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Full text of "José Artigas : jefe de los orientales y protector de los pueblos libros : su obra cívica : alegato historico"

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JOSÉ ARTIGAS 



JOSÉ ARTIGAS 

JEFE DE LOS ORIENTJLES Y PROTECTOR DE LOS PUEBLOS LIBRES 



SU OBRA cívica 



ALEGATO HISTÓRICO 



POR 



EDUARDO ACEVEDO 



Tons/dio I 



MONTOVIDEO 

1909 

EL SIGLO ILUSTRADO", GREGORIO V. MARINO, 

i8 de julio, aa- EDITOR. 



ARTIGAS 




(De Blaiies). 



CAPÍTULO I 



P R ^ I, I M I N A R E S 



Sumario: — Nuestras deficiencias históricas. Una iniciativa de la 
Universidad. Los archivos públicos saqueados. El centenario de 
la Revolución de Mayo y la rehabilitación de Artigas. Fuentes de 
información de este alegato histórico. Los hechos, los documen- 
tos y las tradiciones. Idólatras ó adversarios frenéticos. Los es- 
pañoles, los porteños y los portugueses atacan á Artigas y él 
contesta á todos con el silencio. Las facciones internas y su 
obra destructora, San Martín y Bolívar ultrajados y persegui- 
dos por sus conciudadanos. Los escritores extranjeros y sus in- 
formaciones incompletas ó fantásticas. Vacíos históricos inevi- 
tables. El lenguaje agresivo de la época de la Revolución. Por qué 
á Artigas le suprimimos el grado de general y el nombre de 
Gervasio. 



Nurstras delloiencias liisíórieaíi<¡. 

Refiere el doctor Lnmaf! («Colección de memorias y 
documentos para la historia y la geografía de los pueblos 
del Río de la Plata») que don Santiago Vázquez contra- 
jo el compromiso de escribir todos los recuerdos de las 
épocas notables en que le había tocado actuar, Pero lle- 
garon, agrega, las angustias del mes de .'d:»ril de 1S4G, que 
sin mínima duda le precipitaron al sepulcro, y apenas 
pudo ocuparse de los apuntes biográficos de su hermano 
el coronel Ventura Vázquez, sin dejarnos una sola línea 
(le sus propias memorias, 



6 JOSÉ ARTTGAS 

« Cada día esperaba que el siguiente sería más tranqui- 
lo, y de uno á otro día llegó el de la muerte, j el sepulcro 
nos ocultó para siempre el tesoro de noticias y de explica- 
ciones históricas que encerraba aquella cabeza privilegia- 
da. Inmensas son las pérdidas de este género que hemos 
sufrido, que sufrimos con frecuencia. En medio de la tor- 
menta revolucionaria que aún nos sacude tan reciamente 
y que ha despedazado ó consumido los archivos públicos 
ó particulares, van desapareciendo también uno tras otro 
los actores de nuestras grandes épocas, sin haber gozado 
de la tranquilidad del hogar y del espíritu, que muchos de 
ellos esperaban para reducir á escritura los recuerdos, los 
conocimientos y las lecciones de que eran depositarios. » 
Poco hemos adelantado en los sesenta años transcurri- 
dos desde la época en que escribía don Andrés Lamas. 
La tranquilidad del espíritu continúa siendo el supremo 
desiderátum de l)s orientales. Y en cuanto á reconstitu- 
ción de archivos, la incurable despreocupación de nuestra 
raza ha podido más que todos los esfuerzos encaminados 
á promover el estudio del pasado. 

En el programa de ampliaciones universitarias del pe- 
ríodo 1 904-1900, en que desempeñamos el rectorado, fi- 
guran como resultado concreto de esos esfuerzos la crea- 
ción de una «Revista Histórica», la compra de archivos 
particulares y la organización de tres concursos, con pre- 
mios pecuniarios de importancia, para la redacción de la 
historia nacional. 

Quedó incorporada la «Revista Histórica» á la ley de 
presupuesto general de gastos, pero no así el resto del 
plan, aunque aceptado en principio, por haber tocado á su 
término la [)rogresista presidencia del señor Batlle y Or- 
dóñez, que no escatimó á la Universidad nada de las in- 
mensas cosas que le pidieron sus autoridades, y que ahí 
quedan, para su eterno elogio, bajo forma de escuelas su- 
periores de Agronomía y de Veterinai-ia, reforma de los 
estudios de Medicina, creación de institutos científicos 
de Química, Anatomía y Fisiología, ampliación conside- 



PRKC.LMIXAnES 7 

rabie de los laboratorios y bibliotecas, fundación de becas 
y bolsas de viaje para alumnos y profesoi-es, contratación 
de numerosos sabios extranjeros, adjudicación de fondos 
con destino á la reorganización científica de todos los es- 
tudios, y construcción de edificios a})ropiados para la Sec- 
ción de Elnsenanza Secundaria, para las Facultades de 
Derecho y de Comercio, para la Escuela de Agronomía 
y para la «Granja Modelo», de Sayago. 

La misma ^< Revista Histórica» no pudo alcanzar la am- 
plitud de su plan inicial. Había, efectivamente, el propósito 
de organizar comisiones {)ara la revisión y copia de toda 
la riquísima documentación relativa á nuestra historia, que 
se encuentra diseminada en los archivos públicos y parti- 
culares de la Argentina, Brasil, Paraguay, Espaíia é In- 
glaterra. Se habían dado también instrucciones para la 
organización de una biblioteca de historia americana, que 
ni eso siquiera tenemos ni tendremos mientras no se pro- 
duzca otra oleada favorable á la gran causa de la ense- 
ñanza. 

Escaso tributo puede pedirse á nuestros archivos públi- 
cos. Han sido saqueados en diversas épocas, á [)artir de 
las postrimerías de febrero de 1815, en que las autorida- 
des delegadas de Buenos Aires, antes de abandonar la pla- 
za de Montevideo á las fuerzas artiguistas, embarcaron 
para la otra orilla lo que conceptuaron de interés, y en se- 
guida abrieron de paren par los depósitos de expedientes 
y papeles, para que el populacho robara y despedazara el 
tesoro de informaciones históricas que allí había. Invoca- 
mos el testimonio de don Pedro Feliciano Cavia, secreta- 
rio de la gobernación porteña de Montevideo, en lo que se 
refiere al embarque («El protector nominal de los pueblos 
libres, don José Artigas») y el de los señores Dámaso La- 
irañaga y José R. Guerra («Apuntes históricos >), en lo que 
se refiere al saqueo. 



JOSÉ ARTIGAS 



lia rehabilitación de Artigas. 

Se aproxima, entretanto, el centenario de la indepen- 
dencia, y el más acentuado de los caracteres de ese glorioso 
movimiento cívico continúa bajo la máscara de bandido 
con que sus ilustres adversarios resolvieron exhibirlo al 
público apenas intentó hablar de constitución política y de 
organización autonómica de las provincias, contra el santo 
y £eña de la logia que concentraba en Buenos Aires todos 
los resortes del poder. 

Cuando el doctor Vicente F. López hizo el proceso de 
los generales San Martín y Guido, con motivo de la caída 
de los directorios de Pueyrredón y Rondeau bajo la pre- 
sión del huracán artiguista de 1820, el poeta Carlos Gui- 
do y Spano tomó noblemente la defensa de su padre 
(«Vindicación histórica»), invocando la ausencia de mo- 
numentos que hablaran en su favor. Pero no creyó nece- 
sario ocuparse de las acusaciones de deslealtad y deserción 
dirigidas contra el héroe de los Andes. «Que él se defien ■ 
da en su caballo de bronce>^ se limitó á decir. 

La misma excepción podrían oponer los panegiristas 
de Artigas, si ya estuviera erigido el monumento que le 
votó la Cámara de Diputados correspondiente á la admi- 
nistración Berro, en 29 de junio de 1802, con la prevención 
de que no podría «pasar fuerza armada á la vista de la es- 
tatua del protector de los pueblos libres, sin batir marcha 
y echar armas al hombro >^. Desde su caballo de bronce, 
el portaestandarte de la idea republicana y de la confe- 
deración de todas las provincias del antiguo Virreinato en 
una nacionalidad vigorosa y consciente de sus derechos, 
se encargaría de abatir los fuegos de sus tenaces detracto- 
res de aquende y allende el Plata y de conquistarse mo- 
numento más valioso á la admiración de la posteridad. 

'Nos halhimos muy cerca de los sucesos, que como his 
montañas sólo á la distancia se disciernen >:-, ha dicho el 
Mutor de «Vindicación histórica>\ refiriéndose á la actitud 



PRELIMINARES 



asumida por el ejército de los Ancles al buir del teatro de 
la guerra civil y lanzarse contra los realistas del Perú, 
cuando el Congreso de Tucumán y el Directorio caían he- 
chos pedazos bajo los golpes de maza de las montoneras 



artiguistas. 

Sólo por efecto de esa proximidad y de prevenciones 
que tardan en extinguirse, continúa el jefe de los orienta- 
les arrastrando su cruz, sin que se hagan indiscutibles los 
excepcionales títulos que lo recomiendan á la justicia his- 
tórica. 

Fuentes de información. 

No pretendemos escribir la biografía de Artigas, ni 
tampoco redactar la historia del decenio 1810-1820, en 
que su figura llena casi por completo el escenario político 
del Río de la Plata. 

Nuestro plan es más limitado, pero más eficaz para la 
obra de reparación histórica, que consideramos urgente. 
Sólo nos proponemos formular un alegato, con la trans- 
cripción textual de todas las acusaciones y de todos los 
elogios de que ha sido objeto Artigas y el examen de las 
pruebas producidas. 

Para realizar nuestro propósito, hemos tenido que po- 
ner á contribución varias bibliotecas particulares, especial- 
mente las de los señores Luis Mellan Lafiuur, Mauricio 
Llamas y Daniel García Acevedo, y los archivos y las bi- 
bliotecas oficiales de ambas ciudades del Plata, pudiendo 
así extractar las siguientes obras, aparte de numerosos 
manuscritos de importancia: 

Annals of tlie Congress of the United States: año 
1818. Archivo General de la Nación: Partes oficiales y 
documentos relativos á la independencia argentina. Archi- 
vo de Santa Fe: Testimonios autenticados acerca de Ar- 
tigas, existentes en la Biblioteca de Montevideo. Archivo 
de Montevideo. Archivos del general Laguna y de don 
Gabriel A. Pereira existentes en la Biblioteca de Monte- 



10 JOSÉ AUTIGAS 

video. Joao Armitage, «Historia do Brazil». Lucas Aya- 
rragaray, «La anarquía argentina y el caudillismo ^>. Fran- 
cisco Acuña de Figueroa, «Diario histórico del sitio de 
Montevideo». Anales del Ateneo de Montevideo. Juan B. 
Alberdi, obras completas. 

British and Foreign State Papers, años 3 817 á 1819. 
Francisco Bauza, «Historia de la dominación española en 
el Uruguay». Brackenridge, «Voyage to South America». 
Francisco A. Berra, «Bosquejo histórico de la República 
Oriental». ídem, «Estudio histórico acerca de la Repú- 
blica Oriental». Barros Arana, «Compendio de la historia 
de América». 

«Colección de datos y documentos referentes á Misiones, 
como parte integrante de la provincia de Corrientes, hecha 
por una Comisión nombrada por el Gobierno de ella». Car- 
los Calvo, «Anales históricos de la revolución de la Amé- 
rica latina». Solano Constancio, «Historiado Brazil». Ca- 
via, «El protector nominal de los pueblos libres». Carranza 
«Archivo General de la República Argentina». 

General Antonio Díaz, «Memorias inéditas». Coronel 
Antonio Díaz, «Galería contemporánea». Isidoro De-Ma- 
ría, «Compendio de la historia de la República Oriental». 
Ferdinand Denis, «Resume de l'histoire de Buenos Aires, 
du Paragua}' et des provinces de la Plata». 

Uladislao Frías, «Trabajos legislativos de las primeras 
Asand^leas argentinas». Clemente Fregeiro, «Documentos 
justificativos». ídem, «Éxodo del pueblo oriental», publi- 
cado en los «Anales del Ateneo». ídem, «Bernardo Mon- 
teagudo». Dean Funes, «Ensayo de la historia civil de 
Buenos Aires, Tucumán y Paraguay». Dean Funes, «His- 
toria de las Provincias Unidas del Río de la Plata, durante 
los años 1810 á 1818». Famin, «Chile, Paraguay, Uru- 
guay, Buenos Aires». 

«Gaceta de Buenos Aires». «Gaceta de Montevideo». 
Carlos Guido y Spano, «Vindicación histórica». Ignacio 
Garzón, «Crónica de Córdoba». 

Urbano de Iriondo, «Apuntes para la historia de la 
provincia de Santa Fe». 



PRELIMINARES 1 1 

Vizconde de San Leopoldo, «Aonaes da provincia de 
San Pedro». Andrés Lamas, «Colección de memorias y 
documentos para la historia y la geografía de los pueblos 
del Río de la Plata». Vicente F. López, «Historia de la 
República Argentina». ídem, «Refutación á las comproba- 
ciones históricas». ídem, «Manual de la historia argenti- 
na». Dámaso Larrañaga y José R. Guerra, c Apuntes his- 
tóricos», publicados en «La Semana» de 1857. Miguel 
Lobo, < Historia General de las antiguas colonias hispano- 
americanas». Larrazábal, «Vida y correspondencia del li- 
bertador Bolívar». Lazaga, «Historia de López». General 
La Madrid, «Origen de los males y desgracias de las Re- 
públicas del Plata». Lombroso, «Le crime politique et les 
revolutions». 

Mitre, «Historia de San Martín». ídem, «Historia de 
Belgrano». ídem, «Comprobaciones y Nuevas comproba- 
ciones históricas». General Miller, «Memorias». Mariano 
Moreno, «Escritos publicados por el Ateneo de Buenos 
Aires». Benigno Martínez, «Historia de la provincia de 
Entre Ríos». ídem, «Apuntes históricos sobre la provin- 
cia de Entre Ríos». Mantilla, «Patriotas correntinos». 

Ignacio Núñez, «Noticias históricas de la República Ar- 
gentina», ídem, «Noticias históricas, políticas y estadísti- 
cas de las Provincias Unidas del Río de la Plata». 

Parish, «Buenos Aires y las Provincias Unidas del Río 
de la Plata». Mariano Pelliza, «Historia Argentina». ídem, 
«Dorrego». General José María Paz, «Memorias postu- 
mas». José Presas, «Memorias secretas de la princesa del 
Brasil». A. D. de Pascual, «Apuntes históricos de la Re- 
pública Oriental». Pereira da Silva, «Historia da funda- 
cao do Imperio Brazileiro», Palomeque, «Orígenes de la 
diplomacia argentina/^. Antonio Pereira, «Las invasiones 
inglesas». ídem, «Cosas de antaño». ídem, «El general Ar- 
tigas ante la historia», por un oriental. Pradt, «Les six 
derniers niois de rAmerique et du Brésil». Doctor Pérez 
Castellano, «El Congreso de la capilla Maciel». «El Para- 
guay independiente». Gabriel A. Pereira, «Corresponden- 
cia confidencial y política», 



1 2 JOSÉ ARTIGAS 

Vicente G. Quesada, «La provincia, de Corrientes». 

Reugger y Longchamp, «Ensayo histórico sobre la re- 
volución del Paraguay». Rodney and Graham, <;The re- 
port of the present state of the united provinces of 
South America». Carlos María Ramírez, «Artigas». ídem, 
«Juicio crítico del Bosquejo histórico del doctor Berra». 
«La Revista de Buenos Aires», por JSavarro Viola y Que- 
sada. «La Revista del Río de la Plata», por Lamas, Ló- 
pez y Gutiérrez. «Revista Trimensal do Instituto Históri- 
co e Geographico Brazileiro». Robertson, «Letters on 
South America». ídem, «Letters on Paraguay». «Revista 
Histórica de la Universidad de Montevideo». Ruiz More- 
no, «Estudio sobre la vida del general Ramírez». Ramos 
Mejía, «El federalismo argentino». 

Juan Manuel de la Sota, «Historia del territorio orien- 
tal del Uruguay». ídem, «Cuadros históricos». «Autobio- 
grafía de don Joaquín Suárez». Adolfo Saldías, «Historia 
de la Confederación Argentina». ídem, «La evolución re- 
publicana durante la revolución argentina». Susviela, '^^La 
Junta de 1808». 

Mariano Torrente, «Historia de la revolución hispano- 
americana». 

Vicuña Mackenna, «El ostracismo de los Carreras». 

Carlos A. Washburn, «Historia del Paraguay». 

Zinny, «Historia de la prensa periódica de la Repúbli- 
ca Oriental», «La Gaceta de Buenos Aires», «L?. Gaceta 
Mercantil de Buenos Aires», «Bibliografía histórica de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata», «Historia de los 
gobernadores del Paraguay», «Efeméridografía». 

Hechos y (locunieiitos. 

«Así como la filosofía de la historia», dice el general 
Mitre («Comprobaciones históricas»), «no puede escribirse 
sin historia á que se aplique, ésta no [)uede escribirse sin 
documentos que le den razón de ser, porque los documen- 
tos, de cualquier género que sean, constituyen más que su 



PRELIMINARES 13 

protoplasma, su substancia misma, como aquélla constituye 
su esencia: ellos son lo que los huesos, que dan consisten- 
cia al cuerpo humano, y lo que los músculos al organismo 
á que inq)riinen movimiento vital: la carne que los viste y 
la forma plástica que los reviste, esa es la historia, como el 
sentido general 6 abstracto que de ella se desprende es su 
filosofía. Un zapatero, valiéndose de una comparación ma- 
terial del oficio, diría que el documento es á la historia lo 
que la horma al zapato... Y cuando decimos documentos, 
no nos referimos simplemente á textos desautorizados ó 
papeles aislados, sino á un conjunto de ellos que formen sis- 
tema, que se correlacionen y contrasten entre sí, se expli- 
quen ó corrijan los unos á los otros y presenten los linea- 
mientos generales del gran cuadro que el dibujo y el colo- 
rido com [^lem en ta rá n » . 

«Nuestra historia», agrega el mismo historiador, («Nue- 
vas comprobaciones históricas») «está plagada de errores 
que no rece nocen otro origen que la murmuración vulgar 
ele los contemporáneos, que ha sido acogida por la tradi- 
ción ó incorporada á ella cjn menoscabo de la verdad». 

l^ira el doctor Vicente F. López, el hecho tiene mayor 
importancia que el docuvieiito («Refutación á las com- 
probaciones históricas»). 8u obra fundamental se inspira, 
sin embargo, en la doctrina ele que la tradición es la fuen- 
te más segura de las informaciones históricas y por ella se 
deja guiar en narraciones maravillosamente escritas, que 
sólo tienen el defecto ele borrar las fronteras entre la histo- 
ria y la novela. 

Sólo en un punto pusiéronse de acuerdo los ilustres 
contendientes: (Carta del general Mitre al doctor López, que 
el último inserta en su «Manual de la historia argentina»): 
«Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección 
por las grandes figuras y las mismas repulsiones por los 
bárbaros desorganizadores como Artigas, á ejuienes hemos 
enterrado históricamente. . 

Volviendo á las divergencias relativas al criterio histó- 
ricO; forzoso es convenir que en esta cuestión como en tan- 



14 JOSÉ ARTIGAS 

tas otras, la verdad es la resultante de las doctrinas extre- 
mas que se disputan su monopolio. Los hechos, los docu- 
mentos, las tradiciones comprobadas, coristituyen la ma- 
teria y la esencia de la historia, y el historiador tiene que 
recurrir á esas tres fuentes de información y de estudio. Si 
hubiéramos de establecer una escala descendente de impor- 
tancia, diríamos que el hecho histórico tiene la primacía 
sobre los demás, porque lo que se ha ejecutado en el des- 
envolvimiento individual y social, es la exteriorización más 
indiscutible y completa del hombre ó de la sociedad de que 
ese hecho emana. En segundo término, el documento, que 
en algunos casos da explicación al hecho, poniendo de re- 
lieve alcances, intenciones ó propósitos, y que en otros su- 
ple al Jiecho mismo y llena el claro de lo que no ha podido 
ejecutarse por la fatalidad de los sucesos. Y en último lu- 
gar, las tradiciones, á condición de que los hechos ó los 
documentos les den base cierta ó razonable, sin la cual el 
historiador está obligado á relegarlas al dominio de la le- 
yenda. 

£1 luedio ambiente. 

Para comprender á César, ha escrito Lamartine, es ne- 
cesario conocer la época de César. 

Se trata de una verdad de PerogruUo. El hombre es 
obra de su medio, y aun cuando pueda alcanzar á modifi- 
carlo, y á veces lo modifica fuudamentahnente, de la índole 
del escenario en que actúa resulta la explicación más aca- 
bada é indiscutible de sus hechos propios y de su vida 
misma. 

Juzgándolo así, hemos destinado un capítulo á la fija- 
ción de las grandes líneas de la época de Artigas en toda 
la América del Sud, y muy principalmente en el Río de la 
Plata, limitándonos, para no extender el cuadro, á hechos 
relativos á las principales acusaciones formuladas contra el 
jefe de los orientales: derramamiento de sangre, confisca- 
ciones de propiedades particulares y defraudación de reu- 



PRELIMINARES 1 5 

tas aduaneras. Bastará, estamos persuadidos, la sencilla 
comparación del personaje y de su medio ambiente, para 
que la figura de Artigas se agigante sin necesidad de co- 
mentario alguno. 

Artigas y su obra postuma. 

'< Distinguir, hacer sentir en la vida de un hombre his- 
tórico» (dice el general Mitre, refiriéndose á Belgrano, en 
sus «Comprobaciones histói'icas») <^su acción postuma y su 
acción contemporáneíi, penetrándolo en su medio y dila- 
tándolo en su posteridad, es sin (hida una de las grandes 
dificultades nue presenta la ciencia histórica y que sólo 
puede vencerse, vjdiéndonos de la máxima de nuestro crí- 
tico, varias veces repetida, estudiando con cuidado los he- 
chos é interpretándolos según el ánimo de que estuvieron 
poseídos en vida, ¡inimados de un espíritu de que tal vez 
ellos mismos no U. vieron plena conciencia». 

Sólo Artigas queda colocado fuera de la ley. Su acción 
postuma, del doble punto de vista de la consagración del 
régimen republicano y de la autonomía de las provincias 
del Río de la Plata, dentro de una confederación verdade- 
ramente amplia y racional, permanece todavía negada ó 
discutid;!, gracias á la ifdiumación histórica de que se glo- 
rían el general Mitre y el doctor López al darse la mano 
en medio de ardorosa polémica. 

Cuando todos los prohombres de la Revolución de Ma- 
yo eran centralislas y se inclinaban á la monarquía por 
convicción propia ó por razones de circunstancias. Artigas 
levantaba el estandarte republicano y señalaba á sus con- 
temporáneos con mano vigorosa el ejemplo de los ameri- 
canos del Norte constituyendo una nacionalidad fuerte y 
descentrahzada por la obra exclusiva del sufragio popular. 

Esa bandera fué recogida más tarde y paseada triunfan- 
te en todo el amplio territorio argentino, por los mismos 
que la habían combatido en nombre de las ideas monár- 
quicas ó de las ideas unitarias. Artigas, «como el Cid, ha- 



16 JOSÉ ARTIGAS 

bía gauado después de muerto su gran batalla en la tierra 
donde más se persiguió su noml)re^>, valga la frase de Jo- 
sé G. Busto en una reunión [)atriótica celebrada el 2G de 
julio de 189Ü en favor del monumento que debe erigirse 
«al servidor de la democracia y apóstol de la federación». 

Pero en la hora de la victoria política, la gloria de hi 
iniciativa y de la persistencia del esfuerzo quedó olvidada, 
recrudeciendo en cambio el anatema contra <-el bandido», 
contra «el encbalecador», contra «el contrabandista», con- 
tra «el sanguinario montonero ajeno á toda idea noble y 
á todo sentimiento patriótico». 

Dos únicos nombres tiene inscriptos en letras de bron- 
ce la pirámide de Mayo, y uno de ellos es el de Manuel 
Artigas, el heroico oficial de la insurrección oriental de 
1811, caído en el asalto y toma de San José. Se quiso 
honrar la primera sangre derramada por el pi'ogi'ama de 
Mayo. Nada más justo, Pero aguardan igual honor la bata- 
lla campal de las Piedras, la primera victoria de im|)ortan- 
cia de la Revolución, y José Artigas, el portaestandarte de 
la idea republicana federal ya definitivamente incoi-porada 
á la organización institucional de la República Argentina. 

Ai'li^'a>«$ lio contesta á suíjs acusadores. 

«La mejor prueba de la grandeza de Salmerón» (escri- 
bía ^<E1 Liberal» de Madrid al día siguiente de la muerte 
del ilustre estadista español) «está en estas palabras: no 
tuvo sino idólatras ó adversarios frenéticos». 

Es una frase que refleja exactamente la situación de 
Artigas en el Río de la Plata. El jefe de . los orientales y 
protector de los pueblos libres, sólo ha despertado efecti- 
vamente idolatrías y odios intensos. Nadie le ha mirado 
con frialdad. Pero ha habido una gruesa diferencia en fa- 
vorde los adversarios fui'ibundos: ellos monopolizaban ente- 
ramente el talento, la ilustración, la prensa periódica, los 
folletos, los libros y las mismas tradiciones. Y como si 
esas armas formidables no fueran suficientes, ocupaban el 



PRELIMIN iRES 1 7 

Cjobierno y daban á sus fallos y acusaciones el carácter ofi- 
cial y repetable que más eficazmente podía influir en su 
difusión y consagración por los contemporáneos y la pos- 
teridad. 

Tenía que luchar Artigas contra la inteligentísima oli- 
garquía monarquista que actuó casi sin solución de conti- 
nuidad al frente del gobierno de las Provincias Unidas 
del Río de la Plata, desde su ingreso en la escena política, 
basta que fué desalojado de ella; contra los españoles, que 
ejercían el gobierno de Montevideo y que después de per- 
derlo conservaron todos los resortes económicos y sociales 
que podían dar autoridad á su palabra; contra los portu- 
gueses, que se habían trazado el plan de conquista de la 
Provincia Oriental y que necesitaban justificar su conduc- 
ta con ayuda de propagandas apasionadas. Y contra todos 
ellos luchó durante diez años, sin clases ilustradas que de- 
fendieran sus principios y rechazaran las acusaciones en- 
caminadas á aislarlo de su medio. 

Un bandido, un asesino, un contrabandista, no podía le- 
vantar otra bandera que la del saqueo y del asesinato, y 
todos los adversarios se unían en el propósito común de 
persuadir por medio de decretos, folletos, y tradicio- 
nes, que Artigas vivía en un antro de corrupción y de san- 
gre, comiéndose en el asador á los porteños, á los españo- 
les, á los portugueses y á sus propios compatriotas disi- 
dentes. 

Lejos de defenderse, había adoptado la regla del silen- 
cio, poseído de aquella ciega confianza en la integridad de 
su conducta con que Guizot desafiaba á la oposición en las 
Cámaras francesas: «por más que hagáis, no elevaréis vues- 
tras injurias hasta la altura de mi desdén». 

En carta al general Martín Güemes («El N"acional Ar- 
gentino» de 4 de marzo de 1860, Archivo Mitre; y «El Si- 
glo» de Montevideo de 23 de septiembre de 1900), decía 
Artigas: 

«El orden de los sucesos tiene más que calificado mi 
carácter y mi decisión por el sistema que está cimentado 

JOSÉ ARTIGAS.— 2 T. I. 



18 JOSÉ ARTIGAS 

en hechos incontestables. No es extraño parta de ese prin- 
cipio para dirigir á usted mis insinuaciones, cuando á hi 
distancia se desfiguran los sentimientos y la malicia no ha 
dormitado siquiera para hacer vituperables los míos. Pero 
el tiempo es el mejor testigo y él justificará ciertamente al 
jefe de los orientales». 

Andrés Artigas le refería desde Misiones los chismes 
que corrían, y él contestaba en oficio de 27 de agosto de 
1815 (Bauza, ■5, Historia de la Dominación Española»): 

«Deje usted que hablen y prediquen contra raí. Esto ya 
sabe que existía aún entre los que me conocían, cuanto más 
entre los que no me conocen. Mis operaciones son más po- 
derosas que sus palabras, y á pesar de suponerme el hom- 
bre más criminal, yo no haré más que proporcionar á los 
hombres los medios de su felicidad y desterrar de ellos 
aquella ignorancia que les hacía sufrir el más pesado yugo 
de la tiranía. Seamos libres y seremos felices». 

En carta dirigida á Rivera el 17 de diciembre de 1814 
acerca de la sublevación del regimiento de Blandengues en 
Mercedes (Bauza, «Historia de la Dominación Española»), 
dice Artigas que ha derramado lágrimas con motivo de 
ese suceso, y agrega: 

«Usted no ignora que mi interés es el de todos los orien- 
tales, y que si los momentos de una convulsión fueran bas- 
tantes á sofocar nuestros deberes, ya antes de ahora hubie- 
ra desechado un puesto que no me produce sino azares. 
Usted no lo ignora: pero la confianza que depositaron en 
mí los paisanos para decidir su felicidad, es superior en mi 
concepto á los contratiempos. Ella me empeña á superar 
las dificultades y tirar el carro hasta donde (?) me alcan- 
cen las fuerzas. Tome de mí un ejemplo: obre y calle, que 
al fin nuestras operaciones se regularán por el cálculo de 
los prudentes». 

Fácil es comprender en estas condiciones por qué moti- 
vo la personalidad de Artigas ha sido execrada durante lar- 
gos años: mientras que los adversarios descargaban todas 
sus baterías con el tremendo ardor que inspiran las gue- 



PRELIMINARES 19 

rras intestinas, el jefe de los orientales seguía en silencio la 
lucha gigantesca, lleno de fe en la justicia de su causa y en 
el éxito de su empuje. 

Si hubiera vencido, en el triunfo habría encontrado su 
instantánea rehabilitación histórica. Pero, cayó rendido 
en los campos de batalla, y la leyenda del ogro cobró nue- 
vos bríos y ya pudo repetirse de boca en boca, sin que 
nadie arriesgara una réplica. 

Las facciones Internas y sn obra «lestructora. 

«¿A quién podemos temer, sino ú nosotros mismos?», se 
preguntaba el deán Funes en su hermosa oración patrióti- 
ca del 25 de mayo de 181.4, después de historiar los triun- 
fos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, entre 
los que se destacaba la destrucción de la escuadra españo- 
la por la flotilla del almirante Brown en las costas de Mon- 
tevideo. 

La frase, llena de justificada soberbia contra el dominio 
español, resulta todavía más verdadera dentro del estrecho 
y agitado teatro de la política interna, donde las facciones 
absorbentes que vigorizaba el poder público, daban la ley á 
todas las provincias y creaban ó destruían reputaciones á 
voluntad. 

Contra San Martin. 

Dice el doctor López («Historia de la República Argen- 
tina»), después de recordar que en 1814 San Martín inició 
gestiones para que se le exonerase del mando del ejército de 
Tucumán y se le adjudicase, en cambio, la obscura gober- 
nación de Mendoza: 

«Este puesto le ofrecía una ocasión para salir del influ- 
jo de las facciones argentinas cuyos hom.bres y confusos 
movimientos le inspiraban profundo tedio, mucho desalien- 
to y más que tedio y desaliento, muchísimo temor, porque 
no había nacido para esas turbulentas luchas, ni contaba 
con medios de genio, de palabra y de audacia para figurar 
y predominar sobre ellas. Sus cualidades y sus talentos co- 



20 JOSÉ ARTIGAS 

iTÍan por otros senderos; y decían algunos que en su tris- 
te desencanto estaba convencido de que se había alucina- 
do desgraciadamente dejándose entusiasmar en Europa por 
la independencia de la tierra en que había nacido ... Algu- 
nas veces nos ha diclio el doctor Tagle á nosotros mismos: 
«;San Martín nunca le tuvo cariño ni afecto [)ersonal á Bue- 
nos Aires: nos tenía miedo y no se interesaba por nos- 
otros». 

Refiere Mitre («Historia de Sari Martín») que los ene- 
migos del héroe de los Andes decían: «que éste se encon- 
traba borracho al escribir el parte de la victoria de Mav- 
píi. Imbéciles! estaba borracho de gloria! contestó Vicuña 
Mackenna». 

Dos cartas muj'' sugestivas transcribe el general Mitre. 
Ambas están dirigidas por el general San Martín á don 
Tomás Godoy, desde aquella obscura goberiiaci(jn de Men- 
doza en que se estaba incubando la gloriosa expedición al 
Pacífico (<s Historia de San Martín»): 

«¿Con que los cordobeses están muy enfadados conmigo? 
(le dice á fines de 1815). ¡Paciencia! Ya había yo tenido en 
esta varias cartas en que manifestaban sus disgustos. Lo 
particular es que hayan sido escritas por sujetos de juicio 
y luces; pero en unos términos capaces de exaltar otra con- 
ciencia menos tranquila que la mía. ¡Ay! amigo. ¡Y cuánto 
cuesta á los hombres de bien la libertad de su país! Bas- 
te de(;ir á usted que no en una sino en tres ó cuatro cartas 
se dice lo siguiente: Ustedes tienen en esa un jefe que no 
lo conocen: él es ambicioso, cruel, ladrón y poco seguro en 
la causa, pues hay fundadas sospechas de que haya sido 
enviado j)or los españoles; la fuerza que con tanta rapidez 
está levantando, no tiene otro objeto que oprimir á esa 
provincia, [)ara después hacerlo con las demás. Usted dn*á 
que me habré incomodado. Sí, mi amigo, un poco; pero des- 
pués que llamé la reflexión en mi ayuda, hice lo (pie Dió- 
genes: zambullirme en una tinaja de filosofía y decir: todo 
esto es necesario que sufra el hombre público para que 
esta nave llegue á puerto». 



PRELIMINARES 21 

«Las dos de usted de 29 de enero y 1 1 de febrero ■>>, (ex- 
presa San Martín á Godoy en febrero de 1816), «las recibí 
juntas por el correo pasado: ellas me manifiestan el odio 
cordial con que me favorecen los diputados de Buenos 
Aires. La continuación liace maestros, así es (pie mi cora- 
zón se va encalleciendo á los tiros de la maledicencia, y 
para ser insensible á ellos, me he aforrado con la máxima 
de Epicteto: <'^iSi Von dit mal de toí et qu'il soit véritahle 
Gorrige-toi; si ce sont dea mensonges, ris-en-^. 

Tenían que encontrar y encontraron estas diatribas am- 
biente favorable en el extranjero. 

«Cochrane», agrega el general Mitre, < lia insultado y 
calumniado á San Martín en vida y en muerte, llamándo- 
le ambicioso vulgar, tirano sanguinario, general inepto, hi- 
pócrita, ladrón, borracho, embustero, egoísta y desertor de 
sus banderas, tan cobarde como fanfarrón. San Martín, 
protector del Perú, apostrofó á Cochrane por medio de sus 
ministros como un defraudador asimilable en cierto modo 
á los piratas, un detentador de los intereses públicos, un 
traficante con la fuerza marítima de su mando, como un 
verdadero criminal deshonrado por sus liechos; y por el 
órgano autorizado de sus diplomáticos lo ha calificado ante 
el gobierno de Chile como el hombre más perverso que 
existiera en la tierra». 

La publicación de las Memorias del almirante Cochra- 
ne, dio base al «Times» de Londres de 13 de enero de 
1859, para concretar el siguiente juicio: 

«El bravo almirante prueba que San Martín, su compa- 
ñero de armas, era un monstruo extraordinario. Decir que 
era embustero, es nada. Con la gravedad más extraordina- 
ria decía mentiras de una absurdidad palpable. Era al mis- 
mo tiempo cobarde y fanfarrón, y totalmente incompetente, 
que sin embargo siempre consiguió salir bien y (pie hizo 
peor que no hacer nada, traicionando todos los intereses 
menos los suyos». 

«Así era juzgado diez años después de su muerte, por 
el primer diario del mundo, el primer capitán sudamerica- 



22 JOSÉ ARTIGAS 

110 y uno (le los más graneles caracteres de la revolución de 
la independencia del Nuevo Mundo». 

Sin la obra previa de las facciones internas, que habían 
despedazado á San Martín, ¿se habría atrevido el pensa- 
miento extranjero á incubar tamañas herejías? 

Continuemos nuestro extracto. 

Después de la conferencia de Guayaquil (Mitre, «His- 
toria de San Martín»), el general San Martín resolvió eli- 
minarse del Perú, dirigiendo con tal motivo una carta á 
Bolívar en que le dejaba el teatro, persuadido de que de 
otro modo no prestaría su cooperación para terminar la 
hicha. El 20 de septiembre de 1822 se instaló el primer 
Congreso constituyente del Perú, y San Martín se despojó 
del mando y se embarcó para Chile, donde encontró < que 
su nombre era execrado como el de un verdugo >^. 

Cuando llegó á Chile, el gobierno de O'Higgins bambo- 
leaba. San Martín experimentó allí un vómito de sangre, 
que lo postró en cama dos meses. Al separarse del Perú, 
cuyo tesoro le acusaban sus enemigos de haber robado, 
sacó por todo caudal 120 onzas de oro. Contaba en Chile 
para subsistir con la chacra que le había donado el Estado. 
El gobierno del Perú, noticioso de su indigencia, le mandó 
dos mil pesos á cuenta de sueldos y con esa suma pudo 
pasar á Mendoza. Oh! Quanto e triste!, exclama con el 
poeta, el general Mitre. 

A principios de 1823 llegó á Mendoza, llevando allí 
la vida de un pobre chacarero. En carta á O'Higgins de 
1.° de marzo de 1823 le decía: «Se me asegura que el 
mismo día que usted dejó el mando, se envió una partida 
para mi aprehensión. No puedo creer semejante procedi- 
miento; sin embai-go, desearía saberlo para presentarme en 
Santiago, aunque después me muriese, y responder á los 
cargos que quisieran hacerme». 

De Mendoza [)asó á Buenos Aires, «donde fué recibido 
por el menosprecio y la indiferencia pública». A fines de 
1823 tomó á su hija y se dirigió silenciosamente al des- 
tierro. 



PRELIMINARES 23 

Cinco años después emprendió viaje de regreso, arri- 
bando á Buenos Aires el 12 de febrero de 182í), ani- 
versario de las batallas de San Lorenzo y Chacabuco. Fué 
recibido con un anuncio en la prensa, en que se expresaba 
que volvía á la patriad raíz de saber que se había hecho la 
paz con el Brasil! 

En sus «Nuevas comprobaciones históricas», da Mitre 
esta nota final: 

«En 1841 la memoria de San Martín estaba obscure- 
cida en Chile, y si acaso se recordaba era con odio y des- 
precio, como por muchos años lo fué en la tierra de su 
nacimiento, que lo calificó de desertor y cobarde en los 
periódicos, después de llamarlo ebrio y ladrón en sus pan- 
fletos». 

Repelido por el ambiente de la patria, el vencedor de 
Chacabuco se fué á morir á Europa, manteniendo siempre 
viva su vieja energía contra el dominador extranjero y su 
profunda aversión al partidismo local. 

Dígalo la cláusula tercera de su testamento de 23 de 
enero de 1844 (Saldías, «Historia de la Confederación 
Argentina»): 

«El sable que me ha acompañado en la guerra de la 
independencia de la América del Sud, le será entregado al 
general de la República Argentina, don Juan Manuel de 
Rosas, como una prueba de la satisfacción que como ar- 
gentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido 
el honor de la República contra las injustas pretensiones 
de los extranjeros que trataban de humillarla». 

Cuando San Martín escribía esa cláusula, ya Rosas es- 
taba nadando en su mar de sangre y de subversiones ins- 
titucionales, y estaban proscriptos de Buenos Aires todos 
aquellos ilusties unitarios que habían repelido al héroe de 
los Andes, por su resistencia á embanderarse en la guerra 
civil y á sacrificar energías que en su concepto debían re- 
servarse contra el usurpador extranjero. 



24 JOSÉ ARTIGAS 

Contra Bolívar. 

Bolívar es otro gran proscripto de la Revolución ame- 
ricana. 

Vayan estos extractos como testimonios indicativos de 
su consagración á la causa general y de su altruismo 
patriótico (Larrazábal, v<Vida y correspondencia del liber- 
tador Bolívar»): 

Dirigiéndose al general Santa Cruz: 

«Primero el suelo nativo que nada, general; él ha forma- 
do con sus elementos nuestro ser; nuestra vida no es otra 
cosa que la herencia de nuestro pobre país; allí se encuen- 
tran los testigos de nuestro nacimiento, los creadores de 
nuestra existencia y los que nos han dado alma por la 
educación: los sepulcros de nuestros padres yacen allí y 
nos reclaman seguridad y reposo; todo nos recuerda un 
deber, todo nos excita á sentimientos tiernos y memorias 
deliciosas: allí fué el teatro de nuestra inocencia, de nues- 
tros primeros amores, de nuestras primeras sensaciones y 
de cuanto nos ha formado. ¿Qué títulos más sagrados al 
amor y á la consagración? Sí, general; sirvamos á la patria 
nativa, y después de este deber coloquemos los demás». 

«Quisiera tener», dijo en otra oportunidad, «una fortuna 
material que dar á cada colombiano; pero no tengo nada. 
No tengo más que un corazón para amarlos y una espada 
para defenderlos». 

Al Congreso constituyente de 1830, pidiéndole que ad- 
mita su renuncia: 

«Si un hombre fuera necesario para sostener el Estado, 
ese Estado no debería existir, y al fin no existiría». 

Al general OTjeary, reprobándole la idea de establecer 
un trono en Colombia. 

«Yo no concibo que sea posible siquiera establecer un 
reino en un país que es constitucionalmente democrático, 
porque las clases inferiores y las más numerosas, reclaman 
esta prerrogativa con derechos incontestables. La igualdad 
legal es indispensable donde hay desigualdad física, para 
corregir en cierto modo la injusticia de la naturaleza». 



PRELIMINARES 25 

Al general Sucre, después de la victoria de Ayacucho: 

«Mientras exista Ayacucho se tendrá presente el nom- 
bre del general Sucre: él durará tanto como el tiempo». A 
la vez se dirigía á los colombianos en estos términos: «La 
América del Sud está cubierta de los trofeos de nuestro 
valor; pero Aj^acucho, semejante al Cliimborazo, levanta 
su cabeza erguida sobre todos». En la gran revista militar 
que hubo á raíz de la batalla de Junín, los dos héroes se 
saludaron en forma memorable. «Bajo la dirección del 
libertador, dijo Sucre, sólo la victoria podemos esperar». 
«Para saber que debo vencer, contestó Bolívar, basta co- 
nocer á los que me rodean». 

Véase ahora el resultado de tanto desprendimiento: 

El gran mariscal de Ayacucho, víctima de las faccio- 
nes internas, murió asesinado el 4 de junio de 1830. «Yo 
pienso», decía Bolívar en carta al general Flores, «que la 
mira de este crimen ha sido privará la patria de un suce- 
sor mío». 

Ya la tormenta estaba desencadenada. Varias voces se 
alzaron en el Congreso de Venezuela para procesar á Bo- 
lívar y pedir su expulsión, como condición sine qua non 
para entablar relaciones con el gobierno de Bogotá. Y así 
lo votó finalmente el Congreso, declarando que mientras el 
libertador pisara territorio de Colombia, no habría tran- 
sacción posible. 

La prensa de Venezuela, desatada ya y sin reatos, voci- 
feraba contra «el tirano», contra «el ambicioso», y contra 
«el hipócrita insigne». 

Bolívar tuvo entonces que alejarse. Su despedida á los 
colombianos de 10 de diciembre de 1830, era un llamado 
á la concoi'dia y una protesta contra las facciones. «He 
sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido 
á las puertas del sepulcro»... «Si mi muerte contribuye á 
(jue cesen K)s paitidos y se consolide la unión, yo bajaré 
tranquilo al se[)ulcro». 

No sobrevivió una semana á esa despedida. Durante su 
agonía, martirizado por la obsesión de las persecuciones 



26 JOSÉ AUTÍGA.S 

que iniciaban sus compatriotas, decía al fiel sirviente que 
velaba su lecho de muerte: 

«José, vamonos, que de aquí nos echan.... ¿dónde ire- 
mos?» 

Contra Artigas. 

Basta de grandes injusticias. Sólo hemos querido signi- 
ficar que si las facciones internas despedazaban á San 
Martín y á Bolívar, cuyas ideas políticas coincidían ente- 
ramente con las de sus compatriotas del gobierno y de las 
clases dirigentes, ¿cómo no había de ser estrangulado Ar- 
tigas, el apóstol del régimen republicano federal, por la 
oligarquía monarquista que actuó casi sin solución de con- 
tinuidad en el gobierno de las Provincias Unidas del Río 
déla Plata, desde 1810 hasta 1820? 

El oomplemento de la ignoraneia. 

A la tarea destructora de las facciones internas, hay que 
agregar en todo lo que se refiere á los períodos culminan- 
tes de la Revolución americana, el factor de la ignorancia, 
que llena las lagunas de sus relatos pseudo-históricos, con 
invenciones ó fábulas, cuando no con el veneno de })reven- 
ciones que tienen su raíz en el antagonismo de ideas fun- 
damentales. 

Habla Pradt («Les six derniers mois de l'Amerique et 
du Brésil >) de los diarios europeos y de sus infor- 
maciones sobre la guerra de la independencia americana: 

«Si se va á creer lo que ellos dicen, todos los que pelean 
en América son bandidos, aventureros, hombres que fal- 
tan al honor y al deber y que comprometen la honra de 
su país». 

Ün foUetinista de «El Nacional» de Montevideo se en- 
cargó á principios de abril de 184-0, de agrupar en un es- 
tudio muy interesante diversas noticias é informaciones 
acerca de la República Oriental, para demostrar lo mucho 
que debe desconfiarse de los libros y publicaciones ex- 
tranjeras. He aquí algunos casos notables: 



PRELIMINARES 27 

a) El poeta chileno Matta publicó en «El Mercurio» 
de Valparaíso sus impresiones de viaje. Al describir las 
costas de Maldonado, asegura el distinguido viajero que él 
pudo ver á mediodía y por sus propios ojos, tal era la pro- 
ximidad de la tierra, tres islas, que eran la isla de Mal- 
donado, la isla de Pan de Azúcar y la isla de las Ani- 
mas! 

h) Ante la Cámara de Diputados de Francia, expresó 
Lamartine (debates de 1841) que en Montevideo «las re- 
voluciones se suceden como los millones de insectos que 
cría el suelo y que nacen y mueren en un día». Podría 
decirse en este caso, que simplemente se exagera un hecho 
patológico cierto. Pero la exageración es tan enorme, que 
ella también atraviesa las fronteras de la fantasía en que 
escribía el poeta Matta. 

c) Cierto libro, afirma que los caminos de la Banda 
Oriental están llenos de animales feroces, y para satisfacer 
la curiosidad de sus lectores los enumera prolijamente. 
En la lista, figuran los leones, los tigres y los cocodrilos. 

d) Otro libro clasifica en estas cuatro categorías á los 
habitantes de la Banda Oriental, que va definiendo una 
por una para que la confusión no sea posible: Montoneros, 
que son unos hombres llamados así porque proceden de 
unas montañas en que viven y de donde salen para efec- 
tuar sus correrías en los llanos; gauchos, que son unos 
nuevos centauros; peones, como así se llama á los oriundos 
del Paraguay, que vienen á ocuparse de los trabajos de 
campo; y finalmente, indios. 

Don Juan Manuel de la Sota («Historia del teri'itorio 
oriental») defiende á los charrúas de las acusaciones de 
canibalismo, en una forma que conviene reproducir, por- 
que ella también denuncia la extrema facilidad con que 
pasan como un evangelio las informaciones extranjeras más 
graves. 

«Se les ha atribuido, dice, el ser antropófagos por la 
muerte de Juan Díaz de Solís, á quien devoraron; pero 
esto no prueba que fuera un hábito en ellos. Ruy Díaz 



28 JOSÉ ARTIGAS 

de Guzmán en su «Argentina», dice que se mantenían de la 
caza y de la pesca, y que auiKjue eran terribles en las contien- 
das, eran humanos con los vencidos: igualmente lo refiere 
Centenera. El hecho aislado de 8olís y sus compañeros, no 
es bastante [)ara clasificarlos de caribes. Los españoles ci- 
vilizados y en el pi'esente siglo de ilustración, sin tener tal 
hábito acaban de efectuar igual atrocidad en la persona 
del general O^Donnell, y esto ha sucedido en la capital de 
Cataluña». 

Y agrega el autor en una nota ilustrativa que va al 
pie: «En «El Estandarte Nacional» de esta capital, de 
21 de abril de 183G, se dio á luz un párrafo de carta 
de un corresponsal al 3Ioniing Cronicle que decía así: 
«Nadie habla de los asesinos del día 4, de los asesinos de 
presos, todavía no procesados. Las clases más elevadas, las 
mismas señoras, consideran un acto patriótico el comer la 
carne deO'Donnell. Por esto veréis que las clases pobres y 
no educadas, no son aquí las más despreciables, y debo 
agregar que yo mismo vi algunas personas comer la carne 
deO'Donnell después de haberle cortado la cabeza y los 
pies. Confieso que la pluma inglesa no dejará de marcar 
con el sello de la ignominia á los caníbales de ambas cla- 
ses, la población que gobierna y la que se educa». 

£1 lenguaje de la época. 

Es otro elemento de juicio que obliga á destarar mucho 
de lo que acumulan las notas y publicaciones de la época 
contra los adversai'ios permanentes ú ocasionales de los 
gobiernos de Buenos Aires. 

Léase en prueba de ello el editorial de «La Gaceta de 
Buenos Aires» de 6 de septiembre de 1810, obra de la 
ilustrada pluma del doctor Mariano Moreno, á quien todos 
los historiadores argentinos haman el numen de la Revolu- 
ción de Mayo. Ocupándose del presidente de Charcas, que 
acababa de desarmar á los patricios de la guarnición de la 
plaza y de condenarlos al trabajo, dice: 



PRELIMINARES 29 

«Este vejamen inaudito ha sido un desahogo propio del 
soez, del incivil, del indecente viejo Nieto. Este hombre as- 
queroso, que ha dejado en todos los pueblos de la carrera 
profundas impresionaos de su inmundicia, se distingue en la 
exaltación por una petulancia y osadía que nada tienen 
igual sino el abatimiento y bajeza con que se conduce en 
los peligros. 

«Todos reconocemos á un mismo monarca, guardamos 
un mismo culto, tenemos unas mismas costumbres, ob- 
servamos unas mismas leyes, nos unen los estrechos 
vínculos de la sangre y de todo género de relaciones: 
¿por qué, pues, prete/iden los dé-ípotas dividirnos? Si su 
causa es justa, ¿por qué temer que los pueblos la examinen? 
Si nuestras pretensiones son injuriosas á los demás pue- 
blos, ¿por qué impiden que éstos se impongan en ellas? 
Abrase la comunicación, déjese votar á los pueblos libre- 
mente, consúltese su voluntad, examínense los derechos de 
la América, consúltese por medios pacíficos la ruta segura 
que deben seguir en las desgracias de España, y entonces 
retiraremos nuestras tropas, y la razón libre de prestigios 
y temores será el único juez de nuestras controversias. J^e- 
ro si las hostilidades de los mandones continúan, conti- 
nuará igualmente la expedición, libertará á los patriotas 
peruanos de la opresión que padecen, y purgando al Perú 
de algunos monstruos grandes que lo infestan, será llama- 
da por nuestros hijos la expedición deTeseo». 

Ni general, ni Gervasio. 

Sorprenderá á muchos el título de este alegato. En vez 
del general José Gervasio Artigas de casi toda nuestra 
documentación contemporánea, José Artigas^ á secas. 

Es que el Gervasio, aunque incluido en la partida de 
bautismo de Artigas, jamás fué usado por éste. Millares 
de oficios y cartas publicados en ambas márgenes del 
Plata ó que permanecen inéditos en los archivos públicos 
y particulares, suscritos por Artigas ó relativos á él, prue- 



30 JOSÉ ARTIGAS 

ban irrecusablemente que se trata de una agregación pos- 
tuma, que sólo tiene el mérito de afear el nombre del per- 
sonaje. Apenas en dos ó tres documentos de la época hemos 
visto figurar ambos nombres. 

En cuanto al generalato, aunque era corrientemente 
usado en el período de la independencia, por diversas cir- 
cunstancias carece de valor y hasta de significado histó- 
rico. 

El último nombramiento dado por la Junta Gubernativa 
de Buenos Aires, es el de coronel. El Cabildo de Monte- 
video le confirió el de «capitán general de la Provincia 
bajo el título de protector y patrono de la libertad de los 
pueblos^>, mediante acuerdo del 25 de abril de 1815. Pero 
Artigas no aceptó tal distinción. En oficio datado en Puri- 
ficación el 24 de febrero de 1816, reprochándole al Cabildo 
su afición por los honores, se expresaba en estos hermosos 
términos: 

«Los títulos son los fantasmas de los Estados y sobra 
á esa ilustre corporación tener la gloria de sostener su li- 
bertad. Enseñemos á los paisanos á ser virtuosos. Por lo 
mismo, he conservado hasta el presente el título de un 
simple ciudadano, sin aceptar la honra con que el año pa- 
sado me distinguió el Cabildo que V. S. representa. Día 
vendrá en que los hombres se penetren de sus deberes y 
sancionen con escrupulosidad lo más interesante al bien 
de la provincia y honor de sus conciudadanos». 

Por otra parte, la obra de Artigas es ante todo de 
ciudadano. Fué militar porque era necesario que alguien 
mandara los ejércitos, pero su tarea es fundamentalmente 
cívica, de propaganda de ideales, de elaboración de carac- 
teres y de formación de pueblos. 



CAPÍTULO II 



El. PROCESO ARTIGUISTA. 

CARGOS Y ACUSACIONES. 



Sumario: — Cavia. Por qué se ocultó bajo el anónimo. Razones deter- 
minantes (le la publicación de .su libelo. Sus fuentes. Rengger y 
Longchamp. Itinerario del viaje. El general Miller. Su aleja 
miento del teatro en que actuaba Artigas. Los enchalecamientos 
y su única tradición en el Río de la Plata. Juicio de don Ma- 
riano Torrente acerca de Artigas. Proclamas acusatorias del 
general Vigodet. Apreciaciones de los escritores portugueses 
Pereira da Silva, Almirante Sena Pereira y Antonio Deotloro 
de Pascual. Acusaciones lanzadas por el dictador Francia. 
Un diplomático furibundo: el ministro norteamericano Wash- 
burn. El cónsul francés Famin y sus juicios sobre Artigas. 
Apreciaciones del coronel Antorno Díaz (hijo). Los historiado- 
res argentinos. Mitre: sus juicios sobre Artigas y sobre la época 
de su actuación. López: confesión de su parcialidad apasiona- 
da. Berra y su criterio para apreciar á Artigas. El federa 
lismo y Artigas según Ramos Mejía. El juicio de Alejandro 
Dumas. Locos y alcohnlistas: Artigas y sus subalternos juzgados 
por Lombioso. ¿Qué fundamento tienen las acusaciones for 
muladas en este capítulo? La tradición del Río de la Plata y 
Artigas. 

Cavia y su libelo. '^ 

«Al arma, al arma, seres racionales, contra este nuevo 
caribe, destructor de la especie humana». 

Así termina el libelo infamatorio que apareció en 1818 
bajo el título de «El protector nominal de los pueblos 



32 JOSÉ ARTIGAS 

libres, don José Artigas, clasificado por el amigo del 
orden » . 

Constituye el eje del proceso artigiiistn, como que 
todos y cada uno de los detractores del jefe de los orien- 
tales, han ido á buscar allí su bagaje histórico y hasta su 
criterio para apreciar los sucesos. 

¿Por qué el autor se ocult(5 bajo el anónimo, en vez de 
prestigiar el libelo con su firma? Es la pregufita que aso- 
ma á los labios en presencia de la enormidad de las acu- 
saciones amontonadas en ese folleto famoso, que Artigas 
debió conocer en lo más álgido de su camp.aña contra los 
portugueses, cuando su estudiado plan de contestar con el 
silencio las oleadas de diatribas que salían de Buenos Ai- 
res se encontraba justificado más que nunca por gravísi- 
mos desastres militares que absorbían la totalidad de su 
tiempo y todas las energías de su espíritu. 

En los comienzos del segundo sitio de Montevideo, Ar- 
tigas exigió y obtuvo como condición para incorporar sus 
fuerzas á las de Rondeau, que fueran expulsados de la 
Banda Oriental don Manuel de Sarratea, su secretario 
don Pedro Feliciano Cavia y otras personas que habían 
provocado la desorganización del campamento oriental del 
Ayuí, causando con ello agravios personales que debían 
estallar y estallaron en el momento oportuno. Cavia era, 
además, oficial mayor del Ministerio de Gobierno de Puey- 
rredón al tiempo de la aparición del folleto, y tanto por 
la importancia del empleo como por estar encabezando 
aquel gobernante la campaña combinada de portugueses y 
argentinos contra Artigas, la ocultación del nombre del au- 
tor resultaba impuesta por elementales razones de habili- 
dad y hasta de decoro personal y político. 

Determinadas las razones dL^anóin'mo, ¿qué se proponía 
el gobierno argentino al procesar públicamente á Artigas? 

La aparición del folleto de Cavia coincidió con la llega- 
da al puei-to de Buenos Aires de la fragata norteamerica- 
na «Congress», en que venían los agentes que el gobierno 
de la Unión enviaba para saber si podía ó no proceder al 
reconocimiento de la independencia de las provincias del 



CARGOS Y ACUSACIONES 8.^ 

Río (le la Plata, que estaba gestiona udo con ahinco el di- 
rectorio de Pueyrredón. Había un interés palpitante en 
hundir y desautorizar á Artigas, para que la causa de las 
provincias no apareciera diseminada en varias manos, como 
en realidad lo estaba y como verdaderamente lo compren- 
dieron los estadistas norteamericanos en el debate parla- 
mentario del mismo año 1818, de que nos ocuparemos en el 
subsiguiente capítulo. Tal es la opinión que el doctor Ear- 
baojelata emite en la ■>< Revista Histórica de hi Universidad 
de Montevideo». 

Son otras, sin embargo, las circunstancias que invoca el 
libelista, al prevenir en un párrafo de su opúsculo, que 
acababa de enviarse una expedición militar á Entre Ríos 
para desbaratar la influencia artiguista; que el jefe de los 
orientales había respondido con una declaración de guerra; 
que las demás provincias sometidas á la dirección del pro- 
tector, podían contar con el auxilio militar de Buenos Ai- 
res si resolvían imitar á Entre Ríos. Admitida esta expli- 
cación, que también es muy razonable, el opúsculo resul- 
taría un instrumento de circunstancias para destruir el po- 
der de Artigas en las provincias argentinas. 

Afirma Zinny en su «Efeméridografía»>, que el opúsculo 
fué «formado en vista de los documentos de los archivos 
de Montevideo, que el señor Cavia, como escribano de go- 
bierno que había sido, tuvo ocasión de hojear. Esta cir- 
cunstancia, agregada á la de haber sido contemporáneo y 
compatriota de aquél, hace que la vida licenciosa del céle- 
bre caudillo haya sido descrita por Cavia en su verdade- 
ra luz». 

Otros escritores argentinos llaman corrientemente al li- 
belista «distinguido hijo de Montevideo». 

La documentación á que Zinny se refiere debería en- 
contrarse en Buenos Aires ó en Montevideo. Y sin em- 
bargo, en ninguno de los archivos oficiales del Río de la 
Plata existe la más remota prueba de las acusaciones for- 
muladas contra el jefe de los orientales. Salta á los ojos 
por otra parte, que si el libelista hubiera tenido testimo- 

JOSÉ ARTIGAS.— 3 T. I. 



34 JOSÉ ARTIGAS 

ilios en qué apoyarse, no se hubiera limitado á estampar 
simples afirmaciones su3'as. 

Kn cuanto á la nacionalidad, Carlos María Ramírez 
la ha puesto de manifiesto en forma concluyente («Arti- 
gas»): 

«Tenemos á la vista, dice el doctor Ramírez, un folleto ti- 
tulado «Recurso al tribunal supremo de la opinión públi- 
ca, que le dirige el ciudadano argentino don Pedro Feli- 
ciano Cavia, residente en esta Capital.— Montevideo. «Im- 
prenta Oriental». Año 1838». — Tiene por objeto replicar á 
un párrafo de un manifiesto del general Santa Cruz, Presi- 
dente deBolivia, el cual contestando á otro manifiesto de 
Rosas, declaraba que si en 1833 no había querido recibir 
como Encai-gado de Negocios de la Confederación Argen- 
tina al señor Cavia, debíase entibe otras razones d que 
eran célebres sus inirígas, conocido sic temple insultante 
y revoltoso, etc.». 

«A mediados de julio de 1810» (expresa Cavia en dicho 
folleto) «emigré de esta ciudad en que ya estaba avecindado, 
á Buenos Aires, mi patria Desempeñé en Buenos Ai- 
res, desde principios del año 1817 hasta la caída del Di- 
rectorio general en 1819, la plaza de oficial mayor se- 
gundo del Ministerio de Gobierno y Relaciones Exterio- 
res». 

Años después, como redactor de «La Gaceta Mercan- 
til» de Buenos Aires, puso Cavia su pluma al servicio del 
gobierno de Rosas. En el numero correspondiente al 27 
de abril de 1814, escribió bajo su firma una réplica ú ;<El 
Nacional» de Montevideo, reveladora de su temple moral. 

«Es en estos transportes de patriótica exaltación», decía, 
«que desearía ver en mi patria un vasto cementerio en que 
ya estuviesen reunidos los restos de los salvajes unitarios 
que existen en Montevideo y los del audaz extranjero que 
ha prohijado su inicua causa. ¡Oh! No habrá paz en estos 
bellos países mientras no llegue aquel caso, y que el tran- 
seúnte lea en la portada del cementerio magno: aquí yacen 
la que fué secta unitaria y sus infames coligados». 



CAÍRGOS y ACU.SACrONES So 

A lo que «El Nacional» de 8 de mayo de 1.844 con- 
testó: 

«Los que se lian linllado en Buenos Aires en la época 
en que Gavia ha sido escritor de periódicos, saben que ha 
recetado de estos cementerios magnos á todos los partidos 
en que ha estado dividida la población, y si la divina Pro- 
videncia hubiera accedido á sus votos, toda la población de 
Buenos Aires estaría ya reunida en el cementerio maguo ^>. 

Artigas durante el coloniaje. 

La inmensa repercusión que ha tenido el libelo de Ca- 
via, repetido después con pequeñas variantes por casi to- 
dos los historiadores, nos obliga á emprender un extracto 
circunstanciado de su contenido. 

«¿Quién es este hombre turbulento que hace tiempo 
está fijando la atención del orbe pensador? ¿cuáles son los 
medios deque tan fructuosamente se ha valido para obtener 
y conservar sobre algunos pueblos esa influencia que al- 
gún día pudo creerse establecida aun á prueba de la in- 
constancia de las cosas humanas? ¿Qué resultados ha pro- 
ducido y traerá al sistema déla América esa doctrina anti- 
social que predica con tanto descaro? Y ¿qué remedio po- 
drá encontrarse á los males que se dejan entrever, si fe- 
cundiza la perniciosa simiente de esas máximas esparcidas 
con escándalo en el feraz territorio de las Provincias Uni- 
das?» 

Después de este preámbulo, que denuncia el enorme 
prestigio del jefe de los orientales, vienen seis artículos ó 
capítulos de acusaciones furibundas. 

En su juventud, empieza diciendo Cavia, abandonó la 
casa paterna y se internó en la campaña, donde «bien 
pronto se hizo famoso por crímenes horribles. Su nom- 
bradía no tardó en proporcionarle dignos compañeros. Des- 
colló entre todos, y su elevación al rango de caudillo fué el 
premio de sus primeros ensayos. Capitán de bandidos, jefe 
de changadores y contrabandistas, ocupó todas las plazas 
en el rol de la iniquidad». 



§6 



JOSÉ ARTIGAS 



¿Cuál es la documentación del libelista? 

Eu los archivos de Montevideo, dice, se conservan tes- 
timonios de las depredaciones, de las resistencias á la jus- 
ticia, asesinatos y maldades de toda especie de la gavilla 
de bandoleros que acaudilló Artigas durante los 16 ó 18 
años de que consta este período de su vida licenciosa. 

Más adelante, habla Cavia de las juntas de guerra que 
celebraron las autoridades de Montevideo en 1810 para 
formular su campaña contra la Junta Gubernativa, y dice: 
«Las actas originales deben encontrarse en esta capital 
entre los papeles del Archivo de la Secretaría de Gobier- 
no de Montevideo, que se pasaron aquí el año 1815 cuan- 
do se evacuó aquella plaza». Es una denuncia que se for- 
mula con pleno conocimiento de causa, puesto que Cavia 
desempeñó la secretaría de la gobernación porteña consti- 
tuida en Montevideo después de la rendición de Vigodet, 
según resulta de la documentación del Archivo General de 
la Nación Argentina. (Consta en el mismo Archivo que en 
agosto de 1814, Cavia pidió y obtuvo autorización del Go- 
bierno de Buenos Aires, para suprimir el apellido Sainz, 
que hasta entonces había usado. Hacemos notar el hecho, 
por las dudas á que pudiera dar origen el cambio operado 
en la firma). 

Quiere decir, pues, que el terrible detractor de Artigas, 
después de haber tenido á la mano todo el archivo orien- 
tal, como secretario de la administración porteña en 1814, 
se encargó de conducir lo más esencial de ese archivo á 
Buenos Aires; y que en consecuencia, si él no ha presenta- 
do pruebas concretas, ni tampoco las exhiben sus conti- 
nuadores, es sencillamente, como ya lo hemos dicho, por- 
que tales pruebas jamás han existido. 

Sigamos la narración del libelo. 

En 1797, el Virrey interino Olaguer Feliú propuso á 
la Corte de Madrid la creación de un regimiento de blan- 
dengues de la frontera de Montevideo. «Sin temeridad 
puede afirmarse que la necesidad de escarmentar á don 
José Artigas y sus camaradas, tenía la mayor parte en el 



CARGOS Y ACUSACIONES 87 

proyecto de organizar aquella fuerza». Entonces el padre 
de Artigas demuestra al Virrey que su hijo podía prestar 
grandes servicios en el regimiento de nueva creación y 
obtiene el mejor éxito en sus gestiones. <-Don José Artigas, 
indultado de sus delitos y elevado á la clase de ayudante 
mayor del nuevo cuerpo que quedó creado en 1799, pre- 
senta á la sociedad ese contraste que nos sorprende cuando 
sobre impunes vemos premiadas las maldades de un crimi- 
nal famoso — Artigas se dedica en su nuevo destino á 
borrar la memoria de sus excesos. Obtiene la confianza de 
las autoridades de Montevideo Desempeña con celo y acti- 
vidad cuantas comisiones le confían. Persigue de muerte á 
los que antes había protegido y acompañado. Limpia la 
campiña de salteadores ó hace todo lo posible para conse- 
guirlo. Sirve su empleo con honor. Llena sus deberes». 

Aparte de este merecido elogio á los servicios de Arti- 
gas, que debían ser muy saneados cuando de tal manera se 
imponían á sus más encarnizados enemigos, la leyenda de 
la incorporación al regimiento de blandengues, apenas re- 
sulta un pobre recurso de polémica sin base y sin testimo- 
nios corroborantes de ninguna especie. Es sencillamente 
absurdo que la autoridad española, tan celosa en todo lo 
relativo al honor de la milicia de línea, y tan prevenida 
contra los criollos, manchara desde su origen el brillo del 
Regimiento de Blandengues otorgando las charreteras de 
ayudante mayor á un bandido famoso, á un monstruo in- 
comparable cargado de sangre y de robos. 

Por otra parte. Artigas no salvó de un salto la distan- 
cia que media entre la condición de simple paisano y la de 
ayudante mayor de línea. Veremos en el capítulo siguien- 
te que ingresó como soldado raso y que de ese modesto 
nivel fué subiendo por obra de sus servicios. Y la diferen- 
cia es importantísima, porque lo que se propuso Cavia fué 
demostrar que Artigas había canjeado el puesto culminan- 
te y productivo de jefe de bandidos, por el más culminante 
y honroso de jefe de blandengues. Pero la leyenda se de- 
rrumba, si se pretende que al temiible jefe de una cuadrilla 



38 JOSÉ ARTIGAS 

de asesinos que administra cuantiosos intereses de contra- 
bando, se le haga cambiar de rumbo mediante el ofreci- 
miento de una plaza de soldado raso! 

Estalla por fin el movimiento revolucionario de mayo 
de 1810, y Artigas, prosigue Cavia, continúa al servicio 
del gobierno español. «El brigadier Muesas es enviado á la 
Colonia por el pretendido virrey de Buenos Aires. Entre 
sus instrucciones se le recomienda estrechamente que con- 
sidere hasta el más alto grado al oficial Artigas, pues de 
él debía esperarse toda clase de servicios. No sabemos cier- 
tamente qué motivo tuvo Muesas para tratar un día con 
aspereza á don José Artigas, llegando hasta el extremo de 
decirle que lo pondría en la Isla de San Gabriel con una 
barra de grillos. Pero lo cierto es que le hizo esta amenaza 
y que el resentimiento y el deseo de vengarse afectó de tal 
manera al Protector, que por despique desertó de las ban- 
deras españolas, que debiera haber abandonado por otros 
principios — por la justicia de la causa de su país y por el 
honor de inscribirse en la lista de sus defensores :■>. 

Dos notas escribe Cavia al pie de este párrafo. La pri- 
mera, para decir que algunos atribuyen el incidente con 
Muesas á la insubordinación ó indisciplina de los blanden- 
gues que estaban bajo las inmediatas órdenes de Artigas. 
La segunda, para afirmar que Artigas confesó ante tres 
testigos intachables el 28 ó 29 de enero de 1813 en su 
campamento del Paso de la Arena, que el incidente con 
Muesas fué lo único que lo decidió á plegarse á la revolu- 
ción; y que la misma declaración ha hecho á infinitas per- 
sonas, cuyos nombres él no recordará, de lo que se felicita 
el autor, porque así los testigos no serán víctimas de su 
saña. 

¡Siempre destacándose la importancia de Artigas en el 
cuadro sombrío de sus acusadore.-í ! Para que el Virrey re- 
comendara altamente á un oficial, era necesario que ese 
oficial inspirase las mayores consideraciones. En cuanto á 
la deserción, todos los testimojiios de la época están con- 
testes en que hubo un incidente entre el brigadier Muesas y 



GAKGOf>¡ V ACUSACIONES 80 

SU ayudante de blandengues. La causa fundamental ha 
permanecido ignorada. Pero todo inclina á suponer que 
emanaba del antagonismo entre la dominación española y 
el espíritu de independencia, que ya habían tenido sus cho- 
ques y que debían tenerlos de nuevo en cualquier momen- 
to, con mayor resonancia. El germen de la autonomía local 
arrojado briosamente por la Junta Gubernativa de Mon- 
tevideo de 1808, había seguido su desarrollo, dando lugar 
al año siguiente á trabajos activos por la independencia 
oriental, en los que anduvieron envueltos los Artigas, el 
padre Monterroso, don Joaquín Suárez y otros patriotas. 
¿Qué extraño es, pues, que frente al foco de la Revolución 
de Mayo, estallara la disidencia ya histórica entre Muesas 
y Artigas, y adoptara éste la resolución de cruzar el río 
Uruguay para escapar á la garra realista y ponerse en con- 
tacto con la Junta de Buenos Aires? 

Ninguna importancia tiene el hecho de que durante los 
primeros meses del movimiento revolucionario, siguiera 
Artigas en su empleo de ayudante de blandengues. La fór- 
mula de mayo, no era de rompimiento con España, sino 
de adhesión plena y absoluta á la Península. Se volteaba 
al Virrey á nombre de Fernando VII, y entonces la lucha 
platense surgía como una controversia intestina entre dos 
partidos divergentes en cuanto á sostener al Virrey, pero 
perfectamente armónicos en cuanto á mantener la integri- 
dad de la monarquía española. Rondeau abandonó el Re- 
gimiento de Blandengues casi en los mismos días que Ar- 
tigas. San Martín y Alvear continuaron en la Península 
incorporados al ejército español, hasta un año después, sin 
que á nadie se le haya ocurrido decir que al regresar á 
Buenos Aires é incorporarse á las filas de la patria incu- 
rrieran en el delito de deserción que se increpa á Artigas. 

De la supuesta confesión de Artigas en el Paso de la 
Arena, ante tres testigos intachables, apenas hay para qué 
ocuparse. Es absolutamente inverosímil el dicho, y la sos- 
pecha o'cce de punto cuando se observa que todos los tes- 
timonios se agrupan á la sombra del anónimo. Ocúltase 



40 JOSÉ ARTIGAS 

Cavia y ocúltause sus testigos. ¿Por temor al desgraciado 
Artigas, que eu los momeutos en que se publicaba el libe- 
lo retrocedía desesperadamente ante la avalancha portugue- 
sa? ¿O simplemente porque el embuste era inconciliable con 
las afirmaciones concretas y abonadas por una firma? 

Si un incidente personal hubiera sido la causa deter- 
minante de la incorporación al movimiento revolucionario 
¿no le ofrecieron á Artigas el general Vigodet }' el Cabildo 
de Montevideo numerosas oportunidades para volver sobre 
sus pasos cubierto de galones y de honores, que el jefe de 
los orientales rechazó con altivez, aun á raíz de decretos 
furibundos del Gobierno argentino que lo dechu'aban trai- 
dor y ponían á precio su cabeza? Hay más todavía. De to- 
dos los actores del movimiento revolucionario del Río de 
la Plata, Artigas es el único que desde el primer momento 
proclama como condición indecHnable de incorporación á 
las Provincias Unidas, la declaratoria categórica de la in- 
dependencia de España Ahí están sus famosas Instruccio- 
nes de 1813, acompañadas y seguidas de numerosos actos 
de encumbrados coetáneos de Buenos Aires á favor del 
reconocimiento del trono español ó del sometimiento á 
cualquier otra monarquía del Universo. 

El sitio (le Montevideo. 

Estudia en seguida Cavia la primer campaña de Artigas 
y los actos relacionados con el sitio de Montevideo. 

«Su presencia física en la jornada délas Piedras (úni- 
ca en que ha estado en todo el curso de hi revolución; pero 
solamente con presencial física), le vile el grado de coronel. 
Elevado á este rango no puede digerir alimento tan nutri- 
tivo. Se engríe y ejercita el sufrimiento del general Ron- 
deau... Las desgracias de nuestras armasen el Desagua- 
dero, la invasión de los portugueses en la Banda Oriental, 
la desorganización en todos los ramos y otras concausas 
verdaderamente lamentables, hacen necesaria la medida 
de levantar el sitio de Montevideo. Entonces comienza á 



CARGOS Y ACUSACIONES 41 

desplegar su carácter díscolo... Intriga, seduce, conmueve 
los ánimos de los orientales para que se opongan á ella. . . 
Por fortuna ha llegado á nuestras manos im diario muy 
circunstanciado que llevaban algunos orientales curio- 
sos. De éi resulta que el 8 de octubre de 1811, por su- 
gestiones de Artigas se hizo y presentó un escrito al gene- 
ral, firmado por muchos vecinos, para que se consultara la 
voluntad de ellos en orden á levantar el sitio: que el 10 
del mismo se celebró una junta de éstos en el alojamiento 
de Artigas donde se dijeron cosas impertinentes y aun 
proposiciones muy avanzadas sobre la medida de abando- 
nar el asedio; y que el 11 se presentó otro escrito al dipu- 
tado del Supremo Poder Ejecutivo doctor don José JuHán 
Pérez, pidiendo tener aquella campaña un representante en 
el Gobierno: todo esto á influjo de Aitigas que sacaba la 
brasa por mano ajena, según el mismo diario». 

La tentativa para rebajar la gloriosa actuación de Arti- 
gas en la batalla de las Piedras, el primer triunfo impor • 
tante de la Revolución de Mayo y el que más entonó las 
energías cívicas de la época, tiene el mérito de poner de 
relieve el propósito mezquino del libelista. 

Algo igual ocurre con la gestión de Artigas tendiente á 
obtener el mantenimiento del sitio, á organizar la autono- 
mía de la provincia, mediante la celebración de asambleas 
democráticas de importancia y á conseguir la efectividad 
de la representación de la Banda Oriental en el Gobierno 
de Buenos Aires. Todo esto que constituye una amplia 
base de gloria cívica, a[)enas se invoca como prueba del es- 
píritu díscolo de Artigas. ¿Cómo no habían de moverse 
los orientales á favor del mantenimiento del sitio, cuando 
la retirada del ejército significaba nada menos que entre- 
gar á las venganzas del virrey Elío las vidas y las propie- 
dades de todo el heroico vecindcuúo de campaña que aca- 
baba de levantarse como un solo hombre, llevándose por 
delante en Mercedes, en San eTosé, en las Piedras y en la 
Colonia, á las legiones espjiñolas humilladas en su orgullo 
y deseosas de revancha ? 



42 J08É ARTIGAS 

Refiere el libelo los incidentes entre Artigas y Sarratea 
y cita un hecho para caracterizar la completa subversión 
de ideas en que aquél vivía. En septiembre de 1812, dice, 
fueron fusilados tres blandengues cerca del arroyo de la 
China, previo juzgamiento en forma, por deserción y estu- 
pro; y Artigas expresó [)or todo comentario que Sarratea 
fusilaba hombres que se andaban di vertiendo. «El diver- 
tirse era estuprar. Esta es la doctrina de Artigas». Los 
hombres pensadores que se hallaban cerca del Protector 
«calcularon todos los males que debía producir su doctri- 
na». Para probarlo transcribe Cavia «del consabido dia- 
rio-» una página correspondiente al 11 de junio de 1812 
en el Ayuí, en que se dice que Artigas desacredita en to- 
dos los tonos al Gobierno; que quiere dominar á los orien- 
tales; que ha dejado abandonado el país á los portugueses; 
que los autores de asesinatos horrorosos se pasean en el 
ejército con la ropa y las alhajas de los degollados; que 
Artigas es el más ambicioso y déspota que encierra la 
América; que se manifiesta celoso de los derechos de los 
orientales para tener él solo la preeminencia de mandarlos, 
y que finge desprendimiento á fin de lograr mejor sus 
ideas. «La doctrina de nuestro jefe ha de traer días muy 
aciagos á la patria», concluye esta página del diario. Hace 
Cavia referencia á otras páginas y expresa que nada ha 
faltado al cumplimiento de las profecías políticas allí con- 
signadas, porque efectivamente «hemos visto que revolu- 
cionó las provincias de Entre Ríos y Corrientes, que pasó 
el Paraná y llevó la sedición á Santa Fe, Córdoba y San- 
tiago del Estero; que ha volcanizado los ánimos de los ha- 
bitantes de estas comarcas, haciéndolos teatro horroroso 
de devastación y de muerte». 

Cualíjuiera diría que el autor ha estado copiando ó ex- 
tractando documentos que tenía por delante. Pues no, se- 
ñor. Se trata de un diario jinónimo, obra de unos supues- 
tos oriciUales curiosos, á quienes se recurre para fundar 
acusaciones que no pueden sostenerse en ningún testimo- 
nio. Ya se habrían encargado el propio Cavia y los conti- 



CARGO« Y ACUSACIONES 43 

mi.idores de su campaña contra Artigas, de publicar ínte- 
gro ese diario, si hubiera existido, y de prestigiarlo revelan- 
do el nombre de los autores! 

€ausas «leí prestigio de Artigas. 

Pasa Cavia en revista las circunstancias ú que debe Ar- 
tigas <^su funesto ascendiente»: 

«Ha establecido como ir.áxima fundamental que en 
tiempos de revolución ningún delito es bastante para con- 
ducir un hombre al cadalso, y que se debe dejar que las 
maldades suban hasta el más alto punto, porque entonces 
ellas mismas bajando por su propia virtud, harán el retro- 
ceso conveniente. En consecuencia, era protegido ó cuando 
menos tolerado, el robo, el estupro, el asesinato, el incen- 
dio, los crímenes horribles en todo género». 

Artigas se deshace de los enemigos de su doctrina, man- 
dándolos asesinar por terceras personas. «Esta es la mar- 
cha constante que ha seguido en todos los pueblos y comar- 
cas donde ha llegado á tener influenc'a. Es tan pública es- 
ta conducta de sus satélites, ajustada á sus órdenes, que en 
todos esos desgraciados lugares es refrán muy vulgar con- 
vidar á cualquier persona con quien se quiere tener chan- 
zas, á ir á descansar al monte ó al potrero, palabras que 
generalmente se profieren por los partidarios de Artigas, 
cuando envían á algún miserable á que sea degollado. Sin 
embargo, suelen permitir á estos desgraciados que recen 
un credo cimarrón, como ellos dicen, cuyas palabras ellos 
solamente podrán descifrar. So asegura que desde algún 
tiempo á esta parte ya está más simplificada la sentencia 
de muerte, pues basta una sola guiñada de ojo para condu- 
cir la víctima al sacrificio. A vosotros apelamos, pueblos 
desgraciados, donde son demasiado notorias estas verda- 
des». 

«Otras máximas aparentemente lisonjeras secundaban 
también los planes de Artigas. Por ejemplo: hacer valer la 
idea de que todas las fracciones del Estado tenían dere- 



44 JOSÉ AKTIGAS 

cho á disponer por sí mismas de sus destinos, sin que para 
fijarlos fuese necesaria la concentración del poder, ni la 
reunión de la representación nacional. Todo esto exalta y 
halaga mucho á los hombres en la infancia de la libertad, 
y es necesario ese desengaño que sólo se adquiere con la 
experiencia, para que lleguen á conocer que sus delibera- 
ciones tumultuarias, sin método ni dirección, son contra- 
rias á la consecución de los mismos fines que tienen por 
objeto». 

También han favorecido al caudillo algunas causas fí- 
sicas, morales y políticas. Para ilustrar las primeras, dice 
el libelo que Artigas siempre ha permanecido en campa- 
ña, por aquello de que «las fieras huyen regularmente de 
los poblados», y porque la abundancia de carne, agua y 
leña en la Banda Oriental y Entre Ríos le permitía ex- 
tender fácilmente su influencia. Entre las causas morales, 
menciona <<el terrorismo adoptado por Artigas», el apa- 
rente desprendimiento, la simplicidad del vestido, y la 
identidad de sentimientos, usos y modales con muchas de 
las gentes que le rodean. Una vez estaba en su campamen- 
to sentado á la mesa con varios jefes. Pero se presenta un 
paisano y entonces da la espalda á todos, toma con las 
manos un pedazo de carne y se pone á platicar con el 
visitante. También menciona el odio contra Buenos Ai- 
res, la codicia de sus secretarios, los más de ellos hom- 
bres sin arraigo y de desorden; la naturaleza de su ejército, 
especie de receptáculo de vagos y malvados, y la licencia 
acordada á los soldados para saciar sus pasiones. Entre 
las causas políticas, se destacan los trastornos ocurridos 
en Buenos Aires, que determinaban á unos gobiernos á 
lisonjear á Artigas, simplemente por seguir nuevos planes 
y reaccionar contra los gobiernos anteriores. 

Todas estas estupendas afirmaciones, tienen como úni- 
co apoyo la palabra del libelista anónimo. Lo único que 
resulta evidente, es el plan de desprestigiar á un hombre 
que está en la cumbie de su influencia y que levanta, por 
encima de las ambiciones imperialistas de la oligarquía de 
Buenos Aires, la bandera de las autonomías locales. 



CAUGOS Y ACUSACIONES 45 



Resultados del sistema de libertad. 

Señala Cavia «los resultados del funesto sistema de 
libertad que ha producido la doctrina de don José Ar- 
tigas». 

El caudillo no ha parado hasta no ver segregada la 
Banda Oriental del resto de las Provincias Unidas, por- 
que «estaba decidido á ser el jefe de un país soberano é 
independiente, aunque la figura que hiciese en él no du- 
rase más tiempo que la escena de una representación có- 
mica. Corrióse el telón y se acabó la farsa. Ese Estado in- 
dependiente, debilitado por la misma naturaleza de su 
solíeranía, fué seguidamente invadido y ocupado por el 
potentado limítrofe». Pero no es creíble, se apresura á 
agregar, que el aislamiento de la Banda Oriental haya 
sido el único motivo de la ocupación portuguesa: la prin- 
cipal causa debe estar en la doctrina perniciosa de Arti- 
gas, que la Corte deseaba evitar que se contagiase á su te- 
rritorio. 

Del examen documentado que haremos más adelante, 
resultará precisamente todo lo contrario de lo que afirma 
el acusador. Artigas jamás quiso la independencia de la 
Banda Oriental, que repetidas veces le ofreció el Gobierno 
de Buenos Aires. Y en cuanto á la invasión portuguesa, 
vino guiada por la propia diplomacia argentina y actuó 
después de acuerdo con los ejércitos de Buenos Aires. 

Por qué apareció el libelo. 

Refiere Cavia la expedición militar enviada por Buenos 
Aires á Entre Ríos; dice que Artigas ha publicado la gue- 
rra, enviando proclamas incendiarias al seno mismo de la 
capital, y agrega: 

«Que la virtuosa conducta del pueblo de Entre Ríos 
sirva de saludable ejemplo á los demás pueblos que están 
aún infatuados con la falsa doctrina del Protector. Que 



46 JOSÉ ARTIGAS 

cuenten todos con la misma protección del gobierno, pues 
consonante con sus principios no podrjí denegarla á los 
que la reclamen con igual derecho >^. 

Tiene el mérito este capítulo de iluminar el estado del 
medio ambiente en el momento en que el oficial mayor 
del Ministerio de Gobierno redacta])a su libelo infama- 
torio. El Director Pueyrredón había lanzado una expedi- 
ción militar contra Entre Ríos para destruir el poder de 
Artigas y éste se preparaba para la lucha. Era el mo- 
mento indicado para formular el proceso del Protector y 
también para estimular á los caudillos de las otras pro- 
vincias sometidos á su influencia ú recabar el apoyo de 
Buenos Aires. 

Cla^iíicaclón de Artigas. 

Establecidas las acusaciones, era necesario clasificar al 
jefe de los orientales, y Cavia emprende la tarea en esta 
forma: 

En su juventud fué un facineroso; cuando entró al ser- 
vicio de los españoles y de acuerdo con éstos «degollaba 
ó fusilaba hombres en la campaña sin proceso ni forma- 
lidad alguna, con sólo la calidad que á él le constase que 

eran criminales En los primeros meses déla gloriosa 

revolución de Améric<á, fué indolente hacia su felicidad 
ó, más propiamente híd^lando, enemigo implacable de 

ella» Después fué «un patriota intruso, accidental y 

por motivos innobles»; inobediente, rebelde, traidor, de- 
sertor, turbulento, seductor de los pueblos, anarquista, 
apóstol de la mentira, impostor, hipócrita, propagandista 
de máximas erróneas, de teorías falsas, de principios anti- 
sociales; destructor de los pueblos, en vez de protector de 
ellos; dispensador de los preceptos 5, G y 7 del Decálogo; 
principio, medio y fin de la maldad; inmoral, corrompido, 
libertino, promotor de la guerra civil, renovador y conti- 
nuador de ella; terrorista furioso; hombre despechado; 
autor de una nueva política de ignorancia, de prostitución, 



CARGOS Y AClTSACrONES 47 

(le trastorno universal; ambicioso sin talento ni virtudes, 
sin ninguna de esas prendas de espíi'itu de que jamás ca- 
recen los [)retend¡entes grandes; causa de las lágrimas, 
consternación y miseria de tantas viudas tristes y huér- 
fanos inocentes, que piden al cielo venganza contra el mal- 
vado; implacable en sus enconos, inexorable en los accesos 
de su furor, insensible al grito insinuante de la humani- 
dad afligida; nuevo Atila de las comarcas desgraciadas 
que ha protegido; lobo devorador y sangriento bajo la piel 
de cordero; origen de todos los desastres del país; azote 
de su patria; oprobio del siglo XIX; afrenta del género 
humano; deshonor de la América; y para decirlo de una 
vez hablando en otro lenguaje, plaga terrible de aquellas 
que envía Dios á las naciones cuando quiere visitarlas en 
su furor. 

Termina el clasificador con una incitación general con- 
tra el monstruo que degrada á la especie humana, contra 
la doctrina del inicuo, contra el tirano, contra el vándalo, 
contra el protervo, contra el déspota, contra el perverso. 

Basta y sobra esa larga lista de calificativos furibundos 
para liaccr el proceso del libelo, ya suficientemente desau- 
torizado por el anónimo que lo cubre. Si no se tratara de 
una publicación resuelta por el Directorio de Pueyrredón, 
como arma política de circunstancias, y realizada por el 
oficial mayor de Gobierno, habría que convenir en que el 
libelista estaba sencillamente hidrófobo en el momento de 
encararse con la personalidad de Artigas. 

Agotado ya el vocabulario de los improperios y sin 
fuerzas para inventar otros denuestos,- el poderoso oficial 
mayor del Ministerio de Pueyrredón se disfraza de cordero, 
entrega el cuello á la cuchilla de Artigas, que jamás ha- 
bía cortado cabezas y que sobre todo en esos momentos á 
nadie podía amenazar, á causa de las dolorosas vicLorias 
de los portugueses, y se decreta una estatua y el homena- 
je de la posteridad en estos términos: 

«El clasificador conoce muy bien que por las vías de 
la revolución ó por otro cualquier accidente puede caer en 



48 JOSÉ ARTIGAS 

manos del clasificado. Sabe que aumentaría una página 
al nufvo martirologio; pero al menos moriría con proceso 
y con formal sentencia. El clasificador la ha pronunciado 
contra sí mismo en esta obra. Para un tirano, el mayor 
crimen es tener valor para echarle al rostro sus maldades. 
Sí, hombre-fiera. El clasificador podrá morir á vuestras 
manos; pero la patria será salva. Ella hará honor á sus 
cenizas. Mil generaciones dichosas bendecirán su memoria, 
al mismo tiempo que execrarán la vuestra.» 

Una nota interesante contiene el capítulo que extrac- 
tamos: 

«Algunas personas que han estado cerca de Artigas 
aseguran que cuando se le da la noticia de alguna dego- 
llación que se ha hecho por su mandato, se enternece y 
sensibiliza. Seguramente él es como el cocodrilo, que llora 
sobre la víctima que acaba de despedazar.» 

¿Qué más se quiere que esta confesión de los humani- 
tarios sentimientos de Artigas, desfigurada por los insultos 
que vomita el libelo? 

lias tablas de sangre. 

La última parte del libelo de Cavia se titula «Relación 
de los asesinatos más horrorosos cometidos en la Banda 
Oriental y provincias de Entre Ríos y Corrientes duran- 
te la injluencia de Artigas en esos países, en personas 
visibles y de rango conocido, los cuales hfui sido autoriza- 
dos por el expresado Artigas en el mero hecho de haberlos 
dejado impunes». 

Ha sido comparada á las tablas de sangre con que Ri- 
vera Indarte hizo el proceso de Rosas, y en consecuencia 
es útil conocer el contenido de la famosa relación. 

«I Año 1811. Del diario consta que una partida que 
corría el campo de orden de Artigas, dio muerte á la mu- 
jer de Isidro Mansilla, vecino de Mercedes. La partida en- 
tró á robar y del robo resultaron los tiros que produjeron 
esa muerte. 



CARGOS Y ACUSACIONES 49 

2. El sargento Maeliain, de las gentes de Artigas, de- 
golló al portugués Nieva, hacendado de Paysandú. Consta 
del diario, que el asesino se paseaba con la ropa y prendas 
del finado en medio del ejército. 

3 El mismo sargento asesinó á Diego González, espa- 
ñol europeo de la banda occidental. Del diario consta que 
Macliain fué hecho teniente por Artigas, <.lo que quiere 
decir que el asesinato se hizo de orden de éste ó que ha 
merecido su aprobación», 

4. Consta del diario que cuatro soldados de la gente de 
Blas Basualdo asesinaron y robaron á López y Guederia- 
ga, oficiales de milicias de Juquerí. Consta también que 
las dos viudas «compadecían con sus justas quejas aún á 
los más indiferentes, menos al general que no había toma- 
do providencia alguna, á pesar que los asesinos se pasea- 
ban en las divisiones con la ropa y el apero de montar de 
los difuntos». 

5- 1812. En la plaza del pueblo Ya peyú fueron dego- 
llados un teniente coronel portugués y ocho soldados, por 
algunos indios que capitaneaba el ayudante de aquella 
subdelegación llamado Ramírez, un favorito de i^rtigas. 

6. Don José Ignacio Beláustegui fué asesinado por un 
soldado blandengue que iba de partida con el capitán Fra- 
gata. Los asesinos fueron juzgados por Sarratea, siendo 
fusilado el soldado en septiembre. Pertenecían á las fuer- 
zas de Artigas, á quien los reclamó Sarratea y «se puede 
creer que el haberlos entregado Artigas provino de que 
casi se hallaba en contacto con las tropas de línea». Arti- 
gas los había abrigado sin dar cuenta del hecho. 

1' El asesinato del comaiidacte de una de las divisiones 
de Artigas, teniente coronel Juan Francisco Vázquez, por 
don Fernando Otorgues, en el propio campamento de Ar- 
tigas, en Corrales, cerca de su tienda de campaña. Sarratea 
reclamó al criminal, pero Artigas, que ya estaba lejos del 
ejército, se negó á la entrega. 

8. El asesinato del alférez Agustín Luxán por José Ló- 
pez en el campamento de Artigas. 

JOSÉ AKriGAS — 4. T- I- 



50 JOSÉ ARTIGAS 

9. Año 1813. El teniente del ejército de Artigas Ma- 
riano Saudoval, fué apuñaleado y arrojado vivo, amarrado 
á una enorme piedra, al Uruguay, por el indio Manduré y 
un Carrasco, pariente de Artigas. La misma suerte hubo de 
correr don Vicente Fuente, comisionado de Artigas. «Lo 
gracioso es que todos los referidos individuos estaban tra- 
bajando juntos por los intereses del Protector, se descompu- 
sieron entre sí y la diferencia tuvo aquel resultado. Ello 
prueba el estado de anarquía y desmoralización á que este 
hombre ha reducido el país orientaba. 

10 El comandante general de Entre Ríos don Hilarión 
de la Quintana encontró en el Paso del Juquerí Grande 
«tres individuos que estaban enchalecados, cosidos á puña- 
ladas y comidos por los perros». Fueron asesinados por la 
partida de Pascual Charrúa, de la gente de Artigas en En- 
tre Ríos. «No pudo conocerse á los difuntos por el estado 
en que ya se encontraron». 

IX. El vecino de Corrientes, Benítez, que marchaba de 
chasque al comandante general de Entre Ríos, fué desnu- 
dado por las partidas de Artigas, luego chucaado y arrojado 
en un arroyo, entre Curuzucuatiá y Mandizoví. 

12. El capitán Alejandro Quinteros, el teniente Fran- 
cisco Delgado, el alférez Basilio Ibarra y el sargento Lu- 
cas, de las divisiones de Artigas, fueron asesinados en Man- 
dizoví, en medio de los alborotos causados por Manduré. 

13- Año 1814. Cayetano Correa, hermano político del 
doctor Francisco Bruno de Rivarola y vecino de la capilla 
de Mercedes, fué sacado de su casa y degollado en la calle 
por una partida de Artigas. 

14- El sargento mayor Manuel Pintos Carneiro (com- 
padre de Artigas) y dos oficiales subalternos Ribeiro y 
Suárez, fueron degollados en el Espinillo de mandato de 
don Gregorio Aguiar, ayudante de Artigas, violándose la 
capitulación hecha el mismo día por el Barón de Holeni- 
berg. en que se había establecido que los prisioneros serían 
conducidos a la presencia de Artigas y juzgados con arre- 
glo á las ordenanzas, si tenían delito. 



CARGOS Y ACUSACIOXES 51 

15- E[ mismo Barón y sus oficiales prisioneros vieron 
tres mujeres blancas degolladas en un monte. 

i6. El teniente correntino Juan Esquivel fué asesinado 
de orden de Blas Basualdo cerca de los Vateles, jurisdic- 
ción de Corrientes. 

17- El capitán correntino Genaro Perugorria, prisionero 
en la misma acción en que se cometió ese asesinato, fué 
conducido al campamento de la sierra de Arerunguá y de- 
gollado á presencia de Artigas, sin formalidad alguna. < Se 
asegura que éste, al tiempo de la degollación, picó su caba- 
llo como para ir á estorbarla, cuando ya no había remedio, 
como quien quisiera presentar á su gente un contraste en- 
tre su justicia y su misericordia». 

i8. El coronel Bernardo Pérez Planes, gobernador de 
las Misiones occidentales del Uruguay, fué asesinado el 30 
de marzo en la plazuela de Beléri, por Valentín Cabrera^ 
sargento de blandengues, á presencia de varias personas, 
entre las que figuraban Pedro López, capitán de milicias 
orientales, y Marcos Ramos, alcalde del pueblo. « Este ase- 
sinato no puede menos que haber sido hecho por orden de 
Artigas. El se hallaba en el mismo pueblo de Belén y des- 
pués del suceso que fué tan público, dio pase al matador 
para la división de don Baltasar Ojeda que estaba un poco 
distante, como quien quería quitar de la vista al asesino 
para que la espectacióu pública no se fijara sobre ambos. 
Planes, por sostener la causa del orden fué batido el lí> 
de dicho mes en Yapeyú por el finado don Blas Basualdo^ 
comandante de división de las de Artigas». 

19- El doctor Cañas fué degollado en la cárcel de San 
Roque, donde estaba aprisionado por ser antianarquista. 

20. El capitán Cayetano Martínez, vecino de Corrien- 
tes, fué asesinado en la cárcel de ese pueblo por «orden de 
los anarquistas protegidos por Artigas»'. 

21 El capitán José Ignacio Añasco, fué «fusilado por 
sus principios opuestos á los del Protector, en San Roque 
ó Curuzucuatiá». 

22. Don Bruno Velasco, mayordomo de la estancia de 



52 JOSÉ ARTIGAS 

don Manuel Barquín, fué tomado por la gente de Artigas 
cuando ocupó á Entre Ríos y colgado en una palma, don- 
de lo obligaron á fumar un cigarro y tomar un mate antes 
de ultimarlo á balazos. «Esto es tan público en todo En- 
tre Ríos, que lia quedado por refrán cuando se convida á 
fumur á alguna persona, decirle que no es el cigarro de 
don Bruno el que se le ofrece». 

23. Don Benito Rivadavia fué asesinado en el mes de 
diciembre en un monte junto á la Bajada, «por una parti- 
da que lo llevaba ?. presencia de Artigas». Las ropas y al- 
hajas «le fueron confiscadas». Era un español europeo, 

«defensor acérrimo de nuestra causa.» « defensor del 

«orden y esto bastaba para que debiera morir según la doc- 
trina del Reformador». 

24. El Rvdo. Padre Pelliza, de la Orden de los Predi- 
cadores, «fué fusilado por la misma causa, de mandato 
de Artigas, en la villa de Gualeguaychú, por el famoso 
mulato Mariano Raya, cabo de Artigas, en el mismo pue- 
blo». 

25 Don Julián Martínez, oficial de Maldonado, fué 
degollado en Minas de orden de Otorgues para robarle 
unos efectos de Portugal, los cuales fueron hallados en la 
carreta del caudillo artiguista cuando fué batido por Do- 
rrego en Malbarajá. 

26. El capitán Lucas Ramírez fué degollado de orden 
de Otorgues, por usai' un rebenque que fué tomado por la 
gente de Dorrego en la carreta de aquel caudillo. líl capi- 
tán Ramírez había caído prií:iioneio de Otorgues y en el 
mismo caso se encontraba el alférez Gario Aparicio, que 
perdió el juicio con motivo de la ejecución de su compa- 
ñero. 

27. El teniente José Fontenela, de la división del coro- 
nel Planes, «fué arrastrado á sangre fría á la cola de un 
caballo, dándole un irabucazo y últimamente concluido á 
chuza». 

28. El capitán preboste y comisionado general de En- 
tre Ríos Teodoro Rivarola, fué arrestado en el Paraná, 



CARGOS Y ACUSACIONES 53 

y ciiaiulo era coiuIucrIo á la pressiicla de Artigas, fué 
degollado por los misinos que lo custodiaban. 

29. Año 1815, El teniente coronel Carlos Marcos 
Vargas, fué asesinado por orden de Otorgues en Canelones, 
sólo porque recogió dos caballos parejeros regalados por 
el capellán de Porongos al general Alvear, á condición de 
que los hiciera buscar y sacar del poder de quien los tu- 
viera, en virtud de que Otorgues los había tomado sin su 
autoridad. 

30' El capitán Modesto Lucero, de Entre Ríos, fué 
muerto «por un paisano de la gente de Artigas en el Paso 
del arroyo del Molino, cerca de la villa del Uruguay». 

31- Año 181 G. Don Gabriel González, del comercio 
de Montevideo, fué asesinado en Las Brujas, por la parti- 
da de Hilario Pedraza, de las divisiones de Artigas, que 
andaba recorriendo la campaña. 

32. Año 1817. Cuatro portugueses que llegaron á las 
costas de Rocha, á causa de haber naufragado el buque 
que los conducía de Río de Janeiro al Plata, en el mes de 
octubre, fueron degollados por una partida de Artigas 
«contra todas las leyes de las naciones y de la humanidad. 
El capitán parece haber escapado á Montevideo á fuerza 
de dinero. En esta ciudad se halla un pasajero que venía 
en dicho buque». 

33- <íNo se han incluido los asesinatos del vecino de 
Gualeguaychú Juan Castares, año 1814, y del dominico 
fray Mariano Ortiz, asesinado y robado á fines de 1816, 
en la costa oriental del Paraná, porque hay muchos datos 
para creer que Artigas ni su gente no han tenido parte en 
ellos. Pero el Protector debe ser siempre reputado por cau- 
sa mediata cuando menos de estas desgracias, por liaber 
desmoralizado con su doctrina la opinión pública. Ni se 
ha referido el homicidio ejecutado en la persona de don 
Tomás Arroyo, vecino respetable del partido de Las Ví- 
boras, porque ignoramos el año, lugar y circunstancias de 
su desgracia, aunque es notorio que fué degollado por una 
partida de Artigas. Tampoco se han incluido los atroces 



54 JOSÉ ARTIGAS 

hechos cometidos el año próximo pasado en la Colonia y 
otros pueblos y parajes de la Banda Oriental, por el feroz 
Encarnación, preboste de Artigas, porque ignoramos los 
nombres de las víctimas y demás circunstancias; pero se 
sabe de voz publica que pasan de cincuenta los que dego- 
lló en diversos lugares.» 

¿ Qué base tienen las tablas de sangre ? 

La mejor desautorización de los cargos lanzados contra 
Artigas, la constituye esa relación tejida con los asesinatos 
reales ó supuestos cometidos desde 1811 hasta 18 J8 en la 
Banda Oriental y en las provincias de Entre Ríos, Co- 
rrientes y Misiones, cuatro territorios con inmensos desier- 
tos, casi constantemente asolados por la guerra que inicia- 
ba Buenos Aires para destruir la pi"eponderancia de Ar- 
tigas. 

A cada paso invoca la Relación el diario, en forma que 
haría creer en la existencia de un documento auténtico de 
acusación. Pero, como ya lo hemos demostrado, se trata de 
otra relación llevada por varios orientales curiosos, cuyos 
nombres el libelista se guarda muy bien de referir, senci- 
llamente porque eso constituía un recurso de polémica 
para amontonar cargos contra Artigas. 

Salvo el caso de Perugorria, un oficial correntino que 
fué al campamento artiguista en busca de elementos mili- 
tares para asegurar la paz de su provincia natal, y que lle- 
gado allí seaüó al Gobierno de Buenos Aires, incurriendo 
en un acto de traición militar que las circunstancias de la 
^poca obligaban excepcionalmente á castigar, todos los de- 
más hechos de la relación son de carácter común; y aun 
suponiéndolos ciertos, es absurdo cargárselos á Artigas, 
que ni siquiera podía ocuparse de la organización de sus 
policías, porque el Gobierno de Buenos Aires lo hostiliza- 
ba en todas partes y en todos los momentos con revolu- 
ciones é invasiones de las que más contribuyen al fomen- 
to de la criminalidad en la campaña. 



CARGOS Y ACUSACIONES 55 

Con todos los progre sos de la civilizacióu, con todos los 
medios preventivos y represivos de que disponen las auto- 
ridades de Buenos Aires, sería tarea llana hoy en día for- 
mar tablas de sangre inmensamente más ricas que las de 
Cavia, en cup.lquiera de las provincias comprendidas en la 
dilatada zona artiguista. 

¡Qué poderoso influjo el de Artigas para desviar y ven- 
cer la tendencia al desorden, ingénita en el paisanaje de la 
época, en medio de ardorosas luchas contra las invasiones 
porteñas y portuguesas que lo acosaban sin descanso, y que 
á otro de sentimientos menos fuertes lo hubieran arrastra- 
do al camino de las represalias y venganzas! 

Las acusaciones de la época. 

En 184G apareció en Montevideo un opúsculo sensa- 
cional del general La Madrid, contra varios hombres des- 
collantes de la revolución argentina. De los documentos 
publicados, resultaba que esos personajes se habían pues- 
to al habla en 1820 con una comisión del rey de España 
para restituir á su dependencia las provincias del Río de 
la Plata. No pudo menos de ocuparse la prensa de la épo- 
ca deesa publicación. Y «El Comercio del Plata» redac- 
tado á la sazón por Florencio Várela, dijo para desautori- 
zar los documentos que exhibía el general La Madrid, estas 
palabras, que pueden y deben con mayor motivo aplicarse 
al libelo que Cavia lanzó contra Artigas, sin tener el cora- 
je de suscribirlo: 

«Los que han hojeado un poco los papeles de 1819 y 
1820 («El Comercio del Plata» de 16 de noviembre de 
1846) saben que nada era más común en aquella época 
<:le anarquía y de disolución social que esas apasionadas 
acusaciones de los hombres y de las provincias, las unas 
contra las otras Cien documentos de esa clase presen- 
taríamos sin dificultad, contrarios los unos á los otros; pero 
el que en ellos se propusiere buscar la verdad de los he- 
chos y de sus causas — estudiar la historia — se mostraría 
tan incapaz de escribirla como de comprenderla». 



56 JOSÉ ARTIGAS 



Renj^ger y Lion¿;;clinin|>. 

Estos dos naturalistas suizos escribieron un opúsculo 
titulado «Ensayo histórico sobre la revolución del Para- 
guay», en el que reproducen la parte sustancial del libelo 
infamatorio de Cavia. 

Salieron de Europa los autores en mayo de 1818. Dos 
meses después, llegaron á Buenos Aires y resolvieron ra- 
dicarse en el Paraguay, con el doble propósito de ejercer 
la medicina y realizar estudios de historia natural. En 
agosto, remontaron el Paraná hasta Corrientes, reconocien- 
do «los desastrosos efectos del gobierno de Artigas» y en 
mayo de 1819, obtuvieron permiso para seguir al Paraguay. 
«De esta época, pues, datan los acontecimientos de que he- 
mos sido testigos oculares; la narración de los que preceden, 
es el resultado de informes que durante mi residencia en 
aquel país he adquirido de personas las más fidedignas». 
Quedaron radicados los dos naturalistas en la Asunción 
desde julio de 1819 hasta mayo de 1825, en que el dic- 
tador Francia les franqueó el pasaporte para Buenos Aires, 
donde estuvieron algunos meses. De Buenos Aires mar- 
charon directa m.ente al Brasil y luego á Europa.. 

Este itinerario que reproducimos del propio opúscula 
de los señores Rengger y Longchamp, demuestra tres co- 
sas: que los autores no estuvieron en la Banda Oriental, ni 
en ninguna de las regiones sometidas al protectorado de 
x^rtigas, salvo la ciudad de Corrientes; que sus fuentes de 
información política tenían que ser los focos antiartiguistas 
de Buenos Aires y Asunción; que por la índole de sus es- 
tudios no pudieron ocuparse de investigaciones históricas. 
Agregaremos, que el arribo de los dos naturalistas suizos á 
Buenos Aires, coincide con la aparición del libelo de Cavia, 
toda una publicación oficial emanada del propio Ministerio 
del Gobierno de Pueyrredón, que debía tomarse como un 
evangelio por viajeros que no estaban ni podían estar in- 
teriorizados en las disensiones intestinas de que esa publi- 
cación surgía. 



CARGOS Y ACUSACIONES 57 

Florencio Várela emprendió una tradnceión del opús- 
culo de Rengger y Longeliamp en 1828, con destino á las 
columnas de «El Tiempo». La obra fué reimpresa en 184G, 
adicionada de un prólogo, en que el propio traductor ad- 
vierte que ella «no está exenta de inexactitudes y aún de 
graves errores». Déla misma opinión es el general Mitre 
(prefacio de la «Historiado Belgrano»), al ocuparse de las 
apreciaciones sobre la campaña militar del Paraguay. «Los 
graves errores de dos escritores extranjeros» (dice, hablando 
del «Ensayo histórico» de Rengger y Longchamp, en la 
parte relativa á esta campaña), «dieron felizmente oca- 
sión al doctor don Pedro Somellera de escribir en forma 
de notas, una refutación á sus asertos». 

Vaya un ejemplo revelador del criterio histórico de es- 
tos naturalistas: 

A su llegada á la Asunción, fueron presentados al dic- 
tador Francia, quien los recibió vestido con el uniforme 
de brigadier español, y ante espectáculo tan nuevo, no pu- 
dieron menos de recordar que acababan <^de ver medio des- 
nudos á Artigas y sus subalternos». 

Si se compara esta apreciación del escritor que vertía 
de ver medio desnudo á Artigas, con el itinerario del 
viaje ya extractado, quedará de relieve la increíble ligereza 
ó más bien dicho, la falsedad del pretendido testigo ocular. 
Para que Rengger y Longchamp, dice Carlos M. Ramírez 
(^Artigas»), hubiesen podido ver á Artigas medio desnudo, 
no habiendo salido de la ciudad de Corrientes, sería me- 
nester que el personaje hubiera estado allí alguna vez, de 
septiembre de 1818 á mayo de 1819; pero las memorias 
y documentos ofi(;iales de esa época, atestiguan que Arti- 
gas se batía con Rentos Manuel Ribeiro en julio de 1818, 
en el Queguay Chico, hoy departamento de Paysandú, y 
que de allí se retiró á las nacientes del río Negro, hoy 
departamento de Tacuarembó, invadiendo más tarde el te- 
rritorio de Río Grande, sin salir de las márgenes del río 
Uruguay, has^.a principios de 1820. 

Pasemos al proceso que instruyen contra Artigas. 



58 JOSÉ ARTIGAS 

«Este hombre cuya vida entera es un tejido de horro- 
res, fué hi causa principal de Iíis desgracias que han opri- 
mido por diez años á las provincias de la Confederación 
del Río de la Plata. Aunque hijo de una familia decente de 
Montevideo, Artigas pasó su vida entre los contrabandis- 
tas y salteadores. El gobierno español, con el objeto de des- 
truir estas gavillas, tomó el partido de nombrarlo teniente 
de cazadores y en calidad de tal persiguió á sus antiguos 
camaradas. En la Revolución se hizo patriota y se distiu» 
guió en la guerra contra los españoles y en el sitio de Mon- 
tevideo. Elegido jefe de la Banda Oriental, encendió el fue- 
go devorador de la guerra civil. Atacó á Buenos Aires, 
invadió el Entre Ríos, sublevó á Santa Fe, armó á los in- 
dios salvajes del Gran Chaco y desoló al Paraguay con ac- 
tos inauditos de crueldad. Sus banderas eran el refusrio de 
la escoria de la especie humana; salteadores, asesinos, pira- 
tas, ladrones, desertores, todos eran bien recibidos; así es 
que la carnicería y la desolación señalaban la marcha de 
sus tropas. Provocó á los brasileños, que no deseaban otra 
cosa que la guerra; y en fin, el resultado de nueve años de 
su gobierno fué la ruina completa de la Banda Oriental, 
país tan floreciente en otro tiempo, la devastación de las 
otras provincias y la desmoralización de todo un pueblo, 
sin hacer mérito de las consecuencias más remotas de este 
régimen desastroso, entre las que puede contarse la guerra 
actual de la República Argentina con el Brasil. En obse- 
quio de la verdad, debo decir sin embargo, que Artigas, 
abandonado á sí mismo, jamás habría llevado tan adelante 
su ferocidad; pero estaba rodeado de facinerosos de quie- 
nes en parte dependía. El más infame de todos era un frai- 
le llamado Monterroso, que ejercía las funciones de su se- 
cretario y consejero priv^ado y sofocaba en su alma todo 
sentimiento de humanidad. ¿Y qué podrá decirse de aque- 
llos hombres que, espectadores tranquilos, fomentaron de 
lejos sus turbulencias, únicamente por satisfacer su avari- 
cia? Algunos negociantes de Buenos Aires, franceses, in- 
gleses y americanos del Norte, cooperaron eficazmente á 



CARGOS Y ACUSACIONES O 9 

todos aquellos desastres, proveyendo á Artigas de armas y 
muniííiones de guerra y fundaron su fortuna en la destruc- 
ción de más de veinte mil familias >. 

Menciona luego el folleto los conflictos comerciales ocu- 
rridos entre Artigas y Francia. Trató el primero de entrar 
en arreglos, pero el segundo exigió como paso previo que 
las cosas volvieran á su anterior estado. Entonces sublevó 
Artigas á los indios de las Misiones de Entre Ríos perte- 
necientes al Paraguay y arrojó de ellas á las tropas de 
Francia, las cuales quemaron todas las poblaciones para 
que el enemigo no pudiera subsistir en aquel territorio. 
Así se consumó la destrucción de los quince pueblos más 
florecientes de las antiguas misiones de los jesuítas. Arti- 
gas, agregan los autores, estableció una fiscalización fluvial 
que detenía á los barcos procedentes de la Asunción, ]:>a- 
ra cobrarles una suma de dinero y confiscar sus armas. 

Nada más contiene el proceso, y su comentario queda 
hecho en consecuencia en el curso de este alegato. Rengger 
y Longchamp, en efecto, se limitan á reproducir el libelo 
de Cavia, sin tomarse el trabajo de verificar su exactitud, 
y cuando se separan de su guía y quieren hablar como tes- 
tigos, incurren en el grave pecado de referir que vieron co- 
sas que estaban fuera de su vista. 

Memorias <lel g'eueral ]^9iller. 

Guillermo Miller llegó de Inglaterra á Buenos Aires en 
septiembre de 1817. El director Pueyrredón le confirió el 
empleo de capitán del ejército de los Andes. Antes de mar- 
char para su destino, realizó una excursión exploradora á 
la Patagonia y á las Pampas. En enero de 1818, salió de 
Buenos Aires con rumbo á Mendoza y de allí cruzó á Chi- 
le, donde continuó toda la campaña, sin solución de conti- 
nuidad, bajo las órdenes de San Martín y de Bolívar, has- 
ta la batalla de Ayacucho. Recién en octubre de 1825 
gestionó su licencia y se embarcó para Europa con un cer- 
tificado del libertador Bolívar, haciendo constar que «el ge- 



ÜO JOSÉ ARTIGAS 

ncral Millcr fue du los piiir.cros quo empreiicüeroii l;i li- 
bertad del Perú y es de los últimos que la ha visto triiinfar^>. 
En uso de esa licencia «el general Miller llegó á Biieíios 
Aires el G de enero de IS2G, día en que precisamente ha- 
cía ocho años que había salido de aquella ciudad para reu- 
nirse al ejército de los Andes que se hallaba en Chile». 

Estos datos y transcripciones que extraemos de las pro- 
pias memorias de Miller y de las notas que ellas registran, 
prueban irrecusablemente que el autor sólo estuvo, y eso 
mismo accidentalmente, en Buenos Aires y Mendoza, y 
que todo el resto de su tiempo lo pasó incorporado al ejér- 
cito de los Andes. ¿Qué podía conocer acerca de Artigas, 
fuera de lo que le dijeran el libelo de Cavia y el ambiente 
de la oligarquía porteña á que debía su encumbramiento? 

He aquí el contenido de las memorias, en la parte que 
concierne á la Banda Oriental: 

«La brillante aunque pequeña acción de las Piedras 
ocurrió en 1811, en la cual cerca de mil soldados y mari- 
neros que salieron de Montevideo, fueron obligados á reti- 
rarse con grandes pérdidas, por doscientos gauchos mal 
montados y armados con espadas anchas y picas de aborda- 
je, que á las órdenes de Artigas se batieron gloriosa y de- 
nodadamente. ArtÍ2;as se había mantenido adicto á la cau- 
sa española hasta poco antes de esta acción, que se pasó á 
los patriotas en consecuencia de una disputa con el gober- 
nador de Montevideo». 

Después de este preámbulo, formula el proceso del ven- 
cedor de las Piedras: 

Los españoles y portugueses, por una fatalidad singular, 
parecían destinados á ser vecinos y rivales en el antiguo y 
nuevo continente. La posesión del Brasil facilitó á los por- 
tugueses á favor del inmenso y poco poblado territorio de 
la Banda Oriental, los medios de organizar un sistema de 
contrabando que aniquiló casi el comercio legítimo y regu- 
lar. El carácter atrevido de los agentes empleados en este 
trato ilícito, su conocimiento local del país que sólo ellos 
habían atravesado y la sinuosidad de las costas de la parte 



CARGOS Y ACUSACIONES 61 

orieutal del Río de la Plata, hicieron uulos cuantos esfuer- 
zos empleó el gobierno español para contener los ruinosos 
progresos de a(|uel nial. Llegó á tal punto la insolencia de 
estos arrojados bandoleros, que hacían sus contratos espa- 
da en mano y asesinaban á veces á la misma persona con 
quien acababan de terminar alguna transacción comercial. 
Un mili tan grave sólo podía curarse con remedios des- 
esperados, y los que el gobierno español empleó fueron tan 
extraordinarios como eficaces. Eligió entre estos contraban- 
distas al más atrevido para someter á sus compañeros, y la 
elección recayó en don Fernando José de Artigas qwe 
después tuvo tan ilustre parte en la Revolución. 

« A.rtigas nació en Montevideo: su padre don Martín Ar- 
tigas era un rico hacendado de las inmediaciones de aque- 
lla ciudad; pero la falta de medios de educación que enton- 
ces había en todas las colonias españolas debido á la ma- 
quiavélica política de su gobierno, redujo los conocimien- 
tos literarios del joven Artigas á leer y escribir; y sus ocu- 
paciones ordinarias á montar á caballo, cuidar de los gana- 
dos de su padre y comerciar en cueros, no sólo con los ha- 
bitantes de Montevideo, sino con los contrabandistas. El 
ejercicio constante de esas ocupaciones y su trato frecuen- 
te con los forasteros de más baja condición, le hicieron ad- 
quirir unas maneras licenciosas y una inclinación á vivir de 
un modo independiente y bullicioso, que muy pronto lo in- 
dujeron á emanciparse no sólo de la autoridad paterna, si- 
no del poder de las autoridades. En unión con los hombres 
más atrevidos, principió á hacer algunas incursiones y rapi- 
ñas, hasta que al fin, asociándose absolutamente con los 
l)andidos, llegó á ser el terror de todo el país. Superando 
á sus compañeros en el conocimiento de las sendas secretas, 
de los sitios ocultos y, en una palabra, de los arcanos 
de aquellas llanuras, no menos que en fuerza corporal, en 
montar á caballo y en valor así como en talento, vio pron- 
to adquirir el ascendiente que en tales circunstancias dan 
estas cualidades, únicos títulos para mandar. 

<-El nombre de Artigas infundía terror no solamente á 



62 JOSÉ ARTIGAS 

la gente del país, sino á las autoridades españolas, y 
luego lo inspiró también á todo el cuerpo de contrabandis- 
tas, fuesen de origen español ó portugués. Estos merodea- 
dores tan feroces y atrevidos como eran, contemplaban con 
entusiasmo y admiración la sagacidad con que su jefe con- 
cebía sus planes y la tenacidad con que los ejecutaba á la 
cabeza desús muchachos, como él los llamaba, y de tiem- 
po en tiempo vencía á los oficiales de justicia y dispersaba 
á las partidas de milicias enviadas á prenderle. Se dice que 
una ocasión, siendo perseguido en los llanos y considerando 
su retirada ya impracticable por el estado de cansancio de 
sus caballos, mató una parte de ellos y formando con sus 
cuerpos un parapeto, mantuvo un fuego tan vivo y acerta- 
do detrás de él, que obligó á retirarse con pérdidas conside- 
rables á sus perseguidores. 

«Los procedimientos judiciales de este nuevo preboste 
marcial, no tenían el carácter de las fórmulas pulidas de 
nuestros tribunales de justicia. La notoriedad del crimen 
era razón bastante para imponer en el acto la pena al delin- 
cuente, sin más ceremonia ó preparación religiosa que el 
credo ó símbolo de fe mutilado ó mal repetido á que llaman 
credo cÍ7narrón. Pero cuando eran muchos los criminales 
y se creía que no era conveniente gastar pólvora, acostum- 
braba á liarlos en cueros frescos de vaca, dejándolos con 
solo la cabeza defuera, de modo que á proporción que los 
cueros se iban secando, el espacio dejado para el cuerpo se 
iba disminuyendo hasta que el desgraciado paciente ex- 
piraba en la agonía másdolorosay enla desesperación. Este 
modo de encarcelar y atormentar á los criminales, lo lla- 
maban cnchípar: su extrema barbarie apenas pierde nada 
de su horrible aspecto con la disculpa de que no tenían 
cárceles ni quién guardara á los criminales en aquellos de- 
siertos, y que los hábitos feroces y sanguinarios de aquellos 
perversos requerían tales ejemplos. 

«Artigas era bien proporcionado y de una estatura regu- 
lar, de aspecto dulce y que expresaba amabilidad; era al- 
go calvo y de tez blanca, la cual no habían obscurecido ni el 



CARGOS Y ACUSACIONES Ü3 

sol ni la intemperie. El Deán Funes le pinta como un hom- 
bre que reunía á una extrema sensibilidad, la apariencia de 
la frialdad; á una urbanidad insinuante, una gravedad de- 
cente; una franqueza atrevida á la cortesía; un patriotismo 
exaltado á una fidelidad á veces sospechosa; el lenguaje 
de paz á una inclinación natural á la discordia; y un gran- 
de amor á la independencia, á ideas extravagantes en el 
modo de obtenerla. 

«El Virrey de Buenos Aires ofreció á Artigas una am- 
nistía por lo pasado y le dio esperanzas de destino honroso 
si se hacía cargo de poner fin al comercio clandestino y de- 
predaciones de los contrabandistas poi'tugueses, y limpiaba 
el país de bandoleros . Jamás el perdón de un criminal pro- 
dujo más señalado é inmediato beneficio. Este hombre ac- 
tivo é infatigable aplicó todo el poder de su alma y de su 
persona tan eficazmente al encargo de exterminar absolu- 
tamente las bandas de vagamundos, ladrones y contraban- 
distas que recorrían el país, que en un corto período la au- 
toridad del gobierno se vio respetada y la propiedad indi- 
vidual asegurada á un grado tal, que nunca en tiempos an- 
teriores había existido, ni aún en las épocas de mayor quie- 
tud y prosperidad. 

«Tal era la destreza de Artigas en el manejo de su ca- 
ballo y en el uso de sus armas de fuego; tan formidable era 
su fuerza, y tal la impetuosidad de su ataque, que el más 
atrevido forajido desfallecía á su vista y se rendía á su 
grito aterrador. Los efectos provechosos que su conducta 
había producido, reclamaban y obtuvieron la debida re- 
compensa de aquellos á quienes tan eficazmente había ser- 
vido; y á instancias de los propietarios del país fué nom- 
brado guarda general de la campaña, acompañando á es- 
te nombramiento un sueldo proporcionado á su persona y 
á los servicios que hal)ía prestado. Desde esta época se hi- 
zo Artigas un enemigo irreconciliable de los contrabandis- 
tas brasileños». 

Más tarde. Artigas «buscó asilo en el Paraguay, donde 
el doctor Francia lo puso en rígida vigilancia y murió en la 
Oaudelaria en el año 182ü, á los sesenta años». 



64 JOSÉ ARTIGAS 



Ii09 enchalecamientos y el general Millei\ 

¿Qué fe puede inspirar á todo este cúmulo de acusacio- 
nes sin un solo testimonio que les dé base ó las haga si- 
<]uiera verosímiles? 

Las memorias de Mi 11er se limitan á reproducir con 
algunas variantes el libelo infamatorio de Cavia. Entre 
esas variantes, figuran los enchalecamientos, que el pro- 
pio Cavia en medio de todo el torrente de iuííultos que 
lanzaba su hidrofobia antiartiguista, no se atrevió á mencio- 
nar, sin duda alguna porque temía que apurándolas invec- 
tivas su libelo rebasara ya el límite de la paciencia y fuera 
arrojado como cosa asquerosa, sin producir el efecto que el 
gobierno buscaba con su publicación. Tuvo que contentarse 
el oficial mayor del Directorio de Pueyrredón, con incluir en 
su Relación de crímenes el caso de tres individuos enchale- 
cados y cosidos á puñaladas por la partida artiguista de Pas- 
cual Charrúa. Pero ¡cómo se habría frotado las manos el 
audaz libelista, si hubiera encontrado en la le3'enda ó en las 
invenciones corrientes el caso de los enchalecamientos que 
Miller agrega de motu propio, impulsado acaso por una 
confusión deplorable! 

En su «Historia de la prensa periódica de la República 
Oriental», <vdice Zinny citando á «El Oriental», diario que 
se publicaba en 1829: 

Allmcerse la relación délos autores del pronunciamien- 
to de la Banda Oriental y de Entre Ríos en 1811, se in- 
cluye en ella al capitán Jorge Pacheco, padre del general 
Pacheco y Obes, agregándose que á él «se atribuye haber 
inventado el cruel castigo de enchalecamiento ejercido con- 
tra los españoles en los primeros años de la Revolución. 
Don Jorge declaraba que había abrazado la carrera mili- 
tar para exterminar á los ladrones, persiguiéndolos á muer- 
te, tantos que cuantos agarraba, cuando se hallaba sin pri- 
siones ni cárcel segura en qué custodiarlos, los enchaleca- 
ba, los retobaba y los encoletaba para que no se escí»pa- 
sen » . 



CARGOS Y ACUSACIONES 65 

Tal es la única tradición sobre enchalecamientos, que 
existe en el Río de la Plata, Y esa tradición no es relati- 
va á actos de sangre, sino á simples medidas de seguridad, 
como también lo reconoce don Antonio Díaz (hijo) en su 
«Galería contemporáneas, al ocuparse de los enchaleca- 
mientos atribuidos á Pacheco. 

Artigas, segíín Mi 11er, obtuvo la victoria de las Piedras 
al frente de doscientos c/auchos provistos de picas de 
abordaje! ¿Qué le hubiera costado al autor de las memo- 
rias consultar en «La G^iceta de Buenos Aires» los partes 
oficiales, para no incurrir en errores tan garrafales? 

