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Full text of "Isabel de Babiera"

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ISABEL DE MBIERA. 






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ESTA OBRA ESTA APBOBADA POR LA CENSURA. 

./üai'j/.íj m mm 



VUfKEJnkVt «AlfüEL miüESJ^, 

callo de ValtordCy nim. 5. 



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LA LOCURA DE UN REY. 



POR 



TOMO úxnco. 




MADRID. 

calería literaria, de los ss. murcia y marh, 

' calle de Jacometrezo, uúm. 44, 



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PRÓL06D. 



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^ fjopap ^rjcy d? la ,p^sí4o,, jes d poder , i^w^ntor |o^ 
Ijpjp^bresi cpii.s<jlo tocfr ppa suplprpa loa Ci^^v^wí^.jy 
iir^^ficar ios pft)(tcio$ qqn soto tocar ^ rwit^:^,^ 3pi^-) 
do Í9 sfl yp^ a[e,jr9^iieo Iqs d^ei)ai,Qad(^ bjvpaos^J^x^ 
1^ cjulpre. de nwvo^ y yifelveof ^mbif^a loa ¿snuHiiowfi 
t]r4je^á^yc!9t|r 41oa,^^^ i;eamma.^ '?íP)?«?1 

el(5^r algua pewjnajoenlw.el ipmen^^^^^^ ^J^í^ífi 

Jiijos, Je )fv^ ''?ü?*r';^ P9r ,?ft '^P^ítre paratcj^^ i®!,!?í?^T 

Necesítase, sin duda^.^f?|úíí <^9^,?^Wfji^^^^^ 
8104G1 

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VI ' PRÓLOGO. 

profundidades de la historia, necesaria es una voz impe- 
riosa para interrogar las fantasmas, y una mano que.no 
tiemble al escribir las palabras que ellas dictaren. Los 
muertos han bajado consigo á la tumba, mas de una vez, 
secretos bien terribles, que el sepulturero ha enterrado 
al mbmo tiempo queyá^|as^¿ps;^bellos del Dante em- 
blanqueciéronse al üW^las^ TOtrirátiones del conde Uboli- 
no, y sus ojos conservaron un mirar tan sombrío, y una 
palidez tan mortal sus mejillas, que cuando Virgilio le 
volvió á la superficie de la tierra, las mujeres de Floren- 
cia, adivinando de dónde venia aquel viajero, decian á 
sus hijos enseñándoseles: «Veis ese hombre tan grave y 
tan triste, pues ha estado en el infierno.» TT 

-«í^édeWWm l!bmíJWé¥bgíáíSítífe^8{)¿ Wl4 
fVíi|fe(yf &c^Ü9n^o,^&or "lüpfeftj, ífe ásík «áW|i 

ií'M6WtóébekMs-áe'#^atlt6''a'é''áSiiifej^'n^á'^t;ó^íÉ 

aíM;i8^mtíféy'á6Sfíías>e'iK?»ro"'ííwrth^m{i3 
rái'|a^'V^ii?fibg^kptifti«fsWia!Baiiil¿^y6áfi,'Pá 

cuyas tribulacione'á-fni'i%^háé'I%gM'dé1S¿!&Jr^g 



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dilfcidiies' J^Q^VMr ák sUk^^iulaí^aiainftaf^detaBenHli^ 

t d¿p<iMf0 4i/|fakmbl'iÉ!egfo<eii'üna(>tel«sl'gakd 
izquierda>:vtem<eiv^cwo6tada8 doB^estáttinMtjiiii^ai^i^ 
l¿iSif<Ae ^irttíibfe y U>x4ria de nnqév./Yáyau pamkft^^ 
t^£ld^'éMiíMi]^a^aéti80é qae^esUhi'dsqeáfsaddiiqQDÍjl» 
maaos juntas y oranftd ; jk»K(iie el to|nbreF>l|)idd á IMob 
cuenta de su cólera y la mujer implora el perdón divino 
por su traición: ha de saber el lector que estas estatuas 
son la de un imbécil y la de una adúltera: la locura de 
uno y bs amores de la otra ensangrentaron durante 
veinte años la Francia; y puede asegurarse sin temor de 
ser desmentido^ que no faltó razón al que escribió des- 
pués estas palabras alrededor del mármol frío que los 
reunió: 

«Aquí yace el i^y ClidQ^.eLbien amado, sesto de 
este nombre, é Isabel de Babiera. Pedid á Dios por su 
alma.» 

Pues que nos hallamos en San Denis^ vamos á abrir 
los archivos misteriosos de aquel reinado que pasó, como 
ha dicho uno de nuestros poetas, «entre la aparición de 
im anciano y de una pastora, no dejando mas huella de 
su existeneia que una amarga irrisión de lo que es el 
destino de los imperios y la fortuna de los hombres; un 
juego de naipes.)^ 

Para una página que hallemos pura y blanca en este 



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|iU30rpQr;^VÍfibí¿'«riIf«ÍEIfCU*tPA«MlMí^^ Í7 ; : ; 

^' ^'^AhorarjvasQQB/á.abWíTesl^iJíkrOv oproftiJM«( ^Tf^M 
"iiiéiáUsífi^eísángiiél.yéiilafty^^hitQL-.t^ v rninui <->^:„/i; 



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.1 . j" '. )M'. jii^j.áo': •; . ! 



Acadia ansioso el pueblo taniét^iMdAgildaf ^(Kim^ 



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iO ISABEL DE BABIERA. 

reina Isabel , hija del duque Esteban de Babiera y mujer del 
rey Carlos VI, hacia su primera y solemüe entrada como so- 
berana en la capllai ilel reiad. . -•_, 

: Oebs: en verda,d decirse para josliljcar tañía curíosidadj 

que se contaban; mil maravillas de la princesa; sabíase guo la ' 

fírtoiera\^íitreT?íshi Qne con el rey tuviera habia sido en vícr-- 

f ap^ sabíasíí igualrñente que el rey se Ijabia ptendaio t«fi 

r^apasiooadaíTtonto de ella , ipe solo ¿I duras penas cohsiguifir 

WíjáTlo3.^'dii(fuc de BorgoBa que lo concediera hasta el ]ü\ 
DOS ^uieotü para batér los preparati^s de lasT^odas, ^--^ 
Con las mayores esperanzas^aludaba todo el reino esta 
alianza; no sé ignoraba que el rey Carlos VI había manifes- 
. tado poco antes de morir deseos de que su hijo contrajera 
matrimonio con la princesa de Babiera , para contrarestar la 
influencia do Ricardo de Inglaterra , qua acababa de casarse 
con la hermaimjd^yie{fr](}f Ai^npiiittiT]^ f^m^T del principe 
habia, pues, 'milagrosamente con venido ^con los deseos de su 
padre; también las matronaSr,líe§pues de haber examinado á la 
novia, hablan declarado que era apta para dar herederos á la 
corona: el nacimiento de un hijo confirmó al cabo de un año 
los pronósticos de su e6plWÍD«tt?tfo*faltaron algunos vatici- 
nadores de desgracias, como acontece siempre al principio de 
todos los reinados, que dijeron que todo aquello no podía pa^ 
rar en bien , porque el viernes era el peor dia que pgdia es- 
cogerse para una entrevista nupcial; pero nada hasta entonces 

'OmSrmaJoiaui9ua 9SIi(i<tio9^rf ISft^ 

wiaU.ifoí^ 'P«Mfi^todM9»e^qif9iSp^ib 

gría que por todas. p^tf^, IM^OatoSí «ofttrflBWPte mm^ 

:í^Wígpmp^Élb\^Mfmfii^<ii\\ oíi!U»q h o^oienr» r/.hit-k 



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.|8AMI¿vi|)0.BAlll«fÍAl ^l 

-r q ^íotao ka prni#iiieq ^lerrionaJMi qUtíttétti 'pi^éfrKn^te 
^MMiftddbea'poirBa'fOBnÉ ó por sa dignidad ventral IMb'áé 
la raíQá)(>:foi!nAr párt&désa éomitn&^ H(»|iei»ii!ilM'er lédtdr 
;qilel3Ígáaofcioq patídt deda dibhii. cóiaiüxa; (i«e «dId édpém 
«wraarDiaper liBiiUafbha'U Hegfada del'd^ 
Iteisttano'delfFepiAIfiinos acegfahatení qdealtftrda^ 
opesp ioM^iaiat tobado? (y aó falUnm taiapooo tnataisléi^ 
^SB» qaéím^gtssBi^rqn qI verdadero mmtíw era ofla tióche 
i»8ada:ífDtréílatf iddiciajr.'debiitíori Bstaíüedto de dare^nlo^ 
smoidá k»ileftore$ d^ids hombrear de lia e09i6;' 7^ 
míerM iaitfantajavde^a MvvlBdiKlv és atinénoa ¡éóoMid^; 

jfímiifiU^4oq1ieato6'de.cqtd?ol»ir frifc^^ dél<€uadn)'qiib 

^m2noa;á<Ü08Qiiqhrvia néúoá mklqae^pbdannii» caÍMendeiBh 
jtarés'fi;deiol'igiinBiidadw^ ,-. • • t •■» "•: ' • • !> 

/ : .ilepbtHiiok»fnft(tlradDniM¿(yy y kftadíhios ^na 'ent « f¡\f9h 
íOr/verjeilaida iánikr'paebio firtra<de.fteip;»»iiniaa:ni'iiieii(i3 
ebOMFsi^^b^&ubieáMi ii)aadad0{nr«árft t '! 

No pedia echarse nn alfiler en el camino, donde ieetabah 
|ipiDlma:y.iQui0m8ian !i^iña<lospbomo>e3pí9^ ah upitri^o: la 
mt^prntisk» eií^ttto naeaxaoka^iQBaBtaí lim el inaiqfiBeof*- 
4ciite9iadlit^Qlai]Af|nelbL edneurreimaioiial si fo^apiíteiii- 
kftííQi puaSfiOm^ fommfet» laiéialUüud' lüíInllQ ttia onbpaolo, 
,el mooraa^diiniegitOh qiie '«e{>QffltDpnt«rar'eriak)iiieft*a*d» sus 
{WürtaSf'si ceaijaiiioaba>inalí^tAaeii^ jÉasaMopÉeps.) : 

r<^. Ji^,(m<ie;4ifi»b)^tf4ii d^ Id^fritosiqaataeojrerDia^ái la 
€abe^:d«{4a masa; '^/elleaMetXKK^ JaiMoorri& ea 

t(^?9iiif'loi)gil«4i veiliaAfl cafniaciar^ la w|^a0ieafi*>«[oiiei^ 
í«qaÁba4pifla(tjalgQ daoB^vo. -fia^afeeloy venia la^rtfiaaJaáv- 
naiStia ;CtoqNMa\d6 OtitMpim.hij^}, ilue baefea* 4.lMiaigii»* 



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ytpi^rsi^ JOi^dií! que .vqLmdia.& uai^teésl^s dnpdbs/doipasai* 
.^io|W4$KJIor^> ^epiia;&cabállo efardosifiiiMi poHosdx^^sdQs 
M ^míao teitor 7 nátá delo^veofakoaldeítPavíb j^jQaiütii»i« 
4fl i^il doscientos. Lpad^dQftiAEaiici^ 
JlM(>rj;ViQ9tiM'i4PgasiropGiiB6 de se(}&<ifbitdet jiibeitb^jaj y^ 
^kmu aw o^kbeawí lean unas tooas:^i «qraspantvis^caiaa'^lM^ 
^u^ribombrod) oótadole^ asotabai aBgim viehtedl^^ 

;a)q4i€d<(Ha^j0pi (lae ia.ínlAroh^46 hcm 

!toniniia:iitito deipolYo* Impdi^ 

•«úmUíva, de qae.acabfiincis 'dei haUaír y se id^stpaidó j^porrtos 

campos que lindaban con el camino, cdyo^elaiitrO'foiiteL^stttiá 

•eap!eQiieidA<eMfkU dd iqneJas pollas: éifin iosjivpdofisid^^jHiriSy 

y. por (tnyQiieaúeeicpodiajtírcidar iJixíempafiBíiá «mMtaifeall 

Este movjo»eafot.sBliiBo 009 átenos dificultad ^ilb'<{iié pnú% 

I . Bniaqaellaápoc^ (mando él pueMo^salia.alsiencitKíiifoto'd^ 
SQS4r«í]pcsv lofii Kfli^bíai icoa tafito amori 7 r étf peto* omuk^mHo^ 
4ad; porque m bien estonces la) «donfiiqulá ba$atM^1g*in^ 
tdoeeiliaflia él^ jamás* ée^Ü' habiai otámiió <lodavto'«| pti^Mé 
9id>í#se{ bástaia^nuBarqnik Portei^d 
puev; iim eajda iádividoo itíraM gv^iosa»^ 
«frisndaiategivRieiite >a¡qiioUaí es|iíécielde «^roptaotofi^.^^de en 
lel dia>oo8tamh algfuiide giAoe/blaeréiHiitLsf Jlmyá)«^ 
iporiatgiekipMtD^fMBtejb ¡ei eam|X)qwi6teáml«¿;^ilh^¿Msltbi^ 
•ttfi1q«0íhte^l á; Ja^vt^rlttuiganak* .a/JaitÉ^d»l40di)«'|d&^ti)ldl 
^iialsUnaoleádwsde deuda Jeiiftiei^^ittiUd dimibMU|>lA>oabfiMa 



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iumau-hitihjMMiá. h^ 

7(«t<iiMniwMa*red6dofil»[jil4ití M tteübs^tiefaipd^ kVqi^ 

los ártxdes hasta so tronco, y desde el tejaflé' HttMal-ló^ cK» 
ittiMifeS, noluAfia despevAieiiído 'tínM6'>pufeb"¿rué i)(id¡era 
MMiféf QÜgttttOuHéHa. IfOilÜiUrOit aflf udos quéf'no arri%áltw 
dtifto «l|fflMiiW'toi}(iellá p«%^9a' OsoMibidD, m Wlóbafoü 
e«!Íl-(UMll§ «^n^llO'dsrleaialBií^ , ciiyk^t^'iiói^&bá tk 
¡Sfaaúi&WÜ»MtUM'itít^féá'U4A^n&íXtí iibbré las j^ntití 
dft^'loe píes:' Ids iiil!oa'M>{ittbiáa í«íbre 1i^h(Mtfiin)á dé sui^ pft- 
máitiM'lMÁiiMi-líñiét «i^tfMí bfeá'<]<ie>ftift!'; )d^ ()ñoi''dbii 
nliíiaiMt eob )a Visut \hé íooáá^btiéiamiim «éW¿^tíBá 

jñécÉ^'Áéim'íeMxmv ■■'■• ' '•■••1-' ' ' ■■" •■' •• '• '••"' '••■"■•' 
'■"' -Ji^mk seilMifttftiklBlaM'' lit' (ttpéci« "'éti^ ÓMrínk ptmái 
flb tttV<^i''1fáí¥éi6Íí mbi' f 'ta'dtii]tfésa-'dtr<Orie^n^<;!'(}M «é 
«A^iúAlaliaft^&filÚ^J'^tí^ lea íspét^M-eítéf, caüJ^ól §¿ 
vio por fia asomar por la caH&'^i4tícip«il 'de:Sít]ii ÍMbis í¿ táá 
«y^i^ rite^'db>Iá'^óá.''ft«l»aM,md'iieh)bé"ai6l)o, la 
tnaj'é-íi'MrR^aíld'M á^éeflft^^í^iik^^iA^hédttiMJre' d^^ #< 
'títia^riíéb^<()^d á^'#Uif«>' r&yiiM'-«ttl-!')ti9'di(iifhiiíéyo''ki»i^',''^ 
-éh%'t]bi»'¿ifi%bat)l4k:«lftá)d'4¿>lá9'éipefá)itíac^'A6l¿tlid¿áH(^Ía^^ 

tAdTá^dí^pt^'iil^tffié'é'yíllki^pWtftdióá dei'''liéiiÚi^.di(il que 
Waai«3"ift(*dediübíteff'la'cA1^W.' foVtiüé'&mH' ^i'ar^T^íi 

\Wmf^^'Á''^^ MBeteié^'W'vg'YiiMtí di^rdó'rkd6-,'^cl>n^sto 



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^. , i!^\ m}iO 4fl.>^ persoga <doip.:4if0p« 4i$aifidiie^tttaM9tí 
DffjlWíbii^fa .Bí)4jf|<) dci^ear. pKopprowfles ,nM«MarR)^j)ii)^^|im^ 

U^ iéppqa,j5Q,.pwíW!, W d«abaft4!ida«QWBft Añ IpWp^^fopf, 
um^Q.fl^. su taltaim de la. p^f^ooiioa 4e, aip ,opQt«ip«íte^ ;fei^or 
?f?fiÍjS«4W^ iH»;PW:í^O(»lolfiríai,4j( tj^a: Y«í;te»bi^ «W ü^ 
tewpjott, ^^ia, ftbftR(}oQ;aid9'. ¡ea Ift,p»rte7,uí|lai4$ato^ái^09e^ so^ 
bre la tela de que estaba forrado ei carxq^iei ^ {NB^nsc^ffi w j^ 
Í(í?p^¡,ftii^ <^, .ft^ba?tn) spbrQ/ ujp,..fftnilp,49 prok. ^^W^l'^e es 
(;ier,^.queíiel,r63tQi<l% sft.pw^n^ ifeft.wtttq; Qc^HQ^dW^irQ 4» 
J^ m?íftii^i?^/WbargQ,; píMlJa^i aiiyii^ar fó^iítoem^ jl9(';|^(K7 
.1 ,J^<^^eQ9í^iqu^i^guljiur.<190;pe sejat^a.^^ yerlay:,se disipaba 
Í0)De(iíat(3^m^^ ;qw^ ;se la babia insto i y. el xuirar :^(]^ate, y 
^uaxp lie su^, .pjos rpcpperabsi, /^fti iayiw^. faspioa^oy qn qc|í 
|liU9Q,y,b}4j(^sÍQs ppi^asflua ja,^49J3()g\|i(i^^ baa becbo.f^QOr 
3ÍftJ^,la beflez4 x^a^qtarlstiqaiyfa^I 0a1os.¿f}g6lps,iqik)p9^,/ 
:.;,., |^.$e¡8 señores primaros ^e;\^.)Fi:^oi4 afiomj^&abau ia 
lUera i^\^ ri^ío^^; veAian i lajq«)|!^a,.)o3 dqques de T^eaa y 
4o»BfvJh9Ja. Nq jlevariii wa^ eHoatprque advirtamos, ^pam 
fy¡t^)Q.^tal y^ m^ eqmYqcaGiqfi,.qu^este duque j(]eTure;Qa 
4r^j^l,mfLf j<^yjdn de. los (i^ermaups d^l rey C&rlo^}f)\ .gentil y 



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cuja bqrmoíaraf, w a» pfjntwra, Joi;,jlftdvfi/i>.^BO.j¿l)ÍH tqa^ 
sqjSc^nA^atng^09.|)ai«,A¡i|r .^H^fill» ipftfÍB0Sff|¡pa},4fi.aiÍi^ 

t(4i ^«% A>fÍHa,5}H»!í|dfl,|a>.yiílft:fi^iSfeH^^ íft «Ní\.'to 

qqe jafpj^>i#(i$|. ^R;^,<(«jUas; qiíetei7Í¡i|]?pq?jyejuft,&l8i^ 
lindo y pacifico rostro de paje jp^i ,!(«( ^^iq^ f^^vi^.j^lqa 

pues sus labios, soBfof^;é.li^i^^i;eojtf)í^pp^9;)93.^« v/fi^ 
^f^, Hip taj^anf^req; Abrirles {fasoi,G9i).pQ^ ¿rf^iiago» so- 
\B¡1^ a^^.f^d9£qsfpr4Wya)»AC^C) fli^.un.mfjraviiloso ti|L|Q^ 
b^Q.espr^'^Beatfk p»;ra,,9q^etl»'sp^9gi»i^. Con^tia. en 
V» p(xa\i!9.:^.t«rf^^ o^ro fQi;radade bermejo,, ppr qii- 
y^maogajs t^^f^ba nq apebf bo/rdadp,¡mi^do qiui i^aode 
irawa de.fO»l;:el.troacQ, c(ae era ^^ofq, sostenía j)Qr, a.n]bo3 
Ujios laa bpj^.'^de esiofr^da, : ^ ntedio, ^0 las cítales bríilab?^ 
ep a)3i)})(>^ brafo^joacii^ i^^ (ie inibje? y de zaBros: los oj^lq^ 
filaban ;))«írdad(»,.^ )aieQH)n^4e ipna. orden ||)j^tit,uid^ por los 
reyes de Fr^ciia,,.iqiU^o.á la relam», ooy^a vaiJí^llas ecaí^ 
(^ l^fofla»: (|l faldón. ji](|() Q^*]^ el.mnslo d#l lada opuesto ^ 
de,ia.lli(fnk, jOJ^ba^ffti^rasieQW oubiertoconeir^lan^e^ 



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dente sol aé ón<iülé%r)^^ 

liae Luís ÍIV tetiová en W='tíei¿^;'é»'(«te/''!^l)t%^ét''(!|flé« 

f^íiiáíiálJilí, ÍBjHa¿'i¿aB'^é'Vda \feí" Stó'MÍSdtó',' J4<tfq«i% éú^ 

áfeciifár', "«'bíWr', 'lífep!to;''tt^r«ieatote •Üto'ileaff''JWfe*W 
^iktá, éúciiie^Ao i' (sóa Ííq'WiM létí ÜÉ -Kótiáf^'fi iqüiéív 
tiÁndsda nfaa ibáno péftlídá''éniré'iiuí''íiíébci^-'éáé^''^t^ 

gf&es"éstaba''ét¡ga^ak'aúá''lliikgii{fi«¿ ')j^a¿il¿> Aí'i)ériii'»;'il»> 

íá' libar k'aÍiqa»%ájd^Md{)'(idhftMiÍ6'qtití^ 
líá'bridá'aé'yé'cMÍlb;'«tíííát0níiitff>rííoí%d^ 
btía'W^Á li"rétrfá stístéWa.-:.'''! ^''' •■-■"^'■••' "•''>" ! '{ "'■■^ü 
'" '*a)'íid*'ÜWilíMÍ4íao*''canW»if(ítíé'd«*'S«H>oñ':"éWi im 

^ííéífo'éliÍjó'^í'ál)úáb''argriitt'd¿s"Vóllibrtií'''- --'"^'■' •■'•' ••-"■I 
-"' Ségoíán ft feSíbá"é?düqi(é PéK[}é'yB'*fllH^háf'ir'« cM^ 
déíéi¥y;'Kéi'Má4d¥'(f¿'C«M<ís' t~y'ííy'tf81'aey('«A#íl M (á 
aaqtjie Pelipb,- qu'é'fiáfiS^litdd'óóWíao'rrfs: mKíli««==JSafifi^oS'li|Hd 
corrió él rey Jaaii en Pótoft} á'c/<ílf!n"ÍTpW'íili'4<tíí¿*(rti<!á» 
á Londres, mereció c¿r ól-cató'íw de-bafelW' y^tíñtó j|*M6tft#« 
¿obrenomWe'^ífe Iht/éjildé; Í6hr^l}6m%íré!''^kk'\¿^mm%üém 

.¡■A :ííj 



tóy, Vüb'We^éiifó áe íl^^'élfií'el^íífiífab d6''lltt-él)ak 



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áxthMdiaúmx^iid^iáAñfi-^ eli'iiiiflmQ^<iit0r!tsoQtntaj^ 

"-''•Eq la «omilítcu de éstos^Teadun Bl.biikdg^ /{MfM ddiJSik7 
farra y el conde de O^ítrdban. <]!oÉK>i46beiL%ivpr i|kw 4i^li9f 
heohosque vamos á^ contar^' diremoB^ai^Ie6tOIr q.tia;<$iiier4>cmi« 
traél^coft elIo^CDnbofiiiiedtosiiiia^ láiiooiQs.y quaipiién^e. w^¿k 
&\9ñ Vacias ótógraifías qoe hablanrjde eU06),;dóftdeeo$^ 

' ' Délrás^delalHera^dela raaahreiiia cábalgajMto 
Mren f icameAte e«r|aeiadoi tai do^aato i de Beri;; ¡ M^imH 
Ié«itam6t<l€M60Q4utído au'coqcol p6rid&ebQdé9i:d^;Nevar9. x4f 
I« Mat^b<9. 'A(juf tvdpezamos ilaoóbiva C6bi.jdos^iiotabr.ea j» 4# 
IOS q¿o'ei lúas pe^e»ip íiii'áipardarseliambilia ^a.el ikmíi9 
y<á desaparecer 9n la sombra dcü ina]n;ir; pocqua e^toi.qpi^^ 
dé «Urevérs, 'bijó de Fetípe> y i abuelo^ !dQL,£!|írIod^;;8efA'.iV»i/<i^ 
céúde de B6itoñá';^pádr4:'se'iapellkiab9ülél.IatFé{H^^ 
ínai'oü'iePTeiíiératío ft sú nielo, f la historia, le tiene y« jeaspr 
T*áoé!sribrdno«ib^0(l8'Sifi*niiedh).' • :- s- í .: ..;^.,;; 
' ' Eá tí de abtíl de^451^oaB6- ooó Marganrtaídfi-ii^jfr»^ 
éí'coííde de Nevets ,' qtíe eontíabá poi^ tejHelitietaij^OiíWftMpp 
áñófer eí^a'iHüfbui^lo'y stdniv&rabtemeajbe formado^iáuntiueide eatkr 
tui« no' tíiuy aventajada : »eliaíiraF: de; sus, aaules y .pegn^^ 
¿í|os;''66ibo< los dbMóbb^ «imidbdduio j^iiiienazaclcr: M ;Gtí^r 
ié *U9 •laf'gOB f íteri^osmbfellOBi isolo 'i^uedai&muffseridiea eoffir 
pát^ftrtdold oMf et't^nmaje'nfgKo amtN(atadó;)leIiGiiemv: íci^qiP 
mvaba' a^eltaila la bartet^'tdesenbirlaso en Mda so o^e^gif»^ qu 
Wlízo' ^ost«y í^spirandi!^^ftuBrzaiyrBRlud: il¡k)if & •f¥h0í|,.M^piqa 

c#(jitfeh[n€lii^ab«^sttiC(Hiset^^<(aio^^ éfi) fi».l»i- 

a 

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II l^MBBfi/M üAlBHMd 

fleih^^'áttB:in«iD9í. Aaioqde toclarvla íeta i*iQy:)6feQ:y Do.itah 
lüd^léHhto eliioíióp de sicránnadotaballero ^leerán y»; Auasí* 
liares los ameses deulaígoeárra:, pue&>aQ: habk desperdiok^ 
o($^&k>h ftlgtftíá {At^á acoktunriDfarse^ di las !príyaí4)J009S!< y lenda- 
t»é^ ilü"^dr{M> pana (bda daáé de, ifartsg^s.t 4an< severo ^pam 
c(»Q IdS' demás» (MnáD paJpafconsigDQusmo^i ia^eimt^ie al;faaiBÍhi;ff 
Y*^\h $eiá; al'Mo 7 alidálóry:paF6Cia:.iuk rbombre' df^.,eelfiiX3i,í 
8iiV4^ tteoe^addsx»imiQési;¿. ké depaáa!l»Qiabiie8;^tafi^9i 
con los grandes, y afable con los quQ"ei;ska.|p»epQa 4Ujb él, se 
iAt)'Mllír eioiíat^atémeDke^do sósngiialesy amar de sus kife^ 
Hbi^fó;' susceptible ti' todas las pasiones »y^aleataa , sabk iov^ 
)iáí^e'y'«n6erharta8id8nt3^o.d€| áu^peobo, y>$U!p(ioho d^rp dci 
íkeoi^t^: Use "doble forroínibárior» ese baiuartade aoer<€í7(l9. 
Mme^ eramn 'abiámo dondé^no; podían. pendrar la? Airadas dcf 
tto'honibres^yten :el;qae arditi oavolmn , que amiq«e en 1^ 
^^ariisficía eslaba ' apagadoy sin : embai^Q )e'4(^i^P(a la^ .eqtr^^t* 
lííá's, bisara ijue: llegaba el momento üavfitpabl^; pues ^tQ|Qi.oqsi 
tln^efitaiido'cdn* fiiria^ déatl*iiia ooan^ eacointra^Tal; pa^p; U^ 
lava ardiente de su cólera. -SaiiivyaM el dia4)6.qi^7iaiQ0sba7 
alando, era: de tina.seDbiÚez taaeiBag6«ada, qq^podúj 93aga- 
raír^ qoe lofaabia vestido sdo.para qm bio^ contraste qq^ 
-el'ds Luis de Tqrena:j >Coa2|KMiiase. de wa bat^de tarciop^o 
^erde; ma$ corta de loqué ganerabneale se Uevabai^coA^miapn 
gas abierta» y perdida?, siü adornos pi bprdp^dos,:, ceñida lA 
t)tíerpo con ün^dnturon de lüallas deacerQ > que s<>stenia uufk 
larga^pádiideihierrolMimida; y la abertura quQ I^. solapas 
^ejttban en el peéiio penmtia irer tmaToi^a azul celeste y9^^ 
jeta alrededor del cfuello o<m /un collar de ore> cinaelado , xfoie 
i&uña ln» veees de cuello; ^ eapoa era negro, y.ua etíQ cUa^ 



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^.\».WJ:oBa;^.?;i:fiiKÍ4y:,/ /i^i o . • . ..■ . . •' '»hJ 

^" >íí» .l»w»idet¿3tóp partJaoknífiPte «n^.tiMWicowwr 4 

^Qí(:M<i*^Ii .porgue 4esp(As dj^^tfistey ¡loétim.iroeteo de 
6*?)l9ai> jri ddiB^es. 4e Ift/f^ivdienft» ]r-:6iiaJtiola4a.baM , roenm 
I|9^ !(i|09i^}seQ^e8: jpiiiis, is^UiAies desgtedadD.ran 

;,, EllQS fnerpp 1^ qm^A dfi qm k.Fcadma:80>.dmd¡ea^ ea 
do^ I^d(i$, iHipiW|iefl^o.iel. uqo.ea.poinbra' de Oriaaoa, y «I 
^ro fií} fl Je 9pi«cifta. Al «jscpger .«ftda .flartido.íageto, !%♦! 
ci^j^ (^n él na.i^mp y fotk.fi wa.^os paaiotiea; apaó kí qu» 
ajis^qrMK^JE^i y, aborreció lo que su sefior.abppmuaiio oL4: 
vi^.tftÍQ ,par,íl, todo, ha^u el jrey, que er^ 9U seitor M á la' 
Erapc¡5^, qae era.;iuaiftfire. .. ... 

Sqbreina >|ao<M9i cqro^ y. por uoade }o& l^dos ^dél camino»: 
yj^ fü^pa di tes fttes ^roajíamaValfintina ,. de. quien ya herí 
saos b^te(l0:& we^tjcofl lectores, ^.diqiendq que era la mujer, 
' '' "■' ■■■ ; , . - . . • . , •• , , . : íl^ ^ 

^4) Ou^tído-sé dióla batalla de Grassen estaba esie dia- 
iK^ameienel tesorodet^ártosdi Temerario; habiendo oaüá 
aquel día en poder de Ibs sóizói^ fii^é vendido en Í492por 5,000 
ducados eíi Luoerna, desde donde pasó á Portugal y i ppder. 
de don Antonio, prior de Grato. Este último descendiente de 
lá rama de BragatM^a, después de haber perdido el trono, vino 
á París, dónde jáQ'urió; por aquel tietnpo lo compró Nicolás 
Bmriayi señor-de Sabcy, dé quien le viene el nombre quélteva* 
La última tasación que se haheoh» de estcj diamante hace ias-' 
ccvDder.S»^ váLor^ si n^l no recuerdo, & 4 .820^000 fraAOo^i 



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bardía, y cuanto en el nuevo pais veiafé p¿i-éeia^'fiei*tíít)to ^ 
^d)»^(tt^ 'lieviíba' 'á'áü Yldird¿«i^d tidkigd' Í^á3)<^'db €]^oq» 
ftvorito'prednéotodet du(|Qe'tte!Ttií%Q&;' vmwíb' óúk^tíñ tx^^ 
eii6i')9toejaAté «ilídel ^i]qhé^'(}ui^a ái joíOesCm d&'&d'átiSsla^ 
SB {«ifaabM andado baioer Cdú^ tuíüaM' sefn€j¿ltíía^ E^a^d^ tsí 
Hiisma¿)6dud'y Uei^m4SQrá»(|tié<el^daqQe,^>&fectábá óóibó k^ 
mayor jovialidad : mirándole , sin embargo , detenidamedtsy 
«ps. fóeiI>o6hoeer:^;a'^it^l)aiiisü'Uhj^^ de 

üa caraaoií: vídbnto ; y qijersti ¡vóhiütád édl«fiÉi d« i^álr^ 
lHfitd4é9 d(Bí^ieiYO'^e caminan áen/pre' deréclikd'krblancé'd'e' 
saiH»defeeo8j.^ea"def'ddip'é sea^ée «aoSof; 'V'P^^^^l^íná^>^'<ííi©^^ 
difo «imperarse' 'tíiWyjJddó dé sü:ami¿tatd:'''y tSémfferde'toocHo sPáé- 
leí Ifegaba- í tení^ tíor/^tiemigé J Cfeh Wna ármafiíií*a'<le 'hiérm; 
que- llevaba con la misma soltura qúé'lóS*otrb§'lséñoi!e^.sti§Íp3^ 
ipsidBítorbíbpeló/ veñiá'áíá'izqmeí-dá'délá'r WféíÍQ de 
GBsfeoír, f:c¿Éfedesiabte^ 'Ff^anéiáV^ll^^^ fevSnlá&af Tí (fefáíifáí/ 
por'te qiíe^Aíeía9€frel»k*ós*Póí hoñVádb' j frátíé'd^#e%qtíel'^ÍeSW-^' 
no dividido pior una larga xicairiz^ recuerdo sangriento de la. 
bc^í^lcL.ds Aur^y y prifet}^^? flR^hi!^ ??P»42^..de: flí?Eep (^}¡s 
qj!j?,i)eftto>ií|[).t$u:,^ifttar^flr ef^-iAUu pr^mittdesua Jbueows y? 
lealea^seryiíjítts; .7: áó^Jima gíaoía ütíMdk' 'á' Ifeíiptngi^- fti'lA'. 

Ojenlh^I^terr.^; gerd h^^iyeAQO vuelto áFrancia^^ Jaeda^ 
d¿z¿p^j'.aa^ tmwpp aF.dÍfiB^'y/?pi?§n 

t^^jQPBitit«í«aíiteíí«jérfiitíís «daLtój^d .- -^ '-^ (-/>..•.';) rjüíMir .,.1 
B^ueé.Qb h^bér >eñte^&d^''á iciuesifo»' l6üfa3frésvd«f lai^^ 



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flOrfafi49:4M Hózanos bdóh«f;nM)fe¡bR, nos QoiitontariBM9«A 
nombrar los que venían en ans comitivas: la duquesa do Jmv* 
e^aUT.to condecí do ifeyert, seguían ouidiiaidafl poi*BQr¡- 
<|ii&4e^^J^'yii9li(3i»de:deiNpbQvu> ■ i -i r*- ■•' : .■•■• • ... ó 
; £ldíe:9ti!0 cMpfaüiafna» deiJaidtfciiiesádeOrieans» riúii^ 
«neiit^oqjaesddOy k> MmAwta- Jacquémes de fiorbon y Felipe 4e 

JU dttqi^|fyijaA^ ^ar/)ri.aM hüa «tignian^despups aooijrva&a^ 
jil»fi4n W^toPi áftfAihmti y deJ señor de CDifcy, ouyo nomblPb 
^olq ^fispajptarfa no .memofable recuei^osi nosotros ncínolB 
/l|VQ5i^e«Ma:;á.tra6rJa.4'Ia /Hier repitiendo la divi^ 
:ipa9:li¥ttefl^:><)l n)ik9 aUaOora tal yez. dd acuella épooaí: n 

.1. • :;mi.... :N*sttis|írinoeí,-ni,Diiof«tóiy'-- ■ ii. •' ¡«J'» 

; u... . ¡Tesúiftle oeignenr dé Gopoy. i , /• ii 

.. Ningona siemsÍQft ttareiDos de* séftores, se&oras y señoril- 
tas^qoe veaiaii étíútáSj ya eabalg^jidO) ya en earros eobierto^ 
4 paiafima^s. Bástenos ^ecir que laicomitiva dobde {balareis 
4ia entraba ya éa Jos arrabales <de I4 d«pHat' cóando los pajefa 
y escuderos que formaban la «ola. no liabián ealid^^ foAavlti^^e 
JG^.Denís..iLa: refaiahabia sido redbida en todas-paftes'ISi su 
jpam oonlasiádaiqae¡oiies<de.naWdád ^ qiie se usaban éiftdiv^ 
-oes en! ^e^ de>Ias da.^va* el rey,>porqud d^MieblQ no había en^ 
<»n|lrado aunieif aqnéla'épooi» de oreealcias ana palcibra q«re 
4»qi^esfts0 qisjof fSriaUgri&qoelcüqtie lüeoordtiba 'el dia-dertinah 
-dmiento dé Cristo/ inútil nps^^rámyaiaSodi^^^ Isabel da 
Babieha y madama yaiéatiaa de Mitin se ifevaron' tni^ M'^la^ 
inhadás idaioa btúnbres ^.^asf éomo liasúé W^dds nngerád ál- 



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S2 ujommj (DE hKarntÁi 

-i 1 :líetáíTOSftli¿ rtónaiaVillegar á la^pttlártd' cteStfn D«iíí,^feifi 
do la tenian dispuesta la primara páiiiíd!%l'era'tiúj^''éá{>d^'«iiK 
attáp garandé' lorhado'lqda de !rasb auzal^k^ M' eider ^¿ti^^lado 

niños vestidos de ángeles, que cantaban dulce y meloáf^á^ 

«riestra 'Señora, y ^téniá sobre únb wAiífáis^nük iñíág^ flbl^ 
fio Jesus; Et 9ol ir43ej>tandeoieDt(i qoe'hamd^^di^ét^lteidl^ 
^élrey,' alumbraba aquel estrellado cieloVdél'^é'í^^ 
unido3:tosqscudb»'d« Francia y drBalJierá.^^í/a'íféfoaí'qáedS 
agradablemente sorprendida con este espectáculo , cuyo buen 
orden alabó mucho. Des pae^Iqiie Josfángete aiálSLbaron su cán- 
tico y que se calculó q«íé lá; rerna lo 'bsdil» eiaminado todo 
detenidamente, se abrió el fondo del altar; trasformacion que 
4^0^ ver/la oatle-eatokkda cómo ioaaiidbsioiBsiiüaídaitíendiC, cu- 
^asféásas todas estaban dolgadai&f.decamdDfe 7 'lir tei^^db 
s^^¿ coo 4$^l profa^jm^ quecomoidibe Froíséálr ^'^psre&ii qiíé 
lo^ llanos eeibaíbiali dado pbr inada^ ^ qtie: h&bra jsidotfsitís^trs»- 
lIQiHwl^.ft W^aadrUk.'ó í)ama6oo^ ^ .; !• r*^ ' ^ ' 'í : v/, 
rr 'De^tivof o .la. jreina álgtkaoe ábstanfós ! cornos no^atróiTiéhdasé 
ifilmzaváe'ea-a^eUfi 9aípitál ^ 'doMe la espoi^aiíaiií.ocm' tanlf 
i(Pp^ifi|]QÍft y:do;iMl^^amr6ci]Mdabofivlaafo'ahHí^ Un: prev 
<miim^ni/o. toterioiíla deciát (|oe<jto:ittYBn. y hennote \|»iv 
4^11^' rajl^$4a:'tkliora y repibid8!;0QSn. tantas ppmpaffjy^'^^ 
<fl)iios*i: Aeria;«aigna'(<lia/ maldice yr: áteadb.6tFioá)dálrer .«it!Ü06 
^uiJbrQ^'de m/bhrqmtúY ehOEurgadb por^l toimega^deiSfii 
4^aMQ-^!^aii1$gi(i^ iOs jrésUnde Isaj^ebiléij^ ^lóffirati- 



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fio9dá^ (San Itetyb: Volvida iroteptehim^ la «mitm;: 
leros» tM p«aid«ber Al» retat^ ai^tPtreD aquetti: larfa 4«%a 
Qfc y {rl [Misar entre a4}K6ll&>Uirba«iümtosa forúMi&ito 4ob. oirv 
Oes deoánié .hnraáM^, q^e obBtavIqtjuÉtane la. m^^ Mk"¡i9k 
otra, hubiesen podido despedazar caballos^ ráma y litera. .Süi^ 
eóíbor^/^ningiÉi áooidente adaecpó): iagüardí^.Qrbada 4oa- 
sirv<Ssi0i&pré.8u fopnlaeíon. Ai poo6 rato Uegt^ la.coiaitiira aik 
ft^nt^4éiiiiofitMUeGiri)iertade!pa&osdeaflQl$^^ áix 

fiopes'de Ka dé oró; «i torno'de esta faentA había iofioidaddQ 
eoloQuiaíSf pintaaas. y oihdriikdááv en las ^ estaban ccilga^Qa 
Io9 aseados de:i« flory aata; de ia nobieta Iraodesa* fio^aa 
de: ágáa^^maBaba esta ¡funte : abnadanta^ bebidis y i perfivmi 
aromático^ del Asia, y veíaos^ de pié- ed taitas de la^.O(¿Mia:t^ 
ñas grupos de liiodi^ dodceUaaioon oopad dcí-orD .y. jairroa^a 
é$ plátaenlamano; eob }a^ evales fifreoieroai de beber á, la* 
yeina y ák)s principes de sil !OédBtivaj Cogiendo: la reiaa uM 
^eaqoeliascopas'laJIe^á'ios l&bios^ tan isoto para, hacerlas! 
eetefaonoí, devoMéndela en seigmdat ñas el duquedi^ Turch- 
na Efe ápodeh) ide i la. misma copa, arrebatándola de Ja . mana 
de la^donodia', sB.pnsoA besoar^ ai parecer , el »itia qm^ l¥t^ 
Uito tooulo Joelábkotiie Ja.ireina ^ yapUcaado loa sayos ^ 
9ismo •paraje^! se (bebió ée.^Tíá sola:: vez A lioor qne la b^i^ 
SU la aobcfranla; apenas hal^iáiáesfiorado^ Los; perdido^i^olorf^ 
de Isabel. ae^pneseiftaróni;4pidainente.eA.9Pecn^iU6i3;.^^^ 
«ion¡dGibeéBdeno>d0¡a|)a gédeno alguno de;dada.; apios qfi^i 
filé iiotatlafc^ ái^at de; larapidAs con. que iP^y ^p I9(^ «i^^ 
aqoqUaiMlche fdé ^1 4>bjM0'4ei inay;.diyQmas/ ()Qav]9nifL#(^^ 
eo IflbiBórtéy weanvimendo^takk embaído. ^ am) )pS:A^Afl,g[|up$^ 
e*o^iqiaoés^ ;iQrietJbAbia.||0«^i4«M^^ 



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qtie la i^iiüt biMáestadatale^rtafttó 19^ fqi]^ Ici 

regular en<»o haber dsópiphobado nyn^jaateicdudacta do^tf 
üdda- mal* expresivo, ••' ::-l/' -'r''- :!»-■. •'.«•:■'■..;;..; • ;• ..i-.-).^ 
Fdi»iient&y'im iiiienfo:dlspoetácalo viiu>/á díatr^ al pAUh 
¿o de (^te inéideote: testaban^ 6Atonoéa;ftQDto>al tx^oiveaU^Aida 
, I;^ Tnéidad, delaate* de ouyp. puerta áo babiaeoostruidiMia 
tábtado'én forma dé teatro, sdhreel qoeíbaár^resbotmaU 
61 'paso do áralas 4^1 wyrfiaJUit&Uin^ Eslában-^; piMSi^íloa 
éHdtiaáos cotofea«los en un iadb y tos sarjr&Gehob en. el <)tr^ 
T^iise ^Q unfdm tropats mU» grande» pereonalee qaebabiab 
fig^nrado eá aqaetla^ berñiQsss jaetás? jos áetoi^eÉ. que loa.pai^ 
pn^entaron Itoyabáo ks^armadara^ del.stgii&ifí'eoo y los Qseo^ 
'^s y fiWísáé' de- aquellos -«ayos papeles hacían. El rey F^Iiffi 
Ayg:ii9lo estabasentado jeoetifomb) y'y enipié alrededor :dily« 
tb^ doce pave$ de FTabcta. Jlsi^iteia liléra de la j^tíofk fahto 
attó^saÜóde ^ntre^laa Olasfifiieardo'Gnriizdn de.Leoa',:.>iae 
aceroó'ül rley -Felipe; é hiacao^o una rodilla éntieíraJepidié 
perbii^ para ir ivcoaübalir & te» sarraeBttps; el.^éf tolcodoek 
^bétidadosamentéiaar permiso. Levhistándtee ípnto&o^sf!Rí4 
áirdb sé Qfiió cotí áti gente, laí:puso éd'<drdeA de: b^tsHaiif 
éái^gd Mbr« los; mfiiles; iObili&bdó fnd ek.ooipbaie; pdra al fib 
to^^V^^ábós <ftfédaro6 vetacede^^/pomendo en (HMaptetader"-* 
r^ Sí'iú§ eií^ígod: V Parle de Ibe^ fa|(ítiiK)Si6e-aifardn bñ^ 
tMdo'pol* }aiS'téiitfcnáf$ difl 4seiiireiao; iqtiid estatiaa ^jú^llánd 
éúntliOAMm^] Y^íhí^ihsimn eske^tgétoi; áiñ emborgü, :/p« 
ftdtí^ jl&diéHSn tiulr i pa^iJ^fer(»n nidohos en poder deibot 
a^dVer^aíf tes t ' Rtdatdo^^oi^Gfin^>de'L(^on« 'eojodivo ^io»ipMp>de 



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— ¡Ohl dijo eQtowmiei Ai9iA<de>Tupepaapayail<}o.9tt tí^ 
no sóbrela Hiera, si hubiera sabido que reservabais esa rer 
compensa al venceiftp^^W0.(mBBáii^mf^'V9^ hubiera 
hecho el papel de Ricar^j^ '[. . •:. . . ; 

Isabel fijó entonc^ilaivUta W4i segundo Ihrozalete que 
adornaba todavía.<ínt>.<Jto a«8[biwoerrepríaiieitf o este primer 
movimiento que había manifestado lo que en su interor pa- 
9etei !ii i-/ ...:. . ••' ;••»..• - ' 

, * r^^HiSo» un. h)Gi»»i StñeÉtcoBdBvie/iitjo; aemejantas jiifgo8«o^ 
to san [li^ii» da iosifiersaritafii y* JbfuSNies ,r y sentariaa muy 
naWcqi kD{i$c^OB'deI:henMyB0.del']isy. 
- ) Ekdu^tté dé.Toreoa.'ibfliátoontást^» sin duda, ma» liar 
"bel mahdfr^coBlinjianiaiíaaf^a] y vnhiéiiéMebáeia a1 duqóii 
4e fioitéají|rab6 od»: <iitan)iattíinada p!&tiGa4 qtaellbgabati 
•já'íí^ la Áegupidá ptiertii d» Sáalltoi» ^ conocida por la ila^ loi 
^Siatoifes^y domolfdá en tíenq^xle Franoiseo I , y todavía la 
venía «r :habia;>tir6ltp 4lmit«ríá §u tnifiaé». h\ urente de. asta 
Ittertá v6tobaifan^4)lKilüt&|sflr^tament^ mío; 

.estrenado conio«E.<!to laipriraetopoeptav resplandeoitoietn) (of^ 
^ su^*misgie6la(}^él iPftdre^ cL Hijo; y dtEsHlrttu ^Sadto: veíanse 
«n toratot'defla Sami$iBÍia,\Trinidaa creído n^mto d^ »ijte$ 
tsaoiliiidD Mtóam¡^:ú Gi&ria^f^^ Vm CftoMf: np bkA 
isMi pitíiéo <Ia! Minavi cifapdaíiliniií^Qíe laf puer^ M pá^ 
20 di¿ paso.^ doa ángfiles. circundados, de aureolas de oro, 

plata. Al desprendersft<de7«^ jtorwfio oi^lp.triSm:^^ 



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y volando hasta ponerse al lado>iá6lá; rüfia*; <W^edyAiii*btiá 
eolocafoii la qorona) eadlsotoíii'^^ imai^ma^ri'^ o¡lu !«!u^~ 

Voos etes roinede PaFi^yíJi i-T ' í "ii'i 1> uih ♦[{ 

' ^Nióiw'ieñ|raU(mMftíP4tfmdis'(t).:'-'-.b'.' t-ln-i-íi; 
". ■*'■.!' ^••. !^'- 'i; .i •'! "■ ■'; '•'! •'.••í.-'í i'fij. (..:íimíiijÍ7-vii 
AI llegar al último verso Be remontaron olra vez al oWo^ 
eoyas paerta& se ¡oerrarán á^^pto áb 'Mc^^Smu eaAargo, 
Quevo& personajes r espera&i^ ¿ia roitoaáL^xM iadp áor. ii 
puerta, de cuya prese&ciá' :'W8iierDD>& á^inptaiqiiijáqoei^i^ 
a^ffeeto^inola >asusta$Bi^Mai qne>. prübablen'é'nté hu))i£lrai:'iuce<- 
di^o'sin ésta |Hrdeati0Í0a,v puésentároínser^ieft eSfentOr^ Ik)^ 
dipútadbsí de los sóiqgréEridS[jdeM]liélJrcader(tó:,':i|ue»Miittflpi 
{)álio y ieninii'á ineolaoisrnetían^iiá pHvíl^ió íi|ikj teai^lí^ 
rizaba ááQpmpañar á^ . losirejiss «jf i& iitf:nrinbs/d0.'j?ciiii)ta 
oaandb ehtrabá¿ .e¿i Paris^ idesdénia fniíertaj^ide.iSaiijDfirá; 
hasta pctlack>.< Se^olaaies los n^[xre^eiitáoies>id difeFQ&f 
tes gremios^ artesanos ireipfcidos oqa! tifajbBj^ :cci^eid0iíftv 
figurando ios^ sMte pechAos; mpHaba, «áibárhiaí^i^aviinoiaíy. ptfr 
reaa» lujuria^ ^ énvidray . e<96ha < y* gsda 'y.páá fiioBtra^moÚNi 
las siete \4rtiideá crisUaiíasji: féy -esperirnaai; owttul> ^mtimfo- 
Mi; jostioia^ prudebGiaify^fói4de<B^i!yje^iitedí^.érta^n iftiirf 

. (ij Resaludamos, íiermosá dama/que Viébbs cirétkbdddh 
¿fe flores de lis; pot^^üe'^eálk rfeíni dti'PfeíW;\!fe¥AncíB'y dé 
toídó'el paifi, ynokWolKttttidi lÉt^paraká^. s^)i..«vi4, •)!; í / .r {/:[ ( 



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máMlcr óú-^i^WpttHéiá tiibert^; él'ptlfgMori<í; étiiflerao 
yéí'pfthiisb; A:'^9&f '96 (}Mti' 'f^iW «Mábft' prtnreniaávlto 
^0 métíós dd s€ftrtir délrbl rét^tígDánd'Hi eíi ¿otr^t^S^ eíl 
AáQdá '«é'! at^délfá M^cat^a/ IMIfale-^ el alt&a ál dü<(tt6^ dtf 
Ttfréüáléqar Qt^üfóí ()ué ocupaba* a^llhdd'di fk ^ini^-^mi 

adle'él'6uá!pmife&W'deiád privifegic»^ 
nüfMf&'eon'Tói^'détd&d ffóUes^ grandéisi sé tiábik sejHírado fa 
dá oo^^t dolo'el «übidle d^' Tiii'éiia't^Játiétiitttó en>' nó 'aban* 
^nkrlameni.^ '•^•-;^ '•'-'"•- = 'i:'v •';•-'••• • 
;;' ¿JLü¿Od't>íace,' balmfléWí; ceder" vué8í(Hy'pué§l6* ft' esttsilMta^ 
4^<^ gBíiíéd, ó esmérate {^r^t^ehtiMifi'ttuéyó oir dMpM? i : . 
'^''ii^Si; ^ félná íí séñíra;- reSpbi^kJ '^l'-da^M, 'ee^^leiiia» 
Tüestáis évmkb'füM mii^da^ué^ Me 41ésé fiwrta para 
obedecerlas. •'^^' •'• ••' ' ••• '••.■!' •<• •^'•.:. .;•.•- •.» » '« .. :•/ 
' * 'iA-Seftbr, '«jo TsaMiriclüiHliKlose Wcia ehdüque,' no^ké si 
Tíd^ vdvbrtmós & ver esta nochfe; empero, pues', fttytolvWaiiiía 
t^ué ttiañaáa fiel^,' fiO:s61a reída :dé FVánola; si¿o flambíeb:dé 
la# {dictas ^' y'(]Ae*'¿sté bráíaiété sel*á!ét premió del VéoeedoFi 
' 'ei<ítí(itíé seiociind pt^ftádaiiiéute.' Id^ 'qite! esfaibaii'la^ 
jM d^'^t<a|e dóade pa^l)a asta ^«sciéiia/ 8¿1(^' Vieron: aa el »-' 
ittdo-uná de lád^sé«Alé$'tlé'iré8pab^(}di9:^t^ va^alid, áofiqte 
Mk'prtodp^ Üebed áU'friba; $iQ'eiAl»rga;tíKy falté algboaüe 
4oi$ qü^ estabatv níaff traied(at09 j que eta^Mvdo ^O) nüradá* ia^ 
te$ties¿dbra etf el dStre^!t{o;iaíte?^ah)í qberaediate'enl^ ^Itá* 
ibdtoy la literai a^fef^ obseryar^qQa'tOB'iábib^ M doqop ai 
ifablaan^Küadó (fDA'marardiír' én' ia^manbiide te reíu yirilá 
ibUad'^esádo rá^'tetto liémp^'^t^u» '^rft)tÍS« lá 'etfqoMi 



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D«^q[úr44|t 4p toego por; iMílip de aqpeya:gfi^ai^^^]^Al9WiP 
tat'4.c|ii(|0e.^jp%fláo:^Rto«c!e«.,^ Bi pí^bal^,.fi!ié:McWM S 
kidOi#f5U:«mi(w el 5U¡a,;4eíiaoíwl69taÍjte,d¡9 Qiaififti.Mi^fap 
ppsabaesfa, :loíí;»fegreif)iqi?-(le wRrcja(llef:^.se ^jp^^wr^mj^B» 
á,ioaíte Jftd^. r(te;k^{|itWA.6p9jí^^ el^iwjwil U«pr 

vaban á la reina; seguían á estos las virtudes .Qrfs)ja9fis¡jj.)(^ 
p§caícleíí>mQrU^le8j ,d^fíts.,4e: Ip^^cyí^jafif ycpian .fl^yl^^tJda la 
gravedad fjue de p^uyoie^giai ol pap^\ q^e J|e^)I:eseí^t{^^a;^^ 
»ftM?t,iel,pMfgatqr¿¡Q|íieIijnfifrnQ .yj\el par^jspj. i|^ popüliva 
XQlvjó,. pü.«í[, 1 romper l«i wr<*a»i ^^yas, Qr4en9i|dító,, J^g^^ 
vieron interrumpidas por un- accidente singular, -.j-. . /. , | > 
;' jDQ9f hombres mpnts^do^rep m mhmo cs^p^ ^¡^^dími el 
Biayw ^repito b^c¡a:^conflnepfiia de l§/píLÍlfi:íft<j98.Lowr 
bftniiWiynlft.íte S?in.Deoís: par*oia,wpq5ÍhÍB .q^e^.t^fij^e^ 
ppdidp.4lBg«ir ibft^ tal/puaio pwptr-^pdo fprv Is^ Jo^a^ 
lurbftwqs» olMtjCUÍajla cíüJ^;, j|jaff)(iii(9 A tdapír yér¿a4» ¡Ipnio 
QB8(^»ba{$ia0ielio9.dQ \«9tai9fi»uas 4» .I9S pdtoe»4ií|^lM)4P^ 
flÉ^opdl^ml$^coQta>lsi^ol|daJ^4liQaea^lMtHai^ 
«heiaíli^t^^ eatre^ondbtido^r^ftr bjasta4 Ipis t|iieiia;sitei^ 
FeéibiouláK Qsm tíiíw sslóm lo» «Uítrii^iizoa: ¡caxi ^ví% mp^.Bt 
li0onjeafaiLii)bat^oa! vokeri Atvta^i poro) p6rdieiro0;i el^ 
Ift piiQién<»4 ]fíJo&ii»iüwfizoA} poda látate» Mubrea^gitfftft 
üQfi&ndos au Qtfliífl0.:dQ«)lYíjBDdo ooii .u^ éi dis^o^y -stf 
jpm^HQ^ Jos: g<Jj?Wií^jrecifciaOj4i&i|i .bjkfif|r.#jMQ d,^ .grttMWífrf 
de amenazas, ni de lamentaciones, coalinpftlMii(^;,Pi9m 



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pi$tt)k> ^ étplslibld'dd síft Gttba)l¿i, 'eúkl<«Q finvió oortai4á mar 
MDf kl^roa<ábM»ddo9e paso efitt'e tas oIaí^ qiM 4ra0 «iutfa 
üfM áfantaMSt dé edte* modo Hégaróa^ basuát» A tiempo 
payil ^iBr- Irisar • ia^ Icotnilí va; ti^do et miiúflo <»ii«ia qn^ «quéltob 
mte^'OH^iiáftte» ^ Q<)olíeiútal*iaA ^A véria ' d^^lár tiraiii|€rílÉr' 
BSMtét'tVtfüás «spáf'án^laát pop\úe aal'qoé laréiaa Isabel ttég« 
áWlad»; el ^ué teáiáif-Ias' riehdai reíoibió; at |Mir«oei^'/iuna 
¿Mtti^'deí stl^éaüadriida;' Béta'drdén^fflé lÉfü p^óbto :<^Miitadtt 
éim6 reeibiday pues (5Óü' lum ^ílMla(l'Sarpr6Qd¿Bfle'diisoarg6 
dM^seíídésf bá^tbQ&ii^ en* ládabe^a' f M la-grup^ '^'l<^ ^^ 
]M)toá'«6')a'tia}K<fia''dltafíie^qüé les bbifti'cílá'íet *pá^;' al • veraiá 
«ü'tf'áladbs to^IádiiíiaioÉf.ld.tt^ M-adélatf((V; tM^é^^a«ál«l-i 
Fáiy'^f M'bthVtedsIS; é^te mHmiéútdprháüjó eierta é^[^i6 
<feb*ecfcia'eii fes fflá#í4*í tóg ófúdaáatioé áprnaAdS'. Apnoi»^- 
^Mtt* de este 'cipéunstátnfcii'W bondes, 'se 'plimálfott eb 
ÉfetflA dé lü^cómítlVa^íí t)asdnd¿ tóc&nÜé eótí- e( cabalgó 'de' iá 
atiítués^'dé Teíf^éflá; = qéííí áBftnbpádó' )oé* tatí'Wüséja apárt¿ 
6feti;hubfera'Sfüytífa^ dádtF-eti* tléirtfi o¿ri" su jfeñoha',atté 
áaríkih^'la ojtertoriíaíd'^otó ¡iW '¿1 SléBWtíé^Cfrak^to^jétB 
«Éíléf ¿tóitteti'ío eb^qiíre'íba áf édckbntarsé; NüéáWbs «orabt^s; 
gia'^fkóéfr eiió'^éél éstb füórdefete,- sfe'pf^cípHdt^'liáeia lai^ifliai 
atropeliaado y eclian(I(i''iajTO<fáf''a ^ar&isb'sób^é'^l iíi1iéróií>, 
álamáérWáWeélpot'gyiorló fá lis' Vllttádéáí'ortálianas* 
áSBrfe'lcfs pMdéis^'m()rtaíesl'tííia^ía¡ái''Í tónta''aftdft8tóí^ga- 
flM'ií'laáfirdb Hi'AMíii' 'ed'^iiíed}5"&tf fti ^ítt'drfif '-ifel '^p^i^ 
lSÍ(y;'^{eií'lbá^teiiíli pbp''fe¿óá, 'iSctítiáodtP í3eiéil*''í)oí^'idhtS 
de mala cabeza; y pá%i0p5a6&''pÍdF1t*-att^efe^"'de ^Vif^ 
na y de Borbon, que espada ea Híaík)'"áúUdi&íií'4y^4efen- 



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0d l9MlilfiA»E:íl|Ai««|^^ 

áiabi»<'€AUr6[lQ0:qiia.U0Yí|l]faii al i^Kp jíilfto Htorn,, .Sp-.prinMq 

fm»\ 4 in ;;gMip9ti le diJQ '.algunas ;pa|al>rj^ 4i:OV^|a!i^Qfa 
InqnjiáiKk^ $a ,(mptt^,3olt<!í de.él ua9i grvies?^. 9iEi4Mi4.4ei 
l!trQ(fj9ai]!queójda¡ im 'ilí)r^[ 4e :Ji$: (jf?.? di4W»j|t^ y. laífui^ 
alredadm' .ííl: Pu^lf^ d^..^,. r^'O^».. q^ien i^e . iofilía* .<5oii.iJ* 
mayaP!amabijiiíi%d..|>íkra repifeir.atjwel reg»Ip;<be9JI|a.firt9><.nj«^ 

fleí*»^r,Casiíirt:P,iflift%!tjeppo^ ctwqaf» 4? Twe» 

y de Boj^^ blíoidiend^lá^respa^íasy ^grita»dí>;. imu^raft^ 
qi^0iQ|qieraa;|lQS ti:aid9;re9l,pai9a solo W^n vi$|tQ. de iQps^sa^ 
do el qw:I$^bel.habia.oa|(ip;;es^;PPd6r:;.de Ips^ de$$Qp/pcidpA». 
, .(Jomp.^PQebiQ ^taí)% ton ^pi$(^o, .jBra.jn^ qu^i proJNiblft 
4a^.e$tps f|]i9^a« alq^jQ^adp^,; (^Jt^nta^pia; razón, GoaaU;>;(m« 
to^i^nHq^{|cY^pee^jia> m^a^ rfis^slencia.p^a/salir.de.la cj^jy^ 
que la q]Ufi,habia^:pnppntradp pjEu;apea|8t^ar.eQ,6llar::Tpdo el 
mundo 3eleiQÍ9>;Una «catástrofe; mas la reina:» (yjy9odo]o;q^a 
,ee. trataba^ Ipy^ntá^flQse.ea la Ut^ j pstpndíQndq loa, brar. 
zoshádaiaujpuaadlo.y f^uprio^p, gritó; . ,/ , . 

^., T-rSeapres,,¿qué vaji? V^cap? j^fl rey I.. ♦ les díjo^^- ^;i ,^ 
; P^rái^onse.lo^ 4p? (ji^QQ^ M instante; toqueado j&,sa.ves. 
no spcpcliesfi aig^ /scciflente &sa sobieraqo; asi qqf , 9^?97t 
2&ndos§ sobre Ip^ e^tribps, j ,t6ind|endo las fspada^. lí&pí^llÁ 
liHrba, ppji ge^tp.wpera^tiyo gritaron: 
• í/HSelfcorpp, ¡eeelwyl. . , ^ 



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/:i M miW^Wüfi^ efeetq ca'^ .^aiíaflOQ üár)os VI el q«0 
^fipi»A ^ grtt»^^A»k Q^fos .^IS«vpy^¡y contefft^ ¿ estes piOa^ 
bras quitándose á su vez el capuz. El pueblo pinto eoAoow» 
^se(y>099eri!dasuaoabfri|<^.Qi^taóos»^ azule9,eala 

boca un poco grande, pero adornada de^dw EWgaiQaaa film 
á^dmi^í^ logataoi: y p^{|i#ni^ ^ el aspeotp hon- 
dadoso que respiraba toda su persona, pudo reconooer»;ir€p^ 
tioiosi, 4^9911^ sot^er^u^^ 4 q^Mq.h?^ Gpnser;vadfiielinombre 
de bien amado con que<9fi/^)qdó ^ dja .q^^subió al tnom^^ 
á^j^e^irtle 1^ 4esgra(^ qq^.^tH^i^r^n ^ Í2^ «FraoGía diirante 

9^m(^^^ ' i\ :i r ••;.] ,^:.' •:.•*. '"... 

Oyéronse de nuevo los gritos de navidad pop todas par^ 
tf9^x-lospa|j|)i[ y ^sqj^rsf^ agitaipa la^ bandera» de suframos 
y las damas sus^f^i^I^^ y .moviMosc^ e^t^toaces con nueva 
vida a^pella ser^nteigigao^oafia 404 s/9 movia en la inmensa 
(B«lle 4a^ 6|eMs> ^^ bu^ ynq.^lQjde.sus iqfiAites anillo^ 
6];^eI^f§do9,;yuepo.9e:a|n^^^^^^ tq^os bicieron up mo«- 
x|pe4tfi|.fH>nm9,p«ira,veral rey, el ,q^.;ap^.vecbándose del 
GfiQÍno que el Vf^t/ípf ^ abriji^ bahi^, desaparecido ya. 
,, iMas i|e pna j&e^ja hora bien,lA|;ga se necesitó para que 
(9^.4eí^rd^:<apMo;por; est^ jjiu^idefite se v^alntase; reinaba 
todatVia^run re^.^p agitación en ^ pueblo, que impe^ vol- 
v^r^oada uno ^ su j^uesto: el ^seilor de Graon se aprovechó 
de esta ocasión para hacer notar á madam^ Yal^tina xpiq 
su marijiov ümpq qoe.podia. abreviar esta detención volviendo 
&.31) ladQi la prolppgfkba, por eí contraric^ hablando coa I9, 
Tsm^ ,pnes cop :e8ta, coavei^ac^oa impedia el que se diese la 



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. 39 ISÍá«IHL'«E^'tAMflMl 

orden para Vel'rahto A ponéíi^ñ ináMltt^^'MMiltn^^^^e^tiaa 
procuró sonreírse; mas un saspiii^liiftr<!l(Mi^dfi<Kr''()ik-s8li^ 
á0\$u pecho Vídob ^Aéntor% qm !^t!s^^^j%^¿'(Í<ftrittíS ¿^ir, 
j^en .segirida añadid 'co&^üíi^*^^<A!i>^^Ab(M^ 
táüo ocultar: í ''•^"'•'"': - .mmm,-. í'... .v,v ¡i, í^ •i-.Lí.itíüp^i/id 

- *^Vos que sois se-attiígo '1Míiító/¿{ibr qué' no^ b»Wí«í5'éSítf 
óBseryacion-alioondi?' ' ' •■ ■■*'i''í-*'' '••''^'l -. ■ •"-» ; ^- •'•j 'n: '/>jíí 

- -^Jíe guardaW rany bfért déíhac*tó'feíó ünatíráBü eá^ 
sáf'Wfeslrtí;' • • »-i • • ■ . ,:-^^'"i-q I'-' • ík' t. -■ .'j'v/. ' í:;' -<••.:.;.>. 
• ' '-^iOlvkfefe qóe Mregfééd'ttr»; ^rMtíúfÚélf pH«ltegío qaé! 
me'd¿stt'aiwftío1iÉvde''VéIársbbíe vi»?':- •^'•" "'"•'•' ''•'•' '•!• 

• '^^El^ venla*foí7'üiítóó''gtíirda .es^W dü^áe^-de^Tüi-éte^ 
pues que esperabais mis órdenes, podéis ir & deGÍí4d'''^q^é to 

• ^ínclfe«tfd6f8é'> éníonóéff-'Péái^cf' flé^ ^óü ,: filé á'ileVítf 
éi ménáájé dé mad«íria Yáleállilfe á sti'ttia'Haov' -^^ ='^' ^í í 

• Atabds ffentóñyá á: t^eíiinfrSB'íJtm SdlayCtíánfdo se ttjfó-'^^^ 
rff^áe% tfirbfe'^uií''gtít(y'^nett'ant^^ ü*a?JdVén i^SbiW'^ 
desmaj^ráé:' É^te súeésó '^i*a 'di¿m*a^iadd''cótóaá''i)áffa' 1k^ 
ndkr lá itencloñ <fe ló*»' alíbs- í)%'rs¿najés ñé iqoe' ' 'Vamos h¿í 
blando. Síh dígnátsó slqulferaeebaí-'núá tóífttaá feStUiSéV^tf-' 
td donde: hlalJiáábaécídO'áqtiél'áticé^^^ \i^ de 
la'duqtiesadef ' Wena; y cbtiib Vi •'^odá'Üi^ -cÓtniliW'ítóefei^ 
estado esperando -- esta' áBaál, ^roiftpi*' 'ii '^tíkrtíiá-'í idtbédíáíííÉ^ 
tíéntfef, Mr^ba' qti'ér-á'lo^'^coélnsfahíds^Wno *á ' W 

6frá ñtieva caus^.'^ ' - ^' '• ''' ''''- '^ '■'"'^ ''''^'i '^•'^•^»' '^^ -'-^'^ '''-' 
^* '''Trópefd iá comitiva áí'ifégétr á^ía-páé^taí' diéí Ctoéífttílé 
aéPaWscóii 'TÍb'tabl¿dó'ti«^ i^rtífeníite'Uíí^'ííiátllW'S^ ^fe^ 
«rá siílerfa,^. en^cti'ybsifeu8«#áfipóS'feé^V«átf^áátí*étó^ 



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«í^^rila»; ^i* la»' ((licite Mífiíaabd»^^ dcra^o eéiítífl^Ms «t^ 
«daáoS'd^ I^isfitá.dfi UíafM^; Hóltci'^^j^ bajo ^e-^sl^^stillo 
«SIába esípiíe^toá tásí^i»ii*áfdas táél'jpsrií^, tilal si If^'hobíeraft 
tpiHliéó tas !iiü!»al!fts c[«e'iniéabto á 'bí ^Uét' m él babíti Hf&ái ^ 
c^ilim eotgkdá y^'ádo^iiadítt^taíi HédmeUte c^omo fe'()(ié'teBKi' ^ 
rey m sút'^húWáéÁm Piblo, ;f «» esia cainái quid «fl^ftihibit 
k oátnál tié jffótieia,' e^afafa %^.h»iá> if Aá > jiVráfiv > ^é ^Mpi(866ifr 
tábá á'BOíistftfSíJftbrttSdiita'Aoa^ • ' « >«• ' » :• < - 

En iorñd del cadtillo^ habián^ahtado taotos y- taa hei^ 
itfd669 art)dle^ '«^esí^ (}0€P no pia^ecs» sioo (qae hiabia^^'D^íJo 
aKf'Ufi espeso bcMs^oeíj^Wéf éorriaa multitsel (téJiebre^'y^oóií- 
Bejdflí^ y pá§arD»'4^ t^tdoé ú(Am^ revoloteaban de rOms e¿ 
rama, dejando al buea j^uebloeM la'b0ca'abiei^«s^iidmirai-¡* 
ck)h, pu&4 nó se i^ atbadzafoa o6ai^ podiafthabeirfie'doh^ática- 
do baslft tal pimt^ ial6é^Mhiialei9. La ádmiracieá g^fiérarifegó' 
ft'sa'G6>)aio,at^»r 'Salir dé'aqtMiI bo^ué ob ^hei^méso 'ói^íM 
bl86o0 det tamaño de lé| qaéimiié rey mm fialécto^ 'taii 
ártlsliciaifiéote'lriabájadá, ^ueft'duMs^ penas tograba^ano^- 
íldadirde.qQeerQt obra del hoi&brev p<>^4ue :ik)óTÍk los éj^ 
«bria la boca y andAda sote, meréed al bombPÍ^^pi« ib4 beiifl^ 
«o>^¿<»itro (le ^; Tenía ldb¿ «ifieriio» dorados, y |>tíés{a ^ el 
4tuélloí ttoa^^oPCiii8P,t^^ttleja'rile á la comba reál}^ 'vefá¿#' j^i»^ 
dteal^d0mi'peé%o ef eácado azciheoit las tresOore^ détts^éé 
opúvégrmítíááo lííS'mMi»M rey 4e Fi^aocia. Ergs«(i¿0' f 
hei^meso ée dirifid el staiaia béM»a la^éamaí^de jdstí^^iJ'seiM^ 
Té^toáf suifMOttfidePibhá' la eetfttttay^fijrmbofo it «quélfo^i f <1iü^ 
Tantá&ddlat oá etaiipe te hteo temblar^ Iilb ibie^MtiRi |ie^b 
esté' íudeiMii^/jptaÉídó fae viérim $adb pon ll^l^yaati^iopéftdUailíl 
küqn^íQii^^oé ]i!ttib j^ttilay 8fifiboloi^46 ! la: tadríb^a^^uei^iiN 

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mm%m^ Wad4i4eMo4aifW.^i$íi)U»|^ ^9tebpli)s^0,l|ii.i^írT 

bosque: AbriéDdose eQtoQc^.^qeA^$^g|ifrt»vW^KP)04^eii4ípt 
l4Í«stí((Hfi//s»(airJ2í6.pitíjteimito^ 4» ro^ 

áttlnA-.d^iMM ddiis^kilCÁQA, ijiuj^a te aastrípié[i9p!ii I#riiiíM6a)aMM33ar! 
laudad' e(«L,<]iie; goüft.bftoerio -cpft knsfqii^ rt.*»KftwÍ*íertr»pite 
lp^ig^4ííílichp gwláí»!3QgWiC«i99^ii^ AJji-T«toaíy.;$i loí aoff^t^ 

-r i*¥«.b9)NA'Mpatmifl(^ f)^ i^j>^>qi}e,(M'^ 

iiiiQtfr^i.r.adiiM^6:ae 4in«ja^^^ 

e^FfMlOjy <Qafrdiñríll(^.;VÍaP 4<aprpf9n(idt*4i.tadQ$; Uo^^wnS»!» 
A0'a{>a«m^ó/eQilfttvel^:da 4ftLt<m»;4et Nuq^ti^a Sooora poa 
i«ia;#itarcharii^;«a<ia^ <li^09 1 Wósel9;aAdiar^ 
tfiui.|Si^ÍQpe.qf>$tat|ir ^b(^ eJ^4ístíofairiai fíJpi^id&i^eft?^ 
«ína^^clQ.iQS toados dfi.lasic^^ 

éímijl i%i$bíiB9»)Werti^ i.oblomsei^iA ii«&(la las i»«3fioita^ 
tígua«t|mefii^f#^]W(aite;{)Ka^^ a1Mte;q^alM^tflll9fe^ 



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¿1) sin bac«r eaoo délas tales lifdeDes^ooDÓGieádo sin duda la* 
Fazop -por (pé habian sido dadas^: «Dlvió 4 subir da* espalda^' 
para dar siempre feeatd á la reinan y da estecmbdo llegó ^has-^ 
ta lo alto de ia:t(H*re dé la <)atedi*iil y desapal*eció pdr áa da- 
ati^ tentaaasv Xa reiaa pregantá qwjéa era aq^el j^ombre taa^ 
ligero y-tandíestfo, ;y la oontestanMi .^de era un fenovés^ 
inae^ de toda dasiy'dejtiegQS/ •: : : 

I^niMe ésla última Biáraviila,ím eónsíderable número da^ 
mereádetes de pájaros ,'Qdn uoa^oaja llena de gorriones /se< 
habiaa neanido y colocado en: el caminó müsmoqne. debía 
traerla reii:&;buando la comitiva llegó á pasara por salado 
abrioron la cajay ^taroQ ios pájaxvis. Antigoaeostmnbre era 
esta, qm b&da alai ion tia esperanza qno el pueblo abrigaba 
siempre de que ue nuevo -ñsinailD daría Vuelo á nuevas liber*^ 
tades: laco^tumbre se halperdido , ¡pero. la eapmiñza aua 
sigue* ■•'■ .^- • . .: . ..;'. ■ . •- 

El obi^ daJParís ^ revestido; con obitra y estola.^ casco y 
coraaa (te Nuestro Se&)r» el cabildo de la. cátedra' y^los dipu- 
tados de 1& universidi^d / recibieron :á* la reina en las gradas 
de h (»Uedl<aly agraciándola con di titulo de hija tjuerida que 
le daba el rey por et privilegió 4e asistir & las eórouaciüknea.' 
Bajóse ai;tonfle9 Id reinada la liteM y sigvieroii las damas de 
su;3aQUítiVa; los.ciJ)allerós jsntregaronsus cabalgaras t sos 
f^ y escuderos , y acüi^mpafiadafde Jos duques da^Torena^ 
deJB(srry y de Borgoña^ entró :en la iglesia^iprocedíeiido al 
abiapo y al olemí qi^be babian^útonado ¡en attavoá bioiBOseni 
alja^bao^i Dio6 yjj¿lut>% ^ .^ : . 

JU Uieg9r.alaUar:mayDr.se;arrodittó devotuBsiaa Isabel^ 
e^ doB^e^jtlespues 4i9.baber rmáfiít sus oraokiaüB ^ r^eeatt ¿ la 



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iglesia do.NuflstraSfiooraks^otiatrd pañosde ap& y4a careoí» 
^6 los ángeles habiiiQ Cíolocado aobre sucabazá en la aegoiir^ 
da puerta dd^ Son Deais, LQSsm&tm Juan de Ja Soaviére f 
J«aQ dd Mervíer tcayercín para sustituirla otra roas hermosa y. 
otas rica,.6eiiie]aQte á la qui^ el rey ns^ba cvanSoJú. sentaba 
eju el troao« Cogiéüdola '«atoneBsel obispo per lailor dei lis 
que la cerraba, y sosteniéndola epata mano los feoatrb duques^ 
la colocaron suavemeoto sobra la cabeza de Isabel. Estr^ito- 
sa gritería retumb6 entonces. por todas ¡larles ; solo desde 
({ueLmoQ;iento< podía. decirse que Isabel era reina de Frameia^ 
' La reina y su Qomítiva salieron entoBces de» la iglesia y 
subieron como antes en las litteras ; palafrenes y cabalios;. 
seiscientos servidpres esperaban en ambos ladosá la eoQiitiira' 
con seiscientas antorchas tan brillantes, que pareciá que el 
sol alumbraba todavía ea la calle. De este modo fué oonduoi-- 
da la reina al palacio de París , donde la esperaba el rey y la 
reina Juana á su derecha y la daqnesa cíe Orleaa^ 4 «u iz-* 
quierda. Áljl^ar Isabel ásu presencia hincó, asi conko enia 
ig^lesia, una rodilla en tiefra en- señal de que reconeda porse<» 
ñor suyo, á Dios en el cielo y al rey en la tierra. El rey , lo^* 
vant4ndola> la estrecha en sus 1»e<uIo6;.£1 pueblo r^tíó sus 
gritos da^navidal, fu^que al verlos^taii unidos, tan jdrenes: yi 
tan hermosos^ creyó que Ios4o8 ángeles tutelares de la Fran- 
cia habían balado d&lá izqaierda j.de Ia:derecha del Señar. 
. DesptdtéroBse.entqnees toilos del rey y dé la pjBina parat* 
retirarse cada oao á ^ >ahjatiitento:«soto qi»daron eft palaok^* 
los que pertenecían S^éh^jeñlt callé el^ebio> (]4ief debaja> 
da las ventasu;60QlÍDttáieonausgr¡|OBide navidad, J«^ que 
des^ste^á: el iáttmopag^ détr&s^ M «Iti^o^ oabaUem ; eer^' 



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ISABEL DE BABIEBA. 57 

raroDse las puertas , las luces que ardian en la plaza se apa- 
garon poco á poco, la turba se desvandó por mil calles diver- 
gentes, que cual otras tantas venas y arterías , llevan la vida 
á todas las estremidades de la capital: al poco rato todo aijiiel 
bullicio y estrépito se redujo á un sordo murmullo , y este 
murmullo se apagó poco á poco. Una hora después todo era 
silencio y oscuridad ; oíase solo el vago y sordo rumor que 
90 compone de esos sonidos nocturnos indefinibles que pare- 
cen la respiración de un gigante profundamente dormido. 

Nos^hemos detenido tanto en la entrada de la reina Isabel 
en la ciudad de París , con los personajes que. la acompaña- 
ban y con las fiestas con que fué recibida , no solo para dar 
conocimiento á nuestros lectores de los usos y costumbres de 
aquel tiempo , sino también para manifestarle cudl fué el orí- 
gen de los amores funestos y de aquellos rencores mortales, 
que habiendo nacido aquel dia alrededor del trono, tímidos y 
débiles cual lo son los rios en sus manantiales , los veremos 
ahora agitarse con todos los vientos , engrandecerse con to- 
das las tempestades, y fatales atravesar la Francia, donde de- 
jarán profundas huellas , asolando con su desencadenamiento 
totlo un reinado. 




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< M J\'.k^-<'. 



S' f .<• *' • ''. 



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Odelta en la Cámara fíeaí 



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mÉtuíHk 'MBtlHAi* 



# 




CAPITULO II. 



-rJ 



WaHay i*óála*6éro 6 historiador ^ue hayal tlejadóAe háoei* 
süámpliBbacion'imtaíWca sobró las (wittsaé'mta^ y l<4 
grandes efeótoS;'d impoSíUe^Rclear Iá3'pr6(hüdidad€fs^(fe ]il 
hwlbtía "^IfiÉ ^doblece* del iáótóoii siflt qfiédars* átórraÜo al 
ver cáán fáfeHinenté el inéróralccfítecítBs (jtis «í!,tití priAcipíí^ 
paií^sih qá^ iiadié sospechase M étiéteiicTra'éa: ttiéliía^e I^ 
de otrori nfinit o s aconte cí mieptes de p oc a m e nta qn e oompo - 
neft Ib' tviáüij pueda «k oiibo) ds'j^rtoítMffttUegari^.serif na 
catástrofe hasta petra inámp^o; laá- qú^^^e^tMudíoiiiil» itik^ 



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I del poeta y áel filúsofA^es ehpenetrar en uqo4Bi^$ns, 
acón tecimíeo loa que la^isíim^i^present^iiX)^^ 
cráter der uo volcan apagíido, ^ sijgffiB^flpSf^^ 
cienes j 8iJbir hasta su üríííttD.vNo ptí^-áiB^arse que aquellos* 
cuy^ gefnío Ie§, indhQe ívpracticar.^ctfi^jántek ía^estíga 
y que en efecto se entregan á ellas por largó tiempo y con 
'estremada aflcion^ se esponen á cambiar^ sin que ellos lo per* 
ciban, sns antiguas ideas por otras nuevas ; y á medida que 
marchan guiadospor la antorcha de la cienpia ó la estrella 
de la fé, se convierten en ateos si eran religiosos , ó por el 
contrario, en religioso^ «i erap ^t^os>j porque en el encadena- 
miento de las circunstancias creen ver uiios la mano inteligen- 
te de Dios y al paso que otros no reconocen mas inteligencia 
que la casualidad. Los unos dicen como Foseólo fatalidad^ 
y los otros como Silvio Pellico providencia; y todos han pro- 
nunciado dos palabras que tj^geM^us equivalentes exactos en 
nuestra lengua: resignación y desesperación. 

El desprecio con que han tratado nuestros historiadores 
estos detalles y cariosas investigaciones, es una de las cosas 
que han hecho tan árida y fatigante la lectura de la histo- 
ria (}) ^ Lo. jf^ss in t^^ante 49.\*ii p^gan^z^cioa , humana ^qh 
}o£f músoi|)os^i.quQ.re(út^íei;ido d^/ellal^ fuie;^f^ 
íuiGjiP;(úrc|i|ft|r^enla3 ypaas,jla s^^ p^r todas paftea^ , .» 
. ,f]^f,l;V^ ii)ipurrirpmp^ ,par hujr de la critíoa q^e qu^emp^ 
^l^tary{^^(flf!^refíí^o opuasip; {^o^esiofdcpeniíeráde, l^.P^ur 
jric6J9q,íe%^9,^JlaqaQft,d9flaa,a^L j^aj^ qr^WfUwpff 

^ ^1)^ AdtiétoiáseifMi de^nigué mcáio éitáii ooinprtfiididbs en 



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üAterialrée li^ B«tiirate0tft« jenrl&exisieBeía oioral^al ÜMUlm^ 
Qfl la 3iicesio» de loa a4re3! y ea km. Aooatoeiaiientos de > 
iñilii»^ Mdaí está'luera /ddtiii eilioi» nigfiia.eéoaloli de hi.oaear^ 
lera (Jeiaoob edlá; rato'/<V aaí eomocadaespeeie tietiédalaio;,' 
aaf también padaeo^a tíine su precectefitd» : ' 

Baiinanto esté do naeslm parte^ Jamás dejaremoa que ee 
foiopa'el laza que Qne 1<^ pequeeo» acoateoidiíeatos A' las 
grandes catástrofes; de estevmodo nuestros leetores podiáa 
reoorrer>.6Qa sotp segittf)e,;lae'Biil eoeriifiijadas del jardm de 
D4dalf>, Mst^ exordio nos ha parecido «r^iiy laeeesario al-priiil* 
ejy[>ÍQ de este'Capitnlo^ p«es aia él podría parecer eatofametHe 
^traño al que ambaraos dactseríbir y sia níAgana relaoioii 
co^;Ios eígu|entee:.ea (úerlo.^e.proBtiO! saldriajft deau error 
liH(^e<a9i'A9e}uzgaa€0(i^vpero oeá^mos: á maespeoie.de te^ 
mor que nos inspira I» esperiencia y que. nos ha^a* temer ^. 
s&r Ittxgados teniendo & h .vista áoia uea parte,, sin esperar 4 
forniar JMÍoio par fi tada j ooiónnto 4e^ la obra. Supueitai eaca 
esjtoaeion volveremos. á. 0ueatro'prepóaiiO4 

> S¡:ei leotor no teme arríe^aree oon nüeotro^ en las^oallee 
de Parla» da que^le hemos babMo eé ^W eapiiuie precedente^ 
tan. desierta» y lan oscumd^ ie bnasporteremoei 6 iia:¿ftgiii# 
de laical^ Goqailiiére y de la de Sf»oiir: apeitas habDemos Uorf 
gado ÉL ella, veremos salir de nna puerta secreta del palaeto 
de.T^ire^Vquecdeppnosipasé áiarfwawtía de<Or)eans, ^a\bom- 
tae Ji^e^^embo^ado en una ^e esas ^pp^laadas, p^ya qapucba 
^ i^lajtia ^st3; losrOJOP'Ciiandaelqne ia^^llevaba qiveria» ocylr 
lar^ii0¡le.pon(ocieran. Oe^pnestde haberse parado este kom^ 
ÍNre {«ira c<)piar li^ diei.qae estaban dando en ^l maciza jsbH^ 
4A ifMvrer, 9ree eip duda qu^ la hpra no ofrece la. naayor>^ 



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4t ISAU&^tt^MBfKiA^' 

c^psdaf y después d«feab«rla;hd9[;bo'f0riim nñ díHHi^tip^mií^' 
ktf'piinta eá/ el daeb, íIX^bm)^ paira asdg^urapse ^^ mi iMran; tem^ 
ple^aihéiáandarpocu la mayor «adifereíid&del fnuado; 8a^> 
tisfecho síd duda det'^ámoa'qiieaoirbá ^eháéer; floomfMlñiM» 
ba tüB pasos ^labiendc^'saitár^ipii^ de chispan 'déti^m^ 
eon la pnala^del acero^ y'oantafi4o'i'inliídia>tioz tiiiá asttgna 
oanoioii <tei 'Ca^eltaao de Covhtoy.' ' * ^ ■- ' ' - -- 

^ Sígátnorie pon'líi talle ^ los KUitféS-, poro sifif 'óorfep,por 
quese^vá á^ parar al pié de la draz drttrdoírtiurá iterar; «lé^í 
yáíttáadose de^ípf]^, vuelve ácfMonar üa ¿áncfonf se dirige 
por la^neha eaite de Sainf-Horyoré', y á medida que é^'ü 
'aeereaitdo á la^ de la F^rrdfiperíe, baja la vé%; asi que llég^ft 
-ella, <3e8ade caiKfar entemtfifetite y 8e déáizaí €on el mayoi' ^ 
lencio $%uiendo la pared del cemeoterio de losi Santo&l' fo^ 
oenteSiJiasüa los doQ tocios de su esteosk^n; de^ repente, pa- 
«ando la calle con lamayer-rapidesiy'^ línea redla^íW ps^vk 
al lado de* una portezuela, donde 4& tres ^Ipe^'^^r^to bajot 
iseifun toda la apariencia, le e^án espe^ddo; póh}üé á {iesar 
ito 1(^ ligero que fueron tos* g^tpes^ i^spondierotmí'moméiiEd^ 
ppeguatando: ¿«oi» V(*p,' maei^e Luis?' Oida' la respuesta aflr-^ 
mativa^ abrieron d^tecmeoté la puerta*^ qué s^ cerró áéárú 
• del detcGrtíecido:- •• .'r-"j •■.;..•'.' * i- •*. / ,.■.-. . lóii, 
^'' Elper^naje qu^ heíaioe^vIsU) venir y oitlo nombrar liuii^', 
separa; enváSñalá esipada, y échándd en el brazo dé su m-- 
trodoctora ía especie' decapotéiéért* toangasy^ áe qneSa feh un 
traje áencHIo, ptíro éle^hte! Eiítedrjtjei qde* era ePque.usá¿ 
bal \oi escuderos en las casas ilusí^reí, se o5nipórtia die toqdií- 
Hír-dó^^teroiepelo negr^^ f^ uba^ rodilla 'de ftt •««§&»' teía' y 



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qoW^ abíc^a desdé tds-^tifids hasta los hdmbrós p«ra óéjár 
Terpfta aqbha maaga de cdiidttlo vende; uD{)Mtaloti ajustada 
de tela, color violeta, completaba el traje; en una d& lo^mae* 
los ideóte pafitalonspe Toiatordadó un eBcodo coa tres flores 
de lis de oro y uaa corona ducal. 

CuaQdc^ se quedó Mr.' liuis- desembarazado de la «a^a, á 
pesar de qfie no teaiaespejo y estéba' & oscuras, oonsag^rd ud 
ligefo^insta'ftte 4 arreglar su traje y peíbado; de manera que 
después de haber estirado las aldiHas de su ropilla para que 
no bidera arrugas en su esbelto talle, y después de haberse 
asegurado que snshéi'mosoe y nibios-cabellos caían bien ter^ 
sos y éuadrados sobre sus* bombaos, dijo con yofi Uena de 
amabilidad: , , . 

«^Buenas ^fHK^hes, comadre Juana; no mé babete hedió 
4Kip^ar, tan^s gracias^ ¿Qué hace vuestra linda ama? 

-*-0s está esperando. 

— Puea ya me tiene aquí. En suchimitH, ¿no ee verdad? 
'—Sí, señor. . ^^ 

— ¿Su padre? 

■—iAcostadoi. 
• ' —Tanto mejor. 

En este momento lapunta deM:dagá tropezó con: él prt-r 
me^escaIon de Garacoi que conducía á los últimos piáiisde la 
casa, y aunque nada se veía, subió con el desembarazo y n« 
gereaa fátiüMaree al que conoce bien el terreno. AI -llegar al 
segundo pise vio pasar unvayo de \m por la rendija de la 
puerta: se acercó con* elimayor ouidado, y lel>aist6 empújatela 
con la mano para encontrarse en medio dé uh cuarto,, cuyos 
inQeb!e!í:)^iai^aiaii peftenec^ & unaperslona/^ela clése^Éiedia: 



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f4 * IMMf. W ^BUniAx 

t\ dteoooocido balbia entrado depaotilÍA4 ii»4er aiddé Tatfo^ 
pues, tíempo para cobsiíd^rar tíí bermoao aimcln». que ^-pret 
sentabaá su fbta.. 

Al lado do ii6a caaiB: de oolomoad ioraiaúss y ooigada dé 
damasco verde » velase una jOvQo anrodilladHi en ua reetinatof* 
riq; traía. pinésiaua^VMiida blantioj Go}|is.lai^adinailgA3;pen- 
dieates basta el $uelo > dejaban yer dtdsde al codo dos tiindítoH 
mosbfaKos , que lerminaban .^a doa.mad. Undisiosita maoo^; 
sobrQ laa cuales descaQsaba;,eá este momento la cabeza ; siift 
largos cabellos rubios ^ que caíaoipor.sqs hoiQtNros sig^tebdo 
lasioiddülaQiiOQes desa lalle, parecían cubrirla con usa mida 
oro^Kra taa sencillo, tenia iv» no sé qué-de celesüai áster tra-» 
¡Qy que ciegamente se hubiera creido que la perdona que. 1q 
nevaba pertenecia 4 otro ^aqadovy 4 ao isep porlos a^Uazos 
sofocadoaque eihalaba^ nobobie^a ^adio oreidp ver en ella 
una bija de la tierra nacida de mujer y heotaapara sufrir. 

' ^ Al ow estos solioiiQ^ , bizp up jQdQvi^s^ to. el desooiipcido: 
la joven se volvió , y al verla tan triste y pálida se qi^adú- in- 
móvil. ^ 

Levantándose entonces la doncella , se dirigió lentamente 
hacia maese Luis^ que atónito y silencioso la contempladla; ^U 
gono» pasos aatea de llegiar ^ él $e pupo 49> fíodillas* 

^^lQ$6 hacéis » Odetta? le.dyo : ¡¿qué. «gnifioa asa aolir 
tfld? 

r-SigaU)ca, señor i rjsspoadió la joven meaeja^do dulce^ 
AHeate la cabeza, que a^i.es comQ dabe presentalla uaa-pi>bra 
muchacha coqqo yoá uargran prioeipa oaizro yos«. . < : 
—^¿Estáis sqiiando«, Odetta? r , r: . . 

. -riPiogtai^raalcialoqjaeesttiíjese^eol^dOiíaiWaeflor» j 



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tpit al-det^íettarRie me eneoptrira oníi ya^ifiia antes i1b to** 
ros, sin lágrimas en los ojos y sin amor en el contxdnl ' 

^-^rari^ qae os fanbese vaeiio loca^ óper lo níeQosQae os 
handicko aigana eotemoe menílira^ Vamos.. «^ 
' Al prcmünciar. e^tas palabras ^ pas4 ea torno del ialte dt 
la doncella sa brazo y la levantó delt saelo; más allá suf 
aparta, :'-•■'■ >' ■ ■ •. .- • »• •; 

— Os equivocáis, Odetta; habréis visto algimo qué se pare^ 
ce á mf, y eso es todo. . < 

— Asi quiero creerlo, y Ul véante bubie^a crefahx; pero otro 
caballero se acercó & haUaros* , y reoóno^f al qne vino ante-* 
ayer con vos^ queíé llamais^m^y y qae si^un 4líjisUrfs , es- 
tá también al' sarvioio del duque do (Tnreoai * . ; . / 

— ^¿Pedro de Craon? : , - . /- 

— Sí, ese es su nombre, creo.. J. qoo iie kx dijeron. . 
Guardó un monaento de ^lileiicki / y ^ laegio contínoó < ttíste- 
mente: - •....■,• .,,= ; .. •., ■-• ^ 

•-^No me vísieif , monseñor , porgue vuestras miradas: sai 
dirigían todas á )a reina-; -ño oísteis: «I grito que ajrojé mm^\ 
do caí desmayada'y creí modr^> porque solo e^cacfa&baisJa. 
iroadeta reinai..^ aada^nas naturaL.^ieaisn Iiennosáf ¡Alfalu*: 
¡ahí ¡Diosmiol ¡Dios mió! \^ » f 

A 4«taa palabtrais al cdraion ^ k infeliz joven. $e derritió 
en sollozos. . > ! - ■ 

'•^T bién^ Odett», 4ijo el ikrape^jqaé Jmporta^qué yp^^ea 
el que fuere, si el amor que te tengo no conoce Umitbsf>i ;* 

— ¡Qué importa, mons6Íh)r,repUo6'Qdettaarrakutfü|idese 
de susbra»l6;.qaé importal decís. No oárttfapmido^ '; - 
Casi al mismo tiempo, y como fatigada 9e a^tiei'esfq^0| 



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H ' immkíAmHnKwmé^i 



ojos del'duqw- : • !• -5 •':; ;• •- <-. •• -.•,::.•,.:- ^. í-t 

«^Y qué*huhMNfa^ skioldc nú i aoaúid, sr^yéodoé^-mi 
igual y hubiese accedido ^t vuestras sápUeas^i con' 1^ e^^aomf 
d& que tseriaisimi lesposío^ ouaftd^ :aái tne io promatisteis paes- 
to de:ro<ibUiis:á'iaÍ8 pliéís?\Bsta noche me bui^iénais eümoítKdo] 
muerta. ¡Oh! pero muy pronto, hubiera sido olvidada; idQtaa, 
hermpst la'.refamlv4' • •' :"? .:-' . •-•— . 

— Yerdad es, Odetta: cuando te dije, qbd' era im simple ¡les*- 
C)idfiro, tjBedganéí S^,€l<luque;de^TpiiBnft. . ■ :» f -^ 
~'>^(Melta'lanió uftipmtonío^u^iKMr: . . j. - ; ii ., 

H— p^roy.dima^ ¿ao me agii^ im% rmY briilaata cwk) me , 
viste ayer, que seníáUo •y'pobrotoma üie Ves ofeoraí 

— Yo, monseñor, no os amo. .i .;. - f.--. 

— ¡Cómo^l.Tü.me?ba8:ílichaíVciot0vv^qes»..' :.-.- 

- ^^¥o<8mái*ía alea^udoro Ltás, yo^aiaria id que. es < mí 
igual , y le amaría hasta el estremo de darle, con la sonrisa i 
ea les l&bios, mi'saitgra y mi vida ;i;ambieQ daría may otra 
por BeH^vjpaljduque'detTareoa^..^. EQlp<ur<»l,^jde qrtó lenserví-^) 
rián mi viéft y mi 8angre.«l noble marido 4^ madama: Yaleiw.» 
tinsiidé müan i ai ipiaa. caballero. ide la.;raíaa.l6abri ;de^Be^«/ 

biera?, '' . • ;-.^! ' j;;. ..;-'• !.'> 

r 

i M diique ibaá re&pbaáeri oaando. en aqu^ mommito^.ea- 

tro la nodriza sumamente asustada. . : >^ 

> >^10U {pübm;liqa.JB¡it^ dijo 'Airigiétídosa á OdddtH; ¿qué 

quiere!^ dfi: tds?' u^rt.., wí .■.••..) '••••..•;•■-!.''• "«^ •'•■'•'"•".•• ^ 
M?»?^(3u6 decís? liíégulilÓpldiiquKM ... -i : n - 

— iOh^inajnelaiitstvieiCea&fattjittr^íiáiepQ i ' 

./'•H^Y dé-^d^drf ^v -.y.'). ^ .;í '-• ; , ..-'i <í '^ui^i;-; '. '■-* • 



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'•:i-#B»'íaíó6Bteif !■*>'!' f^UiV * '• » .. \r '.r y . ' > . -'i- 
£1 duque fijó los oiw'cd OAetl»j^-fruticki iss oejis;)};-^ 
-". «-»-^De Ia .(Hiiitei^y^brte qnéiÉ h ^fl&aiiA^ -buscar?- i^EUtdHdo 
é«iü:üa(ieGr«tD? aiaiió niraiido«á Jaau«én'4e8eoiiflañM; '< ^ 
/M.W)**ifauiftiQa^Váki&tnui'dé'lMil&atf'> -• ; i*: 'f ■ •':-• 
<^^»*f^iMi;jl3uiecf e9eiaini^)«k duque.' .....?,:.: ..^ 

— (Su mujerl repitió Juana asustada. o/ Oii;» 
-. <-*^/i8lt DWJMT^ dija .OdQlltíá{»éyaDdo Ipi mino en ItMspal- 
da de su nodriza. Este caballero que aqültiiv^; qs humamü 
delrey» eB{&.^iáaáb^ y^^ob^iéodosfi^ hábtk diebo-fr su-eé{)Osa: 
en la calió de la Ferronnerie^ frente por frente delre^maibe^»' 
rio de los Santos Inocentes, vive'ona jÓTeá que m6<recíbe4o- 
das.daft noolids' eD 'bq 08sa .míentKxs <qu6 sti antíaaó f adbe. . , . 
)0b, es milagroso lo qnt'éUa me ámat (Odetta ser pusd Airéis 
amargamente.) Esto es lo que ha dicho^j su'^posá'sift^u- 
íftqiwf^ioqwceraiei: • ^^ r ■ ir,: < ' 

— lOdettaLioteriUDpió oonf)t»i<iteBoia.>éI:dn(iue>^ ]CDB«ra yoe 
Mf6Me:ÍBsttat&y $1 eiir Qi^ila Io>qt|» díoesl CücaínUi llhdáá^ da- 
ría gustoso con tal que no bubiera sucedido nada de toddesb::- 
]Qbl os.juto«;qiio de80<ÜJriiéi|BÍéli hai^eKadóinuBBStrá 
tos; y ¡desgraciado del qu&se hi|^ya*bniiado:iGbiibíii> 

' ¥^díá'aIgimds/í>aso8daib3ia''Itt|Niertevi(!V'' •>'<.'.<{. i'T 

>*^¿Addai».vaisyáraBÉq&or'?:dlÍo!OdBit¿. ^ t n< '^ 
• -^I^i&ma& qite^yDi tiene dÉ*eoUGi porai dar ú^daiesi eñíeU 
pttIfibHida TQDBta;\vbf[ }& rnáAdurquer w retkiM |il UblaMBr 
108:qieÍab^áM»a-.llÉítattiri> !^):íí' 'i/ ;•• y .--i-"! M ;•.;-; ! HM- -y;.;» 

r..i«^%<8ois diirite^e^bacéolo'ilie^ os^t^^ntai^ 

ettMkhpBihm cd ^boperásjí ^.^db^ ái aiHjiaafi^i¥abál|Qaiiia« 

eatiiB} «tni>' Id^qda: ^ÍL^^i^itmAi ^<^lmmé>itaai cnlfifiítt' 



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19 iSAltt'^ftE ÉAilMAi 

de lo que soy, y no habrá entonces misenoxAdiH: paA^ mí^ 
-fA*.^jwtiiio ineto alpálsuáb de IbrMia? . » . i 

>^EsiQdispan&alíle«.Verélim4ama.YQléiiim^ y sl^e^ie- 
ne mas qtaé j^i^ohas^ se k> reveburé lodcx , me arrodíKavé 
luego á sus pies y me perdonari.^n cuanto^átoSy madseaor, 
os perdonará también , y. lo copsepoireÉs is^ :ládl](Bente 
qneyo.. i * '• ■ -..i vy; — 

' jrrHa<$ed lo que queráis, Ofletta/d^o d daqoe; sieq^am^e- 
oeísnuony sms un^ngei. ' * > 

: ;; O^ettá se sonrió tristemente, é hizo seSaá Jnana paiuc;^ 
le-dirae on velo.. ' . i... •■..;:..'.■!:•:.: -:> 

.4-^^ cómo ya)8á palado? ■ / i 

. -^Eaos hombres traen una litera, respondió Juana Oídeéw* 
dó «1 vela qn ios hombros de su seÜK>ra^ . ti= >; 

-,-»*-CH¡daréide^VDSí.. ' - • ;:: j-; ^:./ - ■'- 

. «—Dios ha cuidado ya de mf , monseñor, ' y esperóiqw/ eá^ 
lo^saGeeiii; Pfe liará h gcadadeino abfUQdonavme. 

.nSahidó iáLdmiiie bon resppto y dignidad^ y hajaiMb la es^ 
ciatoraí; ^ -.^ -.:.,, - ..n ■' . . ■ •• ' •. , ',- 'v- ■ .•■ 

^ ^«^^tortesv di)ó ¿ los (|utí3 1^ aignardában: estpy i yaestna^ 
órdenes; cobdoeídme donde queráis^ ; - 

£1 duque permaneesft UB(mbmenlé inmóvil yioilencbsó en 
el sitio en que Odeltis le de;^: iirem|^tádÉk)|tei«ego>fiieBhr.dela 
haUtodtfm^' bájdooa i»q)kiéz < ia esoaler»:, sq^ detnvo «di ins- 
tmteá ialpiMíapaíra Yorr^rir^kirecdon toiQatanilos'hombi%K¡ 
que conduelan la litera, y la vio que avafnttdba^entjPéidettha^ 
oteqea háiSBalai Ks^ite sioiheAto 

aajjlirigáilkéirdu^nK^ la de fian I)eni» , dio te vtdltiíJgbr<iB> 
dtiiEífk»^ j^MsBUtáo^M ilbsm^ » liégS ai palácipt(}B;TiirtM» 



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na; á tíéAipo qtte podo ditMar él óbrtejcv al estremo de la callé ' ' 
de Itobeé: o<rok>radC>d^fie se tiábüat flúfeluntadd á él- álgu-' ' 
nos minutos, entró entonces por la paerta fiUsá que' le vimo^ 
saUrj' y. atravesando su' halfiUK^idií /se dírigM á orí gabfnéto 
qoe Miíiítiiéttbá^Don laalCbba d^ nkádama Valentina; á t^áVésí ^ 
de coyas ^idrférad podía ver ^nrtinto pasaba en ^qnel^a pieta. '' 

Madatoa VaVeníina'estkba dé'pié; lífítaS^ é ímpaci^ífnte; 'tV ' 
mas iéVidTltfdb'; dirigía strsmfmdaS é la-^Wérta dé entrada, y' '' 
sus hermosas eejas negras , que AmÁaban ata' aiíco perfecto ' 
cuando estaba tranquifó^Mnblttñte','-^ contraían con Wf- 
leuda; |[ior.}o dtikn&s, llétabaimrí<^ótmfe, que realzaba sobre- 
manarasa ;hewné$tti*a ^ y siá eía!ba!n?o ,- d^ Vez^éíi' ctrando "se • 
colocaba enfrente de^un espejo, estudiaba el modo de dará su *'* 
sen)}>lMte acuella eépredk>ii''dé ^biüadd'quéTormabá el éa« 
rá(^rpri|tGq^at de^su^^fiSbnámiá; y líiei^ anadia afguñ ádorüó' '-'^ 
& sffi^Q^nado, pbil^uel qttérí&l tMtofiiar <í ta miijer ()tíe''bab1ále- " ' 
nido la audacia de ser su rival, ora con la dignidad deducía-' i' 
se/xBu^boiK#e^pl6ddoi'4efto1i8riiKis^ <'r^ : .. 

Por fin oy6 un ruido verdadero m la habitación qué' jire-* '^ 
cedkiíá-iq eoya?^ dWov^^&^éseuéHá^y-lfevii'bntfniano S sir 
freatn/ímeiAraa qiie ooa-la dtt^bas^ftba 'ün'i>(iQio de 'apoyó ' 
en eilfilgii4o.T¡)spakl6id«it|«[i ^cttlpido síMón; pórqUe ^ü' Vfáta ^ '^ 
ofoBbatia y sn^todiiaa.MMtflábál^: Al^iAsiélá ^ 

reoióiiHi^ariAdb aáuMbbfMtyqueilaí jóMén^^^^^ dé-' ' ' 

seaba ver, aguardaba el permiso para entrálr^rláí dtí(]ti^ hhói '' 
seu'd^.iqhdiaptaM pUMW^'i«bIlíi#Biti '"' '"^^'-' '^ -'' ' '' ' ' 

: Odetfai hatiíft4ejftila)«a>vito^1Íi yatMMlá, ' t '"^ 'l^x^éntó ' ' 

concBqosbáBiKiUfinftioraií qiMÍiii^imam tfettt^l^riátai s^^^ 

bianlttfibir^9aB'4r^nliiid»fl^ 

i 



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hfjíaósil y .piju(}a¡ se qufjdó )^>4uqm9a .G[^t^.4fi t«flMeIIft. .; ■ 

pura» ,y bl^ncja . apando?,, ¡:fi<toJrto4oí»,:í^lrWWtó RH)-»* -. » 

desta,y t,aa faqiH-jSLtto.á^^i^^lla j4v^ slii .(dada bat^;!» 

bia; formado, olra ids^jpuj djfoiwtaj.CopQíHóímfln;,:^^^^^ 

bía.serlawimera^.q^e.|h8^1»se>; pwflu^ li*. $i»aarq«^^ie*»'i 

aq\ielJ^ escen^. estaba coafiísai. ;;> . >,:.,' » >• í^í : ¡n ;• : >. 

— rAQer4jaos,.Ie 4ijo,coa yqz ^^j^MMU^yvidft. ,r . .: : ; ; ....•» 

. OdettOrSe adelanlO^cw: lo3 1 ojpsi .tejo$^ pwo; «paoil)te te- i 

fretóe, y cuíindpM^g<?á trespWí^ps.deja 4»que«a,; pusa.ui».(.i 

rodillaea tierra;.. .; ...;,; < ,. ; ..- ..,.;/.- . •. ^; '«•'•>•• 

— ¿Sqís.vos, coAtiBuO Rjíidíipa Yítleotiaay la que ¡qwwía ^ 

arr^tarm^el aiqprd^.niaQS^oVj,.y qu^ cre9i$ después de i 

estoque qqa arrodUlar99 baj^qis^JtopliPiyaj.Io suficieifte 'i^arar: > 

qu^ips .pjerdioi^p?.. •»/..,-•../•. i , • • -.r. .• ; ; .i.:i^ 

Odettase levantó coc^^yivez^, yiuarubor ardienteíOfllaraó.j'' 

TT-M^be ,^rp(}iUa4p, 3e^or;a^4yo^Qa pf%ra que^zne péirdetí 3 . 
nei?., pprqoQ gi?ap|a3cal ofQlOi,.^iiipea psioifendi^ mnbBosroáif- \ 
Uado, por/iue ^is uua^piiiíícc^a. y yp .wa^jóví», del .{Mi^blai u.> 
Pei:Q.,a)»ora qo^.^ tribot^esl^Jbaiimaje. A vuestra eleitida t» 
clase,. (^ b»blftr^.flej{»fi§;i{wi0dí^, I^etguiUwiM^Vi. A^^ i}U0>^á^= r: 
toy,-,pirp^taiíi.OPHjpstWt;j-, r-.'i¿.4 i-^.i.;. ;'^ I-;. ..-i. '■• ir.;-.= .. i * :.;.->^ 
Madama Yalentina no aB^Mldib^aQiMl^lii Mfiqaiüd^ca^t'v'^ 
no<H^:q}ie ifl ^^o^jHirA^tJd dliippijlQUQjiKidiai.e^9ftélierl&^r A^dl 
desc^flOi 1^ iOii»ic9^i^;iipdMdi9iftMiaui>¥íikoÉ^^ 
0J09 a»ji^QSi.tm,}0t^jMttaí|ii9M^'to^^ 
i 



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estarwlooád09:pam<iae'poF dloasé viese el fandb del cora^ 1 
zoDV. 7; oomsciú iqne aqu^l' oopazdh: debí* ser puré como el de ( 
la Wg^raiiLa duqnesa de Türena itoiia may tn;ieii*aliDa;< «así 
qoa desaparejó el primer momettte de e^lps qde la haWa oUh 
gado á obrar y & tebiatr, aiatgú* la* imano á Odetta ,y le^jo i 
con iíntianiatHiidadi de ves indefinible: 

—Acercaos. .' i i • • . . 

íEetaicarabío en er:toae y en las maneras de la daquesa, 
causó nna súbita revdlueion en la pobr^^mucbacha* Iba pFe**>' 
Tenida ooatra.ia;oélera y no.eonlra. la ipdulgeneia.Se a^M)- 
deró de una mano de la duquesa y sellé en eUa».sus I&bSodi 

-r^hl dija soIleBaBdó, |ohI os: juré que 00 tengo la oilpa^ 
Fué á casa deimi padre oomo simple escudero del duque i<de> ■ 
Tureoay y.oon>el.pretestode«oqqprar¡uD08 caballos para^u 
amo. (Le tí, le Tíltes tan bermosol Le miré sin deseofiflama:" 
le imíapmi igual* Se acercó & mí ymebabló; nunca fa^bia oído 
una vo¿ tm agradable^ sino en mis sueños infantiles» en aquer* '• 
lla^ciGa en qee los ángeles bajaban á custodiar mi lecho. Igw : 
notaba que^estoTíera casado, q^e fiaceeduquey* que fuese pi1n«> f 
cipe. Si hubiese sabido que era Tuestro esposo^ aefiora, sí; 09 ij 
hubiese>cotteoido tantteliay^tan poderosa :eomo soís^ hubiera 
ádÍTinado aiiirntanle^que ee burlaba dei.ml. &i An; . v i£t qo.me' >] 
hatonddp^ yi.. y yoyano leí aino. r > . . v 1— 

^Pobre moGliaMial dijo Taleatínásiii^Bdóla^» Iltf>l)ráilith (p 
chaeta^iX]ue 0Me{(pie^ia'amafOA*Íiina¥ez'y 4|He .kéhidáBf>'j tn> 

•^Ko bei;j4i^o jme la elfídariay ve^ndqó trístóamit^ Odeb- ^'^ 
% he dicho i|a9idejariaode|Linttiley^;porque sol^^ ie8>|ttmptidoia 
ama^sfumi^igÉali potflpe |fo|e fs; {KrdiitíjiD ¿imae: ali hoihbre 
que nos puede darÜilHalp déiJ0S|)OS««.'iCHii layer^ipyer^eqabdoin 



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52 \ r. JSABEM^^.VB.mAMEnAiÍA 

: le ví:vestidb dbo^oea^qaelcmagiUHfRii cortejo^. caafadO'i^flBa^;t /> 
nool ái Laifi^ que oreiainsoíéQjijaiSi^ duque der-Türfinav> ¡ohj • ' 
oslojuix)^:iQreix)iíe'meihab>a)Q maldétiitio jy''q|Qi6inialeDg«fiáV rJ 
baaotisi^jos'. •Habló^ y poriescmehai'le uo^ resi^iratai üíivi^.^ • 
Eraj^U'iiíozf; y!hábIaba.44aTeiba\ [Qb! paJunilid / wp 'r> y. \A\.',s 
Odetta se puso á. tembldr'Qobiinlstvaaiénie^ Ír.ila:.psdíde2: r. 
asomó en el semblante de la duquesa. .r-:.o'^í'. A — 

r^PuBs qué; ¿no:aborfB(£Ís &.'la 'rematfvanadkS^Odettft^oóh 
una-espnebion de doloriqneíito {liuede ¿«soribisaei :' iú^ ;uni (V . ; :• 

'«iladaina Valentina puso vfvtowmtec su ibiaisoaiiÍQia&o 'en' l¿i''> 
.boca de lá hermosa jóTeni; f' / •• y.\\> >' •' .< .t.íi i^w i.» .Vn^ii 

T^lSilenbio^ mttohachal l&i$jov UabebesAiuiátraétíbéifáipaf 
• Diod nw laihá dado por.eBñiiqffi y.debenioí amarla^ í. ,♦ i; r: f 

H^Asi inecodtestó'miipadFe^.aAadió Odetta, íeuaadq eoicáí r 
mQrabiu3ida;y'iédije-qüe^nQ'a!aiabai':á.0iaireHi^.*!' m; . •.;; .olío 

cLa» diiquiesa' clavó ios' ojcs; isn Odedta^ ^reaaAdb'sa^) .u 
coBq)i]aeen€i^:yitna&^bendadí: Sm aquelvinonl6ú!toi)ievaD(t(^ tosiur 
suyop la ló^én: Lá^xmradas.déjlas doá isujet^e^ si^^ i;^I 

ronn ia; duquesa* abiri() los imáúsv ; y .Ode^. se; -preeípiblk ; á.^i}ai , •: 
pÍÓB..JÍrb^aÍ»:DQdÍUffca; ()•'!•'•:'/ /;íj •/ j. (jj;=<í*> *\r>A'v\ ']? ."t|i;« 

•H^T4fidada tengo quft(dia<tiros^vrjreQ)okid(i6nmadafleMi'YaJks&>^ 
tina¿;.(^pn:Mmetedraé{taiDisDÍDi:^rnb'foliire^ ,.: .ir: líií^ 

*-Por mi desgracia, no puado prometéroeip/ senttraií poi> id 
queíicli docJQii .ea Hto::7ípiMliDdfloUSi «|)é4iuid<iitoifff{a*i8[ij9^ 
de pebelhar.iiaí[ita'ii9i,^^Kffleiale!J(iv poeitei^agQ atirtipíflüaido 
es daflo^ pltNSBiécós q¡uuna(»/^isenél!&í«vffiflo^p,()erti»¡pu0do)4tt-^ 
ranlS'qiie(ii|[QCiréV'á viifi«o!á;VeariBuyntosíte;eki8i9i '/l'ií» "»( .ri 

;4«(4So)á un bagak, dfjbidandiiqcttsal'.T esgeniis^ij^ztBaiiMtamn 
moUe^ai<iD04)ron¡etdíli.^Qfao«|í<j)iiBtp^^^ -^oc en/;» 



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' plrineinislalUí^ por óadriáa;' sois 

. jdven,:bdiáy pbáKtíss, y Ó9'es:f)«nnida' añmrlev . ;. '' < I 

— Procuraré hacerlo, dijo Odelta. :•/• ' . .• ü > 

La d«qÉesá' lbin()iun ofllMloide pt&tt> qáe estaba/ jéaeíma de 

<!> • El misiiio criada qiieaiwiioió & 6detta abH6 la paerta'; 

^Ac0iiij[)alad'á'e^ j^Üveií á su ca3«*, dijo^ j$^ 'diiqiies;i^> y 
' Mmidadde que. fio ld> bnoeda' niiígoó: contmtidiQpo^;<3d0tta;;ata- 

did^ si atguDai vez tteoesitaltf ayuda, proteoeioii'ósooorrD; acor- 
i/dftds de^mf y vepidcá; bascfirinei ; *j •» oix \¿ 

T le dio la mano como áaniLr'hcmbaDa. r *»' i<] .mi y 
' . > -mi^ei ooseaiilafé rnAii sfieésiicov 3Mó|«; perd'^éMád bien 

persoadida de que no ser& preciso que os necesite paiéi^^e 
•'". ait acuerdé ttoirés^n 'íi;- .:•■•; •!► .■- t.». ^-r,. •..!*•■• -- 

' ^ 'lEmdlaáiideeqdelantéd^iAdoQoíjsa) salió: ^* 
'VA !• Ijúegoqtici'SeqüedóiBel^ Ya)eitiDa;.80'Sentó 'y oay^^ 
-iiiifia^*profi]ñda4Éedit»$i>ttrlA^pmo8 »iri etittba 

'toéai§iitregada^^st|s .pnsamidDtos, 'imando sé^aJbrió^ocai.niu- 
>:cbo tieQiosla {ioertadql gábia«l8.>£t da^tseetiiró slnvsm* Iri&o , 

y acercándose á, su mujer de modo que no le viese, fuA'áuigo- 

yarse en el respaldo detáillon^^eirique'.efltadia^BeAlaida^. .Al^cabo 
rvil0'ü»>tn3tan(e>:hrieild6 qveind oblaba io. presisfioia^i^de' quitó 
V iin collar ida^m^^nlMs^i^aelasv y i^«spe]idMidderieiii¿iffl|i:d9)l ^ 
-'•abeíia>d«^il6| diU|ne09ivttrdBjóYcaér.soBiiei$aíaspaUii*rV|to 
-'¡tilia dM iM^ta:/i{ycieivaíitsnüo|)aicaM£á>i^p9M$ '«^^ eUdoqpe. 
í,i:v otaoidraida qneile^idiríKid^ls^ lr&pi<]aiy.'pn)ftinda; ^leraiel 
<'4«9MíleÉlaba'frepaviiloiparaÍJrtqaella.)ii^ y iaiaib* 



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la frente, leHpaaá^laifbiaDOr^loueUe^, 7:k1raiQ^a4^ 
se la iQclia&.8Bav«meQterháois(átrás^ (dslig&adofaHii^^ 
rase otra vez. ..K¡t-ii().,; .''••.?. .¡j—i- ••'[■-• 

''i • ;«^4Qué<qo6raíf>cl|S/iW,'tnottidfierJrd^p %IentiBa:« . ' 

— Verdaderamente es una vergüenza fMüra Oriente^ dqp el 

dnqni) jloiilafid6i«Btí*e ^s dedo» ría cadjena iqueaosibliba de 

V <J^.á;atf nv^^jep^íyfaqnrándole k>p .1^ el 

- .ireyfdeOúgrlay>Segi$aiuQdo'd6 .Lax6i)íri)iá^/nielia^<cfnmdo 

-';.6atQcellar:€aaio¡8i'foeDa uaa maravUla; eriee baosrme; ud^^i^- 

galo do emperador, pomo si no tuviera yoiperlaSíinab biatÉcas 

y mas preciosas. quel» fluyas.'; . i- . • .:.„,. •' t\í.Ml I 

n ; I : ^lentína suspiró; yuri^^nque fií^ki que no lo hfcbia no- 

— ¿Sabéis, continuó el duque, que nopJw !vf8M*iiBda q/m se 
os pueda GoApapar;»^ yié' sikyifeUsieM peetaf iiliiuliBabro tan 
ii^graiOde/da^bennosui^a? IbÉ6/aIg(iiQó el de 

^iBl^ry.Ine: tH)nderóiiSól»*enaiiQitaf lot «go» la iloifia,i[ueiuin* 
-riea (1016' tiibíaa dlamado Itf.abnnHOfi;, y ayer me aproveché 
, ndtí p«eato íqM voonpaba á/». Iddo pbm esiminarlds & mi 

< t i -i»^;;e8pláoaifé.: Recderdo haber; vj^< dos» «B0:s6{dóirie^ 
^riq*e.<pDdrian ls(MdiiMr'VWtajpsaaitoDie' laiúoinpftradQii ooalos 
-fttlyíís.jllin^toei^ lahiiek- tosivt^jaiiMilfiA^oepD^I ft^laeiadtf jdu- 
.'tqneídíD GMto^TbrijtebáA)bigo;iasjidkWil3^e^;lU|^^ ttlagiihdr*- 
/osMefts que el fflfjernpii^fial )nlditt^ liraeárHip '1ií;CMu:^ una 



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-"Bt^^úíVfífimeíi^ádTtíHftít. \Á>(f¿tí%(e»jfiMwBÍ(SbíaiM\ que 

i.ím «^¥ dreiri^'^'halifa ápfé^ó 6bá díéhtt'ea'^ jd^ttr ira* 
-fl(k*? dtjo^^^fttfeiftíba éMgiébddl^^ tWstd nitrada llena tle 

{ ^'lliáiiqtt^i'íídgló'Mffiamy.^-Taletftitta, qée-estatl-átó'de 

- y^aéáfidli qué '^(Meftík'áíAH^'ldié mi dMó, 'la jiáfib al did^u 

'*»iSspósa:- '^ •'•'<"'■ •''•^•'^•■"••*. ■•■^'•'»»'' ■:'í»-. •'.«•■ •. '< • í 
ra o^¿{^é giétí}lhÁWtk*^^órti}áP'd^^^ ' ' 

I ,'»íL:ifeá^»ÍT«ife ániÉjá"í(18e *:&*'perten^«/ de' dbr^^ ^piorqüe 
i^bie ia hfitl*»*fi»blib i^ranftK'Prtci^'teá (Juéos cafeAle cttmó.^ "^ 
-> ' Eldií^QÍt>dé}óélpriéf$to^\)iié>)bb(Kitodé^ 
^^uf'édpésMi/sé'Beíitó^M étt! tábólrete ¿ srus'piés y'apoy<}lós co- 
'éos^ñ d'ftrazo déPtíllott.-^ • - * ' ' ;:».... ^ - 

*^Coudy.'' '^'''- « - ' ' •: -' ^'•" »^'' ■ •••'• ^'i '=• ■' 
—¿Y cómo ha sidof ... 

í/a. ;^I;Q.^Bij)|.¿{g¿ y bs'acoñ^jó qflé'tó giiafdéiíé rencor, porque 
pretendía haber visto dos manos^ doahdó- mehós' tah hé)*ftíó<- 
•%As cottó'ftivüeátrtliK.' ""•"''-'^' -• • ' • • •• •••''.« 

—Y dónde las había ristíi? ' ' '' "' ' ' *: ' - 

— AJirá compraran palafrén, en' la cüttétfela Perron- 
nerié. ••''-"* '■"'■ '-. ^ " '•> ^' " ;•"; ' ''••■ 

—¿Y & quién? . : ñ; 

—A la hija de un chalan. Ya 'éóoocereiii qaé-yo'hégaé la 
posibilidad de semejante tontería: 'él pd^ ótistíñácíoh^BOiSluvo 
••toqtib'U* Báltóft íii6H6,\y M^kñ esfasttnija cóhíWi os^e co- 
llar áe^pméüW^trti 'Ciértó.''-(Valeñtfaá' ' tJdirába áV ürf^e 



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cé de escudero con objeto, ^fti^er i^W^'^'PWavU^^^ á 

..;j9a3a{Al^iaLnQiaao¡4Í^ (¡bjampifrlHy^i^, A. cmprar & ^^^eeio 

bá^'^^o los áf^^ oaba4M.]p^rQSí.que J9«áf .faa, m^ti^o ^aibá- 

llero que ciñe corona de duque^ en castigo de sus e\ilpft^ y 

. [Yí é.l^ c^^a.<i^ lo^.feiíHjPttybraíQÉi, Q9I8P Jík bMbfe^ 

54¡,vwo.gpní)erqi> Prepi«^,j9S/0Qa^,sar iqup Cppey api^xagfijiba, 

jrCQpip. alpripcjpio .<»?eí, .S{ieB^q;pi,r^víJjtQ9aqoe ^m floptWíl*^- 

mbsa haya brotado en tan inmundo jardín. Sin embargci^^jao-pe 

di por vencidc^. j eo^ yaijeate c^^pspgi^tnff^lJ^acAe la 

jfJaffli^ da.m^,pen^§aHenl,o*. (iO\ipy .?fí,njff5!tii,Yp iCftjlq :4icho, j 

ya Ibarpps^.P^^in.^l.r^í^^^ ^.^F^.§^^^^'J>^S^tP^d^íi* 

,;íL^?uatOj .?píig^[CqftvppJ9>pSi;.m i^^ á la 

ríifiQhim. d^, P^di^p. jdp.^raofi, jfi^j :á»\r cjí^njpp,, may, ^sf^jlflu^a 

semejantes materias. Hace... hace.^,,.itr;es>.(^ja^;^¿5.l^?í|.^^f#5>#i8 

..:qu^,£ivmo^ á ca$a .de.lal^riy^osi]^ j<)y^a^r¡Q^^ Cra^ fi^jm es- 

célente juez; en el dedo tenéis la prujBba. ¿Qué os parep^^iesMi 

historia? ( .;,i í,: ¡^ „;... ¡^ 

— ¿Pues quién os lo ha revelado? C^jf^j^eS/dop^i^O^g^- 
lan para haceros semejante ooí^f^d^¡jfr[ . /[ s,,;,[j / 

— ¿Pues quién ha sido? preguntó Luis afectando la ifl^r 
indiferencia. . ' ^.t ' :,j> i; 7; 



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ISABEL DB BABIKRA. 57 

— Comprendo, contiDoó. Podro sabe que le considero como 
compañero y que posee mi confianza , y habrá qberído mere- 
cer igualmente la vuestra. (Divino! ¿Pero no os parece que es 
demasiado tarde para hablar de cosas indiferentes? Acordaos 
que el rey nos aguarda mañana & comer, que habrá justa 
cuando nos levantemos de la mesa, y que yo sostendré con la 
punta de mi lanza que sois la mas hermosa, y que allí no ten- 
dré por arbitro á Pedro de Craon. 

Y dirigiéndose á la puerta , pasó en sus anillos la barra 
de madera cubierta do terciopelo delicado, destinada á cer- 
rarla por dentro: Valentina le siguió con los ojos. Cuando 
volvió á acercarse á ella se levantó, y echándole los brazos al 
cuello: 

— lOh, monseñor! le dijo : ¡muy culpable sois si me enga- 
fiais! 




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'o '.íM' í'-íi^q ••• '^^ '» "'í; !'>ni/!i]¡ jrü'Oov al ^3Ín^Mn}'A' ';^i to 
»:-.j; ;. ;',í/'íl «-iíMi /«'*.. !,.v) «>, jt,íü¡ru;iii i..hfje;i/;:s eon y^íT k* «'np 

•v^t í:,.''^ .^.o^o ;^ol no-i 'víí;,>-- f^l (-...iin^ii/ tO'Jti'ih 'IOjC| viifel 
-í;i '^ o-;: :-, :']y)¿ í>V.. ^'--.v ví';T!; : f->'h :.^ !H>r'*)^í''.M': ,ii<'; — 




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HHMifiLiiOEjiAIKPA. 



O!) 59 




5H"i';!í>;;m .''-:'.';t;j')'>j ;-'V:.*>'>íin l"j*»\í; -i') ^' í;i.'" •{ ,*\'.'''i ''iír, míí-'. n 
-Iy'i-' ?)«> r^ ''Inui n-»^- 'na 'íij^ V ')in;'];q ju? ■V',i;'"ni'sl.' • '.' , 'í'-- 

A<hh ^(W^mí%^'t\útíaf¡i^ ^ .Truitiiia (sei.laTaáü&Tnmyfletn- 



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' 60 ''^«iíMÍL ItfE dÜMllRA. 

—Es piertpy monseñor jeontestó el duque.- ^^ 
^— Vamos, confiádmele, dija Á rey agárrindose de su bra- 
*tó'y coadQGíé&doie á una yenta&á; quiero saber 'So^qúe os 
]^asa, y si alguien bs agratióV corre por mi \oaenta., haceros 
justicia.- ^'^', . / 

Contóte 'entóúces el 'ítMjueia lescena qtie había ocurrido la 
noche anterior, y que ya conocen nuestros* lectores. Dfjole que 
Pedro de Craon habia vendido su confianza contando sus se- 
cretos á madama Yaientina, con muy dañada intención; y 
luego que vio que el rey tomaba parte en su resentimiento, 
añadió: 

— ^Monseñor, f^óf el t^j^W^'f^^Sjf^^y os juro que sí no 
me hacéis justicia, llamaré traidor y embustero á ese hombre 
coando se baUe hoy reunida toda la corte; y os juró también 
que morirá á mis manos. 

