Skip to main content

Full text of "La América Central ante la Historia"

See other formats


Colécdón Luis Lujan Muñoz 

Universidad Francisco Marroquín 

www.ufm.edu - Guatemala 



Cíi ^xccícntíMnia c)cnot licenciada 

-JJoai iJIÍanimí ^áttaáw ^ametw 

*Jjcncm¿xita tic la «J attla u ut^slÁcntc 

K^onÁtlliicíanai de la «Jlcpíilníca de oiiatciuala 

cíe, cíc4, 'ctc. 



í 



K J V orne 11 CU V? 



n ionio ^JJatxc^ ^Jáiitcijiil 



índice del tomo i 



Páginas 



Capítulo 


I 


Capítulo 


II 


Capítulo 


III 


Capítulo 


IV 


Capítulo 


V 


Capítulo 


VI 


Capítulo 


VII 


Capítulo 


VIII 


Capitulo 


IX 


Capítulo 


X 


Capítulo 


XI 


Capítulo 


XII 


Capítulo XIII 


Capítulo : 


XIV 


Capítulo 


XV 


Capítulo XVI 


Capítulo XVII 



Introducción 

Biblioo^rafía Histórica de la América Ibera 

Biología y Geología 

Tiempos Prehistóricos de Centro América 

Etnología 3' Etnografía de Centro América 

Orografía e Hidrografía de Centro América 

Antropología, Fauna y Flora, Meteorología 

Sismología Centro Americana 

Arqueología Centro Americana 

Quichés, Cakchiqueles \' Tzutugiles 

El rapto de las Princesas 

Lingüística Centro Americana 

La Medicina, Pestes, Brujos y Hechiceros 

Religión, Sacerdotes, Templos y Sacrificios 

Mitología Centro Americana 

Gobiernos Precolombinos .' 

Ciencias, Artes, Leyes, Usos y Costumbres de los Abo- 

íígenes de Centro América . 

Civilización e Indumentaria de los Aborígenes de Centro 

América 

La Profecía de la Cpnquista ^ 



397 

433 
449 



* 



LA AMERICA CENTRAL 



ANTE LA HISTORIA 



POR 



ANTONIO BATRES JAUREGUI 



Individuo de la Facultad de Derecho de Guatemala, Abogado Honorario del 
Brasil, Miembro de la Facultad de Filosofía y Letras de Chile, Correspondiente de la 
Real Acaderíiia Española, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la 
Sociedad de Historia Diplomática de París, de la Sociedad de Derecho (>)mparado de 
Francia, de la Sociedad Literaria Hispano-Americana de New York, del Instituto 
Smithoniano de Washington, Miembro del Ateneo de México, Individuo de la Unión 
Ibero Americana, Correspondiente del Instituto Arqueológico y Geográfico Pernam- 
bucano, Miembro del Instituto Americano de Derecho Internacional, Individuo de la 
Gran Asociación del Mundo Latino, Miembro Honorario de la Asociación Suiza, de 
la Prensa Internacional de Ginebra, Individuo de la Universidad Hispanoamericana 
de Nueva York y de la Sociedad de Geografía de los Estados Unidos, Miembro de la 
Asociación de Derecho Internacional de Londres, Socio Fundador de la Sociedad de 
Derecho Internacional Americana, Correspondiente de la Sociedad de Abogados de 
Ginebra, Socio honorario de la "Societá Internazionale degl' Intellettuali" de Roma, 
Miembro Correspondiente de la Asociación de Abogados de Lisboa, Condecorado con 
la Real Orden de la Corona de Prusia y por Venezuela con el Busto de Bolívar. 



TOMO I 



GUA-TEIMALA, CEINXRO AMERICA 



•>*• 1 9 1 S •^<- 



IMPRENTA DE MARROQUIN HERMANOS 

"casa COLORADA" 

6* AVEN I DA SUR, NO. 2 3.-G U ATE MALA. 



LA AMERICA CENTRAL 



TIEMPOS PRECOLOMBINOS 



'^í 



(f LA PROPIEDAD DE ESTA OBRA ES DEL AUTOR. Y \\ 

\\^ QUEDA ASEGURADA CONFORME A LA LEY. jj 




LA AMERICA CENTRAL 

ANTE LA HISTORIA 



INTRODUCCIÓN 

La vida de un país, a semejanza de la del hombre — dice Becker — parece 
como que se extienden con la memoria de las cosas que fueron, y a medida que 
es más viva y completa su imagen, resulta más perceptible esa existencia del 
espíritu. La historia, identificándonos con todos los tiempos, dilata el breve 
suspiro que en este mundo nos toca en suerte, y nos presenta la patria como 
el ara santa en que debe arder el fuego de nuestro corazón. 

La historia de la humanidad es un capítulo de la de los seres vivientes, de 
tal modo que, en el desenvolvimiento universal, el pasado no puede juzgarse 
por las conquistas del presente, por las últimas transformaciones del progreso, 
sino a la luz de las ideas que la fórmula evolutiva ha venido esparciendo al 
través de los siglos. El tiempo va arrojando al sepulcro las generaciones 
como el segador arroja al surco las espigas. Sobrevive el espíritu de la espe- 
cie que fecunda esa constante renovación del mundo psicológico, alentado 
por el amor universal, por el hálito divino, cuyos rayos penetran desde los 
cielos hasta los corazones, e iluminan desde las estrellas hasta las almas. La 
existencia del hombre es un relámpago entre dos noches eternas. La historia 
es el sol de la humanidad. 

El principio, la esencia y el fin de las cosas creadas, escapan a la certidum- 
bre científica, a las especulaciones terrestres, al criterio de nuestra limitada 
experiencia, que apenas lanza el vuelo por esas regiones, tropieza con idesci- 
frables enigmas. La ciencia no alcanza a explicar con certeza la formación 
del universo, la íntima naturaleza de una flor, la vida de ultratumba ; la ciencia 
más bien evoca ideas, que resuelve problemas, de modo que nuestro globo se 
habrá probablemente unido en el espacio a los viejos mundos ya enfriados, 
antes de que la esfinge eterna haya respondido una sola pregunta. La ciencia 
penetra sin timón ni brújula en esa clase de cuestiones, y es como el geógrafo 
nubio que se aventura en un mar tenebroso para explorar los misterios, (i) 
Sombras flotantes del tiempo y del espacio, nosotros pertenecemos al univer- 
so, a esa formidable creación, en el seno de la cual no somos sino átomos ; pero 
átomos que piensan. La idea brota del ser que refleja en su cerebro a Dios. 
El espíritu humano, a pesar de la rica variedad de sus múltiples concepciones, 
pasa mil veces por las mismas faces, recorre elipses muchísimo más extensas 



(1) La Civilización de los Árabes—Gustavo Levon— Página VI de la Introducción. 



— 6 — 

que las que recorren en el espacio vacío los cometas de inmensurables caudas ; 
se lanza por las esferas infinitas de lo desconocido, progresa, cae y retrocfede, 
semejante al niño bullicioso que corre por el vergel, transita siempre el mismo 
camino, y al fin se duerme, para despertar presto con nueva vida, auroras es- 
pléndidas, y frescas ilusiones. La civilización se envuelve, de tiempo en tiem- 
po, entre las nieblas de las épocas críticas, para salir de ellas más brillante, 
vivaz y progresiva, no de otro modo que la oruga se encierra en los velos de la 
crisálida, antes de tender al aire sus matizados colores. El hombre no sólo se 
mueve en el espacio, sino también en el tiempo, resumiendo la naturaleza y la 
vida universal, en mudanzas, renovaciones y épocas, al través de la historia, 
que está muy lejos, por cierto, de guardar regularidad matemática, y de ser 
como la geometría de los actos humanos. No hay sistema ideológico que 
pueda abarcar la universalidad de la vida, que se nos presenta como un baño 
de purificación, cuyo ingrediente principal es el dolor. (2) 

La fábula toca los lindes de las primeras historias, y los mitos se ciernen 
como pájaros de luz en la alborada de las sociedades primitivas. No es ex- 
traño, pues, que se esfumen en la remotidad prehistórica los pasos iniciales, 
los gérmenes del desenvolvimiento de los antiguos pobladores del istmo centro- 
americano. Dícese que Votan y los tultecas imprimieron su tosca cultura a 
diversos lugares de estas bellísimas regiones, a donde afluyó gran población 
desde el siglo VII hasta el XIII de nuestra era. Los quichés y cakchiqueles 
alcanzaron un relativo desarrollo, que los ponía al nivel de los i)UcblQS más 
adelantados del Perú y de México. Aquellos aborígenes de Guatemala pelea- 
ron desesperadamente contra los conquistadores españoles, y al caer vecidos 
por la fuerza del destino, muchos de ellos huyeron hasta el norte a guarecerse 
en lo recóndito de las montañas, mientras los otros quedaron subyugados, en 
pueblos conservadores atávicos de su tipo primitivo, guardando sus tradicio- 
nes, aferrándose a sus antiguas costumbres y hablando los idiomas de sus 
antepasados. 

La naturaleza peculiar y. agreste del país, dice Bancroft, lo grandioso de 
la estupenda escena de sus volcanes; los bosques inmensos, hasta hoy poco 
explorados ; la resistencia heroica de sus pobladores por conservarse inde- 
pendientes ; su natural fiero y rudo ; lo extraño de sus mitos y supersticiones, 
hacen de esta privilegiada porción del continente, el punto propio para llevar 
a término los estudios más trascendentales acerca de los indios del Nuevo 
Mundo. La América del Centro ha venido sufriendo transformaciones geoló- 
gicas importantítimas ; cataclismos horrendos, portentosos cambios, hasta el 
punto de que gran parte de su suelo estuvo sumergido en el mar, para alzarse 
después con vida tropical en tiempos primitivos, poblado de monstruos colo- 
sales, cuyos restos se hallan a las veces entre profundas capas de mesozoicos 
terrenos. 



(2) Schopeiihauor— El Mundo como voluntad y como representación— Tomo Til p. 424. 



— 7 — 

Inteligentes viajeros e historiógrafos, como Brasseur de Bourbourg, Brin- 
ton, Buschmann, Balwin, Marham, Berendt, Mosle y otros varios, dieron a 
conocer en Europa y en los Estados Unidos de América, la antigua civilización 
de nuestros pueblos, que en los últimos tiempos ha despertado sumo interés 
entre las sociedades sabias, congresos científicos y museos de los Estados 
Unidos, Francia, Italia, Alemania, Austria, Bélgica y otras naciones. Apenas 
tenía cinco años de establecida la Sociedad de Geografía de París, cuando 
ofreció un premio de una medalla de oro, al que tratase mejor de las antigüe- 
dades de Centro-América, de las ruinas del Quiche, Peten, Mixco y Copan ; y 
hasta ahora no se ha popularizado la historia de la evolución de estos países 
del Itsmo, su orografía, biología, etnografía, pobladores primitivos, cultura, 
costumbres, artes, religión, lengua y gobiernos, a pesar de que las naciones 
civilizadas tuvieron riquezas, caracteres distintivos, hechos heroicos, culto 
propio, mitología interesante, grandes ciudades^ y desarrollo autóctono; todo 
lo cual les da, en la historia humana, un prominente lugar en época remotísima, 
cuando estaban al nivel de los pueblos notables de Asia y de Europa. Muchos 
años antes de la conquista española había decaído aquel próspero estado, que 
acabó de extinguirse con el tremendo choque de otra raza diversa, venida a 
estas regiones a dar suelta al espíritu bélico, a la fe ciega, al orgullo nativo, a 
la ambición y a la gloria, que reflejaban sobra los aventureros de allende el 
mar siete siglos de heroicas hazañas, como nunca se vieran en la tierra. Era 
en aquel momento histórico, de los Reyes Católicos y de Carlos V, el sol 
esplendoroso para España ; y las sombras salpicadas de sangre, llenas de 
gemidos de dolor, de ayes de destrucción, de la más estupenda desdicha, 
cayeron sobre la raza aborigen de América, cubriendo un pasado que hubo de 
elevarse a gran altura; dejando un presente más negro que la adversidad y 
más amargo que la desgracia ; un futuro de aniquilamiento, de agonía constan- 
te, de esclavitud, de miseria y de ruina ; y una historia, en fin, que según la 
gráfica expresión de Montalvo, haría llorar al rpundo si hubiera pluma que la 
pudiese escribir. En la América de las selvas, antes que la cruzara el carro 
nivelador de la civiHzación latina, importada por la conquista, habían ido 
pasando, a la sombra de su palmas, y al arrullo de las auras tropicales, en este 
istmo privilegiado, imperios antiquísimos, numerosas gentes, que dejaron 
huellas tan interesantes como para preocupar la atención de sabios, asociacio- 
nes y congresos. 

> Eruditos americanistas opinan que los indios quichés y cakchiqueles ha- 
bían llegado a obtener una civilización autóctona, sin tomar nada de los chinos, 
japoneses, israelitas, celtas, germanos, ni escandinavos, como lo demuestra, 
con abundancia de doctrina, el historiógrafo Baldwin, en la "Ancient Amé- 
rica", quien reconoce, a la vez, que la tragedia que en el Viejo Continente tuvo 
por desenlace, la caída del imperio romano, se repitió en América, y los hunos, 
alanos, vándalos y godos, de aquende el océano, consiguieron destruir un» 



cultura que, por entonces, pudo haber competido con la de Egipto y Babilonia. 
Los que sembraron de maravillas el Palemke, los que construyeron grandes 
ciudades por el Usumacinta, los que dejaron portentosas ruinas por Copan, 
los que en Santa Lucía Cotzumalguapa, tuvieron suntuosos monumentos, los 
que en fin, esparcieron en Santa Cruz Quiche huellas admirables de antiguo 
brillo y esplendor, no eran salvajes miserables, como ya se ha convencido de 
ello nuestra civilización orgullosa. 

Lejos de haber espíritu continental, ni hegemonía, prevalecieron entre los 
aborígenes profundos odios, con tendencias a la destrucción y al exterminio. 
El elemento europeo fué un medio de que usó la Providencia para que se 
efectuase, valiéndose de los mismos pobladores, la sujeción sucesiva de la 
tierra americana. La conquista española, en el Nuevo Mundo, estaba prepa- 
rada de antemano por los acontecimientos históricos. Se revelaron* en aquol 
heroico esfuerzo de los valientes iberos, no sólo la audacia y el aliento sobo- 
rano de una raza aguerrida, sino la superioridad moral y el aguijón del interés, 
dando vuelo a las energías individuales y a las pasiones desencadenadas. Solís, 
Prescott, Riva Palacio, y los demás escritores que narran aquella apocalíptica 
lucha, más titánica que las de los dioses mitológicos y más trascendental que 
las de Alejandro, César y Napoleón, para el mundo entero, hacen resaltar 
virtudes sublimes y horribles vicios, luz y sombras, "en el soberbio cuadro del 
siglo de León X ; siglo de luchas religiosas, políticas, sociales y científicas, que 
formaron la geografía del mundo y que hicieron surgir a Carlos V y a Felipe 
II, a Lutero ya San Ignacio de Loyola, a Rafael y a. Miguel Ángel, a Copér- 
nico y a Erasmo, a Cárdano y a Machiavelo, a Rabelais y al Tasso, a Cervantes 
y a Shakespeare. Eran los conquistadores de carácter de acero, de inquebran- 
table fe, de designios providenciales, de intolerancia absoluta, de valor temera- 
rio, de crueldad suma, de fuerza física y moral a toda prueba. Aquellos 
. hombres, como dice un escritor americano, estaban fuera de la humanidad 
que conocemos y comprendemos, y formaban, por las cualidades de su es])í- 
ritu, como una especie distinta de los que fueron antes y de los que han sido 
después". Eran almas forjadas para las tempestades, como los alciones y las 
águilas marinas. 

Tras la escena sangrienta de la conquista, van desfilando, en torbellino 
siniestro, los férreos capitanes en sus fogosos corceles ; los humanitarios 
frailes con misticismo medioeval ; las monjas fanáticas, de conciencias neuró- 
ticas y formas histéricas ; los golillistas, que venían a espigar en campo rico ; 
los mitrados con jurisdicción amplísima; San Francisco, en continuas luchas 
teológicas y temporales con Santo Domingo ; los piratas británicos incen- 
diando y robando en las riberas marítimas ; los encomenderos exprimiendo a 
los caciques; los contrabandistas, rasgango a diario el círculo de hierro de un 
comercio restrictivo ; y, en último término, espesa muchedumbre de indios, en 
la cual abría a cada paso terribles claros la muerte, constreñida aquella raza 




— 9 — 

a trabajos superiores a sus fuerzas y fustigada sin piedad por opresores, ar- 
diendo ella en ira y alimentando en secreto deseos de venganza, al contemplar 
sus ídolos destruidos, sus vírgenes sirviendo de pasto a la concupiscencia de 
los recién venidos, todo cuanto constituía su orgullo y formaba el pedestal de 
su gloria hecho pedazos, por los ferrados cascos de los bridones extranjeros. 
Vino para ellos la desesperanza, la tisis del alma. 

No se crea, sin embargo, que pretendemos denostar acerbamente aque- 
lla interesantísima fase de la evolución social. El dolor es gaje de la huma- 
nidad. Todas las transformaciones, todos los cambios, han producido lluvia 
de lágrimas, regueros de sangre, aves de amargura. Nace la vida del seno de 
la muerte, y brota la civilización ahí en donde el exterminio, las convulsiones 
y el 'crimen, removieron hasta las heces los caducos sedimentos de pueblos 
desventurados. El tiempo forma lentamente esa larva que, al calor de la na- 
turaleza, hace surgir en la historia nuevas naciones, que entran de lleno en el 
cauce del progreso ; pero, para pasar del seno de nuestras madres al seno de 
nuestras tumbas, siempre hay un mar de dolores. En la metamorfosis social, 
como en la orgánica, todo vive de lo que perece. 

Los ínclitos capitanes que conquistaron el Nuevo Mundo, no tuvieron 
ninguna recompensa por sus bélicos prodigios. Hernán Cortés, Pizarro y 
Alvarado, recogieron sólo desazones e ingratitudes en su turbulenta carrera. 
Después de sus días, encargóse la fama de inmortalizar sus nombres, sin que 
los monarcas hispanos se curasen de satisfacer la deuda de gratitud que les 
debían por el regalo de un Mundo. ¡Qué mucho, si Cristóbal Colón apenas 
tuvo un puñado de tierra para sus restos mortales ! 

A raíz de la conquista, hubo de comenzar el odio que fermentaba entre 
criollos y chapetones. Eran los unos descendientes de los conquistadores de 
la tierra, mientras que los otros venían de la Península, cargados de ínfulas 
por lo común, pero sin ningún afecto, para ejercer el mando sobre pueblos que 
les eran desconocidos. El sistema obedecía al propósito de que se perpetuase 
en América el predominio español, porque temían que radicando la autoridad 
en ios naturales de este suelo, surgiese la idea de la emancipación, que cabal- 
mente se fué incubando en los nativos, al verse pospuestos a los advenedizos. 
No sólo tenían los altos cargos políticos los peninsulares, sino que el comer- 
cio, la agricultura, la industria, y hasta la ilustración, sufrían cortapisas en 
contra de los americanos y en beneficio de los españoles europeos. Se prohi- 
bieron ciertas fábricas que podían hacer competencia a las de España. Se 
tomó empeño en el aislamiento de América del resto del mundo, hasta que 
aquella compresión hubo de estallar, primero en Nicaragua, con la célebre 
sublevación de los Contreras y después en el Perú y en México. 

Al través de las ideas que prevalecían en los siglos XVI, XVII y XVIIÍ, 
no era posible que las colonias españolas dejasen de reflejar el atraso y la 
decadencia que la Península comenzó a sufrir a raíz precisamente de la con- 



quista de América. Había renovado España, en la época moderna, la expan- 
sión latina de los tiempos de Augusto. Carlos V y Felipe II contemplaron 
todavía el apogeo de la raza ibérica. Después vino en descenso aquel porten-" 
toso poderío, que los errores políticos, los absurdos económicos, las preocupa- 
ciones sociales, los abusos regios y la holganza popular, destruyeron por com- 
pleto. Antes soberbia y ahora desmedrada, tuvo la heroica nación española 
que soportar las debilidades y vacilaciones de Carlos IV y de Fernando VIL 
Las leyes biológicas son inexorables así para los individuos comt) para las 
naciones. 

La atonía, la intolerancia,' la falta de trabajo, arruinaron a España y se 
transmitieron a sus colonias, que heredaron la centralización, las algaradas y 
el viciado espíritu peninsular, con sus naturales derrumbamientos, sin que al 
decir todo eso, se pueda desconocer el pasmoso trabajo administrativo, jurí- 
dico, religioso y político, desplegado por los monarcas de Castilla, a efecto 
de perpetuar su mando en la porción más bella y más grande del Nuevo 
Mundo. El conjunto de aquella legislación merece un estudio serio, mien- 
tras que la famosa obra de don Juan de Solórzano y Pereira, intitulada "Po- 
lítica Indiana", es- monumento de erudición, doctrinas, disposiciones y reglas, 
para el régimen de los países hispano-americanos. Es el Derecho público, 
civil y eclesiástico, de aquellos tiempos. 

El río de oro y plata que del Perú y de México corría para España, se 
filtraba mucho antes de llegar a la Península, a causa de los malos métodos de 
recaudación, y después aquellos caudales ingentes ni aliviaban las aflicciones 
de la monarquía, ni hacían más que pasar por las cajas reales, para seguir su 
curso e ir a parar a otras naciones, que eran las aprovechadas; las. enemigas 
cabalmente de la misma España, de aquel pueblo guerrero, navegante y poeta, 
que fatigó a la fama con la historia de sus hechos estupendos. 

Los conquistadores, que no retrocedían ante ninguna violación de los 
principios de justicia y de humanidad, en sus luchas contra los naturales de 
las Indias, ni en el avasallamiento de esta raza, para obligarla a los más abru- 
madores trabajos, y que además, en sus relaciones con los mismos españoles, 
demostraban de ordinario los peores instintos, se sentían poseídos de la más 
ardiente devoción religiosa. Era que durante siete siglos, que duró la guerra 
de los cristianos con los moros, y que concluyó justamente cuando Colón se 
aprestaba a descubrir el Nuevo Mundo, se había convertido la cruz en enseña 
de lucha a sangre y fuego. El cristianismo lo imponían por la fuerza, a estilo 
musulmán, con procedimientos bizantinos. No fueron, por cierto — ni dada la 
condición y estado de los indios, podían haber sido — la predicación, ni la fe, 
sino el miedo y la violencia, los móviles que obligaron a los aborígenes a 
abandonar su torpe fetichismo. Ni la exaltación fanática del oriental, ni la 
profunda concepción teológica del latino, eran rasgos tistintivos del carácter 
de la raza indiana, esencialmente supersticiosa. Si los romanos del tiempo de 




Marco Aurelio, tenían al Dios de los cristianos, entre sus antiguos lares y 
penates, al lado de Minerva y Venus ¡ qué mucho, que se vieran las cruces y 
las imágenes de los santos en los mismos adoratorios de Gucumatz y al lado 
sus ídolos. Así como Mahoma y Omar impusieron las formas del islamismo 
a los pueblos que vencieron, también la conquista de América impuso los ritos 
cristianos a los indios, y les obligó a abandonar sus ídolos y los sacrificios de 
víctimas humanas, aprovechando muchas veces los aborígenes las sombras 
de la noche para volver a sus prácticas primitivas. 

Tal fué el contraste entre los dos cultos, que a pesar de los horrores de la 
conquista, y de las supersticiones, que había mezclado la Edad Media a la 
pura enseñanza de Jesús, en mucho mitigó el cristianismo el yugo cesáreo de 
la dominación española. La Iglesia no sólo acogió desde un principio a los 
indígenas, sino que atenta a las tradiciones de su historia, cumplió la misión 
de colocarse entre vencedores y vencidos, como único poder suficientemente 
idóneo y fuerte para hacer surgir un orden social nuevo sobre las ruinas de la 
conquista. La Iglesia, como en el atronador hundimiento del mundo romano, 
en los siglos IV y V, moderó las iras triunfantes y enjugó las lágrimas de 
los sojuzgados. A la hora solemne de la independencia estuvieron los curas al 
lado de los criollos, como que a esa clase pertenecían, mientras que los obis- 
pos y altas dignidades veían cifrada su suerte en el régimen tradicional espa- 
ñol. Fueron las órdenes religiosas el escudo que al indio protegía contra las 
aberraciones, la codicia, la altivez y la fuerza de los conquistadores, que se 
pusieron muchas veces en pugna con los frailes, porque eran obstáculo a sus 
inhumanos procedimientos. 

El cuadro de la Colonia ofrece obscuros tintes al par que luminosos res- 
plandores, entre cuyos destellos aparece el filántropo Las Casas, como proto- 
tipo de consuelo para aquellos infelices indios, cuya racionalidad se negaba 
por juristas sin conciencia y enconmenderos sin corazón, que creían que el 
interés y el fanatismo debían sobreponerse al biológico instinto de la exis- 
tencia de los conquistados. Fué menester que un Romano Pontífice decla- 
rase que eran racionales. Las Leyes de Indias revelan los buenos propósitos 
de los monarcas castellanos, superiores de todo en todo a la rudeza de los 
tiempos, siquiera fuese su mira perpetuar lo más posible el regio poderío en 
América, mientras que la explotación, el violento proceder de los conquista- 
dores y los manejos interesados de los encomenderos, eludían la eficacia de 
las benévolas disposiciones españolas. Cuando los señores del Consejo de 
Indias consultaron al trémulo y enfermizo don Carlos II, la real cédula en que 
se ordenaba a los gobernantes de estos países el exacto cumplimiento de las 
disposiciones encaminadas a respetar la libertad de los naturales y darles 
humano trato, escribió el Hechizado monarca estas nobles líneas : "Quiero 
que deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar a esos mis vasallos, 
y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta vea yo excusados mis 



reales designios, me daré por deservido, y serán impuestos exemplares cas- 
tigos, a los que hubieren excedido en esta parte ; y aseguróos que, aunque no 
lo remediéis, lo tengo de remediar, y mandaros hacer cargo por las más leves 
omisiones en ésto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destruc- 
ción de esos reinos, cuyos naturales estimo, y quiero que sean tratados como 
lo merecen vasallos que tanto sirven a la monarquía y tanto la han engrande- 
cido e ilustrado." 

Los reyes de España, dando oídos a su interés, vieron a los indios como a 
subditos, porque así engrandecían sus dominios, mientras que los conquista- 
dores, cediendo también a su interés, y creyendo tener derecho de sacar utili- 
dad de todos los sufrimientos y peligros a que se habían expuesto, no podían 
dejar de explotar a los conquistados, ya que el fin de enriquecerse los había 
traído a la vida aventurera, con tantos riesgos y privaciones acometida. Siem- 
pre el interés será el principal móvil de las acciones humanas. No fueron, por 
cierto, la filantropía y la caridad las que inspiranxi a Cortés y a Alvarado. 
Las bulas de Alejandro VI, de 3 y 4 de mayo de 1493, en que los españoles 
pretendieron fundar la conquista, reconocida entonces por legítima en el mun- 
do entero, reposaban en el principio absurdo, pero dominante en aquella época, 
de que los paganos e infieles no poseían legítimamente sus tierras, ni sus bie- 
nes, y que los cristianos tenían derecho de quitárselos (3) motivo por el que 
los conquistadores creían verdaderamente que era grato a los ojos de Dios 
apoderarse de los indios mismos. En todas las épocas significó la conquista 
ominosa servidumbre. El choque de una civilización avanzada con otra 
rudimentaria, hace sucumbir la raza débil. Los cambios o crisis de los i)uc- 
blos se efectúan entre ayes de dolor, quedando apenas, en los supremos ins- 
tantes de sus desfallecimientos, vagos perfiles de su idiosincrasia y tristes 
memorias de sus aspiraciones. No fué en modo alguno deliberada la proscrip- 
ción de los aborígenes : se produjo por numerosas causas de la época, religio- 
sas, políticas, sociales, económicas e históricas, como se hace la malla infran- 
queable de bejucos, fibras y ramaje en el fondo de las selvas. 

La autoridad de los emperadores de Roma fué por lo general el tip<j de 
los gobernantes de América. La divinización del trono, el simbolismo pre- 
toriano, la ignorancia — entonces general en el mundo — de los principios que 
vivifican y fecundan a los pueblos, la canonización de los privilegios fiscales, 
de las iglesias y de los menores, la teocracia absorvente, y la complicadísima 
armazón administrativa y judicial, que trituraba al laberintoso derecho, al 
pasar por tanta rueda y al encontrarse comprimido por tan variados resortes, 
a tal punto que la justicia solía envejecer a fuerza de trámites y la administra- 
ción se dificultaba entre aquella balumba de triquiñuelas y formularios del 
Utroque Jure, de la Política Indiana, de la Curia Filípica, y de tantos códigos 



CS) J. W. Draper. Histoii-p du déveloprwment intelectuelle de 1' Europe. Paris. 1 «69, tome 39 p. 90. 



w 



— 13 — 



como prevalecían, desde el Fuero Juzgo hasta la Novísima Recopilación y las 
Leyes de Toro; todo eso, unido a otras causas de la época, fueron la ruina de 
España y de sus colonias. 

La mezquindad goliUesca cundió en América con el prurito casuístico de 
expedientarlo todo y embrollar lo más sencillo, de tal suerte, que el elemento 
oficial letrado y el eclesiástico, masticaban cuanto caía en las curias, y venían 
resultando los asuntos cual mariposas sobadas que hubiesen perdido el polvi- 
llo de su alas, luengos años después de ser crisálidas. 

El primer siglo.de la dominación española fué esencialmente militar. Du- 
rante la conquista y en el belicoso reinado de Carlos V y de su hijo Felipe II, 
era guerrero el carácter de los tiempos. Después hubo de echar raíces la 
dominación pacífica del clero y de las audiencias reales, pudiendo decirse que 
sobrevino la centuria — 1 598-1713 — teocrático-civil de la colonia. Por último, 
empieza en el siglo XVIII, nueva vida para la América española, saliendo 
hasta cierto punto del aislamiento en que la había tenido la dinastía austríaca, 
y aspirando algunos efímeros efluvios de libertad, durante el reinado de 
Carlos III. 

El sistema colonial tuvo que reflejar, durante su mayor lapso, el carácter 
de la monarquía de Carlos V y de Felipe II ; resentirse de restrictivo, como lo 
aconsejaban los erróneos sistemas económicos de aquellos tiempos; ostentar 
tinte teocrático, como lo requería la manera de ser religiosa de entonces ; ser 
reverente hasta el fanatismo por la sacra real majestad, puesto que el rey re- 
presentaba la autoridad divina sobre la tierra. Pero, no por eso, de>ó de haber 
una inmensa labor administrativa, que produjo desarrollo en las esferas socia- 
les y vino formando la nueva sociedad américo-hispana actual. Claro es que 
no se aspiraba — ni era dable aspirar entonces — al progreso como hoy se en- 
tiende, porque fueron otras las tendencias de la época. Querían los reyes que, 
según una expresión en boga, fuesen sus magistrados muy recoletos. Ni los 
afectos, ni los negocios, eran permitidos a los altos funcionarios, quienes ni 
podían casarse, ni cultivar amistades, ni ejercer comercio alguno en el terri- 
torio de su mando. Esa incomunicación de los jefes con sus subordinados 
no llegó a dar benéficas consecuencias. Ni las quejas elevadas al soberano, 
ni las apelaciones al Supremo Consejo de las Indias, ni los juicios de residen- 
cia, ni las penas severas, ni el santo temor de Dios, eran bastantes a remediar 
los abusos, que por cierto no fueron tan frecuentes, en los tiempos de antaño, 
como muchos creen. 

El demonio hacía entonces importantísimo papel ; hasta el punto de que 
no hay códigos, historias, tradiciones, ni consejas, en que no aparezca mez- 
clado el rey de los avernos (4). Parecía que en Europa y América hubiese 



(4) En la curiosa obra antigua "Ruiz Montoya en Indias'' se dedican los capítulos XVII y XVIII 
a referir los lances de una linda doncella endemoniada, que dejó de ser enamora iza a fuerza de 
exorcismos. ¡La credulidad y la ignorancia forjaban absurdos! 



— 14 — 

entrado una epidemia demoniaca en aquellos viejos tiempos, que daban g^ran 
trabajo a los exortistas para andar sacando a satanás de los nerviosos cuerpos 
de los infelices poseídos. La inquisición quemaba a muchos, y los médicos, 
teólogos y legistas, creían a pie juntillas en brujos y hechizos. Los indios 
americanos eran muy dados también a las artes diabólicas, explotando la cre- 
dulidad y el fanatismo hasta para sus tentativas levantiscas. 

En aquellos obscuros tiempos reinó en todo el mundo la superstición de 
las artes mágicas. Se creía en encantamientos, brujerías, maleficios, exor- 
cismos, nigromancias, adivinaciones, augurios, presagios, oráculos y otras mil 
patrañas (5). 

Fué la época de fanatismo, preocupaciones y férrea dominación. Los 
españoles serían crueles; pero no les iban en zaga los italianos, franceses, in- 
gleses, turcos, y cuantos vivieron en aquellos siglos. César Borgia, Luis XI, 
Eduardo IV, y todos los monarcas de tan rudo ciclo, no se mostraron más 
humanos que don Pedro el Justiciero. A Vanini le arrancaron, como a otros 
muchos, la lengua con unas tenazas, en Francia ; a Bruno lo echaron a una 
hoguera, en Roma; en Inglaterra martirizaron, entre innumerables inocentes, 
a Tomás Moro y quemaron a Juana de Arco y a Juan Huss. Calvino hizo 
morir inicuamente a Miguel Servet, llenando de sangre el orbe. Mahomct 
II, al cuestionar con el artista veneciano. Gentil Bellini, sobre el tamaño del 
cuello, en la célebre pintura de san Juan Bautista degollado, llamó a uno de 
sus servidores, y cortándole de un tajo la cabeza con su cimitarra, exclamó: 
¡ahí está f ¿no decía yo que el pescuezo que pintasteis estaba demasiado 
largo? En las costumbres, en las leyes, en la religión, en todo, prevale- 
cía la crueldad. El hombre era nada, el individualismo no se reconocía y 
dudóse hasta de la racionalidad del indio. No hay que olvidar, pues, que el 
mundo entero — no solamente España — atravesó aquella época, que si fué 
sombría, se mostró tan grande, como que sirvió de génesis a la transformación 
de la historia, que completó el planeta e hizo viable la libertad. En pleno 
siglo XX ¿cómo han procedido los alemanes, ingleses, rusos, franceses, y hasta 
los norte-americanos? Si el padre Las Casas escribió con sangre los horrores 
de la conquista española, la civilización consigna con vergüenza, las abomi- 
naciones ejecutadas actualmente en Europa, Asia, África y Filipinas. 

La organización de los virreinatos y de las capitanías generales de la Amé- 
rica española se basó precisamente en la preexistente manera de ser y de go- 
bernarse que los indios tenían. Ora formaron comunismos teocráticos, no ya 
en favor del régulo, sino en pro del fraile o del encomendero ; ora el socialismo 
gubernativo se explotaba por medio de los mismos señores principales indios, 
en beneficio del conquistador o del cura ; ora la plebe indiana, cual rebaño de 
carneros, era dominada primero por sus caciques, luego por los gobernadores, 



(5) Whlte, Hlstoire de la lutte entre la Science et la Theologle, chap XV, v&g. 336. 




— 15 — 

en seguida por los Magistrados de las Audiencias, presidentes y virreyes, 
mientras allá en España, dictaban leyes los monarcas iberos, con todo el apara- 
to del Consejo de las Indias. 

Los dominios de S. M. tenían aproximadamente cuatrocientos treinta mil 
leguas de superficie y catorce millones de subditos, según el censo de i799- 
Ese extensísimo y despoblado territorio no cultivaba relaciones con el resto 
del mundo ; casi permanecía aislado del antiguo, por el sistema prohibitivo. 

Así y todo, demuestra la historia que los ayuntamientos tuvieron indepen- 
dencia e importancia, representando con integridad y decoro los intereses co- 
munales. Cada cabildo, dice Quesada, era la tradición local del amor de la 
niñez, de la juventud y de la edad madura, que surgía al tañido de la campana 
de la aldea madre. Por lo común, ni los virreyes, ni los capitanes generales, 
cuyo poder tenía correctivo y limitación por el de la Real Audiencia, traspasa- 
ban sus facultades. Las raras y ruidosas contraversias jurisdiccionales, así 
como los ecándalos, que alguna vez, produjo el peculado, pruebas son de que 
ni la arbitrariedad, ni menos el bárbaro pillaje de los caudales públicos, ha- 
bían constituido sistema canallocrático. 

La historia de la época colonial no será una brillante narración de grandes 
convulsiones y de principios deslumbradores ; pero constituye el génesis de un 
período de crecimiento, interrumpido a las veces por una invasión pirática, 
por una reyerta entre ambas potestades, por alguna divergencia entre las ór- 
denes religiosas, por la recepción de un presidente, por un acto doctoral, por la 
ejecución de un reo, o en fin, por la plausible nueva del nacimiento de un vas- 
tago de la familia regia de España. Época tranquila, que sirvió de larva para 
la formación de un gran pueblo, que después de aquellas fases lentas de evo- 
lución poderosa, apareció en el mundo como resultado de la conquista española 
en la parte más bella del nuevo continente. Sufren lamentable error los que 
ven en todo, durante la colonia, atraso y absolutismo. Echando una mirada 
sobre las artes retrospectivas, las labores mecánicas, la agricultura, las cien- 
cias, y el desarrollo común, se encontrará en esta historia que los edificios que 
había en la antigua capital del reino de Guatemala y los que aquí en la nueva se 
levantaron, revelan gran mérito arquitectónico ; en pintura, los cuadros de 
San Francisco, Santo Domingo, el Calvario y muchos más que mencionaremos, 
son de indiscutibles, grandes maestros; en música, hubo familias de filarmóni- 
cos notables; en astronomía, en historia natural, en poesía descriptiva, deja- 
ron luminosa estela los fastos antiguos ; el añil, el cacao, el bálsamo, la gana- 
dería, produjeron riquezas considerables ; en punto a fábricas géneros y teji- 
dos, no se han hecho después ni superiores, ni de tan diversas calidades. Po- 
drá descubrirse, sin apasionamiento, ni obsecación, que aquella época, más 
censurada que bien comprendida, tuvo para Guatemala, en medio de sus gran- 
des defectos, y del vicio de los tiempos, mucho digno de perpetua memoria y 
merecedor de particular encomio, siempre con el tinte patriarcal , saturado del 



— 16 — 

misticismo de la sociedad española antigua. Los sentimientos, las costum- 
bres, las ideas de un pueblo, son como gigantescas estalagmitas formadas por 
la serie lenta, pero constante, de no pocos errores políticos, religiosos y econó- 
micos, que trascienden siempre en las transformaciones de las sociedades. El 
veredicto de la filosofía debe fundarse en los resultados generales, sin salir del 
ambiente de aquellos tiempos, ni prescindir de las instituciones que informa- 
ban la cultura de la época. 

El reino de Guatemala tenía sesenta y cuatro mil leguas cuadradas, con 
una población, en su mayor parte de indígenas, que apenas llegó a ser de un 
millón de habitantes. La propiedad se hallaba estancada en pocas manos. 
Las tierras de los indios eran precarias, poseídas a censo o a título de comuni- 
dad, y de tal suerte cultivadas, que sólo les producían para el pago del tributo, 
para su rústico alimento, para su tosco vestido y para sus cofradías y cajas de 
comunidades. Los repartimientos, el cargar sobre sus espaldas, a guisa de 
bestias, los artículos del tráfico, la composición de los caminos, la construc- 
ción de edificios, y en fin, todo lo que era servicio, penoso, estaba reservado a 
los infelices aborígenes, cuyo número llegó, a principios del siglo XIX, a seis- 
cientos mil cuatrocientos sesenta y seis. Los pardos y algunos negros, ascen- 
dían a trescientos trece mil treinta y cuatro, y formaban una casta menos útil 
por su innata flojera y abandono, al decir del informe que el Real Consulado de 
Comercio envió a las Cortes de España, en 1810. La tercera clase, de los blan- 
cos, ascendía a unos cuarenta mil, entre agricultores, mercaderes, empleados, 
eclesiásticos, etc. Algunos de los hacendados poseían miles de caballerías de. 
terreno inculto, dedicado a la crianza de ganado, y los otros, tenían obrajes de 
añil, que era artículo de importancia y valor. El ganado vacuno producíase 
sobre todo en haciendas o estancias remotas de las provincias, y se traía a 
repastar en praderas o potreros, para abastecer de carne la capital, formándose 
así un tráfico, entre cierto orden de personas, que ni correspondía a la agricul- 
tura, ni al comercio decididamente, como se explica en la Real Cédula de Erec- 
ción del Real Consulado de Comercio. El azúcar, la rapadura, el algodón, el 
trigo y algunos artículos más, eran sólo de tráfico interior, sin poder exten- 
derse a la exportación, a causa de las inmensas distancias, falta de caminos y 
dificultades para embarcarlos. Pocos fueron, en los últimos tiempos, los agri- 
cultores ricos, dado que, la mayor parte reconocía sobre sus propiedades ca- 
pellanías, hipotecas y otros gravámenes, al par de sus valores. Apenas hubo 
unas treinta casas de comercio, que directamente recibían de Cádiz, por el 
golfo de Honduras, géneros europeos, por valor, en todo el gran reino de Gua- 
temala, de un millón de pesos, para realizar esas mercaderías en tiendas y al- 
macenes. Los retornos los efectuaban en añil, cuando los ingleses no oponían 
obstáculos a la navegación o la langosta no menoscababa las cosechas. Los 
conventos de frailes eran ricos y la existencia monótonamente triste, bien que 



— 17 — 

la sencillez en las costumbres y los hábitos de moralidad y buena fe, hacían 
poco frecuentes los delitos, dando tinte patriarcal a la vida de nuestros abue- 
los, exenta del egoísmo, de las preocupaciones materiales, de la avidez de los 
goces que se compran, de la fiebre de las ambiciones sórdidas, de la postración 
abyecta ante el becerro de oro y de la adulación afanosa de hurgar términos 
encomiásticos para recojer algún mendrugo del presupuesto. En aquellos 
tiempos no se aumentaban las necesidades ficticias del lujo corruptor; los celos 
de las fortunas y de los rangos no roían los corazones, ni se sujetaba todo a la 
ley del cálculo, ni se medían las horas de la vida por el resultado de las ganan- 
cias. La astucia, la intriga, el dolo y la violencia, no se habían infiltrado por 
todas las capas sociales. Se vivía más despacio y con menos zozobras y amar- 
guras. La vida se dejaba sentir como el sueño de una reposada digestión. 

En esta historia hemos procurado bosquejar las costumbres de antaño, 
trasladando al lector a aquellos tiempos en que la Muy Noble Ciudad de los 
Caballeros de Guatemala era la segunda capital de América, la metrópoli que 
llevaba el nombre de Santiago, de aquel Cid teológico, que en alas de sen- 
timientos medioevales, vino a protejer a los españoles de la conquista, como 
había protegido en Toledo, Córdoba, Castilla y Calatañazor, a los defensores 
de la cruz. El Señor Santiago fué el que hizo que Valencia se desciñera sus 
grillos de sultana, para rendirse y entregarse voluptuosa y rica al invicto Cam- 
peador ; y en su blanco corcel, espada en mano, el apóstol de Compostela, puso 
la cristiana enseña sobre la Alhambra, para que luciese ahí, como brilla en la 
vía láctea el Camino que lleva el nombre del más semita de los discípulos del 
Salvador del Mundo. El Señor Santiago, al dilatarse la tierra y venir aquende 
el mar, la civilización greco-romana, acudió a protejer a don Pedro el Conquis- 
tador, dejó su nombre a la Iglesia Metropolitana de Guatemala, y hasta el indio 
vencido, al grito del apóstol, venera temeroso al santo caballero. ¡ Tanto pue- 
de la credulidad entre los hombres ! 

Hemos analizado, en el tomo segundo de la presente obra, las causas que 
determinaron la emancipación política de la metrópoli, poniendo término al 
gobierno colonial, que quedará juzgado sin intemperancias, ni componendas, 
y no por cierto espigando aquí y ahí algún episodio, algún suceso, entre ba- 
lumba atrofiada de confusas causas y géneros diversos, como quien más se 
aventura al acaso de lo que encuentra, sin consagrarse al completo y filosófico 
resumen de lo que a cada ramo social y administrativo incumbe. Resultará, 
cuando todo se haya dicho, heroísmo, codicia, fe, fanatismo, abnegación, cruel- 
dad, prodigiosa labor administrativa, errores económicos, memorables leyes, 
fuerza de creación y germen de las florecientes nacionalidades hispano-ameri- 
canas — que el descubrimiento y conquista de América fué el hecho más tras- 
cendental y portentoso en la historia de la humanidad. 

Cuando se realizó la epopeya de la independencia política, no había en 
estos países américo-hispanos más que dos ciudades dignas de atención ; Mé- 



— i8 — 

xico y Lima, porque la Antigua Guatemala, que llegó a ser la segunda de las 
metrópolis, ya estaba arruinada por el terremoto. Don Antonio José de Irri- 
sarri iba más lejos, decía que, "por entonces, no había más que una sola ciudad. 
México, dado que Lima no presentaba todavía el aspecto de gran capital. A 
mí no me dio otra idea esta ciudad, agregaba el ilustre guatemalteco, sino de 
un lugarón mal edificado, de triste apariencia, aunque en el interior de las casas 
se ostentase lujo de mal gusto, que nada contribuía a la comodidad, y en ab- 
surdo maridaje con todas las demás cosas. Allí se notaba la falta de lo más 
útil entre la sobra de oro, plata y aromas. Las capitales que yo visité en aquel 
tiempo, desde México hasta Buenos Aires, estaban lejos de corresponder a lo 
que era de esperarse de su antigüedad y de la fama de riqueza de tales regiones. 
La metrópoli de Chile, el país más fértil de la América del Sur, era una ciudad 
de mala fábrica, de pésimos empedrados, con sus viviendas mal amobladas, y 
en donde un puente de calicanto, un tajamar a la orilla del río, una casa de 
moneda, sin concluirse, y unos cuartuchos en medio de la plaza, eran las úni- 
cas obras que parecían emprendidas por hombres civilizados. Las artes y los 
oficijos se hallaban ahí en estado más deplorable que en los más tristes pueblos 
de Guatemala. El que ahora vea a Santiago y sus alrededores (1845) con sus 
hermosas quintas a la inglesa ; el que halle en sus cafés y posadas la limpieza 
de Europa ; el que visite aquellas tiendas y almacenes tan bien surtidos y en 
donde se tienen las mercaderías extranjeras a tan corto precio ; el que observe 
el exquisito gusto con que están las casa provistas, y los cómodos y lucidos 
carruajes, qua ya son obras de los fabricantes del mismo país, haría muy mal en 
creer que aquello se había producido en más de treinta años. No, el Chile de 
hoy (1845) no es el Chile del año de 10, ni el del año de 20 del siglo XIX., Este 
Chile con su gran agricultura, con su extenso comercio, con sus nuevas artes, 
con sus modernas industrias, con su viril genio, con su creciente prosperidad, 
civilización y riqueza, es la obra exclusiva del trato con los ingleses, franceses 
y con todos los extranjeros que han introducido ahí su gusto, usos y costum- 
bres. Valparaíso, que ha dado a Chile todo el ser que tiene, no es una ciudad, 
ni un puerto chileno, sino porque está»en el territorio de aquella república ; es 
una población de cosmopolitas, de negociantes de todo el mundo, que han he- 
cho de un miserable lugar, que era aquél, en tiempo de los españoles, una ciu- 
dad importantísima, de donde se ha comunicado a todo el país la cultura y la 
riqueza. Los chilenos han tenido el buen juicio de dejarse conducir por los 
ejemplos de los que podían ilustrarlos, y son sin disputa alguna, así como los 
argentinos, los americanos españoles que han sacado las ventajas que todos 
debimos propornernos en nuestra emancipación de España. Ellos serán con 
el tiempo los que vean sus países más florecientes, por que el impulso está ya 
dado, y sean cuales fuesen los acontecimientos, que sobrevengan, las semillas 
esparcidas en aquellas tierras fecundas y bien dispuestas, germinarán por sí 
mismas y han de dar opimos frutos. Allí los hombres, cansados muy pronto 



— 19 — 

de perder el tiempo empleándolo en cuestiones políticas, que no son entre nos- 
otros sino cuestiones de hombres o de personas, han conocido que el interés 
social no radica sino en la prosperidad de todos los individuos, y que esa pros- 
peridad no es obra de las teorías que dividen en facciones opuestas, sino de la 
práctica de aquellos principios que todos reconocen como indisputables." 

La profecía que hizo, hace cerca de un siglo, el insigne Irisarri, a quien se 
debe en gran parte la independencia de siete repúblicas de este continente, hubo 
de realizarse ; Chile ha venido con paso seguro hasta la cúspide de su destino 
Los tres mil maestros de escuela que educan y enseñan hoy a trescientos mil 
niños, son los apóstoles de la buena nueva, en aquella larga faja de tierra, que 
exporta múltiples productos por valor de doscientos millones de pesos oro, sin 
contar con todo lo que sale de sus talleres y fundiciones, en que se fabrican 
máquinas, puentes, rieles, locomotoras, calderas y cuanto para buques y ferro- 
carriles necesita aquel país y varios otros de Sud América, a donde, en compe- 
tencia con Europa y con los Estados Unidos, van los vapores chilenos a expen- 
der el sobrante de su próvida riqueza. 

¿Qué eran las Provincias del Río de la Plata durante el gobierno español? 
¿Qué fué el extensísimo virreinato del Perú? ¿Qué se hizo todo el oro de 
aquellas minas? Jamás pudo presumirse, en los tiempos del gobierno metro- 
politano, que cien años bastarían, o mejor dicho cincuenta de libertad y de or- 
den — después de la caída de Rosas — para que la Argentina exportara riquezas 
por valor de más de trescientos millones de dólares cada año ; para que pa- 
cieran en sus pampas treinta millones de reses vacunas y doscientos millones 
de carneros ; para que en sus fecundos valles creciesen lozanas las espigas, que 
rinden más de cuatro millones de toneladas de trigo ; para que la gentil Buenos 
Aires prospere y se engalane a diario, hasta ser ya en la tierra la segunda ciu- 
dad de la raza latina. 

Lo que Tiié verdaderamente lamentable, causa y origen de nuestras anti- 
guas luchas, consistió en que la intolerancia, la indolencia, el espíritu autorita- 
rio, los exclusivismos y odios de partido, predominaran en política. Nosotros 
entramos en la lucha de la independencia con principios muy diversos y edu- 
cación diametralmente opuesta a la educación y a los principios que tuvieron 
los americanos del Norte. Fué nuestro modelo la revolución francesa, con sus 
hechos sangrientos e intolerantes procederes. Nos parecían superiores Marat 
y Robespiérre a Washington y a Jeflferson. Los pueblos que no evolucionan, 
ni están preparados a transiciones políticas, se anarquizan . 

España y sus antiguas colonias tuvieron que padecer larga y penosa do- 
lencia — según la gráfica expresión de Núñez de Arce — y han sufrido una en- 
fermedad letárgica que aniquila insensiblemente, como esos árboles de la In- 
dia, bajo cuya sombra el viajero inadvertido busca descanso, se duerme y no 
despierta. 

En toda la América latina se levantó, después de la guerra de independen- 



cia, el huracán revolucionario. Aquel desbarajuste anárquico no era peculiar 
a la América Central, en donde no había unidad geográfica, ni menos política. 
La desmembración se extendía desde las pampas argentinas, desde las riberas 
del río de la Plata, hasta las feraces campiñas de México. En toda la América 
española cundió el vértigo del fraccionamiento, a raíz de la autonomía ; porque 
desgraciadamente predominó el espíritu militar. No teniendo ya poder ex- 
tranjero a quien combatir, combatían unos de los nuevos estados con los otros. 
El vigor de pueblos nacientes e ignorantes, deslumhrados por teorías nuevas ; 
el fermentar de intereses opuestos entre razas heterogénaas ; los funestos can- 
cros de la teocracia y del militarismo ; la extensión vastísima y poco poblada 
de los territorios de las nacionalidades recién creadas ; lo pausado, tardío y dé- 
bil de los resortes administrativos en gobiernos que se apellidaban republica- 
nos; y los inveterados odios de las provincias a las capitales ¿qué habían do 
dar por resultados, sino la división y el caos, el desorden, 1^ anarquía y las 
dictaduras tiránicas? Chile hubo de salvarse por su posición geográfica, entre 
el mar y la cordillera. Durante aquella conflagración, estuvo exenta de ella la 
tierra de los araucanos, como el arca salvada del diluvio permaneció a flote 
hasta sentarse en la cima de un monte. Chile no cayó en dictaduras militares, 
porque tuvo el buen sentido, como dice Alberdi, de darse una constitución mo- 
nárquica en el fondo y republicana en la forma, anudando a la tradición de la 
vida pasada la cadena de la vida moderna, sin proceder per saltum. lui la 
América española los partidos políticos no luchaban en el campo de la discu- 
sión, en el terreno legal, sino destrozándo.se los unos a los otros y manteniendo 
vivos la alarma y los odios. Con razón exclamaba Macaulay que el resultado 
de las violentas animosidades de los partidos ha sido siempre la indiferencia 
por el bien general ; que ahí, en donde las pasiones políticas están enardecidas, 
sus adeptos se interesan no por la masa toda del país, sino por la parte de él en 
la cual militan, siendo a sus ojos los demás como extranjeros, p^r que enenii 
gos, más dignos de exterminio que piratas, a quienes no debe darse cuartel. El 
odio más profundo e inveterado que puede inspirarles un pueblo extraño, es 
amistad, si se compara con el que sienten por esos enemigos domésticos, con 
los cuales viven encerrados en un corto espacio, con quienes han establecido 
comercio de insultos, y de los que sólo aguardan el día que triunfen, trata- 
mientos peores aún que los que pudiera imponerles un conquistador venido de 
luengas tierras." 

Las autocracias, que en algunos países de hispano-américa han obstacu- 
lisado la evolución necesaria a los pueblos y su desarrollo espontáneo y armó- 
nico, han producido a las veces el estallido revolucionario, por falta de válvulas 
de escape que dieran salida a eso vapores sociales, mucho más vigorosos que 
los gases comprimidos. En México desencadenóse la guerra intestina en cuan- 
to se rompieron las compuertas que la mano férrea del general Díaz había 
levantado por décadas. La levadura, timasada por años, tenía al fin que fer- 



— 21 — 

mentar. Cuando hay cancros sociales, como los que hubo en Francia desde 
Luis XIV, hasta que la revolución hundió las caducas bases de instituciones 
muertasf surgen gasiones que espantan, pero que en sus titánicas luchas, pu- 
rifican la atmósfera popular, cual la tempestad las regiones celestes. Renacen 
instituciones, aparecen nuevos derroteros económicos, vigorizan el cuerpo so- 
cial y continúan las asociaciones jóvenes purificadas y pujantes. 

La evolución y la herencia son factores del progreso. Las modifkacio- 
nes fisiológicas y psíquicas se hacen orgánicas e imprimen otras nuevas a las 
generaciones siguientes. Las causas se suceden ; pero, como dice Aristóteles, 
todo propende a la unidad, a la causa de las causas (6). 

Refiriéndonos a América, se presenta el hecho notable de la diversa suerte 
que han venido corriendo los países conquistados por la raza ibera, en compa- 
ración de los colonizados por raza sajona. En los Estados Unidos fueron los 
mismos desceií(iientes de los emigrados de Inglaterra, fueron individuos de 
la misma sangre, los que proclamaron la indepencia, que para ellos vino a cons- 
tituir verdaderamente la emancipación política de uno de los hijos legítimos ya 
nubil. En la América española, al decir de Riva Palacio, la independencia la 
conquistaba un pueblo nuevo sobre la haz de la tierra, una raza nacida del cru- 
zamiento de los españoles con los indios, que llevaba, en sus caracteres físicos 
y morales, el coeficiente de los opuestos que había recibido de' sus progenitores. 
Rebeca sintió en su seno la lucha de dos gemelos, que debía dar a luz como 
anuncio de la lucha entre dos pueblos, que de aquellos hijos debían descender ; 
la raza hispano-americana lleva en su idiosincrasia el sello del combate que 
entre sí libraron, por tanto tiempo las dos estirpes que*contribuyeron a formar- 
la. La desconfianza, el disimulo, la pasividad, la indolencia y el fondo de tris- 
teza de la raza vencida, por una parte, y por la otra, el heroico esfuerzo, la arro- 
gancia autori^ria, el idealismo, de la raza vencedora, presentan el abyecto su- 
frimiento, unas veces, y el espíritu levantisco, en ocasiones, como rasgos atávi- 
cos de la fisonomía de los pueblos ibero-americanos. Siguiendo las leyes de 
la vida, las razas se enlazan con las razas, de donde resulta fuerza de creci- 
miento y fecudidad social ; pero es fenómeno histórico, que la raza transmi- 
grante sobrepuja a la raza nativa. En América está pronunciado el fallo de 
destrucción sobre el elemento indígena puro, que en ese inmenso océano de 
muerte, dejará flotando apenas unas cuantas palabras de sus antiguos idiomas, 
que sobrenadarán en el tiempo, como van entre las olas los restos de un nau- 
fragio; y ocultos por los bosques monumentos curiosos, que cual mudos testi- 
gos, recordarán al viajero las reHquías de civilizaciones muertas. 

Para explicar la diferencia que ha habido entre la suerte de los Estados 
Unidos y la de las repúblicas hispano-amcricanas, basta echar una ojeada sobre 
la historia de ambos países. La soberanía individual que prevalece en la Gran 



— 22 — 

República, el culto al trabajo, la instrucción primaria admirablemente popula- 
rizada, desde un principio, la expansión de las energías de cada uno, sin trabas 
ni obstáculos, el sentido práctico en ejercicio, la descentralización (5ficial, la 
libertad sajona que ilumina y no incendia, el espíritu cristiano, tolerante y ci- 
vilizador, que caracteriza a aquellos cien millones de hombres, han formado la 
primera fuerza económica del globo, la confederación más respetable y podero- 
sa del Nuevo Mundo. 

No puede negarse que la posición geográfica ha sido además una circuns- 
tancia favorabilísima para el progreso de los Estados Unidos ; progreso cuyo 
factor principal ha sido la inmigración europea, puesto que sin población, o con 
territorios poco poblados, no se puede alcanzar el rango de gran nación. Ni la 
raza inglesa, ni las instituciones coloniales, fueron las úr^iAe causas de aquel 
fenómeno que asombra, y que sin embargo, es perfetfamente natural y 
lógico (7). 

No son sólo los gérmenes de las instituciones heredadas de los españoles 
los que han impedido en la América latina que estos países hayan desarrollado 
al nivel de la gran república del Norte, sino la falta de población. Desde que 
el cauce inmigratorio se ha abierto hacia la Argentina, el Brasil y Chile, surgió 
ahí también nueva vida. 

Hoy que los' lugares cálicos se sanean perfectamente, y que con el canal 
interoceánico se ha de dar inmenso impulso a la América del Centro, afluirán, 
de los Estados Unidos misiflos y de Europa, los excedentes de población, que 
luchan por hallar vida ; porque no los ahogue el capital, cuyas fauces ham- 
brientas devoran, casi áfn retribución, los cansados músculos del infeliz obre- 
ro. El proletariado del Viejo Mundo, el industrialismo, buscarán elementos 
de existencia en tierras fecundas. Si fatigada Europa, después de la caída de 
Napoleón el Grande, afluyó a la América del Norte, presa de ty-ror, acudirá, 
al cesar la conflagración armada, a nuestras playas en pos de desarrollo, tran- 
quilidad y trabajo remunerativo. Todo problema resuelto, i)lantea mi nuevo 
problema. 

En el lugar que corresponde de esta historia, trataremos con alguna ex- 
tensión, tales materias, que ahora apenas esbozamos ; hemos de probar que 
nuestra raza tiene las energías latentes de toda grande originalidad no ejerci- 
tada, y que una vez lanzadas a la actividad esas energías, la ponen en aptitud 
de hacer todo lo que en la civilización y en el progreso han realizado y realizan 
las razas más veteranas.Entre las ruinas de otras eda,des, al pie de los muros 
de los antiguos templos, a la sombra que aún proyectan los edificios destruidos 
de las poblaciones que los españoles dejaron, evócanse recuerdos que, cual fur- 
tivo rayo de sol, iluminan las memorias muertas. Nuestra historia es nuestra 
vida pasada. Es la vida de nuestros padres ; es el complemento de nuestra 



(7) El Visconde de Ougnella, en su libro "As Expioióea." 



— 23 — 

propio existencia ; es el arca que guarda los fastos de todo lo grande y caro 
que nos ha precedido en el tiempo. Como entre los átomos de la materia, ex- 
clama Hchegaray, encuéntranse fuerzas atractivas y repulsivas, existen entre 
los hombres atracciones y repulsiones poderosas. Una de las poderosas atrac- 
ciones es el idioma : hombres que dicen de la misma manera Madre, Patria y 
Amor, siempre serán hermanos. 

La zona fecunda, del admirable istmo Centro-americano, ha de alcanzar 
■muy presto, todo el desarrollo a que está llamada, merced a suposición y 
recursos. Se aproxima una época nueva para esta tierra, con la unión de am- 
bos océanos, por medio del canal. Ha de llegar a ser emporio de riqueza el 
suelo en que crecen las palmas, se erizan los cactus, mecen sus cabelleras los 
pinos, ostentan rubíes los cafetos, yérguense orgullosas las azucaradas cañas, 
y semejan los maizales blondos escuadrones de verdes alfanjes ; en donde las 
gasas argentadas de caprichosas nubes cubren amorosas las cabezas calvas de 
los airados volcanes ; en donde las ardientes regiones tropicales, las tibias mese- 
tas, los frescos valles y las frías crestas de los montes, ofrecen todos los climas, 
con variados frutos ; en donde la naturaleza deja oir desde las salmodias del ro- 
mance morisco, desde la algarada del flamenco cantar, hasta la tristeza psiánica, 
la nota repetida, de la marimba indiana ; desde el rumor del río hasta -e! retum- 
bar de la cascada ; en donde el tipo andaluz de la mujer más^ella, forma con- 
traste con el bronceado color de la india pura, sin vencer, en IdÍNiorales juegos, 
a la cuarterona de ojos de almendra, marfilino color, talle de mimbre y corazón 
apasionado. El momento histórico que levante a la América sobre el orbe 
entero, no está lejano. Al partir la civilización el istmo, se ha ensanchado el 
tráfico ; pero más aún se ensanchará el pan-americanismo. La influencia de la 
Gran República es incontrastable ; pero también la virilidad de la América lati- 
na es de pueblos jóvenes, que tienen un comercio anual de 2,810.000,000 de 
dólares. 

El Mundo de Colón está dividido en dos hemisferios, que encierran el fu- 
turo de la humanidad. No se han de realizar las profecías de Demolins, cuan- 
do dice : "¡ En el Norte, el porvenir que se levanta : en el Sur, el pasado que 
desaparece ! — Nó ; es también el porvenir, que encontrará nubiles a las repú- 
blicas iberas, que ocupan la mayor parte del territorio de América. No hay 
tal inferioridad de la raza latina respecto de la sajona, ni hoy puede nadie pro- 
clamar la pretendida teoría de razas superiores. La América española está en 
condiciones de suma vitalidad, y bien puede afirmarse, con el publicista Acosta, 
que, así como hace falta que un hemisferio se contraponga a otro hemisferio, 
para asegurar el equihbrio material del astfo, la humanidad terrestre necesita 
del espíritu latino, inspirado, poderoso y grande, contrapuesto al materialismo 
sajón, para establecer el equilibrio moral, en el juego infinito de la historia (8). 



(8) Estudios jurídicos y sociales. Pájíina 286. 



p 

I bibliografía histórica de la 

I AMERICA IBERA 



La literatura histórica américo-hispana es rica, interesante y poco conoci- 
da, en su conjunto, a causa de no existir el tranco que debiera entre todas las 
repúblicas de origen ibero, especialmente en materia de libros antiguos y mo- 
dernos. 

Han quedado obras originales de los indios, como los Códex, que se en- 
cuentran en bibliotecas extranjeras, el Popol-Vuj, algunos memoriales, y otros 
documentos salvados de la destrucción inclemente de los fastos de América. 

La Historia de las Indias Occidentales, empezó, se puede decir, para los 
europeos del siglo XVI, con el descubrimiento hecho por Cristóbal Colón, 
quien obtuvo noticias de los pueblos de estas apartadas regiones, sus habitan- 
tes, productos y riquezas, que tanto sorprendieron al Viejo Mundo. Nada de 
lucubraciones antropológicas y etnográficas : todos eran cronistas, deseosos de 
saber el mayor número de hechos para formar sumarios, apuntamientos y 
relaciones históricas, pero sin cuidarse de otra cosa que de narrar las porten- 
tosas hazañas de los heroicos hispanos, la grandeza de los imperios descubier- 
tos aquende el océano y las crueles batallas que reñían, para apoderarse de sus 
hieráticas ciudades. 

De la época precoiombiana no había para que ocuparse. Se estudiaba el 
presente, sin volver la vista al pasado. Importaba poco lo que hubieran sido 
aquellos seres cuya racionalidad poníase en duda. Sus teogonias eran simples 
abominaciones. El fanatismo y la codicia, hijos del tiempo, produjeron vér- 
tigo cuyas siniestras luces iluminaban una hecatombe horrorosa, sin permitir 
contemplar, junto con los esplendores de la nueva tierra, la interesantísima 
historia de las naciones conquistadas. 

Tras del árido campo de la crónica, vino la región serena de la teoría so- 
cial, de la historia filosófica, del proceso científico, dando importancia a la serie 
de civilizaciones anteriores, a la. cultura de los grandes imperios y notables 
ciudades de esta gran parte del mundo. 

Hubo de resultar que los monumentos de arte indígena contaban antigüe- 
dad mucho mayor que la reconocida al mundo por la Biblia. Los jeroglíficos 
americanos acusaban dinastías y hechos anteriores en miles de años a los de 
Siria, Egipto y demás pueblfti asiáticos. Los progresos de la geología y de la 
etnografía a la par de los rumbos positivistas de la evolución contemporánea, 
han dado interés marcadísimo al desenvolvimiento de la historia americana, 
desde los tiempos primitivos, llegando a hacerse estudios profundos hasta de 
la antropología de los pueblos del hemisferio occidental. Las sociedades cien- 



— 26— • 

tíficas se ocupan, con particular interés de cuanto se relaciona con las razas 
antigüedad, costumbres, teogonias, leyes y cultura de los oborígenes america- 
nos. Sus tribus, clanes, familias, idiomas, artes, industrias, religión y estética ; 
todo esto forma parte del programa del Congreso Científico que se celebrará 
en Washington a fines del presente año. 

Una vez que hemos explicado las faces que ha venido teniendo la historia 
indígena, comenzaremos consignando los textos colombinos. 

Las Cartas del Almirante Colón a los Reyes, lo mismo que las que escribió 
el famoso descubridor a su hijo y a particulares ; el extracto hecho por Fr. Bar- 
tolomé de las Casas del Diario de Negociaciones; el libro llamado de las Pro- 
fecías, y los numerosísimos documentos que existen en el Archivo de Indias, 
que hemos tenido ocasión de admirar, forman el primer arsenal de la historia 
del descubrimiento. La Colección de Documentos inéditos, comenzada por 
Torres de Mendoza y seguida por la Academia de la Historia, contiene ya más 
de cincuenta volúmenes. El libro de Don Fernando Colón sobre la vida y he- 
chos de su padre el Almirante don Cristóbal Colón, fué calificado por Was- 
hington Irving de piedra angular de la historia del Nuevo Mundo, y aunque 
ha sido muy impugnada la autenticidad de esa obra, quedó establecida después 
de las publicaciones favorables de Fabié, Fernández Duro y Jiménez Espada. 

La Historia de las Indias, de Fr. Bartolomé de las Casas tiene no sólo va- 
lor histórico, sino la importancia de ser debida a la pluma del Apóstol de Amé- 
rica. Antonio Fernández de Oviedo, nombrado cronista del emperador en 
1526, comenzó a escribir su Historia General y Natural de las Indias, de la cual 
publicó la Academia de la Historia una edición lujosa, en 185 1, y que había 
visto la luz por primera vez en 1535, con gran boga y el honor de dos traduc- 
ciones. Como el autor fué testigo de cuanto refiere, su narración es por de- 
más curiosa e interesante. En la Biblioteca Nacional hemos podido consultar 
los cuatro gruesos volúmenes del ejemplar de esa importante obra, que perte- 
neció al doctor don Mariano Padilla, uno de los guatemaltecos que más traba- 
jaron por nuestra literatura histórica, llegando a formar numerosa colección 
de libros y documentos que pasaron a dicha BibHoteca, en donde muchas vces 
los hemos registrado. 

La historia oficial de América corría mala suerte cuando Felipe II nombró 
cronista, en 1596, a Antonio de Herrera, quien en su Historia General del Nue- 
vo Mundo, diseñó un cuadro muy completo, remontándose en clásicas formas 
hasta los mejores maestros de la antigüedad. 

Hay una obra sumamente interesante para la historia y la geografía ame- 
ricanas, que se intitula Diccionario geográfico-h«tórico de las Indias Occiden- 
ales, compuesto de cinco gruesos volúmenes. Su autor es el coronel don An- 
tonio de Alcedo, quien (en su dedicatoria a Carlos IV) dice que es hijo de los 
países que describe ; y en efecto, han descubierto los críticos, que Alcedo era 
nativo de Quito, en donde vino al mundo, por el año 1735. El primer tomo de 




— 27 — 

ese diccionario fue impreso en 1786 y el quinto en 1789. Fué labor de mucho 
estudio, trabajo constante y esquisito espíritu de investigación. Hay prolijas 
noticias geográficas, agrupadas con seiscientas reseñas históricas. Datos cu- 
riosos de zoología, botánica, mineralogía, orografía e hidrografía, que natural- 
mente se recienten del atraso en que tales ramos se encontraban. Su estilo es 
sobrio, seco, pobre, pero claro, y no deja la obra de contener errores debidos 
a las fuentes en que tomó sus noticias y al ambiente de la época. Carlos III 
que había suprimido los trámites, informaciones, licencias y trabas para la pu- 
blicación de libros, y el sucesor de aquel liberal monarca, el débil Carlos IV, 
prohibieron la circulación del Diccionario, y con mayor empeño su exportación 
al extranjero, inducidos por temores de despertar la codicia de las naciones ex- 
tranjeras, particularmente la de Inglaterra. Así y todo, un empleado de adua- 
na, Mr. Thompson lo tradujo al inglés, ampliándolo mucho con trabajos que 
los jesuitas expulsos de América habían dado a luz en Italia. Molina, y Cla- 
vijero publicaron importantes historias de Chile y de México, Depons y el 
barón de Humboldt daban a la estampa sus viajes por las regiones equinoccia- 
les de América, y otra multitud de escritores, de inferior mérito, imprimían 
libros reducidos a uno o más pueblos de estas zonas. Por esa circunstancia, 
vale más la obra de Alcedo en la versión inglesa que en el original, que tiene, 
por cierto no pocos errores de conceptos, por no saber bien el español. Thom- 
son toma la palabra ministro en la acepción qUe le dan los ingleses de pastor 
k o misionero, y creyó que uno de esos clérigos le había dado las noticias a Al- 

Ícedo, cuando fué un ministro de gobierno. Este geógrafo americano murió 
en 1812, a la edad de setenta y siete años. 
Terminada la conquista en la América española, y cuando se trató de 
poner los primeros cimientos de la sociedad que iba a formarse, pensaron los 
religioso y los misioneros en aprender los idiomas aborígenes y en redactar 
vocabularios y gramáticas, en escribir las memorias del país, bien que destru- 
yendo muchas veces, por exagerado celo, preciosos tesoros, que no podían 
apreciar. En Nueva España, el P. Bernardino Sahagún dejó su interesante 
Historia General, describiendo las cosas de la tierra ; Fr. Toribio de Benavente, 
su inapreciable Historia de las Indias ; Pedro Mártir de Anglería sus Décadas, 
y Molina, Olmos, Zepeda, Fernández, y otros varios religiosos, sus preciosos 
escritos, que hasta el día se consultan. Algunos naturales de la tierra también 
escribieron, bajo la dirección de aquellos sacerdotes, crónicas y memorias in- 
teresantes, que dio a luz el señor Vigil, en la Bibliteca Histórica, con introduc- 
ción erudita de don Manuel Orosco y Berra. 

Deben citarse los conquistadores, como Cortés y Díaz del Castillo; los 
misioneros, como José de Acosta, Diego Duran, García de Palacio, Alonso de 
Zurita, y los demás que escribieron, evangelizaron y esparcieron el perfume 
de la religión cristiana, y regaron la semilla de la cultura nueva. En los últi- 
mos años del siglo XVI y en los comienzos del XVII vinieron otros escritores 



— 28 — 

entendidos, como Fr. Jerónimo de Mendieta, autor de la Historia Eclesiástica 
Indiana, Fr. Juan de Torquemada que escribí <) la Monarquía Indiana, el P. 
Acosta, que formó una Historia Natural y Moral de los Indios, Fr. Diego Du- 
ran, que por el año 1581 redactaba una Historia (tt^los Indios de Nueva España 
e Islas Adyacentes, Fr. Agustín Farfán, autor de un Tratado de Medicina. En 
pleno siglo XVII, Enrico Martínez escribió el Repertorio de los Tiempos, y 
muchos religiosos publicaron diversas crónicas, saturadas de gongorisnios y 
piadosas leyendes. Al tratar de los historiadores de cada república his])an()- 
americana mencionaremos a los principales de la época colonial. 

Después de Herrera y Oviedo que escribieron, por decirlo así, obras ofi- 
ciales,. no volvió a emprenderse otra, hasta que Carlos III comisionó a don Juan 
B. Muñoz para que escribiera la Historia del Nuevo Mundo. Sólo un exce- 
lente volumen dejó el notable cronista, a (juien la muerte sorprendió cuando 
acababa de darlo a luz. La Colección de Documentos formada por don Martín 
Fernández Navarrete, contiene datos y noticias copi(jsos sobre las Indias Oc- 
cidentales. 

El Dr. Diego Andrés Rocha, catalán erudito, que llegó a ser Oidor en la 
Ciudad de los Reyes (como llamaban a Lima) publicó una obra muy curiosa 
y llena de citas, con el titulo de "Tratado único y singular del origen de los 
Indios del Perú, México, Santa Fe y Chile", en el año 1681, en Lima. Impren- 
ta de Manuel de los Olivos. En los dos volúmenes de que consta, se desarrolla 
la teoría que los primeros pobladores de América vinieron de los judios, de las 
diez tribus desterradas por Salmanasar, siendo curioso que, entre otros argu- 
mentos, dice que Indio se escribe lo mismo que ludio, poniendo la n para arri- 
ba. Agrega: "que de los prodigios que Dios hizo con los israelitas están 
llenas las historias, como con estos mexicanos, y por aquí se reconoce ser de 
una estirpe, y añade lo que dice el P. Fr. Gregorio García, en el libro 3 del Ori- 
gen de los Indios, cap. 3, cap. 5, que en la jornada de los mexicanos cuando 
vinieron de tan lejas tierras, el ídolo que los venía gobernando, hacía que del 
cielo lloviese pan y saliese agua de los pedernales y otras maravillas que Dios 
permitía, imitando el demonio, con permiso de Dios, lo que había hecho en el 
desierto con el pueblo isrraelítico, todo lo cual prueba este autor con lo que 
escriben el P. Acosta y Fr. Agustín Dávila." (p. 35 t. I.) t 

A pesar de las aberraciones y fantasías de su tiempo y de muchos errores, 
es esa obra muy notable y digna de consultarse. Sostiene la teoría de la Atlán- 
tida y en algo se adelantó a la época en que fué formada. 

Existen muchísimos libros históricos, escritos, después que cesó la ruda 
batalla de la conquista y vino la época pacífica de la colonia. De los principa- 
les haremos mención, al citar los que conciernen a cada uno de los países que 
formaron la América ibera. 




AMERICA CENTRAL 



Para escribir la historia primitiva del istmo centro-americano, dice Bald- 
win (9) poco queda de los fastos aborígenes, que desde el último tercio del 
siglo XIX, han producido mucho interés entre los sabios de Europa y Estados 
:' Unidos. En un principio, los frailes dominicos y franciscanos, con miras que 
^' les parecieron religiosas, trataron de destruir los recuerdos históricos que 
■^' oponerse pudieran al cristianismo. Se escaparon, sin embargo, algunos ma- 
nuscritos, como el Popol-Vuh, al cual dedicaremos un capítulo especial, por 
ser la Biblia Quiche, el libro de los dignatarios o sacerdotes. Lo descubrió, 
cuando ya había pasado el espíritu de destrucción de las antiguas tradiciones, 
el P. Fr. Francisco Ximénez, cronista dominico en Guatemala, y a la sazón 
cura párroco de Santo Tomás Chichicastenango. El fraile dominicano lo tra- 
dujo al español, y lo insertó, junto con el texto original, al fin de la Gramática 
Quiche, que escribió para uso de las misiones. Esta preciosa obra se encon- 
traba en la Colección de Documentos Históricos del Museo Nacional de la So- 
ciedad Económica. El abate Brasseur de Bourbourg publicó en París el Po- 
pol-Vuh, en quiche y francés, con mucho aparato de erudición y algunas crea- 
ciones de su fantasía. Antes, en 1856, se había impreso en Viena, conforme 
la traducción de Ximénez, en español, y también en alemán, por el doctor 
Scherzer, de modo muy incorrecto. Siempre es preferible a las otras, la copia 
y traducción de Ximénez, por su exactitud y sencillez. 

La publicación del Popol-Vuh — que es la única teogonia y fuente mitoló- 
gica de la Antigua América — hizo cambiar del todo el curso de los estudios 
históricos del istmo centro-americano, poniendo en claro muchas de las noticias 
transmitidas por Fuentes y Guzmán, hasta el punto de que la Recordación 
Florida fuera calificada de libro de caballerías, por el cronista Ximénez. El -- 
emiente filólogo y orientalista Max Müller califica de tesoro inapreciable la K^ 
Biblia Quiche. " 

También los kakchiqueles tuvieron un famoso libro, que guarda mucho de 
sus tradiciones, reyes y linajes, escrito en 1582, por el cacique don Francisco 
Hernández Arana Xahilá, y completado por otro indio principal, don Francisco 
Díaz Xebuta Quch. Este manuscrito, con noventa y ocho fojas, redactado en 
kakchiquel, existía en la Biblioteca de los Franciscanos, en donde lo encontró 
el anticuario don Juan Gavarrete, en el año 1844. El arzobispo García Peláez 
lo dio en préstamo al abate Brasseur de Bourbourg, en 1855, quien compren- 
diendo el valor de aquel tesoro, no tuvo escrúpulo en apropiárselo y publicarlo 
en francés. Quedó, por fortuna, una copia, en español, sacada por don Juan 



(9) Anclent America. 



— so — 

Gavarrete, en el primer tomo de la Colección Histórica del Museo Nacional, 
que acabamos de citar, y se imprimió en el folletín del periódico de ese insti- 
tuto, en el año 1876. Ese importante documento contiene la historia de la 
familia real del Xahilá y del reino Kakchiquel desde el año 1380. Este céle- 
bre Memorial fué comprado, después de la muerte del abate, por Alfonso 
Pinart. Más tarde, Mr. Brinton dio a luz, en inglés, tales .fastos, con el texto 
original, y una interesante introducción (10). 

Otro de los historiales indígenas de Guatemala que el mismo abate se 
llevó de la Biblioteca de la Universidad, y que había pertenecido a los libros 
de los frailes franciscanos, fué el que se conoce con el nombre de Títulos de los 
antiguos nuestros antepasados, los que ganaron estas tierras de Otzoyá, antes 
que viniera la fe de Jesucristo entre ellos, en el año 1300. Esos Títulos de la 
casa de Ixcuín Niharb, señora del territorio de Totonicapán, se presentaron al 
Juzgado Privativo de Tierras, en 1752, con motivo de un litigio, y entonces se 
mandó hacer una traducción exacta, que debe de existir en el archivo de aquel 
pueblo. Después pasó el original a formar parte de la biblioteca de los fran- 
ciscanos, y muchos años más tarde, se trasladó a la Biblioteca de la Universi- 
dad. También quedó una copia de aquellos Títulos, de letra del mismo don 
Juan Gavarrete, en la citada Colección Histórica de la Sociedad Económica, y 
fué impresa en su periódico. De los documentos que no dejó ni rastro el céle- 
bre abate y que también sustrajo de nuestros archivos, pueden mencionarse los 
Títulos de los Caciques de Sacapulas y los de Quezaltenango y Momostenan- 
go, que ese historiógrafo cita al hablar de las "Naciones Civilizadas de México 
y de la América Central", obra que le valió mucho crédito y que publicó en 
francés. Los Títulos de los Señores de Totonicapán los sustrajo en copia el 
propio Brasseur de Bourbourg. porque no i)udo .sacar el original del Archivo de 
dicho pueblo, en donde quedó, escrito en el año 1554, en treinta y una fojas, 
traducido al castellano, en 1834, por el cura indígena de Sacapulas, don José 
Dionisio Chonay. El americanista Alfonso Pinart publicólos, en francés. 
Contienen las emigraciones de los quichés y parte de su historia, hasta la con- 
quista española. Estos documentos interesantes, que encierran tanto valor 
histórico y pecuniario, debieran custodiarse cuidadosamente, en un archivo 
adecuado, para que no se pierdan. El Acta original de nuestra Independencia 
figura en el British Museum de Londres; uno de los tomos del manuscrito ori- 
ginal de la Verídica Historia, de Díaz del Castillo, ya no existe en la Municipa- 
lidad, y sería muy larga la nómina que pudiéramos hacer de irreponibles do- 
cumentos históricos que se han llevado de Guatemala! 

Fuentes y Guzmán atribuye a los indios nobles don Juan Torres y don Juan 
Macario, descendientes del rey Chiguavicolut, unos manuscritos desconocidos 
hoy y referentes a la historia de la raza indígena. 



(10) Brinton's Library of alx)riginal american Uterature, VI. 



— 3t — 

En nuestra Biblioteca Nacional de Guatemala puede consultarse la curiosa 
reproducción del famoso Codex de Dresden, que es un manuscrito Maya, ad- 
quirido por el Museo de Dresden, en 1739, de una persona desconocida en 
Viena. La tira en que está pintado tiene 3,5m. por o,29m. y está doblada en 
39 hojas. . La reproducción fué hecha fielmente en Leipzig, el año 1880, por 
cuenta del Gobierno de Sajonia y su editor es Forstemann. 

Este Codex es también calendario. En su página 24 se encuentran unos 
numerales en 5 líneas (de abajo a arriba) y tres filas. La primera de tres lí- 
■l nesa, dice: 




6 X 460 =2,160 
2x 20= 40 
1 = O 



El O envuelto en una línea indica que la su- 
ma debe substraerse de la otra suma que 
está a su lado. 



La tercera: 


1.396,000 

64,800 

5,760 






lo mismo 
lo mismo 
9 X 360=3,240 
16 X 20= 360 
0x1= 



La se^nda fila da: 

9 x 20 X 20 X 360 

9 X 20 X 360 

20x360 

O X 20 

O X 1 



El total de la segunda menos el de la primera es el de la tercera : 1.364,360, 
y esta suma da el número de días en que la fecha abajo de la segunda fila i 
ahau 18 cayab dista de la fecha abajo de la primera fila 5 ahau 8 cumku (Fors- 
temann, Seler). 

El Codex Mendocino deriva su nombre del de don Antonio Mendoza, pri- 
mer virey de México, quien lo mandó hacer para enviarlo a Carlos V. Está 
pintado en papel europeo con todo el carácter de los antiguos geroglíficos. 
Parece haber sido hecho por historiógrafos antiguos mexicanos. En 1549 fué 
enviado en la flota que zarpó de Veracruz ; pero un corsario francés apresó el 
navio que llevaba el Codex y las pinturas fueron a parar a Andrés Thevet geó- 
grafo del rey de Francia. Dicho Codex contiene los anales del señoría de Mé- 
xico, los tributos y costumbres de los antiguos mexicanos. 

Conócense también el Códex Remense, que existe en la Biblioteca Nacional 
de París, y se refiere a historia asteca ; el Codex Vaticano, que se conserva en 
la Biblioteca Vaticana, bajo el número 3,738, y tiene una interesante parte cos- 
mogónica. Hemos tenido ocasión de estudiarlo, y de escuchar la explicación 
del Director de aquella gran Biblioteca, acerca de la creación de la luna, los 
cuatro soles y las leyendas de Quetzalcoatl, ya como lucero del alba, ora como 
estrella de la tarde. Contiene cuarenta láminas calendáricas. Es muy com- 
pleto y puede considerarse como fuente de la historia primitiva. 

El Códex Aubín fué de Boturini, y es una historia de los mexicanos, parte 
en figura y parte en lengua náhuatl. 



/^ 



— 32— 

El Codex Borgiano se tiene por la más hermosa e interesante pintura de la 
antigua México, y ese documento existe en la Propaganda Fide de Roma. Hay 
otros codex de menor importancia, y sólo mencionaremos el que lleva el nom- 
bre de Pérez, existente en el Peabody Museum, y acerca del cual escribió el 
profesor Mr. W. Gates, un curioso estudio titulado Comentary upon the maya- 
tzendal Pérez Codex. 

Los principales codex son el Mendocino, el Troano, el de Dresde y el de 
París, como originales pictóricos. 

Ocupándonos ya de los cronistas españoles, se debe colocar en primer tér- 
mino a Bernal Díaz del Castillo, el soldado historiador, cuya biografía y des- 
cendencia aparecen en el cuerpo de la presente obra, en capítulo aparte, es el 
más apreciable, ingenuo y verídico de cuantos cronistas figuran en nuestros 
anales. No tenía muchos años, cuando en 1514 salió de Castilla y se embarcó con 
el gobernador nombrado para Tierra Firme, Pedro Arias de Ávila. Ya viejo 
Bernal escribió (11) "La verdadera historia de los sucesos de la conquista de 
la Nueva España y del reino de Guatemala, por el capitán don Bernal Díaz del 
Castillo, uno de sus conquistadores." Esta obra, aunque desaliñada, es can- 
dorosa, exacta y muy interesante. La edición española, impresa por el P. 
Remón, en 1632 dista mucho de ser conforme con el original manuscrito, que 
se guardaba en la Municipalidad de Guatemala. Parece que uno de los tomos 
ha desaparecido, lo cual sería una pérdida irreparable. En la Biblioteca Na- 
cional hay una copia, de letra de don Domingo Castillo, autenticada por el 
ministro de Instrucción Pública doh Delfino Sánchez ; pero es claro que no 
tiene la misma importancia que el original manuscrito por el mismo historia- 
dor. A muchas lenguas ha sido traducida esa célebre obra, que don Benito 
Cano reimprimió, en el año 1809, la obra de Díaz del Castillo, en cuatro volú- 
menes dozavo, y en 1861 la publicó don Enrique de Vedia, con muchas erratas, 
en el tomo veintiséis de la Biblioteca de Autores Españoles. Se ha discutido 
si son dos las ediciones publicadas por Remón. Hay sobre ello un folleto del 
general Mitre y en la Biblioteca Americana, del doctor don José Toribio Medi- 
na, aparece que en realidad es una sola edición, con agregaciones posteriores. 
En México se imprimió la obra de Bernal en 1854, 1870 y 1891, con hartas in- 
correcciones. En París apareció otra edición, en 1837, y antes fué traducida 
al inglés por Mauricio Eatinge, en 1880 y por Luckart, en 1844. Existen dos 
ediciones alemanas y una húngara. Algunas francesas, como la de Jourdanet, 
que lleva un interesante prólogo de don José M. de Heredia, en el cual se des- 
cribe, con admirable sencillez y talento, la sed de oro y maravillosas aventuras 
de la España del Siglo XVL Hoy, la edición monumental, la única hecha 
según el códice autógrafo, que existió completo en la Municipalidad de Guate- 
mala, es la que, en 1904, dio a luz, en México, don Genaro García. Mucho más 



(11) Tuvo por objetx) demostrar las inexactitudes en que había Incurrido Gomara. 



— 33 — 

diremos acerca de Bernal Díaz del Castillo y sobre el carácter y mérito de su 
peregrina obra, en el capítulo dedicado especialmente a este interesante objeto. 

La Nueva Relación, que contiene los viajes de Tomás Gaga, es obra curio- 
sa, cuyos datos, aunque no todos aceptables, ofrecen utilidad. Dícese que ese 
historiador era fraile irlandés, que desertó en Acapulco de la Misión enviada a 
Filipinas, fugándose a Nicaragua y después a Guatemala. Otros aseguran que 
era de origen noble, hermano del gobernador de Oxford, en tiempos de Car- 
los I. No falta quienes digan que nunca fué sacerdote, ni fraile dominico, 
sino que, cual Martín Garatusa en México, hubo de fingir tales estados aquí en 
Guatemala. Por la relación de sus viajes nótase que era instruido y vivaracho, 
aunque no muy piadoso, sino interesado en sacar dineros a los indios. Escri- 
bió, por el año 1625, y se han hecho varias ediciones de sus Viajes, apareciendo 
la primera en 165 1. La que hemos consultado es de la casa Rosa y Bouret, 
de París, año 1838. El tener por fabulosas las noticias referidas por el P. Gage, 
se debe menos a sus exageraciones e intransigencias, que al odio del clero con- 
tra aquel inglés, a quien miraban como apóstata, y hasta se supuso ser espía 
alentador de empresas piráticas, según puede verse en un artículo, impreso en 
la "Gaceta de Guatemala", correspondiente al 15 de mayo de 1797. Lo pro- 
bable es que el Padre Fr. Tomás Gage haya sido una buena pieza. 

La primera crónica de Guatemala es la de Remesal, quien extractó de los 
archivos curiosos datos, en estilo confuso referidos, con parcialidad en favor 
de Las Casas y los indios, y con encomio para los dominicos, a cuya orden 
pertenecía el autor. Nuestro primer cronista llegó a Guatemala en 1613, co- 
menzó su libro en 161 5 y lo concluyó el 29 de septiembre de 1617, conteniendo 
la obra 715 páginas, fué impresa en Madrid, el año 1619, y está dedicada al con- 
de de la Gomera, Presidente General de Goathemala. 

Existió una copia del original de esa historia en el Archivo de la Federa- 
ción, y se encuentra impresa, siendo raros los ejemplares que quedan. Cita- 
remos, en la presente obra, el que estudiamos en la Biblioteca Nacional. La 
"Historia de la Provincia de S. Vicente de Chiapa y Guatemala" como se deno- 
mina esa crónica, es la piedra angular de nuestra historia. Es un libro audaz, 
apasionado, si se quiere, pero muy importante. 

Ochenta y siete años después de Remesal escribió Fr. Francisco Vásquez 
su Crónica, para que no careciera la Orden Franciscana de un apologista. 
Continuó la historia de la Iglesia hasta fines del siglo XVII, y trazó cuadros de 
la vida social de antaño, 'a las veces con subidos colores y no mucha impar- 
cialidad. Muestra aversión a los indios y defiende a todo trance a sus opre- 
sores. La "Chrónica de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Goa- 
temala", que así reza la portada, está dividida en dos tomos, el primero con 771 
páginas, y el segundo con 894, impresos en San Francisco de la Antigua Gua- 
temala, en edición de a folio. 

La Crónica de la Santa Provincia de Chiapa y Guatemala, del dominico 



— 34 — 

Fr.. Francisco Ximénez, es de las que más deben consultarse, por su erudición, 
aunque naturalmente no se halla exenta de los defectos de las antiguas 
crónicas, y no existen sino los libros 3? y 5^". Ese célebre historiador vino de 
Andalucía a Guatemala, cuando era niño, en los buenos tiempos del presidente 
Barrios Leal, y se dedicó a las ciencias eclesiásticas, habiendo aprendido, ade- 
más, con perfección el kakchiquel, el quiche y el tzutugil, hasta el punto de 
escribir una buena gramática de esas lenguas. La obra que contiene las Ad- 
vertencias e impugnaciones a la Crónica de Vásquez, es apasionada, pero en- 
cierra datos importantes. Dicen que Ximénez escribió una Historia Natural 
del Reyno de Guatemala, libro que ha desaparecido. Durante muchos años 
estuvo también oculta la Crónica de ese ilustrado dominico, hasta que se en- 
contró, el año 1824, en la biblioteca de Santo Domingo, aquí en la capital de 
Guatemala. La "Historia de S. Vicente Chiapa y Guatemala", existía en la 
Biblioteca Nacional de Guatemala, en edición impresa, perteneciente a Santo 
Domingo, y en copia de letra de don Juan Gavarrete, procedente de la Socie- 
dad Económica. Es obra esa, de Ximénez, de mucha importancia y debiera 
reimprimirse, antes que se pierda la parte que existe. 

El célebre proceso que se instruyó al Adelantado Don Pedro, el Conquis- 
tador, es una fuente histórica importante, a la cual aludiremos en el capítulo 
de la presente obra dedicado al famoso Tonathiú, Mijo del Sol. 

La Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, rebisnieto de Bernal Díaz 
del Castillo, es obra escrita a fines de ese mismo siglo, en rimbombante estilo, 
con algunas inexactitudes, pero con copia de interesantes datos. Este ma- 
nuscrito se perdió, y don Agustín Cojiga, como yerno del autor, hubo de pro- 
mover en cabildo de 28 de noviembre de 1721, que se buscase con empeño 
dicha obra; y en acta de 21 de octubre de 1722 se dio razón de haber parecido. 
Con posterioridad volvió a perderse, y mediante requerimiento público, ofre- 
ciéndose gratificación al que lo presentara, fué gratuitamente devuelto, el año 
1839. Mr. H. Ternaux Compans dio un resumen del manuscrito de Fuentes 
y Guzmán, diciendo tenerlo en su biblioteca. Don Justo Saragoza publicó, en 
Madrid, el año 1882, en dos tomos, la primera parte de esa importante historia, 
sin saber que existía la segunda, en una copia manuscrita, que forma grueso 
volumen, e hizo sacar, con ilustraciones de acuarelas pintadas por Letona, el 
inteligente e ilustrado doctor don Mariano Padilla. Huelga decir que debiera 
imprimirse este tomo, para que quedase publicada toda la obra, de la cual 
sacaron tantos datos Juarros y García Peláez, en sus respectivos trabajos. 

Fr. Agustín Cano escribió mucho sobre Guatemala, y sus datos y hasta sus 
palabras se han aprovechado por los cronistas sucesivos, lo mismo que las 
obras de Gomara, Oviedo y Las Casas. Los progresos de la Iglesia están 
trazados por los autores antedichos y por Motolinia, Mendieta, Torquemada, 
Fernández y el cronista de los obispos, Raymundo Leal, que escribió la nota- 
ble obra "Ecclesiae Guatemaleasis Monumenta collegit, digelsit, consignavit 



I 



— 35 — 

adque in lucem edidit, Fr. Raymundus Leal, Ordinis Predicatorum." — Villa 
Gutierre Soto Mayor, con su Historia de la Conquista del Itza, y López Cogo- 
lludo, con la Historia de Yucatán (Madrid, 1668) dejaron curiosos datos, dig- 
nos de ser aprovechados. 

La Isagoge es crónica dominicana, de autor desconocido, con extrava- 
gantes teorías acerca d^el origen de los indios, y algunos datos sobre otras 
materias. Fué impresa, de orden del presidente de Guatemala, general José 
M. Reyna Barrios, con motivo del centenario de Colón. 

Todos los cronicones que los frailes escribían, sobre sucesos de sus pro- 
vincias y conventos, revelan claramente el espíritu de los conquistados que 
hablan a la fas de sus conquistadores. Los reyes kakchiqueles ofrecieron vo- 
luntariamente obediencia a Carlos V (que los privaba de su independencia) 

Kicab era un rey obstinado El Eterno fué quien quiso reducir a los Tzen- 

dales (que sustenían sus derechos) al camino de la verdad, por la buena in- 
dustria y gloriosos trabajos del M. L D. Toribio Casio, presidente de la R. 
Audiencia 

Ofrece harto interés la obra intitulada Apuntamientos de la Historia de 
Guatemala, por don José Sánchez de León, manuscrito inédito del año 1724, 
que original conservamos, como joya bibliográfica guatemalteca, y que ten- 
dremos oportunidad de utilizar en algunos pasajes de nuestra labor. 

Sabido es que el espíritu de la época en que los cronistas escribieron sa- 
turó sus páginas de fanatismo religioso, que a cada poco encontraba un mila- 
gro, intervención diabólica, fazañas de Santiago, o algo sobrenatural o porten- 
toso. En sus investigaciones daban aquellos escritores mucha más importan- 
cia a un pasaje bíblico, comentado por los santos padres, que a cualquier mo- 
numento, geroglífico o tradición indígena. Se les podría perdonar el candor 
de ir encontrando las enseñanzas cristianas de santo Tomás, en las mitológicas 
creaciones de Quezalcoatl, las diez tribus perdidas de Israel entre los fundado- 
res de la raza primitiva americana, el diluvio de Noé y la confusión babeliánica, 
en una pintura azteca de un hombre nadando y un pájaro hablándole desde un 
árbol, con tal de que siempre hubieran dejado prevalecer el sentido correcto 
de la tradición y los mitos de la historia de los aborígenes, que llevan de ordi- 
nario la peor parte, como que los cronistas hablaban a los conquistadores. 

No pretendemos censurar a los historiógrafos dignos de veneración. Nos 
dolemos de la época, como lamenta el crítico que en los fastos griegos o roma- 
nos intervengan los dioses del Olimpo. Los conquistadores, los cronistas ofi- 
ciales que de España venían ; los frailes que transmitieron los fastos nacionales, 
amparando a los aborígenes y regando, con mano próvida, la semilla de la ci- 
vilización latina ; todos esos hombres, del siglo XVI y XVII, no podían salir 
del ambiente en que nacieron. Deben ser juzgado a la luz de la cultura, de 
las creencias y preocupaciones de entonces. Así los consideraremos, en el 
curso de nuestra labor, que tiene que ser imparcial a fuer de histórica. 



• -36- 

Por lo demás, cumple apuntar en justicia, y para que quede por- siempre 
consignado en los recuerdos nacionales, que fué la Sociedad Económica de 
Amigos de Guatemala, la corporación patriótica que más se afanó en compilar 
los esparcidos documentos de nuestra literatura histórica, no sólo publicando 
en su ilustrado periódico — cuya colección completa conservamos con cariño — 
muchos artículos y folletines interesantes, sino llegando a formar una valiosí- 
sima Colección de documentos Históricos, compuesta de manuscritos origina- 
les y de copias de la mayor importancia, crónicas antiguas, memorias de los 
capitanes generales, facsímiles, cartas, retratos y documentos rarísimos. Fué 
director de la Sección Etnográfica, desde el año 1865, el modesto sabio don 
Juan Gavarrete, paciente coleccionador, que regaló a esa biblioteca muchas 
obras que ahí podían consultarse. 

Durante ocho años, que servimos patrióticamente la Secretaría de la So- 
ciedad Económica, nos dedicamos a estudiar aquella rica colección y a extrac- 
tar apuntaciones que mucho nos han servido para el presente libro. Traduji- 
mos del inglés para el semanal de la misma Sociedad, la obra de Balwin, inti- 
tulada "La Antigua América", la del doctor Berendt sobre la Civilización de 
los aborígenes de Centro- América y la de Bancroft, Razas primitivas de los 
Estados del Pacífico. 

Recordamos, entre las obras que formaban la Colección Histórica de la 
Sociedad Económica, fuera de las ya citadas, las siguientes : las de Brasseur de 
Bourbourg, que como socio honorario, las había regalado, las de G. Brinton, 
las de Squier, las de Baily, de Humboldt, de Stephens, de Charrencey, de Fer- 
naux-Copans, del doctor Berendt, de León de Rosny ; la Colección de Docu- 
mentos de Pacheco y Cárdenas ; las Cartas de Cortés a Carlos V • las Cartas, 

al Rey d » ^^n ^^""'•^ r^kn.\r^ Ar. roc^^nia gobrp ^1 HpgmhrimJpntn rlpl Piiprto 

de Santo Tomás : las Memorias Secretas de Jorge Juan; las exploraciones de 
Pontelli en Centro-América; la Historia del Nuevo Mundo, por don Juan B. 
Muñoz ; l a Relación de don Luis Navar j n sobrft fl rtinn f^-r -^ñtfmnh ; la 
Relación de don Antonio Porta, sobre las costas del Norte de Guatemala ; los 
Varones Ilustres de Pizarro y Orellana ; el Teatro Eclesiástico de las Indias, 
de González Dávila ; los Documentos Inéditos, del Archivo de í^ l^ia>; por ]*a^ 
checo, Cárdenas y Torres de Mendoza • el Memorial de Indias, de Díaz de la 
Calle ; el Proceso de Alvarado (1529) ; la Colección, de Roque Barcia ; las obras 
de Fr. Bartolomé de Las Casas ; la Crónica de Ximénez ; el Informe de García 
del Pal acio, al Rey, en 1576 ; la Relación de los estragos y ruinas de la ciudad 
de Santiago de Guatemala en 1717, por el Lie. Arana; el Informe de Fr. Agus- 
tín Cano sobre la entrada que por la Verapaz se hizo al Peten, en 1625 ;Jos^ 
Títulos de la Casa Txcnin Nih;^r|^^ ^^^yp rl^ ntyaya-^l^ntnni^nppmj varias 
copias de Codex antiguos, en colores ; y mucho más, que de memoria no es po- 
sible recordar. 

Todas esas obras, y las otras que figuraban en un catálogo impreso, de 



— 37 — 

la Sección Etnográfica del Museo Nacional, las entregó, por inventario, el que 
estas líneas escribe, a don José Milla y Vidaurre, de orden superior, para que 
redactara la Historia de la América Central, por comisión que recibió del pre- 
sidente, general don J. Rufino Barrios, así como los manuscritos y crónicas que 
se han citado con anterioridad. En cuatro baúles, llevó todos los libros el 
señor Milla, a su hacienda de Quesada ; y hoy, una parte de esos documentos, 
se encuentra en la Biblioteca Nacional, el resto se ha perdido. 

Habría sido justo que en el prólogo de su Historia, hubiera expresado 
aquel notable escritor, de dónde había obtenido, ya coleccionados, los materia- 
les que le sirvieron para su labor literaria. Un recuerdo, a la memoria de don 
Juan Gavarrete estimárase tributo siquiera tardío a sus grandes servicios. La 
Colección de Documentos Históricos debióse a muchos años de inteligente y 
patriótica constancia, a un estudio concienzudo, acompañado del trabajo de 
obtener antigüedades raras, como las que contenía el espléndido achivo de 
Payés, con todos los tomos de la Gaceta de Guatemala, desde los tiempos colo- 
niales hasta el año 1854, y las colecciones de treinta y un periódicos centro- 
americanos. 

No pudo tener a la vista don José Milla las importantísimas obras de 
Bancroft, el historiador norte-americano, que por medio de una asociación, 
reunió cuatro millones de dollars, para formar el gran arsenal, la riquísima 
colección de libros y papeles, que conocimos en S. Francisco de California, y 
que le sirvió para escribir en inglés, por medio de varios especialistas, la 
Historia de los Estados del Pacífico y de la América Central. Asume parti- 
cular interés cuanto se refiere a The Natives Races, y los tres tomos relativos 
a History oí Central America, publicados en 1883. 

El señor Milla rio le daba interés a la historia antigua de los aborígenes 
de esta parte del mundo. Apenas escribió una Noticia sucinta sobre los indios 
del istmo. Hoy, en todas partes, se atribuye más importancia a la biología 
centro-americana, a la arqueología, a la lingüística, a la etnografía, a la mitolo- 
gía y a las costumbres, artes, ciencias y cultura de los aborígenes de Centro- 
América, que la importancia que tiene la historia colonial, sin que por eso deje 
de ofrecer un cuadro interesante en sus múltiples aspectos. 

La obra monumental que lleva el nombre de Biología Centrali-Americana 
es lo más grandioso que se ha publicado en Europa acerca de estos países Os- 
berto Salvin estuvo, en tres ocasiones, viajando por Guatemala, acompañado 
de Ducane .Godman, y recogieron toda clase de datos, animales y plantas, para 
su historia, que con los demás ricos elementos que hay en los museos de Euro- 
pa, dio por resultado la zoología, la botánica y la arqueología referente a estos 
países. Comenzó a publicarse la obra en Londres, en 1879, y hoy cuenta 46 
tomos. La fauna, la flora y las ruinas de esta región se exhiben perfecta y 
lujosamente, en la Biología de Centro-América. La Arqueología débese al 
sabio profesor Maudslay, con un apéndice de Godman, "Las inscripciones ar- 



-38- 

caicas mayas." Esta obra nos ha servido, en varios capítulos de "América 
Central ante la Historia", así como hemos tenido oportunidad de consultar 
muchos libros publicados en los Estados Unidos, acerca de la etnografía, ar- 
queología, idiomas e idiosincrasia de los aborígenes del istmo ; sobre todo, 
utilizado las de Daniel A. Brintón, el sabio profesor de la Academia de Cien- 
cias de Filadelfia ; las de Bancroft, las de Squier ; las de Berendt, y otras que 
oportunamente citaremos. Los libros de Sapper, que recorrió a pie nuestro 
territorio, haciendo estudios minuciosos de arqueología, etnogrfía, ciencias 
naturales, geografía y cartografía, y perfiles detallando la estructura de Gua- 
temala, los hemos tenido a la vista, para nuestra labor. 

Para profundizar en el estudio del arte monumental precolombino de estas 
regiones pueden consultarse las obras siguientes: Brasseur de Bourbourg, 
Le Manuscrit Troano — París, 1870; Daniel (i. Brinton, A Primer of Maya 
Hieroglyfs — Boston, 1894; Prehistoric Archeology, Antropology and Etnolo- 
gy; Harrison Alien, Transact of Am. Philos, Soc. 1878. Este autor estableció 
las analogías entre las letras conservadas por Landa y los signos del Codex de 
Dresden y Troano, creando así una especie de filología ; Diego de Landa, 
Relación de las cosas de Yucatán, París 1867. En 1549 llegó este Misionero a 
Yucatán, aprendió la lengua maya a la perfección, prácticamente con los indios, 
y estudió la gramática del P. Villapando, la cual aumentó y corrigió ; H, de 
Charrencey, Etudes de Paleographie americainc, París, 1883; Cyrus Thomas, 
A Study of the manuscript Troano, Washington, 1882 — The Maya Year, 
Washington, 1894; León de Rosny. Essay de DéchiíTremcnt de 1* écriture hie- 
ratique de 1' Amérique Céntrale, París, 1876. Este célebre autor descubrió los 
signos por los puntos cardinales, la dirección en que deben leerse los geroglífi- 
cos, y estudió las variantes en los códices ; Saville M. H., A Comparativc study 
of Graven Glyphs of Copan and Quiriguá, New York, 1894; J. Baily escribió 
una interesante relación de los' Estados de Centro- América, su naturaleza, 
recursos, población y notable capacidad para inmigrantes y capitalistas. 
Sclater y Salvin, "Sobre la ornitología de Centro-América", describieron 382 
especies, 8 de ellas dadas a luz por primera vez. 

Tampoco pudo, tener a la vista el distinguido escritor guatemalteco, don 
José Milla, las muchas obras sudamericanas y mexicanas, que a seguida cita- 
remos, y que forman la literatura histórica de las repúblicas de origen ibero ; 
ni se había publicado aún la Bibliografía de la Imprenta en Guatemala, en los 
siglos XVII y XVIII, por el chileno Juan Enrique O' Ryan, impresa en San- 
tiago, en 1897 ; ni menos había salido a luz la gran obra del bibliófilo José Tori- 
bio Medina, La Imprenta en Guatemala; ni se pensaba en publicar el interesan- 
de trabajo de Hamy, Mission Scientifique aux Mexique et dans 1' Amérique 
Céntrale. 

Ahí quedan, en antiguos periódicos, como la "Sociedad Económica", que se 
daba a la estampa en 1869 y 1870, algunos artículos sobre antigüedades indi- 



— 39 — 

genas. "La Semana", de iS^g y t R/^^ rA]^ ^iene selecto material histórico, 
como las Noticias curiosas cronológ icas de.estas Indias, desct€ 1492 hasta i^f^f^ 
'i numeros 44 a .S3 del tomo D : La Traslación de la capital al valle de la Hermi- 
ta (n. 54 a 62) ; Razón puntual de los sucesos más notables y de los estragos y 
daños que ha sufrido la ciudad de Guatemala, desde su fundación en Ciudad 
Vieja o Almolonga (n. 70 y 71 ); La Ciudad de Guatemala, después de los terre- 
motos de 1773 (n. 72, 73 y 74) ; Voto del Maestro de campo don Agustín de Es- 
trada contra la traslación de la ciudad (n. 75 y 76) ; Voto sobre el mismo asun- 
to, del P. don Pedro Martínez de Molina (n. 72) ; Descripción de la ciudad y 
reino de Guatemala, por el P. Fr. Felipe Cadena (n. 78 a 85) ; Pensamiento del 
Presidente de Guatemala, don José Arango y Río, sobre acuñación de moneda 
de vellón o caldería (n. 86 y 87) ; Relación de los Obispos y principales aconte- 
cimientos, desde 1534 hasta 1736 (n. 92 a 94). En "La Revista" publicó algu- 
nos artículos interesantes, en el año 1846, el guatemalteco don Manuel Mon- 
túfar, acerca de los kakchiqueles. 

Por lo que respecta al origen de los indios, su antigua civilización y cos- 
tumbres, se han publicado obras extranjeras de mucho mérito, como las intitu- 
ladas Prichard's Reserches — Fontaine's how the world was peopled — Willson, 
Prehistorical Man — Foster, Prehistorical races — Lyell's ant. of man — Tilor's, 
Anahuac — Baldwin, Ancient America. 

La "Historia de los Atlantes" es un bosquejo curioso, que citamos varias 
veces, acerca de los primitivos tiempos de la etnografía de estas regiones, 
¡lustrado con cuatro mapas de la configuración del mundo, en varios períodos ; 
obra escrita en inglés, por W. Scott Elliot, y traducida al castellano, en Madrid, 
1897. De esta obra extractó el célebre francés Luis Jacolliot muchos de los 
datos que aparecen en su libro "Histoire des Viérges : Les peuples et les con- 
tinents disparus." 

"Isis sin velo" se llaman los dos tomos de la escritora rusa Elena Petrona 
Blavatsky, en los cuales hemos hallado algo interesante acerca de la teogonia 
de los quichés, sus mitos, ruinas y tradiciones. Barcelona, litografía de José 
Casamajó, 1901. 

El Congreso de Americanistas, en Madrid, no sólo ha publicado impor- 
tantes obras, sino que en las Actas de sus sesiones ha incluido documentos y 
libros raros. Tenemos a la vista los dos volúmenes, en cuarto, con láminas y 
magníficos mapas en colores, que contienen la "Gramática, cathezismo y con- 
fessionario de la lengua chibcha, 1620", y la obra de Uribe, titulada la "Lengua 
de los Darienes." 

El Cuarto Congreso Científico Panamericano, celebrado en Chile, en 1909, 
en sus veinte volúmenes, contiene conclusiones y estudios interesantísimos so- 
bre antropología, etnografía, antropología, historia, seismología, y otros ramos 
que se relacionan con los tópicos de algunos de nuestros capítulos, en los cuales 
se citan esas obras y los nombres de sus autores. 



