casi , ó 
sin casi, en la miseria; pero no podemos hacer 
más por aquellas á las cuales confiamos la in- 
fancia y encomendamos el porvenir de la na- 
ción. El oro se ha de gastar todo él en prepa- 
rar una gran carnicería europea, cuya princi- 
pal ventaja será probablemente dejarnos tra- 
bajar veinte años en paz^ á fin de preparar 
otra nueva guerra. 



* 
* * 



REVÁLIDA DE MAESTRAS 159 

Pero ellas no pensaban en estas cosas, y tra- 
bajaban, trabajaban mucho menos tímidamen- 
te que al principio. Algunas habían dado ya fin 
á la tarea y se habían marchado; de lo cual ha- 
bía nacido en otras , como es consiguiente, el 
temor de no acabar dentro del plazo fijado. Una 
de las primeras en concluir había sido la poe- 
tisa, que entregó su faena al profesor con un 
ademán majestuoso, como de quien dice: — ^He 
aquí mi obra maestra, trasmitidla á la posteri- 
dad, n 

Ahora trabajan todas precipitadamente, ha- 
ciéndose á cada momento más frecuentes y vi- 
vos los movimientos de impaciencia, las mira- 
das suplicantes al techo, los golpecitos de los 
pies; y corrían entre los bancos , con un movi- 
miento siempre más rápido, los papelillos, los 
libros, las páginas arrancadas de otros y he- 
chas bolas de papel, impíamente, para pasarlas 
con más facilidad de mano en mano. 

Pero habiendo entrado otro profesor para 
relevar al primero (una cara que no predispo- 
nía bien), todos los libros desaparecieron en un 
abrir y cerrar de ojos. Muchas, sin dejar de es- 
cribir, engullían un bocado por vía de desayu- 
no, tapándose la boca con la mano izquierda. 
De cuando en cuando pedía, alguna que otra 
permiso para salir. Seguía á esto el rumor de 
ligero altercado entre la maestra y la portera, 



160 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

como si hubiese sorprendido una tentativa de 
comunicación literaria entre la sala y la calle. 
La portera aseguró que le habían llevado cier- 
tos pasteles sospechosos para esta ó aquella can- 
didata que se decía que sufría de debilidad de 
estómago y que debía en horas fijas tomar ali- 
mento; pero la cancerbera se negó á admitir- 
los, por sospechar que dentro de aquellos paste- 
lillos podría venir la solución al tema, y escrita 
y todo la composición. Tampoco faltaba exa- 
minanda que se levantase para rogar al profe- 
sor que aclarase algún punto dudoso del tema 
del ejercicio; y las preguntas estaban tan hábil 
é ingeniosamente combinadas, que siempre 
conseguían una respuesta mucho más amplia 
que lo que simplemente se preguntaba. 

Al ir entregando los trabajos, solían éstas ó 
las otras presentar también sus excusas acerca 
de la letra ó las faltas que hubieran podido co- 
meter, porque ano estaban buenasw ; ó bien in- 
terrogaban con aire ingenuo sobre si debían 
raspar un borrón que impensadamente había 
caído en el papel. Aquella otra se había pre- 
sentado enferma al examen... 

A medio día ya no quedaban sino la mitad; y 
á medida que corría el tiempo crecía la furia, 
el afán, el anhelo de la actividad. A algunas se 
les conocía que estaban cansadas, y se las veía 
pálidas, despeinadas de tanto andarse en la ca- 



KEVÁLIDA DE MAESTRAS 161 

beza, como si con la punta de los dedos se empe- 
ñasen en arranear las ideas para trasladarlas al 
papel, ó resucitar en la memoria pensamientos 
alojados ó perdidos; otras hasta sudaban. 3fu- 
clias miraban al reloj á cada período... El pro- 
fesor las alentaba, repitiendo de vez en cuando: 
u Vamos, vamos, hay que aligerar'?; y aquellas 
terribles palabras, dichas con el tono más suave 
posible, sonaban como terribles en todos los 
oídos, y eran seguidas de un rasguear de las 
plumas mucho más precipitado, enardeciéndose 
las manos á la par que el ánimo con acompa- 
ñamiento de ademanes de dolor y desaliento. 

Unicamente la religiosa del Buen Pastor 
continuaba inalterable, trabajando tranquila con 
el hermoso y reposado rostro inclinado sobre el 
papel, bajo el velo negro, sin estremecerse lo 
más mínimo el elegante cuerpo oculto bajo el 
hábito blanco. 



* 

* * 



¡ Oh, qué tortura y qué compasión en los úl- 
timos momentos' 

La hora fatal había sonado, y el carabinero, 
puntual como la ordenanza, había concluido á 

11 



Ifi2 ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

la primera campanada del reloj, y al perderse 
el eco del sonido la tarea estaba en manos del 
profesor, y él salía marcando el paso. 

Solamente quedaba una treintena, presa de 
horrible angustia y de ansia febril. El profesor, 
impaciente, recomendaba á la maestra que fue- 
se recogiendo los trabajos, sin cuidarse de si 
habían ó no terminado. Era preciso recogerlos 
como estuviesen. Y la n.aestra circulaba por 
entre los bancos procurando arrebatar los tra- 
bajos, que las jóvenes defendían con ahinco, 
ocultándolos, retirándolos, pidiendo gracia por 
un cuarto de hora, por cinco minutos, por un 
minuto siquiera... 

La muchacha del pelo rojo, llegado aquel 
momento , y comprendiendo que era inútil su 
esfuerzo, dejó la pluma y ocultó el rostro en el 
pañuelo. Escuchábanse exclamaciones de : — 
¡Dios mío! ¡Dios mío! — mientras varias, pare- 
cía, á juzgar por su aspecto, que se hallaban en 
los preliminares de un accidente, un desvane- 
cimiento, un desmayo, una congoja. Una mon- 
ja se quedó como el papel, y pidió agua, echan- 
do la cabeza atrás. 

Los temas fueron recogidos al fin á viva fuer- 
za; las examinandos salieron una tras otra con 
pasos lentos y el semblante demudado. 

La pobrecilla de los cabellos rojos fué la pe- 
núltima, y salió para dejarse caer en un banco 



HKVÁLIDA I)K MAESTRAS 16.Í 

«on los ojos llenos de lágrimas y el rostro nu- 
blado por infinita tristeza. ¡Pobres niucliaclias! 

¡Pobres! — pensaba para mis adentros mien- 
tras las veía alejarse por la calle adelante, pare- 
<;iéndome que al final de aquella calle les espe- 
raba no sé qué máquina horrible y negra con el 
letrero de Instruccióii pública — ... A través de 
aquella máquina yo me imaginaba que debían 
pasar todas dejando en el engranaje de su me- 
canismo pedazos del corazón, de sus carnes, de 
sus huesos , de su cerebro... Y me entraba in- 
tensísima piedad hacia ellas é inmensa conmi- 
seración hacia mi país. 

Pero en aquel momento salió la última, la 
hermana' de la Caridad, vestida de blanco, con 
el velo negro, y pasó por delante de mí, tan 
bella, tan serena, tan noble , que todos los pen- 
samientos oscuros y pesimistas se desvane- 
cieron. 

¡Ah! aquella sentía de veras la santa voca- 
ción de maestra , la llevaba marcada en el ros- 
tro con caracteres de belleza , de bondad y de 
valor; aquella se presentaba á mi fantasía como 
la fuerza y el ardor del sacrificio de los miles 
de muchachas que se lanzaban en aquel año en 
la misma senda; aquella pasaría por cima de 
las envidias y las pasiones como sobre inmun- 
dicias, sin bajar la vista á las impurezas de la 
realidad; inspiraría á su alrededor el respeto y 



Hi4 ACUARELAS UE NlXOS Y JÓVENES 

la cortesía; educaría para la vida cientos de al- 
mas tan bellas como la suya; y si del cumpli- 
miento de su obra benéfica debía separarla el 
amor, el amor la conduciría al altar ó á la de- 
sesperación, pero no á la vergüenza. 

¡ Salve , hermoso ángel de la bendita legión 
que difunde la luz y la gracia sin pedir mas que 
un pedazo de pan ! 

¿Donde estarás ahora? ¡Quién lo sabe! 

¡Quizás en un lugar montañoso, allá en los 
últimos confines de la nación ; acaso te has ca- 
sado con el secretario del ayuntamiento y vivís 
felices y en santa paz, ó tal vez... te has suici- 
dado, porque al encontrarte tan mal en este 
mundo, no lo has podido soportar! 



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RETRATOS DE HOMBRES 



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UN DRAMATURGO PATIBULARIO 

ULISES BARBIERI 

^^ ALIA yohace unas cuantas noches del tea- 
^^ tro Gerbino, donde se está representando 
con buen éxito una nueva comedia de Ulises 
Barbieri, titulada Bonzii , cuando oí que un 
transeunte preguntaba á otro que iba con él: 

— Yamos á ver... ¿quién es este Barbieri?.. 

Y al hacer esta pregunta compraba en un 
kiosco la Gazzeta d'Italia^ con el ademán del 
que todos los días compra al mismo vendedor 
el mismo periódico. — ¡Cómo! — me dije — este 
caballero no sabe todavía quién es IJlises Bar- 
bieri... Pues bien, yo se lo diré, y se lo diré 
precisamente en su Gaceta. Y ahí tenéis cómo 
y por qué me encuentro aquí, después de da- 
das las doce de la noche, sentado á una mesa, 



168 líETRATOS DE HOMBRES 

con una pluma en la mano y la imagen de l'ii- 
ses Barbieri delante de mi. 

La mayor parte de los lectores de la Gazzeta 
no necesitan quo yo les haga una presentación 
en regla del personaje. 

¡Es Ulises Barbieri! íjl autor de los dramas 
espeluznantes que hace que millares de niños 
y niñeras sueñen con fantasmas, el sanguinario 
vencedor del teatro, el escritor más descabellado 
y temerario de Italia. Pero su verdadera origina- 
lidad no se ve tanto en sus obras dramáticas como 
en la gran disparidad que existe dentro de él, 
entre el hombre y el escritor. El nno es, abso- 
lutamente, lo opuesto del otro. El dramaturgo 
que vive de los crímenes y nada en sangre es 
el hombre más afable, más4)obre diablo que 
hay bajo la capa del cielo, tanto que, si no su- 
pieran de antemano de quién son, á ninguno 
de sus amigos se le podría pasar por la cabeza 
que él es autor de sus dramas. Hay aquí algo 
extraño que vale la pena de una explicación. 
Barbieri, nacido en Mantua, cometió á los 
dieciséis años la nobilísima imprudencia de fijar 
en una esquinauna fogosa proclama con la cual 
excitaba á^us conciudadanos á rebelarse con- 
tra los austríacos. 

Le prendieron, le hallaron en el bolsillo un 
escrito de Mazzini, le condenaron á cuatro años 
de prisión , y los cumplió desde el primero hasta 



UN DRAMATlUfiO PATIBULARIO 1GÍ> 



el Último: ocho meses en las cárceles de Milán, 
dieciséis en la cárcel de Mantua, y dos años en 
la GiìKÌecrn de Yenecia. 

En el presidio de Mantua vivió en comunión, 
como los demás sentenciados políticos, con todo 
genero de malhechores, entre los cuales había 
asesinos y ladrones célebres, que causaron pro- 
funda impresión en su juvenil fantasía. 

Aquí debe buscarse la primera explicación 
de su «Mundo artístico^. 

Cuanto más afable era su índole, tanto más 
fuerte y duradera debía ser aquella impresión. 
Allí, sin duda alguna, nació esa fantástica sim- 
patía hacia los asuntos oscuros y terribles, los 
grandes facinerosos y la hez de ínfima clase, 
que puso luego de relieve en la mayor parte de 
sus obras: simpatía poderosísima como todas las 
que se contraen en los primeros años , que for- 
zó su naturaleza y le impidió desarrollarse tal 
cual era. Si esto no hubiese sucedido, creo yo 
que Ulises Barbieri no habría escrito más que 
idilios amorosos ó comedias tímidas y correc- 
tas para uso de los institutos de educación. 

Pero por este camino no hubiera llegado se- 
guramente á la grande y resonante fama á 
que llegó por el de los crímenes. 

Hoy no hay teatro en Italia en que no haya 
levantado una tempestad de aplausos ó silbidos, 
ni esquina de calle, desde Susa á Siracusa, que 



no RETRATOS UE HOMUKES 

no haya sostenido el anuncio de sus obras de 
espectáculo; y tal vez no hay italiano que sa- 
biendo leer — excepción hecha de mi incógnito 
de Turín — en quien el nombre de Barbieri no 
evoque la hoja de un puñal ó la vista extravia- 
da de un moribundo,. 

Hace sólo unos cuantos meses que está en 
Turín, y ya le conocen todos, por el teatro Ca- 
rignano ó por el Gerbino, por un éxito ó por 
una caída, por sus crónicas ó por sus folletines. 

Sirvió no poco para darle á conocer un sobre- 
todo de color de cacao , adornado con dos es- 
pantosas vueltas de terciopelo chocolate, cuyo 
origen es para sus amigos asunto de viva cu- 
riosidad. También es notable su figura. Es al- 
to, ágil; tiene cara de primer actor: moreno, 
dotado de benevolencia. Hace años llevaba lar- 
gos cabellos que caían sobre los hombros ; hoy 
los usa cortos, con algunas canas. Ceñidle la 
cabeza con un sombrerillo aéreo, ponedle en 
las manos un par de guantes que no se quita 
nunca, á no ser en la mesa y en el lecho, y 
tendréis su retrato. A veces se le ve entrar en 
la ciudad de vuelta de caza, con un gran mo- 
rral á la espalda y un enorme bastón sobre el 
cual se endereza un gran mochuelo, desgreñado 
y amenazador como cualquier siniestro personaje 
de sus dramas, y todos dicen: «Ahí estáLlises 
Barbieri.» Pero su vida no la conocen bien más 



IX DKAMATIUGO rATIRlLAKIO 171 



que sus amigos íntimos y los empresarios. Es, 
naturalmente, una vida muy extraña. Si un 
Mürger italiano escribiera otra Viihi de Bohe- 
mia, liarbieri tendría derecho á figurar en ella 
como protagonista. Su existencia es una pere- 
grinación constante. Es el Judío Errante de la 
literatura italiana. íso está fijo en ninguna par- 
te. Yive allí donde se representa uno de sus 
dramas ó se publica una de sus novelas. líadie 
puede decir que ha recorrido Italia ni ha visto 
todos sus colores tanto como él. ¡Probó de to- 
do!... 

Puede contar que ha sido llamado al palco del 
príncipe Humberto, quien en una representa- 
ción de su Lord Byron le regaló una condeco- 
ración de brillantes, y que un día llegó á Xá- 
poles con cinco, con sólo cinco céntimos enei 
bolsillo, sin saber adónde dirigirse para comple- 
tar la peseta. 

Recibió una carta de felicitación de Tíctor 
Hugo, y jugó sus comedias al billar, acto por 
acto, con más de un empresario de teatros; 
obtuvo triunfos estruendosos y tuvo caídas ex- 
cepcionales en la historia del teatro. 

Cuatro veces en un mismo año pasó de una 
prosperidad inesperada al más vivo y fresco verde 
primaveral, ofreciendo á la misma ciudad el es- 
pectáculo de cuatro sucesivas transformaciones 
completas... excepción hecha de los guantes, los 



172 RETRATOS DE HOMBRES 

cuales no siguen jamás las vicisitudes de su for- 
tuna. De los honores del proscenio al Monte de 
Piedad, de la imprenta á la gaceta, del salón 
del literato rico, al desván del colaboi-ador de- 
sesperado , todo lo sufrió, todo lo hizo menos 
una bribonada. Porque es un holuììtlo , sí... 
pero de buena ley; capaz de todo... en la esce- 
na; hombre excelente fuera del teatro, y traba- 
jador infatigable, cualidad que no abunda en- 
tre sus hermanos en libertinaje literario. 

Puede ser que ascienda ya á un centenar el 
número de sus dramas y comedias. lííi él mis- 
mo las recuerda todas. Cuando se le ruega que 
haga la lista de ellas, no señala mas que las 
principales, y es amenísimo. No sólo no olvida 
sus grandes fiascos, sino que los enumera con 
la más deliciosa desenvoltura, casi con un sen- 
timiento de complacencia, como un veterano 
cuenta sus heridas, persuadido de que sólo los 
trabajadores con grandes alientos son quienes 
dan las grandes caídas. 

Os dice ingenuamente, sonriendo: ^ 

^Sabe usted; ¡me han silbado!... Pero sil- 
bado furiosa, despiadadamente... Había que 
oirlo. Parecía un huracán. Era espectáculo dig- 
no de ser visto. 

En Milán ocurrióle un caso, que á mi parecer 
no tiene igual en los anales de los desastres dra- 
máticos. En tres noches consecutivas, en tres 



rx PRAMATCRGO PATIBULARIO 173 



teatros diferentes, se representaron tres distin- 
tos dramas suyos: El enano de la venta , en el 
]ícy Xuevo, Las historias modernas, en el Rey 
Tiejo, Los ladrones humanitarios, en el Fossati, 
y los tres, dice él mismo, los tres dieron caídas 
tan grandes, tan estrepitosas, que tuve que salir 
escapado, no sólo de Milán, sinodo Lombardia. 
]'ero se levanta de la caída con una ligereza de 
acróbata, más bueno y más audaz que antes, y 
se pone á trabajar en una labor más grande. 
. iS^o hay argumento que lo asuste, no hay di- 
ficultad artística ó histórica que le detenga. 

Si alguno le dijera ex abrupto: — Uliscs, há- 
game usted un drama en treinta actos para que 
se represente en cinco noches sobre- el vigési- 
mo noveno rey de la octogentésima dinastía de 
Kin-Kong-King, — es muy capaz de contestar: 

^-Se lo haré á usted la semana próxima — si 
no lo ha hecho antes. Ha escrito la Aida en 
una noche, en el café de la estación de Milán, 
sobre una simple relación del Cairo de Filippi, 
y se representó diecisiete noches. Ha sacado 
á escena á Jesnscristo , Julio Ce'sar, Tropp- 
niann , Loliengrin , Adam, Uraja, Barbara 
Ubrik, Verzeni, Lincoln, Booth. Ha cogido al 
vuelo todos los títulos de drama más estrepito- 
sos que de quince años á esta parte han atrave- 
sado Europa, hasta el punto de que las más de 
l;is veces ha hecho los dramas para los títulos. 



171 KETRATOS DK HOMBRES 



Y en algunos casos ha hecho más: ha inventa- 
do título y drama por una simple razón de con- 
sonancia con otro título. Por ejemplo , hizo Ei 
fraile de Se(joria, sin argumento preconcebido, 
y sólo para que formara pendaiif con su Monja 
<h Cracovia y que había obtenido éxito. Por el 
título escribió también Ferreo! 11^ La 2)r ince- 
sa visible, El espectro blanco del castillo rojo, 
y pensaba escribir, si no estoy trastornado, La 
mujer que llora, acabada de traducir la novela 
de Tíctor Hugo El hombre que rie. Imaginaos 
los títulos más raros del mundo : ó se ha servido 
ya ó ha pensado servirse de ellos. No hay quien 
pueda sugerirle uno nuevo. 

I7n día le dijo un amigo suyo en un café, 
creyendo darle una idea: 

—Barbieri, deberías hacer un drama titula- 
do La muerte de Dios. 

— Ya lo he matado — respondió Barbieri. — 
Había escrito El Ateo y pensaba titularle La 
¡norte di Dio. Pero lo extravagante de los tí- 
tulos es poco, si se compara con sus atrevi- 
mientos escénicos. En Los dramas del desierto, 
representado en la Commenda de Milán, sacó á 
escena dos leones vivos de la colección de Bidel; 
escribió el drama expresamente por sacar dos 
fieras que salían á escena encerradas en una 
jaula escondida en un bosque de bambús, y to- 
das las noches devoraban á dos condenados á 



UX PRAMATÜROO PATIBULARIO t75 



muerte, representados por dos ancas de caballo, 
bajo la dirección de Barbieri, á quien un rugi- 
do inesperado de una de las dos insólitas actri- 
ces, procuró la última noche una frenética acla- 
mación. 

Otra \cz quiso hacer un drama en quien uno 
de los principales personajes debía ser un muer- 
to embalsamado, y en el Troppmann, no pare- 
ciéndole bastante horror el hecho en sí, dio al 
protagonista un cómplice que muere envenena- 
do y ebrio. Lo más curioso son los incidentes 
y pequeños episodios cómicos que se refieren á 
muchos dramas suyos. Siempre recuerdo, entre 
otros, el drama titulado El asesinato de Ahra- 
ham Lincoììi por una sabrosísima nota que leí 
hace aiios debajo de este título, escrita de ma- 
no de Barbieri en un catálogo (aproximado) de 
sus obras teatrales, la cual decía: «Hice este 
drama en colaboración con Codebó. Estuvimos 
á punto de pegarnos por lo horrible que á cada 
uno de nosotros le parecía lo que el otro había 
hecho; pero Leopoldo Marenco arregló el plei- 
to y seis representaciones acabaron por recon- 
ciliarnos.^ 

Recuerdo también que en el Marcos el Guía 
había una nota relativa á cierto guisado de hí- 
gado hecho con la corona de laurel que en el 
teatro de Lodi habían dado al autor la noche 
de la representación. Y á propósito de otro dra- 



1"<) RETRATOS DE HOMBRES 



ma escribía: uPedí al empresario toda la canti- 
dad... dándome oclio días de plazo pai-a escri- 
l)irla; pero no quiso darme mas que la cuarta 
parte, y le llevé la obra escrita á los dos días." 



* * 



¡Singular sistema de compensación!... "No 
hay que creer, sin embargo, que haciendo el 
drama en ocho días hubiera dedicado mayor 
número de horas, porque todo lo hace de un ti- 
rón, de una vez, y le cuesta trabajo seguir con 
la pluma la rapidez de su trabajo intelectual. 
No corrige; no lee. La Aida la envió al empre- 
sario sin haberla leído. IS^o tiene paciencia bas_ 
• tante para aguardar un segundo pensamiento. 
El tiempo que otros dedican á enmendar, lo 
emplea él en nuevos trabajos. Si se pusiera á 
corregir, haría, sin pensar, una obra de nueva 
planta sobre el primer trabajo, como le pasaba 
á Alejandro Dumas, que viendo representar 
una comedia imaginaba otra sobre el mismo 
asunto, y que en nada se parecía á la primera. 
La imaginación es su cualidad predominante. 
Asuntos, ideas, no le faltan jamás; se le des- 
arrollan en la mente, unos de otros, unos entre 
otros , con tal abundancia y tal rapidez que se 



UN DRAMATURGO PATIBULARIO 177 

confunde; lo que le falta más bien es la medi- 
da, el arte de dominarse á sí mismo, el sentido 
de la conveniencia, los matices, los pequeiios 
medios que, acumulándose, producen los gran- 
des efectos. 