Y el fallecimiento del jefe de los orientales, en la Can- 
delaria, en 1826, á los sesenta años de edad, cuando era 
tan notorio que Artigas estaba secuestrado por el dictador 
Francia á un centenar de leguas de ese punto y en toda la 
plenitud de su vida, como que recién falleció en 1850, ¿no 
denuncia, hasta por el lujo de los detalles, el más profundo 
menosprecio por las investigaciones históricas? 

l¡os ai'i'Iiivos espaíioles y Ariig'as. 

En su «Historia de la revolución hispano-americana», 
impresa en Madrid en 1829, dice don Mariano Torrente, 
estableciendo las fuentes de información de su celebrada 
obra: 

«No consultando yo sino el bien que podúi resultar á 
nuestra monarquía de la publicación de esta obra, me he 
dedicado á leer de ocho años á esta parte todas las que han 
salido á luz en pro y en contra de dicha rebelión; me he 
insinuado con los mismos jefes independientes que residían 
en Francia é Inglaterra, para saber todas las ocurrencias 
de aquellos países, para oir sus discursos y objeciones y 
finalmente para recoger cuantos datos podían servirme de 
guía en tan importante empresa. Apenas llegué á España 
contraje relaciones con muchos de los jefes que han capi- 
taneado los ejércitos realistas en América, y no he cesado 
-de reunir apuntes, hacer extractos y finalmente de enrique- 



JOSE ARTIGAS— y 



66 JOSÉ ARTIGAS 

cerme con cuantos conocimientos han estado al alcance de 
un hombre curioso é indagador. La mayor parte de Ios- 
acontecimientos más interesantes los he oído y discutido 
con individuos de ambos partidos y los he visto en obras^ 
y escritos de unos y otros, que es el modo más seguro de 
formar un juicio con todos los caracteres de la verdad. He 
consultado y tengo á la mano las obras de Humboldt, del 
abate Pradt, de White Blanco, del doctor Funes, de Mr. 
Brackenridge, de los señores Robinson y Ward, los mani- 
fiestos de Iturbide y de Riba Agüero y una porción consi- 
derable de publicaciones sueltas de los insurgentes, perió- 
dicos y otros documentos. Por lo que respecta á los espa- 
ñoles, he recogido preciosos documentos é interesantes 
noticias verbales de la mayor parte de los generales, inten- 
dentes, oidores y otros jefes y empleados que han figurado 
en aquella escena: he consultado los archivos públicos y 
privados, tenido presente asimismo varios tratados publi- 
cados por los señores Cancelada, Urquinaona, don José 
Domingo Díaz, don Juan Martín de Martiniena y otros; 
debiendo hacer honorífica mención en otro lugar de un 
manuscrito del doctor Nabamuel, que refiere aunque su- 
cintamente los principales acontecimientos de Buenos Ai- 
res, Perú, Chile y Quito desde el año 1806 hasta 1818. y 
de otro del R. P. Martínez, que extiende la historia de Chile 
hasta 1820. En una palabra, no he perdonado diligencia 
alguna para dar á esta historia todo el grado de autentici- 
dad é interés que debe apetecer se ;>. 

El mismo historiador, ocupándose de algunas de las crí- 
ticas provocadas por los primeros tomos de su obra, se ex- 
presa así: 

«¿Pero no ofrece mayores garantías de exactitud y ver- 
dad la presente composición literaria, para la cual no sólo 
hemos consultado cuanto se ha escrito en América y en 
Europa y cuantos materiales han sacado de aquellos países 
los principales jefes militares y políticos, sino que hemos 
tenido frecuentes y largas conferencias con la mayor parte 
de ellos, y que puede decirse hemos establecido en nuestro 



CARGOS Y ACUSACIONES G7 

trilniniil crítico una especie de juicio contradictorio para 
hallar la pura verdad en medio de la horrible divergencia 
de opiniones y del furor de los partidos?» 

Así se escribe la historia seria y concienzuda, consultan- 
do todos los documentos, revisando todos los archivos, ha- 
blando y discutiendo con los propios actores en los sucesos 
que se trata de narrar. 

Pues bien: ¿qué le dijeron al historiador los riquísimos 
archivaos de ICspaña y los militares y altos funcionarios á 
quienes Artigas arrinconó en Montevideo con la insurrec- 
ción de la campaña oriental en 1811 y la victoria resonan- 
te de las Piedras? 

Habla Torrente de los pastores de las Pampas, «esagen- 
te tan robusta y nervuda como inquieta y bulliciosa desde 
que impolíticamente se la amaestró en el arte de la guerra; 
esos hombres feroces que ya en los primeros años de la 
revolución argentina hicieron ver á las órdenes del atrevi- 
do, revoltoso y esforzado Artigas, el desprecio con que mi- 
raban el centro del poder de aquella república». 

Las disensiones entre Rondeau y Artigas durante el 
segundo sitio, dan base á Torrente para ocuparse nueva- 
mente del jefe de los orientales. «Este genio atrevido y 
violento se creía con derecho para no obedecer más que á 
su capricho; sus anteriores hazañas le habían dado una gran 
nombradía entre aquellos naturales; particularmente entre 
la gente de campo más feroz y guerrera, á la que dirigía 
con el simple impulso de su voluntad». 

Ya veremos, en cambio, los términos en que habla de 
los héroes de Mayo. Al secretario de la Junta Gubernati- 
va, con ocasión del informe que extractaremos en otro ca- 
pítulo, le llama «el atroz Moreno» y «el Robespierre ame- 
ricano». 

lias acusaciones «le Vigoílet. 

La «Gaceta de Montevideo», reparte con igual solicitud 
sus epítetos entre el gobierno de Buenos Aires y el jefe 



68 JOSÉ ARTIGAS 

de los orientales. A Artigas le llaina «asoíador de su país 
y perseguidor de la inocencia y de la virtud», atacándole 
además por haberse llevado, con ocasión del levantamiento 
del primer sitio, crecidísimos intereses del vecindario (16 
de enero de 1812). Al gobierno de Buenos Aires le llama 
«antropófago» por su mandato de que «perezca irremisi- 
blemente el español que conspire directa ó indirectamente 
contraía patria» (26 de julio de 1812). 

Con idéntico criterio procede Vigodet en dos proclamas 
que registra la misma «Gaceta de Montevideo». En Li de 
16 de enero de 181 2, dice el gobernador español: «es seguro 
que casi no se hallará ejemplo de ferocidad y barbarie que 
pueda compararse á la conducta de Artigas y del tropel 
que le sigue». Y dirigiéndose á los habitantes, expresa que 
él «no podía sufrir por más tiempo que Artigas continua- 
se con una barbarie inaudita vejándoos hasta el extremo y 
destruyendo vuestras posesiones hasta dejar asolado todo 
el país, sin que quedara arbitrio á vuestra industria para 
reparar sus daños en largo tiempo». En una nueva procla- 
ma del lo de septiembre del mismo año, se encara Vigo- 
det con el gobierno de Buenos Aires y le dice sencillamente 
«gavilla de ladrones, oprobio de nuestra sangre». 

Vale la pena de agregar, como dato ilustrativo de las 
divergencias de criterio en un momento histórico en que 
todavía no se habían desatado las furias de la oligarquía 
porteña, que en la «Gaceta de Montevideo» de 1." de mar- 
zo de 1812 «un militar ingenuo» polemiza con la «Ga- 
ceta de Buenos Aires», con ocasión del artículo publicado 
en el número del 10 de enero acerca del «valiente Artigas 
y su ejército más glorioso que el de los atenienses bajo las 
órdenes del bravo Temístocles». En opinión del articulista 
de la «Gaceta de Montevideo», «Artigas obra como un 
facineroso y su tropel es un ejército de ladrones y delin- 
cuentes detestables que han cometido y cometen los horro- 
res más tremendos en todos los parajes que han tenido la 
desgracia de sufrirlos». 

Las frases agresivas contra Artigas, lanzadas en medio 



CARGOS Y ACUSACIONES 69 

de la lucha y sin concretar cargos, salvo el relativo á la 
emigración de la campaña ¿i raíz del levantamiento del 
primer sitio, de que nos ocuparemos más adelante, r.i 
constituyen un proceso, ni pueden tomarse como testimo- 
nio adverso al jefe de los orientales. 

I^os escriíores pai'tus;aeses. 

Pereira da Silva («Historia da fundaciio do Imperio Bra- 
ziieiro») traza los siguientes rasgos de Artigas, copiando ser- 
vilmente el libelo de Cavia, porque le era necesario justifi- 
car de algún modo la invasión portuguesa de 1816, enca- 
minada á la conquista de la Banda Oriental: 

«No había ley para él ni para sus partidarios. Robaba 
propiedades, asesinaba á los infelices que no merecían sus 
afectos, brutalizaba los espíritus é imperaba en Monte- 
video y en toda la provincia, que abatida y humillada 
caía de rodillas ante su órdenes ó deseos. ... Era un cau- 
dillo completo, propio tan sólo para dominar salvajes. 
Ninguna instrucción, uingún rasgo de civilización, ninguna 
idea de progreso lo caracterizaban. Animábase é inspirá- 
base apenas por la viveza natural, por la ambición desme- 
dida de dominio físico y brutal y por la persuasión de 
que el poder se apuntala en la fuerza y no en la moralidad 
y en la inteligencia. Salido de la clase de contrabandistas, 
rodeado de pueblos bárbaros, de gentíos ignorantes, de fa- 
cinerosos sedientos de robos, de crímenes y de sangre, que 
debían estar en galeras, y que tenían que rechazar cual- 
quier jefe algo educado de los que al frente de una nación 
ó de una sociedad se proponen la misión de encaminarla 
á su prosperidad, gobernaba Artigas con los instintos del 
déspota y ejecutaba los actos que le parecían convenir á 
sus intereses, sin qué le importasen nada las leyes, ni las 
instituciones, ni la regularidad de la administración, ni los 
derechos ajenos. Destituido del tino y perspicacia del doc- 
tor Francia que regía en el Paraguay y que cerrándose al 
contacto del mundo no incomodaba ni perturbaba la tran- 



70 JOSÉ ARTIGAS 

quilidad y la paz de los vecinos, sólo trataba de guerrear 
y de extender su influencia y el teatro de sus acciones y 
prepotencias más allá de las provincias que le estaban so- 
metidas. Esparcía el terror por las fronteras y por los pue- 
blos limítrofes y amenazábalos á cada momento con inva- 
siones y combates». 

En cambio, el almirante Sena Pereira, autor de las < Me- 
morias y reflexiones sobre el Río de la Plata extraídas del 
Diario de un oficial de la marina brasileña» (colección La- 
mas), hablando del jefe de los orientales y del gobierno de 
Buenos Aires, dice que las dificultades crecían « á conse- 
cuencia del carácter de aquel guerrero que un contemporá- 
neo suyo describe de un modo que bien lo caracteriza. 
El general Artigas, dice él, es un hombre singular cpie reúne 
una sensibilidad extrema á una indiferencia al parecer fría; 
una sencillez insinuante á una gravedad respetuosa; un 
lenguaje de paz á una inclinación innata por la guerra y la 
discordia; en fin, un amor vávo por la independencia de la 
patiia á un extravío clásico de su verdadera dirección .» 

Después de reproducir estas palaljras del Deán Funes, 
agrega el almirante Sena Pereira, en su calidad de actor en 
la lucha contra Artigas y de testigo directo de los sucesos: 
« Es cierto que así dispuesto, el retrato tiene la mayor seme- 
janza ». 

Otro escritor brasileño, Antonio Deodoro de Pascual 
(«Apuntes para la historia de la República Oriental»), vuel- 
ve á recoger las acusaciones del libelo de Cavia y se ocupa 
en estos términos del jefe de los orientales: 

« Artigas convirtióse, merced á los españoles, de contra- 
bandista en oficial de carabineros de costas y fronteras. Al 
abrirse la época de la Revolución, se declaró patriota y dis- 
tinguióse por su crueldad contra los españoles, bien así co- 
mo por su valor en el primer asedio de Montevideo. Hecho 
después por su propia voluntad jefe del territorio oriental, 
encendió el fuego destructor de la guerra civil en donde 
quiera: atacó las tropas bonaerenses; invadió la provincia de 
Entre Ríos; hizo que Santa Fe se sublevase contra Buenos 



CARGOS Y ACUSACIONES 71 

Aires; aniKj los indios del Grau Chaco Gaalambé; llevó sus 
devastaciones hasta el Paraguay cometiendo las más inau- 
ditas crueldades. Bijo sus banderas hallaron guarida y 
protección las heces de la especie humana; cuanto asesino, 
pirata, salteador, desertor y vago se le presentaba, era muy 
bien acogido por él; de suerte que por donde quiera que pa- 
saba dejaban sus tropas las huellas más profundas de deso- 
lación, exterminio y ferocidad. Motivó con sus demasías la 
guerra contra el Brasil; en una palabra, el resultado de los 
nueve años de su dominio, fué la completa ruina del Estado 
Oriental que en aquella época era uno de los más flore- 
cientes ;>. 

Artigas, agrega más adelante, fué el az ote de su país. Su 
proceder con los españoles en el Hervidero «fué lo más 
atroz que puede caber en humana mente». Entre sus con- 
sejeros estaba Barreiro, que mandó «asesinar secretamente 
á diversos individuos, especialmente españoles peninsulares, 
como lo demuestran los documentos y escritos existentes 
de la época. Muchos españoles habrían sido desterrados y 
enviados al Hervidero, é infahblemente llegado á ser vícti- 
mas del implacable odio de Barreiro, si Artigas no se hu- 
biera negado sendas veces á consumar estas hecatombes 
cuando se dejaba guiar por sus movimientos de hombre en 
intervalos lúcidos. Don Miguel Barreiro en sus últimos 
años mostró arrepentimiento, y mientras fué miembro de 
la administración de notables, practicó actos de virtud y 
dio pruebas de buenas cualidades». 

¿Dónde están los documentos de la época que acreditan 
los cargos contra Artigas y contra su secretario don Mi- 
guel Barreiro, un miserable asesino, que luego se arrepiente 
y consigue destacarse por su virtud? Es inútil buscarlos. 
Como los documentos todos del proceso artiguista, sólo 
existen en la fantasía calumniadora de sus audaces for- 
jadores. 

El doctor Mellan Lafinur, en su opúsculo «Las charrete- 
ras de Oribe», se expresa así acerca del historiador brasile- 
ño de que acabamos de ocuparnos : 



72 JOSÉ ARTIGAS 

« Adadns Calpe es el anagrama de A. D. Pascual (Anto- 
nio Deodoro de Pascual). Era un empleado subalterno de 
uno de los ministerios de! Brasil. Pretendía ser el inventor 
de un método de soñar que con toda economía proporciona- 
ba placeres por que tantos individuos se desviven, según lo 
afirma el literato don Juan Valera en su obra «Apuntes 
sobre un nuevo arte de escribir novelas». 

Un proceso del <líctailoi' Francia. 

La «Revista Histórica de la Universidad de Montevi- 
deo» ha publicado dos documentos del dictador Francia, re- 
lacionados con Artigas. 

El primero de ellos, es un oficio dirigido al comandante 
de Fuerte Borbón el 12 de mayo de 1821. en que el dicta- 
dor desvirtúa algunas aprensiones de los portugueses acerca 
del asilo concedido el año anterior al jefe de los orientales 
por pura humanidad ó caridad». 

Lo que pasa en cuanto á Artigas es que en su último 
combate con los portugueses en Tacuarembó, quedó muy 
derrotado. Viendo esto uno de sus comandantes, a saber el 
porteño Ramírez á quien de pobre peón él lo había le- 
vantado y hecho gente, en cuyo poder no habiéndolo acom- 
pañado en aquella guerra había dejado á guardar más de 
cincuenta mil pesos oro, se alzó con estos dineros y con 
ellos mismos sublevó y aumentó algunas tropas y gente ar- 
mada con que había quedado. Artigas reducido á la últi- 
ma fatalidad, vino como fugitivo al Paso de Itapuá y me 
hizo decir que le permitiese pasar el resto de sus días en 
algún punto de la República, por verse perseguido aun 
de los suyos, y que si no le concedía este refugio iría á me- 
terse en los montes. Era un acto no sólo de humanidad, sino 
aun honroso para la República el conceder un asilo á un je- 
fe desgraciado que se entregaba. Así mandé un oficial con 
veinte húsares para que lo trajesen y aquí se le tuvo recluso 
algún tiempo en el convento de Mercedes, sin permitirle 
comunicación con gentes de afuera, ni haber jamás podido 
hablar conmigo aunque él lo deseaba». 



« 
« 



CARGOS Y ACUSACIONES 73 

Agrega Francin, que Artigas fué uiaiulado luego á Cu- 
ruguatí con los dos sirvientes que trajo; que le hizo dar un 
asistente; que las partidas de indios que con sus familias 
pasaron á territoi'io paraguayo, fueron distribuidas en los 
pueblos de Misiones y cercanías de Asunción «para que en 
esta conformidad olviden la vida de bandidos que han te- 
nido anteriormente^>, que los portugueses «han tenido tam- 
bién sus inteligencias y comunicaciones con el bandido Ra- 
mírez»; y concluye: 

«Al Craveiro que le dijo que Artigas estaba aquí bien 
guardadito, le hubiese usted dicho que Bonaparte, que fué 
emperador de los franceses, estaba igualmente bien guarda- 
dito en poder de los ingleses, adonde se refugió en su úl- 
tima desgracia, y aunque estaba en guerra con ellos y los 
ingleses fueron sus mayores enemigos, lo recibieron y lo 
mantienen hasta ahora asistido generosamente en la Isla 
de Santa Elena». 

El otro documento, es un sumario instruido al coronel 
Manuel Cabanas por consi)iración contra el dictador Fran- 
cia. Figuran las declaraciones prestadas por Juan Crisósto- 
mo Villalba y Francisco Antonio Aldao el 21 de abril de 
1821 ante el comandante del cuartel de la Asunción don 
Ramón Bargas. Expresa Villalba que él acompañó en ca- 
lidad de paje á Francisco Antonio i\.ldao hasta la ciudad 
de Santa Fe; que estando en el puerto de la Bajada del Pa- 
raná, Aldao fué hasta el punto en que se encontraba José 
Artigas en busca de licencia para su transporte; que al regre- 
sar trajo unos pliegos que fueron acomodados en la maleta; 
que luego emprendieron viaje á la cordillera en dirección á 
la casa del mismo Aldao; que en el camino Aldao refi- 
rió al declarante que el pliego era dirigido por José Artigas 
á Manuel Cabanas, residente en la cordillera, y le agregó 
que ellos llevarían la respuesta y que entonces Artigas pa- 
saría al Paraguay con el objeto de ocupar el territorio y 
llevarse la cabeza del dictador Francia; que por el servicio 
prestado, Aldao y el declarante conducirían al Paraguay 
el ganado que quisieran, recomendándosele respecto de 



74 JOSÉ ARTIGAS 

todo esto, el mayor secreto; que llegados á la casa de Aldao, 
éste salió solo en dirección á lo de Cabanas, según se lo 
manifestó á su mujer, para comprar alguna ropa que nece- 
sitaba; que á los dos días regresó Aldao y ya no volvió á 
hablarse más del pliego. 

En su declaración, expresa Aldao: que es cierto todo lo 
que afirma Villalba; que el declarante entregó el pliego á 
Cabanas, después de oir misa en un rancho, sin hablar más 
porque llegaron otras personas; que al día siguiente se en- 
contraron en un baile dado en casa del cura de la misma 
capilla, j que entonces Cabanas le dijo: «Me ha pedido Ar- 
tigas una cosa imposible^ pues rae pide á que prevenga 
gente en la cordillera, cuando ustedes de la cordillera no tie- 
nen otra propiedad que esconderse, solamente bajando ha- 
cia Tebicuarí se puede encontrar gente. También me en- 
carga que yo escriba á Fulgencio Yegros para que pon- 
ga éste en la costa del Paraná á Artigas la gente y que nos- 
otros habremos de ser los gobernadores: ahora pocas 
gracias, añadió Manuel Cabanas», y concluyendo con esto, 
volvió al baile. Agrega el declarante que en marzo de 1815 
encontrándose en Santa Fe en casa del comandante de esa 
plaza don Francisco Candióte, llegó allí José Artigas y le 
dijo que debía llevarle un pliego para Fulgencio Yegros á 
quien no conocía el declarante, por cuya razón resolvió diri- 
girlo á Cabanas; que á la mañana siguiente Candióte le en- 
tregó un pliego cerrado, diciéndole que contenía un oficio de 
Artigas á Cabanas para que éste escribiera á Fulgencio Ye- 
gros, en demanda de gente con destino á tomar el Paraguay. 

Dos autos del dictador Francia cierran el sumario, res- 
pectivamente del 8 y del 12 de agosto de 1833. 

Hace constar el primero que Manuel Cabanas, muerto 
sin herederos, ha traicionado á la patria y al gobierno 
«manteniendo correspondencia con el malvado caudillo de 
bandidos y perturbador de la pública tranquilidad José 
Artigas, por cuya prevención se encargó de reunir y apron- 
tarle gente de auxilio cuando viniese según sus ridículos 
ofrecimientos á tomar la República, llevar la cabeza del 



CARGOS Y ACUSACIONES 75 

dictador y ponerlo á él y otros eii el gobierno* ... «com- 
probándose con tan infames procedimientos que era un ver- 
dadero enemigo de la patria y que resuelto á auxiliar al 
caporal de ladrones y salteadores Artigas, estaba dispuesto 
á quedarle vilmente subordinado y tenerle sometida la Re- 
pública» . . . que cuando Artigas «se vino, arruinado y perse- 
guido de muerte aún de los suyos por consecuencia y efec- 
to natural de sus desórdenes, locuras y desatinados proce- 
dimientos, á implorar la clemencia y amparo del mismo dic- 
tador cuya cabeza había ofrecido llevar, el que reventando 
de generosidad sin embargo de que el elevado y bárbaro 
malévolo no era acreedor á la compasión, no solamente lo 
admitió sino que ha gastado liberalmente centenares de 
pesos en socorrerlo, mantenerlo y vestirlo, habiendo veni- 
do desnudo, sin más vestuario ni equipaje que una cha- 
queta colorada y una alforja;» ... «En virtud de todo esto 
se declaran confiscados y aplicados á gastos públicos y ser- 
vicios del Estado todos los bienes que aparecieren corres- 
ponder al citado Manuel Cabanas . . . rompiéndose igualmen- 
te el título de coronel de que se ha mostrado indigno». 

El otro auto de Francia previene: que se ponga testimo- 
nio del decreto anterior y de las declaraciones de Villalba 
y de Aldao, á fin de tomarse las providencias que corres- 
pondan para ¿u cumplimiento. 

¿Qué fe puede merecer el testimonio del dictador Fran- 
cia, viciado por circunstancias morales y políticas que crea- 
ban un medio ambiente de profundas subversiones, en que 
el carácter, las doctrinas y las altiveces de Artigas debían 
inspirar las más grandes aprensiones y sobresaltos? 

Cuentan los naturalistas Eengger y Longchamp, ('^^ Ensa- 
yo histórico sobre la revolución del Paraguay-) que una 
vez que el doctor Rengger iba á practicar la autopsia de un 
paraguavo, le pidió Francia que aprovechara esa oportu- 
nidad para observar bien si sus compatriotas tenían en el 
pescuezo algún hueso de más, que les impidiese levantar 
la cabeza y hablar en alta voz. 

Pero, ¿cómo no habían de bajarla si á diario ocurrían 



7G JOSÉ ARTIGAS 

incidentes como este otro que tambiéti refieren los mismos 
natnralistas?: 

Una ninjer del pneblo, que no sabía de qué medios 
valerse para hablar con Francia, se acercó á las ven- 
tanas del dictador. Fué aprisionada, y la misma suerte 
corrió el marido; y para evitar la repetición del hecho dié- 
ronse órdenes terminantes al centinela: si alguno de los pa- 
seantes miraba con atención la fachada de la casa, debía 
hacérsele fuego, con la prevención de que si al segundo tiro 
eri'aba, el propio tirador sufriría la última pena. Desde 
ese momento, nadie volvió á transitar por allí sin bajar la 
vista al suelo. Fué revocada posteriormente la orden, á 
consecuencia de haberse hecho efectiva sobre un paseante 
que alzó los ojos al enfrentarse á la morada presidencial. 

En su opúsculo «Cosas de antaño», transcribe don An- 
tonio Pereira el relato de una entrevista de Robertson con 
el dictador del Paraguay. En medio de la conversación^ 
un soldado anunció que el ministro de Hacienda hacía 
dos horas que aguardaba en antesalas para la celebración 
de una audiencia. «Que aguarde no más», fué la respues- 
ta de Francia. Cuando se retiraba Robertson, se acei'có el 
ministro de Hacienda, sombrero en mano, para preguntar- 
le si quería ocuparse de sus asuntos. «¡Llévenlo al cuerpa 
de guardia! ¿ no le he dicho que aguarde?», replicó Francia. 
Y el pobre ministro fué llevado en arresto y allí quedó 
toda la noche! 

Bastan estos antecedentes para comprender el profundo 
antagonismo que debía existir entre Artigas y Francia y 
las enormes aprensiones con que el dictador debía mirar á 
su huésped. 

Pero hay algo que demuestra además que el insultante 
decreto de 18B3 constituía un simple pretexto para confis- 
car la fortuna del coronel Cabanas. Si en 1822 se hubieran 
prestado declaraciones efectivas contra Artigas, ni el fallo 
se hubiera hecho aguardar once años, ni Artigas hubiera 
podido conservar su vida, ó por lo menos su tratamiento. 
Cuando se recorre por primera vez el furibundo decreto con- 
tra el jefe de los orientales, parece que lógicamente se mar- 



CARGOS Y ACUSACIONES 77 

clia á una pena digna del delito imputado y de la subver- 
sión dictatorial en que estaba el Paraguay en esos momen- 
tos. Y sin embargo, toda la saña recae sobre los bienes del 
coronel Cabanas, prueba evidente de que el sumario era 
una farsa exigida por la confiscación. 

Un «liploinátieo furibundo. 

El señor Carlos A. Wasliburn, ministro residente de los 
Estados Unidos en la Asunción desde ISGl hasta 1SG8, 
reproduce («Historia del Paraguay») todos los epítetos in- 
sultantes de los libelos de Cavia y de Miller y enriquece 
el vocabulario antiartiguista con nuevos y deprimentes 
vocablos: 

«En 1817, antes que Francia fuese elegido dictador 
perpetuo, se encontró amenazado por sus vecinos del Sud: 
desde 1814 había estado alarmado por los salteadores ar- 
mados que saqueaban y puede decirse dominaban las pro- 
vincias de Corrientes y de Entre Ríos. El jefe de estas ban- 
das de asesinos, cuyo nombre durante unos seis años fué 
el terror de toda persona decente, era José de Artigas, tipo 
famoso de su época y cuya influencia en favor del mal era 
mayoi que la de cualquier otro hombre en Sud América». 

«Nació en ó cerca de Montevideo por el año de 17 OS... 
Fué criado ó se le dejó criar como un gaucho, sin recibir 
otra educación que la de saber montará caballo, domar po- 
tros, tirar el lazo y marcar y carnear la hacienda.. . Tenía 
todas las crueldades de un jefe de bandidos, y el estado so- 
cial de la Banda Oriental en a(]uella época era tal que los 
bandidos abundaban, gente vagabunda é inquieta cuyo ca- 
rácter entonces como ahora está expresado en esta sola pa- 
labra (/ancho: hombre sin ningún interés en el país y sin 
deseos de tenerlo... Hasta se dice que en su juventud él 
no había aprenditlo á leer ni escribir y que sólo después 
que se convirtió en jefe importante, se contrajo á este des- 
agradable trabajo ... Era tan ignorante como el caballo que 
montaba, de lo que era el mundo más allá de las llanuras 



78 JOvSÉ ARTIGAS 

que intentaba gobernar. . . Tenía gran fuerza física y mu- 
cho aguante, así que muy luego fué jefe de todos los crimi- 
nales de las vecinas comarcas y de todos aquellos gauchos 
que encontraban muy monótona ó poco productiva la vi- 
da de la estancia. .. Muy luego llegó á tener número sufi- 
ciente de ellos para despreciar la ley y desafiar á sus agen- 
tes. El y sus compañeros viajaban por donde querían, to- 
mando cuanto se les antojaba: al que voluntariamente ó sin 
quejarse les entregaba lo que necesitaban, no lo molesta- 
ban más, pero al que protestaba ó apelaba á la autoridad,. 
le arriaban sus haciendas á otros puntos distantes y él y su 
familia desaparecían». 

'^Este bandido comenzó su cai'rera hacia 1808, unos sie- 
te años antes que Montevideo se independizara, pero asf 
como la cloaca de la calle recoge todo lo que es inmundo 
é inútil aumentando su corriente á medida que avan/a en- 
tre la populosa ciudad, así Artigas á medida que progresa- 
ba en su carrera criminal, juntaba á su alrededor todo lo 
vil de la sociedad: expatriados, asesinos, ladrones y todos 
aquellos gauchos para quienes era peligroso estar cerca de 
las poblaciones, todos se juntaban á su bandera, pues que 
él podía protegerlos y salvarlos de los castigos que debían 
por sus crímenes. Sus fuerzas todas vivían del robo ejecu- 
tado ya en forma de las contribuciones que le pagaban los 
que le temían, para protegerse de sus depredaciones, ó ya 
por medio del saqueo directo sobre aquellos que no podían 
ó no querían entrar en tratos con él. Al principio sus ope- 
raciones fueron en menor escala y no aspiraba ni preten- 
día ser más que un ladrón de hacienda vacuna y caballar. . . 
El gobernador de Montevideo mandó las fuerzas que pudo 
juntar contra este caco moderno, pero las tropas eran in- 
variablemente derrotadas . . . No pudiendo someter á Arti- 
gas cuyas fuerzas aumentaban constantemente y en pro- 
porción á ellas se extendía el radio de sus devastaciones, 
trató de entenderse con el jefe gaucho: le propuso darle 
una comisión del Key para el sostenimiento de la ley, ha- 
ciéndolo capitán de caballería ó como entonces la llamaban 



CARGOS Y ACUSACIONES 79 

de un cuerpo de blandengues. Artigas aceptó la propuesta 
y entró en Montevideo con su banda de asesinos. Bandi- 
dos y asesinos corao eran, estaban sin embargo implícita- 
mente sujetos á él; entre su gente nadie ponía en duda su 
autoridad: su palabra era la ley. Ahora sus hombres fueron 
pagados con regularidad y ampliamente llenadas sus nece- 
sidades: su jefe les mandó que dejaran de asesinar y robar 
y que sirvieran como de poücía general para sostener la 
ley y el orden en el país.» 

«Por esta época estalló la revolución en Buenos Aires 
y en seguida la guerra con España. Artigas, cansado ya 
de la inercia y habiéndosele ya pasado el atractivo de la 
novedad de la vida civilizada, quiso tomar parte en la gue- 
rra...» Al principio sirvió con el Rey, luego desertó y 
pasó á servir con Alvear; pero «era un gaucho ignorante y 
su presencia en el ejército era una ofensa á los jefes revo- 
lucionarios de Buenos Aires que eran hombres educa- 
dos» y desertó de las fuerzas que sitiaban á Montevideo .. . 
«Artigas como Francia, tenía un odio mortal á los españo- 
les, y siempre que alguno de ellos cayera en su poder, su 
delirio era atormentarlo con los medios de la más inaudita 
crueldad. Una de sus ideas más felices era hacerlos coser 
dentro de un cuero de buey recién carneado y en seguida ex- 
ponerlos al sol abrasador hasta que la muerte los libraba 
de su tormento.» 

Después de todas estas diatribas bebidas en Cavia y en 
abunos de sus repetidores como Miller, se ocupa el minis- 
tro Washburn del asilo pedido por Artigas á Francia. 

«En vez de hacerlo fusilar inmediatamente, lo mandó á 
Curugiiatí . . . dándole una pensión de treinta pesos al 
mes... Qué pasaporte tenía Artigas que pudo valerle los 
favores de Francia, no se sabe, y es probable que las cre- 
denciales que le aseguraron la clemencia del dictador, se- 
ría su fama de haber degollado más gente que cualquiera 
de sus contemporáneos.» 

Llenada esta primera parte de la tarea, descarga el mi- 
nistro Washburn el resto de su lenguaje feroz contra la 



80 JOSÉ ARTIGAS 

patria de Artigas, a la que fustiga en estos textuales tér- 
minos: 

<' Cuando faltan héroes de verdadera talla, la gente ensal- 
za caracteres dudosos ó positivamente viciosos. El ppqueño 
Estado de la Banda Oriental ó República del Uruguay, to- 
davía no ha tenido más que un hombre cuya reputación se 
haya extendido más allá de Sud Améiica, y este hombre es 
el gran ladrón Artigas. Cualquier otro nombre de algún 
otro oriental que yo podría mencionar, estoy seguro que se- 
ría desconocido de cualquier europeo ó americano, y no 
arriesgo nada afirmando que ningún lector de este libro ha- 
brá oído hablar de otro montevideano que no sea de Arti- 
gas. No obstante esta falta de hombres superiores, y pro- 
bablemente por esta misma causa, ha sido uno de los países 
más turbulentos y barulleros de Sud América. En verdad, 
lio tiene derecho á una existencia nacional independiente.... 
Es la región favorita del inmigrante europeo y con un go- 
bierno honrado y estable, sería en pocos años uno de los 
países más prósperos y poderosos del mundo... Es una lás- 
tima que después de la expulsión de los españoles esta lin- 
da provincia no se haya agregado permanentemente á la 
Confederación Argentina ó si se quiere al Brasil... Cuando 
Artigas con su ejército de ladrones apareció como una man- 
cha, primero traicionando á su propio país y pasándose á 
Buenos Aires y luego desertando de sus nuevos amigos y 
estableciéndose como salteador, diezuiando las provincias 
interiores, la unión que probablemente se habría efectuado 
así que fueran arrojadas las autoridades españolas de Mon- 
tevideo, se postergó hasta mejor oportunidad y no se efectuó 
nunca. Por haber sido instrumento de esa mala obra, cuyos 
resultados ni preveía ni deseaba, fué considerado después 
de su muerte por los montevideanos como el defensor de su 
independencia... Se nombró una comisión de ciudadanos 
de mayor influencia y espectabilidad para que fuesen al 
Paraguay, desenterrasen los restos del gran :;sesino y los 
llevasen á Montevideo... Una tumba magnífica se erigió 
sobre sus restos, y el que visita el cementerio de Montevi- 



CARGOS Y ACUSACIONES 81 

deo, ciiüiido mire el iiiuiuiinento de mármol, bien puede 
preguntarse qué espera á una nación ó á una raza que de 
tal manera deifica á un monstruo de la degradación liuma- 
na... Nominalmente la Banda Oriental ha conservado su 
independencia... los orientales están tan conformes con ella 
como si les hubiera traído bendiciones en lugar de calami- 
dades, que todavía honran á Artigas como á un liéroe na- 
cional... Yo mismo he conocido uno de ellos, excelente 
sujeto, caballero cortés y bien educado, joven respetado por 
su gobierno y que ocupaba el puesto de secretario de la 
Legífción del Paraguay, carácter afable y de porte distin- 
guido, y lo he visto ir en peregrinación hasta la antigua re- 
sidencia de aquella peste de la humanidad, y traer como 
una reliquia sagrada un ladrillo ó una teja de la casa en 
que había habitado. Cuan¿lo á tales hombres se honra, 
¡quién no desearía el refugio de la obscuridad !^> 

¿Qué testimonios invoca el ministro Washburn para in- 
sultar tan torpemente al jefe de los orientales y á la Repú- 
blica del Uruguay? 

Absolutamente ninguno, fuera de los que resultan de la 
lectura de su obra: una crasa ignorancia de la historia de 
la independencia; un desconocimiento más craso del des- 
arrollo déla civilización sudamericana; un desprecio incon- 
cebible por el Río de la Plata; y un apetito inmoderado de 
fantasías, que tiene) i el mérito de provocar la avidez de los 
lectores, sin el trabajo previo de estudios prolijos y serios 
cual corresponderían al representante diplomático de un 
gran país. 

Sólo por nuestra incurable decidía, ha podido y puede 
esa montaña de epítetos y apreciaciones insudantes depri- 
mir á la República Oriental en el exterior, á la sombra de 
la prestigiosa diplomacia norteamericana, sin una sola ré- 
plica ó gestión tendiente á contener la enormidad del mal. 

Es interesante agregar que cuando el ministro Wash- 
burn, falto de sus ponzoñosas guías históricas, busca testi- 
monios más serios, se encuentra obligado á dejar escapar 
frases de elogio de las altas condiciones morales del jefe 
de los orientales: 

JOSÉ ARTIGAS— 6. T. I. 



82 JOSÉ ARTIGAS 

«En sus últimos anos, después de lu muerte del dicta- 
dor, el Protector dejó sus cultivados campos, testigos desús 
obras de caridad nunca oídas en el Paraguay, y se fué 
á Ibiraí, donde pasó sus últimos días». Y como arrepentido 
de ese elogio agrega: «En su juventud su vida había sido 
la de una bestia feroz que robaba y asesinaba por placer: en 
sus últimos años, era la misma bestia sin garras y sin 
dientes». 

Un cóiií!<ul (le la lui^iua escuela. 

El señor César Famin, cónsul de Fi'ancia en Lisboa, 
publicó en 187G un estudio titulado «Chili, Paraguai, Uru- 
guai, Buenos Aires», que forma parte de la obra «L'Uni- 
vers Pittoresque-v que comprende otros estudios sobre la 
Patagonia por Federico Lacroix. 

Véase en qué términos se ocupa de Artigas: 
«Nacido en Montevideo de una familia distinguida, ma- 
nifestó desde su juventud los peores instintos. La vida nó- 
made de los criadores de ganado, su existencia salvaje, todo 
lo de ellos, hasta su propia ferocidad, habían seducido á 
este espíritu fogoso. Quiso durante muchos años participar 
de su género de vida; después se unió á una banda de 
contrabandistas y asesinos, de la cual llegó á ser el 
miembro más activo, más emprendedor y más cruel... 
Asoló sin piedad la Banda Oi'iental. el Entre Ríos 
y el Paraguay, destruyendo las sementeras, arreba- 
tando las mujeres y los animales, degollando á los 
hombres, saqueando los templos y sumiendo en el duelo á 
más de veinte mil familias. Las cosas llegaron á tal extre- 
mo, que el Gobiei'uo creyó del caso crear en Buenos x\ires 
un cuerpo provincial, cuya única misión era oponerse á la 
banda de Artigas; pero este medio resultó insuficiente y 
fué necesario tratar con ese bandido de potencia á potencia. 
Su propio padre intervino como mediador. Se convino en 
que José Aitigas j sus compañeros serían amnistiados, 
que ellos recibirían una iiidi*mnización anual ó que serían 



CARGOS Y ACUSACIONES 83 

incoi'porados en el ejército y que su jefe tendría el grado 
de teniente. Esta convención fué ejecutada fielmente por 
ambas partes t. . . . Estallada la insurrección, Artigas desertó 
de sus banderas y ganó la batalla de las Piedras ... «Era 
sobre todo á la cabeza de sus guerrillas que á él le gusta- 
ba combatir», y «este género de guerra conforme á sus pri- 
meras ideas, despertó sus hábitos de bandidaje y despotis- 
mo... El general Rondeau, que mandaba el ejército sitiador 
de Montevideo, convocó un congreso con el objeto de proce- 
<ler al nombramiento de un gobierno provincial, y Artigas 
exigió á los electores que fueran á su propio campamento á 
recibir órdenes. Estos rehusaron obedecer, surgiendo enton- 
ces una violenta colisión, á consecuencia de la cual Arti- 
gas abandonó el ejército, con todos los antiguos cómplices 
de sus crímenes, los contrabandistas, los ladrones, los vaga- 
bundos y todos aquellos, en una palabra, que tenían un in- 
terés cualquiera en sustraerse á la acción de las leyes. En- 
tre los asesinos de que estaba rodeado, se destacaba por su 
ferocidad un monje llamado M o n terroso». 

Habla el autor, de los trabajos monárquicos en favor del 
príncipe De Luca y dice: 

«Existía, en efecto, un partido en favor de la monarquía 
constitucional. Pueyrredón era su jefe. Artigas y su banda 
sostenían á los republicanos. Hubo entre los partilarios de 
ambas opiniones un encuentro serio en Cepeda, que termi- 
nó con la derrota de los monarquistas y la entrada de Ar- 
tigas en Buenos Aires. Pero este jefe de bandidos no gozó 
mucho tiempo de su triunfo; Ramírez, el más l)ravo de 
sus generales, su discípulo y su amigo, se insurreccionó á su 
turno, lo batió en diversas acciones y obligó á asilarse en 
el Paraguay ->. 

La relación del cónsul de Francia en Lisboa, redactada 
naturalmente á base de los insultos de Cavia y sus repeti- 
dores, es una nueva prueba de la increíble facilidad con 
que los escritores europeos se ocupan de cosas que no co- 
nocen ni por el forro, para llenar páginas con narraciones 
llamativas y sobre todo remuneradoras. Y es una nueva 



84 JOSÉ ARTIGAS 

prueba también de la necesidad de que el Gobierno Orien- 
tal suministre fuentes exactas de información, mediante li- 
bros y folletos que prestigien al país y que contrarresten la 
acción deprimente de las únicas obras históricas que circu- 
lan fuera de nuestras fronteras, y que por diversas causas 
que iremos analizando, tienen que ser y son de una injusti- 
cia abrumadora para los liombres y las cosas de esta tierra. 

Juicio «le un viajero. 

Jurien de la Graviere, que visitó el Río de la Plata en 
1820, dice al comparar la situación de las dos Bandas: 

«Mientras que la guerra civil desolaba la margen dere- 
cha del río, en Montevideo se gozaba de una tranc[uilidad 
relativa. Sólo el general Artigas hacía frente á la guerra 
con un ejercito de bandidos y asesinos á quienes alistaba 
por medio de la violencia. Era para alejar á este bandido 
tan temible, que durante el directorio de Pueyrredóu, 
había consentido el Gobierno de Buenos Aires la ocupación 
de la provincia de Montevideo por los portugueses-). 
(«Souvenirs d'un amiral». Revue dedeux Mondes^ 18G0). 

Continúa la repetición «le Cavia. 

En su <' Galería contemporánea >\ el señor Antonio Díaz 
(hijo) se ocupa en los siguientes términos de Artigas: 

'<No habiendo sufrido ni él ni sus padres, nacidos en 
tranquilo vasallaje, la persecución ni las humillaciones con 
que la tiranía oprime á las almas elevadas, se consideró 
obligado á mirar con odio el absolutismo monárquico y á 
encavarse resueltamente con él, convirtiéndose después él 
mismo en déspota á nombre de la libertad y el derecho, 
cuya simpática bandera llegó á levantar... Errante de la 
casa paterna, coligado á bandas de malhechores y contra- 
bandistas, cada hora de su juventud fué un combate libra- 
do contra la sociedad: cada combate una lección en la gran 
escuela en la que iba á descollar más tarde, renniendo en 



CARGOS Y ACUSACIONES 85 

los antros de su alma todos los instintos, todas las pasio- 
nes que debían retemplarla para combatir á sus señores. 
Y así se vio, que mientras los más poderosos colonos ame- 
ricanos, acataban humildes la servidumbre de la metnSpo- 
li, no pensando en el egoísmo de su presente más que en 
la regularidad material de la vida. Artigas, pobre y desco- 
nocido, luchaba hostilizando, según él creía que debía ha- 
cerlo, á sus opresores, fortificando su espíritu y preparán- 
dolo para el gran combate que debía librar en las comar- 
cas uruguayas. Colocado más tarde este hombre por la 
fortuua ó por su audacia á la cabeza de un pueblo que 
despertó á la libertad, se encontró sin las condiciones para 
encaminarlo en la senda de la paz y del progreso; porque 
aunque le rodearon hombres bien intencionados é inteli- 
gentes, no supo elegir entre éstos, ó más bien dicho no qui- 
so gobernar con su consejo, siguiendo los impulsos de su 
voluntad y obedeciendo al imperio desús primitivas ira- 
presiones. 

«Nació Artigas por el año 1758... Muy joven, empezó 
á rebelarse contra la obediencia de sus padres, y abando- 
nando finalmente el hogar se entregó á la vida de la cam- 
paña, á cuyos trabajos tenía notable inclinación aunque 
eran completamente contrarios á su origen. Las rudas fati- 
gas de esa vida fortalecieron su temperamento, á la vez 
que adquirió las costumbres bárbaras de los gauchos, (es 
decir, de los hombres nómades, sin ocupación y sin hogar) 
que tenían por punto de reunión los bosques. Resultó en- 
tonces lo que tenía que suceder: la subordinación era con- 
traria á los hábitos de Artigas, y un día incurrió en el dis- 
gusto del general Muesas por una falta en el servicio, y 
tratado agriamente por éste, desertó de las filas españolas, 
presentándose en Buenos Aires ya en la clase de ayudan- 
te mayor con grado de capitán. El Gobierno Argentino que 
se encontraba en el caso de utilizar todos los elementos 
conducentes á sus fines, recibió al oficial que llamaba á 
las puertas de la patria y le confirió el empleo de teniente 
■coronel de blandengues con destino á formar una expedí- 



8G JOSÉ ARTIGAS 

ción que debía marchar sobre Montevideo; pero en ese in- 
terregno dieron el grito de libertad Viera y Benavides en 
las inmediaciones de Mercedes.-- 

Está hecha la relación, como se ve, á base del libelo de 
Cavia. En algunos puntos sin end^argo, adopta deci- 
didamente el autor de la «Galería contemporánea» hi de- 
fensa del jefe de los orientales. 

Así, por ejemplo, reconoce en Artigas «su sentido recta 
en materia de hacienda, su tendencia á las reformas y cier- 
to respeto á la inviolabilidad del derecho natural, que él 
muy pocas veces agredió abiertamente». 

Artjg'as y el Oobieriio Argentino, según Mitre. 

Habla el general Mitre de la situación política en mar- 
zo de 1812 («Historia de Belgrano»): 

«Resuelto el Gobierno patriota á hacer un esfuerzo su- 
premo para apoderarse de Montevideo, había puesto sobre 
la costa occidental del Uruguay un ejército de cerca de 
seis mil hombres, de los cuales apenas tres mil podían re- 
putarse soldados. El resto pertenecía á las bandas indisci- 
plinadas y mal armadas que acaudillaba don José Artigas, 
celebre ya yor algunos hechoa de armas y por su presti- 
yio entre las masas poptdares». 

El aspecto del escenario político al finalizar el año 1814, 
sugiere al autor de la «Historia de Belgrano», estas obser- 
vaciones: 

«El famoso don José Artigas, caudillo déla democracia 
semibárbara, que se había separado del sitio de Montevi- 
deo desconociendo la autoridad nacional mientras los pa- 
triotas estrechaban aquel lialiiarte de la dominación espa- 
ñola, había conseguido insun-eccionar contra el gobierno 
general los territorios de Entre Ríos y Corrientes, elevados 
ya al rango de provincias. Desmoralizadas con el ejemplo 
del Paraguay y halagadas con las ideas de una mal enten- 
dida federación, que estimulaba poderosamente las ambi- 
ciones locales y les prometía las ventajas de la indepen- 



CARGOS Y ACUSACIONES 87 

dencia sin los sacrificios que ella exigía, aquellas provincias 
se habían puesto bnjo la protección de Artigas. Santa Fe 
y Cój'doba estaban próximas á seguir el ejemplo. Las de- 
más provincias profundamente conmovidas por el odio á I 
Buenos Aires y al gobierno central, cooperaban indirecta- 
mente á los progresos del terrible caudillo, cebando así la 
fiera que debía devorarlos. No era una revolución social^ 
aunque fuera un sistema precursor de ella: era una disolu- 
ción sin plan, sin objeto, operada por los instintos brutales 
de las multitudes, reunidas bajo el pendón de la guerra ci- 
vil, armadas de la espada de Caín y de la tea de la discor- 
dia. Era una tercera entidad que se levantaba, enemiga 
igualmente de los realistas y de los patriotás,!dispuesta á 
luchar indistintamente con todo lo que se opusiera a su \ 

expansión. Hasta entonces este elemento había marchado 
aunado á la Revolución; pero, elemento heterogéneo á ella, 
se separó al fin, afectando formas propias que le hicieron 
aparecer como la subdivisión del gran partido revolucio- 
nario. La Revolución que lo llevaba en su seno, sólo había 
servido para desenvolverlo, ó más bien ponerlo de relieve. 
Al frente de este elemento se })usieron caudillos oscuros, 
caracteres viriles fortalecidos en las fatigas campestres, 
acostumbrados aldesordenyá la sangre, sin nociones mora- 
les, rebeldes á la disciplina civil, que acaudillaron aquellos 
instintos enérgicos y brutales que rayaban en el fanatismo. 
Artigas fué su encarnación: imagen y semejanza de la de- 
mocracia semibárbara, el pueblo adoró en él su propia he- 
chura y muchas inteligencias se prostituyeron á ella. Tal 
fué el progenitor de los caudillos de la federación del Río 
de la Plata Todos marchaban á la independencia y que- 
rían la libertad; pero diferían en cuanto á los medios de 
alcanzar una y otra, sin que se hubiesen fijado las ideas 
respecto de la forma de gobierno que debería adoptarse 
después de declarada la independencia. Las masas insu- 
rreccionadas querían la federación; pero la federación de 
los tiempos primitivos, sin más ley ni regla que la de los 
caudillos que habían elevado. Los hombres que en presen- 



88 JOSÉ ARTIGAS 

cia de la anarquía, aspiraban á fundar la libertad sobre el 
orden, creían que la forma monárquica constitucional era 
la única que podía dar estabilidad á la Revolución, conju- 
rando la tempestad que la amenazaba — Los demócratas, 
fieles á los principios proclamados por Moreno desde los 
primeros días de la Revolución, preferían la libertad borras- 
cosa á las ventajas de una paz comprada á costa de la 
<lignidad humana». 

Al comenzar el año 1815 la situación del Directorio se 
agrava; las fuerzas militares niegan obediencia á Alvear; 
el Cabildo de Buenos Aires pide su apoyo á Artigas, que 
«n esos momentos consolidaba su dominio federal en En- 
tre Ríos, Corrientes, Santa Fe^ y Córdoba. Véase cómo se 
expresa Mitre estudiando dichos sucesos: 

«Esta federación, sin más base que la fuerza y sin más 
TÍnculo que el de los instintos comunes de las masas agi- 
tadas, no era en realidad sino una liga de mandones, due- 
ños de vidas y haciendas, que explotaban las aspiraciones 
de las multitudes, sometidos más ó menos estos mismos á 
la dominación despótica y absoluta de Artigas, según era 
menor ó mayor la distancia á que se hallaban del aduar del 
nuevo Atila. Tal era el movimiento vandálico que el Ca- 
bildo de la capital llamaba en apoyo de la libertad y que 
la mayoría del pueblo de Buenos Aires, que sufría con 
impaciencia la dominación de Alvear, no rechazaba». 

Artigas atravesó el Paraná con sus tropas, ocupó á San- 
ta Fe y emprendió su marcha sobre la capital. El ejército 
-de Alvear que había salido á su encuentro, al llegar á 
Pontezuelas se sublevó al mando del coronel Ignacio Alva- 
rez y confraternizó con Artigas, estallando acto continuo 
una revolución en Buenos Aires, de la que resultó la caí- 
da de Alvear y de la Asamblea... «Esta revolución que 
fué verdaderamente popular... manchó su triunfo con ac- 
tos de insólida crueldad y cobardía; inmoló una víctima 
inocente (el comandante Paillardel); capituló con el caudillo 
Artigas; mandó quemar con gran solemnidad los bandos y 
proclamas expedidos contra él, declarándole ilustre y bene- 



CARGOS Y ACUSACIONES 89 

mérito jefe de la libertad, y le entregó aherrojados para 
que dispusiese de ellos á su antojo, á aquellos de sus ene- 
migos que más se habían hecho notar por su adhesi(5n al 
Gobierno micional (los coroneles Ventura Vázquez, Matías 
Balbastro y Juan Fernández, los comandantes K-aiiión La- 
rrea, Antonio Paillar:"'el y los sargentos mayores Antonio 
Díaz y Juan Zufriateguy). Artigas tuvo la nobleza de re- 
chazar el horrible presente de carne humana que se le 
brindaba, diciendo que no era el verdugo de Buenos Aires». 

Examina en seguida el general Mitre los primeros efec- 
tos del cambio producid j en Buenos Aires y se pronuncia 
en los términos que extractamos: 

La revolución que dio en tierra con Alvear, capituló 
con la anarquía y el caudillaje; nombró un director que no 
era obedecido por nadie; y por un artículo de la nueva 
Constitución (el Estatuto Provisional), dejó á las provin- 
cias la facultad de nombrar sus gobernadores y regirse por 
su régimen municipal, «siendo este el paso más atrevido 
que hasta entonces se hubiese dado en el sentido de la des- 
centralización». Se estableció así una federación de hecho, 
resumiendo cada provincia su gobierno local, como la capi- 
tal había resumido el suyo. El caudillaje de Artigas, ó sea 
el artiguismo locaHzado en la Banda Oriental obtuvo carta 
de ciudadanín. Dueño de Entre Ríos y Corrientes, sintió 
dilatarse su esfera de acción disolvente. Santa Fe levantó 
de nuevo la bandera tricolor artigueña, reivindicando su 
independencia que la capital reconoció de hecho en la im- 
potencia de someterla. Córdoba ari-ió la bandera nacional 
que quemó en la plaza pública y enarboló la de Artigas, 
Un ejército al mando del general Díaz Vélez penetró en 
Santa Fe; pero el país se levantó en masa y los santafeci- 
nos quedaron otra vez dueños de su territorio. «Cualquiera 
que fuese la causa que defendiese Santa Fe, no puede ne- 
garse admiración á una provincia pequeña, casi desierta, 
pobre, sin tropas disciphnadas y mal armadas, que con tanta 
virilidad sostenía su independencia local contra un enemi- 
go relativamente poderoso, tomando parte en la lucha la 
población en masa, sin excluir niños ni mujeres». 



90 JOSÉ ARTIGAS 

Eii Córdol);! g'ohcrnnl);! Jo^á Javier Díaz, un decidido 
artigiiista. El director lo destituyó, violando el Estatuto 
Provisional que dejaba á las provincias el nombramiento 
de sus gobernadores. Pero Díaz desconoció su autoridad 
iniciándose una lucha entre él y el imevo gobernador, con 
una serie de complicaciones que terminaron con el triunfo 
del último auxiliado por las fuerzas de Belgrano y el fusi- 
lamiento de varios prisioneros españoles que se habían 
sublevado en connivencia con la fracción vencida. 

En diciembre de J 8 1 G estalló otro movimiento federa- 
lista en Santiago del Estero, encabezado por el comandante 
Borges, que también fué vencido j^or las tropas de Belgra- 
no. Borges acababa de dar pruebas de que era un verdadero 
patriota, puesto que aun después de sublevado había dejado 
pasar libremente un convoy de armas que iba para el ejército y 
otro de caudales que iba para Buenos Aires, sin permitir que 
se tomase un peso ni un arma, á pesar de que carecía de 
todo. «Pero los tiempos eran duros, y el general Belgrano 
era inexorable en materia de disciplina, siendo Borges un 
militar sujeto a su dura ley. El 1." de enero de 1S17 á las 
nueve de la mañana fué fusilado al pie de un frondoso al- 
garrobo, atado á una silla de baqueta, protestando contra 
la injusticia de su sentencia y la inobservancia de las for- 
mas». 

Caracterizando el monarquismo del Congreso de Tucu- 
nián }'■ el fedei-alismo de Artigas, se expresa el general Mi- 
tre en los términos que extractamos á continuación: 

Belgrano se puso en contacto con los diputados, observó 
que casi todo el Congreso era monarquista, y se puso á tra- 
bajar simultáneamente á favor de la declaración de la in- 
dependencia y de la restauración de la monarquía de los 
incas. En la misma corriente de ideas estaba San Martín, 
pensando como Belgrano que faltaban elementos sociales y 
materiales para constituir una república y que con un mo- 
narca era más fácil consolidar el orden, fundar la indepen- 
dencia y asegurar la libertad, conquistando á la vez alian- 
zas poderosas y neutralizando los antagonismos existentes 



CAllGOS Y ACUSACIONES 91 

en el Perú. En nna sesión secreta del Congreso de Tucumjln 
á que fué invitado especialmente para comunicarlas impresio- 
nes recogidas en Europa acerca del movimiento de las colo- 
nias de! Río de la Plata, expresó el vencedor de Salta y 
Tucumán que en su concepto la forma republicana ofrecía 
grandes resistencias y que la forma más propia sería una 
monarquía templada, ^sllamando la dinastía de los incas,. 
por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta ca- 
sa tan inicuamente despojada del trono*. Después habló de 
la necesidad de declarar la independencia. El auditorio que- 
dó convencido. Según la afirmación de Belgrano, todos 
aceptaron sus ideas. 

Entretanto, los partidos se agitaban en Buenos Aires, 
levantando imo de ellos abiertamente el estandarte federal. 
«El partido federal, que había tenido su origen en el odio 
á la capital, representaba más bien que un orden de ideas, 
un sistema de hostilidad C3iitra Buenos Aires. A pesar de 
esto, nunca dejó de contar sus prosélitos en la capital, pues 
hasta el mismo Artiiías los tenía». 

Llega el turno de la invasión portuguesa, y el general 
Mitre estudia el nuevo factor en los términos que vamos á 
extractar: 

Mientras el mundo se agitaba con motivo de las cuestio- 
nes del Río de la Plata, «y la diplomacia argentina oscila- 
ba en el vacío persiguiendo un fantasma coronado, los 
orientales continuaban combatiendo por su independencia >. 
Mandaba la línea sitiadora de Montevideo el comandan- 
te don Fructuoso Rivera y con él se puso en comunicación 
el director Pueyrredón suministrándole algunos auxilios en 
febrero de 1817. Pero Rivera tuvo que acudir en ayuda de 
Artigas con motivo de la derrota del Catalán, y la línea si- 
tiadora quedó á cargo del «siniestramente famoso don Fer- 
nando de Otorgués^^. Al abrir negociaciones con Rivera y 
Otorgues, que no tuvieron resultado, se proponía el direc- 
tor Pueyrredón ^<no tanto robustecer el poder de los orien- 
tales, cuanto debilitar el de Artigas que consideraba peli- 
groso para la paz de las Provincias Unidas .. . Así es que á 



92 JOSÉ ARTIGAS 

la yez que promovía insurrecciones en el Entre Ríos para 
sustraer á su dominación este territorio, procuraba poner á 
sus principales tenientes en pugna con él, fomentando al 
mismo tiempo la deserción en sus filas». 

Formula con tal motivo el general Mitre el sio;uiente 
juicio acerca de los caudillos federales: 

«Artigas era un anarquista anti nacionalista, cuya ten- 
dencia era desligar á la Banda Oriental y los territorios 
que le obedecían, de la comunidad argentina, formando 
causa común con el Paraguay, y que prefería perder su país 
entregándolo vencido al extranjero antes que reconciliarse 
con las Provincias Unidas. Ramírez por el contrario, aun- 
que federalista, se reconocía miembro de la familia argen- 
tina, aspiraba á influir en sus destinos y miraba con odio 
al Paraguay >;. 

Ante las victorias de los portugueses en 181G y 1817 
y la entrada de Lecor en Montevideo, dice el general Mi- 
tre: 

«A pesar de tantos y tan severos reveses, los orientales 
no desmayaban en su heroico empeño. Defendían su suelo 
patrio y su independencia contra la agresión injusta de un 
poder extraño, que tomando por pretexto la anarquía de 
un limítrofe, sólo era movido por su ambición y su codi- 
cia. Artigas acaudillando esta valerosa resistencia se habría 
levantado ante la historia si hubiera poseído alguna de las 
calidades del patriota ó del guerrero. Pero desprovisto de 
toda virtud cívica, de toda inteligencia política y militar y 
hasta del instinto animal de la propia conservación, había 
preferido que su patria se perdiera antes que reconciliarse 
con sus hermanos... No por tantas y tan fáciles victorias 
los portugueses se habían adueñado del país. . . Sólo eran 
dueños del terreno que pisaban... Don Frutos Rivera, re- 
hecho de su última derrota y reforzado con las tropas 
salvadas de Montevideo, retiró todas las subsistencias al 
rededor de la plaza y estableció un bloqueo formal, redu- 
ciendo á Lecor al recinto de las murallas. ..» Los ejércitos 
portugueses de Montevideo y del Cuareim quedaban in- 



CARGOS Y ACUSACIONES 9.3 

terceptcidos y todo el interior del país estaba en poder de 
sus defensores. Tales resultados después de tantos contras- 
tes dan idea de las ventajas que se habrían obtenido si las 
tropas de Buenos Aires hubieran ocupado y mantenido la 
plaza de Montevideo y si Artigas hubiese seguido un plan 
de campaña más juicioso... «Estas peripecias de la Banda 
Oriental repercutían dolorosamente en el corazón de los 
argentinos, embravecían las resistencias anárquicas del li- 
toral contra el gobierno general y daban pábulo á la opo- 
sición que fermentaba en Buenos Aires». 

Prodúcese finalmente la derrota de Artigas en Tacua- 
rembó y éste se dirige á Corrientes al frente de 300 ó 400 
hombres, «abandonando para siempre á su patria, á la que 
dejó en poder del extranjero cuya invasión había provo- 
cado con su política brutal». 

Tales son las conclusiones del autor de la «Historia de 
Belgrano». 

Por el momento, sólo diremos que el general Mitre con 
ser el más concienzudo de los historiadores argentinos y el 
más apegado á las piuebas escritas, no invoca, acaso por 
primera vez, los documentos en apoyo desús acusaciones 
contra Artigas, aún cuando tenía abiertos de par en par los 
riquísimos archivos de Buenos Aires. Bastará saber que 
cuando escribió su «Historia de San Martín», del Archivo 
General de la Nación pasaron á su mesa de trabajo más 
de diez mil documentos. Y los documentos fueron utiliza- 
dos tan completamente, que ha podido decirse sin exagera- 
ción que en dicho archivo está comprobada cada línea de 
la historia del héroe de los Andes. ¿Por qué no procedió 
del mismo modo con el jefe de los orientales? La explica- 
ción es sencilla y la hemos podido comprobar nosotros mis- 
mos en los archivos: porque invariablemente los documen- 
tos son favorables al jefe de los orientales. De ahí, el silen- 
cio persistente de los historiadores argentinos! 



94 JOSÉ ARTIGAS 



El doctor Tjópez j sus faeutes liistóricas. 

En su «Historia de la República Argentina», al iniciar el 
proceso contra Artigas, dicelealiuente á sus lectores el doc- 
tor Vicente Fidel López: 

«Es una regla elemental de historia no dar asenso á las 
apreciaciones que proceden de ánimos prevenidos contra los 
hombres de quienes se trata; y nosotros no tenemos la 
menor intención de negar que execramos la persona, los 
hechos y la memoria de este funestísimo personaje de la 
nuestra». 

Con esa enorme dosis de execración, ya se puede imagi- 
nar la magnitud del proceso en manos de un historiador 
que en su polémica con el general Mitre desconocía la im- 
portancia de los documentos, para atenerse á los hechos, y 
que cuando escribía historia se dejaba guiar exclusivamen- 
te por las tradiciones de su familia y de su círculo impreg- 
nados de feroz antiartiguismo. 

Tres obras históricas ha escrito el doctor López y las 
tres rivalizan en materia de improperios contra el jefe de 
los orientales. 

En «La Revolución Argentina», publicada en la Revis- 
ta del Río de la Plata, se contienen estas apreciaciones 
furibundas al hablar de Artigas: 

<s Plantando su tienda en las cuchillas, en las márgenes 
incultas y solitarias de los ríos interiores, merodeaba en las 
fronteras portuguesas y se movía con bandas desordena- 
das, á las órdenes de forajidos, que bajo de él goberna- 
ban las campiñas con el robo, el estupro y los asesuiatos . .. 
ISo había término medio entre no ser soldado suyo y ser 
su enemigo: y el degüello unido al sarcasmo era la ley dia- 
ria de aquellos campos. (Véase el folleto del señor Cavia). 
En el Hervidero, cerca del Salto, había establecido un 
campamento que había bautizado con el nombre de « Li 
Purificación», alusivo á las aflicciones de degüello, cepas, 
¿izotes, chalecos de cuero con que él y sus tenientes debían 



CARGOS Y ACUSACIONES 95 

purificar la tierra de porteñ(3S y aporteñados. Tenía siempre 
consigo una cancillería de corrompidos bajo la dirección de 
Monterroso, fraile apóstata, con talentos degradados y de 
pasiones serviles. Favorecido por el localismo y por la 
situación inculta de las provincias argentinas del litoral, ha- 
bía logrado insurreccionarlas, á nombre y con el influjo de 
la palabra federación, que en él no era otra cosa que un tí- 
tulo deceptorio del vandalaje, y había logrado hacer de su 
campamento un centro político y diplomático, si es posible 
decirlo, de todas las fuerzas anárquicas y disolventes que 
se habían desatado en las gentes de los campos. Pero su 
misma doctrina debía matarlo en breve, como lo mató á 
Rosas. No se puede jugar impunemente con la verdad. 
Una vez que los pueblos sintieron que cada uno era y de- 
bía ser soberano en su territorio, tuvieron un sentimiento 
independiente y un caudillo propio cada uno: así es que el 
falso apóstol que quería servir al más hermoso de los go- 
biernos con el crimen y con la barbarie, tenía que ser de- 
rrocado y anulado por su mismo [)r¡ncipio». 

Después de estos párrafos, cita el doctor López varias 
páginas del folleto de Cavia, á quien llama «/¿//o muy dis- 
tinguido de Montevideo». 

Todo el proceso es, como se ve, á base del libelo infa- 
matorio que en 1818 el Directorio de Pueyrredón encargó 
á su oficial mayor de Gobierno, con el doble propósito de 
promover la reacción antiartiguista, que se iniciaba mediante 
una expedición militar á Entre Ríos, y de explicar á los 
comisionados del presidente Monroe la causa de la lucha 
contra el jefe de los orientales, á quien era necesario ex- 
hibir como una fiera fuera de la ley. El autor del libelo, le- 
jos de ser distinguido hijo de Montevideo, como se le titu- 
la para acreditar su imparcialidad, procedía, según su pro- 
pia confesión, de Buenos Aires, y por sus vinculaciones 
estrechísimas con Sarratea, Alvear y Pueyrredón y por su 
expulsión de la Banda Oriental en los comienzos del se- 
gundo sitio, era un im[)lacable enemigo personal y político 
de Artigas, á la vez que un instrumento de calumnias que 
alternativamente manejaban todos los partidos argentinos. 



96 JOSÉ ARTIGAS 

La segunda obra tlel doctor López «La Historia de la 
Kepública Argentina», continúa la serie de denuestos é 
improperios en la forma que extractamos: 

Entre los comandantes y jefes del gauchaje, ninguno ins- 
piraba tanta coufianzn á los españoles por su conocida 
afición á la causa del Rey, como un cierto José Artigas^ 
que desde las desavenencias de Elío con Liniers se había 
mostrado siempre pronto á tomar las armas contra las 
autoridades de la orilla occidental, ya fuesen virreyes ó go- 
biernos republicanos. Artigas era un bárbaro de los más 
bien dotados que ha producido alguna vez la vida del de- 
sierto, conbiuada con el genio del mal. Lleno de los talen- 
tos y de la previsión que distinguen á los políticos del ge- 
nio perverso. Artigas tenía en las cavei'nas del cerebro ese 
fuego rojo y voraz que al decir de los poetas, ilumina las 
tinieblas infernales donde Dios, según los teólogos, ha pro- 
hibido que se oigan siquiera las inspiraciones de su bondad 
infinita. Para él no había patria ni había humanidad. No 
había sino Artigas. No había ley ni orden civil: no había 
sino la voluntad de Artigas. Sus caprichos eran tremendos, 
pej'O nunca absurdos ni torpes, porque la habilidad y la as- 
tucia dominaban todos sus actos. Y de cierto oue si alojuna 
vez hubiera sido posible que lo que es malo é irreconcilia- 
ble con la civihzación dejara de estrellarse y de romperse 
contra la fuerza de las cosas, Artigas habría conseguida 
barbarizar las dos orillas del Río de la Plata y fundar 
(si es que eso es fundar) una agrupación execrable de tri- 
bus beduinas^ que al fin y al cabo hubiera provocado la ac- 
ción de los poderes europeos contra ese salvajismo intolera- 
ble apoderado de las márgeties de nuestros ríos al lado 
del Brasil y al frente de Europa. 

Abaíidonó la casa paterna en un completo estado de ig- 
norancia y sin que hubiera sido posible darle ni aun los 
grados inferiores de su cultura intelectual; se destacó en 
las corridas y volteadas de ganados alzados, en el saqueo 
de estancias, en el contrabando de cueros; enchalecaba á 
los que no le inspiraban confianza; y era el terror del te- 



CARGOS Y Aí^USACIONES 97 

iTitorio. Por fin, los propietnrios de campañn, desesperados 
de que los Poderes púljlicos pudieran vencer el desorden 
encabezado por Artigas, concibieron la idea de negociar 
la paz con éste y á ese fin pidieron y obtuvieron que el Vi- 
rrey nombrase á Artigas capitán de blandengues con 80 
hombres y un sueldo de trescientos duros mensuales á 
cargo de los solicitantes. 

En 1809 Elío encontró á Artigas bien dispuesto á ser- 
virlo en el caso de quel^iniers marchara sobre ]\Iontevideo. 
Y en 1811 lo encontraba igualmente fiel á la ban- 
dera española. Fué en consecuencia á la Colonia bajo las 
órdenes de Muesas. Pero sus capitanejos cometían toda cla- 
se de atentados, sin que Aitigas contuviera esos excesos, 
hasta que el conflicto estalló, por haber exigido Muesas la 
entrega de un delincuente. Artigas cruzó el río y se presen- 
tó á la Junta de Buenos Aires, 

Cuando Artigas se asiló en Buenos Aires hacía más de 
un mes que el coronel Martín Rodríguez, comandante de 
Entre Ríos y de las costas del líruguay, se ponía de acuer- 
do con los hombres influyentes de aquel vecindario para 
insurreccionarlos contra los españoles. Poco después uno 
de esos vecinos, don Bartolomé Zapata, se apoderaba de 
Gualeguay y de Gualeguaychíí y la guarnición española del 
arroyo de la China se trasladaba á Paysandú, abandonan- 
do á Zapata toda la costa entrerriana. Don Ramón Fer- 
nández, teniente y secuaz de Artigas, que comandaba en 
Soriano las fuerzas españolas, se insurreccionaba, arrastrado 
por el vecindario y por las insinuaciones del caudillo pró- 
fugo. Benavides, enemigo de Artigas, tomaba á Mercedes 
y sublevaba á varios vecindarios. Sorprendida la Junta 
Gubernativa con esta explosión tan repentina del senti- 
miento popular, que no había previsto si?io como una leja- 
na esperanza y que sin saber cómo, veía realizada antes de 
tiempo, se agitaba entre la urgencia con que era menester en- 
viar tropas y medios en su ayuda y con la falta de prepa- 
ración en que se hallaba para dirigir su acción. Las fuerzas 
de Belgrano regresaban entonces de su desgraciada expe- 



JOSE ARTIGAS.— í 



98 JOSÉ AKTIGAS 

dición al Parnguay. y de ellas echó manos la Junta. Belgra- 
no despachó al capitán de su ejército Manuel Artigas con 
cincuenta hombi'es, y ese oficial asaltó y tomó á San José, 
recibiendo allí una herida de la que murió en seguida. ¿Có- 
mo es que José Artigas no aparecía entretanto? Es que 
Benavides, su rival y enemigo, se le había adelantado y él 
trataba de ganarse la buena voluntad de la Junta Guber- 
nativa para formar parte de la expedición de Belgrano. 

«ICs característico de esta clase de hipócritas, sombríos y 
péifidos, el estilo lleno de adulaciones con que Artigas ha- 
blaba de Buenos Aires á sus secuaces de la Bnnda Oriental, 
para que supieran que él era el jefe preferido })or la Junta 
Gubernativa sobre los demás caudillos que habían tomado 
las armase, <-. Vuestro heroico entusiasmado patriotismo 
ocupa el primer lugar de las elevadas atenciones de la 
Excma. Junta de Buenos Aires que tan dig ñámente nos 
regenta Esta legión de valientes patriotas que acompa- 
ñados de vosoti'os van d sacar d sus hermanos de la opre- 
sión en que gimen Os recomiendo d nombre déla 

iJxcma. Junta vuestra protectora y en el de nuestro ama- 
do jefe, una unión fraternal y un ciego obedecimiento á las 
superiores órdenes de los jefes que os vienen á preparar lau- 
reles inmortales»... . «He ahí al hombre de cuerpo entero, 
pintado por sí mismo, con todos los dobleces y las perfidias 
que lo constituían moralmente. Acababa de traicionar su 
propia causa y á Elío; intrigaba con la eJunta de Buenos 
Aires para prevalecer sobre sus émulos y para perderlos, 
como lo vamos á ver; y se preparaba á traicionar también 
á sus nuevos protectores en pro de su ambición unos días 
después, cuando se viese asegurado en el teatro de la bar- 
barie que había sido la escuela de su vida y la única reli- 
gión de su alma». 

Así habla el autor de «La Historia de la República Ar- 
gentina», al exhibir el único testimonio que ha encontrado 
contra el jefe de los orientales, pues todo lo demás del pro- 
ceso que hemos transcrito, se reduce á palabras furibun- 
das, efecto de la execración contra el personaje confesa- 



CARGOS Y ACUSACIONES í)í) 

díi honradamente por el doctor López en su obra anterior. 
Y ese rini(;o testimonio, si algo prueba, es que Artigas entró 
á la Revolución, dispuesto á servir lealmente á la Junta 
Gubernativa, y que habría perseverado en su propósito, si 
la política absorbente del Gobierno de Buenos Aires no se 
hubiera encai'gado de cavar abismos que fatalmente tenían 
que ensangrentar al país, como en efecto lo ensangrentaron. 

La tercera obra del doctor López, es su <^ Manual de la 
Historia Argentina», y en esta nueva obra destinada á la 
enseñanza secundaria, el autor rebasa todos los niveles en 
materia de diatribas, para hacer más execrable todavía la 
memoria del jefe de los orientales. Oigámosle: 

Cuando Rondeau se retiró á Buenos Aires, una parte 
de las tropas regulares continuó al mando de Artigas: los 
cuerpos de Soler, Terrada, French y Nicolás Vedia entre 
los argentinos, y los de Ventura Vázquez, Vargas y Vie- 
ra entre los orientales. Todos esos jefes habían solicitado 
al Gobierno la separación de Artigas, diciendo que el cam- 
pamento del Ayuí era un foco de corrupción, de bárbaros 
amotinados, que los niños morían por docenas á la intem- 
perie, por inanición y miseria, que los asesinatos y robos 
eran de orden común, que las tropas regladas que ellos 
mandaban se desmoralizaban á prisa y desertaban al otro 
campamento donde los desertores eran abrigados y prote- 
gidos descaradamente. Una vez que Sarratea se hizo car- 
go del ejército, dispuso que los cuerpos argentinos forma- 
sen la vanguardia de las tropas que debían marchar á 
Montevideo. Protestó Artigas, pero los cuerpos levantaron 
campamento. Sarratea ordenó entonces á Artigas que se 
pusiera en marcha, pero el caudillo «se negó á obedecer y 
contestó que antes de contribuir á una campaña dirigida 
por sus enemigos, les haría una guerra á muerte. Al ver 
esto los jefes orientales encabezados por Vázquez y Bau- 
za sacaron sus tropas del campamento de Artigas y se 
unieron al de Sarratea, con toda la oficialidad que se com- 
ponía de jóvenes cultos pertenecientes á las primeras fa- 
mihas de Montevideo». 



loo JOSÉ ARTIGAS 

Ocúpase el autor de la elección de diputados ú la Asam- 
blea General Constituyente que se había ordenado por 
plebiscito de 8 de octubre de 1812, y dice: 

«Todas las provincias practicaron satisfactoriamente las 
elecciones, designando los hombres más distiíiguidos del 
país, menos la Banda Oriental, donde Artigas como lo va- 
mos á ver perturbó los actos electorales, rompió con Ron- 
deau, pactó la más infame traición con los jefes de la plaza 
y comenzó aquella guerra bárbara y desastrosa contra el 
orden social y contra los principios cultos de gobierno, 
que duró seis años largos con el nombre de montonera del 

litoral No quería elegir diputados sino introducir á la 

Asamblea agentes sumisos que anarquizaran y protesta- 
ran para justificar la situación de rebelde desorganiza- 
dor en que estaba resuelto á ponerse — Reunió en su cam- 
pamento diez individuos, y de su propia autoridad los de- 
claró electores: cinco por la campaña y cinco por los gru- 
pos de gauchos armados que formaban su división. Por 
toda credenciíd le dio á cada diputado una carta privada 
firmada por los diez electores, á cuyo pie él como jefe su- 
premo de los orientales certific5 que aquellos diez indivi- 
duos habían sido electores y habían hecho en su presencia 
la elección del diputado tal, que iba munido de esta ad- 
mirable credencial. Además, á cada diputado le entregó 
un pliego de prescripciones firmadas por los diez electores 
en el que se les ordenaba que reclamasen para la Provin- 
cia Oriental la independencia de su gobernador, la de las 
autoridades que éste nombrase y la obligación del gober- 
nador de Buenos Aires de poner bajo esta autoridad local 
todos los recursos, dinero y armas que necesitase para su 
defensa y para la continuación de la guerra contra los 
enemigos. A este antojo bárbaro y cínico á todas luces es 
á lo que el caudillo llamaba y sus panegiristas llaman 
ahora iniciativa federal de Artigas: como si hubiese algún 
bandolero alzado contra las leyes sociales, que no haya 
sido sectario de esta clase de federación sui géneris de 
uno contra todos en lugar déla verdadera de todos en uno. 



CARGOS Y ACUSACIONES 101 

La Asamblea, como era natural, declaró nulos los poderes 
délos diputados de Artigas». 

Pasa en revista la nueva elección de diputados, el Con- 
greso de la Capilla de Maciel y las protestas á que dio lu- 
gar, y dice que á raíz de las derrotas sufridas por Belgra- 
no en Vilcapugio y Ayouma y tres días después de la lle- 
gada á Montevideo de dos ó tres mil hombres (10 de 
enero de 1814), Artigas aprovechó la ocasión «para con- 
sumar la pérdida del ejército patriota. El 19 le avisa al 
gobernador de la plaza que en la noche del 20 va á dejar 
abandonado el costado que guardaba y á retirarse alzado á 
la campaña». El 2Ü por la noche estaba consumada la 
traición. «Por fortuna Vigodet creyó que aquel anuncio 
era una celada y se abstuvo de darle fe». 

«No ha faltado quien haya (|uerido levantarle una esta- 
tua a este liéroe; pero el proyecto ha escollado en la difi- 
cultad de darle un traje. ¿De militar? La cosa era absurda 
porque nunca vistió sino poncho, sombrero de paja y ha- 
rapos; y de enjaezarlo en su traje natural, la figura real y 
el heroísmo se habrían devorado entre sí». 

Bajo el epígrafe de «La lección moral», se diiige luego 
el doctor López á \í\ juventud de su patria: 

«Hemos querido una vez por todas poner en manos de 
la juventud culta, con todos sus detalles y su filiación cro- 
nológica, los procederes de Artigas cotno argentino desde 
1810 á 1813. Quedan, pues, señalados y comprobados los 
hechos con que el criterio social y sano puede pronunciar 
su juicio. Lo que va á seguir no es ya otra cosa que una 
serie de atentados propios de una ira despechada, de una 
conciencia sin freno, de un alma demente, obcecada y de 
una ferocidad personal que la psicología histórica señala 
como una degradación característica y fatal á que han sido 
arrastrados todos aquellos que renegando del orden social 
y de la religión de las leyes, se envuelven en los delirios de 
la omnipotencia. Caen en la demencia, se convierten en 
monstruos, dejando [)oluta la historia de los })ueblos donde 
han surgido . . . Después de esa infame traición delante de 



102 JOSÉ ARTIGAS 

las murallas enemigas y de la fuga á las selvas, Artigas 
quedó devuelto al destino con que había nacido, á la pro- 
fesión que había elegido al entrar á la vida, contrabandista, 
montaraz, bandido fuera de la ley común de las gentes, 
outlau, como con tanta propiedad llaman los ingleses á es- 
ta clase de seres siniestros. La terminación de su carrera 
era, pues, cuestión de tiempo; porque en los mismos exce- 
sos de su dominación y del movimiento desorganizador 
que había provocado, tenía que encontrar los cómplices 
vueltos en enemigos que habían de acabar con él: manus 
ejus contra omnes, manus omníuní contra eum. Pero ahora 
es el momento de reflexionar, que los hombres cultos y de 
principios que al entrar en una revolución necesaria, en 
vista de la mejora social del país que aman, echan mano 
de malvados ó de locos desequilibrados por las pasiones 
del momento, son los verdaderos responsables de las des- 
gracias y del desaliento que desmoralizan y corrompen á 
los pueblos ->>. 

La contienda entre Artigas y la oligarquía porteña, no 
podía tener por causa, según el doctor López, divergencias 
de principios políticos. El odio á los porteños y á sus auto- 
ridades reconoce otro origen. 

En la capital del virreinato gobernaban las autoridades 
policiales que ejercían su jurisdicción en los territorios lito- 
rales y principalmente en el de la Banda Oriental, en cu- 
yas orillas había estancias de vecinos pacíficos á quienes 
la policía colonial tenía que proteger. Con ese fin recorría 
el territorio un preboste con una partida armada en perse- 
cución de malhechores y contrabandistas, «y ya se puede 
comprender que este preboste no hacía causas de procedi- 
mientos, con pruebas y defensas, sino que agarraba y con 
averiguaciones sumarias ó pruebas de reincidencia ahorca- 
ba en los árboles más robustos para no gastar pólvora. Be- 
guía atravesando por donde bien le parecía para volver 
otra vez después de algún tiempo, sin amnieiar sus visitas, 
por supuesto. Y como el j)unto de partida, centro ó auto- 
ridad de esta justicia <gutíticiera» que se llamaba entonces 



CAKGOS V ACUSACIONES 103 

la justicia del Re}^ residía y partía de Buenos Aires que 
era el puerto por antonomasia, las hordas del gauchaje 
oriental y litoral pagaban con un odio natural á los porte- 
ños las hazañas de la justicia colonial: nada más natural, 
nada más justo, y nada más injusto también si se quiere, 
pues pagaban justos por pecadores. Las actuales consecuen- 
cias son fenómenos de atavismo». 

Estudia el doctor López «la acefalía de los territorios 
federales», ó sea la falta de agrupaciones urbanas numero- 
sas y fuertes sobre la soinibai'barie de las pam|)as centra- 
les y de las selvas uruguayas, y dice: 

«Ai'tigas tenía, pues, pronto y preparado el teatro del 
drama vergonzoso y sanguinario que iba á manchar las 
páginas de nuestra revolución y dejar enfermo — jsabe 
Dios por cuánto tienqx)! — el oi'ganismo social y político 
de los pueblos del Rúj de la Plata á una y otra banda. Al 
proclamar su insurrección debajo de las murallas de Mon- 
tevideo y al oído de los enemigos de la patria, soltó un ala- 
rido salvaje que transcurrió por las selvas uruguayas; y un 
enjambre de montoneras bravias respondió cubriendo to- 
das aquellas campañas sin más bandera que el saqueo y el 
desorden. Débil cada grupo por falta de una entidad for- 
mada que los agrupase á todos, se unieron á Artigas por 
lo pronto, mientras que en el seno de cada cohesión pro- 
vincial, se preparaban á predominar futuras entidades que 
con la misma bandera habían de alzarse muy pronto y dar 
en tierra con él». 

Después de la batalla de Guayabos, el Directorio resol- 
vió solucionar la cuestión de la Banda Oriental sobre la 
base de la independencia y mandó con ese objeto á su mi- 
nistro de Gobierno don Nicolás Herrera. «Pero Artigas se 
negó, declarando que él se tenía por jefe supremo de los 
pueblos libres, es decir, de Entre Ríos, CoiTÍentes, Santa Fe 
y Córdoba, y que hasta no triunfar y ocupar la ca[)ital co- 
mo tal, no dejaría las armas. Lo que quiere decir que no 
era sino un caudillo argentino, alzado contra el Gobierno 
nacional; y de ninguna manera un promotor ó defensor 



104 JOSÉ ARTIGAS 

de la independencia oriental, como lo quieren presentar al- 
gunos con evidente falsedad y mala fe; y esto prueba tam- 
bién que cuando el Gobierno argentino hizo acuerdos con 
el Gobierno portugués para exterminar á este caudillo, no 
lo hizo contra un oriental, ni contra los intereses orientales, 
sino contra un bandolero argentino que le hacía la guerni; 
y que por consiguiente, el Gobierno estuvo en su pleno de- 
recho para obrar así». 

La «locuiuentaeióii del doctor López. 

¿La prueba de todas estas enormidades que amontona 
el doctor López? 

«Es menester», dice el autor en una nota de su «Ma- 
nual», «poner en manos de la juventud culta, liberal é in- 
clinada á moralizar nuestras ideas políticas, el detalle pro- 
lijo de las fechorías de este caudillo siniestro, tal como está 
documentado por escritores honorables y verídicos: F. Be- 
rra, «Bosquejo histórico»; Genenil Nicolás Vedia, «Memo- 
rias»; B. Mitre, «Historia de Belgrano»; V. F. López, 
« Historia Argentina » . 

Hemos examinado algunas de esas fuentes, sin encon- 
trar el más remoto asomo de documentación. Y más 
adelante, tendremos oportunidad de examinar las res- 
tantes, con el mismo resultado negativo en materia de 
pruebas. 

Es tan corriente la costumbre de reducir la documenta- 
ción contra Artigas á la simple afirmación de sus detrac- 
tores, que el doctor López dice, por ejenq)lo, como la cosa 
más llana del mundo, que Vedia, French, Soler, Vázquez, 
Viera, Vargas y otros jefes solicitaron del Gobierno su se- 
paración del ejército de Artigas, invocando que el campa- 
mento del Ayuí era un foco de corrupción, de bárbaros 
amotinados, de asesinatos y de robos. Si tales gestiones se 
hubieran deducido, nada más fácil que fundar su prueba 
en la riquísima docuniculación del Archivo de la Nación 



CARGOS Y ACUSACIONES 105 

Argentinn, que por su abundancia de piezas justificativas 
es una oficina que honra mucho á Buenos Aires. Pero no 
han producido esas pruebas, sencillamente porque ellas no 
existen, ni han existido jamás 

Hablando de Montei'roso, uno de los inteligentísimos 
secretarios de Artigas, dice el doctor López en su «Re- 
volución Argentina», que «cuando quiso entrar á vivir 
en Montevideo, recién libertado del Brasil, el escándalo 
de sus habitantes llegó á su colmo, y arrojado de allí 
por la autoridad, tuvo que ir á morir en un rincón agreste 
y sohtario del valle de Elquí, al sur de Chile, donde lo he 
visto el año 1842, con una familia que allí se había dado 
él mismo». 

En su obra «Artigas», ha [)ublicado Carlos María Ra- 
mírez tres documentos que prueban la absoluta falsedad de 
estas afirmaciones del doctor López. Vamos á transcribir- 
los, por su inmensa importancia para probar el criterio fan- 
tasista de los adversarios del jefe de los orientales. 

«Después de la derrota de Ramírez (1821) Monterroso 
emigró efectivamente á Chile donde hizo fortuna con la ex- 
I)lotación de una mina. En ngosto de 1834 se presentó en 
Montevideo procedente de Valparaíso y con el nombre su- 
puesto de Luis Feí-rol y en calidad de particular, por cuya 
razón fué arrestado, decía el jefe de policía don Luis Lamas 
en oficio dirigido á don Lucas Obes, INlinistro de Gobier- 
no, que existe en el Archivo público y del cual tenemos 
copia, así como de los que en seguida vamos á citar. Por 
orden del Gobierno, fué encerrado Monterroso en el con- 
vento de San Francisco. Se escapó de allí á los pocos días, 
y el 1 O de septiembre, después de tenérsele encerrado en la 
Ciudadehí, fué embarcado en un buque que salía para ul- 
tra nuir». 

Interpelado acerca de esto por la Curia, dictó el Go- 
bierno la siguiente resolución: 

«Pásese nota al señor Provisor, indicándole que el Go- 
bierno al adoptar la medida que él ha debido conocer, ha 
tenido en vista llenar un deber que le acuerdan las facul- 



106 JOSÉ ARTIGAR 

tades constitucionales y el carácter amenazador de los crí- 
menes que acechan la tranquilidad y la paz de la Repúbli- 
ca, uniéndose á estas consideraciones otras no menos alar- 
mantes que procedían de la conducta observada por aquel 
religioso y las sospechas vehementes de que la menor vi- 
gilancia por parte de la autoridad, le ofrecían un nuevo es- 
tímulo para desplegar su genio y las inclinaciones que le 
unen á la persona y á la causa de la anarquía». 

En el oficio en que comunicaba á la Curia esta resolu- 
ción, decía don Lucas Obes: 

'-^Por tanto y con la delación positiva de que al abrigo 
de la libertad en que el prelado de San Francisco había 
dejado al apóstata de esa misma orden y apóstol de esa 
misma anarquía fray José Gervasio Monterroso, habría 
llegado éste á combinar su fuga á la campaña, el Gobierno 
á quien de antemano constaban los esfuerzos hechos por el 
caudillo Lavalleja para unir á su bando á un hombre tan 
digno de encabezarlo como él mismo, resolvió, etc.», 

«Sucedía esto bajo el Gobierno de Rivera. Monterroso 
fué á Roma, obtuvo del Papa su secularización, es decir su 
transformación de religioso regular en religioso seglar, pa- 
sando de fraile á simple sacerdote ó presbítero, y regresó a 
Montevideo en diciembre de 1836, cuando ya gobernaba 
don Manuel Oribe y estaba en auge el círculo lavallejista. 
A su llegada, ignorándose la circunstancia de la seculari- 
zación conseguida, intimóle el Gobierno por medio de la 
policía, que se retirase á vivir en el claustro de San Fran- 
cisco, con arreglo á los votos de su instituto ó recabase su 
pasaporte para salir del territorio del Estado. Días después, 
en oficio de 4 de enero de 1837, el vicario Larrañaga es- 
cribía al Ministro de Gobierno doctor don Francisco 
Llambí: 

«Últimamente ha presentado á este Vicariato Apostólico 
el presbítero don José Gervasio Monterroso el documento 
de su secularización expedido y ejecutado ya en la forma 
necesaria, circunstancia que me apresuro á comunicar á 
V. E. rogándole se sirva elevarla á la noticia del Superior 



GARGOS Y ACUSACIONES 107 

Gobierno, quien no dudo participará en ello de la más viva 
complacencia y suma satisfacción que yo experimento en 
un asunto que tanto ha ejercitado su alto celo y llamado 
justamente la espectación publica.» 

«Monterroso murió tranquilamente en Montevideo, su 
ciudad natal, en marzo de 18.^8, según lo justifica la si- 
guiente partida parroquial: «Rafael Yéregui, cura párroco 
de la Catedral Basílica de la Purísima Concepción y de 
los Santos Apóstoles Felipe y Santiago de Montevideo, 
certifico que en el Libro décimo de defunciones, al folio 
cincuenta y tres se halla la partida del tenor siguiente: En 
diez de marzo de mil ochocientos treinta y ocho se enterró 
en el cementerio de esta capital el cadáver del presbítero 
don Gervasio Monterroso, natural de esta ciudad, hijo le- 
gítimo de don Marcos y doña Juana Bermúdez, edad 60 
años y por verdad lo firmé como teniente cura. — Francis- 
co de Lara. — Es copia fiel del original á que me refiero. 
— Montevideo, diciembre 3 de 1884. — Rafael Yéregui». 

Quiere decir, pues, que Monterroso fué expulsado de 
Montevideo en 1834, única y exclusivamente por sus vin- 
culaciones con Lavalleja, que en esos momentos conspira- 
ba contra la presidencia de Rivera. 

Y quiere decir también, que cuando el doctor López vio 
á Monterroso al Sur de Chile y al frente de una familia, 
hacía ya cuatro años que el famoso fraile descansaba en 
un sepulcro del Cementerio Central de Montevideo! 

El doctor Berra y su criterio histórico. 

En dos de sus obras se ocupa el doctor Francisco A. 
Berra, de x\rtigas y de su actuación en la política del Río 
de la Plata: el « Bosquejo Histórico» y el «Estudio histó- 
rico acerca de la República Oriental». Y dos ejemplos 
muy interesantes vamos á invocar contra la veracidad de 
su afirmaciones. 

Habla el «Bosquejo Histórico» de la administración de 
Otorgues en 1815 y de su bando contra los europeos; 



108 JOSÉ ARTIGAÍS 

«Este caudillo predilecto de Artigas, iustituyó una Jun- 
ta de vigilancia compuesta de crimiiiales con el fin de 
perseguir á los españoles y á las personas que se juzgase 
afectas á la causa de Buenos Aires.» 

He aquí los nombres de esos criminales, según una 
circular oficial que transcribe don Isidoro De -María 
(«Compendio de la Historia >): Juan María Pérez, pre- 
sidente; Gerónimo Pío Bianchi y Lorenzo Justiniano Pé- 
rez, vocales. El doctor Lucas José Obes, era asesor de esa 
Junta. 

Los cuatro figuraban á la cabeza de la sociabilidad 
uruguaya y algunos de ellos han tenido relieve memorable 
por su actuación y sus servicios á la patria. Pero el proce- 
so á Otorgues requería que fueran bandidos los hombres 
de quienes él se servía, y como bandidos tenía que exhibir- 
los ante la historia el doctor Berra. 

Historiando la misión confiada por Pueyrredón al co- 
ronel Vedia en 18 1 G, dice el doctor Berra en su «Bosque- 
jo Histórico» que el comisionado, después de entrevistarse 
con el general Lecor, se dirigió al campamento de Arti- 
gas. Y no satisfecho con eso, suministra el doctor Berra 
los detalles de la entrevista en estos términos: 

«Vedia se trasladó en seguida al campamento de Arti- 
gas, le exhortó á que entrase en negociaciones de reconci- 
liación con el Gobierno de las Provincias Unidas, asegu- 
rándole que este era el camino por el cual todo el Río de la 
Plata correría á rechazar al invasor, pero que en caso con- 
trario la Banda Oriental se vería sola frente á los aconte- 
cimientos. Artigas, que tenía noticias del desastre de India 
Muerta, que había sido vencido en toda la extensa línea 
de su defensa, que no podía esperar ya los favores de la 
fortuna, contestó que no permitiría que nadie mandase en 
jefe sino él, y que en cuanto á arreglos con los porteños, 
ya sabía Barreiro lo que había que hacer.» 

Pues bien, el general Mitre («Historia de Belgrano»), 
relatando la entrevista de Vedia con Lecor, sobre la base 
de autógrafos existentes en su archivo y con la autoridad 



CARGOR Y ACUSACIONES 109 

que le daba su estroclio parentesco con el co misionado ar- 
gentino, dice lo siguiente que basta y sobra para pulveri- 
zar el párrafo que antecede: 

«Después de algunas demoras calculadas, el coronel Ve- 
dia fué despachado al fin, entregándole Lecor por despedida 
un estado de las fuerzas de mar y tierra que estaban á sus 
órdenes, ú. fin de que lo comunicase á su Gobierno. A pre- 
texto de falta de caballos, se le obligó indirectamente á em- 
barcarse en Maldonado. El objeto era ocultar las marchas 
del ejército portugués y posesionarse de Montevideo antes 
que el comisionado argentino pudiese dar cuenta de su comi- 
sión en Buenos Aires, á donde llegó el 7 de diciembre». 

Para hacer más grave la actitud de Artigas, era necesa- 
rio inventar una entrevista y la entrevista fué inventada 
con verdadero lujo de detalles. 

Vengamos ahora al extracto del «Bosquejo» en la parte 
relativa al jefe de los orientales. 

Artigas nació en Montevideo el año 1758 y tenía cua- 
renta y cuatro años cuando el Gobierno español resolvió 
utilizarlo para perseguir a los contrabandistas y bandole- 
ros. Era el más afamado entre los malhechores. Enviado 
por su padre á una estancia, desertó de ella y se mezcló 
con los salvajes y contrabandistas, de cuyos vicios se infil- 
tró, capitanenndo al principio una pequeña banda. Con- 
cuerdan los testimonios de la época en que no tardó en 
atraerse la atención de los otros contrabandistas por el 
atrevimiento de sus empresas. Los contrabandistas mejor 
templados prefirieron ponerse bajo sus órdenes. El nombre 
de Artigas sonó en todas partes, como el de un contraban- 
dista invencible. El Gobierno se propuso emplearlo para 
combatir á sus propios colegas. Pasando por encima de las 
leyes que castigaban se verísi mámente estos delitos, las au- 
toridades le ofrecieron el perdón y un señalado puesto en 
el ejército, en cambio de que persiguiera á los malhechores 
de campaña. Artigas, halagado por la propuesta la aceptó, 
y valiéndose de las crueldades que le habían dado sombría 
reputación de contrabandista, se lanzó contra sus colegas y 



lio JOSÉ ARTIGAS 

camarades. Suprimió toda formalidad judicial, bastándole 
el eonocimieuto per.soiuil de los individuos á quienes per- 
seguíii, {)ara ordenar su muerte. La más usada de todas las 
formas de producir la muerte, era la de encliipar, ó sea en- 
volver al culpable en un cuero fresco y exponerlo al sol, 
hasta que la contracción del cuero producía la muerte. Por 
tales medios, Artigas sembró el espanto entre los bandidos 
y tranquilizó la campaña. 

Confeccionado el retrato á base de Cavia y de Miller, la 
obra del jefe de los orientales tenía que ser para el doctor 
Berra materia de incesante «execración histórica». Y así 
fué efectivamente, como lo demuestra la relación de los 
períodos culminantes de su vida que extractamos en se- 
guida: 

Después de la retirada del ejército portugués, el presi- 
dente del triunvirato, don Manuel de Sarratea, tomó á su 
cargo la organización del ejército que debía destinarse á 
reanudar las operaciones de la Banda Oriental contra los 
españoles. Así que llegó al Ayuí, se hizo reconocer como 
general en jefe y le arrebató á Artigas todas sus tropas 
regulares. Artigas, despechado quedó en actitud de rebelde, 
y cuando el ejército de Sarratea marchó al Estado Orien- 
tal, él lo hostilizó de todos modos, exigiendo que fuese de- 
puesto y reemplazado por otro jefe. Artigas llegó á mante- 
ner comunicaciones reservadas con Vigodet. Tardaba el 
Gobierno en resolver el conflicto y entonces Rondeau y 
otros jefes pidieron á Sarratea que renunciase, á lo que 
accedió. Inmediatamente Artigas se unió á la línea sitia- 
dora. Pero el conflicto debía reproducirse. «Habiendo pro- 
cedido los pueblos de la provincia á elegir diputados para 
la Asamblea General Constituyente que se reunió en Bue- 
nos Aires en enero de este año (1813) pretendió Artigas, 
instigado por sus amigos los federales de Buenos Aires, 
que el pueblo se sometiese á su voluntad en la elección y 
que los diputados obedeciesen en el desempeño de su co- 
metido á las instrucciones que él les diera. Como nadie 
había autorizado á Artigas para ejercer actos políticos, 



CARGOS Y ACUSACIONES 11 1 

pues era un simple jefe militar de la milicia uruguaya, y 
menos podía arrogarse la soberanía que por derecho per- 
tenecía al pueblo, no le obedeció éste, sino que obró con 
libertad, según su pro[)ia opinión El despecho de Artigas 
fué tan grande y su modo de manifestarlo tan opuesto á la 
razón, que desertó del sitio en la noche del 2 t de enero de 
1814, dejando descubierta el ala izquierda de la línea». 

Hablando de los federalistns de Buenos Aires y de Ar- 
tigas: 

«Interesados en darle dirección, se apresuraron á ofre- 
cer su amistad al que habínn instituido jefe de los orienta- 
les y á influir en su ánimo por medio de cartas y de emi- 
sarios, que le trasmitían, ya ideas generales relativas á la 
federación, ya consejos particulares respecto de lo que ha- 
bía de hacer en cada caso. Artigas no podía darse cuenta 
de lo que significaban muchas de las doctrinas abstractas, 
más ó menos fragmentarias y no siempre correctas que se 
quería inculcarle, pero tomó de ellas las expresiones «fe- 
deración:>, «causa de los pueblos», «libertad», «despotis- 
mo» y otras análogas, les atribuyó la acepción extraña que 
le sugirieron su modo de ser y sus hábitos, y se formó un 
concepto disparatado del papel que tenía que desempeñar». 

La ignorancia de Artigas «era crasísima, al extremo de 
no poder escribir ni redactar una carta de pocos renglones. 
Servíase de terceros para toda su correspondencia y como 
éstos cambiaban á menudo, resultaba variado el estilo, el 
sentido y el tono de sus comunicaciones». 

Por lo demás, se a})resura á anticipar el doctor Berra, 
la tendencia de los salvajes y bárbaros es descentralista, 
individualista. Los mismos níícleos civilizados tendían á 
la descentralización, acostumbrados por los Cabildos. Bue- 
nos Aires participaba de esta tendencia y á la vez de la 
centralista en su calidad de cabeza del movimiento revo- 
lucionario. 

Artigas concentró en su persona todos los poderes. Ni 
siquiera tenía ministros. Intervenía personalmente en to- 
dos los detalles de hacienda. .< No pocas veces condenaba 



112 



JOSÉ ARTIGAS 



á muerte en su propio campamento, sin forma de juicio 
como lo hizo con don José Pedro Gorria (jefe de una fuer- 
za correntina que cayó prisionera en una acción de gueri-a), 
en su cuartel general á los dos meses de tenerlo preso;^. 
Su centralismo fué tan riguroso que privó á los Cabildos 
de toda autonomía. El Cabildo de Montevideo, que ei-a el 
más importante, recibió terribles reconvenciones y amena- 
zas por no acertar á cumplir sus órdenes y tuvo una vez 
que enviar comisionados [)ara aplacar al iracundo geneíal. 
Jamás reconoció la sobeninía popular y él se tuvo siempre 
por único soberano de su provincia. Sólo concibió la for- 
ma de gobierno propia de las tribu.^ salvajes y no admitió 
otra soberanía que la admitida en los estados salvajes, en 
que el pueblo nada significa y el autócrata todo lo puede. 
El régimen de Artigas puede considera)'se como tipo de 
absolutismo personal. Se mostró irritado con el Cabildo 
porque no le mandaba bastantes europeos á Purificación; 
pero cuando Barreiro le dio cuenta de las atrocidades é irre- 
gularidades de Otorgues y de la complicidad de algunas 
personas civiles en el mal manejo de los fondos públicos, 
«castiojó á estos últimos confiscando sus bienes v reducién- 
dolos á prisión ó haciéndolos matar», y nada hizo contra 
Otorgues sino convencerlo de que estaba en error. 

T^a «Ii^camentaeió» «lol doctor Berra. 

En su «Estudio histórico acerca déla República Orien- 
tal del Uruguay», agrega el doctor Berra, que los secuaces 
de Artigas recibían órdenes de confinar á Purificación 
á los españoles europeos, y que esas órdenes dieron lugar á 
numerosas ejecuciones; que Rivei'a al referirse en sus Me- 
morias á la fundación del pueblo del Hervidero, expresa 
con marcada intención que los españoles podrían descifrar 
el nombre; que Artigas en 1811 y posteriormente al des- 
ocupar el Hervidero, arrastró á toda la población á la cos- 
ta entrerriana, castigando con la muerte la desobediencia; 
y que al invadir el territorio de Río Grande en 1819, 
llevó todo á sangre y fuego. 



CARGOS Y ACUSACIONES 113 

Había llegado la oportunidad de documentar esas y to- 
das las demás crueldades de Artigas, negadas terminan- 
temente por Carlos María Ramírez. Y el doctor Berra 
sale del apuro, citando sus fuentes, para demostrar que no 
se ha ceñido al folleto de Cavia, por más que reconozca que 
«es de un valor histórico indisputable». He aquí las fuen- 
tes principales del autor: 

El general Miller, que «tuvo ocasión para conocer de 
cerca á Artigas >, refiere que éste en su juventud se eman- 
cipó de la autoridad paterna y de la autoridad pública y 
que «asociándose absolutamente con los bandidos llegó á 
ser el terror de todo el país»; que fué jefe de contraban- 
distas españoles y portugueses; que después entró al ser- 
vicio de los españoles, bastándole la notoriedad del crimen 
para ejecutar ai delincuente; que cuando los criminales 
eran muchos y creía conveniente no gastar pólvora, acos- 
tumbraba á liarlos en cueros frescos y á dejarlos morir allí 
en medio de la mayor desesperación. 

Los señores Rengger y Lonchamp, vinieron al Río de 
la Plata á mediados de 1818 y se dirigieron al Paraguay 
con el propósito de realizar exploraciones científicas. Y 
ellos dicen que la vida de Artigas es un tejido de horro- 
res, como contrabandista y salteador; que el gobierno es- 
pañol lo tomó á su servicio y lo convirtió en perseguidor 
de sus camaradas; que más tarde encendió la guerra civil 
y provocó á los brasileños; que estaba rodeado de facine- 
rosos, etc. 

Entre los orientales que se han ocupado de Artigas, figu- 
ran el doctor Juan Carlos Gómez y el doctor Pérez Gomar, 
que han emitido juicios bien desfavorables, y el general 
Nicolás Vedia «uno de los que se amotinaron en el Ce- 
rrito con Artigas contra el general en jefe del ejército pa- 
triota que sitiaba la plaza de Montevideo en 1813». 

El «viejo oriental» que es «un conocido», dice que Ar- 
tigas fué un malvado que mientras estuvo al servicio de 
los españoles fusilaba y degollaba criminales «sin forma 
de causa»; que era un hombre criminal y corrompido: un 

JOSÉ ARTIGAS— 8 r. I. 



114 JOSÉ ARTIGAS 

terrorista, autor de una política prostituida; que «la indi- 
fereneia con que recibía la noticia de los degüellos hechos^ 
por su orden ó no, era pasmosa». 

El señor Cavia, «que es uno de los orientales más dis- 
tinguidos de su tiempo^>, al ocuparse de la entrada de Arti- 
gas al servicio del Gobierno español, dice: <^En ese tiempo 
era voz pública en Montevideo que Artigas de acuer- 
do con los mandatarios españoles, degollaba ó fusilaba 
hombres de la campaña, sin proceso ni formalidad alguna, 
con solo la calidad queá él le constase que eran criminales. 
No salimos garantes de la realidad de estas noticias, aun- 
que encontramos mucha analogía entre semejantes hechos 
y los que á nuestra vista ha cometido posteriormente el Pro- 
tector». 

El Cabildo que desde 1816 tenía Montevideo, compues- 
to de los señores Juan José Duran, Juan de Medina, Felipe 
García, Agustín Estrada, Joaquín Suárez, Santiago Sie- 
rra, Juan Francisco Giró, Lorenzo J. Pérez, José Trápani 
y Gerónimo Pío Bianchi, se reunió el mismo día de la des- 
ocupación de Montevideo por las fuerzas artiguistas (19 
de enero de 1817) y en dicha reunión habló así el síndico 
procurador general: «Qué medios deberían adoptarse des- 
pués del abandono hecho por la fuerza armada que oprimía 
esta plaza y vecindario que había siempre representado los 
deseos por la paz y tranquilidad constantemente manifesta- 
dos por el pueblo y quehastaahora se. vio forzado á sopor- 
tarla. Pero que viéndose ahora ya libre de aquella opresión, 
se hallaban en el caso de declarar y demostrar públicamen- 
te que la violencia había sido el motivo de tolerar y obe- 
decer á don José Artigas». Oída la exposición del síndico, 
declaró el Cabildo «que habiendo desaparecido el tiempo 
en que su autoridad estaba ultrajada, sus notas despreciadas 
y estrechado á obrar de la manera que la fuerza armada 
disponía, vejados aún de la misma soldadesca y precisados 
á dar algunos pasos que en otras circunstancias hubieran 
excusado, debían desplegar los verdaderos sentimientos de 
que estaban animados, pidiendo y admitiendo la protección 
de las armas de S. M. F. que marchaban sobre esta plaza». 



CARGOS Y ACUSACIONES 115 

De acuerdo con su nueva orientación, el Cabildo pasó en 
el acto la siguiente nota al general Lecor, y designó para 
efectuar la entrega al alguacil mayor don Agustín Estrada 
y al vicario Larra naga: 

«El Cabildo de esta ciudad de Montevideo acaba de 
reasumir la autoridad pública y militar en ella, desde que 
la tropa de su guarnición la desamparó, marchando á otros 
destinos. La municipalidad, pues, se halla á la cabeza de un 
pueblo pacífico y absolutamente tranquilo, que lejos de de- 
fenderse con el uso de la fuerza, sólo desea se abrevien los 
momentos de verse resguardado y seguro bajo la protec- 
ción de las armas portuguesas. Al efecto dirige el Calbildoá 
V. E. la presente diputación, premunida de amplios pode- 
res para que acordando con V. E. la forma y modo con 
que debe ocupar esta plaza, y ratificadas las condiciones 
por esta municipalidad, pase V. E. á ocuparla con la fuerza 
de su mando para satisfacción común. Aunque el Cabildo 
no ha sido enterado oficialmente de la intimación hecha al 
Gobierno sobre el motivo de la guerra, ha llegado no obstan- 
te á sus oídos que el objeto de S. M. F, se reduce al esta- 
blecimiento del orden público para seguridad individual de 
todos los orientales de esta provincia, el pleno goce de sus 
propiedades y posesiones rurales y urbanas, sus estableci- 
mientos científicos laudables, usos y costumbres. Si á este 
beneficio se agrega el de libertar de contribuciones á un 
vecindario empol)recido y exhausto, consideraría esta ciu- 
dad colmada su fortuna á la sombra de tan alto protector. 
Tales podrían ser las bases de las favorables condiciones 
que espera esta pacífica ciutlad se le dispensen.» 

Y el 31 del mismo mes se dirigió todavía el Cabildo al 
monarca portugués diciendole: «que en los momentos de 
su agonía, cuando la opresión, el terror y la anarquía en es- 
trecha federación con todas las pasiones de una facción co- 
rrompida, iban á descargar el último golpe sobre su existen- 
cia política, había interpuesto S. M. su brazo poderoso, 
ahuyentó al asesino, y los pueblos se hallaron rodeados de 
un ejército que les asegura la paz, el reposo y la protección 



lio JOSÉ ARTIGAS 

constante de un cetro que para ser grande no necesitaba de 
nuevas conquistas». 

Años después, en su primera proclama, decía Lavalleja 
que su única aspiración era preservar al pueblo «de la ho- 
rrible plaga de la anarquía j fundar el imperio de la ley». 
En una segunda proclama expresaban Lavalleja y Rivera 
«que la experiencia liabía manifestado desgraciadamente 
en otras épocas, que en la revolución las pasiones se des- 
enfrenan y los malv^ados se aprovechan de estos momentos 
para cometer los delitos de deserción, liomicidio, estupro y 
latrocinio». Finalmente la Junta de Representantes en su 
manifiesto de 9 de abril de 1827 declaraba: «que ya era 
tiempo de que los orientales se presentasen ante el mundo 
de un modo digno y que así como desgi'aciadamente fueron 
el escandido de los pueblos, sirvieran ahora de ejemplo á 
aquellos que entonces eran tan desgraciados como ellos lo 
habían sido... Si la anarquía nos hizo gemir bajo el yugo 
de la tiranía doméstica, si ella despobló nuestra tierra y 
sirvió de pretexto á un extranjero astuto que nos hizo 
arrastrar sus cadenas por diez años, ios principios de orden 
que hoy practicamos contribuirán sin duda á constituir el 
país y cerrar para siempre la revolución». 

Tales son las grandes fuentes históricas del doctor Berra: 
los naturalistas Rengger y Longchamp y el general Miller 
que hablan de hechos que no pudieron conocer absoluta- 
mente y que repiten el contenido del libelo de Cavia; el gene- 
ral Vedia,un adversario decidido de Artigas, que sólo acusa 
á éste de haber empleado la violencia para promover la 
emigración de la población de la campaña á raíz del levan- 
tamiento del primer sitio, sin pei'juicio de asegurar en otro 
párrafo que leeremos más adelante, que el movimiento mi- 
gratorio fué espontáneo; el «distinguido hijo de Montevi- 
deo» don Feliciano Cavia, oriundo de Buenos Aires y ofi- 
cial mayor de ministerio durante el Directorio de Pueyrre- 
dón, el grande adversaiio de Artigas cuando apareció el libelo 
infamatorio «de autoridad indiscutible» según el doctor Be- 
rra; el Cabildo de 1 8 1 G, que al disponerse á recibir bajo palio 



CARGOS Y ACUSACIONES 117 

al general Lecor, tenía naturalmente que cargarle la mano 
al jefe de los orientales (conste, sin embargo, que de ese 
Ajuntamietito, no formaba ya parte don Joaíjuín Suárez). 
También invoca una memoria que se atribuye al general 
Rivera, pero que no puede ser obra suya, según lo veremos 
más adelante. 
¡Y nada más! 

El fe<lci-aIisino según Kainos Mejía. 

El señor Francisco Ramos Mejía (c<El Federalismo Ar- 
gentino ), trata de arrancar á Artigas del puesto culminante 
que ocupa en el escenario del Río de la Plata como porta- 
estandarte del federalismo, y para conseguirlo lanza contra 
el jefe de los orientales todas las diatribas de que rebosan 
el libelo de Cavia y las obras del doctor López. 

Abre el autor el primer capítulo de su obra, preguntan- 
do cuáles son los factores del federalismo argentino: 

«¿Habrá sido la palabra y la idea lanzada por el horren- 
do dictador del Paraguay en la convención de 1811; habrá 
sido debida á la acción del bandolero de la Banda Orien- 
tal en Entre Ríos y Santa Fe, ó pura y simplemente el 
efecto del capricho vanidoso y pedante de un viejo canóni- 
go? Un sentimiento tan vivaz y activo, que ha sobrevivido 
á todos nuestros dolores y á todas nuestras amarguras; que 
á pesar de haber sembrado la desolación y la ruina en la 
República ha resistido á todas las aprensiones y repugnan- 
cias que tales efectos suscitaban, y acabado por con- 
vertirse en la fórmula definitiva de su constitución 
política, tiene que haber respondido á algo más que eso 
que se dice. La palabra del tirano del Paraguay escrita en 
un papel que por lo escaso de los medios de publicidad de 
entonces, debió quedar casi inédita, no pudo conmover 
tan hondamente el sentimiento popular. No pudo conmo- 
verlo las proclamas y la acción del enchalecador de Puri- 
ficación sugestionado por un fraile apóstata y montaraz, 
caudillo con prestigio en las masas bárbaras del Uruguay 



] 1 8 JOSÉ ARTIGAS 

únicamente. Para que un hombre se convierta en el cau- 
dillo de su pueblo, le inspire el hálito vivificador de sus 
ideas y lo someta al influjo omnipotente de su acción y de 
su mente, imponiéndole así el sello impresivo de una per- 
sonalidad vigorosa, se requiere ser algo más que un obscu- 
ro caudillo de pastores. Sin altura moral, sin inteligencia 
amplia y vigorosa, sin el hábito de la meditación y del es- 
tudio que disciplinan y vigoi'izan el espíritu y enriquecen 
la imaginación; sin calidades personales que lo hicieran 
atractivo, ¿cómo podía haber determinado un movimiento 
político tan estupendo la repugnante personalidad de Arti- 
gas? Artigas no fué sino una de las tantas manifestaciones 
del federalismo argentino, aunque en su forma más bárbara 
y barbarizadora; sustraerle á la explicación general para co- 
locarle en una posición exterior y anterior á ese fenómeno 
singularísimo, elevándolo así hasta la categoría de creador 
de uno de los movimientos sociales más complicados, 
es demostrar no sólo falta de criterio histórico y sociológi- 
co, sino del más trivial don de observación. Toda la estruc- 
tura íntima de un pueblo alterada de improviso y funda- 
mentalmente con violación de la ley de evolución por un 
obscuro caudillejo! Comprendo el luteranismo en religión, 
el bonapartismo en política, el byronismo en literatura; 
pero el artiguismo como síntesis del federalismo argenti- 
no. . . ¡bah!, es demasiado grotesca la superchería para enga- 
ñar á los que no necesitamos crearnos una tradición na- 
cional». 

«Al revés de lo que ha sucedido en los Estados Unidos 
de Norte América, donde el federalismo nació en la colo- 
nia, entre nosotros el federalismo ha nacido en la madre 
patria... Pero compréndase bien que hablamos de tenden- 
cias, de espíritu federativo, no de instituciones»... «La Es- 
paña apareció en la historia como un conjunto hetero- 
géneo de pueblos distintos é independientes entre sí, conti- 
nuó como una reunión de estados y terminó en una fe- 
deración de monarquías. . . La repugnancia á la unidad, la 
tendencia al aislamiento y al individualismo, el desdén por las 



CARGOS Y ACUSACIONES 119 

alianzas, son los caracteres típicos con que nos describen 
€sos pueblos todos los historiadores y geógrafos extranjeros 
y españoles desde Estrabón hasta Lafuente. . . Este pueblo 
particularista por temperamento, altivo y mal sufrido, debía 
al reproducirse imprimir sus cualidades étnicas, políticas y 
sociales á aquellos á quienes diera nacimiento. Los semejan- 
tes entre sí engendran sus semejantes, y la obra lenta y 
continuadamente elaborada durante veinte ó más siglos 
no podía alterarse de improviso al ser trasladado ese pue- 
blo á otros climas y otras tierras, siempre que se mantuvie- 
ra pura y exclusivamente sometido á sus propias tenden- 
cias é idiosincrasias... Fué precisamente lo que sucedió á 
lo menos en la hoy República Ai-gentina. . . Los conquista- 
dores cuando fundaban sus ciudades se encontraban entre- 
gados á sí mismos, sin que el gobierno de España intervinie- 
ra para nada, sin que ni siquiera tuviera noticia de lo que 
hacían y sin que los rodeara otro pueblo que ellos mismos. 
Eran los conquistadores los que dictaban las leyes consti- 
tucionales y administrativas de las nuevas poblaciones y 
los que las dotaban de magistrados y empleados públicos». 
La Revolución de Mayo fué un movimiento de carácter 
esencialmente municipal... La federación argentina no es 
sino el desenvolvimiento natural del comunalismo colo- 
nial... Las catorce provincias argentinas no son sino las 
catorce ciudades cabildos de la parte del virreinato que hoy 
ocupa la Argentina ... La individualidad délas ciudades 
se acentúa todnvía después de la Revolución de Mayo, en 
la conducta de los cabildos y en las diputaciones á los con- 
gresos. A medida que va desapareciendo el peligro común 
y que se acentúa la debilidad de los gobiernos nacionales, las 
ciudades se separan, se emancipan unas de otras, arrastran- 
do cada una un pedazo de tierra más ó menos extenso. El 
origen de las provincias argentinas es puramente comunal. 
Lo que con mal nombre se ha llamado anarquía, artiguis- 
mo, etc., y que en sus manifestaciones más inorgánicas en 
Entre Ríos y Corrientes y más tarde en La Rioja con 
'Quiroga, no es sino una exageración convulsiva del federa- 



120 JOSÉ ARTIGAS 

lismo, debido ni estado del país, no nació, pues, en la Re- 
pública Argentina en las masas semibárbaras de la cam- 
paña, sino en las ciudades, en las comunas urbanas del 
territorio. Aquéllas siguieron el movimiento que se les im- 
primía, como habrían seguido cualquier otro si se hubieran 
hallado sometidas á su acción... Este movimiento de se- 
gregación de las ciutlades argentinas que más tarde consti- 
tuyeron la federación argentina, no fué, pues, un movi- 
miento puramente anárquico producido por las masas cam- 
pesinas, ni un fenómeno de la anarquía espontánea de que 
habla Taine, hija del estado de desgobierno en que cayó el 
país después de 1810, ni el efecto de una nota paraguaya,, 
ni la obra del bandido transplatino, sino el resultado de una 
evolución orgánica que vino operándose desde los orígenes 
remotos del país argentino y hecha visible en un momento 
oportuno. 

Los principios y doctrinas constitucionales á que res- 
ponde ese fenómeno, fueron proclamados en plena revolu- 
ción por Mariano Moreno, quien en «La Gaceta» del 13 de 
noviembre de 1810 se expresaba así: 

«La disolución de la Junta central restituyó á los pue- 
blos la plenitud de los poderes que nadie sino ellos mis- 
mos podían ejercer, desde que el cautiverio del rey dejó 
acéfalo el reino y sueltos los vínculos que lo constituían 
centro y cabeza del cuerpo social. En esta dispersión no 
sólo cada pueblo reasumió la autoridad que de consuno 
habían conferido al monarca, sino que cada hombre debió 
considerarse en el estado anterior al pacto social de que de- 
rivan las obligaciones que ligan al rey con los vasallos 

Cada provincia» (habla el autor del levantamiento de Espa- 
ña) «se concentró en sí misma y no aspirando á dar á su 
soberanía mayores términos de los que el tiempo y la natu- 
raleza habían fijado á las relaciones interiores de los com- 
provincianos, resultaron tantas representaciones supremas 
é independientes cuantas Juntas provinciales se habían eri- 
gido. Ninguna de ellas solicitó dominar á las otras, ningu- 
na creyó menguada su representación por no haber concu- 



CARGOS Y ACUSACIONES 121 

rrido el consentimiento de las demás, y todas pudieron ha- 
ber continuado legítimamente sin unirse entre sí mismas. 
Es verdad que al poco tiempo resultó la Junta central co- 
mo representante de todas; pero prescindiendo de las gra- 
ves dudas que ofrece la legitimidad de su instalación, ella 
fué obra del unánime consentimiento de las demás Juntas; 
alguna de ellas continuó sin tacha de crimen en su primi- 
tiva independencia, y las que se asociaron cedieron á la ne- 
cesidad de concentrar sus fuerzas para resistir á un enemiga 
poderoso que instaba con pi'eferencia: sin embargo, la nece- 
sidad no es una obligación, y sin los peligros de la vecindad 
del enemigo, pudieron las Juntas sustituir por sí mismas, en 
sus r<^spectivas provincias, la representación soberana que 
con la ausencia del rey había desaparecido del reino». 

En «La Gaceta» del 28 de noviembre, el doctor Mo- 
reno después de insistir en «que disueltos los vínculos que 
ligaban á los [)ueblos con el monarca, cada provincia era due- 
ña de sí misma, por cuanto el pacto social no establecía 
relaciones entre ellas directamente sino entre el rey y los 
pueblos,» agregaba: «Si consideramos el diverso oi'igen de 
los estados que formaban la monarquía española, no descu- 
briremos un solo título por donde deban continuar unidos, 
faltando el rey que era el centro de su anterior unidad. 
Las leyes deludías declararon que la América era una par- 
te ó accesión de la corona de Castilla, de la que jamás pu- 
diera dividirse: yo no alcanzo los principios legítimos de esa 
decisión; pero la i'endición de Castilla al yugo de un usur- 
pador dividió nuestras provincias de aquel reino, nues- 
tros pueblos entraron felizmente al goce de unos derechos 
que desde la conquista habían estado sofocados; estos de- 
rechos se derivan esencialmente de la calidad de [)ueblos 
y cada uno tiene los suyos enteramente iguales y diferentes 
de los demás». 

«El federalismo argentino, aunque ha querido personi- 
ficarse en Ramírez, López y sobre todo en Artigas, fué la 
obra armónica y colectiva del pueblo argentino todo y no 
el resultado de la acción de un malvado sin altura, y fué 



122 JOSÉ ARTIGAS 

por esto que después de luchar contra fuerzas poderosas 
que trataban de contrarrestarle, triunfó al fin y se convirtió 
en hecho definitivo y constante... En cuanto al artiguis- 
mo propio, el único que reconocemos, no fué sino una for- 
ma, la más bárbara y ominosa si se quiere, del federalismo 
argentino de que estuvieron poseídos Ramírez, López, 
Araoz, Bustos, Güemes y las demás provincias donde no 
imperó caudillo y que produjo sucesivamente el fracciona- 
miento de las provincias mismas entre sí. Llamar por con- 
siguiente artiguistas á Ramírez y á López porque obraron 
á veces de concierto con aquél y calificar de artiguisnio to- 
do movimiento provincial antiuuitario, es — cuando no fuera 
ya un error de concepto, — hacer de iVrtigas un ser excepcio- 
nal, pues se le constituye en iniciador de uno de los movi- 
mientos más curiosos y originales de la historia argenti- 
na... Si Santa Fe, si Entre Ríos, si Córdoba se vincularon 
alguna vez con Artigas, no fué porque reconocieran en él un 
jefe ni el representante de un ideal, sino porque aliándose 
á él facilitaban el triunfo de sus propias ideas. Fueron alia- 
das de Artigas, no subordinadas, y si al principio adopta- 
ron una posición inferior á su respecto, es porque así les 
convenía. La prueba está en que lo abandonaron y aun lo 
combatieron cuando no lo necesitaron. Córdoba por ejem- 
plo, no conoció á Artigas sino de nombre, y sin embargo, 
sin que nadie trabajara para ello, su nombre se hizo popu- 
lar y todas las miradas se dirigieron hacia el choti-protec- 
tor. ¿Por qué? Porque vieron lo que sucedía en Entre Ríos 
y Santa Fe donde las impolíticas y mal combinadas expe- 
diciones ordenadas por el Gobierno central no hacían sino 
revolver las poblaciones con evidente perjuicio para la paz 
pública ... Y si este efecto producían en Córdoba de refle- 
jo, ¡cuál produciría en las que las padecían!... Sin esta po- 
lítica malhadada, probablemente Artigas no habría pasado 
de un revolvedor de la Banda Oriental del Uruguay.» 

Vamos á terminar este extracto, cuyos puntos capitales 
tendremos oportunidad de examinar más adelante. ¡Bárba- 
ro, bandido, enchalecador ! Pierden su serenidad de juicio 



CARGOS Y ACUSACIONES 123 

los historiadores argentinos ante la actuación indiscutible 
j siempre preponderante de Artigas en la evolución del ré- 
gimen republicano federal del Río de la Plata. ¿Cómo re- 
conocer que era un sembrador de ideas y nada menos que 
de las ideas que habían de servir de base á la reorganiza- 
ción definitiva de la República Argentina? Tal es la grave 
obsesión, y para destruirla, recurre el doctor Ramos Me- 
jía al particularismo español, al carácter municipal de la 
Revolución de Mayo y á la defensa hecha por Mariano 
Moreno de la doctrina federal desde las columnas de «La 
Gaceta». 

