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UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



BOOK CARD 

en 

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book pocket " S 

C75 




THE LIBRARY OF THE 
UNIVERSITY OF 
NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 
DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 
SOCIETIES 



PQ6627 

.L6 

J6 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/joyelesOOoliv 




V VÁlíNÜA 
tóprqta Ofiáa! k Garafeoba 



JOYELES 



EEONTE OEIVO HIJO 

á 



JOYELES 




Imprenta Oficial de Carabobo 
1910 



Tierra mía: 

Capullos de mi alma, nacidos 
al amparo de tu cielo, son estos Jíoyeleg, 
que no he dejado caldear por tu ambiente lleno 
de sol, para ofrecértelos en plena lozanía. 

En los días agónicos de tu predio, unas cuan- 
tas flores humildes tienen el valor de toda una 
primavera. No fueras orgullosa ó indiferente 
alguna vez, ahora que eres infinitamente pobre, 
y aceptaras las que te ofrendo, colmarías pródi- 
gamente el mayor de todos mis anhelos. 




4076- 61 



EXORDIO 



De todo lo escrito, amo solamente lo 
que el hombre escribió con su propia 
sangre: escribe con sangre j aprende- 
rás que la sangre es espíritu. 

ITCESTZCHE. 



Yo me he hecho la ilusión de que las pro- 
ducciones que componen este volumen son go- 
tas de agua . . . Son ellas multicoloras por 
efecto de la luz que las irisó al nacer; por efec- 
to de las sensaciones á cuyo influjo brotaron; 
sensaciones triviales que pusieron, en ésta, un 
paisaje vivido junto á otro enfermo; en aquélla, 
un vuelo de pájaro, una risa, y en las más, ca- 
prichos hijos de la sencillez campesina de mi 
espíritu, que las ve todas, como gemas de un 
mismo collar, unidas por un mismo hilo de 
sentimiento y de nimiedad. Creo, pues, que 
esas gotas nada representan, ningún valor tie- 
nen, á menos que representen pureza y tengan 
el valor de la humildad. Y además de ésto, 
tengo entendido que no alcanzarán á refrescar 
almas sitibundas de poesía ni á ser miel para 
labios acibarados, porque ni bastan para aqué- 



VIII 



lio ni tienen dulzura suficiente para ésto. Y 
¿qué misión pueden tener? Enfermas de debi- 
lidad desde su origen, ¿qué germen podrán fe- 
cundar, qué brote hacer esplender, qué capullo 
hacer aromar? Mas, ellas poséen la honda 
virtud de ser ingénuas como el mismo manan- 
tial que las generó; manantial recóndito y hu- 
mildísimo que nació con mi corazón y que no 
conoce cauces artificiosos que enderecen sus 
malas corrientes, porque no ha corrido nunca 
sino en su propio lecho, viciado y burdo. 

Dicen que no hay nada más puro que esas 
gotas de agua que en los cálices de las flores 
recogen el sol mañanero y se consumen cuan- 
do han cejado un átomo imperceptible de vida 
para la planta que las sostuvo ... Mi ma- 
yor orgullo constituiría en que estas gotas de 
agua fueran prestigiadas por el sol del Éxito 
y se evaporaran luego, dejándome en premio 
un átomo de ese sol conque pudiera alumbrar- 
me en las horas oscuras de mi vida! Pero yo 
no soy un engañado para imaginarme que tal 
cosa llegue á suceder, porque yo sé que mis go- 
tas no son nada, aun antes de que los días co- 
miencen á mustiar sus colores y me hagan 
aquélla comprobación, terrible sino la espera- 
ra; pero así y todo, triunfadoras ó no, tragadas 
por el tiempo ó impasibles á su influjo, las 
amaré más y más, porque ellas, muy pobres, 
muy nimias y muy mías, habrán de recordar- 
me siempre los dulces lirismos de mis veinte 
años! 



JOYELES 



I TOTIFI DE LA LAGRIMA 



— Soy perla desprendida de los cielos; liago 
germinar colores y perfumes. Caigo en las 
mañanas en que celebran sus nupcias las ne- 
blinas y el suelo. Cuando he refrescado la 
planta, me mata el aura. Cuando el tibio ra- 
yo del sol me toca, doy luces como el brillante 
y me evaporo. En mí viven los espíritus de 
las rimas como el oro en los cuarzos. 

Y como arpegios de cítaras, el eco á lo lejos 
repitió: 

— Soy la gota de rocío! . . . 

— Vivo entre colores y entre esencias; nazco 
en medio del trinar de los pájaros, el aletear 
de las mariposas y el zumbar de las abejas. 
Por mí aman los im ctos á las flores y guardo 
para todos los labios 'ulzuras inefables. Doy 
perfume y soy precu: ora de vida en la colme- 
na. Soy rubia como primer rayo del sol al 
amanecer. 

Y las brisas recogieron en sus alas impalpa- 
bles estas frases suaves: 



4 



JOYELES 



— Soy la gota de miel! . . . 

— Soy una gota turbia, pero albergo más pu- 
reza que las demás. No vengo del cielo, pero 
broto del corazón. Ni perfumo ni doy vida: 
quemo los rostros y soy más amarga que el 
áloe. Si nazco entre satisfacciones, entonces 
soy dulce y casi luminosa. Estoy en la bo- 
rrasca y en la calma; en el tugurio y en el al- 
cázar. Mi dominio se extiende á todos los co- 
razones y á todas las almas. 

Los azules cielos se nublaron; tuvo la brisa 
quejumbres y sobre las cosas secirnieron estas 
dolorosas palabras: 

— Soy la lágrima! . . . 



LEONTE OLIVO HIJO 



5 



FLOR DE ILUSION 

Bn la tierra roja y terronosa, casi estéril, de 
aquél tiesto emparejado á golpes, había logra- 
do extender su raigambre la estaca enclavada 
y largar al aire, como delgados y espinosos ín- 
dices, sus flacos retoños exhaustos de sávia. 

Y fué en esa planta raquítica, á la cual la 
Naturaleza negó su beso de fortaleza, donde el 
poeta que vivía en medio de la más dulce luci- 
dez y en la reja de cuya habitación estaba el 
tiesto emparejado á golpes y lleno de roja tie- 
rra casi estéril, puso el afán de sus largos días 
y de sus noches largas, anhelando verla enjo- 
yada con pétalos y oliente á esencias. 

Y fué á fuerza de tanto afán que hizo brotar 
en la punta de uno de aquellos retoños flacos 
y exhaustos de sávia, un diminuto botón: 

— Mañana, cuando venga la aurora, abrirá 
— se decía, pero el botón enfermo no abría sus 
pétalos. 

Al despuntar una alba, dos pequeñas arañas 
tejieron su claustro sobre la esmeralda del bo- 



6 



JOYELES 



ton con la seda casi impalpable que guardaban 
en sus entrañas y algunos gusanillos finísimos 
de laz, sobre la seda del claustro y sobre la es- 
meralda del botón, se encerraron en primoro- 
sos castillos de seda. 

Una tarde, hermosa y alegre tarde, á la hora 
en que el sol quebraba en ocaso sus últimos 
rayos, huyeron de su claustro de seda las dos 
arañitas, y rompiendo en cruz la bordada seda 
de sus primorosos castillos, alzaron el vuelo 
los gusanillos de luz transformados en mari- 
posas de oro, dejando al aire, casi abierta, la 
flor triste que como una diminuta estrella de 
perla, brotó de la esmeralda del botón. 

Casi miedoso ó admirado casi, miró el poeta 
cómo fueron á perderse entre el gris del atar- 
decer las mariposas de oro; y corriendo á su re- 
ja, aprisionó entre sus temblorosos dedos de 
recluido la flor que sin esencia había brotado 
de la esmeralda del botón como una diminuta 
estrella de perla, y al despetalarla, exclamó 
melancólicamente: 

— ¡Así las ilusiones de la vida! . . . Ama- 
mos un algo, ciframos nuestro empeño en él y 
hasta con lágrimas lo fecundamos y luego nos 
resulta como esta flor: enferma, mustia, inser- 
vible! . . . 



LEONTK OLIVO HIJO 



7 



HiJS URICOS 

Fue un soñador bohemio, un artista que amó 
las noches plenilunares como á novias buenas. 

De su lira, á manera de cascadas de pétalos, 
salieron los ritmos en honor de los oros y la 
plata de los astros que se abrían en la sombra 
como flores luminosas. 