O lo siente ó no lo siente. 
Citemos un ejemplo: 

El mundo aristocrático, el mundo financiero, 
que trata á menudo y con agrado, no los cono- 
ce por experiencia: se los imagina. Caracteres, 
sucesos, lenguaje, todo es suyo; su estilo tiene 
recuerdos eufónicos, un estilo movible, varia- 
do, no exhausto á veces de fuerza y de color, 
cuajado de exclamaciones y puntos suspensi- 
vos , lleno de caprichos y fórmulas vagas que 
recuerdan, de lejos, las páginas más misterio- 
sas de Alejandro Dumas. Pero estos son deta- 
lles en que no hay tiempo en que ocuparse en • 
el ardor de lae grandes composiciones, y, por 
otra parte, el piíblico no se los toma en cuenta. 
Las galerías son siempre benévolas con él; 
conoce á medio mundo, y medio mundo le quie- 
re bien. Aun á aquellos mismos que no le tra- 
tan personalmente les inspira cierta simpáti- 
ca curiosidad su audacia, sus exageraciones ju- 
veniles, la ingenuidad de sus tiradas contra la 
sociedad que no conoce, y el ver con qué arte 
especioso lucha con argumentos superiores á 
sus fuerzas y con qué desesperados esfuerzos se 



178 RETRATOS DK HOMBRES 

mantiene en equilibrio, á veces sobre un hilo 
de seda, y como cae de golpe y de una vez 
cuando cae; y de qué extraños colores se tiñcn 
ciertos sentimientos y ciertas ideas pasando á, 
través de su extraña fantasía. Esta disposición 
amistosa del público no tuvo escasa parte en 
muchos de sus buenos éxitos, entre los cuales 
hubo algunos verdaderamente colosales, como 
el de la revista A zig-zag ^ representada en el 
Dal Yerme , con grandioso aparato , durante 
treinta noches consecutivas. Porque no sólo 
trató el drama y la comedia en prosa y en ver- 
so, sino también el proverbio y la revista y el 
melodrama y la parodia y la extravagancia y el 
boceto y la composición dramática irrepresen- 
table; si hay algo más todavía... ¡también eso! 



* 
* * 



Todo esto en el terreno teatral. 

Porque además tiene novelas para formar 
una pequeña biblioteca. Aparecen en todas las 
formas posibles, en periódicos, tomos, entregas; 
ilustradas, editadas por vendedores de libros 
ambulantes , casi todas de una urdimbre vasta 
é intrincada, cuajada de personajes de todas 
clases, de episodios, llenas de fantásticas des- 



rX DRAMATURGO PATIBULARIO 179 

cripciones y escenas dramáticas, algunas de las 
cuales tienen por teatro media tierra y están 
iluminadas aquí y allí por vivos reMmpagos de 
ingenio, y revelan una facultad artística no edu- 
cada, pero fuerte. 

Y casi todas llevan en el título el sello del 
autor, cQva.0 El palacio del diablo^ Los subterrá- 
neos far nesianos, Nina de Trastíber, Los incen- 
diarios de la Commune, La isla de los ladrones, 
La quinta del campo de las ñores ^ La corte de la 
reina de España, Los misterios de un convento^ 
Lucifer, Treinta homicidios por una hora de 
amor, Los ladrones griegos, y otras cuya lista 
completa no podría dar, sin pensarlo mucho, 
el mismo Barbieri. Y no hablo de los varios to- 
mos de poesías líricas hechas á ratos perdidos, 
casi todas en metros raros, pero no exhaustas de 
ideas originales como, por ejemplo, la que hizo 
á orillas del mar de Catania, en la cual , irri- 
tado por la infidelidad de una amante suya, 
quiere abofetear á la luna. Y dejo aparte las 
Novelas, los Estudios y Los regalos (la casa Ri- 
pamonti de Milán tiene cuatro), y los peque- 
ños opúsculos de actualidad sobre los gran- 
des procesos, y los infinitos periodiquillos naci- 
■dos y muertos en sus brazos, entre los cuales 
se recordará siempre el Mesías, que salió seis 
veces en Florencia y las seis fué recogido. ¡Po- 
bre iluso el Mesías!... que se proponía desen- 



180 KETKATOS DE HOMBRES 



mascara!' á los pillos de guante blanco con la 
ingeniosa pluma de Ulises. 

.Ahora preguntará el lector cómo Barbieri^ 
que es joven todavía, ha tenido tiempo para 
dar á luz tanto bueno. Esto se explica fácil- 
mente: piensa y escribe como respira. Escribir 
no es para ól un trabajo, es su modo de ser. 
La infinidad de pensamientos que otros consa- 
gran á cuidados de la vida, aplícalos él al arte. 
Fuera de la esfera literaria, con seguridad no 
gasta ni una migaja de su actividad mental. El 
día no se divide para él en horas, sino en ca- 
pítulos de novelas ó en escenas de comedias. 
Supongamos que se levanta á las nueve. Hasta 
las diez escribe un zig-zag para la Xueva Tii- 
rin ; mientras almuerza planea una parodia 
dramática; luego va al teatro y asiste á un en- 
sayo, y andando compone, ó más bien... pier- 
de una lírica!... 

Después vuelve á escribir un acto de un dra- 
ma histórico; escrito, va á un café solitario de 
las afueras á emborronar ocho páginas de folle- 
tín que debe dar al periódico á las cuatro; lue- 
go á comer, y termina la parodia de la maña- 
na; más tarde á un restaurant de mala fama á 
hacer estudios sobre el lenguaje truhanesco con 
un viejo empleado en la policía; luego otra vez 
al teatro á ver un estreno, cuya crítica hará 
para el periódico de doce á dos de la madruga- 



UX DRAMATURGO PATIBULARIO 181 

da. Y mientras le ensayan un drama en Tiirín, 
le imprimen una novela en Como y le publican 
una leyenda en folletín en Ñapóles. Entre 
prensa, ensayos y trabajos no le queda ni una 
hora para vivir en la realidad. Va siempre ro- 
deado de un cortejo fantasmagórico de verdu- 
gos, príncipes, asesinos, brujas y leones, y no 
se acuerda de vivir en este mundo sino cuando 
se despierta de pronto con el eco de los aplau- 
sos ó las silbas. 

Xo le citéis para las doce; es fácil que no se 
acuerde de la cita hasta las cuatro. Xo sabe 
nunca el día de la semana en que vive, y no 
tengo seguridad si, preguntado de pronto, po- 
dría decir en qué año estamos. Hoy está en 
Turín; dentro de seis días es probable que se 
haya trasladado á Palermo con sus manuscritos 
y su mochuelo; y así recorre el mundo desde 
los quince años: sembrando dramas y novelas, 
siempre joven, siempre alegre, siempre lleno de 
grandes designios y grandes esperanzas , siem- 
pre sanguinario y siempre buen muchacho, y 
lo mismo será dentro de treinta años... excepto 
alguna cana más en la cabeza y algunos cien- 
tos de dramas en la conciencia, y salvo tam- 
bién (se lo aseguro con el corazón) una hermo- 
sa quinta sobre el lago de Como; tardío pero 
dulce fruto de sus mil volúmenes, y sobre cuya 
puerta podrá escribir: 



182 RETRATOS DE HOMBRES 

ttAqiií... descansa de sii peregrinación de 
cincuenta años...'i; y debajo, en lugar de su 
nombre, un verso acomodado del Dante : 

¡Aquel que de samjre flñó el nitoido!... 



t? 



^3:ìi^^^<^i-^ 



XI 

EL CAPITAN BOVE 

EXPLORADOR DE AFRICA 



J"^ AiME Bove contrajo en Africa la enferme- 



^^^ dad que debía conducirlo al sepulcro; una 
enfermedad complicada, extraña, implacable, 
oscura hasta para el habilísimo médico que lo 
asistió en la casa de baños de Andorno: como si 
con el aire del continente misteriosohwhìévsL^QÌQ 
entrado en los poros misterioso veneno. Experi- 
mentaba atroces dolores de cabeza, una repug- 
nancia extraordinaria á toda clase de alimen- 
tación y un profundo abatimiento así físico co- 
mo moral ; de repente , á estos síntomas suce- 
día una vuelta impetuosa de la salud y de la 
antigua poderosa vitalidad , y entonces buscaba 
el trato de las gentes, alegraba la mesa con una 
locuacidad llena de ingenio y de cortesía , en- 
tablaba contienda con el masseur alemán de la 



184 RETRATOS DE HOMBRES 

casa, y comía con insaciable avidez, lo cual 
causaba verdadero estupor á quien desconocía 
su estado, y un sentimiento de lástima á quien 
no lo ignoraba. Así transcurrían algunos días, 
al cabo de los cuales, hastiado el estomago, re- 
pugnaba los alimentos , y con la dieta forzosa 
volvían á empezar los dolores, la aversión al 
movimiento, la tendencia á la soledad y, sobre 
todo, un invencible y tormentoso insomnio. 

¡Pobre Bove! Destrozad corazón oir al mé- 
dico describir los martirios que sufría durante 
aquellas noches interminables. Un anhelo sin 
nombre, una continua labor febril de la men- 
te, agitada de todas maneras por pensamientos 
dolorosos y por fantasías monstruosamente lú- 
gubres, que no le dejaban pegar los ojos un 
minuto, que lo tenían horas enteras sentado en 
la cama, con las manos en la frente, con el in- 
fierno en el cráneo y la desesperación en el co- 
razón, esperando el alba libertadora, que no 
despuntaba nunca; y el médico lo encontraba á 
menudo en aquella actitud, oprimido por una 
tristeza infinita y llorando como un niño. Lue- 
go seguía un nuevo período de alivio, y luego 
de nuevo la misma agonía. 

La cura hidroterápica, aunque vigorosa y 
asidua, no lo mejoraba, ni tenía fe en ella. Y 
á las veces hablaba del suicidio, razonablemen- 
te y con gran tranquilidad de ánimo, como de 



EL CAPITÁN BOVE 185 

un medio lógico y lícito de salir de ciertas con- 
diciones á las cuales puede la enfermedad redu- 
cir á un hombre; y cuando el médico, receloso 
porque sospechaba algo, le contradecía, contes- 
taba con nuevos argumentos, siempre apacible- 
mente , como si discutiese la cuestión sin pen- 
sar en sí mismo; y así al menos, repito, parecía 
á los demás, pero no al facultativo, á quien pro- 
dujo dolor, mas no sorpresa, la noticia del sui- 
cidio. 

— «Nadie, dijo, se admirara si todos hubie- 
sen visto cuánto sufría. ^ 

Pero la enfermedad fué una causa secunda- 
ria tal vez; para explicarla conviene recorrer 
desde el principio al fin la vida pública de 
nuestro malogrado amigo. 

Conocí á Bove antes de la expedición del Fe- 
(/a, cuando estaba en Turín preparándose para 
el gran viaje, estudiando inglés y recogiendo en- 
señanzas y consejos de Cristóbal Negri. Era un 
joven simpático, algo tímido, lleno de buena 
voluntad y de hermosas esperanzas. Pero sus 
esperanzas, en cuanto se relacionaban con la ex- 
pedición del Vega, de la cual comprendía todas 
las grandes dificultades y peligros, limitábanse 
á regresar sano y salvo, enriquecido de cono- 
cimientos útiles y con un buen nombre que le 
hubiese favorecido para su carrera en la Mari- 
na Real. 



186 RETRATOS DE HOMBRES 

Recuerdo perfectamente la mañana aquella 
en que le di mi último adiós en el descanso de 
la escalera de mi casa, viendo ya con la imagi- 
nación detrás de su cabeza juvenil el inmenso 
horizonte blanco de las soledades polares, que 
lo esperaban acaso para no devolvérnoslo nun- 
ca. Estaba tranquilo y sonriente como todo jo- 
ven valeroso que va á desafiar la fortuna, y pa- 
recía que en sus hermosos ojos azules brillaba 
ya el deseado espectáculo del regreso: sus pa- 
dres con los brazos abiertos, los amigos feste- 
jándole, el acorazado italiano á bordo del cual 
había navegado, orgulloso de su heroico viaje. 

Ese era su ideal, y lo decía con aquella son- 
risa suya, llena de afabilidad y de modestia; y 
seguro estoy de que durante los tres años que 
el viaje duró, no acarició jamás una esperanza 
más ambiciosa; no soñó jamás con otra cosa que 
con un regreso honroso. 

En vez de esto, la vuelta fué un triunfo rui- 
dosísimo. En aquel conciudadano, el más joven 
de todos cuantos habían formado parte de aque- 
lla expedición milagrosamente afortunada, el 
entusiasmo nacional vio casi resumida y encar- 
nada la gloria de la expedición entera y algo 
así como la promesa de otros viajes maravillo- 
sos y de grandes descubrimientos, todos nues- 
tros; vio casi renovada la tradición de nuestro 
glorioso pasado marítimo, el acontecimiento 



EL CAPITÍ.X BOVE 187 



inaugural de una segunda epopeya de la nave- 
gación italiana. El joven oficial, oscuro al par- 
tir, volvía célebre. Su viaje desde Xápoles á su 
tierra natal y á Tun'n fué una fiesta continua. 

En los supremos momentos que precedieron 
á su desdichadísimo fin, el pobre Bove debe ha- 
ber recordado aquellos días, debe haber tenido 
una rápida visión luminosa, tal vez dolorosísi- 
ma, de aquellas estaciones de ferrocarril atesta- 
das de estudiantes que aclamaban su nombre, 
de aquellos anchurosos teatros donde miles de 
oyentes pendían conmovidos de sus labios, de 
aquellos animados banquetes en los cuales cien- 
tos de copas buscaban la suya, y donde por ci- 
ma de las voces de todos resonaba la del buen 
viejo Negri, temblorosa de alegría al ver otra 
vez vivo, aclamado y feliz, á su discípulo pre- 
dilecto. 

Pero Bove distinguía claramente en aquellas 
fiestas lo que le tocaba á él y lo que corre'spon- 
día al acontecimiento, aquello que era justo y 
■ razonable y lo que rebasaba los límites de la 
justicia. íío era posible que su índole fuerte y 
sana y su buen juicio se dejaran dominar por 
el orgullo y cayeran en una ilusión vulgar. 
Hasta en las ocasiones en las cuales hubiera si- 
do disculpable un momento de debilidad, se 
mantuvo siempre virilmente dueño de sí mismo. 
Muchos recordarán todavía la amable sencillez 



188 RETRATOS DE HOMBRES 



via claridad asombrosa con que, en los instan- 
tes más calurosos de los festejos, contestaba á 
las mil variadas preguntas con las cuales lo vol- 
vían loco curiosos y hombres de ciencia, apiñados 
en torno suyo, para todos los cuales tenía una 
sonrisa y una palabra afectuosa. 

Pero era exaltado. Los relatos que traía á sus 
sabios, las glorias de su país, eran un licor al 
cual no resistía. La embriaguez, sin embargo, 
obraba en él noblemente; le daba fuerza y au- 
dacia para dibujar grandes cosas, sin engañarlo 
sobre la importancia de aquello que había he- 
cho. La suya era una exaltación lúcida. Pare- 
cía que aquella inesperada gloria duplicaba to" 
das sus facultades. Su corazón palpitaba de am- 
bición, su mente trabajaba con prodigiosa acti- 
vidad. Comprendía que para mantenerse á la 
altura á la cual le había elevado la fortuna, hu- 
biera debido abrirse nuevo camino, conquistar 
la gloria por segunda vez, por propio impulso, 
con alguna empresa extraordinaria, pero suya 
sola. ¿Cómo había de volver á su modesta posi- 
ción de teniente de Marina después de aquella 
especie de triunfo nacional? Presentía que ha- 
bía de hallarse incómodo, y cualquiera com- 
prende por cuáles razones y de qué modo. 

Entonces concibió la grandiosa empresa de 
un viaje de exploración á los mares antarticos, 
que terminase, ó perdiéndolo todo, ó con un 



EL CAPITÁN BOVE 189 



descubrimiento de altísima importancia para la 
ciencia y para el mundo entero. Aferróse á 
aquella idea con todas sus fuerzas, la defendió 
con ardiente entusiasmo, buscóse elementos con 
infatigable constancia, sin soñar, sin vivir para 
otra cosa durante muchos meses, hablando de 
ella continuamente con la elocuencia apasionada 
de un inspirado cá cuya vista aparecíase ya un 
nuevo mundo allá en las regiones de los hielos 
eternos, bautizado con su nombre. 

Pero cesaron las demostraciones festivas; la 
grande empresa no encontró elementos en Ita- 
lia, y los dos viajes de exploración que hizo á 
la Tierra del Fuego, ni añadieron ni podían 
añadir nada al renombre que le diera su prime- 
ra expedición. 

Transcurrieron los años, y el astro de las su- 
blimes esperanzas, si no extinguióse, se oscure- 
sció. Loúltimos entusiasmos de Bove fueron 
para la colon'tzacióii del territorio de las Misio- 
nes; pero no encontraron eco, y hasta estos úl- 
timos entusiasmos murieron con un desengaño- 
positivo. 

El efecto de todo esto fué una larga y lenta 
caída en su ánimo de aquellas estupendas altu- 
ras,- á las cuales, ya lo he dicho, nunca creyó 
haber subido ya, pero á las que noblemente 
ambicionaba llegar con el tiempo y con el tra- 
bajo después del regreso de los mares árticos. 



190 RETRATOS DE HOMBRES 

Quien lo conoció en aquellos primeros años feli- 
ces y volvió averio en estos últimos, observaría 
ciertamente en él, bajo la apariencia de una se- 
renidad inalterable, un cambio. Xo estaba ple- 
namente satisfecho de sí mismo; leía dentro de 
sí que faltaba algo á su vida, que en su alma 
había un vacío. No es que se considerase, como 
suele acontecer á los hombres mediocres, una 
víctima de la suerte ó de un genio desconocido 
— porque de nadie se quejaba ni en su corazón 
había penetrado la recriminación; — pero des- 
pués de aquella primera embriaguez profunda, 
después de aquel poderoso impulso que diera á 
todas sus fuerzas la inesperada posesión de la 
gloria, no bastaba á su naturaleza, deseosa y ca- 
paz de grandes hechos, ni las pequeñas satis- 
facciones de la fama llena de simpatías que le 
quedaba, ni le bastaba tampoco el horizonte 
estrecho y pálidamente iluminado que le pre- 
sentaba el porvenir. 

La posición lucrativa y honrosa de director 
de una sociedad de navegación no correspondía 
á su audaz y poética ambición de descubrir y 
colonizar tierras nuevas. Y el viaje al Congo, 
emprendido por encargo del gobierno, lo realizó 
con la concienzuda diligencia que empleaba pa- 
ra todo; pero — sus cartas lo demuestran — sin 
entusiasmo alguno, porque no era empresa que 
le hiciese avanzar ni un solo paso en la senda 



EL CAPITÁN BOVE 191 

por él soñada. Además, los cuidados de su últi- 
mo empleo, las largas interrupciones impuestas 
á sus estudios por los viajes y por los negocios, 
y su misma naturaleza gastada por el trabajo, 
eran otros tantos impedimentos para que busca- 
se y encontrara en la ciencia la satisfacción de 
una parte al menos de sus altas aspiraciones. 
No era indudablemente un olvidado, como suele 
decirse, por la sociedad y por su país, los cuales 
le habían dado siempre el respeto y el honor 
que le eran debidos; era, creo yo, un caído den- 
tro de sí mismo, al cual faltaba la armonía en- 
tre las esperanzas y los recuerdos; era un alma 
sometida á dieta, un enfermo, un desconten- 
to — sin ira — del reino de la gloria. Esto, en 
mi juicio, contribuyó á abreviar en él el pe- 
ríodo de la lucha y de la resistencia contra su 
enfermedad. Y esto me hace dudar de si para 
los que han nacido para combatir por los gran- 
des fines, es mejor recibir en los primeros pa- 
sos una gran caricia ó una sacudida brutal de 
la fortuna. 

¡ Qué lástima! ¡Había hecho tanto la natura- 
leza por él, y él había hecho tanto para ayu- 
darla ! 

Sobre el sólido fundamento de los primeros 
estudios, fáciles para su inteligencia abierta á 
todas las ciencias positivas, había ido acumu- 
lando una gran cantidad de conocimientos va- 



102 RETRATOS DE HOMBRES 

liados y útiles, recogidos con aguda y tranquila 
meditación sobre los libros, entre los hombres 
Y en la larga experiencia de la vida. Su inge- 
nio, vivo y atrevido, como dijo Cristóbal Negri, 
estaba sostenido por un raro buen sentido, ad- 
mirablemente reflejado en las innumerables 
cartas escritas desde todas las partes del mundo 
á su venerado maestro, en ninguna de las cua- 
les se ve que el entusiasmo ó la presunción ju- 
veniles echen el más ligero velo sobre la saga- 
cidad de las observaciones y la prudencia del 
consejo. En toda clase de estudios se perfeccio- 
naba continuamente con una labor jamás inte- 
rrumpida, y siempre ordenada por la voluntad. 
Falto en suprimera juventud de cultura litera- 
ria, había conseguido, á fuerza de leer mucho 
y bien, escribir páginas llenas de corrección y 
belleza; y de un hombre que hablaba con difi- 
cultad y premiosamente, convirtióse en orador 
de facundia para el genero de conferencias, qui- 
zás demasiado inclinado á una elocuencia un 
tanto brusca y de saltos, aunque algunas veces 
de eficacísimos resultados. 