— Nada haréis, dijo el rey , porque os lo suplico , ¿no es 
veixlad? Perp yo mandafé^Jttó' sfeíe diga, á mas tardar esta no- 
che, que desocupe mi palacio y que me son inútiles sus servi- 
cios. De todos modos, no es esta la primera queja que de 61 
ba llegado á mis oídos; y si no he parado en ello la atención, 
á vos debe agradecerlo, porque era vuestro amigo insepara- 
-ntítdi^ktt&ihBnádM atiduqüe^ A9ioh,!trQy )i8^M<i{K>l8^^ d« Si* 
^:' 4iiia y de lertBaléi,'déiid8.€6t& elGalváribi(<]ái1c%^^^^ 
.^(gtitf); le>ha)nuitven5adQ $t»fift'as>c(S»idend)to8fi I^ otitK^p^ 
•i- !SBipi^infoideldw|te d6^retafti'(;i'qtM(^»&o^ rb^frta idi vóUmfád, 
?i!Col!ÍiotDdóflilosriaiaf 9]BukíprúeMylj}u999liádata^4»id 

de la reparación que le exigí con respecto ¿ mi buen oondeiüRi- 

- iMe^^ltfe^áotwdo^ijltobtoaJJ^i^cBi^^ no 

reconocer la autoridad del Papa de AvSñon, que es el.vML- 



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acaaw>!4p.a)|ope4«)<l9 9r9¿:Si(?H(Í9.aal.cHi(9 a|,¡uo.va^^,tait,8f^. . 
lo i^ .f»;p«rpi|ÍkiO;ms<u^i; !%#. fip|)Eí„,Sé |^i|r4«¡, c(ntiou<¡|i¿; .,-. 
rey-aaíDjiAoíqw .por figqaeinto?^ yl^ ?«, ^por|b^pJa„,9andü|(}to^,.| 
qne.«pp QiiiH#«f 0e jq^Úl ^;c«fQii9fi«pJj^jprig4J«Qipar,d^ , 

cioa, pues recibe el jorameato absoluto d^;Siua f4^^)Jpp,,a|^i);;i .... 

reunid ¿«^tsa^.mHf^^.'papgp/^ae^ ia pcecisioo áfi,%p ^ . .; 
do&..l<«<,P9j:ieat99,j< fogÁgO?! d9.,o^'^n9u<9 ^o pu^diua, serlp. , 
miQ9k y.£3 mu^ (>p9slaaft,i^g}ieja.;q^ ^di^ de Pe(}ro &;«p04 - 
coiitravqi;jP9,'pm||3^(9^y,9 4 (K>^)ecb<Sür. I^oh^le^f QMi,s,po|í; ... 
hoy,(Éte,(üfep«ti(»¿ryi fBafl*fj|&tí^,.i^.,: (^^gofifee.v.v^ira., ., 
V0I1VM94, qap>yo tp^íeq,;ie^o{spi{»§tiu^ ^a.qija. ^. ciiapt^ al , 
do<i0e |l0.Q<^etsp^:, (;^¡<;ueaMoI\,ds,-^l»erj^ao ^1 vi^sallQ;. y 4. e|l^ ,1 
rey Bio^rdo.i90,|tpqiQe«LS(]^ ]fig0m jdetres;a^os (jo^le bejter,.,, 
did«i aí^giBeJie,i8pyft,'ii)i jtio a%iflí«gP^*,99'^ .Cffja .«pbrifjfk,,, 
es^iQ^^Pk-j^ieBiq? ggi^j5^.]gp.do^„ai;eí.rey ^Frímcj^..;; ,[ 
.r^l.*WW,dié.ípi^!filír<» íjoT.,|^,fl}jjflfis^pa^^^.9ji«i,b^ ,,;^ 
tomado en sa injuria; y ya iba á retirarse, caandojai^^pi^ ^.j 

asig|jewA,#^^.^^»:•í«#,.PÍW fiH^'í^'l'íP delí^.decíijrif,, :.. 

el %M<¿i«pp,fi9[P*«Hi,.íS!}H]ftgpft,^ ,., ,.,;r 

Concluida que fué, el rey j^Jí)?, .^,í^ft^Jsnbp}jJ.,eiJí»rH . _ 

trarWjífiW^Mill«HM^*V^}eK¿i^ SI ^ ,.<> 

in*adnfta%sÍiiSf«8H ^MrfiA'mffi ^VmJt^M^^-^ 
na^ÍH{W»,Wft!iiW<hfi,í»ang^f!í^^,,9,,,.. ¿^ ,„.,,. .y, ., „oií,J(ur, 



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62 ^ *^ iskBÉtí^m/^iimtím^ "^ 

de tóá'éólaAiías' «eFsálófa eátábá i^y^Sof^éB ápiííúaci'difl ifef » -^ 
ricáiflérité ctrbíérib y'aflck^üadd dttíibijiHd&dé'oírb't f^ 
redkí/r de'lá^méia'Iítóia uitóbái-iw^^^ '^' 

macfero^-'í ^fia de'Íi¿é' ioW Htegtisetf á fellaToa'qbé^aíAfett 

• virlá,;qilféneSft'tíliras^per>áS pótítafi há^tWó/'á fiétói^'^áé ttLñ-J^^"P 
tas pí^aTWioíiés; pdrqü* érá iribnMrtáiite»*! gt^tfo (jfee'iiíióWttiJí " i 

' ciabá'aiíbá'^ésp'éclá'cttW:' "--'"-'J' ■-i''.:ii.'!'/j.i...Mli'..-n pjjuq ,nni.. 
"Luégó'qüé el rey,- * 16i' "prelados y ^ Itó' dairiáí 9fe 'httblereéi'^ '•! 
lavadd lásritóno^en Hcad ffeiláhcáiiiis' dental', -qué 'loe óí*íh- '^^i 
dos'dé'pafe'cid liés->éS6rftórótó'pÜteto^áW 
de Nóyí)h, qiié presidia la méfeá'; '/tbrir6*átóilttf,^ ytráá él tó''-^ 
veriflcáfóti^e! óbiá^o'detaDg^éá, el ár¿(íbfeitó'ab Utóft'.y» el-*'-^ 
rey.^áü vestido era' tifo teféiopfelb'<5artoé^ férrádo^áeflafteiiiící,'^' • 
y céñfa sttó -sienes la ctoroúa de Frárifeia; i sü MO'íSé^séáW' '' 
madaniía Isábrt', & lá qií^ tátnbito ádói^ñabá líüfe 'ortHoiík '(!»'»" 
oro"; a lá dfeféobá^ dé laYéina ^úítík él' réf aé'ArtnéníáVy s¿-: '< 
guiáü á'tóte'éti 'eí Brdeü «l^uikte ; la díKjuéiá* ét ^BMf; lA*»^'» 
de Bofgofiá y lá dó'Tdreila, y las seftbtttk deí?éV*s-,''B6Wii¿'^-> 
de ftáiH'de'Cbácy^, dé ffilrcdürl'y- dé Sülíy,' tópósA' Míh^áe 
LalfHiiidüifife:"'''''^^' /'--•i-'-^ - •• ! - .■' ií'i.- ''r.: '•:'^/u.>; 
"AtíeÓiáíí tfe'e^tá íntóá había ótrái flóá; edyos! hoíKtt'M^tó^ J'ü 
ciarf'lóá'daiiúeá' a*"niito'á f dé^B^htó',' m^tor^KY'Oé''^' 

.persdtías'eállti^tíabaSléirlob'y^^ ^'^ ''^-'"^ •^'•1^ oh/nrm^ j 

"fiSlí'ctók dé e^^ót*oS;^tjü^^ 
en Sik \k^)áák\'i^)Méí'h6^y 

yantaron y fueron á po6estonf¿íiUI^'^uÍ«iPÍK^'^bQ|Jt4«^^ 



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y la iwlaá'W'ítefl&^fttitaK^'áe ^«^ '^' • ' - " 

dores babiftti^etaííttííM'eii xÉÁm dé »ft.^'iá6s^ uá^oáslillo de ' 
ma^tera^dé oi»t^6iÉfÚ'{ií}fe'idé^^^^^ dd látgo: en cada 

uno^da mili áQg«U)6 IvabM^biírá torkf; y otrii éáf ét om^ro/nía** ' 
cbo^oais altai)|ü6^>1a9(éttflá^.'AqaéIi¿ fi^^ represéneaba -^ 
la inospogiaalM 7 gtaü ^ttdadd^ Troya;>r M torre alta ápá-^ ' ' 
laGí6 de'Kion;\^at)^tidéd¿r'de Itóf Moi^lTas 'se f eiab^gírabadas ea ^ 
ricos «stóüdárteft^laéartnás- dWrey'Priama; dtelváliehléH¿ii^ ' 
tor,'§tthij(y, y dWóá^reyi» 5*^dcip€S qtfééoá éBtís seentíeN ' 
raroQ^A»Tniya.' naiMá 6)flot!)blofdad<y aquél edifietd encima dé ' 
cuatro hiedas; pdr'inedié 'doílélá cuales' aiguliios liottbres qué ' 
estábaft dentro' lé^ffloviafi'cMiído y cóino coñteiriá píura defen-' ' 
derte. 'May pirontcí ''síb< puéo ft prueba '^u destiieíft; porque 
avamaronipdr fl66 costados para asaltarle al mi^tietilpo, y ' 
au}dHáa¿|<B^hecípi^)i6átti^^^^ titénda y una ndtve: láptíúié^ ^' 
ra fq)rese»Dfteba; él eanqf>0 y lá segundtt la escuadra de los ' 
gñegosfr^ dos» estieAmi 'étnj^'vésftdas ¿oá lastiMas áé los da^ ' 
balteñós «as^itaKerites^e siguieran di iH3yAgia^tn6Q^ ^ 

dejel ligéi^ AqtfeHeB-baisai'el pi^udMie tms(^C'B!k"áe' bónta>^ '^ 
riaf&> lm\á éotítíéisuis boittbresi,^ üMsb en la'tMnda' eómb en* la - 
naye/y'en'Míft'l^ttei^ai^^délá^'dámlidrfíás^ atóicnaiia' lá ' 

cabéfó'el'^báMé^'de lÉQaaíhí'V^d& t¥«Mqttílft!6ekitÜ tásftfá^ába '-' 
el itfQliiéiiMíide^#tra»<«n>bMbM^¿^ 'seíHiiíüeiítb- - 

de los concurrentes, no pudo llegar la flestU'fi'siqáÜHá Miei^-^'^^ 
saiflis>^»U«ltM'^^<j^^ 



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seguido de mq!^(i9J¡fli^.]^^]9f{«^lppe8|SW^^ { 

teiBJ«iB(dc»j(jf^,quí4jK)f ¿í ^u^nWCJ^PtfltiW i>H8*.A gn^tlci, ti 
m¡f^íp¡,fi^§,^,est^.4lKl¡4pn^!^^)jprft^íg^Q,Jaj¡j}qBi^ 
titu4,,fp.aíKetó,;S? íi(apujO,,w wofjKWtóiH eergo? W(J«í,ptíifci .¡ 
^0I},J)»isf...^,lfl.v^]^,y .se í(r^fii§UftE<W'«i-ifc*fti«fftí^t-ii|í«>«»"' i 
roilííyfirgnij^VuiqflB I<,r¡íjjía!y^;4%n(iíi9i#»dfrit4a«a ¡qaeitftp • 
m^., ,el,qúed^ pe^ ^Soáf)i¡ú Uii|ibie%d^ i^,de.|a9l> oppd^ P69Í-: ,; 
co;,¡y ¡\fi^fi ¡fii^: JliWj-<»5,iíijfu§¿§4o,pocf«P SKámo. líperPftíSQjinrvi. 
riaft,.i)jeq,fqjegí íL.^.^gno.itfes^gciíir )»i,e^04.4e. op^fiwkwk.,) 

ba^gs^l^ pfi(9.tlfi|«á5¡flíí,e|lí4Í|Sí( l»})^n.«3tWípttiflo.yiMnoan'.ó 
tona¿^HP,i?iflflABSfn9, 4.«j«TWclos,,4et «pflwleroífy Ú9imw^iy.".. 

ras5^pa)|9 /m,flW '/ÍP HKWrííS y j»a<¡¡efi^;;g« cjjrigilen» 4.^9» j; i 
veuj^oaíit íWftM»<IÍíí ^ .b%tó^Wft»iíi# r»ii*> > <»* «aáíuoai •, ;{ 

mwtplflf ^^V{#§<»F-.a iú m-ü Al oí». 1 u;t ,'9íf.-nuit)no;> ail í-I) 



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feKseifuii désmayadát Itevironiká asa veatatta . aislada» ¡y la 
derribaron^ paral qaeeMUito autos kh díem el alre^ á fairor deii 
Oíual se* reooM al. initaiite, Pero «ra tal alí terror que te había 
apoderado de ella^^qve quiso* nnrotiar al jp^onnato: ea ciiaato» 
á lob espeetftdorea del patio, algaoos marteroo, y maobos sar 
liéron mas 6 mems ^teaieate beridos. 

£q Gonsecueocia, la-reioa subió & sa litera» y aoúmpañada 
d^ dalbas y caballeros,!}»^ fonnaban asa alrededor ua tx)r- 
tejo de mas dú teái caballos, llegó al palado de Saiat^-Paul. fil 
rey se embarca m ntkeBtpáte, y sobió el Sena coa los.baba- 
lléros que:iban á l¿aMirr parte ea la justa que él debía dirígir¿ 
Cuando llegó &' áo^ palacio; encontró un > hermoso regalo 
que le presoatabaa cuamula menestrales eo norjibre de todo^ 
los de Parfs: iba'cofocadoen* una litera, cubierta coa uncres'* 
p^u dfó áeda, á^través del cdal se traslucían las joyas de que 
se (kHnpotiiá^ f -Goñsistian en cuatro vasijas, cuatBo tazas y 
seis platos, todo de oro macizo y del peso de cincuenta 
marcos. 

Cuando sé. presentó el rcly, los*portadores de la litera, que 
estaban vestidos de indf^s^ la colocaron delante de su real 
pén^na! en niedlo- de la cdniai^, y nno de los menestrales quo 
lá acompaftaban, doblando una rodilla, le dijo: 

—Muy querido "Señor y noble rey s vuestros menestrales de 
París os presentan, con' tootiird deWausto advenimiento á vuesr- 
tro reino, todas las joyas que se hallan en esta litera, y otras 
semejantes ^ ófrecm en estd momento & la reina y* á la du- 
queiadeTúrcnai' ' • '•- 

— GAciáSr, respondió* él .rey; este regalo es hermdso y rico, 
y^iiunca -nos ólvidaremoa/'de^^ los (|üé nos le hacen. 



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66 íSkWBL 0E iBAsmmtj 

• ': Ea efiécb, dos Hieras jgúalds^.agMJrdateaf i U^ r&in&yíü. 
la daqHééa de Tureoa eá siis habHaowoes r96|ioQtj[^»9; Uewt) 
baa la de U rúnñ, dos hombres éisfraa&des, ^ tmo de P9Q 7 
d'otro de unicomio, y coDteiiia. nfl.jf^iiaimanil, dos irascos», 
dos saleroS) dos vasijas, seis tazas de on^ puro y ifiadzo, doce 
lámparas, veinticuatro copas ^ seis. 4platos y doe fuentes 46 
ptata; todo pesaba trescientos manóos. ; 

Los que oondacian la litera, destinada & ladaquesa de Ta«! 
rena, iban vestidos de moro, se ba^biaa lje0ido> la cara de nen 
gro) llevaban turbantes blancors^ oos^^Q! »sí fueran sarraceooi^ ó 
tMarós, y tíobríaoles ricas telas deaeda^ La» albigas de oro 
consistían en ana vasija, una faeate.^ de3 cipijas, dqp platos y 
dos saleros; y las de plata^ ea sei»jCOpas^ S0is :pl^i05, veiati* 
eaatro tazas y veintieoatro salerps; y todo, tanto, en oro 
como en plata, pesaba doscientas ooaroos, 1^ valo^ gene^ 
ral asoendÓL, seguñ Froisser^.á mas de 60,000 ^^ona3 
de oro. - , 

Los menestrales, al ofrecer estos regalos á la reina espe^ 
rabanpor este medio obtener su protecoion yqiie se le dis- 
minuyesen los impuestos; pero sucedía todo lo joontrario, por-*- 
qa^ se aumentó la gabela y se pppbibió la inpneda de plata de 
doce y de cuatro dinerod que oírculaba djssde el reinado de 
Carlos Y; y como esta moneda era la del pueblo bajo y la de 
los mendigos, se vieron estos privados de los.a^ei^lones de 
primera necesidad. 

Por lo demás, aqueUos. regalos complacieron estremada-* 
mente & la reina y á madama Yalentina, qiueaes dieron la^ 
gradaíS á los que se tos bubian llevp.dO|, y se dirigieron ,en se« 
guida al campo de Santa Catalinia^ en el que estaba prepara^ 



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d» QOi^ül^L p^6^ Io$ eaballecos y e^iiibbdidoi^ fabladdi ^Mura 
l^s.aeftoras.; . . <■ ■ .,, 

De los AreinU caballeros ^oe debiao .combatir en: aquel 
dia^ T.4qaiene9 se dettomiHAba los^oabáUero^delsol dtírado, 
pc^pe en 81)9 broqueles, llevaban esta IfisígDia/ veintiawve 
aguardaban 7a en la liza atinados de punta, en blam» filúnn 
cp que faltaba se presentó, y. rindiépoose todas las lanzas para 
reeíbirle: era el rey. i 

Un murmullo {^olongado anunció casi al mistíMi (iea^pe la 
Iljega4a de la reina: sentóse en la galería qne estaba prepa^ 
rada para ella^ teniendo á su dereoha á la diKynesa de Turs«" 
9e 7 & au kqtíierda á madama de Nevers. Detrás de lá¿9*dos 
prínqesas estaban de pié el doqub Luis .y eldkiqoe Joan dirigí 
gié^dose de^ vez en cuando una que otra palabra, cm aquella 
jEria política, tan familiar en aquellos cuya posición obliga &* 
disimular sus pensamientos. Cuando se hubo sentado la rekia»' 
lasdem&s damas, que solo aguardaban aquel: mocmento; se 
Iprecipitaron al cerco que les estaba reservadov '. < 

Los caballeros qoe debían justar se coloearba uno tras; dsi 
otro^ teniendo al rey á su cabeza; s^gaianle los duquesa de 
Berry, de Borgona y de Berbon, y & estos kte veintiséis sosten» ^ 
nedores r&stantes, marchando según su clüse y dignidad. To«' i 
dos a\ pasar por delante de la reina indinaron su laqza hasta 
el S119I0, 7 la reina saludó tantas dieces cuantos eran tos ca-- 
baUeros. .< 

. G^^aado $e terminó esta evoluoion^ los sostenedores se di^^v 
Yidieroii eo d^a bandos. El re7 tomó tí mando delí uno jr* el 
oondestaMe el del otro. C&Hos condujo los suyos al pié del* 
balcón de la reina, 7 Clisson seretiró.al eati^mo^^puesip. a i .1 



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98 .ifiánu/oe flABasá&i 

fAffrt'Mi>n$6itít deíTiriéBd, dija entéíncfeB el duqUe; dé^^ftlWrií^ 
¿no se os ha ocurrido confundiros con esos nobles 'CaBítHértisí 
)r}iro0iperiiíia-laoaa en bdnor de tnadütisa Yaldhtláá?^ -'^^ 
.uu^PHim; itespo<idk)ioon'séqd6dad'# duqbe'/6l Veiy ftiibéi<^ 
moBO' me iia pennitido que sea el únicb ^ostebéddr 4e IWjfft^ 
Bada Se inañáfla;>no esjen una reflri^glaVrs 'eá uira Jusift; Meé» 
viiDiGonlra Bno,iSÍnD6o>0:c6atra todbs; cotnó qniieHd Y^ íios^ 
tener la hermosura de mi dama: y el honOr áb tía nombM." ^ 
j.:*^Ydi3biépaís añadir, nionsefiór, qué Una y ótro poilian 
ser sosfieaidos coa armáis que no fueáen jug^n^te^ de érfios, 
(wnttosueítóBetnpléarseien: semejables júég(í8;í ^ ' - f 

^ ^-¿--Estoy prontb á sostáneHds'Don aquellas deí qiie $e valgatf 
para atacarlos, fi/nla/puerl^demi tienda habrá dos tescndós^: 
uno d&pai y otro de; guerra: los que toquen el escodo dé pai 
DBo. haorar&n; loa qoo toquen el escudo de guerra me oompla* 

>. P d!3qiS6^clé Ne<?ers 519 incliai} cónrio m bómbice que/ ha*^' 
Siendo sabido cuántoqueria isdber, de^eaque la có^tíVéi^aoioií 
nó paad mas adatante. • • - 

•í Por.loqoohdíGeial duque de Tu'fena,' no comprendió ál 
parecer él objeto 4é aejuellas pregantás, y distraido ^ pu^o Ñ 
jugár.boñ el piulo de su espada. 

/ En aquél moraeotósoñíW»on los clarines; y ios caballeros?/ 
¿b-esta llamada que les anunciaba que la refriega iba'á'^m^^ 
zar, se ataron al cuello los escudos, se aflrmaron en «uá; ar-*^ 
zeries y -enribtifaron sus lansías,' de modo qi^e■cüanda=se^pfe^dió 
ebe{ aiD0 la última nota d<dl'clarpn,ise oyéí^bilvoi' de tos jub^ 
cU del|cámpo,i 'que gfritabiau al mismo tíismpd y desde Tos'dbS' 
lados^^delaíkat «Partid.» ■• ^ - ^ i .' • ' ■ '' ''^"■^ 



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kpmaÉ^sñ proQaaoiaronie$ta9. padabrts^ mtsoAv déMpa^ 
recio el sol debajo de las olas de polvo, á través da la^^ttaM 
eraiJBopfsibla regalo. ¿ los cooibatieixtto. Casi hlmtamolí^bpo 
ae. oyó:el ruido qne Ihicieron los dos'itsiadós «I ctkx^ársdt lai 
Uía Aparedá.eotDnces á las miradas eom Mnlar agitado eá- 
el qm ruadaa plasde on» y de acera/^De cuando eo oMíndó* 
se Tfiia en la ciinaite.aDá de ellas. algtio'iK^le-peQat^hobianM . 
qna paxecia nn. copo de espuma; paro ^casi tóda^ las bliEaftas^ 
de «aquel, primer choque se perdieron, y' solo- se conoció & 
qu^wkdo se había ioctinfido Ip, Y^^^a* cuaadQ iosclaHoes- 
tiQíoaron Ja tregua* y cuajulo los dos bancos se retiraron í sus 
respectivos campos. : , .. • 

'Vj.Oc|iq caballeros montados y armadbaquedaban iodavfaiaP 
rededor del rey, y eran el duque de Borgoñdy messire €to-' 
l]armdi de^^amur, messire de La Tremoailie; raessrrei Juan de 
HatrpBnne, el barón de Iverg-., messiro RegnauH deRoye, -ínes^: 
s¡r« Felipe de;Bar y níessire. Pedro.de Craon, '^ - " 

,>» Bie^ soile ocurrió ai rey mandaT. que éste • ültímo no- té*^ 
m^e parteen la: justa, á causa de; la cólera ipi^ cootra^^ 
S(»i^a|e^itar^;,pero.rea6xionó.qbe. saTetirada* ^organiza-- 
ria laireririega, j^ara lo qualera de todat ñecesidud el núme^^ 

m-par,... ■../;!'. ; .'.. :• '. . •. S- ■.:\i'"-- í. •.•:*. ' " •sd 

'}' Sqis tamsolo acampanaban s\ condestable y emn el duque' 
deiBerry.; qieasir^ Ju;a de-Parbanzoo, él señoi*défieauman6iry^< 
messire JeQffr(||yidaGliai>yv inessird;Juao<dé'Vi«nae % mesMre 
de>;Goii$y..iLQs dep)áíS^i»bia&'3¡ilb<4jBrriba<ió!$7' áo^teniáñ de- 
ncriid pato;volveFáitra<^(áitá»* áí^^ 
M» rei^Gfdjipda €lélBaitB¡d6>sa9iC0Qti<atí09, ''-ji por^ebté'&é^» 
cl*)/figtftbai)iioonsi4ei3add9.eúniot. vencidos^ ^Kbooor* éeípiímet^' 



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tflQ«ie(ib*o M par^t^jí^ t6y»; porqne. babia conserirado íü^A ca- 
kaUepps^' •r. v- .' '\ ■ '.s ■: ■■••i 

>.. :l^s.p<u# ylos.escaderofiy.áprovech&ndose del 'aquet mo^ 
9ieQt0 itosüesoaóso; r^gsjsaú la liza á fi^' de qqe díasaparecieae 
^ p9Íl.YO^:la9r4aiQQ8 a|)iravecbanm estraor^inai'ia]^^ 
(}AtfjWÍQaGÍ(Ma, y los caballeros, seguros de que susprúíiQzas 
. 9^iaA'e().lQ^.$uce$itQf vtetas y aplaudidas, i^edoblarúQ su valof : 
99^ i^UCiI lljaou) & sü.paje ó á. «zeecadérovb mandó orregbp 
su armadura» apratar las cincbasá su caballa, sujetar coik 
maaluerza su esoudo, y se preparó para él iiuevo combate. 

'.' No se bizo desear; por mubho tiempo la señal: segunda* tesi 
sonaron los clarines, enristráronse las lanzas, y á la vÓ2 «paf-^ 
ti^,)); )o3 dos bandos, disminuidos en mas de lá mitad, caye- 
rais udo sobre ptro. ' 

. . ^1 rey eligió por : antagonista á messire Oliverio de Cübsod',' 
y. aquellos dos personajes üamaronla átenoion general. A mcM 
dio camino de la Uza se encontraron: el rey alcanzó í sil ad^ 
¥jep$afio en mediodelescudd, y fué tan fuerte el bote, qiie la 
l^z^ti^e rompió: el<vetet*ano se' mantudo firme en Iob estri-- 
b£]^,^olo Qaqueó su otballo del cuarta trasera; pero al primer' 
esppla^ so tevantó noblemente. Ei condestable enristróse 
lanza como para amenazar al rey, y cuando estuvo cert)a dé^ 
su,-9dgrada.persofl[a<la rindió; indicando de éste modo qiíp^ se 
honraba en justar con ei soberano, pero que le respetaba de^' 
iW^ado para berírle, audquer scAo^ foese en bn joégo. 

^ •^^isson,,£liss(¡ki., fó dijoCárloa riéndose, ai noliacoiS'ttie^' 
jor I19Q de vueltera espada' do noodesiableiqiie de vuestra laüxt' 
da oabaUero, per joiitaoaor qiiens qottai^ la hoja 7 taB- solo* 
09 ^dfimrá ta moa; 1 7 os teoiuejuí iajoáám que wngais en lé 



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ISABBL'BE BABQ»Ati 7t 

AioeéiW) á las justas toa uÉaoaSa^paeao&bará elaismo $efr 
vicio que vuestra lanza, si coótais serviros • siempre á% ella 
oomo^^en esta ocasión. ' í» • » 

— MoDS^or, respondió Glisson» coo núa cana baria Irentt 
á los «nemjgos de V. A¿^ y con el auxilio de IHos trliinraria^ 
do dtios; pórcfiíe el aoior y el respeto q^ t)8 tengo me infua<^ 
dirían tanto valor para defenderos^ oonio núedd rae han infunt» 
£do para .atacaras. Por loi que toca ai aso que pienso hacer 
de mi ianaa ooa cualquier otro i^ue no seáis vos, podréis oo^ 
nooerio ahora mismo^ Micad,¿ monseñor. 

En efecto, messiro GoiHennó de Namur, después de ha^ 
ber derribado de la siRa ái Jeoffi'oy de Chary, buscaba con la 
irista contra quién ir & «ombatir, pero todos estaban ocupados; 
y aunque habrisk podido socorrer á los de su partido que mas 
apurados estuviesen, desprecié aquella desigualdad. En el mis^ 
KO momento oyóla v&i del condestable que gritaba: 

— k mí , si os pfóod, meséiref do Namur. 
Guillermo indiné la cabéaa en prueba de que aceptaba el 
desaño, se afirmó eñ los estribo^, enristró ta lanza y corrió 
contra messíre Oliveria, quiea sacó su caballo á galope para 
ahorrar á su adversario la mitad del camino: se encon- 
traron. 

Namur habia erigido fa punta de su lanza al casco de 
Clisson, y'«l golpe estaba tan bien calculado, que se lo ar^ 
raneó de la cabeiza. Al misrbo tiempo la lanza de Oliverio hirió 
ásu adversario e& medio del escudo. Namur era demasiiMio 
buen ginete para perder toS' e^ribo»;' pero la vjoleapia del gol**' 
pe fué tal, que ron^ió^las dnehas, y ginete y silla rodaronr & 
diez pasos del cabattc^v Un aplauso geqeral resonó y las dama» 



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agitaban «i 'el airo sus paooelos* Era d me$or¡ bode de laJeoft 
qiié seíhabí^'dado, ^ ;.{',' . ..i- ; 

Clisson Qo tuvo tiempo de pedir otraoaiBeo^ poi^que vio que 
Sus cbispafieros se^hallaban en graQdáapqiroi Se precipitó «on 
la cabeza dedeUbiérta en medio déla rrfriegaV rompió' flu latir, 
za, caiisada ya de tres^ enóuentrds, en el caécoide- Harpedctooeí, 
y desenvainando ^sa) espada le áoosé^tan vivamente antesi d6 
que serecobrasq^ que le obligórá> tobar eaJ^rrenaL.^aijirió' al 
eampo de batalla: solé do8 caballeros ^osteni&R. eL^ótnbatet 
eran Craoa y Beaumanoir. Eirey^abla permánecid<]lineh)'es^ 
peotador áe «la justa : y ^o babiai tomado : iparte . en^ élta *(fesde 
que corriera contra CMs^U'. >fll eójfide&táblie itbiU} ;SU ^alnplo^ 
y-agoardó el resultado' del combate da^ siül^UíaiOiDabalílem 
eontra ^uúitiniq aatagonista.i La .^ventiajíBL estábcijdB parte.df 
Beanínancir cuando sil es^asé rcippié eu,el 'broquel de. Pejr 
dro de Craíoa. Como solo era permitido fiorvirse déla toflísaj 
de la espada, y BeaumanOir babiaTQt(;>*ests^rdo$ ai;(Q9^r-no 
pudo, muy á su pesar, coatinuar el ComteLte^iébizafle&E cdd la 
manotquese declaraba venoidoi Pedro, de firaont se X0li^l, 
creyendo iser el único sostenedor del campo; euat^da divisó & 
distanciada unoiodiez)paáos>á!Cli$soii>q»e>l0, miraba SQnriéar: 
dose. El honor de la jornada iba á decidirse entre los dos;* t 
: Pedro Be Graonise sonnojóy pqrjquBi auat}u0. leria • .b«eít gi- 
nete y muy. diestro bn lé ímM](í.áe ¿oda clasjé ^e.arjnaip, <)0^ 
lóoiá.aLhombr^'. dd!bíarj^o.coBtm fiOai^Uba.á luchar; .$jn mr 
biurgo,. fiü vadiió un<itíóme]iU», y S(4taiuÍQ,)asrí(]»d»$A:9il oari 
btillo, to apo^ó r^orttiraisu gnUpa» teíAió -^u espadf <oon Jas dpsr 
maflo&.y Qorxi& oontra el ^aitdeMa)>Ie¿i.vEttrlarca)rrera ^^rvió'daq 
do&]hLpida» vueltaa áji>a^aUa daA^eiiS ejHNi^. y .luego se^íjli^ó 

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•^HU^ífiPdli^ida^ qn ijiído^jgaal tí^ de.^ pwrÜHo que hiere qq 
jfwqoe 3obj;e el <ww}0j4: t^y^^ del cual,.ÍU>raba Clissoa su 
qabei%.desciibiarU«:|Si;;)qu^Ia ^spad^ hubiese estado afilada^ 
4.e9CT9do .dft]Cl^qi)o.J:^ulN|fra^.ppd¡d9 resistir taa fuerte golr 
Pf^í/pCMiH^ Qp9Mh3|$ qoaibaitiA coa ariDi(? .sin.pui^ta y sin filo, \^ 
cf^óiíil C!Qndag|a))Ie ^l-mísagío e^^.que el ¡de una varita de 
fia^€l9.^gitA(l4.p0r: J^^ébit mano de.ua i^i&o. El veterano se di- 
rí^4:b&cia. pediTp áfi ^^ii(,.qife le aguardaba ya puesto ea 
Sim^isL), JBsta.ve^ efa ^ cofui^^^t^ltle el qaeat,acaba y Pedro ^l 
q^ ^ c|e(en$a« ^^ ajiai^ fué 3^gí|1o; Oliverio apartó coa su, 
es|)e48':.la,(le}.^eDgtigo, y. agarrando jluego. su .amia oon las 
d^THaOjOs ]f ^oo^ si: se deade^^e de servirse de Ja boja^ asen- 
ta: ooa<elpi0Aua.gf>|pQ^n..yioleata ea el casco de Craoa, 
qpers§ lo .9iball^ G0p^;hjübb^er^ PP4ic|o ^he^^^rlo.. pop, una u)^^, 
de jirmas. El ginete tendió el brazo y cayó desmayado sia 
j^rc^imci^ri qnaf3ola'pabÜ3ra; Ali[f^Di(a^ndo entonces el condes- 
tabjte ]|ápiaipl;nay„^,apeó de/^U; catitallo, y tomando» su espada 
pprilapaa^ s%;li|.preaentó».4eolarftn^.de est^ modo que se 
daba por v^aoid.o -y qiie^Qedia ílm alteza ql honor de la jor* 
n£|da;<pero el jfí!í^<ío^JÍ&(pie agcte^Iar aoQion era meraoor-*. 
tesia, se ape^.iaiobíeQ» ^brazó-^ Cljssoa y {e condajo-ep me^ 
di^de:lo3iy¿|iu%(^4^Jias.jdawae^ y;;fiabaUjefOd alpi^deí^ai* 
epad^ la^S9iO((, idqpde,fu^,ra)ipijt,^Q ]^r' madama Isabel y pot. 
eLduqpe^ei Tflrw^>,.qíwJba|}i«ajVJ|$tQ..<?p^ d^?g^acJia, 

de Craon, y por el duque de Nevers, que aun^^e^pocq amiga 
del condestable, era demasiado buen justador para no admi- 
rar las grandes hazañas que habia hecho. 

En Aquel ij^ismo momento una cabalgada so detuvo en- 
frente de la puerta de la iglesia de Santa Catalina: el gefe se 



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74 ttAWt íe iktíMH 

apeó del cábaílü/y eñtró'en lá Ifzá (k)n''iM^)í'\iébt«rt(y^^d^ 
' polvo; dirlgibse ál rey, y dóbláúfdó dna Feydina'le])reseáté'üni 
carta sellada con tas armas del réjp dei Inglatérí'a. OárkRíK^la 
abrió; contenia !á tregua éóncedidá por eti^y fód&rdo y sés 
tíos, cuya tregua debía durar tres aftos ffor tferrtí y por márj 
á saber: desde el I."" dé agosto de 1389, basta eli9 cfel AriíM 
xno mes de 1592. El riB^ la leyó éil alta Voz; y-aqoelbtnlMlioiá 
^e todos aguardaban con lAipaoíéíiéia y qué U^Ó edl^taU 
oportuna ocasión, parecía un nuevo j^reíságk) de la feliddaá 
que se esperaba de un reinado qué éibpésaba oon tan boeiioo 
auspicios. El señor de €beateaumorand, que era portador de 
aquel mensaje, fué muy cumplimentado de la'cóifté; yél rey'j' 
para manifestarle su aproólo y suagrádedmiénto, té convidó ¿ 
comer á su mesa, y se le llevó, sití peroñtirie que fuese á mav 
darse detraje. 

La noche de aquel misma día el sénor de La HWtóm ') 
messire Juan Lemercier de parte del rey, mess(l*e'Juati de Be»-' 
sil y el Senescal de Türena de parte del duque, sepresenta^^ 
ron en el palacio de Pedro de Graon, qUe estaba situado oér* 
ca del cementerio de San Juan, y leriíaiaífestatón, en nofiibré 
de! rey y del duque, que les eran in&tites sus servicies. 

La noche siguiente, aunque padeíí^á láücbó de Insultas' dét 
go!pe que había recibido, salid Pedro de Oraon de París y 
tomó el camino de Anjou, dónde poseiaua fuerte castillo de^ 
nominado Sable. 



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ismor: 'BE ■wkBtmuti 



95 




CAPITULO IV 






Al amaoeeei* dá día siguiente, cufttro heraldos oon 1a> fibrea 
del ánqgÁ de Ttiréna retorriála ias calles de París preisedtdo9 
de elarines, <e paraban en todas las enorueíJada$ y eaBes,' f 
kfon los carteles de desafio qué contiü mes iiJíe antlcipa(»óii m 
hablan dirigido a t(Mild el reino V atas prindipaies ciudades de 
btglaterra, MM y AleiHania; estaban cb&cebidééBñ (éstos tér^^* 
nüjios:' '''•"■ '• '•• ' . -«•" • • ■ ".. •'■ 

«Nos, Luis de Yalois, duque de TUrena, por la grada dé* 
»i)i08 hijo y beramo de les reyes déFraveia , por el didseo 
ftque teáemv^deiver y oonoter & loshijós-dalgtMi/eata^ 



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30 IMHbjWiBAWWIbt 

»Ilcros, escuderos , tanto (M r(4n6^ de Franciiyf como de los 
>)0triKn«iBos^ J2a^ ¿al^i io polr üiif uIJ0/<}9iff lÓ^i^Ja yo- 
Dluiitfkáy. iiagpor e| gusto^íde participar de s^líbiMfríQeá:^^ 
))páñía y mediajte áxonsentimiento^dfcf l^ejfíiu^^ 
»quo sosteDdremos la liza desdp las diez de m mañana hasta 
))las tres de la tarde contra todos los que se presenten ; y á la 
«paerta de nuestra tienda se colocarán dos escudos» uno do 
»guerra y otro de paz, El que quisiere justar, enviará á su es- 
))Cudero ó irá él mismo á tocar nuestro escudo con el asta de 
))su lanza, si quiere ^ius^^de faz,,yiC^a^I hierro si la quie- 
))re de guerra; y para que ííegueT noticia de todos loshijos- 
ndalgos, nobles, caballeros y-eseuderos, hemos mandado pu- 
)>blicar estos carteles, y los hemos sellado con el de nuestras 
wariKas. Escritos, hechos y dados en París en nuestro palacio 
))de Turenacn 20 de junio. «Uiafio 1389 del nacimiento de 
«Nuestro Señor Jesucristo.» 

El anuncio de una justa en la que el primer principe de la 
sangre debia sostener la liza , hacia ya tiempo que llamaba la 
atención general. Los consejeros del rey se habían opuesto, 
omodo lel duqued&iTiírftOíi^ifuf A j^^íHr.á:;?» ^^aAo.peiTm^ 
paim esU.rf nokpr^^a,!coa j[Qot|ifp ^.i^.^mrj^^e n)adajpQ0jl4at> 
llBl>fi*'reyj qBergJa3íí^lm.d^.;es^}Ql|ige,d^,)w«pf ^ qtte|)|ittiLH 
^ ri;iIqaflejplde.laí5^ftrI«fts♦í I!wf^, 9ÍJijciWl)íkrg»,;al4uqafl paiTai 
5«íílÍGayplO'quQ,tenuflPl^e. i Aqp^l prp^cH)^? pproík^frespitHiffi 
di<i ,qu6:se jüubia; io^prpinetido para <íitQMya jji^fif^j«i\ presieooMUi 
de las damas de la corte , y el rey, que conocía todo el:;fal(m 
dd»a(tofJRntepftJa^í«qcedJó4:8ií3^8Wy.-.: ij.l , . .'.. 
, in<^Alm^a^ mgsin, pf licu*(^ 8a< icorriar, - ff^tmi cf sii rieeofAe 
GQmbatja0:)oiM^Qrsaitio^ con^itnpaf 3ÍArp«fttaf<yum tñtoiif 



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o^dseiidodii giKirm estaba bo]t>64do^á^ lá pveilMi dé' la' tiMlM 
para indicar tan sd)d que so'aioo oó reCM^diádotauíléde^nin- 
gnna emp'HMÍi;'y que eataba* diapoostd i «oq^r toída^flásrde 
dkaftes)t^ MbÉrg^,: 9ttcod(á algmiaSTiBceB <]f«« réséotrfaiieii- 
tos particulares, aprovechando esta ocasioB, ^ desüzHban (^ 
mo amigos en la liza , y en ella, desctfbHidtídoíé de repente» 
provocaban un combate real en vez de un combate, siniotado, 
l^a. cnyo\ere(f;to'bab{k siebpré >en la t>0ada profisidn >'de ar« 
mas afiladas, y un caballo cubierto d0 ai^eírtfi ' : t 

Madama Valentina, aunque partihtpafea del dntüsiáámaca- 
ta11dpesb0''dé&(]tteltk'épo<^a', la tenia muy inqn^letaéi dudoso 
resultado de la Jórnddar la súplica det consejó le hdbiá pare^ 
cido mliy 'arralada i jusficia/ y m cofazon'temia lo que otros 
habían pensado. Bstáha auolérgida en un úar dé reflexiones 
parecidas á las que acabamos de esponer, cnattdo'^e'le dijo 
que lá>j<^refn qoéhiiMti n^andado ibtrscariá antevíspera, es* 
pépabk Ét)»Ia áñtíBCámam. Madama Yalentitiádfd algunos l[ia'4 
sflsiMíjia la pberta; y Otímtá entró. = ^ = ' 

'í* una patídéz^ftiortal cubriá s^u hermosa (jttra. •' * 

r-í<?aé tenei^ lé pregunté la dtíqoesa al ^veria tan destiÉM^ 
jorada; ¿d. qué debo la felicidad do veros? • ' 

— flábeíá sido tan ^tterosá ■ obnmi^ó , i^espondió édetta, 
que no he querido^ encerrarme en ón conVeotó sin déspédínno 

' -T¿T^mai& efvelo? díjormadéoía Vatentína éñtei-necidá. ' 
- -iiTtídkvfanó, porque ttil paídí'é me ha hectíopVométérquéf 
no.prdouniMariaí dínguift voto^áiiebtras qüetSl'Vív«l; p)9i!ci beiló^ 
raiáo tantü y táüto-sobre súi peóho -, tíe ^ufAtcado tadfó-y tanto 
¿«iSús'pié^/québe ba perñiiti^o retiátf me ^clá^déj^etisMii 



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sAmeloonveiiíQ 4e la Trbyáad^ dd que Q9^Qpe^iorftlllH^ti8U« 

^ Xa duquesa toagftiTó lamanodiGÍdada: : : .! :.\¿.i 

;l,-^ilgo mas ímm que oeaí^8ftrir.e, ¿00,05 w^dii?/ v < 

-Qued^a eo lo3^ oje» de la jOvea uaa esoéslira eíptmm^éb 

trJulezaydeteBaor, . . . - , : • :í • ,; 

.•^Slt quería bpiblaroe de.., . . .« ; . ¡i 

. r-iY de quiófl queréis que x)s itoWe siíio de él? ¿por quidiii 
queréis que teniaeiQp por ¿él? . . 
•^¿Quépodeia teaieff?: : .. ,;.' 

) --^-PendoBadiQe /;i os hablo & vos, qaadama YaleotUim ÚA 
Bobj^duque de Turena; pero si algim peligro.,; . : : ; 

> ^^¿Qué peligro? esclamó madaina Yaleatiua. Ssplieaos.' 
M-^ldqquespsIíieae hoylajuMüU'^fl^^M^ftd? . ; 1 . : 
■■rr-Sí; ¿yquéZ; . • • -.-^ 

\.. 7-;-¿Y qué?;.. Ayer fuej^oo á oasia.de mi padre tres hpmbia9a 
y^jie dijeron qxiele»..9a8«&a9e ei.cfitallo deguerra: mas laerta 
y de mas resistencia que tuvie9e.de veutai Mi padre les prególa 
tó si le querían para la ¿qsta de hoy, y ;ooate$tainQta afirmati- 
uspeate, añadiendo que un eaballerq ^Uranjero quar^ pe« 
lear. : 

. H-.¿l.uegoJbabrá imajiüsta deguerra? f^íqó mip^die^ 
.r<^t,aaogri6nta, respo^dieroaspuriéadose. .. .» 

Bajaron en seguida á la cuadra, y yo los seguí tembla<¥lo{» 
eligierpu. el caballp de mas poder » y le.probaron una testera 
4^ batalla. Odetta aoUez^ ¿C<)p{)|r^eia, s^ Detídse- 

]p uinaque; decidle que se ateuta contra j9U,vi4ai decádle que 
^.deifleudjEt con toda $a destreta. Cay6 ^ rodillas^ Que se dar? 
fienda j^orvos^ que spjs tan hermosa y :qoe le amáis tmtah 



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¡jS^ {tecf^ípIjK 9pi9P;09 |a,dfgo , piiasta de rodillas ; con las 
papQS j«id,a^'« iieeids^ .cfunose lo diría si fuese yp madama. 
Yaleotina. . , 

. ,~Giw¡as,|fracias,.bya^ia¡a. , 

— Diréis á sas escaderps que le elijan la armadura mas fuer- 
te <mandp l^^á ^bos^QS í ítaÜa traería alguna de Milán ^ 
qoc aegnn diqeoi, ^wn.las mejores del mundo ; decidle que se 
sijj^te bien el casco ; en fin., si vieseis » lo que es imposible^ 
porque el dnqne da Tqrana es el mas hermoso^ el mas valien- 
te y ^ mas. diestro, caballero del reino, ¿qué digo?... ¡A^bl sí: 
si vieseis qqe %iuease« porque su adversario podria emplear 
algún maleflc^ contra él, suplicad al rey : el rey estará, allí, 
jno es verdad? suplicadle que mande cesar la justa; tiene de- 
recho para hacerlo^ ^se. lo pregunté & mi padre. El combate 
cesai$uando los jueceq del campo ari*ojan su bastón entre Jos 
Qombatient^s. Suplicádselo.^ seüora, y cese, ya que al. menos 
desgraciadani^te no pudo impedirse; y yo^ mientras tanto..:. 
Se detuvo. 

, — ^¿Q^ié haréis? dijo con frialdad l^i duquesa. 

— ^Me encerraré en la iglesia del convento; ahora que. mi 
vida está consagrada á, Dios, debo rogar por todos los hom-^ 
bres,y:.en particular p^r mi soberano, sus hermanos é hijos. 
Rogaré por jéi, y diré á.,l)ÍQS que reciba mi vida, que para 
x^ü me sirve,. ^ cambip de la suya; y Úios me oirá^ y tal 
vez me co,nced(;rá la gracia que le pido. Rogad vos también; 
m duda oirá el Señor vuestra voz antes que la mia. Adiós», 
adiós, señora. 

. Odetta ^e ^evautó, besó por última vez la mano de la du- 
qnesa^ y se precipitó fqera de la habitación. . . i 



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Madama Yal6útina;pa¿óÍQibéáfktáih^iltiP^'fr l^"^ ÁW^kñ^ 
áo,' quién Imcia yk más d^ itoá^hoW'ííáe'eiíkba^éá^^ 
armándose de punta en blanco. '^ •' '• * 

En aquel momento fueron' & -decíala ^ííil la^réítia a¿nar- 
flabá para ir al Caiíipo dé' Santa Catalina;' ' '•' " ^ " ^ 'i-- 
' ' La jiistá se habiá'preparádo* en él mísníó "smo 'en' ^tié -^ 
veríflcó la Üel día anterior.' Deníti*ó''der"¿círdb y'dé^iajB^M bali^ 
eon del rey se había leváiiladó íatfóndá'dél'düqüáde Turéná',' 
que comunicaba con una 'gran piézá de^iíikdí(fá,'éh la lc[ii'é¡és^ 
taban los' escuderos y los caballbs," eslóáí 'úllinios'eiái' 'rtüftiléit? 
de caatro/ tres para las Jüsíáís á&pkí j mo pitk la de güer- 
fá/ Al lado izquierda de & uéndk éstábáef ■'escudó 'de'gáérrá' 
del duque, sin otro blasón ni divisa que un baátbh 'ábüdádá 
con estas palabrSis: besáffó'á'tódoel tnunéó: At laido dertchór 
estaba el escudo de paz, en cuyo cehti'ó sé véíám' 'trés'flótéí 
de lis dé oro en campó ázal/ ¿|né' eran las artóás de los hijos 
de FránciaJ Enfrenté y á la'óstrfemitládidé la 'li¿a hábiá aña 
puerta por la que debían entrar los caballeros. 

Luego que él rey,' la reina, la^ákinás- y ¿ábalfertó de la 
corte lomaron asie'nto^', uií heraldo presidido de dbs clarines 
leyó en alta voz los 'carteles de Jésaftó''qtié ya 6ónócéíi''nues- 
tros lectores. Los jueces del campo^leí áhádieróii tinacláuéiifó 
íelátiVa kl modo de juátár, á saber: qué tod() tíab^ltóró 8 escu- 
dero que' tocase el éácéidó Üepaz, se 'comprometía 'á ño cor-« 
íéír mas qiie dos lanzas. En cuírita á íósr qñeiodasén él escu- 
dó de guerra, quedaban' á áü eleccíoi 'laá''áriáá^, següñ era 
costumbre. ' ' ' ' '' 

Hecha esta proclamkbioá regresó el heraldo ' 'á la tienda . 
Los dos jueces deldampo; ijüe^'éraáüíiverib de Clifesbny el dú- 



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qHQKlQ Stoboo^ se cólpcaroa á lo$.<!los la4o^.d?^P^lfiW[He y los 
cl^ríaes dieron la sen^l del qombs^tQ. (I^danif Yalei^tiqa es- 
taba pÜUft 0omo la iQQerte. Hubo uo : B^oo^oto. de. silencio, 
basta que otro,iQÍaría repitió, desde fytv¡^ ^ iQísoia sonata» 
Las puertas del'fondo se abrieron y, apareció u^oabaliero; y 
60010 llevaba, la visera levantada^ {^udierpu todos reconocer en 
(I al joven J^ueioauti al verlO; respiró la; duquesa. 
. • , lios caballeros saludaban con la.m^o y Is^ daoaas agita- 
ban sus. pañuelos, porque el paladín que había entrado era de 
los mas valientes y mejores justadores de la época. 

Boucicaut se inclinó para dar gracias á los espectadores 
por el recibimiento que le habían hecho; marchó luego en dir- 
reccion al balcón de la reina, y la saludó bajando *la pqnta de 
su lanza hasta el suelo; calóse despi;ies la visera cpn I^ mano 
izquierda, tocó con el asta de su arma el escudo de paz del 
duque de Turena, y sacando su caballo & ^galope fué: i colo- 
carse al estremo opuesto do la liza. 

Al momento se presentó el duque armado, preparado el 
escudo y la lanza enristre. Traía una armadura milanesa de 
finlsiz^o acero incrustada de oro, los caparazones del caballo 
eraii de terciopelo bermejo, y todas las piezas que de oridina-* 
rio son de hierro, como bocado y estribos^ erai^ ^e pura piar 
ta;, agrégi;iese á esto que la coraza ¡le caía tan bien y estaba 
tan lartisticamente trabajads^, qqe i^prestaba á todos los ^Or 
vimL9ntos con, la mjoznsf flexibilidad quef ihubiese sido ,un peU 
da cotudo malla ó deparo. ; r . . • 

Los aplausos con que fué recibido el duque, igualaron 

Gusmdo menos al murmullo con que fué saludado el cajballero 

Boucicaut, porque.no podia jiedírse ni iqas gracia ai mas sol- 

6 



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82 . liÁBBL Í>B ÁAMOtAi 

tura en los salados quíe biío al presentarse; y ÍÜé -ttif tel enva^ 
srasmo que produjo eñ la Goncarrencia, que la alg^íara no 
cesó basta el momento en que se caló la visera. Retmataó eii^ 
tonces el sonido-del eíarin: los dos adversarios ponen las laii« 
zas enristre y los jueces del campo gritan: <iPartíd.») i i 

Ambos salieron al campo' el uno contra él otro, y ambos 
rompieron sus lanzas: los caballas, no podiendo resistir tan 
fuerte choque, clavaron sus ancas en el suelo, y temblando 
aun, volvieron á levantarse, sin ^acer perder & súsginetes ¿i 
un solo estribo: volvieron caras inmediatanieúter y Cada uiso 
tomó nuevas lanzas de las que sus eicuderós les tenían pre- 
paradas. •' ' : 

No bien se habían repuesto para esta segunda carref^, 
cuando los clarines' dieron la señal, y con mas rapidez qué en 
la primera, se lanzaron los combatientes; pero los dos yairiároini 
esta vez la dirección de su lanza: ambos se áleahzai'on en la' 
celada, haciendo perder el casco á in contrarío^ y sin qüi3 se^ 
mejante encuentro detuviese su carrera pasaron de' largo; ma> 
volviéndose después se saludaron cortesmente. Imposible par-»' 
i'ecia que hubiesen combatido con una igualdad tan perfecta'; 
así que generalmente se opinó,! que este combafó honraba 
igualmente á ambos. ' < i 

Los dos caballeros dejaron al cuidado de sus escadék^os^C 
recoger los cascos, y salieron con ía cabeza descubierta, el o^ 
ballero Boucicatit por la misma puerta que 'había entrado, y 
el conde de Turena volvió á la tienda de dbndé habia sa-* 

iido. '' ' -'...-. .i 

Un lisonjero murmullo ácompa&6 ¿ este hasta él^^abétfon, 
porque estaba tan hermoso con sus largos cabellos rubios, sos 



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(ijo9<éáiidK]o8*o0malO9(]0 uftDi&i) y- M sottfosada: tez «orno 
ladéoaat donceHa, (fue p«r6oí& al ai^Anget San Miguel. • 

La reina se inclkié toda fuera del barandado para seguirte 
coD sos miradas hasta perd^riode vista; y madatmyalejQtiQa, 
redo^dakido lé ifue babiadieho Odelta y atorada om un fatí- 
dica ]^hmemfai»eAló,>iniM ala reita. ' •/ 
j - rascarrides^ qdé'faéroo «tguncu oortoe io^taatee., aimnh 
QMU^OD 4iue eliluqae estaba ya pronto para otro nttQvodombcH 
te. Bfocho tato pasó sin* qué recibieeer^ ^mttestaoiob aqueHos* 
bélicos sonidos; yya empózabaa los concurfentes á pregón» 
tarse si tan magnificas justas se redooiriañ ftlo visto por Mta 
de combatientes, cuando se oyó un clarila^ ^üe á jangar jior 
loqw tóoábici, pareoia'eeferanjero: al matante se ai»rim*(^n las 
puntas, y entró utü^oaballero e^ Ja oslada talada y escudo 
en brazoi. >.'.■• ./. • .•'.. -!■ -. ... 

Madama Valentina sé estremeció al ver aquel deseonooídQ 
adversario, porque el vago y eontfnuo' temor que le eaosaban 
^uimllas jóstas, se aumentaba a medida que el desconocido 
se íbaacercando al pab&llon:^ ai llegar este debajo^ del balcón 
real paró el caballo, dio en tierra con el' regatón' de la lanza^ 
y sujetándola con latodiHa 3e alzó h celada, presentando al 
püblioo el p&lido y^altanerorostro de unjóven hermoso qoie 
parecia contar apenas veinticinco años: la mayor pártele los 
asistentes nb conodan A este nuevo campepn. 

T-*Dios gnarde á nuestrb primo Lancaster, éonde de Der- 

vy» dijo él rey al reeénoeer en el joven al primo de Aicando 

de Inglaterra: debe estar persuadido de q^ae será siempre el 

biei^ venido á nuestra o<^tQ, aun cpando no jexístíeseálas tre- 

-gnas qoé nuestro' querido hermano de ultramar, cuya vida 



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QQQserv^Dioa/DQuobos .ft&03, .aeaba^de c0aced6r&o9«'E}l emba^ 
jador .(^u» teoeíaíios ,GQr£ia..()9 9» persoüta. im> aovaciiiüi ayer 
YtMtra práxima liega(ia/y..e9:'V^rf)t\dq^e! puede, ^tsegi^nirse 
quedes ud laeá^oro de felices n^eyas. ¡^ .. /; . . . . ... 

- [ -^ MoQseaor., 'dijo elxonde < de.Dervy .iopIiQi|iidios« ,4^! *W6n 
vo, habiendo llegado basta. jB)iiestraiaIa.Aa fiuaa dételas, raaroh 
vBkaas justas y eii4)res&s que debea llevarse & caboea vuestra 
Górtev be querido atfavesar.la<faar,.á pesar de;^ teagoi raay . 
i^bonra ^$er iAglés» paraiveoir ¿romper una lama en^bor» 
aor de Jas. damas francesas, y recibiré graa poiercedeQ/.qQ0 
Btt)á6eAor<eLdnqU6 de Tuneaa teógaáí biea olvidar., que '.solo 
somos primos del rey* • : >m . >' - ' : • 

^ . Elisoikde de Dervyipronttoció estas ülüoias, <palabi*a9 ¡coa 
una amargura taa'úróaiQe:, qoe probaba qm an aquella épooa 
babia entrado ya en sus cálculos saltar la distancia que le se^ 
piarabadel trona^ Después de saladar parla última vez al rey 
jtáLJsabel se <^lí6.de nuevo la eelada^y fué á pegar ^ñü 
mango de la iaasa*eA el escudodeipiaz, del duque de rTureoa^ 
'.Volvieron, entonces, al rostro de madama Yalentioa losicolores 
jqueel miedo babia desterrado^ porque su corazón se .estrem^r 
dó con' la presenoíadeUnglés, pues tewa ique el odio de la 
ioglaterra A la FraoKsia fuese latmica eausa á^ la^ venida del 
conde. • ■ ■ •■ ■ > r. ■ ••■j 

Antes de empezar la justa se* saludáis los .dos adv^^sa* 
ríos con toda la eortesia digna d^ 'tan ilustres pereoaajós : los 
. clarines dieron la áeñai^ y puestas las- lanzas, enristre se pre- 
íGipítarondimo sobredi otro. ; 
' : > ! Ambos ao encontraron^' y. las puntas do laa lanzáis tropeaa* 
^ ron en los escudos; mas Jiabiéndose cruaiMlo.loa caballos tu* 



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^efroQ qué Soltar I^ lanea», que-isáyenda mi la arem. Lo9 e^ 
eudéi^doi dti(|ú»ede Tnrena y del oofide de Dervy corrieron 
A recógelas y ft presentárselas á sos sé&ores; pero ambos U- 
derotráloQifÉifio tíeitípo igfaaUefial, y el escudero inglés ofre- 
ció al duque de Turena ta ia&»a delde Deryy,al profrio tiein*- 
po que; el escudero franoés iba á presentar á Dorvy la lanza 
del' dnqtie de Turena. Esta aocíon fué aplaudida* en estremo y 
«toctanada de> eomon acuerdo oabalieroia en alto gfrado. ^ •. 

Los dos' caballeros cranu*on denuevo la arsnapara volver 
i ocupar eas puestos; y airialirandodas lanías stt precipítaroo 
^ segunda ves- A lacarrera.^ 

Bn^esteencdentrd «ecundaron mejor loe briosos caballos 
la destreza dé stfs ginetesvi>eírque(teiiganm tan derechamente 
"k su adversario, que todos temieron so estitellasetí el uno con- 
tra el otro. EsVa vez , como la primera*, recibieron. loimbos la 
punt,a de la lanza en el centro de la annadum * y* ohoearon 
con tal ftiensa , q«fé las dos tanzas* saltaron en mil pedazos, 
(Redando Msdio ona astiHa en lais manos do los combatíeutéi. 

T^viérónde á saludar «mbos: el daqwe derToreq^ entPóen 
-m tienda y elcondO' de Dervy saüó delá li^; esparábaie á la 
puerta un paje del rey con oi enoargo de^supUcavle en nDiJobre 
de isu amoy quo viniese á tomar 'asieoloqLl.lada de la reinan El 
conde aceptó este honor, y pocos instantes después s& presen- 
't& arriíado' de punta en btanooycaalhaiBía combatido, pet*o sin 
'dcasoo; ^jne^uñ poje <K3n 8U^ librea traut «tetras do >él. Apopas 
áe faabia «entlado el «eonde ,; las trómpelas llamafrá p(v téroé- 
% vez. • ' -•■'."..'.' . '..: J-'^,u '!• ! •' ' , . 

La contestaoion no se hizO'^^iw^ ^ Siiéidad&taniproh- 
fíüv'íiuo podía iiábéi«QlaiC0it(ü4dido koa el eea¿ el iilislfun^ 



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^oqndrespoodk} /arajiun largo clark^es^ der guonra^:.()6 iqpfB 

. $e< servían en lo mas t^oío de laa .poleas para amjsdra^tar.ail 

a0OiBígc^a>oaq ierrJlQ^le^Btrueado. T)9(Qk> el ipiUHÍ9^;.efl¿r&- 

aneció, y madama Valeojtina se^saotiguó tod^ fii^ra de sl,^ :e^r 

4Hamando.:<{SaotaDios^> compadeceos de mil . ,;> 

Toda^iaairmradafi se. elavarK^a ^eatofices ea las puertas, 

.qoe. ábFÍeren.|>^^ i un cübaltero. anmadaftxm.Jos.aroeee^.pror 

píos defjBUii justa:deí.guerra; ee decir, deilaftza &.iodtt. prueba 

íyJárgaiespada, que padid manejarse >aiieraaiivameat4 con 

imti ó eot dos^ioaDbSyifyi&nabaiüba de.armae. Ttaia sa ^^s^ 

cudo en el brazo, y en el blasoade^auB ajrti^^paraseonle^ 

'Alas del doqui3 de Turena;» que según liemos dÍQbo <X)a.sístian 

' 6B>anba8toti lleno de nudos con esta leyenda: DesafíQ-étoáo 

d mundo f traia el idesecaocidio un <$epí|io de carpintero dostÁ- 

i nado! á 'baoerf dosaparecerilos ; nud<^! del, bastea con -eata .qpp- 

ilestadon: FpiO'ld^;^. ■ . ... ,; . . :, 

, ^ Les éapcotadttrea,,]QanJa eoriosidadqueinatQfafaiae^le.di»- 

.bianisscitar semejaúiesoircunstanciad^ üjaron su ateoeioa ea 

ttquei oabaliero; pereí ¡nadib pado eoneiOer qi^én era; p^es traia 

échadái la celada y njiügún blasón beráidico l»rillaba jsn su e^ 

cúdo; .únieaBttóítp pob la.coroaa de conde de ero ¡poro que 

.idaróaba scT casco, podia deducárse su alta íQuc^ ó aure^pet^,- 



■iy< EqtiHÜ ea la anenía haeíendoí'maaiobran;& ap cabaH^ <^(i 
aquella liabiiídad lteiia:de^.g>rtteiai ..pnopja deitotdo pabaUero 
-iiabituadp álaaaAnaa. Al.p«3ar'por ideb^io del .baIfso^ real 
inclinó su frente hasta tocar con las crines de su ceroeU ¡^ 
dirigió ieamcdi^idel nnuirprofunáeí síleodo» que nadie^si? atre- 
•Yíft * tari3a^miMn; con la mpim^^a » &k tíieada deldapa 



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ÍH9KU NS MBIBHÁ.: S7 

deTurena, y tooó con seguro |[olpe el escudo de guerra del 
. noble mantenedor con la hoja de su lanza. Aquella señal de 
BQQerte retombó en todos los Ángulos del palenque; pálida 
como la muerte se quedó la reina , y madama Yal^ntina d¡ó 
no |dyl; que partia el corazón. 

Un escudero del de Turena salió ^ la puerta de la tienda, 
y después de haber examinado cuáles eran las armaa orensivas 
y defensivas del caballero, saludándole cortesmeate le dijo: .. 
:.— Seréis servida, monseñor» 

Yeaiseguidadesapareoió. • ; | 

EU:cabaIfóro se colocó en el estremo opuesto del palenqoe^t 
mientras que el conde se preparaba al combate. Apenas « bar 
brkiúpUíado diez ^minutos, cuando salió esteúltinpio de sv tien- 
da cch^ la misma armadura que lo liabia ser?ido todo el cüa,, 
pero cabalgando otro cabaUo vigoroso y descansado; llevaba,. 
como su adversario, una fuerte lanza con afinado acero , y 
pepidia de su tostado larga espada y del arzón de la silla una 
hacha de armas: todas estas armas eran iguales á la cora¡;a, 
maravillosamente ricft) y con mil labores .damasquinas deoro 
y plata. • , 

El duque de Turena biso una señal con la mano para in^ 
idioar que estaba ya dispuesto: los clarines, hicieron retumbar 
el circo con su sonido: los adversarios^ enristraron fuertemen-^ 
le sus lanzas apoyándolas debajo del brazo, ahincando los es- 
puelas en los ijares de los caballos se precipitaron á toda bri- 
<toi el unosobreel otro, hasta encontrarse en. medio del pa- 
len<)ue; tan. ardientementci habían salido' al encuentro cada 
B&o de eUo3 á su oentrario« 
. Ambos sostuvieron el choque vitjorosamente y de buena 



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Té, porqné la lama d^ caballero desconocido atravesó laci* 
mera del eásoó del duque, y arrancándoselo de la cabeza > lo 
lanzó a die2 pasos de distancia detrás del cabaBo: la do T)i^ 
rena, atravesando el broquel de su advensarío, fué & dar ooflh 
tra la coraza, y resbalándose por debajo del espaldar^ lé'hírí* 
ligeramente en el brazo izquierdo, con ciiyo choque se rompió 
á un pié de distancia de la hoja, quedándose la astilla clava-*< 
da én el broquel. • • í 

— Señor duque, dijo el caballeo, os suplico me concedáis 
la merced de poneros otro casco, mientras que yo me arran- 
co esla astilla del broquel, que aunque no me 'hieren* me es- 
torba:- ' ■ ' '''■■•':' ■ ' " '■/ • ' '"• Ji 

--^Tantas gracias, querido primo Nevera, reapondíó^el du- 
que, porque el odio profundo é inteligente que ambos s^pro** 
fesaban mutuamente, f;e lo había tiecho conocer^ Muchas gra-; 
tías: podéis tomaros lodo «1 tiempo necesario para que os^vdo^ 
den y riestañen el brazo, pero yo continuaré el combatetaí 
cuál estoy. - ' 

— Hágase como ídeds ; pero me parece qué tan bien puede 
continuarse un combate con él hierro de una lanza en el esqut 
do c(mio con I& cabeza desnuda; no necesito, pQes\ mas tiem- 
po para trabarlo Üe n'^evo que el inclispenfablé para arrojáF 
esta lanía y desenvaínaf esta espada, i . «v . - - u .• i> 

Y acompañando ^us^ palabras con las obr^s, se halló era ^ 
acefo- en la manó. > . . ,. : v : ^ : . h',{ 

Él duque de Turenav siguiendo su ejemplo, soltóte; rienda 
para cubrirse bu oab^a desarmada oob el escudo. £lcoii4eril¿ 
Nevers por su parte abandonó el brazo izqoierdi» , del que fio 
podía servirse; porque la astilla de la lanza había magvfllado 



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ískmi m BABififtA* 69 

la arai&t(lüra:*Lo§BsM(l6ro3 que S6 liabian áoercacb paraaei^ 
vira sus anios seiretirafon al verios oontinuar 8» eom^ 
bate. ^ . . , 

Este, en efecto, habíase trabado con nuevo vigor: d:4H»H 
dé de'Neviers sé cuidaba muy poco de ?a desventaja que le 
causaba (a impoisíbilidad de servirse de su braso izquierdo; 
asi es,' qtíe coüBando en el temple de -^ armadura se presenta-^ 
ba cubierto tan sólo por elta A los golpes-de su adversario, y 
redoblaba sin r^spitar los golpes con que martillaba el esoudb 
protector déla cabeza desarmada, retumbando sus mandobles 
cual si descargase un martillo sobre un yunque. 

El duque de T«réna, más notable por su eilegancia y desh 
treza que por sus foenas-, na estaba ocioso^ puestevoloteando 
en torno del duque buscaba oon la punta de sá espada d de»- 
fecto de la armadura desu adversario. Ni el menor raído ee 
oia en aquel rdüinto,' donde tan solo retumbaba el 'estrépito 
que prodücia el choque del hierro con el Irierro ; parecia que 
todos teftiíaol s¿ltaí* )a resph»ítcion y que toda la vida de aquellu 
inmóvil túí'ba haMa pasado á los ojod ooueentrándode en sus 
iiíiráda's.-' ' "*' r - '• '•• ••• '« .• '-• ' 

Iguoráfldose ám quién era el adversario del duque de Tah 
rena, todéts las's(mpátf»s y todos los^ deseos se dirigían en fáh 
vor de este; sü cabetá/á-kt qiie laí sombra' drt escudo da^ 
una tinta oscura, hubiese «ervido'de^miódialo & un artistá'pala 
pintar áiAti;áb^6tfn Miguel: el earáaier tan indolentedésü 
fisonomía tfábiá'def»pait)cído ; stis e(}os vomifabaH llaínas,'etís 
cabellos flotaban como una aureola, y sus labios, separhdeb 
por unaeoMfaecíoii éeirtid^,d^baa verbos btaacae y es- 
imltadar ffib'de^entes; de maneraRjue & cada golpequedeé- 



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cargaba sin deseaDso la' fiesajda.'espacla de 8u.,s|dversario^ ua 
estreuiecíníiienlo recorría aquella asambl^ ^ cual si ipdos los 
padres hubiesen temido por sus hijos y todas las mujeres ppr 
sos amaotes^ , ..• ...;.- * . — .• '. ' . * • >f 

; DesmoroQ&base en efeoto ppoo & ppop : el escudo protector;, 
pada golpe arraücaba m pedazo d^. aoero^ oua) i^i;hi^ies6 sida 
deixoadera^ y iiK) tardt'^idQ. abollarse ipojr-el peqtr^o,, ppr lo qae 
el.duque aoqpefló d^niirLea.eil braza los. golpes i^e-bas^aeu:^ 
tóDoes babia rmbido:el escudojipor .últimOi ^^ nuevo golpe 
KK)i'riéodo$e por todo el hrazo^ vipa 4. Is^r^irte li^Qrw0nte en 
lafrenle. -V- .7 .r. ■:.'.. .;:•,. ,•• oí, ... ._,,..'; ; , ^ 

• Viendo, i^ajoaces. el di^»e.4ft.Tiiíreaa(qBe^ ^e^QuAoipuli- 
dadoera uf^a defensa inútil y que. su espadar no :era bastai)ite 
•I«lertepara i)eaetr4r.por la ^rraad^urj^d^ su,.a(lver$^rio,hizo 
dar.ínnb^te. C|Q retirada á su caballo^ y aF,F(áan(ifl; leJQs de sí 
oon lamano i:9quierda:su escudo y con Ic^^erecha ^u espacia, 
QPgi6: con ambas la pesada bacha suspendida e^iiel arzón, y 
irevolviéodose, sobre el oondet^ antes, que fste.Jiui^iia podido 
ni auO'Sospecbar su intencionóle descargójtqadesGoa^unalha^ 
chazo, que rompiéndose los lazos del casco, quedó desoubierr 
4eel'reiStro del conde deNeve^: alTeconqperlo^ todp.el mun- 
do prorUBdpió en un grito deíadanraciopí Y &puntQ quedan- 
i(terez&ndose ol conde de Neveos sjobre los estrf)M)s qe diappnia 
;A.vplver gplpe por golpe, eayerop^en me^io de^co/n^atien- 
rteB4oat>a$toniea.de4oá.dQs juec!e9:.dal ^m^ y se^oy^ |^: ypz 
literte del r^y sobresaliendo spbre^todaa: u(J3a«ta„ señores, 

«' . La cansa de aquella s^spensiop fti^.el flesmayArse madama 
.Valentina al ver correr la $aagre ^obre.el.irostrQ^^Q su esposo, 



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fías iostBociáA drluroioftj ^9 p<Llida y ;jtoQ»)>laado bablano 

a^^eraflo del braz« dal foy, 4ioiéfl(4oto; .. . f 

f •^Haeed qoe cesen /.defiorliEn nombre^ ^ql cielo^ titead 
qoeoettoi • • • ;■.;*. ; .- , • ' ; .,¡ .- •. ^ • 

Apesar dol ^poavtüteiDie&lo qqe Qoitaabm 4. los qomba-» 
tientes, cesaron el combate al momento mismo. El cond^jd^ 
Nevers dejó colgar su espada de la cadena: el dnque de Ture- 
na volvió á colgar en el arxon su hacha de armas. Los escu- 
deros se acercaron á sos amos: los unos restañaron la sangre 
que corría por la frente del duque de Turena, los otros ar- 
rancaron al conde do Nevers la astilla de la lanza, cuya pun- 
ta había llegado hasta el hombro. 

C!oncluid¿ que fué esta doble operación, se saludaron ambos 
con una fría cortesanía, cerno dos personas que acabasen de 
jugar un juegp ordinario. £1 conde de Nevers salió del palen- 
que y el duque de Torena se dirígió i su tienda para tomar 
otro casco. Levantándose entonces el rey dijo en alta voz: 

— Señores, es nuestra volonlad que reciban aquí término y 
fin estas justas. • 

En su consecuencia el duque de Torena, en vez de conti- 
nuar volvió hacia el balcón real para recibir el brazalete, pre* 
mió reservado al mantenedor, pero al llegar debajo do él le 
dijo Isabel con la mayor amabilidad: 

— Subid, monseñor, porque hemos determinado, para dar 
mas valor & nuestro regalo, el ponéroslo por nuestra propia 
mano en vuestro brazo. 

El duque saltó eon la mayor agilidad de su oaballo. Un 
instante después estaba recibiendo á los pies de la reina el 
brazalete que le habia sido prometido en la carrera de la en- 



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wMOBü m^nxmk^^ 



tradá; y mientrais 4}i!fe por. una^rte madama Vnlentíaa o^a 
gabala frente de sa limrkkyparaedtH^iorafseide queilaibéri^ 
B([> era profunda, y íqiie por <)tpa estaba d rey rinvidijido A 
comer al conde de Bervy, la mano del diique se enconftró toa 
la dé madama Isabélt fué recibido ^idadotei prinkeniáTi^riLdúl- 
tero; " '•' •• • ^ ' = '• .v « • •■ • í* .- . •: 







:'' ■>' 1.': ...> 10;. • .! ..; ^--i • :•■ 1'.-; ; 



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IAA«ML/K HAOIBHAm 



'J.i ítfi vil»'''' i'i^ 







CAPITULO V. 



■ 7 M|^*€l#»» 



(juAÑDo hubieron terminack/ aquellas fiestas y justas^ pensó el 
rey en el gobierno y adminístradon del £stada:'eQ el esUraa- 
jero se gozaba de uüa ^az octaviana.; y la Fniaoia podía doTr 
mir traD(|uila en medio de suis aKados. Al Fomente estaba él 
diKjne YisGonti, á (]tiien ligaba oon las oasas dé las florea de 
üs eícftdamientd de madama Yáleíntina coneldiiqiiedé'Tur^ 
na: al Mediodía el rey de Aragbn,* einpareatado conoide Fiian- 
ciá: al Ocddeáte^ el duque de Bretafta,. vasallo revoltoso, pero 
É0<5óntrárfo de^lárátdo, y al ííorte la laglatenra/mortal y éb- 
eamizada ehemiga de 4á Francia; pero como sbntiae)! Isü eeoo 



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94 M^MC/OE^ttABIfiM./ 

todos los gérmenéis de una guerra civil, opnoedid como un fa- 
vor á su rival una tregua de tres arios, cuando ella 'hubiera 
podido solicitarla para sá como una gracia. UniGameAta las^' 
provincias interiores reclainf^)an en aquella época la solicitud 
del rey, y la reclamaban con instancia. Arruinadas sucesiva- 
mente por las administraciones de los duques de Anjou y de 
Berry, el Langüedoc y la Gayenne tendian sus descamadas 
manos hacia su joven soberano. Messire Juan Lemercier y Gui- 
llermo de La Riviére, que eran del consejo del rey, le exhorta- ' 
ban haeia mueho tiempo iy^qe jf«esa' ji 'visitar las provincias 
ejanas de su reino, decidióse al fin, y so señaló el dia de San 
Miguel para emprender el viaje. Trazóse el itinerario para Di- 
jon y Avihon, y por consiguiente el duque de Borgoña y el 
Papa Clemente recibieron aviso del próximo paso del rey. ' 

El dia señalado salió-fárlos de JRaris acompañado del du- 
que de Turena, de sire do Coucy y de otros muchos caballeros; 
en Chatillon sire Seine habló al duque de Borbon y al conde 
do Nevers, que le sallan al encuentro para rendirle homena« 
je. En Dijon le recibió la duquesa de Borgoña rodeada de las 
idaknasque^ibad agsradabWi&S. A^» y eran madi^n^a di^SuU^, 
-madama de iÍ8V6r&,;niaQaíma. de! ^ergy, y Qtra^'0)uchas (lQr£^ 
-ai»6rtays>€pl^]o8 talosíde.las ifamiliaa.^^^ jK^bljoa deli^raneú^. 
^Las'fiestas<d«eardnláie^.dÍ8É;,,al: cabo ^Am Qaale&ao de$[4dif& 
':éi ray >derjik 4ia, después ida. haber cuinpli|ai^ta4Q. T tq&^o 

-Uegd ft.AviñoQ.i(»sá aLmiaQi0tíe0Q|K).qiie.su,sf)br¿QO. . iü^ 
(í : 1 ¿OeoDoeis: Ai)tQlm,.te}(íudadl^ota^ triste; jf#j^^^^ ea^^I 
-dia como un .guanm^)! [vebQidp^ y qt^e^ inwtúitttamwta s^ ,mii^ 
«D €)l Aódano buseando M[ ^ fsmVbh\hnl¡^níQnQ^:W?^, la 



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l^Áb^L ^ 1)E tlABIEBX; 98 

eSrié deCMii^eáte TU. tlóf gt-an máAsti*^ de te dráea de Malta 
acababa de rbdear su talle con iiü ointuroA ^e murallas; 
Jaan XXII, Benedicto XII, Clemente YI y Urbano V la habían 
dotado t^a sa t^tadio pontificar y San Benezed ictostf puente 
.milagroso.' "■' " *"■■•■■••• {»'.-. '-i '■'•'•■ ■.•■.•*; 

■ Allf di6 grátiaí •&' áü5 ÜoS los daqaes de Berry ;y de Bor- 
goñápor Ja bbána cótnpaniáquéí'le habían hecho, y lesdijoí 
que regresasen^ €fl vnó^ & Díjon y el otro á Piarfs^i&ientr^ que 
él continuaba su viaje d Tolosa, acompañado de los duques» ídd 
Turenák y de Borbett. ' 

^ Los dos" ti09 del rey' conocieran entonces cuál- era la ver* 
dádértt causa de aquel ^^je, y que su sobrino al emprendertd 
no se llevaba otfo objeto qué el de hacer una pesquisa aceN 
ca del gobierno arbltfaiñó ifat9 habia ai^ruinado el Langüed^; 
Dejaban cm él ¿ méáíirí) áeLa Ri viere y Lemeroier, Montaig* 
ne y Lebéíjuc dé'VillaÍTie, hombres íntegros y rígidos, S quie^ 
nes GOD^id^aba el duque de Berry como á enemigos persona-^ 
les, y (juéen* realidad lo eran tan sfolo do sñs arbilrariedadesí 
Los dos duques dtilieron de Yitlanueva sumamente tristes. 

— ¿Qué opinaiáf de eso, hermano? dijo el duque de Berry al 
de Borgoñahiego que estuvieron én el campo. 

— Opino, respondió este, que nuestro sobrino e» joven y 
que le sucederá aígfuha desgracia por dar oidos & consejeros 
sin esperienoia; perd ahora es preciso ,que nos resignemos'. 
Llegará dia en que los que le conducen adonde v& se arr©¿- 
pentirán de hab^flo hedhoj y* al rey le sucederá otro tanto. 
Por lo qúó- hace á noíotro», retirémonos' á muestras tierras^ y 
mienfrad péhnañezoamos unidos nadie nos ofenderá, porque 
después del rey nonios los mas poderosos de ía Francia. 



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jj /ll 4iasfgoieiite pas6^ Carlos por; ^ifpfs,,'. y. ^ia det^Qei:s# 
ea la ads^lígua oMad noiQi^jíiai fué ^dormir. á^JUiasI.. AI otro 
dia Ootuió ea MoiopalleF, diíüde empeizó i oír. i«6 g9qíi4os j 
ld9 quejas» y le' dijeron quecuaata B^^aioüiernase^.Uatomas 
arruinado encontraría el país, y que sus dos tíos Iqs duques 
de AnjCiU y d^ Berry» qu& suaQsiyaiii^nte. I^radxqini^tirajrai;, le 
balúan' dejada tan pobreí, que los .mas ríqos.yjqa^ poderosos 
apenas teAWa con. que- hacer pqdar, $uc^. yinas. y <8^rar sua 

— Mucho lastimará vuestro corazón, señor, jlp deciaa,. ver 
4 vuestros hijos despojados de lo suyo, pagando cinco ó seis 
tallas a( ano, y agobiados siempre coa ua apeyoimi^^aa- 
t^s de haber fVBitisfecbo al anterior; r porque vuesti*os dos tíos 
ban. recaudado arbitrariamente mas de ,30, 000,, libras entre .el 
Ródano y el Gironda. £1 duqve de. Ai\íoa vejaba tan solo .4ios 
rms y á los poderosos; pera el duque de P^rry, q^e ie suce* 
dio, no perdociaba ni ¿ rico ni ú. pobre^ Anadí?m que todas 
las etaaeÁQnes se habían heobo por ;$u tesprero, ,que era de 
la dudad de Bessíeres, y .que se. llamaba jBelisaOr T que ese 
BeiisaPi espigando donde $u amo segara, no dejaba; siquiera 
al pueblo lo que el labrador deja á los pájaros;, la. espiga qu^ 
eae del carro de la recoleocioa'^ 

El rey respondió que si J)ÍQ^ le ayudaba, poúdria Qoto á 
.tambóos desórdenes, que no tendría consideraciQne^.co9 sus 
-tioSi y que mandaría íormar causa & sus con^ejerosíy agentes. 
.En medio de aquel concierto de mj^dic|oi».es ent^ó el rey 
en la ciudad de Bessieres, donde ,$e bailad J^tidaQAf^Q/cargp 
'qqe s^ guardase el mas profundpt secreto acerca de., lag iq^^gas 
que le hal)iaD| dirigido, y dedicó. á los • festejos los tres óQualJCO 



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ISABIL MS BABNIIU* d7 

prfanéras.días de 91} llegada» ndeotrasque seicretaoieate habia 

CttDúsittDados qae haciaa una pesquisa. Al cuarto día le mani- 

fiostaroQ estos que ari9tiaa coati-a el tesorero de, su tio tales 

eargos, . que 00 podiau perdooarse» pprque arrastraban la pena 

capital. 

'"' El GOAsejo del rey se reunió; mandaron prender en su casa 

&iBet»aG Y lo oondiQ^Mron & pr^enoia de sus jueces. 

Entonces le enseñaron encima de la mesa un lio de pape- 
les que probaban sus exacciones, y le dijeron: 

— Betisac,, mirad y responded. ¿Qué tenéis que decir contra 
estas cédulas? . . 

Un escribano sis las. fué enseñando una por una» y para 
todas teisia contestación: las que testaban firmadas por él, Ia9 
reconocía, pero añadía que habi^ obrado según las órdenes 
que tenia del duque de Berry, y que por consiguiente se ínter* 
rogas8*4 su amo, y negaba las otras, diciendo: 

-*-*Eáta es la primera noticia que de ellas tengo; podrán sa<« 
tisfacer TUisstras preguntas los senescales de Beaucaire y de 
Carcassonne, ó sí no. el canciller, de Berry . 

' Los jaeces estaban perplejos, y i^ientras aguardaban mie- 
yas pru^^s le mandaron & la c&rcel. Luego que quedó len- 
cerrado pasaron á sa casa, 30 apoderaron de todos sus pa- 
peles y los examinaron muy detenidamente. En ellos se encon- 
tni qiie se babian impuesto tales contribuciones y recaudado 
tale^f sumas. en lassen^calias y señoríos del rey, que.ios que 
oiañ' leen dudaban de los que leían. Llamósele otra vez^ y dijo 
que aquellas ou^ntas estaban exactas, y que se habito jrecau- 
dado las sumas en efectivo^ pero que sojo. hablan pasado por 
sus manos', yqueolpirabaa en poder del duque de Berry; ana*- 

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§S K^AVW DIE BABISEAri 

dio' que eb ém cá^a tetiialod tíboiKo»' de todas' las éaolidadofli 
qiie le había entregado, y désignií^é^t'sltio eá tfi^e^sé halliaha»^ 
níaftáóíos ül buscar él trlbiinál, comparólos con tos' caobos, j( 
encontró que eslában éiacloS; 'Ascendía el' tplal A tres mi** 
Uones. ^ ^ j , /> 

'^ Los jueces se quedaron parados al ver taíoana? ^uebás de 
la codicia del duque de Berry, y pregmláron á; Betfeító qué 
h&biá bectíó su amo de tan crecidas cantidades/ • 

— No puedo deóirlo á punto fijo,, contestó: creo que grají 
parte lá habrá invertido en^ los castillos:, palacios,lierías y pe- 
drería que ha comprado á los condes de Boloña ydé Etam-*. 
pes;' sus casas ya sabéis que están ^^spléíididaiaente montadas, 
y además ha enriquecido á 9us criados Thibaut y Morínol. 
' — T á vos, Betisao, ¿os habrán tocado cien mil francos en 
ese saqueo? le preguntó-^sire de Le' Riviéíev . 

— Messire, respondió Betisae, él duipte de Berry había re^ 
cfbido poderes del rey, y yo los tenia del daque 'de Berry; y 
de heóho estoy autorizado por el rey, porque lo' estoy por latí 
gobernador. De aqúi se deduce qWd todas las oontribucioaes 
que he impuesto son legítimas; y si algo me ha correspondido 
dé ellas, lo áeho al duque de Berry, pues monseñor quieps 
que sus criados sean ricos; y miiíque^a és^ buena y justa^ 
puesto que á él se la debo. . 

—Eso es disparatar, contestó messiré Juan Lemercíer; no 
hay riqueza buena ni justa siendo teal adquirida. Volved al 
balabozo mientras examiníimos lo qtíe habéis dicho. Referiré** 
ífibs al í^ey vuestra defensa y sel hará loque óldefórmiiie^ * i>.' 

-i^lDios le aconseje! dijo Betisao; . : . <j. i . < ;. 

' ' Saludó- & sus jueces y le condujeron 4 la cárcel. •^: • • - 

r 



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,1 i.jCuando séiespaorc^ó por-eV faisl» nfirtíbía. áé- que 'Betisan 
eadafea^ preso^. por borden del rey y.gtiet iba á ^r juígado,, todq 
kuigeate de :Ids campos icircuavecjnos áoudió^áila ciudad: M 
infelices á quienes había deaqpojádo^^trabaBfá viva.fiierzahia^ 
ta ebpaladto del rey para pedir jastiday y ouando^alisíeé ar- 
sodillaba9^delante do él y le presentaban súplicas y quejas .Los 
luios, eran híjps á quienes había dejado huérfanos *. los otro) 
etfan omiQt^á quienes habían <iéjado viudas; y los ojtros, eo 
fin, eran jóvenes á quiene^s babia heché^ madres; -donde faltaba 
laipersuasipn^ se. babia empleado la fo^raa^. Aqoel bomibiie lo 
habia agotado todo, tesoros, venas y bonor.- El rey veiakitíé 
la sanare del pueblo grilla, y geitiia pidiendo venganza del 
prevaricador», ¡y mandé qué el conseja fallase contra éU -'■■ > 

En el momento en que los jueces se hallaban reunidos -en^ 
tfaroádoscaballáros: eraasiredeNantonilIet y sire deJIes* 
I»Qt^ que «n. nombre del.du«[»e d$ fiérry confesaron cuaiito 
Betisac habia hecho, y pidieron al rey y á su nonscgo que les 
e&tregasenaqnel hombre y qué proGedié$etí en la pesquisa 
eí»}tia;el duque, .si les parecía justo. j- 

El consejo^ ^e . encontró entonoes en muy .critica iposioió&u 
ELdüjjoeídeBerry podia recobparalgun día el ascendiente qoq 
con el rey había perdido, y todos temiaa disgastarle. .; J 
..^ Por otra parte eran tan patentes y tan visiWea los. crine- 
nesiyopFesioii da Betisac, queise ofeqdierá & Dios'si se le de* 
jara salir intacta de lacároel. Se propuso ique se embargaras^ 
7v«i)di0ran sos b^nes y. muebles j, y que su prodocté se dis«. 
trftuyéra élpiJéhVy: de este modo se encohtraria pobrey deÉH» 
nudo' como lé había recogidp el dñquq deB8r;ry;pe#o<6lreypi» 
quería que se administrase justicia á medias , y dijo que.tót» 



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400 . ISABEL DE BABIBRití 

restttatíon soló pódria coá^ootar á' los i[ue labia arroiü&do, 
pero que las familias eú las que habia sembrado muerte ydas** 
búnniy ünicameate podriaa quedar satisfechas vióndole terná^ 
sar süs dias en ua saplicip iafame. 

Mientras esto pstsaba se preseató un anciano delfetnte del 
consejo, y enterado délo que se tratab^i» dijo.al rey y & los 
jueces que baria confesar á Betísac un crimen personal, del 
que no podría responder el duque db Berry. Preguotárosle 
qué se requeria para ello. . íi - ^ 

•^Que se me eacierreen el > mismo calahdzo ea que/seiíaliá 
Betisac, respondió. 

i . Y no quiso dar más esplioaciono^ , diciendo que Ip. demáaí 
corría por su oueata,.y que respondía del resnitaido de sq^iem* 
presa. •■.■.:':..'• 

Hízose lo que deseaba/ se le condujo púbbciámíente í la o&n4 
cel: el carcelero le recibió y le eacerró en el ^abozodond^ 
estaba el preso. ; I 

El aoeiano fingió estar ^olo , estendió los bratos hacia dftf» 
lante como un hombre que no Vé bieuy y cuando lle^ó álapan 
redase sentó apoyándose contra ella, juntó 1^ piernas alcüer- 
po.y colocó los.Godos encima de sus rodillas, sujetándola' ca- 
beza entre sus manos. 

Betisac, cuyos ojo^ estaban acostumbrados á la oscuridad, 
observaba al nuevo hu&ped con la cnric^ídad de un (lombrar 
(fie se encuentra en semejante 'situación, é hizo un movimieo^' 
topara llamar su atención; pero el anciano pennaneció iqioó- 
▼il y como sumergido en un profundo delirio. Todo entcmoés 
el partido de dirigirle iá palabra, y le preguntó si venia de lar 
'dalle. •..• ' '¡ ■ • •.••"■"." 



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iSABBL ra babiera; : ÍM 

El ansiana levantó los ojos y divisó eá 4ití rtdcon tí :fntts(Bf 
lütarrogaba: estaba de rodillas en ademao de orar. (A.qiiel 
bofldú^e se atrevía á ongrl El anciano se estremeció al verse 
tan cerca del qae habia pn»neiido perder. Bétísao repitió sk> 
pregunta. 
. —Sí, respondió el anciano con voz bronca. ' 

-^¿T de qué se ocupan en la ciudad? pregontó afectando' . 
indiferencia. 
— ,De un tal Betisao, replicó el anciano. 
— ¿Y qué dicen de él? coútinuó timidainente el que tanto 
interés tenia en la pregunta que barcia. 
r-IHcen. . . que le aborcar&n . < * 
<— I Virgen Santísimal esclamó Betísac poniéndose de pié. 
El anciano dejó caer otra vez la cabeza entre sus manos, j 
el siieácio del, calabozo solo fué turbado por la respiración 
oprimida del que acababa de 5aber aquella terrible noticia. 

Permaneció un momento inmóvil, pero le* flaquearon Ine* 
go las piernas ; sé apoyó contra la pared y se enjugó la fren- 
te. Al cabo de un rato de abatimiento continuó con voz roncá 
y sin cambiar.de actitud: 
—¿Y no le queda ninguna esperanza? 
P iiaciano guardó silencio y permaneció inmóvil , como 
aiisa^a hubiese oido. ''' 

— Os pregunto si le queda alguna esperanza ^ 'dijo Bólisao' 
ytíndo háqia él y sacudiéndole el bfi^so C6n frenesí. 
. -rr-Sf^ ra^ondiói tranquilamente el anciano ; le queda una, ' 
y es que la cuerda puede romperse. '"' ' ''^' ^S 

: «^}Diosffiiol';iDk^ini<4ésotfiimó Betisáe i^étóroiéndose las 
nanos: ¿quién me dará un consejo? ' '-' "' 



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¿4)pa4ue.^oi$ vQs,f9e. hombre quema' puebío' esüdro maUioeil 
¿^0 »$ ik^ad^iA^i soa is^uy pesabas las lólüniaaltolras de^aeM 
mojante vida? « .• í 

— lOhl dijo B(4tÍ33C V icpte . se apoidereñ 'Sé "Cuanto rtoogOi 
]m/9bles, .di^ero^ e^sastliqUelüsiarrojea á ese poebloqiíe gri- 
ta, y que me dejen la vida, aun cuando deba pasarla eit'BMtt 
calabozo con esposas y. grillos y áa solver 'á te(r laluslqpero 
lavida^la vídal^iObl jqiwero.viviri ' 

JEl infeliz se arrastraba pof^el-suelo. como Un furioso: el Mrr\ 
ciano le miraba sonriéndose, y.Gilando<Ia vib jadeaoAe kidijo: 

-r ¿y si alguien os diese to menlio db salir dé taa ctüjbI «si- 
tuaeioh? . •■•••..: ..-.;. ••: 

1 Betisacimiraba al andado como si hubiera qtteridbleéreh^ 
el fondo de su corazob ¿ ' .['.'jo 

-MT-¿Quó decís? '•- ■- '• í 

. ,>«r*¿Que os oompad^soo, y que'si seguís mi consejo (^ téi-^ 
(Íf4 muQba cuenta, .. , ^ /i 

— ¡Oh! hablad: soy rico... todos mífebieacs... - •» 7 
El anciano se echd á reir. - !- r 

( --^sp'Pfí,.€l9peras rescatar tu vjda coa 'lo que t6'lá)iacd|)er- 
der, ¿no es verdad? ¿Luego crees estar en. paz oon'Diol^.yreoir 
lo? hoiflbr^a?! . , . I .. :■ ' • . :,.;..., 

— [No, no! soy nuiy culpable, to sé, y ma átrépistitó (Iv 

mia.ffaU^i.... :PerQ.>jne. Itobeis dicho que había im^n^edkh.. 

¿cuál es? .• :••• ' 1 : = : •■:?.,; .-' • ''.- y. 'n*\^ ^. 7 

^,T-Si. {neei^ci^trase ea^vuc^tro lu^air -, inro'qdiem ^iti^l oid 

lo ^que haría. \ '■ . - *. '*?;•; : . n?, 



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Y BetiffiLC d^vwftb» kopalahma ái medida que saUan itoJia 
boca del anciano. Este continuó: i ;. 

— Cuando comparedeie'otra vez detaatoitdel eons^ja def rey 
ségttk-iíafcíttegaiMtoi..' o .( . _ 

* -^em diTKuqucí arrepentido á^ oCro> crimen: quería . ^nfo^ 
sarié-para sahiarai alaa$iltría flpie>|»r4B])aeio ^e muchos 
años pequé contra la fé, y que era mágico y herege^ - . ; 

-^Esoes fálso^iotenraiBpió'Sétiaao ;ráoy baen crístíaoo, y 
oreo^n leefas y en la'^^rgeni^Sanifsiliia*. f^ * • . 

El anciano prosiguió como si no le bnbiera ipterrum-r 
pídov- "'■.' •: • ■ •••'.•• ■••.•••.-•. :,--. 

--•Diria, pu66y que- soytmágieo:y herege^ y queme maeta-f 
nía eamíiopinion. Ei obispo deSessiereaoie reclamaría; ^r- 
qtte mi ^ebto|)erteBeoeria entoaces 4' la justipia edeeiftetica^ 
y me enviaría al Papa de Aviñon ; y como N-. S. Padre. Cle-^ 
mente es< Intimo amigo del duque de Berry..* 
'' -^Compr^ndo, dijo Beiisac.intiÉRraapiéndole. Si^, sí, núes-- 
tío s^rde Perry no^ perBtttívá que me oasiigoen. i Abl 30ia 
mí salvador. ■ '-^ : ' .' » .: 

' Y quiso arrojarse es los braaos idel anciano ; pero eale le 

r AtyriAse en aigoél mooientQJa puerta; iban'á buscar d,B^ 
tisac para 'tooiduoiple delante del. aoQs«jow 

. Croyáquehábia llegado :Ia htíraide ^recurrir á. ia.«^tucia 
que le habia sido sujerida, y colocando una rodilla eo; tierrUbt 
jUá^ permiso pánababtar: foéie .fiOnoedida la patebra^ 
-. ^^Se&oresi dijo,' temoMber ofendida grandemente i¡j)iq9^ 
no por haber arrebatado jA diaepo del puebla i pert^e todo» 



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Í04 WJÜUBL DE BABmUk» 

saben qiie obré por ónlea de mí amo , sino por no creor en 
la fé de Cristo. 

Ii09 jueces se miraron sorprendidos. 

— Si, señores, continuó Betisac , ye no puedo creer OH: )a 
'existencia de la Trinidad , ni que el Hijo de Dios se baya, bu- 
miUado basta el punto de bajar del cielo para eocarnanse ea 
ua mujer; y pieaio que cuando micuerpo muera morirá tam- 
bién mi alma. 

Resonó en toda la asaniblea tm marmullo de sorpresa; y 
sire Lernercier, á pesar de ser su mas encarnizado enemifo, 
se levantó y le dijo: ■ 

— Betisac, reflexionad ló que habéis dicho, porque vuealradi 
palabras ofenden d nuestra madre la Iglesia y piden fuego. 

*;-Yo no sé, respondió Betisac, si piden fuego óaipsa; p6n> 
ro esta es mi opinión desde que tengo uso de razón, y lo será 
hasta que le pierda. ' . . ,; . ' 

Los jueces se santiguaron , y temiendo condenarse ai le 
oían por mas tiempo , mandaron que se lo condujera otra vez 
á la Cárcel. Al entrar en ella buscó al anctano; para referirte 
lo que babia sucedido; pero este ya no estaba. 

Lo qoe pasó en el alma de aquel hombre, solo Dios lo su- 
po; pero al dia siguiente hubiera podido negar que JteoM el 
mismo sugeto de la víspera. SushcM^as se habían: cojiérüdo en 
anos, y en una noche babiaoíenoaaeeMo suecdteUoe. • ./ .: 
Cuando supo el rey Ja declaracioii dé Betisac, se ^rpVen* 
díóeMraordináriamente» • .; . ' »/, : . - ' • ,|m 

— CreíamoB-quetólóerB! ladrón^ y «s también <faérego( peát 
sábáifaos i]ue solo merecía la caerfdai, y reiclaipa además jaho- 
gttéra. Bien;, será qoepaday aboreado. 3 ..^ 1 : ai 



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. Proafoise m¡ffi en la (^tíáfA 1» revdadoQ que Beiisae 
labia heiriiQ, 7 el pueMo maoífeataba su i^legrlaeoa deseom-* 
pasados gritos, porque aqnel hombre era geueralmeDle odian 
do y detestado; pero ft.imdio soi^readió taoto aquellas noti- 
cias Gomo & los dos caballeros qoe se bailaban en Bessieres 
para reelamarle en nombre del duque de Berry : conocieroB 
que se halua perdido, y pensaron que babia becbo aquella de- 
ctauracion por oonsego de' un enemigo; pero foeaede quien fi]e<- 
se el consejo, la declaración. estaba hecha , el rey babia pro^ 
nunciado su s^nleiuüa y! no quedaba rtm que una esperan.xai. 
la de hacerle negar al dia siguiente lo que babia (ticho la vís- 
pera. 

Fueron inmediatamente á la cárcel aoi que se bajlaba coa, 
objeto de verle y deindiearle un medio, de defenderse; pero ^\ 
caroeloro les dyo qne tanto & él como á cuatro alguaciles que 
para el efecto bajbian sido enviados, se les babia manflaflp^ da, 
¿rden del rey, y bajo pena de la vida, que nodeja^ea bablar, 
& nadie con Betisao« Los caballeros se miraron con pesadum* 
bre, fueron & su casa, montaron a caballo yi.mareharon. &.dar 
cuenta de su «omisión, al duquedeBeity.. ... 

Al dia sigttkmle'.á eso de las .die& de la maftana ^ sacrón 
á Betisac de Ia^> cárcel, y cuando vi6 quj» le condudao, no de* 
lante del consejo del ney, sino al palacio del obispo , se ^nímó 
algún tentó. Allí éñcontni reunidqaá' le^ jueces civiles y eple- 
siásticos, lo que lo.probá quenediabaaeontesiacioRes éntre- 
la: justicia temporal y la ju^^laaospirituaK: Bl baile d^ BefiBie- 
readyo ctntoncesai tribunal ede^ástieo;, > .. ^ ., i: : ^^ : ;» 
? '^^eBores, osjentcegamoSiá.Betísao.como harege y enemir^: 
géide nltestca ié;.8i su>crlmeft hubieie sidoimbíjii^o A laiju^tih 



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106 watÉü'üiLmkmmíkJ 

téoeo6porsa herejía) á ta jésUblá'ecMsiiBUcát "^anéd deél^M 
que sus óbl^á» exigeíi:- ■ •'• *''?'^ ^'[ . '"•-' ^V '^^I'^^^í-í 

■ Betisac créy^ que Sft había Salvado^- '•'■ : •• ' ^ - í «»» 
<'^*' BIjtíez'eiclesíástíoé le pregtmtd^eritotioek^'ei^ taiip^^ 
dor GoiDo se décia; y 'viendo él '^aief it( asunto tíófflabk «I ffra 
qtíe se lé.habik indicado V>9édpoiidió ^ife síV'Si» 4|i2!(»i)rón*ar^m 
ptt^bld y Sé mand^ á BetisQc que repititoa i$a^ediQfeBioti>(t^iií^ 
tede él; hízdo' pontees vfeoe¿v y t^^^wKsesfa «cogió 'd puebla 
€tín el rugido^^e'tl& el leod cuá!i)fdo'di6vm;sütpré8ai :- ntj¿í 
' Después^ hizo una $eftá y BetísaC'fbé^entcegadó'^&'ids^kyt*^ 
dados, que le sacaron del tribunal. El pueblo bajóá sualreÉ»! 
dbr y detrás de éUas ¿radas dé pabtcio, «bvbltiéiiaotey áj)re- 
tándóié como si teteíeira que fee'le éseafbse.'' ( •: ^ .^vío 

' : Befjísae ereiá que lé UevabáJi ftiefa^ide 4|; duilad para <xm^ 
dtícit^lé'á Aviñon. Ai jpié'de la escaleta enoóaíiró^at'adoiaBo; 
(fée estaba séutado en uíbI trascaétoft: ^u^QsbDpaift re^pirtini 
alegría, alegi'fa -que Beiisacf interpretó áí suifáVcír ;. bÍEoIe una. 
áítóa con la oabeza. . ;,. .;... .^ 

— Si, si, salió bien/ dljé^elaaeíeáoi,' ¿no «s^Te]?dadr / < 

Se ecbó ft reir /ke^eolooó luego de pié eocinia del tras- 

cááton, y '<ionii0aftdo&' todo a<jael'ge9tió, gritó:: ' j: " j> 

^' ^^Betísac,)&o olVides qiie jne debe^eltdoíis^-^^ie téguiauí 

'•' ' Bajóse en segtíida y toiaó , aonteirapidez'qtoie pennttí&^ 

su edad, unaéaUe Irasvérsat que ooiidiioífi'á piiacio. >. 

' Betísac seidi^igiábiciáiitllLpordfi^iatleM&yop, rodeaijlel 

del pueblo, que de cuattdd rá^oiiftnaa atrdjáb^ ono<dB c^^k 

Ihis grandes aterido» que yi e¿nbeeiiioa:iulsotros«por;baUefi«a 

ddo^ mochas Vóoés. fit cutpáblé no véconodiaén «imilos^gri^ 



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•OT 

W9n]^qw^Ía.«f)mIon de It'0Ólérát4ap«ebk>i>i|whi«ki «§4 
capar su'ípf^pf *Mia&mlhBbft dv^aaeteidqaseiaUiíritaii^lfán 
quilamente de las marallas de Bessiti^ CQafldoialühf^áHá la 
pk%a áé páiaoto^to o^ó unrgrti6 qoe faéil*ep«(Mo por fá-mu* 
cteá&ttbre.. El oÜrtqo'^ abAd f«r0oipit^^ hAifia;4l«»|itro:^ 
porque hacia aquel dentro estaba colocada una hoguera, fdd 
eili^ fialia uiía'H6f0a'ésl6&&li6adolid^a^la iá^^ 
carnado brazo, de*ei])foi «dtreniD péoidia'^aaaPoadeDa y miá, a^^ 
giDÜá'dííWfeiro. ■ ■ •" '" "'"'' ,^i'-i^' '•" •' 'f;' i-'- • ■'•.- 

Betisac se encontró solo en medio de ^mi coatro gmrdiasv 

porque todos se- h¿bi&!| hpresurádO'áiapoderirBVi^lm^si- 

tk) alrededor del cadalso. «Vyt " « o i!- '1 

^ Eatóqees sé piFeseoló Ia.trerdadrde8iittda«4ita vtetaídélaqael 

hombre; tenia la forma de la muerte. ' '' ^ •"; 

' -^(Abl daqde áe'Bari^y '» 'esolaúuíba/ ¡soy pordídol isdtor^ 

]<édixie!-'|soGon)edmét ■ .s • : ' • < í.jm' ; .;.,•: , i- •, : , j,- :,;ir» 

^ ¥ el poSeblo respondía- oon grídós de ^naldicioH' donlárá tít 

áúquíb dé Berry'y bontr& su téso>rero. Betisao no queriaavab^ 

zHi^; ylo&i seidadoi Je' agáiirároa y le b)oiar(^'9iivelar I; ta^ftier**» 

za;' luchaba f gritaba quei&ó «l*a libread i que et^iaieii CríMor 

bíM^a hombre' retí la 'Santfeiiaia -Yfí^eá Marta. ' Joraba po^ 

Dios que era verdad lo que decia, pedia perdón >al'pifebtd ¿7* 

tmaifarcagafla genieri^réofooába 8Q «bptica. 'Pe(tkiii«K)M*ib al 

dir^é^'de^Berrf^'y^o^'gHlo^ t^tMrál^ tmueratresposdiañ á^wn 

¡¿vObaoioii. " . •••' .' ' I •' "•'• •'••♦ ''«••• rÁ »^' \ .-' /.• .;' --.n ; ;« 

'' :6t)tdiGlSa*oale por fl&')áiflí soMAchis al pié <de la boguehí^ Mul 
jetAnddeíá'tiitd'de' l()á'^podto^(Iitfe^^ la'batWa qotñ^tx^ 

rodeaba y Jjnla qüíe^iesUiba áp^yado^ aáotin». > . r. . > ¡íi 

' ^áiUt iiii&ldí&>>¿eáaí; eeelAiÁé tBbtteao'^sd^^diUiw itínmn 



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tos 

has eóDdoeidq táitatq sHlol^Sriftoi^ifteiorai^ éQyJwM^niO; 699 
Biateado >infi!jla^eBÍpáfiador<]soo^ IsoooiTüdHnel ^ » 

^ n~Fehtmtítoút\f,A\tMSf]f d$Q^ y no^ olTidas dQlci$ ta^ 

taalmav • ■• » ;• :.•••..• ■ ... -mv. ,..•;•. -';:•• 

t^Sf> señores, digo Betisac^ que da este inodo e^per^ s^n 
Bar Üecopo; si, anusaceiidoto, im sacerdote. . 

— ¿y para qué le necesitas, dijo el anciano «osl tu; alma* ba: 
de.iúorir.poatocimpo? ; 

-triQue OMi^al tquemueral grita el poeUo. r ,; 

El verdugo se acercó. ^ >•■.■ -.-r ' i ^ ri 

/ <^Bétis»»3^ estaba escrito' qoe morieses > le^ dqo; qoien ^al 
anda, mal acaba. í; / . [j 

: Betiisac permapecia^ jd^QóYíl» con los .Ojos d^seacbjfiídos 7 
erizados los cabellos. El verdugo le aganfói de- la. mai^o y ¿1.' 
addqóiUevár.comovun nifii6.!jPttaoda Uc$rf»^n á la, hoguera 
laJevaoló ea brasos, y sgs criad0s.>^abríendo^ argolla se la. 
colocaroa al <Hi4lkb BetisaO gqedt!^ €ol(^; pero: tta abogado;, 
y) et ajUoiaiKii se pr^ipit<i sobre 1« antorcha de ri^i^aque ardía:: 
en eliborjftillo. y prendió Itoqgo 4 laholfUÉira; el v^rdugo^^ y «usi; 
criadtí$íiie|apartaron> ; .^ . ^ < 

;; .La»ltoiiR$>'yQlvjfirAn.}ft fmer^ta^áafoUiiqnerJbeia Jiderií^ 
iw. Síaídiur. im «rito y siiii pd»; pcffdi^n aj^rf^. k^ Jasi4ciíi> 
manos la cadena de la que estaba suspendido , y silbieiidi^/&i 
fiierz^.de:puiios.ft to U^rgp de 9m ^e^pQes» ((aguó wxm el 
orueero ,de'ilft.*Qncán;yi# ««ar«^ opc^ sqsr^wanp^yrcw »$m ro^ : 
dillas, alejándose;4ilr,i» bogtiera<(}lp'iitt8 pwfble!.r£iv aqiüBfti 
instimi|e>Q»i»tttfQi>fiifM;dj|l4il^^ ^&eip^?jnifatrAf4}Qe 



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ISABKL DE BABIBRA. 109 

ardió la base de la hoguera ; pero las llamas no tardaron ea 
elevarse como un ser animado é inteligente , como una ser- 
piente que se endereza, y levantaron su cabeza hacia Betisac, 
arrojándole humo y chispa3: al cabo de un rato le lamían con 
sa flamígera lengua. El infeliz dio un grito al sentir aquella 
mortal caricia: sus vestidos habian sido abrasados. 

Siguióse un profundo silencio, para que nada se perdiese 
de aquella ultima lucha de la criatura y del elemento , de la 
Yida Y de la muerte : oyéronse los lastimeros gritos del uno y 
los alegres rugidos del otro. El hombre y el fuego , es decir, 
el paciente y el verdugo^ se^ enlazaban y apretaban fuertemen- 
te; pero al cabo de un rato el hombre se declaró vencido, 
sus debilitadas rodilllas abandonaron su apoyo, sus manos no 
pudieron apretar por mas tiempo la ardiente cadena , dio un 
grito de desesperación, y soltándose quedó otrave7. suspendi- 
do en medio de las llamas. Aquel ser informe, que había s'do 
una criatura humana, se agitó convulsivamente, y t peco ra- 
to quedó inmóvil. La sortija que estaba clavada en la horca 
se solió, porque la madera se había calcinado ya ; y como si 
hubiese sidQ arrastrado al infierno , cayó entonces el cadáver 
y desapareció en medio de la hoguera. 

Los espectadores fueron desaparecien^do en silencio , solo 
el anciano se quedó al pié del suplicio; todos se preguntaban 
si aquel anciano era Satanás que iba á reclamar un alma 
juzgada. 

Aquel anciano era un hombre, cuya hija violó Betisac. 



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CAPITULO VI. 



, » ! ■ ."■ ' . . ■ 



Aa^^^i!^ á^l 0^m^eft*0í^l^ 



Di nuestros lecteNri^s, jp^m^ieatrelazar mas f&oHmejdte con sus 
detallen . al oo0juúto: dj% ló$ aoooQíteoimiiBiitos q\\e \&9 referimos^ 
qttieraa segúirao» (ueettide^laft murallas «de' iBassíeres; diícoai^ 
miden en abaüddd^ar/laiSiripas Uaifwmdel Langüedoó ydeíla 
Provenza; la3.Qi)i(lad^ j^<ili3 que se. habla uadialeeto. bija dd 
Bioflpa y tie.Aiie»as;los eampo?^,de otívosy poc 1q3! que corran 
l4)$irio8 ntretdo^oside jtdelfesfjUs r^as^i^^^ & bañar 

cristalinas aguas, tibias todavía, del sol del Bosforo, desde^ 
ver4e ja prpfa|[uÍP:'<)í^ai)^i>atravesajidQ .^3 Uamirasi deslgua- 
Uis:^ laift*etapi^:y: Jt)p3quea 4^ eam^, sopolares, , los joonda-? 



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ciremps á algunas legu^jfe'ta aatlpia ^dad de Yannes, los 
^rodujDÍFemoS'6Q uno de aquMIos casUUos fü^ifiea9bs^j;:esi*^ 
djebcia prudente de aquellos poderoaos vasallos que esláq ^ij^-^ 
pre dispuestos á revolucionarse. Allí, entreabriendo la escul- 
pida puerta de una sala baja que sirve de comedor, veremos & 
dos hon)bres sentados á una mesa, que tienen en qedio de 
ellos una copa de plata cincelada llena de vino,, con la cual 
establece el uno frecueutea y admirables relaciones, mientras 
que el otro, sobrio, como si estuviese bajo un régimen higié- 
nico, cubre su vpso.coa la.rnaoo .aujLnt^s veces intenta su 
compañero aumentar el volumen del liquido virgen que se ele- 
va á la mitad de su copa, ya que^o pqede conseguir que la 
vacie. 

El que hemos indicado como menos partidario de la tem- 
perancia, es un hoiñbfede'tínctjentá áf'^efeta años, enveje- 
cido bajo el arnés de guerra, con el cual se halla casi ente- 
ramente revestido; su frente morena y colorada, en medio de 
la cual se dividen sus encanecidos cabellos, está arrugada, no 
tanto por la edad como por el peso eterno de su casco. En el 
intervalo de descanso quele deja la 0(it|)acion'¿ que le hemos 
yistoteñtregarse, apoya los oodos encima de la mesa, dedóatt-^ 
sa entonces su barba e& su9'fuerteis(rbamsd>sv y sa bóoa, ooulta^ 
debajo á^m espesó bis^te',-que pelHaba hdliviaiéiito eonM 
labio, inferior, se enoúentra á la attum da ia copa^ ea^Ja que! 
de cuando en cuando se sumérgen^Qd (]jós:<ooiño'para:se>2Ciíi< 
ea sa retirada al iíjoor qué desaparece á kis ^reiterados 'ate^ 
ques. ' ■ . '•, u ^ '• ■ . ■.'•'•.; '-í '■■.•\". :■ .^ ;. ■ . . ': 

El otro es un hermoso Jóvea^ está i^aitádo ^ ui^ gtrail 
eUloa ducal, en eáye resfiíaido afiofa^i^ct 'oáb^aai y* délo' abao^ 



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I9AML ' •& '. BABIUAi i i S 

dMa «({iiella^iiegiligeQte postora para estender, como hdnbei 
tillo ]|4,1a'tDaiU) sobnft SQ YasDesaado el gaerrero quiero 
aumentar el licor, que cada uno de ellos apreoia dedisttato 

—{Voto &!.... primo de Craon, dijo el anciano dejando por 
ja>^mera tea Ift copa enehna.de la mesa; es preciso confesar 
que á pesar de ser descendiente del rey Roberto, habéis to«> 
mado detin modo níaravittosanMBlO' filo3()fico la afreata que 
08 hizo el duque de Tureoa. 

^' -^lAhl señor de Bretaña, respondió Pedro de Graon-sin 
(»ttá>iar de postura, ¿qué queríais que hiciese contra ej her^ 
Mano del rey? ' . 

' ^¿Contra el hermano del rey? pase, aunque esto no faii4> 
Uera sido para mi ua inoonfeniente: el hermano del rey no 
l^smas que duque é liidal^ como yo; y si á mi qae hi<»er& Jo 
xfáB'k vos os'hiío;... perb yo nunca me espondrá) á ello: no 
hátrtesloS'iaad de él. A mí se me figura que ha sido otro, el 
que 1» t^^mado ésta intriga. 

M;'V^'I^iQbien4ó creo yo, respondió fiem&tíoamente /elcabá- 
Uéro: ' - •' .-...»... '» • \rt 

'* «^T ese hombreV continuó el dnqtae llenando de nuevo su 
vaso, quécondujo &médiooaminD4e 8iyJMioai;esobomt>fe¿.. 
las oferto como está compuesta esta i)d)ida, :^oe al pttrecer 
no os gusta, del mejor vino que se vendimia* eu' Díjon, de la 
mej^tf'teiiéL que se estrae de Narboqa 7 d6 las^iu-ómas^i^as fi- 
1fak<que se oogeaen la tierra ide Asia (el doqaei vaaiá el vaso), 
-es^'hoodsre nó'és otro quO' el infame Giissón^ ' i 

íuliisYdiConpiffietaíoottoIiiMLd^lá máia. '. " 

•—Soy de vuestra opinión, respondió oon Ja mlsisoa tn^qoi- 

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114 ISABBL BE:tABIBBA^d 

Udad Pedro de Qráoíi; que ftl parek^er se halíft propae^ .Mfi 
mentar ea frialdad áiMdida<]ue al dnc|oe de riBNtaftfi jmHr 
iri6Qtai)a--eQ*eólerfi. •, • ..- .»• • -.■.. ^m . " í ;• Hvi.>\r:\ 

— |Y habéis salido de París con esa convicción en el cocün 
zoq, sin intentar TBDgi'arqcIde^se hotnbrel* j ....';. ero /¡ — 
. ~*«Ti»ve inieodoa de liacérlo/pero n}€i coatuvouMl^Orí 

— ¿Guál? preguntó el docpie. reoost&mtose ¿üSu ireis^earm 
sillón. .-.i- ,: "{ .'•••,. i» ::i ,,. ; ' m 

-^iCnkU dijo Pedro apoyaado.á su Vez los >OQ4o^;ea la 

me^y iSa barba en las «anos,, ymirando ft)aiaiente:al.d4Q(i^; 

¿caál?yais á conocerla, monseñor. Me dije á mi mismo; ¡qm 

4ioA)bre goe aoabade insultarme á, mf , simpteicaballeiro^ pUra- 

>jó nn diá á un-dnque, A afi duque tan. poderoso ^yi taft jriet^ 

'^ue podía, hacer armas oontraon rey..:£ae( daqu^ haliiaidli^Q 

á cftstUlo deOavre^al famoso Juan>Ghandas;.y.o«anda'^W*T 

'oi6> & Clisson ésla donaicion, .que Yertamente MiMQ^.dfíüeclliil 

'para hacerla, Clisson le dijo: El diablo me ilére,! mOQatóa^» 

-si'kIganavezMes vecino mió im.ioglés. Aquella. ;i0íamAl4arde 

fué tomado el castillo de Gavre y arrasado al signiente.i4ifti 

YaBorecüepdo'&qüIén.hin^ el itondestahle 6$e insulto;- solo 

sé que fué'á un» duque. jA..wüe$tra,8lilad,jB(íB$e&)rlr[) ^ou.v 

Pedro de Graon tomé su xaso, .le> yactd. d9: im^] v&i fi» 

idejó enoipá de laimeeav/ > u í . ••:.;. :; .•: - >, a 

-'- "^Por el alma de miipadctU.v esdamé ^l *4fiqti0wf]^.^^ 

6b eso Itera iiiooiiiDdarme^ porque^no .ignora^ que ^.púM 

me hizo ese desacate; pem sabéis tambief^qQeacásjffmesrd^ 

pues se hallaba eLcatpabléfrisiiMieisQ eaesl^jm^moi. castillo 



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}., TTTY1A9I09M safio sa,noj.^j8^voi^,.^^ .; ,., .: ^.,, ,. . 

—Sí, pagándome iQQ>QQPJj|?i;;íi?,:^bQi^(^^ 
y e|ítr^AndoujQ.tres.castíllo3^ ., .. .^ ...:. .;..'- 

siif^i^,,á laque nq. SQ;atrevi¿ 4 ^^ontar el pj«Jl6ro3(|/ duque 
de Bretaña por temor de i^^^r^iir,. en.p^ adío .d^ su Si^^eraaq: 
^100,000 ultras, uDa ciudad» tres fortalezas!, bijiea m^dp de 
ywgimQ de ua hoi)3|bre (|ue pQ$ee 1 JQQj^pOO lib^q de pía- 
te, jHez oiud^d^s y veinte fdirta^zas. Hat^jeipps ,<^on frajQfqqeT 
za, primo mió: vos le teníais aquí desarmado,; encadeoado j 
6ü el mas lóbrego de vuestros calabozos; le odiabais de i][)uér- 
ie. y no os^ í^tTíevisteis 4, dár^eJ^. ... ; / • _ 

:. --7L0 ha]}¡íi.ma^nd^do íLBayalaja, y Bavalgín no lo bízQ. . .^ 
.,:.r-T0!br6í?omodebiaj monseñpri porque cuaodp. el rey, íe 
Iw&iera .reclamadp cpmo.ase$ixK).del condestable, ta| vez el 
que 1¡9. babí^ dado aquella dniea.ixo se l^ubiera atrevido á, inr 
imm en la qólera real; tal vez el serviclor fiel, que no t^abia 
(9Í<|o IDS19 qu^ 1& espada, fuera a^donado por el brazo ¡que 
Je dirigió;, y ouaqto jnejor templadpse3t& un acero^.tántp^mf^^ 
fáfál «3 que se romp». . / \ ., . j. 

/ .rr-PriDQK>, dijo el duqye poniéndose de pié, par^e qi:j)B ?os- 
pechaj^ di; mi ^pnpr; b^hia.,dado ,i Bavalajn mi jpjsJabra d^ 
protegerle^ y le hubiera protegido, aun cuandplue.ni contra 
el rey de Francia, contra el emperador de^^^mani^ ó G9ntra 
j^cPi%[|a de.R/pina. Solo m^ que<bt.un,pesax^.,co{itiauó sentán-- 
4ps6;Goq,aire sombfio y xeoobra^idptpdp sa odjQ^ y es que 
jRy^ain me.hayfLj4e80bBd^ido,;y .q^e lidie ^e.^haya.presen- 
rliiAo.itaica baof^r ta fl^f él no se.alreviiS )5, ejcjoatv.j , .^ 

-i j -rrY ^ alguieft s& prifseptape con .e^le^ o^bjeto^ ¿??fí^?^ ^ 



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fié isfAiiiü'tírsí ÉA^ÉkKJ 

gurOy después de term¡nac^(0 tlnégodíó, '¿e éú&aátkr'ea el 

áaqué de Srela^a aii aüilo y rin apoyó?* ' • i '^ 

1 — Un asilo taa seguro como k) es el santuario dé' u^' ^é^ 
síá, dijo' el duque don ir¿z sbhofá, oh kpóyóHan fuwte como 
putídé darle éété iSmó; y )6 ju^ó póKlá'tumbá'de ibis piAtéé: 
Vehga un hóirf!fre,éá boáá ofrecida. 
* — Y aceptáda/moriseftor/ssblamS Craón téVántáÜáóSé'y 
ai)rétándólek tóánd ceta una fuerza', de' lá qbé-'nó'leriíiAiérA 
creído éapai el duque; ¿ÍPor qué no lo 'díjlátéfisr ánteSf Sétía Já 
iegdció concluido.' ■" -í-i .,.i v 

El duque miró á: Cráón con 'sorpiré^: * -^ •» 'í'' 

— Es decir, prosiguió este cruzándose dé l)^íos> es* dMi* 
que habíais creído (Jué'aqudla injuria habia reájálallo-fenmi 
pecho cdmtí lá puotá'de ünálanza en el- acero deuna^éóraza. 
ÍNa,'iio1 se ha lijado en él y le despedaza, 'tíreíais en -miaí^ 
gtla ésférior y périsabáis qué' ñíogun cuidado mé' ocupaba; 
jibero muchas Teces nüre'baberá dicho; sin embargo, que éSt^An 
pálido, y está palidez provifebe del éáncéi* qué' mé !h>é» y^iitó 
ine tbéfrá ei coi'azon óon los dientes dé ese hdoibró, iiíieniras 
que ese hombre viva. Ahora recobrarélos colores déla 'áleí^ 
gtta y de la " salud? desde hoy 'entró en la convalecéücia, y 
iSénitro de algunos dias espero estar' curado rádicaltíieñtef, ' : 
"' — ¿Pbtó'cóiiiof ■ •■'■'-''.'■ ■' ■'' -•' •..•'.••:i 

^'•^•'Craotí'^éséíító.'' '" ' '■ '>' " ' ^•' '" " ' ••'*" • " '''■ i "• ''• 
'^ ^' — Éácticíiaa ,''taónsélk)h; I^d^qtie bó agiíardálba iniís ^tféí leííá 
pregtiht¿ pátóVti'vel¿t*tl3^fató ha^ fobre el part¡iéulai*:'t©li^ 
gó en t^árf^^ cérea déf cléifae¿ítet*ío dé l^n íuán'; íin irittgnilíb 
palaciu, haM^d'^láidetíte 'póf'tifi cboí&brére,'hohtt)reMae<ML 
mí cohBáW?^tíá6e fias fie *ti^s 'niBfiéi^ qtle W'eieríb^ 



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dése! irovisioQ.da víaos, haríoa, y came.salada; qufi oonu^ra- 
se arnia>^€0|as 4e maUa, maQqtdas.y cascos 4e ¡acero parfk 
egaipar & caanent^ hombres; y asios cuarenta kombres me 
<iM}arfu4 yo j^e reclytarips: Jos he elegido ya, y soacotppar 
fi^H>&-wipreqdedpr63|. qujS do temen ni á L\o$ ni al demonig^ 
y,i]ue bajarían* al infierno con tal que fuese yo ^ su cisbez^,. '. 
, *-T-pero os descubrirán^.dijo el duq^e» si entráis en Parfs 
con esa tropa. 

— Me guardaré biei. Hace dos meses qu^ & medida que 
los recIuU) los encamino á la capital en partidas ^de.tres ó 
cuatro; j les tengo dada orden de que una vez en el palacio, 
^ salgan de él, y al conserge le be mandado que no les esr 
pasee nada: ^on una especie de frailes que est6p trabajando 
para ganar el infierno. ¿Comprendéis ahora, monseñor? Ese 
ipfomQ condestable vácasi tpdas las npcbes al.pal^ío del rey, 
fie> r^ira á las doce para ir & su casa, que se halla situada ea 
Ja calle de Bretaña, y pasa por delante del cemenjterio deSan 
Joan, donde se halla la mía. 
^,:\-^EIplan está bien combinado, dijo el duque, 

i^Y oi^rresppjíideráB Icks resultados, si Dips no se mete por 
xnedio^ iporque .estaes obra del deQK>ni0p^ 
fv, — ^¿T cuánto tiempo permaneceréis aquí todavía, donde sxáfi 
JWen recibido? ... . 

— ^El que se necesite para ensillar mi caballo. Un escq<|jBn) 

me trajo.est9; ^lañana esta, carta. 4el Oflnserge,, en la qqe me 

diee.que todos mis hombres ban llegado ya. y que mi CQC\par 

ilaestá.qpnjpleía.^ ! ... 

Pedro de Craop llamó i su escudero y le. piando, eosillar 



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\\k t^ÁBkL t)E bADllSÁÁl 

-'-i^^y ilb:bs'^aélía?éis' áiquiéi^a está n<Í6líé lA'él'üaMílto'ilo 
íBeriiiítié?'dij¿ el düqiie^vicnao aqueltós>í*éi»áttiUtoá 0=». 

'" '— ÁgmrfB¿co''vaéstra*^fl6eita i m0rtseAoPi''pérr^ali(JWtii(ius 
ibáó está' dispuesto;' que feólo-á mf ^aguardan, '¿cóm6"qüér«ift 
^e tarde una Hora, un riiinulb, tin segundo? Debo nmrcttir 
alinstánte y por et camino ¿ás corto: n'ecesftó'aíre, ÁsptiJáúí, 
'ri^ovlirilentd. Adiós, irionséfrór, ifae habéis dado vuestra-pa- 
labra.... ; ü ... 

'^■" — YíarejDíüóvo. " • '••■"■' 

* —Pediros otra, ísériá dudar* h& la pritnerá: grkclás'. • • ' 
*'■ Á estás' palabras se ciñd'éP cintúroD cieiá espalda, -'Se' ut^ 
regló ías botas; de cuero gris con v-uéltas de ta'flléíes enbarnA- 
dos, 7 despidiéndose del duque, montó precipiíadanaentei'a 
caballo^ "' ' í " ' 

'- ' éabáljgó tanto y tan bien , qué á la tarde déf sétimo dia^ 
'dtópues de su salida del castillo de Herniine, divisó las ton*ed 
'líe París. Aguardó á que la noche hubiese cerrado para en- 
trar en aquella capital , y llegó ^-stf palacio sin que nádié re- 
parase en él; Cuándo se apeó llamé al escudero que guardaba 
la puerta, y"!e mandó que no pehñitlese entrar á nadiéen la 
sala en que se hallaba , so peña de sácaHe los ojos. El éscü'*- 
^dero trasmitió íá' misma orden al coñserge que guardaba el 
palacio, y consignó en su habitación á su mujer, hijo y dob^ 

" •' Hizo bien,' aítíé candidamente Fróissar, porquési mtijefíy 
-uliiícfs hubie^f^h iridkáo por las óálles, la' llegada dé Citaótt'sa 
hubiera sabido al instante: mujer y niños, por naturaleza, téi¡- 
'Vielán cuanto' VtíÉÍ y cuantos seci^etósdésíjiíbr^ehl "' '^ 
Tomadas estas precauciones, messire Pedro de-Oráob eli^ 



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ttAMfi ' ÍE BÁBOStárJ. 1 19 



fteneatre^ib gaste á^k» masiIsMigeÉtos., ylosdiá i, leoonoocv 
ulcoatierge p8ir& (Jae puiUaseii salir 'j> entntr 13ireme&te.. Las 
«BKiat^ qu^ 'espúM» los pAsoa dd.caiidetítabla y qué le lift 
ifui^ba A tcHlae partes, t fin dé ^ue te ioformasea de omalo 
hacia. De este modo sabia todas Iflftlartfes dónde había estar? 
ito9(»»:la'maAa!uyy&dónde debia ir.poír la aoobcí; sin eiahar- 
gó^ las oosas permaaeeioroa enaste estadb^ y. sio que aO'le 
presentase una oqasioii oportokia para saliefoeer su Tenganzai 
desde el 14 de mayp basta el 18 de junio^ día del Corpus. 

£n oelebrkiad daaqóeHa fiesta*, el. rey de Francia' reeibió 
4 todoá los barcmes j señores qoe se.ballabaa eo París , y I03 
eonvidó & ijn banqaete/ alqoe amtian, la reina y la duquesa de 
Turena. Concluida la coñuda, para divertir á. aquellas damas 
se mantuvo una justa en el cercado de palacio por los caballe- 
ros játenes y esoóderos; y messire GuiUermode Fláades, con* 
tlQ'de Kamur, proclamado vencedor por los . heraldos, reciüÑé. 
ti préíniO' de'la^ inanos de la reina .y de las de madama Yalen4- 
tlna;.porla¡'noobé se baila bástala una, r hora en que /cada 
cual se retiró á su casa ó posat^a, y casi todos ^»lieFon sm es^ 
-eeltav •••'• -'-í . ■•••«- ^ --' ■ 

i Mestnre Qliverió de Clis^on. se habia qoedado de los ALtH 
ídos^' y idespúesde. haberse de^edida:d<4 rey, pasó k la haU* 
idá&úiéA liofue de Turena ;ienooDiróle ocupado en axinéglaJ: 
'SQf trajeren Vetdeoiuitáirsele y y viéndole entretenida en a^ue^ 
'Uoe detall$3 > le p^eguntó sonKéndose si iba & dormir é, casa 
dePoulain. ^" 

Poulain era el tesorero did duque yj madbas v^ces', b^)D 
^pn^tedo arrelgilar. las onentaf de' sus haciendas , saUa este 
por la tarde del palacio de San Pablo .^ lo que nó habiera;>po»- 



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iié 



ÍSáaaSL.'BE iBABIBIIAé 



did'o Terítlear porlt paelí»;^ porqoe esUba «oastpdiado eotti^ 
reádencia real ^ sedirigia á< la craz 4^ Tiroy , dpode iriViA 
aquel hombre, y desda •alliiba adonde le «oinodabav E^cliKIM 
tómprendió lo q^ el condestable ledecia; yi poníéiidoieJbi 
mano en el hombro^ le coatestó riendo: i.' 

-! -^Condestable,, ignoro todavía dónde doranir6, y.si> gaisa 
ello tendré que ir lejos ó quedarme cerca. Tal: vezno saldo$ 
^a noche del palacio de San Pablo ; pero por lo que .& :vüf 
hace, es hora yá de que os retíreia. .1 : ; í" - / l» 
' <^-^Dioso&d¿ buena noche, monsenpr, dijo el 'óondesíable. 
- -^Gracias. Eaonanto áese particular, respondió .el duqu^ 
riendo, nu tengo por quó quejanne , y ca» creo que OSos se 
oonpa mas de mis noches que de mis dias. i. .: f 

— Adiós ,.GI¡sson. 

El condestablo conoció que le inoomodaría sí se detuviese 
allí por mas tiempo: le saludó- y fué busoat* á 3us crja^ps^.qiie 
le aguardaban con los caballos en la plaza de palado, iSu«pOr 
lóitíva.se componía de: ocho jboakbfes ármadols y.idB'doq laciit 
yos con antorcha», / ,.;' v. > » ; ;: : :. . 

Cuando el condestable estuvo á caballo , los dos lacayos 
eóÉcendieron susbaphas , y precediéndole Uunat^on. eirefiíinino 
éelita calle de Santa Catalina. £1 resto de la comiti^ai mfet» 
ba detrás de él ^ menos un. escudero , á quién bahía iltoiadci & 
•efii I lado para, encargarle que cuidara de ünti comida, que .e) düa 
Kguiente daba el dñque dé Tureoa á;siré de Coucy^& iriesaife 
Juan de Yicnne y á algunos otros caballeros, y para ia qiie 
^(Bseaba que no se omitieae gasfi» algimoy > : 'i 

En aquel momento se aoercanuí dos hoitatees & lo^lacayap 
yiipaganHi las hacbás. • :■■ . . ;•.. vi 



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' V0S9ÍQ|^QKy^(hipMi^4i9 proQta d tslMio; pero isr^yeado 
qne seria una chanza del duqae de Tarena que se le \mbfi!^ 
reunido» i^c^Mai cda tono aj^gn^,: ; . 
! :^£oR^id«rima^ moMo&or, qud^aM3 proooctídocoa imib 
cha ligereza; pero os lo perdono, porque sois joven y oo 9f 
Q0ttpi^ mB»n(m M los jjijK«98 y de ips piaeenes* . i ! 
-. V<dv¥i9ei, jy sió^qfjk» m &Wí iQitVMrO' de caballejos dea^Q^ 
naoidQ9 jsa jial]|iaa|)eoAfwdido;coDJos qud le ^^íKMnpa&alwi ^j 
ijqe dos de }pe^ peinen ll«gado%.8eMlgiai oolcH^da 4ii^ 
sos do ól^.E^tOQ^ses ai»p^ó J^ sospeobar i^lgon peligro , y. paT 
jrftndoseolravendyo: .,i 

•-"iQuito ?tórf ¿y q»* sígttiBca..»^ 

! — |Mueralipnne)»Cli0SQnt' respondió, el hombre' qua, m^ 

tqarim de^l jB$tal^ deienvaiÍMndo iajspada. . . > 

-^iMuera Clissool .es^eliofió ri condestable; muy arrog(knte$ 

son esas palabras. ¿T quién eres tú para pronnnciarlas? ... 

^Pedco.de.firaoii,;^estrQ f^oemigo^ dijo 4 cabaHero ; me 

habéis enqjado tantq , Q"? e».pree¡so> que me vepgv^* ) 

Y apoyándose entonces en los estribos, ^e votvi6c&3f 

7- Tengo al que buscaba, eadañló. |A eUosl i^ ellos! . r 
' k <6Sta3 jttiaíbrasj^ 30 |Ml)QÍf>it<}í sqbre el condensable, ii»ien-> 
Iras que su gente beríáiyidispQrdabí^ á su U'opa/. Aunque m 
armadura y desapercibido messire Oliverio ^ na eta .bvpabí» 
que ¥cdvia:fo «sf^alda.al peKgno. . Oe^anTaiod.un máchele, de 
4ospiéd 46 Jarso^;qae. 09^ bien Nevaba oomo adorao quepm» 
defensa^; f .oñbriéodoaasla ícaJbeíAMSdn.eliMraia izquierdo , arr 
ijfteonó ^d etoJiaUo &:la::pared^ pan' ^esqlo ae )a ppdiera 
Jtocarfor^blante^i'' ii: •,:'v . >.. • ' .. ■.■!;, -^ - .• !wL» 



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'^^'^iLosüMmikklxiá de 

—Sí, respondía este ata»%ttdd al^ (toaddsÍ!ÉMé;''tPeró ayü'^- 
dttdme; ayudadme, (Áii ^ue ie&te mfá&M G0iide»táble tíitiefal 
pfemi. • '" ^-'- í"a .''^ •:■••• 'i '•! K' .-^v.' :/.v-".-ií /:i. 
Dos ó tres hbrfibt^es'ée'destaoaroíi y'^ftabiDiine&< s& ayodá; 
A'Jpesardelá fuerza ydestírézaíidfrJCltesiltí', uó ijpddtó^se/ da- 
Aidém nna lucha tan desig^faal; y ^Áieiiti^ qQ«i{Jaiita taiigoti- 
péfxx>üd; brazo izquierdo' <y' tiraba daa' euéfaiHadá ^tí é\ 'é»^ 
reebd, la espada de messire d'e Cmdoíitayó'etiA^ittía^dé sá'ca^ 
beza. ClissoQ arrojó im suspiro , soltó el n^dh^fte '^t' cay¿(feL 
caballo, dando con la cabeza cbatra otfa t)Hérta> ^tíeii^ abrió 
al golpe; y quedó tendido en tibrk*a coa' tizedlo : ótférpó'-ieii la 
casa de un tahonero , que habiendo^ oido^aqucll eátr6^íto< de 
bdmhres y (^ballos, entreabrió lápttbnapai^ Ver iqttté|i-«au* 
saba aquél raído. • * ' •• ^ ■ í.. • ' • - , ^^ < ■ 

' - Rfessíre Pedro de Cmón^q^^ énttiácr»&*)eá&alk> eh'áqoella 
casa, pero no pudo consegnirto porque is^a'núiy bajo' il 

— ¿Queréis que me apee y que acabe de dar cuenta' dé^éH 
preguntó uncí de sus'^tlombí^. • ^ '» -'' ^ • V. .. : T ■ 

Craon, sin respóndei^V^izó lindar á stt caftéHi) por encima 
96 lásipíei^nas dei oondeáftáble, y viendo ¡qaeno daba xúb^i^ 
-üáseñkl-devida: "•' ■ '•' ••••"' ••• • ^ .•■'•■.•'^-/-^i ; : -'■■•... 