Amó ingentemente el rubí de Marte; quiso 
el zafir de Perseo; se encantó con la perla de 
Venus, y una á una, les prodigó pasión á esas 
gemas radiosas engarzadas en espléndidos ca- 
prichos en el auri azulado cielo tropical. 

Rimó la timidez del rayo que formó un 
charco rutilante cayendo sobre el cristal del 
agua ó bañó la cruz blanca de abandonada 
tumba; la travesura del que sorprendió dos 
amantes ó se filtró por la ojiva entreabierta á 
besar el seno de una núbil; la generosidad del 
que fue cirio mortuorio para el guerrero exá- 
nime en el campo de batalla y lámpara para el 
misérrimo á oscuras. 



8 JOYELES 



Y su alma ascendió por los blancos hilos 
qne descolgaron en las noches la luna y las es- 
trellas, y les murmuró en sus entrañas todos 
sus amores y todas sus tristezas. 

Y la luna y las estrellas correspondieron 
tan extraño amorío, enviándole candidos men- 
sajes por los blancos hilos que descolgaron en 
las noches. 

Y pasaron días y se fugaron meses y corrie- 
ron años; y siempre hizo ir su alma á decir 
amor á las altas luminarias. 

Una mañana, en solitario arrabal, sin mirar 
siquiera una de sus novias, extrangulado por 
el vicio, murió el lírico bohemio, el soñador 
que quiso las noches estrelladas como á novias 
generosas y buenas. 

Lo llevaron á un hospicio y sobre una mesa 
fría le desgarraron el pecho y le rompieron las 
visceras con finas pinzas y afilados escalpelos. 
En él, los Profesores dieron anatómicas leccio- 
nes, para dejarlo después, sólo, con la fija mi- 
rada penetrante clavada en lo alto, en el cielo 
que se sombreaba, de costado al crepúsculo 
sangriento veteado de llamas. 

Vino la noche y lo encontró, viendo á través 
de los cristales de la sala de autopsias, con el 
pecho desnudo y sin un cirio que alumbrase 
su soledad; y la luna y las estrellas lo supie- 
ron, y para velarlo, juntaron todas su lumbre 
y la filtraron por los cristales para iluminar el 



LEONTK OLIVO HIJO 



9 



peclio que había dejado de pertenecerles por 
pertenecer á la Muerte. 

Y vino la madrugada y en la madrugáda, 
de casi junto á la luna ó de élla tal vez, como 
una lágrima, cayó del espacio en el espacio 
una estrella fugaz; y las otras estrellas, lloran- 
do rocío, se despidieron de su amante empa- 
pándolo de luz, pues el día, despiadado ente- 
rrador, rompiendo los hilos blancos que descol- 
garon del cielo, les arrebataba el cadáver que- 
rido para hundirlo en una tumba sin nombre, 
donde no iba á ser visto de ellas por los siglos 
de los siglos! . . . 



el mmm milagro 



Huían como banda desordenada de cuervos 
blancos los últimos restos de neblina, mientras 
la aurora abría su abanico de colores y la ara- 
ña del sol, escalando la seda turquí del cielo 
de Galil, entramaba sobre los campos y sobre 
las montañas calvas, una maravillosa maraña 
de oros. 

Con las ánforas á la cabeza y á los hombros, 
las mujeres volvían de las cisternas, entanto 
que por los cuellos trigueños un fino hilillo de 
agua bajaba á refrescar sus túnicas de suaves 
tonos azules y róseos y sus senos de canela 
clara. 

En blancos tropeles los rebaños salían al 
campo manchado de pequeños lagos que fingían 
raras banderas de refulgente acero, tiradas so- 
bre la hierba cuyas espigas comenzaban á en- 
rubiecer. 

Bandadas de aves eran voladoras ágatas bajo 
la abierta pupila del sol, mientras que en el 



I 2 



I/EONTE OUVO HIJO 



occidente confuso desaparecía el curvo esquele- 
to de la luna menguada. 

Serpeaba un camino rojo y lleno de pedris- 
cos los lomos de las colinas y se internaba en 
ei pueblo, adormecido al cantar del viento en 
los follajes de las palmeras y bajo el aliento 
cálido del sol que encendía las arenas. 

Seis camellos viajaban fatigosamente hacia 
el sur palestino, mientras venía hacia el pueblo 
una larga hilera de asnos, que eran la recua 
de unos comerciantes extrangeros. Venía de 
muy lejos, de más allá de dónde se fundían 
cielo y tierra en una raya azulada y más allá 
de las ondas jordánicas. Traía oros purísi- 
mos, mirras de sándalos famosos, inciensos de 
lauredales indúes: oros raros para comerciar y 
mirras é inciensos para perfumar las casas ri- 
cas, las sinagogas y los grandes templos. 

Tres comerciantes bajaron á una casa pobre 
y pidieron agua para ellos y agua para sus 
animales; y como en el patio de la casa, bajo 
un datilero, había una cisterna que daba agua 
fresca y cristalina que provocaba bebería, be- 
bieron ellos y bebieron los asnos sitibundos. 

Los extrangeros eran ricos y eran generosos, 
y sacaron de sus muestrarios de cuero perfu- 
mado, para dar en la casa, oro, incienso y mi- 
rra, y los pusieron al alcance de un niño que 
miraba al cielo con sus dulces ojos azules, 
acostado en un lecho de menudas pajas y la- 
nas de ovejas humildes y melancólicas. 



JOYKLKS 



Les viajeros saltaron sobre los lomos de sus 
pardos borricos; y Jesús sonrió plácidamente 
al reposar su mano de flor sobre las pepitas, de 
oro y mirar que de ellas salieron á los aires, 
aleteando triunfalmente, las primeras maripo- 
sas amarillas! . . . 



LUCHERNAGAi 



NOCTIVAGA 

Sutilmente al jazminero baja un rayo muy 
fino de la luna, y por la misma escala mágica 
de oro, asciende el perfume de los jazmines. 
Cada jazmín es una flor de plata; cada hoja y 
cada tallo, son una hoja y un tallo de oro y de 
sombra. 

A trechos, como laminosas rosas dispersas, 
asoman sus caras curiosas las estrellas. Una 
nube vela la luna, rompe el amoroso idilio que 
ésta sostiene con el jazminero en flor y corta 
el beso áureo correspondido con el beso perfu- 
mado! . . . 

GSTADO DE ALMA 

Vivir pensando en alegrías, cuando estas ca- 
si no existen y perennemente imaginarme bri- 
llando el sol, el sol que nunca jamás desleirá 
la nieve amontonada en el alma, y haber tánto 
y tánto frío que agarrota las ilusiones, y pensar 
que ese frío no acabará nunca, me quita la fir- 



IÓ 



CHONTE OUVO HIJO 



meza que tengo «para salir triunfante del com- 
bate cuando venga la Muerte!» 

Floi^ paf^a una Sultana 

Pasaste bajo la fronda del parque con la ma- 
gestad de una sultana morisca. Vestida de 
azul purísimo parecías estar envuelta en un 
girón de cielo: por eso á tu paso, flotaron en 
los aires, salidas de todos los ramajes, cascadas 
de armonías y cascadas de perfumes emanaron 
de todos los capullos entreabiertos: trinos y 
esencias te saludaron, porque encarnabas una 
aurora, una gran aurora de hermosura. 

Por eso fue que á tu paso flotaron en los ai- 
res, salidas de todos los ramajes, cascadas de 
armonías y cascadas de perfumes emanaron de 
todos los capullos entreabiertos . . . 

Gh LíLOI^O ETERNO 

Antes de que Dios hiciera la ^tierra, parte 
del caos se rebeló contra Bl, y Bl la castigó 
convirtiéndola en las montañas que hoy se ven 
diseminadas en la superficie del globo. 

Cuando resonó la palabra fíat-lux! y ya 
tuvieron los corazones fibras para sentir el Do- 
lor y los ojos lágrimas para expresarlo, se con- 
movieron las montañas en suprema convulsión 
de angustia y para expresar la pena que les 
causaba el fin de su madre la Nada, empezaron 



JOYELES 



17 



á verter, silenciosamente, las lágrimas eternas 
de los ríos! . . . 