Y cuando estaba de humor alegre, y sus oyen- 
tes lo estimulaban , ¡con cuan viva y delicada 
gracia narraba las anécdotas de sus viajes, pre- 
sentando el lado cómico de los hombres y de las 
cosas! ¿Quién hubiera dicho oyéndolo chancear- 
se con la graciosa ligereza propia de un hom- 



EL CAPITÁN BOVE 19.1 



bre de mundo, habituado al trato distinguido 5'^ 
jovial, que era aquel rudo marino acostumbra- 
do á resistir las más ásperas fatigas, experto en 
todo género de aventuras peligrosas, intrépido 
ante la tempestad y ante la muerte? Al aspecto 
evidente de estas gallardas virtudes, se unía 
por modo admirable en su rostro correcto y fino, 
bronceado por los vientos del Océano, la nota 
de una gran bondad y de una cortesía exqui- 
sita. Tenía las líneas del semblante y los ojos 
italianos, y algo de septentrional en el color y 
en la expresión de la fisonomía; su pronuncia- 
ción era entre ligura y piamontesa; su voz 
extraña, su paso reposado, su gesto llamativo, 
su mirada límpida. Xo se podía conocerlo sin 
amarlo. 

¡ Y. . . se ha matado ! 

¡Ah, qué cosa tan horrible! ¡Y no haber es- 
tado allí, en Verona, en aquel malhadado día; 
no haber podido seguirlo, no haberlo visto cuan- 
do salió de su casa con el revólver escondido^ y 
cogerle el brazo con un brazo y con el otro ro- 
dearle el cuello en el momento fatal! Xo haber 
podido decirle: — \lSo, Bove; por lo más sagra- 
do que hay en el mundo, nó te mates! La bala 
con la cual quieres destrozarte la frente, destro- 
zaría el corazón de los tuyos. Lucha, sufre to- 
davía; confía aún en tu valor y en tu fuerza; 
no manches el purísimo ejemplo de vida honré- 
is 



11(4 RETRATOS DE HOMBRES 

sa y Útil que podremos presentar á nuestros 
hijos; no añadae por tu propia mano otra vícti- 
ma á las víctimas italianas en África. ¡Curarás, 
tornarás á tus trabajos, volverás á ver el Océa- 
no, servirás aún á tu país! ¡No mueras! 

Cien veces repito para mis adentros estas pa- 
labras, y cien veces, como muda y terrible res- 
puesta, se me presenta la imagen de aquel po- 
bre cuerpo inmóvil, abandonado en medio del 
campo, con las sienes ensangrentadas, los brazos 
inertes, los ojos apagados, junto el arma maldi- 
ta que mató una esperanza de Italia. 



-^§<^^|^aC^I^^H|4^€^^&«3- , ^ '^ 



XII 
UN POETA PROVINCIAL 



(^^ E me ha dado el honroso y grato encargo 
^^ de escribir un prologo para el libro de un 
malogrado amigo, y he decidido hablar más del 
ftutor que de sus versos, ya porque éstos ha- 
blan bastante por sí mismos, y porque yo, para 
la mayoría de los lectores, sólo puedo hacer un 
comentario superficial, ya porque es racional su- 
poner que todos los que admiraron desde fuera 
iú poeta deseen saber sobre todo lo que sólo 
puede decir uno de sus amigos: qué tal era el 
hombre. 

Intento, pues, dar al público más bien un 
retrato que un estudio literario; el cual, por 
otra parte, no podría hacer con frío juicio, dado 
e\ vivísimo cariño que tuve al amigo y que con- 
servo á su memoria, y el demasiado poco tiem- 
po que ha transcurrido desde el inolvidable día 



196 RETRATOS DE HOMBRES 



en que resonaron en mi corazón estas cuatro 
terribles é inesperadas palabras: — Nuestro Ar- 
nulfi ha muerto. 



* 



El que ha muerto fué, por la índole de su al- 
ma y la especialidad de su ingenio, uno de los 
más notables y amables jóvenes que he conoci- 
do desde lia!ce veinte años, tanto, que, aunque 
no hubiese escrito una página ni un verso, hu- 
biera sido querido y popular en Turín, donde 
vivió sus mejores años, por las condiciones que 
demostraba en el trato con amigos y conocidos. 

Sólo me ocurre apuntar dos noticias biográ- 
ficas suyas: una, porque es original y triste; la 
otra, porque se refiere á un hecho que contri- 
buyó á despertar su ingenio: el haber nacido en 
el cuartel de carabineros de la plaza de Carlea 
Manuel II el infausto año de 1849, más infaus- 
to aún para su familia con la muerte de su ma- 
dre, y el haber recorrido en sus primeros años- 
varias ciudades de Italia adonde iba destinada 
su padre, natural de Niza, que había llegada 
desde soldado sencillo á general de carabineros 
y diputado á Cortes. Su verdadera vida, coma 
hombre y como artista, no empieza hasta que^ 



UN POETA PROVINCIAL 197 

muy joven aún, estando empleado en la Socie- 
dad Real de Seguros , estableció su residencia 
en Turín y comenzó á captarse la atención y 
la simpatía de todos con las primeras manifes- 
taciones de su gran sentido cómico y de su na- 
turaleza originalísima. 



* 
1^ * 



El sentido cómico lo aplicaba especialmente 
á los ridículos aspectos de la vida de provincia, 
siendo en esto verdaderamente agudo y origi- 
nal, porque para hacerlo valer no se le ocurría 
imitar las voces ni los gestos de las personas, 
pues le faltaba esta habilidad. Más bien que 
refiriendo, ó pintando fielmente las cosas gra- 
ciosas, obtenía el efecto presentándolas en cier- 
to escorzo particular que él sólo sabía escoger 
y colocar; ó, al referirlas ó pintarlas, las cambia- 
ba con una gracia especial suya, inventando 
también, pero con admirable verosimilitud; y, 
á veces, sus historietas y sus chanzas habían 
sido preparadas previamente con largas medi- 
taciones peripatéticas, porque era á la vez vivo 
de fantasía y reflexivo. Pero siempre lo decía 
en pocas palabras, siendo parco también en su 
mímica, pues casi no hacía gestos, refiriéndolo 



19S RETRATOS DE HOMBRES 

todo con una voz velada y como cansada, que 
alzaba hacia la mitad de la relación, y que no 
se compaginaba bien con su risa sonora de jo- 
vencillo. 

Muchas veces se le oía en el círculo de los ami- 
gos una improvisación seguida y animada. Su 
vena no saltaba en grandes oleadas, sino en sur- 
tidores instantáneos, como un tonel que se ver- 
tiera y volviera á tapar en el acto. El distraía 
oportunamente á la reunión con una palabra, 
con un chiste dicho á tiempo, con una anécdo- 
ta lanzada por entre las espirales de la conversa- 
ción, sutil, aérea, aguda, picante, que quedaba 
luego en la memoria de todos. 

Parecía que la sacaba de un tonel sin fondo; 
tantas eran las que él inventaba y las que te- 
nía aprendidas. Cada vez que lo divisábamos á 
lo lejos, en lo último de una calle, con aquel 
andar suyo desmadejadb y aquella cabeza, un 
poco inclinada sobre un hombro, como para fa- 
vorecer el esfuerzo de un pensamiento ingenio- 
so, nos alegrábamos todos pensando que, al en- 
contrarlo, oiríamos de él algo nuevo, ya inven- 
tado, ya aprendido en las veinticuatro horas. 
Porque el chiste de un labriego, cogido al vuelo 
en la plaza, la frase bufa de un periódico serio, 
cuatro palabras cambiadas con un fosforero, 
algo que había visto, una escena medio aperci- 
bida en el café ó en la calle, en suma, todos los 



CN POETA PROVINCIAL 199 

chismecillos de la cronica pública ó de los va- 
rios círculos de amigos y de las diversas clases 
sociales con las que le ponía en contacto su 
vida de escritor, de empleado ó de joven del 
gran mundo, todo era para él objeto de pasa- 
tiempo y materia de observaciones sutiles y cu- 
riosísimas, 

Pero, sobre todo, los amigos, de los cuales no 
se le escapaba ningún lado flaco, ninguna mu- 
letilla de la conversación ni ningún gesto espe- 
cial que proporcionase el más mínimo motivo 
para el ridículo, y tenía una terrible habilidad 
para revelarlo y darle colorido, para alegrar la 
reunión y para hacer comprender al amigo que 
lo había observado. ¡Ah! verdaderamente, el 
vanidoso, el embustero, el susceptible, el fatuo, 
el pedante, tenían que estar en guardia con él. 

Aun queriéndolo bien , nos producía á veces 
alguna inquietud, síntoma hasta de enemistad^ 
cuando hablando con calor en medio de un cír- 
culo, encontrábamos fijos sobre nosotros sus ne- 
gros y brillantes ojos, con cierta ligera sonrisa 
que parecía el anuncio exterior de la primera 
inspiración de un soneto. 



Y ¡qué característica era su figura! ¡Qué 
profundamente impresa se quedaba en el áni- 



200 KETKATOS DE HOMBRES 



mo, aunque no se la hubiera visto sino una sola 
vez! Le daban extraño aspecto de indio ó de árabe 
sus cabellos abundantes y negrísimos, enmara- 
ñados en rizos largos y crespos, que le llegaban 
hasta la frente, y el color aceitunado de su lar- 
ga cara, hundida por las mejillas y adornada 
por pequeños ojos oscuros de una mirada inten- 
sa é inteligente , que mitigábala expresión sen- 
sual de su boca rojiza, sus ásperos bigotes y su 
larga barba; y este aspecto de virilidad, un po- 
co salvaje, de la cabeza, formaba contraste con 
su cuerpo alto y esbelto, delgado, un tanto aga- 
chado, como rendido por el trabajo, y vestido 
con elegancia sencilla; y más extraño pare- 
cía aún el grande y repentino cambio de ex- 
presión que se producía en su semblante, triste 
y serio de ordinario, cuando se escapaba de sus 
labios, con algún chiste, aquella risa juvenil y 
burlona, que casi era la revelación de otro 
hombre". 

A causa de su delgadez, de la palidez de su 
rostro y de su espíritu cáustico, se le solía dar, 
entre los amigos, el nombre de Mefistófeles; el 
cual, en realidad, no le convenía mas que por 
ciertas apariencias, porque no se puede llamar 
Mefistófeles al hombre que sabe, como él, ga- 
narse y conservar muchas amistades, fieles has- 
ta la muerte; ni al poeta que, entre tantos ver- 
sos satíricos, pulsó, sin embargo, con mano de- 



UX POETA PUOVIXCIAL 201 



licadisiraa .la cuerda de los más nobles afectos- 
La verdad es que entre el Arnulfi, tal como 
se presentaba á los amigos, y el Arnulfi que 
se revelaba en sus poesías, había un notable 
desacuerdo, que redundaba todo, en honor suyo; 
porque mientras parece que la naturaleza de 
su espíritu, su modo de vida y la sociedad que 
le rodeaba, tolerantísima con los escándalos en 
el arte, hubieran debido impulsarle á una 
poesía irreflexivamente atrevida é inoportuna; 
él, por el contrario, demostró tener otro con- 
cepto del arte; tanto, que jamás,, ó muy rara 
vez, traspasó los límites de lo decoroso y lo ra- 
zonable en la pintura y castigo del vicio. Mien- 
tras en la conversación podía aparecer escéptico 
alguna vez é inclinado á reirse hasta de las 
ideas y sentimientos más respetables, cuando 
cogía la pluma, solo, delante de su conciencia, 
prevalecía en él un recto y honrado sentido de 
la vida, una sincera compasión de las miserias 
y dolores humanos, una indignación viva con- 
tra las injusticias sociales, la opulencia igno- 
rante y ociosa, el vicio enmascarado y la char- 
latanería. Y aunque claramente se nota que en 
toda composición suya le aparecía más pronto 
y más fuertemente le atraía la belleza artística 
que el concepto y la intención moral, ésta, sin 
embargo, se descubre también en la mayor par- 
te de sus sonetos, como si hubiera sido su primera 



202 RETRATOS DE HOMBRES 

inspirac¡«5n, porque se le imponía irresistible- 
mente desde el fondo de su alma. Si hay algo 
en él de artificioso y estudiado, me parece que 
es más bien en el Arnulfi de la vida real , al 
cual la reputación de joven agudo, agradable 
y satírico, y la distracción que todos esperaban 
de él en este campo, le obligaban casi á ridi- 
culizar y á chancearse sobre cualquier asunto. 
El verdadero Arnulfi no le conocía mas que 
el que había tenido ocasión de tener con él lar- 
gas é íntimas conversaciones serias, en las que 
para nada le ocurría decir un chiste; y aun es- 
te lado serio y bueno no lo manifestaba mas 
que casi involuntariamente y en pocas pala- 
bras; porque acostumbrado á observar en los 
demás las ficciones y las exageraciones del ca- 
riño, de las que tanto se burlaba, estaba siem- 
pre alerta sobre sí mismo, cuidando de que su 
lenguaje no desdijera del carácter con el que 
era más generalmente conocido. 



Era poeta por naturaleza, por la viveza de 
las impresiones que recibía en su trato con los 
demás hombres y en su vida toda, y por la fa- 
cultad de manifestar estas impresiones con tal 



UN POETA PROVINCIAL 203 

relieve y colorido que parecía reproducirse en 
ellas mismas. Sirvió de gran auxiliar á estas 
dotes un precoz y vario conocimiento del mun- 
do, que adquirió principalmente de la misma 
simpatía que inspiraban sus argucias y su per- 
sona toda en su trato con todos, cualquiera que 
fuese la clase y la cultura de los mismos. 

Su espíritu crítico, más que apasionado, lo 
impulsó menos al estudio de las clases popula- 
res que al de la nobleza y la clase media; 
ofreciendo aquélla demasiada materia de com- 
pasión y de lástima, en la edad presente, á un 
poeta en quien predominaban ciertas ideas y 
temperamentos, mientras que éstas tenían bas- 
tante virtud y desgracias que hacían parecer 
poco delicado aplicar castigos á sus defectos: 
además de que las segundas estaban á su alcan- 
ce y á las primeras no lo acercaban su profe- 
sión ni las costumbres de su vida. 

Era lógico también que conviniese más bien 
el dialecto que la lengua como medio de ex- 
presión á un ingenio que se había despertado 
y desenvuelto, más que en otra cosa, en la ob- 
servación directa de la vida y, en ésta, de ca- 
racteres, hechos, rarezas, ridiculeces casi siem- 
pre provinciales y, por lo tanto, imposibles de 
manifestarse en otro lenguaje que en aquel en 
que naturalmente se producen y expresan. 

Le indujo también á ello un singular afecto 



204 IIETRATOS DE HOMBRES 



á la importancia del propio dialecto; importan- 
cia de la que muchos no se dan cuenta, como 
si del dialecto, por el hecho mismo de recibir- 
lo con el jugo materno, fuesen todos conocedo- 
res y maestros en su uso; siendo así que, por 
el contrario, son tan grandes las diferencias en 
la medida de poseerlo y en el arte de servirse 
de él, como lo son entre las personas las gra- 
daciones del gusto, del oído, de la memoria y 
de la forma de expresión. 

Ahora bien; cuan vivo é intenso era el afec- 
to de Arnulfi á su dialecto, pueden atestiguar- 
lo sus amigos, los cuales recuerdan la compla- 
cencia amorosa y la alegría de artista con que 
refería,- paladeaba y hacía paladear á los de- 
más los vocablos, las construcciones y los pro- 
verbios piamonteses , recogidos día por día, y 
que nosotros ignorábamos ó habíamos oído cien 
veces sin advertir el sabor particular y, por de- 
cirlo con una palabra suya felicísima, raspante 
que él le encontraba. 

IS^o es menos evidente que las razones que 
le hicieron escoger el dialecto fueron también 
las que le indujeron á preferir el soneto, más 
á propósito que ninguna otra forma métrica á 
su modo de observación fragmentaria, por de- 
cirlo así, á su vida mixta de empleado y de 
hombre de mundo, á la índole de su ingeniof 
ágil y pronto, poco apto para las largas expli- 



UN POETA PROVINCIAL 205 



caciones y aptísimo para aquella casi simulta- 
neidad de esfuerzos intelectuales, con los cua- 
les en una composición breve y cerrada se echa 
el principio y se dibuja el fin, afrontando y 
venciendo, con una sucesión rapidísima de sus- 
tituciones y de recursos, muchas dificultades 
ocultas é inquietantes que nacen las unas de 
las otras, delante de las cuales tiene que dete- 
nerse el que no va muy listo, y, deteniéndose, 
pierde sn fuerza y el cariño á la idea que iba 
á desenvolver. 



A la seguridad con que poseía el dialecto, á 
sus naturales facultades poéticas y á su rico cau- 
dal de observaciones, que continuamente estaba 
aumentando, se unía en Arnulfi una fuerza nue- 
va que no era posible en un poeta de treinta 
años tjue fuera sólo piamontés: el soplo de la va- 
ria vida intelectual de la nueva Italia, influida 
de un nuevo género de humorismo importado de 
í^rancia, que prevaleció en los últimos años en 
una parte de nuestra prensa periódica, y cierta 
elasticidad y flexibilidad de ingenio adquiridas 
en su larga residencia en otras provincias italia- 
nas, y en muchas lecturas diversas, pero escogi- 



206 RETRATOS DK HOMBRES 



das con gusto, y hechas con la curiosidad viva y 
escrutadora de un artista libre de prejuicios y 
de pasiones de escuela. Era piamontés de naci- 
miento y de corazón; pero nunca se traslucía en 
él nada de lo que justifica el significado crítico 
puesto en aquella palabra de quien nos juzga 
con más sutileza que benevolencia. Era un pia- 
montés del último molde, muy hábil paracom- 
prender y saborear todas las manifestaciones 
del mérito propio de cada provincia y habilísi- 
mo para que los varios caracteres, las costum- 
bres regionales de Italia, de los provincialismos, 
que, poco ó mucho conocía, le sirvieran de ma- 
teria y forma para anédoctas y frases felices. 

Para salir con éxito de la literatura provincial 
no tenía otro obstáculo que el no haber estudia- 
do la lengua patria en sus primeros años, como 
se hace ahora, con la imaginación fresca y sin 
otras miras; cuyo defecto es difícil de corregir, 
más tarde, cuando las ideas han ocupado ya el 
lugar délas palabras, y mucho más cuando la 
lengua de que se trata es aquella viva, rica, va- 
riadísima y flexible que se requiere para las ne- 
cesidades de un ingenio cómico y caprichoso. 

Por esto nos parecen -tan inferiores á las de- 
más las pocas composiciones que escribió en ita- 
liano, en las cuales se nota que le faltaban los 
pulimentos más menudos y precisos del arte, y 
no se advierte ya la segura facilidad de su 



UN POETA PROVINCIAL 207 

Ulano, entorpecida, como si tuviese un guante 
nuevo, puesto con trabajo. 

Es posible que, si hubiera vivido, hubiera 
adquirido, con el uso y con una larga residencia 
en Roma, mucha parte de lo que le faltaba, y 
hubiera dado un gran paso hacia adelante en 
el arte italiano; pero nunca, á mi juicio, hubie- 
ra tenido la espontaneidad y el vigor que des- 
plegó en su propio dialecto. 



* 
* * 



La primera manifestación notable de su in- 
genio fueron veinte sonetos titulados Sangre 
(tzid^ una sátira contra la parte flaca de la aris- 
tocracia de Turín. Recordaba siempre con pla- 
cer, y ahora recuerdo con tristeza. El café de 
Monviso^ donde le vi por vez primera, y en el 
que entraba á oir el juicio de sus amigos, en- 
tre los cuales se contaba el valiente Pietraqua. 

Si sus sonetos pudieran clasificarse en gru- 
pos y elegir, el mejor sería aquel que, abra- 
zando un campo más reducido y concreto que 
los otros, por lo que reflejaría mejor el pensa- 
miento del poeta, presentase el asunto bajo 
todos sus aspectos, y ofreciera en la variedad 
de las composiciones, independientes entre sí, 



208 RETRATOS DK HOMBRES 

pero relacionadas y explicadas unas por otras, 
el carácter de una obra de arte completa y he- 
cha de una sola inspiración, como un poemita 
satírico en el que estuviera encerrado todo un 
pequeño mundo. 

Y hay que decir en honor de Arnulfi, que si 
bien en su modo de empezar el soneto, de inte- 
rrumpir y reanudar el diálogo, de medir el ver- 
so y de poner la cesura, parece que imita á Re- 
nato Fucini, es lo cierto que él no conocía cuan- 
do escribía Sangre azul los famosos cien sone- 
tos del poeta de Pisa, de quien fué luego en- 
tusiasta admirador. Intentó después de la sáti- 
ra del mundo aristocrático la de la burguesía, 
con otros veinte sonetos, los cuales, aunque no 
son inferiores, individualmente comparados á 
los primeros, no tienen todos juntos igual mé- 
rito, pareciendo que en el vasto y vano campo 
de la clase social á que se refieren, más bien 
espigaba que recogía abundantemente las obser- 
vaciones á que su asunto se prestaban. 

Después se sucedieron otras composiciones, 
de las que pocas pertenecían al primer grupo, 
correspondiendo en su mayoría al segundo; sien- 
do poquísimas las inspiradas por el pueblo, de 
cuyo asunto lo desviaban, además de las razones 
ya dichas , la amplitud del campo , mayor aún 
que en la clase media, y la dificultad de tratar- 
lo á conciencia sin herir cuerdas muy sensibles. 



UN POETA PROVINCIAL 209 

Pero cualquiera que seae-l asunto de estos últi- 
mos versos, en todos hay la misma, difícil faci- 
lidad j y la misma audaz soltura de poeta de 
nacimiento que se notaba en los primeros. 



* 



La prueba de la verdad y de la vida de toda 
esta poesía es que, después de leído el libro, los 
personajes y las escenas se nos quedan impre- 
sos en la memoria, evocándose los unos á los 
otros como si los hubiéramos visto pasar por un 
escenario, ligados entre sí por el argumento de 
una comedia. 

Aquel pequeño mundo aristocrático , con sus 
desdenes olímpicos y natural ignorancia, con su 
extraña jerga afrancesada y afectada, con la 
frivolidad de sus cumplidos y conversaciones y 
la malignidad corrosiva de su chismografía, está 
vivo en aquellos doscientos ochenta versos, que 
nos dan de él más clara y completa idea que 
toda una novela naturalista. 