— 40 — 

En el año 1892, publicóse en Barcelona, la obra intitulada "América", por 
Rodolfo Cronau, en una elegante edición de Montaner, con bonitos grabados, 
como para libros más comerciales que científicos. El tema del tercer volumen 
de la obra "La Nación Americana", escrita por el profesor E. G. Bourne, gran 
autoridad en historia, y muy reputado en las universidades de Estados Unidos, 
es "España en América", o sea un estudio concienzudo de la colonia española, 
sin prejuicios, ni ciertas vulgaridades, que a fuerza de repetidas, se han tornado 
convencionalismoss 

En la Gran Biblioteca del Congreso, en Washington, leímos la obra origi- 
nal, en el manuscrito antiguo, de Fr. Bartolomé de Las Casas, intitulado 
"Historia de las Indias". Al tener en las manos aquellas venerabilísimas hojas, 
con las ideas altruistas, filantrópicas, piadosas, del Apóstol de estas tierras, sién- 
tese conmoción extraña, como si nuestra alrha se confundiera con el gran espí- 
ritu del defensor de una raza, con el carácter heroico del que arrostró las iras 
de los verdugos de los indios, del que luchó magnánimo por enjugar sus 
lágrimas. No pudimos menos de tomar el lápiz y copiar estas palabras de 
la portada : "Esta historia dejo yo, Fr. Bartolomé de Las Casas, Obispo que 
fué de Chiapas, en confianza a este Convento de San Gregorio, rogando y pi- 
diendo por caridad, al Padre Rector y Consiliarios de él, que por tiempo fue- 
ren, que a ningún seglar la den, para que dentro del mismo Colegio, ni menos 
fuera, la lea, por tiempo de cuarenta años, desde este de setenta que entrará, 
comenzados a contar, sobre lo cual les encargo la conciencia, y pasados aque- 
llos cuarenta años, por si vieran que conviene para el bien de los indios y de 
España, la pueden mandar imprimir, para gloria de Dios y manifestación de la 
verdad principalmente; y no parece convenir que todos los colegiales la lean, 
sino los más prudentes, porque no se publique antes de tiempo, porque no hay 
para qué, ni ha de aprovechar. Fecho por noviembre de 1559. Deo Gratias. — 
El Obispo, Fr. Bartolomé de Las Casas". ¡ Cuánto se interesaba el filántropo 
religioso dominicano porque, después de su muerte, produjera humanitarias 
consecuencias el fruto de su alentado espíritu y corazón magnánimo ! Dicho 
memorable libro se encuentra impreso en la "Colección de Documentos Inédi- 
tos para la Historia de España", por José Sancho Rayón. 

De todo en todo es interesante la obra publicada en Madrid, por el Jefe 
del Archivo de Indias, don Pedro Torres Lanzas, intitulada "Relación Descrip- 
tiva de los mapas, planos, de la Audiencia y Capitanía General de Guatemala". 
Contiene la nómina y reseña de doscientos ochenta y un mapas, y muchos gra- 
bados curiosos, relativos a estas tierras, castillos, curatos, casa de Moneda, 
iglesias, palacios, conventos, caminos, ríos, etc. Es una síntesis de la cartogra- 
fía de la América Central, durante el gobierno de España, y una prueba más 
de la formalidad y cuidado con que entonces se procedía. 

El "Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala" escrito por el 
bachiller don Domingo Juarros, incompleto en algunos ramos, comprende gran 



— 41 — 

copia de noticias acerca de los primeros pobladores de estas tierras, soDre la 
conquista de los españoles, establecimiento de ciudades, nóminas de alcaldes, 
obispos y rectores de la Universidad, datos biográficos de guatemaltecos nota- 
bles, etc. En mucha parte siguió a Fuentes y Guzmán, cayendo en pocos 
errores. El estilo es sencillo y el fondo se resiente de recargo de noticias re- 
ligiosas. Aquella historia se imprimió, por primera vez en Guatemala, por 
el año 1808, siendo la imprenta tan pobre y perezosa que empleó seis años para 
dar a luz seis cuadernos que comprende esa edición. En 1857 publicó una 
mayor don Luciano Luna ; existe otra en inglés. El mérito principal del tra- 
bajo del P. Juarros consiste en que es la primera obra de valor geográfico refe- 
rente a estas regiones, y la que ha servido de base a la cartografía posterior al 
siglo XVIIL En 1826 publicó Arrowsmith un mapa de Centro-América si- 
guiendo a Juarros. El Atlas Guatemalteco, de 1832, levantado por Rivera Maes- 
tre, adopta también, en sus ocho cartas, los datos de aquella obra, como lo hizo 
igualmente Mr. Brué, en el mapa francés, dedicado a la Academia de Ciencias. 
El sabio religioso Goicoechéa, censor que fué de la Historia escrita por Juarros, 
la elogia, "por haber acopiado las más singulares noticias pertenecientes a todo 
este reino (de Guatemala) su extensión, provincias y pueblos, corregimientos, 
y alcaldías mayores". El eruditísimo don Miguel de Larreynaga aseguró que 
"Juarros escribió con gran concepto de verdad y formalidad". El ejemplar 
de esta buena Historia, que desapareció de la Biblioteca Nacional, era del 
doctor don Mariano Padilla, quien lo anotó con apuntaciones útiles, mapas, 
fetratos, vistas, etc. 

En la misma imprenta de don Luciano Luna salió a luz, en 1856, el "Libro 
de Actas del Ayuntamiento de la Ciudad de Santiago de Guatemala, compren- 
diendo los seis primeros años, desde la fundación de la misma chidad, hasta 
1524". "La Colección de documentos antiguos", que contiene los privilegios 
de la Ciudad de Guatemala, su escudo de armas, memorias y relaciones munici- 
pales, de 1537 a 1782, y algunas cartas de Alvarado y del obispó Marroquín, es 
un tomo curioso e interesante, que también fué impreso en aquella tipografía. 

El ilustrísimo don Francisco de Paula García Peláez escribió "Memorias 
para la historia del antiguo reino de Guatemala", que salieron a luz en la me- 
morable imprenta de Luna, que contribuyó a popularizar los fastos centro- 
americanos. 

Los dos tomos de la "Historia de la América Central" que escribió el litera- 
to don José Milla y Vidaurre, son, como fruto de la correcta pluma de tan 
notable escritor, dignos de elogio, por la sencilla relación de los hechos y por 
lo atildado del lenguaje, aunque a la verdad economiza apreciaciones y juicios, 
sin preocuparse de que el alma del arte — según la admirable expresión de 
Quinet — es el presentimiento de venideras formas superiores, que j^acen en el 
fondo de las cosas actuales. Los datos que abraza sobre los aborígenes, no 
forman sino una "Noticia histórica de las naciones que habitaban la América 



— 42 — 

Central a la venida de los españoles", por cierto muy incompleta y no exenta 
de errores, siendo así que en los Estados Unidos y en Europa atribuyen más 
importancia a la historia antigua de los indios de Centro-América que a la del 
régimen español, como lo hace notar el erudito historiador, general Riva Pala- 
cio, en el prólogo que escribió para "Los aborígenes de América", obra curiosa 
de don Rafael Delorme Salto. 

El académico don Agustín Gómez Carrillo continuó, por comisión oficial, 
el trabajo del señor Milla, y los dos tomos publicados tienen el mérito de con- 
tener buen acopio de datos de los archivos nacionales. El lenguaje de la obra 
es del todo castizo ; pero adolece la narración cronológica de importantes y fre- 
cuentes omisiones. 

Debe mencionarse en estos opuntamientos bibliográficos "La Historia de 
Nicaragua", escrita por el doctor don Tomás Ayón, y dada a luz, en 1889. 
Contiene interesantes noticias desde los más remotos tiempos hasta 1852, 
Acaso tenga la obra más mérito artístico que filosófico. En Honduras, el P. 
Vallejo ha recogido los fastos de esa república y el Dr. Eduardo Martínez Ló- 
pez, en 1907, publicó en Tegucigalpa, la Historia de Centro-América, que es 
muy recomendable. El Dr. don Alberto Membreño, erudito americanista, ha 
hecho interesantes publicaciones. En El Salvador, el doctor Reyes se encargó 
de historiar a su patria. Cuando ya teníamos escritos los dos tomos primeros 
de "La América Central ante la Historia", que debieron haberse publicado cua- 
tro años hace, y que se han venido demorando a causa de varios y repentinos 
viajes del autor, en diversas misiones oficiales ; ha aparecido el notable libro 
Historia Antigua y de la Conquista de El Salvador, fruto de la fecunda pluma 
de nuestro distinguido amigo el doctor don Santiago Ignacio Barberena, cuyos 
múltiples y profundos conocimientos hanle conquistado merecida fama. Es 
erudita y filosófica su labor, a la altura de la ciencia moderna. Honra al país 
y honra al historiador. Don Francisco Castañeda, literato salvadoreño, ha 
escrito interesantes folletos y buenos artículos sobre historia antigua centro- 
americana. En Costa-Rica, don Felipe Molina, don León Fernández, don 
Manuel M. de Peralta, don Francisco M. Iglesias, Montero Barrantes, el señor 
Thiel, don ^.icardo Fernández Guardia, don Cleto González Víquez, don Ma- 
nuel J. Jiménez, don Manuel Arguello, don Juan F. Fernández y algunos otros 
escritores, han publicado obras verdaderamente importantes. Muy n(jtablcs 
son "La Geografía Histórica y los Derechos Territoriales de la República de 
Costa-Rica, por don Manuel M. de Peralta", es obra meritísima, publicada en 
París, en 1900. "Costa-Rica, Nicaragua y Panamá, su historia y sus límites en 
el siglo XVI", dada a la estampa en 1883, contiene muchos documentos de los 
Archivos de Indias, de Sevilla y de Simancas. "Límites Históricos entre Ni- 
caragua y Honduras" es el título de una colección de documentos formada por 
el inteligente escritor don José D. Gámez, para defender los derechos de su 




— 43 — 

patria. También publicó una "Historia de Nicaragua", y colección de docu- 
mentos interesantes para la literatura centro-americana. 

Al final del hermoso libro "Costa-Rica en el siglo XIX", se encuentra una 
interesante "Bibliografía de obras publicadas en el extranjero" acerca de esa 
próspera república. 

El doctor Ramón A. Salazar dio a luz un volumen sobre el "Desenvolvi- 
miento Intelectual en Guatemala" y varios artículos, de mérito, acerca de di- 
versos puntos antiguos. El literato don Agustín Meneos escribió bastante 
sobre esa materia, con erudición y buen talento. Se publicaron en varios pe- 
riódicos las producciones de este notable escritor. 

Muchas de las obras mencionadas, y la rica Colección de Documentos 
Históricos, que durante largos años y con gran prolijidad, formó el abogado 
e ingeniero don Cayetano Batres Diez del Castillo, padre del autor de la pre- 
sente obra, han sido consultadas para redactarla. 

Cuando demos a luz el tercer volumen, que se refiere a la época de la vida 
independiente de la América Central, apuntaremos las notas bibliográficas 
relativas a ese lapso, puesto que la literatura histórica de tal período es entera- 
mente diversa de la que abraza Guatemala India, y de la que abarca Guatema- 
la, Provincia de España. 

Al narrar los hechos por medio de colecciones metódicas, procuraremos 
hacer el proceso de la "América Central ante la Historia". Las monografías 
llevan en mira exhibir aquella época primitiva indígena con sus creencias y 
espíritu ; pintar con apropiado color la epopeya y hecatombe de la conquista, 
y hacer el juicio del régimen colonial y de los personajes que vinieron de 
España, como los egipcios juzgaban en el Panteón, con síntesis y símbolos, 
que revelasen la psicología de cada época, a la par de los rasgos salientes de 
los hombres notables. Tarea difícil, que debe tener sombras, vacíos y erro- 
res. En todo caso, recordaremos las palabras del célebre Vasco Núñez de 
Balboa : "Llega home fasta donde puede, y non fasta donde quiere". 

j Lástima que algunos agentes norte-americanos, se hayan llevado y con- 
tinúen llevándose, a precio de oro, libros antiguos, pinturas y objetos de arte, 
que venden más caros en los Estados Unidos ! 



cartografía 



Para poner término a este capítulo, y como complemento necesario, dare- 
mos una noticia, siquiera sea ligera, de la Cartografía Nacional. Lo referente 
a la parte antigua, se halla en la obra, que ya describimos, del Director del 
Archivo de Indias, y que contiene todos los mapas que se formaron acerca de 
la América del Centro, en tiempos coloniales. 

Los mapas modernos, con condiciones científicas, son los siguientes: 



— 44 — 

I) Las Cartas Geográficas que el doctor don Mariano Gálvez mandó le- 
vantar por Rivera Maestre, de los Departamentos que, el año de 1832, com- 
prendía el Estado de Guatemala. 

II) El rñapa de Sonnenstern, del año 1859. El autor era un ingeniero 
alemán, que al llegar a Guatemala había hecho algo de bueno en el ramo car- 
tográfico, bajo la protección del filibustero Walker, en Nicaragua. Con excep- 
ción de las Costas y algunos pocos puntos en el interior, cuyas determinantes 
astronómicas eran conocidas entonces, no es este mapa más que un "croquis". 

III) El segundo mapa fué hecho por Au, otro ingeniero alemán, en el 
año de 1876. Su autor había medido muchos terrenos en varias partes del 
país, y hecho algunas pocas triangulaciones. Las fronteras son casi todas 
malas, y el error en la del noroeste llega hasta medio grado. 

IV) El mapa de Juan Gavarrete, ciudadano meritísimo de Guatemala, 
en varios ramos científicos, es del año 1880, y utiliza naturalmente los datos de 
sus predecesores. Tiene un apéndice pequeño, con la distribución de los idio- 
mas según el doctor Berent, quien proporcionó también algo del material 
cartográfico. 

V) El mapa de Baily es como todas las producciones de este autor (tra- 
ductor p. e. de la Historia de Domingo Juarros) nada más que una versión al 
inglés de los mapas anteriores. 

VI) Stoll hizo su mapa pequeño y bien dibujado, sin pretenciones de 
traer datos nuevos. 

VII) Paschke se aprovechó para su mapa de algunas remedidas de las 
costas, por buques de guerra extrangeros y de los estudios para los ferroca- 
rriles de la República. Fuera de estas partes, adolece su trabajo de muchos 
errores. 

VII) El mapa de Bianconi, simultáneo al anterior, contiene esas mismas 
cosas buenas y errores, y trae de nuevo solamente unas noticias interesantes 
sobre los cultivos principales en diferentes partes de Guatemala. 

IX) Miles Rock era jefe de la Comisión de Límites que arregló la fron- 
tera con México, y de la cual formaban parte entre otros don Claudio Urrutia 
y don E. Rockstroh. Su mapa, publicado en 1895, naturalmente sobresale en 
la parte que comprende esta frontera. 

X) El Dr. Sapper midió muchas alturas, hizo triangulaciones, siquiera 
de los cerros importantes a los vecinos, e introdujo en esta red los detalles 
averiguados en sus marchas a pié, en las cuales se servía de un pedómetro o 
contaba sus pasos. Hizo muchos mapas con detalles orográficos, hidrográfi- 
cos, geológicos, respecto de la vegetación y los cultivos, y la repartición de 
idiomas indios, del origen de los nombres de ciudades y pueblos, etc. Debe a 
todos estos trabajos serios y verídicos, una parte de los cuales ejecutó con 
ayuda del Gobierno de Guatemala, la cátedra de geografía en la Universidad 
de Tübingen (Alemania). 



— 45 — 

XI) Hace poco (1902) apareció en Washington, un mapa editado por 
la Ofícina de las Repúblicas Americanas, y dibujado por M. Hendges, notable 
por contener las publicaciones magníficas de la Comisión de estudios para el 
Ferrocarril Intercontinental y por el uso concienzudo de todas las obras carto- 
gráficas anteriores. 

XII) Las mismas ventajas en grado mayor presenta el mapa de Claudio 
Urrutia, El autor, comisionado por el Gobierno, no ha prescindido de ningún 
dato por insignificante que sea y ha logrado traer a su alcance todas las noticias 
geográficas, tan dispersas, sobre Guatemala. La escala de su mapa forma un 
progreso notable, es de i por 100,000, mientras que los anteriores no pasan de 
I por 400,000. 

El Mapa en Relieve de la República de Guatemala llama la atención de 
cuantos lo contemplan, porque exhibe toda la topografía, con minuciosos deta- 
lles y pone de manifiesto y en conjunto nuestro suelo, con los colores apropia- 
dos, los distintos terrenos y la magnificencia de las cordilleras, volcanes, ríos, 
lagos, caminos, vías férreas ; todo en una escala suficiente para el estudio ob- 
jetivo del extenso territorio de Guatemala. Esta grande obra fué hecha por 
iniciativa, orden y apoyo del Presidente Señor Estrada Cabrera, y dirigida 
por el Coronel Ingeniero don Francisco Vela. 

MÉXICO 

Ya hemos apuntado los historiadores antiguos de Nueva España, en los 
siglos XVI y XVII. En. el siglo XVIII débese mencionar a Veytia, León, 
Gama y Andrés Cavo, que dejaron obras históricas, siendo de este último la 
que se intitula "Los Tres siglos de México". El famoso Beristain formó, con 
perseverancia, la "Biblioteca Hispano-Americana Septentrional", que mencio- 
na los escritores mexicanos y muchos guatemaltecos. En el siglo XIX, figu- 
ran, en primer término, Alamán (1714-1852) que dio a luz sus "Disertaciones 
sobre la Historia de la República Mexicana" y sus "Historia de México". Gar- 
cía Icazbalceta, Orozco y Berra, Chavero, Fernando Ramírez, Manuel Carpió 
y otros distinguidos escritores, han dejado brillantes producciones históricas. 

Antes de pasar adelante, es preciso consignar el nombre de don Antonio 
de Solís, afamado poeta lírico, el mejor escritor de su tiempo, que aunque ca- 
recía de suficiente erudición histórica, empleó veintitrés años en escribir la 
Historia de la Conquista de México, imitando a Tito Livio. Esa célebre obra, 
publicada en i'684, fué traducida a muchas lenguas extrangeras. Pasan de 
veinte las ediciones españolas. La que conservamos en nuestra biblioteca, 
fué pubHcada en Madrid, por don Antonio de Sancha, en 1783, con magníficos 
grabados en dos tomos, en cuarto. El estilo, las imágenes, la disposición del 
plan, son del todo académicos ; pero Barcia, Clavígero, Robertson y Prescott, 
que son concienzudos jueces, le han censurado algo del fondo histórico, y la 



^46- 

chocante fraseología pulida, en boca de indios rudos. Son muy recomendables 
las obras de Pimentel "Lenguas indígenas de México" y "Memoria sobre la 
raza indígena". 

México al través de los Siglos es la más suntuosa y artísticamente ilus- 
trada de todas las historias de la América hispana. Contiene en sus cinco 
grandes y hermosos tomos, impresos en Barcelona, bajo la dirección del nota- 
ble escritor Riva Palacio, todo lo que se relaciona con la vida de aquel país, 
tan rico en recuerdos nacionales. Es obra monumental. 

El insigne poeta y excelente amigo nuestro, el narrador de las epopeyas 
de su patria, Juan de Dios Peza, describió, con pluma de diamante, La Refor- 
ma, la Intervención Francesa, El Imperio, El Triunfo de la República, y mu- 
chos otros episodios de la historia heroica de México. Conservamos los libros 
suyos, con que nos obsequió ese amenísimo literato, y que son joyas de valía. 
Recordaremos siempre la memoria prodigiosa, el sabroso decir, el chiste gen- 
til, la imaginación florida, el talento clarísimo del vate mexicano. 

El distinguido diplomático don Victoriano Salado Álvarez tiene obras de 
mérito, entre otras, De Santa Ana a la Reforma, La Intervención, el Imperio, 
Un Supremo Mexicano, en el siglo XVIII, El Papel de Juárez en la defensa de 
Puebla, en la campaña del 63. Don Francisco Sosa ha escrito El Episcopado 
Mexicano, Los contemporáneos, Biografías de mexicanos distinguidos. Nom- 
bres de los reyes de México, y Efemérides históricas y biográficas. Jesús 
Galindo Villa, publicó Iturbide, Cosas antiguas de México, La toma de Mé- 
xico por los conquistadores españoles y Bibliografía mexicana del siglo XVII. 
Don Genaro García ha publicado unos cuarenta volúmenes, entre ellos el tra- 
bajo notable "Carácter de la conquista española en América" y "Documentos 
Inéditos para la historia de México". El Presbítero Agustín Rivera dejó li- 
bros excelentes. Luis González Obregón tiene el precioso tomo "Los Precur- 
sores de la Independencia Mexicana en el siglo XVI". 

Para cerrar con broche de oro esta enumeración, que no puede ser tan 
completa como desearíamos, vaya de último, aunque es de lo primero, "México, 
su evolución", fecunda labor de expertas plumas, bajo el plan de Justo Sierra. 
Altas consideraciones filosóficas, que arrojan luz en la serie de los tiempos, en 
el desarrollo de los fenómenos sociales, avaloran esa obra moderna, que ha me- 
recido justos elogios. 

ECUADOR 

Los trabajos históricos que han sobresalido son los del P. Velasco y los 
que se deben a las plumas académicas del doctor don Pedro Fermín Cevallos 
y dereruditísimo obispo don Federico González Suárez. La historia del Ecua- 
dor escrita por el laborioso Cevallos, publicada en 1879, adolece de algunos 
vacíos, a vueltas de muy interesantes datos, presentados en correcto lenguaje 



I 



— 47 — 

y estilo adecuado. La que dio a luz en Quito, en 1890, en cinco volúmenes de 
elegante impresión, el ilustrísimo señor González Suárez, está escrita con ver- 
dad, color y gran copia de doctrina. Es una de las mejores historias de Amé- 
rica. No embarga al sabio prelado el respetable carácter de sacerdote, para 
hablar claro, en asuntos que otros clérigos, menos ilustrados, tratan de obscu- 
recer y hasta de sincerar ; franqueza que le ha vahdo no pocos sinsabores. Esta 
importante historia se dio a luz en Quito, en cinco volúmenes, en cuarto, en el 
año 1890. Es muy interesante también la obra de don Antonio Flores, que 
lleva el titulo de "Ayer, Hoy y Mañana", con primorosos cuadros históricos. 

VENEZUELA 

Citaremos en primer término a Oviedo y Bañes, cuyos escritos rarisimos 
reimprimió el notable americanista, don Cesáreo Fernández Duro. "La Co- 
iección de documentos históricos", publicada por Mendoza, Yanes y Guzmán, 
en los últimos años de la Gran Colombia, no tiene todavia orden cronológico 
siquiera. La hermosa Compilación del sacerdote y general José Félix Blanco, 
comprende una época más antigua, con interesantes documentos y notas ilus- 
trativas. Es un rico archivo ordenado. 

Larrazabal, ameno, erudito y elegante, como escritor, hizo de su Historia 
un himno. Mas bien que constituir tribunal para juzgar al Libertador prefirió 
sumergirse entre los resplandores del astro. 

La Autobiografía del General Paez es la historia de una interesante vida, 
que se enlaza con los principales acontecimientos de una época, pero no la 
historia de la época misma. 

El general O' Leari, en sus Memorias, se limita al brillante período que 
Bolívar llena con sus grandes hechos. La documentación es incompleta, ya 
que como lamenta el autor, perdiéronse los documentos más importantes ; y 
falta también algo, sobre varios puntos, que será depurado por la posteridad. 

La obra de don Ramón Azpurúa, intitulada Hombres notables de Hispano- 
América, es incompleta, dispareja, tomada aquí y allá de rasgos necrológi- 
cos de distintos escritores, de biografías de circunstancias, inspiradas por la 
emulación, a las veces noble, pero nunca imparcial de los partidos en lucha. 

Venezuela Heroica, como su título lo indica, es una faz de la gloriosa his- 
toria militar, en los tiempos de la guerra magna. Comienza con la Victoria, 
en 1814, y termina con Carabobo, en 1821. Es una oda brillante saturada de 
entusiasmo y patriotismo. 

Esas obras comprenden el ciclo de los combates, como inicio, y como final, 
la desmembración de la Colombia tonante y vencedora. Forman la apoteosis 
venezolana, digna de sus héroes y de la reputación literaria de aquel país. 

Don José Gil y Fortoul publicó en Berlín, en 1907, su interesante Histo- 
ria Constitucional de Venezuela, en dos grandes tomos, que tuvo la dignación 



-48- 

de enviarnos con galante dedicatoria. Es un trabajo a conciencia, de mucha 
labor y mérito. 

La que bien lleva el nombre de Historia de Venezuela, es la de Baralt y 
Díaz ; pero esta magnífica producción, no obstante el alto y reposado criterio 
que en ella brilla, embellecido por lo clásico de la forma, no pudo llevar el sello 
de la libertad moral, indispensable en el historiógrafo para decir verdad com- 
pleta e impartir justicia a secas. Baste recordar que las inmoderadas exigen- 
cias hechas a su providad de escritor costaron a Baralt la eterna ausencia del 
nativo suelo. De otra parte, esa obra, tan digna de elogio, no llega sino 
hasta 1830. La sección que alcanza a 1835 es un "breve bosquejo", simple es- 
bozo, que no ha recibido pintura de primera mano. 

Los trabajos de Juan Vicente González tienen carácter más general, con 
cuadros completos, narraciones y biografías, talladas en estilo vigoroso y cierto 
tono dogmático, que llega a ser el dejo de los batalladores. 

El Coronel José de Austria publicó su Bosquejo de la Historia Militar de 
Venezuela, en 1855, obra concebida "en un lugar solitario, en los hermosos 
campos de Aragua, a las márgenes del lago que los fecundiza". Actor en mu- 
chos hechos que narra, tiene colorido y brillo. 

Laá Memorias de la Revolución de Venezuela, escritas por el famoso poeta 
Heredia, con una preciosa introducción del primero de los críticos cubanos, 
Enrique Piñeyro, es una joya valiosísima. Así como los Anales del Dr. Rojas 
Paúl figuran dignamente entre las producciones de este género, relativas a las 
demás repúblicas del Nuevo Mundo. 

Origen de los habitantes precolombinos del Continente Americano es obra 
moderna, y muy interesante, de A. Briceño Valero. La Historia contemporá- 
nea de Venezuela, por Francisco González Guimán, es de mucho mérito. La 
Historia de Venezuela, por Eduardo Gaicano, escritor erudito, prosista fácil y 
poeta inspirado, es un libro digno de la fama de su autor. Muchos y justos 
elogios alcanzó la que lleva igual título, debida a la pluma de José M. Muñoz 
de Cáceres. La Evolución Social, precioso trabajo de Fombona, y las obras de 
Berger, Landaeta Rosal, Duarte, Level, Alvarado, y otros varios muy notables, 
forman honrosa legión. La Historia Contemporánea de Venezuela, por Fran- 
cisco González Guimán, si no es lo más completo, es lo más extenso que se ha 
publicado. Contiene diez volúmenes, impresos en la oficina de "El Cojo", 
Caracas, 191 1. 

BOLIVIA 

Las obras principales de la historia de Bolivia son "Archivo Boliviano", 
París, 1851, un volumen en cuarto, por Ballivián Rojas. Estudios históricos, 
Santiago, 1874, un volumen, en cuarto, por Soto Mayor Valdés. Compendio 
de la Historia de Bolivia y Cochabamba, 1888, un volumen, en cuarto, por J. 



— 49 — 

Blanco. Ensayo sobre la Historia de Bolivia, Sucre, 1861, un volumen en 
cuarto, por J. M. Cortés. Apuntes para la Historia de Bolivia, Tacnat, 1873, 
anónimo, un volumen en cuarto. 

El libro que escribió el cíiileno Soto Mayor Valdés, intitulado Estudio 
Histórico de Bolivia, revela imparcial y sereno criterio, en páginas de colorido 
y claridad sincera, en las cuales se destacan las figuras políticas y militares de 
aquel país. El prólogo de esa obra contiene muchas observaciones acerca del 
caudillaje y la canallocracia, aplicables a varias naciones américo-hispanas. 
La más conocida de las historias de Bolivia es la que escribió Camacho, y tam- 
bién muy recomendable la de Urquidi. 

URUGUAY 

Entre otros de reputación, conócense a los señores Víctor Arceguirre, 
autor de la Historia del Uruguay, impresa en Montevideo, en 1892, y don Isi- 
doro de María, que en ese mismo tiempo dio a luz las Páginas Históricas de la 
República. La Historia de la dominación española en el Uruguay, escrita por 
Bauza, ofrece interés y contiene curiosos datos. Daniel Granada publicó la 
Reseña de las supersticiones en el Uruguay ; José Salgado, la "Historia del 
Uruguay" y los "Cabildos Coloniales". Isidoro de María tiene buenas obras 
referentes a los fastos de su patria ; Orestes Araujo dio a luz la "Historia com- 
pendiada del Uruguay" y "Gobernantes del Uruguay". 

PARAGUAY 

El deán Funes descuella, con su "Historia del Paraguay", y sobresale tam- 
bién Lozano, que escribió la "Historia de la Compañía de Jesús en el Para- 
guay"; Centurió dejó bellas y nacionales páginas en la "Historia de la Guerra 
del Paraguay contra el Brasil, Uruguay y la Argentina". Demersai y Thomp- 
son son también historiadores de nota. El año 1802, publicó en Madrid, la 
viuda de Ibarra, la "Historia de los cuadrúpedos y de las aves del Paraguay y 
Río de la Plata", por don Félix de Azara, autor también del libro postumo y 
raro, que se intitula "Descripción e Historia del Paraguay y Río de la Plata", 
que dio a luz Sánchez, en 1847. Blas Garay escribió "La Revolución de la In- 
dependencia del Paraguay" ; y Juan Silvano Godoy, las "Monografías His- 
tóricas". 

COLOMBIA 

El país de la América hispana, que sobresale por sus notables escritores, 
abunda naturalmente en historiógrafos distinguidos. La Historia, que escri- 
bió Groot y la gran Colección de O' Leary, son de gran importancia ; y se debe 
citar en primer término la "Historia de Colombia", por Restrepo. La que pu- 



— 50 — 

blicó con el mismo título Benedetti es muy popular y conocida. "Las Memo- 
rias de los Virreyes de la Nueva Granada", se imprimieron en Nueva York, 
por García y García, el año 1883, con un interesante prólogo del Licenciado 
don Ignacio Gómez, literato guatemalteco. "Los Recuerdos Históricos", que 
publicó M. A. López, en 1889, en Bogotá, deben mencionarse como obra inte- 
resante. José M. de Quijano es autor de una "Historia de Colombia". Antt)- 
nio B. Cuervo, por comisión gubernativa, formó la gran "Colección de Docu- 
mentos inéditos, sobre la geografía e historia de Colombia". Henao y Arruble, 
dieron a la estampa, poco tiempo hace, la "Historia de Colombia". L. Cerdo 
hi?o su "Estudio Histórico, Etnográfico y Arqueológico de los Chibchas". 
Varios otros de los que, como Pérez Triana, manejan a maravilla el castellano, 
han dejado obras clásicas históricas. 

Debe citarse un libro raro, interesantísimo, publicado en Caracas, en 
1846, y escrito por el célebre guatemalteco, don Antonio José de Irisarri, que se 
intitula "Historia del asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal de 
Ayacucho". Contiene un prólogo brillantísimo describiendo la suerte lamen- 
table de las repúblicas independientes, revolucionadas por las pasiones po- 
líticas. 

CHILE 

Cuenta Chile con una larga serie de hi.storiadores, desde el P. jesuíta 
Alonso de Ovalle y al célebre Rosales, que escribieron a principios del siglo 
XVII, y una centuria después el P. Olivares, hasta el naturalista francés 
Claudio Gay, que doscientos años más tarde, redactaba la "Historia Física y 
Política de Chile", que aunque no encierra mucha importancia histórica, con- 
tiene algunos curiosos datos, aprovechados después por chilenos eruditos. 
El más notable es don Diego Barros Arana, cuya "Historia General de Chile", 
en 16 tomos, constiuye un monumento de gloria para su autor. Don Benja- 
mín Vicuña, Solar, Errázurris, Anumátegui y otros escritores de nombre, han 
producido obras históricas de mérito, sobresaliendo en la filosofía de ese ramo 
el sabio profesor don Valentín Letelier, por el nuevo rumbo que señala a la 
ciencia de los sucesos humanos, en la "Evolución de la Historia". No podemos 
mencionar las muchas monografías y folletos historiales publicados en la culta 
tierra de los araucanos ; pero sí podemos afirmar qeu es una de las repúblicas 
que mejor ha sabido compilar y exhibir las memorias de sus pasa,dos tiempos. 

PERÚ 

Es tan rica la bibliografía histórica del Perú, que no es dable en estos 
apuntes concretos, hacer mención del carácter y del mérito de cada una de las 
obras, que sólo mencionaremos. 



ÉPOCA PREINCAICA 



M Middendorf , El Perú ; Reiss y Stubel, Necrópolis de Ancón ; Stubel y Uple, 

p Trahuanaco; Max. Uple, Pachacamac; Squier, Viaje por el Perú; Orbigny, 
'■^ Viaje por el Perú; Castelnau, Viaje por Perú y Bolivia; Wiener, Perou et Bo- 
livia ; Ma. Uhle, Trabajos publicados en la Revista Histórica de Lima ; Unanue, 
I Estudios de Historia Americana ; Patrón, El Dios de La Lluvia, Estudios sobre 
;> lenguas americanas (en la Revista Histórica y en el Ateneo del Perú) ; Vicente 
• Fidel López, Les races aryennes (sostiene que el quichua es sánscrito) ; en el 
Boletín de la Sociedad de Americanistas de Washington, en 1913, un número 
dedicado todo a las antiguas metrópolis preincaicas, descubiertas hace poco, 
en las quebradas del Urubamba, por la misión arqueológica norte-americana; 
Doctor Pablo Patrón, El Aimará (opina que viene del asirio); Carlos A. Ro- 
mero, Pobladores primitivos del Valle de Lima. Pablo Patrón escribió El 
Perú Primitivo v Escritura Americana. 



b 



ÉPOCA INCAICA 

Todos los autores citados anteriormente, tratan en sus obras de asuntos 
referentes también a esta época ; pero en especial deben mencionarse, en pri- 
mer término, a Cieza de León, que escribió "El Señorío de los Incas", obra 
interesante impresa por Ximénez de la Espada, advirtiéndose que en el mismo 
tomo se encuentra el fragmento importantísimo de Juan de Betanzos, que es 
la epopeya incaica traducida literalmente. El mismo Sieza de León escribió 
la Crónica del Perú, que se encuentra en la colección Rivadeneira y en la Nue- 
va, que dirige Serrano y Sainz. — Lie. Polo de Ondegardo, se halla en los Do- 
cumentos para la Historia de España, de Mendoza. — Sarmentó de Cambra, 
Historia de los Incas, con prólogo y notas, por Retschmann, traducida al in- 
glés por Markham, 1907. — Huaman Poma de Ayala, Historia publicada por el 
mismo Retschmann, bibliotecario de Gotinga, en Hanover. — Montesinos, pu- 
blicado por Ximénez de la Espada ; esta obra curiosa pertenece más bien a la 
época preincaica, pero a continuación de sus Memorias Historiales, inserta un 
extracto útilísimo de las Informaciones del Virrey Toledo, sobre los Incas. — 
Agustín de Zarate, Historia del Perú, que tiene varias ediciones, desde el siglo 
XVI, hasta la que aparece en la Colección de Rivadeneyra. — Informaciones del 
Gobernador Vaca de Castro, Madrid, 1892, por Giménez de la Espada. — Acosta, 
Historia Natural de América, siglo XV; sigue en todo a Ondegardo. — P. Ber- 
nabé Cobo Historia del Nuevo Mundo, Sevilla, 1892. — P. Oliva, Historia del 
Perú. — Giménez de la Espada, Tres Relaciones Históricas del Perú, Madrid, 
1879, con un prólogo muy importante sobre las historias y crónicas inéditas 
acerca del Perú preincaico. — Padre Las Casas, Antiguas Gentes del Perú, es 
un fragmento publicado de su gran Historia, y en esta parte sigue un manus- 



— 52 — 

crito de Cristóbal de Molina, publicado en España a fines del siglo XIX. — 
Román y Zamora en sus "Repúblicas del Mundo", contiene largos capítulos, 
referentes al Perú, tomados de Ondegardo. — Cabello Balboa, Miguel, escribió 
en la Nueva Granada, a principios del siglo XVII, una Micelánea, cjue está 
traducida al francés, por Ternaux Copans. — Dávalos y P'igueroa. Miscelánea 
Histórica, escrita y publicada en Lima, a principios del siglo XV'Il. — Fr. Je- 
rónimo de Ore, Símbolo Católico Indiano. — Garcilaso de la Vega, Comentarios 
Reales, siglo XVII.— P. Velasco, Historia de Quito, Siglo XVIII.— Cristóbal 
de Molina, Ritos e Idolatrías de los Incas, publicado en inglés por Markham. — 
Prescott, Conquista del Perú, una de las obras mejores y más conocidas. — 
Fschudi y Rivero, Antigüedades Peruanas y Contribución al Estudio del Perú 
Antiguo. — Clemente Markham, "Cusco and Lima", y un "Compendio de la 
Historia del Perú". — Lorent, Historia del Perú Antiguo, Civilización Peruana 
indígena, Lima 1897. — Trezier, Voyage. — Jorge Juan y A. de Ulloa. Viaje, 
Noticias Secretas. — Valle editó la Galería de los Virreyes del Perú. 

INDEPENDENCIA Y REPÚBLICA 

Memorias de Cochrane, Memorias de Miller, Memorias de O' Leary. — 

Todas las brillantes Historias de San Martín y Bolívar. — M. T. Paz Soldán, 
Historia del Perú Independiente, dos tomos, el primero en dos volúmenes. — 
M. F. Paz Soldán, La Confederación Perú-Boliviana. — M. F. Paz Soldán. La 
Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia. — F. Manátegui, Apuntaciones de la 
Historia de Paz Soldán. — Juan Gualberto Valdivia, Las Revoluciones de Are- 
quipa. — T. Caivano, Guerra del Pacífico. — Bulnez González, Guerra del Pací- 
fico. — Alberto Gutiérrez, La Guerra del Pacífico, (crítica a Bulnes). — Dr. Ne- 
mesio Vargas, Historia del Perú Independiente. (Varios tomos, en publica- 
ción). El Manual de Mendiburo, o sea el Diccionario Histórico del Perú, im- 
preso en Lima, en ocho volúmenes, en el año 1880. Esta obra es de alta im- 
portancia. La Descripción del Perú, escrita por Tadeo Haenke, que es un 
manuscrito de 1778, encontrado en el British Museum de Londres, constituye 
una obra de mérito, que citaremos en varios pasajes de nuestra labor. Perte- 
nece el importante manuscrito a la época incaica. 

Debemos muchos de estos datos a nuestros distinguidos amigos Ricardo 
Palma y J. de la Riva Agüero, que tiene un brillante libro "La Historia en el 
Perú". 

ARGENTINA 

La república Argentina, que es de la zona del Sur la que con más rapidez 
avanza, gracias a la inmigración europea, tiene historiadores antiguos y mo- 
dernos de mucho renombre. Citaremos a Núñez Cabeza de Vaca, que escribió 
el libro intitulado Naufragios, a Barco Centenera, autor de La Conquista del 



— 53 — 

Río de la Plata, a Manuel Ricardo Trielles, por su Revista de Archivos y Bi- 
bliotecas, a Madero, que escribió la Historia del Puerto de Buenos Aires, ba- 
sada en documentos inéditos, al eruditísimo Medina, "Juan Díaz de Solís" y la 
Bibliografía del Río de la Plata. Este escritor chileno, es el mejor bibliófilo. 

Aunque la Historia Argentina, que escribió Domínguez, es obra de mérito, 
tiénelo mucho mayor la que dio a luz el notable literato don Vicente Fidel 
López, en 1883 : Las Memorias Postumas del general José M. Paz son el texto 
bíblico del historiador argentino. Ese procer soportó con entereza el infortu- 
nio. Las Memorias llevan por lema el símbolo de la libertad. La edición que 
tenemos es la de 1892, La Plata, imprenta "La Discusión". Tres grandes 
tomos. 

El célebre general Mitre, que fué digno presidente de la república, figura 
como escritor de merecida fama, conquistada sobre todo por su magnífica obra, 
que lleva el nombre glorioso de San Martín, y por la Historia de Belgrado, que 
es acaso la más interesante de aquel literato. Los tres volúmenes que contie- 
ne la epopeya del émulo de Bolívar y la narración de los sucesos gloriosos de 
la guerra de independencia de las naciones del Plata constituyen un verdadero 
monumento levantado a una de las más puras glorias americanas. Son tam- 
bién del general Mitre las obras "Comprobaciones Históricas", "Episodios de 
la Independencia Argentina", y otras. La Historia de Rosas y su época, por 
Saldías, dada a la estampa en París, en 1881, abraza el período de aquella tre- 
menda dictadura. "La Historia Argentina", desde 1492 hasta 1862, que escri- 
bió Fregeiro, y que impresa en Buenos Aires, vio la luz en 1891^ goza de repu- 
tación merecida. El doctor don Vicente G. Quesada, con cuya amistad nos 
honramos, escribió mucho sobre historia y límites de la república Argentina, 
no sólo en la importante Revista de Buenos Aires, sino en varios tomos volu- 
minosos, y queda inédita, hasta ahora "La sociedad hispano-americana bajo la 
dominación española", que tuvimos ocasión de apreciar manuscrita por el 
autor, en Washington, y que sobre ser concienzudo y erudito estudio de aque- 
lla época tan calumniada como mal comprendida, de la evolución de estos paí- 
ses, que de ahí traen la cultura greco-latina, forma una colección de monogra- 
fías, que arroja plena luz acerca de estas regiones, que España conquistó y 
hubo de darles cuanto tenía, cuando era la nación más grande, civilizada y po- 
derosa del mundo. Don Ernesto Quesada, digno hijo del escritor que acaba- 
mos de mencionar, hizo un estudio que lleva por título "La época de Rosas, su 
verdadero carácter histórico", interesante producción, en un tomo en cuarto, 
con 392 páginas, impreso en Buenos Aires, en 1897, y una curiosa Historia 
Diplomática. 

Por último, la Colección de obras y documentos relativos a la historia an- 
tigua y moderna del Río de la Plata, formada por Angelis, cuya antigua edición 
se agotó, motivo por el cual se está reimprimiendo en Buenos Aires, es un 
arsenal riquísimo de los fastos de aquella hermosa tierra. La Paleontología 



— 54 — 

Argentina debe estudios notables a Darwin, Orbigni, Braward, Burmeister, ji- 
los hermanos Ameghino. La Sinopsis geológico-paleotológica del Museo Na- 
cional, publicada en 1898, merece mencionarse, así como la Paleontología Ar- 
gentina, de Rojas Acosta, impresa en 1904. Es importante también "La Amé- 
rica Precolombina", de Mariano Soler. 

BRASIL 

Durante mi residencia en Río Janeiro, pude hacer un estudio de las prin- 
cipales obras históricas de aquella próvida tierra. El representante nato, di- 
gamos, dé la historia brasilera, es Adolfo Varnhagen, visconde de Porto Segu- 
ro. Este escritor dejó una importante obra sobre la formación, desarrollo c 
independencia de su patria. Fué gran erudito, y como tal, publicó muchas 
valiosas monografías. Quizó ser también historiador, y escribió la Historia 
General del Brasil, libro notable, por el espíritu de investigación que revela, 
por la erudición que demuestra ; pero, con todo, libro deficiente, por falta de 
crítica, por ausescia de intuiciones teóricas, y por la aspereza del estilo. 

El viejo Alexandro de Mello Moraes dejó las obras siguientes, Brasil 
histórico, la Independencia do Brasil, Chrónica General, Historia do Brasil, 
todas importantes repositorios del ])asado ; pero reunidos documentos y me- 
morias, las más de las veces, sin análisis, sin filiación de los hechos, en fin, sin 
que se manifieste el criterio filos>ófico del historiador y compilador. Elxcep- 
túase, sin embargo, el libro A independencia, escrito contra el emperador Pe- 
dro I y los hermanos Andrada, proceres de la independencia brasilera. 

Como este autor, han florecido otros, que se han ocupado en los anales, 
biografías, narraciones históricas y coreografía. Tales fueron, Francisco 
Lisboa, Borges de Fonseca, el consejero Pereira da Silva, el general Abreu 
Lima, Joaquín Noberto ; el canónigo Fernández Pincheiro, Morcira de Aze- 
vedo y J. de Lacerda Mattoso Maia. 

El famoso diplomático Barón do Río Branco, a (juien tuve la honra de 
tratar, fué uno de los espíritus más esclarecidos y mejor preparados en asuntos 
históricos de su país. Publicó varias obras, habiendo tenido la gentileza de 
obsequiarme con algunas de ellas, cuando estuve en el Brasil, como plenipo- 
tenciarios de Guatemala. 

Tiene merecido renombre, por sus grandes conocimientos y por la perfec- 
ción con que enseña la historia brasileña, en el Gimnasio Nacional, el profesor 
Capistrano de Abreu, cuya orientación científica y conocimientos literarios son 
sobresalientes. Para concluir, citaremos la obra History of Brazil, by Robert 
Sauther, y la gran Revista del Instituto Histórico y Geográfico, que tiene gran 
reputación. 

Joao Ribeyro, notable pensador, ha escrito la Historia do Brazil, Rocha 



— 55 — 

Pombo dejó otra Historia do Brazil y la Historia da América; Eduardo Prado 
dio a luz, pocos años hace, la Historia do Brazil. 

CUBA 

Tan rica como es la perla de las Antillas en producciones literarias, que 
tanta fama le han conquistado, cuenta también con libros importantísimos que 
guardan los fastos nacionales. Guiteras dejó una interesante Historia, cuyos 
cuatro primeros capítulos dedicó a la descripción de los antiguos aborígenes, 
atendiéndose a los datos del cronista Herrera. El señor Pezuel apenas consa- 
gra algunos párrafos a ese asunto ; Bachiller y Morales procuró ir más lejos, 
escribiendo el precioso libro, que se intitula Cuba Primitiva, con tal erudición, 
que a veces abruma al lector. De otro género es la Antropología des Antillas, 
de Cornillac. Juan Ignacio de Armas publicó la Fábula de los Caribes, y el 
distinguido literato Sanguily dio, con ese motivo, a la prensa, importantes ar- 
tículos. Fernando Valdés y Aguirre escribió mucho sobre la historia primiti- 
va de Cuba. Bachiller y Morales presentó al 4° Congreso de Americanistas un 
interesante estudio sobre la Historia de la Isla, y es muy erudito su libro que 
lleva por título Antigüedades Americanas, Habana, 1845. El señor Rodríguez 
Ferrer dejó un obra muy bien escrita "Naturaleza y civilización de la grandiosa 
isla de Cuba", que contiene importantes datos arqueológicos. El ilustrado 
cubano José M. de la Torre escribió acerca de "Los Pueblos y costumbres de 
los indios de la isla de Cuba". Hay mucho sobre los fastos de la isla, en la 
"Historia de Santo Domingo"' escrita por don Antonio del Monte y Tejada. 
La "Historia de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar 
océano", escrita por Antonio de Herrera, contiene interesantes datos, en sus 
cuatro décadas, desde 1492 hasta 1531, Madrid, 1830. En las obras del liber- 
tador José Martí, que dio a luz Quesada, hay mucho bueno y referente a la 
historia cubana, en la cual figurará eternamente aquel mártir sublime, a quien 
tanto amé, y recuerdo siempre con amistosa veneración. 

Al terminar este capítulo, es preciso advertir que la bibliografía centro- 
americana, que ha sido su principal objeto, puede estimarse bastante completa, 
a la vez que la de las demás repúblicas se ha hecho, sin tal pretensión. Es más 
bien un ligero juicio acerca de las obras de historia, que el autor de la presente 
conoce. No se extrañe, pues, que haya omisiones y vacíos en materia tan com- 
pleja, siendo así que no existe una bibliografía impresa que contenga lo que 
se ha publicado sobre toda la América Ibera. 



LA AMERICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA 




PRIMERA PARTE 



ÉPOCA PRECOLOMBINA 



CAPITULO I 

biología y geología 

SUMARIO 

Formación de la Tierra. — Aspecto primero. — Nebulosa. — Sol. — Estrella 
roja. — Astro sombrío. — Estados diversos. — Período siluriano. — Cuatro épocas. — 
Desenvolvimiento de la vida. — El Hombre. — Primera conversación de la Natura- 
leza con Dios. — Génesis de Centro-América. — Levantamiento de montañas en 
nuestro suelo. — Las tierras tropicales, — Expresiones de Humboldt. — Los An- 
des. — La América Central himdida en el mar. — Período mioceno. — Sumersión 
de Continentes en épocas prehistóricas. — En el período terciario se verificó un 
cataclismo horrendo. — Centro-América cambia de aspecto y superficie. — La muer- 
te alimenta sin cesar la vida. — Cómo se figuraban la Tierra los antiguos. — La 
América Central quedó sin correspondencia rítmica con la respectiva de los otros 
Continentes. — Se pierde la imaginación al enunciar las edades geológicas. — Nues- 
tro planeta continúa siempre en actividad. — Centro-América en el período tercia- 
rio. — Notable desarrollo de los animales tropicales en Centro-América. — Interés 
que presenta la configuración de la América del Centro. — Los Andes, el Archipié- 
lago y la América del Sur y del Norte. — Nuestros altísimos volcanes. — Fauna 
paleontológica. — Interesante colección de fósiles de Guatemala. — Geología del 
Norte, por Chiquimula. — De dónde viene el nombre de la América. — Cataclismos 
sufridos por la América Central. — Las variaciones de vida y de clima en Centro- 
América. — Efectos del levantéuniento de nuestras montañas. — El movimiento en- 
gendra fluidos vitídes. 



Leve fragmento del sol lanzado por el espacio, fué en un principio la tierra 
irradiando calor y luciendo propia luz, hasta que la fría mano del tiempo, al 
cabo de millones de siglos, apagó su corteza, formó las aguas y concentró el 
fuego al centro del planeta, dejando henchido el aire de nubes acuáticas y elec- 



-58- 

tricidades tonantes, que desprendían siniestros relámpagos y tormentosa lum- 
bre (i). Miles de años después brotaron heléchos desmesurados, lianas es- 
pesísimas, árboles colosales, miríadas de insectos, vampiros enormes ; cocodri- 
los de porte increíble, castañeteando inmensas mandíbulas, entre lagos infec- 
tos ; el gigantesco megaterio irguiendo la cabeza, entre las corolas de flores 
grandísimas ; y la girafa estirando su luengo cuello para coger la exuberante 
gramínea, que arrancaba el megalonix de encorvadas uñas ; el elasmosaurio, 
elefante palmípedo, surcador de las aguas, eleva su pescuezo serpentino ter- 
minado en flecha. Los ornitorencos, reptiles con alas, resistían la ardiente 
atmósfera en que nacieron, mientras en los ríos pantanosos y en las deseca- 
ciones súbitas, vejetaban los zoófitos, sin conciencia de vida, y los marsupiales 
de gigantesco volumen iban arrullando, en sus onerosas bolsas, la prole fecun- 
da ; el clyptodón arrastraba su pintada concha, cual si fuese un castillo ; el 
sivaterio rompía los bosques con estrindente ruido ; el colosal maamut iba 
aplastando florestas ; las aguas eran diluvios ; las grietas terrestres, cabernas 
profundas ; y todo tenía la grandeza del cataclismo con lo sublime del génesis. 

De edad en edad, de ciclo en ciclo, al través de millones de años, fué trans- 
formándose la tierra, con el despojo de cada mar. Carbonífero, Triásico, Liá- 
sico. Jurásico, Cretáceo, Numulítico ; por enfriamiento, inundaciones, rocas 
azoicas, sin rastros de vida orgánica ; terrenos biológicos, fosilíferos, vejetales 
petrificados, crudas nieves, témpanos de hielo inundando hasta los trópicos, 
conchas tribólitas arrastradas por los siglos, en abismos de océanos desapare- 
cidos, volcanes soberbios, y en fin, cabernas, collados, serranías y llanuras, 
impropicios ya para los monstruos primitivos. Hay maravillosa lógica en el 
mundo físico, como en el mundo intelectual. Quien tuviese el secreto de esa 
lógico, tendría la clave de la tierra y de los cielos. Los planetas muertos para 
la vida termo-exaltada, resucitan a las temperaturas frescas, y en nuevas for- 
mas germinan y viven. Es infinito el ciclo de las existencias que se transfor- 
man. La perfecta armonía del Univei^b excluye la casualidad. 

"Diríase que nuestro globo ha venido, por mesurado gradual esfuerzo, de 
series indispensables a su desarrollo, pasando de astro candente a tierra fría, 
para disponerse y aparejarse de suerte que se hallase todo concertado y dispues- 
a recibir la visita del humano espíritu, como la desposada o prometida para 
boda próxima, que se viste sus mejores galas, a fin de solemnizar el día más 
feliz y decisivo de su vida, en que el amante la lleve consigo al hogar nuevo, en 
to a recibir la visita del humano espíritu, como la desposada o prometida para 
apercibida no sólo a perpetuar su existencia y su nombre, sino a recordarle 
siempre las dulces horas de tranquilidad y ventura". 

Fué el hombre último término de la resultante dinámica universal ; de las 
fuerzas de la naturaleza, después de haberse helado casi todo el globo, de 



(1) Consignamos la teoría del fuego central, sin desconocer que no faltan sabios, como Hopkins. 
Sartorius, Reclus y otros, que no la aceptan. 




— 59 — 

invadido las aguas muchos territorios, en cuenta la mayor parte de lo que exis- 
tía entonces de la América del Centro. Cuando brotaron los volcanes, cuando 
hubo ambiente para los mamíferos, cuando el calor renació en valles y collados, 
cuando vino la época postglacial, apareció la especie humana, transformándose 
todo, y produciendo el ser, que mejor se adapta a diversos climas, que progresa 
y que se eleva a Dios por el pensamiento y la palabra (i). 

El observador del espacio habría podido ver nuestro planeta, al través de 
' las edades, brillar al principio en el estado de pálida nebulosa, resplandecer, en 
seguida, con propia lumbre, volverse estrella roja, astro sombrío, planeta va- 
riable a las fluctuaciones de los reflejos, y perder insensiblemente su luz y su 
calor, para llegar al estado en el cual observamos a Júpiter. Ya la tierra se 
movía sobre sí misma y en torno del sol, cuando la temperatura primitiva des- 
cendió, cuando se condensaron los vapores atmosféricos, cuando el mar pudo 
extenderse sobre el globo, entre el fragor del rayo y el estampido del trueno, 
y cuando en las tibias y fecundas aguas, las primeras plantas, los animales 
ante-diluvianos se formaron. Durante la época primordial no había sino in- 
vertebrados flotando sobre las olas. En el período siluriano se dejan ver peces 
cartilaginosos. Muchísimo más tarde, en la época primaria, comienzan los 
groseros anfibios y los grandes reptiles, con los pesados y perezosos crustáceos. 
Surgen islas del seno de los mares, y por vez primera se ostenta la vejetación. 
Durante millares de años fueron mudos y sordos los habitantes de la tierra. 
El grito, el canto, no comenzaron hasta la edad secundaria. Durante millones 
de siglos no tuvieron sexo ni los animles, ni las plantas. Poco a poco se des- 
envolvió la vida; el reptil se fué formando, el ala hizo volar al pájaro. Viene 
la edad terciaria, y nacen las grandes especies animales, sin que el hombre 
hubiera aparecido aún. Llega más tarde la plenitud de la vida, y brilla al fin, 
el espíritu humano sobre la tierra. ¡ En la historia del planeta, fué el hombre 
la primera conversación de la Naturaleza con Dios! (2) 

El rudimento, el génesis, de Guatemala sería — dando crédito a sabios geó- 
logos — una isla de cadenas graníticas, salientes del fondo de los mares, aisla- 
das entonces del resto del suelo de la América Central, y compuestas de mi- 
caesquistos y esquistos cambrienos, lo que haría remontar esta tierra a incal- 
culable antigüedad, apenas concebible en la serie de los tiempos geológicos (3). 

Ahí se contemplan esas montañas de los alrededores de Zacapa, del Carri- 
zal y de la serie abrupta que va con dirección al otro lado de la cadena, como 
buscando los pórfidos traquíticos en los mamelones de granito y de gneis de la 
base del volcán de Atitlán, casi al oeste, 22? sur, y 22? norte, correspondiendo 
sensiblemente a uno de los grandes círculos más importantes del cuadro pen- 



(1) Según cálculo del profesor Helmhollz, sólo para enfriarse la tierra a modo de contener seres vivos 
debieron de transcurir 350 millones de años, y otro tanto para due fuera adauiriendo más perfectas formas. 

(2) Flammarion— "Le monde avant la ci-eatíiSn de Thomme. Pa»re 23. 

(3) Voyage Geolóffique dans les Repúbli<iues de Guatemala et du Salvador. Pag^. 251. 



— oc- 
tagonal de Elie de Beaumont. El segundo levantamiento bien pronunciado, 
del cual Dollfus y Montserrat encontraron rastros en Guatemala, fué el de gran 
cantidad pórfiro-tráctica, que vino a dar a esta porción del istmo su bellísimo 
relieve orográfico y sus rasgos físicos actuales, cuando menos por el lado que 
cae a las playas del Atlántico. Desde las altas cumbres de Totonicapán hasta 
Esquipulas y Alotepeque, pasando por los valles de la capital, está netamente 
marcado el rumbo de aquel fenómeno geológico, posterior a la formación de los 
terrenos jurásicos y anterior a la de los cuaternarios. El tercer levantamien- 
to fué el de gigantescas montañas, aisladas, con cúspides de fuego y formi- 
dables entrañas en combustión, que al cambiar el trazado de la línea del mar, 
por los vacíos y movimientos cataclísmicos que produjeron, acarrearon pro- 
fundas transformaciones en el curso de los ríos, quedando lagos, como los de 
Atitlán y Amatitlán, y nivelándose valles y llanuras, análogas a las de la 
meseta de Guatemala, que contienen inmensas materias volcánicas, producién- 
dose colinas, ondulaciones, grietas y mil fenómenos más, que por el lado de 
El Salvador son harto notables, en esa especie de espinazo gigantesco que el 
eje volcánico figura al través de este suelo, y que acaso se completaría en los 
comienzos de la época cuaternaria, ya que se encuentran por el extenso y bellí- 
simo valle de la capital de Guatemala, osamentas de grandes mamíferos, de per- 
didas especies animales, que se refieren a aquellas edades geológicas, y qtie 
pudieron vivir sobre el suelo formado por deyecciones volcánicas. 

Creen algunos sabios que, por el tiempo del gran levantamiento volcánico, 
nació, como hemos dicho, la humana especie, sobre nuestro planeta, y que 
cuando los montes primeros se erguían, la raza autóctona vino apareciendo. 
Al fin de la evolución que solevantó las montañas, dice Edgar Quinet (i) me 
encuentro con un ser que se alza sobre sus pies y pisa las alturas, que mira al 
cielo y marcha sin encorvarse. Es el hombre, que representa la edad del mun- 
do en su medio día, cuando la tierra le dijo: "Levántate y anda!. , . . Enton- 
ces las orquidáceas que lucen sobre los árboles de la América Central, comen- 
zaron a mecerse con peculiares formas, como inquietas mariposas, o cual ara- 
ñas brillantes del jardín, con sus largas y endebles patas ; ya semejando afili- 
granado escudo heráldico ; ora la cabeza de una quimera chinesca o la ávida 
boca de un animal fabuloso. 

Por el período terciario se efectuó un cataclismo tremendo, cambio por- 
tentoso, el más trascendental de los conocidos en los anales geológicos del 
mundo. Desapareció el calor en muchas regiones, y grandes aludes de nieve 
se desbordaron de los polos, amortajando casi toda la tierra, hasta el paralelo 
35 o 40, con un paño helado de muchos metros de profundidad. Las aguas 
oceánicas cubrieron los más altos montes, y la mayor parte de la América 
Central estuvo dentro del mar, como se revela aún por su estructura. Ahí 



(1) La Creación.— Tomo II, página 299. 



— 61 — 

están esos grandes hundimientos, diversos subsuelos, barrancas inmensas, le- 
chos de lagos grandísimos y rastros apocalípticos del cataclismo subliAie. En 
la estrata de esa edad se hallan los rastros primeros del hombre sobre el globo. 
La teoría desu aparecimiento inmediatamente después del período postglacial, 
cuenta con el apoyo de los más eminentes geólogos, como George K. C. Ger- 
land, Ernesto Heckel y otros muchos renombrados (i). 

Las tierras del Centro de América cambiaron de aspecto y de superficie ; 
muchos especies de seres ya no pudieron vivir ; pero después de cubierto el 
globo por aquel albo sudario, que parecía sepultarlo en una muerte glacial ; 
después de la lucha de las aguas, ante el arco iris de un sol cansado de alum- 
brar caóticas transformaciones, y entre los estremecimientos de toda creación, 
apareció el hombre sobre la tierra, como el ser más perfecto, como la imagen 
del Autor de todo lo creado. 

Los antiguos organismos sirven, por transformación, para que nazcan 
otros nuevos ; y los corales, las madréporas, y otros muchos animalillos mari- 
nos, son constructores de modernas hiladas semejantes a las de los antiguos 
períodos geológicos. Diríase que por atavismo, acostumbráronse a modelar 
en pequeño, lo que fuerzas caóticas hicieron en la perpetuidad de la existencia. 
La muerte alimenta sin cesar la vida. 

Ante los conocimientos modernos, parecen mitológicos los apotegmas 
antiguos. Pensaban los bracmanes que era la Tierra inmenso loto abierto 
sobre la superficie del agua. Los talmudistas y sirios creían ser el suelo una 
masa inmóvil, apoyada en colosales columnas de piedra, perdidas en el caos. 
Algunos pueblos aborígenes de América decían que, como castigo de un cri- 
men nefando, la diosa Bochicha había condenado al gigante Chibchacum a 
sostener sobre sus espaldas la Tierra, como un inmenso cajete verde sombrea- 
do por otro cajete azul. Los terremotos resultaban movimientos impacientes 
de este Atlas del Nuevo Mundo, a quien Kabrakán hacía padecer convulsivos 
estertores (2). 

Al desembarcar, por primera vez, en tierras tropicales, dice Humboldt (3) 
nos sorprende agradablemente reconocer en las rocas que nos rodean, los mis- 
mos esquistos inclinados, los mismos basaltos formando columnas cubiertas 
de amigdaloides seculares, que poco antes habíamos dejado en Europa; pero 
esas masas pétreas se encuentran en los trópicos cubiertas con una vejetación 
de traza nueva, de fisonomía sorprendente, de colosales formas, pertenecientes 
a una flora maravillosa, exótica, llena de grandeza y de indefinibles escantos. 

La América Central es un singular broche, que quedó después de romperse 
en mil pedazos el continente, que aquí era análogo al asiático ; pero que vino a 
hallarse después sin correspondencia rítmica, como tienen generalmente los 



(1) Historia de la Creación de los seres, según las leyes naturale«i. Tomo I. 

(2) Eliseo Reclus— Nuestro l'laneta— Cap. III p. 69. 

(3) El Cosmos. 



— 62 — 

contornos de todas las tierras que hay sobre el planeta, y que presentan arcos 
de círculos más o menos grandesy perfectos. Los lagos de Nicaragua deno- 
tan la depresión más grande de América. El tercer círculo señalado por 
Reynaud, de una inclinación de 15 o 20 grados sobre el polo, pasa por el istmo 
centro-americano, y atraviesa en el mundo antiguo casi todos los grandes 
desiertos, que estaban llenos de agua durante los últimos períodos terrestres. 
Esa serie de perdidos mares, en donde al presente se hallan las arenosas y cá- 
lidas llanuras de Sahara, Egipto, Arabia, Persia y el Cobi o Chamo, está domi- 
nada al norte por diversas cordilleras, el Atlas, el Tauro, el Cáucaso ; como el 
Pacífico y el Mediterráneo, las aguas desaparecidas tenían al norte una mura- 
lla de tierras elevadas. No es un ciego capricho de la naturaleza esa trinchera 
de volcanes, que parece estuviesen conteniendo, en nuestro territorio, las furias 
de las olas del mar del Sur. Esun círculo de fuego, como dirían Ritter y Buch. 

Se pierde la imaginación, al calcular, o mejor dicho al sólo enunciar, las 
adades geológicas que han transcurrido para que Centro-América tenga la for- 
ma y el estado en que hoy se encuentra (i). En los tiempos más antiguos, 
durante los períodos de transición silúrica y devoniana, y hacia las primeras 
formaciones secundarias, por acá apenas había una isla estéril, precisamente, 
según presumen los geólogos, en el sitio que ocupa la mayor parte de Guate- 
mala. Después, en los períodos siguientes, unióse esta isla a otras más gran- 
de, que por Yucatán y Honduras ya existían ; pero dejando lagos y golfos pro- 
fundos. Finalmente, cuando se alzaron los Andes, últimos que nacieron, en 
la época del levantamiento de las montañas, formaba Centro-América parte del 
gran continente, que después se destruyó, según ya lo hemos insinuado y lo 
explicaremos extensamente. 

Nuestro planeta continúa siempre en actividad ; brotan en el día volcanes, 
a la vista medrosa del espectador, como sucedió en el lago de Ilopango. Las 
fuerzas interiores y los fluidos terrestres ocasionan fenómenos trascendentales 
y a las veces terribles. Parece cierto que la América del Sur estuvo separada 
del resto del Continente americano y unida con el Centro, como lo comprueba 
la fauna de estas regiones, en la que se nota admirable minoría de las especies 
de mamíferos norte-americanos, y gran preponderancia de formas sud-ameri- 
canas, en México y la América Central. 

"Como durante el período terciario, tuvieron lugar — según explica el doc- 
tor A. V. Frantzius — terribles alzamientos y hundimientos, y sobre todo, du- 
rante el período mioceno, descendieron algunas partes de Centro-América 
dentro del mar, hasta el punto de que sólo las cimas de las montañas más altas, 
aparecían sobre la superficie, en formas de islas separadas unas de otras (2) ; 
así es probable también que durante la época de mayor alzamiento, el angosto 



(1) Bioloíría Centrali-Americana, de Salvin y Godman. 

(2) El Doctor Sapper, aue hizo un estudio geológico de Guatemala opina que la América Ontral 
estuvo cuatro veces sumergida entre las aguas del océano. Lo mismo sostiene Basseur de Bourlx)urg 




-63- 

istmo se levantara tanto sobre el océano, que aparecieran las planicies extendi- 
das al pie de las montañas y quedaran fuera del agua, lo cual favoreciera la 
emigración de los mamíferos para el norte, mucho más que la estrecha faja de 
costa que por ambos lados ciñe la faja de montañas del istmo. El notable 
desarrollo de los animales tropicales en México y Centro-América y su gran 
identidad con las especies sud-americanas, indican que tal era el estado ante- 
rior, y que las masas de tierras bajas se agregaron inmediatamente a la estre- 
cha faja de tierra actual" (i). Bastaría una simple depresión de treinta me- 
tros para que el Pacífico y el mar de las Antillas unieran sus aguas entre los 
dos continentes americanos (2). 

La configuración de Centro-América presenta el mayor interés. Geoló- 
gicamente considerado es este hermosísimo istmo el resto que dejaron las con- 
vulsiones ante-diluvianas, después de sumergir la Atlántida en el fondo del mar. 
A primera .vista se nota que las dimensiones y la estructura del suelo centro- 
americano no guardan proporción con las inmensas masas de esos agigantados 
hemisferios, que parecen unidos por el estrecho que, en medio de ambos 
mares, liga a la América del Norte con la América del Sur. Ahí está la esca- 
vación profunda, en que sobre las verdes aguas del mar antiguo de los caribes, 
brotan millares de islas cual astillas regadas por tremendo cataclismo. Desde 
el cabo de Hornos hasta el mar Polar tiene el Continente Americano 4,900 
kilómetros de largo, mientras que la anchura de la América del Norte es de 
5,200 y la del Sur de 4,000 ¿ qué son esas cantidades comparadas con la longi- 
tud y latitud de los Continentes? El Istmo, dadas sus actuales dimensiones, 
no corresponde para servir de base a ese titán de los Andes, que se distingue 
de los demás colosales sistemas de montañas por las bifurcaciones inuameria- 
bles de la cordillera, con picos altísimos, crestas de 8,000 metros, masas de 
pórfido y de traquita, a las orillas del Pacífico, con bocas de fuego y cimas de 
hielos eternos, cual plutónico cinto. Ese gigante se rehace, se alza más, des- 
pués de franquear la estrecha lengua de tierra centro-americana, que parece 
oponerse a su trayecto. Como colérico del dique, deja altísimas pirámides, en 
su rastro; volcanes numerosos, atalayas de su paso (3). 

Esa estructura de los Andes y el archipiélago hecho pedazos, revelan, se- 
gún geólogos modernos, una antiquísima alianza material. Unid las Gran- 
des Antillas entre sí, y con la península de Yucatán, levantad a flor de agua las 
tierras que el mar devoró un día en un su furia, juntad después las Bahamas 
a la Florida, y habréis reconstruido un Continente, simétrico respecto a los 
otros dos, con su cordillera y su Mediterráneo; aquel mundo, que las tradicio- 
nes de nuestros aborígenes evocan al través de millares de siglos. El Archi- 
piélago, con sus islas volcánicas, esparcidas por el mar de las Antillas, es resto 



(1) Mamíferos de Ckwta Rica. 

(2) Elíseo Reclus.-Nuestro Planeta. 

(3) Stoppan.v—Cui-so de Geología. 



-64- 

de un viejísimo Continente unido a las dos Américas. Ese oasis fué testigo 
mudo de una gran catástrofe, en el que el fuego de Vulcano apareció levantando 
y hundiendo la tierra, que después Neptuno azotaría, sumergiéndola de nuevo, 
para establecer en ella el imperio de sus creaciones madre-poricas. El Códex 
Chimalpopoca dice que, en un titilar de la estrella matutina, estalló el mundo, 
y se sumergió la región más rica del globo. 

Nuestros altísimos volcanes, ese encaje caprichoso que corta el horizonte 
con curbas amplísimas, sería la salvación de esta tira de tierra, en el cataclismo 
que hundió los restos perdidos de primitivas capas geológicas. La afinidad 
y la atracción, en su juego eterno, forman y destruyen Centinentes. La cor- 
dillera Andina dio a Centro-América dos descensos desiguales, como si el 
Pacífico hubiera avanzado más en su irrupción, dejando una estrecha banda, 
que apenas alcanza treinta leguas en su mayor anchura, mientras que tiene 
más de ochenta la pendiente del Atlántico. Está comprobado, por eminentes 
geólogos, como el P. Lanza, de la Compañía de Jesús, que los dos focos ígneos, 
o sean husos, como el les llama, se encuentran uno bajo la América Central y 
otro bajo el Japón. 

La meseta amplísima y singularmente bella, en que hoy se encuentra la 
capital de Guatemala, no es más que una parte alta, circunscrita por algunas 
montañas poco elevadas, de una llanura vasta, que atraviesa la América Cen- 
tral, en su región media, en un desenvolvimiento de más de cien leguas, al 
decir de los geólogos Dollfus y Montserrat, autores de una obra notable sobre 
nuestro país, que presenta rasgos muy interesantes. El valle magnífico de 
Comayagua, padece que deseslabona la cadena de los Andes, para dar paso a 
una vía la más natural entre ambos mares. El lago de Nicaragua, con no- 
venta millas de largo, por cuarenta de ancho, es una elipse color de cielo, entre 
cuyas límpidas aguas se alza el Momotombo, volcán en erupción, y una isla 
cuajada de palmas, orquídeas y frutas tropicales. Es uno de los panoramas 
más bellos del mundo. 

Desde muchos puntos de vista, es admirable Centro-América, cuyo suelo 
ofrece la clave para penetrar en cuestiones obscurísimas de orígenes y génesis, 
de cataclismos y veneros de vida (14). El historiador descubre aquí en el 
Istmo, sobre todo por el lado de Yucatán y Honduras, el núcleo del célebre 
pueblo civilizado de los mayas, progenitores de los quichés, que tuvieron gran 
cultura ; el hombre industrioso halla en esta afortunada tierra la mansión per- 
petua de la primavera; el naturalista rastrea los pasos iniciales de seculares 
edades ; el poeta, en fin, admira en nuestros llanos de esmeralda, a Ceres y a 
Flora regocijándose con fruición gratísima, como se regocijarían los pobla- 
dores primeros del paraíso terrenal. Ahí están los bajo-relieves de las ruinas 



(1) Dr. A .' Bergeat-Geoloírfa de Guatemalí 



-65- 

de Palemke, rastros de que el budismo, según demuestra Charnay, se predicó 
en tiempos remotos por estas regiones (i). 

La fauna paleontológica del extremo setentrional de América es idéntica 
a la del Antiguo Continente, de donde deducen algunos escritores que, en 
épocas remotas, en edades geológicas anteriores a la actual, estuvo América 
uida con Asia y con Europa (2). Un fenómeno tan extraordinario como el 
levantamiento de la cordillera de los Andes, debe de haber producido profun- 
dos cambios en nuestro planeta. Se rompería el antiguo equilibrio entre los 
dos océanos, causándose asombrosas perturbaciones y acaso hundiendo para 
siempre la misteriosa Atlántida, suelo propicio y rico, de que nos hablan las 
tradiciones chimalpopocas, los sabios egipcios y los fastos helénicos (3). 

Tenían los Padres Jesuitas, en el Colegio Tridentino de esta ciudad de 
Guatemala, una interesante colección de fósiles, recogidos por las márgenes 
de la laguna de Izabal, que demostraban el carácter jurásico de aquellos yaci- 
mientos, al decir no sólo del P. Cornette, que era especialista en estas obscuras 
materias, sino de los geólogos franceses Dollfus y Montserrat, que hicieron 
de ellos un detenido examen (4). Aquellos restos eran tan antiguos como 
los encontrados por Ameghino en la república Argentina y los famosos del 
Brasil. 

Ese mismo sabio jesuita llevó a cabo un estudio geológico muy interesan- 
te, desde las márgenes del gran río Motagua : "En Zacapa, dice, se encuentra 
un valle basto y bastante profundo que se abre paso entre una soberbia roca 
de granito, prolongándose tanto hacia el Este como hacia el Oeste. 

El camino sigue el valle del río de Zacapa hasta Chiquimula (379 metros) : 
el fondo del valle es muy inclinado y los granitos hacen lugar a las rocas sedi- 
mentarias. Cerca de Chiquimula, pasando al pie del monte Chatún, (656 me- 
tros) cuya cima se compone de asperón y al rededor de la ciudad de Chiquimu- 
la, se encuentra una gran cantidad de guijarros incrustados en calcáreo azul 
en el lecho del río y en las barrancas de los torrentes. 

Después de Chiquimula, el camino lleva por algún tiempo la dirección del 
Este para llegar al río de Copan y seguir con él hasta la ciudad del mismo 
nombre. Se entra entonces a una región formada únicamente por rocas sedi- 
mentarias más o menos ocultas por depósitos superficiales, pero visibles muy 
distintamente cuando el terreno es más irregular. Deben existir varias cade- 
nas de composición casi idéntica: las principales serían : 1° la que se encuen- 
tra al Sur de San Juan la Ermita, cuyo punto culminante es el monte Ticanlú 
(773 metros) y al pie del cual se encuentran manantiales ferruginosos: 2" la 
que pasa por Jocotán y Comatán y limita al Sur el río de Copan : en fin la que 



(1) Las ciudades Antiguas del Nuevo Mundo, cap. 14. 

(2) Reclus— Descripción de los fenómenos de la vida en el Globo -Capítulo II. 

(3) Burmeister— Historia de la creación— Cap. 15. 

(4) Voyasre geolóírlMue, pag. 277. 



— 66 — 

al Norte limita este último río y cuya cima más elevada es el monte Tipicay 
(632 metros). En cuanto a la constitución geológica, todo nos hace creer que 
las capas inferiores están formadas por esquistos arcillosos, mientras que las 
superiores, están constituidas por asperón. Cerca de San Juan la Ermita 
(515 metro) existen esquistos arcillosos atravesados por bandas de calcáreo 
silíceo, lo cual prueban las muestras de la colección de Guatemala. En el río 
de Jocotán (332 metros), estos mismos esquistos arcillosos se encuentran 
atravesados por vetas metaüfetas, las que se ven también en el río Camotán. 
Los asperones, por el contrario, existen en la cadena de colinas de Jocotán, en 
el paso del Obraje, sobre el río Copan (419 metros) en donde contiene bandas 
de sílice piromáquico jaspeado. — Encuéntranse aún en Llano Grande (795 me- 
tros) y parecen continuarse en las llanuras de Honduras, y varias aserciones de 
M. Squieres (The States of Central América) lo confirman. En Copan mismo 
(550 metros) en donde existen ruinas célebres, el suelo está cubierto de depó- 
sitos superficiales, muy abundantes a veces, formados por capas vizcosas, de 
tobas y piedra pómez blanca : la llanura que se extiende hacia el Sur, presenta 
la misma composición hasta la cadena de montañas de los. Horcones (1,108 
metros) en donde los asperones son de nuevo visibles; pero las ondulaciones 
siguientes están formadas tan sólo por aluviones recientes. 

En las cimas que dominan al Este la ciudad de Esquipulas, (910 metros) 
una de las más importantes del Departamento, se llega a la cadena de monta- 
ñas que constituye la línea de separación de las dos vertientes de esta región, 
de la de Guatemala. Esta cadena de montañas está formada de pórfidos que 
aparecen por primera vez en el desfiladero de los Apantes (1,100 metros) en 
donde son de color negro y parcialmente descompuestos en la sobrefaz. Estos 
pórfidos se extienden de una manera aún más completa en los alrededores de 
Alotepeque (1,384 metros) en donde constituyen todas las rocas aparentes: 
dichos pórfidos son verdosos y aparecen muy distintamente en la elevación 
conocida bajo el nombre de Derrumbadero, punto en donde alcanzan una alti- 
tud de 1,636 metros.- En estos pórfidos existen varias vetas metalíferas que 
están explotadas, principalmente en las minas de San Pantaleón y de San 
Carlos, en los alrededores de Alotepeque : estas vetas contienen sobre todo, 
galena muy argentífera accidentalmente mezclada, según se cree, con minera- 
les de zinc, de hierro y de antimonio. La cadena de montañas que se extiende 
al Este de Alotepeque hasta más allá de Jutiapa, cerca de la laguna de Ayarza, 
debe probablemente componerse de rocas sdimentarias y metamorfósicas. 
Cerca de Alotepeque se encuentran esquistos arcillosos los cuals existen tam- 
bién al Norte de Jutiapa. 

Estas capas, relativamente muy recientes, están sostenidas por una eleva- 
ción de micasquistos los cuales son muy visibles cerca de Jutiapa, estando cu- 
biertos por las deyecciones volcánicas de Monterico y de Ipala, perdiéndose 
en esguida en la base de las montañas de Alotepeque. 



-67- 

Al Sudeste de Alotepeque, el suelo está cubierto en todas partes por capas 
más o menos gruesas de deyecciones volcánicas, arenas, rocas escorificadas o 
arcillas que proceden de una serie de volcanes todos completamente apagados 
y alineados según una dirección Sur 4" Oeste, sensiblemente perpendicular a 
la dirección volcánica principal de El Salvador y de Guatemala. La presencia 
en este lugar de esta serie de volcanes s muy interesante y merece ser estu- 
diada con el mayor cuidado: por desgracia, las otras del Presbítero Cornette 
contienen datos muy poco explícitos, pero sin embargo, suficientes para expli- 
car la naturaleza de las cimas en cuestión, pues las palabras volcán, cráter, 
lava, están repetidas muy amenudo, lo que indica un estudio serio y minucio- 
so de los hechos. 

Los volcanes de Ipala (1,661 metros) y de Monterico, están rodeados de 
lavas más o menos porosas, y reemplazadas poco a poco en la dirección del 
Sur, por varios sedimentos volcánicos, tobas, piedra pómez y arenas que al- 
canzan una extensión considerable cerca de Agua Blanca (810 metros). In- 
mensos torrentes de lavas cubiertas de arcillas en muchos puntos llegan hasta 
los pueblos de Santa Catarina (708 metros) y de Suchitán (1,252 metros); 
estos torrentes bajan del volcán de Santa Catarina, cuyo cráter gigantesco, 
está rodeado de lavas desmenuzadas y de rocas escorificadas. Estas mismas 
lavas, mezcladas de arcillas y cenizas, llegan también en el sentido opuesto, 
hasta la aldea de Achuapa (964 metros). Más al Sur se extiende una llanura 
cuyo suelo se compone de elementos arenosos que contienen piedras de grani- 
to, lo que parece demostrar la presencia de esta última roca en las montañas 
que se encuentran al Noroeste. A poca distancia se encuentran dos cráteres 
volcánicos extinguidos y muy poco elevados : el de Cuma y Amayo. 

Un poco más lejos, se atraviesa el río de Paz (961 metros) que en este 
punto es un simple riachuelo, pero que en la parte más baja de su curso, es un 
río importante y forma la frontera entre las Repúblicas de Guatemala y El 
Salvador. Se atraviesa después una llanura cubierta de depósitos superficia- 
les y por una cuesta larga de más de 400 metros, se llega a la aldea de Aza- 
cualpa (1349 metros); esta' cuesta se abre paso entre los conglomerados por- 
fidíricos. 

La gran cuesta de El Voladero, que baja del Oratorio a los Esclavos y 
que encuentra al camino de la Unión a Guatemala, presenta la misma com- 
posición". 

Dícese que por aquellos terrenos antiquísimos hubo razas de hombres muy 
corpulentos en las primitivas épocas, cuando los animales ante-diluvianos de- 
jaron por ahí restos de huesos que después se han encontrado, y que muchas 
veces vimos en el Museo de la Sociedad Económica. Los cataclismos, emi- 
graciones y cambios desfavorables, hiecieron degenerar aquella raza, que al fin 
se estancó como las orientales. 

Lo que sí puede afirmarse, como seguro, es que el Continente Americano 



— 68 — 

no tuvo ni la misma forma, ni los mismos nombres. Los normandos que lo 
visitron en el siglo décimo (i) llamábanle Markland, tierra "de Árboles, como 
significa precisamente el nombre de la región guatemalteca que los aborígenes 
denominaron QUICHE, muchos árboles. "Es muy probable, dice el profesor 
Wilder, que el Estado de la América Central, en el que encontramos el nombre 
AMERIC, significando como el Merú indio, Gran Montaña, dio su nombre al 
Continente. No sería remoto que el nombre América estuviese íntimamente 
relacionado con Merú, el monte sagrado que está en el centro de los siete con- 
tinentes, según la tradición india. He aquí las razones que pueden aducirse, 
y que cuentan hoy con autoridades científicas que las apoyan. Nosotros sólo 
las consignamos a título de información curiosa, i? — Améric, Amérrica o 
América, es el nombre que en Nicaragua se da al país elevado que forma una 
cadena de montañas entre Juigalpa y en la Libertad, en la provincia de Chon- 
tales, que por uno de sus lados penetra en el territorio de los indios Carcas, y 
por el otro, en la región de los Ramos. Ic o Icque es terminativo que denota 
grandeza, como cacique, etc., el nombre "América Provincia" apareció, por vez 
primera, en un mapa publicado en Basiléa, en 1522. Todavía en aquel tiempo 
se creía que dicha región formaba parte de la India. Aquel año Nicaragua fué 
conquistada por Gil González de Avila. 2? — El nombre de Vespuzio no era 
Américo sino Albérico, como lo demuestra perfectamente Wilder, y se reco- 
noce hoy en el mundo científicamente. Vespuzio hubiera dado su apellido y 
no su nornbre de pila a un Continente." 

Tal dice ese escritor erudito ; pero la verdad es que en los escritos del siglo 
XVI, en que se contaban los descubrimientos recientes, parecían desconocer el 
nombre del descubridor del Nuevo Mundo o le asignaban puesto secundario y 
modesto entre los audaces exploradores (2). En 1507, un geógrafo de Saint- 
Dié, en Lorena, escribía estas palabras : "Ahora que aquellas regiones han 
sido más extensamente examinadas, y que ha sido descubierta una cuarta par- 
te del globo, por Américo Vespucio, no sé que habría para negarle, en honra 
de su descubridor Américo, hombre de ingenio sagaz, el nombre de Ameriqen, 
esto es Tierra de Américo, o mejor América, ya que tanto la Europa como el 
Asia llevan nombre de mugeres". 

Muchas publicaciones autorizaron tal error y su número fué tan grande, 
que no es extraño, según el más notable de los historiadores del siglo de los 
descubrimientos (3) que la proposición de dar el nombre de América fuese 
aceptada y divulgada inmediatamente como acertadísima. 

Si en la serie de los tiempos la forma de la América Central no fué la 
misma ; sí quedó cual estrecho istmo, después de ser la región que se unía con 
la Atlántida ; si hoy es, en el Continente, lo que la Suiza en Europa ; y si será 



(1) Historia Vinladiae Antluuae. . 

(2) La primera biografía y el primer ijiósrrafo de Cristóbal Colón, por Dleiro Barros Arana. 

(3) Sophus Ruge. Historia de la época de los documentos geográficos. 



-69- 

mañana el emporio del mundo ¡ qué mucho que los nombres cambien en el 
decurso de los siglos! (i). 

En el curioso libro de William Scott-Elliot, traducido del inglés al caste- 
llano y publicado en Madrid (Tipografía de Palacios) con el título de "Bos- 
quejo Geográfico Histórico y Etnográfico de los Atlantis", se asegura que hubo 
cuatro grandes cataclismos, que trastornaron el planeta que habitamos. El 
primero acaeció en la edad miocena, hace como ochocientos mil años ; después 
sucedió otra catástrofe, hará cosa de dos mil años ; y la tercera ocurrió hará 
ochenta mil años. La isla Poseidon, de que hablan los historiógrafos griegos, 
desapareció en el último hundimiento, nueve mil quinientos setenta y cuatro 
años antes de la era cristiana. 

La América del Centro, según uno de los mapas que contiene aquella obra, 
vino desmembrándose en el segundo cataclismo, y perdiendo cada vez más 
terreno, hasta quedar como una tira de tierra uniendo dos grandes hemisfe- 
rios. El esquema etnológico y etnográfico permanece tan obscuro como esas 
formaciones y hundimientos que el mar tenebroso ha causado en millones de 
siglos. Con razón dice Neumayer, en su "Historia de la Tierra", que la ima- 
ginación de tal suerte se pierde, que sucede lo mismo que acontece al que, des- 
de una inconmensurable altura, mira el fondo del abismo y pretente distin- 
guir los pequeños objetos que en él se hallan. . . . 

Lo que aparece geológicamente cierto es que el suelo americano no tuvo, 
allá en épocas remotísimas, la misma estructura, las condiciones de vida que 
tiene hoy. Los enormes mamíferos, los gigantescos paquidermos, los colosa- 
les desdentados y prosbocídeos que vivían en esta parte del mundo, y cuyos 
huesos esparcidos quedan bajo profundas capas de terrenos antiquísimos, ya 
no pudieron vivir al crecer las cordjlleras ; cambió el clima, variaron las esta- 
ciones y hasta los alimentos que los sustentaban dejaron de encontrarse a su 
alcance. En nuestros bosques hubo dinosaurios colosales, grandes pájaros 
fisórmides y fororácos, monstruos bípedos de alas cortas y gruesas, garras de 
águila y pico condórico, vampiros enormes y reptiles horrorosos. 

Las aguas del mar no se aumentan ; pero la corteza terrestre se levanta o 
se deprime. El período glacial debió de haber producido modificaciones pro- 
fundas en la superficie de nuestro planeta. En la edad del levantamiento de 
las montañas, perderíase el equilibrio de las aguas, inundaríanse muchas re- 
giones, quedarían enjutas otras, y una portentosa transformación ha de haber 
sufrido la tierra, cuyo movimiento engendra fluidos vitales, que el sol hace 
germinar y que el soplo de Dios anima, en múltiple fauna y maravillosa 
flora (2). 



(1) Los Que deseen consultar la mejor obra acerca de las naaterlas esbozadas en este capítulo, podrán 
estudiar la "Biología Cenlrali Americana, impresa en Londres, por Salvin y Godman, comenzada a editaren 1879. 
— Merece citai"se también la Uber Qebirgoban und Boden da norollichen MiHelamerika, del doctor Sapper, con tres 
cartas geológicas importantes, y 25 perfiles— Cotlia. Justus Perthes.— 1899. 

(2) Burmeister— Historia de la CreacicSn— Capítulo V. 



•■W^ 






CAPITULO II. 
TIEMPOS PREHISTÓRICOS DE CENTRO-AMÉRICA 



SUMARIO 

En el lugar que ocupa el mar de las Antillas se cree que hubo bellísimas tie- 
rras. — Sabios escritores opinan que la primera civilización que apareció en el mundo 
fué la americana. — Lo que dice Balwin, — Solón y el Atlantis perdido. — Las obras 
de Brasseur de Bourbourg. — Las opiniones de Catlin y de Escott Elliot. — El 
Codex Chimalpopoca. — Plutarco refiere la pérdida de la Atlántida. — Tradiciones 
antiquísimas. — Aplicaciones de la teoría del gran cataclismo que parecen avanza- 
das. — Américci, India, Egipto. — Los sondeos del mar, la fauna, la flora, la seme- 
janza de lenguaje y tipo etnográfico, la analogía de arquitectura, las creencias, las 
leyendas, los manuscritos antiguos, el testimonio de los filósifos, todo está demos- 
trando los cataclismos americanos. — Épocas en que se verificaron los cuatro más 
terribles. — Opiniones de Quatrefages, Le Plongeon y Bancroft. — Conferencia 
dada por el profesor Retzius. — Lo que dicen los historiadores Hamy y Chavero. — 
En América la edad de hierro se sustituyó por la de cobre. — Tímibién por el Pací- 
fico, creen algunos que estaban unidas América, Asia y Europa. — Los otomíes y los 
nahoas. — La etnografía, geología, paleontología y tradiciones de América, así lo de- 
muestran. — Importantes descubrimientos del Dr. Schliemann sobre la Atlántida. — 
Lo que aparece en la obra "Isis sin velo", escrita por una dama rusa. — La vara 
mágica de Quetzalcoatl es la varilla de zafiro de Moisés. — Similitud de las formas 
del culto, en los nombres de utensilios mágicos, en refinamiento y cultura, entre los 
maya-quichés y los egipcios. — El profesor Jowet impugna la teoría de la Atlántida, 
en el TIMOEUS. — Refutación del sabio Bunsen. — Egipto se remonta hasta el 
quinto milenario, antes de Cristo. — Opiniones de Murray. — Cataclismos y civili- 
zación de Centro-América. — Importancia del Istmo. — Los volcanes de Guatemala. 
— Los vértices de los husos esféricos en que está cortado el casco de la tierra, con- 
curren bajo el suelo de la América del Centro y el de las islas de la Sonda. — Razas 
primitivas de indios americanos. — Arte primitivo. — Semejanza del arte maya- 
quiché con el caldeo. — El alma del bosque. 



En donde el mar de las Antillas se extiende como un retazo de cielo, hubo 
en la época de la juventud del mundo, una zona fértil, poblada, rica, con pra- 
deras de claro verdor, bosques de paradisiacos árboles, ríos y cascadas, que 
infundían vida a esa edénica tierra, a menudo trémula, y más cerca ahí, que en 
el antiguo mundo, del estado primordial del caos. Todo anunciaba ciclópeas 
fuerzas orgánicas en movimiento. Los grandes animales se guarecían en las 
profundidades de la selva, los geckos añosos y las salamandras avigarradas, 



— 72 — 

inmóviles, parecían aspirar con fruición el aire candente; las aves se oculta- 
ban en el follaje, y el confuso rumor de los insectos era como la respiración 
tranquila de aquel gigante dormido, que al despertar y desperezarse, se abismó 
en las aguas del océano, cuando trémula titilaba la estrella matutina, y el cre- 
púsculo anunció a la luz del sol que un Continente había desaparecido, en 
pavoroso instante, cayendo en el mar los hombres primitivos, como cae al peso 
del pescador, la barca que barre la ola y cubren para siempre las espumas. 

Los maretazos de las desencadenadas aguas, con movimientos de mons- 
truo, y las espumas cabriolando en el dorso de las olas colosales, bramaban, con 
el solemne lenguaje de las tempestades, al cambiar la policromía del océano, 
espejo del padre de la luz, que cual lápida inmensa de cristal cubrió en lúgu- 
bres instantes, la sumirgida Atlántida, sepultada en el protoplasma amorfo de 
los mares, en el silente fondo de las aguas muertas, engendradoras de vida. 
La acción de las edades, que los siglos arrojan sobre todo lo que existe, deja 
ver ahí en donde hubo un mundo, las islas esparcidas cual astillas flotantes de 
la tremenda catástrofe. 

La teoría de esa Atlántida perdida, es una de tantas hipótesis, que nos- 
otros exponemos, sin desconocer que hay respetabilísimos autores que no la 
aceptan ; pero de la cual no debemos precindir al enumerar las opiniones que 
la ciencia ha venido formulando. 

En efecto, algunos sabios que han estudiado mucho las antigüedades, tra- 
diciones y cambios geológicos de la América Central, hasta creen que la prime- 
ra civilización que apareció en el mundo, fué por estas regiones o tuvo muy 
inmediata atingencia con ellas. Sostienen que la raza humana primeramente 
entró en una vida civilizada en América, que por sus rasgos orográficos es el 
Continente más antiguo, siquiera se le llame Nuevo Mundo. Creen que mu- 
chos siglos ha, la parte más rica y culta, se sumergió bajo las aguas del Atlán- 
tico (i). Hubo, dicen, una terrible convulsión de la naturaleza, y apelan para 
probarla, a recuerdos existentes de tal catástrofe, que se consignaron en anti- 
guos libros de Guatemala, así como en algunos de Egipto, que hicieron conce- 
bir a Solón la idea del Atlantis perdido. Según esta creencia, el continente 
Americano se extendía, como indicamos en el capítulo anterior, por Yucatán, 
Cuba y las Antillas, muy hacia el Este y Nordeste, con rumbo a Europa y 
África, cubriendo todo el espacio que ocupan el mar Caribe, el Golfo Mexicano 
y las aguas que circundan aquellas islas. Esta porción abismada era el Atlan- 
tis o la Atlántida, de que hablan los anales egipcios, relatados por Platón. Ahí, 
dicen, fué el asiento de la cultura más remota, que se renovó después del gran 
cataclismo, perpetuándose en la región en donde quedan aún misteriosos res- 
tos de antiquísimas hieráticas ciudades. 

Los que deseen conocer mejor los fundamentos de esta doctrina, (jue no 



(1) Baldwin— The Ancient America. 



— 7Z — 

es dable explanar, en una obra como la presente, pueden ocurrir a las "Cuatro 
Cartas", a las "Fuentes de la Historia Primitiva de México", de Brasseur de 
Bourbourg, al libro de Jorge Catlin, intitulado "Las Rocas levantadas y su- 
mergidas de América", publicado en Londres, a fines de 1870, y a la curiosa his- 
toria de los Atlantis, de W. Escott-I^lliott. 

No hay duda, dice el autor de "La Antigua América", de que los restos de 
Copan, Mitla y el Palemke, son monumentos que demuestran el grado de 
desarrollo a que llegó la raza humana, en primitivas épocas, exceptuando so- 
lamente las de completo barbarismo, y pastoril sencillez (i). Esa teoría de 
la famosa Atlántida, sumergida en las aguas del mar, excita la imaginación y 
hace que se la considere como suceso maravilloso ; pero, por lo mismo, no se 
la debe negar profundo estudio y atento análisis. 

Cierto es que en el Códex Chimalpopoca, y en otros libros antiguos de 
Guatemala, se guardó la tradición del gran cataclismo, que todavía se recor- 
daba cuando los españoles vinieron a estos países, y aún se evoca en algunas 
fiestas, como la de Izcalli, que fué instituida con el objeto de conservar la 
memoria de la horrorosa destrucción de tierras y naciones ; solemnidad en la 
cual "los príncipes y pueblos se humillaban ante los dioses, y les pedían que 
no volviesen a permitir tales calamidades". 

De lo que el Códex Borgia, el Manuscrito de Dresde, el Manuscrito Troano 
descubren en imágenes y geroglíficos, el Códex Chimalpopoca da la letra : con- 
tiene en lengua nahualtl la historia del mundo, compuesta por el sabio Hue- 
man, es decir por la mano potente de Dios en la gran Biblia de la Naturaleza; 
en una palabra, es el libro divino, el Teo-amoxtli (2). 

En la Vida de Solón, por Plutarco, se dice que mientras estaba en Egipto, 
conferenció con los sacerdotes de Psenophis, Soucuis, Heliópolis y Sais, quie- 
nes le refirieron la historia de Atlantis, del modo siguiente : "Nuestros libros 
dicen que los atenienses destruyeron un ejército que vino a través del mar 
Atlántico, e insolentemente invadió Europa y Asia ; porque ese mar no era 
entonces navegable, allende el estrecho, donde colocan las Columnas de Hér- 
cules, había una isla, más grande que el x\sia menor y Livia juntas. De aque- 
lla isla se podía pasar fácilmente a las otras islas, y de éstas al Continente, que 
está en derredor del mar de adentro. El mar, en este lado del estrecho (el 
Mediterráneo) del cual hablamos, se parece a una bahía, con una angosta en- 
trada ; pero hay un verdadero océano muy grande, que lo rodea un vasto Con- 
tinente. En las islas de Atlantis, reinaban tres reyes, con grande y maravi- 
lloso poder. Tenían bajo su dominio todo el Atlantis, muchas otras islas y una 
gran parte del Contiente. En un tiempo, su jurisdicción se extendía hasta 
Libia y Europa, llegando a tocar Tyrrhenia ; y uniendo todas sus fuerzas, in- 
tentaron destruir nuestros países de un solo golpe ; pero su derrota puso tér- 



(1) La Antigua América.— Página ÍX). 

'2) Brasseur de Bourbourg— Quati-e Lettres. Pag 24. 



— 74 — 

mino a la invasión y dio entera indeibendencia a los países que están a este lado 
de las Columnas de Hércules. Después, en un día y una noche fatal, sobre- 
vinieron fuertísimos terremotos e inundaciones, que tragaron al pueblo guerre- 
ro. Atlántis desapareció bajo las aguas del mar, y ese mar se hizo inaccesible, 
dejando de ser navegable por la gran cantidad de lodo que dejaron en él las 
tierras e islas que se sumergieron en sus aguas. 

Esta inmersión tuvo lugar muchos siglos antes que Atenas fuese reputada 
ciudad griega, y se refiriere a tiempos extremadamente remotos. La fiesta 
conocida con el nombre de Pequeña Panatenéa, que según las divisas simbóli- 
cas que en ella se usaban, recordaba aquel triunfo obtenido contra los Atlantes, 
se dice que fué instituida por Eriotonio el mítico, en los tiempos primitivos, 
hasta donde alcanzaron las tradiciones atenienses. Solón tenía conocimiento 
de los Atlántis, antes de ir a Egipto ; pero allá, por primera vez, oyó hablar de 
su isla y de la desaparición de ella, en un terrible cataclismo. Sin embargo, 
otros escritores antiguos mencionan el Atlántis. Un extracto conservado en 
Próclo, tomado de una obra ya perdida, y que lo cita Boekh, en su comentario 
sobre Platón, habla de seis islas situadas sobre el mar exterior, más allá de las 
Columnas de Hércules, y dice que era bien sabido que, en una de esas islas, los 
habitantes conservaban de sus antepasados el recuerdo del Atlántis, isla extre- 
madamente grande, que por mucho tiempo tuvo dominio sobre todas las islas 
del océano Atlántico". 

Brasseur de Bourbourg sostiene que tales tradiciones, que existen en am- 
bos lados del Atlántico, se refieren a un mismo suceso. La Isla de Atlántis, 
más grande que Libia y que el Asia Menor juntas, era, según su opinión, el 
gran Continente Americano. Estas tradiciones, pues, tan semejantes, tienen 
indudablemente una significación histórica. Las varias referencias que hacen 
los antiguos escritores griegos a los Atlantes, a (¡uienes colocan en la extremi- 
dad de Europa y África, en el océano que tiene su nombre, pueden razonable- 
mente ser considerados como vagos y pálidos recuerdos de una historia rela- 
cionada con la isla de que se habla en los anales de Egipto. En apoyo de esta 
interpretación de^J^ antiguas tradiciones, presenta el siguiente argumento 
filológico: Las parabras Atlas y Atlántico, no tienen una etimología satisfac- 
toria en los idiomas de Europa. No srm griegas, ni i)crtenecen a ninguno de 
los idiomas conocidos del Antiguo Mundo; pero eri la lengua náhuatl enct)n- 
tramos inmediatamente la a radical, atl que significa agua, guerra y parte supe- 
rior de la cabeza (Molina, Vocabulario de Is lenguas castellana y mexicana). 
De esa palabra se derivan muchas otras, tales como atlán, que significa a la 
orilla o junto al agua, de la cual se forma el nombre atlántico. Tenemos tam- 
bién la voz atlaza, combatir o estar en agonía, y significa también salir precipi- 
tadamente del agua, formándose el pretérito atlaza. Una ciudad llamada 
Atlán, existía cuando este. Continente fué descubierto por Colón, y se dejaba 



I 



I 



— 75 — 

*■ 

W ver en la entrada del golfo de Uraba, en el Darién, con un buen puerto. Hoy 

"^ está reducida a un pequeño pueblo que llaman Acia". 

En tercer lugar, aduce opiniones expresadas en pro de.su teoría, para de- 
mostrar que los hombres científicos, que han estudiado la cuestión, creen que 
había antes una gran parte de tierra que se extendía en el Atlántico, de la ma- 
nera que se ha dicho. El primer escritor que cita, es Moreau de Saint-Mery, 
autor de la "Descripción topográfica y política de la parte española de la isla 
de Santo Dimingo", publicada en 1796, y es cornos igue : — Hay algunos que, al 
examinar el mapa de América, no se concretan a pensar, con el Plinio francés, 
que las innumerables islas situadas entre la embocadura del Orinoco y el canal 
de Bahamas (islas que cpmprenden..varios promontorios, que no se ven en las 
mareas altas o cuando el mar está muy agitado) deben considerarse como 
cimas de las elevadísimas montañas, cuyas bases y flancos están sumergidos en 

^^1 el agua, sino que avanzando más, suponen que dichas islas son las crestas ele- 
vadas de la cadena de montañas, que ocupaban una parte del contienente cuya 
sumersión produjo el golfo de México. Mas para sostener esta teoría, debe 
agregarse que otra gran porción de la superficie de tierra que unía las islas de 
este archipiélago con el Continente, desde Yucatán hasta la boca del Orinoco, 
fué sumergida de igual manera, lo mismo que la superlcie que las ponía en con- 
tacto con la península de la Florida y otras tierras, que deben haber formado 
la parte Setentrional ; porque no podemos imaginar que estas montañas, cuyas 
cimas aparecen sobre el nivel del agua, estuviesen en la línea donde termina- 
ba el Continente". 

. Cita también otra autoridad, de la que no se puede sospechar, dice, y es 
M. Carlos Martins, que escribió en "La Revista de Ambos Mundos", del 1° de 
marzo, lo siguiente : "Ahora, pues, la hidrografía, la geología y la botánica, 
están de acuerdo en enseñarnos que Las Azores, las Canarias y la isla de Ma- 
dera, son restos de un gran Continente, que antiguamente unía Europa con 
Norte-América". Pudo citar otros autores, que se expresan de la misma ma- 
nera, y aún tenía a su favor, como haber explanado el argumento filológico, 
apelando a nombres muy conocidos aquí en Guatemala, como Atitlán, Amati- 
tlán, Cuxcatlán, etc., que están junto al agua. La más moderna y avanzada 
escuela de especulaciones geológicas no excluye el "catastrofismo", y por tanto, 
no niega la posibilidad de cambios tan grandes y repentinos. 

La antigüedad de la raza humana es muchísimo mayor de lo que general- 
mente creen aquellos que, para hacer sus cálculos, se sujetan a observar el 
sistema cronológico de la Edad Media. La arqueología y la ciencia lingüística, 
por no hablar aquí de la geología, dan por cierto que el período que tarsncurrió 
entre el principio de la raza humana y el nacimiento de Jesucristo, se podría 
calcular con más aproximación, si los siglos que se enumeran en las cronologías 
rabínicas, se contaran como milenarios (i). 



(1) L'Evolution blologique et humaine por F. Sacco. 



-76- 

En 191 1 encontró Mr. Dubalen, conservador de los museos de Mont-de- 
Marsan, cerca de Dax en la gruta de Riviére, una cara humana grabada en un. 
fragmento de hueso. En esta gruta que se remonta al período paleolíthico, 
a las épocas aurionaceanas, se han hallado también instrumentos y utensilios 
de silex, hueso y marfil. La Sociedad Prehistórica Francesa ha comenzado 
el estudio de esos descubrimientos, que se refiere a objetos que tienen miles de 
miles de años. 

En California, en las riberas del Mississipi, en Nebraska, en México y 
Centro-América, se han encontrado, en ocasiones diversas, fósiles, utensilios y 
grabados que demuestran la existencia del hombre prehistórico, en remotísi- 
mas edades (i). Esa confusa congerie de artefactos y últiles, fragmentos y 
esqueletos de animales ya desaparecidos, prueba que, como opina Haeckel (2) 
han transcurrido centenares de miles de años desde que se inició la raza hu- 
mana sobre la tierra. 

Los datos aportados por los sondeos del mar, la distribución de la fauna 
y de la flora, la semejanza de lenguaje y tipo etnográfico, la analogía de la 
el diluvio, el testimonio de antiguos filósofos, y en fin, los manuscritos ameri- 
arquitectura, creencias y ritos sagrados, las tradiciones arcaicas sobre 
canos primitivos, son fuentes de criterio para considerar — como opinión cien- 
tífica — la teoría de la Atlántida. Autores concienzudos afirman que hubo cua- 
tro cataclismos principales : uno, hace ochocientos mil años, otro menos im- 
portante, hará cosa de dos mil años, el tercero ocurrido hace ochenta mil años, 
que fué muy grande, y destriiyó todo lo que quedaba del Continente Atlante, 
menos la famosa isla Poseidón, que ocupaba gran parte del golfo actual mexi- 
cano, y que a su vez se sumergió, en la cuarta y última catástrofe, 9,564 años 
antes de la era cristiana. 

Dícese que la Atlántida fué ocupada por razas rojas, amarillas y negras, lo 
cual coincide con las investigaciones de Le Plongeon, Quatrefages, Bancroft y 
otros etnólogos, que han demostrado que las poblaciones obscuras, de tipo 
africano existían, aún en tiempos no muy remotos, en América, antes de la con- 
quista. El Popol-Vuh refiere que hombres negros y blancos, juntamente vi- 
vían en esta tierra fehz, muy en paz, hablando la misma lengua". Vagamente 
se ven desfilar ante la historia hombres de diversas razas en el Centro de 
América. 

El profesor Retzius dio una interesante conferencia, que se registra en su 
Smithonian Report, poniendo de manifiesto que los primitivos dolicocéfalos de 
América, están íntimamente relacionados con los guanches de las islas Cana- 
rias y con la población de la costa africana del Atlántico, población a la cual 
Latham designa con el nombre de egipcio-atlante. La misma forma de cráneo 
se encuentra en las islas Canarias y en la población de la costa africana, que 



(1) Cronau . América, 1. 1 p. 39. 

(2) Historia de la Creación, tomo VIII. 




en las islas caribes, junto a la costa americana. El color de la piel es en ambas 
.poblaciones rojizo obscuro. En la obra de Winchell "Pre-adamites" se aducen 
argumentos para explicar que la variedad de matices de las razas americanas, 
rojo, blanco, cobrizo, aceitunado, negro, cinamomo, bronceado, castaño y ama- 
rillo, proviene de los colores y mezclas de las razas originales del Continente 
Atlante. Ignacio Donelly ha reunido muchísimos datos sobre este asunto, en 
su eruditísimo libro, que lleva el nombre de Atlantis. 

Cuando hace miles de siglos, se hallaba la tierra en vía de crecimiento, 
separada por un brazo de mar, de su tronco el Continente Atlante, sobrevino 
acaso tan estupendo cataclismo, que en lo geológi^CL etnográfico y físico, hubo 
de dar a todo nuevos aspectos y formas. Los hurraimientos, las elevaciones, 
los diluvios, las tempestades, los terremotos y las pestes, ^ansiguientes a aque- 
lla ciclópea formación de volcanes, continentes e islas niretras, quedando per- 
didas dentro de los abismos del mar, fecundas y civilizadas tierras, con pobla- 
ciones diversas y numerosísimas, se remontan a una fecha tan inmensamente 
lejana de nosotros, que nos cuesta trabajo hasta imaginarla. 

Historiadores modernos hay, como Mr. Hamy y el mexicano Chavero, que 
aducen los trabajos recientes de los paleontologistas y de los geólogos, pro- 
bando un Atlántida terciaria. Las conchas, dicen, los insectos, y toda la fauna, 
lo mismo que la flora terciarias, de las dos riberas del Atlántico, son idénticas. 
¡ Coincidencia extraña ! De aquellas orillas debieron partir, miles de siglos 
más tarde, las carabelas del genovés inmortal, que ligó de nuevo los perdidos 
Continentes, uniendo razas, ideas y aspiraciones. 

^Ijt ^ller de la existencia está por donde quiera ^ Las flores, los insectos, 
todos los seres vivos, que encuentran el mismo suelo, y la misma temperatura 
se hallan bien, están en su patria (i). Las plantas son archivos del pasado, 
los insectos, las aves, los mamíferos, mementos vivos, que evocan la historia de 
las revoluciones, sepultadas bajo los mares primitivos. Aquellas conchas que 
quedaron apartadas de las conchas de este lado del mar, cuando se hundió la 
Atláwtida, siempre fueron hermanas. Aquellas plantas que se encuentran en 
los dos confines del Viejo y del Nuevo Mundo, pasaron, sin duda, de un hemis- 
ferio al otro. Hay que reconstruir, en nuestra mente, el territorio perdido, 
que les sirvió de camino. Así, de generación en generación, las flores, y los 
animales han cruzado los océanos, sobre los lomos de las cordilleras, antes de 
que el cataclismo las sumergiese en los senos de las aguas. Hay que convenir 
con C. Ritter en que el nordeste de América, por sus condiciones naturales — 
como el sistema de los vientos, las corrientes marinas y el clima — tuvo en todo 
tiempo más íntima afinidad telúrica con Europa que con la América meridional. 

Juntos estaban los Continentes, en la época de la piedra pulida, según mu- 
chos etnólogos creen. Nuestros indios labi:aban admirablemente la oxidiana, 
el cristal de roca y la esmeralda, sin ayuda del acero ; pero en la edad de hierro. 



(1) El Mundo antes de la creación del hombre. Figniier y Zimmermann. 



-78- 

ya el apocalíptico hundimiento había puesto las aguas entre ambos mundos, 
toda vez que aquí en América no se conoció ese metal, a pesar de que abunda- 
ba por muchas partes, y que entre los nahoas se levanta un volcán, en Durango, 
que todavía existe, con tanto hierro como para abastecer al mundo entero. En 
América la edad de hierro se sustituyó por la de cobre (i). 

Ni sólo por el Atlántico, presumen muchos escritores que estaba unido el 
Nuevo con el Antiguo Mundo, sino que también del lado del Pacífico, se jun- 
taban el país de Gales, la Cafrería, la Australia y la Nueva Zelanda, que ha 
quedado con su hombre trácico ; pero que, por algún tiempo, continuó unida 
a nuestro Continente, desde la Patagonia hasta el Perú. Por atra parte, agre- 
ga el autor de "México al través de los Siglos", las tierras debieron estar uni- 
das hacia el Norte, de la Nueva Guinea a la Nueva Caledonia, a las islas Mar- 
quesas, a California y a las praderas de Nebrasca, que tenían hombres de la 
misma raza. 

La civilización de los otomíes apenas si merece tal dictado, para aquellos 
primitivos hombres que vivían en las cavernas, sin dioses, ni leyes, sin más 
ritos que los funerarios, abortos medrosos del afligido corazón. 

Los otomíes y los nahuas se extendían por el Norte, y los mayas por el 
Sur de México, habiéndose esparcido por el istmo centro-americano la civili- 
zación maya-quiché. Las tradiciones bíblicas no podían alcanzar a la pérdida 
de la Atlántida, como que habían nacido en remota región. Lo que en el an- 
tiguo Testamento se dice, es que Noé tenía seiscientos años cuando el diluvio 
universal, y entró con sus tres hijos casados en el arca. En el antiguo imperio 
babilónico se halla la misma tradición, sólo que el hombre salvado se llamaba 
Xisuthros. En la doctrina de Somoastro, que vivió trescientos años antes (|uc 
Moisés, aparece el castigo del diluvio. Los indios dicen que Manú (que en 
sánscrito significaba hombre) que representa al pueblo arya, y para ellos a la 
humanidad, sobrevivió al diluvio, y se fué al país de los bienaventurados, que 
se cree fuera la Eachemira. En el Bramana figura la historia del pez que cre- 
ció e inundó las aguas, salvando a Manú. Los Lituanos recordaban ft)s gi- 
gantes, que eran el agua y el viento, que el dios Pramzimas había mandado 
para castigar sus iniquidades. Los griegos tenían su leyenda diluviana. To- 
dos los pueblos del Asia hablaban de la lluvia de los cuarenta días y cuarenta 
noches, con variantes de accidentes y aditamentos heroicos. En Gu atemala 
y en Nicaragua tuvieron los primitivos aborígenes tradición del diluvio, según 
enseña Bancroft (2). Pero la edad cosmogónica en nuestros Continentes, se 
produce por la invasión de los mares sobre la tierra, por el lago de las olas de 
los atlantes, por el Atonathiu de los nahoas ; y es por lo mismo," un aconteci- 
miento distinto del diluvio (3). 



ll] Figuier.— La tierra antes del diluvio. 