—Es Inútil, dijo: sí'no ha mnéripi^poóó tofaltarba sido 
lieHdoen la cabeza, y nó lelemente, pQedqasegaráróekkCionv 
^tie.'SeííoreSj, oorrienüo ,rifuem ifela^eifta deíSaír Antonios 
'•^ Apenas désápareoieroin'lioi^aseancísi^ oiíaádo tos oiíaáés 
del condestable que no habían sufrido ua{^Uicid68QitiJin>y;3B 



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laHiMü/BEinAioMfei 123 

Mcnfored e¡n3»tor'éáfA^irpa^ú&mí aína. rffliabtiMMi, tioan 
do que aquel hombre era ulmmé éh filísMá,* prestó sifc^ttli 
gQÉftdéb^' te ctílofiAfmydBk báma^^se eh<í8iidii>1ia7>diei?ea%dos 
gAim ák AiAfk'^piícqb^'U'QrejerQéTímetto, etnodo víórt^ea 
sa frente ia profunda herída^fife tiabi^tc MnÚdo y oubiertOsdtf 
sangre «u rostro y siflf/fvtótídoai'»:, :* !<!».' *f .. .♦/ ,- ^ 

Uno de ellos, sin enbaii^^d; cdrri4 ai palacio' de Sálv Pa- 
Mo; y^^iNMÉQí le iiKkiftoden»i|kur oh criado dei Gohdestáble^ le 
introdujeron en la c&mara del rey , que fatigado de la fíésUy 
t)fel6¿itel, % habla r^Uráda de vla^ taabitaision'd^'Ia reiií& y se 
disponía á pasar'Hii!¿b0bq'eii!la$u]fa^iba ya 6 meterse m hi 
H^jiá enáifdongQiiiri^ aq^« bondipe "pdl ido >; des¿re&ido> > y gri* 

1 '^Ohf iiKioáeñorv móiseaor ; iqu^lrister acoJkteqpnieíito y 
qué gran desgracia! ' i*, -i «Umí híM: ,. • 
»• ii-i¿0a**ha'3ufeedid()?,ilijod rey., ^ 'm'^ / : / >; ¡i. ' 

— Messire Oliverio de Clisson , vuestro condestable , aoabá 
de ser asesinado. ^ i» ' * ::.•;:« » 

' ! 'L^¿T'(íulén hftJidobetidó eseí^rttienf preguátO el reyí^ i 

— lAhl lo ignoramos; pero ese contratiempo le ba socedu^ 
do> cérea d^Yilbatfo pelado, 'eiiIaiTeatto def Santa' «etita-* 

—¡Pronto! dijó €8rf(^, ^|hátíUasil ^bac^lraisl' éínáo^í Umvío'i 
»¥lv¿r/'(jíífér¿-'vt)Wtt-.ó: véí' á ihl dotídéstáble. • "^' • ' • -'^ 
■^ * 'Stf^edhó'en^iM^idelod'hdthbrd.^^üfia'hopaláM^ 
ron los 'zapatos, y en menos de cinco minutos se haliabaayii^ 
TrifldcAíés ^gUíiíditó :y tígíér«Blítie tmb&ú da 'é^fltío.JEh-ey 
no quiso aguardar & que le trajeran unbat^ttoj y; siilid'á/'pié 
del palaoie^itS J^*]^t6 ,' aicOrBpál«ÍdiD'«áLií'6or(>^>dei4^ :j>aje3 



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tti iaÉdRBb;.llE:<BABmUlN 



que ie.álmobrabáti.7 'da SQ^Meha)iibelaMs.iM8Írb. fiuíitoom 

lfartel>y meMire^HeJiotodeLígMíU; .,!;■ v."'¡ . ■' Mijío; . ,.^ •./* 

L No tafdó ea llegar A la casardel lftboiiera;.lia. oomüivaiS^ 

qaedó^& )a^ poerta,>él entrái,. y niavcbia»d9 ikfQQb<í'l&4a wm^ 

. tomó^ia man9a;I>herída,><]f.iéáij@-j:i;'-'.-H. j.ímíw: cuj •! j.íí-i'! t-.; 

/ —Soy yo, condestable; ¿cámcí^estaíaíli- v »>•;. m nr: . ,: ür- 

- iy-Muy déldl^ sedor, óoDtast^iitoBloii^ i : .> .: ii ... 

)i -^¿Y qiiiéa os pcift) ea .tan; lafsttmoSo aatado^ vaJiaot^ ¡DIm- 
verte? ' :..' •'..-../■• i:,: . V .••.,.-....; j. .';•■'!../" [i-i- )t..: 
. -t-^^siYe PMro die GraJoa y flus oómptioesi^ que tmMtpriJT. 
meDle me atacaron .eslaadjQ.yo deaapeirabido. ; ,: ; ¡i. 

- ■• «^Cond^table^ dijo ^l rey ^mé^^^ 1% mano aobre jüi <» 
juro por mi corona que ningún crfmen habrá sido tan 99Mritt- 
ineMe espiado Qomo.a$té;,pefo.iom}pi^im)pQa aliopa:(b Tjaestra 
situación. ¿Dónde están los facultativos? i i •;: .: i. :, 1, 



i' 



— lian ido á buscarlos,. wníseñjoli,*:'dJjo.«l;criajiOid!BLlx5on- 
destablBwV*;: •..:•. -m-Jv ■..;••'•"; ' '.'n .••/• j-'-; ;-'-. • 
En aquel momento entraron. .^ ;' ^. ; - ij 

El/ray:8alii(i al eopneniorPí al ^elbaídelaiitiB ^ y le ppBdnio 
4'la-camai .«' •,•(:•.; ... :.• .í-i-, ,- ••' •...•• • oi •• ^~-. 
.o.^^nObservad á mi.^Ddes^tablj».» ae&oreai'rji ie&áu^^ qS0 
estado se halla , porque me apesadumbra mas su herida ({p 
ai.laieapflida awífcubijejra alcwi?a#á.n?í jD(ifepiq, ; r . , ' _. 

Los médicos r^ppoQcii^roQ, c^l, h^i^O;, pQrp.el rc»y.e3t^lvii 
4att.;imfapi9»ito ,. (pje ftpaifi3flea;d«i)iti^pp¡íJ<^. at». Jo^ven- 

. T-riCorj» a^uii pfiligi?j>., pefiQW?¿;Dr^g«wit^ i filada; íWr 
«ifniteiinispopdeAori ..; .., , ; . ■ .•..;], ¿; -L-.í-.t,!-,/ ^;.. . ■ 
: ..Jp;ii|fle.paiwí^ TO»:ti#i}*fleifoly¡ii.lMí5ift,j5l Kísy.. . . ^ . ,1» 



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MAMvrmE «lüUMAí^i na 



éfttíéKii«DM)s*'tíikaItoá«.(A.j<''! ..'.:'''.••.• v 

diM'A'áqtiél faobUm'^pM^>Do>éQeóáiCriiiié(> Mida, le afamó, te 
dirigió al condestable, y leiMjO'í '' ■ - 
-' ^Yadto» CHrverio) 4«il;ro db qUÍDoe diasvsWreis tan bue- 
no como si nada os'bübiéw«Qoe(fidp. Me habéis ¡dado tamf 
traíais <ilolltíitt»,señ0reBi }> ñom oMdaré áé lo9 grandlas <xh 
nocimientos que tenéis en vuestra -facultad. Bn iduaaito &';yüt^ 
Clisson, no penséis mas que en curar pronto ; jfa « 1^ dicho 
f i^d, que niliigm Kletttd (íabMínaqetída jante. la pena que 
fte&l^resétHre; 'qué'¿ídgun' traidor tiabrlLBido éasiigyido Jani» 
con ^fitü^éi^Yididt que^nlbgtina sangre ^rtidababri^faosfao 
óorrer jamás taiH4 sangre. Deseánsad eá fléil|)alabt*a$ tomo Ja 
olM^a-porníia^ ' ■•'•• ' ' •■ •: •"• • 

• • •^Dibs'os lo prettie; «eBcvr:, dijo el eondéstaUe^ 7 ojalá: «s 
té<iíti^ás& talbM^ í I .i ir, 

' -^V noi9éráid:ñltAfl»a, qitei^hto CKasbn, pcfrqoe voy 4 maii- 
dkr qtíe os'lleteh á*imí))a(acibV'qftBie9U¿ia9 cbrcade^ eMa 
«ttfiaqiiéet^vúl^tfo. • *= ; * •'••' - • - •♦ ':''-^' '•■ 

Clisson ({litso'lesaf ta mano al trey^:pero>.Cáá^los'ie abfiiyó 
%Mtaé icrtiiibitora^iieobo'Wniíú'htti^ «. • ' -' ( 

ií'S&á Fabfyy^ál'pí^ósMdoMir'ciNidM 
^^kttwttftSrW^kgühas ó^^ • ' -:' "•''""••-': r--' --" 
'-' Saludó 'kl'tofidéátáMe^» f encrd an sQJpdétilio^-'doMdef'en- 
'edtitt^'éfóctFfáraétfte áli \qu(d^lifáMa-líná«d¿dfí>iIáiniu'.í • " ^ '* '^' 

—Preboste , íe di|ó tü-fi^ phMÍ^áiáddse^irá 'dDí>iiU0tf 
^iFiftklttlMidaé iódá^'^Ktof d^ ^tolid« ifimt^.^éótúie po- 



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£29 isABOiiü»: :Bi^ianiui 

y por caminos y veredas , poc itaoHttSd^iiiüdllQ» >pfim(gHtAl 
lrai^(nr Mfiraoni^íqtaa.ha hAriÚtt&ripi tHM^e^tel^If^ ^ (|a)^ qae 
el ,ioB¡9ii>stivitm\ ((Éeifddsís <bai»nMi ^oQUidOiDlraf^dH^ 

prenderle y conducirle ámi pm^nijia^. ,MJ,íi;i>-bii.>') !« .v^-niL 
-^ ) H^Sfiñotv ;baré aa&iHo eisté db miiptrt»:^ iretqH^odicIbVlH!^ 
infite;M¿péraiM)j«^sabe.qa¿>oaimiia4)flítOi9^^ j ;iio>oo 
- . r-*-&o;eQ Qóénlá «ue^toa, díiíKQl i)ey) tuftn^qa^it i^nM}H(ll4 
|iiligenoia8;tiMarí*adj.i ud^i :)\i-^ni n*i v^-u.-.) mi;, ^ii., .¡.-i -on 
....• El>preboste:salióv .. -}..; .-. í: ••: -.aú >\^"..--^ :m ,n...v'.J 
..i>i La (Kutii8Í0a4iué;él'p9ebQBt6ilteyftba««r«:i^ 
^^aQiiiri'a.^cft^liasicjnatrOvpa^tciSi prioolpaleside ;Par4s ^isti^ 
«abíeírtaíS!d6idiá.7;de moísbe, en vijirtud dQ;qM:<>r^q»()i9Í XQ") 
igresar. da la iDataüLa de Ri^bee^e/ fr}:l»'.(}»e.<6l reyídjsabiwA 
los flamencos , messire Oliverio de Clisson jMbia:«$oliieÍtad9 
eaqi»ljia órdeayife&ídoíqu^ii^ ,r(y'mapdft99r $iai ^ipQ^ipíoiLen 
su ciudad de Parj&^i (m^o^iiiabjt^te^^ bftbi&fli;VeY4uQku9i^ 
4ttraQite ^u '^^wik9i^u(La^:t>Ul(flte0)^^^liW)l: '^dfl /«^i^uipa^aa. de 

también las cadenas de las calles y de las.cuüímpijl^la?'^ Sflim 
ípw la gufl^rftodelír^xpudliu'atí^ m . .;) 

Y decidme, ¿no fq4inm^iilQ90tlv^ pea»rfrd?ii(;i»590%ííiB? 

obftbi»ipiH)fvo6fdo aquella m^i^ fvc^i^prliwnQ qMejfsperi- 

iiqentoiíai s^ j9Kwyeaíe|tffi9^;^: N. pp)i1»s. |hiytt)i6q^ fi^d^ 

cerradas y puestas las cadenas,. ^«(ípsíiiie. VMr^^1^>9^^ifffM^ 

los ultrajóijjwraw.bl*WfftjBWj?^9«;fl!»^,^^ 
-crffpfl^.^:B0í¡bab5ij^lHM«A)(j$^^ .,i ^ oi>< dr q~ 



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deiCüaiM ysas oómi^km eiuioQtrftnm to puerta» ^bieirtas y el 
oampo lib;pek'iU4pft.]l¡e0B 4114 nMtijirG^ elJSeo^ por,^ puei!te:d9 
(Ibar6atQ0*r'ObrQa^pneifii^8Bi,(pia pii3ó»por deÍ)6jQ<jie.MoiaiB9^ 

atravesó el rio por Ponzoft^ iba KJBPt^ e» que i lo» oobo 4iai 
Hegév& £!harti*Qaj|cm lQ3;.d6. su oiwutim j|u9 mejek^ 
iMáSA, jpotM)ii6iosi.otrpa!aA hd)iaa4isper8ad0| tanto por han 
berse^aaasadO'jsiisioabaltoAiiicqmó pbr no llamad la atettoioh 
jMftoÉfdeaiielmidofii. AllÍKeiiQoiitr6 caballos de refresco' en 
oása de i]ft>oaiióoigo i^oobabia aidüaii oapell^u, y que porér^ 
dea sájate nraaiór ig^iKinindo ei qbq qoe^^Q etio» seqáenft 
bateHi l}!aa^bidra de^puee $d bailaba; «fi^elcaoiiDo del duoadf 
édMm^kiíjU lasb^triBmta ihdrai en: sa.oastillo de SaUé^'dónde 
ae detujiro pooiiie sidicrqrú ea seguridad. .: . • .; 

. El pfqboatéy.pov líf den iA rejí , babia ^Udo< de Paris coa 
4iiiost3ea6|ktA boB)bi!€6^^iria94o9; babia.efxq)]:^ maroba 

^ ja.pueiltad^lSaA.Boaoi^tO) y.comQ encontró ipisadaa fre^*- 
cas decabaJíoai I«s aígoi^í^baalaCbdDQvjeaúe^^VieDdo ea aquel 
|)»nlo-qpe<ae¡d^{gJAii U^a.el :Swa , preguol/ó¿ un, guarda 
deLBonflS(^.sÜpúr la idadr^igiyiieL habia. pasado alguna gent^; 
iaeie l^>Qante#(ói;qua /i mi'é^ la» doa babia visto atray69ai:.4 
x^A doeeiibOoibDBis >ii¥NPkt^da9 , pero qjyea no.b^bía recoaeoMio 
& Qa4ieviM f^8icíQAia.!qv6t loq viKm ib^a^rmadop de^imtii 
.aaJplMe0::ytla»,^QirQp eo^xicias wsm pfipas* . . 1 :: i ^ 

— ^¿Y qué camino ban tomado? preguntó.^ pireboisle.: 
ii;;if*TnElii#j|vi?aM^,iie9pftw}if> agu^ hambre. . . » 
^ ', -nrClarqiflHÍH TjaplW^^ ^ dereabufa-áíBíer 

Y tomó el camino de aquella ciudad dejapdotelde CbartnM. 



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{38 líAiÉgti úEmkmtíKiti 

: K'hsi tres boras d¿ mAnlilá '«tmiitrároii á; bq h|dii4?o (loé 
i^zábft liebres ^ qiiienisatteCaoléado^á «os 'pr^hb», ooslesM 
^^^ór la Aia6u;i habiatintaitaoscpiifito bcmbhesftcabaJb; 
qtié al pareoer ibisLa ésttiaí^Mdoé Y eMbáíiu fnnm ba^ 

Mfiín lomado eí' camino 'dé' Cbarlre»^ = í «1 ? ^' «^ • 

Áqa«l iiidalgo los acompañd al sitíd üí que Kiftseáballeitié 
aimvesgróD el cam[to; 7 ceioo büerra ei^ba bteoda y Jiúiteda 
de raadltasdeUns Altiaiaa:lk|via8|'Yierai<afl9Gl¡9aai6fatBi6Q el siie^ 
tolas pisadas de <dba tropa iMSCiantetoasideiaUe:' el <^^ 
y¡BOs $dldados, partieadcral' trote, volnaroo^A tMDariebbaBn*^ 
ao d9 Chat^it^; pero eaelh>déoqiiefdieri)QiempIeatfoii nsuGhlb 
tiempo y llegaron áia^Ua;<6ÍiidaNl itw;; edtrada'ytiíiá soehe. 
^' AHÍ soplaron que meesíre Pedro de OíaxMtt taabi»: pásadb 
por la mafiaDa. Se les dSjo el nombre del eaiiónigo en jcaya 
ídasa 6e>desayanó'7 mudó dsoabátlos; pero lodáSsaqu^las no- 
lidias Hee^baa ya demasiado lanAe^tpeirqtie erai itñfposibtoalt- 
-eanzaír al oulpable. «Et preboste cBé h órde&'dd<reé:r«isar4 Par 
iffe, y ll«gft ft aquella capital élétóaéci^por leí Urde. "í- ' • 
'>i 'EL duqoe* de Toruna habia^enviaiió ' ttáabíin 4n '{ierséour 
«fónod&sü'ahliguo bvorito'^measiréijQasi di^'B&itos'i'tpiMí 
liaMa reunido oiAGOeáta cabatlbs.'Salió pof^jai^áéiiar'dé {tai 
<AÁtott1o, donde en<;oAtt^á»id<!fie SiA'g^ita yióeiMididO' áe^toío 
4lií8kao; tordid A la^eridéhay pasó'eMfanié'y M Senaípci^ A 
puente do Charentob, alratesd &ia»ipe9 y llegfd^áfbarires'él 
sábado* por la'iúrde. • - •'" •'''' -^- í'-'- o..;l^^í•. ^ni¡* Y,i.— 

En esta ciudad ¿dquirfélafii mt!íi(iid& flotTdaá ^é'se ta^ 
-daáoal' preboste; y ^rec^ñfdd de todSi^^riifta^^'^éeibo^ él, 
de alcanzar al que perseguía , volvió grupas y tomó otrA^^ 



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Darante este iatormedú»^ los guardias dei rey^ que baoiaa 
una* batida en los 'campos iamediatos, oacoatraroa ea una al-- 
-dea á pocas legaas de Psiris dos hombres armados y un poje, 
qne no pudieren seguir á messire de Craon & causa del can- 
sancio de sus caballos; fueron presos inmediatamente, oondu- 
ddos á. París y encerrados en' la cárcel. 

Dos días después los Itevaron á la «alie de Santa CataUn^, 
y dekmteide la oasa del tahonero. en qoese cometió el crimen, 
les cortaroa lipe puños; en seguida los oandujeronal Mercado, 
.donde se les cortó la cabeza y los oolgaron de los pies en la 
borca. 

El miércoles siguiente sufrió el mismo suplicio el conserge, 
que por no haber deaimciado ei crimen , incurrió en la mis- 
ma pena que los que le habían cometido. 

El canónigo en coya casa messire Pedro de Craon habia 
mudado de caballos , fué preso y juzgado por el tribunal ecle- 
siástico. Lo despojaron de todos sus bienes y rentas y por fa- 
vor especial, y por haber sostenido constantemente que no ha- 
bla tenido noticia del crimen., se le 4ejó la vida , pero se le 
sentenció á alimentarse con pan y agua en perpetua prisión. 

En cuanto á messire Pedro de Craon, se le juagó como, á 
contumaz: se le confiscaron sus bienes , su muebles pasaron 
al tesoro, y sus tierras fueron distribuidas al duque de Ture- 
na y á los^ cortesanos del rey. ; 

£1 almirante Juan de Yienne » encargado de apoderarse 
del castillo Bernard, entró de- noche en aquella fortaleza 
con sus soldados; hizo levantar do la cama á Juana de Cbatí- 
Uon, esposa de P^ru de Craon, una de las mujeres mo^ her- 
mosas de aquella éfk)ca, y la mandó arrojar desanda coa su 

9 



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1^0 BAUfiL M 'BABIBRAé 

hija á la pu^a de su casa. El palacio en cpie se tramó el 
complot fué arrasado, y su terreno se agregó. al cementerio 
de San Juan. Laealle de Craon que so noble señor había bad**- 
tlzado, recibió el nom,bre de calle de Mauvais-^Oarzoqs, nom- 
bre que lleva todavía. • ' 

Cuando recibió estas noticias y supo qúfíf se le había juz- 
gado, no se creyó seguro messife Pedro de Craon en su cas- 
tillo de Sable, y marchó al del duque de Bretaña. Eatecono^ 
cía ya el resultado de aquella desgraciada empresa , y sabia 
que su enemigo común no había muerto; asi es que cuando 
vio entrar á su primo avergonzado en aquella sala de lá que 
salió tan arrogante, no pudo menos de esclamar: 

— |Ah! primo, poco valéis cuando no habéis podido matar 
4 un hombre que estaba en vuestro poder; 

-^Monseñor, respondió Pedro, creo que todos los demo- 
nios del infierno lo han guardado y librado de mis manos, 
porque yo solo lehe tirado masde sesenta cuchilladas, y os juro 
por Dios, que le creí muerto cuando cayó del caballo; pero la 
suerte quiso que una puerta estuviese entornada en vez de es- 
tar cerrada, y que cayese dentro en vez de caer fuera; si hu- 
biese caído en la calle, le hubiéramos pulverizadoá, los pies de 
nuestros caballos. 

— Si, dijo el duque con aire sombrío, pero ha sucedido lo con- 
trario, ¿no es verdad? Y ahora que estáis aquí , sé de positivo 
que no tardaré en recibir noticias del rey, pero no importa, pri- 
mo; sea cual fuere la guwra en que incurra por causa vues- 
tra, os había dado mi palabra de redbiros: bien venido seáis, 
ffi anciano duque dio la mano al caballero , y llamó á un 
' escudero para que trajese vino y dos vasos. 



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KKMLi oe mBIEBA< 



m 




«1 1 1 1 1^ «I iii «• i 



CAPITULO VII. 



Ea l««iir« del rey* 



JciL duque dé Bretaña conoció bien el peligro á que se esponia 
dando asilo y protección á messire Pedro de Craon. En efecto, 
tres semanas después del acontecimiento que acabamos de re- 
ferir, un correo <5on las armas del rey se detuvo á la puerta 
del castillo de Hermine, preguntó por el duque de parte dé su 
real amó, y le entregó una carta sellada con laá armas de 
Francia. ' 

Aquella carta era )a de un soberano á un tasallo; el re} 



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I3S BABBL «E BABIHIÁ^ 

Carlos reclamaba ea nonq|¡^i^64^Ípsticia.de París á messire 
Pedro de 6r«dOy^á^»^ íráidor^y as¿Lbo^';}ríd(M|tE(l^^acaso 
denegarse A eHa,. áfótoí%de JBbtaña,^ (sím^l^frVÉ'^ 
mo 4 bascar á viva fifiHM Jfe/€ü^ * ^'v ; -'"^''/V^ 

Etdu^e reoibió )íio^^)^^ se'ifuito una 

magniñca cadenalAft^dwrlquN^lílhfSs^^ se la puso 

al cuello, y mandó á sus criados que le festejasen mientras 
que él contestaba al rey. Al día siguiente le dio la contesta- 
ción al correó con nuevas pruebas de liberalidad. < 
El duque aseguraba al rey que se engañaron cuando lo di- 
jeron que messire Pedro de Craon estaba en Bretaña, que ig- 
noraba el retiro de a^aef.áiíalIí'^^J^QÉi^ tactivos que tenia 
para odiar al condestable, y que por consiguiente suplicaba 
& S, A. se sirviese admitir sus escusas. 

El rey recibió la carta en el seno de su consejo, la leyó 
repetidas veces y con semblante sombrío, y arrugándola des- 
pués entre sus manos;'OBclataó«Tieiido amargamente: 

-^¿Sabéis, señores, lo que me dice mi primo de Bretaña? 
Me asegura por su honor, que ignora dónde se halla el trai- 
dor y asesino Craon. ¿No os parece, añadió, que su honor 
corre mucho peligro? Manifestadme vuestra opinión; 

.—Primo, replicó el duque de Berry levant4odose, cre^o (j[m 
el duque de. Bretaña dice lo que deJ^e decir; y una vez que 
messire de Craon no está á su lado^ no puede responder 
de él, , ' 

-^Y vos, hermano, ¿qué pensáis? ; 

— Con vuestro, permiso, señor , pienso que el duque de 
Bretaña ha dicho eso con el objeto de dar, tiempo al asesino 
, para que se reÍMgie ea Inglaterra y , . , - . 



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PEBABIBAA. ISB 

EireyleititerrutnpiAi' ' ' 

> *^Y 'tenéis razon^, Tttrena: en ^cimillo A ?od,' tío, si qo^el 
eemdestabld ño es amigo vuesrtFO, y bel oM^ decir, ' atín^M 
nunca és baUé de ello, (]tre el dm misno qba do 'cometié el 
HsesíBatt^ t0<»bl8leis «n criado de messlre dé Craon, el cnial os 
revelétodo eicetdplót; 7 que, iMijo preiesto de no baber dado 
orédíld á SHS palabras y para no tuiiMir la fiesta, nada dijf!^ 
teis: lo sé, tio, y por buen conducto; sin embargo, oá qnedli 
un tbedio de prcdMirme quei me equívoco ó que estoy ' mal in- 
f(H«mado; y es el de aoonipañarme &> Bretaña^ á donde roy & 
bac^ la guerra. Ese duque, que no es ii^Iés, ni Tmncésv ni 
perro, nf'lobo^ me inoomóda, porque Aoeesabe ^ ladra ó lúilla: 
ia BretaBd no puedeohidar que ba sido reino, y se le baee 
muy' duro ser protindia^ pero si es predsoy desoai^garé tan 
fuertes y tan repetidos golpes sobre su corona ducal, que ar<- 
rancard de ella iashojas^ de pámpano y ta:s daré en baronía á 
uno de mis servidores, como doy á mi hermanó en este me- 
mento el ducado de Orleans en lugar del de Turena. { 
£1 duque se inclinó . . . . ? 

— Sí/ si, hermano mió, continuó et rey, y^os ledof taicomo 
le poseyó Fdipe, con todas sus rentáis y dependencias; y en 
lo sueesito no os llamaré Tttrena, (norque este ducado se in- 
corpora desde boy A la comna, y si Orleans, porque desdis 
hoy os pertenece esfe ducado. Ta oteteís, tio, mafcbarenios 
todos y vos nos acompañareis. « 

*i^-Señor, respondió el duque 'de Berry, eiempre será piira 
ñf un honor acompa%áro3^dónde Vayáis; pero creo qoo seria 
conveniente Iftvar en muestra coknpaftfa á íxamtUto hermano 
deBorgofia. ' "i 



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131 



IflABBC DE BABKKA4 



— Biea, dijo el rey, se lo suplicaretnos; si esto aq b^ista, se 
lo rnaadaremos; y si J90 es tampoco soficieote, iré yo piismo 
'4. bosoarie. Sí qoeceis mí paiabr» de qoe no haremos el mié 
\m él, os ladoy tambieo. Cuando se. ir«sulia & ua rey de Ft aur 
cía, se insulta á toda la nobleza, y no.bay esoudo puro miea- 
Jiras que é^ escudo real esté manchado. Preparad vuestras ar^ 
joaduras, tío, porque dentro de oobo días empI^eaderemos la 
joareha. 

El i*ey levantó la. sesión pero fué para encerrarse <¡Qn sus 
seoretarios. £1 mismo día veinte caballeros de nombradla> i 
cuyo frente figiiraba el duque de Borgona, recibieron: orden 
de pasar ^ París con toda la gente que pudieran reqnlr. 
Aquelk érden fué ejecutada iamediatamdote, porque lodos 
ios verdaderos franceses aborrecían al duque da BretaAa; deb- 
elase hacía mucho tiempo que el rey hubiera toosAdo el partí- 
dp de marehap coutra él^ 4 no habérselo impedido el conde de 
Flandes y la duquesa deBorgoba; que era. inglés en el alsMi, 
y que el odio que profesaba á,Glisson proveoia de qoeeste.se 
había hecho francés. Pero las úllimas.óPdQewea^ii^daft^ran tan 
.terminantes y taur severas,, que se esperaba que el rey üavaria 
.^^ efecto su püoyéoio si no mediaba alguna traieíoír, porque se 
tenia el :convencimien^ d(B . que machos : dé los que <tebian 
'OAfchar con el rey obedecerif^n dtt mala gana, y ee n^mbrar- 
^ba con muehomístoio ^ loar duques de Berry y de Borgoña. 
Efectivamente, este ultimóse liaciaaguar^ yd^^que 
jaquel viaje veá^ria mucho ^us proyincias; ,que>aque|la^uerra 
^ra ifl^ta y qqe acabairia mal; que 4 .atgunasperspaas^n^^a 
lotafesabaüt la3desaven9iM?íasd9li»odp4e^blejde.|K^re£^ 
dro de Craon; que no era puesto en razón obl¡gar)eS;A.^OQ|^ 



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las anuas por^lo^) f que bieü pudiera ftnwgliKFse sia gnivar 
á las iafelices provincias. De este parecer era el duqoe de: 
B^ry; peh) á rey, ei dcl(}ue'de Orlea&s y todo el eoasejo dpi** 
nabají lo contrario, y los dosdudfaesiio tuVüsnon otroreom-so 
qae el- d^ resignarse i obedeoer; ' 

• Luego qné el condestable pudo montar á caballo, 6l rey 
(Mó lá árdea de salir dé Páris; despidióle de lá reina, de> ma-- 
dama Valaolina y de todas las- damas que vtvian en el paiar 
cío de San Pablo, y foé ¿ osoar coíi los duques de Orleáns y- 
de Itorbon, él conde de Ñamar y eLsenor de Coitcy^ en casa 
desire de Montaigne, donde hízbtiiocbe.. ' 

Aldíasigniaite/saiáó con graote aparato de guerra, pero 
se detuvo eñfSaint**6ermain^a^Laye con objelio de aguardar á 
los duques de Berry y de Borgo&a; viendo que no ^enijbi les 
eávíó tales ófdéaeSy qnehubíeraninburrido en el delito de re^ 
beticm si no las bubieeén obed«tído^ y siguió su marcha, i, pe^ 
sár de qüo.la»médioás-te aláoiMejabaa lo cointrario, diciendo^ 
le que^esl^i muy débil; perb le empujaba una voluntad tan 
fuerte, que contestaba á todas sus observaciones, queno^com*- 
prendía lio (]^ (tecían porque nikiiea había estado tan bueno. 

Mattbó, pu|99, pás6rt.Seiav 01116 el camino de Ch(u*trea 
y 60 detuvo en Aáneau, hermoso y fuerte caslilio de sirede 
La Riviére» qoieii raeibi&eJ rey: boa. respeto y 'magniñcenda: 
G&rlos se detuvo éa éltiies'días:' el* cuarto per la mañana dm*^ 
prendió otra ves el oamiiie derOhaitres' y se bespedó én el pa^^ 
lacio episcopal con los duques de Borbon y de OHeañs; < 

AI ¿abOt de dos diasy elifef tío 'Hegar ahdmqud de Beiiry y 
al oonde de La'lfarche. Le» pregbaté si. sabían ddttdeise ba-« 
Uabaz-el! duqUfi^de Borgonai, yde cpatóstaron t]neiid tardaría 



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1^ ISABSILMIC «ABimiit 

en llegfar; Eq efecto,. el ousütIq día dijeron aKrey qpe entraba) 
eil la ciudad* . •■ ¡ . ^ . ^^ i ' 

Cários peiman^ció sietedíad'eii (^hártresv al oabo d^ loa 
cuales marohó.áí Mans. En elGamióo-se Je.>reBiiian hombrea 
de armas que llegaban de Artoisv^e^ Picardia,. de Yemaiif* 
doís, y en fiov dd todas ias ftroyifidas de la Francia, todos 
ellos muy imtados <;ontra e} duque d^ Borg<»a que tsoitas es- 
tor&iones los oatisaba: ^ r«y tenia buen Qttidada.de' álíínentat 
efineMsL odlerá, y la aumentaba am la saya. . ^'- 

. Sin embargo, hahiá'cálciilado.rajd sos fuerzas: el esflado 
de irritación continua en (fue'lBlentanilo^iopaiiYeiiieiites 5u^ 
citados ácada momenUí por sos «tíos piara estorbar.' ¡el fiaje, 
abrasaba su saiDgire«en t^ri3nnos,•<IU6.al(flJ»gar.áMaDS'S6'apQ- 
d6ró.dé. é\ una Habré ardíenié impídiéíodoleí montar éioabaUoi 
víóse.enla ndoesidad. de detener au^ iDi{rcha^ á pesa^'^, deoia^ 
qw^ 6l descansa lehadamaá diiik>quala fatiga; perosusuté- 
dicosy sus im^ y basta el iilí^mo duque de Orteans, fueron de 
opinión de pennaaécer de» ó tre^ semanas donde se bart 
liaban. . * . ; i 

. AproYectaáronse di9 aqacUa delenoíoa ¡pdsf^ iaclínar él inir 
flio'del rey á que enviase otro.ami^je al duque de Brafa&a, 
para cuyo eféclo fueren nombradosiáQasíra! JMgnautt de Roye, 
^re de^Garender», aire de /CbateUMot^ot y mesare Taüpít 
deCantoinelle,. oasteltanodeGisors; pero el reyquisoqne lá 
embajada tuviese un earáctsrqoejneipndíeradesconoceraqiicil 
á quieniba dirigida." i . ^: ; -i » . ^ ; 

Lo^ oáatroQbriiisieQadoéifntvebarpiixf: pon», de); Matas, y 
aeeinpaiíidos de éoarenta < h^n», • átra^resaitn . ¡la* ciéáiA de 
Angereé locando marcha y* obn bmideras desplegadas. ^.Dos 



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(fosd6f?pQM}legároQ')&' Maules; d^ onooBttWOQ' di dii^ue. 

Eq)G8iérob]0 la pétkxoa M^H^y reddoida'' á <|iie«ie entren 
gatso á messire de Craon; {)er(V «( - duqae- como la primera' 
vez, después de baliíer nsgfaiflido á ló^iembajadores, les contase 
tó qne la era impasible entregarles &( iJiM&bre que le reeMtta^ 
h«ñ, 'M atetteioQ á qoe na sabia su paradero^ (]M sí babi» 
oido contar por espa^t^io^de uo afiío qaetnesGfre de Graoniodia^ 
\ík al •eondesDable con'todoeti oorMdfi, ry qtfs ie baWa jurado 
guerra á muerte; que aquel caballero le habiftdicho que don-- 
de eacoBliiara ^á CKsson > * ora fuese de día, ora de noche , ie 
mataría; pero qiíe aada mas sabia,. 7 qué eétraüaba que el rey 
fuese conira él por una cosa que tan poco )e ittfasresaba* 

Muy efiformo estaba Garbos cuando le Revartm esta con-^ 
testación; pero no fué este un obstftcuiQ para que diera h di^ 
den d^ seguir la marcha, y llamó á sns escuderos para que le 
armasen. En el momento en que :se levantaba de la cama, un 
enviado lleg^ói de Eíipafia, fiíé iíitroduoido en sn habitación, y 
te entregó una carta que llevaba el siguiente sobre: Anué9^ 
tro muy itimiáó séñ&ft drey 4e^ Francia. 

Aqnetta oaHíta era de la reina^ de Aragón; En ella mam« 
festaba al rey q«e déseosade óomplacerle en todci y enterada 
del asunto que en afaet momento le ocupaba, babia mandado 
detener y prender e». ftsrcélona á im ^abaHéfo desconocMN) 
qaeí habla fletado' á preeio de'oro un bu^jue parra pasai* á Nil- 
poles; y sospecbabdo faese messire ide Oaon, ^s lo eomunioa^ 
ba para que enviase iamediatamente hombres que le recono- 
ciesen y se.le U^irasen, casé^do que bo se- hubieBC engañado, . 
7' eoMiiiia diciendo tendri¿ macho placer en que aquellas no** 
ticias fu09en fagfadaMesá Suprimo y señor. > '• 



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. : Guando U(afp}t$u)ueUa.jt}arla»4M de -Borgo&a y de 

Berry eaolajsaroa que la. campaba babia^iaroaíriadaf a íY qm se 
debía Ucenciar 4 tode&ilqi: guerreros >q«e< se- babiaareanídOi 
poeoio que el hombre 4 ^uieaae Cuacaba babiasidosia duda 
algaua detenido. Kl,r^7 UQ aieiidi^á aquiíUas razQues,; y,ealQr 
se pudo «oía^eguir de^ él que enviase & ua.cabal.iero & B^aroer 
loua para asegurarse. de kc;Yerdad% Ai o^' de tres seo^aims 
nfigresó el m^osajerio y aauacié que el detenido oo era uiessir 
re Pedro de Craoav : 

Encolerizóse. el rey contra sus ties» pQiqne: QmoQió que 
ellos ocasii>oaban todos aquellos retanük)^, y resolvió m eih 
cuchar mas que su .desfQ, Llamó á . su oá:mara> & itos maris^ 
cales, porque :pádeGia taato» que no salía. de. eUav y mandóles 
que todas isus gentes y equtpcijes marchasen A Angeles, pues 
^ue< no queda tolver atrás fausto d^nes de balN»r die{Miiesto 
ai' duque y nombwlo uu ayo á. sus bo9$^: . 

, Ek dia siguiente entre' nueve yidi^^de la mañanan, después 
dO} haber oído misa, y (iosmityádose en 'ella,.^monl^ el rey 
á caballo; estaba tan' d^hil,\4(to ^^ dAque^fie (Meaos tuvo^ que 
ayudarle á» odioc^rse.w la siUa:. El.duque 4e Bprgofia se en- 
loogió'de hombros al v^r taLpoi^fia^ídieiendo qu^.era piHovocar & 
Oíos con seguir adelante, ouaiidQ.biúalia^i del cielp semcjanies 
avisoa. fil duqiMilide. Beri^y ^ ie^teereó y:le .^ w ^Qibmi 
- '7-Trai^ui%aos^^>bermwQ)^tQdo.iki.iiep^^^ y siDkfs 
^0$ ayuda^>esper^ que e9ta Aoobe iremosiotra^vev ¿ dormir d 
4a ciudad' deMans. ; «> . .: í. •.,. j. . 
. . -1-No só qaé motivos teíM?is.iiai?*s;de<»r:esoii replfasó d dilh- 
4ue4e Borgona;'j)íero,sea el que &iere el .medio que 
mos para interrumpir el viiye^estevmediPJsefi.bueM^ 



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" El r^se poso ea mareha y toito le flgoíeroD. üaa legua 
tejinían andado «lando leptraron ea^ ua inmenso y sooibrto 
bos^ae oontemporiiieíi^ 4e.los druida». Carlos iba Iriste y m^ 
jaocdlioo; habia aritauto Us riendas de su caballo y apenas 
oouteataba 4 loe que la dirigían, la palab^. Dej&roiüe que mar-* 
lAase solo delaaie, oomo al parecer lo deseaba. En esta dis^ 
posición ihahíaimarebado en sileneío^ hablando bajo, por es-^ 
paeío de horay media, cnando nn afociano vestido con una sfr* 
-kana Uañoa ¿e laneó de repente de entre 4o9 árboles, donde 
«ataba ocaltoi, agaMi la brida del cabaHo del rey y deteniéah 
•dolé: 

> -^lOh reyl {dreyl esetamA: no sigas adelante» vuelve atrás, 
:]iorqoe vas vendido. 

El rey se estremee&ó^ ver aquella inesperada aparición; 
«tendió losbrazos y quiso; grilar^ pero su voz se befó; úm-^ 
camenfe pudtí indicar con gestos que apartasen de él aquel 
ibntasina. Eaéíeelo, los guerreros se precipitaron sobre aqu<il 
hombre, y & fuerza de golpes lo ot^Híaron á soltar la > brida; 
ipero^ dflK^fde Berry oorrió ó, su» eooorro y te .arraac6 de 
'{niSimano8;:dieieadO'qae no era ju3to apalear & un loco^ pues 
aquel liooibrenie'podia ser'otra cosa« y que le dejasen mar^ 
-€bariA.«6Qiqiiod»abievas¡é>fmQy oportuno no escuchárseme* 
jante consejo, y muy acertado detener á aquel desconocido é 
r^terrogarie acerca dd sus intenciones, estaban todos tan tur- 
bados, ^ue eraran- decir y obrar como, quiso al duque de 
Berry; anieñlrasestabesi ocupados en socorrer al rey, el bomh 
biMi/4ae-1aabia eau9ado> todo < 'aquel tnetorno desapareció, y 
desplies nadiesttpct de élyó nó le conocieron.' si \b eacon* 



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' ' A t)ésar de e$toiit)(TÍdemte; que por' elniim8ato4inó. bon- 
ci^bif grande» esperatifcas á losdil^tiedtiefieri^ yrdeiBoiigGN. 
M;e\ rey no se áétnyo y no tai'dó'eii Uf^r bI fiti; dd }i09^ 
qué. Apenas salieron dé él daandosüsdtafyérá^la'UDmbrh' una 
luz á^dtente^ elf sol, qi^e-^tato 4la mUiid dQStt^arrehí;; akra^ 
3$ba toda'ltf afnMsfera: ^em por ti mes de julio, y na liabia 
hecho' aun tanto oator eonnof en aqoel^^a ec»^iitia.'EaJonta^ 
nauía^olo ise dmiíab!® airenaies qno " ondolabDü toomó dmj 
que' reflejaban la luz: los' oabaUos ma^ briosos^faa^Éwh la 'ca- 
beza 7 relinchaban tristemente: los hombros anas rcbmioB 
desfallecían y jadeaban. El rey, por quien se temia la brida 
de la mañana, iba vestido de terciopeio y npr&Jb&en la cabeza 
una caperuza de grana, en cuyos pliegues* se^ientrolazaha «q|l 
coUardeí^niesas perlas qfue la reina le" regaló al imapo de 
partir<'Iba solo á fitt deque «I pol<TO< povle íoGomodase^i.útHh- 
camente marchaban d su lado'do^ (lajes^ unoidel^? ée otro; 
él 'primero llevaba; en>i|Leabeza «m oasoo de fiiaiitaiitaaa^ dB 
fino y claro acero, que reflejaba loe ra^bsidelaok el se^db 
tenía una lanza enoarnada^cuyo iestrento^teDiHissdnM ooa una 
punta d^ aoero, miira(Ti)Iosa(neote trabajadav y^que^saüar^ 
loe talleres de Tolosa. Sire de La Itívíéf ebc(bia oompvado doae 
ígualesvque dio al rey, yeste^regaíl^itres al duque ^'Ortoabs 
y tres «i;l de Borbon. •• hii j • 

Snéedió que el segundo paje, cediendo 'alrcatac^qvet le 
abrumaba, se qüedó'dormidoy y durante su »iéib sejle esoafU 
ia lanza ^ cuyo hierro tnop6zd«o(ii el «caseú^'drt ptije frimeniiy 
^1 dioque del acero deatra elpdbra»produjo>na sonüoiq^aioy 
agudo. £1 rey se estneroeoiA de repMite»^ díp "ontel^siieiQ sds 
desencajados. ojeSy púsose horrorosamente pálido^ y claeaaA) 



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(as eq^Mielasoa el YítMlIro^daita caballo» d^seavaioá la esfp^d^t 
yM(V8(»f)í(6 adt)ffel09 do9 fajes .|^^ 
— {Adelante! ladelantoiOontra ^600 tnaidoresl, 
. Aa«9tedo9 loa.p<yQ9)Se^0eparar0a , huyeodo oada cual por 
M lado. ;£! rey cdptiiukii auí carreja y sa dii^igiit) ai duque de 
Qdeaos^ Esteaoaabia slagujupdar ó t^uir d^ su bermanOi 
cuodo oy6 ia vos del dintoede Borgojía^q/^ le decía: . 

— Huid, sobrino de Orleaos, huid: el rey quiere.. iQataroa. 
-^iXA'Eaiefaoto, Cárloa^oen^ieado sin cesar en.pos de él» blaa- 
dia la espada como un furioso , de modo qua el duque solo 
jUrrottampo de desmirun poco su caballo para que el rey pa- 
sara. ' . . 

Este :$igttió« adelante; pero enoiMAriindose coa un caballero 
deGuyense llamado el bastardo de Poügnaei le atravesó la 
gai^aota con su espada : la sangre saltó y el. caballero cayó 
dd cabékllo. La vista de. aquella sangre, en vez de calmar al 
rey, aumentó mas y masisu frenes!; echó i. correr, derriban- 
do cuanto encontraba, no dando, ningún descanso á su caballo, 
y atando. siegipre: j 

-«{Adelante! {adáante contra esos traidores | 

Los escuderos y caballeros, que estaban cubiertos con sus 
armaduras^ Gormaron un circulo k su alrededor, y reoibian los . 
golpes sin contestar áeUoe , ha^ que. vieron que las fuerzas 
leabaüdooaban: un oajballero de Norma^dia,ilainadQ messire 
Guiller/no Marcela kr agarró catones por detrás y le siyetó. 
El itey tiró algunas Quchllladas, hasta quola espada se le cayó 
de las manos y ee abandonó en los brazos de Marcel. 

Cuando le: bajaron de su oabaUo. mi copioso sudor inun- 
daba suoioerpo y los miembros :le teipblaban* Sus tíos, y iMyr- 



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nano sé acercaron á él , pero bábia perdicto é. eoaocnnj«&lo^' 
y aunque tenia los ojos abiertos «a evtdéntt que Mda <iísti&^ 
guia de cuanto A su alrededor pasaba* • ; - 

La admiración de los caballeros era grandes IringMb sa- 
bia qué pensar ni qué hacer. El duque de Berry le apretó la 
mano y le babló (km amislad; pero el rey no respondió ni por 
senas ni con palabras. El d^rquede Berry se -eneojió de^hom- 
bros, y dijo: 

-^Señores, es preciso regresar k Mans: el tiaje ee ba tx)n- 
duido por aboraw 'i ... 

Ataron al rey temiendo que el farorse apodérase otra rei 
de él, le acostaron en una litera y regresaron tristemente ft 4a 
ciudad, donde, como lo habia predlcho^ei duque de Berry, en- 
traron aquella misma noche. 

Llamóse inmediatamente á los médicos ^ porque unos, ú»^ 
ciah que el rey habia sido envenenado antes de salir de Maiis-, 
y otros buscaban una causa sobrenatural á la etifSermedad, 
creyendo que le habían hechizado. 

Como en ambos casos recalan las soqsechas enios prl9<H- 
pes, exigieron que los facultativos praotioa^en un reconoci- 
ihiento severo. Se informat^on de los que le babiem servido & 
la mesa de si había comido mucho 6 poco, y contestaron que 
apenas había probado uno ó dos platos y que no hacia mas 
que pensar y suspirar^ apretándose de^ vez en cuando la frenfe 
con las manos , como si tuviera dolor <le cabeta. Llamóse < & 
Roberto de Teukes, Qopero mayor^de S. A.; y preguntándole 
quién fué el último que sirvió de tober al rey » respondió que 
Hilarión de Ugnac. Mandósete A buscaren seguida j sele pre- 
guntó de dónde habia tomado el vino que el rey beUó antes 



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de amrcbaí^^ y €onle9t<;^ quo im to. sabia; >f diitígiéadose al 
mismo tiempo ¿ un armario^ tomó lá «botella á medio vaciar, 
eehó de agael mismo vino ea tía vaso y le bebió; 

Un médíoo^saiió 9n aquel momeato de Ja cámara del« rey, 
y ojeado k discosion se dirigió á loe prjlndpés y l^sdijo: 

<~Señoresy traba)i|is.y disputáis en^vano: el rey no«st4 en-^ 
venenado ni hechizado, el rey está. loco. 
' Los duques de^Borgoñay de Bmy se miraron ; estando 
loco el rey, la regencia del reino pertenecía de derecho k ^los 
ó al duque de Orteans. .Este era rAuy joven para que el conse^ 
ja le jcoaflase-tan ioqfiortaéte negocie. 

El duque de ^rgona rompió el sHencio , y cUrigiéndose & 
los otros dos duques: 

-'-«HenDanoy primo, les dijb, creo conveniente que cuanto 
antes regresamos k Parte, p<^que el i-ey estará allí mejor tra- 
tado y mejor cuidado que aiqui, y además decidirá el concejo 
4$n qué manos de^e recaer la regencia. '^ 

— Soy de vuestro parecer , respondió el duque de Berry, 
pero ¿á Atode le llevaremos? 

— »A París no, dijo rívamente el duque de Orleans: larei^ 
na está en Mnta, y semejante espectáculo podría costarle 
caro. 

Los (Juques de Borgofe y; de Berry f^e sonrieron. 

— ^No nos queda mas remedio^ repUsó el último , que con- 
ducirle al castílb de Greil : el aire que allí se respira- es poro, 
el cielo hermoso y d rio lame sus muralláís. Muy ju^to es lo 
' que diee nuestro primo de Orlepi^s, en cuanto á la reina; y si 
quiere marchar «antea que nosotros á fin d0 prepararle para 
redbír esta^notícia , nos q^iedaremos dnoódosdiae aliado 



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A (4 mmi^^ »e {«abwoa» 

Ifel i^y^Ooídáreito^dé ({u«)lno^le bita; i^^ 4i(qgd inmosíái 
París á rouütrnos i3on él. ^ ,< ^ : m '• 

•—Me parece muy acertado, riispondió ei daqiie de OAeokia. 
Y salió t dar las óirdeoes oportunas paca el/7iaje¿ ^ 
Los duques de.Berry y de Borgooa quedaron isolo» , /y ^ 
dirigienonal denrmnede uaa vaataffiji- parai bablar oon-inas 
tranquilidad. . ., «; ,.»''.• • 

' '-^¿Qué'opinaí^yMhemftiiO^ de/lo que pisa? dijpél dA IBor- 
<go8a».. - •■ • ¡ -L' ..-'•• •'■-.'. • 

— ^Loque sienpm^ Xf^Q d rey se*g»iaba pc^r oon8CJ0ros sin 
esperiencía, y que esta goerrade BiFetaiiaaoabaría,oial; pero 
ao baa querido creernos y la porfía y ei oa{)ricb(»b8ii triun- 
fado de la razón en la marcha de los negOGÍos del Estado. • 

--t-Será preciso remediar' estiós males , y : cuanto anflas«- No 
bay duda que se aos/ confiará kt ; regencia del feioo; nuestro 
«sobrino de Orleans mid dema^ado ocupado para desear esite 
cargo, y por consiguiente , aQ4)rda03 de lo qué os dye 4S»^ndo 
,el rey nosdespiditien MoippollQr; $om(^ lo»4(isigraade»inas 
poderosos del reino, y mientraa estemios unidos' nadie podrá 
i^on nosotros. Ea,&a^ llegó ei momento de tiiuafar de to- 
ados los deeaás. . . .. /• . 

—Mientras que no se perjudiquen los intereses de la na- 
ción^ eslA en los nuestros soparar de los negocios á los que 
^pueden oponérsí^a^s , porque combatirían todoa nuesi^ospro- 
. yectos y entorpecerían todas nuestras deoisicMies. Por un lado 
. tirarian ellos del reino «y^ nosotros le sujetaríamos por el otro: 
^el reino padecería ffincÁo, y paiaqueeatono suceda, eisándis- 
j pensahie.que J)aya unión entre k'oabeza y .el braso. £1 con- 
' .de9t8bl# iibedeceria difí<»loMntd. ta^* órdenes que le oomomeá- 



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Bialbs4e cooBUbraeioorátJa Frwcia.j lia miina ^cir^ba 4rt 
gobierno debe empuSar la espada del condesUJ[>le*. c ;.. r.^ .. 
. ---f eoeis nu(m;:pero!h0y'algiiDga a4eiQáai«tt^Qooit«n-per- 
Jndidalesen.lSQmpo de fiaa^ oomo io smm Qtr9« en tiempa 
de gnerra; habto dala Riviiure^ daMeAtajgaec^ L^bequf da Yi^ 
Uáíde 7 dé aigunoa iMs^ • i . . . j 

— Si, será preciso separar á esos hombres, que han^t^ciQbíO 
eométer UÁtas fidlaa^il roy^. , . i 

' -^Péroel duqoaidaOrieaQ^.Io8proleg«r&w • . /. 

fn-Bienibabroísaiolado^ ^qo ei daqxie de Ban^ miraqdo ^ 
sn airededorylMjando la^vdB, que noe^tro so^nino ^stá p^r^ 
dido de ameres; 7 oiieatraLS.quQr to dejemos ea li^rtad, po* 
deis estar psrsiiftdido deque ods «kjanl obw 9111 pbsMicnlPiip 
nki^qa género i . . ,.• 

; — ^SíleiHHOl aqui vieoeb . . .. i.. 

J^feetivameDte; el ánque ido/Or^qs, dj9Wí^^ i^^resar ^ . 
París cuanto antea, cemo^batMa.pQawdiO a«s üf^^ iba ^ des^ 
pedirse de ellos. Paádéiae&oiaraidQlTef opa los du^ue^|,4j^ 
Berry y de fiacgo&a» preguntaran ái so» obanbelaaes si S. A. 
batúa doroádo,! 7 les^mtestarw. q«ie<,oo podia d^soansf^.ua 
oíoilaento.El-daqaBdo Borgtfoa inan9dk:/;ab^ . 
. ~^Triete9*Dotí8ia3,8eii,;d|iO' yolvitodQae al doqi^ de Oxr 

leanS¿: -l ' • ..• > * '•• •;•«■:•..■'♦.':'•. -.*..(..;;•■ t. .-l 

: r^IMosigiBrdairá á & A^yiOontes^ tste,, • ^ : ; ..r. 
í\ .; AterQó8allaiGama'delJro7i7 lap4!«ie;ui}jUi.póiiK]|,f^bj^,,£^ 
enftnaaa no le. poateató^ , Todo . m cuerpo t ant4^y U^m, exi- 
indps k» (sabeiloa^ stt9!oioa«i(ab.iA ^i y ufi^udoi; ffio ba.r 
«aba^tefrentb; 4e ^aftdo ea ««ttOflQ 9^. incoqpor^. en,j[a 

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146 IfáML 0E ^ttAmsM; 

óamk y irritaba: [Mudraa, miMrtm toa tvaidoresi y en seguida 
eaia sin fnérra, hasta que mi kiüevo a€eeso de fiebre le d^ 
alguna energía. 

- -^Nada t^iMnos que hacer aquf ^ dijo el duque de Borgo- 
Ba, y leÍncotnodaini»s cqé noeetca preáeneia. Mas necesidad 
tiene en 'eeto,mboáeDt«> de ^m» médicas :y doeteres que de^ua 
tíos y hermano. Por consiguiente, seguid' bu:OQQsbjo; sdígkf* 
monosi 

El duque de Orleans, habiéndose quedado súioy oogió al 
rey entre sus braz^ y le inir6 tristemente: las lágriihas se 
asomaron A sus ojos y corrieron síleadosamente^r sus me- 
jillas, f era muy justo, porque el pobre insensato que en 
aquella Gáiná gemia le habia amado estraordinariamente, y 
tal vez tenia qiie atl*epefltir9e de haber correspondido áaque<* 
lia amistad santa con traición é ingratitud; sin duda que en 
elacto de dejarle en aquel estado, para engañarle quizás otra 
irez, habiá eiaihlnailo su alma y reoeboeido con pesar, que 
pasado el: primer moitonto, ho to habia entristecido tanto come 
debia la desgracia de su'tiermano querido. ^ 

Esta causa ph)venia de que buscamos siempx^e la de8gra4> 
táa délos dem&^ si. se'pré!9enta ventajosa ¿'.nueslros intelB^ 
ses; y si las penas y las lágrimas dé otro no nos áhi:0A algún 
'manantial de tranquilidad^ desplaceres, entéQoea ise embota 
lar sensibilidad, se empedemece el corazón, se levanta el velo 
que cubria nuestro^ ojos; ^ el po^eáir que se Qreia triste 
para si^mf/re >ésp)tuíidece eb una: de sos itiU faeée: el/buen 
'principio yd ^lolücbait tddavfo algunt tiempo; yi on:fiB» 
^uencia, édnid soAios taü misertísles^ triun& Arimaao!; y ü 
«ilguná vei:'; éón los ojos ^huüdidos y alegren aUna; qoisiéran* 



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• ., Eatr6taQla/lo3 tioa del 1^7 datmn6i4ei^ atoáoslos 
]d96ale9> & 8q de qü» los ae&oiw y> m9 . c^ballarOs re^riBásM 
&;wpi!&¥ÍD(Ha3sm eaMaif f&j&iiieiiAa ai fioieaeifta ea ei pais^ 
dicieodo que donde quiera qde wooinetieaeu^. ateiaa l0d<}eií»4 
Y^ respooaaUeade losdeütos' de iia fente. ■■ « i ^ 

i Qos diad( después de la jpairtída) del ^uqüe» de OriéaAs ^ se 
poso dinj t^QuaúúOf UevadOiea.uaaieónoda litera y mar^ 
ohando 4 oOiHas Jomadasl La auesa de so d^gracia se habii^. 
eapluroidOGea maravillosa; rapides: las miátAiiotieías lienea^ 
alas deáépttila. Cada aual* haUaba de distinto modo, y sél^n 
SQ o(»Qii(WEi alrüluia aquel suceso A oausa^íiaayidifmidtesz^lai 
se&bres jreian :«&> él uo malefleio dia^li^» J^s saicerdolte «ili; 
Qast%0¡dfiñíuoi'k>s.part¿daj!io^,del Papa do Roma deeiaa qae( 
d .cielo estaba irritado: cíoifttra el rey por bai>er jneconotidol 
alAipa, demente^ y los aeouaeea ded JPa(><a¡.CkÉnefita :preten4>) 
diaa queiDioa l^beria eoa aqueRai vam poh|ueAQi bsút^iantasK 
tnudio.eteisma^ declamodoia gaerjra^ & Italia^ oomo^b había) 
prometido^. £i puefetocesteba^jutiy tritfte,. porgue habia («ada-> 
do sus esperanzas en la bondad y en la justicia deli^H.iAM 
Qs qa0 llenaba lafiglesias, porqucdentodiLd l^s^queise ado- 
ratei.ialgpji santo queiieaia fomkide'Cuxaj? ^ (frenesív aábfi^ 
cian rogativas, y se envió á San Aguarie^ el ited)aere(Uladí» 
eo este genera da espec^dad, c^a i imjigeii! del rey ^ 4)»-4a- 
maño natural modelada en oera, y un magnifico cirio, í^ñm 
de qubSt jntereedieseí oon : Dios* pdra: que ctrese ftlirey;! pero 
todQÍ)|ié.i]i<i|i)^rpolt]iieS<)Aj'itogó aleaslilki^dB^Maaifttq^ 
8eiiQlasdi«nr>é('nijorie/algup0ú> i« ;; 'r.-it) -><!r;-..:.i¡-;i \:i 



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tÍ8 10MW JIEtBAmMfil 

había hablado <de iin médioo nray célebre Ü&madd lüiu&Sé 0i^ 
Hacmo dej&éniiHy; <io ld'fu6>& i)«íscarr & una áldeatide^las íu- ^ 
ai0cKa€ioi}6s d9 liaor, d«iftddr' vitia^ f ^ncai^gósé) déf lá g^abem^ 
oa^administracioB de la enfermadaddel rey^^^^s^gaiib rú^-^^ 
Bifisstó^ canom perfeoüaoieDtí»; ' i i? ví • » 'i ' • 

La regencia, cooáose fia poAd^^ya priev^; p9í&&trtísi^* 
aesHle tod^ios M réyJ él óodáajcH ^spbes dr quin^ áite de 
éeKberacioB^ deélaró>qae el dtiqtie/dé (Means^ei^a fleíaúísiádo 
jiirri9n:para encargarse de noa coQalsídn> landeKeada, y én su 
OBfisecoffiíoia'se e&tíñó á ilos:dti(}^8S: deíBerry yt de 'Bérg'Ofiíi. 
í : . Et día ^déspnes de m abmforátoíéatov bít^ ^ de* ' CSiesdá ^se- 
presmitófüonmis |i;edte9 ea ^sa del duque de^Bofga6a/biitd^ 
pliead6 éon los deberes de^ condestable* iBl cotuieri^ >te$ ab}i6 
la puerta ^mo é^a'éostu&ibi^ej apeároé^ de - i^us caballos; 7 
eiissony seguido^ tan solo de ünasooderov sabios «las esealeraa 
de palaeio.' Al Iteigiar & la primera sala, encontró ádUa oabla*" 
Uenósdd duque j(ilea preguntó dónde estabttísii soñoryísitpo** 
dfi¿ verle^'n&o de ello» síUó^b büsóa det duque; que liabiátoaí 
wmm heraldoi^e u»a' fiéstavque áo^bá'dei t(]irijieai7e-étit 
JflémáíifaJ- ■• ■• - : '^í i''- ' • - • ■' í-í * ' roM.jM-> í-"-» ?.:': i)^; 
-.>u>Mc^i£ie&or^ídij0 ér^eabaUero ii^térrainpféadb ^at duque, 
Hwásire^Hlverío de (Slisson viesen biubkr é: N.'&^j sí para^ello 
érf')digiiaM' darle ipei^i^^ "r^r' j; ..- .•.•••.' y- <•..:-•,..» iü.o 
-.;M!)uQ entré ál momento, jorqué flegaeií ocbsion jmifúipor^ 
tojia;' ' ■'•■ " '•' ■' ■•=" '-í^ <•'•■',- '"í''"- ' ■ ' •»''•"' *••" '' 
^ I £1 vcabUlero eallé ea busca' del * condestable ; > dejapdd' 
aiMiirlas todas las (Hiertas y haciéndale 'Se&a deque páüw fAsárc 

El condestable entró y el duque^al divinarle <nudó^iiexo«^ 



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y deseoso de saber cuál será la suerte del rcíflOi» ; < i/. r>* 
- t.r^tCaM B^M «oerte dfil rekio^/ CIíbsob?^ rQq^c)Adi6;6L da-- 
<)«I0 «ai^ ^m aUerikdei; asto<splci AsuiiáMene^. £a;caaiiU> k mis 
<^r4QQ^).'vay>A. dtepslp: ^ instento.aaMrw ^dB-m (Nr^enmi 
á^nttp ^ ^iao<i>eaifl«U^ (iaatt*pftl«M f (teatro: dei laaibaí^ 
49;Parto., . t»- -..^ .' / .- .;> j^: . .:•• .«u n- /. - ..'í¡ >• L 
o. CIÁ$Bo«'^&fi«s(>vFiAÍKl^ái8aii9az..Slídaq«fwa r^gMitsiid 
r^io^iy S6i la det»a. pb<MÍe9ftr>¿;^eo(»ti«rcK y . isiLtHfetejd: aalu)? dt 
la cámara, atravesó los salones jnoaló A QateUo;'7iMitraMJb 
ea $egivd^ ^a,9u lO^bsay m9i^ó.q«^líl■Q^jl^aIomto ae-dtepa- 
aiera-9l vi0j«4,n . . .:.,.......;•,. .. ^-i.» 

. SI jpoMmo^'dM, flioomjpatode ^taa 30I0 de:do8 lioiQbres^^dsaí 
U(^ de Par(Pk . pasó i«l S^na ^oriCíhareiitoa, y no se detnvei \m^ 
tor:ll6gar.4 su-.^a^tilJíO: ddiMotühery./ ^ - . . . ;• » .. s^ 
El ptaa que él diMiue de^^kirgoMisigiiitf éon nsgoo^é 
C!U9B<uasei.e9t0iidíi6 ft iodoelosif^^ dd roy.Luagoiqvft 

MODti^eQe jsupo loiqueb^bia aiieedido aloo&do6taible,;8aliáa0«J 
cp^qiente 'día ^risper la poerta de San* Antomo,>toiQóudl 
WWMiiide TpQies»! eapitai de bt Clfampafiá, y m rfíwgiór^in 
Aviñon. .. • i-í •'.' ■•.... ••■:')• ■.• / .. ■ ■' I '.'I. '.'i ;- i 

• .M/9ssúre Juan li^o^eroísr qiu$a faaiMr/Otro tanta; pcrátoe- 
iK«<&lii&qu6 61»ea(x!i9rtró9ttoa8&nMlfa4a áñ^eé^áaáüb fívA 
%)Qdjai3Ído al mostillo del LAQvro, donde le^a^rdabai.]^^ 
q^derViltakinei .iSr... / .. ;-.-. ..^ /-..n-a 

. J l¡!a,caimk)H&iflii'e.de La Rí«i^, .aóoqileJiié .axisadD(á> 
tíempoy no quiso abandonar su castillo, diciendo que nada le 



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tt50 íMMtn »K i tA«mA¿ 



réíuDirdia te éMcienoía^ y qdé seria ÓÉ Al tí qtié Btos qdi^ie-^ 
ra. Coando le aDunciaroo que alg^anos hombros quería»! eátrar 
eii^scí casa & nra tmm^ mandó abrir fodlBUí U» ipaertaá y les 
salió al eocuontro: 

'* Verifleóseeiitohees lareaocton masifx^ínptota;^^^ ba- 
fcia heohooontra et asesiDó de Craoii; se bti^ (Contra' éRós qoe 
^aa inocentes. Lo» bienes y bérenda qw JoanLemerder 
poseía w París y en el reino, fñeroá ooiifiseados y distribuí^ 
dos; una casa que poseía en la diócesis de Craon, y qQd ie ba* 
bía costado iOO,OQO librasoem las m^rbs que etf ella hizo, 
«adió A site de Couoy, como igualmente todas sus dependen» 
eÍB»v reatas; tierras y posesiones. r ; 

"'■■ illas seforoB' fueron todatfa oon messire de Lá Rividre^ 
porque se lo quitaron todo, lo mismo que á messire luán dé 
Lemersier, de|andOitan solo á sñ mníer los bienes qne babia 
Uevado en dote; ademto tenia imahija ji^vén y- bermoéa, qué 
se babia casado con el señora Chantillón^ cuyo padre fué 
áeepnef^fe de los lialtosteros de'^Frsocia. t^dó lo que tiene 
algnn poder, en* IdiB hombree hAbia' enteádo'i^n)sl nmtrírnonio: 
todo lé que es santo delante de Dios le; había consagrado, 
üompiósa aqnellii umon ida ^edad y sin remólrdifaiiebto, róm^ 
píóso lo qneeolD el Papa {kxlía dess^lir, y casóse^dei nnevo á 
los dos jóvenes con quien plugo al duque de Borgoña.>: '• 
-e^fütey nd»podia evitar todáe estas perseoncfones'^ porque 
am; estada eibpeoraba porinomeotos, yft)io se ténla£tl|^unae»- 
peitaeaiebí ehéboto qoéipiiodooiría eni él Ilt presencia de te> 
reina. Se creía que después de haber olvidado á^lódó él mum*' 
do<9iirMordaria lie efe, porque! oraJi «(aienimas había amado. 



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mmtb »B tBAiwm^ 



t^l 




CAPITULO VIII. 



(iOHO 86 ha Visto en el capítulo precedente , la de$í:racia su«- 
dedida al rey habla átrasti^ádo én pos de 8f ana revolución to« 
tal eñ los negocios del reino'. Los (}üe su razón protegió , su 
demencia perjadicó. El gúbierno del estado pasó de sus débi-^ 
les maiíos & las de loi^ doques de Borgo&a y de Berry, que 
sometiendo la política generala sos resentimientos» personales^ 
betían con* la espada de) odio y tíüúta^^fii la dé la justicia. El 
dvqne de Orléans era él Atíioo qfnefanbiera podido iMJaneecir 
su inflaéftda en el consejo ; ptm^ entregado embrámente al 



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gáléji^^ y, ño se |6 iutbia ocurrido íuialmr nipor él jii poi:^'si& 
amigos. Fiado ^n sq título do liwnajao del rey , descansando 
en su poder ducal , poseedor de inmensas riquezas , joven y 
negligente, retenia en su pecho todo soplo de ambición que 
hubiera podido oscurecer sn cielo de azur. Dueño además de 
ver á su real amante á todas horas y en todos sitios, esta 
felicidad llenaba los momentos de su vida; y si de vez en cuan- 
do un suspiro ahogado revelaba el remordimiento que en el 
fondo de su corazón se ocultaba, ei* algiiú tfiste recuerdo ar- 
rugaba de repente su frente, bastaba una palabra de su que- 
rida para volverle la alegría y una caricia para adormecer 
su corazón. Isabel era la italiana que ya conocéis con su amor 
de loba y su odio de leona, no participando de la vida mas que 
de los pensamientos apasionados y no buscando mas que las 
emociones fuertes, porque en las situaciones ordinarias le fal- 
taba alguna cosa, como falta el simoun al desierto, como falta 
la tempestad al Océano. 

Quien la hubiera visto en el momentode que hablamos, acos- 
t9da tranquilamente, teniendo un reclinatorio al lado de su 
c^ms^, y.e&eimsid^^uittejTecliDAtPrío. »n,ührp 4q orAci^va^ 
abierto, 'bubieraQrBida.qae er4 aJeuA^.y^iVQQ.pif^ > .afiWTr 
dando el baso^jae eq ma^ilrelejal^^ U^, la^. ma&^pas en i% 
freme; 7 eirfi una espora adúltera qndagpard^baf á |Si|: s^mad^ 
te, y aqiieLaQ^uie(era.el'beirmaaQ'4tsQ,Qi&rido., (Jeau.señi^ 
ymy mari|pandi>yiíbwnent6, • . _ . ., i ,. . ,; 

: Apm rato s0 aiN^.QpiiiiMiQm, 0C!9lt9dftirá9'49,la ta9¡(^ 
c^ia^ qjot GCIoai|ií}abaí¡QQn.j9[,c(^ftra4^QÍ^0y,»^j pirefeiit^. 
^bdiiMiM 4a( Orteaos: ^ aeegiH^! de. f^: la rm^ SP^4b9^ :9?l%^ 



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i$ABBií^mmKmw$áití fS3 



offtreóila pimrtA y* 'ai»»íéir|gk>/r<|M|atBMDie;>át8a wtt>j Sfetsiba 

'i^^Qft^imáBy cb)ftte7 k;dQo;isab^ ert>iidte»do héoia»^ 
los brazos y con la sonrísa.(6B>ll(iB>Iábío6{^>|iop4aej64tatNii>1w. 
aoD9fiimbrado *;«p^li» vfr^oiMiites irab«s dri oorascm que 
pasabaaei por. la freabed&.kKamama* Venid á deéirnMlo. 
V t^i'B^ GÍerlDv f>n«|RiDtá «1 duque {«niiéQdeae de rodillas den 
tente dala traína de lat*6ÍBa y paesador un hvaaií por:8u tm^ 
Bcadoeu6lh),e»496rto.qneos>esmai á Qnií.j qnaes indisf^ 
peosabhfqne esleís el lado del Jrey? i' ;. > , < > 

— Sí, Guillenno de Hersilly pretende que mi presencia alir' 
viará'sa9'p^eitaíentos«:¿0uét»mpa»cev manaái^vi . / 

^^Qoé la^pnaei*a'iiiB9ÍqQeiSalgaideUa^Uitoi{iara ir 4 bKK 
cársBmplaa en el'>bo8t]Be délBeadmeat / la imaBdaré afaorear 
46l>¿rlx}l mas alto;. MíséraUe^ígnenqites que atascada ed m 
eieacía^ quiereserriFseidetmosoomir in reíniedío» siñi^eñsarea 
él pel^Tú á qioe os espciM^ ... . . . , 

-~t^De venus omerk.aigiuiiTiefigoS reptied la roiaa n^üran- 
¿0 tiernamente al duque. . ' « .. 

'**4CMge>depenlérte'vidaf^aRMtarel|^yrá ¿No 

mató^ai bástflOHJk) de Petignáo^iitnendo adkmáa éí tres á eoatró 
señ<resf ¿Greeis queosiiteeof ozeaf ci^aaido no^oié récónocíjfi éa 
mí; & si| hermane?' llfe)p»8iguíttopnla4ppada desnuda, ygvsH 
das á/Ia^ i^Gídflu) de^mi eaUaUo, .pode iseapande^teiiiuertei! 
jtodqne bíen>raSrido.f quicáe-^britiíera eidoinejór^qlie hubiesen 
perecido;. \^ '•■ • ^.í.'""í - ■ ..;,.•••;: .":>; •- :" ¡h : ■ -í 

— Apreciad en mas vuestra tida ; nada- escupa ^ idmpr 
para que ML Usñotma ; feliz^^y^mei es séiteible i^eriqw iiv&g^d 
tan poco aprecio de ella. .t>t tií d ^f> 



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fS4 

I 

'-^&aM; toiner 6ÍQ eeiar pori^os^ témUar al menor raido 
que salga de aquella habitación maldita , estrerateenne i la; 
^ta dé cada persona que abré mi poertá , .saber que estáis 
eola de dia ydeDocb&oon im 3000.4* • - 

*«-Nq iiay peligro. ^maoBmar., ty me piños qne creáis oi 
vnestra> imaginación on sindlunen) d» tentorea vanos: el mido 
del bierrio 7 li nsta de laf amuís le tfastanaron el juleio; y 
davó eniel.dttqne sns taérmesop ojos* En vez de todo eso le 
hablaré^^ con' ternára; recondcnrá^ mitoz , y hiego con carioiaa 
convertiré un león en un txxrdéró. Ya tebeis lo raoelH) qne 
me -ama, • .-.'',•.'•' 

A esUbi palabras se osooreeid:)* frente del «lüqoe ;= se le^ 
▼auto bnisoamenté; y arFánc^bdoseideios brasioe de fai r^a: 

v*-8i, í^v b»^at; lo a¿/ídiJD.'Es& esila itetdaderaiQaasa de 
Bndola^ No corréis ,mngntt!peligró. As lado; voestravos/ 
eomo^ hateéis dicbo^^Iei oaÍBiará ; vuestras: caricias mitigar&n< 
sus padecimientos. ¡Vuestra voz , maestras caricias^ Dios miol 
Apretase la* fren4iectoi:las mancas, >é: Isabel ietffiiréiqMdio 
incorporada en la cama. . .•»■•;:».*• ¿ 

T-Y yóy^^otitin^; ouaarto mi^í traflíquilQ ie tea tanítoinas 
diré: era cariSo8a«íY entonoes't^eliaféid middeoiraióMo 
lo qne debiera darleilasgracías^por haber jeinrado ^ tni h^«- 
mano; ydeiingoatetiqveisoy:' ijft^ m^todVetiiireís.iw iVuestn» 
amorl jTuestratjqpsoRl..*l«ff^ .mi Edén ^ mi í>arái80; y «ya me 
babiaabostumbradai poseerte iseto.:¿Para!qaéiiieMi^M 
he de dividirla con otro? lOhl guardad entero ese amor.fataii 

Ó'paraél^ (^'para^mÍJ>.> m ; ;:v í;;j--^k.' '•:•. 1 .v ía.:-'-: :/—- 

-^¿Por;qaé4xo lo d^isteis'aates? intei^iis^6 Idabel 4xm aicer 
de triunfo. i ' ^\- v » r 



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160 

--^fiolMsé coilleBtdbique Q^iba idéastUlo de&^^ 

V Ui*{IÍQritiBÍ6l esclam^ el (taque preoí(üUBdti0e háeia. ¿Ua. 
' Pera dB fvodto 96 éellBvo y (^: : : 

— ¿T qué Mcosa daréis pera no ir? ¿qné dirán los dn^piei 
de Borgofia y de Berry?. -- 

•^¿Creéis qi» desees el risstaMeíoíiniéntOMéttTey? - 
— No: el duque de BoFgoña ambiciona el mando y elduqao 
de Berry codioia A dinero : la démenota de mi iiermanoi dbbla 
el peder dei prífoéto, j amina moneda para el segundo ; pero 
saben fingir, y GQwdo llegue & su noticia vuestra negatíta..» 

Y pkHT Otra ploie, ¿podeí»' dar el pa» qóe medilass? ]Oik ter- 
niaRO mioi fpobre hermMO' Biio!.«. 

Loe ojos dei düique se > homedecfíéron; La ireina leviatli b^ 
eabeea de su amante looo uMfmano!y H)ún h aira eopigdi sos 
TÜgriúm. ■•• --i '-:: 

í<-^Yam)s,ieooeolaod^ if dijo, no iréaCreil:: el rey curara f 
vuestro conzon frátúwbl ^ aüAdiá^tentamento y.con un Ug^ií 
aoeoto de ironía/ no tendrá^ para qué rüboiizwse : encontré 
medio de conciliar los estremos. h j i • 

' Sonrióse naalklósániente. ' ' '' ^^ - - 

- •*^¿CtiAl ei^d^o#dtr(|i^; t : - • ' '• •■ 

— ^Más tarde os revelaré mi seG9éto;!ti^a)iqoÍUfiio9<mii|nMfií 
tanto j¿m¡radme contemuréi% * - • '^ ' "■ »^^ 

' &dú(iae'htiúi6. •'• -''^" ''*••' » ' •''' '"<''' ' -' •''?,.— 

•^Qué berttioso s^jíél oontiauO lá' retoa'^^ tongo i^tidía de' 
vuestra cara. Dios quiso formaros mujer, pero péttM^pnés^ 
que le baria falta un bombre para volverme loMl >• "^^ — 

—^llsabel mia! •' :"^-/.í; "-.ui orM.^— - 



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{5B i8ABmi>K WMomk^i 

— Tomad, monseñor, dijo la reina sacaada'ODjfnoMloB-de 
diebajo dé sttfl almohadas, {^06 rparriMt^Mainífi^^ 

-^Tiii8íropitvafd1:<)8oi)iné[j«t^ ¡daqne arrébetánááfele y 
apretándole contra sus l&bióií^,wav80pé ratiaito.qiiaifidv^'^'bdo- 

—Guardadle pronto, alguien viene. /rn«.:i >!■ / i.. *; i íl ob 
— ¡Ohl ^i,:s<MÑr8 mi paobóv 8obrr>M •eot«llop<^v£ll;sian- 
)' Abríanla ^aertá*,^y«iitcóila'iselMiiiaáeíG(»ojt^)> (ü n oí. 
i^lia't^ero^aiaíquft ¥^ A;^ jaudó-llamar, jdqoy'a|;Mrdaihnifah 
tra9:árd^es«;' --íiv ,;í- ^'.•.! i.v r --r ■ ,. ,.'■ ,:-;it V ,ip r-, í ..•■■ i:> 

->tH-A(}9í teasís^é mi.facmiiinOde.Orieaii^; ,eOBáípirtti»di|BE( 
que me ha suplicado de rodSkwipioiüio ii!a7ai<a!|[ báflUlteida 
tii^>4oBdert(amo<^e>!mi'peta(»iiai cerra al^jiiiiiipetigro'-^ Creo 
^ toquis «MMS0ÍáíSleís(lo.nufimoí;cttadiidoJiDOQ.ayerfél diqto 
de Borgoña á decirme que ese médico que vuestro mando djtf 
M tty^.prsteQdia^qile vA \pwet^úak ftodriaialmor.aigMii tanto 
á)i90aaBUQr:;'¿(qpiiia0iOtta'dei'k^ ':.\>:' • >' >;;/ 

vt*m£f^>s6mym;viy<tftta és ;taj&b^ala opioioa dttAiu(diaft |)Wts 
sonas de la corte. >• ?: .. -^ ^ «i > : n*-- «!• • 'Oid 

—Pues bien, me decido & no.siJiüidepanls^'Ajditti^ ^or 
duque, os doy las gracias por el ÍBt«r^ «poj^r.ioi.oa: temáis 
jiW.qiwdQTOiií.apeíeeiift- ,;.!.:;/-.- 

El duque saludó y desaparecjó'ij::.;'»! m . , -. ,- j;. ..••. < ' iní 

—¿Es la superíora del convento de la.TráyiadiJiiiitQa^iha- 
hlisj4limeía(^^i 9eii<Mí4eiQoiifiyi?!0(iatii^^ ia9M4inffi>M(>se 
&4a.caiaafí(ita{. .¡.t,,.. . .-. •íí.-í^i..: .•.•.-íi.i. .•.,;(/ ..-ir..- ríj-- .7 

— ^La miSimM;¿ . i 'i^,,'.'- j.-:; , mT . :•.}: u- ;.: ,;j í;Í'm:,í ' í *'i:j» 

— Que pase adelante. 



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«Ef^AJHUI 45f 

. . ^fiaíBQ^ni»9L*0nAt6i^i9L iseiMra «toi fioioy. taí<f €ijÓ(«m la 
reinau' *'■ -'i' ''^ :•! • r- .•''<»••<] .••'.*••/«•. /ii»»"- ♦?: . / — 

— Quiero hablaros sin tesl¡gos,.idi|aiMbelí^ ¡de ant^ -eosa 
inif siBi^taatov'T qué iatorésaiálos BegooáMdet rsino. 
- ">^I Af Bil¿ seboral «solanió iaabAdesá'Ooik klaníláadiity céai» 
qiianrf»«qo6"iQt*tii«de te iasufiM^temeoÉles^* cmndii estoy 
•épaviKi» det mMda y ént^agtdá á^Oiqs? 
{ kM^Ya sabéis^ donttnaátlai^eioii shoohtnstarüb sa 'pregiin^ 
tay qoe^ififradaoida á las •dénmtraeiiHiM de ápradd qda e^ ñs 
Ud6tK«deiaiit6itennBCro^iiófifeolúí ofuod^^ ta oíq«- 

dail46rPtti48,^'«it«W;'^ Mdt uiaiiffestiirosi mi agradad^ 
nSMüiHiy ie indemafcáirosfll ffiimtioliimipo^^, oa roUoano <dé 
llfttAfidestfaiaido á Santa lAirta, &Jla ^w sé'tMieii fAiudia de<* 

T '«ii'iSoy de* TaradeóDi,' sefftora, doiMfo«^' tiane w gran estima 
ft^8MfteL*Martá, y efitoy sumatiíants aigradefaída i fiiestra gé*^ 

-^ '^Adétsás heelegldo^ eodo s4Ms^ Tuaátktaiglesfapara ha- 
ekvm ' é^sí' !ttiÉ 'd^i^dcibnto ddraííite^ ^ la» ' fiestas de^ Pascua; * y . 
crea fi&brdid belSEdé ^lettfpre^ ifOío tareiria de ^Francia no és 

a^i^k iai detíontdada. i»''-^ '•• ■• '-^ •• í • '!•• •' • ''< • 

— Estamos tanto mas agradecidas á este iávor;'ei]ttiitó qúb 
annnad¿ib€fmdsfteo^=pá(raméreGerti»;^«<' :-í' - .'•',' 
• ' -^^engoibastatits iitiueñoisí e<(n MOsth) * SantA tp^dre ' 4b 
'tífñtón pai^a ^nlr les donerespMAiaileé A' los dimes teínpera^ 
iés> ]f efeHlláieme*ito'0et4ie^fai« i «mcederm iñdtiigéá«- 
cias que solicite para vuestra comunidad. '^ ^* 

-'^'''inia^totaftiÉfbiciMi brfliiVíett 'l^t^' db'la ábaddMr- 

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16S liJHBL 4>RiSABMllk 



-— Vuestro oonyeato, do, pero vos, sf/ madre abadesa^ ^i 
i.o «^(Yo^ fleñoml Máftibd .,:>... - 

-^ülre^^^ceoiojsabeis^eati'looai' Kacernidaiima^ Abona 
nBOñ boiobraft vestidiM 4§ iiegroj enmaaeánukís |^^ ía8{h- 
rarle Mrar/le^bliKBn jestfl0á.4Qmal»iw«l<r 
cido por los médicosMke0o<elí.0sM0: da a^lamoa^^ai^iiAilt 
iiene eqta ^idieociny impUe foe k)á itincdíos pcodoseañiNiea 
efeote. Se trata de obtener poc medio de biperMasMifit ai^» w 
sidtado qaeliastaahodraaaii^saba'oo&aeíi^ la j^erofo 
f 8é faa peásado^que Haade vaejU^ ^eilQaoa&,jóp^í9ii:y Aawh 
iúey. apaiteciéQdo!^h)iOo(Do M.ftafiíel taaiomliOiide Jos; fiuMiH 
fiolks que le rodean» s^cja jiara,6t uoü jríaton .reléale; qu^; t^Mf 
sentidos recobrarían alguna calma, y solo esta calma. ¡piM40 
volver latuzoAésii trastornada a«t)e«a;a^^ 'Voa, y 

-desea qna'Ol bimn^da .la. euracioa d«l rciy reca^ía en iKue^Mü) 
convento; seguramente se atribuirá á vuestras súplioas^AiJn 
iateroesíoOr d^ Santa. M^ta 7 á la santidad de,teL digna, abade- 
sa fi/m áiúgii el blaii<xx^i«ba&a4e laabermawfi 4«M Tiriwd44« 
^akQOBQ0w4l ^jelo para qw Q!»,Uamé; abefaio^>^;VPsd4^ 
cirme si me engaño al pensar que semejMte'^^plÍQa Qp Venar 
mde.í»t^fawoian*. •-.... .. .. <•;: ^-/ 

—¡Obi sois muy buj^M^» ^(Ht^yrd^ede.boyjtaní^^yuMr 
:ttH) o€^Mñ|nto,«8^1,^%ídp.; Yo^.i^^ 4.1a.iMypi;.p^í^de 
4m»> ))\)a$; Midicadin9> 4<to((qw ji^esiM^raí^ a) ibMor^ de: qw^ 
4tírppeoii>sQjditfmm)^ quip ire9toií4Q<rááeMk><.i^^ fiMt 

da entera. .;,í;Í/ ;;.í,.m:^ .-:•• r;' í;;;-. / •■. .í'.., m:».í;¡:> 

.lM(Has^t^gí4.j^i}^<l^%;q$i0^ j^taj/fnwófou-laa 



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VMmUfBK^MJüumAé l'59 



pobiiiu» q«Qi.élfiaior:Q«<Q0Afiá iPii\iQ<la« ptnas- )i tenwma* 
Dios guiará voestoa mano» ei pneblola: hoB|d«oir& 7 la reiOA 
eolinar&i'de láfores á sn.&mílU. 

Ifo imyo de n^mbicum Uuouiió deb^ de 9U ^ootk la fralke 
de la anciana abadesa. 

i --^Estoy pronta ;á obédeeer tiMtrea tedeiie», seikHra^ y ya 
ke ^ado mi elaoGíoo; indicadmetani selp lo qtte me qveda que 
bftoeréi. /,. . • ■•.,.,......,., 

•r^^Cuanta^tas, aoomf^atereie á eeajóveQ al castillo da 
Creil; yo cuidai^é de diur.laa drdetfesi Qoajv^aKtes. para que la 
c&mara del r^y m abf^ 4 su (legüda; I)i09 ;har& lo deíaás^ ; 

La atadesa/saludd y di& algufies pasos iáoiai la poei^ta; 
-^k propteito, añadió la fein&r se loe olvidaba deciros 
qveestama&anaoskoandé lUL reücaríode oro. puro, qu el 
oualesULeiiQermdo uii.pedáxo.d6 la verdadera oriiz,^qiie opie 
le ea^6 el rey de Uogria^ ¿quien se lo^ regaló el eqpperador 
de Ckmstantiooida. Eapero que. proporcionáis & vuestro co^r 
vento la gracia del Seaor y & viiesitrQ Jesoro taa lipM^snas de 
ioa fieiea. Le encpnbrMVBi/s m vuestra iglesia. 
V Marchóse la, Abadesa después (fej haber.saludado otra veit 

La neina Uamó A^usf ca0uiri9)as^>e vi^ti^H y.|)M<endo,a^ 
ütera > salió para ir 6^ visi^e^ lsi palle .d« Bai'beUe un pa* 
Jaci^ reducida, .que acababa.de qoQiprar para ti^itai^§ algay 
jia que otra teÍQNponada* , . ... i; . 

Durante .e«te tiempo^ 6Í f§y f oow> diJQ l9»M9 n)dea4^ 
de dQc^ JiQfnbres vertidos 49 ^^^jl aoqAspar^dos^Jo.^cí^ 
todo ¿ la fuerza: domin^dftipPT la sqipbi^ia ipQMpc()lja,;q)a9-;> 
doise appdjqra))a¡de,$l U] fiebre ¡estaba ibriosQ» y d^bil puan- 
^0 J#.jBbaadom^j^,. En^^l primer ;§asO) jpareiña qpe^. d tx^ 



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too IMn&ABEiiftABWMl 

littbtepá e«tado eiqfMébt6 e»d^ acU* 

más, no tenia memoria para redordkrto punuioy oi>dJsaBm»^ 
iikieab^{iafa^jüt|faííy <ai^eipdria»ntdbft tdmpoeb 'fOBS^séati- 
miento que el de su dolor. -i»'"- - *. ' » .? • í 'í* 

' Besde^el primer fita éitddiómaese GiiíllérolO'SiiiepftÉbedjad 
mu tí ittayori cuidado^ f notó qi» todo.atddo i«9trepile06 lé 
hacia estremecer incomodándole mucho tiempo, y mand&'ea 
1^ ooASdcuenciaiqtící m W tdéaw» tas^omifiatafl^ notd)4am- 
bi6A que cuando veia'«ifia'flot^>dé 4tí, sin qberse> pudiera !aEd£4 
vinar la caudiei^ sé'pioaia faHosO'^ f^síe4'pártai9*otr déi.siriivisbi 
todos los emblémai? hei^átdféoside^ k' ($)ióñü No- ^m'a, «dmer 
ní^beben no queria'tatñpooo a^starsé sonando i'estal»^ levan- 
tado, ni levantarse ouaiido égjtaba acostada.* El' mádioo^oreyO 
«^fri^rtano x|ifó Id&^uéle serHr£Kn«^'i^i|U^ed ¿i)ídteQlaaie&1i»i>y 
qtí6á^|]Sntas6B^ de negro}' éiiOS'h^^mbres) éétmbaa ^sea^ 
lÉíéiité; y «desápái^iend^ eiMncés d^ valor «biml'-odn^tá 'ra^ 
¿éinílel fey,' difjaba telar tíóio'^tMmsftintcr aüátnat^d» ia •eos^ 
servacion. Cárlo&Z'tán^it^édd' j^^tleijai'VWÍeiite'^itenablaM' domo 
utihiao^, obedeció conio-ün mtAiükáí'^kífénM re^iitatib, y 
fibr nd baUái* no'i3ÍBf (|cteja^:'Péh^ érMbil<^^ 
ttejado dépei^il^qiiéel' bieilffeSéo (}iíé IlbW(Mn'tJédid(^pi^ 
diieir en^^iéi^iñmfdaóá'ret&i^iés^ííü^ dbHpba á tdÍDiQír;>M^ 
bia disminuido estraordinariamente, cettO'did üfi^ ñtí^éStmiM^ 
tiel todo de^'rtiido^ á^^énsectehcia dét^d&ñer'itiorálqae^este 
iiústÁó inedia ftrraééfrdba'iein pos d^ 9f;'f e)dtont)6kfiie^ot^^itf^ 
pitóf la dWain'a énvélfdélláViMémSáí- •' •¿''^•^^'^ ^' '>^'i^*>* 
- ->Bien'fueálB e{^td<9e4nejdñá éksii^bá^e^ 
)íiedti^(|[ón''ae MfH^ el i^y éstafüá jrá^isiftil^'ébl^éé;'^ 



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I&4íBeL INC JUBIBftA* i6i 

se^pódta espemr q«6 una voz (tuerkia filase á bascar m el 
fotMk) de sé eorazon la menioria alísente de su cabeza, y que 
vería con saiififaeciun que una cara amueble y graciosa recm- 
lisiaba (os asquerosos semblantes de sus guarda^.. Con este ' 
motivóse acordó maese Guillermo de la i^ina, y le suplicó 
que fuese á oónkifluar la oura que bajo tan bueñoS auspicios 
liabia empezado. Ya conocemos los motivos que no permitía-^ 
T0ñ k iKradanm Isabel prestarse & este plan y la'8ustiiueioa< 
de persona, por medio de lácual esperaba verle reali?* 
ztdo. 

Instruyóse al'doctor dé las modtflcaoioDes que^sa proyec-^ 
to' había sufrido, yaunque menos seguro del éxito á causa del 
cambio adoptado, decidióse, sifi embargo, á ponerle en eje-* 
Gucion, y aguardó con impaciencia á la hermana de la Tri- 
nidad. 

Llegó Sl la hora coavenida acompañada de la superiora: 
era su eara angelical, como debia desearla maese Guillermo;, 
pero aquella cara maravillo^ no vestía el hábito, de la Trini- 
dad, y su cabellera iniaeta anunciaba que no había pronun- 
ciado: voto alguno. 4 
' Maese Guillermo- juzgó oportuno tranquilizarla, pero la 
vid tan sumisa y tan resignada, que solo pudo bendecirls^; ha- 
bía preparado una serie de reoomendaciones, pero ninguna 
salió dé su boca; y lo abandonó todo al seatimíeato y & Ja ins* 
piraefotí de aquella' alitaa Cándida. * : . > . ' 

Odetta (era ella) había cedida á las instakicias^ de su tía. 
en el fiiomentomififmo en que entrevio, que rse^ 'ocultaba: ^m» 
gran saorifido en lo quei desella, sq sdlioi^ba» €aathdo el amor, 
se halh comprimido «n el fondo de un ajma generosa» tarde 

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16& ISAREL 1)E MBieBAiT 

Ó temprano: sale de él bajo ift>foFOia <te un» variad superior, 
solamente los que deseorrea el velo que la . cul^ire la recoBo- : 
cen tal oomo «n st es; pero €|t vulgo, que se coateaVa coa ?er-, 
le pasar, oooserva su error .y la llama por ^l nombre quo; 
ella misma se ha dado. • ,¡ i. . 

Carlos habia salido coi saS' guardas: el soLda medio día 
lo átormenlaba^y se babian destioadolas jumoa&as y las tar- . 
dos para sus paseos, Cuando llegó Odetta! se ettcontfó 3o)a . 
en la cániara reii, y tm sentimiento edlraño se apoderó del:, 
alma de aquella niña, que habiendo nacido tan lejos del trOr* 
no, continuamente la empujaba hióia él su destino, oomo 
^npuja la tempestad un barco hdciu las rocas. Todo en aque* 
Ha cámara indíG^ba la presencia de cuidados mercenarios y 
el abandono do las personas queridas, yOüettá se compadeció 
entonces de aquella gran desgracia. La dignidad real cubierta» 
de luto y destronada, implorando el auxilia de una joven del 
pueblo, le pareció sublime^ Cristo azotado y Uovando. la orD;^^ 
es mas grande iquo Jesús echando álos' vendedores.del templo. 

'Silent^ioso estaba todo en aqiteUa cámara iniüensa) en la 
.que penetraba la luz á través de los vidrios do color; una gran i 
chimenea do piedra labrada^ én la que ardía un fi^egoardito- 
te, ápesar de eer la época de lasmas.oalurosas del estío» es* 
taba enfrente de* tm lecho colgado dé damasco verde oon<flo-| 
res de oro, cuyas desgarradas -cortinas ate^tíguabafi las.Ius" 
chas frenéticas que en él habia sostenido la locura. El suelO; 
esteiba sembrado de fragmentos do muelles y de vasos que el 
rey habiá roto en sos accesos, y ouyoa destiP^xos.no.ae habiaAi 
recogido por descuido; todo, en fln^ presen taba, el cuadro.de 
la destrucción ininteligente: Veíase que solo < k. materia vi via^ 



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ea agüella c&n)ara|, y el desastre,; cuyo rastro $e conooia JUr' 
(j]|a\eate, pfvr^cia maa biea produgido por la preseocia xla ah 
gDoa 0era qu^ ppr la habila^^ioq de uq hombre, 
. A es? aspecto, se apo<}orió ,de OdeUa aqoel temor persqoaU. 
Um propio 46 1a debilidad de la mujer: cofioc¡<^ que, pobra y» 
tímida gacela>, se hallaba en el aotro del lepa, que elioseosa'» 
to^ oerca del coal se le babí^;Oondacído, la despedazaría eod 
solo tocarla, como á uqo de. aquellos muelles cuyos resios pí^ 
saba^pues no teaia el arpa de David para enoaatar 4 Saúl. . 

Esjtabaeuterameate entregada: á. sus reflexiones, otieíod^» 
oyó un rujdo estrepitoso; eran quejas y gritos parecidos ¿loa 
que dá i^n hombre que tiene miedo: a| rumor se. mi6 la vos 
de otras muchas p^rsonas/que al parecer perseguían Á algu*í 
DO. £n efecto, el rey se babia escapado.de las mauos de sua 
guardas, que le habían alcanzado en la habitación conligna^ 
donde se empeñó una lucha. 

Al ruido de aquella gritería, Odetta se . puso á temblar; 
buscó i^ra huir la puerta oculta detrás dé la> tapieeria pof. 
4i*ndB entró, y no eocontrándoia, corrió á la otra puerta; pero 
eii ruido se había acercado tanto, que le pareció que 3olo sm 
hojas. te separaban de los que le prodiician^ Precipitóle entonH 
ees detrás de la cama, envolviéndose en las cortinaspara ocolri 
tarse, si poisible fuese, á las primeras miradas del reyXucioso; 
apenas había llegado á aquel sitio, cuando se oyó « ia^vozíde 
maese Guillermo, que decía: .. ,: 

— Soltad al rey, ... . ., 

Y la puerta se abrió. 
. . Garlos entró con los cabellos fizados,, püido , ctiMerto 
i]^ audur el rostro y con loe vestidos ; dasg^rradj^a: <Mri4 al 



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f64 is^ML ivc: i^AUf e;frA«i 

Mide de la cámara buscando algdfiWarhíá para defi^dérad, Y 
DO enoontráftdoia ^ túlvió Mora la píae^fáv tjCié hñíblaü^etiíA^ 
la precaaciüü d^ cerrai", esto te Iránqatíitó «Igtírt ' tanto, b^ 
qiiedó mirando hacía aquel sitio por és^MaciO' d)9 algvñáfs Segun- 
dos, y avanzando luíjgé de puáíiltás' obñad^i téróeí^ (fftb %' 
oyesen/díó vuelta á la llave y se encerró también 'por den!m.* 
Buscó enlpnéesboa lod bjois al^iin meláio-dé defensa, y viend^^ 
te caíala, la agarró i[)Oíd laflo Opuesto al étí^m estaba Odet- 
ta, y la' Uev6 arrastrando ddaVite de la puerta que queHa «de- 
Mnder contra sus eftemigos; dio tina -de aquéllas earcajadas 
qué bftoefl efetnettieder & tóá que las oyen, y dejando caer láS 
manos kkf largue) de su cuerpo y la éabéía sdbre' su pecho, 
fué ár sentarse con pausado paso delante dé' la chftlieneá, sin' 
rifarar en Odetta, que se había qiiédaídoíéln'' el mismo sílib, 
pero descubierta^ á causa dei cambio de las coftltía^. 

Entonces, bien sea que el acceso de iífc fiebre hubiese pa- 
sado, bien sea (|ueel temor hubiese desaparecido con lié ob- 
JBt(!^s que l0 hablan causado, lo cierto es que lá debilidad su^ 
cedió^al furpr, y el'rey sereoc^stbén el sillón en que estaba' 
sentado, quejándose suave y iristemente; de pronto se puso á* 
temblar y (¿locáronse sus dientes: se conocía que debia isn-^ 
frír horribleaiérite. 

.A la vista do aquel espectáculo desapareció el terror deí 
alma de Odetta, y A medida que el rey se debitílaba elfa'iba 
recobrando el valor; tendió las manos hacia el rey, y sin atre^ 
verse todavía á levantarse, le dijo con timidet : "^ 

— Monseñor, ¿qué puedo hacer por Vos? ' '' 

• El rey TÓlvíó. la cabeza; y vio á Ocíetta en él otro éstremo 
¡id Id'balbitación;: miróla tiñ instante cóh aqnélla mirada tri^ 



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e y dulce tan habitual eo él antes de enferiDar» y le dy^-con 
una voz que por momentos se iba dobilitaodo:. 

— Carlos tiene frió.., frío... frió... 
Odetta se acercó á él y le cogió las<mano$.; efectivaaiente 
las Veioia boladas: fué & la cama, quitó una cortina, la calentó 
á la lumbre y envolvió con ella al rey , quien o^erimentó ai- 
gun consuelo^ porque se echó á r«r eooio um nvfio. Esto ani- 
mó á Odetta, y dijo : 

— ¿Y por qué tiene el rey taato frío? 

—¿Ouérey? ^ 

—El rey Cirios. 

—¡Ahí Carlos. 

— Sí; ipor qué tiene Carlos tanto frió? 

— Porque C&rlos ha tenido miedo. 
Y otra vez se pu^o á temblar. 

-^iX cómo tiene miado Cártos, siendo un roy tan poderoflo 
y tan valiente? 

— Carlos es poderoso y valiente y no tiene miedo ó los 
hombres (y bajando la voz); pero le tiene al perro negro. . 
El rey pi^onunció aquellas palabras con una espresion tal 
de terror, que Odetta dirigió la vista á su alrededor para v^ 
ai percibía al animal de que le. hablaba. ... 

•--JNo, no entró, dijo C&rlqs, entrará cuando me abuealOy y 
eáta es la razón porqué no quiero queixie acuesten... no quie- 
ro... no quiero,. Carlos desea estar al laido dq.la himbre,^ por- 
que Cáirlos. tiene, frío... frió..» frió.., 

Dtra .vez calentó Odetta la éortipa^'y oirá ^t envolvió eon 
ella al rey, y sentándose á sus ,pié3 le apreló las* dos mdmos 
entre las saya». ... ^ . , . í ; .i 



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«T6B |6AB«» iMí'BMMttk. 

^ »~¿Eo<iquetauirlalo es ^r perro ne^PO?''^ • ' •' '^ > 
— No; pero sale del rib y está helado. ■ 

—¿Y esta mañana corrió' detrás de Carlos? < - 

• 1 -i-Córlos salió íporqtie se abrasaba y tenia necesidad de íes- 
'pírar el aire. Ubre, ba)ó'á;'Gn hermoso jardín' donde Imbia £k>- 
- res, y Carlos estaba, muy contento..; « ^ 

El rey retina; sos manos de las de^Odetta y se ¡ftpretdta 
frente como si hubiera querido arranéár/da e*lá uA^'dólor 
agudo. •"'.= .■••: ..■;-.;..:. 

— Luego, continuó, Carlos se paseaba poreíflcimadélircrde 
césped cubierto de florecitas , pero anduvo tanto , taiita¡-que 
se cansó: vio entonces un hermoso ¿rbol qué' tenia matixanas 
de oro y hojas de esinet^alds, y se tendió debajo de; él ính^ndo 
al cielo, que estaba azul ooh. estrellas de- diacdanles. 0e- re- 
pente oyó ladrar al perro, pero lejos, muy lejós'i-él cielo se 
osoarecíó y las estrellas parecían chispas de fuego: lafe. man- 
zanas del árbol se balanceaban como si hiciera vicinto, prodú- 
'CieÉdo cada vez qoe le; encoalrab^ el miemp ruicb'^ó pro- 
duce mía lanza ^I caer sobren un^ casco: iluag^d cdocó á aque- 
JllíLS. hermosas frutas de oro do^ alas grandes de murci^ago» 
qae» empozaron á moverse; poco despú-es aparecieron en é»ás 
dos ojos, una nariz y uiia bocSa ^ de modo qué parecían cala^ 
'/verad.iEi perro 'ladró ctra vez, pero mas- cerda; mas cérea: el 
AHsplt'embló^iy^^sas aariees también;, las alasse agitaron, ias 
cabezas dieron griteo, lals hojas se cubrieron dañador, y cada 
gota caia fria, fría, sobre .Carolos, y Carlos quiso 'levantarse y 
ifuiir, pero el perro ladró por terceraí Vez á' su' lado... y sintió 
í^m se echaba sc^resus pies, sitjetánddlos bon su pesoj ysi»- 
bia lentamente, lentamente por su pecho , pesando eotoo Una 



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2SABKL :|)£< BABIBRA;. iW 

moDtafia; qoiso reyckazar)o con snsnianiosjy.élld jaaaió Is^tost 
nos con su lengua' de hielo, |oh! joh! ¡oh!... Carlos tienefrio.^. 
frío-., frío..; ' . ;> . 

-—Pero SI Carlos se aíjostaáe, tal ver tendría mas calor # 
— No, no: Carlos iu> quiere aooslarse, no quiere. v. Luego 
que Carlos se acuesta, el perro negro; entra, dá vueltas alre- 
dedor de su cama, levanta la sábana y se echa encima de sus 
pies, y Carlos preGere morir. 

El rey hizo un movimiento como para huir. 
— No, no, dijo Odetta levantándose y tomando ál rey entre 
sus brazos, Carlos no se acostará. 

—Sin embargo, Carlos quisiera dormir. 
— Bien, Carlos dormirá encima de mi pecho. ^ 

Sentóse en el brazo ú^ sillos , pasó la mano alrededor 
del cuello del rey , y le recostó la tjabeza encima do su 
seno. , "^* * ., 

. —¿Está bien ^,GáJi:lo8? 

El rey levantó los ojos y la mfró ,con una inefable espre- 
sion de agradecimiento.'' ' ' [ 
— [Oh! sí, Carlos está bien... bh»... 
— Pues que duerma, y 4 su lado cuidará Odetta de que el 
perro negro no entre. 
—Odetta, dijo el rey, Odetta. 

Y se echó á reir con la espresion ininteligente de la infan- 
cia, descansando su cabeza en el pecho de la joven, que per- 
naneció inmóvil y comprimiendo el asiento. 

Cinco minutos después se abrió la puertecíta falsíi, y mae- 
* se Guillermo entró con suma precaución : acercóse de punti- 
llas al grupo inmóvil, se apoderó de la mano que el rey tenia 



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166 



ISABEL DE BAMBaA* 



caída, le pulsó, arrimó el oido ásu pecho y esciicbó sa respi- 
ración. 

Levantándose con semblante alegre, dijo en voz baja: 
— *Hace mucho tiempa que el rey no ha tenido un sueno 
tan tranquilo como este. Dios os bendiga, hermosa joven, por- 
que habéis hecho «n milagro. 




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ISiJlEll. pE nABIEBAr 



ieo 




CAPITULO IX. 



Mejoría 1» «jiliifl del rey. 



JjA noticia lie la «liferniedad del rey se había esparcido ea Ii^- 
^laterra casi al mismo tiempo f]«e en Franoia, y como e^ 
Francia, babiía producido grandes divisiones. El rey Ricardo 
y el duque de Laneaster , ^ que apreciaban á Carlos ,. sintieran 
estraordinarienieiite su desgracia. E} duque deLancaslef , so- 
bre todo, depiorai>a lujael incideate^ como fatiai , no soiaá la 
Francia, sino 4 toda la cristiandad; 
{ — ^Elsa locura ^ una desgracia inde&aible, repetía coa frer 



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i 7b téÁBEt ' bE bAmÉHAl 

él rey Carlos era Iwtabrg *d¿ Jgi^ y deseaba 

tabto 1&- paf >eQti^ los.do» remos^ 4'fl^^^ ^^^^^^^ ^^ 

íéGaies* Ahora se retardará opo^ri^rablÉnil^i^ vk e^p^icio»^ 
porque era el alma de esta cruzaba ; ¿y quiéíi sabe sí llegará 
á efectuarse? . ^ 

En efecto, Murad-Rey, cuyo nombre hemas traducido en 
francés por el de Amurad , y á quiea llama Froíssar en su 
antiguo leaguaje el Morabaquin , acababa de apoderarse de 
Armenia y amenazaba destruir el imperio cristiano de Oriente. 
El rey Ricardo y el duque de Lancaster eran de parecer que la 
tregua acordada cuando la ^ntráífa de /nádama Isabel en Pa- ' 
ris, debia continuar y ser además prolongada. 

El duque de Glocester y el cpnde de Essex opinaban lo 
contrario ; habian atraído á su partido al conde de Buckin- 
gham, condestable de Inglaterra, y los secundaban los caba- 
lleros jóvenes que deseaban adquirir laurees; pedían la guer- 
ra, diciendo que era propicio el momento, al espirar la tregua 
de la gran turbación en que ponia á la Francia la enfermedad 
del re; , para reclamar la ejecución del tratado.de Bretígny. 
Peratríunfó la voluntad da Ricardo y la del duque de Lancaster; 
y reunidos en Wastaüaster :16s paflavrentüs , eómpoet^os .ie ' 
prelados, nobles y comeroiasitea, decidieran que la tregua por 
mar y tierra: firmada oon la Francia; y <}ue" espírabja en t6 
de ajgosto. de i392, se prorogari» por ua' año: : 
' Dnrante éste tienipo ^ los duques d&. Berry y ii^ Boi^na 
•gobornabaniá to capríebo el reino :de FraiiQtoiavNo.,9^ babía 
disminuido el odio que á Clíssonteñiani^y 6u deatierrp de Pá^ 
Tís noies pareció bástante. oastigo : sateogama pidió mas y 



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*Ió Gbn&igtííó< Cfymo ef condestable l^biftisaYíáo át Üfbdtttiery, 
que por estar demaisíado Oércai dé la i36rte do^iÍ creyó seguró 
eü él, y sebabia ^efiígíado eá uü f&erte que pdselaen Sreta- 
ia, üaniádo GháteF tíossetin , ooriociéron lo«' f égehties- do ta 
corona que iib podrían apoderarse' de él, pero al tnénof« quir 
siero» despojarte de sus di^nidadies y en^leó. Goíi ^ete metí*- 
Tó 3¿ te citó pám que compareciese delaáté áei patlaméntode 
Parfe,' k fin de ré^ondér a los cargos» que se le hadan, bajó 
pena de verse degradar def íus títulos y dé perder su carga dft 
condestable. ^ 

El procesó sé'lng'íruyó'con Orden: concediéronse todos los 
plazos que en sebejantes casos obtienen íos culpables; eá fin, 
cuando espiró el último plazo se le llamó tres «veces; en la sala 
del parlamento, ti-es en la puerta del palaóSo y Otras tantas al 
pió' dé la escalera del tribunal; y como no respondió, ni per- 
sona alguna pbr él ',!fué desterrado del reino por traidor ala 
corona de Francia y multado en 100,000 mareos de piala, 
en restitución de las estorsíones, que según se^le acusaba, ha- 
bía cometido durante el ejercicio de sa cargo ,' y finalmente, 
•se le despojó pa^a sietupre de su empleo de condestalule. > 

El duque de Orleatis fué convidado para aqueta sénteooir, 
mas yia 4ue ñú podía impisdiria', ño quisó aancíoúaria ooa so 
presencia, y se i^gá & asistir al pagamento; i>ero no fattaron 
los duques dé Beiry 'y dé fiórgóña, y la áeútebcia ae dio en su 
presencia y en la áe un gran^ ¿Omero de barones y caíba^ 
'lleros: '' " -• • : '•'"' ^- ' '• '" ''■ .■'•'•••' ' * ■'■í •••''•^ 

E^ (all04iiz0 mucbo ruida en toda %L re i o o , y ioéjacibia- 

.do de tuuy disanto modo, aunque todos cpavernaa; ep qifo s« 
habia procedido acertadamente en apitOveohafóe dd^la .anfeiv 



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medftdáet rey para prowneiarle, on aUwjpn >& que, si hifh 
biera estaáo baeno, ^o sq habría aprobado, 

^0 embargo^ todos los dita^^ $q sabiaa noticias milagrosas 
acerca del estada de 911 salud. Uaa de las cosa^ qi^e m^ ha- 
i)iaa conLribui(}Q á distraerle de su roelaocolis^, era voa, invea- 
oion de ua píAtor llaiüado Griagooneucr qtie vivió eo. la. calle 
de la Yidrieria. .Odetta 3e acordó de ese .hombro, que babia 
<HMK>cido ea casa de sa padre: le escribió que fuese á, palaoip 
^y llevare Jas fts^iDpascaprichosjimeale iluminadas que le víef 
ra bacer. . . 

,. GrijBgoDo^ur pasó á, la real morada coa uoa baraja» 

. El rey maojfe^ló sumo gusto al ver aquellas pinturas» mi- 
jnóla? al pFíacipio.con la candida CMríosidad de un ñipo; pero 
se eatretuYO m^s.y mas cOa ellas, á. medid$i qu^^fué roeobraa- 
40)la razw, Quai^doj^upo que cs^da upa de aquellas figuras 
jteaia¡.«n.3ÍgoifloadQí Y' qvie podía ocrfpar flflpu,esto en.ua 
jm'i^, ale$(ófic^ itoftgen, de la, gaerra y del gobierqo. 
> , Griagoonauf le dijo qiie el.a« debía tener. la primaGía en- 
^l3-B lodos los naipes, sin esceptuar I03 reyes, pprque su. npníí- 
bre se derivaba de una palabra .latina que significa, pinero, 
;y nadie ignora^que el dinero es elniervio 4o 1* gwarra; y hé 
ifthi* la vazon por qué fiando uri rey no .M^ei ntS: e^tap/débil, 
íqua pueda ,9er batido im.\^ erigido que le tiengav 

. Dliolequeel¿r/¿/íí.(l}, es^ yerba fl^tnuflstras paredes!, 
-tenía poF objeilo reDordaí? al qjve le Qortah<^«qu^)Uo general po 
debe nunca acampar en sitio en que pueda faltar el forraje 

1 í I t ti m j li'i ■i c iit 1 .1 ¡' itlili ii> lí mi i 

^ (I) Corresponde á los bastos de nnéslra baraja, y significa 
^>^o{, fdanCadd tres hojas^ 



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& 6a ejército. En cuanto á \6¿s pi§t$e^ (1), do era dlflcil ¿41-' 
vinar que repr<$entábaú las alabardau^f qué ed aquella épooa 
llevabaa los infií&tes. Los carretmx (i), los hierros con qa# 
se arenaba el estrerño áeítJA fleclias que se an^ogaban c^n una 
ballesta. Los^rmirí (o) eran OTÍdentemente el emblema deP 
valor délos capitanes f de' lo$ soldados. Por otro lado' los 
duatro nombres de los cuatro reyes, David, Alejandro, César: 
y Carló-^Magno, no probaban que (k>r mas numerosas yvalien-' 
tes que sean las tropas; es preciso si se qüisre alcanzarla vio^ 
toría, colocar á su cabeza gefes prudentes, animosos yesperi- 
mentados. Pero como los valientes generales neóesitan tam^' 
bien ayudantes valientes, se los eligió para escuderos entre 
los atíti^uos, á Lancclot y Ogiér*, que fueron , pareée, de 
Carto-lMa^no, y entre los modernos, & Renaud, Cástélfanbdó' 
Céncy'^ a Hedor de Galard. Como este titulo de escudero 
era solo honorífico, y fe llevaban los señores «las poderosos 
atttes de ser armíados dabailéros, los mencionado^ escuderos 
líepresentaban á los nobles y teniíin á sus órdenes tos nueveá, 
losocbos y lod sietes, que representaban los toldados. ' 
. En cuanto & la$ damas, Gríngonnear rio les habia dado* 
tódavfáí btro^ nombres que los de sus maridos, indicando con 
esto 'que la ñibjéf hada vale por si sola, y que no tiene ma3r 
fneri^a ni inas' esplendor que el que recibe de sd señor y 
dueño. 
•' ESta distracción volvió al rey la tratiqiiílidad dé espíHto, 



. . , (4 ) Corresponde á las e&padas.. 

(2) Correspoude á los oros. 

(3) Corresponde á las copas. 



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t7v4t IH9KÍS U^ J^ANER^' 

Y^il IranqnilifM deil espirita to (lízp reupbr^ir.I^dpQr^ll^PES ft^- 
z^. Emp&0 á t)iel)6r y. á^cocner coa glasto; ^uelljiSi bpfTQro*^.. 
sa^.pQsadilia^f t)|ija3. de {a Oabre,. d^^&P^^eierp^^pqao.A poop: 
CQU. eüa>; yft n<3i .teñóla despapsar m la cama, y. gí>9> :tal qfi& 

' Qd.i?ttfi. veli^ci ^: su. lado. dormía ba<^tai}te> UWHl^ilouj .. 
X.. Uoa matena leí eacootró maéae jGulIerma ^$taote,fuert^' 

. p^rapoder;Pí)09.tar]iu)a fnula^ Al diasíguienlte la M'aJQroassa 
caballo favorito,, díf^ im largo paseo,. ,orgaQizó8e,„eii'fio, una 
cazja d.e .alhgtadras, :¥ Carlos y Odetta coa el bal^Q:OD:la(ffla-r 
nOi 80^ preseoííiifpp eajos.qaaipoa circunveoioq?, ^dwd^ ^toe^ 
roip. recibidos, él con giríto9 de alegría « oUa.ooq grítps.de. 
agradecimiento* ... ^ . ,,. 

.;; Ea la» corte de. Fraocijapo so hablaba. m^$ que de ta^ura^ 
dpi .rey y del modo iQilagroso coa que se veriQoó. MuK^as^, 
daaia$ taaiafu eja.yídia ds Ja. ber^Qsa desconoqidai: cpya.^KwX'^ 
ductay^egui^ ellas, DO era .mas qqe^ cálculo; txKÍas..deciaa que 
batbrj^p hecbp ,eil mi;;mo sapriOi^ioj y qo .bul)0:.i|njpL sola: que 
se.qfrpciesQ ea Ips di£^$ desgraciados; se t^a la ioflueoqiai 
que aquella joven ^ por ppco aaibicioáa.quefij^re^.ppdía teoer 
CQUiel r^y, Hasta. Isabel 3e arrepiatíó da su. prppia (4)ra; 
maadó llamar á la superiora del jCoavpQto.dp la Triuid^d,- 
^yió ricQS regalos . ¿ ^su cprnuaidad, .y le di)Q .qii^;pQf|ia Ue-t 
Yarse Asa sobrina* OdeUa recibió la órdea .dp;reg3:6sar al 
coavento. 

{ £L día seaalado para»; s¡a ma^reba» .Odetta sea^erc^al^rey 
con los ojos llenos de lágrimas, y dobló una rodilla: Carlos la 
miró con temor, y creyendo que le habia causado alguna 
pena ó alguna inquietud, la levantó p'reguútáñdole por qué 
lloraba. 



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ISABEL, l)f Q^Blfi^A*., 176; 

j.Tr:TS^r,;diio.:Pd0|ta¿ lloro porque es. preciso; qqe me^&e^ 
pare de vos. 

— Ata^ftíilot^arflijB Ift, Odelta^.dijo el rey admirado; ¿y por 
quj^^.hiia^roia?. , .:. : ,., 
'. r-Ppí'q»»e.íaflf> mq necesitins., señor. 
.;r-'¿V ^|í)es,t}ú,,peí;rnaaecer.un dia jüoas ^I lado de un pohre 
ia§ppsj[^í.o2.S(,. Ijen^s razón; jtrrebaté ya demasiadas, matjanas 
átu.hpi;mo^^.y ^legpe .viílapara oscurecerlas, con la sombra, 
dp. mis noche:^; arranqué J)astan Les. ílpres de Xa fresoa corona 
pfl^ marchitarla cpajnis ardieiptes iñai^os; te cansaste de la. 
MKjiusiofl .ftn.qtto; vives, y el placerte llama. Ve. 
.^ ¡Y a^e S(5ntA dejaado qaer.Ja. frente qn su mano. 

—Señor, la superipra 4pU Trinidad es la que víen^ ábns-, 
carme, y el convento es €l qqe, me reclama. 
. T^iLuegjO, tuna quieres. aí)^ndpaarme» Odetia? dijo el rey 
leyaplí^Djdo la cabeza. , . ;. , 
.,— Mi ¡vida, es vuestra, .señor, y seria feli? si hubiese podido, 
cqnsagráposla, hasta exhalar el ultimo suspiro. 

— ^Y dipi^, ¿qwén. te ü^eJQ de ¿ai? ^ ^ 

,--:I#a: r^ina y vuestros, tíos de.Borgoña y de Berry. . 

—¿La reina j,n>is. tíos .de Borgoña. y de Berry m^ ab^indo- 
naron en mi debilidad, y quicen volver, & mi ^kido detspue^ 
di9 qqe;b€t.;fecGÍ>rado la fuerza? Qdetta, Odetta, díme, ¿tú no 
quieres abandonarme? 

-^No tengo mas vQluQJtad 4ue la de mi amo y señor. Haré 
lo que él me mande. 

—pues bien y yo te ]}mndo que teqned^a^ dijqC^rJos^con 
alegr{a...E$to oastijlp no es para tí una .eáLroel^ hija n^ia: los 
cnidadQi; q^ me^prodi^te no son, únicamente de piedad', (Oh) 



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{76 ISADEL ik fiABIEnA,- 

si así fuese, Odetla, ¡qué feliz seria yo! JííirarUe, iiilrámé' otra 
vez. ¡Ohl no le ocultes. • " 

— Señor, señor, ¿queréis que muera de vergüeníaff'* 
— ¿Sabes, Odetta, dijo el rey agarrándola de las dos raa^ 
nos, que me he acostumbrado á rerte, p< r h táñfé cuando 
rae duermo, por la noche cuando sueño, por lá mañana cuan^ 
do abro los ojos? ¿Sabes que eres el ángel custbdib cíe m¡ ra^'- 
zOú, la vara mágica que arrojó á los demonios que aullaban 
á mi alrededor? Tú has p^riHcado' mis díks y Irañquiliíadd 
mis noches. ¡Odeltal ¡Odetta! El: agradecimiento 'és muy débil 
septimiclito para tales beneficio^. ¡Odetta! ¿sábés qtíé té aiüot 
La hermosa joven díó un gfrito^ apartó úús máhos-de ' las 
del rey y se quedó temblando delante de él. ' / - 
— Monseñor, monseñor, ¿qué mé decís?- ' ' ' • 
— Que sin tí no puedo vivir. Yo no filia buscarle: ignora- 
ba que existiera tu alma de ángel; adivinaste que aquí" se pa-- 
decia, y aquí \iniste. Te debo cuanto tengo,' porqué' te debo 
mi razón, y mr razón es mi poder, mí fuerza, ini cetro, mi 
imperio. Bien, vete, y me dejarás tan pobre oornó mfe en- 
contraste, porque la razón mé abandonará con figo. ¡Oht al 
pensar que te voy á perdei* Bota' ya en una nube. '• •■ • 
Llevóse fas manos á la fíente.' ' .* ' ^ ? "•' " ;" ^ 
-^¡Díósmio; continuó con espanto; otía vez ' loco! tDiosi' 
mío, Señor, apiadaos de mi! . •* "' ^ " • '' • '■' 

* 'Odetta dio un grito y sé ácercóal rey.'" ' ' " ' *•■' '*' 
— ¡Oh! señor, señor, no habléis así. •' * ' ' ' 
' 'Cárlds lá'miró con' desencajados bjtís. : e ' " • "' í*' • ^ 
' —¡Oh! señor, no me mirléis, ho me inireis; (Dios 'mió, es 
vuestt'a mirada insensata qué tanto Sano* metía ííecBdí - 



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ISABEL DE BABIERA. i 77 

— Tengo frío, dijo Carlos.' 
Odetta se precipitó en los brazos del rey apretándole con- 
tra su pecho para calentarle, y rodeándole con los suyos con 
todo el abandono de la inocencia. 

— xVléjate, Odetta, aléjate, dijo el rey. 

No, no, replicó Odetta sin oírle; no os volvereis loco: 

Dios recibirá mi sangre, mí' vida, y os dejará en cambio la 
razón; me quedaré á vuestro lado, no me separaré de vos un 
minuto, ni un segundo; seré vuestra sombra. 

—Estarás así.... en mis brazos. 

— Así, así. 

—Y me amarás, añadió Carlos, obligándola á sentarse en- 
cima de 8us rodillas. 

Yo, yo, dijo Odetta cerrando los ojos y reclinando su 

desgreñada y pálida cabeza en el hombro del rey; job! jno 
debo, no puedo!.... 

Los ardientes labios de Carlos le sellaron la boca. 

—Perdón, perdón^ señor, me muero. 
Y se desmayó. 
Odetta se quedó. 




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•« ,\Uf Jíí SAI- <i 



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ISA^J^ DE 9AB(|»A»: 



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CAPITULO X. 



El baile de, niáscarav. 



Algunos dids después de la escena qu6 acabamos de contar 
y estando Odetta á los piés de Cirios mirándole ooi) ia ca- 
beza apoyada en sus rodillas, entró precipiladamente Guilter-f 
fflo anunciando á ia reina. 

— tA^h! dijo Carlos, ya nóteme venir á ver aun loco; como 
le han dicho que ha recobrado la razón, se arriesga á entrar 
en la cueva del león. Introducid á ia reina en la antecámara 
inmediala. 

Maese Guillermo salió. 

—¿Qué tienes? dijo eF rey á Odetla. ' . 

•--Nada, respondió la joven enjugando una lágrima. 



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ÍSO ÍBkhteL DE BABIfi^lk; 

> ; Dediles de harlHirla cogido la cabfóft entre aáabas manbsí^ 
¿ésSiidola eit la freol^, fe'leví^^ 4 besada ^sdgimdá 

vez, y desapareció. 

Odetta contiQuó en la misma postura ea que el rey la ha- 
bía dejado. Un instante después se la figuró ver una sombra 
que se acercaba á su lado: volvió la vista. 

— ¡El duque de Orleansl esclamó ocultando el rostro entre 
sus manos. j[ T . ' ' ' ! . 

— jOdetta!.*. dijo el duque mirándola con la inmovilidad de 
la estupefacción. 

— ¿Conque sois vos, dijo después de un instante de silen- 
cio, la que hace tamaños milagros? Ya sabia yo que erais un 
espíritu encantador, y qué podíais privar de la razón al mas 
cuerdo; pero ignoraba que pudieseis devolver el juicio. 
Odetta suspiró amargamente. 

— Ahora ya comprendo, continuó el duque, esa virtud tan 
severa y adusta; sin duda alguna gitana os predijo que llega- 
ríais á ser rekia de Francia, y después de semejante pronós- 
tíeo os ptai^oiópoco el amor del primer príncipe de la familia 
rool".. • ' ' ■ • 

. — Monseñor, dijo Odetta levantándole ytíéjaildo ver al da- 
qae un rostro lleno de óalma y dignidiad, cuando vihe á asis- 
tir lacl rey, me presenté á su lado ootoo la víctima vá alsacri- 
fioío^ y de m'ágaa. «iodo domo una cohtesana que corre tras 
la fortuna: tal vez entonces hubiese encontrado al laxto'deLrey 
algún príncipe^ cuya presencia rao. hubiera sostenido; pieoro al 
entrar aquí solo vi un dtóímdada, sin más feorona en la fren- 
te qae;jana4é espinaéy an.=3ec obaímdohado d^ Dios, privado 

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ISABEU DE pABIIE^A^ 13 i 

d&Ia r^zpn 7 d^l instinto, y 9JA lo que la aa^turaleza ha con*- 
eedido al último de los animales, el. septimientode la propia 
oonservacion. Y ese hombre, señor, ese desgraciado $ra rey 
la víspera, y rey joven, gallardo y poderoso: en una sola nq- 
í(?he había vivido treinta ailos, y de sol á t;pl. su frente se ha- 
bla arrugado como la de un anci.aoo; de todo su poderjuia^a 
le quedaba la voluntad de ser poderoso, porque con su razón 
habia perdido la memoria. No pude entonceg resistir ¿ la comr 
pasion que me inspiró aquella juventud envejecida, aquella 
hermosura ajada, al ver perdido tanla poder. Un rey sin tro- 
no, sin cetro, sin- corona, arrastrándose por el suela, pidieur 
do misericordia y sin tener nadie q«e le cont^tase, presen- 
tado sus brazos y nadie le alargaba una mai^a Gons(^ladiora., 
un rey derramando copiosas lágrimas y sin, tener nadie que 
las enjugase. iQhl enfonees conocí que yo estaba destinada 
por Dios ps^ra upa grande y sublime misión; que hay posicior 
nes tan admirablemente fuera de los cálculos de la vida, que 
ante ellas desaparecen las convenciones habituales de la so- 
.qiedad; que la virtud solo es.un puñal en estos casos, con que 
se acaba de matar á un tnoribundo, y que valia nías peirdi^r 
4u alma y salvar uñar vida^ cuando el. alma es la de uría oscu- 
ra y pobre joven y cuando la vida es la de un r^y grando^y 

.., ,El duque de Orleans la miraba Oon, la; niaypr admiraoíaii 
oyendo aquella elocuencia. del^cor^zoa,4B. ques^habia^^^ess^ido 
insptradQirepentiaaipeiitQ^iCjoai^! esa$.^fl^^ que^ 8«^ a)«^en en 

:: -^Sqís una jéviBn a^mitíalilev'lfL /Jij^.el.'duqq^, y-swlitis m 
ái»g)Ql lijado dei^ cielo, .».>fuer^ 0ii»rt^.'lo.,^Qja(^.:a(^baia.^.# 



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162 iSAb^t DE BAáítRÁ.- 

tjontar; quiero oréerio; síii 'etobargo, y Jiedírós perdón de'h'a- 
berós ofendido; |os amafia taaYol ■ 

• — ¡Y yo nó os amaba> moñséBorl jOh! ¡ái babífeeís Sido 
-d^sgraciadO'1.:.. • ' • • 

- — ¡Oh! Carlos, Carlos, 'esclámó el duque de Orléaiis dándiy- 
SB' una pálttiada é'n la frente. • ■ 

En este momento entraba* el rey. Los dos hermanos 
sé abrazaron estrechamente; maes^ Guillermo venia defrás 
del rey. 

* ' — Monseñor duque de Orleans, dijo, á Dios gracias, ya te- 
nemos, al rey én mtiy buen estado; así, pues, os* le devuelto 
áano y -libre.' Eíí lo stices^ivo es preciso tener niuchó cuidado 
tú nodisgtístarle, ni (jícuparla mucho, porque todavía no tie^ 
ne la razón muy 'segura; pero lo que os recomiendo parlicü- 
larttienté, dijo mirando á Odetta, es que no le separéis de sú 
"átogel tutelar; mientras que ella éSté á su lado respondo¡'y6 
'dQ'to(í6;- ■''■.'"•■ 

— Máese Gruilfermo, riaspondió el duque, aprecio en isu jus- 
to valor vuestra ciencia, ^ue todavía' ei§ demasiado nócesaría 
al rey, para que penséis eri se-pararps de éí. , 

•^¡Oh! mofíseñor, Idijo máese Guillermo «íoviéndo la cabíf- 
ika,' en d d^ sot(> soy üh pobre anciano, débil é impotente, qae 
ni aun puedo soportar la vida de la corte; dejadme, pñes, 'qti0 
<líievüé(va án^ívlUack Laon: Uí d^ttuo está cumplido; ya 
<liu^e venir la muerte .Cuando 'quiera. 
'' — ^Maesé Gtíillermo, dijo^ «I duque, también los' duques dé 
Berry y de Borgoña tienen la obligación de ñloom^Usams 
^dnal in<Mis(:re¡5; ttíelibonj^o^ ¡(iikd.'áe que la* reaompon$ft'«)r& 
*rk)a y' bdpmofó.Sm' embargo^ si áci£e qué Boqueáireis 



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Carlos VI. 