Se podrían citar casi todos los sonetos ; pero 
sobre todo el de las tres condesas: una que, 
en el teatro Real , después de haberse escanda- 
lizado de que cierta marquesa se exhibiera en 
palco bajo con el vestido alto, se escandaliza 



'210 RETRATOS DE HOMBRES 



todavía más de que reclame el silencio en su 
localidad para oir la música, y exclama con 
aire compasivo y de lástima: — Ya se ve (pie 
tiene tipo de prorinciana ; — otra que, en el cam- 
po, excusándose de que ha tenido que recibir, 
por no aburrirse , á un poeta plebeyo y mal ves- 
tido, asegura á su amiga Xelly que, cuando 
vuelva á Turín , no le saludará en la calle; 
y otra , en fin , que en la alcoba de su amante 
se nioga á tomar una taza de café, por que es 
Yiornes Santo, son tres retratos admirablemen- 
te dibnjados é iluminados, que no se pueden leer 
sin reirse. 

En la burguesía están pintadas fidelísima- 
mente la seùora que primero reprocha, y per- 
dona después sus sisas á la cocinera, porque no 
descubra al amo que ella misma, para com- 
prarse trapos y moños , escribe doble suma en 
el libro de los gastos: la familia que tiene una 
sola criada y el día que recibe la pone el catre 
en la cocina ; y la madre que deja que su casa 
esté hecha una inmundicia para estar en adora- 
ción delante de su hija, poetisa, en cuyos ver- 
sos está tan oculto el sentido, que nadie puede 
alcanzarlo. El crítico que no sabe gramática, 
el empleado que no hace nada , el periodista 
sin conciencia, el padre imbécil que toma por 
rasgos de ingenio las impertinencias del niño 
mal educado, el falso demócrata que tacha de 



UN POKTA I'I!OVIN( FAI, 211 

altaneros á los nobles y no devuelve el saludo 
á un pobre diablo, la desvergüenza del burguós 
que se envanece de las atenciones que tiene á 
su mujer un conde encaprichado por ella, y el 
orgullo del plebeyo enriquecido, más tonto y 
más odioso que la soberbia del aristócrata, son 
ridiculizados, escarnecidos y fustigados de tal 
manera, que encuentra uno como un alivio 
al propio despecho y una expresión estereoti- 
pada para el desprecio propio cuando se en- 
cuentra con alguno de esos tipos ó en alguna 
de aquellas miserias. 

Entre los sonetos sobre la clase media, me 
parece uno de los más originales y chistosos por 
e\ asunto, y de los hechos con más maestría, el 
de la burguesa estúpida que, después de haber 
dicho que ha dudado mucho entre los baños do 
mar y el campo, decidiéndose, al fin, por aqué- 
llos, se reduce, como tantas otras, á pasar el 
verano en una casucha miserable que ha alqui- 
lado cerca de Turín , en medio de una árida 
llanura, abrasada por el sol; donde el poeta ca- 
zador, llegado allí por casualidad, la sorprende 
on la era, con los brazos remangados buscando 
pasto para las gallinas. 

Esta es una de las anécdotas típicas de Ar- 
nulfi, una de las que mejor lo dan á conocer 
y de las que nos hacen recordar aquel metal 
<le voz, aquella sonrisa, aquel arte sobrio y 



212 - KETKATOS I>K HOMBRES 



brillante con que refería el cuento al círculo de 
sus amigos. 



Notable es también un grupo de composicio- 
nes de puro carácter jocoso, pero sin sátira; en 
el que se observa una fina delicadeza y un rau- 
dal abundantísimo de gracia, como la poesía á 
las bodas de su amigo Berta, en la cual el doble 
sentido de las palabras hace que algunas le sir- 
van de estribillo, con felicísima agudeza, en 
cinco estrofas, cuya vis cómica va aumentando 
sucesivamente; la crítica de Monsú Bavet en la 
aldea y en el castillo de la Edad Media, donde 
me parece ingeniosísima aquella descripción 
despreciativa, toda encaminada á hacer ver la 
semejanza que el castillo tiene con una rato- 
nera para coger tontos y dinero. 

En estos versos se manifiesta Arnulfi tal cual 
era en sus momentos más serenos, entre sus 
mejores amigos, cuando su espíritu ffunzante 
cedía el lugar á una jovialidad inocente, y es 
quizá este el género de poesía al cual hubiera 
dado preferencia con el transcurso de los años, 
conforme se fuera en él amortiguando aquella 
energía de sentimiento que le movía á comba- 



UN POETA PROVINCIAL 2Vi 



tir el vicio, y que nacía en parte de la juvenil 
ilusión de no hacer obras inútiles. En este gé- 
nero, uno de sus mejores sonetos es aquel de- 
dicado á Casimiro Teja cuando se celebró con 
un banquete el trigésimo aniversario de la fun- 
dación del Pasquino, en cuya ocasión, cuando 
se esperaba una apología ó una manifestación 
de afecto, sorprendió agradablemente á todos 
con una salida completamente imprevista, di- 
ciendo: 

—Ya llegó la horade atracarse, con el único 
fin de llenar la panza, y tomar una turca por 
ofrecer un banquete á Teja, á este gran pintor 
de colas de ratón: bien se sabe qué casta de pá- 
jaro es, pequeño y triste, un señor que se en- 
tretiene en burlarse de todo el mundo, sin per- 
donar á nadie , ni aun á Dios mismo. Es esto 
bueno, ¿no es verdad? ¿qué os parece? Pues, 
sin embargo, tiene muchos amigos. Verdad es 
que en este mundo basta ser una mala cabeza 
para hacerse querer bien. 



Las composiciones inspiradas en la compa- 
sión ó en el cariño, aunque poquísimas, bastan, 
sin embargo, para hacer comprender cuan vi- 



214 KKTK.vros DE HOMBRES 



VOS eran cu ól estos sentimientos, y en qur de- 
licada forma sabía expresarlos. 

Serían suficientes para demostrarlo aquello» 
pocos versos dedicados á la pérdida de su pa- 
dre; y á su pobre hermana, muerta al ser ma- 
dre;' aquel saludo tan sencillo como dulce, 
mandado desde Roma al Canavese natal: y 
el concepto, más que los versos, de aquel monó- 
logo de un labriego, loco por la muerte de su 
hija, que creía se había casado con un rey; y 
mientras suena que él mismo es rey, agitada 
por una visión confusa de la realidad y por un 
vago recuerdo del pasado, defiende á la muer- 
ta de todas las calumnias, dando á entender 
que se trata de una traidora seducción; y, des- 
pués, calla de pronto, para saludar á los sobe- 
ranos que vienen á rendirle homenaje. Entre 
estas composiciones está el soneto Consecuen- 
cias, en el que admiran la belleza, la tristeza, el 
dulce ritmo de aquellos dos cuartetos, en los 
cuales describe las angustias y la caída de una in- 
feliz, sacrificada por la ambición del padre, co- 
merciante, á un noble altivo y disoluto, separa- * 
da del marido, después de .haber perdido á su 
madre y á su hija, y oprimida por una inmen- 
sa melancolía, que le acarreará la muerte. Dí- 
gase si no son dignos estos versos de ponerse en 
parangón con cuanto de más patético y más ar- 
monioso haya producido la poesía en los más 



UX POETA. PUOVlNCIA^ 215 



patéticos y armoniosas dialectos de Italia. 
Merece también citarse un soneto en e^ 
cual está tan bien dibujada en pocos versos 
(una facultad especial que tenía Arnulfi de de- 
linear, con cuatro toques, una figura de mujer) 
aquella pobre muchacha, alegre, hermosa y 
honrada, que no va mas que de su casa á la de 
la modista y de casa de la modista á la suya; y 
por la calle la persiguen las asechanzas del vi- 
cio, esperándole en el taller catorce horas de 
trabajo, y en casa el hambre y las palizas... 



No todos los sonetos son, ciertamente, de 
tanto valor. Algunos en verdad, no se han da- 
do á la imprenta en este libro porque no ha- 
bía seguridad de que el autor los hubiera ex- 
cluido de una colección completa. Á varios les 
falta el concepto y la vibración vital del soneto, 
y parecen más bien simples diálogos encerra- 
dos en catorce versos, en el último de los cua- 
les apenas se ve la relación que pueda tener con 
los trece anteriores. 

En otros, como sucedía también en algunos 
de Sucine, que se podrían llamar sonetos dra- 
máticos, la acción está excesivamente concen- 



216 RETRATOS DK HOMBRES 

trada y casi oprimida; de modo que la conclu- 
sión viene demasiado pronto, quitándoles así 
su efecto, como si fuera una sentencia no de- 
mostrada suficientemente. En mas de uno el 
asunto es muy viejo, aunque tenga novedad 
la forma. También creo que en algunos versos 
hay trasposiciones violentas por la índole del 
dialecto, y esto les da un color algo literario 
con italianismos. 

Pero hay, en compensación, entre muchos 
buenos, una docena de sonetos que dan aquella 
satisfacción viva, compleja, llena y duradera 
que únicamente proporcionan las obras maes- 
tras, gozándonos en repasar con el pensamien- 
to todos los versos, sin encontrar en ellos un 
vacío ni un ripio, ni en las palabras ni en las 
ideas; y que dejamos, volvemos á tomar, y hay 
necesidad de hacer que otros conozcan y que- 
dan entre las cosas que se desea tener á mano 
para recrearnos en ellas cada vez que nos vienen 
al pensamiento. Tal que es imposible que les 
dé su valor quien no esté en condiciones de 
apreciar la maestría con que Arnulfi hacía des- 
tacar, lucir, brillar y conmover con su dialecto. 



* 



No tienen menos mérito algunas composicio- 
nes suyas que faltan en esta colección : sonetos 



UN POETA l'UOVIXC'IAI, 21" 



no dados á la imprenta; epigramas, epístolas á 
los amigos; chistes improvisados de sobremesa; 
y todo aquello con lo que animaba la conversa- 
ción diaria, amena y chispeante, por lo cual 
era su compañía tan grata y deseada, tan desea- 
da que no se invitaba nunca un amigo á una 
reunión sin que preguntase: — ¿Irá Arnulfi? — 
Ninguna tertulia parecía completa si no se veía 
en ella su negra cabellera, que todos ya conocían 
en Turín, casi como los grises bigotes de Teja, 
ó la afeitada cara de Bottero. 

Después de un estreno en el teatro, de cual- 
quier espectáculo nuevo, de alguna conferencia, 
del recibimiento hecho á algún personaje, ó do 
la publicación de una obra nueva, se buscaba 
el comentario de Alberto Arnulfi, siempre có- 
mico y original, como una copa de champagne 
después de la comida, que ayuda á la digestión 
y alegra el alma, y sucedía, en ocasiones, estan- 
do entre amigos, que su agudeza, siempre pun- 
zante y á veces insistente, se dirigiese á algu- 
no demasiado quisquilloso; pero aun así, y 
siendo muy inclinado á burlarse con habilidad 
de otros, tenía un no sé qué de correcto en su 
persona y era tan comedido en sus maneras, que 
no daba jamás motivo para represalias. 

Ocurría casi siempre que cuando el burlado 
estaba á punto de incomodarse, salía Arnulfi 
con una ocurrencia tan inesperada y tan gra- 



218 UKTRATOS DK HOMBRES 



ciosa, que le obligaba, al que iba á enojarse, á 
rcirse con los demás y á quedarse tranquilo. 
Burlón era y punzante; pero como hábil y buenr 
diablo, sabía llevar bien las bromas que los 
demás le daban. Le ayudaba también en esto 
su naturaleza de espectador tranquilo y sonrien- 
te del mundo, pues hacía gonetos, no tanto pa- 
ra que hablaran de él, como para no silbar ó 
burlarse en el teatro, entre uno y otro cigarri- 
llo, en el tiempo que le dejaba libre La So- 
ciedad de Ser/itros. Si tenía ambición ú orgullo 
literario, debía estar allá en el fondo, muy es- 
condido y revuelto con la costumbre y la gana 
de reirse de las flaquezas humanas; y no creo 
que ninguno haya podido llegar á ofenderle; ó, 
al menos, adivinar bajo su sonrisa de benévolo 
Mefistófeles el efecto de la ofensa. Siempre re- 
cordaré con qué cara tan placentera presentó 
un día á un amigo una poesía suya que había 
.sido censurada por otro, preguntándole: — ¿Es 
esto una harbaridad? Y no me acuerdo haberlo 
visto jamás incomodado, ni siquiera jjicado. 



* 
* * 



En 1884, la Real Sociedad de Seguros le 
mandó á Roma con un destino independiente y 
lucrativo. 



UN l'OKTA PROVINCIAL 2 li) 



Dejó á Turín con pena suya y de todos; y 
aunque le halagase la idea de admirar la ciu- 
dad eternq y de aprovecharse de los mil elemen- 
tos con que brindaría á su cultura una gran ca- 
pital, sin embargo, por mucho tiempo, se le 
vio allí entontecido, triste; tanto que quizá no 
hubiera llegado á quedarse á no encontrar un 
amigo fidelísimo y digno de él: Eraldo Baretti. 
Y no reconocía por causa esta tristeza el encon- 
trarse desconocido en Roma, después de haber 
adquirido fama y simpatías universales en Tu- 
rín; pues, por el contrario, pasados los prime- 
ros meses, se manifestaba muy complacido de 
aquella libre y oportuna soledad que la oscuri- 
dad le concedía; y, después, con muchos, nue- 
vos é ilustres amigos mostró siempre cierta re- 
pugnancia á revelar el ingenio y los escritos 
por los cuales tan conocido era en su pro- 
vincia; pero vivía triste, más que nada por- 
que le faltaban el aire, la sociedad, todas las 
antiguas fuentes de su poesía y de la alegría 
suya y como los lares y el espejo de su in- 
genio. 

Como escritor se encontraba allí como en 
un destierro; parecía que estaban adormecidas 
sus facultades creadoras; su corazón de poeta 
se hallaba aún en Turín. 

Bien se dejaba ver esto cuando, haciendo 
una escapada, volvía allí, donde los amigos y 



220 RETRATOS DK HOMBRES 

conocidos le agasajaban siempre como si la au- 
sencia hubiera sido larguísima. 

Quería en pocas horas volver á ver tgdo y á to- 
dos, contento, animado, como si las paredes 
mismas lo reconocieran, como si Tiirín entero 
le sonriese repitiendo sus versos en todas las 
esquinas, y le siguiese una turba cariiíosa por 
tQdas partes por donde pasaba. Y le seguían en 
efecto; eran los recuerdos de sus primeras sa- 
tisfacciones de artista, los fantasmas de sus lec- 
tores primeros, los personajes de sus sonetos, las 
esperanzas de su juventud, de las cuales se des- 
pedía siempre con un suspiro, como si fuese 
por la vez postrera. 



¿Era un presentimiento? El aire de Koma 
parecía que le sentaba bien al principio; pero 
quizá llevaba ya en sí el germen de la enfer- 
medad que había de matarlo, ó al menos era 
antigua en él la debilidad orgánica que no lo 
permitiría resistirlo. Se metió en cama un día 
de Febrero, con calentura, persuadido de que 
conocía su dolencia mejor que los médicos, de los 
que cambió muchas veces, disintiendo de todos, 
menos del último, el cual llegó cuando el tifus 



UN POETA PKOVIXCIAL 221 



no podía ser ya vencido por los recursos de. la 
ciencia. El presentía su fin, y aun cuando no 
dejase de bromear con sus amigos, tenía mo- 
mentos de tristeza y de cólera, en los que le 
parecía que no era bastante querido y que no 
estaba asistido con esmero, lamentándose de 
olio: breves momentos, ciertamente, que eran 
seguidos de períodos de descanso, casi de un 
amodorramiento lúcido, durante los cuales ha- 
blaba con su amigo Baretti, que lo cuidaba co- 
mo un hermano , de los sonetos que tenía en su 
mente, de las comedias que escribiría con él 
cuando estuviese bueno; porque, apenas se sen- 
tía con algunas fuerzas, volvía á tener esperan- 
zas, y la vida le parecía muy hermosa por los 
amigos y por el arte. 



* 



El día antes de morir habló aún vivamente, 
con excitación febril, é hizo reir con sus chis- 
tes á la vieja mujer que le servía. Pero en la 
noche del 27 al 28 de Marzo se presentó la te- 
rrible hemorragia que había presagiado el doc- 
tor Pagliani como el anuncio de su muerte. Se 
mandó llamar á Baretti y acudió en seguida; 
lo encontró muy pálido, débil y con una miía- 



222 KETKATOS III; IIOMUKKS 



da que quitaba toda esperanza. En cuanto lo 
vio, el pobre Arnulfi le echó manó al cuello y 
le dijo con inmensa tristeza: — Me muero. - 
Pero, sintiendo sobre su cara las lágrimas del 
amigo, aun tuvo fuerzas para rogarle que no 
llorase, que tuviera ánimo, porque le dolía mu- 
chísimo verle tan desconsolado. 

Entretanto seguía escapándosele la vida en 
aquel chorro de sangre. Hacia las diez no pro- 
nunciaba ya mas que palabras entrecortadas y 
confusas. Después se calló, y, consumiéndosL' 
y enfriándose rápidamente entre los brazos do 
su hermana y de su amigo, un poco antes di- 
las doce del día, sin exhalar un quejido, espi- 
ró. Su cara, que se había contraído en la ago- 
nía, se recompuso, quedando en actitud tran- 
quila y sonriente, como si hubiera muerto re- 
signado y sin sufrir. Y así lo vieron los muchos 
amigos que al día siguiente se sucedieron junto 
á su lecho de muerte, el cual parecía que ape- 
nas había cambiado de los días en que, creyen- 
do aun que se curaría, alegraba á la reunión 
con sus epigramas. Y esto, al menos, le con- 
fortó en los últimos momentos, porque de todos 
los semblantes que so veían en la cámai-a mor- 
tuoria el menos triste era el suvo. 



UN POETA PROVIXCIAL 2_'.i 



Su muerte, casi ignorada en Roma, produjo 
€u Turín un día de duelo universal, porque 
quitaba á la vida de todos una sonrisa, y afligió 
íí sus amigos como una de aquellas desgracias 
de familia que dejan en la existencia un vacío 
que nada podrá nunca llenar, que no se coni- 
pensará con nada. Un vacío grande, aunque no 
estuviese ya entre ellos, porque esperaban que 
hubiera vuelto á su lado para siempre, ó, por lo 
menos, contaban con sus frecuentes visitas. 
Alií>ra... ya no queda de él mas que un recuer- 
do. Se han ido con él veinte años de útiles tra- 
bajos, un tesoro de amenas distracciones», el 
ejemplo consolador y benéfico de la fustigación 
y castigo de la vanidad, la hipocresía y la per- 
fidia. Todo se lo ha llevado consigo allá, al 
cementerio de Talperga, donde sus padres, po- 
brecillos, no esperarían que se les uniese tan 
pronto. 

Y tan mal nos hemos resignado con su pér- 
dida, tan grata nos era la costumbre de verlo, 
que hoy todavía, como en los primeros meses 
después de su marcha á Koma, nos dan ganas 
de buscarlo con la mirada por aquellas calles, 
á las horas á que acostumbrábamos verlo, es- 
perando casi que él aparezca con un nuevo so- 
neto en los labios, y, cuando se nos invita para 
una reunión de amigos, por poco si pregunta- 
mos como antes: — ¿Irá Arnulfi? 



224 -KETKATOS DE HOMBRES 



Ciertamente que él no esperaría al morirse 
que su recuerdo quedara tan estrechamente 
unido á nuestro corazón como ha quedado. Co- 
mo la familia cariñosa que conserva al ausente 
su puesto en la mesa, nosotros se lo conserva- 
mos á él : de continuo le nombramos en nues- 
tras conversaciones, repetimos sus versos y reí- 
mos aún sus gracias como cuando estaba vivo 
y con nosotros. Y algunas veces nos parece que 
aún está presente, con aquellos ojos negros y 
aquella sonrisa, sin que nos parezca que le. ha 
sucedido nada, sino que no habla ya; he aquí 
todo. 



Ahora nosotros presentamos al público, y le 
recomendamos el libro de poesías, doblemente 
precioso, porque es la primera colección comple- 
ta de los versos de Alberto Arnulfi, y porque es 
como una fúnebre corona hecha con las perlas de 
su ingenio, que los parientes y los amigos colo- 
can sobre su sepulcro. En estas páginas está su 
fantasía, su corazón, su juventud, su vida toda. 
Xo presentamos sólo un libro, sino también un 
hombre. La dificultad del dialecto en que es- 
cribió no nos permite esperar que su poesía 



UN POETA PKOVIKCIAL 225 



pueda divulgarse tanto como creemos que me- 
rece. Pero hay en cada provincia personas es- 
tudiosas que se dedican con solicitud al mo- 
vimiento de la original literatura de los dialec- 
tos ; siendo además parte viva y característica 
de la producción intelectual de Italia, ayuda 
al perfecto conocimiento de la índole y de la 
vida nacional. Es , por otra parte, útil, yen 
cierto modo agradable, el estudio de un ingenio 
original en un lenguaje poco conocido, que va- 
gamente lo vela y casi engrandece sus contor- 
nos. 

Confiamos, pues, en que el libro será busca- 
do con afán por estos italianos , que compren- 
derán al poeta, y si no por el pronto, con el 
tiempo, harán que sea apreciado en su justo va- 
lor. En lo que no tenemos duda alguna es en la 
acogida que pueda alcanzaren el Piamente, el 
cual siente por sus poetas provinciales un afec- 
to que le honra. Y aunque por la índole de su 
poesía y por razón del tiempo no esté destina- 
do á la popularidad que ha alcanzado el más 
excelente de ellos, es digno de contarse entre los 
que inmediatamente le siguen. Alberto Arnulfi 
aparecerá, pues , como una flor hermosa y de 
vivos colores del ingenio piamontés, criada en 
la tierra natal, pero avivada por el aliento de 
la patria y coloreada por el sol espléndido de 
Italia. En medio de la honrosa pléyade sobre la 



220 RETRATOS DE HOllBUES 



cual se destaca la colosal silueta de Ángel Bro- 
ñerio, veremos siempre la hermosa figura de 
Arnulfi, con aquella última expresión sonrien- 
te y resignada con la que nos parece oirle decir: 
^ Muero joven, pero seré sentido y re- 
cordado. 