Sería absurdo, ciertamente, reivindicar para Artigas la 
idea de la república federal, cuando su gran mérito consis- 
te sólo en haberse inspirado en el ejemplo de Xorte Amé- 
rica, cuya historia, ignorada de los proceres de Mayo, se 
conocía bien en Montevideo. Para reducir su influencia 
se halóla de la herencia española. Sin desconocerla ¿ en 
nada la habían modificado la larga siesta colonial de 
trescientos años, en que el criollo era simplemente una 
cosa? En cuanto al carácter de la Revolución de Mayo, 
¿puede olvidarse acaso que sus promotores eran monar- 
quistas y que la idea monárquica continuó arrastrando 
las voluntades hasta en el seno mismo del Congreso de Tu- 
cumán.ai día siguiente de la declaratoria de la independen- 
cia? De la propaganda de Mariano Moreno nos ocupa- 
remos en otro capítulo. Ella es tan ajena al movimiento fe- 
deral ai-gentino, como la tendencia particularista española, 
atrofiada por falta de ejercicio en una larga serie de gene- 
raciones. 

Lleva sello artiguista el federalismo hoy triunfante en 
la Argentina, y es eso lo que resultará evidente una vez 
que desaparezcan los prejuicios que una tradición de odios 
feroces mantiene contra el jefe de los orientales ! 

La palabra de Alejandro Dumas. 

También se ocupa en su «Nueva Troya» Alejandro Du- 
inas del jefe de los orientales, repitiendo la información 



124 JOSÉ ARTIGAS 

que debió darle el general Pacheco y Obes, valga el testi- 
monio de Juan Bautista Alberdi, confirmado por la mar- 
cada simpatía del novelista al padre de su informante. 

Traza el cuadro de la fundación de Montevideo y del 
exterminio de los indios charrúas: 

Eu los últimos combates, unidas las mujeres y sus hi- 
jos á los combatientes, como los antiguos Teutones, caye- 
ron todos sin retroceder un paso. El viajero ve aún hoy 
al })ie del Aceguá blanquear los restos de los últimos cha- 
rrúas. .. El nuevo Mario vencedor de aquellos Teutones,^ 
era el comandante de campaña Jorge Pacheco, padre del 
general Pacheco y Obes, comisionado ante el Gobierno 
francés... Pero el comandante de campaña estaba destina- 
do á combatir otros gallardos enemigos, menos fáciles que 
los indios: eran los contrabandistas del Brasil que recibían 
su herencia de venganza de los salvajes exterminados. . . 
Bajo el sistema prohibitivo implantado por el Gobierno es- 
pañol, surgía una guerra obstinada entre el comandante 
de campaña y los contrabandistas, que unas veces por en- 
gaño y otras por fuerza introducían géneros y tabacos en 
el territorio de Montevideo. La lucha fué larga, desespera- 
da, mortal. Cuando don Jorge Pacheco, hombre de fuerza 
hercúlea, de figura gigantesca y singular perspicacia, creía 
que estaban alejados de la ciudad, aparecieron nuevamente 
más vigorosos, más diestros, más compactos, bajo la direc- 
ción de una voluntad única, potente, valerosa. ¿ Cuál era 
la causa de aquel recrudecimiento del enemigo? Los espías 
mandados por Pacheco regresaron con un solo nombre: 
Artigas ! . . . Era éste un joven de veinte á veinticinco años, 
de corazón como un viejo español, diestro como un cha- 
rrúa, despierto como un gaucho. De las tres razas tenía el 
espíritu... La lucha fué singularísima. Por una parte la 
destreza délos contrabandistas, llenos de juventud y vigor; 
por la otra, la energía del viejo Pacheco. Duró la contienda 
cuatro ó cinco años. Artigas siempre batido, pero no ven- 
cido, adquiría nuevo vigor al reanudar el ataque. . . Final- 
mente el hombre de la ciudad cedió. A semejanza de un 



CARGOS Y ACUSACIONES ] 25 

íiDtigLio romano que sacrificaba su orgullo en el altar de la 
patria, entregó sus poderes al Gobierno español y propuso 
en su lugar á Artigas en el carácter de jefe de la campaña, 
como el único que podría contener el contrabando. Aceptó 
el Gobierno español. Como un bandido romano que después 
de la sumisión al Papa, pasea admirado la ciudad, de la 
que poco antes era el terror, así Artigas entró triunfante á 
Montevideo á continuar la obra de exterminio que dejaba 
su predecesor. . . Este hombre hermoso, valiente y fortí- 
simo corresponde al apogeo de una de las tres razas que 
dominaron en jNIontevideo. Don Jorge Pacheco era el tipo 
de aquel valor caballeresco del viejo mundo, que había 
atravesado los mares con Colón, Pizarro y Vasco de Ga- 
ma... Artigas representaba el partido nacional y tenía par- 
te del portugués y parte del españcl. Fué saludado con 
alegría por todos, y en el ejercicio de su cargo desapare- 
cieron los contrabandistas. . . Su simpatía por la revolu- 
ción le colocó más tarde á la cabeza del movimiento de la 
campaña. 

Habla el autor del sitio de Montevideo: 

Después de veinte meses de sitio y de tres años de unión 
de los hombres de Buenos Ai res con los de Montevideo, 
la disparidad de usos y costumbres y casi de sangre trans- 
formóse en odio inveterado. Entonces Artigas se retiró 
como Aquiles á su propia tienda. O mejor dicho, llevándo- 
sela con él, buscó asilo en aquellas inmensas llanuras 
bien conocidas por el joven contrabandista. 

Llega el turno del gobierno artiguista de 1815: 

En Montevideo sucedió entonces el imperio de los hom- 
bres descalzos, de amplios calzoncillos, de chiripá escocés, 
de pesado ponelio, de sombrero caído sobre la oreja y su • 
jeto por el barbijo. Escenas inauditas, singulares, á veces 
terribles, entristecieron á la ciudad, reduciendo á las pri- 
meras clases de la sociedad á la más absoluta impotencia. 
Artigas fué sin tanta ferocidad y con mayor valor lo que es 
Rozas actualmente. 



126 JOgÉ ARTIGAS 



¡Locos y aIeoholista««! 

Como nota final de esta ja larga revista, vamos á trans- 
cribir una piígina de la obra de C. Lombroso, «Le crime 
politique et les revolutions». Apoyándose en afirmaciones 
del señor Ramos Mejía, el gran criminalista italiano distri- 
buye á los artignistas entre los locos políticos y los alcoho- 
listas. Era lo lógico: después de calificarlos de bandidos, ha- 
bía que declararlos borrachos y locos, para acabar de hun- 
dirlos en el concepto público. 

«Es este (el alcoholismo) uno de los grandes factores es- 
timulantes, aún cuando ciertas ferocidades alcohólicas, que 
se observan en las revoluciones políticas, debieran clasifi- 
carse entre las anomalías psíquicas; puesto que tienen la 
misma fisonomía que las que la siquiatría señala como pro- 
pias de la epilepsia alcohólica, en la cual la semiimpoteu- 
cia y la lubricidad encuentran nuevos excitantes en la cóle- 
ra y en el espectáculo de las torturas, y el hombre no se 
contenta con ser cruel, sino que se hace cínico y es arras- 
trado poi' 1? excitación momentánea y por la impulsividad 
alcohólica á los actos más incoherentes. No deja de obser- 
varse esto en los jefes de revolución y frecuentemente tra- 
tan ellos de utilizarlo en provecho personal: es así como en 
la Argentina don Juan Manuel Rozas, alcohoiista, encon- 
traba una ayuda eficaz á su política en las explosiones del 
furor popular, por efecto de los abusos alcohólicos; y es así 
también como en Buenos Aires fueron armas políticas en 
manos de Quiroga, de Francia, de Artigas }' de sus feroces 
satélites, entre los cuales un gran número como Blasito y 

Otorgues resultaron víctimas del dclirium tremens.> 

«Los locos políticos» (previene más adelante el autor) < son 
tan peligrosos como los criminales natos; obran aisladamen- 
te, bajo la impulsión de sugestiones maniáticas ó de aluci- 
naciones en los regicidas, etc.; ó bien su impulsividad mór- 
bida y su aparente genio les atraen admiradores y les colo- 
can á la cabeza de las revoluciones. La seguridad social 
exige su internación en manicomios criminales». 



CARGOS Y ACUSACIONES 127 

Sólo podría presentarse como prueba de estas afirmacio- 
nes transmitidas por el encono del partidismo ríoplatense 
al criminalista italiano, una cuenta de gastos de la admi- 
nistración Otorgues, con un centenar de pesos por concepto 
devino y ginebra (De-María, «Compendio de la Historia»). 
Pero la partida podía referirse y se refería seguramente á 
consumos de toda la guarnición de Montevideo. Es bueno 
agregar que cuando se autorizaba ese gasto, estaba el coro- 
nel Otorgues bajo la presión de los sufrimientos morales 
que le habían causado los jefes porteños al violar á su hija, 
aprehendida por las fuerzas de Dorrego á raíz de una 
acción de guerra! 

¿C^ué t'undaiuento tienen la!>« acusaeione!^? 

Hemos presentado uno por uno á todos los detractores 
de Artigas, con la transcripción literal de sus acusaciones y 
de sus fuentes. 

Era necesario abordar esa tarea fatigante. Una nueva di- 
sertación acerca de Artigas, habría simplemente arrojado 
leña á la hoguera de las pasiones y de las controversias, 
que se mantiene encendida desde el comienzo mismo de la 
insurrección oriental de 1811. En cambio, con la trans- 
cripción textual del proceso, queda ya clausurado el debate, 
mientras no se produzcan nuevos testimonios. 

Lo dice Cavia; lo demuestran Rengger y Longchamp; 
lo prueban las memorias de Miller; lo afirma el doctor 
López, fundado en las más respetables tradiciones; lo ha 
puesto fuera de toda controversia la documentación del ge- 
neral Mitre: así se razona corrientemente, para demostrar 
que el jefe de los orientales y sus subalternos fueron unos 
miserables instrumentos de opresión y de sangre, unos bár- 
baros que acaudillaban legiones de salteadores, unos ambi- 
ciosos incapaces de todo arranque de patriotismo, unos ce- 
rebros toscos que mal podían comprender las nobles ideas 
con que sus tinterillos solían exhibirlos para irrisión de 
propios y extraños. Con cada historiador que subía á la es- 



128 JOSÉ ARTIGAS 

ceua, quedaba naturalmente alargada la serie de los testi- 
monios. El último podía invocar 6 invocaba á todos sus 
predecesores, al repetirlos servilmente á su turno. 

Pero después de haber hecho desfilar uno por uno á to- 
dos los autores, demostrando que de Cavia abajo nadie ha 
exhibido una sola prueba, ¿puede acaso mantenerse tan ab- 
surdo procedimiento de acusación, cuando ni en los archi- 
vos de Montevideo, ni en los de Buenos Aires se encuentra 
tampoco un solo testimonio á favor del proceso de sangre 
y de ignominia que la pasión y el interés de círculo han 
contribuido á formar al jefe de los orientales? 

Artigas estuvo permanentemente rodeado de enemigos 
en íLus gigantescas luchas contra portugueses, españoles y 
porteños, y en su propaganda ardorosa á favor de la decla- 
ratoria de la independencia, cuando los proceres de Mayo 
proclamaban obstinadamente la fórmula de Fernando Vil, 
y á favor de la autonomía federal, cuando esos mismos pro- 
ceres se inclinaban al monarquismo y á la vieja centrali- 
zación de los virreyes. 

Tienen, pues, una explicación lógica las frases sangrien- 
tas acumuladas contra él. Pero del examen que hemos he- 
cho, resulta que fuera de esas frases sangrientas, nada más 
contienen, ni los historiadores ni los testimonios de la épo- 
ca. El libelista Cavia, que como secretario de Sarratea en 
1812 y de Rodríguez Peña en 1814, tuvo todos los archi- 
vos orientales á la mano y hasta se encargó del transporte 
oficial de los más interesantes á Buenos Aires, ¿qué clase 
de pruebas invoca en el célebre opúsculo que redactó desde 
su bufete de oficial mayor de gobierno del Directorio de 
Pueyrredón? Simplemente, un manuscrito fantástico, que 
el autor denomina «diario de uaos curiosos orientales». 
Los demás detractores de Artigas repiten á Cavia, y cuan- 
do agregan algo es para denunciar igual ausencia absoluta 
de fuentes de información, ó para dar salida á la pasión 
partidista. De lo primero, ofrece ejemplo palpitante el ge- 
neral INÍiller, al atribuir á Artigas, por obra de su "testi- 
monio personal, la práctica de los enchalecamientos, siendo 



CARGOS Y ACUSACIONES 129 

así que el testigo permaneció durante todo el tiempo de su 
estadía en América en el ejército del Perú bajo las órdenes 
de San Martín y de Bolívar, De lo segundo, ofrece ejemplo 
no menos significativo don Juan Manuel de la Sota, al for- 
mular el proceso de Otorgues con la crudeza que tendremos 
oportunidad de indicar más adelante. No contento con exhi- 
birá Gay cabalgando sobre godos, pone en boca de Artigas 
y de sus subalternos la sangrienta expresión «tocar el vio- 
lín y el violón», fruto exclusivo de la dictadura de Rosas, 
pero que era necesario retrotraer en holocausto á entu- 
siasmos alvearistas. 

Recuerda Lucio Vicente López en un apéndice de la 
«Historia de la República Argentina» de su ilustre padre, la 
frase «más malo que Artigas», consagrada por la tradición, 
cuando quiere mentar la fama de un bandido ó la indómi- 
ta naturaleza de un potro, y agrega: el criterio histórico 
que se funda sobre un documento, sobre mil documentos, 
cuando el espíritu crítico no se levanta más allá de la su- 
perficie impalpable de los caracteres, es un criterio estrecho. 
Con documentos pueden ser rehabilitados Rosas, Francia, 
Latorre y Santos. Y si el documento es necesario para pro- 
bar los crímenes, ¿dónde están los que comprueban la tra- 
dición de sangre y de pillaje de esos monstruos? . . . Contra 
Artigas, concluye el doctor López, está hi tradición y la 
lista nominal de crímenes publicada por Cavia. 

Tal es el invariable bagaje de los detractores de Arti- 
gas: la tradición. 

Hemos transcripto ajiteriormente el juicio del general 
Mitre en su polémica con el doctor López («Nuevas compro- 
baciones históricas»), que es decisivo á ese respecto: «Nues- 
tra historia está plagada de errores que no reconocen otro 
origen que la murmuración vulgar de los contemporáneos, 
que ha sido acogida por la tradición é incorporada á ella 
con menoscabo de lu verdad». 

Pero no necesitamos invocar ese valioso juicio, sencilla- 
mente porque no es exacto que la tradición del Río de la 

JOSÉ ARriGAS— 9. T. I, 



130 JOSÉ ARTIGAS 

Plata sea autiartiguista. En el próximo capítulo, repro- 
duciremos el testimonio decisivo de respetables contem- 
poráneos, que en todo sentido valen más, muchísimo más, 
que el libelista Cavia, que se envolvía en el anónimo para 
copiar documentos anónimos, doble delito que quita toda 
autoridad á su proceso. 

Las verdaderas tradiciones de sangre no escapan jamás 
á la documentación de los contemporáneos. Y lo demues- 
tran inequívocamente las mismas que se citan en el párra- 
fo de acusación que acabamos de repi'oducir de la obra del 
doc*;or López. No constarán todas ellas, aunque sí algunas, 
en documentos oficiales. Pero constan invariablemente en 
el testimonio de los que han sido testigos presenciales, y 
ese testimonio es el documento histórico por excelencia, 
bien distinto por cierto de la murmuración vulgar que con- 
dena el general Mitre y que Cavia supo tan bien explotar, 
en desempeño de una comisión oficial de Puejrredón. 

Dos veces ha sido procesado Artigas: la primera por la 
oligarquía porteña de que Cavia fué portavoz en 1818; y 
la segunda por los historiadores argentinos posteriores á la 
reorganización institucional de su país. Hasta principios de 
1820, era Artigas el más formidable de los adversarios, 
por su actuación política al frente de las provincias que le 
obedecían y por sus avanzadas ideas constitucionales. Des- 
pués de proscripto, triunfaron sus ideales de ciudadano y 
entonces resultó intolerable para el sentimiento nacional 
argentino que los sucesos se encargaran de dar la razón á 
Artigas, y fué iniciado con bríos el proceso postumo, más 
pobre que el primero, como que éste tenía Cavia y aquél 
ha tenido que contentarse con la cita de Cavia. 

Vamos á invocar ahora el testimonio de los panegiristas 
de Artigas. Se verá que la tradición documentada, no ^da 
murmuración vulgar de los contemporáneos», es grande- 
mente favorable al jefe de los orientales y protector de los^ 
pueblos libres. 



CAPITULO III 



BI/ PROCESO ARTIGUISTA. 

DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES. 

Sumario: — Los primeros años de Artigas. Su foja de servicios du- 
rante el coloniaje. El testimonio de las autoridades españolas. 
Artigas al servicio de Azara. La palabra del general Nicolás de 
Vedia. Juicio de Mariano Moreno acerca de Artigas. Las condi- 
ciones personales de Artigas juzgadas por don Joaquín Suárez, 
don Dámaso Larrañaga, el coronel Cáceres y el brigadier gene- 
ral Antonio Díaz. Opiniones del historiador español Torrente. 
El Artigas de la leyenda y el Artigas de la historia, según 
Alberdi. Opinión de don Santiago Vázquez. El testimonio de 
los hermanos Robertson. Durante el gobierno de Andresito en 
Corrientes, sólo se cometió un delito. Hermosa lección de hu- 
manidad que da Andresito á los gobernantes de Buenos Aires. 
La entrevista de Robertson con Artigas en Purificación. Opi- 
nión de los comisionados norteamericanos Bland y Rodney 
acerca de Artigas y sus tendencias políticas. Artigas y Pueyrre- 
dón juzgados en el Congreso norteamericano de 1818 Opinio- 
nes de don Carlos Anaya, del coronel Juan José de Aguiar, del 
historiador don Juan Manuel de la Sota, de don Francisco Acu- 
ña deFigueroa, del doctor José Valentín Gómez, de los constitu- 
yentes don Francisco Solano Antuña, don Antonino D. Costa y 
don Ramón Massini. Opinión de la Junta del Paraguay. El elo- 
gio de Artigas formulaao por las autoridades argentinas, á raíz 
del decreto que puso á precio su cabeza. La justicia artiguista en 
la Banda Oriental y en el campamento del Ayuí, según los 
archivos orientales y argentinos. La vida de los prisioneros era 



1.^2 JOSÉ ARTIGAS 

sagrada para Artigas. El elogio de Artigas formulado por la 
prensa del partido unitario, que pide su repatriación á raíz de la 
nuierte de Francia. Artigas juzgado por don Juan Francisco 
¡Seguí. Homenaje á Artigas en 1894. Pensamientos de ,)osé Pe- 
dro Ramírez, Juan Carlos Blanco, Domingo Aramburú, Fran- 
cisco Bauza y Eduardo Acevedo Díaz. Los subalternos de Arti- 
gas. Otorgues, sus acusadores y sus defensores. La foja de ser- 
vicios de Culta y de Pedro Amigo. Una carta de Monterroso. 
Balance de las acusaciones y de los descargos. 

TjOH antepasados «le Artigas. 

«Belgrano», lia diclio Albei'di en sus escritos postumos, 
«vivió cincuenta años. Nacido en Buenos Aires en 1770, 
murió allí mismo en 1820. Solamente los diez últimos años 
de su vida pertenecen á la historia política de su país, pues 
antes de 1810, ni el país ni el hombre tuvieron vida públi- 
ca. Las colonias, como las vírgenes, vivían para su claus- 
tro^>. 

Eso quiere decir que es inútil echarse á buscar antece- 
dentes relativos á la vida de Artigas, antes de su incorpora- 
ción al movimiento activo del coloniaje y de la indepen- 
dencia. 

Hasta hace pocos años, eran materia de debate por la 
prensa el departamento y el año de su nacimiento. La con- 
troversia quedó terminada con la publicación de una par- 
tida de bautismo extraída del registro de la Catedral de 
Montevideo, haciendo constar que el «día diez y nueve de 
junio de mil setecientos sesenta y cuatro ?iació José Gerva- 
sio, hijo legítimo de don Martín José Artigas y doña Fran- 
cisca Antonia Arnal, vecinos de esta ciudad de Montevideo, 
y yo el doctor Pedro García lo bauticé, puse óleo y crisma 
en la iglesia parroquial de dicha ciudad el veintiuno del ex- 
presado mes y año. Fué su padrino don Nicolás Zamora». 

Era también corriente hasta hace pocos años, una ver- 
sión del libelo inl'amatorio de Cavia, que establecía la exis- 
tencia de un divorcio perfecto entre Artigas y sus padres. 
La versión quedó enterrada al encontrarse en el archiva 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES loo 

del Juzgado de lo Civil de I/'" turno el testamento otor- 
gado el 4 de noviembre de 180G por don Martín José Ar- 
tigas, en cuyo documento figuran como albaceas los hijos 
del testador «Martina Antonia Artigas y el teniente de 
blandengues José Artigas». Podemos agregar que en el ar- 
chivo del mismo Juzgado, obra una escritura pública del 
escribano don Pedro Feliciano Sííinz de Cavia, de 13 de 
agosto de 1805, por la cual don Martín José Artigas otor- 
ga consentimiento á su hijo José Artigas para contraer 
matrimonio con la señorita Rosalía Villagrán. 

De los datos que registran la «Revista del Archivo Ge- 
neral Administrativo» y la obra de jNIaeso «Artigas y su 
época», resulta que el abuelo del procer, Juan Antonio Ar- 
tigas, aragonés, su esposa Ignacia Carrasco y sus cuatro 
hijos, formaban parte de las siete familias extraídas de Bue- 
nos Aii'es para fundar á Montevideo. En la repartición de 
bienes, correspondió al jefe de la familia, un solar en la ca- 
lle Washington enti-e Pérez Castellano y Maciel, donde na- 
ció el jefe de los orientales. En el primer Cabildo de Mon- 
tevideo, don Juan Antonio Artigas fué nombrado alcalde 
de la Santa Hermandad. Su hijo don Martín José, padre 
de José Artigas, desempeñó de 1758 á 179ü siete distin- 
tos cargos en el Cabildo de Montevideo. 

De un estudio del doctor Barbagelata («Revista Históri- 
ca de la Universidad de Montevideo») reproducimos estos 
datos complementarios: 

Don Juan Antonio Artigas empezó su carrera militar en 
la guerra de sucesión que agitó durante doce años á la Pe- 
nínsula y tomó parte en batallas y acciones de importan- 
cia (expediente archivado en la Escribanía de Gobierno y 
Hacienda). En el año 1716, se embarcó para Buenos Aires 
y allí contrajo matrimonio con doña Ignacia Javiera Ca- 
rrasco, sin abandonar la carrera militar, como lo prueba el 
hecho de haber ingresado en la compañía de milicias del 
capitán Martín José Echauri, á quien acompañó en la pri- 
mera expedición enviada á las costas de Rocha para des- 
alojar al contrabandista francés Esteban Moreau, así como 



134 JOSÉ ARTIGAS 

«n los reconocimientos realizados en Montevideo cuando 
este puerto fué ocupado por los portugueses. Una vez fun- 
dada lá población de Montevideo, continuó en ella su ca- 
rrera como capitán de una compañía de milicias á caballo 
é inició en 1730 excursiones al interior en defensa de los 
propietarios, contra los indígenas y malhechores. Cuando 
la primera insurrección de los minuanes, ordenó Zabala el 
envío de comisionados para inclinar á los indios á un arre- 
glo. Nadie se atrevía á acercarse á los caciques enfurecidos, 
y entonces el Cabildo confía esa tarea á Artigas, quien se 
eocamina á las tolderías y vuelve con los comisionados de 
los indios, según resulta de las actas del Cabil;lo. En segui- 
da se dirige á Maldonado para impedir un desembarco de 
los portugueses; actúa en los combates contra la segunda 
rebelión minuana; asiste en 17ü2 á la toma de la Colonia; 
y marcha á la frontera á vigilar á los portugueses y prote- 
ger al ejército de Zeballos contra una sorpresa. Tenía don 
Juan Antonio Artigas un establecimiento de campo en Ca- 
supá, á cuya explotación consagraba sus períodos de des- 
canso militar. Entre sus hijos, se distinguió Martín José 
Artigas hasta conquistar el empleo de capitán de milicias, 
que era el cargo más alto á que podían aspirar los criollos 
de entonces. El virrey Vertiz en su expedición á Río Gran- 
de, construyó el fortín de Santa Tecla y dejó allí dos des- 
tacamentos, uno de ellos al mando de Martín José Artigas. 
En 177(3 el capitán portugués Pintos Bandeira al frente 
de seiscientos hombres bloqueó el fortín. Los dos destaca- 
mentos que estaban á cargo de Artigas y de Luis Ramírez 
se sostuvieron durante 27 días y rechazaron cinco asaltos 
furiosos de los sitiadores, hasta que agotados los víveres y 
las municiones tuvieron que capitular y salieron el 26 de 
marzo del fortín con todos los honores de la guerra: la 
guarnición armada y los cañones con la mecha encendida, 
según la declaración de Larrañaga y Guerra. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 135 



Primeros servicio!^ de Artigas. 

Vengamos ahora á José Artigas. En el mismo estudio 
del doctor Barbagelatn, que acabamos de extractar, se re- 
producen varios documentos oficiales que constituyen un 
rajante desmentido al libelo infamatorio de Cavia. 

El gobernador Ruiz Huidobro lo nombra oficial del 
Resguardo, con jurisdicción desde el Cordón hasta el Peña- 
rol, y en el desempeño de sus funciones ocurre un incidente 
que da idea de las prácticas de Artigas en materia de 
arrestos. Un sargento de milicias apalea á su mujer, y la 
víctima se refugia en casa de un alférez, donde pasa á re- 
clamarla el apaleador. Como la mujer se negara á salir, el 
marido hace varios disparos y Artigas manda cuatro hom- 
bres para arrestarlo. El sargento, lejos de intimidarse, se 
prepara á la resistencia, y entonces Artigas se retira con 
su gente y relata el hecho á Ruiz Huidobro en un oficio 
que concluye así: <^ el sargento que mandé, me hizo chas- 
que diciéndome que lo prendería matándolo. Yo le contes- 
té que se retirase. Esto supuesto, podrá V. S. mandarme 
avisar, si para prenderlo hace armas según intenta, si po- 
dré tirarle; pues quiero dar parte á V. S., por si tiene la 
aprehensión de dicho sargento mal resultado no se hagan 
cargos contra mí». (Parte de Artigas á Ruiz Huidobro, de 
f) de junio de 1806, archivo de don Isidoro De-Ma- 
ría). 

José Artigas se destacó mucho en la persecución de los 
contrabandistas y malhechores durante el año 1797, al 
frente de una partida de cien hombres, con la que recu- 
peró una numerosa hacienda que aquéllos arrastraban al 
Brasil. Apresó varios contrabandos y tomó al portugués 
Mariano Chaves, autor de un asesinato en Soriano. Del 
parte que pasó Artigasen octubre de 1797, que obra en 
•el expediente seguido á Chaves por contrabando resulta: 
^ue la avanzada de Artigas al mando del sargento Ma- 



136 JOSÉ ARTIGAS 

iiuel Vargas se trab(5 en pelea con Chaves y sn gente en 
la costa del Hospital; que (.-ha ves hizo tres bajas á las 
fuerzas que lo perseguían; que Artigas se unió entonces á 
su subalterno, con lo cual la gente de Chaves abandonó 
su factura y se internó en el monte cercano acosada por 
sus perseguidores, que se fraccionaron para facilitar su ta- 
rea; que el grupo encabezado personalmente por Artigas 
chocó con el criminal; que Chaves se preparaba á la de- 
fensa, mas al reconocer á Artigas tiró sus armas y huyó 
á la espesura de la sierra, seguido por el jefe, que le daba 
la voz de preso; que el bandido gritó entonces «no me tire, 
estoy rendido»; que Artigas envió inmediatamente el preso 
á Montevideo, donde fué juzgado, actuando como escriba- 
no don Manuel José Sáinz de Cavia. (Archivo del Juzga- 
do Nacional de Hacienda). 

Antes de la creación del Regimiento de Blandengues, 
la campaña era teatro de toda clase de tropelías. Las co- 
sechas se perdían por falta de brazos para recogerlas. 
Cansados de tanto desorden, se presentaron los vecinos 
al Cabildo en 1795. En su representación de 28 de mayo 
atribuyen el desquicio a que los destacamentos de tropas que 
habían reemplazado á las primitivas milicias en la policía 
rural, no tenían condiciones para la tarea. «Su poca pe- 
ricia en el manejo del caballo, puede ser motivo de que 
más apetezcan el descanso á la molestia que les ocasiona- 
ría andar una docena de leguas para perseguir á media 
docena de malhechores. Lo que podemos asegurar es que 
son casi inofensivos y que jamás vemos que se conduzca 
un solo arrestado. No falta quien crea que las partidas 
abrigan á los bandoleros y que á la sombra de ellas y 
por su mediación van al can^.po para enriquecerse y que 
muchos se hicieron ricos de esta manera». Terminan pi- 
diendo el restablecimiento de los destacamentos de gente 
veterana de milicias, dirigidas por jefes de buena fe, celo 
é inteligencia, «puesto que cuando éstos recorrían el campo 
había muchísimos menos crímenes y en la Cindadela de 
esta ciudad no pocos reos conducidos por aquellas partí- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 1;)7 

das». Fué pasada la representación á informe del síndico 
procurador don Manuel Nieto, quien aceptando sus funda- 
mentos, aconsejó la formación de un cuerpo de blanden- 
gues, semejante al que ya existía del otro lado del Plata, 
«pues así como en Buenos Aires su destino principal es 
contener á los indios, fuese aquí el de evitar los delitos 
que representan los hacendados Los blandengues, gen- 
te toda de campo, acostumbrada á sus fatigas y á las del 
caballo, serían mucho más á propósito para celarlos desór- 
denes de esta campaña que la tropa veterana». (Solicitud 
de los hacendados, Archivo Administrativo). 

El célebre naturalista don Félix de Azara estaba con- 
vencido de que mientras no se poblara la frontera conti- 
nuaría la incesante usurpación brasileña y se perderían 
indefectiblemente las Misiones. Propuso en 1800 al mar- 
qués de Aviles fundaí- en la frontera varios pueblos, sobre 
hi base de un grupo de familias destinadas á la costa pa- 
tagónica, que se habían quedado aquí y que absorbían al 
año cincuenta mil pesos en su manutención. Aceptó el vi- 
rrey, y Azara fué nombrado comandante general de la 
campaña en todo lo relativo á poblaciones. Para auxiliar 
á Azara en su obra, puso el virrey á sus órdenes al tenien- 
te Rafael Gascón y al ayudante José Artigas «en quie- 
nes respectivamente concurren (son palabras del virrey) 
las cualidades que al efecto se requieren, sin perjuicio de 
los demás que dicho señor comisionado considere oportu- 
nos para los distintos fines de su mandato y comisión». 
Fundó Azara en la costa de Yaguarí, sobre la guardia de 
Batoví, el pueblo de San Gabriel, confiando á Artigas la 
tarea de proceder al reparto de tierras, asesorado por el 
piloto de la real armada Francisco Mas y Coruela. Arti- 
gas fraccionó en chacras y estancias los campos compren- 
didos entre la frontera y el Monte Grande, después de 
desalojar á los portugueses que los detentaban y previa 
entrega de su lote á cada poblador, pasó los antecedentes 
á Azara para la expedición de títulos, segíin todo consta 
en la Memoria del mismo Azara y Libro de empadrona- 
miento existente en el Juzgado Nacional de Hacienda. 



138 JOSÉ ARTIGAS 

En el período comprendido de 1792 á 179G, consta 
que A.i-tigas estuvo procesado. ¿Por qué causa? Es lo que 
se ignora. La única noticia encontrada hasta ahora, es una 
frase incidental de una nota del marqués de Aviles, según 
la cual Artigas se acogió al indulto concedido por Carlos 
IV el 22 de diciembre de 1795 en celebridad del ajuste de 
paz con los franceses, extendido á las colonias recién en 
septiembre de 179ü. No están comprendidos en dicho in- 
dulto <dos reos de lesa majestad divina ó humana, de ale- 
vosías, de homicidios de sacerdotes, y el que no haya sido 
casual ó en justa y propia defensa; los dehtos de fabricar 
moneda falsa, de incendiario, de extracción de cosas prohi- 
bidas del reino, de blasfemia, de hurto, de cohecho y ba- 
ratería, de falsedad, de resistencia á la justicia, desafío, de 
lenocinio, ui de las penas correccionales que se imponen 
por la prudencia de los jueces para la enmienda y reforma 
de las costumbres» (bando existente en el Archivo Gene- 
ral Argentino). Si Artigas hubiera sido procesado por al- 
guna causa grave, Cavia lo hubiera revelado. Su silencio 
acerca de este caso concreto, prueba que el proceso debía 
ser por algo de muy poca monta. 

A estos antecedentes tan importantes de la «Revista 
Histórica de la Universidad» vamos á agregar el honroso 
testimonio que los apoderados del cuerpo de hacendados 
del Río de la Plata expidieron á Artigas el 18 de febrero 
de 1810 con relación á servicios que abarcan un período 
de ocho años (Maeso «Artigas y su época»): 

«Los apoderados que fuimos del cuerpo de hacendados 
del Río de la Plata en los de 1802 hasta el de 1810 y que 
suscribimos, declaramos y decimos: que hallándose en 
aquel tiempo sembrada la campaña de un número crecido 
de hombres malvados de toda casta, que la desolaban é in- 
fundían en los laboriosos y útiles estancieros un terror 
pánico, ejercitando impunemente robos en las haciendas y 
otros atroces delitos, solicitamos de la superioridad se sir- 
viese en remedio de nuestros males nombrar al teniente de 
blandengues don José de Artigas, para que mandando una 



DESCARGOS Y JUSTIFrCACrONES 139 

partida de hombres de armas, se constituyera á la campaña 
en persecución de los perversos; y adhiriendo el superior 
jefe excelentísimo señor marqués de Sobremonte á nuestra 
instancia, marchó Artigas á dar principio á su importante 
comisión. Se portó en ella con tal eficacia, celo y conduc- 
ta, que haciendo prisiones de los bandidos y aterrorizando 
á los que no cayeron en sus manos por medio de la fuga, 
experimentamos dentro de breve tiempo los buenos efectos 
á que aspirábamos, viendo sustituida en lugar de la timi- 
dez y sobresalto la quietud de espíritu y seguridad de nues- 
tras haciendas. En vista de un servicio tan recomendable 
y no pudiendo ni debiendo desentendemos de tal recono- 
cimiento, en remuneración, acordamos por nosotros y á 
nombre de nuestros representados hacer á don José Arti- 
gas en manifestación de justo reconocimiento el donativo ó 
gratificación por una sola vez de quinientos pesos del fon- 
do de hacendados y de nuestro cargo en aquellos años, cu- 
ya deliberación de oferta mereció ser aprobada del señor 
excelentísimo, mandando se verifique el entero pago. Las 
sucesivas fatales ocurrencias en esta plaza y su toma por 
el inglés, fueron capaces de entorpecerlo, y que no tuviese 
efecto hasta ahora; mas como en la actualidad cesó ya 
nuestro apoderamientoy por consiguiente no existe en nues- 
tro poder caudal alguno correspondiente al expresado cuer- 
po no siendo debido deje de cubrirse y satisfacer al dicho 
don José Artigas la suma referida, y á fin de que haga la 
instancia que le compete contra el fondo que han recibido 
los imevos apoderados, en obsequio de la verdad y por el 
derecho que le asiste para el cobro de los prenotados qui- 
nientos pesos, le despachamos el presente documento en 
Montevideo á 18 de febrero de 1810. — Bííguel Zamora — 
Lorenzo Uliharri — Antonio Pereyra-». 

«Haciendo prisiones de los bandidos y aterrorizando á 
los que no cayeron en sus manos por medio de la fuga-^>: 
es así como se operó la rápida transformación de que ha- 
blan los hacendados; y es así también como se condujo Ar- 
tigas, según los pocos sumarios de la época colonial que 



140 JOSÉ ARTIGAS 

existen en los archivos Je Montevideo, después del snqiieo 
que iniciaron los delegados del gobierno de Buenos Aires 
eu febrero de 1815, valga la confesión de Cavia en su libe- 
lo infamatorio y la respetabilísima declaración de los se- 
ñores Dámaso Larrañaga y José R. Guerra en sus apuntes 
históricos. 

Ing^resa Artigas en la carrera iiiilitai*. 

En el Archivo General de la Nación Argentina, existe 
una solicitud de retiro presentada por Artigas al Rey de 
España, el 24 de octubre de 1808, en la que el peticio- 
nario hace la relación de sus servicios como «ayudante 
mayor del cuerpo de caballería de blandengues de la fron- 
tera de Montevideo». Vamos á extractar su contenido, que 
en lo substancial ya ha sido dado á la publicidad por el 
doctor Barbagelata en la «Revista Histórica de la Uni- 
versidad de Montevideo»: 

«Sirvo á V. M.»,dice Artigas, «desde la creación de este 
cuerpo, habiendo empezado de soldado, en cuya clase tuve 
el honor de que vuestro virrey interino de estas provincias 
don Antonio Olaguer Feliii me comisionó por los muchos 
conocimientos que tenía de estos campos para salir á reclu- 
tar gente para la formación del expresado cuerpo y desde 4 
de marzo del año 97 hasta 24 de abril del mismo conduje 
á disposición del señor gobernador de Montevideo cincuen- 
ta hombres». 

Fué enviado por el mismo virrey á la costa del Chuy 
para observar á los portugueses que acopiaban tropas. Y 
allí permaneció, hasta que recibió órdenes para perseguir y 
aprender á los ladrones, vagabundos ó indios infieles que per- 
turbaban la campaña. Desempeñó la nueva comisión desde el 
10 de julio de 1797 hasta el 2 de marzo de 1798, con toda 
eficacia, pues aprehendió prisioneros, decomisó contraban- 
dos y mandó treinta reclutas, recibiendo del virrey los des- 
pachos de capitán de milicias del regimiento de caballería 
de Montevideo. 



DESCARGOS Y JCSTIFIC ACIONES 141 

«Reunida la gente precisa para la creación del cuerpo de 
blandengues en el cuartel de Maldonado, se me mandó re- 
tirar á él y se me nombró por ayudante mayor del expresa- 
do cuerpo». 

Para contener las incursiones de los indios, salió luego 
una partida de 120 hombres á las órdenes del capitán del 
cuerpo de blandengues Francisco Aldao. Tenía Artigas la 
dirección de las partidas descubridoras. Pero murió Aldao 
y entonces Artigas recibió el mando de todas las fuei-zas y 
con ellas apresó y mató indios, persiguió contrabandistas é 
interceptó mercaderías, desde el 3 de octubre de 1798 has- 
ta el 3 de mayo de 1799, en que regresó á Maldonado. En 
«ñero de 1800, recibió instrucciones del comandante gene- 
ral de campaña marqués de Sobremonte, para recorrer los 
pueblos de Santo Domingo <le Soriano y Víboras y perse- 
guir desertores, vagos y ladrones. Hizo varios arrestos é in- 
terceptó algunos contrabandos. 

«Tratando vuestro virrey el marqués de Aviles de poblar 
la frontera, detallar suertes de estancia á sus moradores y 
tranquilizar la campaña, nombró la superioridad por co- 
mandante general de poblaciones, fronteras y campañas al 
capitán de navio don Félix de Azara, y este jefe me pidió 
por su ayudante, en cuya comisión serví hasta la declara- 
ción de guerra con los portugueses, destinando por mi di- 
rección los terrenos á cada poblador y confiándome este 
jefe varias comisiones. Declarado el rompimiento, pasé con 
el coronel don Nicolás de la Quintana á la parte de Misio- 
nes por la costa del arroyo de Santa María, para impedir 
las irrupciones que los enemigos intentaban hacer por 
aquella parte contra los pueblos de aquel departamento». 

En seguida fué incor^jorado á la división á cargo del co- 
ronel don Bernardo Lpcoeq en marcha á las Misiones, con- 
fiándosele la dirección de la ruta y la conservación de la 
artillería. Realizada la paz, quedó el coronel Lecocq en el 
departamento de Misiones y obtuvo que Artigas fuer^i nom- 
brado ayudante suyo. 

«Las continuas fatigas de esta vida rural por espacio de 



142 JOSÉ ARTIGAS 

seis años y más», concluj^e la nota, «las iuclemencias de las 
rígidas estaciones, los cuidados que me han rodeado en 
estas comisiones por el mejor desempeño, han aniquilada 
mi salud en los términos que indican las adjuntas certifi- 
caciones de los facultativos, por lo cual hallándome impo- 
sibilitado de continuar en el servicio, con harto dolor mío, 
suplico á la R. P. de V. M. me conceda el retiro en clase 
de agregado á la plaza de Montevideo y con el sueldo que 
por reglamento se señala». 

Al pie de esta representación, obra un informe expedido 
por el jefe del regimiento de blandengues, don Cayetano 
Ramírez Arellano, datado en Maldonado el 9 de enero de 
1804. Establece dicho jefe que Artigas empezó á servir 
desde el 10 de marzo de 1797 «en que tuvo su ingreso en 
el cuerpo de mi cargo en clase de soldado hasta el 27 de 
octubre del mismo año que pasó á capitán de milicias del 
regimiento de caballería de Montevideo, en el que existió 
hasta 2 de marzo de 1 798 que volvió á tener su entrada 
en el antedicho cuerpo, por habérsele conferido el empleo 
de ayudante mayor». x\grega el jefe informante que Arti- 
gas salió á campaña, pero que nada le comunicó para ano- 
tarlo en su foja de servicios y q<ie en consecuencia no pue- 
de acreditar la verdad de lo que él expone en su solicitud. 

Fué denegada la gestión de retiro, según lo declara .4.r- 
tigas en una segunda representación al Rey, que también 
obra en el Archivo General de la Nación Argentina. Está 
datada la nueva nota en Tacuarembó Chico el 20 de mar- 
zo de 1805. Artigas pide en ella su licencia absoluta, in- 
vocando la imposibilidad de seguir en el servicio, según lo 
acredita un certificado médico que adjunta. 

Repite que sentó plaza de soldado en el cuerpo de blan- 
dengues y que obtuvo la comisión de reclutar gente para 
las compañías que debían levantarse: «reuniendo para ellas 
el número de doscientos y más hombres sin dispendio algu- 
no de vuestro real ei'ario, habiéndosele comisionado en la 
misma clase con el mando de varias partidas dirigidas al 
cuidado de las campañas y fronteras del río Santa María 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 143 

para perseguir los ladrones, contrabandistas é infieles, en 
cuyo desempeño consiguió no sólo aprehender individuos 
sino también quitarles más de dos mil caballos, cuyo ma- 
yor número quedó á favor de la real hacienda, obligando 
por sus servicios á los jefes á que le distinguiesen con el 
grado de capitán de milicias y seguidamente el de ayudante 
mayor de blandengues que obtuvo pasado apenas el año 
de la creación del referido cuerpo, en el cual empleo ha 
hecho cinco considerables campañas en las que ha deshe- 
cho y destrozado diferentes cuadrillas de individuos infieles,^ 
con aprehensión igualmente de ladrones, contrabandistas y 
numerosas caballadas á favor de V. M., siendo de notoria 
utilidad el servicio que hizo en la exi^edición del brigadier 
don Félix de Azara a situar la poblaciones y villas de Ba- 
toví en la frontera de Santa María, por la dirección que le 
prestaron sus prácticos conocimientos, como todo debe 
constar en su antedicha instancia; á cuyos documentos es 
necesario que se refiera para hacer este recurso desde la 
campaña, en más de cien leguas de distancia de la plaza de 
Montevideo, acompañando al comandante principal en la 
expedición de su mando, sin embargo de los graves padeci- 
mientos que sufre el exponente, por haberle significado ser- 
le precisa su persona: é igualmente la presente campaña á 
que fué comisionado por el actual virrey marqués de So- 
bremonte, entonces subinspector interino». 

Estos valiosos antecedentes históricos, á la vez que acla- 
ran un período de tiempo acerca del cual han divagado 
largamente los historiadores argentinos, destruyen por su 
base la leyenda de la metamorfosis del monstruo que destila- 
ba sangre y contrabandos en jefe de blandengues, inventa- 
da por Cavia y repetida por todos los historiadores argen- 
tinos y orientales que han bebido inspiraciones en su libe- 
lo infamatorio. Artigas declara al rey que en 1797 ingre- 
só en el regimiento de blandengues como soldado raso, y 
su declaración está abonada por el testimonio del jefe del 
regimiento. Como lo hemos dicho en el capítulo anterior, la 
leyenda podía ser explotada, mientras se admitía que Ar- 



144 JOSÉ ARTIGAS 

tigas, pesando bien las cosas, había cambiado su posición 
de caudillo de asesinos y contrabandistas, por las honrosas 
charreteras de jefe de blandengues. Pero resulta sencilla- 
mente absurda, una vez probado que el jete de los orien- 
tales ingresó en el servicio real como soldado raso y nada 
más que como soldado raso. 



Tareas «le los blandengues. 

Eran duras las tareas de los blandengues y se explica la 
insistencia de Artigas en obtener una licencia para reponer 
sus energías físicas y atender á la vez sus asuntos persona- 
les. Para demostrarlo, vamos á extractar dos representacio- 
nes de los apoderados del gremio de hacendados de la 
Banda Oriental al virrey de Buenos Aires. 

La primera, que fué presentada el .'] de agosto de 1803 
(Fregeiro, «Documentos justificativos»), es relativa á los 
portugueses. 

«Sus frecuentes incursiones», dice, <vla asiduidad, el des- 
pecho con que se han manejado contra nuestra campaña y 
haciendas después de la publicación de la paz, no dejan ar- 
bitrio para dudar que ha llegado el tiempo de alcanzar ellos 
con sus obras á satisfacer sus conocidos deseos. En efecto, 
han extendido su mano los portugueses en más de diez y 
seis mil leguas superficiales de tierra comprendidas entre el 
Ibicuy Glande y el Cerro de las Palomas, ayudados por 
una parte de la perfidia é infracciones á los diplomas de la 
paz y por otra parte del abandono que por nuestra parte 
se ha hecho de las fronteras y territorios interiores. Así, 
estos usurpadores llevan adelante sus miras, no hallando 
un poder que contenga sus arrojados proyectos: habitan 
nuestras posesiones; ocupan nuestros campos; corren, ma- 
tan y benefician nuestros ganados y nuestras iiaciendas, sin 
temor, sin cuidado y sin oposición — En todos tiempos 
ha sido un axioma indisputable el que estos limítrofes ha- 
rían ofrenda de su física existencia por hacerse dueños de 



DESCARGOS Y JUSTIFICACrONES 145 

nuestros preciosos y fértiles campos. Nadie lo ha dudado; 
y lo que jamás pudieron conseguir, logran hoy sin tropiezo 
y sin oposición .... Los requerimientos, los partes, los cla- 
mores de estos hacendados son continuos, y sería infalible 
hi ruina de todos los que pueblan y ocupan los feraces di- 
latados campos que corren desde las fronteras hasta río 
Negro, si la benéfica mano de V. E. no contiene los proce- 
dimientos arbitrarios, pérfidos y dolosos de los portugueses 
limítrofes, sucediendo por forzosa consecuencia que el flo- 
recimiento, el pingüe y fuerte comercio de los frutos del 
país, toque su última decadencia». 

Concluyen los peticionarios solicitando que el virrey 
expida '--las providencias convenientes para contener y es- 
<iarmentar la conducta delincuente de los atrevidos portu- 
gueses, desalojarlos de los campos y posesiones que nos han 
usurpado después de la declaración de la paz, y restituir á 
los hacendados españoles el goce y posesión de sus propie- 
dades». 

La segunda representación del gremio de hacendados, es 
de 22 de agosto de 1 804 (Fregeiro, «Documentos justificati- 
vos»). Se refiere á providencias ya adoptadas por el virrey, 
en que Artigas tiene actuación principalísima. 

«Al fin preindicado», dice, «se expidieron órdenes por 
V. E. dirigidas al coronel don Tomás de Rocamora, se sa- 
caron del cuartel de Maldonado y esta plaza una parte de 
las poccis tropas de la guarnición, se abrieron los almacenes 
de artillería y con tan loables y activos auxilios se compu- 
so esa partida que al mando del ayudante don José Arti- 
gas hoy nos da mérito á poner en manos de V. E. este pe- 
dimento Al mes poco más de la salida que anunciamos 

hizo el ayudante Artigas, comisionado por V. E. para re- 
primir á los portugueses y defender las caballadas de las 
manos enemigas de los indios gentiles minuanes, aún sin 
alejarse mucho de nuestras estancias, y casi sobre la expe- 
dición encargada á Rocamora, sorprendió Artigas tres sol- 
dados voluntarios portugueses, un vecino que aunque espa- 
ñol depende de aquella dominación y dos indios también 

JOSÉ ARTIGAS.— 10 T. 1. 



146 JOSÉ ARTIGAS 

del mismo vasallaje, todos separados un día ó dos antes 
del grueso de más de ciento veinte hombres que salieron 
del pueblo de San Nicolás, que está por el gobierno lusita- 
no, á correr y llevar los [ganados de nuestros campos por 
disposición, orden y mandato del sai'gento mayor Saldaña, 
comandante portugués en los siete pueblos guaraníes que 
nos tomaron en la última guerra ^^>. Hablan luego los hacen- 
dados de las declaraciones prestadas por esos prisioneros; 
dicen que tal conquista ó fraudulento arrebato se produjo 
después de firmado el tratado de Badajoz; declaran que el 
sargento mayor Saldaña ha distribuido á los portugueses los 
campos comprendidos desde Santa María hasta las puntas 
del río Negro y desde el Ibicuy hasta el Jarao; y concluyen 
solicitando que se inicien gestiones para la devolución de 
los pueblos de Misiones y de todos los demás terrenos usur- 
pados. 

La autobiografía del general Rondeau (Lamas, «Colec- 
ción de memorias y documentos»), da idea también déla 
índole de los servicios del regimiento de blandengues de 
Montevideo: 

Como alférez y teniente del cuerpo de blandengues, di- 
ce Rondeau. «estuve siempre en campaña, empleado en co- 
misiones concernientes á la tranquilidad pública, ya en per- 
secución de los bárbaros charrúas y minuanes, con los que 
tuve varias acciones, una al mando del capitán don José 
Pacheco, como consta del documento número 1 que en 
tiempo muy posterior ha venido á mis manos por casuali- 
dad, y otras mandando yo en jefe las partidas que opei'a- 
ban contra aquéllos, sierjdo simultáneas estas operaciones 
con las de perseguir ladrones cuatreros que infestaban la 
campaña, lo mismo que á los contrabandistas, tráfico que 
era más ejercitado por los brasileños que por los naturales 
del país, y aquéllos como más diestros en el uso de las ar- 
mas de fuego oponían una resistencia vigorosa á las parti- 
das de tropas que se les acercaban, atrincherándose con las 
cargas que llevaban si eran atacados en campo raso ó de- 
fendiendo sus intereses desde las cejas de los montes, si te- 
nían tiempo de llegar á ellos». 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 147 

Artigas en las invasiones inglesas. 

Fué de corta duración la licencia gestionada por Artigas. 
Pronto quedó reincorporado al servicio. Cuando se produ- 
jeron las invasiones inglesas, ya estaba en activo tren de 
lucha y pudo actuar con brillo y con honor en los memo- 
rables combates de la reconquista de Buenos Aires y de 
la defensa de Montevideo. 

Existe en el Archivo Administrativo de Montevideo una 
riquísima documentación oficial, bajo el título de «Expe- 
diente formado por el caballero síndico procurador gene- 
ral, donde se encuentran aglomerados los servicios y méri- 
tos contraídos por este vecindario en la reconquista de la 
capital de Buenos Aires en agosto 12 de 1806». El síndi- 
co procurador pidió autorización en 1808 para formar el 
expediente, y el Cabildo se la concedió, mandándole fran- 
quear todos los documentos que fueran necesarios al objeto 
que se proponía. 

Figuran en dicho expediente una relación de servicios 
firmada por Artigas el 10 de junio de 1808, que es rela- 
tiva á la reconquista de Buenos Aires, y un informe del co- 
mandante del regimiento de blandengues don Cayetano 
Ramírez de Arellano de 24 de febrero del mismo año, que 
es relativo á los combates contra los ingleses en los alrede- 
dores de Montevideo y en el asalto á las murallas y toma 
de la plaza. 

En su foja de servicios como ayudante mayor del cuerpo 
de veteranos de caballería de blandengues de la frontera 
de Montevideo, dice Artigas: 

«Que hallándome enfermo en esta plaza, supe se prepa- 
raba en ella de sus tropas y vecindario una expedición al 
mando del capitán de navio don Santiago Liniers, actual- 
mente virrey de estas provincias, para reconquistar del po- 
der de los enemigos la capital de Buenos Aires, con cuyo 
motivo me presenté al señor gobernador don Pascual Ruiz: 
Huidobro á efecto de que me permitiese ser uno de los de 



148 JOSÉ ARTIGAS 

dicha expedición, ya que no podía ir con el cuerpo de que 
d-^pendo, por hallarse éste ea aquella época cubriendo los 
varios puntos de la campaña, lo que se sirvió concederme 
dicho señor, ordenándome quedase yo en esta ciudad para 
conducir por tierra un pliego (como lo verifiqué) para el ci- 
tado señor Santiago Liniers, destinándome después este 
señor al ejército nuestro que se hallaba en los corrales de 
Miserere, desde donde pasamos á atacar el Retiro, en don- 
de advertí que la tropa, milicias y demás gente de que se 
compone la citada expedición y á un número de aquel 
pueblo que se juntó á él en aquel paraje, se portaron con 
el mayor espíritu y valor; rendidos los enemigos á discre- 
ción, regresé de aquella á esta [)laza, con la noticia por ser 
la comisión á que me dirigía el nominado señor goberna- 
dor, que es cuan.to puedo decir bajo mi palabra de honor 
en obsequio á la verdad, que es justicia». 

Al regresar de su heroica comisión, Artigas estuvo á pun- 
to de perecer en el río Uruguay, según lo acredita el si- 
guiente oficio del gobernador Ruiz Huidobro á don Ven- 
tura Gómez, datado en Montevideo el 15 de agosto de 1806 
(Archivo Administrativo, reproducido por Bauza, «Histo- 
ria de la dominación española»): 

«El ayudante mayor de blandengues don José Artigas 
acaba de regresar de Buenos Aires en una comisión inte- 
resante del real servicio á que fué destinado por mí y en la 
que estuvo para perecer en el río, por haber naufragado el 
bote que lo conducía, en cuyo caso perdió la maleta de su 
ropa, apero, poncho y cuanto traía, por cuya pérdida y los 
gastos que ha ocasionado la misma comisión, estimo de 
justicia se le abone por la real Tesorería del cargr) de usted 
800 pesos corrientes y se lo aviso para su debido cumpli- 
miento á la mayor brevedad». 

El comandante del regimiento de blandengues don Ca- 
yetano Ramírez de Arellano, describe en esta forma la 
actuación importantísima de sus fuerzas en los combates 
de Montevideo: 

«Que habiéndome retirado á esta plaza des le el Cerro 



DESCARGOS Y JÜSTIFÍCACIOXES 140 

Largo por disposición superior con una porción de tropas 
del cuerpo de mí cargo, fui destinado al campamento de 
Punta Carreta, para observar las operaciones del enemigo 
que estaba posesionado de la plaza de Maldonado y su 
puerto, en donde un destacamento del propio cuerpo com- 
puesto de un capitán, un alférez y ciento veinte hombres 
fué rechazado y derrotado por los enemigos el día 29 de 
octubre de 1806 en que tomaron aquel punto, en donde 
murieron ocho hombres y fueron heridos de gravedad ca- 
torce, quedando muchos prisioneros; después abandonaron 
los enemigos aquel puerto, reembarcándose en la escuadra 
que se presentó el lü de enero de 1807 en la ensenada de 
la Basura ó Pla3^a del Buceo, donde verificó el desembarco 
de sus tropas, á cuya sazón se hallaban las de mi cuerpo 
y de otros que se destinaron á evitar el desembarco que no 
fué posible por el continuo fuego de los buques que lo pro- 
tegía, y en la tarde del mismo día se reunió á las tropas 
que salieron de la plaza á órdenes del señor virrey, y des- 
de el saladero que llaman de Magariños se empezó á hacer 
fuego de cañón á los enemigos, con lo que se contuvieron 
sin pasar adelante, pero habiéndose retirado nuestras tro- 
pas de infantería y dragones á un saladero de la costa, me 
posesioné para observar al enemigo é inmediato á ellos en 
el saladero de Zamora, desde donde salían partidas de ob- 
servación, hasta el día 19 al amanecer en que los enemigos 
emprendieron su marcha para esta plaza, é inmediatamen- 
te salí con toda mi tropa y la de los regimientos de mili- 
cias de Córdoba y Paraguay con cuatro cañones, para con- 
tener al enemigo que traía fuerzas muy superiores, y á 
pesar de ser las nuestras muy reducidas se emprendió el 
fuego de una y otra parte llegando al extremo de atacar- 
nos con bayoneta, por cuya razón se dispersó nuestra tro- 
pa, quedando entre muertos y heridos de los de mi cuerpo 
de veinte á veinticuatro hombres, y nos retiramos al mata- 
dero de Silva donde se hallaba toda la tropa de la plaza 
con el señor virrey, con quien nos reunimos y fuimos ata- 
cados por los enemigos; que no pudiendo resistirlos se man- 



150 JOSÉ ARTIGAS 

dó retirarnos con dirección á la plaza, siguiéndonos el ene- 
migo con fuerza de artillería y fusilería, que cesó luego que 
avanzaron y se posesionaron del paraje que llaman el 
Cristo, y nuestro ejército quedó á la inmediación del Mi- 
guelete, hasta que á la tarde del mismo día nos retiramos 
á la plaza, de donde salimos el siguiente día 20 por la ma- 
ñana en busca de los enemigos que se hallaban embosca- 
dos en las quintas, casas y cercos del Cordón, por lo que 
no pudieron ser vistos por nuestras avanzadas, causa por 
qué nos cercaron con sus fuegos de cañón y fusil por de- 
recha, izquierda y frente en parajes ventajosos que nos de- 
rrotaron y nos desunieron, obligando á todo nuestro ejér- 
cito á la retirada con mucho desorden por no poder resis- 
tir á tan superiores fuerzas, quedando muertos en aquella 
acción unos treinta hombres de mi cuerpo, varios heridos 
y algunos prisioneros; retirados ya á esta plaza se mantu- 
vo la tropa todas las noches y algunos días destinada en 
la muralla, sufriendo el más vigoroso fuego de mar y tie- 
rra que hacía el enemigo sin intermisión de día y de no- 
che, hasta que habiéndose aproximado como á medio tiro 
de cañón de la plaza, empezó á batir en brecha, que con- 
siguió abrir el portón de San Juan, continuando su fuego 
hasta las tres de la mañana del día 3 de febrero del citado 
1807 que avanzó el enemigo, forzando la brecha y atacan- 
do dentro de la plaza por derecha é izquierda, en cuya ac- 
ción hubo de mi cuerpo bastante número de muertos y de 
heridos, el cual no se puede expresar con certeza, porque 
se ignora el de los prisioneros que llevaron á Londres, 
excepto algunos que pudieron profugar y otros que como 
yo desembarcaron en esta plaza por enfermos; en esta ac- 
ción y las demás que tuvieron nuestras tropas y todo el ve- 
cindario de esta ciudad, á pesar de su escaso número y tan 
superior el del enemigo, hizo la más vigorosa y obstinada 
defensa en todos los puntos á que fueron dcíti nados, sa- 
crificando sus vidas é intereses, como es público- y notorio, 
por la religión, el rey v la patria, obrando con el mayor 
honor y en cuyo obsequio murieron muchos en la acción, 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIO:!^ES 151 

^quedando otros in titiles por haber perdido brazos, piernas 
y otras heridas incurables. 

«Del citado mi cuerpo concurrieron á la acción conmi- 
go los capitanes don Bartolomé Riergo, don Carlos Ma- 
ciel, don Felipe Cardozo, el ayudante mayor don José Ar- 
tigas, los alféreces don Pedro Martínez, don José Manuel 
de Victorica, y los cadetes don Juan Corbera, graduado de 
alférez don Roque Gómez de la Fuente, don Prudencio 
-Zufriategui, don Juan Manuel Pagóla que murió la noche 
del ataque, habiéndose portado todos con el mayor enarde- 
cimiento, sin perdonar instante de fatiga, animando á las 
tropas sin embargo de que no lo necesitaban por el ardor 
-con que se arrojaban al fuego de los enemigos.» 

En presencia de estos documentos que acreditan los 
grandes }' continuados servicios del ayudante mayor de 
blandengues dentro del organismo del Virreinato, tienen 
explicación las opiniones favorabilísimas que desde los co- 
mienzos del movimiento revolucionario de 1810 inspiró 
Artigas á los hombres espectables de su época y de las que 
han dejado constancia algunos de ellos en piezas históricas 
de positivo valor. 

Teí^tinioiiio de las autoridades españolas. 

En un oficio del subinspector Sobremonte al marqués 
<le Aviles, datado en Montevideo el 8 de octubre de 1800 
(Bauza, ■;; Historia déla dominación española») se comuni- 
ca la salida de una expedición de trescientos blandengues 
para combatir á los charrúas, contrabandistas portugueses 
y bandidos, con este agregado que denuncia el elevado 
concepto en que era tenido Artigas: 

«Me parecía muy del caso para dirigir á éstas (se refie- 
re á las fuerzas) el ayudante mayor de blandengues don 
José Artigas por su mucha práctica de los terrenos y co- 
nocimientos de la campaña; pero como está á las órdenes 
■del capitán de navio don Félix de Azara, sólo lo hago pre- 
sente á V. E. para que se sirva resolver lo que fuere de 
:su superior agrado.» 



102 JOSÉ ARTIGAS 

Mientras así se le echaba de menos en Montevideo pant 
el desempeño de una importante comisión mditar. Artigas 
defendía en las Misiones Orientales la integridad del domi- 
nio español contra los avances de los portugueses, á la vez 
que cultivaba su espíritu al lado del gran naturalista, cuya 
tarea, dice el general Mitre (introducción á los «Viajes á 
los pueblos del Paraguay», -Revista del Río de la Plata) 
no se limitó á estudiar la zoología y la ornitología do las 
comarcas que recorría. «Soldado por su carrera y matemá- 
tico por sus estudios, después de hacerse naturalista por in- 
clinación, se hizo geógrafo, historiador, economista, geólogo, 
botánico y filósofo, para llenar la actividad de su vida, su- 
pliendo por la observación la deficiencia de sus conocimien- 
tos científicos y acertando, por la labor constante y la pa- 
ciencia, á criar métodos nuevos que debían ser la guía de 
la ciencia. El fué el primero que se ocupó con sana crítica 
de la historia primitiva del Río de la Plata, estudiándola á 
la luz de documentos originales y de los testimonios indes- 
tructibles de la naturaleza, ensanchando sus horizontes y 
conmoviendo los cimientos convencionales en (juese funda- 
ba. Él fué el primero que dio base científica á la geografía 
del Río de la Plata, á cuya historia está perdurablemente 
vinculado su nombre. El fué el primero que hizo conocer 
al mundo, bajo diversos aspectos, las regiones bañadas por 
el Plata, el Uruguay, el Paraná y el Pai'aguay. llamando 
sobre ellas la atención de propios y extraños». 

A fines de 1801, tuvo Artigas que retirarse de las posi- 
ciones avanzadas que ocupaba, en cumplimiento de órdenes 
de Azara, provocadas por una nueva invasión portuguesa 
que se adueñó definitivamente de las Misiones. 

En una exposición sobre el estado de Montevideo y sn 
campaña, redactada el 4 de agOí^to de 1811 por don Rafael 
Zufriateguy, diputado al Congreso Nacional reunido en Cá- 
diz, se hace el estudio de la situación del Río de la Plata y 
de las condiciones de Artigas en términos altamente favora- 
bles. Después de establecer el referido diputado que Montevi- 
deo está reducido á su recinto y sin esperanzas de protec- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 153 

eióii tle las provincias del Virreinato (Archivo Nacional, re- 
producido por Bauza en su «Historia de la dominación es- 
pañola»), agrega: 

«Su vasta y hermosa campaña hoy día se halla en insu- 
rrección por haber apurado sus recursos aquella escandalosa 
Junta y puesto en movimiento los resortes de una secreta 
intriga para introducir la división, la discordia y sedición 
por conducto ya de algunas tropas que han pasado y ocu- 
pado varios pueblos de poca consideración de la Banda 
Oriental, ya por el de algunos mal contentos que encierra 
Montevideo y su campaña, adictos á ella; y por último, 
más poderoso por el de la mayor parte de los oficiales de al- 
gunos cuerpos de la guarnición, de quienes absolutamente 
no puede hacerse la más leve confianza para emprender 
ataque alguno por pequeño que fuese (no obstante que los 
hay, aunque pocos, muy firmes y leales); así lo ha acredita- 
do la experiencia de estos últimos días con cinco oficiales 
de blandengues que por el mes de marzo próximo pasado 
han desertado para la capital; habiendo causado más asom- 
bro esta deserción en dos capitanes de dichos cuerpos lla- 
mados don José Artigas, natural de Montevideo, y don José 
Rondeau, natural de Buenos Aires, cuyo individuo acababa 
de llegar de la península y era perteneciente á los prisio- 
neros en la pérdida de aquella plaza. 

«Estos dos sujetos en todos tiempos se habían merecido 
la mayor confianza y estimación de todo el pueblo y jefes 
en general por su exactísimo desempeño en toda clase de 
servicios; pero muy particularmente el don José Artigas 
para comisiones de la campaña por sus dilatados conoci- 
mientos en la persecución de vagos, ladrones, contrabandis- 
tas é indios charrúas y minuanes que la infestan y causan 
males irreparables é igualmente para contener á los portu- 
gueses que en tiempo de paz acostumbraban á usurpar 
nuestros ganados y á avanzar impunemente sus estableci- 
mientos dentro de nuestra línea. Cuando de Montevideo pa- 
samos algunas tropas á la Colonia del Sacramento para 
atender desde este destino á las necesidades de toda aque- 



154 JOSÉ ARTIGAS 

lia caivipaña perturbada por algunas partidas de insurgen- 
tes; en este tiempo en que se consideraban dichos capitanes 
más necesarios, desaparecieron de aquel punto en consorcio 
del cura párroco y de otro oficial subalterno de los del nú- 
mero precitado, llamado Ortiguera; siendo estos individuos 
naturales de la capital. A los pocos días de este suceso se 
tuvo la noticia de que otro nombrado Sierra, hijo de Mon- 
tevideo, había iguahnente fugado llevándose consigo nueve 
soldados de su mismo cuerpo». 

Se ocupa en seguida la exposición del movimiento insu- 
rreccional encabezado por Ramón Fernández que al frente 
de '< trescientos hombres vagos y mal contentos», reahza «el 
saqueo, robo, arresto y seguridad de todos los europeos» de 
Mercedes y Soriano. Indica la necesidad de enviar tropas 
á Montevideo en número de dos mil infantes y quinientos 
de caballería; de mantener á Elío en el virreinato por sus 
condiciones personales de primer orden; de enviar un re- 
puesto de tres mil fusiles; y de establecer en Montevideo 
un gobierno intendente con jurisdicción sobre el vasto te- 
rritorio de la parte oriental y septentrional. 

De esa exposición, envió copia Zufriateguy al Cabildo de 
Montevideo, comunicándole á la vez que durante dos días 
consecutivos el Congreso español se había ocupado del 
asunto y que él había sido autorizado para conferenciar con 
la Regencia, como efectivamente lo había hecho, aunque 
sin resultado, á causa de la carencia absoluta de numerario 
para hacer frente al envío de tropas. 

En su «Historia Argentina» expresa el señor Pelliza 
que viendo Fernando VII que eran inútiles sus esfuerzos 
para reconquistar por medio de manifiestos y procesos sus 
colonias independizadas, resolvió emprender la reconquista 
militar sobre la base de un plan propuesto en junio de 1818 
por el mariscal de campo don Gregorio Laguna. 

De acuerdo con el plan de ese mariscal, que el historia- 
<lor argentino reproduce, debía prepararse una expedición 
de veinte mil hombres con mucho sigilo y dándose á en- 
tender que se expedicionaria á otros puntos, para caer de 



DESCARGOS Y JÜSTIFrCACIONES 155 

improviso sobre Buenos iVires. Luego de establecer minu- 
ciosamente el plan, los puntos de desembarco y las prime- 
ras medidas para asegurar la reconquista, prescribe la si- 
guiente instrucción al general expedicionario: 

«Será uno de los primeros cuididos del general atraerse 
á su partido al guerrillero don José Artigas, el que se ha- 
lla hoy separado de los insurgentes y en guerra con ellos y 
con los portugueses. Este Artigas era el día de la rev^olución 
ayudante mayor de un regimiento de caballería y tomó el 
partido de los insurgentes; después el rey, conociendo el 
mérito de este oficial lo indultó v ascendió al gi'ado de bri- 
gadier, cuyo despacho bien sea por la [)Oca finura ó mal 
modo con que los generales se han portado con él, ó porque 
no supieron atraerlo con dulzura, no ha querido admitir te- 
meroso de que sea un engaño para cogerlo y fusilarlo: he 
aquí uno de los puntos más esenciales para la reconquista 
y eu el que el genei-al debe emplear su talento para ganár- 
selo, y ninguna ocasión mejor que la presente en que se ha- 
lla separado del gobierno principal de Buenos Aires. Este 
partidario domina toda la indiatla, es dueño de sus corazo- 
nes y en seiscientas leguas de circunferencia no ha}'^ más 
voz que la suya; es tan práctico en toda la campaña, 
que sin batirse con nuestro ejército puede hacerlo perecer 
retiranc^o en una noche todas las caballadas y ganados á 
distancias considerables, sin que lo pueda evitar el general; 
por esto repito que conviene ganárselo, colmarlo de benefi- 
cios, graduaciones y mando, pues haciéndolo así no sola- 
mente le sobrará todo á nuestro ejército, sino que con su 
ayuda se conseguirá la destrucción de todos los rebeldes 
de aquel hemisferio. Conseguida que sea la reconciliación 
de este sujeto y puesto en posesión del mando, el general 
nombrará dos acompañantes para que lo ayuden á llevar 
las riendas del gobierno, bajo el honroso pretexto de no po- 
der él sufrir tan pesada carga». 

El plan del mariscal Laguna fué aceptado por el rey y 
se ordenó la preparación en el puerto de Cádiz de una ar- 
mada de seis fragatas, diez corbetas, treinta cañoneras, dos- 



156 JOSÉ ARTIGAS 

cientos transportes-, noventa y cuatro piezas de artilleríar 
con mil trescientos soldados de esa arma, dos mil ochocien- 
tos soldados de caballeiía y diez y nueve mil seiscientos 
soldados de infantería. A fines de septiembre de 1819 la 
escuadra estaba lista para hacerse ala mar. Para el coman- 
do de las fuerzas, el rey se había fijado en el general Mo- 
rillo, jefe de la expedición enviada á Venezuela en 1815. 
Pero Morillo que estaba en Colombia, sólo pudo efec- 
tuar el viaje en diciembre. El mariscal Laguna que ha- 
bía fijado el mes de octubre para la partida, como medio 
de evitarle á la escuádralos pamperos y sus terribles tempo- 
rales, aconsejó en vista de tan sensible demora el cambio 
de rumbo á Lima y Porto Belo, sin mayor éxito, porque 
los sucesos se encargaron de desbaratar la empresa, como 
más adelante veremos. 

Tiene este documento oficial del gobierno español con- 
siderable importancia para probar dos cosas: el elevado 
concepto en que era tenido Artigas por sus más encarni- 
zados adversarios, y su rechazo noble y patriótico de la alta 
jerarquía militar que le habían ofrecido los españoles, en 
los propios momentos en que las disidencias con el gobier- 
no argentino parecían justificar todas las alianzas y esta- 
ban además sobre el tapete transacciones deplorables so- 
bre la base de la creación de un trono en el Río de la 
Plata. 

Opinión del historiador Torrente. 

Hemos indicado en el capítulo anteriorlas fuentes de in- 
formación del historiador Torrente: los archivos de España 
y las relaciones de todos los hombres espectables del Río 
de la Plata al servicio de la metrópoli. Esas fuentes his- 
tóricas, formadas por los más decididos adversarios de Ar- 
tigas, dan excepcional valor á las palabras de la «Historia 
de la Revolución Hispano-Americana», que vamos á 
reproducir. 

Se ocupa del resultado adverso de las gestiones del vi- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 157 

rrey Elío en 181 1, para hacerse reconocer por la Junta re- 
volucionaria: 

«A su consecuencia declaró el general Elío la guerra á 
Buenos Aires condenando por rebelde la Junta que aquella 
€Íudad había establecido. Dirigió sus primeras tentativas 
contra los orientales que se mantenían en insurrección; pero 
el éxito de aquella expedición correspondió tan tristemente 
á sus esfuerzos, que aumentado el número de los desconten- 
tos, caj^eron en poder de éstos los pueblos de Mercedes, So- 
riano, Gualeguay, Gualeguaychú y otros y se le desertaron 
varios oficiales de valor y prestigio cuales fueron Ron- 
deau, Artigas, Ortiguera, Sierra y Fernandez. Estos 
primeros golpes paralizaron las operaciones del nuevo virrey 
y dieron alguna tregua a la agitación y alarma de la capi- 
tal, hasta que principiaron muy pronto sus discordias ci- 
viles >? . 

Deelarftcióii «leí genoral Vedia 

Habla el general Nicolás de Vedia (Lamas, «Colección 
de memorias y documentos para la historia») de la instala- 
ción de la Junta Gubernativa de Mayo de 1810 y délos 
oficiales don José Artigas y don José Rondeau: 

«Estos dos oficiales gozaban ya de opinión por los ser- 
vicios considerables que habían prestado en este territorio, 
ya en persecución de contrabandistas y malhechores, ya en 
la guerra contra los portugueses en 1802 y también contra 
los ingleses en 1807. El que esto escribe, se hallaba en 
Buenos Aires en los momentos de la Revolución y fué de 
los más activos y acalorados autores de aquel sacudimien- 
to político que será memorable en los fastos de la América; 
y desde el primer día en que la patria formó su gobierno y 
se segregó de la odiosa dominación española, aseguró reite- 
radas veces que Rondeau y Artigas abandonarían las ban- 
deras enemigas de la América y se incorporarían á las de 
la patria. Su pronóstico se verificó después de corridos po- 
cos meses. Primero llegó Artigas á Buenos Aires, donde 



158 JOSÉ ARTIGAS 

fué bien recibido de todos, especiahiiente del gobierno que 
lo condecoró, le dio dinero y armas para trasladarse á la 
Banda Oriental, para levantar una fuerza contra los españo- 
les. No tardó en seguirle Rondeau, que mereció igual aco- 
gimiento y la misma comisión que Artigas, pero dejando 
una opinión más favorable en el gobierno por su capaci- 
dad y moderación. 

<^ Artigas, como que había salido algún tiempo antes que 
Hondean, tuvo lugar para reunir un cuerpo crecido de pa- 
triotas orientales, con los cuales y la infantería de Buenos Ai- 
res que el gobierno le había enviado, consiguió hacer ren- 
dir las armas en el pueblo de las Piedras á setecientos sol- 
dados veteranos que el gobierno de Montevideo había he- 
cho salir á la campaña, creyendo que esto bastaría para 
contener la sublevación en masa que se verificaba en ella, 
con un entusiasmo que manifestaba bien el odio que sus 
moradores tenían á los godos, epíteto que desde el princi- 
pio de nuestra Revolución y aun antes se adoptó para ca- 
racterizar y hacer más aborrecible el nombre español. Ce- 
lebróse en Buenos Aires la llamada acción de las Piedras 
con transportes del mayor entusiasmo. Este suceso no me- 
nos brillante que ventajoso para todas las operaciones que 
le habían de suceder, consoló los ánimos no poco afectados 
con el mal éxito que habían tenido nuestras armas en el 
Paraguay y la desastrosa derrota de nuestro ejército en el 
Desaguadero. En esta ocasión se vio el gobierno en la ne- 
cesidad de poner un jefe á la cabeza de las fuerzas que se 
reunían en esta Banda Oriental, para que sitiasen á Mon- 
tevideo. No se creyó prudente confiar el mando á Bel- 
grano, por falta de conocimientos suficientes en la guerra. 
A don José Artigas «no se le consideró capaz para la mis- 
ma empresa». Y la elección recayó en Rondeau «por la 
opinión' de instruido, valiente, aguerrido, moderado de que 
había gozado desde los primeros días de su carrera». 

« La preferencia que el gobierno patrio dispensó á 
Rondeau resintió á Artigas; éste se consideró ofendido y 
no dejaba de tener razón; ambos habían principiado su ca- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 159 

rrera militar eu el año de 1800, á la creación del regimieu- 
to de blandengues de esta Banda; pero Rondeau entró de 
cadete y Artigas en el empleo de ayudante mayor. Este fué 
á Buenos Aires antes que Rondeau; por consiguiente prin- 
cipió primero á servir á la patria y además había ya hecho 
el servicio brillante de la acción de las Piedras y sublevado 
el país contra nuestros implacables enemigos. Su opinión 
entonces no era mala y gozaba sobre los habitantes de la 
campaña un prestigio incomparablemente mayor que Ron- 
deau y que se había fortalecido con el resultado feliz de 
aquella empresa. Pero á pesar de su justo resentimiento 
(si no justo, al menos natural). Artigas concurrió con sus 
fuerzas al primer sitio bajo las órdenes de Rondeau, pero 
no pudo dejar de dar muestras de su encono y de lo poco 
conforme que estaba con el lugar subalterno que se le ha- 
cía ocupar, lo que desde luego llegó al conocimiento del 
gobierno que puso en ejercicio muchos medios para des- 
hacerse de un jefe que invadía su política y se consideraba 
independiente al frente de una crecida población que le te- 
nía por su verdadero caudillo». 

El sitio llevaba cosa de medio año cuando se internó 
una fuerte división portuguesa. El gobierno patrio se en- 
tendió entonces con el gobernador de Montevideo y el 
ejército se embarcó para Buenos Aires en el Sauce, con 
excepción de una división de 500 hombres al mando de 
Vedia, que se dirigió al Real de San Carlos, donde tuvo 
que sostener diversos incidentes con el comandante militar 
de la Colonia é intimar con la artillería la entrega de di- 
versas embarcaciones, en las que al fin se fueron todos los 
soldados ^<y más de 300 personas de todos sexos que huían 
de los godos como ellos se explicaban, cuatro piezas volan- 
tes con sus trenes y también algunos rodados y lechos de 
carretas de varios particulares». 

Posteriormente, trató el gobierno de reanudar el sitio 
de Montevideo y convocó una gran junta, dándose en se- 
guida las órdenes necesarias para la salida de las tropas. 

«Antes de llegar á Montevideo, el ejército se detuvo eu 



ICO JOSÉ ARTIGAS 

«1 Salto Chico del Uruguay, distante una legua del acampa- 
mento del coronel don José Artigas: acampamento que 
constaba de catorce mil personas. Estaba allí toda la Ban- 
da Oriental, porque es de saber que al alzamiento del pri- 
mer sitio, Artigas arrastró con todos los habitantes de la 
campaña... sus comandantes amenazaban con la muerte á 
los que eran morosos y no fueron pocos los que sufrieron 
la crueldad de los satélites de Artigas. Este hombre inflexi- 
ble parece que se complacía en la sangre que hacía derra- 
mar y en verse seguido de tan numerosa población». 

Transcribe el general Vedia un oficio suyo á Sarratea 
aconsejándole el envío de un cuerpo de ejército á la Ban- 
da Oriental «bajo la conducta del coronel don José Ron- 
deau, á cuyo cargo debe entregarse el absoluto mando de 
todas las milicias que se reúnan y hubiese reunidas, sin la 
menor intervención del coronel Artigas, que ni por sus 
conocimientos, inteligencia militar, ni firmeza ha dado una 
prueba capaz de inclinar la razón á concederle parte algu- 
na en esta nueva medida de cosas». 

Formalizado el sitio, Artigas exigió la expulsión de Sa- 
rratea y de los más allegados á su círculo y surgió en- 
tonces en la línea sitiadora el movimiento militar que en- 
cabezaron Rondeau y Vedia y que condujo á esa expul- 
sión. Justificando la necesidad de entenderse con Artigas, 
dice Vedia: 

«El suceso de las Piedras y la facilidad con que se ha- 
bía hecho seguir de los habitantes de una inmensa cam- 
paña, habían contribuido á vigorizar su fama Tratá- 
bamos de hacer toda clase de sacrificios para que se veri- 
ficase la toma de una plaza que podía impedir con el 
tiempo los progresos de nuestras armas y además le con- 
servábamos á la patria un ejército que estaba en trance 
de liquidarse si no nos conformábamos con la petición de 
un jefe que era el ídolo y el dueño de la tierra que pisá- 
bamos». 

Tales son los juicios que acerca del jefe de los orienta- 
les, contiene la memoria del general Vedia. Hay en ellos 



DESCARGOS Y JUSTIFICACrONES 161 

elogios considerables, matizados con censuras inspiradas 
por una evidente mala voluntad al personaje y acaso tam- 
bién por el deseo de halagar á Sarratea, á quien le dice 
Vedia que Artigas carece de conocimientos, de inteligencia 
militar y de carácter, aun cuando reconoce categórica- 
mente en la misma memoria que el referido oficial, que ya 
había prestado servicios considerables en 1810 y vigori- 
zado su fama durante el primer sitio, era el ídolo de la tierra 
que pisaba. Lo mismo ocurre con la emigración producida 
á raíz del levantamiento del primer sitio: en un párrafo 
de la memoria, dice el general Vedia que el movimiento 
fué espontáneo, y en otro que fué obra de la violencia, 
aun cuando él se encarga de probar la exactitud de su 
])rimera afirmación, en la referencia al embarque de fa- 
milias por el puerto de la Colonia á la sombra de las pro- 
pias tropas de Buenos Aires. 

Son contradicciones que se explican. El general Vedia 
estuvo permanentemente al servicio de los gobiernos de 
Buenos Aires que más se destacaron en la lucha contra 
Artigas. Fué el asesor del presidente Sarratea en 1812. 
Y cuando se produjo en 1810 la invasión portuguesa que 
había gestionado la diplomacia argentina, se prestó á ser- 
vir de intermediai'io en la farsa organizada por el Directo- 
rio de Pueyrredón ante Lecor, para persuadir á la patrióti- 
ca oposición del pueblo de Buenos Aires que algo se ha- 
cía en obsequio á la integridad de las Provincias Unidas 
del Río de la Plata. ¿Cómo podía entonces mirai" con sim- 
patía al jefe de los orientales? Las fi'ases de elogio de su 
memoria, sólo han podido ser arrancadas al ambiente en 
que actuaba, por las excepcionales calidades de un adversa- 
rio, á quien era de orden atacar despiadadamente desde 
Buenos Aires. 

Te<!«tinionio del doctor Mariano Moreno. 

La Junta gubernativa de Buenos Aires confió á su se- 
cretario el doctor Mariano Moreno, por acuerdo de 18 de 

JOSÉ ARTIGAS — 11. T. I. 



102 JOSÉ ARTIGAS 

julio de J 810, la elaboración del plan qne debía ponerse 
en práctica para consolidar la libertad é inde[)endencia de 
las Provincias Unidas del Río de la Plata. El resultado 
de ios estudios, consta en un informe de 30 de agosto del 
mismo año (tomo primero de la biblioteca del Ateneo de 
Buenos Aires). Se compone ese importantísimo documen- 
to de varios parágrafos ó temas, distribuidos en numero- 
sas cláusulas. Es relativo el segundo tema del dictamen, 
al medio más adecuado para obtener la sublevación de la 
Banda Oriental j la rendición de Montevideo. Sus con- 
clusiones están formuladas en veinte cláusulas, de las que 
sólo vamos á transcribir aliora las referentes á Artigas y 
otros jefes orientales. 

Dice la cláusula I."": cs Sería muy del caso atraerse á dos 
sujetos por cualquier interés y promesas, asi por sus co- 
nocimientos que nos consta son muy extensos en la cam- 
paña, como por sus talentos, opiriión, concepto y res- 
peto: como son los del capitán de dragones don José Ron- 
deau y los del capitán de blandengues don José Artigas, 
quienes puesta la campaña en este tono y concediéndose- 
les facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogati- 
vas, liarán en poco tiempo progresos tan rá[)idos, que an- 
tes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de 
la plaza». 

La cláusula 1 1 .'', refiriéndose á otra que señala la nece- 
sidad de mandar jefes y oficiales instruidos de Buenos Ai- 
res, pai"a adelantar terreno bacia la plaza de Montevideo, 
agrega: «Ya en este caso ningunos podrán ser más útiles 
para los adelantann'entos de esta empresa que don José 
Rondeau por sus conocimientos militares adquiridos en 
Europa, como por las demás circunstancias expresadas, y 
éste para general en jefe de toda la infantería: y para la ca- 
ballería, don José Artigas, por las mismas circunstancias 
que obtiene con relación á la campaña; y verificándose es- 
tas ideas, luego inmediatamente debe de mandarse de esta 
capital el numero de tres á cuatro mil bombres de tropa 
reglada, con la correspondiente plana mayor de oficiales 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 163 

piíra el ejército, de más conocimientos, talento y adhesión 
á la patria». 

Otra cláusula, la 9.^, aconseja el envío á los pueblos del 
Uruguay de una fuerza de quinientos á seiscientos hom- 
bres, para que vayan organizando escuadrones de caballe- 
ría y cuerpos de infantería <.< teniéndose presente el haber- 
se atraído ya á nuestro partido y honrádolos con los pri- 
meros cargos á un Valdenegro, á un Baltasar Vargas, á 
los hermanos y primos- de Artigas, á un Benavides, á un 
Vázquez de San José y á un Baltasar Ojeda, etc., sujetos 
que por lo conocido de sus vicios, son capaces para todo, 
que es lo que conviene en las circunstancias, por los ta- 
lentos y opinión popular que han adquirido por sus he- 
chos temerarios». 

Tres extremos muy interesantes comprueba este infor- 
me: la elevada opinión que al doctor Mariano Moreno ins- 
piraba Artigas, á raíz del movimiento de mayo de 1810; 
la notoria adhesión de ese oficial á la causa de la patria; y 
el estado de latente insurrección de la campaña oriental, 
que ya daba base al secretario de la Junta gubernativa para 
gestionar la participación de diversos oficiales, á quienes de- 
prime, porque en la depresión está inspirado el resto de 
este famoso infoi'me que los historiadores no han tomado 
en cuenta todavía, á pesar de su enorme importancia para 
caracterizar el movimiento de mayo, como lo veremos des- 
pués. 

Declaración «le don Joaquín Suárez. 

En <'La Tribuna Popular» del 25 de agosto de 1881, pu- 
blicó el doctor Alberto Paloraeque la autobiografía de don 
Joaquín Suárez, uno de los patriarcas del Río de la Plata 
por sus virtudes personales y sus eminentes servicios cí- 
vicos. 

Figura entre los primeros factores del movimiento de la 
Independencia^ como que ya en 1809 recorría la campaña 
oriental en busca de adhesiones al movimiento revolucio- 



1G4 JOHÉ ARTIGAS 

nario que habían contribuido :t preparar las invasiones in- 
glesas y la Junta gubernativa de 1808. Tuvo actuación prin- 
cipal en la batalla de las Piedras, como capitán de mili- 
cias; siguió al ejército de Artigas desjniés del levantamiento 
del primir sitio; tomó parte en los combates con los portu- 
gueses; cruzó el río Uruguay; marchó al campamento del 
Ayní en la provincia de Corrientes; concurrió al segundo 
sitio de Montevideo; formó parte del cabildo del primor go- 
bierno patrio; y estaba en este último puesto cuando se 
produjo la invasión portuguesa de 1810. No quiso quedar- 
se con los demás cabildantes para recibir bajo palio al ge- 
neral Lecor, y se incorporó á las fuerzas de Barreiro, cuan- 
do éstas desocuparon la plaza, para continuar la lucha en el 
interior de la campaña. En el ejército artiguista, desempe- 
ñó la Comisaría General de Guerra hasta fines del año 
1818, en que resolvió retirarse á su casa, previa rendición 
de cuentas de su empleo, á cuyo efecto hizo un viaje al cam- 
pamento de Artigas. 

Todos estos antecedentes que extraemos de la autobio- 
grafía, contribuyen á dar excepcional importancia al juicio 
que don Joaquín Suárez formula en estos textuales tér- 
minos: 

«Después de esa entrevista y haber satisfecho al gene- 
ral y despedirme de él para no verlo más. debo declr.nir 
que el genei"al Artigas lia sido el primea' patrioia orien- 
tal, amigo á quien he hecho mis observaciones, puedo de- 
cir que ha sido el único á quien ha oído. Si cometió algu- 
nos errores, no ha sido por ambición miserable, sino por 
llegar á ver á su patria independiente. En ede sentido ha 
obrado siempre como hombre honrado; janids faltó d fui 
palabra: 710 era sanguinario y sí muy sensible con los 
desfjraciados». 

J^on Pal)lo Nin y González, hijo político de don Joa- 
quín Suárez, en carta dirigida en 1885 al doctor Carlos 
JNIaría Ramírez ('^Artigas»), escribe las siguientes palabras 
confirmando plenamente los extremos de la autobiografía: 

«Sudrcz veneraba la memoria de Artigas^ y como tes- 



DESCARGOS Y JUSTIFrCACIONES 105 

t'unonío taiKjihle, el único retrato que tenía en sit dor- 
mitorio, era el siti/o». 

Oeclarai'ión «le don I>áina!SO Larraña^a. 

LaiTañíiga es sin disputa alguna el más virtuoso y el más 
sabio de todos los hombres que actuaron en el Río de la 
Plata durante el período de la Independencia. Como vicario 
de Montevideo, ha dejado una tradición moral honi'osísima, 
Como sabio, rayó á consideralile altura por la variedad de 
facetas de su inteligencia y la originalidad de sus estudios. 
Hemos recorrido las memorias manuscritas que obran en 
el archivo de don iVndrés L-amas, acerca de geología, cli- 
matología, zoología, botánica, libertad de imprenta, biblio- 
tecas públicas, gramáticas de lenguas indígenas y viajes. 
Constituyen todo un tesoro de observaciones personales, 
que se está perdiendo bajóla influencia del polvo y déla 
humedad en el cuarto de íítiles de limpieza de un estable- 
cimiento público del Río de la Plata. 

Las condiciones de su andjiente, predisponían á Larra- 
ñaga contra Artigas, y vamos á ex[)l¡car el motivo, ponjue 
así resultará más valiosa su declaración contundente á fa- 
vor del jefe de los orientales. 

El 25 de mayo de 181 ü, hubo una hei'aiosa fiesta en 
Montevideo, con motivo de la inauguración de la bibliote- 
ca pública, fundada por Larrañaga sobre la base de un le- 
gado constituido por otro presbítero ilustre, el doctor Pérez 
Castellano. En la oración inaugural de Larrañaü;a, se hacía 
el elogio de Artigas y de su delegado Barreiro en estos 
términos: 

«A vista, pues, de tamañas ventajas y de tan copiosos 
beneficios, como os va á proporcionar esta pública bibliote- 
ca, viendo cumplidos mis deseos^, mi alma inundada de un 
júbilo inefable, no puede contenerse sin exclamar por últi- 
mo: que sea eterna la gratitud á cuantos han tenido parte 
en este público establecimiento! Gloria inmortal y loor per- 
petuo al celo patriótico del jefe de los orientales, que esca- 



166 JOSÉ ARTIGAS 

sea aun lo necesario en su propia persona, para tener 
que expender con profusión en estableciniientos tan úti- 
les como este á sus paisanos! Es acreedor á nuestro reco- 
nocimiento el joven y digno representante, que como tan 
amante de las ciencias, jamás, aún en los más grandes apu- 
ros del erario, se ha dejado de prestar á todas aquellas ero- 
gaciones que le proponíamos como necesarias. Sean, por úl- 
timo, muy respetables las cenizas del venerable anciano 
nuestro compatriota el finado doctor don José Manuel 
Pérez y Castellano, el primer presbítero y doctor de nues- 
tro país. Y mientras las bendiciones de este pueblo agra- 
decido recaen sobre tan benéficos ciudadanos, nosotros to- 
dos, con tan nuevos y nobles motivos, continuemos nuestros 
regocijos». 

Pocos meses después, se producía la invasión portuguesa, 
y el general Lecor penetraba en Montevideo bajo palio. El 
vicario Larrañaga que había actuado como intermediario 
entre el Cabildo y el jefe invasor, quedó incorporado al nue- 
vo régimen y marchó en seguida á Río Janeiro, como de- 
legado del municipio, para agradecer al rey la invasión y 
rendirle pleito homenaje. Andando el tiempo, concurrió 
con su voto á la decisión del Congreso que incorporó la 
Provincia Oriental al reino de Portugal, con el nombre d(.' 
Provincia Cisplatina. 

Tan profundo cambio de orientación, debía obscurecer 
el criterio de Larrañaga con i'elación á Artigas, aun sin es- 
píritu preconcebido. ¡Es tan humano justificar la propia con- 
ducta! Y sin embargo, las dos páginas que ha dejado La- 
rrañaga acerca del jefe de los orientales y de su actuación, 
son dos grandes y valiosos testimonios contra tod-os y cada 
uno de sus detractores, de Cavia abajo. 

Corresponde la primera página á los apuntes históricos 
de don Dámaso Larrañaga y don José Raymundo Guerra, 
insertos en «La Semana • de septienibre de 1857. El cola- 
borador de Larrañaga, figura también entre los que se in- 
corporaron á la administración ¡portuguesa. En los «Cua- 
dros HistóricovS" de don Juan Manuel de la Sota, se regis- 



DESCARGOS Y .irsTIFICACrOXER 107 

tra una de las actas del Cabildo de Montevideo de enero de 
1824, firmada por don José R. Guerra en el carácter de 
síndico procurador. 

En e\ parágrafo relativo al año 1S16, se ocupan los au- 
tores «del nuevo arreglo de campaña para la repaitición y 
población de nuestros campos^); dicen que el Cabildo miró 
con frialdad este provecto porque dejaba el re])arto de tie- 
rras á los comandantes de campaña y privaba á los españo- 
les de sus antiguas posesiones; lamentan la falta de datos 
acerca de los sucesos ocurridos durante este año y el ante- 
rior en las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Santa 
Fe; expresan que «parece que Artigas tentó negociaciones 
con los paraguayos y éstos lejos de admitirlas tuvieron al- 
gunos encuentros con los orientales, apoderándose última- 
mente del pueblo de Candelar¡a^>; y terminan con este jui- 
cio de un valor histórico enorme: 

«Artigas /¿a¿/íi sido constituido caudillo supremo por 
la aclamación de los pueblos orientcdes (entiéndase como 
se quiera esta aclamación, que en las revoluciones de todos 
los países del mundo han tenido siempre iguales síntomas); 
y cuando por adversidad ó por contradicciones llegaba á 
considerar crítica su situación, ocuriía al efugio de manifes- 
tar que renunciaba su autoridad en manos del pueblo y 
que ellos libremente eligieran personas más á propósito pa- 
ra ejercerla. En estas demostraciones de desprendimiento, 
podía muy bien obrar el arte, mas siempre correspondió un 
raisiro resultado: quedaba reelecto y cada vez más afian- 
zado en la representación superior y en el afecto y con- 
fianza de sus gentes. 

«Su sistema constante de mantener la independencia de 
esta Banda Oriental, le hizo partidario de la independencia 
particular de cada una de las demás provincias y de la fe- 
deración de todas; y así como Buenos Aires había afectado 
de ponerlas en libertad de mandatarios españoles para su- 
jetarlas á su privativa dominación, Artigas concibió el de- 
signio de constituirse protector de la independencia de los 
pueblos libres, para que Buenos Aires á título de capital 



168 JOSÉ ARTIGAS 

universal no los dominara á todos. Este sistema no podía 
menos que ser agradable á las provincias y mucho más 
cuando se veían llenas de mandatarios bonaerenses todas 
ellas. De donde dimanó que habiendo sido el Entre Ríos y 
casi toda la Banda Oriental parte de la provincia de Bue- 
nos Aires en la demarcación antigua, se desagregaron con 
tanto ahinco, deseando hacer lo mismo todos los territorios 
de Santa Fe en la orilla occidental. 

«Ello es que esta máquina supo conducirla Artigas 
C071 tanta sagacidad y destreza, que á pesar de ser muy 
reducidos y escasos sus medios y recursos disponibles, ha 
puesto en consternación y ha contrabalanceado el poder de 
Buenos Aires no una vez sola. 

«Se han escrito de Artigas ^:>or esta razón cosas que ho- 
rrorizan, tratando de describirlo por meras anécdotas, pero 
no se puede dudar que este caudillo montaraz, ecónomo de 
papel y aislado en el peculiar consejo de su mente, es extra- 
ordinario y original en todos respectos: á lo menos debe 
decirse así en honor de las armas que no desdeñan medirse 
con las suyas i-. 

Po'tenece la otra página, al diario que escribió Larraña- 
ga con motivo de su viaje al campamento de Purificación 
el 31 de mayo de 1815, para solucionar un incidente en- 
tre Artigas y el Cabildo de Montevideo sobre estableci- 
miento de una contribución proyectada por el último. Del 
expresado documento, que se conserva en el archivo del 
doctor Lamas, copiamos la descripción de la entrevista con 
Artigas. Es un precioso cuadro físico y moral, en que el 
personaje descripto aparece todo entero á la admiración de 
la posteridad: 

«A las cuatro de la tarde llegó el general, el señor don 
José Artigas, acompañado de un ayudante y una pequeña 
escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. 

«En nada parecía un general: su traje era de paisano y 
muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin viv'OS ni vueltas, 
zapato y media blanca de algodón, sombrero redondo con 
gorro blanco y un ('a[):)te de bayetón eran todas sus galas, 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 169 

y aíiii todo esto pobre y viejo. Es hombre de una estatura 
regular y robusto, de color bastante blanco, de muy buenas 
facciones, con la nariz algo aguileña, pelo negro y con po- 
cas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. 

«Su conversación tiene atractivos, hablii quedo y pausa- 
do; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues 
reduce la dificultad á pocas palabras y lleno de mucha ex- 
periencia tiene una previsión y un tino extraordinarios. 

s< Conoce mucho el corazón humano, principalmente el 
de nuestros paisanos, y así no hay quien le iguale en el ar- 
te de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con 
amor, no obstante que viven desnudos y llenos de miseria 
á su lado, no por faltarle recursos, sino por no oprimir á 
los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando 
al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte 
y cue ha sido uno de los principales motivos de nuestra 
misión. 

«Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. 
Esta fué correspondiente al tren y boato de nuestro gene- 
ral: un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, 
pan ordinario y vino servido en una taza por falta de vasos 
de vidrio, cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedo- 
res ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos ó tres pla- 
tos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban des- 
pegados, por asiento tres sillas y la petaca, quedando los 
demás en pie.» 

I>ecIaraoión del coronel Ramón Cáceres. 

Dos documentos de subido valor histórico para nuestro 
alegato, figuran en el Archivo del general Mitre: una me- 
moria original del coronel Cáceres acerca de la actuación 
de Artigas y un interrogatorio que el general Mitre hizo 
absolver al autor en el año 1856, con el propósito de es- 
clarecer algunos puntos que la memoria había omitido 
ó sobre los cuales no se había pronunciado con suficiente 
claridad. 



170 JOSÉ ARTIGAS 

En la absolución de ese interrogatorio, declara el coronel 
Cáceres que después de la derrota de Tacuarembó y del pa- 
saje de los orientales á la margen occidental del Uruguay 
y del rompimiento con los entrerrianos, él entró á servir 
con el general Ramírez y formó parte de la división que 
empujó á Artigas basta la Candelaria, a cuyo punto llegó 
la fuerza perseguidora dos horas después que el jefe de los 
orientales había puesto el pie en territorio paraguayo, aco- 
giéndose al asilo del dictador Francia. Cáceres, contra la 
opinión de Artigas, consideraba que el general Ramírez 
obraba de buena fe. De ahí la disidencia y la resolución 
de pasarse al ejército entrerriano. Sea de ello lo que fuere, 
el hecho es que el coronel Cáceres, de soldado de Artigas, 
se tornó en adversario y en un adversario tan decidido que 
marchó al frente de las fuerzas perseguidoras hasta la fron- 
tera misma de las selvas paraguayas. 

Oigamos ahora la declaración del testigo, tal como apa- 
rece en la memoria del Archivo Mitre: 

Habla de los militares orientales, de los desórdenes im- 
putados á algunos de ellos y de las condiciones morales y 
cívicas de Artigas: 

«No se crea que pretendo ocultar algunos desórdenes que 
empañan la historia gloriosa de aquellos tiempos. Ni todos 
los jefes de Artigas eran como Otorgues y Encarnación: 
tenía á Latorre, á Aguiar, á don Frutos, á Ferrera, á Mon- 
dragón, á Balta Ojeda, á Hilario Pintos y á otros muchos 
hombres de orden, enemigos de los ladrones y que no tole- 
raban el menor desacato al vecindario. Quizá Artigas igno- 
raba muchas cosas de las que hicieron los primeros y tal 
vez los toleraba por necesidad, pues precisaba de hombres 
que le habían dado tantas pruebas de adhesión y que te- 
nían algún partido en el gauchaje del país. 

<^Muchas veces le oí lamentarse de que pocos hijos de 
familias distinguidas del país quisieron militar bajo sus 
órdenes, tal vez por no pasar trabajos y sufrir algunas pri- 
vaciones; que esto le obligaba á valerse de los gauchos, en 
quienes encontraba más resignación, constancia y conse- 
cuencia. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 171 

«En fin, Artigas era hombre de bien, patriota y des- 
interesado, muy humano] y si no constituyó el piiís fué 
porque no tuvo tiempo, pues incesantemente estuvo ocu- 
pado en la guerra que le promovían de Buenos Aires, ó 
quizá también por falta de buenos consejeros, pues Monte- 
rroso que era quien le dirigía, á pesar de tener un buen 
talento, no tenía muy bien organizada la cabeza. 

«Se acordaba con lágrimas en los ojos de Valdenegro 
y de Ventura Vázquez; decía que eran hombres que hubie- 
ran sido muy íítiles al país, si no hubieran sido venales y 
ambiciosos.» 

El cuadro de las inconcebibles miserias del soldado ai- 
tiguista, en lo más álgido de la lucha contra los portugue- 
ses, y del prestigio fabuloso del jefe de los orientales, está 
trazado por el coronel Cáceres en rasgos salientes: 

«Es muy justo recordar aquí la miseria de que se ha- 
llaban cercados nuestros soldados y al mismo tiempo su 
admirable constancia, su incomparable entusiasmo; el año 
18 estaba el ejército campado en los potreros del Queguay, 
yo era ayudante mayor de blandengues, el batallón tenía 
600 plazas, los soldados no tenían más vestuario que un 
chiripacito para cubrir las partes, las fornituras las usaban 
á la raíz de las carnes; el invierno fué riguroso, los soldados 
se amanecían en sus ranchos haciendo fuego, y cuando se 
tocaba la diana, que era una hora antes del día, salían á 
formar arrastrando cada uno un cuero de vaca para tapar- 
se, de suerte que parecían unos pavos inflados en la for- 
mación; luego que aclaraba se pasaba lista y cuando se man- 
daba retirar las compañías á sus cuarteles, quedaban tan- 
tos cueros en la línea cuantos eran los hondjres que ha- 
bían estado formados en ella: sin ernbaryo, estos hombres 
eran tan constantes y tan entusiastas, que el que salva- 
ba de tan frecuentes derrotas jvocuí'aba luego d Arti- 
yaspara incorporarse y continuar en el servicio. ¡Glo- 
ria eterna á aquellos denodados patriotas! > 

Refiere el coronel Cáceres los hechos posteiiores á la 
batalla de Tacuarembó: 



172 JOSÉ ARTIGAS 

Artigas se dirigió á Corrientes, doiule convocó las mi- 
licias de esa provincia y del territorio de Misiones. El ge- 
neral Ramírez le escribió que se fuera al Par(]ue de Entre 
Ríos, en Jacinta, que estaba á cargo de López Jord^ín. 
Don Gregorio Aguiar que era enemigo mortal de Ramírez, 
le hizo entrar en sospechas de una celada. También esti- 
mulaba las prevenciones de Artigas el hecho de haber in- 
tervenido en los tratados del Pilar dos adversarios á quie- 
nes él había ex[)ulsado de la Banda Orientah Sarratea y 
Carrera. En consecuencia quedó resuelta la invasión al 
Entre Ríos y resuelta tambié:: la lucha contra Ramírez. 

Y traza finalmente, con su autoridad de testigo ocular, 
el cuadro final de la lucha, en que el prestigio del jefe de 
los orientales, que superaba todos los niveles conocidos, 
produce escenas que constituj^en el más grande de los triun- 
fos á que puede aspirar el apóstol de una ¡dea: 

Ramírez, victorioso, «^persiguió á Artigas al trote y al 
galope por Corrientes, por Misiones, ¡)or todas i>aitcs, has- 
ta que lo obligó á refugiarse en el Paraguay, en donde pasó 
por Candelaria con poco más de 100 hombres. 

<■; A esta persecución incesante debió Ramírez la destruc- 
ción de Artigas, pues era tal el pn'sl¡<jlo de este Itombre, 
(jue d pesar ele sus continuas derrotas, en su tránsito por 
Corrientes y Misiones salían los indios (¿pedirle la ben- 
dición y seguían con sus familias é hijos en p]'ocesión 
detrás dcjl abandonando sus hogares. 

«En Avalos se escapó Artigas con 12 hombres, cesó 
Ramírez de perseguirlo porque ignoraba su dirección y no 
se le creía ya capaz de hacer resistencia, y á los ocho días 
supimos que había reunido más de novecientos y estaba 
sitiando el Cambay sobre la costa del Uruguay, que era 
una fortificación que había hecho Sití, que ya estaba en- 
tonces á las órdenes de Ramírez y éste despachó entonces 
una división á las órdenes del comandante don Joaquín 
Píriz, que fué la que derrotó á Artigas en el Cambay por 
última vez y lo persiguió hasta la Candelaria». 



DESCAKGOP Y .TüRTIFIC ACIONES 1 78 



I>eelaraolón del jieiieral Antonio Díaz. 

En su «Gnlei'ía contemponniea»,ei señor Antonio Díaz 
(hijo), transcribe Jns sigiiieiites palabrns de don Andrés La- 
mas relativas á la revolución de 1815 («Colección de me- 
morias y documentos para la historia»): «Los princip^des 
partidarios de Alvear estaban presos y de entre ellos se 
eligieron seis de los jefes —algunos oi-ientales — que más 
habínn incurrido en el odio de Artigas y se remitieron es- 
poníáneamente á su venganza, cargados de cadenas y con 
un proceso que cohonestase lo que le plugiera hacer de sus 
personas». 

Y agrega que el brigadier general Díaz, escribió bajo su 
firma esta anotaeión: 

«Los jefes de que habla el señor Lamas no eran seis, sino 
siete; á saber: don Ventura Vázquez, coronel del Regimien- 
to de Granaderos de Lifantería; don J. Santos Fernández, 
coronel del Regimiento de Infantería N." 3; don Matías 
Balbastro, coronel del Regimiento de Infantería N." 8; don 
Ramón Larrea, comandante del Escuadrón Escolta del Go- 
bierno; don Juan Zufriateguy, mayor del mismo; don An- 
tonio Pailardel, comandante de Zapadores, y don Antonio 
Díaz, mayor comandante de los Húsares-Guías del Ejérci- 
to. En cuanto á lo que dice de haberse escogido los que más 
habían incurrido en el odio de Artigas, el autor estaba mal 
informado. De los siete jefes que fuimos remitidos en ca- 
denas, el general Artigas no conocía más que á Vázquez y 
á Díaz, y á nadie tenía tal odio, sino prevención á uno de 
ellos, el coronel Vázípiez, porque en el año 1812 lo había 
abandonado en el Ayuí, yéndose con el regimiento níím. 4 
al campamento de Sarratea y por orden de éste que era 
general en jefe del ejército de Buenos Aires. A los otros 
cinco jefes ni los conocía, ni tenía motivo de odiarlos, por- 
que no le habían hecho mal alguno y además era amigo de 
confianza desde el año 1812 por razones que se dicen en 
las memorias hashi hoy inéditas, del referido mayor Díaz, 



1 74 JOSÉ ARTIGAS 

hoy general de la República, que es quien escribe esta nota 
para rectificar la equivocación ó inexactos informes del se- 
ñor Lamas». 

En poder del señor Antonio Díaz (hijo), se encuentran 
las memorias del general Díaz, Algunos capítulos fueron 
publicados por el señor Eduardo Acevedo Díaz en las co- 
lumnas de «El ISacional» de Montevideo, entre ellos el re- 
lativo á los siete jefes engrillados (número del 28 de agos- 
to de 1898). Pero la parte principal se conserva todavía 
inédita. 

Vamos á extractar ante todo ese capítulo, porque su con- 
tenido á la vez que confirma el profundo distanciamiento 
político entre Artigas y el autor de las meinoi'ias, constitu- 
ye la más viva demostración del espíritu humanitario del 
jefe de los orientales. 

El general Alvear, dice el general Díaz, no tuvo noticias 
del movimiento revolucionario de Fontezuelas hasta el 1 1 
de abril y resolvió marchar con su ejército á sofocarlo. 
Pero las sublevaciones se producían en todas partes, y en 
consecuencia, el general resolvió marchar á la capital. 

«Al anochecer del día 16 el ejército se detuvo entre los 
arroyos Belgrano y Maldonado, y viendo el general Alvear 
que todo estaba perdido, hizo una capitulación por medio 
del cónsul inglés Mr. Steples, para salir del país con su 
familia y del lord Persey, comandante de la fragata de 
S. M. B. «Hotstoor». En consecuencia se embai-có en la 
tarde de ese mismo día en Las Conchas para ir á dicha 
frqgata, desde la cual se fué pocos días después para Río 
Janeiro. 

«Luego que los nuevos gobernantes se apoderaron del 
mando, hicieron del poder un uso cruel é innoble, nunca 
conocido antes de esa época en los pueblos del Río de la 
Plata. El primer paso que dieron fué prender y poner gri- 
llos á una porción de personas notables de la administra- 
ción derrocada, comprendiendo en esa medida los ministros 
de Estado, muchos diputados de la Asamblea, empleados 
civiles y jefes del ejército que se hallaban en el campa- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 175 

mentó de los Olivos, enteramente extraños á la causa ó 
pretextos tle aquel movimiento, y cuyos empleos fueron in- 
mediatamente provistos con jefes del })artido dominante. 
Sobre tales antecedentes, se nombraron una comisión civil 
y otra militar para juzgar los presos, acusados en globo del 
delito de facción, ó más bien por liaber sido adictos al go- 
bierno legal ó amigos personales del Supremo Director. 
Antes de ese apareuí^e juicio, se pensó en fusilar á diez de 
ellos, y se bizo un examen [)ráctico de la opinión pública, 
ejecutando sin forma alguna al teniente coronel don En)i- 
que Pallardel; pero aunque este jefe era extranjero y sin 
relaciones en el país, el pueblo miró ese paso con sumo dis- 
gusto y los actores desistieron de aquella idea para dar á 
su venganza una apariencia jurídica, poniéndose á rescate 
la vida de alguno de los presos por dinero, sin perjuicio de 
sufrir la pena de destierro. 

«Los proceres de la revolución de abril que no eran 
menos enemigos de Artigas que los anteriores gobernantes, 
atemorizados con las dificultades y peligros de la nueva si- 
tuación, adoptaron una política de paz y pusieron en práctica 
los medios que creyeron propios para conseguir una recon- 
ciliación con aquel jefe. La guerra había tomado un carác- 
ter terrible: los combatientes estaban poseídos del furor que 
anima siempre á los que perteneciendo á una misma causa 
se dividen y luchan por el triunfo de sus opiniones inme- 
diatas ó por la venganza de sus agravios. La cuestión que 
había dado origen á las primeras desavenencias, quedó olvi- 
dada, para hacer lugar á los odios personales y á las más 
sangrientas injurias y recriminaciones. El gobierno de 
Buenos Aires á quien Artigas negaba la facultad de impo- 
ner á la Provincia Oriental gobernantes de su elección, tra- 
taba á ese jefe como refractario, al principio de la cuestión, 
pero después como rebelde. Con tales antecedentes, la gue- 
rra se hacía ejerciendo por una y otra parte crueles repre- 
salias, negándose muchas veces entre hermanos el cuartel 
que ambos partidos concedían siempre al enemigo común. 

«En esas circunstancias y bajo tales auspicios, resolvió el 



176 JOSÉ AKTIGAS 

nuevo gobierno enviar un parlamento al general Artigas 
con dos comisionados encargados de hacerle proposiciones 
de paz sobre la base del reconocimiento de la independen- 
cia de la Provicia Oriental: habiendo hecho antes quemar 
públicamente en la plaza de la Victoria, por mano del ver- 
dugo, la proclama del Cabildo del 5 de abril y demás 
decretos l'ulminatorios contra él; y á fin, sin duda, de 
hacerlo más propicio, le enviaron con dichos comisionados 
siete jefes encadenados, escogidos entre los que estaban 
presos desde el día de la revolución, pertenecientes al ejér- 
cito que se destinaba al Perú, pura que los fusilase ó toma- 
se en ellos venganza del modo que quisiese como adictos al 
gobierno legal que acababa de ser derrocado. Esas víctimas 
destinadas al sacrificio enin don Ventura Vázquez, coronel 
del regimiento de infantería; don Juan S. Fernández, coro- 
nel del regimiento núm. 23; don Matías Balbastro, coronel 
del regimiento núm. 8; don Ramón Larrea, comandante del 
batallón escoltíi; don eTuan Zufriateguy, mayor del mis- 
mo cuerpo; don Antonio Pallardel, comandante de Za- 
pndores; y don Antonio Díaz, autor de estas Memorias, 
mayor de húsares y comandante de las guías del Ejér- 
cito. 

«El general Artigas, asondorado de un proceder tan indig- 
no de la autoridad de un pueblo civilizado, rechazó el horrible 
presente declarando que no tenía motivo alguno para qui- 
tarnos la vida, pues que como militares habíamos cumpli- 
do con nuestro deber haciéndole la guerra que el gobierno 
le había declarado, siendo éste el único responsable de 
ella y de los medios inicuos de que se había valido pnra 
aniquilarlo; y finalmente que si aquellos jefes habían dado 
algún motivo á los que gobernaban en Buenos Aires para 
matarlos, él no era e! verdugo de los porteños. 

«Este rasgo de un caudillo reputado sangriento por es- 
tos mismos hombres que querían hacerlo instrumento de su 
odio, merece que demos un paso retrospectivo á fin de de- 
tallar este hecho en todos sus episodios, en el cual se desta- 
ca á grandes rasgos el proceder del jefe de los orientales». 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 177 

Entre los autores del movimiento revolucionario de abril, 
«se recurrió á la máxima de que en tales circunstancias el 
verdadero orden de juicios era no observar ninguno, sacrifi- 
cando la rutina ordinaria de las formas judiciarias y tenién- 
dose la voz pública ó notoriedad vulgar por suficiente 
prueba moral para pronunciar sentencia de condenación». 
Era ese el parecer del asesor general del gobierno acerca de 
la sentencia pronunciada por la comisión civil. Los bienes 
de los presos fueron embargados y saqueados en gran parte, 
sin perjuicio de la pena de destierro y de la remisión de en- 
cadenados á Artigas. 

«Nosotros fuimos una de esas víctimas destinadas al sa- 
crificio, habiendo sido antes condenados á muerte sin for- 
ma de proceso, y sorteadas nuestras vidas al dado, estando 
pronto el cadalso y preparada la tropa para asistir á la eje- 
cución del teniente coronel de ingenieros don Enrique Pai- 
llardel, nuestro compañero y amigo, quien tan inocente 
como nosotros, pero menos favorecido por la suerte mar- 
chó al suplicio. En cuanto á nosotros, fué convertida nues- 
tra pena por la de destierro perpetuo á países extranjeros, 
siendo revocada inmediatamente esa misma sentencia, para 
mandarnos atados á disposición de un jefe enemigo.» 

El general Díaz hace luego el relato circunstanciado de su 
arresto por los revolucionarios de Fontezuela, de la conde- 
na á muerte que se le impuso juntamente con Paillardel, 
de los grillos que se le remacharon y finalmente del en- 
vío de los siete jefes á Paysandú, donde á los tres días fue- 
ron visitados en su prisión por el general Artigas, que iba 
acompañado de don Andrés Latorre y don Gregorio 
Aguiar. Artigas estaba resentido con el coronel Ventura 
Víízquez que había abandonado su campamento con el 
batallón que mandaba, para servir al gobierno de Buenos 
Aires. Después de mirarlos á todos, habió así: 

«Siento, señores, ver con esos grillos á hombres que han 
peleado y pasado trabajo por la causa. El gobierno de Bue- 
nos Aires me los manda á ustedes para que los fusile; pe- 
ro yo no veo los motivos. Aquí me dice (señalando un pa- 

josÉ ARTIGAS— 12. r. I. 



178 JOSÉ ARTIGAS 

peí que tenía en la mauo) que ustedes me lian hecho la 
guerra, pero yo sé que ustedes no son los que tienen la culpa, 
sino los que me la han declarado y que me llaman traidor 
y asesino en los bandos y en las gacetas. Si es que ustedes 
me han heclio la guerra, lo mismo hacen mis jefes y mis 
oficiales obedeciendo lo que les mando, como ustedes ha- 
brán obedecido lo que sus superiores les mandaron; y si 
hay otras causas yo no tengo que ver con eso, ni soy verdu- 
go del gobierno de Buenos Aires». 

Artigas les dio todas las comodidades deseables, asisten- 
tes, fuego y ropa, y les manifestó que de buena gana les haría 
quitar los grillos, si no estuvieran como estaban á la orden 
de los diputados de Buenos Aires; pero que luego de arre- 
glada la paz con éstos, algo podría realizar en su obsequio. 
Después de conversar con todos y de conocer la foja de 
servicios de los que veía por primera vez, como el coronel 
Balbastro, se quedó un rato pensativo y dijo con una son- 
risa de desprecio: 

«Vaya, que ni entre infieles se verá una cosa igual!» 
Fracasaron las negociaciones de paz y entonces los pre- 
sos fueron embarcados para Buenos Aires, donde el gobier- 
no les impuso la pena de destierro. 

En la parte todavía inédita de las memorias del general 
Díaz, se registran diversos juicios y apreciaciones que 
también podemos extractar, gracias a la amabilidad del se- 
ñor Antonio Díaz (hijo) que nos ha proporcionado los tes- 
timonios respectivos. 

Se refiere la memoria á desórdenes tolerados: 
«El general Artigas cometió grandes faltas: consintió 
en silencio grandes desórdenes, crímenes aislados y muchos 
inmediatos á su persona; los consintió por la imposibilidad 
de contenerlos, por la necesidad política de tolerarlos, dada 
la condición de los elementos en que apoyaba su poder y 
el sacudimiento extraordinario que sufrió en aquella época 
lo que él quería organizar como pueblo libre en medio del 
desenfreno y la licencia excesiva. Sin embargo, sacó á Otor- 
gues del cacicazgo de Montevideo y á Encarnación del de 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 179 

la Colonia, reeraplazáudolos por el coronel Fructuoso Ri- 
vera y el caj)itán Juan A. Lavalleja, hombres que no eran 
sanguinarios y de orden hasta lo posible». 
Acerca de las disidencias con Buenos Aires: 
«El origen de los errores políticos del general Artigas 
empezó el año 12 en el Ayuí; poi'que no quería reconocer y 
nunca reconoció en efecto la supremacía ejercida por el 
gobierno de Buenos Aires sobre los demás gobiernos del 
antiguo Virreinato, mientras un congreso formado por la 
representación de todas ellos no deliberase sobre la forma 
de gobierno y diese una constitución al Estado; y puesto que 
no dejaba de reconocer la necesidad de una autoridad cen- 
tral que dirigiese los negocios generales, quería que esa au- 
toridad considerase á cada una de las provincias en el go- 
ce de una independencia correlativa como los estados con- 
federados. Así lo exigía como base de todo arreglo en el 
proyecto de un tratado con el cual contestó á las proposi- 
ciones que con el presente del intentado sacrificio de nues- 
tras vidas, acompañó el gobierno revolucionario del año 15. 
Quería Artigas que fuese reconocida la convención de la 
Provincia Oriental del Uruguay, establecida en el acta del 
Congreso de 5 de abril de 1813, en la cual se constataba 
que la Banda Oriental del Uruguay entra en el rol para for- 
mar el Estado denominado Provincias Unidas del Río de la 
Plata; que su [)acto con las demás provincias es el de una 
alianza ofensiva y defensiva; que toda provincia tiene igual 
dignidad é iguales privilegios y derechos y cada una debe 
renunciar al propósito de subyugar á la otra; que la Banda 
Oriental del Uruguay está en el pleno goce de su libertad y 
derecho, pero queda sujeta desde este momento á la consti- 
tución que emane del Congreso General de la Nación y á 
sus disposiciones consiguientes, teniendo por base la liber- 
tad. 

«Por consiguiente, conociendo en principio el carácter po- 
lítico y atribuciones del gobierno nombrado por el Cabildo 
de Buenos Aires en mayo de 1810 y los que le habían 
sucedido hasta el de la actualidad, por ser para él iguales 



180 JOSÉ ARTIGAS 

en la esencia, no le concedía la facultad de nombrar un go- 
bernador y capitán general para la Provincia Oriental, co- 
mo lo babía becbo en la persona de Sarratea (natural de 
Buenos Aires), el que además de aquella investidura tenía 
la de general en jefe del ejército de operaciones; y como 
uua coní^ecuencia de ese argumento quería el general Arti- 
gas que las tropas del gobierno de Buenos Aires mandadas en 
aquella ocasión y las que mandase en lo sucesivo para sos- 
tener la guerra, en defensa de la causa común, se considera- 
sen como auxiliares, sometiéndose en cuanto á las operacio- 
nes bélicas al general en jefe que el gobierno de Buenos 
Aires nombrase. 

«Tales fueron los primeros pasos de la independencia 
del pueblo oriental, pues sosteniéndose Artigas constante- 
mente contra toda dominación, en medio de la más espan- 
tosa anarquía, no sólo dio pruebas de patriotismo, sino que 
triunfó al fin de la resistencia del gobierno de Buenos Aires, 
que acabó por reconocer la independencia de la Provincia 
Oriental y por solicitar reiteradas veces una reconciliación 
con él sobre esa 3^ otras concesiones importantes, olvidando 
las repetidas injurias y los epítetos de bandido, asesino, de- 
gollador con que frecuentemente lo clasificaba». 

El juicio final está concretado así en las memorias del 
general Díaz: 

i- Tratándose de Artujas se debe decir que entre ¡o viu- 
cho quesería necesario escribir sobre el notable caudillo 
para justificarlo ante la historia, debería tenerse eti 
cuenta que los gobiernos de Rueños Aires fueron causa 
de sus desaciertos, cuando pudieron utilizar al hombre 
en provecho de la política americana, ere ando uno de 
sus más varoniles y poderosos defensores-^. 

Tales son las declaraciones del general Díaz, entusiasta 
sostenedor del gobierno de Alvear derrumbado por el movi- 
miento artiguista de 1815. Se trata de un adversario defi- 
nido del jefe de los orientales y su testimonio no es ni pue- 
de ser absolutamente imparcial. Cuando el Cabildo de 
Buenos Aires incluyó al entonces mayor Díaz en la remesa 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 181 

de los siete candidntos al banquillo, es porque existían an- 
tagonismos personales y políticos que no debían proporcio- 
narle defensas en el campamento de Purificación. 

Esa condición de adversario, aunque no obscurece el cri- 
terio del testigo en hechos fundamentales, actúa en alguno 
que otro detalle del cuadro y puede y debe, por lo tanto, 
reducir á su verdadero valor las frases que desliza la me- 
moria contra el jefe de los orientales y contra algunos de 
los subalternos. 

Juicio <le Albcrdi. 

Extractamos estos hermosos párrafos de las «Obras 
Completas» de Juan Bautista Alberdi: 

«Artigas quería que Montevideo perteneciese á las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata con sólo algunas limi- 
taciones del poder central. Desde 1814 en que se tomó 
aquella plaza á los españoles, despidió del suelo oriental á 
las fueizas de Buenos Aires que se retiraron trayendo la 
artillería y parque de esa provincia; medida de guerra pru- 
dente tal vez, que dejó no obstante desazonado el espíritu 
local. A fines de 181 G envió Artigas á su secretario Ba- 
rreiro con proposiciones al gobierno de Buenos Aires, en 
que ofrecía agregar la Provincia Oriental al Estado de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata bajo el sistema fe- 
deral. Artigas propuso eso después de haber triunfado de 
sus adversarios bonaerenses en la Banda Oriental, siendo 
Dorrego el último de los derrotados. Artigas decía que no 
quería salir del poder de los españoles para entrar en po- 
der de los de Buenos Aires. El director Pueyrredón, si- 
guiendo el parecer de un círculo secreto que dirigía la po- 
lítica contra España, desechó la proposición de Artigas, el 
cual no tardó en suscitar las resistencias de Entre Ríos y 
Santa Fe, dirigidas á disputar á Buenos Aires el derecho 
de dar gobierno á las provincias interiores. Capitán de 
blandengues de un cuerpo veterano, hijo de una de las 
principales familias de Montevideo, Artigas fué presenta- 



182 JOSÉ ARTIGAS 

do sin embargo como un malhechor. Si mereció este dic- 
tado por sus violencias, á la historia le toca darse cuenta 
del principio ó tendencia que le puso en acción: los exce- 
sos suelen acompañar á todas las causas buenas ó malas, 
porque son hijos de la lucha. . .. Averiguad de Artigas al 
señor Herrera y Obes, al benemérito argentino don Gre- 
gorio Gómez, y os dirán poco más ó menos lo que acabáis 
de leer. Alejandro Dumas en su «Nueva Troya» ha reha- 
bilitado el carácter histórico de Artigas, con buenos datos 
que le suministró el general Pacheco y Obes». 

El gran publicista volvió á ocuparse de Artigas en una 
ardorosa polémica con el general Mitre («Escritos Postu- 
mos»). De ella vamos á transcribir algunos párrafos ma- 
gistrales. 

í<Hay dos modos de escribir la historia: ó según la tra- 
dición y la leyenda popular, que es de ordinario la histo- 
ria forjada por la vanidad, una especie de mitología polí- 
tica con base histórica, ó según los documentos, que es la 
verdadera historia, pero que pocos se atreven á escribir, 
de miedo de lastimar la vanidad del país con la verdad: 
una en que no se ven sino los hombres, que son el brazo 
ó instrumento de una ley ó fuerza natural de progreso y 
los toma á ellos mismos como causa motora de los hechos 
históricos; otra que va hasta la investigación de esas le- 
yes, fuerzas ó intereses en que reside la verdadera causa 
que produce los hechos». . . . 