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)84MA./ .PE .BAJPIAliAi iS| 

giiro qoedaiíois coBv^Boído 4e qae.oo ba usurpado ,U repat»- 
ei0ii gii^ titím de; eapléadido* .;.... 
.. Tn^J)io3 ha becbo ai^ de. lo que poedeu hacer los bomluas 
por mt repuso maese: Guillerma iucliD^adosa^.y^ld poco que la 
iresla qute baóerserásiempretdamadiaido. para loque yo. me^ 
rozco. ^ .•! ' ' 

Maese Guillermo 96 to1víó.4 iacliaar y f^iim del cuarto. A 
pesar de las vivas iaslabeiaa que le bioieroa , ú^ al dia si<< 
gniettié ri castillo de Greü para volver á su cft$a ea las cerca- 
nías, de Uí villa deLaoH». de donde jamás quísp volverá París^ 
á pesiT de haberle dracido mU coronas de or^ y puesto A su 
disposición cuatro de los mejores caballos d^.lAS oab^Ueris;a$ 
reales. -^ 

El rey tolvió 6. Su palaeip de San Pablo,, ea cuyas iame^ 
diaoiones prc^rciond.uQa modesta habil¡aQkH3.á Ode^ta, y 
üDdo entró, en el mismo <)jrdeQ, que tenia antea de la-enferme- 
dad. Tafflb|ea se apresuró á epcargarsie de los aegocios del 
gbfaiernt> pamdar su i^yo A.una grande y ^anta eoopresa 
que áemp^elialHá. tenido. iataadoA de. Ueva,f ¿:cai^;. una q(:u* 
lada contra los tarco$L' ^ ' ;: 

DUrabta laipeimanenoia^l F4yea.€reil babianllega4<)fj^ 
Kariaeoibajador^ide Segi&wundov ye^to^.eontaifQn 1/^ proT 
yettoé defiHyoloeto^ ^^ acababa 4b suceder á^upadre,, muer- 
to: woibi^ batalla oaiopals'peasato,^ el : nuevo rjsy ioivadírlf^ 
nngria, penetrar^por todo» los reinosde la.i^risMa^dad^omer 
tíéiuioloé & surJdemioaoiQn^ y permüátodoleí ¡Qj^Mwart W:^ 
FiiUgion^ enti^ dMfi«weaRfMnav>. vivafuecva y > dar^ w^ pie% 
80 6l su caballo en el altar mayor de San Pedro. T^ffian^f 



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l84 tíAvlÉL M'hxÉítmAi 

bkisféiQías^ddfaüém eácítar lai iádígiyaeidtí'deitQehiib los qaeabrn 
gabán un corazón eristíano;^adl es qao el rdf Cortos había jut 
rado que la Francia, hija primogénita dé' li IgleBía^ jamás 
consentiría tan aÍK^mlnableí pi^dfafiaclonj 'auii cuacodo tuviese 
que saHr él en pértona á coaiteLlir ios infieles, conao lú b^ 
bian hecho eti otros tien>posd(is predecesores Pelipé Aqgiiáto; 
Luis IX y Luis VIL ^ 

El eóhdó 'de Eú, que había tomado.fa espada^dé condesta- 
ble de manos de CUsson, y el mariscal BoiioiGaut, que había 
viajado por tos [miséis infieles,' a^yabancoE todas sfts ftona^ 
lá i^soludon del rey, diciendo que todo daballera que se 
santiguase e^aba obligado á fomiar liga cómtín y marehat 
éontra el enemigo. ^ - > 

Mas el que habia abrazado con mayor ardor el prxjyeeto 
de aquella empresa, ora el' duque* PelipodeBórgoña» movían- 
le á ello las 'instancias de sü hijo^^eLconde de N^vefs, que es-» 
péraba ser nombrado gefé de aq^ürel -eseogido ejército' y.con él 
llevar á cabo las mas famada» 'proezas. Niqguiia; op6sición ra.-^ 
tontearon estas pretensiones ei^ el duq&d' de Berry^. de iDod^ 
que el consejo las adopíó^síti detéiiimiéhto'ygttiió:!^»^^!]^ 
jadores fueron despedidos en nombre dei wf; <JespachánG)bs« 
ihensajerps al emí^emdcff de^ Áierfiánia y alíduq^e^ de Austria 
pijSiéndeleS libré 'paso pbK sttS'esiU^Q$; ''e^ribieróa',.taiiibíeai M 
gran maestre' de^la 'orden 1[%»téniea y d^lo&'oab9litk*o^ (h'fie^ 
das; annácñtídoles qué* JiMi^' de { Bótate- iba ' á * socorrerlos 
aébmpáñado de> ¡mA cabá[UeF(3í& ^>1 esondeiioq, '(eíscogí4a9 ei^tré 
I^ ^fíasl^M^i^do^^dé'tó^^.jrr^iifo^ip áb tadiáméi^ 

, nAza£<)p pMábta^Nílé) Vey- Ba^«0lAél,<it0M«idb 'ff^^'- A^oraOn 



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ISjHU. .«DE BABIBlUl 185^ 

Coa* la mayor actividad se ocupó «1 doqüe de'Borgo&a i^ 
formar á sa hijo leíservidnmtNre militar que dabia abpmpa- 
ñarle, porque tenia «1 mayor empeño en que fuese digna de 
no principo de la flor de^ l^s^.- Su primer cuidado foé el husm- 
earle un caballero de conocida ésperíencia y acreditado ^alor 
que no bo sepiarase de; m lado. E8Grit)iú, pues, al señor- de 
Coucy^ que aoatiaba deilegar áJMilán, pidiéndole que viniera 
tt avistarse coa él ea su palacíode Artois, donde habitaba 4 
la sason.Sípe Boígtierrand admitió gustoso aquella cita; pre-^ 
soltándose sin perder tiempo; aperné el duque y la duquesa 
le avistaron, salieron á su encuentro diciendo: 

— Ciertamente, íire de €oooy, habrá llegado á vuestra no- 
tieia la cruzaba qoe se está armando, de la que ha sido nom^ 
brado geCe nueétro hijo; habéis de saber qua este hijo seii^ él 
sol de la oaea -de Bergoña,. y qóe hemos determinado confiar- 
le enteramente á vos y á vuestro valor, porque sabemos (Jtte 
sois el mas bábü dQ todos los oabattenea francesa. ea el ejer- 
cicio delijas armas. .Os rogamos, puee, que séais sucompane^ 
*o y consejero durante ei larga y penoso viaje- que váá em- 
prender, 6l cual pedimos á Dios.GÓn el mayor fervor sea para 
Jionra'Buesira y de toda la mstiandad. 
- ^Monseñor y qoft«nTa, respondió el de Coucy, semejante de- 
taaoda esonátóitdefi paraUdí, y Dios mediante, emprenderé 
esteviaje*. por 'dds'i^asones'frla' primera por devoQioin y por de^ 
Jenderila flfifdeJeeqei^tstot'lasegdnda pcfr h^er todo lo posi- 
tt&para'iecrfeeppnder'digiMimehte al bener que me tribataia 
8iD embargo, réoibiiíá grání'in^rbed-si me ^ispelñsáseis' dbl 
Avorde» esta M^pnsábítMad,- cometiendo tan! grave ' a¡ltgok 
«kr^'-pereoná i»aidigQa, pop^ejiefmplo,:á:m8Ísir(»'F«Kpe <& 



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386 IlitBEL íDE: BAUEftAi 

Arlois, coiífle^ de:^Uiy oo&destable dó FüaBom^ i- si'oa pare- 
ciere mejor; á. su primo él ooode de La Marché; umboása 
ouenlaQ «n el numero de ios¡eabaUeros:qi]6.yaD*eo esa.eápef! 
diüion, yambos soo mas coreanos ^anientcfó .víue&tr€|3vryaipoR 
toiafloidad, ya poriásarmas. : : ^ ; • 

— ^Sire de Coacy, intérramptó ol duqoe, mas que todo» elloa 
juntos habéis vos tislp y llevado • á, oaho. .G(mi©c«s pe^feolaM 
fíenle el terreno qne teúeis que airaresar: eoa valientes, f 
honrados esos caballeros; pero : vos sois «(.jaofas aatigma qué 
cuenta la caballería, y por. lo tai^ reQdvamas mieslrai é^ 
manda. . : . . r : i . - . «» , . .. 

•^Monseñor; contestó el señar de^ouoy, obedeceré á vees- 
4ro requerimiento, y éspei'oqiie con la aynd). de messiré Guy 
)de La Trémouille, de su beríBano Guillerma^del aloliranüB dé 
Francia y de messire Juan «di^ Yi(^«nñe, saldré coa bonoir de 
«taemfH-esa. ^ 

Decidido este panto, láe deupó el: djuqpieieÉ agenciar diñe*- 
1^0 para que su bijo fuese coo-etTEausto y .espleador dig^no de 
41. Con motivo^ piles, de armarse caballero Isa :hljo, impuso 
OQ nuevo tiibdto sehre todo el país Uaao, sobre los -sdñores 
de las fortalezas y sobre los ¡vecinos^dd lasdodades.cm^Fadas^ 
que ascendió á 120; 000 coronas de oroV pero•>cm)o''^me- 
* jatíte caatídad- estaba muyi: lejos de ba/^tar para ODanteMc :ti 
trba con el que queria Se. preseuit^e, naiifioó á tqde^ lios se^ 
ñores y señoras que teniab fondos deél que ise^preparassal 
partir, diciéndoles (guajes había* iiot^bnidoparaiihacdri^arM 
idfe laicotmliyade'3a hijd, d^ijtedoleis^ sin dtiit)ar9Q>,i:lltlib0iH 
tad; de redimir la inoomcídidad de este ivteje patei^d^ uAa oaof 
tjsi ratjmáble» Esta iCupiá.era d^ndo^:»!!! pus»! i0|..ttiM)Sy.iAi 



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ífiB páfa otros, y áuíi de (Jtiitíieritas coronas dé; oro^ seguá 
hsíentás (jue prodiicia cada fondo. 
^ 'Laádaméis y eaballeros ancianos A qniened, cotoo'dice 
Fróiásar, les asustaba' tanto trabajo corporal, pag$iron con la 
m^jof voluntad el'fetldo del duque. En cuánto á los jóvenes, 
^le^dijo que no erü m dinero, sino sos ¡^rsonas, las que 
bacían falta; y por lo tíanto que se dispusiesen á partir A fila 
oostA pai-a acompañar en este $anto viaje á ^su señor Juan. 
Esté segundo impuesto le produjo al duque otras sesenta mil 
coronas. 

Hioiéronsó los priet^arativo? y aprestos con tal prontitud, 
-que eM5 <Ja mayo, estando toáts ya dispuestos para la guer- 
ra^ dio h sef^alde partida el conde Juan rompiétido él mismo 
la i marcha: $<$uianld mas de mil caballeros y escuderos, gen- 
tef^ toda- de{ esforzado ánimo y distinguida runa. El 21 del 
mismo tik^ eB<r5 'lodo el ejército' en la Lorená; atravesando 
«luego el cóodado de Bar y dé Borgoña y pasando por la Al*- 
-áaicia, vifiQ; á; hacer alto en Wutemberg despoes de haber atrnr 
Tesado todo d país de iAaníay y el Rbin, desde donde pasó «d 
Austria y fiié^ recibido con los mayores ho&oiresy muestras de 
estimáeion p<or.el duqnevque le estaba esmerando; despaaé 
oada' bno: se separó por su hido para haeéi^ con más facilidad 
la travesía, babieñdd señalado por, panto de riduiíion la ciudad 
de Roda, en üngrla.: r ' ... • 

' -Mieñl^rás que ésto pasaiba en el Remito, iventilábanse e& 

^P&rte grandes; é'importaiAes negocios: ImUan llegado emba^ 
-jadoUBS ide Inglaterra pidieiido en m^trifldónto é niadáma lsá« 
éel de Fránoiáiqíie todavía era una nina; para el rey&ieart- 
do. Estaunion, diljaode imparte la edadyeiiadí&jo^ todo aspooi- 



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Ao Gonviaiiienta: la laglatorra, ua f^bo, y.Hioardo uarey qo^ 
podían aliarse perfectameate cíhi el. reiiio y eJ rejf de Fraa* 
cia. Adorna»^' esta oniao rpo^ia férniioo. 4 la gqerra y :^ter- 
minacioa qm hacia ouair/) aios d^^laba.dpa. pueblos joac^dop 
l>ajo el raiínio cielo, ramas de üo misino troqc^, que^ sí biea 
cada uno separado era.débil, apoyáodcíis^ieljinQ.Jínelolro-por 
^aose resistir á tcidus las tempesla<lest. < F^, .pges, ¡dpcidich) 
sia oposición el matrimoniu y desposada. ii^íwktaaJsabelooii 
Jlicardo de laglalerra, que al ano^ siguiente ¡debiá recibirlas 
Cales de manos del rey de Francia.. , . . 

.. El.método qjae maese Gu¡ltermo/haJ)ía; dejado, para cuidar 
^6.1^ salad .(le. Garlos era puatualiíieate sfgwíte, oonpaptiou^ 
larídaid eatodo loque tenia relalcigñ coa las diisti'acoiioacís (|ue 
4e había recetado. Así es qae diariaaieote se sucedían loa.p&^ 
^seos á caballo,; los baaquetcs, >ya m el Loavjre, ya • ea pala- 
<ck); y4osi)ailes y saraos ea el de San Paiblo: oada uno de 
por sí y todos jtijntpd f daban- iormenlo & «su oaton^oaianU) 
•pai^aliacer la eárte al ^ey, inventando algnnosicapnichqs nua- 
Tos, siendo sieodpre niejoh Ire^ihúios ios m^ éstravagántas. 
Od^tar tomaba muy. peqaeOa psartoisn; tfii^ estttS iesbas, de 
JAS {que su oáLodido y.ctolancaMiQo capftc|tei^ lá¡>hHbJQra: alejáds, 
iaon cuando no hubiese: ecistid^ nína.causa inifis sagrada que 
fleiimpedia^istir áellaSi^ibi^ 4 seír inadiisL v 

El rey la amaba con ese amor profundo y l^eoooooidk) 46 
ias alma^ graode^c ni U|a solo diapasi^basijí) que^j^dimise una 
-toa á sa4nlcenej|EGirm^ai; y^^aado, feci(pit(]daba.90r. La Afih 
<¿6 laa íiestas.xldldía yifior.Ia «Mañana los plaqsilBs ida la a»- 
<bB^to {ffia-^ia ^pipreiIa.hoTaique4áürá'fasadO>4 s'd ladtk.Iá 
4na!;rhemosai4é tn]as^:laa.boiiusfk Ga.ví^¿ ,.. i > i . .:> 



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' ' Atíthinck) elileropo guc¿dí6qtíeiíor la épcJCa áttjoe hetííoar 
Hégado se casó iia caballero de la servidaaibVe del irey, lias 
diado Bermandois, eoá nnu seíuorita atématia, que lo era del 
la de la rsína. Los augustos padrinos de los jóteoed divcidie^^* 
rOQ' OQ Gonsecuéncía que las bodas se celebrasea en el f»ala-« 
do ideSan Patrfo, y^por lo taato cada uno de puso á cat&óñ 
nuevas invenciones, don objeto de qoeaqutílla^ fiestas (Ueseaí 
las mas placenteras y agradables de cuantas hasta enton^dd 
se habían dado; Coiné el baile «ra dehiAscáras, quiso lograr 
el rey de Odetta qué a^siie^e; peroella se negó oosistanté^ 
mente alegando' el peligro de su sitimoion y la debilidad de 
au salud. ' 

El día de la boda llegó: cada^ tirio había ' hecho con él rna^ 
yor sigilo 'sus pi^eparalívos para aamehtiair rtefet^o con lA 
sorpresa que esperaba producir: rompieron el bajle A'iarias 
onádrillas de máscaras ordinarias; pero seriad lasorice' cuan- 
do se oyeron los gritos de paso, paso, y iküf^áletátí piqm (1) 
•y un nalei de cárreaU (2) con alabarda eñ mano y vestidos 
450ñ trajes característicos á feu empleo; se oolooarofl en* ambos 
'lados de la púértá, por laque pasó casi al raistóo tiempo cftiía 
baraja completa: venían los reyes' colocados por atítigüedaA'. 
David marchaba el primero', seguíale Alejandro, detrás de 
Alejandro, César, y por óllimO, detrás dé César, Cario- 
Magno. . ^_. 

Cada rey daba la majio,á la dama, de su color; detrás de 
_^da.uAa de ellas veoia ua esclavo sosteniendo la cQla de su 

. <■ !>■ ■ { >;» n 

" (1) Cbrréá^otíde á la sotáde espidas dferiueálrra baraja. 
(2) Corresponde á la sota de oros. •' * ^ •• *'• •• - '• ^'*' 



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Vdatidp.£l primero de Ipsieaolavos ceprnentábaieljüt^so de 
polot^^ el s^gup^Q.el.villíir, fil tercera el ; ajedrea y el omxMí 
\q& doidos: Comppamn la oamitiva que tras elloa. veaia, ^m* 
as0s vestidos dé c^ita&es de. guardias^ trayeodo. Oada ono í\ 
siiaiórdeoes nueve cartas: cenrabaa la mareba^dis. aquella eom-*: 
parsa Jos. va/^íí da tréfiñ (l)'y de obuTí que iceijmroíi ta 
puerta en sedal» sin dudii, de quenoquedaba mas genteque 
entrar,' ,.:,....., .:.. .;.. 

La orquesta di6 entonces la señal para, empeízar el baíle^ 
la que^apenas fi^é oida.por los rey,e$y Mmas y «afefey.forma-* 
rm terceras (2) y cütorm (5) con grande aplauso de la aor 
ciodad; habiéndose colocado, por último, los encarnados en 
un lado y los negros en otro, se, termina el baHe con,una;con- 
Jtradanza general, en la que se mesolaron to4o$. los eplor^ 
sin distinción de edad, de rango ni c|e sexo. 
.. Duraban aun. ias risas que babia esoitado aquel capricho^ 
mando ae oyó fuera de la sala una 7oz que pedia en franca 
antiguo que abriesen. la ¡pn^ta. Como todQ'Ol mundo supuso 
que aquella demanda era heoba pai^a la introdqqei^n; dai otra 
.nueva opaipansa^ se apresuraron á satisfacer sus -paseos. Efecr 
tivamente„:el.q^a.I:(^^amaba la entrada en el bailo era un g^e 
salvaje conduciendo, ^jinpo de sus. v^los, atadop los unos & 
los otros eoDi; una cuerda, y meitidoa en un^ps faWelli?ies de 

(1) Corresponden á las sotas de bastos y áe copas. 

(2) ,En los juegos de los cientos son tres cartas de un mis- 
mo palo. 

.(3) , Suerte de 4iQbo ju9go> que copsistei en jujitar los cua- 
Iro asesi reyes, etc. . . , . ,.^ . , , , j 



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tela, eola cnal haiiku.pcgado ci^ii goiña ármrilla. liao muy 
Éklo pintado del otiter.de /los cabritos : estos seis hombres pa* 
recia que ihaa desnudos y cubiertos de péloíooiiao los sáüroa* 
líasd^^ma^, como 68 d0!&upobef^ cbillaroa i porRá y nstro* 
oedieroQ al verio^, 4e modo qué ^jañm desocupado un gran 
circulo en el centro delasala^ én medio del cual eatraroiilo» 
recmi llegado^ y ejecutaron diferentes bailes d cual mas gro-* 
téseos, »:'.'.,./.•- 

« N^ bien hablad pasado atgun^qi instantes., oüaado des^ 
aparecía él miedo qiiei> su presencia bal»a ^ causado, y em-^ 
pezaroíiii acercarse todas las ' damas ^ Asoepto la daquesa; 
dé Berry, que se empeñó en no salir dei rincón en que esta*' 
ba. Notada so repugaanote por el gefe de los salvajes, se dn 
rigió á, ella para, asustarla. Bn el mismo instante resonaron 
en Iasalaestrepito$os gritos: el duc^ue de (aleaos acababa do 
ai^rcxir imprudéntemente<úha aotojrcha á una de las mádca-^ 
ras, y fué. tal la antividad con que se comunicó el fuego , que 
casi al mismo tiempo empezaron á arder los cinco salvajes 
que estaban atados el lino al otro. Uno .d» ellos se lanzó rápi- 
damente fuera del cuarto; y otro, olvidando su propio peligrq 
y stts dolores, prorumpió.en estas terribles palabras:; 
•-í-I&lvad al rey! por Dios, [salvad al reyl 
Sospechando entonces la duquesa de Berry que el que se 
dirigía á ella era el mismo Carlos, se abrazó estrechamente 
^n tí, porque se>habia empeñado en volver hacia sus com- 
pañeros, á pesar de que de flingnn auxilio podía servirles, es»» 
poniéndose íáúiibnente ú, ser quemado con ellos, y colgada de 
sü cudlo ¡resistió & cuantos esfuerzos hacia, sin descuidarse 
por esto JBn pedir que vfaiesen & ayudarla. 



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£92 / ISfiAfflBU/DE.tBAfttnA^i 

Mienfras que esto^pasaba^ ebBlíiiuai}á& 
tos deiiolor y la voz que dec» coa la mayiir* angustia: ]sal>* 
vad al rey! ¡salvad al reyl . - ?i 

" 'Horrible espeetáoulo em 6ide> aquellos <eoairo hombres^ 
araiieiído, á los que nadie oáabaiaGtíroars^^ .pot^ue' la .goiÉoa 
corría coÉoo tin sudor abrasador pon todo su cuerpo hasta el 
paviinentol y los pédazos^Kiuearraacabaa.deAquélctrajo lual-i 
dito se llevaban tras si otros de carne viva, cual otra tónica 
de Nesso; de tal ánerte; que uaguA dic^ Froisséir, düspifaba 
asco ypiadadá la vez. el ver y oir lo que etí aquella >^ttia de 
Sau Fablo pasó á las doce ¡dé la noche, pues de ios otialro que 
ardían dos/estabaa ya tendidos nijuerlos; y ^ a^a^dosr • ea el 
suelo: el uno era el jdve& conde* de lo^ny y ¡el otro aire EmeH 
ry de Poitierfe. Por lo que báee:á'los otit» dosy fitóon llevar? 
dos niedio^uemados ¿ su cdsá: el uho era- 'naestíre : Enrique 
de Guisa y d otro el bastardo de Foix^< el cual coqtiniffiLba d^ 
eiendo con uba voz morilMinda olvidándose de slilpTopto. iqar-* 
tirjO': jsalvad al reyl'jsalvad^al reyl: 

■ El quinto, que era NantouUiet^ salió' ai>diefido. de Ja sala» 
pues l^ibia recordado én aqgel crítico tnomento haber visto al 
entrar en la botillería dos grandes: tiüas llenas de agua^ doxh^ 
de enjuagaban k^ vasos y salvillas, por lo: t^ue fie dingióMcia 
«quella parte para echarse en una; de eUai»; «oslai^pfese&cía de 
ánimo le sahiJ. . • , • « •: •• i :• ''; ,. ¡ 

La duquesa de Berry se había certíonado de. que^iel q^ 
•tenia en sus braz'oserad rey, pues eqte ^saicqoiifeaó.Ea* 
lonoes, ensenándole á noíadamii babel d^esmájiada eadosbra*- 
íos ¡de sus mujeres, había conseguido.de él »qüe'«orriéseá su 
habitación ámadarde tra)©: él tarar qne ¡su fluerteiabiaiftSj- 



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ISABEl^ DE BABIVRA. 493 

píradb eñ ua priacipio ao }ard6 ea calmarse, porque al cabo 
de algunos iostaotes se preseotó ea la sala vestido coa su tra* 
je ordinario. 

Madama Isabel DO recobró los sentidos hasta oír su yoz/ 
7 aun eatooces dudó largo trecho que fuese efectivameate él» 
y mucho mas que nada le hubiese sucedido. 

Desesperado estaba el duque de Orleans, pero su dolor 
solo servia ya para probar que á su escesiva imprudeocia y 
juventud debia atribuirse aquel faial accidente; deciaá los que 
querían escucharle, que él debia sufrir elcastigo y arrepenti- 
miento, y que desperes de visto lo acaecido hubiese dado su 
vida por la de los desgraciados que acababa de matar. El roy 
le perdonó, porque era evidente que ninguna mala intención 
le habia movido. ^ 

La noticia del suceso corrió todo París en pocos monaeoe 
tos, con la difer^cia de que se ignoraba que el roy sé hubie- 
se salvado: esta circunstancia fué causa de que al dia siguien- 
te se agolpase* el pueblo muy de madrugada por todas Jas car 
lies inmediatas á. palacio, murmurando ea alta voz contra los 
jóvenes fatuos que hacian que el rey se entregase á semejan- 
tes diversiones. Comentaron, pues, k decir que era preciso 
vengar su muerte matando & los que habian sjdo-causa de 
ella, y no faltaron aiguos que soapeebasen del dnquc de Or- 
leans, á quien pasaba el cetro de Francia después de la muer- 
te del rey. 

Los duques de Berryy-de Borgoña, de los que el prime- 
ro venia de la torre de Nésle y el segundo del palacio de Ar- 
tois, se encontraron por la mañana en el palacio de San Pa- 
blo. Acababan do pasar por aquellas oleadas del pueblo y ba- 
ta 



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Íd4' 18A1IBL DE bABISIlA. 

Ibútí oído el sordo rugir M león. Conociendo y tetmendo ^n 
cólera, venían á ver al rey para aconsejarte que montaje á 
calmllo y pasease las. calles de París, 

Cuiando ol rey hubo consentido^ el duque do Borgoñahizci 
abrir las ventanas, y asonpi&ndoso al balcón, dijo en alta voz: 

— El rey vive aún, buenas gentes, y ahora vais á verle. 
' En efecto, salió iuego el rey acompañado = de sos tios, y 
después de haber cabalgada) por toda la ciudad' para ealmrr 
al pueblo, entró en la iglesia de Nuestra Señora, donde oyó 
misa é hizo 3u& ofrendas. 

Volvíase ya hacia el palacio de San Pablo, después de ha* 
ber cumplido con este dt^ber, coando al pasar por la calle de 
los Jardines oyó un grito tan lastimero, que no pudo menos 
de estremecerse y levantar la cabeza. La que acababa do dar 
aquel grito era una joven que estaba á la sazón medio caida 
en los brazos de du nodriza. No bien la divisó el rey , cuando 
sdiltó del caballo y dijo & sus tios que volviesen solos á pala^ 
úo; y corriendo bácia la xsasa donde estaba aquella m^er» sor- 
bió rápidamente la escalera gritando fuera de si: . 
^ *^¿Qa¿ tienes, querida hija mia, que estáa tan pálida y tau- 
lo tiemblas? 

' ---Tengo, señor, respondió Odeíta, elbaberosoreidomuer^ 
to y el sentir ahora que me estoy muriendo. ' 



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ISABEL BE AaBRRAi 



195 




CAPITULO XI. 



Hneried^ Oitetta. 



VjREíA, en efecto, Odetta af pronunciar estas palabras qiio 
iba á morir, porque se desmayo en eí acto níísmo. Cárlus la 
volvió en sus brazcs á la rama cíe dondo se acababa de levan- 
tar, y merced aunas gotas de agua que Juana lá echó en d 
rostro, voltio á abi Ir tos ojos. 



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Í9$ ISABEL UE UkUm^Aé . ' 

— ¡Ahí esclamó colgándose del euello de su amante » ¡ahí 
Carlos mió, mi rey y señor, ¿conque, es cierto que no habéis 
muerto? 

Toda la vida de aquel ser angelical estaba reconcentrada 
efi ?us (»jo3. •' I 

— ^Aua vivo, querida mia , para amarte. 

— [Para amarmel 

— lOh, sil 

— ^Muy dulce es ser amada, pues el amor hace menos sea- : 
;siWe el morir, dijo tristemente Odetta, ! 

V .—¡Morir! repitió el rey aterrado , ¡morirl dos veces has 
repetido ya esa palabra. Por ventura , ¿estás enferma? ¿qué 
tienes? ¿por qué estás tan pálida? 

— ¡Y vos me lo preguntáis! contestó Odetta. ¿Ignoráis aca- 
so que una funesta noticia circuló por toda la ciudad y que 
penetró hasta aquí como por todas partes? ¿Ignoráis que en 
lo mas avanzado de la noche se oyó un grito que retumbó de 
un^ estremo ^ otro en París, el cual decia : ¡el rey ha muerto! 
¿Comprendéis ahora, monseñor? Cuando aquellas palabras 
llegaron á mis oidos, fueron como una puñalada para mi co- 
razón, sentí que alguna cosa necesaria para vivir se rompiar 
dentro de mí; entonces quedé muy satisfecha , porque adquirí 
la seguridad de no poderos sobravivir, y bendije á Dios; aho- 
ra, por ef contrario , vos vivís , y la sola que vji á morir soy 
yo. Y también bendigo á Dios^ porque su bondad es gramil 
y su misericordia iañnílá. . ,-. 

— ¡Qué estás diciendo , Odetta! ¡has perdido sin duda el 
juicio!, ¡morir tú, morir! ¿y por ijué? ¿cómo? , 

— Por qué, ya oslo he dicho; cómo, lo ignoro:, lo queüni- 



i 



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ISAI^L T>E BABíEnAi 497 

üamente sé es que tni alma ba estado prdiima á abandonar- 
me; y cuando he sabido que virfaís, soto he pedido * Dioe 
volverlos á yer, no le be pedido mas vida porque he conocido 
que era inútil; os he visto , soy feliz y ya puedo morir. |D¡ob 
mió, Dios mió, perdonadme si todos ii^is pensamientos son 
para ell Carlos, [cnanto estoy sufriendo I |ohl [estrécbam^ en 
tus brazos, quiero morir en tus brazos! 

Y se desmayó segunda vez< 

El rey, creyendo que había muerto, la estrechaba contra 
80 corazón soUozgtndo y da^ndo gritos de desesperación; deríe- 
penle,se estremece al s^tir tin movimiento estraño:. era el 
niño que sé agitaba en el seno de su madre. 

-^¡Ohl eselamó Carlos recobrando toda su presencia de 
ánima, corred, Juana, en busca de mi mismo médico, traodle 
aquf; si es preciso, decidle que yo soy el que se está muriendo, 
"¡meo que venga' pronto, al instante ; aun no está muerta y tal 
Tez podra salvarla. • .: 

Juana se lanzó fuera del cuairto con toda la velocidad qup 
sned^d le permitía y se dirigid adonde el rey le habia dicho. 
Diez minutos después volvió á entrar acompañada del médico. 

Odetta habia vuelto en si, pero tan débil , que apenas po- 
día balilar. Clavados los ojos en los suyos , inmdvil^y con la 
frente cubierta cto sudor, la miraba ansiosamente: da tirnnpo 
en tiempo Odetta dabfliUa ligero gemido.. 

•^Corhed, corred, doctor, eselamó Carlos al ver al médico, 
tienjdy^salvádmela; y ella salváis habréis salv&do mas que 
mi corona, mas que mi reino, mas que mi vida; salvareis á 
la ^e me volvió la rason cuando yo estaba loeo; ate que 
pasó asistiéndome, cariñosa y paciente como un ángel, diíA 



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198 ISABfiL i^C BABIRRAé 

9ÍD caenlQ y eternas oocbes; cuando la bayai» sacado de ^te 
p0ligno pedidme cuanto queráis, yo ós juro que io tendréis 
como el otorgároslo esié al alcance del rey mas poderoso de 
la cristianílad. 

Odetta miró al rey con una espresion indecible de gratitud. 
£1 médico se acercó entonces y tomó ei pulso ¿ la joven. 

— Vá á entrar, dijo, en sus dolores para 9cr madre , y sin 
embargo todavki no era tiempo; sin duda ha teaido álgun 
susto, ó ha sufrido alguna conmoción inesperada. 

— jSI, eso esl dijo el rey. Y ya que tan perfectamente oa- 
lioceis , doctor , la causa de su mal , ia salvareis, ¿no es 
verdad? 

— ^Monseñor, me atrerveria h aconsejaros que • os volvieseis 
k palacio á. espemr el aviso de haber salido del peligro. 

Odetta hizo un movimiento para detener al rey; pero ca^ 
al mismo tiempo soltando sus brazois los dejó caer en la cama: 

— Monseñor, dijo con voz muy débil, el doctor tiene razón; 
pero volvereis^ ¿n(> es verdad? 

El rey se llevó al médico Á un ángulo del cuarto , y cla«- 
vftndole la. vista: 

•■ -doctor, le dijd, ¿me echáis de aquí para ()tte no la^ vea 
jfiojrir? jgn 6se caso nada eú este mundo me alejará de este 
«uarto ; sino me la podéis devolver, vi va » no me privéis de 
ella ni un minuto tan solo > ni un seguido. 
, 'El módioo,. después de .haberse aceíxjado á Odett* y pul- 
sádola coni la mayor atencioí!, volvió al lado del rey y i* 
dijo: " '••• ' '.' ;•• • '■ •: 

*■ -^Podeíairos, monseñor; 'esta joven puede Vitir hasta ma-* 
Jtaoa, 



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ISABOU HE BAB»«A*: 1^, 

, SI tey estrechó cDDvulsíyamate las manoB. del doctor, 7 
dos lágrimas corrieron por sua mejillas. 

— ¿Pero estáis seguro que no tiene remedio? muirrauró gqh 
una voz- ronca: ¿conque vi á^marir y la voy á perder? lOhl 
entonces yo no me separo da ella y no hay poder humano ca:- 
paz de hacerme salir de aqai« 

~Sin embaído, señor , una sola palabra que os diga oa 
decidirá á éalir: la emoción causada por vuestra presencia! 
puede bacer mas horrorosa ydifleil la crisis que vá á pa^ar» 
y todo depende de; esta crisí$í; si hay alguna esperanza, en ellt^ 
debo [Cifrarla. 

— Me voy, me voy corriendb, dijo el rey. 
Acercándose luego & Odetia y estrechándola en sus bra*- 
zos, la dijo: 

— Odetta mía, ten un poco de paciencia y no te apures; yo 
quisiera no separarme de tf , pero me dicen que es preciso; 
consérvate para mi y hasta luego, al instante vuelvo. 

— Adiós, monseñor, dijo tristemente Odetta. 

—^No digas adiós, siao hasta, luego. , 

— jDios os oigal 

La ;iOven cerr^ ios ojos, dejaodo caer la cabeza sobre la 
almohada^ 

El rey enti!6 eH palacio anegado en llanto y en la inayor, 
* desesperacioHj y se encerró en su cuarto, donde pasó dos horaa 
que le pareoieron doasigios; en vana procuró 4|straei*se>|)ues 
fonstaniemente le atorm^ntaN w solo p^nsamieatp; ^^Jí^ 
en la oabet^a los mas agudos dolores; le p^recia. qn^ p^3a|||^ 
phr delao^iede sus ojosi Uaiuaradas {me le. abra$aban;. esti:^:^ 
ehaba su ardiente frente con sus manos para no,49Jar e^q^ix 



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iOO ISABUL 0E BABieKA. 

« 

l^ar de eM la razón ^ porque «penas la babia recobrado la 
Yíspera y conocia cuan fáoil era qoe te abandonase de 
fiaevo. 

Por ultimo» al cabo do algún tiempo conoció que ya no 
podia resistir nías, y preGÍptt4ndoso fuera de su cuarto salió 
de palacio, dírigiéadose á la calle de los Jardines; mas ape- 
nas divisó la casa deturo de repente su precipitado paso, todo 
É\i cuerpo temblaba. Un instante después ya Bstaba andando 
de nuevo, pero oon un paso tan lento, cual si hubiese ido acom* 
pañandoun fúnebre cortejo. Enáln, liega, pero sin atreverse 
á pasar el umbral de la puerta. Estuvo yA casi decidlo á vol- 
verse á palacio á esperar el aviso que le habian prometido. 
Por último, su^bió maqninaimente las escaleras , llegó á la 
puerta, y allí, escuchando con las mayores ansian, oyó aljo- 
ntos gritos. 

Al cabo de breves instantes cesaron los gritos. Juana 
abrió rápidamente la puerta, y el rey estaba arrodillado 
detrás. • < . 

-^[Y bienl dijo fuera de sí, jOdetla, Odetlal ' 
— Ha librado ya.... os espera. 
* El rey se lanzó en el euafto llorando y riéndose al mismo 
tiempo, mas se paró repentinamente delante de la cama don*- 
de estaba acostada Odetta con su bija en los brazo?, porque 
estaba tan pálida que parecía una imagen de mármol. 

Mas á pesar de aquella palidez velase en los labios 4e la 
í*eciente madre nna dulce senrifeallenade esperanza, iina son* 
Hi^a inefable y desconocida, una sonrisa q«e solo las madnss 
tienen para sus hijos, una de e^as sonrisas compuestas <l6 
amor, devoción y fé. 



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Ytendo la perplejidad de Carlos y redniendo todas sus 
fuerzas, cogió á. su hija y se lo presentó al rey. 

— MoDseftor, hé áquI lo único que os quedará do mi, 
le dijo. * • 

— |Ohl la madre y el hijo vivirán, esolaroó estrechando ¿ 
ambos contra sa corazón. Dios dejará' en el mismo tallo la 
rosa y el capt|llo: ¿le han hecho algo, por ventura, para que 
los quiera separar? 

«^Monseñor, dijo el médioo, seria -muy conveniente que 
esta pobre joven descansase algunos instantes. 

— {Oh! dejadme, dijo Odetta^ mi reposo será mas dulce y 
mas' tranquilo ouando esté allá arriba; No olvidéis que sí se 
separa de mi no podré volverlo á ver, y que si yo he vivido 
tanto tiempo ha sido por ún milagro que la naturaleza ha 
hecho en favor de esta criatura que yo debia dar á luz. 

Después de pronunciar estas palabras dejó caer su cabe- 
za sobre lod hombros de Carlos: Juana cogió la recien nacida. 
Odetta y el rey se quedaron solos. • . » • 

— Ahora me toca á mí, querida mia, dijo el rey, velar & 
k' cabecera de tu cai!na domo tú velaste por nti dura<nte tan^ 
t» tiempo; Dios hito un mitagro por ti; y aunque yo soy me- 
nos digno que tú'ds su bondad, sin embargo espero mudio 
de su raíseHcofdiá. Duerme, yo rezaré. 

Odetta se sonrió tri^temeflte, es^t^chóde una maniera casi 
hnperccptfble la marfddel rey, y «erró los ojos. Algunos mi- 
nulos despües' el aliento de sü boca y el movimiento de su pe- 
cho anunciaron que dormiá. 

Garlos, pálidoj sin movimiento y conteniendo la respira-í 
cibn^ miraba aquel roetro' tan páiido^ue parecia.perttofiei^r ]^á 



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á. la turaba, á no. ser porque sus I&bios' OoloreadoB de^Ud en- 
caroado vivo y el latir precipitado de fiún arteriaa indíeabaa 
que todavía r^rria por sus veoas aba vida ,dema$iadu febril. 
De tiempo en tiempo estremecimientos ruidosos recorrían todo 
su débil cuerpo, los que.^mainmedialaaieqte^eguick)? de al- 
gunas gotas de sudor frió que se desU^aa por su frente. 
Estos estremecimientos. se fueron . baiaiendo mas frecuentes» 
algunos suspiros salieron de su pecho, y lo9 débiles gritos qud 
prorumpíó anunciaron qne estaba safrien4lo algún suelíó ter- 
rible. Carlos, viendo lo que sufría, la despertó. \ 

Odetta abrió los ojos: al pronto sus rairAdas incierta» y 
vagas recorrieron todos los olqelos xiue la rodeaban; fij&n-> 
dose luego^en el rey d¡<^ m grito (te alegria al reconocerle* 
' — lOh! laun estáis aqaí> s^orl. le dijo: icopque era un sue* 
ño! ¡aun no nos hemos separadol 

Carlos la estrechó contra su corazón.. 
T^Imaginaos, continuó. Odetta, que iipenasmehiibía dormir 
do cuando bajó á los pies de Ja ^ma pn án^el Traía usa 
aureola de oro alrededor djS su. frente» ^las blan.Gas en. sus 
hombros y ^na paliza en la mano: me. miró dulqem^nte, y n)e 
«dijo: ((Vengo á buscarte, Dios te Ifania«» Yo la contestó ha't 
ciéodole ver que me teníais en vuestros bracos y qqe no pp-r 
día dejaros. En el raismp jn;^tante me í(Qcó x^^asur^palioa, . y 
cqnopí que yo también te^ia alas^.i.. dn^ties no sé/H^^oe ha 
pasado; yo era la que veli«^ba y yos.ei nw ciorn^ía. Qemoot^iin 
dose entonces el ángel le l]e seguida llevándoos, en. mis h^d^r. 
zos, y todos juntos hemos empezada, 4i3iipbi^ bacía, el oij^lo. (i\ 
prinqípip estaba muy <)onteat% jpiues jfqe.:^ntia:Con fuerzas y 
ligereza y respiraba fáciliaeDite;;pQOo. ^ pcicp ^i(io siotiemlQ 



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I3AÍIEL DE BAgtEIU« SOS 

l^e pesabais 4 mis bcazos; dk) he hecho caso, y coQtiaa^ su*: 
bieodQ* pero respiraba ya cod mas difiouliad. Quise dea|)6rta-' 
n)s» p6ro no padc> dormíais como.im tronca; quise gritaj^* 
esperando que me oiríais, per»; mi vqz no pudo salir de la gar- 
ganta; volyí ia cabeza bácíQ. el ángel para pedirle socorro, y 
lo vi que esl^ba ya en las puertas del cielo haciéndome sefia$ 
de que le siguiese. Quise deeiile qne ya no podia subir mas, 
porque me faltaba la respiración y porq^ie V09 me pesabais 
como uQ, mundo, pero ni un solo sonido, ni una sda palabra 
pude articular; mis brazos se adormecian ya y sentia que os 
ibais soltando de eiloe^... tan solo me faltaban dos pasos» para 
ialcanzar al ángel, ¡ya casi U tocabal Alargué la mano para 
agarrarme de los pliegues de su vestido: {fué mi tiltímo es^ 
fuerzo! solo encontré un vapor sin resistencia y sin fuerza:, el 
brazo con que os sosteai^aL eay¿ como si estuviese muerte, j 
os vi rodar precipitado en e( abismo. Al veros grité*.,, y eUr 
tonces: fué cuando^ me despertasteis. « . . gracias; gracias. 

Aplicando entonces los labios á las medias, d^. Carlos y 
sucumbiendo biijo ei pedo de^ tant^ emociones, coi^ré los 
•iqos. '..•''.-..• 

£1 rey la vió dormirse de nuevo, y durante algún tiempo 
estuvo telando úm el mayor cuidado de qof» algún otro saen<i 
viniese á atormentarla; roas al corto rato le pareeié que oom^ 
primian su frenjle algunos vahídos terribles y qoe los objelQia 
que le rodeaban, dai^a vuelta en . torno, suyo. :La siUa sobre 
fue esiaba sentado yaeUlaba* Xn\ú ,de levaatarscy abrir ;.iína 
vantann^y despfeodersid- de: aquella especie de delirio; pera 
para ello eca preciso despertar á Odetta^ que eon. pálidos lá/^ 
bioBry la saíngire algún* tanto calmM^, .dormia:tranquíI^ii)^|p 



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¿04 ISfkML DE BAMEliA. 

en SU5 brazos: áOdetta, á quien dos horaá de traoqa&idad 
podían volver sus fiíerzas; No tuvo, pues, bastante valor para 
despertarla Procuró escaparse de aquel delirio, y coloicando 
su cabeza aliado de lasuya, «erfó los ojos á su ve». Duraote 
algrün tiempo continuó viendo objetos estraordinarios que'fio* 
taban en t\ aire y pasaban sin tocar el suelo; una especie de 
humo ttí el ciial chispeaban nril taoecIHas, vino & cubrir to- 
dos' aquellos objetos: las hices se fueron luego apagando poco 
é poco y todo volvió á quedar en la inmovilidad já osóuras y 
«ñ silencio: Carlos áfiB quedó d'oí'mido-. .i 

Al cabo de una hora uaa sensación helada lo despertó: la 
cabeza de Odetta habia caido sobre sus mejillas, y en ellas ena 
donde sentía el frío.: Entumecido con el peso del cuerpo de Ja 
joven, qiiiso volverlifá colocar en la cama: «staba áias pálida 
<[ue nunca, enteramente babia desaparecido e('colordes«fó 1&* 
bios. Acercó, su boca á la suya, y-nosiñriió su aliento:' la ed-*- 
trecho en sus brazos, la cubrióle besos, y de repente dio Gar- 
lo» un penetrante gritoi 

'"■■ Juana y el doctor entraron corriendo y se acercaron á la 
cama. Odetta no estaba ya en ella; y mirando en torno éxsfú 
vieron á Carlos sentado en un rinbon del cuarto oónet cuerpo 
dé la joven en^sus bracos, envuelto en las s&banas. Los ojos 
déf 'Odetta estaban oerrados: los de Cdi4o&eitaban' abiertos y 
clavados en el cadáver. 

Odetta estaba muerta: Carlos estaba toco. 

' Cot)dnjeron atrey á San Pablo; habia perdido el sentido y 

completamente la memoria, y dejábase iiaanejafOOffio.tfn>nifiOv 

Al momento corrió la noticia de aquella desj^racta por todo pft*i 

iaefo, y gáoeralmente Be-.atriboyd al susto d^ la noohe anterior. 



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ISABBL DE BABIERA. 205 

La reioa supo esta noticia al volver de la calle deBarbette, 
en la que estaba alhajando una pequeña casa de recreo, é in- 
mediatamente fué al cuarto del rey, donde lo halló en la mis- 
ma inmovilidad. Apenas divisó Carlos las flores de lis de que 
estaba salpicado el vestido de la reina, cuando se presentó de 
nuevo el antiguo odio que habia sentido siempre á aquel atri- 
buto de la familia real; y dando entonces un grito semejante 
al rugido del león, se apoderó de una espada que habían 
dejado imprudentemente junto á un sillón, y desenvainándola^ 
se precipitó sobre su mujer. Viéndose la reina amenazada de 
este modo, cogió con sus manos desnudas el acero por junto 
á la guarnición y por el paraje donde no tiene corte; mas ti- 
rando Carlos violentamente hizo resbalar la hoja en toda su 
ostensión entre las manos de madama Isabel: la sangre saltó, 
y la reina se dirigió hacia la puerta dando gritos. 'En ella en- 
contró al duque de Orleans, á quien enseñó sus heridas. 

— ¿Qu% ha sucedido? esclamó el duque ^palideciendo, ¿quién 
os ha puesto así? 

— Ha sucedido, esclamó madama Isabel, que monseñor se 
ha vuelto mas loco. y mas feroz que nunca, y que esta vez mo 
ha querido matar á mi como on otra ocasión os quiso matar 
& vos. 

Y volviéndose hacia el rey sacudiendo sus manos chorr 
reando sangre, continuó: 

— ¡Oh Carlos, CárlosI esta sangre caerá gota á gota sobre 
iQ cabeza. ¡Tiembla por ti, infelizl 



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!.• ^:¿ i: ;• .. 



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n\hKV VE «ABIÉKA. 



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CAPITULO XII. 



Batalla desigual. 



JJüRANTE esté liempo habiarr pasado el Danubio los cruzados 
y entrado en Turquía; hicieron admirables proezas , tomaron 
infinitas ciudades y castillos, y ni uno solo délos que salieron 
á su encoentro pudó resistir á su valor y poderío; llegaron í 
'Nicdpolisr, pusiéronla sitió estrechándola rudamente, y descari- 
sando de un asalto contráotro ásnlto : ostigáronla tan bieii, 
que como no habia ninguna noticia de* Bayacéto , el rey de 
üngría decía ya & los caballeros franceses, á los condes de 
fíetcrs^jde Etr,deLa Marche, de SDTSsons;-á-ios señores tie 
Coucy y á los barones y n<íbfed «fe Borgoña: • 



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S08k Isabel m B^nm^ké^ 

— Condes y caballeros , la estacíoa ba sid^ buena , & Dios 
gracias, porque hemos hecho grandes liftza6a$,hemo3;eonf^n- 
(Udo eu el polvo el poder de Turquía, cuya Critío^ inuralil^e^ói;^ 
ta ciudad; luego que haya caído en nue^ro^podepV'^^qÍMy^ 
dudo la tomaremos, soy de opinión que no pasemos mas ade- 
lante por este año; nos retiraremos, si bien os parece , á mi 
reino de Ungría, donde poseo fortalezas , ciudades y castillos 
sin cuento, que os prestarán seguro y cómodo alojamiento. 
Destinaremos el invierno para ordenar nuestros planes para el 
verano venidero; escribiremos al rey de Fipncia participán- 
dole el buen paso que llevan nuestras armas, y nos enviará 
para la próxima primavera tropas frescas y aguerridas: qui- 
zá lueg^o que él sepa ^hasta dónde hemos llegado venga en 
persona, porque es joven, de buen temple de alma y muy afi- 
cionado á las armas, como^yasaisei^. Empero venga ó no, el 
verano próximo echaremos, con la ayuda de Dios, á los in- 
fieles del reino de Armansa, pasaremos el brazo de San Jor- 
ge (1) y entraremos en Liria á libertar los puertos de Joffay 
de Benrlh y á conquistar á Jerusalen y la tierra Santa. Si el 
j^oldan sale á nuestro encuentro, le juro que no ha (]e volver- 
se sin haber probado nuestro poder en alguna bjien ordenada 
batalla. . : 

Tales proyectos eran muy gratos, al valor y carácter de 
los caballeros franceses; todos los aplaiudian coa entusiasmo, 
y fuéronse pasando los dias. en aqu^l abandono de toda genjte 
de guerra que tiene puesta suQonfianza en el esfuerzo. y taU- 
BQíenlo de sus gefes. . . . . « 

(1) Estrechó de los Dardftnelw». "! "-^ 



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: ]teiMir4isliato..aio4oqtie*elloe9s^Mftba^ debian, sí» 

fiayacbU); de qüieoiM 90 balM oidp. bablar« y.<eu]t|^ ptBh 
toodkk todriM'tnotivó la ciega ouofi^QU d« fe» e^ojalleroi?^ terr 
bia pasado el.dsUoeír reuair 9a <j(ftroite: wmponifíf^^ esle d^^ 
aoldádoís «ilutados a«.tod<ici paio» y liabiaiea prometido tales 
veótajas; q&ese k hahíaii.preaeotadOi al alistamjeQlo basta 
k» hijos de ios doAfines deJíaPerski* , 

« Apenas se: vid al frettia de iu| numeroso ejérc¡to«|^Asoaa 
ea- aiaroha, atravesó el brecho de los DardaaeVos por camit 
iios«iu3Dbiert0s^ sa detBVo en AtidjYoi^olis el leeoipo naco-, 
aarío para rdiacer sus fateajes • y. llega á pooaa ^ej^aa da Im 
ciadftd qae leaiao. sitiada los cristiaQes. Maad^ eatoaees ái 
Unnes Seb/uo» de sos mas ▼alientos .y fieles capitanas, .que 
i'eíosqooiese el país y hablase ^ sí posible fuere 1, con Doisaar 
Btky gpobernadorde Nicdpuiis; pero* 4 poco regresó., didendo 
que un ejército iaomeratde de oristianos qoe oeupaba todas; 
las salidas, le babia impedido comunicar con. los sitiados. Ba^ 
yaoeto se sonrió con desprecio; y cnando bobo cerrado laño- 
ohe mandó que ie trajesen su caballo favorito , montó en él, y 
atravesando el campo enemigo , que estaba sumergido en el 
WBB ^rofiímio snéüo, iígeix) y silencioso como el espíritu del 
aire, llegó á la cima de una colína que dominaba á NkiópoliSy 
y desde allí coa voz^ atronadora ese! amó: 

> --«-Ik^an-Bek. 

^ Iste, & ((uíeo su buena suerte bahía conducido á la murfH 
lla,.reconodó fe. vos que le llamaba y lo respondió: preguntóle 
en seguida el soldán en lengua torca acerca del estado de tal 
oiudady víveres y mtioieiones, Bogau, después de haber desea- 

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d^^I ádldiil larga '#tda¡ y felicidad sm Umités» / fe t^polidió: 
«-Gracias á Mahoofó, tos^^MierCas y las tttikttas de liBi45Ítt^ 
dad Bcm^^'fti^té» y estAb'bíenidefefiMas: los'dM)kkdcMi oénio 
ymcjúfú tus sagrados 0)0$ ^ vigilan de üia , Velan de noehe y* 
tiéoeá bastatues vivares y suOcientes maaicioiM»'. ' > 

' Bayacelo, enterado de lo qua deseaba^ sabet^i bajá áú la^ 
cK4ifia, itbrqoe sira (te Heliyv qtiB imodaba «tna putrulla^ ha-^^ 
biendo oído la voz que preguütábai , marebá al mixo de dohde^ 
^ia¿ De repente vio pasar par delante dé- él anft espeqié de 
faataBma 4 oaballb^ jijg^ero domo el viento, y qoa como él rO^ 
zaba rápidameDle la tierra^' Persiguióle con bu tnopai ^ pero &< 
pesar de eer ano délos cabaUerosaiejdniíoniadoisdQt ej^ítOf 
no podo aleanzar siquiera él pol^: que el fugitivo levantaba. 
Bayaoeto anduvo así ocho léfnias en una hofa: ai llegaren' 
medio de suejércHo dio un <grito descompasado que desperte). 
¿ tos hombres é bita rellaéhar los cahalloé; quería apróvQch^ 
toqué quedaba de noche para aoeroarse eoanto posible fuese; 
al ^ércfto cristiano^ v 'i , . ^ 

- Pasosa imnediatamente >en marcha ^ y ojuañdo ams^eoió^ 
ordena k batalla. Gomo hombre de mucha es|)6rienda y qne* 
donoeiael valor de los cruzados, destaed una vanguardia dé; 
oobo mii turcos; seguíala á distancia de una legua todo el res*: 
t^ideleiército, al que dio la forma de una Yj y colocándose 
en el centro mandó á.'sus dos alas que envolviese al enemiga; 
cuando la retirada Cogida de la vanguardia le arrastrase al 
e^aoio ique ejqtieUa eolocacioir dé las tropas dijaba vacio* Este 
cuerpo y 1|ls dos al^. foñnaban el total de unos lOO^OOO hom- 
bres* .- i' ','' ■ 

- Mientras que este ejército avanzaba^ nuni^eroso como los 



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irftQOs de «MAM y d«vor«dor dauíd «l^iciáto M dMierlo, Ii| 
caballero» eristianoB gadtabati'eHtem^ eo flesM^yusii <A*giad: el 
(Mwttpo 6t tNtUft ionséñiáf) m^ láia nadadera «iodad, «a lá qae 
eeparticitwbaáki ves dp Mas t|s delgas de' U^^ ; »i 

Xas tiendas de lo^oabaHePoü' eran ida letes^tecánudas de 
wo; «egi^anke iae mádib tie FriooI» y s^iofeatatenr oirás 
Mevas; f ea lates tárihiop^^e'habiaA exagerado las paotas 
de sas mpatoe^ qtie el cfrtGotoqueifbnnabaaiinpedia qoe el 
pt6 Mirase en et^^^etriboy: y «Igaac^ iavieroa el capricho 
de.sojetareeá la podília su eslremidUd con mía cadeaa 
de oró* ■ '• ' .i .:.:■. í ••.■.. -. MÍ 

Aquella dísoluoi^ y «que) h]}<> adimi*aban á lo$ pueblos 
esira&jerb&;y Mf(pt\aé eboipreader cómo ums señores que 
sebabmn orazado ()or el bonoi^ de ta celigioa, daban i los ift*^ 
fieles uü esoáflfdalo tao ig^rande; cómo eran tuti frivolos des« 
armados, 'tai^vatieDies en el combate; y cómo podían los mis^ 
nüos hombree llevar á la vez vestidos tan lig^x» y armaddras 
tptn p^sadáSi ; . 

El 28 de octobre , videra de la fiesta del ftngel San Mi-» 
guel> se ba|lato:reonida toda la nobleí» francesa en la (ien* 
da del conde de Nevers, que daba un espléndiflobanquetCv Ba-* 
Manse vaciado- sendas bolellívs de jmo de üngría y del Archi- 
piélago. Messire Jacobo de Helly era el único que esjaba triste 
y sombrío en aquella reunión ,• y se burlaban de su mi^aótro- 
pfa; hasta que al Qn levantando 'su. frente * tostada <lel sol de 
Oriente, les dijo: < ^ 

— Rei-ros y burlaos-, señores ;. vosotfX)s dormíais mientras 
que yo velaba, y do visteis ni oísteis nada de lo que yo- vi y 
(A¡ £$ta noche mientras que pat^aUaba pcnr el campo vf un 



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tic wmum^^AwtMt^ 

fiüdigi» eOtt^k T^^(»i K»i^ijmí»»,f.fX9Bxt.4im^ oiéb»)f 
te tíeiTtt'iiospresagiaii<al8uo»:4«Qgi?ae^^ 

Loa 4)abaUeros so echiMsoii.ft mr ^^ buclóadosoiifo Anumtb 
Baraqutfif al|j^aií>sd]|)9ron4|«d'M^pem^tato^ oomo él aoiM 
fttretdm á ataoír & cáballaroi t43e})tíl«os« ' ! .• i • 

**f*^ Verdad es»; respondió mHB ^fiaUy, qne ^,rey fiasMe 
68 mi infiel ; pero* t» tambid&iiiii priikolpe eloi^eiro en su faiaft 
éreeoda, y sigue oúQtatttQ poidado to motrutfoidnes ds sii 
fidso^ proréta como, nosotros s^ukuoa CM«(>090f«Bl»^la8 flia«í'« 
damiemordeliirerdaddno^Dios. De so vator úo dtiterA'>el q«0 
le baya visto como yo en una batalla; vosotros le Uamiii4¿e«f 
tad traoqoilcKSi Vendrá si a^fta venida yaw . ', / 

*-^Meá3ire de Helty, dijo «I conde de Ke^ers levaoündosey 
apoyándose en el bombro del iBafiscal .^eeeioaut ^ rya per 
amistadi ya por maoleaer su eqnilitiírio^: vos yaeo soíe ji^vany 
eé una degrada; no sois alegre, es un vtpio; peFoqueneis^ea* 
tristéoemes, es un cirímen ; sin embai^ga^, soid w oaballeii» 
valiente, de mucha esperiencid; decidnos lo que babei^vistoj 
(Ááo: dadme parte, soy d gefe de la erutada. 

Volviéndose á los pajes qvnQ serviaiK á. la m^asa y alargando 
suvaso, ies.dijo: ' 

> —Echadnos yin<> de Chipre, y que sea del mejor, por si le 
bebemos por ultima v^e. 
. Y levantando su copa, áijo: 

. ---Sditoras» á la mayor gloria de Dios y á la salud del rey 
Carlos. 

Todos se levantaron , vaciaron su vaso y volvieran 4 sea* 
laree; solo de Helly se quedó de pié. ^ 

^jQs escucbamosi afiadió el conde de Nevers coioGaodb lee 



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SIIS 

eoA» étidmá dé lá wam fk^^úeaiols, barbii eMrs sm {hh 

^ ''«•^bores, pttnitMaftüoche; s^tt 08 di}«v choclo ol 811 
ei cielo , y hacia ^BlQpieole » usos grfto» que nada tmiM de 
hmm&ei Yolyfme y ¥f, como vid l^ds mi treiNi, una granee» 
treUa^itiarfa por otras daco de menor tama&o: lo» gHtoe ve« 
liiiiii de aqoel ladodonde estaba empefiadotanestraoocoiÉbate^ 
y losooadaóiaá hiféstrbs oidos^n vientomárafilloso» cpie al pai- 
reeer moría éo: loa» Utaites del campo, como si measajero de 
fimestoe (iress^os \t Imbiesef eaeargadOi Dic» que^le lloTara 
Kasta el sitio en que «ios haliábomoe, y prevankiele qae fiia- 
gqna necesidad teaia de pasar adeian^ después de haber oooi'i 
plido esta misión: écullaban y tdlvian á ocultar aquella ia*» 
meqsa estrella spnbras m cuento*, que tmian Ja fitina de 
bombres armados, y que se apelotaban , basU^ que al fia des* 
apareció el cometa apagando al mismo tiempo dos de sos ci»« 
ct> enemigos: los tres restantes se coloearon en triánguto^ y ae 
lee Vu) en esta forma simbólica hasta qiie el dia enipezóá ama? 
neoer. Marchábamos toda^vispreooiipados con seinejanle proh- 
dsgio y buscando en vano el modo ée espUoarie, engodo al pat 
ser por un barranco abierto entre la moo talla ylas muraUas 
oimos una voz; pero e$(a voz era de un hombre , salia de la 
fojina, pasaba por encima de nuestras cabexasé iba á espirar 
en la cíodad. Otra loz le cotitestaba desde laa murallas, yesi- 
tfvieron bablnoild por algpn üempn , minatrás que nésotros 
fioá los ojos fijos en la cdUna procurábamos indagsare^ medio 
de la oscuridad qué hombre era aquel que en nuestro fiadyi^ 
iNiiilabft nna lenfna estranjera^ Al f^ dWisamoairna. sombra 
que se deslizaba como una nubei¡Mri^cdfóa:dtpgk(USl08W^ 



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otros. Mis soldados, al Yerle vestido de blaaco, jif^wof^ VMI 
flra UD faatos^ eufaíerto «on onuncu^tajíi, ;. p^ro: yp miolAúcí 
al oiibailero irabef aibcttidó: ai^ sualoaíiaiiryícorí^ ^q su p6i> 
secuGioQ. Ta coaidoeisí, séAore», mi caballo llamador Ta/Ela^oPtu 
€pie esde esa raza^irebe, que ^olo 4;lo»d88caodÍ9il4e3'dQ.)^<^ 
Bór«(lk cede la primacía; pues «ab(3d ^uí9 «áiudb aibrir j o^r^f 
de ojos rif caballa dd dasoooooido lomó.^ta' fiet^tar* 4 Tad^ 
lÉor, ooDscí Tádmor la.toinara & Jos vaastroa;) y\A\s^fí^ eoorr 
signieáto:que como' Basfl^ ea 6liiAi(v> : qiie .po^ lacv^^ 
caballos^ ei}a*6l.iQeiM)i()padQ oabaUí»^o^«iiQO(ile ous.^Q0F>alosiA 
qoÍM) faabria*j^P6s^ddaqoel t)n&ci(>3oailÍQQ[9il):cVtil v^eUog»^ 
«stermioador, bi AQte-'iiriata, el misxob Basaao.- </> ^ ^ 
' jlire -detHaUy se' sentó y guárdele p<M^ ^tejugo MX) ua píxh 
ftndo sitenoiO) pürqiiQ babia Jia^lado ct^n Ma .yj^aderaí^fieai 
(<», qoeefttró la.^«fediQa<(eDlk)¿i»9lQ|S^fi0nBileaaas.'ioe oaba^ 
8ero$< mas jóveo^BSrCooam'yatbaQ^ alia ki sonrisa ea lún Iftbto^; 
pero ldsiDil»e8périíDQat^dos.^.taledi €00)0 1^ .eondeatable' ; sird 
és Couoy ^ 'ol : mamscal' de.fiouGí^uii y messirer Jaaa (to /^ieooft^ 
sBdicaban^.por.b'ContracQipB ^etSils 41:^^ qab.opinabaa eOfr 
mo^raessira Jacobo de^Hdily > i}«ie algAiait dasgra^ia^am^nasalM 
al ejército, . : . ;•■ '.<.' » .- : í. /p ... • t .. ,, ,..,. -.;... , . , -, . 

i'pi áqiiial iDtHfieAtosft abrieron las oortíi^ 
un ordea^BaoobieNodfe audor f de polvo §ritódesf]e4apuerUi(; 
'" 4M.Arraaos alftiomfiQlo^ aeoorea^ si QOí.^a0lt6«^ ^i^r aerpiMr^ 
didosv ponqop krieDeQiiaai;diaadQ iOeíiiFa^.bosotri^ o(|bo<4 diai 

r M' Y-dasapareoíé éndegúidi paira:002iuuiiQ»r !«>' vmtmtMax 
4^biS'diiiiila;eMB9>dia'£Jrireitf¿;.-:^i- fi-'c tkj. í>;;/:'' ^L •..• 



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bna^iaos & pti:(is c«(o |orf>ro9a, owndq «I .^qQda;^^ Nevara» 

arriendo á la puerta de su tienda , gritó coq voz atro^^docf^; 

— ^Al Jas ariaas > s^re^ % ^ las «ypnw.» ^i|e vieae 0I £ae- 

..Y aqufiLgrijIo reaoiu} «n to^o Aliqtunpain^jiitQ, . 

Los pajes se apresuraron i easillar lps.calwUQ^« ios Gaba^ 
llen^llaioaroo, íijus esp#4^Q^.i j qomp Íps..ina8.ióv6aq6 no 
podían poner los pies en los estribos , á cansa de las polaiíjoiS) 
Qlooado de N^v^«.^i4fl ^c^plo cortando <^n la Cfspada la 
retarGÍdi|r.piiaJi4de laasuyias* ; ^ < • ^ 

, I E(i^\ia'n^mPQtPMU^'<^ b<w(>ri^detefGJop^lQ'S^ 
traron cubiertos de bierro^ ¡noaJ^^QU eia.'sas. CjabfkUpsc^ b^t 
Ua y. foqi^ron a,l.la4o de sm rQSjp»etíi[QS. esfaMMÍi^r^. .Desple* 
góse y colocóse al frente la bandera de Nuestra Señora ^.^ 
messira Juan de Vianc^e, ,,alQ(íraat6 de Frauoi^^ ^i^ r0cihió do 
Ia8,ma6<^ del ooode de Nevarse . 1 ... 

— To, Enrique da.JSsleo .Xf69\h^ll^ , . mariísc^l del rey df 
Ung^la^^: ^. aviado cerca de vo^^fit^ po/: imoase^tor »/ quien 
oa|^r((vi9ae. y m^¿^ quenoideis la bat^lia^ wtes 46 nt^evo aviiá^ 
porque lome qo^ el.cá^rcitQ.eoepHgo, seaiu^as ooosíderi^ble^^f 
b qud.á (i^imera vis^a .aparece, .^aued^ senqj^, lo que. 0^ di; 
go^t ^i^quei tal, ^a la .órdea . del r ey . y. de; su .pon.3^Q. . 

A estas palabras desapareció rápid^iA^^temf donde Jiíaj 

bía= vepBiida» - j ^ s . ,' ^ .\ •• < ,. •... i .• .•» •• 

:. u|^l0P9(|64fiJ!?^Yerd prej^qolc} e^Rcep l4 aejior dei Coqc; 
qii<^partida!3adabíatoi^«r|. . .. : . i. . .. , . ; . 
■ ' r-Bí pc^iiíQ segiw |iW'i«i»»iw.4# reí ^ .Ü!igríi^.,.pu^ 



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-í 'El conde «|íf;¿iáe'iBk54iH5fltí^^ ii^rttódotócodde de? Ne- 
ifBTs , porq» Imbw pedWtó pdréc* á sire dé Cdiioy anteé 
^'•á"él. ^ - ^''•- ■■*::;. = •'•••■- '^ '•■ • .-■ - 

. ' -i-fe, 650 eSf moiwéftérj dijo : el rtyde üügíría quifere re- 
coger el honor y la gloria de la joroada; nosotros teníaítíásh 
vangnardja dé 'la- jornada y &os la quita. Obedé^oiité ^uien 
quiera; yo »o le obédezeo. / . ' • 

' T sacando de sn fií^rdelizáda váiia la ^j^oda deebñdéa^ 
tabfó: '•"■ "; • • 

'''' —^Adelante mi feañderal esolamó: en nombre de Dios y de 
San Jorge, ¡adelantel Este es el grito de todo feuenicabaUero* 
Sité de iióocy dirigiendo^ t messíiie Joan de VitíáÉéi que 
tenia la bandera dd Nuestra Señora r . . 

" -*~¿(}ué hacemos ahora? lé pregontó , porque ya Te¡& lo cprt 
pasa: ' • • / ■ 

— íQtté basemos? fcóntestdsiw de LaTrembuille, riéndose dé 
aquella pregunta: los caballerea andaüos se quedarán delr&s y 
permiiirán que tos jóvenes vayam driaate. ; 

-f-Messire d6 La Tremonílle, respondió IranquHamenfle el 
^&or de Ckniey , pronto en el coi!&bate vcíreitios ¿(uiéii ik de^ 
lántey qtriéá se queda atrás; procak^aid tan soló que ta cabeeai 
^ Vuestro (^aballo s'^a la cdía del mío. Pero no me dirijo á 
TOS, hablo i messlre Juao: de Víenne , y otra vée le pregunto , 
qué partido piensa tomar. . 

—Querido Eoguerrand, donde falta ía razon^ coHvliAiéíqtt^ 
réJñe la temeridad. Convengo en que debiéramos aguai»Áir al 
rey de Ungria, ó cuando menos, á ^t^eséientos eabaltoánués!^ 
fros^ que saK¿*on esta mánai^aáforrajeaf ; perotmsi: vár que 
el conde de Eu quiere marchar contra el -entná^, espr^cíM 



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«egdirto y -ooitibaUr lO' m«jor qaof podamos. Por otra fiarte; 
HrirtNl, ffiinul, wm orando qdMéranios rotrMeder ya no seria 
tiempo. 

Eaef0do,'ádere(4ia é ifqtiie^da de loa cabañeros se te^ 
¥Mtaba uaa ntibedepiaivo) e» medio de taque se veiftdeoaaii- 
éo en ctiaado Una )iniiadura qué brillaba eomouh relámpago. 
firan iae dos alas del ejéroito-de Bayaoeto/que habiendo pa- 
sado el panto que ocupaban los cristianos, se replegaban pa- 
rtt est^oharlos. . » * 

I^Mos los qtie letiian alguaa esporieneia en las anuas co-^ 
nocieron eútonces qoe la jot^nada se había perdK<k>; perolqoá 
de enq^render la retirádav messire Juan de Yienñe Alé el pri-^ 
mero que gritó \adt¡hnie\ y sacó su caballo á galope; Repi- 
lioBdó aquel grito siguieron lodos la bandera de Nuestra Se- 
ñora, y se rió el eetraíó espe<^áeulo de setecientos caballeros 
que alaciü>ao ft ciento oobeota mil hombres. 

Llegaron i escape y con la lanza enristre enrrente de la 
manguardia turca, qée retrocedió, descubriendo una fila de es- 
tacas puntiagudas y clavadas obtidiamente en la tierra , con-*- 
tm la eaal iJNeron de pecho los caballos tíe los cristianos. Se«' 
méjaiite atriacberamieftto debiera haber sido destruido por lá 
tnfaaterfa, pero eM arma estaba toda á fasórdenesdel rey de 
{JagriÉt algunos ta1»Neros se apearon» y ft pesar de la lluvia 
de fleobas'qae sobre ellos cáia, empataron ft derribar á cuchí-* 
liadas* aquella ampalkada, abriendo en pocos momentos una 
bi»eoha per la iquepudielion pasar veinte hombres de frente: 

Todoel #reito ^^ fe9efuzados ta^ precipitó poi* aqtiWlM 
aiMTttttia UtttaMelatgai pam ol «iaqiie, y tío reparando en si 
seria demasiado estrecha para la retirada#€a^lii#i'la4afka'^ 



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los caballos. Oyeron entonces á su derecha é izquiejNl^. «í 
gran ruido derclarkíes y tímbfii^9 ; arM laatl^s.altti dú f^jér- 
cUa tuircp que se, acocaba, iQí^tlraa^iw^ cuorpa át t^^ 
l|er(a^ qooyuestp de. ocbo aiil. > ¿QiRbrey9, . y fm if^egmt. beoia» 
dichp ,iAr(nqi)a la vaaguanii«>, maridaba 4c( ..freiste .coaUi 

Cuando vieron aquella tropa escogida y QubÍQrta <ií8 oilPt 
cr^eyeron los crJ^ti^nos.que-el .f^paradorvPMiiiQbaba4r)>(i|& sus 
filas; y rorm^ndose otra vez Qi|,.bat%l)¿^«s¡9p.reaípitariaa.aobi:e 
ella con el mismo arrojo. ooa. q^ al4i9M<>nL 4 -iai ^^^to> 
Aqueilla tropa resistió. taapQOQi)oifioU.|UJW0ra4iiaáijfpetu^ 
sidad fraqcesa^ y á^pp^r.de l(a superipriclad.diel DfifoerO.^'^ 
fdispersO buytíMo^«a.toda$..4ine^ioa^t.«ptHi(hur^ 4^eli^n^.4e 
ovejas en medio del.cv^ se-bubiQS^iiotroQidQ 9a«^i)a«dada!(|9 

. Penseguidoapor los fr^tuceses^ íisero» á ,Qaln9UaxBe. centra 
el verdadero , fuerte d^Mbataila. de Ba^y^e^o , y alU doipe^ la 
reeistenpiai porque allí estabaelerpperac^r) aÍA^iiibangP^.pm^ 
tegidos por sus csoaleate» ar^^adutas, <^tearoA Jk^x^ibaiiem 
en aquellas espesas ixu^sxpiMyeii'teQlia de hi^rro^nuit 
troacD.de eo€¡M , pQro:cpq^;)ioi^ba0ba>ae eQ0QRtra4*Qa apíef 
tadosieotre lasa]as4:Kr\t^a<cea QpoooiBroA^V^ 
owetidpcon .AP aguardar qji. rey.^OiU^í^ia . y i^.uf^ )6e90aU 
ínil hombres» pQrqpe.>apa^a^:6i^€|¡éfpUo.<o^istiMQ %maba^ 
pqoitpeR mediü^de aquélla JiimHilti^^Q 4lAelfia« q«4 faX«>arecer 
coa sólo és^rOQbar.fius dirtaMi¡fi3;|^4P^4^bfK*ie0l9i^aW<4p^^ 
iía^4fí.t«m)r^Mi,..;^. .:.!.%:., /..-sií;. .'.-...•• 



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' . B eooémteble, qa6<h¿U»€mietida lafftite^ la bubieraen*- 
maodbdfteirtopoes^ ai para cAId hubiese sido 5oSo¡6B|<»#lvator; 
raüwidcy de meaáfQS liaoia AMte d 4(id(»s; había i^alo sa lanM 
yfta espada do «okidtostat^le , y désaiaado: del anoa da si ^Uia 
ana de aqadttaa éspadaa da & dos) maDes , "^ua en el dia 'oda 
paneoeo aetaas tragxiadaapana ttaa.irazaH]agigaiaea^ la blaa^ 
dídooa íiatMtMfidiriiy d^ftibó taáat^ $a teirible. bqia 

: filímariimi^de B(HiQÍ€laét:se.pr80fpí*ó,¿ su Tea doadeioea 
enemigos, había , y allí se abrió camiaoi oomo un segador eli 
el' úmpcí yMnporláadolQ .pooa:< si eef oer^abaa jdetr&s de éS, 
avanzando siempre y degollando úl diestro ysiaiestro. 

Sii^ida Ck»uey cmcgáá a» euerpo de jq&bI^is anmadoade 
porras, cayos golpes caian sobre él como los del letedor so-^ 
br^ lioa eooinii; pero sff armadun^ los paraba, oújsiUraa x}ue, 
doyoivieiido étigolpe por golpe, abria espantosas hendas en 
cambio de las contusiones que raoiJ>ia. 
fr Los doa sirep de I<a Trem^i^Ue iaarchaban:el ano al lado 
del Qtn>^ parai^Q et faijo iost golpea ^ue diriftan & sn padrav y 
sintiendo el padre únicamente los que dirigían ásu.bijOv])|at¿-*» 
lioale ¿^mlxh el fallaUos y el; otro le oubrió •con «Su brtíquel 
fiiiieQitf|is^ qoa ae ^eaerattar azaba d» ene e6tiiho3; y dando vuelt 
iaa4 ^a ab^ededpr; como la leona' ^rededor de su3^a€bórro9i 
derrttml]^ todeo losi^raioa que para i^oderarse daél.avaazarr 
Im, oueifitfaa qtieelhw>»lMie^tp:ya.da^y beria.lo$:cabaHo9 
eoa If^ pui^^do-sQ 9»peda y rdefríteba ooa etlo&.& los.cab^ 
4lefoa» i qvimii$ malaba aopa4tfe ante^.deque tiivieaeii líeob- 
yelde levaatarset' / ,j. • - ■■ i.^ • • 

.. iieartra J^aoobaideJie)^ atr^teeórtadoeik aa«fK>ide bata^ 



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. Ha por «m éamino ^sangre j^sé'émoúUíó dbUtú Uolo tí las 
alá^) 'dlHider hubiera podido loptiflar su vida al Ugefo l?iidffloi^t 
baii* é iAlerponér ei Dasubio'Mtre él y fli^^^eimnigDdj pero 
tmiíéo levantó la cabeza y vié en medio de los iofieleQ á «£1 
diezmados eonjipipaeroe ^ marchó c^ te^ ai^ eottAvate é bítei 
tan mararfltoso tisode- 8fi< ^^da^ ^^ae á )06 pocos minulos 84 
Oflodntró cifrca^tlel eonde de NeVers, á qamaeababan^deinft^ 
tar el caballo , y que , ea medio de una muralla de euemijpM» 
iMertós; llenaba ton heroisiQo el deber que liu empleo degefe 
del ejército te ¡mpí>n¡a* 

Rl conde divisó & m lado al caballero; y en 'rez.de pedirle 
auxilio, le dijo: 

-^Messire de Helly, ¿qué ha sfdó de la bandera de Ffftñcia? 

Espero que alia existe. '. : 

^--^Sl, existe y vais 4 verla desplegada , nespondió' laeob<>; 

Apeóse de Tadmor y le presentó al eonde* Este sé negttba 
á a'lmitirle, perosire deBeUyle dijo: • 

-^Monseñor, sOts nnestpogete: si tos morís, se^ pierde el 
ejército; y en nombre del ejército os suplico' que montéis eíi 
níÍ43ftballo. ' í v 

El conde cedió, y en erecto, ne bien se habla afim^ido en 
los estribos, cuando dirísó A messifeMlunn de VieitHe qne bf#^ 
cia aquel díaí cuanto de un hombre se puede esperar. Kt een* 
de de Nevera y síre de Ilelly acudieron en su auxíNo, y leeck 
cohtrarott defendiéndose de^ diez Mieles con aoi esj^aida pM, 
7 desangt*ándos9 por vaHflis heridas mcrrtdlési 'Era la qninllL 
Tée (jue raudabftde eaballi^ cineei vw;es i^ le MMa tenido pft 
muerto al ver. desaparecer la bandera, y cincío-v^eias habít 
vnéltó á monfair con 4a ajuda de tod >^baíHeflM^ 4|^e 'teittlea- 



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tm^ ifteMil ROA 49.1^ fué .salqdM&'^iik'S^^ $to fti«gFía.l% 

IWfi^il 4q Büm^ tan prooi9 4]4i:iiib»4a. docoo kva^Uada^ ; 

y-}|(^a^|Qif, .^tÍQ.al ver lal.^cga^i^ i)e Nevafs^i Iky^ó i|u<2Sti^ 

últiioa boia^ 68 iiM^speosabl^ qu^ iQui^aao^s ^ pei^u lu^s vaie 

. «ppririo&rU^qilB. vivir iofleU Dú;i» i^i^^^ve , y adt'lamd^ Sa^ 

. 49«oy (^^leslra S/m^* ..(>'-.-. >/ 

Y.^HW^nal^biN^s se jfrecJ|».tó«i|i^,Qtieva>eA lae^ia de loa 

t^l^Sf» 4oml6^.c^)0^ p^r s^U vez para oa vqUer i lovao- 

., . Detesta mo^ose^^erdiólaba^lla, y de este auxlo i^urie* 
n^,k)fi(.cahaMerp» £c^qqW$,.^ cuáato ¿ los úagj^ros q^e iur 
biw eotpcepdída.la. r^gi^ aja GoaUmtir» w> por.e^o )ii$ ^Ivó sm 
(^ba|i:dia:.JQ9. torcas, mej^nooQl^dp^qaQellQSi loa peir;^igQÍe'<^ 
roip y loa.pjiisaroa á cociúltai J[)e $e$eQUi mil )i9mbresquem^A«> 
4^«> «I .rey, so(q él {(e $aivó coa otros seis ,..y tuvo ia suerte 
de alcanzar coa Fihberto de Naillac , gran maesire de Rodas, 
la.jsspQadra .veoeciaoa, g^aadada por Tofflto Moaaigo, que 
.^ reGil9ii6 4 borda> y. Uaví^ ¿.Fili))erta H Jgijodas y 4 Seg^soma'^ 
do^Plaliaaoia* 

. LaJfuitalla dur^ tres horas. Tres tiofras oeoeaitaroa ciea-^ 
(o.ao^a(a>iQÍt hombres pfira readíii á setecieatos. Cuando bu<« 
bpr^rmioadd recorrió Bayaceio el campo de los cristiaiías» y 
eiigieado p^upa él la üeada 4el rey de Ungría , donde estaba 
tflidavja eaoifflfi de la niesa la vagilla d6 oro y de plata en qua 
se^iejiabia servido la comídaí abandonó lasotra^ á sus gefoa 
y á su tropa. Hízose desarmar para descansar , porque había 
Ideado qooKiel áltioM^ de sus, soldáis: sentóse con l^s pier- 
na oiftta^asddlimle di la puerto en una alfombra , y zpandó 
Uaníar ¿ ^s gefoerale? y nmígps paca hablar de la victoria 



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^é aeftbabH dé ^JioaíHt&f ; sfdmedtaUimitote ^^^^ ^éMa 

órddo; y^0oj»od»tab8i^t)teüÍ6 fiO y bhmeétMdcJho i^on ellds^ 
éiciértdo q«6 nany eii'b«\*e Iban á cdD(}oiíilifr'laÍJngt*J¿Tr ea 
segoidft todos los deniás réiübe y paires crtstfaftóé, potqoé se* 
irnfjfdeóía, qtreiSa refalar <tomd* su sntépíil^adc^'AlejafMróife 
Macedonia, que fué Sdftor del mundo; y-tóddis los qoé lé iAüí 
se itíclinaban Éote él áp^bando ém didlós'r ftüéittiidofe. 

Poce después dio tres ó^dértes: la ^pflfliera (taé'tjue todo 
aquel quo hubiese cogido algún prisionero le hioiese com^ñif^ 
cer en su presencia al iüá siguienle: la segunda, qué éem»- 
nociéseny aniontorta^.n & un Iá<iotodd9*tos mtiertidé, fardiá)&^ 
do eomo una hecatombe con aqüellps 4ue partidé9eh''1é^ mas 
nobles ó poderosos, porque tenia ph>yeétado ^niérseá cebar 
delante de sus cadáTeres: la tericeri que se informaseií ciíida*- 
desámente de si el rey de Dn^rfa'^^e había salváddó estaba* 
muerto 6 prisionero; . ' * ' ' 

Luego que Bayaceto hubo deseaüsade y dado aq<ieilas 6i^ 
debes, monté ün caballo de refriesco, ^rque le habían dicbe 
que el encuentro habia sido Tatal para su gente y tiuefiard- 
correr el campo de batalla: ademáíi, no podía kcábar de cwcr 
la mortandad tan ponderada que habiá hecho aquel puñado de 
hombres. Acercóse al sitio del eombaté y parecíale que aira lé 
habian escaseado la ferdad, porque para cada cristiano que 
mordía el polvo, yacían & sü lado treinta ínfleles muertos. Ir^ 
ritóle sobremanera la vista de aquel campo mortootíOj y dijo 
en alta vez: : 

-^Ruda y aciaga ha sido esta' batalla pará^ los mios^ loá 
cristianos se han defendido como leones, pero juro ique losvi^^ 
Vos han dé pagar por los muertos. Vamos-, adelante. ■ "/- •* 



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Tptsóhias áManlé( febaáto^mas ábdtí?6 tm sé tea- 
ravHídcle iá»1iáza&taá dé* 9Éf«^»}g^.'Bleg<y«kt'8Ílió'éfi (]*«? 
lOWsifb ÉélA Trtinótiffle y si! Wjb éáyérdtiitnó sobra ií>trd;y 
apfeMs pttd&'di¿t¡A{|^it sos ^adft¥ér69 entre los d^ §us eErámi^^ 
góSj (jtté^yaofaái báüí^^ds ^bíiíi ettos; Sig^^ió «Mi^miafo ()de 
Mbb irecoifiúó'hitiü'O^ Yl^nm^ ylos muerios é^orbataiv el 
^sd« [su>abaf»óV'£il'lBii','''M^ deittvd en < él sitio ed qHie aquel- 
denodado caballero cayó^ftlo.^ ^dfpes db' isUs enemigue, y le 
^ÉcdBtHó yertd sobre lá tandera dérÑaestra Sé&orá, iá coal 
fénfa dé tal inodo dogidk y dpretaiJa entre sustaanos regias,- 
q¿fe liié predae qné' éé las ooriat^aB eon cm hacha para lo«^ 
grtir anuncíasela.*' - ; / . i 

• BesptieS'de haber étínpleáéd dos hora^feti este reconócM^ 
miento, se refÍí*'Baya(3eíá á átr morada, donde pa&ótó ¿o(*e 
en fflftldeéfré'&Sqoeltos 'liotabres, tjiiya derrota fe co&tabatan 
cara^conio a bnbfese conseguido la victoria. 
- PofT laiñanáha,(*,uando abri* las cortinas ^e su tienda; 
halló ante' ai á los pKncipaiés géfés d^ su ejército, que venían 
á saber lo* qoe *díspotilá aceroa íé los 'pfrtsfooerios , porque sé*- 
gnn los mttiores que eori4ttfl, lodos ellos serian senteneíados 
á ser degollados, sin distinción' ni piédSid alguna. Stóembar-p^ 
go,Baya<5eto*l>tbiareflfexiobado detenidamente en el cuantio- 
so rescate que podía conseguir ^&ú tantos nobles y caballeros:' 
mandó venir á sus intérpretes, y les. preguntó cuáles eran 'los 
mus ticesy poderosos' de »lo»qu!^h«i}>ian s(*brevivído; contes- 
táronle que seis de entré ellos teibiari declai^ado sus nombres;' 
y érán dé los mas Bobles=kle"!a flor dé la cabálleríaí ptíraeM 
ro, messire Jtiah^de Bfefi^goSav conde -dé'Nevers, gefode lodos- 
Ios demfisj segundo,* siessíre Felipe de Artois, conde dé Eu| 

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leraenG^^ Eü^iorraadi 9^r da Co^yi\m^% ^ «fi^df de 
La Jtls^rcbe; quinto, ipes$ír^S;«iri(i«fli d^ B#r^y s^P» <nas6iiia^ 
Quy de La Tr8iiuouU)evB^]fA^eto quipQ, v<»r4^, ffcm^^Jm 
los tc'aje^ep iiisu ppaseock; Ucí^qI^s jdrar .eüoaiH^ /Sqím^* 
suié.y palabra que dirían quíéaes evjsj^ñ^ y daqlamñqQ. que. 
aqu^t^/^iiambres eran oae^c^Joa s^Q^, DedpufíS^ def«sA#^ 
nei^piie&U^ biío^sena Sayac^lQ.al,Q9ndQii|Q |s^ev«va'.d0t:qt}& 30; 
acercara, y le dyppor s« intérprat^: . . ^n «:• ;. • 
, --^Si eres coa ef^oto* .# qtie pcet^ade^ s^r». ^lO:^, . Juaa da 
Bor^oía, euejal^ coa que ti^nea laMda seguida; ,m» cw QH^asi 
qaa (^.4^bei?á^ á to apQibr/9» m <& IarPa(Uid|kd tqi^a piied?4^lr) 
eanzar por la rescate, sino á la predicción. día w (f^i^Ofi^^i^ 
groo^^licovquemebaa^uni^d'qaa tCi3o}0'b|is 4(^ wter 
nia3 sangre cristiana que todos los turooa» jqntQ^*. . . «,^r . 
-t-Baaaaq, ie contato el conde de No^veí:», cu(ígpt(^!qup.^a 
me hagas gracia aigi^n^^ porque mi deber ea siQgiuir la ^qei;- 
te de todj^s aquóllús que yp b/e íraido cpn^ra ti;; si 4^163 qon- 
ced^ \a vida por medio dpi rescate» trataré ;taii9bji6nk^ ú§ rei^ 
catar la mia; p^rosi baa d^ qborir, quiero, qiorírcon eHo^. 

. ^~Lq que hubiere de suceder se^fl según mí gustOi. y no s«h. 
gon el tuyOy repúsole! emperador. . , ... 

y le bizo retirar adonde estabao suscx^ppa^osi cchol 
los cuales le condujeron á la tienda que lea servia de prif^ 
aion. , ' 

En tanto que el emperador yacia ;$eotado pensativo y ca-* 
filoso acerca del modo de averiguar fijamente si los cabale*- 
ros eran en efeeto aquellos cuyos nombres ^hd^iao dtchoi b¡-> 
cieroa comparecer & su presencia ¿ otro, caballero que babia 
servido en los eyércitos de sa hermano Amt|í*ates, y que cor 



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nocía medianaiinefite el dialeeto iórcov Era el Mftor de Helly.! 
Bayaceto recordó haberle m\x> eo otro tiempo y le pregiiAt6 
si cODoceria á los caballeros qae eskibao en la tieada de los 
prímonoros. El sebor de Heliy contestó que por poco qne so- 
bresaliesen en la caballería francesa ^ saÍHia decir al entaif 
(|üi4nes eran. Htzole entonces Bayaceto conducir delante de; 
ellos, después de baberloe prohibido espresamente conversar 
ni pronunciar una sola palabra, por miedo de eagafto ó ar* 
did. El seftor de Heily no necesitó mas que verlos para cono^ 
cerlos. Regresó en seguida adonde estaba Bayaceto, el cual le 
preguntó cuáks eran los nombres de los que babia visto/á lo 
que replicó el caballero, que los cautivos eran el conde de 
Nevers, messire Felipe de Artois, messire Etiguerrand de 
Coucy, el conde de La Marche, messire Enrique de Bar y 
messire Guy de La Tremouille; es decir, lo mas rico y pode^ 
roso de la nobleza de Francia, y que algunos de^ ellos eran 
parientes del miscno cey. 

— Bien está, respondió el emperador^ esos solos lograrán 
salvar la vida. Vengan todos ellos á colocarse á este lado de* 
mi tienda, y conducidme los demás cautivos á este otro. 

Al punto fué ejecutada la órrfen que acababa de dar Ba*^ 
yaceto, colocando los seis caballeros á la diestra del eii4)era!^ 
dor. A breve ralo vieron estos acercarse trescientos de sm 
e(»npa&eros, prisioneros como ellos, desnudos bástala cinln'*^ 
ia; aquellos estaban destinados á moiiin Cejíuiajéronlos mío^ 
después de otros delante de Bayaceto^ que Jos miraba con is^ 
dolen te curiosidad, y seguidamente hacía una seiai pana! qha 
se 4os lleitasM« A medida que iban deiBfllando por^ fronte de 
41, loe pbtigeban apañar nno^ á ono ptir entre dó& filas de.sri# 

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2B0. l^MIKL im MBIfilMU^ 

da^ inMeSy.qa^ los aguardabaü cqü oimitavm su maoo y r 
l(»tiaGiaa pedamos m na íastantoá la vista del' coade de Ne-:: 
vera y de sus seis compaidrosr 

A^uaeoió entonces gue«Btre aqpeHos liond)res coadeoados 
áiBiDFir iba el martsGalde;fiouoÍGaut; presentáronle 4.su tur-, 
lui defaualie.de Bayaceto^ é iba.ft sufrirla misma ^vuerte. que.. 
lQa<itros^ cuando le a{)ercibió Juan de BQrgon^: aUerle salió 
eete de eátre susieompañeroS',. y eoDamJDáodose al emperador ,. 
hincó la rodiUa en. tierra y, le suplicó qae^coitfiadíeral^' vida á 
aquél hombre, diciebda que eim Un aliado del rey de. Francia 
é'lndioando: por sus gestos y adeioanes qm pedia pagarlQ un 
rescate de príuoipe. Bayaoeto baj(^ la cabes$a Q& señal de coa,-* 
descendencia: Boucicaut y Ju^a d6 BorgQBa,8e abrazaron mú-' 
ttamtínta y el emperador hizo sena ;de que ya era tiempo que» 
siguiesela matanza, la iquEI oontíouó jcoa efecto, duiiaute tres 
horas. 

. Luego que sucumbió el ultimo cristiano y que.; todos bu<^ 
bÍ6Fan muerto sinprorumpir mas grito que eat^ p<al(|bras: 
Sénorjnio Jesucristo, tened piedad de nosotros, Bayaceto dijo 
que queria comuniear lanotioia de sü Yi<$t(0ría al rey de Fraa*^ 
(»»;• Mandó venir á. su preseáoia al oeode 4q Nevers^.^l:9eñor 
de HeUf y á otros dos señores qua había dejado coa vida pai» 
este efeeto, y preguntóle al4[)rimero que á. cuál de lo^^otim 
tres caballeros escogía para qhe fuese á tratar de ^ rescata 
jr^del de sus dem&s compañeros: el oandé de Nevers áe&aló al 
seftor de Helly y en el Hiiamo insflafile fueron privados de la* 
iád|i ios otros das« 

' Joan de Vergoña y loa oiaco; se&Uies díefon carias ¿ mea^ 
aU« Santiago de HeUy: al conde de Nevos partíeLdtiqoe y le 



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mMmu Ds ¡babuiui tt7 

Qesa de Borgiifta^ el señor ds^Gcnifcy para mi mujer y los 
oirp!) pai^a sus pariemes ó tesoreros* Terminado «sto, traté 
el misiBO Bayadeto al neasajero el eamiffo que debía seg^oír] 
le mandó {msar por Milaa para que. notioiase sA duque a^aelUí 
vietoría, y le obligó á jurar bajo fé de caballero que iBoIveria 
^ pónase entre sus niooos tan luego oomo bobíese tettmiDado 
su mensaje. 

Mesare Santiago de Brtly se puso en oamino aquellami^ 
ma Doohe. ForzósO' será que nos antidpemo's t su llegada y 
echemos al paso una. mirada sobro el estado en queseiencúa* 
traban en Fradcia los diversos partidos desde que los perdi- 
mos de. vista. 

Nadie conocia.la verdadera causa de la demencia del rey« 
Odetta había evitado siempre Uamar la atención pública: su 
ÍBfluja*90bro el rey* solo se babiadejadoseotir parabacer bien^ 
y tuvo Inulto cuidado en ocultar su vida á Iqs ojos de todos^ 
como otraa ravoritas han tenido en no dejar ignorar al mun^ 
do hasta sus menores. aooíones. Por lo mismo desapareció 
sin ruido, y aadíe mas que Carlos supo que el cielo de los re«» 
yes habia perdido una de sus mas brillantes estrellas. i 

En cuanto al duque de Orleana^ aunque sus amores con li^ 
reina continuaban siempre, no era taAto el cariño que encerf- 
raba su coraron, que no dejase alguna cabida.& la amUcbííi; 
no era ya como diumdo la primera demencia del rey. Bieii 
laese o&lculo ó recuerdo, se ba^ia aprovechado del intervi^lo 
en que el rey había vuelto ¿rei^rar el ¡mm, para obtener 
de él que pusiera en UbertaKili Juan Lemercier y al aenor de 
la Kiviére; por airo lada, el siAor de Montaigoe babia vuelto 
4 ser empleado en el gobierooi meneed ¿.sus reiteradas ittíh 



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12S6 UABBL DE^BABQNU. 

tandas. Ei daqae de Borboá, que le habla cesado al lado 
eoyo, encomiaba encarectdamento sus bellas oíalidades y pil** 
liaba sus defectos: el da(|ue de^erry, que se había declarado 
por el partido de so sobrino, gracias á las cuantiosas snmaá 
que este le había adelantado» le prometíd adhesión y apoyo 
si llegaba alguna vez la ocasión de necesitar de él; y ei oon*< 
sejOy cautivado por sus afables modales, encantado de su ta- 
lento y alucinado por su elocuencia, le habia dejado formarse 
on partido numeroso en su seno mismo, que empezaba ya A 
eontrarestar el poder del duque de Borgoña. 

La enemistad entre los prindpes crecía de dia en dia y 
cada cual empleaba todo su valimiento y poderío para echar 
por tierra el que pudiera tener su adversario. Cários, débil de 
duerpo y de espíritu, tirado con fuerza por ambas puntas de 
su real manto, no tenia ya ni aun voluntad para interponer 
sa autoridad y fijar un término & aquellas turbulencias: todo 
•i mundo se temia discordias fatales, cuando de pronto em-< 
pezó á cundir por Francia una triste nueva que absorvid lá 
atención publica, llenando de> amargura todos los cora- 
zones. 

Los trescientos caballeros y escuderos, que como ya he- 
mos dicho, habían salido á forrajearen el momento en que se 
empeñó el combate, habían atravesado el pais & todo escape; 
dada cual se dispersó por su lado, y tomando el camino que te 
pareció mascorlo, fueron presentándose en Valaquia; peno 
allí eitipezé para ellos una nneva serie de desgracias yhü-^ 
gasy á ias cuales ^ocombieron miichosV : • 

Los válacos sabiai el restfltado de la batalla: demodd'iiak 
^gurándose que no' teman ya que temer de unos ihftlices^fu- 



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ISAUL.K BAmCRA» 229: 

gftívos,^ los dejaban entrar en las ciudades como para ofre-< 
oerles ona hospitalidad franca y leal , y luego que los tenían 
dentro I09 quitaban las armas y caballos, contándose por muy 
dichosos los que salían de entre sus manos con algún dinero 
y pan para el camino; y aun esta lo hacían con los que sil- 
biaa que eran grandes señores^, porque el que dejaba conocer 
que era escudero 6 meznadero de mediana casa, podia tener 
pop seguro que habia da 96r apaleada después de dejarle en^' 
cueros: Por con«giiíento, tuvieron que pasar las mayores mi« , 
smas para atravesar la Yaiaqma y la Ungría, mendigandq un 
pedazo de pan y logrando á fuerza de suplicas un asilo en las 
caballerizas y cobertizos, sin mas Vestido para cubrir susoar-» 
nea que algunos andrajos que los mas pobres habían partida 
cea ellps. Asi llegaron á Yiena^ donde algunas gentesi carita- 
tivas los trataron con mas humanidad y los dieron algudaa 
prendas y dinero para prosegtiir el viaje. Entraron luegb en 
Bohemia y encontraron también quien les diera algunos so*- 
eorros, lo cual fué para ellos una gran dicha, porque si lo» 
alemanes hubiesen sido tan inhumanos codk) los válaoos y loa 
tugaros^ se hubiesen quedado los infelices en el camino 
muertos de hambre y de miseria. Encamináronse, por últi- 
mb, hacia Francia, contando sus desgracias por donde quiera? 
que pasaban, de tal suerte, que algunos llegaron sanos y sal- 
vos hasta el mismo Paris¿ 

Pero allí ninguno quiso creer lo que decían , porque eran 
de tal modo tan terribles sus relatos y tan tristes las cosas que 
contaban, que costaba gran pena figurarse s¡quif^ra que po-r 
drían ser ciertos; lejos de eso, algunas personas creían que 
aquellos hombres no eran mas que unos miserables aventure- 



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2SB: isáVEt' K (BAmiftA*^ 

i^OiS^qiie traU^n de granjearée la oompasioá pública, yp&t 
calles 7 plazuelas se óia; decir que era preciso qué mandasen 
abopcar ó echar al riq á aquella geatuza que ^'eat retenía eú 
ir e^rcieQdo semejantes eoredos. Empero , á peekr de las 
tales amenazas , iban llegando todos tos días nuevos fqjitívos 
qae anadian nuevos relatos álps de sus predecesores, de nao^ 
nerft que á fuerfusí depasar de( boca en. boca entre los del pno^^ 
blo, acabaron [ior cundir entre los grandes;. El mismo rey, 
á pess^ de sú enfermedad , Ikgó á tener noticias de elios «n 
sa palacio de San Pablo^ y esto acumuló nuevos nubarrones 
m aquel cielo ya sombrío, filóse orden de que se acalla^ea 
aqaeltos rumores basta tanto que hubiese naticias positiiras» y 
dáóse también para q\j\,e el primer caballero de alguna nom«* 
hradfa que liegase de la cruzc^da , isie presentase al ref en el 
aeto. ¡ 

La noche txnisma de Navidad, mientras que la rem,^ el 
duque de Orleaas, los de Borbon , Berry y Borgoaa, el conde 
de San*Pol y una gran reunión de damas y caballeros rodea- 
ban al rey en su propio palacio y celebraban coa él la festn-' 
vidad de aquella noche^ anunciaron un caballero que veni& 
de Nicópplís y tnaia noticias exactas del conde de Nev^^s y áú 
ejército. 

Conducido al instante delante de aquella nobilísima re:^ 
unión el caballero, que venia todo empolvado y calzado ano con 
botas y espuelas , entregó en manos del rey y del duque de 
Borgona las cartas de que venia encargado y contólas cosas 
que llevamos dichas. 
' Era messire Santiago de Helly. 



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ISMKb IDB VAMfeHft. 



J» 




CAPITULO XÍIL 



La wv^Iü ém !•• prUil«n«r9s« 



r AciL es figurarse la cohstemacion en que pdso á áqiief ne^ 
ble auditorio la relación del caballero; ho hahia udo entre lo» 
que allí se encontraban que no tuviese alguna persona qnls Ib 
interesase entre los muertos ó prisioneros : el uno perdía su 
hermano, el otro su hijo, aquella su esposo , el rey de Fráng- 
ela su brillanle y lucida caballeiia. 

Sin embargó, al propio tiempo que se lloraba por los muw*- 
tos, se pensaba en el rescaté de lo3 cautivos; tratóse dé ea^ 



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viar un presente & Bax9^t(>|^fHB^ prepararle bien á las nego- 
c¡{^i¡ones (¡ue se petiísaba entablar con él , y ti^d^ cual sp in- 
íotfa^pov stt parte de aquellos olgetos^ que pudiéi^lar^fis 
de siu agrado. Se averiguó queeraapasiona^átshno & jt^'oaza y 
que todos los años su amigo Galeas dé Milán le enviaba Ixal- 
cones blancos. Pagáronse á precio de oro , porque es especie 
muy rara /doce hermosísimos gerifaltes , enseñados y adies* 
trados; en seguida el señor deHelly, que habia tenido ocasión 
de reparar el gusto de Bayaceto hacia las alfombras y tapices, 
aconsejó que se agregaran á aquel primer presenta algunos de 
los ricos tapices con personajes históricos, que solo sabían fa- 
bricar en Arras. El^du^ue^ckkdrgobá salió en persona para 
aquella villa y compró una magniñca alfombra, que represen- 
taba por completo la historia del gran rey Alejandro de Ma- 
cedonia, de quien suponía descender Bayaceto : añadiéronse á 
esto además varias piezas de orfebrería delicadamente traba- 
jadas por los mejoréis arlilíte^; éAofás-de Réims, paño escar- 
lata de Bruselas, doce soberbios galgos y diez hermosos ca- 
ballos con caparazones y arneses de terciopelo, en los que bri- 
llaban el oro y las piedras preciosas. 

Como ya habia terminado su mensaje el señor de Helly, vino 
4. despedirse d^l rey y/iel 4;i;i(}i\^,d^Borgoq^, pjoes regresaím 
^oamplir su palat>ra y ponerse í^Q.^anos de Ba^yaceio» seguí) 
Jp^bí^bia jurado. El duqu^ Felipe le. suplicó que se encargase 
<^ ios presei^tes que envjifiba á Ba^aí)etp» creyendo que el.em- 
fi^ador los recibiría con i;nas gustp de manos de aquel á quien 
habia escogido por mensajero;, pei:p el aQble. caballero le hizo 
«i)>$emar que ^un ignoraba. 1^ suerte que le estaba resei:vada 
pw eltvencedor, y que era .muy posible que uq volviese á pí* 



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$aut el flK^O de Fraoeía; per lo ^ faetón aomiirados eoioo 
pregados para tráor tiotiaias ^e la embajada» et ae&or da Vem 
fj, gotomMáioF' del coadadia. dé Bai|(aaa, airede Chateaumo- 
r^, qoetaa vea^joBamente, había mediadQ ea otro tiempo 
40 la tr^oacoA loglaterm^^y aira deL6itfmgfaem« gobema^ 
dor del condado de Flaoikis. 9fedama.de Coitef enf ¡ó porsa 
.parte iftl tado de so marido f de sas dos hermaaos im caba-r 
Uero 4I0I Cambresiíd/ Dank^do Rotterto Desne^ servido y acom»- 
popado por unaeaooltd^de oiqco. meznadeíos esouderos. Esta 
j^iQba}ada4etbiapasarponMitaQ, y neoomeodada'por madama 
y^lentia^ lomar oartas del duqua Galéast para el emperador 
Bayaceto: en agradecimiento de este servicio, prometió el rey 
de Fraaoís^ á aquelgraade p^oerilores^^de lia^en sir escudo. 

liuego t)je marcharoa ios encargados del mensaje^ se 
ocuparon -los d^ijues de Bofgona ^juntar el diñen» necesario 
fíkrt el rescate da^ios cautivo^; en oooseoneocia, sáUeroñ de 
París y se retiraron i Dijon ,. con el obgeto de atender & las 
taUas quei iban á ser impuestas sobre sus estados. £1 duque de 
Of teans quedó por lo mismo solo en el pod^; y supo apro vecbaiv 
se tan bien de la ocasión, y samanejóeon talbabUidad para 
consolidarse en él, que eí üey le enoargúel gobierno enteroy 
abeoluto del rano ^ don facultades para suplirle en todo hasta 
tanto qne no estuviese él m estado de gobernarle por si 
mismo. 

Por este tiempo' estalló en Inglaterra una revolución, qoe 
debía ejercer un gran influjo en et destino de la Francia. 
. £1 conde de Dervy., qoe ya.<KmoceBH)S desde el principio 
de esta historia, por haberle visto venir i hacer armas üoiitva 
A duqae deOrleans en las Jhnoionea que tuvieron kigar para 



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394 i^Amau 4>e' bamma?. 

€6l6bmr ia-ea^da declk reina Istdiel^ éra^ s&gnn dijiftios, h^ 
del ^liiqaede Lancaster j^y teni^ ud {yartído mimero^ ealor- 
glftierra. Su padpe. acababa de aiórír, y Mray Ricardo, te^ 
•iqíeodo que k nm duoesion que^iba- á pa^ar i ius manos-le 
^áraesepara granjearie^hilevos prusé^d/senegó á 6Bfregár^ 
«elay.á pesar del dei^ohoqoé'Teasteüa.í ' • 

£1 QOñúe ÚB Deriry se- hallaba -á >la saeon ef» Fi^ncia , ^ 
«D ciase de mensajero Idela eohona, coma la primera tez, áiab 
ea clade de desterrado* Una dispula partioutar que tuivo coD^al 
ooiide de NoUingtta^ pi*c^orekMió al rey un pre^U^ j^fa 
alejar r de Inglaterra-al qrm-ya ^empezaba á^ mirar doino 
rival. ' ; f 

Aquella injo^lcra del rey para o6ñ el conde de Berty, pro- 
dtijo on rfécto enteramente contrario til qoe aguardaba Ricar- 
do: toda la nobleza y el clero se declararon píor el partida del 
díeslerrado. El paebiov agobiado de imp^eslós, cansado d6l«s 
tropelías de la gente de guerra, que no pagabanada y qiie vi- 
vía saqueando áJos labradores y robando á los mercadcHres, 
gritaba contra aqiieMas vejaciones á qne no eistaba acostum^ 
bradd, y no aguardaba mas que la ocasión dé hacer cansa co* 
mon con la nobleza en contra del rey; 

El conde de Dervy, Ojos tos ojos en Inglaterra, aguardaba 
á que las cosas estuvieseii en sazón. Llegó el momento aun 
mas pronto de lo que él se creía; y mientras Ricardo se en-^- 
caminaban baecr« una es^dicion k Irlanda , recibió avfáo de 
que jsi se sentía con fortaleza de alma para arriesgar la cabe- 
za -por u-n reino, atravesase el estrecho. El conde no vaciló un 
instante; despidióse del duque de Bretaña, su primo, á cuyo 
lador se babia retirado,'part¡ó del Havre, y después de dos^dias 



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lüA'Btir DE BABIBKÁl 3315 

f áds noches de Qavegadtoii , desembarcó eo Aavéfispiir > ta 
el Yorvshire, entre Hall y Briatragtoá. * \ . . 

De tal modo era abonrecido el antiguó rey , que la mar- 
cha derconde á Londres' filé n» triuatb oootiauo. Los hotÁ-*- 
lantes'de^las emdadés le abrían las poertas y le preseataban 
dé^MiíOjos las Itates , ios trovadores te segniaa oaaiandociMí 
loor suya, y las mtrjeres cubrían con flojel camino pdr don»- 
dehabia de p¿sar¿ í 

' Ckiando^llegaroa á noticia de Ricardo aquellas Buefas, m- 
gresé con su ejéróiio hacia la capital; pero abandonado por 
sus sordados y sin poderles decidir á pelear, se vio obligado á 
entreganse prisionero : condujéronle á la gran torre de Lon- 
dres, inslnoyósc laeausa^ tas Cámaras le depusieron, y eleon^ 
de de Dervy, praclaraaiqlo j'ey.bajo el nombre de Enrique lY, 
recibió el cetro y la corona de manos del mismo á quien ba^ 
bia de^ronado. 

Esta noticia llegó á Francia por madama de Coucy, que 
estaiái al lado de Isabel, pobre joven que no haUa conocido 
mas que lois sinsabores del anoor y los disgustos de la mages-^ 
tady y que regresaba á Francia, Viuda de un oparido vivo» 
pero ya sentefneiado. Todos decían que aquella ofeinsa hecha 
á la corona de Francia, no pedia quedar impune ; y sin em- 
bargo, confesaban al mismo tiempo la imposibilidad de de- 
darar la guerra, en el estado de escasez de hombres y dine^• 
ro en que se encontraba el reino. Fué tal cólera del duque de 
Orieaos al saber a(|uel insulto y tal el pesar por la impotencia 
en que se hallaba la nación, que envió á desaflar en su nom- 
bre al rey de Inglaterra, pormecBo de Orleans, su heraldo, 
y de Champagne, su rey de armas, proponiéndole un oomba^ 



* 

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336 Iftlrlia^ I)E BABIfiRAv 

le á mwtfé y sio miseríoordia, ea élsítio que él ñjasé y Coq 
las armas que eligiese. Enriqoe lY rehuáó el duelo. • / 
' Esto no obstante, el duque dé Orleana gobernaba el reino 
ebino hombre, según eldichode Juvenal, critico historiadpr 
desaquella época, que necesitaba le gobernasen ?,ft él mis^ 
mo: las tallas y pechos se sucedían can tal rapidez para mh*^ 
fetiir á sus prodigalidades, y á las de la. reina, que antes qud 
los últimos se hubiesen pagado, se imponían otros nuevos; en 
fin, cuando el pueblo quedó e^thausto, el doqhe decreta una 
talla sobré el clero; Terdad es que para hacerla llevadera se 
encubrió bajó el titulo de empréstito; Esto suscitó grandes di<- 
ferencias entre los prelados, porque unos se> negaron' ároco-t 
tioeer el impuesto y dejaron que se ^.podera&en á la. fuerza da 
la ciiarta parte de so oosecfa^ én las granjad y graneros., en 
tanto quQ otros, por el contraria, humildes aduladores del du*» 
que de Orleans, descomulgaron á todos los quo no abedecié*^ 
ron el. edicto. 

^' El regente, lejos de abrir loi ojos á la sazón con sétae- 
jante escándalo, contestó á aquel cisma decretando una nuerat 
contribución, que comprendía t la Vez á la nobleza, al clán> 
y al pueblo: la orden espresaba que había sido negocio re-, 
suelto eo presencia y bajo el consentimiento de los duques de 
Borgoña, de Borbon y de Berry, locual era falso. Estos dos 
últimos manifestaron públicamente quei nada tenían que ver 
con aquél impuesto. 

En cuanto al duque de Borgoña, como ya habia arregla* 
do el rescate de su bijo y acababa de saber que el conde de 
Nevérs estaba en camino, resolvió presensarse él mismo en 
París para desmentir solemnemente á su sobrino. 



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m¿mL IlE BABOMA. ÍSl 

' Luego ^ué el duqae de Orieaos supo qno venia el cande 
de Neveifs, pensó que ya no podía sostenerse por mas tiem^ 
po' en aquella situaron, y dióse prisa á publicar que el rey» 
merced á sus instancias y á las dé madayia Isabel, derogaba 
la orden sobre la última talla, y que por consiguiente no sa^ 
ría exigida; empero esto no contuvo al duque Felipe, descu- 
brió, por el contrarío, en este paso una muestra de la dehi- 
Kdád de su adversario y resolvió sacar provecho de ella. 

Cuando llegó á París se puso de inteligencia con los du- 
ques de Berry y de BorbOn, cuyos nombres babian sido com- 
prometidos á la par que el suyo; y después de liaber beobo 
algunas respetuosas observaciones.atrey, consiguieron queso 
convocase el consejo para deliberar en manos de cuál de los 
principes seguiría el poder. El duque de Borgoua propuso 
además, que para que la discusión pudiese tener lugar ooa 
plena libertad, no se presentase ni uño ni otro en el conscyo^ 
á lo onal se obligs^, si su sobrino consentía, en no parecer 
por él. El duque de Orleans aceptó^ aunque presumía, con 
fundamento que el fallo no le seria favorable, porque si bien 
se fe concedían generalmente todas las cualidades de. un no- 
ble y galán caballero, negábase también que tuviese ninguna 
d&'las virludesde un hombre de Estado; por consiguiente, fué 
tnáyor -su despecha que< su asombro ctiando vinieron & anun^ 
.ciarle que 'el partido del duque de Boi^^oña habia veac¡{iOr y 
({ueeste quedaba encargado del gobieirno de los negocios pA^ 
Micos en su lugar. • 

iM dos rivales se eooontraroa ooneste motivo frentoi 
freMe áé nuevo oon tin (Ma inas; y 3in embargo, tanto eit 
fa el qúeímts corazones tíicernitian^ qm apenass^pudieroii orow 



/Google I 



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2SS ISAnt. HE BAlUSMi. 

basta entonces q»e cupiese en etlos Hias. ' B}1 duque do. Or- 
\eiam aparentó consolarle de su caida, haciíaado ostensible*^ 
mente la corte. á la condesa de Nevevs^.bi]íai;stra del duque; tal 
era su moüo de vanarse: en breve veremos cuái fué el del 
conde de Nevers. , . - ■ . . . ^^ 

-' Todo se habia.ya dispuesto y airreglado, «omo hemos di-» 
ebo, con Bayacelo- para el rescate délos -cinco prisionero^, 
porque ya no eran mas que cinco: el señor de Coucy' había 
muerto en su ^utiverio con gran sentimiento de sus compa- 
ñeros. El emperador piusa en libertad áb m^sirer Saiitiago de 
Hélly, haciendo mil elogios acerca de. su, valor y lealtad, y 
concedió además una audiencia de despedida á los caballeros. 
El condece Nevers se encargó de darle: las gracias en nom- 
bre de sus amigos y en el suyo. propio^ por la cortesanía coo 
que lo^ había tratado. Bayacéto le mandó, acercar^ y querién- 
dole él hincar una rodUÍa en tierra, le[ cogió, pm* Ja .mano, j 
le dijo eH' lengha turca estas palabras, que ^s* intérpretes ne->. 
pitferon en lengua latina: 

— ^Juan, sé que én tu país eres un graa seSor é hijo de ua 
nobilísimo padre que cuenta reyes entre sus abuelos; eres jó-* 
ven, y tal vez cuando estés de regreso en tu patria se burlen 
y* critiquen sobre lo que te ha acaecido en tu primera emprer 
sa caballeresGa, lo cual motiva, que por volver por tu honor 
kagas un gran esfu^zo y reúnas* crecido número de gente de 
guerra para formar, con»y vQsotroá deois, una nueva crusada; 
si te temiese, te haria jurar con tus demás compa&diros {KMT 
vuestro, honor y ereenoias, que jamás v^lverifti^ & empanar 
las armas contra mí; pero iejesde eso, /cuando»e9tó8 dfi vuelta 
M tu país, puedes hacer lo qt» |^^w Aeune para venir aa 



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ISAMStMlB BABIlBiU 28Bk 

cQiitra mía el mayor ejército -que -haya {asado la tienrai veo, 
qud me bailarás siempre dispuesto y armado para la batalla; 
ydjgc^ esto, do solo )[)or tí» siao por todos & quieo bien te pa« 
reeieie repetir estas palaiiraSy porque be oacido para con- 
quistad y empresas de guerra». . . 

. Después de e^tas palabras» que quedaron grabadas para 
siempre en el corazoa de los que las hablan oido, los prisio- 
neros pasaron ^ niaínos de los señores de- MeteUn y de Aby- 
dos, que estaban eneargados de la negociación, y eran 
los que la hablan Uevaéo á cabo. Esto no obatantey las gen- 
tes del emperador los escoltaron basta las galeras, y no los 
abi^donaroo hasta*tantó qiie se hubo levantado el áncora. La 
flota se hiio á la vela para Matelin, adonde U^ó sin el me* 
n^r Gonlratiempo. 

Ya los estaban esperando allí con impacieneía: fueron 
magnificamentereóibídos por la mujer de dicho señor, que 
haUa sido dama déla emperatriz de Constantino]^, y duran- 
te aquel tiempo babia oido hablar mochosobre Francia. Dio- 
so po(p mny honrada en recibir á alguoosí de tos de mas hn ^ 
daii^a sangre de aquella nación; manda que los prepararan las 
habitaciones mejores de su palacio, y en ellas encontraron, en 
ves de sus vestidos raidos y usados, trajes al gusto griego 
do las m^ores telas del Asia. 

Apenas babSan acabado de vestirse les aihinciaron la lle«» 
gada de ateseire Jaeobo de Braquemont, mariscal de Rodas: 
venia & buscar á. los cabeceros p^a llevarlos á aqorila isla» 
tula que el gran prior ios i^ardaba-oon^áñsia é impacien^ 
cía. Impidiéronse en' cooseea^bcia del se&or y la dama de 
Metelitiy que taa oorteemente los hobinn recibido, y se dieron 



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& la vela. Pocos dias de. travesía bastaron pañi *H0gñf al 
puerto, y en la orilla los agnardabjió para hao^tos los bono** 
res los principales sedobés de Rodas^ escetentes jueces en ma- 
teria de religión y caballería, porqae llevaban sobre ei peclio 
la cruz blanca, en memoria de la pasión, y todos los días te- 
nian* que rechazar^ algan nuevo asalto por parte de los in** 
fieles. . 

El gran mae^e y los mas nobles de entre los caba*- 
Uffl'os, repartieron entre si el honor de recibir al conde de 
Névers y sus compañeros; ofreciéronles hasta dinero, cosa 
que necesitaban en gran manera, y Juan de Nevers acepid 
para él y sus amigos la cantidad de 30,000 fraoeos, de que 
se declaró el único deudor para con el gran maestre, á pe*^ 
sar de que mas de la tercera parle fué distribuida entre sos 
compañeros, » - 

En tanto (]ue se hallaban en la ciudad de San Juan aguar* 
dando la galera de Yeuecia que debía venir á conducirlos, 
cayó malo messire Guy de La Tremouílle, señor de Sully, y tt 
los pocos dias de enfermedad pasó á mejor vida. Gomábale sin 
duda tral)ajo & la muerte dejar escapar á aquellos hombres 
que se hablan visto tan cerca de la tumba, y que aun en 
aquel momento estaban más cerca de ella que de su salvación. 
Sire de Concy habia sucumbido hacia poco tiempo, y á su 
vez, sire de La Tremouílle acababade^rrarios ojos para no 
volverlos á abrir. Lqs oaballeroá creyeron queaígtma maldi*^ 
Qioii pesaba sobre ellos, y que-estaban destinados á no voUer 
& ver su patria ni uno sdó: hiéiei:on los fun^ratos^ á'aqtfel aini'^ 
gOy cuya muerte los reducía almCimiro de cualrO; y ihattién^^ 
dolé depositado en la iglesia dé SánJnan de Roda^^sjubieroá 



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irJo? bajeles feneói^nos, qoo babiaa entrado 6q 6l pu^rté» 
mientras ellos cumplían con aquel deber p<)slrimera^ 

' Ilida»>óffden ai piloto antes lie idardiar para que arríbase 
entodaft las islas qoe sei hallasen enJa travesía, á fin de qn<f 
la fatiga fuese menor y qa0*el coinde pudiese reourrer las tier*. 
ras que hay eniíis Yeneoia y Rodas. De esta muerte los viajeros 
desembareárotí siicesBramaí^te en Modoó». €arf&» Xeuoade y 
QÉátomat*aMfui6l9deta9Íero&<aiguúos^dms^ pa^^ lasm^e-^i 
Twdet a^neUas islas te^ pbi'eeieroaiánitieftnosas, *que las to-r 
marob.|)or tunfieía^iy^hadas;- y aqi ei conde de Nefei^ eon sns^ 
compañeros gastaron en regalos para aquellas magas la ma- 
yor parte del dinero que los habla prestado, para muy distin- - 
to uso sin duda, el buen prior de los caballeros de Rodas. 

No dejó de costar trabajo arrancarlos de aquel paraíso; 
pero por último fué forzoso decidirse á salir do él, porque aun . 
les faltaba largo trecho antes de llegar á Venecia. Montaron 
de nuevo en las galeras y- navegaron tanto á favor de vientos 
y remos, que muy luego se encontraron en Ragusa, Zara y 
Parenzo; allí se embarcaron en alives mas ligeras para poder 
llegar hasta Venecia, por no ser el- mar que bafía sus pies 
bastante profundo para ser surcado por grandes galeras. 

Luego que llegaron, encoutró allí el conde de Nevers una 
partida de sus gentes, que el duque y la duquesa habían en- 
viado para esperarlos. Vinieron también muy luego los seño- 
res de Haugier y de Helly acompañando al resto de su casa, 
y trayendo consigo carros cargados de vajilla de oro y plata, 
ropas y trajes magníficos y estofas de todas clases. Juan de 
Borgoña se puso en camino desde aquel instante con el es- 
plendor y acompañamiento que correspondía á un noble de su 

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S42 



ISABEL BE íBABimá% 



oíase, y Mego át Francia coa mas ^arienoiasde vencjadór qiié 
de veacída/ i 

Poco tiempo de^ues de su regreso murió en an castillo de 
Halle Felipe el Audaz á los setenta y tres años de edád^ y p^ 
esta muerte volvió la regencia al duque de Orleabs. 

El conde de Nevers pasó á ser duque de Borgooa^ 
^ Once meses después murió la duquesa, y el duque JotM 
de Borgotía vinoá ser conde de Flandes y de Artois/seÜor' 
de SaUns, palatino de Malinas/ de Alpst y de Talmand, esde- 
tíTf uno de los príncipes mas poderosos de la<}rístiandadv 




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•E «ABiaiiU 



248 




CAPITULO XIV. 



Ea teaipesUidi. 



HiSTE acontecimiento iba á sacar & la luz pública las grandes 
disensiones que hasta entonces habian dividido á las dos fa- 
milias. Hasta aquel dia el respeto quer infundia la edad d^ldn- • 
que FeRpe y la prudencia , hija de su tóad , que le caractürH 
taba , habia dado un colorido político á aquellas discordias 
primeriza^, coloriáo queiba.á desaparecer: los odios partico- 
lares, odios de ambición personal , de amor , y de amor prd- 
ptó ofendido, odios terribles y sangrientos , iban á levantar 
fsftí h)stros sin careta ni disfraz , é iban á lanzarse en nna In^ 



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dos presfiqp6t¡i^aa fuiíSfe r^oryeair^>^i^tffeía que bál^ia stn^-* 
pendido en el aire ateS^titHdebia álr act2tgo.''p(fa él, y que 
caando descai:giis0^^u^)i)ut0inpesta<liiabia da llover saúgre. 

Y sin embargo; ni ano ni otro de Ips dos pffoétpes habían 
dado muestras á lo esterior de aquel mutuo aborrecimiento. 
£1 duque de Borgoña permanena en sus estados recibiendo el 
debido homenaje de sus numerosas y buenas villas y ciudadoh; 
y entregado todo á aquel cuidado , quedábale apenas tiempo 
para echar hacia París una mirada llena de promesas de ven- 
ganza. ;./ -, ^JíMS':^ 

En quantó al duque de Orleans , descuidado y negligente 
como siempre, se cuidaba poco tie lo que hacia el de Borgoña: 
sus amores con Isabel habían vuelto á cobrar nuevo ardor, y 
en los ralos de libertad que le dejaban, se ocupaba en dispu- 
tar sabiamente con doctorjas y^tegislai; en seguida, si en algo 
pensaba, era en el modo de levantar nuevas tallas. Ésle era, 
oon muy corta diferencia , el único modo que tenia de mez- 
clarse en los asuntos del gobierno. 

Asi es que en el reino todu iba de mal en peor. La tregua 
oon Inglaterra np.era ya mas que una mera.palabf;^; y &.f^if 
ta de una declaración de guerra abierta y general, varí^s^ es*- 
p^ri<>ae3 particulares autorizadas por ambos, gobiernos en** 
sangrentaban^ ora un'punto de Inglaterra, ora una ,proipnqí« 
d& Frangía. Algunos hidalgos jóvenes de.I^rapcia, á,(^«ya,ica^ 
bftz?» seMUabanM seaores 4e Mari,ely.dQ.L4 Roche-Guyoo.^ 
de Acqoevil^,'Siaf^utprizA9Íoadel rej di.^elduque4eiQrlea^^ 
1^ ainharoaroaien número de jlosoifdíttq;» pincuenta, aborda- 
XDP Ala^a^4^.|¡9irt^a4. y Ift s§^arpp;.perQ 1p9 (labjitjSAt^ 



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reccibmdos da sú primer terror , y viéodoids %n tw pequefio 
nftamró, cargaron sobre eHo3, dreroa muerte á ta mayor palP^ 
iéé hiciciroiiprieioiwros & los deiná<^. 
' 'Los bretones también por su lado , adnqne esta ?ez eún 
attorisacioa dd ronsejodel rey, inU'.otaron mt nuevo ataqué 
qne no tuvo mejor re&oltado: iban ai mando de^^re Gtriflermo 
Bsebalei y 4e'>los se&ores de La : Jailie y de Chateaubriand: 
GoHtertito Duf^bafel fud muerto en la eepedidon. 
' '- Púsose* entonces á la cabeza de onatroeiefatoB cabaUeroü 
en hermaoo Ta»neguy; baj<> Hada Darmouth y lo Itevó todo ft 
sangre y fuego. Gnillermo vengado lovoplray heodtombe. 

Sin embargo , iodo indicaba que la guerra ibá á esUitláír 
ifí\xf íoego y á tomar- mayor ensanche y «w», vastas própor- 
eiuñes. Un inglés joven , desterrado , vino- á pedir asilo & la 
oirte de FnuMda; liam^UMise Oven, GlenJor, descendía de ios 
antiguos principes de Gales y era hijo de Ivan de Gales , qni 
eníasado por flfat^midad. de armas o^>n los cabaUeros france- 
ses, había soeumbido al servicio d^l rey CáHlos; pedía soc<^fe 
contra Enrique do Lancaster, y est^ Ikimatmento á los reisen- 
tfmieatos anejos de^Fraooia con In^lat^ra, «eontrA demM 
Síad^.eco en d reintí para no serésencíbado. ilesolví^se apres- 
tftrwa flota numerosa eo el puerto de Srest , y que se diesa 
etinanJode^unaespedioion compnestá de ocho mil homftreii 
il'jóttti de La Msrebe^ que ya hémo» visto eornbatiren Nicó^ 
]Mflis«albéodeJnaá de Borbota. ' 
- LoB ¡.iiBgieses;, vrahdo ieitosDr^fMtralitbs-, detérttinérM 
destniiriwaiiMde)fieseiiubreseaiCerAft¡iiado\ fiajaroftiüsul 
e«tea'4^£oerrilulav cuyo ponto craycvoii tooiir por sdrpMA^ 
sa, pero Clisson velaba, y so brazo noisstalka desanttado ]^00» 



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4^4^ ISASEfe'IIE^ÍlAKnttlJ . 

qoe b«Aic^ perdklo la espada de condesiabla ; qued&Me la 
suya. AJ griio ,de alarma qtie dio, corrki á su socorro Tawe-* 
guy Duchatel con quioieotas lanzas , y decribaado de aa fai^^ 
ohazo al coade iefieauíaoot, capitán de la eai|»*esa> obligó ¿ 
kis ¡agieses áeail)arcar5e de nuevo prepipiladameate, déspoes 
da haberles eogido :ó. maorto ia mitiid de la gente. * 

Empero Ja flota estaba prcmta á hacerse á la ¥ela: los ca4 
balleros estaban lamidos ; no se esperaba maa qae ai gefé*dé 
k esipedio¡oa« Agoardároi^ inátilmeateckico meses. Escon- 
de de La Marche» entregado á los bailen y & Jos juegos de 
cartas^ y .dados, había olvidado que teniaque ponerse la annai>- 
dura de gutarra. 

. Aquella espedjcion abortada coMó crecidas somas, y 
finada condujo rnas que á proporcionar al duque de Or« 
leana, ua protesto para imponer otra nueva taUa á tbdo el 

.ioino/' •■•:.'.:'.•■.• 

Paro esta vez el duque da Borgoña, que pai^a dormido, 

, ae despertó para dar orden A sus vasallos de no pagar. 

1 Ei duque de Orleaus, que no tenia poder ni medid alguno 
paraXiobrar la ialla enkis estados del deBdrgoñUj.se ireág* 
deél casandaá la heredera de la casa de Harcourt, prima del 
i»y,con el duque^deáSOeldnes^^ jebemtgo mortal de Bongioniu' 
Eligo^ie llegií á lo vivo, porque el mismo (Ha éela$ bddaseu^ 
ti6 un beraWo ^u la sala del festín , y len iN^eseiickdBto^da 
los convidados , desaGó al duque deGAéldres eii aooibre de| 
mude Antonio de^B^irgQaa, que debía héiedar el Aioadb da 
Umtofgi»(. Et duqiiíe>dQ:fi(te(dre8 Ke levauié i ddnftd^ la tt^ 
alpa de boda» f»gal(!toift ai baralda honváAdola ouu^ftqiei tll^* 
flQWi^o y^inoeptó eLdeeafía. 



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IlAMR/^DE'BAMilUU 1%7 

Per ei^/lacbw enceoiMó tambiea la guerra desde aqa^I 

/ Agres&baose & todos estos 'signos de la tierra los presad 
gk» del cielo. Vo dúi que la reina se paseaba en litera y el 
dttcp» á oabalio per la selva* de Saint^ermain» estalló de re-^ 
pittie uaár grao tempestad: la reina abrió el coche, cedió ua 
aiiente h su «Unantey y apedas se hubo sentado cayó un rajo y 
^PMi<Val caballo de quea^baba de apearse. Espantóse con d 
midaei tiro de la litera y arrastró el oarr^iaje hacia el Sena^ 
adonde iba á predpUarie/cuaadode repente y como por un 
tmlagro de Dios se rompieron tos ejes^ y los caballos se lansa-^ 
ixm en el rio como si algún demonio los empujase. 

Las gentes devotas vieíron ea aquel suceso un aviso de iá 
Providanoia; imfmlsado por ellas el coafesor del duque de Or«- 
Ittfls^le habló con «oiefeza y serenidad , afeando la vida di-* 
soluta y poco cristiana que llevaba. El duque convino'en que 
era uti,graa peeador, prometió enmendarse , y en prueba de 
to conversión mandó publicar á son de clarín que iba á pagav 
SH9 deudas; en. consecuencia señaló día 4 sus acreedores pare 
que se presentaran ea su palacio. t 

Según el reUgioso de Saint^Denis, ^riun sobre ochocien- 
tos lo9,^tie se presentaron en el dia )reña*ado » llevando cada 
cual su oueola sumada y oorrieate; pero ya. hablan pasadp 
lieie dias desde el suceso de Saint-Germaín^ el cielo ofrecía 4 
la ;vista M berom^ mc^atoi a4ul, y I4 última nubeoilla dé aque^ 
los dias halúa. de6aparecid(>.> llei[AiM)<^ m pos el úhiodo r^ 
WHiliwíeftIftTdelAuque; razQp por Ja.que su 4i;pja estaba cer- 
rada. Los acreedores pusieron el grito en e) cielo, declarando 
qñs Mee Uím basta que se h>9 paipisei vwoi se I^ manifestó 



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I^K IfiABBL DE BABinA^ 

qoe estaban prohitádos tos gropo^ j Tfommmr^ ^ sí bo se 
dabaa prisa á retirarse vendrian los sargentos, que ssbiwi 
bailar el medio para dispersarlos. 

Esto 1^0 obstante , las mismas perseoas que btbian avea^i» 
turado algunas cbservitóiones al daque de Orlpans, ^>noveoba^ 
ron un intervalo de ratoo para hacérselas al rey^ Manififistá"^ 
. ronlo qne asil el oro de los particotar^, como eloro del Est»» 
teo,se fundía entre las roanos del duque y las de la reíaa^ 
wal si fuese en un horni.Ho. Dijéroote que aplicase el oído, y 
oyó lo3 gpltüs del pueblo. Hidéronie abrin los qjos ^ y vio qoe 
la miseria p&Mii^a habla eatraiio hasta su precia cáman(>.A4 
punto se informó, y supo oosas ihaadi^s; mandó veriír al a.7« 
de sus hijos, y esta ie confesó t]UB los príncipes carwaA^ mu- 
chos dias de lo necesatííii', y qoé-á veqes'no habla sabido q64 
mo manejarse para tener que darles de oomer y vestír.vUamé 
al duque de Aquttaoia , y el niño se^ie aespoó ii)edio;dB9ilud9 
y diciéndole que tenia hambre. Al veii ^i}aeUo Qxha1i^.el vef 
fU; bando suspiro y echó mano á buscar dloeraipara dársele at^ 
l^a; mas no baUáBdole, la entradla copa de mo ea<queaeft- 
baba de beber para que fuese 4 vén(ierla« . •< > 

Con aquel vislumbrede razón aipoder^ uá* tanto i^<ener- 

fia del jjtobre demiente. Mandó qae se vtmvücsísp ten el:.aeto xsA 

consejo gen^til con objeto^de poner na pmioto. ressedia ii Ja 

enfermedad del E^ado; en seguida y sin üeeir á > nadie iiM 

I . pUübra, hizo escribir al dn(|ué deBot*goba>i»viUUiddé4i'Uí»* 

ttr á ia Míbehicioñ^* No aígMrdaba esteoiva^^oM/-' ^^ " -' 

' Aidia iíiguienté salió de Ak^ras^oon <ieik)éttRrtee bsmbMi 

1 ' y se encaminó é Pferts. ^ i- ' {-;.•. i/i^ 

Al itogtkr & Lotf«r^'^taciyidiiarta§f iid^4^^ 

i ■ , • • 

I , DigitizedbyLjOOQlC 



km qire ^ úmpm d^Orieans 7 la reina/ hiago que supieron 
«a tMhia, se 1ial>iaii>ii«it)hado *á^ PaHs om drreccioD \ 
Méliin, 7 de atlí á Cbarires, dejando órdetí al pi1ací(>e Lhís 
de Bábiera para que les IkMlkíeá aqtiiella ciuldad al 'duque dé 
áupibaiiia, dethi de Yiena. k peéar dé ta urgencia que recla- 
maban las tales noticias, se hallaba tan Qansado el dQqoe, que 
«e detuiP0 para dormir algtinas horas: Al attianecerdei dia si- 
liuiente leistobaien camino para París, pero llegó demasiátío 
tarde: al delSn acábate de salir* . ■ '"- 

fitítonee» el ^qoe de Borgoba, sin desmontar n( nirídár 
caballos, metió espuelas at suyo, y ^aandá á su <g*én(é que Te 
s^era^Atravesóide aquel mddo Paris en toda su anchura; 
tomó el camino de Fontaioebleau y alcanzó ald(^n entre Vi^- 
lleíttrC y.Corbeil^ Iba elpríntípe acotnpa&add i>or sn' tío Luis 
de Babiera'> ¡por é imtifaiés de Pfittit; el donde Dammartin, et 
der M^nt^iigm y oittB varios señores: en su fitértt y á entrama 
boa íadoS'lbaa sentadas su hermanfit Juana y la dama de 
Preux, esposa del señor de Borbon. El duque de Borgóñk sé 
aebroó á teí'ponezuélav inolioóse delante del delfin, y le supli- 
^ que^vo^iése A l^arls, dicldndoié quer tenia que hablarle dé 
nrias c«>9a9'4ue'le atáUan moy de oeítia. Entonces el- 0ríii'-¿ 
oipe LuÜ, yi6MÍo^qefeJ<»s deseos dét'duque eí*an efectívádién- 
(e de TOl^sé één Joa^'de'Bot^g'oña, feémo esté fé irogdba, sé 
aáeh«ó.,y dijot»! 