XIII 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 



4v% ^ ^^ Iogi"é ingerirme en el ùltimo gran 
i^^ì palco de la derecha en el momento qno 
«ntraba también en él el Sr. Rogelli, llevando 
delante á su interminable prima inglesa la seño- 
ra Penrith, que precisamente había venido de 
Turín con este objeto, y no encontramos ya mas 
que tres palmos de bancojunto ala entrada, don- 
de me esperaba hacía lo menos una hora el bueno 
del agrónomo que rae había acompañado á Ca- 
vour. Eogelli estaba radiante. La idea del mi- 
nistro de la Guerra de reunir en su ciudad na- 
tal , con ocasión de las grandes maniobras de 
verano, á los veinte batallones alpinos para ce- 
lebrar el décimo aniversario de su creación con 
un solemne desfile ante el rey de Italia, era 
para él una idea sublinie; en quince días no 



228 RKTRATOS DK H0BIBRE8 

había hecho otra cosa mas que pregonar este 
adjetivo por todos los cafés de Pinerolo, ofre- 
ciendo copas á cuantos le hacían coro, y vomi- 
tando metralla contra los periódicos que con- 
sideraren esto como un despilfarro del dinero 
público. Hay cabezas originales, ciudadanos pa- 
cíficos y maduros que se enamoran de un cuer- 
po de ejército, lo mismo que algunos artistas 
(liicttanti de una determinada escuela de pin- 
tura, no se familiarizan mas que con sus oficia- 
les, toman una tintura de los estudios que ha- 
cen éstos, repiten sus discursos, y al verlos y 
oirles, quien no les conozca, los toma por anti- 
guos oficiales del cuerpo que adoran; lo cual es 
para ellos la más dulce de las satisfacciones. 

El Sr. Rogelli era uno de éstos; su pasión 
eran los alpinos; pasión que le costaba los cuar- 
tos , pero que le llenaba la vida. Era íntimo 
amigo de los comandantes y capitanes , seguía 
á las compañías en sus excursiones por las mon- 
tañas, convidaba á beber á los soldados, cono- 
cía á fondo el servicio , y tenía en la palma de 
la mano la topografía de las distintas zonas , y 
en la punta de los dedos la lista de recluta- 
miento. 

Xo veía en el ejército mas que los batallones 
alpinos, y parecíale que sobre ellos descansaban 
todas las esperanzas de Italia. No era una lo- 
cura de un instante, era su preocupación, su 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 229 

manía; su amor á la patria tenia los vivos ver- 
des , y so engalanaba con la pluma de cuer- 
vo. Era, por lo demás, una pasión franca y no- 
ble en el fondo, nacida del amor á la monta- 
na, donde había crecido ; de 1» simpatía por el 
ejército, en donde tenía un hermano, y de varios 
otros gustos y sentimientos de cazador, de acua- 
relista, de gran comilón y de buen hijo, con- 
fundido todo y avivado por una secreta llama 
de estro poético, que una vez al año daba seña- 
les de su existencia en algún mal soneto. 

Por esto, aquella mañana estaba radiante de 
gozo, y apenas me vio me lanzó un sonoro: — 
¡Ea, ya estamos! — señalándome la larga fila de 
palcos adornados con banderas que el munici- 
pio había hecho levantar en la gran plaza á de- 
recha é izquierda de la tribuna real. El muni- 
cipio había dispuesto bien las cosas. El Sr. Ro- 
gelli se restregó las manos , quitó del brazo de 
la señora el canastillo de flores para devolvér- 
selo en el momento oportuno , y tomó sitio en 
pie, apoyado contra el asta de la tienda, en ac- 
titud de general victorioso. 



* 



El desfile debía comenzar á las diez. Los pal- 
cos se veían negrear con los trajes de los hom- 



230 mniiATOs de hombres 



bres, y esmaltados de varios colores con los de 
las señoras, resplandecientes con los galones, y 
en continuo li orni igneo, como si fueran enormes 
enjambres, y un mar de gente, en donde des- 
embocan muchos torrentes, fluctuaba levan- 
tando gran rumor en el espacio que va desde la 
puerta de Turín á la puerta de Francia. 

En las casas grandes de la plaza parecía que 
todos los habitantes de Pinerolo se habían 
amontonado, y como si quisieran deslizarse 
fuera de las ventanas, á la manera de gotas de 
un líquido comprimido por las paredes del re- 
cipiente, las terrazas semejaban enormes jar- 
dineras, rebosando toda clase de flores de mon- 
taña; y en las tribunas y por la plaza innumera- 
bles hojas volantes, en las cuales estaban im- 
presos los nombres de los veinte batallones y 
los pueblos de donde se sacan, se agitaban por 
los aires y corrían de mano en mano, man- 
chando con mil colores la multitud como si 
fueran grandes mariposas prisioneras. Desde el 
día de la entrada de Manuel Filiberto, Pinero- 
lo no había vuelto á ver seguramente hervir 
tanta sangre ni palpitar tanta alegría dentro 
de sus muros. Con grande esfuerzo se había 
mantenido libre un estrecho espacio para el 
paso de los batallones entre los palcos y los pór- 
ticos; y aun este pequeño surco abierto á viva 
fuerza se cerraba continuamente , como si fue- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 2M 



ra hei'ida abierta que luciese sufrir á la mul- 
titud. Los alpinos debían deslilar en pelo- 
tones, bajando del valle del Chisone : hacía 
dos días que estaban acampados allí; desde la 
abadía hasta Teresa todo el valle hormiguea- 
ba como si hubiese bajado un ejército del Del- 
finado. La cabeza de la columna estaba ya 
en las primeras casas de Pinerolo. Todo había 
marchado y marchaba bien , aun allá arriba, 
donde desde el alba se habían disipado, gracias 
sin duda á las severas miradas de Rovelli, las 
últimas nubéculas de un breve temporal de la 
noche pasada. 

Al sonar las diez, anunciadas por cien to- 
ques de cornetas, que fueron acogidos con un 
aplauso que parecía el fuego de fusilería de una 
división , apareció el rey. 

En el mismo momento se vieron asomar por 
el fondo de la plaza la pluma blanca del co- 
mandante del primer regimiento y las plumas 
negras del primer batallón. 

Un ayudante de campo llevó la orden de dar 
principio al desfile , tocavon las charangas, la 
inmensa multitud se conmovió como sobrecogi- 
da por una corriente eléctrica, y luego todo fué 
profundo silencio durante algunos segundos. 

El coronel del primer regimiento avanza. 
El batallón del Alto Tanaro se mueve. 

AI aparecer los pompones blancos de la pri- 



232 RETRATOS DE HOMBRES 

mera compañía estalló un aplauso y un viva que 
hizo retemblar la plaza, cayendo de tribunas y 
ventanas una nube de flores. Todos aquellos sol- 
dados, altos, fuertes, rubios en su mayoría, 
con sombreros calabreses y la pluma tiesa, con 
los vivos verdes , de aspecto vigoroso y ligero 
juntamente, y con aire como de otra raza, pe- 
ro italianos sin embargo en los ojos, desper- 
taron un primer sentimiento vivísimo de ma- 
ravilla y de simpatía. Y fué más caluroso el 
aplauso porque era un batallón singular, com- 
puesto de piamonteses y ligures, sacados de 
aquel triángulo de las antiguas provincias que 
se apoya en Oneglia y en Savona y toca su ter- 
cer vórtice en Mondovi; hijos de la montaña y 
jóvenes de la marina, con caras blancas y more- 
nas, ojos rasgados y cabellos muy diversos. La 
multitud aclamó en tropel á todos los pueblos 
de ambas partes de los Alpes: — ¡Viva Gares- 
sio! ¡Viva Albenga, Bagnasco, Finalborgo, 
Pamparato, Diano! 

Y á todos se apareció en la mente, como vis- 
to por una rotura de la cadena de los montes, 
un declive gris de olivos, y el pueblo blanco cir- 
cundado de huertos y bosquetes de naranjos 
que se destacan sobre el azulado mar moteado 
de velas. Desfilaban de una manera admirable; 
y al volverse todos hacia la izquierda de vez en 
cuando para corregir la alineación, mostraban 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 233 



SUS cabezas bien formadas, sus cuellos taurinos, 
las mejillas vivamente coloradas. La señora 
Penrith, llena de protectora benevolencia por 
Italia, prorrumpía en exclamaciones admirati- 
vas, diciendo que no habrían hecho mala figu- 
ra al lado de la guardia de la Reina Yitoria. 
Rogelli ni siquiera tocaba con los pies en el 
suelo; parecía que á todos los hubiese formado 
y modelado él mismo. Exclamaba: — ¡Qué forta- 
leza tienen esas cajas torácicas! ¡Qué armazón 
la de esos cuerpos! — Ponía por las nubes el sis- 
tema de reclutamiento; esto es, el ejército del 
porvenir. Is'o eran batallones mixtos de gente 
de todas las provincias, eran pedazos animados 
de Italia misma, los que pasaban con sus nom- 
bres y con sus tradiciones, cada cual con su 
propio orgullo de familia, compenetrado con el 
amplio sentimiento del amor de la patria y del 
honor nacional. — ¡Miren qué presencia de ca- 
balleros! — montañeses de cerebro recto, con los 
conceptos de lo mío y de lo tuyo perfectamente 
distinguidos; lógicos como cuatro y cuatro son 
ocho, de quienes se puede obtener todo, razo- 
nando, persuadiéndoles de que las faltas son 
«malos cálculos" ; cariñosos para con sus oficia- 
les, con los cuales adquieren familiaridad, sin 
abusar de ella, en la vida común de la monta- 
ña; nada disputadores, ni siquiera cuando be- 
ben; sanos y francos como el aire de sus valles. 



234 RETRATOS DK HOMBRES 



— ¡Viya Savona! ¡Viva Mondovi! ¡Viva One- 
glia! — gritó la multitud. Y todo el primer ba- 
tallón pasó entre aquellas rumorosas aclama- 
macioncs de la patria , que oía por vez primera 
tranquilamente, como si no fueran dirigidas á 
él; y enviando al rey de Italia el primer saluda 
de los Alpes y del mar. 



Y avanzaron los pompones rojos de Val Ta- 
naro^ dos veces saludados por diez mil gritos. 
Me pareció que pasaba el primer batallón. Xo 
se veían ya las caras morenas de la marina. Le 
formaban los hijos de todos aquellos pueblos 
señalados por la historia, cuyos nombres son 
para nosotros como truenos y fulgores de rayo 
que iluminan el pálido semblante de Bonapar- 
te: los hijos de Cairo, de Montenotte, deDego, 
de Millesimo; de aquellos montes memorables 
donde los piamonteses disputaron el paso á 
Francia durante cuatro años , de precipicio en 
precipicio, de garganta en garganta. Eran sol- 
dados de las tierras donde el Genovesado y el 
Piamonte se tocan, confundiendo sus lenguas 
y sus costumbres; nacidos entre los altos bos- 
ques de castaños y de hayas , atormentados 



LOS DEFKXSOIíES PE LOS ALPES 23."> 



por los vicnfos marinos que extienden por la 
soledad un lamento medroso y solemne, dignos 
verdaderamente de llamarse ligures entre sus 
vecinos dola marina, y piamonteses entre sus 
hermanos de Monferrato; firmes para el traba- 
jo, dóciles á la disciplina, valerosos como mu- 
chos de sus padres que honraron la sangre ita- 
liana en la legión inmortal de Montevideo. En- 
tre ellos venían los puros piamonteses de Mu- 
razzano, de Donesiglio, de Dogliani, los hijos de 
la altiva Ceva, dura en otro tiempo para ser do- 
minada por Napoleón, y aquellos á quienes sus 
madres llevaron en mantillas á besar la virgen 
de Vico. 

¡Yiva Ormea! — gritó la multitud. — ¡Viva 
Bossolasco ! ¡Yiva Sassello ! 

El agrónomo hubiese querido gritar: — ¡Yiva 
el vino Dolcetto! — -pero confió su pensamiento 
á mí solo. Eogelli, conocedor de estos pueblos, 
recordaba las buenas cacerías de perdices y las 
grandes cestadas de criadillas de tierra. Y volvió 
á repetir sus elogios al reclutamiento alpino, 
gracias al cual una buena parte de los jóvenes 
de los batallones son antiguos conocidos. Se en- 
cuentran juntos el amo de la casa y su inquilino; 
y muchas veces, el propietario de una tierra, 
^iimple soldado, y su arrendatario, cabo; ó los 
hijos de dos concejales enemigos que se recon- 
cilian en el fuego del vivac; ó también los dos 



236 RETRATOS DE HOMBRES 

pretendientes á una misma muchacha, para 
quienes el servicio en el ejército es como un 
período de paz armada, después del cual rena- 
cerá con más ardor la lucha. 

Es preciso oir sus conversaciones, ¡qué sabor 
local! Y ¡cómo comentan el Pueblo del sábado 
que trae la crónica del pueblecillo! — ¡Miren 
aquellos zapadores! — exclamó rebosando ale- 
gría toda su alma al oir los aplausos que salu- 
daban á los zapadores de la última compañía; 
ocho colosos que parecían haberlos elegido en- 
tre un millar, y que avanzaban majestuosamen- 
te con paso de comendadores de piedra, con el 
cuchillo en la cintura; armados con pala, pico, 
azadón y hacha; sonrientes y desenvueltos bajo 
aquella carga como si la llevasen por puro ador- 
no. Y estalla un estrepitoso grito: — ¡Viva l'al 
Tanaro! — al cual contestó la multitud hacien- 
do coro; y luego, volviéndose hacia otro lado, 
repitió: — ¡Yiva Val Pesio! — y la multitud á 
su vez: — ¡Yiva Val Pesio! — dirigiendo mira- 
das al nuevo batallón que en el fondo de la pla- 
za mostraba ya sus pompones verdes. 






El batallón Val Pesio se aproximó en medio 
del palmoteo y de los gritos de entusiasmo. 



LOS DEFEX80RES PE LOS ALPES 237 



Eran otra vez piamonteses y ligures confundi- 
dos, paisanos del estadista Botero y del nove- 
lista Ruffini, del presidente Biancheri y del 
autor de Monm Travet; hijos de Taggia llena 
de violetas, de Bordighera coronada de palmas, 
de San Remo festoneada de quintas; de todos 
los pueblos más encantadores de la ribera del 
poniente, y junto con ellos los soldados de Ga- 
rrii, de Trinità di Yillanova de la Chiusa, gen- 
tes de voz ruda, de áspero dialecto y de fiera 
fisonomía. — ¡Jóvenes de nervio y de cabeza! — 
exclamó Rogelli, — á las cinco semanas de ser- 
vicio, son soldados! — ¡Vinos fuertes y secos! — 
dijo el agronomo; — al cabo de cinco años de 
embotellados son una esencia de príncipes. — 
Son buena gente — observó la señora. — Son al- 
pinos — respondió modestamente el primo. ¡Y 
cómo lo aprecian ! Había usted de ver en el 
reconocimiento, cuando á un aspirante alpino 
se le dice: — Eres demasiado débil; — ^ se en- 
ciende de rabia y de vergüenza. — ¡ Pero si 
soy capaz de llevar un par de mochilas ! — 
responden , porque á toda costa quieren entrar 
en los batallones alpinos también ; y se com- 
prende, por no alejarse de casa; pero mucho 
más por amor propio ante las muchachas del 
pueblo á quienes quieren galantear con la 
pluma de águila en el sombrero. La señora 
hubiera querido retratar el batallón en una 



238 RETRATOS DK HOMUKES 

fotografía instantánea. — Pero ¡ca! — excla- 
mó Kogelli. — ¡Estos no son alpinos! — Era 
preciso sorprenderles en marcha , al presen- 
tarse ante un pueblo donde piensan bailar por 
la noche, cuando todos se reaniman y se apli- 
can al sombrero las estrelJas de woiitaha , que 
no hay manera de hacérselas quitar á estos 
Don Juanes ambiciosos y alpestres. Era preciso 
verles de lo alto, cuando forman una cinta ne- 
gra y serpeante por las laderas nevadas de los 
montes, larga hasta perderse de vista, que se 
fracciona, se une y brilla, haciendo retumbar 
el valle desierto con risas y cantos repetidos 
por el eco de cien gargantas. Es preciso verlos 
desfilar como fantasmas por las altísimas ci- 
mas, velados y agigantados por las nieblas, ó 
hacer la cadena en los pasos peligrosos con la 
nieve hasta las rodillas, apretados por las ma- 
nos unos contra otros, ó atados con las cuerdas 
por la cintura, ó también caminar contoneándose 
en medio de la tormenta, con el sombrero calado 
hasta los ojos, con el pañuelo atado alrededor 
de la cabeza, con el bastón empuñado, y los es- 
peciales zuecos en los pies, envueltos y cegados 
por la nieve, ó correr de noche por la montaña 
como un bando de locos, en medio de truenos 
y relámpagos, en busca de sus tiendas arreba- 
tadas por el huracán. Es preciso verlos cuando 
algún compañero suyo se precipita no se sabe 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 230 



dónde, conio si se necesitan cuatro para sal- 
varle, veinte arrojan instantáneamente su som- 
brero y su daga y están prontos á arriesgar su 
vida, oyéndose la voz de los oficiales que gri- 
tan: — ¡Prudencia!... ¡Allá se ven los alpinos! — 
Y como si se hubieran oído aquellas palabras, 
la multitud saludó con un estallido de ruido-^os 
vivas, que parecía el liurra de un asalto, al úl- 
timo pelotón de T7í/ di Pesio. 



Otraplumade coronel blanquea ya en el futi- 
do de la plaza, avanzando las pompones blancos 
del batallón Col di Tenda^ los jóvenes nacidos 
entre las florestas sombrías y temerosos preci- 
picios de los dos altos valles por donde saltan 
las aguas del Gesso y la Yermenagna; los grue- 
sos Limontini con caras color de leche cuajada 
y de sangre, los hermanos de las Tendesas ro- 
bustas que llevan como diadema alrededor de 
la cabeza rubia un lazo de terciopelo negro, y 
los pastores de la vasta meseta de Tallasco, pla- 
gado de flores azules y blancas, y de las mon- 
tañas de Yaldieri; muchos de los cuales, joven- 
cilios, encontraron mil veces por sus empina- 
das veredas á Tíctor Manuel solitario, vestido 



210 KETRATOS UE HOMBUES 



de alpinista, saludándoles con el cìau familiar. 
Soldados duros, nacidos en pueblos de nombres 
duros, estridentes como mandatos militares: 
En traque, Roccavione, Robilante, Roaschia; 
orgullosos como aquel municipio suyo que ne- 
gó al rey por muchos años el privilegio de ca- 
zar en sus tierras. Y avanzaban á grandes pa- 
sos, calcando el pie como para probar la firme- 
za del terreno y mirando hacia adelante sin 
cuidarse de los aplausos ni de los vivas. -^Estos 
sí que son sólidos — exclamó Rogelli. — Pedazos 
de roca; armazones de zapadores; treinta y tres 
kilogramos encima y listos como cabras; cua- 
tro horas á cuatro pies buscando por la nie- 
ve los senderos cubiertos; tres días seguidos 
en medio de la furia de los temporales. Caídas, 
para deshacerse la cabeza; arriba, y con un 
frote de nieve á las orejas, como si no hubie- 
se pasado nada, y á veces con un compañero 
herido á las espaldas; y helados por el viento 
que corta la cara; y asaeteados por el sol que 
inflama las rocas; siempre firmes; y cuando lle- 
gan al sitio del descanso son capaces de echar 
á rodar la mochila por un precipicio para po- 
der hacer la apuesta de volverla á recuperar, ó 
por el placer de deslizarse tres millas por la 
pendiente de un monte, sirviéndoles de trineo 
la chaqueta y agarrados á las mangas como á 
dos bridas. Y con todo esto, ¡en ochenta y siete 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 24 1 



días seguidos, ni un solo enfermo en la compa- 
ñía! Apetitos á lo Gargantúa y todos locos por 
el vino. Saben de memoria, como los días de 
la semana, los nombres y apellidos de los al- 
caldes y boticarios que tienen la buena costum- 
bre de ofrecer un vaso á los valientes alpinos 
y las hospederías mejor provistas en que se 
sirve todo en un cuarto de hora; y á una pre- 
gunta de la señora: — ¿y de cuartos? — respon- 
dió: — son los líabab de los soldados, los alpi- 
nos; los padres, los hermanos que hacen fortu- 
na fuera de Italia, piensan en ellos y llueven 
las letras. — ¡Viva el batallón Col di Tenda! — 
Y, resonando este grito en un momento de si- 
lencio, despertó el eco de otros mil gritos, é 
hizo caer una nube de flores delante de los sol- 
dados del último pelotón, que las miraban ma- 
ravillados, como diciendo: — ¿Flores?... ¡botellas 
debían de ser! — Y el pelotón pasó chocando con 
el ala izquierda, lanzada por un movimiento 
ondulante del centro contra la empalizada de un 
palco, que rechinó como si hubiera sufrido un 
disparo de catapulta, provocando nuevo estalli- 
do de alegres gritos y de aplausos. 



* * 



Y he aquí que se oyen las rabiosas cornetas y 



RETIíATOS DE IIOMBKES 



aparece la larga pluma de águila del coman- 
díinte del batallón T7// di Stura. Yo vi á lo le- 
jos el severo pueblo de Yinadio, agrupado en 
la pendiente de la montaña como un puñado de 
gentes armadas para la defensa, y el fuerte 
amenazador en lo alto, y el camino estrecho en 
el fondo del valle, serpenteando sobre los mo- 
vibles puentes y bajo las bóvedas, junto al to- 
rrente roto por las rocas; y más allá la siniestra 
gaigantade las Barricadas, encharcada con san- 
gre fi-ancesa, y la colina de la Argentera, res- 
plandeciente por las legiones de Pompeyo. El 
agronomo vio, por su parte, el pueblecillo de 
Castelmagno en Yal di Grana, célebre por su 
queso azulado , y las bellas colinas de Cara- 
glio, cuyo vino conocía, grueso, j^^^'O hueiio. El 
batallón atravesaba la plaza desenvuelto y or- 
denado, mostrando sus quinientas caras sonro- 
sadas y viriles, sobre las cuales se pintaba un 
solo pensamiento. Mistress Penrith creyó descu- 
brir en ellos una expresión general de tristeza, 
y preguntó si era aquella la índole de los ha- 
bitantes de ambos valles. 