«Pero los documentos, que se sienten documentos de 
libertad, se muestran con frecuencia indisciplinados y ti- 
rando hacia la deinocracia bárbara sacuden la autoridad 
del excelentísimo autor y aclaman á Artigas, á Güeraes, á 
las provincias sometidas y humilladas en nombre de la pa- 
tria, poniendo en derrota al general historiador». 

«Artigas fué oficial de blandengues bajo el rey. En se- 
guida militó por la Revolución bajo Belgrano. ¿Dónde y 
cuándo se acostumbró al desorden, á la sangre y á la in- 
disciplina civil? Aparecido el año 14 ¿cómo pudo contraer 
€SOs hábitos en solo dos años? 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 183 

«Artigas figura entre los primeros que clan el grito de 
libertad y es el brazo fuerte que sustrae la Banda Oinental 
al poder español. ¿Qué quiere en seguida? Lo mismo que 
Buenos Aires ha concedido al doctor Francia, jefe del 
Paraguay, sin haber hecho lo que la Banda Oriental y 
Artigas por la libertad: la autonomía de la provincia, en 
virtud del nuevo principio proclamado por Moreno sobre 
la soberanía inmediata del pueblo. ¿Qué hace Bivenos Ai- 
res? Lo pone fuera de la ley. De ahí la lucha, y al favor 
de ella la patria arrancada por Artigas á los españoles 
cae de nuevo en manos de los portugueses. Colocad en el 
puesto de Artigas al más noble corazón del mundo, y su 
nobleza misma lo hará feroz al verse sin patria, bajo tres 
enemigos que se disputan su dominación. En efecto, ¿qué 
quiere Artigas? Ni portugueses, ni españoles, ni porte- 
ños. ¿Era eso un crimen? Eso es lo que hoy existe, ins- 
pirado más tarde por la libre Inglaterra y sostenido hoy 
por todo el mundo culto. No es ese el único triunfo de 
civilización de los caudillos. Las Misiones, provincia ar- 
gentina, poblada por los jesuítas }" célebre por su organi- 
zación comunista, es hoy un montón de ruinas, ¿(^uién 
las pilló, incendió y devastó? ¿Artigas? No: los portugue- 
ses en hostilidad á Artigas que defendía á Misiones. Pues 
Artigas pasa por el caudillo bárbaro, y los autores de ese 
crimen representan la civilización, porque fué perpetrado 
<;on orden y según la disciplina militar 

«Se sabe que hay dos Artigas: el de la leyenda, creado 
por el odio á Buenos Aires, y el de la verdad histórica. 
Si Mitre tiene derecho á ofenderse de ser comparado con 
el primero, el segundo lo tendrá para verse comparado con 
Mitre. Este último Artigas es un héroe y Mitre aun na- 
ciendo con su coraje habría necesitado su época para ser 
lo que fué. Los que ultrajan á Artigas en Buenos Aires, 
no saben que lo cantan cada vez que se descubren para en- 
tonar sus himnos á las glorias de San José, la Colonia y 
las Piedras, tres victorias de la independencia obtenidas 
por Artigas Artigas, como Moreno, creó la biblioteca 



184 JOSÉ AHTIGAS 

de Montevideo. Él fundó la prensa que un día, en manos 
de Várela, Indarte, etc., ardió eouio un volcán de liljertad 
que redujo á cenizas al dictador de Buenos x\ires — Ar- 
tigas despreció los galones de oro que le brindaron todos 
sus enemigos, los de Buenos Aires, los portugueses, los es- 
pañoles: no quiso ser sino oriental» . 

Referencias de don Santiago Vázquez. 

Extractamos á continuación algunos de los rasgos bio- 
gráficos del coronel Ventura Vázquez, escritos por su her- 
mano don Santiago Vázquez (Lamas, «Colección de memo- 
rias y documentos para la historia»), relacionados con juicios 
y apreciaciones que interesa conocer: 

Don Ventura Vázquez se comprometió fuertemente en 
la reacción intentada por el coronel Murguiondo en 1810 
para incorporar la Provincia de Montevideo al nuevo go- 
bierno de Buenos Aires, y fué arrestado á consecuencia de 
haberse malogrado el movimiento. Acompañó á Belgrano 
en su campaña del Paraguay, como antes h-ibía estado en la 
plaza de Montevideo en el asalto de sus murallas por los 
ingleses. Cuando Artigas fué nombrado jefe de división 
para promover la insurrección de la B;.nda Oriental, pidió 
tropas de línea y se le enviaron dos compañías de patricios 
al mando de los oficiales Benito Alvarez y Ventura Váz- 
quez, cuyas dos compañías incorporadas á las milicias 
orientales asistieron á diversos encuentros victoriosos hasta 
San José, <' donde se hallaba una fuerte división española 
al mando del teniente coronel Bustamante, dispuesta á re- 
sistir dentro del pueblo apoyada por los edificios y cercos; 
la división Artigas penetró en la población y rindió á los 
enemigos, fugando una parte de ellos á Montevideo y que- 
dando otros prisioneros. De Saii José marchó atrevidamen- 
te la expedición victoriosa hasta las Piedras, donde se ha- 
llaba un ejército español al mando del coronel don José 
Posadas. Allí tuvo lugar la célebre batalla y victoria del 
18 de mayo de 1811, en que las compañías de Alvarez y 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 185 

Vázquez jugaron uu rol decisivo. Vázquez fué premiado 
con el grado de teniente coronel por esta acción». 

En el campamento del Ayuí sobre el Uruguay, fué en- 
cargado por Artigas de la reorganización y disciplina del 
regimiento de blandengues, siendo nombrado con aproba- 
ción del gobierno teniente coronel del mencionado cuerpo, 

«Poco después empezó á asomarla insubordinación y des- 
obediencia de Artigas á las autoridades de la capital: las 
tropas que de allí se enviaron nuevamente, habían acampa- 
do como á una legua de distancia del Ayuí, donde se halla- 
ban las de aquel caudillo: las de Buenos Aires tenían á su 
frente á don Manuel Sarratea, miembro de aquel gobierna 
y su representante bajo la denominación de capiti'n gene- 
ral: este jefe dio orden á Vázquez para que marchara con 
su regimiento á incorporarse á las fuerzas del cuartel gene- 
ral, lo que verificó bizarramente arrostrando los riesgos que 
amenazaban el carácter y poder de Artigas: este aconteci- 
miento notable y decisivo tuvo una grande influencia en las 
divisiones de milicias del Ayuí, que imitaron la conducta 
de los blandengues». El regimiento quedó convertido desde 
ese momento en el batallón de línea número 4. 

Cuando Rondeau se adelantó a poner el segundo sitio, 
pidió refuerzos á Sarratea y éste ordenó la marcha del 
batallón de Vázquez que en once días caminó desde el 
Uruguay hasta el Miguelete, sin hacerse uso del caballa 
por el jefe, que daba así el ejemplo á la tropa. El día de la 
batalla del Cerrito, todas las fuerzas bloqueadoras fueron 
sorprendidas con excepción del batallón de Vázquez que 
estaba formado y se batió en retirada y con orden, dando 
tiempo á que se rehiciera el batallón numero 6 y montara el 
regimiento de dragones, con lo cual la victoria fué comple- 
ta, siendo Vázquez ascendido á coronel. 

Caído Alvear, el coronel Vázquez fué arrestado y engri- 
llacío y sometido á una comisión militar encargada de juz- 
gar á los presos, en cuya clase se encontraban casi todas 
las notabilidades de la administración derrocada. 

«Parece que hubo en los proceres de aquel movimienta 



ISG JOSÉ ARTIGAS 

disposición (le dar la muerte á todos los presos: mas el en- 
sayo de la bárbara ejecucióu del teniente coronel Paillar- 
del produjo profunda impresión y disgusto en el pueblo y 
entonces hubo de abandonarse la idea. En cambio se adoptó 
otro que no tiene ejemplo en la revolución de estos países: 
se escogieron seis jefes de aquellos que más especialmente 
se habían comprometido contra Artigas (entonces ya inde- 
pendiente y actuando sobre el Uruguay, dominando el terri- 
torio que hoy ocupa la República Uruguaya), por sostener 
la unidad nacional y al gobierno de Buenos Aires, y resol- 
vió enviarlos á la venganza de Artigas, acompañados con 
un proceso ridículo que pudiera ser pretexto para su muer- 
te: no quiso aquel jefe ser verdugo de sus compatriotas y 
los devolvió al gobierno de Buenos Aires: era entonces di- 
rector supremo el general don Ignacio Alvarez: entre esos 
jefes era el principal el coronel Vázquez: juzgado por la co- 
misión militar se pronunció una sentencia que se halla en- 
tre los papeles de la época». 

«El coronel Vázquez desde 1812 se incorporó á la socie- 
dad secreta denominada de Lautaro y por este medio se ha- 
lló colocado en el partido de Alvear». 

Al extracto que antecede, vamos á agregar un párrafo 
muy significativo del discurso que don Santiago Vázquez 
pronunció en la sesión del 4 de octubre de 1825, del Con- 
greso General Constituyente de las Provincias Unidas: 

«Tan luego como la voz de libertad resonó en la Pro- 
vincia Oriental se sintió el entusiasmo en todos los ángulos 
de ella. El gobierno nacional mandó un ejército á libertar- 
la: la suerte de las armas le forzó á retirarlo: los habitantes 
todos, comprometidas sus personas y fortunas, se vieron, 
puede decirse, abandonados. Tal fué el rigor de su destino! 
En esa época un caudillo quedó encargado de prepararles 
un asilo y una esperanza. Todos los que estaban en aptitud 
para marchar fuera de la provincia y todos los que aunque 
hubiesen de pasar por encima de grandes obstáculos, tenían 
bastante alma y firmeza para liacerlo, siguieron la direc- 
ción del caudillo. Ya se ve de qué prestigio iba cercado, y 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 1 87 

cómo eii la nngustia de los que emigiabnü pesaba sobre el 
gobierno su desgracia y las que arrastraba. Era el liouibre 
de la época!» 

Don Santiago Vázquez era amigo político y confidente 
de Alvear y por añadidura periodista de Pueyrredón, como 
lo demostraremos más adela íite. Los rasgos biográficos del 
coronel Ventura Vázquez, atribuyen á éste la misma filia- 
ción política, con la circunstancia agravante de estar incor- 
porado á la logia Lautaro, que era el eje de la oligarquía 
porteña en la lucha contra Artigas. Nada más se requiere 
para demostrar que el testimonio de don Santiago Vázquez 
€S también el testimonio de un grande adversario del jefe 
de los orientales. 



Testimonio «le Roberlsou 

Dos obras históricas han escrito los hermanos J. P. y 
AV. P. Robertson: «Letters on South America» y «Letters 
on Paraguay». 

Se radicaron esos escritores en las Provincias Unidas del 
Río de la Plata, con propósitos exclusivamente mercantiles. 
En Corrientes estaba el asiento de sus negocios y desde allí 
partían las remesas de mercaderías en todas direcciones. Da- 
das las circunstancias de la época y especialmente la falta 
de población, la extrema deficiencia de las policías y los 
hábitos de las campañas, el robo tenía que estar y estaba á 
la orden del día y más de una vez tuvieron los hermanos 
Robertson que lanzar sus quejas y sus protestas contra los 
subalternos de Artigas en Corrientes y en Entre Ríos y de 
una manera general contra los «artigúenos», que en el leu - 
guaje de estos historiadores eran todos los que vivían en las 
zonas sometidas al protectorado de Artigas. El estallido de 
los iute)"eses heridos, toma por eso con frecuencia el primer 
puesto en las dos obras de que nos ocupamos. Y sin embar- 
go, vamos á ver que más de una vez el elogio considerable 
al jefe de los orientales, y á sus subalternos, se abre camino 



188 JOSÉ ARTIGAS 

ú través de esos intereses, no obstante la mareada tendeneia 
á escribir cosas llamativas y espeluznantes. 

Empezaremos por «Letters on South America». 

El gobierno nrliguísta en Corrientes. 

Habla uno de los autores de «la provincia de Corrien- 
tes, que reconocía á la sazón la suprema autoridad de S. E. 
el Protector don José Artigas»: 

«Desembarqué en Corrientes el año de 1815 con un 
gran capital y me encontré con el mismo estado de anar- 
quía que había causado la ocupación de la ciudad por la 
banda rapaz de Artigas, á pesar de que ya estaba abandona- 
da la plaza . . . Los grandes propietarios agrícolas habían si- 
do arruinados en su mayor parte y el resto vivía Í7i térro- 
rem bajo el despotismo de Artigas. Y razón había para 
ello. Arrojaba á los dueños de sus estancias y se llevaba los 
ganados á la Banda Oriental». 

Traza el cuadro de los constantes saqueos, del abandono 
de los intereses ganaderos y de las violencias de todo géne- 
ro que se cometían en la ciudad: 

«Cierto es que Artigas no autorizaba esos crímenes, pe- 
ro los toleraba. En cualquier eventualidad estaba seguro de 
reunir bajo su mando á esos bandoleros dispersos y llevar- 
los en temible y cerrada falange, marchando cinco y veinte 
leguas por día, á cualquier punto de la provincia ó contra 
cualquier fuerza enemiga que deseara atacar. Realizado su 
propósito, y á fin de evitarse los gastos de manutención y 
de satisfacer á la vez instintos vagabundos y hábitos de pi- 
llaje, Artigas licenciaba sus tropas y el país se tornaba de 
nuevo en escenario de terror y de desolación». 

Describe con lujo de detalles al irlandés Pedro Campbell, 
un soldado de Berresford, que cuando las tropas inglesas 
abandonaron el Río de la Plata, se dirigió á Corrientes y 
llegó á ser la influencia más importante después de Artigas, 
según el testimonio del gobernador IMéndez: 

«Cuando le conocí era temido de los gauchos, admirado 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 189 

por los estancieros y respetado por todos los habitantes de 
la Provincia. Siendo hombre de la confianza de Artigas, te- 
nía aparte de sus condiciones personales, el favor de la pro- 
tección ilimitada de tan poderoso caudillo, y por lo tanto 
era temible como enemigo y valiosísima su amistad en 
tiempos azarosos». 

Acerca de los sucesos de la Banda Oriental: 

Belgrano fué reemplazado por Rondeau, quien «logró in- 
fundir al ejército marcial entusiasmo, merced á la coopera- 
ción de algunos jefes y en especial de su segundo José Ar- 
tigas. Elío hizo á Artigas secretas y degradantes propues- 
tas que fueron rechazadas por éste con indignación, alcan- 
zando poco después sobre el ejército realista muy superior 
en número, la famosa batalla de las Piedras que entregó á 
los patriotas toda la Banda Oriental con excepción de la 
plaza fuerte de Montevideo». 

Para pintar el estado de Corrientes, refiere Robertson 
el incidente que pasamos á extractar: 

Los «soldados artigúenos ó bandidos» recorrían las ca- 
lles de Corrientes difundiendo el terror en todas partes. De- 
tenían sable en mano á todos los que iban bien vestidos 
para exigirles dinero. Una vez que M.'" Postlethewaite iba 
á caballo, fué detenido p-^r dos de esos bribones que salían 
de una pulpería donde habían bebido abundantemente. 
Pidiéronle dos pesos, y como el interpelado contestara que 
nada tenía, desenvainaron sus sables. La víctima apuró su 
caballo hasta llegar á un muro en que pudo recostarse y or- 
ganizar su defensa. Llegaron felizmente varias personas y 
fueron aprehendidos los asaltantes. Informado el comandan- 
te de que se trataba de un inglés que conocía al Pi'otector 
Artigas, temió que las responsabilidades cayeran sobre él, 
y en el acto montó á caballo para instruir un sumario y 
castigar á los dos agresoi'es. 

Cómo se realizaban los saqueos «artigúenos» en Co- 
rrientes: 

Un chacarero que los asaltantes encontraron en el cami- 
no fué obligado á tomar parte en el negocio. Preguntó el 



190 JOSÉ ARTIGAS 

pobre hombre qué era un saqueo. Y le dijeron que él lo 
vería por sí mismo. Llegados á la ciudad, entraban en las 
casas de negocio y tomaban sin resistencia alguna de sus 
dueños las mercaderías que querían. Cuando el chacarero 
iba á dirigirse á su casa, uno de la partida le entregó su lote 
consistente en un sombrero, un corte de paño y dos ó tres 
pesos en moneda. No padiendo entonces contenerse, dijo á 
su familia: cosa linda había sido un saqueo! 

Habla de los sucesos de 1815: 

El gobernador de Santa Fe, Candiotti, llamó en su auxi- 
lio á Artigas, para luchar contra los porteños. Artigas 
marchó en efecto, y los de Buenos Aires fueron vencidos y 
huyeron, dando ese triunfo lugar á que todos los pueblos 
«declararan por aclamación á Artigas Supremo y Excelen- 
tísimo Protector de las Provincias del Río de la Plata». 

Sobre las disidencias con Artigas, emanadas de la in- 
tervención de Buenos Aires en los asuntos de la Banda 
Oriental: 

«El éxito y la popularidad de Artigas en las provincias 
eran tan marcados, que cuando llegó la oportunidad de dis- 
cutir un tratado propuesto por el director Balcarce, aquél 
se encontró en situación de imponer sus términos á los por- 
teños». 

Un caso de persecución á los extranjeros: 

Habiendo el gobernador de Corrientes, Méndez, resuelto 
secundar á Artigas en sus operaciones de guerra, el Protec- 
tor delegó el poder político de la provincia en la, municipa- 
Hdad, bajo la presidencia del primer alcalde Cabral. Artigas 
era adversario decidido de los españoles europeos y dictó 
un cruel decreto ordenando su remisión á Purificación. Al 
publicarlo, Cabral generalizó la orden á todos los europeos, 
y eso dio lugar á que la pequeña colonia inglesa se reunie- 
ra en son de protesta contra la medida. La discusión se agrió 
mucho y Cabral habló de encadenar á los inglese* que de- 
bían marchar á Purificación. Pero el que llevaba la voz, di- 
jo que protestaba en nombre del gobierno británico y anun- 
ció además su propósito de reclamar ante el Protector Arti- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 191 

gas. Esta actitud produjo su efecto y la medida quedó en 
suspenso á la espera de la decisión superior. Cuando Arti- 
gas tuvo conocimiento de lo ocurrido, dijo que sólo un bu- 
rro como el alcalde de Corrientes podía extender á los in- 
gleses una orden que sólo se refería á los españoles euro- 
peos. 

A mediados de 1819, se produjo en Corrientes una in- 
vasión de indios al mando de Andresito Artigas, y para des- 
cribirla, cede Robertson la palabra á Miss Postlethewaite, 
que estaba allí con su familia en esos momentos. Oigamos 
al testigo ocular: 

Francisco Bedoya ocupó á Corrientes con sus tropas y 
se declaró á favor de Buenos Aires en unión de los cabil- 
dantes y de muchos habitantes respetables. 

Andresito recibió orden del Protector de marchar sobre 
la ciudad al frente de 700 indios guaycuriies. Gran alarma 
produjo en el vecindario la noticia de la aproximación de 
esa fuerza. Todos los que podían llevarse sus propiedades 
resolvieron emigrar, y dos hombres murieron de susto. De- 
cíase que los indios imponían la muerte á los hombres, á 
las mujeres y á los niños. <^Pero esto resultó completamen- 
te falso». 

Algunas semanas antes. Bedoya había masacrado á los 
habitantes de un pueblecito de indios, por haberse rehusado 
á tomar las armas contra Artigas, y creían los correntinos 
que los indios recurrirían á las represalias. Constaba el pue- 
blecito destruido por Bedoya de treinta familias y de ellas 
sólo se salvaron tres individuos, uno de los cuales era una 
mujer que había presenciado la muerte de su marido y de 
sus hijos y que fué conducida á Corrientes con uno ó dos 
balazos y varias heridas de sable. 

El padre de Miss Postlethewaite dirigió una carta á An- 
dresito preguntándole si su familia sería respetada en el ca- 
so de permanecer en la ciudad. Contestó el interpelado en 
términos muy atentos, que nada debían temer, que no ha- 
bía motivos para alarmas y que le hiciera el favor de po- 
nerlo á los pies de su señora y de sus hijas. 



192 JOSÉ ARTIGAS 

La familia dePostlethewaitefué ala plaza publica á pre- 
senciar Id entrada de las tropas que «marchaban con mucho 
orden» en dirección á los cuarteles. Los oficiales asistieron 
luego á una misa en la iglesia de San Francisco. 

Era muy meritoria la conducta de los indios, faltos de 
ropa y de alimentos y llenos de sufrimientos. Habían te- 
nido que nutrirse con trozos de cueros secos puestos en 
íigua y sus vestidos se componían de simples harapos. 

Figuraba en la columna una compañía de 200 niños in- 
dios que los correntinos habían tomado como esclavos y 
que acababan de ser rescatados. Cuando Andresito em- 
prendió ese rescate, arrancó también de cada una de las 
casas en que los tenían como esclavos un número igual 
de niños de las familias á cuyo servicio estaban. Después 
de una semana de cautiverio, hizo reunir á todas las ma- 
dres correntinas, que estaban en una situación desesperan- 
te, les habló de la crueUlad y de la injusticia con que trata- 
ban á los pobres indios, y sacando partido de las angustias 
que ellas acababan de pasar, les dijo: <^ Llévense á sus hijos, 
pero recuerden en adelante que las madres indias tienen 
también un corazón». 

El jefe y sus oficiales fueron á casa de Postlethewaite con 
el vivo deseo de ponerse á los pies de la señora y de las se- 
ñoritas. La familia experimentaba naturalmente cierta in- 
quietud, pero tanto Andresito, como sus oficiales y la tropa, 
los trataron durante su estadía en Corrientes con las mayo- 
res muesti'as de respeto. 

Al día siguiente de la ocupación de la plaza, los cabil- 
dantes fueron llevados á bordo en calidad de prisioneros y 
con cadenas, pero recobraron en seguida su libertad por 
interposición de Mr. Postlethewaite. 

Se impuso una contribución á la ciudad para vestir á los 
soldados, y obtenido esto, Andresito organizó dos ó tres 
funciones en obsequio á los principales vecinos. Consistían 
las funciones en dramas religiosos. Era uno de ellos «La 
tentación de San Ignacio». Los bailarines formaban pala- 
bras, coustituj'endo cada figura una letra. No habiendo 



DESCARGOS Y JÜSTIFICACIOXES 193 

asistido las familias correntinas á la representación, indagó 
la causa Andresito. Y cuando supo que era por que les abu- 
rrían los bailes de los indios, resolvió vengarse. Convocó á 
los correntinos, y una vez reunidos, obligó a los hombres á 
limpiar la plaza y á las mujeres á bailar con los indios. 

Andresito era un hombre de muy buen corazón y «mu- 
cho más instruido de lo que podía suponerse». Tenía la 
desgracia de estar dominado por un hombre de malísimas 
condiciones, su secretario Mexías, un español procedente 
del Perú. Una vez lo embriagó, consiguiendo por ese me- 
dio arrancarle una orden por la que se obligaba á Mr. Pos- 
tlethewaite al pago de una contribución dentro de las vein- 
ticuatro horas. Pasado el primer momento, pidió perdón á 
Mr. Postlethewaite por haber sido compelido á dictar esa 
orden. Andresito bebía mucho vino. 

Era tan grande la penuria de la tropa, que en más de 
una ocasión hubo que detener delante de los cuarteles á 
los jinetes para destinar el caballo á la alimentación de los 
soldados. La gente del almirante Campbell estuvo una vez 
cuatro días sin más alimento que un bizcocho por cabeza. 
Andresito se jactaba de escatimar todos sus recursos a las 
tropas, mientras no hubieran probado que podían quedar 
tres ó cuatro días sin probar alimento. Los soldados lleva- 
ban largas tiras de cuero de un anfibio del Paraná, el ca > 
piguara, y de ellas sacaban cada día un pedazo para resistir 
á la muerte por inanición. 

Durante el período de siete meses de permanencia de es- 
tas fuerzas en Corrientes «sólo se cometió un robo». Un 
hombre entró á una tienda y exigió «un pañuelo para la 
patria». Interpuso sus quejase! tendero y Andresito hizo re- 
correr todos los cuarteles, hasta encontrar el delincuente, 
que fué publicamente azotado en la plaza. 

Por regla general el jefe no castigaba á los soldados, sino 
á los oficiales, «alegando que si los últimos cumplían su 
deber, los primeros no dejarían de cumplir los suyos». 

No llevaba espada Andresito. Perdió la suya en un en- 

JOSK AltriGAS — 13. T. I. 



194 JOSÉ ARTIGAS 

trevero con los portugueses y había jurado desde ese mo- 
mento no cargar otra hasta conquistarla él mismo de ma- 
nera honrosa. 

Mr. Postlethewaite le ofreció una comida de cuarenta cu- 
biertos. A los brindis, el secretario Mexías, desobedeciendo 
órdenes de su general, rompió el vaso en que acababa de 
brindar. Otros le imitaron. Andresito se puso de pie para 
prohibir que siguieran en ese camino y habiendo hecho 
Mexías muestras de desobediencia, le dijo: «si quiebras otra 
copa, yo te quebraré el alma», con lo cual el orden quedó 
restablecido. Este Mexías invitó una vez en Goya á varias 
personas á un banquete, en que sólo se sirvió carne de ca- 
ballo. Fué asesinado mientras recorría la campaña en cum- 
plimiento de instrucciones de Artigas y hay quien dice que 
la carta del Protector era una treta. 

Andresito fué derrotado por los portugueses y murió en 
Río Janeiro. Los guaraníes quedaron aniquilados. Consti- 
tuían una raza enérgica, bondadosa y bien dispuesta. Mu- 
chos de ellos sabían leer y escribir y poseían el conocimien- 
to de uno y hasta de tres instrumentos de música. 

Cierto día se publicó un bando, ordenando la concurren- 
cia de todos los correntinos á la plaza. Mr. Postlethewaite 
recibió en esas circunstancias el sablazo de un oficial indio, 
que lo había confundido con un corren tino. Al reconocer 
su error, el oficial se hincó de rodillas implorando el per- 
dón del ofendido, pero como el hecho había sido público, 
llegó á conocimiento de Andresito, quien hizo encadenar 
al transgresor y lo mantuvo arrestado durante varios días 
á pesar de las gestiones de Postlethewaite para salvarle. 

El gobierno artigait^ta según Robertíson. 

Tal es el contenido de «Letters on South America», en 
la parte que se relaciona con Artigas y sus subalternos. 

En la amplia zona de la influencia artiguista, realizá- 
banse actos de violencia, que Artigas no autorizaba, aunque 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 195 

se veía en el caso de tolerar. Eso aseguran los hermanos 
Robertson. Pero cuando los autores citan casos concretos y 
salen de las acusaciones vagas y generales, se ven obliga- 
dos á rendir pleito homenaje á la justicia artiguista. Dos 
soldados ebrios se echan encima de un transeúnte y éste 
se defiende hasta que llegan otras personas que aprehenden 
á los asaltantes, y se instaura un sumario para su castigo. 
El alcalde Cabral comete una barrabasada con los indeses: 
pero apenas sabe de boca de éstos mismos que se formu- 
lará una protesta ante el Protector, se detiene y vuelve so- 
bre sus pasos. Un oficial da un sablazo por equivocación, y 
al darse cuenta de su error, se hinca de rodillas en deman- 
da de perdón. Durante los siete meses del gobierno de An- 
dresito en Cori'ientes, ocurre un solo robo, el robo de un 
pañuelo, y ese robo es perseguido y castigado. En cuanto á 
hechos de sangre, mientras las fuerzas que respondían á 
Buenos Aires degollaban una aldea de indios y esclaviza- 
ban á centenares de niños, el general artiguista daba una 
admirable lección de humanidad á las madres correntinas 
para demostrarles que las pobres indias tenían también co- 
razón y debían ser respetadas. 

¿Qué prueba más palmaria se quiere de la perfecta co- 
rrección de las fuerzas artiguistas, que esos hechos que na- 
rran testigos oculares y que se producen allá en Corrientes, 
lejos, muy lejos de la mirada de Artigas, que sin embargo 
alcanzaba á dominar en toda la amplia zona de su protec- 
torado, gracias al legendario prestigio que según el testimo- 
nio de Robertson erigía á Artigas en protector por efecto 
de la aclamación popular? 

Veamos ahora el contenido de la otra obra de los herma- 
nos Robertson: «Letters on Paraguay». 

Una entrevista de Robertson con Artigas. 

«Artigas era el hombre más extraordinario, después de 
Francia, entre todos los que figuran en los anales de las re- 
públicas del Río de la Plata. 



lOG JOSÉ ARTIGAS 

«Descendía de una familia respetable, pero por su régi- 
men de vida apenas era el mejor gaucho de la Banda Orien- 
tal. Carecía completamente de educación, y si no me equi- 
voco aprendió á leer y escribir en el ultimo período de su 
vida. Pero era intrépido, sagaz, arriesgado é incansable. Ja- 
más tuvo rival en los ejercicios atléticos y en todas las fae- 
nas de los gauchos. Era el terror y la admiración de los ve- 
cindarios. Adquirió una influencia inmensa sobre los gau- 
chos y con su espíritu turbulento que despreciaba ios 
trabajos pacíficos del campo, arrastró á los más resueltos y 
vagabundos de esos hombres y se dedicó al negocio de con- 
trabando. Marchaba frecuentemente con su cuadrilla por 
los caminos más escarpados, á través de montes aparente- 
mente impenetrables, hasta el limítrofe territorio del Brasil, 
y desde allí traía sus mercaderías coutrabandeadas y los ga- 
nados robados para negociarlos en la Banda Oriental. To- 
dos los esfuerzos del gobernador de Montevideo para cap- 
turar al astuto contrabandista fueron ineficaces, producién- 
dose alguna vez la derrota de las fuerzas mandadas en su 
pei'secución. El país perteneció á Artigas desde ese momen- 
to, llegando su solo nombre á constituir un verdadero terror. 
Pero era un hombre estrictamente aferrado á la disciplina. 
Kespetaba la propiedad de los que no estaban en lucha con 
él y sólo atacaba á los que ponían tropiezos al ejercicio de 
su tráfico ilícito. Era el Robin Hood de Sud América, . . El 
gobierno de Montevideo que observaba que el poder de Ar- 
tigas iba en aumento, procuró atraerlo á la causa del rey, y 
Artigas que estaba fatigado de su vida de merodeo, escu- 
chó las propuestas que se le hacían. De acuerdo con el con- 
venio á que se ari'ibó, pudo dirigirse á Montevideo con el 
empleo real de capitán de blandengues ó milicias montadas. 
Su cuadrilla de contrabandistas se transformó en compañía 
de soldados, y desde ese momento mantuvo en todos los 
distritos rurales un orden y una tranquilidad de que jamás 
se había gozado. En esta situación, encontró á Artigas la 
revolución de Buenos Aires. Por los años 1811 y 1812 
desertó del servicio del rey en la Banda Oriental y se unió 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 107 

á los patriotas. Fué recibido como un gran contingente pa- 
ra la causa y cuando el sitio de Montevideo en 181ÍJ, Arti- 
gas sirvió bajo las órdenes de Alvear con el rango de coro- 
nel. Un nuevo y más amplio campo se abría naturalmente 
á la vista de este jefe ambicioso y sin principios. Su espíri- 
tu soberbio y dominante no podía tolerar por mucho tiem- 
po un mando inferior bajo las órdenes de un general de 
Buenos Aires, y empezó á mirará sus paisanos como legí- 
timos subditos, una vez que hasta la autoridad del rey de 
España era desconocida. Los jefes más cultos y civilizados 
de Buenos Aires, lo consideraban como un sujeto semibár- 
baro y lo trataban sin el respeto á que el se consideraba 
acreedor por su rango. Luego de corromper a las tropas de 
su mando, compuestas de orientales y que se le plegaron 
como un solo hombre, llevó á cabo su plan con su sagaci- 
dad habitual, y aprovechando la obscuridad de la noche, 
abandonó silenciosamente el sitio al frente de 800 soldados». 

Después de reproducir así tan servilmente el libelo infa- 
matorio de Cavia, se ocupan los hermanos Robertson en el 
mismo tono del estado de las provincias argentinas. 

«Los artigúenos, nombre que se daba á la tropa y á los 
demás que seguían a Artigas, habían tomado completa po- 
sesión de toda la margen Este de los ríos de la Plata y del 
Paraná, desde los confines de Montevideo hasta Corrientes. 
El más espantoso desorden y anarquía reinaba en todos 
esos vastos dominios. El nombre de artigueño era consi- 
derado en realidad como sinónimo de ladrón y de asesino». 

Hablan del bando del director Posadas que puso a pre- 
cio la cabeza de Artigas, proclamado en la plaza pública 
de Santa Fe al toque de tambor y por un escribano que 
actuaba como heraldo: 

«Pero allí la medida fué condenada generalmente y con 
justicia como impolítica y como impotente á la vez. Al mos- 
trar los sentimientos vengativos de los porteños, sólo sirvió 
para aumentar la popularidad del Protector». 

Entran luego los autores á formular la expresión de agra- 
vios en la parte que les es personal, y describen el saqueo 



198 JOSÉ ARTIGAS 

de que fueron víctimas y todas sus ulterioridades eu los tér- 
minos que pascamos á extractar: 

Los soldados de Artigas se apoderaron del barco en que 
iba Robertson, remontando el río Paraná, con una partida 
•de mercaderías. El comerciante fué bajado á tierra y atado 
á un árbol y sus mercaderías fueron saqueadas. 

Era costumbre entre los artiguistas, que el soldado que 
Jiabía cometido mayores excesos, adquiría el derecho de pe- 
dir favores á sus jefes. Uno de esos soldados obtuvo en 
consecuencia que no fusilaran á Robertson y que le quita- 
ran sus ligaduras. 

Interpuesto el reclamo ante el capitán Peicj^ comandan- 
te de la escuadrilla británica en el Río de la Plata, fué des- 
pachada en el acto una lancha al cuartel general de Artigas 
en Paysandú, con el siguiente oficio del capitán inglés: 
«Excelentísimo Protector: Un subdito británico, M. J. P. 
JRobertson, navegando con mi autorización y la de los pode- 
res constituidos de este país, ratificada por su propio subor- 
dinado el gobernador Candiotti, ha sido aprisionado, tratado 
con inhumanidad y finalmente puesto en prisión por gente 
que actúa bajo su autoridad. Reclamo y pido como medida 
previa, que sea puesto en libertad sin demora y se le en- 
treguen las mercaderías de su pertenencia, y si mi pedido 
no fuere atendido, haré represalias sobre propiedades que 
estén bajo su bandera. Tengo el honor de ser, etc. - Jocelyn 
Percyy>. 

La intimación produjo su efecto. Dos horas después de 
recibido el proceso por Artigas, en el que no había pruebas 
de criminalidad, se expedían óixlenes devolviendo á Ro- 
bertson su libertad y sus mercaderías, con amplias satisfac- 
ciones personales. 

Expresa Robertson que apenas se encontró libre, buscó 
con empeño al soldado artiguista á quien debía la vida y la 
libertad, pero que ese sujeto no atribuía importancia á su 
acción y que costó bastante trabajo arrancarlo al seno de sus 
compañeros de juego para regalarle una suma de dinero. 

Sólo una parte de las mercaderías fué recuperada, y en- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 109 

tonces decidió Robertson emjirender vinje á Pnrifieneióri y 
hablnr directamente con Artigas, aprovechando así «la opor- 
tunidad deponerse en relación con un hombre que se había 
«levado á tan singular altura de celebridad y cuya palabra era 
en ese momento ley en todo el ancho y en todo el largo del 
íintiguo Virreinato de Buenos Aires, con la sola excepción del 
Paraguay y de la ciudad de Buenos Aires, manteniendo á 
€sta misma ciudad en continuas alarmas, mediante correrías 
de sus destacamentos que se llevaban los ganados y se apro- 
ximaban á menudo á los suburbios de la población,. 

Llevaba una carta del capitán Percy, pidiendo en términos 
corteses la devolución de las propiedades no devueltas toda- 
vía. Era también conductor de otra carta de un amigo 
personal de Artigas. 

Véase cómo describe Robertson el cuartel general de 
Purificación: 

« Y allí (les ruego que no pongan en duda mi palabra) 
¿qué les parece vi? El excelentísimo señor Protector de la 
mitad del nuevo mundo, estaba sentado en una cabeza de 
buey, junto á un fogón encendido en el suelo fangoso de su 
rancho, comiendo carne del asador y bebiendo ginebra en 
un cuerno de vaca! Lo rodeaba una docena de oficiales an- 
drajosos, en posición parecida y ocupados en la misma tarea 
que su jefe. Todos fumaban y charlaban ruidosamente. 

«El Protector estaba dictando á dos secretjirios que 
ocupaban en torno de una mesa de pino las dos únicas si- 
llas que había en toda la choza, y esas mismas con el 
asiento de esterilla roto. 

cPara completar la singular incongruencia de la escena, 
el piso del departamento de la choza (que era grande y 
hermosa) en que estaban reunidos el general, su estado ma- 
yor y sus secretarios, se encontraba sembrado de ostentosos 
sobres de todas las provincias (distantes algunas de ellas 
1,500 millas de ese centro de operaciones) dirigidas á 
«Su Excelencia el Protector ^>. 

< En la puerta estaban los caballos jadeantes de los co- 
rreos que llegaban cada media hora, y los caballos de re- 
fresco de los correos que salían con igual frecuencia. 



200 JOSÉ ARTIGAS 

«De todos los campamentos llegaban á galope soldados,, 
edecanes, exploradores. Tcdos ellos se dirigían á Su Exce- 
lencia el Protector, y Su Excelencia el Protector, sentado en 
su cabeza de buey, fumaba, comía, bebía, dictaba, conversaba 
y despacbaba sucesivamente todos los asuntos que le lleva- 
ban á su conocimiento, con utia calma distinta de la non- 
chalanee, que me mostraba de una manera práctica la ver- 
dad del axioma «vamos despacio, que estoy de prisa». 
Pienso que si los negocios del mundo entero bubieran pe- 
sado sobre sus bombros, habría procedido de igual manera. 
Parecía un hombre abstraído del bullicio, y era de este solo 
punto de vista, si me es permitida la alusión, semejante al 
más grande de los generales de nuestros tiempos. 

«Además de la carta del capitán Percy, tenía otra de 
presentación de un amigo particular de Artigas, que entre- 
gué en primer témino, considerando que era el mejor modo 
de iniciar mi asunto. Como aquélla envolvía un reclamo, su- 
puse naturalmente que sería la menos agradable. 

«Al leer mi carta de introducción, Su Excelencia se le- 
vantó de su asiento y me recibió no sólo con cordialidad 
sino tandjién, lo que me sorprendió más, con modales com- 
parativamente de un caballero y de un hombre realmente 
bien educado. Habló conmio-o alegremente acerca de sus^ 
apartamentos oficiales, y como mis corvas y mis piernas no 
estaban acostumbradas aponerse encuclillas, me pidió que 
me sentara en el canto de un catre de cuero que estaba en 
un rincón del cuarto y que hizo acercar al fuego. Sin ma- 
yores preámbulos, puso en mis manos su propio cuchillo con 
un pedazo de carne de vaca bien asada. Me pidió que co- 
miera, me hizo beber y por último me dio un cigarro. 

«Iniciada mi conversación, la interrumpió la llegada de 
un gaucho, y antes que hubieran transcurrido cinco minu- 
tos, ya el general i^rtigas estaba nuevamente dictando á 
sus secretarios, engolfado en un mundo de negocios, al 
mismo tiempo que me presentaba excusas por lo que ha- 
bía ocurrido eu Bajada y condenaba á sus autores y m& 
decía qwe inmediatamente de recibir las justas quejas del 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 201 

capitán Percy, había dado órdenes para que me pusieran eii 
libertad. 

«Era aquel un ambiente, en que simultáneamente se 
conversaba, se escribía, se comía y se bebía, en razón de que 
no había cuartos distintos para realizar separadamente ca- 
da tarea. 

«El trabajo del Protector se prolongaba desde la maña- 
na liasta la noche, lo mismo que su comida, porque así que 
un correo llegaba, era despachado otro, y así que un oficial 
se alejaba del fuego donde estaba el asador con la carne, 
otro tomaba su sitio. 

«Al obscurecer. Su Excelencia me previno que iba á 
inspeccionar su campamento y me invitó á acompañarle. 
En un instante, él y su estado mayor aparecieron monta- 
dos. Los caballos en que venían, quedaban día y noche 
ensillados y enfrenados cerca del rancho del Protector. 
Del mismo modo, los caballos de la tropa permanecían 
alrededor de cada vivac. Con cinco minutos de aviso, to- 
das las fuerzas podían ponerse en movimiento, avanzando' 
sobre el enemigo ó retirándose con una velocidad de veinte 
millas por hora. Una marcha forzada de 25 leguas (75 
millas) en una noche, no era nada para Artigas, y á ello se 
atribuyen muchos de los éxitos prodigiosos y casi increí- 
bles que obtuvo y las victorias que ganó. 

«Héteme ahora á caballo, marchando á su derecha, en 
medio del campo. Como extranjero y forastero, me dio la 
preferencia sobre los oficiales que constituían su séquito y 
que eran alrededor de veinte. No se vaya á suponer, sin 
embargo, que si hablo de séquito, es porque descubriera 
algún signo de superioridad de su parte ó de subordinación 
en los que le seguían. Ellos se reían, se dirigían recíproca- 
mente chanzas, daban gritos de aclamación y confundían 
sus sentimientos de perfecta familiaridad. Se llamaban 
unos á otros por sus nombres de pila, sin darse el trata- 
miento de capitán ó don, pero todos al dirigirse a iVrtigas 
lo hacían con evidente afecto y á la vez con el nombre 
familiar de «mi general». 



202 JOSÉ ARTIGAS 

«Había alrededor de 1,500 secuaces, andrajosos, en el 
campamento. Actuaban al mismo tiempo como soldados 
de caballería y de infantería. Eran principalmente indios 
procedentes de los destruidos establecimientos dé los je- 
suítas, jinetes admirables y endurecidos para toda espe- 
cie de privación y de fatiga. Las escarpadas cuchillas y las 
fértiles llanuras de la Banda Oriental y de Entre Ríos 
suministraban numerosas tropas para su abasto y abun- 
dantes pastos para sus caballos. Nada más necesitaban 
ellos. Un miserable saco, un poncho recogido en la cintu- 
ra como las enagüitas de los escoceses montañeses, y otro 
poncho que caía de los hombros, completaban juntamente 
con una gorra de cuartel, un par de botas de potro, gran- 
des espuelas, un sable, un trabuco y un cuchillo, el vestua- 
rio del artigueño. 

«El campamento se componía de hileras de tiendas de 
cuero y chozas de barro. Estas últimas y una docena de 
«cottages» de un confort bastante mejor, constituían lo 
que se llamaba «Villa de la Purificación». 

Debe explicarse, agrega Robertson, por qué razón Artigas, 
sin haber cruzado á la margen occidental del Paraná, ejercía 
jurisdicción en casi todo el territorio comprendido entre di- 
cho río y la base Este de los Andes. Apenas estallada la 
revolución, los habitantes de Buenos Aires se manifestaron 
resueltos a adueñarse de las ciudades y provincias del inte- 
rior. Todos los gobernadores y muchos de los principales 
empleados, eran oriundos de ese punto; la guarnición de las 
ciudades se componía de tropas que también procedían de 
allí. El sentimiento de superioridad y de arrogancia de los 
porteños, disgustó á los habitantes del interior, que veían 
en sus soberbios conciudadanos una especie de sustitutos de 
h\s antiguas autoridades españolas. No bien los ejércitos 
de Buenos Aires sufrieron contrastes en el Perú, en el Pa- 
raguay y en la Banda Oriental, las ciudades del interior 
reaccionaron contra su sumisión, eligieron gobernadores 
por sí mismas y para robustecer su poder, solicitaron el 
auxilio de Artigas, el más poderoso y el más popular de 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 203 

los jefes insubordinados. Estaban así habilitadas para ha- 
cer causa común contra Buenos Aires. Cada pequeña ciu- 
dad conquistó su goce de independencia, á expensas natu- 
ralmente de todo orden y de toda ley. Los recursos del 
país se hicieron cada día menos importantes para realizar 
un plan de prosperidad permanente y sólida; y á la vez 
que el rencor de los feudos y el odio partidista estrecha- 
ban día por día las comunicaciones entre las distintas par- 
tes de la familia americana, el pueblo sufría el proceso de 
disgregación, que es consecuencia de la guerra civil. El co- 
mercio estaba casi paralizado por la inseguridad de las per- 
sonas y de la propiedad. 

«Habiendo pasado ya varias horas con el general Ar- 
tigas, le entregué la carta del capitán Percy, y con palabras 
tan moderadas como lo permitía la explicación de mi caso, 
inicié el reclamo de indemnización. 

«Ya ve usted, me contestó el general Artigas con gran 
calma y espontaneidad, de qué manera vivimos aquí. Es 
lo más que podemos hacer en estos duros tieinpos para 
conseguir carne, aguardiente y tabaco. Pagarle á usted 
6,000 pesos ahora, es algo tan fuera de mis alcances, como 
pagarle 60,000 ó 600,000 pesos. Mire usted, dijo, y le- 
vantando la tapa de una vieja caja militar, señaló una ba- 
lija de lona que había en el fondo: aquí está todo mi te- 
soro, que llega á 300 pesos; y antes de la llegada de la 
próxima remesa, debo ser tan cuidadoso del dinero, como 
lo es usted». 

«Ante esas palabras, haciendo una virtud de la necesi- 
dad, cedí á él voluntariamente lo que por la fuerza no 
hubiera podido recuperar, y apoyándome en mi generosi- 
dad obtuve del excelentísimo Protector en prenda de su 
gratitud y buenos deseos, algunos privilegios mercantiles 
de importancia, relacionados con un establecimiento que 
había formado en Corrientes. Tales privilegios recupera- 
ron con creces mis pérdidas. 

«Con mutuas expresiones de reconocimiento nos despe- 
dimos. El general insistió en darme una escolta de dos de 



204 JOSÉ ARTIGAS 

SUS propios asistentes y im pasapoite para las fronteras 
del Paraguay, que me procuraba todo lo que pudiera nece- 
sitar, caballos, manutención, viviendas, en el trayecto de 
Purificación á Corrientes». 

El juicio personal de Roberts^jn y la leyenda. 

Los hermanos Robertson re])roducen con fruición el li- 
belo de Cavia sobre la turbulenta juventud de Artigas. 
Habían sido saqueados, y para el pintoresco relato del sa- 
queo, venía admirablemente la leyenda del terrible contra- 
bandista y de los asesinos y ladrones que habían consti- 
tuido su séquito. 

En todo lo que ellos no pudieron conocer de cerca, por- 
que su viaje á las Provincias Unidas data del año 1815, 
se atienen al relato del oficial mayor de gobierno de Puey- 
rredón, que era la versión oficial y más respetable para 
extranjeros que apenas conocían el país de nombre. 

Cada vez, en cambio, que refieren hechos personales, se 
ven obligados, contra todo el deseo de seguir explotando los 
factores de violencia para arrastrar la atención de los lec- 
tores, á rendir justicia á Artigas y á reconocer sus altas 
cualidades y el prestigio incomparable que ellas le asegu- 
raron siempre. 

Una embarcación es detenida y secuestrada. Entablado 
el reclamo. Artigas pide el sumario, y no encontrando mé- 
rito para el secuestro, ordena la libertad del comerciante y 
el reintegro de sus intereses. ¿Qué más se quiere de la jus- 
ticia de la época, que en otra de las provincias sometidas 
á la influencia civilizadora de Buenos Aires se encargaba 
ella misma de aprobar y consagrar el saqueo de las embar- 
caciones, según lo veremos más adelante? 

La entrevista de Purificación, no obstante la exagera- 
ción de detalles grotescos con que ha querido amenizarla 
el narrador, es todo un categórico desmentido á la leyenda 
de barbarie de Artigas. ¿Que estaba sentado en una cabeza 
de vaca, comiendo en el asador? Podrá ser un espectácula 



DESCARGOS Y JUSTIFICACrONES 205 

risible para un extranjero ajeno á las costumbres de cam- 
pamento. Pero lo que verdaderamente vale en la boca de 
un detractor de Artigas, como Robertson, es la prueba 
irrecusable que suministra de la intelectualidad del jefe de 
los orientales, cuando establece que despachaba personal- 
mente todos los asuntos del vasto y complicado mecanis- 
mo de las provincias sometidas á su autoridad y protec- 
ción, trabajando el día entero, desde la mañana hasta la 
noche, en resolver negocios y en leer y contestar oficios de 
todas partes, con dos secretarios á quienes dictaba incesan- 
temente. La leyenda de que apenas sabía poner su nombre 
al pie de oficios que hilvanaban sus secretarios, resulta 
desautorizada así terminantemente, por un testigo ocular, 
que aun cuando desearía deprimir al personaje, se ve com- 
pelido á subscribir los más grandes elogios á su inteligen- 
cia, al equilibrio de sus facultades y á su enorme consa- 
gración intelectual. 

Refiriéndose al general San Martín, dice su biógrafo el 
general Mitre: que «era hombre de poca cultura»; que «ni 
ortografía tenía-:;; que era indiscutible su mediocridad «del 
punto de vista déla inteligenciay la cultura». Pero se apre- 
sura á agregar con Macaulay, que también Cromwell de- 
cía tonteras y hacía gi-andes cosas, porque no es la inteli- 
gencia, sino la voluntad, el atributo esencial de los hombres 
de acción y de pensamiento. Aunque el personaje del cam- 
pamento de Purificación, tal como lo describe Robertson, 
está muy arriba intelectualmente del nivel de mediocridad 
á que se refiere Mitre, la profunda observación de Macau- 
lay le es hasta cierto punto aplicable, porque efectivamente 
la voluntad fué siempre el atributo descollante en toda su 
larga y ardorosa campaña. 

El respeto afectuoso de los jefes y oficiales de que habla 
Robertson, desmiente otra tradición que ha recogido Vicu- 
ña Mac-Kenna en el siguiente pasaje («El ostracismo de los 
Carrera»): «Carrera comía con frecuencia en la mesa del 
general Lecor y aun asistía á sus bailes .... En cuanto á su 
defección política, de lo que también le hicieron una vulgar 



206 JOSÉ ARTIGAS 

acusación, estas solas palabras bastarán á desmentirlo: «Si 
es cierto que vienen fuerzas españolas á refrescar aquí (de- 
cía á doña Mercedes el 24 de julio de 1817) pronto estaré 

con Artigas y de ahí á Chile» Había en efecto hecho 

una visita anticipada á aquel terrible caudillo, á quien en- 
contró despachando su gobierno dentro de una carreta y ro- 
deado de enjambres de gauchos salvajes que daban al Pro- 
tector Supremo, como se apellidaba José Artigas, el reve- 
rente tratamiento de Pepe y el tií, ambos peculiarísimos 
del gaucho». 

Dictamen de Bland. 

A principios del año 1818, fondeó en el puerto de Bue- 
nos Aires la fragata de guerra norteamericana «Congress». 
Traía una comisión oficial enviada por el presidente Mon- 
roe, encargada de estudiar la condición de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata, como paso previo al reconoci- 
miento de su independencia, que gestionaba empeñosamen- 
te el Directorio de Pueyrredón. La componían cuatro hom- 
bres de inteligencia superior: Bland, Rodney, Graham y Brac- 
kenridge, actuando este último como secretario. Cada uno 
de los comisionados presentó un informe por separado y el 
secretario escribió sus impresiones de viaje. 

El informe de Teodorich Bland á Mr. Adams, que era á 
la sazón ministro de Estado del presidente Monroe, fué pu- 
blicado íntegramente en «British and Foreign State Pa- 
pers», correspondiente al ejercicio 1818-1819. (Biblioteca 
del Muiisterio de Relaciones Exteriores de la República 
Argentina). 

Es un estudio concienzudo de la época y muy especial- 
mente de la lucha entre Artigas, propagandista de la idea 
federal, y el gobierno de Buenos Aires defensor del centra- 
lismo absorbente y de la anulación délas autonomías locales. 

Empieza Bland por fustigar el servilismo de la prensa: 

«En Buenos Aires, jamás se ha concedido ni por un so- 
lo día á la prensa verdadera y amplia libertad. Sólo se pu- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 207 

blka allí lo que halag;i á los poderes existentes. El material 
procedente del extranjero, únicamente se inserta en los dia- 
rios después de tijereteado y remodelado al paladar del par- 
tido gobernante. Se lian hecho algunos esfuerzos para discutir 
temas políticos con severidad y para censurar la conducta 
política de ciertos hombi-es; pero con el resultado de que, sin 
juicio alguno, hayan sido los autores desterrados ó aprisio- 
nados. La prensa de Buenos Aires es un instrumento servil, 
que ni tiene ni merece respeto, ni ejerce influencia alguna. 
La opinión pública recibe su rumbo y da su impulso, no por 
este instrumento excelente en sí mismo pero prostituido 
aquí, sino por medio de libros y diarios que se leen en pri- 
vado y de conversaciones y discusiones particulares, que 
han actuado eficazmente, permitiendo arrancar de su pues- 
to á un primer magistrado y arrojar á un perverso dictador 
al destierro, en el preciso momento en que aquel cobarde 
centinela del público daba rondas gritando que todo iba 
bien». 

Entra luego al fondo de la controversia entre Artigas y 
el gobierno de Buenos Aires: 

«Buscando las causas de las desgraciadas diferencias y 
hostilidades entre los partidos patriotas y previa separación 
de todo lo que se reduce ú simples vituperios y agrias in- 
vectivas, resulta que aquéllas son de importancia vital, que 
tienen por objeto principios que afectan considerablemente 
al bienestar del pueblo y que han emanado de criterios muy 
racionales acerca de la forma de gobierno más conveniente 
al país y más apropiada para promover y asegurar el inte- 
rés general á la vez que el interés particular. 

«El pueblo de esta parte de la América española, tiene 
fijas sus miradas, desde el comienzo de sus luchas, en el 
ejemplo y en los preceptos de los Estados Unidos, en la 
orientación de su revolución y en la organización de sus 
instituciones políticas. Sin entrar, por regla general, en pro- 
fundos argumentos ó serios estudios, para los cuales no es- 
tán preparados por su educación y hábitos anteriores, apre- 
cian su situación en block y se dan cuenta de que al remo- 



208 JOSÉ ARTIGAS 

verse las instituciones coloniales, han quedado sin ninguno 
■de los resortes del gobierno civil. Contemplando la inmen- 
sa extensión de su país, lo han encontrado distribuido en 
provincias y jurisdicciones y en esa forma gobernado. Han 
dirigido entonces sus miradas á los Estados Unidos y han 
visto 6 creído ver muchas analogías y una prosperidad que 
demostraba que todo lo que contemplaban podía ser imita- 
do. Sea que tales sugestiones emanaran de un juicio com- 
parativo, ó sea que reconocieran otra causa cualquiera, es lo 
cierto que la idea de la conveniencia de gobiernos propios, 
semejantes á los de los Estados Unidos, con magistrados 
electos por el pueblo y de su propio seno, se ha generaliza- 
do y ha sido abrazada calurosamente por una gran parte 
de los patriotas. Sin embargo, los partidarios de este siste- 
ma de confederación y representación, sea cual fuere su im- 
portancia numérica, y la energía de sus razonamientos, han 
sido y continúan siendo la parte más débil del punto de 
vista del poder ejecutivo. No han tenido los medios ni ja- 
más se les ha permitido poner en práctica sus principios. 
Por otra parte, tenían que dirigirse á un pueblo para el 
cual todo el campo de la política constituía una novedad, 
y eso mismo sin prensa para dar estabilidad y difusión á su 
prédica. 

xEn oposición á estos principios y á este partido, se le- 
vantó una facción en Buenos Aires, que preocupada de los 
intereses y del progreso de su ciudad, quería establecer un 
gobierno centralista, provisto de un magistrado supremo 
con análogos poderes á los del ex virrey, pero algo conte- 
nidos y fiscalizados mediante el restablecimiento de las 
instituciones civiles y políticas del coloniaje, modificadas 
por las exigencias del nuevo estado de cosas. La necesidad 
de estar constantemente armado y preparado para hacer 
frente á la metrópoli, inclinó al pueblo á prestar obediencia 
á los leaders militares del momento. De ahí que resultara 
toda una revolución la conquista del mando del ejército y 
de la fortaleza de Buenos Aires. En manos del gobierno 
supremo, estaban todas las reutas públicas, porque era Bue- 



DESCARGOS Y JlISTíFICACrONES 2()9 

nos Aires el único punto de recaudación de derechos de 
Aduana, y todas las fuerzas, y el mando absoluto del Esta- 
do, cuyos intereses jx)dían ser dirigidos y administrados al 
paladar del gobernante, de conformidad á los reglamentos 
de las instituciones coloniales. 

«El partido popular de la oposición, que proclama el go- 
bierno de los Estados y el sistema representativo, jamás 
ha tenido hasta ahora ni los procedimientos ni los medios 
para poderse reunir y expresar sus anhelos ó cuando menos 
hacer demostración de su numero y de su poder. 

«En octubre de 1812, cuando Sarratea mandaba en je- 
fe en Montevideo y ArUgas estaba frente á la misma plaza, 
al mando de las fuerzas de la Banda Oriental, dio origen 
á una agitada controversia ese gran principio de los Estados 
separados ó gobiernos provinciales, combinada según to- 
das las probabilidades con razones de carácter local y perso- 
nal. Sarratea, viendo que Artigas era refractario y no po- 
día ser influenciado por seducciones, amenazas ó medios 
persuasivos, resolvió proceder á su arresto. Artigas, que des- 
cubrió sus planes, huyó á la campaña, y en un corto lapso 
de tiempo todos los orientales le siguieron, y en virtud de 
ello fué abandonada momentáneamente la prosecución del 
sitio de Montevideo. 

«El partido gobernante de Buenos Aires, dándose cuen- 
ta de la popularidad de la causa de Artigas y de su poder, 
procuró con ansiedad extrema atraérselo ó por lo menos 
conciliarse con él. Ante la exigencia de Artigas que creía ó 
afectaba creer en aquel momento que la controversia era 
puramente personal, Sarratea y algunos otros subalternos 
fueron removidos del ejército y reemplazados por Rondeau 
y otros oficiales cuyas opiniones eran desconocidas y por 
eso mismo parecían menos desagradables al jefe de los orien- 
tales. 

«Pero Artigas resuiudó bien pronto la controversia y 
puso á prueba los planes del gobierno de Buenos Aires, 
exigiendo que la Banda Oriental fuera considerada y trata- 
da como un Estado, con su gobierno propio, y que por lo 

JOSÉ ARTIGAS. — 14 ' T. 1. 



210 JOSÉ ARTIGAS 

tanto se le permitiera administrar sus asuntos por sí misma 
y estar representada en debida forma y proporción en el 
Congreso General. Fué considerado esto por Buenos Aires 
como una violación abierta de la organización del país y 
como la más irracional, criminal y declarada rebelión con- 
tra el único gobierno legítimo de las Provincias Unidas, cu- 
yo gobierno según su doctrina extendíase á todo el territo- 
lio del antiguo Virreinato, dentro del cual la ciudad de Bue- 
nos Aires había sido siempre y de derecho lo era entonces 
y debía continuar siéndolo, la capital de que emanase toda 
la autoiidad. 

«Artigas combatió y denunció esto como manifestación 
de un espíritu de injusta y arbitraria dominación de parte 
de Buenos Aires, al cual no podía ni quería someterse. Los 
partidos se exaltaron, la razón quedó obscurecida, la to- 
lerancia destei'j'ada y el debate fué trasladado del terreno 
de los argiunentos al campo de batalla. Artigas, no que- 
riendo llevar las cosas á sus últimos extremos, por pruden- 
cia ó por un sentimiento de la inferioridad de sus fuerzas, 
base mantenido hasta ahora en la defensiva, limitándose al 
territorio de la Banda Oriental y al de Entre Ríos asocia- 
do á su causa. Se asegura que en esta controversia, van ya 
librados quince ó diez y seis combates reñidos, y que en 
todos ellos Buenos Aires ha sido derrotado con grandes 
))ér(.lidas. En el último combate librado á principios de 
abril cerca de Santa Fe, costado nordeste del río Paraguay, 
el ejército de Buenos Aires que se componía de 1,900 
hombres, fué aniquilado de un solo golpe, pues tuvo 800 
muertos en el campo de batalla y el resto quedó dispersa- 
do. La noticia se recibió en Buenos Aires con doloroso si- 
lencio; la prensa no pronunció una sola palabra acerca del 
desastre; pero todos parecían lamentar la política que había 
causado ó vuelto inevitable ese suceso. 

«Hasta el año 1814, la provincia de Santa Fe y el dis- 
trito del país llamado Entre Ríos, tenían un representante 
en el Congreso de Buenos Aires. Posteriormente se retiró 
d(! la unión y entró al partido de Artigas y del pueblo de 



DESCARGOS Y JÜSTlPlCACrONES 2 I ! 

la Baílela Oriental. Atribuyó el gobierno de Buenos Aires 
este cambio en la organización del país, á las intrigas y se- 
ductores principios de Artigas. Pero aún cuando Artigas 
hubiera maquinado con el pueblo de Santa Fe, la conducta 
de Buenos Aires, secundó poderosamente sus planes. Si ob- 
servamos la situación de los pueblos de la unión y las di- 
versas vías de comunicación que los ligan por tierra ó por 
agua, resaltará la ventajosa posición de Santa Fe, como 
puerto de entrada y depósito para todo el país hacia los 
rumbos Oeste y Norte. Con tales ventajas había empezado 
á funcionar y el comercio afluía allí. Pero Buenos Aires se 
interpuso y declaró que ningún tráfico podía hacerse por 
Santa Fe, sin haber seguido la vía de la misma ciudad de 
Buenos Aires. Tan odioso é injusto monopolio debía suble- 
var el espíritu del pueblo y constituía, una prueba de la 
verdad de los principios sostenidos por Artigas. Por lo 
tanto, resolvió desligarse de Buenos Aires y actualmente fi- 
gura como aliado de Artigas». 

Acerca del gobierno de Artigas: 

«El gobierno del pueblo de la Banda Oriental y de En- 
tre Ríos, desde su alianza, ha quedado completamente en 
las manos de Artigas, quien rige á su voluntad, á manera 
de monarca absoluto, aunque sin séquito, ó como simple 
cacique indio. No se ve ningún organismo constitucional, 
ni se trata de crearlo. La justicia díctase á voluntad ó es 
administrada de acuerdo con el mandato del jefe». 

Habla de la marcha futura de la Revolución: 

«Un punto difícil de determinar es el relativo á la orien- 
tación futura de la Revolución. Hay una cosa, sin embargo, 
(]ue resulta clara, á menos que las actuales disensiones ci- 
viles desapai'ezcan y que las provincias combatientes sean 
pacificadas y se reconcilien: que serán totalmente destrui- 
das ó por lo menos muy debilitadas, aplazándose muchos, 
si no todos, los beneficios y ventajas que de la Revolución 
obtendrían así las provincias como las naciones e.x;tranjeras. 

La gran conquista que se proponen obtener de la Revo- 
lución, es el establecimiento del sistema de gobierno repre- 



212 JOSÉ ARTIGAS 

sentativo, con todas sus instituciones benéficas y protecto- 
ras. Pero sus jefes militares no pueden sufrir que el siste- 
ma sea implantado, ni que tenga un solo día de aplicación 
tranquila que le permita arraigarse. Las insignificantes 
elecciones de Cabildo constituyen una prueba de los deseos 
del pueblo y de sus desengaños. Los jefes, (todos y cada 
uno de ellos) alegan que durante la efervescencia de una 
revolución, las elecciones populares son peligrosas y que la 
sumisión á un i)oder fuerte y enérgico es necesaria en se- 
mejantes épocas. Y con el pretexto de las perturbaciones y 
necesidades de los tiempos, todos ellos se niegan á permitir 
al pueblo una sola experiencia de elección popular general 
y genuina. 

«Artigas, en la situación en que se encuentra, arrastra- 
do primero en una dirección, después en otra, atacado por 
los portugueses y por los patriotas de Buenos Aires, y en 
guardia siempre ante la posibilidad de un ataque imprevis- 
to de España, tiene á toda la población de la Banda Orien- 
tal sometida al imperio de su voluntad y se encuentra fa- 
cultado, gracias á ese pretexto plausible, para gobernar á 
todos con la arbitrariedad de un cacique indio». 

Se ocupa finalmente el autor de la invasión portuguesa: 
«El ejército portugués bajo el mando del general Lecor 
ocupa actualmente la ciudad de Montevideo y tres ó cuatro 
millas en torno de ella. El gobierno de Buenos Aires y el 
rey de Portugal están ahora en paz. Aparentemente existen 
relaciones perfectamente amistosas entre Montevideo y 
Buenos Aires. En cambio, existen ahora y siempre han 
existido las más vivas hostilidades entre Artigas y los por- 
tugueses. Diríase que Artigas y sus gauchos defienden va- 
lerosamente sus hogares, sus derechos y su patria; y que el 
rey de Portugal, aprovechándose de la debilidad y de las 
dificultades que rodean á su pariente Fernando VII, tiene 
el propósito de agrandar sus dominios mediante la anexión 
de una parte de la provincia al Brasil >. 



DESCARGOS Y .H'STíFfCA("[OXF,S 21o 



El cuadro de la época 8c;;'úii Blaiid. 

Tales son los páiTafos del informe de Bhiiid, relativos á 
Artigas y Ji sus contiendas con el gobierno de Buenos Ai- 
res. Ellos arrojan viva luz sobre el cuadro de la época y 
tienen considerable valor histórico, como síntesis de las ob- 
servaciones personales de un testigo inteligentísimo y abso- 
lutamente imparcial, al que asediaban [)or todos latios los 
calumniadores y perseguidores del jefe de los orientales, 
jiara enrolarlo en sus filas y vincularlo á sus anatemas. El 
libelo infamatoiio de Cavia, era vomitado en esos momentos 
por la imprenta oficial. El Deán Funes escribía con desti- 
no á los comisionados norteamericanos «La Historia de las 
Provincias Unidas del Río déla Plata. Años 181Gá 1818», 
también con criterio profundamente antiartiguista. Pero 
Blaud, elevándose á la altura de su talento y de la imparcia- 
lidad de su cargo, formula el proceso de la prensa de 
Buenos Aires por el servilismo de sus apreciaciones, de- 
muestra que allí es desterrado todo el que se pronuncia 
contra la autoridad y contra sus hombres dirigentes; y 
cuando entra con el escalpelo á estudiar las causas del 
histórico antagonismo entre Artigas y Buenos Aires, pre- 
viene que es necesario separar todos los vituperios y re- 
criminaciones con que aparecen mezcladas las causas verda- 
deras y fundamentales de ese antagonismo. El libelo de 
Cavia, queda entei'rado con esas palabras y también queda 
enterrado el opúsculo del Deán Funes, que los comisiona- 
dos adjuntaron al gobierno norteamericano como elemento 
de estudio de las cuestiones del Río de la Plata. 

Cortada así la parte pútrida, el eminente observador pu- 
do ver con absoluta claridad que la causa única de los an- 
tagonismos y de la guerra era de índole constitucional; que 
mientras que Artigas con la vista fija en el ejem[)lo de 
Norte América, quería elecciones [)opulares, autonomía en las 
provincias y régimen federal, el círculo imperante en Bue- 
nos Aires rechazaba las prisneras como peligrosas y conde- 



214 JOSÉ ARTIGAS 

nal)a las demás como opuestas al desarrollo y al poder de 
la capital. Pudo ver también que si Artigas no ponía en 
práctica el régimen político que inscribía en sus programas, 
debíase sencillamente á que su partido no estaba en el po- 
der ni tenía la prensa de su lado, y que si en los territorios 
de su dependencia inmediata no regía constitución alguna, 
era porque las exigencias de la defensa nacional lo tironea- 
ban en todas direcciones, frente al triple peligro de la inva- 
sión española, de la invasión portuguesa y de la absorción 
porteña. Otra cosa llamó la atención del eminente observa- 
dor, según lo revelan los párrafos transcriptos: la conniven- 
cia de Buenos Aires con los portugueses para anonadar á 
Artigas. 

Dictamen de Bodney. 

Del informe del segundo de los comisionados norteame- 
ricanos de 1818, insertos en la obra «The Reports on tlie 
present state of tlie united provinces on South America ^> 
(Biblioteca Mitre), reproducimos los siguientes párrafos: 

«No ha tenido solución todavía la controversia con Ar- 
tigas, el jefe de los orientales. Este hecho; ciertos celos por 
la influencia preponderante de la ciudad de Buenos Aires 
en los asuntos generales de las provincias; la conducta del 
mismo gobierno con relación á los portugueses; y los altos 
derechos de aduana, que según entiendo han sido rebajados 
después, parecían ser las causas principales del conflicto, al 
tiempo de mi partida. 

«El general Artigas (que tiene el carácter de jefe de los 
orientales y que ha asumido también el de protector de 
Entre Ríos y Santa Fe) estuvo primitivamente al servicio 
real, como capitán de un cuerpo provincial. Continuó por 
algún tiempo en su empleo después de estallada la Revo- 
lución cu Buenos Aires. Pero en el año 1811, resultándole 
ofensiva, según se ha dicho, la conducta del comandante es- 
pañol de la Colonia, abandonó la causa real y entró al ser- 
vicio de los patriota'^. Por el año 1813, durante el sitio de 



DESCARÓOS Y .irSTIFICACIONES 215 

Montevideo, tuvo desinteligeneias con Sarrateii, eouiandaii- 
te en jefe de Buenos Aires. Destituido Sarratea del coman- 
do del ejército, se distanció de Rondeau con el cual se le 
suponía nuis vinculado, y finalmente se retiró del sitio de 
Montevideo, antes de (jue éste fuera terminado por Alvear. 
A causa de ello, Posadas lo trató como desertor y en una 
proclama ofreció recompensas por su aprehensión y puso á 
precio su cabeza. El general Artigas no olvidó ni perdonó 
eso jamás. 

«Durante el subsiguiente Directorio de Alvear, fué indu- 
cido el gobierno de Buenos Aires á dirigir otra proclama 
contra el general Artigas. Pero sobrevino la destitución de 
Alvear y el pueblo de Buenos Aires se esforzó en expiar 
su conducta, quemando con muestras de ignominia la degra- 
dante proclama. Se le dirigió á la vez al general una nota 
conciliadora, que dio lugar auna contestación satisfactoria, 
que fué el paso previo á un infructuoso esfuerzo de reconci- 
liación realizado por el director interino coronel Alvarez, su- 
cesor de Alvear. Figui-a en el apéndice la correspondencia 
cambiada en tal oportunidad. Otras tentativas de reconci- 
liación fracasaron, no obstante los cambios habidos en el 
Directorio de Buenos Aires. En una ocasión, fué propuesta 
la independencia de la Banda Orientab de Buenos Aires, 
con la sola obligación de enviar diputados al Congreso Ge- 
neral, para concentrar medidas contra el enemigo común. 
Otra vez, cuando el ejército portugués se aproximaba á las 
fronteras de la Banda Oriental, intentó Pueyrredón reconci- 
liarla y unirla á la defensa común. Fueron ofrecidos y en 
parte suministrados, amplios subsidios de armas y municio- 
nes de guerra; pero también fracasó este esfuerzo. 

«Para dar una idea acabada del asunto, acompaño una 
traducción de la expresiva carta del general Artigas al se- 
ñor Pueyrredón. 

«Es justo agregar que el general Artigas es considerado 
por personas dignas de crédito, como ui] amigo firme de la 
independencia del país. 

«No debe pedírseme una opinión definitiva en tan deli- 



21G JOSÉ ARTIGAS 

cjida cuestión, porque mi posición no me permitía abarcar 
la totalidad de los hechos. Tampoco he tenido la satisfac- 
ción de celebrar una entrevista personal con el general Ar- 
tigas, que es incuestionablemente un hombre de talentos 
poco comunes y excepcionales. 

«Pero si tuviera que arriesgar una conjetura, creo que no 
es improbable que en esta como en la mayoría de las 
disputas de familia, existan faltas de ambos lados. Es de la- 
mentarse que se encuentren en abierta liostilidad. La gue- 
rra prosigue con gran animosidad. En dos recientes encuen- 
tros, las tropas de Buenos Aires han sido derrotadas con 
grandes pérdidas. Hay quien afirma que los habitantes de 
la zona oriental, esperan ansiosos la reconciliación, pero 
que el pueblo de la campaña prefiere la situación presente.» 

Como se ve Rodney, aun cuando no penetra á fondo en 
las causas del conflicto, hace también el elogio de Ar- 
tigas, al proclamar que las personas dignas de fe lo consi- 
deran como un amigo firme de la independencia del país y 
al declarar que sin duda de ninguna especie se trata de un 
hombre de excepcionales talentos. 

Dictamen «le Orabam. 

En la misma obra «The rejiorts on tlie present state of 
the united provinces on Bouth America», se registra el 
informe del tercer comisionado norteamericano, Graham, 
al que pertenecen los párrafos que se leerán á continuación: 

«El general Artigas y sus partidarios sostienen que la 
intención del gobierno de Buenos Aires es dominarlos y 
obligarlos á someterse á un estado de cosas que les arreba- 
te los privilegios del self-goveniment que se consideran 
con derecho á reclamar. 

«Dicen ellos que están deseosos de unirse al pueblo de 
la margen occidental del río, pero no en forma de quedar 
sujetos á lo que llaman la tiranía de la ciudad de Buenos 
Aires. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 217 

«Opinan otros, al contrario, que se trata simplemente de 
un pretexto y que el objeto real del general Artigas y algu- 
nos de sus principales oficiales es impedirla unión á todo 
trance y conservar el poder (|ue han adquirido mediante 
una falsa excitación al pueblo que lo sigue. Agregan los que 
así opinan, que ellos quieren y desean colocar dichas pro- 
vincias en el mismo pie que las otras; que los más respe- 
tables habitantes lo sal)en y aspiran ansiosamente á la 
unión, pero que no pueden expresar con libertad sus sen- 
timientos por temor al general Artigas, cuyo poder no está 
contenido por ley alguna. Fundan en esto la necesidad y la 
procedencia de auxilios para que las provincias puedan re- 
sistirlo. En el presente año, se han enviado ejércitos á esas 
provincias, pero no habiéndoseles incorporado muchos ha- 
bitantes, han sido derrotados con grandes pérdidas. 

«Esta guerra es muy dolorosa. Es una fuente de grandes 
desgracias y á la vez de extraordinaria irritación de ambas 
partes. Independientemente de otras causas de recrimina- 
ción, cada una acusa á la otra de haber traído el actual es- 
tado de cosas y de crear una situación que amenaza poner 
la más importante y valiosa porción del país en manos de 
un poder extranjero, que ha invadido con un ejército com- 
puesto de fuerzas regulares y bien provistas y que gradual- 
mente va tomando posesión de puntos estratégicos, de los 
que será difícil arrancarlo, aún uniendo todos los elemen- 
tos. Que se arribará á la unión, es á mi parecer indudable, 
salvo sucesos desastrosos para la causa de la Revolución. 
Hay efectivamente un interés recíproco en favor de esa 
uni5n. Pero se requiere para realizarla mayor moderación 
y discreción de la que en estos momentos puede esperarse 
de los irritados sentimientos de los principales personajes 
de ambos bandos.» 

Graham, limita, pues, su tarea á exponer los términos 
del conflicto, sin acusar ni defender á Artigas, ni á Puey- 
rredón. 

En el apéndice de la obra que contiene los informes de 
Kodney y de Graham, figuran varios documentos notables 



218 JOí^É ARTIGAS 

de la época: la historia de 1810 á 1818 escrita por el Deán 
Funes; los autecedentes de las negociaciones de paz entre el 
director Alvarez y Artigasen 1815; y la famosa nota de 
13 de noviembre de 1817, en que el jefe de los orientales 
hace el proceso de las connivencias del gobierno argentino 
con los portugueses, y encarándose con el director Pueyrre- 
dón, le dice: . ¿Hasta cuándo pretende V. E. apurar nuestros 
sufrimientos? Ocho años de revolución, de afanes, de peli- 
gros, de contrastes y miserias, debieran haber sido suficiente 
prueba á justificar mi decisión y rectificar el juicio de ese 
gobierno. Ha reconocido él en varias épocas la lealtad y 
dignidad del pueblo oriental y él debe de reconocer mi deli- 
cadeza por el respeto á sus sagrados dei-echos, y ¿V. E. se 
atreve á profanarlos? ¿V. E. está empeñado en provocar mi 
extrema moderación? » 

En cuanto á Brackenridge, limítase su obra «Voyage to 
South America», en lo relativo al conflicto del Río de la 
Plata, á transcribir íntegramente los informes de Rodney y 
de Graham, sin aportar ningún dato propio al debate. 

Artigas eii el Congreso norteamericano. 

Los informes de los comisionados norteamericanos, jun- 
tamente con los apéndices ilustrativos que contienen las no- 
tas de Artigas, las negociaciones de 1815 y la historia del 
Deán Funes, fueron pasadas por el presidente Monroe al 
Congreso de los Estados Unidos y están transcriptas en el 
diario de sesiones del propio año 1818, en que los comisio- 
nados dieron término á su tarea. El Congreso norteamericano 
había iniciado desde los comienzos del año un ardoroso de- 
bate, en que Artigas y Pueyrredón merecieron apreciacio- 
nes que conviene conocer por la elevada cátedra política 
en que fueron pronunciadas. 

Del expresado diario de sesiones, «Aunáis of tUe Con- 
gress of the United States - 1 8 18 v, (Biblioteca del Minis- 
terio de Relaciones Exteriores de la República Argentina) 
vamos á reproducir los párrafos relativos á nuestro tema. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 219 

En la sesión del 24 de marzo de 1818, se leyó un men- 
saje del ministro Adams del 2 del mismo mes, solicitando 
autorización para asignar una retribución á los miembros 
de la comisión enviada al Río de la Plata. En la sesión del 
día siguiente, fué iniciado el debate acerca del reconocimien- 
to de la independencia do las Provincias Unidas, que figu- 
raba en la orden del día de esa sesión y que siguió figuran- 
do en la de las sesiones subsiguientes del mismo mes de 
marzo. Destacáronse dos oradores: Poindexter, por Mississi- 
pí, que hizo el proceso del director Pueyrredón; y Smith, 
por Maryland, que hizo el elogio caluroso de Artigas. 

Habla Mr. Poindexter: 

<-PueyiTedón el director supremo, es un jefe militar que 
gobierna á sus miserables subditos con una vara de hierro. 
Hace la ley y la define, y promulga sus decretos con la 
punta de las bayonetas. La propiedad depende de los ca- 
prichos de su voluntad y aún el sagrado de la correspon- 
dencia privada es violado bajo la severa administració.:; de 
este arbitrario y suspicaz gobernante.» 

Oigamos ahora á Mr. Smith: 

«Si agregáramos fuerza material al reconocimiento diplo- 
mático, entonces comprendería su utilidad; si mandáramos 
una flota y un ejército en su ayuda, como la Francia lo hi- 
zo cuando reconoció la independencia de nuestro pueblo, 
prestaríamos un servicio real y efectivo; pero si majidáse- 
nios esas fuerzas, ¿qué se presentaría ante los ojos de nues- 
tros oficiales? 

«Según un diario recientemente llegado, el Directorio Eje- 
cutivo de La Plata guerrea en estos momentos, aliado al rey 
de Portugal, contra Artigas que es el jefe de la Banda 
Oriental y que parece ser en verdad «un republicano», un 
hombre de escasa educación, pero de fuerte mente y gran 
comprensión, valiente, activo, inteligente, consagrado á su 
país, que posee la completa confianza del pueblo de que es 
jefe. El general ha encerrado constan*:emente á los portu- 
gueses en Montevideo. Ellos no han podido desalojarlo y 
han sido vencidos cada vez que han pretendido salir de sus 



220 J08É ARTIGAR 

fortalezas. Los oficiales del real gobierno de Portugal han 
obtenido la ayuda del Director de La Plata, ¿con qué objeto? 
Para desalojar y destruir al republicano general Artigas. 

«Permítaseme leer un artículo del diai'io recientemente 
llegado. Hablando de Buenos Aires hace esta relación: <^El 
actual gobierno reina con una vara de acero. El destierro 
está á la orden del día. Pero necesita de toda la vigilancia 
de que puede disponer, para contener la llama que surge en 
estos momentos y que estallará con una violencia sin prece- 
dentes en este país». Agrega: «El ataque llevado por este 
pueblo (de La Plata) contra el general Artigas ha tenido 
su compensación merecida: en el primer combate ha expe- 
rimentado una pérdida de trescientos muertos y cuarenta y 
siete prisioneros y una pieza, de artillería. Artigas es un 
hombre valiente, inteligente, de corta educación, pero de sa- 
no y sólido criterio, adorado por su ejército y el pueblo de 
su provincia, y yo creo que es el íínico republicano verda- 
dero que existe en el país. Se halla actualmente luchando 
contra los esfuerzos combinados del rey de Portugal y de 
este gobierno (La Plata). ¡Cuánto debe sufrir un republica- 
no al ver que la gente clama contra todas las monarquías 
y al mismo tiempo ayuda á una testa coronada á establecer 
su tiránica dominación sobre un pueblo libre!. v 

«Señor Presidente: yo no puedo garantir la verdad de 
esta información; pero encuentro en ella tan notables mues- 
tras de autenticidad, que no vacilo en darle crédito y en 
afirmar que ella debe inclinarnos á la duda y á rechazar to- 
do acto que importe imniscuirnos en la guerra mientras no 
esteraos mejor informados. Nosotros tendremos noticias 
completas cuando regresen nuestros comisionados. Son en- 
teramente adictos á la causa patriótica y debemos aguardar 
su informe. 

«Sabe el Presidente que cuando el Portugal descubrió 
el Brasil, pretendió derecho hasta el Río de la Plata; (pie 
cuando dicho [)aís cayó bajo la dominación de Felipe, rey de 
España, éste fundó á Montevideo, y que al ser arrancada 
la corona de Portugal de España por el duque de Bra- 
ganza, la Banda Oriental quedó bajo el dominio español. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 221 

«El rey de Portngnl se ha aprovechado de la actual con- 
dición de Esparin: ha tomíido posesión de Montevideo en 
virtud de su título y está deseoso de conquistar toda In 
Banda Oriental. Artigas ha contenido con éxito hasta ahora 
esa conquista. El rey de Portugal [)arece que es impotente 
para realizar su plan y ha conseguido ya la ayuda del Su- 
premo Directorio de La Plata, y las tropas republicanas de 
La Plata híicen la guerra como aliadas del rey de Portugal 
y del Brasil pai'a vencer al valiente y bizarro (brave and 
gallant) i-epubiicano general Artigas». 

Al finalizar el mismo año 1818, el presidente Monroe, 
como lo hemos dicho ya, pasó al Congreso todos y cada 
uno de los informes y documentos que recibió de sus co- 
misionados en el Río déla Plata, y el debate acerca del re- 
conocimiento de la independencia continuó todavía, aunque 
sin recíier ya sobre los hombres que actuaban en el escena- 
rio político. 

La fliploniafia argentina osi Norte América. 

Como antecedente y complemento á la vez de los infor- 
mes de los comisionados norteamericanos de 1818 y del 
debate parlamentan© acerca del reconocimiento de la inde- 
pendencia del Río de la Plata, vamos á extractar algunos 
documentos de la obra del doctor Alberto Palomeque 
«Orígenes de la diplomacia argentina», en la que también 
se hace mención circunstanciada de esos informes y de ese 
debate. 

En nota del ministro de Norte América en Madrid, 
Alexander H. Everett, de 1826, se dice con referencia á 
Pueyrredón que < fué unánimemente execrado por todo el 
continente americano, y que á fin de escapar á una muerte 
ignominiosa fué obligado á esconderse en algún rincón obs- 
curo, donde seguramente ha muerto de dolor y de vergüen- 
za. Tal es la historia del único considerable apóstata que 
ha sido hasta ahora arrebatado á la causa de la independen- 
cia de América». 



222 JOSÉ ARTIGAS 

El ministro argentino Aguirre, en nota al ministro de 
Estado Adanis, de 20 do diciembre de 1817, expresa que 
en una conferencia anterior se lia hecho hincapié <'en la 
ocu[)ación de Montevideo por las tropas portuguesas»; y 
ngrega refiriéndose á planes de absorción de ia Banda 
Oriental por las cortes de Portugal y de España, que «uno 
de nuestros más distinguidos jefes, ayudado con recursos 
amplios está ahora empeñado en rechazarlos». (En opinión 
del doctor Palomeque, el distinguido jefe de que habla el 
diplomático argentino, eia el general Rivera, á quien en 
esos momentos se le consideraba unido á la causa de Bue- 
nos Aires). 

El ministro de Estado Adams adjuntó el 25 de marzo 
de 1819 á la Cámara de Representantes los antecedentes 
sobre la misión Aguirre. Refiriéndose en su oficio al luodo 
de practicar el reconocimiento de la independencia del Río 
de la Plata, dice que el agente Aguirre le había manifesta- 
do que el territorio cuyo reconocimiento deseaba obtener 
era el que antes de la Revolución había pertenecido al Vi- 
rreinato de La Plata; y agrega: «Se le preguntó por qué no 
incluía á Montevideo y el territorio ocupado por los portu- 
gueses, desde que la Banda Oriental entendíase estaba bajo 
el gobierno del general Artigas y algunas provincias aun 
bajo la posesión indisputable del gobierno español. Dijo 
que lo hacía; pero observó que Artigas, aunque en hostili- 
dad con el gobierno de Buenos Aires, sostenía sin embargo 
la causa de la independencia contra España y que los por- 
tugueses no podían finalmente mantener su posesión en 
Montevideo ... La observación hecha al señor Aguirre de 
que si Buenos Aires debía ser reconocido como indepen- 
diente, otras de las provincias contendoras querrían quizá 
pedir lo mismo, tuvo particular referencia á la Banda 
Oriental.» 

Como se ve, el debate entre Artigas y el gobierno de 
Buenos Aires tuvo honda repercusión en Norte América, 
en donde la conducta y principios políticos del jefe de los 
orientales fueron debidamente apreciados y dieron lugar á 
juicios comparativos del más alto valor histórico. 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 223 

En opinión del doctor Pidomeqne, á la pro[)aganda del 
general José Mignel Carrera, debíanse las referencias elo- 
giosas á Artigas. Pero aun cuando en el debate sonó el 
i'onibre de un sobrino dcil militar chileno, como lo recuer- 
da el doctor Palome(|ue, no tenían ni podían tener ese ori- 
gen marcadamente antiartiguista los juicios favorables que se 
pronunciaban en el seno del Congreso. El gobierno norte- 
americano tenía en el Río de la Plata un agente consular 
que estaba en contacto con Artigas y que debía natural- 
mente comunicar á su ministro todas las informaciones 
tendientes á facilitar el estudio de las cuestiones del Plata. 

En la importantísima publicación inglesa «British and 
Foreign state papers», volumen correspondiente al año 
]S17-181S (Biblioteca del Ministerio de Relaciones Exte- 
riores de la Re[)úb[ica Argentina) se registra el siguiente 
oficio de Artigas al presidente Monroe, datado en Purifica- 
ción el l.^'de septiembre de 1817, que también ha repro- 
ducido el tloctor Palomeque en su obra: 

«Excelentísimo Señor: Ya tuve el honor de comunicar 
privadamente con Mr. Thomas Llojd Halvey, cónsul de 
los Estados Unidos cuestas proviticias, y debo felicitarme 
de un suceso tan agradable. Le he ofrecido todos mis res- 
petos y servicios y aprovecho esta oportunidad favorable 
para presentar á V. E. mis más cordiales respetos. Los 
diversos sucesos de la Revolución no me han permitido 
hasta ahora combinar este deber con mis deseos. Ruego á 
V. E. quiera ace[)tarlos, ya que tengo la honra de ofrecer- 
los con la misma sinceridad con que lucho para promover 
el bienestar público y la gloria de la República. A su sos- 
tén se dirigen todos mis esfuerzos y los de millares de mis 
conciudadanos. Que el cielo escuche nuestros votos. Si así 
fuere, renovaré á V. E., aún más calurosamente, mis consi- 
deraciones». 

Otros te»$timoiiio!^ de coutcniporáncos. 

Don Carlos Auaya, uno de los personajes de la indepen- 
dencia, que en la época subsiguiente de organización cons- 



224 JOSÉ ARTIGAS 

titucionnl prestó al país servicios eminentes, se expresa así 
en carta ;1 don Gabriel A. Pereyra, datada en Montevideo 
el 12 de marzo de 1825 («Correspondencia confidencial y 
política del señor Gabriel A. Pereyra»): 

«Siempre he tenido la más pura fe en la independencia y 
libertad de nuestro territorio, y creo aunque los reveses de 
la fortuna y la variabilidad de la guerra han entregado este 
rico patrimonio al extranjero, día llegará en que se sacudi- 
rán el yugo ominoso los orientales y que la patria de Ar- 
tigas, del inmortal Artigas, de esa víctima sacrificada 
por el gobierno de Buenos Aires, por las ambiciones y 
por las maldades que rigen su política para con estos 
desgraciados países, ocupará el rango de pueblo libre é in- 
dependiente entre las demás repúblicas americanas». 

El coronel Juan José de Aguiar, uno de los oficiales de 
la independencia, en carta dirigida á don Gabriel A. Perey- 
ra en noviembre de 185G («Correspondiente confidencial y 
política del señor Gabriel A. Pereyra»), acompaña impreso 
el discurso que pronunció con motivo de la traslación délos 
restos del jefe de los orientales al cementerio de Montevideo, 
y advierte que sus informes han sido «obtenidos por datos 
presenciales y por algunos documentos auténticos que le 
cabe la satisfacción de poner bajo la guardia protectora de 
V. E., y son los despachos de ayudante mayor y capitán de 
blandengues dados por el gobierno español al expresado 
general; una nota honrosa que le dirigió el gobernador de 
esta plaza don Pascual Ruiz Huidobro; otra en que los apo- 
derados del cuerpo de hacendados del Kío de la Plata, 
agradeciéndole sus servicios en campaña certifican haberle 
designado una remuneración; y finalmente una misiva del 
Excelentísimo Cabildo gobernador de esta ciudad ofrecién- 
dole recursos á su esposa; con más tres cartas de familia 
firmadas de puño y letra del mismo general que revelan el 
patriotismo más elevado.» 

En su discurso establece el coronel Juan José Aguiar, 
que Artigas prestó importantes servicios á la monarquía 
española como capitán de milicias y ayudante de blanden- 



DESCARGOS Y JUSTIFICAÍJIONEM 22;") 

gues á fines del siglo pasado y á j)i¡iie¡|)ios del presente. 
«Elegido por el euerpo de liaeendados del país para de- 
fender sus intereses y ganados de nn enjambre de salteado- 
res que asolaban nuestros campos llevando el espanto y la 
desolación hasta perderse en los bosques y fronteras del 
Brasil, en cuya persecución y escarmiento desplegó tanto 
valor, actividad y [)er¡cia que consiguió en muy breve estable- 
cer el sosiego de la campaña y la seguridad de las familias, 
mereciendo el aplauso del gobierno y sin remuneración al- 
guna». El año 181 1 reunió «en torno suyo, siendo ya capi- 
tán, un puñado de valientes decididos y dio el grito de in- 
dependencia á que respondió el gobierno de las Provincias 
del Río de la Plata con todo género de auxilios, y al frente 
en las Piedras de un ejercito poderoso, fuerte y aguerrido, 
realizaba el primei" paso de tan memorable empresa, que 
sólo un hombre extraordinario y de prestigio pudo inten- 
tar y conseguir. .. La calidad de este acto, señores. que mu- 
cho regrandece el concurso de tan buenos ciudadanos y de- 
más personas atraídas por la fama de esta pompa fúnebre, 
es una expresión solemne é imperecedera de duelo y de 
respeto á la memoria del oriental ilustre y de reconoci- 
miento á sus servicios, que algún día deben formar la le- 
yenda más grande y edificante de entusiasmo y naciona- 
lismo en la relación histórica de la revolución de esta par- 
te de la América del Sud». 

Don Juan Manuel de la Sota, que en las contiendas de 
Artigas con el gobierno de Buenos Aires, estuvo perma- 
nentemente al servicio de este último y que en consecuen- 
cia era decidido adversario político del jefe de los orienta- 
les, al describir el movimiento insurreccional de la Banda 
Oriental en 1811, se expresa así («Cuadros Plistóricos»): 
«Una emigración considerable de personas distinguidas se 
había trasladado á Buenos Aires, y entre ellos los oficia- 
les del ejército don José Rondeau y don José Artigas, 
quienes después de haber ofrecido sus respetos á la autori- 
dad, regresaron condecorados con los grados de tenientes co- 
roneles y encargados del mando de la tropa». 

JOSÉ ARTIGAS— 15. r. I. 



226 J08É ARTIGAS 

Habla Acuña de Figueroa («Diario histórico del sitio de 
Montevideo») del decreto de Posadas contra Artigas: 

«Hasta el infame precio, se ofrece al que inhumano, en 
su ilustre enemigo, perpetrase el traidor asesinato >>, Y refi- 
riéndose á la espectativa causada por el anuncio de que sal- 
dría una comisión cerca de Artigas para reconciliarlo con 
la plaza, dice: «Aun los más entusiastas, que el apodo supie- 
ron merecer de empecinados, á Artigas á quien antes de- 
nostaban, hoy pretenden poner por héroe y santo». El 
autor, según él mismo lo declara, cuando escribía su obra 
residía dentro de las murallas de Montevideo y pertenecía 
al partido realista contra el cual batallaba ardorosamente el 
jefe de los orientales. 

El doctor José Valentín Gómez, grande adversario de 
Artigas, en un memorándum diplomático que presentó al 
gobierno de Río Janeiro en 15 de septiembre de 1823, 
describe en estos términos la insurrección de la Banda 
Oriental, á raíz del movimiento de mayo de 1810: 

«Los pueblos de la campaña se convulsionaron en dife- 
rentes puntos, y sacudiendo la fuerza que los oprimía, ocu- 
rrieron luego á ponerse bajo la obediencia del gobierno ge- 
neral. Con ese mismo objeto emigraron de aquella Banda 
los sujetos más distinguidos, y entre ellos los oficiales de 
ejército don José Rondeau y don José de Artigas, que des- 
pués de haber ofrecido sus respetos a la autoridad, regre- 
saron condecorados con los grados de tenientes coroneles y 
encargados del mando de las tropas que ya estaban en 
marcha para aquel punto y debían ser engrosadas con los 
restos del ejército del Paraguay. Luego que estas fuerzas 
atravesaron el Uruguay, se les incorporaron las divisiones 
de patriotas voluntarios que se habían levantado en el país 
y se pusieron bajo las órdenes del general en jefe. El ejér- 
cito marchó sin mayor oposición, y la victoria de las Piedras 
que obtuvo su vanguardia al mando del teniente coronel 
Artigas, le hizo dueño de toda la campaña hasta los mismos 
muros de Montevideo». 

Pertenece el siguiente párrafo á un oficio de la Junta 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 227 

del Paraguay al gobierno de Buenos Aires, de 29 de enero 
de 1812 (Archivo Mitre), relativo á la invasión portuguesa y 
á una comunicación de Artigas, quien «ignora si serán los 
mil doscientos que vienen de Maldonado, pero que un pu- 
ñado tan despreciable jamás sería capaz de perturbarlo ni 
ponerlo en cotejo con sus legiones dispuestas á disputar la 
corona del triunfo á todo trance.... Asilo creemos indudable- 
mente según el crédito y opinión de ese gran general, sus 
vastos conocimientos militares y acertadas disposiciones que 
ha tomado en todas las empresas con gloriosa representa- 
ción, tanto más cuanto lleguen á aumentar sus fuerzas con 
el regimiento que le despacha V. E.» 

La defensa de Artigas por ios constituyentes. 

En abril de 1858, el senador don Dionisio Coronel pre- 
sentó á la Cámara de que formaba parte un proyecto por 
el cual se daba el nombre de «Villa de Artigas» al pueblo 
fronterizo conocido hasta entonces con la denominación de 
«Arredondo». 

He aquí el dictamen con que lo patrocinó hi Comisión 
de Legislación, compuesta de los señores Antonio Luis Pe- 
reyra y Francisco Solano de Antuña: 

«El proyecto de ley presentado por el señor senador de 
Cerro Largo para erigir en villa, con el título de «Artigas», 
eí pueblo que espontáneamente se formó bajo la denomi- 
nación de «Arredondo», es muy digno de la adopción de la 
Cámara. Situado en nuestra frontera, sobre la margen del 
Yaguarón, ha empezado á ser un punto comercial impor- 
tante, y lo será mucho más, después que esté dotado de un 
templo y de los demás edificios indispensables para las 
oficinas públicas. La denominación que se dé de Artigas 
á aquella villa, será un monumento de gratitud á la me- 
moria del primer jefe de los orientales, que levantó la en- 
seña de la libertad y que nos abrió la senda que debía con- 
ducirnos á la perfecta independencia de este país y á su 
constitución. Facilitando el Poder Ejecutivo la traslación 



228 JOSÉ ARTIGAS 

de nuevos pobladores á aquel pueblo fronterizo, prosperará 
pronto; y será de suma utilidad para la República, si se po- 
ne un especial cuidado en que sus vecinos sean, en su ma- 
yor parte, de origen y lengua española. De otro modo, cree 
la Comisión informante que nunca recuperaremos el fruto 
de nuestros esfuerzos en la fundación de pueblos sobre la 
frontera del Brasil». 

En la sesión del 2 1 del mismo mes de abril, abordó el 
Senado el estudio de este asunto en los siguientes términos 
que reproducimos del acta oficial: 

El señor Francisco Solano Antuña: 

«Que el nuevo nombre dado al pueblo de Arredondo, 
merecería probablemente la aprobación de ambas Cámaras, 
porque el general Artigas babía sido el primero de ¡os 
orientales en sostener los derechos de su país, y que la su- 
presión del nombre actual de Arredondo no agraviaba á 
nadie.» 

El señor Antonino Doyningo Costa: 

«Adoptó la idea con tanto mayor gusto, cuanto que po- 
dría decir algunas palabras, en obsequio á la memoria del 
general. En efecto: el señor senador demostró que los he- 
chos que tanto aquí como en Europa se atribuían al gene- 
ral, en nada absolutamente le pertenecían, no sólo porque 
era falso arrancasen de él, ó fueren órdenes suyas, sino 
también porque eran contrarios á su carácter franco y hu- 
mano de que dio muchas pruebas. Entre otras cosas, se ha 
dicho que enchalecaba á los hombres con cueros frescos, 
dejándolos al sol, para que el cuero secándose oprimiese el 
cuerpo y brazos. Yo desmiento estos hechos: yo desafío á 
que se me cite un solo ejemplo. Los que le han atribuido una 
atrocidad semejante, no han conocido de cerca al general 
Artigas, ni conocen la historia de nuestro país. El señor 
senador se extendió en este sentido, y finalmente concluyó 
pidiendo que constasen en el acta sus reflexiones, para que 
se viera que aún existe un anciano oriental testigo de todo 
lo ocurrido, que puede desmentir esos hechos, falsa ó ma- 
liciosamente propalados.» 



DESCARGOS Y JUSTIFICACrONES 229 

El seño?' Ramón 3Iasini: 

«Habló en el mismo sentido; y concluyó diciendo que 
él creía que el Senado se honraría disponiendo que los 
restos del general, que existían en la república del Para- 
guay, fueran traídos al país y se colocaran en un monumen- 
to á su memoria; y que por su parte ofrecía al Senado una 
espada del general, para que fuera colocada, si se creía bien, 
en la sala de sus sesiones, con una inscripción. Los señores 
Antuña y Costa apoyaron ambas ideas, expresando el pri- 
mero que debieran presentarse en forma de proyecto.» 

El señor José Benito Lamas: 

«Que como había varias personas del apellido Artigas, 
creía oportuno indicar que la Capilla que había de edificarse 
en el pueblo, tuviera por Patrono al Patriarca San José, con- 
memorando así el nombre del general don José Artigas.» 

Con motivo de la enmienda á que dio lugar esta indica- 
ción, volvió el proyecto á estudio. En la sesión del 3t) de 
abril, el señor Antuña dijo: 

«Que la Comisión de Legislación á la cual pertenecía, 
cumpliendo con el deber de presentar el artículo 5.° del 
proyecto que señala límites á la villa de Artigas, en una 
forma conveniente á llenar los conceptos emitidos en la 
set-ión anterior, era ella de parecer, que el dicho artículo se 
sancionara con estas palabras: «Y tendrá por Patrono al 
Patriarca San José, para perpetuar la memoria del ilustre 
general don José Artigas». . . . «Fué apoyado, y puesto en 
discusión particular, el señor Masini fué de opinión que se 
empleara otra palabra que la de ilustre. El señor Antuña 
conformándose, propuso que se subrogara con la de bene- 
mérito, y la Cámara procediendo á votar, aprobó el artícu- 
lo 5." con esa adición.» 

A mediados de junio del mismo año se ocupó del asunto 
la Cámara de Diputados, sancionando sin debate un dicta- 
men de la Comisión de Legislación, compuesta de los seño- 
res Eduardo A cevedo, Cándido Joanicó y Salvador Tort, 
que mantenía el cambio de denominación del pueblo Arre- 
dondo, pero ehminaba la adición relativa á la Capilla, sin 



230 JOSÉ ARTIGAS 

expresar las causas. Tuvo que volver el proyecto al Senado, 
que se conformó con la eliminación, después de un dicta- 
men de los señores Pereyra y Antuña, en el que se hacía 
constar que aunque tenían presente el objeto que se había 
buscado al introducir el artículo eliminado, no les parecía 
que la disidencia debiera dar lugar á la reunión de la Asam- 
blea General. 

No hubo, pues, una sola nota de protesta en la memo- 
rable Asamblea, elegida á raíz de la terminación de la Gue- 
rra Grande, contra el homenaje tributado á Artigas. Y en 
cambio, cuatro legisladores, los señores Francisco Solano 
Antuña, Ramón Masini, Antonino Domingo Costa y José 
Benito Lamas, contemporáneos de Artigasy todos ellos de 
altas condiciones morales é intelectuales, desmintieron en ab- 
soluto la tradición de sangre y declararon que el jefe de los 
orientales era de probados sentimientos humanitarios. 

La opinión de las autoridades arji^entinas. 

Es conocido el bárbaro decreto que el director Posadas 
y su secretario el doctor Nicolás de Herrera, lanzaron con- 
tra Artigas el 1 1 de febrero de 1814. Pero conviene resu- 
mir su contenido, para apreciar mejor la plena y absoluta 
rehabilitación que las mismas autoridades argentinas se en- 
cargaron de formular pocos meses después en desagravio 
del jefe de los orientales. 

<.La incarregibilidad del coronel Artigas en su conduc- 
ta hostil y escandalosa, me constituye por desgracia en la 
penosa situación de usar contra él del rigor y de la severi- 
dad Prófugo de Montevideo se presentó en esta capital 

implorando la protección del gobierno y en el mismo ins- 
tante se le condecoró con el grado de teniente coronel 

A la noticia de la victoria de las Piedras, se le confirió el 
empleo de coronel. .. . Apenas se vio elevado á un rango 
que no merecía, empezó á manifestar una insubordinación 
reprensible, cuyos funestos resultados ])udo contener la pa- 
ciente moderación del general Rondeau. ... La combina- 



DESCARGOS Y .TÜSTIFrCACIONES 231 

ción de las circunstancias hizo necesaria entonces la retira- 
da de nuestras tropas Las milicias siguieron á don José 

Artigas al interior de la campaña para ponerse en actitud 

de observar los movimientos del ejército portugués 

Fingiendo una ciega subordinación y dependencia al go- 
bierno de esta capital, pidió toda clase de auxilios, que se 
le remitieron sin tardanza Imprudente en sus proyec- 
tos, precipitó sus operaciones y atacando un destacamento 
portugués en la villa de Belén contra las terminantes 
órdenes que se le habían comunicado, comprometió á la 
patria á sostener una nueva guerra en la crisis más peli- 
grosa Abiertas las hostilidades, fué necesario enviar 

tropas, armamentos y un general más experto que dirigie- 
ra la campaña.. .. Desde entonces empezó Artigas á ma- 
nifestar en el disgusto con que recibió la noticia de la mar- 
cha de nuestras divisiones, la perversidad de sus desig- 
nios El escribió al Paraguay ofreciendo pasarse con 

su gente á la dependencia de aquel gobierno para unirse 
contra esta capital; exaltó la rivalidad y los celos de los 
orientales, desobedeció las órdenes del gobierno y de su 
representante, y finalmente llegó su audacia hasta el punto 
de hostilizar nuestras tropas, paralizar sus marchas, cortar 
los víveres, permitir su extracción á los sitiados, admitir 
emisarios de Vigodet Mucho tiempo hace que los va- 
lientes orientales estarían borrados de la lista de los hom- 
bres libres, si el general Sarratea haciendo un sacrificio á 
las circunstancias, no hubiera pasado por la humillación 
de abandonar el mando y el territoiio. . . . Felizmente y en 
la necesidad de suscribir los caprichos de aquel bandido, 
pudo persuadirse por los hombres buenos que el mando 
del ejército y la dirección del sitio recayese en el coronel 
Kondeau El eco de la concordia resonó por todas par- 
tes en aquel día venturoso.. .. Los orientales colocados en 
medio de los regimientos de la capital, reconocieron la so- 
beranía de los pueblos en la augusta asamblea de sus re- 
presentantes, jurando fidelidad y obediencia al gobierno 
de las Provincias Unidas Pero Artigas, perjuro, ingra- 



282 JOSÉ ARTIGAS 

to, insensible á las desgracias de sus hermanos y al inte- 
rés sagrado de la patria, abrigaba en su seno los más pér- 
fidos designios, . .. Como la presencia del general en jefe 
era nn estorbo á sus miras ambiciosas, combinó el modo 
de sustraerse á las leyes del orden y de la justa dependen- 
cia, cometiendo el más enorme de los delitos Infiel á 

sus juramentos y después de varias ocultas entrevistas con 
los emisarios de la plaza, abandona cobardemente las ban- 
deras Apenas se aleja de las murallas de Montevideo, 

y;\ einpieza á desplegar su carácter sanguinario y opre- 
sor. . .. El saqueo de los pueblos del tránsito, el asesinato, 
In violencia y toda clase de horrores, anunciaban la presen- 
cia funesta del malvado enemigo de la humanidad y de su 
patria». 

Rematando este proceso, el decreto declara á Artigas 
«infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemi- 
go de la patria»; dice que ^^como traidor á la patria será 
perseguido y muerto en caso de resistencia»; ofrece una 
compensación de «seis mil pesos al que entregue la perso- 
na de don José Artigas vivo ó muerto»; y previene que 
todos los comandantes, oficiales, sargentos y soldados que 
siguen á Artigas y no se presenten dentro de los diez díjs 
serán «declarados traidores y enemigos de la patria»; y 
aquellos que fueren aprehendidos con las armas en la mano 
«serán juzgados por una comisión militar y fusilados den- 
tro de veinticuatro horas». 

De las acusaciones formuladas, tendremos oportunidad 
de ocuparnos en otro capítulo de este alegato. Entonces ve- 
remos que lo único que hacía Artigas era bregar por el re- 
conocimiento de los derechos de la población oriental, 
cruelmente sacrificados cuando el levantamiento del pri- 
mer sitio; que las disensiones con Sarratea emanaban del 
plan d\? coíitrari'estar el prestigio ci'eciente del vencedor de 
las Piedras; que el rum[)¡niiento de las hostilidades con los 
portugueses, fué la obra de los portugueses mismos; y fi- 
nalmente, (jue el al)ai]don() d(j la línea del segundo sitio, fué 
la consecuencia de la [)lena y tibsoluta absorción del terri- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 233 

torio oriental por la oligarquía ele Buenos Aires, empeña- 
da en reivindicar los privilegios y prerrogativas del cadu- 
cado virreinato. 

Por el momento, nos bastai-á decir que entre los docu- 
mentos del A.rchivo General de la Nación Argentina, figu- 
ra otro decreto del propio director Posadas, dictado el 1 7 
de agosto de 1814, por el cual se desagravia al jefe délos 
orientales en estos textuales términos: 

«Resultando de la correspondencia interceptada en Mon- 
tevideo que don José Artigas no ha tenido parte en la 
coalición de algunos oficiales de la Banda Oriental con los 
jefes de la plaza, y atendiendo á su conducta posterior al 
decreto de su proscripción y á lo convenido con el general 
don Carlos Alvear, lie venido en declararlo, oído previa- 
mente mi Consejo de Estado, buen servidor de la patria, 
reponerlo en su grado de coronel del Regimiento de Blan- 
dengues, con todos sus honores y prerrogativas y conferir- 
le el empleo de comandante general de la campaña orien- 
tal de Montevideo, sin que las resoluciones anteriores pue- 
dan perjudicar su opinión y mérito. Comuniqúese este de- 
creto á todas las provincias por mi Secretario de Estado 
y Gobierno y publíquese en «La Gaceta Ministerial». — 
Gervasio Antonio Posadas -k 

Don Nicolás Rodríguez Peña, encargado del gobierno 
de Montevideo por el director Posadas, había dirigido 
días antes á Artigas este honroso oficio (28 de julio de 
1814), que también obra original en el Archivo de la 
Nación Argentina: 

«Por la primera vez tengo el placer de dirigirme á V. S. 
movido de las circunstancias felices que merecen nuestras 
mutuas felicitaciones, estimulado además por la afección 
con que siempre he mirado su persona. Los intereses de la 
patria por que V. S. ha ti'abajado con tanto desvelo y el 
carácter en que nos hallamos, hacen necesaria la apertura 
de nuestras relaciones que por mi parte ejecuto por medio 
de esta carta. Para continuarlas y realizar los grandes re- 
sultados que el mundo espera de la feliz concordia que 



234 JOSÉ ARTIGAS 

acaba de ajustarse, espero las noticias de V. S. sobre el pa- 
raje en que debe fijarse, como ignalniente las luces y datos 
necesarios sobre el plan de arreglo para que de este modo 
no carezcan nuestras combinaciones de la unidad precisa y 
puedan de una vez lograrse nuestros dignos deseos por la 
prosperidad general y la conservación de la armonía. Mucbo 
es lo que la patria espera de nosotros en este precioso mo- 
mento, y V. S., que tanto se esfuerza en restablecer los días 
de dulzura y de vida que nos piden nuestros hermanos, va 
á tener una parte la más distinguida en este negocio.» 

Bajo la presión del Directorio, lanzó el Cabildo de Buenos 
Aires á principios del año siguiente la virulenta proclama 
contra Artigas que se leerá en otro capítulo de este alegato. 
Derrumbado Alvear, el propio Cabildo de Buenos Aires 
dirigió una segunda proclama al pueblo el 30 de abril de 
1815 (Antonio Pereyra «El genera) Artigas ante la histo- 
ria, por un Oriental^)), haciendo la apología del personaje en 
estos términos: 

«Empeñado el tirano en alarmar al pueblo contra el que 
únicamente suponía invasor injusto de nuestra provincia, 
precisó con amenazas á esta corporación á autorizar con su 
firma la infame proclama del 5 del corriente. Ella no es 
más que un tejido de imputaciones las mas execrables con- 
tra el ilustre y benemérito jefe de los orientales don José 
Artigas. Sólo vuestros representantes saben, con cuánto 
pesar dieron un paso que tanto ultrajó el mérito de aquel 
héroe y la pureza de sus intenciones. El acuerdo secreto 
que celebró el Ayuntamiento es un monumento que hará la 
apología de su conducta; y aunque la confianza con que 
empezó y contiiuió sus relaciones con aquel jefe lo since- 
ran suficientemente para con vosotros, no obstante cree de 
veras protestar la violencia con que le arrancó la tiranía 
aquella atroz declaración. El Cabildo espera de la confianza 
que os merece que esta solemne declaratoria desvanecerá las 
funestas impresiones que pudo ocasionar en vosotros un 
procedimiento forzado. Ciudadanos: deponed vuestros rece- 
los; vuestros verdaderos intereses son el objeto de los des- 



DESCAKGOS Y JUSTIFICACIONES 235 

velos de vuestro Ayuntamiento, y para afianzarlos procede 
de acuerdo con el jefe oriental; la rectitud de intenciones 
del invicto <^eneral es tan notoria y la ha acreditado de un 
modo tan plausible, que no podéis dudar de ella sin agra- 
viar su decoro. Olvidad las atroces imposturas con que hasta 
aquí os lo ha representado odioso la tiranía; destruid ese 
fermento de rivalidad que diestramente mantenía el despo- 
tismo á costa de calumnias que dilaceraban la conducta de 
aquel jefe para haceros gemir bajo sus cadenas y alarmaros 
contra el bienhechor generoso que se apresuraba á que- 
brantarlas en vuestro favor. :-> 

Algo más hizo el Cabildo de Buenos Aires, según lo 
acredita la siguiente resolución («Gaceta de Buenos Aires», 
de 27 de mayo de 1815), que lleva á su pie las firmas de 
Escalada, Belgrano, Oliden, Correa, Cueto, Vidal, Rufino, 
Barros, Zamudio, Bustamante: 

«El Cabildo de esta capital, deseando dar á los pueblos 
un testimonio irrefragable del aprecio que le ha merecido la 
conducta del jefe de los orientales don José Artigas, como 
también la más pública y solemne satisfacción de la violen- 
cia con que fué estrechado por las fuerzas y amenazas del 
tirano á suscribir la inicua proclama del o del próximo 
pasado, ultrajante del distinguido mérito de aquel jefe y de 
la pureza y sanidad de sus intenciones; no satisfecho con la 
solemne protesta que contra tan atroz declaración hizo en 
el manifiesto del 30 del mismo, ha acordado que los ejem- 
plares que existen y conserva en su archivo sean quemados 
públicamente por mano del verdugo en medio de la plaza 
de la Victoriíi, en testimonio de la repugnancia que mostró 
á un paso tan injusto y ejecutado contra la rectitud y no- 
bleza de sus sentimientos: que este acto que presenciará en 
la galería del Cabildo el Excelentísimo Director reunido con 
esta corporación, se ejecute con auxilio de tropa, asistencia 
del alguacil, mayor y escribano de este Ayuntamiento». 

Hemos hecho repetidas referencias á los archivos ofi- 
ciales de la Ai'gentina, por los documentos públicos con 
que contribuyen á la rehabilitación del jefe de los orien- 



236 JOSÉ ARTIGAS 

tales. Y podemos agregar, que hasta las mismas notas ín- 
timas del gobierno de Buenos Aires se abstienen del co- 
mentario bravo, que al amparo de la reserva se habría 
prodigado si el personaje hubiera ofrecido blanco para ello. 
Dígalo el siguiente oficio reservado al general Rondeau, de 
24 de octubre de 1811, en que se planea la anulación de 
Artigas á raíz de la celebración del tratado que puso tér- 
mino al primer sitio de Montevideo (Archivo General de 
la Nación Argentina): 

«Consecuente este Superior Gobierno á las miras políti- 
cas con que dispuso la comisión del general Artigas y sar- 
gento mayor Soler, y con motivo de no haberse recibido 
en tiempo por el señor diputado don Julián Pérez la pre- 
vención que contiene el adjunto oficio, por estrechez del 
tiempo, me ordena á prevenir á V. S. que creyendo conve- 
niente la separación de Artigas de la comisaría de armas, 
porque con ellas no sea que tratase de un fin distinto al que 
la impulsó, al mismo tiemj)0 que por este medio se logra 
empeñar más al sargento mayor Soler y distraerlo de po- 
der penetrar su verdadero origen, el que con toda sagacidad 
insinúe al mismo don José Artigas que el gobierno en justo 
aprecio de su mérito, conocimientos, valor y demás reco- 
mendables circunstancias, lo ha elegido para una tenencia 
de gobierno que va á crearse en el departamento de Yape- 
yú, procurando V. S. valerse de todos los medios que crea 
conducentes á aquietarlo.» 

La Justicia artiguista- en el Ayuí. 

En la lista de cargos y acusaciones, se destacan la pro- 
tección á los autores de asesinatos y robos en el campa- 
mento del Ayuí y el espíritu sanguinario revelado en todas 
las épocas por el jefe de los orientales. 

Del material inagotable que existe en el Arckivo Gene- 
ral de la Nación Argentina, vamos á reproducir dos docu- 
mentos que bastan y sobran para echar por tierra esas 
acusaciones que, lanzadas por Cavia en su libelo infamato- 



DESCARGOS Y JÜSTIFTCAOIONES 237 

rio, están ahora difundidas en casi todas las obras del Río 
de la Plata. 

El 12 de diciembre de 1811, comunica Artigas al go- 
bierno de las Proviíicias Unidas, desde su cuartel general 
del Salto, la ejecución de «tres desgraciados confesos y 
convencidos de haber cometido varios robos y violencias»; 
y agrega: 

«Mi natural aversión contra todos los crímenes, parti- 
cularmente hacia el horroroso del hurto, y el interés que he 
concebido de que en este ejército compuesto generalmente 
de ciudadanos virtuosos, no se mezclasen los vergonzosos 
desórdenes que acarrean los malevos, me han movido á to- 
mar todas las providencias convenientes para evitar esta 
chíse de males; pero como no es posible infundir sentimien- 
tos rectos á las almas habituadas á una criminal arbitra- 
riedad y obsecadas en sus errores, y por desgracia no se 
consigue reunir una multitud de hombres donde presida la 
virtud, nada ha sido bastante para cortar de raíz los vicios 
antes de satisfacer á la justicia por medio de un castigo 
tan doloroso en su ejecución como útil en sus consecuen- 
cias » . 

Con motivo de estas ejecuciones, dirigió Artigas un ban- 
do al ejército, del que reproducimos el siguiente párrafo: 

«Si aún queda alguno mezclado entre vosotros que no 
abrigue sentimientos de honor, patriotismo y humanidad, 
que huya lejos del ejército que deshonra y en el que será 
de hoy más escrupulosamente perseguido: que tiemblen, 
pues, los malevos, y que estén todos persuadidos que la in- 
flexible vara de la justicia, puesta en mi mano, castigará 
los excesos en la persona que se encuentre; nadie será ex- 
ceptuado, y en cualquiera sin distinción alguna se repetirá 
la triste escena que se va á presentar al público, para temi- 
ble escarmiento y vergüenza de los malevos, satisfacción de 
la justicia y seguridad de los buenos militares y beneméri- 
tos ciudadanos». 

El segundo documento, es también un oficio de Artigas 
al gobierno de las Provincias Unidas, datado en el Salto 



238 JOSÉ ARTIGAS 

Chico, costa occidental, el 24 de enero de 1812, relativo á 
la ejecución de dos delincuentes. 

«En odio al crimen (dice), determiné y firmé la sentencia 

de muerte que incluyo con el sumario Vi el sentimiento 

de la humanidad, pero respeté el grito de la justicia». 

Establece la sentencia que obra al pie del sumario ad- 
juntado por Artigas, que <-< confrontando los cargos y con- 
testaciones de ambos (los reos) en que resultan plenamente 
convencidos del asesinato perpetrado por ellos de don An- 
tonio Rivero, con robo y alevosía, según consta de decla- 
ración de ambos reos, les condeno á que sufran la pena 
capital, y respecto de no haber proporción para que sean 
ahorcados, según previenen las ordenanzas, mando sean pa- 
sados por las armas en la forma prevenida á la alevosía del 
hecho». 

La vida de los prisioneros era sagrada para Artig^as. 

Un tercer documento vamos á reproducir del Archivo de 
la Nación Argentina. Es un oficio de Artigas á don Blas 
Pico, comandante de la división entrerriana fidicta al go- 
bierno de Buenos Aires. Es del 5 de noviembre de 1814 y 
corresponde, en consecuencia, al momento más grave de la 
guerra civil: 

•? Declarada la guerra contra estos pueblos inocentes por 
el gobierno de Buenos Aires, me he visto en la dura pre- 
cisión de defenderme y hostilizarlo. Mi justicia ha triunfado 
poderosamente y tengo la satisfacción de asegurar á usted 
que me sobran prisioneros de las tropas de Buenos Aires 
para rescatar los que usted ha tomado de los míos. En esta 
virtud propongo á usted un canje de grado á grado, oficial 
por oficial, subalterno por subalterno y soldado por solda- 
do. Doy este paso de humanidad para que estos y aquellos 
infelices gocen de tranquilidad en el seno de sus familias y 
demos una lección al extranjero de que los americanos son 
dignos de mejor suerte. De lo contrario, haré entender á 
usted y todos mis enemigos que no soy insensible, y en 



DESCARGOS Y JüSTlFlCACrONES 239 

justa represalia haré experimentar á sus compañeros de 
armas todo el rigor que usted ha hecho á los míos». 

No era uu lenguaje nuevo ciertamente. Era el mismo que 
al día siguiente de la batalla de las Piedrag, había hecho 
posible por primera vez en los anales de la independencia 
el canje de heridos; y el mismo con que años después devol- 
vía Artigas su libertad á los prisioneros de guerra remitidos 
al cuartel de Purificación, entre los que se destacan por su 
elevada jerarquía militar, el general Viamonte y su nume- 
j'oso estado mayor de jefes y oficiales, el coronel Olemberg 
y su estado mayor, y los siete jefes engrillados con que el 
gobierno argentino pretendió halagar su espíritu de ven- 
ganza, á mediados de 1815. 

Al contundente testimonio que obra en el Archivo de la 
Nación Argentina, agregaremos el que reproduce Bauza 
(«Historia de la Dominación Española») al ocuparse del 
derrumbe de Alvear. Artigas, dice el referido historiador, en 
un oficio ;í los sublev^ados de Fontezuelas. hablaba del pro- 
yecto que ellos tenían de sorprenderla división de don Fran- 
cisco Javier deViana y de enviar ese jefe en calidad de pri- 
sionero á Córdoba; disentía en cuanto á la influencia que 
Viana podía ejercer sobre esa ciudad recién convertida al 
federalismo; y terminaba así: «Yo me daría por más satis- 
fecho en que ustedes me lo remitieran; pero si este acto 
arguye en mí alguna venganza, yo soy más generoso y con 
que ustedes lo pongan en seguridad para que responda de 
sus operaciones en tiempo oportuno, quedo gustosísimo». 

Tuvo en su tiempo un éxito enorme la siguiente frase 
que Sarmiento atribuj'^e al Macabeo de la insurrección, co- 
mo llama al jefe de los orientales: «Fusile usted», le escribía 
á un subalterno, «dos españoles por semana; si no hubiere 
españoles europeos, fusile dos porteños; y si no hubiere, 
cualesquiera otros en su lugar, á fin de conservar la moral». 
Como Sarmiento agregara que la orden escrita había sido 
entregada por Barreiro á un inglés llamado Bugglen, quien 
la había pasado á manos de su compatriota el señor Tom- 
kiuson, Carlos María Ramírez hizo una investigación entre 



240 JOSÉ ARTIGAR 

los miembros de las familias de Biigglen y Tomkinson 
para probar como [)ro})ó (« Artigas ^^) que nunca había 
existido semejante cai'ta. 

Pues bien, en su historia de los gobernadores del Para- 
guay, termina así Zinny su proceso contra el dictador 
Francia: 

«Para no cansar al lector, diremos que el dictador se 
ocupó en azotar y seguir causas criminales desde fines de 
septiembre de 1821 hasta fines de diciembre de 1824. 
Marchaba con lentitud tomando esas cosas como por en- 
treteiiimiento, ó como decía Otorgues á su segundo: dego- 
llará usted todas las semanas dos españoles, ó á falta de 
éstos dos porteños, y á falta de éstos dos aporteñados, para 
conservar la moral». 

Con la misma facilidad, uno pone en boca de Artigas, lo 
que otro atribuye á Otorgues. Y se explica el hecho, tra- 
tándose de especies inventadas y lanzadas con el propósito 
de denigrar al jefe de los orientales y á todos los que le 
seguían. 

El elogio <le la preiií^tn «le la época. 

La muerte del dictador Francia, ocurrida á fines de 1840, 
arrancó al Paraguay de su aislamiento, y Artigas recibió en 
el acto los homenajes de la prensa de su país. 

En «El Nacional» de 22 de septiembre de 1841, se inició 
la campaña de repatriación, con el remitido suscrito por 
«Un soldado,» que vamos á extractar. 

«El general don José Artigas á quien ella (la patria) de- 
bió su primer pensamiento de libertad, como su primer can- 
to de victoria, resistiendo á todos los tormentos de una lar- 
ga cautividad, existe todavía en donde la adversidad lo con- 
dujo cuando sucumbimos ante la poderosa invasión portu- 
guesa. El solo entre nuestros viejos guerreros no ha podido 
gozarse en la obra; compañero de nuestros infortunios, ne- 
góle el destino el placer de mirar nuestros días felices. La 
tumba de Francia encerró, es verdad, los hierros que lo 



DESCARGOS Y JllSTlFICACTONES 241 

ngobiaban; pero la patria aun no lia abierto sus puertas al 
liéroe que nos ocupa, porque para él no [)uede bastar la 
medida genei-al que permite á todos los orientales detenidos en 
el Paraguay, el regresar á este suelo. En su situación espe- 
cial, un llamamiento especial es indispensable para nos- 
otros, porque debemos una demostración de gratitud y apre- 
cio á quien tanto hizo por este pueblo; para él, porque sin 
testimonio de esta clase, tal vez crea que su patria lia aco- 
gido todas las acusaciones que el odio de los unos, que la 
irreflexión délos otros, ha lanzado sobre el nombre de Ar- 
tigas. ¡Oh! Calculemos la dolorosa ansiedad con que el noble 
anciano espera esa prueba de justicia por parte de sus 
compatriotas, y apresurémonos á llevar paz y consuelo á 
una vida tan llena de dolores como es sublime en gloria. 

«La magnanimidad de un puíiblo quiere que él no olvide 
jamás los servicios que se le prestaron. ¿Y habrá quién ponga 
en duda lo que el oriental debe al general Artigas? Cuan- 
do era preciso voltear la tiranía de España, fué su brazo el 
primero que la hirió. Cuando era necesario resistir á las 
injustas pretensiones de Buenos Aires, fué su voz la primera 
que clamó contra ellas. Cuando era preciso combatir la in- 
vasión portuguesa, fué su lanza la que brilló ú vanguardia 
de nuestras hileras. Suyo fué el pensamiento de la naciona- 
lidad oriental; no suyas las desgracias que antes de reali- 
zarlo hemos sufrido, no suyos los males y excesos que mar- 
caron el azaroso tiempo de su protectorado. 