(©F^OMO 

En la bahía trémula, mientras el horizonte 
se borra bajo el manto bruno de la sombra y, 
melancólicamente, las gaviotas se acojen al 
alar esmeraldino de los mangles, muere en una 
decreción pálida en la vela sucia de una vieja 
goleta el postrer beso del sol; y el último tono 
lila del crepúsculo, pinta en las aguas temblo- 
rosas una larga cinta sangrienta. 

Las barcas, como marinos pájaros soñolien- 
tos, cabecean entre la oscuridad que entristece 
el cielo; y la última golondrina, piando, revuela 
locamente sobre la hilera de sucias barracas, 
enclavadas en la calle hecha á tajos en el ce- 
niciento pedernal espolvoreado de tierra color 
de bronce. 

Luego la luna menguante asoma su ojo obli- 
cuo, como asechando el sueño del pueblucho 
que duerme, al arrullo oceánico, acurrucado 
en un rincón sinuoso de la costa. 

Lía ©iedad del Invierno 

Este mediodía de octubre, el Invierno ha 
abierto en el cielo sus rosas grises, todas sus 
rosas deformes, hasta oscurecer el sol. 

Un viento gélido extremece los cuerpos y 
hiela las almas: á su influjo caen las hojas de 



i8 



CHONTE OLIVO HIJO 



los árboles trazando fugaces curvas y trémulos 
zigzags dolorosos. 

La soledad espantable de estas calles, sobre 
las cuales la lluvia se desgrana perezosamente, 
crispa los nervios más que el avance mages- 
tuoso de la niebla que abre su inmensa mano 
blanca, como queriendo aplastar la ciudad si- 
lenciosa y entumida. 

... Y pienso entonces que el Invierno es 
más piadoso que nadie, cubriendo con blanca 
mortaja á la vieja ciudad bizarra, á la heroica 
ciudad muerta! . . . 




JOYELES 



19 



LA MQDSA BSÜIlfA 

Ven! pálida Musa, coronada de lyses y tísi- 
cas azucenas sin perfume: preciso es que tu 
azul pupila se recree en los paisajes de esta tie- 
rra, pródiga de hermosuras. 

Ven! Ya es tiempo de que tu tez cirial se 
enrojesca y la sangre palpite en tus arterias 
con la primera fuerza de la vida. 

No dilates tu venida, que ya las neblinas 
melancólicas — tus hermanas en silencio y en 
albura — se dispersan hacia el cielo que el sol 
empieza á incendiar. 

Aquí, á tus ojos cansados de verter lágrimas 
y contemplar tristezas, les cantarán himnos 
de admiración los negros tordos que se engríen 
de amor en las pencas altas de los chaguara- 
mos. 

Tus pulmones enfermos sanarán respirando 
las esencias conque te incensarán los caobos 
tiernos y los mastrantales bravios; y tus labios 



20 



IvKONTK OLIVO HIJO 



anémicos se tornarán en rojos cuando prueben 
las áureas pomas de los poblados jobos. 

Ven! Tú que no sabes sino de las gélidas 
flores albas que prende la nieve en los escuetos 
ramos de los pinares lánguidos; que no Has 
paseado sino por praderas de lilas y entre tri- 
nos de ruiseñores; ven! para que luzcas tu do- 
naire bajo arcadas de palmeras y arpegios de 
paraulatas y turpiales y pruebes la miel que 
se derrama en las colmenas y el azúcar que 
destilan las cañas, coronadas de espigas rubias 
como rayos de sol. 

Musa: Ven á mi terruño, porque vivir en 
él esa es la vida y porque aquí, tu tez se torna- 
rá en brillante y suave como la flor sonrosada 
del cafeto, tus labios serán purpúreos cual las 
peonías y tu sangre, que ha agotado su vigor 
en la infeliz tristeza del exotismo, será pura y 
roja como la de los toros sanos! . . . 



JOYELES 



21 



(DURO, AZUMl V ROJO 

La sabana estaba desierta y el cielo ostenta- 
ba los colores de nuestra bandera: tenía oro 
deslumbrante en el oriente, azul purísimo en 
el cénit y una límpida pincelada roja cubría 
las pintorescas lejanías occiduas. 

El sol derramaba sus últimas luces, hacien- 
do tornasolar los múltiples verdes de los her- 
bazales espigados. Aqual día la sabana era 
una inmensa esmeralda tachonada con los lum- 
brosos diamantes con que, al besarla, la había 
ataviado la lluvia. 

Lejos, á los pies de una pequeña colina, se 
dastacaba una cabana de palmas, de techo ji- 
boso, de agujereadas paredes, con sus humil- 
des rejas de madera y su puerta burdamente 
labrada, sobre la cual lucía modesto símbolo 
cristiano hecho de dos ramos atados con rese- 
cos bejucos, que sostenían una parásita que en 
los días primaverales se adornaba con temblo- 
rosas flores-de-mayo moradas y blancas. En 
la cabana vivía una familia de labradores; 
y todo era allí tan bello que hasta «la tierra 
húmeda olía á gloria.)) 



22 



CHONTE OUVO HIJO 



Cual sierpe de puntiagudas escamas de ace- 
ro, salió al camino, dando á los vientos el em- 
polvado color de su bandera y el grito agudo 
de su clarín mohoso, una guerrilla revolucio- 
naria. 

Los guerilleros saquearon la cabaña y luego 
le prendieron fuego; en tanto que á torrentes 
brotaban las lágrimas de las víctimas y se ex- 
tinguía la postrera llamarada del incendio con 
la última del sol, la bandera de la Patria que 
estaba en el cielo, avergonzada quizás del sal- 
vajismo de sus hijos, borróse rápidamente dan- 
do sus colores á la noche que venía. 

Y me antojé que ese sol que se hundía en 
medio de los sangrientos rubíes vespertinos, 
era el sol de nuestro vigor atávico, apagando 
sus reflejos en estériles charcas de sangre fra- 
tricida. 



JOYELES 



23 



ALMA II LA SABARA 

A B. VALLEN I LLA LANZ. 

Es un raro crepúsculo verde, prendido en el 
cielo como una gigante flor de esmeralda. Es 
un crepúsculo adornado de profusas cintas ver- 
des, como una muchacha montaraz que estu- 
viera de fiesta. Miente un proficuo manantial 
de retoños primaverales desbordado por todo el 
ocaso, hasta perderse en él mismo, en el miste- 
rio de la tarde que inmola ante las estrellas 
que comienzan á radiar trémulamente, todas 
sus azucenas de oro y sus margaritas sangrien- 
tas. 

Bajo el frondoso follaje crepuscular, la saba- 
na se duerme en el nido de su propio silencio, 
como si fuera un inmenso pájaro mudo; y aho- 
ra, las brisas la arrullan con sus églogas serra- 
nas, diciéndoselas en los blancos oídos de sus 
lirios. 

Al reflejo de la pulcra esmeralda vesperal, 
miro avanzar por sobre los largos caminos ro- 
jos las compactas caravanas de las sombras, 



24 



LEONTE OLIVO HIJO 



envolviendo en su húmeda tela negra las heri- 
das cálidas por donde se introdujo el sol hasta 
las entrañas de la tierra, á depositar el fúlgido 
oro que será sangre amarilla en los racimos de 
las guayabas próximas y tinte de topacio en 
los yerbazales viejos. 

Ahora pienso que la sabana tiene un alma, 
nacida en quién sabe qué rito misterioso de 
nuestro ignorado tiempo aborigen; y creo que 
como nuestros pueblos, fue bautizada con agua 
sacramental de melancolía, que le dio la virtud 
de ser bella y hermosa, compadecida y triste, 
como el alma nacional. 

Nada hay que hiera más cruelmente mi ex- 
traña creencia, como la desesperación de la sa- 
bana ante los plenos cielos de zafir y los soles 
bárbaros, porque la veo extremecerse en una 
como agonía dolorosa, sin una suavidad que se 
la mitigue. 

Esta sabana, á la cual deben ser iguales las 
demás sabanas venezolanas, parece estar sus- 
pirando siempre por la vaguedad de los días 
lluviosos. 

He llegado á entender que es más bella y 
feliz cuando el invierno descuelga sobre élla 
sus festones de rosas grises, que cuando respi- 
ra el calor de los incendios solares, porque al 
verla cómo tiembla, me imagino que está su- 
friendo hondamente y que acaricia la ilusión 
inalcanzable de vivir bajo el palio de un cielo 
siempre gris, bordado con bandas de garzas me- 
lancólicas y de golondrinas dolientes! . . . 