— ¡Usted se burla de mí! — respondió Roge- 
Ui riendo; — en este momento son unos impos- 
tores. — Era de ver, como él lo había visto, con 
qué loco furor, después de diez horas de mar- 
cha uefectiva^', cazaban los cuervos por la ambi- 
ción de aquellas dichosas plumas, ó luchaban 



LOS DKKKNSOlíKS DE LOS ALI'KS 24.} 



en hacer rodar peñascos por aquellos precipi- 
cios para ahuyentar de sus escondrijos á las 
cabras salvajes, con la esperanza de probar un 
bocado sabroso. Y describía las amenísimas es- 
cenas de los pastos: los alpinos allá arriba en la 
cima saludando alegremente la presencia de los 
mulos cargados en el fondo del valle, llamán- 
doles uno á uno por su nombre, como si fueran 
hermanos; el toque de rancho acogido con cien 
gritos de alegría; apresúranse todos á buscar 
leña, y merodeando en media milla á la redon- 
da, vuelven á los pocos minutos cargados de ha- 
ces enormes y aun de troncos enteros de árbo- 
les; brillan los fuegos, hierven las escudillas de 
madera, los entendidos en culinaria sacan las 
hierbas recogidas por el camino, la calabacilla 
<5 el tomate que de siete millas traen en el bol- 
sillo, quizá el puerco espín cazado por la ma- 
ñana; y quién grita, quién patea, quién sopla: 
aderezan salsas maravillosas y fritos increíbles; 
se atracan de fresas, se embadurnan la cara con 
el jugo de las moras y chupan la cantimplora 
hasta la última gota, y arriba, que ha resonado 
la corneta: treinta minutos había durado el fes- 
tín entre prepararse y hacer el primer quilo de 
la digestión y hételos en fila otra vez, reanudan 
do la subida, cortando rebanadas y triturando 
pan plácidamente para limpiar el canal alimen- 
ticio que al cabo de una hora volverá á gritar 



244 RETRATOS DE HOMBRES 

socorro. — ¡Brochi! ¡Brochi! ¡Oh,Brochi! — gritc> 
de improviso Rogelli dando una gran risotada. 
— ¿Quién es? ¿Qué ocurre? — preguntaron en de- 
rredor. Había visto en el líltinio pelotón á un 
soldado conocido suyo, famoso comedor, privi- 
legiado con ración doble y siempre atiborrada 
por sus compañeros, y siempre hambriento sin 
embargo. Pero su grito fué á perderse en el 
clamoreo general de la multitud, que daba su 
último saludo á Val di Stura. 



* 

< * 



— ¡Señores, los hijos del Monviso! — gritó un 
estudiante. Era el batallón Val Maira que avan- 
zaba; un batallón reclutado en el valle de aquel 
nombre y en los dos valles de Saluzzo ; los na- 
cidos y crecidos á lo largo de las humildes ori- 
llas del riachuelo que llevara al Adriático el 
tributo de diez ríos y de mil torrentes. Jóvenes 
de elevada estatura, de cara pacata y benévola, 
con aquel axiàax fluctúa nt e de la gente habitua- 
da á subir , acostumbrados á emigrar en buen 
número durante el invierno á Francia, ó de 
descender al llano en la época de recoger las 
mieses y por la vendimia. 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPKS 245 



La multitud gritó: — ¡A''iva Val Varaita! 
¡Viva Saluzzo! -La primera compañía recibió 
una cestada de myosotis de un grupo de señoras 
saluzesas asomadas á una terraza. Muchos sol- 
dados tenían entre la gente sus familias, que ha- 
bían descendido de los montes para saludarlos. 
Los había nacidos en Crissolo, que de mucha- 
chos se habían arriesgado temblorosos en me- 
dio de las tinieblas de la gran caverna del río 
Martino, llena de misteriosos fragores; y de 
Paesanesi, habituados á indicar al forastero la 
legendaria casa donde espiró Desiderio; los 
montañeses de Casteldelfino, prácticos en la es- 
tupenda floresta de pinos , á los que debe el 
Monviso el bello adjetivo de Virgilio. Pueblos, 
barrios, donde todavía duran raras costumbres 
antiquísimas. 

Varios de aquellos soldados, por ejemplo, los 
de Sampeyre, los habían llevado sus padrinos al 
bautismo con las espaldas envueltas en un pa- 
ñuelo blanco, que simboliza su función mujeril 
Estos mismos , en la comida de los esponsales, 
habrían pasado de pie sobre la mesa para ir 
á dar un beso á la esposa , bajo la cofia car- 
gada de encajes hechos en casa. Otros reci- 
birán de ella, el primer día de matrimonio, el 
regalo consagrado del jergón, y su cortejo nup- 
cial irá precedido á la romana por un jovenci- 
11o, llevando una rueca con lana. Y para mu- 



24G líETllATOS DE HOMBRES 



chos el lecho nupcial ser<á el primero en quo 
hayan tenido el consuelo de estirarse, porque 
en sus pueblos, por tradición, el celibato no da 
derecho mas que á dormir en el pajar. 

— ¡Son esposas de buena pasta! — dijo Roge- 
lli; — lo garantizo yo. — Y todos se echaron <á 
reir menos él. Sí, seguramente; él los había 
visto trabajar sin mochila. Con la mochila ha- 
cían maravillas; sin mochila, prodigios. Suben 
por las más empinadas laderas, derechos como 
estatuas, con la respiración inalterable; cami- 
nan por entre montones de piedras movibles, 
haciendo equilibrio al borde de los precipicios; 
trepan por las nieves heladas, por paredes de 
piedra casi verticales, agarrándose á hendi- 
duras y salientes pequeñísimas, á los relie- 
ves de piedra lisa apenas perceptibles, y bajo 
sus pies está la muerte y sobre su cabeza una 
cruz; ¡qué importa! Donde echan sumano es 
como una garra; donde plantan el pie queda co- 
mo clavado, ¡y mientras los espectadores tiem- 
blan, ellos sonríen! — ¡Viva, viva, viva!— gritó 
con toda la fuerza de su garganta. Y viendo 
que la multitud no necesitaba excitaciones al 
aplauso, el buen entusiasta de los Alpes perma- 
neció un minuto inmóvil, con la vista como per- 
dida tras de la prepotente fantasía que lo trans- 
portaba quizá á los valles silenciosos y pro- 
fundos, y á las grandes florestas de abetos de 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 247 



tiende habían descendido sus ahijóse. Las a des- 
garradoras^ cornetas de Val Chitone le conmo- 
vieron. 



* 
* * 



Presenciamos entonces una fiesta de familia 
bellísima, un batallón que entraba triunfalmen- 
te en casa propia, soldados que habían nacido á 
un paso de Pinerolo, hijos del fuerte de Fenes- 
trelle, de la sonriente Perosa, de la bella Gia- 
veno, recibidos en su pequeña capital, donde les 
esperaban los padres, los amigos, las muchachas, 
que habían conquistado los primeros puestos 
entre la multitud á fuerza de codazos, y que lle- 
vaban esperando varias horas aquel ansiado mo- 
mento: no había más gente extraña que los de 
Cesana y los de la ciudad de Rivoli, el Auteuil 
de Turín. Entre la multitud se veían muchas 
mujeres del valle alto de Fenestrelle, con aque- 
llas extrañas cofias blancas, que parecen gran- 
des yelmos de papel; muchas de aquellas piz- 
piretas montañesas de Pragellato, que en sus 
tradicionales bailes, á una nota convenida del 
violinista, se paran y dan y toman de la boca 
del bailarín un prolongado beso; y cientos de 



248 RETRATOS DE HOMBRES 

muchachas de los talleres, con los ojos de fuego' 
y viejas caras de abuelos que quizá por última 
vez habían bajado de sus pueblos. 

^o esperaron á que pasase la primera com- 
pañía: estallaron al aparecer los zapadores. No 
parecía sino que habían pasado años sin verlos. 
Gritaban y reían, agitaban los brazos, llamaban 
á los soldados por sus nombres, se metían por 
medio de los pelotones, querían romper las filas. 
A los demás espectadores la conmoción les im- 
pedía aplaudir. La señora inglesa humedeció 
los adornos de su abanico con sus lágrimas. 
Creía que aquella expansión afectuosa fuese 
efecto de una separación larga. Pero Rogelli la 
desengañó. Se veían muy á menudo, quizá de- 
masiado. Era el lado débil de los alpinos el pa- 
sar demasiado frecuentemente cerca de casa. 

Se podía decir que las únicas faltas suyas 
eran las escapatorias. Enamorados con su rin- 
cón, como todos los montañeses, cuando ven á 
lo lejos el campanario de su lugar les fascina: 
saben bien lo que les espera después de la esca- 
pada, pero no importa; se escabullen y corren 
que les lleva el diablo, y luego vuelven cabiz- 
bajos y con la cara larga, resignados al castigo 
previsto, que cumplen sin resollar, rumiando 
los agradables recuerdos ; y si á veces les con- 
tiene alguna cosa, no es el temor del castigo, si- 
no el terror de ser descubiertos en la casa por la 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 219 

benemérita, y tener que cruzar su propio valle 
y que la gente del pueblo les vea conducidos 
entre la pareja del tricornio. — ¡ Pobres pájaros 
de montaña! —exclamó Ivogelli. — Es preciso 
verlos luego, el invierno, en las grandes ciuda- 
des, donde jamás han puesto el pie, cómo resul- 
tan otra clase de gentes que parece como llovi- 
da del cielo. Vuelven del teatro aturdidos, se 
pierden por las calles en pleno día, corren como 
locos al oir la retreta, volviendo esquinas al azar, 
poseídos de verdadero furor , y ¡ desgraciadas las 
costillas de los que sufran sus encontrones! Sus- 
pirando siempre por el verano, que los devolve- 
rá á sus montaiías y á sus familias, les escriben 
larguísimas y fatigosas cartas en pliegos com- 
prados uno á uno y siempre con el soldado al- 
pino en el margen. 

Ya había pasado entretanto el batallón Tai 
Chisone , y los soldados de los últimos peloto- 
nes se sacudían presurosamente del sombrero 
y de los hombros los rododendros y las margari- 
tas que caían sobre ellos, juntos con los re- 
cuerdos de la familia y del amante, en presen- 
cia del rey. 



* 

* * 



Otra endiablada miísica de cornetas, otro ba- 



250 RETRATOS DE HOMBRES 

tallón de atletas sonrosados, y otra vez mil ex- 
clamaciones unidas en un solo grito: — ¡Ahí es- 
tán los Yalsusini ! — El batallan Val Dora 
avanzaba, el mejor de los hijos del famoso va- 
lle, del canal de los ejércitos, al cual da nom- 
bre la vieja Susa, ilace de Italia y puerta de la 
ffuerra que vigila los caminos del Monginevra y 
del 3Ioncenisio, y guarda los Alpes Graie y Co- 
zie. Eran jóvenes de todas partes del largo 
valle, del abanico de vallecillos que se abre al- 
rededor de la fría Bardonecchia, hasta los be- 
llos lagos de jardín que dan gracia y fama á 
Avigliana. — ¡Qué buenas columnas! — exclamó 
Rogelli enorgullecido; — ¡verdaderas pilastras 
de catedral! — Y así eran en efecto. Allí se en- 
contraban en medio los intrépidos pastores que 
habían pasado su adolescencia guiando ove- 
jas entre los aquilones que flagelan las cimas 
del Rocciamelone y de la Ciamarella; los traba- 
jadores tenaces de las minas de Bussoleno; los 
membrudos campesinos de Oulx, nacidos y pe- 
trificados en el fondo de un cruel sepulcro de 
montañas. El agrónomo dejó escapar una ex- 
clamación solitaria, que era como el fragmento 
vocal de un soliloquio mudo: — El vino de Chio- 
monte... ¡Ah, lo creo! — ¡Usanza agradable! 
. — dijo como para sí Rogelli. 

Allí estaban los soldados de Gravere, que 
cuando se presenten en casa de la esposa para 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 251 



llevarla á la iglesia, hallarán en la puerta una 
vieja contrahecha y harapienta, que pretenderá 
ocupar el lugar de la muchaclia, entablando un 
diálogo de comedia, hasta que la vieja arroja 
á la cara del joven un pastel de arroz, esca- 
pando á correr á celebrarlo con sus compañe- 
ros. Los de Mompantero, por el contrario, tie- 
nen la facilidad de poder calcular la dote de 
las muchachas por el número de listas rojas 
que llevan en el fondo de la falda negra en los 
días de fiesta. Otros verán escapar de la iglesia 
á la esposa después de haber pronunciado els/, 
y tendrán que ir á buscarla durante muchas 
horas hasta encontrarla en algún escondrijo... 
que de antemano conocían. También había en 
el bataltón jóvenes de San Glorio, los cuales, el 
día del santo patrón de la caballería, acompa- 
ñan la procesión vestidos con todo género de 
disfraces carnavalescos, blandiendo monstruo- 
sos espadones y golpeándose por la calle, ha- 
ciendo cabriolas y dando brincos hasta que, re- 
belándose contra su jefe, lo matan y lo cubren 
de hierba, eligiendo otro que es llevado en 
triunfo. ¡ Quién había de decir que aquellas 
fisonomías serias y aquellos ojos fijos habían 
de inventar semejantes fan techadas! 

Gente original á quien las montañas enormes, 
los extraños juegos de la luz y las espantosas 
oscuridades de los sitios donde viven, les arras-> 



252 RETRATOS DE HOMBRES 



tran á las supersticiones. Y creen y cuentan 
historias milagrosas en que se abisman los mon- 
tes y ocurren terrible» apariciones, y consultan 
con las brujas y hablan con los muertos por la 
noche. — Sí, señores, con esas caras que uste- 
des ven — gritó Rogelli, mirándoles con su pa- 
ternal sonrisa. — Y llevarán en las marchas los 
bolsillos llenos de minerales para su teniente, 
ó una marmota viva, ó un miriagramo de hier- 
ba para hacer su cama; pero un cráneo que en- 
cuentren entre las rocas, para el museo alpino 
del comandante, jamás... ¡Ah, simplones de mi 
alma! ¡Yiva vuestro semblante! ¡Yiva Val Do- 
ra! — Y la multitud repitió con entusiasmo: — 
¿Yiva Yal Dora! ¡Yiva Susa! ¡Yiva Avigliana! 
—hasta que fué atronada por las trompetas in- 
fernales de Vai Moncenisio. 



* 
* * 



Era el batallón gemelo del de Yal Dora, re- 
clutado en la misma Comba de Susa y en los 
tres valles hermanos por donde descienden ru- 
morosos los tres ramales de la Stura di Lanzo, 
y sobre las colinas amenas de Corio, de Eivara, 
de Fiano, de Ceres, sembrados de pueblos flori- 
dos y de quintas. ;0h memorias hermosas de gi- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 253 



ras domingueras, de cenas bajo los emparrados 
y de bailes en los iluminados jardines! ¡Bellos 
valles cubiertos de frescos bosques, y santua- 
rios altísimos resplandecientes como perlas 
blancas sobre el inmenso manto verde de la 
montaña! Al ver las caras de color de grana- 
da de aquellos soldados , venía al pensamiento 
las florecientes amas de cria de Yiú, cubiertas 
de joyas como vírgenes; y esparciendo en de- 
rredor olor á leche y á salud, las graciosas 
montañesas de Lemie, con su sombrero de fiel- 
tro negro caído con valentía sobre una oreja. 
Me pareció reconocer á muchos de ellos, ha- 
berlos visto cuando muchachos, con las abar- 
cas en los pies, descender por las sendas cu- 
biertas de nieve que conducen á aquellas pobres 
escuelas del valle por cuyas ventanas no se ve 
el cielo. Seguramente había entre ellos frecuen- 
tadores de la salvaje Comba, donde iban á ca- 
zar osos los príncipes de Saboya; alguno de los 
que viven bajo la amenaza perpetua de la Roc- 
capendente, y otros nacidos en aquella triste 
aldea de Bonzo, la cual no ve el sol durante se- 
senta y nueve días del año. ¡Cuántas peripecias 
no les habrían pasado ya álos veinte de edad! 
¡qué pruebas tan duras no habría sufrido aquel 
temple tan gallardo! Los hijos de la última Bal- 
me más que todos; muchos de ellos podrían con- 
tar horrendas historias de padres aplastados por 



254 RETRATOS DK HOMÜKKS 



los desplomes, y de tristísimos meses de pri- 
sión, transcurridos en las casas sepultadas bajo 
la nieve, entre provisiones acumuladas como 
para un asedio, que podía acabar en la muerte. 
— Ahí están los huérfanos, do los aludes, de las 
grandes avalanchas — dijo Ilogelli irguiendo la 
cabeza. 

La señora Penrith les arrojó un puñado de 
siemprevivas.^ — ¡ Yiva Lanzo! — gritó de repen- 
te la multitud. — ¡Yiva Yiíi! — ¡Yiva Groscava- 
11o! — ¡También los hijos de Groscavallo pasa- 
ban; los descendientes de los audaces minadores 
que los duques de Saboya llevaban consigo en 
las guerras^ los hijos de Chialamberto , del lla- 
no deUsseglio, de Ala de Stura, que descien- 
den en el invierno á partir leña ó se van fuera 
de Italia á ganarse la vida en los oficios más 
duros, con la única suprema ambición de lo- 
grar poner cuatro piedras de sus montes unas 
sobre otras, para morir cobijados por ellas di- 
ciendo: — Muero en mi valle y en mi casa. 

El amor apasionado por sus montes era tam^ 
bien el que hacía arraigar en todas aquellas ca- 
bezas un solo propósito, que se hacía ostensible 
en los ojos fijos y en las frentes arrugadas: el 
empeño de mantener las filas derechas y para- 
lelas como tiradas á cordel, para que se dijese : 
— ¡Qué bien han desfilado los de los tres valles 
de Stura! — Y los quinientos montañeses pasa- 



LOS DEFENSORES 1>E LOS ALPES 255 

von alineados corno veteranos , contestando ape- 
nas con una ligcn'sinia sonrisa, que no turba- 
ba la inmovilidad do sus ojos, á las aclamacio- 
nes de la multitud, la cual les siguió con la mi- 
rada j con los vivas, hasta aparecer por laoti-a 
parte de la plaza una nueva pluma blanca de 
coronel que anunciaba los hijos de otros valles 
Y de otras montañas. 



* 
* * 



Por el movimiento que se echaba de ver en 
la muchedumbre era de presumir que el pri- 
mer batallón que se presentaba fuese de cono- 
cidos y vecinos. Era el del T7^/ Peilice^ en efec- 
to, formado de jóvenes de Torre, de Bobbio, de 
Rorá, de Angrogna, de la flor de los montañe- 
ses excomulgados. Habiendo olvidado ya, sin 
embargo, el pasado, y viniendo al mundo diez 
años más tarde de la redención civil de sus 
padres, y mezclados con los hijos de la Rocca di 
Cavour, á los paisanos de Pellico , de Denina 
y de Brignone, y á los soldados de Cumiana y 
de Yillafranca. 

Apenas se presentó el primer pelotón, al- 
guien lanzó el grito de: — ¡Los Valdesi! — Y es- 



256 RETRATOS 1)K HOMBRES 



te grito, la idea de ver confundidos con los de- 
más á aquellos soldados, y en un batallón que 
llevaba el nombre de su valle, destinado á com- 
batir en sus mismas montañas en defensa de la 
patria de todos, fué como una chispa que infla- 
mó el espíritu prorrumpiendo en altísimos gri- 
tos y sentimientos generosos. 
• Centenares de cofias valdenses blancas se agi- 
taron en medio de la multitud; de una venta- 
na arrojaron una corona con el emblema de la 
antorcha de la fe; y mistress Penrith, puesta 
en pie , con gran esfuerzo pudo contener un gri- 
to de entusiamo protestante. Cinco barbudos 
ministros de los valles que estaban en un án- 
gulo del palco se levantaron descubriendo sus 
cabezas. 

Por la mente de Rogelli cruzó, sin embargo, 
un pensamiento bien triste. — ¡Quién sabe cuán- 
tos de éstos tienen ya metida en la cabeza á 
América ! — Al agrónomo le había entrado en la 
cabeza en cambio el vino de Bricherasio, como 
si el hálito de aquellos soldados hubiera traspor- 
tado hasta su nariz el aroma. — ¡Qué tranqui- 
lidad, qué placidez muestran — observó la seño- 
ra — en medio de tantas demostraciones! — ¡Qué 
quiere! — replicó Rogelli; — son alpinos^. Todos 
son iguales. Lo ven y lo oyen todo, sin embar- 
go , no lo dude, como cuando están en la mon- 
taña. Suben silbando y como distraídos; nada 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 257 



se escapa, á pesar de esto, á su oído y á su mira- 
da: ni el pedrusco que faltaba al lado del camino 
el año antes, ni «n atajo que pueda ahorrar cin- 
co pasos, ni un foso que en el otro lado del valle 
será preciso saltar al cabo de una hora, ni el 
sonido de una voz tan lejana que para nosotros 
pasaría inadvertida aun anini orando en una mi- 
lla la distancia. ¡Ah! ¡Los sentidos de los alpi- 
nos, señores, son prodigiosos! Donde nosotros 
no llegamos á distinguir una casa de una peña, 
distinguen ellos una mujer de un hombre; ol- 
fatean las hierbas para la ensalada á diez metros 
de distancia; oliendo descubren el agua oculta 
y la niebla que principia á levantarse; adivi- 
nan la vereda invisible, preven la sima lejana; 
comprenden por el rumor del torrente si se pue- 
de vadear ó no; os señalan la lluvia y la nieve 
donde seríais incapaces de ver una granizada de 
quesos de Holanda , y son capaces de reconocer 
las huellas de un saltamonte. Y todo esto lo son 
esos, precisamente esos lobos de montaña — 
exclamó señalando á los soldados. En el mis- 
mo momento los lobos de la primera compañía 
desfilaban ante el palco regio y los de la última, 
por delante del nuestro, irguiendo su amplio 
busto y su frente valerosa, á la amorosa caricia 
de la pa:tria. 