«El gobierno, intérprete de Vd voluntad y gratitud na- 
cional, debe llamar al general Artigas al seno de la patria, 
y debe llamarlo con toda la munificencia que á él corres- 
ponde. Grato será sin duda al viejo soldado el escuchar es- 
te llamamiento de la boca de aquel á quien en los momen- 
tos de conflicto juzgó el más digno de reemplazarlo, de aquel 
á quien él delegó su autoridad en la República cuando la 
guerra lo llamaba fuera de su territorio; y el general Rivera 
llenará uno de los más nobles actos de su vida política 
cuando tienda la mano á su antiguo jefe y lo traiga á re- 
posar á la sombra del árbol de la libertad por él plantado. 

JOSÉ ARTIGAS— 16. T. I. 



242 .TOSE ARTIGAS 

La Providencia que ha hecho sobrevivir al general Artigas 
á tantos compañeros suyos como ha batido el tiempo ó de- 
vorado la guerra, que ha salvado su cabeza de la cuchilla 
sangrienta del dictador, que le ha concedido llegar á una 
edad tan avanzada haciéndolo testigo de la asombrosa revo- 
lución que le abre el camino de su patria, quiere visible- 
mente que goce en ella en serenidad y paz los últimos días 
que restan á la vejez. 

«El Pueblo Oriental quiere también saludar al glorioso 
vencedor de las Piedras; él, pues, debe venir por un decre- 
to solemne, su viaje debe costearse por el tesoro de la 
República, y todos los honores debidos á su rango y ante- 
cedentes deben rodearlo, Quien conozca al guerrero que hoy 
})reside la República, sabrá cuánto están en su corazón estos 
votos; quien conozca nuestra historia avalorará toda la jus- 
ticia que las apoya. Honremos á nuestros viejos campeo- 
nes y nos honrará el mundo. El acto que más nos recomen- 
dará á la consideración de la hoy libre Re[)ública del Para- 
guay, será el que nos ocupamos de su infortunado huésped, 
(le nuestro primer soldado con la solemnidad de honor que 
la patria reconocida dedica á los grandes hombres de su 
historia. 

«Quiera usted, señor editor, publicar estas observaciones 
que me han sido sugeridas, no porque crea que nada se ha 
hecho respecto del general Artigas, (me consta que S. E. el 
Presidente de laRepública ha despachado un oficial para ofre- 
cerle en nombre de la República todos los recursos que 
pueda necesitar), sino porque desearía que esta oferta se 
hiciese con toda la solemnidad de que es digno el general 
Artigas.» 

Constituía entonces «El Nacional» de Montevideo la 
tribuna más alta del patriciado porteño perseguido por la 
dictadura de Rosas. Y la columna editoi'ial de ese diario, 
reservada á la brillante pléyade del partido unitario que 
más recios golpes había descargado contra Artigas y sus 
principios políticos, fué llenada ese mismo día por un ar- 
tículo de la dirección, á cargo á la sazón de Rivera Indarte, 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 24B 

que apoyaba en esta forma la iniciativa de repatriar al glo- 
rioso jefe de los orientales: 

«¿Será posible que cuando todos los cautivos del tirano 
Francia respiran libre el aire del suelo natal, sólo el anti- 
guo y anciano veterano Artigas estuviese condenado á mo- 
rir lejos de la patria, sin los consuelos de los suyos, en des- 
amparo y orfandad? ¿No fué de sus primeros patriotas y 
el más osado de sus libertadores? 

«El general Artigas volverá muy pronto á su país. El 
ilustre presidente brigadier general don Fructuoso Rivera 
aprecia mucho las glorias de su país, respeta demasiado la 
memoria de su antiguo jefe, para que no le abra las puer- 
tas de la patria y sea él el primero que lo estreche en sus 
brazos. No dudemos, pues, que habrá hecho ya todo 
lo que corresponde hacer á la República. El general Arti- 
gas tan amante de su país, se complacería en verlo próspero, 
rico, temido, ilustrado, llamando la atención del mundo y 
presidido por el principal autor de tanta prosperidad y glo- 
ria, por uno de los salientes oficiales á quien él mostró con 
la punta de la espada la senda de la virtud y de la gloria. El 
general Artigas no puede terminar su vida desterrado. 
¿Quién tiene derecho para condenarlo á tan doloroso cas- 
tigo? ¿Quién lo ha juzgado? ¿Quién podría ser su acusador? 
El plantó la semilla del árbol de la libertad y tiene derecho 
á reposar bajo su sombra. El fué el primer caudillo de 
los orientales, y la justicia le marca un lugar distinguido 
enti-e sus notabilidades militares. El fué el primero que 
gritó Patria, y cuando este sublime voto está cumplido, 
¿qué buen oriental querría privarlo de la patria, prohibirle 
que vuelva á su hogar, negarle un sepulcro en la tierra que 
ilustró con sus hazañas, que regó con su sangre? 

«Si no hay sentencia ni juez que condene al general Ar- 
tigas á morir en el destierro, la República debe llamarlo á 
su seno, con toda la numificencia que á ella corresponde, 
con toda la pompa á que es acreedor el grande nombre de 
Artigas. Cuando uno de sus hijos benemérito por sus servi- 
cios, ilustre por su alta inteligencia, ó por la heroicidad de 



244 JOSÉ ARTIGAR 

SUS hechos, lia sido prisionero de la tiranía y esta sucumbe 
y la República no le extiende la mano, no lo llama á sí; le 
advierte que no venga á su suelo, que es peligroso que en él 
estampe su planta. ¿Y podrá ser peligroso el venerable ge- 
neral Artigas á la República Oi'iental? ¡No! El realzará su 
esplendor, bendecirá el joven pabellón que no conoce y que 
hoy flamea como símbolo de la existencia independiente de 
la Nación Oriental. 

«No acusemos ni justifiquemos la vida revolucionaria 
del general Artigas. Nuestros nietos serán más imparciales 
jueces que nosotros. Dejeiiios á la época, á las circunstan- 
cias, á la tendencia irresistible de la Revolución, lo que es 
suyo; y acojamos con honor al glorioso vencedor de las 
Piedras. 

«El general Artigas debe volver, pues, á su patria por 
un decreto solemne, costeado por el tesoro de la Repúbli- 
ca y con los honores debidos á su rango y antecedentes. Nos 
adherimos, pues, á las opiniones de nuestro elocuente co- 
rresponsal que bajo la firma de «Un soldado» habla tan 
dignamente del viejo veterano general Artigas». 

Eu «El Constitucional» de 28 de septiembre de 1841 
fueron apoyadas con entusiasmo las indicaciones de «El 
Nacional», y se agregaba que José María Artigas saldría pa- 
ra el Paraguay en busca de su padre. Ya anteriormente 
«El Constitucional» en su número de 2 de julio del mismo 
año, había hablado editorialmente de Artigas y de su repa- 
triación en estos términos: 

«No llevaremos nuestra pasión hasta colocarlo en la lí- 
nea de los Bonaparte ni Washington; pero no es posible 
dejar de reconocer en él al primer jefe que tuvo nuestra 
magnífica revolución de 18 Ll y al que echó en esta tierra 
los cimientos de la libertad sobre los cuales se elevó des- 
pués ese suntuoso edificio que hoy preconizamos. Hacer 
por restituir al general Artigas á su patria; hacer por arran- 
carlo á su penoso y dilatado destierro, es una obligación de 
nuestra parte y un homenaje debido á sus eminentes ser- 
vicios». 



DESCARGOS Y JUKTJFIC ACIÓN ES 245 

Poco tiempo antes, en la sección «Correspondencia» de 
«El Nacional», de 5 de mayo de 1841, se había publicado 
una solicitadu, sobre los guerrei'os de la independencia, en 
la que se deprimía fuertemente á Artigas, según se verá 
por la siguiente transcripción: 

«Don José Artigas en la Banda Oriental, aunque actor 
de un pequeño teatro y en una esfera subalterna, merece 
también nuestra atención como uno de los primeros caudi- 
llos después de la Revolución. Capitán de granaderos en 
tiempo del rey de España, se pasó á los americanos en ven- 
ganza de haberlo reprendido piiblicamente el general Mue- 
sas en la Colonia por los desórdenes que permitía y autori- 
zaba en sus soldados. Incorporado al ejército patriota sitia- 
dor, pronto encontró también motivo de disgusto, y sepa- 
rándose violentamente de la gente que le seguía, se decla- 
ró á la vez enemigo de los españoles, de los argentinos y 
aún de su propio país, á quien hostilizaba de todos modos, 
ya hostigando y persiguiendo á los naturales que no que- 
rían seguirlo, ya talando la campaña y exterminando los 
inmensos ganados de todas clases de que abundaba y fo- 
mentaba su riqueza; ya hostilizando de cuantos modos po- 
día al ejército libertador que sitiaba la plaza, que tenía que 
combatir á un mismo tiempo con la guarnición de la plaza 
y con las tropas de Artigas por la retaguardia, que por la 
posición eran más perjudiciales que las primeras, pues es- 
tando en posesión de la campaña privaban al ejército pa- 
triota de ganado para el abasto y de caballos para sus ope- 
raciones; y aún mantuvo relaciones con la plaza y su go- 
bernador Vigodet para atacar en unión al ejército liberta- 
dor, lo que no se verificó por no haberse convenido. Don 
Luis de la Robla al servicio de España, en contra de la in- 
dependencia de la América, era el comisionado en esta ne- 
gociación. Después de varias vicisitudes y aventuras, cuya 
relación no es ahora del caso, viéndose en circunstancias 
apuradas se refugió en el Paraguay». 

Tal andanada, dio lugar á una réplica de «El Constitu- 
cional» (O de mayo de 1841). 



246 JOSÉ ARTIGAS 

«Sería preciso», dice su editorial de esa fecha, «renunciar 
al sentimiento de orientales y mirar con negra ingratitud 
los servicios de aquel caudillo de la Revolución americana, 
para no sentirnos profundamente heridos... Lejos de nos- 
otros la idea de hacer la apología de la época en que gober- 
nó en este país el viejo general Artigas: somos los prime- 
ros en reconocer y lamentar los defectos de que adoleció, 
como consecuencia forzosa de un estado nuevo de cosas, de 
una revolución apenas nacida, incompleta, sin un sistema 
fijo y á la inexperiencia de nuestros hombres. Pero no cod- 
sentiremos que se lastime así no más, que se infame su 
memoria y se denigre la época de nuestra regeneración po- 
lítica. El autor del artículo, si es oriental, es ingrato con el 
hombre primero que nos abrió el sendero de la libertad, de 
esa libertad tras la cual corre en vano la América tantos 
años. El general Artigas, preciso es confesarlo, fué el pri- 
mero que dio en este país ese grito sagrado que infhmió los 
corazones todos y aterrorizó á los enemigos de nuestra in- 
dependencia» ... Es cierto que Buenos Aires mandó sus 
huestes ú este país . . . «¿Pero cuándo lo hizo? Después que 
en la villa de Mercedes se había dado el grito de libertad; 
después que Artigas había despreciado noblemente las in- 
signias, los honores, los grados y condecoraciones con que 
pretendían ganarlo y conservarlo á su devoción los opreso- 
res de la patria, para vestir el modesto uniforme de un sol- 
dado de la independencia. Después, en fin, que un puñado 
de orientales estaban en campaña decididos á morir como 
libres ó libertar su patria de tiranos. Olvidar estos antece- 
dentes gloriosos y recomendables, para verter la hiél sobre 
el nombre de un antiguo patriota, del primer hombre de 
este país, es querer pagar con la ingratitud y el olvido los 
servicios más eminentes aunque infortunados de aquellos 
héroes que no debemos recordar jamás sino para venerar- 
los... No es exacto el autor del artículo cuando dice que 
Artigas tomó la resolución de pasarse á los americanos en 
venganza, cU' una reprensión recibida en la Colonia, del ge- 
neral español Muesis, por los desórdenes que permitía y 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 247 

autorizaba en sus soldados. El general Artigas nunca había 
dejado de pertenecer á los americanos, porque todos ellos 
como él estaban sometidos á la España, y ninguno en 
Oriente antes que él había levantado la enseña gloriosa, á 
cuya sombra debieran alistarse los que llevan este nombre. 
El general Artigas no revolucionó contra la España por la 
miserable venganza de un hombre contja otro hombre que 
le agraviara; sino porque era llegado el tiempo que los 
orientales á su vez segundasen el magnífico paso que los 
argentinos habían dado en Mayo... Se dice que se separó 
después violentamente con su gente del ejército patriota si- 
tiador, declarándose á la vez enemigo de los españoles, de 
los argentinos y de su propio país que hostilizaba de todos 
modos. Pero no se pone en cuenta ni la duda de si ese 
ejército quería conquistar este país para Buenos Aires ó 
para nosotros; ni las humillaciones por que se le quería ha- 
cer pasar en ese ejército sitiador; ni la obediencia ciega á 
que se pretendía condenar; ni los dictados de montoneros y 
canarios con que se hería el amor propio de los orientales; 
ni que Artigas y los suyos estaban en su país y que ese 
ejército sitiador por más generoso y desinteresado que fuera 
era al fin extranjero también entre los orientales, sin ne- 
garle el título recomendable de americano. Partiendo de 
estos principios, cualquiera en lugar del general Artigas se 
habría separado de él; cualquiera le habría dicho con él: 
nuestra patria es esta: tenemos ambición de libertarla para 
sus hijos: dejadnos que llenemos nuestra misión, ó al me- 
nos no queráis sujetarnos á condiciones vergonzosas, porque 
entonces no hemos ganado más que cambiar de amos». 

Quiere decir, pues, que cuando «Un soldado» dirigió á 
<nEI Nacional» la carta que hemos transcripto y la diracción 
de ese diario adhirió con entusiasmo á sus gestiones, se ha- 
bía producido ya una tentativa anónima para deprimir al 
jefe de los orientales, que fué ahogada naturalmente por la 
actitud de la prensa nacional y extranjera de esa época. 

Otra autorizada tribuna del periodismo unitario, «El Co- 
mercio del Plata», ocupándose varios años después de la 



248 JOSÉ ARTIGAS 

ceremonia de la traslación de los restos de Artigas al Ce- 
menterio Central, empleaba términos no menos honrosos. 
«Bella y espléndida ceremonia fúnebre», decía en su nú- 
mero del 2J de noviembre de 1856 ... «.A la llegada del 
cortejo fúnebre á la iglesia, los generales Medina, Freiré y 
Antonio Díaz, en gran uniforme, colocaron la urna que con- 
tenía los restos del ¡lustre campeón sobre el catafalco que 
se le había destinado ... La bandera, símbolo de las hazañas 
del liérce oriental, con la cual tantas victorias alcanzó, cu- 
bría las insignes cenizas del general Artigas... En el ce- 
menterio, el señor ministro de gobierno tomó la palabra 
para tributar un justo y sincero homenaje al padre de la 
nacionalidad oriental... El señor Aguiar leyó un resumen 
de la vida y hechos del invicto campeón, padre de la inde- 
pendencia uruguaya >> . 

Artigas juzgado por don Juan Francisco Seguí 

Diez años después de muerto el jefe de los orientales, el 
señor Juan Francisco Seguí, distinguido estadista de En- 
tre Ríos, publicó en <sEl Nacional Argentino», del Para- 
ná, el importante artículo que copiamos en seguida (14 de 
marzo de 1800): 

«Hay hombres grandes que lo son porque lo fué la épo- 
ca en que la Providencia ó la Fortuna los colocó al frente 
de los grandes acontecimientos. Hay otros que en medio 
de las pequeneces y miserias de sus contemporáneos, ascen- 
dieron al rango de los grandes varones sin más auxilio que su 
propio genio, sin otro apoyo que el vigor de su brazo, sin 
otro móvil que la independencia de la patria, sin buscarla 
victoria sino con el valor de su alma y jugando día por día 
su gloria con la muerte. A estos últimos pertenece el héroe 
oriental don José Gervasio Artigas que acabó su existen- 
cia en su ostracismo voluntario en el Paraguay y cuya me- 
moria ha honrado dignamente el gobierno oriental, ordenan- 
do ponq)()sos funerales á los manes del héroe y ordenando 
la traslación de sus restos ú la tierra patria, donde desean- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 249 

sau hoy con la sencilla y gloriosa inscripción siguiente: 
Artigas, Fundador de la nacionalidad oriental. 

«El general Artigas es el Bolívar del Uruguay. Co- 
mo el insigne caudillo de Colombia, se lanzó en la gigante 
lucha de la independencia, sin más recurso que su causa 
y el nombre de valiente que lo distinguía entre sus coetá- 
neos. La República Oriental reconoce como héroes á los 
Treinta y Tres denodados expedicionarios que encabeza- 
ron la gloriosa insurrección de las masas contra el usurpa- 
dor que dominaba el suelo patrio en nombre de la corona 
portuguesa. Artigas, con el solo grado de teniente coronel 
que la Junta gubernativa de Buenos Aires confirió al hom- 
bre de genio que le prometía el triunfo de la patria contra 
las fuerzas reales que mandaba el virrey Elío, se lanzó al 
territorio oriental y encabezó allí el heroico levantamiento 
popular contra la monarquía. Lasóla acogida generosa que 
la Junta hizo del expatriado oriental don José Artigas, ca- 
pitán entonces, y el grado de teniente coronel que le confi- 
rió en recompensa de sus méritos y honorables anteceden- 
tes, motivó la declaración de guerra que el virrey firmó en 
12 de febrero de 1812 contra la Junta. Esta es una prue- 
ba de lo que valía ya el distinguido capitán Artigas y de 
la importancia que le daba el mismo gobierno español en el 
Río de la Plata. La memorable acción de las Piedras fué el 
primer testimonio de la acertada protección que la Junta 
de Buenos Aires acordó al ilustre proscripto, y el grado de 
coronel con una espada de honor que Artigas recibió del 
gobierno argentino, son la más elocuente prueba del mérito 
del hombre que iniciaba así su gran misión de libertador 
de su patria. 

«Pero muy luego el gobierno de Buenos Aires olvidan- 
do los servicios del ilustre oriental y que á su prestigio se 
debían en gran parte las victorias de San José, Piedras y 
Colonia, cometió la injusticia de postergarlo, sustituyendo 
en su lugar al coronel de Di'agones tle la Patria don José 
Rondeau, que aunque lleno de méritos no podía arrebatar 
al coronel Artigas la gloria de haber contribuido al sitio 



'250 JOSÉ ARTIGAS 

de Montevideo con los esfuerzos extraordinarios de su ge- 
nio y el prestigio de su nombre. A este error, coino á mu- 
chos que los gobiernos de Buenos Aires cometieron enton- 
ces, se debió el noble resentimiento del ilustre caudillo, y á 
él debe la República del Uruguay su nacionalidad, como 
la Argentina su faccionamiento. Desde ese día la lucha en- 
tre los dos principios, federación y Cíjntralismo, fué el alma 
de aquella época. El general don José Artigas representó 
las tendencias norteamericanas ó la independencia local, y 
los gobiernos de Buenos Aires el centralismo unitario, que 
comenzó por la lucha para absorber, continuó en las asam- 
bleas deliberantes y cayó después bajo la reacción horrible 
de la dictadura que concibió y realizó Rosas impunemente 
en veinte años en que oprimió y desmoralizó al país. He 
aquí la terrible consecuencia de un error fundamental! Don 
José Artigas, simple capitán que emigraba á Buenos Aires 
por no soportar el despotismo del brigadier don José Ma- 
ría Muesas, gobernador de In Colonia, ¿cómo había de su- 
frir que el gobierno de Buenos Aires dispusiere á su auto- 
jo de las autoridades de su patria, cuando el prestigio de su 
nombre lo había ya levantado al alto rol de primera nota- 
bilidad oriental! La imprudencia, pues, de las autoridades 
porteñas provocó el justo resentimiento de Artigas y ese in- 
cidente que parece tan subalterno á primera vista, fué el 
origen de toda esa historia de guerra, de desunión, de odios 
locales y recíproca desconfianza que por lautos años han 
reinado en arabas riberas del Plata. 

«Los sentimientos que entonces dominaban el corazón 
de Artigas, se revelaban perfectamente en la siguiente car- 
ta, cuyo original conservamos. Con fecha 5 de febrero de 
181Ü el general Artigas escribía al señor don Martín 
Güemes, de Salta: 

«Mi estimado |)aisano: El orden de los sucesos tiene más 
que calificado mi carácter y mi decisión por el sistema que 
está cimentado en hechos incontrastables. No es extraño 
parta de este principio para dirigir á usted mis insinuacio- 
nes, cuando á la distancia se desfiguran los sentimientos y 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 251 

la malicia no ha dormitado siquiera para hacer vituperables 
los míos. Pero el tiempo es el mejor testigo y él admirará 
ciertamente la conducta del jefe de los orientales. Yo me to- 
mo esta licencia ansioso de uniformar nuestro sistema y 
hacer cada día más vigorosos los esfuerzos de la América. 
Ella ciertamente marcha á su ruina dirigida por el impulso 
de Buenos Aires. Sería molesto en hacer esta narración 
fastidiosa, que forma la cadena de nuestras desgracias y de 
que todos los sensatos se hallan convencidos. Bu preponde- 
rancia sobre los pueblos le híice mirarlos con desprecio y 
su engrandecimiento le sería más pesaroso que su extermi- 
nio. Las consecuencias de este principio son palpables en 
los resultados; y abatido el espíritu j)ííblico nada es tan po- 
sible como nuestro anonadamiento. Por fortuna los pueblos 
se hallan hoy penetrados de sus deberes y su entusiasmo los 
hace superioi'es á los peligros. Dar actividad á esta idea se- 
ría formar el genio de la Revolución y asegurar nuestro des- 
tino. Estoy informado de su carácter y decisión y ella me 
empeña á dirigir á usted mis esfuerzos por este deber. Con- 
tener al enemigo después de la desgracia de Sipi Sipi, debe 
ser nuestro principal objeto. Por acá no hacemos menores 
esfuerzos por contener las miras de Portugal. Este gobier- 
no, rodeado de intrigantes, dirige sus tentativas, pero halla 
en nuestros pechos la barrera insuperable. La fría indife- 
rencia de Buenos Aires y sus agentes en aquella corte, me 
confirman su debilidad. Nada tenemos que esperar, sino de 
nosotros mismos. Por lo tanto, es forzoso que nuestros es- 
fuerzos sean vigorosos y que reconcentrado el Oriente obre 
con sólo sus recursos. Gracias al cielo, que protege la justi- 
cia. Nuestro estado es brillante y los sucesos dirán si se ha- 
ce i'espetar de todos sus enemigos. Por ahora todo nuestro 
afán es contener al extranjero. Pero si el año 1816 sopla 
favorable, ya desembalijados de estos peligros, podremos 
ocurrir á los del interior que nos son igualmente desventa- 
josos. Entonces de un solo gol})e será fácil reunir los inte- 
reses y sentimientos de todos los pueblos y salvarlos con 
su propia energía. Entretanto es preciso tomar todas las 



252 JOSÉ ARTIGAS 

medidas análogas á este fin. Yo por mi parte ofrezco todos 
mis esfuerzos, cuando tengo el honor de dirigirme á usted 
y dedicarle mis más cordiales afectos. Con este motivo ten- 
go especial gusto en saludar á usted y ofertarme por su 
muy afecto S. y apasionado.— «/osf' Artigas. 

«Este documento», concluye el señor Seguí, « evoca re- 
cuerdos ingratos, pero tiene todo el sello de la verdad his- 
tórica y pone de manifiesto el patriotismo excelso del vete- 
rano oriental, que luchó con heroica constancia contra la 
dominación extranjera, fundó la independencia de su pa- 
tria y enseñó con su ejemplo á defender la soberanía pro- 
pia y á no aceptar la supremacía arbitraria de los hermanos 
con el pomposo título de protección política». 

Procesión cívica en lionor de Artij^as. 

El 19 de junio de 1894 fué solemnizado con una gran 
procesión cívica en honor del jefe de los orientales. La di- 
rección de -El Siglo» solicitó la colaboración de nuestros 
primeros publicistas, y contestaron algunos de ellos en la 
forma que extractamos á continuación: 

José Pedro Ramírez: 

«Sólo él entre los grandes hombres de su época fué 
inaccesible á las seducciones de la dominación extranjera 

actuando sobre un pueblo anarquizado y empobrecido 

Después de eso, acumúlense las sombras que se quiera, so- 
bre ese lampo de luz y de gloria, y dígase si no se abren á 
justo título las puertas del templo de la inmortalidad para 
ese varón indomable, y si no es obligada y merecida la ve- 
neración que rinden ya á su memoria las presentes genera- 
ciones y que le rendirán por los siglos de los siglos las ge- 
neraciones futuras » . 

Juan Carlos Blanco: 

«Los horrores ponderados del Hervidero, las escenas de 
Torgués y de Blasito guardan relación con el conjunto, son 
del mismo metal que hervía en toda la extensión del vi- 
rreinato; pero las Instrucciones de 1813 para asegurar la 



DESCARGOS Y JUSTlPrCACrONES 253 

paz, la libertad, la soberanía de las Provincias Unidas bajo 
la forma republicana federal, son algo como un sedimento 
de un terreno supei'ior, encontrado en otro inferior, que des- 
lumbra y trastorna las bases del criterio histórico. Hay en 
ese documento visión profética de nacionalidades á consti- 
tuirse, foi'mas de lenguaje que pugnan con su época, ade- 
lantándose á tiempos venideros, y hay por último, ideas y 
principios que parecen sorprendidos en los gérmenes de una 
nueva sociedad que surge á la vida y no en el pensamien- 
to limitado de un hombre». 
Domingo Aramhurú: 

«Los fallos de la historia no son irrevocables, jamás ha- 
cen cosa juzgada. El proceso está siempre abierto y no po- 
cos hombres llevados al cielo de la gloria por la mentira, 
han rodado al infierno del deshonor empujados por la mano 
implacable de la verdad. Tocóle á Artigas, el caudillo indo- 
mable é irreconciliable con el centralismo patricio de la 
comuna porteña - el primero que formulara la aspiración 
federalista de la provincia argentina, ser lanzado á las Ge- 
monias de la In'storia por la tradición metropolitana de 
Buenos Aires. Y como el patriciado porteño tenía y tiene 
tantos y tan ilustres títulos al aprecio y admiración de la 
América, y se ignoraba su complicidad con la invasión por- 
tuguesa en 181 G, — su gran falta política que nos separó 
de la comunidad argentina, — e.ia tradición ha pesado lar- 
gos años sobre la fama de Artigas como siniestro sudario. 
Pero el tiempo ha hecho su obra lenta é inevitable. Y el 
resultado que ya puede juzgarse definitivo, ha sido la com- 
pleta rehabilitación del primer jefe de los orientales, del 
glorioso vencedor de las Piedras, del que si no fué, como no 
fué realmente, el fundador de la nacionalidad uruguaya, me- 
rece á justo título el nombre de precursor. Ante la historia 
«testigo de los tiempos, luz de la verdad, maestra de la vida»- 
como la llamó Cicerón, surge la figura severa de Artigas, 
si no con los contornos clásicos de un Washington, que es 
único en la historia, con los rasgos viriles, imponentes de 
aquel generoso galo, Vercingetorix, que defendía con he- 



254 JOSÉ ARtlGAS 

roísmo insuperable la libertad, la independencia de su pa- 
tria. De suerte que en un momento histórico terrible y 
desesperado, el momento en que un país cae bajo la domi- 
nación extranjera, Artigas es la representación de la Patria. 
Y los millares de orientales que quedaron tendidos en In- 
dia Muerta y otras terribles y desiguales batallas, dejaron 
á salvo la altivez, el honor uruguayo. Artigas, y eso basta 
para su gloria, representa la resistencia indomable, eterna, 
contra la opresión extranjera; que no pacta, ni transige ja- 
más y que prefiere á ella la muerte violenta de las batallas 
y la proscripción eterna, esa muerte lenta y más amarga 
aún que la primera. Y si la República Oriental ha de per- 
durar en los tiejiipos como entidad soberana, como pueblo 
independiente, cuando llegue el momento de los supremos 
sacrificios, esa gran voz anónima, esa voz de la conciencia 
nacional que avasalla todas las otras, ha de señalar como 
ejemplos de gloria á imitar, el de Artigas en los albores de 
nuestra emancipación política, el de Leandro Gómez en la 
época contemporánea!» 

Del discurso de Francisco Bauza, en la ceremonia 
cívica del mismo día: 

«La generación de Artigas se educó en medio de la lu- 
cha de los cabildos con los gobernadores, la recrudescencia 
de las guerras con Portugal, las invasiones inglesas, la crea- 
ción de la Junta revolucionaria de Montevideo y la organi- 
zación del partido criollo. Todo eso representa una gran 
experiencia política. ... La reivindicación de la personali- 
dad de Artigas, para colocarla sobre el pedestal que le co- 
rresponde no es un simple acto de justicia postuma, sino 
un tributo que el criterio de los tiempos actuales paga á 
los tiempos legendarios de nuestra emancipación política. 
Ehminada la personalidad del jefe de los orientales de 
entre los hombres de primera fila, resulta empequeñecida la 
revolución sudamericana, descendiendo de su encumbrada 
grandeza en procura de la libertad de un continente á la 
reyerta de dos bandos rivales disputándose un cambio de 
tutores. Todo lo que hay de noble y generoso en la inicia- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 255 

tiva popular que prestigia y alienta la revolución —el des- 
interés del pueblo campesino, la ardiente emulación de la 
juventud de las ciudades, la heroicidad de los ejércitos de 
voluntarios — todo eso que personifica en un momento dado 
la resistencia de Artigas contra ios que deseaban sacudir 
el dominio monárquico de España á la sombra de otro 
dominio igualmente monárquico v por añadidura extran- 
jero: todo eso desaparecería envuelto en el anatema que 
corresponde á la anarquía, si en vez de haber sido como lo 
fué, el movimiento ascendente de las fuerzas populares á la 
conquista del sistema republicano, hubiera sido una rivali- 
dad estéril de prepotencias personales y locales, como quie- 
ren pintarlo en odio á un hombre los que no saben darse 
cuenta que los hombres nada valen en la suerte de las 
naciones, si tras de ellos no están los pueblos para inspi- 
rarlos y sostenerlos. La gloria de Artigas consiste no sola- 
mente en haber encabezado el movimiento que echó las 
bases de una nacionalidad sobre el terreno convulsionado 
y movedizo, sino en haber franqueado la frontera de los 
pueblos vecinos, derramándose entre ellos con sus huestes 
para proclamar el gobierno republicano. De esa actitud 
nació la aspiración incontrastable á la libertad política en 
el doble sentido de la independencia territorial y las insti- 
tuciones cívicas, quedando aplastada en su origen la reac- 
ción sigilosa que dejándonos monárquicos pretendía susti- 
tuir el cetro de Fernando V y Carlos I por la rueca de Do- ' 
ña Carlota de Borbón ó el espadín del Príncipe de Luca. 
El esfuerzo requerido poi* aspiraciones tan grandes, pedía 
el auxilio de las armas, y Artigas se lo dio salvando el 
prestigio militar de la Revolución en la jornada de las Pie- 
dras, y esterilizando la acción perturbadora de Portugal so- 
bre el continente, con las resistencias que opuso á sus ejér- 
citos. Y aunque vencido al fin y expatriado á las soleda- 
des del Paraguay, donde nuestra ingratitud lo dejó morir 
mendigante, pudo consolarse antes de entrar á la eternidad 
con el triunfo visible de sus ideas, que contribuyendo á 
alejar para siempre todo dominio europeo de entre nosotros. 



256 JOSÉ ARTIGAS 

liabínn hecho de su pnís una nación y de los argentinos 
una repúbUca — Artigas tuvo una visión más clara de los 
dominios de la Améiica del Sur que la que tuvieron sus 
i'i vales y una concepción mental adecuada á buscar donde 
únicamente podían encontrarse — que era entre las masas 
populares —los elementos capaces de realizar el grande ideal 

de la independencia y de la república» Termina el 

orador su discurso indicando la idea de que sobre la esta- 
tua de Artigas se inscriba < aquella gran frase con que sin- 
tetizó en el primer escudo de la patria su actitud y nuestro 
derecho: con libertad, ni temo ni ofendo». 

Los orientales residentes en la ciudad de I^a Plata, en- 
cabezados por Eduardo Acevedo Dííiz enviaron un telegra- 
ma de adhesión, en el que después de glorificar á Artigas 
como precursor de la nacionalidad oriental, dicen: 

«Artigas echó el germen robusto de nuestra emancipa- 
ción; fué el engendro legítimo de su época y no fué su 
época su engendro, como de un modo paradojal sostienen 
sus detractores; y los orientales no pueden renegar á su 
primer antepasado ni condenar sus actos, cuando otros pue- 
blos por excelencia cultos, se enorgullecen de proceres que 
la tradición y la leyenda rodean de intensas claridades y 
que acaso llevaron la violencia en la acción y el desagravio 
á extremos que no alcanzó Artigas. Principal factor de una 
revolución fatal dentro de la anarquía latente en la vieja 
colonia, si fué instrumento de fuerza, fué porque su tiempo 
era de lucha, porque eran ciclópeos los muros á demoler y 
porque la tierra casi virgen y por todos disputada sólo per- 
tenecía á los más valientes. No fué entonces el caudillo el 
que foimó y amoldó á su hechura propia la sociabilidad 
dispersa de ese tiempo de transición y de transformación 
étnica; fué esa sociabilidad extraña, conjunto de instintos 
y propensiones irreductibles hacia el cambio, rebelada contra 
el imperio de la costumbre colonial, la que incubó y dio 
prepotencia al caudillo. Fruto maduro del sistema que con- 
virtió las ciudades en fortalezas y las campiñas en desier- 
tos, llegó á ser el arquetipo formidable del sentimieuto de 



DESCARGOS Y JÜSTlFlCACrONES 257 

la independencia individual, y estimulado por las mismas 
energías del médium cercenó del viejo armazón la mejor 
de sus piezas. » 

Los subalternos «le Artigas. 

Hemos dado ya algunos datos acerca del singular crite- 
rio con que proceden los detractores del jefe de los orien- 
tales. Puesto que Artigas, valga el evangelio de Cavia, era 
un bandido, sólo de bandidos podía estar constituido su 
personal administrativo y militar. Admitida la premisa, el 
doctor Berra estampa en su «Bosquejo Histórico», que la 
Junta de Vigilancia del gobierno de Otorgues se componía 
de crimínales, sin parar mientes en la alta respetabilidad 
délos ciudadanos contra quienes descarga el golpe de ma- 
za: Juan María Pérez, Gerónimo Pío Bianchi, Lorenzo Jus- 
tiniano Pérez y Lucas José Obes. Y el doctor López afir- 
ma en su «Historia de la Revolución Argentina», y;or Aa- 
berlo visto él personalmente, que el secretario Monterroso 
«un fraile franciscano corrompido y perdulario que se 
había alzado y evadido de un convento y que recorría los 
campos entre los bandoleros, vivía en 1842 en el valle de 
Elqui, al sur de Chile, donde se había constituido una fa- 
milia», no obstante que la partida de defunción publicada 
por Carlos María Ramírez en su obra «Artigas», prueba 
que el calumniado secretario de Artigas estaba enterrado 
en el cementerio de Montevideo desde el año 1838. 

¿Qué puede esperarse, en consecuencia, que digan los 
historiadores argentinos acerca de los subalternos milita- 
res de Artigas? 

Otorgues. 

Don Fernando Otorgues figura entre los primeros fac- 
tores de la insurrección oriental. Inmediatamente de cono- 
cido el pronunciamiento de Asencio, sublevó el distrito 
del Pantanoso, de donde era oriundo, organizando una 

JOSÉ ARTIGAS. — 17 T. 1. 



258 JOSÉ ARTIGAS 

columna de 800 hombres, con la que se incorporó al 
ejército de Artigas. El gobierno de Buenos Aires le ex- 
pidió los despachos de teniente coronel (Bauza, «Historia 
de la dominación española»). 

El más concienzudo y equilibrado de los historiadores 
argentinos, el general Mitre, habla en su «Histori.i de Bel- 
grano» «del siniestramente famoso don Fernando Otor- 
gues»; «una especie de bestia feroz», para el cual la cali- 
dad de esi^íiñol, porteño ó portugués era un crimen digno 
de ser castigado con la muerte; que castró una partida de 
argentinos en venganza de que le hubieran quitado una 
concubina; que apagaba las luces en los bailes para apode- 
rarse de las mujeres; que tenía un mulato Gay, cuya di- 
versión consistía en montar con espuelas á los españoles y 
cabalgar así por las calles de la ciudad; que tomaba caña 
en su despacho; y que no comprendía lo que firmaba mien- 
tras desempeñó la gobernación de Montevideo. 

Y todo ello lo funda el historiador argentino en la tra- 
dición comunicada por Lucas Obes, Lapido y Santiago 
Vázquez. Respecto de don Santiago Vázquez, se encarga 
de decir el propio general Mitre en su «Historia de San 
Martín» que «era amigo, partidario y confidente de AI- 
vear». Agrega el señor Pelliza («Dorrego»), que la redac- 
ción de «El América >:fc, periódico adicto al gobierno de 
Pueyrredón, se componía de los señores Feliciano Cavia y 
Sil ntiago Vázquez. ¿Qué imparcialidad podía aguardarse 
de un testigo vinculado personal y políticamente á los dos 
directorios argentinos que decretaron el exterminio de Ar- 
tigas? En cuanto al doctor Obes, bastará recordar que fué 
una de las columnas de la administración de Lecor en 
Montevideo y que actuó en Río Janeiro como diputado 
de la Cisplatina, para comprender que sólo podía declarar 
á favor de su cambio de orientación en 1816, cargándole 
la mano al artiguismo para justificar sus vinculaciones 
con la monarquía portuguesa. 

En contra de esa tradición de los grandes adversarios po- 
líticos de Artigas, puede invocar la historia el testimonio de 



DESCARGOS Y JÜSTlFÍCACroNES 259 

(Ion Dámaso Larrañagay don José R. Guerra, dos hombres 
distinguidos que también se plegaron á la conquista por- 
tuguesa de 1816, y que si en algún sentido podían incli- 
narse era á favor de todo lo que importara una justifica- 
ción de su conducta. Veamos, pues, la declaración de am- 
bos testigos, tal como consta en los «Apuntes Históricos» 
publicados en La Se7nana de 1857. 

Dan cuenta de la desocupación de la plaza de Montevi- 
deo por el ejército de Buenos Aires en febrero de 1815; 
de la entrada de los orientales el 27 del mismo mes; de 
un bando del 2 de marzo que imponía pena de la vida á 
los que hablasen contra las providencias del gobierno ó se 
encontrasen en corrillos sospechosos; y agregan: 

«Elegido el nuevo Cabildo presidido por el alcalde de 
primer voto don Tomás García de Zúñiga, se desarrolló 
una política de tolerancia, que no perseguía á los españo- 
les por ser españoles. Esa conducta tan liberal ocasionó 
disensiones. Los descontentos rodearon á Otorgues, y ellos 
«á pretexto de servirlo y desempeñarlo diseminaron en 
esta ciudad el terror y el espanto. La tropa que hasta 
aquel momento había mantenido una comportación ejem- 
plar, se entregó á la licencia. Algunos oficiales se señala- 
ron con la conducta más temeraria y depresiva. Renacie- 
ron las violentas exacciones. Y para colmo de males, fué 
suspendida la seguridad individual, dejándola á discreción 
y arbitrio de un tribunal erigido bajo el título de Vigi- 
lancia. La referida facción era privadamente adicta al 
sistema de dependencia de Buenos Aires, que repugnaba 
á Artigas y Otorgues, pero éste sin caer en ello, estuvo á 
dos dedos de distancia de romper con Artigas: lo que hu- 
biera producido una doble guerra civil y un cúmulo de 
desgracias cuya sola imaginación horroriza, (^uiso Dios 
que los dos jefes se explicasen y se entendiesen por cartas, 
con lo cual se disipó tan fatal nublado» 

«Otorgues, por más que no faltará quien lo describa con 
otros coloridos, era hombre sencillo é inclinado al bien, 
dócil, generoso y buen amigo. Nació de padres pobres, 



260 JOSÉ ARTIGAS 

aunque honrados, y por eso no consiguió una cultura co- 
rrespondiente á sus talentos nada comunes, porque tiene 
•previsión y con facilidad se impone de cualquier negocio. 
Su natural candor le hace susceptible de dejarse guiar por 
personas peligrosas, pero si consiguiese á su lado algíín 
bien intencionado director, procederá siempre con rectitud 
en todos respectos». 

''Sin embargo, el general Artigas determinó quitarle de 
la ocasión, y en consecuencia despachó á don Fructuoso Ri- 
vera con tropa de su mando para ocupar la comandancia mi- 
litar de la plaza y á don Miguel Barreiro en calidad de de- 
legado del poder ejecutivo, dando orden á Otorgues de to- 
mar posesión con su gente en la campaña . . . Desde que sa- 
lió la gente de Otorgues y entró la de Rivera, desapareció 
de esta ciudad la congoja y volvieron los ánimos á tomar 
aliento y confianza. Ninguna tropa en el mundo se ha 
mostrado más subordinada y atenta, en medio de la suma 
desnudez en que se hallaba. Todos á porfía deseaban hacer 
bien á los soldados y pudo desde luego cualquier persona 
andar á deshoras de la noche por la ciudad con toda con- 
fianza». 

Todo lo que resulta, pues, es que una facción, en la que 
se destacaba el doctor Lucas José Obes, rodeó á Otorgues, 
con el pretexto de ayudarle y con el fin positivo de alar- 
mar al vecindario y provocar un rompimiento en favor del 
predominio de Buenos Aires. Una intriga para voltear á 
Artigas, se torna así en cabeza de proceso contra el mismo 
Artigas! 

En su «Galería Histórica» repite el señor Antonio Díaz 
(hijo), uno de los cargos contenidos en la obra de Mitre, 
aunque sin apoyarse en testimonio alguno. Dice que en los 
comienzos de la invasión portuguesa, la población de cam- 
paña huía de «Otorgues que aterrorizaba á los mismos 
partidarios de Artigas, como ya lo habían hecho sus secua- 
ces Iglesias e Isidoro Caballero ensillando y jineteando con 
espuela á los gallegos en la esquiíia del Tigre y otros pa- 
rajes de Montevideo». 



DESCARGOS Y JUSTIFrCACIONES 2G ! 

Si Otorgues hubiera cometido en 1815 los ciínieiies y 
barrabasadas que la tradición antiartiguista le atribuye, ¡qué 
ai'gumento inmenso habría suministrado su gobierno al 
libelista Cavia, que escribió tres años después, sin des- 
perdiciar un átomo de lo que se había inventado contra el 
jefe de los orientales y sus subalternos! El silencio absolu- 
to del gran difamador y de los escritores extranjeros que 
repitieron y aumentaron sus diatribas, como Rengger y 
Longchamp y Miller, constituye la mejor demostración 
de que el juicio de Larrañaga y Guerra es el juicio exacto 
é incontrovertible de ía época á que corresponde. 

Otro testimonio se invoca corrientemente contra el co- 
ronel Otorgues y que por su origen adquiere importancia 
considerable para los historiadores orientales. 

Nos referimos á ia Memoria atribuida al general Rivera. 
Figura en la colección Lamas bajo el siguiente título: «Me- 
moria de los sucesos de armas que tuvieron lugar en la 
guerra de la independenciíi de los orientales con los espa- 
ñoles y portugueses, en la guerra civil de la Provincia de 
Montevideo con las tropas de Buenos Aires desde el año 
1811 hasta el de 1810. Escrita en 1830 por Un oricntah. 
Don Andrés Lamas la encabeza con estas líneas: «La me- 
moria que va á leerse nos parece indisputablemente escrita 
por un testigo, si no actor en los sucesos que narra». 

Don Isidoro De- María («Compendio de la Historia:-), 
al ocuparse de la campaña contra los portugueses dice que 
sus datos proceden de una «memoria escrita de puño y le- 
tra del general Rivera». Agrega que el original le fué en- 
tregado por doña Bernardina Fragoso de Rivera, en 1842, 
y que de ese original pi'oporcionó una copia á don Ensebio 
Cabral, quien la entregó á don Andrés Lamas con destino 
á la biblioteca de «El Comercio del Plata» y que allí apa- 
reció suscrita [)0i' « LTn oriental ». 

Ma eso («Artigas y su época»), al hablar de los prime- 
ros hechos de armas de la campaña de 181G contra los 
portugueses, asegura también que tuvo á la vista el origi- 
nal de la Memoria «escrita de puño ^y letra del general 
Rivera». 



2G2 JOSÉ ARTIGAS 

Bauza, en cambio («Historia de la dominaciÓQ españo- 
la»), aludiendo á la memoria de la colección Lamas, la- 
menta que sobre el testimonio de un «documento anóni- 
mo» se haya pretendido arrancar al general Rufino Bauza 
la gloria de la victoria de Guayabos. 

Dos observaciones concluyentes cabe hacer sobre la au- 
tenticidad de la Memoria. 

En primer lugar, no es creíble que don Andrés Lamas 
mantuviera el anónimo, en vez de prestigiar el documento 
con el nombre del autor, si ese nombre hubiera sido cono- 
cido. 

En segundo lugar, un actor en los sucesos, y un actor 
tan principal como Rivera, no ha podido incurrir en erro- 
res garrafales de fechas al relacionar sucesos de armas que 
él tenía que conservar frescos en su cabeza. Según la Me- 
moria, Artigas llegó el 1 1 de septiembre de 1811 á San 
José; el 1 9 ocupó las puntas del Canelón Chico; y luego 
dio la batalla de las Piedras. No se trata de un error aisla- 
do de fechas, puesto que la narración arranca del 28 de ju- 
lio de 1811, en que se produce el combate del Colla; refiere 
las acciones del 8 y del 6 de septiembre respectivamente 
en el Paso del Rey y San José; y continuando el encade- 
namiento de los sucesos, establece que Artigas llegó el 11 
á San José y el 19 á Canelón Chico. Nada se fija tan ní- 
tidamente en la memoria de nuestros hombres de guerra 
como las peripecias de sus campañas y las fechas délos 
sucesos de armas en que han intervenido. ¿Podía Rivera 
cometer tantos errores á la vez, pues no hay una sola fecha 
exacta, empezando por la de la batalla de Las Piedras que 
relega al 19 de septiembre, siendo así que tuvo lugar el 
18 de mayo? 

No sería imposible que sobre la base de conversaciones 
de Rivera, bien ó mal comprendidas y retenidas, cualquier 
tercero se hubiei'a encargado de redactar esa Memoria, en 
la que por otra parte a(]uel militar jamás surge como autor, 
sino como uno de tantos personajes que se mueven en el 
cuadro de la campaña. 



IjESCAlíGO^ Y JUSTIFICACIONES 263 

Después de este preámbulo, volvamos á uuestro tema. 

Hablando de Otorgues, dice la Memoria que abrió un 
puerto en Los Cerrillos, en donde se cometieron toda cla- 
se de hostilidades; (|ue el corond Bauza, jefe del batallón 
de libertos y sus oficiales, cansados del desorden y sin es- 
peranza de suceso, se entendieron con el general Lecor 
para dirigirse, como se dirigieron, á Buenos Aires; que 
Otorgues se quedó sin gente y tuvo que escaparse para 
que no lo asesinara el oficial Mieres, en castigo del fusila- 
miento de un hermano. 

Si en la redacción de la Memoria anónima, hubiera te- 
nido alguna participación el general Rivera, por ese solo 
hecho habría que poner en cuarentena todo lo que ella 
dice del coronel Otorgues, dada la magnitud de los conflic- 
tos ocurridos entre ambos jefes durante el curso de la in- 
vasión portuguesa. 

En su «Compendio de la Historia», reproduce De-Ma- 
ría dos oficios de Rivera, que son decisivos á ese respecto. 
En el primero, de 6 de agosto de 1817, transmitido á 
Otorgues por intermedio del alcalde de primer voto de 
Maldonado, hace constar Rivera: que la división de Otor- 
gues ha desobedecido las decisiones de Artigas y que ade- 
más ha interceptado los útiles de guerra y provisiones des- 
tinadas á sus fuerzas; y en el segundo, dirigido á don Fran- 
cisco Agudar el 9 de agosto de 1817, habla Rivera del 
levantamiento del campamento como medio de «alejar paia 
siempre la guerra civil que ya se deja traslucir en el país». 

Al ocuparnos del gobierno de 1815, tendremos oportu- 
nidad de conocer y apreciar otros testimonios relacionados 
con la actuación de Otorgues. 

Culta. 

Es tan formidable !a leyenda, que hasta los mismos pa- 
negiristas del jefe de los orientales no pueden á veces des- 
prenderse de ella. 

Habla Bíiuzá («Historia de la dominación española»), 
de los sucesos de 1812: 



264 JOSÉ ARTIGAS 

La campaña oriental se había convertido en un desierto 
inhabitable. Vigodet había aterrorizado á los que no habían 
ido en la peregrinación de Artigas, con noticias de saqueos 
por los indios, para reconcentrar en Montevideo todos los 
elementos que podían ser útiles al movimiento indepen- 
diente. Un cabecilla indígena, de nombre Sandíí, se desta- 
có por su cuenta del ejército de Artigas y saqueó el pueblo 
de la Florida. En el acto lo alcanzó una partida patriota 
y sin más trámite lo fusiló. Pero la noticia del saqueo, sin 
su complemento del castigo, fué grandemente explotada por 
Vigodet, que obtuvo así que se refugiaran en Montevideo 
de 3,500 á 4,000 individuos. Dentro de ese desierto, era 
natural que el matreraje hiciera de las suyas. En su ma- 
yoría se componía de desertores, que la revolución se en- 
cargó de dignificar. Uno de esos desertores, José Culta, 
cabo del regimiento de blandengues, resolvió atacar al 
frente de una partida de bandoleros la estancia de don To- 
más García de Zúñiga, que no había seguido á Artigas al 
Ayuí. Pero advertido Zííñiga, dio una sorpresa á Culta y 
convenció á éste de que debía transformarse de bandolero 
en soldado de la patria, como en efecto lo hizo, sitiando á 
Montevideo y recibiendo honores militares del gobierno de 
Buenos Aires. El mulato Encarnación era también un ma- 
trero temido por sus fechorías. Su fama extendida por todo 
el país le granjeó la admiración de los facinerosos, que se 
le juntaban con gusto, encantados de tener un jefe que les 
superase. También floreció Gay, otro forajido. De algunos 
como Casavalle, Gari, Pedro Amigo, apenas si ha quedado 
el recuerdo de sus nombres, sabiéndose de Amigo que pe- 
reció en el patíbulo. 

Oigamos ahora á los contemporáneos. 

En su « Diario histórico del sitio de Montevideo », don 
Francisco Acuña de Figueroa, que era un realista decidido, 
segíin él mismo lo declara, se ocupa repetidas veces del ofi- 
cial Culta. 

Dice en el exoidio, que por el Miguelete y Peñarol «es- 
parcía el terror Culta >. Ese caudillo, agrega, se presentó á 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 265 

fines de septiembre y avanzó liasta el Cerrito el 1 .° de octu- 
bre de 1812. En una nota, amplía así su referencia el autor: 

«José Enrique Culta, primer caudillo que con fuerza ar- 
mada de orientídes se presentó á la vista de Montevideo, 
antes de llegar el general Rondeau. Era un hombre vulgar, 
pero de grande valor y opinión éntrelos campesinos. El se 
alzó en la campaña á hacer la guerra por su cuenta, á la 
voz de libertad que á la distancia proclamaba don José 
Artigas, instalado general y como patriarca de los orienta- 
les. Culta, con un grupo de paisanos mal armados, empezó 
á hacer correrías en la campaña y algunos desórdenes y 
violencias. Poco después, don Tomás García de Ziiñiga que 
se hallaba á su cabeza, lo llamó, lo aconsejó bien y le pro- 
porcionó ropa y armamento; lo mismo hizo el compatriota 
don Pedro J. Sienra^ quien con grandes riesgos y loables 
astucias logró proporcionarle armamento y dinero, con lo 
cual Culta empezó ya ú hacer la guen-a de un modo regu- 
lar y con cierta disciplina, aumentando su crédito y el nú- 
mero de su gente; de manera que en 28 de septiembre de 
1812, según consta de oficio, ya tenía 350 hombres, etc. 
Tomó prisioneras varias guarniciones realistas en los pue- 
blos, y caballadas y armamentos; y así, acosando y persi- 
guiendo á cuantas partidas se le oponían, se presentó en el 
Cerrito el 1.° de octubre de 181 2, pudiendo decirse con 
exactitud que él con sus orientales plantó el sitio de la 
plaza veinte días antes de llegar el ejército argentino con 
el general Rondeau». 

De la narración poética correspondiente al 1.° de octu- 
bre, entresacamos estas referencias: «el intrépido Culta, 
aquel terrible artiguista, que difundiendo el espanto, el cam- 
po en torno domina; de quien huyendo azoradas guarni- 
ciones y familias, con hipérboles ponderan la fiereza y la 

osadía » Por [)rimera vez Culta levanta «la insignia 

blanca y celeste... •» «A este caudillo y su gente el vulgo 
absorto designa cual fantasma asoladora que forja la fan- 
tasía. Mucho el terror exagera, no poco inventa la intriga, 
mas el que imparcial escribe, vulgaridades omite». 



266 JOSÉ ARTIGAS 

En el curso del mismo día salió una fuerza de la plaza y 
después de algunas guerrillas, tuvo que retirarse con dos 
heridos. Otras fuerzas capturaron á un paisano que con- 
ducía correspondencia con destino á Culta, y que para no 
comprometer á nadie se comió «el pliego á bocados». Al 
día siguiente el mismo correo se entregó como un héroe al 
sacrificio, previa sentencia del Consejo de Guerra, sin dela- 
tar á nadie, aún cuando el perdón le ofrecían. Fué conde- 
nado á 300 palos y «entre los ayes que el dolor le arranca, 
dijo ¡quiero morir, mas no decirlo!» 

Más adelante, aparecen Culta y sus soldados, daíido 
pruebas de gran valor. Una noche (no había llegado 
aún Rondeau), hubo una gran conmoción en la plaza, 
á causa de haber divisado el centinela tres bultos em- 
bozados, sobre los cuales disparó un tiro. Al grito ¡á las 
armas! ge pusieron de pie todas las fuerzas de la plaza, pro- 
duciéndose una gran confusión de clamores y tiros. Gri- 
tábase por unos traición y por otros asalto, y hubo muer- 
tos y heridos. 

«Diariamente de la plaza al campamento enemigo —la 
deserción numerosa — es de seducción indicio. Pero ¿qué 
más seducción que ese aparente prestigio de libertad que 
alucina— aún á aquel que no es cautivo?» 

El 20 de octubre de 1812 apareció Rondeau en el Ce- 
rrito. 

Tres meses después los lanchones del ejército si- 
tiador daban un asalto en plena bahía á la escua- 
drilla española. La expedición que se componía de 60 
hombres iba á cargo de Caparros, Urasma y Culta. El 22 
volvía al puerto un bergantín español apresado por los ex- 
pedicionarios y reconquistado por los realistas. Entre los 
prisioneros estaban Culta, Caparros y 46 más, que fueron 
alojados en la Cindadela. 

Tales son los datos que suministra la relación de un tes- 
tigo de gran autoridad. Se trata, como se ve, de una es- 
pléndida foja de servicios: veinte días antes de la llegada 
del ejército de Rondeau, el heroico oficial iniciaba el sitio 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 267 

de Montevideo á la sombra de la insignia blanca y celeste 
que había de simbolizar más tarde los colores de la patria, 
y en una serie de grandes proezas, acomete la aventura de 
apoderarse de la escuadra española y cae prisionero de los 
realistas que en el acto lo encierran en los calabozos de la 
fortaleza de Montevideo. 

También actuó Culta gloriosamente en la batalla del 
Cerrito, y entre los jefes principales, según resulta del 
parte de Rondeau al capitán general don Manuel de Sarra- 
tea y diario militar del ejército del Norte (Zinny, <^ Biblio- 
grafía hist(5rica de las Provincias Unidas del Río de la 
Plata»): 

«Los jefes principales que en él figuran son: el teniente 
coronel don Ventura Vázquez, el comandante de escuadrón 
don Rafael Hortiguera, el teniente coronel don Miguel 
Estanislao Soler, el comandante Culta, el teniente coronel 
don Blas Pico, el sargento mayor don Hilarión de la Quin- 
tana y el comandante don Baltasar Bargas ^>. 

Pedro Amigo. 

Sigamos haciendo desfilar á los subalternos de Artigas. 

Del fin de otros de los sanguinarios capitanejos de Arti- 
gas, dice el señor Antonio Díaz (hijo) («Galería contem- 
poránea»), instruye un bando de don Ildefonso Champagne, 
alcalde de segundo voto, haciendo saber que ante su Juzga- 
do y en virtud de órdenes de la Cámara de Apelaciones 
del Estado Cisplatino se ha seguido causa «de oficio con- 
tra Pedro Amigo, José Mariano Mendoza, Ildefonso Ba- 
sualdo, Manuel Casavalle, Agustín Velázquez, Celedonio 
Rojas, Manuel Freiré, un portugués llamado Pintos, Ma- 
nuel Araujo y Pantaleón Artigas, por haber robado y ase- 
sinado á sangre fría en abril de este año, en el arroyo Ma- 
lo, á siete negociantes, hombres honrados y pacíficos que 
allí transitaban, siendo condenados á muerte por reos la- 
drones y asesin(>s, Amigo, Freiré, Pintos, Araujo y Artigas». 

Un oficio al Barón de la Laguna, que reproduce 



268 JOSÉ ARTIGAS 

el mitor, datado en la villa de Guadalupe el 1 2 de no- 
viembre de 1823, pidiendo el envío del reo Mendoza, 
«en la causa seguida por este Juzgado contra Pedro Ami- 
go y sus cómplices, sobre los robos y asesinatos que han 
cometido», demuestra que el bando de Champagne corres- 
ponde al propio año 1823 y á la magistratura de Guada- 
lupe. 

Agrega el mismo historiador, que Blas Basualdo (a) 
<'Blasito», fué asesinado por un muchacho en una pulpería 
de Entre Ríos en 1828; y que Andrés Artigas (a) «Andre- 
sito» «murió en la cárcel del Janeiro por un presunto ase- 
sinato en 1823». 

Así se escribe la historia antiartiguista. Andrés Arti- 
gas preso en una cárcel de Río Janeiro por un asesinato 
ocurrido en 1823! Y sin embargo, es notoria la causa de 
la prisión del heroico y humano caudillo de las poblacio- 
nes indígenas en las guerras de la independencia Atacado 
y vencido por los portugueses en Itacururú en junio de 
1819, no pudo escapar á las garras de sus peí seguidores 
y fué enviado á Río Janeiro y encerrado en un calabozo, 
donde murió á los pocos meses. (Bauza, «Historia de la 
dominación española»). Agrega Maeso («Artigas y su épo- 
ca-)) que murió envenenado el año 1820 en una fortaleza 
del Brasil. Prescindamos de la causa del fallecimiento. Lo 
que debe asombrar verdaderamente, es que un jefe que cae 
prisionero á raíz de una batalla^, sea presentado ante la his- 
toria como uucriminal á quien se enjuicia por delitos co- 
munes. 

Algo ha quedado también de Pedro Amigo, para des- 
autorizar á sus detractores. 

Dice don Juan Manuel de la Sota («Cuadros históri- 
cos»), hablando de la lucha que se produjo en Montevi- 
deo entre las fuerzas brasileñas y portuguesas á cargo de 
los generales Lecor y da Costa, que el primero interceptó 
correspondencia del Cabildo de Montevideo á Maiuiel Duran 
y á Pedro Amigo «para que trabajaran incesantemente é 
incendiaran la campaña á toda costa, nombrando al efecto 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES í}()9 

á Duran de comandante interino hasta la llegada de Lava- 
lleja». El señor de la Sota, que es un furibundo antiarti- 
guista, agrega que Pedro Amigo en los últimos quince días 
de abril había asesinado ú. veintidós individuos, que juz- 
gaba contrarios á sus ideas; que las fuerzas de Rivera, á la 
sazón al servicio de Lecor, lo aprisionaron; y que entre- 
gado á la justicia, fue condenado á muerte, habiendo actua- 
do en la causa como defensor suyo don Joaquín Suárez. 
Quiere decir, pues, que cuando Pedro Amigo fué apre- 
hendido por las fuerzas de Rivera, andaba en misión del 
Cabildo de Montevideo prepai-ando la insurrección de la 
campaña contra la dominación brasileña que pugnaba por 
sustituirse á la dominación portuguesa ya próxima á 
terminar con el regreso á Europa de la División de 
Voluntarios del Rey que guarnecía á Montevideo. El 
general da Costa, jefe de las referidas fuerzas, esta- 
ba en esos momentos de acuerdo con algunos patriotas 
orientales para precipitar el desalojo de las fuerzas brasi- 
leñas acaudilladas por Lecor. Era, por lo tanto, el capitán 
Amigo un revolucionario, un preso político, y de acuerdo 
con la lógica imperante había que bautizarlo como bandido 
famoso, y así lo han bautizado los historiadores antiarti- 
guistas. 

MONTERROSO. 

Acerca de los demás subalternos de Artigas, nada pode- 
mos decir. Faltan testimonios de la época para rebatir las 
tradiciones de los historiadores argentinos. 

Puede agregarse, que al surgir nuestros dos grandes par- 
tidos trac^.icionales, la propia atmósfera patria quedó envene- 
nada para algunos de los actores gloriosos de las luchas por 
la independencia. Es el caso del fraile Monterroso, que 
cuando desembarcó en Montevideo, después de catorce 
años de ostracismo voluntario, fué expulsado á título de 
vinculaciones con uno de los bandos en lucha, lo que no 
impidió que el doctor López atribuyera la actitud de lasau- 



270 JOSÉ ARTIGAS 

toridatles al sentimiento de lioi'ror que la presencia del 
fraile bandolero provocaba en los habitantes de su ciudad 
natal! 

De los testigos de la época, sólo el coronel Cáceres se 
ocupa de Monterroso, y su testimonio está seguramente vi- 
ciado por rivalidades 6 antagonismos de campamento, úni- 
cos á que puede atribuirse el relato del episodio á bordo 
del bergantín «Belén,» que vamos á reproducir, del todo 
inconciliable con el carácter entei'O é independiente del se- 
cretario de Artioas. 

En el interrogatorio que absolvió en 1856, á pedido del 
general Mitre (Archivo Mitre), expresa el coronel Cáceres 
que en su presencia habló así Monterroso: 

«Desengáñense ustedes, en esta época se encuentra más 
virtud en la ignorancia que en la ilustración; echen uste- 
des una ojeada á los pueblos de Misiones y verán aunque 
son los más ignorantes son los que tienen verdadero amor 
al sistema, que han ido á Corrientes, al Entre Ríos é irán 
donde quiera les llame la necesidad de aalvar la patria; pe- 
ro los entrerrianos que se consideran más ilustrados, con 
pretexto de ciertos montaraces no nos quieren ayudar, y 
don Frutos que se ha metido apolítico se nos quiere levantar 
con el santo y la limosna; por esta razón, en mi opinión, 
la fuerza debe confiarse á un hombre ignorante, que es el 
que obedece ciegamente las disposiciones de su jefe.» 

Monterroso, agrega el coronel Cáceres, había sido rector 
de filosofía en Córdoba v maestro de don José Benito La- 
mas. Después de la derrota de Artigas, cayó prisionero de 
Ramírez, quien le obligó á subir á la cofa del bergantín 
«Belén» y predicar desde allí contra Artiga. Posteriormen- 
te, tuvoá su cargo la secretaría del general Ramírez, termi- 
na el manuscrito que extractamos. 

Para llenar en parte el enorme vacío de las informacio- 
nes históricas, vamos á reproducir una carta de Monterroso. 
En ella aparece el secretario de Artigas con todos sus carac- 
teres personales, haciendo el proceso del espíritu porteño 
que más tarde había de flagelarlo á él á la sombra de pre- 



DESCARGOS Y JUSTIFICA CrOIÍES 27 I 

tendidas tradiciones de la época. Está datada en Marsella, 
adonde tuvo que dirigirse el autor, como consecuencia del 
destierro que le impuso el gobierno de Rivera en 1834. 
Obraba original esa carta en el archivo del doctor F. A. 
Berra y de ella obtuvo el doctor Carlos María de Pena la 
copia que enseguida reproducimos: 

«Señor Cura don F. Gadea — Marsella, 25 de febrero de 
35. — Mi estimado pariente: si los lazos de la sociedad son 
fuertes, nunca más firmes, que cuando son entrelazados 
con los vínculos de familia, de paisanaje, de opinión, etc., 
He sabido en Montevideo que usted despliega ingenio y 
energía. Siempre la Banda Oriental daría hijos herederos 
de su engrandecimiento: su clima, su posición le dan esta 
ventaja. Con la Revolución se ha desplegado su genio: los 
continuos combates le han dado gloria: su historia abunda 
de cosas grandes: negarle esta prerrogativa, es negar los he- 
chos. Ella marcha á su término; ó es preciso borrarla de la 
situación que ocupa en el Mapa Mundi. Por exageradas 
que aparezcan estas ideas, envuelven en su fondo un ger- 
men que es más digno de admirarse, que de explicarse. 
Aun antes de la revolución se notaron estos síntomas. La 
reconquista de Buenos Aires es la obra de sus manos. La 
Junta representativa de Montevideo en 1808 indica sus 
ideas. En la revolución, ¿qué podría decirse? ¿que no siguió 
el rol común? Su causa justificada por los mismos que la 
combatieron. Los tratados de Buenos Aires y Brasil con- 
firman el hecho; y la declaración de la República Oriental 
del Uruguay no fué más que la reivindicación de su justi- 
cia. La garantía del Gabinete de Saint-James, la confirma- 
ción de las intrigas que la precedieron. Aquí de un adagio 
español «se enojaron los compadres, se descubrieron las ver- 
dades». Y después de un resultado tan glorioso ¿podrá negar- 
se el genio á los orientales? ¡Personificarlo! Es pobreza: es 
táctica de la política no del convencimiento. La oposición 
en 1811 al tratado de paz entre Buenos Aires y Elío reco- 
nociendo á éste por capitán general hasta el Paraná, no fué 
el voto de un hombre sino de un pueblo. La oposición á la 



272 JOSÉ ARTIGAS 

entrada del general Sonsa con 70 hombres en esa raisraa 
época, inviste el mismo carácter. Este es el punto jefe don- 
de debe partirse para convencerse si era ó no el genio el 
que decidía. Sin recursos, sin táctica, tal vez sin moral públi- 
ca, su entusiasmo lo prepara todo, todo se facilita. Se pelea 
y se vence. Si se miden exactamente las proporciones, no 
fueron los griegos más gloriosos en Maratón, ni los espa- 
ñoles resistiendo á los franceses. Li historia desarrollará 
estas ideas y dará al tiempo lo que es del tiempo. En tanto 
mi cálculo es, que el genio que ha de desarrollar la gran- 
deza del pueblo oriental, ha nacido ya: por aventurero que 
se suponga, es fundado en hechos, no en teorías. 

«Mientras usted medita, pasaré á otra cosa para darle 
materia en que ocupar el tiempo con agrado y tal vez pro- 
vecho. Escribo á usted desde Marsella. Por este solo rasgo 
advertirá el objeto de mi carta. No pienso hablar á usted 
como amigo en tono de lamentaciones. Esto es muy triste; 
y para tristes el Perú. Hablaré á usted como Diputado ins- 
tituido por la ley para velar sobre su cumplimiento. A los 
14 años después de mi ostracismo voluntario, veo mi país 
constituido y me presento en Montevideo. Me creía seguro 
bajo la égida de la ley, porque al fin no había sido un 
ladrón ni un traidor; y sin embargo, al presentarme en po- 
licía, hospita insalutato, — está usted preso. Hasta aquí la 
formalidad es de estilo. Vamos á lo grande. Soy expatriado 
sin formación de causa. Este pecada zo político se dora 
con el título de la gran religiosidad; y sin más ni más me 
tiene usted en Marsella y á mis expensas, que es otro It 
más; y sin querer darme mi Pasaporte, que es la última 
bribonada. Observaciones: sobre un huevo pone la gallina; 
y el despotismo avanza con esta razón. Si el pueblo calla, 
el gobierno se avanza: si se le resiste y se le señala el ca- 
mino, cede; porque conoce que su autoridad tiene por ob- 
jeto marchar en línea recta. Si hay leyes, deben cumplirse: 
tenerlas y no cumplirlas, es el peor de los males en sentir 
de los Políticos. El que vaya al África sufi'irá el despotismo 
por conocimiento. El que corra un país libre mirará el des- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 273 

potismo con seutimieuto. El resultado es el mismo que las 
impresiones diferentes. El ministro será el depositario de 
la ley; no su superior. Si lo primero, ¿por qué se le permite 
tanta arbitrariedad? ¿Para qué son las Cámaras de Senado- 
res y de Diputados. A éstos es mi reclamo, no al ministro. 
El hará bien obrando como quiere: las autoridades obrarán 
mal no llevando la ley por regla. Si lo segundo, la prácti- 
ca lo condena: es superior sobreponiéndose á las institu- 
ciones. ¡Bravo!... ¡Bravísimo! Lo entiendo, lo entiendo. 

«Acerquémonos más á lo inmediato de mi persona. Ex- 
patriado por irreligioso: ¿y Agüero paseándose en Montevi- 
deo? ¿No forma un contraste ante la ley? Busque usted los 
principios y en los resultados no hallará más diferencia, 
que lo oriental y lo porteño. Rivadavia y Artigas: Agüe- 
ro y yo. Aquéllos laudados hasta en el Almanaque. Nos- 
otros condenados de hecho y de derecho. ¡Qué importa! Si 
ellos instituyeron, nosotros les enseñamos el camino. El 
artículo 134 de la Constitución es la guía. Después de él 
juzgarme por irreligioso es convencer de prevención, no de 
título legal. No habiendo sido juzgado, tengo derecho al 
reclamo; ninguno es indigno sino convencido. Mas yo desea- 
ba ser juzgado. Entonces se hubieran desarrollado las ideas. 
Temieron; y me expatriaron. Nunca soy más justificado. El 
crimen es más odioso cuando más de manifiesto. Yo fui 
expatriado entre gallos y media noche; es la prueba de mi 
justificación, porque si soy indigno: testímoníum perhibe 
de malo; sí non cur me codís-. 

Esta carta que está suscrita por José Roso, y no José 
Monterroso, por temores ó prevenciones del momento, pero 
que por el relato del incidente personal ocurrido en Mon- 
tevideo, es inequívocamente del secretario de Artigas, cons- 
tituye una verdadera joya política de la época de la Inde- 
pendencia, en cuanto exhibe el criterio general con que se 
habían apreciado siempre las cosas por el artiguismo. Ante 
todo, una fe inmensa en el engrandecimiento de la patria. 
Ella marcha a su término ó será preciso borrarla de la si- 
tuación privilegiada que ocupa en Sud América; el genio 

JOSK ARTIGAS.— 18 r. I. 



274 JOSÉ ARTIGAS 

de sus hombres está ya ampliamente traducido en la recon- 
quista de Buenos Aires, en la creación de la Junta Guber- 
nativa de 1808 y en la gigantesca lucha contra la inva- 
sión portuguesa que inicia en 1811 un grupo de setenta 
ciudadanos contra el ejército de Souza y que se agiganta 
luego en términos no excedidos por los griegos en Mara- 
tón, ni por los españoles en su lucha contra los franceses. 
La historia, desarrollará estas ideas y dará al tiempo lo 
que es del tiempo, dice Mouterroso, cerrando esta primera 
parte de su carta que revela á su vez la función importan- 
tísima desempeñada por la Provincia Oriental en la Revolu- 
ción y antes de ella, y la causa de los antagonismos exis- 
tentes con Buenos Aires. En la segunda parte, Mon terroso 
se encara con el diputado Gadea, le señala una arbitrarie- 
dad cometida por el Poder Ejecutivo, demuestra la necesi- 
dad de que cada uno de los Poderes del Estado cumpla sus 
deberes de fiscalización y le da una lección práctica de dere- 
cho constitucional á la que hoy mismo no negarían su 
firma los catedráticos de esa ciencia en la Universidad. La 
violación de la ley, es el peor de todos los males, y la vio- 
lación no combatida degenera en ley á su turno, concluye 
el ardoroso secretario, inspirado en las ideas y sentimien- 
tos del ambiente artiguista en que había vivido. 

En resumen. 

Haciendo el examen de las acusaciones formuladas- 
contra Artigas, hemos demostrado que el eje del proceso es 
un libelo despreciable en todo sentido, cuyo autor tuvo que 
ampararse del anónimo, porque era enemigo personal del 
jefe de los orientales y porque escribía con pluma asala- 
riada de oficial mayor del Directorio de Puej^rredón. Ese li- 
belo, por otra parte, sólo invoca el testimonio de otro docu- 
mento anónimo atribuido á «Varios orientales curiosos», 
como prueba de sus estupendos cargos. Hemos demostrado 
también que Rengger y Longchamp y el general Miller, se 
vieron precisados á repetir á Cavia, porque la índole de sus- 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 275 

tareas y el mismo itinerario de sus viajes los alejaban en 
absoluto de todo contacto con el personaje á quien depri- 
mían. Si atacaron á Artigas, fué porque tenían á la mano 
una publicación oficial que, como extranjeros ajenos á las 
miserias internas, creyeron que debían aceptar y aceptaron 
sin el más remoto conocimiento de causa. 

Eliminados Cavia, Rengger y Longchamp, el general 
Miller, y los gobernantes argentinos que en lucha con Ar- 
tigas pusieron á precio su cabeza, para endiosarlo después, 
ningún otro contemporáneo figura en la lista de los acusa- 
dores. ¿Dónde está, pues, la tradición antiartiguista de que 
pretenden echar mano los grandes historiadores argentinos 
pai'a flagelar al jefe de los orientales? 

Forman legión en cambio, y brillantísima legión, los con- 
temporáneos que han dejado constancia en páginas memo- 
rables de las virtudes cívicas y privadas y de las condicio- 
nes sobresalientes del personaje, confundiéndose en el elogio 
los admiradores de Artigas y sus adversarios furibundos» 
como acabamos de verlo. 

Los archivos oficiales de Montevideo, prueban que Ar- 
tigas, en el ejercicio de sus funciones de oficial de blanden- 
gues, aprehendía bandidos y los remitía á sus jueces natu- 
rales, llegando su corrección de procederes hasta el extremo 
de abstenerse de atacar á viva fuerza á un soldado crimi- 
nal, á la espera de autorización expresa para proceder en 
esa forma. Y los archivos oficiales de Buenos Aires con- 
firman ese mismo respeto por la justicia, á cuyas deci- 
siones eran entregados los delincuentes del Ayuí, sin el 
desprecio á las formas que en esa época y en todo el teatro 
de la Revolución americana era de orden y se producía á. 
cada instante sin suscitar censura alguna. 

Algo más demuestra la documentación oficial: el heroís- 
mo de Artigas en la reconquista de Buenos Aires y en la 
defensa de Montevideo contra los ingleses, en los propios 
momentos en que según afirman los detractores furibundos, 
estaba entregado á la vida de bandido y de contrabandista 
en las fronteras portuguesas. 



276 JOSÉ ARTIGAS 

Uu militar de esta escuela, podía figurar al lado de hom- 
bres eminentes, y Azara que sabía buscar á sus subalter- 
nos, lo escogió para la obra colonizadora que había proyec- 
tado j que empezó á realizar á título de dique contra la 
invasión portuguesa que avanzaba siempre, tragándose el 
territorio español que se le presentaba por delante. 

Al estallar el movimiento revolucionario de 181 O, no 
era Artigas un desconocido: los hacendados lo elogiaban 
por su acción moralizadora en la campaña y los políticos y 
los militares lo tenían en el más alto concepto. 

Don Rafael Zufriateguy, diputado por Montevideo al 
Congreso de Cádiz, reconoce en 1811 que Artigas en todo 
tiempo se había merecido la mejor confianza y estimación 
de todo el pueblo y jefes en genera! por su exactísimo des- 
empeño en toda clase de servicios. 

El mariscal Laguna, declara al rey de España en 1818, 
que la adquisición de Artigas es uno de los puntos más 
esenciales para la reconquista, en razón de que domina 
toda la indiada y es dueño de sus corazones y en 600 le- 
guas de circunferencia no hay más voz que la suyd. 

El general Nicolás de Vedia, expresa que al tiempo de 
estallar la Revolución gozaba ya de opinión por servicios 
considerables que había prestado en persecución de contra- 
bandistas y Jiialhechores, y en las guerras contra los por- 
tugueses en 1802 y contra los ingleses en 1807. Y agrega 
que después de producida la insurrección de la campaña 
oriental, llegó á ser el ídolo de su tierra. 

Para el doctor Mariano Moreno, era Artigas uno de los 
elementos que la Junta Gubernativa necesitaba atraerse de 
cualquier modo por sus conocimientos en la campaña, como 
por sus talentos, opinión, concepto y respeto. 

Don Joaquín Suárez, lo declara el primer patriota orien- 
tal y agrega que siempre obró como hombre honrado; que 
jamás faltó á su palabra; que lejos de ser sanguinario, era 
muy sensible con los desgraciados. 

Larrañaga formula su elogio considerable como gober- 
Dante, diciendo que escaseaba aun lo necesario en su propia 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 277 

persona para tener que expender con profusión en la Bi- 
blioteca de Montevideo; como político, estableciendo que 
llegó á manejarse con tanta sagacidad y destreza que pudo 
contrabalancear más de una vez el poder de Buenos Aires, 
«por cuya razón se lian escrito contra Artigas cosas (jue 
horrorizan»; como caudillo, declarando que conocía mu- 
cho el corazón humaiio, que nadie lo igualaba en el arte de 
manejar á nuestros paisanos, por cuya razón todos le se- 
guían con amor, no obstante vivir desnudos y llenos de 
miseria á su lado; como hombre de cultura, reconociendo 
que era un espíritu extraordinario y original en todo senti- 
do y haciendo el elogio de su conversación, de su expe- 
riencia y de su tino. 

Para el coronel Cáceres, Artigas era un hombre de bien, 
patriota, desinteresado, muy humano y de un prestigio 
tan enorme que cuando ya iba á asilarse al Paraguay, de- 
rrotado en todas partes, todavía salían los indios á pe- 
dirle la bendición y abandonando sus hogares seguían 
con sus familias en procesión detrás de él. 

El brigadier general don Antonio Díaz confirma los sen- 
timientos humanitarios de Artigas y declara que los go- 
biernos de Buenos Aires fueron causa de sus desaciertos, 
cuando pudieron constituirlo en uno de los más varoniles 
y poderosos defensores de la política americana. 

El historiador español don Mariano Torrente declara 
que '< Artigas era un oficial de valor y de prestigio», y hace 
el elogio de su valor indomable y de su decisión en la bata- 
lla de las Piedras. 

En concepto de Juan Bautista Alberdi «hay dos Artigas: 
el de la leyenda, creado por el odio á Buenos Aires; y el 
de la verdad histórica, que es un héroe >. 

Don Santiago Vázquez reconoce que la emigración que 
se produjo á raíz del levantamiento del primer sitio, fué la 
obra del prestigio de Artigas que preparó un asilo y una 
esperanza á todos los que estaban en aptitud para marchar 
fuera de la provincia. 

Los hermanos Robertson, lo exhiben atendiendo recia- 



278 JOSÉ ARTIGAS 

mos con admirable corrección, desplegando en el manejo 
de los negocios públicos nna inteligencia verdaderamente 
extraordinaria y de múltiples facetas, dictando él mismo 
su complicadísima correspondencia y revelando en su tra- 
to modales de hombre distinguido y bien educado. 

De los comisionados norteamericanos de 1818, Bland 
á la vez que fulmina el servilismo de la prensa de Buenos 
Aires, exhibe á Artigas en la tarea de implantar el régi- 
men federal sobre la base de su funcionamiento en los 
Estados Unidos, frente á la oligarquía porteña, empeñada en 
recoger la herencia de los antiguos virreyes; y Rodney ex- 
presa que era considerado por personas dignas de crédito 
como un amigo firme de la independencia de su país y 
que incuestionablemente era hombre de talentos excepcio- 
nales. 

En las sesiones del Congreso Norteamericano de la época, 
surge Artigas como un verdadero republicano, en lucha 
contra la dictadura intolerable de Pueyrredón. 

Don Carlos Anaya habla del inmortal Artigas, sacrifi- 
cado por la ambición del gobierno de Buenos Aires; el co- 
ronel Aguiar declara que los servicios de Artigas formarán 
algún día la leyenda más grande y edificante de entusiasmo 
y nacionalismo en la relación histórica de la revolución de 
esta parte de la América del Sur; el historiador don Juan 
Manuel de la Sota y el doctor José Valentín Gómez decla- 
ran que Artigas figuraba entre los hombres más distingui- 
dos de la Banda Oriental, al producirse la insurrección de 
1811. 

Los señores Francisco Solano Antuña, Ramón Ma- 
sini y Domingo Antonino Costa, lo reconocen como el pri- 
mero de los orientales y niegan los crímenes que se le im- 
putan, contrarios según ellos al carácter franco y huma- 
no de Artigas. 

Don Nicolás Rodríguez Peña, le escribe en 1815 que 
siempre ha mirado con afección su peróona y que reconoce 
que sus esfuerzos tienden á establecer la felicidad de su 
país. El Cabildo de Buenos Aires le colma de elogios en 



DESCARGOS Y JUSTIFICACIONES 279 

el mismo ano: héroe, iluRtre, benemérito, recto, víctima de 
la impostura de sus enemigos. 

La prensa de la época, dirigida por los prohombres del 
mismo partido unitario que había empleado contra Arti- 
gas todos los recursos imaginables, hasta la invasión por- 
tuguesa! se encarga á raíz de la reapertura del Paraguay 
al comercio del mundo, de hacer el elogio de Artigas y de 
pedir al gobierno la repatriación en forma solemne del ilus- 
tre proscripto. 

En presencia de esta decisiva acumulación de testimo- 
nios, cabe preguntar una vez más, ¿de qué lado está la tra- 
dición? ¿Del lado de los detractores de Artigas, ó del la- 
do de sus panegiristas? 

Es ya imposible la controversia. O más bien dicho, la 
controversia queda terminada, mientras los acusadores no 
presenten nuevos testimonios. Y después de la extensa bi- 
bliografía que hemos hecho, complementada por el examen 
de los archivos públicos de ambas márgenes del Plata, tene- 
mos la seguridad más absoluta de que los nuevos testimo- 
nios jamás se encontrarán, sencillamente porque sólo han 
existido en la cabeza de los que inventaron la leyenda de 
sangre por odio al personaje y á sus grandes principios po- 
líticos. 

¿Cuál era, entretanto, el medio ambiente del período re- 
volucionario en que se agitaba Artigas? 

Es lo que vamos á averiguar en el próximo capítulo, pa- 
ra que se destaque el personaje en medio de los charcos 
■de sangre que todos los demás factores de la Revolución 
fomaban á su alrededor. 



capí TIL o IV 



X,A BDAD DE PIEDRA 

EN El/ MOVIMIENTO REVOI/UCIONARIO 



CÓMO SE DERRAMABA LA SAXGRK EN' EL RIO DE LA PLATA 



Sumario: — Un dictamen de Mariano Moreno á la Junta de Mayo^ 
sobre los medios de consolidar la independencia y la libertad. 
Hay que cortar cabezas y hay que formar arroyos de sangre! La 
autoridad debe ser sanguinaria y muy cruel. A los verdaderos 
patriotas, es menester perdonarles sus crímenes. Pero deben ser 
decapitados todos los enemigos, especialmente si son de talento ó 
tienen alguna influencia. Medios de insurreccionar la campaña 
oriental, según el doctor Moreno. Plan contra el Brasil, sobre la 
base de una alianza con Inglaterra, á cuya potencia se donaría 
la isla de Martín García. El programa de la Revolución y sus ta- 
blas de sangre. La primera jornada. Ejecución de Liniers y de 
sus compañeros. Sentencia de muerte y manifiestos lanzados por 
la Junta de Mayo. Según los historiadores, eran cosas de la épo- 
ca. La segunda jornada. Ejecuciones en el Alto Perú. Instruc- 
ciones dadas por la Junta de Mayo al doctor Castelli. Los pro- 
ceres de Mayo eran hombres dv3 su tiempo y por eso decapitaban^ 
según los historiadores. La glorificación del crimen por Muntea- 
gudo. Completándolos cuadros de sangre de la Revolución. Re- 
lación de las ejecuciones y bandos sangrientos más notables. Una 
ejecución de Alvear. Belgrano ejecutando prisioneros de guerra. 
San Martín y sus procedimientos de engaño. La política de la 
mentira era la política de la época. Estado de la campana orien- 



282 JOSÉ ARTIGAS 

tal al tiempo de producirse la insurrección. Medidas adoptadas 
por Elío. El vencedor dueño del vencido, según la teoría ingle- 
sa. El criterio de la época y Artigas 

Un dictamen «le Mariano Moreno. 

Tocios los historiadores argentinos están contestes en 
declarar que el doctor Mariano Moreno es el numen de la 
Revolución de Mayo de 1810. Y á la verdad, le correspon- 
de el homenaje pleno de la posteridad, por su talento ro- 
busto, su empuje para abrirle cauce al torrente revolucio- 
nario y el temple de su carácter. Tuvo una actuación brevísi- 
ma en el escenario político. Vencido desde los comienzos de 
la lucha, por los que reivindicaban la herencia de facul- 
tades y privilegios de los antiguos virreyes, Moreno salió 
proscripto de Buenos Aires, aunque con las credenciales 
de agente diplomático en Europa. La muerte le sorprendió 
á la mitad del viaje, y su cadáver fué arrojado al fondo 
del Océano juntamente con el genio de su política, según lo 
dice Ayarragaray («La anarquía argentina->). «Sonum 
insufer inmergentes audíri. En la extremidad de nuestro 
hemisferio, escribe Tácito, se oye el ruido que produce el 
Sol al sumergirse». 

«Tanta agua era necesaria para apagar tanto fuego*, dijo 
don Cornelio Saavedra, su rival triunfante, cuando supo el 
triste fin del secretario de la Junta Revolucionaria. 

Bien, pues, ¿qué opinaba el numen de la Revolución 
acerca del derramamiento de sangre? 

El 18 de julio de 1810, la Junta Gubernativa comisio- 
nó á su ilustre secretario para formular el plan de opera- 
ciones que el gobierno provisional de las Provincias Uni- 
das del Río de la Plata debía poner en práctica para 
consolidar la libertad y la independencia. El doctor Moreno 
produjo su informe el 30 de agosto del mismo año. Du- 
rante largo tiempo, las conclusiones de ese informe, que 
tuvieron plena ejecución, permanecieron ignoradas del pu- 
blico, seguramente porque alguno de los miembros de la 



LA EDAD DE PIEDRA 283 

Junta hizo desaparecer el original, ante la posibilidad de 
recriminaciones y hasta de procesos graves en medio de las 
ardorosas peripecias de la Revolución. Pero en el Archivo 
General de Sevilla fué encontrada una copia auténtica y 
•de ella se sacó testimonio por gestión del ministro argen- 
tino doctor Amancio Alcorta. La Biblioteca del Ateneo de 
Buenos Aires se cncai'gó de publicar más tarde ese testi- 
monio en el volumen titulado «Escritos de Mariano Mo- 
reno», juntamente con los documentos de la Junta Guber- 
nativa relativos á la tarea confiada á su omnipotente se- 
cretario. 

Vamos á extractar el informe del doctor Moreno: 

¡Hay que cortar cabezas y verter sangre! 

«Las historias antiguas y modernas de las revoluciones 
nos instruyen muy completamente de sus hechos y debe- 
mos seguirlas para consolidar nuestro sistema, pues yo me 
pasmo al ver lo que llevamos hecho hasta aquí, pero temo 
á la verdad que si no dirigimos el orden de los sucesos 
<'on la energía que es propia (y que tantas veces he habla- 
do de ella) se nos desplome el edificio; pues el hombre 
en ciertos casos es hijo del rigor, y nada hemos de conse- 
guir con la benevolencia y la moderación: éstas son bue- 
nas, pero no para cimentar los principios de nuestra obra; 
conozco al hombre, le observo sus pasiones y combinando 
sus circunstancias, sus talentos, sus principios y su cli- 
ma, deduzco por sus antecedentes que no conviene sino 
Atemorizarle y obscurecerle aquellas luces que en otro 
tiempo sería lícito iluminarle; mi discurso sería muy vasto 
sobre esta materia, y no crej^éndolo necesario, no trato de 
extenderlo, pero deduciendo la consecuencia tendamos la 
vista á nuestros tiempos pasados y veremos que tres millo- 
nes de habitantes que la América del Sud abriga en sus 
entrañas, han sido manejados y subyugados sin más fuerza 
que la del rigor y capricho de unos pocos hombres: véase 
pueblo por pueblo de nuestro vasto continente y se notará 



284 JOSÉ ARTIGAS 

que nnn mern orden, un moro mandato de los antiguos 
mandones, ha sido suficiente para manejar miles de hom- 
bres, como una máquina que compuesta de inmensas par- 
tes, con el toque de un resorte, tiene á todas en un conti- 
nuo movimiento, haciendo ejercer á cada una sus funciones 
para que fué destinada.» 

«La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es 
una verdad; al contrario es una debilidad cuando se adopta 
un sistema que sus circunstancias no la requieren: jamás 
en ningún tiempo de Revolución se vio adoptada por los 
gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pen- 
samiento de un hombi'e que sea contrario á un nuevo sis- 
tema es un delito por la influencia y por el estrago que 
puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable. 
Los cimientos de una nueva República nunca se han ci- 
mentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la 
sangre derramada de todos aquellos miembros que pudie- 
ran impedir sus progresos: pudiera citar los principios de 
la política y el resultado que consiguieron los principales 
maestros de la Revolución, que omito el hacerlo por ser 
tan notorias sus historias y por no diferir algunas reflexio- 
nes que se me ofrecen acerca de la justicia de nuestra cau- 
sa, de la confianza que debemos tener en realizar nuestra 
obra, de la conducta que nos es más propio observar, como 
igualmente de las demás máximas que podrán garantizar 
nuestros enq^rendimientos.» 

«Hay hombres de bien (si cabe en los ambiciosos el ser- 
lo) que detestan verdaderamente todas las ideas de los go- 
biernos monárquicos, cuyo carácter se les hace terrible, y 
que quisieran sin derramamiento de sangre sancionar las- 
verdaderas libertades de la patria; no profesan los princi- 
pios abominables de los turbulentos, pero como tienen ta- 
lento, algunas virtudes políticas y buen crédito, son otro 
tanto más de temer; y á éstos sin agobiarlos (porque algiíu 
día serán útiles), debe separárseles; porque unos por me- 
drar, otros por mantenerse, cuales por inclinación á las 
tramas, cuales por la ambición de los honores, y el menor 



LA EDAD DE PIEDRA 285 

número por el deseo de la gloria, ó para hablar con más 
propiedad, por la vanidad de la nombradía, no son propios 
por su carácter para realizar la grande obra de la libertad 
americana, en los primeros pasos de su infancia. -> 

«Desembarácese el suelo de los escombros, quiero de- 
cir, concluyamos con nuestros enemigos, reformemos los 
abusos corrompidos y póngase en circulación la sangre del 
cuerpo social extenuado por los antiguos déspotas, y de 
este modo se establecerá la santa libertad de la patria. Y 
en consecuencia creería no haber cumplido, tanto con la 
comisión con que se me ha honrado, como con la gratitud 
que debo á la patria, si no manifestase mis ideas según y 
cómo las siente el corazón más propias, y los conocimien- 
tos que mellan franqueado veinticinco años de un estudio 
constante sobre el corazón humano, en cuyo, sin que me 
domine la vanidad, creo tener algún voto en sus funciones 
intelectuales: y por lo contrario, si moderando mis reflexio- 
nes no mostrase los pasos verdaderos de la felicidad, sería 
un reo digno de la mayor execración; y así no debe escan- 
dalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter 
sangre y sacrificar d toda costa, aún cuando tengan se- 
mejanza con las costumbres de los antropófagos y caribes. 
Y si no, ¿por qué nos pintan á la libertad ciega y armada 
de un puñal? Porque ningún estado envejecido ó provin- 
cias, pueden regenerarse, ni cortar sus corrompidos abusos, 
sin verter arroyos de sangre. ^> 

«Últimamente, demos un carácter más solemne á nues- 
tro nuevo edificio, miremos sólo á la patria, y cuando la 
constitución del Estado afiance á todos el goce legítimo de 
los derechos de la verdadera libeitad, en práctica y quieta 
posesión, sin consentir abusos, entonces resolverá el estado 
americano el verdadero y grande problema del contrato 
social; pues establecer leyes cuando han de desmoronarse 
al menor ímpetu de un blando céfiro, depositándolas den- 
tro de un edificio cuyos cimientos tan pocos sólidos no pre- 
sentan aún más que vanas y quiméricas esperanzas, expo- 
niendo la libertad de la patria, la opinión de los magistra- 



286 JOSÉ ARTIGAS 

dos y de los pueblos á la mayor impotencia, que quizá al 
meuor impulso de nuestros enemigos, envolviéndonos en 
arroyos de sangre, tremolen otra vez sobre nuestras ruinas 
el estandarte antiguo de la tiranía y despotismo; y por la de- 
bilidad de un gobierno se malograrían entonces las circuns- 
tancias presentes y más favorables á una atrevida empresa 
que se inmortalizaría en los anales de la América, y desvaa- 
uecidas nuestras esperanzas seríamos victimáis del furor y 
de la rabia». 

Después de este preámbulo, entra el doctor Moreno á 
ocuparse de los distintos temas ó puntos sometidos á su 
dictamen por la Junta Gubernativa. 

La autoridad debe ser .sanguinaria y muy cruel. 

El primero de los temas del informe es relativo «á la 
conducta gubernativa más conveniente á la opinión públi- 
ca y conducente á las operaciones de la dignidad de este 
gobierno». El doctor Moreno resume su p3n3amiento en 
diversas cláusulas, no menos concluyentes que las anterio- 
res: 

<^En toda revolución hay tres clases de individuos:^ 
la primera, los adictos al sistema que se defiende; la segun- 
da, los enemigos declarados y conocidos; la tercera, los si- 
lenciosos espectadores, que manteniendo una neutralidad,, 
son realmente los verdaderos egoístas: bajo esta suposición, 
la conducta del gobierno en todas las relacionen interiores 
y exteriores con los puertos extranjeros y sus agentes ó- 
enviados públicos y secretos, y de las e-^tratagem is, propo- 
siciones, sacrificios, regalos, intrlgcH, franquicias y demás 
medios que sea menester poner en práctica, deba ser silen- 
ciosa y reservada con el públio, sin que nuestros enemi- 
gos, ni aún la parte sana del pueblo, lleguen á comprender 
nada de sus operaciones; la razón es lo primero, porque nues- 
tros enemigos interiores ó exteriores podrían rebatirnos las 
más veces nuestras diligencias; lo segundo, porque además de 
comprometer á muchos de aquellos instramantos de quie- 



LA EDAD DE PIEDRA 287 

nes fuese preciso valemos ocasionaudoles su ruina, tam- 
bién perderíamos la protección de tales resortes para en lo 
sucesivo, y lo que es más, la opinión pública; y lo tercero, 
porque mostrando sólo los buenos efectos de los resultados 
de nuestras especulaciones y tramas, sin que los pueblos pe- 
netren los medios ni resortes de que nos hemos valido, atri- 
buyendo éstos sus buenos efectos á nuestras sabias dispo- 
siciones, afianzaremos más el concepto público y su adhe- 
sión á la causa, haciendo que tributen cada día mayor res- 
peto y holocausto á sus representantes; y así obviaremos 
quizá las diferentes mutaciones á que está expuesto el go- 
bierno». 

«A todos los verdaderos patriotas, cuya conducta sea 
satisfactoria y tengan dado de ella pruebas relevantes, si 
en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema, 
débese siempre tener con éstos una consideración, extre- 
mada bondad; en una palabra, en tiempo de revolución, 
ningún otro delito debe castigarse, sino el de infidencia y 
rebelión contra la causa que se establece; y todo lo demás 
debe disimularse.» 

Respecto de los enemigos declarados y conocidos «debe 
observar el gobierno una conducta muy distinta, y es la 
más cruel y sanguinaria; la menor especie debe ser casti- 
gada»... «la menor semiplena prueba de hechos, palabras, 
etc., contra la causa debe castigarse con pena capital, prin- 
cipalmente cuando concurran las circunstancias de recaer 
en sujetos de talento, riqueza, carácter y de alguna opi- 
nión»... Como «su adhesión contraria á nuestra causa es 
radicalmente conocida, sin embargo, el gobierno debe, tan- 
to en la capital como en todos los pueblos, conservar unos 
espías, no de los de primer, ni segundo orden en talentos 
y circunstancias, pero de una adhesión conocida á la cau- 
sa, á quienes indistintamente se les instruya bajo de secre- 
to, comisionándolos para que introduciéndose con aquellas 
personas de más sospecha, entablando comunicaciones y 
manifestándose siempre de un modo contrario de pensar á 
la causa que se defiende, traten de descubrir por este me- 



288 JOSÉ ARTIGAR 

dio los pensamientos de nuestros enemigos y cualesquiera 
trama que se pudiera intentar; y á éstos débese agraciar- 
los con un corto sueldo mensual, instituyéndolos como he 
referido bajo de ciertas restricciones que se les debe impo- 
ner; éstos no han de obtener ningún empleo 6 cargo alguno, 
ni aún el de soldado, pues este solo carácter sería suficiente 
para frustrar los intentos de este fin.» 

«Consiguientemente, cuantos caigan en poder de la pa- 
tria de estos segundos exteriores é interiores, como gober- 
nadores, capitanes generales, mariscales de campo, corone- 
les, brigadieres y cualesquiera otros de los sujetos que ob- 
tienen los primeros empleos de los pueblos que aun no nos 
han obedecido y cualquiera otra clase de personas de ta- 
lento, riqueza, opinión y concepto, principalmente los que 
tienen un conocimiento completo del país, sus situaciones, 
caracteres de los habitantes, noticias exactas de los princi- 
pios de la Revolución y demás circunstancias de esta Amé- 
rica, debe decapitárseles; lo primero, porque son unos ante- 
murales que rompemos de los principales que se opondrían 
á nuestro sistema por todos caminos; lo segundo, porque 
el ejemplo de estos castigos es una valla para nuestra de- 
fensa, y además nos atraemos el concepto público; y lo 
tercero, porque la patria es digna de que se le sacrifiquen 
estas víctimas como triunfo de la mayor consideración é 
importancia para su libertad, no sólo por lo mucho que 
pueden influir en alguna parte de los pueblos, sino que de- 
jándolos escapar podría la uniformidad de informes, per- 
judicarnos mucho en las miras de las relaciones que debe- 
mos entablar. ^> 

«Últimamente, la más mera sospecha denunciada por 
un patriota contra cualquier individuo de los que presen- 
tan un carácter enemigo, debe ser oída y aún debe dársele 
alguna satisfacción suponiendo que sea totalmente infun- 
dada, por solo un celo patriótico mal entendido, ya deste- 
rrándolo por algún tiempo más ó menos del pueblo donde 
resida, ó aplicándole otra pena, según la entidad del caso, 
por un sin número de razones que omito, pero una de ellas 



LA EDAD DE PIEDRA 289 

<es para que el denunciante no enerve el celo de su co- 
misión, vea que se tiene confianza y se forme concepto de 
su persona». 

En cuanto á los silenciosos espectadores que mantenien- 
do una neutralidad, son realmente unos verdaderos egoís- 
tas, previene el informe que «también será de la obligación 
del gobierno hacer celar su conducta, y los que se conozcan 
de talento y más circunstancias, llamarlos, ofrecerles, pro- 
ponerles y franquearles la protección que tenga á bien el 
gobierno dispensai'les » . 

«Asimismo la doctrina del gobierno debe ser con rela- 
ción á los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atrac- 
tiva, reservando en la parte posible todos aquellos pasos 
adversos y desastrados, porque aun cuando alguna parte 
lo sepa y comprenda, á lo menos la mayor no los conozca 
y los ignore, pintando esto con aquel colorido y disimulo más 
aparente»... «Además, cuando también la situación topo- 
gráfica de nuestro continente nos asegura que la introduc- 
ción de papeles perjudiciales debe ser muy difícil, en aten- 
ción á que por todos caminos, con las disposiciones del go- 
bierno debe privarse su introducción». 

«Los bandos y mandatos públicos deben ser muy sangui- 
narios y sus castigos al que infringiese sus deliberaciones 
muy ejecutivos, cuando sean sobre asuntos en que se com- 
prometen los adelantamientos de la patria, para ejemplo de 
los demás». 

Insurrección de la caiupaiia oriental. 

El segundo punto del dictamen, es relativo al medio más 
adecuado para obtener la sublevación de la Banda Orien- 
tal y rendición de Montevideo. Habla el doctor Moreno de 
la necesidad de ejercer propaganda en la campaña oriental 
y recibir datos respecto de las personas más capaces. 

«Deben de hacerse fijar edictos en todos los pueblos y 
su campaña, para que cualquier delincuente, de cualquier 
<ílase ó condición que haya sido su delito y que tuvieren 

JOSÉ AUriGAS — L9. T. I. 



290 JOSÉ ARTIGAS 

causas abiertas eu los respectivos tribuuales, presentándose 
y empleándose en servicio del rey, quedarán exentos de 
culpa, pena y nota, entregándoseles las mismas causas para 
que no quede indicio alguno, bajo el concepto de queá cnda 
uno se le empleará conforme á sus talentos y circunstancias;. 
y en este caso, se previene á los alcaldes y demás jueces, re- 
mitan una información del concepto que entre la gente va- 
ga y ociosa tiene cada individuo de éstos, igualmente de su 
valor, influencia que tienen, talento y conocimientos cam- 
pestres, para distinguirlos en los puestos de oficiales y otros 
encargos; que á estos y otros muchos de quienes es preciso 
valemos, luego que el Estado se consolide se apartan como 
miembros corrompidos que lian merecido aceptación por la 
necesidad». 

Indica la conveniencia de mandar agentes á cada pueblo, 
recomendados á las principales casas, «para sembrar la be- 
nevolencia y buena disposición del nuevo gobierno, lo justo 
de él, su actividad en los negocios, los fines santos de con- 
servar á nuestro soberano el precioso destino de la Améiúca 
del Sur».. . «pero al mismo tiempo pintándoles la lucha de 
nuestra España, el gran poder de Napoleón, las pocas dis- 
jíosiciones y recursos y la ninguna esperanza que le que- 
da á la infeliz España, de cuyos resultados será indispen- 
sable su total exterminio». 

Aconseja al gobierno que contrate seis (i ocho sujetos con 
el cometido de escribir «cartas anónimas, ya fingiendo ó su- 
plantando nombres y firmas supuestas»... «de padres á hi- 
jos, de tíosá sobrinos, de mujeres á maridos»... «con encar- 
go reservado de manifestarlas y hacerlas interceptar por los 
gobernadores, satélites y demás justicias de Montevideo».. . 
«por cuya combinación indisponemos de esta forma los áni- 
mos del populacho con los de aquellos sujetos de más carác- 
ter y caudales, á quienes se haya enviado algunas de aque- 
llas cartas, que podrían servir y ayudarles en su empresa 
y con sus talentos y bienes, los que viéndose vilipendiados 
y calumniados, no harán una mitad de 1© que podían hacer 
en favor de aquéllos, y tal vez algunos, enconados sus espí- 



EA EDAD DE PIEDRA 291 

ritus, abandonando ó trayéndose consigo la parte de bie- 
nes que puedan salvar, en las ocasiones que haya proporción, 
tomen el partido de salirse afuera de las casas y venirse á 
nuestro territorio»... «quizás causemos disensiones y con- 
vulsiones populares, de que podremos sacar mucho fruto, 
sembrando entre ellos mismos la semilla de la discordia y 
de la desconfianza». 

De las otras cláusulas relativas á la insurrección de la 
Banda Oriental, nos hemos ocupado en el capítulo anterior» 

Termina esta parte del informe con una nota de pros- 
cripción general: «Serán desterrados todos los españoles y 
patricios y demás individuos que no hayan dado alguna 
prueba de adhesión á la causa con antelación, y los extran- 
jeros si estando avecindados no justificasen haberse man- 
tenido neutrales y serán conducidos á los destierros de 
Malvinas, Patagones y demás destinos que se hallase por 
conveniente. 

Relaciones con las potencias. 

El tercer punto del dictamen es relativo al «método de 
las relaciones que las Provincias Unidas deben entablar 
secretamente en la España para el régimen de nuestra in- 
teligencia y gobierno». 

Empieza por establecer el doctor Moreno que «deben 
recogerse por la Excelentísima Juntn, tanto del Cabildo de 
esta capital, como de todos los de la Banda Oriental y 
demás interiores del virreinato, actas ó representaciones 
que los dichos pueblos hagan á la autoridad que actual- 
mente manda á los restos de la España, en cuyas deben 
expresar las resoluciones y firmeza con que poniendo to- 
dos los medios posibles, se desvelan para conservar los do- 
minios de esta América [)ara el señor don Fernando VII 
y sus sucesores, á quienes reconocen y reconocerán verda- 
deramente en vista de la peligrosa lucha y que sus inten- 
ciones y fines legítimos no son ni serán otros».. . . «Que la 
América nunca se halló en tanta decadencia como en el 



292 JOSÉ ARTIGAS 

presente por la poca energía y mal gobierno -> «Que el ha- 
ber desarmado las autoridades de la capital el ano antece- 
dente los cuerpos ó tercios que se hallaban sobre las ar- 
mas de los europeos, bajo de otros pretextos que entonces 
se fingieron, y retirado la mayor parte de las milicias que 
igualmente se hallaban en servicio, ha sido descubierta esta 
trama, que no fue sino con concepto hacia las miras cap- 
ciosas que la autoridad reservaba de entregar estos países 
á la Francia, según la correspondencia que se ha descubier- 
to con ésta» «Que desde el gobierno del último Virrej^ 

se han arruinado y destruido todos los canales de la feli- 
cidad pública, por la concesión de las franquicias del co- 
mercio libre con los ingleses, el que ha ocasionado mu- 
chos quebrantos y perjuicios-). 

Señala la necesidad de exhibir las vinculaciones de Li- 
iiiers con Napoleón como medio de «entretener y dividir 
la opinión en la misma P^spaña y haciendo titubear y apa- 
rentar por algún tiempo hasta que nuestras dispo.'^iciones 
nos vayan poniendo á cubierto». . .. Los Cabildos en sus 
exposiciones deben hacer presente el estado próspero de las 
provincias, el ejercito de veinte a veinticinco mil hombres 
que levantarán para rechazar cualquier tentativa de Na- 
poleón, el fomento de las minas de oro y plat;i, los soco- 
rros que se mandarán á España para ayuda de la lucha 
contra el tirano de Europa. . . . «Estas y otras clases de ex- 
posiciones por diferentes estilos, de los varios aconteci- 
mientos y casos que favorezcan nuestras ideas, deben ser 
pintados y expuestos con viveza y energía, dorados al 
mismo tiempo con el sublime don de la elocuencia, acom- 
pañados con algunos datos y documentos positivos que 
reunidos con la unión de notas é informes de unas tan 
vastas provincias ¿qué carácter no deben imprimir y qué 
fuerza no deben de hacer un cúmulo de combinaciones 
con todas las formalidades de deix'cho? 

«En la misma forma y dirigidas al mismo fin, en igua- 
les términos, deben acompañarse expedientes de cada pue- 
blo, informados por treinta, cincuenta ó cien de los sujetos 



LA EDAD DE PIEDRA 298 

más conocidos y condecorados, ya por sus negocios, rique- 
zas ú otras circunstancias, á que ninguno será capaz de 
negarse, cuando no hay un principio conocido y radical 
de nuestro fin, cuando además el terror les obligará á es- 
tas declaraciones, y reunidas todas estas circunstancias en 
la forma expresada, deben mandarse por una comisión se- 
creta de tres hasta cinco individuos que sean de talentos, 
que atesoren eí don de la palabra y últimamente que sean 
adornados de todas las cualidades necesarias para que 
presentados á la autoridad suprema que en la actualidad 
gobierna, representen con el mayor sigilo los fines de 
su comisión y documentos que acompañen, y sorprendién- 
dola de esta suerte conseguiremos que nuestros enemigos 
no antepongan sus influjos y gestiones hasta que á lo 
menos hayamos sido oídos, entreteniendo asimismo algu- 
na parte del tiempo con la diversidad de opiniones y con- 
ceptos que forma rán » . 

Aconseja finalmente el envío de diputaciones análogas 
á los gabinetes de Inglaterra y de Portugal para que 
«vean que llevamos por delante el nombre de Fernando 
y el odio á Napoleón» 

El cuarto punto del dictamen es relativo á la conducta 
que debe mantener el gobierno con Portugal ó Inglaterra. 
Opina que es necesario concederles facilidades de todo gé- 
nero; «que debemos ganarnos las voluntades con dádivas, 
ofertas y promesas de los primeros resortes inmediatos al 
gobierno de Montevideo, porque como legos que son bus 
gobernadores y que en nada proceden ni deliberan sin ase- 
sores, secretarios y consultores, éstos con su influjo, pa- 
receres y consejos, empleando toda su fuerza con una po- 
lítica refinada, le harán concebir al gobierno con las 
instrucciones que reservadamente les enviamos, luego de 
asegurar su influjo: que Portugal procede de mala fe». . . . 
«y últimamente el fin es que nuestros influjos, exposicio- 
nes y dineros proporcionen enredar al gobierno de Mon- 
tevideo con el gabinete de Portugal, por medio de sus mis- 
mos allegados, indisponiendo los ánimos de ambos con las 
tramas é intrigas, que éstas aquí no pueden figurarse». 



294 JOSÉ ARTIGAS 

Refiriéudose á las tropas portuguesas al inaiido del ca- 
pitáu general de Río Gmude dou Diego de Souza, expre- 
sa que este jefe es un hombre lleno de vicios y que «por 
el oro y otras consideraciones que se tengan con él, cuando 
no en el todo de nuestras intenciones, lo podemos atraer á 
lo menos en alguna parte que nos sea ventajosa». 

Prestigia también la idea, como medio de atraerse el 
concurso del gobierno inglés, de hacerle «Señor déla Isla 
de Martín García, cuyo plano debe mandarse sacar con 
todas las circunstancias de su magnitud interior, extensio- 
nes, aguas, frutos y calidad de su temperamento y puerto; 
para que poblándola como una pequeña colonia y puerto 
franco á su comercio, disfrute de ella como reconocimiento 
de gratitud á la alianza y protección que nos hubiese dis- 
pensado en los apuros de nuestras necesidades y con- 
flictos». 

El resto del informe se contrae principalmente al estudio 
de los medios susceptibles de producir un rompimiento en- 
tre Portugal é Inglaterra «con i-elación á conquistar la 
América del Brasil 6 la parte de ella que más nos con- 
venga, luego de combinar nuestros planes, que para el efecto 
trabajaremos con antelación, por medio de la introducción 
de la rebelión y guerras civiles; combinando al mismo 
tiempo con Inglaterra los terrenos ó provincias que unos y 
otros debemos ocupar». 

Entre los procedimientos preparatorios de esa conquista, 
hidica la mayor contemporización con los portugueses «apa- 
drinando y protegiendo á todo facineroso que se pase á 
nuestro terreno, y aún cuando algunas requisitorias los soli- 
citen y si fuesen hombres que se conozca en ellos algún 
talento y disposición, además de ocultarlos, proporcionarles 
acomodo conducente á las circunstancias, porque éstos han 
de servir de mucho á su debido tiempo». Be formará un 
ejército de quince á veinte mil hombres, después de ren- 
dido Montevideo, para invadir el Río Grande, promover 
la insurrección general contra la corona portuguesa y em- 
prender «el plan de conquista de los pueblos más princi- 



LA EDAD DE PIEDRA 295 

pales de la América del Brasil hasta que los acasos pro- 
porcionen ocasiones y motivos para declararse á Inglaterra 
igualmente aliada con nosotros y enemiga de las provin- 
cias del Brasil, pactándose entonces entre ambos gabinetes 
los puestos y puntos que unos y otros deben ocupar pres- 
tándose mutuamente toda clase de socorros». 

«Por lo que corresponde á la campaña del Río Grande, 
parece que la naturaleza la formó allí como para hacer una 
unión con la Banda Oriental de Montevideo, pues hallán- 
dose su barra fortificada con alguna marina y en estado 
de fortificación, é igualmente los únicos pasos que tienen 
para lo interior y el continente, nos es muy conveniente 
esta empresa ó conquista, ante todo principio, bajo el as- 
pecto de los fines que llevamos expresados». 

El programa «le la Revolución. 

Tal es el contenido de este pavoroso documento del 
numen de la Revolución de Mayo. 

El hombre es hijo del rigor y nada hemos de conseguir 
con la moderación y la benevolencia... Los tres millones 
de americanos del coloniaje, fueron manejados por unos 
pocos mandones, mediante la fuerza... Jamás se han echa- 
do los cimientos de una nueva república, de otro modo 
que por el rigor, el castigo y la sangre de todos aquellos 
miembros que pudierani mpedir su progreso... Hay que des- 
embarazar el suelo de los escombros, quiero decir conclu- 
yamos con nuestros enemigos... No debe escandalizar el 
sentido de mis voces de cortar cabezas, de verter sangre y 
sacrificar á toda costa, aún cuando tengan semejanza con 
las costumbres de los antropófagos y caribes... Si nos pin- 
tan á la Libertad ciega y armada de un puñal, es porque 
ningún estado envejecido ó provincias pueden regenerarse 
sin verter arroyos de sangre. . . Todos los enemigos que 
caigan en poder de la patria y que sean de importancia 
por su jerarquía administrativa ó militar, por su riqueza, 
por su influjo ó por su talento, deben ser decapitados... 



296 JOSÉ ARTIGAS 

A los patriotas que delinquen, hay que tratarlos con cou- 
sideración y extremada bondad; pero en cambio la con- 
ducta del gobierno debe ser cruel y sanguinaria con los 
enemigos, especialmente si son de talento, pues entonces hay 
que matarlos... Las denuncias de los particulares contra los 
enemigos, aún cuando sean totalmente infundadas, deben 
ser satisfechas por el gobierno con la aplicación de penas, 
á fin de no enervar á los denunciantes... Los bandos y man- 
datos públicos deben ser muy sanguinarios y muy ejecuti- 
vos. 

Pero, ¡basta! Es imposible imaginar un plan más 
sangriento y más corruptor, que el del numen de la 
Revolución de Mayo. El historiador Torrente que leyó el 
informe en el archivo de Sevilla y que lo extracta en su 
«Historia de la Revolución Hispano-Americana» cada vez 
que se ocupa del autor, dice «el atroz Moreno>> «el Robes- 
pierre americano», etc. 

¿Era el doctor Moreno un sembrador de ideas de ex- 
terminio y corrupción, ó las ideas que él estampaba en su 
célebre informe, pertenecían al medio ambiente del período 
revolucionario?. 

Nos inclinamos decididamente á lo último, en presencia 
de la increíble rapidez con que quedó iniciado el movi- 
miento de sangre, apenas estallada la Revolución en el RíO' 
de la Plata y en el resto de la América española. 

La primera jornada. 

En circular de 27 de junio de 1810 («Gaceta de Buenos^ 
Aires»), la Junta Gubernativa comunicaba á todos los ca- 
bildos su plan de exterminio de los factores del movimien- 
to realista que tenía su asiento en Córdoba: 

«La Junta cuenta con recursos efectivos para hacer 
entrar en sus deberes á los díscolos que pretendan la divi- 
sión de estos pueblos que es hoy día tan peligrosa: los per- 
seguirá y hará un ejemplar castigo que escarmiente y ate- 
rre á los malvados; pero debiendo recaer todo el peso de las 



LA EDAD DE PIEDRA 207 

costas y males consiguientes á esta revolución en los que 
la causaren, ha creído conveniente dirigir este ultimo ofi- 
cio, esperando del celo de V. S. por los derechos del rey y 
bien del estado, lo hará circular en el distrito de su mando 
para que nadie alegue ignorancia». 

Cuando ya se consideraba inminente la aprehensión de 
los factores de ese movimiento realista de Córdoba, la Jun- 
ta Gubernativa de Buenos Aires anticipó la sentencia de 
muerte en oficio de 28 de julio dirigido á la Junta de la 
expedición militar (Adolfo P. Carranza, «Archivo General 
de la República Argentina»), que dice así: 

«Los sagrados derechos del rey y de la patria han arma- 
do el brazo de la Justicia, y esta Junta ha fulminado senten- 
cia contra los conjurados de Córdoba acusados por la noto- 
riedad de sus delitos y condenados por el voto general de 
todos los buenos. La Junta manda que sean arcabuceados 
don Santiago Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el 
obispo de Córdoba, don Victoriano Rodríguez, el coronel 
Allende y el oficial real don Jorge Moreno. En el momen- 
to en que todos ó cada uno de ellos pillados, sean cuales 
fueren las circunstancias, se efectuará esta resolución sin 
dar lugar á momentos que proporcionaran ruegos y relacio- 
nes capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden 
y el honor de V. E. Este escarmiento debe ser la base de la, 
estabilidad del nuevo sistema y una lección para los jefes 
del Perú que se avanzan ámil excesos por la esperanza de la 
impunidad, y es al mismo tiempo la prueba de la utilidad y 
energía con que llena esa expedición los importantes obje- 
tos áque se destina. — Buenos Aires, 28 de julio de 1810. 
— Cornelio Saavedra — Doctor Juan José Castelli — 
3Ianuel Belgrano — Manuel de Azcuénaga — Domingo 
Matlieu — Juan Larrea — Juan José Passo, Secretario 
— Mariano Moreno, Secretario.» 

Consumada la terrible sentencia, la Junta Gubernativa 
dirigió un manifiesto al país el 9 de septiembre de 1810 
(<- Gaceta de Buenos Aires»): 

«Desde que la alevosa conducta del Emperador de los 



298 JOSÉ ARTIGAS 

franceses arraueó de España al más amado de sus monar- 
cas, el reino quedó acéfalo y disipado el principio donde 
únicamente podían concentrarse los verdaderos derechos de 
la soberanía. Con la falta de nuestro monarca pereció el 
apoyo de que los magistrados derivaban sus poderes; per- 
dieron los pueblos el padre que debía velar en su conser- 
vación; y el Estado abandonado así mismo empezó á sentir 
las convulsiones consiguientes á la oposición de intereses 
que mantenía antes unidos la mano del rey por medio de 
la riendas del gobierno, que había dejado escapar incauta- 
mente. Es verdad que jurábamos y reconocíamos un prín- 
cipe; pero ni podía éste ejercer los actos pro[)ios de la sobe- 
ranía, ni sus vasallos encontraban expeditas otras relaciones 
que las conducentes al sincero y eficaz empeño en que se 
habían constituido, de restituirlo al trono de sus mayores y 
volverlo al goce de los augustos derechos de que lo veían 
privado. Fernando VII tenía un reino, pero no podía gober- 
narlo; la monarquía española tenía un rey, pero no podía ser 
gobernada por él; y en este conflicto, la nación debía recurrir 
á sí misma, para gobernarse, defenderse, salvarse y recupe- 
rar á su monarca. Los pueblos de quienes los reyes derivan 
todo el poder con que gobiernan, no reasumieron íntegra- 
mente el que habían depositado en nuestro monarca: su 
existencia impedía aquella reasunción; pero su cautividad 
les transmitía toda la autoridad necesaria para establecer un 
gobierno provisorio, sin el que correrían el riesgo de la di- 
visión y anarquía. Desde ese momento las autoridades de- 
pendientes de la soberanía tuvieron un ser precario; y su- 
bordinada la misma voluntad pública al órgano del prín- 
cipe, por donde antes se explicaba, debieron esperar de ella 
la continuación de sus empleos ó su separación, según me- 
recían su confianza». 

«La tierra peligra y la existencia de estos hombres in- 
quietos era arriesgada en todo punto del suelo. La impuni- 
dad de crímenes tan detestables podría ser de un ejemplo 
fatalísimo, y si algún día la causa que protegemos contra 
los insurgentes en las provincias sufriese un contraste, que 



LA EDAD DE PIEDRA 299 

comprometiese los sagrados derechos del Estado y de los 
l)ueblos de que estamos encargados, seríamos responsables 
del cúmulo de males é infortunios que habría ocasionado 
nuestra imprudente condescendencia. No hay arbitrio. Es 
preciso llenar dignamente ese importante deber. Aunque 
la sensibilidad se resista, la raz(5n suma ejecuta, la patria 
imperiosamente lo manda. A la presencia de estas podero- 
sas consideraciones, exaltado el furor de la justicia, hemos 
decretado el sacrificio de estas víctimas á la salud de tan- 
tos millares de inocentes. Sólo el terror del suplicio puede 
servir de escarmiento á sus cómplices. Las recomendables 
cualidades, empleos y servicios, que no han debido autori- 
zar sus malignos proyectos, tampoco han podido darles un 
título de impunidad que haría á los otros más insolentes. 
lili terror seguirá á los que se obstinaren en sostener el plan 
acordado con éstos, y acompañados siempre del horror de 
sus crímenes y del pavor de que se poseen los criminales, 
abandonarán el temerario designio en que se complotaron. 
Los grandes malvados exigen por dobles títulos todo el ri- 
gor del castigo; nuestra tierra no debería alimentar hom- 
bres que intentaron inundarla con nuestra sangre; sus mis- 
mos cómplices nos cerraron las puertas por donde pudiéra- 
mos haberlos arrojado y sus, personas eran en todas partes 
de un sumo peligro, pues á la guerra de las armas habrían 
subrogado la de la intriga, que más de una vez ha lo- 
grado triunfos que aquéllas no alcanzaron. Reposamos en 
el testimonio de nuestras conciencias, que instruidas de los 
datos secretos que nos asisten, cada día se afirman en la 
justicia de este pronunciamiento», 

Co!$as de la época. 

¿Qué juicio han inspirado estos fusilamientos atroces á 
los detractores de Artigas? 

El doctor López («Historia de la República Argentina») 
dice que apenas instalada la Junta revolucionaria, Liniers 
y el gobernador Concha se pusieron á la cabeza de la reac- 



300 JOSÉ ARTIGAS 

í'ión en Córdolja y proenraron oi'güüizar elementos paní la 
defensa del virrey depuesto. No dieron resultado tales es- 
fuerzos: habían pedido concurso á Santa Fe, Mendoza, San 
Juan, Tucumán y Salta, y esas provincias en vez de obe- 
decer al gobernador español de Córdoba, depusieron á sus 
propios tenientes gobernadores y proclair.aron su adhesión 
á la Revolución de Mayo. La Junta de Buenos Aires or- 
ganizó entretanto un ejército de 1,300 plazas al mando del 
coronel Ortiz de Ocampo, en el que iban el coronel Gonzá- 
lez Balcarce en calidad de segundo y como jefes de cuerpo 
Marlín Rodríguez, Juan José A^ia monte, Díaz Vélez y otros 
jóvenes de las primeras familias de Buenos Aires. Iba tam- 
bién con instrucciones de la Junta revolucionaria don Hi- 
pólito Vieytes. vocal de la misma Junta, y como secretario 
el doctor Vicente López. Al saberse la aproximación del 
ejército, las fuerzas que Liuiers y Concha habían reunido 
en Córdoba se dispersaron totalmente y sus jefes se oculta- 
ron. Pero fueron encontrados por partidas volantes distri- 
buidas en su busca, juntamente con otros personajes de la 
reacción española. El comisario de la Junta expresó enton- 
ces que las instrucciones recibidas de esa corporación, im- 
ponían el fusilamiento inmediato de los prisioneros. Inter- 
cedieron valiosas influencias. Toda la población de Córdoba 
trabajó en ese sentido. Y se obtuvo que los prisioneros 
marcharan á la capital. La Junta Gubernativa, dominada 
por el genio excesivo é intransigente del doctor Mariano 
Moreno, recibió con profunda indignación la noticia de que 
el general de la expedición y su secretario se habían resis- 
tido á ejecutar á Liniers, á Concha, al obispo Orellaua y á 
sus tres compañeros de desgracia. La primera idea fué ha- 
cerlos regresará Córdoba y ordenar que se cumplieran allí 
las órdenes como se habían dado. Pero era tan evidente el 
horror que había manifestado el vecindario y la disposi- 
ción compasiva del ejército, que se consideró más prudente 
evitar las consecuencias de tan espantoso espectáculo y se 
prefirió un lugar desierto para llenar esa medida que se 
creía indispensable. La Junta resolvió á la vez sustituir al 



LA EDAD DE PIEDRA 301 

jefe de la expedición don Francisco Ortiz de Oeampo con 
el general Balcarce «ofendida por la poca energía» que ha- 
bía revelado en el trágico incidente de Liniers. «El doctor 
Vieytes, que no era tampoco el hombre adecuado para reali- 
zar la terrible política revolucionaria con que la Junta se 
proponía anonadar á los realistas del Perú», fué sustituí- 
do con el doctor Castelli. 

El propio doctor López en su «Manual de la Historia 
Argentina» cierra el proceso con esta absolución fundada 
en el extravío de los tiempos, que escatima á Artigas 
por los crímenes imaginarios que le atribuye la leyenda: 

«La razón verdadera era el temor de que ambos jefes 
(Liniers y Concha) pudieran ponerse en libertad y asilarse 
en el Perú, donde á la cabeza de elementos más poderosos 
eran evidentemente un peligro considerable para la causa 
de Buenos Aires. Además el doctor Moreno hizo publicar 
que el fusilamiento se había ejecutado para que el terror 
del suplicio sirviese de escarmiento. Así se pensaba en aquel 
tiempo; y podría decirse lo que el poeta Quintana dijo dis- 
culpando las atrocidades de la conquista: «Crímenes fue- 
ron esos del tiempo y no de España». 

Habla Pelliza en su «Historia Argentina»: 

«Los presos habían salido de Córdoba y se dirigían á la 
capital bajo segura custodia. Era urgente evitar su llegada, 
porque entonces sería indispensable juzgarlos, y esto no 
entraba en los propósitos del gobierno. Se aceleró la partida 
de Castelli y pudo encontrarlos en la raya de las dos pro- 
vincias, cerca de la posta de Lobaton, en el paraje denomi- 
nado Cabeza del Tigre, donde aquel enei'gico ciudadano dio 
cumplimiento al teri'ible acuerdo que ahogando en sangre 
la reacción española, dejó ver al mundo que la guerra ini- 
ciada entre los americanos y sus doniinadores era de liber- 
tad y que no tendría más solución que la independencia 
absoluta ó la esclavitud vergonzosa, á cuyo estado era pre- 
ferible la muerte». 

Con las iniciales de las seis víctimas (Concha, Liniers, 
Allende, Moreno, Orella no, Rodríguez) se formó la palabra 



302 JOSÉ ARTIGAS 

Clamor en na cartel, que pocos días después del sacrificio 
apareció colgado en aquellas soledades, concluye el mismo 
historiador. 

La seg^niKla Jornada. 

Tal fué la primera jornada de la expedición militar 
mandada por la Junta Gubernativa á las provincias del 
interior. La segunda, se realizó bajo la dirección del doctor 
Castelli, en calidad de delegado ó representante de la Junta 
en el ejército expedicionario. 