JOYELES 



25 



LOS PAJAROS DE ii HEBRA 

IMITACION. 

La luz brillante de la aurora vierte sobre la 
tierra bienhechoras claridades. 

Todo respira contento y los pájaros cantan 
en lo alto de los árboles y en el corazón de las 
selvas del terruño. 

Ya el lívido espectro de la matanza ha bus- 
cado refugio en la negrura de la noche. 

Los cuervos, cansados de picotear cadáveres, 
no pasan rondando sobre la cabeza de los que 
van á combatir. 

Los hombres, cansados de pelear, tornan á 
los tristes hogares á ser soldados del trabajo. 

Los ejércitos de trabajadores van á los cam- 
pos á labrar la tierra que se fertilizó con entra- 
ñas y se amasó con sangre. 

Los surcos esperan las semillas y los árboles 
no muestran colgajos de carne sangrienta, 
arrancados por las balas de fusiles y cañones. 



26 



IyBONTB OUVO HIJO 



La Patria está alegre: va á reponer la vida 
que se escapó de sus venas cuando sus hijos 
se despedazaban en los campamentos. 

Por eso la luz brillante de la aurora vierte 
sobre la tierra bienhechoras claridades: todo 
respira contento y los pájaros cantan en lo alto 
de los árboles y en el corazón de las selvas, 
porque en mi tierra, ¡hasta los pájaros celebran 
las alegrías de la Patria! . . . 



JOYELES 



27 



PRIMAVERAL 

La luz, cayendo sobre el suelo húmedo, lo 
estrellaba de plata y donde el agua se había en- 
charcado, ponía pequeñas ciénagas deslumbran- 
tes. 

Era la primera mañana de lluvias: irisadas 
gemas colgaban de los árboles floreados; y co- 
mo el ala gigantesca de un buitre, una niebla 
plomiza rodaba perezosamente sobre el lomo 
de la sierra, de cuyos ariscos flancos se descol- 
gaban los arroyuelos como espadas de azogue. 

Almendroneros y marías, tintos en gualda 
y rojo, manchaban el fondo oscuro- verdoso de 
los castaños, á cuyo alar inquieto y rumoroso 
vivía el pueblo. 

Era la primavera y era marzo: los requema- 
dos pajonales erguían sus coronas de espigas 
y en las siembras se abrían paso los malojales 
crecientes. 

Luego vinieron más brumas y apiñándose 
sobre el sol, deshilaron en sus ruecas miste- 
riosas toda la lluvia que entrañaban. 



28 



I/EONTE OLIVO HIJO 



Los pájaros se echaron al vuelo hablando 
musicalmente de la alquimia de las aguas de 
los cielos, mientras en la blanca iglesia del 
pueblo anémico, dormido al alar de los casta- 
ños en los flancos impasibles de la sierra, las 
campanas llenaron los aires de sonoridades, 
en tanto que, simulando el beso de los cielos, 
caía de los apamates una lluvia de campánulas, 
como una nevada lila, sobre los suelos taracea- 
dos de estrellas y de ciénagas de plata! . . . 



JOYELES 



2 9 



MEDRO-TONO 

Plena noche de julio, clara y fría. 

El río vierte su linfa temblorosa contra los 
babosos peñascales impávidos y se fuga impe- 
tuoso y espumante bajo el jabillal umbrío. 

En las laderas se asoman las flores, mien- 
tras el chirrido penetrante de un pájaro agore- 
ro que pasa, es como una garra que rasga el 
silencio de la hora. 

Sobre los jabillos erizados de dardos, como 
sobre el acero asesino la cubierta joyante, per- 
fuman las blancas lunarias; y los pascueros 
asaltan las ramas y entraman las guirnaldas 
que han de recamarse, al correr los días, con 
pompones acampanados azules, rosados y blan- 
cos, en cuyos senos, como poemines Cándidos, 
fulgurarán maravillosamente las gotas de ro- 
cío, delicadas y cristalinas. 

Una carcajada harmoniosa, juvenil, llena la 
noche, circulando como una sangre extraña 
por las arterias de los aires, hasta desvanecer- 
se y ser nada bajo los cielos . . . 

El río — eterno y ardoroso amante — sueña, 
dormido en su lecho de tierra, en besar una á 
una las estrellas! . . . 



la mi 



Bs una vieja torre venerable. Manos igno- 
radas la alzaron triunfalmente en el medio del 
pueblo, en pleno centro de él: de suerte que 
vino á ser su corazón y como tenía nivosidad 
de cosa nueva, fácil era imaginársela el cora- 
zón blanco y puro del pueblo que nacía. En 
sus pisos, en sus columnas y arabescos burda- 
mente bordados, anidaron palomas y golondri- 
nas, que revolaban locamente en su torno, ca- 
da vez que las campanas se convertían en sur- 
tidores de nerviosas músicas asordadoras. Y 
palomas y golondrinas, humildes aves de paz, 
fueron el alma alegre de la torre, albo corazón 
abierto para siempre bajo los cielos. 

Una ocasión, en la guerra, la llenaron de 
soldados. Entonces empezó á amarillear, co- 
menzó á entristecerse, viéndose convertida en 
torre de muerte. El pueblo fue teatro de una 
matanza de hombres útiles y como había mu- 
chos guarecidos en la torre, á ella convergieron 
los fuegos, dejándole millaradas de agujeros. 
Las balas abrieron en los cuerpos de algunos 
desgraciados, hondos y abundantes manantia- 
les de sangre, que mancharon aquella blancu- 



32 



LEONTE OLIVO HIJO 



ra inmaculada. Más bien parecía que era la 
torre que los vertía. Con la sangre se asom- 
braron y huyeron las palomas y las golondri- 
nas; y en el medio del pueblo, ya para siem- 
pre, se quedó la torre como un inmenso cadá- 
ver en pie. Hasta sus campanas, golpeadas 
por las balas, perdieron sus voces harmoniosas, 
y ahora, cuando las tañen, parece que doblaran 
á muerto. 

Con la torre murió el pueblo; cuando el al- 
ma de aquélla huyó, él quedó sumido en un 
sueño mortal del que nunca despertará. Y 
élla, agrietada y renegrida por el tiempo, es 
ante el ojo venezolano, como una maldición 
perpetua y formidable á nuestras contiendas 
guerreras! . . . 



JOYELES 



33 



ENERO 

La primera rosa del rosal del año, en cuyo 
torno vuelan hasta consumirse, hasta ser nada, 
las treinta y una abejas de oro de sus días, 
entre el suave veneno adormecedor de las bri- 
sas frías, plenas de perfumes de flores nue- 
vas. 

Infancia del año en que hasta las palabras 
suenan primaveralmente; en que el corazón 
rima sus más puras cadencias, en las maña- 
nas color de heliotropo en que el sol yergue 
más de prisa su refulgente casco de oro, y en 
las noches casi azules, de lunas gloriosas y 
triunfales. 

Blanco camino por donde se van al año to- 
das nuestras alegrías y tristezas, dejándonos 
sólo el recuerdo del espejismo de que se valió 
para embriagarnos, para que le confiáramos 
nuestros más caros ideales. 

Y es raro ataúd varicolor, constelado con 
los enormes ojos radiosos de sus lunas triun- 
fales y su sol glorioso, que lleva á los podri- 
deros del desengaño, la carne rosada y pura 
de nuestras esperanzas más queridas! . . . 



NOCTIVAGA 



A ISMAEL CARDENAS C. 



Por la ventana, con triunfal majestad, entra 
un ancho rayo de luna, frío y rubio. Se ha 
colado por un claro de la trinitaria hojosa, ha 
besado largamente los capullos con su oro mi- 
lagroso y ha burilado en el suelo un blondo 
capricho chinesco, como una gran pupila ama- 
rilla en la cuenca sombría de la alcoba. 

La brisa que ya huele á pascuas, á albaha- 
cas y á mastrantos ardientes, ha hurtado á un 
organillo que suena no muy lejano, para vi- 
brarlas en mi oído, sonoridades leves como 
arrullos; á un organillo que en el patio terroso 
inundado de luna, de la casa exigua y tosca, 
bajo el prestigio de los azahares del limonero 
añoso, va desengarzando sus rimas melodiosas, 
hasta embriagar de músicas mi alma, que en- 
tonces siente la vida más intensa y hondamen- 
te. 