12] Tomo V. p. 13. 

[31 México a travez de los Sigrlos. tomo I. p. 84. 




— 79 — 

La hipótesis de la Atlántida es aceptable a juzgar por la geología, paleon- 
tología y etnografía del Continente ; y existen algunos, como Brasseur de 
Bourbourg, Le Plongeon y Chavero, que opinan haber sido aquí la cuna de la 
humanidad y de la civilización universal. Ni Jaltan a n ticuarios que sostienen 
que Guatemala y Hqp'^"^^'^ '^^ «^nmexgie ron enteramente con el cataclismo, y 
I volvieron de spués a salir a jflot e del líq .ujdo elemento^ 

ETdístinguido americahista francés, Paul Gaííarel escribió una obra que 
lleva por título "Etude sur les rapports de 1' Amérique et de V ancien Continent, 
avant C. Colomb", en la que demuestra que por la Atlántida perdida, tuvieron 
mtimo contacto, en época remota, el Nuevo Mundo y el Antiguo. En 1874, 
Mr. Roisel dio a luz, en París, un gran volumen, en octavo, sobre los Atlantes, 
"Eludes antéhistoriques. Les Atlantes", en que se muestran profundamente 
convencidos, por la geología y por la tradición, de haber existido un gran Con- 
tinente, que se abismó entre las olas de los mares, por virtud de la evolución 
de las fuerzas. 

La prueba más reciente de la existencia de la Atlántida se debe al sabio 
profesor Heinrich Schliemann, cuyo nombre es conocido en todo el mundo 
ilustrado, por las célebres investigaciones que hizo en la antigua ciudad de 
Troya y los notables descubrimientos arqueológicos que llevó a cabo. Entre 
ellos el más trascendental fué el hallazgo de un gran jarro de bronce, que con- 
tenía medallas, monedas, piezas de barro y objetos de hueso fósil. Tanto el 
jarro, como varios de esos objetos estaban grabados con una inscripción en 
geroglíficos fenicios, que decían : "Del rey Chronos de Atlantis". El propio 
sabio, diez años más tarde, descubrió en el Louvre, en una colección deobje^ 
tos excabados en Centro-América, piezas de barro de la misma forma y mate-l 
ría exactamente, y utensilios de hueso fósil, que reproducían los encontrados» 
en el bronce que se halló en el Tesoro de Priamo. Los vasos de Centro- Amé- 
rica eran incuestionablemente de la misma mano de obra que los descubiertos 
en Troya, sin inscripción fenicia. Unos y otros objetos fueron sometidos a 
análisis químico y resultan ser del mismo barro, que por cierto no era ni de 
Fenicia, ni de la América del Centro. Los utensilios de metal contenían una 
combinación de platino, aluminio y cobre, combinación nunca encontrada en 
otra parte. El doctor Schliemann halló también un papyrus, en el Museo de 
San Petersburgo, escrito en el reino de Faraón de la Segunda Dinastía, conte- 
niendo un detalle de cómo aquel rey mandó una expedición al Occidente en 
busca de trazos de la tierra Atlante "de donde 3,350 años antes los antepasados 
de los egipcios llegaron, trayendo consigo la sabiduría de su tierra nativa". 
La expedición, segn el papyrus, regresó a los cinco años, sin haber encontrado 
ni gente, ni objetos que dieran señales de la perdida tierra. Otra prueba obtu- 
vo el doctor Schliemann, según asegura, en sus investigaciones en la Puerta del 
León en Creta. La inscripción encontrada ahí conmemoraba cómo los egi])- 
cois descendían del hijo de Taaut o Thoth, hijo de un sacerdote dé Atlantis. 



— So- 
que se había enamorado de la hija del rey Chronos, y después de huirse y de 
mucho vagar, había llegado a Egipto. Decíase que él había construido el 
templo de Sais, en donde enseñó la sabiduría de su propio país. 

En una obra interesante del octogaiario profesor Edward IIull, intitulada 
"The Suboceanic Physiography of the North Atlantic Ocean", se encuentran 
pruebas de la existencia de la Atlántida. Demuestra que las Azores son picos 
de un Continente sumergido en el período de Plelstoceno. El profesor Zerfiíi 
observa, en su "Historical Development of Art", que las pirámides, templos y 

I palacios de las antiguas ruinas de Guatemala están en íntima relación con las 
de Egipto. A ese respecto, es oportuno apuntar que en poder del presbítero 
don Luis Montenegro y Flores existen dos jarrones de finísimo barro, encon- 
trados en un pueblo de nuestros indios, jarrones que son de forma completa- 
mente egipcia y pueden verse en esta capital. 

La verdad es que la imaginación se pierde en esos remotísimos tiempos, y 
no se alcanza ni a concebir cuan distantes están de nosotros, como si fuera un 
mar sin orillas o un abismo que no tiene fondo (i). Es curioso observar, en 
cuanto al origen del hombre, que primero, se le juzgaba en Asia, en la Lemu- 
ria; después se quiso hacerlo venir de África (2) y no faltan sabios que sos- 
tienen haber sido América la cuna de la humanidad. Todo lo cual prueba que, 
en esos puntos, no alcanza la inteligencia humana conclusiones ciertas. Mu- 
chas teorías, no pocas suposiciones, y absurdas hipótesis, se han hecho también 
acerca del origen de los americanos, según se ha podido ver en el capítulo an- 
terior. 

Ha habido empedernidos escudriñadores empeñados en probar que en esto 
Continente estuvieron los fenicios, los egipcios, los griegos y hasta los cartagi- 
neses fugitivos. Voluminosas obras, como la de Jorge Jones, se han escrito, 
queriendo demostrar que los israelitas visitaron estas tierras americanas, y que 
la tribu perdida se convirtió en pieles rojas. Existen libros que aseguran ha- 
ber predicado Santo Tomás el Evangelio en nuestras latitudes ; y que los mor- 
mones anduvieron solazándose por las altiplanicies de nuestro rico suelo.- Los 
monophyletes y los polyphyletes, han caído en aberraciones ridiculas, hasta 
creer que debe de haber sido un país tropical el primeramente poblado, ya que 
el orangután, el chimpancé y el gorila, parientes próximos del hombre, viven 
contentos en esas calurosas tierras!. . . . 

No hay que olvidar que la similitud de ciertas ideas, la semejanza de al- 
gflnas costumbres, la identidad de varios ritos, o la comunidad de cualquiera 
tradición, demuestran lo propenso del hombre a producir lo mismo, en iguales 
condiciones de cultura, en análogo grado de civilización. Las inmigraciones, 
visitas, invasiones, y mucho de lo que varios historiadores traen a cuento, para 



(1) l^i^itol•ia (le la Tierra.— Neumaypr. 

(2) Rrlnton, Serpi. Folkmar. Iveane. 






— 8i — 

acabar de obscurecer este asunto, harto discutido y bastante incierto, ofrecen 
ancho campo de investigación. La naturaleza jamás procede por saltos, y han 
sido el tiempo y los elementos diversos, los agentes del desarrollo de la obra de 
Dios en nuestro planeta. 

Que hubo un vasto Continente que se abismó en el océano, dejando asti- 
llas esparcidas, o muchas islas regadas al través de la mar de zargazo, pudiera 
ser cierto ; pero que en ese mundo perdido entre las olas tropicales, fuese donde 
primero existió el hombre, como piensan Adrew Murray (i) y otros escrito- 
res que hemgs citado, es ciertamente hasta hoy un misterio. Ese primogénito 
del naufragio de un mundo, ese abismo oceánico que oculta los primeros 
orígenes de la vida de la humanidad, esa cuna que es una sima, ese universo 
que sosobra en el fondo de las aguas, como una barca bajo el peso del primer 
hombre, presenta una idea sublime. . . . ¿pero, es verdadera? No se responde 
a un misterio con otro misterio mayor (2). 

Lo que sí es aceptable, y la geología lo pregona, y la paleontología lo hace 
presumir, es que hubo cataclismos ante-diluvianos en América, que dejaron 
sepultados los huesos de enormes paquidermos, cuya existencia había menester 
un extenso Continente, proporcionado a su desarrollo vital. Cuando los gran- 
des hemisferios terrestres estuvieron unidos, los colosos del mundo animal 
transmigraban ; pero al romperse el planeta en pedazos, fueron pereciendo los 
gigantes vertebrados, porque ya no disfrutaron del ambiente en que habían 
nacido. Por los huesos fósiles, por el tamaño de las tumbas, por las dimen- 
siones de ciertos ídolos, y por otras varias causas, no sería del todo inverosímil 
como ya lo hemos dicho, que hubiese habido por acá algunos hombres de talla 
gigantesca (3). 

"Corrugación ingente de la tierra, en su fase inicial, presenta el istmo 
como el dorso encrespado de un gato, que acaba de levantarse del tibio res- 
coldo del hogar, y se frunce y enarca al contacto con el aire frío, o que bufa 
en presencia de un perro, cuyo sereno continente le crispa los nervios". 

Nudo gordiano de los Andes, que, como si estas moles temieran el des- 
equilibrio de ambos océanos, se inclinan al Pacífico, robándole de siglo en si- 
glo, de día en día y de momento en momento, un pedacito de sus cristalinos 
dominios, y dejando expuestas a la voracidad del Atlántico las tierras bajas 
del Norte y del Este". 

Así quedó después del gran cataclismo la América Central, formando la 
garganta más portentosa que existe en la tierra. Geológicamente, es la arista 
volcánica que contuvo el horrendo hundimiento, que sepultó un gran mundo 
en el mar ; históricamente, se considera hoy, como el país misterioso que guar- 
da más elementos de la primitiva cultura humana ; geográficamente, es el lazo 



(1) The Geoííraphical distrlbution of mammals, 75 page, London. 

(2) Quinet, La. Creación, T. I. Page 323. Madrid 1871. 

(H) Campe— Historia de América. Tomo I. Administración de la España Moílerna. 



— 82 — 

de unión entre los dos hemisferios colombinos, y llegará a convertirse en cen- 
tro del comercio del mundo. En su superficie de 164,000 millas cuadradas, 
cabrían cien millones de hombres, sin desesperar en la lucha por la vida. Las 
costas, que se extienden más de trescientas leguas, denotan por su configura- 
ción, que el istmo quedó como el eje del mundo, que fué sumergido repentina- 
mente en el océano. 

Los vértices de los husos esféricos en que está cortado el casco de la tierra, 
concurren bajo el suelo de la América del Centro y el de las islas de la Sonda, 
y forman puntos de contacto de grandes potencias ígneas, que ca\isaron la ex- 
plosflSn de la Atlántida, dejando un istmo salpicado de volcanes, en el cual 
corre sobre estrecha base la Cordillera, con tantos ramales, que el mapa de 
relieve semeja un papel estrujado por gigantesca mano, puesto entre las aguas 
de los grandes océanos, para ligar los hemisferios. El taller plutónico deshizo- 
un mundo, cuya descarnada espina dorsal bien dcia ver Ins rastros del ca- 
taclismo. 

¡Al titilar la estrella matutina, cuando las sonil>ras de la iukIic comenza- 
ban a descorrer su negro manto, en un instante, desequilibróse la costra sólida 
de nuestro planeta, y se abismó con una gran parte de la Atlántida, la Ciudad 
de las Puertas de Oro, que asentada en la costa oriental del Continente, a los 
15? del Ecuador, al Norte, tenía jardines, lagos, edificios suntuosos, barcos 
raros, hermosas mujeres, sistema monetario, profundos conocimientos aritmé- 
ticos y astronómicos, y un modo de ser político casi comunista, con castas su- 
periores y suficientes riquezas! (i). 

En la Historia de la Creación, del célebre Burmeister (capítulo XV) se 
pinta con colorido adecuado el levantamiento de las montañas, en aquella edad 
remotísima, en que la cordillera de los Andes ai)arec¡ó j)ara contener las aguas 
del mar, que se había tragado, después de la época glacial, otros Continentes 
muy poblados. La geología estratigráfica explica la formación de esas cordi- 
lleras volcánicas, .que se solevantaron como los Alpes, los Pirineos, el Tauro, 
el Himalaya y la soberbia cadena de los Andes, espina dorsal del Continente 
Americano (2). 

Esas cumbres, esos picos centro-americanos, tienen su historia, su origen, 
su grandeza, su decadencia, hasta su biografía. Ahí, donde hoy se alzan nues- 
tros volcanes, hubo mares desconocidos, sin nombre, que iban depositando 
lentamente en sus cauces, sin que lo supiera el resto del universo, denso manto 
de capas sedimentarias, que merced a la evolución ocasionada por la mano 
fría de la eternidad, hizo que, en una de esas primitivas auroras, se alzase. 



(1) Bosauejo Geográfico, histórico y etnofirráflco de la configuración del mundo, en varios períodos, 
por Scott-Elliot, página 57. 

(2) Sobre la teoría de la Atlántida, véanse, además de los autores citados, los siifuientes; Irvlng's 
Columbas, vol. I p. 24, 38, vol. IIT. p. 410, 512-Sanson d' Abavllle, L'Amériuue, p. l, 3.— Larrálnzar, Dicta- 
men, p. 8, 25— Bradford's, Acer. Antiu. p. 216, 22-M'Culloh's, Researches en América, v> 36, 32— Fontaine's 
How tlie world was peopled, 256.— Smit's, Human Specles, p, 83. 



como a aspirar la luz. esa legión de montañas, cuyas serenas cabezas relativa- 
mente jóvenes, dominaban los viejos pliegues de aquel inmenso ropaje, que 
dejaron caer desde sus hombros ; pero sus frentes granitoidales, proseguían 
alzándose hasta las nubes, como si buscaran otras alturas, nuevas regiones, 
vida astral. Fueron plutónicos héroes que, para luchar con libertad, dejaron 
a sus pies el regio manto y se irguieron hasta el cielo ! 

i Sacratísimos volcanes, que en el horizonte de mi ciudad natal, he contem- 
plado desde que era niño, al pensar en vuestra historia, me confundo, creyén- 
dome más pequeño que la mata de silvestres flores, que vive descuidada entre 
las profundas grietas de vuestros añosos valles ! ^ 

En estos últimos tiempos se ha hecho muy general entre los americanistas 
la teoría que atribuye carácter autóctono a los americanos. Las modernas in- 
vestigaciones científicas garantizan dicha opinión. Bradford, Catlin y otros 
más recientes escritores creen que el hombre, "Como las plantas, los demás 
animales, y todos los seres mundanos, hizo su aparición sobre la tierra, cuando 
nuestro planeta hubo alcanzado las condiciones necesarias, propicias y deter- 
minantes para la existencia de ese ser, y su adaptación. El doctor Morton 
sostiene que la estructura física, del cráneo más que todo, excluye a las ramas 
de la raza caucásica de haber poblado el Nuevo Mundo (i). 

Las evoluciones, metamorfosis y cataclismos, más que en ninguna región 
del planeta, se han realizado en el Nuevo Mundo, y muy especialmente en el 
corazón del Continente, en la América Central, que ofrece la clave para inves- 
tigar las cuestiones de orígenes, y* penetrar de lleno en la biología de estas 
comarcas, que arroja luz sobre los pobladores autóctonos, la perdida Atlántida, 
la lingüística indiana y el arte monumental más antiguo y adelantado de los 
primitivos tiempos de América. 

Historiadores modernos creen (2) que la raza indígena, juzgada confor- 
me a los principios de la escuela evolucionista, es indudable que está en un 
período de cierta perfección y progreso corporal, aun cuando la civilización 
y cultura que alcanzaba al verificarse la conquista fueran inferiores a las de 
las naciones de Europa. La raza indígena de estos países tiene caracteres que 
conserva todavía puros. En cuanto a las dentaduras de los indios, tenemos 
que apuntar que hay varios escritores que no están de acuerdo con lo enseñado 
por Chavero. Lo que sí se ha observado en la raza pura indígena, es que al 
primer cruzamiento pierde ciertos caracteres distintivos ; y está probado que 
las razas muy perfeccionadas degeneran rápidamente sin una selección muy 
cuidadosa (3). 

El aliento sólo de la conquista fué un soplo de muerte para los indios ; 



(1) Granea Americana, p. 260— Los cráneos de Sambiquieiros hallados en el Brazil, en San Pablo y en 
las cavernas calcái-eas de Minas Geraes, de la época pleistocena, y los cráneos anüquísimos de las costas 
centroamericanas, hay notable analofrfa— Kicardo Krone— Notas prehist<5ricas. 

(2) México a través de los siglos. Tomo II. p. 472. Riva Palacio. 
(3) Darwing— La déscendance de Thomme. Cap. 21. 



-84- 

pero desde el primer día de ominosa servidumbre, comenzó a brotar una nueva 
prole mezclada, que pronto fué numerosa, y que lleva en sus atavismos los 
caracteres de sus antecesores, que le sirvieron de elementos para su forma- 
ción. ¡ Por la justicia, decía el libertador José Martí, no se asimiló el español 
la raza conquistada, sino por el sexo ineludible de la india, progenitora de la 
raza mestiza; (i). Al caer vencidos los reyes indianos regalaron las prince- 
sas a sus conquistadores, para que tuvieran mujeres de la tierra. Así inicióse 
la raza americo-hispana. 

Los tiempos ante-históricos de Centro-América se pierden entre las bru- 
mas ele miles de años, hasta los cuajes no llegaron los fastos humanos ; por lo 
que es oportuno recordar las palabras de Herbert Spencer : — "El hombre de 
ciencia sincero — dice este gran filósofo — contento con seguir a donde quiera 
que la evidencia le guíe, más profundamente se convence, a cada nueva investi- 
gación que hace, de que el universo es un problema insondable. Si persiguiendo 
hacia atrás la evolución de las cosas, se permite concebir la hipótesis de que la 
materia toda existió desde el principio en una forma difusa, encontrará casi 
imposible el concebir cómo pudo ésto suceder ; y así mismo si él se aventura 
en el porvenir, no podrá asignar límite a la gran sucesión de fenómenos que 
siempre se desarrollarán ante sus ojos ; y si dentro de sí propio mira, se aperci- 
be de que los dos extremos del hilo del conocimiento interior están fuera de 
su alcance ; él verá tan sólo que el conocimiento absoluto es imposible ; él 
sabrá únicamente, que debajo de todos las cosas se esconde un misterio que 
parece impenetrable". 

Así y todo, al través de las sombras, la ciencia escudriña y penetra en las 
épocas más remotas, descubriendo las etapas sucesivas que nuestra vieja hu- 
manidad ha venido salvando laboriosamente. Se comienza a levantar el es- 
peso velo bajo el cual duermen los primitivos pobladores de estas comarcas 
centro-americanas, y a resucitar las edades desvanecidas en el corazón de 
América. La arqueología prehistórica, nacida en el siglo XIX, nos ha reve- 
lado las obras de la industria de los americanos en época remotísima anterior 
a las pirámides de Egipto. 

Así como los libros llamados natak de los brahmanes inflamaron el entu- 
siasmo de los románticos teutones, para profundizar en los misterios del genio 
indio, su lengua, sus artes y sus ciencias ; el Popel- Vuh de los quichés, popula- 
rizado por un abate francés y analizado por un orientalista sapientísimo, 
difundió en las naciones cultas gran curiosidad histórica, que se ha exhibido 
en producciones soberbias acerca de nuestros aborígenes, sus imperios, razas, 
idiomas, teogonia, tradiciones legendarias, conquista y porvenir. Pueblos 
autóctonos, cuyos orígenes se confunden con la apariencia de la humana especie 
en el planeta, dotados por la naturaleza de bellísimas y fecundas zonas ; teo- 
cracias, un día poderosísima?, que llegaron a tener soberbio arte monumen- 



(1) Nuestra América-La Sociedad hispanoamericana. Fat'. 264— Habana. 1900. 




-85- 

tal (i) como el de Persia y Egipto, y que a semejanza de estos imperios, 
fueron castigados con guerras, devastaciones, despotismos y luchas que pre- 
pararon aquí la conquista del indio por el hombre pálido, el dolor y el exter- 
minio de las naciones indígenas del Nuevo Mundo. 

Esa raza lleva remembranzas de otras razas con las cuales estuvo en con- 
tacto, pues como se sabe, el Brazil se había unido al Continente africano, en 
época relativamente reciente, de donde emigrarían, antes de la formación del 
Atlántico septentrional, numerosos individuos que se esparcieron por estas 
tierras. Hoy se conoce definitivamente, por la analogía de la fauna marina, 
que en el ciclo tortoniense existía aún una línea de costas, o por lo menos una 
cadena de islas, entre las Antillas y el Mediterráneo, por donde emigrarían los 
moluscos (2). 

El período post-glacial abarca veinticinco mil años, el cuaternario o gla- 
cial unos seiscientos mil años, y el pliocene un millón de años. La raza ame- 
ricana, tal como la conocemos, opinan muchos que es producto de la época 
post-glacial (3). Ese juicio prevaleció en el 4° Congreso Científico celebrado 
en Chile, y entre las sabias conclusiones que aparecen, a la página 153 del volu- 
men XIV, de "Ciencias Naturales, Antropológicas y Etnológicas", se establece 
una triste profesía. Dícese : "Que a causa de haberse entremezclado con 
otras razas, la americana, y de no haberse podido conformar a nuevas condi- 
ciones, los aborígenes pronto desaparecerán ; que América será ocupada por un 
pueblo cosmopolita de raza y capacidades superiores, por la grandeza de sus 
hazañas". 

La raza americana pura, dice el célebre antropologista Samuel G. Morton, 
es esencialmente diferente y separada de todas las otras. Sus caracteres or- 
gánicos siempre persistieron, al través de sus ramificaciones sin fin de tribus 
y pueblos (4). 

Allá en la época post-glacial, cuando el indio vivía en las márgenes de 
caudalosos ríos o en las mesetas de abruptos montes, fabricaba hachas de 
sílex, lanzas de pedernal y harpones para la pesca. En las grutas arcaicas- o 
en viviendas cubiertas de ramajes, llevaba existencia primitiva, y en sus horas 
de descanso pulía en hueso, y al realismo puro, toscas figuras de animales, con 
sobriedad y asomos de arte. Sucesivamente, y en épocas menos remotas, se 
ven aparecer, esculturas, pinturas, grecas, geroglíficos, bajo-relieves y obras 
estéticas verdaderamente plásticas. Revélase primero el culto a la naturaleza 
y particularmente a los animales, después el de los ídolos, y más tarde el de 
sus héroes y benefactores. La religión ha sido siempre la inspiradora del arte. 
Dícese que 4,000 años antes de Cristo, cuando los dólmenes druidas servían 
de tumbas fastuosas, ya tenían nuestros indios sus mounds o montículos que 



(1) lliil. Univ. por GuillenaioOdck'en. tomo II prefacio. 

(2) Preliistoria Americana, uor Alfi-edoEscu.ti Orrejío, D. 107. 

(3) Cómo se pobló América, por W. H. llolmes, p. 143. 

(4) Ajo ijKiuiry iuto the distiuctive characler oí Uio original race of America 



— 86 — 

aún se ven en los alrededores de esta Capital de Guatemala. En tiempos de 
la piedra pulida y de la grandeza de ciudades hieráticas, el arte centro-ameri- 
cano presenta, atrevimiento rústico y belleza de líneas y contornos, siempre 
con la primitiva grandiosidad del suelo en que nació y del estado agreste en 
que se hallaba el aborigen de estas bellísimas comarcas. Fué el indio indus- 
trial por necesidad y llegó a ser artista por gusto. El arte es fenómeno social. 
En la edad de bronce se fabricaron vasos, jarrones, brazaletes, collares y ador- 
nos. La ornamentación lineal, formada por los llamados dientes de lobo, 
triángulos, zig-zags, rectángulos, zonas punteadas, círculos concéntricos y 
mil combinaciones a veces muy ingeniosas, muestran el instinto decorativo de 
aquellos retriotos tiempos (i). 

El arte centro-americano indígena, como el caldeo, el de la India y el de 
los Faraones, respondían a la idea de la duración. Los mounds o tumbas de los 
quichés, cakchiqueles y tzutuhiles, los monolitos, las columnas de Copan, los 
bajo-relieves de Santa Lucía Cotzumalguapa, desafían al poder destructor del 
tiempo. El arte de los valles del Tigris y del Eufrates tiene mucha analogía 
con el que se exhibe aún, entre el boscaje de las riberas del Usumacinta y del 
Polochic. El arte caldeo, de tipos, musculados, recios, protuberantes, como 
piezas de una armadura, se destacan en las piedras pulidas de esas ruinas 
hieráticas, que copiaron del natural, con verdad y rudeza, por modo realista, 
casi burdo, pero persiguiendo el vigor físico y el placer de la fuerza. bruta. 
Lá lengua, la religión y el arte, las tres características potenciales de un pue- 
blo, tienen analogías entre el imperio caldeo y los reinos mayas y quichés. 

Los templos caldeos, en forma de pirámides escalonadas, con una capilla 
en la cúspide, en donde se guardaba la figura de un dios, o sea el tipo tradicio- 
nal de la torre de Babel, efecto del orgullo de Nabucodonosor, seiscientos años 
antes de Jesucristo, son menos antiguos que los adoratorios de los indios 
arcaicos de estas comarcas del norte de Centro-América, que levantaban, en 
la misma forma, theocallis y túmulos, como los nahoas, mecas, toltecas, mayas 
y quichés. Quedan aún los monumentos de Mayapán, las piramidales gra- 
derías, las bóvedas triangulares, el arco de trébol, los estucados soberbios que. 
en la región Quiche del Usumacinta, se divisan todavía, entre animales sal- 
vajes y .vegetación paradisíaca. En las poéticas márgenes de ese río, que es el 
Nilo de América, se aspiran las brisas que dieron vida a una primitiva raza, 
sus despojos dispersos desaparecieron entre ruinas hieráticas y añosas selvas, 
cuya alma vegetal animó las células ancestrales de sus primitivos pobladores, 
que ahí dejaron sus cuerpos rígidos, en la época trascendente del mundo 
morfológico. (2). Las flores sienten, se marchitan y mueren. En el bosque 
palpita la vida, existe sensibilidad, hay alma ! 



(1) Hist. general de las artes plásticas, uor Rafael Domenech, página 13— Madrid. 1011. 

(2) Los biologistas tienden a demostrar la existencia de un principio de fuer/a anímica en la 
orsranización vegetal "Por los senderoí de la Biología". "El Alma oegetal," por Car1x>nell. 



CAPITULO III 
etnología y etnografía de CENTRO-AMÉRICA 



SUMARIO 

En Centro-América pueden existir razas puras. — No hay razas superiores, 
ni inferiores. — Diversas clasificaciones de razas. — Desde remotísimos tiempos 
había en América varias razas. — Se cree que las primitivas eran autóctonas. — Los 
aborígenes se hallaban en distinta edad del mundo respecto de ios conquistadores, 

— En el siglo XVI Centro-América había decaído. — La raza vencedora se confun- 
dió y mezcló con la vencida. — Doña Leonor Alvarado Xicotenga es el símbolo de 
la raza nueva. — Tradiciones de la raza quiche. — Principales tribus. — La ciudad 
de Tula. — En Guatemala se desarrollaron dos civilizaciones principales, la raza- 
quiché y la nahoa. — Por dónde se exparcieron. — Los indígenas de Centro-Amé- 
rica eran de distinta raza de los del norte. — Estado de los antiguos pobladores de la 
América Central. — La raza negra existe en América desde época remotísima. — Los 
JURAS o ZAMBOS de Honduras descienden de negros. — Separación de los cak- 
chiqueles de la rama quiche. — Los itzaes, petenes, lacémdones, chaqués, mopémes, 
Choles, chinamitas, coboxes, uchines, ojoyes, tirampíes y otras tribus. — Los mames 
pocomanes, los quichés y los cakchiqueles. — Lugares que ocupaban. — Cultura que 
tenían. — Los niquiranes o cholutecas. — Territorio cakchiquel. — Los tzutuhiles. 

— Los ítzas. — El Adelantado del Gobierno del PRÓSPERO. — La conquista de 
Choles y lacandones. — Grandes fracasos. — Pueblos antiquísirros. — Los pipiles. 

— Diviones etnológicas hechas por autores notables respecto a los indios de Centro- 
América. — Etnografía de las poblaciones que componen la república de El Salva- 
dor. — Vestigios de las poblaciones precolombinas de Nicaragua. — Etnografía 
Centro-Americana.. — Aborígenes de Honduras y Costa-Rica. — Pueblos que encon- 
traron los españoles, en el istmo, en el siglo XVI. — Guatemala nunca fué feudata- 
ria de México. 



Es curioso el fenómeno de que en donde pueden existir hoy, hasta cierto 
to punto, razas puras, es en estos países, que como Guatemala, tienen incrus- 
tados pueblos de aborigénes, que permanecen sin mezcla con los que llaman 
ladinos. 

No hay razas absolutamente superiores, ni inferiores (i). La superio- 
ridad de una raza es relativa al momento histórico en que se la considera, y 
resulta de un conjunto de factores, de un cúmulo de circunstancias, de las cua- 
les tal vez las étnicas son las menos importantes. Los castellanos estaban en 
su apogeo cuando vinieron a conquistar a los indios de América, que lastimo- 



(1) Colajanni -Razas superiores e inferiores.— Pagina 9. 



— 88 — 

sámente habían decaído. Todas las naciones han aportado su contingente a 
la civilización, teniendo horas de dolor y momentos de angustia. La raza 
humana no debe considerarse sino como una especie, en el sentido biológico. 
Los procesos de adaptación, de variación, de cruce, de aclimatación, de di- 
ferenciación, son los grandes factores que explican la historia moderna de los 
pueblos y de los individuos (i). 

Algunos han clasificado las razas, por su origen, en caucásica, mongólica, 
africana y americana ; o por el color, de la piel, blanca, negra, amarilla bron- 
ceada; o por las dimensiones del cráneo, braquicéfalos, mesaticéfalos, dolico- 
céfalos ; o por la forma de los cabellos, lisos, crespos, lanudos ; o por el lengua- 
je, aglutinante, flexional ; o por la estatura, etc. El antropólogo de más fama, 
Kaene, establece cuatro grui)os de base geográfica : Homo etiopicus, mongó- 
licus, americanus, caucásicus. 

En América había, desde tiempos antiquísimos, razas diversas, como la 
bronceada, la roja, la amarilla y la negra, lo cual no quiere decir que las razas 
autóctonas no fueran primordiales. Opinan muchos que, en su origen, fué 
una sola la raza de este Continente (2) y no faltan otros que sostienen haber 
sido varias (3). En todo caso, hoy prevalece la tesis de ser autóctona la raza 
americana. Que hubo inmigraciones, anteriores al descubrimiento de Colón, 
es un hecho reconocido, y que en tiempos remotos vinieron a este Continente 
diversas gentes, que se mezclaron con los primitivos pobladores u originarios 
de estas tierras. Los estudios craneométricos lejos de contribuir a esclarecer 
estas cuestiones de raza, más bien la han embrollado. Las lenguas son segura 
pauta para dilucidar la etnología en sus orígenes, como opinan Berendt, 
Bancroft y Brinton. Pueblos que tienen iguales caracteres anatómicos, pre- 
sentan mentalidad diferente, según explica Reclus. Las condiciones psíquicas 
de los aborígenes de Centro-América cambiaron a medida- que hubo variacio- 
nes en el ambiente social, como los hebreos, que según las circunstancias y 
leyes a que estuvieron sometidos, fueron — no singular sino colectivamente — 
pastores o industriales, guerreros o pacíficos, artistas o científicos, poderosos 
o pobres, proletarios o banqueros (4). 

El abismo que separaba el pensamiento del indio americano del alma in- 
clemente del conquistador ibero, era inmenso. El espíritu de una y otra raza 
se encontraba en diversas edades del mundo. La precisión y fijeza de contor- 
nos del pensamiento de este último diferían notablemente de las formas fugi- 
tivas y ondulantes del primero. Mientras que los pueblos de la América Cen- 
tral se hallaban decaídos y revueltos, pobres y llenos de enfermedades e infor- 
tunios, la raza ibera llegaba a la cúspide de su poderío y al zenit de su gloria. 



(1) Folkmar. 

(2) Humbeldt. 

(3) Merton, Rodi-íguez Peixoto .v Lacerda Jr. 

(4) Cattaneo, Lombroso, Castelli— Respecto a las razas americanas, véase a Prichard' Reserches, 
vol. I. p. 268- Braf ord's Amer. Ant. p. lí>— fmith's Human Siiecies. 



Los caracteres atávicos de los descendientes de Votan se habían venido debi- 
litando, bajo la influencias de la molicie y estancamiento de las cotumbres y 
por las guerras bárbaras que arrasaron pueblos enteros. La constitución 
mental de los aborigénes de Centro-América había descendido, lejos de ir en 
acrecimiento. La psicología de una y otra raza, la conquistadora y la vencida, 
explica la hecatombe de los hijos de América. 

La fusión, esa mezcla que se necesita en la química histórica, como diría 
Pelletán, hizo que la raza vencedora tuviera que confundirse con la conquis- 
tada. La alegre primavera, desconocida en el Edén del Asia, esparció sobre el 
lecho nupcial de estas antiguas razas, la ardiente verbena que exhala el aroma 
del deseo y el espino virginal que flota sobre el arbusto como el alba dudosa 
de la luna sobre el agua dormida del estanque. El suquinay y las flores de la 
cruz sirvieron de lecho a las dos razas enemigas, y brotó la Américo-Hispana. 
Las estirpes asiáticas, después de mezclarse en torbellinos de conquistas y 
peregrinar sobre charcos de sangre, vinieron, en el siglo XVI, a las regiones 
del Centro de la América, a sacar de esta naturaleza próvida, nueva vida, nueva 
embriogenia, nueva prole, que bebiera el aroma del sol. Hubo de prevalecer 
el singenismo, como ineludible enlace de las gentes y la atracción de los as- 
tros. Don Pedro de Alvarado y la noble Xicotenga dieron el ejemplo. , La 
hermosa doña Leonor, fruto de tales amores, es el símbolo de la raza nueva, en 
estas regiones centro-americanas. 

Siemp re fué un mito la raíz de los a borígenes de estos países, que creían 
proceder del afortunado Coxco^ry^dé^sirmujer X o chiquetzal, esca pados de las 
aguas, en una gran canoa de ciprés, cuand o en la edad de agua s e hundió l a 
tierra . U na palo l ña enseñó diversa s lenguas a los descen dientes del Noé ame- 
ri cano ^ L a biblia quiche, por lo visto, tiene también sus remis cencias, al arca 
X-aLdibivicL ^ 

La tradición guarda memorias de un país antiguo, en el lejano oriente. 
Vivíase al principio una vida poco civilizada, sin pagar tributos, hablando el 
idioma común, adorando no a imágenes grabadas, sino al sol naciente y a la 
estrella del alba, precursora de la luz. Eran las principales tribus de Tepeu, 
Ploman, Cohah ,_Quenech y^\hau, se gún explica detal ladamente el abate 
Basseur de Bourbourg (i) Tula el nombre de aquel país, del cual venían de 
tiempo^rTtiempo algííHos peregrinos al lado nordeste de las costas americanas, 
y después al Anáhuac y a Centro-América. Cada nación tuvo su héroe le- 
gendario o mitológico, como Quetzalcoatl, en Cholula, Votan en Chiapas, 
Wixepecocha en Oajaca, Zamná en Yucatán, Viracocha en el Perú, Payetome 
en el Brasil, Bochica en Colombia, y Gucumatz en Guatemala . Las teocra- 
cias de Votan y de Zamná se esparcieron por el Centro de América. 

También se ha discutido mucho acerca de la ciudad de Tula o Tullan, sin 
saberse a punto fijo en dónde estuvo, y hasta hay historiadores que sostienen 



(1) Historia de las Naciones civilizadas de México y de la América Central -Tomo 1. páff. 105-100. 



— 90 — 

no haber existido tal pueblo, sino que Tullan significaba la or ganiz ación sep-_ 
tenaria que había tenido la raza nahoa (i). 

En el territorio de Guatemala se desarrollaron dos civilizaciones princi- 
pales ; la maya quiche, en las costas del Atlántico, y la nahoa en las del Pací- 
fico, comprendiendo ima gran área geográfica, que aún guarda ruinas y tra- 
diciones, lenguas, costumbres y ritos, reveladores de sus primeros habitantes. 
A la familia maya pertenecen las siguientes tribus : huastecas, al norte de \'e- 
racruz ; mayas, de Yucatán y del Peten ; chontales de Tabasco ; tzendales de 
Chiapas ; tzotziles de San Cristóbal de Chiapas ; quekchícs de la Alta Vcrapaz ; 
pocomanes, al rededor de la capital de Guatemala ; chortíes de Jocotán ; quichés 
de los Departamentos de Quezaltcnango, Santa Cruz. Retalhuleu, vSuchite- 
péquez ; tzutuhiles, del sur del lago de Atitlán ; ixiles, de Nebaj y Cajú! ; ma- 
mes de los Departamentos de San Marcos y Huehuetenango. El grupo de 
las naciones mayas comprende dieciséis secciones o tribus, que describió el 
sabio doctor Berendt (2). 

El hecho de que los mayas poseyeran una gran línea de costa, hace con- 
cebir la idea de que fueran una nación marina, y así lo confirman las narracio- 
nes de los primeros descubridores que encontraron en las playas del mar las' 
canoas con que hacían sus espediciones. En las ruinas de Chichén-ltzá vénse 
pinturas de embarcaciones, y como lo ha hecho notor Valentini, los sitios 
o lugares que ocupan los más importantes edificios o ruinas de poblaciones I 
están inmediatos a bahías o golfos, lo cual indica que aquellos pueblos man- 
tenían relaciones con otros distantes. 

La raza maya-quiché, que se hallaba por estos países, desde remotas eda- 
des, ha si do considerada autócton a, y se sabe que ocupaba el sur de México, 
la costa norte de Guatemala y otros puntos, tres mil años antes de Jesucristo, 
siendo muchísimo más antigua. 

En la parte occidental de la Verapaz, y más todavía hacía el sudoeste, 
encontramos ese interesantisimo grupo maya-quiché. Comprende las tres que, 
llaman lenguas metropolitanas de Guatemala: quiche, cakchíquel y tzutnhil,l/'^\_ 
y la lengua ixil, muy semejante a la quiche legítima. 

Los aborígenes de Centro-América, como los de México, eran de distinta 
raza y civilización que los salvajes del Norte. La fauna del Continente, desde 
la frontera mexicana hacia el sur, es muy diferente de la del Norte, hacia el 
mar Ártico. Esos indios fueron los terrapleneros o constructores de mounds, 
o -sean montículos artificiales. Según opina el autor de "La Antigua Améri- 
ca (3) llevaron su influencia y algo de su cultura, hasta las riberas del Mis- 
sissipi, en dondé'se han encontrado ñTuchas de aquellas construcciones, muy 
interesantes para arrojar luz en estudios etnológicos. 



(1) La Atlantlda y la última Tule, por Buelna. 

(2) Discui-so pronunciado ante la Sociedad Geográfica Americana, el 10 de julio de 1876. 

(3) Raldwin. pa^e 35. 




— 91 — 

Los antiquísimos indios del istmo centro-americano estuvieron sufriendo, 
en su nebulosa historia, cambios políticos y revoluciones, causadas por la in- 
fluencia y predominio ya de un pueblo, ora de otro, en el decurso de las edades. 
Representaban, pues, al tiempo de la conquista, la influencia de varias razas, lo 
oneroso de un pretérito de inmensa extensión y horribles sacrificios y calamida- 
des. El alma saturada de dolor, al través de decaimiento, odios y luchas 
cruentas. 

En la época posterciaria, en medio de una fauna colosal, ya había indígenas 
en estas tierras. El hombre negro existió por acá en remotísimos tiempos, - 

com(||Se prueba por cabecitas y máscaras encontradas en Teothihuacán y por / 

el ídore^e Huoyapán de tipo etiópico, que aparece dibujado en el primer tomo / 
de "México a través de los siglos" ; pero la demostración patente de la teoría 
— dice el autor de esa obra — de la antigua existencia de la raza negra, en nues- 
tro continente, es que aún se hallan sus restos en él, y de otros nos hablan los 
cronistas primitivos. Se esparcieron los negros por las costas, cuando el gran 
enfriamiento, producido por los cataclismos. , 

Los_j arras o zambos de Honduras descienden d e negros y se remontan a , 
una antiquísima edad. Por las lenguas se viene en conocimiento de lo autóc- 
tono de la raza maya-quiché, anterior, según algunos creen a la China. Se 
han encontrado ídolos de tipo chino marcadísimo, en algunos puntos de México 
y de Centro-América. Muchos historiadores hablan de un pueblo pre-tolteca 
cuinametzín (gigantes perversos: etzín gigantes, y quinan, malvados) pero 
todo eso se pierde en la obscuridad de los tiempos (i). Aquí en Guatemala 
hemos visto dos mascaritas antiquísimas con facciones japonesas. 

Han querido notables americanistas, como Brinton, Stoll y Chavero, ex- 
p licar la separación dejos c akchiqueles de la rama maya-quiché; y aseguran, v ,¿ 
por cálculo, que acaecería hace más de dos mil años. Con razón dijo Hum- 
boldt que esta era la tierra de los misterios y que entramos en una remotidad 
que ni se concibe, ni se explica. 

Sábese, por tradición, que la cultura tolteca no sólo invadió el territorio 
primitivo de los quichés, sino que se introdujo al que ocuparon en la época 
histórica, a la región de Iximché y a la ciudad de Gumarcaah, conocidas des- 
pués por Cuauhtemalan o Guatemala y por Utatlán. Dícese que Nimaquiché, 
de la familia real tolteca, obedeciendo al mandato de sus dioses, abandonó 
Tolán, y peregrinó hasta dar con el bellísimo lago de Atitlán, por donde se 
estableciera el nuevo reino quiche. Nima llegó, con tres hermanos, entre los 
cuales dividió el país. El famoso Axopil, hijo suyo, fué jefe de los quichés, 
cakchiqueles y tzutuhiles, como explicaremos en otro capítulo. 

"Cuando amaneció la aurora, brilló la luz y titilaron las estrellas," es 
decir, cuando se introdujo la religión y la cultura — según las bíblicas frases 



(1) (^n pueblo de giganta debe entenderse que será de hombres un podo más altos (jue la talla común: 
pero uo de verdaderos srlerantes. 



— 92 — 

del Popol-Vuh — se multiplicaron las generaciones de los patriarcas Kalani- 
Quitzé, Balam-Acab, Mahucutahé, Iquibalam. por la tierra prometida. 

Entre la peninsula maya y la región quiche se hallaban los itzaes, petenes, 
lacandones, cheaques, mopanes, Choles, chinamitas, caboxes, uchines, ojoyes, 
tirampíes, y otras tribus. 

En el siglo XVI, cuando los españoles vinieron al istmo de Centro-Amé- 
rica, encontraron varios reinos y pueblos numerosos, con razas y territorios 
diversos. 

^ — Los mames (tartamudos) se hallaban en Guatemala al noroeste, y en una 
parte _d e ^Hondiir as ; los pocomanes al sudoeste de Guatemala, los qu ietes en 
el interior y los cakchiqueles en el sur. HF 

Ocupaban los mames el actual departamento de lluchuetenango, parte de 
Quezaltenango, San Marcos y la provincia de Soconuzco, lugares en que la 
lengua man o pocomán es vernácula, siendo dig^o de notarse, que en parajes 
distantes de dichos centros tamjjiién se habla aquel idioma, como en Amati- 
tlán, Mixco y Petapa, Mita, Jalapa, Xilotepeque y Chalcliuapa (i). Los 
mames se dividían en familias poderosas, cuya historia describió Brasseur de 
Bourbourg, en la introducción del Popol-Vuh. 

Asegura {|ue habitaron en Soconuzco desde tiempos remotos, siendo un 
pueblo autóctono. Los olmecas que vinieron de México, los redujeron a la 
servidumbre, y una fracción de los vencidos emigró para Guatemala, como lo 
explican Orozco y Berra, en su interesante geografía (página i68). Aún se 
encuentran restos de los mames en el departamento de Totonicapán y en la 
frontera de Chiapas. En remotos tiempos aquella raza había sido la domina- 
dora en la mayor parte del territorio de Guatemala, y su capital era la plaza 
fuerte de Zakuléu, o sea Tierra Blanca, cuyos restos todavía se contemplan 
cerca de la ciudad de Huehuetenango. Aún existen ruinas de Zakuléu lo 
mismo que de Chalchitán y Chaculá, que denotan la cultura de aquellos indios. 

Los pocomanes o poconchís vivieron en la región de la Verapaz, en territo- 
rio de Guatemala. Una parte de las trece tribus de Tecpán, cuya capital era la 
gran ciudad de Ninpocom, se tenía por Señora de la Verapaz y de las provin- 
cias situadas al Sur del rio Motagua hasta Palín. Toda la margen izquierda 
del Chixoy (Lacandón o Alto Usumacinta) desde Cobán hasta el x'\o antes 
dicho, las montañas y valles de Gagcoh (San Cristóbal), Tactic, Rabinal, 
Urrán, una parte del actual departamento de Sacatepé^uez, de Guatemala y 
de Chiquimula, hasta el pie de los volcanes de Agua y|le Fuego, llegaron a ser 
presa de aquellos aguerridos indios poconchíes, cuya lengua, así como el 
quekchí, aún se habla por la Verapaz. Aquí en el valle de la Ermita, en el de 
Las Vacas, en el llano de la Culebra, en Pínula, en Petapa y en otros alrededo- 
res de esta ciudad de Guatemala, se habla generalmente el poconchí, que ape- 
nas queda rezagado en uno que otro descendiente de aqullos pocomanes. 



(1 ) Pimentel— Cuadro de Lenguas Indígenas— Tomo I. pág. 81. 



— 93 — 

Los quichés, habitaban en sus mejores tiempos, la parte central de lo que 
hoy es república de Guatemala, no sólo en el departamento que lleva ese nom- 
bre del Quiche, sino por Totonicapán, Atitlán, parte de Quezaltenango, Suchi- 
tepéquez y Rabinal, en donde se habla aquella interesantísima lengua (i). Te- 
nían los Cuchumatanes algo de Chiapas y Soconuzco, el reino de Hueytlato y 
los señoríos manes y pocomanes. 

Se impregnó la civilización de los quichés, en remota fecha, de la de los 
toltecas, pues la cultura y la manera de vivir de los primeros, tienen rasgos de 
las costvimbres y adelantos nahoas. Los maya-quichés llegaron a un sor- 
prendente grado de relativa civilización ; pero desgraciadamente, después de 
la caída del soberbio imperio, el pueblo se dividió, durante el curso de algunos 
siglos, por guerras intestinas y luchas de partido, en pequeños estados, desva- 
neciéndose la gloria de su antigua grandeza. En los restos dispersos, imbu- 
yeron los nahoas su cultura, reteniendo los dialectos de la lengua original. En 
Nicaragua y en El Salvador "hubo pueblos de pura sangre azteca. Los ni- 
quiran s o cholutecas se encontra ban entre el lago y e l mar Pacífico. "Los 
quichés de~Guatemala, dice éT~obispo historiador, González Suárez, llegan al 
golfo de Jambelí, ganan la costa de Máchala, se internan en la provincia del 
Azuay, y buscando un punto pacífico para la vida, se sitúan en los valles 
de temperamento abrigado, en la meseta interandina, con el hombre de 
cañaris" (2). . .^^ 

El territorio de los cakchiqueles se componía de los que hpy son depar- 
tamentos de Chimaltenango, Sacatepéquez y Solóla, habiendo t^lhnbién algunas 
.tribus por Patulul, Cotzumalguapa y otras partes del lado del Pacífico, que 
eran neófitos de los Padres Dominicos. 

Los tzutuhiles se encontraban en Atitlán y en San Antonio Suchitepéquez, 
con una capital que se tenía por inexpugnable, cerca de aquel lindísimo lago 
de Atitlán. Los lacandones, itzas, manches y choles, ocupaban la región que 
se extiende entre Yucatán y Guatemala. Eran tribus indómitas, harto difícil 
de ser traídas a las costumbres semi-civilizadas. Fué el dominico Juan de Es- 
querra, quien acompañado por otros frailes de su orden, llegó a penetrar a las 
tierras de los manches, e indujo a muchos de ellos a seguir el cristianismo. 
Pero a poco se fundaron algunas villas o lugares, hasta que en 1626, los la- 
candones hicieron una atrevida irrupción, avanzando más acá de Copan. 
Fueron muchos los muertos y no pocos los prisioneros. Más tarde, los itzas 
asesinaron como a trescientos de los cristianos. Al ver los manches que no 
obtenían protección de los españoles, huyeron a buscar otra vez sus rudas 
costumbres y recónditos albergues. 

Los franciscanos querían catequizar a los itzas, que eran los más potentes 
y agresivos. Protegidos por el terreno montañoso y escarpado, encontraban 



'D Squier. Nouvelles Anuales des voyages. 

(2) Introdución al Atlas Aniueológico Ecuatoriano, pátr. 20. 



— 94 — 

en la región del lago del Peten, seguridad e independencia. Al principio 
acogían cordialmente a algunos misioneros, pero después se enfurecieron y 
colgaron las cabezas de los religiosos de las ramas de los árboles, para que sir- 
viesen de escarmiento. La trágica y espantosa muerte de Mirones y de sus 
acompañantes, sacrificados en el ara del altar idolátrico de aquellos bárbaros, 
puso pavor en el ánimo esforzado de los frailes y conquistadores. 

Sin embargo, las reales cédulas que a menudo venían encareciendo la 
sujeción de aquel territorio, hizo que no faltaran individuos que quisieran aven- 
turarse a la conquista. El encomendero de Mita, Diego Ordóñez de Vera y 
Villaquirán, oficial de milicias y hombre de pelo en pecho, se comprometió a 
tan difícil empresa. En 1639 fué aceptada su oferta por el Consejó de las 
Indias, se le confirió el título de Adelantado del Gobierno del Próspero, nom- 
bre con que se bautizó tan aguerrida comarca. Precedió, sin embargo, la cruz 
a la espada, y en 1646, dos franciscanos, Hermenegildo Infante y Simón de 
Villasís, fueron de Campeche a Usumacinta, con su arriesgada misión, sufrien- 
do muchos trabajos. Llegó al fin el Adelantado a Usumacinta, penetró más 
al interior, hasta que falto de provisiones, abandonado de muchos, viendo 
quemado por los indios el pueblo que había establecido, flaco de cuerpo y 
conturbado de ánimo, fué a morir a Petenecte. El Próspero no correspondió 
al augurio de su buen nombre, que más propio hubiera sido llamarle el Des- 
graciado. 

Pasaron ;Biuchos años sin volver a la empresa, pues los dominicos que 
fueron a catequizar a los Choles, allá en 1677, apenas alcanzaron éxito. Cada 
vez se empeñaba el gobierno de España en la reducción de aquellos bárbaros 
y de los lacandones e itzas. Cuando el obispo de las Navas anunció su deseo 
de visitar Vcrapaz, el Presidente Guzmán ofreció todo su apoyo para aquella 
empresa. Ayudaron los mercenarios y los dominicos, poniéndose a la cabeza 
de la expedición don Melchor de Meneos, Corregidor de Huehuetenango, quien 
con pocos soldados se internó en el río de Tabasco, haciendo huir a algunos 
indios lacandones. Siendo ya casi intransitable el camino, retrocedieron sin 
alcanzar cosa alguna. 

Una vez más el Consejo de Indias, con fecha 24 de Noviembre de 1692, 
transmitió órdenes apremiantes, en que el rey prevenía arrostrar la conquista 
de Choles y lacandones. Hasta el año 1695 no pudo el presidente Barrios Leal 
emprender él mismo la expedición, y llegó a Santa Cruz del Próspero sin no- 
vedad alguna ; pero más adelante se le presentó una naturaleza primitiva, eíeji- 
berante, emponzoñada de miasmas, llena de precipicios, ríos, montes y des- 
peñaderos, sin chozas, ni ranchos,, ni un ser humano siquiera. Con muchos 
trabajos fundó el fuerte de Dolores, cuyo nombre recordaba hartos sufrimien- 
tos. Cerca de ese castillo quedaban al Sur de los choles, al Oeste y Norte los 
itzas, y al Oeste los lacandones. El presidente Barrios regresó a Guatemala, 
a causa de las lluvias, que por aquella región son copiosas, dejando en dicho 



— 95 — 

lugar treinta soldados y algunos frailes. Cuando después se preparaba Barrios 
Leal a otra expedición, le sorprendió la muerte. 

Jacobo de Alzayaga, Regidor de Guatemala, emprendió, en 1696, la con- 
quista de semejantes bárbaros, teniendo la mala suerte de perderse, con los 
suyos en la enmarañada selva y tortuosos ríos. Un movimiento simultáneo, 
procedente de Guatemala, con don Melchor de Meneos, al frente, y apoyado 
por el gobernador de Yucatán, dio siempre funestos resultados. Los itzas 
fueron conquistados en 1697, y. hubo desde entonces en el Peten resguardo 
militar, que llegó a convertirse en un presidio. En 1759 ya había en el distrito 
del Peten, siete aldeas, fuera del lugar principal o cabecera. Todo aquello es 
primitivo y paradisiaco. 

Los lacandones aún permanecen libres del Gobierno, en hordas nómades 
y en número reducido. Nunca se realizaron, pues, los deseos de conquista que 
con tantos bríos exhibía el capitán general don Sebastián Alvarez Rosíca de 
Caldas, respecto al Lancandón ; deseos que manifestó al rey don Carlos II, 
en carta de 30 de Enero de 1667, y que corre impresa por Ibarra. 

Como esos pueblos, había otros antiquísimos, que Brasseur de Bourbourg 
describe en número considerable y trata de fijarles localidades en el territorio 
Centro-Americano. El que quiera profundizar esta materia, puede leer la 
interesante introducción del Popol-Vuh y "Las Naciones Civilizadas de Mé- 
xico y de Centro-América". Pero todavía es más serio y filosófico el estudio 
que hizo nuestro distinguido amigo, el sabio doctor Berendet, quien estuvo en 
Guatemala, y pudo establecer, fundándose en las lenguas y dialectos indíge- 
nas, las ramas etnográficas del suelo Centro Americano. 

Los pueblos de la América Central forman, para Quatrefages, una sola 
familia, la guatemalteca, resultado de cruzamientos múltiples entre negros, 
indios y españoles. Hombres de pequeña talla y fuertemente constituidos ; 
. de piel bronceada, cabellos negros y lisos, cabeza corta, frente baja, cara ancha, 
ojos pequeños, oscuros, horizontales; nariz recta, boca mediana, labios fuertes, 
barba redonda. 

Deniker divide a los indios de México y de la América Central, desde el 
punto de vista etnográfico, en dos grandes grupos : los seríanos aztecas que 
viven en el Norte de México, y los centro-americanos, habitantes del México 
meridional y los Estados situados más al Sur hasta la República de Costa-Rica. 
Los primeros, bajo el aspecto lingüístico, se aproxiinan a los chochones, y 
en sus costumbres a los verdaderos indios "Pueblos" de los Estados Unidos, 
pero ofrecen diferencias en el orden físico : los sonorios se acercan a los norte- 
americanos de la vertiente atlántica, en tanto que los pueblos del grupo azteca 
patentizan la infusión de una gran cantidad de sangre centro-americana. 
Constituyen el grupo principal de los sonorianos los pimas y sus congéneres 
los pápajos ; viven en los pueblos o "casas grandes" y subsisten gracias a sus 
esfuerzos en la estéril tierra del valle de Gila ; son hombres hermosos im. 71 de 



-96- 

talla, ágiles, cabeza algo alargada, nariz prominente. Sus vecinos, dice Deni- 
ker, los yaquis y los mayos, reunidos en la categoría lingüítica Cahita (unos 
20,000 individuos) tienen el mismo tipo' que los pimas y se conservan bastante 
puros, al contrario de los ópatas y tarahumares de Chihuahua y de Sonora. 
Los aztecas o nahuas, son nombre colectivo de muchos pueblos y tribus que 
ocuparon antiguamente la vertiente pacífica desde el J^ío Fuerte (26'' de latitud 
Norte) hasta los confines de Guatemala, exceptuando el istmo de Tehuantepec, 
pero extendiéndose sus colonias hasta Guatemala y San Salvador. Sobre la 
vertiente del Atlántico las tribus nahuas habitaban los alrededores de México, 
y constituyeron, probablemente dos o tres centurias antes de la" llegada de los 
españoles, tres Estados confederados: Tcscuco, Tlacopán y Tleuochtillán. 
Actualmente los aztecas, en número de 150,000 próximamente, encuéntransc 
extendidos sobre toda la costa mexicana desde el Sur de Sinaloa hasta 'Pepic, 
Jalisco, Michoacán y el Oeste. Muy pacíficos, sedentarios, con un barniz de 
civilización, ellos son católicos de nombre, animistas llenos de superstición en 
el fondo. En muchas villas aztecas todavía se habla la antigua lengua nahua." 
El profesor L. Biart ha escrito extensamente sobre la historia y costumbres de 
los aztecas (París, 1885). 

Al lado de los aztecas se designan con el nombre de "mexicanos ])r()])ia- 
mente dichos" a otros tres grupos étnicos : el otomí, los tarascos y los talonacs 
de la provincia de Veracruz, antes muy civilizados y que se parecen físicamente 
al grupo lingüístico maya. El otomí nos da el ejemplo particular de pueblo 
americano hablando una lengua monosilábica ; de talla debajo de la media, 
braquicéfalos en general con tendencia a la mesocefalia (llamy, Brinton). 
Los tarascos, no mezclados, viven, según Lumholtz, en número de 200,000 en 
las montañas de Michoacán : otros han sido absorbidos en la población mestiza. 

El otro gran grupo etnográfico de los indios de México y de la América 
Central, siguiendo en esto a Deniker, ya hemos dicho que lo forman los centro- 
americanos; y están subdividos por el mismo notable antropólogo en tres 
grupos geográficos : los indios del Sur de México, los maya y los istmianos. 
Entre los primeros están los zapotecas de Oaxaca, descendientes de un pueblo 
que alcanzó en época remota el mismo grado de la civilización azteca ; están 
también los mixtecas de Oaxaca y Guerrero, de talla pequeña, braquicéfalos, y 
los zoques, mixes y chapanecas, para no citar otros. La antigua civilización 
maya era semejante a la de México; los "mayas propiamente dichos de Yuca- 
tán" contienen como principales tribus: los tchontales de México, los mopans, 
de Guatemala septentrional ; los quichés más al Sur, el único puebUj indi(j (|uc 
j)osee vma literatura escrita indígena ; los pocomanes, los chorti y los huaste- 
cas. "A pesar de las diferencias lingüísticas, todos los guatemaltecos o indios 
de Guatemala se asemejan desde el punto de vista físico : son pequeños, re 
chonchos, de pómulos salientes, nariz prominente, con frecuencia convexa; y 
algunas de sus costumbres, como la geofagia, son comunes a todas estas pobla 



— 97 — 

cíones". El profesor Deniker reúne bajo el nombre de "los istmianos" a los 
pueblos indígenas de la América Central distribuidos por Guatemala y el istmo 
de Panamá, cuyos idiomas no están comprendidos en ninguna de las catego- 
rías de las lenguas americanas (lencas, matagolpes, guatusos, oulona, moscos, 
rama). 

Algunos autores creen que, en cuanto a la América, la agrupación de los 
pueblos tiene mejor base en los caracteres lingüísticos que aquella que pueda 
suministrarles los étnicos y somatológicós ; opinando asimismo que esos ca- 
racteres lingüísticos son fundamentos más sólidos para definir las razas del 
nuevo continente. Para Brinton existe un lazo común entre todas las lenguas 
americanas ; pero, discurriendo ampliamente sobre este punto, lingüistas de la 
talla de Müller y Adam piensan de distinto modo, que la similitud entre las 
lenguas americanas no autorizan a aceptar que todas ellas han procedido de 
una sola fuente. Atribuye, por otra parte, Powell, mayor importancia a la se- 
mejanza del vocabulario que a la de las formas gramaticales ; y llega a estable- 
cer esta conclusión : "las tribues de la América del Norte no hablan precisa- 
mente dialectos relacionados entre sí y nacidos de una sola lengua original : 
hablan, por el contrario, muchas lenguas pertenecientes a familias diversas, 
que no parecen tener un origen común". Estima Brinton en 150 o 160 el 
número de las familias lingüísticas conocidas en toda la América, lo que parece 
ser un cálculo exacto; en efecto, sólo para la parte del Norte de México enu- 
mera Powell 59 familias lingüísticas." 

Los pipiles (muchachos, en lengua azteca) descendían de los mexicanos. 
Dícese que Ahuizotl, octavo emperador de México, allá por los años de 1486, 
deseoso de extender- su poderío, y no satisfecho con el territorio que sus ma- 
yores le habían dejado, decidió apoderarse del reino de los quichés y de otras 
tribus que poblaban el istmo centro-americano. Vanos fueron los ardides de 
la guerra, ni alcanzaron buen éxito los agasajos, presentes y embajadas, para 
que se realizasen las aspiraciones de Ahuizotl, quien entonces se valió de una 
extratagema que harto demuestra su astucia. Envió secretamente como 
veinte mil indios, llamados pipiles, para que simulando ser mercaderes, fuesen 
poco a poco introduciéndose en aquellas ciudades y en las tierras pobladas por 
quichés, cakchiqueles, tzendales, kelkes y zapotecas, a fin de sojuzgarlos en 
una oportunidad, teniendo parciales en quienes apoyarse ; pero fueron sor- 
prendidos en su intento, que ya no vio realizado el ambcioso emperador mexi- 
cano,- ni ninguno de sus sucesores. Los pipiles vinieron, pues, como traidores 
y se encontraron en tierras bañadas por el mar del Sur, desde Escuintla hasta 
Cuscatlán (El Salvador) en donde se extendieron mucho y progresaron bas- 
tante. Turbulentos o indómitos, no soportaron la tiranía de su cacique Cua- 
humichín, a quien el pueblo dio muerte violenta en su propio palacio, ocupado 
a seguida por el débil y manso Tutecotzimit, que organizó el gobierno y pudo 
hacer que sus vasallos progresaran. El cacicazgo pipil, nunca fué monar- 



-98- 

quía, por más que Juarros erróneamente haya asegurado que tuvieron, poco 
tiempo antes de la venida de los españoles, un monarca o rey, lo cierto es que 
a lo más llegaría, como algunos creen, a constituir un señorío, ligado con la 
casta sacerdotal, que a su vez reconoció la autoridad del gran sacerdote, quien 
se dejaba ver en las ceremonias solemnes, revestido de una especie de casulla 
\, azul, con gran mitra adornada de vistosos plumajes, y llevando un báculo, 
recamado de oro y plata. Algunos dudan que los primeros . pipiles hayan 
venido en tiempo de Ahuizotl, puesto que las ruinas de Cotzumalguapa y otras 
demuestran muchísimos años de residencia. 

"La comarca más occidental de lo que hoy constituye el territorio de El 
Salvador es la de los Izalcos situada entre el río Paz o Aguachapa y Gueymoco. 
En esta comarca existe el lugar llamado Zenzontlatl que en lengua mejicana 
significa "cuatrocientos ojos de agua" palabra que ha sido transformada en la 
de Sonsonate. Zenzontlatl hace alusión a los innumerables ojos de agua que 
forman el Río Grande, a cuyas orillas se hallaban situada la población. 

En la costa de los Izalcos, existió y existe aún el puerto de Acazutla, lla- 
mado actualmente Acajutla. De la población de I zaleo, poco después de la 
conquista, salieron cuatro familias a establecerse a un punto inmediato a Son- 
sonate y fundaron un pueblo cuyo nombre fué Nahuizalquio o los cuatro Izalco, 
porque en idioma mejicano "nahui" significa cuatro. Inmediato a Sonsonate 
se hallan el pueblo de Quetzal-Cuat-itán, compuesto de tres palabras ; quetzal, 
culebra y debajo. Con el tiempo este nombre se convirtió en Salcoatitán. 

Pueblo bien situado era el de Güeciapam, que en lengua mejicana quiere 
decir Río Grande, llamado así, indudablemente, por su cercanía al río de Paz o 
Pazaco, conocido también con el nombre de Ahuachapán. En la época pre- 
sente se ha cambiado el nombre primitivo por el de Ahuachapán, hoy ciudad 
de mucho progreso y cabecera de departamento. Digna de mencionarse es lá 
numerosa población de Siguatehuacán, nombre que en lengua azteca quiere 
decir "joven bajada de los cerros", hoy "Santa Ana", situada al pié del volcán 
del mismo nombre y población de mucha importancia. 

Hacia la parte occidental de Siguatehuacán se hallaba la alquería de Chal- 
chuapa que en náhuatl significa "moneda indígena oculta". La antigua pobla- 
ción ha desaparecido, la que actualmente existe está a una milla distante de la 
anterior. 

De nombre indígena y de antigua época es la población de Coatepeque, 
llamada antiguamente Cuatepeque o Cerro de Culebra. A este pueblo siguen 
los dos Texistipeque, Augue y Ostria, habiendo variedad de opiniones sobre si 
estos dos últimos existieron de la conquista. 

El nombre primitivo del antiguo pueblo de Gujutla era Shushuta (|ue en 
lengua indígena quiere decir "río de jutes" por estar situada la población 
a inmediaciones del río de este nombre. 

A tres leguas' al Sudeste de Güeciapán existe el pueblo de Apaneca llama- 




I 



— 99 — 

do en lengua Azteca Aponegeeat, que sij^nifica Río de Viento, pues por su 
elevada situación se halla expuesto a un viento demasiado fuerte. 

Caminando del Este hacia el interior del territorio, se llega a la población 
de Cuscatlán, hallándose situada en la parte intermedia las poblaciones de 
Cuisnaguat llamada antiguamente Cuis-Nahuit o sea el lugar de los Cuatro 
Espinos y otros cuyos nombres no se ha podido conservar. Cuscatlán revela 
su primitiva civilización por los muchos utensilios de barro de diversas for- 
mas que se encuentran en sus excavaciones. 

Pocos datos existen acerca de las demás poblaciones primitivas de la Re- 
pública ; pero si es lo cierto que las principales divisiones establecidas eran : 
Zenzonatl, Cuscatlán y Chaparrastique ; que estas comarcas estaban muy po- 
bladas al tiempo de la conquista, según lo afirmó el mismo conquistador Pedro 
de Alvarado. Entre esas poblaciones hay algunas que merecen mencionarse 
especialmente como Nejapa, llamada antiguamente Nixppa, arruinada con mo- 
tivo de la erupción del volcán de San Salvador. El lugar donde estuvo situada 
la primitiva población es llamada en la actualidad Potrero de San Lorenzo, en 
la jurisdicción de Quezalteipeque, población también primitiva. Hoy se cono- 
ce con el nombre de Nejapa un bonito caserío situado al Occidente y a poca 
distancia de Apopa. 

Poblaciones enteramente extintas son Zacualpa y Guija en el actual de- 
partamento de San Aana. La primera estaba situada en una isla grande que 
está en medio de la laguna, y ia segunda en el mismo lugar en que está la 
laguna del mismo nombre. En las márgenes de ésta se ven varios antiguos 
edificios y aún en el fondo han observado los pescadores en la estación seca, 
algunos capiteles de columnas. Se han hallado además en el lecho de la 
laguna, piedras de moler, vasijas de barro de todas clases y formas. Hace 
mucho tiempo que un pescador sacó una pieza de plata y en 1848 un indígena 
de los alrededores encontró dentro de un promontorio de lava que el agua 
había dejado descubierto, varias obras de plata labrada en figuras esféricas 
que pesaron una arroba. Se notan en diferentes puntos de la comarca cimien- 
tos de edificios antiguos, lo que prueba el estado de adelanto en que se hallaban 
las poblaciones primitivas". 

Los quichés y cakchiqueles trataron de someter a su dominación a los 
pipiles, quienes pidieron auxilio a don Pedro de Alvarado, sin sospechar que el 
Hijo del Sol (Tonatiuh) sería para con ellos más tirano que el primero de sus 
caciques, el infortunado Cuahumichín. 



Los chorotegas, los xicaques, los poyas, toukas, caribes, zambos y otras 
tribus aún más salvajes, que ocupaban lo que es hoy territorio de Honduras, 
tenían costumbres bárbaras, sacrificios horrendos y carácter refractario a la 
cultura cristiana. 

Ha quedado de los españoles el decir, de uno belitre y salvaje, que parece 
xicaque. Cuando se desea expresar que es muy bolonio o estúpido, se le llama 
chontal. 



\> 



L 



— ICXD — 

Mr. Dsiré Pector escribió una memoria interesante, con el título de "In- 
dication aproximative de vástigas laissé per les populations précolombiennes 
du Nicaragua", en la que refiere la tradicional aventura del viejo cacique Xu- 
chiltepecs, que separó sus huestes chapanecas de los pipiles de Cuzcatlán, para 
llevarlas por Nicaragua y por Honduras, e investiga hasta donde es dable, y 
apoyado en Bancroft, Brinton, Berendt, Bovallius, Squier y algunos cronistas 
antiguos, los rastros de las varias tribus y naciones que poblaron en un prin-. 
cipio el extenso territorio de Nicaragua. Acompaña a aquella obrita un mapa 
etnográfico, en el cual se ve que los mosquitos, chontales, lamas, maribios, 
matiares, nagrandanes, niquiranes, imavites, melchoras, mangues, dirías, cho- 
rotegas, nahuas,^ etc., habitaban aquel bellísimo territorio en donde se deprime 
la cadena andina y hay lagos más lindos que los de Suiza. 

Los chorotegas se multijílicaron cabalmente por las orillas del gran lago 
de Nicaragua y i>or el Nequepío, sobre el golfo de Fonseca, mientras que por 
el rumbo de Managua vivían los maribios y matiares, y entre Masaya y Nicoya 
las colonias nahuas, que difundieron por aquellas regiones la cultura que de 
tiempo inmemorial las distinguía. 

Los nahuas estaban esparcidos por el istmo de Rivas, entre el lago de 
Nicaragua y el Pacífico, y hablaban el mexicano o náhuatl ; y es curioso obser- 
var que llegaron hasta el extremo oriental de- Costa-Rica. Entre aquel lago 
y el golfo de Nicoya, se hallaba la misteriosa nación de los corobicíes, progeni- 
tores de los guatusos. En las márgenes meridionales del río San Juan estaban 
los votos, hasta el valle de Sarapiquí, y al Este de dicho valle, se asentó la 
importante provincia güetar de Suerre, siguiendo después por lo demás de 
Costa-Rica, los tanacas, viceitas, cabeceres, terrabes, chichimecas, changüenes, 
doraces, guaymies y otras tribus que formaban propiamente el territorio de 
Gütares (tierra grande) cuyo mejor lugar era el Guarco, en donde los españo- 
les establecieron, en 1563, la capital de Costa-Rica. Los grupos se extendian 
sobre las playas del Pacífico, entre los ríos Pirris y Grande de Terraba, hasta 
mediados del siglo XVIII, en que acabaron por las pestes y malos tratamientos 
que sufrieron. Los cotos ocupaban la parte superior del valle del río Terra- 
ba, y acabaron también, dejando a los borucas, sus descendientes, que se ex- 
tendían hasta los llanos de Chiriquí. 

Cuando llegaron los españoles a aquella región, los principales pueblos 
eran los nahuas (aztecas), nahues (chorotegas), gütares, viceitas, terrabas, 
changüenes, guaymies, guepos, cotos y borucas, que pasaban de cien mil, en 
el año 1564, y de los cuales poquísimos quedan en el día (i). 

Los nahuas vinieron del Norte y desembarcaron en Nicaragua, por el año 
1440, según los cálculos del P. Motolinia, de acuerdo con lo que los mexicanos 
le dijeron, como puede verse en los "Documentos de Icazbalceta", tomo I. 
Pág. 10. 



(1 ) Etnolofna Centro-Americana. ix)r Peralta -Intrtxlurirín. 




Los nahuas o aztecas llegaron por Nicaragua y Costa-Rica, cincuenta años 
después que los chorotegas, a mediados del siglo XV, según asegura el obispo 
Thiel, en su interesante obra "Revista de Costa-Rica en el siglo XIX". Muy 
numerosos en el istmo de Rivas, sólo tenían en Bagaces y en Talamanca pe- 
queñas colonias. Estos indios llevaron ahí la semilla del cacao. 

Los chorotegas cultivaban el maíz, algodón, frijoles, zapotes, nísperos y 
otras frutas. También sembraban tabaco y a veces lo fumaban. Con púr- 
pura de caracol y brasil teñían sus vestidos y hacían primorosas obras de alfa- 
rería, según cuenta Oviedo, quien llevó a Santo Domingo algunas muestras de 
loza que se pudieran dar a un príncipe por su lindeza. Se adornaban con per- 
las recogidas en Nicoya y tenían hermosas mujeres (i). 

Cuándo y por qué los floridos valles del Usumacinta hayan sido abando- 
nados por los mayas, así como las ricas márgenes del río Motagua, no se sabe 
a punto cierto. Se presume que las pestes, el hambre, las guerras civiles, las 
invaciones extrañas, en lejanos tiempos, destruyeron los focos aquéllos de 
gran cultura (2). 

El distinguido americanista don Manuel M. de Peralta escribió un "En- 
sayo sobre la distribución geográfica de los aborígenes de Costa-Rica", del cual 
aparece que, a la época de la conquista de los españoles, ocupaban aquel terri- 
torio los chorotegas o mangues, los nahuas o mexicanos, en poco número, los 
corobicís, los güetares, cabecares, viceitas, terrabas, changüenes, doraces, 
guaymies, borucas, cotos y quepos. Los más antiguos eran los corobicís. 

Por la carta geográfica que aquel notable historiógrafo formó, se compren- 
de bien la distribución que tenían los aborígenes de Costa-Rica en el siglo XVL 
Al llegar, en 1522, el conquistador Gil González de Avila, había cuatro grupos 
distintos: el nicoyano, el de la isla Zapatera, el güetar y el bugaba (3). Los 
borucas vivían por las tierras cercanas a Panamá. Los nahuas eran unos 
cuantos cientos, que se hallaban por Bagaces y en el valle Duy. Los vitares y 
vicetas en las planicies del centro (4). 

Nunca los reinos y tribus que se hallaban en la América Central fueron 
feudatarios de México, como algún autor ha pretendido. El imperio Azteca 
se extendía hasta el grado 14, no incluyendo nada de Guatemala (5). 

Dice el Isagoge Histórico: "Al tiempo de la Conquista aún no habían 
sujetado los mexicanos las provincias que median para llegar a Goathemala. 
Su último emperador Montezuma salió en persona a sujetar la provincia Te- 
huantepeque, y no pudo conseguirlo, porque la defendió el señor Tutepeque, 
y así no tenían los mexicanos el paso para Goathemala por las costas del mar 
del Sur Tampoco habían sujetado la Provincia de Chiapas, con que no 



(1) Historia de las Indias, lib. XLII cap. XI. 

(2) A Glimse at Guatemala, pág. 243. 
[3] Monografía del obisix» Thiel. 

[4] Fernández Guardia— Cartilla Histórica. 

[5] Historia de Conau2.sta de Mé.xico, por Prescott. 



tenían por donde introducir sus armas y exércitos en el Reyno de Goathemala, 
ni por las costas del Sur, ni por las del Norte, ni por medio de la tierra". 

Cuando los españoles vinieron a estas tierras del Centro de América en- 
contraron pueblos de diversas razas, distintas costumbres, varios idiomas y 
aspiraciones opuestas. Era aquella masa heterogénea, multiforme, híbrida, 
con espíritu anárquico, sin hegemonía alguna. Se hallaba en guerras y lu- 
chas, con odios ancestrales y tendencias disolventes. • Decaída la notable civi- 
lización pretérita de algunas tribus, había sonado para su raza la hora que el 
destino le marcara de agonía y servidumbre. Hay en los hombres, en los pue- 
blos y hsta en las castas, momentos terribles de horrenda desventura. La 
conquista se hallaba preparada por los misteriosos senderos de la evolución 
social. 

Los indios de la América del Centro se dividen en muchas tribus, diferen- 
ciándose unas de otras, a pesar de lo que dicen escritores extranjeros que no 
las conocen, por la estructura corporal, por la lengua y por las costumbres. 
Verdad es que siempre se advierte entre ellos ciertos caracteres comunes inne- 
gables. Nuestros indios tienen, por lo gneral, los unos color cobrizo, y otros 
aceitunado, son membrudos, musculosos, de cabellos negros, ásperos, lisos, y 
de corte prismático, de barba rala, pómulos salientes ; pero no agudos, orejas 
grandes, labios gruesos, frente baja, ojos rasgados, algunos con el ángulo ex- 
terno un poco levantado hacia las cienes, negros las más de las veces y de vista 
penetrante, y en la boca una expresión particular de dulzura, desdeñosa, que 
contrasta con su aspecto serio y tristemente sombrío. Constituyen una raza 
sufrida, sana, bien formada, pero participan, con las demás razas americanas, 
de falta de flexibilidad en la organización física, lo cual hace que su paso de un 
país cálido a un frío y vice versa les sea mucho más perjudicial que a los 
europeos, acostumbrados a la transición de las estaciones, que no dejan sentirse 
en los países tropicales, en donde las costas son muy ardientes, las altiplanicies 
agradables y los picos de las cordilleras muy nevados, siempre lo mismo, sin 
alteración alguna. Serio, pacífico y melancólico, el indio agrega no sé qué 
de misterioso a sus más insignificantes acciones. Jamás trasluce a su impa- 
sible rostro las pasiones que puedan dominarle, a pesar de lo cual a veces llega 
a ser terrible. Modesto por costumbre, diestro, suspicaz, sumiso especial- 
mente a los sacerdotes, es, al propio tiempo, indolente, tardo, supersticioso y 
crédulo (i). En indio americano es un producto del suelo americano (2;. 
Chavero opina que nuestros aborígenes son de raza más pura que la europea, 
y se funda en la carencia que tienen de pelo en todo el cuerpo, menos en la 
cabeza, en las pestañas, en las cejas, muy ralas por cierto, y en la poca barba, 
más rala todavía, y además en la circunstancia de no tener la muela del juicio, 
y mostrar molares en vez de colmillos (3). Empero, ni una, ni otra razón 



[1] La Tierra y el Hombre, por Federico de Hellwald, pág^ina HS. 
[2] "L'Homne Americain". porSimoniu. 
[31 México a través de los Siglos, tomo 11. 




— IOS — 

prueban la imagniada superioridad de dicha raza. Algunos creen que la ca- 
rencia de vello y barba más bien implica falta de virilidad, lo cual tampoco nos 
parece ser cierto, porque los indios procrían hijos sanos, fuertes y en gran 
número ; ni es posible afirmar que la correlación entre el mono y el hombre, 
torne más fino al que carece de vello, sin que, por lo demás, se verdad que al- 
gunos aborígenes mexicanos no tengan caninos. Si otros carecen de las 
muelas del juicio, faltan a la vez en individuos de varias razas. La barba y los 
apéndices capilares en ciertas partes del cuerpo son tenidos en muchos pueblos, 
como complemento de belleza, y entre los israelitas se apreciaban fanáticamen- 
te, como consta en la Biblia. En varias de esas apreciaciones, juzgamos que 
hay parcialidad o exageración, algunas veces a favor, y muchas, en contra de 
los indios. 

A los conquistadores españoles repugnaba encontrar a las mujeres des- 
provistas del monte de Venus, como lo asegura el ingenuo Bernal Díaz, quien 
cuenta que algunas de las indias sabían muy bien adecuarse pelucas en el pubis, 
a fin de no desagradar a sus dueños. 

Tornando a hablar de los antiguos indios de estas tierras, es preciso decir 
que varios reinos, muchos señoríos y no pocos cacicazgos, con más de seis mi- 
llones dje pobladores, encontraron los españoles en el istmo centro-americano ; 
núcleo en remoto tiempo, de grandes ciudades, cuya civilización admira a los 
que han hecho estudio especial de los países cultos de la antigua América. 

Brasseur de Bourbourg, Maudsley, Bancroft, Brinton, Berendt, Baldwin 
y otros historiógrafos, que han escrito obras especiales sobre esta materia, 
reconocen que la civilización de los imperios istmeños era superior a la de 
México y a la del Perú, muchos siglos antes de la llegada de los españoles al 
Nuevo Mundo. 

La posición geográfica de la garganta de tierra, que une las dos grandes 
porciones del continente americano, hará que en lo futuro sea el centro del 
comercio. Aquí en donde las ruinas de Copan, Palemke, Tical y Piedras Ne- 
gras, no nos dicen cuándo fué abandonada esa región ; en donde las esculturas 
y geroglíficos de Chichén-itzá revelan muertas civilizaciones ; aquí por donde 
Cortés y Bernal Díaz portentosamente atravesaron la parte que había sido más 
poblada, en los primitivos tiempos de Centro-América, sin presumir que las 
orillas de aquellas corrientes y las faldas de los agrestes cerros, hubiesen sido 
asiento de razas varias e interesante cultura ; aquí, decimos, poderosos pueblos, 
formarán grandes riquezas. ¡ La Historia se repite ! ¡ Que el melancólico 
quetzal, desolado por la destrucción de los hijos de Votan, no vea otra vez las 
praderas del Peten, las márgenes del Polóchic y del Usumacinta, pobladas por 
extrañas gentes ! 



Sicut nubes, quasi aves, velut umbra. 



CAPITULO IV 



orografía E hidrografía de la AMERICA 



I 



CENTRAL 



SUMARIO 



Montes mitológicos. — Montañas sagradas. — Desde la época cuaternaria 
buscó el hombre los lugares altos. — Ruinas de razas prehistóricas, en breñas abrup- 
tas. — Centro-América, el país volcánico por excelencia. — El que guarda más ele- 
mentos de la primitiva cultura humana. — Forma que tiene la Am.érica Central. — 
Valle de Guatemala. — Sorprendente sistema hidrográfico. — Formaciones vejetales. 
— Clasificación de los terrenos. — Panoramas sublimes de estos países. — Divisio- 
nes orgánicas del suelo centro-americano. — Descensos de la cordillera. — Extrema 
fertilidad. — Descripción de los bosques del Norte. — El valle de Zacapa. — Muro 
gigantesco de volcanes. — Peculiaridades zoológicas de esa zona. — Divisoria con- 
tinental. — El Cerro Padre. — La erupción del Cosigüina. — El Infierno de Masaya. 
Memorable descenso de unos frailes en busca de oro. — Sistema de montañas de 
Guatemala. — Observaciones generales. — Coincide el levantamiento de las mon- 
tañas con la aparición del hombre en la tierra. — Momento sublime. — Poesía de la 
creación humana. — El Cerro de Oro. — El volcán de Agua. — El volcán de Acate- 
nango. — El volcán de Atitlán. — El de Tajumulco. — Los barrancos. — El volcán 
de Ipala. — El volcán de Pacaya. — Teorías acerca del fuego de los volcanes. — 
Otros volcanes de Guatemalau — Ausoles de Aguachapán. — Volcán de San Salva- 
dor. — Descripción geológica de El Salvador, por el doctor David J. Guzmán. — 
Cadena volcánica de El Salvador. — EL 1,EMPA, río que debiera llamarse EL 
UNIONISTA. — El Polochic y otros ríos. — Sistema hidrográfico de la vertiente 
del Pacífico. — El lago de Atitlán. — El lago azufrado. — Territorio del Peten. — 
Volcanes de Costa-Rica. — Montañas y ríos de Honduras. — Viaje Geológico a la 
América Central, por Dolffus y Motserrat. — El Istmo de Centro-América. — La 
unión de ambos océanos. 



Las multitudes que sonreían al cruzar el pórtico de Atenas, cuando, ebrias 
de gozo iban a las fiestas de las Panateneas, en la falda de la montaña sagrada, 
se esforzaban por llegar a la cumbre, en donde la sabiduría serena y luminosa, 
dispensaba sus dones a los que la grande Egida cubriera con su divina sombra. 
Moisés, el oráculo del pueblo más culto de la antigüedad, subió a un monte 
para recibir, entre relámpagos y truenos, las tablas de la Ley, que harían de la 
raza semítica la escogida, por entonces, en el mundo. El Arca salvada del 
diluvio, posóse sobre el Ararat, cuando la paloma mensajera vino con el ramo 
de oliva en el pico, y el arco iris dejó ver en el firmamento sus franjas de coló- 



— io6 — 

res, según la tradición bíblica. Desde la época cuaternaria, habitó el hombre 
las faldas de las montañas (i) dirigiendo sus pasos a los lugares más altos, ya 
que el rey de la creación no podía haber nacido en la playa llana del mar jurá- 
sico, o en la pampa silenciosa, hecha para los reptiles, ni menos en las impe- 
netrables malezas de las selvas, por donde los simios se deslizaban en encor- 
vada actitud. La mirada del hombre busca siempre lo alto, va en pos del 
cielo. Él vino al mundo cuando los picos de los Alpes fueron surgiendo de los 
primitivos mares, hasta subir entre las nubes y mostrar sus calvas frentes, 
como añoso testimonio de miles de siglos de generación lenta, que preparaba 
en la tierra, el momento en que aparecería la humana especie ; en que el hombre 
podría andar recto, sin arquearse, ni rastrear, en mesetas emergidas del fondo 
de las aguas, en un paraíso propicio a su creación, en donde hallaría elementos 
de subsistencia, y cómo luchar por la vida con los colosales cuadrumanos y los 
ponzoñosos reptiles ; en donde estaría lejos, muy lejos del mono, que represen- 
ta la edad eocena, saltando entre los bejucos y suspendiéndose de los enmara- 
ñados troncos de los seculares árboles. 

El mono ha permanecido en la misma situación en que nació ; el hombre 
ha progresado, hasta el punto de que hoy puede decir, mediante la geología 
moderna, cómo se formaron esos grandiosos picos cjue llevan perpetua nieve en 
sus cabezas, y hasta dibujar la forma prehistórica de tales colosos, y la escultu- 
ra de las cordilleras, que son como el eje de los Continentes, la espina dorsal de 
un paquidermo i)ctrificado, en millones de años. La ciencia moderna explica 
la formación de las montañas, los recortes primitivos de los valles, la historia 
de los Continentes, y hasta las hondas arrugas de aquellos gigantes, mudos 
testigos de la creación del hombre, esfinges que quizo Dios poner cual perenne 
memento de la aparición de nuestra especie en este planeta, cuyas transfor- 
maciones no son leyendas, ni misterio's. 

Los primitivos pobladores de México, los aborígenes del Perú, los que con 
Votan ocuparon gran parte de Centro-América, los indios ancestrales, cuya 
civilización se pierde en la noche de los tiempos, buscaban siempre las altas 
planicies, al pie de las montañas, a orillas de los lagos, que en hudidos cráteres 
se formaron después de grandes cataclismos (2). 

Aquellas razas pre-históricas han dejado ruinas preciosísimas, hasta en 
alturas que pasan, a las veces, de cuatro mil metros, en valles, mesetas y peñas 
abruptas, colgadas, puede decirse, entre las fragosidades de cerros casi verti- 
cales, como para ponerse a cubierto de las irrupciones frecuentes de sus 
enemigos. 

Las pirámides azules, que no nos cansamos de admirar en el horizonte de 
Guatemala ; esos inmensos y robustos brazos del planeta, que hacen de Centro- 



[1] Congreso Internacional de Antropología. 1897, página 1S5. 

[2] Chaveroy Piment<>l, Razas primitivas: Francisco P. Moreno, Revista del Museo de la Plata, t. I.: 
Brasseur de Bour)x>urg, Xatlons Civilices du México et de l'AmériQue Céntrale, Morgan, Ilouses and house 
Ufe of the Americans aixjrigenes, Wasiiington. 1881. vol. III. 




— lO/ — 

América el país volcánico por excelencia, tienen su remotísima historia de 
mudanzas ciclópeas, de ruinas, civilizaciones muertas, ayes de dolor, de los- 
pasos del tiempo, en fin, que va triturando cuanto encuentra, y crea cuanto se 
transforma. La tierra es un ser organizado y viviente. La América, es el 
mayor laboratorio que tiene el planeta. El trabajo químico que se efectúa 
incesantemente debajo de sus altas montañas, se hace evidente a los pobladores 
de estas tierras, por los numerosos volcanes, solfataras y vertientes cálidas, 
así como por el levantamiento del suelo, por movimientos tremantes impercep- 
tiblas, pero de repente causando fuertes terremotos y conmonciones violentas. 
Esos bellísimos volcanes que se yerguen en nuestro horizonte, son la prodi- 
giosa epopeya geológica del mundo. Son murallas puestas por Dios para 
proteger a los pueblos débiles. 

La Eternidad, que se desmorona, 'que se hunde, que surge y que se osten- 
ta, ora ebria de cataclismos, ora lozana y apacible, cual si quisiera mostrarse 
en la época de risueña libertad, fué dejando por ahí esos nuestros volcanes, 
decapitados los unos por criminal erupción, que trajo ruina y lágrimas, entre 
lava de nueva vida ; mutilados los otros, por el furor de los elementos, que los 
dejara como sublimes y colosales Belvederes, que así rotos aún revelan la 
serenidad de sus formas artísticas ; formando todos una especie de corona 
ducal, cuyas inmensas curvas son paralelas con el serpenteo del mar, que en sus 
costas arenosas llévales encajes de espumas y rumores de vida. En remotí- 
sima fecha, un primer levantamiento se efectuó, al O. 22. S. E. 22, N. siendo 
la causa de la formación de la cordillera central, con sus granitos y sus gneis, 
habiéndose formado después los depósitos sedimentarios, de gredas triásicas 
y fragmentos jurásicos, que se notan en el litoral de Centro-América. 

Al titilar la estrella matutina, se hundió una vez para siempre el gran 
Continente que, por el seno mexicano, por las Antillas, por la mar de zargazo, 
unía al mundo antiguo con el mundo nuevo, y este Nuevo Mundo, vino resul- 
tando ser el más viejo de todos, sin que falten sabios (i) que sostienen, como 
ya lo hemos dicho, haber sido aquí, en la América Central, el origen de la más 
remota civilización. 

Ello es lo cierto que, cuando la Atlántida se sumergió, en las aguas del 
mar, vino quedando el istmo Centro-Americano cual arista volcánica que con- 
tuvo el horrendo cataclismo ; como el país misterioso que guarda más elemen- 
tos de la primitiva cultura humana (2) como la tierra prometida, que, con sus 
150 mil millas cuadradas, de fertilidad asombrosa, de producciones variadísi- 
mas, espera la inmigración de tantos millones que luchan amargamente por vi- 
vir, y que buscan el caos, en la destruccibn, en la dinamita, el rayo divino de la 



[1] Baldwin. La Antigua América: Jorge Catlin, Las Rcx-as levantadas y suniertrldas de América: 
QHinet. La Creación. 

[2] Banci-oft. Histor.v of Central América. 



— io8 — 

resultante de masas populares sin suficiente tierra, sin ninguna fe, ni un áto- 
• mo de conciencia ; porque la conciencia y la fe no' se concillan con el hambre. 
La serpiente del capital, con sus áureas escamas, ahoga en Europa a las masas 
desheredadas que no encuentran remunerativo trabajo, y que acuden a Amé- 
rica en busca de expansión y aire nuevo. 

Alejandro de Humboldt abrigó la equivocada idea de que debían consi- 
derarse las montañas de la América Central como continuación de las cordi- 
lleras de la meridional. Pero hoy se sabe que "Panamá forma la reciente 
clausura de una laguna llena de agua entre los dos Continentes americanos, 
motivo por el que no pudo existir la correlación entre sus sistemas de monta- 
ñas. La América Central tiene, por el contrario, un sistema de extensas mese- 
tas o altiplanicies atravesadas por tierras alpestres cine terminan, en sus bor- 
des, en los altos picos volcánicos (i ). 

Mediante el canal de Panamá, va a traii.-.-.. ....licc el mudo de ser de la 

América Central. Esa cordillera que atraviesa nuestro suelo, tendrá en sus 
feraces declives, miles de hombres que puedan explotar este montañoso país, 
tan poco conocido como escasamente estudiado. El descenso que de los Andes 
va hacia el Pacífico, consiste en una banda estrecha, cuya mayor anchura no 
pasa de treinta leguas. El flanco que va para el Atlántico cuenta con mayor 
extensión, en un desenvolvimiento ochenta legras, desde la cadena 

principal hasta las playas del mar. 

En ambos lados de esa inmensa cordillera .se nota bien que, después del 
levantamiento pórfiro-traquítico, siguió desde fa época eocena hasta el período 
actual, el fenómeno volcánico, ligado a la formación de las moles gigantescas, 
durante los depósitos eocenos, miocenos, pliocenos, y cuaternarios ; habiendo 
entre ellos alternativas de depósitos marinos, lacustres y fluviales. El periodo 
cuaternario está simbolisado, en Centro-América, por numerosas cantidades 
de piedra pómez, de lava, arcillas amarillas y fósiles de grandes animales 
ante-diluvianos, que caracterizan esa época, sobre todo al lado del Atlántico, 
de manera bastante clara. 

El declive hacia el Pacifico se compone de mesetas muy fértiles y curio- 
sas, desde el punto de vista de su formación (2). La espléndida llanura en 
que se encuentra Guatemala, la ciudad capital de la República, es un valle 
hermosísimo, circunscrito por azulosa cerranía y velado por los volcanes de 
Agua, de Fuego y de Pacaya, hacia el Sudoeste; grandioso conjunto de mon- 
tañas piramidales, que semeja un círculo de almenas aéreas, formadas de so- 
berbios picos. Ese risueño valle tiene analogía con el del Thibet, en sus poé- 
ticos contornos, mientras que el recorte que en el cielo forman los altos cerros 
del Oriente, recuerda el variado horizonte del místico recodo de Lourdes, en 
los bajos Pirineos. Esos volcane.s de Guatemala forman una curba paralela 



[1] La Tierra y el Hombre, por Fed. HeUwald Tomo I. p. 114. 

[2J La Carta Geológica, formada por Sapper, deja ver la variada f 



^rmnr\6u 




— 109 — 

i;- 

:' .con la línea que describen las aguas del Pacífico, al chocar con fuerte reventa- 
:. zón, en las arenosas playas de esos lugares casi desiertos. Aquella llanura de ^ 
Guatemala, continúa desenvolviéndose en la América Central, por su región 
media, en un trayecto como de cien leguas, más o menos ancho, a medida que 
la cadena de los Andes se aleja del mar. 

El istmo Centro-Americano, con sus espléndidos lagos, múltiples volcanes, 
montañoso suelo y agreste territorio, constituye, al través del tiempo, el más 
variado teatro de revoluciones geológicas, étnicas y políticas; de cataclismos 
pre-históricos ; de misterios indescifrables. La altiplanicie está bañada por 
ríos que corren hacia el mar, por los profundos cañones, que existen entre los 
volcanes. Tacana y Tajumulco se hallan a más de trece mil pies sobre el 
nivel del mar. 

En el ensanche de la cordillera y en los estribos de los montes divergen- 
tes, hay también risueños valles de ricas aguas regados, y de vegetación ma- 
ravillosa. En el declive hacia el océano Atlántico, y partiendo de estas mese- 
tas intermedias, se ven desdoblarse, entre las secundarias ramas de la cadena 
andina, llanuras de verdes prados, y bosques de preciosas maderas, que des- 
cienden al golfo de México, al mar de Honduras y al de las Antillas. La 
caoba, el cedro, el palo de tinte, el cocotero, otras palmeras bellísimas, y mil 
árboles más, se entrelazan por aquellas soledades. En las. ricas costas se for- 
man las musáceas, entre las cuales el bananero luce sus largas, brillantes y 
verdes hojas, que semejan lábaros de raso ; el paradisíaco platanal, cuyos reto- 
ños se apiñan al prolífico tronco, como los hijos se reclinan en el materno 
regazo. Hay terrenos primitivos, por Zacapa y Chiquimula, de formación 
porfirítica, cubiertos de arena roja antigua, que cubren huesos de mastodontes 
y otros animales ante-diluvianos, en depósitos lacustres, que guardan conchas 
y caracoles terrestres. Existen canteras de mármoles, mica y otros minerales 
riquísimos, de plata, oro, plomo y hierro. 

El suelo de Guatemala ostenta la Cordillera Arcaica, que se distingue de 
la andina. La primera, más prominente, se extiende desde el valle del río 
Motagua, hasta el Peten, penetrando por Esquipulas y Alotepeque. Los 
Andes entran por la aldea de Niquihúil, en la frontera mexicana, y siguen por 
Tacana, San Lorenzo, Bobos y Totonicapán. Pasan por el Oeste de Patzicía, 
Chimaltenango, y la parte meridional de la ciudad de Guatemala. De ahí van 
por Esquipulas hasta penetrar en Honduras. 

Los estudios modernos de los distinguidos geólogos von Seebach y 
Bergeat han demostrado que la Cordillera Arcaica, en la zona meridional de la 
República, formada de rocas eruptivas, no es parte de los Andes, sino de pos- 
terior formación, independiente del axis montañoso. 

La topografía del Peten y de la Alta Verapaz es especial ; revela que aque- 
lla riquísima región estuvo muchísimo tiempo bajo las aguas del mar (i). 

[1] El doctor SaDper sostiene que varias veces estuvo sumergida en el fondo del mar. 



Los muchos conos de denudación, las cuencas, las pequeñas elevaciones, los 
valles paradisíacos, el escaso declive, las praderas exuberantes en las márgenes 
de los ríos, muchos de ellos subterráneos, y los rasgos geológicos peculiares ; 
todo indica que en esa misteriosa comarca hubo profundas transformaciones. 
La mano del tiempo ha impreso indelebles toques en tan interesante territorio, 
que se vio poblado de antiquísimas tribuís, que ahí dejaron curiosas ruinas. 
El extenso y rico territorio del Peten es un verdadero paraíso, que cuando se 
encuentre poblado convertiráse en uno de los centros más notables del mundo. 

La hidrografía Centro-Americana es sorprendente. El Motagua, el Po- 
lochíc, el Sarstoon y el Usumacinta, (hijo de muchas aguas) en Guatemala. 
El Camelecón, el Ulúa, el de los Leones, el Romano, el Tinto y el Patuca, en 
Honduras. El Coco y el Segovia, comunes a ésta república y a Nicaragua. 
Los inmensos lagos de esa tierra, que merced a ellos, llegará a ser el emporio 
del mundo, y que tiene ríos como el San Juan, el Grande y el Mico ; y Costa- 
Rica, con el San Carlos y el Sarapiquí. Uno de los pasmosos portentos de 
Centro-América es la bahía de Fonseca, en el Pacífico, formando pintorescos 
golfos en las costas de Honduras, Nicaragua y El Salvador, con hermosura 
increíble, con apacibilidad encantadora, y con un porvenir suntuoso. Diríase 
que el erguido volcán de Cosigüina, que al entrar a aquellas tranquilas aguas, 
se divisa a la derecha, columbrará en época no remota, llena de buques de todas 
las naciones, la bahía Centro-Americana, más grande, más linda que la de Río 
Janeiro, más abrigada que la de Nueva York y la de la Habana. El nombre 
del primer presidente del Consejo de Indias, del taciturno Fonseca, se hizo 
inmortal, por habérsele dado a la bahía más cxten.sa del Nuevo Mundo. 

Los ríos que desembocan en el océano Pacífico van muy limitados en su 
corriente, y deberían tener un descenso más ráp¡do,*'cuanto que su desenvolvi- 
miento es rñenor que el de los que desembocan en el Atlántico, pero no es así ; 
porque el plan de las fuentes de este curso de agua es mucho menos alto que el 
de los ríos del otro lado. Hay, pues, menor desproporción en el descenso de 
unos y otros relativamente. El río Usumacinta fué para nuestra civilización 
indígena, lo que el Nilo para los egipcios, ya que en sus extensas riberas debía 
desarrollarse, haciendo prodigios de producción, el desbordamiento periódico 
de sus aguas. Por los montes del Peten nace aquel rio, llevando derrames y 
filtraciones de la laguna de Panajachel y de los Islotes, para ir a lamer humil- 
demente las ruinas del Palemke. 

La disposición particular de los valles trasversales contribuye mucho a 
hacer los desaguaderos en el mar Pacífico, difíciles para la navegación, ya que 
independientemente de las escarpadas bargas, contra las que viene la corriente 
a chocar a menudo, lo cual impide un hallage regular, tiene además el incon- 
veniente de que arrastra en gran cantidad, terrenos desbordables de suyo, que 
las aguas llevan sin esfuerzo. He ahí por que las desembocaduras se encuen- 
tran tan atascadas. 




Los cauces de los ríos que van a morír al Atlántico, nacen en la cordillera, 
en los puntos más elevados, y siguen las direcciones de las cadenas de monta- 
ñas que les sirven de ribazos, según lo explican científicamente, los señores 
Dolííus y Montserrat, en la obra magistral que en francés escribieron sobre 
la América del Centro. 

En el golfo Dulce desemboca el río de Izabal, cuyas márgenes vestidas 
de bosques vírgenes tropicales, forman, separándose entre sí, el lago del mismo 
nombre, encajonado entre magníficas montañas cubiertas de espesura. En 
la selva primitiva del río hermosísimo resuena el canto de las aves que se posan 
en los corpulentos árboles, el sonoro rugir del tigre americano, los gritos dedos 
monos que se columpian en los bejucos oscilantes y el silbar de la serpiente 
que sorprende un nido de guacamayas. Los más bellos pájaros de vistoso 
plumaje animan la selva y las pintadas mariposas van acariciando las silves- 
tres florecillas. Hay peces cantores o siluros, que en Livíngston, san Juan de 
Nicaragua y otros lugares bajos del mar, producen sonidos intensos, armonio- 
sos, y con marcada cadencia (i). 

Las mesetas de la cordillera y las del descenso hacia el Pacífico, se forman 
de terrenos volcánicos, así como los espacios que entre las montañas median. 
Esta formación se reconoce fácilmente en las enormes grietas que se encuen 
tran en todas las llanuras, desde el grado 14? hasta el 16?, de latitud, que son 
los que limitan la cordillera y el Pacífico. Los volcanes del interior de Cen- 
tro-América pertenecen a una época mucho más remota que la de los volcanes 
de la cordillera de la costa. Aquellos deben de haber formado una cadena de 
volcanes activos, que después han venido estando extinguidos por eras. 

La meseta de Guatemala la Nueva, o sea de la capital de la república, 
encuéntrase a unos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar ; un poco 
más alta que la de la antigua mctrópoH. Ambas se componen de terrenos 
volcánicos. La Gran cantidad de volcanes que existen en la cordillera de 
Guatemala, deja suponer que, por modo súbito, se levantó ese terreno de con- 
textura uniforme. Sabios geólogos presumen que el trastorno a que este país 
debió de estar expuesto, durante su formación, es la causa de que, por lo 
general, sólo se encuentran minas metálicas en las montañas primitivas, sobre 
todo en Honduras, abundante en tantas riquezas de ese género. En Guate- 
mala existen placeres de oro en el Motagua y yacimientos en Izabal. Hay en 
varios lugares ricas minas de plata, cobre, plomo y estaño. Los kaolines, 
espatos y mikas constituyen gran ricjueza. 

Ciertos parajes de Guatemala llenan las condiciones para que en ellas 
haya minerales. En los lugares volcánicos es muy difícil que las vetas se 
conserven. Por los Cüchumatanes, en Huehuetenango, el Quiche y la Baja 
Verapaz, existen buenas minas. Por San Juan Sacatepéquez, hay depósitos 



'1] Dumeril. iiaíuralisla ictiólogo. "La Soo. Católica"— Los peces cantores. 



calcáreos y ricos mármoles. En la región del lago de Ayaraza se ven el calcá- 
reo y el mika-esquisto con vetas de cobre y plata. 

Desde la barranca de Villalobos, de cien metros de profundidad, y en cuyo 
fondo corre un río que desemboca en la laguna de Amatitlán, dando vuelta por 
la llanura de Petapa, puede observarse un interesante corte de los materiales 
de que está compuesto el valle de Guatemala. En el fondo se notan vesti- 
gios de conglomeraciones, cantos rodados y pórfidos ; luego, a dos metros de 
altura, capas alternativas de cenizas amarillas y violáceas. El resto es de 
pomas blancas del tamaño de una nuez, mostrando las estratificaciones suce- 
sivas, que esas capas se encuentran a las veces separadas unas de otras y 
únicamente aplastadas por la compresión, mientras que otras se hallan reuni 
das por una pasta amarilla, que forma una masa compacta. 

Se debe al doctor Sappcr un estudio científico sobre la vejetación de Gua- 
temala, y manera de su formación, atendiendo a la variedad geográfica de 
plantas características, que teniendo un modo parecido de vivir y desarrollando 
análogamente, sus órganos biológicos, constituyen verdaderas sociedades, de 
interesante flora, que pueden dividirse así : I. — Bosques húmedos de las tie- 
rras calientes y templadas, caracterizados por bejucos y especies epifí ticas, 
como los heléchos, aroideas, orquídeas, etc., que cubren la mayor parte de la 
zona septentrional y la falda meridional de la cordillera del Sur. 

II, — Sabanas mezcladas con bosques húmedos, formados por yerbas altas 
y algunas veces por arbustos que ocupan las planicies situadas al pie de las 
cordilleras, cubriendo una mn^iderable extensión de la costa que baña el 
Pacífico. 

III. — Bosques húmedos de tierra fría, formados por coniferas, alisos y ro- 
bledales, en los que abundan los musgos y se cobijan algunas vaccíneas, hasta 
una altura de 3,cSoo metros. 

IV. — Sabanas de tierra fría, caracterizada por la ausencia de árboles, cual 
sucede en los volcanes de Tacana, Tajumulco y en los Cuchumatanes. 

V. — Robledales y Pinares. Forman las variedades de estas clases de ve- 
jetación una zona en que se marca notablemente la estación de seca, circuns- 
crita a las tierras templadas y frías, y bajando rara vez a la tierra caliente. 

VI. — Sabanas y chaparrales, situados en clima seco, y en donde abundan 
grandes cácteas, la sequedad es extrema. Forman este grupo las planicies 
del Motagua, Salamá y algunas sabanas de menor extensión del Departamento 
del Peten. El doctor Sapper incluye en ejlos los pajales situados en la depre- 
sión de Cahabón, en la Alta Verapaz.- 

El territorio de El Salvador es volcánico y montañoso, fértil y con buenas 

minas de hierro. El de Honduras es extenso, rico en metales y prados, de 

1 formación primitiva, en mucha parte, con selvas vírgenes y exuberante vege- 

\ tación. Nicaragua tiene los grandes lagos, y parece que la cadena de los 

Andes deprimióse en ese punto, como para dar paso al canal que debe unir 



I 



ambos mares. En esos lagos se puede lavar perfectamente la escuadra de 
los Estados Unidos, por muchisimo que con el tiempo crezca. No hay otra 
punto en el cual se pudiera hacer esta operación tan necesaria para esa escua- 
dra. El mapa de Costa-Rica muestra en el centro y en el Sudoeste del país 
quebradas profundas y montes altísimos, mientras que el resto es de vallen 
fértiles, hoyas propicias a la siembra del café, costas en fin, apropiadas al 
cultivo del bananero. 

i Ni en los lagos y montañas de Suiza podrá el artista admirar la pureza de 
contornos, la serenidad del paisaje, lo poético del horizonte, del lago de Ati- 
tlán, que con el volcán de ese nombre, y los pueblos de chozas indias, que se 
divisan en las márgenes de las azuladas aguas, forman un cuadro indescrip- 
tible, arrobador, único en su género. 

£n toda la América Central hay panoramas sublimes, deliciosos y encan- 
tadores. Los volcanes que arrojan lava, como pirámides colosales de este 
suelo plutónico ; las montañas empinadas, agrestes, de flancos casi perpendi- 
culares, de simas obscuras, apenas perceptibles por la cinta argentada del 
manso río, que en el fondo serpentea ; las mesetas extensas, circuidas por 
cerros remotos, cuyas caprichosas crestas circunscriben el cielo arrebolado, 
cual encaje musulmán o recorte arabesco, en raso reluciente de turquí. Las 
llanuras de la costa no tiene lo silencioso de la pampa, ni lo estéril del páramo ; 
por el contrario, exhiben árboles soberbios de copas altísimas, av^ canoras de 
jilumas abigarradas, palmas que susurran al compás de las ondas del mar, 
como para contener el ímpetu altanero de las olas, que se pierden entre las 
conchas pintadas de las cálidas orillas. Los bosques edénicos, en donde la 
malla de bejucos, troncos, arbustos, brotes y colosales hojas, apenas dejan 
paso al ciervo, a la puma, al jabalí y a atantos otros cuadrúpedos, que en esas 
soledades viven ; las ceibas, los cocoteros, el cedro, el volador y los incontá 
;,t>les árboles, que sirven de nido a los guacamayos y a los pavos, forman un 
conjunto que sólo en las trópicos puede admirarse. El misterioso quetzal, 
ave sagrada, que lleva por cauda alfanjes de esmeralda, es peculiar de nuestro 
suelo. 

Los musgos que tapisan la región fría de los Altos, y visten, junto con los 
liqúenes, los troncos de los árboles, los ai bustos y piedras; los heléchos y li- 
copodios, que, como delicados y finos encajes, son el ornamento artístico de la 
flora; las gramíneas, con que se nutre la mayor parte de los animales, hasta 
algunos insectos ; las primorosas bromelíaceas y las orquídeas, que viven al 
abrigo, del sol bajo la tamisada luz crepuscular de las selvas, y son el mejor 
ornato de los bosques ; las palmeras, las piperáceas, aristoloquias, rubiáceas y 
solanáceas, cuyas virtudes curativas estarán siempre sobre toda ponderación ; 
la riquísima familia de las leguminosas, que encierran gran variedad de ma- 
deras y productos para la industria; las apocíneas, de jugos generalmente 
tóxicos ; las gecianáceas, lábidas y verbenas, de preciosos resultados en la 



— 114 — 

medicina doméstica ; las aromáticas miriácias ; las abundantísimas y variadas 
melastomáceas ; las inflexibles cactáceas ; las rosáceas ; las urticeas y terebin- 
táceas, de que están llenos nuestros bosques, y suminitran cauchos, reciñas e 
incienso ; y entre la multitud de bejucos y cables vivientes, sobresalen por su 
número y belleza, las pacifloráceas, que existen en todas las temperaturas ; las 
sapotáceas, cuyos frutos son tan delicados y cuya reciña produce la guta- 
percha. 

Las tierras que forman las vertientes de las montañas y lugares altos son 
de temperatura agradable, y se goza en ellas de perpetua primavera, mientras 
que en la boca-costa, o sea la zona intermedia entre la parte baja, limítrofe al 
mar, y las cumbres de las cerranías y altos valles, se ven grandes plantaciones 
de café, caña de azúcar cereales y sabrosas frutas. Los campos y los huertos 
se embalsaman con el perfume de silvestres flores, mientras que los ganados 
se apacientan en lozanos pastos de verdura. El terreno de la América Central 
manifiesta dos divisiones orgánicas, que tienen calidades agrícolas dependien- 
tes de sus constituciones geognósticas. El descenso de la cordillera, en el 
mar del Sur, y las mesetas superiores, comprendidas en el desarrollo de la 
cadena central, constituyen tierras volcánicas. El declive opuesto, y todos 
esos grandes llanos que, de lo alto de la cadena central, se prolongan en direc- 
ción del océano Atlántico, forman un terreno compuesto de detritus, de rocas 
superiores f de tierras sobrepuestas en estas rocas ; son efecto de transporte 
o aluvión, o muchos de carácter primitivo. Estas dos especies de terrenos 
ofrecen una fertilidad extrema, y aunque de naturaleza diferente, presentan 
grande analogía en las producciones vegetales ; porque esta diferencia de clases 
existe sólo en la base de formación, mientras que la suijerficie es en todas la 
misma. Las mesetas de base volcánica fueron más antiguamente cultivadas ; 
en esa parte se aglomeró la población blanca, no sólo en la América Central, 
sino también en la América Meridional. Como el descenso hacia el mar Pa- 
cífico fué el primeramente ocupado, la cultura dirigida por manos de los euro- 
peos, es allí más inteligente, más variada ; y aunque hace tres siglos que no se 
deja de explotar esa tierra, con un trabajo siempre renovado, está todavía 
virgen, puesto que no es necesario recurrir a medios artificiales para activar la 
producción. 