Al doctor Castelli le fueron expedidos dos pliegos de 
instrucciones, el 12 de septiembre y el 3 de diciembre de 
1810 (Adolfo R Carranza, «Archivo General de la Repú- 
blica Argentina»). 

De uno de esos pliegos, entresacamos los siguientes 
artículos: 

«(). Jamas aventurará combate sino con ventajas de una 
superioridad conocida; procurará disponer al soldado para 
ataques principales, y en la primera victoria que libre dejará 
que los soldados hagan estragos en los vencidos para infun- 
dir el terror en los enemigos 9. Procurará entablar re- 
laciones ocultas y mandar emisarios á los pueblos; estable- 
cerá relaciones secretas con Goyeneche y otros oficiales 
enemigos, alimentándolos de esperanzas, pero sin creer ja- 
más sus promesas y sin fiar sino de la fuerza El pre- 
sidente Nieto, el gobernador Sanz, el obispo de La Paz y 
Goyeneche deben ser arcabuceados en cualquier lugar don- 
de sean habidos, y á todo hombre que haya sido principal 
director déla expedición. -o 

De otro, reproducimos este párrafo: 

«La Junta manda que publique V. E. un perdón gene- 
ral á todos los oficiales y soldados del ejército enemigo que 
depongan las armas y se reconozcan sujetos á la capital y 
á su gobierno. Pero á pesar de este indulto, manda la Junta 
estrechamente que todos los que hayan sido oficiales en el 
ejército de Cotagaita, Potosí, Charcas y La Paz, sean 



LA EDAD DE PIEDRA düd 

depuestos y jamás pued;m continuar en la carrera militar, 
sin excepción de uno solo, pues la Junta no deja faculta- 
des para ello. Todos los que hayan sido oficiales ó soldados 
en dicho ejército y sean europeos, bien se hayan aprehen- 
dido, prisioneros en acción de guerra ó bien por noticias que 
se hayan adquirido, deben remitirse á disposición del go- 
bierno de Córdoba. La Junta recojnienda encarecidamente a 
V. E, el cumplimiento de esta providencia, debiendo V. E. 
estar convencido que el verdadero espíritu de la Junta es 
que no quede en el país ningún europeo militar ó paisano 
que haya tomado las armas contra la capital». 

El doctor Juan José Castelli, dictó un bando desde su 
Cuartel General de Li Plata el 5 de enero de 1811, con 
el siguiente encabezamiento: «La Junta Provisional Guber- 
nativa de las Provincias del Río de la Plata por el señor 
don Fernando VII y á nombre de ella su representante en 
el ejército auxiliador». («Gaceta de Buenos xlires»). 

Impone la obligación de presentar todas las armas blan- 
cas ó de chispa que existan bajo «pena de destierro, perdi- 
miento de bienes, con aplicación de la tercera parte al de- 
nunciador comprobante del hecho y aun con la pena capital, 
militarmente juzgando, si las circunstancias hicieren dema- 
siado malicioso el iiecho de la ocultación v. Declara que 
«toda inteligencia interior ó exterior contra el gobierno y 
en perjuicio de la seguridad y tranquilidad pública, es cri- 
men del primer orden. Por lo mismo sus autores, agentes y 
cómplices serán juzgados y castigados militarmente hasta 
con la pena capital y perdimiento de bienes. Todo ciudadano 
es interesado en el descubrimiento de un crimen que ataque 
el orden social. El que lo revele, aunque sea cómplice, será 
premiado con la participación de bienes y el indulto, ade- 
más de guardarle secreto religioso». «Toda conversación 
dirigida á fomentar la odiosidad en general de europeos y 
patricios americanos, con trascendencia á fomentar la riva- 
lidad de unos y otros y la división de unos sujetos entre 
quienes hay hombres de honrados sentimientos y del más 
acendrado patriotismo, se mirará como ocasión de sedición y 



304 JOSÉ ARTIGAS 

será castigado el aator con las penas que las leyes estable- 
cen para los sediciosos >. Menciona finalmente el bando á 
«don Francisco de Paula Sauz, don Vicente Nieto, don 
José de Córdoba y Roxas, don José Gómez de Prado, don 
Pedro Vicente Cañete, don Indalecio González de Socasa, 
el conde de Casa Real de Moneda, don José Hernández 
Cermeño y otros varios cómplices presuntos que á su tiem- 
po se irán publicando»; expresa que han perdido sus bie- 
nes, empleos, grados y honores «con inhabilitación civil de 
adquirirlos, quedando al real fisco la sucesión en los libres 
y á sus legítimos herederos los vinculados y amayorazga- 
dos, á que no pueden entenderse alcanzados los efectos de 
su criminalidad, si no son cómplices, en un gobierno que só- 
lo mira los delitos y no las personas y hace aprecio al ino- 
cente y honrado hijo del criminal que detesta. Todo el que 
sepa de los bienes de los expresados individuos, los dela- 
tará so pena de subrogar con los del ocultante y recepta- 
dor los cargos del fisco y de particulares». 

¡Eran hombres de su iieiupo! 

¿Qué dicen los implacables enemigos de Artigas en pre- 
sencia de la nuevas escenas de sangre decretadas por la 
Junta Gubernativa de Buenos Aires? 

Para el doctor López, la cosa es bien sencilla. 

El general Balcarce, dice en su «Historia de la República 
Argentina», ganó la batalla de Suipacha, al mismo tiempo 
que el territorio del Alto Perú se plegaba por todos lados á 
la causa de la Revolución. El general Nieto, el general Cór- 
d(jba y el gobernador intendente Paula Sanz fueron apre- 
hendidos y en el acto pasados por las armas, por orden del 
comisionado de la Junta, doctor Castelli. La Junta revo- 
lucionaria sostenía que las autoridades del virreinato ha- 
bían caducado por la destrucción del gobierno metropolita- 
no. Sostenía que los rebeldes eran los que desconocían el 
gobierno sobernno que en esas circunstancias había erigido 
el país para sí propio. Y concluía que rebelarse contra las 



LA EDAD DE PIEDRA 305 

-autoridades aclamadas, era incurrir en delito de alta trai- 
ción según las leyes vigentes. «Las ejecuciones de los jefes 
y gobernadores realistas tenían, pues, un principio mucho 
más serio y fundamental que la ferocidad de los caracte- 
res ó que el brutal rencor de los odios á que los adversa- 
rios han pretendido reducirlas».... «No hay duda que el 
•doctor Castelli había entrado en la Revolución animado de 
un espíritu inclemente >^ «Pero no era tanto por su pro- 
pia índole, cuanto que por la convicción de que su país y 
sus compatriotas habían abierto una lucha tremenda, en la 
que el terror debía imponerse como la arma más formida- 
ble para someter y anonadar las rebeldes resistencias de 
Jos realistas contra la soberanía nacional» «Era hom- 
bre de su tiempo». 

No comparte naturalmente este juicio el historiador To- 
rrente. 

«Castelli», dice en su «Historia de la Revolución Hispa- 
no- Americana», «cuya vida fué conservada más tiempo pa- 
ra que fueran más conocidos sus delitos, llegó á perderla de 
un modo tan trágico y lamentable que debió aterrar á to- 
•dos los que se habían dejado llevar de la perversidad de sus 
ideas. Aquella misma lengua que tantas blasfemias había 
pronunciado y que tantos daños había causado á la ver- 
dadera creencia, fué la que acarreó la disolución de su cuer- 
po: quemada levemente su punta por la extremidad de un 
cigarro que aplicó inadvertidamente á la boca por la parte 
encendida, empezó á gangrenarse presentando los síntomas 
más alarmantes. Deseosos los amigos de aquel monstruo de 
salvarle la vida á todo trance, se determinaron á hacerle la 
^amputación como único y extremado remedio; pero había 
de cumplirse el decreto divino: aquel desesperado experi- 
mento tan sólo sirvió para agravar los dolores y agonías 
del paciente, quien expiró con todas las muestras de un 
hombre poseído por las furias infernales». 

Cedemos la palabra al general Mitre («Historia de Bel- 
.grano»): 

«Conforme á la teoría que declaraba rebeldes á los que 

JOSÉ ARTIGAS.— 20 I. I. 



306 JOSÉ ARTIGAS 

hicieran resistencia á la nueva autoridad nacional dentro de 
los límites jurisdiccionales trazados por el rey de España, 
en cuyo nombre gobernaba, Liniers y las cabezas de esta 
reacción fueron ejecutados como tales». Mediante el triun- 
fo de Suipacha la insurrección se hizo general en el Alto 
Perú. «Al frente de este movimiento púsose el doctor Juan 
José Castelli, como representante político y militar de la 
Junta de Buenos Aires, á ejemplo de los delegados de la 
Revolución francesa, de cuyas máximas terroristas estaba 
imbuido y que acababa de presidir en ese carácter la trá- 
gica ejecución de Liniers y sus compañeros de infortunio.. 
Aplicando en cumplimiento de sus terribles instrucciones 
la doctrina revolucionaria que declaraba reos de alta trai- 
ción á los que levantaran armas dent ro de su territorio con- 
tra la nueva autoridad, hizo ejecutar en la plaza de Potosí 
á Nieto, Banz y Córdoba. La guerra á muerte quedó así 
declarada entre la Revolución argentina y la reacción espa- 
ñola». 

Fué después vencido el ejército revolucionario por las 
arm^s realistas del Alto Perú, y en el acto los vencedores 
ensayaron el rigor. «Los suplicios se levantaron en todo el 
territorio dominado por las armas del rey, clavándose cabe- 
zas de insurgentes á lo largo de los caminos; los bienes de 
los emigrados fueron confiscados y vendidos en pública su- 
basta; las poblaciones fueron saqueadas; se crearon comisio- 
nes militares que bajo el título de tribunales de Purifica- 
ción, eran agentes de venganzas, y hasta se vendieron como 
esclavos á los dueños de viñas y cañaverales de las costas 
del Perú, los prisioneros de guerra de las últimas jornadas». 

Durante la permanencia del general Belgrano en el Alto 
Perú (continúa el general Mitre), cayó prisionero el coronel 
español Antonio Landívar, á quien inmediatamente íu\\w\ 
general mandó instruir un sumario. Reconocidos los sitios 
en que se cometieron los excesos y levantaron los cadalsos 
por orden de Landívar, se comprobó la ejecución de 5 i 
prisioneros de guerra, cuyas cabezas y brazos habían siílo 
cortados y clavados en las columnas miliarias de los cami- 



LA EDAD DE PIEDRA 307 

nos. El acusado declaró que sólo había ajusticiado 33 indi- 
viduos, alegando en sus descargos haber procedido así por 
órdenes de Goyeneche que «exhibió originales», entre las 
que figuran éstas: «Potosí, diciembre 26 de 1812. — Tomará 
las nociones al intento de saber los generales caudillos y 
los que les han seguido de pura voluntad, aplicando la pe- 
na de muerte á verdad sabida sin otra figura de juicio. De- 
fiero á usted todos los medios de purgar ese partido de los 
restos de la insurrección, que si es posible no quede ningu- 
no». — Diciembre 11 de 1813: «Apruebo á usted la energía 
y fortaleza con que ha aplicado la pena ordinaria á unos y 
la de azotes á otros, y le prevengo que á cada cuantos 
aprehenda con las armas en la mano, que hayan hecho opo- 
sición de cualquier modo á los que mandan, convocado y 
acaudillado gente pai-a la Revolución, sin más figura de jui- 
cio que sabida la verdad de sus hechos y convictos de ellos, 
los pase por las armas». El general San Martín, puso el 
cúmplase á la sentencia de muerte contra Landívar en 1 5 
de enero de 1813, sin previa consulta al gobierno, y al jus- 
tificar la urgencia de ese proceder, dijo en su oficio: «Los 
enemigos se creen autorizados para exterminar hasta la 
raza de los revolucionarios, sin otro crimen que reclamar 
éstos los derechos que les tienen usurpados. Nos hacen la 
guerra sin respetar en nosotros el sagrado derecho de las 
gentes y no se embarazan en derramar á torrentes la san- 
gre de los infelices americanos». 

Olorifieación del ci'iiucn. 

Tal es el cuadro de sangre que traza la Junta de Mayo 
por medio de la pluma de su ilustre secretario y por medio 
del plomo y del cuchillo de sus soldados. Los grandes his- 
toriadores argentinos, echan sobre esa sangre una piadosa 
palada de tierra, invocando por todo atenuante, los rigores 
de la época. Pero, si á los que estaban en la cumbre del 
pensamiento argentino, se les tolera hasta el asesinato de 
Liniers, el héroe de la reconquista de Buenos Aires, ¿cómo 



308 JOSÉ ARTIGAS 

-ensañarse con los que combatían oscuramente en la campa- 
na desierta de las provincias, fijos los ojos en la capital, 
aun suponiendo exactos los crímenes fantásticos que la le- 
yenda les atribuye? 

Hasta de la glorificación de esos crímenes se encarga- 
ban los oradores de la época! 

El 15 de diciembre de 1810 (dice Fregeiro en su obra 
«Bernardo Monteagudo»), fueron ejecutados en la ciudad 
de Potosí el mariscal Nieto, presidente de Charcas, Sanz, 
gobernador intendente de Potosí, y el coronel Córdoba. 
Monteagudo que presenció la ejecución, escribía lo siguien- 
te el 25 de m?yo de 1812 en el periódico «Mártir ó Li- 
bre»: 

«Yo los he visto expiar sus crímenes y rae he acercado 
con placer á los patíbulos de Sanz, Nieto y Córdoba, para 
observar los efectos de la ira de la patria y bendecirla por 
su triunfo.. . Por encima de sus cadáveres pasaron nues- 
tras legiones y con la pahna en una mano y el fusil en la 
otra, corrieron á buscar la victoria en las orillas del Titi- 
caca y reunidos el 25 de mayo de 1811 sobre las magní- 
ficas y suntuosas ruinas de Tiahuanaco ensayaron su cora- 
je en este día, jurando á presencia de la patria empaparlos 
en la sangre del ptM-fido Goyeneche y levantar sobre sus 
cenizas un augusto monumento á los mártires de la li- 
bertad». 

Léanse estos párrafos de un discurso de Monteagudo en 
el seno de la Sociedad Patriótica, formulando acusación 
contra el triunvirato: 

«Cuando yo leo «La Gaceta» de Montevideo y conside- 
ro la insurrección del 22 de abril verificada en el estable- 
cimiento de la costa patagónica, encuentro cifrada en com- 
pendio toda la historia de nuestra Revolución con unos 
rasgos tan degradantes como análogos á la conducta que 
hemos observado en ella. Tres hombres despreciables por 
su origen, reos de muerte por sus anteriores crímencb y 
dignos del suplicio más atroz que han inventado los tira- 
nos, en una palabra, Domingo Torres, Joaquín Gómez de 



LA EDAD DE PIEDRA 300 

Liaño, Faustino Aiisay, autores de una conspiración fra- 
guada en Mendoza contra la causa de la patria, é indulta- 
dos escandalosamente por el gobierno de la pena que me- 
recían, fueron confinados á aquel destino por los empeños 
que siempre alcanzan los malvados en todo gobierno dé- 
bil. . . Más de cuatro meses ha que un europeo enviado de 
Goyeneche permanece en prisión después de comprobado 
su delito, y aun vive y vivirá, porque así conviene al siste- 
ma de tolerancia que seguimos. Pregunto ahora: ¿y cuántas 
son las ventajas que saca el gobierno de su decantada leni- 
dad? . . . Últimamente, ciudadanos, sabed que ninguno llega 
al templo de la Libertad, si no camina sóbrelas ruinas de 
la opresión y destruye á los que la sostienen. Si esto es así, 
diré cuál es mi opinión particular con la intrepidez que 
acostumbro, y sea lo que fuere del concepto del gobierno 
el tiempo justificará lo que digo. Sangre y fuego contra los 
enemigos de la patria, y si por nuestra eterna desgracia es- 
tamos condenados á ser víctimas de la opresión, perezcan, 
ellos en la víspera de la nuestra». 

Completaiulo los cuadros de sangre. 

No quedaron reducidos á los comienzos de la Revolu- 
ción los bandos terribles y las ejecuciones á granel. He aquí 
algunos ejemplos que lo demuestran: 

Contra los que retengan armas: 

I. Un bando de 16 de enero de 1812, firmado por Chi- 
clana, Sarratea y Pazo (Carranza «Archivo General de la 
República Argentina»), intima la presentación «de toda 
arma de chispa ó blanca del Estado ó propiedad particu- 
lar — Los que no manifestasen dentro de tercero día ha- 
llándose en esta ciudad y sus arrabales y después se les 
descubrieren, sufrirán irremisiblemente cien azotes por las 
calles públicas y quinientos pesos de multa por primera 
vez; se agregará ésta á la de mil pesos y cuatro años de 
presidio por la segunda; pena de muerte, en la tercera». 



310 josé artigas 

Contra los marinos españoles: 

2. Un bando de 3 de abril de 1812, firmado por Sarratea, 
Cliiclana y Rivadavia («Gaceta de Montevideo»), invoca ac- 
tos de piratería realizados por los marinos de Montevideo 
y dispone: «Que todo corsario armado que se aprehenda 
haciendo el robo sobre nuestras costas, sea tratado como 
pirata, y que los individuos de las tripulaciones de los bu- 
ques apresados que se hallen á bordo y los que de las 
mismas ó de cualquier otro barco armado se encuentren 
robando en tierra ó hayan saltado con armas al propio 
objeto, sin otra justificación que el hecho de ser aprehen- 
didos, sean fusilados dentro de dos horas perentorias por 
las justicias ó comandantes más inmediatos al lugar de la 
aprehensión, quedando solamente excluidos de la referida 
pena los que se desembarquen con el fin de pasarse á nos- 
otros». 

Una conjuración realista: 

3- El 4 de julio de 1812, se publicó una proclama sus- 
crita por Chiclana, Pueyrredón y Rivadavia, con motivo 
de la conjuración de algunos españoles en Buenos Aires, 
para sorprender los cuarteles. Tres de los conjurados fue- 
ron ejecutados y los demás culpables quedaron destinados 
á sufrir la misma pena. Un bando del 18 del mismo mes, 
ordena á los españoles europeos la entrega en el término 
de dos días de todas las armas de chispa y blancas largas, 
bajo pena de horca que habría de ejecutarse dentro de las 
48 horas de la aprehensión. Y una proclama de igual fe- 
cha, prohibe la compra de armas y prendas de uniforme, 
bajo pena de muerte, dentro de las 24 horas de la apre- 
hensión tratándose de españoles europeos y de otras penas 
tratándose de patricios (Zinny, «Bibliografía histórica»). 

Sobre reuniones de españoles: 

4- Al finalizar el año 1812, el «'obierno compuesto de 
los señores Passo, Rodríguez Peña y Alvarez Fonte, «dig- 



LA EDAD DE PIEDRA 311 

nos de mandar á ios demás por sus notables calidades ^> 
según la frase del general Mitre («Historia de Belgrano»), 
dictó otro terrible bando por el cual se prohibía toda 
reunión de más de tres españoles europeos, debiendo los 
contraventores ser sorteados y fusilados; se establecía que 
en caso de celebrar reuniones personas sospechosas á la 
causa de la Revolución ó en parajes excusados ó durante 
la noche, todos los concurrentes serían sentenciados á 
muerte; se prohibía montar á caballo á los españoles; y se 
imponía la pena de muerte á los que fueran sorprendidos 
en dirección á Montevideo. 

La conspiración de Alzaga: 

5 Las autoridades que así procedían, no se quedaban 
cortas en materia de derramamiento de sangre. En la sola 
conspiración de Alzaga, 38 españoles fueron ejecutados á 
mérito de sentencias pronunciadas por cuatro ciudadanos 
(Pelliza, «Historia Argentina»), que fallaban cada uno por 
su cuenta y con independencia sus respectivos procesos. 

Exterminio de artiguistas: 

6 Da idea de la ferocidad imperante al finalizar el año 
1814, la comunicación del general Soler al coronel Borre- 
go, del 28 de diciembre, interceptada por Artigas. Trans- 
cribe <'para su conocimiento y puntúa) observancia» un 
oficio del 23 del mismo mes del Supremo Director del 
Estado, que recomienda actividad en la campaña contra 
Otorgues, y agrega: 

«Tampoco puede V. S. perder de vista que todas las 
ventajas que se logren sobre el enemigo serán infructuosas 
si el escarmiento no lo contiene en los límites de la subor- 
dinación y del deber. Ellos deben ser tratados como asesi- 
nos é incendiarios, supuesto que sus incursiones no respe- 
tan ni los derechos de la guerra ni la humanidad. Todos 
los oficiales, sargentos, cabos y jefes de partida que se 
íiprehendan con las armas en la mano, serán fusilados y 
los demás remitidos con seguridad á esta banda occidental 



312 JOSÉ AETIGAS 

del Paraná para que sean útiles á la patria en otros 
destinos, observando el mismo sistema con los vagos y 
sospechosos para que el terrorismo produzca los efectos 
que no pueda la razón y el interés de la sociedad. V. S. 
con presencia de estas observaciones y sin olvidar que la 
destrucción de los caudillos Artigas y Otorgues es el úni- 
co medio de terminar la guerra civil en esta provincia y en 
la de Entre Ríos, formará sus combinaciones». 

Al transmitir dicho oficio, previene Soler á Dorrego que 
debe remitir á su cuartel general «todos los individuos que 
fueran aprehendidos por las tropas de su mando y que según 
el espíritu de la suprema resolución de S. E. deben diri- 
girse á la capital (Bauza, <' Historia de la dominación es- 
pañola»). Zinny, que también registra el documento en su 
«Historia de la prensa periódica de la República Orien- 
tal», expresa que fué publicado en «El Semanario Mercan- 
til» de 1826. 

Una ejecución de Alvear: 

7 Después de la renuncia de Posadas, en enero de 18 J 5,. 
(dice Pelliza en su «Historia Argentina»), su reemplazan- 
te Alvear resolvió remontar el ejército para rodearse de 
bayonetas y atemorizar la oposición con bandos formida- 
bles. El decreto de 13 de marzo de 1815 establecía entre 
otras cosas que: «los españoles sin excepción alguna que de 
palabra ó por escrito, directa ó indirectamente, ataquen al 
sistema de libertad é independencia que han adoptado estas- 
provincias, serán pasados por las armas dentro de 24 ho- 
ras, y si algún americano, lo que no es de esperar, incu- 
rriese en semejante delito, sufrirá la misma pena». Y de 
acuerdo con su bando, el director hizo fusilar á un oficial 
español, Ubeda. Otro oficial, Trejo, escapó milagrosamente- 
del suplicio. 

Sigue la sangre: 

8. Derrocado Alvear, no quiso ser menos el nuevo go- 
bierno. En cumplimiento de uno de los fallos de las comi-^ 



LA EDAD DE PIEDRA óló 

siones enjuiciadoras constituidas entonces, fué ejecutado el 
coronel Enrique Paillardel. La protesta que provocaron 
las medidas de sangre, en el seno del pueblo, determinó el 
envío al cuartel de Purificación de siete candidatos al su- 
plicio, que Artigas rechazó. - 

Carnicería después de una victoria: 

9- Emana el siguiente extracto de una relación del doc- 
tor López («Historia de la República Argentina») acerca 
de la ocupación de Santa Fe por el ejército del general 
Viamonte en agosto de 1815 y de las medidas gubernati- 
vas tendientes á reforzar los ejércitos de San Martín y de 
Rondeau. Pinta á la vez que la indisciplina militar, la 
afición á la sangre que reinaba entonces: 

El ejército de Rondeau se había puesto en marcha para 
el Alto Perú. Refiere el general Paz, que como oficial su- 
balterno iba en el referido ejército, que el Regimiento N." 1 
tenía una gruesa tropa de reses y los demás no tenían nin- 
guna. Una vez, al pasar por delante el Regimiento N.° 1 2, 
los soldados enlazaron una de la vacas. El jefe del 1.°, co- 
ronel Forest, hizo formar la tropa y cargar las armas y 
hasta él mismo tomó un fusil, y el combate se habría pro- 
ducido sin la prudencia de los jefes y oficiales del cuerpo 
N.° 12. 

El mayor general Cruz era uno de los mejores jefes del 
ejército de Rondeau. Había desempeñado el mismo cargo 
de mayor general en los ejércitos de San Martín y de Bel- 
grano. Al llegar al Puesto del Marqués, tomó la dirección 
de la vanguardia y sorprendió totalmente una división 
realista. «Más de mil hombres de caballería, son pala- 
bras del general Paz, golpeándose la boca y dando te- 
rribles alaridos, se lanzaron sobre trescientos y tantos 
enemigos sorprendidos y apenas despiertos: la victoria no 
era difícil, pero la carnicería fué bárbara y horrorosa. Nun- 
ca he visto ni espero ver un cuadro más chocante ni una 
borrachera más completa que la que siguió al triunfo. Los 
soldados desconocían y amenazaban á sus mismos jefes sin, 
que éstos se atrevieran á darse por entendidos». 



314 JOSÉ ARTIGAS 

Fué entonces que el comandante Martín Güemes des- 
apareció del ejército, volviéndose á Salta con la división de 
esa provincia que mandaba. «Apenas llegó á Jujuy se qui- 
tó la máscara y se declaró independiente. El primer acto 
que cometió fué echarse sobre el parque de reserva del ejér- 
cito y apoderarse de 500 fusiles». Y como el general Paz 
agregara que al cometer ese asalto, ningún pretexto tenía, 
dice el doctor López: «Tan lejos de creer, pues, con el ge- 
neral Paz, que Salta nada tuviera que temer de los realis- 
tas, lo que se ve es que Güemes supo prevenir á tiempo 
el conflicto que iba á desarrollarse sobre su provincia; y á 
fe que los sucesos no tardaron en darle la razón, levan- 
tando su nombre, precisamente por esa previsión, á la 
primera línea entre los guerreros argentinos, al mismo 
tiempo que el de Rondeau ca^a anulado y responsable de 
los males que había provocado ¿. 

Los resultados de tanta desorganización é indisciplina, 
no podían ser dudosos. Cuando el ejército de Rondeau 
tuvo que dar batalla, el desastre fué completo. En la de 
Sipe-Sipe, que cerró en noviembre de 1815 las puertas 
del Alto Perú á los argentinos, era tal la desmorahzación 
que el ejército realista sólo tuvo que lamentar como precio 
de su espléndida victoria dos oficiales y cien hombres. La 
retirada de Rondeau no fué más feliz. En Jujuy encontró 
una división de reserva que iba en su auxilio. Pero estaba 
Güemes sublevado en Salta, y Güemes estaba decidido no 
sólo á cerrarle el paso sino también á impedirle que ejer- 
ciera acto alguno de autoridad en aquella provincia y re- 
suelto también á exigir su destitución, exactamente como 
él lo había hecho con Viana y con Sarratea y como aca- 
baba de hacerlo con Alvear. «Y así se hizo afortunada- 
mente, concluye el doctor López, para la gloriosa defensa 
del suelo de la patria que llevó á cabo el popular caudillo 
<le Salta.» 

Una degollación en grande escala: 

10. Demos un salto hasta el año 1819, para ocuparnos 
de la conspiración de los prisioneros españoles confinados 



LA EDAD DE PIEDRA 315 

€11 San Luis. Los jefes y oficiales que allí estaban secues- 
trados, resolvieron evadirse en los primeros días de febrero 
y fueron degollados, los unos durante la tentativa de eva- 
sión, y los otros después de dominada esa tentativa. 

En oficio del teniente gobernador de San Luis, don Vi- 
cente Dupuy, al supremo director, establécese que «está 
plenamente probado que el plan de los conjurados era irse 
á unir con la montonera, en virtud de comunicaciones que 
decían haber recibido de don Miguel Carrera y don Carlos 
Alvear: éstas no se han encontrado y aun no hay razones 
bastantes para darlas por ciertas; pero es indudable que su 
proyecto era irse á unir con los montoneros >^. 

De una carta del teniente gobernador de San Luis, re- 
producimos este párrafo: 

«Por el parte que conduce Escalada al supremo director 
te impondrás de la pelotera que hemos tenido aquí con el 
godaje y oficiales prisioneros de guerra: mas la han pagado 
bien. ¡Que picaros habían sido el Carretero, Primo y Bur- 
quillos! los destinados á asesinarme. Ellos al fin han sido 
degollados y por mi mano el bribón de Morgado. Hoy hace 
ocho días del suceso y ya está concluido el proceso, descu- 
bierto plenamente el proyecto y fusilados todos los cómpli- 
ces». 

Léase la proclama del teniente gobernador á los habi- 
tantes: 

«El rayo de la Justicia acaba de exterminar á los mal- 
vados que se salvaron de vuestra indignación en la hora 
que conspiraron contra el orden... Basta de generosidad 
con los españoles: ellos deshonran la especie humana y no 
son más dignos de consideración que las fieras que habitan 
en los bosques — ¡Padres de familia! id á vuestras casas 
desde aquí, reunid vuestras familias y exortadles á que de- 
testen el nombre español: dejad todos en herencia á vuestra 
posteridad la abominación de esos monstruos. De este modo 
consolidaremos nuestra independencia y todos gozaréis sin 
zozobra de vuestras fortunas, de vuestras esposas, de vues- 
tros tiernos hijos y de las dulces relaciones que unen á los 
individuos y á todas las familias entre si». 



316 JOSÉ ARTIGAS 

Estáu publicados dichos docuinentos en el «Archivo 
Geiiend de h nación, partes oficiales y documentos rela- 
tivos á la Independencia i\rgentina». Obra en la misma 
publicación, el parte del teniente gobernador Dupuy al go- 
bernador de la provincia, describiendo la matanza del día 
y agregando que Monteagudo, que era una de las víctimas 
escogidas por los sublevados, había sido encargado de ins- 
truir el sumario y que de acuerdo con su dictamen se había 
procedido enseguida al fusilamiento de los culpables. 

El parte de Dupuy al intendente Luzuriaga, después de 
referir los detalles de la entrada de los conjurados á la pieza 
en que estaba el teniente gobernador, y el fracaso del asal- 
to per haberse levantado el pueblo en armas en defensa de 
la autoridad, dice textualmente así (Calvo, «Anales His- 
tóricos de la Revolución»; Fregeiro, «Monteagudo»): 

«Entonces, sobrecogidos del terror, empezaron á pedir- 
me que les asegurase las vidas y con el pretexto de aquie- 
tar al pueblo que se hallaba á la puerta, salí de mi habita- 
ción, y cargaron rápidamente sobre ellos habiendo hecho la 
resistencia que pudieron y herido mortalmeute Burquillo 
á mi secretario el capitán don José Riveros. Este fué el 
instante en que los deberes de mi autoridad se pusieron de 
acuerdo con la justa indignación del pueblo. Yo los mandé 
degollar y expiaron su crimen en mi presencia y á la vista 
de un pueblo inocente y generoso donde no han recibido 
sino hospitalidad y beneficios: el coronel Morgado murió 
á mis manos». 

Dos cargos gravísimos resultan de esta documentación 
oficial: que el degüello de los prisioneros, iniciado por el 
propio teniente gobernador Dupuy, fué consumado cuando 
los asaltantes se entregaban inermes á la justicia; y que los 
sobrevivientes fueron abandonados á la saña de un juez 
comisionado, que según el parte oficial debía ser víctima 
de la sublevación y cu^^o juicio ya empañado por la nube 
de sangre que revela su descripción de la matanza de 1810, 
reproducida en uno de los parágrafos anterioreá, estaba en 
esos momentos obsesionado por un sentimiento de vengan- 
za personal. 



LA EDAD DE PIEDRA 317 

Hemos mencionado 6 Calvo entre las fuentes. Y debe- 
mos agregar para que se destaque una vez más la asom- 
brosa inquina de los historiadores argentinos contra el jefe 
de los orientales, que al dar cuenta de la sublevación de 
San Luis, afirma que ella se produjo sobre la base de una 
alianza con Artigas y Carrera, siendo así que el parte oficial 
habla de Alvear y de Carrera, que eran en realidad los úni- 
cos que marchaban juntos, hasta en su odio implacable al 
jefe de los orientales. 

El historiador Torrente, dice que parece indudable que 
los prisioneros tenían el plan de recobrar su libertad y de 
incorporarse á las fuerzas de Carrera y de Artigas, bajo la 
promesa de seguir al Brasil los que no quisieran continuar sir- 
viendo. Agrega que el movimiento fué instantáneamente 
sofocado, siendo muertos en el acto ó después del suceso: un 
brigadier, tres coroneles, dos tenientes coroneles, nueve ca- 
pitanes, cinco tenientes, siete alféreces, un intendente, un 
empleado civil, un sargento, un soldado y diez paisanos. 

Zinny en su «Bibliografía Histórica», resume así la lista 
de los oficiales prisioneros degollados durante la sublevación 
en la capital de San Luis: 1 brigadier, 3 coroneles, 2 te- 
nientes coroneles, 6 capitanes, (3 tenientes, 7 subtenientes, 
2 oficiales de intendencia. Total 27». 

¿Merecieron alguna sanción estas matanzas? 

El supremo director Pueyrredón en carta al general San 
Martín de 1." de marzo de 1819 (Mitre, «Historia de San 
Martina), que en seguida reproducimos, llama á la he- 
catombe v; fandango que bailaron los maturrangos de San 
Luis» y para premiar al organizador de ese baile macabro, 
anuncia el regalo de los despachos de coronel! 

«Ya habrá visto el fandango que bailaron los maturran- 
gos de San Luis. ¡Qué tales niños el Ordóñez, Morleta, etc.! 
Vale que le pegaron bien. He mandado el grado de coro- 
nel á Dupuy por su buen desempeño. También estaban 
preparados los prisioneros de las Bruscas, pei'o fueron de- 
nunciados por dos oficiales menos malos y quedan presos 
varios de ellos. Ha caminado una comisión á formalizar un 



818 JOSÉ ARTIGAS 

sumario y con orden de fusilar á cuantos resulten cul- 
pados». 

San Martín en carta á Guido, datada en Mendoza el 2.*^ 
de febrero de 1819 («Vindicación Histórica», por Carlos 
Guido Spano) le llama «rebujena»: 

«No ha venido el detalle sobre el suceso de San Luis, 
pero debo decir á usted que pasan de 40 los muertos que 
hubo en la rebujena: hasta ahora lo que sabemos es que su 
objeto era unirse á la montonera, y que Ordóñez, Alvear y 
Carreras estaban en comunicación íntima». 

¿Serán acaso más severos los grandes historiadores ar- 
gentinos? 

En la ciudad de San Taús, dice el general Mitre (c Histo- 
ria de San Martín») estaban los jefes y oficiales españoles 
prisioneros de Chacabuco y Maipü. Ante el anuncio de que 
iban á ser separados y trasladados á diferentes puntos, pro- 
yectaron su fuga. El número de los conjurados no pasaba 
de cuarenta. Vencida la conjuración, se instruyó el proceso 
por Monteagudo. Durante la refriega habían muei'to veinti- 
cuatro y de los diez y seis restantes, siete fueron fusilados. 
«La matanza de San Luis, bien que justificada por las du- 
ras leyes de la guerra», levantó un grito de ira y de ven- 
ganza en las filas españolas, se contenta con decir el gene- 
ral Mitre. 

El 2o de febrero de 1819 tuvo lugar la apertura de 
las sesiones del soberano congreso, en cuyo acto el di- 
rector Pueyrredón pronunció un discurso que dio lugar 
á la siguiente felicitación del presidente de la Asamblea 
(Calvo, «Anales Históricos déla Revolución»): 

«Tiene igualmente la satisfacción de felicitar á V. E. 
por el venturoso triunfo que acaba de conseguir la patria 
sobre las sangrientas maquinaciones con que los prisio- 
neros españoles conspiraban contra su libertad». 

Para facilitar las ejecuciones: 

II. La frecuencia con que corría la sangre en la época 
de la Revolución, determinó más de una vez á los Congrc- 



LA EDAD DE PIEDRA .S 1 9 

SOS argentinos á poner en manos del primer magistrado 
la vida de todos los ciudadanos, de la que sea dicho en 
honor de la verdad, ellos supieron disponer libremente y 
sin reatos en el silencio de sus Asambleas. 

En la sesión de la Asamblea General del 3 de marzo 
de 1819, se autorizó al Director del Estado (Uladislao S. 
Frías, «Trabajos Legislativos de las primeras Asambleas 
Argentinas») «para la creación de una Comisión militar 
por el término de seis meses, que conozca privativamente 
en las causas de conspiración y traición». De acuerdo con el 
respectivo decreto, la Comisión debía componerse de cinco 
individuos designados por el Poder Ejecutivo, exigiéndo- 
se tres votos conformes para el pronunciamiento de las 
penas de muerte y expatriación perpetua. 

El 7 de octubre de 1820, dice el doctor Martín Ruiz 
Moreno («Estudio sobre la vida pública del general Ra- 
mírez»), la Junta de Representantes de Buenos Aij-es, que 
ya había dado facultades extraordinarias al gobernador 
don Martín Rodríguez, le expresaba: «que debía proceder 
al juicio de los reos y íí la imposición de las penas por 
los hechos que bastaren á cerciorarse del delito y del de- 
lincuente, sin detenerse en la lentitud y traba de las for- 
mas ordinarias, por exigirlo así la suprema ley de la salud 
publica de esta benemérita ciudad y provincia». Con esa 
misma doctrina, agrega, se fundó la Mazorca, y en esa mis- 
ma escuela política se educó el propio Rosas, que era su- 
balterno del gobernador Rodríguez. El doctor López, tan 
cruel con los caudillos del litoral, concluye el mismo autor, 
refiere, sin una palabra de condenación, que el gobernador 
Rodríguez en uso de esas facultades fusiló en la plaza 25 
de Mayo al comandüiite Salomón y otros complicados en 
el motín del l.Vle octubre de 1820. 

La muerte de Dorrego: 

12. En 1828, aparecen los grandes unitarios, los hom- 
bres de principios, instigando á los caudillos al derrama- 
miento de sangre de hermanos. Véase en qué términos 
(Ayarragaray, «La anarquía argentina»): 



1320 JOSÉ ARTIGAS 

El 12 de octubre escribía el doctor del Carril al gene- 
ral I/a valle: «Es usted un hombre de genio y entonces no 
puedo figurármelo sin la firmeza necesaria para prescin- 
dir de los sentimientos y considerar obrando en política 
todos los actos de cualquier naturaleza que sean, como me- 
dios que conducen ó desvían de un fin. . . . Ahora bien, 

general: prescindamos del corazón en este caso No 

puedo figurármelo sin la firmeza para prescindir de los 
sentimientos — Así considere usted la muerte de Dorre- 
go Eíi tal caso la ley es que una revolución es un jue- 
go de azar, en el que se gana hasta la vida de los ven- 
cidos >^. 

Juan Cruz Várela, escribe en la misma fecha á Lava- 
lle: «Después de la sangre que ha derramado en Navarro, 
el proceso del que la ha hecho correr está formado. ... En 
fin, piense usted que 200 ó más muertos y 500 heridos 
deben hacer entender á usted cuál es su deber — Cartas 
como esta se rompen.» 

Once años después, surge en el partido opuesto, un de- 
<íreto del general Echagüe, datado en su cuartel general 
á la vista del Salto, el 30 de agosto de 1839, cuyas espe- 
luznantes cláusulas pueden resumirse así (Zinny, <s Histo- 
ria de la prensa periódica de la República Oriental»): 
serán pasados por las armas ó degollados todos los em- 
pleados civiles y militares que se tomen pertenecientes al 
ejército de Rivera y todos los adictos á su causa; sus hi- 
jos de más de siete años serán muertos para que no ten- 
gan vengadores; sus madres y mujeres serán destinadas 
al servicio del ejército; sus bienes confiscados en provecho 
del mismo ejército; y las poblaciones incendiadas. 

BELGRAfíO EJECUTANDO PRISIONEROS: 

13 Pero en vez de dirigir la vista á épocas postei'iores, 
que pudieran decirse envenenadas por la guerra civil, re- 
trocedamos al teatro de la independencia, que es inagota- 
ble en sucesos de sangi-e. 

No alcanzaron á librarse del sangriento empuje ni los 
más puros factores de la Revolución. 



LA EDAD DE PIEDRA 321 

Léase el siguiente extracto de la relación que hace Mi- 
tre («Historia de Belgrano»), acerca de la campaña del 
Paraguay: 

El general Belgrano marchó en el mismo año 1810 al 
Paraguay, al frente de un ejército destinado á voltear la 
dominación española. La población que en otra época 
había sostenido sus fueros contra el poder real y contra el 
poder teocrático, y que hasta contaba con sus comuneros 
mártires, carecía ya de toda vitalidad. La sangre indígena 
predominaba sobre la europea y la disciplina teocrática ha- 
bía acabado de domar los instintos de libertad. 

Belgrano previno á los paraguayos «que el europeo que 
tomase con las armas en la mano ó fuera de sus hoga- 
res, sería inmediatamente arcabuceado, como lo sería igual- 
mente el natural del Paraguay ó de cualquier otro país 
que hiciese fuego contra las tropas de su mando». 

En el pasaje del Paraná, Belgrano ordenó al mayor ge- 
neral Maehain que forzase la posición, pero antes de que 
€ste jefe hubiese podido reunir 27 hombres, el impetuoso 
joven don Manuel Artigas, ayudante del general en jefe, 
seguido de don Manuel Espíndola, de don Gerónimo Hel- 
guera y de 7 hombres que le acompañaban, avanzó deno- 
dadamente sobre los cañones enemigos, sufriendo siete 
disparos, y poniendo en fuga á 54 hombres que los soste- 
nían, los ametralló por la espalda con su propia artillería y 
se apoderó de una bandera sin perder un solo hombre. 

En el curso de su marcha, hicieron los patricios dos pri- 
sioneros. 

«De estos prisioneros, uno era español, y por la cir- 
-cunstancia de encontrársele armado de sable y pistolas, fué 
pasado en el acto por las armas, según las órdenes de la 
Junta intimadas por Belgrano. Esta ejecución bárbara, es 
la única mancha de su campaña al Paraguay y la explica, 
ya que no la disculpa, el odio contra los españoles, que la 
Hevolución había hecho estallar^. 

En una nota á la Junta Gubernativa, dice Belgrano: 

«Desde que atravesé el Tebicuary no se me ha presen- 

JOSK ARTIGAS— 21. T. I. 



322 JOSÉ ARTIGAS 

tado ni uu paraguayo, dí menos los he hallado en sus casas; 
esto unido al ningún movimiento hecho hasta ahora á 
nuestro favor, y antes por el contrario presentarse en tanto- 
número para oponérsenos, le obliga al ejército de mi man- 
do á decir que su título no debe ser de auxiliador >. 

La batalla de Paraguary dio término al avance del ejér- 
cito argentino. Producida la derrota tuvo que retroce- 
der, dejando en el campo de batalla 120 prisioneros y 10 
muertos. «Mi ánimo, decía Belgrano al dar cuenta de la 
batalla, es tomar un punto fuerte en la provincia en donde 
pueda fortificarme hasta mejor tiempo y hasta observar el 
resultado de las medidas que medito, para que se ilustren 
estos habitantes acerca de la causa de la libertad, que hoy" 
miran como un veneno mortífero todas las clases y todos 
los estados de la sociedad paraguaya». 

Del ejército de Belgrano sólo quedaban 235 soldados 
cuando se dio el combate de Tacuarí. Las tropas paragua- 
yas, que eran inmensamente superiores, se guarecieron en 
un bosque, abandonando los cañones, y de esa actitud sa- 
có partido Belgrano para enviar un parlamentario encarga- 
do de expresar que él no había ido á conquistar el Para- 
guay, sino á darle auxilio de libertad, pero puesto que se le 
rechazaba estaba resuelto á repasar el Paraná, siempre que 
se le concediere una cesación de hostilidades. Fué acepta- 
da la propuesta por el jefe paraguayo, y entonces Belgra- 
no pro[)uso varias cláusulas de pacificación sobre la ba- 
se de la libertad de comercio. En el Paraguay estaba es- 
tancado el tabaco y á consecuencia de ello la factoría- 
establecida en la Asunción pagaba dos pesos por cada 
arroba de tabaco elegido que ella revendía á nueve pesos.. 
También suministró noticias sobre el estado calamitoso de 
España, de la feliz insurrección de la Banda Oriental y de 
la organización de ini gobierno propio. Cuando se puso en 
marcha, vencido en el campo de batalla, dejaba la semilla 
de la revolución colocada en buen terreno. 

Tal fué el resultado, concluj'^e Mitre, del armisticio de 
Tacuarí, durante el cual ambas fuerzas confraternizaron y 
cambiaron impresiones fecundas. 



la edad de piedra 323 

Nuevas ejecuciones de Belgrano: 

14- Porque el prisionero español estaba armado, fué fu- 
silado! Es la única mancha de la campaña del Paraguay» 
dice el general Mitre. ¿Pero es la única de que la historia 
acusa al glorioso triunfador de Salta y Tucuraán? 

He aquí un nuevo extracto de la ->- Historia de Belgra- 
no». relativo á sucesos posteriores á la batalla de Vilca- 
pugio: 

Sin desalentarse por esta considerable derrota, Belgrano 
rehizo su ejército y volvió algún tiempo después á presen- 
tar batalla con igual resultado negativo, pues sufrió la de- 
rrota de Ayohuma, en que su ejército volvió á quedar des- 
pedazado por el cañoneo que barría sus filas, que se man- 
tenían sin embargo <vCon tanta firmeza como si hubieran 
creado raíces en el lugar que ocupaban», valga la frase del 
general español Pezuela. 

En ese ejército había oficiales como La Madrid, á quien 
Belgrano dijo un día: «Escoja usted cuatro hombres de su 
compañía y marche á traerme noticias exactas de la van- 
guardia enemiga». Al poco rato volvió La Madrid con sus 
cuatro voluntarios y le dijo: <'^ya estoy pronto, y sólo falta 
que V. E. me dé un pasaporte para que se me permita 
entrar al campo enemigo y podt;rle traer las noticias con 
la exactitud que desea >.. El general Belgrano contestó 
sonriéndose: «Usted sabrá proporcionarse el pasapor- 
te». La Madrid llegó hasta cuatro cuadras del campamento 
eneuiigo y con sus cuatro soldados tomó prisioneros á cinco 
realistas que habían salido á recorrer el campamento. 

Dos de ellos eran de los prisioneros juramentados en 
Salta y fueron mandados al general en jefe para que le 
suministraran los datos pedidos. Belgrano los mandó fusilar 
por la espalda, les hizo cortar las cabezíis, y después de 
ponerles un rótulo en la frente en que se leía «Por perju- 
ros», mandó esas cabezas á La Madrid para que las coloca- 
se á inmediaciones del enemigo. Le enviaba á la vez un 
refuerzo de ocho dragones. 



324 JOSÉ ARTIGAS 

Hallándose La Madrid al frente de doce hombres, dice 
más adelante el general Mitre, resolvió atacar una compa- 
ñía de 50 cazadores montados que iba á cortarle la retira- 
da. Tres de sus valerosos soldados marchaban á vanguar- 
dia y llegaron al corral de Tambo Nuevo en que estaba la 
compañía realista. El cuerpo de guardia se componía de un 
centinela que descansaba inclinado sobre su fusil y once 
soldados que dormían alrededor de una mesa. Los tres 
patriotas desarmaron y atacaron á los doce soldados realis- 
tas y los condujeron hasta el paraje en que se encontraba 
La Madrid con sus nueve hombres restantes. Uno de los 
prisioneros se escapó y dio la voz de alarma á la compa- 
ñía, que en seguida se trabó en tiroteo con los patriotas, 
replegándose luego al corral de piedra en la creencia de 
que el ataque era llevado por fuerzas superiores y al grito 
de viva la patria en señal de rendición. Al amanecer vieron 
los del corral que los pati-iotas eran muy pocos y volvieron 
á hacer fuego, pero sin abandonar sus posiciones. Cuando 
regresaron al cuartel, Belgrano dio á los tres batidores el 
glorioso título de Sargentos de Tambo Nuevo, con el que 
han pasado á la historia. Uno de ellos, el tucumano Maria- 
no Gómez, en desempeño de otra peligrosa comisión cayó 
prisionero de los realistas, en cuyas filas había antes mili- 
tado. El jefe realista le ofreció la vida si le prometía ser- 
virle con fidelidad, pero contestó que no y fué puesto en 
capilla. Al tiempo de sentársele en el banquillo, se le rei- 
teró el ofrecimiento y entonces contestó: «Dígale usted 
al coronel que si quiere saber quién es Gómez, me mande 
quitar las prisiones y entregándome mi sable me haga lar- 
gar dentro de este cuadro. ¿Qué puede hacerles un hombre 
solo? Pues que hagan la prueba y verán que Gómez no 
puede servir contra su patria». Pocos segundos después 
sonó la descarga y Gómez cayó bañado en sangre. 

El general Paz, refiriéndose en sus «Memorias postu- 
mas» á la presa hecha por los sargentos de Tambo Nuevo, 
dice que: «cuando fueron llevadas las cabezas, después de 
halladas por los realistas, al campo enemigo, la irritación 



LA EDAD DE PIEDRA 325 

délos españoles subió de punto y estuvo á pique de que 
nuestros prisioneros fueran pasados á cuchillo. Por lo de- 
más no dio resultado alguno esta severa medida». 

El propio doctor López no ha podido rehuir la censu- 
ra. Cuando el general Belgrano, dice, (<>- Historia de la Re- 
pública Argentina>-) después de sus derrotas, regresaba á 
las provincias argentinas, haciendo rezar noche y día el 
rosario á sus tropas, sus partidas le trajeron dos prisione- 
ros de los que habían prestado juramento en la batalla de 
Salta de no tomar más las armas. «Oirlo y mandar que 
fuesen ejecutados en el acto y puestos sus miembros sobre 
picas, para escarmiento, fué todo uno». Pero la medida, 
agrega el doctor López, era cruel é injusta, desde que los 
soldados, habían sido compelidos á tomar las armas y que 
no eran ellos los culpables, sino sus superiores del Perú. 

Continúan las ejecuciones de Belgrano: 

i5« Procede la siguiente relación de las «Memorias pos- 
tumas» del general Paz: 

«En Santiago del Estero el teniente coronel Juan Fran- 
cisco Borges levantó el estandarte de la rebelión, deponien- 
do al teniente gobernador y saliendo á campaña para reu- 
nir las milicias y hacer frente á las tropas que se destaca- 
sen del ejército. No era esta una deserción de la causa de 
la independencia: su objeto era sólo substraerse á la obe- 
diencia del gobierno general y ser en su provincia lo que 
Güemes en Salta y Artigas en la Banda Oriental; pero to- 
mó tan mal sus medidas que antes de treinta días todo es- 
taba terminado. Borges, á quien todos suponían una auda- 
cia no común y que gozaba gran prestigio entre sus com- 
provincianos, manifestó llegado el caso una impericia y una 
imbecilidad suma, al mismo tiempo que pasaba el Rubicón 
no quedándole más puerto de salvación que la victoria, hi- 
zo alarde de una delicadeza ajena de sus circunstancias espe- 
ciales. Cuando reunía el paisanaje que debía oponer á las 
tropas que ya marchaban contra él, dejó pasar intactos 
unos caudales que iban de tránsito para Buenos Aires, y 



326 JOSÉ ARTIGAS 

lo que es más no permitió sacnr un sable, ni una tercerola 
que necesitaba en sumo grado, de una tropa de carretas que 
á esa sazón llevaba un buen cargamento de armas para el 
ejército. Todo esto lo hizo en precaución de que no se cre- 
yese que un deseo desordenado de rapiña lo había impulsa- 
do en su movimiento y de que hostilizaba privándolas de 
sus armas alas tropas destinadas á combatir por la inde- 
pendencia. Si este modo de opinar hace honor á sus senti- 
mientos, es una prueba clásica de su incapacidad como cau- 
dillo y de que se metió en un atolladero sin calcular cómo 
había de salir de él». 

Desbaratadas las fuerzas de Borges, por el comandante 
La Madrid y por el comandante Bustos, sus mismos paisa- 
nos lo entregaron cuando huía. Fué sentenciado á muerte. 
«La sentencia emanaba directamente del general Belgra- 
no: había sido remitida á Bustos y éste comisionó á La Ma- 
drid para ejecutarla». Agrega el general Paz que no hubo 
juicio alguno, aún cuando á él lo comisionaron para tomar 
una declaración al reo, que no tomó porque «ya era inútil 
todo esclarecimiento de un hecho que estaba juzgado». 

Los SUBALTERNOS DE BeLGRANO Y SUS EJECUCIONES: 

í6. Y los subalternos del general Belgrano, ¿cómo se por- 
taban? 

He aquí lo que dice el general Paz en sus «Memorias 
postumas», describiendo la batalla de Tucumán y rela- 
cionando sucesos que él presenció al recorrer el campo en 
busca del general Belgrano, que había sido alejado por el 
oleaje de sus propios soldados y que ni la menor noticia 
tenía de la espléndida victoria que acababa de alcanzar so- 
bre el ejército realista: 

«A la noticia de la aparición del general, empezaron á 
reunirse muchos de los innumerables dispersos de caballe- 
ría que cubrían el campo, saqueando los ricos equipajes 
•del enemigo y ultimando d los heridos ó dispersos que 
e^icontrahan». 

Dos horas antes el general Paz «había reñido con el ca- 



LA EDAD DE PIEDRA 327 

pitan Samvia, por defender unos prisioneros que éste que- 
ría hacer matar». 

La capitulación de Salta. 

A raíz de la batalla de Salta, Belgrano otorgó a los es- 
pañoles una capitulación honrosa. ¿Qué se proponía al pro- 
•ceder así con los vencidos? El historiador Torrente explica 
e\ hecho muy razonablemente en estos términos: 

«El objeto de un acto de generosidad tan decantado, tu- 
vo el resultado que se prometía el general insurgente. Si 
bien algunos de aquellos militares se incorporaron de nue- 
vo á las filas realistas sin que se resintiera su delicadeza en 
faltar á algunos empeños que no eran de modo alguno obli- 
¿•atorios por haber sido contraídos con subditos rebeldes, 
otros sin embargo se dedicaron á pervertir el espíritu pu- 
blico, proclamando el brío y entusiasmo de las tropas de 
Buenos Aires y pintando con los colores más halagüeños 
la causa que ellas defendían. Fueron por lo tanto enviados 
á sus casas con decorosos pretextos, logrando el objeto que 
los demás soldados quedasen libres de los venenosos tiros 
de la seducción, mas no los pueblos cuya opinión acabaron 
•de extraviar los citados individuos». 

Pues bien: esa actitud del general victorioso debió ser 
materia de las más sangrientas censuras, según resulta de 
mm carta del propio Belgrano al doctor Feliciano Antonio 
Ohiclana, datada en Jujuy el 18 de abril de 1813 (Calvo, 
«Anales históricos de la Revolución»). Habla Belgrano del 
•esfuerzo que tiene que hacer para proceder con reflexión 
j no cometer disparates, como tendría que cometerlos, si 
oyera á los que le «llenan la cabeza de especies» y «lo aca- 
loran». Y agrega: «¡Quién pensará! ¡quién creerá!, me escri- 
be otro por la capitulación, y porque no hice degollar á 
todos, cuando estoy viendo palpablemente los buenos efec- 
tos de ella: rectitud, justicia, mi amigo, con el patriota y 
^ntipatriota, y una voz de usted será respetada». 



328 JOSÉ ARTIGAS 

Fusilamiento «le prisioneros en el ejército de Paz. 

Dice el general Paz en sus «Memorias», al ocuparse de 
las campañas contra Quiroga, que uno de sus propios su- 
balternos, el coronel Deza, hizo fusilar dos oficiales prisio- 
neros y luego á otros cinco prisioneros que estaban acusa- 
dos de asesinatos, con la particularidad de que ambos he- 
chos ocurrieron casi en presencia del autor délas «Memo- 
rias» y á despecho de las órdenes terminantes que él había 
dado. 

Esa declaración de un militar de las altas condiciones 
del general Paz, da idea acabada del teatro de la Revolu- 
ción y de la estupenda injusticia de Cavia y de sus conti- 
nuadores al arrojar sobre Artigas la responsabilidad de los 
pocos actos de sangre que en el lapso de ocho años se pro- 
dujeron ó no se produjeron, porque ni de eso hay pruebas^ 
dentro de la amplísima zona territorial que abarcaban las 
provincias sometidas al mando y al protectorado del jefe 
de los orientales. 

Oos cartas «le Belgrano. 

Según el general Mitre («Historia de Belgrano»), los 
dos hombres más grandes de la historia argentina son Bel- 
grano y San Martín. 

Veamos cómo se expresaba Belgrano en carta á San Mar- 
tín desde su cuartel general en Jujuy el 25 de diciembre 
de 1815 (Mitre «Historia de San Martín»): 

«Mi pensamiento actual, porque no puedo más, es figu- 
rar que voy á hacer la defensa de este punto y atraer por 
este medio las gentes, obhgar á que no desmayen estos pue- 
blos, ganar tiempo para echar abajo cuanto pueda y dete- 
ner al enemigo y que sus marchas no sean tan acelera- 
das Así es que estov haciendo mi papel con un puñado 

de fusiles y tengo mi avanzada de cerca de doscientos 
hombres en Humahuaca, treinta leguas de aquí y voy á 
poner una partida de 25 facinerosos con un sargento des- 



LA EDAD DE PIEDRA 329 

aforado que se les vayu hasta las inmediaciones y les haga 
la guerra por cuantos medios le ocurran, para que no crea 
el enemigo que abandonamos todo». 

La expulsión de españoles, tan fustigada de este lado del 
Plata, era una de las medidas más justas para Belgrano. 
En carta al diputado Guido datada en Tucumán el 2G de 
enero de 1818, relativa á la expedición española que se 
anunciaba en dirección á Chile, para adormecer á las Pro- 
vincias Unidas, dice el general Belgrano (Guido y Spano, 
«Vindicación histórica»): 

«Cosa santa la de haber limpiado de godos á la capital; de 
este lado de la cordillera su influjo es nulo y no dejarán 
de traer money que vivificará aunque no quieran los luga- 
res en que se fijeu». 

San ]^Iartín y la política del encaño. 

De las ejecuciones de prisioneros, que sombrean la bri- 
llante foja de servicios de Belgrano, está libre San Martín. 

Después de Chacabuco, dice su biógrafo el general Mi- 
tre, «sólo un escarmiento se hizo. El feroz Sun Bruno, 
manchado con los asesinatos alevosos de los prisioneros en 
la cárcel de Santiago, y que había oprimido bárbaramente 
á la población, fué tomado prisionero en Chacabuco, some- 
tido á juicio, condenado á muerte y ejecutado en la plaza 
pública. Fué justicia.» 

Pero no está libre de otra acusación que es bueno recor- 
dar como sintomática de los vicios de la época. 

Describe el general Mitre («Historia de San Martín») el 
sistema de espionaje organizado en Mendoza mientras se 
hacían los preparativos para escalar los Andes; y se expre- 
sa enl os términos que extractamos á continuación: 

Osorio raandó á Mendoza con comunicaciones á un frai- 
le franciscano que fué aprehendido por San Martín y sen- 
tenciado á muerte. No se cumplió la sentencia, pero me- 
diante ella el fraile descosió del forro de su capilla las cartas 
de que era conductor. Los españoles á quienes eran dirigí- 



330 JOSÉ ARTIC4AS 

<las fueron arrestados, y bajo la amenaza de sufrir la pena 
de muerte, se vieron obligados á suscribir cartas que el 
mismo San Martín redactaba y enviaba á Chile con emisa- 
rios que volvían trayendo las contestaciones de Osorio. 
Otros espías de Osorio fueron aprehendidos también y uti- 
lizados en idéntica forma. El propio San Martín obtuvo 
que un vecino respetable de Mendoza se declarase godo acé- 
rrimo y sufriese prisiones, grillos, contribuciones, hasta 
hacerse notable por su fervor por la causa del rey. De tal 
manera el farsante mantenía su papel, que hasta se abstuvo 
de revelar el secreto á su misma esposa, una patriota deci- 
dida, que llegó á amenazarle con el divorcio. Cuando el fal- 
so godo estuvo preparado, fué utilizado para estrechar rela- 
ciones con godos verdaderos, surgiendo de ahí una corres- 
pondencia activa, que permitía á San Martín tener firmas 
auténticas de los españoles de más crédito. San Martín re- 
cortaba esas firmas, escribía cartas dirigidas á las autorida- 
des de Chile y daba al emisario «firmas volantes^> para 
atestiguar que las cartas pertenecían á los autores de esas 
firmas, quienes procedían así para sustraerse á los peligros 
de una interceptación. 

Este sistema de engaño que nos traza el general Mitre, era 
puesto en práctica por los mismos directorios argentinos, 
sin escrúpulos de ninguna especie. Vamos á extraer en 
prueba de ello, de la obra de Carlos Guido y Spano «Vin- 
dicación histórica», dos documentos decisivos. 

El primero, es una nota de Pueyrredón de 16 de no- 
viembre de 1817, al virrey de Lima, autorizando al teniente 
coronel Guido para proponer un armisticio «como prelimi- 
nar de un tratado estable que ponga término á la devas- 
tación de estos países». Expresa al virrey que «no dejará 
de presentir las ventajas que debe prometerles la celebración 
de una paz duradera, que conservando las vidas y propie- 
dades de nuestros hermanos, consolidará los vínculos de 
amistad y confianza entre hijos de un mismo suelo, comu- 
nicará nuevos grados de vigor á ambos gobiernos y asegu- 
rará al señor don Fernando VII la dominación de ese rico 



EA EDAD DE PIEDRA 331 

territono». El segundo, es una nota de Pueyrredón al dipu- 
tado Guido, diciéndole con motivo de observaciones for- 
muladas por el último al pensamiento del armisticio: «Co- 
mo el armisticio propuesto al virrey de Lima era una me- 
ra farsa, para mejor disfrazar el verdadero intento de la ida 
de usted, excuso fijarme en las juiciosas reflexiones que 
me hace: destruido el viaje, lo queda igualmente mi comi- 
;sión.» 

Son dignas de consoltarse también como indicati- 
vas de los vicios de la época, las instrucciones que expi- 
dió el director Pueyrredón al general San Martín para la 
reconquista de Chile, el 21 de diciembre de 18 16. Tienen 
las firmas del director y de sus ministros don Vicente Ló- 
pez y don Domingo Trillo. He aquí una de sus cláusulas 
(Mitre, «Historia de San Martín»): «22. Queda absoluta- 
mente prohibido al general en jefe consentir por capitula- 
ción en que las tropas españolas se retiren á Lima con ar- 
mas ó sin ellas, y si las circunstancias del ejército recla- 
masen asentir a esta proposición, se hará de un modo vago 
y sujeto á una decente interpretación para no darle cum- 
plimiento». 

Por su parte, el doctor López, («Historia de la República 
Argentina») reproduce una nota reserv^ada del secretario de 
Estado don Nicolás Herrera al plenipotenciario en Chile 
don Juan José Passo, de 21 de agosto de 1814, diciéndole 
que el gobierno había despachado un diputado para preve- 
nir al general Pezuela que habiendo vuelto al trono Fer- 
nando VII habían cesado los motivos de la guerra, «todo 
■esto con el objeto de retardar sus operaciones, paralizar sus 
movimientos y adelantar nosotros las medidas que toma- 
mos para despedirlos con la fuerza de nuestro territorio». 

El mismo doctor López, recoge y rechaza en su «His- 
toria déla República Argentina» dos versiones que atri- 
buían al héroe de los Andes connivencias en sucesos san- 
grientos. A raíz, dice, de la victoria de Maipú, fué activado 
el proceso que en Mendoza se seguía á los hermanos Juan 
José y Luis Carrera por tentativa de rebelión contra Chi- 



332 JOSÉ ARTIGAS 

le. Auibos Iieniianos fiiei-on fusilados, segán unos por tra- 
bajos de Monteagudo para propiciarse la buena voluntad 
deO'Higgins; según otros con la connivencia del general 
San Martín. Más tarde fué asesinado Mannel Rodríguez, 
el jefe del regimiento «Húsares de la Muerte», organizada 
en Santiago con elementos desafectos á San Martín y 
O'Higgins. Y las mismas acusaciones se produjeron, atri- 
buyéndose ese crimen en el que también actuó Montea- 
gudo, á O'Higgins y á San Martín. 

Y á propósito de los Carrera, he aquí un documento in- 
teresante que reproduce el doctor López en su <^ Historia 
de la República Argentina», que revela que la pasión de 
la sangre infectaba á los mismos factores judiciales de la 
época: 

Mientras José Miguel Carrera trabajaba sin éxito á Le- 
cor y á Artigas, sus dos hermanos Luis y Juan José mar- 
chaban á Mendoza en tránsito para Chile. Fueron aprehen- 
didos por las auto ridades argentinas, y desde la cárcel tra- 
taron de insurreccionarse, para reanudar su plan contra 
Chile. Actuaba como juez instructor el licenciado Juan de 
la Cruz Vargas, y éste al dar cuenta al general San Martín 
de la tentativa de evasión, decía refiriéndose á la actitud 
de Luzuriaga, gobernador de Cuyo: «No ha sabido jugar el 
lance. El debió dejarlos salir y tener apostados doce hom- 
bres por allí cerca y haberlos baleado á ellos y á la guar- 
dia ganada que escapaba con ellos. Tiene usted una justi- 
cia pronta, bien merecida en el mismo hecho de la delin- 
cuencia, y nos librábamos de este modo de estos diablos y 
de las consideraciones que no atino por qué fundamenta 
les dispensan los gobiernos, máxime el de nuestro Estado». 

Una última nota para cerrar este parágrafo. 

San Martín no tenía empacho en codearse con los ban- 
didos y en felicitarlos, valga este párrafo de su biógrafo el 
general Mitre, relativo á las peripecias de la campaña del 
otro lado de los Andes: 

«•'El salteador Neyra cuya presencia en las filas de las 
montoneras patriotas tan severamente había reprochada 



LA EDAD DE PIEDRA 333 

San Martín á Rodríguez, realizaba por su parte proezas 
que lo elevaron al rango de caudillo, y el general de los 
Andes poco escrupuloso tratándose de hostilidades al ene- 
migo, reconcilióse con él y le envió sus felicitaciones.» 

La peua de muei'te por noticias falsas. 

Es increible la facilidad con que se dictaba la peua de 
muerte por los militares españoles. Lo demuestra el bando 
que el general Belgrano promulgó el 15 de enero de 1813 
(Calvo, «Anales Históricos») reproduciendo un oficio del 
general Tristán al marqués del Valle de Tojo, gobernador 
de Salta, de 28 de septiembre de 1812, sobre noticias de 
supuestas derrotas del ejército realista transmitidas por al- 
gunos soldados dispersos. Le previene el general Tristán 
que esas noticias son falsas y agrega: «sin pérdida de mo- 
mento haga circular sus órdenes, haciendo saber á todos 
sus subditos que cualquiera sin distinción de clase, que vier- 
ta expresiones seductivas, dé noticias falsas ó infiera el más 
leve agravio á los individuos de mi ejército que pudieran 
andar dispersos, ó que sabiendo dónde están no den parte 
de ellos, sin más proceso y justificado que sea, serán ahor- 
cados irremisiblemente, procurando vuestra señoría celar 
sobre estos puntos con el mayor rigor y avisándome de 
cuanto ocurra». 

Elío preparándose á la lucha. 

Al iniciarse el movimiento insurreccional en la campa- 
ña oriental, el virrey Elío pasó un oficio al Cabildo de 
Montevideo (Bauza, «Historia de la dominación española»), 
que revela que de este lado del Plata la sangre tampoco 
i nspiraba repugnancia. 

Es del 2 de abril de 1811. Habla el virrey de correos 
interceptados por fuerzas de Manuel Artigas y de comuni- 
caciones mantenidas por éste con personas de la ciudad, y 
previene que está tomando «providencias para alejar y des- 



334 JOSÉ ARTIGAS 

baratar esta caualla». «cPero estoy convencido», agrega, «que 
sin adoptar el sistema de rigor militar cada vez nos hallaremos 
más incomodados. A fin, pues, de usar rápidamente del casti- 
go merecido, procederá V. E. á hacer colocar á la mayor 
brevedad la horca en la plaza, que á mi pesar deberá servir 
para que en ella expíen con prontitud sus crímenes los trai- 
dores á su rey y á su patria.» 

Formalizado ya el movimiento insurreccional por Arti- 
gas, el virrey Elío expidió y firmó un pliego de instruccio- 
nes el 19 de abril de 1811, al cuerpo destinado á la vigi- 
lancia de la campaña oriental. Dicho pliego fué secuestrada 
á los comandantes Bustamante, Sampiere y Herrera que 
habían marchado en auxilio de la guarnición española de 
San José. Léanse algunas de las instrucciones del virrey 
Elío á sus subalternos («Gaceta de Buenos Aires»): 

Regresará «por la banda del Chamiso donde anda 
una partida de insurgentes, que procurará aprehender y 
destruir enteramente... Reunirá sus fuerzas cuando lo con- 
sidere oportuno para atacar á algún crecido número de trai- 
dores que pueden reunirse: en este caso obrará según las cir- 
cunstancias y conforme á su celo y honor, para extinguir se- 
mejante clase de malévolos. . . Se proveerá de caballos extra- 
yendo todos cuantos tengan en sus estancias los insurgentes 
de los cuales tomará y me dirigirá r.na puntual razón para el 
castigo que será consiguiente por su traición al rev... 
Siempre que se pueda aprehender á cualquiera de los que 
llevan armas en contra de las de nuestro monarca, se le ase- 
gurará y será conducido á esta plaza; y si se le pillase en el 
acto de hacer fuego contra las nuestras, con una justifica- 
ción ante los oficiales y dándole una hora de término será 
ahorcado y colgado en el sitio donde cometió el crimen. . .. 
Todo ganado ó hacienda perteneciente á sujeto que esté en 
armas con los levantados, será arreada y hecha conducir á 
esta plaza, para que vendida de ella sea un tercio para los 
aprehensores al instante y los dos tercios para la real ha- 
cienda... El que aprehendiese á cualquiera de los que man- 
dan partidas de levantados tendrá cien pesos de gratifica- 
ción y el que lo ejecutase en soldados de ellos veinte». 



LA EDAD DE PIEDRA 385 

Dice De-María («Compendio de la Historia») que en 
1812 la campaña oriental estaba entregada á la acción de 
los bandoleros. Vigodet destinó una comisión de 30 sol- 
dados con la denominación de <s Partida Tranquilizadora», 
que aprehendió y ejecutó á varios individuos. Cuando se 
aproximó el ejército patriota, el jefe de la Partida recibió 
instrucciones que entre otras cosas decían: «Si se encon- 
trase alguna gavilla de rebeldes con Icis armas en la mano, 
se les tratará como á reos de Estado, y si las urgencias y 
escasez de gente no le permiten enviarlos á Montevideo ó 
puerto más inmediato de donde con seguridad puedan re- 
mitirlos á dicha ciudad, les formará el más sumario y con- 
vencido de tal hecho, los hará pasar por las armas dejando 
la cabeza de los tales colgadas en los lugares más visibles y 
transitables» (diario del comandantedela Partida Tranqui- 
lizadora). Otra orden de la misma Partida Tranquilizadora 
establecía que los vecinos debían entregar las armas dentro 
de veinticuatro horas bajo pena de la vida. 

Hasta las mujeres, continúa el mismo historiador, eran 
perseguidas. Lo prueba la circular de 20 de junio á los 
jueces comisionados de San Kamón, Santa Lucía y otros 
puntos, diciéndoles que el gobierno tenía noticias de que 
algunas atrevidas mujeres se expresaban con libertad, fiadas 
en su sexo, y qr.e de orden del capitán general, en caso de 
reincidencia, se proceda «á su inmediata aprehensión tra- 
tándolas como á reos de Estado y haciéndolas conducir ba- 
jo se^^ura custodia á la capitanía general para que el jefe 
disponga lo que sea de su superior agrado». Tales precau- 
ciones y violencias y el anuncio de la vuelta de Artigas 
decidieron á Culta á emprender hostilidades contra los espa- 
ñoles. 

La ;<Gaceta de Montevideo» de 16 de junio de 1812, 
habla de los atentados que se cometen en campaña por las 
partidas de ladrones y asesinos, y agrega que una de las 
fuerzas salidas de la plaza al mando del capitán Luis de la 
Robla, sorprendió en las sierras del Olimar Chico á once 
de esos bandoleros y fusiló á cuatro de ellos. «Sus cabe- 



336 JOSÉ ARTIGAS 

zas, termina el referido diario, se han colocado en los lu- 
gares donde habían hecho mayores estragos: una en la cu- 
cliilla Grande, camino de Cerro Largo, otra en el paso de 
Illescas, la tercera en el paso del Durazno, camino de Ce- 
rro Largo, y la cuarta en la capilla de San Ramón». 

Torrente al hablar de la batalla del Cerrito («Historia 
de la Revolución Hispano-Americana»), atribuye á los sol- 
dados victoriosos de Rondeau un hecho que no hemos vis- 
to ratificado por ningún otro testimonio, pero que también 
denuncia la idea que se tenía del salvajismo de la época: 
«El benemérito Muesas que había tenido la fatalidad de 
caer prisionero en esta infausta batalla, fué inmolado atroz- 
mente á la barbarie de aquellas tropas, las que cometieron 
los más repugnantes escándalos contra su yerto cuerpo, 
extrayéndole el graso para untar sus botas. La humanidad 
se horroriza y tiembla la mano al trazar el cuadro de tama- 
ños ultrajes». 

Vale la pena de observar que en la relación de la ba- 
talla de las Piedras, no menciona Torrente un solo acto de 
barbarie ni de violencia. 



£1 vencedor dueño del vencido. 

Las invasiones inglesas nos dejaron un singular documen- 
to cuyas conclusiones son perfectamente armónicas con las 
de las piezas criollas que hemos revistado. Es una procla- 
ma del coronel Dionisio Pack, datada en la Colonia el 5 
de abril de 1807 (Fregeiro, «Documentos justificativos»). 
Sus términos revelan claramente que en concepto de los 
jefes ingleses, la victoria daba derecho sobre la vida y so- 
bre la propiedad de las poblaciones vencidas, y que si no 
derramaban sangre, ni confiscaban bienes, era simplemente 
por efecto de la generosa renuncia de un derecho indiscu- 
tible. 

«Los jefes británicos, dice la proclama, os han dado tes- 
timonio no equívoco de la generosidad que acompaña sus 
iU'mas. Dueños de la vida y de los bienes de la ciudad de 



LA EDAD DE PIEDRA 337 

Montevideo, han renunciado en beneficio de ésta al derecho 
•que les daba la victoria. Las propiedades han sido conser- 
vadas, la religión, las leyes y las personas respetadas. La 
tranquilidad sucedió al terror, la abundancia á la miseria, 
su comercio florece, sus haciendas prosperan, sus campos 
son defendidos y bendicen el día que les ha libertado de las 
calamidades de la guerra y déla anarquía.. . Los ingleses 
os traen el comercio, la paz y la abundancia: el estruendo 
de las armas jamás se oirá en vuestras campañas ». 

Concluía la proclama con varias prevenciones: cualquier 
población que deba ser sometida por la fuerza, pagará una 
contribución; á los que se levanten en armas, se les confis- 
■carán los bienes; los estancieros que no se encuentren en 
sus habitaciones al tiempo del pasaje de las tropas, serán 
considerados como enemigos, y sus bienes secuestrados. 

El criterio «le la época. 

En resumen, pues, la teoría y la práctica de los proceres 
de mayo pedían y producían á la vez torrentes de sangre. 
El numen de la Revolución había dicho que para consoli- 
dar la independencia era necesario cortar cabezas; y los 
brazos ejecutores se encargaron de la tarea con una saña 
feroz y con un encarnizamiento terrible, según lo demues- 
tran las tablas de sangre que acabamos de recorrer. 

En presencia de esos hechos oficialmente comprobados, 
¿qué hacen los grandes historiadores argentinos? ¿Condenan 
acaso á los promotores de tantos crímenes? 

No. Todo lo contrario. O se abstienen absolutamente del 
comentario, como en el caso del célebre informe del doctor 
Moreno, ó proclaman lisa y llanamente que los tiempos 
eran duros y que los proceres de mayo eran hombres de 
su tiempo cuando cortaban cabezas de prisioneros y derra- 
maban á torrentes la sangre de sus enemigos. 

¿Ocurre igual cosa con Artigas, en cuanto á los crímenes 
que se le imputan y en cuanto al criterio histórico para juz- 
gar esos mismos crímenes? 

JOSÉ ARTIGAS.— 22 ^ S. I. 



338 JOSÉ ARTIGAS 

Hemos reproducido literalaiente los cargos. Fuera del fusi- 
lamiento de Perugorria, aquel oficial que fué al campamen- 
to artiguista en demanda de fuerzas y de influencias para 
marcliar á Corrientes, y que llegado á su destino se plegó 
á la causa de Buenos Aires y promovió un movimiento 
contra el jefe a quien acababa de engañar tan miserable- 
mente, — ni la historia, ni la tradición de la época atribuyen 
á Artigas afición á la sangre, y en cambio registran á favor 
del personaje, envidiables ejemplos de civilización y de hu- 
manidad. Mientras que los proceres de mayo mataban á los 
realistas que caían en su manos, Artigas amparaba la vida 
de los prisioneros y daba un hermoso ejemplo que el gobier- 
no de Buenos Aires se apresuraba á invocar como prueba 
de la humanidad de la Revolución. 

Pero, aun dentro de la leyenda de Cavia y de Miller, 
¿por qué los historiadores argentinos rechazan el criterio 
de que los tiempos eran duros? 

Sencillamente, porque la piadosa palada de tierra que 
echan sobre Moieuo, Belgrano, Rivadavia y todas las ca- 
bezas culminantes de la Revolución, habrían tenido con la 
misma lógica que extenderla á Artigas. Y entretanto, era 
necesario que la memoria del jefe de los orientales fuera 
execrada, porque sólo así podía afirmarse sin empacho que 
de aquel famoso bandido no pudieron surgir los ideales de 
ciudadano que consagró más tarde el movimiento institu- 
cional de la República Argentina, y que durante todo el 
período revolucionario mantuvieron en jaque á los proceres 
de mayo, volteando dos veces su andamiaje político, en 
1815 y 1820, y obligándolos, para salvarse del desastre, á 
provocar el crimen de la conquista portuguesa. 

Pero, sigamos nuestra revista. 

La vida de los prisioneros pertenece al vencedor, habían 
dicho los ingleses por boca del coronel Pack, y lo había 
repetido el ilustre partido unitario, por boca del doctor del 
Cari'il, al provocar el fusilamiento de Dorrego. 

¡Ya puede imaginarse el derroche que se haiía de ese- 
derecho en el resto del continente americano! 



CAPÍTULO V 



lyA BDAD DE PIEDRA 

:en ^x, movimiento revoi^ucionario. 



COMO SE DERRAMABA LA SANGRE EN EL RESTO DE AMERICA 



Sumario: — Ecos de la vida oolonia!. La lucha de la independencia en 
el Alto Perú. Comienzan las ejecuciones por el general Goyene- 
che. Las montoneras ó republiquetas de Bolivia. Carnicerías á que 
dan origen. Campaña de Chile. La iniciativa del derramamiento 
de sangre partió de la Revolución de Mayo. Represalias españo- 
las. Violación de las capitulaciones de guerra. El protectorado 
de San Martín en el Perú y sus actos de violencia. El régimen 
del terror en el Paraguay. En las demás colonias españolas. Las 
primeras ejecuciones en Venezuela. Un trofeo de orejas. Dego- 
llaciones á granel. Decreto de exterminio de la raza española. 
Proclama de Bolívar, decretando la pena de muerte contra todos 
los españoles aún siendo indiferentes, y la salvación de los a:ne- 
ricanos aún siendo culpables. El bando de guerra á muerte. Las 
grandes carnicerías realizadas por los españoles y por los patrio- 
tas. Ejecución de centenares y de millares de prisioneros de gue- 
rra y de simples arrestados en las cárceles. Cartas escritas con 
sangre. El exterminio decretado por el rey de España. El his- 
toriador Torrente confirma la exactitud de las tablas de sangre 
de las campañas de Venezuela y Colombia. Un incidente de la 
Revolución brasileña, Prisioneros que mueren asfixiados. El he- 
roísmo de la mujer en la guerra de la independencia. El cuadra 
de sangre de la Revolución y Artigas. 



340 JOSÉ ARTIGAS 



£co» fie la vida ooloiijal. 

Antes de recorrer el teatro de la guerra durante el perío- 
do de la emancipación, vamos á reproducir la parte dispo- 
sitiva de la sentencia dictada contra Tupac Amarú, en la 
ciudad del Cuzco el 15 de mayo de 1781, por el visitador 
José Antonio Areclie. Suministra la prueba irrecusable de 
que en materia de crueldades, nada se modificaba por los 
actores de la Revoluci(5n y que la vieja tradición de sangre 
continuaba triunfante, á despecho de los cambios y sacu- 
didas que sufría el escenario. 

«Debo condenar y condeno á José Gabriel Tupac Ama- 
rú, á que sea sacado á la plaza principal y pública de esta 
ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio donde presen- 
cie la ejecución de las sentencias que se dieren á su mujer 
Micaela Bastidas, sus dos hijos Hi[)ólito y Fernando Tu- 
pac Amarú, á su cuñado Antonio Bastidas y algunos de 
los otros principales capitanes y auxiliadores de su inicua 
y pervei'sa intención ó proyectos, los cuales han de morir 
en el propio día, y concluidas estas sentencias se le corta- 
rá por el verdugo la lengua, y después amarrado ó atado 
por cada uno de los brazos y pies con cuerdas fuertes, y de 
modo que cada una de éstas se pueda atar ó prender con 
facilidad á otras que pendan de las cinchas de cuatro caba- 
llos, para que puesto de este modo ó de suerte que cada 
uno de éstos tire de su lado mirando á otras cuatro regio- 
nes ó puntas de la plaza, marchen, partan ó arranquen á 
una voz los caballos, de forma que quede dividido su cuer- 
po en otras tantas partes, llevándose éste, luego que sea 
hora, al ceno de Piccho, á donde tuvo el atrevimiento de 
venir á intimidar, sitiar y pedir que se le rindiese esta ciu- 
dad, para que allí se queme en una hoguera que estará 
preparada, echando sus cenizas al aire, y en cuyo lugar se 
pondrá una lápida de punta que exprese sus princii)ales de- 
litos y muerte para solo memoria y escarmiento de su exe- 
crable acción: su cabeza se remitirá al [)ueblo de Tinta pa- 



LA EDAD DE PIEDRA 341 

ra que estando tres días en la liorca, se ponga después en 
un palo á la entrada más pública de él; uno de los brazos 
al de Tungasuca en donde fué cacique para lo mismo, y el 
otro para que se ponga y ejecute lo mismo en la capital de 
la provincia de Caravaya, euviándose igualmente y para 
que se observe la referida demostración una pierna al pue- 
blo de Livitaca en la de Chumbivileas y la restante al de 
Santa Rosa». 

Comieuznii las ejecueioiies en el Alto Perú. 

Coincidieron con la llegada del virrey Cisneros, dice el 
general Mitre («Historia de Belgrano »), varias revolucio- 
nes con tendencias visibles hacia la emancipación. La ciu- 
dad de Charcas ó de Chuquisaca dio la señal de insurrec- 
ción el 25 de mayo de 1809. Tuvo su origen el movimiento 
en una desinteligencia entre el arzobispo y el clero, parti- 
cipando el gobernador á favor del primero y la Audiencia á 
favor del segundo. La Audiencia conquistó el apoyo popu- 
lar y el gobernador fué aprehendido y encerrado en un ca- 
labozo, constituyéndose un gobierno presidido por la Au- 
diencia, que se declaraba independiente del virrey de Bue- 
nos Aires, pero adicto al monarca español. El movimiento 
de Chuquisaca fué seguido de una revolución en la ciu- 
dad de La Paz, bajo vivas a Fernando VII y mueras á los 
españoles, organizándose una Junta compuesta de crio- 
llos, que se dio una nueva constitución y publicó una pro- 
clama el 1(3 de julio de 1809, en la que decía: «Hasta 
aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno de 
nuestra misma patria: hemos visto con indiferencia por más 
de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despo- 
tismo y tiranía de un usurpador injusto, que degradándo- 
nos de la especie humana, nos ha reputado por salvajes y 

mirado como esclavos Ya es tiempo de organizar un 

sistema nuevo de gobierno, fundado en los intereses de nues- 
tra patria Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandar- 
te de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas 



342 JOSÉ ARTIGAS 

sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y 
tiranía». Casi en los mismos momentos estallaba en Quito 
otra revolución con iguales tendencias, que también jura- 
ba á Fernando VII al deponer á las autoridades españolas. 

El general Go3'eneche, prosigue el mismo historiador, de- 
rrotó completamente á los revolucionarios de La Paz. Caye- 
ron prisioneros los principales caudillos, algunos de los cua- 
les fueron degollados en el campo de batalla, adorníndose 
<;on sus cabezas las horcas en que debían perecer sus com- 
pañeros de causa. Nueve de los sobrevivientes fueron 
ahorcados sin previo juzgamiento en forma, y sus miembros 
ensangrentados clavados en las columnas miharias que en 
aquel país sirven de guía al caminante. Entre los ahorca- 
dos, figuraban el presidente de la Junta Revolucionaria, 
don Pedro Domingo Murillo. Al tiempo de ejecutar al úl- 
timo del grupo, rompiéronse los cordeles de la horca, y para 
abreviar la operación, el verdugo se encargó de degollarlo. 
Consultado el virre}^ Cisneros por Goyeneche sobre la 
suerte de los que habían quedado prisioneros en La Paz, 
envió en vez de un asesor letrado que se le pedía para sus- 
tanciar la causa, autorización para sentenciar a aquellos 
cuya muerte se había suspendido y para juzgar militar- 
mente á los demás. 

He aquí la parte dispositiva de la sentencia dictada por 
Goyeneche el 28 de febrero de 1810 (López, «Historia de 
la República Argentina»): 

«Fallo, atento á los autos y méritos de la causa y á lo 
<][ue de ellos resulta, que debo declarar y declaro á don Pe- 
dro Domingo Murillo, titulado coronel presidente, á Gre- 
gorio García Lanza, á Basilio Catacora y Buenaventura 
Bueno, representantes del pueblo, al presbítero José Anto- 
nio Medina, al subteniente Juan B. Sagarnaga, Melchor 
Oiménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa y 
Apolinario Yens, por reos de alta traición, infames, aleves 
y subversores del orden público, y en su consecuencia les 
condeno á la pena ordinaria de horca, á la que serán con- 
ducidos arrastrados á la cola de una bestia albardada y sus- 



LA EDAD DE PIEDRA 343 

pendidos por mano de verdugo hasta que naturalmente ha- 
yan perdido hi vida, precedichi que sea la degradación mi- 
litar del subteniente Sagarnaga con arreglo á las ordenan- 
zas de S. M. Después de seis horas de la ejecución se 
les cortarán las cabezas á Murillo y Yens y se colocarán 
en sus respectivos escar[)íoá, construidos á este fin, la pri- 
mera en la entrada del Alto Potosí y la segunda en el pue- 
blo de Croico, para que sirvan de satisfacción á la majestad 
ofendida, á la vindicta pública del reino y de escarmiento 
á su memoria». 

Las montoneras de Bolivia. 

Una de las víctimas de Goyeneche gritó al subir á la 
horca: «El fuego que he encendido no se apagará jamás». 

Poco después, efectivamente, todo el Alto Perú era teatro 
de la gloriosa insm-receión popular que se conoce en la 
historia con el nombre de guñvra de las republiquetas. 
Paz en sus «Memorias» las asimila á las montoneras del 
Río de la Plata. 

El general Mitre, que también reconoce la semejanza, 
refiere esa heroica guerra («Historia de Belgrano») que duró 
quince años, sin que durante un solo día se dejara de morir 
y de matar. 

Actuaron, dice, 102 caudillos, y de ellos sólo sobrevivie- 
ron Luieve. Los demás perecieron en los campos de batalla ó 
en los patíbulos. Ninguno capituló. Gracias al estado de in- 
surrección permanente que ellos mantuvieron, el ejército 
español no pudo invadir las Provincias Unidas del Río de 
la Plata y se pudo llevar la guerra á Chile. Cada valle, ca- 
•da montaña, cada aldea era una republiqueta, que tenía su 
jefe independiente, pero cuyos esfuerzos convergían á un 
resultado general. Las multitudes insurreccionadas perte- 
neeíaD casi en su totalidad á la raza indígena ó mestiza. 
Iban armadas de palos y de piedras que resultaban formi- 
dables en ciertas circunstanciíis, como por ejemplo, cuando 
ios españoles cruzaban las faldas de uu despeñadero, pues 



344 JOSÉ ARTIGAS 

entonces las enormes piedras lanzadas desde lo alto causa - 
ban tanto efecto como la metralla. 

En una de esas republiqíietas encontró teatro el famoso 
guerrillero La Madrid para sus proezas legendarias. Una 
vez cargó al frente de diez hombres, sobre la infantería es- 
pañola que hincó la rodilla en tierra calando la bayoneta, 
y La Madrid con tres soldados rompió la línea y á reta- 
guardia de ella levantó una pequeña bandera argentina y 
reunió á sus dispersos. Rehecho el escuadrón, dio otra car- 
ga en la que murió su caballo, y á pie sobre la línea enemi- 
ga siguió espada en mano, mientras los españoles asombra- 
dos gritaban: «;no lo maten!» «¡alto el fuego! ~>, salvándolo 
al fin sus tres valerosos soldados en ancas de sus caballos. 

La republiqueta de Cintí, solo cayó después de degollado 
su caudillo Caraargo por el jefe realista Centeno y de sacri- 
ficadas más de novecientas víctimas en el campo de batalla 
y en los cadalsos. 

Padilla, era el jefe de otra de las grandes republiquetas. 
El y su esposa doña Juana Azurduy, habían hecho proezas 
militares de todo genero, cuando fueron sorprendidos por el 
coronel Aguilera. Estaba á punto de caer prisionera la he- 
roína, cuando Padilla retrocedió para salvarla. En ese mo- 
mento llegó Aguilera y derribó á Padilla de un pistoletazo 
y lo degolló con sus propias manos, consumando luego 
una carnicería de 700 hombres. 

Una de las republiquetas de más resonancia, estaba á 
cargo de Warues. La batalla decisiva en que murió el cau- 
dillo costó al ejército español 400 hombres, ó sea la mitad 
de sus fuerzas. El coronel Aguilera, jefe de los vencedores, 
hizo clavar la cabeza de Warnes sobre una picota y en el 
espacio de cuatro meses fusiló á 914 personas. 

En su «Historia de San Martín» señala el general Mi- 
tre dos nuevas carnicerías de los realistas: 

El general Ricafort, en la acción del 2 de diciembre de 
1820 mató 1,000 indios, sin experimentar la pérdida de 
un solo hombre. En seguida, el pueblo de Cangallo fué sa- 
queado y eutiegadoá las llamas. El 29 de diciembre, el ge- 



LA EDAD DE PIEDRA ?>45 

iieral Ricafort apniípeió en la [)arapa de Huancazo, disper- 
só la indiada que sólo estaba armada de hondas y macanas 
y pasó á cucbillo más de 500 hombres indefensos. En la 
«Gaceta del Gobierno de Lima» del 4 de enero de 1821 
se registra una correspondencia relativa á la acción de 
Cangallo, en la que se dice del general Ricafort: «Este ve- 
nerando jefe llegó á ésta después de haber derrotado com- 
pletamente á los morochucos, con muerte de 800 de ellos 
y ninguno de los nuestros». 

El coronel Loriga, en la acción del 7 de diciembre de 
1821 atacó una división de indios armados de palos y les 
mató 700 hombres, á cambio de un muerto y nueve he- 
ridos de sus fuerzas. El pueblo de Cangallo se insurreccionó 
por tercera vez en el transcurso del mismo raes de diciembre. 
El jefe Carra tala fué encargado de la represión y señaló 
su trayecto con ejecuciones bárbaras y con incendios. Can- 
gallo, según las palabras de Carratalá, «quedó reducido á 
cenizas y borrado para siempre del catálogo de los pueblos >:^, 
en enero de 1822. El virrey La Serna aprobó esta sen- 
tencia y mandó que nadie edificara en el terreno que ocu- 
paba la población destruida. 

Después déla victoria de Sipi Sipi, dice el doctor López 
(«Historia déla República Argentina»), el ejército realista 
se propuso recoger los frutos extendiendo su dominación á 
todas las provincias del Alto Perú y avanzando sobre el 
territoro de las Provincias Unidas. Pero las montoneras 
del Alto Perú lo retuvieron durante un año en una lucha 
tenaz y sin cuartel. El mayor general Tacón «había decla- 
rado que los realistas tenían derecho de hacer la guerra á 
muerte contra los insurgentes, y lo iba á cumplir con sus 
tropas al pie de la letra. Estaban en su derecho. Las gue- 
rrillas patriotas levantaron también la bandera de las re- 
presalias y no se daba ni se recibía cuartel entre los de 
uno y otro bando ^. 

Cuando Pinedo y Muñecas entraron triunfantes á la 
ciudad de La Paz^ escribe el deán Funes («Ensayo de la 
Historia Civil»), los españoles envenenaron las aguas del 



346 JOSÉ ARTIGAS 

consumo y construyeron dos minas cuya voladura ocasionó 
la muerte de 150 personas y dio lugar á represalias popu- 
lares, siendo pasados á cuchillo todos los españoles. 

Acerca del combate de Santa Helena en el Perú, ocurrido 
el 5 de abril de 1825, se expresa así el parte oficial publi- 
cado por la «-Gaceta de Madrid» (Zinny, «La Gaceta Mer- 
cantil de Buenos Aires»): 

«Puedo asegurar á V. S. que jamás he visto una 
rabia, una energía igual ala de nuestros enemigos. Se echa- 
ban sobre nuestros fusiles, como si nada tuvieran que te- 
mer de ellos; se agarraban cuerpo á cuerpo y trataban de 
arrancarse las armas; una lluvia de piedras caía sobre nos- 
otros; fué menester batirse á la bayoneta. El miserable 
Camargo ha muerto con mi mano: no he cesado de darle 
sablazos, hasta hacerle soltar la espada. Se la remito con 
su cabeza. Más de GOO hombres fuei-on muertos á bayo- 
netazos ó fusilados por nuestros soldados. Me propongo 
hacer decapitar en paraje píiblieo al célebre Pedro Nolasco 
Vizlarubia, que va á ser conducido á Pisit, con dos sargen- 
tos desertores del regimiento de Lima, que serán también 
fusilados como todos los demás prisioneros». 

Las matanzas del Alto Perú tuvieron resonancia en el 
Congreso Argentino. En la sesión del o de enero de 1817 
(Uladislao Frías, «Trabajos legislativos de las primeras 
Asambleas argentinas >:>), fueron sancionadas dos mociones: 
una de ellas para que se ordenara al general Belgrano que 
hiciera saber á las autoridades españolas del Perú que si 
continuaban cometiéndose excesos tan inhumanos como 
los de Charcas y su jurisdicción, en que habían sido deca- 
pitados 1,000 vecinos y habían sido encarcelados, deste- 
rrados y confinados muchos más, entre ellos una multitud 
de señoras, y no fueran restituidos á sus casas los vecinos 
pacíficos, «se observará igual conducta con los enemigos 
de la independencia de América que habitan los países li- 
bres»; y la otra, formulada por el propio presidente del 
Congreso, para que se hiciera público «que los generales 
de los ejércitos de las Provincias Unida's observarán con 



LA EDAD DE PIEDRA 347 

los prisioneros y enemigos que en ellos residen, la misma 
conducta que observen los del rey con los habitantes del 
interior». 

En hi publicación titulada «Archivo General de la Na- 
ción: partes oficiales y documentos relntivos á la guerra 
de la independencia argentina», se registran estos cuatro 
documentos que también denuncian el espíritu de la época: 

I- Un extracto de los partes dirigidos por el coronel 
Arenales, gobernador intendente de la provincia de Co- 
chabamba, al general en jefe del ejército del Perú, redac- 
tado por el secretario Bustamante, del que resultan los si- 
guientes hechos: que el comandante realista José Joaquín 
Blanco, del que se apoderaron las fuerzas patriotas, «fué 
sacrificado en la acción»; que en otra oportunidad fueron 
tomados varios prisionei'os á los realistas, «entre ellos cinco 
oficiales y el subdelegado de Mirque Bareybary; que á estos 
seis últimos los pasaron por las armas usando del derecho 
de represalias». 

Fué pasado el extracto con nota de Arenales al jefe del 
ejército auxiliar el 25 de junio de 1814. 

2. Manifiesto del general de vanguardia de las tropas 
auxiliares de Cuzco, don Juan Manuel Pinelo y Torres, 
datado en La Paz el 26 de septiembre de 1814. Da cuen- 
ta de las explosiones producidas por el enemigo en la ciu- 
dad, algunas de ellas con pérdidas de muchas vidas, y 
agrega que «siguió luego el furor de la venganza de la 
plebe: como torrentes se agolparon á la plaza los cholos 
que la componían y culpando como criminal mi toleran- 
cia y equidad, sacaron á todos los europeos y desnatura- 
lizados criollos reclusos y les dieron muerte ignominiosa». 
3- Carta del general Pezuela al comandante general don 
Jerónimo Marrón de Lombera, datada en Jujuy el 2 de 
agosto de 1814. (Documento interceptado). Habla entre 
otras cosas de una partida que ha salido al mando de Jáu- 
regui para aquietar y castigar indios alzados; manifiesta el 
temor de que por defectos de carácter no imponga casti- 
gos dicho oficial; y agrega: «hasta la iglesia si la tiene 



348 JOSÉ ARTIGAS 

debe ser qi^^niiidu y ari'asuda, sacando á nuestro amo an- 
tes en las alas de nuestro respeto y humildad. Deben las 
mujeres del pueblo, los viejos y hasta los niños morir de- 
gollados, pues además de ser de la vil especie que los ac- 
tores, tendrán en ellos su castigo los que hayan huido á 
los montes». 

4- Oficio de don Ignacio Warnes al general en jefe del 
ejército auxiliar datado en San Rafael el 14 de octubre 
de 1815. 

«Si las acciones del Tucumán y Salta, dice, dieron 
días de gloria á la nación y honor á las armas de la pa- 
tria, no será menos la que el día 7 del presente mes se ha 
dado contra los enemigos que ocupaban esta vasta pro- 
vincia, en la (Quebrada de Santa Bárbara». 

«Los enemigos circunvalados por todas partes fueron 
víctimas desde el jefe y caudillo Juan Bautista Altóla- 
guirre que hacía de gobernador de esta provincia, hasta el 
último soldado, sin que arbitrio alguno pudiese contener 
á los patriotas en su persecución y asolación Se reco- 
gieron en aquel día y siguientes más de ^]00 cadáveres, y 
viendo que era imposible juntarlos todos, tuve por conve- 
niente á la caballería toda ponerla en movimiento para 
que condujese al campo los que estaban dispersos por los 
montes de uno y otro lado del camino; me propuse con- 
tarlos para dar una noticia exacta de los muertos, y á pe- 
sar de haber comisionado á seis oficiales los contaran, no 
pudo conseguirse por tantos como conducía la caballería, 
los más de ellos corrompidos. El campo temía se me in- 
festase, y poniendo en movimiento toda la división, orde- 
né se hicieran treinta hogueras para que se echasen diez 
en cada una: aun esto tampoco pudo verificarse, porque 
estando en la operación, llegaron con tantos cadáveres que 
fué preciso echarlos conforme iban viniendo y á cada una 
los cuerpos de á veinte ó más». 

«Por nuestra parte, no ha habido más desgracia que tres 
muertos y veinticinco heridos, trece de bala y doce de 
flecha». 



LA EDAD DE PIEDRA 349 



Campañas <lc Chile. 

Salió ele la Junta Gubernativa de Buenos Aires el im- 
pulso inicial del derramamiento de sangre. 

El 1.° de abril de 1811, dice Mitre («Historia de Bel- 
grano»), día designado en la ciudad de Santiago para la 
elección de diputados, una parte de la guarnición se amo- 
tinó bajo la dirección del coronel Figueroa y proclamó la 
restauración realista. El doctor Rozas, argentino, era uno 
de los miembros de la Junta Gubernativa de Chile y fué 
el único que conservó su serenidad y tomó la dirección 
de la defensa, consiguiendo el sometimiento de los suble- 
vados. Mandó levantar la horca en la plaza y en ella fue- 
ron suspendidos los cadáveres de cinco amotinados y en 
seguida fué fusilado el coronel Figueroa. Horas después 
se publicaba un bando declarando que todos los que cons- 
pirasen contra el Estado serían castigados del mismo mo- 
do. «Esta ejecución y esta doctrina terrorista, respondía á 
las ejecuciones ordenadas por la Junta de Buenos Aires 
en virtud de la doctrina revolucionaria que condenaba 
como reos de rebelión, sin remisión alguna, á los que en- 
cabezasen resistencias contra sus armas». 

Véase en qué términos se ocupó «La Gaceta de Bue- 
nos Aires» de 20 de abril de 1811, de los sucesos ocurri- 
dos en Santiago de Chile: 

«La generosidad y moderación con que por una fuerza 
irresistible de nuestro carácter suave y compasivo, se es- 
tán tratando por lo general en todo el continente los más 
acérrimos y declarados enemigos de nuestra libertad y del 
justo empeño que hemos abrazado de defenderla, los au- 
toriza sin duda y excita diariamente á nuevos y extraordi- 
narios insultos que comprometen nuesh'a natural sensibi- 
lidad en los inevitables castigos que se atraen ellos mis- 
mos y quisiéramos nosotros evitar. Lo peor es que nos 
provocan á que los castiguemos, para representarnos des- 
pués por sanguinarios, y es de temer seguramente que si 



350 JOSÉ ARTIGAS 

se apura el sufrimiento, acaso no basten alguna vez ni la 
vigilancia del gobierno ni los buenos sentimientos que nos 
animan pai-a contener un desastre que realice todas esas 
abultadas fábulas con que se acrimina nuestra conducta».. 

Refiere en seguida que «fueron colgados en la horca 
doce de los sublevados, que murieron en la acción»; y agre- 
ga acerca del enjuiciamiento del coronel Figueroa: 

< A las dos de la mañana del día siguiente, concluida 
su causa, se le intimó el último terrible fallo de su muer- 
te, del que aún tuvo la osadía de pedir traslado: y á las 
dos horas después, obligado á confesarse, se le trasladó su 
miserable alma á las regiones eternas á impulso de cuatro 
balazos, dentro del mismo calabozo; y su cuerpo se puso á 
la espectación pública en una silla de brazos». 

En este mismo número de «La Gaceta», se registra un 
oficio de la Junta de Chile á la Junta de Buenos Aires acerca 
del sangriento desenlace del movimiento, del que resulta 
que después de la ejecución de Figueroa fué «expuesto su 
inmundo cadáver á la espectación y venganza del público >. 

No hay para qué agregar que cuando llegó el turno á 
los españoles, la revancha fué tomada con creces, según lo 
demuestra la relación que hace Calvo («Anales históricos 
de la Revolución»). 

El general realista Mariano Osorio dirigió desde su 
cuartel general de Chillan el L'O de agosto de 1814, «á 
los que mandan en Chile», una perentoria intimación que 
concluía así: 

«Yo, los oficiales y tropa que hemos llegado á este 
reino, venimos ó con la oliva en la mano, proponiendo la 
paz, ó con la espada y el fuego á no dejar piedra sobre 
piedra en los pueblos que sordos á mi voz quieran seguir 
su propia ciega voluntad. Abran, pues, todos los ojos, vean 
la razón, la justicia y la equidad de mis sentimientos, y 
vean al mismo tiempo si les conviene y prefieren á su 
bienestar el exterminio y desolación que les espera si no 
abrazan inmediatamente el primero de los dos partidos». 
. Después de la batalla de Rancagua, se produjo una fuer- 



LA EDAD DE PIEDRA 351 

te emigración. «Seiscientos hombres atravesaron los Ancles 
con Carrera; y O'Higgins emigró con cerca de mil cuatro- 
cientas personas, muchas de ellas señoras de distinción, 
que pasaron á pie las nevadas cordilleras de los Andes. 
Todos fueron recibidos en Mendoza con generosa hos- 
pitalidad por el general San Martín y muy pocas volvieron 
á sus casas hasta después de la batalla de Chacabuco en el 
año 1817»... «En menos de un mes después de los desastres 
de Rancagua, los ciudadanos principales de la capital fueron 
arrestados, y las confiscaciones, persecuciones y encarcela- 
mientos parecían ser la orden del día; pero temeroso el 
capitán general de exasperar demasiado al pueblo, que su- 
fría el yugo con extrema impaciencia, no se resolvió á 
derramar la sangre de sus víctimas. Cuarenta y seis padres 
de familia fueron puestos en una corbeta de guerra espa- 
ñola y transportados á la isla de Juan Fernández. A su 
arribo á la isla los desembarcaron en la costa, sin más 
auxilio que la ración del soldado, y se les privó de toda co- 
municación hasta con sus familias. La cárcel de Santiago 
se llenó de personas de carácter, por sospechas de infiden- 
cia ó adhesión á la causa de su independencia, y muchas de 
ellas fueron víctimus de un complot, que parece no tuvo 
otro objeto que el placer que tenían de derramar sangre 
algunos indignos españoles». 

En una Real Cédula de indulto, agrega Calvo, con que el 
rey Fernando VII pretendía atraerse las simpatías de los 
colonos, hablándose délas medidas de represión tomadas por 
el capitán general Osorio. se decía que varias personas ha- 
bían sido confinadas y sus bienes embargados mientras 
se concluían las causas. Pero el historiador fray José Javier 
Guzmán comentando ese párrafo de la cédula, observaba: 
«Así es cómo se escribe al rey en el día. A nadie se ha em- 
bargado por un secuestro provisorio, sino percibiendo y apro- 
piándose el fisco todos los productos de los bienes y subas- 
tando en hasta pilblica los arrendamientos como consta en 
las gacetas. Y sobre todo, se le oculta la gran parte que se 
ba vendido de estos bienes, incluyendo hasta las horquillas 



352 JOSÉ ARTIGAS 

de costura de las hijas y mujeres, sin sustanciar causas ni 
íilgnua formalidad». 

La restauración realista en Chile, dice por su parte 
el general Mitre («Historia de San Martín»), como conse- 
cuencia de la derrota de Rancagua, fué acompañada de los 
mayores actos de violencia por Osorio. Los empréstitos 
forzosos cobrados con crueldad, las contribuciones arbitra- 
rias sobre los nativos, las exacciones de la tropa en toda la 
extensión del territorio, fueron las íinic.is rentas con que 
contó Osorio para el sostén de su administración. Los bie- 
nes de los americanos que habían tomado parte en la 
Revolución ó que estaban ausentes fueron confiscados. Las 
persecuciones sistemáticas, los encarcelamientos en masa, la 
confinación de los más señalados patriotas á la isla de Juan 
Fernández, la creación de un tribunjil de purificación ó de 
infidencia que redujo á todos los criollos á la condición de 
.sospechosos, y las bárbaras matanzas que por manos de la 
fuerza militar se cometieron en las prisiones públicas, com- 
j^letaron sus medidas. El general Marcó del Pont, sucesor 
de Osorio en el mando de la Capitanía General de Chile, 
dictó las ordenanzas más bárbaras: las ciudades eran cár- 
celes y las casas eran calabozos; nadie podía moverse de 
ellas; las menores contravenciones tenííin pena de azotes y 
los jefes de partidas sueltas estaban autorizados para fusi- 
lar á los transgresores, sin más trámite que la formación 
de un sumario y dar cuenta; era crimen reunirse dos per- 
ír'onas; un ti'ibunal de vigilancia y seguridad con facultades 
€xtraord¡narias y formas inquisitoriales, funcionaba en 
permanencia, acogiendo en secreto todas las delaciones que 
se le dirigían y verbal mente pronunciaba sus sentencias, 
con la sola limitación de consultar al presidente las pe- 
nas de expatriación, perdimiento de miembros ó muerte. 

£1 valor (le las rapilulacioues. 

En estas campañas hasta las capitulaciones eran letra 
muerta. Dígalo la siguiente página del historiador Torrente, 



LA EDAD DE PIEDRA 358 

relatando hechos de armas ocuri'idos en Chile durante el 
año 1821: 

Una división realista al mando de Benavides ganó la 
batalla de Tarpellanca contra las fuerzas independientes al 
mando del general Alcázar. Las fuerzas de Alcázar «pidie- 
lon una honrosa capitulación, y ajustada ésta, en el acto 
rindieron las armas juntamente con cuatro piezas de cam- 
paña, GOO hombres del batallón de infantería de Coquimbo 
y 400 de caballería; pero habiendo pedido á una voz todos 
los soldados del re}'' que se hicieran algunos sacrificios en 
desagravio de los ultrajados manes de los prisioneros de la 
punta de San Luis, fue preciso acceder á este ruego que se 
presentaba con algún carácter de disculpa, si bien fué ilegal 
y reprensible en su esencia y que lo exigía asimismo la ne- 
cesidad de contentar á unas tropas que no siendo pagadas 
ni alimentadas generalmente por el Estado, tenían más de- 
recho á ser atendidas, y aun á veces con detrimento de la 
misma disciplina. Fueron en consecuencia pasados por 
las armas el general Alcázar y veinticinco oficiales; y 
todos los demás prisioneros fueron incorporados á las filas 
reidistas, á solicitud de ellos mismos, acompañado de los 
más solemnes juramentos de amor y fidelidad al soberano 
español». 

El protectorado de San Martín en el Perú. 

He aquí cómo se expresa el general Mitre («Historia 
de San Martín»), hablando de un bando del héroe de los 
Andes datado el 4 de agosto de IB"^!: 

«Pero en este decreto había algo más que excesiva se- 
veridad é intemperancia de lenguaje: era una medida de 
terrorismo que respondía á un plan financiero. La guerra 
es la guerra, y la de la independencia sudamericana ha- 
bíase sostenido en gran parte pesando sobre la fortuna de 
los españoles, por medio de empréstitos forzosos y confis- 
caciones. Iniciado este sistema de expoliación bélica en las 
provincias del Río de la Plata y practicado por San Martín 

JOSK ARTIGAS— 23. T. I. 



354 JOSÉ ARTIGAS 

en Cuyo, de donde lo trasplantó á Chile, el Perú no podía 
escapar al código draconiano que se escribe con la sangre 
mezclada al sudor de los vencidos. En el fondo del fulmi- 
nante bando del Protector, estaba la confiscación de las 
propiedades de los españoles enemigos de la independencia, 
como medida y recurso de guerra, revestido de las formas 
del terrorismo de la Revolución francesa contra los sospe- 
chosos de que estaba imbuido Monteagudo». 

Según Cochrane, San Martín había dicho que su in- 
tención era dejar á los españoles sin camisa con qué mu- 
darse. 

«Cierta ó no la especie, estaba en el temperamento y 
en el sistema del general de los Andes y lo cumplió al pie 
de la letra, como lo había hecho en Mendoza y aconsejado 
en Chile. No son los hombres sentimentales los que hacen 
triunfar las grandes causas en las luchas por la vida; pero 
aun cuando bajo el punto de vista de la necesidad ó de la 
conveniencia, tuviese su razón de ser, debió armonizarse 
con los términos de la palabra empeñada, y en todo caso, 
no j>roceder al secuestro de los bienes de los españoles, sin 
que éstos hubiesen cometido un delito posterior violando 
una regla fija establecida, como se lo aconsejó Cochrane 
bien inspirado en esta ocasión». 

Por decreto de 31 de diciembre de 1821, ordenó el 
Protector la expulsión de los españoles no naturalizados. 
Por decretos de 20 de enero y l/de febrero de 1822, dis- 
puso que los expulsados dejasen á beneficio del Estado la 
mitad de sus bienes y que los españoles no pudiesen ejercer 
el comercio ni aun por menor; por decreto de 23 ue febrero 
de 1823 fueron condenados los infractores de estos manda- 
tos al destierro y secuestro de bienes. Los españoles tenían 
prohibición de salir á la calle con capa, so pena de destie- 
rro; toda reunión de dos ó más españoles era castigada con 
destierro y confiscación de bienes; todo español que saliera 
de su casa después de las oraciones incurría en la pena de 
muerte; y al que se encontrase un arma que no fuese cu- 
chillo de mesa, confiscación y muerte, todo ello según decre- 



LA EDAD DE PIEDRA 355 

to de 20 de abril de 1822. También se estableció una co- 
misión de vigilancia que conocía breve y sumariamente en 
las causas formadas con arreglo á este código draconiano, 
«debiendo pronunciarse y confirmarse las sentencias en un 
mismo día» 

Monteagudo, que en opinión del general Mitre era el 
arbitro del protectorado de San Martín, se jacta en sus 
Memorias de las ventajas de ese plan de persecuciones. 
«Cuando el ejército libertador, dice, llegó á las costas del 
Perú, existían en Lima más de diez mil españoles: poco 
antes de mi separación no llegaban á seiscientos. Esto era 
hacer revolución». 

En 1821, dice Fregeiro en su estudio sobre Monteagudo, 
tuvo lugar en Lima un hecho que dio lugar á acerbas crí- 
ticas contra el gobierno de San Martín, y del que se respon- 
sabilizaba al ministro Monteagudo: la ejecución del norte- 
americano Pablo Geremías, fusilado en la plazuela de Sunta 
Ana, sin haberse conocido jamás las causas del fusila- 
miento. Había prestado la víctima valiosos servicios como 
emisario secreto de San Martín. 

Habla Torrente («Historia de la Revolución Hispano- 
Americana»). 

«El atroz Monteagudo, primeramente secretario del san- 
guinario Castelli y sucesivamente del llamado protector del 
Perú, San Martín, en la expedición que hizo desde Buenos 
Aires al Alto Perú con el indicado Castelli, llegó á proferir 
ante un concurso de gente distinguida la feroz expresión 
«de que era preciso degollar á todos los que hubiesen naci- 
do en España, y que si supiera que para llevar á efecto tal 
medida podía servir de obstáculo la circunstancia de ha- 
llarse su padre comprendido en la citada clase, él mismo se 
constituiría en su verdugo». Una señora tan respetable por 
sus canas corno por sus virtudes, despreciando los peligros 
á que se exponía contrariando los planes y afeando la con- 
ducta é ideas de aquel terrorista, no pudo contener su jus- 
ta indignación sin exclamar: «¡cuánto más habría valido 
que su padre de usted hubiera engendrado en una fiera, 
[)uique á Iv) menos no tendría usted la forma humana!». 



356 JOSÉ ARTIGAS 

Una noche, agrega el mismo historiador, refiriéndose a 
las campañas de 1822 en el Perú, fueron arrancados de 
sus casas infinidad de españoles residentes en Lima y tras- 
ladados al Callao. Los más pudientes compraron su liber- 
tad, bajo forma de deportación á Chile. Fueron embarca- 
dos, sin embargo, en un buque que debía conducirlos á Río 
Janeiro. Los pasajeros se sublevaron al llegar á la altura de 
Quilea y obligaron al capitán á que les permitiera des- 
embarcar en dicho puerto. Pero llegó otro barco y la su- 
blevación quedó dominada y los deportados fueron arroja- 
dos en dos lanchas en pleno Océano. Apenas sobrevivían 
tres, cuando las embarcaciones llegaron á la orilla, concluye 
Torrente, invocando el testimonio directo de uno de los sal- 
vados. 

La crueldad era la rej£;Ia. 

De la inaudita crueldad con que procedían los españo- 
les, da idea acabada esta otra página de Torrente, relativa 
á la batalla de la Lava (campañas de 1824 en el Perú), 
en que el general realista Valdez venció á los patriotas y 
tomó un buen número de prisioneros, entre los cuales figu- 
raba el jefe Barberucho. Habla el historiador español de 
«la lucha en que el referido Valdez se vio envuelto consigo 
mismo sobre el uso que debía hacer de su ilustre triunfo»; 
y agrega estas palabras denunciadoras de la sangre que de 
ordinario se derramaba: 

«Resuelto finalmente á sofocarlos sentimientos del ri- 
gor y déla venganza con el objeto de que transmitido á la 
posteridad este sublime rasgo de generosidad adquiriese su 
memoria un nuevo título de gratitud y aprecio, mandó que 
fuesen curados los heridos y enfermos del bando opuesto 
con el mismo esmero como si fueran sus propios soldados, 
á pesar de que Las órdenes que le habían sido comunicadas 
prescribían, la pronta imposición de la pena capital sobre 
cuantos rebeldes cayesen en sus manos. Aunque lo brillante 
de estos hechos desaparece en la funesta clase de guerra 



LA EDAD DE PIEDRA 357 

que dio lugar ú ellos, no deben sin embargo pasarse por al- 
to para que pueda juzgarse con acierto del carácter de los 
sujetos que tuvieron parte en ellos.» 

Por negros que sean los cargos que el historiador To- 
rrente dirige á los patriotas, forzoso es convenir que resultan 
tolerables cuando se les compara con los queel doccor Vélez 
Sarsfield atribuía á los realistas en 1862, ante la Cámara 
de Diputados déla República Argentina, destacando la foja 
de servicios de Buenos Aires en la Revolución («Colección 
de datos y documentos referentes á Misiones, como parte 
integrante del territorio de la provincia de ('Orrientes>>): 
«En los calabozos de Casas Matas entraron 1,L'00 oficiales 
prisioneros, fuera de innumerables que murieron en bi 
guerra de la independencia, tres cuartas partes de ellos 
nacionales de Buenos Aires; todos murieron allí, con la 
sola excepción de 120 que existían cuando sucedió el con- 
venio de Mil-aflores». 

En el Paraguay. 

Pudo el Paraguay permanecer aislado de las demás pro- 
vincias del virreinato del Río de la Plata, y eso lo salvó 
de las complicaciones inherentes á las luchas de la época. 
Pero la barbarie interna, llenó ampliamente el largo parén- 
tesis de tranquilidad conquistado por la dictadura del doc- 
tor Francia. De la magnitud de esa barbarie, da idea el 
siguiente extracto del opúsculo de Rengger y Longchamp, 
«Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay». Sean 
cuales fueren las inexactitudes en que incurren los autores 
cuando fantasean sobre cosas anteriores á su llegada al Río 
de la Plata ó que no pudieron presenciar, sus declaracio- 
nes acerca de hechos de que fueron testigos oculares en la 
Asunción, pueden ser apreciadas siquiera como datos de- 
nunciadores de un estado anormal de cosas. 

«La tropa, compuesta por lo general de lo peor que ha- 
bía en el país, se creía autorizada para insultar á los ciuda- 
danos y para darles de golpes, por ejemplo, cuando no sa- 
caban el sombrero á un soldado». 



358 JOSÉ ARTIGAS 

En cuanto al clero, «el cura Mola, entre otros, sostuvo 
en el palpito que matar un español era apenas un pecado 
venial, y pocos días después reveló dos confesiones >. Ver- 
dades que Francia no dispensaba á los sacerdotes grandes 
cotisideraciones. En su conversación con Rengger y Long- 
champ, los tachó de depravados, intrigantes y rebeldes á la 
autoridad del gobierno. «Si el Papa viniese al Paraguay, 
les decía, yo no lo baiía más que mi capellán». Francia 
tenía una carta geográfica del Paraguay, levantada por don 
Féh"x de Azara, y un globo celeste, que le permitían co- 
nocer todo el país y las constelaciones, lo que daba mérito 
al pueblo para decir que el dictador leía en las estrellas. 

Cuando había una ejecución, sólo mandaba tres solda- 
dos, y más de una vez hubo que ultimar las víctimas á 
bayonetazos. El dictador tenía las municiones y las repar- 
tía con desconfianza y avaricia. 

Para estimular el adelanto industrial del Paraguay, re- 
curría al terror. Cierto día levantó una horca y amenazó 
con ella á un zapatero por no haber sabido hacer unas for- 
nituras. Otra vez condenó á trabajos públicos á un he- 
rrero, por haber hecho mal un tornillo de cañón. 

El director Pueyrredón envió al Paraguay un emisario, 
el coronel Balta Bargas, para fomentar una revolución á 
favor de Buenos Aires. Pero uno de los conjurados re- 
veló á su confesor el movimiento, y el fraile impuso á 
su penitente la obligación de comunicar el hecho á Fran- 
cia, como lo hizo, dando eso lugar á numerosas prisio- 
nes y al arrasamiento de la casa donde se habían reunido 
los conjurados. Más tarde, el general Ramírez trató de po- 
nerse en buenos términos con Francia, pero habiendo sido 
aprisionados sus emisarios, resolvió el caudillo entreri'iano 
llevarle la guerra sobre la base de una cooperación interna 
que fué descubierta y que dio lugar á numerosas ejecucio- 
nes, precedidas de tormentos a|)l¡cados en la «Sala de la 
Verdad», donde se azotaba al declarante hasta obtener lo 
que quería Francia. Las ejecuciones se consumaban por 
grupos de a ocho y los cadáveres quedaban tendidos de- 
lante de la casa del dictador, a disposición de los buitres. 



LA EDAD DE PIEDRA 359 

El terror era tan grande, que nadie quería ser deposita- 
rio del secreto de otro por temor de hacerse ccSiiiplice. Las 
personas se saludaban, sin hablarse. Cuando un hombre 
había tenido la desgracia de ser encerrado en un calabozo, 
parecía que hubiera caído un anatema sobre toda su fami- 
lia: nadie podía visitarla, sin hacerse sospechoso. Todo el 
que procuraba hablar con uíi reo de Estado, era encarcelado 
inmediatamente. 

Con pretexto de que un español hacía de mala gana una 
obra de albañilería que se le había encomendado, Francia 
lo mandó fusilar. Dos días después, pul)licó un bando que 
obligaba, so pena de la vida, á todos los españoles de la 
ciudad y de una legua de circunferencia, á reunirse en la 
plaza dentro de las tres horas precisas. Una vez reunidos, 
fueron conducidos á la cárcel en número de trescientos y 
encerrados en unas piezas pequeñas. Algunos recobraron 
la libertad al poco tiempo y otros á los diez y nueve me- 
ses, mediante ruinosísimas contribuciones. El pretexto era 
que los españoles trababan la marcha del gobierno. 

Los demás exti'anjeros no eran perseguidos en el Pa- 
raguay. Entre ingleses, franceses, italianos y portugueses, 
habría cuarenta. En 1821 fué aprisionado, sin embargo, 
Bompland. Explicando el dictador el hecho al doctor Reng- 
ger, díjole que Bompland había formado un estableci- 
miento para beneficiar la yerba mate, con los indios de 
Artigas que habían ido á las Misiones de Entre Ríos; que 
él no podía tolerar el ejercicio de una industria perjudicial 
al comercio paraguayo; que por eso, había mandado 400 
hombres con orden de destruir el establecimiento y de 
aprehender á Bompland y á sus acompañantes. El dicta- 
dor afirmó, además, que según correspondencia de Ramí- 
rez y Bompland, el establecimiento respondía sin duda 
alguna á un plan de invasión del Paraguay. Los soldados 
de Francia hicieron una matanza de indios en el ataque 
al establecimiento. Bompland recibió un sablazo en la ca- 
beza y permaneció engrillado hasta que Francia le señaló 
para su residencia el pueblo de Santa María. Y allí vivía 



860 JOSÉ ARTIGAS 

entregado á la agricultura, que apenas le daba lo preciso 
para vivir, cuando los autores salieron del Paraguay, 

El Paraguay estaba absolutamente aislado del resto 
del mundo. Los extranjeros no podían salir sin expo- 
nerse á caer en poder de las guardias y sufrir luego el 
tormento y la muerte, ó perecer por hambre, incendio ó 
mordeduras de víboras, al cruzar bosques, pantanos y de- 
siertos enormes. Nadie podía circular en el país sin per- 
miso escrito del dictador. Las licencias de viaje quedaron 
suprimidas desde las amenazas de guerra con Ramírez. El 
dictador se propuso más tarde conciliar ese aislamiento con 
una pequeña corriente comercial que se hacía en un punto 
dado del territorio, donde los extranjeros llevaban sus 
mercaderías y adquirían las nacionales, en la misma forma 
en que lo habían hecho los jesuítas de las Misiones. 

En el apéndice del opúsculo de Rengger y Longchamp, 
figura una carta de don Carlos Loizaga á don Gregorio 
Machain con otros datos reveladores del estado del Para- 
guay en la misma época. A un preso le fué colocada una 
barra de grillos; á los siete años le pusieron otra barra; y 
á los catorce años lo condujeron al suplicio. Un nonage- 
nario que había sufrido veinte años de prisión, marchó 
al patíbulo riéndose, sin darse cuenta de lo que le pa- 
saba. Francia formó un pueblo pobre hasta la miseria é ig- 
norante hasta la brutalidad. El factor capital de su obra, 
residía en la propia situación geográfica del Paraguay. Si 
las aguas del Plata, termina la carta, hubieran bañado las 
costas paraguayas, habría faltado al tirano su base de ope- 
raciones, es decir el aislamiento. 

En las «lemas colonias. 

En su «Historia de San Martín», describe el general 
Mitre una serie de terribles matanzas decretadas y realiza- 
das por los españoles y patriotas en Venezuela, Méjico y 
demás colonias españolas, sobre la base de la relación do- 
cumentada de los historiadores de esos países. Es necesa- 



LA EDAD DE PIEDRA 36 1 

rio extractar esa relación de sangre, para dar idea de cómo 
se disponía de la vida durante el período revolucionario 
por todos los hombres culminantes que actuaban en la 
lucha. 

Los PRELIMINARES DE LA LUCHA. 

A los pocos días de declarada la independencia de Ve- 
nezuela, en 18Í i, se produjo un movimiento revoluciona- 
rio que fué sofocado. Diez de los conspiradores fueron 
sentenciados á muerte y sus cabezas colo.cadas en perchas 
á la entrada de la ciudad de Caracas, abriéndose con ello 
una serie de escenas de sangre. 

En abril de 1812, las fuerzas realistas á cargo del ca- 
pitán Monte verde, á raíz de un triunfo, pasaron á cuchi- 
llo á todos los prisioneros y entregaron el pueblo de San 
Carlos al saqueo y á las llamas. Las fuerzas realistas del 
coronel Antoñanzas atacaron sucesivamente la villa de Ca- 
labozo, matando á todos sus defensores, y la de San Juan 
de ios Morros, donde fueron pasados á cuchillo la guarni- 
ción y hasta los ancianos, las mujeres y los niños. 

Después de consumada la reacción española, el general 
Miranda fué traicionado por sus propios amigos que lo 
acusaban de haberse vendido á los realistas y que lo re- 
dujeron á prisión y lo entregaron al jefe español. Bolívar 
se encargó de prenderlo y lo prendió. Miranda fué trans- 
portado á Cádiz donde pasó tres años de doloroso cautive- 
rio y murió en la más triste miseria el 14 de julio de 1816 
en las mazmorras de las Cuatro Torres. Hasta sus últi- 
mos momentos sostuvo Bolívar que su plan era fusilar á 
Miranda y no entregarlo á los enemigos. 

Trofeos de orejas. 