* 

* * 

17 



25S RETRATOS DE HOMBRES 

¡Adelante el batallón Val d'Orco! ¡Adelante 
el bello Canavcse verde, madre de los vinos ge- 
nerosos y de los gallardos trabajadores de fran- 
co espíritu y de sangre ardiente, impetuosos en 
la ira y en la alegría como las riadas del Aqxa 
d'Oro! ¡Adelante los infatigables caldereros de 
la sonora Cuorgné, los fabricantes de cucha- 
ras de abeto de la solitaria Ceresole, y los tra- 
bajadores de las viñas que, con sus alegres can- 
ciones, rompen el silencio de los castillos de 
Aglié y de Yalperga! En medio de éstos iban los 
montañeses de la industriosa Yal Soana, los gi- 
tanos del Piamente, dispuestos para todas las 
artes y oficios, y hablando entre sí una jerga 
truhanesca; y los de Yalchiusella, joviales y 
corteses y de hermoso aspecto; los trabajadores 
más tenaces de los tres valles, los cuales, en 
compensación de no poder pronunciar la ese, po- 
seen las muchachas más apetitosas déla región; 
carillas provocativas de santitas pecadoras; las 
de Eueglio, vestidas con una falda ceñida por 
delante y recogida detrás en mil menudos plie- 
gues, y un justillo bordado sobre el que se apo- 
yan y tiemblan los más sólidos tesoros del Ca- 
navese. 

La muchedumbre saludó con gritos de ale- 
gría: — ¡Yiva Ivrea! ¡Yiva Castellamonte! ¡Yi- 
va Locana! — cuando una estentórea voz del 
palco inmediato gritó:— ¡Yiva Pietro Micca!— 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 259 

¡Voto áDios! que tenía razón: estaban en el ba- 
tallón los liijos de la Manchester de Italia, los 
paisanos de Quintín Sella; estaban los jóvenes 
de "Val D' Andorno. Mil exclamaciones brota- 
ron á una: — ¡Yiva Micca! ¡Yiva Andorno! 

Y todos los ojos escudriñaron en medio de 
las filas á los habitantes de aquel fresco paraíso 
de Yal del Cervo, arreglado y limpio como un 
parque real, donde todos saben leer y nadie 
pide limosna; buscaron á aquellos albañiles de 
nacimiento, á aquellos mineros de instinto, á 
aquellos canteros engendrados y paridos de pro- 
pósito que van á formar su hucha y á honrar la 
fibra italiana en todas direcciones: otros tantos 
toscos Quintines por su valor, pertinacia y buen 
sentido; y á todos se les vino á la mente la ima- 
gen de sus grandes muchachas, capaces de su- 
bir sobre sus espaldas á su amante hasta la ci- 
ma del Mologna, con un color blanco sonrosa- 
do que parecen pintadas por Rubens,* con ojos 
de color de zafiro y el pañuelo de colores ata- 
do alrededor de su blanca frente, y aquellas 
mangas de camisa, abiertas en el codo, que de- 
jan ver los brazos de luchadores. — ¡Ah, qué 
hermosura de batallón! — exclamó Rogelli. — 
— ¡Ah, el buen vino de Yaldengo! — suspiró el 
agrónomo, y la señora echó al aire una rosa, 
diciendo: — A Prietro Micca. — Y la multitud 
dejó escapar un largo grito, en el cual palpita- 



260 retkatos de hombres 

ba el afecto por el salvador de Turín. Y todos 
aquellos jóvenes pasaron sonriendo de gratitud , 
como para decir que en los países remotos don- 
de habrían ido á ganar su pan para la vejezy 
no habrían olvidado el grito aquél. 



* 
* * 



En este momento se alzan ante nosotros los 
cuatro prodigios de los Alpes: fué como una 
rapidísima deslumbradora visión del monte Ro- 
sa y del monte Blanco, del Cervino y del Gran 
Paradiso, de diez valles de cien lagos, de mil 
picos y de formidables abismos, y de castillos 
almenados, y de torres y de arcos romanos , y 
de vastos 'bosques de abetos, y de pinos blan- 
queados por la luna y arrancados de cuajo por 
el huracán de los ventisqueros. Bien venidos 
sean los graníticos hijos del gran valle. A todos 
les pareció ver deslizarse por entre las filas las 
sayas rosadas délas muchachas de Gressoney, y 
alzarse los amplios sombreros redondos y los 
caprichosos gorros negros de las montañesas de 
Challant y de Cogne. Y todos oyeron pregonar 
el nombre de sus pueblos, los guías de Valsa- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 261 

varanche y los pastores de Valpellina y vendi- 
miadores de A'^al ton manche y los limpia-chime- 
neas de Rhémes, los tejedores de Yalgrisanche y 
los hijos de Aosta, todos, italianos de corazón 
por diferente que sea el lenguaje que en sus 
labios suena, y valientes todos en la pelea, co- 
mo sus padres de la antigua brigada, á quie- 
nes el Piamente venera todavía. — ¡Viva Aosta 
la vieja! — gritó la multitud, — ¡Yiva Crodo! 
¡Viva Domodossola! ¡"Viva Yal Sesia! Porque 
también estaban en el batallón los hijos de aquel 
noble valle, sobre el cual se exhala como un 
aura gentil , la gloria de Gaudenzio Ferrari, 
que suscita y mantiene vivo en las almas más 
incultas un sentimiento amoroso del arte; de 
aquellos abismos profundos y tranquilos desde 
donde se ve como al alcance de la mano sonreír 
y enrojecerse el monte Rosa al primer beso del 
sol; de todos aquellos pueblos hermosos de len- 
gua y de aspecto alemán, que cada uno presen- 
ta como una flor propia un traje de mujer gra- 
cioso, lleno de colores y de originalidad. 

Pasaban los cazadores de águilas y de mar- 
motas, estuquistas y canteros: jóvenes altísi- 
mos, con sus cabezas rubias como el trigo: los 
naturales de Fobello, que goza fama de produ- 
cir las muchachas más hermosas de los Alpes, 
graciosamente coronadas con cintas verdes y 
bermejas que cuelgan por las espaldas; losher- 



262 RETRATOS DE HOMBRES 

manos, los novios quizá de aquellas fuertes 
Margaritas del valle alto de Sesia, que visten 
justillos escarlata y negros, recamados de oro 
y plata, resplandecientes al sol como corazas áe 
princesas guerreras. Y la multitud gritaba: — 
¡Viva Ivrea! ¡Yiva Yercelli! ¡ Yiva Xovara ! — 
Era el último batallón piamontés que pasaba, 
los últimos hijos del gran arco de los Alpes que 
va desde el Monte Eosa al Colle di Cadibona; 
los pechos latieron con más fuerza ; las flores 
caían con mayor densidad; los saludos tomaron 
la entonación de un adiós, y se prolongaron... 
Cuando á un toque de las nuevas trompetas, 
que vino del fondo de la plaza , toda la multi- 
tud se volvió hacia aquel punto impetuosa- 
mente , alzándose hasta el cielo un único cla- 
moreo : — ¡La Lombardia ! 



* 



Fué una aparición espléndida y querida, una 
oleada de poesía manzoniana que inundó nues- 
tra alma: el batallón Valtellina, los hijos del 
Resegone, ¿quién no los conocía? los compañe- 
ros de Lucía, de Enredapleitos y de D. Abun- 
dio; cuyas hermanas y sus amantes llevaban to- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 2G3 

(lavía en las trenzas la corona de largos alfile- 
res y el pecho de brochado con flores y la falda 
de hilo de seda deshilachada. ¡Ah! estas habrían 
hecho una merecida acogida á los del conde 
Rambaldo! Buena y valiente Valtellina, que se 
vanagloria de no haber dejado de combatir en 
una sola batalla nacional, desde 1848 hasta el 
76, sin hacer correr un arroyo de su nobilísima 
sangre. Devota morí i pectora liherae , todavía, 
como contra las legiones de Claudio Marcello y 
de Publio Silo. Avanzaban y nos parecía atraer- 
las con la fuerza de la simpatía profunda que 
nos inspiraban. La multitud saludó al batallón 
con un grito de alegría. Eran buenos soldados, 
de aspecto montañés ; extraordinariamente se- 
renos y casi de alegres semblantes, hacían pen- 
sar en quinientos Lorenzos (de Los Novios ^ de 
Manzoni) vestidos de día de fiesta, yendo á pre- 
guntar por el día suspirado al cura. 

El agrónomo, por su parte, pensó en el buen 
moscatel blanco y gris de sus pueblos, lamen- 
tándose de la criptogama que había arruinado 
aquellos preciosos viñedos para diez años . — ¡ Ah , 
si estuviese vivo Donizetti! — exclamó Rogelli; 
— Donizetti, que sentía la montaña, ¡qué mar- 
chas hubiera compuesto para su batallón alpi- 
no! — Allí venían paisanos de Tomás Grossi, jó- 
venes crecidos en los jardines deliciosos de Be- 
llagio, hijos de las tres parroquias de la orilla 



264 RETRATOS DE HOMBRES 



occidental, y de la llanura infame, y de la des- 
venturada garganta de vía Mala, confundidos 
los pescadores de Riva con los trabajadores de 
la bella y selvática Yalassina, cerrada por el 
abrazo amoroso del lago, y con los pastores 
de los montes bergamascos, habituados al fra- 
gor de la cascada del Brembo, ó descendidos 
de los pueblos que primero sintieron el rumor 
y el eco del juramento de Pontida. — ¡Buena y 
brava gente ! — dijo Rogelli ; — pechos de acero 
y corazones de oro, tan hermosos al verles 
ofrecer su mano al huésped , como cuando la 
levantan sobre la cabeza del enemigo. 

Muchos de aquellos soldados tenían padres y 
hermanos en la Xueva Zelanda ó en la Austra- 
lia, donde trabajan en la corta de bosques y 
en las minas, y recibían fondos de allí; y no 
pocos de entre ellos hubieran ido quizá, pero 
para volver seguramente, porque para la patria 
ellos invierten el proverbio ^ lejos de los ojos, 
cerca del corazón «. ¡Una rosa á la Valtellina, 
mistress Penrith ! — ¡Yivan losvaltellineses! — 
gritó la multitud. — ¡Yiva Lecco! ¡Yiva Berga- 
mo! ¡Yiva Chiavenna! — Y nos parecían más 
hermosos y más triunfantes aquellos soldados 
italianos, porque veíamos con la fantasía, más 
allá de ellos, como un fondo oscuro en cuadro 
alegre, la miserable Lombardia de otros siglos; 
y llovían flores de todas las ventanas y de todos 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 265 

los palcos ; y brillaba en los ojos de todos una 
sonrisa, una expresión de inusitada alegría, 
como si viesen en el horizonte la orilla mara- 
villosa del lago de Como, que huye sobre las 
aguas y bajo el cielo rosado. 



* 
* * 



Otro batallón y otra visión. A la derecha se 
levantan los montes escoceses altísimos que ci- 
ñen por el Septentrión á Yal Brembana y á Yal 
Camonica y las cimas blancas de la garganta 
del Tonale, más allá de la cual está p\ Tirol ale- 
mán; se alza á la izquierda la muralla inmensa 
de los Alpes, una fuga de conos y de agujas 
que hienden las nubes, un conjunto prodigioso 
de glaciares más allá de los cuales se encuen- 
tra el cantón de los Grisones; y entre estas dos 
formidables paredes salta el Adda, joven y des- 
enfrenado, disputando el fondo del valle al gran 
camino que sube de la llanura lombarda á las 
cimas del Stelvio, trasponiendo la cadena ente- 
ra. — ¡Yivala alta Yaltellina! — se oye gritar por 
todas partes y de un extremo á otro de la pla- 
za. — ¡Yiva la madre de los valles! — gritó Ko- 
gelli. — Ahí están los hijos de aquellos temera- 
rios tiradores, los famosos que condujeron por 



266 RETRATOS DE HOMBRES 

el paso de Keit la columna Zambelli para sor- 
prender á la compañía austriaca en el sitio for- 
tísimo de los Baños Viejos, líay jóvenes de la 
garganta del Fuente del Diablo, que de niños 
han visto huir á los austríacos bajo los tiros de 
fusilería de los guardias nacionales de Guicciar- 
di. — ¿Y no os entusiasmáis? — pregunté al agró- 
nomo. Este respondió que no conocía los vinos 
del valle. Pero admiraba el aspecto guerrero de 
los soldados: carnación más sanguínea, ojos y 
cabellos más claros que los del batallón del va- 
lle bajo, caras huesudas y graves, en las que 
parecía verse impresa la austeridad salvaje de 
sus lugares nativos. 

Eran vigorosos montañeses de la hermosa 
cuenca de Sondrio y de los solitarios valles del 
Livrio y de Yenina, jóvenes nacidos en la es- 
pantable belleza de Yal Malenco y á las faldas 
del monte de las Desgracias; hijos de Bormio, 
llena de torres y triste hoy por su decaída glo- 
ria; crecidos en aquel laberinto de valles , de 
ladera^, de gargantas, de abismos, alegría y 
desesperación de los alpinistas, que se extienden 
y se levantan en torno de Bormio hasta el grupo 
de los gigantes, con la cabeza eternamente blan- 
ca, entre los cuales impera el titán Ortler. — 
¡Ludri! — gritaba Rogelli lleno de entusiasmo;— 
muchachos con las piernas de acero y con el 
hígado de bronce , que arriesgan su vida por 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 267 

llegar á arrancar las últimas briznas de hierba 
sobre las últimas rocas que penden encima de 
SUS pueblos ; hércules que después de una mar- 
cha capaz de reventar á los mulos, piden un 
permiso de doce horas para ir á pasar una y 
media en su casa, y saliendo á pie á la media 
noche, vuelven al campo á niedio día, á resti- 
tuir la pluma de águila que un compañero les 
ha prestado para impresionar á la novia. 

Este detalle hizo echar al aire el pañuelo á 
la señora Penrith, que se atrajo una mirada de 
reconocimiento de un cabo de la tercera com- 
pañía. Muchas personas se pusieron en pie; las 
aclamaciones redoblaron. Algunos gritaban al 
acaso nombres desconocidos de los pueblecillos 
metidos entre las breñas, nidos de fabricantes 
invernales de sillas y de cunas , en los cuales 
el maestro es médico, posadero y escribano; 
algún soldado, al oir aquellos nombres, volvía 
la cabeza con una vaga expresión de curiosidad 
y de complacencia; y entonces muchas voces y 
muchas manos lo saludaban. Y así pasó la úl- 
tima compañía, ensordecida por los vivas, em- 
pujando á derecha é izquierda, con sus inflexi- 
bles pelotones, las irruptoras olas de la mu- 
chedumbre. 



* 
* * 



268 RETRATOS DE HOMBRES 



Se siguieron algunos momentos de silencio, 
y luego estalló una tempestad de voces huma- 
nas, cuyo eco lleva uno en el alma por toda la 
vida. Eran los hijos de la leona de Italia; era 
el batallón de la valerosa Tal Camonica, que 
se acercaba , bello , apretado , soberbio , con 
variedad de singularísimos tipos ; — desde jó- 
venes atléticos, de cara ancha y derecha, de 
nariz encorvada y de ojos negros, que revelan 
la inmigración umbra y etrusca en Tal dell' 
Oglio, — hasta las prolongadas figuras rubias, de 
semblante redondeado y ojos celestes, que acu- 
san las trasfusiones de sangre eslava, longo- 
barda y alemana; un batallón en verdad admi- 
rable, un torrente de sangre caliente y gene- 
rosa, de juventud poderosa y audaz, orgullosa 
del nombre bresciano, pronta á dejarse arreba- 
tar, tanto de la ira como de las inspiraciones 
de los más nobles sentimientos, y cuyo len- 
guaje, cortado y vibrante, trasluce la bondad re- 
suelta y sincera. En el altísimo grito — ¡Yiva 
Brescia! — que levantó la multitud, iba un salu- 
do á los héroes de la gran defensa de 1849; — 
los soldados lo comprendieron, y todos aquellos 
ojos brillaron como carbones encendidos. Eran 
habitantes de los ásperos montes horadados co- 
mo madréporas por las entrañas de hierro; hijos 
del solitario Bagolino, descendientes de los helli- 
cosissimi hominum respetados por Bruto, y arries- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 269 



gados cazadores de osos de Monte Vaccio y robus- 
tos pastores de Mú y de Saviore: eran trabajado- 
res en metales, de Val Gobbia, trabajadores en 
mármoles, de Rezzato, canteros deCortenèdolo, 
y caborneros de Pezzo, crecidos bajo la sagrada 
selva de los abetos colosales y otros árboles 
gigantescos, de los cuales desciende al valle de 
noche, el cura fabuloso que crece de estatura á 
cada paso. Y se nos ofrecía á la fantasía el ro- 
mántico lago de Iseo, mientras pasaban, y el 
Idro alto y triste, y la cara tétrica del Lago 
Negro y los argentados reflejos del Lago Blanco, 
y la pequeña Saló, madre graciosa de fuertes 
hijos; y todas aquellas colinas y todos aque- 
llos valles, enrojecidos en otro tiempo de en- 
señas y sangre garibaldina, cuyos nombres hi- 
cieron latir tan fuertemente nuestro corazón 
en 1866; y con los toques de las cornetas oía- 
mos silbar el viento por entre las espesas selvas 
de aquel pequeño Edén alpestre de Yal de Scal- 
ve, y rugir, precipitándose, el furioso Ario, co- 
ronado de millares de arcos iris. 

¡Quién sabe si q.uizá entre ellos había algún 
soldado del inolvidable pueblecillo Cimbergo, 
colgado de altísimas rocas como un nido de 
águilas, ó el oficial que bautizó con el nombre 
de jJttso de la décima tercera al pie del Monte 
Ad amello! Rogelli los conocía á todos; llamaba 
á los sargentos por su nombre; saludó con efu- 



270 RETRATOS DE HOMBRES 

sión al comandante de la afortunada compañía 
que goza del verano á la sombra de los colosa- 
les castaños de Edolo, en el lugar antiguo por 
donde pasaban los peregrinos que se dirigían á 
Roma y á Tierra Santa; y no oía la insisten- 
te voz del agrónomo que le pedía noticias del 
vino de Yolpino, mientras la multitud gritaba 
frenética, agitando pañuelos y sombreros: — 
¡Yiva Val Camonica! ¡Yiva Brescia! ¡Yivan los 
héroes de 1849! — y los dos últimos pelotones pa- 
saban con el alma y los ojos vueltos hacia el 
rey, dejando una tempestuosa agitación en to- 
da aquella sangre italiana. 



* 



Otras trompetas resuenan; se oye un nombre, 
y mil imágenes nuevas, como si fuera un golpe 
de infinitas chispas de colores, brillaron en 
nuestra mente: verdes colinas, antiguas torres, 
un gran río, Julieta, el Anfiteatro, las tumbas, 
Dante desterrado, Catulo, y los grandes cua- 
dros del Yeronés. ¡Cuánta Italia! Las compa- 
ñías de los Montes Lessini avanzaban; jóvenes 
altos, de formas robustas, esbeltos y de ojos vi- 
vos; nacidos en su mayor parte sobre aquellas 
benditas colinas que oyeron retumbar el cañón 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 271 

de la esperanza el año 1848, el 59 y el 66, y otras 
tres veces vieron desvanecerse las esperanzas 
mismas en el horizonte con el humo de los últi- 
mos cañonazos. 

La muchedumbre les acoge con una estrepi- 
tosa salva de aplausos y de vivas, dominada por 
el hermoso nombre de Yerona. — Son caras sim- 
páticas — dijo la señora; — seve ya el tipo vene- 
ciano. — Los hay que han nacido en Yalpolice- 
lia — respondió el agrónomo sacudiendo la cabeza 
como para decir: — ¡Afortunados mortales! — Ro- 
gelli entonó himnos á las bellezas de los montes 
Lessini, vestidos de verde esmeralda, cuajados 
de centenares de casas de labor, donde se bebe 
una leche digna de ser bebida por un príncipe, 
de la cual los alpinos se dan sendas panzadas. 
El había estado el año anterior con una compa- 
ñía alpina en el valle de Bertoldo, donde nació 
este hombre ilustre, y había ido á asomarse á 
la gran sima del espacioso valle de Campegno, 
á aquel espantoso pozo donde se conserva eter- 
namente el hielo, y había arrastrado hacia atrás 
por los cabellos á uno de los endiablados chi- 
quillos que hacían títeres sobre el mismo borde. 

Había frecuentado las cuatro compañías, 
compuestas de mozos de todos los sitios del Ye- 
ronesado, de las últimas alturas del reino, que 
nacieron á las suspiradas puertas del Trentino; 
cultivadores de los campos de batalla de Pas- 



272 RETRATOS DE HOMBRES 

trengo y de Rivoli, crecidos en las alturas azo- 
tadas por el viento desde donde todavía amena- 
zan la campiña los arruinados castillos de los 
Scaligeros. — ¡Qué país tan bello!— exclamó. — 
¡Oh Caprino! ¡Oh Bardolino! ¡Oh Pietro Inca- 
riano! — ¡Ahí ciertamente se podía hacerle eco. 
¡Oh monte hermoso de la Roca di Garda, con 
los derrumbaderos vestidos de olivos y de mir- 
tos que se retratan en las aguas! ¡Oh deliciosa 
jardín de Italia, monte Baldo glorioso de incon- 
mensurables raíces, que por una parte ves á tus 
pies el majestuoso descenso del Adigio , cuyo 
abrazo espera ansiosa su amada metrópoli, y 
por otra aquella belleza infinita de islas y de 
penínsulas, de castillos y de puertos, y de inac- 
cesibles breñas y de hoscas selvas y de barcos 
que se deslizan sobre los límpidos cristales del 
Benaco, y las crestas furibundas que levantan 
hasta tu cabeza el mugido de la tempestad! 
¡Hermosa y amada tierra, amada con un amor 
sagrado y triste de quien te vio por vez prime- 
ra desde las ensangretadas alturas de Monte 
Groce! — ¡Bellos y queridos hijos llenos de cora- 
zón y de hiien humor! — exclamó Rogelli. ¡Esta- 
rían en marcha todo el día para poder bailar 
toda la noche! Y contó que mientras él llegaba 
muerto á la cumbre , ellos hacían salir á las 
montañesas no se sabe de dónde y bailaban al 
gon de la corneta y á la luz de la luna durante 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 273 

tres largas horas, y luego todavía iban á supli- 
car al capitán que les concediera una polka 
final, con el aire de quien solicita que le perdo- 
nen la vida. — ¡Vivan los alpinos! ¡Vivan los 
Montes Lessini! ¡Viva Verona! — Y una multi- 
tud de flores descendió sobre los talones de las 
filas líltimas, que desaparecieron en la polvare- 
da de la plaza juntamente con la visión del 
Lago de Garda. 