E!n el descenso atlántico la fertilidad aún es más notable, porque el humus 
tiene gran espesura, tanto en los bosques como en las sabanas desiertas. En 
los bosques hay una acumulación continua de vegetales en estado de descom- 
posición ; los mismos árboles caen de vejez, aumentando la masa del terreno. 
La potencia de esta tierra vejetal parece haber producido un efecto extraordi 
nario en el modo con que crecen los árboles ; muy pocos se encuentran cuyas 
raíces estén introducidas en el terreno, sino que la facilidad que éstos tienen 
para hallar su jugo vital en la superficie del suelo, los dispone a dirigirse hori 
zontalmente en todos sentidos ; los árboles más grandes están apoyados más 



bien en la superficie del terreno, que plantados en su profundidad. Esta dis- 
posición contribuye a hacer difícil el tránsito en el interior de los bosques, pues 
una multitud de raíces de toda especies de árboles que se enlazan unas con 
otras, oponen un obstáculo continuo. 

Por lo demás, sin entrar en un examen de la disposición particular del 
suelo, su extrema fertilidad se manifiesta a la vista de manera evidente, por 
el prodigioso desarrollo de una vejetación muy variada. La grandeza de los 
árboles, la belleza del follaje, el número infinito de especies ; forman uno de 
esos espectáculos que admiran a los europeos que pisan por primera vez la 
tierra espléndida de los países Centro-Americanos. Jamás olvidaremos la 
impresión que en nuestro ánimo dejaron los bosques del Norte, la vez primera 
que nos encontramos en aquellos lugares primitivos. El cielo guedejado de 
mechones de oro, parecía una real capa leonada, en que se iba envolviendo el 
sol. El ámbar brillante ponía sus toques vespertinos en las crestas de los mon- 
tes obscuros, con sombras de laca y vermellón. Las anchas hojas de los ba- 
nanos se movían perezosas, como si quisieran descansar del abaniqueo diario, 
mientras que los postreros destellos de la luz moribunda, temblaban cual abe- 
jas zumbadoras en él parasol agreste de los cocoteros y de las palmas del 
bosque virgen. Era el dombo del cielo un horno ardiendo, en que se disol- 
vían desde el azul pálido hasta el múrice subido, que despide el astro rey en los 
trópicos, cuando pasa a iluminar a nuestros antípodas del Celeste Imperio. El 
bosque virgen comenzaba a obscurecerse, entre los rumores de las hojas, el 
zumbido de los insectos y las pisadas cautelosas del jaguar y de los jabalíes. 
Las tranquilas ondas del Motagua hacían repercutir ese eco melancólico que 
va produciendo el manso río, antes de encauzarse entre profundas barrancas. 
El ferrocarril dejó oír repentinamente el silbido sugestivo de la locomotora, 
y después apareció en el firmamento la luna majestuosa, como hostia pura que 
se elevaba de aquellas sombras arcaicas a la mansión de los cielos. 

Ahí, por aquellas montañas, traginaba en remota época el indio quiche, 
dejando sus ciudades, geroglíficos y ruinas, hoy revestidas de triste jaramago. 
Por esas soledades huyeron espavoridos los tzutuhiles, al oír el trueno del 
cañón, el relampagueo del látigo del encomendero, y la voz de exterminio del 
hombre pálido venido del otro mundo. El suspiro del esclavo, en alas del 
alicio, aún vaga por tan melancólicos contornos, entre el estridente graznido 
de la lechuzay el áspero rechinar del aleteo del murciélago. Los pinos son 
harpas que pulsa el viento entre el follaje. El brabío quetzal luce sus plumas 
áureas y el sol esplendoroso le regala su átomos de luz. Varias selvas mile- 
narias se han sucedido en campo fértilísimo. El hombre dejó aquella zona, 
el río rumoroso no ha cesado de correr, y el tiempo mudo prosigue su obra^C 
como esperando que grandes ciudades reaparescan por aquellas costas silen- 
ciosas. Es el grandioso epílogo de las luchas per sécula. 

El golfo mexicano, la perla de las Antillas, las risueñas márgenes de l.> 



— ii6 — 

Florida, las ondas mismas del mar, que van rodando a morir en sus costas ; en 
fin, el destino, manifiesto, harán que los bosques del Norte sean emporio de 
riqueza y de codiciados terrenos para la humanidad, que vive estrecha en otras 
latitudes, sin alimento y sin aire. Los que han llegado tarde al banquete de la 
existencia, encontrarán ahí abierta la mano de Dios, derramando elementos 
para la lucha por la vida. 

Dejemos aparte fantaseos y aspiraciones patrióticas, para continuar la des- 
cripción del istmo de Centro-América. La costa se extiende generalmente de 
nordeste a sudoeste, y van los terrenos elevándose gradualmente hacia el 
interior, por, una extensión varia, como de veinte a treinta millas, planas por lo 
regular, hasta que los estribos de las montañas, que de un lado al otro del país 
se levantan, hacen que el suelo se torne en quebrado y lleno de barrancos. El 
muro gigantesco de volcanes, que paralelo a la línea de las aguas del mar s' 
dilata, a partir de la frontera mexicana, comprende los conos de Tacana, Taju- 
mulco, Lacandón, Siete Orejas, Santa María, Cerro Quemado, Zunil, Sant( 
Tomás, San Pedro, Atitlán, San Lucas, Acatenango, Fuego, Agua, Pacaya, 
Tecuamburro, Concepción y Moyuta. Detrás de esta línea, hay una altipla- 
nicie, limitada al otro lado por la divisoria continental, y cortada a las veces 
por los estribos que unen los volcanes con la divisoria continental, y por los 
profundos valles, que en las faldas de los montes aparecen. 

La divisoria continental empieza en el volcán de Tacana, y tomando en 
forma de semi-círculo hacia el Este y el Norte, se vuelve a levantar en el vol- 
cán de Tajumulco. Al Este de la ciudad de Guatemala, la divisoria tuerce con 
rumbo hacia el Nordeste, buscando las montañas de Honduras. El Salvador 
tiene, en los límites del Pacífico, una costa que forma curva convexa hacia el 
Sur, comenzando i)ür llanuras de unas diez millas de ancho, desde el río Paz 
hasta más allá de Acajutla. luego la quebrada e irregular costa del Bálsamo, a 
seguida las llanuras del río Lempa, hasta de veinte millas de ancho y cincuenta 
de largo, y por último la montuosa costa cerca de la base de las colinas de 
Jucuarán y Conchuagua. Más adentro de los llanos y promontorios de las 
orillas del mar, paralela a ésta y no muy al interior, se encuentra la cordillera 
de la costa, que corre a lo largo de toda la república; cordillera compuesta de 
muchos volcanes, que en sus bases dan curso a ríos caudalosos, como formando 
ángulos rectos. Lamatepec, o sea el Cerro Padre, como le llaman los indios, 
es el más elevado de aquellos picos. 

Por referirse a los volcanes de Nicaragua, vamos a publicar un manus- 
crito inédito, en el que don Justo Herrera describe la memorable erupción del 
volcán de Cosigüina, consignando el autor sus impresiones, en los mismos 
momentos en que acaecían tan terribles sucesos. — "Era el 20 de Enero de 1835, 
dice aquel testigo presencial, cuando a la seis de la mañana, se vio levantarse 
sobre el mar una luminosa columna de admirable forma, colores y reflejos 
Ignorando su origen, subimos a la torre de la parroquia, desde donde se nota- 




— 117 — 

ba claramente que servía de base el volcán de Cosigüina a aquellas llamaradas. 
Del lado del Oriente, dilatándose sobre Nacaome y Guascorán, venía formán- 
dose anchísima manga, de densidad asombrosa, compuesta de muchas espirales 
que, la regularidad de sus figuras, la variedad de sus matices, los perfiles y re- 
mates caprichosos, que asomaban por sus extremidades iluminándose todo 
repentinamente por súbitos meteoros, producían un espectáculo sorprendente, 
de insólita y pavorosa sublimidad. De repente la columna que al cielo se ele- 
vaba, tornóse oblicua, y fué cubriendo todo el firmamento. A las nueve de la 
mañana no se vieron ya los rayos del sol ; y en seguida, los retumbos y los 
truenos, anunciaron el cercano cataclismo. Serían las once, cuando comenzó 
a caer arena y ceniza blanquísima, advirtiéndose que cada vez tornábanse más 
lúgubres las sombras, al punto de que a las tres de la tarde, se redujo la luz 
a la muy tenue que produce la aurora. Aumentó la lluvia de más negro polvo, 
temblando a las veces la tierra, sentíase frío y viento ; vinieron por completo 
las sombras de la noche, entre las cuales dejábanse ver los destellos y chispazos 
de una rojiza claridad, a las veces velada por grandes nubarrones. A las tres 
de la mañana del día 21, hubo un temblor de tierra bastante fuerte, y no pudo 
percibirse la luz del sol hasta las once, en que el cielo gris hacía que el disco 
del astro rey no ofendiese la vista, sino que cual moribumdo bólido, hiciera el 
postrer esfuerzo para despedirse de la tierra. Aumentaba poco a poco la 
obscuridad, hasta que en pleno día, hubo que valerse de luces artificiales. Al 
entrar. la noche, después de una lluvia fuerte, remojada por finísimo polvo, que 
duró, más de una hora, sopló el viento y hubo de crecer la nube de ceniza, que 
no dejaba el más leve resquicio sin invadirlo. Amaneció el jueves 22, con 
medrosa claridad de una mañana opaca, que perdió sus amarillentos colores a 
las 9 a. m., cuando el huracán, los remolinos de arena, los truenos, los rayos, 
los retumbos y el temblar del suelo, pusieron pavor en los más esforzados co- 
razones. Rezóse una misa de rogación, y en seguida, se reunió la Municipa- 
lidad con el Jefe Político y algunos vecinos, a fin de proveer medios para pro- 
porcionar subsistencias al vecindario, que por cierto, eran harto escasas. En- 
tre las once y las doce, que salimos del Cabildo, disminuyó la obscuridad, 
quedando una plomiza lumbre que duró hasta obscurecerse enteramente. Du- 
rante la noche calmó la tormenta, experimentándose alguna calma, como si 
los airados elementos quisieran tomar fuerzas para sublevarse contra las leyes 
ordinarias de la naturaleza. El viernes ¡ ah ! como a la una de la tarde, sintióse 
el terremoto ; se reunió el vecindario en la plaza mayor, en donde, desde esos 
instantes hasta la fecha, se están haciendo perennnes y públicas plegarias. 
Esto ha sido la más análoga escena al día del Juicio Final. A uno de los por- 
tales llevaron las imágenes del templo. Apenas se había colocado la de la 
Virgen Santísima, cuando se oyó un retumbo sordo, siniestro, amenazador, 
que duró como seis horas. Llovió copiosa arena, en tanta cantidad e impelida 
por viento tan fuerte, que hería el rostro y azotaba el cuerpo. Se inundaron 



— lis- 
ios campos, cubriéronse las pasturas, perdiéronse los caminos, aterráronse las 
casas, hundiéronse los techos, a consecuencia de aquel diluvio de ceniza vol- 
cánica. El trueno, el relámpago, las electricidades constantemente en choque, 
el suelo trémulo, obscuro el sol, en tinieblas horribles el cielo, siniestras las 
llamas y claridades de aquel averno rabioso, acongojada la tierra, con estam- 
pidos atronadores, y convulsiones epilépticas, se perdía la esperanza y ya no 
era dable ni exclamar ¡ Santo Dios ! ¡ Santo Fuerte ! ¡ Santo Inmortal ! Los 
animales, por instinto, bajaban de los montes a refugiarse con los hombres. 
Los tigres, las serpientes, los jabalíes, habían perdido su fiereza ; los ciervos, 
los coyotes, las aves monteses, buscaban auxilio, agua y alimento. Con pavor 
religioso los humanos, no hay voto que no hayan dejado de hacer, arrasados los 
ojos de lágrimas y palpitando el corazón de angustia. Vanas eran las fuerzas 
físicas y morales para resistir al cataclismo, que duró más de dieciocho horas, 
y que nunca olvidaremos. 

El sábado 24, se vio de nuevo la luz ; cesaron los truenos, los retumbos, los 
terremotos, la arena, el polvo y el viento. El domingo 26, apareció tibio el sol, 
para alumbrar tanta ruina, después del pavoroso caos. El lunes siguiente, 
despidieron las nubes copiosa lluvia, y el martes, ya no hubo ningún fenómeno 
que mencionar. Pero no se ha contemplado^ la luz del día en todo su esplen- 
dor, hasta la presente fecha. — "Justo Herrera". — En Choluteca, a 28 de Enero 
de 1835". 

La arena y ceniza de la erupción del Cosigüina llegó hasta Ciudad Real de 
Chiapas, Jamaica, Colombia y otras lejanas tierras, y cubrió una superficie de 
cincuenta leguas a la redonda. El 28 de marzo de 1808, había hecho otra ex- 
plosión, más no tan terrible como la que se acaba de describir. En ésta arrojó 
1,750 billones de metros cúbicos. El mar quedó cubierto de una capa de ceni- 
zas y de escorias. La verdura de los campos tornóse plomiza y las fieras sa- 
lían de sus guaridas para buscar amparo en las ciudades. Huyó el sol ante la 
furia del volcán que hoy guarda sereno la tumba de Jerez, apóstol de la Patria 
Centro-Americana, en Nicaragua. 

El volcán de Masaya, que le llaman Santiago, se encuentra también en esa 
república, y semeja un coloso que se sumerje, visto a la distancia, entre las 
azuladas aguas de una bellísima laguna. Parecía adormitado, desde principios 
del siglo XVIII, en que hizo fuerte erupción, dejando una corriente de lava, 
análoga a la que seiscientos años antes había producido. Sobre ella, lo mismo 
que en sus faldas, crecía frondosa vejetación. Nadie hubo de presumir que al 
despertar el gigante, extremeciese la tierra, como ha sucedido, arruinando la 
preciosa ciudad de Masaya. 

Aquel volcán llamó mucho la atención de los conquistadores, porque con- 
tenía metales en ebullición. La cumbre está toda abierta, en un perfecto 
círculo, cuya circunferencia ha sido medida, en 3,750 pies ; todo el borde, al 
rededor, está como cortado perpendicularmente, a la espantosa profundidad de 




— 119 — 

i,200 pies, formando abajo una plaza llana como si hubiera sido hecha por arte 
humano. Casi en el centro de esta área hay un pozo también redondo ; su 
diámetro es de 210 pies, y su profundidad hasta la superficie, de lo que contiene 
está calculado en 180 pies. La figura de la plaza y pozo es exactamente como 
un sombrero grande, con la copa hacia abajo. En el fondo de este pozo estaba 
el metal derretido, siempre hirviendo y moviéndose con mucha intensidad. 
Cada cinco minutos se levantaba una ola como una torre, y luego se deshacía, 
causando un inmenso ruido, semejante a las olas de un mar enfurecido, salpi- 
cando las chispas de aquel metal contra las paredes, cuatro o seis varas en 
alto, y apagándose en cuanto se adhería a ellas. Esto se veía desde el borde, 
tan claramente como si uno estuviese inmediato, porque hallándose la pared 
casi cortada a plomo, se puede con facilidad ver el fondo, con sólo acercarse 
a la apertura del cráter. 

No hay ejemplo, decían los cronistas, según los indios naturales de ahí, de 
que haya hecho jamás mudanza, salvo que aquel metal se inflama cuando llue- 
ve, como la fragua encendida del herrero, cuando le echan agua, subiendo 
algunas veces hasta el borde, y volviendo a bajar luego. 

"Yo vi esta boca del infierno, exclamaba fray Toribio, en agosto de 1544, 
al tiempo que había subido aquel metal hasta la línea del pozo, y aún había 
vertido un poquito encima, y luego tornó bajando, y entonces era muy de ver 
aquel espantosísimo fuego. Yo le vi de día y de noche ; pero de noche tenía 
más que ver, porque estaba tan claro como de día. Dormí una noche junto 
a la boca, y siempre que despertaba, me paraba a mirarlo, pareciéndome cada 
vez cosa más nueva y más espantosa". 

"Lo que de todo esto resulta más admirable es que no habiendo en aquel 
volcán llama ninguna, sino dicho metal, o lo que sea, en estado de fusión y de 
color de hierro encendido, y tan hondo ; el resplandor que de él sale se sube a 
las nubes, por línea recta, luce hasta treinta leguas, mar adentro, como si fuera 
una llama ardiendo. Para gozar bien de su vista y apreciar su claridad, con- 
viene subir y dormir una noche junto a la boca, como lo hice yo, en un pueblo 
de indios, llamado Nindirí, porque la claridad del sol ofusca la del volcán. 
Está este volcán cinco leguas distante de la mar del Sur, y vese su claridad 
veinticinco leguas mar adentro". 

Este volcán es célebre en las crónicas Centro-Americanas, porque los es- 
pañoles creyeron que lo que adentro contenía, semejando metal fundido, era 
oro puro. ¡ Qué estanque tan rico hubiera sido ! Para sacar el codiciado 
líquido, echaron una gran caldera, que se derritió en el acto. 

En las Memorias sobre la América Meridional, de don José Ensebio Llano 
Zapata, se decía, en el año 1761 : " — Con todo, hay más que probables funda- 
mentos de que sea oro la materia que continuamente se liquida^ en aquella 
fragua ; y para ahorrarnos de razones físicas, pondré a la letra el hecho siguien- 
te, que lo acredita y afirma así Pinelo, en una nota marginal de su Historia : 



"Lo que se halla en los libros reales del Supremo Consejo de las Indias, es que 
en el año 1551, se estipuló con el bachiller Juan Álvarez, clérig^o, el descubrir 
los secretos de este volcán, y saber si en él había algún metal. Después se 
estipuló lo mismo con Juan Sánchez Portero, vecino de Huehuetenango, a 28 
de septiembre de 1557. Éste fué y entró por la boca del volcán un cebadero 
de una pieza de artillería, pendiente de una g-ruesa cadena de fierro ; pero en 
tocando la materia que abajo ardía, todo se derritió, y en el remate que quedó 
asido a la cadena, que fué poco, salieron pegados algunas granos de oro. Se 
hizo nueva capitulación con el licenciado Ortiz, Alcalde Mayor de Nicaragua, 
a 14 de agosto de 1560, de que no se sabe el efecto. El año de 1586, un Benito 
de Morales inventó ciertos instrumentos, y con ellos volvió a las Indias Juan 
Sánchez Portero, y aunque prosiguió en su intento, no lo consiguió, porque el 
fuego desbarata cuanto toca en su actividad". 

En los primeros tiempos de la conquista, el famoso Fernández de Oviedo 
subió (1529) al cráter del Masaya, cuyas descripciones ya antes se habían 
remitido a Carlos V, y las hemos leído en el Archivo de Indias, en el que se 
encuentran también diseños del Río San Juan de Nicaragua, del Desagüe del 
Gran Lago y de terrenos adyacentes a Granada. 

A pié juntillas creía ese cronista en la leyenda que le refirió el cacique de 
Landeri, de estar viviendo dentro del volcán una bruja horrible, parecida al 
diablo, que i)or las noches salía a celebrar sus monéxicos con los indios nobles, 
que deseaban saber el porvenir, quienes le sacrificaban niños y jóvenes, arro- 
jándolos dentro de aquel antro horroroso. Después de la llegada de los caste- 
llanos rara vez salía la sibila a conferenciar con los caciques. 

El 16 de marzo de 1772 hizo el volcán una tremenda erupción. De Mana- 
gua a Masaya nótase un extenso surco de lava, que llaman "la piedra quemada". 
Quedó casi extinguido el coloso diabólico, el Monte que arde, como le llamaban 
los chorotegas a toda la comarca, que tal quiere decir Masaya, en esa lengua 
arcaica. En el idioma vulgar decíanle Pbpogatepeque, sierra que hierve. 

"Uno de los caracteres orográficos de la República de Guatemala, es el de 
hallarse atravesada por altas serranías, montañas y volcanes, que al propio 
tiempo de dar a sus campos un aspecto majestuoso y agradable, contribuye 
mucho a su fertilidad y lozanía. ¿Quién al contemplar nuestros volcanes, o 
al gozar en una de esas bellas mañanas de primavera de la salida del sol, o bien 
del crepúsculo vespertino en que nuestras montañas son bañadas por la in- 
comparable hermosura de los rayos del astro-rey, no bendice al Omnipotente 
por sus obras? Por eso dice, con tanta elegancia, el notable escritor Bolet 
Peraza que "un país sin montañas es una tierra incompleta : que los montes 
son los monumentos de la Naturaleza ; la pujante escultura del Creador". Y 
continúa así, "El sol no baja a los valles a dar su beso matinal a los lirios, hasta 
que no ha tendido su áureo manto sobre las cumbres y calentado con ardiente 
cariño los delicados arbustos, y las hierbas humildes que allá abrazadas de las 




nubes han pasado una noche inclemente. Los humeantes vapores de la tierra, 
el cotidiano bostezo de los ríos y lagunas se van por la tardecita a posarse en 
las altas cimas, en viaje para el cielo. De allí desciende la blanca brisa li- 
bando el aroma de las flores que le brindan sus dormidos cálices ; y por la noche 
se sube la luna sobre los lomos de la tierra a darse ínfulas de sol y a avergonzar 
desde allí a las pretenciosas lucesitas de las ciudades que la economía muni- 
cipal apaga luego, para evitarlas el desaire. Son las montañas como engarces 
rotos de la tierra con el cielo. Son como los robustos brazos del planeta, que 
se elevan a saludar a los otros orbes. Son murallas fabricadas por Dios para 
proteger a los pueblos débiles. El extranjero codicioso las detesta : los tiranos 
quisieran suprimirlas. Son el refugio de la libertad. 

Un país sin montañas parece un desierto prolongado, aunque contenga 
poblaciones numerosas y activas. La monotonía de las planicies hastía la 
contemplación y gasta la pupila. El Océano mismo, cuando quiere parecer 
terriblemente hermoso levanta sus montañas. La tempestad lo transforma en 
sublime. Las teogonias todas han colocado sus divinidades sobre lo alto. 
La poesía tiene su templo en empinado y sacro monte, y sube la imaginación 
de los poetas a buscar su cima, siguiendo el vuelo de las águilas". 

i Oh ! y con cuánta propiedad podemos los guatemaltecos decir a nuestros 
volcanes lo que el mismo ilustre escritor dice a "El Ávila" Monte de Venezue- 
la, su patria ! 

"Vosotros visteis a vuestros pies una raza inocente vegetar por siglos en 
ventura y libertad salvajes. 

"Vosotros visteis al conquistador valeroso y fiero degollar sus tribus y en- 
clavar su pendón en el valle virgen. 

"Vosotros oísteis el gemir del colono y repetísteis el eco jubiloso del he- 
roísmo independiente ; presenciasteis el extrago de las batallas, el extrago de 
los cataclismos : y en vuestros senos resonaron las dianas de la libertad de 
nuestra patria!" 

Las montañas de Guatemala pertenecen, según se ha dicho, unas al siste- 
ma conocido con el nombre de Cordillera de los Andes, que se extiende por 
toda^ la América desde el círculo polar ártico hasta la extremidad sur del Con- 
tinente, y otras, al sistema arcaico. 

Las montañas de Guatemala alcanzan su mayor elevación en los Altos. 
La altura media de la cordillera es de 7,000 pies. 

La cadena principal atraviesa a Guatemala de N. O. a S. E. a una distan- 
cia que varía de 12 a 20 leguas del Océano Pacífico, descendiendo muy rápida- 
mente hacia la costa sur, donde sólo envía ramales de pequeña extensión, que 
regularmente terminan por un volcán. Hacia el N. O. froma vastas y frías 
mesetas, que constituyendo los Altos de Guatemala, llegan a su mayor altura en 
la Sierra Madre o Cuchumatanes, del departamento de Huehuetenango. En 
estas tierras frías la temperatura rigurosa no permite la rica vegetación de 



— 122 — 

las costas ; pero se dan los frutos propios de la zona templada. En el S. E. 
disminuye notablemente la altura de la cordillera y la extensión de sus me- 
setas, por lo que las partes montañosas de los departamentos de Guatemala, 
Jalapa y Jutiapa pertenecen a las tierras templadas. La transición entre 
ambas zonas está formada por los departamentos de Solóla, Chimltenango y 
Sacatepequez. 

De la cordillera principal se desprenden varios ramales hacia el E. forman- 
do extensos valles, por donde corren los ríos más caudalosos de Guatemala. 
Las principales son : la Sierra de las Minas, la de Santa Cruz, la de Chama y 
la del Merendón. 

— La Sierra de las Minas es el ramal más importante : atraviesa los de- 
partamentos de la Baja Verapaz, Zacapa e Izabal, recibe en este último el 
nombre de Sierra o Montaña del Mico y termina cerca del golfo de Amatique. 
La Sierra de las Minas está limitada al Norte por el valle del río Polochic, y el 
lago de Izabal y al Sur por el río Motagua. En su parte occidental encierra 
los cálidos y muy áridos llanos de Salamá y Rabinal, culminando al Sur de 
Salamá en la cumbre de Chuacuz. La Sierra de las Minas, formada princi- 
palmente por rocas plutónicas metamorfósicas, contiene en su parte O. varias 
minas de alguna importancia, de donde recibió su nombre. 

— La Sierra de Santa Cruz se eleva al N. de la de las Minas, de la cual está 
separada por el valle del río Polochic. Formando varias mesetas, ocupa el 
espacio comprendido entre este río y su afluente principal el río Cahabón, y se 
extiende más allá de este último río hasta el golfo de Amatique. En esta 
parte está limitado al S. por el lago de Izabal y el río Dulce y al N. por el río 
Sarstún. 

— Le Sierra de Chama se encuentra entre los ríos Cahabón y Sarstún al 
S. y el de la Pasión al N. terminando en los Montes Cockscomb, del territorio 
de Belice. Esta Sierra, lo mismo que la de Santa Cruz, son montañas de cal, 
caracterizadas por numerosas cuevas, por donde corren muchos ríos sub- 
terráneos. 

— La Sierra o Montaña del Merendón forma en su mayor extensión el 
límite entre Guatemala y Honduras. Se separa de la cordillera en el departa- 
mento de Chiquimula y recibe nombres diferentes: Montaña de Copan, en la 
parte S. O., Montaña del Espíritu Santo, en la parte media y Montaña de Grita 
o Gallinero, en el extremo N. Ya en la costa misma se denomina Montaña de 
Omoa, donde se eleva a la imponente altura de 7 u 8,000 pies. La Montaña 
del Merendón separa el valle del río Motagua en Guatemala, del valle del río 
Chamelecón en Honduras, y es notable por sus lavaderos de oro en uno de sus 
valles transversales en el departamento de Izabal". 

En Guatemala hay cinco volcanes grandísimos, el de Atitlán, el de Paca- 
ya, el de Agua, el de Fuego y el de Acatenango. ¡ Qué panorama tan soberbio ! 
No se encuentra en el mundo perspectiva más linda, más extensa, más serena. 



— 123 — 

que la que se percibe desde el Cerro del Carmen, en una de esas tardes estiva- 
les, cuando al caer del sol, entre celajes de púrpura, dora aún la cresta de los 
montes, y se delinean, con purísimos cortes, las inmensas pirámides, que sirven 
de dosel al astro rey, que tristemente deja aquel cielo de opalinos matices, -en 
cuyas leonadas nubes desaparecen, por último, las sombras dantescas de los 
étnicos colosos. Ni la soberbia ensenada de Ñapóles, con las erupciones del 
Vesubio, ni los recortes caprichosos de las montañas suizas, ni las nevadas 
crestas de los Alpes, nada puede compararse a la impresión estética de gran- 
deza que recibe el alma, ante la perspectiva espléndida que nuestro valle, nues- 
tra cordillera y nuestros volcanes, forman en armonioso conjunto, en ese 
cuadro de luz y sombras vespertinas, cuando el día muere y los" titanes olímpi- 
cos se envuelven en el manto de la noche, y parece que otean a los océanos y 
sirven de atalayas a nuestras costas. 

Tétrico, 'arenoso, sin follaje, se yergue a cuatro mil metros de altura, el 
volcán de Fuego, que así se llamó porque siempre estaba en actividad. En 
1526, 1581, 1717 y 1773 hizo tremendas erupciones. En 1857 y 1858, vimos 
salir de aquel cráter llamaradas inmensas, de unos seiscientos metros de eleva-, 
ción, y un río de lava ardiendo, que descendía sobre los costados del soberbio 
monte. Una arena sutil, plomiza, llegó hasta esta ciudad, formando capa de 
unas dos pulgadas de espesor, en ocbenta leguas de circuito. Las fumarolas 
y los azúfrales abundan en los flancos de aquel sombrío coloso. 

El volcán de Pacaya se alza a 2,620 metros, y no tiene figura cónica, sino 
como una sierra, destrozado por sí mismo. En 1565 reventó con gran estré- 
pito. El 18 de febrero de 165 1, hizo tremenda erupción, acompañada de rui- 
dos subterráneos y fuertes terremotos; erupción que vino repitiéndose en 
1664, 1668 (agosto), 1671 (julio) y 1677. Después de un reposo largo, sobre- 
vino otra terrible erupción, el 11 de julio de 1775, y atrojó tanto combustible 
ardiendo, que aquí, en la ciudad de Guatemala, podía leerse una carta, a las 
diez de la noche, al resplandor de las llamas de aquella colosal hoguera. Cau- 
só los temblores de tierra del año 1830, que tanto asustaron a las gentes, sobre 
todo, a los pobladores de Amatitlán, que se encuentra en su falda. Ese volcán 
y el de Agua, cuando se levantaron del suelo, impidieron el curso de los ríos, 
como el de Villalobos, que antes iba directamente al Pacífico, por un valle 
transversal a la cadena principal, formando así el lago de Amatitlán, que en 
un principio debió ser muchísimo más grande, a juzgar por las trazas que dejó, 
hasta cerca de Palín, y por la naturaleza de aquellos terrenos. Después, poco 
a poco, rompieron las aguas la barrera que aquellos dos gigantes les presen- 
taron, y venciendo los contrafuertes, del Pacaya, se precipitó el río Michatoya, 
por estrecha garganta, que con el transcurso de los siglos, se abre más y más, 
hasta que desaparezca el bellísimo lago. Ni sería remoto que el pintoresco 
pueblo de Amatitlán se hudiera de repente, por estar asentado en terreno del 
todo hueco (Dolft'us y Montserrat). Las rocas que constituyen esas monta- 



— 124 — 

ñas son de pórfido traquítico cubierto por depósito de lápilos y de negfruscas 
arenas. 

Este interesante volcán, que ofrece al estudio un conjunto de todos los 
terrenos ígneos, ha sido descrito por un jesuíta sabio, con datos que recogió 
en 1856. Tales noticias y las de otros viajeros, nos ponen en el caso de dar a 
los lectores una descripción bastante extensa. Para proceder con mayor cla- 
ridad, debemos distinguir lo que incuestionablemente es volcán de lo que de- 
berá o no llamarse tal, según sea la teoría que al fin triunfe sobre el origen de 
los montes, que no han sido producidos por erupciones lávicas. 

Esta segunda parte comprende las montañas más antiguas, compuestas, 
en general de pórfido o de traquitos o de una y otra cosa, cuyo origen debe 
explicarse de muy diverso modo. Algunos las han creído resultado de inmen- 
sas erupciones, de una actividad mucho mayor que la de los más formidables 
volcanes que existen al presente, y distinguen en ellas dos épocas bien diver- 
sas, una más antigua, que había sacado a luz los pórfidos de diversas especies, 
otra menos remota, a la cual se deberían los traquitos. Conforme a esta teo- 
ría, el Pacaya había tenido tres dilatados períodos de actividad, de los cuales 
los dos primeros habían producido la masa principal de los montes que rodean 
el lago. Otros, y son los más, creen que los montes de esta naturaleza se 
formaron por levantamiento, es decir, que al impulso de una fuerza interior, 
grandes partes de la costra sólida que cubre a nuestro globo se levantaron en 
masa, formando cadenas enteras de montañas. Sería demasiado largo exponer 
los principales fundamentos de estas y otras opiniones ; sólo diremos que en 
todas ellas es preciso admitir de alguna manera la intervención del fuego que 
ha dejado a veces profundas huellas en las rocas de pórfido y traquito. 

Una vez que nadie niega la acción de la fuerza volcánica, describiremos 
primero lo que debe su propia masa a las mismas erupciones y consideraremos 
después algunas otras manifestaciones de la acción interior, que se ha abierto 
pasos a través de las rocas preexistentes. La primera parte, abraza principal- 
mente el medio cono, de cosa de cinco millas geográficas de diámetro, que se 
eleva desde las llanuras de la costa, apoyándose por el Norte sobre la que de- 
bería ser la pendiente meridional que cierra la laguna y el valle de Amatitlán, 
hasta desprenderse de ellos y rematar en ese pico azuloso que divisamos desde 
Guatemala. La punta, sin embargo, no termina con regularidad el cono ; 
existe otro más pequeño, denominado el volcancito, pegado a la cima más oc- 
cidental de los cerros, y cuya pendiente, formada toda de productos volcánicos 
negros y rojos, viene a unirse con la occidental del pico mayor para continuar 
en una sola hasta la llanura. 

Uno y otro, cono se elevan en medio de una inmensa taza circular, cuya 
orla meridional ha sido enteramente destruida y la setentrional que aún se 
conserva, forma esa línea recta al parecer, que desde el cono mayor vemos 
partir hacia el Occidente. Esta taza es indudablemente un cráter antiquísimo 




— 125 — 

de más de dos millas geográficas de diámetro, y cuya profundidad debió de 
ser muy considerable, pues en la parte del Oeste, en donde la han cubierto 
menos las faldas de los conos posteriores, una piedra gastaba 9 segundos en 
caer desde el borde, lo que supone una profundidad de más de 300 metros. 

Así este cráter como el cuerpo del cono a cjue pertenece, están formados 
de capas negruzcas bastante delesnables, algunas de las cuales más duras 
aunque siempre porosas, son probablemente de anfigena. La considerable 
diferencia que se ve entre estos productos y los que deben atribuirse a los 
cráteres posteriores, demuestra la existencia de dos épocas de erupción com- 
])letamente distintas, haciendo inadmisible para el presente caso la explicación 
que el insigne geólogo M. de Buch dá de los cinos o tazas circulares, a veces 
del todo cerradas que con frecuencia rodean los conos de erupción. De Buch 
ve en estos cinos, que dominan cráteres de levantamiento, el resultado de un 
primer esfuerzo de la naturaleza para establecer un volcán, esfuerzo que sólo 
ha logrado levantar las masas resistentes sin llegar a romperlas. A veces 
este esfuerzo no ha sido secundado, produciéndose esos valles circulares que 
en la geografía física han recibido especialmente el nombre de circos. A veces 
en medio de esta taza, se ha abierto un cráter de erupción y se ha formado un 
cono volcánico como en el pico de Tenerife ; pero aún en este caso el ciño con- 
serva un cráter que le distingue de los cráteres de erupción. Como se ve, no 
puede explicarse de esta manera la existencia de la gran taza del Pacaya, en 
la que es preciso reconocer un verdadero volcán, ya se diga que el borde sub- 
siste;ite es el del antiguo cráter, ya se crea que perteneció a un cono más ele- 
vado y hueco, que se habrá hundido sobre sí mismo, a la manera del Cahuai- 
zazo. Este volcán, que antiguamente competía en altura con el Chimborazo 
su vecino, se hundió de repente, en la noche del 29 de junio de 1669, causando 
su ruina la de las provincias inmediatas, en que las habitaciones se desploma- 
ron al impulso de un violento terremoto. 

Hacia el extremo S. E. del vasto cráter del Pacaya, en un sitio invadido 
por la vejetación hasta el punto de formar un bosque de pinos, se halla una 
boca conocida con el nombre del hoyo: sima irregular abierta entre lavas 
afigénicas, hasta una profundidad no medida en esta avertura, va chocando 
sucesivamente contra sus paredes, produciendo un ruido cada vez más remiso, 
sin que sea posible distinguir el momento en que llega al fondo. 

Hemos indicado ya que dentro de este cráter jigantesco se elevan dos 
conos volcánicos, que le han llenado en parte. Estos aparecieron sin duda 
largos años después de la extinción de aquél, y pertenecen a un período de 
erupción que difiere evidentemente de los primeros en la naturaleza de sus 
productos, y quizás no menos en el grado de actividad. Aunque el estudio 
geológico no demuestra aún cual de los dos sea más antiguo, podemos conje- 
turar que lo es más el pequeño, pues la historia no habla de él, y la robusta 
vejetación que cubre sus bordes da testimonio irrecusable de tan dilatada traii 



— T26 — 

fjiiilidad. Ese cráter tiene unos cien metros de diámetro, sus paraderos verti- 
cales alcanzan a una notable profundidad, y en su fondo existe, según el testi- 
monio de los montañeces, un abismo insondable. 

El cono más alto, el que vemos desde Guatemala hacia el S. E. del ante- 
rior, está formado de una masa que parece ser como una sola pieza de puro- 
lana negra, porosa y sin cristales, cubierta de escorias y de arena, sin consis- 
tencia en algunos puntos, que por lo mismo sería de tránsito bien difícil y aún 
peligroso. El ascenso sin embargo, aunque difícil es seguro, a causa de la 
superficie inmóvil de la masa o masas principales que asoman de trecho en 
trecho, a más de que en muchos puntos la arena trasformada en parte por "los 
agentes atmosféricos, se ha aglutinado y admitido alguna vejetación, cuyas 
raíces hacen el piso estable. Esta vejetación es aún muy débil, y exceptuando 
los pinos raquíticos, no se ven sino algunas gramineas y orquídeas que rara 
vez alcanzan a cubrir un espacio continuo tan grande como el cuerpo de un 
hombre. El cráter que ofrece la forma de un cono invertido, tendrá unos 8o 
metros de diámetro y una profundidad de 25. Presenta en el exterior cinco 
profundas hendiduras y cuatro en el interior, por las cuales se escapa en abun- 
dancia vapor de agua ligeramente acompañado de ácido sulfúrico y algo más 
de ácido carbónico a una temperatura variable según el aire que se mezcla, 
sin llegar nunca a 82?. 

En nuestra última a.scensión, decía el P. Cornette, las nubes que por mo- 
mentos nos envolvieron favorecían la condensación de los vapores, y así se 
les miraba desprenderse sin conducto aparente, de muchos puntos, en donde 
en otras circunstancias no hacen notar su presencia sino por el calor que comu- 
nican al suelo. Estos vapores activando la descomposición de las rocas en 
arcilla y elevando la temperatura, favorecen la vejetación que en la parte del 
Sur y el Este es sin comparación más abundante que en las paredes exteriores. 

El estudio de ese cráter ha movido a algún viajero a creer que por nume- 
rosos íiños el Pacaya no fué sino una grandiosa fuente termal, invocando 
en apoyo de su opinión, los derrumbes acumulados hacia la parte nor- 
deste, y los bordes derruidos de esta orla, lo que se explica fácilmente por la 
acción de las aguas que derramarían en aquella dirección. Según ésto, las 
últimas erupciones, no fueron sino un aumento excesivo de las aguas en ebu- 
llición, cuyos vapores formaban solos las columnas de humo de que habla la 
historia, mientras que las lavas arrojadas hacia la parte del Sur, no serían otra 
cosa que derrumbes en la orla meridional del cráter antiguo, orla que ha des- 
aparecido y que pudo despeñarse perdiendo su equilibrio por la acción corro- 
siva de las aguas. Este modo de ver las cosas, nos. agradaría mucho si la his- 
toria y la tradición reciente de la erupción de 1775110 nos hablasen sino de que 
hubo piedras caídas ; pero no es posible negar que se vieron también llamas y 
piedras encendidas, que no se explican por sólo una fuente termal. 

Por lo demás, las lavas que en distintos trechos cubren la pendiente del 






— 127 — 

Sur, más bien que salidas por el cráter reciente, parecen deberse ya a erupcio- 
nes remotísimas que las depositaron en el lugar que ocupan, y a derrumbes 
sucesivos de la orla que no existe del antiguo cráter. En efecto, aunque en 
distinto estado, lo que muestra la sucesión, tienen todas la misma naturaleza 
primordial, la propia de la parte conservada de ese antigua cráter, y muy dis- 
tinta de la que forma el nuevo. 

De estos escombros diseminados por muchas leguas, unos están ya cubier- 
tos de una capa vejetal bastante profunda y ondulante, vestida de gramineas 
y algunos grandes pinos ; otros menos cargados de verdura, sólo a los pinos 
permiten echar raíces en sus entrañas ; otros en fin, que parecen caídos más 
recientemente y forman un terreno negro, polvoriento y escabroso, en el que 
sólo algunos liqúenes pueden tener vida. Estos despojos de diversas edades 
se han distribuido como los dedos de la mano al wS. O. del volcán ; y los últimos, 
negros y ásperos, yacen sobre los precedentes o en medio de ellos imitando 
una pata de águila. En los terrenos no cubiertos por esos derrumbes, se en- 
cuentra una arena purolánicafina y negra, formando diversas capas de varia- 
dos tintes que atestiguan lluvias volcánicas de distintas épocas y que trasfor- 
madas en muchas partes bajo el influjo de los agentes atmosféricos, han dado 
origen a vma tierra de admirable fertilidad. 

La historia ha conservado el recuerdo de terribles erupciones, según he- 
mos dicho, en 1565, 1651, 1664, 1668, 1671, 1677 y 1775. Aquí aparece que el 
Pacaya después de la primera erupción conocida, entró en período de calma, 
se reanimó más tarde desplegando una grande energía desde mediados del 
siglo XVII, permaneció en una formidable actividad por lo menos hasta el fin 
de dicha centuria, como lo atestigua Fuentes. Después se calmó de nuevo, 
pues no es natural suponer que Juarros, que vivió en la segunda mitad del 
siglo XVIII, y que tanto trabajó para su historia, no hubiera hallado en la 
tradición reciente la noticia de erupción alguna verificada desde principios de 
dicho siglo hasta la de 11 de julio de 1775 que presenció. Esta merece ahora 
atención para indicar un problema aun no resuelto. A pesar de ser la erup- 
ción más reciente, no se sabe aún el punto en que se verificó. Es indudable 
que no tuvo lugar en el cráter que corona el cono más elevado : innumerables 
testigos de vista lo dijeron a sus nietos que todavía viven y lo repiten unánime- 
mente, confirmando con esto el testimonio de Juarros. Parecerá que con la 
misma facilidad con que creemos a los habitantes de Amatitlán, de San Vicen- 
te y de Calderas, cuando sobre la palabra de sus abuelos que lo vieron, nos 
aseguran que la erupción fué de aquel pico, les debemos creer cuando nos dicen 
que fué del cono más pequeño o volcancito de que antes hemos dado noticia : 
pero las circunstancias son en realidad bien diferentes. Ya la situación de 
este cono no parece ser la que indica Juarros, cuando dice que la erupción se 
efectuó en el sitio en que el volcán se divide en tres puntas y además el examen 
del terreno hace conocer que los testigos, aunque muchos quizás, no han visto 



— las- 
en realidad el punto donde brotaban el fueg^o y el humo. En efecto, el volcan- 
cito indicado por ellos no es visible desde los lugares habitados de la montaña 
o de la holla de Amatitlán, ni tampoco hubo quien durante el furor del volcán 
se acercase a él, siendo así que apenas hace treinta años que el primer monta- 
ñés, muchacho entonces de i6 años, se atrevió a poner los pies en la temida 
cumbre. Ahora bien, la robusta vejetación que hemos indicado, sobre los bor- 
des del cono menor no. da lugar a creer que aquél haya sido el punto preciso de 
una erupción tan reciente y por otra parte tan activa como la de 1775. Es pues- 
muy probable que alguna que otra boca lateral se abrió para dar paso al fuego 
y al humo, ocultándose luego bajo las piedras desplomadas de la región supe- 
rior; quizás un examen más detenido descubrirá aun sus vestigios. Es muy 
de notar, para cuando se estudie más minuciosamente la historia de esta erup- 
ción, que los montañeces suelen a veces advertir, como cosa de menor impor- 
tancia, que la arena que entonces se esparció por muchas leguas sí fué debida 
a la boca del pico más elevado, de lo cual no se halla indicación alguna. 

Á cosa de legua y media del volcán se encuentra la aldea de Calderas, en 
un pintoresco circo elíptico completamente cercado de colinas, y a la orilla una 
laguna casi circular, que no es otra cosa que un cráter completamente extin- 
guido, llenado por las aguas que en tiempo de lluvias bajan por las faldas de 
la montaña, o infiltrándose en ellas forman fuentes temporales que brotan den- 
tro de la laguna, como lo atestigua el crecimiento que se ve hacia el fin de 
la estación lluviosa y al principio de la siguiente. La pureza de estas aguas 
excluye la idea de que bajo de ellas se disimula algún desprendimiento vol- 
cánico. A falta de dimensiones tomadas por nosotros mismos, dice el P. 
jesuíta, pues la estrechez del tiempo no nos lo permitió, daremos las que uno 
de los habitantes había recibido de no sé que agrimensor, según el cual, y si 
reducimos las cuerdas a metros, la laguna tendría de largo 7S0 metros sobre 
700 de anchura, sin que hasta hoy se haya hallado su fondo. 

Contigua a la laguna se encuentra otra depresión circular, de diámetro 
algo menor, y cuyo fondo se halla suficientemente levantado para no retener 
las aguas de las lluvias. Aunque cubierta de vegetación conserva claramente 
los caracteres de su cráter y aun de su borde meridional se escapan vapores 
de agua y ácido carbónico, ligeramente cargado de ácido sulfuroso, a la tem- 
peratura de 60?. 

Un poco al oeste de estos antiguos cráteres, y en medio de un terreno 
cultivado, se halla un hoyo irregular de unos cuatro metros de largo, uno en su 
mayor anchura y tres o cuatro de profundidad, que evidentemente jamás ha 
sido boca de erupción. Algunos años atrás, los habitantes entraban impune- 
mente en él y le usaron para esconder cosillas de mediano valor, cuando temie- 
ron perderlas en épocas de revueltas. Si no fueron despojados de ellas por 
los soldados ni por los bandidos, no por eso dejaban de perderlas, pues la na- 
turaleza se encargó de impedirles su recobro, condenando a muerte a todo el 






— 129 — 

que se atreviese a penetrar en aquel recinto. En efecto, un muchacho que 
bajó perdió al instante el uso de los sentidos y cayó como muerto : no obstante, 
sacado prontamente, por medio de algunas cuerdas, al aire libre, se recobró 
poco a poco. Nadie más se atrevió a entrar en aquel temeroso recinto que ha 
continuado mostrándose mortífero, quitando la vida a las aves que se acerca- 
caban a sus bordes. 

Bien indicada estaba ya la presencia del ácido carbónico. Este gas se 
desprende con frecuencia en los terrenos volcánicos, y siendo más pesado que 
el aire queda fácilmente detenido en los lugares en que no se desalojan las 
corrientes del viento, como sucede fácilmente en las cavernas. El animal que 
sin percibir la presencia de un gas que carece de color y olor penetra allí, se 
encuentra en una atmósfera privada de aire, y faltándole este elemento esencial 
de la respiración, muere asfixiado. No son raras las grutas más o menos llenas 
de este cuerpo, por lo que, se ha dicho que es una imprudencia adelan- 
tarse sin algunas precauciones en las cavernas en que pase algún tiempo que 
no haya penetrado nadie ; pero entre todas, se ha hecho célebre la conocida 
con el nombre de Gruta del Perro cerca del Puzzolo en Ñapóles. Cosas extra- 
ordinarias se han dicho de ella, más reduciéndonos a la verdad, es una gruta 
en que el ácido carbónico ocupa una capa de cuatro a seis decímetros de espe- 
sor, y sobre ésta penetra libremente el aire atmosférico. El hombre que entre 
allí tendrá los pies sumergidos en ácido carbónico y la cabeza en el aire ; nada 
le embarazará la respiración y no experimentará daño alguno : más un perro 
quedará completamente sumergido en aquel gas, caerá por no poder respirar 
y morirá en breve tiempo si se dejase allí. Esta gruta ha sido cerrada con 
llave para explotar la curiosidad de los viajeros que quieran visitarla. 

Qusimos, dice el P. jesuíta, reconocer la caverna u hoyo de Calderas, y 
asegurarnos de que estaba lleno de ácido carbónico. Nuestro guía que se pres- 
taba con notable empeño a todos nuestros deseos, nos condujo al temido sitio, 
no sin avisar antes al dueño de la milpa c^ue lo circulaba, quien quiso también 
acompañarnos, conduciendo el fuego que debía contribuir a nuestros experi- 
mentos. — ¿Y no hay modo de bajar poco a poco? preguntamos nosotros — 
Jesús, señor: si allí se muere la gente — y nos volvieron a contar la referida 
historia. Llegamos al hoyo oculto por la maleza, prueba indudable de que 
hacía tiempo de que nadie se acercaba a él, pero los golpes del machete le des- 
cubrieron en un instante. Hicimos prender llama de un pino recinoso, y como 
decimos comúnmente, en un ocote, que sujetamos al extremo de una caña, la 
que cuidamos fuese capaz de llegar lo más cerca del fondo que posible fuese. 
Inútil precaución : la llama no llegó una sola vez al borde de la sima, apagán- 
dose siempre a cosa de un decímetro sobre el suelo, porcj[ue allí ya no tenía 
aire para mantenerse. Acabábamos de repetir este experimento por la tercera 
vez, cuando se hizo sentir un fuerte temblor acompañado de un formidable 
retumbo. El gas contenido en la caverna debió de reforzar el retumbo, que 



— I30 — 

es el más intenso que hemos oído. — De ahí salió, señor, de ahi salió, deciatl des- 
pavoridos nuestros guías aterrados a nuestro entender, no por el simple hecho 
de haber sentido un temblor y un estruendo, sino por la circimstanoia sigular 
de creerlo causado por aquel hoyo formidable. Afortunadamente los vecinos 
de Calderas, no son de aquellos semi-salvajes que tanto abundan, que al ver la 
coincidencia de nuestros experimentos con el movimiento de la montaña, no 
sólo nos habrían creído sin desairar los autores del fenómeno que por el mo- 
mento presenciaban y de su repetición por seis veces a lo menos en aquella 
tarde, y por muchas más en los siguientes días, sino que aún nos habrían atri- 
buido los que se habían hecho sentir anteriormente. 

Continuando en la dirección de la so.spechada grieta volcánica, el cerro que 
sostiene el valle de Calderas forma una cuchilla que va disminuyendo rápida- 
mente de altura hasta perderse en las faldas meridionales de las colinas conti- 
guas a la laguna de Amatitlán, dando así lugar a un recinto cerrado en que las 
aguas no hallan salida y se recojen formando la laguna de Pan(|uejechó. En 
la pendiente que limita esta laguna hacia el N. y el E. se halla una serie de 
pequeñas bocas conocidas con el nombre de Humitos, y este es el lugar en que 
hemos visto desprenderse los vapores con más actividad y más cargados de 
ácido sulfuroso. La temperatura es varia en las distintas bocas, habiendo lle- 
gado el termómetro a marcar 8o" en el vapor, en el lugar más abrigado del día 
y 91" cuando se le introdujo en la tierra para librarle de la influencia del am- 
biente. La acción continua de los vapores ha descompuesto fuertemente el 
gran banco de feldespato en que brotan, y en algunos puntos ha despositado 
ligeras capas amarillas de azufre sobre otras verdes de silicato de hierro, dan- 
do interesante aspecto a tan curioso sitio. 

Varias otras bocas de humo pudimos reconocer mucho menos importantes 
consideradas aisladamente, pero de grande significación tomadas en su con- 
junto. Son además en gran número los lugares de esta faja de tierra que pre- 
sentan los msimos caracteres que los que sufren la actual influencia de los va- 
pores, demostrando con ésto haberse hallado en las mismas circunstancias, 
aunque ya algunos años de quietud han aecado y endurecido, en los unos, cier- 
tas masas que, en los otros, se presentan aun húmedas y blandas. Los grados 
de sequedad y de dureza están a veces suficientemente marcados para poder 
determinar el orden en que han ido cesando las emanaciones de los gases. 

En la propia dirección se encuentra, a orillas de la laguna de Amatitlán, 
la fuente termal más notable de todos aquellos alrededores ; y en la que ha- 
llamos una temperatura de 79", es decir 11" más que en la más caliente de las 
otras ; y aun acaso la temperatura de 31"?, de que gozan las aguas del Bebedero, 
que bajo el propio rumbo brotan en la margen opuesta del lago, deberá atri- 
buirse al mismo foco de calor, a pesar de que el examen de los terrenos y la 
ausencia de los cloruros alcánicos en esta fuente, hacen ver que sus aguas han 
atravesado lechos de otra naturaleza. Otras caldas diseminadas desde Belén, 



— 131 — 

en el extremo oriental del lago, hasta los límites meridionales del valle de 
Amatitlán, no quedan comprendidas en el mismo rumbo que hemos notado 
hasta aquí en los fenómenos que deben referirse a una misma fuente de calor; 
mas no por eso dejan de depender de ella, pues su posición, que casi univer- 
salmente es a la raíz de la montaña, hace ver sin duda alguna que las venas de 
agua han atravesado, antes de aparecer, terrenos vivamente recalentados por 
el fuego interior del Pacaya. Es de notar que cuantos manantiales conocemos 
en las faldas de la montaña, incluso el de los Puraznos, que se aproxima mucho 
a la faja de las manifestaciones volcánicas, dan una agua fresca y pura, que no 
habiendo podido pasar por terrenos de elevada temperatura, demuestra que 
estos en su mayor parte no ocupan sino el corazón del volcán, de donde se 
desprenden algunas venas, comprendidas próximamente en un plano dirigido 
hacia el N. N. E. También en Belén, casi al borde de la laguna y muy cerca 
de las aguas termales, brota la fuente del Niño, que con su pureza y frescura 
hace ver que el lecho de que aquellas toman su calor y sales alcalinas debe 
hallarse algún tanto remoto" (i). 

El volcán de Atitlán, testigo de tantos hechos históricos, podría, si se con- 
virtiese en mitológico Vulcano, contar mucho en aquel lago majestuoso, que 
presenta la vista más encantadora del mundo, sin excluir los panoramas de 
Suiza, de Ñapóles y de Venecia. ¡ Ah, Titán! soberbio y erguido, que escon- 
des tus plantas entre las aguas rumorosas, y dejas ver tu suntuosa cúspide, 
allá entre las nubes de un cielo transparente ; — tus rugidos tremendos pusieron 
pavor en tan bellos contornos, por los años 1828, 1833 y 1852! Mucho tiempo 
antes de eso, cuando las aguas del Xequijel, se tiñeron con la sangre del infe- 
liz indígena, al cumplirse la profecía de la conquista, temblaba a las veces la 
tierra, se enfurecía el lago, manchábase la luna de matices rojos, descendían 
fatídicas las sombras de la noche, sobre la cumbre del Atitlán, y en tan pavoro- 
sos instantes, se escuchaban, siniestros, estridentes, el graznido del tucurú y 

el lamento de la luchuza eran' los manes de Sinacán y de Sequechul, 

víctimas de Tonathiu, que en demanda de justicia para su raza, bajaban a su 
nativo suelo, en alas de la tempestad. De ahí trajo origen la danza popular 
indiana, llamada Del Volcán, en recuerdo de la hecatomlbe horrenda de los hi- 
jos de esta tierra. 

La parte setentrional del lago de Atitlán está rodeada de altísimas rocas, 
que apenas dejan accesible la ribera, mientras que por la costa del Sur, se ele- 
van varios volcanes más, que a lo lejos se descubren. Destácanse, en los con- 
tornos, los ranchos pajizos, las blancas chozas, de San Pedro, de Santa Cata- 
rina y de San Antonio, colocado este simpático pueblo, como nido de águilas 
en abrupto anfiteatro, completamente inabordable, en la parte del lago, y cir- 
cuido de negruzcas rocas, que dejó ahí el gran cataclismo, aún recordado por 



(1) El Volcán de Pacaya— Estudio del P. Connet 



— 132 — 

los aborígenes de aquellos sublimes sitios. Las aguas del estupendo lago se 
cnncnentran a 1,558 metros sobre el nivel del Pacífico, y alcanzan una pro- 
fundidad grandísima, sin que se le conozca desagüe, a pesar de que recibe 
constantemente los afluentes del Panajachel y del Iboy. Acaso se filtran las 
aguas formando riachuelos hacia el sur (i). Al pié del volcán de Atitlán se 
divisa el Cerro de Oro, de misteriosa forma y de indianas tradiciones. Dícese 
que era templo idolátrico, en el cual buscaron los tzutuhiles refugio contra los 
destructores de sus dioses, último amparo a su derrota, asilados en aquella 
mansión impenetrable. Cerraron misteriosamente su entrada, revelando el 
secreto a un viejo sacerdote indio, el cual lo fué transmitiendo de generación 
en generación a uno solo, entre los más nobles y adictos a su teogonia. Esos 
dioses aconsejaron a los aborígenes que se sometieran ; pero sin perder la es- 
peranza de salvarse, porque ellos mismos que quedaban allí cautivos, rompe- 
rían las ocultas salidas de aquel templo y entonces serían redimidos de la 
servidumbre. Quedaron enterrados en el Cerro de Oro los ídolos y las joyas. 
Los tzutuhiles callan y esperan. 

Por aquellos bellísimos lugares, hay parajes de rústicas delicias, en los 
cuales se palpan los encantos de la poesía de Virgilio y de Landivar. Lomas, 
valles, praderas alfombradas, fuentecillas saltadoras, frescas, cristalinas ; reba- 
ños, pastores, majadas, flautas campestres, diversidad de tonos en los colores 
del suelo, y por toldo el más puro celeste, sereno y transparente. Juega el 
aura con las hojas trémulas de los arbustos, como acaricia el amor los labios 
de una virgen. No lejos del soberbio valle, está la Roca de Tccúm, sitio real 
de los reyes de Utatlán. Las lianas colgantes con soberbias flores forman 
espesas enramadas y lo vivido del verde horizonte hace contraste con el azul 
del cielo. 

A unos quince quilómetros de Atitlán contémplase el volcán de San Pedro, 
que tiene 2,500 metros de altura ; pero, como descansa sobre un valle (jue se 
alza a 1,560 metros sobre el nivel del mar, resulta de grandísima elevación. 
Nunca se supo que estuviera en actividad. No alcanza la historia a describir 
las mocedades de ese viejo de blanca cabellera, que aún se viste de muy lujoso 
ropaje. Espesas florestas cubren sus flancos y podría decirse» con aquella 
sublime concisión de Pepe Batres : 

"¡ Su historia ninguna, su límite el mar !" 

El espectáculo que desde lo alto del volcán de Pacaya se desarrolla, ante 
los ojos del viajero, es uno de los más imponentes que pueden contemplarse. 
De una sola mirada se abraza el cuadro que forma la gran mole del volcán de 
Fuego, destacándose en el primer plano las líneas armoniosas del volcán de 



(1) El lago tiene 12 millas de largo por 6 de ancho, y fué en remotísimos tiemixw un Inmensí» 
cráter de volcán destruido. 



— 133 — 

Agiia, cuya gentil, esbelta cima, se ostenta en los aires. La belleza de este 
panorama, se debe en mucho a un pequeño desvío, que sin afectar la regulari- 
dad del sistema volcánico considerado en conjunto, coloca al volcán de Agua 
a uno o dos quilómetros al Norte de la dirección general, pudiéndose así espa- 
ciar la vista a una distancia muy considerable. Desde la cúspide del altísimo 
monte se contemplan vegas y cañadas inaccesibles, cubiertas de flores y fes- 
tones, de cuyas ennegrecidas grietas parecen salir los sordos lamentos de las 
razas primitivas que defendieron su paradisíaco suelo. 

El célebre volcán de Agua, considerado aisladamente, es uno de los más 
notables de la América Central, aunque mucho ant€s de la conquista española 
ya estaba apagado. La armonía de sus forms, lo bien cortado de la pirámide, 
lo nítido del azuloso color, todo hace de aquella estupenda mole, que aislada 
se alza sobre 3,753 metros, con una base de muchos centenares de quilómetros, 
uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza. Exuberante vejeta- 
ción lo cubre, con una serie de zonas bien marcadas, introduciendo en el paisaje 
elegante variedad de matices. En la base, entre llanos de esmeralda, balan- 
céanse las espigas del maíz, la caña de azúcar, las festonadas hojas del banano 
y los floridos cafetos ; a seguida, las florestas de variadas esencias ; y más allá 
diseminados bosques de pinos seculares. 

Ese erguido volcán dio muerte a muchos de los pobladores de sus faldas, 
en la ruina de la Ciudad Vieja. Era llamado Hunaphú, o sea Ramillete de 
Flores, por los primitivos indios, aunque hay motivos para suponer que en 
remota época, fueron sus erupciones de violencia extrema, a juzgar por la 
inmensa cantidad de pómez blancas, cenizas amarillentas, lápilos negros y vio- 
láceas arenas, que rodean el pie de aquella histórica montaña. No hay en los 
alrrededores trazas de corrientes de lava ; acaso las erupciones de este volcán 
hayan sido caracterizadas por la expulsión de abundantes deyecciones cineri- 
formes, En el cráter oval hay grandes piedras pórfidas, con varias inscrip- 
ciones. Don Matías Mazariegos dejó ahí su nombre en 1683 y el general 
Zavala, en 1860. 

"Después de haber descrito el inquieto Volcán de Fuego, decía el notable 
viajero Mr. Dussaussay, injusticia sería el no decir algunas palabras de su 
pacífico vecino, el Volcán de Agua (i). 

Si el uno es célebre por su escarpado y difícil asiento, el otro es notable 
por su fácil y segura subida. El Volcán de Fuego está coronado de rocas agu- 
das, destituidas de vegetación que presentan un aspecto espantoso ; el Volcán 
de Agua que como una pirámide en medio de la llanura, se eFeva solitario en lo 
alto del firmamento y tiene la forma de un cono truncado, aún en su misma 
cumbre está cubierto de una verde paja, cuya elevación llega a más de una 
vara. El piso del Volcán de Agua es firme hasta el mismo cráter, mientras 
que el terreno de Fuego, amontonado en desorden, se compone de guijo y otras 



(1) Impresiones de viaje — El Volcán de Affua— Por Eufirenio Dussaussay. 



— 134 — 

sustancias sueltas, rodeado de lava y cuerpos medio vitrificados que han ido 
aumentando por las repetidas erupciones causadas por el fueg:o subterráneo. 
El Volcán de Agua es a tal punto manso que ha sabido conquistarse hasta las 
simpatías del bello sexo ; el de Fuego es un cerro en nada dispuesto a dejarse 
domar, razón por la cual las visitas que recibe son muy contadas. 

El camino qué de la Antigua lleva al pueblo de Santa María de Jesús, por 
donde se sube al Volcán, es en extremó pintoresco y el viajero que lo recorre 
se siente poseído de una inacostumbrada alegría. La tierra está cubierta con 
espeso manto de verdor, los árboles cargados de hojas y por doquiera las 
flores, abriendo sus senos olorosos, hacen ostentación de su hermosura y exha- 
lan los efluvios más agradables al olfato. 

A mano izquierda se divisan los alegres barrios de Santa Ana, San Cris- 
tóbal y Santa Catarina, mientras que a la derecha se deja la bonita aldea de 
San Gaspar. El pueblo de San Jun por el cual se pasa, es célebre, por haber 
fundado ahí, antes de la inundación del ii de septiembre de 1541, su palacio el 
obispo de la Diócesis, palacio que en la actualidad sirve de casa parroquial al 
cura del lugar. 

Al salir de San Juan, se principia a subir la larga cuesta de Santa María 
que conduce al pueblo del mismo nombre, situado en las faldas del VoUán (U- 
Agua y como dos leguas distantes de la Antigua. 

El indio de Santa María de Jesús difiere totalmente del de Aif)t(.iKin5^n) : 
éste parece estar siempre dominado por el terror que le inspira la proximidad 
del volcán de Fuego ; aquél, que se siente resguardado de los furores de este 
volcán por su rival, el volcán de Agua, es de genio alegre y tiene el semblante 
risueño. Como se ha dicho anteriormente, en todo el pueblo de Alotenango 
no se encuentra más que un solo indígena que quiera acompañar a los raros 
turistas bastante atrevidos para emprender la ascensión del volcán de Fuego ; 
no sucede lo misrno en Santa María, cuyos habitantes suben todo el verano al 
volcán de Agua a traer hielo ; así es que a los pocos minutos de haber yo en- 
trado al pueblo un batallón de indios, informados de mis planes y atraídos por 
la perspectiva de su pingüe salario, vino a ofrecerme sus servicios. Tres de 
ellos captaron mi confianza y merecieron la distinción de servirme de mozos. 

En la mayor parte de las montañas el tiempo con su fuerza lenta, pero des- 
tructora, causa por sus lados depresiones y escavaciones a proporción de la 
cantidad de agua que en sucesivas cascadas se precipita desde la cumbre : la 
senda que se toma al dejar el pueblo de Santa María serpentea una zanja for- 
mada del modo que acabo de explicar. 

Numerosas milpas esparcidas en las faldas, hacen el paisaje sumamente 
placentero, y al llegar al punto denominado Orilla de la Montaña se apodera 
de los sentidos un sentimiento de deleite al descubrir la exuberante vegetación 
que majestuosamente se exhibe por todas partes. El ramoso roble ensancha 






— T35 — 

su circunferencia e innumerables árboles, afirmados en sus robustos troncos, 
con sus hojas forman una bóveda impenetrable a los rayos del sol. 

Los meses de enero y febrero son los más a propósito para subir a los 
volcanes, por estar entonces la atmósfera más despejada que en los demás 
meses del año. En mi expedición a los volcanes he podido observar que en el 
mes de noviembre el tiempo, que por la mañana está casi siempre sereno, a 
medio día varía notablemente. En ambos volcanes me asaltó un temporal muy 
fuerte ; pero el que tuve que sufrir en el de Agua fué mucho más violento. A 
eso de las nueve de la mañana, todo el volcán se cubrió de una niebla tan densa 
que no se podía distinguir a diez pasos de distancia. Felizmente llegué antes 
del temporal a la orilla de la montaña y pude descubrir al Este, Amatitlán con 
los risueños campos que lo rodean y al Noroeste, la Antigua con sus de- 
pendencias. 

Al concluir la montaña, las laderas están cubiertas con pinos muy viejos 
en medio de los cuales crece una paja muy fina y elevada que desde allí se 
encuentra, como he dicho antes, hasta la cúspide del volcán. Un poco antes 
de llegar a ésta, se ven a mano derecha unas rocas muy grandes, sin arena ni 
vegetación alguna. 

La cima del volcán de Agua está formada por cinco picos de diferentes 
tamaños, y por el menos elevado de todos bajamos a la plazoleta cerrada que 
existe en el lugar del cráter y tiene más o menos la forma de un círculo, cuyo 
diámetro en la parte más larga mide ochenta metros. En dicha plazoleta se 
encuentran muchas piedras desprendidas de la peña y en que pude leer gra- 
bados los nombres de mis predecesores, entre ellos los de algunas señoritas. 
En una ancha piedra blanca, con el machete de que iba provisto, esculpí el mío. 
El frío era intenso (a las doce y media del día el termómetro centígrado mar- 
caba 6° bajo cero) que se me helaban las manos. 

Me adhiero a la opinión de varios historiadores, antiguos y modernos, que 
refieren que la catástrofe que destruyó, el ii de septiembre de 1541, la capital 
del reino de Guatemala, fué ocasionada por la rotura del cráter del volcán de 
Agua que estaba lleno de este líquido (i). La prueba de ello es que la parte 
menos elevada de la cúspide y donde infaliblemente tuvo lugar la rotura, mira 
al pueblo de Ciudad Vieja, desde el cual se ve muy bien el barranco que formó 
el agua al descolgarse de aquella altura. 

Seis horas y media había empleado en la subida; tres gasté en la bajada. 
El número de pasos que di al descender, fué, el de 22,354. Concluiré diciendo 
que, como muchos viajeros que se dedican al estudio de los volcanes, he ob- 
servado que el lado oriental de las montañas que corren de Sur a Norte es 
siempre comparativamente más bajo que el opuesto, bajando con suavidad 



(1) Mr. Dussaussay difiere, por loaue se ve, de la opinión del ilustrado naturalista, ami<;o nuestro, 
don Juan Rodríguez Luna, quien, en un interesante estudio afirma que no fué esa la causa de la inundaolón. 



— 136 — 

a llanuras grandes ; mientras que el lado occidental es alto, escabroso y 
quebrado", (i) 

El volcán de Tacana, el de Tajumulco, el Cerro Quemado, el de Santa 
María, el de Mita y el de Chingo, forman en la república de Guatemala, una 
serie de respiradores, cue bien indican el plutónico trabajo de las entrañas de 
esta tierra. Fumerolas, solfataras, aguas termales y restos de erupciones, hay 
por todos esos lugares, en que la mano de Dios quiso dejar las huellas de ca- 
taclismos remotos. 

Llegamos ya al grupo de los volcanes de Quezaltenango, que presenta. 
desde muchísimos puntos de vista, un interés grandísimo. El Cerro Quemado 
y el volcán de Santa María son los que primero se destacan. Este último, de 
una regularidad admirable, había permanecido en tal quietud, que el vulgo lo 
creía apagado, contemplándole a unos 3,500 metros de altura, que tendrá de 
elevación absoluta. Pero, un día ¡luctuosa fecha aquélla, que no quisiera 
recordar! se aglomeraron materias ígneas en el panal dantesco, furibundo, que 
debe de haber en las profundidades del terreno, y debido a las condiciones 
meteorológicas y seísmicas que en extensísima zona se experimentaron, sobre- 
vino la catástrofe del 18 de abril en que tembló gran parte de Centro- América, 
hasta las orillas del Atlántico, causando estragos hasta en la Martinica. Una 
plomiza sabana de arena cubrió Is ricas comarcas. Ni una ave cruzaba veloz 
por desolación tan funesta. El cráter colosal, elíptico, de Este a Oeste, que 
mide mil metros de longitud, con seis oquedades espantosas, y una amarrilla 
llanura do azufre, exhalando vapores de deslumbrante blancura, tal fué el 
espectáculo aterrador, que en aquellos bellísimos lugares, dejó la furia indes- 
criptible del volcán. El nombre quiche del volcán "Santa María" es K' a' 
kxanul, vomitador de fuego, píjrque desde remotísimos tiempos hacía erupcio- 
nes tremendas. 

No es sin natural espanto, que el viajero ve presentarse a su vista, a la 
entrada de la ciudad de Quezaltenango, un derruido cerro, del que se despren- 
de deforme cresta, obscura de tolor rojizo, implantada sobre altas mesetas de 
amenazantes picachos, que parecen también irse desmoronando. En la falda 
de las colinas, en que se asienta el imponente cerro, reposa tranquila la ciudad, 
como olvidada de sus recientes sobresaltos. Hállase el monte al sudoeste de 
la ondulada planicie de esa bella población, y su nombre es del mi.smo género 
que el de otros varios interesantes volcanes de nuestra tierra, pues si el torren- * 
te de agua que inundó, en 1541, la Ciudad Vieja, hizo llamar volcán de Agua 
al más lindo de los conos de la cadena Centro- Americana ; y al otro enfrentado 
pico se reservó el título de volcán de Fuego, porque, contrastando con la im- 
pasibilidad de su compañero, levanta ufano su penacho de humo, y de cuando 
en cuando da señales de su interior candescencia ; una razón análoga ha dado 



(1) Eugenio Dessaussay. 



— 137 — 

el poco poético, aunque muy significativo epíteto de Quemado, al terrible 
cerro, que en 1755 se consumió o se quemó, con espantosa violencia, perdién- 
dose la cúspide, hasta quedar decapitado el coloso y con los flancos ardidos, 
como si fuesen los restos de un incendio voraz y no el de una erupción ordina- 
ria. Por muchísimos años el gladiador soberbio exhibióse ahí con sus formas 
altaneras, hasta que el fuego de sus entrañas, en convulsión violenta, derribó 
su frente, ardiendo sus miembros inertes ya, y esparcidos en confusión horren- 
da, mientras que su vecino, el volcán de Santa María, conservaba una actitud 
reservada, quieta en la apariencia, e hipócritamente traidora. 

El Cerro Quemado tiene importancia especial, demostrada por distingui- 
dos geólogos, que han estudiado nuestro territorio, y vale bien la pena de que 
le dediquemos siquiera pocas líneas. El gran valle de Quezaltenango se le- 
vanta formando una serie de colinas, en unos puntos bruscamente, como en el 
Baúl, en otros, con una inclinación más lenta, como en la Pedrera, y en fin, 
insensiblemente hacia el estendido llano del Pinar, que a lo último, cuando pasa 
encajonado entre los dos volcanes, llega a la altura de estos contrafuertes. La 
masa, como se nota en la Pedrera, es de preciosa roca, empleada en la cons- 
trucción de los edificios de la ciudad. Esa piedra, de origen eruptivo, y aun de 
una posterior sobredestrucción, es una pasta feldespática, blanca, transparente, 
a las veces amarillosa, llena de cavidades que le dan aspecto de pómez, pero 
más dura y vitrificada, llena de anfíbolas negras, algunas no bien definidas, 
y todas caprichosamente salpicadas. Debe de haber sido roca porfírica, ma- 
leable por fuerte erupción y con modificaciones en su materia mineralógica, al 
mismo tiempo que llena de burbujas gaseosas, que le dieron la estructura 
celular, desigual cristalización, resistencia suficiente y aumento de volumen, 
que explica su ligereza. Vetas hay más cristalinas, con brillo original, como 
si hubiera sido una masa de vidrio que elevada a fuerte temperatura, se hubie- 
se enfriado repentinamente. Vense conglomeraciones de pómez, como solda- 
das por una materia fundida, a trozos más cristalinos, o que en su seno tienen 
ingeridas pequeñas masas harto vidriosas y lucientes. 

Aquellas ondulantes colinas son las que forman la base en que reposa el 
Cerro Quemado, y en ellas son dignas de notarse los hervideros que se descu- 
bren, sin más rastro de cráter o erupción volcánica. Están al paso, en la vere- 
da que conduce a la cima del cerro, en una garganta formada por la insensible 
altura de la Pradera, y otra, que es la propia base del volcán. Uno de los hervi- 
deros es caverna del mismo volcán, escavada como a cuatro metros de profun- 
didad, de cuyas paredes se desprende gran cantidad de vapor de agua con algo 
de gas carbónico y sulfuroso. El otro hervidero es mucho más singular, pues 
entre prominencias de la roca descubierta, se exhalan vapores de igual natura- 
leza, y aun se hacen pocitos de agua, de treinta grados de temperatura, cuando 
el ambiente apenas tiene unos seis grados. 

Refiere la tradición, que antes de ser decapitado el cerro, en 1785, cuando 



-138- 

se quemó todo el monte, tenía otra meseta sobrepuesta, coronada de espeso y 
hermoso bosque de encinos, cuyos restos todavía se descubren. Ya había 
habido otra erupción más antigua, que dejó algunas fumerolas- muy calientes 
en la cumbre, por lo que los indios le llamaban Xetuj, o sea debajo del horno. 
La parte sudeste siempre fué cortada, yendo a caer sobre el río Sámala. 

Pero en el año de 1813 llegó el momento de hacer una verdadera explosión, 
y las inclinadas líneas del monte, aparecieron convexas ; toda la masa se elevó 
con violencia, y hubo de abrirse cual granada, en muchas partes, arrojando 
del centro lluvia copiosa de piedras y después un rio de fuego. Los guijarros 
llegaron a grandísima distancia, en el llano del Pinar y en todo el occidente de 
la ciudad, que se extremecía al considerarse sepultada debajo de las grandes 
masas que volaban, como si fuesen arenas, o consumida por la candente lava, 
que comenzó a correr en dirección de la consternada Xelajú. Sacaron de la 
iglesia a la Virgen del Rosario, hubo rogativas con clamores piadosos y gritos 
acongojados ; la ciudad hizo voto de celebrar una solemne fiesta anual, como 
hasta el día de hoy se cumple, si lograba librarse de tan tremendo azote. Oyó 
el Cielo sus voces, pues las piedras que alcanzaron un radio mucho más lejano 
que la ciudad, no cayeron en su recinto, ni causó daño la lava, que a poco sus- 
pendió sus curso, y siguió por el rumbo de Almolonga, sin salir, sin embargo 
de las mesetas. Tal es la piadosa tradición ; pero parece lo cierto que el volcán 
estalló como una bomba, quedando con el espantoso aspecto de hundimiento 
y. ruina con que hoy se deja ver. Más imponentemente bello es, sin duda, 
cualquiera de esos otros volcanes que, como el de Agua, destacan su geométri- 
ca figura con regularidad portentosa ; pero el Cero Quemado ofrece mucho más 
interés, siendo los restos de horrible devastación. No hay en él regulares 
curvas, ni depósitos de íapilli, ni de erupciones cineriformes : es un cerro irre- 
gular, que presenta en sus humeantes ruinas, más que ningún otro de Centro- 
América, los estragos de la acción volcánica, sin rastro siquiera de un cráter 
adventicio sobre el primer hundimiento. 

Fuera de ésto, tiene otros rasgos distintivos, considerado como parte de 
una cadena de extensión larguísima. En la serie de conos montañosos de 
Guatemala, que es una verdadera especialidad geológica eruptiva como lo 
reconocen los sabios europeos y americanos, existe en cada grupo un sistema 
particular, formado de volcanes extinguidos, o tal vez de antiguos cráteres, al 
lado de otros en actividad. La dirección media es de E. 30". S. a O. 30? N., de 
modo que mientras más avanza a los departamentos de Los Altos, más se acer- 
ca, y llega a tocar la línea más elevada de la sierra principal, o cordillera de 
los Andes Guatemaltecos. De aquí proviene que los volcanes del valle de la 
Antigua Guatemala tengan forma tan esbelta, sus faldas bajen tan suavemente 
hacia el Sur, hasta perderse en un llano de trescientos metros sobre el nivel 
del mar, y hacia el Norte no se interrumpan sino en las mesetas interiores, de 
mil quinientíxs metros de elevación. Pero el vf^lcán de Santa María parece 




— 139 — 

encarnado en altísimos picos ; al Norte roto bruscamente, en las más elevadas 
mesas de la república, y al Sur, llegándose a confundir con los sinuosos contra- 
fuertes de la cadena de montañas. El Cerro Quemado, más que ningún otro, 
a pesar de ser muy superior al cono más alto del Pacaya, y tener una elevación 
absoluta como de tres mil cien metros, es apenas una eminencia de setecientos 
sesenta, relativamente al plano de Quezaltenango. Por esta razón los grupos 
volcánicos de Los Altos no pueden ser tan completamente definidos, como los 
de las regiones menos elevadas. Porque de una parte, el levantamiento debido 
a la acción volcánica, se concibe de suyo más regular en una superficie llana, 
o ligeramente inclinada ; mientras que en las inmensas masas pórfido-traquí- 
ticas de las cimas de la sierra es más fácil una ruptura violenta e informe, como 
en el Cerro Quemado. De otra parte, en las formas externas es más difícil su 
reconocimiento, pues entre tantos picachos más o menos sueltos y cónicos, al 
paso que el vulgo quiere ver en todos un volcán, los sabios se recelan de los 
más, y no llegan a afirmarlo, hasta tener noticia cierta de algún antigua o re- 
ciente erupción. ¿Quién hubiera dicho que el Santa María no era un volcán 
aislado, sino que había un grupo a su alrededor, y el Cerro Quemado era su 
parte principal? La masa de éste, aun en el interior, era la misma que la de las 
rocas en que está sentado ; en su forma, más que compañero del vecino, como 
extinguido, parecía un contrafuerte insignificante ; ni en sus alrededores se 
encontraban cenizas o lavas que pudiera él tribuirse como suyas. Tiene, sin 
embargo, en su situación, los distintivos de un sistema derivado, análogo a 
los demás de su especie en Guatemala ; aunque difiere de ellos en lo que mira 
a la actividad respectiva, de la cual hace pocos años que acaba de dar muestras 
harto lamentables. 

Los volcanes adventicios, o sea que están fuera de la línea principal o zona 
eruptiva, se hallan poco más o menos en dirección perpendicular a ella, esto es, 
en una línea O-S-O. a E. N. E., a la manera que en las grietas de la tierra sue- 
len abrirse muchas perpendiculares nuevas a través de la principal. Tan mar- 
cada es semejante derivación en Guatemala que suele conservarse aún en los 
conos terminales de un mismo volcán. Así, dejando otros muchos ejemplos, 
esta es la línea de los dos que se desprenden de la gran masa del volcán de 
Atitlán; bastante marcada se halla en los dos pequeños conos, en los cráteres 
y f umarolas del Pacaya ; y aún se reconocen en los cráteres del volcán de Fue- 
go los rastros de la actividad comprendida en un plano de la propia dirección. 
El Cerro Quemado está puntualmente en dicha línea perpendicular, ocupando 
casi con exactitud matemática el N. N. E. de la cúspide del Santa María, mien- 
tras que su masas se unen en la garganta o portillo, célebre por haber servido 
a don Pedro de Alvarado para entrar al llano del Pinar. Unidas aquí las fal- 
das, el cono del Santa María conserva algún espacio más su curvas líneas, y el 
otro cerro confundiéndose con las rocas de la Cordillera, casi violentamente 
hacia el Zimil ; siguen después igualmente aisladas por el río que se llama Sa- 



— I40 — 

mala, y hacen peligrosa y escarpada la cuesta de Santa María, y más lejos la 
bajada a los Pocitos, y el paso del puente de Sámala, opuesto al Patio de Bolas. 

Fijemos ahora la atención en el grupo entero, comprendido y definido por 
el curso de las aguas del que se va llamando río de OHntepeque, Zunil y Sá- 
mala. Así considerado, cierra casi por completo el gran valle, que viniendo 
de Totonicapán, ondula declinando de 2,500 a 2,350 metros de elevación sobre 
el nivel del mar ; le sirve de contrafuerte hacia el Sur, hasta dar en los llanos de 
la costa, hacia Cuyotenango y Rctalhuleu. Si la acción eruptiva hubiera ex- 
tendido algún tanto más su área, cuando elevó este grupo, habría con facilidad 
llegado a tocar con la cresta que va de Totonicapán a Zunil, y quién sabe si 
entonces no hubiéramos tenido un lago de la especie de los de Amatitlán y 
Atitlán, Un pequeño resquicio quedó libre para dar paso a las aguas 
que bajan en la dirección de Salcajá y a las del rio que pasa por Olintepeque, 
y aún las de este último se han visto obligadas a recorrer u narco muy forzado 
a efecto de encontrar salida. Ese mismo punto es a donde únicamente pueden 
confluir los torrentes que, durante la estación lluviosa, desciende de los plie- 
gues de los volcanes, de las cumbres del Chuipache y de las montañitas que 
miran a Quezaltenango. 

Los picos del Siete Orejas no son otros tantos volcancitos, como pudiera 
suponerse. Es admirable el orden de las fuentes termales, marcadamente 
alcalino-cloruradas, de especie análoga en su composición química a las que 
brotan en el Cubo, Medina y San Lorenzo, en terrenos volcánicos de la Anti- 
gua Guatemala y a las de San Miguel en la República de El Salvador. Ro- 
dean aquellas fuentes la maza del levantamiento, pues al Oriente y a lo largo 
del río Zunil están los famosos hervideros de este nombre, y hacia el mismo 
lado, un poco más al Norte, brotan las más famosas aguas termales de Almo- 
longa, con temperatura de 45" y 50? centígrados. Dando la vuelta por el Nor- 
te, están las llamadas vulgarmente Sanmcquená, nombre corrompido del ori- 
ginal indígena Tzak-meken-ha, agua blanca caliente, o sea agua tibia. Por 
ese mismo rumbo se hallan las de Batán, a cuyos calientes hervideros, desde 
antiquísima poca, iban los indios a labar sus lanas, por cierto bien tegidas. 
Completando el arco hacia el Oriente, se vendría a i)arar en las vertientes ter- 
males que nacen en las faldas de la cadenita del Siete Orejas". 

El volcán de Tajumulco se eleva a 2,860 metros sobre el nivel del mar. 
Tiene dos picos simétricos, el de la Concepción y el del Azufre. Este último es 
un verdadero cráter, que ha conservado las huellas de erupciones de otras 
épocas. Los indios hacen la pepena (recolección) de mucha cantidad de azu- 
fre, y ya han perecido varios de esos aborígenes que se aventuran a cavar en 
aquel deleznable conjunto de materias adventicias. Este volcán se encuentra 
apagado. Desde la cumbre se descubre al sudeste, una perspectiva de conos 
destrozados, de cerros rotos, de cordillera plutónica, qus forma complicadísimo 
laberinto y que revela una catástrofe apocalíptica. Las cimas de varios vol- 




— 141 — 

canes se perfilan atrevidas, siniestras, cual mementos de convulsiones horri- 
bles. Lo dantesco de ese panorama, por aquel rumbo, contrasta con las pers- 
pectivas que por los demás se perciben, de valles deliciosos, rios plateados y el 
mar lejano y extendido como una tira de cielo. Al Sudeste del Tajumulco 
vénse tétricos, enhiestos, amenazadores, los picos de Zunil, Santa María, los 
de Atitlán, y más lejos, casi confundidos con los celajes del horizonte, los vér- 
tices del grupo de volcanes de la Antigua Guatemala. 

Todo el territorio de la América Central ha sido teatro desde los tiempos 
jurásicos, de tremendas convulsiones, que han trastornado repetidas veces su 
configuración, ora hundiéndose a grandes abismos, ora surgiendo a considera- 
bles alturas sobre las aguas, al tiempo que sus sistemas de montañas se edifi- 
caban en transformaciones sucesivas, apenas terminadas, que justifican su 
gran sismicidad general (i). El sistema orográfico de Guatemala ha llamado 
la atención de los hombres de ciencia, y acaso dará la clave para resolver pro- 
blemas que, hasta hoy, apenas están planteados, ya que no hay duda de que los 
sismos de la Martinica y de otros muchos lejanos puntos, tienen relación con 
los fenómenos producidos en varios grupos de nuestros volcanes, así como las 
manchas del sol y los fluidos terrestres ejercen influencia directa en los terre- 
motos. La nutación del planeta, la declinatoria de su eje, contribuye a los 
cataclismos. 

"En la cordillera que se dirige hacia el Nordeste de la repúbHca de Gua- 
temala, se encuentran varios volcanes independientes de todo sistema y cuya 
dirección general es casi rectilínea. 

Este grupo de volcanes, son unos casi contiguos a la cadena principal ; y 
otros, forman cuerpo con la cordillera, pero ninguno de todos los de esa extensa 
línea, llama tanto la atención como el volcán de Ipala. 

Está situado al sur del pueblo del mismo nombre, a seis leguas de Chi- 
quimula, en una extensa llanura ; tiene la forma cónica regular, cuyo vértice 
truncado se eleva aisladamente en el plano del valle, en medio del cual ha 
surgido a 3,600 metros de altura sobre el nivel del mar. Todo su cráter se 
encuentra coronado por un lago de forma circular que mide tres millas de cir- 
cunferencia ; el agua de este pintoresco lago es cristalina y potable, y no con- 
tiene ninguna clase de peces. Hacia el rumbo O. tiene un desagüe natural, 
que los vecinos aprovechan para el riego de sus terrenos, y el cual han barre- 
nado para aumentar el derrame del lago. Este hermoso cono-volcánico está 
vestido desde sus faldas hasta su vértice de verdura y su posición aislada en 
medio del valle, sorprende, desde luego, al más indiferente viajero. 

Se puede emprender el ascenso de éste gran pico volcánico con toda como- 
didad, pues se llega montado a caballo hasta el cráter. Al estar en aquella 
inmensa altura ; lo primero que se admira es el lago enteramente circular, a 



(1) Cuarto Conerreso Científico Pan Americano. Ciencias Físicas. Volumen V. pájf. 198 año 1910. 



— 142 — 

tres varas de profundidad solamente del vértice. Dirigiendo la vista hacia el 
Sur se encuentra el pintoresco volcán de Monterico, y en la misma el volcán de 
Suchitán, y en línea recta. De N, N. E. a S. S. E. se divisan los volcanes de 
Culma y Amayo, del departamento de Jutiapa. Colocado uno sobre el cráter 
del volcán las brisas del lago refrescan la mente ; y la imaginación se dilata 
contemplando uno de los panoramas más sorprendentes de nuestro suelo. 

La profundidad del lago de Ipala, es difícil averiguarla ; personas conoce- 
doras del lugar informan que en la orilla de la playa, que apenas tiene dos 
metros de longitud, se introduce una cuerda de 600 varas y no se encuentra 
fondo. 

Este volcán en otra época hizo una fuerte erupción ; lo demuestra gran 
cantidad de lava volcánica que hay diseminada en la superficie de la llanura, 
pero no tenemos datos sobre la cronología de las erupciones, ni la tradición, ni 
el examen de los terrenos eruptivos dan indicios, y faltando éstos, no se puede 
establecer la antigüedad relativa de cada uno de nuestros volcanes. 

La única observación general que se puede hacer, es que todas las grandes 
erupciones han tenido lugar en una época contemporánea del alzamiento del 
valle. En efecto sus deyecciones, lavas o cenizas no presentan vestigios de 
vegetales quemados y cuando los ha'y, son yerbas y arbustos de menor tama- 
ño. Las capas eruptivas, en las cuales se encuentran trazas de vegetales, son 
muy raras y comprenden a los volcanes que estaban todavía en actividad hace 
tres siglos, o que despertaron después de esa época. 

Lo que llama más la atención respecto al volcán de Ipala, es su situación 
como queda dicho, en una planicie y a una altura sobre el nivel del mar con- 
siderable, y probado como está que el agua que contiene no es llovida, ni en 
ninguna de las estaciones se le nota diferencia de nivel. Aquí encontramos un 
campo vasto, abierto a la hipótesis y la discusión. 

Podría suceder muy bien que este lago fuese alimentada, pur todas las 
vertientes de las colinas más altas de la cordillera Occidental del Atlántico; y 
que estas aguas acumuladas en altura mayor, buscando un punto más bajo, 
hayan encontrado como recinto el volcán de Ipala para depositarse". 

Presúmese también que la época del aparecimiento de los volcanes fué 
la de la creación de la humanidad ; momento solemne en la serie incontable de 
los siglos. Cuando contemplo esas mejestuosas pirámides que se alzan sobre 
nuestro horizonte, me parece asistir a la arquitectura del suelo donde nací. 
Veo que por los tiempos del levantamiento de las montañas, apareció el hom- 
bre, que representa una nueva edad del universo, la luz del mundo en su medio 
día (i). Los volcanes, con llamas colosales y truenos de génesis, anunciaron 
la aparición de nuestra especie. Aquellas cumbres fueron los templos de la 
mente, templaque mentís, teniendo cada cual su oculta biografía. Mientras 



(1) La Creación, por Ed?ar Qulnet, tomo I. pátdna 



— 143 — 

más buscamos a la humanidad, más retrocede de nosotros. Los seres vivien- 
tes guardan una sola genealogía (i). Edad de hierro, de bronce, de piedra, 
más allá épocas geológicas : remotísimos umbrales tras de los que va la Eter- 
nidad, con huellas de lo infinito, reflejando la estela que sólo Dios puede dejar, 
y que apenas se vislumbra (2). 

La naturaleza toda se sonreía, con su más poética sonrisa, al aparecer el 
rey de la creación. Momento augusto de plenitud fué aquél, en que se meció 
la cuna de la humanidad. Hora de fiesta y regocijo, en que las flores y las 
aves saludaron al recién venido. El sol le envió el más vivificante de sus rayos 
y las estrellas hicieron que su sueño fuese dulce y reparador. El universo no 
es más que la unidad en la diversidad de los fenómenos ; la armonía entre to- 
das las cosas creadas, por un soplo de vida (3). 

¡ Harto diverso era el aspecto del mundo cuando no existía la humanidad ! 
En donde hay palacios, jardines y ciudades, eran bosques impenetrables, flores- 
tas salvajes, silenciosos ríos en solitarias riberas. En vez de la vida inteligen- 
te, prevalecía la exuberancia de la materia. Ni se cultivó la tierra, ni se estu- 
dió el cielo. No existía el amor, no hubo sonrisas, ni los rayos del sol ilumi- 
naron una lágrima. La generosidad, la benevolencia, la filantropía, no per- 
fumaban la vida. El mastodonte aplastaba las razas, el sivaterio rompía loa 
ramajes y el clyptodón iba arrastrando su pintada concha colosal, como hongo 
enorme de caprichosa figura. 

¡ Faltaba la resultante de todas las fuerzas terrestres, la inteligencia servi- 
da por órganos, el elemento del progreso, el rey de la creación, el hombre hecho 
a imagen y semejanza de Dios ! 

Empero, deseo no apartarme del objeto de esta monografía. Si los volca- 
nes fueron testigos del nacimiento del hombre, y si estos altos montes de 
nuestra patria, guardan memorias de sucesivas mudanzas, séame permitido 
evocar un recuerdo, por justicia y por deber, de un sabio que hizo profundos 
estudios de los volcanes ; quiero repetir, con veneración, el nombre ilustre de 
Miguel Larreynaga, que escribió un libro científico, erudito, con nuevas teo- 
rías, que sí hoy la ciencia ha venido esclareciendo, es porque todo en el mundo 
obedece a la ley del progreso. La "Memoria sobre el fuego de los volcanes," 
de aquel ilustre centro-americano, revela estudio profundo en ciencias físicas, 
y da a conocer la perspicacia y el talento de aquel hombre célebre en los anales 
de la patria. En ese libro dice : "que el volcán de Quezaltenango, aunque 
despreciable en su figura y tamaño, oculta muy malas intenciones," profecía 
que desgraciadamente salió cierta, como resultaron verdaderas, en lo político, 
las que hace más de ochenta años, hicieron el mismo Larreynaga e Irisarri. 



(1) Haekel. Historia de la Creación, pág-ina 231. 

(2) La creation de l'homme. Flammarion. pág-ina 822.— Merveilles de la Nature, de Brehm. 
Creation de Thomme et les premieres ages de l'humanité, por M. de Cleuzlou. 

(3) Federico de Hellwald. La Tierra y el Hombre, p-ifrina 141. tomo I. 



— 144 — 

Desde los tiempos de Platón se quiso inquirir cuál sería la causa del fuego 
de los volcanes, y entre las teorías varias y muy modernas, pocas son las que 
hayan presentado en su tiempo, la claridad y sencillez de la que formuló el 
sabio centro-americano don Miguel Larreynaga, quien encontró eco favorable 
en Europa, bien que posteriormente, los adelantos hechos sobre fluidos terres- 
tres y cosmogonía en general, han quitado la novedad, el brillo y hasta el 
aspecto de certidumbre que pudo tener en el siglo pasado la teoría de aquel 
hombre de letras, que tanto apreciaba su libro, sobre el fuego volcánico, que 
mandó poner un ejemplar en caja de plomo, para guardarlo en su féretro, al 
lado de sus cenizas. ¡ Bien haya la memoria del eruditísimo literato que hizo 
grabar en su sepulcro, aquellos versos latinos: 

"Nasccntcs morimur, finisquc ab origine pendct, 
Ipsaque vita sua semina mortis habet". 

No hay en el mundo, en ninguna región, un baluarte de volcanes tan ex- 
tenso, tan regular y tan vigoroso, como el que se ostenta, a las orillas del Pací- 
fico, en la costa de Guatemala ; y aquí es donde mejor se demuestra la teoría 
de que la vulcanicidad, o sea la reacción de un planeta contra su corteza, no es 
un fenómeno aislado, como antes se creía, sino que obedece a la geognosia 
general, que produce el efecto de formar rocas nuevas modificando las existen- 
tes. La ciencia moderna explica, al mismo tiempo, la formación de nuestro 
hemisferio, la sumersión espantosa de la Atlántida, y el crecimiento de esos 
altos picos, que, como testigos mudos de nuestra historia, ven hundirse las 
generaciones que sucumben, para dar paso a las generaciones que nacen. 
Cada conmoción de esas cadenas de montañas, cuya antigüedad relativa pode- 
mos determinar, forma una época en la serie de acontecimientos geológicos de 
nuestra tierra, maravillosa, por cierto, como dice Bancroft, desde cualquier 
punto de vista que se la considere. Es el sol el centro de donde dependen los 
fenómenos terrestres y la vida de nuestro planeta. Si por doquiera que los 
rayos del astro rey hacen abrirse un botón o brotar un capullo, hay para el 
alma sentimientos de simpática ternura, aquí, en donde la vida tropical presta 
colores y armonías a cuanto nos rodea, tenemos ante nuestros ojos el espec- 
táculo más sublime. 

Los conocimientos astronómicos comenzaron, pocos años hace, a vulga- 
rizarse y a tener aplicaciones prácticas en todas las esferas : se creía accidenta- 
les los fenómenos de nuestro planeta, se consignaba la experiencia, se anotaba 
el hecho, sin fijarse en las causas y sin presumir que todo lo extraordinario 
que contemplamos, desde las mareas descendientes del mar Rojo que tanto 
admiraron los antiguos, como las erupciones de los volcanes, están sujetas en 
general a reglas matemáticas dictadas por el movimiento de la tierra y por el 
influjo y atracción de los demás astros. Sabido es que la tierra además de su 



— US — 

|i>doble movimiento* de rotación y traslación, oscila sobre su eje, inclinándose 
algo más o menos hacia el plano de la elíptica : este tercer movimiento se llama 
de nutación y se produce por la atracción inmediata del sol y de la luna, com- 
pletándose en el espacio de diez y nueve años menos algunos meses : el camino 
que la tierra recorre o más bien la elíptica se inclina cuarenta y cinco segundos 
cada siglo hasta dos grados y cuarenta minutos que es la inclinación máxima, 
volviendo progresivamente a su primitiva altura en que corta al Ecuador en 

Í' un ángulo de 23?, 27', 56" 12'" : en veinte mil años realiza ese movimiento hasta 
ocupar exactamente el mismo plano : sin contar otras oscilaciones y sacudidas, 
esos dos movimientos dan por resultado cambios interiores en las capas terres- 
tres y en el fuego central: siendo el movimiento causado por la nutación del 
eje de la tierra, más pronunciado, y realizándose con más brevedad, se distin- 
guen inmediatamente sus efectos llegándose a hacer aplicaciones a la agricul- 
tura aun por personas poco peritas en conocimientos astronómicos. Próxi- 
mamente cada diez y nueve años, la tierra se encuentra en las mismas condi- 
ciones y si conviniera averiguar con exactitud nuestra posición, bastaría estu- 
diar cuál era la del plano de la elíptica respecto al año que comparamos, pero 
siendo tan tenue y prescindiendo de su importancia e influjo, hallaremos pró- 
ximamente igualdad de diez y nueve años, en que el eje habrá vuelto a la misma 
inclinación ; de aquí que sea tan fácíL deducir cosas que a primera vista parecen 
imposibles de preveer. Los agricultores más instruidos aprovechan las expe- 
riencias para dirigirse en sus faenas. 

Se ha observado que las más grandes erupciones de los volcanes, tienen 
lugar en la alternativa indicada, o sea cada diez y nueve años con leves dife- 
rencias de tiempo. La. teoría del fuego central, está admitida como hipótesis 
comprobada por los volcanes ; los volcanes son válvulas de seguridad. La 
corteza de la tierra se halla colocada entre dos capas fluidas ; la exterior, el 
aire atmosférico ; la interior, la zona incandescente o pirosfera. Ésta envuelve 
el fuego central teniendo comprimidas las vibraciones luminosas y caloríferas 
que existen como principio de elasticidad absoluta (i). En la pirosfera se 
mantienen en actividad las vibraciones, formando el estado normal de movili- 
dad de las moléculas de esta zona sobre la cual descansa la cubierta sólida, 
cuyo espesor aumenta constantemente por la condensación de la pirosfera, que 
se dilata en proporción, reemplazando las capas fluidas que se solidifican. El 
movimiento de rotación de la tierra produce un choque continuo de la zona 
incandescente contra las cap^s interiores de la tierra, plegándose y arrugán- 
dose las capas recientemente solidificadas, y en vía de solidificación. La piros- 
fera retardar su movimiento en relación al fuego núcleo central, lo cual da por 
resultado corrientes del Ecuador a los polos y de los polos al Ecuador. En 
estos choques y corrientes se pueden abrir hendiduras en la corteza de la tie- 



( 1 ) A la teoría del fue^o central se hacen objeciones que pueden verse en la obra de Elíseo Uoohls 
NUESTRO PLANETA." pásrina 25. 



— 146 — 

rra por donde se marche el líquido ígneo interior ; el movimiento retrógrado del 
núcleo central se modifica por las perturbaciones del exterior o por la nutación 
del eje de la tierra, por la mayor o menor inclinación de la elíptica y otras que 
determinan sacudidas interiores más violentas que de ordinario en que se dis- 
locan y rompen fácilmente las cubiertas, sobre todo, en las partes donde están 
resentidas por erupciones anteriores. Entonces el fluido ígneo atravesando 
la capa terrestre, según su cantidad y por consiguiente su fuerza, levanta 
montañas y puede empujar los mares hacia las llanuras cambiando la geografía 
del planeta. Es una hipótesis bastante racional, que el Continente americano 
se formó a consecuencia de una de estas convulsiones interiores, debida a un 
influjo más poderoso que la nutación del eje terrestre, quizás a la inclinación 
extrema de la elíptica en coincidencia con el movimiento de nutación. El ex- 
tenderse los Andes en todo el Continente, su formación volcánica y las pro- 
piedades uniformes de toda la cordillera, dan motivo a suponer que también es 
obra de un solo accidente: todas las grandes montañas del globo han nacido 
de igual manera, según opinión unánime de los geólogos. Los mares se ven 
continuamente asaltados por el fuego: en el archipiélago oceánico existen en 
la actualidad muchas islas más que hace cien años. Aunque a primera vista 
parezcan que sean más antiguos los terrenos en que casi han desparecido o 
desaparecieron completamente los volcanes, los geólogos con mucha copia de 
datos y por el examen de las capas de tierra aeguran que el suelo de América 
es más antiguo que casi todo el antiguo Continente, no obstante su naturaleza 
volcánica y las muchas bocas de fuego que permanecen abiertas. Entre las 
bellas hipótesis que hemos leído acerca del porvenir inmediato de la tierra, no 
hay ninguna que nos dé idea del aumento de los continentes en relación al 
aumento de población. Es indudable que existirá una armonía superior entre 
todas las cosas aunque el progreso de los acontecimientos actuales no alcance 
a vislumbrarla. Se nota, aun en los tiempos históricos, alguna variedad en la 
altura de los mares. En las del Pacífico al Sur de América, en algunos puntos 
la costa se va retirando en más proporción que la entrada en el Norte de Euro- 
pa, sin que este fenómeno corresponda al natural descenso de las aguas por 
consolidación y evaporación. En los grandes descubrimientos que los ingleses 
y alemanes hacen de las antigüedades orientales, se encuentran ya bastantes 
datos que nos dan a conocer que no pasaron ignorados en a(|uellos remotos 
pueblos ciertos accidentes que creemos estudiarlos por primera vez. No falta 
quien asegura que la deificación al fuego o al agua, en todos los países primiti- 
vos para la historia, emanaba, del conocimiento de esa lucha del fuego con el 
agua, a los cuales respectivamente se atribuía el principio del mundo, según 
que las ideas filosóficas se dirigieran a lo metafísico o a lo material. 

"Ya que hemos hablado de eminencias, por contraposición vamos a hablar 
de profundidades. 



— 147 — 

Son muy apreciadas las ascenciones a las montañas y a los volcanes ; los 
relatos referentes a ellas se leen con el mayor interés y los viajeros curiosos, 
los amantes de la naturaleza cifran su mayor gloria en la ascención al pico de 
Tenerife; al Chimliorazo o al Cotopaxi ; pero no sucede otro tanto con los 
descensos, pues nadie hace mérito de las exploraciones de los barrancos : es que 
descender o bajar significa también mengua; subir, ascender es medrar, en- 
cumbrarse, así es que la persona que ha hecho alguna ascención en su vida, 
experimenta cierto orgullo, y hasta ahora nadie se ha enorgullecido por haber 
bajado a un barranco, por más profundo que sea. Sin embargo, la exploración 
de esas grandes grietas o quebradas que son tan numerosas cerca de las cor- 
dilleras y que abundan en Centro-América, es de gran interés científico y no 
ofrece menos peligros para el naturalista que la ascención a los volcanes. Los 
barrancos presentan al geólogo y al botánico, numerosos materiales de estudio 
y les reservan muchos descubrimientos, muchas sorpresas. Es considerable 
la superficie de terreno inculto, improductivo, representado por esas hondo- 
nadas que causan vértigo cuando se miran de cerca. Muchas veces, con algún 
trabajo y con inteligencia, una parte de ese terreno pudiera ser aprovechado 
para la agricultura ; varios barrancos pueden considerarse como precipicios de 
valles, algunos están agrandándose cada día más a nuestra vista, como los de 
Patzún. Su origen geológico es análogo al de los valles ; unos se han formado 
por hundimientos, otros por desgarramiento, separación brusca o erosión. 
Los primeros, son debidos a los temblores de tierra, a grandes oscilaciones que 
han movido el suelo. Los barrancos de desgarramiento han nacido de la repen- 
tina rotura de dos o más capas de terrenos producida por un terremoto, como 
el barranco en el fondo del cual existe Chinautla. Las capas se corresponden, 
y se siguen los dos paredones separados, como es fácil observarlo en el antigvio 
camino de ese pueblo, tan luego como se deja la llanura para empezar la ba- 
jada. Los barrancos de separación pueden ser formados por la pérdida o ale- 
jamiento de una capa de terreno que estaba antes sobrepuesta en otras capas. 
Las aguas torrenciales o diluvianas han producido este fenómeno. Los ba- 
rrancos de erosión presentan este último fenómeno de un modo claro; sacan 
su origen del efecto destructivo de las aguas, que han descubierto las capas 
inferiores del suelo llevándose las capas superiores. Tal es probablemente el 
origen del callejón de Guastatoya, en el camino del Golfo. Los callejones, son 
barrancos por donde pasa el camino en las regiones montañosas y muy que- 
bradas, como se dice vulgarmente. En la Baja Verapaz, entre San Cristóbal 
y Salamá, se penetra en un desfiladero muy pintoresco, llamado Camino de la 
Campana, donde se observa perfectamente la separación de los cerros que ha 
dado lugar a su formación. 

En los barrancos que existen al rededor de Guatemala hemos encontrado 
un número de plantas de clima mucho más caliente que el de la capital ; si- 
guiendo el riachuelo de la Barranca (por el Incienso), hemos llegado a los 



— 148 — 

baños del Zapote, salvando con mucho trabajo saltos elevadísimos y encon- 
trando una multitud de plantas análogas a las de la costa. Hemos visto pun- 
tos aparentes para el cultivo de pinas y flores de invernadero. Hay cerca de 
Guatemala, barrancos que se pueden aprovechar como invernaderos para el 
cultivo de legumbres y frutas. El examen de las rocas presenta gran interés. 
Ahí se encuentran muchas de esas viñas silvestres que demuestran producirse 
muy bien en esos lugares las viñas ingeridas. 

La profundidad de ciertos barrancos es un gran obstáculo para el descenso 
y es preciso buscar guías o prácticos inteligentes para emprenderlo. 

Cuando un barranco se halla al borde de un camino angosto, no deja de 
ser un peligro para el que va montado. Hace algunos años, un oficial del 
ejército, Mariano Montealegre, se escapó milagrosamente de un terrible acci- 
dente que debió haberle costado la vida. Iba caminando por el departamento 
del Quiche, montado en una buena muía, pero espantadiza. Se encontraba 
en un camino estrecho a la orilla de un barranco de más de 150 metros de pro- 
fundidad, cuando de repente salió del monte un indio dando voces. La muía 
asustada dio un brinco hacia el barranco llevándose al jinete en su vertiginosa 
caída. Por una fortuna sin igual, Montealegre pudo asirse de una pequeña 
encina que había crecido en una de las hendiduras del paredón y pudo agarrar- 
se sólidamente mientras el pobre animal rodó hasta el fondo del precipicio. 
A las seis horas, cuando nuestro oficial no contaba con ningún medio de sal- 
vación e iba perdiendo las fuerzas, llegaron unos doce indígenas a quienes el 
indio primero había contado el terrible percance del cual era la involuntaria 
causa. Por medio de fuertes lazos, después de mil dificultades, pudieron sacar 
a Montealegre de su crítica posición y lo llevaron cargado hacia un caserío, 
donde le prodigaron toda clase de cuidados. Esto nos decía después Monte- 
alegre, se llama salir del barranco. Por fortuna, se cuentan pocos accidentes 
análogos a pesar del gran número de precipicios que existen a la orilla de los 
caminos de herradura y de carruajes. 

Ya que hemos hecho mención del "Camino de la Campana," vamos a refe- 
rir una conseja tradicional de la Verapaz, y de la que trae su nombre dicho 
camino. "El Cacique de Chamelco, bautizado por el Padre Las Casas, con el 
nombre de Juan, hizo un viaje a la Península Española a conocer al rey, que a 
la sazón lo era Carlos V de Alemania y I de España. Este monarca después 
de haberle concedido a Juan Matalbach el tratamiento de don, le regaló dos 
campanas grandes y sonoras, para su pueblo, las cuales fueron conducidas de 
una manera milagrosa, para Chamelco, en donde debían estar el Viernes Santo 
en la noche, para que los repiques de la gloria, el -día siguiente, pudieran darse 
con ella. Ya sea que los espíritus celestes que llevaban a cabo la empresa, 
fueran contrariados por los malignos, o que se entretuvieran en conmemorar el 
cruento drama del Gólgota, el hecho es que el viernes santo las campanas 
estaban todavía a siete leguas de Chamelco. En tan grande apuro, dejaron 



- 149 - 

una de ellas y caminaron con la otra, que es la misma que hasta Cobán y más 
lejos hace oír su sonora voz. 

La campana que no pudo llegar a su destino, está colgada según leyenda, 
en una cueva que el viajero ve desde la margen del caudaloso río de "Chisiy," 
como a cien metros o más de altura, en el centro de una inmensa peña cortada 
a tajo, i Cuál se sobrecoje el alma del caminante al contemplar esa tremenda 
mole: parece que se desploma y que uno queda sepultado bajo de ella! 

Todos los años el viernes santo, a las tres de la tarde, diz que suena la 

campana con lúgubre tañido Y no faltan medrosos indios que además 

aseguran muy formales que por las noches ven aparecer al Cacique don Juan, 
por aquellas soledades". 

Siguiendo la narración de la orografía Centro-Americana, vamos a tratar 
de lo concerniente al suelo de la República de El Salvador, interesante por 
todo extremo. 

Uno de los trabajos más curiosos del movimiento étnico, que ha trans- 
formado la superficie del istmo, son los Ausoles de Aguachapán, respiraderos 
magníficos, dignos de estudio muy detenido; los nacimientos volcánicos en 
Ilop^ngo, semejantes a un pebetero colosal que sale de la superficie de las 
ondas de aquella hermosísima laguna ; el volcán de Santa Ana, de 6,600 pies 
de altura, activísima ampolla terrestre, que en el año 1770, comenzó a levan- 
tarse, y que después ha hecho cundir el miedo por aquellas ciudades y alque- ■ 
rías; el volcán de San Vicente, con el valle a sus pies de Jiboa o Tepetitán, 
pintoresco como pocos y bello sin igual ; el volcán de San Miguel y el de Con- 
chagua, forman también aquel regimiento de gigantes desoladores, que a las 
veces han causado muchos daños a los habitantes de esas fértiles comarcas. 

El primero de quien se tiene noticia de haber bajado a la laguna que forma 
el cráter del volcán de San Salvador (i) fué el comerciante don Marcos Idí- 
goras, el domingo 23 de marzo de 1843, y escribió una curiosa descripción, 
nada científica, pero muy natural y verídica, de aquel hermoso espectáculo, que 
pudo contemplar después de muchos peligros. La ascención al volcán de San 
Salvador, puede leerse en "La Revista de la Sociedad Económica," de 14 de 
enero de 1847, tomo 1°, N- 7. El barón Bülow dice que aquel espectáculo es 
tan imponente y único, que el contemplarlo vale la pena del viaje a Centro- 
América. Ya Palacios, en su Relación a Felipe II, habla de esa maravilla. El 
doctor don David J. Guzmán escribió lo que sigue: "Las rocas porosas y 
duras, según las investigaciones minuciosas de Mr. Plat, de formación feldes- 
pática, con cristales de mica y fragmentos piroxémicos variados, han surgido 
por una grieta inmensa de dirección paralela a la costa del Pacífico, levantando 
las formaciones anteriores y constituyendo esa especie de grandiosa columna 
vertebral sobre la que se apoyan nuestras costas y la innumerable serie de coli- 



(1) Dice Squier que el Vessuvio, desde su Vjase, puede caber fácilmente dentro del cráter del volcán 
de San Salvador. 