Uno de los subalternos de Monteverde, en Venezuela, 
el coronel Cerveros, en carta dirigida á su jefe y que fué 
eiiconti'ada entre los [)a peles de éste y publicada por «La 
Gaceta» de Caracas, de 1813, se expresa así: 

«El primer paso que debe darse es dispersar la Audien- 



362 JOSÉ ARTIGAS 

cia que tanto raal ha hecho, creyendo que aquí puede es- 
tablecerse la constitución. No hay más que un gobierno 
militar y no dejar con vida ú ninguno de estos infames 
criollos que fomentan estas disensiones, y pasar por las 
armas a todos estos picaros; yo le aseguro que ninguno de 
los que caigan en mis manos se escapará». 

En las fuerzas de Cerveros figuraba el vizcaíno Zuazola, 
quien venció á los patriotas en varios encuentros y envió 
á sus jefes, como trofeo de la victoria, varios cajones de 
orejas que los realistas colocaban en las puertas y en los 
sombreros á manera de escarapelas. Terminadas las ma- 
tanzas, el vencedor publicó bandos ofreciendo garantías á 
los que se habían asilado en los bosques. Se trataba de 
una celada simplemente. A los que se presentaron al lla- 
mado, hombres, mujeres y niños, los hizo asesinar y ator- 
mentar: á unos los degollaban vivos, les cortaban las ore- 
jas y la nariz, les desollaban las plantas de los pies ó los 
desgarretaban; y á otros los cosían de dos en dos con ti- 
ras de cuero, espalda con espalda, y los arrojaban á una la- 
guna putrefacta por la descomposición de los cadáveres. Un 
niño de doce años se presentó ofreciendo su vida para sal- 
var la del padre, y por toda contestación, Zuazola hizo de- 
gollar al padre y al hijo. 

Son numerosos los comprobantes de estos martirios. El 
historiador alemán Gervinus («Histoire du XIX siécle»), 
dice: «No se creería barbarie tan refinada, si tantos extran- 
jeros que han viajado más tarde por el país, no se hubie- 
ran encontrado con las pobres víctimas de estos horribles 
hechos. Había gentes mutiladas á quienes se había cortado 
la nariz, una mejilla y las orejas, á quienes se había cosido 
acoplados por las espaldas, ó cortado los jarretes, ó desolla- 
do los talones para hacerles pisar por encima de los vi- 
drios». Montenegro invocando su título de Presidente de la 
Audiencia Real de Caracas, da testimonio de estas atroci- 
dades. Baralt, el más sano de los historiadores venezolanos, 
las confirma. El comisionado de la Regencia de Cádiz, Ur- 
quinioua, en su relación documentada, dirigida al rey, ex- 



LA EDAD DE PIEDRA 363 

tracta de un expediente de oficio formado por los españo- 
les en 1818. la declaración de cinco testigos presenciales, 
soldados de Zuazola en que consta: «que Antoñanzas, co- 
mo gobernador de Cumaná ofreció á los soldados de la ex- 
pedición de Zuazola, que regalaría un peso por cada oreja 
de insurgentes que le presentaran; y que Zuazola les dio 
oi'den de cortarlas y que no dejaran viviente alguno, sobre 
todo en Aragna, donde fueron degollados los rendidos y los 
escondidos en las chozas, conviniendo en las mutilaciones». 

Extinción de la raza española. 

Una de las manifestaciones más tei'ribles de esta guerra 
fué el plan de exterminio que formaron Briceño y varios 
venezolanos «con el fin de destruir en Venezuela la raza 
maldita de los españoles europeos y de los isleños canarios, 
de manera que no quedase uno solo vivo», y adjudicarse 
la mitad de sus bienes, ofreciendo grados y premios á los 
que presentasen de veinte cabezas de españoles para arriba. 
Bolívar prestó su aprobación á este plan con la única sal- 
vedad de «matar por el momento á los que se tomasen con 
las armas en la mano» y someter tí la aprobación del go- 
bierno de la Unión lo relativo á la distribución de cauda- 
les y cabezas cortadas. Provisto de esta credencial de san- 
gre, abrió Briceño la campaña con 140 juramentados. Po- 
cos días después, recibía Bolívar una carta suya cuyas pri- 
meras líneas estaban escritas con sangre, y las cabezas de 
dos españoles á título de primeros trofeos de guerra. Bolívar 
rechazó el presente. 

Contad con la muerte aun siendo inocentes! 

De una proclama de Bolívar, datada en su cuartel gene- 
ral de Trujillo el 1.5 de junio de 1813: 

«Todo español que no conspire contra la tiranía en fa - 
vor de la justa causa, por los medios más activos y eficaces, 
será tenido por enemigo, castigatlo como traidor á la pa- 
tria, y en consecuencia será irremisiblemente pasado por 
las armas. 



364 JOSÉ ARTIGAS 

«Españoles y canarios contad con la muerte, aun siendo 
indiferentes, si no obráis activamente en favor de la liber- 
tad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun 
cuando seáis culpables». 

Desde entonces, abrió Bolívar, para fechar sus bandos 
dictatoriales, una nueva era en los anales americanos: «Año 
III de la Independencia y primei'O déla guerra á muerte^. 

Las matanzas de Bolívar y el criterio histórico. 

La guerra á muerte fué hecha al pie de la letra, y de 
ella se ocupa el general Mitre en términos que varaos á re- 
producir, como ejemplo del criterio liistórico de infinita 
bondad con que se juzgan los más grandes crímenes de la 
Revolución: 

«Preconizada como acto de fortaleza, explicada por la 
necesidad como cálculo de fría prudencia, justificada como 
medio de hostilidad, excusada por las perturbaciones mo- 
rales de la época, nadie, con excepción de los españoles, la 
ha condenado en absoluto como acto de ferocidad perso- 
nal, que no estaba en la naturaleza elevada y magnánima 
aunque soberbia del dictador — Es que la guerra á muer- 
te estaba en el corazón de los combatientes enconados por 
la lucha, y el dictador impregnado de las pasiones de su 
tiempo y de su medio y con sus instintos de criollo ame- 
ricano, no fué sino su vehículo... , Sólo dos hombres la 
han condenado en absoluto: el mismo Bolívar en sus últi- 
mos años, y uno de sus admiradores más grandes, un es- 
critor venezolano. 

«La guerra á muerte no fué inventada por Bolívar. Des- 
de los primeros días de la Revolución, las provincias del 
Río de la Plata proclamaron la doctrina terrorista de que 
eran reos de rebelión, sin remisión, los que encabezaran re- 
sistencias contra sus armas y en noml)re de ella perecie- 
ron en un patíbulo el ex virrey Liniers y sus compañeros 
civiles y militares, del mismo modo que los generales y 
funcionarios españoles del Alto Perú que cayeron prisione- 
ros. Chile siguió el ejemplo proclamando la misma doctri- 



LA EDAD DE PIEDRA 365 

na revolucionaria y la ejecutó en el coronel Figueroa. Los 
españoles á su vez hicieron la guerra á muerte en Méjico, 
en el Alto y Bajo Perú, tratando como rebeldes, según sus 
leyes, á los que levantaran armas contra el rey». 

En Venezuela, la iniciativa de la guerra á muerte co- 
rresponde ¿í los patriotas. Hista 1812 no habían cometi- 
do los realistas ningún exceso, y los actos de sangre y de 
violencia cometidos después por subordinados, fueron re- 
probados por los superiores, quienes en general se limita- 
ban á vejámenes, prisiones, secuestros y asesinatos aislados. 
Cuando Bolívar declaró la guerra á muerte, no había co- 
rrido más sangre que la de los combates; y la guerra á 
muerte empezó á efectuarse con el fusilamiento de pri- 
sioneros, concluj^e el general Mitre. 

Fusilamientos de prisioneros. 

El comandante José Félix Rivas, del ejército de Bolí- 
var, atacó y venció al coronel realista Martí, en Naquitao 
el 1." de julio de 1813. El vencerlor tomó 400 prisione- 
ros y todos fueron fusilados sobre el campo, conforme al 
decreto de guerra á muerte. El mismo Rivas ganó la ba- 
talla de los Horcones el 22 de julio de 1813 y fusiló á 
sus prisioneros. 

La muerte por simples sospechas. 

Bolívar previno en su proclama de 6 de septiembre de 
1818 que los traidores á la patria serían juzgados y con- 
denados por simples sospechas, é igualó de ese punto de 
vista á españoles y americanos. 

Un mes después, el gobernador de Caracas constituyó 
una asamblea compuesta de la municipalidad y de veinte 
empleados, que invistió á Bolívar del carácter de capitán 
general, y le confinó á perpetuidad «el sobrenombre», 
dice el acta, de Libertador, que Bolívar ya se había dado 
en varios manifiestos. 



366 josé artigas 

Las grandes carnicerías. 

Ya había corrido mucha sangre, pero hís grandes carni- 
cerías todavía no habían em[)ezado. Vamos á enumerar- 
las, porque es larga la serie que reproduce Mitre: 

1. El decreto de guerra a muerte, agravado después por 
Bolívar, dio base á dos realistas llamados á adquirir cele- 
bridad, Boves y Morales, para levantar las poblaciones 
rurales con amenazas de muerte y conducirlas a la pelea. 
La campaña fué iniciada por Boves en una importante 
sorpresa realizada el 20 de septiembre de 1813, cerca de 
Calabozo, en el hato de Santr. Catalina, donde fueron pa- 
sados á cuchillo los prisioneros. 

En esos momentos, surgió á la escena en favor de la 
Revolución, un español llamado Vicente Campo Elias, que 
profesaba un odio mortal ú sus compatriotas. «Después 
que matara á todos los españoles, decía, me degollaría yo 
mismo y así no quedaría ninguno». La lucha se empeñó 
entre Elias y Boves, dándose la batalla de Mosquetero, el 
mismo día en que Bolívar se hacía dar el título de liber- 
tador en Caracas. Venció Elias, y cayó rendida la infan- 
tería «que fué degollada en su totalidad sin misericordia». 
Los vencedores rescataron el pueblo de Calabozo, y sus 
vecinos indefensos, todos ellos americanos, fueron fusila- 
dos como traidores, por haber auxiliado á los españoles. 
Esta conducta sanguinaria de Campo Elias, ajustada al 
segundo decreto de guerra á muerte dado por Bolívar, 
decidió á los americanos de los llanos á rodear á Boves 
como á su vengador. 

2. En la batalla de Araure, ganada personalmente por 
Bolívar contra el coronel realista Ceballos, á fines de 
1813, los vencedores tomaron 300 prisioneros y todos 
fueron pasados por las armas. 

3- Al finalizar el mismo año 1813, Boves pasó á cu- 
chillo una división patriota y en seguida ocupó á Cala- 
bozo, matando sin perdonar á nadie, y distribuyendo los 
bienes de la población entre sus soldados. 



LA EDAD DE PIEDRA 367 

4- En el combate de Ospino, ganado por los patriotas 
al mando de Urda neta contra los realistas al mando de 
Yañes, en febrero de 1814, cayó muerto el jefe realista, y 
su cadáv^er filé dividido en trozos y distribuido en varias 
localidades. 

5- Boves desprendió en el mismo mes de febrero una 
columna al mando de Francisco Rósete, que ocupó á Ocu- 
mare, al oeste de Caracas, y ú pesar de no liaber encontra- 
do sino una débil resistencia, pasó á cuchillo á los hom- 
bres, á las mujeres y á los niños, sin que se libraran de 
su saña los que se habían refugiado en el templo. En las 
calles quedaron 300 cadáveres de hombres, mujeres y 
niños, según consta del parte del jefe patriota Rivas, 
que llegó al pueblo después del degüello, y de una 
nota del vicario general, que ratifica enteramente el he- 
dió. Sobre esos cadáveres, juró Rivas el exterminio de la 
raza española, y repitió su juramento el caudillo Aris- 
mendi, que estaba al frente de las fuerzas patriotas de 
Caracas. 

6 En la primera batalla de La Puerta dada el 3 de 
febrero, Boves batió á Campo Elias y pasó á cuchido toda 
su infantería. 

7- Después de la derrota de La Puerta, ordenó Bolí- 
var una reconcentración de tropas y en tales circunstan- 
cias recibió una consulta del comandante de la Guayra: 

«Qué hago en estos momentos de peligro con la multi- 
tud de españoles que existen en las prisiones de esta plaza: 
ellos son numerosos y la guarnición muy poca>->. 

Bolívar escribió sin vacilar: 

«Que inmediatamente se pasen por las armas todos los 
españoles presos en las Bóvedas (de la Guayra) y en el 
hospital, sin excepción alguna». 

Arismeudi fué encargado de la ejecución. En las ins- 
trucciones de Bolívar, se decía: «con excepción de los es- 
pañoles que tomen carta de naturalización». Pero el cau- 
dillo exclamó al leerla: este secretario del libertador es un 
burro: ha escrito con excepción, en vez de poner con inclu- 
sión » . 



868 JOSÉ ARTIGAS 

Existían 1,000 españoles presos, que no eran prisioneros 
de guerra, sino vecinos de la capital, que al tiempo de la 
ocu])a('¡ón por los patriotas habían sido encarcelados en las 
})r¡,s¡()iies de la Guayra. 

«Arismendi mandó formar con los condenados una gran 
pira en que debían consumirse sus cadáveres y á que ellos 
pusieron fuego con sus propias manos. En seguida, empezó 
la ipatanza en Caracas y en la Guayra simultáneamente. 
Las víctimas eran extraídas en grupos de los calabozos, co- 
mo reses destinadas al matadero. Al toque de degüello de 
una corneta, los soldados caían sobre ellos, y á bayoneta, 
hacha, sable, lanza, machete ó puñal, eran saci-ificados, y 
muertos ó moribundos arrojados á la hoguera. Poca pólvora 
se gastó en las ejecuciones. Durante ocho días consecutivos 
se mató sin misericordia en Caracas y en la Guayra, pere- 
ciendo así ochocientos sesenta y seis españoles y canarios, 
entre ellos, según los mismos historiadores nacionales, mu- 
chos hombres buenos, que habían amparado á los patriotas 
contra la crueldad délos realistas», 

«Esta hecatombe, una de las más sangrientas que re- 
cuerda la historia, ordenada en virtud de una ley bárbara 
de exterminio, puede ser explicada por la seguridad y la 
disculparía la necesidad de vencer á todo trance, pero la 
conciencia la condena como dei'echo y como hecho, y con 
razón se ha dicho que es una mancha de lodo y sangre en 
territorio de Venezuela ». Eso dice Mitre, agregando en 
obsequio de Bolívar que «manifestación de una alma fuerte, 
no fué acto de ferocidad emanado de la naturaleza de su 
ordenador, y esto le absuelve ante la moral de la historia» 
y debe repetirle lo que en su descargo ha dicho un histo- 
riador imparcial (Gervinus, «Hist. du XIX siecle»): «Poco 
tiempo antes, iguales monstruosidades habíanse cometido en 
medio de la misma Europa, con su refinada civilización, 
entre los pueblos del mediodía, en España y el reino de 
Ñapóles. Los españoles habían engendrado en el seno de 
su obscurantismo esta fuerza que se desencadenaba contra 
ellos. Según el código natural de todos los pueblos grose- 



LA EDAD DE PIEDRA 3í)í) 

ros, los criollos les aplicaban la ley que ellos les enseñaron 
como maestros, buscando su salvación ei] el mal, ya que 
no la encontraban en el bien. El mismo Bolívar sintió la 
necesidad de justificar este terrible acto de represalias, 
mientras los españoles ni siquiera pensaron en disculpar 
sus atrocidades». 

8. A principios de marzo, cbocaron las fuerzas de Aris- 
mendi y de Rósete. Arismendi, que iba al frente de la flor 
de la juventud de la ciudad de San Mateo, quedó derrota- 
do, y todos sus soldados fueron degollados. 

9- En la batalla de Carabobo dada el 26 de mayo, Bo- 
lívar venció al ejército realista al mando de Cajigal. Los 
realistas dejaron en el campo 300 cadáveres, mientras que 
los republicanos sólo tuvieron 12 muertos y 40 heridos. 

10. El 14 de junio se dio la segunda batalla de La Puer- 
ta, entre el ejército de Bolívar y el de Boves. Venció Bo- 
ves y fueron pasados á cuchillo hasta los que rendían las 
armas sin pelear. Pocos se escaparon. Según Boves, que- 
daron en el campo dos mil seiscientos cadáveres de republi- 
canos. Los oficiales prisioneros fueron ahorcados y mutila- 
dos. Los vencedores atacaron luego á los patriotas que de- 
fendían la Estrechura de Cabrera, en número de 250, y 
todos fueron pasados á cuchillo «desde Fernández (su jefe) 
hasta el ultimo tambor», dice Torrente. Después de una 
valerosa resistencia, capituló Valencia y á pesar de la capi- 
tulación, todos sus pobladores, en número de 450 indivi- 
duos, fueron degollados. 

11. En la batalla de Aragua dada el 18 de agosto, que- 
dó derrotado Bolívar por el ejército de Morales. Fué es- 
pantosa la carnicería que hicieron los españoles. A nadie se 
dio cuartel. Todos los rendidos fueron pasados á cuchillo, 
extendiéndose el degüello á más de 8,000 personas. 

12. Boves derrotó una columna del ejército de Rivas, 
que iba al mando de Piar, en septiembre de 1814. Todos 
los soldados patriotas fueron degollados y Boves entró á 
Cumaná, matando á cuantos hombres encontraba en la 
calle, en las casas y en las iglesias. Hubo más de rail vícti- 

JOSÍ; ARTIGAS. — 2]: ,1. I. 



370 JOSÉ ARTIGAS 

mas. El virrey Monta Ivo, que gobernaba á la sazón en Nue- 
va Granada y Venezuela á nombre del rey, en un informe 
de 31 de octubre de 1814 dirigido á la secretaría de guerra 
de España, se expresa así: «Don José Tomás Boves y los 
que se le parecen no distinguen entre delincuentes é ino- 
centes; todos mueren por el delito á sus ojos de haber na- 
cido en América». 

13- Los patriotas fueron derrotados el 1 5 de diciembre 
por Boves. Los vencedores a nadie dieron cuartel. En reem- 
plazo de Boves, muerto en la pelea, fué nombrado Morales, 
quien se dirigió a la plaza de Maturín, pasando á cuchillo 
á toda la población, hombres, mujeres y niñoí. El caudillo 
republicano José Félix Rivas, cayó prisionero y fué muerto 
en el acto. Su cabeza, cubierta con un gorro frigio fué co- 
locada en una jaula en el camino de la Guayra á Caracas. 
Según las memorias contemporáneas, pasaron de tres mil 
las víctimas sacrificadas por Morales. 

14- En abril de 1815 llegó á Costa Firme la expedición 
á cargo del general Morillo, fuerte de 10,600 hombres. Era 
la misma expedición que se había organizado contra el Río 
de la Plata y que varió de rumbo al producirse la rendi- 
ción de Montevideo. 

Cuando Morillo llegó á Caracas, su primer acto fué la 
imposición de un empréstito forzoso. Además decretó el 
secuestro de las propiedades de todos los que habían toma- 
do parte en la Revolución, y délos ausentes y sospechosos. 
La medida, que fué ejecutada con todo rigor, dio por resul- 
tado la ruina de los últimos restos de la fortuna particular 
de los venezolanos. 

Cartagena era la gran plaza fuerte de Ainérica. El ge- 
neral Morillo la sitió por tierra y por mar. La plaza sólo 
tenía víveres para 40 días, y su guarnición, que no pasaba 
de mil soldados, prolongó el sitio durante 108 días. Los 
centinelas, al tiempo de ser relevados, eran encontrados 
muertos en sus puestos. Pero nadie hablaba de rendirse. 
Al final, la extenuada guarnición se embarcó en lanchas y 
ronqjió la línea de la escuadra sitiadora. En vez de una 



LA EDAD DE PIEDRA 371 

eindad, Morillo ocupó entonces iin hospital de moribun- 
dos y un cementerio con montones de cadáveres hacinados 
en las calles. Se calcula en seis mil el númei'o de muertos 
en la plaza, bajo la sola presión del hambre y de las enfer- 
medades, sin contar las bajas en los combates. El ejér- 
cito sitiador perdió á su turno 3,500 hombres. 

Ocupada la ciudad, Morales dio una proclama ofrecien- 
do amnistía á los que se presentasen. Confiados en su pro- 
mesa, presentáronse 400 personas, entre ancianos, mujeres 
y niños y algunos pescadores que habían permanecido 
ocultos en los bosques. Todos fueron mandados degollar 
por dicho jefe. Morillo, á su turno, hizo condenar á muerte 
y suspender de la horca al jefe de la defensa, general Cas- 
tillo, que había quedado oculto en la ciudad, y á seis ciu- 
dadanos notables que habían confiado en su clemencia. 

15- En oficios de 7 y 27 de marzo de 1 316, interceptados 
por un corsario argentino y pubücados en «La Gaceta de 
Buenos Aires», decía Morillo á su gobierno, refiriendo las 
peripecias de la lucha, que no había más remedio que esta- 
blecer un gobierno militar «despótico, tirano y destructor» 
y domar la Revolución «por las mismas medidas que al 
principio de la conquista». Reiterando su renuncia por lo 
quebrantado de su salud, agregaba al gobierno español: «no 
hay remedio; es preciso que la Corte se desengañe, pues no 
cortando la cabeza á todos los que han sido revoluciona- 
rios, siempre darán qué hacer, así que no debe haber cle- 
mencia con estos picaros». 

Un bando terrible dictó Morillo el 30 de mayo de 
1816. «Serán indultados, decía, los que estén libres de 
los crímenes de sedición, asesinos é incendiarios; que no 
hayan oprimido los pueblos con exacciones ni violencias, 
alterando la opinión con escritos ó conversaciones subver- 
sivas; ni aquellos que tenazmente han proclamado y sos- 
tenido la independencia.» 

Para facilitar la tarea, estableció luego un tribunal de 
sangre con el nombre de Consejo Permanente de Guerra, 
presidido por el gobernador militar de la plaza, con inter- 



372 JOSÉ ARTIGAS 

vención de un defensor de oficio que según un historiador, 
no era muchas veces otra cosa que un acusador. Y el patí- 
bulo empezó á funcionar. 

Entre las víctimas ilustres figura Francisco José Caldas, 
el famoso geómetra, físico, astrónomo, naturalista, gloria de 
América y honor del mundo sabio, que fué sacrificado por 
haber servido como ingeniero en los ejércitos republicanos. 
Se le pidió <1 Morillo el perdón ó por lo menos que dejara 
al natm-alista concluir los trabajos de su última expedición 
botánica. «¡La España no necesita de sabios! >^ fué su ré- 
plica. En la misma forma fueron sacrificadas ciento veinti- 
cinco víctimas de la sociedad granadina. Aludiendo al 
carácter de muchas de esas víctimas, decía Morillo en un 
oficio al Rey Fernando VII: «He expurgado el virreinato 
de Nueva Granada de doctores, que siempre son los pro- 
motores de rebeliones». En lugar de ellos, pedía «teólogos 
y abogados de España», aunque según sus propias pala- 
bras «la obra de subyugación y pacificación debía consu- 
marse por las mismas medidas que al principio de la con- 
quista». 

Para completar su plan, instituyó Morillo una junta de 
secuestros, que embargó los bienes de los presos, confiscó 
los bienes de los muertos y redujo á la miseria á todas las 
familias del país. 

Uno de sus subalternos, el coronel Francisco Varleta, 
publicó un bando estableciendo que «toda persona sin ex- 
cepción de sexo ni calidad, que pasado el término de cuatro 
días no se reuniese á su respectiva población, será fusilada 
en cualquier punto del campo ó montaña donde se halle, 
por los destacamentos y tropas que haré circular». 

En su proclama de despedida á los granadinos, de 15 
de noviembre de 1816 decía Morillo: «La sangre vertida 
por la espada de la justicia era impura y dispuesta á 
corromper la vuestra. Escarmentad con lo acaecido, si 
aún queda alguno que suspire por el orden de las cosas 
pasadas». 

i5 El general Sámano fué el sucesor de Morillo en Bo- 



LA EDAD di: PIEDRA H73 

gota. Su primer acto fué mandar levantar la li orea en ]a 
plaza mayor, frente á las ventanas de su palacio, y phuuar 
cuatro banquillos. Las cárceles volvieron á llenarse y la 
sangre volvió acorrer. Una de las primeras víctimas fué 
una señoi'ita de Bogotá que indujo á su novio á una conspi- 
ración por lá patria. Los dos fueron conducidos juntos al 
patíbulo. «Tengo sed, exclamó ella». Uno de los soldados le 
alcanzó un vaso de agua. cNi agua quiero délos enemigos 
de mi patria», fué la contestación de esa lieroína llamada 
Policarpa Salvarrieta. 

17- En la batalla de San Félix, dada el 1 1 de abril de 
1817 entre el ejército realista al mando de La Torre y el 
republicano al mando de Piar, triunfó este último, y todos 
los españoles fueron pasados á cuchillo. Sólo escaparon 
diez y siete hombres, entre ellos La Torre. El vencedor 
hizo matar trescientos prisioneros. En octubre del mismo 
año. Piar fué sometido por orden de Bolívar á un consejo 
de guerra que lo condenó á muerte, pidiendo el reo como 
única gracia que lo dejasen mandar su propia ejecución. 
«Su muerte, establece Mitre, afirmó la autoridad vacilante 
de Bolívar. Si no fué un acto justo, fué quizá un acto ne- 
cesario, que sofocó la guerra civil en germen, que traía 
aparejada la disolución del ejército». 

i8. En julio de 1817, Morillo atacó á la guarnición que 
defendía la isla de Margarita. Ofreció á los defensores el 
perdón si deponían las armas, anunciando que en caso con- 
trario «no quedarían cenizas, ni aun la memoria de los re- 
beldes empeñados en su exterminio».' Conseguido el triun- 
fo, los dispersos de uno de los fuertes se refugiaron en una 
laguna, y no habiéndose rendido fueron todos pasados á cu- 
chillo. El propio Morillo atravesó diez y ocho hombres con 
su espada. Ese sitio fué bautizado con el nombre de «La- 
guna de los mártires marga rítenos», que todavía conserva. 

19- La Revolución estaba en todo su apogeo á fines de 
1819, cuando se produjo una nueva hecatombe. El vice- 
presidente Santander, en ausencia de Bolívar, hizo fusilar 
á treinta y ocho oficiales que habían caído prisioneros en 



374 JOSÉ ARTIGAS 



líi Última batalla, y á uu paisano que se permitió protestar 
contra el sacrificio. Santander, que era un hombre culto, 
alegaba el pretexto de la falta de fuerzas para custodiar 
.prisioneros y resumía su doctrina en estas feroces palabras: 
«Si ellos nos degüellan cuando caemos en sus garras, ¿por 
qué no los podremos degollar nosotros, si caen en nuestras 
manos?» 

En honor de los grandes bombreí^i. 

Hay que cerrar la serie. Previene el general Mitre que 
en su relación ha seguido á los historiadores clásicos de 
Venezuela, lo que aleja toda duda de parcialidad en cuanto 
se refiere á las carnicerías ordenadas por Bolívar. Y esas 
carnicerías, no debían alterar el criterio de la época de la 
Revolución, sino en un sentido favorable. Dígalo el famoso 
brindis de Bolívar en el banquete con que se dio por ter- 
minada la entrevista de Guayaquil, el 27 de julio de 1822: 
«Por los dos hombres más grandes de la América del Sur: 
el general San Martín y yo.» 

Escribiendo con sangre. 

De la obra de Larrazábal, «Vida y correspondencia del 
libertador Bolívar», reproducimos estos datos que confir- 
man y amplían las informaciones que preceden: 

Antonio Nicolás Briceño, el autor del «Bando de guerra 
á muerte», era un abogado de Caracas, miembro del Con- 
greso Constituyente de Venezuela, y muy instruido. Al 
mismo tiempo que publicaba su Bando, ofrecía la libertad 
á los esclavos que matasen á sus amos españoles ó canarios, 
y para dar el ejemplo quitó la vida á dos isleños pacíficos 
de la villa de San Cristóbal y remitió las cabezas, una á 
Bolívar y otra á Castillo, con una carta cuya primera lí- 
nea estaba escrita con sangre de las víctimas. (Abril de 181 3). 
Poco después cayó Briceño prisionero y fué fusilado por 
los españoles. 



LA EDAD di: PIEDRA 375 

En su proclama de junio 8 de 181,3, hace Bolívar una 
enumeración de las carnicerías y violencias de ios españo- 
les, y dice: 

«Mas estas víctimas sei'án vengadas; esos verdugos se- 
rán exterminados. Nuestra bondad se agotó ya, y puesto 
que nuestros opresores nos fuerzan á una guerra mortal, 
ellos desaparecerán de la America y nuesti'a tierra será 
jDurgada de los monstruos que la infestan. Nuestro odio 
será implacable y la guerra será á muerte». 

Morillo lanzó una proclama el 15 de noviembre de 181(3, 
aconsejando á los pueblos de América la sumisión al rey. 
«De lo contrario», les decía, «lo más común una vez des- 
envainada la espada, es quemar los pueblos, degollar sus 
habitantes, destruir el país, no respetar sexo ni edad, y en 
fin ocupar el puesto del pacífico labrador y hallar en vez 
de sus dulces costumbres, un feroz guerrero, ministro de 
la venganza de un rey irritado». 

«La Gaceta» de Caracas de 11 de octubre de 1821, 
publicó una carta del brigadier don Manuel Fierro, datada 
en Puerto Cabello el 29 de diciembre de 1814, en que ese 
militar hablaba así á un compatriota suyo: 

«Gracias á Dios que hemos concluido con el resto de 
esta gavilla de bribones que se habían refugiado en el inex- 
pugnable Maturín: aun quedan algunos vagando por los 
montes, y á decir verdad para extinguir á esta canalla ame- 
ricana, era necesario no dejar uno vivo; y así es que en las 
últimas acciones habrán perecido de una y otra parte más 
de doce mil hombres; afortunadamente los más son criollos 
y muy raro español. Si fuera posible arrasar con todo ame- 
ricano sería lo mejor; pues usted desengáñese, estamos en 
el caso de extinguir la generación presente, porque todos son 
nuestros enemigos y el que no se ha sublevado, es porque 
no ha podido, observándose con admiración que los hijos 
de ios españoles son los más exaltados. En fin, mi amigo, 
nosotros debemos sembrar la guerra intestina á los criollos, 
para que se acaben unos á otros, y que tengamos menos 
enemigos. Si en las demás partes de la América, se en- 



376 JOSÉ ARTIGAS 

coDtraran muchos Boves, jo le aseguro á usted que se lo- 
grarían nuestros deseos, pues lo que es en Venezuela poco 
ha faltado para verlo realizado, pues hemos concluido con 
cuantos se nos han presentado». 

El exterminio decretado por el rey. 

Cuando fué apresada la fragata-transporte «Nuestra Se- 
ñora de los Dolores», se encontró entre los papeles de a 
bordo una Real Orden fechada en Madrid el 28 de julio 
de 1817, cuyo contenido extractamos á continuación (Cal- 
vo, «Anales Históricos de la Revolución»): 

Reconquistada la plaza de Cartagena el 7 de febrero de 
1810 por las fuerzas de los generales Morillo y Montalvo, 
fueron arrestados varios revolucionarios y ejecutados en la 
horca nueve de ellos. Hubo disidencias acerca del tribunal 
encargado del juzgamiento y con tal motivo se resolvió re- 
cabar de la Corona reglas generales de procedimiento. 

Enterado el rey de la disidencia se sirvió aprobar « las 
disposiciones del virrey del nuevo reino de Granada res- 
pecto á los nueve ejecutados y mandar á su Supremo Con- 
sejo de Guerra que le consultara lo que se le ofreciera acer- 
ca de las reglas que debieran adoptarse para proceder con 
los acusados de los crímenes enunciados, lo que verificó el 
Consejo en pleno tenido el 14 de mayo último, exponiendo 
á S. M. lo que estimó conveniente; y el rey conformándose 
con el parecer de dicho tribunal se ha dignado resolver que 
los factores, cabezas, promovedores y sostenedoi'es de la re- 
volución é insurreción de América, y los que aunque delin- 
cuentes y comprendidos en ella por su menor criminalidad 
no deben ser contados entre los anteriores, se clasifiquen 
en las ocho clases que siguen y sean juzgados en la forma y 
por las autoridades que á continuación se expresan. -> 

Sigue la enumeración, correspondiendo á la primera to- 
dos los que disfrutan grados ó empleos militares; á la se- 
gunda, los espías; á la tercera, los que exciten á la rebelión; 
á la cuarta, los desertores del ejército realista que se pasen 



LA EDAD DE PIEDKA Ú( 



al movimiento revolucionario; á la quinta, los que abando- 
nen los destinos del gobierno legítimo y ocupen otro de 
la Revolución; á la sexta, los que se dediquen á encender el 
fuego de la Revolución; á la séptima, los que asesinen, per- 
sigan, denuncien ó saqueen á realistas; á la octava, los que 
continúen en empleos del gobierno legítimo y reconozcan 
al gobierno revolucionario. Los comprendidos en las cuatro 
primeras clases y en la octava, concluye la Real Orden, se- 
rán juzgados en el Consejo de Guerra ordinario ó de los 
oficiales generales, militarmente; y por lo que respecta á 
las cuatro clases restantes, serán juzgados por las autorida- 
des civiles con arreglo á las leyes. 

Tales eran las disposiciones que dictaba Fernando VII, 
«corazón de tigre y cabeza de mulo», según los rasgos tra- 
zados por su propia madre la reina María Luisa, que llegó 
á pedirle á Napoleón el último suplicio para su hijo, en Ba- 
yona. 

El general San Martín creyó necesario protestar contra 
ese bárbaro documento. En oficio al Director de las Pro- 
vincias Unidas datado en Mendoza el 16 de agosto de 
1818, decía: 

«Los horrores cometidos por los jefes de S. M. C. exi- 
gen una rigurosa represalia que haciendo temer al enemigo, 
minore los desastres de una guerra tan devastadora. . . Des- 
de que tengo el honor de mandar soldados de la patria, 
no he podido resistir la liberalidad de mis sentimientos: los 
prisioneros de San Lorenzo eran unos verdaderos piratas 
dignos por esta sola calidad del último suplicio á que los 
colocaba una orden expresa de V. E. que sin embargo 
conseguí se suspendiese ásu favor. Desde la acción de Cha- 
cabuco hasta la de Maipo, han tomado los ejércitos de mi 
mando más de siete mil prisioneros, incluso cuatrocientos 
oficiales... Pero yo sería responsable á esa superioridad y á 
los bravos que tengo el honor de mandar, si no interpelase de 
la autoridad suprema de V. E. por la necesidad de una 
justa retaliación sobre los prisioneros de guerra y cómplices 
en las hostilidades y persecuciones contra los defensores de 



378 J08É ARTIGAS 

la causa de América en la forma que parezca al recto dis- 
cernimienio de V. E.» 

Dos casoü) que revelan el criterio de la época. 

lias Memorias de Miller, registran dos casos que basta- 
rían á denunciar la barbarie de esta guerra. 

El comandante Bustamante, en su parte al virrey de 
Méjico, datado en Zitaguaro el 23 de octubre de 1811, 
recomienda al aragonés Mariano Oclioa <^que persiguiendo á 
los insurgentes halló un hermano sujo entre ellos, el cual se 
le hincó de rodillas pidiéndole la vida, pero él se la quitó 
con sus propias manos». 

Don Ignacio García Revollo, en un parte al virrey da- 
tado en Querétaro el 23 de noviembre de 1811, recomien- 
da al sargento Francisco Montes ■-como digno del empleo de 
oficial, porque entre otras bizarras acciones mató ú uno de 
sus propios sobrinos, el cual habiéndoselo hecho conocer, 
en el acto recibió por contestación que no reconocía sobri- 
nos entre los insurgentes». 

La confesión española. 

Para destruir toda duda acerca de posibles sospechas 
de parcialidad contra los españoles, vauíos á cerrar esta 
revista de sangre, con las propias palabras que emplea 
Torrente en su «Historia de la Revolución Hispano-Ame- 
ricana», formulada á base de documentos extraídos délos 
archivos españoles y otras fuentes de información igual- 
mente irrecusables. 

I- Acerca de la insurrección del Perú en 1811 y plan 
de campaña del general Goyeneche: 

El coronel Benavente, ^dleno de irritación al ver el nin- 
gún escarmiento de los rebeldes, quienes á la sombra c'e 
la excesiva clemencia del vencedor maquinaban los pla- 
nes de infidencia, creyó era llegado el momento de desple- 
gar un carácter de dureza y severidad que dejare impresio- 



LA EDAD DE PIEDRA 379 

nes permanentes de la suerte que debía prometerse todo el 
que despreciando las lecciones dictadas por la dulzura y el 
exhorto, provocara los medios del rigor para ser conte- 
nido •>>. 

«Por más tercos y obstinados que estuvieran aquellos 
pueblos, no podemos aprobar el sacrificio de más de tres 
mil víctimas ejecutadas en diversas ocasiones por este jefe 
realista, aunque todas ellas mereciesen aquel castigo por su 
rebeldía y criminalidad». 

3. Hace referencia á la insurrección de Méjico en 1811 
y á una emboscada realizada por el jefe español Elizondo, 
mediante la cual: 

«Consiguieron las armas del rey el más ilustre de 
sus triunfos, cuyos trofeos fueron el arresto de 1,500 hom- 
bres, 60 oficiales de plana mayor, entre ellos el cura Hi- 
dalgo, los generales Allende, Giménez, Aldama, Camargo, 
Lanzagorta, Zapata, Santa Marín, Abapolo y Carrasco, ade- 
más de otros brigadieres y coroneles, seis clérigos y tres frai- 
les que fueron fusihidos sucesivamente ->. 

3- De una descripción de la batalla de Zitácuaro en Mé- 
jico ganada el año 1812 por el general Calleja que manda- 
ba el ejército español: 

«Embestido el enemigo en todas las direcciones por va- 
rias columnas en que había sido dividido el ejército realis- 
ta y que obraban en una perfecta combinación: forzadas 
sus líneas y desmontadas sus baterías que dirigió con el 
mayor acierto el entonces comandante de aquella arma don 
Román Díaz de Ortega, empezó á remolinarse y á presen- 
tar todos los síntomas del desorden y de la confusión: es- 
trechado ya más de cerca por los rápidos movimientos de 
las valientes tropas de Calleja, perdió su formación y se 
desbandó, fiando las defensas de sus vidas á la celeridad 
de sus pies. Todos corrían á tropel arrojándose por fosos 
y despeñaderos y precipitándose unos sobre otros para evi- 
tar el alcance de los soldados victoriosos. A las dos de la 
tarde ya no había en aquel recinto un solo enemigo vivo, 
excepto el corregidor y diez y ocho personas más, que fue- 



380 .TOSÍ: AirriGAS 

ron pasadas por las armas. Los cabecillas Rayón, Liceaga 
y Verdusco se sustrajeron también con la fuga al gran 
furor de los realistas. Esta insigne victoria que costó á los 
insurgentes de 3 á 4 rail muertos.. . no produjo en el ejér- 
cito del rey más pérdida que 5 muertos, 7 heridos y 4 
contusos. Increíble parece que un triunfo tan glorioso para 
las armas españolas fuera comprado con tan poca sangre >. 

4- Otra matanza en la misma campaña de Méjico, du- 
rante el año 1812: 

«El atroz cuadrillero Albino García y su hermano Pa- 
chito, que habían sido perseguidos con tanto empeño co- 
mo inutilidad, y cuyo exterminio era de la mayor impor- 
tancia á costa de cualquier sacrificio, fueron sorprendidos 
á las dos de la mañana por el esforzado Iturbide, en cuyo 
poder cayeron otra gran porción de cabecillas, armas, mu- 
niciones y efectos, habiéndose contado entre los muertos 
unos 300 facciosos y 150 entre los prisioneros que fueron 
muy pronto pasados por las armas, quedando así libre el 
Bajío del desorden y confusión en que tenían envuelto 
aquel país los citados caudillos. Los elogios tributados al 
capitán Iturbide por el jefe de aquella división, brigadier 
don Diego García Conde, se repitieron.» 

5- De una descripción de la campaña de Caracas en 
18LS: 

«A principios de diciembre hab'a reuíiido ya el coman- 
dante Boves un ejército de 4,000 llaneros montados y el 
13 del mismo recibió los refuerzos que había sacado de La 
Guayaua el general Morales, que consistían en 5 oficiales, 
100 infantes, 300 fusiles, un cañón y un gran número de 
municiones. Deseoso Boves de arrancar de las manos del 
enemigo los triunfos conseguidos en la batalla de Araure, 
se encaminó al día siguiente al sitio de San Marcos, donde 
se hallaba el desleal español don Pedro Aldao con un 
cuerpo de 2,300 hombres, compuesto en gran parte de 
las mismas tropas que habían decidido con su ai'rojo la re- 
ferida batalla. Ver al enemigo, arrojarse sobre él, degollar- 
le do& mil hombres, al mismo comandante y casi todos los 



LA EDAD DE PIEDRA B81 

oficiales, y apoderarse de todo el armamento y equipajes 
fué obra de pocos instantes.» 

6- Un episodio de las campañas de Quito eu 1814: 

En la batalla de Calibio fué muerto el mayor general 
Ignacio Asiu, jefe de una división realista. El comandante 
Ramírez, jefe de los independientes <^que consideró aquella 
víctima como el triunfo más ilustre de la batalla, se entre- 
gó á una alegría tan extravagante y feroz que le mandó 
cortar la cabeza y disfrutó del bárbaro pasatiempo de ju- 
gar con ella á la pelota, acción execrable que si bien fué 
reprendida amargamente por el jefe principal Nariño y por 
ella despedido del servicio aquel genio infernal, no por eso 
quedó borrada tan horrible mancha, que ofreció al mundo 
un argumento de la fiereza é inhumanidad que presidía á 
las acciones de una gran parte de los insurgentes de Amé- 
rica». 

7- Relación de la batalla de La Puerta ganada en julio 
de 1814 por el ejército español al mando de Boves, contra 
el ejército de Bolívar: 

« Apenas había empezado la batalla, cuando ya Bolívar 
estaba de retirada para Caracas con sólo dos ordenanzas. 
En menos de tres horas quedó todo el ejército enemigo 
tendido en aquel campo, sin que se hubieran sustraído al 
brazo del vencedor sino cien hombres que pudieron ocul- 
tarse eu los bosques. No se ha visto en América una batc7- 
lla tan sangrienta como esta: 4,200 hombres mordían el 
polvo, los realistas quedaron rendidos con tan horrible car- 
nicería. Todo pereció en aquel día de sangre y horror; los 
secretarios de Estado, los edecanes de Bolívar, todos sus 
generales se hallaron en el número de los muertos; sólo el 
de artillería don l>iego Jalón, europeo, cayó vivo en ma- 
nos de Morales, para ser fusilado el día siguiente en la 
villa de Cura». 

Hay que prevenir que de la misma relación consta que 
el ejército de Boves tenía 3,500 hombres y el de Bolívar 
4,300, ó sea justamente cien hombres más que el número 
de los muertos. 



382 JOSÉ ARTIGAS 

8. Refiriendo la batalla de Araguá entre el ejército de 
Bolívaí', fuerte de sein uiil hombres y el de Morales de 
oclio mil, en 1814: 

«Ambos ejércitos pelearon con el más terco y desespe- 
rado valor... Un batallón de 800 plazas, compuesto de lo 
principal de la juventud de Cai-acas, y mandado por don 
Pedro Salías, quedó tendido en el campo, desde su jefe 
hasta el último soldado. Todo pereció en aquel día de san- 
gre y horror: reconocido el campo de batalla, las calles, las 
casas y aún las iglesias, se hallaron todas ellas empapadas 
en sangre: 3,500 insurgentes muertos y 730 heridos, todos 
sus fusiles, equipajes y municiones, con dos piezas de arti- 
llería fueron los trofeos con que ilustró su triunfo el va- 
liente Morales, si bien fueron adquiridos con la pérdida de 
1,840 hombres entre ellos 1,000 muertos». 

Hace Torrente el elogio del jefe realista Boves, muerto 
en el campo de batalla, y dice: 

«Si dio facultad á sus tropas para degollar á todo trai- 
dor ó enemigo del rey, y esta en nuestro concepto debe con- 
siderarse como la providencia más terrible que haya salido 
de sus manos, fué porque se penetró que sólo el terror po- 
día salvarle de su amenazada ruina y obrar algún cambio 
en la opinión. La apurada situación en que se halló dicho 
jefe, la obcecación y temerida<l del enemigo, sus mismos 
extravíos y persecuciones fueron finalmente las causas que 
pudieron hacer excusable un procedimiento tan violento, 
que sería mirado con indignación por pueblos que hacen 
la guerra por reglas humanas y benéficas sin separarse ja- 
más de lo que prescriben el honor militar y el derecho de 
gentes; mas estas teorías eran desconocidas en la provincia 
de Venezuela, en la que se habían enconado de tal modo 
los ánimos de los combatientes, que sólo respiraban odio, 
venganza, destrucción y sangro. 

9 Morales una vez al frente del ejército, por la muerte 
de Boves, se dirigió al pueblo de Maturín, donde se habían 
refugiado los restos del ejército independiente. 

«Viéndose los enemigos atacados de repente por el pun- 



LA EDAD DE PIEDRA -^83 

to por donde menos lo esperaban, se apodera de ellos un 
pánico terror, abandonan las baterías, se desmayan y dan 
por irremeJiable su ruina; penetra el general Morales por 
el centro del pueblo; sus enfurecidos soldados desoyen la 
voz de sus jefes y se ceban en la sangre de los sitiados. 
Todo sucumbe al hierro y al fuego; todas las familias 
principales de Caracas i"efugiadas en este sitio perecen con 
sus esclavos; nadie sale con vida de tan mortífera batalla». 

lo. Se ocupa de las campañas de Santa Fe y Caracas 
en 1816 y de las ejecuciones decretadas por el general 
Morillo, con violación de una capitulación: 

«Si el castigo tan necesario para desagraviar la vindicta 
pública se hubiera limitado á los rebeldes aprehendidos 
con las armas en la mano, se habrían embotado los tiros 
de la maledicencia en la justicia y necesidad de hacer un 
escarmiento sobre los protervos; pero hubo entre los sen- 
tenciados al último suplicio algunos individuos que si bien 
eran más criminales que los que sostuvieron la insuri'ec- 
ción hasta los últimos momentos, se hallaban bajo la sal- 
vaguardia ofrecida por el coronel Latorre, según llevamos 
indicado». 

". Describe la batalla ganada por el general realista 
Aldama en 1817, en el curso de las campañas de Caracas 
y Santa Fe: 

«Llenos entonces los facciosos de terror y confusión 
abandonan sus últimos parapetos y se precipitan hacia el 
campo donde fueron pasados á cuchillo por las tropas que 
estaban allí situadas con a(|uel designio. Sobre 1,000 ca- 
dáveres quedaron tendidos en este campo de muerte; todos 
fueron pasados á cuchillo menos el comandante Pedro Ma- 
ría Freitas, el intendente Francisco Esteban Rivasy algu- 
nos pocos heridos: los dos primeros fueron conducidos á 
Caracas á sufrir en aquella ciudad su bien merecido cas- 
tigo.» 

12 En el curso de las mismas campañas de Caracas y 
Santa Fe, tuvo lugar dos años después, en 1819, la bata- 
lla del Pantano de Vargas entre el ejército realista al man- 



884 JOSÉ ARTIGAS 

do del coronel José Barreiro y las fuerzas de Bolívar. El 
triunfo filé de los indepemlientes. Cayeron prisioneros Ba- 
rreiro y 39 oficiales. 

Dos meses después, termina Torrente, fueron fusilados 
«en la plaza de Santa Fe al sonido de dos orquestas¿>. 

Un iiieideiite de la rciolución brasileña. 

Aunque sólo nos proponemos revistar los hechos ocu- 
rridos dentro de las fronteras de las colonias españolas 
mencionaremos por excepción un episodio de la guerra 
entre brasileños y portugueses, que tuvo honda resonancia 
en su tiempo y que prueba una vez más que la vida de los 
enemigos era en la época revolucionaria una cosa perfecta- 
mente despreciable, de la que podía usarse y abusarse con 
toda impunidad. 

Ocupándose Pereyra da Silva ( <.< Historia da Fundagao 
do Imperio Brazileiro >) del abandono de la plaza de Bahía 
por las tropas portuguesas 3'^ de la ocupación de Maranhao 
por el almirante Oochrane, dice que éstese apoderó de todas 
las mercaderías portuguesas que encontró en la Aduana; 
que no cabiendo dichas mercaderías en los buques, cedió el 
excedente á los comerciantes por los dos tercios de su 
avalúo, haciendo lo mismo con numerosas embarcaciones 
ancladas en el puerto; que exigió á todas las autoridades 
locales la entrega de las sumas que tenían en sus cajas y 
los depósitos de pertrechos militares, por estar compren- 
didos en el decreto imperial de 11 de diciembre de 1822 
que había tratado de halagar con promesas y seguridades 
de presas á la gente extranjera de mar; que por la propia 
confesión de Cochrane, se supo que lo que él llamaba pre- 
sa de Maranhao, subía á varios millones de pesos fuertes. 
Y agrega: 

En el Para hubo agitaciones populares. Pedíase que 
fuesen embarcados á Europa todos los portugueses, pro- 
duciéndose con tal motivo saqueos, asesinatos y otros 
excesos, que obligaron á la Junta Gubernativa á recabar 



LA EDAD DE PIEDRA 385 

el auxilio del capitán Greenfell, que estaba al mando de un 
buque de guerra. Greenfell bajó á tierra, organizó fuerzas 
y dominó la situación, previo fusilamiento en la plaza de 
5 prisioneros indicados como promotores del tumulto. Al 
día siguiente, recibió orden de la Junta de preparar una 
embarcación con capacidad para 200 presos que no cabían 
en las cárceles de tierra. Escogió el navio «Diligente», de 
000 toneladas, y lo puso á disposición de la Junta, situán- 
dolo en medio de las embarcaciones de guerra que babía 
preparado. Fueron en seguida remitidos por ella doscientos 
cincuenta y seis presos, los cuales quedaron colocados en la 
bodega, por el temor que á su comandante, el teniente 
Joaquín Lucio de Araujo, inspiraba la permanencia de 
los prisioneros en la cubierta. Levantaron los presos una 
enorme gritería, y se dirigieron en tropel á las escaleras, 
aumentándose con ello los temores del comandante, quien 
colocó centinelas con armas cargadas en la bajada de la 
bodega. Hacinados en un espacio tan estrecho que no te- 
nía más de treinta palmos de extensión, agobiados por el 
calor y la falta de aire, pretendieron los presos subir las 
escaleras y pasar á la cubierta. Pero, ordenó el comandan- 
te que se corrieran las escotillas, después de disparar algu- 
nos tiros para contener y amedrentar á los presos, y éstos 
entonces bajo la presión de verdaderos accesos de locura 
y en medio de las agonías del calor y de la asfixia, se tra- 
baron en lucha hasta despedazarse los unos á los otros. No 
se atrevía el comandante á mandar abrir, temeroso de que 
pudieran escaparse, y sin la más remota idea de las graví- 
simas escenas que debían necesariamente resultar de la 
situación desesperante de los presos. Transcurrida la noche 
y habiendo terminado el barullo en la bodega, ordenó el 
comandante que se levantaran las escotillas, para suminis- 
trar agua y alimentos álos presos. Un horrible espectáculo 
acongojó á todos entonces. Extendíanse unos sobre otros 
montones de cadáveres desfigurados por los diversos gé- 
neros de muerte que habían sufrido, heridos, despedazados, 
mutilados, como si hubieran perdido la vida en la lucha 

JOSÉ ARTIGAS— 25. T. I. 



386 JOSÉ ARTIGAS 

más sangrienta y desesperada. De los doscientos cincuenta 
y seis desgraciados, quedaban apenas cuatro respirando 
todavía, víctimas de indecibles sufrimientos y escondidos 
detrás de unas barricas que les servían de amparo. 

¡Basta de sangre! 

Podríamos llenar todavía muchas páginas con el relato 
documentado de los terribles cuadros de la Revolución 
americana. Pero, bastan los que hemos presentado, para 
probar que las teorías de Mariano Moreno y las prácticas 
de los proceres de mayo, eran las mismas teorías y las 
mismas prácticas que corrían triunfantes de uno á otro ex- 
tremo del continente, provocando en todas partes la heca- 
tombe de los prisioneros y de una manera general el ex- 
terminio de los enemigos. 

En esa lucha desesperada, no se respetaban sexos, ni 
edades. Las mismas mujeres tenían cjue marchai* con los 
ejércitos y concurrir á la salvación común, para librarse 
de las garras de los que las degollaban sin piedad al sor- 
prenderlas en el desempeño de sus tareas de madres ó de 
encargadas de los hogares abandonados por los hombres. 

Y ha dejado huella memorable en los combates del Al- 
to Perú, la mujer-soldado. Refiere el deán Funes en su 
♦:Ensayo de la historia civ¡l>, que el comportamiento de 
las mujeres de Cochabamba en uno de los encuentros con 
el ejército realista «fué tan heroico, que para su eterna me- 
moria y encender la llama del patriotismo, un ayudante en 
cada cuerpo del ejército del Perú, á la lista de la tarde, lla- 
maba: ^<las mujeres de Cochabamba», como si estuvieran 
presentes, á lo que contestaba un sargento: «-murieron en el 
campo del honor». 

Dice el doctor López («Historia de la República Ar- 
gentina»), que cuando San Martín iba efectuando el pasaje 
de los Andes, sirvió de guía al ejército una mujer loca. Per- 
tenecía á una familia de Rancagua, y había perdido la ra- 
zón á consecuencia de los horrores de la guerra. Desde en- 



LA EDAD DE PIEDRA 387 

tonces vivía en las breñas de la cordillera. En la noche de 
la batalla de Cbacabiico, fué encontrada según la leyenda 
en momentos en que iba poniendo cara arriba todos los ca- 
dáveres, para ver si descubría entre ellos al feroz capitán 
Zambruno, del regimiento de Talaveras, autor de las fe- 
chorías lealizadas en Rancagua. Ese Zambruno y sus cóm- 
plices, agrega el doctor López, fueron fusilados y colgados 
en una horca después de la batalla. 

La loca de Chacabuco, es la 'exteriorización del senti- 
miento de espanto que de un extremo á otro del continente 
en armas producían el derramamiento de sangre y el exce- 
so de crueldades en que rivalizaban patriotas y realistas, 
estimulados por los hombres de pensamiento, por las cabe- 
zas directrices, por los que daban impulso y orientación al 
movimiento. 

¿Hay algo parecido á esas carnicerías, en el campamento 
de Purificación, donde los españoles sospechosos no sufrían 
otras torturas que las del trabajo de labranza para ganarse 
el sustento, mientras los criollos morían en defensa de su 
libertad? 

El libelista Cavia, que al ocuparse de la juventud de Ar- 
tigas acumuló toda suerte de crímenes fantásticos para 
hacer odioso al personaje, no se atrevió á extender la le- 
yenda al campamento del Hervidero y encontró más pru- 
dente formar sus tablas de sangre con la crónica de un 
centenar de asesinatos comunes cometidos en el espacio de 
ocho años, en todo el extenso teatro de las provincias so- 
metidas á la bandera federal. ¿Por qué no transportó el in- 
fiei-no á Purificación? Porque la mentira habría resultado 
demasiado burda y era imposible estamparla frente á fren- 
te de los numerosos jefes, oficiales y soldados que arrastra- 
dos allí á raíz de las victorias artiguistas, habían obtenido 
su inmediata libertad, sin experimentar vejámenes de nin- 
guna especie. 

¡Triste suerte la de Artigas! Mientras él defendía la 
vida de los prisioneros, con más ahinco que la suya pro- 
pia, casi todos los prohombres de la guerra de la indepen- 



388 JOSÉ ARTIGAS 

íleucia mataban sin piedad ú los rendidos y algunos de 
ellos mataban hasta bartarse, como Bolívar. Y sin embargo, 
los mismos historiadores que procuran olvidar piadosa- 
mente los crímenes verdaderos y declaran con justicia que 
sus autores son grandes servidores de la patria, se empe- 
ñan en mantener una leyenda desmentida por la tradición, 
para exhibir al jefe de los orientales como un monstruo. 

LTn monstruo, sí. Pero, no por sus crímenes, sino por 
las ideas políticas y la conducta humanitaria con que se 
alzaba por arriba de los más altos niveles de su época! 

Pero, no anticipemos juicios que vendrán á su debido 
tiempo. 

Tenemos que terminar el estudio del medio ambiente 
en que se desenvolvió Artigas. Y para hacerlo, necesita- 
mos complementar los cuadros de sangre, con los cuadros 
de los saqueos, confiscaciones y contrabandos que ofrece el 
movimiento revolucionario en el Río de la Plata y que dan 
idea del estado de su sociabilidad y de las prácticas admi- 
nistrativas corrientes. 



CAPITULO VI 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 



Sumario: — La desorganización social de la madre patria en la vís- 
pera de la Revolución. Ataques á la propiedad en las Provin- 
cias Unidas. Para combatirlos, es necesario recurrir constante- 
mente á la pena de muerte. Saqueos en pleno Buenos Aires. Un 
saqueo en la campaña oriental y ejecución de sus autores en la 
Plaza Mayor de Buenos Aires. Saqueos de los portugueses en 
la Banda Oriental. Saqueos oficiales y confiscaciones. Los bie- 
nes de los españoles pasan al Fisco. Confiscaciones en la plaza 
de Montevideo á raíz de su ocupación por el ejército de Alvear. 
Confiscación de los bienes de los partidarios de Artigas. Cuáles 
eran los procedimientos financieros del general San Martín. El 
héroe de los Andes abría balijas postales para extraer el dinero 
de los particulares. Las confiscaciones y el gobierno de Puey- 
rredón. Un saqueo en el Paraná realizado por orden del gene- 
ral en jefe y aprobado por el Directorio. Saqueos cometidos en 
Santa Fe por los generales de Buenos Aires. Los saqueos del 
ejército según el general Paz. Forma en que se repartían los 
tapados del Alto Perú. Artigas y su medio. 

La (Ie.«»o]'g'anizacióu social eu la luadrc patria. 

La corriente de hombres y de ideas, procedentes de 
España, de que se nutrían las colonias, no era ciertamente 
la más indicada para fomentar los hábitos de respeto á la 
vida y á la propiedad. 



390 JOSÉ ARTIGAS 

El mismo año en que fué descubierta la América, re- 
conquistaba n los españoles el territorio de Granada, últi- 
mo baluarte de los árabes en la península, terminando 
así la guerra de cristianos y moros después de ocho siglos 
de lucha, en que se libraron más de tres mil batallas, val- 
ga el cálculo que reproduce el «Bosquejo Histórico» del 
doctor Berra. 

¡Qué herencia, la que recibían los colonizadores de 
América ! 

Con razón, el teniente general don José Andonaegui, 
creador de la afamada milicia rural de los Blandengues, 
cuyo gobierno se extiende de 1745 á 1756, decía justifi- 
cando su encarnizada persecución á los indígenas, «que el 
mejor bautismo era el de sangre» (Juan María Gutiérrez, 
«De cómo se celebraba en Buenos Aires la coronación de 
un Rey católico», Revista del Rio de la Plata). 

Del estado de España en la víspera de la independen- 
cia americana, cuando surgían á la vida los militares y los 
estadistas que habían de planear el movimiento, da idea 
esta síntesis del gobierno de Carlos III que extractamos 
de la «Historia de la República Argentina» por don Vi- 
cente López: 

Todas las ciudades españolas y muy especialmente la 
de Madrid, soportaban una gran plaga: la plaga de la ple- 
be asquerosa y embrutecida que no sabía trabajar, ni en- 
tendía de industria alguna, que se alimentaba con los ali- 
mentos que se repartían á la puerta de los conventos, que 
pasaba el día en las tabernas, y de noche robaba ó ase- 
sinaba, confundiéndose en esa podredumbre los mismos 
nobles, estudiantes é hijos de familias acomodadas, en la 
intimidad de los actos ilícitos, cubiertos todos por un dis- 
fraz perfectamente iguab consistente en una capa con la 
que se cubrían desde más arriba de la nariz hasta los ta- 
lones, del mismo color de pasa obscuro, y cubierta la ca- 
beza con un sombrero chambergo de alas extensas y caí- 
das sobre la frente. Cuando uno de ellos quería robar ó 
asesinar con su navaja, podía hacerlo y lo hacía impune- 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 801 

mente, porque á dos pasos del lugar del crinien, criminal 
y transeúntes se confundían totalmente. No había alum- 
brado publico ni en Madrid mismo, cuyas calles queda- 
ban así entregadas á todos los crímenes promovidos por 
aquella plebe que dormía en los atrios de las iglesias, en 
los portales, en las aceras y en los umbrales. La suciedad 
era de ley y hasta obligatoria, por la falta casi absoluta de 
agua para el lavado. 

Contra esa plebe y contra los jesuítas que constituían 
la segunda plaga de España, se alzó Carlos III, estimula- 
do por el Marqués de Esquiladle. Para transformar la 
atmósfera clerical reinante, dictó varias medidas: el inqui- 
sidor general de España fué desterrado, por haber promul- 
gado el breve que prohibía la circulación de un libro con- 
denado por la Congregación del índice, estableciendo el 
rey con tal motivo que en adelante ni el inquisidor ni 
los nuncios podrían publicar bulas ó breves que previa- 
mente no hubieran recibido la aprobación real, ni prohi- 
bir libros que antes no hubieran sido prohibidos por la 
secretaría de Gracia y Justicia, previa audiencia al autor 
ó á quien quisiera defender su obra. Los jesuítas sintie- 
ron el golpe de unas medidas que podían ir hasta desalo- 
jarlos de sus privilegiadas posiciones en las colonias. Las 
reducciones que habían fundado en el Paraguay, consti- 
tuían un verdadero Estado dentro del Estado, siendo ellos 
á la vez tutores, jueces, padres y arbitros de ciento cin- 
cuenta mil indios civihzados. 

Todo estaba preparado para el conflicto, y el conflicto 
estalló a causa del alumbrado público que se proyectaba 
introducir en Madrid, mediante el empleo de tejuelas con 
grasa y mechas de algodón. La plebe juzgaba atacado su 
derecho á vivir en la obscuridad. Alumbrar la escena era 
atentar contra las inmunidades y derechos del pueblo. Se 
inició, pues, una gran campaña i^ontra las tejuelas, que el 
pueblo rompía, persiguiendo y estropeando ademjlsá los em- 
pleados encargados de su cuidado. Y todo esto al invaria- 
ble grito de «¡Muera Esquilache! > El 10 de mayo de 1760, 



392 JOSÉ ARTIGAS 

se dictó otro decreto más sensacional: nadie debía andar 
por las calles, de día ó de noche, con capa larga ni con 
chambergo «porque (decía el decreto) ese traje da á las gen- 
tes de España aire de poco aseadas y aspecto de bandole- 
ros». De acuerdo con el mismo decreto, los transeúntes de- 
bían cortar la capa á la altura de la rodilla y levantar las 
alas de los chambergos hasta formar tres picos como los 
sombreros de los militares. No habiéndose dado cumplimien- 
to al decreto, salieron por las calles piquetes de soldados, con 
sastres provistos de tijeras para cortar capas, y de agujas 
para el arreglo de las alas de los sombreros. 

Pero los jesuítas se pusieron al frente de quince ó veinte 
mil hombres de capa y el rey tuvo que capitular, sacrifi- 
cando á su ministro Esquiladle. Continuó sin embargo el 
movimiento contra el clericalismo y contra la plebe. Carlos 
III se rodeó de otros hombres eminentes que siguieron el 
plan, destacándose entre ellos el Conde de Aranda, el Con- 
de de Florida Blanca, el Conde de Campomanes y don 
Manuel de Roda, que se convirtieron en los grandes jefes 
del partido liberal. El Conde de Aranda, de la intimidad de 
Diderot y D'Alembert, puso el concurso de España al ser- 
vicio de los armamentos con que la Francia ayudaba á las 
colonias norteamericanas para sacudir el yugo de la Metró- 
poli. Deseal)a contener el desarrollo marítimo de la Ingla- 
terra. Más tarde, cuando observó el curso de los sucesos en 
los Estados Unidos, proyectó la creación de cuatro monar- 
quías diferentes desde Méjico hasta el Río de la Plata, con 
príncipes de ¡a casa real de España, El Conde de Florida 
Blanca, que como el Conde de Aranda, llegó á figurar en- 
tre los primeros estadistas de su siglo, entendía que había 
pasado la época de los gobiernos absolutos y se inclinaba 
decididamente á las prácticas del régimen inglés. 

Con ayuda de esos nuevos elementos prosiguió el plan 
de reformas. El Conde de Aranda fué nombrado capi- 
tán general de Castilla, con gobierno absoluto en la capi- 
tal. Ocupaba en esos momentos la jefatura del partido li- 
beral. El estado de intensa agitación fué combatido por 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 393 

medidas extreaias: prisiones, deportaciones, desapariciones 
misteriosas. Las tropas recorrían las calles acompañadas de 
sastres que detenían á los transeúntes para cortarles las ca- 
pas hasta la rodilla, rabonearles los sombreros y tuzarles el 
pelo largo. Todos los vagos y pordioseros fueron recogidos 
en hospitales y hospicios donde tenían que trabajar, y se 
arrojó de la capital á todos aquellos que no tenían un ofi- 
cio. Lo mismo se hizo en todas las otras ciudades donde el 
desorden había asomado. 

Al propio tiempo se abrió un sumario á los clerica- 
les, cuyas averiguaciones dieron mérito al decreto de 27 de 
febrero de 1767 que expulsó del reino á todos los jesuítas 
y mandó ocupar sus bienes temporales como propiedades 
de la nación. En una noche dada y sin que nadie se hu- 
biera dado cuenta de la medida, se cumplió la toma de los 
conventos y colegios y fueron llevados al destierro sus mo • 
radores. En las colonias americanas fué también cumpli- 
da la orden. La expulsión de los jesuítas quedó complemen- 
tada con el decreto de extinción de la Compañía, gestionado 
y obtenido del Papa por la diplomacia española. 

Otras reformas realizaron Carlos III y sus grandes mi- 
nistros: fueron reconcentradas en el poder civil todas las 
resoluciones políticas y administrativas con que la Iglesia 
romana podía tocar la autoridad del rey sobre sus sub- 
ditos ó intervenir en el gobierno y dirección de sus pue- 
blos; se afirmó el derecho del poder civil á entender de una 
manera directa en el nombramiento de obispos, prelados y 
curas, reglamentación y disciphna de conventos, sujeción 
completa de los eclesiásticos á las leyes del reino; se repobló 
el territorio español con colonos de Alemania, Suiza, Ho- 
landa y Bélgica, que debían formar escuelas modelos de 
agricultura; se decretó el reparto de tierras entre las clases po- 
pulares; fué declarada libre la exportación de granos; se dio 
incremento á la creación de fábricas de tejidos; se declaró que 
los artesanos virtuosos y laboriosos, podían ser ennobleci- 
dos con la orden de Carlos III, como los hombres de cual- 
quier otra profesión; se organizó la jurisdicción ordinaria 



394 JOSÉ ARTIGAS 

civil con supremacía sobre el fuero eclesiástico y militar; se 
reformó el sistema tributario, creándose la contribución 
directa; organizáronse colegios reales de instrucción litera- 
ria en la casa de la extinguida Compañía de Jesús y se fun- 
daron universidades; se creó como adjunta á la Sociedad 
Económica Matritense una Junta de Damas á cuyo car- 
go se puso la dirección y gobierno de las escuelas y 
el fomento de los trabajos y ramos industriales propios del 
bello sexo; se resolvió que la misma Sociedad Económica 
Matritense señalaría premios á las virtudes personales; fué 
declarado libre el ejercicio de las artes, de las industrias y 
de los trabajos; creáronse pensiones fijas para mandar jó- 
venes á estudiar artes útiles y ciencias en el extranjero; se 
fundó el Museo del Prado con un observatorio astronómi- 
co, un jardín botánico, colecciones y aulas de mineralogía y 
zoología, gabinetes de física y de química; se creó el Banco de 
San Carlos; se mandó levantar una indagación sobre la In- 
quisición y el juicio que la opinión pública tenía de ella, con la 
mira de aboliría, pero cuando llegó la oportunidad de resol- 
ver, juzgó el rey que la masa miraba tuda vía con respeto á 
la Inquisición y dijo: «dejémosla, puesto que la quieren: 
lo que es á mí no me estorba»; se anuló, sin embargo, la in- 
fluencia de la misma Inquisición, cuando ésta quiso proce- 
sar á Aranda, Florida Blanca, Campomanes y Roda á tí- 
tulo de «partidarios de la moderna filosofía, impíos y ene- 
migos de la Iglesia», estableciéndose por un decreto i'eal que 
en adelante sólo conocería de las causas de berejía y aposta- 
sía de sacerdotes y que estos mismos procesos debían so- 
meterse á la aprobación del rey, con lo cual quedó reducida 
á un espantajo sin vida; se estableció para el gobierno del 
rey una Junta de ministros á !a que cada uno debía llevar 
los asuntos que se refiriesen á la política ó tocasen el ra- 
mo de algún otro ministerio, como medio de que todos 
contribuyesen á su resolución, de conformidad á la fecun- 
da reforma iniciada por Lord Chatbam en el gabinete 
inglés. 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 395 



La propiedad en lai^ provincias arg^entinas. 

Eran tan corrientes y tan graves los robos durante el 
período revolucionario, en la niisnia ciudad de Buenos Ai- 
res, que el gobierno de Cliiclana, Passo y Sarratea, se creyó 
en el caso de expedir el bando de 4 de octubre de 1811, 
por el cual se aplicaba á los ladrones la pena de horca con 
derogación de todo fuero, privilegio, clase ó excepción, eu 
todo el distrito de doce leguas en contorno de Buenos Aires, 
debiendo los reos ser juzgados militarmente y las causas 
estar concluidas en el perentorio término de diez días y las 
sentencias ser dictadas por el mismo gobierno ó por espe- 
cial comisión suya, con exclusión de toda otra justicia ó 
autoridad (Zinny, «Bibliografía Histórica ->>). 

Caracterizando el estado de profundas inquietudes del 
año 1812, en que el sistema de las ejecuciones sumarias 
estaba á la orden del día con el aplauso de todos los hom- 
bres de principios y de los mismos historiadores, dice el 
doctor López («Histoi'ia de la República Argentina») lo 
que extractamos á continuación: 

Suprimidas las inquietudes del ejército portugués y de- 
clarado independiente el Paraguay, pudo el gobierno de 
Buenos Aires dedicarse á la guerra contra Goyeneche y 
Vigodet y á la mejora de la administración interna que 
dejaba grandemente que desear. Numerosas bandas de sal- 
teadores y asesinos poblaban el ejido y los suburbios de 
Buenos Aires, y en medio del día, á la hora de la siesta, se 
introducían al centro de la ciudad y consumaban sus sa- 
queos. En pleno año 1833 una gavilla entró á las tres de 
la tarde y saqueó una casa de comercio situada á dos cua- 
dras de la Plaza Victoria. Ya puede juzgarse délo que su- 
cedería en 1812. El vecindario vivía aterrado. Por decreto 
de abril 2 de 1812, fué creada la Comisión de Justicia para 
el enjuiciamiento rápido y sin forma de proceso y el cas- 
tigo inmediato, sin excluir la condenación á muerte, que 
resultó la pena más frecuente. En su manifiesto, decía la 



396 JOSÉ ARTIGAS 

Comisión de Justicia que era «necesario abrir un paréntesis 
á todas esas formas y i-itiialidades ordinarias que no pue- 
den sostenerse sin peligro inminente del resto de la comu- 
nidad». Agregaba el manifiesto, que los miembros de la 
Comisión «no se dejarían arrastrar por principios de hu- 
manidad^). Pronto comenzó á funcionar la Comisión apre- 
hendiendo vagos [\A-í\ el servicio délas armas y realizando 
una caza abundantísima de bandoleros que no tardaban 
muchas horas en ser conducidos á la horca. Se creó también 
la Intendencia Territorial de la capital, cuya policía formi- 
dable llegó á constituir un auxiliar poderoso para la Co- 
misión de Justicia, aprehendiendf> los bandoleros que ésta 
juzgaba y ejecutaba, cuando la misma policía no adelanta- 
ba por su propia cuenta la pena. 

El desorden que describe el doctor López, debió seguir 
en aumento á juzgar por la actitud que se consideró obli- 
gado á asumir el propio Congreso de Tucumán. Mediante 
el decreto de 26 de junio de 1817, quedó constituida una 
Comisión compuesta del general Marcos González Balear- 
ce y de los doctores José Ugarteche y Pedro Francisco del 
Valle, para entender breve y sumariamente en las causas 
por robos que se perpetrasen en Buenos Aires (Zinny, 
« Gaceta de Buenos Aires »). 

Hablando de los procedimientos rápidos, recuerda Car- 
los María Ramírez («Artigas»), que el famoso comandante 
Alcaraz ahorcaba bandoleros por su cuenta y riesgo en los 
suburbios que hoy son barrios opulentos de Buenos Aires, 
y que en 1869 el doctor Vélez Sarsfield, como ministro 
del gran Sarmiento, defendía á los Alcaraz del interior, 
invocando una ley recopilada que autoriza la ejecución 
sumaria de los salteadores de caminos. 

I>os ciiadro!i4 «le la época. 

Son relativos á la Banda Oriental. 

El primero, ha sido trazado por el doctor Vicente G. 
Quesada en la «Revista de Buenos Aires» y puede resu- 
mirse así: 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 397 

El IG de agosto de 1801 fué asaltado y saqueado el 
pueblo de las Víboras eu la Banda Oriental, por una par- 
tida de quince á veinte hombres al mando del capitán Pa- 
lomino y de su segundo Martín Pereyra (a) «Chu'ú ». Rea- 
lizado el saqueo, se anunció una segunda entrada para el 
robo de las mujeres, y bajo ese nuevo amago se dirigió un 
chasque al comandante militar de la Colonia. La cuadrilla 
marchó, sin embargo, á la estancia de don Francisco Albín, 
comandante de voluntarios de caballería de la Colonia. 
Durante el saqueo, se anunció la llegada del subteniente 
Casas con un piquete de siete vecinos armados. Casas 
atacó y venció á los bandidos. Palomino y dos de sus 
secuaces murieron; diez fueron hechos prisioneros; los de- 
más huyeron. Fueron conducidos los diez bandoleros á 
Buenos Aires. El 10 de noviembre de 1801, un consejo 
de guerra compuesto por José García Martínez de Cace- 
res, Juan Antonio Olondroz, eJuan Tomás Estrada, Fran- 
cisco Javier Pizarro, Miguel Marín, Pedro Ballestero, José 
Píriz, Juan Antonio Albarracín y Manuel Lezica, dictó 
sentencia contra los acusados «de haber asaltado y robado 
el pueblo de las Víboras, robado la casa de don Francisco 
Albín, hecho resistencia á una partida de tropa de Blan- 
dengues de esta frontera que los aprehendió, y otros excesos 
que cometieron», condenando á nueve de los procesados 
«á que sufran la pena de ser ahorcados y descuartizados y 
se pongan por los parajes y caminos donde cometieron los 
delitos >. Al otro procesado, le fueron impuestos doscientos 
azotes y diez años de presidio. La sentencia fué elevada en 
consulta al virrey, el cual se expidió el 2 de diciembre de 1801 
aprobando las penas con esta sola modificación: «que el 
reo principal Martín Pereyra (a) «Curú» deberá única- 
mente ser descuartizado y que á los demás reos compren- 
didos en la causa se les debe cortar la cabeza y manos, 
para que colocadas una y otras en las entradas y salidas 
del pueblo de las Víboras, en las inmediaciones de la estan- 
cia de don Francisco Albín y en los principales caminos 
desde la Colonia hasta el pueblo de Santo Domingo de 



398 JOSÉ ARTIGAS 

Soriano y capilla de Nuestra Señora de Mercedes, sirvan 
de público escarmiento á otros malhe?liores^>. El 5 de di- 
ciembre del mismo año, los nueve reos fueron llevados á 
la plaza mayor de Buenos Aires y allí ahorcados, practi- 
cándose luego la diligencia de descuartizar al principal y 
de cortar á los demás la cabeza y las manos, para ser 
acondicionadas y remitidas á su destino, según así consta 
en «El Telégrafo Mercantil», único periódico que se publi- 
caba entonces en la capital del virreinato. 

El segundo cuadro, lo traza el estanciero don José An- 
tonio Incliaurbe, poseedor de extensos campos en Tacua- 
rembó, en carta al también estanciero don Cristóbal Sal- 
vañach. Describe el autor en esa carta, datada el 8 de mayo 
de 1812, uno de los tantos saqueos realizados por las cua- 
drillas de bandidos que salían de territorio brasileño y se 
internaban en la Banda Oriental, llevándose todos los ga- 
nados y demás intereses, con la complicidad de las autori- 
dades fronterizas portuguesas. (Maeso, «Artigas y su épo- 
ca»). 

Dos partidas de forajidos portugueses asaltaron la es- 
tancia de Inchaurbe, amarrando á los pobladores y sa- 
queando absolutamente todo lo que hallaron á mano. Se 
llevaron ganados en número de tres mil cabezas. Inchaurbe 
y sus peones fueron estaqueados y conducidos de una es- 
tancia á otra, bajo el incesante temor de que se les arreba- 
taría la vida. 

«No sólo es este hecho, sino otros de igual jaez que 
han ejecutado por todas las poblaciones de la tierra, 
como anuncié á usted en mi anterior y á este tenor pre- 
veo con toda seguridad que antes de muy poco tiempo 
van á dejar á todo hacendado de esta banda del Río Negro 
en disposición y al amparo de un capacho para pedir li- 
mosna. Por lo que me acaba de decir el capataz de usted, 
Melchor, le han hecho ingentes arreadas, pues dice que por 
el puesto de Baltas casi no se ve ganado. A Zamora (don 
Cosme), Gari (Manuel Vázquez), España (don Félix), Sáenz 
y á Cardoso, según noticias les han hecho lo mismo, vali- 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 399 

dos del desamparo de gente en que se hallfiu las estancias, 
y cuando últimamente tienen la osadía y atrevimiento de 
hacer lo que han hecho conmigo, no debemos esperar más 
que hacer un total abandono, porque de lo contrario nos 
exponemos á ser víctimas de nuestros propios intereses >. 
Termina la carta, expresando que los comandantes por- 
tugueses «con los introductores ladrones se dan la mano 
unos á otros y se cubren éstos á la sombra de aquéllos, que 
este inicuo comercio es tan antiquísimo como sabida de los 
muchachos es la doctrina». 

Saqueos oficiales y confiscaciones. 

Sólo vamos á enumerar los más notables: 

I En su célebre informe de 30 de agosto de 1810 (Bi- 
bHoteca del Ateneo de Buenos Aires, tomo 1.°), el doctor 
Mariano Moreno aconsejaba la sanción de estas tres cláu- 
sulas á título de medidas para consolidar la independencia 
y la libertad: 

«Los hacendados que por seguir el partido contrario 
abandonasen sus casas, criados y haciendas^ se les llamará 
por edictos públicos, y si á los terceros no compareciesen, 
se considerarán sus haciendas, ganados, caballadas y de- 
más que sean de su pertenencia, como bienes legítimos de 
la patria y servirán para la manutención del ejército en la 
dicha campaña-. 

Serán secuestrados todos los buques españoles, con sus 
carganaentos, «aun cuando sean sus dueños individuos que 
justifiquen no haber intervenido en favor ni en contra, rae- 
diante á que son los principales enemigos contra quienas 
hacemos la guerra en defensa de nuestros derechos». 

«Todas las fincas, bienes raíces y demás de cualquier 
clase de los que han seguido la causa contraria, serán se- 
cuestrados en favor del erario público». 

a Días antes de presentarse este informe, la Junta Gu- 
bernativa de Buenos Aires, por su bando de 31 de julio 
de 1810 (Zinny, «Bibliografía Histórica»), decretaba la 



400 JOSÉ ARTIGAS 

confiscación general contra todos los que se ausentasen 
de la ciudad sin licencia del gobierno, imponiendo á la 
vez < confiscación del barco y cuatro años de cadena á 
todo patrón de buque que condujere pasajeros sin la refe- 
rida licencia del gobierno; imponía todo género de penas, 
basta el último supHcio, al que retuviese armas del rey; y 
mandaba arcabucear al que se sorprendiese en correspon- 
dencia con individuos de otros pueblos». 

3- Dice el deán Funes («Ensayo de la bistoria civil»), 
ocupándose de las penurias financieras del año 1812, que 
«la escasez del ei'ario fué auxibada con una represalia de 
propiedades enemigas», y agrega que desde enero de 1812 
basta octubre de 1817, babían entrado al erario de perte- 
nencias extrañas, 1:380,837. 

4- Por el bando del 13 de enero de 1812, el gobierno 
de Buenos Aires bizo obbgatoria la denuncia, en el peren- 
torio término de cuarenta y ocbo boras, de los dineros ó 
especies de todo género pertenecientes á sujetos de Espa- 
ña, Brasil, Montevideo y territorio de la obediencia de su 
gobierno ó del virreinato de Lima (Zinny, <: Bibliografía 
Histórica )). 

5 Pocos días después de entrai- á la plaza de Montevi- 
deo, publicó Alvear su bando de 4 de julio de 1814, orde- 
nando: que todas las cantidades resultantes de testamen- 
tarías, consignatarios, babibtaciones, legados y otros con- 
ceptos, pertenecientes á sujetos residentes en la península, 
virreinato de Lima y demás pueblos de América subyuga- 
dos á las armas de aquélla, fueran manifestados en el tér- 
mino perentorio de cuarenta y ocbo boras, so pena de con- 
fiscación de )a mitad (h sus bienes á los ocultadores ó re- 
misos. Igual manifestación imponía el bando á todos los 
deudores de sujetos radicados en dicbos países. Y agrega- 
ba, que después de transcurrido el plazo prefijado de cua- 
renta y ocbo boras, se admitirían denuncias de caudales ó 
deudas ocultadas, perteneciendo la tercera parte al denun- 
ciante. 

De los increíbles abusos cometidos, mediante estas y otras 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 401 

medidas complementarias adoptadas por las autoridades de 
Buenos Aires durante su dominación en la plaza de Mon- 
tevideo, dan idea los siguientes documentos oficiales: una 
representación de la diputación del comercio, del 9 de enero 
de 1 81 5, al doctor Herrera, comisionado del gobierno argen- 
tino, pidiendo se suspendan las contribuciones mientras se 
estudia alguna reforma que impida que al que debe pagar 
mil se le cobre cien y al que debe pagar cien se le exijan 
mil; una representación del Cabildo de 10 de febrero de 
1815 al mismo comisionado, clamando contra el secuestro, 
la prisión y todas las demás medidas dictadas para extraer 
contribuciones, cuyo resultado principal era que estuviesen 
engrillados en la cárcel por no poder pagar su cuota, los 
que eran el único sostén de sus familias; y una exposición 
del propio comisionado argentino al gobierno de Buenos Ai- 
res, de 14 de febrero de 1815, en la que después de na- 
rrarse los hechos extremos de embargos que llegaban hasta 
los útiles de los negociantes y los muebles de las casas, se 
habla de las dificultades de «terminar la guerra de la Ban- 
da Oriental y al mismo tiempo fomentar una de sus cau- 
sas, como don José Artigas supone serlo el tratamiento de 
este vecindario». Concluye la exposición «llamando la 
atención suprema hacia el clamor general del vecindario, 
hacia el llanto de las familias, hacia el desierto que se ha 
formado en el seno de la mejor población, y sobre todo ha- 
cia las consecuencias que debemos esperar si empeñados en 
sostener providencias, nada hiciéramos por suavizar este 
cáncer que va devorando la influencia del gobierno supre- 
mo y estableciendo sobre su propia debilidad los triunfos de 
un soldado á quien no pueden oponerse las armas por cau- 
sa de que supongo á V. E. informado, ni el concepto ni el 
clamor del pueblo por que no trabajamos para ganarlo». 
(Maeso, «Artigas y su época»). 

Reproducimos la circular con que se intimó al comercio 
la entrega inmediata de una fuerte cantidad de dinero (Ar- 
chivo General de la Nación Argentina): 

«La conservación del Estado es el primer deber del ma- 

josí; AuriGAS— 2ü. t. i. 



402 JOSÉ ARTIGAS 

gistrado supremo encargado de la administración: y la con- 
currencia por todos los meilios posibles á sostener el respe- 
table derecho de la seguridad general una obligación inhe- 
rente á todo hombre que vive en sociedad. Fundado en es- 
tos principios elementales de derecho público el director 
supremo, y necesitando hacer cuantiosos gastos para arro- 
jar del Perú al enemigo que lo tiraniza se ve en el caso de 
ordenar á usted que en el preciso término de ocho días en- 
tregue indispensablemente en la Tesorería de esta ciudad la 
suma de pesos, que está calculada para llenar el con- 
tingente que debe levantarse para tan importante objeto: 
lo que prevengo á usted de orden de S. E. para su más 
pronto y exacto cumplimiento, debiendo usted presentar 
esta orden en la Tesorería del Estado para que su ministro 
se forme el cargo con arreglo á ella. — Montevideo, agosto 
10 de 1814.— Firmado, Doctor Pedro P. Vídah. 

Entre los numerosos vecinos de la plaza de Montevideo 
á quienes fue dirigida la intimación, anotamos los siguien- 
tes: Taraval, pesos 500; Osio, 500; Vázquez, G.OOO; Diago 
2,000; Gómez, 3,200; Carrera, 1,500; Bolo, 0,000; Rivas, 
2,000; Fernández, 5,000; Soldado, 0,000; Vizcaíno, 500; 
Duran, 0,000; Muñoz, 1,000; Fernández, 2,000; García, 
2,000; Carrer, 2,500; Chopitea, 1,200; Nuet, 1,000; Peña, 
1,700; Adamas, 4,000; Vidal, 1,500; Zabala, 1,000; Pasa- 
no, 1,500; ürioste, 1,500; Bustiago, 2,000; Díaz, 5,000; 
Agell, 500. 

De la importancia de las sumas extraídas, da idea un 
recibo del teniente Izquierdo por 40,000 pesos recolecta- 
dos hasta el 2 1 de agosto, por los siguientes conceptos: 
5,900 pesos de depósitos de las cajas del Estado y 84,1 00 
del empréstito extraordinario. Y de la índole de los procedi- 
mientos empleados, da idea la documentación relativa al 
pago parcial de la cuota exigida al comerciante don Ma- 
nuel Diago, quien entregó por concepto de chancelación O 
telescopios y 1 microscopio que fueron enviados á Bue- 
nos Aires para su tasación y entrega al gobierno. 

Léase esta otra circular de 2 de noviembre de 181L 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 403 

que dirigió el gobierno de Buenos Aires á los jefes Blas 
José de Pico, Miguel Estanislao Soler y comandante gene- 
ral de la Banda Oriental (Archivo General de la Nación 
Argentina): 

«Considerando el director supremo que los medios de 
suavidad y condescendencia empleados hasta ahora con los 
que desgraciadamente siguen el partido de don José Arti- 
gas, no han surtido los efectos deseados, ha venido en ra- 
tificar las medidas tomadas por el general Carlos Alvear, 
sobre la confiscación de los bienes raíces y muebles de los 
americanos que siguen al i'eferido Artigas y á los jefes de 
sus divisiones, toda vez que no se presenten y vuelvan á sus 
hogares dentro del término de cuarenta días contados desde 
la publicación de esta orden, en la seguridad de que con 
respecto á los que así lo verifiquen, el gobierno echará un 
velo sobre lo pasado como lo ofrece en nombre de la pa- 
tria; pero en cuanto ú los obstinados que aun no quisieran 
aprovecharse de esta gracia que el director superior conce- 
de en obsequio á la concordia, sus bienes se repartirán á los 
americanos patriotas, que siguiendo el sistema de la Unión, 
único que salva el territorio de los peligros que lo cercan, 
obedecen al gobierno de las Provincias Unidas. Así lo co- 
munico á V. S. de orden superior, para que lo haga noto- 
rio en el distrito de su mando». 

6 ¿Eran más correctos los procedimientos financieros 
(k4 héroe de los Andes, para hacerse de recursos? Oigamos 
al general Mitre («Historia de San Martín»): 

Como intendente de Cuyo en 1814 y 1815, impuso con- 
tribuciones forzosas entre los que merecían la indignación 
pública, según la expresión de la época, por ser contrarios 
al sistema de la libertad. Con tal motivo decía San Mar- 
tín: «Me veo en la necesidad de tocar medios tal vez vio- 
lentos, sin los trámites debidos. La absoluta escasez de nu- 
merario compromete la suerte de esta provincia. Apenas 
puedo contar con tres mil quinientos pesos mal pagados de 
la contribución extraordinaria. Empeños contraídos con las 
tropas y donativos recolectados por el Cabildo, multas 



404 JOSÉ ARTIGAS 

arrancadas con infernal substanciación, préstamos de par- 
ticulares, todo se ha tocado». «Y poco después, dando cuen- 
ta de otros donativos arrancados en San Luis y en San 
Juan, decretaba un nuevo empréstito forzoso de 18,000 
pesos sobre los residentes españoles, con el compromiso de 
satisfacerlo en mejores circunstancias, agregando })or con- 
clusión: «no he tocado aun el recurso de los indiferentes, 
porque los exceptúo para el último apuro». 

Pero estos eran expedientes y era necesario organizar 
un sistema financiero que no matase la gallina de los 
huevos de oro y aquí es donde se revela el genio observa- 
dor y previsor de San Martín, dice Mitre, Secuestráronse 
los bienes de los prófugos; pusiéronse en almoneda las 
tierras públicas; creóse una contribución extraordinaria de 
guerra pagadera por cuotas mensuales; se recogieron los ca- 
pitales á censo pertenecientes á manos muertas, usando de 
sus intereses; se dispuso del fondo de redención de cau- 
tivos de los frailes mercedarios, para redimir otros cautivos; 
se organizai'on las donaciones gratuitas en especie y en di- 
nero; realizáronse las propiedades de las temporalidades de 
la provincia; se apropiaron los diezmos al servicio civil; se 
gravó con un peso cada barril de vino y con dos cada uno 
de aguardiente que se extrajese del territorio, con el carác- 
ter de contribución voluntaria; el producto de los alcoholes 
se aplicó al servicio militar; fueron declaradas de propiedad 
pública las herencias de españoles que falleciesen sin suce- 
sión. Sólo por excepción hacíase uso del arbitrio de em- 
préstitos forzosos. 

En un bando de G de junio de 1815, destinado á re- 
forzar los recursos públicos, expresábase así San Martín: 
«Yo graduaré el patriotismo de los habitantes de esta pro- 
vincia por la generosidad, mejor diré, por el cumplimiento 
de la obligación de sus sacrificios. Al indolente se lo arran- 
caré imperiosamente á la fuerza, estrechado á servir la ley 
déla se2;uridad individua] v í^eneral». 

Dando más tarde cuenta al gobierno de ese bando lanza- 
do con motivo de amagos de expedición española, decía el 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 405 

14 de agosto de 1815: « La necesidad de existir, es la pri- 
mera ley de los gobiernos. Si esta proposición presentase 
nn semblante de violencia, desaparecerá al pnnto se vuel- 
van los ojos á la dura alternativa en que nos hallamos. 
Los remedios se adoptan según el carácter de los males, y 
cuando peligra la salvación todo es justo menos dejarla pe- 
recer.^. 

En sus «Anales Históricos de la Revolución de la Amé- 
rica Latina», reproduce Calvo dos de los bandos financie- 
ros del general San Martín, datados en Mendoza. 

Uno de ellos, es de 4 de octubre de 1815 y va dirigido 
«á los españoles europeos»: 

«Todos hemos jurado ante las aras de la patria conse- 
guir nuestra independencia ó perecer en la demanda. Para 
cumplir tan justo compromiso, es de urgente necesidad 
mantener las tropas, que presentando sus pechos á los pe- 
ligros, han de escarmentar á los tiranos y salvar luiestra 
existencia. Los recursos los hemos de buscar entre nos- 
otros mismos y así es que cada uno de' los que reciben el 
beneficio, debe necesariamente cooperar á aquel objeto. 
Bajo este principio, ponga usted en cajas del Estado la can- 
tidad de pesos en el perentorio término de seis días 

de esta fecha, documentándose como corresponde para sa- 
tisfacerlos cuando mejoren las circunstancias. Cualesquie- 
ra reclamaciones que usted quiera entablar, le acarreará 
sin recurso la condena del duplo de la cantidad designada». 

El otro, es de 14 de febrero de 181G y también va di- 
rigido «á los europeos de esta capital»: 

«Mañana á las cinco de la tarde pondrá usted en la Te- 
sorería indefectiblemente la cantidad de pesos que será 

devuelta en el momento que las urgencias del Estado lo 
permitan, á virtud del documento que le dará la misma 
caja para su resguardo. No admite esta orden demora ni 
interpretación. El gobierno inexorable en su cumplimiento, 
tomará en caso preciso las más serias providencias». 

Algo más grave que todo eso realizó el general San 
Martín: la violación de vy lijas de correo para secuestrar el 



406 JOSÉ ARTIGAS 

dinero de particulares, valga la siguiente relación que ex- 
tractamos de la «Historia de la República Argentina» por 
el doctor López: 

Los grandes gastos á que hizo frente el general San Mar- 
tín para libertar á Chile y el Perú, han dado lugar á acu- 
saciones calumniosas. La honradez de su manejo es inta- 
chable j se necesitaría toda la perversidad de un perdidario 
procaz como Cochrane ó de un escritor prevenido y parcia- 
lísimo como el mai-ino español señor Lobo, para pensar y 
decir otra cosa. Para continuar en Chile y proseguir la obi'a 
libertadora, San Martín planeó la formación de una escuadra 
casi exclusivamente á cargo del tesoro argentino. En cum- 
plimiento de los compromisos que imponían esas operacio- 
nes, San Martín en uno de sus viajes á Mendoza, tomó una 
resolución incalificable: tomó el dinero de los particulares que 
llevaba el correo á Buenos Aires, lo remitió á Chile para 
saldar los compromisos de honor que había contraído por 
sus buques y sustituyó el valor de doscientos á doscientos 
cincuenta mil pesos, por giros suyos contra el gobierno de 
Buenos Aires. Fué con ayuda de la escuadra formada prin- 
cipalmente á expensas del tesoro argentino, que el almirante 
Blanco Encalada apresó poco después varios buques de 
guerra y transportes, de una expedición enviada por el rey 
de España en auxilio del Perú. 

7- De las actas de sesiones publicadas por Uladislao 
Frías en su obra «Trabajos legislativos de las primeras 
Asambleas Argentinas», desprendemos las siguientes pá- 
ginas: 

SesiÓ7i del 9 de diciembre de 1816. El gobernador de 
Córdoba da cuenta de no haber podido consumar la recau- 
dación de los cuarenta mil pesos de los europeos residentes 
en aquel pueblo, y de faltar la cuarta parte de esa suma. 
Se hizo moción y fué aprobada para que el déficit se cubrie- 
se por los europeos pudientes que ya hayan contribuido y 
por los americanos que no sean decididos por la causa del 
país. 

Sesión del 13 de diciembre de 1816. El diputado Me- 



gAQÜEOS Y CONFISCACIONES 407 

-drano propone im decreto por el cual la tercera parte de los 
bienes de españoles europeos existentes en las Provincias 
Unidas, y que no sean ciudadanos, se adjudique al Estado, 
y fué apoyado suficientemente. 

Sesión del 7 de agosto de 1819. Se presentó un pro- 
yecto, que fué apoyado, autorizando al Poder Ejecutivo «á 
fin de que de los españoles europeos, principalmente solte- 
ros, se saque en calidad de empréstito forzoso toda la su- 
ma posible, valiéndose para este efecto de cuantos medios 
sean precisos.» Dicho proyecto fué sancionado en la inme- 
diata sesión del 9 de agosto «haciéndose extensivo el emprés- 
tito á los americanos notoriamente conocidos por enemigos 
de la causa.» 

8. El director Pueyrredón tenía ideas bien definidas á 
•este respecto, según lo revelan dos cartas al general San 
Martín, que Mitre reproduce en su historia del héroe de los 
Andes, que dicen así: 

Buenos Aires, 2 de septiembre de 18 18. «Ah! 
amigo mío!; ¡en cuántas amarguras nos hemos visto 
con el maldito empréstito! Hasta aquí no se han saca- 
do más que 87 mil pesos de los españoles; los ingleses se 
han rehusado abiertamente, y de 141 mil pesos que les cupie- 
ra, no han entregado más que 6,700. Ño hay numerario 
en plaza: los pesos fuertes ganan hasta 4 "/„ de premio. En 
suma, es imposible sacar el medio millón en numerario, 
aunque se llenen las cárceles y cuarteles». 

Buenos Aires, 16 de septiembre de 1818. «He echado á 
un lado toda consideración con los que no tienen ninguna 
con nuestra situación apurada; y mañana se intimará al co- 
mercio inglés que el que no hubiese cubierto en los catorce 
días restantes de este mes la cantidad que le hubiere cabido 
será embargado y rematado en sus efectos hasta cubrirla, 
y además cerrada su casa y expulso del país. Estoy cierto 
-que no darán lugar á ello y el dinero se juntará, aunque se 
lo lleve todo el Demonio». 

g. Extractamos de un oficio de Ángel Hubac, coman- 
«dante de las fuerzas navales del gobierno de las Provincias 



408 JOSÉ ARTIGAS 

Unidas en el Paraná, datado á bordo del bergantín «Aran- 
zazá» en la Boca de Santa Fe: 

«En virtud del oficio recibido del señor general en jefe 
del ejército de observación sobre Santa Fe, datado en las 
chacras de Oliveras, fecha 12 del que nos rige, en que con- 
cede libremente el saqueo á las fuerzas de mi mando, co- 
mo igualmente se me faculta para que proceda á hostili- 
zar á los enemigos del ordsn del modo que mejor me pa- 
rezca, hasta el extremo de desembarco». 

Después de este preámbulo, da cuenta el oficio del 
apresamiento de una embarcación cargada de aguardiente, 
vino y yerba, de todo lo cual se apode.ó el jefe de la es- 
cuadrilla para repartir «entre los enfermos y demás», por 
ser el dueño del cargamento «un enemigo del orden». 

Al pie del oficio, obra un decreto del gobierno de Bue- 
nos Aires, refrendado por el ministro Ir¡gv)yen, de 4 de 
marzo de 1819, que dice: 'cApruébanse sus disposiciones 
si ellas han sido en virtud de órdenes del general del Ejér- 
cito de Observación». (Archivo General de la Nación Ar- 
gentina). 

Siquiera Artigas, cuando Robertson denunció el apre- 
samiento y saqueo por ignorados subalternos de Corrientes, 
expidió en el acto órdenes terminantes para la restitución 
de los intereses arrebatados! 

lo. El historiador Iriondo, hablando en sus «Apuntes 
para la historia de Santa Fe» de la expedición porteña que 
invadió dicha provincia en julio de 1816, al mando del 
general Viamont, dice que el jefe expedicionario: «Pu- 
so guardia á algunas de las cnsas principales de la ciu- 
dad sin duda para imponerles contribuciones, como se vio 
después, y dejó al pueblo á discreción de su tropa, la que 
desde el mismo día empezó á saquearlo y á cometer mil 
escándalos y atrocidades en la población». 

Como proceso de los saqueos, incendios y violencias con- 
sumados oficialmente en la provincia de Santa Fe por los 
gobiernos de Buenos Aires en su tenaz campaña contra Ar- 
tigas, basta la nota que el gobernador López dirigió el 4 



SAQUEOS Y confis<;aciones 409 

de septiembre de 1820 al Cabildo de Buenos Aires, repro- 
ducida años después por el general L;i Madrid en su fa- 
moso opúsculo «Origen de los males y desgracias de las^ 
Repúblicas del Plata». 

«No se ocultaba á los jefes de los pueblos de la liga (di- 
ce esa nota), que el ex director Alvarez había entregado iú 
Rey de Portugal la Provincia Oriental, y que este plan fué 
secundado por sus sucesores: no era pequeño el conflicto en 
que nos ponía una intriga de esta naturaleza, y penetrados 
de la impotencia á que nos reducía la falta de armas para 
empeñar con tan corto número de tropas una guerra ofen- 
siva contra el ejército portugués y el de Buenos Aires 
auxiliado por los generales Belgrano y San Martín, apela- 
mos al arbitrio de ilustrar á nuestros conciudadanos del 
modo vil con que se nos obligaba á besar la mano de un 
monarca déspota, manteniéndonos en defensa á costa de 
todo sacrificio, para dar así tiempo á que los pueblos se 
alarmasen y cooperasen con nosotros á la destrucción de 
los traidores. Pero cuando por accidente logramos copia 
fiel del oficio del director Rondeau al general Lecor de 2 
de febrero de 1819 publicado en la Imprenta Federal, dos 
persuadimos de la proximidad del peligro, y arrostranda 
todas las dificultades, buscamos, atacamos y derrotamos 
completamente en la Cañada de Cepeda al ejército que 
mandaba en persona el director, muy superior en número 
á nuestras divisiones». 

Menciona luego el oficio las luchas sostenidas con el go- 
bierno de Buenos Aires. Dorrego después de una de sus 
victorias «se aplicó á incendiar casas de vecinos pacíficos, 
robar mujeres, violar jóvenes, arrastrar familias enteras 
para concluir nuestra población y llevar los pocos ganados 
que nos habían dejado, con tal prolijidad que mi ejército no 
pudo comer en tres días que estuvo en el Arroyo del Me- 
dio!» Posteriormente, el mismo Dorrego intentó repetir su 
sorpresa sobre el ejército santafecino, pero «mis valientes 
y ofendidos soldados destruyeron cuanto alcanzaron en el 
principio del combate y fué tal la carnicería que detuve mi 



410 JOSÉ ARTIGAS 

caballo, porque herida mi sensibilidad uo podía ver derra- 
mar tanta sangre americana, no estando en mis facultades 
el evitarlo; estas son las consecuencias de las intrigas, ve- 
jaciones, persecuciones y sacrificios con que algunos ambi- 
ciosos y sin calidades han querido hacerse del mando de 
una provincia y ejército para oprimir pueblos, perseguir el 
mérito y destruir nuestra felicidad: aunque los Temístocles 
se sucedan, verá V. E. repetirse los días de luto para aque- 
llos temerarios que osen insultar á los libres». 

«Las entradas de mis tropíis en esa campaña son oca- 
sionadas por la impolítica medida de Dorrego que piensa 
conseguir la destrucción del ejército federal con la devas- 
tación de nuestros campos y pueblos. 

«La victoria del Gamonal puso en mis manos la suerte 
de los de esa provincia y los he respetado, porque uo es 
conforme con la razón que nuestros compatriotas oprimi- 
dos paguen los desvarios de nuestros opresores». 

«La provincia de Santa Fe3^a no tiene qué perder, des- 
de que tuvo la desgracia de ser invadida por unos ejércitos 
que parecían venir de los mismos infiernos; nos han pri- 
vado de nuestras casas, porque las han quemado; de nues- 
tras propiedades, porque las han robado; de nuestras fami- 
lias, porque las han muerto por furor ó por hambre; existen 
solamente campos solitarios por donde transitan los venga- 
dores de tantos agravios, para renovar diariamente sus 
juramentos de sacrificar mil veces sus vidas para libei'tar 
la tierra de unos monstruos incomparables; conocen que de 
otro modo es imposible lograr tranquilidad y que se mul- 
tiplicarán las víctimas sin alcanzar una paz duradera, que 
tenga por base la igualdad de derechos y la publica felici- 
dad». 

12. Al día siguiente de recibida la noticia del desastre 
de Sipe Sipe, escribe el doctor López («Historia de la Re- 
pública Argentina»), se tiró un decreto en Buenos Aires 
imponiendo un empréstito forzoso de doscientos mil pesos 
á los españoles propietarios ó comerciantes y se ordenó 
una expulsión general de todos los españoles que no tu- 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 411 

vieran carta de ciudadanía, señalándoles la frontera de la 
Guardia de Lujan para residencia forzosa. 

En agosto de 1819 sancionó el Congreso una resolu- 
ción comunicada al director, por la que se proliibía la sa- 
lida del territorio del Estado á los españoles europeos so 
pena de confiscación de bienes. (Zinny, «Gaceta de Bue- 
nos Aires»). 

Pocos días después de comunicada esa resolución, re- 
solvía el gobierno la internación de las familias de la capi- 
tal, á título de medida exigida por la defensa del país ante 
la amenaza de una gran expedición española (Zinny, «Ga- 
ceta de Buenos Aires»). 

Saqueos luiliiares. 

Habla el general Paz («Memorias Postumas») de las 
campañas del Alto Perú: 

«En Potosí se formó un tribunal que se denominó de 
recaudación, compuesto del coronel don Hilarión de la 
Quintana como presidente y los ciudadanos José María 
Rubio y Miguel Lamberto Sierra (tesorero del Banco de 
Potosí) como vocales. A este tribunal incu mbía perseguir 
las propiedades de los prófugos, estuviesen ó no ocultas, y 
declarar su confiscación, para destinar su importe (supon- 
go, porque no estoy interiorizado en este asunto) á la Caja 
del ejército. La irregularidad y falta de formalidad con 
que se manejó el tribunal dio lugar á inculpaciones de cu- 
ya justicia no puedo juzgar; pero si hubo malversación, 
no debió ser tanta, pues ninguno se enriqueció». 

Se refiere en seguida el general Paz á los tapados ó 
entierros de dinero ó valores, uno solo de los cuales, el 
del rico capitalista Achaval, produjo cien mil duros, sien- 
do las tres cuartas partes de esta suma en monedas sella- 
das y tejos de oro, que fueron llevados en parihuelas á 
casa del tribunal: 

«Como una prueba de la informalidad con que mane- 
jaban estos caudales, referiré lo que me contó el capitán 



4J 2 JOSÉ ARTIGAS 

entoucesy después coronel don Daniel Ferreira, á cuya 
narración di entero crédito. Llegó á la casa donde tenía 
sus sesiones el tribunal en los momentos en que se hacía 
el lavatorio del dinero de que acabamos de hacer men- 
ción: era presenciado por el coronel Quintana, presidente 
del tribunal, quien le dijo: «Ferreira, ¿por qué no toma 
usted algunos pesos?» Este aceptando el ofrecimiento, es- 
tiró su gigantesco brazo, proporcionado á su estatura, y 
con su tamaña mano tomó cuanto podía abarcar. Quin- 
tana repitió entonces: «¿Qué va usted á hacer con eso? to- 
me usted más». Entonces Ferreira sacando un pañuelo, 
puso en él cuanto podía cargar, que probablemente serían 
algunos cientos. Foreste hecho que creo verdadero, juz- 
gúese lodemíts. Entretanto estoy persuadido que Quin- 
tana creía un acto de perfecta justicia remunerar de este 
modo á un buen soldado y honrado patiiota como era 
Ferreira, y éste quedó muy agradecido y encomiaba la 
generosidad del coronel Quintana >. 

«En Chuquisaca, peco ó nada hubo de entierros, pero 
sí muchos depósitos en los conventos de monjas y beate- 
ríos, que son bastantes. Una tarde fueron comisionados 
los jefes de mi regimiento para ir á los conventos de San- 
ta Clara y Santa Ménica y registrarlos (después de alla- 
nada la clausura por la autoridad competente) para extraer 
las alhajas y efectos de todas clases que hubiese deposi- 
tados. Se hizo un buen acopio de todo y se guardó en la 
sala principal de la casa de gobierno ó presidencia, á gra- 
nel y sin cuenta ni razón. Era tanta la informalidad y 
quizá estudiada imprecaución, que teniendo dos puertas 
en los extremos opuestos dicha sala, no se habían recogi- 
do y guardado las llaves. Una de dichas puertas caía á la 
secretaría y me acuerdo de haber sorprendido á un fun- 
cionario que había abierto maliciosamente dicha puerta y 
se había introducido al salón. La otra no estaba mejor 
guardada, aun cuando caía á las piezas que ocupaba el 
presidente. Muy luego se vieron los efectos de este desor- 
den, pues hasta algunos oficiales subalternos empezaron 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 418 

á derramar dinero y á gastar im lujo enteramente despro- 
porcionado á sus haberes». 

Ar<jg^as y 8U medio. 

El medio ambiente en que nació y en que se desenvol- 
vió Artigas, estaba, como acaba de verse, viciado por el ro- 
bo, por el saqueo, por las confiscaciones, por las violencias 
administrativas, por la indisciplina y por la relajación 
militar. 

Y contra ese medio ambiente abominable, no pudieron 
reaccionar los hombres culminantes, aquellos que por su 
elevadísima posición y el temple de su carácter podían dar 
orientación á las masas incultas de la época. El glorioso 
secretario de la Junta de Maj'O, decretaba como la cosa 
más llana del mundo la confiscación general de bienes 
de todos los que no seguían el movimiento revolucionario; 
el general Alvear se incautaba en Montevideo de todas 
las testamentarías y consignaciones de propiedad de es- 
pañoles ausentes; San Martín violaba valijas postales para 
extraer el dinero que conducían; y en la misma forma pro- 
cedían corrientemente casi todos los personajes de la época. 

El jefe de los orientales tenía, pues, ejemplos tentadores 
í1 la vista. La miseria lo estrechaba por todos lados y la 
propaganda de los grandes hombres le señalaba el camino 
de la salvación. 

«La necesidad de existir», había dicho el héroe de los 
Andes en oficio de 14 de agosto de 1815, justificando uno 
de sus desmanes, «es la primera ley de los gobiernos. Si 
esta proposición presentara un semblante de violencia, des- 
aparecerá al punto se vuelvan los ojos á la dura alternativa 
en que nos hallamos. Los remedios se adoptan según el 
carácter de los males; y cuando peligra la salvación, todo es 
justo, menos dejarla perecer». 

Casi en los mismos momentos en que San Martín dirigía 
su célebre oficio al gobierno de Buenos Aires, el sabio La- 
rrañaga entraba en el campamento de Piu'ificación para 



414 JOSÉ ARTIGAS 

solucionar un incidente surgido entre Artigas y el Cabildo 
de Montevideo acerca de contribuciones que el primero re- 
pudiaba y que el segundo deseaba establecer. Artigas había 
anunciado su resolución de abandonar el mando si el Ca- 
bildo persistía en su propósito. Hemos reproducido ya el 
cuadro admirable que traza el comisionado, reflejando las 
cualidades de Artigas y de sus soldados. 

«Todos le rodean y todos le siguen con amor», habla 
Larrañaga, «no obstante que viven desnudos y llenos de 
miseria á su lado, no por faltarles recursos, sino por no 
oprimir á los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar 
el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en 
esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de 
nuestra misión». 

Hemos reproducido también la declaración de otro tes- 
tigo presencial de gran auLoridad, el corcuel díceres, acerca 
de las enormes miserias del soldado artiguista en 1818. Los 
Blandengues, que constituían la guardia vieja y predilecta, 
como que en sus filas había entrado Artigas de soldado 
raso, «no tenían más vestuario que un chiripacito para cu- 
brir las partes, y las fornituras las usaban á raíz de las car- 
nes». Los demás soldados, estaban obligados á taparse en 
invierno con cueros de vaca. 

En la misma época, los soldados de Andresito hacían la 
campaña de Corrientes, sin otro alimento que una tira de 
cuero seco que mascaban durante la marcha, valga el testi- 
monio de Robertson. 

Dentro de esa situación angustiosa, solían los pobres 
hambrientos encontrarse con un convoy de provisiones^ 
Eran tentadores los desiertos. Y cedían los soldados «á la 
necesidad de existir» con que el gran San Martín justifi- 
caba sus atropellos. Pero, cuando la denuncia era llevada 
á Artigas, (y el caso está comprobado por Robertson) se 
daban inmediatas órdenes para la devolución de las mer- 
cancías y se compensaba de algún modo las que se habían 
consumido y no podían pagarse por falta absoluta de di- 
nero. 



SAQUEOS Y CONFISCACIONES 415 

¿Qué liacíau en esos mismos momentos los jefes tle Bue- 
nos Aires y el propio director Pueyrredón? 

Es decisiva la nota del jefe de la escuadrilla del Paraná 
y el decreto del Directorio del 4 de mayo de 1819 que he- 
mos reproducido en este mismo capítulo. Las fuerzas del 
comandante Hubac, invocando órdenes del general en jefe, 
apresan una embarcación cargada de vino y yerba, y se 
reparten su contenido, exactamente lo mismo que habían 
hecho de motu pro[)io los soldados correntinos con el car- 
gamento de Robertson. Y el Gobierno Argentino aprueba 
expresamente el saqueo, en el concepto de que lo haya au- 
torizado el general en jefe. 

¿No resulta un contraste enorme entre la conducta de 
Pueyrredón, rodeado de recursos y sin otras guerras inter- 
nas que las que él mismo quería decretarse, y la conducta 
del jefe de los orientales, atacado por el hambre, atacado 
por los invasores portugueses, atacado por los invasores ar- 
gentinos, y sin embargo amparando á la vez que la vida, 
los intereses de todos los habitantes de la extensa zona que 
estaba bajo su dirección y protectorado? 



CAPÍTULO Vil 



MOTINES Y R^VOI^UCIONES 



Sumario: — Los primeros sacudimientos. Comentarios del general 
Mitre y del doctor López. El movimiento revolucionario de abril 
de 1811. Derrumbe de asambleas. Motín de los patricios. Motín 
de Aivear y San Martín. La relajación militar. Belgrano desaca- 
ta al gobierno. En el ejército de Rondeau: motines y actos de 
indisciplina. Güemes sitia á Rondeau y le obliga á capitular. La 
sublevación de Fontezuelas. El motín de Arequito. Explicación 
del general Paz. En plena arbitrariedad. La relajación militar 
según Iriondo y el general Paz. La responsabilidad de los proce- 
res de Mayo. 

liOs primeros sacudimientos. 

Fueron tumultuarios los comienzos del movimiento de 
Mayo. Las revoluciones y los motines de cuartel, aparecían 
frecuentemente en la orden del día, como lo demostrare! el 
extracto que publicamos en seguida. 

Del general Hiere («.Historia de Belgranoy>): 
Desde la instalación de la Junta se diseñaron dos par- 
tidos que por sus tendencias podían denominarse conser- 
vador y demócrata, siendo Saavedra cabeza del primero y 
Moreno del segundo. Habían llegado á Buenos Aires los 
doce diputados de las provincias que debían formar el Con- 
greso General decretado el 25 de mayo. Ansiosos de tomar 

JOSÉ ARTIGAS.— 27 r. I. 



418 JOSÉ ARTIGAS 

parte en el gobierno y animados de un espíritu federalista 
se reunieron en torno del presidente Saavedra y consiguie- 
ron ser incorporados como miembros de la Junta Guber- 
nativa, retardándose indefinidamente la reunión del Con- 
greso General. Este golpe de Estado dejó en minoría á 
Moreno, quien comprendió que su acción política había 
terminado y aceptó un destierro diplomático, dejando á 
sus rivales dueños del poder. Pero el partido de Saavedra 
no se contentó con este triunfo. La minoría de Moreno 
tenía asiento en la Junta, poseía un batallón, redactaba «La 
Gaceta de Buenos Aires» y había fundado la Sociedad 
Patriótica para su propaganda política. Los partidarios de 
Saavedra que contaban con todo el ejército, provocaron en 
la noche del 5 de abril de 1811 una reunión tumultuaria. 
Todos los batallones concurrieron á la plaza, haciendo 
causa comtjn con los revolucionarios y exigieron y obtu- 
vieron la destitución de los miembros de la Junta que per- 
tenecían al partido de Moreno, el destierro de varias pei*- 
sonas y la concentración mihtar en manos de Saavedra. 
La delegación que llevó su voz dijo «que la tropa no deja- 
ría las armas de la mano mientras todas sus exigencias 
no fuesen satisfechas». 

Del doctor López [i^Historia de la Repiiblica Argen- 
tina-»): 

El poder revolucionario en manos del señor Saavedra 
y de su partido no tuvo otro fin que el de consolidar el 
influjo predominante de la facción oligárquica que sepa- 
rada del núcleo común, se había amparado de la dirección 
suprema de la guerra contra la metrópoli y de los recur- 
sos con que era menester llevarla á cabo Roto así el seno 
común en que los elementos revolucionarios habían ac- 
tuado un día, se formó por contraposición á ese primer 
gobierno personal y absoluto, un partido que se dio el 
nombre de liberal, no porque su conato fuese obtener lo&^ 
medios orgánicos del gobierno impersonal, sino porque 
hubo de luchar contra la camarilla que había usurpado el 
poder y fraccionado la oligarquía primitiva. 



MOTINES Y REVOLUCIONES 419 

La derrota de Hiiaquí, liizo surgir de la Junta un Po-- 
der Ejecutivo con el nombre de Triunvirato. En el de- 
creto de 23 de septiembre de 1811, decíase que los miem- 
bros del Poder Ejecutivo ejercerían el gobierno bajo la& 
reglas ó modificaciones que establecería la Junta Conser- 
vadora formada por los diputados de los pueblos y pro- 
vincias. Con esta revolución y los nombramientos que de 
ella surgieron, la Junta desarmó por el momento el alzamien- 
to popular que estaba á punto de estallar contra ella. 

La tendencia personal que se manifestó desde el princi- 
pio del movimiento revolucionario que se traducía en el 
antagonismo entre porteños y provincianos, afiliándose 
éstos á la personalidad de Saavedra y excluyendo á Mo- 
reno, privó á la Revolución de Mayo de la gloria de co- 
menzar por un congreso constituyente antes de extraviarse 
en el laberinto de las facciones personales. 

La idea del Triunvirato fué desconocer la existencia po- 
lítica de la Junta Conservadora y gobernar con toda la 
suma del poder público hasta la reunión del Congreso ge- 
neral, contra las tendencias de abierta tutela á que la Junta 
pretendía someterlo. El decreto de disolución de la Junta 
Conservadora expedido por el Triunvirato fué dictado el 7 
de novieml)re de 1811, juntamente con un manifiesto al 
país en que se hablaba del desastre de Huaquí, del ejército 
portugués que á pretexto de socorrer á los gobernadores 
españoles que habían invocado su auxilio, avanzaba sus 
conquistas sobre una parte la más preciosa del territoria 
nacional; y de la necesidad en que se había visto el gobier- 
no de sacrificar al imperio de las circunstancias el fruto de 
las victorias con que los hijos de la patria en la Banda 
Oriental habían enriquecido la historia de nuestros días. 
Publicó además el Triunvirato un Estatuto Provisional 
que regiría hasta la instalación del Congreso Nacional 
Constituyente. Según ese Estatuto, los miembros del go- 
bierno debían renovarse cada seis meses, correspondiendo 
la elección á un cuerpo electoral de segundo grado que 
debía ser instituido por el Cabildo de cada ciudad. Las 



420 JOSÉ ARTIGAS 

referidas asambleas provinciales debían enviar sus repre- 
sentantes á la capital, á fin de que todas ellas y cien ciu- 
dadanos más, formaran la asamblea de tercer grado encar- 
gada de elegir el vocal con que debía integrarse el Poder 
Ejecutivo. 

El más fuerte y más soberbio de los cuerpos de la guar- 
nición de la capital era el de los patricios, compuesto prin- 
cipalmente de «orilleros». La derrota de Huaquí tuvo allí 
un eco peligroso, y para contener el estallido el gobierno 
nombró jefe de ese cuerpo al general Belgrano. Todos los 
soldados usaban trenza y la trenza era para ellos un signo 
de compadrazgo y una insignia de soberbia. Belgrano adop- 
tó diversas medidas tendientes á garantir la disciplina. Pero 
la explosión de protestas no tuvo límites cuando fijó un 
plazo ])erentorio para que los soldados se cortaran la trenza 
y se arreglaran el pelo á la moderna. Esa explosión fué há- 
bilmente explotada por el sentimiento saavedrista, que ya 
había recibido un gran golpe con la disolución de la Junta 
Conservadora. El hecho es que poco tiempo después de ha- 
ber entrado en la capital el ejército que actuaba en el sitio 
de Montevideo, el regimiento se amotinó (G de diciembre 
de 1811) costando su sometimiento numerosas víctimas. 

Con un dato del general Mitre complementaremos la re- 
lación del doctor López: el general Rondeau, jefe de 
las fuerzas encargadas de atacar á los sublevados, quedó 
sordo para siempre por efecto de un tiro de metralla dispa- 
rado en las calles de Buenos Aires. 

Del señor Felliza [«Historia Argentina-»): 

«Así se perdió toda esperanza de que los diputados de 
los pueblos cumplieran su compromiso de reunirse en Con- 
greso, para resolver sobre la Constitución política, malo- 
grándose la primera tentativa para organizar el gobierno de 
las Provincias Unidas, bajo la salvaguardia solemne de 
Fernando VK». 

El Triunvirato no tardó en disolver la Asamblea com- 
puesta del Ayuntamiento, de la representación de las pro- 
vincias y de los vecinos elegidos en Buenos Aires, que ha- 
bía pretendido el ejercicio de la autoridad suprema. 



MOTINES Y REVOLUCIONES 421 

«Siendo nula (decía la resolución del Triunvirato), ilegal 
y atentatoria contra los derechos soberanos de los pueblos, 
coutrU la autoridad del gobierno y del estatuto constitucio- 
nal jurado, la atribución de la autoridad suprema que se ha 
arrogado indebidamente y por sí misma la Asamblea, 
comprometiendo de un modo criminal los intereses de la 
patria, ha determinado este gobierno en virtud de las altas 
facultades que inviste, disolver como disuelve la Asamblea 
y suspender al Cabildo en sus funciones ordinarias, sin 
perjuicio de tomar las providencias que convenga para 
asegurar la tranquilidad publica y evitar la disolución del 
Estado á que camina aquella escandalosa resolución ;>. 

¿Cuáles eran las causas de este nuevo movimiento de 
fuerza? El mismo historiador en su obra «Dorrego» se en- 
carga de contestar en la forma que extractamos en seguida: 

El Estatuto de 22 de noviembre de 1811 decretó la 
formación de una Asamblea General provisoria mientras se 
nombraba por las provincias los nuevos diputados al Con- 
greso Constituyente. La apertura de sus sesiones se efec- 
tuó por decreto de 4 de abril de 181 2, pasando á ocupar- 
se con toda preferencia del nombramiento de un vocal del 
Triunvirato, que recayó en Pueyrredón. Al procederse al 
nombramiento de un suplente, hubo desacuerdo y el go- 
bierno empezó á mirar con recelo á la Asamblea. Había 
creído encontrarla dócil y dominarla, puesto que le era deu- 
dora de su ser; pero la Asamblea apoyada por el Cabil- 
do que la presidía, se mantuvo independiente. Entonces el 
gobierno ordenó su clausura y suspendió el Cabildo, lo que 
importaba un golpe de autoridad. 

Era una composición absurda la de esa Asamblea, 
como que estaba formada de treinta y tres vecinos de 
Buenos Aires, de los que once representaban á las pro- 
vincias, y veintidós á la capital. Pero las provincias apre- 
ciaron la clausura como ofensiva á sus inmunidades. Con- 
testando el general Belgrano la circular del gobierno en 
que se le daba noticia de ese hecho, aprovechó la oportu- 
nidad para dar cuenta del estado de alarma de los pueblos 
ante las tendencias del gobierno. 



422 JOSÉ ARTIGAS 

«Ha sido para mí», decía, «un golpe fatal porque preveo 
-que van á presentarse nuevos obstáculos, nuevas dificulta- 
des y que la enemiga va á echar profundas raíces, destru- 
yendo acaso lo que había empezado á trabajar y de que 
me quería prometer sacar alguna utilidad á favor de la pa- 
tria porque tanto he anhelado. Quisiera tener todos los co- 
nocimientos necesarios y ser capaz de alcanzar con acierto 
el medio de conseguir que volvieran los pueblos á aquel 
primer entusiasmo con otra reflexión que entonces; mas á 
mí no me ocurre otro que el que V. E, arbitre el modo de 
hacerles conocer que Buenos Aires no quiere dominarlos, 
idea que va cundiendo hasta los pueblos interiores y de 
que ya se trata en la misma Cochabamba». 

Prosiguen los motines. 

Cedemos nuevamente la palabra al general Mitre («His- 
toria de Belgrano»): 

«La opinión quería una xlsamblea suprema que fijase la 
constitución del poder, generalizara la revolución y la hi- 
ciera más popular. El gobierno temía encontrar un obstá- 
culo en vez de un auxiliar, sin comprender que si bien por 
este medio se evitaban algunas dificultades, también se pri- 
vaba del concurso de las fuerzas sociales que permanecían 
inertes^). . . «El anhelo de todas las provincias era la reunión 
■de un Congreso supremo. Convocado el 25 de Mayo, re- 
fundido luego en el Poder Ejecutivo, suplido provisoria- 
mente por las asambleas eventuales que nacieron enfermi- 
zas y desaparecieron al nacer, disueltas por el Triunvirato, 
la realización de esta promesa se postergaba de día en día y 
el régimen provisorio y arbitrario iba desacreditándose en 
la misma proporción en que crecía aquel anhelo». 

La noticia de la victoria de Tucumán fué seguida de un 
movimiento popular apoyado por la fuerza militar, que pro- 
dujo la cesación del gobierno y de la asamblea, la convoca- 
ción de un Congreso y la organización de un Poder Ejecu- 
tivo provisorio en octubre de 1812. Fué ampliado el sistema 



MOTINES Y REVOLUCIONES 423 

•electoral para la convocación de ese Congreso. Hasta en- 
tonces los Cabildos como representantes de la soberanía po- 
pular, nombraban á los diputados. En adelante debía regir 
un sistema mixto, eligiéndose los diputados por electores, 
de origen popular, en unión de los Cabildos. 

El doctor López explica así el origen y proyecciones 
del mismo movimiento revolucionario («Historia de la Re- 
pública Argentina»): 

Mientras Belgrano ganaba la batalla de Tucumán, la 
•capital era teatro de grandes agitaciones, con motivo de la 
proximidad de las elecciones para integrar el Poder Ejecu- 
tivo. El resultado de los comicios, que resultó favorable 
al gobierno, provocó grandes protestas que momentánea- 
mente quedaron sofocadas con las noticias llegadas del tea- 
tro de la guerra. Pero pocas horas después se producía por 
el partido de oposición que acaudillaba don Carlos de Al- 
veai' un movimiento popular y militar á la vez, para pedir 
cabildo abierto y cambio inmediato de gobierno. El 8 de 
octubre de 1812, día del pronunciamiento aparecieron for- 
mados en la plaza de la Victoria los cuerpos de la guarni- 
ción incluso el regimiento de granaderos á caballo con el 
coronel José de San Martín á la cabeza. El Cabildo man- 
dó erigir un gobierno provisorio, mandó reunir una asam- 
blea general de la nación con todos los poderes que quisie- 
ran darle los pueblos para que fuera el supremo tribunal 
de todos los que hubieran ejercido el Poder Ejecutivo des- 
de 1810, y mandó convocar la Asamblea General Consti- 
tuyente. 