. . . Ahora, después de breve pausa, el 
parlero organillo recomienza su habladuría 
musical y caprichosa, recitando el poema de 
un joropo criollo. Y mientras la luna acre- 



LKONTE OUVO HIJO 



cienta sus pródigos raudales áureos y la brisa 
vuela llevando efluvios de albahacas, de pas- 
cuas y de mastrantos ardientes, me finjo esa 
música nacional, ese alegre joropo que se aleja, 
el alma fugitiva de la tierra, tras la cual vuela 
mi espíritu como tras una novia que me quita- 
ra todos los dolores! . . . 




JOYELES 



37 



FEIRERO 

Mes de los alegres amaneceres, el raquítico 
mes en que Momo pasa, triunfal y alegre, bai- 
loteando y dando al aire el perfume de músi- 
ca de las flores de sus cascabeles ruidosos, y 
dejando en las almas, entre cantos y entre car- 
cajadas, semilleros de recuerdos: . . . Des- 
grana unos ocasos más y se desenroscarán ba- 
jo la gloria vesperal, tus serpentinas multico- 
loras y tintinearán en los pavimentos, entre la 
bullosa granujería, tus vistosos confettis de 
algodón; las comparsas de máscaras ridiculas 
romperán el dulce misterio de las noches de 
luna, para que luego Carnaval cierre por un 
año su pintarrajeado abanico, marchite sus 
tres flores multiformes y toque su pito burlón 
y agresivo; y tras el trofeo, asome su cabeza 
el buen Momo cariñoso, seis horas antes de 
brillar el místico sol de la Cuaresma, para ha- 
cer una última mueca de despedida, cansado 
ya de haber bailoteado triunfalmente y haber 
dado al aire, como un estandarte lírico, el per- 
fume de las flores sonoras de sus cascabeles, y 
dejádonos en el corazón un semillero de anhe- 
los interminables, por el día en que llegue 
el Carnaval de las almas! . . . 



UEHZO INVERNAL 

La primavera, con regia esplendidez, ha di- 
luido sobre la tierra que ahornagó el sol ver- 
nal, la gama de sus colores. 

Los primeros besos fríos de las lluvias han 
puesto su tesoro de brillantes en las puntas de 
las hojas y en los surcos ávidos. 

El viento polar que sopla en esta mañana ha 
extendido una mancha neblinosa que ha en- 
turbiado la luz del sol. 

El polvo no se nos mete en los ojos ni nos 
penetra en los pulmones. 

La canícula vernal ha pasado: el sol da 
suavemente su calor. 

La sabana se cubre de yuquillas lilas y de 
albos lirios diminutos. 

En las palizadas los chuzos pimpollean y 
sobre los brotes alarga el cundiamor sus be- 
jucos. 

Y tienen los bejucos finas flores amarillen- 
tas, de pétalos sencillos, de un gualda pálido, 
como de oro enfermo. 



4o 



IvEONTK OUVO HIJO 



Y ahí está el fruto: colmena áurea que 
guarda mieles en panales de rubíes; madrépo- 
ra aurina de nácares de peonías, donde roban 
las abejas la goma líquida que en la celda del 
panal transforman en perlas amarillas. 

Yo amo el cundiamor como un símbolo, 
porque cuando al fuego tenue del sol en la au- 
rora, abre la entraña para dejar resbalar, gru- 
mo á grumo, su rojo tesoro, me lo antojo el 
corazón de oro de la Patria, goteando sangre 
de la misma que logró arrebatar á la tierra, de 
ese inmenso caudal derramado en las luchas 
del hermano contra el hermano! . . . 



I^EONTK OUVO HIJO 



41 



MARZO 

Se abre la mina de Marzo y se contempla la 
Primavera, á través de los cristales de los días, 
durmiendo un maravilloso sueño de fecundi- 
dad, enjoyada con toda suerte de pedrerías, 
((como la cola abanicada de la real ave de nues- 
tros bosques», que abre sus mil ojos irisados 
al encanto fantástico del sol. 

Y la mina primaveral tiene blancos ópalos y 
pálidos granates muertos para resucitarlos en 
los huertos, transformados en rosas blancas y 
rosas rojas; hilos magníficos de esmeraldas vi- 
vidas y profundas para vestir de primores los 
esqueletos de los árboles; guirnaldas de ama- 
tistas claras y topacios intensos, para adorno 
de los crepúsculos. 

Las fuentes aprenden los más tiernos arru- 
llos y las más puras cadencias de los pájaros, 
para decirlos en el misterio de las noches, 
cuando fin jen largos hijos escurridizos de pro- 
fusas estrellas. 

Y es entonces que las tristezas y los desen- 
gaños vuelan, como un bando de palomas ne- 
gras, sobre la primavera de la tierra y de las 
almas, á purificarse en los cielos del Ensue- 
ño! . . , 



MEMOLIDIRO 



A JOSE A. PAZ GARCIA. 



Finamente la lnna entinta de oro la ancha 
avenida silenciosa, mientras Sirio asoma sn 
áurea cabeza entre una gran montaña de nubes 
grisáceas. 

Una guitarra llora una tristeza muy honda 
con sones lánguidos y suaves, que se van ex- 
pandiendo harmoniosamente. 

El río entre las yerbas y en las arenas, en- 
reda su larga veste azogada; y la luz, pasando 
á través délos follajes, mancha el suelo de des- 
iguales fantasmas. 

La rima cristalina del aura la enturbia el 
ladrido de un can en vela. 

Palpitan de amor las cosas: sólo mi corazón 
está aterido, y mientras lloro la muerte de una 
ilusión con lágrimas de dolor y de sangre, 
van muriendo también en la noche, bajo la lu- 
na, bajo el cielo, las últimas notas suaves de 
la guitarra, que llora lánguidamente una tris- 
teza muy honda! . . . 



AflMDl 



Abanico maravilloso de treinta varillas uni- 
das por encajes de auroras y sedas de ocasos, 
que lentamente te vas abriendo y nos vas mos- 
trando fusiones de todos los prismas y colores 
de todas las paletas: cuando vienes vertiendo 
sobre las frondas tropeles de flores, mundos de 
perfumes y arcas de todos los verdes y pones 
en cada nido una lira y en cada lira una can- 
ción; cuando en los inmensos espacios de in- 
tenso azul fulgurante, se van prendiendo las 
primeras blancas nébulas y se van cuajando 
— plomizos anuncios del invierno — los nuba- 
rrones, es que que mi alma se hincha de amor, 
ensueño y esperanza y se baña en los treinta 
chorros de vida de tus días. 

La simiente enterrada, el tierno brote que 
entre cortezas late, el capullo y la crisálida 
que en sus cárceles duermen fecundos sueños, 
la colmena rebozada, esperan sólo el beso de 
tus auras para deleitar la pupila, llenar el alma 
de músicas y de dulzuras los labios. 

Mañana vendrá Mayo y continuará la proce- 
sión de tus bellezas! Conserva, mes policro- 



46 



I^EONTK OUVO HIJO 



mo, en los ramos las cosechas de tus poemas 
de seda y la gama triunfal del verde; en los 
pájaros, la estación de los cantos, y en el cielo, 
el azul y el blanco del ensueño y el amor. Y 
ya que es por tus labios por donde dice el año 
la canción de su alegría, mantennos tus notas 
vibrando en los oídos, para hacernos inmunes 
al Dolor, cobijados de poesía y de iris! . . . 



JOYELES 



47 



RAMO IE LUMINARIAS 

Cuando la noche con sus negros oleajes 
inunda al mundo y recama su piel oscura con 
diamantes de la mina de los cielos, entre éstos 
y la muda extensión de la sabana marca su si- 
lueta un alto bucare centenario. 

Bn esa hora toda hosquedad, el viejo árbol 
parece alegrarse: el dulce psalnio de la brisa 
vagabunda vibra entre sus ramas y el cercano 
manantial le envía un fino hilillo de agua que 
le refresca las raíces. Entonces los capullos 
le saltan de gozo y se abren cuando del tupido 
matorral inmediato vuela y se posa en el ramo 
más despoblado una radiosa luciérnaga. 

A esta se agregan otras y otras, hasta for- 
marse un ramo luminoso, como el fruto de una 
viña formado de resplandores, hecho de un oro 
brillante y pulido que tuviera intensas fulgu- 
raciones. 