^-«'-^ebefrduiitfe, dejad" {Iroéegatr su camino á tnonseítor de 
AifiRtafiAi; mi'9obHfio,i|K^ué^&áreunik<se con su madre la 
rdfina^t noii stt'tio^ dd<|M de^Orteans, con- él óousentimien-* 
toértiííy'ea padile. *-'*'' • '••: •• ■' • •'' " /-"[ 

Diobas estas palabras, el doqM* Lufis.{^MH8>i« q^ imdi^ 



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<2&p J[$i|»fll/ DE Bi 

volviese grups^y ymaniiv AKcoebero qae sigtuodé do camfaioi 
Iba esto & e !har ko^^tr de^nuavov túmiúei diiqae de fiorgo&- 
Sa cogió ppr el freno álos caballos^ latí' fai2o volver la oabé^ 
.^ hacia IVis, y sacando la Aeapadc: •, . ' 

-— ^Si estás bien coüia vida, dijaal aonduelor, ecbaá'aa^ 
dar y aprija, . 

El cochero, Jr^aiiiio, saoó lo^cabaltos á galope: los soldad- 
dos del duque rodearon la IHera; y miefíirns qué. oldelfin re- 
gresaba á, la capital, aQompaOado de su tío Luis de JBabiera^ 
que no había querido repararse. d0 él, el dü(]ue de Bar,, el 
conde Dacamartin y el tnarqués de Pont se encamifiaroft á 
Corbeil y contaron al4uq9e de Orloaas y ¿ la reina lo «pie 
acababa de pasar. 

.EsUi acción era una muestra de lO; qae era oapaz de ínt^a* 
lar el de Burgooa. Potr lo tanto, el duque y ia reina, <quo aca^* 
baban de ponerse á la mesa,, suspendieron su comida y me^ 
tíéndose en un cQtjbe'pqfiii^oo con gran pneciiúlaeíon hada 
JMeluo.; . ; ^ '...■:.,..•.•,,.. 

Por lo que toca al dqque da fiorgoüa, vemKmtró en jaa 
jwiertas da París i|l rey 4e IJfavarra, á las, juques d» Beity y 
de BorboQ, al conde de La.Marohe^ con otros lauobosseborea 
y. un g^n gerHio de la,:ciadad, q«ifr salian á tmbirk^ enep* 
miando |s^bremaaera^aquel hecha y ooi^^eiitismos fK)r volver i 
ver su delñn. Entonces mandó el duque de Borgoña, 4Vie( iba 
^1 estribo con sus. dos hernpafm,.4ivi9 pmi^ima los ei^haUps al 
pasp, y rodeadlos de la muAtHvd, il^fin^ 46 «q«^ ¡mAK k^ 
H el palacio del Louvroi dood^ qn^d fUi4id«» el detün^ Gi 
duque permaneció á su lado para servirle. de MjcoiHayigiNur^ 
d^.dp |bu?noi;,fd:9rjopia t|enMP^,4 . : r • \^ ,,.. , ?. -. 



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T«Qto iDM fiaHIe.era aNaqi|0 de BargoftA^ yi^^^ 
h|,3egQrida4dél deifin» oaftoto qwpor ópden suya y dBS4|9 
hermanos i^a llegando de .sos eí^iadcis á cada inatante gontf 
d0 guerra; al ca^ do.algtta(>6 dias se encofitíró á la oa^a de 
seis idíI coi»tMUieates^ todoa partidarios suyos y . n^aadados 
por eLooode de^'Cléves y poír el obispo de Líégé, ilamado Ju^n 
sin piedad. / . 

Par su parCe, el duque, de Orleaus oo habis desperdieiado 
tampoco el tiempo; habia eayíado. meosaijeros 4 todos sus du-^ 
Gados y coadados^ óon órdeo paralo^ capitaraesde armar to^' 
dos -los hombres que pudieseo y de practicar las jQoayores dih 
%eneias para que se p^iujesen prooto eu camino. En ateacioQ 
4 estf), no lad^dó en ver Hogar al seoor 4e Harpedoaue coo la 
genieídel ptfs de Bolonia, al d^qiie de Loreoa <h)0 la de Cbar* 
tres}y de Drei:pc, y^r úUimOj al ooode de AleozoQ con los 
caballeros y los comunes de Orleans. 

Toido9*3esio9. moviraisQtos de tropas eran e&fremadamente 
gravosos al pobre pueblo de los alrededores dQ Pañis. Los 
faombites de armas de ambos partidos recorrían la Bria y la 
Isla deFranoiav pillándolo y devastándolo .^pdo. Los ^del du*? 
<|iie. de Orleans faabiaía itamadp. por eosena el b^ton Ue^o de 
ftqdos. que el dvqiie babta tomado fnor mote en el torni^, cpD 
a^ioellas mismas paIabirits:.<iDe^arko á todo el mundo;» y lo^^ 
borgoAoiie» pc»^ su ¡^ari^ jlevabao en ^u bandera el cepillo d^ 
carpintera rdetfdnqiie.JaM» y h^biaa adopladopQr.se&a: (^Yo 
lOíaiMplQi*» . i 

, «Los 4o5^fiaftí4^^ arpiados se eaconiraban fronte 1 frmt^i 
7 aunque basta entonces no hubia^^ habido entre ambos fj^ifkrf 
c^M .iiiftgufl« U^iAi^lriMftu^, ost€iQ#le di9 gmrJ^aí^ . ^'. ftiagun 



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hombre pradefite sefd escapalM qm ba8tar{aruúa4iifflplé pen- 
deticia entra dos soldados para or%iaar uri cho<|ue «utre üia^ 
bos ejércitos y ima guerra civil en toda la FraÉoia. ' - «i 

Y^ hacia algttfi tiempo qite permattedaa tas clisas eú' a4|imt 
«slado, Cuando el d»iq¿e*de Orleání^ resolvió ponerle iéntrno; 
daníloufi paso decisivo; por cotfsi^iaínte, ordenó á su ejérn 
cito que emprendiese la marcha hacia París. ^ '• ^ 

El duqiie dé ÍBórgona se bailaba en su pala^ de Attois» 
cuando vinieron á avisarle que el enemigo ' $e acensaba coü 
toda su gente. Hfiose armar 'Con presleta, salló sobreda brn 
don y corrió a! palatíó de Anjou; donde* eocbntró al rey de 
SfcfHa, á los duques de Bferry yde Bérbon y á otros aifictoa 
príncipes yseñores éeloonsejo 4^ rey/y'tes s«]^lioji que sa 
hiciese constar que no- era él «I qbe ronürpiá las bastilidude^ 
y poniéndof^e á la cabeza de sus tropas, las fdírmó en batrila 
delante de Montfaucon. ' " 

Al ver al duque y sosr soldados atravesar & ésoape tas ca- 
Hee de París, \os habitantes se conmovíerotí on gréfti manera; 
tan igenéralmenle era temida ia^ avaricia de( 'gobierno deldo*^ 
qtíe dé Orleans/ níerced ism «^a:ccion«s, <pef se «stbadió la 
Vbz de^ qdé vewía sobi^ París €on íM«tooíon-de ^saqoéarte. Ai 
^unto se levantó en m^sá él <i(iMítí áe lá dmétíé y se agolpó 
¿ laa puertas: los estudiantes bajbron arinad&s desde 4a nm^ 
vérsidad; se demoHeron *Hiuchás' basas de loS 'arrebates» y 
tóontoñaron un sinnúmero de piedras^ en'tnedio-d'etcafqittft 
para hacer barricadas; en fin, no se descuidó ninguna üfisdi** 
da' para ayudar al duque de Borgi)ñé' y fidcUáMr al *!>'0r-^ 
leaüsl.- ''-'^^ -' '"'•=•' •'•'■'■ - '■rA.y^ .'■ ■ '■',• .♦:? 
-''- Eá a^uet motnénté páisárra pór'deUMt^ A^Mi(4iabajiritM 



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1^ ei itf AeSifUmyi^s da4»0^ d« Berpy $ 4á ¿Ber^o: iban 
al eocuealro éá d^ique 4fehOi4^aiis para iiialruírle (iel acteoí^ 
tMtii qutí babia toooiajdQ Pari8 ai ^aber sus iatentos , y parai 
sqfttiGarte qiie tmtase de evitar toda ekai(^ úb sangre. ^ 
daqaek«oaies0 qae^^ primo J[fian,:y no él, era quien iiabia 
empentada ]a& tiosiNifl^es^arreiE^UM^Q loaai de los ^brcuos de 
s« madi^al j^ven 4aque ^é A^iiit^nias qoeea Goanto ¿' 1q 
deffi¿$teslal)a dispuesto: áe9ci2cbar/^>da proppsiqoja bonrosa 
y raaomübleí y ea prueba 4$ííí^ sn^pepdia su npiarcha. 

En efecto, acantonó su gente en Corbeil y alre^edoPidel 
puente 4^:fi)»reBt0u, candujo, á. :1a reina á Vinoencies/.y él 
laietiio ae^ re6r¿4,,su<p4laMoiQ d€^.%auié. 

(£iit^bláir<ift^e«¿'Pupt(9<Qjq&t€|$^.y OíOQferencids que durarou 
mhoám; y ai oabode ^)IQIS eiapezaron i, enleu^er^e; entiuiur 
bos duques se» convinieron en retirar sus gentes y. someterse 
€iRCuoftte^« si|$ pf etensiüines al £aHo del censíjíi del rey. Pres- 
tase jurameoto sobré los. I$vangelip3 per'uaa y otra parte, y 
<X)n ia retirada de Us.tropas se: idíóipriocipió al cumplimiento 
de.-tojuíado»- ..'... • •;.,' .-..,...,.<'.. . 

■ Luego qtte.Barís se vió^libre de lagente degueriiade 9XJ^ 
^ bes partidos^ resolvió la reioa hacer en él su entrada: aipiella 
prueba'de whGwtÁ que.Koadansa kabel daba^ sus. vas^lo^^ 
vfaíenddá ponerse* entre aus; manos,. motivó n^uobas Qesta^en 
k capital, *y.todá*Ia pDblaoiQOíealió 4:rer4bii!la cp«i g^ao. ale- 
gría y boUitáouiia r^rta hfed.su! eotrada> 6^^«mtparr^lge<^ 
fi^dOy.primero de aquella clase que ae había canfitruidpi y qijie 
era(i'egfti0del}duf}(ieile OrÍ€iies: lus damas: vejuan detrá? ei| 
Utei^asfe los. d;98 duques rj90^4Att¡ad03 aagdiian i.cabaUo, i^ga^rra^ 
dos de la mano y llevando cada cual el mote 4QiPa'0(^9tr|iriq, 



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251 ^ÉátL INE ÉiMtS^d 

Después dé haber acompafiade á madama feabet tmsUl el 
palacio del rey, .se'en^^amindmn ^lübos á la iglesia de ÑQes* 
tra Señora, comulgaron con la misma hostfo partida 6Q des 
mitades, se abrazaron al pié dél altar, y para mayor pnielMt 
de recoBcHiAcion y de ooúfiania, el duque de Borgoña pidió 
hospitalidad por aquella noche al de Orleans. Bste le oTrició 
entonces- la mitad de su propia cama: Juan de fii>i^oAa acep^ 
tó. El pueblo, que so dejaba eogafiar siempre por las apariea* 
cías, los sígtiió y acompahó hasta el nuevo palacio det duque 
de Orleans. 

Aquellos dos hombres que och((''dias antes se dirigian uno 
contra otro bajo bandejas opuestas y cubiertos áe sm arma** 
duras de guerra, eutraron .en el palacio de Orleans ag«-rados 
del brazo, como dos amigos que se vuelven á ver después de 
una larga ausencia^ 

Ailt aicontrarun á los duques de Betry y de Borbon, sos 
tios, que apenas daban crédito á sus ojos ni á sus oidos. EL 
de Borgoña les manif^^ de nuevo la sinceridad de su reconct* 
liacion, y el de Orleans añadió que ningún dia de su vida le 
había parecido tan hermoso como el que acataba. de espirar. 

Quedáronse solos los dos principes y continuaron hablan* 
do en tanto (|ue paseaban. Trajéronles nm especíado^^ que 
bebieron trocando las copas: el duque de Borgoña sobre todo 
demostraba un abandono estremado. Alabó spbremandra el 
gusto con que estaba decorada la al(M>ba, examinó con mina-* 
eiosa atención las colgaduras y tapices, y apuntando con el 
dedo á una llavecita que abría paso á una puerta secreta, piie« 
guntó riendo si era aquella la entrada de la cámara dema<- 
dama Valentina. 



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. Bl doqie Ortssi» » iatei^Qsa coa rapidez édtre Joaa de 
BorgsAa j It tapioerl»; y ponieiido k mano en la Ilaire: 

— Nadade esa, primo mk), le dijo; aatos, por el contrario, le 
eeCáespresaraeiKe prohibido el entrar aquí; está puerta es la deE 
oratcirio» donde yaacoetumbro arrobarme en mis meditaciones; 
' ;T spnríéndoee qmtó come por inadvertencia la tta?e, pA<^ 
aoee á jagar oen ella sin fijar la ateaoibn en el objeto que te- 
niaen. ia mano, y por Mtimo, se la guardó enano de los bol- 
íiilos^ de au juatiUo ooo un aire de distraocíon, que cualquiera 
babiera dicho que era natoraL 
* En eegnida añadió: 
—Primo mió, ¿os parece que nos aeoetemos? 

loan de Borgo&a. contesta desciMadose el cordón de oro 
qm aosteoia su.poAal y esoareela , eoloo&ndolos sobre un ú^ 
lh>i:.el duque de Orleans^ por su lado, empezó ft desnudarse, 
y como aeabó antes qne m primo, se metió primero ta la ca-> 
SDia, dejando el borde, eedecir, el puesto de honor al duque 
de Borgoña, qna no tardó en* tomar posesión de él. 

Adllaton aun. durante algun tiempo^ de asuntos de guer- 
ra y. de intrigas amorosas, pero á poco rato el duque Joanem* 
pezó & sentir la neoesidad de ceder al sueño; cesó entonces de 
hablar éLde.Orieans, miró algonc.s instantes donaire afectuo^ 
so á su primo, que laofMtmto se babia dormido , y en segui- 
da, haciendo la señal de iacrus, susurró algunas oradoneey 
cerró también ios ojos. 

Al cabo de una hora de inmovilidad volvieron á abrirse los 
ojos del duque Juan, y muy poco á poco dirigióla cabeza ha- 
cia su primo, qiíe dormia como si todos los ángeles del cielo 
velasen por él. 

Digitized.by LjOOQ le 



^sueño eia ver4ad«ra,.ae úicari^ con auaia leíAilÉd sobre cf 
CQdo, saoóuaapiaroa» lu^o otrar, bu4oó el pavimento éba la 
pimpla del pi^^ y.despues de bab^ tropoiadp coa él, se.deslH/ 
z()vCOQ macho tiesbto! fuera de la cama. Dirigiese hAcia el »« 
Uqo doDde el doiiue^de Orleaos había poesto sa vestido, r^ís- 
tro el juslillq^ sacó laliaveeitaque sii.prinio habia^metido en 
él, co¿;ió la Hmpara.de eacima de la mesa donde k hábia co*^ 
^Ipctido (^.criado , echó á audar síq mdo • y ooatraieódo A 
aliento hacia la puerta secreta , metíé* eco: ei piayor sigilo la^ 
llave en la cerradura , abrióse la puerta, y. el duque* peiwtró 
en el gabinete 'laillerioflo. ' ¿: 

Volvió 4 saÜR ua miHneote^ después pAlido y bott las eejas 
vipl^fíi^iOo^efriMMáda^» detúMso/al^ tiempaoDniopiftra re^ 
ü^ixionakrio qaebabia de ha<!er, y al^argóla loaao paraicbger et 
pjieiil (^habi^d€|)igda sobre el, sillm; |)^^0f mndaodo de ideii 
pQ^la Ümpara sobre la mesa: al raido jquehiao en eete úUm 
4ño moviruitatct^se despertó ci. duque de Orieass^ 

-rt*f üioiOy ¿se os üfireoe alguna cosa? preguntóte 6 Juáii de 



—Nada absokitacBeiite^ ootitestó este, stno^que esta lácapa- 
ra 00 me dejaba derzotr y me be levantado para apagarla* 

Oió un soplido á. la luz 6|)énas aoaM estas palabrfd^ y eif- 
gamio&odose á la cama volirió & acoetarse. - 



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ISABKI. UB BASIEKA. 



257 




CAPITULO XV. 



LésaseÉtn^ii. 



Algijnos meses después de aquella noche de reconciliación^ y 
aloeciirecer de la tarde del 25 de noviembre de fIÓT',' dos 
hombres á caballo se detuvieron en la calle dé Barbette, fren- ' 
te á la éasa de la imagen de la Yfrgen; miraron en tomó su- 
yo, como para riaconocer bien dónde estaban, y uno de ellos 
dijo al otro: 
— Aquí es. " 

Echaron entonces pié & tierra, pusieron sus < 

17 



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^8 ISABEL DB HADIEBA. 

debajo de m sotechado qne allí babia, ataron las bridas á tos 
postes que le sostenían y sé pnsteron á pasearen silencio ba- 
jo laHWvedá. A breve Falo Itegaroo otro^<Jbs hombres, bíeie- 
ron éhi>6tiK> examen, apeáronse de sus cabaBis como tos pYi- 
meros, y^iiiciwlo relurir armaduras en la oscuridad , se re- 
unieron á losVJiTe las ílevabaa» No se habían pasado diez mi- 
nutos, cuando se oyó el ruido de otros que llegaban ; en fin, 
al cabo de media hora aquella partida , que se habla ido au- 
mentando poco h poco , se componía de dieziocho personas. 
Estaba ya completa hacia un cuarto de hora , cuando se 
dejó percibir el ruido de un caballo á galope en lo alto de la 
calle. Al tiempo que el ginete pasaba rápidamente llevado por 
los brios de su corcel, delante de la casa de la imagen , salió 
una voz del sotechado y le gritó : 

— ¿Sois vos, de Courteheuse? 

— El mismo, contestó el ginete tirando de la rienda á su 
caballo. ¿Quién' llama, amigQ.ó.eaaKDÍgo? 

— Amigo, repuso el que parecía gefe de aquella gente. 
Salió de la oscuridad donde estaba oculto, y acercándose & 
sir Tomás de Courteheuse le dijo: 

— Vamos, ¿estamos dispuestos? 

^ Y dj^ó caer la xnaa© sobre el pesouezo (leí corcelj. . / 
. — lA^Jjeres lü, RaouWet dei Oetqyaielesclamó el cabp^lGm)^ 
iBienl ¿03^3 aW ooa tu gente? 

¿—Sí, y baca. KQa media bora laqga quia as.4giiard«m<9i$ 

— HahidH^o retfufdo.ea dar laórdea; íjreaqui? ;^jia eUnÍT, 
mo ea el momento de obrar. . . o^' 

—¿Cómo es eso? Pues qué, ¿renuncia á su proy/ect»? / . 
.^Jíatíri,. .. , . ./_^ 



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ISAREt 11% BABIERA. 259 

— ^Y hace bien, porqtie tomaría yo el asunto & mi cargo. Na* 
hé echado en^ olvido que ese duque , que Dios confunda , me 
quitó durante su regencia üA beneficio de órdenes regulares 
con que el rey me honró por mediación del duque Felipe de 
Bofgo&a. Soy normando, sir Tomás, y escuso deciros que lé 
guardo rencor; puede contar por el nombre que tengo con 
dos buenas puñaladas de mi daga: la primera, por la promesa' 
que he hecho al duque, y la segunda , por el juramento que 
me hice A mí mismo. 

-i-Continüa con esas buenas disposiciones y trata de-dar ca- 
za á la fiera, porque ya; empezó el ojeo, y dentro de un cuar- * 
to dé hora á mas tardar te la traeré por aq«rf. 

— Anda, pues..,, dijo RaouUet dapdo una palmada en la* 
^rupa del caballo, que echó otra tez 4 galope. 

Y volvióse á meter bajo el cobertizo. 

Dejemos al caballero seguir su camino , y entremos en la 
nueva morada de la reina. 

Era esta un reducido pero gratiioso edificio que babte 
comprado al señor de Montaigne , y al que se había retirado 
cuando el rey, en un rapto de locura, la habla herido lars ma- 
nos con su espada: desdé entonces no habia vuelto á pisar el 
p9lMú de San Pablo, & no eer en ocasión de alguna- solemni* 
dad; áiici'quererfyermarieeepenél mas que el tiempo* preciao 
para 6ut]f)plir con la etiqueta: de esté modo, además , so opo^ 
nian menos obstáculos á sus amores con el duque, i 

En la tarde de aquel mismo dia se Hallaba la reina «n su 
retiro , como de costumbre , pero se había visto obligada á 
Moer' cama á con'secneiieia der «na ligera indisposición. El 
duque de Orleans estaba sentado ft la cabecera de su tedio; j 



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90O ISAIIEr« D£ BABIIS9A» 

acababan de servirles una esquisita cena, que había sido^mo^ 
nizada por el buen hamor del duque, cuando Isabel» mirardo &• 
aa amante coa ojos lánguidos á la par qué amorosos, le dijo: 

— ^Duque, luego que esté enteramente restablecida, deseo 
que me deis una cena en vuestro palacio , ni .mas ni meno9> 
como la quo yo os be dado eata noche , y entonces os pediré 
un favor. 

— ^Decid que me prescribiréis una orden, hermosa laahAi 
contestó el duque, y añadid que la ejecutaré de rodillas. 
- — Eso no es verdad, Orleans, prosiguió la reina fijando en' 
'él sus n^iradas con aire de duda ; tengo mis miedos de que 
cuando sepáis lo que quiero de vos , me lo neguéis redondar 
mente. 

— No podéis pedirme nada que me sea mas caro que la vi- 
da, y ya sabéis que mi vida es vuestra. 

— iMial... y de la Francia: cada cual tiene deredio para re- 
clamar su parte , y creo que es cosa que no dejan de hacer 
muchas damas de mi corte. 
El duque se sonrió. 

— iCelos! dijo. 

-^lOhl nada de eso, curiosidad feamente ; pero como ya 
sabéis que ese es un defecto que me domina , flcsearía entrar, 
en cierto gabinete contiguo ¿ la alcoba d^l duque de Qrleaps, 
donde me kan dicho que ha mandado colocar los retratos de 
todas sus queridas. 

—Pero... ^ai« qué?... 

—Para saber si estoy allí eutre geqt^ digna de mi« , 

-T-Si llega esa caso, Isabel mía í, oe veréis altiva ooofio lo 
^taid en mí oocazon | sobre m corazón» . » 



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ISABEL BE BABrEfíA. 261 

A estas palabras sacó del pecho el relr*atodé la reina, que 
ella misma te había dado. 

— ^^]Ohl hé ahí ana prueba que no aguardaba por cierto. 
¡Cómo! ¿aun conserváis esa miniatura? 
■ — Y no se separará de mí hasta la muerte. 
' — No habléis de muerte, duque; acabo de sentir al oir esa 
^ palabra un frío glacial en las venas, un vértigo que me ofusca 
la vista. ¿Qué es esto? ¿quién entra aquí? ¿quién es? 

— Sire Tomás de Courteheuse , ayuda de cámara del rey, 
pregunta por el señor duque , respondió el paje que acababa 
Üo abrir la puerta. ^ ' 

— ^¿Dais permiso para que- entre , señora y reina miaf dijo 
el duque. 

— Sí, ciertamente; ¿pero qué es lo que quiere? Yo no sé 
porqué, estoy toda trémula. 

Messire Toíiíás entró en la estancia. 

— SeñO!^, dijo indinándose', el rey manda que^ sin perdeír 
tiempo aoudais á palacio, porque quiere hablaros con urgen- 
tíasobre cosas que oonciernen muy particularmente & S. A. 
yh VÓ9 mistóo. • ^ . . . 

— Decid al rey que sigo vuestros pasos, contestó el duque; 
' Tomás volvió á montar . á caballo y salió á galope, dan- 
do estaí v<K5es al pasar por delante' de la casa de la Virgen: 

— |A1 acecho, Raoulletl ¡ahí está la fieral 
En seguida desapareció. 

Enel mismo instante se sintió un movimiento confuso bajo 
el sotechado; oyóse el choque de hierro contra hierro, porque 
lodosa montaban á cabalio; después eesó et ruido de repente y 
volvió á reinar el mayor silencio. 



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262 ' ISABBE^DE BA1|IEMA« 

AI cabo de algunos miautos faé iaterrumpido por el soni- 
do de una voz dulce y agradable que se oia bacía ^l lado do 
la callo del Temple, y que cantaba un pierna de Froissar; 
púdose apercibir poco después al cantor, porque iba precedió 
do por dos lacayos con teas encendidas: delante de ellos ca- 
minaban dos escuderos montados sobre el mismo caballo, y 
"detrás de él venían do^ pajes y cuatro hombres armados. El 
cantor vestía una gran tíjnica de damasco negro, montaba 
una muía que cabalgaba al paso, é iba jugando con el guan- 
te', tirándole al aire y aparándole después en la mano. 

HalláuaDse á alguna distancia del cobertizo, cuando ^l 
caballo de los dos escuderos empezó á ioquíetafse y i^ljachó: 
otro relincho que salió del sotechado contestó como un ew.- 
— ¿Quién vá allá? esclamaron los escuderos. 

Nadie respondió. 

Arrearon entonces ^1 caballo con las dos rodillas y se les 
puso de manos; hincáronle el acicate, y dando un bote sa- . 
lió ctosbooado como si corriese á través de ua inoeadio. 

—Agárrate bien, Simón, gritó el cantor riendo, y avisa 
mí llegada al rey, porque si vas á ese paso, estarás allí W9i 
hora antes que yo. 

• -^(El es! esolamó una vos: que salia del soteclKido; y 
se precipitaron en la calle una veintena de hombres ¿ 09^ 
bailo. 

Fuese uno de ellos derecho al duque griiaiQdo: ¡oaueral 
pí»ieral y descargóle un hachazo que le ecbó abs^ la^mulieca. 
' £1 duque lanzó un doloroso gemido, añadiendo: 

* -^¿Qué es esto? ¿qué quiere ámr esto? Yo aoy elduqiwi 
de Orleans. ; 



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s KSáBKL DE BAUEIIA. 365 

— í^ues ése «s el qae busoamotí, respondió el mismo hon^ 
breq<i6 te húbia herido. 

T asentáúdole ua segnedo haoi&azo, le divididtodoel lado 
derecho de latabeza, desde la frente hasta latoejilla. 

El duque dio un quejido, y cayó. 

Etwterezése, sin embargo, sobre las rodillas; pero enton- 
ces lodos se -echoTOQ sobre él, descargando cada cual coa ar- 
mas dííereates, uqos con espa<ias, otros con mazas, estos .co- 
siéfttiote á puñaladas con sus dagas; un paje alemlin que qai^ 
so defender al duque, cayó sobre él herido morlalmente y loe 
golpeR medodeaban éobre el pabre niño y ' su amo : el otro 
paje, heindo ligeramente do una estocada, se refugió len una 
tienda de ia caHe de los Rosiers pidiendo á voces socorro. La 
mujer de un zapatero abrió sn ventana/, y viendo veinte honn 
bras quíe herían á dos, empezó ft vocear contra los asesinos. 
-^]Ca)la; maUütal... la gritó uno de elloá; pero no hizo 
daso. 

Y sacando una saeta del carcaj la apuntó: el dardo partió 
7 vino á t5lavarse en la puerta- ventana que tenia eiUre- 
abierta. 

Andaba entre los asesinos un hombre con íá cabeza ea^ 
bierta oon una caperuza, encarnada que ie tapaba el rostro: 
aquel lioéibre no faeria^ pero mliraba cómo berian. Cuando vfaV 
qiíe el duque estaba ya sin movimiento, levantó una tea que 
ardia en el suelo, y acercáudosela á la cara: 
— Bien, esclamó; está muerto. . , 
. Ál mismo tiqmpp arpjó la tea encima dé un montón d^ 
j^ja que haJbia junto á I^ pared dq la .casa d@ I^a imilgan^df 
Nuestra Señora: la Hama prendió con rapidez; montó eat@iftoa» 



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Sfti ISABEL DE «ACIERA. 

á caballo, y gritando ¡fuego! echó A galope, tomaiulo la calle 
que desemboca frente á ios jardines del. palacio de A^rtoís. 
S»3 companeros le siguieron gritando como él i fuego! [ftiego! 
y tirando detrás de si abrojos (1) para que no ios persi- 
guiesen.- ' 

Entre vtanto los dos escuderos, habiendo conseguido sose- 
gar al caballo, le hicieron volver grupa y le encaminaban ha- 
da el sitio donde tanto se habia asuslado: cuando vieron la 
muía del duque de Orleans que corría sin ginete, oreyeiion 
que le habría arrojado al isuelo, y cogiéndola por la brida, la 
Irajeron hasta enfrente del cobertizo. k\\i descubrieron ala 
4uz del incendio el x^ad/iver del duque; á los pocos. pasos est9f 
*ba la mano cortada y en el arroyo parte de sb cerebro. . \ 
* Entonces corrieron k la morada de la reina prorumpífa4o 
en grandes voces, y entraroo) en. el edificio pátidoB y «arraat- 
oándose los cabdlos. Al punto hicieron pasar á uno de ellos 
á la estancia de Isabel, la cual le preguntó qué era lo que 
liabia. 

•r-Un horroroso desastre, exclamó: el duque de Orleansi aca- 
ba de ser asesinado en la calle Barbette, frente á la .o$»a d^I 
mariscal de Rieux. . - í ♦. / 

f Isabel palideció súbitamentd; pero recobrándose en 90gai- 
da cogió con una mano un bolsillo U^no de oro que tenia Jt^ 



(1) Son unas piezas de hierro en forma de abrojos, quotie- 
Bén tres ó cuatro púas de otras tantas pulgadas de largo, una 
dalastsúales queda siempre hacía arriba, y que servían antí-^ 
gfuainente para embarazar el paso al enemi^. : j '' 



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ISABEL DE BABIERA. 265 

SU [cabecera, y agarrando con la otra á aquel hombre por el 
brazo, le dijo: 

— ¿Ves este bolsillo? pues es tuyo si haces lo que te voy á 
decir. - 

— ¿Qué he de hacer? preguntó el escudero. 

— Irás corriendo adonde está tu señor, antes que nadie to- 
que á su cadáver, ¿entiendes? 

— Sí; ¿y después? 

^ — Después, le airancarás de enciipa del corazón un retrato 
mió que, lleva oculto en el pecho. 




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ISAUm. DP. BAiUElU. 



267 




CAPITULO XVI. 



&.•• eeln* aeC4rl«« i^i. 



iji al lettor \e place segairoíosy preciso será que salte coa nos- 
otn)3 el intervalo de diez a&os que haa tra$C4irrido desde ^ 
asesinato del duque de Orlcans y la época en que vol vemos á 
tnudar el tillo de «sta historia. Los mismos diez aoos, que soa 



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268 ISABEL DE BABlEnA. 

mucho en la vida del hombre , apenas llegan á ser algo en el 
trascurso de los tiempos; nos lisonjeamos, pues, que conside- 
rando el lector la dificultad de decirlo todo sin traspasar los 
límites que nos hemos propuesto, disimulará el salto que aca- 
bamos de dar. 

Acababan de dar las siete de la mañana de uno de los úl- 
timos dias de mayo del año 1417, á tiempo que bajaban el 
puente levadizo de la puerta de San Antón , para qué saliera 
de la noble ciudad de París una cuadrilla de gentes á caballo, 
que sin detenerse tomó el camino de Víncenn^s. Dos hombres 
venian á la cabeza: los otros, mas que amigos ó compañeros, 
parccian gente de la comitiva, pues venian á alguna distancia 
detrás, acortando ó alargando el paso con manifiestas señales 
de respeto , según lo acortaban ó alargaban los dos persona- 
jes, de los que vamos á procurar dar una idea al lector. 

El que venia á lev derecha del camino cabalgaba en una mu- 
la española de un paso castellano tan igual y tan suave, que no 
parecía sino que habia adivinado el animal la debilidad del amo. 
Este, que apenas rayaba en los cincuenta años, parecía ya sin 
cmbargoun viejo, y mas que viejo, un hombre que habia sufrido 
mucho. Era tal la coiffiaD?a cfue tenfaensa montura, que aban- 
donaba la brida frecuentemente para apretarsecon ambas ma- 
nos la cabeza, como impelido, al parecer, por un movimiento 
convulsivo. A pesar de! aire de la mañana , frió todavía en 
aquella estación , y de la neblina que estaba agarrada en bs - 
valles , llevaba su caperuza colgada del arzón de la silla ^ sin 
que niitgun abriga gaaroeoí^e su cabeza del rocío, cuyas cris- 
talinas gotas se veían pender de sos blancos y, escasos cabeUos, 
qu» descendiendo de las sienas, caían por ambos lados de sn 



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ISABEL r)E BABIEBA. 269 

rostro enjutp, pálido y aieláncolico. Muy lejos d^'incomodarte 
la Trescara del rocío, veíase , por el conlrario » palpablemente 
el gusto' con que lo estaba recibiendo en sa calva, y era fiácil 
adivinar el alivio que con aquellas perlas heladas recibían sus 
dolores, los que frecuentemente le obligaban A repetir el jno- 
vimiento que, según hemos indicado , parecía serle habitual. 

Por Jo que hace á su traje , ninguna particularidad lo dis- 
tinguia del que u5aban en aquella época los seoeres mayores. 
Componíase de una especie de bata de terciopelo negro, abier- 
ta «por delante , guarnecida y forrada de píeles blancas mosque* , 
tuadas de negro , cuyas anchas mangas abiertas y perdidas^ 
dejaban salir por aberturas las eatrecha^ de una ropilla de bro* 
oado de oro, cuya riqueza y elegancia habiao disminuido oon- 
sidere^blemente los largos V antiguos servicios que toda ella^, 
estaba atestiguando haber hecho á su propietario. BebaÍP de , 
esta bata y fuera de los estribos , iban colgando los pies del 
caballero^ metidos en una especie de botas, forradas depieles y 
muy puntiagudas; oi*a tal y tan continuo el movimiento de las 
piernas del ^H/iete, ()ue sin duda hubiera acabado con la pa« 
oÍ€(iicia del |»ac(fioo auimal, en quien tan opuipletanieate con- 
Ü4b<i, si n0 8t} hubiera tostado la pn^oaucian de quitar Uses* 
yuelas doradas y agudas, que en aquellos tíempos eran el di»* 
tintivo de los señores y caballeros. 

Estamos conveo^dos que les costará á nuestros lectores 
algim tanto el reconocer , por la descripción que acabamos do 
biuser, tan diferente de la quQ hicimos del mismo personaje al 
príüQlpio do es^ta :Ot>ra» al rey Carlos: YI, que á la^ s^on se di'* 
rigia á visitar á la i*eína» residente por entonces en Yincea- 
n^; mas tambiea no djudamos que el lector no estragará 9Sta 



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270 ISABEL DE BABmn'A. 

diferencia , considerando que, como hemos dicho, diez a&os 
son mucho en la vida del hombre, y que en los diez años que 
acaban de trascurrir todo habia ido de mal en peor en el rei- 
no de Francia. 

A su lado y casi emparejando con él , venia un caballero 
de estatura colosal, armado de punta en blanco y ginele sobre 
un brioso cabalUi , cual si Tueso á entrar en reñida pelea : la 
flexibilidad con que se prestaba su armadura, de mas solidez 
que ele^ncia, á todos sus movimientos, atestiguaba bien á tas 
claras la habilidad del armero milanés que la habia construi- 
do. Colgaban de los arzones de la silla de guerra, en el derecho 
una pesada y dentada maza áb armas , que por algunos res- 
tos podíase colegir que habia tenido mil embutidos de oró, los 
(pe hablan desaparecido, merced al frecuente contacto qué \e 
habia hecho tener su amo con los cascos enemigos, sin qué se- 
mejante pérdida le disminu j^se en lo mas minhno su solidez. 
En el opuesto lado y como para contrabalancear m peso, ve- 
nia prendida de una manera no menr)s respetable bajo todos 
aspectos, una espada, cuya hoja, muy ancha junto á la guar- 
nición, iba disminuyéndose gradualmente hasta quedar od&io 
la de un puñal; iba encerrada en una vaina, que por las mu^ 
chas flores de lis que en ella se veían, se cónoda pertenecer ál 
condestable. Si su dueño la hubiese sacado de donde dormia en 
paz en aquel instan te , sin duda sus abolladuras hubiesen probado 
los mtchos mandobles, tajos y reveses que con ella se habíaai 
desoargado;'petoá;ia sazón iban ambasarmad, mas por necesi- 
dad que por mtvB. precaución, á la.matíera con que dia y nooEki 
queremos tener á nuestro lado aquellos fieles servidores de toda: 
G<HiÍan2a para poder echar mano de ellos en caso de peligra. 



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ISÁBfil/ fifi BABIERA. 271 

Mas como llevamos dicho, oioguoo amenazaba por el ma-. 
mentó á nuestros viajeros; y sí bien eseierlo que el rostro del 
caballero que estamos describiendo pareeia algim tanto taci* 
turno, era muy fácil conot.er que semejante espresion era el 
resultado de no poder desechar una idea fija, y de ningún mo« 
do el de la impresión de una inqnietud momentánea ; tal vez 
también contribuía á aumentar la dureEa de sus faccífimes la 
sombra que sobre su rostro descríbia la celada del casco. Sia 
embargo t podíase conocer por su nariz aguileña fuertemente 
pronunciada, por su tostada tez en las guerras de Milán ^ por 
la cicatriz qne le dividía la mejilla , y de la que ambos estre^ 
mo8 se perdían, el ubo en el arco que formaban sus anchas 
cejas Be^s, y el otro en el nacinueoto^ de una iiarba e^)6sa y 
caaosa, que el alma que habitaba aquel forro de hierro estaba 
heolia tan 4pru^a y era tan inflexible ooib)o el mismo acero. 

Si no bastase el retrato que acabamos de trazar ^a que 
miestfosiieotores reconozcan á Bernardo Tu, conde de Artna- 
nac^ de Houeiigiie y de Fezenzac , condestable del reino áA 
Francia, gobernador general de la villa de Paris , capitán de 
tedas laa fls^z^s fuertea del reino, ccm solo volver la vista M-* 
cíaia pequeña. escuadra (píele seguía. podráa< ver en medio 
de' ella un escudero con sayo verde y eniz blanca , que lleva 
el. essQu^ode su amo: verán igiialoieiite los cuatro leones 
de Annañae ca el centro de este escudo superados de una 
ceron^ de cpndéy y al verlos se disiparán sujs dudas per pocd» 
qu&^fitteadaa lacíeQci& heráldioa, mny genenümerite eonoetn 
daatttiaqneUá i^ca/ y muy generalmente' elvidada en la' 
njiestna; ; 

^ Lo^ /d9s dabfitleros habían ominado en llénelo desd^ ¡m\ 



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Gpogk 



272 ISAfiEL DB BABICRA. 

puerta de la Bastília hasta la eacriicijada de dos caminos, de 
lós que el uqo coadhioia al ooavento de Saa A.ato»io y ei otro 
á la Cruz-Jaubin; mas alilegar aquí la raala del rey, aban- 
donada como dejamos dicho á su propia inteligeocía ,. se paró 
en medio del camino* El animal , acostumbrado á ir unas ve- 
oes á Yiocaones, adonde d la sazón se dirigía el rey , y otras 
al convento de San Antonio , en donide freoueritemente iba á 
rezar sus oraciones, esperaba que una indicación de su caba- 
llero le hiciese conooer cuál de los dos caminos debia tomar. 
Mas el rey estaba en uno de ¡esos momentos de atonía, en los 
que ni aun fuerzas ie quedaban , pomo en el presente , para 
adivinar lo que le preguntaba sa montura; asi es que se que- 
dó inmóvil sobro ella en el mismo paraje donde se había pa* 
Fado, sinque ningún cambio indicase en él que hubiera cono* 
cido que había pasado repentinamente del movimiento á la in- 
movilidad. 

El conde Bernardo prucuró saoar al rey de su distracoion ' 
dirigiéndole la palabra, pen) fué. inútil. Pasó adelante con so 
oáballo esperando que la testaruda bestia le siguiese, |>ero que- 
dó chasqueado; pues levantando esta la cabeza , sacudió lós 
ocscabeles que adornaban su cuello y se quedó inmóvil viendo 
cómo se alejaba. No pudiendo llevar ya con paciencia tanta: 
dilación, saltó del caballo, dio las bridas al escudero y se di- 
rigió h&cia el rey ; tan grande era en aquel tiempo el respeto 
que se tenia & los reyes^ que á pesar de supodér , soto pié & 
tierra se atrevió á tocar el freno* para dirigir 1& muk del po^. 
hté é imbécil Garlos ; pero taitfo rospeto y tu bdenfta inteo** 
dones no vieron coronados con un feliz éxito sus esfuaratosr, 
porque apenas vio el rey qae.ua hooibre s^ á()6deraba de la "^ 



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i^mh BE BAnmuík 273 

brida dasusnoQtura, dio ua grito penotrante, y buscó la es-^ 
padá y el puñal en el sitio donde debían ir pendientes; mas al . 
verse sin sus armas prorampió en nuevos gritos con voz rqn- 
ca y conmovida por el terror* ' 

-rlAquíUp. jprantó, auxiliadme, hermano mío!... jCorre, 
soy perdido, la fantasma me persigue!... 
..—Mi dueño y señor, dijo Bernardo do Armañac suavi- 
zando cuanto le &ié posible su bronca voz, ¡plugpiera áDios y • 
al Santo Apóstol Santiago que vuestro hermano no hubiese 
muerto! No porque, ne^sitais de sus socorros, porque gracias 
4>Dios, AÍ yo soy fantasma, ni vos tampoco corréis ningún 
peligro, sino para que viniese á ayudarnos centrales ingleses 
y el de Borgoña con su bien templada tizona y con sus cuer- 
dos consejo*. 

— ¡Hermano mió, hermano mió! deóia el rey, cuyos temo- 
res ibanse^disipan^, ¿ pesar.de que sus desencajados ojos y 
ms eri:(ados cabcllg» eran prueba de que la irritación de los 
nervios e$Jaba lcáas;(le, haberse calffiado: ihermano miol 

— ¿Es posible, monseuor^ qiiB hayáis olvidado que vá ya 
para di^z a^s que vuestro querido hermano fué asesinado 
villanameate eo la calle por 9I duque Juan de Borgoña, el 
mismo ^ue en ! estos, tiejnpos desgraciados que alcanzamos ha 
en^puñadO: las arjijas opijttra su rey y señor como el mas vi- 
llano de sus vasallos? ¿No recordáis que yo soy vuestro leal y 
peloso defen^,,y que fistóy dispuesto á prob^xlo en cualquier 
tipBEipo.y l«jJ»r.pop el auxilio de San Bernardo y mi es- 
pada? ,0.1/. !,: ' 

.' La§r TOjradas y»ga9i d«l rey se ^aron lentamente sobre 

Berj[ia4^^oj y a^4 ^ 9.0)0 hubiese, entenado una cosa de cuan* 

. ^ '"'■■'■" '• '• - 18. 

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S74 iSA^et éE ftABienA. 

o el G0fHÍestabl8 \e habk dicho ^ prosiguió eoh mía voz Hgé« 
ramente alterada todavls: 

—¿Ibais diciendo, primo mió, que los Itíg'leses han des^ 
embarcado en nuestras costas de Francia? 

Sacando entonces sa muta al paso lahizo.toméf ef cami- 
no de Vincennes. 

—Sí, señor, conle8t<3 Bernardo saltando al miámo tiempo 
sobre el caballo y volviéndose aponer al la<W del rey. 

—¿Dónde? ' . ' 

—En Tonques de Notmandía. También os iba diciendo qué 
el duque de BorgoBa acaba de apoderarle * de Abbevnie, 
AmieñSy Montdidier y Beauvais. 

El rey suspiró. . . . • 

— iCuán desgraciado soy, primo miol dijo est^efcbando goq 
ambas manos su cabeza* 

Bernardo dejé que reflexionase un momento con la espe^ 
ranza de que, recobrando su rason, po^ria^ continiiar con 
cierta formalidad una conversación, eb la que estaba tan ni'^ 
lerasada la salud de la monarquía. 

— (Si, muy de^raciadol repitió segunda vez el rey degan^^ 
do eaer sus manos y su cabeza con el mayor desaliento sobre ' 
el piBcho. ¿Qué pensáis haeer para rechazar tÁtítos enemigM 
& la vez? Digo qué pensáis hacer, porque yo me siento de« 
masiado débil para pensar eñ nada. 

—He tomado cuantas medidas conducentes he creído, las 
qoe t» habéis dignado aprobar; enláre dtráts acalcáis de nom*^ 
brar al delfin C&rlos teniente general del reino. 

— Ks verdad.... Pero ya os he hecho la ot)servado&, pri- 
m mio^ de qoi es xttuy joven; apenas cuenta quince aitos...; 

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_ , t 



likWt DE bABIfiRA. 3f3S 

¿Por qaé rio habéis preferido para tan^ grave cargo á su ber* 
mano Juan? 

El cari fíéslhhle miró al rey con fa mayor admiración; un 
suspiro salió de sti anchó pecho, y su cabeza se movió trtste*- 
taente; el rey repitió la misma pregunta. 

— Jamás hubiera creido, señor, que existiesen penas 1hi<- 
manas capaces de hacer oWtdar al padre la muerte del 
hijo. 

Estremecióse entonces el rey, estrechó de nuevo la éabeza 
entre sus manos, y cuando las separó del rostro, el condesta- 
ble pudo ver correr dos lágrimas polr las ajadas- mejtllaa do 
Cártos. 

— Tenéis razón.... ahora recuerdo, dijo el rey, quemurié 
en nuestra villa de Compiegne. 
Luego añadió bajando la vo^: - 

— Isabel me ha dicho que el infeliz ha muerto envenena- 
do.... Pero {silencio! Eskis son cosas qcre no se deben decir 
tíos veces.... ¿Creéis vos qoe «ea cierto? 

— Los enemigos del duque dte Anjon acbacam á este priQ?> 
óipe ese crimen, fundando su acusación en que con diebn 
muerte quedaba su yerno Carlos heredero inmediato al U^o** 
no. Pero el rey de Sidiia es iiica]KKz de eometer seoiejante 
^atentado, mas Jo ha eometidé: Dios no faa permitido qué re«» 
cogiese el fruto, pues que él mismo maríó* en Aoger» seto 
meses dtepuest de aquel de cuya mifsrte le acusaban^ 

^^[Moek^to, muenol Con esft sote palabra* ]ñe> reftpoBde d 
eco cuando quiero reunir en derredor^mio t mis bijeis y á mis 
l^aríentes: el viento que soplan Idmo de los tronos es mortal, 
primo mió, pues que de toda esa rica familia de principesjMdp 



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276 I9ABBL DE BABDSaA* 

quedan el tronco viejo y el frágil retoño. Según lo que dq^ 
oís. . . . mi querido Carlos .... 

— Manda conmigo las tropas del reino; y si tuviésemos á 
mano el dinero necesario para levantar otras nuevas 

— [Dinero! ¿No tenemos acaso los fondos reservados para 
las uí^encias del Estado?... 

— Han dispuesto de ellos, señor. 

—¿Quién? , 

— El respeto impide que mis labios pronuncien Ja acusa- 
ción. ••• 

— Solo yo teogo derecho de disponer de esos fondos, y 
nadie puede apropiárselos sin que un bono firmado de mi pror 
piamano y sellado con mi sello le autorice á ello. 

— La persona, señor, que los ha sustraído se ha servido 
de vuestro sello real, pero no de vtiestra firma, creyéndola 
sin duda inútil. ^ 

— Decís bienj ya me dan por muerto. El inglés y el de 
Borgoña se disputan el reino, «y mi mujer, y mi hijo se repaiv 
ten mis bienes. Solo uno de Ids des ba podido oprnetoreste 
tobo.... porque es un robo apoderarse del dipero del Estado 
-cuando tiene necesidad de él. 

' — ^El deifin, señor ^ respeta demasiado ásu padre pa^a par- 
tir de ligero por nada en este mujQtdo, sin reqibir las órdenes 
de su dueño y señor. 

— De este modo la reina puede ser..*, suspiró, profimda- 
mente^ ]La reinal Pues blm^ yo la haré entender queieapre* 
ícisD rae lo devuelva. 
' ^^Difteil es , pues todo bas sido gastado en. dige5,.y 



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\ ISABKL DE BXBIEHA. 277 

—¿Qué haremos éiitonoés, pobre Bernardo mió? No veo 
mas medio que sacai^del pueblo otro nuevo impuesto. 

—Nada producirá; étskkñ ya agotados sus bolsillos. 

—¿No nos han quedado tampoco algunos diamantes? ' 

^r-Los de vuestra corona, y ellos son vuestro único recur- 
so. Vuésti^a demasiada^ éondeáicendencia con la reina estél 
perdiendo al reino y os haóe responsable, á Dios de todos los' 
desaciertos dé vuestra «spo^. ¿Habéis visto, por ventura, que 
lá miseria pública haya disminuido su lujo?... Escandaloso^es, 
ptdnor; no parece $ino que se vá aumentando á medida que 
crece la pobreza general:, las damas y doncellas de su servi- 
dumbre continúan siempre en: el mismo pié derramando á 
manos llenas el. oro para ataviarse, de modo que escandalizan. 
& todo el mondo. Cada uno deiloS' jóvenes cortesanos qtíe U^ 
rodean lleva en los bordados de "sus ropillas coaqtie pagar ün. 
afió entero á todas las trop^. Bajó protesto dalos peligros 
que pueden hacerle correr ks turbulencias de la guerra, ba> ^ 
pedido una guardia inútil al Estado, y el Estado paga esta; 
guardia. Sus comandantes Graville y Giac reciben cada diaj 
nuevos regalos de joyas y plata. Tanto derroche, señor, hace- 
mtirmurar á los hombres de t\%av • ; 

-^Condestable, dijo el rey con el tono de. un hombre que 
Góilocé que ha escogido n^ny mala ocasión para dar una no- 
ticia; pero qué sin embargo naipuede callarla por mas tiem-^ 
po: CoAdeaftable, he prometido ayer nombrar capitán del cas- 
tillo de Yincennes al caballero de Bourdon: esperd queme pre« 
sentéis su noSiibranúento á la "firma. 

— {Es posible, señor, que toyaí» hecho semejante pro^t^ 
mesál '•...■• .' . ..-. . 



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278 ISABEL di: ^ABlEIIA• 

< Y los ojos del <K)i¥Í0^table oentCiUearon* 

El rey mormuró un $i, casi iarnteligibloi como unaiaq que 
conociendo qne ba obrado mal tenoe que le riñan. 

Llegaban & la sazón cerca de la cruz Faubin^ y elcami- 
BO que se prolongaba ya en linea recta permitía 4 ^ ^^sla es* 
tenderse y distinguir ¿ alguna distancia un caballero joven 
puesto con toda la elegancia del dia, que venia hacia el poco, 
numeroso grupo con quien hemos viajado. Su caperuza azul 
(este era el color de la reina) flotaba elegantemente sobre su 
hombro izquierdo, y formando una espacio de banda» yeni^t.á.. 
caet* sobre su mano derecha^ & la que servia de optretenir 
miento. Traía por toda arma pendiente en su a>s^ad.o uaa es«», 
pada de acero bruñido, tan ligera^ que mas parecía adorno 
qOB 'defensa; vestía una corta y flotante tuniquilla de tercio- 
palo «carmesi^ bajo 4e la que se veia ana j€4>ilU d^ terciopelo 
azul resplandeciente con mil bordados» y que.sujejtaal cuerpa 
«m un cordón de oro, marcaba su esbelto talle: un. pantaloa. 
^justado de tela color de sangre de toro, uqos zapatos de ter- 
ciopelo negro de tan larga y i^tordda punta, qpe costaba 
vencer no pequeña dificultad pasarlos por los estribo.^, conoi'*- 
pletaban este traje, que podia servir de modelo al mas apues-^- 
to 7 rico cortesano. Si á este traje se agrega una calaza po* 
blada de rubios y ensortijados oabeUos, un rostro risueño 6 
indolente y unas manos de mijgert se tandrá acabado el retra* 
to áá caballero de Bourdon, favorito, según unos, y amante» 
segnn otros, de la reina. 

Largo trecho antes de Uegar lo oooooió el ooQdeátaUo, el 
que aborrecía á Isabel, parque conjbatia su influencia coael 
rty. Sabiendo, pues, muy bien qué Carlos era celoso, resolvió 



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mj^m* w HABifaiv 279 

aprovecharse de la ocasión que se le presentaba para llevar & 

eibt7 la ejecucioD d6 QD gran proyecto político: al destierro 

de la reina. Mfts niogoDa adiemcíon de su rostro anunciii qbo 

bnbíese. reconocido al^caballeroque se acercaba. 

• —Deseo qne hagáis siA)er i ese joven que be confirmado 

su nombramiento, añadió e{ reyv ¿i^ as verdad, q^ierido 

primo? 

— *Es muy probable que lo íepa ya. 

^i-¿Ooiéfl puede Jiabérselo dicho? 

—La misma persona que 0a lo ba pedido con tanto in« 
lerés. 

f-h¿Lare¡na2 

— Tiene tal conQansEa en el valor de ese caballero, qm ro 
ha tenido bastante paciencia para esperar que recibiese su 
despacho de capitaa para .confiarle el mando de la guardia 
deloastiSo; . 

—¿Qué es lo que decís? 

— Precísamenie a^i lo tenéis, señor. 

— ¡El caballero de BoUrdofil. .. 
/' El rey paüdéeid: ko sospeotias oorroian su odrazon. 

-^Sitk dpdáhabrl' pasado la noche en palacio, pues esim** 
posible que baya salido tan de madrugada de París para es- 
tar ]^a de vuelta de Vincenne». 

^De^ bie&> ooode; ¿qué se dice en mi corte de ese 
jáveii? < i.' 

—Que tiene mucho partido con la^ damas y que no des- 
perdida tamata felicidad. Ayunos preteiiden que ne ha en- 
contrado una sola que sé le resii^ta. < 

*T-¿Siii*esoef^arii luogluia? 



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280 ISABBL DE BABIÉtlA;' 

— ^Ninguna. 

El rey so quedó tan p&Iido, que el conde alargó los hraios 
creyendo que- se ibaá eaer. Carlos los empuja suavem^te. 

— ¿Será esa, por ventura, la causa, dijo don ahuecada voz, 
que le ha hecho desear que' se lo confiase la guardia del cas- 
tillo? [Joven insolente! Y su caperuza es azul, ¿no es verda4? 

—Es el color de la reina. 

Estaba ya el caballero de Bourdon - tan cerca do ellos en 
aquel momento, que se oían las palabras de la canción que 
venia cantando. Sin duda la presencia d^t rey y d^ condo no 
le pareció motivo suficiente para interrumpir su melodiosa oco^ 
pación, pues se contentó con separargallardaiüenteBu ¿aballo 
y saludar inclinando ligeramente la cabeza al^ emparejar con 
el rey. 

La cólera dio por un inmoto al anciano toda: la oaergia/ 
de su juventud; y parando de repente su montura esdamé coa 
voz fuerte: . » 

— ¡Pié á tierra, niñbl ese no' es modo dd saludar al rey. 
¡Pié á tierra, y saludad cual dd)eisl * ' 

El caballero de Bourdon , en ve^ de obedecer esta orden, 
hincó ambas espuelas en los ijares de su cabálié , el ^ en 
cuatro botes lo puso 4 veinte pasos'<iél rey. Al ver que le se- 
paraba ya cierta distancia , vol^ á poner al t^o^el caballo 
y continuó su canción cual ai nadahoblopa pasadb, enítpiecan- 
do desde donde la habia suspendido la brusca alocución úá 
Carlos YL .«•.; .'-r • •• . ■ - 

El rey dijo alguna^ palabraá al bohde' Bernardo ; y este,* 
volviéndose hacia su pequeña escolta: 

— Tanneguy, dijo dirigiendo la palaibra ai ^boste4e Pa- 



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ISttíM». 11É BABIBttA^^ 281. 

Th^ qm traía en su compaiUa dos de «09 ^ardia» armadost 
de ptí&ta en'Úanco, prendedoáe ase hombre: el rey lo hiayida. 
- T^bBtieguy hizo una sitóa) , y los do» guardias se lanzaroa- 
tms del cabálleíro de Boürdon. 

' J^ú se ie babian oooltado 4 éste seoieíantes preparativos 
fadstiie& y aofiqíie al pareeér toda la atencimn qoe prestaba se 
redecia' k volver de ve2 en cuando la óabeza. Sin embargo^ 
cuando vio qu^ loe dos guardias se dirigían b&oia ét , no pu« 
diendo conservar duda alguna sobre el motivo ique los traía» 
detuvo su caballa y les hizo frente : apenas distaban diez pa^ 
sos dé él. ' 

— [Hola, señores mios! esclamó : si venís en basca mía , oír 
aooBsejo (]ue,nb.deis un paso mas / á menos que no vengáis 
atídfa mismo dé poneróis* bien ton Dios, 

Lbs-dosguaf^iassih contestar oontiauaitm su carrera. ' 
— jAbl [aib! páfi^e^ íWSíoreá guardias, que nnesíro seflíMr 
el rey es algo aficionado & ios torneos 'en despoblado. 

Los dos gükí'diiis' estaban 'lancetea del caballero , qné 
alargáfcan j^los braítJS para apoderarse de él. 

— Poco á poco, caballeritos,dí|0'' haciendo dar uñ salto há-' , 
cili atrás á ^u fiel compafiefro: ¡podo á poco!... permitidmeque 
tome yo tambieá una razénaWe-^dBstanola. 

' Al 'pronuáclar eírtas íittifeibfas sa?c6 su oabíallb á un galope» 
tan fftpído , que hÍKOlcreer íí^ft m principio' que encomendaba 
á sus piernas lai salvación de su vida: tos dos guardias se ha-i' 
bian péneírado^de' tal moáo que toda per^óoeiori seria inútü>« 
íjtie sé qiiédaron^ estupefactos en el mi-smo sitio •, siguiéndole» 
con % vista y sin acordarse de gritarle siquiera que se detu-»« 
viese. Su ádfoiiiacion- se redobló ctídtído al oabode ajgunos^se^^ 



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393 ISABEL D£ BAmiMU^ 

gobdosie vieron volver cara y dirigirse á iaicorr^ra' sobre ellos, 
Uq momeólo le había bastado al caballero de Boardon pa^ 
ra liax)er sus preparativos; eran tan seacilloscomo fqeroa bre- 
ves. Cuando se volvió traia la baoda Jot&ate q.ae hemos difíbo 
oaia de su capuz: rodeada al brazo izquierdo &i manera áM es- 
cudo, y su mauo izquierda agitaba la corta espada, eala.quf 
se veiaa esas estrías destinaiks á escurrir la sangre : las brl^ 
das estaban sujetas al pomo del arzón de la silla del •cab^Ho, 
que obedeciente cual si estuviera dotado de ioteligeocia ^ h. 
presión, de las piernas del ginete, dejaba en plena libertad loa 
brazos de su caballero, el que era evidente ño tardaría ea va» 
lerse de ellos. 

Lo& guardias no supieron al pronto siaoeptar ó poelcoa^r 
bate: habian recibido orden de prei^der al cabaMaro de Bomv; 
don, pero no de matarla, y los preparativos dQ,defeosa.4e es- 
te les parecian bastante deoÍ6Ívo&paraindii»^fClaraaieii|aqne 
estaba dispuesto á. ño caer vivo en pus manos^ Al ver su inde- 
cisión se aumentó mas y mas la temeridad del jóvea. 

— Ea, pues, camaradas : daga en mano , y á quien Dios se 
la dé San Pedro se la bendiga* 

Los dos guardias desenvainaron sus opadas y se abalaa* 
zaron sobre el caballero , dejando . entre los dos un pequeño 
espacio con oty'eto de atacar cada uo^ por su la4Q. .DfiaflÁira** 
da bastó al caballero para coaocer que podiapfbsar eot^N» 911^ 
dos enemigos: huadió, pues, sus afiladas ^puelas en los ijaree 
del oaballo, el quepariió con la rapidez del víentQ, J^l ver Ia3 
e^Mkdas de sus contriucantos & cortadistanoia de sii^cbo/s^ 
echó r&pidameate sobre el cuello del cabalk)« cpmQ ^ bubi^ 
q«erido:coger alguo objeto del suelo sia ^bandmar JQ^ estri- 



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ISáBB(¿ DE BAHiEftV. 2^ 

\^y 4eiaodo quesu eaerpo formó una Ifoogí casi borí^qtali^ 
sos&epiéndose en las crines con la mano derecha , al misma 
tiempo que agarrando fuertemeiito con la izquierda una.de la$ 
piernas d«< sus enemigos, lo levantó con tal violencia , que di(> 
oon él ea tierra por^ otro lado del caballo: las cuclúHadasde: 
los. dos guardias hirieron tan solo el viento. 
. Cuando el que acababa de dar esta prueba de habilidad se^ 
volvió) vio al guardia que acababa de derribar colgado del e^^ 
tribo> 61) el qu^ se le babia enredado el ihó, y del que iba ar^ 
rastrando: el qal^allo oorria con tanta volocidad., cuaato mas 
le asustaba el ruido que hacia la urn^adura botando sobré el 
pavi0mto..,lip8k gritos del desdichado no contribuyeron poco 
k aumentar el e3panlo del .fogoso animal. Todos los especta- 
dores de aquel combate respirando apenas , el corazoa com- 
primido; Gop los brazos estendidos como si de este modo'(m-^ 
didsen detener el cs^baUo, isoí eslremecian & cada nuevo ruido> 
que el viento les traia de los botes qu€i el desdichado iba dan-* 
do <xMtf ra las piedras. Uoa nube de polvo levantaba el caballo, 
eaii^ la que se veian las chispas que la armadura producía al 
chocar oon los pedernales , y de trecho en trecho iba dejando 
pedazos de coraza , en los que reflejaban los rayos del sol. 
Aquel chischás horroroso fué oyéndose cada vez menos» bien 
fue^e por, la distancia,, ó ya porque, solo chocase con el pavi-^ 
meato 1^ oarne y huesos del infeliz^ ba^ta que al revolver el 
camino, desapartccieron caballo y caballero oomo una visión « 
Los pechos respiraron entonces coa mas facilidad, y los labios 
del condestable prooanQiaron segunda vez estas palabras; 
.r^TandeSfuy, prended ese hombre: el rey lo manda^ 
Álmv -eksegundo guardia #sla nueva ^irdea cargó sobro 



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2^4 ISXÉEt DE BAtíieüA. 

ú cabaltero con una rabia , que la muerte horrorosa ée sa 
compañero babia aumentado bosta lo infinito; por io que bace 
al caballero, parecía estar absorto eos la vista del espectáculo^ 
que hemos procurado describir ; tenia clavados los ojos en el 
paraje por donde habían desaparecido caballo y caballerOj y 
á juzgar por su esterior, se pódia asegurar que no había* orei^' 
. doén un principio que friese de tal gravedad el, combale en 
que se había comprometido. IT solo al ver relucir Sobre so ak^ 
beza uha especie de relámpago volvió en sí; era la espada que' 
su segundo enemigo tenia alzada con ambas manos: eioitre es- 
ta espada y la frente apenas habia doé pies , y apenas un se- 
gundo entre la cuchiKada y lá muerte ; un bote biicía datante, 
colocó al caballero tocando al lado del soldado , el que empi- 
nado sobre sus estribos y con lastnanos leivantadás detrás dé' 
la cabeza, iba yaá descargar unaatroz cuchillada. Blcaballero, 
lanzándose sobre él, snjeté stís brazas y su cabettií sacilSféñ- 
dole con una fuerza de que janiásse le hubiera creído capaz, y 
con tal' habilidad, que »!■ pririier esfuerzo logró echarlo de as*^' 
¡jaldas sobi^ la grupa del caiballo; sujetándole fenaqaella pos-' 
tura buscó con rápida mirada un paso para la muerfó eá 
aquel hombre forrado de hierro. :'»* ^ i 

La posición Combada en que el guardia estaba, habia- le- 
vantado el gorjal de su caso», y solo una espada tan fina como* 
la del caballero podía pasái^ por el eslreého *uecb qué 
habia entre las dos hojas de acero. Dos veces. pasd^n efectt^, • 
y dos vectes salló sangríeáta; y coando soltó la cabeza y los' 
brazos de su adversaírío que tenía sujjafttís^sdn I^ maAd izquiep'^ • 
da, y cuando sacudió su espada, salió'del da&cíi' del soldado 
un triste gemido, anunciando qu^ habia dejado tleexístiK 



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Habíase quedado BourdoD en medio del camioo daoda 
fireote &• la oomitiva del rey^ desde donde sq estaba burlando 
de ella y desaflándola. Duchalel dudaba si renovaría ó oo á 
los hombres que le acompañaban la orden de prenderle; y 
esta))a deliberando allá en sus adentros si .seria mas acertado 
qm él. mismo desempeñara aquella Gomision, cuando el con* 
de de ArmanaCy candado con tanta tapdanza, hizo una señal. 
La pequeña úomltiva se abrió para d^'arle paso: el gigante se 
dirigió leniamcfitte hacia el Oiabalíero, y diez pasos antea de 
llegar á él se pai'ó. 

: — Caballero da Bourdoo, le dijo oon una voz en la cual le 
era imposible distinguir la meiior emodon» e^bailerode Boiir* 
don, en nombre del rey» vuestra espada; si no habéis querido 
entregarla ¿ dos soldados oscuros, tal vez os parecerá menos 
biimillaate rendirla al copdestable de J^rancia., 

— Solo lá rendiré, respondió Bourdoi) con altanería, al que 
¿e atreva á venir por ella. 

— llasénsalol murmuró el, oon¿e. 
En el mismo instante y con un movimiento tan veloz coqjio 
el pensamieotp, soltó d^l arzojade la silla la maza de armas 
de que ya hemos hablado: la pesada arma, después de bjiber 
.dado vüieU^s^ 9Í, derredor da lacabciza como una honda^ 90 es« 
papó de 34. mano con al silbido, y rapidez de la piedra lanza- 
da ppr ui^ iniqqina d( guerra, y f(ié |i, jdqblarse oomo.un juq;- 
60 en I9 cftbe^ad^l o^ll^: ^l animal , al recjibir este golpe 
mactal, fle.fmpinó.^angrietilo sobre, su cuarijo tedero, y des^- 
pdCjs de^baber^permanqcido u^ ic^^taate en pié sin acabar de 
^üT^díó^comigc) y :opR 9u :0aballerQ en tisrra, dondQ qoedah- 
ron ^lw>9 íeftdidpfu . .^ 



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266 19A0EL ^E BABIBIlA. 

—Recoged ese niño, dijo Bernardo. 
Y volvió coa la rnayc^' Iranquaídad ¿ colocarse -al lado 
delrsy. \ 

— ¿Ha muerto? preguntó este. 

— ^No, señor; creo que está tan sólo desmayado: 
Tanneguy conOrmó ló que acababa de decir el condeslar* 
We. Traía los papeles hallados al cabaHero de Bourdon, y 
entre ellos nna carta, cuyo sobre estaba escrito de püfio y le-^ 
tra de Isabel de Sablera. El rey se apoderó de él coavulsivar* 
mente, visto lo cual por ambos señores, se apoderaron por 
discreción, Siguiendo con la vista la altemcion que seauínen- 
taba por momentos 'en el rostro de Carlos Ví! Muchas veces 
durante la lectura enjugó este el sudor que dorria por su 
frente; y cuando la hubo cooclnido, después de haberla rotoy 
arrojado sus mil' pedazos al ví¿nlo, dijo con una voz soi*da cual 
si saliese de un cadáver: 

—¡El caballero á los calabozos del gran Chatdel! jla reina 
á Tours! y yo.... yo á la abadía de ¡San Atrtonk). No me sien- 
to con fuerzas para volfer A París. 

Estaba, en efecto, tan pálido y temblaba tanto, que pare-^ 
cia iba á morir. 

Algunos instantes despdes, y segn* las órdenes del rey, 
se dividió su pequeña comitiva en tres grupos formando na 
triángulo: Dupuy, espirita infernal de Bernardo, y dos oapitb^ 
nes se dirigieron á Vincennes para ihthnar á la reina la orden 
de su destierro; Tatonegtiy Dbchatel de volvió á* París con «I 
preso, que continuaba desmayado; y el rey,qiie ee^habia qpa^ 
dado solo con el condestablo, so enoaniiaó&6am{M> través á hi 
abadía para pedir á los monjes un asilo, pá« y 'orateiones. 



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l9Wfif)L'ItE BA 



887 




I urrfu,^ 



CAPITULO XVII. 



Pi^nrbiel i^eelere* 



MiEKTR'As <iQe, se Bbren los puertas de la abadía de San An* 
tónk) piará recibir al rey, las de las cárceles del Ghaleiet pam 
eoeeitar al caballero de Boardon, y mientras queDupuy baoe 
alto un cafarlo de legua antes de llegar & Yincennes para es« 
penr t\ refaeno de tres cottpafifas de guardias que le eima 
Tann^fuy Duohatel, trasportaremos & nuestro lector al pala^ 
Gfo que ha})irla Isabel de Babiera. 

Sñ aquellos tiempos ée torbalentia, eftiqoe era muy ft*e-^ 
cuente andar & cuchilladas en un baile y muy común el saipi*- 
car con "sangre un festin/6ra Viace^aeii una ibrialent y una 



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288 ISABL DE BABUOU, 

quinta de recreo & la vez. Si damos una vuelta alrededor de 
sus murallas esteriores, de sus anchos fosos, de laji altas tor- 
^ res que la muralla tiene en cada uno de sos ángulos, de Jof* 
puentes levadizos ^ue diariamente se levantan rechinando y 
de sus centinelas escalonadas en las almenas,* nos represen- 
taremos el aspecto grave de una fortaleza en cuya defensa y 
seguridad nada se ha descuidado. Si entramos en ella, este 
aspecto cambiará enteramente; porque si bien es verdad que 
tropezaremos con los centinelas que guarnecen las murallas, 
no lo es menos que; el- descuido coa fue cuoi[^en con su con- 
signa y la atención constante con que tienen clavada la vista 
en el primer patio Heno de soldados jugando á diferentes jue* 
gos, en vez de mirar á lo lejos para velar si alguna tropa ene- 
miga se acerca, testiOcará la impaciencia que les agita de 
dejar su arco y sus fle^phas para «npitftlLr el cubilete de los 
dados, y no dejará duda de que el deber que pesa sobre ellos 
es mas un resultado de la disciplina de todos tiempos, que el 
de una urgencia momentánea. Si de este patio pasamos al se- 
gundo, desaparecerá completamente todo aparato militar, 
pues. solo veremos en él aiooneros adiestrando svis aJcoo^i 
pajes enseiíando. perros y eecuderQi dofsand^^ cabajüps; y efi 
ioedio de tanta risa, de tanto grito, y silbido veremos, pa^ 
varias. jóvenes alegre^ y aibqroMofas, que diciendo al paao 
alguna obaazoueta á loa alcmer^QS, saiu:iéndQse á loS;pajf)s..j[ 
dfljando mas de maiprome^s^ .á lo&; ospudero^^ .4|e^;¿y[>ar^^ 
como visiones por una puerta J^y^L, .y; oíp^4d4 que ^t4 en*<- 
freate.del pmmpfJáo.Y f^-l^Moe 4á..,é{(tra4a,i^as.h^j|iita- 

. , No son l4d d9ft'íai48fv^:tfe,.§an^» q% a^oirq^Mi ^^df^r 



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pasnia las qim haeeoliidÍMrte ájas ffioiihairiiii».c(Hit una c(h' 
^leteriara^ttloosafaipasarfor aiiiado: la oau^a (letapta 
oertesania socf^doefr^oces jó^eoea^y heooosoa, Gradil y Gia«^ 
qolB arriiDiáos 4.1a {mcmí (tebajo 4eiaa dos íiDégepe» ata «m% 
pierM<^aiada spbce la lítna, y aoTiiali9&fii etegaqWs Mía. 
da^tereiopjrtoyt^e dan^soo^ estto 4i^i^Í9^o 4a tsLm^Bfám 
cau* Puede aaagiirarsdiiMQ.eliItl^ asi loslnibierai vjfstgt t^eor^ 
dría j|o¿p04Dd&a djQoíülitad aa reóoMcei* ^re saa rociCrjOs ia« 
doleates 69a aeAal gn» al dada .dal da$tiaQ.iiDpfi»e, s^aa dír 
c6Dy. 6ft to •fruflyte dQ a«uallasw^ dab^a marjr Jóyeoeff. U^. 
aaíntiogOi al^tadifir las Uaaaa4e.9us^:tHaaQ93 y. ^uUuas m^ 
iNB, teabttbíaia aannciado^jtarBa H pl|tQeDfera{>^ida;.p0ro bvh 
bjeaaisaiidofalio: a^.proQ^stí<}0» mm^ QÍfeop>ailQ9M¿«9il^uas; 
d^bia paoalcar da^ftarta &3)ar^e .el'j^o.del.pnQí^?ro la iaoM 
de un inglés» y apaaask «Mtoriaotia Irasc^rnir 4icl)Q^p!a4ra 4ijP^. 
l^aactttsdsl Loira. iMibíoauíaa su aaao al qadá,vardak sa- 
grado. ■■'•••'.•{' 

Si paaamos maa ad^laata y sabimaa.por la asaalwa ad^n 
nadadoa M bainuidadioferti^aada qaa ^Mia^ (a ízqiriai^ 
da; si al llegar al primer piso abrimaa Ja papilar q¡i va para 
eMmff jtíB'jktéíMííMml^ pruotra pieza», (pe w la^dia- 
/tPiiío(4aa maíkffBa da kiaee^ liagiariatnQs m^ 

aataMja, aaguinaa aobca la ponia 4a U» pi^ y p(>aian^da 
laítespim!!^ bfata «^ floriy^sida.QrQ 

qnaa$pavpuaeiteaq^U!toi:dal.aagi^ lasaaUtadplfifi 

oaftcnidadoé ai aip«aMottlo 4i&:«pr«^ particular iQan6ÍQ% 
eft«Mdio d$»lalai)Ba'díBW 

I. En MütoaaMa 4aaAra40»M^ J^rm* = oiiyo pría^r.piín^ 
felpa» áfaikdQado^tMr laMli» íVie 4jl«majpaass peoAtravpor 

19 



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U» corüoas di Uta; de grandes SoroiMs de oro quecaelgiá ea 

\$s estrechee ventanas de pintadoa vidrioily y sotootoaa deesas 

g^lioeís Y ancbas eamae oca ochtoioas cioeeliidaSy TeretHoe 

aA^oeíada y donttida una mojer, q»e aui^iie ha pasado ya J& 

primera edald de la jovenuiií, eonsenra tódaf ta w hermosom. 

BFtiTepúseillo ^e reioa en el cuarto pareos mas bien el re* 

soltado de un c&lculo de (^K}Q<ilerla*qtte el efeoto-de la casua* 

lidád; paes esas medias tíntase que eo nttida p^judican á los 

redondeados oootomos que ellas daicifioan,' aotilian podenn 

sámente la agradable impre^oá que eáosa el iiádo brazo que 

cuelga fuera de la cama, la frescura de aquel rostro unida á 

uA pecho desondo, y la finuf*a de aqúeUee oabeUos sueltos, de 

los que una parle se espatx^ sota^ la akuohada, y la otra» 

asDompañando al brazo que eslá peodiente, pasa mas «abajo dtf 

JaesireiÉiidad de 3ü& dedos y ll€^ basta el>e«ielo. 

Sin necesidad de pcmer.el^ombre ddyajo de este rittiate, ^ 

creemos que nuestros lectores habrán reconocido á la. reina 

bábéi, sdbre cuyo yi)étro)os Stitos deptaeer han imprqsa^s 

huellas mas ligerameate^qoe lasque ^haén dejado m )m fri^ 

de su marido los. años demoler. . .. • 

" AI cabo de un in^taiite^^ sej^ararM h»>Mbtoide«jajdfte 

etfh'un ligéi^o ruido settojéMe atdé unbeso; sasgrandee ojos 

áé abrieron ^on una languidez que hieo'desapaHreoBr ducaal» 

£|^oa tierr^N) su esprésíoadedureíA "Mbituálv languideti^que- 

M'^t en e^e müHÉenfb débiK 4 tiñ aueHo, 6 por nMíw^toDíry ' 

fiüñ recuerdo dedeleiie; Per^Mbil qué fu^ 4a> lotyáine»*» 

bargo pai'eók}dMia^ado4teneá¿so8é!Íoa;|ttig«d 

ft uniBlátaate, íM levanté i4^oy«tideee;éac0ldMo^ boecA txm 

Ih otra mano áebsgo dií4as aiBUrimdaa^ d»|a oamauñ 
ti 



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jdelo de ac«%bk^afiMo y se miré -eáiákixm feierla sDttdls-«de 
sati^faocioo; degftDdolo despuas en ia^mesa que tenía r«l»Ma, 
cogió un silbato de ftela 9»llasQó:doe. teoweentél, icciiáiMtose 
después sobro«»»eainf, *dooa;:0i»(ida'4e «ele eefnefWr y 
dando un suspiro en ei eaal! pedia verse ma» OLélwíM» la 
^etH-eéionldo la btíga qieéá oansanóio^. toMé á j^eoedfarse. 

Apenas babia cesado de oírse el sonido del sllbato^'düaow 
4<» ^evairtiodoee loe tapieeftnitieí odiibabaiila^piirina,.asotB4^Ia 
<)aben'4e una jiAfen omnade nnps áieiiúeko á iwíbíb aioff. . 

«-^Madamay. ¿me llama?' píegQBlétxm upa vok snate jit** 

-^a,.:Cartota;}>.aatrad.;.í • .í 

finlrd» ea eGMp^ seolfato lo» pite taa; JieferapienW ^re 
las espesas esteras que servian de alfonbnaa^ que. sé eoiiocift 
áriim do.toltoata.qiie^lMiMár Ueetojim^^ 4e atidar<de^e 
iMd(^ ijiigiido ios deberes qne tenia qriere la Uamabaa, 

durante el sueño de su bermoea é impaciente* ama:^ á-suladci, 

— Ikfuy puntual estáis» Carlota, dijo lai <i%ifl& sonHtfndoee. 

— No bago mas qa*46iiiii|piiKifiaQ mi defa[n*>>srtopf .' / 

— ^AceroMiittas; ' -^ V - ... ..it. i- -i ;•.*;'• - i- -.- 

^^¿fíaarwle«a»lar09,iBeftmlt?^ ii >^ 
<.r-Jí<^í quieta haWar<»otiBe>'í • • 

... Caitotaise ewrújd de<plaieQr|pMigHQ>fti»ia qie pedi^ «aa 

gracia & la reina, y conoció deMe.JoegQ kpibaii noble ama^^isvft 

takft M tio^idfr esü&moiiieiHea^.ile lelí^d/Na^que losi[X)de- 

rosos de estQ foJlMPiAlefnNttdí^^l^^ la quepucdM 

' «^jweder.' ' ., : - -h^^-- .•■'.. --o'..-' r;.'. . ./ v 

'jtriJlM roUé inbeiie^4|pa:tie^ioyí»* en lel iiatk^iieiMtíAiió , K 






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ná 



vuamum, «ánaHA^t 



.ii^No, yooigo.otíastvotíe»; " - . ■ ' í?- / 

: ^^^No/'SeQora^todatjki bc^sq HapreMntioiG. ' 
<^]fo ka iwbado niogoM Mvoltid Ja<'^aá(^lidad íM" 

eaiAiUo?-^ ■' ^ '• .^ - '^^ -. 

:->^aia; sotameMs ftlgftiio» «ftestoB^atites í^inumetTj ú 

cenüiisla ha Yisto^desliiarsa por las fmrallas ana Bottímt if 

saltó entonces al otro lado del foso, á pesar de la dístancdá f 
la elevación: entonces el centinela hadis(Mmdo>'sa l^ie^a. 

-*4r¿Y itoimesí'xüjo la rdina dMf»tiDieiM6''cottplétáiiibnte 
d eokr dft 9ti$ niajilUtsu ./ -i?; ^ ,u. .1 .j 

*^]01ii'|BaiaMiiida íbs ua tiffpellN» t&iaipsrtéV y asta' smfiá^ 
sflliB «¿oalraim etaivadi stt flédia enr iiiio He-tes ftftoteslqp» 
Grío6a'ea>el>.(bso.- ;..••. ••^■1' <' ■'; '■ • "•• ^ ^ •' -• ^ -'■ "^ ^' ''■ > • '"i- 
. '•-4^A*li^o.vlM*el;i '. ■ ' . '••• ''.» .-'i'?".' 

Y safieeiK^r68|iMiKiflriiias49i0ftad; < i ' ^ — 
— ¡Qué locura! continuó hablando consigo mtsiB&ir / — 
— Sin duda debe ser algu¿kx)¿/ó^l!Yée4mies|p4a> IjKN^e 

de diez, nueve se hubieran maei!t(^* «Bstftie^ <^a la 40ro6ra ^yos 
fOd siibaae. 4k)sik atáiia«iil«ii]»M: ip9íliabSUR^ 
Mizftv¿oó'esiP6rda{],'-aefib0Í»?'^ ^ * ^^''» ' ^ -m .. -*}.- 
«•^(, hijttiiiria;' p^r^yó ti aimfiftm^iqoeí'fio setrefMttM IM» 
éUÉiida el eatia«bfótfiiBMMoáíS0il|^ob«Pl^ ' 

Y una sonrisa imperceptible se asomó & los lábíd» itoli 
rbiiiay'iMiiKras^^^l(li^<dé^u9>mtiPalr lÉrlttski^au- 
sente , vino & presentarse con una lentitud tal ^ que profeibR 



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raiuMMU». . 108 



ttirpjdeBourdoiU 
uiía reinase soariói / • 

— ¡ A.hl ¿le quieres tü mocho? 

— Con todo mi cora^oa^^ldqo geoml^Lmente' ki donoé^ 

, «^¥o se io^diféy Ga^rlota, segmade cp»:recifaiiii «maisalis- 

ümm* '.:.»! • •. -A 

. -^¡PurDií^s» seaort» no^ae k) (Ugaíai porque tei^an faviur 

que pedirla, y jaiaáá ffleati0v«ría.»w ;-. 

-^TéT - . ■ ' 
•í:'-— TSíy-.seaara-. • i =• ■ 

— ¿Y cuál es e&e hvorf 
. • -rtjOW señora;., . . i ' . 
. — leamos ^dlmela» ■ r. • 

>^ToqmsiíBra... pIsronoineatreiiD; ^ 

— fispííoato, pu08. 

— Qnislera pedirJe un empleo de escudero. 

— ¿Para U? diijo riáiidoas la reísa; 
. . irntSeBoral. . .. etotetn6 jCsoiota, paiiíMdose encamada coiné 
to'granaybaiandoila.visDa. » <. > ' ^ 

—El entnsiasaiO' que tor anima hoae oreible caalqiáér ecm^ 
¿Para quién, pues? ¡ i 

— ^Para un joven... 

Carlota pronunció estas paiaittaa edn «na voz tan bsya^ 
que apenas pudieron oii». • . ' 

. M^^lj^Y quién es? > : i 

rr-{fiiaBimQlS8&ora^.. ; . 



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«-««üii fia, ¿qméD es? rqpmiáá)6leoQ eierta impadeBOia. ^ 

— «Mi novio , se apresuró á oontestar Carlota ; f doi lágHk 
^^ temblaron en las negras pestaftas de sos parpadeé. 

— ¿Y tú le amas, hija mía? preguntó la nrina con un^tOM 
de voz tan dulce, cual si fuese un,a madre que preguátara 
i su hija. 

-^f^séftora, mas que 4 QM lida... 

•^Pues biéó, yo m» encargo de tn pretensión , 7 pediré & 
Bourdon el empleo para tu novio ; de ese modo no se sq^nn- 
r& nanea de tf . Sf , hija mia , yo comprendo cuan dnleé: es no 
separarse ni un solo instante déla persona <fiie se a«na. • *^^' 
Carlota se echó á. sus píes y besó ardieolemente tas manos 
de la reina, cuyo rostro, habitnalmento altanero, tenia Ru- 
tada en este momento una dulzura angelical. ^ . 

— ¡Oh! ¡cuAn^buena sois, esolamó , y cuto.agvadt^d|da os 
estoy! {Dios y el 'bendito San Carlos os amparen, seAor^ycon 
su protección!... Gracia», gracsas... |Qoé felicidad paráM... 
Dadme, señora, licencia para irle k dar esta foliz nueva* - 

—¿Dónde esta? 

— Si, dijo ella con un paineno motimisnU) de eabétsa ,:sí, 
ayer leidije que el cahayerp.aBria'^)r0babl^nente noiíérado 
gobernador de Vincennes ; esta noebe ie haoeitri^iflo lo que 
aealK) de dédr, y esta mafiánalia venido corriendo á partid- 
parme su proyecto. 

— ¿Pero adonde está? . < . • 

. *^Aiqiii en la paarCa deik^iaiteeámara. . 

— |Cómol ¿Has tenido atrevimiettto7.u. 
Los ojos negros de Isabel centelleaban : iá pobre Carleta, 
de rodillas j con las manos. cruzadas saenhMiáeia atiis. 



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•^fPerto, ponhiiil «oland. . 
Isabel refi^zionó un instftñte* 

~¿fis8 hoiBhíe ahrazai1i;sí4arirai»#ii(» socMim mxxsaü 

•«*4kiipads de ló qiie aosbais de piónet^r» ae&ora, ponilm 
lasiniuiG»«a6lfoegopér.T4»«^^^^ ^ 

La remi'Se flotuiá. . :, .t 

r-Bacedle^ pairar, C^lota^ qtíiero/m-la^ 

-^¿Aqul?áíj&: la pobre doneetopasanifo del terror & la ad< 
míráflkmv 

>^A^; qsiero babMiFie. 
Carlota estrechó su cabe«i ooa and»s,Di9.nos para asegu*- 
rarse.qneno era nasaeño; y teivafitasdo Itiego la oabcza, miró 
á la reina con la mayor admiración, din atrevei*s^ & salir bes* 
ta que se lo mandó esta con una nueta sen^ - ' 

La reina juoMIas cortinas de su cama', pasóla babera por 
el corto espacio que quedaba entre ellas, sujetó la colcha deba- 
jo de su barba , sabiendo muy bien que su hermosura nada 
perdería con el colorido encendido que la tela enoarnada daría 
& eos mqiths. . 

Apenas había acabado de tomar estas i»reaauciones, Cn^r 
do entró Carlotí segurda'de sifarninte* 

Era üibermoso jóvad de- veinte i^ráüdos a&os , (Je es- 
paciosa y despejada frente, ojos azules y vivos, pelOrCasltóji>iy 
color pálido: venia vestido con nn^ ropiHa de paño verde, 
aUerta porJa sangría del brazo, de modo^ue permitía ver la 
camisa p un. pantaloír del nlíaaao .color marcaba tós mOsímloo, 
fuertemente pronunciados en sus piernas; jin oiniuron de c»0* 
ro ámaríllo sostenía la daga ie ancha hoja, que ddt)ia d bru- 
ñido de su puño al movimiento habitual que había conlraíd# 



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flíg 1«JÍBBL DE BABnUi 

SU amo de llevar á ella la mano, jmalms tfoécm laotm sostonía 
UD sombrerillo de fieltro por el «Btüi^ dé nuestras ^orrasfle caza. 
Se paró A dospasos^da te puerto* L¿ rnaa edM^áobre él 
«fia rápida mirada^^r. sis duda Mbiera proloo^ado^ étómea 
que estaba haciendo c|e sa persma/er hvMesd^poiide'^TOUíh 
que tenia en su presencia uno de esos hí)DiiiÍHf>69'á'lo6 «oafes la 
mano del destino ba marandn im& bocal eiárd'lasde stt-^^ída, 
durante la eual deberás «ambiar la iiu( deJas líae^cmes, Pero 
como llevamos dicho, nada anunciaba en él este estiMrdroar 
río sino; y en cuanto al presente, Aopassba'dé ser ün hermo- 
so joven, páHdo, tímido y amoroso^ . -. t , . i 

' — ^¿Cómo os «atnaisí'pr^jpoBló la rana. 
- — Perrket Leotórc. •. ' í -^ • 

— ¿De quién sois hijo? . ' . . - ^ 

*^Del Eekefíin L'eelwe^ llaVero d&la paerlai de &miMrer- 
fMtnt. 

: -^¿Coál es vaestro oificio? í 

—Miercoéer de hierro Qn él Petóf^'Pfliiífc * 

— ¿Queréis abandonar vuestro oficio para entrar 4i servir 
al caballero de Boordo&? . . 

— Todo lo abandonaría p&t.wr 4 Catíota. i 

^— ¿Y sabréis cumplir doii ios deberes de vaiBslro nuevo 



'^--«•De todas las; armas que tengo en mi casa/ cotífio menóa*« 
dér -de hierro, hay isny pocas que liOi sepa mancar como 
el mejor caballero, desde la maza hasta la daga , desde la ha*- 
Qesta hasrta la lanía; 

■^Y si yo xm consiga ese en^leo ,' ¿podré contar 00a vos, 
Leoterc? 



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^" Mjómi'lfvajm ta vitt^y y eteváodolá sobra la roHia, Íáf0 
conflnneza: í! » j - 

«^S<v aetora> mi»úo lo^que iior^ cpoiiva&'kxjQe debo & 
>iÉi)Bkwíy4ttir«3ÍCártosJ • •• • ..-• *• • ' ■.• ■ •.• vi •♦ ^ 

. «lAf«iii»>i]Ésiri»^}iii|c^iteptiblem 
' «Htaalav dqo; podéis ei»itar ya ood ¡voesh^ eoíiptoa. 
^< Ix)» df» amistes se miíwoii eon itnatafraia indedlMd da 
lelteíáad.-' -■ -.''-- -- •' •- ^.- ■ . "- - 

Ea este momento se oyó un yioiento tumulto. / ;) . 
' ^¿Qué €8<é8i#d¡j^ la retoai - ' • í ' J 

€atk>^ y Leelevd se pf«ÍpitarM &k mimm veataiia para 
mirar al patio. 

-^¡Sios miel efiolamó la ádnceHa ooii:ia admiración del 
tororv ••','"' 

«^¿Qné hay? pr^gttMé Isegmida i«K la^ 7^^ 
' ^^ptíí Señfora^ el patio e^á Itóiio áb ^eüte armada, ()oe se 
ba apoderado de la guaroicioii: los cattatla*os Giaó y Gtar- 
ville están prisioneros; * ' « ' - * 
'•--¿'Nos haíbrte: sorprendido los boi'gcAoties ? dijo la 
reina. -^ ■■;•■■• 

— No, señora, rtpiiod lieeiéno; son' geatiss de Arma&ac^ 
aog&ti $& ámiaúe *áB l^mat blanea que vi6t«a. 

.--^Ahl é^á su gefie, dijo Carloiba: es lir/^Sopuy* Yie«e 
aenmpañado de dos ea^itaiias; eátán pre^ufitando aborapor 
la babilaeíoii de la reina: se ta se&aian con: el dedo. Se diri«- 
gen báota aquí; entrativ ... ya 'mim* ' - 
' «^¿Queréis que les cierre el pasfi^ dijo Leotorb diesen1i»^iaa^' 
dosQpnial. 
—No, no, esclamó vivamente la reina. Ocultaos en asé 



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8M( mmL pe bajmííu 

lflibiQet6« Si iglkoraa que estuts B/(ffil^ tal y« oie; podb*eis ser 
útil, pero si os descubren sois perdido. 

Carlota' eiQpii}ó á Leolere & una ospeiáeile gaUoéte negro 
que estaba al lado de la alcoba de IsáM: La r^a mlló ileáa 
^cama y se poBo una aooba bata de teoéádo ^gQwracida de 
pieles, em la que «e arropa, sin teoer mas tieoEipo qo^ para 
^aruiSiFsela coa s«a loaoos^: stis cabetlós, ccsao iiemos dicho, 
caían sobre sas hombros y descendían hast^ mas abajo de Ja 
cintura. 

Entontes entró Dupuy seguido de dos cafrilaaes,.; iavaa- 
lando la tapiaría 3ia quil^rse el aonpbrer^, dijo i, la r^w: 

— Reioa, sois mi prisionera. 

I^bel di6 m grito, ao el ooal. habñfc tanta rifeia^mo-ad- 
miracion; [mas sintiendo que sus piernas flaqueaban, e99i 
sentada en su. misma cama. Murando eotoa^ aLque^ftcababa 
de dirigirla la palabra en unos téraiioos t^epoce i^eispetao- 
sos., le dijo coa acerba sonrisa; 

— Sin duda estáis loco, maesc Dupuy. 
. —Eso se qu-eda parael rey nuestro señor, re$pofldi<5-e*te: 
lo que á no ser así, hace ya tiempo que os hubiera dicho pw 
primera vez lo que ahora acabo diB deóiros. 

— Soy vuestra prisionera^ y auafiue no fiíese ya róna, 
soy siempre iniJÚer; hablad^pues, coa sombrero; en lamano, 
inessire, cQiJK»:m®'(liidar bablareisá viíastro amo «{.oon^esia^ 
, ble^ porque voy presumieAdoj^ue él es el que os eniia. 

—Habéis acertado: vefigDtdo orden wya* respotidió Dupuy 
quitándose lentamaoite el sambrero^.c^ñno un^hombre qd^^obe- 
dece mas bien á su propia voluntad que á las órdenes < de 



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•í^flstt bien, repíiod la retM; fefú oomo A rey debe tonr 
d»M'nAtti]6ato4 oCi^^tttreiiio9:aitoDoe8'qQtéa mai^ 
sté cuoctosttóle ó yo. 

.^Blooteodri. 

— ^Yo os digo que vendri. 

-^Y yo os> di90 qfie 86 6a ehooalradd . «i nritad del oatnino 
«IcabalUttro deSonrdeii. ; . 

'■tai feina «e eslrameió y Itopoy se soodó al nptar M/tpa^ 
Ha seasacioD. 

— ¡Y bien! dijo la reina. 

— |Y bten! este eneiiBntro taa etonbiado sos prqyeptds, y 
tambieiL'sin dtidbi algoiia los del joibaUeroy pues peattbh voU 
taer. «do.4 París/doBde estará .Mbrandot á estas lH>ra8 iM.y 
Um.acoiDpai^db.dje osa buena, eseólta; oreeria también ir & 
descansar á su rica bahitaoion del palacio de Sab PaMo^ sili 
contar con que tenia reservada otra ea el- ChalBl^L 

— |El caballero está preso! ¿por qué? . - - -. 

^Dopuy se sonrió. 

*-*^Nadi& mejor cpie: ws^ sekora, debe saberlo. 

— Me complazco en creer que su vida no corre ningún pe« 
ligto: 

-^El Cfiatelet está muy cerca da la.fireve, d^a riéndoee 
Dipoy? " 

— No se atreverán á asesinarlo. 

•^Reina, d^o Do^uy miráadola fiera y altaneramente, re- 
cordad la muerte de monseíior el duque da Orleaa$: ei^ el pri« 
mero en el reino despues^d^l rey naeslreí señor, ataoibrábanle 
cuatro peones coa baiétaas^ aooipipanáJutnie los eseuderes con 
lanzas, rodeábanle dos p^jes con espacias: la-^UimaiBioohejqae 



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, 9QD iftiMi.. i»£:«AnnAi^ 

]HBó per la oallé de^Barbette <le vüfttta* de^^epar icw tos. . . 
JlalKLf eíBctaiiienfeeoiiifi^ pammác^vUnioa^ 

clarecido y un caballero Uq oscuro* . . y ¿.pesar 40 éso^¿<r69^« 
por ventura, que no se aplique al último la misma ^peftaqúe 
sufrió el primero? ; ' . ' i . 

Ibí MúáiBe ievaatá fatta da 4i: de cebera» agiolpá&doaele 
tan rápidamente la sangre ¿ la cara; ifiíe. pareeiiL-.tiblsB.iíkit^ 
y&i^aünñ l tas teata; y aeerDtoODae iiinU»»9t^4. 4a ¿poeita^ pro-* 
nuncio con voz ronca esta palabra: r i - «Ji 

—Salid. ^ ; — : - ' 

Diipay>, ^intimidado, iiBtrooedió itn pBSOí ^ ' > . , ^ 
- — Está'iiieB) seAoifti peroiáe reala que ddciro&>>un&<OQaa 
antos de salir: k voiantad aspiresa'^l rey y á& itianaéiop el 
6ondcstal>le, es quesalgais ^a^fiiacieiií ¡alguna paiftla* ciudad 
deTotirs. *- .■■'.■;.'■...).. 

— ^¿Sin duda- ^ vuestra eompanfa? 

— Si, señora. • : * ^ - i . ' 

—Por consiguiente» vos sois el elegió para <3af<»l6- 
ro mió. El empleo e¿ t^ooroáo y jos .qienta maravillosa- 

— Siempre es algo en la sociedad el que tiene bajo da^tts^*^ 
ve á una reina de Francia: - - : - 

— ^Decidme, ¿creéis que darán cartas de nobleza al verdiü^ 
go que corte mi cabeza? í < - ■■■" « : 

Y sin esperar 43onteslB6íoft.vol^ó.la^e£qGiálda¿ qgxúo quieii 
oio quiere báMar mad; > . . 

•R€cynarooio»dieúie»<de Bupúy. < . :,« 

^Cuándo estar*» pronta* fuara partir? 
—Os lo avisaré. , : > 



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^-^-^ÜMiktenid^qvd ñá bé diete ^ ii»> hftbia títtnfM» qiMh 

-rCoDsiderad, messire, que yo soy la reina, y que os h^ di** 
cho que me dejéis sola. . • i 

ihqpayiiiuhnafOalgmits'palabias; perotwiQiíAd^igoo- 
liba dl'^teeiidieiito qortodtt^ ejtttáa ki mBík B^hm el rey» 
temkV/f aó siá wMito» quO'VoMeae. & <iMobi»r el po^er qn^ 
baoia algnaostastiuMs'tin* foto*!bl^^perdido^ Salud4iid0laí 
puet; na9'rés|)el»ciJataieBlie dt jo qttftrhstfta ei»lo»ee8Khqt)ia 
tfMá^y salió d6l ouvtoÁhedeeiMilto ja lindeo de I4 reim. 

< Gerrtisé la pueitai, .prani|ii|ir eor «>Uteo» iei afligida ClM^ti 

. lüa f lansarse aQjel eoárte Bteiiaetimiero, ftié.obra.de im 

íMtaqte.: E8t|ri)h; masfriMo^ciao^mtttt» Ittbia eDUad^pen^ 

wiMMeiiial prúndr gi^ dtf viAaqtiQ la^^flem, y aoi el, te^. 

Éíor^y lebibiaia taeehofenJUr «I CQhMr« ^ / 

. uÍM¿Qiier0ÍB x|ue añera eeo lMQÍwe?>fMrQgii«tá.á la rw^ 
M^rdiAndoee les 'labios y empubandb lá daga» 

, Lar'reida^:^qiie se {labía: dejadotcaer «p «m isitial, aesMii^ 
6on la mayor aniargura; eallolfe/apegada.ea:llaato> Me^ 

' ' fel ¿olp^ c(de tiibte vedhidcr la ipiaa liafaia b€ír¡dait»4ibieÉ 
& los dos jóvenes. 

-r-i8f, (í[tifére>qiré mtieñitdi^ ia «eina. |9as oraido^jóvea, 
que para matarte neeoiftflr^i^deítt^hmwnirdeíta jnBM... 
fHatarfX^ ¿y^pam^líiíf^^w Cd^^ patio^ltaO' de.^elda* 

tmiU iShttlMehi«. j^'^nMérta atwxiu sataaljla^ hii iridaciie 
iÜkrdoQf'--^"-'- -'' -i- ! ••^' \ ,a.'>. -i- j-.,^'» ' 5s;.., ^ ,-...,. 
' Bl ll(t]lh>és4DMbteiw'rédo|^M idiDÉiade ta^ 

|«B8i ^ m aiaa, eeafi»'»' dolor pertmal ai^ meacía ráim'ii^ 



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302* . ttiMH. DB .mmsA* 



pardiá la f€lití(ibui éd máor;, CárMa perdía tÉ)dft$ los^s^ 
peranzas del amor. Carlota era, pnes, la mas di{:na de^^iá^i^ 
tima. •' ■ r , • ,^ 

La reina prosiguió. ...' . - : . ..ft » 

*-¿|UéniB, €sadoCft,;llorafl^^.v. :y no pierdes. sIrqDaao»$...« 
p<fiKIue vuestra ;sepai«cíeiieQi^->m6iiiéiit¿pQii»./ ¥. 

^.eméiargo, (mfii(>iam n isuerte^ de- reíMr pof ia laya*<*¿. 
]Iileraslw. ¡lio sabes, puee^^qoe fofqde wiHQedo Iterar, aman 
ba á Beardoa como t(k amae á ésfe jáíveal Baes^inira) fa)^ vaa & 
malai^, porque ellosiQoperdoDftfi*.;. La' inicié eetft ya tañer 
m^iaade^ ta eabeza de aqoel & qoiea yq^Mio tanta jeosKé tü 
^as (1 este; sin eiobargd, nada fbáté baoer pu^iitopadíri 
esie «^seskiato, basu igMntéé, méomtoeiiaiiqftejtraepaeeft 
atevosamente m peoUo; y toaos k» iastaotea^df myiim.i» 
parecerán los de su mueiié, -■ y todds kfA tokiuAos .iiie^eí\tftiA 
dioieffld^: (al «éa abei^ 0Mi«6tart Ilamaada^ 7 Mwfa^^ 
en su sangre exbalaii& la ttthDaagonia; ]y:ío,G$t»f JkHAi m^ 
peder b«cej^fiéda;á pesar de aer Irena^ t J^^^telm^I... 
¡IfeidNHool No lleva jrBÓ'T^ : ^,.i. .. ' 

La reina se retorcía los brazos y se beria el rMtfa;r.4o9. 
éoé^éüm ilcürabaa; fiapor silidesgriOíftai mo ppr-iacte la 
reina. . . • .: ,'»«, ... ;, . ,^ ; 

«^¿Ea q«é os tHtdemoa^servíjri dafteim? deoíaCt^íota^ .. 
...•H«^Bi8poiied-<de.ffoaotiiíB,jde^{Lefltar^ v-'/i.-tu .;.>.4 ■- .>-, 
- u^aáavmda;.*. KMiIilqdo «dr.ihfl^AK^ie^.po^^ 
6top«labra«tfiMBr. imnliL «4iffí(su:||a^ngr(% «aa iÉ|a,.pa^ 
salvar á aqod & quien se ama, y no poder bacer nad«)Kf t» iQM 
ygi cdgiift dtt eavis^ Mfiii^4rtriflr.iW0.b^ 
mofluiitíSik atortimiar(fm'i)oi»iiin^f^ ipA»,Bf^ jbüMI 



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omáfMélQs, nkda ^u íBitét áé Ai; sin «mtói^, 'be'4iÍSo%ib^> 
tanta poderosa; eii uno 4d^lD$m(»tÍB6toi» delocóm de) i^ey hiw^ 
bíara podida hacerle fluBdiar la mtierte^el oosdostaMe. (í loá^' 
tade mí, no lo he hecbol... [.Vrmaoac seria, paes, el tptí'ii:* 
eeUu^horaSy eáoemkdo en un calabozo, idbdtía ya f refite & 
frente la mlierle conso la'4ien#éL.«w él; que es tan beroiose ^- 
ta» jdtea» y q^ejafoi^sJeB ha he(^ date al^ Sin embar- 
g^ito láataráa €Oiño^ai«felil*QA á(Lttis de^ C^ledas^ qo« jam&sr^ 
lee hilo laoipoco MdaV... iy el rey... el rey /que rél^des es^ 
tes aeeaíüfittos- qae aada sobre eharoos de' sangre, éA loe qoe 
cnaa^ó se resiMHa- se^'agarrá para^doeteaérse de limpio» 4e ase« ' 
áaoel [Bl iflÉbéeil, el ésttíq|^do<... {Dios lÉto; Dfú(s mió; om^[ 
padeeeoB cI^M.... seávái^id.... 7 vieiíg&fiíÉe tiutfbíeiir.:; 
••H|Mi9erio0ítlialdeo¡a€aítóíái' - ; . ] 

^*^ie6iMÍ«tócfe»fdetíAlieeIére. * -^ . % .• .[. 
^««hA^tSeffdirie yoK..'iOQieréa qbeyo me vayal jcreen que yo^ 
ifle^'ii'é!,.;iiO;;.: ño.'iPaftir^ qué ha 0idodeéhv.¿i 

aafeiw ai^^iiearáa dé^aqtf á jp(ÍlLZ0sl/;.'Ve^ sietf aire-'' 
ven & poner sus sacrilegas manos en la reina; yo oAf 9g&tta**' 
i« ft^>e«lt)s^iiéMls^ i' reátale pni^des ^n Ms i&aÉoa y lee dien- 
tes.*.. ¡Oh! tendrán que decirme lo que Jia sido de éL^^percí* 
iibf yo znism» tré^ii't^ihsoiía; sabedkk- atioqúe li-mOié está 
diuy oee^ira; yo Mmm hrérá la^roel% (^ieáeSoüná eaju- 
]Mí9!biíitf);ién^ etúj\Aamüí.. teetaóte erá pam 'GeMipr9Hr 
un hombre, sangre y ahna; y si este no bastase, aq&i eeláff 
mis alhajas, estas perlasy^OD lÉa que^pudria' eM^MQjrtio todo 
Mf^iftb:i'iiiilradlait){enlte4aa ia» daor^ al «eredíero, 

éfeitadotei |deMl«éi^fodo vMU. . {¿eyo^Minelo ein <|ue le ba^. 



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perHis, dwQAntesi todo eslo e$ vu^sbro^;.. viimIpo, poniMOM* 
babai9 dado nw» qué Tato jloda (dsaJoiRo; vuMtri^» poi;qi|e tiH' 
d^^la 09 dabo ^mictio Kw, y os^ lospagusia si. me-qiipdaaai 

^--tS^Hora, dii)OjUcli9ro, iqvereid qpae viif»:4 Paria?*,* ten*» 
g0 amigos jQa.raaaM y taremos 8QbiG^4á>Ghaikaiflt.. 

~EsQ es, c^Q:aiiac8«aM*taJa lieiM; y;:t)QDdpm6jaBle lo- 
cura togj^r^a.aioálapar 6u mtarteyiW'as .^lardad?.*. Y si pv; 
tiUimoitegmis pfiueJrar, ea. las . ^iak)ae3» Mrsoatiriirais al éo» 
trar. M al calaboso ua eadiver (odania caliente y bretaa?^ 
do saagí^ ; . | porqeía aaoesita. maobo. . meaos. ,iiii pimal>pM 
penetrar ea ^MCora^oB, que «I fi4e tQ y tode^ ti)9 amb 
gos nec6sí<M para kn^ diez.pni^i^ d^ .tóerml... SM»< 
para matarle nos serviría la fiMlA^». V.4>;.W»e,. pOlf^Jos 
dias, pasa las noches delante del C^t^letj.áJo^QosKbiaeii^ vivo 
á otro^ eooierrp; sígnele !basM(:ia pD^rlLa^sUQ afBeéaaq^, nfiom* 
paña sa. cuerpo liasla la ae|^lU9a;:yiiMuua:y otrQ.caao rtakr. 
ve/eorrieiul» 4deo(rmdo» liara iOiia nfo ó.nmarto msaL |ia. 
d4Ade^^». . / . 

lieotorokmt nii'iioviinieato.pi|ra aaljr» nm.Ja rma 1#; 
datufow .:» •■. ' • ^- ; ••• 

r^Vcv aqaf , «díja ponÍ!¿xulo$a el dado «q« Ja tba^ vol^á A. 
abrir la poMtoi del giaMoete, Ja enaaosdriadiira,; ^^ oamá^iyi 
4«á:Mr ioieacalaies 4a.iaM eJMatera a)^ierta ea cd g;in>eididÉ 

.t-^Seea»^, lMi«9,dooiaim , 
/ ; laiigi|irioia^la^^^mlta]tatlMMr iuHinfi.da J»»^ 
jer^ y iwjer. iréMla^ «igíA^a.naM delJtaBÍUaTeodedw.4l 
Inenro» fláiotLoaiMiraw» ^^ne te qwMNitdMi aivaetta Innw 9 kt 



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lás^pa^e» ytéflitandQ el lerrecio 4e la gaieria estreclid'y $ótá^' 
lirid por tfoodé tUafi^amla^ido. Des^s de aígunaá; vuelas \%^ 
LcielenBí pasar Ia'kiz>«ntr6 i;^5) rdndijts do una puerto': ia iti^^ 
na )a entreabrid; dabaáuo jardin aislado, éacQ^^estfemidad* 
odiaba la'inaraUa*;si^dedD!h vista -aFjüVved, que éabiéQdo<^{ 
se^dl^eel-báíl&ane, se despidió de (alta'coá una fñth&a señai> 
dé^^ertíliza y de' pespetoi y despareció íJáltando. ' 

Tal era lA oütofu^íon, (jüé «adíe reparó eñ él. • • »»• 
- i DtlJaréíHOs á lá' ttñm qtíó vuelta á su ¡cuarto y.ségilíreniDs 
á Locierc, qae por. campo través llega hasta la Bastilla, ooi^' 
tWfla-siW'*téi*i*9é por Já callé de San Ahtod, y pasaüdo 
por lapla^ UtJMóbada OreVe, echa utk mirada itoqaietá- sóbi'ett:^ 
Mrca, <Hié eíliefide su bí^alsó descariíado hada la paHé áé' 
rid, se páW*itórffistamd para tofifiar alíenlo en el püeúítiW 
Ntíeitra'^SMiófa, Itega de^paes al átígulo del edifici6 déla 
grande Carnieería, y oeícioráiWlose que desde *áW no priédé^ 
eniúráir ék saiif* nada diel CMblet sltt que él loVéa, ' i^e entro- 
melé eátN el^upo dé las^íMe^^ qtíé á la^dá2on bablaMltt' 
del encarcelamiento del caballero. ' ••.:.* '•: i ,' • ?í'i) 
^ ^-^s 'figuro', fkdtm Itoardfthóti; dtícia tinat vieja fl* un 
IfíteíMia qtí^ téiria^^agarrado de hw tfoionés fle su i*oplHa, pííiy 
obligarle á. que la escuchase con una atishoioñ no^inte^ruitífti^ 
da; el aseglPiíé^ qu^'ba TUeRo en ^f, Id sé por k kaliliílá; la 
H^ dtt'^i^t^M^aél CMttféf: te'míemainebaast^Qfago^qtttt' 
9«P)^tieti0 tib«k^ péqt&éftá'(ítín(Ul?ío& eü «a (M^^ «'" " < ^ i^> 
^'«--¿Nlá»dii« yo qué tt»/(M)ií^dr^ Jolito Vé^sflfS'el hótí^' 
vlfréi pef^^Él^ lo^qfléFMraoabai^tle tfeiflr n^9'i]dtf8lü[|(lsí> 
siíVKatftir por ({ué^'hfisido^ preso. '•' .:'•'...,:■• :. im 



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'•--«^Ihi^liAiDhire , «so 68 lotiy tftíÁl áfi A^fioKr) SstaboL^A» 
inteKgOQciía oon los iogieses y 1q9 de BprgOfta |iara enUregir4 
Kbij$> enerar ^sangre ytimso y aoutep ny^ieda ew la^^n. 
haja^ dB las iglesias,.. Y do^ eso solo.: aliaicl^ii ^u^ ha sídQi 
hurdida samejaote plan por ¡astigaoíioaes (1^ la re.ma IsateU 
que. se W cierne jiifad^sá loa parisieafles desde cA aaesíB^ito. 
del doQue deOrtoaos; y que ha ^íchoquanoseqdedará'SaUsn 
fecha hasta que haga arrasar la calle de Barbette y qi^Nomr 1%< 
casa que tiene & |a pMert^ laiioágop d^ la Yírgeq; t 

. .-«^iPa^I ¡paso! dijo uqi carmoero ; aguí yiene, el.alQnnBn- 
tada- 

Uo ho^lbce Vj89tido de acamado pasó aamedú^ de la titr^ 
ba^ fme If. abrió pas€«.. Al acercarse se •abrieron; laap^ugrtas 
del Cba(g)et por si solas, coioo si lo oonpciesep, y defiT&s de^^t 
se:volvieriQñ.4 cerrar. I^as sobradas 4e iodos le siguieron; hur. 
bffi un imtaaiie de ailencioi después (del cual ^se yolvioren á ea«' 
t^I^r las coayersacione^ interTi]iB{Hda&. 

. rrrFeUimeate, dijo la mojer sote^Ado la ropHIa de jBourdí** 
cbfMS» <H>PO^: 4 l9i:hii^ del csM^oel^o^ y por lo tanto pqdi^ Wr 
trar á verle dar tormento. 

, Diciendo ealo, ec^hó á oorn^r^oa todaja veio(»da<I quaie 
penpitiAii p edad y sus f^ieroa^i Jas que no eran exaotaioettM 
igu^es w au esteqaioq, . . :: : 

. pióua.^)daba^Otenla puert^y se a)M*|óxi<^;veiiWiaiUo, por el 
q^Aaao|^s^ri9<)op4ayJciaqen« onnitumiji^en^ubia. (rfiworao 
entabló un coloquio, ^qu^^o tij^io sin <lud« M ruaul^idp queespa^ 
rajóla Ivaoa^pviea Ja fiUiíNrta^oorMiip ooiop a9tfla;^Q 

Wbf^ngqtijla» dpnoellj;ta.fasü el brax^ enlro el ehror de >ia m^ f 
señaló con la mano la cercera de w (MW)Mo^;|. d^aafwfMÍAr 
0^ ' ■ ' ' 



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* La vi^a hizo se&ás'a] ^rapo parit qoe se acercase; eñ' 
efecto, algunas personas viaioroa á sa lado: la vieja se arrodi*' 
Yttr delfiuite de^ la ¿brcerá, díciéado á ios que la rodéabí^m " 

— Aquí, aquí, hijos ralos, este es el respiradero del calabo-* 
zo; y yá qoe no le veamos , plodremos al menos oirie gritar. 
Mas vale algo que nada. 

Tod^s se ágofplátbtt oon lá mayo^ curiosidad áobre di res- 
piradero, que páreciá una boca det infierno. Ajpeúas habían 
pasado iiet íñmúioSj duandi; ^e oyeron ruidos de cadenas; 
gritos de rabia, y sevteróh resplandores de fuego. 

— lOhl Ya veo el bralteiillo, decía la mujer. Bueno, ya me- 
te las tenazas de hierro entre las áscuBts...>: aho^a soplan. 

A cada aspiración del fuelle, el brá^eríllo arrojaba liaba- 
niM tan vtváa, que i^r^ian nn relámpago subterráneo. 

-«Ahora ha cogido las tenazas; están tan rugientes, que sé 
ha quemado los dedo» con el mango.. . Ahora se vá nlásaden*^ 
tro, solo le veo ya Itis píernaá... ¡Chut! Silencio... nohayque 
hafelar, porque ah6rá &1 i^iie vamos á oir . .'. . 

Yse oydundhiHidí)...; • ' 

' Todas fas óabezas se acer^ftrM odas al respiradero. 
' —Ahora el júe* te interroga ¿ centinuó el €Íteerohl ffetíaénf^^ 
no, qtie en virtud de sus derechos de prióier venida , tenia W 
^ cftbeza' enttramente tríetida entlre las dos barras de hierra del 
respiradero. No responde : [resp^üde, plúeáv bribón , asesino^ 
ooíiBe*;tt«(»'líheaesí-- ^-^ - ' ^' ' ' : "■'':' ' ''•'■- 
. — (Silenciol gritaron muchas voces. 
• La tñújer sacó iá"cálMízá ilel águjertt< pero teniendo Bigar- 
rada con las dos manos la barra , para' éVltar dé este éí6M 
(j^^lb^jtaséb él sttíd-^ftfeÁtHib qué'hábláHa;' y^di^pueé ^ to- 



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90^ ISAIW|[..;UE MBIEW 

í^9y esta precaución 9 di|o con ^odo el convenoímieotO' propio 
dfiuninteligeate: j . ;., t : . , : 

— Es que, señares, s¡ no cpuijesa nadanojo. fiodrAu 
ahorpar. ... . •, . : . : 

. Ua segando grito hizo que; su cabeza volviese ¿ia^^qda** 
cirse dentro de las barras, ; . « . •; 

^-^¡Holal.escl^mó , ban mudado de si^texoaj parquja*aqdan 
por el suelo las teuazas.deirás del brasero.. .¡Pues me gusts^f. 
Abpra sajiqapsq^n que está cansado.^1 atoroi^tadeiri. 
Ojéronseeojtonoes alguaos martílf^. '/ : . t 
. -^]!^/o ,.no> cootíQuó la mui^r ,cíp^ aljderia , ^ que I9 lestán 
ponieado los borceguíes. ,. 

,L,os borceguíes ^ran unas plancha^ quaise ajlabau/con 
cuerda alrededor (^ los piernas 4«t paci^ate : jp9^|)a$e laegp. 
entre.ellas u^a ancha. qp&a de hierro^ SQ}>re l^cual segelpea- 
b$^ :ba^(#, que juntáa(}plas m^obucabaQ» ^ carne y ln9 bueso§f, 
. JSíií^ duda el caballero ,dq confesaba, naff^ 4>f)irque' los Hiar-r , 
tillazos se sucedían coa una fuerza y.i^na r^H^jdez^cfLd^vezaia^. 
yor, cual sí al verdugo le encolerízase tanta resi9tfin(^'a« < 

Haci^ yaalgoa tiempo rflfienQ se :;0¡aa. gritos,; b)ib|aolos 
reemplazado sordos geipidos «.qu^sucesív^enie se.fjieroQ 
tmbiea ap^^gaodo» Los golpe$|4Blmazo ces^nou de reíante. - 

;. I^M^ntóae Jus^na ^ 7. sacudiendo^; el polva; i^.J^^rodUlAs 
y.fápstóndoselí^'P.apíiHna^dyoi: m. .. / j, i . 

— Se acabó por hoy ; se ha desmayad^ ^|n„pjr9niwi/^ j9Aa 
solapalabra. .., .: ;i .....,.,...> 

.. ¥ ae..retiró en seg^jdii^ fioaveoK^ida.dQ que 6e»ia inátü es* 
fM^^pcdrmas.tiaQipq,.. .' 

Digitized'by LjOOQ le 



a\f pasaba ,«iitk3tr6 én pos dft éfla- á tódoá tos tóstígoe dé 
aquella escena, esceptoá un joven, qoepeirnaneició de pié apo- 
yado en la pared. 

Era Perrin^Leclérc. . m • . • . • •• 
- .A pí&feowilo, ílolcí^habia previsto Juana , saltó éf vérdugo; 
' A'fá'caida de la tardé entró u» sacerdote en la^)rísion. • 

CutóA^'hubo oerráítolft'nWléé , se fetíloéaron cetaíinefas á 
la parte ésteriíór, y fliuy dé éftós óbfigtJ á Lédeí« &<túe se al** 
jtóé; f Wt^ftié 'fi'Séfflftat^ én uíi traScantort situada en la:eá- 
quina del puente de los Molineros. 
' ■ ' HariS ya dos horas qtje se h&ffáfca-en aquel sitio; yauftquo 
la noche estaba áoíribf la, se hahíán áóoétumbrado sus ojos en , 
tales tértiíinóíí álaoscurMád j ^distinguía en tes'pardáíi 
murallas el sitio que ocupaba la puerta del Chaielet. Nc/ había 
prohuneiadtt' uriaísdla |iilabha , no había apartado Ik manfo de 
iu daga, rií había pencado en beber h\ en comer. . 

flieírtln-his on^; ' - • . • i; r- 

La Última carnpíanadl' víMaba todavía cnando 6e abrid hL 
patfñúL del CMtétet ©ttJ sofdMo^ cm la éspad^'en lá* mranoy 
nna ahtórchá'eh la otra, aparecieron en el urribral de la puer- 
ta; sfegtffanió» <?uatro tiombües que llevaban un'rardo,y dotráé 
de estt^ Venia- un íttdHvíduo , cuya ^ra óculteba una caperuisa 
énéamádlí: 'slléñéiosámente se aceitaron a!' puente de los Mo* 
Uñeros. . .— . ^ . , > - 

Cuando estuvieron enfrente de Perrinet, vio (S&tequeét 
objeto que aquellos homínieá'Hevat»arietantílar^o sacó desue- 
ro; escrtchócoft átéficfoú, y péníibiftuñ proTundo l^etefdoi ya 
no quedaba duda. *' ' • • ■• / . • • ' • ./ • 

En un segundo estuvo su daga fuera de la vaina, átí» ié 



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los i^rladores 4 tierra, Yx I^ ^ftcq abiprM> dej^rrilH^. ab^fi^ 

, Un hoíubre s^lió,íetél. ^ . ,; . r /; ... ,.,. , » .. „ .^ 

—¡Salvaos, caballero! dijo Leclerc. ... , :.; .'•, 

Y aprovechándose del estupor que ^ ^taqu^ iofun^ii) ea la 
reducida tropq^ para poneücse rápid^iqcmtp.^l al)rígo>dd siiper« 
secocioQ,' se deslizó 4 k)I^gpd^lt4<^cU;V«j(}^;TÍa^ ydesapaneció. 
/. £1 bwbre á quiea con t^nlo valajf .4cat0 ,<le dar libertad, 
ioteató baJr; quiso fo^ej^e de p^^ .gei?Q,^ que^iudos buesc^ 
Qopqdierop. sostenerle I y otra. \m cajf^t^eaiQay^oi^rpjaQdK) 
un grito de dolor y de desespíjf aftipn^ . . ^ = ' 

El de la ciaperuza. encarnada bízo uoa seoa^ y los dos por* 
Utdores qiie oo estaban .b^rido^reoi^ieroi^t^iQuelcui'^PQiQaiii"» 
pjc^do., Ciando llj^ó en, medio del puente, ^edc^tuyo y dtjp: . 
. — ^rroj»d;le,,..;; .. ■. ,., .. ;., , 

(4% órdea se ejequ^ó ipaediatam^Qj^ im 9^i^tfí ^\^ fpfJtni^ 
bamboleó uii iasiaate entre el espació del piji^nte y del río, j 
el ruido de un cuerpo pesado retumbó ea^ aguc^ J^a aquel 
ipomeoto^juQ^Jbafca poodqcidar |M7r/4^ boo^res $e dirige al 
^tia ea qwM p^^fpo babia do^^iji^r^idf)!» y siguió uaioataft- 
ta. la corri^ot€i delagu^. ^. pabo ^^.algjjfiio^'segqbdos, n;i^7, 
tras que el upo remaj^f^ el otro ^ngf^a^ cioa un arpoaua.ob-' 
jetp que nadabí^ á flor de aguar,;. y.^^di^Q^- ^ colocarle ejfi 
su barca, c>uaada el )^Q;ili)r6 de Ja .oajpi&F,uza,encaraada arjrojó 
al viento desde el puente y con voz sonora estas palabraa s^t^ 
erameniales; . , ■,•' - -^^ i *-.■;,)■.'• - ■ . \ 

• filio^i|íieFO;Se,est^iQcíó,,yáj)ef^r<^e l^ 
oamarada, precipitó otra vez en el rio el cuer^ jdcd cabaUef^ 
d^ Bpurdpa, / ;;. ■;. ..-/, ^ ■■■:..'■ :. \-^ J ^y.- 



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lijtmi; m Mtmtik. 



ttU{\ t^<-rt.t íT 




/ máAéMm^,A.iU'l\\k 



i*tAÉA\ í*. Lát 



capítulo XVHi. 



•»;t 



Mjmm TeUi$ÍA|M^ ^0l^tm^ 



ürtoá Siete mése^ Üabián Msóuíf iáó déspaes \ié lá étóeñá qtífeí 
era el capituló' anterior hemos procurado describir: la riófché so 
acercaba & la iomensa ciudad, y desdóla puerta dé San (jrer^ 
ifckti sé véia lenta y sucéáiváftjeiite', segdlí'él sitió qué óóípa- 
ban, desaparédér'ohlré la niebla los óampánarios y las ííor- 
fes que áádríiabaíi á^Patfs en lílíT'. Los ímntíagutfos ictfréó*» 
des del templo y de San'fe[art5n,Ttteiroii los primeros qtíéílá- 
tía eí Norte Sft confundíet^bh ccíh la feorafera,' qué aciiiáia réloat 
i espesa dótáú uhá niareá; éá iégtrldá álcariísó "y kú^óVnÓ há 



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agudas y dentelladas a^^fwjfiji^éj^^ y San Lacas , que 
desafíelos i^Mf^Q ea iuá(^Mf^Í^^ 
PV^?^ ffi^'i coofuadiósQ oa seigri^a ^1 
. ÜVantaba^iel Soim» y por u ia^|t,0;j9p 'jf^ 
davía, a través de ua denso velo de mpor, W activo Louvre y 
su columnata de torres, Nuestra Señora metropolitana y el 
erguido campanario de la santa capilla; precipitóse luego la 
sombra sobi'e la Universidad, como un caballo desbocado re- 
volvió '^ Santa Genoveva, bamboleó sobre los tecbos de las 
casas, descendió á las calles, pasó mas allá de las murallas, 
se espamó por la cfiíipi&tf^ y hi ^'Wffe^ ^h el horizonte la 
bermejiza línea que el sol había dejado como un postrer adiós 
sobre la tierra. 

Sin embargo, en la línea de murallas que estrecha como 
un cinturon el coloso dormido, fe distinguen de cien en cien 
pasos guardas encargidaB ¿«•▼j^tterpor^ti seguridad: el rui- 
do monótono, y acompasado, de sus pasos, se parece, permíta- 
senos la comparación, á los latidos del corazón, que anuncian 
que la vida está allí, aunque ella se revista por un momento 
con la apariencia de la muerte. De cuando en cuando el grito 
^^.¡c^n^i^ela^ ^alerta! parte í^e. w ^uatp,. y qpjpp. ua $cp rej 
Qorrejtoda.'aiviella línea ciraulf^* fiara ir íi afj^f;«^-.,ep. el si,-^ 
tjode^.4íiníJp^ió. ,.,. ,';„:, ^ ;.:.t''-: 

^j^^.jEn el. ten;aplea proyi?ptíMk) pfi^ra la. (J^feoga .i% la ftuerl^. 
dq^$ai} ^^ripaO; cuya jna3a auadradar se. 4^ev^ ¡ff0^^ f^a^f 
flg^L^l^ la.iiíallaa, upo de a^yel|osfiefllÍQfl§iS s^.g^ftíi^pas,^^^ 
t^,Jf mf^ 9¡jppoiosQ que los depj43...jPQ/:.^.ti:aj|e,^.meái0 wili^F: 
ll.ip^ip, paisano, ea.rauy fátíil,ft(i|YJnar;.<lu9,. 4 peinar i^.ffp^ 
U^a jqí^omeatíiueamente lfi^^|«jnpiipi^ d|^,. ui^, spldq^o «ilfflu^ 



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ttilinL^to^#A«lmAi SIS 

le lleva, pertenece & aquella corporaolOft del frfttejudarDS que, 
p0r ófém * del boMéestable dé Armañac v ' )» "dado quiíUeotos 
ihtñbk^m pava cusWdiar ia ckidacl; áé veif m «tMDdd sé de*- 
tíene; se apoya eá la parte saaa Ae qüeésU aráiado^ fija una 
mirada vaga en un punta del «espadó; y iáego,' atirojando^ 
sttspird, emprende^ otra t4sr la mataba ciV'Mas^^rita de Mt^a- 
tídblÉ nootfirm>4 ' • ■'' \ >' i 

' B^i^poote^ llamó su átéacíoá ^ Vdi de tift hambre <qtfiíj 
deíMíd^^ ^(liÉtiltttí G6fftiguo á' Idd fD$os ^terioms, pedia qtíé ilk 
abriesen la puerta de Sati ^G«hiíaifi; el mar(i8O'ífidividuo'0Gín>t 
taba> ni páreeei"/ oon ia eoÁdesdéiidéiicla de( guardián; que 
T]i9^iil9^ ée las nueve déla imÚ^ soto'podiapiírniítír la'en^ ' 
tirada bajo so'reafpeta^bilidad^pérj^onat Es-preéiflb eiisep qi^ 
fio sr MíbM cíjngaüfada aceh»í da la influencia* que^creia- i(¡of^ 
dei^; '(kirque apenae h4ib^''l)i(ib) mi&i el jó^én t^eirtiúeto, cuaá^ 
do a^sldendiá á' >lo larga del deoRv0 que h nitf ralla fi>niiata in*« 
teriormente, y fué á llamar & una pequeña ventana, que de« 
imiMAabá')á4!AarkMd de áfna: tomara*; ¿rítaiido bastemte alto: 

< ú^'ÍÉtaféi, levantaos pronto y ttbrfd te puerta ft «iessirB • Juía 
iftka^ñQ üpttns. ■■••>.•-• •»,- . • . . ^•. .. V . j .1, .. 

La lámpara anunció con sus movimientos quebabiaaMo 
oMifJ^íáqu^fluís'p&Kibras. ün aíM^iálio s^li^dela casa oMMina 
Mhtdháá en ánama^ y üü manojo^ de' Il^téS' ea^^ta otPá; y ^ 

áMinseñ, acotttpáüfaáo del Jóveti que (e hábí8( llamadov'por de^ I 

bafé iG(éte^^ved¿iqtie la mud^ puerta formaba; <; 

Sia embargo, antes de colocar -la liáve ea la <óepmdiira^, y | 

cdiiío s(* lü se^iiMad dada poif su bíjo tía bobfese fsidcí snfi* 
dente, se dirigió al individuo, cuyos pasos sottabon al ofroí 
li(doi(*ttiati4no. • ^^ »< ' v 1 . 



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314 mmk 0^9AMmhh 

^iiO'M.^^¡ammiúrá^n\m\r^ sefiorrej^.; M^i^ detenida 
en ¡la ftNidia. de S^ia G^rmaupL güki el priifv.; y, cQim somos mr 
tíguo&íoan<HÜdps, h$ catado. ic^a w* , , .-. ,í ? , i / ..ti /. 

pueden serio uii anciano y un niño. Vuestro pa4ird:po(lÍ9i:}Mr 
l)Uur. usiy porque naamoalosfii^ea )a.eiQ4^:di9:i.'I^rjoy«s en 
I340| y na ooooeimieplo <1^ ^estmti^ y ocba a|iQ9i^pftQr^e y^e^T 
jor que el nuestra el título qiw^ }e;d2ws;, :, i :m',., í . r > 

i.Al proauaci^ eatas {MM^raft^-eLanolaoo^Iieol^odabs^^QS 
vnaltas & la Uaye.a» lavwrrajuwt, fijaba f;a.[«pa jíoíhcw perv 
pdpdicolar la baiTa.tori«oatai.de/:hi()r)^.<}tt9^.aerirft^^^ pn^i- 
ta^ y con lii8.dos.!nttnaB). emptij^o /^l wo^. y {jítm^q d^ 
obro^ entreaünió ios (Ida batí^iHes wina^izoa, ^ ftm^^fm 
inme^tameoto 0I .. pa^ , á. pn ji^yea diQ yeiiite ^ .^iqtkqi. 

— Grapíaa, ma^ae Le(staiH>^g,,dijft.4a]|^jia B»'gjilpepiUi|,;Wi.,j5l 
hombro de^.MQianQ.^oa ae9iblani9;agr«^de<?Mp/y ^e69Q9Iqoso; 
gracias, y contad conmigo cuando me necesH0Í9> papn^.^^be 
«Édtado yo coa vos. •..• i.,. ..i.a';^'.. ■ siJ 

'. .?--Messire Juveíiálv ifttff wimpiá ^\ j6mn:sleo\mv: ¿P«€«k>. 
i^Jamar^fiambienmi p«(rteeaeiifi{^me3^^ (a ta^eioi^i 

el>íenvjqio,qu0 mi padre acaha dev^oefo^l.p^iipe, ;íl t^-^^m: 
por mi, que le avia6> bs«i%»iíiu0 .prpbiLbte;(W©,bwb^W5 9^-^ 
aíd0:la ^ftQohe, fuera 401 la$mttraHa8{j . : :,; ^: v ..ff,. , , t;.; 
. ;>-f^.|Abl lEres tú^ Parria^tliiY qpé:liace$;íaq»LooB;e^ .^ríl?• 
je••yá0sta^ho^aa? ...' :.j ..{. . ^ofti / í .. ....¡.ú, , . ^,.^ • 

«—Estoy de guardia por orden del señor jqn^^i^tiabil^} y; 



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i^msh»^.MAmi^i SIS 

wmo pollit AtifftV ^Lfiitia 4e pí f|i^ak>D|.J9AHimi4a'4i{)adir de 
comer á mi anciano padre. , ? ^ ! :. .. 

^ :77r:Y.ba!SidatiieQ).reoitNdo, a,iacli0 íqI afioiMo^poc^uBes un 
j^U|U^...auict^o,q(;te teisu» & Aios, rsqpQte ai itiy y ftmt ft sítt 

jpadi^es.- .. •'-.••' "'■•'•;.• • ! •• •»■» 

Y alargó ái.su hijo una mano ar^iJg^a. y-tr^Mla*. l^i^ln 

a|)retó eotr^ 1^ ?^yf^ y. JpjKeiaaJi i;^ jfijiod^r^.^le laotra^/, , 

.—Otra vez, 03 doy grstciaa pfur vu^tr^.c^Nsdescendeocia^ 

y espero que no la pondrá á prueba otro imp^rUiBQ; R0ti*> 

, -^y hará mviyt>iep, me$.sji:e 4^.üqsín£i;:partii^ ano cola'* 
do fuese fineatjro f^or. 6^.4el9a .CáF)<>^»<)0^ Bí^^.^o^rv^» 
creo qv^ no. haría, por él í o ü^a piv .v(is, be Jieebo. , £( guaiNtt 
liEis llav^ .de una dudad, Uiae.jt^oo^ígj; moob» FcepcM^se^iUdftd 
en ti^ptos, turbulento^ poi^o Df^fpf.^ ^t^qj^ ^ando^.«|tQy 
deapierio no se sejparan demj cialai:a| ni 4^ mi cabeza cDbiQ^ 
do duermo. , ... ... 