— 150 — 

ñas, montes, vallados y altiplanicies que forman el interior de la zona salva- 
doreña. La orientación de esa barrera volcánica, que en gran parte es la 
misma de Centro-América, es : E. 20". S. 20? N. y su estructura mineralógica 
es igual en todas partes, siendo a veces anterior o posterior a la erupción 
traquítica. La más importante por sus aplicaciones, es la roca caliza, que con 
frecuencia se encuentra en diversos puntos del país, como en Metapán, Sen- 
suntepeque, Chalatenango, Cuscatlán y muy abundante en los alrededores de 
San Salvador, Esta cíase de roca se halla transformada a veces, en mármol, 
más o menos duro, cristalizado, como el mármol sacarino de Chalatenango ; 
otras veces, combinada con la magnesia, bajo la forma llamada dofomitisada. 
En otros lugares el calizo se encuentra revestido de sus caracteres primitivos 
de roca de sedimentos y suele contener fósiles que permiten establecer la edad 
relativa de la formación. Por lo general, no aparece fuera de la línea de los 
volcanes que lo han despedazado y cubierto con sus deyecciones, bajo las cua- 
les es seguro encontrar capas calizas cubiertas por lavas volcánicas y terrenos 
de transformación. 

Es frecuente encontrar también, con el traquito, los esquistos o mica-es- 
quistos de estructura laminar, que se observan en esas elevadas rocas, talladas 
a pico, tan frecuentes en los sistemas secundarios que se separan jle la cadena 
volcánica. El pórfido colorado, de pasta vítrea-feldespática, con cristales de 

Icuarzo, se ve a menudo al lado del traquito, coin<> <nr.í!e en San Atit<>nii> Apa- 

'neca, en el volcán de San Salvador. 

Hace años que el célebre barón de Humbt)i(it m/o las mismas onscrvaciu- 
nes en Colombia, Perú y México, y llamó a estos pórfidos metalúrgicos, porque 
siempre acompañan a las vetas de plata, plomo y antimonio. 

En muchos lugares, los terrenos que cubren las primeras capas, son los 
humíferos, colocados encima de otras capas de lavas volcánicas y cenizas mez- 
cladas con piedra pómez, cascajo y puzolana, que forman mantos más o menos 
espesos, como sucede en los terrenos sobre los que están construidas las ciuda- 
des de San Vicente, San Salvador, Santa Tecla, Chalchuapa, Santa Ana, Que- 
zaltepeque y otros lugares, y en Santa Ana y Chalchuapa todavía se observan 
grandes aglomeraciones de lava a flor de tierra, en diversos puntos, probable- 
mente lanzados por el Amatepeque. Estos terrenos humíferos, mezclados a 
las cenizas y escorias volcánicas, son las que forman esas fértiles zonas de las 
llanuras de San Vicente, Zacatecoluca, üsulután, Santiago María (altiplani- 
cies) faldas del volcán de San Salvador, del lado de Quezaltepeque, donde 
están ubicadas valiosas fincas de café ; y sobre todo» esa fértil y extensa faja 
que abraza toda la cordillera de Santa Ana hasta sus confines con el departa- 
mento de Ahuachapán. El origen y fertilidad de estos terrenos, procede, pues, 
de la descomposición de esas rocas eruptivas a través de larguísimos períodos 
de acciones químicas constantes que se ejercen por las fuerzas naturales en 
acción perenne. Por una parte, la acción de la temperatura y del agua se une- 



^fer-^rcr 




151 — 



a la acción de la atmósfera y de la vegetación, transformándose incesante- 
mente, para activar la metamorfosis aluvial, que es la que da a los terrenos esa 
feracidad tan grande, característica de todas las zonas del trópico. 

Las capas gipsosas son más abundantes en los departamentos de San 
Salvador,- Chalatenango, Cabanas, San Vicente, San Miguel, Cuscatlán y Santa 
Ana. Existen cerca de Metapán abundantes minas de cal, yeso y cuarzo, y 
en varios puntos de la república, como Ilobasco y San Juan Lempa, depósitos 
considerables de lignitas. 

Según Fernández, las rocas predominantes en la constitución de los te- 
rrenos de El Salvador serían las siguientes : el granito, los pórfidos, principal- 
mente el tablar, la esquista y la pizarra arcillosa, las rocas silíceas, (pedernal, 
l)iedra chispa) el asperón o arenusca (talpetate) de consistencia en general 
blanda y de colores variados, los calcáreos, carbonatos y sulfatos ; y más que 
todas las otras, las rocas traquíticas, basálticas y de lavas, encontrándose las 
dos primeras especies casi exclusivamente en las inmediaciones de los volcanes 
apagados, desde tiempo inmemorial, y las últimas cerca de los que están en 
actividad o que hace poco han entrado en receso. Otras rocas presentan for- 
maciones de feldespato, magnesia, hierro, hierro magnético, plomo, plata y 
otros compuestos metálicos no definidos. Podemos, pues, establecer, en tesis 
general, que los basaltos son el prototipo de los terrenos de El Salvador, y han 
debido constituirse en un período de larga duración. Según el geólogo ame- 
ricano, Mr. Dutton, no hay referencia entre lo que duran las rocas eruptivas y 
su composición y estructura. 

La cadena volcánica de El Salvador comienza al Sudoeste de Guatemala 
y va morir en un volcán ya extinguido o de cuya erupción no se conserva 
memoria, el volcán de Conchagua. Aquella cadena comprende los picos 
siguientes : 




— 152 — 

Esa admirable combinación de volcanes imprime carácter especial a la 
topografía de El Salvador, cuya parte más elevada es la que da al golfo de 
Fonseca y se corta en tremendos acantilados de rojizo aspecto y a las veces 
de humeante calor, que contrasta» suavemente, con el verde monótono del golfo. 
Entre Acajutla y la Libertad se encuentra la rica Costa del Bálsamo, llamada 
así por el Myros permun, que en maravillosa abundancia, se ostenta exuberan- 
te, rompiendo la monotonía de una tira extensísima, arenosa y tostada que 
baten con furia las olas del Pacífico. 

Las montañas de El Salvador vienen a formar la rama meridional de una 
bifurcación que desde Guatemala se acentúa, hasta formar su mayor apertura 
a esa latitud. Los orígenes ígneos del suelo se muestran por todas partes en 
estratos de arcillas ferruginosas y sulfurantes, dejando inmunes ricos valles, 
repletos de residuos orgánicos, cenizas en descomposición y materias que for- 
man una vegetación lujuriosa. 

Brotan muchas fuentes termales sobre conos pequeños, que parecen re- 
medo microscópico de los altos picos que llegan casi a 2,000 metros, y que son 
masas de pórfidos revestidos de arcillas. El P. Gage llamaba "Bocas del In- 
fierno" a la región del Izalco, en que son incontables las fumarolas y ausoles 
humeantes. La grieta diabólica va de Aguachapán hacia el N. E. profusa en 
charcas de apestoso cieno, removido por el furor de orgánicos gases. 

Aún se nota, a primera vista, que la antigua Cuscatlán, como los indígenas 
llamaban a aquella región, sufrió cataclismos horrorosos. Hasta el día se ven 
fenómenos ígneos terribles y ante el espectador se va elevando el volcán de 
entre las aguas de un lago, y acuden los sabios a contemplar fenómenos, fre- 
cuentes en épocas muy remotas y cuyos restos ahí quedan para atestiguar lo 
que sufrió el istmo centro-americano en arcaicos días de ciclópeos desastres. 

"El Lempa es el río principal de la república de El Salvador, nace en Gua- 
temala, riega parte de Honduras y penetra al Noroeste de Chalatenango. Es 
un río unionista, que vive enseñando cómo el hilo material de las aguas salva 
las fronteras, para que en su ejemplo se aprenda qué fácil le sería al hilo divino 
de la fraternidad, sobreponerse a los accidentes de la política rcírioiial v en- 
sanchar la geografía física y experimental de los pueblos. 

"Cuando como ahora nos engolfamos en el estudio de las giaii(R/.íi>. de 
todo género que encierra la privilegiada región central de nuestro Continente, 
no podemos evitar que tan deleitosa tarea deje en el ánimo una nota melancó- 
lica, que no es de desaliento, pero si de pena, al pensar que más sabia es la 
naturaleza que prudente el hombre, y que allí, puso la creación perfectamente 
delineada, maravillosamente combinados sus diversos elementos de existencia, 
admirablemente asentados sus territorios entre dos océanos, dándose las ma- 
nos con los otros dos trozos de la América, la planta geográfica de una entidad 
política, y que aun corren los días y aun corren los años, sin que los hijos de 



— 153 — 

esta reg-ión hermosa se resuelvan a poner en práctica lo que el destino les está 
dictando para su futuro engrandecimiento y equilibrio del Continente." 

"El Polochic es uno de los más caudalosos ríos, entre los que zurean nues- 
tro suelo, y tal vez el más importante de todos por ser navegable en una gran 
extensión de su trayecto, y por estar colocado entre la Alta y Baja Verapaz, 
que tienen un suelo tan fértil y tan rico en producciones agrícolas, para cuya 
exportación ofrece el río cómodo y fácil camino; estas ventajas dan al Polochic 
una importancia suma. 

Nace ese caudaloso río en las alturas de Tactic, bonita población como de 
2,000 habitantes, en su mayor parte indígenas, situada en la jurisdicción de la 
Alta Verapaz. No es en su origen sino una humilde quebrada, seca durante 
los calores de la primavera, y que ni está marcada en los mapas de la Repú- 
blica, los cuales hacen nacer este río en las inmediaciones de Tamahú, lugar a 
donde llega después de atravesar una garganta de algunas leguas, entre las 
cercanías de Rancha y de Chance, por un cauce desigual y pedregoso y un 
clima bastante frío. 

De Tamahú en adelante tiene un caudal de aguas mayor e invariable en 
todas las estaciones ; su lecho es siempre pedregoso y bastante inclinado ; sus 
márgenes están cubiertas de una vegetación escasa, compuesta en su mayor 
parte de arbustos y algunos encinos; su curso, aunque es demasiado tortuoso, 
sigue una dirección de Poniente a Oriente, hasta el lugar llamado Tucurú, 
población de indígenas, como de 800 habitantes, situada a cinco leguas de 
Tamahú. En las inmediaciones de esta población recibe las aguas del río de 
Tucurú, tributario suyo, y cambia de dirección hacia el Norte por entre espe- 
sos y dilatados cañales, que sin más trabajo que quemarlos en la estación opor- 
tuna, se convertirían en magníficos pastos ; continúa con dirección hacia el 
Norte hasta recibir un segundo tributario que se le agrega en los alrededores 
de la ranchería llamada Chamequín, donde recobra su dirección primitiva de 
Oeste a Este, y se desliza al pie de una serranía, por entre juncos y cañas, 
alternando con pequeñas arboledas cubiertas de magníficos parásitos, pasando 
por las rancherías de la Hamaca, Matacní y la Tinta. — Este caserío, antiguo 
ingenio de añil, está hoy convertido en población por los indígenas de Alta 
Verapaz, que huyendo del trabajo y malos tratamientos a que los sujetan los 
agricultores, han abandonado sus hogares. En las orillas de esta población 
se une al río Sinajá, y sus aguas, aumentadas con él, corren por un cauce poco 
pedregoso y orlado por una vegetación más rica y frondosa entre la que co- 
mienzan a notarse algunas pequeñas palmeras, y que va presentándose más 
rica y variada a medida que se acerca a su embocadura. 

Cuatro leguas más abajo de la Tinta se encuentra Telemán, población de 
indígenas anterior a la conquista ; allí las aguas del Polochic, en aumento pro- 
gresivo a causa de recibir los ríos de Pueblo Viejo y Tinajas, son ya navega- 
bles para pequeñas embarcaciones durante la estación lluviosa ; pero, aunque 



— 154 — 

el cauce arenoso y la suave corriente favorecen la navegación, los muchos ba- 
jíos que hacen varar las canoas dificultan el tránsito, por lo que se ha abando- 
nado la navegación de esta parte del río, y sólo desde Panzós, pueden circular 
sin dificultades las lanchas que sirven para recorrerlo. 

Panzós, considerado como puerto interior, es una aldea como de 1,500 a 
2,000 habitantes, que primitivamente eran indígenas en su totalidad ; pero que 
por su actual importancia se ha atraído la inmigración de los puebos de Vera- 
paz, Chiquimula, Jalapa y poblaciones fronterizas de la República de Hondu- 
ras. De manera que los actuales pobladores son en su mayor parte ladinos, 
que por sus distintas procedencias le imprimen un carácter especial, lo que 
unido a la inmediación del río en cuyas márgenes se encuentran siempre vara- 
das numerosas canoas y aún algunas pequeñas barcas y lanchas, le da el 
aspecto de un pequeño puerto. 

Panzós está situado a unas 100 varas de la orilla del río; sus dos o tres 
calles son rectas y están formadas por bonitas casas cubiertas de hojas de 
palmera y algunas de teja. Hay en el puerto dos casas de consignación que 
se encargan de exportar el café de la Alta Verapaz y de la introducción de las 
mercaderías que necesita el mismo Departamento. 

Desde Panzós hasta las bocas del Polochic, en una extensión de más de 
veinte leguas, el río es navegable en todas las estaciones por su suave corriente, 
por la profundidad de sus aguas y su arenoso lecho ; su cauce es parejo y corre 
por entre anchas y fértiles vegas, por donde se extienden sus aguas crecidas 
oor las abundantes lluvias de verano; de manera que su corriente, bastante 
^uave, se encuentra muy poco aumentada aun durante los más recios tempora- 
les. La navegación se hace en canoas de una sola pieza y que fabrican los 
habitantes del lugar ahuecando el tronco de un cedro o de algún otro árbol de 
madera elástica y de poco peso. Estas canoas, bastante largas y angostas, 
tienen el fondo enteramente plano, lo que, si favorece su marcha por los bajíos, 
las hace muy lentas, especialmente si se trata de remontar corrientes, a la que 
presentan una superficie plana, nada a propósito para cortar las aguas ; y por 
tanto, aunque bajan bien el río ayudadas por la corriente, son muy impropias 
para subirle : estas imperfectas canoas están provistas de pequeños remos de 
un metro de largo, bastante angostos y que no se apoyan en la orilla de la 
canoa, sino que se manejan a fuerza de puños ; un medio de impulsión como 
este es otra causa que dificulta y retarda la navegación. Aunque, como llevo 
dicho, el medio general de transporte son estas primitivas embarcaciones, hay 
también algunas lanchas bien construidas, y dos pequeñas barcas chatas con 
sus palos para emplear las velas, pertenecientes a las casas de consignación 
que hay en Panzós (i). 



( 1 ) Hoy, además de dichas embarcaciones, bay un vapor que hace sus viajes semanales regular- 
mente desde Panzós a Lívingston, y vice versa. 




— 155 — 

La sección navegable del río es también la más bella, pues sigue su tor- 
tuoso camino por entre una magnífica y variada vegetación, propia solo de 
nuestro privilegiado suelo americano en sus regiones intertropicales. Desde 
los más corpulentos árboles hasta los más pequeños musgos, crecen en las her- 
mosas vegas del Polochic. Allí se admiran los cedros y caobas en toda su 
magnitud , los cocoteros y manacas, elegantes y útiles palmeras, los esbeltos y 
elevados voladores, el quiebra-hacha, de fibras tan duras y resistentes, que su 
madera se conoce con el nombre de palo de hierro, los bambúes y los tarros e 
infinidad de otros árboles siempre verdes y frondosos en la eterna primavera 
de que disfrutan, enlazados y cubiertos de infinidad de plantas trepadoras y 
parásitas, cuyas flores de los más brillantes y variados colores, esmaltan los 
diversos matices de sus verdes hojas. 

Entre esas plantas abundan la aromática vainilla, el cacao, la zarzaparilla 
y otras muchas útiles y productivas que crecen silvestres y ofrecen sus frutos 
al primero que quiera tomarlos. Esta rica y exuberante vegetación presenta 
un variado cuadro a la vista del viajero, que abandonado a la suave corriente 
del río, sigue su curso. Multitud de aves de diversas especies revolotean 
sobre las copas de los árboles y las playas del río, entre las que se admiran 
numerosas garzas y patos silvestres, de todos tamaños y colores, y tanta varie- 
dad de pájaros, que la colección de sus familias bastaría para poblar un museo. 

Aunque dirigiéndose siempre hacia Occidente el río sigue un curso tan 
tortuoso y son tan numerosas y continuadas sus vueltas que, el que por pri- 
mera vez viaja por él, no tarda en perder el Norte y en ignorar la dirección en 
que camina : aun es difícil calcular las distancias que los naturales miden por 
vueltas y no por leguas, lo que da una idea bastante inexacta del camino que 
aun resta por recorrer. Los habitantes del lugar no caminan más que por el 
río, así es que se procuran una canoa con el mismo afán que ponen nuestros 
otros campesinos en proveerse de un caballo ; casi no hay familia que no tenga 
su canoa más o menos grande e imperfecta ; en ellas viajan y transportan sus 
víveres y mercaderías, y no es raro encontrar una familia entera hasta con sus 
perros y muebles que se traslada en una o dos canoas buscando un lugar a 
propósito para asentar su domicilio. 

Como una legua abajo de Panzós, en el lugar llamado Los Encuentros de 
Cahabón, se reúne al Polochic el río llamado también de Cahabón, que por las 
muchas arenas que arrastra en sus crecidas, ha formado numerosos bancos que 
hacen el paso difícil y aun peligroso, si los barqueros no conocen los canales 
que dan el fondo necesario para el paso de la embarcación. El Cahabón casi 
duplica las aguas del Polochic, que desde Los Encuentros en adelante tiene 
una anchura de cuarenta a cincuenta metros y más, y un fondo en sus partes 
más profundas de una o dos brazas ; sus aguas son tan cristalinas que permi- 
ten ver su fondo, y perfectamente potables, aunque no muy frescas, pues por 
la anchura del río están la mayor parte del día expuestas a un sol abrazador, 



-156- 

que aumenta mucho la temperatura ya bastante elevada por lo bajo del lugar, 
así es, que casi es imposible caminar en canoas descubiertas, como lo hacen los 
habitantes del lugar, que sólo cuando condwcen pasajeros cubren sus embarca- 
ciones con unos toldos que llaman carrozas. 

Seis leguas abajo de Los Encuentros de Cahabón se une al Polochic el 
río Sarco, que en unión de los numerosos riachuelos que en toda su carrera se 
le agregan, aumenta sus aguas y su anchura. Un poco más abajo, y sobre la 
misma orilla en que desemboca el río Sarco, se encuentra la única habitación 
que hay desde Panzós hasta el lago de Izabal, y que se llama "El Laga.rto," 
lugar en que no habitan sino dos familias cuyo jefe es un cazador de tigres 
famoso en toda la comarca. Desde el Lagarto en adelante continúa el Polo- 
chic su majestuoso curso sin encontrar una sola población en sus frondosas 
orillas hasta el lago de Izabal en donde desemboca dividiéndose en seis ramas 
que forman un delta, y allí se presentan algunas dificultades para el paso 
de las embarcaciones, porque el fondo no es igual en todos los canales, ni en 
uno mismo en distintas fechas; pues alternativamente se inclina la corriente 
a cada una de las seis bocas que forman el delta. 

La travesía de Panzós al lago puede hacerse, con una lancha bien tripu- 
lada, en diez o doce horas; pero remontando la corriente para ir del lago a 
Panzós se necesitan de treinta y seis «r cuarenta horas, tiempo en que los reme- 
ros no pueden descansar sino atracando a las orillas para no perder, arrastra- 
dos por el río, el espacio adelantado : en la estación lluviosa la travesía es aun 
más dilatada, pues los árboles que arrastran las crecientes y qtiednn en el 
lecho del río, retardan la marcha de las embarcaciones 

Las dilatadas y magníficas vegas del Polochic, despoblailas y baldias eii 
toda su extensión, están cubiertas de una selva virgen en la que abundan 
maderas preciosas y de construcción que por estar situadas en las orillas del 
río, sería muy fácil su exportación ; su suelo es quizás el más fértil de Centro- 
América, circunstancia que presagia a esa importante sección de nuestra 
República un brillante porvenir. 

En medio de la escena brillante de nuestro variado suelo, quedaron ahí 
nuestros volcanes, cual plutónicOs pebeteros del gran fracaso de la edad mio- 
cena, y forman hoy un sistema especial orográfico, único en su género, mara- 
villoso en su conjunto, que contemplado desde el mar, presenta en lontananza 
azulosas pirámides, encendidas algunas de ellas y arrrojando al cielo ígnea 
lava, que ilumina el espacio con sublimidad aterradora (i). 

El lago de Atitlán, de siete leguas de circunferencia, forma uno de los 
panoramas más bellos del milndo. La parte Septentrional está rodeada de al- 
tísimas rampas que apenas dejan acercarse a la ribera, mientras que por la 
costa del Sur, se elevan varios volcanes, de entre los que surge el Atitlán, 



(1) Vup dos Cordilléres et monuments des peuples indlgénes de l'Amérifiue. Paris. 




— 157 — 

proyectando su gigantesca sombra en las límpidas aguas del lago transparente, 
cuyas frondosas orillas vense pobladas por diversos indios, industriosos, so- 
brios, alegres, que en estrechos cayucos, se entran navegando en las tranquilas 
ondas. Destácanse en los contornos comarcanos, los ranchos pajizos, las 
blancas chozas de San Pedro, Santa Catarina, Ixtahuacán y San Antonio, sus- 
pendido este simpático pueblo, como un nido de águilas, en un abrupto anfi- 
teatro, completamente inabordable en la parte del lago, y circuido de rocas 
negruzcas inexpugnables, que ahí dejó el gran cataclismo, aún recordado por 
los aborígenes de aquellos sublimes sitios. 

Las colosales montañas, los volcanes diversos, los valles profundos, las 
llanuras inmensas, las requemadas rocas, los picos altísimos, nevados por los 
vientos del Norte, y las cálidas arenas que tuesta el sol de los trópicos, dan a 
todos esos lugares, la variedad y magnificencia de tierras vírgenes que aun no 
han revelado todos sus secretos. 

Es por todo extremo curioso observar que las aguas del lago de Atitlán se 
mantienen a 558 metros sobre el nivel del Pacífico, teniendo una profundidad 
que no se ha podido averiguar, y sin que se le conozca desagüe, a pesar de que 
recibe las grandes corrientes de los ríos Iboy y Panajachel. Se cree que laí. 
aguas filtran por diversos puntos del suelo y de las rocas que le sirven de lecho, 
yendo a formar riachuelos hacia el sur, algunos kilómetros más abajo. 

Nuestro amigo, el inteligente ingeniero don Alejandro Prieto, escribió un 
interesante artículo sobre el "Lago Azufrado". Dice así : "Una cordillera 
muy irregular de montañas, destrozada a cada paso por numerosos ríos, caña- 
das y precipicios insondables, se extiende desde la línea fronteriza de Soconus- 
co, por la parte de México, hasta las márgenes de la laguna de Guija, situada 
en las fronteras de El Salvador, atravesando en este trayecto todos los depar- 
tamentos del Sur Oeste de la República de Guatemala y prolongando por este 
rumbo sus contrafuertes en declives más o menos violentos, hacia las fértiles 
playas del Océano Pacífico. 

Esta cordillera traza en la carta geográfica de la República algunas líneas 
sinuosas, en cuyas curvaturas más irregulares se ven colocadas de trecho en 
trecho las cumbres gigantescas de muchos volcanes. 

En los departamentos del Este^ del Norte de Guatemala sería difícil de- 
terminar .con alguna precisión la línea seguida por la formación de las cordille- 
ras, pues que el viajero que haya recorrido estos últimos departamentos, recor- 
dará el desorden en que se encuentran colocados ; desorden que hace suponer 
que algunos siglos antes de su firmeza y estabilidad actuales formaron una 
inmensa combinación de materias arrojadas al espacio por la acción plutónica 
de los volcanes. Esto es tanto más probable cuanto que se encuentran en las 
partes más elevadas de las montañas, así como en los valles que en corto nú- 
mero forman conos truncados más o menos regulares, en cuya base superior 
están aún abiertos en el fondo de los cráteres gran número de respiraderos, 



-158- 

por donde se escapan al espacio los gases producidos por un fuego interior 
que aun no se encuentra del todo extinguido. 

En el camino que se transita en la actualidad entre San Juan Utapa y 
Chiquimulilla se atraviesa el terreno esencialmente volcánico en que se en- 
cuentran situados los altos riscos del cerro de Tecuamburro. En esta comarca 
existe un gran número de esos respiraderos a que acabo de referirme, los que 
ofrecen salida hasta la superficie del terreno al calor y gases que se originan 
de un fuego subterráneo, no muy profundo en aquellos lugares, y difícilmente 
sofocado por la gravitación que forman en conjunto lo? cimientos de granito 
de las montañas circunvecinas. 

Una prueba de lo que acabu de decir es el Lago A/.u irado, en cuya ribera 
oriental se encuentran algunos orificios, de los cuales se elevan columnas de 
aire de una temperatura tan elevada que no puede soportarse alcontacto de la 
mano ; encuéntranse también algunos pozos llenos de un lodo ligeramente 
teñido de amarillo por la gran cantidad de azufre que contiene, el cuál está en 
constante ebullición. No pude conocer el grado de calor de este lodo cuando 
visité el Lago Azufrado, por falta de un ai)arato competente, pues un ter- 
mómetro, cuya subdivisión alcanzaba a 70" centígrados, hubiera estallado con 
sólo permanecer sumergido en él durante dos minutos ; tal era la rapidez con 
que se verificaba la dilatación del mercurio en el tubo de cristal que lo contenía. 
En los primeros de estos orificios noté que las pequeñas columnas de aire 
caliente que por ellas se escapan, arrastran constantemente en su salida una 
gran cantidad de menudo polvo de azufre, que se adhiere a las protuberancias 
y huecos de las rocas que forman las paredes de aquellas chimeneas naturales. 

Por la orilla Occidental del Lago se encuentra otro número mayor de 
respiraderos, aunque éstos en su totalidad no merecen ya tal nombre, por estar 
al presente obstruidos y completamente fríos ; la única cosa que en ellos de- 
muestra haber sido de la misma naturaleza que los de la margen oriental, son 
los restos de azufre que se encuentran en los "intersticios de las rocas cjuc los 
rodean. 

Esta clase de respiraderos se encuentran también a uno y otro lado del 
camino desde la cumbre de la cuesta de Ixpaco hasta la subida a la pequeña 
aldea llamada Tempisque, algunos de los cuales están situados tan inmediatos 
al camino, que el olor nauseabundo que despiden no puede soportarse por largo 
tiempo, y avisan al viajero la presencia, en el aire que respira, de gases sulfu- 
rosos y corrompidos. 

Se cuenta por los vecinos de esta comarca que existe uno de estos orificios 
llamado el Pozo de la Muerte, del que se escapa una columna de aire envene- 
nado por no se sabe qué gases subterráneos, que produce la muerte de un modo 
instantáneo a todos los animales, tanto cuadrúpedos y reptiles que se acercan 
a él, como a las aves que en su vuelo lleguen a pasar por encima del orificio que 
la despide. Esto me hizo suponer la existencia en el sitio de que se me hablaba 






— 159 — 

de algún fenómeno semejante a los que tienen lugar en el llamado Valle del 
Veneno o de la Muerte, en Java, o en la gruta de Cannas en las inmediaciones 
de Ñapóles, en donde la abundancia del gas ácido carbónico que se exhala de 
los respiraderos, produce la asfixia al que penetra en tales parajes y permane- 
ce en ellos por largo tiempo. 

Cuando se me dieron tales informes respecto del Pozo de la Muerte, quise 
conocer personalmente tan peligroso sitio y busqué al efecto entre los vecinos 
de Tecuamburro un guía conocedor de aquellas montañas. Fui conducido en- 
tonces a un lago muy inmediato a la aldea de Tempisque, que no dista de ella 
sino un kilómetro a lo sumo, y al pié de un elevado barranco, de los muchos 
que forman los destrozados contrafuertes del cerro de Tecuamburro, se encuen- 
tra un espacio de forma elíptica, de trecientos metros de circunferencia, en 
donde el color amarillento del terreno, el olor azufrado que satura la atmósfera, 
las moléculas de azufre que se encuentran con restos de escorias volcánicas ; 
todo hace suponer que ahí existió un gran respiradero sulfuroso de la misma 
naturaleza de los que se encuentran en el borde Oriental del Lago Azufrado. 
Tal es el sitio que se me señaló como el pozo llamado de la Muerte por los. 
habitantes de aquella comarca y del cual se me habían dado los informes que 
dejo indicados. Muy pronto pude convencerme entonces de la exageración de 
tan siniestros rumores, pues que en la actualidad todo ser viviente puede per- 
manecer en las inmediaciones del Pozo de la Muerte sin abrigar el menor 
temor de ser -víctima de alguna influencia mortífera, extraña y desconocida. 

Al examinar más detenidamente el Pozo de la Muerte, pude conocer que 
ha sido obstruido por los considerables derrumbamientos que han tenido lugar 
en el barranco a cuyo pié se encuentra colocado ; pues este barranco, elevándose 
a una altura de cuarenta metros aproximadamente, tiene aun en el día grandes 
moles peñascosas que parecen estar suspendidas en el espacio por un verda- 
dero milagro de equilibrio ; pero que sin duda se precipitarán al más ligero 
estremecimiento que sufra el terreno en los continuos temblores que lo con- 
mueven. El Pozo de la Muerte es al presente menos temible por sus exhala- 
ciones que los pequeños pozos del Lago Azufrado. No obstante, es indudable 
que el mal clima que se atribuye a la comarca que se extiende de San Juan de 
Utapa a las alturas de Tecuamburro, es debido a las influencias que ejercen en 
el sistema fisiológico de todo ser viviente los gases pestilentes y venenosos que 
se desprenden de los citados respiraderos. Una prueba de ésto es la de que 
los labradores que bajan a los valles de las montañas en las primeras horas de 
la mañana a emprender sus tareas agrícolas, caen atacados a los muy pocos 
días de fiebres miasmáticas de las que muy rara vez escapan con vida. La 
dolorosa experiencia que han adquirido de esta verdad los ha hecho prescindir 
al presente el trabajar en el bosque en las primeras horas del día, teniendo que 
esperar que las ligeras neblinas que por lo común cubren las partes bajas del 



— i6o — 

terreno al amanecer, hayan desaparecido para comenzar sus tarcas sin el 
pelijfro de la enfermedad. 

La explicación científica que puede darse a este hecho es la de que los 
gases que se despiden de los respiraderos y ciénegas azufradas se extienden en 
las capas bajas de la atmósfera, ocupando el fondo de los valles, debido a la 
frialdad de la temperatura que se nota durante la noche ; y estos gases que son 
los que producen el envenenamiento de la sangre, se elevan a las altas regiones 
de la atmósfera, cuando el Sol ascendiendo sobre el horizonte los volatiliza por 
medio del calor. 

Sin embargo de ésto, el clima de que se goza en "Pueblo Nuevo" y en las 
alturas de Uzumasate, en donde está situada la finca de "Padilla," es un clima 
bastante saludable, pues desde luego se comprende que las causas que acabo 
de mencionar y que hacen malsana la parte baja de aquellas montañas, no 
existen en las alturas. 

En los terernos que se extienden al Sureste de Pueblo Nuevo se encuen- 
tran extensiones de bastante consideración, suficientemente planas y muy 
propias para cultivar café ; su altura sobre el nivel del mar es de 3,800 pies y 
las plantaciones que en pequeña escala se han hecho, demuestran las grandes 
ventajas del terreno para esta clase de cultivos. 

Mucho deben contribuir indudablemente al exuberante desarrollo de la ve- 
getación en aquellos lugares, esos mismos gases deletéreos que son un veneno 
para los seres animados, puesto que las plantas se desarrollan en mucho por 
la influencia del ácido carbónico que figura entre los componentes del aire y 
este gas debe abundar sin duda en unos sitios en donde existen abiertos en la 
superficie misma del terreno respiraderos de antiguos volcanes. 

El lago Azufrado, además de estos respiraderos, ofrece otros fenómenos 
muy dignos de notarse, los cuales consisten en los movimientos contrarios que 
experimentan sus aguas, pues aunque a primera vista parecen dormidas, a poco 
que se les examina se nota en ellas la existencia de corrientes indudablemente 
determinadas por esfuerzos subterráneos, unas repulsivas y otras absorbentes, 
imposible de ser conocidas en su origen y combinaciones interiores. 

Pocas palabras bastarán para dar una idea de las condiciones en que este 
lago se encuentra colocado y de las corrientes, tanto exteriores como subte- 
rráneas, que en él concluyen o en él se originan. Su forma es aproximada- 
mente circular, teniendo un diámetro de cuatrocientos metros a lo sumo, el 
terreno que le rodea es un bordo también circular que se eleva a quince metros 
sobre el nivel del agua y está formado por las paredes interiores de un cráter, 
en el fondo del cual se descubre el lago como un extenso charco de azufre 
batido, pues sus aguas, lejos de ser transparentes como las del lago de Ayarza, 
están teñidas de un color amarillo paja muy pronunciado, debido a la gran 
cantidad de azufre que contienen. Son dos las corrientes que se ramifican 
exteriormente con estas aguas, la una consiste en un pequeño arroyo que no 




— i6i — 

arrastra más de dos metros cúbicos por minuto, el cual baja serpenteando por 
la parte del Suroeste ; y la otra tan insignificante como la anterior, originán- 
dose en el mismo lago por la parte del Este, atraviesa las pendientes del terreno 
y va a perderse en el arroyo de Ixpaco. Nada notable presenta esta entrada 
y salida de dos arroyuelos en un lago como del que me ocupo, pues desde luego 
puede suponerse que el último arrastra en su salida igual volumen de agua al 
que condvice al lago el primero, pero sí llaman la atención del observador los 
borbotones que conmueven la superficie del lago por su parte oriental, en un 
espacio circular de lo metros de diámetro, con cuyos borbotones aparecen una 
infinidad de globulitos formados por gases sulfurosos, los cuales al estallar en 
la superficie forman el ligero vapor que constantemente se eleva de aquel sitio. 

Para conocer la naturaleza de tales movimientos, hice arrojar un pequeño 
trozo de madera en el lugar en que aparecen y observé que este, era ligera- 
mente impulsado fuera del círculo en donde se notan los borbotones. Esta 
circunstancia no me dejó ya duda de que en aquel sitio existe una vertiente 
considerable que haría muy pronto resbalar las paredes del cráter o convertiría 
el pequeño arroyo que en él se origina en un impetuoso torrente, si no existiese 
en el mismo fondo de este lago un hoyo absorvente por el cual desaparece la 
inmensa cantidad de agua que arroja la vertiente de que acabo de ocuparme. 

La temperatura que tienen las aguas del Lago Azufrado es de seis grados 
centígrados sobre cero, observándose con sorpresa que a dos metros de distan- 
cia de la orilla de un lago tan frío, se encuentren pozos de un lodo hirviente y 
orificios por los cuales se escapan las columnas de aire caliente que dejo men- 
cionadas al principio de estos apuntes. 

Para terminar, diré que al percibir bajo un solo golpe de vista las lomas 
poco inclinadas que se extienden entre las alturas de Tecuamburro y las de 
Uzumasate, en medio de las cuales está colocado el lago azufrado, fácil es con- 
cebir la idea de que existió en aquel sitio en época ya muy remota un volcán 
gigantesco, que después de haber conmovido profundamente los cimientos 
de aquellas montañas, arrojando al espacio inmensas cantidades de materias 
de toda naturaleza, combinadas en una confusión completa, se hundió sobre sí 
mismo, viniendo a ocupar su cráter, así como las rocas y arenas que formaron 
exteriormente su cono superior, el mismo sitio en que hoy se encuentra el lago ; 
dejando en pie por sus contornos elevados aun a grande altura, los riscos que al 
presente son conocidos con el nombre de Cerro de Tecuamburro, y que enton- 
ces fueron los contrafuertes laterales en que apoyara el volcán su gigantesca 
mole". 

Por una especie de antítesis, el territorio del Peten presenta una área de 
16,400 millas cuadradas, casi planas, a una altura de 500 ó 1,500 pies sobre el 
nivel del mar. Su sistema de montañas es el de la Sierra de Chama, con algu- 
nos ramales en la parte central, que producen una temperatura templada. 
Suelo de promisión y de maravillas, tiene apenas unos diez mil pobladores, en 



— 102 — 

estado asaz primitivo. El río Usumacinta, el de la Pasión y el Chixoy corren 
por aquel paraíso, lleno de seculares árboles y de riquezas ocultas. 

Cuando uno considera que ahí, al norte del Peten, en Yucatán, ha habido 
por muchos años y existe hoy el monopolio del henequén, que produce anual- 
mente más de dieciocho millones de dólares, se admira de que no se haya hecho 
en aquella próvida tierra gran industria con las plantas textiles. La caoba, 
cedro, chico zapote, granadillo, naba, tobillo, guayacán, caracolillo y muchas 
otras maderas, constituyen gran riqueza, sin contar con el chicle, los productos 
colorantes y medicinales. Las pasturas en llanos fértiles, podrían contener 
millones de ganados. Lo que falta es poblar aquel edén. 

La parte septentrional del país, más allá del río de la Pasión, es bastante 
desconocida, y ahí queda la hermosa laguna del Peten, de 9 leguas de largo y 
cinco de ancho, dividida en dos partes, por una península, en donde hay varias 
islas, siendo la principal la que contiene la ciudad de Flores, en donde existió, 
hasta fines del siglo dieciséis la capital de los ¡tzaes. Este lindo lago no tiene 
desagüe visible, y hacia su margen meridional existen varias grutas y cavernas, 
la mayor de las cuales es la de Jobitzinaj, célebre por las muchas estalactitas 
y estalacmitas, dándole un aspecto raro y brillante. 

"En la selva virgen del río de Izabal, resuenan, particularmente de noche, 
el grito de las aves que se posan en los corpulentos árboles, el sonoro rugido 
del jaguar americano, los aullidos de los monos que se columpian en los be- 
jucos oscilantes y el silbido de la serpiente que sorprende un nido de guacama- 
yas. De día recrea la vista el verde brillo del agua que cae por una cascada 
peñascosa, cubierta en su parte superior por el bosque tropical y adornada por 
doquiera de plantas variadísimas. Las más bellas aves de vistoso plumaje 
animan las selvas y los campos, y las pintadas mariposas van posándose de flor 
en flor. Pero el sol vibra su abrasadores rayos, por lo cual el viajero se retira 
hacia el fuerte de San Felipe, que desde el tiempo de la Conquista se ostenta 
lúgubre, sin que sus sombríos muros hayan sido escalados más que por las 
plantas trepadoras. Las verdaderas delicias de los indios que viven en tales 
soledades, son sus hijos sobremanera hermosos, en su desnudez, y particular- 
mente por sus ojos de gacela", (i) 

Los geólogos franceses Dollfus y Montserrat, que varias veces hemos 
citado ya, aseguran que la orografía de Guatemala es peculiar y asombrosa, 
debiéndose a ella el carácter especial que este rico suelo presenta. El curso 
de las aguas, en el valle de Guatemala, en donde se encuentra la capital, es 
curioso, pues van unas al mar Atlántico y otras al mar Pacífico, debido a la 
configuración del terreno. 

La cadena volcánica de Costa-Rica comienza con el pico cónico del esbelto 
Turrialba, que se levanta en una continua pendiente, desde los llanos de Santa 



(1) La Tierra y el Hombre, poi Federico de Hellwald. tomo I. pátrina 




— i63 — 

Clara, hasta alcanzar 10,965 pies de alto sobre el nivel mar. Su cráter oblongo 
contiene fuerte corriente de vapores sulfurosos, mezclados con arena. En 1869 
hizo fuerte erupción ese volcán, que no queda lejos del Irazú, unos 360 pies más 
alto, y mucho mejor conocido a causa de la facilidad con que desde Cartago 
se puede subir a caballo. Ese volcán tiene tres cráteres extinguidos y más 
abajo solfataras, en la pendiente nordeste, y vertientes de aguas de tempera- 
turas varias. Sus erupciones históricas tuvieron lugar en 1723, 1726, 1821, 
1822, 1844 y 1847. Esta última causó fuertes temblores de tierra, sentidos 
desde Rivas, en Nicaragua, hasta Panamá. Es famoso el volcán Poás, no sólo 
por lo pintoresco, sino por el lago de agua caliente de su cráter, que arroja 
una columna de vapor líquido como de mil pies de altura. El profesor Fid. 
Tristán hizo un curioso estudio de esos fenómenos. El Poás tiene 8,895 pies 
de alto y es popular por sus bellezas naturales y fácil ascenso. Poco tiempo 
hace que causó tremendos terremotos. La cordillera volcánica de Costa-Rica 
termina cerca áe\ extremo sudoeste del lago de Nicaragua con el monte Orosí, 
cantado por los poetas. El Tenorio y el Miravalles sirven a los capitanes de 
los buques costeros del Pacífico, para determinar el golfo de Nicoya y el puerto 
de Punta-Arenas. La actividad volcánica llega a su máximun en el extremo 
oriental de la cadena, y la sección del país, entre Turrialba y Poás — llamada 
valle central — es la más expuesta a terremotos y a. la vez la más poblada. La 
erupción del Poás, en enero de 1910, causó algunos temblores de tierra, hasta 
producir las dos lamentables catástrofes de la infortunada Costa-Rica, acaeci- 
das en ese año. El pico Blanco, el Chiriquí, el Monte Herradura, Los Votos, 
Barba, Rincón de la Vieja, Chirripó y Rovalo, son otros tantos volcanes de 
aquella fecunda zona (i). 

La cordillera atraviesa la república de Honduras de Noreste a Sudeste. 
Las principales montañas se conocen con el nombre del Merendón, Celaque, 
Opalaca, Puca, Opatoro, Cerro de Hule, de la Paz, Comayagua, Sulaco, Yoro, 
Olancho y San Marcos. Los ríos son grandiosos, soberbios, como el Chamele- 
cón, el Ulúa, el Lean, el Romano, el Tinto, el Patuca, el Segovia, el Negro, el 
Choluteca, el Nacaome y el Goascorán, que arrastra arenas de oro en su co- 
rriente. Hay valles lindísimos, extensos, exuberantes, praderas de perennal 
verdor, en las que pacen ganados que constituyen una verdadera riqueza. 
Honduras, país de primitiva formación, tiene muy ricas minas y un territorio 
tan extenso como para contener sobradamente millones de pobladores. 

Para enlazar las dos grandes porciones continentales del Nuevo Mundo, 
plugo al cielo extender un puente, con luminarias de volcanes eruptivos ; con 
lagos, que parecen mares ; con ríos que se hinchan atléticos y se desbordan puf 
barrancos, llanuras y paradisíacas comarcas, en donde existen toda clase de 
riquezas naturales. La América Central en punto a geológicos cataclismos 



(1) Costa Rica.— Vulcan's Smlthy, by H. Pittier. 



-i64- 

y formaciones ciclópeas, es la parte maravillosa del planeta. ¡ Quiera el des- 
tino que este istmo, que forma el corazón de nuestro continente, no vuelva a 
sufrir uno de esos horrorosos cataclismos ; que las desniveladas aguas de los 
océanos, las inauditas masas combustibles, las peculiares condiciones sísmicas, 
el sistema orográfico, y lo relativamente angosto de su costra terrestre, no den 
lugar a que esta bellísima tira de tierra, que ha venido variando tanto en su 
configuración, se convierta en otra Atlántida ! ¡ Quiera el cielo que, al cortar 
atrevida la mano del hombre, el istmo de Panamá, no se realicen los temores 
de Felipe II, que prohibió hasta hablar de tamaña empresa, bajo severas penas ; 
"porque era asaz peligroso para estos países, echar abajo las cadenas de montes 
que Dios elevó para dividir los dos océanos, que podían tragarse la estrcchn 
faja de tierra en la América Central" ! 

Nó: enhiestos volcanes en la región hermosa de mi nativa tierra, que 
engarzáis el corazón del Nuevo Mundo con el cielo; vosotros visteis crecer y 
multiplicarse' al aborigen, en libertad y fruición salvajes ; presenciasteis al 
férreo conquistador abriendo claros de muerte entre la turba vencida ; temblas- 
teis de coraje al contacto de los ríos de sangre indiana ; escuchasteis los himnos 
de la libertad ; y habréis de contemplar el lábaro de azul y blanco sobre vues- 
tras cimas, en gloriosos días de bonanza para la Patria, como serán los que se 
aproximan del "Centenario de la Independencia Centro-Americana!" 




CAPITULO V 
ANTROPOLOGIA-FAUNA Y FLORA-METEOROLOGIA 



SUMARIO 



I 



El vértigo de lo infinito nos oculta la tierra y el cielo. — Teorías diversas 
acerca de la formación inicial de los seres humanos. — Monogenistas, poligenistas, 
transformistas. — Razones alegadas por los partidarios del transformismo, que está 
''n boga. — Argumentos étnicos en oro del monogenismo. — No es dable precisar la 
fecha en oue apareció la humanidad, ni el lugar. — Asecúrase que existía ya en la 
época terciaria. — Los restos humanos más antiguos. — Fósiles descubiertos en Cen- 
tro-América. — Tobas petrificadas, procedentes de Nicaragua, con pasadas de hom- 
bres. — Puede presumirse que en la América del Centro existió la especie humana 
desde primitivos tiempos. — Diversas opiniones sobre el origen de los indios ame- 
ricanos. — Lo que dicen notables autoridades. — La última palabra del Dr. Herdlicka. 

— Razas autóctonas. — Invasión y mezcla de otras razas. — Historia de Ixtlixochitl. 

— El diluvio en Centro-América. — Tradiciones. — Quedaron los hombres como 
peces, "tlacamichín". — Lo que dice el Códex Troano. — Confirmación, por los estu- 
dios geológicos. — Flora y Fauna ante-diluvianas. — Peculiaridades en la América 
Central. — Vegetales del período mioceno. — Lo que predomina en la vegetación de 
nuestras tierras. — Arboles, plantas y flores. — Diferencias de la Fauna y Flora de 
los Continentes actuales. — Meteorología de Centro-América. — El valle de la capi- 
tal de Guatemala es el pimto céntrico de las observaciones meteorológicas. — Se- 
quías, calores extraordinarios. — Lluvias excesivas. — Cambios atmosféricos. — 
Temperatura. — La boca-costa. — Singuléu: variedad de frutos en lugares próximos. 



El vértigo de lo infinito nos oculta la tierra y el cielo, quedándonos perdi- 
dos en un punto, como el eterno Erebo. Definitivamente son irresolubles las 
cuestiones iniciales, que se esfuman en la nebulosa del geólogo, en los átomos 
del físico, en la causa primera del místico, o en las sinuosidades del transfor- 
mismo. El origen del hombre se pierde en la noche de nuestra ignorancia 
Solamente teorías alcanza la ciencia cuando pretende profundizar el principio, 
esencia y fin de las cosas creadas. Opiniones diversas existen acerca de la 
formación inicial de los seres humanos. 

Dicen los monogenistas que de un solo tronco, Adán y Eva, viene la hu- 
manidad entera, como la Biblia lo enseña, y lo sostienen respetables etnólogos, 
entre otros Latham y Prichard. Los poligenistas, a su vez, opinan haber ha- 
bido diversas creaciones de hombres, según las respectivas razas, al decir de 
Morton, Agassiz, Glidden y otros muchos. Por último, Lamark, Darwin y 
Haeckel, seguidos de gran número de escritores, se fundan en la evolución, de 
modo que las especies actuales son desenvolvimiento de otra forma preexis- 
tente, de inferior naturaleza. Esta hipótesis es la que hoy se halla en boga. 
Las obras modernas de Morton, Broca, Lethan, Tylor, Lubbec y ^1 español 



— i66 — 

Vilanova, son magistrales sobre esos puntos antropológicos y etnográficos. 
La "Antropología y Etnografía" de Daniel G. Brinton, que hemos estudiado 
detenidamente, es digna de la fama de tan sabio autor. 

"Haeckel, el ilustre profesor que desde la Universidad de Jena conmovió 
al mundo científico, publicando su Morfología General de los Organismos, que 
imprimió nuevo curso a la ciencia de la vida, mostrando derroteros hasta en- 
tonces poco conocidos y menos frecuentados, fué el brillante campeón que en 
Cambridge enarboló la enseña del progreso científico. 

Nutrida de ciencia contemporánea, llena de principios que radican en las 
más elevadas concepciones de los conocimientos modernos, tal es la comunica- 
ción que ante el Congreso de Cambridge presentó el renombrado biologista. 
Difícilmente habría habido momento más oportuno, pues como lo hace ver el 
eminente escritor, tratábase de dejar de una vez establecida una de las más 
importantes verdades de la ciencia, uno de los más interesantes problemas, el 
que para el ilustre Huxley constituye "la cuestión suprema," la que no se puede 
resolver sino por medio de la zoología científica en su más lata acepción. 

Para demostrar estas verdades y dejar sentados los principios fundamenta- 
les de la cuestión, por manera tan clara y evidente que en lo sucesivo no permi- 
tan formular argumentos que produzcan vacilaciones, ni interpretaciones torci- 
das que puedan dar origen a doctrinas especulativas que obscurezcan el horizon- 
te diáfano de la ciencia futura, el ilustre profesor de Jena, después de examinar 
con elevado criterio la historia del transformismo y la estrecha relación que 
entre los trabajos de Lamark, Goethe, Wallacc y Darwin existen, pasa a expo- 
ner los datos suministrados por la Anatomía, la Filosofía y la Psicología com- 
paradas, estudiando a continuación lo que la Paleozología suministra, consa- 
grando especial atención a los capítulos referentes a la dentadura de los prima- 
tos, a la serie de los vertebrados, en las diversas épocas geológicas y a las va- 
liosísimas consecuencias que del estudio de la Embriología se obtienen acerca 
de los tipos ancestrales, que podríamos llamar los abuelos de los actuales 
vertebrados. 

Después de un detenido estudio de las clasificaciones que han sido pro- 
puestas para la división de los Primatos v Simios, concluye por aceptar la de 
Hartmann, que divide el orden en Primarii, Simioe y Prosimioe, por ser esta la 
clasificación que resulta ajustada a los conocimientos más recientes, puesto 
que posteriormente fué corroborada por el importante descubrimiento del ])ro- 
fesor Selenka, que en 1890 dejó demostrado que la placenta del hombre está 
conformada lo mismo que la de los antropoides y no como la de los símidos 
y lemúridos, o sean prosimios. 

Apóyase además en la que él llama, la ley o fórmula del pithecómetro de 
Huxley, llegando por ella a la deducción siguiente : las diferencias morfológicas 
entre el hombre y los antropoides son menos importantes que las que separan 
a estos últimos de los demás catarrhinos. 



— 167 — 

Aplicada esta misma ley a la philogenia del hombre, nos lleva por vía 
directa a las siguientes conclusiones : Primera : los primatos forman un grupo 
natural monofilético en que está incluido el hombre, y descienden de una for- 
ma ancestral común que hipotéticamente llamaremos archiprimos ; segunda : 
de los dos subórdenes de primatos, los prosimios son los más antiguos, de ellos 
proceden los simios ; tercera : de estos últimos los monos orientales (catarrhi- 
nos) forman otro grupo monophilético, siendo su tipo ancestral el archipithe- 
cus. Los monos occid.entales o del Nuevo Mundo (Latirrhinos) son una rama 
colateral ; cuarta : el hombre proviene de una serie de catarrhinos extinguida, 
sus abuelos más inmediatos corresponden a un grupo de monos sin cola y con 
cinco vértebras sacras (antropóides). 

Si en el campo de la Anatomía y de la Embriogenia, la Ley de Huxley se 
confirma, en el de la Fisiología comparada sucede lo mismo, iguales son las 
funciones que se verifican en los organismos de todos los primatos e iguales 
las condiciones en que tienen lugar los actos primordiales de la vida, así orgá- 
nica como de relación. 

Solo dos fenómenos que en Biología no son considerados como funda- 
mentales, parecían establecer diferencias de alguna importancia y a ellos se 
habían acogido los contrarios del transformismo, como a la tabla flotante del 
naufragio : la estación vertical era el uno, y respecto de esto los zoologistas 
modernos nos enseñan que esta posición, que se creía singular privilegio del 
hombre, la poseen aunque en menor grado el gorila, el chimpancé, el orang y, 
sobre todo, el gibon. 

La otra, el lenguaje, constituía un argumento que para darle valor se 
necesitaría desentenderse de la constante lección que el libro de la Naturaleza 
nos está dando, al mostrarnos cómo se desarrolla esa función cerebral en el 
niño, cómo se va formando y por qué graduaciones y fases tiene que atravesar 
antes de constutuirse en los pueblos salvajes, muchos de los cuales poseen 
medios de comunicarse entre sí menos completos, menos perfectos que los que 
emplean multitud de animales de otros órdenes menos elevados de la escala 
zoológica. 

Esto trae a nuestra mente el recuerdo de algunos salvajes de la Micronesia, 
generalmente antropófagos, que carecen de lenguaje, y cuyo grito gutural 
inarticulado resulta inferior al rugido del león, que se manifiesta en modula- 
ciones distintas cuando quiere expresar dolor, ira, alegría, etc. 

En cuanto a las funciones intelectuales del cerebro, que en un tiempo 
fueron el reducto inexpugnable de los defensores de las viejas ideas, los traba- 
jos de Huxley, de Haeckel, los estudios practicados sobre localización de las 
funciones cerebrales por Gratiolet, Luys, Mineret, Duval, Bernard y otros en 
Francia, y por Paul Eleschig en Lepzig, han venido a despejar en mucho el 
ciclo de la ciencia. 



— i6S — 

Sin embargo, Haeckel trata este asunto bajo todos sus aspectos, hasta 
dejar demostrado con Augusto Forel, que la facultad psíquica más esencial, la 
conciencia, ha encontrado los órganos elementales que la determinan en las 
células ganglionares del cerebro principal, es decir, en el centro occípito- 
temporal. 

Determinados ya y establecidos los principios científicos de carácter ge- 
neral que deben servir de base a la investigación, dedica su labor, al pithecon- 
thropus erectus, cuyo fósil descubierto en Java en 1894, por Eugenio Dubois, 
vino a confirmar lo que treinta años antes concibió él y lo publicó en su Morfo- 
logía General; demostrando además que este ser debió vivir a fines de la época 
terciaria, correspondiendo al estadio número veintiuno de la serie en la que el 
hombre ocupa el número veintidós, es decir, que en la jerarquía zoológica 
resulta el abuelo más inmediato del soberbio Rey de la Creación. 

El eslabón que faltaba, el missing link de los ingleses, el argumento Aqui- 
les de los contrarios a la doctrina de la evolución, el anillo perdido cuya ausen- 
cia dejaba interrumpida la cadena de los seres, se encontró al fin, no ya repre- 
sentado por fragmentos óseos más o menos fosilizados, sino completo y tal 
como los paleo-zoologistas lo habían reconstruido, como el espíritu superior 
de Haeckel lo había concebido. 

Las razas humanas pithecoides, (|ue pudiéramos decir fueron señaladas por 
Ilartmann, representan los tipos más inferiores de hombres, y su presencia en 
nuestro planeta ha debido desde hace mucho tiempo despertar en nosotros la 
idea de una diversidad de especies dentro del género Homo, así lo entiende el 
sabio profesor de Jena y con él Draper y otros. Si un inglés y un hotentote 
fueran en vez de dos hombres, dos pájaros, no habría ornitologista capaz de 
considerarlos de la misma especie. 

Los Dravidos, los Akas y otras razas inferiores, están demostrando palma- 
riamente la existencia de una gradación en el género que la va aproximando 
a especies de una inferior jerarquía orgánica que parecían preparadas para 
conectar con un eslabón perdido y completar la cadena de los seres. 

Aun en el ciclo de las llamadas razas superiores, ¿cuál es la tendencia de 
todos los atavismos, las regresiones, las degeneraciones? La degradación de 
la especie, la tendencia hacia la reproducción de formas ancestrales, la repro- 
ducción de caracteres de especies anteriores que la evolución había ido perfec- 
cionando y que según los datos de la Embriogenia parecen obedecer a deten- 
ciones del desarrollo". 

Así se expresan los partidarios de la teoría transformista ; pero con todo, 
no faltan razones étnicas en pro del monogenismo, que con gran lucidez explica 
Glumplowicz (i) ni es tampoco hacedero esclarecer, de tal suerte, ese linaje 
de cuestiones, que se haga luz meridiana, ni cabe evidencia matemática tra- 



(1) Lucha de Razas 






— 169 — 

tándose de tan abstnisas materias. Todo lo cual no significa, en manera al- 
guna, que la ciencia no progrese, sino que, en el campo de las teorías, hay, en 
los distintos bandos, sabios profundos y pensadores respetables. 

Burmeister, entre otros, se pronuncia en favor del poligenismo y Goethe, 
a quien se atribuye el don de adivinar en el terreno filosófico, dice que, pródiga 
la naturaleza en todo, es más conforme con su espíritu el pensar que, cuando 
la tierra hubo llegado a su madurez, se encauzaron las aguas, verdearon los 
terrenos, y comenzó la época de la creación humana, merced al poder de Dios, 
por donde la raza fuera viable, quizá en las alturas. 

No se puede precisar, según Flammarión, la fecha en que apareció la hu- 
manidad, ya que no fué súbita, sino gradualmente formada. Faltan datos para 
asegurar en qué país acaeció ; pero buenas razones existen para presumir que 
la humanidad primitiva, con rudimentos de lenguaje, en estado de asociación, 
sabiendo hacer utensilios de piedra y dibujar sobre hueso, etc., data de más 
de cien mil años (i). 

La cuestión relativa a la existencia del hombre en la época cuaternaria, 
(y aun en la terciaria, según algunos) es decir, en dos de las que los geólogos 
llaman ante-diluvianas, y para las cuales quiere Lubbock el nombre de prehis- 
tóricas, está hoy resuelta de un modo claro, puesto que ya no son sólo los 
huesos descubiertos por exploradores como Dowell y Lyoll, en terrenos del 
Mississipi, que tienen de formación más de quinientos siglos ; ni el esqueleto 
entero que encontró Riviére ; se han hallado, en las famosas cuevas de Aurig- 
nac, hojas de marfil de mammuth, con varios grabados rudos, y en otras par- 
tes, han aparecido cuernos de renos esculpidos con cabezas de elefantes, y 
trastos de barro, con representaciones de aves, peces y cuadrúpedos de razas 
ya extinguidas (2). Y aquí en América, en el Brasil, en Buenos Aires, en 
México y en nuestras repúblicas del Centro, se han sacado fósiles y utensilios 
de hombres primitivos. Se han descubierto restos humanos junto con los 
animales prehistóricos. 

En la Bad Land, de Norte-América, visitada prolijamente, en los últimos 
años, han encontrado los paleontólogos tesoros que enriquecen la ciencia, 
dejándose ver marcadamente las capas geológicas que conservaban los restos 
de animales y plantas ante-diluvianas. Los restos humanos más antiguos, 
según Souza Brito, son los de Arrecifes y Fontezuelas, de la Argentina. En 
el Soumidero, del Brasil, se descubrió el célebre esqueleto troglodita, de La- 
guna Santa, perteneciente a la época paliolítica, coetáneo del megatherium. 

Opina el sabio brasilero, que acabamos de citar, que todo esto prueba que 
el -hombre existió en América muchos siglos antes que en el Antiguo Mundo ; 
pero a la verdad, nada puede afirmarse con certeza sobre tan remotos sucesos. 



(1) Le Monde avant la creation de THomme. 

(2) En algunos museos de Europa hemos visto riquezas interesantes en fósiles y utensilios humanos, 
encontrados por Mr. Gaudry, cerca de .\tenas, y alirunos llevados de Centro América, por otras personas. 



— T70 — 

Lo que nosotros nos inclinamos a creer es que hubo diversas creaciones de 
hombres, en distintos puntos del globo, como nacen plantas y flores, en muchos 
apartados lugares, merced a los elementos idénticos, en la tierra, clima, fluidos 
y demás fuerzas vitales. 

En varios lugares de Centro-América se han descubierto fósiles antiquí- 
simos de animales ante-diluvianos, junto con cráneos humanos primitivos y 
molares paleántropos, que existían en el Museo de la Sociedad Económica y en 
la Colección del Colegio de los Jesuítas, en esta capital de Guatemala. Datan 
aquellos fósiles de miles de años, confirmando el cataclismo diluviano, merced 
a deshielos polares y a la existencia indudable de lures enormes en Europa y 
en el Nuevo Mundo. Excepción hecha de las tierras tropicales, cubría el hielo 
toda la América del Norte y la del Sur, y aun algo de la del Centro. Trans- 
migraron entonces para este istmo, muchas especies, como el megaterío, el 
mastodonte, el glyptodontc y otros colosos que para siempre desaparecieron 
del ])laneta, dejando rastros ante-diluvianos de diversos elementos de vida, que 
se ])ierden en la serie de los tiempos, inescrutables como el mar sin orillas, la 
obscuridad sin destellos, la eternidad sin límites. 

En el Departamento de Usulután, República de El Salvador, han encontra- 
do yacimientos, en la jurisdicción de Estanzuela, de notables fósiles ante- 
diluvianos, que demuestran la existencia del mastodonte, por entonces, en los 
mismos lugares que los seres humanos de grandes dimensiones. En el Museo 
Nacional de esa República existen osamentas de colosales mamíferos, petrifi- 
cadas, descubiertas jjor el río de los Frailes, junto con sacros calcáreos, rótu- 
las, mandíbulas y otros huesos inmensos. En San Vicente, por las barrancas 
de Sisimico, han hallado también curiosos restos de animales primitivíis, oti 
terrenos que dejan huellas del transcurso de miles de siglos. 

El número de mamíferos de Centro-América siempre ha sido muy grande, 
lo mismo que su variada flora. El ingenioso mapa de Griesebach demuestra 
cómo se encuentran reunidos diversos distritos vegetales, con caracteres parti- 
culares de vegetación, opuestos a los de igual carácter en la flora de las vastas 
planicies del Viejo Mundo (i). En Honduras y en Nicaragua, hanse encon- 
trado importantísimos fósiles muchos de los cuales existen en Rerlín y no 
jiocos en el Instituto Smithoniano de Washington. 

A guisa de curiosidad antropológica, se puede mencionar las tcjbas de lava 
solidificada, descubiertas hace algunos años, cerca de Managua, y exhibidas en 
la Exposición de París, de 1889, como muestras de rastros humanos, que se 
habían conservado bajo cinco metros de capas estratificadas, hacía miles de 
años. En ese mismo certamen figuraron grandes osamentas humanas, un 
fémur, tibias, costillas, cubitos, y sobre todo, dos cráneos notabilísimos, ha- 



(1) Dr. A. V. Praiitzius= Mamíferos de Ckwta Klca— Uljsf rvat ioii^s uv Zoolotrif et d'Aiialfmie compareo 
faites dans l'Océan AtlanHque, dans Tinterleur du Nouveu Continent. et dans la Mer du Sud— Vol. 1 1. 




— Tri- 
llados en Metapa, de Nicaragua, en una caverna tallada en roca, que se elevaba 
del suelo, a pico, como veinte metros. En noviembre de 1888, fué explorada 
aquella gruta, por el eminente profesor español don Antonio Salaverri y Mr. 
Crawford, geólogo norte-americano. Los cráneos, en cuestión, se remontaban 
a épocas primitivas, mostrando ser de hombres adultos, de tamaño gigantesco. 
Uno de ellos se distinguía por deformación rara del occipital, rectamente 
aplastado, y por la asimetría de sus parietales, semejante a los más antiguos de 
Aléxico y del Brasil, según las descripciones dadas por M. Hamy, en su Antro- 
pologie Mexicaine. Se cree que aquellas dos calaveras eran de indios man- 
gues, raza autóctona de Nicaragua (i). 

En las faldas del volcán Irazú, de Costa-Rica, existen sepulturas indí- 
genas antiguas, de los guetares, cuyos huesos y piedras pulidas se han encon- 
trado en varias ocasiones, como lo explica el obispo Thiel en sus estudios. 
Los chorotegas de Nicoya dejaron, en aquellas bellísimas orillas, al par de sus 
restos mortuorios, curiosos vasos y otros utensilios de arcillas finísimas, que 
sabían trabajar (2). 

Puede, pues, asegurarse que en Centro-América se remonta la existencia 
humana a millones de siglos, a épocas tan remotas como las que evocan los 
fósilesdel Brasil, Buenos Aires y México. Sin llegar al extremo de creer, coii 
algunos escritores, que por estas comarcas estuvo el Paraíso Terrenal, sí puede 
asegurarse que en la América del Centro hubo hombres, en los períodos anti- 
quísimos del mundo, desde que apareció sobre la tierra el rey de la creación. 

Otra de las cuestiones muy debatidas, y hasta embrolladas por teorías, 
suposiciones y fantaseos, es la del origen del hombre americano. La primera 
obra que se escribió acerca de ese punto, es harto curiosa, no por su valor 
científico, escaso sin duda, sino porque publicada en Lima, en 1681, revela el 
colmo del apego al terruño, que tenía el autor de ese libro, don Andrés de la 
Rocha, bibliófilo incansable, que trató de probar que los indios americanos 
traían su origen de los primitivos habitantes de España, en primer lugar, y en 
segundo, de los israelitas y tártaros. Todavía afirma más el bueno del doctor 
Rocha ; y es que todo lo laudable que los habitantes de este Continente Ame- 
ricano conservaban, al tiempo de la conquista, lo habían heredado de los anti- 
guos hispanos, que fueron sus ascendientes. Los más alentados y robustos 
sólo tenían sangre ibera, sin mezcla hebraica, ni tártara. Aquellos españoles 
emigrados, desde hace muchos siglos, para venir a estas regiones, pusieron 
— según lo procura demostrar el célebre visionario — muchos nombres de sitios 
y lugares de las afitiguas poblaciones de la España primitiva, a los lugares y 

sitios que, cabo de miles de años, conquistaron los aventureros españoles 

Ello es lo cierto que, en el exceso de su españolismo, al querer hacer a los- 



(1) CoUections EtnlioírraDhiaues et Archeoloííidueb du Nicaiag-ua. par Desii-é Pect*r.— Parfs-Eriiest 
Leroux. editeur.-1890. 

(2) Etnoloírfa Centro Americana. 



— 172 — 

indios de la frasca de sus conquistadores, olvidó el señor don Diego que, al 
principio, hasta dudaron los castellanos que fuesen racionales los originarios 
de América, y después acabaron casi con ellos, siquiera la destrucción haya 
sido efecto de causas diversas, que no implican deliverado propósito, ni menos 
arguyen en los conquistadores, ni en los gobiernos metropolitanos, otra cosa 
que la fiereza de costumbres de la época. 

Pero volviendo a tratar del origen de los indios, cumple exponer ligera- 
mente las diversas hipótesis sostenidas por célebres anticuarios, que no se 
hallan de acuerdo sobre si la raza americana primitiva fué una sola, como opi- 
na Humboldt, o son varias, según Orbigny, Charnay, Kate y otros autores 
notables. Nosotros nos inclinamos a creer que, en su origen, fueron razas 
autóctonas, que al través del tiempo se modificaron por cruzamiento con 
otras, como japoneses, egipcios, etc., venidos a este continente, por inmigra- 
ciones y casos fortuitos. Así como en México, se creé que la raza otomí, la 
maya-quiché y la nahoa (como inmigrante), fueron las más antiguas; aquí en 
Centro-América hubo razas, descendientes de éstas, según explicaremos en 
otro capítulo. 

Respecto al origen de los indios americanos, supónese, sobre todo por 
autores antiguos, que la dirección de los vientos y las de las corrientes marinas 
pudieron traer pobladores involuntarios del Asia a la América Meridional por 
el Pacífico, y del África a las costas del Brasil, por el Atlántico. Otros creen 
que el estrecho de Bhering se heló o fué antes un istmo. No faltan quienes 
aseguran que la América, bajo el nombre de Fou Sang, fué conocida en la 
China desde el siglo V. Salta a la vista la facilidad de hacer un viaje de Asia 
a América, pasando por las islas Curile y Aleutias, para arnvar a Alaska. 
Partiendo de la Kamtchatka, que desde tiempos remotos era conocida de los 
chinos, hasta el punto de que éstos la dominaban, puede emprenderse durante 
la mayor parte del año, sin riesgo alguno, en canoa o en lancha, el viaje a que 
nos referimos, sin perder de vista la tierra más que en trechos muy cortos. 
Desde Alaska, a lo largo de la costa americana, hacia el sur, el viaje es todavía 
más fácil. Una travesía como esa resulta sin importancia, si se la compara con 
las peregrinacioesn que solían emprender los sacerdotes budistas, sobre todo 
los que iban, por tierra, desde China a la India o viceversa. Al llegar a una 
isla, en el paso de Asia a América, parece natural que entonces, como la hacen 
ahora los indígenas, hablaran al misionero budista de otra isla que había más 
allá, a no muy larga distancia, y el misionero recorriéndolas una tras otra, 
llegase al fin a encontrarse en el Continente Americano; pero queda un pro- 
blema todavía, ¿cómo llegaron los animales a América? No es de suponer 
que sacerdotes y transmigrantes trajeran bestias feroces y reptiles venenosos. 
Más bien, la flora y la fauna americana, indican que los continentes estuvie- 
ron unidos. 




— 173 — 

No, dicen otros escritores o filósofos, fueron los fenicios, comerciantes, 
que vinieron a estas tierras, mientras qué no faltan algunos que sostienen que 
las diez tribus perdidas de Israel llegaron a América, y que el mismo Santo 
Tomás, en persona, vino a predicar el Evangelio. Acosta, que estuvo estu- 
diando durante nueve años el enigma de los primeros habitantes de América, 
acabó por dar a luz una obra, en el Perú, con la nueva de que este Continente 
era el Ofir de Salomón. Muchos abogan por un origen asiático para, los pri- 
mitivos pobladores de estas regiones americanas, y deducen de las lenguas, de 
los objetos que se han encontrado, de las inscripciones y de otras muchas cosas, 
que es sangre japonesa o china la que circula por las venas de nuestros aborí- 
genes. Por el contrario, no faltan quienes aseguren que son los chinos des- 
cendientes de los indios americanos, que fueron más antiguos, según sostiene 
Chavero, en el primer tomo de "México a través de los Siglos'. 

Que hubo inmigraciones varias a América es hecho comprobado, así como 
lo es también, el de que destruyeron la antigua civilización y mezclaron mucho 
de su sangre y de sus costumbres con las razas autóctonas (i). Parece tam- 
bién demostrado, que el budismo se predicó en el Nuevo Mundo, como se 
deduce de algunas prácticas religiosas, varias tradiciones, y estatuas y bajo- 
relieves de las ruinas de Palenque (2). En la Memoria sobre el carácter asiá- 
tico-búdico de algunos rasgos arquitectónicos de tales ruinas, demuestra el 
sabio doctor Eichthal, con copia de doctrina, la tesis precedente, aceptada en 
1864, por la Academia de Inscripciones y Bellas Letras. 

Humboldt creía que era una la raza americana, diferente de las otras razas 
humanas, y esta opinión la sostiene también un moderno antropologista, que 
ha hecho especial estudio de la craneología y establece que no sólo el hombre 
(con excepción de los esquimales) sino la flora y la fauna, son esencialmente 
indígenas. Blumenbach clasifica diferentes especies de americanos. El Dr. 
Prichard considera la raza primordial del Nuevo Continente tan pura y refi- 
nada como las mejores del Viejo Mundo. Bory de St. Vincent distribuye a 
los americanos en cinco especies, incluyendo a los esquimales. Schoolcraft 
hace cuatro grupos. "El Dr. Hrdlicka, encargado de la sección de Antropo- 
logía Física en el Museo Nacional, establecido en Washington, es considerado 
como la primera autoridad de los Estados Unidos en esta materia. Ha hecho 
exploraciones en muchos países del hemisferio meridional, así como del sep- 
tentrional, y sus conclusiones se basan en muchos años de estudios e investiga- 
ciones personales. 

Primeramente hace un breve bosquejo de las teorías más o menos fantás- 
ticas que de tiempo en tiempo han prevalecido acerca del origen de los indios 
americanos, tanto del continente septentrional como del meridional. Descar- 



(1) Francis A. Alien— Las tres ancianne Amérique.— 1875. 

(2) Bancroft—Xatlve Races. Vol. II.— Pafire22. 



— 174 — 

tando tales teorías y concretándose a la hipótesis racional del sisflo XIX. en- 
contramos que la mayor parte de tos antropólogos modernos, tales como 
Humboldt, Brereood, Bell, Swinton, Jcfferson, Latham, Quatrcfagcs y Peschel, 
se inclinan a creer que todos los indígenas americanos, con excepción de los 
esquimales, eran de una misma raza y descendientes de inmigrantes del nor- 
deste de Asia, y, sobre todo, de los tártaros o mongoles. 

Según el Dr. Hrdlicka, los escritores más recientes — con una sola y nota- 
ble excepción — están enteramente de acuerdo en cuanto a que este país fué 
poblado mediante la inmigración y multiplicación local de sus habitantes : pero 
la localidad, índole y época de la inmigración son cuestiones que aún están 
sobre el tapete. Algunos autores se inclinan a creer que el origen procede 
exclusivamente del nordeste de Asia ; otros, como Ten, Kate y Rivet, por ejem- 
plo, demuestran cierta tendencia a seguir la teoría de Quatrefages, que cree 
que por lo menos algunas partes de la población indígena americana desciende 
de los polinesios ; Brinton sostenía que en la antigüedad vinieron desde Europa 
ppr una garganta de tierra ; Kollmann, fundando su creencia en algunos peque- 
ños cráneos, dice que una raza de enanos precedió al indio en América. El 
Dr. Hrdlicka dice lo que sigue tocante a la excepción a que se ha aludido : 

"El Sr. Ameghino, paleontólogo sudamericano, en estos 30 últimos años y, 
sobre todo, desde el principio de este siglo, ha formado una notable hipótesis 
relativa al origen de la población indígena americana, la cual merece un capítu- 
lo aparte. Según esta hipótesis — brevemente descrita — el hombre, no sólo la 
raza americana, sino el hombre o sea la humanidad, tuvo su origen en Sud- 
América ; que el hombre primitivo llegó a diferenciarse en el continente me- 
ridional hasta convertirse en un número de especies, la mayoría de las cuales 
andando el tiempo se extinguieron ; que de Sud-América sus antepasados emi- 
graron por antiguas conexiones terrestres a África, y desde allí poblaron, a la 
manera de Homo ater, las partes más extensas del continente africano y la 
Oceanía ; que una raza se multiplicó y esparció por Sud-América y en alguna 
época, durante la segunda mitad del período plioceno, emigró a Norte-América, 
y que de allí el hombre se trasladó al Asia y a Europa, donde creó los Homo 
mongolicus y Homo caucásicas". 

No hay para qué decir que el Dr. Hrdlicka no está de acuerdo con el emi- 
nente hombre de ciencia sud-americano. En cuanto a los esquimales, el sabio 
doctor explica que generalmente han sido considerados independientemente del 
indio, siendo así que algunos sostienen que precedieron a este último y otros 
que le siguieron. Por lo general, se han relacionado con los asiáticos del nor- 
deste, pero también hay quienes crean que existe una íntima relación original 
entre los esquimales y los lapones, y aun entre los esquimales y los europeos 
paleolíticos. 

Habiendo enumerado así algunas de las opiniones más o menos probables 
que se han expuesto acerca de la identidad étnica y del lugar de origen del 




— 175 — 

indio americano, el Dr. Hrdlicka sostiene que es lógico que la próxina palabra 
(ju.e se diga sobre estos problemas se refiera especialmente a la ant~opología 
física, que trata de las que, consideradas en conjunto, son las partes menos 
mutables del hombre, es decir, su cuerpo y esqueleto. En la actualidad se ha 
adelantado tanto en los estudios e investigaciones que se han hecho sobre la 
somatología de los indios, que por lo menos pueden hacerse algunas importan- 
tes deducciones generales acerca de ellos, y, según el autor de dicho artículo, 
las que pueden citarse con alguna posibilidad son las siguientes. 

"i° No existe prueba alguna aceptable ni ninguna probabilidad de que el 
hombre tuviera su origen en este continente ; 2°, el hombre no llegó a Amé- 
rica hasta después de haber alcanzado un desarrollo superior al del último 
hombre del período cuaternario en Europa, y después de haber sufrido una 
avanzada y completa diferenciación en el tronco y aun de raza y tribu ; y 
X', por más que el hombre desde que comenzó la población del continente 
americano ha sufrido numerosas modificaciones sub-étnicas secundarias, loca- 
les y de estructura, estas modificaciones aun no pueden considerarse estableci- 
das terminantemente, puesto que en ningún detalle importante han borrado 
los antiguos tipos y subtipos del pueblo". 

"Además, podemos asegurar," continúa diciendo el Dr. Hrdlicka, "que, 
a pesar de las varias modificaciones físicas secundarias que se acaban de citar, 
los indígenas americanos, exceptuando los esquimales de más lejano parentes- 
co, en todo el Hemisferio Occidental ofrecen numerosos e importantes rasgos 
comunes, merced a los cuales se distinguen claramente como ramas de un 
tronco de la humanidad". Estos rasgos son los siguientes : 

"j" El color de la tez. El color del indio varía, según las localidades, 
desde el blanco amarillento obscuro hasta el chocolate, pero el color que pre- 
valece más es el moreno. 

2" Por regla general, el cabello del indio es negro, un tanto áspero y 
lacio ; poca barba, sobre todo en los lados de la cara, y nunca larga. El cuerpo 
está desprovisto de vellos, excepto en los sobacos y el pubis, y aun en estas 
partes suelen ser escasos. 

3° Por lo general, el indio está exento de todo olor característico. Su 
corazón late lentamente, y su mentalidad es muy semejante en todas partes. 
El tamaño de la cabeza y de la cavidad cerebral es proporcionado en todos los 
individuos, siendo por término medio algo menor que en el hombre y la mujer 
blancos de idéntica estatura. 

4" Por regla general los ojos son de color pardo obscuro, conjuntiva 
amarillenta y sucia en los adultos, y los cortes del ojo indican la tendencia, más 
o menos notable en diferentes tribus, a un leve sesgo hacia arriba. 

5? El puente de la nariz aparece bien desarrollado, y la nariz misma, así 
como la cavidad nasal en el cráneo (salvo algunas excepciones individuales v 



— 176 — 

de localidades), tienen proporciones mesorínicas relativas. Por regla general 
la región malar es prominente". 

Se citan y describen detalladamente otros rasgos físicos que son comunes 
entre todos los indígenas americanos, demostrándose claramente la uni3ad 
fundamental de los indios. En contestación a la pregunta que surge natural- 
mente, a saber: "¿A cuál de los diferentes pueblos del globo se asemeja más el 
indio, tal como en el presente estudio se ha descrito?" el articulista dice lo 
que sigue : 

"A pesar del conocimiento imperfecto que tenemos de la materia, la pre- 
gunta puede contestarse de una manera bastante terminante. Hay un gran 
tronco o rama humana que comprende pueblos que varían desde el color blanco 
amarillento hasta el moreno obscuro, con el cabello negro y lacio, escasa barba, 
cuerpo sin vellos, ojos morenos y a menudo más o menos sesgados, nariz 
generalmente mesorínica, un prognatismo alveolar medio, y otros rasgos 
esenciales bastante semejantes al indígena americano. Y este tronco — que 
comprende varios subtipos — habita la mitad oriental del continente asiático y 
una gran parte de Polinesia". 

Según opina el Dr. Hrdlicka, desde el punto de vista físico y antropológico, 
todo parece indicar que el origen del indio americano debe buscarse entre los 
pueblos de tez morena amarillenta, que ya se han mencionado. No existen en 
el globo dos grandes ramas de la humanidad que demuestren tener relaciones 
físicas fundamentales más íntimas. 

Sin embargo, cuando tratamos de atribuir el origen del indio a una rama 
determinada del pueblo de tez morena amarillenta, el Dr. Hrdlicka reconoce 
que surgen muchas dificultades. Por ejemplo, encontramos que el indio está 
tan íntimamente relacionado con algunos de los pueblos malayos, como con 
una parte de los tibetanos o con algunos de los asiáticos del nordeste. No 
cabe duda que esto explica la hipótesis que atribuye el origen de los indios 
americanos en parte, a los tártaros, y en parte a los polinesios. 

Acerca de esta hipótesis el Dr. Hrdlicka dice lo que sigue : 

"Todo cuanto puede decirse en esta ocasión es que las circunstancias 
indican, de una manera muy convincente, un advenimiento, no precisamente 
una emigración, después del período glacial, ya por tierra, sobre el hielo, por 
agua o por ambos medios, de partidas relativamente pequeñas procedentes del 
nordeste del Asia, desbordamiento de los pueblos del apartado oriente de aque- 
lla época, y la población de América por la multiplicación local del hombre, 
importado, como queda dicho, y las llegadas de otros que se repitieron proba- 
blemente cerca del período histórico. 

En cuanto a las emigraciones de polinesios dentro del Pacífico, hasta don- 
de puede determinarse con certeza, todas fueron relativamente recientes, pues- 
to que se efectuaron cuando América sin duda tenía ya una gran población y 
había desarrollado varias ramas de razas indígenas. Sin embargo, es probable 



— 177 — 

que después de haberse esparcido por las islas, algunas pequeñas partidas de 
polinesios llegaran accidentalmente a América. Si asi sucedió, pueden haber 
modificado en algunos detalles la raza indígena, pero como son, desde el punto 
de vista físico, semejantes al pueblo que los recibió, se amalgamarían fácilmen- 
te con el indio, y su progenie o linaje no podría distinguirse. De idéntica 
manera algunos pequeños gjupos de blancos pueden acaso haber llegado al 
continente por el este. Ellos, a su vez, pueden haber introducido algunas 
modificaciones en las razas, pero necesariamente hubieran tenido que com- 
ponerse sólo de hombres y de pequeñas partidas que — con el transcurso del 
tiempo — se habrían mezclado completamente con el indio. 

Por tanto, se llega a las siguientes conclusiones : Los indígenas ameri- 
canos representan principalmente una sola rama o raza, homotipo. Esta rama 
es idéntica a la de las razas moreno-amarillas de Asia y Polinesia ; y la emigra- 
ción principal de los americanos se ha efectuado gradualmente y por la ruta 
del noroeste, a principios de un período reciente, cuando ya el hombre había 
llegado a un grado relativamente alto de desarrollo físico y de múltiples dife- 
renciaciones secundarias. Es muy probable que la inmigración fuera un des- 
bordamiento a manera de goteo prolongado, debido, tal vez, a una congestión 
o necesidad, y al deseo de buscar lugares más propicios para la caza y la pesca 
en una dirección en que hasta entonces no ofrecía ninguna resistencia por parte 
del hombre. A ésta sucedió la multiplicación, propagación y las varias dife- 
renciaciones menores del pueblo en el nuevo y vasto continente que ofrecía un 
medio ambiente variadísimo, la rápida diferenciación de idiomas debido al 
aislamiento, y a otras condiciones naturales y al desarrollo — sobre la base de lo 
que se había trasportado — de ramas americanas más o menos locales. Tam- 
bién es probable que. durante los 2,000 últimos años a la costa occidental de 
América, en más de una ocasión, llegaran pequeñas partidas de polinesios, y 
que a la costa oriental llegaran de una manera semejante pequeños grupos de 
hombres blancos, y que éstos hayan podido ejercer cierta influencia en las 
ramas de americanos, pero tales acrecimientos no modificaron en ninguna 
parte, hasta donde hemos podido averiguar, la población indígena", (i) 

La tradición, las ruinas, los códices, las lenguas, todo denota gran antigüe- 
dad en las naciones de América. Las peculiaridades físicas y morales se han 
ido formando, al cabo de muchos siglos, por efecto de leyes naturales, debidas 
al clima, a la manera de vivir, y a todos los demás elementos que constituyen 
las leyes de la existencia. La impresión general de los conquistadores, de que 
aquella raza subyugada era una sola, y que bastaba ver un mdio para conocer- 
los todos, fué debida a la diferencia, que desde luego notaron, entre los pobla- 
dores del Nuevo Mundo y las razas que los españoles conocían (2). 



(1) Boletín de la Unión Panamericana— Julio 1915. 

(2) Bancroft.— Natlve Races. Vol. I, vág. 22. 



-178- 

Las huellas de los pies de los aborígenes aun quedan, después de cien mil 
años, grabadas en tobas volcánicas, que se guardan como reliquias geológicas 
y etnográficas, en los museos de Europa. En Leipzig se conserva un bloque 
conteniendo las pisadas bien impresas de algunos de los primitivos indios de 
Nicaragua. Esa piedra fué encontrada entre pajiza arena, cubierta por cator- 
ce capas perfectamente distintas. Los geólogos han atribuido a tal polvo 
conchífero, cubierto por la toba amarillenta, los millares de años que existen 
entre la época correspondiente al intermedio del período plioceno y el eoceno. 
Mezclados con los pedruzcos de la séptima capa, se encontraron huesos de 
mastodonte. Esa importantísima toba nicaragüense se halló en el antiguo 
volcán de Tizcapa, en cuyas faldas también se descubrieron otras arcillas año- 
sas, petrificadas, con rastros de coyotes, que anduvieron, quien sabe cuántos 
siglos hace, por aquellas ásperas comarcas (i). 

Entre tantas opiniones y teorías acerca del origen de los indios, lo que 
parece más natural deducir, es que las razas primitivas de América son autóc- 
tonas, y después se mezclaron con otras, que hicieron invasiones o por acaso 
llegaron, en épocas remotísimas. Dicen que una rama de éstas nació por 
Yucatán y otra por el Brasil. Parece que los caraibes, de las costas del mar 
caribe, se exparcieron mucho por el Continente. El maya penetró en Centro- 
América, se extendió a las islas, y siguiendo por la costa del Golfo, llegó hasta 
el natches del valle del Mississipi, en el corazón de los Estados Unidos. La 
verdad es que el árbol de la vida esconde sus raíces entre el limo del tiempo, 
y las ramas fecundas se ocultan por la niebla de millones de años. 

En la época de la conquista, o poco después, escribió una historia Ixtlixo- 
chitl, descendiente inmediato de Moctezuma, y en ella atribuye a la población 
de América catorce mil años de antigüedad, antes de la era cristiana, y des- 
cribe el grado de civilización a que habían llegado los toltecas, así como la 
opulencia de sus ciudades, cuyas ruinas aún existen. El manuscrito de esa 
curiosa historia se halla en el Escorial, y hace mención de ella Clavígero, en 
el catálago que trae al principio de su obra. Pero hoy, merced a los estudios 
etnográficos y geológicos, se presume que los Atlantes hace un millón de 
años que estaban en su apogeo, antes de la gran catástrofe que varió la super- 
ficie de la tierra. 

Cuando el hombre nació a la vida del mundo fué acaso tan antiguo en el 
viejo como en el nuevo Continente, puesto que hay pruebas hoy de su exis- 
tencia posterciaria en México y Centro-América, el Perú, la Argentina, el Bra- 
sil y los Estados Unidos. Era raza monosilábica la que vivía en las cavernas 
de América, alimentándose de la caza, en lucha con el mastodonte y otros 
grandísimos animales, que para siempre desaparecieron. También en Asia y 
Europa vivían los hombres vida primitiva, cuando de la Atlántida partieron 



(1) América— Historia de su descubrimiento, por Cronau— P. 34— tomo II. 



— 179 — 

invasiones hacia aquel hemisferio y hacia el sur de nuestras tierras. Tres mil 
años antes de nuestra era — según parecen indicarlo los geroglíficos de los soles 
nahoas — tuvo lugar el cataclismo que separó los continentes, y que unía estas 
tierras americanas con las que habitaban los españoles, que después de cuaren- 
ta y cinco siglos, habían de venir a conquistar a los toltecas, cakchiqueles y a 
los demás pobladores de estas antiquísimas comarcas, separadas por el espacio 
y por el tiempo, desde el gran cataclismo del Atenatiuh, que unos quieren que 
haya sido el diluvio, y otros, como Chavero, interpretan que fué el hundimien- 
to de una gran parte del orbe, tal vez la más civilizada, la Atlántida, puente 
enorme que ligaba los mundos. 

Según los testimonios de Gomara, Acosta, Herrera, Pimentel y otros mu- 
chos eruditos, no cabe dudar que nuestros indios conservaban la tradición del 
diluvio, que acabó con la mayor parte de los seres vivientes. Hoy la ciencia 
prueba, con claridad, que aquella tremenda y grandísima inundación de que 
nos hablan los antiguos pueblos, fué harto general, bien que no comprensiva 
de todo el planeta, ni resultado de un cataclismo súbito y único, sino de fenó- 
menos cósmicos que produjeron en la tierra transformaciones colosales, y de 
grandes deshielos de los polos. La geología pone de manifiesto lo que se re- 
laciona con la gran catástrofe diluviana, que afectó a los aborígenes de Amé- 
rica que quedaron convertidos en tlacamichín (personas peces) que fueron 
adorados por los dioses. Sólo se salvaron siete, en unas cuevas, al decir de 
una tradición; bien que otros creen que solamente un par, o sea una mujer 
y un varón, escaparon sobre un ahuehuete (i). En la India, Caldea, Babi- 
lonia, Media, Grecia, Escandinavia y China, así como entre los judíos y celtas, 
se conserva la tradición del diluvio. Los mexicanos, los mayas, los quichés, 
los habitantes de Honduras, y muchas tribus del Norte, conservan memoria 
del gran cataclismo que hizo caer los cielos e inundarse la tierra, según las 
gráficas palabras de un antiguo cronista. 

El Manuscrito Troano, existente en el Museo Británico, y que tradujo 
Le Plongeon, dice : "En el año 6 kan, en el undécimo Muluc, del mes Zac, 
hubo terribles terremotos, que siguieron sin interrupción hasta el tercio Chuén, 
el país de los montículos de lodo de la tierra de Mu, pereció : elevada, por dos 
veces, durante la noche desapareció, sacudidas las profundidades por fuerzas 
volcánicas. Faltando a éstas la salida, hundían y elevaban la tierra en dife- 
rentes sitios. Al fin cedió la superficie, y diez comarcas hechas pedazos, fue- 
ron esparcidas. Incapaces de resistir la fuerza de las convulsiones, se hun- 
dieron con sus sesenta y cuatro millones de habitantes, 8060 años antes de que 
este libro fuera escrito". 

Los estudios geológicos llevados a cabo en la península de Yucatán, por 
el profesor Angelo Heilprin (2) y las investigaciones hechas por la Academia 



(1) México al través de los Sifirlos, tomo 1. páoriiia 

(2) Geoloífical Researches In Yucatán. 



— i8o — 

de Ciencias Naturales de Filadelfia, en 1891, que dieron por resultado intere- 
santísimas conferencias o discursos, que tuvimos ocasión de oír, vinieron a 
confirmar lo que aquel intersante manuscrito indígena dejó consignado, mu- 
chísimos siglos antes. 

Geológicamente aparece que el suelo americano no tuvo, allá en épocas 
remotísimas, la misma estructura, las condiciones de vida que tiene hoy. Los 
enormes tnamíferos, los gigantescos paquidermos, los colosales desdentados y 
prosbocídeos que vivían en esta parte del mundo, y cuyos huesos esparcidos 
quedan bajo profundas capas de terrenos antiquísimos, ya no pudieron vivir al 
crecer las cordilleras ; cambió el clima, variaron las estaciones y hasta los 
alimentos que los sustentaban dejaron de encontrarse a su alcance. Las 
aguas del mar no se aumentan ; pero la corteza terrestre se levanta o se de- 
prime. El período glacial debió de haber producido profundas modificaciones 
en la superficie de nuestro planeta. En la edad del levantamiento de las mon- 
tañas, perderíase el equilibrio de las aguas, inundaríanse muchas regiones, 
quedarían enjutas otras, y "una portentosa transformación sufriría la tierra, 
cuyo movimiento engendra fluidos vitales, que el sol hace germinar, y que el 
soplo de Dios anima, en múltiple fauna y en maravillosa flora (i). 

La flora y la fauna, las conchas y los insectos han venido a comprobar, fuera 
de mayores datos, la unión antiquísima del Mundo Viejo y del Mundo Nuevo. 
Más aún, se tiene hoy por cierto que entre la raza de los indios otomíes y la raza 
de los chinos hay similitud completa. El historiador Chavero demuestra que 
los tipos, la lengua, los grupos, la teogonia y hasta las costumbres, establecen 
ser idéntica la raza amarilla china con la de los antiquísimos aborígenes de 
estas regiones ; y aun cree que de aquí, de América, salieron los primeros po- 
bladores del Celeste Imperio, coincidiendo con la idea del abate ^asseur de 
Bourbourg, de que el origen de la humanidad, el Paraíso Terrenal, digamos, 
estuvo en lo que hoy se llama Nuevo Mundo. Probado, cual está por la cien- 
cia, que aquí existió el hombre posterciario, resulta ciertamente más moderno 
el chino, cuya tradición lo presenta como una colonia que llegó a pueblos extra- 
ños, después de larga emigración de regiones del Oriente, es decir, de América, 
en donde la lengua natural era monosilábica, y de la que hubo de formarse el 
idioma chino, siendo el otomí de carácter más primitivo. No hay duda de que 
la lengua es de gran valor para explicar las relaciones etnográficas. 

La flora y la fauna antiguas, ante-diluvianas, según los estudios modernos, 
difieren esencialmente de la fauna y la flora de la época geológica actual. 
Aquellas eran las de un gran Continente ; estas corresponden a la neo-tropical, 
que abraza una parte de México, hasta Panamá, con ciertas peculiaridades en 
el istmo centro-americano, "Existen en Guatemala, dice el notable naturalista 
don Juan Rodríguez Luna, especies de animales que le son enteramente pro- 



co Burmetster— Historia de la Creación— Capítulo V. 




— i8t — 

pías, siendo algunas de ellas muy notables. Entre éstas y las comunes con 
las de otras partes de la región zoológica a que pertenece, varias hay que sólo 
se encuentran o habitan en ciertos y determinados lugares, ya sean en las ma- 
yores alturas, en los terrenos templados del interior o en las costas. Esto se 
explica por la diferencia de climas o por la escasez de individuos representantes 
de las especies. Pero también en otras, numerosas en individuos, se observa 
que solamente se ven o del lado del Pacífico o del lado del Atlántico. Los 
Cucuyos (Pyrophorus) género de que hay cinco o seis especies, todos viven 
en esa parte del país últimamente mencionada ; lo mismo sucede con respecto 
a otros insectos, arácnidos, moluscos, reptiles, aves y mamíferos ; y viceversa : 
varios se conocen sólo del lado del Océano Pacífico. Aun en especies del mis- 
mo género se nota eso mismo; por ejemplo: las Chachas (género Ortalida) de 
que hay dos, la una es del Norte y la otra del Sur, (Ortalida vetulia y Ortalida 
leucogastra) ; los dos grandes passalus, insectos, (Proculus Gorii y Proculus 
Mnizechi) el primero vive en la Verapaz y el segundo en la costa de Quezalte- 
nango o Cuca. Este es un hecho curioso e inexplicable, porque, siendo cortas 
las distancias y estando dotados algunos de esos seres de poderosos medios de 
locomoción, podrían transportarse de uno a otro lado". 

En nuestra vegetación predomina la exuberancia arborescente leñosa. 
Más de quinientas hectáreas hay, en Guatemala, de -bosques riquísimos, con 
seiscientas noventa especies de finas maderas. Más de ochenta clases de plan- 
tas textiles, setenta oleaginosas, cuarenta forrajeras, treinta tintóreas, treinta 
y ocho frutales, y más de ochocientas medicinales. El. suelo se encuentra 
tapizado de liqúenes y heléchos, mientras que el viento, lleno de perfumes, 
columpia lianas y mueve raras orquídeas, gemelas de los pájaros que esmaltan 
el boscaje. 

Por lo demás, ha preocupado mucho a los biólogos y botánicos la diferen- 
cia, por una parte, de la fauna y flora de los Continentes actuales, y de otro 
lado, las especies idénticas o similares de animales y plantas de uno y otro 
lado del Océano. Los restos fósiles del camello se encuentran en la India, en 
África, en la América del Sur y en Kansas; mas es hipótesis de las natura- 
listas que todas las especies vivas son de una sola parte del globo, desde la 
cual como centro se han esparcido por las demás. ¿Cómo, pues, podría expli- 
carse la situación de tales restos fósiles, sin la existencia de intercambio te- 
rrestre en una remota edad? Recientes descubrimientos hacen creer que el 
caballo tuvo su origen en el hemisferio occidental, en donde solamente se han 
encontrado restos fósiles entre las diferentes formas intermedias precursoras 
del actual cuadrúpedo ; por lo que sería difícil explicar la presencia de ese 
animal en Europa, sin que hubiera habido comunicaciones terrestres, y una 
vez que consta que en Asia y en Europa existía el caballo en estado salvaje. 
Ya había ahí ganado vacuno domesticado en la edad de piedra, procedente del 



• —I 82^ 

búfalo de América, según Darwin, y aun quedaban en las Cavernas del Norte 
de América restos del león de los desiertos africanos y de la Europa antigua. 
En América existen muchísimas especies de vegetales del período mioce- 
no de Europa, que se encuentran sobre todo en yacimientos fósiles de Suiza, 
siendo lo más particular que mientras se halla dicha flora esparcida con profu- 
sión en los estados Orientales, se echan de menos muchas especies de las cos- 
tas del Pacífico ; porque seguramente entraron por el lado del Atlántico a nues- 
tro Continente. 

Y el plátano, lábaro de nuestras exuberantes tierras, que da sombra, fruto 
riquísimo, alimento sano, humedad al suelo y alegría a las comarcas, ¿cómo 
pudo llegar a América desde Asia y África? Los cereales que, como el trigo, 
cultivó el hombre desde remotísima fecha, vinieron probablemente con emi- 
graciones anteriores a la pérdida de la sumergida Atlántida. Es de creerse 
que en América ya existían varias especies de plátano, antes de la conquista. 

La meteorología de Centro-América se afecta por la configuración del 
istmo, pues así como el curso de las aguas se altera según la naturaleza y va- 
riedad del lecho sobre que corren, también las variaciones del océano atmosfé- 
rico se modifican en las capas inmediatas a la tierra, por la naturaleza y forma 
de los países y localidades. ¡ Cuántas veces, en efecto, vemos que un río cau- 
daloso corre manso y lento hacia su superficie, mientras que en el fondo se 
arremolina y se acelera, contra lo que generalmente sucede ya en el aire, ya en 
el interior del cauce ! Y no es menos frecuente observar pocos grados de calor 
en la superficie de las tranquilas aguas de los lagos, y a alguna ])rofundidad 
fuertes agitaciones, -corrientes y elevadas temperaturas. Esto puede notarse 
palpablemente en la laguna de Amatitlán, cuyas aguas tienen temperaturas 
muy diferentes, no sólo en diversos puntos de la superficie, sino^también a 
varias profundidades. Lo mismo, pues, se manifiesta en la atmósfera, según 
la situación, la manera de ser y la naturaleza de los terrenos: circunstancias 
que particularizando las leyes generales de las variaciones atmosféricas, cons- 
tituyen el clima de un país. 

El hermoso valle de Guatemala tiene una importancia particular consi- 
derado como punto céntrico de observación de los fenómenos meteorológicos, 
ya generales, ya parciales o de la climatología de Centro-América. "La esta- 
ción de la capital es curiosa desde muchos puntos de vista: a semejante altura 
la marcha general de los vientos es muy diferente de la que se observa en lu- 
gares poco elevados al E. y al O. en la misma latitud", (i) 

Y en verdad, situada la ciudad de Guatemala a poca distancia de los dos 
océanos, y sobre la parte culminante del valle que ocupa, por ella circulan con 
regularidad y muy libremente las corrientes de los vientos alíseos. Las acci- 
dentales, más inmediatas a su suelo, se encarrilan con no menos regularidad en- 



(1) Anuario de la Sixñedad Metoorolcítrioa de Franfla. tomo 99 



-i83- 

tre las cadenas montañosas, que casi paralelas entre sí cubren su horizonte del 
E. S. E. hacia el O. N. O., circunstancias que naturalmente influyen en los 
demás fenómenos meteorológicos. La variedad tan grande de climas que se 
encuentra en la extensión relativamente reducida de Centro-América, de pun- 
tos poco distantes entre sí, ofrece gran comodidad para el estudio de las leyes 
meteorológicas, no solamente de la climatología, sino aun de la marcha general 
de los fenómenos atmosféricos, mediante estaciones bien distribuidas en todo 
el territorio. 

La temperatura de la capital de Guatemala es templada, con los caracteres 
bien marcados de las regiones intertropicales. En 1797, hubo en toda la 
América Central una sequía extremada, que ocasionó enfermedades y hambre, 
acarreando del Sur una inmensa nube de langosta (chapulín). El año 1802 no 
fué menos fatal, y se repitieron los mismos desastres. En 1803 comenzaron 
las lluvias por marzo, terminaron en julio, siguiendo una sequedad horrible. 
En 1826 los grandes calores causaron a Guatemala enormes pérdidas. En 
1861 hubo persistentes lluvias (temporales) que produjeron inundaciones. En 
1864, corrieron extraordinarios vientos del Norte, soplaron en enero y febrero. 
En 1869 la desastrosa inundación de Quezaltenango. Después de tres años 
poco lluviosos, vino la plaga del chapulín (langosta), hasta que con la fuerte 
estación de aguas que ahora (191 5) hemos tenido, tiende a desaparecer. ^ Han 
cambiado algo las estaciones, notándose a veces calor en noviembre y diciem- 
bre, y frío en febrero y en marzo, cosa antes inusitada. La temperatura es 
por lo regular de 8° mínima, máxima, 28*?, media, 18? Por rareza el 24 de 
diciembre de 1856 bajó a 4?, y hasta 3° el 29 de enero de 1863 ; pero estos son 
enfriamientos extraordinarios, producidos por golpes de vientos norestales. 

En los lugares bajos de la boca costa, como le llaman, el clima es más 
cálido y siempre sano, a las orillas del mar es muy ardiente. En las serranías 
y cúspides de los montes hace frío y cae nieve, algunas veces. Esta variedad 
de temperatura ofrece en la fauna y en la flora, muchísimas singularidades, 
pudiéndose recoger a pocas distancias, frutos de zonas diversas. 



CAPITULO VI 

sismología centro-americana 



SUMARIO 



Kabrakán, dios del terremoto, entre los quichés. — Araña-pez se consideraba 
en el Japón la causa de los temblores de tierra. — Un topo era en la India. — Un 
gran cerdo en Célebes. — La ciencia moderna ha adelantado mucho en sismología. 

— Teorías actuales. — Estaciones sismográficas. — Terremotos horrendos en Cen- 
tro-América. — Lo que dice Bemal Díaz del Castillo de los temblores de tierra. — 
Relación del cronista Vásquez respecto a los sucesos del año 1541. — Ruina de 1565. 

— Llegada del obispo Villalpando, — Movimientos sísmicos del año 1575. — Erup- 
ción del volcán de Fuego en 1581. — Aumenta, al siguiente año, la furia del volcán. ■^— 
Durante los sesenta años sucesivos continúan los terremotos. — Disminuyen en la 
primera mitad del siglo XVII. — En 1651 se destruyó de nuevo la capital del reino 
de Guatemala. — Calamidades acaecidas en 1663 y 1666. — El terremoto llamado de 
la Santísima Trinidad. — Temblores de tierra en 1773. — Ruina de la Antigua Guate- 
mala. — Varias descripciones del luctuoso suceso. — Movimientos de tierra poste- 
riores. — Temblores de tierra en 1830. — Erupción del volcán Santa María. — Rui- 
na de Quezaltenango, en 1902. — Nómina de las erupciones volcánicas. — Principa- 
les terremotos en Centro-América. — Ruinas que han causado. — Estudio del P. jesuí- 
ta Lizarzaburu. — Datos del Observatorio meteorológico. — Efemérides sísmicas y 
volcánicas de El Salvador. — Tiembla en 1856 toda la costa del mar Caribe. — Tem- 
blores de tierra en Nicaragua, Honduras y Costa-Rica, — Obra del capitán Mon- 
tessus de Ballore, sobre sismología centro-americana. — Opinión muy autorizada 
del sabio jesuíta Gutiérrez Lanza, sobre el istmo de la América Central. — Lo resuel- 
to por el Congreso Panamericano, celebrado en Chile. — Volumen 59, ciencias Físicas. 



En los tiempos prehistóricos experimentaron los indios americanos cata- 
clismos horrendos, debidos a la furia del dios del terremoto, Kabrakán, que 
según creían, era el ser misterioso que trepidaba la tierra, y de repente destruía 
los pueblos, echando abajo hasta los árboles corpulentos, y las chozas pajizas 
de los infelices aborígenes. En el Japón se imaginaban que la causa de los 
terremotos era una araña inmensa, que luego se convirtió en pez. Al nordeste 
de Tokio hay una enorme roca que dicen descansa sobre la cabeza del monstruo 
y la tiene sujeta, pero el resto del imperio sufre los temblores causados por la 
cola y cuerpo del fabuloso animal. En la India creen que es un topo inmenso ; 
en la Arabia un elefante ; y en las Célebes un gran cerdo, que carga en su lomo 
el globo del mundo. En América el monstruo subterráneo era una tortuga, 
y por eso vemos, en muchas de las ruinas, la forma de ese anfibio, con inscrip- 
ciones que acaso sean fechas históricas de las furias de Kabrakán, en sus epi- 
lépticas convulsiones, o en sus espasm.os de solaz. Todos los pueblos anti- 
guos creían que dentro de la misma tierra estaba el agente de los terremotos, 
aunque suponiendo mitológicos animales. 



— i<S6 — 

La ciencia moderna, en cercanos tiempos, apeló para explicar los terremo- 
tos, a influencias de los astros, de la electricidad atmosférica, de las causas 
crónicas enumeradas por Alexis Perrey, en su teoría de las mareas de los 
períodos máximos de las manchas solares, de los torbellinos atmosféricos y de 
otros varios fenómenos. Más estas causas han pasado de moda y pertenecen 
a la historia. El problema busca hoy el agente sísmico, dentro de la tierra 
misma, en el interior de su masa, según la teoría reciente, que desenvuelve el 
jesuíta Mariano Gutiérrez Lanza, en su preciosa obra, premiada en el cuarto 
Congreso Científico de Chile (i). 

En todos los tiempos, dice ese sabio, ha habido terremotos, y de ellos se 
ha ocupado el hombre, desde el principio de la vida humana ; pero cuanto com- 
prenden los archivos sismológicos, que nos han dejado escritores antiguos, se 
reduce a repetidas crónicas de los efectos sensibles de los temblores de tierra. 
En el último tercio del siglo pasado, una nueva aurora empezó a asomar en el 
horizonte de la historia. Tres puntos culminantes hicieron su aparición irra- 
diando luz. Fué el primero el Japón, país de tifones, volcanes y terremotos. 
En el año 1903, hubo mil trescientos cuarenta y nueve temblores terrestres. 
A raíz de la restauración japonesa de 1868, el gobierno llevó profesores euro- 
peos, los cuales al punto fijaron su atención en la irritabilidad de aquel suelo 
inseguro. Milne, Gray, Ewing, Verbeck, Wagner Chaplin, West, Knot y 
otros, son dignos de figurar entre los fundadores del nuevo edificio científico. 
En 1880 fundóse la Sociedad Sismológica del Japón, que ha dado gran impulso 
a los estudios sísmicos. En Tokio se creó una cátedra universitaria, única en 
el mundo. Finalmente, ct>mo resultado del terremoto de octubre de 1891, que 
causó siete mil muertos, diecisiete mil heridos y veinte mil edificios arruinados, 
se estableció, por decreto imperial, el "Comité de Investigación de los Terre- 
motos," con varias secciones científicas y muy bien dotado. Casi al mismo 
tiempo, nació en Italia la organización de los estudios sísmicos, con marcada 
tendencia a considerarlos desde el punto de vista de erupciones volcánicas (2). 
Existe la "Sociedad Sismológica Italiana". Inglaterra cuenta con cuarenta 
Observatorios esparcidos por toda la tierra, provistos de sismógrafos fotográ- 
ficos de Milne. Se ha llegado a demostrar la conexión íntima entre los gran- 
des temblores y las rupturas de equilibrio de la costra sólida de la tierra ; y el 
de todo punto inesperado, de que cada año hay como un centenar de terremo- 
tos, bastante fuertes para estremecer toda la masa del planeta, desde el punto 
de origen hasta los antípodas. En Norte-América hay varias estaciones, y 
una en Panamá, México, Brasil, Ecuador, Argentina, Perú, Martinica y Tri- 
nidad. £n la Habana existe la Estación Sísmica del Colegio de Belén, con dos 
buenos sismógrafos. 



(1) Puntos de vista sobre los terremotos. 

(2) Tramblements de terre, par L. de Lon^raive. 




-i87- 

Sólo por vía de digresión, hemos apuntado, por interesantes y curiosas, 
las precedentes noticias; pero debemos concretarnos a la parte histórica de 
los terremotos en la América Central, siquiera sea ligeramente, de acuerdo 
con la índole de la presente obra. 

Cuenta Oviedo que apenas llegaron los españoles a este suelo centro- 
americano supieron, por la tradición indígena, que el año 1469 había habido 
un gran terremoto. Refiere Bernal Díaz del Castillo que, al pasar con unos 
soldados, de Panchoy para Chimaltenango, experimentaron tan fuerte y largo 
terremoto, que tuvieron que apearse de los caballos y acostarse a lo largo para 
no caer a cada paso. "Acuerdóme, dice, que cuando veníamos por un repecho 
abajo, comenzó a temblar la tierra de tal manera, que muchos soldados pos- 
tráronse en el suelo, porque duró gran rato el temblor". 

Por el año 1541 — refiere el cronista Fr. Francisco Vásquez — (i) que no 
habiendo pasado ni catorce años de la fundación de la capital del reino de 
Guatemala, en las faldas del volcán de Agua (Ciudad Vieja) se empezaron a 
sufrir grandes huracanes, tempestades y copiosas lluvias, desde el 8 de sep- 
tiembre, que continuaron hasta las dos de la mañana del día 11, que fué do- 
mingo aquel año. Entonces se sintieron terribles terremotos, y sobrevino la 
inundación que produjo la catástrofe que arruinó la recién construida ciudad 
quedando muerta doña Beatriz de la Cueva y muchas otras personas. 

Por los meses de agosto y septiembre del año 1565, fueron los temblores 
de tierra tan fuertes y continuados, como general el terror y estrago que 
causaron en la capital del reino y en varias de las poblaciones principales, hasta 
el punto de que se creía peligroso continuar viviendo en las ciudades. En 
Almolonga se hicieron tantas grietas en la tierra, que volvióse cenagosa gran 
parte de aquel bello lugar. En San Juan de Comalapan — al decir de un testigo 
presencial — hubo una ruina completa. Estos sucesos desastrosos se verifica- 
ron casi al tiempo de llegar a la capital el obispo don Bernardino de Villalpan- 
do, durante la gobernación del licenciado don Francisco Briseño. 

Desde aquella fecha continuaron los temblores de tierra, sin que un solo 
año transcurriese exento de fuertes movimientos terráqueos ; pero los más 
notables fueron los que se experimentaron en 1575, y que hicieron caer muchos 
edificios y causaron la muerte de no pocas personas, desde la provincia de 
Chiapa hasta la de Nicaragua. El día último de noviembre hubo trepidación 
tan fuerte, hacia la media noche, que duró cerca de tres horas, hasta arruinarse 
la ciudad capital, y poniendo pavor en todos los pobladores, que querían aban- 
donarla. 

El 26 de diciembre de 1581, fué tal la furia del volcán de Fuego y tanta la 
ceniza que, como a las once de la mañana, cayó sobre la desgraciada ciudad, 
que ya no se veía absolutamente, y fué preciso comer con mortecina luz de 



(1) Tomo I. capítulo 79. folios?. 



— i88 — 

velas, que una y otra vez se apagaban, según dice Remesal, habiendo ratos en 
que no se veían los unos a los otros, y discurrían muchos que era llegado el día 
del juicio final, en medio de los gritos de espanto y de los ayes de dolor que 
por doquiera se oían. Hubo rogativas, procesiones y disciplinas, sin faltar 
algunos que a gritos iban confesando sus pecados, para añadir escándalo a tan 
penosa situación. Agrega el cronista que muchos abandonaron sus casas y 
huyeron por los montes, siendo lastimoso que personas de delicado sexo fuesen 
a vagar en los campos, sin parar mientes por dónde iban, ni premeditar en las 
fatales resultas de muertes, enfermedades y otras desdichas. 