Y al contemplar el rejuvenecimiento del alto 
bucare centenario; la luna, envidiosa quizás, 



I.EONTE OLIVO HIJO 



se oculta tras una bruma que pasa y filtra á 
través sus rayos suaves, que se desmayan al 
intentar bañar en luz la luz hermosa de las lu- 
ciérnagas, radiosas flores inquietas de nuestras 
noches tropicales! . . . 




JOYKLKS 



49 



MAYO 



Al despuntar la aurora, la brisa agitaba las 
banderas de los que iban á combatir. Un hilo 
de agua, fino y delgado, dividía el campo don- 
de iba á efectuarse la lucha de fragancias y co- 
lores. Ambos bandos eran poderosos: ¡cuánta 
hermosura con la Campánula!; con la Rosa, 
¡cuánta belleza! 



Cuando asomó el rey-astro, los girasoles ba- 
tieron sus pétalos, convidando á luchar al ene- 
migo. A poco, aceptando el reto, la caléndula 
flameó su roja seda, y empezaron los brotes, el 
agitarse de las hojas, el esparcimiento de esen- 
cias y hubo en cada cáliz, junto al diamante 
del rocío, un topacio de miel. 

Zumbador, como banda de cuervos diminu- 
tos, sobre los combatientes revoloteaba un en- 
jambre de abejas rubias . . . 

Y el combate fue recio: amparados por una 
pequeña piedra y al frescor fecundante del hilo 
de agua, los myosotis habían avanzado hasta 



5-0 



LKONTK OLIVO HIJO 



el campo contrario, en tanto que las dragonesas 
se habían internado entre un grupo de contra- 
rias margaritas. Regimiento pujante^ los cla- 
veles se mantenían firmes en sus puestos, 
mientras los jacintos y pensamientos enemigos 
se batían vigorosamente. 

A la caída de la tarde, los contendores esta- 
ban cansados: se había peleado bravamente y 
el triunfo estaba indeciso, y cada vez con más 
fuerza, ocultos entre las guijas, los grillos to- 
caban ¡fuego á pie firme! con sus agudas trom- 
petas monótonas. 

Hubo un grito! Herida por^ la muerte, la 

Campánula, la blanca Campánula, yacía en el 

suelo, mientras sus soldados, mustiándose, se 
acogían á la derrota. 

Vino la noche y en la noche una araña te- 
jió á la Reina muerta, con la seda más sutil de 
sus sedas, con el hilo más fino de sus hilos, 
una mortaja blanca, una blanca mortaja me- 
lancólica. 

Y cuando ya la aurora fue una maravilla, 
los pájaros con sus ingentes harmonías, saluda- 
ban el primer día de Mayo! . . . 



JOYELES 



51 



LA CRUZ DE MAYO 

El mar se rompe sonoramente contra la mu- 
ralla en ruina y prende en la arena más fina 
de la playa y en las rocas negras, sus albas 
flores de espuma. 

Está estrellada la noche. El cielo está casi 
azul, y las estrellas diluyen sobre las aguas en 
alboroto, un almo polvo de oro. Un blanco na- 
vio se balancea pesadamente al compás de las 
ondas oscuras, y sus mástiles, junto con los de 
otros barcos, manchan el azulado fondo del ho- 
rizonte. 

Como bandas de cenicientos pájaros enormes, 
parten las barcas de los pescadores, mientras 
ellos cantan alegres barcarolas. 

Brilla una luz muy radiante en el confín. 
Esa luz me hace pensar en mi terruño. Ins- 
tintivamente dirijo la vista hacia el Sur y me 
la recorta la mole de granito de la cordillera; 
la levanto en la misma dirección y contemplo 
la Cruz de Mayo, con sus luminosos brazos 
abiertos, como significándome que me la prote- 
je contra todas las asechanzas . . . 



52 



IvEONTE OUVO HIJO 



Y mientras en esto pienso y me alejo, el mar 
continúa rompiéndose sonoramente contra la 
muralla en ruina y prendiendo en la arena 
más fina de la playa y en las rocas negras, sus 
albas flores de espuma, en tanto que las estre- 
llas, sobre las aguas sonámbulas, diluyen un 
almo polvo de oro! . . . 




JOYELES 



53 



Como un mago generoso, que la eres de 
luengas barbas grises y de pupilas turbias, 
brindas á las arboledas un verde profundo y 
pones en sus cabellos ensortijados las dia- 
demas musicales que te regalan tus chicharras, 
nacidas á la caricia de las lluvias que vuelven 
lírica la tierra. 

Posees el filtro mágico de Mefisto, y por eso 
de tarde, cuando pomposamente fluye el sol su 
oro milagroso, las acacias se engalanan con sus 
lazos de seda roja para coquetearle á tu espíri- 
tu, caballero bizarro en los corceles del éter. 

Todo música es tu poema: en el inmenso 
pentagrama de tus cielos, las nubes grises y 
blancas, pintan raras cadencias fantásticas. 

Apesar de que eres hermosamente bello, ra- 
dia en cielos lejanos la estrella blanca de tu 
fortuna: por eso no todas las liras te cantan, 
por eso no todos los cármenes te aroman, pero 
en cambio, todas las acacias se engalanan con 
sus lazos de seda roja, para coquetearle á tu 
espíritu, en la lírica misa de tus treinta días, 



54 



LEONTE OUVO HIJO 



en que alzas tu sol como hostia de belleza, pa- 
ra que ante él se prosternen las almas sensiti- 
vas! . . . 



JOYELES 



55 



1E UNA TARDE 

En el áureo mar del ocaso cada arrebol es 
un bajel de púrpura. 

Una bandada de aves marinas mancha el 
lienzo apizarrado del océano. 

Bl sol se retrata en las temblorosas aguas 
semejando un pulpo de oro que quisiera juntar 
las orillas para formar una mina de resplando- 
res. 

En la playa el viento mueve las largas pal- 
mas frondosas de los cocoteros altos, Hacia los 
cuales vuela una parvada chillona de pericos. 
Una pareja se queda rezagada, quizás recor- 
dándose el amor que comenzó un día en el vi- 
vac hostigado del maizal, á la hora en que el 
alba prendía sus rojas flores en la seda azul 
del cielo, para luego ir apresurada, á juntarse 
y perderse en el follaje con la parvada que se- 
meja un raro rosario volador. 

Y miro cómo ondea la bandera patria en lo 
alto del cerro, sobre la fortaleza limosa, fin- 
giendo una gran ((mariposa amarilla, azul y 
roja» revoloteando sobre un pétalo de la gigan- 
te flor verde de la cordillera. 



56 



LKONTH OLIVO HIJO 



Y entonces, mi alma va y besa con todo su 
amor la bandera santa que aureola todos nues- 
tros recuerdos gloriosos y nuestros puros tim- 
bres legendarios . . . 



JOYKIyKS 



57 



JUUO 

Ríe en los cielos el primer destello de tu 
arco-iris multicolor; ríe y orgullosamente se 
revisten y abren sus quitasoles los piñoneros, 
dan su carcajada cristalina los pájaros escondi- 
dos entre el oro de los araguaneyes y veros, el 
azul de los guamachos y la sangre de los buca- 
res, y los arroyos se despeñan cantando bulli- 
ciosamente por las faldas serranas y los cauces 
ásperos. 

En los nidos ensayan sus alas los polluelos, 
las mariposas abandonan sus cárceles y las 
chicharras mueven sus alas diáfanas como sus- 
pirando por distintos paisajes, por un sol que 
apresure los frutos y haga reventar los hechos 
ya, en la ebriedad de su fuego. 

Bs un perenne canto el desengarce de cada 
franja de tu rico arco-iris; es un aliento de vi- 
da cada día tuyo; por eso el sol en la última de 
tus tardes, en señal de duelo por tu ida, pon- 
drá un rojo arrebol de dolor, como una inmen- 
sa lágrima de sangre, en la pálida mejilla del 
ocaso! . . . 



0GA80 



Contra el peñón, hermosamente impasible y 
rudo, el mar bravio bate la azul porcelana so- 
nora de sus aguas, que saltan con estrépito 
manchadas de espuma. 

El sol que cobija la inmensidad con un fuer- 
te tono de heliotropo y oro, y asoma, redondo y 
rojizo entre róseas nubes, acaricia suave y lu- 
minosamente, mientras va escondiendo su per- 
fil tras el flanco áspero de la montaña occi- 
dua. 

Se agita el mar y sobre los tumbos que tie- 
nen el prestigio triunfal del crepúsculo, saltan 
garridamente las balandras, con los linos como 
gigantes violetas y las vistosas banderas tre- 
molantes. 