Después, de bab^r lis.qpjeado sn amor proiúo cpn eata^.f ruer; 
ha, de vigi^^Lipcia» le. cedió Qt^>y^;el anq|ai)0 las ^(^,>manos 
qijie estr^chabpi, Iqvanitó ^ lifl/ecDa. q^^.hal^a d€^it(ida .ea 
el suelo^ y sp /lirigió ¿; jsu ca^n,» dejandiK soloS' á. los dps . jón 
yenes.. ,.-^_,. . . ,. .. . .« . .- <• ■ '.' 

. • — ¿Qué quQi:¡a$, gq^i^fltP» Perrinet? r,eplioóJ[ftypflal:.í^Wn 
yándose en el brazo del vendedor de hierro que hemos pr^ 
sentado ten fSQ^ Pq el capítulo. pj)eqadwte, y. que on^ntra- 
mos^en este, ....-;.. • ■ . ,- . ;m ,..;. •' • : ■ \ > 
— iNaticias, ínj^93irei yps60ispousf¿^Qydebtí§,s^rcuaft-» 
to pa^: aquí, se dice ^ue ea.XourSy.dond^ está .la rfiÍMt ^ 
tábido grandes, aconteciíjQientos. 



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816 láMifeL *E BAttMlA; 

—VerfadéWtmeÉíte, no fMwlrAs dirigirte & mejor fttótítcf;'Voy 
á dártelas muy frescas. . : . . < - r>. 

—Subamos & la muralla,' si lo tenéis á bien: el-condésta- 
Ue segaramente bo tardará. en rondAí", jr si nome eoboififrá^ 
en mi puesto, perdería mi anciano padre su destino y á tíÁ*^ 
me cteiíjarfa cnielraeiite. 

JovenaT se apoyó fimfliartríenle eh el brazo dé Perritíe(É, 
y los dos snbiéron á la plataforma, que por un nioméntóes- 
ttívcí dwíértft. . . 1 ; . 

— Te haré una relación circunstanciada de cuanto'^tk íiáí- 
saA>, afliwliá Jüvdnal.-Ta'slfiibés''que la'rétnat ^taba pr4sá en 
TouW, yqae sü oaí-cdero era Dupuy, hombre recefrísb y'potíÜ 
amaMe. Sin éifabítr^, á pésar*di0 su vlgitaiDCía, enco'áttó'ta¿-i 
awiaiíeinade osoríbii=' al duqú^ de Borgoñá y de "rééteiniaf 
Sff^proféoókm. Este eori^réridló al momento <ine' Üábél déí 
Bttbi^a seria para él utí áfiátío poderoso, porque; ¿egun dpi- 
nion de muchos, su rebelión contra el rey seria désdfelüégó 
miá íí*otecbton cábállértScía concedida á una mujer: ' 

• €onnyíos pasos'demadaftia'yde la duquesa de ííábfcra 
»e obáebvat)in con weftoi' driidado- que los de ha reina, recti' 
biaestá, -^por síi eontftícfto,'Dott(5ias del'tíbqne; y cuándo IsÜpb 
que habia puesto sitio á Corbeil, y que sus tropas? habiaripB- 
nettttdc^ haála Chártrós ■ Círncfbió algnna^ é3pei'ab-za''áfe sal- 
irarse/ ^ > 

^ En virtud (ie esto' fingió tener la más profunda ' déVtíóToii 
& la abadía de Marmoutiers, y obligó á madama á que supli- 
case á* Dopoy qiié per^ihitíéSé ir á la tnisa que allí se céíébra- 
ba 4la« princeéas y^ft- süs dbnfceffias. Dupuy, á' pdsai^'de sií* 
brutalidad, no se atrevió á negar á la hija def sii rey^ Olía 



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gr^i^^ al parecer Í09igoii}f;iaat6.. ia,if!eim.acof(u^^ iosea-f 
siblemente á su carcelero t que no se SQffi^iH)¡a9e eu^odc^ 1% 
veia salir para Marmouti^a. J^újigió e^o r«pa^tir en I^ioMrsn* 
ciu.de ^quel hoiQbrj^^ % le babl6 caq aiBabiiidad. tSatisféchg 
I|iijipay 46; ver hiifnillado.det£in^4e:Sa. voluatai el.ioirgttUp.il^^ 
iTO.jW,>e volvió mií&l^^^ q^fqes^.4k> 

a|^a0iaQUAnd9tquí$i^rjEi»:t^pii9^ la*fii:«canQif^ 4ci apoeoi^-. 
ñarla siempfie^ y de ^aUr: e{) el ^v(fmff. át^o^mmUí^ 4# 
U;ecbo ea brecho, aoaqijfó.lQ p^areoiese in(i4U tanta .exAeütudy 
P|or. estar .^.9Juicuei|Ja.l^u¿ts,^^ . , 

j^er^ la mna' oQló qn¡d> a^$ guarda^i /^avefici^Qfi ^de- 1a: 
inutilidad de su vigíjantHaií.^ciaq^ el ^F^f?i? PQA muisho 46Sr^ 
ciiido» yi<}li6 si de-prpato $,^l0s,irtafi^) AíBguoa defi^osapo- 

drW»ÍHWWF- ■' '•• -' -.r ... '-' -^ V /.. •; ,.••.'•1 

Qesjfle aquel momentp íw(^6,eL^pfByY^^W 4^ que di daqoei 
' d^ Bollona .^ arrapcape de lasuP^ai^^osrd^r^as enetoigosioa. 
^arjiíQutiers^ y le comiwf^v coa a«a da^sj^a orüa^os.tpdae e^^ 
t^ p¿K*liGi:|^ic^de3. £i d^Que apr^^l^ itíi. plw jdaj^ mas^^ y 
e^^H^ig^eí.diaqueeUairi^.li^(ia^ > j, 

, . La, €ia^jD|9S4.era .arne3g94%>' ^debían tfttmvesf|r< eioi^Danta 
t^ua^^^n.ser ^esGubieartaf/Pl d^q«l^ deJS^S^a.do podiajtH. 
tei(tar;e^fl. golpe depse^o ^$^q^.s^g^íkW9f¡ifqmJ^^yC(3¡^r 

taj^o qoa ajqpifase para eUQiWM^bas. lamas, porque ^^vror* 
niffiíhn el /yt^f^el^ ^le Jsp|)f|t íQ!Piíir|a ♦vto?. id^* su jwajrciáa, pr^ 
9l|^ias^ 9lNiB|Q, y.^^ad»rj»jii^^¡iiltt4^^^ Jterry'dt 
A^yoq;, par^.QOMpor esQ s€| di|i^wA;i9L<^p«i^:d6 Bor^Ofi^^ 

^lil^^^qw .«»» dl.JW*í^:i|P:Í5«Wr y tffP^ ten aowten 

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daSinodiitos, ^e coaéigtii* lo que desértía, sin ser descubier- 
to, y voy' A decir fcííno. "' ' ' •■ ' ''•i • . - ? ' 

-'Pwrihet Leclérc no pestañeaba. 

\ Higió do sü ejército los diéTi roíl ginéíés nías- vaífeTi tes y' 
riíéjor mofitados; raetoñd'unosy otfíis con abundancia, yfá 
tíOfohe d€* octavo dia deí sitio dé (forbeft 'sef'puso ü' stí üábetíí' 
y tornó el cámihode Tonr*. Andn^ííroh toda lá itoché en e! 
nías profundo «Itencio, y hó se detuvieron hasta una hora an- 
tes de «manéoef para dar el jiíénso á los cábalfos; otra vez sé 
pusieron en marcha poli* eájiacio de quince horks consecutivas, 
piero mocho máS de pfisá fjtre pbf tó noche, ^.á' la caida de 
la tarífe hicieron álto'á seí^ Ifeguas de Tóur»-. ' 

•^' Esté ejéí'oifo Mbia causacfo la adtófacion general por doü- 
de habla pasado, y su silencio y celeridad habia sorpitóbdtóo á 
ttífltifá; pér6 la mañánádéí segundó dia, cómo el dfuqaé de Bor- 
goftatemia, a pesalr de fas precauciones qiie había VtMnadó, 
qué eíítuviosen aVísa*)S lo^ guardas* de fa reina, Degóá las ocho 
dé la mañanará fifármoutiérs ^-rddéó fa iglesia y mandó ¿ ¿iré 
Héctor de Saveuse qué penetrase en: eBa con sesenta' hombres. 

^' <34íando Dupuy vió«iqoelIá trtjpa, que por la cruz encarna- 
da que ítevába récoííóctfi qfte'era fcorgóñoná ,'dijo Alá reina 
qttéle siguiese y silieáépéi* unti puerta lateral , dbride la es- 
peraba Ku carroza; |)ero eBase oííU96fórmálriiente.Hftio énton* 
oeeanaséBa á los otros 'dos gtíé!^diá!s, quienes itítejptairoii ha-' 
' ecfidft obedecer á la' f nenia ;^ péi% Isabel so kgttr6& hé bél^te 
deltjoroen que eátaíba arródhladá ; pasando él brazo á travéaí 
dé ellas ji juratídé't^ói^^lríttto qtié W matáhfen antes' qüe^ ar¿ 
i^tícaria de <allí. Las datria^f y'prlHceisas'qué la itcompáfiábttii! 
oottisn dé fano'iS^ bttolttá» iifli^ldraMo s($cértó f pidiétitttd ai^ 



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(ñúnyú^mtííió \Uití9i^síátf sast^aUadoQ hicieroii<)lfd tamb¿ 
CoDociendo ismbfróes LcNfettao Dppi^ so posiotonv <se saM»' 
por la pu^la falsa , nHOttMiá catallQ y: éütrá á esoa^^a la 
ciudad de Tours, la qucíWMfddi de< lo qte pasaba sepii^o-«n 
estado de defensa. ■ - 

'>' '^Il^eg6^ bébi(>i(}0ittfartieMb , f;^e -de S^ense seábercó 
á%'9^«iíia y biüáluáé ^espelbosMWtta^É^ nomUre del duque d» 

^E^pefétíSoos áííAJsáe de^tefaeMaprincípal de laigiffri»J 

- tS^Tém^j Isíd j(>Viiiéesassaüerbii^^^UÍnoe3 del templo del: 

Señor, en medio de dos filas de soldados, q^e gritabaa^i^íní 

la t^m yd deifiul.Át vai4a' el duque do Borgofiá se apeó y 

dictóla rodiiíA^. 

^-<^^ffl€iy ^fido priskH lo ^ij^ áoensAnfddíe á él y levao*^ 
tttiiMd^débó aixiíaros sobre todos mí^ vasallos. Eú nada há^ 
beis reparado paraobedeóeFimi üísaiidftto, y md^ habas 4irráa^ 
(Miíi'áétÁípñám: fidted ^lJMB-de*qúentíacaotv1daré.Tire&- 
tros servicios: conozco que os habéis i^resado die^pre p(r el 
rey, su familia, el reino y la cfetótt*p6blieal • 

Al pronunciar estas palabras, le dio la' mano alisar. . 
El dd^ 4e dMgid alglniaj |«iMifci«s fes]^tiiíi$asi) y des^ ^ 
pues de haber dejado á su lado á sirid de Saveusé con ú\\ ca^ 
baill69'y máH^d mnet jrMtb'&^'Tdti^ ,'>feiB«6a'de qiie aqudla 
éNtfdilJMl^idM^iüiéf'^ éorpr«Mii'Ifm¿ufla'T^i9teDeía encotftM? 
fídíéÉm 4i]éí>I^|QayM ¡MlHe de su^^éitéf sedeslizátñi {^ 
los sitios mas bajos , hizo el duque su entrada por las pofítUS 



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qoQiloft<aoldado6 d» Di^of hfl|>jiMi idMMuüoQAd». Bbto idtesgiiMr 
oMo cafd laflobieft {»risioDerQ»> y sirvió dec^emplo & la ;pofl^ 
ridad, atestigoaado .qatí júiíuta^se dato ^lUar aLtaopetoíá. )as 
t(Ma9 (»roDadasv por cfirioiidas qne^se baUo^^ , 

-^QféIes0O6díó?pr^n|(>POTáwt4 .. ' ^ r 

^^Fiié aboraMip^ rpspbodi^i Jimiial^ 
— ^¿Y la reina? ' : :• ^ 

^^Regresó ¿ Cibartres^ y lB¡QS0a.wuf)ehái&; Tc^esy donde 
timmw corte. Loa EstodQ»geQei»Í6ft(deC¡faArtr«9de¿Dft^ 
de partidarios suyos y, la han declarado regente; de méi^^ígfM 
ha mandado abrir un sello jCtoilai Mno^ ^ f>W€^y '4^^- 
hicraeQtrelazadaa, y enel x^tTs^esü^dii: ratuMQ^w^Ql si- 
gofeni^lemá: IsaM^ poriu graow d^MfO^ ; rmMrdj/tnte 
de* Firtmsia. -.•.•>. 

V £ak)d detalles politicón int^e^aban/, al i^uffieer ¡,.muf pqicQ 
áPerrinel Leclerc, y se traslucía que deseaba .oOQOOQrjOtfKi»^» 
qiie.no 96 atrevía 'á pedir; en/iQ» do^pü^site uv^pMwesrtade 
sitefii^» y viendo qpe'jQ€iss^rerMarwi^^.di$|{»t^ia.Me'^^ 
sQ4e>él, le pjñegwtó qqü fioj^daíadifercA^iii^; , 
- '**riSe.4ice sü ba sucedido algu^» deagmcii9^|kH^<foiifts<Wa. 
aconnpali^b^a ájs^ rai^a? . ' . ,. ...... u\ 

—Ninguna, respQQdi(§.,J»yd»»l,. , .. , ,: . ; .^ ^v..í 
P^rri«iBtres¡ftfi>^. ,. ...... ,..1..;.:;..../. 

'*^iEaqi)éjditio^4Íe'Iia.ei^d.Uí^.l9^eiíoii9ii^^ : 
. ■ — ^Eb di castillo. . ., ... ,, / :• ; j • . ;. / ... . 

. -rríHra pregunta, ^messii!^: ."Viíp.qH^, m w ííibiQt^^qad qw 
9^m fi iaUa , «l^mogoy la^a»ga"^^ 4acMi90»ii;^»j0fl6 



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la-^hD-' iztjbMrÜa *te 6álfesa Ha P¿ri4tiQt>y lartolvió hAdü itté 
plizitóf'Séfl espació, (}tíó »!túñm0'Úñip& i#fia)áb(i dcraeliVid^^ 
defíaiíBtfrróiifcrtttháfi '' ' ■• " ■^' "^':'' . -• • ^ .':-/:;/ .h 

Ii^y dé fe «orbdnné, ñh pdéo á- !á iiqulerda de *a Nq«i cpi* 
se levattta défrás'dé éste «Rtao ; ^¿vefeiitiá eílrellA'ijue brills 

PeitHVB(t^hiííé'1ifi'^éíl!tBÍ8fito*aflí*ííiaf»v^^ í:* 

—Se líáintt MéfWÁfH^. iPiíe* bien! fraítahda uüá linea verth^ 
da! dé^dé éhsitíó ^ qíié té pftréee qoeeslá «i^pttidlda tmáta la 
tierra, estalfttettVvifttrdSsáif^í, divide eñdos' la cíadiid 
(%a pb»?e!on »le preguntas.-' ';*^- •• .► . i .. r.» .^ 

• • 'Pefrffleí ftó obsá-v* lo qa* tó .jWeíete j^ocí^ eíaw en lá Sin 
iftbstrácFan áátt^ofídafica-geortíétrica de nOessife Jiirerial^ fí^fít 
lóda stf atetítílon eii qaej mirando ün poco á fa feqtiei^ila deílaf 
Sorbonne, dirigía sus miradas al sitio en que respítii^a/€af IiH< 
ta: Pocct le fmpOFtafta Fo déMs : ¿no era paralé* 'aquel sítío el 
mtmdb eMÉfró?^ - '"■ ■'" •' " ■ -^ .•:>•.• :•• • .« •.». - 
' • ;Bí6 feü gfrácfiUs-tf Javéttal, ^OiéíL se aítejó graf'etóente' ,'ea^ 
ttsfeéhá'dé baftei^ dáHo" á s« «ú&pálHbta ésfa' prueba detona; 
etettbfá ctij^fe afertítcíoft ei^, coii'M'taaifh ^^^eherpersaiadiii 
que deseendiatde'lá fttoilía de OrteaUe , el úéico s4eft€to'.qn0 
se t)bdfá achacar#feqaet4!tii>(*eiál' t'}ti$to lrietbri«dowí' i 
' '. iPérrinét áe íiÉ[Bía'(iñ8dáído soto -Apoyada eóníra^un' árAolj 
ytó'cuarido^lá p4rledeP*i^is:que áé'Uaffiabaeiitoiiioe»'laC«H 
véi'sidad éüf liviéáe delüMte d^' stís-ojó^', e^aio^ ^o c^a»)n i^ivéan 
laHÉbln ikiúehd' máis á8á[' dtf^pareíl6 éom^lelátoeate de'MpeoH 
ísatiúieiitó; biegó, óott^y^^i M-'^i^Miai^aiveisanfttealffleáte^des- 

21 



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pteid^ soloti6Mel hodzoate la eipK}«4;49 Tpoye^ ea b^ ota- 
dla M Mtígm eaatiUOf en ú <f asíMU^ m^ ^ixmff^Mq^ Nñ« 
tftM Gaploia, y la c(im a6| 9^hm ^w^U^ 99^*^ QomoaiiaeUaa 
decoraciones cerradas, escepto por el lada,q)aíB<f^t4,fgytr^tf^, 
d«Lft$peetador; yalíU enaqoelVi o&f»4r»^ Ijbr^ 4^ ;lofi cuida- 
dos que le úDpoaia su eipplea o^rca dft la.jr^9a>^:UQ^if»Ym¡ 
aobia y ^racioeft, aliwiw^ndo 009 fus, w^idiQS ()U!íu^sh. 
sombría habitación , como los &ngeifi9,4^,|Ifiirtip y de. Da^de^, 
que, llevando su luz oooiHgo.,4)it8M^a.QO|^(0iA$jtayo4<4oaos 
^Biaimvtei^afi) y sobne ei Qual. ao¡|ciQi<^ todayiir el M* 

• A faerea dedrepnir todf^^ las pQteqpifba jde sn alom ea u^ 
Solo peosamíento , a<iueUa ^f^icÁeiii sf^-jwnvifiti^ pasa ella éijit 
una realidad ; y si su imagiúacíoQv(erj)ttbi#|SjB, presentado » Aft 
¥08 «de 3u. Gariíata traqqaílf^ y pea^ativa ,^ C^rfpta.iiorrwdo 
djpia peligro» «sbiea seguro^ qMebttbii^qi teiqdidQ los; b^zQS 
y. pifeoípH&dose mas adelaat^e^ orpyeiidQ que era ^i^oieiUe dAi: 
M paso pftra protegerla. 

. 'Eft fales» términos' estaba Perria^t supeiHídpien eetacpa-^ 
templacion, que hubiera podido hacer creer & l9S -qaa. 1^ ba^ 
asperimentado qqo existe en dguaos i^a^eajtos y ea joj^rtas 
organizaciones m don reial, y ik) oyó el riiidaqm^ haqiaalsuti 
bir la calle deiPaob qna petrulla de c^ibaUeria^ qye un oía^ 
Bientoj después, desfUv porJn muralt^ ii alguacil, p^sos de^ál*. 

El que mandaba aquella] {^ti?iil^; bi^ pna $e&a á su g^ptei 
para que se detovietrii^ y avaoxó ^, bu^ai^do^coa la vifijla al 
oeAlíBela qnie aU^ debia estai* ^ y ¿^sc^fis, se fijaran ^ P^P7 
nei, qdie eo la mtema.pos¡Gian.y>MmU«wwdoanel4»M^ 
fiflív nada había djstiognida d^ ouaato.á sgk andador pa^tap; 

; ttrjgíáse.ttatoooes4 «da¥iada«te bái^Ataq^eUasof^biiraia-» 



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«tvit; 7>cati la jm'nts de Áii espada derrOdla gom dé-Ael- 
tro qoe cubría la cabeza dtf tecter», ' / i. . "i 

' > lAiridion se d05taoM6 «dn'la''fa{VMé2lite^«Q-f>atá^ dora- 
do qoe"se desploma y desaparece al impulso de un temblorto 
tierra: una espMte-le Mnmüdeto «léttiioa ^pKó<^ par tadb su 
cuerpo, y por un movittiieiilo'Dalttralv apartó'de^ur {itrfb'ea- 
BS' la ^pada ^e h: attieaatabiii gritanéri {^las artnad • 

— Aun no estás bien despierto v 7 aiietaA aUo , dqo elt*oiii^ 
deÁtalíto ái' Ahmá&ftc ; 'mleotnis que lá hoja, id» m Mpada 
oovtalMt com> na jttfico'k l^ttta t^araeddft de hierraqóe ímh 
dtert; bab(a> pi^sentafld á'te'visem de stt otfeqp, y cuyiu pantr 
alcaerqaedd^tíftnidaenelsttéte. ■ ly 

> Leel«r& reoonodü; lavclt >det gobernador dé Parf»,(a)prb)é*el 
aoiaf ipüK' ft«Ni <uins«rvaba> entre ^n^ tOAim ■, craxósé^de ImaWy / 
y aguardó con tranquilidad (jue el condestable le ímpuáiewsí^í 
eaMig^o¿t|uesetabíahoch{i acreedor. ; 

*: k^lAttfseiloree paisanos vcointínuó el coadi^ de Arafiai»> 
¡seos' (xxifla la ouslodim'de voestíu ciudad^ y tan descoidadav 
mente éumpite con tpestto deber! ¡lieiai inis sottades v ii^i 
dM dír%ttadose^á su tref)íaj que lifeotm moMmieotoparaacer- 
cai^eá^él; ]t)^sliombresiiiáei68itD) < í; , ¡ 

Ytres(boi»bressati0tv>n'delu8fitasí¿ ' . : f 

- i^^Afabe unp de vosotros la centtiielade eise perillán.; . 
' IJB««Poldaddí w apoó áitañoios^ameiite de so cabiaMc^^ dk> latí 
biUfti&:i» oanai^ada y ceieuóiáiLeelerc.' 

.. -44<Voáoth>s, eonimüi^ U condestable áirigiéftdQsé i los (db9/ 
seUadda qse'afqanlaUaA sus óédeoesv adiad pié á tíerra» y» 
cea > laa fwnasíJda sieeatiras espadas contad e»' sos espaldar 
hasta reinticinco golps?; -> * - .; .: / : ^ , . - ; :j • 



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• 44-iioB9mor^ idíjéooQ frialdad Bernüet, espitía9tigo^s0 itíitf: 
pone á los soldados, y yo no lo «Oy^ • íMí- .:! j . > * :. i.» 

«^Oi)e(Moed( aoádióiel ooQd6slftbl»{M>iimdo€lpi6 6iiiel es- 
tibo;!:.'-- . . :. . .. .^ „ . . ..... . 

j <£fldlm.9étto.ftGfiPC(kyJteéettty^ii(Nr4lbiuc|<r. 

~ • «-^ftiApiíoQádlaqae baQQÍ9» iQOttsdfton .' :• 

— ^Bediebo Vetotiei|i0ot nii tiQOfi)A8fii.iiiloi(ieiBi)8^ Bepli«^ 
eleondestable; y rnottió ¿ caJbaHo. - ! ^ 

•««^IfoaseMr,. díJD Leclerc ag^irmodo lilbiwto dd MÜfdioij^ 
modseaor/es dn loatiligoide «erYO^^ do v^aliUo, ^yiya n^My 
ni'iiQo níotra^ soy 4K»Qibre libre ; niiiodMlin«4 ia: oMmI pi^ 
quince dias ó por un mes y ol)^d(Q6i^ná Qíegmnefttef. 

I «^Eslioy ^i^udo, .d(jt> el ooBdeHable^^ae cMrftfraeis&^yíl^gir 
pam«8fiosinri86raW6$ uAiBaatígoiiiie aKmz^ik .m «fcobiiciaD», 
¡ktartol' • - !'•' • •• í Mf ': 't'' . .'v > 

Clavó las espuelas al caballo^ quiea didtujl tole¿ yde^M^ 
gattád en 4a dabtta dec3C0bi«*ta d^ Leeldro eia pwétUtfMiOQ 
m insirioptede hierra > le teodiá á íofí piéís^ da ioa.doaaridadw^ 
qw iebiaor ser lo^igeeatoTcisde la'órdea q«e aoabá^.dO' dar < 
SemBjaaleft castigos sajrefcibian «empre (M>&^li;^sietiíM 
por los soldados, cuando el panienta. ana un paisapQ.'^fi^xistía* 
entre la tropa y las CQrpárafii0fi6Si'iin OfKO'real^ qba^^iasi're- 
conciliacbnesipcM.ica&, ^fim de tiempo en'tiéinpO'SaJira/iflfia- 
bab ehtDtf ¡éUte, oo obnsBgiriaa sofocornora tanttaá^^may jaro 
que si por la noche se «K^nlrabau 'es la.;i»HG aH'asliKliaiibi' 
y uli soldado, tea Ucicbe leí mb uso Jdel bastón^ y ol'otro^da la 
esrpada^t'Nbá vémós en 1^ iieoisktaddardMairqqfRBBiiriBafcdLé^ 
ctetídnip em da<4oá qire cedíiui^el campe^ea oUa'otaaa da^^ei^- 
cuentros, cuando se presentaba la ocaaopv^ .' ::^ üp.! ' i i>v 



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ii ^ Foé; fifesy m verdadero ^piip^áñlbrtimñtigw^iin 9ádt^ 
dos del condestable la ejeccUÉMtqué les eaoargó ;$a<giefiB; "dé 
áK)4Qqi») e»|tiidqi)P&i^ aai[ab2^Ddiroa 

l09Uas^áí{él^;ea:i&rm}tíO6^;qil6>^: yétwi*áb i\B étnr^in^átf 
se encontró desnudo hasta' la cintura,, las manos atad2(i(;iBa 
cruz encima de su cabezay pendiente délas ramasde un árbol, 
tocando apenas la tierra con las puntas de sus pies. Los sol- 
dados soltaron las espadas del cinturon, colocaron las hojas 
encima del césped, y con la vaina empezaron á descargarle 
golpes, alternando, con tanta flema y regularidad como los 
paátores de Vii^ilio. 

El tercer soldado so habia acercado y contaba los 
golpea. . 

Los primeros resoDaroa enéima de atjuel blanco cuerpo, 
sin que al parecer caokran la mas leve impresión en el que 
}os recibía, aunque al respkn^or df^ la luna se distinguían los 
surcos azules que en él trazaban; poco después, doblándose 
las vainas como, un airo ^Dcima da la golpeada espalda, ar- 
rancaban tiras de carne, JnsensiblÉjpj^nle fué cambiando de 
sonido el ruido de lús ^olf^e^s: 4e agudo que em al principio 
se convirtió en sordo, como si cayeran encima de lodo; cuan- 
do terminaba ya la ejecución se vieron los soldados en la ne- 
cesidad de distr^r una mano de su tarea, para preservar su 
cara del rocío de sJtngre y de las partículas de carne que sal- 
taban á cada descarga. 

Exactos observadores de su coasigna, se detuvieron á los 
veinticinco golpes. Leclerc no ha^bia arrojado un grito ni pro- 
ferido una queja. 

ün soldado recogió su espada y la envainó tranquilamen« 



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m 



ItOtt-'^E 



lásjAsi^y las:iD«aosdelp0OieÉt6. ; : >' 

' ín»gQ qv» I^ faiHibo coiiadb, P^vinet; que pmsmiKikyiB 
fiéfímfmúltLh'MattÚMt d^é^ jmordid la ttarr;fli y se da^ 
naj^' '■ 






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lÉMP/ita MMMU 




;!• ■ 1. f-'i l'i 



CAÍÍtümilX 



M HA» é 



•• ,/. 



Uli inestfe^pttWde ib qoéliéiíioís re(l»rtdo^ el anterior (Mk*^ 

pítelo, srmdés kisoñíkIRwiéhiM t^M' \^ 

PhüÉ: '• ' ■ •-•^'^ ' '.. ••■ ->. ;/ ••; .....I 

déisa Má ráfniTtiiái^ cóinfrfeiá ^tie «é áqtief trnnnétiridt trei IwW* 
i^ dé^brat^^él ^eínó; y '¿iidá caál procúrate ^aeiir 4 
mejor pa:i^tK)o'poíñble. ^ 

liñriqtié V, t^fdé'ld^Iáteitá, abd%ááadlo do los dtíqaea. 
ñt GsÍTétniAú Y dé Gibcestéi^, sitór benliálios, Habia,' ccUo li^^f 
ilib^^dídbo ]aVdei<Aba^ádd én Tod^és, ÑoMftodlariilÉitt^ 



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diata mente atacó el ca,^tilIo de este nombre, que después de 
cQQtjo días de combate capituló, yon seguida puso sitioaSaen, 
que defeadian dos seiioreg de mérito y de nombradla, Lafa- 
yette y MooLeiiiU^; pero su obstinada rtí&isteocía ?ü1ü sirvió 
para que la dudad fue^e lomada por asalto. 

El rocnerdo reciente de las victorias de Honfleur y de 
Azíocourt, uniéndose á la noticia de estas, sembró la cons- 
terna(;ion en Normandía; mas de cien mil personas emigra- 
ron, refugiándose en Bretaña; y el rey de Inglaterra para 
conquistar HarcouryjBdaum^iU^'l^)^^ Falaise, 

Bayeux, Lisieux, Coutances/Saihi-Lo, A^rauches, Argentan 
y Alenzon, solo tuvo neces i cl ad d e p resentarse delante de aque- 
llas ciudades, ó de enviar destacamentos. Clierbour^ solo, de- 
fendido por Juan de Augeones, le detuvo mas tiempo al pió, 
d^ 'iiis miiríillni^yif^tedfc'iiJiffifwdnriigjiWtímri'in hemos ci-> 
tado; pero esta ciudad se rindió también, y con ella toda la 
Normandía cayó bajo la dominación de Enrique V de In- 
glaterra. 

La reina y el duque ocupaban Champaña, Borgoña, Pi- 

mandaba en nombre del rey en Pontoise, resentido con^fA 
tropas suyas, conservando en el mando j^^J^-A/i^^p^ ,, ^ _,, 



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OK>vi]iÚf)nto# ^Q iitó íneBíi8.UT4fl^#.,l»/.ci^dí|4i.ir. Ifl^ P«W^ 
migos. ,^¡0^ 

día y en la hora de la W!fK^i J^^Ut^íWJ^iifff^MflfliiQe^ 



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eitda fie t(^&á; quién {¿fiera, é^, «oan^rdé ^n HiM^' 
áiargtir graciosatmeote isd hemosá laaÁd á Qtro f dirigir ^ 
gofiM palabras do amaliilidad á M tereero; 7 quién, dedc^íH 
dJetído al fondo del eoracoii' dé aqtietla oi^g^itilosa firítfoeíSÉ/l^ 
jen lod sentimie&tos de odia y dé teüganta tjw la VtíUlti 
ÉáttV se asüistaría isegtiradieiite del ^ftibaté qoa débia MM- 
MHPparáfeúcerrar tantas pagues eo^ su sbao, j para qote^M 
frente serena pre^ntase con élli^ nü "tobtráste tan aorpo^i^ 
dente. ^ " 

E^ t^abállero J6iren qué e^ de |)M a sn d^hen^a, 7 al 
que dirige la palabra oón loas freeMAcia por ser et üMím 
qué ba llegado á: mi tAHb, eh sire fllliér^de Óe^Adtuh: TéM^~ 
bien ocnitia ese guerrero, bajo una sonrisa ^toeiosk, prbyéé^ 
tos de Ténganla yde odio; que yaemtietO á:tM)áe^ én ejecn* 
éibn/entregaüao al duque de BórgoAa 1á éiiidad Itpie le esta*¿ 
bácotílteda. Cómo er duque pádM que ^habiendo sido traído^ 
ana ^ez, podría serio dbs, no qufso qué le acdnpaBase ál 
gélpe de tnanó ^^ iba'ft dar tWttí, Y I^d^j^ ^1^ (adonde lá 
Auna ocupando un pue^d honorittMt" - •' : 1 ' 

A eadaladodéeHa/algo Mcia af^á^i apoyándose Mpe^ 
tüosa 7 ai miiiB0HJéilA|[K) rainilisapmente eii'^ désela sti ^ 
Ua, bablafi i ttiediá vo)b isigiileiido anfa'Ooaversaoloo paMieii^ 
hr.infíe^ti^Unfigttos eoüoéidod^siféGiae y ^1% dé'GM^illa» 
quiénes habiendo Miáítelio sü- reikiaié; puSénin 'Vél¥e^ i 
Ofrecer a su héttAosá di()berana sii iltiiór y /éiU9eépad^^ 
thi ytaei'tómo les ffiríge sus inlradaé, étf%s faatas^'se t^áeu^ 
rece su frente, porque eran los hermanos de armas del cabo^ 
Itero dé BouWlon; i él ñóMbré deé^désgrádado^j<M^,f ro- 
Aoneiado coa freéoetaela jíor'eMoé, té páMfeo^^b& eeo éoloriM 



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é inesperado de la voz^%pfd&véDf;ááift liá^elToiiQd^de su 
értiMüi. ■'■' ^^•■'■' " "^ ''• ■■■■• -^ ••■• '■«- 

- ^' ^ini42qirilíhláY^'4os friéd de tüs'i^rádás i(|Mr levafitÉü 
WHei^drobé eóiM fí'fb<$N ta «^é^, él4a¥ün lu&fi ele YitMe 
refiere ¿ ios se&orés de Cbatetix, de l'An y ide'Bar/6óKW 
má éá loríente B^ter Id» BiVe^ httii soírprelWndOF, a%ODos 
«Éb mes; ^n\kif¡^^ dé Nóestit SMdra dé€bártres « áM 
ttí^Mb^^^, íkiyi ÉMÉéfté Ub&to JuMaory ftíttíó {lam «é 
iBÉMriné e^^M'SÉÜgi^ Ú Máifínof M dtif , 1» «rm^fraÉrtfi 
Mértt'lte ki T|>(«^a;ykHÍ & i»esáfdbsits stipH^é y defiábé^ 
NA oMriño'^SMMéMá'kM^ de Hvé étí résfoéie, le MdH^ 
imp^<<MMá$liét4Íadt, As ouyaá^fédtíltairpéíreii^O ft les tH^ ffia». 

lar, se bailan un sftfMUM^éé pajj» i'iéáMenle' mfidóáWh 
MoMkmiéítí^ikb^Ú^^ dMoas de é9(d< ba- 

lilaBdo también, pero mocho mas ba^ qoa ellos, de amch**^ 
decatar'- '^^' ^-'-í'»" ^'' .^ »■•• •-'■•■• •-(.•:/■:' 
^^' fii ttiediéidá rti<Üégetíet<al qtfe prbddldMA' «adds á^oeUoe 
cQcbíGheos, levantábase^dé^T^i^eii áímldo M ittfc^de^lá Mili*; 
«dbÉxlMiliBii'W que 

tibí 4Mi^.á teíii«K liB üAovtie <td#illi ee hkllabañ fU ^«^ 
ieáUMficib ifw Méidiftav^Eiiápy 41^^ etiiM 1i oottt^s^a*^ 

«I4tt*g«l»r»li;-----:i H *^^.ur.» .ovpu r--:i'.. -.. niv> 

^i '-^íáséj^Mirf^ #}{« «Éf'GMítitto, ^ d^tf tá ffeíAá d»%}&HMs# 
al ^ñor de rate nomina, asegorais qtté^ née^lto )>riníl^'dé J^^ 
«atiMrM jfti«tl»'pftl^ te^gt^'-^ip^^ n^Mníen* 

Si, kUBdl aúbpiiuld oém «iefto^tíé' Midióir ^ «tt^ros^ vá^ 



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.. -FTSkm.sBf ,p^4pi^i^iw,-.sij9um>-\ .V ,-■ :, >.'...:■,.! ., ,■ .\ 

— ^¿Y no se las habéis somei^ido en la boca con el jp^^i^t 

fWftM'^.iesKtda áií»- viiq9trot,iHt&^.:ar9, 4e,€lwfi|t9?,4qí» Vi- 

9i^ áe Utrk^mmk ua.4(»pip,;.«Q «liQi» fia UrayiH»ña,M84« 

liUDlfl .00 d^ por mi4>^f»iT9j«iclHll».'/mh(í^ .ifllMif «V^ 

»Añt9!.*J«i flÍ?fc!Íft«V<íBtr*!r«l(íPÉ«S«»» i:i; .■.;:!„•: "■■ ,-w' 

PHÍ*?»!!- •'■' ,■•• i!i ■.■:;• tiifí ■;;• .r <,!;;•.;: <.i!=iq ,n'i;i!::¡i) i.-^-tfl 
Ue-Adam hizo un movimiento, que la reina detuyp^, •. ..{. 

.-- ■'^1 »qifd(|gwft,oW5g«ri4<»«Mi9sí»W« fci<iM)'W»fl:* su . 

,a;rn3«Wí>h^^.sf|ffifti,)rie>9ow^ 

iti.Yiige» y.ipv>r>Gri^i!9«.-AP«W««Mif4i 9MtféBll,j:íñi4(!n^ 
eg.«(MWLi<l)Jirt«>qtM b«SI^!VÍ#0'8(M'Jl>ÍAi|lApÑ»#l|l )llci«IM):«) 
conde dé Armañac la oroz encamada de Boi^%|$i-yi^4iUia 
4,Qllrd\|i^Qtffu.qoj^9^Pi4iiwffirj(|p04iifl4Mjk^tall^^ ' 

i:n7i$H»4f Vji)ien,.j4j}o,Ql{hM«i'iimii ^.ttmnfphUmi»^ 
o^^ijF inii)«iwh^ jn^iMjM^ mt^t»émtMúmBéwv^mtí 
tt%,¡w»mfttfi <p9:sí9!gi|a4jQ«J^4i9iMi(ttsapi(fb imiiwib m 
muy probable que antes que tenga 9«í^i9!»ftpf^i ífffMM 



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eM «Étlfe <(}€ie<« ««q<i6 d6<florgéM^ Mi «ail«Só ^'lír'MpK; 

lfMWi<i¿i-ín>-= .iííi'-- -i ."í' •^í-'^í •• ■•'' ' í'- • •■' - 
' "^^os^^ '0iga; iTcirocí, 'di^O'lsaM^ d^ BaMera; Ya es^ffattl^ 

(fáHMKtíHi yííMf m(fiMtXkt^9LÍfíqidi€ ké tíal^a fte«eaítadW' 

inrooÉ)Me,»éfiid'<}(ie' vuestro ^tor nés^'tiséígfiita'fapa, a^Yrá^tt^ 
darfü»; kn vtetoria; peré éa id 'qfiéf taftiMan i^ft g^eta de séiBgi^ 
qod terminada hiAilira salido' de la» venasf: dé ima denifsi 

' -^Sénór^, diji»i6faG, ¿óMitdb.híaeéidos mesti^a^^tf^^ 

la capitai? ' ' ' » ' "«• 

. ' fin fü9uel<tdimi«»td se oy6 tío g^aa^ñ^ fiar^ido aloque 
pfodtiK^'und'titpa cdDSidepabte de bombo^éd ¿¡cabiilló ^«^'vtíQr 
at jralópe. Pasos pfecipitadoa resonaroft debajo doí peristilo}- 
abriéronse las dos puertas de la sala; n*a deibalWé artnacb é& 
(Hés á cabeza, cnbierteréé pbifo y ó^nlácoi^íaaboHadaU^&Q- 
zóitmtíla éá itiMibiieb sala ^y arrojó coa- úm blasfemia sa 
dliscd^en^tfgt^aWdO'eaéfm¿-ij«ilúa'n)esá. " ' m 

Era el duque de Borgoña. , ' ■ 

- IfMo&^^fofr ^ t\nké btílkhm «iéroauli grfío dé sotpre- 
áa,yíiipll¡€tóziteíBé»flété^(jí^. ' -* :. , / 

^VéfidMoii! tf)(»^dlpéáiidd^ la fráüte'l^dá^ süsf ü^os é«^ 
btertas cJen^UmopIá^^^lblérro'; ivetididé^ pL^r'^m nSmabW 
nMgoMñftit^«r I%f9; locaí'kll ]ni4^,(ini^tídáá!d,«sfarú.iiw^ 
día.to9Qá de'-'iMif^'tboai^te'éol^la rnaao y'1M)a(|mr¿e ríÁ éñf^ 
presaf'iUttAdlírarKNtler l^!titi<tfoii^tte'u%i#íí^g6{toP<>^ qiáétítí^ 



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h*,^^ pa iQPF%zw ^tjMte gmode {Afu «m^nT'^ t^ 
flf^\\S^ aU «Nitores! ¡roe. wárm^ e/^rt;sorpr03d¡fi/mx^9rqimi 

de San Pablol Paes qo; ¡yo, Juan da Borgoña , IlatnMtSilir 
m^y, be jiiDíd^ S^ j5|^Qre$» ilie ImiAo , yí )ie.jalMuiiJkiii«do k 
He^r ,dQ Sateiue» cpnei ||p^ fiido il^mr. i^lm Us^V^fi» á(va«^ 
do ^o^k^cí^d^: boHibnefl coyas (ial)0eii» cae» ei»ie»le/ii)^«6Mp 
grit$Qdo:./t7¿i^ 9m9QfiQi Y w^\pm^ mtimauhú i^msis^ 
ámt síei9or99tMÍ9y^Qri;i))Hi dabeiser>]a:<i^^ 
]iies,y ia.t<Hnareciios, ¿DO^ee verdad?. C9aa<forll¡egiie lü oinas^ 
tra no 4(yairen)oa deaeanser 'Hi verdiygO;, y 4i^ rdicemi» <niM^ 
do veamos caer las cabezas que griten: ¡vim ArmañaatiydM^ 
mualdito : mx «1 €QQd«itablel :iB$e JftOfjQbm > mé; no^vert, ItíKi^ sí 
no lo estoy ya! ^ -.í ,• 

'A v3) dqqtievfpaiy^tóiiU^ partf^ada; bein«Me;>(di(} ¡niddia 
^e^t^ieipiúpiietndp et m^\o debaja de'su$.pié9., f a]fmie|iiiíjte^ 
Ic^oabellpst,/fuéL á rqids mas bien.^me ¿; seoiarso ^n ii^ ;g^a^ 
da3del $moflii.d^l|k reiw- ; . f - • 

,. Isabel» a4MStada,.s^.Ui;^bAeMilP^ti:^ >. [: >• . : 
]£!. dtíqi^e d^ Borgo&a }^ ftair^^ s^o^ái^fi^ít h ^^tst,. 
cuya espesa cabelieyrA se ei;izftb« .|COWQ':i«^ i^^i^^ W 
león. ' " . • ; '..'? • :- ■:'•' ,\ ■. : ^-t 

T-]Eiein£^, l^dijo». vos teoeis )9^;e.uJpa^;de>)0 q^ «itt:p|Mfido. 
No hablo de mi sangre (y pa^^Ja pninq pqr In fir^ntdf/qoe^ 
nm barídft: b^i^, abierto) ,. ina qpMde. íioda^vtb .bftttlutta pomo 
ym p^ra eobar d^ menos la qua he peif^ida-; ,Mt9*>4e lit.dfrr 
Inte, €QP'Ia (Mj^iaengi^rdaffios tes tierras ^i^flifQiadmnii)^ 
d^jRad^i?. Y é todi^ esto , i9w8Q&ffl^ «ont«»iHFrjuMíav taemani. 
q$Hiiira-heninaf)aIJiH4pt|rfts W9 M;4fgA^i)lfa»> l4»^}^^ *. 



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satos somos, seiioresl : j, ;. -,0 . i 

, T<^09 QQoapn^djao que el;d^^e e^tfU^a pn t^u) de-tfiípe- 
l\f^ i^met^to^ de violei)(^ qu« w adfoitQii, cop$cú<^,^f y padji» 
1^ ia^eirrmnpía^ parque c^qoje^í^io qa^recobrarki. el ^fi, quf^ 
al rey y al coadestable tenia, y que vol^is^ & su provecto fa- 
yoi^tf^, telouia.deP^rfe., . 

-^(;ijiando «QeaiQuerdp, cQOtinp^), qiffi pudw^ QStar Qittprf 
en ,$l¡p2^cio.ile,.jSaQ Pablp dQo4^:se l^aal del6a,.y oi^.á lap$)r 
htapioBde. ^arís^ de la,.qvie tresoaai;tas par4<es!cqif^do.xiieaj[^^ 
apf^fpair^d^ria^ míos, ^rM^ir ;f7iV<> JRarjjKüftd/.ciiaado me acuer- 
do de que vos, mi reina, podríais dar verdaderas órxledes A 
toda la Frai^in. y firmar. verdaderiQi3depr«toa;.,qud: vería 
^ 0se Jl(^9alc9a4^tAble .pidlei^^ y.M.q^seriqfrtjja: 

]fik 1 estto ..sof^#r& ,. conlj|í|0, fopié^s^ di^ pié , .sifcet, 
U$^, ¿ jDM^ es. Yordad^ seq^re^.?, ^^ipederá, porque ya (o, 
quiero. ,. 

.-palmaos, duiíue, (iutí lí^ reia^, yoy.4,puidar llwqar un 
ipf^iüco pars^ que os cu^e la tierida.y ú jp^nps qjoa w, pi:^&r^ 
que yo misma..- 

— GraiQias, aeuoia, grapías, respoadid elduque; e3un.ara« 
i^a20, f. ojftláque la (le mi v^^lieple Hectqr de Saveuse m ^ 
defn^goasidei;acion. . . ^ ' 

, — ^¿Hd.sida muy fuerte el golp^? ique liarecibido? : 
. -^¿lió.sé yp acaso? ¿Ij^.i^oido , por veo^ufa» tiempí^ p^iia 
ajpi^ftripc del caballo y preguntarle siestabfL muerto ó ny^'t Ng:. 
le vi caer con una ballesta .^layad^ q^ el f&dtxo capoq. un r(f 
drigon en una viña4 jPQbre Hectf^rl (Es la sangre de JfLcque- 
ville.qpe cae ^obre éll |Me^.¥¡ire Ji^ací de Y^mz^ aadi^d.c^il cui- 



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también en el castigo el diadeun combate. • ' *' 

'"^€r¿ciáíé*í feoi§áíorríRj6' Jban de^Vaak'/pem'stákf^ce- 
dé", flií íiHifno siispifó síb14' dííigido'á mi noble artíA^'H'^tkpit 
íháh def'Borgoíía y -liif AltSmo'ifértsatoiénto á hri hoblc áelíóra: 
la- reina feábief'de Babífera. ' : ; " ' ' " < ' 
. — Sí, sí, dijo sonriéndose Juan Sin-miedo, '(^néí'poéo ft pb- 
co se'ibát frabíjiííffzándo; sé que éi*es valiente , y qné y^tiatnio 
négrté tif úliimo mome¿to , si ÍMós no quiere recibir tti álftia; 
ért¥'(5apa^ de'di'spiifársela' á1 mismo dértibñib y ie qiíédart* 
con éttá; á {kisar deí'dá^éüílíb'qué «obre élUledan tusiAuéltós^ 
itecaflíftósr ■ '• '-- ^'*- . '■^' kJ • : .■;.,.^^. n^■ 

■' '^^Méf'krpefbrétó m^r (Jue pfuétíávítíonsefio^^^^ 

■ *^^Bieb; í>éro sHa reina 'rió ÍÉt6ne*álgo €(üé maiídtaiios T^f 

dé opinión que vayaihós'fi'descáhsaí*, pa^ máfiána "qnízás no 

podremos! Esi preciso é/fipézar lá güent , yDiós sábe>cttáSfl(W 

se acabará. * '• 

''■ La réiná'ik léfehtél, índféia'ñdó fcofl ntó ieha ^üe ííjpfoba- 

fe^hpróposWton del'düqaé (JeBoí^oflá; y salió de- la 'sala 

apoyada en el braze que le ofreció siró de Gra-vilte. ' ' 

*" ' El duque dé'B(^rgoflá,* '(¡ué s'd habla olvirfádb ya de lo que 

sfáibaba dé pasar, 'cómo ísiíiúbTerááído íín"¿uenó,1tós¿gtih, 

riendo con Juan de Vaux y manifestándose enteratbéiftó'íri- 

sensible al dolor de 'la bSrida ^iie abm'sóbiíé sú frente láñs en- 

dartiaáo^ y sangrientos labios, ''rietrfe ifle él ibarfchab'atí'^CBa- 

tián'x, dfe l'Ari y dó' Bar ,' f detrás *(íé "todos Giac'é Ile-iidam;' 

quiénes se 'encontraron én lá'púerta. ' ' *' ' ' '*'* ^ '' 

" -^¿Y' vuestro jüi'átoéntoT ailo GiácHónd^^ *'"' '' " ^*'** 

••'u^to^ciinípltré^iiá^ontfió'tib-^^ enipézañdo'ésta iibcííeV 



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Salieron. : 

Algunos ininutx)a de^^s^ (aquella sala, llena un memento 
antes de ruidos confusos y de balitantes luoes, se oQnvirlió ea 
el dormitorio del ^leacio y de la oscuridad. < 

Si hemos logrado dar & nuestpos leotoi^ una idea etcaota 
del caráeler de Isabel, ooni>c^iiltóttin«nto qm la noticia 4pm 
Juan de Borgoña le había anunciado, y que destruía todas.sQB 
esperanzas, te cansó «ín efecto enteramente contrario al que 
produjo en el duque; de la sangre fría del combate, haUápa» 
sado este último á la loólera de 4a reflexi^, que se babia des- 
vanecido tan pronto como pudo evaporarse en palabras. -Isa- 
bel, por el 6onifai^k), tiabiaeseóchado la relación con \á «al- 
ma calculada de un abna^ren(X)ro6a') pero p<rittioa;;9rabiel y 
mas biel que caía todavía sobre su corazón lleno ya de bpel , y 
en el que se aglomeraban tantas pasiones ed silenoio, bbttltas 
á todos los ojos, i^ara salir dé ona, ve^, como, salen del cráter 
de un volcan el dia de la erupción, con sus propias entrañas, 
todos Jos cuerpos estraños que, en sus Intervalos de descanso, 
arrojó en él lá mano de^ küs hombres . 

Cuando entró en su habitación estaba pálida , t^ia agarj^ 
i*ótadoslo9bfezós y apretador los* dienMs. Demasiado agitada 
para sentarse, demasiado trémula para seguir de pié , agarté 
con una convulsión nerviosa una columna de su cain¿,-dejó 
caer lá cabeaA sobre A btú%6 qiw ^la sostenía , y iOprimiflo y 
atrasado el pechó Mmó & estrhHiL: ' < 

Trascurrieron algunos segundos sift qué obtuvie^ tontfííh 
tacioñ y sin ^ el tnenol* f uido ett Ib é&ínalrft'vitcínft affuhcia- 
n que hálrtasHo^tóda.' ' ■ ■ ' . ' - ' <^ 

-r^lCáriotelrepilié, daadídé 4 su/fbiiinaespresion sorda *é 

22 

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inarticulada, de modoquo esta palabra parecía I8a9;bi6ii un 
giúto.deacnor ó doxibia doruaa fiefja ^ qMO.i^oa palabra pro- 
namáada p^r una boca btsmiiea. 

Casi al mismo tiempo apaceeió ea \^ puertft^ temerosa y 

temUamio, la ji^venqu^Uamaba-; babia díatiogmido en aquel 

•0^n|o la oálera de que f^\a3^ poseída siijaonqra, y la amena*- 

«M[]ae eooarriiba* . 

^-^¿CujtataiS:. veoes os tengo que Ua««ir? d^o l^ reina; ifko 

<Qé^ba(b6ÍS Otóo? , :: 

•«— P6rdonady:senora, e$tabaam,.« con;.. 
^ .4-¿Con quién? . : . 

.«-^Coa un .joven qi^e coi»>oeisvque>eín otra ooasioi^ babei3 
laato.,. yporqinoaoshabeidintei^ado* . 

— ^Ooíéa es?, ¿quién es? 
• -^PerrinetLeclerc. . . 

: t^iLaeler&i dijo la reina: ¿4e d^de vi^n^? 
•: -rrJíBjParié, . ' .-■•.,.:■ 

. •^•?tQttii5ro veiite* • , . . 

— El también queria vecoa», ae&ora ^ y. df^se^ba haJ)iaros; 
pero yo no me atrevía.*. : t, 

. -^Oue entre, te digo^ ¡Al instwtiai> ,al inst^ot^l ¿i[tóa4o 

. r- Allí, dijo la jóv«o* 

.Y, levantando la tapio^ri^') limó; il^errinet L^ercl 
Este se precipitó en la cjus^a real; Ipi reini^ y él $e en- 
.«ontrari^B frente á Ireinte. . 

£ra la seguQda vez que iba á if^l^ áfi.lgí^ i, igjual k la 
orguUosa reina de Francia; y tanto ei^;e;H^;Ppa$^,|)O0)p 19a 
ía». anterior, á^ I»s^ de.M j4ifqi*e«DÍade,SM8^,opiiiilíG¡^(i6, los 



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i^Attt i^E BAbrÉnA . 2^ 

mismos sentimientos los habian reunido desde las doí extre- 
midades de la escala social, con la diferericia qufe la primera 
¥ez.ftié«iwmiry'la^egt»ida1a vengania. • ~~ 

" -t^lPeiriheU djjd la» i^nu. »• 

-**^|S6teral r6sp<3n4)ó esto mirándola de Hitó en lltto ^y^iH 
qim la mimia de^si^^obératMi hidem ba]ar (a efny»: - 

-í-*ÍÍD <ci he vuelto i ^efy añadid Isíibe*. • " • 

' —¿Y para qué tíos haWarfioe dé verf Vos mé'd^tttwi^que 
si le trasladaban vivo á otra cárcel, le eiguiese hdstala pxwtiA) 
que si colocaban su cuerpo en nna* tumba , le acompaflase 
basta ella, y que muertiü 6 vivo, Viniese á decirosrV^í/á alUI 
Heíaa, han previsto que podíais salvar a) preéo 6 desenterrar 
al cadávfer, f le han arrojado vivo y míjtiládo en el' Sena. ' 

—¿Y i^r qné no le has salvado ni vendado? 

»— Yo estaba solo y ellos eran seis; dos ioinrieron. Hice enah- 
io pndej ahora venijo á' b^ceí mas. 

— Sepamos, dijo la reina. 

— ¡Ahí Odiáis al condestable, ¿no es^efdad, sefiorarfO^i- 
siérais apoderaros 4ePai^is... y al hcímbn^ que os proíñetiese 
á la vei efttrdgaros P^rls y lüen^aros del condestable , le con- 
cederíais una gracia L.. •' 
La reina $esom*i6 con una espresión que solo á ella per« 
io^eia. 

-^lOhl jcuanto iw pidiera!... iTodo, la tóltád de inls d!ás, 
la mitad de mi sangre! Pero, ¿dónde está? 

-^¿Qúíitír . 

-i-t-fEfe hotrfiret... 

— Soy yo, reiWfc.' 

— l^^Httt dijo Isabel ^dmii^«da. 



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340 i$\wu. PE BAVfienA. 

~Sl, yo. 

«^¿y cómo 6S 680? 

— Soy hijo del regidQr Leclerq : mi. padre guank por la 
noche las llaves de la ciudad debajo de las almohadas d^ laca- 
ma; puexjo jr á^n casa» abrazarle» sentarme asa mesa,. oeul- 
tarme en la oasa.^n y^ de salir da olla, y. por la noctie ixitnh* 
ducirme en su alcoba^ ro|)ar:las.llav^ y abrir lad paetfa». 

Cariota dio. UA lig^fo grito: Perr ijiet fiogió oDO oírle y la 
rciioa no rasparé en ello* . 
r ^-rrSiy es cierto» dijo Isabel refloxiooando. 
v-r-Y lo haré como lo digo, replicó Lederc. / , 

. — ^Pero, á\io tímidamente Carlota, ¿y ai en el momeataqoe 
os apoderásei;? de las llaves despertase vuestro padre? 

Al oir semejantes palabras se erizaron loaeal^Uo$rdeLe- 
cler(?> y el sudor corrió por su frente; aa> mout^into después 
llevó la mano á su puoaU le desenvainó y dijo.. con reso* 
lucion: í ., 

. ,-— Se dorroSria etra ve?, 
,. . £¡?jplota jdió un grito, y cayó en ijín siMpn. 
. r~S|, 4Ü9 Le^l^rc, sin Aotar que su eitadaí estaba caai des^ 
mayada, sí, puedo ser traidor, parricida; pero me vengasré. 
^ -r-¿Qué te ban, beobo? dijo Isabel acercándose ¿ él, ioibán- 
dole la mano y mirándole con la sonrisa de una mujer niae 
comprende la venganza,, por mas atroz q«e aea, y por mas 
que cueste. 

— ¿Qué os importa, reina? Es mí secreto. CuasrtQ.necjdsitais 
saber es, que cumpliré mí promesa, si cumplte la vuefitca. 

— \caba, ¿qué quieres? ¿Amas á Carlota? . ' • 
Perrinet meneó la cabtfza con nna aotrisu amarga; 



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—¿Necesitas, oro? Te le daré. 

—No, dijo Perrinet. 

*— ¿Bxígies hdaores? Si nos afXKleramos de Parfs, te doy el 
mando de la ciudad y te nombro oo&(¡te. 

— ^Nada de eso, murmuró Leclerc. ' 

—Pues di lo qué quieres* 

•^^Stols regente dé Francia? 

—SI. 

— ^¿Teneis derecho de vida y de muerte? ' "^ 

— ¿Habéis mandado abrir un seHo real qtw cófrflera vues- 
tro poder al que sea portador de un pergamino sellado 
con él? . -' ' 

-¿Y qué? ', ' 

-*-rY quét'riecésilo eie «ello aí pi4 áó ün pef^atólno, y que 
e^ fergSLifáttú me dé una vida; una tlda de la ()ué pueda 
díeponéP'i&mi antojo, sin que anadie ^bá efaf cuenta, y qué 
teAgft' dereebo de dispntárséift b^^ta al nii^o Vefdúgo¿ 
La reina pfelWeCíd. 

— ¿No será ni la del delfln Carlos ni la del rey? ' '*• '; 

—No. i ' . /. ' .^ ' '..•.«•• '■[ 

— ¿Un pergamino y mi real sello? dfjo vivatténte Ik reina. 
Leclerc tomó uñoy ofi^o de encima de una mesa y se los 
presentó. La reina escribid. • 

. ciNoSy fenbel de Babi^a^ por ja grada de fivOB, rei^inte 
de Francia; estafado encarda del gobienm'yadmiUstraeioa' 
del reino, oedeoios' A Pisrriliet Leclere, Téofdédof de'hiéii(^a 
Petk-PoAt, nueslro deiieíeto dér^da y d» mufií^te^n.... ^ 

—¿El nombre? ■■ ' <. ■ ' • " - '•■ í*" ■ »-'• 

Digitizedl)y Google 



— En el conde de Armañac, «Qqdestó()le4erneiMi(>drFrAa- 
cía y gobernador de la ciudad de Parí3* = :. ' . 

-^lA.«l,l$U<> Mb^l soitaujo k.tplafna,. ¿os paríi matarle' 
para lo que me pides ^ líida? . . . . . ., .- 

— Y le dirás, á la hora de* su mu«i?te, qae «je apodíM'o de 
su París, su capital, en cambio cÍ0Ía^jBpasi(meift 4bI fimafite^que 
me arrebató. ¿Se lo dirás? 
—No admito cooÓMMoaes* / :, j. - . j - 

— Ni yo doy el sello, dijo la reina retirando el pef^Múao. 
. -^Sq lo ^^, 4^ft<5iwid. : : . ; *i 

:.— ¿JL.QJwa?por tu alii^ 
— Lo juro por mí alma. 

La reina recogió la pluma y siguió escribiendo. '- 
. ; .ttPedepiíiRá Ber^inet Iiecli$ro.,.v«oded(y 4^ «n-fie^ 

t^-Iíi>nt>. nuestro derecho 4e yiday (Ja.mqerte ea tí^ ewífi *>$ 
Anna^c» c^adestabi^ M T^in^. d«i.^Fr&iiaia,y gobemodor 40 
la ciadadndfi ?a,ris; repunpi$i^ piara, wiapfetd boda fécdaqaa«'. 
ciondél derecho que tenemos en la persotoa y vida ¡dt idlcho 
condestabloi;» i > ;.?' ? ' ; . . ^ - 

Firmó y aplicó el sello al lado de la firma. 
,,TrToiDDa,diJQ presentándote ol pergamino* 
•^Gracias^ .cfintesfió Leelerc teoibiéndoleí ! 

—Es una trama infernal, escIamdrlQairiota> 
V /Xa.jóY0ft4ladcay p^fapaiieciaua44g6l al Qué ^ ofUiga 
& asistir al pacto qaeodebrao dos deviftiiioa. 
i <^-i^ithoraí anadió Leclerc, nacesitoooibombrai^veltocM 
quien pueda amoñrtmm y eateiidertisie^ noMe-^ plebayo; poc6 
me importa^ con tal que tenga poder y voluMad» . ' ' >. 



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Uti«Mli^»E SAÜiBIIA; 345 

— Llama un criado, Carleta. ' . / • 

Carlota tíamó, y*9e presérfK^ att criado. 

-rDecid al señor Villiers de He- ALdam que !e tfgroatHk) al 
momento y fWOiflpaífíadlfe'haMa á^í. 

El criado salió después de haber saludado. 
' Ile-Adám, íel á^u ¡úVkméiiVoi, ae hatriaechatáo m*'6t sue- 
lo 6fiFTijeító en'srf cápá-^e» gnepraj y ^comoesliiba tesliüov ooÉl 
5olü levantarse pudo presentarse á la reina. ' ' ' ^ ^ 

Cinco minutos después se encontraba en sti presencia. 

Isabel le íaÍM*aVeá6tíerttro, j "m ^contesta** • á stt'ijesipe- 

tuoso saludo: - ' »• ..! i . ;. 

— Si re de VíllieW,' dijo, este joven me entrega las'Háves^de 
la tífidád; • neoesitó nb caballero resuelto y • valiente - á ^ién 
confiarlas, y me acordé de vos. 

He^Adam se eslremecié; IflflatDárorftéle los ojos, f -rol- 
Viéndose báclá* Lecle^''le' Atórgó- la maAtí para estrechar Üf 
suya; pero la retiró InégO'itue-^ofioció'por gu traje la baja e#A 
tracción á iqué pertfenectó, ysueara ^écolA-ó ía espfcsión 
de altivez habitual que le habiá abandonado por uú m(M 
mentó. . 

Ninguno de su:S fnovimfentos se escapó A Pferrinétjlque 
permaneció inmóvil con los brazos cruzados miMtras -que 
Üe-Adam le afargó la 'mano, y lo vtñsmo cuaiujto la re- 
tiró. 

— Guardad vuestra máÉo 'pafa herir «I enemigo; BÍre de 
n^-Adam, Íb drjo sonr^iMiosé, Mhqm tengo der^eoho á to- 
carla, porque ío ifjtswo'^ej'ires vendo& mi rey y á mi pátrnu 
Guardad vuestra mano, señor de^Villierls, «toque seamos Iftru 
mands de traioion. ^i'* i' • . . 



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344 vmm* w aABieiiA^ 

— ^Jóven, esclamó Ile-Adain.«;, 

-—Bien, hablemos d^ otra co^. ¿Me respondáis de qiHmen- 
tas laüzi^? 

— Tengo mil soldados ^ea la eiüdad d6 Poatoíae^ de la qoe 
soy gobernador. 

r^hsí mitad de esa Ir opa es snflcifQte, coa tal q«e sea va- 
Kente. La iatrodttoiré gm vos eo la cóidfMl» y f¡Q^ esto habré 
llenado mi m¡sií)n. . . • . . 

-^e ea<^rgo de io dei^ásv 

.--«^oes bien Iduo perdamos laofPCQto^.ioarQtmmo.^, y en el 
eamino os instruiré de mis proyectos. 
V.— ^Valor> aeaor de Ile-Adam! dijo.l3^l)eL ... 

Ue^Adaip dai)16 una rodüiUi i)^ ia^q^a^o que lajeioa le 
alargaba y salió. r,' .' ' . ; - - , 

-ir-Atcor4aos de vuestm iwromesa; Perri^i^t Que sepa »tes 
él m^rir qoe y^^ au^míortal eaepaiga, soy la qiie )e; arrebata 
Sk*í9 eo jpuíiibio d^ la vida de mi amante; 
...r-tlO' sabrá, i-espoiodióLeQlerjo gqai:44n4qse eíj el pepho el 
pefflfamino yabrochíndo^laronillai. , . 0, • 

— Adiós, Leclerc, dijo á media voz Carlota. 
PerQ:el jdvejí noja oyó^ y fflya.pofiieM«f},a S€}.p^wp¡t4 fu©- 
mdela habíta^cm. 
•(«-'-Guielos eliojik^mo ^n ts^Lq^eite^a Inij^ éjxito sii.'em'^ 
presa, dijo la reina. 

/ --^ios los proteja, HMimiftfATCJwflírtA- • / ; 

Lot.dos jóvenes bajei^ofi ií la-e^iMl^ri^^Ae-^dam eecon 
^\(IB des mej(N>es.^ballo9> ca4ar€WALe^lilÓ!el'aayo,je^ 
la M*ida y montó #11 él» 
— ¿Dónde encontraremos otros cuando estos ^ienten?dijo 



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ISABEL DE BABIERA. 345 

LecIerCy porque segna el paso qae vamos á llevar, solo podrán 
resistir la tercera parte del camino. 

— ^Me daré á conocer á las postas borgoñonas que encon- 
tremos, y me proporcionarán todos los que necesite. 

— jBien! 
Clavaron las espuelas en los ijares de suscaballos , aban- 
donaron las bridas y partieron (M)mo el viento. 

El que al resplandor de las obispas qqe hacian saltar en 
su carrera, loa hubiese visto en la oscuridad de aquella n^a 
noche deslizarse lado por lado caballos y ginetes devorando 
el espacio y crines y oabellos azotando el aire, habria conta- 
do por espacio de luengos a&os que había asistido al viaje de 
.un nuevo Faust ó de otro Mephistopheles, que montados en 
fantásticos corceles, iban á alguna reunión infernal. 




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M*l tí f 



CAPITULO XX, 



M««lie die s«B|^re. 



lio podia haber e^ogidaPerriQdt Leolero )n€^or oc&sien para 
poner en ejecuoioa el piroyecíto que había <»»eebklo de eatre- 
gar á París: la exasperación de los habitantes babia Hegadm 
á sn oolmo, y todos acosaban al oandestabto , quo eada^ dia 
era raa» rígido y cruel con ellos ^ de desgracias qtie eran hí¿ 
jas de las circimstandas^ Sns honbres de armas iatropellabaD 
altes oUHtadanós, sin que él les bidese justicia ide acpoeUos 
malos tratamientos; desde qm%\ general qe fió óbligaáo & lei^ 



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348 IS^ABEL l)E BABIÜÍIA. 

vantar el sitio de Sen)is» stf Jaríais ^bió 46 paato con motivo 
de la derrota. Nadiie^ podía safír de la ciudad; y si ai^oe lo 
' verífloaba por casualidad ,, & pesar de las tkdeaes dadas, {^a 
contar con ser robado y maUratado si era desoot:¿Qi<o por los 
soldados; sí iba después & qaejarse a1 con||^stable ó al pre- 
boste, le contestaban: Bien beého éslá; ¿qué ibais á hacer 
allí? ó bien: No os quejaríais así si fuesen vuestros amigos los 
bbrgoñonés, y otras cosas por este tenor. 

£1 Biarío de París cuenta que hasta los mismos emplea- 
dos de la casa real se lamentaban de aquellas vejaciones. Unos 
cuantos salieron á buscar arbustos al bosque de Bolo&a para 
celebrar el 1.** de mayo, y habiendo sido apercibidos por los 
hombres de armas que guardaban Ville-le-Evéque, y que es- 
taban al servicio del condestable, mataron uno de ellos é hi- 
rieron á otros muchos. 

Pero no era áíolamente esto: como habia necesidad abso- 
luta de dinero, resolviS él condestat)íé procurárs9le por todos 
los medios posibles. Mandó echar mano de las alhajas de las 
iglesias y hasta de los vasos sagrados de Saint-lHjnis. Los 
campos, devastados, no producían ninguna clase de víveres. 
Obligaban á trabajar á los pobres jornaleros en las fortiflca- 
eíoaes; y máquinas de guei^ay no tes pagaban lapaieáii^obis 
y^faUQándolos además canallas, «m teman lamprudencia de 
TCblamar su jornal. ^ ' -' > » ! : 

Estas tropelías, /que traiaii. todas 8tt origen del oondede 
Armañae, motivabaa:OQprítk)s y.reaoioííes |)or las calie»-dar 
lante lai noche. GircuIaba&.eii.efltosklQs rfnnorea mas absahlos 
y.cílwii acogidos c»n;grUo6'de odio .y veogaiiea; de v^^en^caiiii"» 
do a|)a#ecJüL álguoa partida de hm^ésde cinMsi: fsort.el: osli^ 



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•ISA^I, pe BABUCHi^ 349 

T^ (j^ ia calle (mfmdo toda su aachura y deshacía aqveUos 
grupos arrojándose h^pia ellos 4 galope coa espada ea maao 
y matando y haciendo pedazos á cuaatoa se les ponían por de* 
1^^ pl9jtp W. ob>sLante, volvían 4 aparecer en otra paola los 
grupos que las gentes del condestable habían diseminado, 

; H^ia^U oración deja tarde del 28 den^ayo de 14)8» un 
inmenso gentío ocupaba tapla2;a de la Sprbo/ioe* Yeiapse atli 
^QCe^ladp^ y cpnr^ndidos estudianles armadoa. de palo;^, car- 
qiq^rps con el cuqbillQ al lado, . trapeadores pon lo$ insUti* 
SQ/entos que les serviaiji ea sa;f)^pfesÍQn^, X^u^ ^ol <^&sp Qoce- 
fUtrip y 9n.^anps de hombres t^a exiisperados, podíftn mirar- 
^ c9Q)o armas mortíferas., También lasficiujeres desempeñaban 
aill ujd papel-i9ip^u*taate y qj^ no estaba exento de peligros; 
porque los ho^ibres, da carocas df^oairgabijín indistintamente 
sobre hombres, mujeres, níAos y viejos» ora se defeodiou^ ó 
no, era viniesen como enemigos ó como curiosos, y asenta* 
1^aa46este modo los principioa de un artex»iyas tradiciones 
bfin sabUo ^co^trar perfectamente Jos. gobiernos actuales. 

— Sabéis, maese Lambert, decia una vieja, procurando 
so$t<Hi»r89.^obr&una píerAa qne. toQia duus jar^a que la ub^, 
pf^a akanatar al codoi del hombre 4 quien se dirigía, ¿sabéis 
por qué Jt2ii|9. sacado á viva fuerza eil tiendo, de l^s tiffidj^s de 
tf9de# l4^mefCAder96?.I^!0id: ¿Ip.sabe^^ . -- . . 

— Me figuro, ipadre Jiuana, contestó el hombre» que . ^a 
I», estañero muy qonocido por no haber dejaiito efsoapar jara- 
na sin ballafse en. ella» quedará, p^ira-icoastruir. tieodaii y pa- 
Mlpnea^para €^ ejépáto, eoma diae elmal^ <^nde6t9ble. 
;^ r-4^«ie9 justam^xite os eog?^&aiif> m pi^ra jo^eter en saoqe 4 
itodhd las mqíerc^ y arr^^jarias. al.Fío. .. ' : . 



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85Ó K^AREL'DE BABIlEía. ' 

— ¡Bah! dijo Lanabfert, mocho ineftos indfignado qiie sti %• 
terloculora de aquella medida arbitraria; ¡de veras! ' 

— Lo mismío cjue lo ois. 

— Vaya, vaya, si no fuera mas que eso, esdamó otro tooto- 
bre que estaba allí al lado . 

•--|Caíla! ¿pues qué mas? ¿os parece poéo, máese BotirdÍT 
chon? repuso nuestra buena madre Juana. 

— No es á las mujeres á quien temen los armaSaes, 9iao 
A las reuniones de hombres; por lo cual, todo el que tohñe 
parte de tales asociaciones, puedo estar seguró de que ser£ 
degollado si le pillan. Pero los que de antemano hiá)ieséá 
prestado juramento de vender^ antes París á los ingleses que 
entregárselo á los borgoñoneá, quedarán sanéis y safios. 

— ¿Y en qué los conoóérén? interrumpió precipitadamente 
el estafiéro, como quien dá á aquella noticia una grain im- 
portancia. 

— ^En una medalla de plomo que tiene grabada enúü 
lado la cruz encarnada y en el otro el leo^iardo de Ingla- 
terra. 

—Yo, dijo nn esttidSanle subiéndose á un guardacantón, 
be vi^o un estandarte con las armas del rey Enrique Y éá 
bglaten*^; ha sido bordado en el colero dé Navarra, y esti 
formado todo él de armañacs: los maestros son los que i93tftn 
encargados de ptantarle en las puertas de la ciudad. * 

— iPues á éHos! (& saquear el t»legiol fritaron varías v#* 
oé», que fetizmiente de tonMndiérctti^'UQas con otras. 

—A mí, dijo un jomalem, me han heblto Irah^af vtBinti- 
cinco dias en una gráu máq«toa de guerra, queelldB'ilaman 
aretie; y cuando he ido á pedir d dinere que se me debia ifl 



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preboste» tm ba ooatestado: Yülanov ^ffun tíoKS na soetdb ¡mm 
oonprar (jcurdel con Kjue ahorcarte? . . 

> ^Mueral (Muera ei preboste y el condestable! |VvraD Ibk 
lim*gD&uAesl 

1 £stos. gritos ballaroa mas ^oo qoe los aoteriores, y oo 
bobo i^dóa <|ue ap los rqpitieaaal ioátanie.* 

Yiérooee briUlurprefiisaiQeateea aqnet momenie y ea él 
eetreoBo de ia caie b& kuuas de uoa ooaopa&ia ÜraB^a, com- 
pueMadegem^Yesesi^^poese babiaii «Matado al 'aervioio 4ot 
eoadestablei. 

Eotottees dio prificipio.uaa eaetioa de que ya hemos habla*¿ 
do, y que bo neeosilamos desoríbir» porque estomos ¿egtffos 
que no hay uno qoe no tenga ideaxsabal de todas las' de su 
especie. Hombres^ dujeres y niaa<i ecbaffoa á correr dando 
horribles gritos. La irOpa ae deeptegó en lodo lo anobo ^ la 
oalle; y 4 la inanera que et hetracaa lleva por delante ks ho* 
jas en el otoño, fué llev.áiido9B deiiiíle de sí aqu<¿'tort>elUiii) 
de.oriaturaahfiiDaBaa, birieadO' á las oms eoii la punta de 
tes taaoas^ estfepeahdo á las qtrass eatre tos pies de los c^tk*' 
lies» limpiando cada reeodo y desocupando cada puerta, oon 
i^quel encarnizafiQwnto é inhumaiiidad que tan bien eabe em- 
l^r la gente de goerra eua^do se trata de habérselas con 
paisanos. 

Al punto que apareció la tropa, todo el ibittdo, oomo 
Uevasws <Uobp, echó á correr, 4 esciipeien de «a joven cu- 
bierto do polvo, que hacia algunos minutos tan solo se había 
4BetMo Birtpe fk> g/Mrtió: eonleiitdse caá voiter ti ooerpó tím, 
Ja puerta cantra la, qua estala aqpeyaflo, y eocqaidó la {yunta 
de su puñal entre el postttlo de la euraéora y la faredi te 



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999 SJÜNOi H: KÜUBftA» 



> olmr CMMVBs pdaaoa; oedíó eatoaoes la piiarta, iatro- 
d^jijoseea ri>ortal, y volvió á cerrarla apenas eBU]vo4eiMra. 
AUi agwnlo & qae oesaraa tas corridas; y iéuaiido él raido 
ii» los ethallós, que se alejaba [toco á poco, le hubo dado ft 
Mlmdmr que habia fiasa^ •el peUgro, abrió de Jiaevo la puer- 
la> sacó la cabeza hánia ki ptaza; 7 viendo qoe m) habia en 
•Uanas ser vhrieot64iM algoaos moríboados qoe agoñiza- 
ban, BflipreBdió coa mocha caima la c<dla de Pranciscaaos, 
biíó por etia bástala iKirailade JSaMU^Gemaia, y á^imiéún 
dose delante de una casita contigua á aquella, dio vsetta á 
oa jxsorta que estaba oealto, y le facilitó la, entrada. 

*~lAb! eres tú, Perrinct, dijo un anciano. 
. --*-Si^ podre mió,, vesga á pedinos de eeoar. 
. r— Bienvenido seasy b^o. 

— Pero no es eeo solo. Sabed que bay uha graada asona* 
da^ y quenada por iascaUes de París el popidacha ^Iboro^ 
tado^ ycn£0 también* á dormir aqui. 
.' -^Bi«n Míf cisokiastó el anciano; ya sabes, que siempre 
tíeaíes dispuesto ta eaarto, y que asi eh.la qn^ Qom» en «I 
hog^r^ siempre te ^ reserva un .asieoto* ¿üe has oído qoe» 
j^rme alguna vea de que ^i-eagan may ¿ menodo? 

— No, padre mio^.contestóiel Joven sentándose en una siita 
y apoyando la cabeza en ambas manos. Sé cuánto meaoiai^ 
y cuánto 08 debo. . ■■ > , 

-rComo que no teagn mas .hijo que tú, y jamás n» has 
^do una.pesadambm. i * ' 

--^Padne, ésctamó Berrinet^ levantándeise, záa similontea^ 
annaflo; dadme vuestra peraoso paMi ratirarma) i mi cuarto^ 
porqM 1^ podré aedmpa&aros^á oentu^ :^ ;> 



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-^Anda, pnes, hijo kttto, eres» Ubre y estás ea tu cá^a^^ 
Perrioet abrid uoa puértedta que arrastraba tras si ias 
tres primeras gractás de utia escalera, euya contioiíaciGn ba^ 
bSa sido, praolicada eii^el espesor del moro; y empezó & siibíp 
paso á paso aquella espeeie de escala» siá votrer la oabexa ni 
nnnir á su |i|adre. ' 

-^EstemocbaehoandatftstehaeealgiiRos días, dijo sús-^ 
píraodo el aueiano Leclerc. 

Y se senfd solo á ta mesa, frette a( otro epbieutú que es- 
taba altf puesto para el joven 4 ^ 

~ Duralate algün tiempo oyó por dma de su cabeza el raié» 
de los j^sos de sq hijo; i breve rato quedó todo en mleacio f 
juzgó quese habría dormido: susurró algunas oradones, y eÍH* 
caminándose bAcia su cuarto se metió eu^ la cama, no eia ba*^ 
ber tomado de antemano la precaución, como tenia do €08«« 
tumbre, de colocar debajo de la almohéda las llaves^* ouy» 
oustodia le estaba confiada. 

Pasó una hora poco mai^ ó menos isi» que el menor mar-* 
mallo turbase el silencio qué reinaba en la casa del anciano, 
hasta que se dejó escachar de pronto un ligero reehinamieo*^ 
to en el primer cuarto* abrióse la puerta de que ya hemos 
hablado, y crujieron sucesivamente tos tres escalones de mar* 
dera bajo tos pies de Pérrínet, que bajaba de puntiUas y con- 
teniendo el aliento. Cuando sintió el chasquido que babia dar 
do. la madera, se detuvo un instante para escuchar. Miogad 
rumor le dio 1 eniender qoe habia sido oido.' Entonóos se 
aoeroó mny paao á paso b^la la «stanoia do su padre, lim^ 
pi&ndose la frente con la mano. La poerta^staba enliirnadft; 

por 1q que la empajó cMtiento* 

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864 l$MmV BE BABIiUtA^ 

Axdift sobre la ohimeocsa' la irnteroa qiie servia al ancia* 
BD, :OuaBdo 86 voía obligado Alevantarsf) 4 deshora para abrir 
¿¡.algan paiaaao desoar riado» y su pftlidaJjaz despedía la; ela»* 
Kídaid suficieote para que sí sd.de8|)artabar ol ant^^'O regidor, 
pudiese echar de vef que no estaba, ^crio eA sii cuarto;; i^ro; 
Leclerq no se resolvió á apagarla por miedo de que, si trap(H 
zaba ea la oscuridad coQ algún maejbíle., despertase el mido á. 
su padre; por lo mismo prefirió dejarla eacfendida. 
^ ' TepriUe eapeotáculo era iwr & aqpel j<üvaa^cail los cabellos 
erizados, la frente empapada en audor \y Ja papo, izquierda 
a^yada en el puño de su daga, sosteaitoiiQSQ'Co.a la der^ba 
en la pai%d , deteniéndose á. cada paso para, sentar la: punta 
delpié do modo que no crujiese el. píao,, acercándose lenta y 
sutílmóRte bada aquella caiiaa , de la que qo {apartaba, ni un 
Hüimto la vista , descríHeudo pa(!a Uc^r. bajóla ella ^Uioa linea 
oiroula^eomo ki del tigre» y estremeciendo^ al ruijdo dé lasr 
palpitaciones de su corazón; que alternaban Opa ot resqelip. 
ftbandoiiado del anoiano-ünaeola oprtina descorrida ca^ del 
todo, era Id único que le .ocultaba el rostro de su padre; á\6 
algunos pasos mas » esteadió la mano , la apoyó sobre la cor 
lomna de ia cama» detüvose un iustaute p^ra r^pirar , y enr 
cogiéndose todo i espienaas de k rigidez de ^us c^vas / dosU*- 
zó bajo la almohada su mano. húmeda y trémula , foéaclelaQ^, 
títeidolá línea por Uoea, raprijniendQ la respiraciw, y ^ín sen-i 
tirios dolores. que atoweotaban sus ^miembros &.oonsecuea<« 
oía deaquetla pbsícioil .forEada» parque tofjiia ante si la bonri-^ 
bte Mea de gufi uik mogfimieato, Aia suspiro de parte del padro^ 
había ddlbijo un parríoida. . i , . ^ 

Sintió por último el frío del híerno y. au; dedos cnspadoa 



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UHum HE üabima. SSS 

locaron las llaves ; pasólod tino por uno on el aftfllo qué 
servia para llevarlas unidas, las tiró pooó á poco h&cia sí, las 
recibió €on la otra mano y las apretó con ella de tal modo^ 
qne ftiese imposible d mas ligero rechinamiento. En seguida, 
toipando las mismas precanciones que cuando entró, se dirigi<^ 
bdcía' la salida ; poseedor del tesoro que debía asegui^r sU 
venganza. 

iFIaqneáronie las piernas en la puerta de la oaUe ,. y cayó 
sobra las gracias de la escalera que conducía á lá muralla: 
Haría que estaba allí algunos minutos, cuando el reloj del con* 
Ténto de Pranüisoanos dio las oBce. 

Perrínel se aderezó á la última campanada. El señor de 
De-'A^am y sus quinientos booibres debían estar á alguúos 
pasos tan solo de la muralla. 

Leclerc subi^ á la escalera coriio el relámpago, y cuando 
llegó á loatto oyó un ruido de caballos que se acercaba hacia 
aquel lado: el ruido venia de la ciudad. - ", ~ 

•: -**-fOulérn vnél gritó el centinela. 
-4*-|Ron<}a de noohel contestó la V02 áspera del condestable. ' 

Perrinet se echó boca abajo eoi el suelo y la patrulla pasó 
ádos^toesas de él; relevaron ál ceritinela dejando otro en sa 
Ugar: ia patrulla siguió^delante. 

' Arrastróse^Perriitet cómo una serpiente báciá la mitad dé 
1& linea que el centiaeladésortbia en sh paseo, y cuando esté 
llegó ásu lado se enderezó de repente, y. antes que tuviese 
tiempo de defenderse fli^drfdan nh^soló grito/ le clavó la daga 
basta b empuñadura en La garganta/ El sold^o cayó sin lan- 
zar un solo gemido. ; 
Perrinet oogió qI cadáver, por Itq brw»^ la lievó arras* 



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356 ISAKb; BE HABUftA. 

trundú baata un sitio ea^ueift misma sombra de }a puerta 
aumentaba la oscuridad, y poaiéqdose su casco y agarraiid0 
su propia parte saoa, para que le tomaseo por el ceatioela, se 
acercó al borde de ia muralla; ^ó larga tiempo sus miradasefi 
la Uauura, y. luego que sus ojos se laabttqaron'á la oscuridad; 
qreyi) divisar uaa linea oscura y compacta qqe se acercaba en 
silencio. 

Perrinet arrimó ambas matíos &. la boca é imitó ei canto 
del bubo. Un sonido igual le contestó desde la esplanada: era 
la seña convenida. 

Bajó y abrióla puerta. Un hombre estaba ya echado do 
bruces contra nna de las hojas por la parte de afuera: erasi* 
reIle*Adam, cuya impaciencia le había hecho acereareé antes 
que los otros, 

-^ueno, veo que eres fiel, le ctijo en voz baja. 

— ¿Y vuestra gente? 

— Aquí está. . 

En efecto, la columna, rnaadada por el séSer/de Chevreu*- 
se, sire de Ferry de Mailiy y el conde Lionel de Bounionv4lle» 
apareció m la esquina de la última casa del arrabal de Saint- 
Germain , introdujo su cabeza bajo el rastrillo levantado » y 
como una gran serpiente se deslizó por aquella abertura ealo 
interior de l«t ciudad. Luego que bubo pasado volvió ¿ cerrar 
la puerta Perrinet» subió á la muralla y arrojó lasUavas á los 
fosos llenos.de agua. 

—¿De dónde vienes? le dijo Ile*Adam. 

*«^Yengo de quitaros la pesibittdad de mirar aUrás, fe con^ 
testó él. 
^ •^Aidela:n(ey pues, reposo asteé . 



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iMiiist i)£ bambua. «S57 

' ^^Ahf tenéis vaestro camioO) aiadió Leolerc seftatúndole te 
4»L]le del Pavo-R«»t. 

~¿Ylú? 
' —Yo... me roy por otro, 

¥:se preci^itfrbáda la cáHedeFranciscaQoSyllegóatpueti^ 
i» de Notre-Dame, atratosd el rio , volvió ¿ bajar por la c^lfe 
de Saint-Hoaor^ basta ol paU6i& de Ármafiáo y se escoodi6 
^trá»de la esqaii» de una tapia , donde permaneció imnóvil 
wmo una est&tna de piedra. 

Entre tanto tte-Addm const^íó llegai^ hasta «I río , en ou- 
ya^ireoelon subió báoia el Gfaatelet, y hiego que llegó allf , dt«-. 
"vidíóeu escasa foena en cuatro partidas: la una, mandada por 
d ee&or de Cbevrenáe , se dirigió bacía el pdlacio del delQn, 
que vivia on la c&lle de la Verrerie: la segunda, guiada por 
Fwty de Mailly, bajó por la caúe de Saiot-Honoré para aco- 
meter el palacio de Armaftac y sorprender al condestable, que 
Üe-Adfem habia mandado Ic trajesen vivo, bajo pena de muer- 
te: la tel^cera, á las Órdenes del mismo Ile-Adam , se enea* 
nrfnó bácia el patacid de Sao Pablo , donde estaba el rey : la 
cuarta, que tenia por gefe á. Liouel de Bournonville , perma- 
neció en ia plaza del Cbatelet para peder prestar socorro á 
cualquiera de las otra» tres que le necesitase. Todos gritabaft 
{Virgen de la PazI {viva el reyl ¡viva Borgoña! {que se ¿na t 
nos siga todo el que quiera paz! 

k los gritosr se iban abrieádo las ventanas que correspon- 
dian á las calles por donde pasaban ; dibujábanse en ia som- 
bra rostros espantadbs y medrosósque escudaban el vocingleo, 
y cuando HBOOnooián los colores y la cruz de Borgofia ^ pro^ 
rumpian en los gritos de ¡muerM tus armañacÉl ¡vivan loi 



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iors^iml Pueblo» arte^aao? , 6$bidi8in(es^ bajaibaQ oorriea- 
do armados á, la calle y seguiaa eü trbpQl alguna de las 
bandas, 

Gran imprudencia fué por ciertOi por parta da^ I09 gáfes^od 
las niandabao, armar aqot^l altiOirot0 aale» de liemfio , perqué 
Alé causa de que se loa esgapári^.et prisionero d# mas iraport- 
t&^oia eo4re cuantos pignsaban bacjer^ Tanneg^ry Duehatel eor^ 
TÍO al primer murippIlQó» la cAioara.del deifia , echó al saolo 
cuanto le estorbaba el paso , peneliift eo la este06ia.6Ea qm se 
-había recogido y bailóle recostado sodbre #Í cOdo>ein la*alntoha- 
4a, escuobandoel rumor queUeg^ba l^taalU: entonces sin 
•perder ua minuto, sin coniastar á sua preguíltas , le envolvió 
oon la Gubiei^ta 4e ta cama, ^ le echó sobr esus rebiistos hooh» 
bros, ni mas ni menos qqe pudiera hacer njia nodriaacoa m 
Diño, y le siKM) foera de^alU. Roberto Ma^s^on, ^u oani^iller, Í0 
haJ)ia ^prestado un cido(aUo;>&uhíd jsn^i.rftpi^taa^te, y!diezmí* 
jautos de^es la inespug^able Bastilla abrió, sus puerta pam 
iíUos, y las volvió á cerrar daado asila enligo su« fuertes ma« 
irallas al:úoíc;p beiredero dev^j aBúgua,iXK>narqala tvm-^ 
cíisa, 

Ferry de Jbilly, que 96.encftmi|iai»aialpaiaidQde A^rma*- 
ííac, no f«(é,mns feUz.que el ^enor de Cbevreu^ : el oonde$ta-* 
ble, quecomo ya bemo9 flicbo^ haciasu a^ndiitála oatosa do 
algunos hombres, oyó los gritos; dQ Ic^ bor^noaes, y ea y^ 
de volverse á su casa, desp^^d^ bajp^r visto que era inút/l to-* 
dfiijdefensp., pensó en sa vi^,;JSq. .refiigiit) ea casii de iM^.poh 
bfe alba^il, Iq eonfi^^cWiD}^ j^ra, y le p^iOcetiónaa reconpipea^ 
sa proporpionac^a.^l ^ervicip qií%^xigiít,de 4I: el boÍ9pbrQle«ST 
wídióyJHróguaf4fu\seoíew, , , .. ,/. «^ 



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La partida ^ q«é creía sOFfreóderle se aeerctt al ptlápie de 
Arma^nae, poso gente én todas sus salidas y' empegó á echar 
tiiMJD la puerta prkioipal. £a e\ lastaate tfüe e^ta cedió- álos^ 
' golpes, vió^e salir un bOBdMPe d6 la l[)ared ¿enfrenta v el^tíai 
separó á la gisnte y se preeipit^ d primero/^ ek palacio: Fer« 
r^d^'MailIyihiéal aegiHidoqaeeiitré: ' .' 

: Dfirafite este tiempo » el seftor 4e|le«Ai^m ., mas dieUosb 
que los demás, ^be^ia al palacio de Saa Pad^lo, y despoes:da 
aaa Ineha de pacos iQQ{0e&tos<3cm losgiiardias, penetfó.ea I» 
interior de las cámaras y llegó hasta la del rey. Et pobi^e y aÍR*» 
6ia»o monarca, (jto quie^^mborlaban hasta sus orlados , )qoe 
ya haeia; alguna tí«npo no obedecían sos órdenes, 4)areciik 
que aquella noctae había ^acoaipietamente ol9idadopoir'eiIo8;i 
mamoribunda ampara alumbraba escasamente la estancia; ^ 
unos cuaiitps4izon89, eonsumidoseasi del todo, y que no^bas*^' 
tabauMsi con mucho á templar el frió y la Jmoaedad- de aqueh 
vasíi) salón, ocupaban :tta rínoon del hogar de una gr^n ebi- 
menta gótica; ^sobre un taburete de m^d^a tiritaba on aneii* 
nepoedio desnudo. , » ■ ' * 

A^oel era el 'rey de Francia. • ^ 

r Ile-Aüam se precipité m Ja cátnara,, &iese éereobo á.la¿? 
cama, que encontró vacia, y yoMáado^eádrif^éeB el anda^í 
no monarca, que:uBstába juntatíd^ los> carbones medio apaga* 
dos con SQS manos trémélas y rugosas. i . / ■■ . i:-^ 

Acércese req)crt(io^m)enteial^my,> y lo saludó en nombret 
del' duque de^B^rgooa. 

El i*0y se Yoiysó -sin apartar las manos^q^ie tenia esplendida»'' 
báeia el fuego,. nriróiodiferMementebal que lebablaba, ypre:" 
guntó: < >■' ^ . 



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0j5O j»Ámi DE ni^BUNMí. 

; -^¿Gdioó^M mi priixi0 0l de Beirg^^^ Hice muebo tiempo 
fBÉ no le be Kisto; 

-**>B1 doiiüe, señor, m6.Bav¡a< á vos para ppíiBv u^ lénittÉP 
4 las ealamiáaries 4}ue destruyela vuestro reino* 
El rey se voItíA héom ei fuego si&. responder. 
— Señor, añadid He- A¿dam|4)iie, ti()qike6a aquel jUdmento 
de denteacia el'rey /no inedia ni qneria eompi^ender las razones 
polttioas que iba & áiaaifestarie*^ señor , ri ductue de Borgona 
os SDpUoa.qtie monteb á caballo y salgáis al kkdomio por las 
«alies de la eapitatv 

< Carlos YI se levantó maquinatmenlet seapoytS^en el> brazo 
de Ile^^Adaní y le siguió isin la meaor opoádon, porqt^ aqu^ 
infeliz principe ab conservaba, ya ni mefooria ni razón, fioco le 
importaba 4 éllo^que se mandaba ánomttresuyo, 4á en n^-^. 
nos de quién eatá. Ni menos m aeordulm ya de lo qne^a Ar** 
mañac d \Borgeaoa. . 

Ile^Ádam se encaminó bada eiCltatelet oon.su presa. Es*^ 
taba persuadido que la presencia del monarca entre los. borgn^ 
nones s^ria uaa especie de aprobación real héaa todo lo que 
iba á pasar; dejó su prisionero ea matos de lienel de Beur- 
QGiiYille.y le eiicai^ó que. observase' con él uaaestr^m vigi* 
laBcia y los füayories niiraanetitos; , 

' Satisfecha esta medida peUtíea ^ tomó i gaiopé ta^caUe de 
Saint-^Honoré y bajó basta la puerta del palaoidde árnumae» 
dentro del cualjÉo so joian ^mas quevoces y biasfemks. Lanzó- 
se á la escalera con tal ímpetu,. que tropezó rudáiaenla (Kinua 
hombre que bajaba^ y ambos hubieron de agfirrarse .uno á 
otpo para no venir al suáo. £q este movimieoto se reoonor* 
cieron. 



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KAiieSL DE DAM^HA. 361 

, «^¿IMiide está' él condestable? dijo Xé-ldam. 
' -—Le undo buscaDdoy contestó Perrinet Leelerc. 
- ^^lUaldito sea Perry de MaiHy qaele^ha dejKdo escapar! 

—*Na tiene ét la colj^a : el condestable no * ha vuelto esta 
Boehe. 

Y ambos se precipitaron foéra como dos léeos , tomándb 
eada coat por su lado la primera calle que se les presentó. 

Botre tanto se bada en París por todas paites una carní* . 
eoria horrorosa. No se eian ,mas que los gritos de ¡Mneran, 
mueran los armañacSy á degüello , ó degUetto todost Ban«- 
dadas^^de estudiantes, artesanos y carniceros recorrían laá ca- 
lles, eohando abajo las puertas y <)asas de los que sabían quk 
eran partidarios del condestable, y hdciénito pedazos k los in« 
Mices & fuerza de hachazos y estocadas. Turbas de mujeres y 
BifiúB acababan con puñales y cuchillos á los que respira^ 
ban aun. 

El pueblo nombk*ó preboste de Parfs, al punto que se vio 
Ubre del yugo del condestable, á Taux de Bar en lugar de Dú- 
chate! . El visboo magistrado , viendo á )á gente desenfrenada 
y furiosa, no se atrevió á oponerla resistencia ; y mirando 
aquel horrible desastre, decía á los amotinados: Amigos, ha- 
ced lo que qoerais. Asi fué queá las pocas horas París ofre- 
da el aspecfto de una carhicerla. 
' Hftbíaiisé r'eifbgiudo los armafiaos en el interior de la igle^ 
sia priorato de San-Eloy, pero unos cuantos borgoñones des-^ 
cubrieron el asilo y se lo avisaron á sus compañeros. En vano 
salió hastal||^ puerta para protegerlos sire de "ViRete^abad dé 
San Dionisio, shevestido con sus hábitos sacerdotales y con li 
sagrada forma én la mano¿ Las hadias te&idasde sangre saK 



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302 MBáíta* msmutík. 

picabaa su casttUaV zwibaban ja alrededor de iBO cabeza, 
cuando Ueg6aiil félizineiiieel se&or d^ Chevrei]se»..qoa^JiMco- 
gió bajó su protecQÍQa y le sacó da la» maóos^de lüsiú&iotiiia- 
dos. Su naaroba., íné \^ 'setal de una mortandad espaaloea en 
lo iüterior da la iglesia; no s&oian mas que gritos y lameolots, 
no 86 ve¡a,a m^ qjtfó 1?^ ceat^Uas «qqe (^espedían la$ liacbas y 
espadas; los muertos estaban b^cíiados ¿n la nave;, y. de 
aquM pjootoB de cadáveres caia <le ariiba abajo» coño el 
iQanaiatial de unapontaiía» ua arroyo de eangro que se otMb*" 
poaia de infioiloa r«gueros< 

. Ile-Adam, que pesii^ba por allt. juaitameaia. en aquel mo^ 
menio, oyó I^ vdciGeraciones, ynoetieiido eepueias hizo entrar 
el caballo kyp la portada. 

. — {Bueno! dijo viéQdolQs ciegos en la naetaaza; '|así me gas** 
ta; 630 se.llaina ser bueDtp^.cai^niGerodl Chicos, ¿iio:babei8¥Íftr 
to al condestable? 

^— ¡No, no] (^ppt^taroa veinte voces á la ves. iNal>.|imiera 
el.ooodestabl6l jomer^ los armañacsl 

Ysiguiúreldegü^lo. . 

Ue-Adam, volvió gr^pa y biese á bascar 4 su enemigo k 
otra parte. 

.£q la torre de palaciopasaba un^ esi&ena del núsmp g^ner 
ro. Habíanse refugiado en ellaM^ti^na centen«|ir dcbopibrea 
y se defendian .como desesperados. EoLmpdio de ^los .e^tiiban, 
c^ael cruciQjo^Ja oic^no ,. lp& (obispos ele Go9taace;^>.de.fipr 
y,eux, do Seniis y de Zainles: el 43alU) np duró.nuKS que ü a insr 
t^te. Los borgónpaea escajaron la tprrf,. á pesaifde4&llnvia 
^e piedras quec^ia sobre ellos, y liiegp.qoe fueron d^9PS 4el 
pi^acio, {lasaron.A cuchillo 4.cuan¡to£\ en. él esl^b^^appaerr.^^*. 



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JBkmL DB. HAWUIá. . .305 

. Ua botnbre mas p ilUq , ma» de6al6Dtado y um Oabierla 
4la^«idor qae todos los demte, se procipitóen medio, dalos 
combatientes en lo mas sangriento de aqnel iraace. 
*■ <^El'iM)Adesláble^pregnQtx^rjest&aqoi el condesil 
— No, contestaron en tropel los borge&ones^. 
V— ^)éiide tsláf ' 

— ^No se sabe, compadre Lédera : al capitán Ile*Adam>ba 
dado por orden qne el quedescubra dónde eatá. esepndida, ten- 
^Irá por ptlmÉa ¿oil escudos de oro« 

Perrínet no escuchó mas; 9ÜH& & una de Us^ erícelas arrír* 
miidas á^la pared , desMsóse por eU^ y 3e «encontró, en la 
calle. . . ! 

En el claustro de Saint-IioBoré fué sorprendida una par* 
tidá de baitestéros'ge&oveses; babtaose refiflido bajo promesa 
liisqaa.sus vidas flerkn ree^ta^, y no ot>stante, los pa^aroa 
i cuchillo después -que los vieron, desarmados: los infelices eran 
degollados, á pesar de que pedían perdón de rodillas ; parecia 
qoe sne eoeeaigos sedi^putaban por oqái le^dascar^aríamas 
golpes. Empero dos hombres que llevaban una tea en. la vx^f 
üOy ^e ooiUmtabao con «rra^earkis kn easeps y examiqíirlos 
noopCdr unoi, G09 'la prolija miapcíosidad. de boiabces sedieoti^s 
de venganza, dejando á los que venían detrás el trabada 
matarlos. fineoiktpárQiUO lQp.do9..frente 4 frente en medio del 
tsiopei, ys6FtíeQao0íero&. ... / 
H^¿Y eloQObdestaUef.dtío iterAifm. 
— ^Le ando bascando, contestó Perrínet. 
^ ^Séñtt Lectoi^l gitió al núsmo.tíempo iina.voz^ 
«^Pefrinet vjulvjkila cabfaa,' y ¿K)m)ció al que leydirigia Ia| 



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364 mAMEL PK BAlHCItíU 

— {Hola, Thieberti le eontostó; ifíoé. im quieres? 

•-*Pedei» d6oinD9 dtaide oucoátraré al capitán. Ue-AdaiÉ? 

—To soy I contestó estfi. 

EmoiM^as se acercó á él un hooibre vesítidü eon 1lIka4^H 
Ua toda maadiadadeyesD y cal. ' 

— ^¿Es verdaci/ le dijo^ que habéis prometido mil oseados de 
oro al que os ea treguo al eondestábíe? 

—^Sf, repuso Ilé-Adam. 

— ^Pues venid d aprontármelos, continuó el aNraiñiLy f osdi^. 
ré el sitio donde está esceodido. 

'^Apara en el tandil, dijo ne-Adtuai'; y le tiré tartos pa* 
nados de monedas de oro. Ahora dime dónde está.. 

—En mi casa; venid conmigo. 
Ai propio tiempo oyeron «na carcajada detrás de ellos: 
ile-Adam se volvió para buscar á Peninet Leolere ; ya baMa 
desaparecido. 

— ^Vamos pronto, dijo el capitán ; sigúeme* , 

^^Poco á poco, repuso Thiebert. Tenedme esa tea en tantp 
<fúíB cuento. 

Ile-Adam, trémulo de ira ó impaciencia, lüumbró al ai«» 
baBil, que oontó uno por uno hasta el Mtimo escudo; fattaban 
como unos dñcaeota. 

— ^Señor mió, esta no ce la cuenta, dijo el hombre. 
Ile-Adam le echó en el mandil una* cadena de oro queva^ 
lia seiscientos escudos; Hiibb^t empesó á «odar delaate 
de él. 

Un tombre les ttevaba bastante distancia : era Perrioet 
Lederc. Apenas hubo oido el- aj^e de sangre qu& haciaá 
Thiebert y el capitán, echó á correr fuera de si con direocioi) 



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á'la^eása delwnáéslabfo, ydeHivose detaate de ia pu^ia dd 
Tbiebert; e^aba cerrada por imtfo^ pero su* daga )e prestó el 
mhsm s^cio qae ea la plaza de la Sopboaoe, y abrió iapuer- 
ta« £n d misiai& io^unte oye ruiáa en el cuarto ^ estaba 
mas adentro. 
-^¿Quiéfl está ahí?... preguntó. 
«-^¿Stoia vos, patrón? contestó en voz btija el oonde$l||pte. 
--^ t reposo Leclero; apagad la hiz , porque andan regi»^ 
trando casas y puede bacemos mal l,er6ío. 

Y vio al través de las iiendidoras que dejaban entre $í las 
tablas del tatique^ qué el condestable seguía su consejo. 
• '— Ahbra, abridine. 

Entreabrióse la puerta, y Perrioet se lanzó sobre el con^ 
destable, qué dio un grito: la daga de Leelerc acababa de atra- 
mesarle cii hombro derecho. 

TraiMise una lucha mortal entre aquellos dos hombres. 

El condestable, que.se creía en seguridad bajo la salva^^ 
guardia df la promesa de Tbiebert y estaba desaritiado y me- . 
dio desnudo. A pesar de tan notoria desventaja hubiwa abo-^ 
gado & Lseterc entre sue nervudos brazos , pero la herida le 
knposibiiíta^ el movimiento de unode ellos; esto no obstante» 
abarcó ai jóveñ con el que le quedaba sano^ apretóle .fu^rt^ 
mente contra su pecho, y echando háciá él todo el peso de sn 
ofierpo unido & su fuerza, se tiró al sobIoi éiperatido sin duda 
hacerle trizas el cr&nep contra el pavimento. 

En efbffto, asi hubiera sucedido si Fetrinet no hubiera ido 
& dar, afortunadamente paraél, con un colchón que había tea- 
&ÍD ea el soelo para qde sirviiese de oaikUL 

El condestable lanzó un segundo gemido más fuertequéfl 



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S06 IttAML K RaBIBRA» 

primero^ Pérrinet; qué so^hMiia sollado ia 4i^; áctbaba dé 
«sóondéfTsela hasta la empuiíadura m ei bra^ izcpiíerdo. ; 
' Soitó onloQces aljóyea, levantóse eoag^raá dificultad y 
Alé á GMr dando tropezon^^ sotare ana biesa qaa estaba en 
medio del cuarto, perdiendo sangre y fuerzas pon las dos ht?* 
ridas. 

l^rrtnél se loVapié taratrien buseáddoid y llamiodole* De 
repente apareció en la piiert'a un tercer personaje coa una tea 
en la mano y alumbró aqntíla escena» ; 

.Era Ile-Adaitt. •: 

Perrinet se arfojó etra vez sobre el oondesta&le. ' 

—¡ Detenten... . gritóle Ile-Adam ; . jpor to ¿ndáf, d^ 
tente! .-..'. ; • : ..*-.. 

' Y le cogió el brazo; ; : :< 

— Señor lie-Mam, 4a vida de e^tt.boiíihr&'BSdperténaee; 
lé dijo Leclerc: lancina me dalia dado; ahí tenéis- su sello^ 
dejadmej i v. , ' 

Y diorendo esto áacó un perg^amino/del peciio^ y\s9 ímm^ 
señó al capitán. ' 

Et conde de Armañac, da*ríbado sol^'e la mesa é impo^ 
sibilitado de defenderse por sus heridas, miraba altematÍTa^ 
mente á aquellos hombres; sus dos brazos caídos y átrayesa^ 
dos diorreaban sangra. . . t ' ; 

' ----Está bien, dijo He^Aüam, yo no> qoiepe sa vida: todo 
puede componerse. •• ,* • ' •.:'».'.»'. . í 
— {Palabra de cabáBerof interrogó Let5lepc. deteniéndole 
otra vez. ,. • '' 

— ¡Palabra de caliaildro{:o<»itastééU pecolteoeo ijus onov* 
fhr un volOi Mfrahiohaoér; < .; •.* v • . , , . ( 



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LdcierG ie cruzó de iMtuos y se dispuso & mirar lo qtie 
iba 4 sdcdder^ Ild*Adam sacó su estoque, abarció coa toda la 
niño ei ancho de la hoja pc»r el ostreóio, de modo que la 
posta 00 sobresaliese mas qué como cosa de una pulgada desu- 
de él dedo pequetk), y seaoéroó al condestable. ^ 

Este; conociendo que todo había ticabada ya en este mun-i 
dd para éi, cerró ios ojos, echó la cabeza atrás y se puso á 
re«Lr« 

-^•Condestable, le dijo Ilé-A^am arrancándole la- camisa 
quele tapaba el peoho, condestable, ¿te acuerdas de un día en 
que joraste por Cristo y la Virgen no llevar la roja cruz de 
Borgooa' mientras vivieses?' 

— Sf, contestó el condestable, y he cumplido mi juramento, 
porque voy á morir. 
— Conde de Armanac, repuso Ile--Adam bajándose hacia él 
« y rasgándole el pecho con la punta del estoque, de modo que 
le dejara trazada una cruz sangrienta, has mentido con toda 
la boca, porque has llevado antes de morir la cruz de Borgoha 
grabada en él pacbo.&res (in catialiero desleal y mal nacido, 
pues fallas áctiVú^^^nientOr ^^n tanto que yo he cumplido 
el mió. ' *^¡ / ^ í 

£1 condestable no CM^9t6*n^ que con un suspiro. Ile- 
Ádam volvió á envainar su espada. 

— Esto es todo lo que yo quería de ti, añadió; muere 
ahora como un perjuro y villano. A ti te loca, Perrinet 
Leclerc. 

El condestable volvió á abrir los ojos, y repitió con mo- 
ribunda voz: 

— iperrinet Ledercl 

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S68 ISABKI. JIE <BABIfiUé 

^-Sf, 4ijo este iu*roj&ades6 de fiodvo sobre el maliutAado 
conde de ArmaDa^, próijmo á e&pirar: sí» Pérriaet Ledem^ 
aquel á quien medio mataron á golpes los soldados por órdoa 
tuya. Parece que todo ei mundo ba iiecho aquí su jarameoto. 
Pues sabed que yo he hecho dos. El primero, eoodestable» 
era que sabrías á la hora de tu muerte que ia retoa Isabel de 
Babiera era la que te arrebataba Parte eo- cambio de la vida 
del caballero de Bourdoq: ese está ya cumplido, puesto qoe 
lo sabes. El segundo, cende de Armañac, era que habiaa de 
morir al saberlo, y este, anadiiii clavándole la daga en el eo^ 
razón, le be cumplido tan religiodanieBte como el prímero. 
Dios se lo pague en este mundo y en el otro al que cumple 
honradamente su palabra. 




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IBáMtt; ftE BAMtRA^ 



569 




CAPITULO XXI.. 



llaes« Capeljiclie. 



Dé este modo París/ que habia sido iúespugnabto para A 
poderoso deque de Borgoña y su numero^ ejército, dio \Sa% 
•Qtfs^da, como uoa cortesana caprichosa, en la oscarídaá j 
silencio de la noche á oq simple capitán at mando de sele** 
cientas lanzas. Los borgofiones se diseminaron por las anti-« 
qnlsimas callejaelas de la ciádad cod la tea en una mano y at 
acero en la otra, apagando el foego con sangre y secando te 
sangre con ftaego. 

Perrinet Leclerc, causa inmediata y oscura d^ aqud gnu 
acouteoimíe^/ después de baber sacado de él la parte <iae 

84 



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S7^ ^ ISAMC tlffi KAmWÁ. 

deseaba sacar, la vida del coodesitabidí volvióse á eonfuadir 
con el pueblo, ea donde la historia se esforzará vanamente en 
describirle para' encadenar su nombre volgar con uno de los 
mayores desastres dé la monarquía; asustóle sii^ duda la idea 
de la inmortalidad debida á una traición. 

Acudían á París por todas las puertas, á la manera que 
los cuervos acuden á. un campo de batalla, caballeros y gen- 
te de guerra, que anhelaban sacar su parte en aquel rico bo- 
tín, que hasta entonces solo la mageslad había tenido dere- 
cho de pillar. Sire dell^Adarfi, qae llegó el primero, esco^ 
gió para sí la parte del león*, vinieron en seguida sire de Lu- 
xemburgo, los hermanos Fosseuse, Crevecoeur y Juan dePoíx; 
detrás de los señores, los capitanes de las guarniciones de Pi- 
cardía y de la Isla de Francia; en fin, sucedían ¿ los capita- 
nes los villanos de los alrededores, que para que no quedase 
nada después de ellps, robaban el cobre, mientras que sus se- 
ñores robaban el oro. 

Cuando quedaron fundidos hasta los vasos sagrados de las 
iglesias, vacíos los cofres del Estado, sin una franja ni una 
flor de lis de oro el manto real, cubrieron los hombros det 
aacid^no Carlos con uno de terciopelo y si|i adornos: obUgá- 
rotula á sentarse en su trono medio derribado» pusiéronle una 
pluma en la mano y cuatro despachos $obre la mesa. Ile-Adam 
y Cbateux fueron nombrados miiris&Ues: Carlos de L^a3, alr 
mirante: Roberto de Mailly, panetero mayor; y después de 
Iiaber firmado creyó el rey haber reinado. 

El pueblo miraba todo aquello .por laa ventanas del 
Loavre. 
—Bueno, se decían ubos á otros: no contentos con ha- 



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isahel oe hamua* 371 

béroos rd)ado el oro, hételos que ee arrebatan los empleos; 
por fortana, el rey poórá hacer salir ipuclias firmas (]e la 
ponta de sos dedos^ pero do podrá hacer que sus arcas den 
un sok) escudOv Tornad^ tomadla todo, sebores. Todavía tie-» 
lie. que venir Hannotin de Flandes, y si no está contento con 
lo que le .habéis dejado, pudiera suceder que él se haga una 
parte eon todas las vuestras. 

Sin embargo, Haonotin de Flandes (asi 9e llamaba por 
diversión el duque de B<n*gODa) no se daba mucha prisa á 
llegar; no habla visto sin envidia que uno de • sus capitanes 
hubiese entrado en aquella ciudad^ á cuyas puertas, había lla^ 
mado dos veces con su espada sin que estas se abriesen. Re- 
cibió en Montbeillard el aviso que le participaba aquella no^ 
ticiii inesperada, y en vez de ccntinuar su dkeocion inmedia-, 
tamente, se retiró á Dijon, una do sus capitales. 

La reina Isabel continuaba por su lado ea Troyes, tem-^^ 
blando aun del éxito dé su empresa: el duque y ella no se 
veían ni se escribían; parecian dos cómplices de una muerte 
nocturna, que no se atreven á presentarse bara á cara á la 
luz del sol. ' ; 

Entretanto París sofria aquella vida febril y convulsiva. 
6omo corrían voces de que ni el duque ni la reina volverían 
á entrar en la ciudad mientras hubiese en ella un solo arma^ ' 
&tc, y las deseos eran volver á ver al duque y á la reina, es-* 
tas voces, ú las que so obstinada ausencia parecía dar algún 
Itindameoto, servían todos los diasde protesto para alguna i 

Hoeva matan?a.. Todas" las noches se dejaba escuchar el grí** 
to de i Al las armasl El pueblo vociferaba en las calles con teas 
aJtoeúdidas. Tan pronto a)rria>la voz de que los armaBacs 

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S72 19AB8L K WimSAA» 

entraban por ia poerta de Sáint-GdrDQam, oomo pae la del 
Temple. lafínidad de griipús de hombres, á cuya oabeía se 
distiag^oian los cortadores por sus eeorines cuobillos lucientes 
y sos brazos desnudes y tendinosos, atravesaban París en to<^ 
dos sentidos; si por acaso alguno de.^ntre ellos decía: {Holal 
{Chicos» aquí tenéis la casa de ün arm^nacl tos cacbilios. da-* 
ban cuenta del amo y el fuego de la casa. Era preciso para 
salir don segundad llevar capirote azul y cruz encarnada. ' 

Los iniciados en los misterios de las reuniones secretad 
fatnaban una compañía de borgoñones» llamada de San An-« 
drés: ios individuos que la componían llevaban una corana de 
rosas; y como entre ellos se contaban muchos sacerdotes, sea 
por prudencia ó por adhesión, dee&n tnisa con aquél adorno 
en la cabeza. Cualquiera hubiera dicho al ver tales cosas, que 
París estaba entregado á las fiestas y placeres de Carnaval; 
bien es verdad que pronto le hubieran desengañado tantas es- 
combros ennegreddos en cada calle, eñ lugar de las casas 
que antes existían en el mismo sitio, y tanto ranero de san«^ 
gre, que iodioaba los recientes asesii^tos. 

Entre los alborotadores mas encarnizados que recorriaa 
las calles por las noches, había uno que se distinguia p6r su 
impavidez durante la carnicería y por la presteza y ejecucioa 
de su terrible mano. No había incendio en que no danzasesa 
tea, ni muerte en quet no anduviese ^u mano. Al verle oon su 
eaperuza encarnada, su túnica color de sangre de toro, sa 
dnturon de a^te, sosteniendo con oí brazq un enorme espa^ 
don de á dos manos, cuyo pomo le daba en la b3A*ba y la pun- 
ta en los pies, le seguían, sin chistar los que querían Ver de^ 
goltar ccm limpieza y prontitud algún ármapao; porque había 



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JES»ÍDgL BB BAHEESIA. Z7S 

8n refrán muy valido entre el pdeUo, qtio decía: qne maese 
Gappeloche hacia saltar á uno la cabeza sin que lo echase de 
▼er el casquete, . ' 

Por lo dicho es fkcil colegir que Cappeluche era el héroe 
-de a<{iieilas fiestas: los mismos tarniceros le teman por maes- 
tro y le oedián el paso. Era el cabedlia de todos los albora- 
ladores y dalmft de todos los motines: en una palabra, detft- 
nia ér su placer á la gente que Jé segnta, ó la hacia pasar ade^ 
lante con sus gestos úBicamente: era cosa do magia el ver 
cómo obedecían 4 aquel hombre iodos los demás. 

Mientras que París repetía en et ^lencio de la noche los 
grkos dé los amotinados, se iluminaba con la luz de sus i^n*- 
lorchas, y dua habitantes tenían cada vez un nuevo sobresal^- 
to, la antiquísima Ba^tíik elevaba hasta los cielos su mde os- 
cura y triste en la estremidad oriental de la ciudad Las vo»- 
<sesde afuera no hallaban eco dentíX), ni la luz' de las antor- 
<ihas despedía bastante claridad para que penetrase 09 ella 
4ino solo de sus ruejos; sn sólido puente estaba levantado y 
el rastrillo' bajado. Ningún ser vi^denle se presentaba en sus 
murallas de dia, y parecía que la ciudadela se guardaba ella 
solaá si misma; solamente cuando algún' grupo se acercaba 
áella mas de lo que le parecía conveniente, veíanse salir de 
cada piso^ en dirección de la tuita, tantas flechas cuantas 
xtroneras había, síik que fuese pos&Ie distinguir si eran dispa*- 
radas por hombres ó por alguna máquina. A tal insinuación, 
la cuadrilla, aunque Cuese capitaneada por el mispK) €appe*- 
hicbey volvía la espalda meneando la cabeza: las fiechas iban 
«Boaseandóá medida que: la gente se akjaba^ y la veleran^i 
ftutaie^ vdvía á rvoobrar &bwm rata un aspecto de descoí- 



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374 ISABBE 1)6 BAÚtaiU. 

do y baeoa fé, páreerdo aidel (merco^espiü qn% cinodo des- 
aparece el peligro, deja caer sobre el lomo las infinitas y agu- 
zadas púas á que debe el respeto que le tienóa los demás aaif- 
malés. 

Por U noche reinaba el mismo siloneio y la m^aiíosea- 
rídad; en vano Paris iluoiioaba ^s caUes ó ventanas: la Bas- 
tilla ni dejaba vislumbrar lúz alguna al través de los hktrm 
de sos rejas, ni menos escuchar voz humana dentro de sus 
¿urallas ; tan * solo se veía .pasar de tiempo en tiempo 
la cabeza vigilante de algún centinela pm* las ventanas de 
lais torres qlio se elevan á los cuatro ángulos del edificio /y en 
aquella póshira cuidar de que no se^ intentase ninguna sor- 
presa al pié de la muralla; por lo mismo la cabeza permane-? 
cia muchas veces inmóvil durante largo rato, de tal suerte, 
-que si por acaso caia sobre ella aiguA rayo de lema, pudiera 
tomarse aquella cabeza por uno do esos niadcarones góticos 
con que el capricho de los arqnHéctos adornaba fantástieamen^ 
te los arcos de los paéntes ó el oornisameato de las cate* 
drales. . . -♦ . 

Esto no obstante, durante una sombría noche del mes de 
junio, y mientras que los centinelas vigilaban en los cuatafo 
ángulos de k Bastilla, subiaü dos hombres* por la escalera es- 
trecha y tortuosa que condocia á b plataforttaa. £1 printaro 
que apareció en el terraplén era un hgnrriM^e de cuarenta y 
dos'á cuarenta y cinco años, de estatuní colosal y de raüscu- 
los correspondientes 4 lo que esta prometía. Estaba cubierto 
de una armadur»^ completa, aunque solo pendía del cinturcki 
por tínica arma ofemiva, al lado dd sitio nm debía oonpaf 
el estoque, uno de aqueUos pufiatestlargos y agudos qué ilah 



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BAmsL Dfi BAIItÉlll^. SS^ 

inabaa (Ib misericoiklia; ^u maDO izquierda descansaba m 61 
maquinalmefite, en tanto que en la derecha ifóvate, en adi^ 
man respotaoso; una de aqndlas tocas de terciopelo guarne- ' 
cida de pieles, que los cabáHeiy)s trocaban en sus ifioinentos 
de descaúso por ms cascos de batana, coya peso ascefidia'á 
cuarenta y cuarenta y cinco libras. Su cabeza descubierta de*^ 
jBbdL yev el brillo de sos ojos azules bajo unas grandes cejas; 
una nariz aguileña y nn cutis moreno y tostado del sol daban 
á aquel semblanle un aire de austeridad, que sa barba coj^tit^ 
da en redondo, de la longitud de una pulgada, y bu negra me- 
lefia que le llegaba hasta la ímejillapor ambos lados, aumea^ ^ 
taba mas y raas. 

Apenas salió á la plataforma el liombre que acabamos dé 
describir, aunque imperfectamente, volvióse y estendió e) 
brazo bácia la abertura por la qué habia subido; una mano 
delicada y pulida salió de abajo para apoyarse en aquella otra 
fuerte y nervuda, y casi al mismo tiempo, merced á. aquel 
apoyo, saltó sobre el terraplén un mancebo de dieziseis á diezi- 
síete años, vestido de terciopelo y seda, de cuerpo grácil, 
miembros delicados y rubia guedeja: en seguida apoyóse so^ 
bre el brazo do su compaüero, como si aqnel ligero ejercido 
le hubiese cansado estremadamente, y buscó como por eos-* 
tnmbre nn asiento donde reposar. Poto viendo que m duda 
habiañ juzgado inütil semejante adorno en el terraplén de una 
cindadela, varió de resolución, y formando con la otra mano, 
que cruzó con.la primera, una especie de anillo, hizo sopor- 
tar al brazo atlélico que le sostenía, y en el que mas bien qué 
apoyado parecía que iba suspendidcr, la mitad por lo menos 
del peso que la natnrs^za habia destinado á ser sosteúide por 

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aiis piernas; de est^ modo empeondió sh paseo, ea al qQ0 por 
jua mas coadesoeodeacia qae voluotad. 

Pasáronse algunos miniHos súx qae cíoo ni diro tarbasea 
el sneocio de la noche con una sola palaJs^ra, ni- menos ínter-* 
rumptesen su paseo, qv^ no podia ser muy desalisado á 
0uam de la estrechez de la plataforma. £L ruido de ios posos 
ito aiquellos, dos hombres no formaba mas ^ueun solo sonido, 
toot ligeras eran las pbadas del ni&o, que se oonfundian con 
^pesado caminar del soldado; cualquiera hidÁese dicho que 
€caa un ouerpa y su sombra, y.que uno. solo de ellos 
vitia por los dos. Detüvoso^de repente el armado Gcmd 
rostro vuelto hacia París, y obligó á hacer lo mismo ^ 
doncel que le acompañaba: desde allí dominaban toda la 
ciudad. 

Era precisamente uoa de oqudias noches de alboroto y 
turbulencias que hemos li^hio Jo posible por desoiribir. fin 
im principio no se distínguia desde la plataforOMi mas que un 
conjunto confuso de casa^, que se estendia de Oriente á Oc- 
oideoie, y cuyos techos parecían apeados unos á otros con üa 
osQuridad, á la manera de los escudos de una partida de sol^ 
dados que vá al asalto. Pero de rep^nte> y cuando algún tro* 
ptl de gente tomaba un camino paralelo al radio hasta donde 
podia estenderso |a vista, la luz de las teas que iluminaba (a 
calle en su longiJLúd, parecía que surcaba todo un barrio de 
lü^ ciudad; mótíanse en. medio de la claridad muchas sombras 
rojizas dando gritos y carc^adas^ y poco después, desaparecía 
el tropel por la primera callejuela con s^s voces^ pero no coa 
stt ruido. Todo volviaá quedarse oecuro, y el rumor lejano 
qcre hasta allí llegaba parecía el gemido apagado de la ciu*- 



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ISABEL DK BiBffiM. • ^^ 

á9A, GuyaS' entrañas estaban d<fflgQ[rradas por el bierrb y fia»* 
1^0 de la guerra civil. 

£1 sembiaote del soldado se poso mas, sombrío y adosto 
qn0 decostumhre 4 la vista de aquel espectáoolo; fruBdó las 
cejas con violencia, estendió el brazo derecho en, dirección del 
Lonvre, y no sin gran trabajo llegaron & oido» de sa j6ven 
oompa&ero estas palabras, que dejó escapar entre sus dientes 
^fuerteiiiente apretados. 

— Señor, aht tenéis vuestra ciudad: ¿la reconocéis?.:.. 

La cara del joven tomó una espresion mdancólica, de 
que momentos antes no se le hubiera creido capaz. Fijó su$ 
ojos en los del hombre armado, y después de hadarle mirado 
un instante con gran silencio, le dijo: 

. ««-Aguerrido Tanneguy, muchas veces me be puesto á mi- 
rarla, á estas horas dDsde las ventaioias del palacio de San Pa-^ 
ble; algunas la he visto silencíasa y tranquila, pero no creo 
haberla visto nunca feliz. 

Tanneguy se estremeció; no s^uardaba aquella respuesta 
ppr parte del adamado delfia. Le babia interrogue creyendo 
hablar con un nino^ y este le babia contestado como pndiem 
baberlo hecho un hombre.- 

— Perdóneme vuestra alteza» dijo Duchatd: creía qué haa^ 
ta ahora se hahia ocupado mas de fiestas y placeres que de 
los asuntos de Francia. 

. — Padre (a^ Mamaba el delfln t^ Duchatel desde que le ha- 
lúa salvado de manos de los borgoñones), ^a queja está leí-^ 
jos de ser justan es. cierto que mientras qae he listo al lado 
del trono de Francia á mis dos berraanos, que ahora se ba« 
Uan al lado del trono de Dios» no he pensado mas queen fies^ 



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378 • ISMEL DE'BMHEItA. 

tas 7 devaneos; pero también lo es, qtie desdé qto el Señor 
los ha llamado á si de üoa niánera taa terrible, he .olvidailo 
esas frivolidades para no acordarme mas qne de una cosa, y 
es, que á la muerte de mi padre querido (q^e Dios conserve) 
no tiene este.poderoso reino mas dueño que yo. 

—¿Es decir, noble leoaioelo de casa real, repuso Tanne*- 
guy con una espresion visible de alegría, que estáis dispues- 
to á defenderle con garras y dientes contra Eju^ii^ue de In* 
glatcrra y Juan de Borgoúa? 

. -^Contra los dos aisladamente, Tanneguy, ó contra tos dos 
jonlos, si lo Vivieren por mas conveniente. 

— \kh\ Señor, Dios os inspira esas palabras pai^^ que sir* 
van de consuelo al corazón de vuestro anciano amigo. Esta 
es la vez primera desde hace tres años que mi peche respira 
con entera libertad. Si supieseis las duda^ que asaltsm el al-^ 
ma de un hombre como yo cuando la monarquía, t la cual 
ha sacriflcado su vida y hasta su honor tal vez, ha llevado tan 
recios golpes como los que ha llevado la qne cuenta en vos su 
única esperanza; si supieseis cuántas veces he pensado que 
quizás era llegado el tiempo en que esta monarquía debia ser 
sucedida por otra, y que era revelarse contra Dios el empe- 
^rse en sostenerla, cuando é\ la abandonaba; porque.*, per- 
'dóneme el Señor si blasfemo, porque de treinta aftoe á esta 
parte, sí se ha di^^nado tender la vista hacia vuestra ilustre 
progenie^ ha sido para destruirla en vez de teaer misericordia 
de ella. Si, continuó, no habrá uno qne no tenga persigno 
fttal para -una dinastía, el que el caii^za de ella esté enfermo 
de cuerpo y ánimo, como lo está el rey nuestro señor; no ha- 
brá \xm que- no diga que deben ocurrir grandes trastornos en , 



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ISABKt' Í)E tVAfiifiM. ^ 379 

ma Qá6ion, caando'veaqae el primer vasallo de .la íSotmbí 
ctesearga gblpes síq pietlad coa hucha y espada sobre las ra- 
mas d^l árbolvreaU eoíno lo ha bedho el traidor Juan, con 
vc^tronpiíietto el duque de Orlea&s; no habrá uno que ao 
<3rea qoe uha^nacioo camina á sti ruina, cuando vea dos nd- 
Misimos mancebos^ oonio vuestros dos bermsóioa mayc^^es, 
*morir iuqo después de otro \m ri^otioa é imprevistamente, 
tfue si no fuera por temor de ofenda á Dios al propio tiempo 
tpJUd't los hombres, so pudiera decir que el uno no habia qtin^ 
jido intehrenir en esta desgracia, y los otros habiari inter- 
iFenido en ella demasiado; y cuando para oponer resistencia 
¿la guerra^ estraojera, á la guerra civil, á las asonadas pó*- 
pulares, solo existe nn joven débil 7 delicado como vos, ¿es^ 
trabareis, señor, que las dudas hayan hecho- vacilar mi dolor- 
rido corazón? ¡Oh! Perdonadine, señor, por haber pensado 
mal de vos. 

El delfln se arrojó en sus brazos diciendo: 

— Tanneguy/ la duda es permitida al que después de ha- 
ber obrado, al que como tü piensa que Dios quiere descargar 
su justa cólera sobre una dinastía, destruyendo hasta su úHá^ 
mo heredero; y sin embargo le pone á cubierto de la celera 
del Señor. • 

-^Jufo á ese mismo Dios cpie no he titubeado en hacerlo 
cuando he visto á los borgoñonea entrar k saco en la ciudad. 
He corrido á bus^ros como una madre en pos do su hijo; 
p^que ¿quiún sino 70 hubiera podido salTaros, señor? El 
rey Vueetro padre no estaba en estado de hacerlo: la reina.no 
hubiera podido conseguirlo desde lejos; y si se hubiese balla-^ 
do cerca (perdónela la Virgen) quizá no la hubiese asaltado 



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S8D leéMOL 0C IIADISB4. 

«e deseo. Yos mismo, señor, atin cuando Imbiésms sido diie«» 
na de boir, aua cuando hubieseis encontrado, desiertos los 
corredores de San Pablo y la puerta abierta, sí hubitís^is Ue-' 
gado á pisar las calles» os hubierais visto ma» apurado enti^ 
la^míi encrucijadas /o&ll&jnelas de vuestra ciudad, qaeeltil* 
timo de vuestros s&bditos. No teniaismas que élvú^j os oo&- 
fiaso que aquel momento fué uño de los que creí que I^s no 
había apartado la vista de vuestra familia, porque me sentí 
ornado del mayor esfuerzo. Os cogí en mis brazos y me pe*» 
sásteis tan poco eomo A una águila paisde pesar el pajariüo 
<}ue arrebata entrfr sus garras. Creo que aun cuando hubiese 
^Hdo k mi encuentro todo el ejército con el duque de Borgo*- 
ñaá la cabeza, hubiese derribado al duque y atravesado su 
•ejército sin desgracia para ninguno de nosotros dos, porque 
Dios me inspiraba en aquel momento. Pero abora^ señor, es*- 
tais en seguridad dentro do los muros de la Bastilla. Todas 
ias noches después de haber contemplado desde e^o templen 
'A espectáoulo que ahora miramos los dos, después dé haber 
visto París, vuestra ciudad real, hecha presa de rebeliones y 
banderías, de tal suerte, que no parece sino que es el pueblo 
el que manda y el rey el que obedece; despnes que aturdidos 
los oídos con este tumulto y fatigada la vista con el resplan- 
■dor de esas teas^ regresaba á vuestro cuarto, me ponía a-con- 
templaros silencioso é inmóvil mientras dormíais^, y no podía 
menos de decir entre mi mismo, al veros dormir tan tranqueo 
mientras la guerra civil devastaba vuestro reino, que no ara 
digno de una alma real entregarse 4 tan pláddo suefio, 
onando la nación pasaba unas veladas tan terrildes y ^n«- 
«rieñtas. 



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ISAAEIJ DE BABIKITA^ ^ SSf 

£1 rostro del Mñn tomó de repente una espresion deeno^ 
jo y-disgastd^ que desapareció á breve Tato como ana nubo 
pasajera en un cielo despejado. • 

—¿£3 decir, que tá espfas mis acciones, Tannegay? 
t i— Señor , lo qoe yo hacia entonces y 16 que bago ahora 
siempre queme detengo delante de vtiestra cama mientras 
dormís, es' rogar á Dios por la Financia y por vuestra alteza; 

--*-T si esta noche no te hullera respondido como tü de^ 
seabas, ¿cuál era tu iotenoionf 

-«^Hubiera ocultado & Tuestra alteza en algim sitio seguro^ 
y hiibieraido A arrojarme solo y ski armadora entre las filaá 
eQepiigas en el primer encuentro ; porque como entonces no 
me bübieita quedado mas que la moerte, la mas pronta tubie'* 
ra sido la mejor. ' 

*— Pues mira, Tannegtiy, en vez da ir solo y sin armadura 
al enemiga, saldremos loe dos kñn encuentro tnen armados: 
¿qué te parece? 

-^Qoe el Señor, qué os ha dado la voluntad, eá preciso que 
os dé la fuerza para ilevar á. cabo ese proyecte. 

— T!t estarás á mí lado para sostenerme. 