No pasaron muchos días sin otro aciago suceso. El 14 de enero de 1582, 
fué tal la erupción del volcán, que se veían los torrentes de lava, como un gran 
río de fuego, y los peñascos ardiendo que al cielo arrojaba, con furia aterradora. 
Por seis meses, dice aquel escritor, que continuó en actividad el volcán, ponien- 
do en constante peligro a los habitantes de la capital y de las alquerías más 
cercanas. 

Desde el 16 de enero de 1585, hasta el 5 de diciembre de 1586, no transcu- 
rrieron ocho días sin fuertes temblores de tierra, siendo el más espantoso de 
todos, el que causó verdadera ruina en la ciudad capital, el día 23 de ese mes 
aciago. En muchos puntos abrióse la tierra, las oquedades parecían llegar al 
abismo, los edificios se desplomaron, los cerros se cayeron, sin que se pudiesen 
salvar ni los que huían de la ciudad, ni los que se asilaban bajo los arcos de las 
puertas o umbrales de las ventanas, en donde anteriormente habían librado 
sus vidas". 

Tan repetidos y continuados se dejaron sentir los terremotos, desde el 
año 1575, hasta el de 1590, como lamentables fueron las ruinas de los edificios, 
las muertes de los vecinos y las pérdidas de las haciendas. Tan amilanados 
quedaron, en los sesenta años siguientes, los pobladores de la infortunada 
capital, que no se atrevieron a edificar ninguna iglesia, ni casa de consideración, 
porque mientras más consistentes eran las fábricas, menos seguridad lograban. 

Suspendiéronse tan espantosos sucesos durante la primera mitad del siglo 
XVII, o acaso los cronistas se cansaron de seguir anotándolos (i). En 1651 
volvióse a destruir la capital, a impulso de un gran terremoto. Así lo dijo el 
Ayuntamiento al Presidente de la Real Audiencia, por el añ(j 171 7, añadiendo 
los capitulares que habían cesado los temblores de tierra, mediante la inter- 
vención de la Virgen del Rosario, a cuya milagrosa imagen juró la ciudad por 
su patrona, instituyéndose entonces la fiesta que llamaron de "las horas". 
Asegura el mismo cronista Vásquez que, desde que tuvo uso de razón, no 
había advertido terremotos semejantes a los de 1663 y 1666, los cuales proba- 
blemente no causarían ruina considerable, por hallarse recién construida la 
ciudad y asolados sus edificios. 



(1) RAZÓN PUNTUAL de los daños une ha padecido la ciudad de Guatemala : escribidla Don .Juan 
González Bustillo. 




-i89- 

Los terremotos del año 1765, día de la Santísima Trinidad, y 1757, cele- 
bración de San Francisco, no causaron tantos daños a la ciudad capital, pero 
perjudicaron a Chiquimula, Suchitepéquez y San Salvador. Por fin, los tem- 
blores de tierra de 1773, comenzaron a fines de mayo y continuaron con mucha 
fuerza, siendo memorable el de la víspera de la entrada del Presidente don 
Martín de Mayorga, Brigadier de los Reales ÍEjércitos. 

Ya este personaje, el Arzobispo, el Obispo de Comayagua y los Oidores, 
dormían en ranchos pajizos. Muchos particulares tenían también viviendas 
especiales para soportar los temblores de tierra, cuando sobrevino el de 29 de 
julio de aquel año 1773, a las tres y media de la tarde, como para servir de 
aviso a los desolados vecinos de la M. N. y L. Ciudad de Santiago de los Caba- 
lleros de Guatemala. Diez minutos después acaeció el terremoto que hubo de 
arruinar bastante aquella ciudad infortunada (i). 

El 13 de diciembre del mismo año hubo otro sacudimiento muy fuert? en 
aquella localidad, seguido de otros movimientos sísmicos que pusieron pavor 
en el ánimo de los habitantes todos de aquellas comarcas. Ni faltaron re- 
tumbos y temblores de tierra en el año siguiente. 

Pero lo que la tradición relata, por lo que aseguraron testigos presenciales, 
y aun por la apariencia que tenía la Antigua Guatemala, dedúcese (Juárros, 
Tomo II) que los informes de los ingenieros, autoridades y cabildantes fueron 
harto exajerados. Cita ese historiador dos folletos escritos en México, en 
1574, para patentizar ejemplos de tremendas hipérboles respecto a la catás- 
trofe. Yo he leído la mayor parte de las relaciones y documentos sobre dicho 
punto, y es fuera de duda que, por una parte el miedo, el pánico que prevalecía 
en los ánimos, hacía que cundiese la exajeración, y de otro lado, .el interés que 
las autoridades civiles y los demás notables vecinos tenían en dejar aquella 
ciudad, fueron parte a que se pintase con colores muy subidos lo que de suyo 
se prestaba a presentarse más desastroso y terrible. En "La Breve Descrip- 
ción," escrita por el P. Cadena, página 40, se dice que vieron muchos abrirse el 
volcán de Agua, desde la base hasta la cúspide, en dos mitades, a impulso del 
terremoto, y que con los movimientos sucesivos se volvió a pegar. En la 
"Historia de América" por Rusell (T. i. P. 390) se asegura que en la ruina de 
la Antigua Guatemala se perdieron como quince millones de pesos que habían 
en las Cajas Reales y fallecieron cuarenta mil personas, cuando no pasaron de 
doscientas. En la "Historia y Geografía," de Flint, resulta que el terremoto 
de Santa Marta fué en 1779 — es decir, seis años más tarde — y que murieron 
ocho mil familias, a causa de que el mar se levantó muchísimo sobre su nivel 

ordinario, un volcán arrojó agua hirviendo, y otro, ríos de lava ¡Así se 

escribe la historia ! 



(1) Escamilla.— Noticias curiosas. 



— 190 — 

Lo cierto es que los eclesiásticos que no querían la traslación de la ciudad 
a otro lugar atenuaron los perjuicios, mientras que los apasionados por cambiar 
la localidad, los exageraron bastante. En esos casos, la imaginación exaltada, 
y lo terrible del suceso, conducen a pintar con más vivos colores, lo 
que de suyo es terrible y lastimoso, dándole asi mayor ensanche y magnitud. 
La descripción del P. Cadenas, prominente sacerdote, testigo presencial y 
hombre de letras, merece crédito — salvo en algunas vulgaridades, como la de 
la apertura del volcán, de que hemos hablado. — Esa descripción, en estilo 
gongórico, se publicó un año después del suceso, con autorización oficial. En 
1858 se reimprimió en la tipografía de Luna. Escamilla, en su manuscrito, 
que lleva ])()r título: "Sucesión Chronológica de los Presidentes que han 
gobernado este Reyno de Goathemala, Obispos que ha tenido, y noticias curio- 
sas de estas Indias," contiene muchos datos acerca de la ruina y traslación de 
la Antigua capital de Guatemala, asunto al cual se dedicará un capítulo com- 
pleto, en el tomo II de la presente' obra. 

El doctor Morritz Wagner, en sus "Recuerdos de Centro-América," hace 
notar un fenómeno que caracteriza a todos los grandes terremotos habidos en 
estos países. Es la repetición de sacudidas a intervalos bastante regulares (i ). 
Ninguno de esos terribles terremotos agotó su furia con una o pocas convul- 
siones. La tierra tembló antes, como si se preparara, con fuerzas ciclópeas 
subterráneas, la devastación horrenda. Plegadas y replegadas las cai)as te- 
rrestres, semeja la orografía Centro-Americana, un papel arrugado por mano 
gigante y de hierro, que se hubiera complacido en amasar, estrujando entre 
sus dedos el istmo, y triturando sus huesos de jaspe y de granito. Esa mano 
plutónica no es otra que la fuerza misteriosa, inconmesurable, terrible de Ka- 
brakán, decían los indios, cuando temblaba la tierra. 

De los temblores de tierra del año 1830, que tanto afligieron a estas co- 
marcas, así como de los que se experimentaron en 1852 y 1854, del que tuvo 
lugar en la noche de la octava de la celebración de la Virgen de Guadalupe, de 
1863, y de los terribles sucesos sísmicos, que destruyeron Quezaltenango, San 
Marcos y varios otros pueblos de Los Altos, en el año 1902, en el mes de febre- 
ro, así como de la tremenda catástrofe de Cartago en Costa-Rica, en 1910, 
cumple hablar detenidamente en el tercero y último tomo de la presente obra. 
No obstante, es oportuno dejar consignada aquí la descripción que hicieron 
unos ingenieros alemanes, de cómo quedaron aquellos lugares de Los Altos, 
después de la erupción del volcán Santa María. Hela aquí : 

"El pueblo de El Palmar fué inundado por el río Nimá el siete de noviem- 
bre, de tal manera que se llevó la parte que quedaba arriba de la plaza y una 
fracción de la parte baja, esto es, más de la mitad del pueblo, dejando el río 



(1) La frecuencia cronológica de los temblores americanos, fué uno de los temas aue se dilucidaron 
en el "CJongreso Argentino Internacional Americano" de Julio de 1910. 




— 191 — 

como huella de su paso una capa de dos a cuatro metros de lodo en el lugar 
donde antes estuvieron las casas, y cavó su cauce veinte a treinta metros más, 
teniendo nosotros que quitarnos los vestidos para pasarlo. Lo mismo nos 
sucedió al regreso ; pero ya el alcalde 3°, con los únicos veinte indios que han 
quedado en el lugar, había colocado dos palos en el mismo punto en que hubo 
el puente que conducía a la Sabina. 

En la finca "Enriqueta," mejor dicho, en los vestigios que quedan de ella, 
vimos los últimos seres vivos : eran unos perros abandonados. Las ramas de 
los cafetos que todavía sobresalen de las cenizas en esa finca, comenzaban a 
brotar. ¡ Oh rica savia la de esta tierra americana ! En la loma que se ve 
hacia la derecha, en la finca que se llamó "La Florida," y cerca de la Cuachera, 
vimos los primeros respiraderos volcánicos. 

Llegamos a la Cuachera, a las 11 a. m., bajamos al baño y allí tomamos 
el almuerzo. El agua conserva los mismos elementos químicos que tenía antes 
de la erupción, y es la única potable que se encuentra en el camino desde El 
Palmar. A las 12 continuamos nuestra marcha ascendente, atravesando el 
lugar donde estuvo el hermoso Hotel de la Sabina, y llegamos a la orilla del 
gran barranco por donde antes se llegaba a los famosos baños medicinales. Ni 
uno se ve de los enormes árboles que antes del fenómeno formaban una selva 
en el abismo. 

En el fondo se ven dos zanjas gigantescas y paralelas, la más cercana for- 
mada por el agua del baño de la fuente Sabina, y la otra por el río Tambor, 
juntándose un poco más abajo, por la misma reunión de las corrientes. Por 
medio de largos cables y lazos llegamos al lecho de la primera zanja, temiendo 
quedar sepultados bajo aquellas incalculables masas de arena de escasa cohe- 
sión, que podían escurrirse sobre nosotros como un alud en las nevadas cum- 
bres de Suiza. Nuestro empeño era ver cómo había quedado en realidad la 
renombrada fuente, y llegamos a ella remontando el lecho de la zanja como 
unos 150 metros. Del tanque sólo se ve un pedacito de pared, que da paso al 
agiia y está lleno de arena. Las tres fuentes existen todavía ; su altura es 
menor y la primera dista de la tercera un metro, arrojando la misma clase de 
agua y con la misma temperatura que antes. Sólo la del centro, que está unos 
30 centímetros más alta que las otras dos, ha cambiado de modo notable. Su 
agua es fuertemente hedionda, contiene mucho ácido sulfhídrico ; su tempera- 
tura es muy alta, parece que estuviera en ebullición y no se puede tomar. 

El baño queda en el fondo de altísimas paredes de ceniza y arena casi ver- 
ticales, que alcanzan una elevación de 15 a 20 metros, formando un semi- 
círculo que marca el principio de la primera zanja de que hablé antes. Salimos 
de las fuentes con mucho trabajo, haciendo gradas en aquellas altas paredes, 
y desde arriba, en frente de los baños, tomamos de éstos una vista fotográfica. 
De aquí nos encaminamos a los manantiales de agua de San Antonio, que 
se ven bajar del peñasco ; bajamos al río Tambor y subimos por el otro lado a 



— 192 — 

las fuentes, que se encuentran en el mismo sitio y se conservan inalterables. 
La casita de los baños y la sólida y empinada gradería que conducía a San An- 
tonio, fueron arrasadas por las grandes avenidas que causan los continuos 
aguaceros. El camino de herradura para subir a San Antonio ya no existe, y á 
lo largo de la orilla del río no se ve más que una roca cortada a tajo. Del lugar 
donde estuvieron los baños de San Antonio salimos con más diñcultad que de 
la Sabina, porque era roca pura la que escalábamos. Cuando pudimos llegar 
arriba nos detuvo la boca de una gran zanja; nos consideramos impotentes 
para subir por ella y tuvimos que seguir su curso como 300 metros para lograr 
subir a la izquierda. Por fin llegamos a una loma de los terrenos de San An- 
tonio. De los grandes edificios de esta finca no se hallan ni vestigios, ni se 
puede determinar con seguridad el punto en que se encontraban. El riachuelo 
que corría entre los edificios y la orilla del barranco del Tambor, formó en las 
enormes masas de arena y ceniza un barranco formidable, difícil de atravesar. 
Del barranco atrás de San Antonio salen grandes cantidades de vapor de agua, 
y hacia la loma, entre este barranco y el riachuelo, se ve toda una serie .de res- 
piraderos. Lo propio se observa en las colinas que suben hacia las montañas 
y que se cuentan por centenares. Desde aquí el más frío observador se con- 
mueve por el aspecto que presenta la naturaleza. Ayer asombraba la feracidad 
de estas regiones, su riqueza, sus bellos paisajes ; hoy impresiona profunda- 
mente el ánimo más indiferente la tristeza de estos paisajes, el ondulante 
desierto de arena, de donde apenas sobresale dos o tres metros el árbol gigan- 
tesco que hace poco se ostentaba gallardo en las faldas de la cordillera. Todo 
está muerto y ni un ave cruza veloz por encima de esos campos de desolación. 

Eran las dos de la tarde y se aproximaba el diluvio diario que cae en la 
región a consecuencia de la condensación de los vapores que arroja el volcán 
por la mañana. En un momento armamos nuestra tienda de campaña en un 
lugar abrigado de los vientos ; pero el aguacero es tan fuerte que nos mojamos 
como si estuviéramos en campo raso. Por fortuna sólo duró un cuarto de 
hora, y como habíamos hecho provisión de leña, nos secamos al calor de una 
fogata, que mantuvimos toda la noche. Casi no dormimos una hora : lo im- 
pedía el viento que soplaba impetuosamente, los retumbos del volcán que te- 
níamos a legua y media, el frío que nos entumecía los huesos y el horrible es- 
truendo que ocasionaba el Tambor con las grandes avenidas que lanzaba sobre 
la costa. Como a las nueve de la noche hubo un fuerte temblor, los derrumbes 
del cono del volcán eran frecuentes y espesas masas de vapores salían cons- 
tantemente del cráter. 

Por fin amaneció, y nos preparamos para la parte más difícil de nuestra 
expedición, como que en ella podíamos dejar hasta la vida. En nuestra com- 
pañía llevábamos dos frazadas, algo para almorzar y la resolución de ver aque- 
lla boca del infierno. 




— 193 — 

Vjsto desde nuestra tienda, el camino para llegar al cráter nos conducía 
a lo largo de cuatro grandes lomas aparentemente unidas por sus bases. Como 
a una milla de distancia de la tienda, toda vegetación ha desaparecido. La 
subida era muy difícil por lo fuerte de la pendiente y lo resbaladizo del lodo 
que formó el aguacero de la noche anterior. Llegados a la cumbre de la pri- 
mera loftia, notamos que nos separaba de la segunda un espacio como de media 
legua, con declive sobre el cauce del Tambor y surcado por innumerables 
zanjas. Era forzoso atravesarlas todas, las pequeñas saltándolas, las grandes, 
— con profundidades de 30 metros, — por medio de cables, lazos y gradas. El 
paso de esas zanjas fué la parte más penosa de nuestro viaje. La segunda y 
tercera loma eran más pendientes que la primera y ya no pudimos dar veinte 
pasos sin descansar a tomar aliento. Al escalar la tercera loma retrocedimos 
bruscamente ante un peligro inminente : nos envolvieron fuertes vapores asfi- 
xiantes, como de gas del alumbrado y sulfurosos, y creímos imposible llegar al 
cráter aquella mañana; pero el viento cambió pronto, llevándose los vapores 
hacia las montañas, y volvimos a emprender la marcha. De aquí no quiso 
pasar un mecánico del país, que se nos había agregado, y nos encaminamos por 
último hacia la derecha del cráter para evitar las nocivas emanaciones gaseo- 
sas. Ya no era tan penosa la ascensión, porque la capa de arenas no está for- 
mada, como más abajo, por arena fina y ceniza resbaladiza, sino por otros más 
gruesos mezclados con piedras. Por aquí pudimos admirar la fuerza eruptiva 
del volcán, pues como a 200 metros del cráter había una hilera de enormes 
piedras volcánicas, que sobresalían aun de la arena 2 y 4 metros. Yo calculo 
en muchas toneladas el peso de la parte visible de estas rocas. 

A las 10 de la mañana precisamente llegamos al borde del abismo. Yo no 
puedo explicar la emoción que aquello nos causó. Nos detuvimos callados, 
temiendo dirigir la vista adelante, atrás, a todos lados. Estábamos en pre- 
sencia de un cráter colosal. Su boca es elíptica, con su eje mayor del Este al 
Oeste, teniendo más o menos 1,000 metros de longitud. Su profundidad será 
de 200 a 250 metros y el diámetro mayor del fondo no tendrá de 500 a 600 
metros. Seis aberturas de diferentes tamaños hay en el fondo, y de ellas se 
ven cinco hacia las orillas, que despiden continuamente grandes nubes de vapor 
de agua. La mayor está hacia el Este, tiene como 30 metros de diámetro y 
su forma es redonda. Detrás de esta boca, extendiéndose hasta la pared 
posterior y aumentando de diámetro, se ve un llano amarillo, como de azufre, 
que exhala continuamente vapores de blancura deslumbrante. La abertura 
que sigue a la izquierda, y la segunda en tamaño, de forma oval, lanza nubes 
de vapor, piedras y arena a quince o veinte metros de altura. La pared poste- 
rior del cráter, poco menos que vertical, ya casi llega a la cima del Santa María, 
teniendo de 1,500 a 1,800 metros de altura. De la parte más alta se despren- 
den constantemente trozos grarfdes de rocas, produciendo al caer ruidos pare- 



— 194 — 

cidos al trueno, los cuales podrían tomarse por erupciones. Los derrumbes 
han formado en la pared mencionada un cono de escombros de unos 150 metros 
de altura. 

En el propio cono y a media altura se encuentra la sexta salida de nubes 
de vapor. 

La altura del cráter sobre el nivel del mar es de 2,000 a 2,500 metros. Per- 
manecimos una hora en los bordes del cráter y tomamos dos vistas del abismo. 
Todo ese tiempo respiramos un aire débilmente cargado de azufre. A las 11 
a. m., emprendimos el regreso y llegamos a nuestra tienda a las 12 y 15. A las 
5 y 30 P- m-» a San Felipe, habiendo visto cuanto hay que ver en cuestión de 
cráteres, de avenidas de derrumbes, de retumbos, de vapores, de abismos y de 
diluvios, de truenos y temblores de tierra. — (f.) Enrique Siegcrist". 

El nombre quiche del volcán Santa María es K' a' kxanul, vomitador de 
fuego, y sábese por los Anales Kakchiqueles (\ue hizo cTupcií»n(>s tríMiu-iuias. 

ERUPCIONES VOLCÁNICAS Y TERREMOTOS EN 
CENTRO-AMÉRICA: 

Siglo XVI 6 erupciones 

,, XVII II 

„ XVIII 17 

.. XIX ,7 



^ño 1522 


Eruf>rión í 


el volc.'m Masaya 


Nicaragua. 


,, 1526 




Fuego 


(iuatemala^ 


». 1565 




Pacaya 


Guatemala.' 


., 1581 




Fuego 


Guatemala; 


„ 1582 




, , „ Fuego 


Guatemala/ 


.. 1585- 


586 ,',' 


Fuego 


Guatemala^ 


„ 1614 




,, „ Fuego 


Guatemala, 


„ 1623 




Fuego 


Guatemala. ^ 


,, 1643 




San Vicente 


Salvador. 


„ 1651 




Pacaya 


Guatemala. 


„ 1664 




Pacaya 


Guatemala. 


,, 1668 




Pacaya 


Guatemala;. 


,, 1670 




, „ Masaya 


Nicaragua.- 


„ 1671 




Pacaya 


Guatemala.^ 


., 1677 




, „ Fuego 


Guatemala, 


,, 1699 




Fuego 


Guatemala. 


.. 1705 




, „ Fuego 


Guatemala. 


,, 1706 


>, , 


, „ Fuego ■ 


Guatemala^ 



r 



195 — 



Ir 



,. 1707 


, 


, 


, „ Fuego 


Guatemala.-^ 


,, I7I0 


»> 


Fuego 


Guatemala.' 


,. I7I7 




, „ Fuego 


Guatemala. 


„ 1723 




Irazú 


Costa-Rica>^ 


,, 1726 




, „ Irazú 


Costa-Rica. 


,, 1732 




Fuego 


Guatemala. 


M 1737 




, „ Fuego 


Guatemala. 


.. 1764 




, „ Momotombo 


Nicaragua. 


,, 1770-1772 Formación Izalco 


Salvador. 


», 1772 


Erupción del volcán Masaya 


Nicaragua. 


.. 1775 


„ 


•, „ Masaya 


Nicaragua. 


,, 1785 






Cerro Quemado 


Guatemala. 


„ 1798 






Izalco 


Salvador. 


,. 1799 






, „ Fuego 


Guatemala. 


,, 1803 






, „ Izalco 


Salvador. 


,, 1821 






, „ Masaya 


Nicaragua. 


,, 1829 






,, „ Fuego 


Guatemala. 


.. 1835 






,, „ Cosigüina 


Nicaragua. 


,, 1844 






,, „ San Miguel 


Salvador. 


„ 1847 






,, „ Masaya 


Nicaragua. 


„ 1850 






,, „ Telica 


Nicaragua. 


.. 1855 






,, „ Tacana 


Guatemala. 


,, 1855 






,, „ Fuego 


Guatemala. 


„ 1856 






,, „ Fuego 


Guatemala. 


,, 1857 






Fuego 


Guatemala. 


„ 1858 






,, „ Masaya 


Nicaragua. 


,, 1869 






Izalco 


Salvador. 


,, 1870 






,, „ Izalco 


Salvador. 


,, 1880 






,, „ Ilopango 


Salvador. 


,, 1880 






,, „ Fuego 


Guatemala. 


„ 1883 






,, „ Ometepe 


Nicaragua. 


,, 1902 


Octubre 


Santa María 


Guatemala. 


,, 1911 


Agost 





Poas 


Costa-Rica. 



PRINCIPALES TERREMOTOS 



1541 Septiembre, 11. Destrucción de la primera capital (Ciudad Vieja). 

1575 Mayo, 23. Gran daño en la Antigua Guatemala y destrucción de 

San Salvador. 

1576 y yy Junio. Gran daño en la Antigua Guatemala. 



— 196 — 

1586 Diciembre, 23. Destrucción de la Antigua Guatemala. 
165 1 Febrero, 18. Gran daño en la Antiíjfua Guatemala. 
1689 Febrero, 12. Gran daño en la Antigua Guatemala. 
1717 Septiembre, 29. Destrucción de la Antigua Guatemala. 
175 1 Marzo, 4. Gran daño en la Antigua Guatemala. 
1765 Abril, 18. Destrucción de varias ciudades de El Salvador. 
1765 Mayo, 20. Destrucción de varios pueblos, en la provincia de Chi- 
quimula, 

1773 Julio, 29. Destrucción de la Antigua Guatemala (Santa Marta). 

1774 Julio, 27. Destrucción de los pueblos de la Costa del Bálsamo. 

Salvador. 

1798 Febrero, 15. Gran estrago en San Salvador y pueblos de Cuscatlán. 

1822 Mayo, 7. Gran estrago en Cartago, Matina y San José de Costa- 
Rica. 

1839 Marzo, 22. Gran estrago en El Salvador. 

1841 Septiembre, 2, Destrucción de Cartago. — Costa-Rica. 

1847 Junio. Gran daño en la Costa del Bálsamo. — Salvador. 

1852 Mayo, 16. Mucbo estrago por Guatemala y Los Altos. 

1854 Abril, 16. Ruina de San Salvador. 

1857 Noviembre, 6. Gran estrago en Cojutepeque. — Salvador. 

1859 Agosto, 25. Ruina de La Unión. — Salvador. 

1859 Diciembre, 8. Estrago en Amatitlán y Escuintla. — Guatemala. 

1862 Diciembre, 19. Gran daño en Escuintla, Amatitlán, Guatemala y 
Tecpán. 

1870 Junio, 12. Destrucción de Chiquimulilla, y estragos en Cuilapa. 

1870 Junio, 13. Estragos por Jutiapa, Santa Rosa y Guatemala. 

1873 Marzo, 4. Destrucción de San Salvador y pueblos vecinos. 

1874 Septiembre, 3. Destrucción de Patzicia y estragos por Chimal- 

tenango. 

1878 Diciembre, 5. Estragos por Usulután. — Salvador. 

1879 Diciembre, 21 y 31. Destrucción de varios pueblos en contorno del 

lago de Ilopango. — Salvador. 
1902 Febrero, 18. Ruina de Quezaltenango, San Marcos y otras pobla- 
ciones de Los Altos. 

1910 Destrucción de Cartago en Costa-Rica. 

191 1 Agosto. Estragos en las cercanías del Poas, en Costa-Rica. 
1913 Enero. Destrucción de Cuilapa. — Guatemala. 

El P. Lizarzaburu, Jesuita muy inteligente en astronomía y ciencias físi- 
cas, escribió un folleto interesante sobre "Los temblores sentidos en Guate- 
mala, en Diciembre de 1862 y Enero de 1863," que contiene datos curiosos 
sobre fenómenos seísmicos. 




— 197 — 

En la "Revista del Observatorio Meteorológico," del año 1883, corres- 
pondiente al mes de abril, hay un catálogo muy completo y explicado de los 
temblores en Centro-América, desde. 1469, en que, según Oviedo y una tradi- 
ción indígena, tembló todo el istmo. En 1522 hizo erupción el volcán de Ma- 
saya, ocasionando fuertes sacudimientos de tierra. Bernal Díaz del Castillo 
asegura que en el reino de Guatemala, sintiéronse terremotos tan fuertes, en el 
año 1539, que no podían los hombres tenerse en pie (Tomo I., Historia Ver- 
dadera de la Conquista de Nueva España, edición hecha según el Códice Autó- 
grafo, publicada por Genaro García. — México, oficina tipográfica del Ministerio 
de Fomento. — 1904). 

EFEMÉRIDES SEÍSMICAS Y VOLCÁNICAS DE EL SALVADOR 

1521 Erupción del Lamatepec o volcán de Santa Ana (Herrera). 

1522 Erupción del Cosigüina y del Conchagua. 
1524 Grande actividad del volcán de Santa Ana. 

1538 Destrucción de San Salvador, cuya sede es transferida a la Bermuda. 
1556 Temblores numerosos y muy fuertes en San Salvador. 
1570 Erupción del Santa Ana, que algunos refieren haber sido en 1580. 
1576 Ruina de San Salvador, el segundo día de la Pascua del Espíritu 

Santo, que destruyó casi toda la población. 
1 593- 1 594 Ruina de San Salvador, que fué completa. 
1625 Grandes temblores en San Salvador. 
1659 Ruina de San Salvador. 
■; 1699 Grande erupción del volcán de San Miguel. Los temblores, dice 

Jiménez que fueron fuertísimos y pavorosos los retumbos, (libr. 

V, cap. H). 
1770 Aparición del Izalco, 23 de febrero. 

1774 Se arruinan Huizúcar, Panchimalco y otros pueblos vecinos. 
1787 Erupción muy terrible del volcán san Miguel. 
1798 El 2 de febrero se arruinó San Salvador. 
1802 El volcán Izalco hace gran erupción. 

1805 a 1807 El mismo volcán Izalco arroja grandes lavas y cenizas. 
181 1 Hace erupción el San Miguel. 

1814 Grandes temblores en San Salvador. 

181 5 Ruina en San Salvador, 
1819 Erupción del San Miguel. 

1830 Fuertes temblores en San Salvador. 
1835 Erupción del San Miguel. 

1839 El 22 de marzo hubo un terremoto violentísimo que causó no pocas 
pérdidas. 



-198- 

1839 Del I" al 10 de octubre se sintieron fuertísimos movimientos de 

tierra. 
1844 El 23 de julio hizo tremenda erupción el San Miguel. 

1853 El 9 de febrero se sintió un terremoto extensísimo que alcanzó hasta 

Guatemala y Trujillo. 

1854 Ruina de San Salvador. El 16 de abril, a las dos de la mañana, dio 

en tierra con toda la ciudad. Hasta el 18 se contaron 120 temblores.. 

1854 Mayo. Un fuerte temblor que destruyó algunas casas en San Sal- 
vador. 

1854 Junio, 18. Terremoto en San Miguel. Grande hundimiento de ro- 
cas traquíticas y basálticas, cerca de Estanzuelas. 

1854 Octubre, 7. Fuerte temblor de tierra en San Salvador, y sobre todo 
en Cojutepeque y San Vicente. 

1856 Del 14 al 30 de agosto. Fuertes temblores en I zaleo. El 16 de 
agosto se rompió el cráter del lado de Santa Ana, produciendo un 
grande hundimiento del cnnn, que perdió entonces una bncna parte 
de su altura. 

1856 Fuertes temblores en San Salvador y Cojutepeque. 

1857 Temblores en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, (irán actividad 

del San Miguel y del Masaya. 
1859 Del 25 de agosto al 3 de septiembre, hubo una serie de temblores en 

La Unión. 
1880 Enero, 22. Fuertes movimientos seísmicos en La Unión. Gotera y 

San Miguel. 

1880 Marzo. Pequeña erupción de piedras y cenizas lan/.adas \n,r el vol- 

cán de Santa Ana. 

1881 Del 16 al 22 de abril, se sintieron en San Salvador temblores de tre- 

pidación de alguna intensidad. 
1881 Noviembre. Sacudimiento de 30 segundos, bastante fuerte en San 
Salvador. 

1881 Diciembre, 26. Horribles retumbos y temblor muy fuerte en San 

Salvador. 

1882 Agosto, 2. Muy fuerte temblor de tierra en San Salvador. 
1882 Octubre, 22. Ocho oscilaciones grandes en San Salvador. 
1882 Noviembre, 10. Otras oscilaciones bastante fuertes. 

1884 Marzo, 27. Fuerte temblor de oscilación en San Salvador. 

1884 Junio, 3. Largo temblor en San Salvador. 

1884 Junio, 10. En Santa Tecla se experimentó un fuerte movimiento 

de tierra. 
1884 Julio, 12. En San Salvador y en Santa Tecla se sintió otro temblor. 
1884 En agosto, octubre y diciembre, tembló en dichas ciudades. 
1884 Tres fuertes temblores en San Vicente. 



I 




— 199 — 

1884 Diciembre, 8. En Santa Ana y Sonsonate hubo grandes temblores. 

Del 5 al 14 de agosto de 1856, sufrió toda la costa del mar Caribe una gran 
conmoción. En Trujillo no dejó de temblar la tierra por mucho tiempo. 

En Tegucigalpa y en otros pueblos de Hibueras han causado los volcanes 
no poco sobresalto a los moradores de aquellas tierras, produciendo fuertes 
sacudimientos, que algunas veces ocasionaron lamentables ruinas, como la de 
Comayagua, ocurrida el 14 de octubre de 1774; aunque no de la magnitud de 
la que sufrió León de Nicaragua en aquella primitiva ciudad, que quedó des- 
truida en su mayor parte. En Costa-Rica no han faltado los temblores de 
tierra, siendo funestamente memorables los de 1638, que hicieron caer algunos 
edificios, quedando maltrechos casi todos. A la filantropía del gobernador 
don Gregorio Sandoval, debióse la restauración de aquella ciudad, ya que de 
sus fondos particulares gastó en refaccionar los edificios públicos y en socorrer 
a algunas personas damnificadas. El 7 de mayo de 1822 hubo un terremoto 
que causó graves daños en Cartago, Matina y San José. En 184 1 el 2 de sep- 
tiembre, se arruinó Cartago, y en 1851 sufrieron San José, Heredia y Alajuela. 
El 29 de diciembre de 1888 cayeron varias casas de la Capital, se incendió la 
Farmacia Francesa, y quedaron dañados muchos edificios. En Alajuela pe- 
recieron varias personas, y el temblor de tierra fué horrible ; pero más aún en 
Tambor, lugar que cambió de topografía, pereciendo don Rafael Castro y dos 
de sus hijos. Una ola inmensa de tierra arrebató de ese lugar a la esposa y a 
una niña de aquel desgraciado, llevándolas a distancia del sitio en donde que- 
daban los otros sepultados. El 13 de abril de 1910 sintiéronse fuertes movi- 
mientos sísmicos, que produjeron graves daños en las propiedades, sin desgra- 
cias personales. El 4 de mayo de 1910 se arruinó Cartago totalmente, murien- 
do más de 500 personas. Este desastre ha sido el más terrible de los causados 
en Centro-América, por los terremotos. 

El lunes 28 de agosto de 191 1 hizo erupción el volcán Poas, y hubo terre- 
motos tan fuertes que destruyeron las casas de madera de los alrededores, se 
abrió la tierra en enormes grietas y los pobladores de las alquerías, que salieron 
a los campos, se veían arrojados de un lugar a otro. El lector que desee ampliar 
los datos anteriores, puede ocurrir en consulta, a la obra reciente del doctor 
don Cleto Víquez, que no he podido consultar respecto a Costa-Rica, y a la 
del Capitán Montessus de Ballore, que formó una compilación completa de los" 
anales seismológicos de Centro-América. Hoy se han hecho estudios intere- 
santes acerca de las causas de los temblores de tierra, del vulcanismo del pla- 
neta y de los círculos de conmoción, que abrazan los terremotos ; pero tales 
materias son ajenas a la índole histórica de la presente obra. 

No se puede poner en duda que existe relación entre los terremotos y 
otros fenómenos físicos. Los que han estudiado la corteza terrestre y la re- 
gión sub-oceánica, apuntan que la América Central es uno de los puntos más 



débiles de dicha corteza, bajo la cual coinciden dos arcos (i) o vértices de los 
husos esféricos en que está cortado el casco de la tierra, concomitantes con 
las islas de la Sonda y de las Antillas. Centro-América es una arista salvada 
de grandes cataclismos, de destrucciones horrendas. 

Los temblores de tierra actuales no son más que ecos debilitados de es- 
pantosos trastornos telúricos en remotísimos tiempos. La serie de revolu- 
ciones de que ha sido teatro el Centro de América desde la época jurásica, ha 
trastornado repetidas veces su configuración, ora hundiéndose a inmensos 
abismos, ora surgiendo a grandes alturas sobre las aguas, al tiempo que sus 
sistemas de montañas se edificaban, se degradaban y volvían a nacer alterna- 
tivamente. En épocas precretáceas el mar de las Antillas era un golfo del 
Pacífico. De la región de Honduras se destacaba una gran península. Cuba 
encontróse unida a la América Central, en época relativamente reciente. 

Resumiendo — dice el sabio jesuíta Mariano Gutiérrez Lanza — la historia 
de las múltiples y profundas revoluciones estructurales de este mundo Centro- 
americano, he aquí la serie probable de los acontecimientos. En los tiempos 
primitivos, cadenas de base granítica y eruptiva en dirección del geosinclinal 
mediterráneo. Una larga zona de tierra se extendía desde Honduras, y Cuba 
formaba parte de un grandísimo territorio, que además del actual, abrazaba la 
isla de Pinos y las Bahamas. La Florida no existía. Al fin del período cre- 
táceo empieza el período que está para terminar. En la época oligocena una 
acción enérgica dio origen al empuje orogénico de grandes plegamientos, a 
que las Antillas y Centro-América deben sus principales rasgos estructurales. 
El nacimiento de estas cadenas corresponde a la surrección de los Pirineos. 
Por desgracia, la enfermedad hi.stérica y convulsiva de nuestro suelo parece 
incurable, y así a las vicisitudes referidas, se han sucedido nuevos y no inte- 
rrumpidos trastornos que han continuado hasta nuestros días, y con ellas la 
gran propensión a violentas conmociones sísmicas y terribles erupciones vol- 
cánicas (2). 

Las capas geológicas de la tierra se sobreponen unas a otras y contienen 
las páginas de los azares telúricos. Cada hoja de ese infolio inmenso lleva 
escrita la historia de siglos incontables ; la vida del planeta que habitamos. 



(1) Sismolocrfa. Goiurreso Científico Internacional Americano. Buenos Aires.— 1910. 
<2) Pantos de vista sobre los terremotos, por M. Gntiérrez Lanza, 1er. Con«Teso Pan Americano. 
Santiaaro de Chile. Volumen V<? Ciencias Físicas. 



CAPITULO VII 

arqueología centro-americana 



SUMARIO 



La arqueología de Centro-América ofrece el mayor interés. — Soberbia obra de 
Goodman y Maudslay. — Destrucciones hechas por los mismos indios y después por 
los españoles. — Cronistas aborígenes. — La Sección Etnográfica del Museo Nacio- 
nal de la Sociedad Económica. — Benemérito anticuario guatemalteco, don Juan 
Gavarrete. — Los célebres monumentos de Cotzumalguapa. — Descripción de sus 
ruinas, por primera vez publicada. — Grande importancia que tienen. — Bowditch 
calcula los siglos que cuentan de existencia nuestras ciudades prehistóricas. — An- 
tigua opulencia de Santa Lucía Cotzumalguapa. — Obrajes magníficos y estancias 
soberbias. — Decadencia y ruina. — El arzobispo Larraz describe ese pueblo y otros 
comarcanos. — Ricas haciendas de esa zona. — Varias poblaciones desaparecidas. — 
Ruinas de Piedras Negras. — El Peten. — Copan, en Honduras. — El Templo. — El 
Circo Máximo. — Las Pirámides. — El Sacrificatorio. — Los Geroglíficos. — Ruinas 
de Kiriguá. — Descripción de Schcrzer. — El Circo. — Las Cabezas humanas. — La 
gran Tortuga. — Monumentos de Palemke. — Restos de Sinaca-Mecalo. — Ruinas 
del Carrisal. — Ruinas de Mixco y de Petapa. — Lo que queda de Patinamit. — Des- 
cripción de aquel sitio. — La bella Xelahú. — Poblaciones primitivas que hubo en el 
valle donde está situada la capital de Guatemala. — Río subterráneo. — Ruinas de 
Tical. — Monumentos de Menché. — La ciudad de Lorillard. — Antigüedades en la 
América Central, descritas por don Cesáreo Fernández Duro. — Ruinas de la repú- 
blica de El Salvador. — Antigüedades curiosas de Costa-Rica. — Arqueología de Ni- 
caragua. — "La Antigua América," obra escrita en inglés y traducida al castellano, 
por don Antonio Batres Jáuregui. — Las ruinas de Nackeun. — Comparación de las 
ruinas de Atenas, Herculano, Pompeya y Roma con las de la América Central. — 
Estas son hieráticas reminiscencias de civilizaciones muertas. 



La arqueología imparte un aire de realidad al estudio del pasado. Los 
despojos monumentales rememoran vivamente la prístina condición de las 
sociedades muertas. Epitafios elocuentes de otros siglos y de otros hombres, 
son síntesis de su historia ; fragmentos que sirven para reconstruir los pueblos 
más remotos. Las célebres ruinas de la América Central casi todas yacen 
apartadas de los actuales centros de población, entre las lúgubres sombras de 
florestas vírgenes. 

El arte monumental indígena de Guatemala ofrece el mayor interés a los 
sabios y a las sociedades europeas y americanas. En los museos de Berlín, 
Londres, París, Nueva York, Washington y Roma, hemos visto fragmentos 
de las portentosas ruinas prehistóricas de Centro-América, reveladoras al tra- 
vés de los siglos, de la civilización peculiar que tuvieron las naciones antiquí- 
simas, desde Yucatán y nuestras costas Atlánticas, hasta muchos puntos de 
este istmo, centro de la cultura del mundo, en remotas edades, y que acaso lo 



— 202 — 

será en venideros tiempos (i). Sin apelar a la suposición de los que afirman 
que aquí estuvo el pueblo más civilizado del continente antiguo, del cual era 
colonia el Egipto, y que lo componían los carios, quienes formaron la cuna de la 
antigüedad, es preciso reconocer la cultura remota'de Palemke, Copan, Kiri- 
guá, Tihuanuco, Piedras Negras, Tical, Chichén ítzá, y demás restos de mo- 
numentos indígenas, que servirán de objeto al presente capítulo, a fin de dar 
una idea general de ellos, remitiendo al lector que desee jírofiindizar la mate- 
ria, a los libros extensos que existen. 

En la monumental y soberbia obra de Goodman y Maudslay "Biología 
y Arqueología Centrali-Amcricana," publicada en Londres, en 1<S97, se descri- 
ben esas interesantes ruinas, centros de pueblos perdidos, cuya vida dejó ape- 
nas rastros, que la tradición, la lingüística, la arqueología y la historia, se 
empeñan en descifrar. 

Los mismos indios, durante el periodo de U)s tuitecas, y por invasiones 
posteriores, destruyeron no sólo ciudades hieráticas y monumentos antiquísi- 
mos, sino los fastos, las tradiciones, y cuanto pudiera mantener la historia de 
los vencidos. Los aztecas, después, y los españoles, por último, trataron de 
borrar hasta el recuerdo de aquellas civilizaciones que hoy investiga la ciencia 
moderna (2). 

"Debe sal)erse — dice Las Casas— que en todos estos países, entre las di- 
versas profesiones que tenían personas competentes, existió la de cronistas o 
historiadores, que conocieron el origen de estos reinos y de todo cuanto se 
relacionaba con la religión y con sus dioses, lo mismo que con los fundadores 
de las ciudades o villas. Consignaban en sus crónicas las historias de los 
reyes, la manera como eran elegidos y quiénes habían sido sus sucesores ; la 
de sus trabajos, acciones y guerras, y la de los hechos más memorables. Ha- 
blaban de los héroes y hombres benéficos. Sabían quiénes fueron los prime- 
ros pobladores del país, sus costumbres, triunfos y derrotas. En efecto, estu- 
diaban todo lo concerniente a la cronología, y eran capaces de informar lo 
interesante del pasado. Estos crohistas tenían también que calcular los meses 
y años, y aun su modo de escribir no era como el nuestro. Empleaban símbo- 
los y caracteres, por medio de los cuales lo entendían todo ; y guardaban gran- 
des libros compuestos de manera tan ingeniosa y con tal arte, que las letras 
que de nosotros aprendieron, no les servían de mucho para llenar su objeto. 
Nuestros sacerdotes han visto algunos de esos libros, y yo mismo los he tenido 
en mis manos, aunque muchos fueron quemados por instigación de los misio- 
neros que temían que sirviesen de impedimento a la obra de la conversión". 



(1) Va hemos hablado del porvenir de Centro- América; y respecto a su aniueolo^ía existe un 
interesante cuadro de honor formado por el l)r. Hermán Prowe. 

(2) Itzcoatl destruyó muchos de los manuscritos aulisruos— ' La Anticua América," de Baldwln. 
explica cuánto se destruyó. 



— 203 — 

Todos estos imperios, desde la más remota antigüedad, habían venido ex- 
perimentando cambios y revoluciones causados por el predominio o influencia 
ya de un pueblo ya del otro, en el curso de su larga historia. Por último, la 
conquista española casi acabó con los indios y destruyó sus monumentos y la 
mayor parte de sus tradiciones ; por lo cual es mucho más difícil para los anti- 
cuarios penetrar en el laberinto del pasado. Sin la arqueología monumental 
fuera imposible probar el grado de progreso de los antiguos pobladores de la 
América del Centro. 

Los grandes y espesos bosques de la parte Norte de Guatemala y Meri- 
dional de Yucatán que penetraron como vastos ramales en el interior de estas 
regiones, cubriendo una área inmensa, guardan todavía los despojos de grandes 
ciudades, mediando entre uno y otro grupo de ruinas una vasta región casi 
desierta. Es que casi todo lo que queda son fragmentos de hieráticos edifi- 
cios, centros de poblaciones rurales, esparcidas por fértiles zonas, que apenas 
si han dejado huellas como las que se ven al Suroeste de la capital de Guate- 
mala, en sus cercanos contornos, que fueron ocupados en la época de los te- 
rrapleneros, por numerosa gente (i). 

¡ Entre las malezas que cubren las ruinas, y los seculares árboles nacidos 
en las grietas de sus muros, apenas pueden calcularse los siglos que tienen de 
existencia ! ¡ Lástima que no sólo la mano del tiempo haya destruido mucho 
de aquellos célebres monumentos, sino que también para los museos de Euro- 
pa y los Estados Unidos, se llevaran curiosos americanistas, fragmentos ori- 
ginales y piezas enteras de tan interesantes construcciones! (2) 

Con los mejores datos que suministran los anticuarios nacionales y extran- 
jeros, que han estudiado nuestras ruinas, vamos a describirlas, comenzando 
por las de Santa Lucía Cbtzumalguapa, que han llamado mucho de atención 
en los últimos tiempos, hasta el punto de que sociedades sabias y museos ricos 
han mandado especialistas a sacar facsímiles y dibujos. Ese arte ciclópeo 
tiene mucho del etrusco y del caldeo. 

Al más benemérito y modesto de nuestros anticuarios, al inolvidable gua- 
temalteco don Juan Gavarrete, que tanto trabajó gratuitamente, como Encar- 
gado de la Sección Etnográfica del Museo Nacional (3) se debe la descripción 
inédita de las ruinas de Cotzumalguapa, que vamos a dar a luz, advirtiendo 
antes que en dicha sección figuraban obras impresas, manuscritos raros, co- 
pias importantes, autos originales, títulos de poblaciones de indios, vocabula- 
rios de lenguas aborígenes, en una palabra, la mejor colección para formar la 
historia de Centro-América. 



(1) A Glimpáe at Guatemala,— Maudslay. 

(2) Bouditch escribió, en 1901. un folleto, calculando la edad de las ruinas: ¿Kanohé-Tenamll, entre 
los años 3768-3940. 'Piedras U^egras, 3770-3880. Selbal, >000 y 4020. Paknke, 3709-3860. Klrigad,3SSQ-3Xe. 
Copan, entre 3730 y 3930. Antes de la era Cristiana. 

(3) En otra parte hemos hablado de h)s trabajos de don Juan Gavarrete, acreedor al reconocimiento 
nacional. 



— 204 — 

Estudiamos muchos de aquellos valiosos manuscritos e impresos curiosos, 
durante ocho años que servimos patrióticamente la Secretaría de la Sociedad 
Económica del Amigo del País. Todos los documentos de que se hace mérito, 
y de cuyo índice conservamos copia, fueron estregados a don José Milla, de 
orden del Gobierno, para que escribiera la historia de Centro-América, y de- 
volviese a seguida aquellos tesoros. En varios baúles llevó el notable literato 
la Sección Etnográfica completa. Eran más de ciento cincuenta libros y mu- 
chísimos papeles y copias de importancia, que caminaron a la hacienda "Que- 
sada," en donde por entonces residía el distinguido escritor, que nos dejó los 
dos tomos primeros de la historia patria. No todos los documentos de la So- 
ciedad Económica figuran hoy en la Biblioteca Pública, ni en el prólogo de 
aquella obra se hizo siquiera mención de don Juan Gavarrete, ni tampoco se 
aludió al arsenal que, de ese patriótico instituto, había recibido el señor Milla, 
ya que lo que más cuesta es reunir metódicamente los materiales dispersos, 
que solamente en muchos años de constancia podían obtenerse. 

De esa Sección Etnográfica sacamos una copia, en el año 1869, del inte- 
resante estudio referente a las antigüedades de Cotzumalguapa, que podríamos 
extractar para esta historia, pero preferimos que figure íntegro, por el mérito 
que tiene. Dice así : "El descubrimiento de los antiguos restos de Cotzumal- 
guapa, se debe a uno de los principales vecinos de Santa Lucía, llamado Pedro 
de Anda, quien al preparar un terreno que se halla al Nordeste de la población 
y dentro de los límites de su eiido, a pocas varas de profundidad, dio con un 
depósito de piedras de todas dimensiones cubiertas de bajos relieves muy bien 
trabajados, que indicaban ser restos de un gran edificio cuyo origen se remon- 
ta a una época muy anterior a la conquista de estos países. Hecho el hallazgo 
se puso en noticia del corregidor del departamento, capitán don Miguel Urru- 
tia Jáuregui, y este funcionario visitó el lugar de las ruinas, mandó continuar 
la excavación, donde tomó la medida de las piedras descubiertas e hizo dibujar 
algunos de sus emblemas, remitiendo los diseños al Ministerio de lo Interior, 
el año 1865. 

Desde aquella época las ruinas de Santa Lucía han llamado grandemente 
la atención de cuantas personas las han visto. La excavación tiene más de 
veinticinco varas de largo, sobre diez o doce de ancho, y en este pequeño espa- 
cio, situado en medio de un espeso bosque y formando un lecho de tierra vege- 
tal, se encuentran hacinadas las piezas descubiertas, que casi todas revisten 
la forma de obeliscos, monolitos de tres metros de longitud, uno de anchura 
y otro de profundidad. En sus caras aparecen bajo-relieves, que representan 
guerreros armados, sacerdotes en el acto de sacrificar, personajes adorando a 
las divinidades, y todas estas figuras mezcladas de geroglíficos que el tiempo 
ha vuelto imperceptibles. Una cabeza de serpiente, un bajo-relieve que osten- 
ta a un guerrero subiendo una escala, y una gran taza de piedra, que proba- 
blemente era sacrificatorio, se trasladaron a la casa del descubridor. 



— 205 — 

En la finca llamada "Pantaleón" existe una interesantísima cantidad de 
cabezas y de piedras esculpidas. En el Museo de Etnografía de Berlín se ven 
algunas de las ruinas de Santa Lucía, siendo la más notable y apreciada la que 
forma un bajo-relieve que tiene un pontífice sacrificador con la amenazadora 
cuchilla de oxidiana (chaye) en la mano. El Director de dicho Museo don 
Adolfo Bastían, describió, en 1885, las hermosísimas piedras de aquellas ruinas. 

Se sabe que a mediados del siglo IX de la era cristiana, y con motivo de 
la destrucción del imperio de los toltecas, en México, emigraron muchos de 
esos pueblos civilizados. Uno de ellos fué el de los cholutecas, que abando- 
nando la comarca de Cholula, vino a ocupar las costas del Sur de Guatemala, 
desde Soconusco hasta la provincia de Choluteca, que de ellos recibió su nom- 
bre, y éstos fueron los que fundaron los señoríos de Escuintepeque, Guazaca- 
pán, Cuzcatlán, etc., bajo la denominación de pipiles. 

Las tribus quichés y cakchiqueles, que en el siglo IX se apoderaron de los 
países del interior de lo que es hoy república de Guatemala, deseosos de poseer 
terrenos en clima cálido y disfrutar de sus ricos productos, bajaron a las costas 
y arrojaron de ellas a los pipiles, apoderándose los mames de Soconusco, los 
quichés de Suchitepéquez y los cakchiqueles de la parte que ocupa Cotzumal- 
guapa, quedando estos últimos divididos de los pipiles por el río Achínate, que 
quiere decir en mexicano río de los achies o cakchiqueles". (i) 

En los informes del Instituto Smithoniano se han dado descripciones de 
la colección de restos aborígenes de que venimos hablando. Se ha admirado 
mucho una inmensa losa de roca basáltica colocada en el suelo y cubierta de 
curiosísimos bajo-reheves de tipo egipcio bien marcado. En otra lápida ver- 
tical se ostenta un gran monarca que da audiencia a un macegual, que tiene 
aspecto de humilde suplicante. Al Oeste del río Nahualate, por la hacienda 
de Las Ánimas y en la villa de San José el ídolo, se han encontrado muchas 
cabezas talladas en piedra, menos finas que las que están en la finca denomi- 
nada Pantaleón. En la aldea india de San Sebastián, cerca de Retalhuleu, hay 
un buen número de piedras grandes que dejan ver figuras humanas y columnas 
de seis pies de alto, por dos de diámetro, que marcan acaso algún cementerio 
o templo aborigen de remotísimas edades. En la finca Margaritas (Campa- 
nías) en el camino de la costa Cuca, hay también varias lápidas talladas y 
algunas con inscripciones viejísimas. 

En la soberbia obra del sabio Maudslay, Biología y Arqueología Centrali- 
Americana, publicada en Londres, en 1897, se describen todos esos interesantes 
restos antiquísimos de la civilización de esas comarcas, que fueron centros 



a) El notaVjle colombiano don Pastor Ospina, que tuvo un colefrio en la Antljaia Guatemala, estudlil 
las ruinas de Santa Lucía, y se formó idea de que eran anteriores a las emiírracione.s de los pueblos del 
Anahuac. Existió, dice, en la América Central un pueblo anterior a los tiempos liist<5i-icos, muy civilizado 
y ixxlei-oso. Fué seguramente marítimo en las costas del Atlántico, en donde dejó monumentos ?randioso3- 
Las bellas artes habían alcanzado gran perfección. Ese pueblo trasmont<5 acaso la cordillera y fundó la 

ciudad de CoUumalguapa. 



— 2o6 — 

de perdidos pueblos, cuya historia dejó apenas rastros, no todos bien compren- 
didos ; pero que revela a la par de antigüedad, remota cultura harto digna de 
atención. 

Como los restos de las ruinas que acabamos de describir no son los únicos 
que en aquellos lugares se encuentran, no sería improcedente congetura la 
que se hiciera suponiendo que la gran ciudad a que pertenecieron hubiese sido 
fundada por los cholutecas, y destruida dos siglos después, por los cakchique- 
les, al apoderarse violentamente de esa comarca. Sea como fuere, la importan- 
cia que tuvo ésta en tiempos antiguos, sus riquezas artísticas y agrícolas, han 
dejado en diversos lugares señales indelebles de su opulencia, no sólo en las 
épocas anteriores a la conquista, sino en la que siguió a ese grande aconte- 
cimiento (l). 

Al tiempo de la venida de los españoles, siendo ellos aliados de los cak- 
chiqueles, la costa de Cotzumalguapa entró a su dominio sin violencia alguna, 
y los padres franciscanos que catequizaron esta nación fijando su residencia 
en la corte de Ixinché, o sea Tecpán Guatemala, bajaron también a esta corte 
y pusieron su asiento en los dos principales pueblos que ahí florecieron por 
entonces, Cotzumalguapa y Alotepeque, o como hoy le llaman Aloteca. Die- 
ron al primero, la advocación de Santiago, y al segundo, la de San Juan, vién- 
dose aún los restos de sus magníficas iglesias, perdidas en los bosques. Tras 
de los misioneros llegaron los colonos a fundar en tan fértiles lugares sus es- 
tancias y obrajes, de los cuales ya se hace mención en papeles del siglo XVI, 
como que de ahí salía una gran cantidad del índigo o añil, que, con el cacao, 
constituía gran riqueza. 

Por aquel tiempo figuraban los pueblos siguientes : Santa Lucía, forma- 
do por los de Santiago Cotzumalguapa, y que fué en su origen una estancia 
de los pueblos de este último, San Cristóbal Cotzumalguapa, donde hubo una 
guardianía de Franciscanos, Santo Domingo Tzotzicán, Sinacamecáyo o Xi- 
nagameco, que también fué estancia del pueblo de San Juan Aloteca. San 
Andrés Ichanutzumá o Chuchu, en las faldas del volcán de Fuego, Santa Ca- 
tarina Tziquinalá, cercano al hermoso peñón que lleva su nombre, San Miguel 
Tehuantepeque, algunas leguas al Sur de Santa Lucía, San Francisco Ichan- 
huehuey, notable por ser el más próximo a las ruinas de que tratamos, y a las 
cuales parece hacer alusión su nombre, que traducido del cakchiquel quiere 
decir junto a los viejos. 

Desde los primeros años de la conquista española, hubo ahí obrajes de 
añil muy renombrados y estancias o haciendas de ganados, como los de don 
García de Aguilar y de la Cueva, que dio origen al actual pueblo que se llamó 



(1) Pueblos toltecas muy adelantados fundaron, por tan ricas comarcas, varias ciudades de im[K>r. 
tancia. En la finca llamada Pantaleón existe una interesante cantidad de cabezas humanas, de enorme 
tamaño talladas en piedra, uue son retratos de reyes y guerreros- Los ojos de altrunas estatuas aparecen 
sacados de sus órbitas y suspendidos sobre las mejillas. 



I 



— 207 — 

"Don García," y que últimamente le han dado el nombre de La Democracia, el 
de Gaspar Arias, fundado en 1589, y que se le concedió en premio de los servi- 
cios que prestó, defendiendo las costas del Sur de las incursiones del pirata 
Drake, el de García de Escobar, el de Francisco de Aylón, titulado en 1592 y 
otros más antiguos, de los cuales apenas queda memoria. 

Vino en seguida, una época desastrosa para aquella costa. Las estorsio- 
nes de los estancieros, las epidemias causadas por la gran elaboración del añil, 
los terremotos, la corrupción de costumbres llevada a esos pantanosos lugares 
por la multitud de aventureros que iban entonces a buscar fortuna, la embria- 
guez casi general de los indígenas y otros motivos que ignoramos, fueron diez- 
mando la población, haciendo decaer la agricultura y reduciendo tan fértiles 
comarcas a bosques incultos, que encierran en su seno ostensibles señales de 
antigua prosperidad. En 1599 desapareció el pueblo de Tehuantepeque, reu- 
niéndose a Santa Lucía sus últimos vecinos. Poco después tuvieron la misma 
suerte los de San Andrés Ichanutzumá y Asunción las Casillas, agregándose 
al de Tzikin-alá ; una epidemia de fiebres extinguió el de San Cristóbal, que, 
a solicitud del cura de Santa Lucía, don Sebastián Lambur, fué agregado a 
este último en 1772, y en 1778 se dictó la misma providencia respecto del de 
Siquinalá, que apenas contaba cinco o seis familias. Los obrajes tuvieron 
mala suerte, con motivo de la escasez de trabajadores y de la considerable baja 
del precio del añil, a consecuencia de la conquista de la India Oriental, por los 
ingleses, que hasta entonces habían sido los principales consumidores del que 
producía la América. 

Quedó, pues, Cotzumalguapa, a fines del siglo XVIII, en un estado de 
miseria y de tristeza lamentable. La falta de gente permitió a la vegetación 
tropical cubrir las ruinas de sus pueblos y haciendas. La riqueza desapareció, 
los caminos se perdieron, y las fieras llegaron a amenazar seriamente la exis- 
tencia de los pocos habitantes que quedaron en el pueblo de Santa Lucía, único 
que sobrevivió a tantas calamidades. El ilustrísimo arzobispo Larraz, después 
de describir, en los apuntamientos que hizo en su visita, el lamentable estado 
de esa comarca, en lo moral y en lo material, da noticia de las alquerías anti- 
guas, cuyas ruinas aún se contemplaban. 

Hoy el camino de hierro que atraviesa aquella fértil campiña, sembrada de 
cafetos, caña de azúcar, cacao, pasturas, hortalizas, árboles frutales y otros 
artículos da vida a magníficas haciendas, como Pantaleón, el Baúl, Camantu- 
lúl, Aguná, Chata, San José, San Sebastián y muchas más. 

Piedras Negras llaman a unas ruinas descubiertas por Teobert Maler, en 
el Departamento del Peten, en las frondosas márgenes del Usumacinta, como 
catorce leguas más allá de Tenocique, demostrando la existencia, hará unos 
3,800 años, de una gran ciudad que tenía adelantada cultura. Un monolito de 
esas ruinas muestra gran importancia, y se encuentra descrito por los famosos 



— 208 — 

americanistas Maudslay, Bouditch y Foerstemann, que han sabido descifrar 
algunos de los geroglíficos referentes al calendario comprensivo de una época 
de 136,664 días. 

Las ruinas que han quedado de Copan, en Honduras, cerca de la línea 
divisoria con Guatemala, son de las seis más famosas de América y las más 
antiguas de todas. Copan revela el arte indígena en toda su grandeza. Desde 
que el Oidor D. Diego García del Palacio, de la Real Audiencia de Guatemala, 
hizo una circunstanciada relación de ellas a Felipe II, en 1576, se tuvo idea de 
tales' monumentos indios, que no vio Cortés, aunque pasó muy cerca de ese 
sitio. El americano Mr. John Stephens, en su obra titulada Incidcnts of travcl 
in Central América (Vol. I. P. 95-160) y el abate francés Brasseur de Bour- 
bourg, en su Histoire des Nations Civisees du Méxique et de 1' Amérique Cén- 
trale, hicieron detenido examen de los restos de aquel lugar de Copan, que 
demuestran haber existido ahí un gran pueblo. Los sabios alemanes Meye y 
Schmid, han hecho recientes publicaciones, intituladas Las Estatuas de Copan. 
Los dibujos de Catherwood son bellísimos. 

Para dar idea de aquellas ruinas, ya que su estudio especial está hecho en 
esas grandes obras extranjeras, con varios volúmenes y muchas láminas, 
baste decir que se extienden por el espacio de dos millas los restos que aun 
quedan de aquellos hieráticos sitios. El Templo, tiene 624 píes de Norte a 
Sur, por 809 de Este a Oeste. Calculan que entrarían en su construcción más 
de veinte y seis millones de pies cúbicos de piedra tallada con esmero. Hay 
una grandísima escalera que tendría como ciento cincuenta pies de altura, y 
que a semejanza del templo de Tyro, se hallaba en las márgenes de un río con 
bóvedas debajo. Por los años 1700 todavía se conservaba entero el Circo 
Máximo de Copan. Era una plazuela de figura circular; rodeada de pirámides 
de piezas muy bien canteadas, como de siete varas de alto. Veíase al pie de 
estas pirámides, unas figuras humanas de tamaño natural, perfectamente cin- 
celadas, y con los colores que las esmaltaron. Lo más singular del caso es que 
los trajes son a usanza castellana. En el medio de la gran plaza se halla el 
sacrificados Por ahí vese una portada de piedra, cuyas columnas representan 
a un hombre, vistiendo también a estilo español, con calza, cuello escarolado, 
espada, capa y gorra. Entrando al través de ese arcado se admiran dos her- 
mosas pirámides, de gran altura, y de cuyas cúspides pende una hamaca, en la 
cual están tendidas dos figuras humanas, de uno y otro sexo, vestidas a usanza 
indígena. Todo parece ser una sola pieza, y la hamaca se mece con ün suave 
empuje. Al pie de un cerro está la cueva de la Tibulca, con columnas perfec- 
tas a estilo gótico, de hermosas bases, zócalos, capiteles y coronas. Aunque 
de todo ello deduce Juarros que hubo comunicación primitivamente entre los 
pobladores de América y los del Antiguo Mundo, es más probable que los 
trajes castelanos y las columnas góticas hayan sido labrados después de la 
conquista, siquiera las otras ruinas se remonten a tiempos mucho más antiguos. 



— 209 — 

La familia maya puso en esos monumentos escultóricos el sello de una civi- 
lización que lentamente llegó a su apogeo, durante miles de años. Por los ge- 
roglíficos que se han descifrado consta que la erección de un monolito, de un 
altar, de una pirámide, tiene un año o un siglo de diferencia respecto de los 
anteriores. Mementos de heroicos episodios, de sagradas festividades, de 
calendáricas fechas, fueron poco a poco formando la más grandiosa muestra 
de arte delicado y prolijo, en ruda piedra de esperón, que con facilidad estalla 
al golpe del cincel. Los mismos indios, con motivo de la llegada de los bar- 
budos pálidos, tallarían las figuras que algo tienen de europeos. Ahí debe de 
haber recuerdos de muchas invasiones y desventuras ; pero a buen seguro 
que ninguna tuvo como la del hombre ibero, para los aborígenes tan funestas 
consecuencias. Opinan sabios anticuarios que Copan, ya en gran decadencia, 
estaba todavía poblada en el siglo XVL Cortés, Alvarado y Bernal Díaz nos 
hablan de ciudades habitadas por los indios; pero los hieráticos centros de 
poblaciones esparcidas, quedaron desiertos o poco frecuentados, desde que el 
conquistador persiguió a muerte las creencias y ritos de los aborígenes. 

Los mayas recibieron su cultura de los aztecas y la refinaron y aquilataron 
envolviéndola en un simbolismo esotérico y oriental. Los que más han con- 
tribuido a revelar la civilización maya son Landa, Cogolludo, Pío Pérez, Good- 
man, Maudslay, el capitán Maler, Chavero y el Museo Peabody. 

Volviendo a describir las soberbias ruinas de Copan, haremos observar 
que además del templo o circo, hay tres grandes pirámides separadas, la pri- 
mera de treinta pies de alto, y las otras más bajas. Los ebeliscos, las esta- 
tuas, los cimacios y los ídolos son de un trabajo exquisito. El altar o sacrifica- 
torio del templo lo forma una sola piedra finísima de seis pies cuadrados y 
cuatro de alto, sobrepuesta en otras piedras glabulares. En los laterales de 
aquellas piedras se ven i6 figuras humanas perfectamente bien talladas, mien- 
tras que en la parte superior hay 36 cuadros con geroglíficos interesantísimos. 
Mr. Stephens asegura que muchas de las estatuas y bajo-relieves son iguales 
a los más célebres y finos de Egipto. Los geroglíficos están sin descifrarse, 
pues no tienen relación con los aztecas. Más bien se parecen a los del palacio 
de Palenque en el Código de Dresden y en el manuscrito Troano. Presume 
Brasseur de Bourbourg que aquellos geroglíficos cuentan las aventuras de 
Topiltzin Acxitl, rey tolteca, que vino de Anahuac a fundar en Honduras el 
imperio de Tlapallán, a fines del siglo undécimo; pero merece más crédito 
J. T. Goodman, quien demuestra que los datos inscritos en Copan, abrazan una 
épocas nada más, durante la cual esos lugares florecieron : 4 ahau: 13 yax, prin- 
cipio del 15. katun del 9 ciclo, del 54 gran ciclo. 

Dos grandes ceibas, cuyos troncos tienen más de ocho pies de diámetro, y 
cuyas raíces miden más de cincuenta de largo, se levantan en la cima de una 
de las más elevadas pirámides. Entre las malezas que cubren las ruinas y los 
seculares árboles nacidos en las grietas de sus muros, no puede descubirse 



cuántos siglos tienen de existencia. Copan parece ser una de las más antiguas 
ciudades de América, j Lástima que no sólo la mano del tiempo haya destrui- 
do muchos de aquellos célebres monumentos, sino que también para museos 
de los Estados Unidos y de Europa, se hayan llevado curiosos americanistas, 
fragmentos y piezas enteras de tan vicios edificios! Aunque no faltan mo- 
dernos anticuarios que presumen no ser tan antigua Copan, como se cree, todo 
aquello revela la acción lenta, corrosiva, inevitable de los años. Los árboles 
de raíces colosales han hendido las piedras, los huracanes, las lluvias, el calor, 
los animales salvajes, todo ha contribuido a esparcir fragmentos enormes, mo- 
nolitos soberbios, lápidas con inscripciones misteriosas, y un ambiente de leja- 
nísima cultura, de hierático acantonamiento, en una ciudad eminentemente 
religiosa, con muros de ocre y poblada de creyentes que en esculturas de alto 
relieve dejaron memorias confusas, artísticamente originales. Los indígenas 
de por ahí dicen que sus antepasados fueron convertidos en piedras, a causa de 
sus maldades. La trompa de un elefante que está en un monolito, hace presu- 
mir que todo aquello lleva antigüedad y sombras. El elefante existe fósil en 
Améñcsí. Hace miles de años que dejó de vivir (i), lo mismo que el mam- 
muth y otros ante-diluvianos. Copan es la más alta expresión del arte pre- 
colombino. Las stelas y los altares se hallan diseminados, como atalayas de 
aquel grandioso centro .sacerdotal de muchos pueblos. Las pirámides con más 
de cuarenta metros de altura, son diversas de las de Egipto. Las de Copan 
no fueron tumbas, servían de viviendas y tenían adoratorios. Aquellas ruinas 
son religiosos escombros que guardan las plegarias, las aspiraciones tosca- 
mente místicas, de miles de seres humanos que se perdieron en el turbión de 
los tiempos. Son concepciones simbólicas y raras. 

Cuentan las crónicas que Copan Calel, el gran cacique, revelóse en toda 
aquella comarca contra don Pedro de Alvarado, que tuvo que habérselas 
con más de treinta mil indios : que mandó a Hernando de Chávez a combatir, 
acaeciendo grandes bajas por ambos lados. Conquistada Chiquimula, se sos- 
tuvieron los copanes, con gran valor y persistencia ; pero al fin sucumbieron 
al rudo golpe del destino. ¿ Estaría el lugar de las ruinas de Copan poblado 
aún en tiempo de la llegada de los españoles? Lo más creíble es que la ciudad 
sagrada estuviese ya desierta y que hubiera algunos pueblos esparcidos por 
aquellos valles y cañales. La gran ciudad floreció por unos dos siglos. 

Por razón de la peculiar naturaleza del país, grandiosidad de su monta- 
ñoso panorama, existencia de remotísimas trazas humanas, la lucha desespera- 
da de sus aborígenes por la independencia, sus extrañas y supersticiosas tra- 
diciones, Guatemala ha sido, dice el historiador Bancroft, una tierra de miste- 
rio, sobre todo para aquellos que se consagran a las especulaciones anticuarias. 
La residencia en Rabinal del Abate Brasseur de Bourbourg, que se hizo nom- 



(1) Cronan.— Amé lea.— Tomo I, páidna 57. 



brar Cura Párroco de aquel pueblo, le sugirió muchas de sus ideas sobre la 
América, que han llamado la atención en Europa, a pesar de que algunos 
achacan a aquel sabio más imaginación que seso analítico. Los estudios del 
Abate francés, no obstante eso, han arrojado mucha luz sobre el pasado de 
estos países, bien que las ruinas que por varios lugares se encuentran espar- 
cidas, prueban la cultura quiche y cakchiquel, e indirectamente la de los azte- 
cas en el Anahuac ; pero no permiten llegar a la América remotísima, aun es- 
condida entre vagos misterios : L' Ancienne Amérique. El aborigen de estas 
comarcas existió desde hace más de cien mil años. 

En Guatemala, en el departamento de Izabal, dentro del valle del río Mo- 
tagua, a unas cincuenta millas de las ruinas de Copan, se encuentran los restos 
de Kiriguá, descritos científicamente por Mr. Scherzer, que con los dueños de 
aquel lugar, señores Payés, las visitó para, dar después a conocer al mundo 
aquellas célebres antigüedades. En el contorno de un circo muy extenso, 
todavía se ven las gradas estrechas que sirven para descender y contemplar 
en el centro una gran piedra redonda llena de geroglíficos y de inscripciones. 
Dos cabezas humanas, talladas en piedra negra, con dimensiones colosales, 
parecen sostener esa lápida, llena ya de musgo y jaramago. Vense aún escul- 
turas como la de un indio sentado, llevando una diadema. La gran tortuga, 
tallada en una misma pieza de granito, llama la tención del viajero. Siete 
columnas cuadrangulares muy altas, y doce monolitos colocados sin orden 
ni simetría, y un ídolo en forma de lagarto, vense entre la grama y el follaje 
de aquel interesante lugar, que sin duda fue, como algunos creen, centro fa- 
moso de antiquísima ciudad indiana, cuyos fastos perecieron para siempre. 
Menos ricas y complicadas en dibujos las ruinas de Kiriguá que las de Copan, 
dejan ver que se refieren a una época más remota, a un tiempo mucho más 
próximo a las fases primitivas de estos países. La mano del tiempo destruye 
cada vez más aquellos restos antiquísimos de una gran ciudad indiana. Hoy, 
entre enhiestos pinares y tupido follaje, apenas se descubren aquí y allá los 
doce monolitos y las columnas, un ídolo que tiene en la mano derecha un niño, 
un altísimo obelisco inclinado notablemente sobre un árbol viejo, nichos de 
pirámides dode anidan serpientes, lápidas de sacrificios tras las que tienen 
sus moradas los jaguares, una piedra enorme en forma de clyptodón, con gero- 
glíficos y preciosos grabados, que describe detalladamente Maudslay. Todo 
ello es vago recuerdo de una civilización muerta sobre cuyos escombros cre- 
cen selvas umbrías, como para ocultar al viajero las huellas que en tan húmedo 
sitio, a ocho leguas de Izabal, dejó el famoso pueblo Kiriguá. 

"Las ruinas del mismo nombre existen a tres leguas de dicha aldea, en la 
orilla izquierda del majestuoso Motagua y a media legua de este río que lleva 
a la Bahía de Honduras la corriente de sus aguas, después de haber recibido 
en su curso multitud de tributarios. Magníficas selvas, de una variedad infi- 
nita de maderas, vírgenes todavía, bañan sus sombras en sus rápidas ondas. 



— 212 — 

El camino que de la aldea de Kiriguá conduce a las ruinas, es el mismo 
de Izabal, hasta el punto denominado "Paraje Galán," desde donde se sigue 
una senda conocida sólo de unos que otros cazadores y de los guías que acom- 
pañan a los rarísimos viajeros que a considerables intervalos de tiempo, atrae 
la curiosidad o el amor a la arqueología. Pasado un hermoso pinar, se entra 
en la montaña donde la vegetación es verdaderamente asombrosa. Cedros de 
una dimensión colosal, ramosas caobas, nances, matasanos, zapotes, jocotes, 
dragos, cacaos, cauchos, palmas e infinidad de otros árboles con sus innumera- 
bles y variadas hojas, forman una bóveda impenetrable a los rayos del ardiente 
sol, proporcionando .sombra a millares de plantas medicinales que produce el 
fértil suelo, y desplegando un admirable conjunto de los productos vegetales, 
particulares a los trópicos. De cuando en cuando encuentra el viajero una 
champa, especie de choza de palma que improvisan los cazadores sorprendidos 
por la tempestad. 

Al llegar a las ruinas se encuentra una laguneta que los supersticiosos 
indígenas han bautizado con el nombre de "laguna de los ídolos". Lo primero 
que llama la atención al entrar, es una montaña artificial, formada de una 
infinidad de piedrecitas, entre las cuales se hallan pedazos de mármol blanco 
extremadamente fino. Es indudable que todos estos fragmentos fueron traí- 
dos del río Motagua, distante una media legua. 

Algunos historiadores pretenden que Kiriguá fué una ciudad considerable 
que destruyeron los Aztecas, cuando prosperaba el Anahuac. Realmente el 
lugar que ocupó es de los más encantadores, y a primera vista se nota que un 
sitio tan favorecido por la naturaleza, no pudo menos de atraer al hombre. 
Hoy es la morada de multitud de cuadrúpedos y pájaros de todas clases que 
han tomado posesión de lo que por tantos siglos les despojó el hombre, y de 
donde éste, también despojado, tuvo que huir para siempre, abandonando sus 
monumentos que quedan como indeleble recuerdo de su presencia. 

Al pie de la muralla artificial, que queda al N., existen tres columnas cua- 
driláteras, en una estensión de 6o varas, siendo la última la más elevada, pues 
tiene i8 pies de altura. En cada una de estas columnas que hasta el presente 
conservan su posición original, una cara humana ocupa el centro más o menos 
del lado que mira al S., siendo de advertir que en la última se encuentra otra 
cara humana igual en el lado opuesto, es decir, el que mira al N. En todos los 
obeliscos referidos, sobre todo en los dos primeros, la cara está aplastada 
arriba, el labio inferior grueso y saliente, el superior corto y más delgado que 
el otro, la nariz chata, la frente deprimida, los ojos sumamente grandes y sa- 
lientes, el arco superficial en extremo pronunciado. La boca, perfectamente 
horizontal, está muy abierta y la cara tiene algo como barba y bigotes. Enci- 
ma y al rededor de la cabeza, se ve un extraño ornamento que por su origina- 
lidad es imposible describir. Los lados que miran al O. y al E. en los tres 
obeliscos, y también el que mira al N. en los dos primeros, contienen gerogli- 



— 213 — 

fieos grabados en pequeños cuadros y rectángulos que contienen los nombres, 
títulos y quizás también la historia de los seres representados en el obelisco. 
Entre dichos geroglíficos se observan cascos como usaban los romanos, hoces, 
árboles, animales, etc. 

El uso de las figuras emblemáticas parece haber sido práctica común de 
todas las naciones incultas, siendo como el primer grado hacia la instrucción. 
Los caracteres de los geroglíficos de Kiriguá son sumamente curiosos, consis- 
tiendo en representación de objetos animados e inanimados, cada uno de los 
cuales se conoce que expresa una idea particular. Como los egipcios, los 
pobladores de Kiriguá no sólo parecen haber adorado un gran número de dioses 
ideales, concebidos en su fantasía, sino también haber tributado culto a un 
gran número de fieras y bestias, como el tigre, el lagarto, el sapo, la tortuga, 
etc., y en esto también parecen haber creído en la metempsícosis. 

Siguiendo, al S. y a una cuadra del primer obelisco mencionado, se en- 
cuentra el más alto de los seis que existen en las ruinas. Su elevación es de 
26 pies, su ancho de cinco y su grueso de cuatro. Tiene la extraordinaria 
inclinación de doce pies y medio de la perpendicular. Descansa solamente por 
el lado del Norte y su posición se debe principalmente a la fuerte argamasa de 
que está compuesto. La singularidad de la inclinación de este obelisco es 
sorprendente, cuando se mira a su pie. Un árbol elevadísimo, conocido de los 
indígenas con el nombre de celillón y sobre el cual se apoya la columna, parece 
detenerla. La inclinación fué causada por el hundimiento gradual del terreno 
por un lado, pues examinándose con escrupulosidad los demás obeliscos, se 
observa inmediatamente que todos están un poco inclinados de su perpendicu- 
lar, porque no está igualmente sólido el terreno sobre que se echaron los ci- 
mientos. Se comprende que para que pueda la columna mantenerse en esta 
posición, es preciso que esté la base al menos a ocho pies de profundidad. 

Varios historiadores han pretendido que la inclinación del obelisco de 
Kiriguá es mayor que la de la celebrada torre de Pisa. Comparando la incli- 
nación de ésta, que es de algo más de quince pies y medio, se ve que la torrre 
de Pisa lleva todavía al obelisco de Kiriguá ventaja de dos pies y medio. 

La escultura del obelisco inclinado de Kiriguá es mucho más curiosa y 
elegante que la de los demás, y se ve, a primera vista, que el artista se esmeró 
en darle la mayor suntuosidad posible, lo que parece revelar la importancia del 
personaje representado. 

Las facciones de la cara de éste no son tan irregulares como las anteriores : 
la frente no es tan deprimida ; la nariz, que tiene un pie de largo, es mucho 
más afilada ; las fosas nasales están bien marcadas, los labios menos salientes. 
La boca con una anchura de ocho pulgadas, presenta la singularidad de tener 
el lado izquierdo mucho más ancho que el derecho. Las orejas, que son cua- 
dradas, llevan aritos que se parecen a las charreteras, adornando una elegante 
hoz el arito de la oreja izquierda. Encima de la cara del ídolo, se ve otra cara 



— 214 — 

humana de pequeño tamaño y sobre el pecho del mismo se distingue una cria- 
tura cuyo pie izquierdo está apoyado en el dedo pulgar de la mano derecha de 
aquel. El lado S. presenta las mismas figuras que el N., mientras que los lados 
O. y E. contienen cada uno cuarenta cuadrados, dispuestos de dos en dos y 
con geroglíficos. 

Continuando siempre al S. se encuentra el quinto obelisco, ya caído en el 
suelo. Según la aseveración del guía (jue me acompañó, la caída tuvo lugar 
de tres años a esta parte, lo que prueba que pudo la columna resistir la fuerza 
destructora de muchos siglos y que la menor firmeza del terreno por el lado S. 
la hizo al fin caer hacia el N. La cara tiene una forma muy distinta de las 
otras. Las orejas, en lugar de ser cuadradas, son redondas, formadas de tres 
círculos concéntricos. Tiene i8 pies de altura, cuatro de ancho y tres de 
grueso. 

Al E. y a dos cuadras del obelisco caído, se encuentra el sexto que casi 
iguala en altura al inclinado. En el lado N. la cara, que mide dos pies de largo 
sobre uno y medio de ancho, no tiene nariz y apenas se distingue la boca ; las 
orejas que son cuadradas, están sin aritos. Solare el pecho del ídolo y recos- 
tada diagonalmente, se ve una criatura apoyando la parte posterior del cuerpo 
en la extremidad anterior del pulgar de la mano derecha. El escultor de este 
obelisco parece haber sido el mismo del que está inclinado, pues con muy poca 
diferencia los caracteres de ambos son iguales. El lado S. es semejante al 
opuesto, con la diferencia de que las facciones de la cara están mejor definidas 
y las orejas tienen aritos. Los lados E. y O, contienen cada uno 34 rectángu- 
los dispuestos de dos en dos y con geroglíficos : en la ])arte superior están gra- 
badas unas hermosas hojas de conté, parecidas a unas que se ven adheridas a 
un elevado y cercano zapote. 

Como el terreno está muy poco elevado sobre el nivel del río, y por lo 
mismo expuesto en tiempo de crecientes a fuertes inundaciones, no cabe duda 
de que de 40 años a esta parte hayan sido varios monumentos minados y echa- 
dos por tierra, quedando hoy cubiertos de frondosa vegetación (jue impide su 
descubrimiento. Esto explica la gran divergencia que existe entré las rela- 
ciones de los viajeros que han descrito estas ruinas, conocidas sólo de.sde 1840. 
Entre éstos, algunos hacen subir a 12 el número de obeliscos, mientras que 
Baily, en su obra intitulada "Centro-América," páginas 65-66, refiere que las 
columnas cuadriláteras por él encontradas no son más que siete. 

Los ídolos de Kuíriguá no tienen altares como los de Copan ; pero en el 
recinto formado por los seis obeliscos referidos, existen dos enormes piedras 
que, según toda probabilidda, sirvieron de tales. La primera, que es un círculo 
imperfecto de doce pies de diámetro, se encuentra a poca distancia del primer 
obelisco y mira al S. La parte de adelante, más elevada que la opuesta, está 
I)intada de un color rojo que luego desaparece con el cuchillo. Arriba se nota 
una cara de animal parecido al tigre, y debajo se ve una cara humana con su 



respectivo ornamento. La parte de atrás se compone de una hermosa faja, 
formada de seis cuadrados con figuras emblemáticas. La base está formada 
por pequeños círculos y la parte superior tiene en medio una especie de 
asiento, al rededor del cual se observan unos canales que descienden al suelo. 
Todo, pues, hace suponer que esta piedra sirvió de altar de sacrificios. 

La segunda piedra que se encuentra entre el 4? y el 5? obelisco y al E. de 
éstos, es de forma larga y oval ; tiene seis pies de altura y 25 de circunferencia. 
La superficie está cubierta de figuras esculpidas en medio relieve, que por una 
razón inexplicable han resistido más que las de los otros monumentos a los 
amaños de los siglos. Una de estas figuras representa una mujer sentada, 
sin piernas ni manos, pero con los brazos tendidos hacia el suelo. La frente 
es angosta, hundida en la parte superior y saliente en la inferior. En la parte 
S. de esta piedra, se divisa una cara de tortuga. Los ojos de ésta tienen 
un pie de largo sobre otro tanto de ancho y la parte superior está elegantemen- 
te adornada con figuras emblemáticas, representando multitud de plantas y 
frutas, de las que abundan en la montaña. 

Al pie de la hermosa pirámide que se eleva al S. de las ruinas, cubiertas 
de moho y enteramente tapadas por la vegetación, hay otras dos piedras no 
menos curiosas que las anteriores. La primera se parece a una piedra de mo- 
lino, de cuatro pies de diámetro y dos de grueso, y está formada de un material 
mucho más duro que los demás monumentos. Una cabeza de tigre cubre 
casi completamente una parte del disco, mientras que el resto de la superficie 
está cubierta de numerosos geroglíficos, apareciendo también algunos de estos 
símbolos en la frente del animal. 

La segunda piedra es también un monolito de 16 pies de largo y cinco y 
cuarto de ancho, faltándole la parte superior. Lástima es por cierto que haya 
sufrido tanto, este monumento, los estragos del tiempo, pues por las caras pe- 
queñas humanas que, adornadas con varios ornamentos y en medio de extra- 
ños geroglíficos, aparecen en algunas partes, se conocen los esfuerzos que 
prestó el fanatismo a su autor. 

La altura perpendicular de la pirámide de Kiriguá es de 28 pies y su base 
es un cuadrado irregular que por los fangos que se habían formado por la lluvia 
y las arboledas de que está rodeada, no me fue posible medir. El ápice no 
termina en punta, sino en dos plataformas. Dicha pirámide está construida 
de piedra arenisca, cortada en pedazos oblongos y regulares, y por las convul- 
siones del globo se halla en un estado completo de ruina, presentando solamen- 
te un montón confuso de informes fragmentos. Debajo de la construcción 
superior existe una montaña de piedras sin pegamento, y los escalones que sos- 
tienen los lados de aquella no tiene más que ocho o nueve pies de alto y siete 
u ocho pulgadas de ancho, siendo muy pocos los que han podido desafiar los 
elementos. ¿ Cuál fue el intento propuesto en la fábrica de esta pila de materia- 
les? Está envuelto en el más profundo misterio, y es de suponer que no fue más 



— 2l6 — 

que monumento del capricho de un potentado. Kfectivamente, en la pirámide no 
se observa abertura ni seña de abertura que denote la existencia de un subte- 
rráneo en la montaña ; tampoco se encuentran en la superficie ídolos ni piedras 
esculpidas, y las mismas piedras tajadas que componen la pirámide son lisas. 
Lo único que se nota en la primera plataforma, son unos escondrijos o nichos 
de forma casi circular y casi de 2 pies de diámetro, compuestos de piedras de 
río enyesadas y su])erpuestas perpendicularmente, en buen estado de conserva- 
ción. Ningún historiador ni viajero ha podido hasta el presente descorrer el 
velo que oculta el objeto de estos nichos, y es probable que por falta de tradi- 
ción, a consecuencia de haber el último de los antiguos pobladores de Kiriguá 
llevádose a la tumba el impenetrable .secreto, queden frustradas todas las in- 
vestigaciones que se hagan sobre el particular. 

En resumen, los monumentos de que se componen las ruinas de Kiriguá 
son : 7 columnas cuadriláteras de 11 a 26 pies de altura y 3 a 5 en la base ; una 
piedra de forma circular imperefcta de 12 pies de diámetro, otra de forma oval 
de 6 pies de altura y 35 de circunferencia ; una redonda de tres pies de diámetro 
y dos de grueso y por último un fragmento de 16 pies de largo y 5 y cuarto de 
ancho. Tnd?t< e«tas reliquias son monolitos fonnados do nnn piedra arenisca 
molida. 

Los monumentos de Kiriguá, aunque de un taniaim ni.iyor que los de 
Copan, son más pobres en escultura y se encuentran más deteriorados que 
éstos: dos razones que prueban que son de una fecha mucho más antigua. 
Tanto el trabajo como la disposición revelan un estado bárbaro de arte, con 
idea muy remota de belleza, siendo más digna de admiración la paciencia c 
industria de los obreros que sus ideas y habilidades". ( i ) 

Las ruinas de Palcnke, en la provincia de Ciudad Real de Chiapa, que 
formaba parte del reino de Guatemala, son de las más notables del mundo, 
dadas a conocer por el Alcalde Mayor de dicho pueblo, don Antonio Calderón, 
en el interesante informe dirigido al Consejo de Indiac el 15 de diciembre de 
1784, con dibujos hechos a pluma, primeras imágenes de los restos suntuosos 
de aquella gran ciudad, destruida hacía más de tres mil años, quedando ahí 
muestras preciosas de su magnificencia. El 13 de junio de I7«S5, envió el Ca- 
l)itán General de (luatemala a España, el "Mapa del territorio donde están las 
ruinas, y el diseño de casas, plano y corte de las mismas," de una gran pobla- 
ción en el sitio llamado del Palemke, en la provincia de Ciudad Real de Chia- 
pa," todo hecho por el ingeniero don Antonio Bernarconi. Además existen en 
el Archivo de Indias los dibujos de las figuras y adornos, el plano del palacio 
y muy curiosas descripciones. Desde entonces comenzaron a hacer gran ruido 
en el mundo aquellas ruinas, llamadas la Tebas americana. 



(1) Eugenio Dassaussay.— Estas ruinas de Klrijruá tienen Inscripciones que revelan una fecha de 
tres mil años antes de la era cristiana, al decir del profesor Marshall H. Savllle. del líepartamento de 
Antroix)lo(da de la Universidad de Colombia. 



— 217 — 

La floresta que circunda los restos de la ciudad antiquísima, dice Mauds- 
lay (i ) es la más enmarañada y espesa de todas las que vio en Centro-América. 
Juzga que lo que llaman palacio, era más bien un conjunto de edificios destina- 
dos a prácticas religiosas. Por la minuciosa descripción que hace de los estu- 
cos, relieves, columnas, adornos, etc., cubiertos de vegetación, sufriendo por 
siglos las aguas torrenciales, nótase que hubo ahí un gran centro de cultura 
Los mismos españoles, acaso para buscar tesoros, destruyeron mucho de lo 
que el tiempo había respetado. Antonio del Río dice : "Me convencí de que 
para formarse alguna idea de los primeros pobladores y de su antigüedad 
relacionada con su establecimiento en dicho sitio, era absolutamente indispen- 
sable, hacer algunas excavaciones. Hice cuantas pude, des uerte que no que- 
dó ventana, ni puerta, ni tabique, que no echará al suelo, ni corredor, ni cuarto, 
ni salón, ni torre, ni patio, que no excavase, por lo menos en dos o tres varas 
de profundidad". Por comisión del capitán general de Guatemala se estudia- 
ron, por primera vez, las ruinas del Palemke o sean de Culhuacán. 

Existen muy buenas descripciones de esas ruinas, hechas en el presente 
siglo, por Dupaix, Weldeck. Stephens, y Catherwood, Morelet, Charnay, H. 
Holmes y otros, que han ilustrado sus magníficas obras con preciosos graba- 
dos. Todos aquellos edificios se tallaban con piedras de obsidiana y cloro- 
melanit, de tal suerte, que comparando éstos con los de la edad de piedra en 
Europa, resultan más adelantados los americanos. 

En los bosques solitarios de Palemke se arrastra el crótalo llamado por los 
indios naoayaca, destilando por su colmillos el veneno que mata instantánea- 
mente al que recibe su feroz mordida. Dentro de las galerías subterráneas 
del Palacio Sacerdotal, rebullen millares de tarántulas de grandes proporcio- 
nes y aterciopelada piel, e innumerables vampiros en eterno movimiento 
revolotean en diversas direcciones. Estos extraños habitantes del subterrá- 
neo obscuro, alcanza a veces proporciones exageradas ; la articulación de cada 
ala está armada de una uña tan punzante y cortante como la que lleva en sus 
garras el tigre, y al volar ese murciélago, produce un zumbido siniestro, ronco 
y estridente que parece anuncio de la muerte. El grito del zaraguato, el picó- 
tazo del carpintero en los añosos árboles, el cacareo de la chachalaca y el bra- 
mido de las fieras, forman un coro diurno y nocturno, capaz de impresionar 
a las mismas brujas. La soledad de la montaña y el silencio que reina en aque- 
llos apartados sitios, adormecen el espíritu y hacen olvidar por completo la 
lucha que incesantemente se sostiene en los centros civilizados contra nuestro 
enemigo: el hombre". (2) 



(1) A glimpse at Guatemala, page 224. 

(2) Las Ruinas de Palemke.— Leopoldo Batres, Inspector General de Monumentos Araueolófiricos. 
México. 



— 2l8 — 

Palcmke era lugfar sagrado al que concurrían los magnates de los pueblos 
toltequios, con ofrendas a los dioses. Ahí no se ven adornos bélicos. 

Caminando hacia la costa, pocas millas al Sur de Comapa, muy cerca 
del río Paz, descubrió el canónigo don J- Antonio Urrutia Jáuregui, cuando 
fue cura de Jutiapa, un lugar llamado Cinaca Mecayo (o sea lazo con nudos) 
rodeado de una muralla, cuyos restos aquí y ahí esparcidos, dejan ver por 
donde se extendía un gran pueblo. Los fragmentos de edificios, trazos de ca- 
lles, y algunos subterráneos, explican que hubo en aquel sitio una ciudad de 
importancia. VA templo del Sol se halla talladf) en una abrupta roca, que 
hacia el Oriente se muestra, con piedras que llevan la imagen de aquel astro 
y la figura de la luna, cubierta de barniz rojo visible todavía. Geroglíficos y 
tipos de relieve adornan varias partes del templo. No lejos de él descúbrese 
otro gran monumento, en una losa fina, que deja ver excavadas, entre otras 
figuras, las de un árbol frondoso y un cráneo pelado, emblemas de la vida y 
de la muerte, al decir del Padre Urrutia, que publicó en "La Gaceta" un artícu- 
lo interesante sobre aquellas ruinas, y escribió una carta a Mr. Squier, que éste 
publicó en su obra "Central America," página 342, Un subterráneo que ter- 
mina en una cámara, con varias estatuas, un tigre esculpido en una roca, y los 
fragmeiltos de viejas esculturas hacen interesantes aquellas antigüedades, de 
las cuales hizo traer algunos fragmentos, al Museo Nacional el inteligente 
señor Urrutia, cuando fue Director de la Sociedad Económica, en 1870. 

El sabio etnógrafo francés Mr. León Rosny, hace mención de un intere- 
sante monumento centro-americano, que no podemos dejar de describir aquí. 
Dice: "El texto geróglífico revelado por el doctor Leemans, es tanto más 
precioso ])ara nuestros estudios, como que lo juzgo el primero en su género, 
comunicado a los arqueólogos. Ignoro que haya sido presentado en ninguna 
colección pública o privada, un objeto cualquiera sobre el que figure una 
inscripción con caracteres katúnicos. En cuanto a los monumentos de la re- 
giíTn ístmica americana, dibujados o descritos por los viajeros, se distinguen 
casi todos por sus jiroporciones gigantescas. 

El movimiento consiste en una placa de jaspe verde ovoide alargada, de 
215 milímetros de altura, por 80 de ancho y 6 de espesor. Por una singular 
disposición de su talla, su superficie no es enteramente plana ; presenta, sobre 
todo, al reverso, una depresión hacia el centro, cuyo trazado está perfecta- 
mente de perfil. Esta placa ha sido descubierta a una gran profundidad, al 
construirse un canal-dependiente del río Graciosa, cerca de San Felipe, sobre 
las fronteras de Belize y la república de Guatemala, por M. S. A. von Braam, 
ingeniero holandés al servicio de la "Guatemala Company". La placa forma 
parte hoy de la preciosa colección de antigüedades americanas pertenecientes 
a Mr. Jonkhleer J. H. Baud, de Arnheim. 

Al lado derecho, representa un personaje de pie, cuya actitud en general 
recuerda la de las más bellas estatuas del arte yucateco, sobre todo la de una 



— 219 — 

imagen de hombre en forma de obelisco, originaria de Copan (Honduras), re- 
producida, según Catherwood, en el "Ensayo sobre desciframiento de la escri- 
tura hierática de la América Central". Muchas figuritas, siguiendo el uso 
frecuente encontrado en las esculturas mayas, están entrelazadas en los orna- 
mentos que componen el vestido del personaje principal. Estas figuritas se 
hallan no stSlo sobre su cabeza, sino sobre el pecho, la espalda y la cintura. 

En esta cintura aparece el ornamento, en forma de cruz, llamada de San 
Andrés, que existe igualmente en la cintura de otros personajes representados 
en los monumentos de Palemke. Una letra katúnica, que se encuentra en los 
textos hieráticos y que Brasseur identifica, sin justificar su aserción, con el 
signo del día ezanab, nos muestra esa misma figura, muy común en las pinturas 
y esculturas yucatecas. El calzado del personaje, visto sobre la tablilla que 
describimos, es casi idéntico al que llevan los individuos que figuran sobre a'- 
gunos de los monumentos de Copan y Palenke. Dicho calzado, de una sim- 
ple suela, sujetada por correas al pie, (caite) era análogo al calceus patricius de 
los senadores romanos, con la diferencia de que la cinta yucateca estaba deteni- 
da por otra correa a modo de hebilla. Hoy todavia llevan los indios de Guate- 
mala, y de otras partes, esas sandalias que llaman caites. 

Pero lo que es más notable en la representación grabada que examinamos, 
es la presencia de un hombrecillo hollado a los pies del gran personaje. Es 
esa particularidad la que establece semejanza entre esta representación y la que 
conocemos de los monumentos esculpidos en Palemke, Copan, Uxmal y toda 
la zona de la región ístmica. Sobre la parte central del adoratorio, casa núme- 
ro 3, en Palemke, los dos grandes personajes laterales están erectos sobre las 
espaldas de hombres pequeños. El de la izquierda parece servir solamente 
de tarima para levantar al sacerdote hacia la parte superior del santuario ; pero 
el de la derecha, semeja aplastar una víctima bajo sus pies. 

Debo señalar igualmente la presencia, bajo las narices del personaje p^n- 
cipal. de una especie de ornamento que, como el tentetl que llevaban en los 
labios los antiguos mexicanos, se abserva en las cinturas didácticas del Ana- 
huac, sobre todo, en las representaciones del dios Tezcatlipoca. 

En la hacienda del Carrizal, unas veinte millas al Norte de Guatemala, 
se encuentran grandes restos ciclópeos de piedras hacinadas, sin ningún ci- 
miento, y formando grandes muros, que recuerdan los que en el Perú edifi- 
caron los Incas y que hoy causan admiración a los europeos. 

En el antiguo Mixco, en Xilotepeque, se notan aún fortificaciones y túne- 
les con curiosas entradas, siendo una de ellas vm pórtico dórico de mezcla fina, 
como de tres pies cuadrados. Vense algunas escalinatas movedizas sobre tie- 
rra insegura, que nadie se atreve a bajar. Grandes huesos humanos se han 
encontrado por aquellos lugares, en donde los hay también de animales ante- 
diluvianos. 



220 

Por Pctapa y el Rosario quedan testimonios de que un .s^ran puclilo tenía 
su asiento en aquellos parajes. En la parte Oeste del volcán llamado de Fuego, 
se encuentran acueductos y pirámides. Aquí en las cercanías de la capital, en 
el lugar conocido con el nombre de Laguna de los Tiestos, que hoy forma parte 
de la finca Miraflores, propiedad del que estas líneas escribe, se encuentran a 
cada paso fragmentos antiquísimos de barro, ídolos de piedra, y como a tres 
varas de profundidad, hay esqueletos humanos, cuyos huesos se deshacen ya al 
tocarlos. Los Mounds o cerritos que hay por ahí, revelan la existencia de un 
antiquísimo pueblo del cual hablaremos adelante. 

Las ruinas de Patinamit, capital de los cakchiqueles, en Tccpán Guate- 
mala, denotan, según Brasseur de Bourbourg, un origen pre-tolteca. Los 
españoles destruyeron aquella rica ciudad. Hallábase situada en un paraje 
elevado, circuido de profunda barranca que le servía de foso cortado a tajo 
y con una profundidad de ciento cincuenta varas, contando la ciudad solamente 
dos entradas muy estrechas, cerradas con puertas de piedra. La planicie de 
la eminencia tenía una superficie como de tres millas cuadradas, toda con un 
pavimento de betún negro sólido y con una vara de espesor. En las orillas 
del terreno se descubrían las ruinas de un enorme edificio cuadrado, con cien 
varas por lado, cuyos muros eran de piedra fina y bien canteada. Frente a 
esos muros hubo una gran plaza, y a un lado se encuentran vestigios de un 
sutuoso palacio. Por ahí quedan cimientos de muchas casas. El adorato- 
rio tenía una gran piedra finísima, (jue el ilustrísimo obispo Marroquín mandó 
cortar a escuadra y la consagró para ara del altar mayor de Tccpán Gutema- 
la. El autor de la "Recordación Florida," asegura haber ido en persona a 
estudiar esas ruinas, y las describe prolijamente. 

Juarros incurre en una confusión, al segurar que Patinamit y Tecpán 
Guatemala eran ciudades distintas, cuando a la verdad fueron una sola. Don 
Pe^ro de Alvarado fundó en ese lugar la primera villa, con municipalidad 
española, como consta del "Manuscrito Cakchiquel, de Arana Xahilá," y del 
proceso de don Pedro de Alvarado. 

Volviendo a hablar de las antiguas ruinas, cumple decir que Santa Cruz 
del Quiche, en otro tiempo la opulenta Utatlán, Corte de los quichés, era la más 
suntuosa ciudad que los españoles encontraron en el istmo centro-americano. 
Dice Fuentes y Guzmán que se encontraba circuida por un gran foso, que 
sólo dejaba dos estrechas entradas para la ciudad, y éstas se podían defender 
por el castillo del Resguardo, que era inexpugnable. El palacio de los reyes 
quichés competía en grandeza con el de Moctezuma en México, si damos cré- 
dito al historiador Torquemada. Aun se conservan ruinas de ese grandioso 
edificio, que apenas revelan le poderío de aquella corte (i). 



(1) Demuestra Mausdlay prolijamente, por la medida y estudio que hizo de esas ruinas, 'lue la des 
cripclón de Fuentes y Guzmán y la de .Tuarros, son exajeradas.— A srlimpse at Guatemala, page 69. 



p 



221 — 



"¿Conduciría al gran Nima-Quiché el acaso a este sitio? ¿Fijaría, no más 
que inducido por su cielo delicioso y lo bello de sus contornos, en él su resi- 
dencia aquel célebre conquistador de Centro- América? ¿Habría abarcado ya 
al primer golpe de vista la importancia de la posición extratégica que ocuparía 
estableciéndose en tal lugar, o ido sólo paulatinamente explorando las venta- 
jas naturales, que más tarde le ayudaran a efectuar sus planes ambiciosos? O 
en fin, tomando en el largo curso de su expedición, informes en dónde fijar 
mejor un trono seguro y hereditario para su ilustre estirpe, y teniendo que 
escoger, ¿ habráse decidido en favor de este llano alto, porque lanza aguas hacia 
todos los rumbos del viento, y bajo la figura favorita de su raza, le presentaba 
su solio puesto sobre el ombligo del mundo? Sería atrevimiento contestar de 
punto fjo a cualquiera de estas preguntas. Pero como ellas deben surgir invo- 
luntariamente en la imaginación de cada viajero, que en vista de unas memora- 
bles ruinas se entrega a la especulación de penetrar en los secretos motivos 
que agitaron la menté del fundador, conforme a ciertos datos de que dispone, 
podríase aceptar lo Verosímil tanto de una como de la otra idea. Hé aquí, en 
dónde más nos abandona la tradición. Los anales de los tultecas modernos, 
bien que con toda su sencillez cronológica, a veces no carecen de ciertos giros 
poéticos e incidentes narrados con énfasis dramática, jamás realzan sus relatos 
con la claridad del colorido local, y menos han tentado introducirnos por vía 
de abstractas contemplaciones en el íntimo laboratorio del alma de sus héroes, 
y discurrir sobre los medios y recursos, sobre la causa y el probable éxito de 
sus designios conquistadores. Mas lo que es cierto, y la experiencia nos lo 
enseña, es que las obras grandes jamás han sido ejecutadas sin grandes prepa- 
rativos, y sólo las empresas dirigidas a objetos claros y fijos encierran en sí las 
garantías de solidez y duración. 

Si algún día se lograse descubrir la clave de los jeroglíficos americanos, 
¿qué resultado pudiera sacarse de su lectura? Dudamos que nos den cuanta 
de su cuna primitiva, de sus emigraciones al través de continentes y océanos. 
Estemos seguros de no hallar consignado más que largas filas de nombres pro- 
pios de reyes o capitanes vencidos o vencedores, de objetos o guarismos de tri- 
buto dado o pagadero. Quedarían talvez tan mudos y enigmáticos estos sig- 
nos, como lo habrían sido los de los egipcios, si ellos no hubiesen encontrado 
un comentario rico en la historiografía simultánea de los hebreos, griegos y 
latinos. Esta clase de monumentos debe su erección a la oportunidad del 
niomento, glorifican la esclavitud de alguna tribu indígena ; una alianza o bata- 
lla ganada a un emnol, es historia meramente americana, comprensible, en 
aquella época, sólo por el gremio instruido de los sacerdotes, pero perdida para 
nuestra inteligencia por falta de un texto razonado u otros documentos con- 
temporáneos, los cuales, a la par de ser legibles, debieran además tratar de los 
mismos argumentos. 



No hay que soñar, pues, con la reconstrucción de la historia tulteca. pero 
conviene limpiar lo poco que de ella conocemos, de ciertas fabulosas exagera- 
ciones, dando luz a varios indicios de su alta cultura, que hasta ahora han que- 
dado harto inadvertidos. Ante la exclusiva atención dada por los arqueólo- 
gos a los suntuosos monumentos, parece haberse entibiado el deseo de saber 
cuál era su sistema político, la recaudación y el empleo de los tributos, su divi- 
sión territorial, su servicio de armas, su táctica ofensiva y defensiva. Ya di- 
mos una muestra de su acierto político en escoger el jefe fundador del gran 
imperio del Quiche, para su capital, el punto más estratégico que brinda todo 
el país ; y si examinamos el tino con que supieron sacar de lo escabroso de este 
llano alto todas las ventajas imaginables para fortificarse en él y hacerlo inac- 
cesible, se confirmará nuestra suposición, de que el saber y la inteligencia 
práctica desaquella estirpe ha sido muy superior a lo que vulgarmente se le 
atribuye. 

Está cruzado el llano, en dirección de E. a O., por un profundísimo barran- 
co en donde se divisan las ruinas del alcázar, délos sacrificatorios y derñás 
edificios ; se dilata dicho barranco a la anchura de unas 8oó varas, poco más o 
menos. Su margen norte corre en línea casi recta y no interrumpida, dejando 
caer su paredón, tajado a pico, hacia unas profundidades que hacen horrorizar 
al que se les aproxima. La margen sur, se halla al contrario, partida en varias 
y estrechas sinuosidades, formando, pues, otras tantas lengüetas y promonto- 
rios, todos con dirección hacia un punto céntrico, que parece un islote, el cual 
desde el fondo de aquel abismo anchuroso se eleva, y cuya superficie queda a 
la flor de lo demás del llano, midiendo su irregular área unas diez manzanas 
de tierra plana. Hé aquí, en este peñón, el sitio tan aislado como dominante 
de los reyes del Quiche ! La ti-adición lo puebla con todas las maravillas que 
suelen acompañar la memoria y el aspecto lamentable de la majestad caída, 
hoy día imperceptible ya, porque lo que de ella no ha arruinado el tiempo, 
lo ha ido destruyendo e invirtiendo en construcción de sus humildes chozas la 
mano del hombre. Abstengámonos de la descripción de lo que propiamente 
ya no existe, y fijémonos en lo que visiblemente ha sobrevivido, que es la ani- 
mada disposición tomada en asegurarse contra cualquier acceso del enemigo. 

Sólo por un lado parece haber existido una comunicación del peñón con la 
tierra firme del llano. Es la que, tomando el camino desde el convento de 
Santa Cruz, nos permite trepar cómodamente a las ruinas por una suave cuesta, 
en forma de hamaca, y que a manera de puente cruza el brazo meridional del 
barranco. Sin embargo, harto visible es la condición variada de este paso 
respecto a lo que fue en tiempo de la conquista. Entonces se hacía la comuni- 
cación sobre una calzada estrecha, desfiladero sin duda artificial, y cuidadosa- 
mente mantenido, el cual hoy día caído y derribado, representa el relleno de la 
indicada cuesta. Esta calzada la rnencionan los anales de los indígenas, fué 
por la que Pedro de Alvarado entró al sitio real de Tecún Umán pero que aban- 



donó, porque temiendo una traición, no confiaba ya en aquella milagrosa suer- 
te que pocos años antes le había favorecido en la noche triste, en que con 
Hernán Cortés tuvo que retirarse por la calzada de los lugares de Tenochtitlán. 
Si así se juzgaron enteramente cubiertos los quichés de un asalto empren- 
dido por el lado del Sur, todavía les restaba usar iguales precauciones contra 
cualquiera que les amenazase venir desde el Oeste, en donde una de las lengüe- 
tas del barranco avanza hacia el sitio central del peñón con muy poco intervalo. 
Es ingenioso el modo, y digno de fijarse en él cualquier moderno ingeniero ; con 
ello se salvaron del apuro de que el enemigo pudiera plantear un bastión en 
este punto e inquietar con sus ballestas y proyectiles el cercano peñón. Inter- 
ceptaron el camino que conduce a la punta, flanqueando con cuatro torres, 
colocadas de dos en dos a sus lados y a reguladas distancias para ayudarse 
mutuamente, un verdadero cuadrilátero, por cuyo medio debía arrojarse* el 
embestidor, antes de expugnar la indicada parte y tomar allá su posición si- 
tiadora. Una zona de ciénegas iba rodeando este sistema de fuertes estacados, 
y es muy probable que también este recurso, si no les fué sugerido por la mis- 
ma naturaleza, fuera también un arte ideado por ellos. Al excavar la parte 
de las ciénegas, la utilizaron para construir la base del fortín, al quebrar el 
talpetate, el material sólido para sus murallas, y mientras este cinturón de 
hondos estanques les proporcionaba todas las seguridades de un foso, a la vez 
les suministraba en la vecindad el agua potable, de por sí ya muy rara en 
el llano, y sólo asequible acarreándola desde el profundo cauce del barranco. 

De los cuatro fortines no ha quedado conocible sino uno solo, que domina 
el Resguardo; los demás no han llamado la atención de los visitadores, por 
estar más lejos y casi allanados ya. De los estanques también existe todavía 
uno bastante grande y lleno de agua, mientras que los demás se han ido cegan- 
do, y sólo en la estación de lluvias evocarán la memoria de su antigua existen- 
cia y del objeto a que servían. 

Preocupados por semejantes averiguaciones, omitimos reconstruir ideal- 
mente en su estado primitivo los montes de ruinas descritas con bastante exac- 
titud por el señor Stephens. Fuentes en su recopilación florida, Torqucmada 
en su Monarquía indiana, y el coronel Elgueta, darán al que gustare, material 
para formarse una idea del boato que cuatrocientos años hace, todavía reinaba 
en los alcázares del llano del Quiche".— (FeHpe Valentini). 

En el centro quiche, por Chiapa y Guatemala, además del Palemke, había 
otras ciudades importantes, como Acala, Zotzlem, Balum-Canan (Comitán), 
Alanchén , Zaculeu, (Huehuetenango), laxbité (Ocotzingo), Concoh (San 
Cristóbal) y Gumarcaah (Utatlán). El nombre primitivo de Huehuetenango 
era Chinabajul, y después Zaculeu. 

Desde antes de la conquista era Xelahuh (Quezaltenango) una de las más 
grandes- y poderosas ciudades, con buenas fortificaciones a juzgar por los res- 
tos que quedan en Parrasquín y Olintepeque. Don Pedro de Alvarado dominó 



— 224 — 

aquella comarca la víspera de la fiesta de Pentecostés del año 1524, y fundó 
ahí, con la advocación del Espíritu Santo, la ciudad actual llamada Quezaltc- 
nango. Cumple en este capítulo hacer justicia a la solicitud de los monarcas 
españoles, q.ue no sólo ordenaban el estudio de las ruinas antiguas, sino que 
mandaban compilar y analizar las diversas relaciones que se les enviaban, 
como sucedió con la que mandó formar el capitán general de Guatemala, don 
José de Estachería, al arquitecto real don Antonio Bernasconi el 27 de ene- 
ro de 17H5, acerca de las ruinas del Palemke. Es sobremanera intere- 
sante el libro intitulado "Recherches sur les ruines de Palemke, et sur les ori- 
gines de la civilisation du Méxique et de 1' Amérique Céntrale, par Mr. 1* Abbé 
Brasseur de Bourbourg, París — Arthur Bertrand, cditeur". ( i ) 

El 15 de diciembre de 1784 emitió don José Antonio Calderón, con dibujos 
de' Antonio Bernasconi, extensos informes acerca de las ruinas de Palemke, 
que aún se conservan inéditos en el Archivo de Indias. 