Y á medida que se alejan, sus blancos cas- 
cos fulgen como grandes nácares que volaran 
con banderas de amatista en un inmenso mar 
de lilas manchado de oro puro. 

El crepúsculo empieza á decrecer en los bra- 
zos del gris, y en los aires que se llenan de 



6o 



LKONTB OLIVO HIJO 



multiformes sombras, marcan su vuelo las pos- 
treras golondrinas, mientras una banda de al- 
ciones perezosos vuela hacia el palmar torna- 
solado por la gloria luminosa del sol. 

Viene la noche y el mar se inmoviliza bajo 
la caricia de la sombra, que lo besa dulce y 
luengamente! . . . 



JOYELES 



61 



ACOSTO 

Agosto! Suena como la melodía lejana de 
un valse criollo, de una de esas músicas del te- 
rruño que alegran los silencios de noches flo- 
recidas de luna y estrellas, surgiendo de un 
arpa, cancionera en medio de una montaña, 
bajo el techo de palmas de un bohío. Bs la 
estrofa de la brisa que juega con el plumón 
rubio de los maizales; es el naranjo empa veza- 
do con los áureos nidos de azúcar de sus frutos 
maduros. 

Es el mes épico del sol en que éste flamea 
las banderas de fuego de la canícula ardorosa 
y ensangrienta los largos tablones de los caña- 
verales, harmoniosos al soplo pánico de los 
vientos caldeados. 

Agosto es la llanura de confines confundidos 
por la reverberación. Bs el aliento cálido del 
sol que hace chillar hasta que estallan á las 
últimas chicharras, en los penachos de las pal- 



62 



I.KONTK OLIVO HIJO 



meras. Son los caminos invisibles del espacio 
por donde peregrinan interminables caravanas 
de mariposas, siempre al horizonte, bajo la íg- 
nea mirada del sol, deslumbrante esfinge de 
plata del desierto azul de nuestro cielo! . . . 




JOYELES 



63 



H08TALGIGA 

Apoyado en el balcón contemplo tina gran 
nube plomiza que el viento de esta tarde de 
murria ha arrojado sobre el más alto crestón 
de la serranía y la ha ido desfluecando hasta 
hacerla fingir una loca pincelada. 

El calor es intenso y el sol, que hoy ha esta- 
do atacado de palidez anémica, abre una brecha 
en la gran nube plomiza y precipita por ella 
un río rútilo y finísimo que va á hacer rever- 
berar el océano. 

Tan triste está la tarde, que no hay en la 
alameda un pájaro ni una flor en los jardines 
de la plaza: no hay sino el rojo de los techos, 
la esmeralda de los mangles y el azul de la 
mar cuajado de facetas. 

Por fin una golondrina revolotea un momen- 
to ante mí; se posa en el alero, sobre mi cabe- 
za, y pía tiernamente, como diciéndome algo: 
acaso que viene de mi tierra, cuyos recuerdos 
me llenan el alma, que va á bañarse en el sol 



6 4 



CHONTE OUVO HIJO 



de ella, menos agresivo y cruel que el sol de 
esta hora, que hace hervir la sangre en mis ve- 
nas y me enferma de murria. 



JOYELES 



65 



iETfiEÜMIE 

Es la canícula que incendia y la lluvia que 
apaga; es el sol asomando su cara de llamas 
entre nubes invernales; es el viento frío de las 
mañanas y el calor de los mediodías; el silencio 
de la Naturaleza borracha de sol y la música 
de las tormentas, cuando el cielo, como la cara 
de un raro clown monstruoso, se pintarrajea 
de negro y se mancha de relámpagos. 

Bs la yerba renovándose en los lomos de los 
cerros, haciéndolos simular inmensas esmeral- 
das. 

Bs el cafeto cuajando sus perlas oscuras al 
amparo de los bucares y yagrumos, y los mai- 
zales ensanchando sus mazorcas y ofrendándo- 
selas al sol para que se las recame de oro fúl- 
gido. 

Son las noches engastadas de claras conste- 
laciones y las mañanas sin auroras y sin pája- 
ros. 

¿Y acaso por ésto, no es Setiembre un mes 



66 



LKONTK OUVO HIJO 



bello? ¿No es el silencio de la Naturaleza que 
será canto de vida espléndida cuando se reco- 
jan las cosechas y la sangre no sienta el influ- 
jo de las tormentas y de las horas sin sol? 



JOYELES 



6 7 



BAJO EL ORO LUNAR 

Aliora que en los jardines del cielo la noche 
abre su próvida floración de estrellas, emergen 
de los labios de un trovero bohemio, perdido 
entre la sombra de la calle arrabalera 3^ acom- 
pañados de notas quejumbrosas de guitarra, 
unos dulces versos á los cuales el capricho de 
un inspirado numen plebeyo, tejió una música 
doliente como el romántico asunto de que ha- 
blan. Esa canción me ha hecho pensar, sin 
haber podido descubrir por qué extraño moti- 
vo que en el rojo nido de mi corazón, el amor 
es un pájaro que canta á las aguas divinas de 
unos ojos garzos, vistos un día remoto cuando 
Abril cuajaba primores en los rosales ó en otro 
día en que el invierno desparramaba sus ara- 
bescos de plomo en el azul deslumbrante de 
los cielos. 

Esos ojos aparecen como dos radiantes ma- 
nantiales de consuelo, en los cuales mi recuer- 
do se baña, apasionado y silencioso, esta noche 
novilunar llena de música y de ensueño; que 
veo brillar en un rostro suave de virgen crio- 
lla, especie de ideal flor de carne trigueña olien- 



63 



IvEONTE OLIVO HIJO 



te á pomarrosas, junto con una bella boca pe- 
queña, como un cundiamor de sangre, que se 
entreabre para dejar escapar un tesoro de pala- 
bras arrulladoras que me calman el dolor de 
heridas que mucho hace están abiertas sin 
querer restañar . . . 

Mi alma, con ese recuerdo, me la antojo un 
rincón umbroso prestigiado con una abierta ro- 
sa de la montaña, un pedazo de cielo empe- 
numbrado, manchado de puntos de luz mo- 
mentánea de cocuyos, porque en ella viven co- 
mo sombras, raras creencias del sentimiento 
espiritual, que acaso no me dejan ver clara- 
mente la lumbre divina; y ahora, me hinca el 
dolor de ese pájaro que llevo cantando en mí 
como para que olvide para siempre aquéllas 
creencias. 

Esta noche novilunar me ha emborrachado 
de ensueño. A mí las noches estrelladas me 
brindan un rico vino lírico. Por eso esta no- 
che, en medio de mi rara embriaguez, he pen- 
sado en el amor, que es el más puro de todos 
los lirismos. De suerte que estoy plenamente 
ungido por él, cuando las últimas notas que 
escucho, me las finjo abejas sonoras de la col- 
mena musical de la guitarra, escapándose en 
romería harmoniosa hacia las áureas florestas 
celestiales! . . . 



JOYELKS 69 



IOTJJ1IE 

Las mañanas blancas del invierno que en- 
vuelven el paisaje en humo de agua; el azul 
del cielo cubierto por la cenicienta polvareda 
de los nubarrones; los árboles con las hojas do- 
bladas por el agua y el frío dando su beso, 
mientras la bruma arropa las sierras: tal es 
Octubre. 

Son los puñados de golondrinas en vuelo lo- 
co é interminable por los espacios tristes, ne- 
cesitados de sol. 

Es la melancolía que cobija todas las almas, 
desgranando las perlas turbias de las lluvias, 
que arrullan el sueño de la tierra, que desper- 
tará al conjuro de las días de cielos límpidos 
en que el sol aparece en el centro de ellos co- 
mo una viva pupila de oro, y la luna, en las 
noches como una lágrima de plata fulgiendo 
sobre un rostro negro. 

Es la tierra que se extremece para que le 
penetre la vida, que habrá de darnos como ma- 



JO 



LKONTK OLIVO HIJO 



dre buena, cuando vengan los días de cielos 
bonancibles, con sus harmonías y sus encanta- 
mientos de luz maravillosa. 



JOYELES 



7* 1 



ATARDECER 

Bl crepúsculo colora la piel diáfana de la 
ciénaga, cuyas ondas el viento ensortija y ador- 
na con fugaces encajes de espuma. 