-^Fatigosa y larga es la gu^ra que vamos . á emprender, . 
señor; Mgosa y larga, ñapara mí , que hace treinta anos 
que na me quita la coraza de los hombro?,, sino para vos, qne 
hace qnince vestís tercippélo y sedas. Tenéis que combatir 4 
dos enemigos, de los cuales uno sola bastaría á dar temor á 
unrey poderoso. Fuera ya la espada de la vaina y la bandera 
teal de San Dionisio; es necesaria que ni unatii otra vuelvan 
ñ i&scondérse de la tez 3ín qué vuestros, dos enemigos, Juanide 
BM^g<A^ y Enrique dd Ltócaáter, no eétén, el primero enlec- 



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383 ISABBL DE BABOSA. 

rado m Frauda y el segando fuera de Francia* Para* conse- 
guirlo tendremos qoe resistír duras refriegas. Las noches de 
escucha son frías, los días de bataiia mortíferos; hay que tro- 
car la regalada vida de príncipe por la ruda exlstenda de sol- 
dado ; no es una hora de torneo la qu^ day qoe.^portar , son 
largos dias de combate ; nó son meses de escaramuzas y en* 
cnentroa.los que hay que sufrir, son anos enteros de locha con* 
tfnua y de batallas sangrientas. Señor , pensad bien en ello. 

El joven delfia soltó sin contestar el brazo de Tannegüy^ 
y fuese al guerrero que. velaba en una de las torrecUlas de la 
- Bastilla; en un instante.pasó el ointuron qjute^ojetahael coleto 
del arubero á sujetar el talle del detfin, las maños^del principe 
empuñaron el arco de fresno del soldado, y' volviéndose á Da«* 
chatel le dijo con una voz llena de entereza y energía: 

-^Padre mió, espero queesta noche dormirás también tran- 
quilo, ¡K)rque tu. hijo se queda á velar las armias por prhne* 
ravez. 

Dúchate! iba á contestarlo , cuando un nuevo lanoe^de la 
escena que pasaba debajo de la Bastilla hizb cambiar la di« 
reccion de sus ideas. 

Ya hacia rato que el ruido se sentia mas cercano^ y un 
gran resplandor subía de la calle de la Gerisée ; sin embarg^^ 
era imposible descubrirá los que hacian aquel ruido y ni adi« 
vinar el verdadero origen de aquel resplandor , porque la si- 
tuación tras^rsal de la calle y ia altura de las caBas estorba^ 
ban que alcanzase la vista hasta el sitio doüde estaba el tror 
peí. De repente se oyeron mas distintamente algunos gritos^ y 
un hombre medio desnéolo salió corriendo y pidiendo socorro 
de la calle de la Ceri^ á la de San Antonio» Persegutaiileai^ 



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gooos otros á corta distaaojia^ éibm griteodo tdintHdn ¡Mue^. 
;*al ¡Muen^ei arnaañacl (Mataríel A la cabeza d6;lo$ que peiv* 
seguiaa á. aquel hombre era fácil cooooer á maesse Cappala^* 
Qlie por 6u :espadon de á dos manos , que llevaba al.henitaro 
d^seavaioado y gotoaadQ^sangre, por su tüoica color de sao^ 
gre de (oro y por sus piernas desíiudaa y musoatoas. Kg^pero' 
tal era la Velocidad que con el miedo llevaba en sá carrera él 
fugitivo, que ya iba á escapar de manos de sus pen^eguidoros' 
tpmaiiáo la esquijpa de la calle de San Antonio y perdiéndose 
detrás der ías, tapias de las Torrecillcis , úi su mala estrella no 
le bublera becboitrapezar y.-earedarse los^ pies con la^ cadena 
qiie.servia.gara.ew'rar las .calles por la noche. Venia con tal. 
violencia, que luego que tropezó con la cadena , dio alguno» 
pasos desiguales, y vino-al suelo á tiro de ballesta de las mu- 
rallas de la Bastilla; ad^ertidús ya por la c^da del fugitivo, 
saltaron por encima de la cadena* los que le pérsegnian, otros 
paskron por debajo , de suerte que cuando el desventurado 
quiso volverse $, levantar ya tenía encima de su cabera él for- 
midable espadón de C¡appeluche; Persuadióse entonces que ya 
no había remedio para él, y volvió á caer de rodillas gritan-' 
do: Gracia^ no á los liombres,. sino á Díos.. 

Ifesáo el moinento en x|ue aquella escena tuva por teatro 
. la calle de San Antionio, ni el principe ni su companero per** 
dieron ni un solo piovimiento de los personajes que figuraban 
ea'^av Aqupl especialmente, menos acostumbrado á tales^ es^ 
pectáouloSy no apartaba la vista del grupo, y era fácil perci- 
bir el interés que se tomaba en lo que allí pasaba por los mo- 
vimientos convulsivos de su rostra y' por los mal articulados 
sonidos que de vez en cuando se escapaban de su garganta. 



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884 isayRtt üe lUMflkA. 

Setal modo le impresionó aqnella escena, que apenas cayó 
el arraftftiae, no fné tan pronto Cappeluche en arrojarse sobre 
su vfotima, como el delBn en sacar una ballesta del carcaj y 
aoomodaria en la cuerda del arco con dos dedos de la mano 
derecha. Doblegóse el arco como un janeo descendiendo hasta 
la mano izquierda, al paso que la derecha traía' la cuerda hasta 
el hombro del joven, y hubiera sido cosa diíloil decidir, á pe- 
sar de la diferencia de distancias , cuál de los dos objetos hu*- 
hiera llegado antes al blanco que se proponían, si la ballesta 
del principe ó el espaden de Cappeluche. Al advertir la acción 
del joven, Tanneguy alargt^ el brazo de pronto , cogió la ba- 
llesta por en medio y la rompió entre las manos del archoro 
real. 

' -^¿Qué haces, Tanneguy, qué baces? le dijo el delflh dan- 
do un golpe con el pié en el suelo; ¿no ves que ese hombre v& 
& matar á uno de los nuestros, que un borgóhon vá& asesinar 
i un armahac? 

-^Prefiero que mueran todos lo» ermañacs , i que vuestra 
sdteea mánchela acerada ptíata de sus ballestas con la sangre 
de ese hombre. 
— Pero... 1 mira, Tanneguy, mirali Ahí... • 

Tanneguy volvió la vista de nuevo hacia la calle de San An- 
tonio al oír el grito del dclAn: ;Iá cabeza del armahac estaba 
en el suelo á diez pa^os del cuerpo, y Cappeluche con el brsH 
20 estendido iniraba gotear nniy sereno la sangré que destílaN 
ba la hoja de su espada , ai paso qoe silbaba I4 taa oóoocidaí 
oahoion: 

<tDoqaé(fo Borgoha, 

Dios te dé la gloria.» 



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I6Mlli.'0£ :BABIDUk4 386 

' ^]Mira^ fáii&egiiy, rairal repetía el idelfim Uoraiuio de r&-, 
bia; ¡por tí, por tí!... pero no has visto... 

>-^Sí, sí, ytitoveo, contestó Taúneguy;.. vuelva ádec^qoe 
ese-bofmbre na: debía aiorir á vaie^ti*as manos. 

--4^eFo j-'pra ^er Diesl ¿quiéft -es ese bawbi?©? - 

^SB^Ti'em ImnibFd es ámese Cappelueifó, verdug»! íqM 
ciadád de París. 

El delfín dejó caer los brazos é inclinó la oabeia sobTO el 
p^cho. . 

,-r-iOh, prima dp. BorgpñaJ dijo gcm, Tp^^l ;«az^jppr, tod()s 
loa reinos del maado, 9P:cpii^a;yaiiir0]^M4A iQ^ vile^.pi^diQ3 
y'hoinbres fie (|Ae o^ivalli^ paraan^ebatanme lo qooifiíe.faa^ 
ta del mió. 

Durante este dialó^-ó, uñó de Ips nombres que acompafia- 
ba^n á Gappeluche cpg;ió por lo$ pelos Ja pabeza del muprjtjo yla 
acercó á la Imi de uj:ia.t6a (¡yie 4ley¡a)[>^|0a.la ms^no izquierda:]^ 
luz dié de .Ileoo^obrb la e&ra de. aquelLacaba^^ y su^ ^^mifitv. 
nes estaban tan poco de0%iirad<^ 'p¿r la agoelE'y qoo dtsde to 
alio dé la Bastilla Jiüdo distinguir Tánñegtijf las deEürl<í4e de 
Marlé, su amigo de infancia, y uno de los ármafiacs mas deci- 
didos y jeale^.. A. su vista. exhaJó'Ducbatel un hondo suspiro.^ 

-^Pi^ San Dip];ú^io>: maesa Capp^ache^ diio,el hopbre.djeL 
paebk) Uevándcle lacabeza al venitigi:), aboase ndcesilatteo^r; 
yponos de hierro^ para' cortar el fe$emio al prwM* mnoiUaK 
dé Pranóiajcbn tanta limpieza y prónfitad' éoítio si fuera íiL* 
del ultimo pechero (1). [" \ " « • *■ í ■ ■• ' i •» .[ - ■ ■ ^ 

-»< ' " ■ ! -. ■ WMl ■ 4Í) ri't ' MU»; ' ! ' "'l-'t <ifb'l t\U ^ '>i hVlF/ilH '*!) .W 



{i) Vót'^'tí\j^fim m» |i(nfeaM^f{K>r)fM^*lj«sciiWmos 
horrorosas escenas, advertiremos á nuestros lectoraiqai&rikM 

25 



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386 UáM». DE 

El verdugo se acmrió co&.orgnUo y fiaUsfa^n ; taníbidn 
él tenia aduladores. 

. Énliquella misma npcbe, do3 horas asios que rayase el 
primer albor de la.aurom ^> salió coa sigijp y precauwu ppr 



cerlo DO es gusto m culpa auestra, sioo deia historia , de la 
cual es esta un fiel traslado. Una cita tomada en la vida de los . 
dwQM€S de Borgoña de M. Barante, probará que ni hemos esco- 
gido los colores mas sombríos, ni los cuadros mas lúgubres j pa- 
ra dar una idea exacta de la época. Cuando los reyes y prín- 
cipes arman á Tos ptíeblÓs para sostener guerras civiles; cuando 
sé^^irten de instrttméütds humanos para deoidir sus contien- 
das y satisf^er so ambición^ do está la culpa d^ parte del ios- 
trumentoqueobedece, y la sangre derramada recae juntamen- 
te 3obre la cabeza que dispone y el brazo que ejecuta. 
La cita indicada dice asi: 

■ tHabia sangre hasta la rodilla en los patios de las cárceles; 
cUroetiansé muertes pAbltcamente én calles y plazuelas. Los 
hffelioes ballesteros genoveaeseran arrojados de sasalüjamien» 
H16 ^^Iregfidos al furor jdel populacho. 

. ^^Despedazaban hasta las mujeres y niuos. Arrojaron á la 
calle el cadáver de unamujer en cinta; y como advirtiesen los 
asesinos que la criatura se moviese en el vientre, esclamáron, 
riéndose unos con otros: mirad , mirad , el cachorro resuella 
todavía. Cometían mil atrocidades con los cuerpos tñuertos; no 
esüapaba uno sin que se le hieiese en el peoho ana cruz 4^ una 
banda de saliere: los cuerpos del conde de Armanact del can- 
ciller. Roberto-'Hassoiji y d^ Aaimundode la Guerra» fueron pa- 
seados por la ciudad en unasparihuelasy espuestosen seguida 
durante tres dias en las gradas de palacio.» 

' V. áé Barante tomó todos estos aponte? áe Inrenal de los 
llfÜBos, autto c(Mltewf0ráne9» de/qi«m ya ÜQ^eq no|ipia núes- 
tiiiilaetopei«i.: ••• • 1 • i 



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ISABEL I)E BABIERA. 387 

lá puerta esterior de la Bastilla una partida de giaete^ bien 
montados y armados, tomó el camino del puente de Cbaren- 
ton, y después de baberle atravesado , cabalgó durante ocho 
horas, poco mas ó menos, siguiendo la orilla derocha del Se- 
na; en todo aquel tiempo ni se oyó una sola voz ni se alzó una 
sola visera. Por úlíimo, serian las once de la mañana cuando 
dieron vista á una plaza de guerra. 

— Señor, dijo Tanneguy al ginete que iba á su lado , aqui 
ya podéis alzar la visera y gritar en alta vo?: «San Carlos y 
Francia',» porque ahí ondea la blanca enseña délos armañacs, 
y vais á -enlrar en vuestra muy noble y4eal ciud^ad de Melun. 
Tal fué exactamente la noche que veló sus prirperas armas 
y la primera jornada de guerra que hizo el delfín Carlos , que 
la historia apellidó después el Victorioso. 




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Úálái iiE hXBÍkRL 



Í^9 




CAPITULO XXII. 



Pa fmf^mti^ w* jpte» MÜrvléU. 



Líos molívos polítioos que detenían lejos de la'JcaplUl al dii-r 
que dé 3orgóña/soh fáciles de esplicar, • 

' ' í)és(le él punto ea que otro nías feliz que él se apoderó de 
FaríSj.pensónó disputarle el honor qup á él solo pertenecía; 
J)ero al pVopio tiempo discurrió sacar de aquel acontecimien- 
to eí mayor partido posible. No le fué difícil prever que 1^ 
feácfcion natural que es consiguieñte'4 semejantes trastornos, 
arrastraría tras sí aifíesinatos y venganzas sin cuento, las cua- 
^ Iéi3 ñó p()dna''estoríir sí se'présentaBFen París, 3e otro iñodo 
qtie jyéHHenifó s'h ik]¥>tiilárMád, al p^stf 'íjiíé la ausWciá le evi- 
taba la responsabítláád de la sangré derramada. P^or otra 



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590 15AWL PE MȆH?Af 

part(^ aquella sangre la dabaa los armañacs, y era uoa oo« 
^iosa sangría tiuO debilitaba para mu5ho Trampo el partida ea 
fí que ims eaemígos conuba: sus adversarios irían cajeado 
uno en pos de otro, sin que él se tomase ni aun el trabajo de 
herirlos. Mas tarde ya era otra cosa;, después 'que el pueblo 
se hubiese cansado de matar; cuando la ciudad llegase á. aquel 
estado en que dá á entender por su hartura que necesita un 
freno que la aquiete; cuando sin pena y sin riesgo pudiese 
salvar los mutilados reslos del Pj^ti^ co^trarioy seria opor- 
tuno entrar en París, como erángél dfela guarda de sus mu- 
rallas, apagando el fuego, e sta nc ando la sangre y proclaman- 
do' paz y amnistía general. 

El pretcsto en que fundaba su ausencia tiene tal hilacion 
con lo restante«d6.e4ta* bJ6k3fi^»qw «ijripdí^ensable que le 
pongamos en conocimiento de nuestros lectores. ' 

El gallardo joven sire de Giac, que hemos visto disputar 
& los de Graville y de Ile*Adam el corazón de Isabel de Ba- 
biera en el castillo de Yincennes, habia, según ya dejamos di- 
oho, aoorapafiado ^ la rejna 6 Troyes. Encargado ppr su so^ 
berana de varios mensajes importantes para el duque, dei Bor- 
gQña, tuvo ocasión de fijar la atención, en la corte deljprín- 
cipe, en Catalina de Thian, una cíe Jas . camaristas de ]/i 
duquesa de Cha.rolais (1), Como joven ^ valiente y gallardo, 
creyó que estas tres cualidades^ unidas ¿ la confianza que le 
daba la convicción de poseerlas^ eran títulos suficientes para 
aspirar alamor de tan Wmosa cuanto noble dopcella; ad- 

(1). f¡l co^de deCbfirpl^i^ir hijp (^44q[ge Jiíaii, esjtab^ e»r 
Sjado coUjla prince^ Wca<ela, hija .del ^^^ Cirios. VI. , ^, . 



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métíl DK BAÜtBRili, 30t 

miróse, pues, sobreDianera caaodo ad?ipii<) q^ie sus oteequíos 
eran recibidos bí Hiaa ni menos que los que la tributaban los 
ámés señores^ La kle» do que tenia un. rival fué la primera 
^le le ocurrió á sire de üiaó; ^¡g»ió por do.quiera á Catalina 
de Tfaihn, espió i»us meoorei aooiodes^ observó hasta sus mh 
radas^ y acabó por omveiicsrse» k pesar de la perseverancia 
de ios celos; deque nihguoo de los jóvenes que la jpreiendiaa 
era laas felie ni ibas afior^unada qoe.él. Soqperc. él evf rio^^ 
tenia on^nofflbreibsbre, porla que juzgó.que la oferta desM^ 
BiánQ.balagai4a la.vanidlid dé la joven & fa^tade aipor« l^ 
respuesta de la senaríta ^ Tfaaaa.fué á la vez, tan laoóoíoa ji 
ÜHBy que sire de Giac perdió. todas sus ^sperwza^^t siq.^ip^ 
seguir fior esopenkr'so amor. :'Tiinrat)eaiona^. databa,' qa^ 
creía volverse loco & fuerza de cálculos y oonv^uifa^ <i^ i 
nada le condaciMi: ePúoieo i^urqo que, leí quedaba eiia la 
ausencia; tuvo en^gla ba^tquíe pant llamarla 4 su 3Qeorva:> 
fNreseatiósepoc oooMg^aientaf 4 re^bicóiídQdes, del dnqw^ y mh 
gresót al lado de la reina. j 'c / ; i; 

Nd*so lmbia»-pasado seis beilianas dueiutii^tun aqevo 20^1^^ 
stt^ le biso volver k DijWi'La^auSeflAiai lo' UaUa sido. bmi& fot 
tbrabla^que la préseiida.<£l do^uele reelbióeondiayaragaH^ 
sajo; y la seborila de Ti4an, oon mayores moestraí de predj-f 
lección, dudó algún tiempo de su felicidad; por úUíbki^' 
el doqife Juan le biso un dia lá oferta de bablariea faV()r suyo 
á la qtie amaba. Taa poderosa profecoion debiaaHaqar.m»r. 
^as diñdUliadesr sire de G«ao aoeptó la oferta Ueoo de alOf; 
grta, y doabms'desípaeft tuvo «na ^e^paesta izxk- &.yorable 
eQmo'«9ca babia^ido la piíáiera^ lo cual parobaba^ ó.qne la* 
seikorita dé TtaiOBihabia ijado masd^nidameote ad ateacioil 



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sos J5ABSC/ De fiAHBRiU 

m las bellas prendas del cabatiero, ó que al iaflujo doLéaqiie 
babia^fdo muy poderoso; y en ambos casos, que oo üay ipie 
desanimarse del todo por ia primer ortiva de una nnijet^. 

El duque manifesló que do volveria ¿ entrar ea París ba»« 
ta que se eelebrasea la5 bodas de los dos jóveaes. fueroii 
Boagofficas y espléndidas. El daqae pagó lo^ gastos; por ln 
ümñatia hubo justas y torneo: la oomida.sft ju^pandió varias 
vecés para dar lugar á magnífioos iB^raedios» y por ia ao- 
éhe^e representó con gran aclam^dou aa oiialorio^ cuyo 
asante era Adam recibiendo á Eva de manas del Sídor.fii«« 
2Dse venir al efecto un pc^a de graa nombradla, el cual^ 
adsmás de reembolsarse los gastos dd viaje^ jecibió veiattr 
dnco escudos de oro*. Pasaron tedas estas, oosas del 15 al 30 
de jimio de 4418. 

Et duque Juan pensó por ákimo en hacer sa entrada ea 
la capital. Comisionó á sire d^ Gaao para qae le prefiera y 
aMojbiasa su llegada. Este nocansinii6.,eii aepai;ai^de en 
tierna esposa, sino después de haber qonaagsíiéd^ que jcl.xlUftie 
la isombrase dama de honor de Ja ranáv y.de» Mfeniod^' pu- 
diese «ntrár coa ella en Paiis. De Giac iba.encargada.adMBúft 
dO'i^dar^t paso á Isabel de Babiera, q«e el i^jae>astal?ib^iEiii 
Troy)B$ ú 2 de^ jolio y ^ue^estuvieae prevenida: para. eao^r» 
niírae'á; la capital. ^ 

:fil.44 de>jalib se despernó Paría al buUíoio^Qoianiorci^d^ 
las campanas. £1 doqae de Ijprgona y lajdtina bslatea en la¿ 
puerta de Süa áiatonio; loda la .población se íballaba ea 1» 
<»lfe; ttM&isilas cásaa fie iai oanosm QBta2)QMEi>ool9ada8;de tapir 
<ie6 CD^nó ea dUi de prooe^n) tadasias Ubbadas | ^gndaciaa 
Uenías da florea; todos los balooaas, ida "JailjecMíJ ftisoienta» 



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hémhjpes del oomoa <fe )a> tiudad*»' ti)siid0»'<^& lünicaí; a^tité^ 
y eomkíeklos por A «eftér de Ile-Adam y &?fe d€fGiac, salian 
á recibir al dqqM y á la reina y á«n(régarlés las llaves de la 
ciudad como i venoédores: después seguía el lyueblo, díviilldó 
)0D ftemios y oorporacrioDids, cada cual bajó só respectivb es- 
tandarte^ victoreando con alegría, bíú doda para óWiékr el 
tambre qoe-paiutrolii al ^ía antes y 4i9trae^ la que ya fes e9¿ 
taba amenazando para el s^iénM. 'i 

El oartéío iliegó for &a adonde fé hallaban la reinia, el 
duque y su comitívaesperandoá caballo. Dirigióse al duque 
el encargado deta^vilta/qite llevaba iae IlaVée de oro en una 
bandeia de plata, é hincó la ródiifti en tierra tSélante 

■ 1 'S oier , <Kj(»^Bb«Adain tocánUoIás oon la punta de sq es^ 
pada, ahí tenms^fatei llav^ de vureé«iti eiudad; ^bádie ha osado 
req^irias '«n'vaestra aasenoia; y todos os esperábanlos con 
IOéMd pava/mitfegároíAafl^ ' 

***^DlKÍiiiela8'v06^ ^edellé^Adam, dijo él duque, porqué 
en ley y ooaciMÍeia vofa teneis: derecho á tocarlas antek 

. Iter Aid^tm eaÍi6|M á tierra y> presentó lai» llaves respe^ 
tnoMoneab» al duque;- e9te ke colgó «ti el arzón de la silla; 
ftento dé su haoba de minias. Mw$lm getfle (Mp6 aqfrelía atre- 
vida aKsoloB ée parte dé^ un hombm que «nf raüa como paéifi^ 
ead^r-y ab como énerntg^^ peror el^ iál h alegría de vdl-^ 
ver á ver á la reina y al duque, que aijtféf Ificidehté no enfi-^ 

., Ji^Mmtóst^i^mriQ^M vfcilu)' 46 ta ciudad, y presen- 
tó al duque dos coletos d4 t(tt«(dDpélo azul , uno para él y 



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394 ifiém^'iiE, BJ^fftmk. 

otro pai*a e\ .cooáe Felipe de San^Foi.» : sa sobrmo (i). 
— Gracias, se&ores, cpateslO él; al^to 'vuestro peosaoiiea'- 
to, porqoe habéis adivioado sm duda elguaio que tendría eñ 
0liti:^ ea la ciudad llevando J^ coUh^ derk reioa^^ 
. Quitóse eatono<^s su larga Uiúm de.U^rpi&pelo, pásose^ri 
ppWto gqe .a^bahaa 4a pr^seatari^^ y mandó á, su sobrko 
4})P:hiciesd otTQ.t^atoi^ Al 'ver aquello. ¡sritó'éí paelolo á uo^ 
voz: |Viva Borgoñal ¡Viva te reifiai . 

Sonaron las h^oipeias j ciaríoes, sopar^nai» en des fí- 
k^s los vecinos, y colocáronse al lado del ;dii()ixe y áe la remai 
eKpoeblo (Ips se^s^ía; «^piMí^doae y.rVOQeando^ 

V0r lo ^e hace A sire de Giao, iuego.qiie divi$ó á>stt mur 
jer entre las damas do madama Isabel, dejó el puesto que la 
etiqí^ta lo; te^k diestínado^ y'Ocapfi Aj^n lado* ti .«in»* 8u4m- 
pf^eien^Mi deseaba. Lf^.^cpriüva ranq^laas&roiifiv 
. , Pqf^ toda la carreí» Fj^onatiai)- erUoaMd9'«l^da. y éspe<« 
ranza en cuanto descubrían aquel >rlUiHAe, luciompaauniefltoí; 
Qaiíap las flores de lo9 baJiO^^eaijcasio^iiaa Jtevia.iemballaiBa-- 
da y cubriaa^l empedrado^ pQF:49ndd4^a^si94Mi^4.oaballoviqae 
montaba la reina; parecía que la gente deliraba de ^a» j 
eatusia^f). Era cosa de llanoar looo lt oaakióierai^é -en me- 
dio de aqti^Ua fiesta, hubiere venido i dpcár <|tte las msiaas 
calles doAde 9e ^sbcíabaA taaia» flanes^ dooda.fó.dejitbaai oir 
t4¿U)s gritos da jftÍHlo<^ ^qi^l «lameato, bubiaft ^estado duip 
bie^tas do sangre ki ivispora y> habiaa sido» toitíg^ de la ^a^^ 
&{a. de ínGnitas viptin^, 

■■' " < " " '■ .<■* ■ il" i |M ^ ^ ' . '■ «'1(1 ;■■ • it i . t I- i «' í 

(i) El conde de Sad^Pdi era Ufo kIM áb((ué de Bt1ib4nte, 
puerto en la batalla de AsHacfMirfe. :• 



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Llegó lar orntUiva (reate del;f^|ioio xieSaa Pablo, 9a cu- 
jw grftd«^ agaarduba el rey; La ^i»)aa y el duque eoharoa 
pié áiMerray sut^eroa ia9 grfids^: eljrey.y la reiaa ^eabrar 
Wfpa y «bewfOQ; vitoreó :eh pueblo,. Qoa loayor «algazara en 
«quéir momeato, porque creia que aqiiel beso «entre las* dos 
4N9rawasf<eale9-poiiia &a & «19 desfraeias: olvidaba que desr* 
de Judas- 4k^ las palabras iraioion y bioso se esf^rih^ea coa las 
jQísiBae ietraa. • ' 

El duque puso la rofkfiia ep tiarra:.elT^ le levs^ató* , 

.. «rr-Prnioo miq, elfde Borgo&a» dgo, olvidenoos \adf^ (a pa« 

aado,, pco'qae^ac^roe dielHrbios b^'<$^re»# f^aqíde» desr 

vmtimts; eepm) qüd'ooa la ^uda de^iDios y, la .vae&tn. foa^ 

'dceoips piiOQW reoiedío á4odee iitteaytrp^ naalea. > 

— Señor, contestó el duque, lo que yo be beobo sÍ0K4]Cj9 
JM) 3Ído p«ra biep de 1^ Kmocia y gic^ . de vuestra aUeza: 
j|08 gw lieupaa dipbo lo e^trapiaeraQ inps enecaígQs Tueatiros 
.aiift<q«eHIÍoa. • ■.- ,. .^ •' ' • . 

Aeabado que bMb9 eetaapalahras^^^ el 4iique la m^o 
^trey^i^^ue voMáMntjrareopaUpiO; seguido- de la rc^ia, ^ 
^iwf^fi y his de 3tt servidumbi^.^Todo Jotlpirado entró e&,9l 
edificio: «L pueblo ; s^ ' ^ : quQ(|ó ^ . la . (»M|e. Dos. guan^ia^ 
cí»k)cado9 &4a puerta de ;pfiladet eatfLbjecieroa. ea .bre^^ 1^ 
batreri^qaasepar^ eenopy.va^qf,^ jQ9ageetad:y puiMo^ ¿Qij|i 
ioiporia? el pll6bto.eaU^el|a4llelflOQQlW»l^al«aif^o m 
anelapadpaiix^rMr ea.q«e 4 éivW^Aoiqaq^epte ¿«quíeaiiose 
le.babia dirigido naa aolurpalabrtii i <f»m do ae le^ babia faer 
titto ninguna iprottiedlt. : S^^meé^ ig9i\mí^(H \Tm eimyl {YiYa 
fioxgoñal y solo all&j cuando entró la noche, ^chó de ver que 
tenia mas hambre ^<;|eL ¡fi, ^iye^f .. , . -^ í. .1. . i 



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• Al dte'8%uieftte se fbrriiti*í>n , segcin cb^mbre , grandes 
coíriUos; como fio habla flesta DÍ:aedmpallttrtií«fltot}tí^v»r^- 
mir, efiit^aiñfríóse et plKibtd Mm el paísi^k) dé Saíi' VdHOy *ñ^ 
í^ |)fera gritar viva el rey, fka*Borgo!líav«itiot>&ra'petíií pi«w 
' El duque Juan se i^9tr6'ál batcíOÉ, y d^o ise octípabaí m 
hafllar los tnedlos de^itieárar d humbfe y laíitíisefta^tjoe der 
solabaB á París; pero añadid que el balíarkis era empresa di^ 
ficil por los estragos y rapiñas que los armañae^- hablaa co*- 
metidoefi'rosalñBdedoresdéf la capital; ' , ^^ ♦ ■ 
"^ ' El pueblo se penetró de la fuerza de aqoeHa raadtt fpiáíó 
qtteí le eairífarÉtn los presos tjoe estaban tín laBástilh; p&t^ 
c^e^ dedan á gritos, ios* cine tan gisardádiis eistifiséreseataii 
siempre á peso de oro, y nosotros soiwos lo$ qoe' á Isr postre 
pagamos el rescate: ' v. -^ 

Él" dtiqaé fesportd}*'* Ws 'hambrientos qtfeVeflflátí sus dfti- 
sebs sáfisfediés. Entré^6j$eted]|>or6iiynsigükfAte, á^f¡tftáde:patf, 
una ración de siete prisioneros: fueron estos roe^i^ BfKgtfsr* 
tánd de Marigny , máTtirdéééeíidíeDffef de^^ró mártir», tfi«ssire 
ílectér de Chartres, padre del arzobispo defReiíñs*, y^luan Tif- 
l^níie, ríoo veeino'de Parfsj laWátoríaflá'eéhadé eá <}li*toel 
nombre de los otros ccilafr^ (t). 'El fíopa^áchó fo^l' hito pediáis 
Y GOiú esto se l(%rd que í!ít)^1^^«iib pocédépt(iéiÉ3¡É.^Et dü<^ 
gné quitaba de' eivh}edié'<}Qff'^MétnOtk^^ 
zabsademás un día Ary desii^ab^t'fiíem^e^i^'effi imh tírnt^ñm* 

Al sigQiente>(!R^ h^bó amm cprHtltis; M^09^gri«e«/ ntüa 
Tft rádén de pri^^aeréü; i»ero eá «Bia ^cask>A^jgieatlD'lie&iá 
tcM tmbh ^ 'pan^^ miáé saqgt^rih^ il^^t olml ^M 

(4 ) Juvenal, Enguerrand aW Ifjbn^^éÜS. * ' ' ' ' - 

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Cbftt^ljgt él I^$:«ii#ro>dí^grdi3ÍMp$ 16OQ graj^ asdfql^ df es- 

liPi^lAmimsir^ pftiaoiQ: Barbón,, y/babkti^ .efifi^i^r^ 
4jiMíi<ui>e^n4a^(6;^nieleaa¿.bab¡ab()^ m dragoiv, s^qo^ 
Qi^im9aj?£»í{ den^obajSD^te á enBenáPf^leral dOQue de^^orgfíp^ 
991]^ «lila fttteva pr^idbaide^ la alianza ideloe arui^a^P^ qoq 1^ 
Inglaterra; biciéroole tria^^y .apm$iiírart)a<Hw pedajso^ pw ÍJis 
calles gritaadOí: ]Mu4»faq kis;iariBaúac8l {.a^raa 1p$ iogiesesl 
parQí^ifttnatará aadle. • .; .* : 

' g^^efwbarp,^ Al du(Hiie:vm qireJ^ sQdjeiDa. it» acerpái^ 
do^i.iH pQQo 4f)o^,:coma la mar^a á líis. cofilf^^ , y Uegóiá 
teQ»ar.iqu0 el po^lo^. después de babero ene^'oi^do oQn^ 
Ias cansas apaireQteef^iiado^Feadieseal fin eo pps de lascau^ 
sas reales;. por to mismo reunió por 1$ noche en elp^ilacio ^ 
Saft Pablo 4 ios mas apulenu^s yitesípistados -ve^i^sk^^París, 
los cuales Ib proiuelierQn Kpe 3i quería,. restablecer la paz. y 
volver las cosas á sa antiguo y verdadero ser, le ayudarían de, 
buena fé. Confiado en su apoyo, aguardó el dugruemafilran- 
quilo el dia siguiente. . : ; 

'■ AiotFft^nosooia ma8<iíie ua sol<^grito, poi|íSJtó9Qha- 
bíavüíkaalQpeuaa sola oécesidaid: ipanUpap! 

\ Eldoque 3aii&;ai balcoa y quiso b^lar : el vo^íq y iq^ 
gritos cubrieron su voz. Bajó, se ítítrodíj^^toa/rimí^jf^cp^ls^ 
cabera desoabierla, enmediode aquel pueblp a^o^ins^4<>7!.if^m- 
brientóvdanüb la' mano á todo eiiiiandk»]f arrcé^ua^Qlesp^o^^^ 
dinero. J¿1 pueblo se apiii4eQ t(Wft<2( ^a|P?i^ü^cb^4^ 
^ % que cada vez se hacitjma» 0QWíkfit*>' 

■e;idas;ilanJEdmibtó:es^ ya eft s^i (sadño 
de ligret': i .... , j. . '.. «^ / 



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3^8 mM!v DE «^BtsiiA; 

El duque Gomydó que era perdida si no se- valia de lafner^ 
tsí njoral de la palabra para cdut^arestraf agoetla dtoseomond 
fuerta física; (joísose hacer esifitidíar otra ■vea, y sawz «e per^ 
dió entre otras mil sin íeroida; encaróse, por Attimo, ooft^ii 
hombre del pnebto ^m pareóla ejereer a^oniDQújo ^bié 
aquella masa humana. Este oonocid 1^ qtiie queria él duque, 
subióse sobre UB gfaardacíabton y dijot 
-Silencio: el ddque quiere bablar» escuehadle. 

La turba obedeció y calló. Llevat)a el duque un «squisitoi 
pistillo bordado de .(9FÓ y una preciosa cadena le pendía del 
cuello: el hombre del pueblo no llevaba mas que una caperuia 
encarnada y raida, una tánica de color de sangre de toro y 
las piernas al aire; Esto no obstante, hábia alcamado kyqoe 
en vano habia pedido el poderoso duque^é Borgoña. 

No fué menos feliz^, ni dejó de sen ti») punlnataiente -obe«* 
decido en sus demás mandatos. C^ndo viéqtie todos g«arda«> 
ban silencio, gritó: . ^ , . .# 

— Eiisan<*iad el corro.- 

Todos se hicieron atrás. 

El duque se mordía los léitsm áe rabia •, ^Wf^mmáo de 
tener que recurrir á tale» estrem()s y de servirse delylesiioDH 
bres; volvióse, y Subió las gradas de la esoatora que tan pesa* 
roso estaba de haber bajado. ^ , 

El hombre del pueblo, que le sej^oia, paseó m>8 mimdas 
sobre la inmensa tbultftud para 'averiguar «i estaba toda. ídis^ 
pfuesta á escuchar; y «rolf ióndose después aliduque^ le dqo eoo' 
gran naturalidad: 
—Ya podéis hablar, seSorduqt]^; kio os ¡nterrompiMiu * 

Y se echó á sus pies, como w ptt^vo álof de sit /an». ñ* 



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MUmit SE nUMÉRA; 1Í99 

klvmmotkmf(^m (X>looároii detrás del duc^tte dé 6or* 
goia tilgimos señoras de su s0rvidf}uri)re, que habían s^Mo de 
pcdacia por d fuese necesaria su presepda y ayuda. Et duqñe 
hizo seña coa la mano; un ckis^ imperioso y prolongado salió' 
á la manera de un rugido de la booa del hombre del eoleto ro- 
jo, y ei diique tomó la palabra. 

— ^Ámígos mio3) dijo, pedís pan, y me veo en la imposibili- 
dad de dárosle: los reyes mismos le tienen escaso én su mesa; 
en vez de recorrer sin fruto las calles de París , haríais mejor 
y sacaríais mas froto en sitiar á Marcoussi^y Moñtlberéy , don- 
de estjgi los delfineaes (1); alU encontrareis víveres, y confun- 
diréis al paso á los edemigos del rey, que vienen á devastarlo 
todo, hasta la misma poertade Saiat*^acques, y no dejan ha-c 
cer la cosecha. ' 

; *T-No 'queremos otta, cosa , dijo el gentío á uiía voz , pero 
necesitamos gefes. • 

— Señores de Coheu yi4eñupes, dijo el duque volviendo un 
tanto la cabeza y mirando á^bs. visibles que «estaban detrás: 
¿queréis un ejército? os doy el mando.. ♦ . 

..*r-fii, señor, contestaron ellos acercándose. 

— Amigos mios, continuó el duque dirigiéndose al pueblo 
y presentáadole.los que aQabamos de nombrar, ¿queréis por 
gefes á estos nobles caballeros? os los ofrezoQ. 

««^Esos ü otrosy- eon.tal qua vayan delante^ * 

•-T-A caballo entonces ^..seaone^, esolamóel duqoe, y pronto, 
anadió ;en toz baja., la i i». .i 



■I n r.mii <i, I i., ÉiU ig ■ 



(1) Asi se llámabah diéspués de k muerte de Arraañác lo$ 
paftidario«4etd«lfi&. * 



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;Y ya ü^é¡r^\fsmd^ mfínéotH hombre qoe «sUteü sas 
pjés salevaatóy lo teQ(U6 la.ouidAo: el duqoe se la oatreiphó eo-' 
9K> babia heoho o^q.lof.oiros;; era ddudor ^iimiehos fa^ríK 
r^sáaqüüÜKi^aibr^... 
. . --Dime tu aonibre, la preguattó. . .i» 

— Cappeluche, contestó este (|iútáDdo6e inBapetuQaalneDto la 
caparuza eoo la mano que el daquo le dejafaü^ueitaíi., ; ~ 
, — ¿Xu profeaion? prosiguió el daque* • 
— ^Verdugo de la muy lealciudad de París, > - 

El duque soltó la maBo oomo si fuera un hierro ardseado, 
se hizo atrás y palideció. El mas podef oso . pdaoipede la crí»** 
üandad acababa de escoger aquella esíealena como on pedjéstal 
para pactar delau te de todo Pafis can. el ejecutor. do alias 
obras. ♦ í 

— YerdugOt le düo^el (tocpie con voz iitieGa¡jr'i«9ibload,«a- 
da al gran Chatelet, que allí te espera trabaja. , 

Gappéluohií obedeció aqu^máadatocomo hbmbcB qoe es- 
' taba acostumbrado 4 taléd ócdeaie^i. ^ u 

— Gracias, señor, respiwdió.. 

Y luego que estuvo al pió de la esealera^ aoaAiió e¿ al- 
ta toz: 

— El duque es ua príocipe noble, campedbaao, y qttejqoiere' 
mucho al pobre ,puebte- u . * . , 

— Ile-Adam, dijo «I duque alargando el brazo en la dírea- 
cioD que llevaba Cappeluche » mandad seguir á ¡eae boAibre; 
es preciso que caiga sia tardanza mi iiiano.ó so cabeza. 

. Aquel mismo dia salitu*oa de. Paria .los saooresuda Coheu^ 
4e Rup^ y.mea^ire.Gualtero'Raillardii opj^ gfa&.jijOujEtero! de 
ca&ones y otras máquinas á propósito parikditíEiTjjKaJsaa. So^-i 



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ISABCL SE BÁBIEKA. 40i 

bre diez milhombres de los mas acérrimos promovedores de 
alborotos los siguieron voluataríameate; cerráronse detrás de 
ellos las puef tas de París y por la noche tendiéronse las cade- 
nady asi en cada éstremo de las calles , como en la parte alta 
y baja del rió. Las corporaciones que formaban los vecinos 
honrados repartían el servicio con los archeros encargados de 
patrullar y hacer rondas, y aquella noche fué tal vez la prime- 
ra después de dos meses que empezó y acabó sin que se oyese 
' una sola voz que gritase muera ó fuego. 

Entre tanto Gappeluche se encaminaba hacia el gran Cba- 
tel^t^ muy pagado del apretón de manos que habia recibido 
y déla comisión que lehabian dado, pensando en la ejecución 
que tendría sin duda lugar al dia siguiente , y en el gran ho- 
nor que Je cabria, si como solia suceder y era de esperar en 
aqu^la ocasión, la corte asistía al acto. Cualquiera que le hu- 
biese encontrado hubiera dicho al ver su porte desembaraza- 
do: Ahí vá un hombre contento de si, y hubiera adivinado por 
los movimientos que hacia surcando el aire en diversas direc- 
oiones con su mano derecha , que iba haciendo un ensayo 
mental de la escena en la que creia ser él uno de los príncí- 
pales actores ai otro dia. 

Be este modo llegó á la puerta del gran Chatelet, ala cual 
llamó dando un solo golpe: la prontitud conque abrió el por- 
tero era prueba 4e que habia conooido que el que llamaba de 
acpelmodo tenia privilegio para no aguardar. 

El carcelero estaba cenando rodeado de su familia y brin- 
dó á Gappeluche á que se sentara; Qste aoeptó con aire deamis^ 
tosa protección, muy natural en un hombre que acababa de 
hablar mano amano con el mas ppijeroso vaaallo de laooro- 

26 

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.40^ ISABBL'^DE BABieftA. 

na de Francia. Por consigoienle arritn6á la pared, cerca de 
la puerta, su espada y se sentó en el lugar de preferencia. 

— Maese Ricardo, dijo Cappeluche al cabo de un instante, 
¿qpiénes son los principales señores q\ie tenéis alojados en es- 
ta antigua hospedería? 

—Ya sabéis, messire, contestó Ricardo, que hace poco 
tiempo que estoy empleado aquí, con motivo de la muerte de 
mi predecesor y su mujer , que entregaron el alma á Dios 
cuando los borgoñones tomaron el Chatelpt. Puedo deciros el 
numero de gamellas que bajo todos ^os dias á los presos, 
pero ignoro el nombre de los que comen la sopa de esta 
cárcel. 

— Sin eaibargo, sabréis si es grande su número. 

—Son ciento veinte. 

— ¡Bueno! maese Ricardo, mañana no serán mas que cien- 
to diezinueve. 

— ¿Cómo así? ¿Pues qué, hay jarana? ¿anda alborotada. la 
plebe? esclamó con presteza el carcelero, que temia se repro-^ 
dujesen con él las escenas que habiau costado la vida á su 
predecesor. Si supiese cuál era el que me iban á pedir, le pre- 
paraba corriendo para no hacer esperar al pueMo. 

— No, no, reposo Cappeluche, ya veo que no me habds 
entendido: la plebe está á estas horas andando hacia Mar- 
coussis y Montlhery; conque ya veis que no vá muy derecha 
para venir aquí. No se trata de motín, sína de ajustida- 
miento. * 

.-^¿Estáis seguro de lo que decís? 

— Bueno es eso: ¡que me bagáis á mí esa pr^ntel repli* 
có Cappeluche dando una Carcajada. 



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ISABEL BE BAIHERA. 408 

. — ¡Ah, tonto! es verdad, habréis recíbidp órdenes del pre- 
boste. 

— No, traigo la noticia de mas arriba: la traigo del duque 
de Borgoña. • - . ♦ - 

—\\}9l duque de Borgoña! 

— Sí, continuó Cappeluche meciéndose con4ejadez enla^silla, 
que estaba sostenida en el suelo por los pies de atrás única- 
mente, sí, del duque de Borgona; nohacetodavía unahoraquei 
medió la mano y me dijo: amigo Cappeluche, hazme el servicio 
de ir cuanto antes puedas al gran Chatelet y espera allí. mis 
órdenes. Yo le contesté: señor, podéis contar conmigo; soy 
Yuestro hasta la muerte. Conque es evidente que mañana sal- 
drá á la plaza de la Greve algún noble armañac, y que el da-- 
que, que debe asistir sin duda, quiere que se haga la. cosa 
con lucimiento, y por eso me ha encargado de ella. Si no hu- 
biera de ser así, la orden me la hubiera dado el preboste y 
la hubiera recibido Gorju, mi criado. • 

No bien acabó estas palabras, cuando se oyeron dos al- 
dabonazos á la puerta esterior: e\ carcelero pidió á Cappeiu-^ 
obe pern)íso para llevarse la luz, y este hizo con la cabeza 
una señal de asentimiento: salió el carcelero y dejó á todos 
loa convidados en tinieblas. 

Al cabo de diez minutos volvió á entrar, se detuvo en U 
puerta del cuarto, la cual cerró con sumo cuidado, miró con 
una espresion particular á su huésped, y le dijo sin volverse 
á sentar: 

— Maese Cappeluche, es preciso que me sigáis. 

^Bien está, contestó este bebiendo de un trago el vino que 
aun quedaba en su vaso y dando ^mb (chasquido con la lengua^ 



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404 ISABEL DE BABIfíRA» 

como un hombre que aprecia al amigo de quien se vá á sepa- 
rar; bien está, ya sé para qué. 

y maese Cappeluchese levantó y siguió al carcelero, des- 
pués de haber cogido, el espadón que puso al entrar cerca de 
la puerta. 

Unos cuantos pasos por un callejón húmedo, los condujo- 
i!on á la entrada de una escalera tan estrecha, que parecía 
que el arquitecto se habia ¡penetrado de lina manera admira- 
ble de que las escaleras no son mas que cosas accesorias en 
una prisión de Estado. Cappeiuche bajaba por ella con la fa- 
cilidad de un hombre para quien era familiar aquel camino, 
silbando al tonillo de su canción favorita, deteniéndose en 
cada tramo, y diciendo luego que veía que el portero seguía 
adelante: 
— lOiga! |Oiga^ pues es un gran señor. 

De este modo bajaron hasta sesenta escalones poco mas 
6 menos. 

Entonces abrió el portero una puerta tan baja, que. maese 
Cappeiuche, que era de una estatura muy mediana, se vio 
obligado á agacharse para entrar en á calabozo con quien 
comunicaba. Al entrar reparó en su solidez; ^ade madera de 
encina, tenia cuatro dedos de espesor y estaba forrada de una 
|danobuela de hierro. Hizo un movimiento con la cabeza, 
oomo de inteligente que aprueba. El calabozo estaba desocu- 
pado. 

Cappeiuche lo advirtió á la primera ojeada, pero pensó 
que el sentendado qne le iban á enviar estaba en el interro- 
gatorio ó en el tormento; dejó la espada en un rincón y se 
dispuso á aguardar al preso. 



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I8ABSI. BE BABISRA* 405 

-^AquI es, dijo el carcelero; 

— Bien, contestó lacónicamente maose Cappeludie. 
Ricardo iba á, marcharse llevándose la luz, pero macise 
Cappelache le pidió por favor se la dejase. Como el caf^tepo 
no tenia orden de dejarle sin elia^ accedió á la petición. Ape^ 
ñas la tomó Cappeluche se pi^so^ *& re^strar los escondrijos; 
tan distraído, estaba en su requisa, que no oyó que la llave 
daba dos vueltas en la cerradura y que echaban los cerrojos 
por íuera. • 

Había enconado entre la paja que servia de cama en 
aquel «mlabozo> lo que con tanto cuidado buscaba: era una 
gran piedra de que se servía el preso paraponerla en yez de 
almohada. 

^ Puso maese Cappeloohe la piedra en medio del cala^boao^ 
arrastró hteia si un escaño de madera que allí habia, colocó 
encima la lámpara, fué á tomar su espada al rincón donde la 
había pvtesto, mojó la piedra con un poco de agua que %e es- 
taba corrompiendo en un cántaro roto, y sentándose en el 
suelo con la piedra entre las pihuas, empezó á afllar su es«- 
padon con mucha cakna, por si habia sufrido algisn detríi- 
mento en los repetidos servicios que había prestado en los úl- 
timos alborotos. Solo interrumpía su tarea para probar el filo 
pasando el dedo pulgar por el corte y para volver después á 
su trabajo con mayor aEan. 

.De tal modo obsorvio' su pasamiento aqtiella interesante 
ocupación, que no advirtió que habían abierto y vuelto á cer- 
rar la puerta y que se le habia acercado un hombre muy pau- 
sadamenie. Miróle asombrado un momento el recien llega-^ 
do, y por último rompió el silencio. 



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406 iSiUiist de: ,BABKaA« 

-—¡Por vida mia, dijo, maesa Cáppéluófae, os ocopaiá ea aa 
. diabólico .trabajo! 

— \kh\ eres tú, Gorju, dijo CappelochelevaáWdo la vista 
.y.volviéodola á fijar sobre la piedra, que absorvia toda sa 
atencioa; ¿qué dices, hombre? . 

«^Digo que e3 necesario ser de muy buena pasta para 
•ocuparse en las menudenoias en Que vos os oeupais. 

•-^Qné quieres, añadió Cappelucbe, m iodaá las cosas <|oo 
el hom!)re hace, pone su poco de amor propio; y no veo por 
qué no hemos de tenerle en nuestro oficio tan bien como los 
'demás en el suyo. Esta espada, á pesaor de que estaba mella* 
da^ hubiera podido pasar perfectamente en un motin todavía, 
porque en esos casos, con tal que uno mate, no importa que 
sea de una ó d6 dos veces; pero el uso que debo bacer óoa 
ella mañana, uo tieoecoibparaóion'coa el^queestá baciendo 
'de UQ mes á esta parte, y por muchas precauciones que uno 
tome nunca son bastantes cuando se trata de salir con hdnor 
de un lance. 

G017U pafióal oir aquéllo del asombit) á. la estupidez; mi- 
traba d su amo sin contestarle, y este se daba cada* vez zna,s 
pHsa en su tarea, porque coaocia que ya se acababa» 

Por último, maese Cappetuohe levantó de nuevo la vista 
haría Gorju. 
— ¿No sabes, le dijo, que mañana tenemos reo? 
í ^-^Sí tal, sí tal, «ntestó este, lo sé muy á fondo. . 

j • — Pues entonces.... ¿de qué te admiras?... 

¡ - ' Y volvió á piísar nuevamente la espada por la piedra. 

I — ¿Pwo según' veo, no. sabéis, dijo entonces Gorju, el nom- 

) bre del que van á ajusticiar? 

t; 

(; * , DigitizedbyLjOOQlC 



iSAíBCt I>E BiOttERA. 407 

•^No, respondió Cappeluche s|q dejar su fs^ena, eso no m» 
importa^ Á menos qoe no sea aigim jorobado; porque ea e^ 
caso tendría qna tomar de antemano ciertas' pr6cai:K3iones e^ 
razón á la diñcultad. 

— No, maese, prosiguió Gorju, el reo tiene el pescpezo ni 
mas ni menos que vos y yo; y me alegro de ello en el alma, 
porque como no tengo aun muy suelta la mano.... 

— ¿Qué diablos estás diciendo ahí? 

— Digo, que como hasta esta noche no he sido nombrado 
Terdugo en forma, hubiera sido una desdicha que por la ^vi- 
mera vez hubiese tenido que despachar á un.... ' 

-^¡Tü verdugo! dijo Cappeluche interrumpiéndole y dejan- 
do caer la espada. « v 

T^Sí, por Dios. Hace una hor^ que me ha llamado erpre- 
boste y me ha entregado el nombramiento. i 

Y diciendo esto, sacó Gorju un pergamino de su ropiUa 
y se le presentó á Cappeluohe. Este no sabia leer, pero reco- 
noció las armas de Francia y el sello del prebostazgo, y cona- 
parándole en su memoria eon el suyo, se convenció de que 
era idéntico. 

— ¡Ohr esclamó lleno de pena y como un bómbice aba- 
tido, ihacerme esta afrenta la víspera de, una ejeQucioo pú- 
blioal 

— Pero sí era imposible que fuóseis vos el ejecutor, maesa 
Cappeluche. 

— ¿Y por qué ha de ser imposible? 

•^Porque vos no podríais ajusticiaros á vos mismo; seria 
la primera vez que se viese una co'^a igual. 

Maeáe Cappeluche empezó á comprender; fijó los ojos lie-* 



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408 IMSBL DE BAMEIU. 

nos de asombro en su cria^o^ eríxároasele los cabellos y em- 
pezaron á destilar desde i^s raices anchas gotas de sudor qne 
bajaban basta sus enjutas mejillas. 
— ¡Conque es decir que soy yo! esdamó. 
— Sí, maestro, contestó Gorju. , 
' — ¡Y eres tul.... 
' — Sí, maestro. 

— ¿Quién ha dado esa orden? 
-«•^El dnque de Borgona. 

— [Es imposiblel aun no hace una hora que mé apretó la 
mano. , . 

-4-'Pues bien está, dijo Gorja, ahora os qaiere apretar el, 
pescuezo. 

Cappeluobe se enderezó poco á poco tambaleándoáe como 

« un borracho y se agroximó á la puerta: agarró la cerradura 

entre sus férreas y tendinosas manos, y la dio dos sacudidas 

capaees de h^cer saltar los goznes si hiubiesen. sido menos 

3Ólldo&. 

Gorju le seguía con la vista, y su fisoaomfa manifestaba' 
por aquel hombre todo el interés que era posible pudiese pin- 
tarse en su rostro impávido y atezado. 

Cuando Cappeluche se convenció de la intttiltdad de sus 
^fuerzos, volvió á sentarse en el sitio en que le.liabia ettcoU'- 
trado (jorju, recogió la espada, y poniéndola de nuevo sobre 
la piedra, empezó á darla la última mano. 
¡ — ¿Otra vez? dijo Gorju. 

's ^ — Si ha de servir para mi, repaso Gáppelnehe con ronca 

I voz, doble razón para que corte bien. 

^^ En aquel instante entró en el calabozo Yau^ de Bar, pre- 

í ■ - ■ 

i. 



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ISABñ DE BAMÜRJl. 400 

boste de Parfs, segoido de un sacerdote^ y procedió al inter^ 
rogatorio por mera fórmula. Maese Cappeluche confesó 
ocbeflta y seis muertes después de las que babia becho en el 
ejercicio que desempeñaba; gran parte de ellas habian sido' 
cometidas en las personas de mujeres y ñiños. 

Una tora después volvió á saíir el preboste^ dejando á' 
Cappeluche con el sacerdote y el criado ascendido á verdi:^ 

Desde las cuatro de la ma&ana del siguiente- dia estaban 
(abiertas de gente las calles de Saint^Denis, I|l de Feves y la 
plaza del Pilori, y íos balcones y ventanas de todas las casas 
tapiadas de cabezas. El matadero grande, inmediato al Cha<^ 
telet, y la tapia del cementerio de los Inocentes, contigua al 
mercado, parecia que iban á hundirse^ajo el peso que sobre 
ellas cargaba. La ejecución babia sido señalada para las 



A las* seis y media un movimiento o'ndi^atorío, un astre** 
mecimiento eléctrico, un confuso clamoreo levantado por los 
que estaban cerca del Cbatelet, anunciaron á los de la plaza 
del Pilori que el reo emprendía la' marcha. Habia obtenido de 
Gorju, porque de él dependía este favor, que no seria Hevado 
en burro ni en carreta: venia con paso firme entre el sacer-^ 
dote y el verdugo novel, saludando con palabra y gesto A los 
que conocia entre la multitud. Por último, llegó á la pla:^ 
del Pilori, y entró en un circulo como de veinte pies de diá- 
metro, formado por una compañía de archeros; enelcentro 
de aquel 'Circulo babia un tajo y delante un montón de arena: 
el círculo, que se abrió para darle paso, volvió á cerrarse de* 
tras de él. Los que estaban- muy distantes hablan colocado de. 
antemano en posiciones respectivas sillas y bancos para que les 



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410 ISAKt DE BámCRA. 

permitiesea ver por encima de la? oabezas de los delaoterosu 
cada cual ocapó su puesto en aquel vasto anfiteatro circular, 
cuyas últimas gradas eran las tejados de las casas, y que pa^ 
recia uq iomenso embudo de cabezas humanas sobrepuestas 
unas á otras. 

Cappeluche se fué derecho al tajo, se cercioró dé que sen- 
taba bien en el suelo, le volvió un poco mas hacia el montón 
de arena, do que estaba demasiado retirado, y examinó de 
nuevo el filo de su espadón; después de estas disposiciones, 
se hincó de rodillas y posóse á rezar en voz baja: el sacerdo- 
te le hizo besar el crucifijo. Gúrju estaba de pié á su lado 
apoyado en la espada: la campana empezó á dar las siete, y' 
maese Cappeluche grito: iMisericordia, Dios mió! y púsola 
<3ábeza encima del tajOw 

Hubo un instante en que parecía que entre tantas bocas 
00 b^bia una sola que respirara, en que aquella inmensa mu- 
chedumbre no hizo el menor movimiento; todos parecían cía*- 
vados en su sitio; solo los ojos vivían. 

De repente brilló en el aire la espada de Gorju; dio el reloj 
la última campanada, cayó la espada y la cabeza fué rodan- 
do á. dar en el montón de arena, que besó y tiuó do sangre. 

El tronco retrocedió por un movimieiílo convulsivo y con- 
trario, arrasti'ándose de un modo repugnante sobre manos y 
. rodillas: la sangre saltaba de las arterias del cuello, á la.ma- 
iiera que el agua de los agujeros de una regadera. 

£1 gentío dio nn grito: era la respiración de cien mil 
personas que babia estado paralizada durante cinco mi-* 
ñutos. . . 



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ISAOCL DB^ABIfiRA. 



4(í; 




CAPITULO XXIÍI. 



El messlijer#. 



tiOMPtiósE ]a preYisioB politíca del daquo de Borgoña: la ciq- 
<]ad de París, harta de' la agitación y <]esórdenes que ea e(ta 
reinaban hada largo tiefnpQ, atribuyó el fia de sus males k la 
presencia del dnqne, sio pensar que fuese^consecueociadelos 
accmtecimientos, á la severidad que había manifestado y sobre 
todo á la decapitación de Cappeluehe , uno de los principales 
promotores de alborotos Restableciáse ol orden después de la 
muerte de este, y todo el mundo se deshacía en alabanzas al 
duque de Borgoña , cuando un nuavo fizóte vino á descargar 
su furia sobre aquella desgraciada ciudad, eú cuyas calles ano 



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4i2 .»ABtL BE BABIRItA. 

no habían desaparecido los rastros de 9tngre: la peste, her- 
mana macitenta y deseamaÉi^dSe bi fii^a^'ci?it> odz^si^cl ha- 
^ estragos en París. 

Declaróse al cab« tíwa >fi^femia térrAIfe-. ©hambre, la 
miseria, los cadáveres olvidados en las calles y barrancos, las 
pasiones políticas que hacen hervir la sangre en las venas, fue- 
ron las voces infernales que la llenaron. El pueblo, que empe- 
zaba á entibiarse y que estiba espantado de sus precios esce- 
sos, creyó sentir la mano de Dios en aquel .nuevo azote; un 
vértigo febril se apoderó de ól. En vez de aguardar la. énfer- , 
médad á pié firme en las casas y tratar de tomar en ellas las 
precauciones necesarias para preservarse del mal, se esparció 
la población entera por las calles ; algunos hombres corrían 
como dementes gritando que los quemaban las llamas del in- 
fierno, y abriéndose paso á través de la turba, que se aparta- 
ba despavorida ante ellos, los nnois se arrojaban en los pozos, 
lós otros* en el río. Por segunda vez faltaron sepulcros á los 
muertos y religiosos á los moribundos; Los hombres que se 
sentían acometidos de los primeros síntomas del mal, 'detenían 
á los ancianos en la calle y los obligaban á. escuchar su confe- 
sión. Los grandes no estaban libres de la cruel epidemia , ni 
mas ni menos que la plebe : el príncipe > de Orange y el señor 
de Poix muñeron de olla ; uno de los hermanos Fossense se 
'sintió con los primeros síntomas de la dolencia al subir la es- 
calera del palacio de San Pablo, adonde iba á presentarse al 
duque; quiso continuar su camino , pero apenas hubo sot^ido 
seis escalones, se detuvo pálida y demudado , con los cabellos 
erizados y las rodillas vacilantes. No tuvo tiempo mas que pa- 
ra cruzar los brazos sobre el pecho , diciendo : Seoor , tened 



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ISABBL DE BABIÉBA. 413 

piedad de mí; y cay6 muerto. El daqae deBretaña, los de Au- 
jou y de Alenzon se retiraroQ á Corbeíl, y sire de Giac, con so 
mujer, á la quinta de Creil, que les habia regalado el duque 
deBorgoña. 

En el palacio de San Pablo se divisaban de tiempo en tiem- 
po detrás de los cristales, como sombras/el duque ó la reina» 
que dírigian sus ojos háciá aquellas escenas de luto y desolación; 
pero nada podían para remediarlas y continuaban guardando^» 
86 en palacio. Con respecto al rey, se dedaque habia vuelto & 
str acometido por otro acceso de locura. ^ 

Entre tanto, Enrique de Inglaterra ^ al mando de un po- 
deroso ejército, se dirigía & poner sitio á Rou^n. Aquella ciu- 
dad dio un grito de tristura que se confundió con los clamo- 
res del pueblo de Parfs, antes de llegar á los oidos del duque 
de' Borgona, y sin embargo , era la voz de unfia ciudad entera 
que pedia socorro. Los de Rooen abandonados , hablan no 
obstante cerrado sus puertas y jurado defenderse hasta el úl- 
timo esíremo. 

Los delfinesds por otro lado, capitaneados por el infaüga- 
blo Tanneguy, por el mariscal de Rienx y por Barbasán, ape- 
llidado el Caballero sm tacha, después de haberse apoderado 
de la ciudad de Tours , defendida por el duque Guillermo de 
Rómmenel y Carlos LaU»6, intentaron varips reiconocimientos 
hasta las mismas puertas de París. 

£1 duque Juan tenia por consiguiente á su izquierda á los 
delfineses,. enemigos de Borgona, á su derecha á los ingleses, 
íSn^migos de Francia, y á su frente y retaguardia lapeste, ene- 
miga de todos. 

En tan estrema situación pensó entrar en 'ajaste oontf 



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414 l^Amt t>K «ADlEtlA^ 

délfin, dejando á los k'eyes y kesi^ la responsabilidad de la 
defensa de París , y salir con él con presteza á socorrer á 
Roñen. . • 

La reina y el duque de Borgoña firmaron de Huevo j'por 
íx)nsiguiente, los arreglos del tratado de* paz , "atendido poco 
tiempo antes en Bray y en Monterán. El dTdeseíiembrefue-' 
ron publicados á son de trompeta en las calles de París , y el 
duque de Bretaña, portador del tratado , quedó encargado de 
someterle ala aprobación del delfín: al mismo tiempo, y para 
inclinar su ánimo á una reconciliación , iba comisionado para 
acompañará la tierna esposa del delfln(l),' que se habia que- 
dado en París, y con la cual hablan tenido los mayores mira- 
mientos la reina y el duque. 

El duque de Bretaña halló en Tours al delflti y obtuvo 
una audiencia. Cuando le introdujeri>n en presencia dal prín* 
cipe, tenia este á sn derecha al jÓven duque de Armañao, que 
babia llegado el dia anterior de Guiena pidiendo justicia pop 
la muerte de su padre, y al cual le habia prometido hacérsela 
cuíMpliJa y entera; á la izquierda se hallaba Tanneguy Du- 
chalel, enemigo declarado del duque dé Borgoña; deirás de ét 
estaban el presidente Louvet, Barbasán y Carlos Labbe, que 
se habían pasado del partido de Borgoña, gente toda deseosa 
de armar guerra, porque tenían mucho que esperar del delfia 
y mucho que temer del duque Juan. 

Aunque al primer golpe tie vista se persuadió ya el duque 

(1) María de Anjou, hija de Luis, rey de Sicilia, casóse con 
el delfín en 1 41 3; pero no tuvo efecto el matrimonio hasta 1416, 
por no tener María nía» que once ano^ ep aquella ¿poca. ' 



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ISkBtX. ISE lUBOEflA. 415 

h. - ' 

dé BretafiQ. de caál seria ei resultado déla negociación, hincó 
la rodilla qn tierra y preseotó el tratado al duque de Turena^ 
Este lo tomó, y sin abrirlo, dijo al duque levantándose: • 

—Ya sé lo qu(5 es; rae llaoma á París ^ ¿no es verdad? ¿Mé 
ofrecen la paz si consiento en volver . allí? Tened, eaten^ido^ 
primo mío, que jiimás har<'a la paz con as^sinos^ y que no de- 
seo volver á entrar por ahora en una ciudad cubierta aun de 
luto y sangre. * El señor duque qué ha causado el mal pue*: 
de remediarle; por loque á ral baoe, como no he cometido el 
crimen, no quiero ofrecerme para espiarlo. 

El duque de Bretaña quiso insistir, pero todas sus instan^ 
cias fueron inútiles. Regresó á París con la negativa del del- 
fin, y halló al duque de fiorgoña dispuesto para entrar en el 
consejo , adonde debia i§er oido mi enviado de la ciudad dei. 
Rouen. 

El duque escuchó con atención el relato que le hizo su em** 
bajador; después que este hubo acabado de hablar , dejó caer 
la cabeza sobre el pecho , reflexionó algunos instantes , y 9^ 
clamó dé repente: 

—El tendrá la culpa. * 

Dicho esto, entró en la sala del consejo del rey. 

Fácil es esplícar el pensamiento del duque de Borgoña. 

El duque era el primer y mas ilustre vasallo de la corona 
de Francia y el mas poderoso principe de la cristiandad. El 
pueblo de París le adoraba; ya hacia tres meses que goberna- 
ba á nombre del rey/ y la terrible y crónica enfermedad do 
este desventurado principe habia desesperanzado hasta á sos 
mas adictos partidarios de verle tomar de nueivo las riendas 
del gobierno, al paso que los rectificaba mAsy mas en queao 



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4i6 ISAUL ns BAinSRÁ. 

podría vivir por mocho tiempo : en caso de maerte , no había 
masque ua paso de ia regencia á la soberaaia para el duque. 
Los delfiaeses solo poseiaa la Afainey el Aojou; la cesión de 
Guiena y Normandia al rey de Inglaterra harían de éste un 
formidable apoyo y aliado. Las dos Borgoñas, Flandesy Ar- 
tds, que le correspondian como vínculos de su casa y que 
pensaba reunir á la corona de Francia y le indemnizarían de 
aquella pérdida; en fin, no'estaba tan lejos el ejemplo de Ha- 
go^Capeto; para que no soñase en reproducirle; y una vez que 
el delfin rehusaba la paz y quería guerní, á nadie tendría que 
quejarse después si las consecuencias de su negativa recalan 
sobre él. 

Para todas estds consecuencia^ tenia muy poco que trabar 
jar el instinto político del duque de ^orgoña; no necesitaba 
mas que dejar que durase el sitio de Rouen^ .entablar negocia- 
ciones con, Enrique de Inglaterra y concertarse con él: de mo- 
do, que habiendo recopcentrado en sí todo el poder antes de 
k muerte de Cários VI, luego que muríeseeste no tuviese mas 
que adornarse con el título de rey, pues ya tenia el poder^ que 
era lo único que le faltaba. 

No pedia presentarse ocasión mas favorable para poner en 
práctica tan gran designio : el rey , cuyo juicio continuaba 
trastoraado, no podia asistir al consejo y ni aun tenia noticia 
de su convocación : por consiguiente , el duque era dueño de 
enviar á la ciudad de Rouen la respuesta que le pareciese mas 
eonyeniente, si no á los intereses de ia Francia, ¿ ios suyos 
propios por lo menos. 

Preocupado con aquel pensámieato ^^ntró en la sala, del 
consejo y fué á sentarse, como para ensayar el p$pel que 



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deBfiues esparaba reprawttar, eo ^ trono del rey Cirios. 

Soki & él agMrdabto para maridar qaa se presentase el 
meüsajefo. 

Era este na religioso aooiaDo y de cabellos blancos; habi^ 
venido desd^ Rouen descaí») y apoyado en on b&Qulo , cual 
conviene al- que fMáe socorro. Adelaottee hasta e^. medio de 
la sala, y después de haber saludado al doquedeBorgona iba & 
esponer el objeto de su misión, cuando de repente se dejó seiH 
tir un gran ruido en una puertecita cubierta de un tapiz , que 
oo&maicaba coala cámara real. Todos volvieron la cabeza y 
i^eron Henos de sorpresa levantarse el tapiz y aparecer el rey 
C&rlos, que se encaminó paso á paso por aquella sala donde 
nadie le esperaba, con un mirar frenético y paso firme, h&cia 
el trono en que prematmauaente se habia sentado el fluquo 
Juan de Borgoña. 

Aquella aparición iaesperada llenó& todos losdrcnnstantes 
4e un vago sentimiento de temor y req^to, £1 mismo duque^ 
da fiorgona le miraba aoercarse, levantándose gradualmente 
del trono á medida que el rey adelantaba, como si una fuerza 
sobrenatural le impeliese á hacerlo; y cuando el rey puso el 
pié en la primer grada del trono para subir á él, el duque, 
volviéndose hacia el lado opuesto , le puso maquinalmeate eA 
]a úittdia para b^iar: todo el mundo miraba en silencio aquel 
singular columpio. 

>^^a(lipBda vueslro a^on^fo, ae&orea^ djj^ al rey; sin duda 
oa hablan didio que estaba loco y quizás» muerto. 

Echóiiei rair de un modo que ha^ia daño el verlo, y coíit 
tínuó: 

:— ^NOySeporea, no: estaba prew-Pero ha^llegado ámí no-: 

27 



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418 



ms BASBULÜm 



ticfa que el coA9ejo est^a reanido durMlie m aiiseMia, -y be 
querido asistir á él; espero, prime de Bor^tAa, cpie inverti- 
réis con gusto el estado de mi saluda el cual sin duda «ebfl^. 
lüan exagerado, y que mi enCdnnedad bo me estorbará po- 
nerme al rretrte de los éegooies de( reino* 
En seguida/ vatviéndose hái^ia el relíi^ioso: 

--Hablad, padre mió, le dijo:, el rey.de Fraecia o$. es- 
cucha. 

Y se sentó en el trono. 
' El religioso se puso de hinejos aate el rey , oosa qae no 
habia hecho con el duque de Boiigoña, y eeipezó á haUarle ea 
aquella postura. 

-^Seftor, esclatnó, los ingleses, enemigos .ToeskroB y mies»' 
tros, han puesto sitio á )a oiudad A» Rotteñ. 

El rey se estremeció. « 

-^iLos ingleses éa el ocsitro de mt^feinos^ y el rey io ig- 
nora! dfjó. iLos ingleses silíanóo 6 Reoeiil.*.. (A ito^^ qm 
es ciudad francesa desde Gloves, ascendiente de todos los re- 
yes de Francia; que si fué perdida una imt reoobróse al ponto 
por Felipe Angustol.... {Roneo , mi mejor placa..*, .mo de 
los seis florones de mi cononal.... |0h! {traición, traicionl su*- 
surréen voz baja. 

El religioso, viendo que el reiy bttbia acabado de iiaUajc;, 
continuó: ... 

—Vengo, sefMH* y prfoeipe onestM, coniflíonadb poir;fesba- 
bitantes de la ciudad de Rouenr, para^haeer llegar sus palabras 
basta vos cotno soberano, y o<«tra «os ^ dnqoe de Borgoña, 
que estáis encargado del gobierno del rey y de su reino ; para 
pedir favor, seflof, cootm la opresión qne sufren por parte de 



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fortuna hiciese que por falta de socorro vuestro lle-gasen á. ^ei 
subditos del rey d^ logUterrA» í^o teodriais peores eneaiigos 
(g^ eUo^, y qt^ ^iaiv4<>PQ3Íl>lQ por ^stermínaros á tqs y & 
to^ vuestra raja, , . . 

- r-Pa^dre , dyo ^ rey leya^t^do^e, habéis cni»plide con 
Yu06tra misión y lue h^eis.r^or4ado la mia. Yolyed ádoqtdf), 
0$ e^jp^aa Iqs dQcidíd(>9 babitaivtes deRpUjBo;, d^dlea qv^e s^. 
ap^it^ogaa, y qu^yo iviro aajxaríes por;nediQ de negociaciones 
ó 90corros,pportaaoS|, aqn cuando: tuviese que entregar mi hi«^. 
ja Gatalipa al rey. (}e Inglaterra j»ra. coDi^egMir la pa?.,. aun, 
duin^o P^^ epopr^de;* la gperra tuviese, que salir en per3onaj 
(li..eiMpb9tír/á Iqs ^neopigos y r^mir por mi mismo toda la no« 
hl^eía del reino.. .. •, . .. i 

. -rSenor, replico el reljigiosQ saludándole , os doy gracias 
por vuestro buen deseo y ruego á Dios que no le haga variar. 
ninguna voluntad que no sea la vuestra-Pero ya $ea para 
V^9 ya '9^ para gn.erra,.es necesario que os de¡3 prisa^ 
sqAoi^; porque la mayor parte de Iqs Imitantes de vuestra ciu<- 1 
4^4 han fnuerto ya de hambre, y bac^ dos meses que- no nos 
alimentamos inas.qne de carnes .qu^. no destinó Dios para co- 
mida hiWEBana. Doce mü pobres entrQ hombres, iniijeres y ni- 
aQs;$e. bpA visto obligados $ eciíaf jos d|8fen$ores fuera (le la. 
ciudad, los cuales se mantienen'en los fosos con raíces y aguas 
GQnagQ^;4e tal i^odo^ .que euapdo alguna pobre mujer en 
cinta U^a ^ ser m^4re, l»s g^t/es caritativas sub^^i en cestas 
oop cnerd^v ^ 1^ re^ien.nacidps , los hacen bautizar j se los 
daiwielven^i^as padres. paraqioa al menos mueran crístia-? 
nados. 



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E( rey lán2ó an hondo suspiro y se votiid hacia el duque 
de Bórgoña. 

, ^Ta lo oís, le dijo dhíg^iéndole uña niirada que deciá mas 
qne las mas amargas qiiejaá; no e^e^a&o que yo, el rey, oie 
encuentre en tan lastimoso estado, ni que mi cuerpo y espfrí* 
tu padezcan y se aniquilen, cuarido tantos 4esgraciad06 , que 
creen que yo ocasiono sus males, elevan hacia el trono delSe'- 
ñor un griterío de maldiciones capas de hacer retroceder ai 
ángel de misericordia. Bfarcbad, |iadre, continuó dirigiéndose 
at religioso, regresad á esa desg^aciada ciudad, á la cual qui^ 
siéra enviar mi propio pan; <léc¡d que no dentro de un mes, 
líodeátro dé ocho días, no miaEíatía, sino hoy mismo « eú el 
acto, sáidr&B embajadores míos por el puente de Arobe para 
tratar la paz y que el rey irá en persona á San Dionisio á sa- 
car 6on sus propias manos el oriflaáxá para aprestarse á la 
guerra. 

Vnmer presidente, añadió volviéndole á Felipe dé Mdrvi- 
lliers, y sucesivamente á los demás á quienes' diri^ia la pala^. 
bra: messire Regnault dePolviÜe, messire GuilleriñodeChámpK 
Bivers, messire TÍerry-le-Roy, eáta tardé misma saWneis oolí 
' plenos poderes para tratar de laii paces con Enrique de Laneas^ 
ter, rey de Inglaterra; y vos, primo, ida dar la« órdenes né^ 
cesaHas para que marchemos á San Dionisio;' saldfémoe al 
instante. .... 

Levantóse el rey en cuanto hubo (Mchoéstas palabras y to^ 
dos le siguieron. El religioso vino á éí y le beS(S la mano. 
'' — Se&or, le dijo. Dios ps tenga en cuenta et bien que \uís 
£ hacer: mabana bendecirán Vuestro nombré oeheatanñl péN 
sonas. 



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— One ruegven por mi y por la feUcidadda laFranoíay par 
úm mió» porque bien lo necesitamos ambos* 
. Diobas estos palabras, $e¡ concluyó el consejo. 

Dos bora9 después descolgaba el rey por sus propias mar 
nos el oriflama de las antiguas paredes de San Dionisio. En 
seguida preguntó al duque por un caballero de ilustre nombre 
y acreditado esfuerzo para confiársele: el duque le desig- 
no uno. 

— ¿Cómo os llamáis? le dijo el rey al presentarle la santa 
ODseña. 
— Sír de Montmort,, contestó el caballero. 

E\ rey revolvió en su memoria buscando á qué noble ra- 
ma» ¿ qué gran suceso se enlazaba aquel nombre. 

Después de un. momento le entregó el oriflama exhalando 
^ un suspiro; era la primera vez que la bandera real se confia- 
ba á un vastago de familia tan poco conocida. 

El re} envió su.o instrucciones, á ios embajadores sin re* 
grasar 6 P«ri$. Uno de ellos, el cardenal de Ursinos , recibió 
un retrato de la princesa Catalina; lleva,ba encargo de dejár- 
selo ver al rey de Inglaterra. 

£1 ^ de octubre de i418 hizo noche la corte en Poatoi- 
se^ en donde debía aguardar el resultado de las uegociaciones 
del Puente-de«Arcbe; mandóse en aquel mismo día á todos 
los caballeros que fuesen á reunirse allí con sus escuderos, 
hombres de armas y equipos de guerra. 

Sire de Giac fué uno de los primeros que se presentó: adó- 
nba sieo^pre á su mujer, pero al grito lastimosoqueen nom- 
bre de }a Francia había laQza4o su rey^ lo dejó todo, si} her- 
fltosa Caialina y sus carioias de nina^ su quM)ta 4e Creil. y mñ 



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4¿é láABCL 1>E ÍIAéliliAl 

vólujrtüosos salones, sü alameda y siW délicióaás tsalles én que 
era tan grato pasear, boIh9ltído con'lcfd^^ fMs lüs ftQiariReiftás 
hojas que los 'viebtos do ótbño fiacíatí cá^r de los ftrbdés, y cu- 
yo susurro melancólico estaba tan en arffloafa-con la vaga me- 
ditación de uú corazón joven y enamorado. . ' * 

El duque le recibió cómo á un áínigo , y dió'uíia 'ifetoida 
a muchos jóvenes y nobles seSores con motivó del arribé, 
de su favorito: por la noche hubo reunión y juego eo Cít- 
Sa del duque. Sihe de Giac era el héroe de aquella noche, como 
lo había sido del dia; todos le preguntabaa por Catalina^ que 
había dejado en pos de ^i mas de un recuerdo en el alma- de 
varios nobles donceles.' - ' r . ► 

El duque estaba pensativo, pero su frente risueña maaifes^ 
taba que le ocupaba algún pensamiento festivo. 

Be Giac, pahí librarse ife' los cumplimientos de los unoft, 
délas chanzas de los otros, y atm mas para sustraeí'áe de la 
abrasada atmósfera de la sala de jdégo^ se paseaba con su ami- 
go sire de Gravilló en la primera estancia de las queíoriMbaa 
la habitación del duque. Gomo este sé habia instalado allí des* 
de la víspera únicamente, el servicio dé pajes , escuderos' y 
meznaderos, no testaba aun repartido fli organizado; de suerte 
que un aldeano entró hasta aquella primera estunéiasin haber 
encontrado á nadie, y dirigióse at señbr de Giac para saber 
eúmo haria para qué llegase ñ maáos dei'du(}uo de Boí^oña 
una carta. 
—¿De parte de qhién? preguntó Giacl 

El aldeano sé quedó algo cortado, y repitió su preguntái 

—Escucha, le dijo Giae,'ña tienes mas que dosp ¿lediob : el 

primero ei atravesar- coúmígó eeoe salones , «leatttdM de 



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tiptjmtm caballeros y aobüisiinaa daoas, entre las cuales ha^ 
ría muy mal efecto ua villano como tú: el segundo consiste en 
traerte aqtil al áocpie, lo t^oalno me perdonaría si lacarta que 
4iGefi no merece (pie se tolne ese trai)ajo,. como yo sospecho. 
-**¿Y cdmo lo he de c(»uponer entonce^? dijo el pechero, 
•^Dame la oarta^ y aguarda aquí la respuesta. 

Y antes que el oampeaino tuviese ni^aun tiempo 4)ara reti^ 
raria^ l¡enia dé Giae la carta enit^ 4os de sos dedos y se^ei^ 
caminaba hacia el cuarto que estaba en el fondo de la están-* 
cía, llevando siempre del brazo & su amigo Graville. 

— Por vida mil , dijo este , que esa carta tiene todas las 
traías de ser amorosa, según lo delicadamente que está do- 
blada, la finura del papel y el embalsamado olor que des* 
pide. 

BeGiao se sonrío, f^ió maquinalmente la vista en la carta 
7 detúvose de proftto como herido del rayo. Qabia reconocido 
en el selló que la cerraba la señal de oca sortija que s,q mujer 
llevaba antes de su casamiento^ y cuya esplicacion no había 
querido darle nanea, á pesar de habérsela pedido muchas ve^ 
4M: ora una estreHa aislada en un cielo tempestuoso^ con este 
mote : la misma. 

— ¿Qoé .tienes? le dqo Graville viéndola palidecer, 
. — ^Náda, nada, repuso Gíac recobrándose al punto y enju- 
gando su frente, por la cual cdrria un sudor de hielo: un des- 
vanecimiento, un mareo. Vamos á llevar esta carta al duque. 

Y arrastró á firayille con tal viveza y fuerza, que este cre- 
yó 86 babia vuelto loco de repente. 

El duque estaba en lo iSltimo de su cámara, vuelta la es^ 
ÍMld«,>á una cbinmeaí en 1^ cual ardia un haz.. de leña ; de 



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424 iSABBL DR BiüniEftili 

Giac le presentó la carta, didéadoleque un hombre agaarda- 

ba la respuesta. 

El daque la abrió. A las prímeraa líneas se advirtió en sa 
semblante un ligfero movimiento desorfx'eea; pero desapareólo 
al punto, gracias al imperio que tenia sobre si miaoio. DeGiao 
estaba de pié delante de él, fijando sus penetrantes miradas en 
el rostro impáívido del daque. Luego qoe este hubo acabado 
de leer, arrolló indiferentemente el papel entre sus dedos y le 
arrojó al fuego por detrás. 

Be buena gana hubiera metido de Giac'la mano en aquel 
brasero ardiendo por coger la carta; pero Sb contuvo. 

— ¿Y la respuesta? dijo con una voz , cuya alteración en 
vano procuró reprimir. 

Una rápida y escudriñadora mirada salió de los ojos azules 
del duque Juan, y vino como á reflejafse en el rostro de Giac, 
i la manera que en la tersa superficie de un espejo. 

— ¿La respuesta? contestó con frialdad: Graville, deoidáese 
hombre que yo mismo la llevaré. 

Al acabar estas palabras, cogió el brazo deGiaccomopa- 
ra apoyarse en él, pero mas bien para estorbarle que s^uiera 
á su amigo. 

Toda la sangre de Giac se agolpó á su corazón y trastor- 
nó su vista cuando sfntió el brazo del duque que se apoyaba 
en el suyo. No vela nioia: veníanle deseos de matar al duque 
en medio de aquella (ocurrencia, en lo mejor de la fiesta, al 
resplandor de las luces, pero parecía que su daga «staba en- 
clavada en la vaina; todo andaba á su alrededor, se encontra- 
ba como en un círculo de fuego; y cuando el duque soltó su 
brazo de pronto luego que vio volver á Graville, cayó como he- 



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rído de moerte sobro aa silloa que folizinento se eiiooiilraba 
al lado. 

Caaodo volvió en sí dirigió la vista bte^ la reunioQ» qiia 
ooBttnuaba bulliciosa y festiva, arrastrimdo oro y i^iraodó 
placeres, ún pensar que en medio de día babía un hombre 
que enoerraba el infierno en su seno. El doque ya no es- 
taba. 

De Giac se levantó de pronto como 9i un resorte le Uu* 
bíese puerto violentan»í^e de pié, y foa^e de cuarto en cuar-^ 
to como un loco, con los c^os desencajados y la frente ou<^ 
Uertade sudor llamando al duque. 

Todo el mundo apababa de verle pasar. . 

Bajó basta la puerta estenor^ un liombre embozado ea su 
eapa acababa 4e salir y montar &. caballo. Giac oyó el máo 
' del galope al estremo de la calle; víó las chispas que lanza- 
ban los pedernales heridos por las herradoras del caballo. 
— Es el duque, dijo. 

Y sé precipitó en las caballerizas. 

, --{Ralíri gritó al entrar. {Ah, Ratffmipl 

Y de tantos cabattos como alií se encerraban, uno soIq 
relinchó, levantó la cabeza é hizo esfcnrzos por romper Íqb 
lazos que le tsnian sujeto a^l pesebre. 

Era un hermoso caüballo español, color Isabela, de rjaza 
^iira, de cola y crines pobladas y aiitieas, de descarnadas 
piernas, ppr las cqaies.se eB^eonizaban mil veces sus i)udo-> 
sas venas como una re4* 

«-•Yen, Ralff, á^o Giac cortando coa so daga la atadura 
que le tenia éujeto. 

Y el cabíQlo, Bfoce y alborozado, saltó como un cervjAtillo. 



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4M mwi »e;Aí 



fliac pf onimpi6 mía blasfemia dando coa el pié «i d sm^ 
lo: el caballo, asustado & la voz de su amo, se quedó quieto 
doblándose por los oorveJoDef i 
—Tamos, Ralff, uamos. 
Arriméie el acicale, i el caballo salió comO^ ua rayo. 
— Vamos, Tamos,' Raiff; es pneoíso alcaoüirle, deda CKae 
hablando á su caballo como sí pudiese eatenderle. [Mas iq^ 
sal ¡mas aprisa, Balff mtol 

Y RalfV se'ooibia el camino, no bxandü ai suelo mas qae 
á saltos, arrojando exorna por k boca y fuego por los ojos.. 

— jObl ¡Catalina, es posible que encierre tu oorazon tanta 
perfidia y tu boca sea tan pura, tos ojos tan. bednioeros, tu 
. voz tan melodiosa; rostro de án^l, alma 4e áemoniol Esta 
misma maftana me despedía con caricias y besoar, pasaba por 
tascrín^ su p&lida mano, atbagaba tu cinllo con sus suaves 
y bien torneados dedos, diciéndote: RalfT,. Ralff mio^ vaábne'» 
melé pronto, mira que él es mi delicia. ¡Infame eseámie!.... 
¡Mas aprisa, RalfT, mas aprisal 

Y el caballero descargaba el puno apretado convulsiva- 
mente sobre ei codlo del caballo, en el nnsmo sitio en que 
Catalina le había aearíciado. Ralff iba cubierto de espuma. 

— ¡Catalina, tu amado llega, y es Ralff quien te ie vuel* 
fel... jOhl si es cierto, sí es derto que me engañas.... ¡Oh! 
ivenganzal Mucho tiempo be de necesitar para eneontrar ima 
digna de vosotros dos. Vamos, vamos, es preciso que llegue* 
mos antes que él: Ralff, ¡mas aprisa! |raas aprisal 

Y le disluoeraba loe ijares con el acicate: el caballo relin- 
chaba de dolor. 

Oyóse á algnna dialancía el relincho cb otro caballo, y 



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inay luego descubrió Giac un ginete qüeiba tambiaa á esoa-- 
pe. Ralff ataj6 á& tía salto al oabatlo y oabitltera^ y pas6 -«de- 
láfife odmd uii águila áloaífiia y pasa al bdttre con 3dl6 un 
vftelo. De Giac reconoció al duque: el duque creyó ver pasal 
km lado alguna ap&ricioD fttnlástiea. 

A(]uello probaba que' él dtqoe JVian iba en efecto á It 
quiflla de CreiL 

-' El duque continué su camino, y después dé algunos síh 
gtíñdos desaparecieron cábáttoy cafeaHeh>; aquelteapaffioian^fi 
ftaáa diátpajD su espíritu, demasiaiito ocupado én aquel mo^i 
mentó por^ dulces ilusiones áíflorosas. IStt á descáiagar ud' roo^ 
menXé de las contiendas polltít^ad y de las/ contiendan á mano 
armada. Habia por conágafente dicho adiós poraqeelia no- 
che á las fatigas del cuerpo y á los tormentos del alma. Iba 
á ádormécersó en tos b^ffssos de su hertóosa' dama, el amor 
iba á posarse en su frente: los corazoues de león, los teoiBbrea 
de Wéí*ro, áoA los que sobre todos sabefí amar. i 

Llegó por fin á la puerta de la quinta. Todo estaba os- 
curo: solo brillaba una oscilante luz al través de una ventana 
y detfá^ de la recamada cortina se 'dibujaba una ^oínbra. El 
duque ató m éabáHo A uñ aftitto y* tocó uña oorneta de matf^ 
fií qué llevaba pendiente del cihturon. 

■ Agitóle lá luz, apsapareoió primero de la <5staneía en í}tio 
ál prtncfpio sé descubrió, y paáó sucesitamente al través de la 
lai^ga serie dé ventanas, iluminándblas una á nna consecuti** 
Taménte. Al caber de un instante oyó él duque al otro lado 
de la tat)ía uhaá pisada^ que hácian crugir leVtoente la yer^- 
ba y las hojas secas, y una voz dwlco y delicada dijo al traté» 
délaptaertar '»' ^ 



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•^¿Soifl TOS, dagw? 

«tr-Si, sf , 00 trauíSv bercaQ$a Catalifia; frf, soy yo. 

Abrióse la puerta; la ]6nn eaiaha Irémv^ /ijb9 miedo j de 
frió. ■ ^ . m' 

El daqoe la echó sobre io? boiBhroealemtmo de m oap^ 
y la aoereó á su pecho: de este modo atravesaron un patio es- 
terior en medio de la mas profunda oscuridad. Al pi6.de la ee* 
oalera ardía uoa l&mpana de plata con aceite perfumado. Co- 
leóla Catalina, que do se había ajtr^vido A salir pon ella por 
miedo de ser vista ó de que el vieato se la apagase,, y amtK>s 
subieron la escalera abrazados y aprxutímiidos uno & otro. 

£ra preciso atravesar para llegar á la alcoba una lai^a y 
oscura gatería. Catalina se aoej^ mas al pe(^o de su 
amante. 

«-^¿Creer^y duqme-, le dijo Gata)iAa,, quf» be pasado sola 
pora^ttt? 

— I Oh! teueis mes vahH* que uo giierrere, Catali*- 
namial 
—Era por iros & abrir. 

Catalina posó su cabeza sobre el hombro del duque, y este 
sus labios sobpe la frente de Gatali^a, y atravesaron asi la 
galería. La lámpara formaba en tomo de ellos lao i^ircqlo de 
lu?; oscilante que iluminaba el ix)stro . moreno y varonil del 
duque y la cabeza agracia^da y bella de.su querida: al verlos, 
creía upo estar mirando ua cuadro del Ticiano que se movia# 
Llegarota á la puerta de la estancia» en la cqi^ se respiraba 
un ambiente suave y bals4i;9.icp: la pOerta se cerró en pos de 
ellos; todo volvió 4 quedar e^ tinieblas. 

Habían pasado á muy corta distancia de Giaq y no ba^^, 



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I^MEC M IMIMMA. 429 

irifth Tisio su rostro lívido entre lod innieiisos pliegues de hi 
roja oortifia que taj^intba ta üllUña yentana. 

¡Obi iqoién es capaz do describir lo qoe siAtid su eo« 
nuon coaado los miró acercarse taa amorosamente calaza- 
dólsl ]Qué venganza imagiDaria aqiiéi hombre, poes bo se 
lanzaba sobre dios y los oosia á poñaladasl . ... 

Atrtífesó también la galería, bajó paso á paso la escalera 
dando traspieses como un ^eje, con las piernas dobladas y la 
cabeza sobre el pecho. 

, Cuando llegó al estremó del parque abrtó una puerteeita 
que daba al campo, y de la cual solo él teína Uáve. Nadie le 
babia vfeto entrar ni: salir. Llamó é, Ralff con foz ronea y 
temblorosa: el kioblo, animal dio un salto y tino á él. 
' — '(Süenfcio, Rálff, silenciol dijo poniéiidose á caballo. 

Dejó caer las bridas sobre el cuello de su corcel, eatr»* 
g&ndose á él; sé sentia incapaz de guiarle, y s» cuidaba, poco 
además del sitio adonde podia conducirle. 

Prepar&base una gran tormenta; negros y espesisónos nu- 
barrones fodábañ por él -cielo, y una lluvia ánMoia y glaoiai 
caia sobre la tierra. RalfT aádaba alf paso. • 

. De Giao ni veia ni señtiá, sma que- efttaba absorto en sus 
id)$as. Aquella m^ijer acababa de destrnirsu hMáGA y p(Mr« 
rénir con nn adulüerío. 

Loa ensaeSéá de 6ikc siMtopre'haM&fl sido la gloria es 
tos combates, la Mddad éü M amor; en fin; gozar la venda* 
dera vida de un^óabáBéro; Aqnéltá mttjer , que aun podia con* 
tar réinté años de hermbstfrit , habla reciMdor como en depó^^ 
sitó áu diéha yjuvetitud. |[nftimel todo lo había ^tosvanecido^ 
^sué&os de gióríál y amor: un sold peusamienlo debía eüOer* 



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409 \$¿MUtm i^mmj^i 

bre, un pensamieq^p4e. vjWgMiíT; 4«frf¡í*4^K*ujR , pfi«8ftQ>iept9, 
caMZ:ide'l»^66r4e.parder jaraju>f. , . .,. ., . . ; .^ 

mfts.^l teoft|^rai;ik»3 árboles, .§e(^^lal;)aiL,]iac^ el.c^irip^^ 
conio frágiles jun.Qoa m/^úf>s por UTuria^l vieol^, que áj^^i 
mocitba^QixavioleQciaias aipetrili^^aUís (|pja$iiiue,ai,m jia$ a^or- 
ildl»An.;iíieatiÍali^;el ag»a por la.,frep^e^(l^ (Jjao, y.Ao. I9 3í«-j. 
lia: su sangre, que por tanto tiecopo estaco. agplp^ fi^^^. 
Qor^zotn^ roOuia 0(m.íB^pi»i» háoja ai^. cabera, y>.sg3,'i^|was 
taliaa^n Fuido: veía paaar o}^to^ estraños ó .ilusiona^ faa^^ 
tásticad-ante sii8 ojos^ jüí ma3 .ni maoo^ 4\ie l^^^iyia.diQbe % 
visar un bombín denaoQjte; m sq^ pAit9paieptp, Qterpoi 9]op^gj 
sador» bervia ea tsiiHBai^ro <x)|%A^« iQ%Wt es^^U^ajdel 

.r-^iObleadanó defdroioitQ; d^ría pií owia der9cfaa.al.da-. 
monio con tal de vengarme^ . . ^ , » ,. ; 

Dié,al flai^mo tiaiBpaJlalff uA^^s^t^iater^l^ y al resplan- 
dor d^ un. aisiitodP feléuDopitfo- a<í)^irt^ (i^^c ,qu^ P^f^Q ^ 
lado suyo cabalgaba otro. caballero. . ;. . .. : > 

Hasta 6iiU»n(}68 qo babia reparado en agi^ ponipaaero de 
¥í«jq: qo podiiaiid^rae razón la^lppeQ.<}^, í^p. se M^^ aquisL 
hombre á su lado tan de repente. RalfT d^p3trá|)«^ en su ía^ 
foieíod quapartieipate.491 a8i9ii^o.,)^9su^ le teinbla- 

ba» todos auai (Hiar^Oá (x^n^o isi.a<s(^e.|daai('|ir^6 w 
di». DeGíac dirigí^ de. niievo ^Qa.,#pi^, wr»4«#Udyei^^ 
y:^ ikdttiirói de verle, tap ^istip^q^te», ^ p^r.* de.l^.osou* 
riddd de to^noúbe,. Un^tpalq mfíi^ df^wf^fá^ lldyffbaea.el 
<»i^biU9iiiia;ao9t/0#» l$k ^lunm„:despQ^|^ «ug^ /6§pl,ajidar qo^t 



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ISAiJIL «C ABtBlA*. 4X1 

permitía^ dfsliogmto perieotemefittieii iwdte dbdqneilts ütí(^ 
blfts; M GAao bajó los <»j08 |iato: nuiraple la ipaa&: llevaba mt 
am!1a w ««a de les dedos,- en el osal batata «agastada uaft 
piedra de la misma especie; fén^iBea jQue jao tfiiese |aD> fina^ 
órqne estuviese moDtada de ua modo difisreste, oo poeeia 
aquella TirtodluiBittesa; de^Mifs de.aito volvid k levantar Ja 
fista sobre él'idéacónoeído. 

< Era.uQ aia&í)ebo de rostfo ptiido y undlaao^ioQ^ veatido 
de negro y montado ea un caballo idetdBíanQpolor; éeGioo. 
cAserv6 son asombro qee ni teaia aillay ni) brida, >ai estribos: 
el cabatte lobedeeia á. la sknple^HieaioB éaias rodilias. Em** 
pero «xiD&i no estaba para eniabiar fomersamon^ claró les 
acicates á ñalff, qqe ya sabia lo que tenia .qbe<taioer, y salió 

. Otro^ tanto bidelrGla'por im^ íaoiiiaiianbd. eafKmt4aeo elioar. 
baliero y .«aballo negros. Yolviítee deGiaaal'oabo.díd uo m^ri 
ta da'i[lo^a,^Qrey«Bdo haber dejada ya muy .iejos ft su. imporr 
torno aompanera; pero su asombro sdbió de pualo coaodQ aijh 
wtió &.ia aisau^ distancáa al noetorao . viajero. Sospavi^^ 
Qiidntos y los de $u oabailo estaban refalados por los de 
Giao y Ratfr, solo que el giaate panraia dijarsa goia^ am 
bien qne oondoejr; parecíar qoe sv eabsMo galopaba sin. to<UM^ 
el ap^lo; porqpie ni baoiaa ruidio algwo sas pisaitoa, m^ desm 
pedian la menor centeHa'ios;gnyarr)06 del OanoÍAO^ 

üie Giae.aiatíó na esínuiwciíaienlo. ípteriar.aa s«$ venas; 
tal esa.ia j»>rpresii^íliie; le ^pasaba» Aetaivo al oabatljlo; la sonbi 
biaiqm la segaia hiso otny tantow Estaban en un sitio del ca* 
«lino Monde desembocaban ateos dos; ana de. eUoa. oondania 
hasta Pontoise, al través de la llanura: el otro se penUaon^ia 



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432 

espesa y sombría selva de Beaamoot. De GAm oanó loe (yos 
por an momBiúo, creyeado haUane poseído da an vértigo: 
cuando foivid á abririoa eoGOolró^an el mieiDO sitio al caba-* 
Uero negro, j perdió la pacieneia. 

— «Sebor mió, le dijo sefiaUtodole coa la mano el-sitio ea 
qoe se sabdividia el oéioíbo» probableoieate no tenemos los 
mismos o^ocios qoe desembrollar, y no llefamos el mismo 
objeto; cooqoe elegíd entre esos dos camiaos el qaemqor os 
pareciere: el qoe tob dejéis ser& el mió, 

^^Te eogaikas» Giac» contestó el desconocido con blando 
acento: los dos tenemos qne ventilar los núsmos asontos j 
Uetamoe el mismo objeto. Yo no le baacatMi, tú me bas lla«* 
mado y be venido. 

De Giac recordó al pnnto la esclamacion vengativa qoe 
se le batn^. escapado y el modo con que el caballero se le ha- 
bla aparecido, ni mas ni menos qne si háblese salido de la 
tiélTa. Examinó nuevamente al hombre e^taordinarío que te^ 
nia delante, de si. La luí qoe deqpedía el ópalo parecía una 
de esas llamas que anden en la frente de los espirítus inferna-* 
les. Era de Gijac crédulo, como caballero, de la edad media» 
pero al propio tiempa tan valeroso como crédulo. No retro» 
cedió un solo paso; únicamente sintió qoe, & pesar suyo, se le 
erizaban los cabellos: Ralff por su parte se encabritaba, ¡Ha^* 
fiü>a y tascaba el freno con desasosiego. 

^&i eres inoren asegun» ser, r^uso Gm con voa entera, si 
htt venido porque te llamaba, ya saM para qué te be llamiado« 

' —Quiera vengarte 4 la vez de tu mujer y del duque, pero 
quieres sobrevivirles y volter & gozar alegría y fdtoidad entre 
iéstumbas. > 



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ISAIWL DE BABieRA. 435 

— ¿Y podrá ser eso? 

—Podrá ser. 
Una sonrisa oonvalsiva se apoderó de Giac. 

— ¿Qué es lo que quieres por ello? dijo. 

— Lo que me has ofrecido, contestó el desconocido. 
Dé Giac sintió crispados ios nervios de su mano derecha; 
vaciló. 

— Dudas, repuso el caballero negro; invocas la venganza y 
tiemblas delante de ella. ¡Corazón de mujorl has tenido valor 
para presenciar tu deshonra y no le tienes para ser testigo de 
la espiacion del crimen . 

— ¿Los veré morir á los dos? contestó de Giac. 

— A. los dos. 

^-¿DelaiHe de mis ojos? 

— Delante de tus ojos. 

— ¿Y gozaré después de su muerte hiengos años de amor, 
poderío y gloría, que ya creía perdidos para sieíopre? anadió 
de Giac. 

— Llegarás á ser después marido de la mujer mas hermosa 
de la corte, el privado mas querido del rey, y serás, como ya 
lo eres en el dijBi, uno de los caballeros mas esforzados del 
ejército. 

— Bien está. ¿Qué he de hacer ahora? dijo de Giac con tono 
resuelto. 

— Venir conmigo, respondió el desconocido. 

— ^Hombre ó demonio, puedes echar á andar; ya te 
sigo. 

El caballero negro se precipitó, como si su caballo tuvie* 
se alas, por el camiho que conducía á la selva: Ralff, el veloz 

S8 

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434 



ISABEL DE BABIKRA. 



Ralff le seguía con trabajo, aunque iba desbocado, y desapa- 
recieron á breves instantes los dos caballeros como dos som- 
bras bajo los arcos que por espacio do muchos siglos formaa 
los árboles de la selva de Beaumont. 
La tempestad duró toda la nbche. 




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ASKWh BE BAMCBA. 



435 




CAPITULO XXIV. 



Eia tama de Ronea. 



Jjió$ embajadores franceses llegaron por fin al puente de Ajr 
che: él rey de Inglaterra había eSK^ogido por su parte para re- 
presentarlo al conde de Warwick, al arzobispo de Cantorbery 
; k otrae personas de gran crédito , que eran miembros de su 



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436 ISABEL DE HAIIIBIIA. 

consejo. Empero desde la primera entrevista quedaron persua- 
didos los enviados franceses de que el rey EBrfl|ue estaba de 
inteligencia con Guy-el-Copero, comandante de la plaza de 
Rouen, que como tenia la certeza de tomar la ciudad, noque- 
ría mas que ganar tiempo. Entabláronse primeramente acalo- 
radas discusiones para, resolver si las actas debían redactarse 
en francés ó en inglés. Era una cuestioa de palabras qile re- 
bozaba una cuestión de cosas: los embajadores francesa^ lo co- 
nocieron y cedieron. 

Apenas se altanó aqueHa dificultiLd se les opuso otra : A 
rey de Inglaterra escribió que acababa de saber quesn1)erma- 
no Carlos VI babia.sido atacado de un nuevo accesode locura; 
que por consiguiente no podiá firmar tratado alguno con él en 
tal circunstancia; que el delfln su hijo aun no era rey y no ' 
podia sustituirle; que en cuanto al duque de Borgoña, no te- 
nia autoridad para intervenir en los asuntos de Francia y dis- 
poner de la herencia del delBn. No podia ser mas claro que el 
rey de Inglaterra, lleno de ambiciosas esperanzas , no tenia 
po'r ventajoso á sus intereses entrar en tratados ni ajustes so- 
bre una porción de la Francia, cuando podia conquistársela 
entera, merced á los grandes trastornos que por entonces ha- 
bian enemistado al delfln y al duque de Borgoña, 

'Cuando el cardenal de los Ursinos , que habia enviado el 
papa Martin V para que hiciese lo posible por restablecer la 
paz entre los príncipes de la cristiandad , y que como encar- 
gado de una misión pontifical y conciliadora habia a^mpana^ 
do á ios embajadores al puente de Arche > vio todos aquellos 
petardos, se encaminó ¿ Rouen para conferenciar de viva voz 
con el mismo rey de Inglaterra* Este recibió al enviado del 



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Sanio Padre con todos los ariramieiitos que exigía su misión; 
pero no quiso escachar nada sobre el asunto. 

— La bendición de Dios, le dijo al cardenal , es la que me 
ha inspirado venir ü este reino para castigar á lós subditos que 
en él nacieron y gobernarlos como §\i verdadero rey : aquí se 
encuentran reunidas todas las causas por las que un reino de- 
be ser trasíérido de una persona á otra y cambiar de manos. 
Lo voluntad de Dios es la que ha dispuesto esta traslación y 
que yo entre en posesión de la Francia; de ahi.viene mi de* 
recho. 

Habfóle entonces el cardenal de tina alianza con la casa 
real de ^rancia, y 'le preseat^ el retrato de Catafina, bija del 
rey, que no tedia aun dieziseis años, y pasaba por una de las 
muisres mas hermosas de la época. £)1 rey de Inglaterra tomó 
el retrato, le miró, por largo rato con admiración y prcnn^tió 
dar una regosta al cardenal al dia siguiente; cumplió sü pa- 
labra. 

! Enrique aceptaba ia alianza propuesta, pero exigia (fni^ 
trajese por dote la princesa CaLilina cien mil ducados 4e oro, 
el ducado de Normandía , del cual ya habia conquistado una 
graa parte, el ducado de Aqmtania, el condado de Pontbieu y 
ottx« miicfaos señoríos y dominios, todo ello sin juramento de 
vasallaje ni dependencia al rey de Francia. 

Viendo el cárdeno! y los embajadores qile n^quedaha nia* 
gana esperanza de conseguir cosa mejor , llevaron aquellas 
proposiciones al rey, á la reina y al duque de Borgoña: eran 
ioaalmisibles; fueron desecadas, y el duqiie ysuejéroitoavaa** 
zaron hsisla Beauvais. 

Cuando los de Roueu supieron <]QeJsebabian^ tablado ne« 



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458 ISABiet^ I)E BAÜfÉflA. 

gociaeioúes, volvieron á sentir renacer !a e^^peranza en su co- 
razón, mas esta desapareció cuando llegó á su noticia que ha- 
bían cesado; resolvieron, una vez que estaban privados de so- 
corros de guerra, ir hasta Beauvais á buscarlos. 

Reuniéronse con este motivo hasta diez mil hombres bien 
armados, y nombraron por ^efe á Alain Blanchard* Era este 
un valiente que traia su origen mas del bajo pu^sbto que déla 
clase media, y que desde el principio del sitio había sido esco- 
gido por la gente baja para capit&n. Cada hombre hizo provi- 
sión do víveres para dos dias, y fi lacaida de la noche se apres* 
tarón para poner en ejecución su proyecto. 

Habia quedado convenido que saldrían todos por la puer- 
ta del castillo; empero Alain Blanchard juzgó oportuno cans- 
biar aquella disposición , reflexionando que era mejor atacar 
por dos lados á la vez ; por consiguiente , salió con dos mil 
hombres por una puertecita próxima á la del castillo , con el 
objeto de dar principio al ataque. Los ocho mil hombres res- 
tantos debían sostener el encuentro y salir á la misma fapra 
por otro lado, combinando su movimiento con el de aqueK 

Alain Blanchard y sas dos mil hombres salieron sin ruido 
i la hora convenida, fueron avalizando & favor de la oscuridad, 
y al primer grito del centinela enemigo se arrojaron come á^ 
sesperados al través de las hiendas del rey de Inglaterra é hi- 
deron una terrible carnio^fa en sus tropas, porque estaban 
desarmados y dormidos la mayor parte de los soldados; em*» 
pero cundió enbreve el grito de alarma porel campo, sonaron 
las trompetas, y caballeros y peones acudieron armados al pa-^ 
bellon del rey. Halláronle medio armado : no^ gastó ni aun el 
tiempo preciso para ponerse el cáseo ; y con el objeto de que 



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ISABEL DE BABiBRA. 459 

SOS soldados na le creyesen moerto y se desaleataseQ, hizo que 
á cada lado de su caballo faeseo dos hombres con teas encen- 
didas, para que amigos y enemigos le reconociesen bien.^Kn 
tanto iba creciendo el numero de los que se liobian formado 
alrededor del rey y vieron la redooida tropa que habla venido 
á atacarlos; lanzáronse k diia como fieras, los acometidos aco*- 
metíeroo á su vez, y desplegándose en semicírculo, empezaron 
á atacar por el flanco á aquella escasa fuerza con sus podero- 
sas alas. Alain Slancbautl y su gente se defendían como leo** 
nes sin poderse dar razón del abandono en que los dejaban sus 
compañeros. Oyéronse por fin mochos gritos por la parle que 
Gorresp(Kidia á lapnertadel cantillo: los franceses creyeron que' 
aqueUos gritos. er^n de. los que venían á socorrerlos y carga- ' 
ron con nuevo ardor; eran gritos lásümeros. 

El traidor Guy, no pudiendo participar al rey de Inglater- 
ra la resolución súbitamente tomada, deííerminó estorbarla por 
lo menos; hizo serrar las tres cuartas partes de ios maderos 
sobre que se apoyaki el puente y limarlas cadenas que lesos- 
tenian* Pasaron sin ningún incidente tmsta doscientos hombres; 
pero en seguida el pes<»de Iqa cañones y de la caballería hun- 
dió el puente y fueron rodando al foso, mezeia¡dos unos con 
otros, hombres, caballos y artillería; así los que cayeron como 
los que los veían caer, dieron un grito agudo, los uno^r de de- 
sesperación, los otros de terror. Aqoal grito fué el que habían' 
oído Alain Blanchard y su gente. 

Los doscientos hpmbres que estaban ya al otro lado del 
foso, no pudiendo entrar en la ciudad, corrieron al, socorro de 
sus componeros. Creyeron los ÍD^leaes que venia sqbre ellos la 
guarniciAn entera) y tes abrieron paso* Entonces fué cuando 



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440 I«AftEt DR BADmRA* 

Atain Biftnchard sopo ia traición qoe los había veodido , pero 
al propio tiempo se penetró con una rápida ojeada del prove- 
cho que podría 'sacar del error de las inglese^.. Difuso la re-- 
tirada, la cuaí emprendió en el mejor orden, sostenida por los 
doscientos hombres que acababan de llegar. Retrocedieron pe- 
leando siempre basta la puerta por donde habkn salido. Los 
amigos que so habían refugiado en la oiudad de resultas del 
hundimiento del puente, favorecieron su retirada desde lamu- 
rulia,, descargando sobre los enemigos una lluvia de piedras y 
ballestas. Bajóse por fin^el puente levadizo, abrióse la puerta, 
y aquel reducido ejército entró de nuevo en. la ciudad, no sin 
haber sufrido la pérdida de qmnientog homl)res« Tan de cerca 
le ibap los iogleses al alcance á Alain Blfiíchard, que este les 
gritaba á los de la muralla que levantasen el puente, por. 
miedo de que. entrasen en la oiudad, á pesar de hallarse él to- 
davía al otro lado del foso. 

Esta malograda tentativa empeoró la situeisionde los si^ 
tiados. Aunque el duque de Borgoña baina llegado coo gran- 
de aparato hasta Beauvais, no |»or eso recibían socorro alguno; 
por lo tanto, determinaron «iviarle de nuevo cuatro diputa- . 
dos; eran portadores de unaNcarta coaeetóda en los términos 
siguientes: - • ' 

«A vos , señor y rey nuestro , y á vos , noble duque de 
Borgoñfa, los honrados vecinos de Rouen os han signifleadci y 
hecho saber repetidas veces la gran necesidad y angustia en 
que se fencoentran por vosotros, á cayo remedio no habéis sin 
embargo ocurrido como pi^ometísteis. Esto no<*stante, scmios 
enviados á vosotros por íiltima vez para anunciaros por los ya 
dichos asediados, que si no son socorridos con la mayor pres- 



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í^smi m babÍeka. 441 

teza y en rauy breves días, se rendirán al rey inglés; y os en- 
tian desde ahora, por si no lo hidéreis, la fé, juramento, 
lealtad y obediencia que hasta aquí os guardaron.» 

Contestóles el duque de Borgo&a, que el rey no había lo- 
grado reunir aun enjorno suyo el suficiente numero de fuer- 
zas para obligar á los ingleses á levantar el sitio, pero que muy 
pronto serian socorridos con la ayuda de Dios. Los enviados 
pidieron que se les fijase un término, y el duque empeñó su 
palabra para el cuarto día después de 4a Navidad. 

Regresaron los diputados, al través de mil peligros, á lle- 
var aquellas palabras á la pobre ciudad, estrechada por los in- 
gleses, abandonada por él duque y olvidada por el rey , que 
por entonces habla sido acometido m efócto ')poT uno de sus 
frenéticos arrebatos. . . 

Llegó el cuarto día de^ues de Navidad y no pareció nin- 
gún socorro para Rouén. Dos simples^ hidalgos resolvieron 
acometer entonces la empresa que no se haWa atrevido t in- 
tentar Juan Sin^raiedo: fueron mesaíre Santiago ée Harcourt 
y el.señor de Moreuil. Reunieron dos mil combatientes , é in- 
tentaron sorprender á los ingleses; pero awnque tenían gran 
valor, contaban con escasa fuerza: derrotólas el seüor de Cor- 
nouailles, y en la derrota quedaíon prisioneros el señor de Mo- 
reuil y el bastardo deOoy. El mismo Santiago de Harcourt 
debió su salvación á la éstrema ligereza de su caballo, que de 
un salto salvó un foso de diez píes de anchuía. 

Los sitiados oímocíeron entoaces que se les consideraba co** 
mo cosa perdida; eMaban.én tan miserable estado, que su mis- 
mo enemigo tuvo lástima de ellos. En celebridad déla Nativi* 
dad de Jesucristo mandó el rey do Inglaterra llevar algunas 



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442 ISABKL l)£ BAlUfiBá. 

provisiones á los iaGdlioas que perecida de b&oibreealos fosos 
de la ciudad. Viéndose los sitiados abandonados por el rey, 
que estaba demente, y por el duque de Boi'goña , que era un 
perjuro, resolvieron capitular. También se acordaron del del- 
,fia, pero este se hallaba en mortal contienda en la provincia 
de Maine, y tenia harto á que atender; pues con la mano 
izquierda tenia que descargar sobre ios ingleses, y con la dies- 
tra sobre los borgouones. 

Presentóse un heraldo al irey de Inglati^rra, de parte de 
los sitiados, (iHdieodo un^lvo-conduoto, que les fué concedi- 
do. Dos horas después atravesaron y se encaminaron paso á 
paso hacia la tienda de Enriqvte seis embajadores veatidc»s 
de negro y con la cabeza descubierta, en guisa de suplic¿in- 
tes: eran dos hombres de iglesia, dos caballeros y dos plebe- 
yos. El rey los recibió en su trono, rodeado de toda la no- 
bleza armada de punta en blanco; y después de una gran 
pausa, dumnte la o«al reinó un profuodo silencio, para pro- 
barles que estaban á merced suya, le$ hizo señal para que 
hablaran. , >• 

— Señor, dijo uno de ellos con voz llena de entereza, no 
es digno de vuestra gloria ni de vuestro acreditado valor vent- 
ear por hambre á un pobre pueblo iuoceate y íiol. ¿No seria 
mas heroico y magnánimo por vuestra parte, d^jar pasar á 
esos infelices que a$táA pereciendo en nuestros fosos y mu- 
rallas para que pudiesen ir á ganar su subsistencia h otra 
-parte, y someternos por el valor y la fuerza con un asalto vi- 
goroso? De ese modo adquirirMis^ mayor gloria 4 los ojos de 
los hombres, y alcaidzariais la misericordia divina por baber 
4enido compasión de esas desventuradas gentes. 



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II^ABISt DK babierA. ^ 443 

El rey había empezado á, escachar aquel discorso jugando 
con los blondos rizos de sa favorito, que estaba sentado k sus 
pies; pero muy luego dejó caer la mano y se quedó atónito 
de sorpresa, porque no se aguardaba á escuchar quejas de 
aquellos hombres, sino súplicas. Frunciéronse involuntaria- 
mente sus cejas, y una sonrisa amarga entreabrió sus labios; 
después de haberlos mirado por largo rato, como para darles 
tiempo de retractar sus palabras, les contestó con.nn acento 
altanero y burlón, fiendó queLcallaban: 

—La deidad que preside á la guerra tiene á sus órdenes 
tres serviciales vasallos: el acero, el faego y el hambre. En 
mi mano estaba emplearlos todos tres juntos, ó cáda.uno por 
separado; empero he llamado en mi ayuda al menos terrible 
de esds subditos para castigar á vuestra ciudad y hacerla en- 
trar en la seqdade la razoD. Por lo demás, sea cual fuere el 
que un capitán emplee, con tal que lleve adelante su empre* 
sa, siempre el éxito será honroso, y solo á él toca decidir 
cuál puede serle mas ó menos ventajoso. 

Por lo que hace á los desgraciados que mueren en los fo-* 
«os, no me deben á mi osa muerte, sino á vosotros, que ha« 
beis tenido la crueldad de echarlos, á pique de que yo ios hu- 
biese mandado matai^. Si han redbído alguo socorro lo de- 
ben á mi caridad, y no á la vuestra; y poes es tan atrevida 
vaestfa demanda, no debe ser por cierto grande vuestra ne- 
cesidad; por tanto, los volveré á dejar á vuestro cargo para 
que os ayuden á acabar presto las provisiones. En cuanto al 
asalto, oi'denaré que se dé cómo y cuándo quisiere; á mí, y 
00 á vosotros, compete esa determinación « 

—Y decid, señor^ repusieron los diputados, ¿qué condicío- 



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.444 , ISABEL DE BAIHEHA. 

D6S pensáis imponernos en el caso de que viniésenios coiaisip- 
nados por nuestros conciudadanos para capitular? 

Una sonrisa de triunfo apareció en los labios del rey* 
— ^Las condiciones, respondió, serán las que generalmente 
se conceden á hombres cogidos con las armas en la mano y á 
toda ciudad tomada por el enemigo; habitantes y edificios á 
merced-del vencedor. 

— Entonces, contestaron con el acento de la resignación» 
pediremos al cielo que tenga misericordia de nosotros, pues 
tan poca hemos alcanzado de vos; porque hombres y mujeres, 
viejos y niños, pereceremos todos antes que rendiraos bajo ta- 
les condiciones. 

Diclio esto, ínclÍAá.ronse respetuosamente y despidiéronse 
del rey, llevando aquellas palabras á los tristes habitantes de 
la ciudad, que los esperaban con impaciencia. 

No se oyó mas que una sola voz en aquella heroica po* 
tilacion, vivir ó morir peleando, antes que entregarse á dis- 
orBcion en manos de los ingleses. Resolvióse, en oonsecuea-- 
oia, que ea La noche del dia siguienle se echaría ab^go- una 
cortina 4el.mur0| pegarían fuego á la ciudad, meterían ea 
medio de la gente las mujeres y niáos, y con el acero ea la 
mano tratarían de abrirse paso por medio del ^érciio ene- 
migo, hasta que fuesen á. parar adonde Dio$ diapusiese. 

Enrique de Inglaterra supo ¿iqu^la noche misma tan ber 
róica i^solucion: Guy-el-€opero se la participó. Quería la 
dudad y nó sus cenizas; por lo tanto, envió un hei:aldo á los 
sitiados cenias siguientes coadjciones, que fueron leídas á son 
de pregón en las plazas públicas.. 

Por la prímera, se exigía que todos ios habitaotes y ve- 



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ISABEL HE BAlüfiBA. 445 

eíoos de ia ciadad de Rouen pagasen la caatídad de trescien** 

tos cincuenta y cinco mil escudos de oro , acuñados ea 

Francia. 

' Fué admitida. 

En la segunda, pedia el rey que se le entregasen á dis- 
creción tres hombres, á saber: messire RbbertOt vicario ge- 
neral del arzobispado de Rouen, Juan Jourdain, comandante 
de artillería y Alain ¿iancliard, caudillo de la gente baja. 

ün grito de indignación, que fué seguido de vocilteracio- 
ne's negativas, salió de la boca de todos: Alain Blanchard^ 
Juan Jk)urdain y Roberto de Linet se presentaron al frente. 

— Este ea asunto nuestra, y de ni^iguna manera os atañe» 
escfamaron.' Si á nosotros nos place entrisgarnos al rey de 
Inglaterra, nadie tiene que intervenir en ello: dejadnos 
Ipasar. 

El pueblo abrió paso y los tres mártires emprendieron el 
camino del t^ampamehto inglés: 

En la tercera, reolamaba el rey Enrique obediencia, su« 
misión y juramento de fidelidad á él y sus sucesores de to- 
dos los ciudadanos indistintamente, prometiendo defenderlos 
por su parte contra cualquier fuen a ó violencia, yconser-* 
varíes todos los privilegios, franquicias y libertades que po- 
seían en tiempo del rey Luis. Los que quisieren salir de la 
ciudad para eximirse del cumplimiento de esta tercera condi- 
ción, no podrían hacerlo mas que oon el trajo que llevasen? 
encima, debiendo ser confiscado el resto de sus bienes en be^ 
nefioio del rey: la ^ente de guerra se dirigiria al punto que el 
vencedor tcrviese á bien enviarla, y tendría que h?ioer el viaje 
& pié, con un báculo por único apeyo, eomo ios peregrínoa y 



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446 ISABfiL I)E BACfllHA* 

Biendigos. Esta última condición eracrael en estremo, pero 
no obstante, fué forzoso aceptarla. -r 

Al punto qno se juró la observancia del tratado, autorizó 
el rey á los sitiados transidos de hambi^para venir á buscar 
víveres á su campo: tan abundante estaba todo en é}, que nn 
oarpero entero no costaba roas que seis sueldos parim. 

Pasaron las cosas que acabamos de narrar el dia 16 de 
enero de 1419 (í). 

El 18 por la tarde, víspera del dia señalado por el rey 
para verificar su entrada en la ciudad rendida^, -el duque de 
Bretaña, que ignoraba la toma de Rouen, llegó al campo de 
Enrique para proponerle aana entrevista con el de Boi^oña, en 
k cual tratarian del levantamiento del sitio. 

El rey Enrique le dejó en su error, le contestó que al dia 
siguiente ledariala respuesta, y no sé separó de él en toda 
la noche. 

A las 8 de la mañana siguiente^ 19 de enero, entró el rey 
en la tienda del duque y le propuso dar un paseo hacia el 
monte de Santa Catalina. Una espesa niebla que se elevaba 
del Sena envolvía la ciudad; pero á los primeros rayos del sol 
levantóse un viento Norte qae deshizo la niebla en grandes 
copos, los cuales desaparecieron rápidamente á la manera que 
las olas de una marea que empieza á bajar, y presentaron & 
1^ vista el piagnfficD panorama que se descubre desde el sitio 
en que todavía se encuentran los restos de on campo romano 
que U^an Campó de César. 

(1) Estilo moderno: 1418 según el antiguo estilo. El año 
empelaba el 36 de abríL 



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«ISABKL D& KAmfiltA. 447 

Los ojes del duqae da Bretaña esteñdieron sas miradas 
t3on admiración por aquel vasto y bellísimo cuadro: á la de- 
i;erha, la vista baila por límite ona cadena do colinas cubier- 
tas do vi^ás y pobladas de aldeas; enfrente corre el Sena y 
atraviesa el vallo do tal modo, que parece una inmenfíá pieza 
de tela de seda desdoblada y ondulante; después empieza á 
ensancharse progresivamente y vá á perderse en un horizonte 
tan estenso, -(]ue es fácil adivinar detrás de él al Océano; á la 
izquierda se estiend«i3 á modo de alfombras laí ricas y fértiles 
llanuras de la Normandfa, metiéndose en el mar j ni mas dí 
menos que una isla, en la cual vela siempre con, los ojos Ojos 
en la InglateiTa, Chebárgü, la centinela de Francia, 

Empero Qaando puede decirse qae fijó verdaderamente la 
vfeta, fué coando dirigió sus^ miradas, al centro del cuadro, y 
descubrió un espectáculo tan estraño como inesperado. 

La ciudad triste y vencida estaba bajo sus pies; en sus 
murallas no ondeaba bandera alguna; todas sus puertas esta- 
ban abiertas: la guarnioion de^rmada aguardaba eo las ca- 
niles lo que tuviese á bien hacer con ella el vencedor: elejéroi-- 
to inglés estaba, por el contrario, sobre las armas con ban* 
deras desplagadas: los caballos pialaban inquietos al toque de 
los clarines; parecía una cintura de hierro que estrechaba &' 
la ciudad al través de sqs murallas. 

El duque de Bretaña adiviaó la verdad: dejó caer lleno de 
vergüenza la cabeza sobre el pdoho. Gran parte de la mei^ua 
de la Francia recaía sobre él, que era el segundo vasallo de la 
soberanía, el segando florón de la corona. 

El rey Enrique no manifestó haber conocido lo que pasa^ 
ba en el corazón del doque; llamó & im escudero y le 



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448 ^hwa* i>£ BABWiu* 

dio algunas órdeoes en voz b9ja : el escudero salió á ga- 
lope. 

Ua cuarto de hora después vio el duque de Bretaaa rom-- 
per la marcha á la guarnición. Según lo trálado, iban todos 
los que la componían coa la cabeza descubierta, descalzos y 
con el báculo en la mano* Salió por la puerta del Puente y 
fué escoltada por la orilla del Sena hasta el puente de Saa 
Jorge, donde el rey do Inglaterra habia puesto varios guar- 
da3 que registr^^btm, asi á los caballeros como á los hombres 
de aranas, les quitaban el oro, plata y alhajas que Uevaban, y 
les daban en cambio dos sueldos parms. Llegó hasta el caso 
de arr&Rcarles á algunos de ellos sus túnicas .ó batas forra- 
das de martas ó recamadas de orbefrerías, y obligarles á que 
se pusiesen en vez de aquellas, túnicas de paño burdo ó de 
mal terciopelo. Viendo a({U^lo, los que venían detríis arro«- 
jaban las alhajas, bolsillos y joyeles al Sena, para que asi no 
pasasen á manos de sus eoemigod. . 

Luego que estuvo toda la guarnición al otro lado del 
puente de San Jorge, se volvió ^1 rey al diique de Bretaña, y 
» le dijo sonriéndose: 

— Señor duque, ¿queráis entrar conmigo en mi ciudad de 
Rouon? Sereis^ bien recibido. 

—Os doy las gracias, señor, contestó el duque de Bretaña; 
no quiero serviros de acompañamiento^ Sois vencedor, es cier* 
tio; pero no soy todavía vencido. 

•Apenas hubo acabado estas palabras^ se apeó delcabdlo 
que le habia prestado el rey Enrique, ^ pesar deias instan-» 
cias que este le hizo para ({ue leguardase ¿ titulo de don, ma- 
nifestando que eaperarja alK ¿m ooBtútiva, y nhigua respeto 



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I8ABE1& DE BABtBKA. 449 

htiiDaDo l6 haría poner el pié en una ciudad que no pertene-. 
oía ya al rey de Francia. 

—Lástima grande es, por cierto, dijo Enrique resentido de 
aquella tenacidad, porque mañana hubieseis presenciado im 
curioso espectáculo: las cabezas de los tres villanos que han 
sostenido el sitio caerán mañana mismo en la plaza mas pu- 
blica de la ciudad. 

Dicho esto, picó espuela sin despedirse del duque, que ¡so 
quedó solo en aquel sitio aguardando á sus gentes y caballos. 
Vio al rey dirigirse hacia la plaza seguido de un paje, que ea 
vez de estandarte llevaba en la punta de la lanza una cola de 
raposa. Delante de él se divisaba el clero vestido de sus hábi- 
tos sacerdotales y cargada de reliquias: condujéronle cantan- 
do á la soberbia catedral de Nuestra Señora, en donde dí6 
gracias á Dios de rodillas, tomando de este modo posesión da 
la ciudad de Rouen, que el rey Felipe Augusto, abuelo da 
San Luis, hábia arrebatado á Juan Sin-tíerra doscientos 
quince año^ antes, cuando üieron secuestrados sus bienes (:oa 
motivo de la muerte de su sobrino Arturo. 

Entre tanto, la oon^itiva del duque de Bretaña se reunió 
con su señor. 

Montó al punto este á caballo, lanzó una postrer mirada 
hacia la ciudad, e&haló un hondo suspiro pensando en lasuer*> 
te feturade la Francia y echó á galope sin volver mas la vista* 

Al dia siguiente, según el rey de Inglaterra babia dícbo^ 
cayó en la plaza pública de Rouen la cabeza de Alain Qlaa- 
obart. Roberto Linet y Juan Jourdain rescataron las sayas á 
fuerza de dinero. . 

* . fil traidor Guy foó nombrado kear^taaietnte del 4¡hiqued9, 

29 . 



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'450 ISABEL DE BABIEBA* 

Glocester, que tomó el mando de. la ciadad sometida. Pres- 
tó juramento de fidelidad al rey Embique, el cual le regaló & 
los dos meses de aquel suceso, sia duda para recompeasarle, 
el castillo y haciendas de la viuda de messire de la Roche- 
GoyoQ, muerto en la batalla de Azincourt. 

T según la Inglaterra, fué aquel hecho justicia, porque 
la noble y hermosa viuda de la Roche-Guyon se había negado 
á prestar juramento al rey Enrique. Tenia dos hijos, de los 
cuales el mayor no contaba siete anos; su castillo era digno 
de un huésped real y capaz de dar envidia & una duquesa; vi- 
vía en sus tierras y entre sus vasallos con el lujo de una rei- 
na, y lo dejó todo, castillos, tierras, vasallos: cogió en cada 
mano uno de sos inocentes y tiernos hijos, y se fué por el 
mundo pidiendo pan para ella y para ellos, por no consentir 
en ser mujer de Guy-eUCopero ni ponerse en manos de los 
antiguos y mortales enemigos del reino. 

Si nos hemos detenido tanto en íos pormenores del sitio 
de Rouen, ha sido porque la toma (íe aquella ciiídad fué un 
fatal acoutocimiento, que encontró un eco pronto y terrible 
en todo el reino. Desde aquel dia pusieron realmente los in- 
gleses ambos pies sobre elsuelo de Francia, cuyos dos estre- 
mos poseían, la Guiena bajo fé y homenaje, y la Normandia 
por derecho de conquista. Los dos cuerpos de ejército enemi- 
go no tenian mas que encaminarse uno hacia otro para jun- 
tarse y atravesar la Francia, como un espada atraviesa el co- 
razón. 

Todo el baldón de la toma de Roñen recayó sobre el do*, 
que de Borgoña, que vio venir al suelo aquella capital, i la. 
duál pndo haber salvado con solo estender el brazoi y no lo 



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ISABEL DE BABIEBA. 451 

hizo. Sus amigos no sabiaa qué^ titulo dar á aquella inaccioa 
estrañá; sus ehemigos la calificaban de traición. Los que ro- 
deaban al delBn sacaron de aquí nuevas armas contra el du- 
que; porque si no laá había entregado, babia al menos dejado 
coger las llaves de la poterna por la cual los ingleses podían 
entrar en París; y fué tal el terror que se esparció; que vein- 
tisiete villas de Normandía abrieron sus puertas luego que 
supieron la toma de la capital. 

Cuando los de París vieron aquellas cosas y que el enemi- 
go estaba á treinta leguas solamente de la ciudad, se reunie- 
ron: el parlamento, la universidad y el vecindario enviaron 
una embajada al duque Juan; suplicábanle que volviese con el 
rey, la reina y toda su gente á defender la capital del reino. 
La única respuesta del duque fué enviarles á su sobrino Feli- 
pe, conde de San-Pol, de edad de quince años, con el título 
de teniente del rey y el encargo de dirigir los negocios de la 
guerra de Normandía, Isla de Francia, Picardía y los bailíos 
de Senlis, Meaux, Melan y Chartres. Cuando vieron entrar 
aquel niño en la capital y supieron los de la ciudad que venia 
& defenderlos, conocieron que eran abandonados como sus 
compatriotas de Rouen, y allí también se alzaron grandes 
murmullos contra el honor del duque do Bordona. ^ 




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ISABEL liE BAMERA. 



453 




CAPITULO XXV. 



El» eontestaclon. 



Una elegante barca, ea cuya popa campeaba «n pabellón re- 
camado de flores de lis y coronado con el escudo de las ar- 
mas de Fra»cia, se deslizaba muellemente al impulso de doce 
remeros y una belilla en una de las deliciosas mañanas del 
mes do mayo del año siguiente. Las cortinas del pabellón ha- 
da la parte del Mediodia estaban descorridas, sin duda para 
dejar paso hasta las personas que en. él se albergaban, á los 
rayos matinales del temprano sol de mayo y á las primeras 



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454 ISABEL DE BABIBIIA, ' 

brisas, que tan embalsamadas y templadas nos envia la pri- 
mavera. Iban en el pabellón dos mujeres sentadas, ó por me- 
jor decir echadas, en una rica alfombra de terciopelo azul bor- 
dado de oro, apoyándose en unos cogínes de la misma estofa: 
i sus espaldas se veia en pié otra tercera , que guardaba fa ' 
mayor compostura, y respeto. 

Difícil empresa hubiera sido encontrar en todo el reino 
otras tres mujeres que pudieran disputar k estas el premio de 
la hermosura; pues no parecía sino qué la* casualidad habia 
querido reunir en ellas los tres tipos mas .pronunciados y di- 
ferentes de cuantos pueden verse. Nuestros íectores conocerán 
ya por la, descripción que hemos hecho á la de mas edad, ca- 
yo rostro pálido y altanero estaba cubierto en este momento 
de un colorido facticio, debido al reflejo.ardiente de la tela en- 
carnada del pabellón, en cuyo respaldo estaba dando el sol, y 
que anadia ú su fisonomía una espresion estraiia. Era Isabel 
áe Babiera. 

La niña que estaba echada á sus pies , cuya cabeza des- 
cansaba sobre sus rodillas, cuya^ dos manezuelas tenia ella es- 
trechadas en tma de las suyas, cuyos cabellos negros se esca- 
paban de una redecilla dorada, formando hermosos rizos guar- 
necidos de perlas, cuyos ojos, ardientes como los de una ita- 
liana , despedían , sonriéndose apenas , rayos tan dulces que 
parecían incompatibles con su color moreno, era la joven Ca- 
talina, tierna y blanca paloma , que estaba destinada & salir 
del arca para traer á dos naciones el ramo de oliva. 