* 
* * 



El batallón Val di Schio se aproximaba. A su 
presencia nos pareció sentir el estrépito difuso 
de los talleres y ver surgir en las faldas de los 
hermosos montes de Vicenza centenares de ca- 
sas de operarios flanqueadas de huertos: una 
pequeña ciudad americana llena de escuelas y 
de institutos benéficos, donde hormiguean los 
trabajadores de la lana, con el periódico exten- 
dido entre sus manos; y delante de todas las al- 
turas la forma graciosa de Monte Summano, co- 
loreado de flores. El gentío se puso delante de 
ambas partes, ansioso de verlos y gritando ¡viva 
Vicenza, viva Schio, viva Thiene! Eran solda- 
dos vivarachos, caras expresivas, fisonomías de 



274 UKTRATOS DE HOMBRES 



montañeses sagaces y razonadores. Rogelli se 
vanagloriaba en distinguir un valle de otro, en 
reconocer los valdagueses, de origen septentrio- 
nal, bajados de los escarpados montes de Rc- 
coaro, de los del valle angosto del Astico, naci- 
dos á la sombra del Capel del Dose. Pero era 
pura vanagloria. El batallón, por lo demás, pre- 
sentaba una notable variedad de caras, y todos 
los matices imaginables del rubio en los cabe- 
llos y del rojo en las carnes. 

Eran jóvenes resistentes como robles, dignos 
brotes de aquellos invencibles campesinos del 
Canal de Brenta, que hace tres siglos trabajan 
en convertir en campos fecundos las desnudas 
rocas; hijos de la antigua liga de los Siete Co- 
munes, gloriosa con sus quinientos años de go- 
bierno autónomo y de su fidelidad caballeresca 
á San Marcos; robustecidos con las auras, upre- 
ñadas de vida„, de los bosques y de los pastos 
de la fértil meseta que se levanta entre la pro- 
vincia de Ticenza y Yalsugana. ¡Quién sabe! 
Quizá había varios entre ellos nacidos en aque- 
llos pueblos á desmano, donde todavía se habla 
el dialecto cimbro; ciertamente habría alguno 
de aquellos huesudos y ágiles montañeses que 
arrastran los trineos desde el bonito pueblo de 
Enego hasta el fondo del valle; y no pocos, sin 
duda, que habrían ya fabricado muchos miles 
de aquellos millones de cajas y de herradas que 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 275 

transportan más allá del Océano el modesto 
nombre de su pueblo. 

Pueblos graciosos, grupos encantadores de 
casas, con lo 5 tejados agudos, donde suena el 
canto melancólico de las rubias tejedoras de 
paja; soledades predilectas de las hadas blan- 
cas que regalan las madejas milagrosas, ó in- 
festadas de enanos rojos, que escarmenan los 
cabellos á las muchachas; valles escondidos de 
heroicas leyendas j de tradiciones misteriosas, 
llenos de poesía y de belleza, demasiado igno- 
rados por nosotros, vagabundos investigadores 
de inspiraciones extrañas. Y tú, ¡oh bella ma- 
dre de pintores, vieja Bassano de verdes coli- 
nas, donde «desciende al mar el Brenta, som- 
brío y silencioso 'í, también tenías en aquellas fi- 
las tu sangre; y tú, industriosa Marostica, que 
extiendes al cielo, como un brazo titánico, el ne- 
gro torreón de Can Grande; y tú, ¡oh Campese, 
tumba famosa del insuperable cantor macarró- 
nico; y tú, risueña Asiago, que esparces por 
montes y por valles los armoniosos acordes de 
tus campanas, que vibran aún en el alma de 
tus hijos ausentes, como la dulce voz de los pa- 
dres!... — ¡Yiva Bassano! — gritó la multitud. — 
¡Yiva Becoaro! ¡Yiva Yaldagno!— Rogelli gri- 
tó: — ¡Yivan los Siete Comunes! — Pero la seño- 
ra le interrumpió para preguntarle si conocía 
palabras cimbras. Y él dijo rapidamente: — 



276 RETRATOS DE HOMBRES 

Kersa^ pluma ^ iangez, sbalbala, taupa^ veiier, 
sfearn, sela^ engel, Got. — Y como el entusias- 
mo le ponía en vena de ser galante, tradujo con 
un crescendo apasionado: — cereza, flor, prima- 
vera, golondrina, paloma, fuego, estrella, alma, 
sol, ángel. Dios. — Y loco, ¿cómo se dice? — pre- 
guntó mistress Penrith. — ¡Narre! — respondió, 
exaltándose — Pues bien; sí, hoy estoy loco, y 
digo que un viejo italiano que no llega á ser 
un poco loco al ver pasar todos juntos, por vez 
primera, los hijos armados de los Alpes, tiene 
menos seso que los que lo pierden. ¡Ah, pobres 
patriotas muertos , pobres de nuestros viejos 
sepultos, que no los podéis ver! — Y excitado 
como estaba, se habría dejado dominar por la 
conmoción, si los aplausos fragorosos que salu- 
daban á Yal di Schio no hubiesen sido inte- 
rrumpidos de improviso por un grito desgarra- 
dor — ¡Yal Brenta! — que anunció un nuevo 
batallón. 



* 
* * 



-■¡ Val Brenta ! — gritó la muchedumbre vol- 
viéndose las diez mil cabezas hacia el batallón 
que se" acercaba. Fué algo así como un soplo 
de aire de Yenecia que nos azotó el rostro. El 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 277 

agronomo hizo ademán de deglutir, cerrando á 
medias los ojos, y exclamó: — ¡Ah , el excelente 
Verdiso! — He aquí los alpinos de u allá don- 
de el Sile á Cañan se acompaña. » Treviso 
era el que venía delante ; la predilecta amiga 
de Yenecia, la juvenil é ingeniosa Treviso, 
feliz con la divina riqueza del agua, del aire 
y del verde que le da salud y fragancia. Eran 
soldados de aspecto genial , de ojos chispean- 
tes , de andar vivo y desenvuelto; fachas de 
montañeses, pero afinados hasta exteriormen- 
te por el espectáculo de una naturaleza her- 
mosa ennoblecida por el arte; muchos sem- 
blantes que hacían suponer una vena de sim- 
pática extravagancia, estros de cabezas origi- 
nales, fantasías vividas y movibles como lla- 
mas agitadas. — ¡Estos son de buen humor! — 
exclamó Eogelli. — No hay cuidado que dejen 
languidecer la conversación en el vivac ó dejen 
de cantar por el camino. ¡Tienen una destreza pa- 
ra manejar las tijeras !.. . Pero con ingenio y sin 
agujerear la piel. Tienen el diablo en el cuerpo. 
Es una diversión. — El gentío les aturdía con 
vivas, ellos sonreían. En todas partes se pro- 
nunciaban los nombres de sus pueblos, como si 
fueran nombres de amigos tan conocidos y sim- 
páticos á todo el mundo; y la valerosa Cone- 
gliano pasó con sus torres y sus cipreses, bella 
como el sueño de un pintor, y aquel feliz án- 



278 RETRATOS DE HOMBRES 



guio de Yaldobbiadene, separado casi del mun- 
do, y las colinas de IMontebelluna, matizadas 
de quintas, vestidas de pámpanos, cuajadas de 
frutales, y la adolescente Vittorio, cerrada entre 
los brazos de los Alpes. — ¡Ah, señores. Aso- 
lo! — exclamó miss Penrith, apuntando con el 
dedo blanco sobre la tablilla de reclutamien- 
to. — ¡Y pensar que hay entre ellos soldados de 
Asolo ! ¡ Primo, indicadme cuáles son los solda- 
dos de Asolo ! 

Esta exigencia superaba la percepción y la 
presunción de Rogelli. La señora no insistió 
sin embargo ; su imaginación le había trans- 
portado al Asolo de pasados siglos, ante la pom- 
posa reina de Chipre, sentada á la sombra de 
los baldaquinos de brocado de oro, rodeada de 
literatos y de príncipes; y oía los gritos de las 
cazas y de los torneos, y como la música leja- 
na de aquel breve reino gentil. — ¡Yiva Trevi- 
so! — gritó la muchedumbre. — ¡Yiva Coneglia- 
no! ¡Yiva la amorosa marca! — gritó Rogelli.— 
Señores, hace veinte años, tal día como hoy, 
entraba en Treviso el primer pelotón del ejér- 
cito italiano! — ¡Estas para Asolo! — dijo la se- 
ñora arrojando un puñado de violetas. Y todos, 
como obedeciendo á una señal, gritaron auna: 
— ¡Yiva Yal Brenta! — Y los últimos soldados, 
poderosos y altivos como las encinas de su «mag- 
na selva Fetontea» , pasaron dirigiendo sus 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 279 

pupilas claras y penetrantes sobre los cspecta- 
tadores, como cuando en los días serenos se 
vuelven desde sus alturas á mirar á Yenecia 
sobre el horizonte, que semeja á una islilla azul 
perdida en medio de los vapores del Adriático. 



* 
* * 



Nuevos toques de corneta anuncian el avan- 
ce de otro batallón, con aspecto distinto... 
Salve, antigua Belluno, ceñida por montes so- 
berbios que penetran con sus blancas frentes en 
el cielo; salve, ¡oh pequeña Pieve inmortal, 
deslumbrante con la gloria de tu Ticiano; ho- 
rrenda garganta del Cordévole, tajada á pico 
en los altos despeñaderos dolomíticos de formas 
monstruosas; salve, oh cuenca paradisiaca de 
Agordo, rodeada de espléndidas montañas se- 
mejantes á inacabables montañas de candido 
mármol ! ¡oh maravillosa muralla de monte Ci- 
vita! ¡oh gigante Anteláo! ¡oh inexpugnable 
nudo de cimas y de bosques, Escocia de Italia, 
poblada de pueblos de madera, sobre los cuales 
brillan las niveas iglesillas y se levantan como 
lanzas los campanarios esbeltos y agudos: glo- 
ria á vosotros, poéticos valles de triste sonrisa, 
tan hermosos á la vista, pero tan duros para la 



280 RETRATOS DE HOMBRES 

vida; y á vuestros hijos, á los hijos de los im- 
pávidos campeones de 1848, á los de Cador, de 
pecho vigoroso, prontos siempre á teñir con su 
sangre las rocas de su suelo antes que aban- 
donarle á los invasores! 

La multitud les saludó con ardiente entu- 
siasmo, dirigiéndoles palabras que conmovían 
todas las fibras del corazón , y ellos pasaban co- 
rrectamente con un cierto aire de curiosidad 
reflexiva, como si fuera gente venida de muy 
lejos. — ¡ Viva Auronzo! — decían todos. — ¡Vi- 
va Pieve di Cador! — ¡Yiva Perarolo! — ¡Yiva 
Lorenzago ! — Y al oir aquellos nombres alza- 
ban sus cabezas, mirando á una y otra parte, 
como si hubieran de encontrarse con algo de su 
país; y sus caras revelaban una vida de sacri- 
ficios y de arrojo, caras de minadores que ex- 
traen el cobre de los montes de Agordo, de 
conductores de balsas del Piave , de guarda- 
bosques , habituados á hablarse por signos en 
medio del fragoroso estrépito de las cascadas 
de agua y de los vientos, y á jugarse la vida 
á cada paso por entre las breñas y los torren- 
tes ; caras de antiguos scotfos^ que desde niños 
habían transportado á los trabajadores del bos- 
que la comida á costa de mortales peligros y 
de fatigas terribles; fisonomías con rasgos áspe- 
ros y graves, que, en su frescura juvenil, ex- 
presaban ya la historia de muchas emigrado- 



LOS DEFENSORES DE LOS ALPES 2Sl 

nes más allá de los Alpes, de fatigas, de priva- 
ciones de muchos años acumuladas en pocos 
meses, para ahorrar y traer á su casa algunos es- 
cudos; caras con una belleza suya propia, que, 
irradiando del alma indómita, hacía acudir pre- 
surosa la mano á conceder un saludo reveren- 
te antes que á otorgar un festivo aplauso. Era 
el penúltimo batallón; gentes del Cadore; la 
multitud les obligó á detenerse por dos veces; 
una tempestad de flores cayó sobre sus anchas 
espaldas y sobre sus brazos de hierro; las acla- 
maciones cubrieron el sonido de las trompetas. 
La señora Penrith, sabedora de la simpatía que 
los ingleses tienen por el Cadore, se creyó obli- 
gada á mostrar una conmoción extraordinaria, 
recordando con palabras entrecortadas su expe- 
dición á Pieve, á la casa de Ticiano, convertida 
en carnicería. Rogelli lanzaba á los soldados fra- 
ses del país: Fra nos, nos bos, nos vacis^ faron 
nos fatis; pero se extinguían en el aire entre los 
aplausos. El comandante de la última compa- 
ñía lo reconoció al pasar y le hizo señas. — ¡Ah, 
capitán — gritó Rogelli exaltado por un re- 
cuerdo imprevisto, — nuestra excursión á Ca- 
prile con los alpinistas! ¡El abrazo á la vieja 
columna con el león de San Marcos! ¡El al- 
muerzo ante las dos banderas de la Serenísima! 
¡Ah, mi Cador adorado! — Sus palabras fueron 
ahogadas por el doble grito de la muchedum- 



282 RETRATOS DE HOMBRES 

bre, que daba el último adiós á Val Cadore y 
el primer viva á Val Tagliamento. 



* 
* * 



Ahí está el Friuli, finalmente; el Piamonte 
oriental de Italia, los últimos hijos délos Alpes 
cárnicos, los trabajadores invictos y pacientes, 
equilibrados y penetrantes, fuertes como toros 
y tranquilos, si el vino no los exalta, y buenos 
cuando el corazón les guía, como los cantos 
afectuosos y sentidos de sus montañas; y cuan- 
do dejan caer el puño, tremendos; altos y de 
honrado semblante; interesantes para nosotros 
por la poesía que rodea á los más alejados y 
por la fiereza reconcentrada que va unida á los 
que ocupan la vanguardia de la patria. Al esta- 
llar los vivas suscítase un murmullo prolonga- 
do y cariñoso como el del mar al besar las ori- 
llas; y en medio de aquella sorda armonía de 
los saludos, más elocuente y más íntima que 
los aplausos, avanzan con paso solemne, con 
las caras levantadas y serias, expresando el 
estupor que produce en las gentes que desco- 
nocen el mundo los bravos hijos de Cividale, 
de Gemona, de Tolmezzo; los que vieron la luz 
á los pies de los Alpes Julianos, frente á los 



I,OS DEFENSORES DE 1.08 ALPES 283 

centinelas avanzados del Austria; los campesi- 
nos de las tierras de Venzone, que sostienen 
intactos de la acción de los siglos los despojos 
humanos; los pastores crecidos entre los rugidos 
salvajes del Tagliamento, y en el triste canal 
del Ferro, en los confines de las nieves perpe- 
tuas, mezclados con los rubios Eslavos de San 
Pedro en el Natisene y con los Eslavos solitarios 
de la meseta de Resia. ¡Salud! ¡Salud á vos- 
otros, austeros y fieles hermanos!. ¡Salud á vues- 
tros padres, trabajadores emigrados al valle del 
Danubio! ¡Salud á vuestras fortísimas y dulces 
mujeres, á quienes domina el trabajo fatigoso 
y el amor levanta! ¡Salud, oh Friuli bello y 
honrado! Todo esto sentía y expresaba confu- 
samente el gentío con sus gritos poderosos 
arrancados á lo más profundo de su alma cuan- 
do pasaron las últimas filas. 

Y entonces el entusiasmo se desbordó como 
un incendio al soplo del aquilón, y en medio 
de aquel universal delirio nadie advirtió que el 
bueno de Rogelli arrojó su sombrero á la pla- 
za. No era aquello el pueblo de una provincia, 
era Italia entera que saludaba á sus nuevos ba- 
tallones, que bautizaba al cuerpo, recientemen- 
te creado, de sus defensores, y consagraba el 
principio de su historia; era la patria grande 
que les confiaba solemnemente los pasos de su 



2S4 ItETRATOS DE HOMBRES 

sacrosanta frontera y les decía: — ¡Confío en tí, 
y bendito seas! — Todas las cabezas se descubrie- 
ron; los espectadores de las tribunas se pusieron 
en pie; la innumerable asamblea levantó les 
brazos convulsos, lanzando un último formida- 
ble viva. Y luego, como por encanto, todo que- 
dó en silencio. Todos permanecieron mudos y 
mirando aquella oleada de gente armada que se 
perdía centelleando en la polvareda de la ca- 
rretera que conduce á Turín; todos, inmóviles 
y como sobrecogidos de estupor por un sueño 
prodigioso; parecía que después de aquellos 
veinte batallones hubiese girado rápidamente 
en torno suyo, desde la colina de Cadibona al 
Pico de los Tres Señores, pregonando las glo- 
rias de todos sus pueblos con las campanas de 
todos sus valles, la cordillera sublime que nos 
separa del mundo. 



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Páginas. 

Advertencia 5 

IMPRESIONES DE AMÉRICA 

I. — Cuadros de las Pampas 17 

II. — A los niños del Río de la Plata 31 

III. — Los italianos en la Argentina 43 

IV. — ¡Patria! (En la bahía de Eío Janeiro). . . 67 

ACUARELAS DE NIÑOS Y JÓVENES 

V. — Manicomio de enseñanza 77 

VI. — Los cómicos y los chicos 85 

VII. — El librero de los niños 103 

Vni. — La escuela de caballería 125 

IX. — Reválida de maestras 1 13 

RETRATOS DE HOMBRES 

X. — Un dramaturgo patibulario (Barbieri). . 167 

XI. — El capitán Bove, explorador de Africa. . 183 

XII. — Un poeta provincial: Arnulfi 195 

XIII. — Los defensores de los Alpes 227 



ANUNCIOS 



OBRAS DE HERMENEGILDO GIXER DE LOS RÍOS 

(En las principales librerías.) 



Filosofia y Arte, con un prólogo de D. Nicolás Salme- 
rón, 3,50 pesetas 

El Colegio de Bolonia (en colab. ), obra ilustrada, 6,50. 

Filosofia inorai, para la 2.'' enseñanza. — (Agotada.) 

Biologia // Etica (2.* ed.), para la 2.* enseñanza, 3. 

Programa de Filosofia moral. — (Agotada.) 

Programa de Psicologia, Logica // Efica, 1. 

Programa de Biologia y Antropologia, 1. 

Proyecto de ingreso en el Profesorado, etc. — (Agotada.) 

Teoria del Arte e' Historia de las Bellas Artes en la an- 
tigüedad, con un Programa de Arte y su historia, 1,50. 

Fragmentos y retazos. — (Agotada.) 

La EnseTuiììza obligatoria, trad. de Tibergbien (2." ed.), 
2,50. 

Moral elemental para las escuelas, id. de id., 2,50. 

Kranse y Spencer, id. de id., con biografía del autor, 2. 

Mendelsshon, id., de Selden, con historia de la música, 1 . 

Paris rn Ame'rica, por Laboulaye, id. (2." ed.), 1,25. 

Obras de Maistre, id., 2. 

Mentiras, id., de Paul Bourget, 2,50. 

Recuerdos de viaje, id. de P. Loti, 2,50. 

Discordia entre la Iglesia y la Italia, trad. del italiano, 
2,50. 

Fio IX y su sucesor, por Bonghi, trad. del italiano, 3. 

León XIII y la Italia, por el mismo, id. id., 3. 

Anuario de la Institución libre de Enseñanza. — (Ago- 
tada.) 

Mar de fonalo, por Kebollo, borrador corregido de una 
novela, y con un prólogo, 1,50. 

Milton, drama en un acto, original y en verso, 1. 

A tiempo, comedia en un acto y en verso (en colab.), 1. 

Los j}arientes del difunto, saínete lirico en verso (id.), 1. 

Historia de un crimen, drama en 3 actos, en prosa, 3. 



ANUNCIOS 287 



Elúltimo mcrificio, drama en uno en verso (en colab.), 1 • 
Eii busca (ie2>rotecció}i, juguete orif^inal en verso(id.), 1. 
Fiera donutda, diálogo en un acto y en verso (ÍJ.), 1. 
Teresa Baqnin , drama en cuatro actos y en prosa, 4. 
Por ir al baile, comedia en dos actos y en prosa, 2. 
Portuíjal. — Impresiones para servir de guía al viajero. — 

Año 1." — 1888. — (En colaboración con D. F. (iiner.) 

2,50 pesetas. 



BIBLIOTECA ANDALUZA 

OBELISCO, H, MADRID 



PRIMERA SERIE 

1. — I. Ni franceses ni 2ì>'iisiaììOs , por Un amigo de 
la neutralidad. 

2. — II. Gihraltar ( Ecos cíe la patria), por D. Anto- 
nio Fernández García. 

3. — III. Ll libro (le las madres, por D.Cándido Sa- 
las, médico. 

4. — lY Málaga conteinporáneri , por D. Augusto Je- 
rez Perchet, periodista. 

5. — Y. Los temblores de fierra, por D. Cesáreo Mar- 
tínez, catedrático de Historia Xatural. 

6. — YI. Poesías de Bios Posas, coleccionadas y pre- 
cedidas de una biografía del autor, por don 
H. Giner de los Ríos. 

7. — YII. La cuera del tesoro, estudio prehistórico, ilus- 
trado con grabados y cromos, por D. Eduar- 
do J. Xavarro. 

8. — YIII. La f/aerra. — Asociación i/ ahorro. — Estudios 
sociales, por D. Santiago Casuari. 

9. — IX. Un hombre de corazón, por D. A. Luis Ca- 
rrión. 

10. — X. Un hombre de corazón (t. II), por el mismo. 



2S8 AKUNCIOS 



SEGUNDA SERIE 



1 1 . — I. Soc¡eda(Jeí< cooperativas, por el Excmo. señor 
Don Manuel Pedregal y Cañedo, ex mi- 
nistro de Hacienda. 

12. — II. Leyendas, por D. Eugenio de Olavarría y 
Hilarte, profesor de la Academia Militar. 

13. — III. Economia política para los principiantes, por 
3Irs. Fawcett, con prólogo de D. Gu- 
mersindo de Azcárate. 

14.— lY. Segundo tomo de la misma. 

15. — V. (En prensa.) Notas de un viaje á Filipinas. 

16. — VI. {lá.) Discursos acade'micos de Rios Rosas. 



PRECIO DE LOS ANTERIORES TOÍVIOS: 

Por suscripción, á una peseta. — Tomos sueltos, á una 
peseta cincuenta céntimos. — Encuadernados, á ttna pe- 
seta cincuenta céntimos y dos pesetas respectivamente. 



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