El último lampo del sol pone una lentejuela 
radiosa en cada onda y en las aguas quietas, 
bajo el ala florecida de un samán, simulan 
unas nubecillas que se disuelven, una banda- 
da de cigüeñas de oro en vuelo pausado por un 
espacio azul rayado de profusas floraciones ves- 
pertinas. 

Las cañas con sus anémicos brazos, desga- 
rran la sutil seda del agua y entre los carrizos 
el viento harmonioso del atardecer, dice que la 
ciénaga es la rima de zafiro en el poema de es- 
meralda de la campiña. 

Y mientras el crepúsculo se mustia á las mi- 
radas de la noche, á lo lejos en un bambual, 
los pájaros se ríen á trino suelto; la ciénaga se 
adormece en su lecho fangoso y en las aguas 



7 2 



L,EONTK OUVO HIJO 



quietas ya, la primera estrella de la noche se 
ve como la cabeza rútila de un fantástico pez 
de oro! . . . 



joyki.es 



73 



NOVIEMBRE 



Al romperse en ingente lluvia de recuerdos 
el mes de Octubre; al discurrir sonoramente la 
última campanada de las doce en la última de 
sus medias noches, surge Noviembre como un 
joyero nítido bordado de estrellas, mostrando 
en su seno, teñidas con ámbar fúlgido las per- 
las de sus días. 

En la volubilidad del tiempo ruedan radian- 
do esas perlas, y hasta las tumbas — misterio- 
sos ojos ciegos — se ponen cejas y pestañas de 
siemprevivas blancas como neblinas, y violá- 
ceas como los mastrantos sabaneros que abren 
su seda á la risa de luz del sol. 

Al pasar una de esas gemas, que es de tra- 
dicionalismo y de cariño, los violines de las 
brisas pascuales echan á volar sus notas y los 
furrucos ensayan sus roncas quejumbres, que 
han de acompañar la ingenuidad de cuatro 
versos plebeyos. 

Y vienen las flores más albas del año, cuan- 



74 



LEONTE OLIVO HIJO 



do sus lunas plenas, en la capilla alta de los 
cielos, son redondas campanas luminosas repi- 
cando á ensueño. 

En sus tardes las brisas gélidas é imperti- 
nentes hacen coquetear al sol los primeros pa- 
pagayos, mientras los pájaros, en honor á las 
rosas sangrientas de los ocasos, efluvian sus 
más almos gorgeos. 

Al engarzar, pardo Noviembre en la trama 
de lo que pasa, trama recamada con todos los 
iris de la Naturaleza y del alma, la última de 
tus perlas, en la última de tus medias noches, 
pon en ella toda tu poesía y verás cómo el Di- 
ciembre que te sucede, procurará emular la 
gloria de tus noches y el prestigio de tus gran- 
des lunas, que son redondas campanas lumino- 
sas repicando á ensueño, tachonando el verdor 
de los campos con sus pascuas que son gemas 
azules como tus cielos á pleno mediodía, y con 
sus pascuas blancas como las nébulas errantes 
que ponen gotas de rocío en las coronas de tus 
mastrantos sabaneros, que abren su seda á la 
risa de luz del sol! . . . 



JOYELES 75 



ROSA ALDEANA 

A MANUEL OCHOA. 



Tal como ahora te admiro, te había soñado, 
oh, pueblo, en horas en que anhelé guarecerme 
bajo la tienda de tu melancolía; descubierto á 
los vientos que cimbran tus cocales crugientes, 
como si sus palmas siempre en roce vistieran 
de tafetán; mirando por un lado la sabana que 
se extingue en donde erecta el horizonte el lar- 
go monumento de su línea blanca; tendido á 
la orilla de tu lago azul y onduloso, como re- 
torciéndote bajo el hálito de fuego de una de 
esas tempestades de sol de los mediodías vene- 
zolanos. 

Yo sabía que tu diminuto templo era como 
un lirio inmóvil entre las ondas verdes del la- 
go de tus campiñas; que tus crepúsculos eran 
rojos porque les prestaban su sangre, hecha 
flores, los bucares y las acacias; y había pre- 
sentido que tus calles eran polvosas y solita- 
rias, como si nadie hubiera cruzado por ellas 
en mucho tiempo. 



7 6 



LKONTK OLIVO HIJO 



Yo sabía que sólo un día al año te ataviabas 
de fiesta y te engalanabas ccn cintas multico- 
loras y que entonces sonabas alegre como una 
guitarra andaluza, y te agitabas nervioso como 
un cascabel que poseyera la gama de los soni- 
dos, como si fuera una culebra de música. 

Pero no sabía, pueblo hijo del sol, que te de- 
sahogaras de tus dolores, vertiendo el alma en 
el murmurio de tu lago, cuando la fina hoz de 
plata de la luna en paso, amenaza tronchar el 
lirio de tu templo, inmóvil entre las ondas ver- 
des del lago de tus campiñas! . . . 



JOYELES 



77 




A FRANCISCO MARIN. 



Viene esta vez como la anterior y quizá co- 
mo la próxima: lleno de esencias y colores, de 
músicas y de ritmos. 

Viene como siempre: tendiendo sobre los fo- 
llajes las guirnaldas de sus pascuas azules, 
blancas y rosadas; con el sonoro ruido de sus 
chinescos, los sones destemplados de sus furru- 
cos y las notas melancólicas de sus cuatros. 

En estos días las brisas frías que hieren 
nuestro rostro, nos lo perfuman y nos lo colo- 
rean con el mismo tinte con que se tifie el gló- 
bulo verde del cafeto en los últimos días del 
invierno. 

Diciembre es un mes de amor: hasta las 
abejas se ocultan en los cálices de las pascuas, 
con cierta gracia que subyuga, como temerosas 
de que el sol las deslumbre ó las embriague 
con su luz. 



78 



I*EONTE OLIVO HIJO 



Diciembre es un rosal: son capullos sus 
días: cada día que empieza es un capullo que 
se abre; cada día que expira es una rosa que 
se deshoja. 

Por eso es Diciembre un rosal: porque tiene 
perfumes y tiene colores. 

Diciembre es una estrofa: sus cuatro sema- 
nas son cuatro versos. 

La lira de la Naturaleza vierte en los aires 
sus notas más puras; notas que son aves blan- 
cas y que con sus gargantas llenas de música, 
inundan el corazón y el alma con el torrente 
diáfano del ritmo. 

Por eso es Diciembre una estrofa: porque 
tiene músicas y tiene ritmos. 

Diciembre es una rubia de labios de guinda, 
cabellera de oro y ojos de turquesa, en las re- 
giones donde la nieve muestra la albura de su 
vellón: Morena de labios rojos, dulces y fres- 
cos, como los ramos frescos, dulces y rojos de 
la chupachupa en flor, bajo el sol tórrido de 
nuestra zona. 

Amemos sus brisas frías: respiremos esas 
brisas que traen á nuestros oidos el ruido so- 
noro de los chinescos, los sones destemplados 
de los furrucos y las notas melancólicas de los 
cuatros. Aspiremos esas brisas frescas que 
nos harán ser felices á través de los once me- 



JOYELES 



ses que faltan para que llegue el otro Diciem- 
bre á tender sobre los follajes las guirnaldas 
de sus pascuas azules, rosadas y blancas; el 
otro Diciembre que vendrá lleno de músicas y 
de ritmos, de perfumes y de colores; el otro 
Diciembre que será una estrofa, que será un 
rosal! . . . 




INDICE 



A Valencia n 

Exordio vn 

El triunfo de la lágrima 3 

Flor de ilusión 5 

Hilos líricos 7 

El primer milagro 11 

Luciérnagas 15 

¿a Musa nueva 19 

Oro, azul y rojo 21 

Alma de la sabana 23 

Los pájaros de mi tierra 25 

Primaveral 27 

Medio-tono 29 

La Torre 31 

Enero 33 

Noctivaga 35 

Febrero 37 

Lienzo invernal 39 

Marzo 41 

Hemolloro 43 

Abril 45 

Ramo de luminarias 47 

Mayo 49 

La Cruz de Mayo 51 

Junio 53 

De una tarde 55 

Julio 57 

Ocaso 59 

Agosto 61 

Nostálgica 63 

Setiembre 65 

Bajo el oro lunar 67 

Octubre 69 

Atardecer 71 

Noviembre 73 

Rosa aldeana 75 

Diciembre 77 



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