Lástima que, desde que se suprimió la Sociedad ICconómica de Amigos 
del País, no se preste aquí atención a la etnografía de Guatemala. En las 
toscas arcillas, amoldadas por la ruda mano del indio, cuando el conquistador 
no sospechaba siquiera la existencia del sentimiento del arte, en la región 
ignorada de un lejano Continente, se revelan, sin duda, los titulos irrecusables 
de la fraternidad de la generación viviente con las generaciones del pasado. 
Esos elementos de la vida antig^ia son alxiliares poderosísimos para la cien- 
cia que analiza y compara, y la. imaginación que trata de reconstruir y reedifi- 
car. Reflejan una civilización obscura, envuelta en el misterio de los siglos y 
dada a conocer por el estudio de sabios anticuarios extranjeros. VA historia- 
dor Bancroft escribió en inglés la obra monumental sobre las "Razas Primiti- 
vas de los Estados del Pacífico," que extractada y traducida por mí, publicóse, 
como folletín, de la "Sociedad Económica," en julio de i<S78, conteniendo ])re- 
ciosos datos sobre antigüedades centro-americanas. 

Tan poca ha sido la afición a estudios arqueológicos entre nosotros, que 
nunca se ha tratado de averiguar qué remoto ])ueblo ocuparía la parte más 
plana y hermosa del extenso valle en que hoy está situada la capital de ( iuatc- 
mala (2). Por los llanos del Incienso, en la antigua laguna de los Tiestos, 
que hoy forma jjarte de Miraflores, finca del que escribe estas líneas, hay mu- 
chos montículos (mounds), que eran viviendas y túmulos mortuorios de caci- 
ques o maceguales. Existió ahí, miles hará de años, una gran población, cuyos 
restos fósiles aún se encuentran al cavar la tierra para hacer plantaciones. Se 
hallan, a poca profundidad, vasos, esculturas de barro cocido, fragmentos de 
utensilios, ídolos pétreos, lanzas de oxidiana y otras antigüedades interesantes. 
En la puerta de la quinta de Arévalo hay dos grandes figuras idolátricas. Ahí 



(1) En tiempo de la Colonia se hicieron diliujos a pluma de las Ruinas d: Palemke. un Mapa ¿Tel territorio 
donde estaban, un Dixño de las casas. T(xk> inédito, se truarda en el Archivo de Indias. Estante N<? 100. 

(2) En la rica obra "A glimpse at Cuakmala." ^e hace relación de ese pueblo antiauísimo. 



— 225 — 

en el interior existe una gran lápida, con geroglíficos e inscripciones, que acaso 
denotan dinastías o la conmemoración de grandes batallas. En lo que antes 
se llamaba el llano de la Culebra, por donde corre el caño del agua y se ven 
los Arcos, estaban muchos de esos cerritos artificiales o teocalli que los es- 
pañoles aprovecharon para no tener tanto gasto en la construcción de arcos de 
calicanto sobre que descansa el magnífico acueducto. "Adquirió y conserva 
esta llanura el nombre de "La Culebra," por razón de que extendiéndose la 
longitud de la tierra y despejada llanura por más de dos leguas muy igual y 
rasa, corre por medio de ella y se dilata, desde el principio al fin, una lomilla, 
cuya figura es tortuosa a la manera de una culebra que camina, y dicen que es 
obra de los indios antiguos. Tiene mucha apariencia de verdad esta tradición, 
porque se ve estar compuesta y fabricada a modo de los cues antiguos, de ma- 
teriales de piedra y barro ; siendo esta obra claro y manifiesto testimonio que 
afirma y prueba cjue en aquel ameno y maravilloso contorno hubo pueblos de 
gran gentío, porque sin mucho número de gastadores, obra tan dilatada y pro- 
lija no pudiera intentarse, ni menos conseguirse". — ("Recordación Florida," 
T. 11. P. 55)- 

Refiere el mismo Fuentes y Guzmán que, según tradición corriente, se 
sabe, de antiguo, que por esos sitios se desliza un río, de no pequeño caudal, 
oculto bajo la llanura, y que en un paraje de este hermoso llano, entre la Casa 
Blanca y el Monte de los Zorros, se descubre algo debajo de una gran losa que 
llaman laja, con que los antiguos indios lo dejaron tapado y encubierto. Este 
propio río es el que se manifiesta en lo profundo y hondo del fértil valle de 
Petapa, en el Ingenio de don Tomás de Arrivillaga y Coronado, cuya fuente 
que brota maravillosa y perenne, es conocida con el nombre de Ojo de Agua 
de Arrivillaga. (Fuentes y Guzmán, T. II. P, 54). 

Muchas veces he visto, por las Charcas, lo que llaman la Piedra Parada, que 
debe de ser señal antigua de los indios, pues por aquellos lugares pasa el rio 
subterráneo, como es voz general, y se deja oír la corriente en el silencio de la 
noche, aplicando el oído al suelo. Además, en pleno verano, cuando la tierra 
está por ahí reseca y sin ninguna yerba, nótase una faja de verdor, que corre 
a lo largo, con ancha cinta de grama, producida por la evaporación del agua. 

Por los estudios que he hecho, por la naturaleza del terreno sobrepuesto 
en aquellas localidades ; por el aspecto de los utensilios que he podido recoger, 
y, en fin, porque muchos de los huesos se reducen a polvo casi, con el aire, con- 
servándose las más veces sólo las dentaduras blanquísimas, con una muela 
más de las que tiene la raza blanca, he presumido que el gran pueblo que por 
aquí habitaba, era en mucho anterior a la llegada de cakchiqueles y quichés, 
a virtud de las invasiones que los obligaron a venir. Miles de años llevan tales 
restos de estar en esos terrenos, como a dos varas de profundidad, sufriendo 
el aluvión, que cada vez más los sepulta, hasta que venga de repente la trompe- 



226 — 

ta del Juicio de la Ciencia, y haga que resuciten y comparezcan a rendir cuenta 
de cuándo vivieron y qué papel hicieron sobre la tierra (i). 

Ha sido tal la incuria, que nadie — salvo algunos extranjeros, sabios los 
menos y especuladores los más — han recorrido algunos puntos, no todos, de 
esa inmensa faja tropical de terrenos cundidos de bosques riquísimos, que se 
extienden desde Yucatán sobre Guatemala y Honduras, del lado Atlántico. 
Selva misteriosa, que cubre los despojos de grandes y ricas poblaciones indí- 
genas, desaparecidas muchos años antes de la conquista española. 

En la época de la piedra pulida se introdujo el túmulo, en forma de cerro 
artificial, de Asia a África y Europa. Los túmulos se encuentran a millares 
desde las islas británicas hasta Dinamarca, y en las costas del Atlántico a las 
montañas del Ural ; se ven muchísimos por las fronteras rusas y llanuras de 
Siberia, hay no pocos por las orillas del Mississipi y por Ohio, hasta los gran- 
des lagos, extendiéndose la región de los munds, que ha sido muy estudiada 
durante los últimos años. Por México son abundantes, y aquí en Guatemala 
se encuentran en varias partes, siendo muy notables los que hemos descrito, 
que se hallan al sudoeste de la capital y por las llanuras del Sur. En esa época 
de la piedra pulida, vinieron precisamente los inmigrantes que constituyeron 
la civilización maya-quiché. La postura del cadáver en cuclillas, el enterra- 
miento de utensilios, su estructura, el material de que están hechos, todo es 
igual, en aquel remoto tiempo, por Asia, África, Europa y América. 

La habitación sobre terraplenes, la piedra monolítica mortuoria, que lla- 
man mcnhir, cromelch, caracterizan también aquella época, de la cual tenemos 
ahí los restos, en esas bellísimas llanuras de los alrededores de la ciudad de 
Guatemala, en donde hubo gran población, unos mil años antes de nuestra era. 

Las pirámides que después se construyeron, los monolitos soberbios de 
Copan y Kiriguá, demuestran desarrollo portentoso. Don Modesto Méndez, 
guatemalteco distinguido, descubrió en el mes de febrero de 1848, las ruinas 
de Tical, en el Peten, y publicó una descripción interesante de esa antiquísima 
ciudad, en los números de "La Gaceta," correspondientes al 16 de marzo y 12 
de abril del mismo año. Hizo sacar dibujos de los palacios y estatuas que 
encontró. Después han venido extranjeros a estudiar las interesantísimas 
ruinas, han escrito obras y se han llevado mucho de valor, merced a la incuria 
con que hemos visto cuanto se refiere a nuestra antigua historia. Aquellas 
figuras colosales y misteriosas son mudos recuerdos, y las calaveras grotescas 
como que se ríen de la ignorancia de los que las contemplan. 

Alfred Percival Maudslay descubrió varias ruinas en Guatemala, como 
las de Ixkun, en el valle del río Cahabón, que dan idea de un extenso pueblo 
conquistado por los mayas, a juzgar por los grandiosos monolitos con ciertas 



(1) Mausdlay estudió esa localidad, levantó el plano que copiamos y demuestra la existencia de un 
pueblo muy antisruo. 



— 227 — 

inscripciones y geroglíficos. La más interesante descripción que conocemor 
de las ruinas de Chichén Itzá, la hemos encontrado en el capítulo XXI, página 
193, de la rica obra intitulada "A glimpse at Guatemala," escrita por el mismo 
autor, y publicada en Londres, en el año 1899, con. mapas, planos, fotograbados, 
retratos y otras ilustraciones bellísimas en riquísimo papel de lino. 

En aquellas ruinas sobresale después de miles de años, entre pinos 
seculares, la Casa de las Monjas, de 165 pies de largo, 89 de ancho y 35 de alto, 
edificada de piedra, con cuarenta y nueve gradas anchísimas que conducen al 
término del grandioso edificio que arriba se muestra, con ocho cuartos cuyos 
muros tienen rastros de pinturas y relieves. Hacia el ala del Este, se mira la 
iglesia, grotesco conjunto de máscaras con prominentes hocicos y afiligranados 
adornos. El Caracol, La Casa Colorada y el Castillo, son muy notables por su 
sólida y elegante construcción. Este último, está en la cúspide de un alto 
montículo al cual se sube por noventa y ocho gradas. El más interesante mo- 
numento del Chichén es el gran Patio de la Pelota, circundado de muros para- 
lelos, de 2'¡2 pies de longitud y 2^ de altura, con salidas en los extremos. Ven- 
se ahí restos de grandes piedras labradas, y las ruinas de otros edificios profu- 
samente adornados. Los indios jugaban al tlachtli o trinquete que describe 
Herrera, hablando de los Méxicos, y que con un hermoso cromo, figura en 
"México al través de los siglos," (T. i. P. 344). Por superstición plantaban 
fuera del tlachtli, palmas silvestres y árboles de brillantes colores para que 
dieran sombra a los ídolos que estaban en las almenas. Jugaban con pelotas 
de hule que permanecían por horas enteras en el aire, sin dejarlas caer al 
suelo, sino siempre arrojándolas para arriba con las asentaderas o las rodillas, 
y no con las manos, al decir de Duran, aunque a la verdad, sería eso en ciertos 
casos, pues las manoplas, llamadas chacualli, denotan que también empleaban 
las manos. 

Las pinturas murales representando una batalla en Chichén Itzá, que aun 
cubren las paredes del Patio de la Pelota, son notables, a pesar de mutiladas 
por la mano del tiempo. Aunque aquella antiquísima población no se puede 
comparar, en lo pintoresco, con otras de las arruinadas ciudades de Guatemala 
y Tabasco — dice Maudslay — , lo espacioso del horizonte interrumpido sola- 
mente aquí y allá por un cerrito artificial o templo ceniciento, sugiere la idea 
del libre acceso de una población grande, que el estrecho valle de Copan o las 
aterradas colinas de Palemke. En 1528 ya no estaba tan poblada, pues de otra 
suerte, no hubiera podido Montejo habérselas por dos años, sólo con una fuerza 
de cuatrocientos hombres. 

C(^parando las ruinas de Chichén con las de Copan y Kiriguá, nótase en 
las primeras lo grandioso de los edificios, el libre uso de las columnas, la ausen- 
cia de esculpidas stelas, la rareza de geroglíficos, y lo más importante de todo, 
el hecho de que cada hombre se muestra como un guerrero con rodela y lanza 
en ristre. Los pacíficos primitivos pobladores de las márgenes del Usumacin- 



— 228 — 

ta y del Motaj^ua fueron quizás llevados por la fuerza de la guerra, a las menos 
hospitalarias llanuras de Yucatán, en donde habiendo aprendido el arte de las 
armas, restablecieron su poder y su grandeza. Después soportaron nefastos 
tiempos, feudos inhumanos, invasiones nahuas y otras desventuras que produ- 
jeron la destrucción y abandono de grandes ciudades como Chichén, Itzá y 
Mayapán (i). 

El plano y las explicaciones de las ruinas de Palemke, que Maudslay 
presenta, en su magnífica obra, dan idea de la grandiosidad de aquella antigua 
y célebre i>oblación, cuyos restos soberbios han sido descritos magistralmente 
por Dupaix, Waldeck, Stephens, Catherwood, Morelet y Charnay. 

Las ruinas de Chalchitán merecen mencionarse, como que revelan la exis- 
tencia de un pueblo anterior a la era cristiana, de majestuosas e imponentes 
construcciones. El lugar de las esmeraldas significa Chalchitán, porque en- 
contraron ahí muchas de esas piedras, primorosamente labradas, lo cual da a 
entender que sus pobladores las usaban con predilección y que tenían una rica 
mina de ellas. 

Las ruinas de Tikal y Menché, descritas por aquel arqueólogo, denotan 
tener gran riqueza en monumentos e inscripciones de piedra ; pero hay ahí 
preciosos fragmentos del arte maya esculpidos o en relieves de madera, que 
demuestran la cultura de los antiguos pobladores de las exuberantes orillas del 
río Usumacinta. Mr. Charnay hizo la pintura más exacta de las "Antiguas 
Ciudades del Nuevo Mundo," en el libro que lleva ese título; y en París hemos 
visto los modelos en yeso de la colección de dicho profesor, que se exhibe en el 
Museo del Trocadero. 

Mucho han llamado la atención recientemente, como antes lo hemos insi- 
nuado, las ruinas de Piedras Negras, que Maler ha dado a conocer y í|uc de- 
muestran, como lo prueban también los interesantes despojos de Sustanquiqui, 
que por la fértilísima región del Fetén había en remotos tiempos muchas po- 
blaciones indígenas que desaparecieron dejando monumentos importantes para 
la historia. En el Museo Nacional de Guatemala hemos visto y estudiado los 
facsímiles de las ruinas de Sustanquiqui, que contienen geroglíficos mayas, re- 
cordando las hazañas de guerreros que figuran lievando en la mano la fecha 
de sus triunfos alrededor del cuerpo la historia de sus hazañas. En este 
Museo guatemalteco hay ídolos interesantes y piezas arqueológicas de mérito. 
Por desgracia en los museos extranjeros existe lo principal de nuestro país, 
llevado por anticuarios y negociantes, que han vendido a precio de oro las 
piedras talladas de los aborígenes de e.ste suelo, que alcanzaron, en épocas 
lejanas, una civilización interesante. El sistema geroglífico de las ruinas de 



(1) Henry Mercer, The Caoes of Yucatán.— 18ÍÍ5. 



— 229 — 

Yucatán, Guatemala y Honduras es el Antiguo Maya. Foerstemann encontró 
en su "Descifración de los Manuscritos" un cálculo que ascendía a la suma de 
12.299,040. 

"Los monumentos indígenas no se estudian generalmente por los guate- 
maltecos, y triste es decir que muchos de ellos ignoran la existencia de esas 
ruinas que son la admiración de los viajeros, y que prueban el estado de cul- 
♦^ura bastante adelantado a que habían llegado estos pueblos, antes del descu- 
brimiento de América. 

La ciudad de Lorillard situada en el Lacandón, en donde se han encontra- 
do restos de una cultura antiquísima, ha sido poco visitada, no obstante lo 
suntuoso de sus monumentos y lo maravilloso de sus bajo-relieves que son los 
más hermosos que puede ofrecer América, según M. Désiré Charnay. 

Los ídolos que se han encontrado en Lorillard son admirables, las vasijas 
son bien hechas, los monumentos son espaciosos, de estilo tolteca, y muy pare- 
cidos a los de Comalcalco, Palemke, Chichén, etc. ; lo que hace que se pueda 
decir con seguridad,, que los toltecas se extendieron por Méjico y por parte 
de la América Central. 

El escritor antes citado, haciendo la descripción de uno de los ídolos, dice : 
"El ídolo tiene la cabeza separada del tronco y yace revuelta entre escombros; 
la figura está enteramente mutilada. Este ídolo es único en su clase y muy 
hermoso ; nunca había encontrado otro parecido ni en las ciudades de Tabasco, 
ni en las yucatecas. Representa un personaje sentado con las piernas cruza- 
das a la usanza turca, y las manos puestas sobre las rodillas. Su actitud es dig- 
na, llena de calma y serenidad ; parece un Budha. Tiene la cara mutilada y en la 
cabeza lleva enorme tocado de hechura por demás extraña, representando una 
diadema y medallones entre un adorno de grandes plumas. En estas plumas 
esculpidas vemos la misma factura y el mismo estilo que en las que ya vimos 
en las columnas de Tula y de Chichén-Itzá. El busto, admirablemente pro- 
porcionado, lleva en los hombros y en el pecho una especie de rica esclavina 
adornada de perlas y de tres medallones parecidos a las grandes condecoracio- 
nes romanas ; en la parte inferior del cuerpo se ve la misma clase de adornos, 
aunque de menos relieve, y termina en un medallón mucho mayor que los otros 
y en un maxtli franjeado". 

Ya hemos descrito las ruinas que hay en Peten, Cobán y Kiriguá ; algunas 
han desaparecido completamente y es de sentirse que entre éstas se tengan 
que contar la de Flores, o sea la antigua Tayasal, que resistió tan valerosa- 
mente a los españoles, y de la que se sabe que tenía veintiún templos. "El 
gran templo, dice Sotomayor, era todo él de piedra con su bóveda ojival ; su 
forma era cuadrada con un hermoso pretil de piedras muy bien labradas ; cada 
fachada tenía veinte varas de lado y era muy alto". 

Por lo prolijo de los datos, sobre, todo acerca del interés que desde el 
tiempo de la Colonia han inspirado las Antigüedades en la América Central, 



— 230 ^ 

vamos a copiar en seguida lo que con ese titulo, escribió el notable historiador 
don Cesáreo Fernández Duro, en el Boletín de la Sociedad Geográfica de 
Madrid". Dice así : Durante la excursión que hice a Sevilla en la pasada 
primavera, debí a la amistad del Dr. D. Sebastián Marimón, el conocimiento 
de un viajero afortunado en la exploración y estudio de las huellas que en 
América Central han- dejado pueblos desconocidos, con vestigios colosales de 
una civilización sorprendente, despertador continuo de la curiosidad y miste- 
rioso enigma, cuya adivinanza mortifica el ingenio de los entendidos. 

El Sr. Alfredo P. Maudslay — este es su nombre — no llevaba al salir de 
Londres otra idea ni propósito, que pasar el invierno lejos del rigor de una 
temperatura que no convenia por entonces a su salud, mas como tampoco la 
ociosidad se conciliara con su espíritu activo, dando suelta al deseo natural de 
conocer el país elegido en la expedición, recorrió los territorios de Honduras y 
Guatemala, ocupando el caudal de sus conocimientos, tanto en la observación 
de la naturaleza, como en la de las obras de portentosa fábrica que dan testi- 
monio de labor humana. 

No le dio la estación extrema del año 1881 espacio bastante para el examen, 
ni al repetirlo en el invierno siguiente, ha quedado satisfecho el afán que de 
ordinario crece en cuantos miran a su sabor las bizarras edificaciones de los 
Mayas; queriendo llevar en la tercera campaña preparación más amplia que 
en las otras, asociado con el Dr. Marimón, que también por mucho tiempo ha 
registrado la región guatemalteca, consultaba asiduamente el archivo de In- 
dias, sabiendo que allí han de encontrarse datos preciosos de la época de la 
conquista de los españoles y de la disposición en que hallaron aquellas tierras. 

Con esos datos ; con ayuda de un mapa en grande escala que traza, rectifi- 
cando errores de los existentes; con el itinerario seguido por Hernán Cortés 
desde la ciudad de Méjico al golfo de Honduras o de Hibueras, que estudia 
prolijamente, se proponía marchar de nuevo a Yucatán, Campeche, Verapaz, 
Tabasco, Guatemala y Honduras, reservando en tanto las observaciones reco- 
gidas al cuidado de la ratificación. Los planos parciales, dibujos, fotografías, 
calcos, vaciados y objetos originales recogidos ya, que han examinado en Lon- 
dres algunos aficionados de antiguallas, cautivaron la atención general, pidien- 
do reseña que el Sr. Maudslay hizo ligeramente ante la Sociedad Geográfi- 
ca (i); más ni ella basta a dar idea aproximada de los referidos objetos, ni 
menos de las ciudades de que proceden, siglo tras siglo abandonadas y ocultas 
entre la vegetación tropical, como el nido de un pájaro muerto. La explica- 
ción precisa e ilustrada compondrá a su tiempo un libro interesante ; entre 
tanto, la galantería del Sr. Maudslay me consiente adicionar noticias que limi- 



(1) Explorations in Guatemala and Examinations oj the newlydiscovered India Ruins of Quiriguá, 
Tikal and the Usumacinta.—^y \. P. Maudslay.— Procedirurs of the Royal Geoprauhlcal .Soclety, London. 
Aprfl. 1883. 



— 231 — 

taré a los descubrimientos recientes, sin mencionar cosa relativa a los viajes 
ni a pueblos o monumentos de antes vistos (i). 

Estimulado por las vagas referencias y esbozos imperfectos de Mr. Cather- 
wod, único de los modernos exploradores que llegó a la vista de Kiriguá por 
los años de 1840, en las dos veces fué a registrarlo Maudslay, sabiendo hallarse 
no lejos del camino que conduce desde Izabal, en el golfo Dulce, a las riberas 
del río Motagua. La empresa no es tan sencilla como a primera vista parece : 
hay allí que penetrar a través de una selva continua y espesa, abriendo con el 
hacha y el machete el camino que se pisa, dirigiéndola por la brújula como en 
las soledades del mar, o en la galería del minero; llevando numeroso convoy 
con el mantenimiento de los trabajadores, tiendas, ropas, instrumentos y herra- 
mientas, y se avanza con lentitud, incomodidad y costo. Así y todo, puede 
pasarse al lado de objetos voluminosos sin distinguirlos, porque los arbustos 
de toda especie, las plantas trepadoras y las parásitas de tal manera envuelven, 
cubren y desfiguran las líneas o términos, no ya de una piedra suelta, de cual- 
quier edificio, que la visual se pierde en la masa de verdura. Así se explica, 
que como en nuestro viejo Continente descubren de vez en cuando la casualidad 
y el arado monedas o sepulturas de remotas edades, en el Continente nuevo, 
donde todo es grande, la casualidad y el hacha tropiezan con ciudades enteras 
no menos añejas. 

Una ciudad monumental es realmente la de Kiriguá, encontrada por el 
Sr. Maudslay después de desmontar una extensión considerable de terreno, sin 
certeza de haberla visto toda. Cortada después la maleza, limpiando por últi- 
mo, con rascadores de hierro y cepillos de musgo, llegó al término deseado de 
armar la cámara fotográfica y proceder al vaciado de relieves. Lo conocido es 
2 un rectángulo de 2 250 x i 080 pies ingleses, en cuyo espacio hay varios monte- 
cilios artificiales de forma piramidal, revestidos de piedra de sillería, con gra- 
derías o escaleras, edificación común y ordinaria en todas las grandes poblacio- 
nes de la región, y aun de la que se llamó Nueva España o Méjico, donde se 
designaban por Cues o Mules. Pero en los de Kiriguá no queda siquiera 
vestigio de haber existido en la cúspide, las fábricas que se ven todavía en las 
pirámides de otras ruinas, en Tabasco, Yucatán y Chiapa ; si en éstas hubo 
también adoratorios o aras de sacrificios, han desaparecido totalmente. Lo 
que se encuentra en la proximidad de las pirámides mayores, es indicación de 
dos espacios rectangulares, a manera de plazas, formados por obeliscos de 
natural aspecto y delicadísimo trabajo. Algo de común tienen con los de 
Copan, de tiempo atrás conocidos ; la forma, los geroglíficos, el dibujo, el por- 
menor de la ornamentación y aun la colocación de traje de las figuras, acusan 
cierta relación que no cabe desconocer ; mas hay eií la ejecución notable dife- 



(1) La olii-a monumental de Goodman ,v Maudslay. la citamos al principio de este capítulo, la admi- 
rable "/y/o/ot'ia/ /ír^/mV^^/a Centran Americana." Nota del autor. 



— 232 — 

rencia que inclina a considerar a los monumentos de Kiriguá como modelo de 
los de la ciudad de Honduras, más acabados, de más alto relieve, de mayor 
corrección en las líneas y posterior trabajo por consiguiente. 

De dos especies son los monumentos ahora encontrados ; obeliscos mono- 
litos esculpidos con figuras humanas, adornos caprichosos y geroglíficos, y 
piedras bajas y anchas en que se han figurado animales monstruosos o reptiles : 
acercándose en la forma general a la de la tortuga. Los primeros tienen base 
cuadrangular, de 3 a 6 pies de lado, y de 15 a 30 de altura sobre el suelo, en que 
se halla enterrada una parte de cinco o seis más para mantenerse en la posi- 
ción vertical. Algunos la han perdido, y están más o menos inclinados ; otros 
han caído ya forzados por Jas raíces o los troncos de árboles inmediatos. 

Las caras principales de los obeliscos presentan un personaje de frente ; 
solo en dos se puso de perfil. Esculpidas las cabezas en alto relieve, están 
tocadas con profusión de plumas y cintas ; las orejas grandes y anchas, hora- 
dadas, atravesándolas ricos y voluminosos adornos. En el cuerpo y vestiduras 
no es tan saliente el relieve, aunque prolijo el trabajo del artista en labor ca- 
prichosa, entrando por mucho en el adorno cabecitas humanas, las más de 
grotesca apariencia, distribuidas en los sitios de mayor resalte, como en los 
hombros, rodillas y talones de las sandalias. Algunas de esas figuras que dan 
motivo o ser al obelisco, muestran en la mano una especie de cetro, mas por lo 
común llevan levantados ambos brazos en actitud de coger con las manos 
el cuello del vestido. Los pies, en todos casos, con las puntas hacia los lados, 
unidos los talones, única postura que por lo visto concebían los artífices, por 
más que no sea natural. 

Se observa uniformidad en la forma del vestido, cambiando sólo los dibu- 
jos de su adorno y los de las mascarillas o cabecitas, tan repetidas, que hacen 
pensar se destinaran al objeto del adorno personal las muchas que se han 
hallado sueltas por toda la América Central, así de barro cocido, como de obsi- 
diana, jade y piedras más finas. 

Es también de notar, que todos los obeliscos de una de las plazas, repre- 
sentan reyes, guerreros o personajes de significación, masculinos ; mientras 
los de la otra son sin excepción de mujeres, con trajes mucho más ricos 'en 
adorno. En unos y otros llenan las caras laterales geroglíficos en cuadrículas 
muy bien esculpidas, conteniendo cada una de ellas dos o más cabezas de hom- 
bres o pájaros, piernas o brazos enlazados en disposición convencional y al 
parecer simbólica. Probablemente en la significación narran las excelencias 
de la figura principal del obelisco. 

Los monumentos de la segunda especie, que bien pudieran ser aras o alta- 
res, están formados con piedras enormes cuyo peso no bajará de 18 a 20 tone- 
ladas, midiendo unos 14 pies de longitud y poco menos de altura. Por su pro- 
pio peso se encuentran medio enterrados y acaso haya bajo la tierra algunos 



I 



— 233 — 

otros que no se descubren. La tortuga, armadillo o monstruo representado en 
ellos, tiene de ordinario una cabeza humana dentro de la boca, y es entre todos 
más de notar el ejemplar que ostenta en la cola una mujer riquisimamente 
vestida, sentada al estilo oriental, con las piernas cruzadas y mostrando en la 
mano, a modo de cetro, una figurilla semejante al juguete o Juan de las viñas, 
cuyos miembros se mueven por medio de un hilo. La superficie de estas 
piedras está completamente labrada con dibujos caprichosos de imposible des- 
cripción, y en algunos sitios hay también geroglíficos. 

Resulta, pues, de las investigaciones, que hay en Kiriguá objetos sin equi- 
valencia ni semejanza con los de otras ciudades arruinadas que se suponen obra 
de la civilización maya, y que merecen por tanto, privilegiada atención de los 
que estudian las antigüedades americanas. En cambio allí, como en todas esas 
otras ciudades, no se encuentra vestigio de las viviendas de la inmensa pobla- 
ción que contribuyó, sin duda, a la fábrica de los pasmosos monumentos, vi- 
niendo la ausencia a fortalecer la opinión de que, aparte de los Cues o adorato- 
rios, de los templos, edificios sagrados o públicos, el pueblo, en su gran masa, 
residía en albergues de material ligero como la madera, barro y paja u hoja- 
rasca, que fácilmente ha desaparecido. 

¿ Será realmente el Sr. Maudslay el primer europeo que ha hollado la plaza 
de la ciudad de Kiriguá? ¿Permaneció ignorada y oculta a los ojos de los 
compañeros de Cortés, de Montejo y de Alvarado? No hay hasta ahora datos 
seguros para averiguarlo. Sabiendo el viajero inglés que el conquistador de 
Nueva España, al pasar por el río Dulce, estando muy necesitado de provi- 
siones, dividió sus fuerzas y en radio extenso corrió todo aquel territorio con 
el afán de procurárselas, dudó en un principio si el pueblo de Chacujal que 
menciona la carta quinta dirigida por Hernán Cortés al emperador, sería este 
mismo; más no ajustándose la concisa indicación que hace a las más salientes 
circunstancias actuales, presumió que más bien corresponde el sitio visitado 
por el caudillo extremeño a las ruinas del pueblo viejo en que hoy se descu- 
bren cimientos y otros vestigios de construcción, aunque no monumentos. 

• La lectura de la referida carta quinta, ofrece, sin embargo, materia lata 
a la reflexión, primero por el nombre del pueblo, que en los códices existentes 
varía de Chacujal a Chaantel, Chuantel y Chuhantel, después por consignar 
fueron los indios naturales los que le dieron noticia de haber cerca iin pueblo 
grande muy antiguo y muy bastecido y últimamente por la sorpresa que mani- 
fiesta le causó hallarse en las calles por donde salió a una gran plaza donde 
tenían sus mezquitas y oratorios a la forma y manera de Culua y que puso ésto 
más espanto (a los soldados) del que antes traían. Estuvieron en la plaza 
gran rato recogidos en una gran sala, y no sintiendo rumor de gente, enviaron 
algunos que corrieran las calles. Luego que fué de día se buscó todo el pueblo, 



— 234 — 

que era muy bien trazado y las casas muy juntas y muy buenas y hallaron in- 
mensa cantidad de bastimentos (i ). 

Por aquellas inmediaciones del golfo Dulce habían estado antes Cristóbal 
de Olid, Francisco de las Casas y Gil González Dávila y se mantenían aún en 
parte sus tropas, así que, una de dos: o conocían por necesidad la existencia de 
una ciudad tan poblada como indica haber sido la de las ruinas de Kiriguá, y en 
tal caso lo hubieran dicho, o ya por entonces sólo ruinas quedaban de ella, 
como acontecía en Palenque, por cuyas cercanías pasó también Hernán Cortés, 
con pintura o mapa que los indios le habían facilitado para noticia de la mar- 
cha, y de los centros en que había de proveerse. 

Las exploraciones que Maudslay hizo después en Copan, en la región de 
los volcanes y en la de Verapaz no excitan en tanto grado el interés, por la re- 
petición con que otros viajeros las han visitado y descrito anteriormente ; omi- 
to, por tanto, la comunicación de sus observaciones y memorias, saltando a las 
que le ha sugerido la ciudad de Tikal, situada al nordeste del lago del Peten, a 
unas i8 millas de distancia y no lejos de los términos de Guatemala y Yucatán, 
pues si bien fué vista, hace años, por M. Bernoulli que recogió los trozos de 
madera esculpida conservados ahora en los museos de Suiza y Westminter, el 
objeto especial de sus investigaciones no prestó fijeza a las curiosidades ar- 
queológicas. 

Maudslay se proporcionó braceros en las poblaciones del lago, y por los 
procedimientos explicados, abrió camino y desmontó la extensión suficiente 
para dejar al descubierto la edificación, cuyo plano trazó ante todo. Las casas 
de esta ciudad silenciosa son de piedra revocada, midiendo el grueso ordinario 
de las paredes unos tres pies. Es difícil formar juicio del remate y corona- 
miento exterior, porque de las cornisas, de la techumbre, de cualquier parte 
saliente donde haya caído una semilla, han salido árboles corpulentos forman- 
do un bosque en cada construcción y destruyéndola la fuerza de las raíces que 
han penetrado por los intersticios. En el interior tienen las paredes altura de 7 
a 8 pies, avanzando sucesivamente las hiladas de piedra, hasta llegar a unirse 
arriba formando ángulo. Esa construcción no consiente, naturalmente, mucha 
separación en las paredes, no obstante el macizo y carga superior con que se ha 
procurado darlas solidez, así que los aposentos mayores no tienen más de cinco 
o seis pies de anchura y más parecen pasadizos que otra cosa por haber tratado 
de compensar con la longitud la estrechura. Las puertas exteriores están inva- 
riablemente construidas a escuadra, con la particularidad de ser los dinteles de 
madera durísima de zapote, escuadrados los troncos necesarios y unidos perfec- 
tamente. En el interior hay vigas de la misma madera con el doble objeto, al 
parecer, de prestar solidez al edificio y de colgar las hamacas. Algunas casas 
se conservan en buen estado, al punto de ser habitables, pero en la mayor 



(1) Carias v relaciones de Hernán Cortés al Emperador Carlos V, colegidas i ilustradas por' D. Pascual 
Gayangos, de Paiífs, 1866. 



parte se han consumido los dinteles dichos y la gravedad ha consumado la 
ruina, formando montones de sillares. 

Sobresalen cinco templos edificados sobre pirámides revestidas de sillería, 
no en todas de superficie plana. La base de una de éstas es de 184 pies ingle- 
ses de frente, por 168 de lado y la altura de 112. El templo, arriba, tiene 
41x28 de base y 50 de altura. Las paredes son de extraordinario grueso, tienen 
nichos en los lados, estrechando gradualmente por arriba. En el interior hay 
dos o tres corredores paralelos, como se ha dicho de las casas, comunicando 
unos con otros a favor de puertas anchas con los dinteles de madera, primoro- 
samente esculpidos en la superficie visible. La altura de las salas es mayor en 
los templos que en las casas. 

No se descubre en estos edificios ídolo, ni objeto alguno a que haya podido 
darse culto ; solamente en la plaza que forman los dos principales, se ven algu- 
nas piedras verticales como las que suelen ponerse en los cementerios, parte 
de ellas toscamente esculpidas con figuras de perfil ; otras con las figuras mol- 
deadas en cemento muy duro.En la mism.a plaza hay aras o altares circulares 
parecidos a los de Copan, estando por punto general muy deteriorados. 

Uno de los problemas que Maudslay no ha podido resolver es, el de los 
medios que una población tan numerosa como parece haber sido la de Tikal, 
empleaba en el surtido de agua. En las inmediaciones no existe y las escava- 
ciones que verificó buscando pozos, no dieron otro resultado que el de hallar 
unas cámaras subterráneas, muy reducidas, al parecer silos. 

Estando en Guatemala supo nuestro viajero por el Sr. Rockstroh, caballe- 
ro alemán, director del Instituto Nacional, haber otra ciudad inexplorada que 
muy a la ligera había visto en sus excursiones. Situada en un recodo del río 
Usumacinta, precisamente en lugar en que los violentos raudales impiden la 
navegación y donde vienen a coincidir los límites de Tabasco, Chiapa, Peten y 
Huehuetenango, pasada la Sierra Madre, se encuentra apartada de todo trán- 
sito, aunque próxima al pueblo de Tenosique y a las famosas ruinas de Palen- 
que. Llamaban al referido lugar Menché o ciudad del Usumacinta, contando 
maravillas de los monumentos. 

Maudslay se dirigió en su busca desde Tikal tomando canoas en el rio de 
la Pasión, por el cual, aguas abajo, pasando la boca del Salinas y más adelante 
del Lacandón y Ococingo, por la del Cerro entró en el Usumacinta, llegando 
sin accidente al punto buscado. 

Empiezan los edificios de Menché en un ribazo que se alza naturalmente 
como 60 pies sobre el nivel del río, siguiendo en mesetas o terrazas artificiales 
sucesivas hasta una altura de más de 120. Cada una de estas mesetas tiene 
muro de sillería y escalinata de acceso. Hay casas en buen estado de conser- 
vación ; otras ruinosas o del todo arruinadas, porque en los pueblos antes des- 
critos, la vegetación lo ha invadido todo, viéndose sobre cornisas que acaso 



— 236 — 

tienen medio pie, árboles de i y 2 de diámetro. Por esta causa no cabe asegu- 
rar que toda la ciudad se haya examinado o contenido en el plano de Maudslay, 
ni que sea, como parece hasta ahora, menor que Tikal. 

En dos conceptos se diferencian los edificios de las dos poblaciones ; pri- 
■ mero, en que en lugar de los largos pasadizos paralelos de aquellos, las de 
Menché forman entrantes y salientes en ángulo recto, dando lugar a fuertes 
macizos que ayudan a sostener con mayor solidez la techumbre, y segundo en 
que los dinteles de las puertas son de piedra, esculpida también como los de 
madera, y con no menos primor. 

La casa en que se aposentó el viajero tenia 73 pies de fachada y solo 17 de 
fondo, con tres puertas en el frente : a 2 pies por encima de ellas corre una corni- 
sa ; arranca el segundo cuerpo de 1 1 pies, y sobre segunda cornisa se alza una 
construcción suplementaria o de adorno que asemeja celosía. La altura total 
del edificio es de unos 45 pies. 

Hubo de estar revocada la fachada en otro tiempo y pintada de varios co- 
lores : en el segundo cuerpo hay una serie de retángulos huecos donde sin duda 
se colocaron esculturas: se advierte que el constructor puso otros adornos, 
quedando vestigios de tres grandes figuras y ocho más pequeñas, moldeadas 
en argamasa y pintadas. Esta ornamentación era emejante en las otras casas 
y bien se alcanza la hermosura de su perspectiva desde el río en la época en 
que lucieran los vivos colores sobre el blanco de los terrados. 

En la parte central de esta casa, cuya vista fotográfica conserva el Sr. 
Maudslay y reprodujo la Sociedad Geográfica de Londres en grabado, hay 
un ídolo de piedra de doble altura de la natural, cuya figura, bastante bien 
esculpida, se halla sentada, con las piernas cruzadas y las manos sobre las ro- 
dillas: La cabeza, cubierta con grotesco mascarón a manera de yelmo y gran- 
des plumajes, yace por el suelo desprendida del cuerpo, y hay a su lado restos 
del dosel o cubierta monumental, adornada de labores de estuco pintado, entre 
fragmentos de cerámica. 

Uno de los edificios se diferencia en el nivel distinto de las habitaciones, 
a las que se comunica por escalones ; algunos tienen tapiado el ingreso, siendo 
posible sean cámaras sepulcrales, mas no dio el tiempo lugar de averiguarlo. 

Como en Tikal, se encuentran aras circulares esculpidas, deterioradas por 
la intemperie, y piedras verticales, las más caídas y rotas. En todas las casas 
se hallaron vasos de barro cocido ordinario, llenos de materia resinosa quema- 
da. Al rededor del ídolo había muchos, dando a entender por el distinto color 
y frescura del barro en varios, que han sido colocados sucesivamente por las 
tribus de lacandones que viven en las orillas del Usumacinta, como ofrendas 
de una reverencia que ha heredado de sus antepasados. 

Esta vez consiguió el Sr. Maudslay enriquecer la colección de fotografías 
y vaciados con originales de interés grandísimo, entre ellos uno de los dinteles 
de piedra esculpida procedente de edificio arruinado, cuya piedra serrada y 



— 237 — 

reducida al tamaño del relieve, con mil trabajos. sacó de la ciudad abandonada 
y ha traído a Londres con admiración de los entendidos. Acerca de su signi- 
ficación nada ha dicho; reservado por naturaleza, prudente y sobrio de apre- 
ciaciones, deja al criterio de los anticuarios la estimación del mérito de los artí- 
fices y en enigma del significado. Sólo dos afirmaciones se permite, con el 
fundamento del examen comparado ; una «es que la ciudad de Menché o del 
Usumacinta, cuenta más remota fecha que la de Tikal ; la otra, que los edificios 
de piedra que subsisten, estaban allí como en otras partes, destinados a una 
clase privilegiada o a ceremonias públicas, y en modo alguno habitados por el 
común del pueblo que puso mano en los terraplenes, revestimientos, pirámides, 
esculturas, y otros tan hermosos adornos. 

No trataré, por mi parte, de suplir las reservas del expedicionario, mas 
para los que no han visto las referidas colecciones, haré somera descripción de 
lo que me parecen los dos más notables dibujos de los dinteles. En el que ha 
trasportado íntegro, se vé a la izquierda un personaje en pie; la frente aplas- 
tada, tocado con abundantes plumajes, entre los que sobresale un mascarón 
monstruoso ; las orejas atravesadas de grandes y complicados adornos ; collar 
de bolas gruesas ; el cuerpo desnudo, si bien lleva por los hombros una pieza 
tejida de rico dibujo, con fleco ; cinturón también rico del que pende el machtly 
o zaragüelle ; ligas adornadas con borlas pendientes ; calzado semejante a la 
sandalia, labrada por detrás hasta el tobillo y sujeta al dedo grueso por una 
cinta que viene a formar lazo en el empeine ; en las muñecas adorno parecido 
al de las ligas con sendas calaveras en la parte superior. Con ambas manos 
sostiene y presenta una asta larga que remata en penacho como de hojas o 
plumas ; detrás y arriba de esta figura, geroglíficos en cuadrículas. 
í A los pies del personaje hay una mesita pequeña o cojín, y al lado de éste, 
de rodillas, dando frente a aquel, otra figura de frente aplastada también, de to- 
cado muy rico con plumas y otros adornos prolijos que se extienden a las ore- 
jas : traje talar riquísimo, cuya labor consiste en rombos, y debajo de cada 
uno una cruz perfecta de brazos iguales ; manto largo sol)re los hombros, de la 
misma tela y dibujo, pero con orla y fleco distinto; collar y brazaletes grandes 
con perlas o piedras, y sobre el pecho un medallón con curiosa carátula. Este 
personaje, que a mi juicio representa un sacerdote postrado ante el ídolo, está 
en actitud de pasar a través de la lengua, que previamente se ha horadado, 
una cuerda gruesa en que de trecho en trecho hay espinas apareadas para que 
el sacrificio sea más doloroso. 

Sabido es por nuestros antiguos cronistas, que así en el territorio de 
Nueva España como en otros de América Central, hasta las riberas del Apu- 
re, Meta y Orinoco, era común la costumbre de mortificarse ante los ídolos 
los encargados de su culto, pasando espinas de maguey a través de los miem- 
bros más delicados. 



-238- 

En otro de los relieves se ven frente a frente un hombre y un niño con el 
machtly, collar y tocado de plumas del ídolo anterior ; en medio, arriba y aba- 
jo, geroglíficos ; presentan uno al otro sendas cruces, perfectamente delineadas ; 
los brazos horizontales de éstas terminan en rosetones, teniendo uno igual en 
el centro ; el brazo superior remata en adorno coronado de palmas o plumas ; 
del inferior (los cuatro son de igual* longitud), penden fajas o cintas. La figu- 
ra de la derecha o mayor, de cuyo tocado más profuso y cumplido sale, al 
parecer, una serpiente, a más de la dicha cruz que presenta con el brazo dere- 
cho extendido, tiene otra igual en la mano izquierda, si bien ésta, con el brazo, 
se halla en postura natural pegada al cuerpo. 

Un tercer .dintel representa gran serpiente simbólica, de cuya boca 
sale la figura de un idolo tocado como los anteriores y que lleva cetro en la 
mano. A los pies un sacerdote con traje talar y adornos como el anteriormen- 
te descrito, de rodillas también, hace ofrenda de objeto que no se distingue. 

Los dos primeros provocarán probablemente de nuevo el tema tan deba- 
tido de la Cruz en que varios americanistas distinguidos han visto el símbolo 
de la lluvia o de la fecundidad de la tierra (i), porque por tal lo tuvieron los 
indios con posterioridad a la llegada de los españoles : mas hasta qué punto 
puede llevarse el razonamiento a los tiempos primitivos después del reciente 
descubrimiento, cosa es que habrá de dilucidarse, y oportuno parece con este 
motivo recordar lo que el P. López Cogolludo escribió, después de dar por 
cierta la profecía de Chilan Balan, gran sacerdote de Tixcacayom Canich, en 
Maní. 

"Dice Herrera, dando razón, como los segundos españoles que con Juan 
de Grijalva aportaron a Yucatán, hallaron así acá en Tierra firme como en 
Cozumel algunas cruces, que la ocasión de esto fué, que habiendo el adelantado 
Montejo comenzado la conquista de esta tierra y recibídole pacíficamente al- 
gunas provincias, en especial la de Tutul Xiu, cuya cabeza era el pueblo de 
Maní, catorce leguas de donde ahora está la ciudad de Mérida, se entendió que 
pocos años antes (|ue llegasen los castellanos, un indio, principal sacerdote lla- 
mado Chilan Cambal, tenido entre ellos por gran profeta, dijo (jue dentro de 
breve vendría de hacia donde nace el sol, gente barbada y blanca (|uc llevaría 
levantada la señal de la Cruz 

"Los más escritores de las historias de estos reinos refieren haber hallado 
los primeros españoles que descubrieron a Yucatán en esta tierra cruces acerca 
de la cual han sido también diversos los pareceres 



(1) Entre los estudios acerca del particular, pueden vers4': Anhéolorie Americaine. Drchtjfrement 
des écriturfs calculiforme ou Mnvas. Ix bas relief de la Croix de Faíenke et le Manuscrit Troano, par M. 
le Conté de Charencey. Alencon. 1879. 8* mv^y.—Les demiersvesliges du Christiarttsme préché du X9 au 
XI V^ siicle dans le Markland et la Grande Irlande. Le\ Forte-Croix de la Gasfiéste et de /" Acadié, par M. E. 

Beauvals. París. 1877, 8' may Les traditions relatives a [ homme blanc et au signe de la Croix en Amirique 

á r ¿poque precolombienne, par M . l'Abbé Schmltz. y las discusiones que constan en la.s actas de los Coníresos 
de Americanistas de Lu.\embunro. Bruselas y Copenhagxie. 



—239 — 

"El Dr. D. Pedro Sánchez de Aguilar en su informe contra los indios idó- 
latras de esta tierra, expone que el origen de decirse que se hallaron cruces en 
Yucatán, se ocasionó de que cuando D. Hernando Cortés halló a Jerónimo de 
Aguilar en la isla de Cozumel, puso alli una Cruz que mandó adorar, la cual 
después, el año 1604, gobernando esta tierra D. Diego Fernández de Velasco, 
envió al marqués del Valle, nieto de D. Hernando Cortés. De esta Cruz, dice, 
tomó motivo un sacerdote de ídolos, llamado Chilan Cambal, de hacer una 
poseía en su lengua, que he leído muchas veces, en que dijo que la gente 
nueva que había de conquistarlos, veneraba la Cruz, con los cuales habían de 
emparentar. Esto mismo refiere Antonio de Herrera, y como el adelantado 
Montejo, a cuyo cargo fué la conquista de esta provincia, tardó más de diez 
años en volver a ella, pensaron los nuestros que estos indios pusieron esta Cruz 
y tuvieron por profecía la poesía de Chilan Cambal, y esta es la verdad, la cual 
averigüé por saber la lengua de ello y por la coftiimicación de los indios viejos, 
primeros neófitos que alcancé, los cuales iban a su romería al templo de 
Cozumel". 

El P. Cogolludo discute esta opinión sensata con otras citas de Bernal 
Díaz, Fr. Bartolomé de las Casas, Remesal, Torquemada, que vieron no una 
cruz, sino varias, afirmándolo antes Gomara tratando de Cozumel con estas 
palabras : 

"Que junto a un templo con torre cuadrada, donde tenían (los indios) uti 
ídolo muy celebrado, al pie de ella había un cercado de piedra, en medio del 
cual había una Cruz de cal, tan alta como diez palmos, a la cual tenían y adora- 
ban por Dios de la lluvia, porque cuando no llovía y había falta de agua, iban 
a ella en procesión, y muy devotos, ofrecíanle codornices sacrificadas para 
aplacarle la ira y enojo que con ellos tenía o mostraba tener, con la sangre de 
aquella simple avecica. Quemaban también cierta resina a manera de incienso, 
y rociábanla con agua. Tras ésto tenían por cierto que luego llovía " 

■El Dr. Illescas escribe también en su Pontifical que los yucatecos tenían un 
Dios a manera de Cruz que llamaban el Dios de la lluvia, y Pedro Mártir de 
Anglería, "que los habitadores de aquella isla, por tradición de sus mayores 
decían, que por estas tierras había antiguamente pasado un varón más resplan- 
deciente que el sol, el cual había padecido en una Cruz, y que por esta causa 
siempre les fué venerable su memoria e imagen de la Cruz." 

Bien pudiera vislumbrarse alguna luz en lugar y tiempo diferentes, por el 
párrafo que todavía extracto de la Historia de la Florida del Inca (i). 

Tres días había que el ejército de Hernando de Soto, (año 1540), estaba 
alojado en el pueblo llamado Casquín, cuando ef Curaca, acompañado de toda 
la nobleza de su tierra se puso ante el Gobernador y le dijo : "Como nos haces 
"ventaja en el esfuerzo y en las armas, así creemos que nos la haces en tener 



(1) Lib. IV cap. VI.. 



240 — 

"mejor Dios que nosotros. Estos que aquí ves, y yo con todos ellos, te supli- 
"camos tengas por bien de pedir a tu Dios que nos llueva, que nuestros sem- 
"brados tienen mucha necesidad de agua". El General respondió, que aunque 
pecadores todos los de su ejército y él, suplicarla a Dios les hiciese merced 
como padre de misericordia. Luego, en presencia del Cacique, mandó al 
maestro Francisco Ginovés, gran ofícial de carpintería y fábrica de navios, que 
de un pino, el más alto y grueso que en toda la comarca se hallase, hiciese una 
Cruz. 

"Tal fué el que por aviso de los mismos indios se cortó, que después de 
labrado y redondeado a más ganar, como dicen los carpinteros, no lo podían 
levantar del suelo cien hombres. El maestro hizo la Cruz en toda perfección 
en cuenta de cinco y tres (i), sin quitar nada al árbol de su altor: salió hermo- 
sísima por ser tan alta. Pusiéronla en un cerro alto hecho a mano, que estaba 
sobre la barranca del rio y servía a los indios de atalaya, y sobrepujaba en altura 
a otros cerrillos que por allí había. Acabada la obra, que gastaron en ella dos 
días, y puesta la Cruz, se ordenó. el día siguiente una solemne procesión, en 
que fué el general y los capitanes, y la gente de más cuenta, y quedó a la mira 
un escuadrón armado de los infantes y caballos que para guarda y seguridad 
del ejército era menester. 

"El cacique fué al lado del gobernador, y muchos de sus indios nobles 
fueron entremetidos entre los españoles. Delante del general de por sí, aparte 
en un coro, iban los sacerdotes, clérigos y frailes cantando las Letanías, y los 
soldados respondían. De esta manera fueron un buen trecho más de mil hom- 
bres entre fieles e infieles, hasta que llegaron donde la Cruz estaba, y delante 
de ella hincaron todos la rodilla, y habiéndose dicho dos o tres oraciones, se 
levantaron, y de dos en dos fueron: primero los sacerdotes, y con los hinojos 
en tierra adoraron la Cruz y la besaron. En pos de los eclesiásticos fué el go- 
bernador y el cacique, con el fin que nadie se lo dijese, e hizo todo lo que vio 
hacer al general, y besó la Cruz ; tras ellos fueron los demás españoles e indios, 
los cuales hicieron lo mismo que los cristianos hacían. 

"De la otra parte del rio había quince o veinte mil ánimas de ambos sexos 
y de todas las edades, las cuales estaban con los brazos abiertos y las manos 
altas, mirando lo que hacían los cristianos, y de cuando en cuando alzaban los 
ojos al cielo, haciendo ademanes con manos y rostro como pedían a Dios oyese 
a los cristianos su demanda. Otras veces levantaban un alarido bajo y sordo, 
como de gente lastimada, y a los niños mandaban que llorasen, y ellos hacían 
lo mismo. Toda esta solemnidad y ostentaciones hubo de la una parte y otra 
del rio al adorar la Cruz, y se -volvieron con la misma orden de procesión que 
habían llevado, y los sacerdotes iban cantando el Tc-Deum laudamus hasta el 
fin del cántico, con que se concluyó la solemnidad de aquel día. 



Es regla ele los carpinteros de riljera para lalirar la arlK)ladura de las naves. 



— 241 — 

"Dios, nuestro Señor, por su misericordia quiso mostrar a aquellos gentiles 
cómo oye a los suyos que de veras lo llaman, que luego la noche siguiente, de 
media noche adelante empezó a llover muy bien, y duró el agua otros dos dias, 
de que los indios quedaron muy alegres y contentos". 

Hernando de Soto no hizo en esta ocasión más que repetir las rogativas 
que en semejantes casos acostumbran los pueblos católicos ; rogativas con 
igual aparato verificadas en Nueva España, Perú, Yucatán, Tierrafirme, en 
todas las regiones del Nuevo Mundo en que los -españoles entraban, según 
consta en las crónicas de las órdenes religiosas, y no es maravilla que en la 
inteligencia escasa de los indios se grabara la idea de ser el Dios de las aguas 
aquel símbolo con que las aguas se imploraban. 

Esta no pasa, sin embargo, de conjetura mía, y dejándola aparte, he de 
consignar lo que otro moderno viajero francés, simultáneamente con Mauds- 
lay ha visto y contado de las ruinas de Yucatán y regiones contiguas. 

M. Desiré Charnay es del número de los que hablan todavía de la igno- 
rancia, fanatismo, crueldad y sed de oro de los conquistadores españoles (i); 
apreciaciones un tanto anticuadas, que por sí solas indican el prejuicio con que 
iba a reconocer los lugares del nuevo Continente. Habiendo residido algún 
tiempo en México, fué encargado de reunir objetos con destino a los Museos 
de Francia, misión de que dio conocimiento al público en artículos dirigidos 
a la revista de viajes Le Tour du Monde el año de 1880. Como el rico ameri- 
cano Mr. Lorillard, de Nueva York, le hiciera ofrecimiento de ayuda de costa 
para el viaje, a cambio de fotografías y objetos, corriendo con la doble comi- 
sión por el distrito de Tula, de allí a Tabasco y a Palenque, logró no pocos 
vasos curiosos, tomó vistas y sacó calcos y moldes de cartón que han enrique- 
cido las colecciones del Trocadero. En la relación de estos viajes (2), aunque 
no desplega la gala de imaginación reservada a los posteriores, hay mucho que 
admirar respecto a la buena estrella con que da cumplida explicación de lo que 
no vieron los predecesores (3), y no poco que discurrir acerca de sus opiniones, 
entre éstas, la de que, "la conquista, ayudada del cristianismo, no ha hecho 
cosa que embrutecer más y más a los pobres indios mejicanos". (4) 

En el segundo viaje que emprendió con más preparación, y que ha tenido 
por lo mismo mayor publicidad (5), le esperaba una contrariedad enojosa: 
remontando el Usumacinta desde las aguas de Campeche, con intención de 
examinar cierta ciudad ignorada, detenido impensadamente en Tenosique, 



(1) Isnial crilíTio muy extendido en Francia, prevalece en la obra i-eciento titulada; De í Origín des 
Indiens du Xouveau Monde ei de leur civilization, par M. Dabry de Tiérsan, Faris, iaS3, 

(2) Mes decouvertes au Mexique ei dans I' Amérique du Centre, par M D¿úri Charnay, chargi d" une 
mission scientifiqíie du Ministire de V Instruction pvhlique.-Le Tour du Monde. Paris^ 1880. uá»r. 273 
y sisruientes. Lo-; S es. Montaner y Simón, editores de Barcelona, lo han traducido en la Biblioteca Universal 
con el título de Mis descubrimientos en Méjico y América Centrat, por M . Desiré Charnay. 1884. 

(3) /.c Tovrdu Monde, 1880, páff, 326. 
(4i Le Tour Monde 1880, pág. 278. 

(3) Vollage au Yucatán et au País des Lacandons, par M. Déslré Charnay. Compterendu de ¡a Societi 
de Geo£;raphie de Paris, 1882, pííg. 259, y L^ Tourdu Monde, Enero y Febrero do 1884. 



— 242 — 

supo con sorpresa (etonnante surpris) que alguien se le había adelantado, y 
en el momento mismo se encontraba entre los monumentos. La impresión 
que sintió no es de las que se pintan, y así es bueno dejar que lo haga por sí 
mismo al llegar a la meta : 

"Paso remontando el río, veo venir a mi encuentro un joven rubio, alto, 
que a primera vista reconozco por inglés y caballero ; nos estrechamos la 
mano, y viéndome un tanto estupefacto, como s[ adivinara el pensamiento 
me dice : 

"No abriguéis inquietud por mi presencia, la casualidad me ha traído antes 
a estas ruinas como hubiera podido traerme después ; nada tenéis que temer ; 
mero aficionado, que viajo por placer, no he de rivalizar con vos, que sois un 
sabio. La ciudad os pertenece, bautizadla, exploradla, tomad fotografías, 
calcos, cuanto gustéis; estáis en vuestra casa. Yo no tengo propósito de 
escribir ni publicar nada, de modo que si os conviene, no hagáis siquiera men- 
ción de mi persona y guardad la conquista para vos solo. Ahora permitidme 
serviros de guía " ( i ) 

M. Charnay no se hizo de rogar; como testimonio de reconocimiento al 
generoso norte-americano que sufragaba los gastos, bautizó desde entonces 
en sus escritos, las ruinas, con el nombre de Lorillard City, aunque no debía 
ignorar que la comisión española de Dupaix y Castañeda, la visitó por los 
años de 1805 a 1807, y no ignoraba que la reconoció también hacia 1872 el jefe 
político de Tenosique Sr. Suárez ; después un agrimensor llamado Balay, que 
bosquejó el plano; más adelante el director del Instituto Nacional de Guatema- 
la, Sr. Rockstroh y por fin Mr. Maudslay, que este era el caballero inglés cuya 
acogida reseña, sin que ninguno de ellos se creyera con derecho de subrogar 
el nombre indígena con otro de capricho. Acaso se conformarían con el pare- 
cer de uno de los escritores españoles de los descubrimientos, así expresado: 

"Digo con Berosio, a quien sigue Fabio Pictor, y de la misma opinión es 
Estrabon, que el poner nombres a las provincias, tierras y ciudades que de 
nuevo se hallan y fundan, es sólo de los grandes príncipes en cuyo nombre se 
conquistan, o de los capitanes principales que las conquistan en nombre de los 
príncipes, y no lo pueden hacer sin nota de atrevimiento y culpa digna de cas- 
tigo, otros ningunos, pues esto sólo se hace para perpetuar sus nombres 

"Aprieta admirablemente esta razón el divino San Juan Crisóstomo y 
otros eminentes doctores, diciendo que poner y quitar nombres a las cosas de- 
nota señorío sobre ellas". (2) 

Ello es, i)or lo que puedo entender de los escritos, que el azar juntó en la 
selva americana, bajo la obra arquitectónica de ignorados artífices, dos tipos 
del más señalado contraste; grave, reservado, conciso, reflexivo el uno ; afluen- 



(1) Loe. clt. DáK. 84 

(2) Fr. Pedro Simón. Noticias historiales de las conanLstas de Tierrattrme. Cuenca. 102»5. 



— 243 — 

te, expeditivo y seguro de la propia suficiencia el otro ; y así, mientras aquel 
anota con desconfianza lo que va observando, éste, sin duda ni vacilación, deci- 
de la significación de los símbolos, los procedimientos de la fabricación, el obje- 
to a que cada cosa se destina, en relación amenizada con peripecias y aventuras 
personales y descripciones variadas, a fin de que pongan al alcance de todos, los 
pormenores de la vida salvaje, rompiendo la monotonía de los itinerarios se- 
rios, sin perjuicio de la afirmación "que los datos para cualquiera insigfini- 
cantes, le permiten reconstruir las ciudades, señalar sus orígenes y sentar una 
teoría general que desvanezca la oscuridad en que estaban envueltas", (i) 

Funda tal teoría en la serie de observaciones y referencias que ha hecho 
por sí mismo o tomado a los historiadores de Indias, llegando a deducir que 
por lo general se concede a los monumentos de América una antigüedad ridi- 
cula, cuando en realidad son modernos, relativamente, pues de otro modo no 
se mantuvieran en pie edificios cuyos dinteles son de madera. No ; esos edifi- 
cios, templos, pirámides y obeliscos, se hallaban en perfecto estado ; las ciu- 
dades habitadas y florecientes a la llegada de los españoles, que todo lo des- 
truyeron, deteniendo en su camino una civilización pujante ; Landa, Veitia, 
Clavijero, Bernal Díaz lo acreditan en sus relaciones. Waldeck concedió 
irreflexivamente a esas construcciones una antigüedad de dos mil años (2). 

Larrainzar (3) sin ir tan lejos, contando los círculos concéntricos de los 
árboles que crecían sobre las ruinas, calculó haber transcurrido mil setecientos 
años después de su nacimiento, y del abandono, por cosiguiente, de las pobla- 
ciones ; cálculo erróneo, pues haciendo experiencias en las especies arbóreas 
desarrolladas en el intervalo de las dos expediciones que ha hecho a Tabasco, 
él, M. Charnay, ha descubierto que por aquellas regiones cada círculo de los 
concéntricos del tronco, corresponden a una lunación, y no a un año, por lo 
que los árboles tenidos por Larrainzar en tantas veces seculares, no pasan de 
doscientos años. 

Prodigiosa, en efecto, debe ser la vegetación en aquellos lugares: M. 
Charnay, prevenido contra "las exageraciones propias de la raza española" 
pudo observar que los sombreros reverdecen en la cabeza, siendo necesario 
desmontarlos diariamente (4). De este modo confirmada su teoría, fruto 
maduro de las penalidades ; resultado de repetida exploración en parajes que 
no habían despertado la atención, pues los españoles, ni se ocupaban de mo- 
numentos, ni hicieron otra cosa que autos de fe, a imitación de Zumárraga y 



(1) Loe. cit. páír. 82. 

(2) En cuanto a la antigüedad de las ruinas, hay aliruiias. como hemos dicho en esta obra, que 8e 
remontan a miles de años. De suerte riue. en ese punto, estamos con Waldec y los otros autores que deja- 
mos citados, y no con la opinión de don Cesáreo" Fernández Duro. Los Ciiarencey, Thoma.s y Uoodman han 
podido comprender los cálculos indios petrificados hace slsrlos. Nota del autor A. H. .1. 

(.S) Efectivamente D. Manuel Larrainzar es deesa opinión en la ol)ra<iueha titulado Estudios sobro 
la historia de América, sus ruinas y antigüedades comparadas con lo mds notable que se conoce del otre 
Continente en los tiempos mas remotos y sobre el origen de sus habitantes. México, 1875-78, cuatro tomos 4V 
con láminas, 

(4) ídem. pásr. 330. 



— 244 — 

Landa, destruyendo los códices en que podían estudiarse, queda manifiesta la 
importancia y utilidad de sus investigaciones divulgadas en uno y otro Con- 
tinente (i). 

Si el Sr. Charnay hubiera citado con menos generalidad las autoridades 
españolas que dice haber tenido a la vista, fuera mayor el servicio que presta 
a la arqueología americana ; mas en tal caso ^Igo hubiera tenido que modificar 
el razonamiento, toda vez que no faltan algunas en probanza de no haber pasa- 
do sin noticia los monumentos. 

Esa teoría del Sr. Charnay fué desarrollada, años ha, por M. Stephens con 
los mismos argumentos, aunque con mayor penetración presentados ; pues que 
cita la obra, lo tendrá sabido.No ha dejado tampoco de ocurrirse a otros inves- 
tigadores, de que haré brevísimo resumen ; mas antes, porque el lector conozca 
el estilo y genialidad del viajero francés, trascribo estos párrafos suyos : 

"Mucho se han exagerado, dice (2), los sucesos de la conquista de Méxi- 
co, que ofrecen abundante materia a la crítica. La fama es a veces injusta > 
las hazañas de Garnier en Tonkin, tan brillantes como las de Cortés, se olvida- 
rán acaso, mientras se conservan eternamente las del dichoso español". 

Cuentan nuestros historiadores cómo allá por los años de 1595, un oscuro 
mareante llamado Blas Ruiz de Hernán González, acometió por autoridad 
propia la sujeción de Camboja, Siam, Champa, Tonquin y Laos, con un ejér- 
cito de ciento veinte españoles y una escuadra de tres pancos, dio batallas, 
tomó las capitales, cambió a su antojo las dinastías y fué verdadero dueño del 
país, aunque contrariado por las autoridades de las islas Filipinas que, ni le 
auxiliaron, ni llegaron a comprender la importancia de aquellos países, descri- 
tos y patrióticamente ofrecidos por él. 

En nada se rebaja con esto la gloria de M. Garnier, a quien la historia hará 
justicia, mas tiénese por cierto que no todos los días parecen por el mundo los 
Hernán Cortés, tan desdeñados en la opinión singular de M. Charnay y tan 
mal tratados en su lenguaje. 

"Aquí, exclama, llegando a la provincia de Acalán, aquí, en medio del bos- 
que, como avergonzado de sí mismo y a pretexto de conjuración hizo Cortés 
sacrificar a Guatimozín, que llevaba consigo, después de haberle sometido 
inútilmente a tormento para arrancarle el secreto de su tesoros : aquí sacrificó 
al héroe de veinte años de que se hubieran envanecido las naciones más orgu- 
llosas. Con razón tengo a Cortés por un miserable : los altos hechos de los 
españoles jamás compensarán a mis ojos los crímenes inútiles y las bárbaras 
torpezas con que se mancharon antes y después de la conquista. Pero la his- 
toria tiene retribuciones peculiares, y México, que no ha elevado un solo busto 



(1) The Ruins of Central América. The probable age and origin of the monumenis oj México and 
Central América, hy LJéñré Charnay, The North American Revirw. New York, October, 1881. 

(2) Le Tour du Monde, 1S84. 




I 



— 245 — 

al conquistador, erige monumento magnífico al sublime vencido, al heroico 
defensor de la independencia azteca, a su último emperador, Guatimozín". 

Basta por ahora del asunto: M. Charnay anuncia (por conducto de un 
reportar del periódico Le Voltaire), que las obras que hasta ahora ha dado a 
I luz componen únicamente el esqueleto de un libro que está vistiendo y engala- 
nando para instrucción de los americanistas. 

En la rápida ojeada retrospectiva a que me he comprometido aparece, dicho 
está, que ya Hernán Cortés en medio de su cuidado y ocupaciones de la guerra 
y la política, prestó a los monumentos dando cuenta de su magnificencia y en- 
viando descripciones juntamente con la recámara del emperador Moctezu- 
ma, objetos de arte o industria, joyas, amuletos, ídolos, pinturas, pluma- 
jes y vestidos (i), en no pequeña parte llevado, a Francia por corsarios, que 
supieron apoderarse también de las colecciones monumentales y artísticas 
formadas en el Perú por el Virrey Mendoza. ¿ Qué han hecho de esos tesoros 
los franceses, que uno y otro día censuran nuestra incuria? ¿Qué fué de las 
custodias, vasos sagrados, joyas de toda especie y antiguallas, saqueadas en las 
costas americanas del Atlántico y el Pacífico por los Drake, Cavendish, Haw- 
kins y tantos más? ¿En qué museo se guardan? 

Muchas de las relaciones descriptivas formadas en el siglo XV^I, obede- 
ciendo la orden circular y formularia de Felipe II, tratan de las antigüedades 
de América Central. Tiempo vendrá en que estas relaciones ya en publica- 
ción (2), lleguen a la parte regional de que aquí se trata; en tanto véase como 
nada escapaba a la observación de los conquistadores. 

Una de las relaciones de la gobernación de Yucatán, de autor anónimo dice 
entre otras cosas (3): 

"En esta provincia de Yucatán, en el término de los repartimientos de 
la ciudad de Mérida, de nueve años a esta parte, a ocho leguas de la provincia 
de Maní, se descubrieron unos edificios antiquísimos, y tanto que no hay me- 
moria de indios por viejos que sean que tengan de ellos noticia ni lo haya oído 
a sus pasados, y son los edificios más de treinta casas de piedra y azutea la- 
brados a hierro y no del todo arruinados, y se halló en ellos pintada la rueda 
de Santa Catarina. Es cosa de grande admiración, porque se cree que la gente 
que estos edificios hicieron, eran de razón y xpitianos, y algunos curiosos dicen 
que fueron cartagineses, que poblaron muchas partes". 

La relación descriptiva de la provincia de Guatemala, costumbres de los 
indios y otras cosas notables que escribió en 1576 el licenciado Palacio es más 



(1) Consérvase en el archivo de Indias el inventario de todos esos oi>jOtos (lue llevaban, a oaríro de 
Alonso de Avila .v Antonio de Quiñones, fechado en Cu.vuacan a 19 de Mayo de 1522. 

(2) Se ha publicado el tí)mo primero de las delaciones Geográficas del Peni y está en prensa el sesriuido. 

(3) Inédita en el Archivo de Indias de Sevilla, Indlfei-ente peneral. Descripción de ciudades. Est. 441, 
Caj. r. Les?. 7. 



— 246 — 

conocida por haberse publicado suelta y traducido a todas las lenguas euro- 
peas con infinitos comentarios (i). Tratando de las ruinas de Copan cuenta: 

"He procurado con el cuidado posible saber por la memoria derivada de 
los antiguos, qué gente vivió allí, e que saben e oyeron de sus antepasados. 
No he hallado libres de sus antigüedades, ni creo que en todo este distrito hay 
más que uno que yo tengo. Dicen que antiguamente había venido allí y fecho 
aquellos edificios un gran señor de la provincia de Yucatán y que al cabo de 
algunos años se volvió solo y lo dejó despoblado. Esto parece que de las pa- 
trañas que cuentan es la más cierta, porque por la memoria dicha parece que 
antiguamente gente de Yucatán conquistó y sujetó las provincias de Ayajal, 
Lacandón, Vcrapaz y la tierra de Chiquimula, y esta de Copan. Así la lengua 
Apay que aquí hablan corre y se extiende en Yucatán y las provincias dichas, 
y ansimismo parece que el arte de los dichos edificios, es como la que hallaron 
en otras partes los españoles que primeramente descubrieron la de Yucatán y 
Tabasco, donde hubo figuras de obispos, hombres armados y cruces, y pues en 
ninguna otra parte se ha hallado tal, sino es en los lugares dichos, parece que 
se puede creer que fueron de una nación los que hicieron uno y otro". 

Otra relación de la villa de Valladolid escrita por el cabildo en abril de 
1579 y dada a la estampa por el Sr. D. Sebastián Marimón (2) describe los 
Cues o pirámides, los ídolos que en ellos reverenciaban los indios, los Zenotes, 
y cuanto de rareza existía al tiempo de la conquista, distinguiéndolo de lo ante- 
rior a ella. 

Por este tiempo giró una visita al territorio el padre Comi.sario general de 
la Nueva España, Fr. Alonso Ponce, con dos religiosos acompañantes que es- 
cribieron relación del viaje y fundaron apreciaciones nada distantes de las que 
al presente se nos ofrecen por novedad. Véase en i)rueba este extracto de 
algunas de ellas (3). 

En el primer viaje, por tierra salieron de México en dirección de Guate- 
mala, anotando entre las ocurrencias la llegada a un pueblo pequeño llamado 
Teculután y por otro nombre los Cues, porque junto a él hay muchos de éstos 
"que son unos cerros hechos a mano para los sacrificios de los ídolos," de Gua- 
temala fueron a Yucatán, Nicaragua, Honduras, Costa-Rica y Chiapa, haciendo 
especiales referencias de los pueblos de Izcumtenango, Acatenango, Iztapá, 
Acandon, e Isla del lago Fetén donde los indios Acandones tenían sus casas, 
con un peñol y sacrificaban gente. 

En segundo viaje, llegando por mar a Yucatán, tratan de Campeche, Río 
Lagartos, Valladolid, Ichmul, Chicheniza, Xepequez, Iltmal, Mérida, Calkini, 



,(1) Hállase también en el Archivo de Indias y en Copia en la Colección Muñoz de la Real Academia 
de la Historia: se publicó en la Colee, dt docum. inéd. del Archivo de ¡nd., tomo IV, pair. 5. 

(2) En el tomo segundo de Actas del Congreso de Amerkanistas de Madrid, Madrid 1883, pag. 157 y 
slsrulentes. 

(3) Se ha publicado el viaje en la Colección de doc. inéd para la Hist. de Esp. tomo 57 y 58 y se titula: 
Relación breve y verdadera de algunas cosas de las muchas que sucedieron al P. Fr. Alonso Ponce en las pro^ñncias de la 
Nueva España, siendú Comisario general de aquellas partes. Escrita pot dos religiosos sus compañeros. Años 1584-Htí. 




— 247 — 

Tixchel, Uxmal,- Tikax y Mayapan, con esta misma ortografía, y he aquí lo que 
se les ofrece de Uxmal, notando que aun por encima de sus antiquísimos edifi- 
cios, sobre las cornisas y remates había árboles grandes. 

"Aquellas bóvedas (de las casas), no son en redondo ni a media naranja, 
ni como otras que se hacen en España, sino ahusadas, como se suelen hacer 
las campanas de las chimeneas cuando se hacen en medio de un aposento antes 
que se comience el cañón, porque por una parte y por la otra de lo ancho se van 
poco a poco recogiendo y enangostando hasta quedar por lo alto apartada la 
una pared de la otra como dos pies : después echan una cintilla que sale cuatro 
o cinco dedos de cada parte, y sobre estas atraviesan unas losas o lajas por lo 
llano, con que se cierra la bóveda, de manera que no hay en ella clave sino 
que con el peso grande de piedras y argamasa cjue echan encima y que tienen 
a los lados, se cierra y queda fija y fuerte". 

Tales son las bóvedas ojivales de M. Charnay (i). 

"Los umbrales altos de todas las puertas eran de madera de chico zapote, 
que es muy fuerte y casi incorruptible, lo cual se echaba de ver en que los más 
de ellos estaban enteros y sanos, con ser puestos allí de tiempo inmemorial, 
según dicho de los indios viejos". 

También parece dedicado el párrafo al autor de las teorías. 

"Los umbrales de los lados (jambas) eran de piedra labrada de grano 
maravilloso". 

Prosiguen los religiosos viajeros dando cuenta de pinturas de varios colo- 
res, sierpes, escudos, calaveras esculpidas, estatuas de piedra con mazas o 
bastones en las manos, figuras desnudas con sus masteles "que son los zara- 
güelles antiguos de toda la nueva España, a manera de bragueros," los mules 
con escalinatas, ya deshechas, y acabando la reseña ponen : 

"No saben los indios con certidumbre quién edificó aquellos edificios, ni 
cuándo se edificaron, aunque algunos de ellos se esfuerzan a querer declararlo, 
trayendo para ello imaginaciones fabulosas y sueños ; pero nada de esto cuadra 
ni satisface. La verdad es que ellos se llaman el día de hoy de Uxmal, y un 
indio viejo, ladino y bien entendido certificó al P. Comisario que, según decían 
sus antepasados, había noticia que hacía más de nuevecientos años que se 
habían edificado. 

"Muy vistosos y fuertes debieron ser en su tiempo y mucho deste se en- 
tiende que trabajaron para hacerlos, con no poca gente, y está claro que los 
habitaron y que por allí a la redonda hubo gran poblazón, como al presente lo 
muestran los vestigios y señales de muchos edificios que se ven desde lejos, a 
los cuales no fué el P. Comisario porque estaba muy cerrado y espeso el mon- 
te, y no hubo lugar de abrirlo y limpiarlo para ir allá. Agora no sirven los 
unos y los otros sino de casas y nidos de murciélagos y golondrinas y otras aves, 



(1) Le tour dii Monde, 



-24S- 

[de cuyo estiércol están llenos, y con un olor más penoso que deleitable. No 
hay por allí pozo ninguno ; traen el agua para beber los milperos de aquella co- 
marca, de unas lagunillas de agua llovediza que hay por aquel territorio ; pué- 
dese sospechar que por falta de agua se despoblaron aquellos edificios, aunque 
otros dicen que no, sino que los moradores se pasaron a otra tierra, dejando 
ciegos los pozos que por allí había", (i ) 

Todas las crónicas e historias de la conquista, ya generales, ya particula- 
res, tratan en alguna manera de los monumentos encontrados y de su i)robable 
origen, fueran los cronistas soldados, como Bernal Díaz del Castillo, clérigos 
o frailes como el obispo de Chiapa, Bartolomé de las Casas (2) o el de Yuca- 
tán Fr. Diego de Landa (3). 

Fr. Jacinto Garrido, de la orden de Santo Domingo, natural de Huete, 
redactó en 1838 un manuscrito en latín describiendo la visita que hizo por 
Yucatán y Guatemala, y el resultado de algunas excavaciones en que se halla- 
ron vasos de barro con huesos y varias lancetas y cuchillitos de piedra. 

Aumentaron los datos Fuentes (4), Remcsal (5), Ximenes (6), (íage (7), 
López Cogolludo (8), Juarros (9), Carrillo (10). obras recomendables, como 
lo es, por distinto concepto, la de Várela y Ulloa (i i ), y la de Villa Gutierre, 



(1) CoUc.dtdocum. infd., tomoXVIll. ptf«. 435 « 461. 

(2) Apologética historia. 

(3) KeiacióH lie las cosas dt YutatAn. ManuHcrlto en la Real Academia de la Historia, publicado en 
Parfs por M. Hrass«'ur do llourlx)unr. 

Posteiiormpilte ha salido a luz: Ensayo sobrt la interpritaciÓH dt la escritura hitrdtica dt la América Central 
por Mr I.eón d< Kotny. Traducción anotad.i y precedida de un prólogo pi^r D. Juan de Piot de la Kaday Delgado, y 
seguida de dos apimiices; uno el manuicttto completo de Piego de Landa, cuidtdosamente copiado del único original que se 
conoci y que se conserva en la Real Academia de la Historia: y otro el manutcrito fig'irativo con palahras aztecas escritna 
con caracteres espaHoles el año i^2Ó, que se conserva en ti Muuo dt A rtUltrta dt Madrid, atura por vtt primera puhlicadi » 
con la reproilucctón htliogrdjica del mismo. Madrid. Imp. (lo Tollo, 1S84. 

De l<w (Torotrlíflcos nia.va4 tratan, adornan, .Studies in Ctntril Amtrican Hiíturt-Writing, hv Edward S- 
Holdon. l'lt Maya Hitroglypks. First annual Report o/ tht Bureau o/ Etnknology to tkt Sicrttary o/tkd Smithsonian 
iHstitutioM. hy V. W. Powoll. director. Washln»rt«n. 1881. 

A Study o/ tkt manuscrit Troano, by C. Thotnas. Waühinirton. 1882. 

(4) Historia dt Guatemala o recordación florida, escrita tn el siglo XVII por ti ctpiídn Antonio dt Fuentes y 
CuzmHn. que publica por ves primtra, con notas t ilustracionfs, D. J usto Zaragata, Madrid; Lula Navarro, editor. 
1882-1883: dos tomos, 4'^ 

(5) Historia tic la prarvincia lU San yictutt dt Ckiapay Guatemala dt la orden dt Santo Domingo, por Fr. Antonio 
de Remesal. Madrid. 1«1« folio. 

(«) El U. P. Francisco Xlmenoz, cura doctrinero del pueblo do Santo Tomás Chulla, escribid una 
Historia de la l'rofincia tlr i kiapa, C|ue ha (lUf'dado inédita. .V otra obra titulada ¡.as historias del origen de lot 
indios de esta provincia de (¡uatemaia, traducido de lengua quické al castellano, publicado por la primera vez y aumentado 
cjn una introducción y anotacijnts por el Dr. C. Schercer. Viona. 1557. en 8V 

(7) El P. Tomás Ga»r«>. natural de Irlanda, cura del pueblo de Pallnha. en Guatemala, publica un 
libro con el título de A. Survey of tkt Spanisk H'ts-Indits, being a journal jjoo miles on tkt Continent o/ America. 
London, 1702. 

(8) Los tres siglos de la domintuión esf>añola en Yucatán, o sea kistoria dt esta provincia dtsde la conquista kasta la 
intUpendtncia. Escribióla ti R. P. Fr. Diego Cogolludo, provincial que fué dt la ordtn franciscana, y la continúa un 
yucateco. Tomo I. en Campeche, 1842; tomo II, en .Mérida, 1845. 

(9) Compendio dt la kistoria de la ciudad de Guatemala, escrito por el backilltr D. Domingo / narros . Guatemala, 
1809-1818. 

(10) Historia antigua dt Yucatán, por D. Cresencio Carrillo y Ancona, canónigo de la Catedral dt Mérida dt 
Yucatán, etc., segunda edición. Mérida de Yucatán, 1883. 

(11) Reflexiones imparcialts sobrt la kumanidad dt los tspañoUs tn las indias contra tos prtttndidos filósofos y 
poUticos, para ilustrar las historias dt M. AI. Raynal y Robtrtson, por D. Ftdro Vartla y Ulloa, oficial de la Stcrttaría 
dt Marina. Madrid. 17S2. 



— 249 — 

descriptiva de la sumisión de la isla de Peten, donde Hernán Cortés dejó heri- 
do su caballo, recomendándolo a los indios, y muy sentidos de su muerte, des- 
pués de haberle obsequiado con gallinas asadas y otros platos menos apetito- 
sos, erigiéronle estatua, que vino a ser ídolo muy reverenciado (i). 

El Presidente de la Audiencia de Guatemala y Capitán general D. José 
Estachería, tuvo noticias por el Provincial de Dominicos Fr. Tomás Luis de 
Roca y un cura de la provincia de Chiapa, que en la jurisdicción de esa pro- 
vincia, a cosa de tres leguas del pueblo de Palenque, se habían descubierto las 
ruinas de una gran ciudad, y por lo que esto podría contribuir a ilustrar la 
historia y las antigüedades, con fecha 28 de noviembre de 1784 mandó a D. José 
Antonio Calderón, teniente de Alcalde mayor de dicho pueblo, que hacía treinta 
y tres años servía, que reconociendo prolijamente las ruinas y tomando cuantas 
noticias pudiera adquirir de los naturales informase muy al pormenor. 

Hízolo este funcionario en 15 de diciembre del mismo año, describiendo a 
su manera los edificios, esculturas y objetos más notables, acompañando cinco 
dibujos muy toscos, con advertencia de haber tenido que desmontar la maleza 
y abrir veredas, hasta dar con las construcciones que estaban completamente 
ocultas. Opinaba que la ciudad debía estar abandonada de tres a cuatro siglos 
atrás, pues encima de las casas había árboles de cuatro a cinco varas de grueso. 
Creía también que la población tuvo extensión muy considerable, alcanzando 
acaso su dominio hasta el río Usumacinta, pero los naturales no sabían dar 
razón alguna. 

Con este informe ordenó el referido Capitán General en 2"] de enero de 
1875 que el arquitecto de Reales obras de la ciudad de Guatemala D. Antonio 



(1) Historia de la conquista de la provincia de Itza, reducción y progresos de la del Lacandón y otras 
naciones de la mediación del reino de Guatemala, a las provincias de Yucatán, por Juan de Villagutterre 
Sotomayor. primera parte. Madrid, 1701, folio. 

De esta misma provincia liay relación anterior, manuscrita e inédita en la Academia de la Historia, 
colección Muñoz, tomo LXXXITI folio 301. Se titula Relación de ciertas entradas a la laguna Ahiza,por 
Fr. Agustín Cano, de la orden de predicadores, año i8gs. El Sr. Jiménez de la Espada cita como todavía 
juéditas las siguientes relaciones (a) : 

Atitlán, Guatemala, anónima, 1579 a 1582. 

Chiapa, por el licenciado Palacio. 

Gwa/íWííz/a. ix)r el mismo, 1576. 

Guatemala, por Francisco Castellanos, 1530. 

Honduras e Higueras, por el obispo Crist<5i)al de Pedraza, 1541. 

Honduras c Higueras, por el licenciado Bracamonte. 

Mirida, anónimo. 1610. 

Vera-Paz, por Fr. Francisco, prior de Viana, Fr. Lucas Gallego y Fr. Guillen Cadena, 1540 a 1574. 

Vera-Paz, anónima. 1579 a 1582. 

Vera-Paz y Zacatula, anónima, idem. 

Yucatán, anónima. 

Yucatán, anónima. 

(a) Relación geográfica de Indias. Introducción. Podrá aumentarse mucho enumerando lascarlas y 
otros papeles manuscritos del archivo de Indias oue se expusieron al Congreso de Americanistas de Madrid, 
juntamente con los objetos antiguos, procedentes de Santa Cruz Quiche, Paleiuiue, Uxmal, Guatemala. San 
José. Cozumel y otros puntos: mas no parece necesario ix)r constar en el libn) especial que s«> publicó ix)r 
entonces, titulado Lista de los objetos que comprende la exposición americanista. Madrid. 1S81.— Entre los 
libros extranjeros figuró la obra de M. Viollet-le-l)uc. Cites el ruines americaines de Mitla, Palenque, Izamall 
Chichén-Itzá, Uxmal. París. 18t3. 4? mayor; acompañada de 49 fotografías, tomadas iK)r M. Deslré Charday. 
He visto además citadas la de D. Eligió Ancona. Historia de Yucatán desde la ¿poca más remota hasta nuestros 
días. Mérida, 1878-1880. cuatro tomos i9— Historia del cielo y de la tierra, por Ramón de Ordóñezy Aguilar, 
presbítero domiciliado de Ciudad-Real de Chiapa, residente en Guatemala, y Memorias para la kistotia del 
antiguo reino de Guatemala, por el señor obispo Garci.i Fcláez. Guatemala, Í851. 



— 250 — 

Bernasconi hiciese nuevo reconocimiento de la ciudad arruinada con arrej^lo a 
una instrucción de diez y siete capítulos que dictó y mandaba : 

Que se procurasen datos del origen, antigüedad y gentes de la región ; 
industria, comercio y otros medios de subsistencia ; porque fue desamparada 
la ciudad ; su entidad y magnificencia ; tiempo y orden de su arquitectura. 

Que se examinaran los calzados, vestidos y adornos de las estatuas ; lápi- 
das, inscripciones, escudos, caracteres, símbolos, copiando, dibujando y aun 
trayendo a la capital lo más importante. 

Que se investigara si había en las construcciones indicios de manufacturas, 
fundición o moneda. 

Si por los contornos aparecían caminos sólidos. 

La constitución de los cerros inmediatos. 

Si se hallaban objetos de hierro, armas o cosa que denotara sitio, sorpresa 
o asalto de enemigos. 

Que se tomaran dimensiones de los principales edificios. 

Que no se escusaran excavaciones ni otros medios para formar acertado 
juicio. 

Que se llevara la investigación al exterior para ver si hubo murillas, fosos 
o trincheras. 

Que se levantara plano circunstanciado de la ciudad. 

Que se tomaran dibujos de estatuas, escudos, etc., etc. 

Informó Bernasconi en 13 de junio de 1785 acompañando planos que com- 
prendían extensión de seis leguas cuadradas ; perspectivas, fachadas, figuras, 
adornos, y dijo no hallar semejanza ni equivalencia entre la arquitectura 
Palenque y los órdenes que le eran conocidos, antiguos y modernos, aunque 
las bóvedas estaban cerradas a lo gótico. Las construcciones eran de gran 
solidez, pues había sobre ellas árboles muy corpulentos. Una parte del río 
Melchor que corre por allí, estaba cubierto con alcantarilla y sobre él había 
dos puentes, el uno de arco triangular, cerrado como las bóvedas del palacio. 
En las inmediaciones no observó señal alguna volcánica ni otra que denotara 
violenta destrucción, pareciendo lo más verosímil que allí la produjo el abando- 
no de los habitantes, probablemente indios a juzgar por las figuras de las esta- 
tuas, modo de fabricar en las eminencias y falta de orden o sistema en las calles 
y cuadras. 

Remitió el Capitán General los informes y planos a la corte, y de orden del 
Rey los pasó el ministro marqués de la Sonora al examen del cronista de Indias 
D. Juan Bautista Muñoz en i? de marzo de 1786, que hallándolos de grande 
interés y conformes con las relaciones que los conquistadores hicieron de otras 
ciudades en Yucatán y Guatemala, pidió se ampliasen las exploraciones, lo cual 
se ordenó por el ministro citado en 15 del mismo mes y año. 



Fué comisionado al efecto el Capitán de artillería D. Antonio del Río, que 
marchó desde Guatemala con útiles y operarios a desmontar el bosque, y exa- 
minando el terreno en una extensión de 24 millas volvió a levantar plano de las 
ruinas y redactó memoria descriptiva, ilustrada con dibujos, dirigiéndola al 
Capitán General. Por orden del mismo amplió el informe el doctor D. Pablo 
Félix Cabrera entendiendo juicios no muy sóHdos respecto al origen y antigüe- 
dad de las ruinas, pero añadiendo estimables noticias de otros vestigios de ar- 
quitectura remota vistos y examinados de tiempo en tiempo ; entre ellos las 
ruinas subsistentes a veinte leguas de Mérida, entre los curatos de Mona y 
Tícul ; las inmediatas a la cividad de Nocacab, que conservaban edificios en 
buen estado en el sitio llamado por los naturales Oxmutal, con hermosa decora- 
ción y figuras de estuco o argamasa muy semejantes a las de Palenque; de 
otras ruinas ocho leguas al norte de la misma ciudad ; de otras en las cercanías 
del río Lagartos, en la ciudad de Maní ; en el camino de Mérida a Bacalar ; en 
Mayapán y en el camino de Mixco a Guatemala, en todas las cuales se habían 
visto pirámides con gradería de piedra, estatuas de piedra o modelados de ar- 
gamasa y desenterrado vasos de barro con otros varios objetos. 

La memoria original se remitió a esta corte quedando copia en el archivo 
de Guatemala, guardada hasta que un aficionado inglés la adquirió, después de 
la emancipación de las colonias. Llevada a Londres se publicó, traducida al 
inglés, despertando en gran manera la atención, sobre todo las láminas, que se 
grabaron con esmero (i). 

Otras expediciones dedicadas a las antigüedades de Nueva España, espe- 
cialmente a las de Palenque, se emprendieron por Real orden, de 1805 a 1807, 
siendo comisionado como jefe el capitán de dragones mejicanos D. Guillermo 
Dupaix, acompañándole el ingeniero D. José Castañeda y D. Juan Castelló. 
El reconocimiento se extendió hasta Ocosingo, mas los trabajos sufrieron la 
misma suerte que los de la exploración anterior, durmiendo en el archivo de 
México, de donde llegó a sacarlos M. Baradere en 1828. Publicados en París 
en 1834 y 1835 con notas y comentarios de M. Alejandro Lenoir y otros cola- 
boradores, componiendo cuatro tomos en folio, fueron disputados por los eru- 
ditos al precio de 800 francos ejemplar (2). 

Lord Kingsborough incluyó en parte los trabajos de Dupaix en su obra 
monumental (3) y en el tiempo del desconocimiento, The Literary Gazette de 
Londres en 183 1, y el Boletín de la Sociedad Geográfica de París en 1836, pu- 
blicaron descripciones de los monumentos acordando la prioridad del registro 



(1) La portada reza: Description of the Kuins of an Ancient Citv discovered near Palenque, in the 
kingdom of Guatemala, in Spanisn America; traslaied from the ori^nal manuscript Report of Captain Don 
Antonio ael Rio, follawed by Teatro Crítico Americano, or the Hístory of Americans by Doctor Paul Félix 
Cabrera, of the City of New Guatemala. London, Published by Henry Bertnoud, 1822. En 4? con láminas. 

(2) Recueil des Antiquttés mexicaines. París, 1834-1835. 

(3) Antiquitis of México Comprising fac-simtles of Ancient mexican paintings and kieroglyphics, etc., 
together with the Monuments of New ¿fain of M. Dupaix. London 1831, tomo VII. 



— 2-,2 — 

al coronel Galindo que los había visitado, haciéndolo casi al mismo tiempo la 
prensa guatemalteca (1834) de la memoria redactada por D. Miguel Rivera y 
Maestre, como resultado de la excursión que de orden del Gobierno hizo a las 
ruinas de Utatlán o Quiche. 

Mas tarde fué a registrar todo el territorio por cuenta y razón de una 
Sociedad mejicana Mr. Federico Waldeck, que se fijó en Uxmal principal- 
mente (i), siguiendo el barón Fridrichsshal y un entusiasta norte-americano, 
que de no pasar la vida entre los cues mayas, de buen grado hubiera trasladado 
íntegros a Broadvvay siquiera los obeliscos y las estatuas, que llegó a comprar, 
si bien hubo de satisfacerse al fin con ejemplares de los dinteles de madera 
esculpida y una inmensa colección de dibujos. 

Aunque la guerra civil desolaba por entonces a iJuatciuala, a íavor de la 
investidura diplomática de Encargado de negocios de los Estados Unidos, halló 
acogida y respeto de los beligerantes ; recorrió el territorio trazando itinerarios 
arqueológicos y alcanzó a examinar hasta cuarenta y cuatro ciudades o pobla- 
ciones en ruina, de fundación remota, en dos épocas y viajes distintos. Como 
fruto del primero dio a la estampa* dos volúmenes de de.scripción y comenta- 
rios (2); como resultado del segundo publicó otros dos (3) y aun produjeron 
dos más del Secretario y acompañante suyo M. Catherwood, habilísimo dibu- 
jante (4) constituyendo en conjunto la obra más extensa y apropiada que hasta 
ahora existe de la arqueología maya. 

Los monumentos examinados y descritos, en el orden que allí se conside- 
ran, son : Copan, Kiriguá, Tecpán Guatemala o Patinamit, Quiche, Cobán, 
Huehuetenango, Ocosingo, Palemke, Mérida, Uxmal, Mayapán, Semusacal, 
Sija, Maxcanú, Opocheque, Ticul, Nohpat, Nohcacab, Xcoch, Kabah, Zayi o 
Salli, Chack, Sannacté, Sabachshé. Labná Kewich, Sacbey, Xampón, Hiobo- 
witz, Kuepak, Zekilna, Chunhuhú, Bolonchén, Labphak, Zibilnocac, Iturbide, 
Peten, Macoba, Mankeesh, Akil, Yakatzib, Maní, Chinchen-Itzá, Coba, Isla de 
Cozumel, Tulmú, Isla de Mujeres, Silán, Izamal y Akc. 

Mr. Stephens hizo estudio comparativo y razonado de estos monumentos 
y los de Grecia, Roma, Egipto y Siria, para decir que los americanos no tienen 
nada de común con ninguno de los otros, por más que a primera vista aparez- 
can rasgos o elementos de alguna semejanza con cualquiera de los otros: es 
más, entre los rñismos monumentos americanos los hay sin relación ni seme- 
janza de unos con otros, acusando edades o arte distinto. Aunque sea noto- 



(1) Era Mr. Waldeck dibujante y litrttrrafo. Su obra se Utula Vuyage au Yucatán, y tengo idea de 
aue pulillcd otra en Lontires, por los años de 40 ó 41. 

(2) Incidenis of travel in Central America. Chiapas and Yucatán, by Jhon I.. Stephens author of" Inci- 
oftravel tn Esyft, Arabia Petra: and the Holv Land. Xew York. 1841. Dos tomos 4? con láminas. 



dínts of travel tn l'-gypt, Arabia 

t Yucatán fiy John I.. Stephens, etc. Xew Yo 

obra hecha en Yucatán por 



(3) Inciden ts of frai'cls in Yucatán l>y John I.. Stehhens, etc. Xew York, 1H43. Dos tomos 4*? con 
-He visto anunciada en alguna parte una versión española de esta o\ ' ' 



D. Justo Sierra. 

(4) Nambíes in Yucatán, New YorU. 1813. Views of ancient monuments at Central America, f>v M. 
Catherwood. New York. 1844. 




— osa- 
rio que los mayas sabían fundir y templar el cobre y el bronce, no se concibe 
cómo esculpieron las maderas de zapote, duras y sonoras como metal, sin ins- 
trumentos de acero, observación que han hecho los españoles desde la época 
de la conquista. Por último, estima que las construcciones, tan originales y 
específicas como las plantas de aquel suelo, no cuentan la antigüedad remota 
que se les supone, antes bien son obra de la raza que ocupaba el país al tiempo 
de la invasión de los españoles ; o de progenitores no muy lejanos, así por la 
conservación de las ruinas en país en que la vegetación es más destructora que 
cualquiera otro agente, ayudada de los aguaceros, como por las vigas o dinteles 
de madera cuya duración es contada, aunque no ignore que en Egipto han 
aparecido maderas de más de tres mil años de edad, en perfecto estado de con- 
servación, pero ni estaban a la intemperie, ni es igual el clima. 

Cree positivamente, contra lo que dicen los cronistas españoles, que varias 
de las ciudades, especialmente Uxmal, estaban habitadas en el momento de la 
conquista, influido, a mi parecer, por la opinión respetable de su compatriota^ 
Mr. Robertson, que así lo dijo (i) si bien en época en que los estudios america- 
nistas se hallaban atrasados. 

Es de reparar que ni Mr. Stephens, ni otro ninguno de los viajeros ante- 
riores o sucesivos, con haber experimentado que no hay agua potable en Pa- 
lenque, en Uxmal, en Tikal ni en otras de las ciudades arruinadas, no hayan 
parado mientes en la posibilidad indicada por los frailes compañeros del P. 
Alonso Ponce, de que por algún fenómeno geológico se secaran los manantia- 
les y se vieran obligadas aquellas poblaciones numerosas a buscar en otra parte 
el elemento indispensable a la vida, abandonando los oratorios, templos y otros 
edificios que en un principio las había congregado. 

De todos modos, si no exenta de errores y preocupaciones, la obra de Mr. 
Stephens ha de estar necesariamente en las manos de todo el que quiera estu- 
diar la arqueología maya, en la parte histórica extendida por otro americano 
con la recopilación de crónicas indígenas, como la del cacique Nakuk Pech, 
testigo de la invasión española (2). 

Con posterioridad se ha escrito mucho ya por viajeros, ya por arqueólogos 
que han discutido o comentado los trabajos anteriores y es difícil conocer las 
monografías y artículos escritos en las Revistas de Europa y América. Entre 
los primeros, el Dr. C. Schercer trató ya de Kiriguá (3), M. Arthur Morelet, 
dotado de recto criterio, redactó una obra amena e instructiva (4), prefiriendo 
como naturalista las bellezas de la flora y la fauna a las realizadas por el hom- 



(1) History of A merica. 

(2) The Maya ChronicUs. The Original Text of the Pre-Columbian Analt of Yucatán, voitk transtation 
and notes by Daniel G. Brinton, M. D., Philadelphia, 1882. En 8"? 279 páirs. 

(3) Se hallan sus tral)ajos en las Transacciones histórico-filosójicas de la Academia imperial de Viena, 
aSo 1855, tomo XVI, pág. 237. 

(4) Vovage dans r Amérique Céntrale, I' Ule de Cuba et le Yucatán par Arthur Morelet. París, 1857. 
Dos tomos 4^ 



— 254 — 

bre; entre los otros se citan Arthur Help, The Spanish Conquest in America; 
Viollet-le-Duc, Cites et ruines americaines ; Squier, Travels in Central Ameri- 
ca y Huber Howe Bancroft, que en sus historias de América ha recocido nu- 
merosa colección de documentos, muchos de ellos inéditos españoles (i). 
Los literatos mejicanos Icazbalceta, Ramírez, Bustamante, Orozco y Berra, 
Larrainzar, con otros, han dado estimable contingente de noticias y aprecia- 
ciones, aumentando las fuentes antiguas de los historiadores españoles Saha- 
gún, Acosta, Duran, Lorenzana, Torquemada, Núñe^ de la Vega, López Go- 
mara, Bernal Díaz, Oviedo, Motolinia, Herrera, Solís, Las Casas, García, Men- 
dieta, más los que escapan a mi memoria y conocimiento. 

También en los Congresos de Americanistas se ha tratado, y no podia ser 
menos de los monumentos de Guatemala y Yucatán, presentando en el de Nacy 
de i<S75 Mr. Francis A. Alien, de Londres, una memoria titulada La trés- 
ancienne Amérique (2). y haciéndolo en el de Loxenburgo de 1877 el berlinés 
Mr. C. Schocbel de otra nombrada Un Chapitre d' Archéologie Américaine (3), 
en que dio cuenta del viaje por Guatemala de su ccmipatriota Mr. Bastían, y 
de los descubrimientos hechos en Santa Lucía (4), el año 1876. No se ha sig- 
nificado en estos concursos una opinión decidida acerca de la antigüedad de 
las edificaciones, problema difícil y acaso insoluble, como ya en 1841 decía el 
barón Fridichssal ; pero se recordaron las de Viollet-le-Duc, Bancroft, Lenoir, 
Catlin, Cabrera. Dupaix, Waldeck, que pueden dividirse en dos escuelas ; la de 
los que estiman a los monumentos de Guatemala y Yucatán como obra de un 
período, comprendido entre los siglos I y VH de la Era Cristiana, y las de los 
que los juzgan testimonio de la civilización tulteca sin concederles más fechas 
que setecientos a ochocientos años; descartando los que se singularizan por 
opiniones extremas, y bien llevan a tiempos ante-diluvianos la arquitectura, o 
bien la traen a la época de la invasión de los españoles. 

No prevalece, por tanto, la teoría de M. Desiré Charnay ; teoría que en rea- 
lidad pertenece, como dije, a Mr. Robertson en iniciación, y a Mr. John L. 
Stephens en desarrollo. Charnay no ha hecho otra cosa que seguir con fideli- 
dad la obra del último hasta hacerse solidario de sus errores. El descubri- 
miento del anillo, del juego de pelota y aun el del picote (quiso decir picota), 
pertenecen a Stephens; no deja, sin embargo, de haber en las relaciones del 
viajero francés teorías originales que no podrán disputársele. 



1) Lleva publicados Mr. Bancroft desde 1875-1883. quince voliímenes de su Importan^' obra: los cinco 
■os se titulan The ¿Walive Naces of tfu Pacific States of North America; otroa cinco Central America ; 
estantes México. Tocios están Impresos en San Francisco de California por Bancroft. etc. 



(1) 
primeros 
y los restantes . 

(2) CompteKendu de Nancy. lomo II. pág. 138. 

(3) Compte-Rendu de Luxembourg, tomo II. páir. 303. 

(4) En el Conírreso de Americanistas de Madrid, año 1881. se presenUS una memoria de Mr. Bastían, 
titulada Die '/.eichen-Fielsen Columbiens. En el CoiK-nhajíue otra. Seinsculpturen ans Guatemala, Berlín. 1882. 
y más reciente es la del doctor .lulius Schmidt Ote Steinbildwerke Compte-Rendu du Congr¿\ internattonal 
des Amiricanistes, ¡;e. sesión. Copenhatrue. 1884. 

Die Steinbildwerke von Copan, und Quirigvá aut genommen von Hetnntch Meye historisch erlantert dun 
beschriehen von Dr. Julius Schmidt, A. Asher und C. Berlín. 1883, folio. 




— 255 — 

>iscurriendo las razones que pudieron imponerse en la fábrica de templos 
o adoratorios sobre pirámides artificiales, piensa que no debían ser otras que el 
deseo de respirar aire más puro y la precaución contra los insectos. 

Las últimas noticias que han llegado a Europa de arqueología yucateca, 
proceden de otro investigador entusiasta que ha más de diez años, desde el de 
1874, se ha instalado entre las ruinas con su mujer, y dedica la vida a las exca- 
vaciones y registros. Se halla al presente en Chichén-Itzá, desde donde ha 
comunicado a una revista de Nueva York los descubrimientos realizados a 
costa de perseverancia y privaciones, y consisten, ante todo, en el estudio que 
le permite conocer los nombres de los personajes que simbolizados en estatua, 
y lo que es más importante, descifrar en parte las inscripciones y geroglíficos. 

El nuevo Champolion americano, doctor Le Plogeon, asegura que en uno 
de los edificios de Uxmal ha logrado leer la noticia de haberse introducido en 
Yucatán la costumbre de aplastar los cráneos a los niños por el pueblo que ha 
mil quinientos años invadió el país, destruyó a Chichén-Itzá y se posesionó 
de toda la región, en la práctica ha perforado una de las pirámides, hallando 
estar formada con materiales de hecho, entre ellas la estatua de un mono; 
182 trozos de pilares, pintados de rojo o azul ; 12 cabezas esculpidas de ser- 
piente, de cerámica ; una urna cineraria que contiene al parecer, huesos de 
animal ; piezas de jade, alguna esculpida ; una bola de cristal blanco, puntas 
de flechas e instrumentos de obsidiana, etc. Ha visto el gimnasio de Chichén 
con los anillos del juego de pelota que describe Herrera; pinturas murales 
representando batallas en que ciertos guerreros, vestidos de azul vencen a 
otros adornados de amarillo, con otras muchas cosas que el curioso lector ha- 
llará descritas e ilustradas, juntamente con el retrato del viajero y de su 
esposa Mad. Alice Le Plogeon en la dicha revista. 

Parécele que los dinteles de madera de zapote fueron labrados con instru- 
mentos más fuertes que los de piedra o cobre, y cubiertos con barniz especial, 
que los preserva de los efectos de la intemperie, acabando las observaciones 
con la de haber retrocedido los indios lacandones, a la edad de piedra y a la 
idolatría", (i) 

Es interesante la clasificación que Sapper hizo de las ruinas quichés, 
ler. Tipo. — Estilo de Verapaz. Con poca mezcla, las construcciones peque- 
ñas, orientadas. 2"^ Tipo. Estilo de tribus de las montañas. — Aglomeraciones 
densas, varios edificios en forma de H. Estilo tzendal. (Subtipo) a) Cons- 
trucciones sin orientación, piedras unidas sin mezcla. (Subtipo) b) Estilo 
mame. — Construcciones inorientadas, uso de mezcla para unir las piedras. 
(Subtipo) c) Estilo quiche. — Orientación perfecta y empleo de la mezcla. 
3er. Tipo. Estilo de los pueblos de las llanuras. — Paredes hechas de piedra 



(1) Antigüedades en América Central, por Cesáreo Fernández Duro; publicación del Boletín de la 
Sociedad Geogíáflca de Madrid. 



— 256 — 

pegadas con mezcla. Construcciones orientales, piezas interiores. 4'.' Tipo. 
Estilo maya. — Pirámides de pendiente rápida, muy elevadas. Dinteles de 
madera de zapote. Subtipo, a) , Estilo del Peten. — Habitaciones muy uni- 
das, abundancia de terrazal. Fortificaciones. Empleo de la mezcla. Casas 
muy decoradas, b).. Estilo del Sur de Yucatán. — Habitaciones espaciosas, 
grandes muros de piedra, bien labrada, c) Estilo del Norte de Yucatán. — 
Habitaciones separadas. Los muros de piedra llenos de esculturas. 5" 'rijH). 
Estilo Chol. — Los dinteles de las puertas están hechos de piedra canteada. La 
ornamentación de almohadillado, es de estuco, con láminas de bajo-relieves 
y geroglíficos. 6" Estilo Chortí. — Muy abundantes pirámides, muchas terra- 
zas. En Copan hay una pirámide de pendiente abrupta". 

Pasando a hablar de las antigüedades que hay en la provincia de San Vi- 
cente, hoy territorio de la república de El Salvador— dice Bancroft — a pocas 
millas al Sur de la ciudad del mismo nombre, se encuentran los más notables 
edificios arruinados, que cubren un espacio casi de dos millas cuadradas, al 
pie del volcán de Opico. Ahí se ven grandes galerías, terraplenes, torres cir- 
lares, edificios caídos, subterráneos prolongados, y otras obras de piedra muy 
fina, como unas figuras labradas de relieve, con ocho pies de largo por cuatro 
de ancho. En el llano de Jiboa, al Oeste de San Vicente, se ven muchos túmu- 
los de gran tamaño, como los hay también en las inmediaciones de Sonsonate. 

Don Francisco Guevara Cruz describió Las ruinas de las Mataras, que 
contienen una gran cueva, un puente, los restos de una ciudad o ])ueblo, que 
se llama Texutla, cuando la conquista de los españoles. 

En la actual república de Honduras quedan, además de las famosas ruinas 
de Copan, que ya hemos descrito, otros rastros de antiguos pueblos así en las 
inmediaciones de Comayagua, como en las laderas de los barrancos. En los 
Mounds o cerritos, que se han excavado, aparecieron objetos de barro, como 
jarras, cabezas, sartenes, ollas, tinajas, etc. Los más notables son de piedra 
fina, en forma de picheles, vasos y jarrones. En Tambla se encontró un esque- 
leto fósil de mastodonte. Por ahí quedan las ruinas de Calamuya, en forma 
de terraplenes de j^iedra labrada, túmulos con fragmentos de barro y algunos 
rubterránecs. Según Mr. Squier, es muy notable un vaso que tiene la figura 
de i.n hombre volando, muy parecido a los de México. 

Al Sur de Comayagua, en región de Goascorán, se nota un eran anfiteatro 
con gradería y hermosas figuras, que han sido destruidas para utilizar la pie- 
dra. Lo que se sabe de la arqueología americana está contenido en muchas 
obras, que sería prolijo citar, bastando hacer mención especial de la que escri- 
bió Baldwin, intitulada la Antigua América, que es un manual muy interesante 
y completo de esa materia ; pero para profundizar en la biología y arqueología 
centro-americana, deben estudiarse las mejores obras que existen y que son 
modernas, como la que se ha citado varias veces en el presente libro, publicada 



— 257 — 

en Londres, por los sabios Goodman y Maudslay. En Nueva York se hacen 
hoy estudios concienzudos y proHjos acerca de nuestras ruinas. 

En la república de Costa-Rica tienen, en el Museo Nacional, interesantes 
muestras de antigüedades del país. Dícese que el P. Acuña, anticuario entu- 
siasta de aquella tierra, descubrió cerca de Cartago un camino antiguo que 
servía para comunicar dicho lugar con el puerto de Matina, que se hallaba en 
ramificación con varios puntos de la costa del Atlántico. Algunos objetos 
raros que ahí se encontraron fueron llevados al Instituto Smithoniano de Was- 
hington. Aquel sacerdote habla también de túmulos que se encontraron en 
las llanuras de Terralva, que según pudo averiguar, era centro de un populoso 
imperio. 

Los doctores Wagner y Scherzer, que viajaron mucho en aquellas regio- 
nes, por los años 1853 y 1854, encontraron principalmente en el valle de Tu- 
rrialva, restos de plantaciones de cacao y palmeras, que indican haber tenido 
los aborígenes cierto sistema de labranza muy adelantado. Las hachas de 
los primitivos indios, halladas ahí, se parecen mucho a las que usaban en las 
antiguas minas del Lago Superior, en los Estados Unidos. En Cabo Blanco, 
dice don Felipe Molina, que se encontraron muchos objetos antiguos. Squier 
habla de cinco vasijas de barro, que se descubrieron en unos sepulcros y de 
una hacha de cuarzo verde, que le pareció una de las obras más perfectas que 
se han desenterrado en Centro-América. 

Por el cabo de Gracias a Dios, descubrió el mismo arqueólogo americano, 
varios túmulos y objetos curiosos ; pero merecen más atención los teocalis de 
Ometepec y las ruinas de los templos de Chontales, En las faldas del Momo- 
tombo, cuyo descenso forma una bahía en el lago, dícese que hubo una gran 
ciudad indígena, cuyas ruinas, según Brasseur de Bourbourg, aún se ven bajo 
del agua. En algunos sepulcros hánse descubierto lanzas y otros objetos his- 
tóricos. En Zapatero se halló, una celta de cristal de roca, otra de granito y 
otra de basalto, consideradas todas por Mr. Boile como muy antiguas y raras 
en América. En Brito, en Rivas y en otros puntos de Nicaragua, se han des- 
enterrado ídolos de piedra y de barro, así como estatuas de tamaño natural, 
representando guerreros, figuras de soles y lunas, monstruos y animales raros. 
En la isla Momotombito había un grupo de estatuas que formaban un cuadro, 
según explica detalladamente Bancroft, habiéndose llevado algunas al Smitho- 
nian Institution de los Estados Unidos. 