La que estaba en pié detrás de ellas era la señorita de 
Thian , dama de Giac , de rostro sonrojado, cabellera rubia y 
medio inclinada sobre el hombro desnudo, taUe frágil, quejpa- 



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ISABEL DE BABIERA.' 455 

recia iba á romperse al menor soplo, boca y píes de niño, cuer- 
po aéreo y ¡aspecto de ángel. 

Apoyada en el palo de la barca y enfrente de ellas,' una 
Qano puesta en la guarnición de la espada y sostenieildo coii 
la otra una toca de terciopelo forrada de marta, contemplaba 
un hombre este cuadro del Albano. Era el duque Juan do Bor- 
goña. 

Sire de Giao se babia quedado en Pontoise encargado de 
. la guardia del rey, que, aunque convaleciente , no estaba to- 
davía en estado de asistir á las conferencias que' iban á cele- 
brarse. En nada se habian' alterado las relaciones del' duque, 
de sire de Giac y de su mujer, á pesar de la escena qua hemos 
procurado pintar en uno de los capítulos precedentes; y los 
dos amantes, clavándóise mutuamente sus miradas, silenciosos 
,y absortos en un solo pensamiento, en el de su amor, esta*^ 
ban muy lejos de creer que habian sido espiados y descubierr. 
tos aquella noche en que vimos desaparecer á sire de Giac en 
el bosque de Beaumont arrastrado por Ráiff siguiendo las 
huellas de síi desconocido compañero. 

Cuando hemos llamado la atención de los lectores sóbrela 
harca que bajaba por el rio, estaba ya esta muy cerca del pa- 
raje donde debia dejar los pasajeros; y desde el punto donde 
habian llegado,, podíanse distinguir claramente en el pequeño 
valle situado entre la ciudad de Melun y el rio Oise muchas 
tiendas, coronadas unas con los trofeos délas armas de Fran- 
cia y otras con el estandarte de Inglaterra. Habian sido cons* 
traídas estas tiendas á cien pasos de distancia enfrente unas' 
de otras, de modo que pareciesen dos campos. En medio del 
espacio que las separaba se veia un pabellón abierto, cuyas 



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456 ISAfiUCL DE BAÍI!£liA« 

dos puertas opuestas caían en la direecian d^ dos entradas de 
un parque «errado con macizas* puertas, cerpado de estacadas 
y anchos fosos. Esta corea rodeaba por ambas partes el cam- 
po que acabamos de deseribir, cuyas entradas estaban guar* 
dadas por mW hombres cada una , los unos pertenecientes al 
ejército de Francia y de Borgoña y los otrofi al de Inglaterra- 

A las dos de la mañana las puertas del parque se abriefofi 
ánaultání^amíínte en las dos jBstremidades opuestas. Los ídari- 
nes tocaron, y por la parte de los franceses entraroa loa per- 
sonajes que hemos visto ya en la barca, al mismo tiempo que 
salia á su encuentro por la parte opuesta el rey Enrique Y de 
Inglaterra acompañado de sus hermanoe los duques de Gloces^ 
ter y de Clarence, » 

Estas áos pequeñas comitivas ideales- se dirigieron áenc^Bh 
trarse en el pabellón. El duque de Borgofia traía, á sa dereeh^ 
& la reina y á. la izquierda t madama Catalina: ei reyEariqud 
venía en medio de sus dos hermanos, y detrás les seguía el 
conde de Warwictá algunoa pasos do distancia. 

Cuando estuvieron en el pabelloa donde debía verificársete 
entrevista, el rey saludó respeiuosameate á ma^anqa Isabel y 
la besó en ambas mejillas, asi como & la prinoesa Catalina, fil 
duque de Borgona dotUó un poeo la' rodilla , pero él rey , co- 
giéndole de la mano le levantó; y estos dos poderosos príncipes 
6 ínclitos caballéi'os al hallayrse frente á frente se miraron al* 
gunos instantes en silencio con la curiosidad de dos homtoes 
que habian deseado encontrarse enloscampos de batalla. Am*^ 
boa coDocian la fuerza y poderío de la mano que estrechabaa: 
cft uno habia merecido el sobrenombre deiSm-mtiwto, y el otro 
se había gallado el de Cbn^tiiV/oiíar. 



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• . likhEL liE KABffiUA. 457 

No tardó, sin embargo, el rey en acercarse á la princesa 
Catalina, cuyo lindo rostro le habia ya vivamente interesado. 
Cuando el cardenal ursinos le presentó su retrato al frente de 
Rouen. La acompañV), asi como á la ^eina y al duque , basta 
los sitiales. que se habían preparado para recibirlos, j sentán- 
dose enfrente de ellos, bizo que se adelantase el conde de 
WaFwick para que sirviese de intérprete. Este hincó entonces 
una rodilla en, tierra. 

— Señara, dijo en fi-anoés, habéis deseado tener uoa en- 
trevista, eon nuestro gracioso .soberano el rey Enrique para 
oe^nvenir ea los medios de celebrar la paz entre ambos reinos. 
Monseñor el rey , deseando tanto como vos esta paE , se ha 
apresurado á aceptar esta entrevista. Ya estáis en presencia el 
uno del otro, teniendo, como Dios, la suerte da los pueblos en 
vuestra diestra. Hablad, señora reina; hablad» monseñor du- 
que, y plegué á Dios que vuestras reales y soberanas bocas 
pronuncien palabras de conciliación. 

La reina tiizo unat señal, y levantándose el duque de Bor- 
gona tomó á su vez la; [mlabra. 

— Hemos recibido, dijo, las péticjones del rey, que consis- 
ten en tres reelamaoiones: la ejecución del tratado de Bretig- 
ny, el abandono de la Norraandía y la soberanía absoluta so- . 
bre tftdo lo que le sea cedido por este tratado. Aquí están las 
Fé|il¡cas presentadas por el consejo de Francia. 

El conde de Warwick cogió el pergamino que le presenta- 
ba el duque. 

Él rey Enrique pidió un día para examinarlo y .poner sus 
observaciones; luego, levantándose y ofreciendo la mano á la 
rana y á la princesa Catalina, las acompañó hasta su tienda 



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458 ISABEL DE BABIEBA. 

con muestras de respeto y de tierna cortesanía, que probaban 
cuál era la impresión que le había causado la bija de los reyes 
de Francia. 

AI dia siguiente tuvieron nueva conferencia ; pero mada* 
ma Catalina no asistió á ella, lo que disgustó al rey ¿le Ingla- 
terra. Este entregó al duque de Borgoña el pergamino queha- 
bia recibido de él la víspera. La entrevista fué fría y corta. 

£1 rey de Inglaterra habia puesto de su puño al pié de ca- 
da réplica del consejo condiciones tan exorbitantes , que ni la 
reina ni el duque se atrevieron á tomar sobre sí la responsa- 
bilidad de aceptarlas. Las enviaron, pues, &Pontoise para que 
fuesen presentadas al rey , suplicándole al mismo tiempo que 
las aceptase, pues la paz, decian, era el ünico medio de sal- 
var la monarquía. 

El rey de Francia estaba en uno de esos momentos de sa- 
na razón que pueden compararse á la hora del crepúsculo ma* 
tinal, cuando el dia, luchando todavía coa la noche , á la que 
aun no ha vencido , presenta todos los objetos en una forma 
confusa y flotante. Los rayos del sol al ponerse bañan tan so- 
lo la cúspide de los lúontes mas elevados; pero los valles están 
todavía envueltos en las sombras. JDel mismo modo ^n el vaci- 
lante cerebro del rey los pensamientos primitivos, pensamien- 
tos de instinto general y de conservación personal,* atraían ha- 
cia si los primeros rayos de luz que la razón hacia resplan- 
decer, dejando en la oscuridad todo lo que era bajo interés y 
abstracción política. 

Estos momentos de transición que seguían á las grandes 
crisis fisicas, venían siempre acompañados de una debilidad 
de espíritu y de un abandona de voluntad, que eran causa de 



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ISABEL DE BABIEAA. 459 

que el viejo monarca cediese á cuanto le pedian, aun cuando 
de. ello resultas^ todo lo contrario ÚL lo que aspiraba en favor 
üeTsu interés personal ó en el del reino: lo primero que sentía 
. en esas horas de convalecencia era una necesidad de reposo y 
de sentimientos dulces, cuya continuación era el único reme- 
dio que podia volver aquella máquina desgastada por los dis- 
gustos intestinos, la guerra* estranjera, las turbulencias civi- 
lesy á los días felices de calma, de los que tenia tanta necesi- 
dad su prematura vejez. Ciertamente que. si Carlos hubiese 
sido un simple y honrado vecino de su bi^na villa, y que 
otras circunstancias lo hubiesen conducido al estado en que se^* 
veia, una familia cariñosa y amada, la tranquilidad del alma» 
el cuid^o del cuerpo, hubieran podido durante mucho tiempo 
todavía prolongar su débil existencia; ¡pero era rey! 

Los partidos bramaban al pié de su trono, como los leones 
á los de Daniel; de sus tres hijos mayores, triple esperanza del 
reino, habia visto ^ morir dos en edad temprana, sinatre-. 
verse, sin embargo, á investigar las causas de su muerte; solo 
habia sobrevivido uno, joven y hermoso. ••. el que se le apa- 
recía en los accesos de delirio, en medio de los demonios de 
sus ensueños, como un ángel de amor y consuelo. Y sin em- 
bargo, este ultimo hijo do sus entfañas, este último vastago 
del trono viejo, este mismo, que cuando su padre yacía aban- 
donado en poder de criados, olvidado de la reina, despreciado 
de sus mas nobles vasallos, se deslizaba algunas veces duran^ 
te la noche en su cuarto sombrío y solitario para consolar al 
anciano con sus palabras, cuyas manos calentaba con su alien-^ 
to, y cuya frente acariciaba con sus besos: este mismo, apo- 
derándose la guerra civil de él, lo habia arrojado lejos de I09 



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460 ISA&fiL DE BABieBA, 

brazo? de sa padre; desde sa ausencia, siempre qne en la lu- 
cha del alma con la mnteria, de la razón con 'lá locura, ha- 
bía quedado vencedora la razón, todo conspiraba á abreviar 
.6S0S momentos fócidos, dniante los cuales el rey tomaba lias 
riendas del poder de las manos fatales que abusaban de él: al 
paso qne cuando pw el contrario la locura podia mas que la 
razón, como una enemt{^mal vencida, tenia por fieles auxi- 
liares á la reina y al duque, señores y criados, en» fin, á todos 
los que reinaban por el rey, cuando. el ref no podía reinar. 

Carlos VI conocía (l la vez el mal y la imposibilidad dé 
remediarlo; vr^ia el reino despedazado por tres partidos, 'qúo' 
una mano fuerte hubiera podido someter: estaba penetrado de 
que era necesaria una voluntad de rey, y el desvalido anciano 
y pobre insensalo apenas era un fantasma de rey; en fln, como- 
un bombr(^ sorprendido por un terremoto, oía crujir en torno 
suyo el grande edificio de la monarquía feudal; y persuadida 
que ni tenia poder para sostener la bóveda pronta á desplo- 
marse, ni ftjerzas para huir, bajaba su blanca y resignada ca- 
beza y esperaba el golpe. 

Acababan de entregarle el mensaje del duque y las con- 
diciones del rey de Inglaterra: sus criados le hablan dejaáer 
solo en su cirarto; en cuanto á sus cortesanos, haciap tiem- 
po qne no tenia ninguno. 

H.ibia leido el pergammo fatal que forzaba á la legitimi- 
dad á tratar cotí la conquista; tenia ya la pluma en k mano 
para firmar, pero al tiempo de ir á escribir las siete letras que 
componía í su nombre, considerando que cada una de e-ítas 
letras le costaba una provincia, arrojó lejos de si lá pluma 
dando iln grito der angustia y dejó caer su cabeza entre las 



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ISABBL Ue i)ABIEnA« 461 

dos manos diciendo : ¡ Dios a^io , Dios mió , eompadecoos 
de mil ^ 

Hacia ya uaa hoija que estada absorto en mil pensamien- 
tos incoherentes, muy semejantes al delirio, procurando apo-* 
aerarse en iaedio de eUos de esa voluntad de hombre, que su 
cerebro irritado no tenia fuerzas ni para alcanzar ni retener, 
y que huyendo siempre de él, despertaban en su frente mil 
ideas jiuevas, qne no tenían relación alguna con la voluntad 
que tadQto deseaba tener. Empezaba á presentir ya que iba k 
escapársele la raeon en aquel caos, y apresaba con arabas ma- . 
nos su cabeza como pa^a retenerla en ella: el cuarto daba 
vueltas alrededor suyo; los^óidos íe zumbaban; sus cerrados 
ojos veíao re^laodares borriUes; conocía, en fin, que la in- 
fernal locura se posaba sobre su calva cabeza royéndole el 
cráneo con sus dientes de fuego. 

En este momento suprepao la puerta, cuya guardia se ha- 
bía confiada á.sire de Giac, se abrió suavemonie. Un jóven^ 
deslitóndpse por ella, ligero como una sombra, vino á apoyar- 
se en el respaldo áfil sitial del anciano; después de haberlp 
contemplado un instante con compasión j respeto se inclinó» 
y arrimándose al oido le dijo; |Padre mío! 

s Estas palabras produjeron un efecto mágico sobre aquel á 
quien habían sido dirigidas: al oir el sonido de aquella vez, 
sus manos se apartaron; levantó la cabeza, y siguió encor* 
vado el cuerpo, respirando apenas, fijos los ojos sin atreverse 
á. volver todavía; tanto temía haber creído oir, y no haber 
oido. 
— Soy yo, padre mío, dijo segunda vez la voz dulce. , 

¥ el I^Vven, dando una vuelta alrededor del sillo/i, vino 



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462 



ISABEL ÜE BABIERA. 



COD el mayor cuidado á ponerse de rodillas sobre el almoha* 
don en que descansaban los pies del anciano. 

Este le miró con desencajados ojos; y luego, dando de re- 
ponte un grito, le echó sus brazos alrededor del cuello, estre- 
chó aquella rubia cabellera sobre su pecho, y. apoyando los 
labios sobre sus cabellos los besó con un amor muy semejan- 
te al furor. 

— |Ohl [6h\ dijo sollozando, ¡oh, hijo mió, querido hijo mío. 
Garlos de mis entrañasl y las lágrimas le saltaban. ¡Oh, hijo 
dé mi corazonl ¡Conque eres tú! ¡Tft en los brazos de tn an- 
ciano padre!... ¡y es cierto, cierto! Vuélveme, pues, á ha- 
blar.... sí, habíame siempre. 

Luego separaba con ambas manos la cabeza del joven y 
clavaba sus desencajados ojos en los de su hijo; y este, que 
tampoco podia hablar, porque las lágrimas anudaban su voz, 
le hacia, sonriéndose y llorando al mismo tiempo, señas con 
la cabeza que no se engañaba. 

— ¿Cómo has venido? decia el anciano; ¿qué camino has 
traido? ¿cuántos peligros has corrido por mí, por volverme á 
ver? ¡Oh! mil veces bendito seas, hijo mió, por tu *amor filial: 
¡el señor te bendiga como te bendice tu padre! 

Y el pobre anciano cubría de nuevp á su hijo de besos. 

— Padre mió, dijo el delfin, estábamos en Méaux cuando 
supimos las conferencias que iban á abrirse para ajustar la paz 
entre la Francia y la Inglaterra: al mismo tiempo hemos sa- 
bido, que padeciendo y enfermo, no podíais asistir á la entre- 
vista. 

—¿Y cómo lo has sabido? 

*— Por uno de mis mas fieles amigos, qué lo es también vues- . 



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ISABEL DÉ BABIERA. 465. 

tro, padre mío; por el que está encargada de guardar de no- 
che esta puerta. 

Y señaló á la que 1er habia servido para entrar. 

— ¡Por sire de Giacl dijo el rey asustado. 
El delfin movíala cabeza afirmativamente. 

— Pero ese hombre es partidario del duque, prosiguiá el 
rey cada vez mas atemorizado; ese hombre se ha traído sin 
duda para entregarte. 

— Desechad esos temores, padre mío, replicó el delñn: síre 
de Gíac es enteramente nuestro. 

El tono de convicción con que habló el delfln tranquilizó 
al rey. ^ 

— ¿Y cuándo has sabido que yo estaba solo? preguntó 
el anciano. * ' 

— Deseaba ya veros; y Tauneguy, á quien negocios impor- 
tantes obligaban á verso con Giac, ha consentido en acompa- 
ñarme; sin 'embargo, para mayor seguridad vienen con nos- 
otros otros dos valientes caballeros. . 

— Dime sus nombres para que los grabe en mi corazón. 

— Sire de Vignolles y pothon de Xaintrailles. A las seis do 
esta mañana hemos salido de Meaux; hemos dado la vuelta & 
París, por Louvres, donde hemos mudado de caballos, y al 
caer de la tarde nos halláb)smoios en la puertas de la ciudad, en 
las que nos estaban esperando Pothon y Vignolles. La carta 
de sire de Giac nos ha servido de salvo-oonducto; y sin que 
nadie haya sospechado quién somos, hemos llegado hasta esa 
puerta, que sire de Giac me ha abierto, y jaqui me tenéis, pa^ 
dre mío, aquí me tenéis á vuestros pies, •.• en vuestros 
brazos! 



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464 ISA¿£t 



i)E BABIEBA. 



— Sí ,' si , dijo el rey dejando caer su abierta mano sobre 
el pergamino que iba á firmar cuando fué el delfín, y que 
contenía las condiciones onerosas que acabamos de referir; sí, 
hijo mió, estás en mis brazos, viniendo como un ángel déla 
guarda del reino 9 decirme: «Rey, no entregues laPraücia:» 
viniendo como un bijo á decirmis: «Padre, consérvame mi he- 
rencia.» [Oh! ilos reyes.,., los reyes!... gozan de menos li- 
bertad que el último de sus vasallos; tienen que dar cuenta, 
primero á sus sucesores y después á la Francia , del palri- 
nponio que les legaron sus antepasados. |A.hI... cuando.dentro 
de poco tiempo me encuentre frente á frente con mi real pa- 
dre Carlos el Sabio, jcuán fatal será la cuenta que tendré que 
darle del reino que él me dejó, rico, tranquilo y poderoso, y 
que yo le dejo pobre, agitado por mil turbulencias y hecho 
mil pedazos! ]A.hl tú vienes á decirme: ctNo ñrmes esa paz.» 
¿No es verdad que me lo vienes á decir? 

— Es verdad, señor, que esta paz es onerosa y fatal, dijo 
el.delfin, después de haber leído el pergamino en que estaban 
escritas las condiciones; mis amigos y yo, continuó, rompere- 
Dsos hasta la última espada én el casco de los ingleses, antes 
que firmar con ellos semejante tratado, y moriremos todos so- 
bre esta tierra de Francia antes que cedérsela por nuestra libre 
voluntad á nuestro antiguo enemigo. Si, padre mió, creedme. 
Carlos YI cogió con teüibloro^a mano el pergamino, lo 
miró largo espacia, y luego por un movimiento espontáneo lo 
rompió en dos pedazos. 

El delñn se ech() en sus brazos. 

— Sea, dijo el rey: guerra tendremos; noas vale una batallir 
perdida que una paz ignominiosa. 



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ISAMI. DE BABIBIU. ^ 466 

, rt^\ Dios 4a I03 ejépeitos nos protegbrá^ padre iibíq. 

r -^¿Y si el duque ^ nps. abandona y ae* pa^ á' Jos iñ^ 

gíotíea? ►• 

-^«^ntfljbfóiré r6laC9tonci& ooi>>él¿ respondió el delfior 
Mt-*flasUí tioy, jafflis has querido conoéderi^ una oatre^ 
tista. 

— Pues aflora le pediré yo una. 

— .¿Y Tannegoy? 

~ Consentirá, padre xnio, y basta será portador de mi pe^ 
lioion y ia apoyará: entonces el daqne y yo re¥oIvereniós nuesr 
tras fuerzas unidas contra esos Ingtesea del demomo y los 
obligaremos á ref<^gjarse en sus malditas naveá. Tenemos no- 
Uas hombres de armas, 5olda£k)s leales y una buetia causa, 
qud es mas de lo que neoesitafiíos para vencer; una sola míra*^ 
dé dé Oíos , y .nos hemos salvado. 
. *^|GI Señor teoigal 

Y cogió el roto pergamino. 

. , •**«*8fiioeda*lo que sucediere; esta es mi contestación al r^^ 
de; Inglaterra, 
— ¡Sire de Giac! gritó en este momento el delfín. 

Y sire de Giac entró levantando* la tapieeria que estaba 
. ocdgada en la puerta* x . 

«-««•Esla es, dijo el delñn^ la contestación á las propoácionest 
.del rey Enrique! Mañana se la^ llevareis al duque de Borgo^ 
iSLi>Y le entregareis al mismo tiempo esta carta, en. la que le* 
pido unii entrevista para arreglar, come buenos y le'alíes ami^ 
gos, los negocios de este pobre rcinb. 

Oiao se incIíBó, odgió los dos pliegos» y salió sin res-* 
pontlen 

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466 ^ ISABEL DE BABIERA; 

— Ahora, padre mió, oontinuóel delfia aoercándose al aa- 
eiano, abora ¿quién os puede impedir el sustraeros á la reina 
y al duque? ¿quién puede estorbar que me sigáis? A. cualquiera 
parte que vayáis, allí estará lá Francia. Venid, os tendremos . 
á nuestro lado; mis amigos os respetaran y sesacriflcarán por 
vos; y yo os amaré y cuidaré con toda la solicitud de un 
hijo querido. Venid, pues, padre mió, tenemos grandes ciu- 
dades bien guarnecidas; Meaux, Poitiers, Tours y Orleans, y 
tendrán que demoler sus altos torreones, pasar á cuchillo las 
guarniciones y matar á todos mis amigos y á mi para que os 
suceda la menor desgracia. 

El rey miró al delfin con la mayor ternura. 
— Sí, sí, le dijo, todo lo haríais como lo prometéis.... mas 
es imposible que acepte. Vé, pichón mió, tus alas son toda- 
vía jóvenes, fuertes y rápidas; yete, y deja en su nido al águi- 
la vieja, cuyas alas están ya rotas y entumecidas con la edad; 
vé, hijo mió, y bástelo haberme proporcionado una noche fe- 
liz y el haber alejado la locura de mi frente con tus caricias; 
|vete, hijo mió, y ojalá Dios te pague el bien que me has 
hecho I 

Entonces el rey se levantó, pues el temor de una sorpresa 
le obligaba á acortar los instantes.de felicidad tan rarols que 
la presencia del solo ser de quien era amado sembraban en 
su vida. Condujo al delfin hasta la puerta, le volvió á estre- 
char en sus brazos con su corazón, y el padre y el hijo, que 
no debían volverse á ver, se dieron el último adiós y el último 
beso. El joven Carlos salió. 

— No tengáis cuidado, estaba diciendo en aquel instante 
Giac á Tanneguy, yo lo conduciré debajo de vuestra hacha^ 



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ISABEL DE BABIERA. 467 

como se lleva á un toro debajo de la maza del oarni- 
cero. 

— l^ quién? preguntó el delfín presentándose á su lado. 

— A nadie, monseñor, respondió fríamente Tanneguy; me 
está contando sire de Giac una aventura acaecida muchos años 



Tanneguy y Giac se eeharon una mirsida de inteligencia. 
Sire de Giac los acompañó hasta dejarlos fuera de las 
puertas déla ciudad: al, cabo de diez^ minutos se unieron á 
Pothon y La Hire, que tes estaba esperando. 

— jY bien! dijo La Hire, ¿y el tratado? 

— Rasgado, contesta Tanneguy. 

r— ¿Y la entrevista? continuo Pothon. 

— Se tendrá dentro de pocos dias, Dios mediante; por aho- 
ra lo mas urgente es dejar atrás todo el camino que podamos. 
Tenemos que estar mañana al amanecer en Meaux, si que- 
remos evitar alguna escaramuza con esos condenados borgd- 
ñones. 

La pequeña comitiva debió de convencerse de la exactitud 
de esta observación, pues los cuatro caballeros emprendieron 
la marcha con toda la rapidez de que eran susceptibles sus 
pesados caballos de guerra. 

Al siguiente dia se presentó Giac en Melun, comisionado 
con su doble mensaje para el duque de Borgoña, y entró en el 
pabellón en que este príncipe estaba conferenciando con En- 
rique de Inglaterra y el conde de Warwick. 

El duque Juan rompió con la mayor ansia la hebra de 
seda encarnada que cerraba la carta que le presentó su favo- 
rito, y de la que colgaba el real sello, y encontró debajo de 



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<M ISUatL DE BAKnUU 

k oibierta el tratado rasgado; era la únioa cotttistaeion dol 
rey, según se lo habia prometido al delfin. 

-T^-Ntiestro buen señor ^\á en an momoAlo da sos osochos 
Mlrios, dijo el ilnqae encendido el rostro de cdtera; porqae 
Bios le perdone, ba roto lo que debía baber firmado. 

Enrique miraba fijamente al duque, que so habia comp\í-4 
metido formalmeftle on nombre del rej. 

-^Gl rey nuestro señor, respcmdió Giac con la mayor cal- 
ma, jamás ba estado en mas cabal juicio ni salud de lo qoq 
está en este momento. 

— Entonces soy yo un loco, dijo Enrique levantándose, en 
baber creido promesas que ni podían Ai tal vez querian cnm- 
plir. 

AL oir estas palabras, saltó el deque Juan de su- acento; 

todos los másenlos de su semblante' temblsi^an de oótera; sa 

aüento resonaba como birespiraciúii de un leeo, y sin eo^ 

^bcii^o, m> tenia nada que dedr, no:se le ocucria nada qw. 

contestar. . . ,- 

~Máy biea, primo mió, oontioitó Enrique, dañólo cpn In- 
midon á Juan de Borgoba el titulo que le daba el rey. dft 
Krancia; muy bien. Teogp el gusto de decoros que.arraj^es^ 
remos á la fuerza á nuestro rey lo. que le pedíamos que iiq% 
0Sd$ese de buena volunlaul^ nuestra parte en esta tierra de 
tVanciBYtia lugar ea su real fa»ilis4 tendremos, pae$> so^ 
ctadadds yiso^hija^ y .todo.le- qiie-t|8mos j>edidQ oop ellas^ jM 
«charemos, á él da'sur'reiíío y á vos de vueati^ ducado., 
' --•^fio»^ reó^pondíó el duque* en eLmismc^tono^ obori os 
e$moy fái^l el hablar eegtía vuestros, áeseofs; pw> ant^ ifk 
MrberécKadaAfisiroyy^sedorde susirsiftos^ y k mí deinl 



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ÍSÁÜEL DE BABIEKA. ^ 469 

ducado, os queda tauto que hacer, que desde ahora asegura* 
mos puede ser muy bien que en vez de lo que creéis, os deis 
por muy contento de estar seguro en vuestra isla. 

Diciendo este, volvió las espaldas al rey de Inglaterra, sin 
saludarlo ni esperar contestación/ y salió por la puerta que 
conduela á sus tiendas. 
Sire de Giac le siguió. 

— Monseñor, le dijo después de haber andado algunos pa- 
sos, traigo todavía otro mensaje para vos. 

— jEi diablo cargue con él, si se parece al primerol dijo e! 
duque; me basta, pues, con uno. 

— Monseñor, continuó Giac en el mismo tono, es una carta 
del delfln, mi señor, que os pide una entrevista. 

— jAh! Hé aquí lo que todo lo arregla, dijo el duque vol- 
viéndose vivamente; ¿dónde está esa carta? 

-^Aquí, señor. 

El duque se la arrancó de las manos y la leyó con la ma- 
yor ansia. 

— iQue se levanten las tiendas, que se destruyan las empa- 
lizadas, dijo el duque á sus servidores y pajes, y que para 
esta noche no exista ni la menor señal que recuerde esta mal- 
dita entrevista! jY nosotros, continuó dirigiéndose á sus ca- 
balleros, á quienes estas palabras hablan, hecho salir de sus 
tiendas á caballo, arrojemos las vainag al viento, y guerra de 
csterminacion, guerra h muerte á todos esos lobos ham- 
brientos que vienen de ultramar, y á ese hijo de asesino, á. 
quien ellos llaman su rey! 



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ISABEL BE BABIBUA. 



471 




CAPITULO XXVI. 



MacrAe del daque de Bordona* 



JjL 11 de julio siguiente, hacia las siete de la mañana, dos 
grupos considerables, uno de borgoñones que salian de Cor- 
beil, y otro de franceses que venían de Melun, marcharon uno 
contra otro para darse batalla. Lo que hubiera podido dar 



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mas peso á esta suposición, .6$^ que todas las precauciones 
acostumbradas en semejantes pc^^ípDes jbabian sido estricta- 
mente observadas por los.dpsi^aíi^: ios hombres y los ca- 
ballos estaban cubiertos de sus arnfi|MÍtiras de guerra, los es^ 
cuderos y los pajes llevaban sus l^inzaé, y cada caballero 
tenia colgada á mano 6l hacha de itrnias en el anón de la 
silla. 

Habiendo Hegado cerca <tet castjllíj deíouUi, en la calza- 
d»c8el6s estanques de "Fierjf, las dosjropais enemiga, 5«^- 
IkurDa i layista: al insÍa;Dl9 dd una pBCriej de otri^^^o 
alto, las viseras se bajaron, los escuderos' presentaron sus 
lanzas, y con un movimiento unánime las dos tropas se pusie- 
ron en camino con la lentitud do la desconfianza y de la pre- 
caución. 

Llegados á dos tiros de flecha unos de otros, se detuvie- 
ron de nuevo: de cada uno de los dos bandos salieron once 
caballeros con la visera líaja, y áe adelantaron dejando la tro- 
pa á que perleaecian inmóviles detrás de ellos como una mu- 
ralla de bronce; á veinte pasos solamente hicieron nuevo alto;- 
dé cada uno de los lados se apeó un hombre, echó la brida al 
- brazo de su vecino, y se adelantó al encuentro del que venia á 
buscarlo hasta la* líiitad delespacio queS hasta entonces les ha- 
bla separado. A cuatro pasos uno de otro levantaron la visera 
de sus cascos, y cada uno reconoció en el otro de estos dos 
hombres al delBn Carlos , duque de Lorena, y en el otro á 
Juan SinTíiíiedo, duque de Bongona. - . "' 

liuego que el duque Juan vio que el que avanzaba á su m^ 
Gueatroera el hijo ^e su soberano y señor, se inclinó doblan» 
do.una rwiiUa en tÍÉ!rí?íi. 



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jsikttiv HE mjímmik^ 479 

El joven Carlos le Kmió la nmno; le besó en ambas meji- 
Ites y qttiso bacerte'levatitar; pero el duque seuegóá eliodi- 
clendo: 

* «-Monseñor, sé cómodebo hablaros. 
• El delfifl te óWigó ájevaotarse. 
•^Bello primo, le dijo presentándole un pergamino con s» 
firma y sello, si en el tratado qne está á la vista, hecho entre 
nosotros y vosotros, se encuentra alguna cosa que no os agra- 
de, es nuestra voluntad que lo corríjais, y en adelante quere- 
mos y querremos lo mismo que vos qnerais y querréis. 

— Yo soy el que me conformaré con vuestras órdenes, mon*« 
señor, respondió el duque, porque es mi deber y voluntad él 
obedeceros en adelante enf todo loque deseéis. 

' Después de estas palabras cada uno puso la mano en la^ 
espada, á falta de evangelio 6 de santa neliquia^ jurando ínan- 
tener la paz de un modo duradero . 

Al instante todos los que les babian aoompañado se re- 
unieron gozosos gritando Noel, y maldiciendo do antemano ai 
que en adelante .volviese á tomar las armas por tan fatal que- 
rella. 

' Entonces el delfln y el duque cambiaron sus espadas y sus 
caballos en ee&al de fraternidad; y cuando el delfin montó, el 
duque le tuvo el estribp, aunque el primero le sa pilcó no lo. 
hiciese; en seguida cabalgaron algún tiempo al lado d uno 
del otro platicando amistosamente: los franceses y foorgoñO'- 
nes de su séquito les seguían mezdados unos con otros. 

Después de babers'^ abrazado segunda vez se separaron, 
el delfín para volver á Melun, y el duque de Borgoña á Corbeil. 
Los del delQn y borgononos siguieron cada uno á su so&or. 



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474 18ABKL 0E BABIKftA. 

Dos hombres quedaron los, últímos. 
— ^Taaneguy, dijo uno de ellos con aoa voz sorda* he cum- 
plido mi promesa; ¿has cumplido tú la tuya? 

— ¿Era posible, señor de Giac, respondió Tami^^uy, estan- 
do cubierto de hierro y acompañado? Pero sosegaos; antes de 
que concluya el año encontraremos mas lindo juego y mejor 
ocasión. 
— ¡Satanás qiíieral dijo de Giac. 
— Djos me lo pordone, dijo Tanneguy. ' 

Y los dos metieron espuelas á los caballos; volviéndose, el 
uno para reunirse con el duque y el otro con el delfin. 

En la noche de aquel dia se formó una gran tempestad en 
el punto mismo de la confereocia, y un rayo partió el árbol* 
bajo el cuál se habia jurado la paz. Muchos miraron este in- 
cidente como un mal presagio , y algunos dijeron por lo bajo 
que esta paz no seria mas siucera que duradera. 

Algtmos dias después el delQn y el duque publicaron sus 
letras de ratificación del tratado. 

Los parisienses recibieron la noticia con mucha satisfac- 
ción, y pensaron que el duque ó el delfin volverían á París pa- 
ra defenderlos; pero su esperanza fué frustrada. La reina y el 
rey salieron de Pontoise , ciudad demasiado vecina de los in- 
gleses para permanecer en ella con seguridad, y dejaron en 
aquel pimto al señor de Ile-Adam con una numerosa guarni- 
ción. El duque se reunió con ellos en San Denis ; y los pari*- 
sienses, no viendo hacer ninguna reunión para marchar con- 
tra los ingleses, volvieron á "recaer en su anterior desaliento. 

El duque se habia abandonado de nuevo á una apatfa in- 
concel)ible, de que se hallan ejemplos en la vida de algunos 



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ISABEL DE BABIERA, 475 

hombres llenos de valor y actividad , y que muchas veces ha 
sido una señal de su próximo fin. 

El delfín le escribía caria sobre carta para obligarle ¿de- 
fender con empeño á París, mientras que él hiciese una diver- 
^sion sobro las fronteras del Maine. El duque al recibirlas da- 
ba algunas órdenes; mas como si fuese incapaz de continuar 
la lucha que hacia doce años sostenía, y cual niño cansado, se 
acostaba á los pies de su hermosa querida, perdiendo la me- 
moria del mundo entero en una mirada de sus ojos. Es propio 
de un amor violento mirar con desden todas las cosas de la 
vida que no tienen rejacion con este mismo amor; por eso di- 
cen que las demás pasiones se conciben en la cabeza y clamor 
solo en el corazón. Mientras tanto, las murmuraciones (^ela 
paz habia calmado renacieron prontamente ; voces vagas de 
traición empezaron á circular , y un acontecimiento que tuvo 
lugar en aquella época las dio nuevo crédito. 

Enrique de Lancaster, que habia juzgado con acierto cuan 
desventajosa seríala alianza del delfín y del duque, resolvió 
en consecuencia apoderarse de Pontoise antes que sus dos ene- 
migos tuviesen tiempo de combinar sus movimientos. . 

Para este efecto tres mil hombres conducidos por Gastón, 
segundo hijo de Archambault , conde de Foix , que se habia 
hecho inglés, marcharon de Melun en la noche del 51 de ju- 
lio, y llegaron, cerrada la noche, al pié de las murallas de la 
ciudad de Pontoise; pusieron con ol mayor silencio escalios so- 
bre ellas á alguna distancia de una de las puertas, y sin ser 
vistos de los centinelas, subieron de uno en uno hasta trescien- 
tos , se dirigieron hacia la puerta, degollaron la guardia que 
la defendía y abrieron á sus camaradas , que se disemina- 



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PDD en las culles gritando {San Jprgo y ^hidnd ganadat 

Cuando Ile-Adamoyó estos gritos, que reconoció por íwK 
herios pnrferido él mismo, se arrojó de la cama, setíslióapre- 
suradaniente, y ^taba todavía medio vestido , coande ios íb^ 
gleses fueron á llamar con golpes repetidos ^n la casa qaehá* 
hitaba. No tuvo mas tiempo que para coger una pesada hacbft 
de armas, apagar la lámpara qm podía hacerle traición y ai^ 
rojarse por ana ventana que daba á un patio. 

En el mismo instante los ingleses forzaron la puerta de la 
ealle. 

ne-Adam corrió é sus cabaHerizas , saltó sobre el primer 
caballo que se presentó sin silla y sin brida, se arrojó al pér^ 
tico lleno de ingleses que subían á los cuartos, y pasó por me^ 
dio de ellos en el momento en que menos le ef^peraban.con una 
mano agarrada á las crines del caballo y con la otra haciea^ 
do jugar su hacha. -: 

Un inglés se presentó delante de él y cayó con la oal>eza 
hecha pedazos; sin este iiombre ensangrentado y estendrdo A> 
sus pies, los otros hubieran creído ver una aparición. 

Ile-Adam se arrojó hacia la puerta de Pai^ís, pero estaba 
cerrada: la confusión era tal, qtie el oonserge ño pudo hallar 
las llaves; era menesíer romperla á hachazos, Ile-Adam intea-^. 
tó hacerlo. Detrás de 61 , los ciudadanos fugitivos se reunian 
en uDa calle estrecha , apmentándose á cada instante el nü^ 
mero, sin otra esperanza que en la prontitud con qoe el hacha, 
de Ile-Adam se levantaba y oaia sin cesar para abriries un ca- 
mino. 

Poco después se oyeron gritos de^desesperacion en el otro 
estremo de la calle : los fagitivos mismos habían indicado el: 



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famino á s«9 enemigos. Lps.mgle^es ,o;eh>Q:los goIp83 qm 
r^i^óoabaa^bre la f)aerta ; y para llagar ¿ IIe-A4am carga- 
bs^Q á. uaa mitttítud desarmada, qm no, oponía sioo una .roasflf . 
inerte, pero nuiner;08a y profiínda muralla, ancha, viva y apre- 
tada, que su temor mismo hacia mas difícil dispersar. Mien- 
tras los honres armados daban luiizadasá diestra y t siniesr 
traiy los arbateleros derribaban filas enteras, las flechas vo^ 
4aJban alrededor de Ile-Adam y se clavaban retemblando sobre 
)a puerta, ya copmovida^ pero que todavía se resistía. Los gri-r 
tos se iban acercando; hubo un instante en que creyó que la 
SQUrallade madera seria mas fácil de romper que la de carne; 
los ingleses no estaban mas que á tres lanzas de distanpía de 
él; en fin, la puerta 3e rompió vomitando una multitud de hom- 
bres, á la cabeza de ía cual el caballo espantado se Hoyó álle-^ 
Adam como up relámpago. 

Cuando el diique de Borgona supo. esta noticia, en lugar 
de- reunir on i^^\to y oparchar contra los ingleses, hizo subir 
en un coche al rey , á la reina y á maidama Catalina , montit 
á^caballo, y con, los señores de su casa se retiró por Provins 
áTroyes^.en Champagne^ dejando en lacipdad de París al 
conde de Saa-Pol como te.^ieinte, á lle-Adam c<Hno goberna- 
dor y ái Mr. Eustacbe de Delaistre como Danciller. 

Dos faojras después de la salida del duque de fiorgona, los 
fli^gitivos empezaron á llegar á San Denis. Daba compasión 
y^r la^ poblaos gent€|s heridas,, derramando s,ai^re, medio desi 
nudas, murlen4p de hambre y esteq^adaiS de una marcha d€i 
siete leguaa^ (¡|ur^pte la gb^I no sehajl^ian atrevido & á^^soi^K*) 
^;,jiu^instj5tnti^i» I^f^ relapioQi^ci ja$ atroGi^ade3 cometidas. por 
l99.iagtes|aat ar^^aeuQb^d^en todas p^irtee (m tanta i^pi^cj^ 



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478 ISABEL BE BAHIéBA. 

mo terror; se formaban grupos en las calles alrededor de 
aquellos infeliees, y después esclamaban: ¡los ingleses, los in- 
glesesl y cada iino huia, volviaá su casa, cerraba sus venta* 
ñas, alránóaba sus puertas y pedia misericordia. 

Mientras tanto lo5 ingleses pensaban ma^ en aprovecharse 
de su victoria que en continuarla : la mansión de la corte en 
Pontoise la habia hecho una ciudad de lujo : Ile-Adam y una 
parte de los señores que se babian enriquecido en la toma de* 
París, habian amontonado sus tesoros: los ingleses hicieron 
un saqueo, con el que reunieron dos millones. Al mismo tiem- 
po se supo la toma de Chatean-Gaillar , una de las ciudadelas 
mas fuertes de la Normandía. Olivier de Manniera el capitán, 
y aunque no tenia mas guarnición que ciento veinte caballeros; 
se defendió dieciseis meses, y no se rindió sino por una cir- 
cunstancia que no se habia podido prever: las máquinas para 
sacar el agua de los pozos se inutilizaron ; sufrieron siete dias 
la sed, y después se rindieron á4os condes Huntington y de 
Kime, que eran los sitiadores. 

El delfín supo al mismo tiempo en Boorges, donde reunia 
su ejército, la rendición honorífica de Ohatean-Gaillar.y la sor- 
presa inesperada de Pontoise. No dejaron de representarle es- 
ta última ciudad como rendfdaá los ingleses. Lo que daba al- 
guna apariencia á estas voces es, que el duque de Borgoña 
habia confiado su custodia á uno de los señores que le eran 
mas adictos, y que este señor, aunque de un valor reconocido, 
|o habia dejado tomar sin hacer ostensiblemente nada en su 
defensa. Los enemigos del duque que rodeaban al delfinapro- 
vecbaron esta ocasión de introducir las sospechas que habian 
ya alimentado hacia tiempo. Todos pedían el rompimiento del 



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ISABEL PE BABIERA. 479 

tratado y una guerra franca y leal en lugar de usa alianza 
falsa y traidora: Tanneguy solo, á pesar de su odia biea co- 
nocido contra el duque, suplicaba al delfin que reclamase se-- 
gunda entrevista antes dé recurilr á una demostración hostil. 

El delfín tomó una resolución que conciliaba al mismo 
tiempo los dos pareceres, y vino con un ejército de veinte iníl 
combatientes á SJonterán, á fin de estar pronto al mismo tiem- 
po ÉL tratar 6 á empezar de nuevo las hostilidades si se negaba 
á ello. Tanneguy que, con grande admiración de todos los que 
Gonocian su carácter decidido , habia estado constantemente 
por los^medíos conciliativos, fué enviado á Troyes, donde he- 
mos dichoque estaba el duque; llevaba á este cartas firmadas 
del delfin, que fijaba en Montej'án la nueva entrevista; y como 
no habia lugar en el castillo para Duchatel y su séquito, el se- 
ñor de Giac le dio hospitalidad. 

El duque aceptó la entrevista, pe^o puso por condición que 
el delfin viniese á Troyes, donde estaban el rey y la reina. 
Tanneguy volvió á Monterán. 

El delfin y los que le rodeaban eran de parecer d^ tomar 
la respuesta del duqae^por una declaración y de acudir á las 
armas. Tanneguy solo, infatigable, impasible , ofrecía al del- 
fin dar muchos pasos y se oponia con obstinación á toda me- 
dida hostil. Los que sabian el odio (|ue alimentaba en su co- 
razón contra el duque Juan, no comprendían el motivo que le 
hacia obrar de este modo: le creían ganado como tantos otros 
lo haí)ian sido, y daban parte de sus sospechas al delfin; pero 
este se lo comunicaba á Tanneguy, diciéndole: 
— ¿No es verdad, padre mió, que no me harás traición? 

Ai fin llegó una carta del señor de Giac; gracias & sus ins- 



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taMias, estaba oada dia meóos distante de venir i tratar qqii el 
doUla. Esta caria admiró áitodo el muado, meaos iTaoftegyj^ 
que pdFooia esperarla. 

Ea consecuencia, Dacbatel volvió á Troyes en i'epresdnta;; 
don del deifia, y propoáo at daque el puente de Monterán co- 
ÍDO el logar mas favorable para la entrevista* 

Estaba autorizado éa nombre del delfín á entrar d du- 
fue el castillo y la orilla derecha del Seine , con facultad de 
alojar en esta fortaleza y en las casas edificadas toda la ícente 
d^ armas que creyese necesaria. El delfín se reservó la ciudad 
y la orilla izquierda: la kngfia de tierra que se hallaba entre 
L^Yonne y la Seine, era un terreno neutral que no pertene* 
cia k nadie; y como en esta época , & escepcion de un molino 
aislado que se elevaba en las orillas de L'Yomie, estaba? com«^ 
pletamente desierto, era fácil el asegurarse de que mngu&a 
aurprosa sa habla prepar^df.. 

El duque aoepló estas condiciones y prometió marcbar & 
Bray sobre el Seine el 9 de setiembre: el 1Q debía veriQcarM 
htentr^vista; y el señor deGíac, que poseia siempre la conflan- 
xa del duque, fué escogido por él para acompañar á Tanne^t^ 
guy y velar para que todas las seguridades fue^nobservadad,. 
tafite de una ' parte como <ie otra. 

A.1 presente es menester que nuestros leclc^res echen uti& 
mirada sobre la posición topográfícaide la ciudad de Mootor 
ito, A fin de qne les hagamos asistir en cuaiibo esté en niies^ 
tro)poder á, laescena.que vá & pasar sobre el puentev al quai 
Napoleón en 1815 ha a&adido ua. segundo recuerdo bíat6^ 
rico* ' 

La ciudad deMootoe&n está situada ¿ vemte leguas ^co 



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ISAML t)E BABftItA. . 4d{ 

mas ó menos de Parfs, en el confluente de L'Yonne y de la ' 
Seine, donde el primero de estos dos rios pierde su nombre 
arrojándose en el otro. Si se remonta viniendo de I^rfs el; 
carso del rió qtie le atraviesa, se tropezará á la izquierda, ast 
que se da vista á Monterán, con la montana ele\'ada de Sur-- 
Ville, sobre la coal estaba edificado el castillo; y ai pié de esta 
montaña se verá una especie de arrabal separado de la ciudad 
por el rio: este era el lado que ?e había ofrecido al duque de 
Borgoña. 

Enfrente de'si se descubrirá, á manera de un ángulo agu- 
do semejante á una V, y poco mas ó menos en la posición ea ' 
que se halla en París la punta del puente nuevo, donde fue-- 
ron quemados los templarios, la lengaa de tierra, por la cual 
debia llegar el duque, que venia de Bray-sur-Seine; lengua 
de tierra que vá siempre ensanchándose entre el grande y el 
menor de los dos rios que la imitan, hasta el punto en que el 
Seine nace en Baiquens-les-Juifs, no lejos del paraje en donde 
estaba situada la antigua Bibracte, y donde en nuestros dias 
se eleva la ciudad de Aulun. 

A derecha, la ciudad toda entera se desplega graciosa^ 
mente apoyada en medio de sus cosechas y de sus viñas, cu^ 
yo tapete rayado se estiende hasta que se pierde de vista so- 
bre las ricas Uanaras del Gatinais. 

El puente sobre el cual debia verificarse la entrevista une 
aun en el diade hoy, viniendo de izquierda á derecha, el'ar-^ 
rabal á4a ciudad, y atraviesa primerp el gran rio, y en se-« 
guida el menor, echando en el punto de su reunión uno de 
sus píes macizos sobre la punta de tierra de que hemos habla- 
do ya. 

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489 ISABEL UE llA0fSIU.. 

Sobre la parto derecha del puente» enciiba del rio L'Yoa-> 
Be> faé doado se dispuso para la entrevista una especie de 
I^abellon de madera coa dos puertas opuestas, las que por 
cada uno de los lados se cerraban por medio do una barrera 
eoa tres travesanos; otras dos barreras habían sido colocadas, 
una d la estremidad del puente por el lado de' la ciudad, y 
¿tra un poco mas acá del camino por el cual debia llegar el 
duque. Todos estos preparativos se hicieron apresuradamente 
el dia 9. ' 

La especie humana es al mismo tiempo tan débil y tanor- 
j^Uosa, que siempre que sucede uno de estos acontecimientos 
que conmueven un imperio, derriban una dinastía, trastornan 
«B reino, cree que el cielo, interesado en nuestras pobres pa-. 
siones y en nuestras miserias, cambia pora nosotros el eurso 
de tos astros, el orden de las estaciones, y nos envia ciertas 
añales con la ayuda de las cuales eí hombre podría, si no 
foera tan ciego, sustraerse de su destino: puede ser también 
que al examinar los grandes acontecimientos, los que sobre- 
.viven á ellos y los han visto terminarse recuerdan las meno- 
res circunstancias que las han precedido, y este recuerdo les 
hace bailar una coincidencia tal con la catástrofe, que cier- 
tamente no se hul»eran acordado de ella á no ser. por el su- 
ceso: de modo que sin este, las circunstancias que le prece- 
dieron hubieran sido pei^idas en la multitud infinita de pe- 
q«6D0s incid^tes, que separados no tienen ninguna impor- 
taacia individual, y que- reunidos forman la cadena de este 
lagido misterioso que se Dama la vida humana. 

' fia tod(» caso hé aquí lo que Jos hombres que presencia- 
ron estas cosas singulares nos han dejado por escrito. 



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ISABRL HE DAJIIBIIA* 48S 

El 10 de setiembre á U uoa del dia, el duque oioaló á 
caballo en el patio de la casa donde estaba alojado en Braf» 
9Qr*Seloe;- tenia á sn derecha al señor de Griao y & su itqoier^ 
da al de Noailles: su perro favorito habia aullado lastimeni«r 
nteate toda la noche; y viendo á su amo pronto á marchar 
procuraba arrojarse fuera del ninho donde estaba atado, cóq 
ojos ardientes y el pelo erizado: en fin, cuando el duque, des- 
pide de haber saludado á la señora de Giac, que desde su 
testana asistía á la partitk del acoaq^añafniento, se poso ea 
maroha, el perro hizo un esfuerzo tan poderoso, que rompió 
su doble cadena de hierro, y en el momento en que el caba- 
llo iba á pasar el umbral de la puerta, se arrojó ¿ su pretal y 
le mordió tan crueimenley que el caballo se levantó de manos 
y casi sacó de la silla al caballero. Itíapaciente Giac^ quisa 
apartarle d&ndole un latigazo; pero el p^rro no hizo caso de 
los golpes que recibía, y se tiró de nuevo al cuello del caba- 
llo del*duque: este, creyéndole rabioso, tomó una pequeña ha- 
cha de armas que llevaba en el arzón de su silla y le abrió la, 
cabeza. Bl perro dio un gribo y fué rodando á espirar en el 
umbral de la puerta, como para defender todavía el paso: éí 
doque con un suspiro de sentimiento, hizo saltar al caballo 
por encima del cuerpo del fiel animal. 

Veinte pasos mas lejos un anciano judio que era de su ser- 
vádmBbre y que se ocupaba de obras de magia, salió de re* 
pente de detrás de óna pared y detuvo el cabsillo del duqoe 
per laí brida, diciendo: 

— lUensefor, en nombre de Dios, no pasois adelante. 

*^¿Qué me quieres, jtidfo? dijo el duque deteniéndose. 

-^Meoeeñor, respondió efjudlOy he pasado la nodiie oon^ 



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484 ISABEL DE BABIEHA. 

soltaado los astros^ y la ciencia dice qae si vais ¿ Mootoán 
no vidvereís. 

T tenia el catNUlo por el bocado para inq^edir que pa«» 



— ^ tü, ¿qué dices de esto» Giac? esclamó el daqae voI*« 
tiéndose hacia su joven favcnito. 

—Digo, respondió este raborizándose de impaciencia, digo 
que este jndio es an loco, á quien es menester tratar como & 
mi perro, si no queréis que su contacto inmundo os obiigne ft 
bacer una penitencia de ocho dias. 

— Déjame, judío, dijo el duque pensativo haciéndole con 
suavidad señal de que le dejase pasar. 

— I Atrás, judfol esdamó Giac empujando al anciano con el 
pecho de su caballo y haciéndole andar diez pasos atrás: ¿no 
has oido que monseñor te manda que sueltes la brida de su 
caballo? 

El duque pasó su mano sobre la frente como para disi-* 
par una sombra; y mirando por última vez ai judío tendido 
en el suelo sin conocimiento en un lado del camino, pasó ade- 
lante. 

Tres cuartos de hora después el duque llegó al castillo de 
Monterán, y antes de apearse del caballo dio orden á doscien- 
tos hombres de armas y á cien ballesteros de alojarse en el 
arrabal y de apoderarse del puente: á Jacobo de la Lima, gran 
maestre de los ballesteros, se le confió d mando de aquidla 
pequeña tropa. 

En est(4 momento Tannegny se acercó at duque, y le dijo 
que el delfin le esperaba sobre el pnente hacia oerca de una 
hora. El duque respondió que ya iba en el n¿smo instante ano 



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I9ABEL DE BABIBRA» i85 

de sas set^vídores, y coiqo asustada le habló ea voz baja: el 
duque se volvió háoia Doch^tel. 

— Ror el santo nomine de Dios, dijo él duque, todo el mun^ 
do se ha empeñado en hablarme de traidon; Ducbatel, ¿es-r 
tá!5' seguro de que nadie corre peligro? pcurque harías muy 
mal de engañarme. 

— Muy poderoso señor, respondió Dúchate ¿ pretoiria mo-^ 
rir y condenarme á engañaros ó engañar á otros; nada te^? 
mais, porque monseñor el delfín no os quiere mal. 

— ^Iremos, pues, dijo el duque, poniéndonos en manos de 
Dios; levantó los ojos al cíelo, y en las vuestras, continuó 
clavándolos en Tanneguy con una de aquellas miradas pene- 
trantes que no pertenecían sino á él. Tañtíegu^ la sostuvo sin 
bajar los ojos. 

Entonces presentó este al duque el pergamino sobre el 
cual estaban inscriflos los nombres de los diez hombres que 
debían acompañar al delñn, en el orden siguiente: el vizconde , 
de Narbone, Fierre de Beauvean, Roberto de Loire^ Tanne- 
guy Ducha tel,Barbasán, GuillaumeleBoBteíHier, GuyD'Avan- 
goür, Olivier-Layet, VarcñeS'y Frotiers. 

Tanneguy recibió en cambio la lista de los que habían 
sido nombrados por el duque para que le siguieran. 

Monseñor Charles de Bourdon, el señor de Novailles, Jeaa 
de Fribóui^, el señor de Saint-Georges, el señor de Montaig- 
ne, los señores Antonio de Vergy, el señor D' Añore, los so^- 
ñores Guy de Pontarlier, los señores Charles de Lens y el se^ 
ñor Pierre de Giao. Además cada uno dobia ir acompañado de 
su secretario. • ' í 

Tanneguy llevó consiga la lista, el duque le siguió bajafi* 



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48ft ISABBC. OE BABISBá* 

éú del castillo ál puente; oslaba á pié, laoia la cabeza €iil»eF«* 
ta con un sombrero de terciopelo negro, Uevaba por arma do*^ 
febsiva una sencilla cota de matla, y por arsaa ofensiva una 
débil espada ricamente adornada y de puño dorado. 

Al llegar el duque á la cabeza del puente le dijo Jacobo de 
la Lime que babia visto entrar muchas gentes armadas en una 
de las casas (M'óximas á la oirá estr^aidad del puente, y que 
al tomar posición con su trr)pa, las habla visto cerrar apresu*- 
radamente las ventanas. 

— ^Id á ver si eso es cierto, Giac, dijo «1 duque: aquí os es- 
pero. 

Giac ^ dirijo al puente, atravesó las barreras, pasó por 
medio del pabellón, llegó á la casa designada y abrió la puer^ 
ta, Tanneguy daba instrucciones á una veintena de soldados 
bien armados. 

— jY bienl dijo Tanneguy al verlo, 

•*^¿Rstais depuestos? respondió Giac. 

— SI; ahora ya puede venir. 
Giac volvió á buscar al duque. 
El gran maestre se ha equivocado. Hons^or, dijo, no 
hay nadie en esa casa. 

£1 duque se puso m camino y pasó la primera barrera, 
que se cerró inmediatamente tros él, lo que le inspiró algunas 
sospechas; pero como vio delante de él á Twnegny y al seíor 
de Beauvean, que habían salido á su encueo^tro, no quiso re<» 
tpooeder. Prestó su juramento con una voz firme, manifes- 
tando al señor de Beauvean $u ligera cota de malla y su dé- 
bil espada. 

**-Ya veis, stóor, cómo vengo; ad^mé^i» coótinuó volvién- 



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ISíABfiL DE tíABUSRA. A^ 

do66 á Saidiatel y pegáódoié st>bre ei boizíbrOy vé aqpí aa 
quien yo me fio. 

- El joven detfin ^laba ya en el pabellón M pnento; lievar- 
ba un vestido de terciúpeb azul celeste guarnecido de martas 
y un gorro de la fortm poco mas ó menos ^ de )o^ easquaies 
que ahora se usan, cuyo fondo estaba adornado con u»a pe-^ 
quena corona de flores de lis ée oro, y la visera y los rebor- 
des eran de pieles semejantes ^ la guarnición del vestido. 

Al ver al principe, las dudas del duque de Borgoña se 
desvanecieron; marchó en seguida bacía él, entró en la hienda 
y observó que «ontra la costumbre y usos no babilu barrena 
,«& medio para separar los dos partidos^ sin duda creyó q/m 
era un olvido, porque ni aun hizo presente su observacioa* 
Cuando los diez stores que le aconipanaban hubieron entm^ 
do detrás de él, se cerraron las dos barreras. - ' 

Apenas habia en esta estrecha tienda uB espacio suficíeiir 
te para que las veinticuatro personas pudiesen caber nj aua 
de pies; borgoñones y^ franceses estaban üiezclados hasta el 
l^unto de tocarse: el duque se quité el sombrero y puso la ro-f 
dilla izquierda en tierra delante del delfin. 

— Ho venida obedeciendo vurestras órdenes, monseñor, dijo, 
4 pesar de que alguní^ me. han asegurado que esta entrevis- 
ta solo habia sido pedida por vos con el objeto de hacerme re^ 
convenciones; espero que no será asi , monseñor, no habiéa*. 
dolas merecido. 

El dcISn cruzó los dos brazos sin abrazarle ni levantsgr^ 
como babia beebo en la. primera entrevista. 

-*-\OS'habeis engañado, señor duque, dijo. con voz severa} 
sf , tenemos graves reo(»iveiEiciones que haceros, porque babeN 



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$^ ISABEL I^B BABIimAv 

oGinplido mal la promesa que dos habíais hecbo* Habéis dejar 
do tomar nuestra ciudad de Poaloise, quet es la uaw de París; 
y 6Q lugar de arrojaros dentro de la cafiüalpara. defenderla, 
6 morir como vasallo real, habéis huido & Troyas. 

-^^Huido, moQsenorl dijo el duque «dtvemeciéiidoae todo su 
cuerpo al oír una espresioa tan ultrajante. 

— Sí, huido, repitió el ddfia reeáletmdo la palat^u ha^ 
beis. 

El duque se levantó, creyaido siü duda que no debia oír 
mas; y como en la humilde postura que haina tomado, uno de 
los adornos del puno dé su espada se había agarrado á una 
malla de su cota, quiso hacer recobrar á esta arma su posi- 
ción vertical. El delfifi retrocedió un paso, no sabiendo cuálr 
ora la intehcion del duque al agari*ar la espada. 
' --'[Ahí ¡echáis mano á la espada en presencia de vuestro 
amol esclamó Roberto de Loire interponiéodose 'entre el du- 
que y eldelfin. 

El duque quiso hablar. Tanoeguy se bajó, cogió una cor- 
ta hacha de armas que estaba oculta detrás 4e la tapicería, y 
empinándose la levantó sobren la cabeza del duque, didendo: 
— Yá era hora. 

£1 duque vio el golpe que Je amenaxaba; quiso paiÉHucoft 
la mano izquierda, mientras que llevaba la derectiaá laguar^ 
da de su espada, pero no tuvo tiempo de sacarla : el hacha de 
Tanneguy cayó derribándole la mano izquierda, y del mismo 
golpb lo abrió la cabeza bástala barba. 

El duque se sostuvo todaTvia un instante en pié, como'una 
robusta encina que no puede caer. Entonces .Robei*to de Loire 
)e clavó su pq^nal en la garganta, donde le dejó. 



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£1 duque jái6 un grito^ 69teod|ú los brazos y fué á oaei* & 
Ios{Ȏs diaGiap- 

Huboua grau clanior y uaa espaolosa pelea, porque eu 
un pabelloD doode apanas dos hombres hubieraa leuido lugar 
para batirse, veiot^ s^ arreiDolioaron ios uijios spbre los ^iros; 
bubo QQ oaoioento ea.que no podía di$üj)|;ub:se sobre las. ca- 
bezas naas que maaos, hachas y espadas. Los franceses grita- 
ban ¡palari imatarl {mueran! y losborgonooesttraicion! |trai- 
cionl ¡alarma! Centelleaban las espadas al encontrarse, la san- 
gre corriade lasberídas. £1 delfia espantac|o tenia medio'cuer- 
pto fuera de. la barrera. A sus gritos el presidente Louvet Ue<* 
gá| lo cogió en brazos, lo sacó fuera y le arrastró^ casi des- 
Boayado bácia la dudad: llevaba el vestido de terciopelo azuJ[ 
tenida de sangre del duque de Boi^oña, quebabiasaltado bas- 
laél. 

j^ntre tanto, el señor de Montaigne, partidario del duque, 
había conseguido escalar la barrera, y gritaba: ¡Alarmal No- 
vailles iba á, saltarla también , cuando Narbono le abrió la 
parte po3teríor de la cabeza; q^yó fuera del pabellón, y e^^rá 
casi al momento. El señor do Saint-Georgas estaba proCuU'- 
damente herido de un hachazo en el lado derecho y el señor 
. B'Ancre tenia partida la iQano. 

El combate y los gritos continuaban en la tienda , y piso- 
teaban ai dqque moribundo , qpe ninguno pensaba m socor- 
rer. Hasta entonces los. del deifioT, mejor armados , llevaban la 
mejor parte; perp á los gritos del $enpr de Montaigne, Anto- 
nio de Tboniongeon ,. Simón Otbeltmer, Sambutier y Juan 
d'^m^g acudieron, se acercaran al pabellón» y mientras los. 
tres vibraliao sus espadas, el cuarto rpmpta la barrera., Port 



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490 «liHMti UE babueiia: 

su parte los hombres ocakos m la oasá salieron y acudieron en 
ayuda de los del delflo. Los borgonones, viendo que toda re^ 
sistencia era inútil» tomaron la fliga por la barreca abierta. 

Los del dá8n fos persiguiemn , y sote tres personas qm^ 
daron dentro del pabellón, vado y ensaiigrentado. 

La primera, el duque de BoFgo&á tendido y moribundo: la 
segunda, Pedro de Giac en ¡né con los brazos crmdos vién* 
dolé morir; y la tercera, en fin, Olivier^-Layet , que compade-^ 
cido de los padecimientos de este desgraciado principe , le le- 
vantaba la cota para rematarle de una estocada; pero de Giac 
no quería abreviar su agonía, gozándose en cada una de sus 
convulsiones; y cuándo conoció la intención de Olivier le díd 
un gran golpe que le hizo saltarla espada de la mano. Olivia 
admirado levantó la cabeza. 

— |EfaI En nombre de Dios, dejad que muera este pobre 
principe con tranquilidad, le dijo-riéndose. . ^ 

Luego que el duque hubo dado su Ciltimo suspiro , le puso 
la mano en el corazón para asegurarse de que estaba muerto; 
ycoiho el resto le impprtaba poco, nadie reparó en él. 

Entre tanto, los partidarios del delBn , después de haber 
perseguido á los borgoñones hasta el pié del castillo, volvieron 
atrás. Hallaron el cuerpo del duque tendido en el mismo pud^ 
to donde le habían muerto, y & su lado un sacerdote, que ar- 
rodillado sobre la sangre, rezaba las oraciones de los muer- 
tos. Quisieron separarlo del cadíver y este arrojarla al rio; 
pero el sacerdote levantó su cruáfljo sobre el duque > y ame- 
nazó con la cólera del cielo á cualquíerarqtie se atreviese ato- 
car el cuerpo, cuya alma se habia separado de él tan violen^ 
lamente. Entonces Cresmerel, bastardo de' Tanneguy , le ar- 



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iSAftBL DE BAIIIERA. f 9l 

raoM M pié una de las i^puelas de oro , jurando Hevarla en 
adelante como líaa arden de eataHeHa; y los «dádee M éA* 
fio, sigoiende m ejemplo, arrancoroo iae sortijas 4e €)aé4sta- 
bao eubierliae sus manos, igiialmente que la inkgtiiiloa oadeoá 
de or^ ^ue pe&día ^a su «oetto-. 

Bl sacendiele ie velé hasta media noobe, á. tMjya 'hora, solo 
ooft ta 'ayuda dos de hombree, Uevt!^ el ovenpo al molino, cenca 
del poeote, te depositó sobre unai fnesa y gouIíqüó redando 
basta el día siguiente por la mañana. A las ocho, el duque 
filé entenado al pié del altar de San Luis^; estaba revestido de 
su ropiMa y tercerolas, ní&gucá eeremoftia reHf iosa acompa* 
ñó al en^rro; sin embargo, para reposo de su alosta se dije- 
ron dooe misas durante ios tres días que sjguíeroii á su ase«» 
sinato; 

De este niodo oayó portraioion el poderoeo d»qtMi(de Bor<> 
goña, apellidado Juan Sin-osiiedo: Doce años antes tobia él 
¡nfomemeote herido al duque de Orteans de los mismos gol- 
pes con que acababa de ser aloaarado 4 su vez; babia mandado 
cortar su mano izquierda, y su propia mano habia sido muti« 
lada: lo habia beeho abrir so eábesa con úm haoba de armas, 
y su cabiBaa aoebaba de ser abierta por la ffiisusa arma, Lae 
gentes religiosa» y creyentes vieron ea esta oeinoideáeia sin* 
' guiar on£| aplioacíon de las palaiírae de€ri$to: «£( quoá hier- 
ro mata á líierro musite.» 

Desde qii0 el duque de Orleaas habia muerto por orden so» 
yit, la goerm civil habia coma uaa ave de rapiña hMubrie&ta 
devorado ^n desenn»» el ooracon del reino. Bl doqiie Juan; 
como si arraiir^Be tms ei -elH»8tigd de su iiomicldio', no%a- 
bia tenido desde que %o cometió un solo instante de reposo: 



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408 UAUEL l»E BAraSttA» 

sa fama había sufrido mil afrentas, su félíeldad duros oo&tra^ 
tiempos; sebabia heefao irresoluto y aun Umido. 

£1 baoba de Tanneguy Ducbatel (Uóel primer golpe al edi- 
fiólo feudal de la monarquía de Capeto; derribó coa estruendo 
la mas fuerte oolumna de aquel grande vasaUaje que sostenía 
la bóveda; el templo amenazó ruina, y se podia.ereer que iba 
él desplomarse; pero para sostenerlo quedaban todavía en pié 
bs duqqes de Bretaña, los condes de Armanae, los duques de 
Lorena y los reyes de Ai\jou. 

El delfin, de un aliado ineierto que tenia en el padre , se 
hizo un enemigo declarado del bijo : la reunión del ccmde de 
Charoláis á los ingleses puso, á la Francia A^ borde del preci* 
picio; pero la usurpación del duque Juan, que no podía hacer- 
se sino por la cesión perpetua á los ingleses de la Normandiar 
y de la Guyena> la hubiera sin duda precipitado. 

Tanneguy Ducbatel debe ser eonsMérado como uno de los 
' hombres de cabeza, de valor y ejecución , de cuya historia pue- 
den sacar estatuas bi^ admirables ; su celo y adhesión ¿ la 
dinastía le condujo al asesinato: su virtud fué causa de su cri- 
men. Hizo una muerte en provecho de otro^ guardando para 
si la responsabüidad: su ac^n es do aquellas que los hombres 
no juzgan, que Dios pesa, y que el resultado absuelve; simple 
caballero, le fué dado dos veces casi.pon^r térnúno á ios ma- 
les del Estado y cambiar entaramente su ^fan: la noche en que 
^reb^tó al delfln dd palacio de iSan Pabip, ^vó la,^onar- 
quia: el dia en que c(n*tó la cabera al duque, do Borgoña en 
Montarán » hizo mas todavía, salvó la Francia. 

Hemos diobo que al instante que el seftoc ilejGiac faabia 
vjsto al duque muerto sebabia sepanwlo ded^pu^te» 



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IgABBL iifi ftAfilEMA. 49S 

Erafl las sfete dé la tarde: e( (ieiapó se pcnia sombrío , la 
Bóchese acercaba; desató su cabalCo , que hal)ia dejado eo el 
molino de qae hemos hablado, y volvió & tomar solo el catnw 
fio de Bray-sor-SeíDe. 

A pesar del vivo frió que se sentía y de la oscuridad ()oe| 
cada vez iba siendo maycr, el caballo y caballero no camina-^ 
han sino al paso. De Giac estaba absorto en sus sombrías pen-^ 
samientos: la moerte del duque no había satisfecho mas que 
la mitad de sus deseos de venganza , y el drama político , en 
el que' acababa de hacer un papel tan activo, acabado para to- 
do él mando, tenia para él soló un nuevo desenlace. 

Eran las ocho y media cuanco el señor de Giac llegó üi 
Bray-sur-Seine. En lugar de encaminarse por las calles del , 
lugar, dio la vuelta, ató su caballo en la tapia esterior de un 
jardín , abrió la puerta , penetró en la casa y subió á tientas 
una escalera estrecha que conducia al primer piso. 

Llegado á la última escalera, la luz que penetraba entre 
los cristales le indicó el cuarto de su mujer. Se adelantó hasta 
el umbral de la puerta: la hermosa Catalina estaba sola ysen« 
tada, el codo apoyado sobre una mesita esculpida, cuBierta^de 
frutas; su vaso medio vacío manifestaba que habia interrum** 
pao una ligera colación para entregarse entera á uno de esos 
ensueños de joven, tan dulces para el que es objeto de ellos, 
y tan infernal cuando escitan los celos. 

De Giac no pudo soportan mas tiempo su vista; entró sin 
que le oyese, tal érala distracción de Catalina; empujóla 
puerta con violencia: Catalina dio un grito y se puso en pié,, 
como si una mano inviáble ja hubiera levantado por los ca« 
bellos. 

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494 ISABBL 0fS BAIÍinA« 

— |A.bl ¿sojs vos? dijo pasando de repente de la espFSBioD 
4el espanto & la de g09X)| j forzando sos faooíones á que se 
sonrieran. 

De (jiac miró con amargura aquella deliciosa figura , qaer 
ebedeoia con tanto abandono bacia un momento á las üopre^ 
síones del corazón, y que en aquel momento oedia, á lo que su 
talento la dictaba. 

.Movió la cabete y fué á sentarse á su. lado; nqnoa la ba- 
bia visto tan hermosa. 

Catalina alargó su suave y blanea mano, todia oobierta da 
sortijas, y cuyo brazo se ocultaba desde el codo bajo las aa-- 
chas mangas pendientes guarnecidas de pieles. ^ 

De Giae tomó su roano, la miró con atención, y volvió ano 
de los anillosv que era el que tenia el sello que había visto ea 
el sobre da la carta escrita al dnque. Encontró la estrella^ per- 
dida en un cielo tem[íBSluoso, y leyó las palabras que estaban 
grabad^ debajo. 
—La mümay dijo ratre dientes: la divisa no mentirá. 

Entre tanto Catalina, á quien este examen causaba in** 
quietud, procuró distraerlo, y puso su maao sobre la frente 
de Giac; aunque pálida, estaba ardiendo. 

— Estáis fatigado, señor, di^ Catalina; debéis tener nece- 
sidad de tomar alguna cosa; ¿queréis que llame?... La oomí^ 
da de una mujer^ coütinuó sonriéndose, es un poco frt^ial 
para un caballero hambriento. 

Se le^B,ni6 y tomó un silbo de plata^íba & llevársela á tai 
boea, cuaodo sa marido le detuvo la mano. 

«^raciaSf seoora, gracias, dijo de Giac; es inútil llamar, 
me basta: dadme solamente un vaso. 



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« Gotaliiia {lié í buscar ella mbnaa el objeto que pedia su 
inarido. Cuando salió» da Giac saoó apresuradamente uafras- 
quito de su pecho, y vació el licor que contenia en el vaso me- 
dio Üeno que había quedado sobre la mesa. Catalioa volvió sin 
advertir lo que acababa de pasar. 

— Hé aquí, dijo llenando un vaso de vino y presentándolo á 
s» marido; aquí está,.bebedlo. 
. De Giac llevó & sus labios el vaso como para obedecer. 

— ¿No continuáis vuestra comida? 

— Habia concluido cuando llegasteis. 
De Giac frunció las cejas y echó, una mirada hacia Ca- 
talina. 

— Espero que no rehusareis mi brindis como yo he corres- 
pondido al vuestro. 

Y presentó á su qiujer el vaso envenenado. 

; — ¿Y. á quién es ese brindis, monseñor? dijo Catalina to- 
mándolo en la mano. 

— I Al duque de Borona I respondió de Giac. 
Catalina^ sin ninguna desconGaoza, inclinó la cabeza son- • 
riéndose, llevó el vaso á la bóea y lo vació casi enteramente. 
De Giac la seguía con los ojos con una espresion infernal. 

Cuando concluyó se echó á reir; su estraña risa hizo es* 
tremecer á Catalina, que le miró admirada. 

— Si, sí, dijo de Giac, como respondiendo á esta interroga- 
ción; os habéis dado 1^.1 priesa á obedecerme, que no he te- 
nido tieínpapara acabar de espresar mi brindis. 

— ¿Qué quedaba que decir? respondió Catalina con un sen-' 
tipento vago 4e temor. ¿El brindis no ha sido completo, ó 
no be entendido bien? Al duque de.... Borgoña. 



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496 lA^BL De BABIfittA.' 

-^Si, señora; pero iba á sAadir y qae EKos tenga mas mí-* 
sericordia de su alma qoe los hombres la han tenido" de sa 
cuerpo. . 

— ¿Qué decis? esclamó Catalina con la boca entreabi^ta, 
los ojos Ajos y perdiendo el color de repente; ¿qué deols? re- 
{4icó segunda vez con mas fuerza. 

Y el vaso que tenia en la mano se le escapó de entre 
los dedos, que hablan quedado sin juego, y se hizo pe- 
dazos. 

— Digo, respondió de 6iac, que el duque Juan de Boi^oña 
ha sido asesinado hace dos horas en el puente de Monterán. 
Catalina dio un grito y cayó sobre un sillón que ie^ 
nia detrás. 

— jOhl no será cierto, dijo con el acento de la desespera- 
ción; no es cierto. 

—Es cierto, respondió de Giac. 

— ¿Quién os lo ha dicho? 

— Yo lo he visto, respondió fríamente. 



— Yo le he visto á mis pies, ¿lo entendéis-, señpra? he visto - 
al duque retorcerse en su agonfa, derramando su sangre por 
einco heridas, moribundo, sin sacerdote y sin esperanza; yo 
he visto que su booa iba á exhalar el último suspiro, y me he 
acercado para oirlo pasar. 

— lOhl ly no le habéis defendidQl ¡no os habéis interpues- 
to! [no le habéis salvado!... 

— A vuestro amante, ¿no es verdad, seiora? inter- 
rumpió de Giac con una voz terrible y mirando & Catalina 
de frente. 



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i^Afifcfc DE BABIEUA. ''iQ? 

Catalina dio un grito; y no pudieado sopoj*tar la mirad^ 
devoradora qwe su marido fijaba sobre ella, ocultó su cara en- 
tre las dos manos. 

— ¿Pero vos no adivináis nada? continuó de Giac levantáa- 
dose también. ¿Es estupidez ó descaro, Sjenora?... ¿No adivi- 

o 

nais 'Qufc la carta que le habéis escrito, que habéis sellado coíi 
este sello que llevaia en el dedo (y quitó la mano que cubría 
sus ojos); aquella carta en que le dabais una cita adúltera, 
soy yo el que la he recibido, el que le he seguido; el que esta 
noche (echó una mirada sobre su mano derecha), noche de 
delicias para vos, noche de infierno para mí, rae cuesta mi 
' alma? ¿Vos no adivináis que cuando entró en el castillo de 
Creil, entró antes que él; que cuando pasasteis enlazados en 
los brazos uno de otro por esta sombría galería, yo os veía,, 
estaba allí, casi os tocaba? ¡Ah! ¡ah! ¿no adivináis nada? ¿es 
menester decíroslo todo? 

Catalina espantada cayó sobre sus manos y sobre sus ro-» 
dillas, gritando: 

—¡Perdón, perdón! 

— Y decid ahora, continuó de Giac cruzando sus brazos so- 
bre el pecho y moviendo la cabeza, disimulabais bien vuestra 
vergüenza y yo mi odio; veamos ahora cuál de^ los dos hadi- 
simulado mejor.... ¡A.h! ese duque, ese gran vasallo orgullos- 
so, ese príncipe soberano, que los siervos da sus vastos domi- 
nios llamaban en tres lenguas duque de Borgoña, conde de 
.Flandes y de Artois, palatino de Matines y de Sálins, cuya 
•palabra ponía en campana cincuenta mil hombres sacados de 
,sus seis provincias, iha creído ese príncipe, ese duque, ese 
palatino que era bastante fuerte y poderoso para ultrajarme-á 

32 

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498 ISAREL DE BAHKHA* ' 

mfy Pedro de Giac, simple caballerol [y lo ha hecho él íosen- 
satol... y bien, y, no he dicho nada; no he escrito carias so- 
beranas, ni ho convocado á ftiis hombres de armas, mis vasa- 
llos, ni mis escuderos, ni mis pajes; he reconcentrado la ven- 
ganza en mi pecho y devofado mi corazón... después, cuan- 
do ha llegado el dia he llevado á mi enemigo por la mano 
'como á un niño débil, y le he conducido á Tanneguy Ducha- 
tel, diciéndole: iHiereI Y al presente este hombre, que tenía 
bajo su dominio provincias que ocupan la mitad del reino de 
Francia, este hombre está tendido en el lodo, revolcándose 
en la sangre, y no hallará tal vez seis pies de tierra para des- 
cansar tranquilo en la eternidad. 

Catalina eslaba á sus pies pidiendo misericordia y ar- 
rastrándose sobre el vaso roto, que le hería las manos y las 
rodillas. 

— Y bien, señora, ¿entendéis? continuó de Giao, á pesar de 
'su nombre, á pesar de su poder, á pesar de sus hombres de 
armas, me he vengado do él; juzgad si me vengaré de su 
cómplice, que no es sino una mujer, que está sola, que yo 
puedo destruir con un soplo, que yo puedo ahogar con mis 
manos. 

— ¡Oh! ¿qué venís á hacer? esclamó Catalina. 
De Giac la cogió del brazo diciendo: 

—En pié, señora. 
Y la puso delante de él. 

Catalina echó una mirada sobre si misma, áu vesUdo 
Manco estaba manchado def sangre; á esta vista un vértigo 
cegó la luz de sus ojos, su voz se estinguió en su garganta, 
eslendió los brazos y se desmayó. 



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iSAUGI. DE BÁBtBHA:. 499 

De Gúic la oogió en sos brazos descansando su cabeza en 
el hombro, bajó la escalera, atravesó el jardín, puso su far^ 
do en la grupa de Ralff, lo sujetó con su banda, y montó & 
«bailo, atando í Catalina á su cuerpo con el cin turón de m 
6ttpada« 

A pesar del doble peso, RalfT salió al galope luego que 
sintió la espuela de su amo. . 

De Giac dirigió su marcha atravesando los campos; de- 
lante de él seestendian las vastas llanuras de la Champagne, 
y la nieve que empezaba á caer á grandes copos cubría la 
tierra con una ancha mortaja y le daba el aspecto árido y; 
salvaje de las llanuras de la Siberia; ninguna montaña se di- 
bujaba en el Oriente, llanuras y mas llanuras; solaraente de 
trecho en trecho algunos álamos blancos se balanceaban al 
impulso del viento, semejantes, á fantasmas; ningún ruido 
humano turbaba aquellas soledades desoladas: el caballo, cu- 
yos pies se hundían en la nieve, redoblaba sus esfuerzos si- 
lenciosos: el caballero mismo detenía su respiración;' parecía 
que en medio de aquella naturaleza helada todo debía tomar 
el aspecto de la muerte. 

Pasados algunos minutos, los copos do nieve que pegaban 
en la cara de Catalina, el movimiento del caballo, que rom- 
pía su cuerpo débil, y el frió penetrante de la noche, tornáron- 
la á la vida; y al volver en sf , creyó ser presa de uno de aque- 
llos sueños dolorosos en que pensamos que algún dragón ala- 
do nos lleva por los aires. Bien pronto un .vivo dolor en el 
pecho le hizo ver la terrible realidad: la verdad espantosa, 
enfríenla, íaeT^orable se presentó delante de ella; todo loque 
aofebaba da suceder la recordó las «menazas da su marido, Idfs 



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500 IftABgL m BABIfiftA* 

que se renovaron en sa imaginación; y la situación en que se 
hallaba la hacia temer que iba á ponerlas en ejecucioh. 

De repente un dolor mas agudo, mas ardiente, mas ind- 
sivo, le hko dar un grito, que se perdió sin eco, deslizándo- 
se sobre la anchurosa alfombra do nieve; solamente el caba- 
llo espantado redobló su velocidad, 
— [Oh, monseñor! padezco mucho, dijo Catalina. 
De Giac no respondió. 

— Dejadme bajar, decia ella, dejadme coger un poco de 
nieve; mi boca está ardiendo, mi pecho se quema. 
De Giac seguia callando. 
— ¡Ob! os ruego en nombre del cielo, por gracia ó por 
compasión; son llamas de fuego ardiente; (agua! ¡agual 

Catalina se retoreia en sus ataduras de cuero que Ja unían 
á su caballero. Procuró deslizarse al suelo, y la banda al de- 
tenia; parecía á Leonor ligada al fantasma: el ginete era tan 
íSiilencioso como Welhom, y Ralff corre como el caballo fan- 
tástico de Buerger. 

Entonces Catalina, sin esperanza sobre la tierra, se diri- 
gió al Señor. 
' — ¡Misericordia, Dios mió, misericordia! 
Tales deben ser los tormentos de tin envenenado. 
A estas palabras de Giac dio una carcajada. Era una risa 
e^raña, infernal; tuvo un eco. Otra risa le respondió ruido- 
sa, que se estendia y huia sobre aquella llanura fúnebre. Ralff 
relinchó y sus crines se erizaron de terror. 

Entonces la joven vio que estaba perdida y que había lle- 
gado su última hora; comprendió que nada podia retardarla» 
7 se puso á orar en alta voz, interrumpiendo á-cada instante 



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Misericordia ¡Dios mip mism^icordia! 



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ISABEL J>E BABffiHA*. 50! 

90 oración por los gritos qaele arrancaba el dolor. De Giac 
qoedó modo. 

Bien pronto vio qae se debilitaba la voz de Catalina; sintió 
aquel cuerpo qae había cubierto de caricias retorcerse en las 
convulsiones de la agonía, pudo contar los estremecimientos 
mortales que corrían por. sus nervios, ligados á los suyos; 
poco & poco la voz se apagó, y quedó en una especie de ron- 
quido continuo: las convulsiones cesaron, y no fueron ya mas 
que estremecimientoa casi insensibles; en£n,el cuerpo se en- 
doTBfúó^ la boca suspiró; era el último esfuerzo de la vida y 
la última despedida del alma. De Giac estaba atado á un ca- 
dáver. 

Tres cuartos de hora continuó su camino sin pronunciar 
una palabra, sin volverse, sin mirar atrás. 

En fin, se halló sobre las orillas del Seine, un poco mas 
abajo del punto en que desemboca l'Auve, que por consi- 
guiente se hace mas caudaloso y mas. rápido. Detuvo á Ralff, 
solU) la hebilla del cinturon que ataba á Catalina á su cuerpo, 
que nada sostenía mas que la banda que enlazaba á la silla, 
y cayó atravesado sobre la grupa del caballo. 

Entonces de Giac se apeó: RalfT, lleno de espuma y mojado 
de sudor, quería entrar en el río; su amo le detuvo con la 
mano izquierda por el bocado. 

Después con la dereciía tomó su puñal, buscó sobre el 
cuello del animal ia arteriar, y abriéndola con su punta ace- 
rada y punzante, la sangre saltó. 

Al instante Ralff se levantó de manos, dio un relincho, y 
arrancándose de la mano de su amo se arrojó al rio, llevando 
tras sí el cadáver de Catalina. 



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502 ISiBBL DE BADieiU. 

De Giac, en pié sobre la arena, le miró luchar contra tai 
corriente, que hubiera fácilmente atravesado sin la herida qne 
le debilitaba. Llegado al tercio del rio empezó & Uevarlo la 
corriente y su respiración ?e hizo mas ruidosa. Procuró vol- 
ver sobre la orilla, su grupa habia ya desaparecido, y solo se 
distinguía sobre la superficie del rio el vestido blanco de Ca- 
talina. Luego dio una vuelta como arrastrado por un torbe- 
llino, sus manos batían el agiia y la hacian saltar. Bla fin, el 
cuello se hundió lentamente, la cabeza á su vez desapareció 
poco á poco, una ola la cubrió: volvió á aparecer un itislaiQ- 
to, y se hundió segunda vez. Después, algunos globuUtos de 
aire vinieron á reventarse en la superficie del agua. 

Todo se concluyó; y el rio, un instante turbado, al cabo 
de algunos momentos volvió á tomar su silencioso curso." 
— jPobre Ralffl dijo el señor de Giac con un suspiro. 




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ISABEL DE BABIERA. 



503 




CAPITULO XXVII. 



El ée»tíñ: 



Al dia siguiente en que acaeció la muerte del duque de Bor- 
goña, los hombres de armas á quienes habia encomendado la 
vispera la. defensa del castillo de Monterán entregaron esLa 
fortaleza al delfia, bajo condición de que se hablan de respe- 
tar sus vidas y bienes. Eran capitanes los cabalieros de Son- 
viUe y de Montaigne. 

En aquel mismo dia el delfín celebró un gran consejo, ea 
el cual se escribieron muchas cartas á las ciudades de París, 



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504 ISABEL DE BABIGRA. 

Chalons, Reims y oirás: en ellas daba cuenta de su-condacta 
á fin de que no le acusasen de haber roto ía paz jurada, ni 
de haber faltado á su real palabra. Hechas estas cosas, se re- 
tiró á Bourges con sus prisioneros, dejando .por capitán de la 
villa de Monterán á messire Pedro de Guytry. 

Cuando se supo en París el acontecimiento que acabamos 
de referir, causó en sus habitantes una triste y profunda sen- 
Sticion. El joven conde de San-Pol, teniente del rey en la ciu- 
dad, convocó en el acto al canciller de Francia, al preboste 
de París, al de los mercaderes, ¿ todos los consejeros y oficia- 
les del rey, y á otra porción de nobles y pecheros: les parti- 
cipó la muerte sangrienta del duque Juan de Borgoña, y los 
hizo jurar sobre los Evangelios y las reliquias de no hacer 
tratado alguno con los sediciosos y matadores, y de denun-r 
ciar y acusar ante la justicia á todos los que favorecieseín k 
los partidarios del delfin. 

Felipe de Charolaiü, (mico heredero masculino del duque 
de Borgoña, supo el asesinato de Monterán estando en Gand, 
y anegado en llanto corrió á echarse en los brazos de su 
mujer. 

— Micaela, le dijo, vuestro hermano el delfln ha hecho ase- 
sinar c^ mí padre. 

Triste y turbada se quedó la princesa al oir esta noticia, 
porque temia que este acontecimiento influyese en el amor 
que la profesaba su marido. 

Cuando se hubo calmado algún tanto la desesperación del 
conde de Charoláis, tomó solemnemente el titulo de duque de 
Borgoña, celebro consejo sobre lo qne habia que hacer con 
las buenas gentes de Gi\ni, de Bruges y d^ Ipres, y tomó po- 



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isAirpL Ufe: BABíefiA. 505 

sesión del condado de FíaDdes. Inconlinenti se presentó 6n 
Malins, donde conferenció con el duque de Brabante, su pri- 
mo, Juan de Babiera, su tío, y la condesa de Ilainaulty sa 
tía; todos tres ftieron de opinión de contratar alianza con el 
rey Enrique de Inglaterra. En su consecuencia, el obispo de 
Arras, messire Athis de Brimeux y messire Roland de-Hecle- 
kerk, faeron despacHados á Rouen, donde fueron recibidos 
cordialmente por el rey inglés, quien vio eñ la alianza pro- 
puesta por el nuevo duque un medio de entablar con madama 
Catalina, de la que conservaba una vi va^ y tierna memoria, las^ 
negociaciones para un matrimotíio, en el que además cifraba 
cálenlos de la mas alta política. 

El rey de Inglaterra respondió, que sin la menor demora 
mandaria al duque Felipe, embajador encargado de presentarle 
un tratado. No perdió tiempo en redactar las condiciones; y 
hacia la festividad dé San Andrés el obispo de Róchester y 
los condesde Warwick y de Kent fneron en nombro del rey 
Enrique á la villa de Arras, donde el duque, los recibió con 
la mayor magnificencia. 

Hó aquí lo que proponía el rey de Inglaterra y los ar- 
tículos para cuya ratificación el duque de Borgoña debia em^ 
plear su influencia con el rey Carlos y sos consejeros; en ellos 
' se verá lo mucho que se hablan aumentado sus pretensiones 
desde que la apatía increíble del duque Juan había dejado 
caer en sus manos las ciudades de Rouen y de Pontoise, estas 
dos puertas de París, con cuya posesión el rey enemigo llevaba 
de antemano pendientes de su cintura las llaves de 1a capital. 

1.® ' «El rey dé Inglaterra ofrece casarse con madama Ca- 
talina sin imponer ninguna nueva carga al reino.» 



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506 ISABBL im BáBIBRA»; 

2J^ «Dejar al rey Carlos ia posesión y goce de la corona 
y rentas del reino durante su vida.» 

3.^ «Después de la muerte del rey Garlos, la corona de 
Francia pasará, para siempre al rey Enrique y sus here- 
deros.» 

4."" «Con motivo de la enfermedad .del rey, que le.impide 
tener las riendas del gobierno» el Tey deioglalerra tomará, 
el titulo y autoridad de rúente.» 

5.^ «Los príncipes, los grandes y las audiendas presla- 
r&n jurameüto al rey de Inglaterra, tomará el titulo y se obli- 
garán á reconocerle por soberano después do muerto el rey 
Carlos.» 

El duque Felipe se obligó á hacer firmar al rey de Fran* 
cia este tratado, con condidon de que el rey de Inglaterra m 
obligase á observar los artículos siguientes: 

1 .** «Uno de los hermanos del, rey Enrique se casará coa 
una'de las hermanas del duque.» 

2,"" «El rey y el duque se amarán y asistirán como her- 
manos.» 

S."" «Perseguirá de consuno el castigo del delfin y da ios 
otros matadores del duque Juan.» 

4.'' «Si el delfin ó algún otro de los matadores fuese he- 
cho prisionero, no podrá ser rescatado sin el consentimiento 
del duque.» 

S."" «El rey de loglaterra asignará al duque y á mada- 
ma Micaela, su mujer, por valor de 20,000 libras de renta, 
cuyo homenaje será reconocido.» 

Se vé que en este doble tratado que disponia de la Fran- 
cia y que despojaba al rey, no se hal;)ian olvidado mas que 



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ISABEI* m BABUSBA. 567 

dos cosas, qae probábleQiQato faeroa miradas caoio iaútíles^ 
y cara el conseatiinieato del rey y la ratificacioa de la Francia. ^ 

Estas soQ las coadicioaes oon que bajo pretesto de veogar 
la.imierte del duqae Juan/ la Francia fué vendida el 21 de 
diciembre de i559 por el doque Felipe de Borgona al rey de 
Inglaterra: el padre le biibia becbo traición, y el hijo la en^ 
«regó. 

Entre tanto, y mientras se concedía la monarquía como 
uaa pensión vitalicia, el anciano rey estaba en Troyes con 
madama Isabel, á quien requería de amores siempre que le 
volvia la razón, y la aborpecia cuando le vplvia la locura. 

La noticia d^l asesinato del duque Jus^n y la parte que los 
enemigos del delfia atribuyeron al joven príncipe de babor to- 
mado en él, produjeron sobre el débil anciano una im- 
presión tal, que volvió ácaer en la demencia mas completa. 
Aunque desde aquel momento hasta el de su muerte muchos 
mandatos importantes eran confirmados por él, y entre otros 
ei tratado conocido bajo el título de tratado de Troyes, es 
evidente que no volvió & recobrar su razón, y que la respon- 
í^ilidad de estos actos, mas y mas pei^judiciales á los inte* 
reses de la Francia, debe pesar sobre la mem0riá del duque 
Felipe y de la reina Isabel; porque desde aquel dia la vida 
dífl rey Carlos YI fué una agonfa y no un reinado. , 
, El 21 de marzo de io20 el duque de Borgona entró en 
la ciuda^i de Troyes en medio de las aclamaciones de los 
dndadanos y del pueblo, y prestó fé y homenaje al rey como 
sucesor del duque su padre en la propiedad del ducadodeBor- 
goña, del condado de Flandes,, del de Artois Y otros señoríos; 
pero el daque^ antes deque la Francia fuese cedida á la Ingla- 



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508 ISAimi; BE DABIBttA* 

térra, quiso dá:r sa parte (sin dada m calidad de príncipe de 
la flor de lis) apoderándose de algunos ^pléndídos pedazos. 

Sille, Dooay y Orohíes habían sido empeñadas á ia easa 
de Borgoña, y se hizo renunciar al rey Carlos á su derecho 
de rescate. El dote de madama Micaela ño estaba pagado: el 
duque consintió en recibir en cambio las cindades de Monctt**' 
dux y de Pcrooa la inexpug^nable, que en medio do todos Ios- 
asaltos de la guerra civil, conservó su nombre de virgen como 
alg!inas montañas de los Alpes, que como no se pueden sa- 
bir, tomaron el nombre de víi*genes. 

De este modo el inglés y el borgonon para vejar mejor la 
Francia, empezaban por arrancarle su cinluron de plazas 
fuertes. ' 

El delfin solo defendía á su madre. 

Cuando el duque Felipe hubo escogido entre dichas ciu- 
dades las que mas leconvenián; cuand;> la^ hubo escalonado 
en una linea tan derecha que Mondidux, situada veinticinco- 
leguas solamente de París, parecía penetrar en el corazón de* 
la Francia como la punta de una espada cayo puño estuviese 
en Gand, entonces, M como. un cómplice, se ocupó délas 
promesas hechas al rey Earique (es menester confesarlo) y 
las desempeñó con la mayor exactitud. El rey consintió en el 
matrimonio de su hija Catalina con Enrique de Lanc¿ster,reG- 
tiflcó la esclusion del delfln gu hijo y heredero, y anuló la 
sabia constitución hecha en otros tiempos por sus predecesor* 
res, que prohibía la sucesión para las mujeres; de modo que* 
el 15 de abril de 142@ el duque Felipe esGríbió al rey de In-^ 
glaterra que todo estaba concluido, y que poéia v^ir. 

En efecto , el rey inglés llegó el 20 de mayo siguiente,^ 



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ISJkBSL :DE UABtBttA; djQ9 

acot&fÁoiado de sus dos bermaoosvlos duques tte6tooe$tér y 46 
Ciarence, escoltados deici^epadesde HutiiMrtoQ , de Wai^wick 
y de KmU y seguido de mil seiseíeotos hombres de aroi^s. El 
•duque de Boi^goaa salió é, recibirle, y lo acompañó hasta la 
casa que le hablan preparado en la ciudad, como debia. hacer- 
lo el futuro vasallo con r^pecto & sü soberano veni4ero. 

Luego qua llegó, el rey fué á ver á la reina y á madama 
Catalina; halló á esta mas graciosa y ma<; amable que nunca, 
y ni aun él raiémo sabría cuáí tenia mas ansia de poseer, si la 
contratada esposa ó la Francia. 

Al dia siguiente les dos reyes Armaron • el famoso tratado 
de Troyes, que era el oprobio y la ruina del reino; y desde, es^ 
te momento eaJa uno pudo creer que el ángel do la patria, se 
habia remontado al cielo; El delfín fué el únict» que na; deses- 
peró nunca; con la mano en el corazón de la Francia con taba 
todos sus latidos, y admiraba que podía vivir todavía. 

£1 2 de junio se celebró el matrizoonio de Enrique de In*- 
glaterní y de Catalina de Francia; era la s^unda flor que se 
desprendía del tallo real de las Uses para adornar la corona 
de la Gran Bretaña. Dos veces el pi*esenle fué fatal A los que lo 
recibieron; dos veces la muerte entró eii el l«cho de, los reyes 
de Inglaterra con ios abrazos de las hijas de Francia;. Ricardo 
no sobrevivió sino tres años á su matrimonio ; Enrique debía 
morir á los dieziocho meses. 

Desde este dia hubo dos regentes ^n Francia, dos herede- 
ros de la coroha: eir delfín era dueño del Mediodía y el rey de 
Inglaterra poseía el Norte: entonces eii^zó aquel famoso due- 
lo euyo precio debía ser un reino. 

Lá ventaja de los primeros golpes fué del rey de Inglater- 



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510 IñáML fiE BAmcilA. 

fa; despHes de un sitio de algaoos días , se rífl^ó. VíUenaim 
fué tomada por asalto y lo mismo Monterán. 

En esta plaza el duque de Borgo&a debía ana espiacion á 
la muerte de su padre , y fué su primer cuidado al entrar en 
ia ctudad. 

Algunas mujeres le indicaron el sepulcro del duque Juaa; 
un paño de iglesia cubrió la piedra sepulcral y 8&encendier<m 
hachas en las cuatro esquinas; toda una noche los sacerdotes 
cantaron el oBoío de difiíntos, y al dia siguiente por la maña- 
na levantaron la piedra del sepulcro. Se hallóel cuerpo del dU'- 
^e cubierto todavía de su ropilla y la mano izquierda des- 
prendida enteramente; su cabeza, abieirta por Tanneguy Du- 
chatel, manifestaba la herida por donde los ingleses penetraron 
en la Francia. 

El cadáver fué colocado en una caja de plomo Henadesal 
y espuesto d^pdes al público en Borgoña, en un convento de 
cartujos situado fuera de la ciudad d6 Dijon : el cuerpo del 
bastardo Croi, que habia sido muerto en el ataque de la ciu- 
dad, fué bajado y enterrado en el mismo sitio de donde se 
acababa de sacar el cadáver del duque. 

Cumplidos estos deberes , ios borgonones y los ingleses 
fueron á sitiar á NMun; pero esta ciudad Íes opuso una fáerte 
resistencia por estar llenanle gente eseogida. El señor de Bdr- 
basán, que era el principal capitán , tenia bajo sim órdenes á 
ios señores Trcan, Pedro <te Borbon y un llamado ciudadano, 
que hizo prodigios durante el sitio. El rey de Inglaterra y el 
duque, viendo estos preparativos de defiansa, estrecharon mv^ 
la ciudad: el primero fué con sus dos hermanos y el duque de 
Babiera á establecer sus acantonamientos por el lado del Ch- 



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ISABEL DE BAMKAA. Sil 

tinmj y el segando, acompañado del señor de HotíogloQ y de 
otros machos capitanes ingleses, plantó sos tiendas por el la- 
do de Brie. Constituyeron sobre el Sena un puente de barcas 
para establecer las comunicaciones de on ejército á otro; y el 
doqae de Borgoña y el rey, á fin de no ser sorprendidos por 
los sitiadores, hicieron cerrar cada uno sns redntoscon buenos 
fosos y estacadas, vigilando con gran cuidado las entradas y sa- 
lidas, que estaban cerradas por fuertes barreras. 

Durante este tiempo el rey de Francia y las dos reinas de*- 
jaron á Troyes y fueron á establecer su cárte en Corbeil. Este 
sitio duró <%katro iceses y medio, sin grandes ventajas de par- 
te de los sitiadores. 

Entre tanto, el duque de "BorgoñSi se babia apoderada de 
un fuerte arrabal que los sitiados babiaii fortificadodelantede 
sus fosos, y desde el cual sus cañones y bombardas hacían ma- 
cho mal á los sitiadores. Entonces el rey de Inglaterra hizo por 
su parte abrir una mina; y ya se acercaban al muro , cuando 
Juvenal de los Ursinos , hijo del abogado en el Parlamento, 
creyó oir algún ruido subterráneo: reunió trabajadores y les 
mandó hiciesen una contramina. El mismo á la cabeza de los 
hombres de armas presidia la obra con una larga hacha en la 
mano, cuando por casualidad pasó el señor de Barbasán: Ju- 
venal le contó lo sucedido, y le dijo que él quedaba para com- 
batir en el subterráneo. 

Entonces Barbasán, que. lo amaba como bíjo^ examinó su 
larga hacfia y movió la cabeza diciendo: 

— lAh, hermano miol tü no sal)e9 todavía lo que es batirse 
en ttnaoaioa; se necesitan palos mas cortos que este para lie- 
gar á las manos. 



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542 iSAWf. Dfs JiAHimAi. 

, Y sacando «u ^pada, car tó el umago del hacba & ana di- 
mensión coavjeaienie. 

Después, oo^ la espada en la m«^oo dijo & Juveoal : 
—Ponte de rodillas. 

Este gbedeció; eotoaoes le dio espadazo. 
— Y al presente, cootinuó levantándolo, pórtate como un 
caballero. 

Después de dos horas de trabajo, ingleses y franceses so- 
lo estaban separados por el grueso de una paxeá ordinaria. 
EslB espacio desapareció en un instante, y trabajadqres y 
hombres de armas empezaron á batirse tenazmente en aquel 
estrecho y sombrío paso, donde apenas podian marchar cuatro 
hombres do frente; entonces Juvenal reconoció la verdad de lo 
que le habia dicho Barbasán: su hacha .cortada hacia prodi- 
gios: los ingleses huyeron, y el nuevo caballero ganó sus.es- 
puelasí 

Uaa hora después los ingleses volvieron con fuerza y esta- 
blecieron una barrera en medio de la mina para cortar el pa* 
so ÉL loa del delfln; pero estando ocupados en este trabajo llegó 
un refuerzo d los de la ciudad y se batieron fuertemente toda 
la noche. • 

Este nuevo modo de combatir ofreeia la singularidad de 
que se podian herir j se podian matar, pero no podian cogerse: 
cada partido combatía á un lado de la bafrera. 

A la mañana siguiente, un heraldo inglés precedido de un 
clarín, se presentó delante de los muros déla ciuiiad: llevaba 
un desafío de parte de.un caballino inglés que qu^ia guardar 
el incógnito, y ofrecía á cualquier partidario del delfin un: pa- 
so honroso, en el que cada uno de los adversarios romporia 



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dos lanzas; después^ ai tii uno nlatro estaba- berído, un comba- 
te á pié con baefaa ó espada* £1 cabaUdrd inglés esopgía por 
sitios dd combate el paso sublerr£adQ ^ y. dégaba cil <3abaiIero 
del delflo que lo aceptase, ia elección del día. 

Cuando e! beraldo antíncíó este desafio, fué á clavar á la 
poeiPtade la ciudad qne estaba mas pr<}zima el guante de su 
amo/Como prenda del combate y señal del desafio. 

. El señor de Barhasán, que t^- había presentado en la mu- 
ralla .con una gran multitud de gente del pueblo » aiTOJó su 
guante en señal de que tomaba por su cuenta el desafio del 
eabaliero desconocido y y después mandó á un escudero que 
fu^e á desprender el que á heraldo babia clavado en la puer- 
ta. El escudero obedeció. 

Muchas gentes juzgaron que no correspondía 4 un capitán 
de plaza espouerse de ese modo en un combate singular; pero 
Barbasán los dejó decir y se preparó para el combate del día 
siguiente, . 

Durantélanoobeseallanóel terreno para que naiáa estorba- 
se el paso de tos caballos; hicieron unaespeojo de nicbos socava- 
dos á uno y otro lado de la barrera para colocarlas trompetas» 
y se clavaron en el duelo antorchas para iluminar el combate. 

. El dia siguiente á las ocho de la mañana los adversaríos.se 
preseútaron d las dos ^tremidades, llevando ambos un. clarín. 

El inglés tocó el primero, el otro respondió; después que 
conclnyeron, los cuatro trompetas que estaban cerca de la bar- 
rera tocaron ááu vez. 

Apens^sel ultima sonido espiró baJQ labóveda, cuando los 
dos caballeros se pusieron en movimiento pon lanza enristre. 

Se. vieron venir de lejos como dos sombras marchando la 

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5Í4 ISABEL IMS BABlEttA. 

una; sobre la otra ea QhBallejoa del infierno; solamente ép9r 
sado galope de sus cabaHos, apmaddscomo ellos, probaba^ ha^-^ 
ciendo temblar todo et transite t;on gran mido , qne no éiráfr 
fantasmas ni los hombres ni los oaballos. 

Como los dos ' combatientes no hablan podido calcular la 
düstancia tomando el -campo que necesitaban, et sti^or de Bar- 
basen, sea qtie ¿n cábatle fuese mas ligero, sea que la distan- 
cia feese menor , Ueg6el primero,- y comprendió desde luego 
la desventaja-de su pomciM, porque tenia que recibir iomóvüi 
t\ choque de su adversario^ aumentado con todo el impulso de 
la carrera del caballo , que llegaba como un rayo ; solo tuvo 
tiempo á desprender su lanza del ristre en que la tenia presta,. 
y apoyándola contra su peto, como si fuese una muralla de 
hierro, se afirmó en la silla y estribos: esta maniobra le dio 
toda, la ventaja que habia perdido su adversaria, y&suve^re-* 
cit)ió ei chequeen tugar de darlo. En efecto, se arrojó acuer- 
po perdido contra la lanza de Barbasáo, que se rompi& come 
un vidrio: la lanía del caballero desconocido , apoyada en el 
ristre, se halló desde luego díMuamado corta y no tocó & su adr 
versarte; mientras el cabattero inglés, casi derribado del cho*- 
que, tocó con la cabeza la grupa dé su caballo, que retrocedió 
tres pasos, doblando el cuarto trasero. Cuafado ei desconocí-- 
db se levantó se halló" plantado en medio del pecho* el hi^^ro 
d^ la buza de su enemigo, que habla atravesado su coraza, 
y que no se habia detenido sino encontrando una cota de malla 
que felizmente llevaba debajo. Barbasán so. habia quedado co*^ 
mo una estatua de bronce sobre un pedestal de m&ráioU 

Los dos caballeros volvieron la brida y retrocedie- 
ron de nuevo á la entrada del subterráneo. Barbas&n 



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ISilBSL »E lÍABIfiRA. SiS 

tomó Otra laaea y los clarífiés tecamñ por segotída vez. 

Los de its barreras roápondieron, y los doá'caMIIeros sé 
metieifün denuevó bajo la bóveda, sonidos e^^a vez de un gran 
lAaiero de franceses é ingleses, porqod siendo esla carrera fen 
tíl^A, y debiendo continnar el eotnbiite á pié y eon'el bácba^ 
pidnnitiaílos ets|^eetadores penetraren el tránsito subterráneo. 

Las distancias babian sido tan bien culcoladas esta vez^ qne 
lós dos combatientes se encontraron justamente en íúedio" del 
camino. « 

Esta; vea la lanza <ld caballero desconocido faé á pegar en 
él costado izqnierdo de la coraza de Barbás&n, y deslizándose^ 
b^of sn bruñida saperOdé, habiá levantado como una escama 
de )a,artTou)aoion de hierro del espaldar y penetrado en éf 
hdffibro como nna pulgada : Barbasán alcanzó cmi' tanta vie^ 
krncia elescttdo de sn adversario, que lá fuerza del choque 
pqmpió la cínGha de su caballo; y el cabaüei^o, demasiado fir- 
me para hacer perder los estribos, llevando congola alta si* 
Há eí^ que estaba encajonado, fué rodando diez pasos: el ca^ 
baflío quedó desembarazado de su cabaHero. . . , 

Barbasán echó pié á tierra: el caballero desconocido sole- 
vantó al instante: los dos arrancaron unas hachas de armas 
d# las manos de sus escuderos , y el combate se renovó con 
mas encarnizamiento que anles: Mtnd tanto; cada uno*deellos 
én el atáqde y en su defensa hacia uso de una prudencia que 
dfcta á entettdér la opinión qb^ babia coácebido de su adver* 
^rio. Sns pesadaís hachas vibraban en sus manos con la rapi- 
dez del relámpago y caian sobre sus escudos haciendo saltar 
una multitud de obispus^ los caballeros se inclinabánalternati* 
vátüeofte atrás pare^ temar vuelo, cñal si fueran herreros en la 



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516 laABBL DE BABlERiU 

fragaa; oada golpe hubiera derribado uoa encina) y. ellos ba«* 
bian recibido veinte cada uno y permanecían en pié. 

En fin, Taügado Barbasán de esta lucha de gigante, yque^ 
ríepdo concluir de un goIpe> arrojó su escudo que le estorbaba 
servirse de" su brazo izquierdo, y apoyó el pié sobre un trave- 
saAP de la barrera: el hacha 3iibó easus manos complana boa- 
da, y chocando con el escudo de su adversario, fué á c;»er con 
un ruido espan&oso spbre el casco del caballero desconocido. 

Felizmente un movimieato maquinal y de instinto le hiz^ 
inclinar la cabeza á la izquierda; este movimiento ladeó elgolpe 
y el fllo del hacha resbaló sobre el casco; pero encontrando la 
visera por el Jado derecho la rompió como si f pese vidrio. En- 
tonces, sostenida esta tan solo por una parte, se abrió, y Bar- 
basán estupefacto rtaconoció en el caballero incógaito que aca- 
baba de combatir A Enrique de Lanoa^ter, rey de Inglaterra» 

Entonces Barbasán dio respetuosamente dos pasos atr&s^ 
dejó caer su hacha de armas, soltó su casco y se confesó veor 
cido. El rey Enrique, comprendiendo^ toda la cortesía dOt es^a 
paso, se quitó su guante y alargó la mano al antiguo cajba- 
Uero, diciéndole: 

— Desde este momento somos hermanos de arma^. 
. Barbasán aceptó está honorífica fraternidad» que tresme^ 
ses después debió salvarle la \ida. 

Los doa adversarios tenian neoesidad de reposo; volvieroa 
el UQO ^1 campo y el otro á la ciudad. Muchos caballeros y es- 
cuderos contiuuaroa esta singular lucha, que duró cercado 
ochodiae. 

Como los sitiadores se mantenían firmes, el rey de Ingla* 
térra hi¿o .venir á su campo al rey de Francia y á las dos rei«* 



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I8AÍIÉL OE BABIÉRáí. 517 

lias: alojó ¿ las ultimas en una casa que habia hecho cons- 
truir fuera del alcance del cañen, y delante déla oiíaldiay 
mfohe hacia reunir los clarines y otros instrumentos: nunca 
habia desplegado tanto lujo como al frente de. esto sitio. 
'•■'■ La presencia del rey Carlos no decidió á los sitiadores á 
que se rindiesen: respondieron que si el rey quería entrar eii 
su biiena ciudad era menester quo entrase solo, y que entoñ* 
ees seria bien recibido; pero que nunca consentirían en abrir 
las puertas á los enemigos del reino. Todo el ejército del du- 
que de Borgoña murmuraba del abandono en que el rey Enri- 
que dejaba á su suegro y de la estrechez á que estaba' reduci- 
da su casa. La toma de otras fortalezas y castillos, cotno la 
Bastilla, el Louvre, la torre de Nesle y el bosque de Vincen- 
nes, que fueron entregados á los ingleses, consolaron al rey 
Enrique de la prolongación de este sitio. 

Envió á la Bastilla á su hermano el duque de Clarence, 
con el título de gobernador de Paris. 

Mientras tanto los sitiados carecían de víveres hacia mu- 
eho tiempo, no tenian pan, y habian übmido los caballos, los 
gatos y los perros; escribieron al delfin para esponerle su es- 
trechez y pedido socorro. Esperaban una respuesta, cuando 
vieron una mañana aparecer en el Oriente una tropa conside- 
rable que marchaba hacia la ciudad; y creyendo era un re- 
fiíerzo que les llegaba, subieron á las murallas, y mientras to- 
caban las campanas de la ciudad en señal de alegría, empe- 
zaron á gritar á los sitiadores que ensillasen los caballos 
aprisa, porque muy pronto serian rechazados. Harto ¡pronta 
conocieron su error: era una tropa de borgoñones que el se- 
iOT de LuxemburgO', capitán de Picardía^ condoda á Perona 



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518 ISAWI^ VE BABIfilUU 

ea 3OC0ITO de los sitiadores. Los sitiados bajaron entonces da 
la muralla con la cabeza baja é hicioroa callar sus campanas. 

£1 dia siguiente recibieron una carta del delQn, que Ie9 
anunciaba estaba demasiado débil para socorrerlos, y les áa-, 
torfzaba á negociar las mejores condiciones posibles en la pri- 
mera intimación que les hiciese el rey de Inglaterra. Entabla** 
roa negociaciooes, y la guarnición en la última estremídaá 
se entregó prisionera, con la sola condición de salvar sus via- 
das. Estaban esceptuados de este beneficio los matadores del 
duique de Boi^oña y los que habiendo presenciado el asesina^ 
to no lo habían estorbado, y todos los caballeros ingleses y 
escoceses que se hallaron en la ciudad: en consecuencia, el se^ 
ñor Pedro de Borbon, Anaut de Gbilhcm, señor de Barbasán» 
y seis ó é^tecientos nobles hombres de armas, fueron conda^ 
cidos á París y aprisionados en d Louvre, en ol Chatelet y ea 
la Bastüta. ^ 

A la mañana siguiente, dos monges de Joi-en-rBric y ua 
caballero llamado Chaumont, que en la batalla de Azincourt 
se habia hecho inglés ᧠francés que antes era, y después ba- 
bia pasado de los ingleses d los franceses» fueron decapitados 
en la plaza publica de Melun. Dejando después guarnicioa in- 
glesa en la ciudad^ el rey Eoríque, el rey Garlos y el duque de 
Borgona mareharon á París» donde debían hacer su entrada* 

Los ciudadanos los esperaban con impaciencia; un recibi- 
miento magnífico les estaba preparado y todas las casas esta^ 
ban CQlgadas por la carrera. Los dos reyes á caballo marcha^ 
ban ios primaros: el rey de Francia i la derecha; después ibao 
loa duques de Clarence y de Bedfort, hermanos del rey deln*^ 
. glaterra; y por ^l otro lado de la calle á la izquierda gioetea- 



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ISAHEL DE BAMi»A^ 5f9 

ban d duque de &«^o&a vestido de negro,, y coa él todos los 
oabalieros y escuderos de su cai^. 

A la mitad de la callo de San. Antonio encontraron todo 
el dero de París que venía á pié á recibirlos, trayendo consi- 
go santas rdiqoias para adorarlas: el rey de Francia abrazé 
al4)rimero, después el rey de Inglaterra. El clero los condujo 
en seguida ¿ Nuestra Señora, donde hicieron su oración de- 
lante del altar mayor, después de lo cual Vol vieron á montar ^ 
caballo y fueron cada uno á su habitación, el rey de Francia 
al palacio de San Pablo^ el duque de Borgona al de Artois y 
el rey de Inglaterra al castillo del Louvre. La mañaua siguien* 
te las dos reinas ¿ su vez hicieron también su entrada. 

Apenas se instaló esta >nueva corte, cuando el duque de 
Borgona trató do vengar la muerte de su padre. Con este ob- 
jeto el rey celebró una sesión de tribunales en la sala baja del 
palacio de San Pablo. 

Sobre el mismo banco que el rey de Francia, estaba sen- 
tado el rey de Inglaterra, y cerca de ios dos reyes maitre 
Joan Leclerc, canciller de Francia, Fdipede Movvilliers, pri- 
mer presidente del Parlamento, y; mudios otrc>s nobles hom« 
bres del consejo del rey Carlos. Por otro lado, y. hacia el me- 
dio.de Ja sala, estaba sc^re otro banco el duque de Borgona, 
y eon él para acompañarle los duques de Clarence y de Bed- 
fort, los óbitos de Theronanc, de Tounay, Beauvajs y 
d'Amieos, el señor de Luxemburgo y muchos otros escuderos 
y caballeros de su consejo. , 

Entonces el señor Nicola Rolin, abogado por el duque de 
Borgom.y por la duquesa su inadre, se levantó y pidió á los 
rayes permiso para hablar. Cuando lo hubo obtenido contó el 



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520 ISAftEL 1>E BüHHRU* 

homicidio cometido en el duque Juan: aoaáó Se está muerte 
al delfin Carlos, al vizconde de Narbone, al stóor de Barba- 
san, Tannegay Duchatel, Gnillome, Boutellier, Jean Louvet, 
presidente de Provenza, al señor Roberto de Loire y Olitier 
Lavet; su conclusión fué reclamar el castigo de los culpables. 
Pedia que fuesen arrastrados en serones por las calles de Par. 
rfs durante tres dias, con la cabeza desnuda, tentendo en la 
mano hachas encendidas, y confesando en alta voz que habiaa 
falsa, villanamente y por envidia asesinado al «íuque de Bor- 
goña ; que en. seguida fuesm conducidos al lugar en que se 
habia cometido el homicidio, y que allí dijesen y repitiesen Las 
mismas palabras de espiaoion; que además sol»re el puente, y 
en el paraje mismo en que el duque habia dado el último sus- 
piro, se edificase una iglesia, y mandase establecer doce« ca- 
nónigos , seis capellanes y seis clérigos , cuyo solo cuidado 
fuese rogar por el alma del difunto. Esta iglesia debía ser pro* 
vista de ornamentos sagrados, de mesas, de c&lice^, de libros, 
de manteles, y en fin, de todo lo necesario, á espensas de los 
culpables ; y además esigia una fundación de doscientas li- 
bras parisis; de cíen libras para los capellanes y de cincueata 
para los clérigoá; que la causa por la que se edificaba aque* 
lia iglesia se escribiese sobre la puerta con letras talladas, 
á fin de perpetuar la memoria de esta espiaoion; que ade- 
más se edificasen otras semejantes con el mi$mo objeto en 
París , en Roma , en Gand , en Dijon, en Santiago de Com- 
postela, en Jerusalen y en el mismp punto donde Jeáicrrstp 
espiró. 

Est9 proposición fué apoyada por Pedro de Marigni, abo*- 
gado del rey en ei Parlamento, y aprobada por maitr^ ¡em 

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ISABEL »E BÁBIEBik. SUl 

TArdier, doctoren teología, nombrado por el rector de la 
universidad da París. 

Después de estas proposiciones, el canciller de Francia 
respondió por el rey, que babia escachado con indiferencia 
toda esta acusación, que por la gracia de Dios, y con la ayo* 
da y consejo de su hermano ébijo Enrique, rey de Inglater- 
ra, regente de Francia y heredero de la corona, aprobada en 
justicia el cumplimiento de las cosas dichas y propuestas, eo- 
100 lo reclamaba el duque Felipe de Borgoña. 

Dichas estas cosas, la sesión fué levantada, y los 4o3 re- 
yes y el duque fueron cada uno á su habitación. 

Trece años antes en la misma sala resonaron las mismas 
palabras de acusación, oon la sola diferencia de qué el duque 
de Borgoñá era el asesino y Valentina de Milán la acusado- 
ra. Pedia justicia, y justicia le fué prometida entonces, como 
acababa dé prometerse al duque; y el viento se llevó la pro*' 
mesa real, como debia hacerlo la segunda vez. 

Entretanto, en virtud de letras dádafe por el rey, el Par- 
lamento empezó el 5 de en«ro de 1421 el procedimiento con- 
tra G&rlos de Yalds, duque de Toufaine, detñn de Francia. 
Fué citado tres días bajo pena de destierro á toque de trom- 
petas y sobre la mesa de mármol; y como no se presentó & 
este llamamiento, fué desterrado del reino y declarado indig-- 
no de suceder en todo< los señoríos presentes y venideros. 

£1 delfln supo esta noticia en Bourges dé Berry; apeló 4 
la punta de su espada, y juró que lievaria su cartel de desafío 
á París, á Ii^laterra y á Borgoña. 

Es verdad que á pasar de este juicio existia una gran 
fitnpatía en el corazón de loé verdaderos franceses, que se 



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522 ISáJIEL DE BABieilA* 

aumentaba todavía por la demeaoia da su padre: se sabia qae 
no era el corazón del anciano rey el que desten*aka á so bíjo 
arny amado; todos estos actos beohos on Bombre de un insen- 
sato, no parecían valederos á los ojos de muctms gentes. El 
lojo que ostentaba el rey de Inglaterra en ei Louvre, q^oesto 
¿ la miseria que rodeaba al rey de Francia en el patacio de 
San Pablo, hacia murmurar á todos los hombres honrados de 
la capital: este abandono llegó á punto que el día de Navidad 
del año 1420, mientras las dos reinas, el duque Felipe y los 
caballeros de Francia y de Borgofta hacían en los salones del 
Louvre, magnífioamente iluminados, su cárte al rey de Ingla- 
terra, el rey de Francia no tenia alrededor de si en las salas 
oscuras y húmedas del palacio de San Pablo, sino algunos an- 
tiguos servidores y buenos ciudadanos que le conservaban 
antiguo y fiel afeoto. 

Una circunstancia imprevista vi&o á resfriar las relado^ 
nes del rey Enrique y del duque Felipe. Entre los'prisíoneros 
hechos en Melun se hallaba» oomo hemos cucho, el señor de 
Barbasán: este caballero estaba acosado de haber tomado 
parte en el asesinato de Moatesau; y según el tratado hecho 
entre el duque Felipe y el rey Enrique, todo fautor ó cómpU-» 
oe de este asesinato debia ser entregado al duque dé Borgo- 
na. Ta estaba formado el interrogalorb sobre el cual debía, 
ser examinado por el consejo del duque en Dijon, cuando A 
prisionero invocó la fraternidad de arm^s ofp^^a por el rey 
de Inglaterra después del combate de las minas de Melun*. 

El rey Enrique hizo honor á su joraoiento: d^olari^quo el 
que habm tocado su mano real no sufriría un castigo infame, 
aunque el mismo Santo Padrá viniese i pedir Justípia eoirtra 

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ISABEL PK BAHIBOA» 5^ 

él. El diKpie de Borgofia guardó de esta negativa un reseot»- 
mic^to^ que no pudo calmar el supiicio del seúor de Coesme- 
reí, bastardo de Tamieguy, y de Juan Gault, que fueron de3«- 
cuartizados por seotencia del Parlamento. El primero hacia 
gloría del asesinato cometido en su padre, que babia becbo 
una vaina bordada para el hacha do pico de halcón con que el 
duque Juan fué faeVido, y llevaba colgada de una rica cadena 
la espuela que él mismo babia arrancado de la bota del duque. 

Hacia fin de mayo el rey de Inglaterra y el duque dp 
Bordona se separaron, el rey Enrique para conducir al Lou- 
vre á madama Catalina y hacerla consagrar, y el duque para 
hacer un viaje á sus buenas ciudades, en muchas délas cuales 
Bo había sido reconocido. 

Esta doble ausencia fué muy perjudicial á los negocios del 
duque y del rey Enrique. 

Los del Detonado, desanimados con la toma de Melun y 
de Yilleneuve-le-Roy, recobraron ánimo viendo los dos gefes 
enemigos, el uno en Léndres y el otro en Bruselas. Entraroa 
en la ciudad, sorprendieron el castillo de la Ferte, escalaron 
Saínt-Hiquier, y ai fin batieron cerca de Beaugi á los ingleses^ 
de tal modo, que el duque de Clarenee, hermano del rey, el 
señor de Ros, marisoal do Inglaterra, el conde de Kiniey te 
flor de la caballería y de los escuderos ingleses cayeron 4 so re- 
dedor muertos sobre el campo de batalla: ios condes de Somer* 
set, deHutington y del Perche se rindieron prisioneros, socor* 
rídos óno socorridos. E) ouerpp del duque de Clarenee ao cayó 
sin embargo en manos de sus enemigos; ua oaballero ingléa 
lo |mso atravesado sobre su caballo, y le dafei^dió con tanto 
valor y fortuna, que pudo devolver este real depósito ai conde 



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524 ISABEL DE BAEfSRA. 

de Salisburg, qae le envió á Inglaterra, donde fné enterrado 

jPor otra parle el ducjue de Exeler, capitán de París des- 
Tilles de la muerte del duque de Clarenoe, había prontamente 
resfriado el entusiasmo de los habitantes: so gobierno era dcr- 
ro y altivo. Por un preteslo frivolo, hizo arrestar al tnariscal 
deVilliers: lle-Adam y el pueblo trataron de arrancarle de 
manos de los archeros que le conducían á la Bastilla, poro de . 
Exeter hizo tirar sobre el pueblo: un inglés,- un estranjero se 
.atrevía á lo que no habia osado el duque de Borgoña. 

El rey Enrique supo en Londres, y él duque Felipe en 
6and, las cosas que acabamos de decir. Los dos pensaron qtfe 
su presencia en indispensable en París: marcharon en conse- 
cuencia para ir á aquel punto, el rey de Inglaterra aunque 
enfermo, y^el duque de Borgoña á pesar de no haber podido 
arreglar las pretensiones del duque Jüad de Brabante, supri* 
mo, y do Jagnéline de Henault, su mujer. 

Ambos aliados habían juzgado sus posidones', «ra tiempo 
que llegasen. El delfín sitiaba á Chartres. Los ejércitos reuní- 
dos del duque Felipe y del rey Enrique marcharon al socorro 
de aquella ciudad: los del Delfinado eran demasiado inferiores 
en fuerza para aventurar una batalla; levantaron el sitio, y 
el delfín «e retiré á Tours. El duque de Borgoña, en lugar de 
perseguirle, fué á tomar el puente de Sáint-Remi-sur-Some 
y poner el sitio á Saint-Riquier; pero también su ejército era 
demasiado débil, y perdió un mes delante de la plaza. 

Mientras se hacia este sitio, se supo en su campo delante 
de la ciudad, que el señor de flarcourt, que se habia hecho 
natural del Delfinado, acompañado de Pothon de XaintraiMes, 
marchaba eontra éi esperando sorprenderlos con las goar- 



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ojciones de Gonipiogne; de^CrespL en Yaloís, y otras, ciudad^ 
que babian Y<UieUo (&;ealrar bajo el domiaio del delfin* Eaton** 
ees el duque mrch() secretamente de noche, pasó la Somme 
y marchó al encuentro de los del Delfinado con intención de 
admitir el cogibate. 

:£l 51 de agosto á las once de la manaDa, los dos egér ci- 
tes se hallaron enfrente uno de otro, y deteniéndose 4 'tres 
tiroá de flecha formaron sus batallas. En esta guerra de los 
tros euñados erael primer combate importante en que eljó^ 
ven duque se babia hallado, de edad de veinticuatro anos, y 
en el que ensayó sqs arma^. Antes de empeñarle quiso ser 
hecho caballejpo: el señor de Luxemburgo fué el que le dio la 
celada; y al instápte él mismo armó al señor Collar deConmi-* 
ne9> Jean de Robexj André do Mllain, Jean de Villain y otros. 
Por parte de los del Delflnado, los principales caballeros her*. 
chos enesta ocasión fueron los señores de GauíachQ, Regnaut 
de Fonlaines, Collibret de .Yillegniro, el marqués de SjBrre y 
Juan Royan. 

L£^ batalla se empeñó con encarnizamiento, mas desde Iqe-* 
go una circunstancia singular paredió inclinar la victoria en 
favor de los del Delflnado. Por olvido, el estandarte de Bor- 
gona quedó en m&nos de un criado, poco acostumbrado ¿ las 
lides: a;l pcimer ^cuentro tomó la fuga y creyeron que el 
duque babia sido Qogido: los reyes de armas gritaron que ha- 
bía muerto; de modo que los que vieron caer el estandarte, so-« 
breoQgidos de nn terror pápico, abandonaron el campo de bala^ 
Ha, donde el duque estaba haciendo todavía prodigios de valor» 
. Los del ])elfina4o sacaron mucho fruto de esta victoria. 

£1 rey de Inglaterra había ocupado varias plazas, y la for- 



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596 ISABEL DE ilAB»ll^# 

fmA 56 declaraba en su favor, cMüd&tué aisaltado por noa 
eafermedad en el castillo de Ytocemies. La éofermedad Ihkp 
tapidos progresos, y el rey fué el priisero qae la creyó mortal. 
Llaffiéalladode su cama al duque de Bedfort, su lio^ al^cm* 
de de Warwick y al señor Luis de Robestsartsáier, y les dijo: 

-«^Yeo que la voluntad de Dios es que deje el mundo y la vida. 
Después añadió: 

-^Hermano mió Juan, os ruego por la lealtad y amor qm 
TüQ tenéis, seáis siempre fid á mi hijo Enrique; y os supüeo 
no bagáis ningún tratado coa nuestro adversario Carlos de 
Talois; que quede francamente en mis dominios el ducado de 
Normandia. Sí mi cu&ado de Borgoña quiere tomar la regeo^ 
da del reino, os aconsejo que se la dejeid; sino, conser- 
vadla. Y vos, mi amado tío, añadió volviéndose bácia el duque 
de Exeter, que acababa de entrar, os dejo solo para el go> 
biemo de Inglaterra, porque sé que la sabréis gobernar. Su?^ 
cédalo que sucediere-, no volváis nunca á Francia; sed el go- 
bernador de mi hijo por el amor que me habéis tenido y visi- 
tadle con frecuencia. Bn cuanto & vos, mi belfo primó de 
Warwick, quiero que seáis siempre su ayo y estéis ¿ su lado 
continuamente enseñándole la ciencia de la guerra, porque es* 
cogiéndoos no puedo escoger mejor: después os ruego encuan-' 
fo puedo, no tengáis ninguna disensión con mi cañado de Bor-^ 
goña; prohibidle también que la tenga & mi cuñado Hunpbrey; 
porque st sucediese entre vos y él alguna disensión, las nec^ 
sidades del reino, que se hallan en tan buen estado, p^iríaQ' 
empeorar; no saquéis por ningún cftso de la prisión & nuestra 
primo de Orleans, al conde de En, al señer de Gaueour y al 
de Chisay hasta qoe mi hijo sea de majt}r edad. Edi euan- 



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laABEL BE BABIQIA* 527 

to i los Qtro9,. hsfiad 16 que qá parezca mas conveniente. 

Entonces cada uno habiéndole prcunetido cuno^Iír euanio 
babia. pedido el rey, mandó que lo dejasen solo. Luego que» 
obedoeieron sus ^de^ea, hi20 llamar á los médicos, y les manr 
dó le dijesen pooo mas^ó meiMB el espacio de tiempo que po-^ 
dfia vivir; quisieron darle alguna esperanza, diciendo que Dios 
es el Señor de la vida; pero el rey sonriéndose tristemente le» 
requirió le dijesen francamente la verdad, prometiendo que 
sahria morir coma rey y como guerrero^ Se retiraron algún 
espacio, y de3piie$ de haiber consultado entre si, se pusieron 
de TiodiUas al ladi^ júa as oama y le dijeron: 

--S«Bor, pensad en vuesU^a alma, porque nos parece im- 
posible viváis mas de dos horas. 

Entonces hizo venir á su confesor y á los sacerdotes, y 
les mandó recitar los salmos penitenciales: cuando llegaron 
al versículo 20, utcedtficenturmuriJerusalemy les detuvo di- 
ciendo en alta voz, que si una muerte temprana no le hubiese 
sobrevenido, después de pacificar la Francia hubiera ido á 
conquistar el santo sepulcro; después les mandó que conti- 
nuaseUf pero los cantos sagrados fueron interrumpidos por 
un gmn grito del enftfvmD, despne» del oual dio el último sus- 
piro el dia 51 de agosto de 1422. 

Al dia siguiente las entrañas del rey fueron sepultadas en 
el. monasterio de San Mauro, y su cuerpo embalsamado fué 
puesto en una caja de plomo. 

De este modo desttpareci<i de la tierra- Enrique V, apdli^ 
dado el Conquistador. 

£1 duque de Bedfort acababa de tributar los honores fú- 
nebres ¿ Enriqoe el Conquistador, cuando recibió segundo 



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528 ISABEL DE DAOICRAé 

mensaje, en que le anandabaa la muerte de Carlos YI de 
Francia, sucedida el 22 de octubre de 1422» En Roan, el 
cortejo fúnebre encontró amadama Catalina, que volvía á 
Francia en busca de su esposo, pues ignoraba su muerte. Su 
desesperación fué tan grauíide> que no quiso dejar el cuerpo y 
se incorporó en el convoy. Cuando llegó á Calaix se embarcó 
para Douvres, desde donde marchó á Londres (1). 

. (1) Tal es el fin de la novela de Alejandro Dumas. No fal- 
tarán dlgunos lectores que deseen saber <Miál fué la suerte de 
Isabel de Babiera; para satisfacer su curiosidad solo podemos 
decirles que murió el ano de 1435 aborrecida del pueblo,- el 
que siempfe justo, aunque paciente, hace justicia. (Nota- dd 
traductor.) 

FIN. - . " • •• ■ 



PLANTILLA 

PARA LA <::OLOGAC;][ON DE LAS L¿UINAS. 



Láfnintts. ^ Págíütó. 



1.* Portada. , .5 

S."* Odetta en la Cámara Real. . . ... . .. , 104 

5^ Carlos VI 185 

4.* Se dormiria otra vez. .... ... 340 

S.*" iMisericordia! ¡Dios mió, miserícordíal . v ^^ 



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BERKELEY 

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Tbis book 18 DUE on the last date stamped below. 



S«P20'481,V 



LD 21-100m-9.*47(A5702Bl6)476 



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