Y á propósito del vencedor de Tucumán. Véase lo que 
dice el general Mitre («Historia de Belgrano») señalando un 
hecho que denuncia el desprestigio de la autoridad: 

El gobierno ordenó á Belgrano que se retirara á San- 
tiago del Estero ó Córdoba. Pero Belgrano resolvió des- 
obedecer y hacer pie firme en Tucumán. El gobierno, que no 
deseaba absolutamente el combate porque estaba persua- 
dido de la notable inferioridad del ejército patriota, despa- 
•chó en un mismo día cuatro oficios á Belgrano reiterando 



424 JOSÉ ARTIGAS 

la orden de continuar la retirada. Otros dos oficios se le 
dirigieron en el mismo sentido, ante su insistencia en ha- 
cer pie en Tucumán. «Bajo este concepto, terminaba la 
segunda nota, desde luego emprenda usted su retirada, 
dejando ó inútil enteramente cuanto lleva y pueda apro- 
vechar el enemigo, ó quemándolo todo en el último Cfiso. 
Así lo ordena y manda este gobierno por última vez; y biijo 
del supuesto que esta medida ha sido trayendo á la vista 
el orden de sus planes y combinaciones hacia la defensa 
general: la falta de cumplimiento de ella le deberá produ- 
cir á usted los más graves cargos de responsabilidad >^. 

A pesar de todo, Belgrano se detuvo en Tucumán y 
obtuvo allí su gran victoria sobre el ejército realista. 

<'Si Belgrano, obedeciendo las órdenes del gobierno se 
retira, las provincias del Norte se pierden para siempre, 
como se perdió el Alto Perú para la República Argentina». 

En el ejército de Rondeau. 

Habla el general Mitre («Historia de Belgrano»): 
Estaba desquiciado el ejército auxiliar del Alto Perú por 
sus derrotas y su indisciplina. Cuando Alvear fué designado 
para reemplazar á Rondeau, se produjo un motín militar 
que mantuvo á éste en la dirección del ejército y descono- 
ció la autoridad del gobierno. Y así, en entredicho con el 
gobierno, fué que ese ejército inició su tercera y desgraciada 
campaña del Alto Perú. Desde los primeros encuentros 
fué sorprendido y hecho prisionero el jefe de vanguardia 
don Martín Rodríguez, salvándose el capitán Mariano Ne- 
cochea, sable en mano á través de la espesa línea de rea- 
listas que lo circundaba. Poco después se produjo la bata- 
lla de Sipe Sipe ó de Vilumn, en que el ejército de Ron- 
deau perdió mil hombres entre muertos, heridos y prisio- 
neros, contra treinta y dos muertos y ciento noventa y 
ocho heridos que tuvieron simplemente los españoles. 

Es más explícita la narración del doctor López en su 
«Historia de la República Argentina >: 



MOTINES Y REVOLUCIONES 425 

Producido el desbande de las hordas artiguistas, Alvear 
se marchó á Buenos Aires, creyendo que con muy pocas 
fuerzas el orden quedaría asegurado. De acuerdo con las 
leyes sancionadas por la Asamblea Constituyente, el go- 
bierno nacional nombro al general Soler gobernador inten- 
dente de la Banda Oriental, en sustitución de Rodríguez 
Peña, y designó los miembros del Cabildo de Montevideo, 
realizándose el 24 de octubre de 1814 la elección de dipu- 
tados ante la Asamblea General Constituyente, cuyo nom- 
bramiento recayó en don Pedro Fabián Pérez y en don 
Pedro Feliciano Cavia. 

Alvear marchó con su estado mayor el 16 de noviem- 
bre de 1814 en dirección á Jujuy donde estaba el ejército 
de Rondeau. Al pasar por Córdoba recibió grandes ovaciones, 
«y sin embargo había allí un partido iracundo contra Buenos 
Aires, que aunque impotente para conseguir sus propósitos, 
habría deseado ver trasladado el campamento de Artigas á 
los claustros de la Universidad, ó llevar la Universidad con 
sus colegios y hasta con su catedral á la costa de Arerun- 
guá (campamento de Artigas) para vivir en libertad fe- 
deral. •!> 

Corrió Alvear como una flecha al recibir la noticia de 
que el ejército de Jujuy se había puesto en armas contra 
él, manteniendo al general Rondeau á su frente. Los jefes 
de la asonada habían visto que iban á perder su influencia 
y sus puestos y se sublevaron, impidiendo con ese atentado 
que la guerra de la independencia quedara terminada en 
1815 con un éxito glorioso y el ahorro de sangre y de di- 
nero que después hubo que prodigar. En su manifiesto 
establecían los sublevados que en la capital existían «ope- 
raciones clandestinas contra el sagrado objeto de la gran 
causa que á costa de tanta sangre y de tanto sacrificio he- 
mos sostenido y sostenemos aún» (aludiendo á los actos 
diplomáticos que se estaban tramitando); y hacían refe- 
rencia al restablecimiento de las banderas españolas en va- 
rios cuerpos del ejército. 

La Asamblea Constituyente dio un manifiesto con 



4 26 JOSÉ ARTIGAS 

este motivo, en el que decía que «el celo ele algunos 
ciudadanos prevenidos por la ignorancia de los sucesos y 
exaltados [)or el odio de la tiranía, convierte en crímenes las 
apariencias, encuentra misterios que sugieren dudas y hace 
que la desconfianza del destino publico invoque la necesi- 
dad de salvar la patria, armando contra la autoridad los 
mismos brazos que debían sostenerla». Agregaba el mani- 
fiesto que después de examinado todo lo relativo á las re- 
laciones exteriores, se tenía la certidumbre de que el go- 
bierno había procedido correctamente y que todo cuanto 
tratase con la corte de España quedaría sujeto á la sanción 
de la misma Asamblea. 

Después de oir á los historiadores, oigamos el relato del 
acusado en su autobiografía («Colección Lamas»): 

En diciembre de 1814 hubo en el ejército auxiliar del 
Perú un confhcto militar que Rondeau sofocó, separando 
á don Ventura Vázquez y sus aliados. En esos mismos mo- 
mentos se trabajaba por proyectos monárquict)s. El propio 
director Posadas escribió una carta confidencial á Rondeau 
en que le pedía cooperación y prestigiaba el plan en estos 
textuales términos: «¿Qué importa que el que nos haya de 
mandar se llame rey, emperador, mesa, banco ó taburete? 
Lo que nos conviene es que vivamos en orden y que dis- 
frutemos de tranquilidad, y esto no lo conseguiríamos mien- 
tras que fuésemos gobernados por personas con las que nos 
famiharicemos». Habla también Rondeau de una repre- 
sentación de Alvear al rey de España y otra de don Nico- 
lás Herrera, que posteriormente dichas personas declararon 
-apócrifas. Y refiere que habiendo sabido sus subalternos 
que Alvear marchaba á tomar el mando del ejército del 
Perú, resistido por los habitantes de la Banda Oriental, re- 
solvieron intimarle su retiro como efectivamente lo hicie- 
ron. 

Reproduce luego una exposición datada en Jujuy el 8 
de diciembre de 1814, en que los jefes del ejército le 
dan cuenta de que interceptaron una carta del coro- 
ne\ Ventura Vázquez al coronel Fernández, diciéndole 



MOTINES Y REVOLUCIONES 427 

que se pusiera eu marcha al cuartel general y «.que lo 
aguardase para que entrasen operando ambos regimientos» 
como si se dirigiesen á un campo enemigo; y que en conse- 
cuencia habían prendido á Vázquez y á sus cómpüces. Ha- 
cen referencia los mismos jefes á combinaciones clandesti- 
nas dirigidas desile Buenos Aires «contra el sagrado obje- 
to de la gran causa que á costa de tanta sangre y sacrificios 
hemos sostenido y sostenemos con honor»; y se refieren fi- 
nalmente al «restablecimiento de las banderas españolas 
en varios cuerpos de este ejército y la peligrosa incorpora- 
ción entre las legiones de la patria de un considerable nú- 
mero de españoles europeos». 

Oüemes sitia á Rondeau. 

Las noticias de las defraudaciones cometidas por el ejér- 
cito de Rondeau en el xilto Perú, refiere en sus «Memorias 
Postumas» el general Paz, dieron margen en Salta á que 
se dijera y explotase que los jefes andaban cargados de oro. 
«En este sentido fueron públicamente hostilizados, los que 
retirándose por cualquier causa del ejército, principalmente 
si eran hijos de Buenos Aires, pasaban como particula- 
res». Uno de los jefes hostilizados fué el general Martín 
Rodríguez á quien Güemes hizo poner una emboscada cer- 
ca de la Cabeza del Buey, «que atacó de improviso su co- 
mitiva hiriendo ó matando á los que no huyeron precipi- 
tadamente. Rodríguez escapó por entre el monte teniendo 
que andar doce leguas á pie, pero su equipaje fué captura- 
do y para prueba de que la partida obraba por orden supe- 
rior fueron rematados en pública subasta unos cubiertos de 
oro que quizá fué lo único de valor que encontraron. Na- 
da he ocultado de nuestras miserias en Chuquisaca, mas los 
rumores de riquezas acumuladas y de cargamentos valio- 
sos eran embusteros y exagerados. Güemes dio un golpe 
en falso, deque sin duda tuvo que avergonzarse». 

Para vengar tales hostilidades, Rondeau movió su ejér- 
cito en dirección á Salta, prosigue el general Paz. Pero co- 



428 JOSÉ ARTIGAS 

metió \-d doble imprudencia de no llevar caballería y de no 
ponerse en relación previa con personas influyentes de la 
localidad. «En tres días que estuvo el ejército en los Ce- 
rrillos antes de terminarse esta ridicula comedia, casi no 
tuvo más alimento que las uvas que le suministró la gran 
viña de la hacienda de los Tejadas, sita en dicho lugar. Re- 
ducido á esta extremidad el general Rondeau tuvo que ca- 
pitular haciendo un tratado mediante el cual le dieron car- 
ne, le volvieron los prisioneros y le dejaron volver á Jujuy 
de donde había salido muy ufano pocos días antes, que- 
dando Güemes reconocido en su gobierno, con todos los 
desertores del ejército que desde antes y entonces había 
patrocinado, habiendo aumentado su armamento con lo 
que pndo tomar en la campaña y orgulloso con un triunfo 
que excedía á sus esperanzas». 

¿Condenarán esta actitud del caudillo de Salta los gran- 
des historiadores argentinos? 

Oigamos al doctor López (;< Historia de la República 
Argentina»): 

Güemes al retirarse del ejército de Rondeau y echar 
mano del parque, se reinstaló en su provincia de Salta y 
militarizó el país. En un principio pareció que sus relacio- 
nes con Rondeau se restablecerían, pues le envió por ges- 
tiones de Freneh dos regimientos de sáltenos. Uno de ellos 
fué sacrificado en una sorpresa de los españoles y el otro 
se retiró del ejército y volvió á Salta. Rondeau se quejaba 
á la vez de que Güemes estimulaba la deserción en las filas 
de su ejército. «-Que pudiera haber algo de cierto en las 
quejas de Rondeau, es de creerse». El hecho es que al 
aproximarse á Salta, quedó el ejército nacional entre las 
hostilidades de los realistas y las hostilidades de Güemes 
que le cerraban el paso. Rondeau intentó seguir adelante» 
pero Güemes lo cercó, le quitó los medios de movilidad y 
los víveres y lo obligó á reducirse á vivir con los racimos 
de una viña en que se había metido, hasta que tuvo que 
entrar en negociaciones y pasar por las horcas candínas. 
«Tan lejos de abusar de su triunfo, ultrapasando los 



MOTINES Y REVOLUCIONES 429 

límites del patriotismo y del interés nacional en provecho 
propio, Güemes auxilió al ejército con cuanto podía darle 
para que se remontara y defendiera sus posiciones en 
Jujuy», realzando «así su conciencia de intachable pa- 
triota». 

En vez de la censura, el elogio como se ve, que magni- 
fica el doctor López, al recordar la tenta ti va de parango- 
nar á Artigas con Güemes y poner á un mismo nivel «el 
«goísmo brutal e indómito de un bandolero, sin fe ni ley, 
€on el tipo más elevado y enérgico del patriotismo á que 
puede levantarse un ciudadano inspirado por el amor de 
su nacionalidad y del gobierno libre de su país». 

Después de lo que ha escrito el general Paz, no puede 
•quedar duda alguna acerca de la relajación militar en el 
ejército de Rondeau. Pero esa relajación, apresurémonos 
á decirlo, no alcanzaba á debilitar el heroísmo patrio cuan- 
tío sonaba la hora del combate. Es decisivo el testimonio 
<le los realistas á este respecto. 

En la autobiografía de Rondeau (Colección Lamas) fi- 
gura una carta confidencial del general Pezuela al virrey 
dándole cuenta de la batalla de Viloma, datada el 29 de 
noviembre de 1815. Y en ella dice: «Fueron los enemigos 
vencidos y desalojados de todas partes, pero reuniéndose 
siempre y perdiendo terreno palmo á palmo con un tesón 
y una disciplina como pueden tener las mejores tropas. Su 
caballería trabajó admirablemente». Zinny («Historia de la 
prensa periódica de la República Oriental»), reproduce otra 
carta confidencial del general Pezuela al virrey del Perú, 
en que se lee este párrafo: «Las tropas de Buenos Aires 
presentadas en Vilcapugio y Ayouma, es menester confesar 
que tienen una disciplina, una instrucción y un aire y des- 
pejo natural como si fueran francesas; pero si alguna vez 
volvieran á formar ejército con ellas, como sean mandadas 
por Belgrano y Díaz Vélez, ellas serán sacrificadas por po- 
■cas». 



430 JOSÉ ARTIGAS 



L<a sublevación de Fontezuelas. 

Dice el historiador Pelliza («Dorrego»): 

«lia impopularidad de la guerra preparada contra Arti- 
gas y la presión escandalosa hicieron que se amotinara en 
Foutezuelas la vanguardia del ejército expedicionario con- 
fiado al general don Ignacio Alvarez, el 2 de abril de 1815, 
y retrogradando hasta la ciudad de Buenos Aires diera apo- 
yo al Cabildo para resistir al director Alvear, que desde 
su campo de instrucción en los Olivos de Pelliza preparaba 
sus tropas para reconquistar un puesto en el cual se mos- 
trara tan inepto como voluntarioso y despótico». 

La caída de Alvear anuló por el momento la influencia 
de la logia. Todas las provincias felicitaron al Ayuntamiento 
de la capital por el triunfo. San Martín naismo, tan 
moderado en el delicado ministerio de la intendencia de 
Mendoza, decía al Cabildo en oficio de 29 de abril de 1815: 
«El recibo de las comunicaciones de V. E. del 18 del pre- 
sente, causó á este pueblo las más lisonjeras emociones de 
júbilo, al ver destronado al coloso que á esfuerzos de la 
iniquidad é intriga hacía gemir á esa capital y demás pue- 
blos en la más dura opresión. El ruidoso estrépito del ca- 
ñón, el alegre tañido de las campanas, la melodía de los 
instrumentos músicos, los vivas de los ciudadanos en ge- 
neral, todo demostraba que la libertad americana había 
renacido en el momento mismo de su destrucción y que 
llegaba el instante de su felicidad futura». 

El motín de Arequito. 

Escribe el general Paz («Memorias Postumas»), expli- 
cando el génesis del motín de Arequito: 

«La constitución política que había sancionado el Con- 
greso y que se había hecho jurar á los pueblos y á los 
ejércitos, no había llenado los deseos de los primeros, ni 
había empeñado á los últimos en su defensa: tampoco ha- 



MOTINES Y REVOLUCIONES 431 

bía desarmado á los disidentes ó montoneros que habían 
recomenzado la guerra con mayor encarnizamiento. Las 
ideas de federación que se confundían con las de indepen- 
dencia de las provincias eran proclamadas por Artigas y sus 
tenientes y hallaban eco hasta en los más recónditos ám- 
bitos de la Kepíiblica. Desde entonces se preparaba la se- 
paración de la Banda Oriental, que vino luego á tener 
efecto, á pesar de la conquista que hicieron de ella los por- 
tugueses. Es fuera de duda que sin la excitación y coope- 
ración de los orientales hubiera sido posible al gobierno 
detener el torrente y hacerse obedecer». 

'^Debe agregarse el espíritu de democracia que se agitaba 
en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver á esos 
gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe, 
dando la ley á las otras clases de la sociedad, para que no 
desearan imitarlo los gauchos de las otras provincias. .. 
Acaso se me censurará que haya llamado espíritu demo- 
crático al que en gran parte causaba esa agitación, clasifi- 
cándolo de salvajismo; mas en tal caso deberán culpar al 
estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que 
era la masa de la población la que reclamaba el cambio. 
Para ello debe advertirse que esa resistencia, esas tenden- 
cias, esa guerra, no eran el efecto de un momento de falso 
entusiasmo como el que produjo muchos errores en Fran- 
cia; no era tampoco una equivocación pasajera que luego 
se rectifica: era una convicción errónea si se quiere, pero 
profunda y arraigada. De otro modo sería imposible expli- 
car la constancia y bi'avura con que durante muchos años 
sostuvieron la guerra hasta triunfar en ella». 

«La guerra civil repugna generalmente al buen soldado 
y mucho más desde que tiene al frente un enemigo exte- 
rior y cuya principal misión es combatirlo. Este es el caso 
en que se hallaba el ejército, puesto que habíamos vuelto 
espalda á los españoles para venirnos á ocupar de nuestras 
querellas domésticas. Y á la verdad, es solo con el mayor 
dolor que un militar que por motivos nobles y patrióticos 
ha abrazado esa carrera, se ve en la necesidad de empapar 



432 JOSÉ ARTIGAS 

«u espada en sangre de hermanos. Dígalo el general San 
Martín que se propuso no hacerlo y lo ha cumplido. Aún 
hizo máf^ en la época que nos ocupa, pues conociendo que 
no podría evitar la desmoralización que trae la guerra ci- 
vil, procuró sustraer su ejército al contagio, desobedeciendo 
(según se aseguró entonces y se cree hasta ahora) las ór- 
denes del gobierno que le prescribían que marchase á la 
capital á cooperar con el del Perú y el de Buenos Aires. 
Únicamente perdió el hermoso Batallón N.° 1 que estaba 
de este lado de los Andes, y los Granaderos á caballo que 
estaban en Mendoza sólo fué á duras penas que llegaron á 
Chile. Si el general San Martín hubiese obrado como el 
general Belgrano, pierde también su ejército y no hubiera 
hecho la gloriosa campaña de Lima que ha inmortalizado 
su nombre >. 

Las autoridades nacionales habían caído en descrédito. 
«Se les culpaba de traición al país y de violación de esa 
misma Constitución que acababan de jurar. Se propagaba 
el rumor de que el partido dominante, apoyado en las so- 
ciedades secretas que se habían organizado en la capital, 
trataba nada menos que de la erección de una monarquía 
á que era llamado un príncipe europeo». 

«Si el general Belgrano hubiera rehusado venir con su 
ejército de Tucumán para empeñarlo en la contienda civil; 
si hubiera hecho lo que el general San Martín y enten- 
diéndose ambos hubieran de consuno obrado contra los 
españoles que ocupaban ambos Perú, es fuera de duda 
que las armas argentinas hubieran coronado la obra de in- 
dependencia del continente sudamericano, sin que nuestros 
males en el interior hubieran sido mayores: quizá muchos 
se hubieran ahorrado, además de la mayor suma de gloria 
que nos hubiera resultado; pero estos dos hombres emi- 
nentes mirnron las cosas de diverso modo, marcharon por 
distintos caminos y sus esfuerzos, que reunidos hubieran 
dado un inmenso resultado, se consumieron aisladamente.» 

Agrega el general Paz que cuando se produjo el movi- 
miento de Arequito, mandó preguntar la causa el general 



MOTINES Y REVOLUCIONES 438 

en jefe, y que su ayudante recibió por toda contestación 
«que aquellos cuerpos no seguirían haciendo la guerra ci- 
vil y que se separaban del ejército». 

Uorrego y los luotíneros. 

Dice el doctor López (.< Historia de la República Argen- 
tina»): 

Se ha acusado á Borrego de insubordinación militar. 
Pero, ¿encabezó algún raotín como el del general Mar- 
tín Rodríguez en abril de 1811? ¿Algún motín como el 
de los generales Martín Rodríguez y Rondeau en 1814 en 
Jujuy? ¿Algún motín como el del genend Ignacio Alva- 
rez en 1815 en Fontezuelas? ¿Algún motín como el del ge- 
neral San Martín y los oficiales del ejército de los Andes 
en Rancagua el año 1820? ¿Algún motín como el del ge- 
neral José María Paz en Arequito en 1820? El coronel 
Dorrego no. 

En plena arbitrariedad. 

Véase cómo se expresa Ayarragaray («La anarquía ar- 
gentina y el caudillismo»), estudiando el medio ambiente 
del período revolucionario: 

«La inseguridad llega á límites inverosímiles; no son 
muchos lo que «se atreven á salir de sus casas», pues al 
que asoma, si no lo matan, lo desnudan. En Buenos Aires 
mismo, llega á tales excesos el desquicio social, que el mi- 
nistro Manuel Moreno, en la gobernación del coronel Do- 
rrego, sale á la calle con un soldado detrás armado de un 
fusil. 

Bajo la presión de la fatiga del desorden «seis mil pe- 
sos se ofrecen al que entregue la (cabeza) de Artigas, pues 
el degüello es un procedimiento ordinario en la discordia 
intestina». 

Se refiere á los desórdenes de todo género que eran co- 

josí: AuriOAS.— i?& i. i. 



434 JOSÉ ARTIGAS 

mentes en la ciudad de Buenos Aires, donde el año 1815 
se asaltaba la casa del ex director Posadas: 

«¿Qué formas de gobierno podían subsistir 6 desarro- 
llarse en un ambiente tan perturbado, que no fueran aqué- 
llas promovidas por el ejercicio dictatorial de los poderes 
de guerra? El director Alvear promulga el año XV un 
bando imponiendo la pena de muerte á todo individuo sin 
excepción que invente ó divulgue maliciosamente especies 
alarmantes contra el gobierno constituido.... Ningún go- 
bierno circunscribe su acción dentro de órbitas legales; 
luego que surge, toma el sesgo dictatorial, impulsado por 
la violencia arbitraria ó el fraude». 

«Algunos han dicho (son palabras de don Gervasio Po- 
sadas en sus memorias inéditas) que todos los padeceres, 
los vicios, todos los crueles males salen de la caja de Pan- 
dora é inundan la tierra, y el abogado Manuel Maza, me 
dijo en cierta ocasión que la tal caja de Pandora estaba en 
Buenos Aires». 

«Comprenderéis que en este ambiente no flota ninguna 
idea de gobierno, y si algún pensamiento culto y tranquilo 
lo atraviesa, bien pronto aborta desnaturalizado y deshe- 
cho, por el choque de las facciones entre las recias intrigas 
de usurpadores y motineros. Sólo son capaces de subsistir 
y desenvolverse los poderes de temperamento arbitrario y 
despótico. Implícita ó expresamente otorgan los cabildos, 
legislaturas ó asonadas, «las omnímodas facultades .^ prodi- 
gadas mucho tiempo antes de Rosas». 

«Don Francisco Escalada hace plantar la horca delante 
de la puerta de la casa capitular y dice á los asistentes: 
«para ellos ó para mí», manifestando su heroica resolu- 
ción de perecer ó castigar á los rebeldes.» 

A los disidentes de la primera Junta que siguen las 
ideas de Moreno, se les fulmina «como fanáticos, frenéti- 
cos, inmorales, hambrientos de sangre y de pillaje, hidras 
ponzoñosas». 

Belgrano, el año 1816, con su honrada franqueza decla- 
ra en una proclama que «no hemos conocido más que el 



MOTINES Y REVOLUCIONES 435 

despotismo l)MJo los gobernadores y virreyes, bajo las jun- 
tas, triunviros y directores». 

«Y se llega á Rosas, después de haberse agotado du- 
rante veinte años los procedimientos más irregulares y 
monstruosos, sin el precedente de una elección legal, sin 
la práctica leal de un derecho político, sin una renovación 
de poderes, que no hubiera tenido por origen, ó el motín 
militar, ó las maquinaciones del fraude; más aún, habién- 
dose encarnado en los liábitos, la legitimidad de todos los 
excesos demagógicos». 

«¿Queréis saber ahora con qué criterio de legalidad se 
cumplían las prescripciones del primer ensayo constitucio- 
nal por los mismos que lo sancionaron? Con arreglo á lo 
dispuesto en el Estatuto Provisional, debía formarse una 
asamblea de vecinos».... <sEsta corporación.... satisfacía 
hasta cierto punto las exigencias del sistema representativo, 
acostumbraba al pueblo á la idea de un poder deliberante, 
proveía á la renovación periódica de los gobernantes».... 
«Ahora bien: empieza la ejecución de la carta. La desig- 
nación de los nn'erabros que debían elegir las provincias, 
se hace en Buenos Aires, «despojando así á los pueblos de 
la facultad que se les había reconocido de nombrar sus 
apoderados por medio de sus cabildos». 

desórdenes militares. 

Las siguientes descripciones debidas á historiadores, que 
fueron testigos oculares de los sucesos que han narrado, 
ponen de relieve la relajación de los ejércitos de Buenos 
Aires durante el período revolucionario. 

Habla Lñondo (--í Apuntes para la historia de la provincia 
de Santa Fe»), de la expedición militar que envió el direc- 
tor Alvarez en 1815 para obtener el ronq3Ímiento de los 
sautafecinos con Artigas: 

«Casi toda la oficialidad era un puro libertinaje. Una 
Noche Buena, estándose celebrando la misa del Gallo en 
el Templo de la Merced, entraroíi varios de ello<-' con lám- 



436 JOSÉ ARTIGAS 

paras tomadas en la puerta de la iglesia, y andaban alum- 
brando á las mujeres, tendiéndose en los escaños y contes- 
tando á gritos con el coro á las oraciones de la misa. En la 
novena de la Purísima Concepción en el templo de San 
Francisco, aparecían en camisa y con la demás ropa bajo 
del brazo, paseándose entre la muchedumbre de mujeres 
que salían del templo. Otra vez en las cuarenta horas del 
Carnaval en la Iglesia Matriz, tiraban cohetes adentro de la 
iglesia desde las puertas; y otros muchos más hechos escan- 
dalosos de que dejaron rastro. A los vecinos de esta ciudad 
los miraban con desprecio». 

Léase lo que narra el general José María Paz en sus 
«Memorias Postumas», hablando de las campañas del 
Alto Perú, y del jefe de vanguardia coronel Martín Ro- 
dríguez, que había caído prisionero: 

«En el ejército enemigo se tenía una gran idea del poder 
é influencia del coronel Rodríguez en el nuestro y nadie 
dudaba que era un competidor que podía suscitarse al ge- 
neral Rondean. Este convencimiento y la aparente igno- 
rancia y candidez de aquél, hicieron concebir al general 
Pezuela grandes esperanzas si lograba atraerlo á los inte- 
reses que defendía. Entró, pues, en conferencias, y la astuta 
deferencia de Rodrío;uez acabó de decidirle. Resolvió darle 
libertad, mediante promesas y juramentos solemnes que 
hizo de abrazar la causa real, volviendo al ejército y entre- 
gando por lo menos la inmensa vanguardia que había es- 
tado y que volvería á estar á sus órdenes». 

El coronel Rodríguez se presentó á las avanzadas ar- 
gentinas, con un parlamentario que llevaba cartas para 
Rondeau. A su llegada (marzo de 1815), hubo gran- 
des fiestas y sui-gió toda una leyenda en la que aparecía 
el jefe de la vanguardia perforando la pared de su ca- 
labozo y afrontando toda especie de peligros para re- 
unirse á sus compañeros. Pero la leyenda quedó luego 
desbaratada con la lectura del oficio de Pezuela que 
pi'oponía el canje del coronel Rodríguez y agregaba que 
éste había empeñado su palabra de honor de volver si la 
propuesta no era aceptada. 



MOTINES Y REVOLUCIONES 437 

«Rodríguez tomó otra vez el mando, pero su popularidad 
y su reputación habían sufrido un golpe de consideración, 
por los mismos medios que quiso aumentarla. Salió á cam- 
paña para revistar los puestos avanzados y preparar alguna 
sorpresa parcial ó guerrilla feliz contra el enemigo y se 
hizo batir y tomar prisionero de un modo tristísimo. Logra 
su libertad, y con el fin de herir la imaginación del ejército 
y suponer como producto de un arrojo temerario lo que 
era efecto de una negociación, finge una novela semejante 
á los lances del barón de Trenk, que es desmentida ú las 
pocas horas. En un ejército no se piensa mucho, y 
menos en aquel en que una relajación escandalosa conta- 
minaba todas las clases de la milicia, mas sin embargo lo 
sucedido era demasiado para que el coronel Rodríguez no 
hubiera perdido mucho». 

cHe dejado escapar casi á pesar mío la palabra relaja- 
ción escandalosa, y una vez dicha preciso es que al menos 
diga algo para comprobar su exactitud. No uno ni dos, 
eran muchos los jefes que tenían publicamente mancebas, 
habiendo algunos tan imprudentes que cuando marchaban 
los cuerpos las colocaban habitualmente á su lado á la ca- 
beza de la columna». 

La responsabilidad de los proceres de Mayo. 

La tendencia personal que se manifestó desde el prin- 
cipio del movimiento emancipador, privó á la Revolución 
de Mayo de la gloria de comenzar por un congreso cons- 
tituyente, antes de extraviarse en el laberinto de las fac- 
ciones personales. 

Esas palabras del ilustre autor déla «Historia de la Re- 
publica Argentina», encierran la clave de todas las escenas 
tumultuarias que hemos extractado en el curso de nuestro 
alegato y que tendremos que seguir extractando en otros 
capítulos, porque el estado de guerra era el estado normal 
y corriente de la Revolución durante todo el período c[ue 
examinamos. 



438 JOSÉ ARTIGAS 

No quisieron los proceres de Mayo sujetarse á un ré- 
gimen institucional cualquiera. Estaba convocado un con- 
greso para organizar el gobierno, pero en vez de instalarlo, 
prefirieron que los diputados de las provincias entraran á 
formar parte del poder irresponsable que había recogido la 
herencia del virrey. 

¿Qué resultó de ahí? 

Un año después de la Revolución de Mayo, escribe Mi- 
tre en su «Historia de Belgrano», la arena se veía abando- 
nada por sus mejores atletas. Moreno, el numen de la Revo- 
lución, había expirado en viaje y su cadáver yacía en el 
fondo del Océano; Berruti y French, los dos tribunos del 
25 de Mayo, expatriados; Rodríguez Peña, Azcuénaga, 
Vieytez, acusados por un manifiesto que se publicó en «La 
Gaceta», de inmorales, hambrientos desangre y de pillaje, 
infames, traidores, facciosos, cínicos, revoltosos, hidras pon- 
zoñosas, corruptores del pueblo; y Belgrano, procesado 
por los desastres del Paraguay! 

La tendencia centralista y dictatorial de 1812, arranca- 
ba á Belgrano frases de profundo desaliento, que envol- 
vían todo un proceso para los proceres de Mayo: «Ha sido 
para mí un golpe fatal Quisiera tener todos los conoci- 
mientos necesarios y ser capaz de alcanzar con acierto el 
medio de conseguir que volvieran los pueblos á aquel pri- 
mer entusiasmo con otra i-eflexión que entonces; mas á mí 
no me ocurre otro que el de que V. K. arbitre el modo de 
hacerles conocer que Buenos Aires no quiere dominarlos, 
idea que va cundiendo hasta los pueblos interiores». 

Avanzando un poco más todavía, llega el biógrafo de 
Belgrano á la célebre asamblea de 1818, de la que fueron 
expulsados los diputados orientales. Dice que esa asam- 
blea dictó leyes muy fecundas y á la vez algunas muy in 
convenientes como el proceso de residencia á todos los go- 
biernos que la habían precedido. Y á conoccuencia de ese 
proceso, don Cornelio Saavedra fué perseguido, desterrado, 
escarnecido, llegando un momento en que el héroe del 25 
de mayo se halló solo, pobre y «desnudo en medio de las 



MOTINES Y lU'VOLÜClONES 439 

nieves de la cordillera, mientras los españoles lo bnseaban 
por una parte para ahorcarle y los patriotas lo repelían de 
la otra en odio á sus antiguas opiniones ->. 

Todos los motines y revoluciones que llenan este capí- 
tulo, emanan fundamentalmente de ese mismo vicio de 
origen que llegó á contaminar á las figuras más puras déla 
Revolución y á rodear de creciente desprestigio á los gobier- 
nos de Buenos Aires, de cuyos mandatos pudieron bur- 
larse impunemente sus principales generales. 

San Martín, bautiza su incorporación al movimiento 
revolucionario, encabezando con Alvear el motín cuartelero 
del 8 de octubre de 1812. Más adelante, el glorioso general 
de los Andes desacata reiteradas órdenes de su gobierno 
que le obligaban á embarcarse en la guerra civil contra 
Artigas, y lanza su ejército al Perú donde las armas argen- 
tinas conquistan gloria imperecedera. 

Para triunfar en la batalla de Tucumán^ tuvo Belgrano 
que desacatar órdenes terminantes del gobierno. Al esta- 
llar la tormenta de 1820, el héroe de Tucumán recibió 
órdenes análogas á las que acababa de desacatar San Mar- 
tín, y habiéndose sometido á ellas, su ejército fué en el acto 
devorado por el motín. 

Güemes secuestra el parque destinado á combatir á los 
españoles, y sitia á Rondeau y le obliga á capitular des- 
pués de agotados los racimos de un viñedo que suministró 
al ejército nacional su único alimento durante varios días. 

Todos esos males emanaban del estado anárquico á que 
conducía la ambición de la oligarquía porteña. 

La caja de Pandora, según la frase del doctor Maza al 
director Posadas, estaba en Buenos Aires. Y desde allí 
repercutía dolorosamente en todas las proviucias, bajo 
forma de opresión y de atentados de toda especie. 

El manifiesto de la Junta Gubernativa acerca del mo- 
vimiento revolucionario del 5 de abril de 1811 (N<Gaceta 
de Buenos Aires» del 15 de abril) señala las causas pri- 
marias del estado de permanente crisis de las Provincias 
Unidas, cuando se refiere á las peticiones del pueblo con- 



440 JOSÉ ARTIGAS 

tra «una facción de intriga y de cabala que quiere dispo- 
ner de la suerte de todas las provincias, esclavizando á la 
ambición de sus intereses particulares la suerte y la liber- 
tad de sus compatriotas». 

Artigas fué una de las víctimas de esa caja fatal, ó más 
bien dicho la principal víctima, como que todos los odios 
de los gobiernos c;iót¡cos y desprestigiados que emergían 
de los motines y de las revoluciones, se dirigían preferen- 
temente sobre él, en su calidad de supremo representante 
de las fuerzas vitales del país que pugnaban por evitar el 
desastre del derrumbe. ¡Fuerzas bárbaras! exclaman los 
grandes historiadores argentin os, sin perjuicio de que cuando 
tienen que concretar los hechos, se ven obligados á decir, 
con el doctor López, que el elemento ilustrado de Cór- 
doba era netamente artiguista. 



CAPITULO VIII 



AISI^AMIENTO DE I/AS COI^ONIAS 



EL CONTRABANDO COMO LEY DE LA ÉPOCA 



Sumario: — Las restricciones del coloniaje. Representación de los la- 
bradores en 1793. Representación de los hacendados en 1794. La 
riqueza ganadera del Río de la Plata calculada por Azara. La 
representación de los hacendados de 1809, redactada por Maria- 
no Moreno. El trigo empleado para rellenar pantanos. El horror 
al extranjero. El cambio internacional es obra del mismo De- 
monio. Instrucciones al Marqués de. Loreto. El contrabando 
presidido por los funcionarios públicos. Opinión del general Mi- 
tre sobre el contrabando. Era una función normal del organismo 
económico durante el coloniaje. El contrabando según el doctor 
López. Conclusiones de los historiadores Lobo y Parish. Las res- 
tricciones comerciales en la Banda Oriental. Habilitación del 
puerto de Maldonado por la Junta de Mayo. Los derechos de 
aduana como causa del contrabando en las postrimerías del colo- 
niaje. Contra el comeicio de ideas. Diques alzados por el gobier- 
no español para impedir la difusión de la enseñanza en América. 
Los colonos estaban destinados por la naturaleza á vegetar en la 
obscuridad y el abatimiento Artigas y el contrabando. 

Lias restricciones «leí coloniaje. 

Tres importantísimas representaciones de los labradores 
y hacendados del Río de la Plata, formuladas sucesivameu- 



442 JOSÉ ARTIGAS 

te en 179 ^ en 1794 y en 1809, nos permitirán conocer el 
cuadro exacto de las inconcebibles restricciones comercia- 
les con que el gobierno español pretendía sujetar el vuelo 
industrial de sus colonias. 

Representación «le los labradores en 1793. 

Los labradores de Buenos Aires, en su representación 
al virrey de 11 de noviembre de 1793, después de refe- 
rirse á la importancia de la agricultura y á las medidas 
protectoras «de este gremio, el más pobre y numeroso, y 
que cultiva unos terrenos los más fértiles del mundo sus- 
ceptibles de producir cosechas inmensas de granos, capaces 
no sólo de mantener á España, en caso de carestía, sino 
también á mucha parte del resto de Europa >^, dicen: («Re- 
vista de Buenos Aires») 

«En medio de tan bellas proporciones como quedan ex- 
presadas, se ven los labradores de estas dilatadas campa- 
ñas en la mayor pobreza y aniquilamiento, por no tener 
salida de sus frutos á falta de comercio y extracción, lo 
que ha motivado, y particularmente el antecedente año de 
92, que el trigo se haya vendido aún después de la cose- 
cha al precio bajo de 10 á 12 reales la fanega, sin embar- 
go de ser doble mayor que la de España, y siendo constan- 
te que los costos de siembra y recogida ascienden á mu- 
cho más, es consiguiente la pérdida. De este principio se 
siguen males déla mayor consecuencia, y el abandono de 
muchos pobres labradores que por no tomar el arado con 
repugnancia dimanada de la ninguna recompensa de su tra- 
bajo, más bien se entregan al ocio y la pereza, naciendo 
de éstos otros tantos ladrones y salteadores como la expe- 
riencia lo tiene acreditado.» 

Señalan luego el ejemplo de algunos grandes países que 
permiten la extracción libre de sus trigos para fomentar 
el desarrollo agrícola: 

«Así piensan estas naciones llevadas de la experiencia, y 
sólo en Buenos Aires no ha de haber fomento y libertad 
en el cultivo y comercio de granos por la preocupación de 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 443 

que cuando se dan dos panes por medio real se ha llegado 
al colmo de la felicidad, aunque los labradores queden 
destruidos, y lo que es más aún, que los pueblos vecinos 
se arranquen unos á otros el pan de la boca, siendo todos 
hijos de un misino padre, en vez de ayudarse recíproca- 
mente en sus fatigas y necesidades; este hecho se hace in- 
creíble, pero no hay cosa más cierta y constanteiiiente no- 
toria á este vecindario, que para llevar trigo y harinas en 
los dos años anteriores de 91 y 92 á Montevideo y al Pa- 
raguay, se han vistf» precisados los comerciantes á condu- 
cir como de contrabando aquellas porciones excedentes». 

< Halla el negociante su utilidad en el comercio de los 
granos: no se obligue por fuerza á nadie á comprar ni 
vender: no se re})are en que se venda dentro ó fuera de la 
provincia: no se prohiba la ?ntrada ni la salida: déjese que 
suba ó baje el precio á proporción de las causas que pro- 
ducen esta variación: destiérrense gabelas é impuestos: 
haya libertad de amacijo: en una palabra, sea el comercio 
de trigo tan libre como el de cualquier otro género.» 

Y terminan pidiendo que se autorice la extracción de, 
granos, en tanto que el precio del trigo no pase de 32 
reales. 

Representación «le los hacendados en 1794. 

Los hacendados de Buenos Aires y Montevideo presen- 
taron en 1794 ai ministro don Diego Gardoqui un me- 
morial sobre los medios de promover el beneficio de la 
carne de vaca. («Revista de Buenos Aires»). 

Empiezan con una descripción de la riquezii de la Pro- 
vincia: 

En ella se cuentan por millones las cabezas de ganado va- 
cuno, caballar, lanar y cerdal, con salinas abundantes, para- 
jes muy apropiados para formar saladeros en donde puedan 
entrar cómodamente lanchas de carga, y puertos para navios 
como los de Buenos Aires, Montevideo, Maldonado y la 
Colonia. La propensión de las gentes de campo se adapta 
maravillosamente á la cría y conservación de ganados y 



444 JOSÉ ARTIGAS 

faenas respectivas. Cuenta la provincia con otras produc- 
ciones, siendo abundantísima en granos, lanas, venados, ti- 
gres, avestruces, pescados, ballenas, lobos marinos, aparte 
del algodón en Corrientes y Misiones y de las minas de 
oro en Maldonado y San Luis. La caza, la pesca, la pas- 
toril, la agricultura y la metalurgia, de que dispone esta 
provincia «son las cinco artes fundamentales de cualquier 
estado y las que producen las materias primas para for- 
mar el nervio de la nación». 

«La caza considerada en sí misuia, es la menos propor- 
cionada á mantener una gran porción de pueblo, pues se 
ve en todas partes del mundo, que todos los que se man- 
tienen de ella, son poco numerosos, pobres y bárbaros y 
este ejercicio hace á los hombres duros é independientes. 

«La pesca merece mayor lugar que la caza por ser ramo 
mucho más importante y como la gente de este país no se 
inclina á ella, la podrán hacer los españoles europeos, como 
ya han dado principio con la ballena y lobos marinos. 

«La metalurgia es una profesión no sólo útil, sino nece- 
saria, pues el oro y la plata son de primera necesidad para 
el comercio, pero con todo, no debe ser preferida en los 
países donde hay pastos, labranza y comercio, pues se ve 
por experiencia que los pueblos que no tienen ganados, ni 
trigos, son miserables, aunque posean ricas minas de oro y 
plata, como de esto tenemos un ejemplo vivo en muchos de 
esta América. 

«La agricultura, atendiendo las circunstancias locales de 
este país, es también la que merece nuestra atención, pues 
contribuye al comercio y á la población; y ésta contiene 
varios ramos, pero el más principal y en el que se debe po- 
ner particular atención, es el cultivo del trigo, por ser entre 
todos los granos el más apta á la manutención: aquí se pro- 
duce abundantemente y sólo le falta extracción, como lo 
hemos manifestado á S. M., los que también somos labra- 
dores, en representación de 11 de septiembre último diri- 
gida al Supremo Consejo de Indias por intermedio de 
nuestro virrey. 



AISLAMIENTO DE I-AS COLONIAS 445 

«Es, pues, aquí el arte pastoril el de mayor atención por 
las bellas proporciones que hay para formar establecimien- 
tos numerosos, por la grande extensión de terrenos, y todos 
á cual más fértil para apacentar ganados, que con el buen 
temple del clima, y la situación de este país por sus mu- 
chos puertos, es el mejor para el comercio. 

«A esta predilección que merece esta provincia, se debe 
la excesiva abundancia que tiene de ganados, porque si es 
el caballar que contribuye al fomento y conservación de 
las estancias, hay así en esta banda como en la otra de es- 
te gran río un crecido número de millones y á tan alto gra- 
do ha subido este exceso, que no hay poder humano que 
los pueda sujetar á pastoreo, de modo que en ciertos tiem- 
pos del año es preciso se junten los estancieros para matar- 
los por el perjuicio que causan por su muchedumbre é in- 
quietud á la cría y fomento del vacuno, no sólo por el al- 
boroto en que los ponen, sino porque también les talan y 
arruinan los pastos. 

«De la abundancia del vacuno es buen testigo toda la 
Europa, como que ya le causa admiración el ver los millo- 
nes de pieles que se desembarcan en Cádiz y en los demás 
puertos habilitados para el comercio de América, pues sólo 
en el año pasado del 92 se embarcaron para España 
ochocientos veinticinco mil setecientos nueve cueros de 
ganado vacuno, producidos de esta provincia, según consta 
del primer estado que ha manifestado al público esta Real 
Aduana, sin contar los que se embarcaron para las costas 
del Brasil para la compra de negros; en el de 93, como lo 
demuestra el siguiente estado, se embarcaron setecientos 
sesenta mil quinientos noventa y cinco cueros, siendo los 
cinco mil novecientos treinta de ellos para el comercio de 
negros; pero no es extraño sea éste menor número que el 
del año anterior á causa de la guerra actual con la Francia, 
pues ha retraído el ánimo de los comerciantes para hacer 
acopios y remesas á España por temor de los corsarios, co- 
mo lo acredita la baja de precios en los cueros, y se debe 
considerar que por sólo estas partidas embarcadas que no 



446 JOSÉ ARTIGAS 

se puede formar una idea perfecta de lo iiiuclio que produ- 
ce anuahnente la provincia eu esta clase de ganado, pues 
se deben agregar las porciones crecidas de cuero (pie se 
consumen eu elia en sacos, retobos de fardos y cajones, de 
guascas, correas ó sogas para el uso común de amarrar to- 
da clase de cosas y aun sirven en lugar de clavos en la 
construcción de las clases campestres y otras porciones 
que se pierden eu los almacenes por la polilla y aun eu los 
mismos parajes que se verifican, al menor descuido que ha- 
ya en sacudirlos ó preservarlos de las aguas, por cuyas 
consideraciones nos persuadimos se podrán aumentar más 
de ciento cincuenta mil cueros». 

Suponen los hacendados que haya una matanza anual 
de ()00,000 vacunos: 

«Rebajando la carne destinada al consumo, que puede 
calcularse en 150,000 cabezas para las poblaciones de 
Buenos Aires, Montevideo, Santa Fe, Corrientes y Mi- 
siones, quedan 450,000 para salazón, «resultando por la 
cuenta que hemos hecho que por no aprovecharse los fru- 
tos que producen las cuatrocientas cincuenta mil cabezas, 
pierde la nación á reserva de los cueros, el ingreso de cerca 
de ocho millones de pesos vendidos que fuesen en España 
y en otros parajes». 

Trazan luego el cuadro de la importancia industrial del 
Río de la Plata y de las ventajas de la libertad de comer- 
cio: 

«Por lo que dejamos expuesto, ¿no está comprobado que 
este es el país más rico del mundo, por hallarse bajo de 
un clima dulce, con muchos puertos que favorecen al co- 
mercio, abundantes tierras que producen copiosamente los 
alimentos de primera necesidad como es el pan y carne, 
pues ambos ramos pueden formar un gran fondo de comer- 
cio y una masa no pequeña de riquezas, más seguras que 
las que producen las manufacturas, por tener éstas una exis- 
tencia precaria dependiente del gusto y de la industria de 
las otras naciones y á veces del capricho de la moda, y aun 
más seguros también que las minas de oro y plata, porque 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 447 

éstas cuanto más se cavan menos producen, ó bien sea por- 
que dan en agua, ó porque se pierden y se agotan las 
vetas, ó bien porque el beneficiarlas ocasiona más gastos». 

«¿Cuál será la verdadera, sólida y permanente arte de 
hacer dinero? ¿Cuál la sola lícita y aprobada por Dios y la 
Naturaleza? La pastoril, sin duda, que produce abundantes 
ganados, y la agricultura mucho trigo ayudada del comercio 
marítimo: estos son los medios justos de enriquecerse y 
procurar atraer los metales^ sacándolos de los países que 
los poseen y que se hallan escasos de otras especies y soco- 
rriéndoles con ellas por el dinero que les sobra ó permu- 
tándolas por otras que necesitamos: este es y debe ser el 
único fin del comercio; nuestros ganados que producen 
abundante carne, cuyo alimento es después del pan, el más 
necesario á la vida humana, los cueros, sebos y lanas, son 
una piedra imán que ayudada del comercio atrae con fuer- 
za y enriquece todos los años á la nación: es una locura 
pretender otros manantiales: estas son unas minas ricas 
que se poseen con seguridad, se cultivan con tranquilidad, 
y se disfrutan con justicia; y para esto mereciendo el fo- 
mento de nuestro Soberano, ¿quién duda podríamos llegar 
al colmo de la mayor felicidad? y á tan alto grado que se 
podrían cargar en estos puertos todos los años seiscientas 
á setecientas embarcaciones, reguladas una con otra de 
doscientas cincuenta toneladas, con granos, lanas, cueros, 
sebos, carnes, astas y cerda, que produce el ganado vacuno y 
el caballar, y pieles, crines y su grasa para curtidos, con más 
aceite de ballena, de lobo y sus pieles, tocinos de los cer- 
dos, sin otros varios frutos que produce la agricultura como 
el trigo, lino, cáñamo, algodón y otros». 

Examinan después de esto los hacendados las objeciones 
que se podrían hacer al plan de establecimientos de salazón: 
falta de gente industriosa en esa manufactura, falta de to- 
neleros, falta de barrilería abundante, pobreza en los es- 
tancieros, falta de embarcaciones, y las distancias de ochenta 
á cien leguas que habría que recorrer en ciertas circunstan- 
cias. 



448 JOSÉ ARTIGAS 

«Pai'íi estos casos mucho podría contribuir el que se se- 
ñalasen premios á los que venciesen estas dificultades, así 
como debían ser castigados severamente los que fuesen á 
los tales parajes, ni á ninguna otra parte, á (ijecutar exce- 
sivas matanzas de ganados desordenadamente como lo tie- 
nen de costumbre, por el interés de los cueros y á veces por 
sacar las lenguas ó lo que llaman picana, que es la parte 
más gorda del anca, sin que para esto reserven las vacas, 
contra lo que está mandado, cuyos desórdenes si no se ata- 
jan por el gobierno, causarán funestas consecuencias, vi- 
niendo á jmsar que se agote el manantial de riquezas que 
tenemos en los ganados, de manera que por medio de los 
premios y castigos que se estableciesen, conjeturamos que 
en breve nos pondríamos en estado de que cuando se ma- 
tasen los machos, fuesen toros ó novillos, sería también 
con el objeto de aprovechar las carnes, pues es un dolor 
ver en estos campos que por sólo las pieles se hagan matanzas 
de cuarenta á cincuenta mil cabezas y aun de más numero, 
sin distinción de macho ó hembra, lo que no se verá en 
ninguna parte del mundo. 

«Ni es dudable que por este camino se hiciesen útiles al 
Estado dos ó tres mil hombres que se hallan en la otra 
banda tan alzados como los mismos ganados, entregados 
al robo y á una vida bárbara, sin religión, sin más objeto 
que estar prontos continuamente para el que los llame á 
hacer tales matanzas, pues es constante que cuando no las 
ejecutan por cuenta de los nuestros, se van á practicarlas 
por la de los portugueses fronterizos, lo que es aún más 
perjudicial, y en los tiempos en que no practican estas fae- 
nas, se ocupan en hacer el contrabando del tabaco negro y 
robar á los nuestros el ganado vacuno y caballar para ven- 
derlo á los portugueses. Esta clase de gente ya hace mu- 
chos años que existe, cuyo número va en aumento, y como 
lo notó Mr. Boungainville en su viaje de la vuelta del 
mundo, si el gobierno no los aniquila ó los hace útiles al 
Estado, podrá llegar tiempo en que éste padezca fatales 
consecuencias, como ya se experimentaron en la guerra con 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 4 19 

los portugueses del año de 77, que sólo quinientos hombres 
de esta clase mandados por el portugués brigadier Pintos 
Bandeira, en forma de partida volante, pusieron en terror 
á toda la otra banda y tuvieron el atrevimiento de que es- 
tando el ejército al mando del general don Pedro de Zeba- 
llos, en las cercanías del Rosario, se robasen muchos miles 
de caballos del rey, que se hallaban custodiados por una 
guardia en aquella rinconada y pocos meses después sor- 
prendieron la retaguardia del ejército que caminaba de 
Maldonado á Santa Teresa, llevándose algunos prisioneros 
y bagaje; y en esta ocasión faltó muy poco para que hubie- 
se tenido la misma suerte la persona del general, que cami- 
naba con corta escolta, por haber parado pocas horas antes 
en el mismo paraje de la sorpresa, cuyas gentes que se com- 
ponen de desertores y otros que han pasado de esta ciudad y 
de las demás de estas provincias en clase de peones, no 
será difícil de atraerlos por el interés que reportarían para 
todas las faenas conducentes á la salazón». 

«Carecemos de maestros que entiendan perfectamente 
de la salazón de (;arnes, pero es visto que si algunos parti- 
culares que no pasan de ocho en el día no se hallasen asis- 
tidos de los cinco á seis ingleses que se nos han venido á 
las manos por ciertas casualidades de las que ofrecen los 
tiempos, con motivo de la pesca de ballena que hace esta 
nación en estos mares, tampoco habrían construido unas 
carnes tan excelentes, que pueden llevarse sin riesgo de 
perderse á la mayor distancia como de ello ya tenemos 
experiencia; pero este corto auxilio no basta para que la 
salazón sea general y que pueda cada hacendado trabajar 
en esta manufactura á proporción del ganado que tenga, ni 
de otro modo se podrá hacer un comercio brillante, que 
evite por este medio los desórdenes en las matanzas por só- 
lo los cueros como lo dejamos expresado; y para remedio 
de esta falta, nos avanzamos con la confianza que nos ins- 
pira la benignidad de nuestro monarca y el ejemplo que 
nos dio en remitir á este reino en años pasados veinti- 
tantos polacos y alemanes para enseñar en el Perú el mo- 
jóse ARTIGAS.— 29 r I. 



450 JOSÉ ARTIGAS 

do más fácil y ventajoso de sacar y beneficiar metales; á 
este ejemplo, pues, podrían remitirse á esta provincia ochen- 
ta ó cien irlandeses solteros y católicos romanos, cuya na- 
ción es la más práctica en este ejercicio y la que más bien 
se acomoda al genio español.» 

El sueldo fijado cesaría á medida que los irlandeses fue- 
ran encontrando ocupación á cargo de los hacendados, has- 
ta que se viera «con gloria de la nación que toda la 
provincia era un saladero». Los irlandeses formarían fami- 
lias que inserían unos maestros permanentes, no sólo de sa- 
lar carnes, sino también de hacer quesos y manteca, de lo 
que resultaría otro ramo de comercio no pequeño, porque 
aunque aquí se sabe el arte de hacer manteca, se ignora el 
modo de prepararla para que se conserve buena para lar- 
gos viajes». 

Entre Buenos Aires y Montevideo no hay arriba de do- 
ce ó catorce toneleros. Deben, pues, mandarse otros de Es- 
paña que sean solteros y con el goce de un peso diario y 
un premio por cada aprendiz que formen, para que no ocu- 
rra como con los maestros que antes vinieron, que gozaban 
de dos pesos diarios y regresaron á España sin propagar 
ese arte. En el Paraguay, hay maderas que se prestan para 
la construcción de barriles apropiados al tasajo. 

Para suplir la falta de fondos en la mayoría de los hacen- 
dados, de embarcaciones para la conducción á Europa y de 
corresponsales para la venta, podría constituirse una com- 
pañía con privilegios. «Pero como los privilegios exclusivos 
en materia de artes y tráfico, producen luego los malos 
efectos de desanimar al resto de la nación y de faltar á la 
buena fe, adulterando las obras por los deseos inmoderados 
de las ganancias, se entienda solamente á la parte comercia- 
ble de carnes del ganado vacuno y cerdal, porque la manu- 
factura de éstas debe ser (para conseguirlos fines indicados) 
general y común á toda la provincia, porque de este modo se 
vivificará el espíritu de toda ella. Pai'a esto se podría for- 
mar por la compañía dos grandes almacenes, uno en esta 
ciudad y otro en la de Montevideo, para depositar todas las 



AÍSLAMíE^rO DE L.VH (JOLONr\S 4")! 

carnes que tnibíijeii los hacendados, sea en barriles ó fiie- 
i'a de ellos, como eu la de tasajo y charque». La compañía 
tendría facilidades para colocar las carnes en Europa, «doiule 
los primitivos precios han de exceder á los de aquí, que las 
más de las veces no tienen ninguno». Se podrían «llevar 
desde aquí á la Habana, como ja se ha empezado á practi- 
car en pequeñas proporciones, donde convendría estableciese 
la compañía un factor que los vendiese, no sólo para nues- 
tros establecimientos, sino también para los del extranjero 
(|ue fuesen á comprarlas allí». En España, podría comprar- 
las el Estado para la armada y en el seno dn la población 
podrían reemplazar al bacalao que llevan allí los ingleses. 
En África tendrían muy buena salida, pues son embarcadas 
por los portugueses en los viajes de retorno de los buques 
conductores de negros. Hasta el Asia han ido algunos barri- 
les preparados por los ingleses y después de largos viajes 
han vuelto en el año 1788 á Cádiz perfectamente conser- 
vadas. 

La compañía encargada del comercio exclusivo de carnes 
se ocuparía también de otros frutos como la manteca, que- 
sos, lenguas, cueros de carnero y maderas. «De este modo 
se abriría la puerta a oti'os ramos de comerciO;, que no se 
iiace por ahora uso de ellos y consecuentemente se lograría 
ver el aumento de población, la adquisición de las riquezas 
y la felicidad natural y civil de esta provincia, y á este ob- 
jeto principal de economía se deben dirigir las miras del go- 
bierno soberano». 

Cuando una nación <'no tiene comercio es cosa mani- 
fiesta que por excelentes que sean las producciones de 
su terreno han de ser inútiles, pues no teniendo salida 
ni despacho no pueden los hacendados operarios lison- 
jearse con la esperanza de las ganancias, que son las que 
estimulan á aumentar y perfeccionar las haciendas, pues el 
comercio es el espíritu que anima al ingenio, da movimien- 
to y resucita la industria: es el muelle principal de todas las 
fuerzas del cuerpo político; y es el que produce y atrae to- 
das las riquezas del Estado». No solamente es necesario el 



452 JOSÉ ARTIGAS 

comercio «para la subsistencia de un Estado, sino que tam- 
bién es útil y provechoso así para enriquecerlo y fortificar- 
lo, como para civilizarlo é instruirlo, pues multiplicándolas 
ganancias con el despacho, pone en movimiento la indus- 
tria. También es del caso el comercio para mantener la 
tranquilidad de los pueblos, para hacer observar las leyes 
y para que se respete el gobierno, pues como suministra 
abundantes materias, no sólo para vivir, sino para vivir con 
sosiego y con gusto, los acostumbra á la paz y á la quie- 
tud, haciéndoles aborrecer los alborotos públicos^. 

Para aumentar el comercio, termina el memorial, es ne- 
cesario, en primer término, «que los frutos de que abunda 
el país y manufacturas que se trabajan de ellos, puedan li- 
bremente extraerse á cualquier lugar y en cualquier tiem- 
po y en cualquier cantidad». 

I^a riqueza {;aiia<lera del Plata. 

El memorial de los hacendados al Ministro Gardoqui, 
dio tema al doctor Juan María Gutiérrez para extractar en la 
misma «Revista de Buenos Aires» un estudio de Azara 
que puede servir de complemento á la exposici(5n de los ga- 
naderos. 

El problema planteado entonces por los hacendados, es- 
cribía el doctor Gutiérrez, continua planteado y no resuelto 
todavía á pesar del tiempo transcurrido desde 1794 hasta 
18G6, beneficiando cueros con el aparato ingenioso de 
unas cuantas estacas y mantas de carne tasajo que ni si- 
quiera es buena para los esclavos del Brasil y de las Anti- 
llas. «Entonces como ahora consistía el problema en sacar 
el provecho mayor posible de ese oro del estómago que se 
llama carne de vaca, y que abundaba, abunda y puede abun- 
dar siempre en nuestras praderas como los metales precio- 
sos en las regiones de los Andes». 

Dice Azara en su «Memoria Rural del Río de la Plata», 
que en la primera mitad del siglo diez y oclio ^<estaban las 
pampas desde Buenos Aires hasta el Río Negro tan llenas 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 453 

de ganado cimarrón, que no cabiendo, se extendía hacia las 
minas de Chile, Mendoza, Córdoba y Santa Fe». Desde el 
Río de la Plata hasta el Tebicuarí había cuanto ganado al- 
zado podían mantener los campos. Esa superficie tenía 280 
leguas de largo por 150 de ancho, «de modo que el espacio 
ocupado en aquellos tiempos por los ganados casi todos ci- 
marrones, pasaba de cuarenta y dos mil leguas cuadradas». 
Apreciando x\zara la cantidad de ganados que pueden pa- 
cer cómodamente en una legua cuadrada de la medida de 
Buenos Aires, llega al número de dos mil cabezas, sobre la 
base de una consulta á estancieros prácticos; y de ahí de- 
duce «que en las 42,000 citadas leguas pacían cuarenta 
y ocho millones de cabezas de ganado ). 

Esta mai'avillosa riqueza resultaba esterilizada. Estaba 
prohibido el comercio con Europa y sólo podían apartarse 
en poca cantidad }' de tarde en tarde, con destino á Es- 
paña, cueros y sebos, únicos dos productos que se vendían. 

Al finalizar el mismo siglo diez y ocho, el número de 
ganado estaba reducido ^ seis millones y medio, como 
consecuencia de las cacerías de exterminio realizadas por los 
indios, por los vecinos de Mendoza, Tucumán, Santa Fe, 
Buenos Aires y Montevideo y por los brasileños, con el 
sólo objeto de obtener cuero y sebo y proveerse de ganado 
para el año. Escogían para sus faenas la Primavera, en ple- 
no mes de septiembre, que corresponde á las pariciones, 
resultando de aquí, dice Azara, «que los terueritos no pu- 
diendo seguir á las madres en una corrida tan dilatada que 
duraba cuando menos cuatro meses, quedaban abandona- 
dos y perecían y que las vacas preñadas abortasen con la 
fatiga». 

¿Cómo se efectuaban esas corridas? El mismo Azara se 
encarga en otra MeuDoria de explicar el procedimiento em- 
pleado en el Paraguay y R^o de la Plata. 

«Se junta una cuadrilla de gente, por lo común perdida, 
facinerosa, sin ley ni rey, y va donde hay ganados. Cuan- 
do hallan una tropa ó punta de ella se forman en semi- 
círculo, los de los costados van uniendo el ganado y ios que 



451 JOSÉ ARTIGAS 

van en el centro llevan un palo largo con una media luna 
bien afilada con la que desgairetan todas las reses, sin de- 
tenerse hasta que acaban con las que hay 6 las que tienen 
por necesarias. Entonces vuelven por el mismo camino y 
el que desgarretó. armado de una chuza penetra con ella la 
entraña de cada res para matarla y los demás le quitan el 
cuero para estirarlo con estacas. Toda la carne se pierde y 
cuando mucho se aprovecha algún sebo. Además se pier- 
den los terneros jóvenes que quedan sin madres. Los ne- 
gociantes de Montevideo y Buenos Aires son los que fo- 
mentan estas matanzas, que el gobierno prohibe á veces y 
otras disimula á sus favoritos, y otras las reduce á matar 
sólo los machos. Pero rara vez consigue lo que manda, y si 
alguna vez sucede, como yo lo he visto una sola en cuatro 
ó cinco años, hay un producto admirable. En fin, este es 
un asunto en que cabe y hay mucho monopolio difícil de 
cortar por la utilidad que tiene para los que andan en él y 
que se acabará antes de muchos años, porque desaparece- 
rán los ganados y quedarán los campos desiertos». 

Representación de los liaoendados de 1809. 

Llegamos finalmente al alegato que el doctor Mariano 
Moreno, en su carácter de apoderado de los labradores y 
hacendados de las bandas oriental y occidental del Río de 
la Plata, presentó en 30 de septiembre de 1809 al virrey 
Cisneros, en el expediente sobre introducción de mercade- 
rías inglesas y dereclios sobre las importaciones y exporta- 
ciones para atender las urgencias del tesoro público. Va- 
mos á extractar de ese documento («Escritos de Mariano 
Moreno :^>, tomo 1.° de la Biblioteca del Ateneo de Buenos 
Aires) varios datos y observaciones de interés. 

Al hacerse cargo del Virreinato, se encontró Cisneros 
sin recursos para atender los gastos, y en tan triste situación 
no se presentó otro arbitrio que el otoigamiento de un per- 
miso á los mercaderes ingleses para introducir mercancías 
en Buenos Aires y exportar frutos del país, dándose con 



AISLAMIENTO DIO LA,S COLONIAS 400 

ello actividad al comercio y derechos ul erario. Fueron 
consultados el Cabildo y el Tribunal del Consulado. Pero 
esas corporaciones no defendieron los intereses de la pro- 
ducción. Por otni parte, el grupo de tenderos, patrocinando 
el triste interés de sus negociaciones clandestinas, deploraba 
el golpe mortal á que la medida propuesta exponía á los 
intereses y derechos de la metrópoli, clamaba por la suerte 
de los artesanos nacionales, ó señalaba el peligro de la 
total exportación del numerario. 

La riqueza de esta provincia depende principalmente de 
sus fértiles campos y el interés de los labradores y hacen- 
dados coincide con el arbitrio propuesto por el virrey. 

«Todos saben que aniquilada enteramente la real ha- 
cienda no presenta sino un esqueleto, que en el sistema 
común no puede revivir, que reducidos sus ingresos á las 
escasas remesas del Perú, ha desaparecido esta débil espe- 
ranza por las graves ocurrencias de aquellas provincias, y 
que cifrada la conservación de esta ciudad á sus propios 
recursos, no puede contar el gobierno con más auxilio que 
lo que ella sola pueda proporcionar. 

«¿Y cuáles son los que permite el sistema ordinario de 
rentas reales? De un pueblo que no tiene minas, nada más 
saca el erario que los derechos y contribuciones impuestos 
sobre las mercaderías: los apreciables frutos de que abunda 
esta provincia y el consumo proporcionado á su población, 
son los verdaderos manantiales de riqueza que deberían 
prestar al gobierno abundantes recursos; pero por desgracia 
la importación de negociaciones de España es hoy día tan 
rara como en el rigor de la guerra con la Gran Bretaña, y 
los frutos permanecen tan estancados como entonces por 
falta de buques que verifiquen su extracción. 

«Debieran cubrirse de ignominia los que creen que abrir 
el comercio á los ingleses en estas circunstancias es un 
mal para la nación y para la provincia ». 

Desde la invasión inglesa de 1806, el Río de la Plata 
quedó abierto al comercio inglés, que se ha encargado de 
proveer casi enteramente el consumo del país, y esa ingente 



456 JOSÉ ARTIGAS 

importación contra las leyes y reiteradas prohibiciones no 
ha tenido otro resultado que privar al tesoro público de 
fuertes derechos y á la industria del país del fomento que 
habría recibido con las exportaciones de un retorno libre. 
«¿Qué cosa más ridicula puede presentarse que la vista de 
un comerciante que defiende á grandes voces la observan- 
cia de las leyes prohibitivas del comercio extranjero á la 
puerta de su tienda en que no se encuentran sino géneros 
ingleses de clandestina introducción?» Cuando fué resti- 
tuida al dominio español la plaza de Montevideo, había 
allí un gran depósito de mercaderías inglesas. Conociéndose 
(]ue no retornarían al país de origen, se propuso su impor- 
tación en provecho de los intereses del Estado, de los con- 
sumidores y de la salida de los frutos estancados. Pero se 
clamó contra el sacrilegio, se argumentó con las leyes pro- 
hibitivas y no hubo más remedio que prohibir la importa- 
ción de esas mercaderías. Pues bien: los que estaban á la 
cabeza de esa campaña, introdujeron por valor de más 
de cuatro millones y la aduana apenas percibió noventa y 
seis mil pesos, debiendo recibir un millón y medio. 

«La política es la medicina de los Estados, y nunca ma- 
nifiesta el magistrado más destreza en el manejo de sus 
funciones que cuando corta la maligna influencia de un 
mal que no puede evitar, corj'igiendo su influjo por una 
dirección inteligente que produce la energía y fomento del 
cuerpo político >. 

Hay verdades tan evidentes que se injuria á la razón 
con pretender demostrarlas. Tal es la proposición de que 
conviene al país la importación franca de los efectos que no 
produce ni tiene, y la exportación de los frutos que abun- 
dan hasta perderse por falta de salida. Los que creen la 
abundancia de efectos extranjeros como un mal para el 
país, ignoran seguramente los primeros |)rineipios de la 
economía de los Estados. Nada es más ventajoso para una 
provincia que la suma abundancia de los efectos que ella 
no produce, pues envilecidos entonces l)ajan de precio, re- 
sultando una baratura útil al consumidor y que solamente 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 457 

puede perjudicar á los introductores. En cuanto á la ex- 
portación de frutos, estas campañas producen anualmente 
un millón de cueros que se estancan en las barracas y pro- 
ducen descenso en los [)recios. En economía política existe 
esta gran máxima ó principio superior á toda discusión: 
que un país productor no sei'á rico mientras no se fomente 
por todos los medios jwsibles la extracción de sus produc- 
ciones, y que esta riqueza nunca será sólida mientras no se 
forme de los sobrantes que resultan por la baratura nacida 
de la abundante importación de mercaderías que no tiene 
y le son necesarias. 

Cortada toda comunicación con España por efecto de la 
guerra europea, eliminadas todas las remesas de mercade- 
rías é imposibilitada la exportación de frutos, debió produ- 
cirse el notable encarecimiento de las primeras y la depre- 
ciación de los segundos. Pero no ha sucedido así por efecto 
del contrabando. 

«Ocupada la plaza de Montevideo por las armas ingle- 
sas, se abrió franco puerto á las introducciones de aquella 
nación y exportaciones del país conquista do: la campaña 
gemía en las agitaciones y sobresaltos consiguientes á toda 
conquista; sin embargo, la benéfica influencia del comercio 
se hizo sentir entre los horrores de la guerra, y los estruen- 
dos del cañón enemigo fueron precursores no tanto de un 
yugo, que la energía de nuestras gentes logró romper fácil- 
mente, cuanto de la general abundancia que derramada 
por aquellos campos hizo gustar á nuestros labradores co- 
modidades de que no tenían idea. El inmenso cúmulo de 
frutos acopiados en aquella ciudad y su campaña fué ex- 
traído enteramente; las ventas se practicaron á precios ven- 
tajosos, los géneros se compraron por ínfimos valores y el 
campestre se vistió de telas que nunca había conocido, des- 
pués de haber vendido con estimación cueros que siempre 
vio tirar como inútiles á sus abuelos. V. E. ha transitado 
felizmente una gran parte de aquella campaña, ha palpado 
las comodidades que disfrutan sus cultivadores; era nece- 
sario que hubiese igualmente honrado nuestros campos, 



458 JOSÉ ARTIGAS 

para que la comparación de sus habitantes excitase la com- 
pasión debida á sus miserias». 

Rota la unidad de esta capital y Montevideo por el es- 
tablecimiento de la Junta, se contaba arruinada dicha plaza 
por la supresión de las remesas para sostenerla, pero la 
necesidad hizo adoptar el arbitrio de admitir la importa- 
ción y exportación que el sistema ordinario prohibe. ^í V. E. 
tuvo la satisfacción de encontrar acpiel pueblo en una si- 
tuación admirable. Considerables auxilios remitidos á la 
metrópoli, las tropas pagadas hasta el día corriente, las 
atenciones del gobierno satisfechas enteramente y las arcas 
reales con el crecido residuo de trescientos sesenta mil 
pesos. ¡Cuan distinta era la situación de eíita capital! El 
erario sin fondos algunos, empeñado en cantidades que por 
un orden regular nunca podrá satisfacer, las tropas sin pa- 
garse más de cinco meses, los ingresos enteramente aniqui- 
lados y la metrópoli sin haber recibido el menor socorro». 

«La franqueza del comercio de América no ha sido 
proscripta como un verdadero mal, sino que ha sido orde- 
nada como un sacrificio que exigía la metrópoli de sus co- 
lonias; es bien sabida la historia de los sucesos que progre- 
sivamente fueron radicando este comercio exclusivo, que 
al fin degeneró en un verdadero monopolio de los comer- 
ciantes de Cádiz. 

«La razón y el célebre Adam Smith, que según el sabio 
español que antes cité, es sin disputa el apóstol de la eco- 
nomía política, hacen ver que los gobiernos en las provi- 
dencias dirigidas al bien general, deben limitarse á remover 
los obstáculos; este es el eje principal sobre el que el se- 
ñor Jovellanos fundó el luminoso edificio de su discurso 
económico sobre la ley agrai'ia; y los principios de estos 
grandes hombres nunca serán desmentidos. Rómpanse las 
cadenas de nuestro giro y póngase franca la carrera, que 
entonces el interés que sabe más que el celo, producirá una 
circulación que haga florecer la agricultura, de (jué única- 
mente puede esperarse nuestra prosperidad. 

«Gime la humanidad con la esclavitud de unos hom- 



AISLAMIENTO DE LAB COLONIAS 459 

bres que la naturaleza creó iguales á sus propios amos; 
fulmina sus rayos la filosofía contra un establecimiento 
que da por tierra con los derechos más sagrados: la reli- 
gión se estremece y otorga forzada su tolerancia sobre un 
comercio que nunca pudo arrancar su aprobación; sin em- 
bargo, reyes religiosos, ministr-os humanos, y filósofos en- 
cargan la multiplicación de nuestros esclavos, por el único 
fin de fomentar una agricultura que se halla tan de- 
caída»... «¿A qué fin tanto empeño en el aumento de bra- 
zos para fomentar la agricultura, si los frutos de ésta han 
de quedar perdidos por privái'seles el expendio que innu- 
merables concurrentes solicitan?» 

Un español de quien la posteridad se acordará siempre 
con respeto, ha demostrado con un ejemplo la injusticia y 
la inconsecuencia del sistema prohibitiv^o. Supóngase, dice, 
que el lugar de Ballecas pertenece á un país extranjero y 
que en él abundan todos los artículos de primera necesi- 
dad. Supóngase que el soberano de aquel territorio convi- 
da á los habitantes de Madrid, que no pueden lograr esos 
artículos en muchas leguas á la redonda, á que se provean 
en aquel abundante mercado. Supóngase ahora que los 
comerciantes de Cádiz ó de Sevilla piden el privilegio de 
comprar ellos las provisiones de Ballecas, llevarlas á Cá- 
diz ó Sevilla y desde allí conducirlas á Madrid. ¿Habría 
un ministerio que no abriese los ojos sobre tan injusta é 
inhumana ambición? 

Los verdaderos intereses de la metrópoli están fundados 
en la prosperidad de las colonias y en el aumento de sus 
riquezas. Si las colonias tuviesen libertad para producir y 
comerciar, ¿quién no ve cuánto prosperarían sus fuerzas, su 
población y sus riquezas? 

'< Ábranse las puertas que con general perjuicio han es- 
tado cerradas hasta aliora; aprovéchense los tesoros que la 
naturaleza nos franquea con tanta abundancia; y adquiera 
la España con la opulencia de esta provincia un grado de 
fuerza que subrogue la pérdida de las que han sido lasti- 
mosamente devastadas. Mi imaginación se transporta en- 



160 JOSÉ ARTIGAS 

golfada en la multitud de bienes con que un activo giro 
debe obrar nuestra felicidad: la tranquilidad será insepa- 
rable de un pueblo laborioso en que no tendrán entrada 
los vicios que solamente nacen con la molicie; el soplo vi- 
vificante de la industria animará todas las semillas repro- 
ductivas de la naturaleza; se facilitarán las culturas por 
las creaciones del genio empeñado con nuevos atractivos; 
innumerables barcos cubrirán nuestras radas, y sus conti- 
nuados retornos formarán un puente volante, que aumen- 
te nuestra comunicación con la metrópoli; por mil canales 
se derramarán entre nosotros las semillas de la población 
y de la abundancia. Tal es la imagen del comercio; tal será 
la nuestra cuando V. E. nos lo conceda. 

«JS o puede tolerarse la satisfacción con que se asienta 
que el comercio con los ingleses destruiría las manufactu- 
ras de España. Las fábricas nacionales jamás pudieron 
proveer enteramente el consumo de América: jamás bas- 
taron para las necesidades de la península, y aunque se 
subrogó el arbitrio de comprar manufacturas extranjeras 
y estamparles nuevas formas para españoliz..rlas, pocos 
hombres han podido decir que los géneros que vestían eran 
nacionales. En vano mandó el rey que la tercera parte 
de todo cargamento fuera de industria nacional; los comer- 
ciantes se valieron del fraude para eludir esta orden, obran- 
do no tanto la malicia cuanto la imposibilidad de que 
nuestras fábricas correspondieran á todas las demandas. 
Ello es que la mayor parte del consumo de América ha 
sido siempre de efectos extranjeros, sin que se pueda al- 
canzar por qué principios el comercio de la nación haya 
reservado su celo para cuando no pueda ministrar ni aun 
aquella pequeña parte que antes sufragaba». 

Se dice que el comercio con los ingleses dará lugar á 
la extracción de nuestra moneda. Pues bien, esa misma 
extracción que los mercaderes lamentan es un verdadero 
bien para el país. Esta proposición parecerá [)aradoja á 
los que ignoran que los soberanos principios de la ciencia 
económica ni se aprenden ni se aplican dignamente en el 



AISLAMIENTO DE LAH COLONIAS 461 

mostrador de una tienda. Los extranjeros nos llevarán la 
plata: esto es lo mismo que decir, nos llevarán los cueros, 
la lana, el sebo, desde que la plata es un fruto igual á los 
demás y está sujeto á las mismas alteraciones de su va- 
lor proporcionalmente á su escasez ó abundancia. Se ar- 
gumenta tanto con el peligro de las extracciones de nu- 
merario, que parecería que el mal es realmente grave. Y 
sin embargo, si el mal existe, ya hemos debido perderle el 
miedo y habituarnos á él. Las continuas remesas á Espa- 
ña han dejado un pequeño residuo en el país, el muy pre- 
ciso para mantener la circulaci(5n, y no se encontrará un 
solo peso de las acuñaciones de Felipe V, Fernando VI y 
Carlos III. 

«Si se desea evitar la extracción considerable de nu- 
merario que se ha producido en estos últimos tiempos, 
habría que abrir los puertos al comercio, para que el ne- 
gociante inglés pueda extenderse á todo género de ex- 
portaciones. Es funesta consecuencia del contrabando po- 
ner al introductor en la precisión de extraer en dinero 
efectivo los valores importados-^. Se calculan prudente- 
mente en seis millones las mercaderías inglesas introdu- 
cidas en el Río de la Plata desde el año 1806, y la mayor 
parte de estos considerables valores han sido extraídos en 
numerario, en virtud de estar prohibida la exportación de 
nuestros frutos cuyo embarque clandestino ofrece grandes 
riesgos. 

«El verdadero comerciante no quiere dinero cuan- 
do puede llevar su importe en especies comerciales: un 
peso nunca será más que ocho reales y su valor reducido 
á frutos naturales ó de industrias puede ser diez, doce ó 
veinte reales según la combinación y destino á que sea 
conducido >. Cuando se compró el bergantín inglés que 
ahora se llama «Fernando VII •>, se promovieron dudas so- 
bre si podría permitirse la extracción de los veinte mil 
pesos de la compra. El comerciante inglés comprendió que 
el apego al numerario era la causa del conflicto y se pre- 
sentó renunciando al dinero con tal que se le permitiera 



462 JOSÉ ARTIGAS 

sacar ese importe en frutos del país, agregando que si el 
go})ierno abriese las puertas de estas provincias traería un 
millar de barcos del Támesis cuyos dueños remitirían 
gustosísimos fondos considerables en numerario para com- 
prar nuestros frutos. 

Se dice que con las franquicias comerciales, la agricultu- 
ra llegará al último desprecio. La salvación deberá consis- 
tir entonces en que los frutos queden estancados por falta 
de compradores y se pierdan por su infructuosa abundan- 
cia, «teniendo por último destino llenar las zanjas y pan- 
tanos de nuestras calles. Sí, señor: á este grado de abati- 
miento lia llegado nuestra agricultura en estos últimos 
años, se han cegado con trigo los pantanos de esta ciudad ->. 

«La consideración en que más insiste el apoderado del 
Consulado de Cádiz y que hasta los pulperos repiten entre- 
dientes, es que concediendo á los ingleses el comercio con 
las Américas, es de temer que á vuelta de pocos años vea- 
mos rotos los vínculos que nos unen con la península es- 
pañola... Yo me voy exaltando insensiblemente al ver la 
grave injuria que recibei> estos pueblos por la menor sos- 
pecha de su fidelidad». 

Termina la representación de los hacendados con este 
pedimento al virrey: que se admita el franco comercio por 
dos años que podrían prorrogarse; que las mercaderías in- 
glesas se expendan precisamente por medio de españoles; 
que todo introductor quede obligado á exportar en frutos 
del país la mitad de los valores importados; que de los dos 
veedores ó interventores en el reconocimiento de los géne- 
ros, sea hacendado uno de ellos. 

El horror al extranjero. 

He aquí dos máximas económicas de amplia aplicación 
en las colonias españolas («Revista del Río de la Plata», 
estudio del período colonial por el doctor Manuel R. Gar- 
cía): 

«La permisión de mercaderías extranjeras (decía Da- 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 4G3 

iiiiáii de Olivares á Felipe III en 1620) es la raíz de don- 
de dimana la destriieeión lamentable de nnestras fábricas. 
Yo entiendo que esta opinión que se debe comerciar con 
extranjeros, para que así abunde el reino en mercaderías, 
es arbitrio del mismo demonio, que tiene puesto en los 
que le sustentan, para destruir un reino que Dios ha man- 
tenido tan católico y cristianos (Exhortación á los Arago- 
neses, p. 3, Aguado, «Política española», cap. V). 

«En los tratos, cuando no son de genero á género, sino 
de género á moneda de peso y valor intrínseco, siempre 
pierde el que recibe y compra, ponjue éste se queda con la 
ropa que el tiempo la consume, y el otro con la plata y oro 
que nunca se acaba» (Representación (íe los Peilares de 
Zaragoza). 

¿Hasta qué punto tuvieron aplicación estas ideas en las 
colonias hispano-americanas? 

El marqués de Loreto fué nombrado virrey del Río de 
la Plata eu julio de 1783 y entró al año siguiente al ejer- 
cicio de sus tareas. El rey Carlos III y su ministro don 
José Gálvez le expidieron un pliego de instrucciones, que 
don Andrés Lamas reprodujo en la «Revista del Río de 
la Plata», con un preámbulo en que dice que procedería 
con criterio falso el que estudiase la organización colonial 
á base de leyes; que las leyes de Indias jamás tuvieron 
existencia práctica; que los conquistadores trataron siem- 
pre á los naturales como esclavos; que gran parte de la 
raza indígena desapareció bajo la presión de trabajos 
crueles ó del hierro de la conquista; que otra parte se so- 
metió, perdiendo el hombre su personalidad; y que los de- 
más aceptaron la guerra, oponiendo la violencia á la vio- 
lencia. 

Del pliego de instrucciones, vamos á copiar algunas 
cláusulas reveladoras de la pequenez del criterio reinante 
en época tan liberal y adelantada como la de Carlos III: 

«Porque sin embargo de que no se da licencia á ningún 
extranjero para que pase á esos países, estoy infoi'mado de 
que son muchos los que van, porque con títulos de mari- 



464 JOSÉ ARTIGAS 

ñeros, nrtilleros y de otros oficios de los n;ivíos que em- 
barcan y llevan los maestres de ellos, y después les es fá- 
cil pasar adelante, por la poca cuenta que hay en impedír- 
selo, y así hay muchos en la tierra: y porque esto es de 
mayor inconveniente que lo anteriormente dicho, os mando 
tengáis muy particular cuidado en examinar y descubrir 
los extranjeros que pasan en cada navio y en ninguna ma- 
nera consentiréis quede en la tierra ninguno de ellos. 

«A todos los virreyes se les ha encargado en las ins- 
trucciones que se les han dado, tengan muclio cuidado de 
no consentir que en esas provincias se labren paños, ni 
planten viñas, ni olivares, por muchas causas de gran con- 
sideración que á ello obligan y principalmente porque ha- 
biendo allí provisión bastante de estas cosas, se minoraría 
el trato y comercio en estos reinos, y con ser este negocio 
de los más importantes que se pueden ofrecer, pues en 
efecto es medio por donde se provee á todo lo tocante á la 
predicación evangélica, defensa y conservación en ella de 
los naturales, he sabido que no sólo no se ha tenido la 
mano tan apretada en esto como conviniera, sino que co- 
mo si no hubiera prohibición se ha excedido notablemente 
en ello, y más en particular en lo de las viñas que van en 
grande aumento, y aunque por buenos respetos y justas 
consideraciones parece que por ahora no se haga novedad 
acerca de lo pasado: pero porque por las mismas y mayo- 
res razones conviene que no se aumente lo uno ni lo otro, 
encargo y mando que no deis licencia alguna para plantar 
viñas ni olivares, ni para reparar las que fuesen acabando, 
ni para que se hagan de nuevo obrajes de paño, sin con- 
sultármelo primero con las causas y fundamentos con que 
se pidiere. 

«Porque el beneficiar las minas y criaderos de plata y 
oro, €í; de la mayor importancia sólo en el caso que su 
utilidad se refunda en provecho mío y de mis vasallos, 
pues si esto pasase á extranjeros, antes sería de perjuicio: 
conviene que en esto pongáis la más atenta vigilancia, tan- 
to más necesaria, cuanto en estas preciosas especies en cor- 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 465 

tos bultos se hace un crecido fraude. Y así para evitar este 
daño, trataréis seriamente de acuerdo con el mencionado 
intendente del ejército y real hacienda, las medidas que 
hallareis más propias para que estos metales no vayan á 
manos de los extranjeros y sólo se refundan en beneficio 
mío y de mis vasallos, como va insinuado». 

La administración del marqués de Loreto duró cinco 
íiños, y acerca de lo que durante ella se hizo existe una 
memoria de gobierno, obra del mismo virrey, que el doctor 
Juan María Gutiérrez reprodujo en un estudio de la «Re- 
vista del Río de la Plata», que vamos á extractar: 

En materia de gobierno y de policía, el marqués de Lo- 
reto anuló el bando que anualmente se publicaba al co- 
menzar la cosecha, prohibiendo toda otra faena y trabajo 
á la gente de conchabo, á fin de que abundaran los brazos 
para recoger los granos y esquilar las ovejas, disposición 
odiosa y perjudicial, por cuanto hasta la construcción de 
las casas se interrumpía en la ciudad, y que había llegado 
á ser innecesaria por el aumento de los peones, gracias en 
parte á la persecución á los vagos y jugadores, para obli- 
garlos á trabajar por algún tiempo. En consonancia con 
esta persecución á los mal entretenidos, se tomaron medi- 
das reservadas para vigilar con sigilo la conducta de los 
ilañinos y escandalosos, de los extranjeros y nacionales 
venidos sin las licencias necesarias y para capturar y de- 
volver á España los «polizones» ó aquellos pasajeros de 
contrabando que salían de la península para las colonias, 
sin pasaporte ni noticia de las autoridades, y que sólo apa- 
recían sobre la cubierta del buque en medio del océano y 
muy lejos ya de las costas europeas. 

Se muestra el marqués de Loreto poco amigo de la publi- 
cidad de los bandos contra los delincuentes, alegando que 
«causa el efecto de redoblar su malicia hasta hacer iluso- 
rias las más sagaces disposiciones». Prefería sorprenderlos 
-en el delito, á cuyo efecto contaba con la experiencia del 
capitán Manuel Cerrato, quien á la cabeza de una patrulla 
de dragones imponía respeto y terror, á punto que habien- 

JOSÉ ARTIGAS.— 30 T. I. 



466 JOSÉ ARTIGAS 

do caído enfermo, ocultó el virrey este accidente para no 
desprestigiar la patrulla. 

Ocupándose del arreglo de los pantanos de las calles de 
la ciudad, á veces inaccesibles á los vehículos y á los caba- 
llos, sostenía el virrey la idea de endurecer el suelo con 
cascotes. El empedrado le ofrecía el temor de que se vi- 
nieran abajo unos edificios mal construidos y débiles en su 
mayor parte «con el tormento que recibirán de los carrua- 
jes que no contrastan tanto en el actual piso». Otro incon- 
veniente tomaba en cuenta el virrey: cuando el piso sea 
más resistente que la tierra blanda, será necesario calzar 
las ruedas de los carruajes con llantas de hierro y poner 
herraduras á los animales de montura, tiro y carga, opera- 
ción sumamente onerosa en un país en donde herrar un ca- 
ballo importaba más que su precio ordinario. «Creo que 
sólo debe tratarse por ahora, concluía el virrey, de ir arga- 
mazando las calles con cascotes y tosca, que aún quedará 
más unida al barro que á la piedra, haciendo esta operación 
sobre los mismos lodazales, en cuya forma excusarán piso- 
nes ó les bastará con menos, cubriendo después todo el piso 
con arena buena: entendido que para afirmarlo, particular- 
mente en las ramblas 6 derrames que él hace para la ba- 
rranca, hay recurso en las osamentas de los mataderos, eli- 
giendo las más ventiladas y depuradas de su médula, pro- 
ductiva de gusanos, aunque no nocivos, incómodos». 

Se jacta el virrey de haber restituido á los campos su 
abundancia, mediante la efectividad de los procreos duran- 
te mucho tiempo interrumpidos á causa de las corridas li- 
cenciosas, ómatauzñs extermiuadoras, con destino á la ex- 
portación de cueros vacunos, y del alzamiento de hacien- 
das que eran su consecuencia. 

Ocúpase finalmente la memoria del comercio con los ex- 
tranjeros. 

La desmoralización causada por el contrabando era enor- 
me y se extendía á todas partes. Había procurado especial- 
mente el virrey obtener la expulsión de la bandera portu- 
guesa, que inventaba mil pretextos para anclar sus buques 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 4G7 

frente á Buenos Aires en connivencia con los contraban- 
c^istas de tierra. Pero todas sus rigideces se estrellaban con- 
tra la innioralidad reinante. En Madrid se negociaban per- 
misos á favor de determinados personajes para introducir 
hasta el monto de una suma fija en efectos transportados 
en buques portugueses. Y el abuso llegaba á los exti'emos 
más deplorables, según la Memoria. El segundo comandan- 
te del resguardo, don Manuel Cipriano de Meló, por ejem- 
plo, había tomado uno de aquellos privilegios hasta la su- 
ma de 30 pesos que apenas representaría el valor de algu- 
nos objetos insignificantes para su uso particular. Pero la 
cifra treinta, representativa de pesos, pasó á representar 
embarcaciones portuguesas; y amaneció un día en que el 
intendente Paula Sauz puso en conocimiento del virrey 
que acababan de llegar cuatro barcos con facturas de cua- 
tro mil pesos cada una consignadas al señor Manuel Ci- 
priano de Meló, quien quedaba á la espera de otras veinti- 
séis embarcaciones mercantes con bandera portuguesa para 
completar la gracia especial con que ante la oficina pú- 
blica aparecía favorecido. 

Ni los frailes de los conventos escapaban á la tentación 
del contrabando, y varias veces hasta allí tuvieron que en- 
trar los agentes policiales del capitán Cerrato, para prender 
delincuentes. El Administrador tesorero de la real Aduana 
de Buenos Aires, don Francisco Gómez de Mesa, asilado en 
una iglesia, escribió al virrey en septiembre de 1788, de- 
clarándose en estado de quiebra. La casa de Mesa sólo tenía 
en aquel momento cuarenta pesos, debiendo haber en ella 
solo por concepto de depósitos de comisos más de cienta 
treinta mil pesos fuertes. 

¿Qué opinan los liisloi'iadoi'es? 

Tal es el cuadro fiel de las industrias del Río de la Plata 
y de las restricciones comerciales que las agobiaban, en la 
víspera del movimiento emancipador. 

En su representación de 1793, protestan los labradores 



4G8 JOSÉ ARTIGAS 

contm la falta absoluta de salidas para los productos agrí- 
colas, que cotiza Buenos Aires á precios ruinosos en los 
mismos momentos en que otras regiones del virreinato 
claman contra la carestía de los cereales. Los comercian- 
tes de la capital corrigen parcialmente el mal, mediante co- 
rrientes de contrabandos con los mercados de Montevideo 
j del Paraguay. 

La representación de los hacendados de 1794, es tam- 
bién una protesta contra la falta absoluta de salidas. Se 
cuentan por millones las cabezas de ganado vacuno, y de 
ellos ¡sólo se utilizan los cueros, quedando la carne abando- 
nada en los campos, por falta de estímulo para su aprove- 
chamiento. Y piden en consecuencia los hacendados que se 
aliente la creación de saladeros y se permita la exportación 
de sus productos á cualquier parte del mundo. 

Según los cálculos de Azara, subían á cuarenta y ocho 
millones los ganados diseminados en el territorio del virrei- 
nato. Y de esa inmensa riqueza, malbaratada en corridas 
destructoras á través de la campaña, que redujeron su 
monto á seis y medio millones de cabezas, sólo podía sa- 
carse pi'ovecho de los cueros y sebos, por efecto de las res- 
tricciones comerciales existentes. 

Finalmente, la representación de los hacendados de 1809, 
recuerda el hecho palpitante todavía del movimiento co- 
mercial iniciado á raíz de las invasiones inglesas. El con- 
trabando se había eticargado de atender todas las necesi- 
dades del consumo del Río de la Plata, recayendo exclusi- 
vamente el perjuicio en el fisco, que dejaba de percibir por 
ese concepto sumas enormes. 

No podían morirse de hambre las colonias, por la cares- 
tía intolerable de los productos extranjeros de consumo y 
por el envilecimiento no menos intolerable de los frutos 
del país. Y el contrabando en la importación y en la ex- 
portación, constituía una profunda necesidad de la época, 
una verdadera ley de salvación común impuesta por las tor- 
pezas y las arbitrai'iedades del gobierno español. Hasta los 
mismos funcionarios públicos se encauzaban en la corriente 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 4C9 

negociándose en Madrid los permisos de contrabando y 
quebrando en Buenos Aires los administradores de Aduana 
por efecto de especulaciones de la misma índole, á las que 
ni siquiera escapaban los frailes de los conventos según la 
confesión del marqués de Loreto. 

Hagamos desfilar ahora á los grandes historiadores ar- 
gentinos. 

Ellos también consideran, como se verá, que dentro de 
los estrechos marcos en que la corona de España envolvía 
á sus colonias, el contrabando era un medio irreemplazable 
de vida, al que no debía ni podía aplicarse, en consecuencia, 
el criterio con que en la actualidad es encarado ese acto por 
todas las naciones y por todos los moralistas. 

£1 eontrabaiiilo según ^litre. 

Extractamos de la «Historia de Belgrano»: 
El sistema de explotación, basado en el monopolio co- 
mercial que España adoptó en América inmediatamente 
después de su descubrimiento, fué tan funesto á la madre 
patria como á las colonias del Río déla Plata. Estaba cal- 
culado ese monopolio para que todas las riquezas del Nuevo 
Mundo pasasen á España y para que ésta fuese la única 
proveedora de productos europeos. Fueron prohibidas en 
América todas las industrias y cultivos que pudieran hacer 
competencia á la península. Se estableció la famosa Casa 
de Contratación de Sevilla, declarándose que era la única 
puerta de España por donde podían expedirse buques con 
mercaderías para América y por donde podían entrar los 
productos coloniales de retorno. Se prohibió toda comuni- 
cación comercial de las colonias unas con otras, para ase- 
gurar á los mercaderes españoles la exclusión del tráfico 
intermediario. Se declaró que la América sólo tendría una 
puerta para comerciar con la madre patria, y esa puerta 
quedó fijada en Portobelo por el lado del Atlántico y en 
Panamá por el lado del Pacífico, realizándose allí en épocas 
fijas del año dos ferias de cuarenta días, donde se realiza^ 



470 JOSÉ ARTIGAS 

l3an los movimientos de importación y exportación para las 
colonias. Todas las naves de comercio reunidas en un solo 
convoy anual y escoltadas por la marina de guerra hacían 
el trayecto de Sevilla á Panamá, suprimiéndose los buques 
sueltos que antes despachaba la Casa de Contratación. 
Las mercaderías europeas así introducidas por el Itsmo, 
pasaban á Venezuela, Granada, Perú y Chile, existiendo 
escalas en el Callao y el Potosí para la provisión de di- 
versos mercados. Y al mercado del Potosí debían acudir 
los habitantes del Río de la Plata, con un recargo enorme 
de 500 á 600 por ciento sobre el costo primitivo de las 
mercaderías. Tal era el sistema vigente cuando se pobló 
el Río de la Plata: supresión de la concurrencia, supresión 
de la navegación, recargo artificial de fletes, encarecimiento 
de los productos europeos, envilecimiento de los productos 
americanos. 

El Río de la Plata no tenía productos preciosos de poco 
volumen, como el oro y la plata, para llevar por tierra á tra- 
vés de toda la América meridional, hasta las ferias de Por- 
tobelo y Panamá, ni aún á la del Callao: sus cueros, sebos 
y cereales no compensaban el enorme costo. Tampoco podía 
recibir, sin recargos superiores á su estado de pobreza, las 
mercaderías europeas. Aislado así su territorio del co- 
mercio, ni siquiera tenía monedas para efectuar sus com- 
pras. De acuerdo con las prohibiciones vigentes, la moneda 
no podía pasar de Potosí al Río de la Plata y los pasajeros 
sólo podían llevar lo estrictamente indispensable para el 
viaje, previo registro aduanero de la cantidad conducida en 
-esa forma. Don Juan Ramírez de Velazco, gobernador del 
Río de la Plata, escribía en 1595 al rey, refiriéndose al 
Tucumán y al Río de la Plata: «Estas dos gobernaciones 
serán inhabitables, porque si se ha de llevar desde Potosí 
la ropa, siendo la más cara plaza de las Indias, no se po- 
drían sustentar, por estar á 200, á 300 y 400 leguas». 

El puerto de Buenos Aires fué considerado por la Es- 
paña como un funesto presente y como tal se le condenó 
aún para el uso de sus propios habitantes. Por espacio de 



AISLAxMIENTO DE LAS COLONIAS 471 

más de un siglo, el tenaz esfuerzo de la legislación española 
se encaminó á impedir la navegación y el intercambio que 
por él podía efectuarse. Estaban prohibidas por dicha vía 
la entrada y salida de hombres y de mercaderías, especial- 
mente de los metales preciosos, y se declaró de una manera 
expresa que los frutos del país estaban comprendidos en la 
prohibición absoluta. Dábase por razón de ello que no pro- 
duciendo el país oro ni plata, allí acudirían atraídos por el 
comercio los caudales de Potosí, con más facilidad que por 
la vía de Panamá; que las mercaderías irían á Chile y 
Períi con más de un 50 por ciento de economía en los pre- 
cios y otro tanto en los fletes y gastos, en perjuicio del co- 
mercio de flotas; y que siendo el país sano y abundante, 
podían sus habitantes estar muy bien sin vender sus frutos, 
pero que aún cuando sufrieran, era eso preferible á que 
disminuyeran las ganancias de la feria de Portobelo. 

Por espacio de medio siglo subsistió en todo su rigor 
esta prohibición absoluta. Pero como la prohibición era tan 
absurda, de vez en cuando quedaba eludida mediante per- 
misos concedidos á buques sueltos para comerciar con Cá- 
diz ó Sevilla ó con los pueblos de la costa del Brasil. Lo 
que más contribuyó á acrecentar la corriente comercial, fué 
el asiento de negros ó mercado privilegiado de esclavos en 
Buenos Aires, que la España concedió á la Inglaterra en 
1595. Estaba prohibido al asentista comerciar ni aun con 
el sobrante de ropas y víveres destinados á los negros, «ba- 
jo pena de la vida»; pero es lo cierto que á la sombra del 
pabellón negrero, pasaba el contrabando inglés. 

Cediendo á las repetidas instancias de los pobladores 
de Buenos Aires, el rey les concedió por espacio de seis 
años el privilegio de exportar en buques propios hasta 
2,000 fanegas de trigo, 500 quintales de cecina y 500 
arrobas de sebo y conducirlas al Brasil, pudiendo introdu- 
cir de retorno «las cosas forzosas y necesarias». Una de 
las renovaciones de esa autorización, extendió el beneficio 
de la exportación á los cueros, pero con tanta mezquindad 
que debiéndolo gozar en común Buenos Aires y el Para- 



472 JOSÉ ARTIGAS 

guay, en la distribución proporcional de la carga que se hi- 
zo, tocó á rada habitante un cuero y medio de vaca. Otra 
cédula amplió el beneficio, permitiendo importar y exportar 
hasta 200 toneladas al año en dos buques que no excede- 
rían cada uno de cien toneladas. Las mercaderías que in- 
trodujeran esos barcos podrían en parte ser llevadas á Tu- 
cumán y el Perú, á condición de satisfacer en la aduana se- 
ca de Córdoba un nuevo impuesto, que agregado á los dere- 
chos pagados en España y fletes marítimos y terrestres, re- 
presentaba en Córdoba el 300 y el 400 por ciento del pre- 
cio de fábrica. Y asimismo, esas mercaderías competían ven- 
tajosamente con las que procedían de Panamá, lo cual dio lu- 
gar á que se pusieran nuevas retrancas al pequeño comercio 
del Río de la Plata, consistentes en la reducción del porte de 
los buques, en nuevos impuestos y en la prohibición de con- 
ducir la moneda de plata de Potosí más allá de 20 leguas 
antes del límite de Córdoba. La población de Buenos Aires 
constituyó un procurador en Madrid para reclamar contra 
el régimen prohibitivo. Y ese procurador, que era don An- 
tonio De León Pinelo, en un memorial dirigido en 1623 al 
rey, decía: «Es rigor obligar á unas provincias á que por 
beneficio de otras compren más caro lo que han menester; 
que se prohiba el comercio por allí á efecto de que lo ten- 
ga por Portebelo, que está á mil doscientas leguas, por el 
beneficio de los mercaderes de Sevilla». 

«En condiciones tan violentas, el contrabando tenía ne- 
cesariamente que corregir tamaños errores y tamañas in- 
justicias, reivindicando el legítimo derecho de vivir; y así 
fué como empezaron á difundirse las sanas ideas del buen 
gobierno^, á formarse ese espíritu de resistencia y á esta- 
blece)' por su vía natural la cori-iente comercial que debía 
engrandecer al Río de la Plata, preparando la insurrección 
económica». 

La Holanda sublevada contra la dominación española 
se apoderó del Brasil y lanzó centenares de barcos carga- 
dos de mercaderías en el período de 1623 á 10 3 G. Eii 
1640, el Portugal recobró sus colonias del Brasil y empezó 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 473 

un vasto comercio de contrabando con el Río de la Plata. 
Los portugueses continuaron el avance desús frontei as bas- 
ta situarse río por medio, frente á Buenos Aires, en la Colo- 
nia del Sacramento, donde levantaron una fortificación que 
por espacio de un siglc fué la cindadela del contrabando 
organizado. 

«La necesidad no tiene ley, y á falta de licencia los co- 
lonos habían de pasarse de ella, porque tenían derecho á 
vestirse, alimentarse y á existir», había dicho León Piuelo 
al rey. 

El gobernador de Buenos Aires tomó dos veces por asal- 
to la fortaleza de la Colonia. Pero las dos veces, fué devuel- 
ta la plaza por el gobiei'no español. «Desde entonces, el 
contrabando constituyó el verdadero comercio y sus ope- 
raciones se efectuaron con la regularidad de un acto lícito 
al amparo del interés común. Los mercaderes del puerto 
tenían agentes para el efecto en Río Janeiro y en Lisboa 
y hasta en Sevilla y recibían con seguridad los cargamen- 
tos, desembarcándolos ya en las costas inmediatas á la 
ciudad, ya procurándolas al costado de los buques en em- 
barcaciones construidas á propósito. La autoridad era impo- 
tente para contener ese tráfico y tuvo que tolerarlo ó con- 
sentirlo como un hecho ó como una necesidad.» 

Don Bruno Mauricio de Zabala fundó en 1726 la ciu- 
dad de Montevideo, después de haber expulsado del terreno 
á los portugueses. Su objeto era contener la invasión 
del contrabando, debiendo á esto su origen la colonia que 
debía ser con el tiempo el segundo emporio del Plata. 

«Las mercaderías del contrabando transportadas por 
naves inglesas y portuguesas ó almacenadas en la Colonia 
del Sacramento, continuaron surtiendo á Chile y el Perú; 
la plata del Potosí continuó afluyendo al puerto del Pla- 
ta y saliendo al extranjero por canales ocultos; y el espíritu 
de resistencia contra las malas leyes económicas se vigori- 
zó cada día más y más. Así decía por ese tiempo el virrey 
del Perú: «Es Buenos Aires, ruina de los dos comer- 
cios, la puerta por donde se huye hoy la riqueza y la ven- 



474 JOSÉ ARTIGAS 

tana por donde se arroja al Perú». Era que el contra- 
bando, protesta en acción contra un absurdo monopolio, se 
había convertido en una función normal, como la circula- 
ción de la sangre vital, que tenía por agentes á la mitad de 
la América meridional, mancomunada por el interés recí- 
proco. 

«Así, pues, el contrabando era una función normal del 
organismo económico, un hecho superior al poder del Rey 
de España y de sus autoridades subalternas en América, y 
en la lucha de intereses vitales, la ley natural tenía nece- 
sariamente que prevalecer, como en efecto sucedi5^>. 

La última feria de Portobelo tuvo lugar en 1737. La 
marina y las fábricas españolas en ruinas, la miseria en la 
metrópoh y en las colonias, el contrabando en pleno des- 
arrollo, como una necesidad de vida para los americanos, y 
finalmente las guerras, destruyeron el comercio por Pana- 
má y el monopolio por medio de las flotas. Extinguido el 
comercio de flotas, adoptó la España el sistema de licencias 
especiales, después de trasladar la contratación de Sevilla al 
puerto de Cádiz. Pero los mercaderes peninsulares, creyén- 
dose como antes en posesión del monopolio, retardaban 
los cargamentos para elevar los precios, con lo que dejaban 
el mercado en manos del contrabando que abarrotaba de 
mercaderías el Río de la Plata y las plazas del Paraguay, 
Chile, Alto Perú y Perú. Posteriormente fueron abolidas las 
licencias especiales y rompiéndose el monopolio de Cádiz se 
estableció una comunicación comercial entre la Coruñay el 
Río de la Plata, y se autorizó á los comerciantes á ocupar 
la mitad del cargamento con mercaderías españolas y á to- 
mar de retorno igual cantidad de frutos del país, con lo 
cual se preparó el terreno á la célebre ordenanza que facul- 
tó á los doce principales puertos de España á comerciar 
directamente con las colonias de América. «A pesar de 
todo, el contrabando continuó su lucha con éxito, obteniendo 
sobre el comercio lícito utilidades que alcanzaban á un 

El tratado de 1750 reconoció á España la Colonia del Sa- 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 475 

crameuto en cambio de los siete pueblos de las Misiones 
situados en la margen izquierda del Uruguay que pasaban 
al Portugal. A la anulación de ese tratado, siguió el estado 
de guerra, durante el cual Zeballos rindió á la Colonia y 
reconquistó a Río Grande, invocando el tratado de Torde- 
sillas. La paz de 176.'^ devolvió la Colonia á los portugue- 
ses. Pero otra vez estalló la guerra y el mismo gobernador 
reconquistó la ciudadela del contrabando, esta vez para 
siempre mediante la celebración del tratado de San Ilde- 
fonso. Resuelta la cuestión de límites, Zeballos por sí y á 
petición del Cabildo de Buenos Aires declaró libre el co- 
mercio del Río de la Plata con España y con las demás 
colonias. 

«El comercio de Buenos Aires, había dicho el Consulado 
de Lima, en una representación al virrey del Perú en 1744, 
siempre ha sido perjudicial al del Perú y no menos á los 
derechos reales, y por esto nuestros católicos reyes han re- 
sistido en abrir esta puerta, como que no sujetándose el 
reino á la estrecha garganta de Panamá y Portobelo, se di- 
sipan y evaporan los más nobles espíritus del oro y de la 
plata, extrayéndose por los resquicios que maquina la in- 
<lustria, cuyo perjuicio se conoció aún antes que lo ense- 
ñase la experiencia». 

Siguió acentuándose la importancia comercial de Bue- 
nos Aires y hubo que erigir un Consulado en esa ciudad de 
acuerdo con la gestión del Cabildo. Aparte de su jurisdic- 
ción mercantil, tenía el nuevo organismo el carácter de 
Junta Económica, para fomentarla agricultura, la industria 
y el comercio, razón por la cual tomó el nombre de Junta 
de Gobierno. Belgrano fué nombrado secretario de la ins- 
titución por la Corte de España. En su composición, pre- 
valecían los comerciantes españoles monopolistas. Y como 
es natural, las ideas de Belgrano y algún otro igualmente 
liberal, tenían que encontrar y encontraron grandes resis- 
tencias. Discutíase una vez el plan de establecer relacio- 
nes comerciales de exportación y de importación entre 
Buenos Aires y los puertos del norte, y el prior del Cousu- 



476 JOSÉ ARTIGAS 

lado pidió que se recogiera y quemara el borrador del es- 
crito eu que se estampaba una proposición tan herética. 
Tal comercio, decía don Martín Alzaga, aflojaría los vínculos 
con España. Otra vez se discutía el alcance de las reales 
órdenes de 1784 y 1791 que permitían el tráfico de ne- 
gros en Buenos Aires y la exportación de frutos del país 
por vía de retorno, y el Consulado, que no quería la aper- 
tura de nuevos mercados, de acuerdo con los monopolistas,, 
declaró por gran mayoría que los cueros no eran frutos 
y que por lo tanto no podían ser llevados por los buques 
negreros. 

El contrabando según el doctor López. 

Extractamos déla «Historia de la Kepública Argentina»: 
Gracias al sistema de las licencias y concesiones, la ciu- 
dad de Buenos Aires comenzó á bastarse á sí misma muy 
luego después de fundada. El comercio de Cádiz y el co- 
mercio del Perú, no cesaban por eso mismo en su oposición. 
«Las provincias del Río de la Plata, decían estas dos cor- 
poraciones, tienen todo lo necesario para la vida humana y 
pueden muy bien vivir sin la venta de sus efectos en el ex- 
terior. Por otra parte, esos productos no son de considera- 
ción; y de no extraerlos no les resulta notable perjuicio; 
pues si experimentaran alguno, será menos malo que lo- 
sufrieran ellos, que no un comercio tan grande como el de 
los galeones, el cual caminará á su ruina si se tolera aque- 
lla senda (la del Río de la Plata) que ofrece tantos tropie- 
zos y peligros para el tráfico legítimamente establecido en- 
tre Cádiz y Tierra Firme. La isla de San Gabriel queda á 
la mano de las naves extranjeras y les está sirviendo para 
las introducciones ilícitas, á las cuales se les facilitaría mu- 
cho más si se sigue concediendo á Buenos Aires permisos- 
de excepción para internar géneros». El fiscal del Conse- 
jo de Indias apoyó estas gestiones y propuso que en ade- 
lante se negase todo permiso á Buenos Aires para sacar 
sus frutos por el río ó para retornar géneros extranjeros y 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 477 

que en caso de concederse algu no, fuese con exclusión de 
Córdoba, cuya aduana debía extinguirse para suprimir el 
contrabando. Era tan notoria la imposibilidad de que Bue- 
nos Aires y las provincias argentinas se surtiesen por el 
Perú, que á pesar de todos los reclamos, el asunto quedó 
sin resolución definitiva y el Río de la Plata se vio fre- 
cuentado por naves portuguesas, holandesas, inglesas y 
francesas que realizaban el contrabando con la complicidad 
de los mismos funcionarios. 

La Inglaterra, á la sombra de la introducción de negros, 
traía inmensas cantidades de mercaderías extranjeras. La 
bandera de la «Compañía de la mar del sur» llegó en 
ciertos momentos á movilizar enormes cargamentos clan- 
destinos, dando eso lugar á varios apresamientos por las 
autoridades españolas y al retiro de muchos buques que 
estaban anclados á la espera de una oportunidad favorable 
para vaciar sus bodegas. El «derecho de visita» á que tu- 
vo que recurrir España con tal motivo y los apresamien- 
tos y demás medidas represivas del contrabando, dieron 
lugar á que la Inglaterra entablara violentas reclamaciones 
sosteniendo que el tratado de Utrecht estaba violado, 
cuando el tratado lo único que autorizaba era la importa- 
ción de negros. 

La Colonia del Sacramento era el asiento principal del 
contrabando que realizaban la Inglaterra y el Portugal. 
Pero llegó un momento en que los estadistas de ambos 
países se persuadieron de que á menos de provocar conti- 
nuos escándalos era necesario buscar otra vía menos públi- 
ca para el comercio ilícito. Esa vía era la provincia de Río 
Grande y allí se dirigió la colonización portuguesa, avan- 
zando hasta las inmediaciones de las reducciones jesuíticas 
del Uruguay, que se mantenían en guerra constante con 
los paulistas ó mamelucos, los gauchos de San Pablo. Para 
los planes en vista, había que sacrificar á los jesuítas y á 
los indios, y eso fué lo que intentaron las cortes de Ingla- 
terra y Portugal, sugiriendo la primera á la segunda la idea 
de permutar la Colonia del Sacramento por los siete pue- 



478 JOSÉ ARTIGAS 

blos ó Misiones del Uruguay, en h margen oriental de di- 
cho río. En febrero de 1750 se celebró el «Convenio de 
permuta», entrando en la cesión los habitantes de las Mi- 
siones. Las autoridades españolas del Río de la Plata tra- 
taron inútilmente de ilustrar á la Corte de España, demos- 
trándole que con la cesión de las Misiones se entregaba 
una población de más de treinta mil vasallos y se abría 
á portugueses é ingleses el acceso al centro de la América 
del Sur. Quisieron resistir los indios; pero los ejércitos de 
España y de Portugal incendiaron sus ciudades y sus 
campos y los pobladores fueron arrastrados del otro lado 
del Uruguay, donde murieron de misiera ó se embrutecie- 
ron. Cuando estos sucesos llegaron á España y fué posible 
iniciar una reacción en las ideas, gracias al cambio operado 
en las esferas del gobierno, el tratado quedó suspendido y 
los portugueses mismos se dieron cuenta de las dificulta- 
des de marchar adelante y comprendieron que era más 
ventajoso conservar la Colonia y fortificar diversos puntos 
interiores del territorio español, como lo hicieron, leivantan- 
do el fuerte de Santa Teresa y otros. 

Después de nuevas luchas, se arribó finalmente al tra- 
tado de San Ildefonso que dejó á los españoles en posesión 
de la Colonia, á cambio de la cesión á los portugueses de 
todo el Pío Grande, esterilizándose así las ventajas obte- 
nidas. Zeballos informó á su gobierno que con haber cedido 
el Río Grande y las costas del Ibicuy, la España había he- 
cho muy dudosos los efectos de sus victorias. Los trafi- 
cantes portugueses, agentes generalmente del comercio in- 
glés, se entendían con los gauchos orientales y brasileños 
que adquirían las mercaderías en el Yaguarón y las lleva- 
ban hasta el frente de las costas de Buenos Aires y de En- 
tre Ríos, donde los comerciantes españoles las tomaban 
para introducirlas al interior. Para cortar el tráfico ilícito 
no bastó que Zeballos nombrara preboste á don Manuel 
Antonio Barquín con facultades omnímodas para ahorcar 
en los árboles á los matreros y contrabandistas que hicie- 
ran armas contra la autoridad. El escándalo y el robo de 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 479 

ganados continuó en grande escala, «y en esa escuela, co- 
mo es sabido, se formó el famoso Artigas». 

«Colonizado con la única mira de defender los mares y 
las costas del Sud, el puerto de Buenos Aires había sido 
como una guardia de vigilancia para impedir el contra- 
bando y la ocupación de su extenso territorio hacia aque- 
llos extremos que daban entrada al mar Pacífico. . . Pero su 
posición sobre el Pío de la Plata era tan poderosa, que el 
contrabando extranjero había venido á desempeñar en sus 
costas el papel de comercio libre, como hemos visto, para 
vigorizar las fuentes de la producción con el precio de sus 
frutos. En esa guerra clandestina contra el monopolio, el 
ganado vacuno había cobrado una decisiva estimación para 
sus criadores; y los intereses de nuestra campaña por sí 
solos se habían impuesto á la consideración del gobierno, 
que por mucho tiempo no había presentido siquiera la im- 
portancia ni el poder económico que tenía nuestra tierra 
para trastornar de buen ó de mal grado toda la vieja cons- 
titución de la administración colonial». 

Durante largos años el Río de la Plata había sufrido 
las consecuencias de un régimen dentro del cual las colo- 
nias no eran provincias, sino posesiones de la monarquía, 
que no podían gozar de los derechos económicos de las 
demás provincias del reino. Según ese régimen, que á lo 
humillante reunía lo ruinoso, las colonias estaban inhibi- 
das de producir, ni aún para su propio mercado, aquellos 
artículos y artefactos que podía producir la metrópoli, y 
que era menester comprarle á precio de oro, dejando inac- 
tivas y muertas las fuentes que el país tenía para ponerlas 
con mayores ventajas al alcance de sus consumidores. 

Para fomentar el desarrollo de los mercados argentinos, 
que á despecho de todo comenzaban á desarrollarse, Car- 
los III estableció en 176-4 una línea de paquetes bimen- 
suales entre la Coruña y el Río de la Plata, que tenían 
licencia para tomar allí por cuenta de mitad con el Consu- 
lado de Cádiz un cargamento de mercaderías europeas y á 
regresar con igual valor en retornos. Esta fué la medida 



480 JOSÉ ARTIGAS 

precursora que comenzando por relajar el riguroso mono- 
polio acordado exclusivamente al puerto de Cádiz, debía 
ser seguido por otros más decisivos que abrieron al fin el 
comercio directo de Buenos Aires al de todos los puertos 
principales de la península. 

Tal fué el alcance del plan de Zeballos legitimado por 
la Real Cédula y reglamento de 1778, y tocó á Vertiz, 
aquel ilustrado virrey que según la frase de Juan María 
Gutiérrez «no dejaba ociosa la aplicación de los hombres 
capaces», la satisfacción de ponerlo en ejercicio. Desde en- 
tonces quedaron exentas de pagar derechos de entrada las 
mercaderías traídas al puerto en buques españoles debida- 
mente despachados, y gravados sólo con un derecho de 3 á 
1 5 por ciento los retornos americanos. 



Hablan otros dos historiadores. 

En su «Historia General de las antiguas colonias his- 
pano-americanas», indica así don Miguel Lobo los errores 
de la metrópoli que más contribuyeron al antagonismo y 
al rompimiento: 

«Aislamiento completo del resto del Universo; prohibi- 
ción de proporcionar medios para la instrucción; monopo- 
lio del comercio; ó lo que es igual, el modo más acertado 
de perder el afecto de los hijos de aquellos países, de matar 
toda industria, todo comercio con la metrópoli y hacer que 
los verdaderos beneficiadores de la riqueza de esos países 
lo fuesen los extranjeros. 

«La miseria del oro, dice el historiador español don 
Francisco Javier de Salas, mató la riqueza del trabajo, y 
ahuyentadas de la nación la industria, la agricultura y todas 
las artes útiles, tuvo en breve que servirse de su oro para 
comprar en otros pueblos lo que ella había perdido. Nues- 
tra España parecía el cauce por donde iban corrientes del 
codiciado metal á detener su curso en otros países, devas- 
tando á su paso la riqueza de nuestro territorio, del mismo 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 481 

modo que la lava de los volcanes yerma y esteriliza los 
suelos por donde corre». 

Pertenecen las siguientes observaciones á la obra de Pa- 
rish «Buenos Aires y las Provincias Unidas del Río de la 
Plata»: 

Un siglo había transcurrido desde el descubrimiento del 
Río de la Plata y sus vastos territorios, y ya estaban agre- 
gadas á la corona de España las extensas gobernaciones 
del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán. Las tres poseían 
grandes riquezas y los medios para aumentar indefinida- 
mente su importancia en el comercio con la madre patria. 
Pero carecían de oro y plata y eso bastaba para condenar- 
las á la mayor incuria. Hasta les fué. prohibido de un modo 
absoluto el envío de sus frutos á los mercados de Europa 
para recibir en cambio las mercaderías necesarias á su 
consumo. Los comerciantes de Sevilla que tenían el mono- 
polio del surtido de Méjico y Perú, por medio de las ferias 
de Portobello, en las que predominaban completamente, 
fijando los precios de lo que vendían y de lo que compra- 
ban, se opusieron con éxito al comercio del Río de la 
Plata que se había internado hasta llevar sus productos al 
Perú. Fueron inútiles las representaciones del comercio de 
Buenos Aires. 

En 1715, después del tratado de Utrecht, los ingleses 
obtuvieron un asiento ó contrato para proveer de negros 
africanos á las colonias españolas. Uno de esos asientos se 
estableció en Buenos Aires, con facultad para despachar 
anualmente cuatro buques con mil doscientos negros cuyo 
valor podían exportar en frutos del país. No podían intro- 
ducir legalmente sino las mercaderías indispensables para el 
establecimiento. Pero la población estaba desprovista abso- 
lutamente de todo y los buques del asiento sirvieron de 
vehículo al contrabando. En caso necesario los contraban- 
distas se imponían por la violencia. Refiere el deán Funes 
el caso de un capitán King del buque inglés «El Duque 
de Cambridge >, de la compañía del asiento, que llegó al río 
•con un valioso surtido europeo. Cuando los oficiales espa- 

JOSÍ ARTIGAÍ!.— 31 r. I. 



482 JOSÉ ARTIGAS 

ñoles fueron á ejei'cer la visita, los amenazó con romper 
fuego contra ellos. Habla también de otro buque, el «Car- 
teret», que en su viaje de retorno á Londres, se llevó del 
Río de la Plata dos millones de pesos fuertes en metálico y 
un cargamento de cueros por valor de sesenta mil pesos 
fuertes, todo ello en cambio de mercaderías europeas des- 
pachadas clandestinamente. 

Los comerciantes extranjeros y los artefactos extranje- 
ros reemplazaron á los de España, perdiendo así la madre 
patria un mercado para sus manufacturas y los derechos 
sobre la importación. La carga anual de los galeones que á 
fines del siglo anterior ascendía á quince mil toneladas, 
bajó á dos mil, limitándose á la vez los retornos de plata. 
El virrey de Lima escribió al gobernador de Buenos Aires, 
Zabala, ordenándole que castigase á sus empleados en vir- 
tud de que las gentes del interior del Perú habían cesado 
de comprar en Lima á consecuencia de las mercaderías que 
ilícitamente se introducían del Río de la Plata. Zabala 
contestó que la experiencia le demostraba la ineficacia de 
las medidas mientras el tráfico ofreciese tan enormes ga- 
nancias, íigregando que en su opinión el remedio estaba en 
abrir sin trabas un comercio legal por el cual el gobierno 
percibiría los derechos de importación, ó bien en arrojar 
á los portugueses de la Banda Oriental. Prefirieron los es- 
pañoles esto ultimo. 

No satisfechos los portugueses con la Colonia, quisieron 
crear otro establecimiento en las cercanías de lo que hoy es 
Montevideo. Zabala recibió instrucciones y recursos para 
establecf^r posiciones fortificadas en salvaguardia de los 
derechos de España. De ahí arranca la fundación de esa 
ciudad en 172C, sobre la base de algunas familias traídas 
de Caníirias y otras de Buenos Aires. Las murallas de 
Montevideo levantadas con dineros remitidos de Potosí por 
orden del virrey, no atemorizaron á los portugueses, que 
se situaron definitivamente en el Río Grande, desde cuyo 
territorio invadían y saqueaban á los españoles y mante- 
nían su tráfico de contrabando, formándose según el deán 



AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS 483 

Funes partidas organizadas de ladrones, con patente de 
sus mismos gobiernos. Calcula el mismo historiador en dos 
millones de pesos fuertes el valor de los contrabandos por- 
tugueses. 

En 17G4 el gobierno español autorizó el establecimiento 
de paquetes periódicos desde la Coruña para todos los prin- 
cipales puertos de las colonias con permiso para conducir 
mercaderías españolas y retornar con productos coloniales. 
En 1774 se concedió alas colonias el derecho de comerciar 
unas con otras, que hasta entonces les había estado riguro- 
samente prohibido. En 1778 se dictó el reglamento llama- 
do del comercio libre, y ciertamente que era libre si se le 
compara con el régimen restrictivo anterior. De acuerdo con 
el nuevo reglamento, el comercio debía limitarse á los es- 
pañoles y á la marina española y gozarían de preferencia 
los productos espnñoies. Nueve puertos de España y vein- 
ticuatro de América fueron habilitados con ese objeto. 

Había algunos artículos libres de derecho, como los arte- 
factos españoles de lana, algodones y ciertas materias pri- 
mas de las colonias. Los demás artículos pagaban un tres 
por ciento si eran españoles y el siete por ciento si eran 
extranjeros, aparte del derecho que debían pagar en Espa- 
ña antes de su reembarco para América, lo cual hacía subir 
el impuesto al cuarenta y cincuenta por ciento. Era abso- 
lutaniente prohibido mandar á América productos extran- 
jeros similares á los españoles, como ser algodones, som- 
breros, vinos y aguardientes. Se prohibía asimismo á las 
colonias el ejercicio de ciertas industrias que pudieran per- 
judicar á las de España: no era permitido, por ejemplo, la 
manufactura de la lana de vicuña, cuyo producto tenían 
orden expresa los virreyes de acopiar y hacer conducir á 
España para ser allí manufacturado. De todos modos, el 
reglamento de 1778 dio un impulso considerable al comer- 
cio de Buenos Aires, que había sido hasta entonces un nido 
de contrabandistas. Antes de ese año, se calculaban las 
exportaciones anuales á España en un promedio de ciento 
cincuenta mil pesos. Después fueron de setecientos á ocho- 



484 JOSÉ AKTIGAS 

cientos mil; y en 1783 subieron á un millón cuatrocientos 
mil. En vez de dos ó tres buques^ salían ya de setenta á 
ochenta del Río de la Plata para España. 

lias re.<!itriooioiies en la ISanila Oriental. 

Dentro del propio régimen de severas restricciones co- 
merciales á que estaban sometidos todos los territorios del 
Río de la Plata, la situación de la Banda Oriental resultaba 
agravada por efecto de actos internos del virreinato. 

Dice don Juan Manuel de la Sota en su ^^ Historia del 
territorio Oriental del Uruguay»: 

«La Banda Oriental del Río de la Plata fué destinada 
por los pobladores de Buenos Aires para proveerse de leña, 
carbón y maderas gruesas de que se carecía en la ribera 
austral, donde yace la ciudad de Buenos Aires: como en 
especial para cría de ganados, que no sólo sufragasen enton- 
ces y en lo venidero á su propia subsistencia, sino también 
les produjesen sobrante porción de cueros para comerciar 
en tan útilísimo género. Habiéndola reservado para este ob- 
jeto, donde los animales procreasen con libertad y quietud 
y se alimentasen sin escasez de pastos, se abstuvieron por 
mucho tiempo de formar poblaciones capaces de impedir 
la cría que sucesiva y rápidamente se fué multiplicando 
después. Los toros y vacas que se reprodujeron por las ri- 
beras del Plata son de los que en 1554 condujeron de Es- 
paña los conquistadores; y los que en el interior del terri- 
torio oriental excitaron la codicia de los paulistas, son de 
los que en 1580 se introdujeron á la