Algo de misterioso, dice egte historiador que presentan las ruinas y obje- 
tos antiguos de Nicaragua, bien que no pueden ofrecer el mismo interés que 
las de otras regiones, como Guatemala, en donde la civilización indiana era más 
antigua y arraigada. El Dr. J. F. Brandsford escribió una obra importante en 
Washington, el año 1881, con el título de Archeological Researches in Nicara- 
gua. Las más bellas muestras de las ruinas y objetos de arte de este país se 



-258- 

hallan en el Museo Peabody, en el Instituto Smithoniano y en el Museo Real 
de Suecia en Stokolmo. 

En la mayor parte de las estatuas encontradas en la isla Zapatera se ven 
los órganos de la generación mas grandes que los naturales, circunstancia que 
corrobora la idea de Squier, de que en el culto religioso había mucho de fálico 
y de principios recíprocos. Enormes priapos se han llevado también de aque- 
llas ruinas para los museos extranjeros. En la isla de Ometepe (Ometepetl, 
dos montañas) se han encontrado preciosos specimens de antigüedades raras, 
que desde el año 1849 fweron popularizadas por el referido Squier, quien regaló 
al Instituto Smithoniano una máscara de cobre, un ídolo de piedra, un animal 
acostado en forma de tigre, etc. ("Nicaragua". T. 11. P. 87). 

El Dr, Brandsford llevó al Museo Nacional de Washington más de ocho- 
cientas muestras de la riqueza arqueológica de Nicaragua, que yo tuve ocasión 
de estudiar ahí, recordando ahora, entre otros objetos curiosos, una urna fune- 
raria muy análoga a las que se han encontrado por Huehuetenango de Guate- 
mala. El profesor Boballius, sabio alemán, encontró, en 1882, antigüedades 
nicaragüenses que describe en dos obras muy eruditas. Todo eso revela una 
civilización anterior a la que los nahoas introdujeron por aquellas bellísimas 
regiones. En Nijai)a se encuentran esculturas en las rocas y muy peregrinas 
pinturas, como la Serpiente con Plumas : Gucumatz. 

Las ruinas de Palemke, Chichén-Itzá, Uxmal, Yaxchilán, que están en 
México ; Piedras Negras, Cedral, Tikay y Kiriguá, en Guatemala ; y Copan en 
Honduras, son antiquísimos restos de una gran cultura indígena, anterior a los 
toltecas, y por consiguiente, precedente a la era cristiana. El bosque que 
cubre las talladas piedras, los fantásticos ídolos, que era lo único que de tan 
grandes edificios quedaba en tiempo de Moctezuma, confirman que tales restos 
son de una ancianidad asombrosa (i). 

Las ruinas de Nackeún muestran cuatro templos mayas, que revelan un 
antiquísimo imperio, cuyos despojos han permanecido por siglos entre la vege- 
tación lujuriante del Peten, que es en América el Egipto de este Continente, 
y cuya riqueza aún no se conoce bien todavía. Ahí van a renacer populosas 
ciudades, después que el silencio del bosque impenetrable, abandone aquellas 
sombras. Esas ruinas de Nackeún, las descubrió el conde de Périgny, hace 
pocos años, pues aunque se sabía su existencia por algunos chicleros de Benque 
Viejo, fué ese anticuario francés, quien las describió. Antes estuvo cerca de 
ellas Teoberto Maler, sin llegar a visitarlas, y presupuso su situación en el in- 
teresante mapa que hizo de aquellos solitarios contornos. 

La cerámica centro-americana ha llamado mucho la atención en Europa y 
en Estados Unidos. Los vasos, ánforas; y otros objetos de indiscutible im- 
portancia, tienen mucho valor. Los quichés, como los incas, fabricaban unos 



(1) Antisnia América, por Baldwin, escrita en insrlés y trachieida al castellano pí>r Atonio Katres. I. 
para "La Sociedad Económica," año 1876. 



— 259 — 

jarros fúnebres, llamados iiorones, que- producían plañideros lamentos y ecos 
tristísimos. Lo esbelto de los contornos y puro de las líneas da a las obras 
de los quichés mucho realce, entre lo tosco de las de los otros indios. 

j Cuánto tiempo y trabajo costaría a los primitivos aborígenes adquirir la 
profunda cultura, que se revela en las ruinas de sus monumentos. Ellos con- 
servan rastros científicos, épocas y ciclos marcados, aspiraciones vagas, memo- 
rias remotísimas, en una palabra, el espíritu de una raza! Después quedó 

todo destruido, en silencio, en selvático abandono. Hoy, los Goodman, los 
Thomas, los Charencey, los Périgny, los sabios arqueólogos, historiógrafos y 
anticuarios, interrogan a aquellas esfinges, que les responden al través de las 
edades. El alma de las razas autóctonas aún permanece dormida. 

Cuando se contemplan los despojos de la sabia Atenas y de la poderosa 
Roma, entre grandiosos circos,- esbeltas columnatas y soberbios arcos, cómo 
que se respira una atmósfera de melancolía, saturada de veneración, al recor- 
dar los memorables hechos, que han convertido todo aquello en una especie 
de santuario restaurado ; cuando se transitan las estrechas calles de Herculano 
y de Pompeya, se descvibre entre los amarillentos escombros y los viejos mu- 
ros, que ostentan todavía pinturas e inscripciones, las huellas horrendas del 
cataclismo súbito, de la erupción espantosa del Vesubio ; pero cuando recorre 
el anticuario los restos de las primitivas ciudades de Centro-América, se deja 
ver, al trasluz de los corpulentos árboles, por entre los animales salvajes y el 
musgo plomizo, la acción inclemente de los siglos, que apenas ha respetado el 
geroglífico en la piedra, cómo para que no perezca la memoria de civilizacio- 
nes muertas, cuyos hieráticos signos permanecen en su mayor parte indesci- 
frables, cual la misteriosa esfinge de impasibilidad aterradora. Al rozar el 
ala del tiempo aquellas viejas inscripciones, dejó un recuerdo cristalizado como 
las gotas de rocío que la noche deja sobre el cáliz de las marchitas flores, a 
manera de temblorosas lágrimas. La eternidad hallaría, por esos agrestes con- 
tornos solitarios, en donde reposar un instante de su infatigable curso. Acaso 
la cuna del hombre se haya mecido en tan remotas soledades. Por ahí llegó 
al cénit el sol del progreso antiquísimo, y fué el astro descendiendo hasta 
producir sólo sombras. Diríase que los bejucos que hoy se retuercen por entre 
las carcomidas ruinas, las verdes hojas que esmaltan los monolitos rotos y 
la hiedra silvestre que corona los ídolos fantásticos, son halagos de la natura- 
leza tropical, que acaricia aun aquellas remotas necrópolis, como si lucharan 
pertinaces con el tiempo, cuya mano destructora hace siglos que se posa sobre 
las venerables reliquias de esas paradisíacas comarcas. En los cataclismos 
de este suelo, poblado de volcanes, escucharíase como preludio de muerte, la 
respiración prolongada, ardiente, intensa, inextinguible, de aquellos gigantes, 
que en un momento de embriaguez diabólica, harían estallar millones de 
fraguas subterráneas, donde retumbaban los ciclópeos golpes sobre invisibles 
yunques. 



— 26o — 

Los istmos, aristas entre dos colosales masas de tierra, al fin perecen. 
Resisten menos a los grandes cambios étnicos. La vida viene de los Continen- 
tes. Las islas, astillas esparcidas sobre el mar, después de geológica catás- 
trofe, no se prestan al principio de la creación. Las conchas, los insectos, las 
libélulas, los infusorios, son el origen de nuestras soberbias montañas. Para 
Dios no hay grande, ni pequeño, pasado, presente, ni futuro. La Potencia 
Creadora siempre existió y nunca dejará de existir ; todo es uno. Por eso, 
cuando nos inclinamos a los abismos que se han tragado las primitivas nacio- 
nes civilizadas de Centro-América, no podemos dejar de sentir el vapor d^ 
sangre y lágrimas elevado desde su seno a la eternidad, y ver en la destruc- 
ción irremisible que ha desvanecido hasta sus cenizas, dejando tristes ruinas, 
en donde ni los fuegos fatuos brillan, un destino siniestro, que acabará con las 
pocas alquerías que quedan de los antiguos dueños de estas hermosaá^omar- 
cas, cuyos altares derruidos, palacios apenas perceptibles, geroglíficos agn no 
comprendidos y mudas esfinges, desaparecerán por completo, al través del 
tiempo, ahí, en donde otra civilización tiene que surgir en pos de la exuberante 
tierra y de su envidiable situación geográfica. 

Esas ruinas antiquísimas son hieráticas reminiscencias de pueblos des- 
aparecidos, sobre las que se extiende el silencio de las tumbas. Los siglos han 
desfilado por aquellas soledades, y queda solo la quietud de las selvas, la me- 
moria de generaciones muertas, el gesto borroso de edades esfumadas. El 
geroglífico no descifrado aún, conserva la historia confusa de imperios y ciu- 
dades que tuvieron cultura remota. Los monumentos sagrados revelan la 
aspiración al culto, el anhelo por una vida mejor. Los bajo-relieves de un 
templo en ruinas nos deja conocer muchas veces el pensamiento de los anti- 
guos indios. Las formas fugitivas y ondulantes de aquellas teocráticas agru- 
paciones quedaron grabadas en las piedras de los desi)ojos sagrados. La masa 
nebulosa de líneas indecisas responde a la inmovilidad de pueblos que deja- 
ron, en geroglíficos, el secreto de sus misterios, entre lo más enmarañado de 
tropicales bosques, merced al odio del inclemente conquistador y a la negli- 
gencia punible de los que ven indiferentes, desmoronarse aquellos monumentos 
de civilizaciones remotísimas (i). 

. ^ 

(1) Historia (le la Aniírlca antecolooiMna.- Francisco Pi y Manfall. 




CAPITULO VIII 

QUICHES, CAKCHIQUELES, TZUTUGILES 



SUMARIO 

Territorio y límites de los primitivos quichés. — Principales cindad-s de la re- 
gión auirhé. — Su arquitectura. — Nombres de animales que caracterizaban a ciertas 
agrupaciones indígenas. — Zoolatría primitiva. — Guerras sangrientas. — Pestes 
asoladoras. — Cronología de los reyes de Guatemala. — La casta guerrera. — Tanub, 
fundador del Quiche. — Utatlán. — Los cakchiqueles. — Xotemal. — Reyes quichés 
y cakchiqueles. — Los Tzutugiles. — Guerras y sublevaciones. — Don Pedro de Al- 
varado supo explotar las sublevaciones y disturbios. — La desunión perdió a los 
indios. — La civilización celta no vino a informar la cultura auiché, como algunos 
piensan. — De cuándo data el reino QUICHE GUATEMALTECO. — Guerras en- 
tre quichés y cakchiqueles. — Cronología de los reyes del Quiche. — Plano de Pati- 
namit. — Nimá-quiché. — Tradiciones quichés. — Palemke fué la ciudad sagrada de 
los quichés. — La transmigración tolter?. — Se rebate a Chavero. — Cultura autóc- 
tona de los quichés. — Anales de los cakchioueles. — Manuscrito de Xihalá, — Me- 
morial de Tecpán Atitlán. — Obra de Brinton. — Notas de don Juan Gavarrete a la 
historia de Guatemala, de Sánchez de León. — Familias que ascendían al trono cak- 
chiquel. — Como hacían el comercio. — Importancia que tenía. — Fisonomía his- 
tórica. — Patinamit o Tecpán Guahutemalán. — Plano de esa capital. 



Traspasando el Usumacinta, por la montañosa península maya, se hallaba 
de este lado del soberbio río, la nación Quiche que comprendía una extensa 
faja, desde Xoconochco (Soconusco) en el Pacífico, Chiapas y Tabasco, hasta 
una gran parte de Guatemala. Al poniente de la tierra maya extendióse la 
quiche, dividida por las aguas de aquel caudaloso río; al norte tuvo por límite 
dicha región, las ondas del golfo mexicano, al sur el océano, y al poniente el 
istmo llamado Dani-Gui-Bedji (monte de tigres) que los mexicanos convirtie- 
ron en Tehuantepec. Llegaba hasta las ruinas de Mitla y Xibalba (lugar de 
los muertos). 

En Soconusco había una gran ciudad de los mam (antepasados) en donde 
estaba la mujer, con tapianes, cuidando el tesoro de Votan ; en donde se conser- 
vaban los tapires, sagradas memorias de la antigua religión ; en donde la lengua 
era más arcaica ; en donde se refugiaron los más audaces de la raza quiche, 
huyendo de las invasiones nahoas, y buscando abrigo entre el mar y las mon- 
tañas. Aquella tierra del cacao llegó a tener gran riqueza. 

En el centro de la región quiche se hallaba Nachán, ciudad defendida por 
la fortaleza Chapa-Nanduimé, nombre del cual los méxica hicieron Chiapa y 
los españoles Chiapas. Comitán, Huehuetenanco (hoy Huehuetenango) Yax- 



202 — 

bité (Ocotcinco) Iximché, con la ciudad importantísima de Cumarcaah, nom- 
brada más tarde Utatlán, (lugar abundante de bambú) perteneciero n después 
a la nación quiche. La frontera era Túmbala, que separal)a la tierra quiche 
de la maya y de la de los lacandones, el país de los tucurub o tecolotes (buhos). 
^^^...-^ Los cakchifjueles se llamaban el pueblo del zok, (murciélago), los quelcnes 
0^C^ (papagayos), los balam (tigres), los gch (venados) y había otras agrupaciones 
(/ con nombres de animales. La zorra, el coyote y el jabalí formaban la primi 

tiva zoolatría de los quichés ; así la tierra, el lago y el mar representaban las 
fuerzas de la naturaleza. Decían que la tierra era una jicara verde y el cielo 
un cajete azul (Ximénez) mientras que el Huracán, el dios airado, destruía sus 
chozas y hacía naufragar sus cayucos. Kl trueno era la voz del Huracán y el 
rayo su saeta. Cabracán, la divinidad del terremoto, y a la tierra la llamaban 
Chiracán, cráter largo, ora porque lo consume todo, ora porque las moutañas 
del Quiche forman extensa cadena con incontables cráteres, que frecuentemen- 
te sacudían el suelo y hacían temblar las aguas. Aquel culto era grandios 
como la región tropical en que existia, como las ciudades que los quichés k- 
yantaron en el transcurso de los siglos, mediante una casta guerrera y teo- 
crática. 

Era Cabracán el más temido de los dioses, porque en aquella zona de crá- 
teres volcánicos, de convulsiones seísmicas, de cataclismos tremendos eran 
frecuentes los desastres causados por los terremotos, que ponían pavor en el 
ánimo de los aborígenes, y que en posteriores tiempos han arruinado riquísi- 
mas ciudades. 

La cosmogonía quiche se confunde'con los nombres de los animales, en la 
creencia los indios, de que cada uno de ellos estaba íntimamente ligado con un 
bruto, al cual se hallaba adscrito. Votan decía : "Yo soy culebra". 

Es curioso remontarse con la mente a aquellos tiempos, en que los pue- 
blos autóctonos de la región quiche disfrutaban de una cultura original, cuyas 
ruinas antiquísimas demuestran que tuvieron artes adelantadas, edificios con 
pirámides, como las de Quigola, templos como los de las riberas del Usuma- 
cinta, arcos de triangulares bóvedas, como los de Potonchán, y corredores con 
arquería simétrica, cual los de los egipcios. El estuco de sus muros, los mo- 
nolitos de sus columnas, los bajo-relieves, las figuras fantásticas, las estatuas, 
las piedras talladas, los geroglíficos y demás monumentos que las fantasías 
acaloradas de Waldeck y de Bourbourg harto exajeraron, se estiman en justi- 
cia por anticuarios sensatos, como Stephens y Bancroft, que describen detalla- 
damente la gran civilización de los antiguos quichés. 

La tradición y la leyenda indianas cuentan de un antiquísimo país, en el 
lejano oriente, del cual vinieron en remotos tiempos los quichés. No se paga- 
ban gabelas en aquella tierra, ni se adoraban ídolos de piedra o barro. Oraba 
el hombre al ver la luz del sol naciente y se prosternaba para despedir al astro 
rey con el vespertino crepúsculo. Entonces vivían las tribus de los Tepén, 



— 263 — 

Olomán. Cohah, Qnenech y Ahaii. Guiadas por valientes jefes llegaron a 
Tula, al sur del Anahuac y Centro-América. Así apareció Quezalcoatl en 
Cholula, Votan en Chiapas, Wixepecocha en Oajaca, Zamná y Cukulcán, con 
sus diecinueve discípulos en Yucatán y Gucumatz en Guatemala . La cultura 
tolteca llegó a la región de Iximché y a la ciudad de Gumarcaah, conocidas más 
tarde por Cuahutemalán o Guatemala y por Utatlán. 

Refiere la tradición que Nimaquiché, por orden de sus dioses, abandonó 
Tóllan y llegó al fin al pintoresco lago de Atitlán. Axopi l, hijo de aquel pa- 
/ triarca, fué jefe de los quichés, cakchiqueles y tzutuhiles, el primer monarc a 
i/^ • dejGnatemnla Todo ésto pasó mil años después de Cristo (i). La Ciudad 
de la Luz (Tóllan o Tonatlán) fue la cuna de donde salieron los civilizadores 
dejas torras centro-americanas (2). Había en Utatlán muchos, grandes y 
maravillosos templos de sus dioses, y algunos edificios públicos, según la 
"Relación de Pedro de Alvarado. (Biblioteca de Autores Españoles, To- 
mo XXII). 

Por más que sostengan algunos que la civilización celta vino a informar la 
cultura maya-quiché, lo cierto es que aquella no llegó a nuestro Continente. 
Si hubo entre esos indios costumbres que parecen escitas, como el uso del 
calzón, de la mitra y de algunos utensilios, también existieron prácticas que 
recuerdan a los egipcios, y voces y signos caldeos, pero eso no basta para pro- 
bar, ni aún para colegir, que la cultura quiche fuera asiática. Difirió de la 
nahoa : en sus ritos funerarios, en sus ideas teogónicas, en muchos de sus há- 

Ibitos y en no poco de sus artes. El Usumacinta, en estas regiones, es el Nilo 
entre los egipcios, sin que aquellos hayan traído por acá la cultura faraónica. 
Antes que hubiera pirámides y esfinges, hubo túmulos, monolitos, inscripcio- 
nes y otras muchas cosas, que ahí quedan en antiquísimas ruinas, como para 
atestiguar civilizaciones propias. 

La América Central ante la Historia se pierde en lo más remoto de las 
edades prehistóricas. Sin que el budismo haya tenido que inspirar nada a 
Votan, ni a sus sucesores. La tradición, la mitología, si se quiere, presenta a 
ese Patriarca y a Zamná fundiendo razas y levantando pueblos, que en un prin- 
cipio, apenas tendrían chozas, gobernados teocráticamente, divididos por modo 
rudo en Kuses primitivos, y llevando agreste vida, sin templos, ni palacios, ni 
mounds, sino con gran espíritu bélico, fiereza nativa y porvenir expansivo. 
Las columnatas, los salones, las pirámides, los castillos, los túmulos, las puer- 
tas, los arcos y la gran cultura ulterior, fueron progresiva obra de muchos 
siglos. En el VI de nuestra era alcanzó gran auge y explendor. 

"Todo el sensualismo de los reinos antiguos de Asia, el lujo oriental, la vida 
sibarita, encuéntranse en la historia del famoso pueblo quiche, cuyos nobles 
usaban brillante indumentaria, ricos tapices, mullidos lechos, además de vis- 



(1) Xlménez. Popol Vuh. 

(2) The Maya Cronlelcs. Ilrinton. 



204 — 

tosas plumas, ataviadas esteras para ricos festines, abanicos finísimos, sillones 
cómodos, caprichosos muebles, alhajas valiosas, oro y plata labrados, estucos, 
esculturas y pinturas raras. Guerreros de relucientes penachos, sacerdotes de 
mitras colosales, mujeres ornadas de flores y con vestidos abigarrados, aros 
en los muslos, pulseras en los brazos, elegante faldellín atado con ancha faja, 
collares de perlas y pulidas esmeraldas, sin que les faltara el característico 
nassén. "En los ritos, suntuosas ceremonias, en los templos deslumbrante 
majestad, sacerdotes con trajes riquísimos, fastuosas procesiones, acompaña- 
das de sonoros instrumentos músicos y de bailes fantásticos. Un pueblo albo- 
rozado, llenando las anchas calles de una ciudad que podía compararse con 
Menfis o con Tebas. Y ese cuadro no es una ficción,* es el resultado preciso 
que en nuestros cálculos nos dan cifras conocidas e indiscutibles, los monumen- 
tos que aún están en pie para atestiguarlo". ("México a través de los siglos," 
T. i.P. 217). 

Todos los descendientes de la familia tolteca tenían muciios rasgos de 
avanzada cultura. Aún se les observa con interés, admirándolos muchas ve- 
ces, como ha sucedido al que escribe las presentes líneas. Ellos son de estatu- 
ra regular, color bronceado, ojos negros rasgados, pómulos salientes, labios 
gruesos, dientes finísimos y blancos, nariz aguileña, cabellos lisos y sumamente 
negros, frente deprimida, sonrisa expresiva, que contrasta con lo severo y 
melancólico del resto superior de la cara. De admirable fuerza estática, de 
gran paciencia, de nervudos músculos acerados, de carácter apático; pero ven- 
gativo y cruel, cuando sale del modo monótono de vida material a que se halla 
reducido. 

Se asegura que en el siglo XI, dejaron estos aborígenes su jirimer territo- 
rio, quedando en abandono Palemke, Copan, Kiriguá y otras ciudades anti(|ui- 
simas, muy adelantadas para su época. ¿Cuál fué el motivo de esa inmigra- 
ción? ¿Por qué vinieron por las regiones de Guatemala? Hemos creído en- 
contrar la clave de ese problema, dice don Alfredo Chavero, en un párrafo (1< 
la crónica de Remesal. Refiere el historiador dominicano que vinieron a Ni 
caragua, en tiempos muy antiguos, unas gentes, que se quedaron en el lugar 
que ocupó Chiapa-Nanduimé, y poblaron un peñón áspero, a orillas- de un río 
grande. Este solo hecho bastaba para probar la invasión, y para que buscá- 
semos algunos datos en la lingüística comparada, siquiera fuese en tradiciones 
aisladas. 

La lingüística comparada nos presenta en el istmo, el punto avanzado de 
una invasión detenida por los zapoteca, a los huabes, que algunos han llamado 
también huazontecos. La tradición conservaba perfectamente el recuerdo de 
que los huabes eran extraños que llegaron al territorio centro-americano de 
la parte del sur, por guerras que de su primitivo país los despojaron. Habien- 
do encontrado en Dani-Gui-Bedjé a los Mixes los arrojaron a las montañas. 
Los Mixes y los Zeques, que se extendieron a derecha e izquierda del istmi. 



la costa 
eTIstm o, íh^ 

quedase X 
igiase en \J 



-265- 

y que por lo tanto, eran los restos del pueblo expelido por los huabes, son de 
familia mixteco-zapoteca. Los huabes permanecieron independientes, por 
muy largos años, hasta que los méxica conquistaron Tehuantepec, en tiempo 
de Moctezuma, y quedaron sujetos a este monarca, aunque poco después ocu- 
paron la región los reyes mixteca y zapoteca, que después se unieron. 

Pues bien, el huabe tiene gran analogía con el nagradán de Nicaragua, y 
lo mismo sucede con el chapaneco; a su vez, por los estudios de Mr. Brinton, 
sabemos con certeza, que el chapaneco o mangue de Chiapas es hermano del 
mangue de Nicaragua, y éste lo es del aimará del Perú. Ya ahora nos expli- 
camos perfectamente la tradición conservada por Remesal, y la emigración de 
los q uichés. Por guerras y conmoc iones que hubo hacia el Perú y que alcan- 
zaron a Nicaragua, los habitantes de esta reg ión, siguiendo al parecer la costa 
oriental, penetraron en lo s valles del Usumac inta y continuaron hasta 
en donde fueron detenidos por los zapoteca ; de donde resultó que 
destruida la a-ñeja civilización palencana, que el pueblo antiguo se refugi 
la costa de Zakloh-Pakab y que los quichés bajaran a Iximché, a fundar u n 
nuevo reino. Viene a ser confirmación de esto, que lo mismo se encuentran 
chontales~al sur de Nicaragua que en las costas del Potonchán y Xicalango, 
lugares en que el chontal significa extranjero. Ya hemos dicho que probable- 
mente tuvo lugar esta invasión a fines del siglo XI. 

Data, pues, de esa época eljreino qu iche-guate malteco, j que no tuvo, por 
cierto todo el auge que alcango la región antiguado primitiva quiche. Los 
nicaraguanos en su invasión por la costa oriental, barrieron la antigua cultura 
de Kiriguá, Copan y Palemke, que en su camino encontraron ; pero ellos a su 
vez sufrieron las invasiones meca y nahoa, como se comprende por hallarse 
el idioma náhuatl, en Nicaragua, poco adulterado, y no tanto como debiera 
haberlo sido, en mérito de la distancia a que se llevó y después del transcurso 
de los siglos. La mitología, los ritos, el calendario, los trajes y las costumbres 
de algunas tribus de Nicaragua, se asemejan a los méxica. 

"Los primeros y principales caciques kichés, fueron Xebec y Nehaib que 
trajeron más de cien pueblos para venir a Otzoyá (Totonicapán) que era de 
indios mames. Mas tarde hubo otra conquista del reyezuelo Kicab, nieto de 
aquellos caciques, quien venía coronado con esplendentes joyas, lleno de perlas 
y esmeraldas, con oro y plata en todo su cuerpo. Entró por Excamul (volcán 
junto al pueblo de Santa María de Jesús) mató al principal llamado Chunca- 
kyoc, despojóle de sus riquezas y atormentó cruelmente a todos los naturalesJ 
Uniéronseles trece cabezas de calpules, trayendo mucha gente y pasaron a con- 
quistar a los indios de la costa que'^eran achíes, por el sitio de Ixetulul (hoy i 
Patulul). Viendo los demás pobladores de Mazatenango, Cuyotenango, Za-. 
potitlán, Samayaque, Sambó, etc., el poder de aquellos caciques, vinieron al 
pueblo de Xetulul, en una loma, en donde habían hecho alto, y les trajeron mu- 
cho cacao, y llegaron a darles paz y le cedieron dos ríos, Zamalá y Ucús. Des- 




— 266 — 

pues le ofrecieron de presente otros dos ríos, el Nil y el Xab, que producían 
gran cantidad de pescado, camarón, tortugas, higuanas y otras muchas cosas 
que les sacaban para el cacique don Kicab". ( i ) 

Fué el reino extenso de Goathemala — dice Fuentes y Guzmán — fundado 
por el valor de cuatro generosos mancebos, hermanos por su sangre, de la es- 
tirpe de los toltccas, lá más ilustre de cuantas por estas regiones se esparcieron. 
Uno de esos hermanos fundó el señorío de Quelenco y las poderosas agrupa- 
ciones de Chiapa, con señalamiento de términos y confines. El otro hermano 
estableció la rica provincia de la Verapaz, llegando su dominio a los últimos 
lindes del Golfo Dulce, por la parte del norte. El tercero de ellos fué el proi^fe- 
nitor de los Mames y de los Pocamanes, y el cuarto hermano dio principio y 
nombre a los Quichés, Cakchiqueles y Tzutugiles. Estas tres naciones crecie- 
ron mucho y llegaron a subyugar a las otras. 

La ambición fué motivo de cruentas guerras, entre aquellos poderosos 
reinos, habiendo llegado Acxopil a hacerse temer y a vencer como rey absoluto, 
hasta la edad de ciento diez años, cuando abrumado ya con el peso de la vida, 
entregó a su hijo Xotemal la parte cakchiquel, q ue es Goathema la, y a su hijo 
Acxicuat la que pertenecia al Tzutuhil, Aquel viejo monarca quedóse con lo 
más poderoso y rico de Utatlán, disponiendo que a su muerte lo heredase 
Xotemal. 

Kumarcaah o Utatlán fue la gran capital del reino quiche, con doscientos 
mil habitantes, un famoso Alcázar, cuyas ruinas aún se contemplan, habién 
dolas destruido casi los mismos que han aprovechado la piedra en particulan 
construcciones. En Xol-habah, que hoy llaman Joyabá, y significa entre la. 
piedras, so ven restos de antiguos edificios. El adoratorio de Zak-Kubá-ha era 
la casa blanca del sacrificio, en una ciudad hierática, que en ciertas éjKKas era 
visitada i)or las romerías. En varios otros lugares quedan vestigios de la gran- 
deza de los quichés. 

El Isagoge Histórico asegura que: "Dominaban los reyes del Quiche 1. 
mayor y mejor parte de este reino de Goathemala, en más de doscientas legua 
por las costas del mar del Sur, y en todas las tierras altas que le corresponden : 
pero no habían extendido su dominación por las costas del mar del Norte, ni 
a las montañas vecinas, como Zoques, Chiapas, Tezulutlán, que agora se dice 
de Verapaz ; ni se extendía a las provincias de Comayagua y Nicaragua, y las 
demás que tenían sus régulos o caciques independientes de los reyes del 
. Quiche". 

Después de muchas luchas entre aquellas naciones, superó el reino quiche, 
llegando a tener por feudataria y aliada a la monarquía cakchiquel. A principios 
del siglo XV, según cálculo de Brasseur de Bourbourg, estalló una guerra 



(1) Títulos de los antiguos nuestros antepasados, los que ganaron estas tierras de Otzoys 
(lue viniera la fé de .lesucristo entre de ellos, el ano 1300. Páginas 475. 



— 267 — 

cruenta entre quichés y cakchiqueles, habiendo éstos tenido la mejor parte y 
llegado a ocupar un rango entre los pueblos libres, si asi pudieran haberse 
llamado las hordas humanas de aquellas bellísimas comarcas. El Manuscrito 
Cakchiquel dice : "Desde que la aurora comenzó a aparecer en el horizonte 
y a iluminar las cumbres de las montañas, empezaron a oírse los gritos de gue- 
rra y el ruido de los instrumentos bélicos ; las banderas se desplegaron, reso- 
naron los tambores y caracoles, y en medio de este confuso estruendo, se vio 
descender a los quichés, cuyas largas filas se movían con una velocidad asom- 
brosa, bajando en todas direcciones de la montaña. Sin embargo los quichés 
fueron rompidos y la confusión se introdujo en sus filas. La mayor parte de su 
ejército murió sin pelear, y su mortandaz fué tan grande que no se pudo cal- 
cular. Entre los prisioneros quedaron los reyes Tepepul e Itzayul, que se 
encontraron con su dios Tohil ; el Galel-Achí, el Ahpop-Achí, el abuelo y el hijo 
del guarda joyas, el cincelador, el tesorero, el secretario y un sinnúmero de 
plebeyos, todos fueron muertos." En Cuauthemalán surgió el poderío de los 
cakchiqueles al ganar la batalla, y allí nació también el espíritu de conquista 
que esos orgullosos indios quisieron poner en acción contra todos los habitan- 
tes de los lugares limítrofes. Había llegado a su apogeo el reino cakchiquel, 
ejerciendo influencia decisiva en todo el istmo de Centro-América, cuando los 
españoles vinieron a conquistarla. 

Desde que se formó la m onarquía qu iche, hasta el siglo XVI, en que se 
ap oderaron de^llajlosconquistadores españoles, luéjjca yjjoderosa. Los azte- 
cas del norte y los quiches del sur, eran los puebloimás notables de estas regio- 
nes, con los cuales tuvieron que combatir los castellanos. El Popol-Vuh sumi- 
nistra preciosos datos acerca del famoso reino quiche, que figura dignamente 
entre las naciones civilizadas de América, según la describe el abate francés, 
Brasseur de Bourbourg, que es el escritor más acucioso acerca de estas mate- 
rias, así como Briton es, sin duda, el más digno de crédito. La tiranía de Qui- 
cab I y sus inauditas iniquidades ; las guerras de los cakchiqueles con sus veci- 
nos ; y la naturaleza de aquellos pueblos, están detalladamente narradas por 
Bancroft, en el tomo V de su obra. No puede dudarse que durante el período 
final de la historia primitiva de esos memorables reinos existentes en Guatema- 
la, de qui chés, cak chiqueles y tzutuhiles, tuvieron alguna influencia en su modo 
de ser los negociantes mexicanos, que constantemente visitaban las poblaciones 
de la corte, en numerosas carabanas que vinieron a ser los señores propiamente 
de Soconusco. Cree el escritor norte-americano que, a no haber venido los 
españoles, hubieran sido conquistados los reinos de Guatemala por los azteca". 
(Pág, 600 T. V). Dícese que Moctezuma envió una embajada a los cakchique- 
les pero que al llegar a Utatlán fué despedida, pasaron a Iximché en donde 
tuvo alguna recepción y al llegar a Atitlán fué rechazada a flechazos. Supó- 
nese que dicha embajada venía a averiguar qué noticias había, de haber des- 
embarcado los extranjeros pálidos en estas tierras. 



-268 — 

En 1 5 14 ya se había encendido la guerra entre quichés y cakchiqueles, 
cuando sobrevino a estos últimos tal escasez de provisiones y sufrieron tantas 
enfermedades, que quedó arrasada la comarca. En ese nefasto año, el fuego 
destruyó a Iximché. En 15 19 se suspendieron las hostilidades, a causa de ha- 
be desembarcado en Veracruz los hombres blancos. Refieren los cronistas 
que una gran bola de fuego apareció en el cielo, tras el sol poniente, desde que 
se supo la aparición de los extranjeros pálidos en el suelo americano. La fa- 
mosa piedra negra del templo de Cahbahá fué encontrada partida en dos partes, 
cuando los sacerdotes acudieron a consultarla acerca de la extraña emergencia 
del desembarque de los guerreros barbudos. En 1520 invadió el cólera mor- 
bus a los pobres cakchiqueles, y después, la peste hacía que cayeran en pedazos 
sus carnes descompuestas. La viruela desoló más tarde a ese pueblo, haciendo 
morir a dos de sus monarcas. Los de Utatlán abrieron de nuevo las hostili- 
dades, y los cakchiqueles hambrientos, débiles y afligidos, cometieron el tre- 
mendo pecado contra su raza de mandar pedir auxilio a los invasores españo- 
les ; alianza que colmó de indignación a los otros pueblos, que se arrojaron con- 
tra los de Iximché ; pero sin ningún éxito, porque justamente entonces apare- 
ció don Pedro de Al varado, el famoso conquistador de estas regiones. Muchas 
veces se ha visto en la hi.storia que de tal suerte ciega la pasión política — de 
todas las pasiones la más airada — que son capaces los hombres de echarse en 
manos de extranjeros, siquiera pierdan la autonomía, cayendo en la esclavitud 
y buscando la muerte. 

Vamos a explicar detalladamente la cronología de los reyes del Quiche, 
derivada de los tultecas. 

Nimá-Quiché (Quiche el grande) trajo a los tultecas del imperio de Méxi- 
co al reino de Guatemala, por orden de un oráculo. Después de algunos años 
de peregrinación, y muerto en ella ese caudillo, llegó aquel pueblo errante a las 
bellísimas orillas del lago de Atitlán, y fijándose ahí, dieron al nuevo reino el 
nombre de Kiché. Con el rey Nimá-Quiché venían tres hermanos suyos, entre 
los cuales se dividieron los señoríos de los Quelenes o Chiapanecos, el de Tesu- 
lután, hoy Verapaz, y el de los Pocomanes, o sea parte de Quezaltenango y 
todo Soconusco. Muerto aquel rey antes de llegar al término de su viaje, o 
sea la tierra de promisión, fué su hijo Kiché-Acxopil, el primero que reinó en 
Utatlán, y es el fundador de la monarquía quiche. De ésta se originaron más 
tarde la cakchiquel y la tzutuhil, a virtud de la división hecha por el mismo 
Acxopil, quedándose él con una parte, y dando otras dos a sus hijos Jiutcmal 
y Acxiquat. Hubo, como se ha dicho ya, sangrientas guerras entre los herma- 
nos, promovidas, las principales, por el rapto de dos princesas, episodio román- 
tico que en capítulo aparte narraremos. 

Las tradiciones quichés ofrecen grande interés histórico, conservan re- 
cuerdos vagos de un pasado muy lejano, lleno de emigraciones, guerras, dinas- 
tías y disturbios, semejantes a las hazañas que recordaban los griegos, con 



u 



— 269 — 

satisfacción, de los tiempos heroicos y a aquellas que llenaban de orgullo a los 
romanos del ciclo de Catón. La raza quiche, muy adelantada en época remo- 
tísima, tuvo que venir hacia el sur, debido a las invasiones de otros pueblos, 
que semejan lo que pasó en el antiguo mundo, a la caída del imperio romano. 
De este lado del mar también se presenció la misma escena de bárbaras mul- 
titudes arrasando los monumentos de la cultura de muchas generaciones. 
Cómo que los grandes cataclismos sociales repercuten en toda la humanidad. 
Diríase que así como en el mundo físico hay fenómenos genéricos, en el orden 
sociológico existe resonancia producida por las grandes convulsiones. En la 
unidad universal acontece lo que en las cuerdas de un instrumento acústico : 
herida una nota, se transmiten las ondas sonoras al través del pentagrama todo. 

Los mayas tuvieron gran civilización en su época prehistórica, acaso su- 
l)erior a la de los pueblos asiáticos de la antigüedad. Pasando de la península 
maya al otro lado del río Usumacinta, como se ha dicho, se encontraba la re- 
gión quiche, que quiere decir muchos árboles. El quiche conservó unión es- 
trecha con el maya, no siendo aquél inferior a éste en su cultura que se deno- ^ 
nominó maya-quiché. Los restos de antiquísimas ciudades ocupan todavía ¡ 
algunas de las márgenes del Usumacinta, y ahí prosiguió por muchos años el 
gob ierno teocrático , sostenido por la casta guerrera. 

En la tradicción cakchiquel, se cuenta que Chay-Abah nombre que sig- 
nifica pedernal negro u obsidiana, es la obra de su fundador, y él es quien sos- 
tiene a su creador, con lo cual se da idea clara de la casta guerrera, y se percibe, 
en seguida, la semejanza entre el Humpictok maya y el Chay-Abah quiche. 
En el Popol-Vuh se salvaron muchas de las tradiciones quichés. 

Parece que Tanu b. fundador de la real familia de Tula y del Quiche, _fuc 
el primer r ey de lo s tultecas, y le sucedieron Capichoc, Caleb-Ahs Ahus, Ahpop! 
y Nimá-Quiché, que como se ha insinuado ya, vino a Guatemala, ahuyentando 
a los pobladores de estas regiones y dominando al cabo al país. Nimá-Quiché 
quedóse con el territorio de los quichés, cakchiqueles y tzutugiles ; los demás 
los repartió entre dos hermanos, según queda explicado anteriormente (i). 

A la muerte de Axopil, añadió Xotem'al la herencia del reino de su padre j 
a los dominios que antes poseía, quedando entonces la primitiva monarquía 
dividida en dos, la de los quichés y cakchiqueles, y la de los Tzutugiles. 

Fueron reyes de quichés y cakchiqueles : 

L — Axopil, verdadero fundador del reino Quiche. 
IL — Xotemal. 
in. — Humahpú. 
IV. — Balam-Quiché. 
V. — Balam-Acam. 
VL — Mancotah. 



(1) Memorial fio Toopiíii Atitláii. 



— 270 — 

VIL— Iqui-Balam. 
VIII.— Kicab I. 
IX. — Cabub-Raxechein. 
X.— Kicab II. 
XI. — Iximché. 
XII.— Kicab III. 
. XIII.— Kicab IV. 

XIV. — Kicab Tanub ; era tan poderoso que el emperador de U)s Méxica, 
Moctezuma II que mantenía con Quicab buenas relaciones, le envió emisarios 
al ser aprisionado por Cortés, pidiéndole auxilio para obtener su libertad. El 
rey quiche se apresuró a reunir un numeroso ejército destinado a ocujiar el 
Anahuac ; pero le sorprendió la muerte, casi al mismo tiempo que Moctezuma 
sucumbía. 

XV. — Tecum-Umán, que defendió valientemente sus dominios contra don 
Pedro de Alvarado, hasta que aquel monarca murió en una batalla, y enton- 
ces el conquistador español designó para que le sucediera, al primogénito de 
Tecum. 

XVI. — Chignaviucelut ; fue ahorcado poco después de subir al trono, por 
haber tenido sospechas don Pedro de la lealtad de aquel monarca. 

XVII. — Sequechul, último vastago de la dinastía de Jiutemal ; reinó dos 
años, o mejor dicho, estuvo por ese lapso sometido a los caprichos del invasor. 
En 1520, se sublevó Sequechul, y habiendo sido capturado, quedó prisionero, 
como el rey Sinacam, hasta 1540, año en que Alvarado los llevó consigo, al 
disponer la armada, para el descubrimiento en el mar del sur. Desde entonces 
ya no quedó memoria de ellos. 

El Señorío de los tuzutugiles fue gobernado : 
I. — Por Axicuat, que tenía dominio sobre los territorios de Atitlán y 
Sulchitcpequez. 

II. — Por Zutugil Ebpop. 
III. — Por Rumal-Ahaus. 
IV. — Por Chichiatulu. 
V. — Por Mani-Lahu. 
Al fin fueron los tzutuhiles absorvidos por los reinos contra ellos coliga- 
dos. Don Pedro de Alvarado supo explotar con astucia la división que-antes 
de la conquista, había en los pobladores de esta tierra, empapada en la sangre 
de los aborígenes, que se odiaban los unos a los otros, sin que hubiese habido 
hegemonía que salvara del caos y de la muerte a aquellos pueblos infelices, 
destinados a sucumbir, a pesar de su número y de su avanzada civilización, 
muy inferior por cierto a la de los conquistadores (i). 



(1) Ximénez, Historia de los reyes del Quiche. 



En los últimos tiempos históricos vino confinándose desde Chiapas y 
Soconusco, hasta Guatemala, la lengua quiche, por virtud de las varias inva- 
siones nahoas, y especialmente la méxica, de tal suerte, que el núcleo quiche 
de las márgenes del Usumacinta, fue retirándose siempre hacia el sur. 

La ciudad sagrada de los quichés fue Palemke, metrópoli de aquella vasta 
y culta región, que tuvo a Votan por fundador de un gran pueblp. Ahí se 
reconcentró la civilización entre los nobles o principales, que eran los que 
conocían las ciencias y vivían en auge y comodidad. En Palemke hubo, en 
remotísimos tiempos, gran adelanto, edificios magníficos, artes útiles y cono- 
cimientos sorprendentes. El nombre de esa gran ciudad fue primero Nachán ; 
pero al mezclarse la civilización nahoa con la quiche, denominaron Palemke, 
ciudad de los sacerdotes, a la ciudad sagrada. Se cree que en el siglo V de la 
era cristiana acaeció esa mezcla o refundición, que dio otra faz a la vida de 
aquellos pueblos. Fueron Votan y Zamná, los que, de este lado del sur, 
introdujeron la faz nueva, viniendo el primero, hasta Totonicapán, o sea paraje 
de alimentos, por haberlos ahí tan abundantes que podían auxiliar a sus veci- 
nos, en calamitosas circunstancias. El segundo, Zamná, en la península maya, 
en Copan, en Kiriguá, derramó la semilla de pueblos bastante civilizados. 

La civilización de México y la de las naciones de Centro-América, al sentir 
de Tylor, eran originalmente independientes ; pero tuvieron gran contacto, mo- 
dificándose reciprocamente (Anahuac, página 191). "Toda esta tierra con 
esLa otra tenían una misma manera de religión y ritos, y si en algo dife- 
renciaba, era en muy poco. Lo mismo fue de las provincias de Guathimala, 
Nicaragua y Hnduras" (i). Entre los densos y sombríos bosques de Guate- 
mala, Yucatán y Honduras, en los que constituye geográficamente el istmo 
centro-americano, se han encontrado ruinas de antiquísimas ciudades, harto 
superiores en extensión, grardeza y magnificencia a las del territorio azteca; 
ciudades abandonadas o poco conocidas al tiempo de la conquista. La simi- 
litud de los geroglíficos de estas ruinas con las de México, al propia tiempo que 
las tradiciones de varios de los más notables países, demuestra que allá en 
tiempos muy remotos, se hallaron México y Centro-América ocupados por 
pueblos bastante cultos y vnidos en costumbres y artes, si no por la sangre y 
las lenguas, ccmo lo demuectra la universalidad de una familia de idiomas o 
dialectos, extendida entre todas aquellas naciones civilizadas de la antigua 
América. 

La arquitectura quic'hé, la manera de formar los grandes edificios, difiere 
en mucho de la de los pueblos de ciclos más antiguos. No sabiéndose con 
regiiridad, la época de la dispersión de los nahoas y la de su emigraciones, la 
historia primitiva de Centro- América pierde el hilo necrológico, para llegar a 
un período cercano a la conquista española. 



(1) Toniuemada. Monaniuía Indiana. Tomo II, págr. 54. 



— 272 — 

La historia de Guatemala, pues, desde Votan hasta los siglos próximos 
a la venida de los conquistadores, es una laguna en donde apenas se perciben 
de vez en cuando tenues rayos de luz. Los orígenes de los primeros poblado- 
res de la América Central, los orígenes de los habitantes todos de este conti- 
nente, ha sido motivo de profundos estudios y no pocas teorías, que quedan 
expuestas en uno de los capítulos de la presente obra. A seguida, vienen las 
tradiciones que se pierden en remotas sombras, entre mitos y vagas memo- 
rias de los pueblos emigrantes, de tribus extranjeras, que llegaron a este suelo y 
contribuyeron a formar los imperios quiche y cakchiquel. Tomando la dis- 
persión de los Toltecas desde Anahuac, en el siglo XI, como hecho bien defini- 
do, muchos escritores han identificado las naciones guatemaltecas — exceptuan- 
do tal vez a los mames, que los consideran descendientes de los primeros aborí- 
genes — con los emigrados toltecas, que se exparcieron hacia acá, rumbo sur, 
a fundar unas naciones. 

Sin embargo, en honor a la verdad histórica y salvo el respeto que merece 
el señor Chavero, hay que recibir con algún escepticismo esa transmigración 
tolteca, como base de los imperios quichés y cakchiqueles, ya que ni en las 
tradiciones de éstos, ni en los anales de la raza existen rastros de tal origen. 
La emigración tolteca se fija en el siglo XI de la era cristiana, y la fundación 
de aquellas nacionalidades es mucho más remota. Acaso hay más probabili- 
dad en suponer que los imperios guatemaltecos se transformaron por los 
mayas del Palemke, y por otros pueblos contemporáneos, aunque nótanse 
diferencias características entre los despojos de las ruinas de unos y otros, 
acaso por la influencia que elementos extranjeros, como los nahoas, vinieron 
a introducir en el idioma, en la religión y en las costumbres. 

Por Nicaragua, y probablemente por El Salvador, hubo pueblos de pura 
raza azteca. A los primeros llamánlos algunos cronistas niquirans, nicara- 
guans o cholutccas, y ocupaban la costa entre el lago de Nicaragua y el océano, 
con las islas del lago. Sus instituciones políticas y religiosas, sus hábitos, su 
manera de vivir, todo era análogo a lo de los aztecas de Anahuac, y existen en 
los museos preciosas reliquias a ese respecto, en forma de ídolos, sepulturas, 
momias, etc., menos restos arquitectónicos. Las tribus nahoas de El Salva- 
dor, la Antigua Cuscatlán, se conocieron con el nombre de Pipiles, y su cultura 
no es tan notable como la de los quichés y la de los cakchiqueles. Nahuas o 
Nahoas, dice Sahagun (i) son los que hablan claro la lengua mexicana, des- 
cendientes de los tultecas, que lo sabían todo, nahual (en inglés Know all). 
Eran los nobles, admirables, maravillosos, extraí)rdinarios (2). 

Quichés significa, como ya se ha dicho, muchos árboles; toltecas, quiere 
decir maestría en artes mecánicas. Unos y otros tuvieron sus familias nobles de 
alta alcurnia. La primera y más ilustre de los^uichés fué la casa de Cawek, 



(1) Hlst. Gen. T. III. Libro X. vág. U*. 

(2) Brasseur de Bouríx)ursr. Hlst. de.s NaUons CivilLsées. tomo I. pájr. 101. 




— 273 — 

la segunda, la de Nihaib y la tercera, la de Ahau Quiche. D¿ 
_MlíaíLJLQ5u£Oiitífices^lo& sacerdotes y demás dignatarios que 
pueblo que vivía en cierta esclavitud, inherente a todas las m 
craticas de la antigüedad. 

La nación quiche es admirable, porque lleva, al través de los siglos, una 
cultura acaso autóctona en su origen, y después modificada por la influencia 
maya y nahoa ; porque los hijos de aquel heroico pueblo pelearon hasta el ex- 
terminio, a fin de defender su suelo : porque constituyen el único núcleo huma- 
no de América que dejó su teogonia escrita ; porque las ruinas de sus grandes 
ciudades, templos, palacios e ídolos, han admirado al mundo moderno ; porque, 
en fin, su idioma perfecto, aglutinante, conciso, capaz de expresar todos los 
sentimientos del ánimo y los afectos del corazón, es en la historia de estas 
regiones, lo que el griego de Feríeles, fue en la historia de la cultura europea. 

Sin ánimo de magnificar — dice Bancroft — (i) la civilización del Nuevo 
Mundo, ni de deprimir la del Viejo Continente, no cabe poner en duda, que 
durante los diez siglos de sombras medioevales, la diferencia entre ambas ci- 
vilizaciones fue menos de lo que muchos imaginan. En ambos lados del obs- 
curo mar yacía la humanidad sumergida en profunda ignorancia, cuyos rasgos 
característicos de una y otra parte es infructuoso analizar. En cuanto a los 
tiempos remotísimos, han demostrado Baldwin, Brasseur de Bourbourg, Brin- 
ton, Maudslay y otros historiadores, oue el desarrollo indiano de las naciones 
aborígenes de la América Central, podía competir con el de los pueblos más 
adelantados del Asia ; y hasta se enuncia la teoría, harto fantástica, a nuestro 
entender, de que en este istmo, por el lado de Yucatán, en la perdida Atlántida, 
tuvo lugar el paraíso terrenal, habiéndose esparcido de ahí todo el género 
humano. . . . 

Existe un manuscrito de 48 fojas, que dejaron los indios nobles Xahilá, 
Xebuktakeh y Tzumpan, manuscrito del cual hemos hablado detf^nidamente 
en otro capítulo. En ese "Memorial de Tecpán Atitlán," como lo llama Bras- 
seur de Bourbourg, o en "Los Anales Cakchiqueles," según lo denomina Brin- 
ton, aparece la posición etnológica de aquel pueblo, su cultura, la descripción 
de su capital, la computación del tiempo, los nombres de las familias principa- 
les, las divisiones de las tribus, los títulos, las castas, las nociones religiosas, 
su reyes, las guerras, los oficios que tenían, la agricultura, las armas, etc., etc. 
Sólo en la historia muy antigua se llamó Tecpán Atitlán, la corte de los reyes, 
que después se denominó Tzolohá o Tzoloyá (agua de saúco). Hoy es Solóla. 

En la introducción que el sabio americano Brinton puso al libro en que 
dio a luz traducida dicha obra, con el texto cakchiquel y el texto inglés, habla 
en términos encomiásticos del adelanto que aquellos aborígenes alcanzaron en 
materia de arquitectura, pintura, tejidos y escritura." Tenían, dice, una lite- 



(1) Tomo 1 1 , Dág. 97. 



— 274 — 

ratura, más remota que su historia y calendario, que consistía en cantos o 
poemas, llamadas Bix, Son amigos de hacer coloquios y decir coplas en sus 
bailes (i). El poder estaba dividido en dos familias, los Zotzils y los Xahils, 
que alternativamente, en períodos distintos, subían al trono. La afirmación 
de don Juan Gavarrete, de que una de estas familias vivía en Solóla y la otra 
en Iximché, está basada en una equivocación, al decir del mismo Brinton. 
quien así lo demuestra, apoyado en los Anales Cakchiqueles (2). 

En la época prehispánica se dedicaron muchos indios al comercio, for- 
mando clase especial que viajaba en caravanas, conocía y formaba los caminos, 
era entendida en lenguas varias, servía en las embajadas, trazaba mapas y 
planos, se familiarizaba con las costumbres y ritos diversos, andaba muchísimo 
a pie, llevaba las producciones de un lugar a otro, esparcía la cultura de lejanos 
pueblos, y servía para el espionaje e información de los monarcas y señores. 
Los comerciantes de estas zonas emprendían largos viajes, hasta el país de los 
méxica y trocaban mantas, artículos de barro, adornos de metal, piedras la 
bradas, perfumes, flores y plumas, por cacao, grana, algodón, maíz y otro- 
artículos. Todo el movimiento se hacía en los tianquistli, o ferias que cada 
cinco días se celebraban. El comercio abría camino entonces para ocupar una 
posición entre las clases altas de sacerdotes y guerreros. Una corriente (U 
cambios existió entre las zonas elevadas y las bajas, como resultado de clima- 
diversos y producciones distintas. Hubo ideales y hubo lágrimas. Sobrr 
los humanos dolores pasaron luengos años, unos tras otros, como un gran rio 
silencioso y continuo. 

En parte alguna consigue la vida el carácter de volcánica erupción que 
tiene en la América Central, donde la forma de la naturaleza multiplica lo.s 
objetos revistiéndolos de colores y matices con átomos de luces tropicales. 
Entre montañas y barrancos, como fortalezas aisladas de los hombres, estuve» 
la histórica Patinamit, que servía de defensa al famoso Sinacam, al tiempo de 
la conquista. Dejó la capital cakchiquel interesantes vestigios de antigua- 
construcciones. El Adoratorio, cual nido abrupto de águila, se hallaba en 
una península tendida sobre el abismo de profundas simas. Un túnel largui- 
simo, que alcanza hasta Pochuta servía de subterráneo camino a los guerrero? 
y sacerdotes. Esa hermosa ciudad, llamada también Tecpángoatemala, tenia 
suntuoso palacio rodeado de jardines en un sitio bellísimo, cultivado de maiza 
les, y después de la dominación hispana, lleno de espigas de trigo, en derredor 
de ruinas que conmemoran la caída del reino cakchiquel. Los pintados pórti- 
cos, las ojivas desmesuradas, los mosaicos prolijos y engrecados, las torres que 
vuelan a las alturas, las fieras en jaulas y las aves de pintados colores, en patios 



(1) Vocabulario de la Leiuma Cakchiquel.— M. S. sab too» ''Pomí»." Toma* Coto. 

(S) En las interesantes notas Que nuestro erudito oompatriotA, doo Joan Oararrete. dejó oansiffnada« 
cuando publictS la "//tí/oriiiif G mmtrmmlm ,' por Sáncfaex y León, es en donde explicó lo relatlro alasd"- 
ramas de la familia real de los cakchiqueles. El libro de Brinton lleT» por título "Ttt Ammmh »f th 
cmkckitmUr con 234 padrinas. Phiiadelphia, 18». 




y vcro^eles ; todo desapareció. Entre los ladrillos rosados y los manantiales de 
purísimas aguas, j-a no se mira la melancólica garza, ídolo de jaspe, que parece 
presentir, en su tristeza, la hecatombe del gran pueblo que tanto veneró a 
Axopil cuando en palanquines de oro le llevaba, circuido de plumas de quetzal, 
entre vítores y cantares, por aquellas calles, en donde ardían en fiestas solem- 
nizadas por los gerárquicos círculos de sacerdotes, nobles y guerreros, los 
indios todos, que un día nefasto vieron rodar las lágrimas del anciano monarca, 
cuyas hijas fueron robadas como Urvasia por lama, llenando de desolación la 
tierra. Cuando se contempla el sitio en donde se erguía Patinamit, y se re- 
cuerda la historia de una raza indiana que tuvo siglos de explendor y días de 
infortunio, vemos que en el corazón de los pueblos se levantan de repente nie- 
blas, lo mismo que produce el viajero polvaredas en la tierra. ¡ El poderoso 
reino cakchiquel se hundió en tristísima abyección ! La que veneraban los 
indios como ciudad regia, como estrella fija^ desvanecióse cual leve mariposa 
que se esfuma en el espacio. . . . Allí se recibió de paz al conquistador, descas- 
tándose una raza, y después Tonathiú arrancó furiosamente a los reyes Belché- 
Kat y Cahí-Imox los aros de oro que en las narices llevaban, haciendo derramar 
lágrimas de dolor a los monarcas y amenazándolos con quemarlos vivos, si no 
le traían más oro y jo3as. Acabó el poderío cakchiquel y apenas queda la 
memoria de su legendaria capital. Una furibunda invasión, de los sangrientos 
nicaraguas, barrió en el siglo X probablemente la cultura de Kiriguá, Copan, 
Palemke y demás hieráticas ciudades. A su vez, los meca y los nahoa ven- 
garon los manes de aquellos desventurados aborígenes. 

Pero vino la tarde, llegó la noche, cundió la tormenta, y quichés, cakchi- 
queles y tzutuhiles vieron sumida su raza en la más cruel servidumbre. 




CAPITULO IX 

EL RAPTO DE LAS PRINCESAS 
SUMARIO 

Así como la guerra de Troya fue causada por el rapto de Elena, la guerra 
entre cakchiqueles y quichés fue resultado del robo de las princesas. — Estado de 
ambos reinos centro-americanos. — Balam-Acán. — La pricesa Exilispúa. — La 
bella Ixcunsoncil. — Condición de la mujer entre los indios. — Los monarcas no 
permitían ver a sus esposas. — El rey de Atitlán Subtugilebpop. — El rapto de las 
princesas. — Consecuencias lamentables. — Selvática pasión de aquellos nobles. — 
Sesenta mil combatientes reúne el de Atitlán. — Lucha tremenda, — Triunfan los 
quichés. — Muere Bídam-Acán. — Perecen más de catorce mil combatientes. — 
Continúa la lucha hasta la venida de don Pedro de Alvarado. — Se aprovecha el Con 
quistador del estado de guerra de estos pueblos. — Tradición del TUCURÚ. 



Así como la guerra de Troya fue causada por el robo de Elena, que había 
cautivado a París con sus gracias, encendióse aquí en Centro-América, antes de 
la conquista, una lucha de exterminio, debida al rapto de las princesas. Este 
episodio romántico tuvo mucha trascendencia en los poderosos reinos de los 
cakchiqueles y quichés. Prevalecía la paz entre los primitivos pobladores del 
istmo. Divisábanse en las márgenes del pintoresco lago de Atitlán las alegres 
hijas de Axepil, que cual bulliciosas guacamayas salían de sus nidos, para 
ir a refrescarse en las tranquilas ondas. Recorre el rey en andas de oro, entre 
heléchos y orquídeas, vestido de plumas de quetzal, sus ricos y sosegados 
dominios. Al son de agreste música cantan los humildes vasallos sus melan- 
cólicos areitos; las hojas de la tuna se cubren de vivida grana; osténtanse 
llanuras sembradas de maizales, que semejan escuadrones de verdes alfanjes 
y penachos rubios. La felicidad campestre de aquellas comarcas no se inte- 
rrumpe, ni por la enfermedad asoladora, ni por el hambre inclemente. El 
amarillo luto no cubre a los maceguales, ni corre la sangre de los plebeyos 
para defender el reino. Se multiplica la indiana familia con rapidez ascen- 
dente, por poligamia autorizada. Todo es dicha y tranquilidad en la corte 
del quiche. La gentil Utatlán se mece entre sueños de ventura. Así canta 
a la aurora el incauto zenzontle, sin presentir que el cazador acecha su existen- 
cia, oculto en el boscaje. 

Era rey de la próspera monarquía Balam-Acán, de estirpe noble, de cora- 
zón sencillo, de leales propósitos, y padre ya anciano de dos bellas princesas, 
que por su rara hermosura formaban el orgullo de aquella poderosa corte. 



-2-8- 

La mayor, Exilispúa, era la más inteligrente y graciosa, mientras que la menor 
Ixcunsocil, la superaba en voluptuosidad, al decir del manuscrito cakchiquel 
que relata los acontecimientos que vamos reseñando. 

No tenía la mujer, entre los aborígenes de América, el aprecio que le 
diera la civilización cristiana, ni se tributaba a la honra femenina el homenaje 
medioeval de la Europa romancesca, pero así y todo, eran las clases elevadas 
celosas de su decoro y muy intransigentes con las concupiscencias de los po- 
bladores de otras alquerías o reinos. El monarca, a estilo chinesco, no permi- 
tía a sus mujeres, ni a sus hijas el ver cara a cara a los extranjeros. La familia 
del soberano vivía con recato, y penaba de la vida quien se atreviera a seducir 
una hembra de alcurnia real, ya que en la casta plebeya era dado a cualquiera, 
sin riesgo ni infamia, satisfacer sus naturales apetitos. 

Pudo el rey de Atitlán, Subtugilebpop, por su alteza y juventud, haberse 
casado sin escándalo con la infanta quiche, parienta suya, y así no hubiera 
comprometido la tranquilidad de toda la comarca, puesto que ella lo quería ; 
pero hubo recelos y malas pasiones, que hicieron que el monarca Balam-Acán, 
"usase de mucha y grande majestad," al decir del cronista que refiere la presen- 
te historia, y acabase por negar la mano de la enamorada princesa. 

Sucedió, pues:, que prevalecido el de Atitlán de la confianza del Quiche, 
en noche obscura y ayudado de varios de sus cortesanos, robóse a la infanta, 
en unión de su hermana la princesa, que quería .ser de Igoacat, valido y 
pariente del rey enamorado. 

Volaron a las risueñas márgenes del lago de Atitlán las dos torcaces in- 
dias, con sus galantes raptores, sin preocuparse del sentimiento y rabia del 
anciano padre, de prosapia de reyes y de orgullo salvaje. 

Fue imi)onderable la turbación en el palacio luego que se echaron de menos 
las dos Prognes fugitivas, que cual la de la fábula, se habían convertido en 
golondrinas. Olvidado Balam-Acán de su mansedumbre, atormentó a muchos 
de sus vasallos. Desde ese instante sólo hubo lágrimas en los ojos de aquellas 
gentes, espinas en las flores de aquella zona, sufrimientos en el corazón de aquel 
pueblo, sangre esmaltando las fértiles orillas del lago de Atitlán, de cuyas lím- 
pidas aguas surgían, en las tristes horas de la noche, lúgubres lamentos, espec- 
tros fosforescentes. Entre tanto, las jóvenes princesas causa de tamaño 
desastre, se curaban poco de la ruina de sus vasallos. Eran ellas, en tnn 
dichosos momentos, con sus apasionados amantes, como la flor y el polen, la 
avecilla en celo con su enardecido compañero, la onda en el ribazo, la hiedra 
en el tronco. Al transparentarse en la faz de nubiles princesas la selvática 
pasión que de su regio palacio las arrancara, hacíalas suspirar con dulzura 
agitando sus turgentes pechos, como los tropicales efluvios agitan las flores del 
granado. Aquellos labios húmedos y entreabiertos» anhelando un beso ar- 
diente ; los entornados párpados, tras cuyas pestañas negrísimas se traslucía 
el deseo ; los marfilinos dientes, cual trémulas hileras de perlas orientales ; el 




— 2/9 — 

ebúrneo cuello, el cabello destrenzado, sacudiéndose en desorden al nervioso 
movimiento de la cabeza provocadora, de la frente pálida ; todo era un conjunto 
bañado de luz amorosa, de esencia de vida, de paradisiaca salacidad, en aque- 
llas indianas garzas que volaron de su nido ; en aquellas Psíquis americanas, 
abrasadas por el amor. 

El rey Subtugilebpop hubo de reunir setenta mil combatientes, mandados 
l)or loacap, su general, y cómplice en el robo de las infantas, para afrontar las 
iras del padre de las seductoras hembras. La lucha fue larga y desesperada, 
hasta que vencieron los quichés, y cayó muerto, de las andas de oro, el re_ 
Ralam-Acán. 

Asegura don Juan Macario (Cide Hamete Benengeli de esta verídica his- 
toria) que murieron más de catorce mil combatientes; que se enardeció la 
tierra, tomando parte en la pelea el rey de Cuahutemaila, el de Tesulutlán y los 
Mames y Pipiles ; que continuó la lucha hasta la venida de don Pedro de Al- 
varado, quien se aprovechó para la conquista, de la división en que estos pue- 
l)los se encontraban. El Quiche y el Tzutuhil sucumbieron al fin, junto con 
los demás reyezuelos de tan hermosa región. 

Las princesas robadas, o mejor dicho, las concupiscibles prófugas, dis- 
frutaron de mejor suerte, pues la una se sentó en el trono de Atitlán, y la otra 
se casó con el valido de aquella corte. Cumplieron ambas sus deseos, disfru-^ 
taron de su amor, y según cuenta la tradición, jamás se arrepintieron de haber 
abandonado el palacio del viejo Balam-Acán. 

¿Quién había de presumir que la pasión de las nobles indias, que encendió 
la guerra en estas regiones, hiciera más tarde que Sinacam, rey de los cakchi- 
queles, llamara en son de paz a los conquistadores castellanos, creyendo recu- 
perar, por medio de ellos, las grandes posesiones de que le despojaron sus 
hermanos? 

El rapto de las princesas del Quiche hizo correr a torrentes la sangre de 
los aborígenes de Centro-América, y de tal suerte los dividió, que pudo To- 
natiú, el hijo del Sol, conquistarlos y reducirlos a triste servidumbre. 

Es fama que, de las profundidades del poético lago, surge a las veces, en 
noches tenebrosas, el entristecido espíritu de Balam-Acán y va a posarse en 
forma de misterioso buho, o tucurú, sobre la cima del volcán de Atitlán, como 
para contemplar, en medio de las sombras, el resultado nefando de la liviandad 
de sus hijas. 



CAPITULO X 
LINGÜÍSTICA CENTRO -AMERICANA 



SUMARIO 



La palabra y la aspiración que tiene el hombre de dirigirse a un Ser Supremo, 
son cualidades que lo distinguen de los demás animales. — Las lenguas no fueron 
inventadas. — Hoy se conocen las bases físicas del lenguaje. — En el siglo último 
se alcanzaron progresos grandísimos en la filología. — Los elementos esenciales de 
la palabra humana existen en todas las lenguas. — Una de las cosas sorprendentes 
que hallaron los esnañoles en América fue el gran número de idiomas. — Cuales son 
los principales de Centro-América. — Excelencia del quiche. — Esta lengua ha ofre- 
cido a los sabios harto que admirar. — El Doctor Berendt escribió mucho sobre la 
geografía lingüística de Centro-América. — Algunos sostienen aue los caldeos tenían 
gran número de voces mayas. — El maya y el chorotega son las lenguas más anti- 
guas de América, que se conocen. — Fr. Francisco Ximénez escribe "El Tesoro de 
las lenguas quiche, cakchiauel y tzutugil." — Alfabeto quiche. — Características gra- 
maticales. — Regularidad y concisión del quiche. — Gramáticas de Ximénez y Bras- 
seur. — La gramática de Flores. — La obra de Wagner y Scherzer. — Las de Thiel, 
Ferraz y Fernández. — El que más ha desentrañado el espíritu del maya y del quiche 
es Brinton. — Lugares en que se hablan las principales lenguas indígenas de Centro- 
América. — Artes y vocabularios que escribieron los frailes. — El quekchí. — Su 
estructura, partes de la oración y peculiaridades. — Diversas etimologías que dan al 
nombre GUATEMALA. — Etimologías de varios nombres geográficos de Guate- 
mala. — Aún se encuentran muchos vocablos m.exicanos por estas regiones. — Razón 
de este fenómeno. — Sergi ahonda mucho en la lingüística americana. — Algunos 
curas han sabido bien las lenguas de los indios. — Lecciones de lengua cakchiquel. 
— Clasificación de las lenguas centro-americanas de los antiguos aborígenes. — Uti- 
lidad de una cátedra de lenguas indígenas. — Influencia de estas lenguas en el caste- 
llano que se habla en las repúblicas hispano-americanas. 



La cualidad primaria, que revela supremacía del hombre sobre los demás 
animales, es el uso de la palabra. El lenguaje o sea la expresión del pensa- 
miento, es el reflejo del espíritu general de la humanidad. También tiene el 
hombre otra facultad que le distingue de los irracionales, y es la de hacer 
abstracciones, de elevar su corazón, de dirigir su espíritu hacia un Ser Supre- 
mo, o Causa Omnipotente. El bruto agreste, para escapar de la tempestad, 
corre a su cueva, mientras que el indio salvaje, despavorido de terror, reflexio- 
na y ora. El hombre menos culto percibe una mano tras el relámpago, escu- 
cha una voz que se extiende imponente por el espacio cuando retumba el 
trueno. El más avisado de los animales no tiene para ellos ojos ni oídos. 

El lenguaje es símbolo del pensamiento, la mitología lo es del alma. El 
uno forma la manifestación 'primera que separa lo ideal de lo material, la otra 



— 282 — 

constituye la más noble aspiración del espíritu que distingue lo inmortal de lo 
perecedero. El lenguaje es el pensamiento encarnado. La mitología, es es- 
píritu en su más elevada aspiración (i). 

Existen en el cerebro humano centros del habla, que se encuentran per- 
fectamente circunscritos y determinados como operadores del lenguaje o de 
la palabra articulada. Se conocen hoy las bases físicas de esa facultad admi- 
rable que distingue al hombre de los demás animales. Desde que Aubertin 
planteó el problema, en 1861, ante la Sociedad Antropológica de París, hasta 
que Broca demostró mucho después, que en la parte posterior, a los dos puntos 
de la tercera convolución frontal, está el órgano del lenguaje, se han hecho 
progresos admirables. En el año de 1909 publicó un americano del norte (2) 
una preciosa obra que contiene lo último que se ha escrito hasta hoy, sobre 
los misteriosos centros de la palabra humana. Wernicke y Kussmaul seña- 
laron la existencia de dos centros sensitivos de la palabra. En 1881, Exner 
determinó otro centro, el gráfico; y el Doctor Max. González Olaechea, de 
Lima, presentó al 4" Congreso Científico celebrado en Santiago de Chile el 25 
de diciembre de 1908, una memoria bajo el rubro "El centro gráfico-cerebral es 
independiente de los otros centros del lenguaje." 

Las lenguas no fueron inventadas ; el habla emana de la totalidad del es- 
píritu humano, y es tan esencial al hombre como la razón (Herder). No 
faltan sin embargo filólogos que sostienen que es de invención humana 
Schleicher cree que la palabra no es más que simple organismo de las gesti- 
culaciones vocales ; Gould Brown juzga que el lenguaje es en parte natural 
y en parte artificial : Adam Smit y Degald Steward conceden al hombre la 
facultad de la creación y el desarrollo del idioma, como invento artificial. 
Platón decía que era un don de los dioses otorgado a los hombres. Otra doc- 
trina, llamada por su más entusiasta sostenedor, Mr. Wedgwood, onomato- 
peya, y por el profesor Max Müller bow-wow, explica el origen del lenguaje 
por los esfuerzos del hombre para imitar los gritos de la naturaleza. Así, del 
perro aprendieron los primeros hombres a decir bow-wow; del viento, de los 
pájaros, de los otros animales, aprendieron a llamarlos, imitando el ruido que 
producían. Los aborígenes de Guatemala dan el nombre de chumpipe al pavo, 
porque cuando baila hace chum-pí-pí. Los idiomas de los indios tienen ono- 
matopeyas admirables. 

En tantos siglos los animales no han refinado su lenguaje, y los leones 
rujen, y los ruiseñores gorgean ahora como antes; ni lanzarán nunca los seres 
de esta especie más que ininteligibles gritos, y aunque se les enseñe a hablar 
no transmitirán la palabra a sus pequeñuelos. En las lenguas indígenas de 
Centro-América se nota perfectamente que la naturaleza del suelo y el clima. 



(1) Bancroft. Mits and lantruajres. volumen III. pág. 3. 

(2) Human Speech. its phlsical basls. by X. C. Macnamara. wlth 44 llustraUons.-New York.-D. 
Appleton and Company.— 1909. 



-283- 

influyen sobre el idioma. Hay sonidos que predominan mucho en el quiche 
y son propios de los países montañosos. Su forma y su expresión breves, 
convienen a una raza vigorosa y a un clima frío. Es la lengua de un pueblo 
de viva mentalidad. 

¿Quién puede decir lo que es la voz de los niños? Es el gorjeo del rui- 
señor, el murmullo de la golondrina, el pío del pollo, el maullido del gato ; notas 
de flauta, susurros y gorgoritos infinitamente suaves, gritos y ruidos que des- 
garran los oídos, trinos de soprano, estruendo de voces varoniles, desentonos 
de tenor engolado : todos los sonidos que salen de una jaula de cien pájaros 
y de una orquesta de cien instrumentos (i). 

Las lenguas son formas vivas organizadas, ha dicho Quinet. En la pri- 
mavera se realiza la maravilla del lenguaje, a impulsos del amor; cantan los 
pájaros, y en sus dulces notas se envían sus anhelos ; los soles y las tierras se 
aman, se sostienen, se comunican y se atraen ; la palmera desde lejos pide el 
efluvio de su compañero diluido en los aires ; los planetas reciben de sus lunas 
melancólicos besos. Desde las mariposas que revolotean en torno de las 
flores, hasta las carniceras águilas que tienden sus alas sobre las nubes, todos 
los seres, los delicados y los fuertes, tienen signos naturales para manifestar 
ciertas y determinadas expresiones, en la serie cromática de sus materiales 
necesidades. Sólo el hombre usa el lenguaje articulado, que revela ideas 
abstractas, que se sublima hasta subir a Dios. Ese lenguaje, ha podido la 
inteligencia humana guardarlo, aún después de la muerte del que emitió las 
palabras, que quedan en su cilindro, cual permanecen impresas en la memoria 
aquellas emociones que hicieron huella en el alma y sellaron por siempre el 
corazón. Subid en las escalas de la vida y veréis que el amor se difunde por 
doquiera. La aptitud glosigénica de los hombres es imitación de los sonidos 
naturales. El amor, ese calor benéfico que inunda los espacios como verda- 
dero éter espiritual, a cuyo impulso y lumbre sentimos todos el precio de la 
vida, y pugnamos por perpetuarla y difundirla en tiempos sin término y gene- 
raciones sin fin ; el amor hace palpitar al capullo, murmurar al río, cantar al 
pájaro y orar al hombre. La naturaleza habla con Dios. El suspiro, la queja, 
el llanto, llevan en germen la palabra y la oración. 

Pero volviendo a la filología, cabe consignar que el siglo último alcanzó 
progresos grandísimos. La similitud del sánscrito, griego y latín, teutónico, 
céltico, iránico e índico, hizo reunirías en la familia aria. Al mismo tiempo 
fue causa de que la lengua antigua de los judíos, el arábigo y el aramaico, que 
constituyen la familia semítica, resultaran del todo diferentes del ariano en su 
radical estructura. Las lenguas indo-europeas eran del mismo tronco. Los 
idiomas todos no se derivan del hebreo, como los santos padres decían. La 
lingüística ha podido penetrar en la Bactrania, antes que las inmigraciones 



(1) Amlcis.-Piíírinas sueltas. 



-284- 

que irradiaron al Irán y a la India, esparciesen la cultura de la raza aria, la 
primera en artes, la principal en las letras, la más meritoria en las conquistas 
de la civilización y en los adelantos del mundo. Los trabajos iniciados por 
Grimm, las investigaciones de Bopp, Pott y Benffey, han sido continuadas en 
los tiempos modernos, por Schleicher, Kuhn, Curtins, Renán, Littré, Breal, 
Max Müller, Eastwick, Graziadio Ascoli, y otros profesores que han puesto de 
relieve, con materiales datos, la clasificación morfológica de los idiomas. Si 
Edisson guardó la voz humana en el fonógrafo, como se encierra un pájaro 
en una jaula, la filología moderna ha ido a exhumar el hilo misterioso que 
engarzaba todos los idiomas, al través de las ruinas, entre el oleaje de las vici- 
situdes humanas, en los abismos del tiempo. Horacio, el lírico romano, com- 
paró las lenguas de los pueblos con las hojas de los árboles, las cuales brotan, 
reverdecen, lozanean hermosas, se marchitan, se secan, y al caer muertas. en tie- 
rra, las esparce el vendabal ; el árbol, empero, torna a vestirse de otras nuevas, 
que renacen a su tierrípo. Sólo en los accidentes difieren los idiomas ; los elemen- 
tos esenciales del lenguaje humano existen en todos ellos, como prueba de la 
identidad del alma racional en todos los hombres y de las bases físicas del 
lenguaje. En el mundo nada hay que no evolucione. Al principio fueron 
monosilábicos los idiomas, como el annamita, el chino, el tibetán, el japonés, 
el otomí de América. Después resultaron otras lenguas aglutinantes u holo- 
frásticas, como muchas indígenas del Nuevo Mundo y el tártaro. Más tarde, 
aparecieron los idiomas de inflexión (i ). 

Hoy ya no se discute la teoría de lenguas artificiales, hechas mediante 
directa convención. ¿Cuál era entonces la lengua anterior? Puede haber 
palabras aceptadas por convenio; pero jamás hubo convenciones para aceptar 
palabras. Los hombres siempre han hablado ; no hay memoria de un pueblo 
mudo. El lenguaje es atributo de la sociedad. El germen del idioma 
— cpie es hecesario al hombre colectivamente — fuéle otorgado por su Forma- 
dor. Después las mayorías habladoras han dictado sin quererlo, las leyes de 
cada idioma. 

Con razón ha dicho un notable escritor francés, que si las palabras se 
mirasen bien, veríamos en ellas la historia de una raza y de una^ nación, su 
verdadera historia, no la que revelan las guerras, los tratados de paz y los actos 
de gobierno, como tampoco la apariencia exterior y el énfasis de los siglos, sino 
la vida real y profunda, el íntimo ensueño del existir más auténtico y esencial 
que cualquier otro linaje de amplias y grandiosas manifestaciones. Así pudo 
el sabio doctor Berendt reconstruir la geografía étnica de Centro-América, por 
medio de la clasificación y distribución de las lenguas ; y por el estudio del 



;i) Life and Grouth of lanyuaee.— Whitney. 




-285- 

quiche, llegó Brinton hasta dilucidar el concepto psicológico que del amor 
tuvieron nuestros indios más civilizados, y redactó una obra interesante sobre 
los escritores y producciones de la América precolombina (i). 

Las lenguas americanas antiguas ofrecen, desde rnuchos puntos de vista, 
gran interés. Se han hecho estudios de ellas en los últimos años, que arrojan 
luz sobre cuestiones de alta trascendencia. Por lo que concierne a las lenguas 
que los españoles hallaron en el istmo de Centro-América vamos a dar una idea 
general, y a explicar someramente la formación y origen de la más perfecta de 
ellas que es el quiche; el más admirable de los idiomas antiguos del Nuevo 
Mundo, hasta el punto de que por algunos se considera como Volapuk ame- 
ricano (2). 

Una de las cosas sorprendentes que encontraron los españoles en América 
fue el número tan crecido de idiomas. Las investigaciones de los pocos filólo- 
gos que han hecho estudios profundos, han venido a demostrar los hechos 
siguientes: 1" — Que hay relación entre todas las lenguas del Norte, del Sur 
y del Centro de América ; pero que tienen peculiaridades características que las 
distinguen del habla de las demás razas del mundo. En ninguna otra parte de 
la tierra se encuentran idiomas tan persistentes y con caracteres tan análogos, 
esparcidos por tan vastas regiones y entre diversas razas. 2? — Que los dialec- 
tos tienden a desaparecer entre los mismos indios, así como tiende toda la raza 
aborigen a perecer, en el transcurso de los siglos, o a confundirse con otras. 
3° — Que, como lo nota Whitney, tienen tales idiomas elementos caracterís- 
ticos indestructibles, de tal suerte, que mientras subsistan, ninguna circuns- 
tancia de tiempo ni de lugar podrá borrar. 

Una de esas cosas características es la frecuencia de palabras larguísimas. 
Hasta el otomí, única lengua que propiamente se puede llamar monosilábica 
en América, consistiendo en su mayor parte en etymos de una sílaba, contiene 
algunas voces extensas. La frecuencia de términos largos, el método de su 
construcción y la facilidad con que están elaborados, constituyen un rasgo sa- 
liente de la fisonomía de tales lenguas, en medio de sistema de unidad que pre- 
valece en todas ellas. El aborigen de América expresa con una sola voz, acom- 
pañada tal vez de un gesto o flexión, lo que un europeo hubiera dicho en una' 
larga frase. Aglomera el indio el mayor número de ideas en. la menor cantidad 
posible de palabras. Esta regla es universal, y así vienen a ser aquellas len- 
guas, como dice Humboldt, "diferentes substancias en análogas formas." La 
peculiaridad lingüística de expresar con la misma palabra, no sólo lo que mo- 
difica o se refiere al mismo acto o sujeto, sino ambos, el sujeto y la acción, 
concentrando así en una singular palabra una compleja idea o varios pensa- 
mientos entre los que hay notable conexión, les da a las lenguas de los indios 



(1) Aborisrinal American authors and their productlons, ospeclally those In Uie nativo lan»rua»ros. 

(2) ^lelansrcs de Fhilolotrle et de Faléodrapliie amerlralne.— Leroux, 1883. París, 
Pliiladelpliia. 188:i.-tS pagres. 



— 286 — 

americanos cierto carácter, que Duponceau llama polisintético, Wilhelm y 
Humboldt aglutinante, Lieber holofrástico, y otros denominan incorporativo. 
Como ejemplo, citaremos la palabra azteca valor de correo o sello postal, ama- 
tlacuilolitquitcatlaxtlahuilli, que literalmente quiere decir "pago por llevar un 
papel en el cual está escrito algo." Otra peculiaridad bastante comvín en las 
lenguas indígenas de estos paises, consiste en la reduplicación o repetición de 
una misma sílaba para significar el plural ; el uso del frecuentativo y del dual : 
la aplicación del género a la tercera persona del verbo ; la conversión directa de 
substantivos y adjetivos en verbos; genérica di'ítinrión proveniente de la dife- 
rencia de seres animados e inanimados (i). 

La lingüística americana ha ofrecido a los sabios una fuente inagotable de 
discusiones y estudios profundos. Más de seiscientos idiomas puros, bien for- 
mados, encontraron los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo (2) que 
era la parte menos poblada del globo, y que sin embargo tenía un grupo más 
considerable de lenguas, hasta formar veintiséis razas lingüísticas diferentes, 
según enseña el más erudito de los filólogos modernos, el célebre Max 
Müller (3). 

El abate Brasseur de Bourbourg. que es el que más ha escrito sobre la 
lengua maya-quiché, sostuvo que tenía muchas analogías con los idiomas arios 
europeos. Cuando el mexicano P. Náiera demostró que el otomí (otomitl) 
conservaba estrecho parentesco con el chino, muchos sostuvieron que del Asia 
habían venido los primeros pobladores americanos; pero después han tomado 
rumbo contrario las ideas. Se considera que la filología es la base de la etno- 
grafía, y el doctor Berendt, sabio norte-americano, con el cual tuvimos amis- 
tad, escribió mucho, como ya indicamos, acerca de la geografía lingüística de 
Centro-América, y de las diversas teorías de orígenes y de predecesores. 
Morton, Maury, Ludwing y cuantos han tratado de las lenguas de estos países 
del Nuevo Mundo antes de la conquista, encuentran conexiones indiscutibles 
entre todos los pueblos del Continente. El erudito Pimentel, demostró perfec- 
tamente (4) que estos idiomas son autóctonos. El señor Chavero, en la 
lujosa obra "México al través de los siglos" (5) sostiene que la analogía que 
existe entre el chino y el otomí, hace sacar por consecuencia que los chinos 
proceden de los primitivos otomíes, con cuyos tipos coinciden. "Probada, 
dice, la existencia entre nosotros del hombre posterciario, aparece más moder- 
no el chino, y por lo mismo, es más lógico decir que éste salió de aquí. El 
pueblo monosilábico ocupa en la antigüedad todo nuestro continente : los chi- 
nos ocupan primitivamente una pequeñísima parte del Viejo Mundo, y es 
natural deducir que lo menor salió de lo mayor. Las tradiciones de los chinos 



(1) Ethnofirraphy and Philolotry of América.— Central América.— Keane, 1878. 

(2) The Llterature of american Lanfiruajres. by Hermann E. Ludwlif.— London. En la coleccldn 
Polldlómlca Mexicana, se contiene la oración dominical en 52 Idiomas. 1860. 

(3) Collected Works.— Lonjrmans Green and Cpmpany. London. 1899. La Sclencle du Lan«ra(re. 

(4) FUoloírfa Mexicana, México, Tlp. de Epsteln. 1875.— Disertaciones y escritos varios. 

(5) Tomo I. pátr. 70. 



-287- 

nos los presentan, en un principio, como una colonia que se establece en medio 
de pueblos extraños, lo que acredita que llegaba de otros lugares ; y como el 
monosilabismo no pertenecía a los pueblos existentes entonces en el mundo 
a que llegaban, hay que creer que lo llevaban del mundo en que era la lengua 
natural. Los chinos pugnaron por extenderse y se extendieron a su occidente : 
luego iban de un lugar que estaba al oriente de ellos, es decir, de nuestro 
Continente." 

El americanista Augusto Le Plongeon (i) en su interesante obra "Queen 
Móo and the Egyptian Sphinx (2) dice que "no cabe duda de que los aca- 
dianos o caldeos tenían en su lengua muchas voces mayas. Tomemos, por 
ejemplo, las últimas palabras, según San Mateo y San Marcos, que Jesucristo 
pronunció en la cruz, cuando le acercaron una esponja mojada en posea (bre- 
vaje que llevaban los soldados romanos, en sus espediciones, compuesto de 
vinagre, agua y miel): Eli, Eli, lamah sabachthani." 

Nada extraño es que los que estaban ahí no las entendieran, cuando hasta 
hoy los traductores del Evangelio, no saben el significado de tales voces, y 
creen que dijo : "¡ Dios mío. Dios mío, por qué me habéis abandonado !" Esto 
no era propio del Hombre Dios, ni siquiera de un creyente. Hele, Hele, lamah 
zabac ta ni (maya) quiere decir, "ahora ya me desmayo: las sombras cubren 
mi rostro," o según las palabras de San Juan : "todo se ha consumado." (3) 

"Los caldeos creían que una mujer había reinado sobre todos los mons- 
truos del mar y de la tierra, su nombre era Thlalath, que los griegos traduje- 
ron Thlalassa, palabra con la cual denominan al mar mismo ; en maya Thallac, 
denota una cosa sin fondo, como creían que era el mar. La influencia de los 
caldeos se hizo en Roma muy general, por la adivinación y artes ocultas (4). 
Cuando los exorcistas sacaban al espíritu maligno, decían: ¡ Hilka, Hilka! 
¡Besha, besha!, que en maya, tal como se habla por miles de gentes en Yuca- 
tán, quiere decir: ¡Fuera, fuera, espíritu malo, espíritu malo! (5) 

J. Collin de Plancy, en su "Dictionnaire Infernal," bajo el título de pala- 
bras máíficas, enseña aue la mordedura de un perro rabioso, podía curarse 
usando la frase "Hax, pax, max, (la x se pronuncia como sh inglesa) que el 
autor ignoraba que quería decir atribuyéndola a superstición ; pues bien, en 
maya significa : ligadura, música y pimienta, porque los indios ataban con una 
cuerda el miembro mordido, como para evitar la circulación, y empleaban la 
música para calmar los nervios, agregando al paciente una untura de myrtus 
pimenta y poción de huaco o de ajo. 



(1) Ese autor conocía bien la lengua maya, por haber vivido catorce años en Yucatán: pero su obra se 
recomienda más por sus preciosos grraíjados, que por el texto a veces apasionado. 

(2) Páff. 38, edición de Nueva York.-18íW 
«) San .luán, cap. XTX ver. 30. 

(4) Cicero, de Natura Deorun. 

(5) Senomant y Chevaüer.— Ancient llistory of tlie East, vol. 1. piítr. 448. 



— 288 — 

En la teogonia antigua del Indostán se hallaba el dios Assur, en maya 
Axul, quiere decir a xul — tu fin — ¡azul, el color del cielo, del firmamento !" 

Agrega Le Plongeon que los antiguos mayas se extendieron por las már- 
genes del Nilo, escogieron la Nubia, a la cual llamaron Maiú, en las tierras del 
sol poniente, y dominaron despuéss Mayach (i6) a la región sumergida de la 
cual procedían. Sigue aquel americanista, paso a paso, la peregrinación de 
los mayas, desde los hogares de Centro-América hacia las regiones del Oeste, 
al través del desierto de Siria, hasta Egipto, de donde se esparció la cultura 
greco-latina, que miles de años después trajeron los españoles a este hemis- 
ferio, que llamaron Nuevo Mundo, siendo así que era el más viejo, acaso la 
cuna de la humanidad. El Manuscrito Troano así lo demuestra, y Brasseur 
de Bourbourg, al hablar de "Las Naciones Civilizadas de México y Centro- 
América," explica largamente los orígenes y transformaciones de los mayas. 
En la lengua de éstos y en la de los quichés, el thla griego es todavía thlán, 
como Atitlán, Amatitlán, lugar de agua. El léxico quiche contiene la mayor 
parte de las raíces que han servido de clave a Mr. Fray para demostrar el ori- 
gen annamita de muchísimas lenguas. Acaso en un principio el quiche y el 
annamita fueron una sola lengua. Jesucristo, como la mayor parte de los 
habitantes de Palestina, hablaban por aquel tiempo dos idiomas, el dialecto 
nativo, aramaico, procedente del caldaico, y el griego que por uso inmemorial 
se había naturalizado en el país. Al hablar el Nazareno con el Centurión ro- 
mano, y al contestar a sus acusadores ante Pilatos, Jesús habló en griego. AI 
discurrir con sus discípulos, en Judea y en Galilea, habló en aramaico, el idio- 
ma que todos ellos usaban y comprendían. 

Don Francisco Fernández y González, en la interesante conferencia que 
dio en el Ateneo de Madrid, con motivo del centenario de Colón, hizo muchas 
comparaciones entre el griego moderno y la lengua quiche, juzgando análogos 
ambos idiomas. En la lingüística, en la etnografía, en la geología, y en otras 
ciencias, hay pruebas palmarias de que el continente americano es antiquísimo 
y que sus primitivos pobladores se remontan a la antigüedad más remota. El 
maya, del cual se deriva el quiche, tiene al decir del abate Basseur, una sen- 
cillez y regularidad maravillosas. Los dialectos que se hablan cerca de Yuca- 
tán y Belice son los más semejantes al maya. 

¿Será realmente América la cuna del género humano? No podríamos 
nosotros decir si aquellos autores están en lo cierto cuando opinan que los 
chinos salieron de los otomíes. Por más que el Nuevo Mundo sea muy viejo, 
es harto difícil remontarse a los orígenes de las cosas ; porque, como decía 
Quatrefages "acerca de ello nada sabemos." En los últimos tiempos, se han 
descubierto monumentos de los asirios y babilonios, que dejan comprender 
que eran asiáticos los primeros pueblos, según, opinan generalmente todos los 



(1) Heroíloto. Historia. Libro 1 1. 




historiadores ; pero como la tierra sufrió grandes transformaciones geológicas, 
no es dable saber a punto cierto cuál sería la cuna de la humanidad, ni si en 
la perdida Atlántida estaría el principio del género humano. La Lemuria con- 
tinente hoy sumergido, según Heakel, el norte del Asia, quedaba frente a 
Yucatán. 

Lo que sí está averiguado, y fuera de duda, es que la lengua maya y la de 
los chorotegas son las más antiguas de América, y que de ellas se desprendie- 
ron después de muchos siglos otros dialectos, como son los siguientes : totonac, 
chipanec, tloque, zotzil, zeldalquelén, verbetlateca, mam, achie, guatemaltec, 
cuettac, hirichota, poconchí, caechicolchí, tlacacebastla, apay, plotón, taulepa, 
ulúa, quiche, cakchiquel, tzutugil, chortí, alaguilac, caichi, ixil, zoque, coxoh, 
chañabalchol, uzpantec, aguacatec, kecchi y maya adulterado. Los idiomas de 
la costa occidental de África provienen del annamita, tan parecida al maya (i). 

Como consecuencia de la cultura de un gran pueblo, brotó del maya el 
idioma quiche, que hace en la historia de estas regiones americanas, el papel 
que hizo el griego, en la cultura de las sociedades antiguas del otro hemisferio. 

En los últimos tiempos históricos vino confinándose desde Chiapas y 
Soconusco hasta Guatemala, esa preciosa lengua, por virtud de las varias in- 
vasiones nahoas, y especialmente la méxica ; de tal suerte, que el núcleo quiche 
de las márgenes del Usumacinta, que es el Nilo de América, retirábase siem- 
pre hacia el Sur, y dejó un pueblo civilizado, que en medio de los bosques pa- 
radisiacos (quiche, muchos árboles) tuvo peculiar cultura, innumerables rique- 
zas, curiosa teogonia, artes y costumbres raras. Su idioma, sobre todo, llamó 
desde un principio la atención de los religiosos, que como sabedores de la gra- 
mática y del latin, podian conocer las perfecciones de las lenguas nuevas para 
ellos, no obstante que las preocupaciones hacian mirar con malos ojos cuanto 
revelaba alguna cultura en la raza indiana. De lo mismo que los cronistas y 
curas han escrito, dedúcese que siempre veia la generalidad, a través del fana- 
tismo, cuanto se relacionaba con los infelices conquistados. El Padre 
Fr. Francisco Ximénez escribió "El Tesoro de las lenguas Quiche, cakchiquel 
y Tzutugil," y en esa curiosísima obra, dice que la lengua quiche "causa admi- 
miración a quien bien la considere, por su método tan regular, pues jugando 
todo el alfabeto, desde la a hasta la z, va formando vocablos monosílabos, ya 
con una, ya con dos, ya con ninguna consonante, que es maravilla el ver tal 
orden, y que si alguna lengua se puede decir que es formada por el Autor So- 
brenatural, es ésta, y no por el demonio, como algunos han dicho por ser ene- 
migo de todo orden." 

Ciertamente que no fue por ésto por lo que muchos declararon que el 
cjuiché era lengua del diablo, sino porque desde los primeros días de la con- 



(1) Charrenoey.— Chrestomathic de la lantrue Maya anlUnio.- l'arls, 1875. 



2ijO — 

quista se atribuyó a los indios que judaizaban, como que parecía que hacían 
uso en sus lenguas de voces hebreas, y hasta hubo quien en su ingnorancia 
dijera que algunos de estos dialectos aborígenes eran hebreo corrompido (i). 
No pocos frailes, que sólo tenían nociones de la lengua de los judíos y un co- 
nocimiento superficial de algunos idiomas de los pobres indios, a quienes se les 
miraba con desprecio, creían firmemente que el quiche y el hebreo eran 
hermanos. 

Las letras usadas en la lengua quiche fuera de algunos sonidos cpie no 
pueden representarse por eJ alfabeto común, son : a, b, c, e, h, i, k, 1. m, n, o, p, 
q, r, t, u, V, X, y, z, tz, tch. 

El género se expresa anteponiendo al nombre la voz ixok o sea mujer, 
V. g. coh, león, ixokcoh, leona : mun, esclavo, ixokmun, esclava. El sonido ish 
expresado por la letra x, denota desprecio, inferioridad, y se usa para significar 
el femenino de las cosas haladles. U, en quiche y Ru en cakchiquel, son pro- 
nombres posesivos o dan a entender posesión por parte del nombre que sigue. 
Las partículas re y ri se usan a veces con igual propósito : — U chuc ahpop, la 
madre del príncipe : qui quoxtum tinamit, las murallas de la ciudad. Antes de 
las vocales a, o, u, se cambia en c: y antes de e, i, se cambia en q. El adjetivo 
va antes del substantivo, como en inglés ; zaki ha, blanca casa. El substantivo 
se forma del adjetivo, agregando la sílaba al, el, il, ol, ul, nim, grande : nimal, el 
más grande : zak, blanco : zakil, la blancura ; utz, bueno ; utzil, lo más bueno. 
Esos mismos sustantivos pueden tornarse en adjetivos otra vez, añadiéndoles 
la partícula ah, nimalah mak, ran, pecado ; utzilah achí, buen hombre. Por el 
mismo procedimiento todos los sustantiví)s, i)ueden convertirse en adjetivos, 
agregándoles una de las partirnlas alah, elah, ilah, olah, etc.. ahau, rey a señor; 
ahaualah, real. 

Para significar el comparativo, se emplea el participio i)asaílo del verbo 
iqou (sobrepasar) que es iqouinac, y otras veces la palabra yalacuhinak, de 
yalacuh, exceder. Por ejemplo, nim, grande, iqouinak chi nim u hebeliquiil, 
el sobrepasa lo grande ; Iqouinakchi nim u hebeliquiil ka xotahau Gapoh María 
chiqui vi conohel ixokib, quiere decir literalmente : "Sobrepasa en gran belle- 
za Nuestra Señora la Virgen María a toda otra mujer." El superlativo se ex- 
presa por la sílaba maih, muy grande o mucho ; nim, grande o grandemente ; 
tih, xoo, qui, mucho, todos los cuales se colocan antes de la palabra y seguida 
de la sílaba chi ; maih chi tinamit, muy gran ciudad ; xoo gatan, muy gran 
calor : tih nima ha, muy gran casa. El adverbio lavólo o lolo se usa también 
con el mismo objeto: lavólo o lolo cou chabana, tómalo fuerte. 



(1) Sobron.— Las leiisruas americanas. 




Los nombres de colores se duplican para expresar el superlativo como 
rax rax, muy verde, zak zak, muy blanco. Las sílabas reverenciales son lal y 
la: lal nu cahau, vuestra excelencia es mi padre: in alcual la, yo soy el hijo de 
vuestra excelencia. 

PRONOMBRES 



Yo o mi 

tú 

El 

Yo mismo 

tu mismo 

El mismo 

Nosotros 

Ustedes, vosotros 

Ellos 

Nosotros mismos 

Vosotros mismos 

Ellos mismos 



m, nu nuv 
at, a 
are, ri, r 
xavi in 
xavit at 
xavi are 
oh 
yx 
e, he 
xavi hoh 
xavi yx 
xavi e. he 



Cuando comienza un nombre con consonante, se usan, en singular, nu, a, 
u, y, ka, y, qui,.en plural. 



Mi esclavo 

Tu esclavo 

Su esclavo (de él) 

Nuestros esclavos 

Sus esclavos (de ellos) 



nu mun 
a mun 
u mun 
ka munib 
oui munib 



Quién ? 

Quién soy yo? 

Quién eres tú? 

¿Quién es éste? 



naki, achinak, apachinak. 
apa-in-chinak . , 
apa-at-chinak 
apachinak-ri 



Yo soy 
Tú eres 
El es 
Nosotros 
Vosotros 
Ellos son 



somos 
sois 



m ux 
at ux 
are ux 
oh ux 
yx ux 
he ux 



— 292 — 

Hemos querido poner estos pocos ejemplos para dar una idea de la regu- 
laridad y concisión del quiche ; pero en una monografía sobre lenguas indíge- 
nas no cabe extendernos más, remitiendo al que desee tener cabal concepto de 
ella, a las gramáticas del gran quicheista Ximénez, Brasseur y el P. Flores, 
bien que todas tienen el defecto de haber tenido por norma, para sus clasifica- 
ciones y formas, la gramática latina de Nebrija, como le ha sucedido a la Real 
Academia Española, con respecto a la lengua castellana, que siendo romance, 
todavía tiene mucha más atingencia con la lengua del Lacio, que no con el qui- 
che, ni el cakchiquel, cuya analogíy remota pudiera ser con el annamita, el 
hebreo, el caldeo y el cuskera (Grammaire de la langue Quichée. Brasseur de 
Bourbourg). 

El tzutugil y el cakchiquel tienen más relación entre ellos, que el cakchi- 
quel y el quiche, bien que conservan bastante analogía. 

El cakchiquel ha sido objeto de estudios muy importantes, como los de 
Fr. Esteban Torresano, el P. Flores y últimamente el doctor Otto StoU, que 
vivió durante muchos años en Guatemala. La raza de esos indios muestra su 
superioridad en muchas cosas, por la energía de sus expresiones y la belleza de 
su lengua. Mr. Brinton escribió una gramática de ella, y publicó en cakchiquel 
y en inglés, "Los Anales de los cakchiqueles," o sea el "Memorial de Tecpán 
Atitlán." 

Juzga Lubbock (i) que el punto de mayor interés en el lenguaje es el de 
numeración. Los quichés tenían un sistema ingeniosísimo. Al paso que el 
nuestro íleva por base el 10, del número de los dedos de la mano del hombre, 
aquellos indios contaban todos los. dedos, incluyendo los de los pies, es decir 
que tomaban 20, y contaban por veintes. Expresaban con puntos los números 
hasta 4, y si se repetía este número empleaban rayitas horizontales, así : 
i^ significa 13. — Los números .sobrepuestos indicaban múltiples de 20. Por 
ejemplo, se escribe 149, por un 7 colocado sobre un 9 7777 y entonces la cantidad 
se desenvolvería así: .7 x 20 = 140 -f- 9. 

Eran los signos : 

i 2 '2 4 5 6 7 8 910TTT213nT5TG 

y así sucesivamente. Conocían el o cero. Compárese este método con el de 
los números romanos, y se verá que los mayas y los quichés estaban más ade- 
lantados, cuyo sistema, al decir de Pinochet, era más natural, claro y sencillo 
que el arábigo, que nosotros usamos (2). 



(1) Los orígenes de la civilización, cap. IX, uág. 376. 

(2) Trábalo del 4? Conjíreso Científico de Chile val. XI, páj?, 183 




— 293 — 

Volviendo a tratar de las lenguas de Centro-América, diremos que en 
Honduras se conocen muchos dialectos, y el Caribe de las costas de la bahía y 
de las islas cercanas, resulta ser el mismo que se usa en las Islas Occidentales. 
Kl doctor Berendt es quien mejor clasificó los grupos de esos idiomas, criti- 
cando lo que acerca de ellos había escrito Squier. Desde el cabo de Honduras 
hasta el río San Juan, y en las islas que se extienden hasta el río Negro, se usa 
el Mosquito. Por el río Patuca, el Towka y en el río Seco, el dialecto de este 
nombre. Cerca de Nicaragua el Valiente y el Rama. En el interior el Querrá 
y Woolwa. El Zambo y otros dialectos ■^ambién se usan por muchos indios. 
La principal de todas esas lenguas es el chorotega. El Populuca es un idioma 
muy enredado y primitivo. 

Sobre las lenguas de Nicaragua se ha publicado bastante. Fuera del 
azteca, las principales son el coribici, el chorotega, el chontal y el orotiña, al 
decir de Oviedo, Gomara, Boyle y otros historiadores. 

En Costa-Rica se conocen vocabularios de las lenguas de los guatusos, 
blancos, valientes, talamancas, etc. En la obra de Wagner y Scherzer sobre 
Costa-Rica (página 562) en las del obispo Thiel, en las de Peralta, y en las 
interesantes publicaciones que han hecho los señores Ferraz y Fernández, 
pueden encontrar mucho, sobre idiomas indígenas de estos pueblos, los aficio- 
nados a la filología americana. Los "Apuntes lexicográficos de las lenguas y 
dialectos de los indios de Costa-Rica" del señor Thiel, son muy interesantes. 

Por lo demás, lo que falta por hacer en las lenguas indígenas de América 
es la indagación filosófica y lirhgüística de la manera particular de pensar de los 
indios, ya que las razas piensan en conformidad con la lengua que hablan. No 
hay una manera absoluta de pensar, sino que cada idioma tienesu mentalidad, 
su psicología, su modo especial de unir las ideas y formar los juicios. El que 
más ha desentrañado el espíritu de las lenguas quiche, cakchiquel y maya, es 
Brinton, no poniéndolas en el lecho mortífero de Procusto, en el molde de la 
gramática latina, sino en medio de los bosques del Usumacinta y al través de 
la historia de aquella raza distinguida y antigua. Entre nosotros el Coronel 
Elgueta es especialista en esta materia tan interesante. 

Si la lingüística se considera hoy como uno de los principales ramos de la 
etnología, no es menos cierto que la cuestión vital, al decir del sabio Humboldt. 
que dedicó la última parte de su vida al estudio sociológico de las lenguas, es 
qué influencia tiene o ha tenido el habla de una nación en su capacidad inte- 
lectual, moral y económica ; es decir, en su idiosincrasia, en sus fases históricas, 
en sus progresos y en sus caídas, ya que la lengua, como los pensamientos y 
sentimientos de un país, vienen de sus antecesores, y las palabras y el genio 
del idioma constituyen sellos formados por herencia también. Las palabras 
son reflejos de la mente y ecos del corazón. Si Cuvier pudo reconstruir los 
animales antediluvianos por huesos disgregados, hoy la ciencia halla el alma 



— 294 — 

de los pueblos en sus lenguas mismas. Por el hilo de oro que engarza las 
perlas del pensamiento, reconoce el artista el valor y mérito que tenían (i). 

Los conquistadores y aun los eruditos de aquella época tan garande como 
ruda, no paraban mientes en todo eso; ni qué habían de detenerse a conside- 
rar si las lenguas americanas llevaban en su índole, estructura y sonidos, el 
meollo, el espíritu de pueblos que habían sido poderosos y muy notables, 
cuando lo que aquellos férreos soldados hispanos pensaban era que los indios 
carecían de razón. Bastante hizo el licenciado don Diego García del Palacio, 
en 1576, al dirigir al rey de España una carta, en la que encomiaba los siguien- 
tes idiomas, que por estas tierras se conocían : el mame, achí, chinautec, huta- 
tec y chirichota, en Suchiltepequez y Guatemala ; en Jutiapa, Salamá y Baja 
Verapaz, el pipil ; en la Alta Verapaz el poconchi y el cakchicolchi ; en Chiqui- 
mula el tlacacebasta y el apay ; en Chiquimulilla y Jalapa el xinca : en la comar- 
ca de San Miguel el potón, taulepa y ulúa ; en San Salvador el pipil, y en Nica- 
ragua el nahualtl, el chorotega, el corobici, el chontal, el guetar. el orotiña, etc. 

Muchas de esas lenguas han desaparecido, como el alaguilac, que se ha- 
blaba en el pueblo de San Cristóbal Acasaguastlán, departamento de Zacapa ; 
el popoluca, que .se usaba en Moyuta y Conguaco, de Jutiapa ; el pipil de Es- 
cuintla, y el chol que fué idioma de una nación poderosa que vivía al Sur del 
Peten, y cuyos restos se ven en el Palemke. 

Preciso es reconocer que hubo laudable empeño de parte de los religiosos 
españoles en escribir gramáticas, vocabularios y doctrinas cristianas, en len- 
guas indígenas de América. El Padre Fr. Ildefonso Flores escribió el "Arte 
de la lengua Metropolitana del reyno Cakchiquel," en 1753. El dominicf) 
Marcos Martínez escribió la "Gramática Quiche"; el mercedario Castelú, la 
de los lacandones ; el franciscano Rodríguez, un "Arte y Vocabulario Cakchi- 
quel" ; Fr. Esteban Torresano otra obra análoga ; Francisco Porras, el "Diccio- 
nario quiche, cakchiquel y tzutugil" ; Fr. Juan Torres dejó un "diccionario de 
varias lenguas"; el Padre Cadenas, los "Vocabularios cakchiquel, quiche y 
poconchi" ; el ilustrísimo Fr. Tomás de Cárdenas redactó un "Arte de la lengua 
Cakchi" ; y el inolvidable obispo señor Marroquín, escribió e hizo imprimir una 
"Doctrina Cristiana," que tiene, sobre el mérito lingüístico e histórico, el de ser 
obra de aquel santo varón que enfervorizó los primeros años de la colonia. 

Es muy interesante aunque poco extenso, el vocabulario en veintiuna 
lenguas del reino de Goathemala, mandado formar a fines del siglo XVIII, por 
el rey don Carlos III, y que se imprimió en Costa-Rica, por los señores Guardia 
y Ferraz, en 1892. 

Es digno de recordarse que el P. Fr. Pedro de Betanzos fué el primero que 
mandó imprimir a México, en aquella imprenta mendocina, el Catecismo de la 
Doctrina Cristiana en lengua guatemalteca. Este fué, pues, el primer libro 



tiuli CiiUrl. vol. TT. Grazladio-.T Ascoll. 



— 295 — 

que se dio a la estampa en el idioma de estas tierras. Después salió impreso 
también en México, el del señor Marroquín, con el título siguiente: "Doctri- 
na Cristiana en lengua guatemalteca (cakchiquel) con parecer de las Religiones 
del señor santo Domingo y san Francisco : Fr. Juan de Torres y Fr. Pedro de 
Betanzos" 1553. *En el año 1724 se reimprimió en Guatemala, por el Br. Anto- 
nio Velásco. En el año 1786 se publicó en la Nueva Guatemala, en la imprenta 
de don Mariano Bracamonte, llamada de las Benditas Ánimas, un "Tratado de 
la vida y muerte de Nuestro Señor Jesucristo," en lengua cakchiquel. En 
1762, imprimió don Sebastián de Arévalo, en la Antigua Guatemala, una Doc- 
trina Cristiana, en cakchiquel. El licenciado, don Ramón G. Saravia, publicó, 
hace algún tiempo, un vocabulario quekchí, que tiene la ventaja de estar en 
forma gramatical, y que debía haber sido acogido con más interés y alguna 
recompensa. 

La tribu quekchí, que es antiquísima, contribuyó a la cultura de los mayas 
y a la elaboración de su calendario. Los famosos héroes de la mitología 
quiche, Hunahpú y Xbalanqué, representantes del sol y de la luna, salieron de 
Carchaj, importante pueblo quekchí, del departamento de la Alta Verapaz, en 
'a República de Guatemala. La lengua que ahí se habla es muy interesante, 
filosófica y expresiva. Dice el mismo señor Saravia "que el artículo determi- 
nante li correspondiente al español el, es en plural eb li. Las declinaciones se 
hacen como en castellano por preposiciones. Así, del genitivo re, de ; del dati- 
vo reech, para ; del acusativo aj, á ; y del ablativo riquin, con ; re, de ; cagnac, 
desde ; sa, en ; isch ban, pogui, sin ; issbeen, sobre ; y chirisch, tras. 

El artículo indeterminado un, es jun. Su plural junchol. El artículo no 
denota género, en quekchí ; pero como va con el nombre que sí denota género, 
se comprende bien si es masculino o femenino. En cambio, como el nombre 
no tiene número, lo expresa por medio del artículo, con lo que se vé que ambas 
partes de la oración se prestan servicios mutuos. Ejemplo: el hombre, li- 
guínc; los hombres eb-liguinc. La muier, li-isch; las mujeres, eb-li-ische. 

Los nombres propios tienen abreviaturas, como Mar, por María ; Manu, 
por Manuel; Cantel, por Candelaria; Tir, por Mártir, etc. En esta parte, 
creemos que el señor Saravia debía haber advertido que esto de los nombres 
propios, no es más que castellano corrompido, como que en el verdadero quek- 
chí, no existen tales nombres propios cristianos. 

Hay nombres primitivos, v. g. gua, pan : Derivados, caxlanguá, pan es- 
pañol. Simples : chabil, bueno : cachin-chabil, buenito. Colectivos : tenamit, 
Pueblo. Partitivos : jach, mitad. Proporcionales, caguá, duplo. Aumentati- 
vos : nimblá, gran guiñe, hombre. Digiinutivos : china, pequeño, guiñe, hom- 
bre. Los adjetivos tampoco tienen distinta terminación genérica, y el plural 
lo forman por el artículo. Ejemplos : us, bueno ; maus malo. 

En la conjugación con auxiliares, casi nunca varia la palabra matriz. Así 
raoc, amar, suena raoc en casi todos los tiempos, aunque en ésto suele haber 



— 296 — 

irregularidades. Tanto por su estructura como por su gramática es digna de 
estudiarse esta lengua quekchí. 

Conservo en mi colección un testamento kekchí, escrito en el siglo XVI, 
encontrado en Carcha, y remitido en copia por Mr. Sapper al^Museo de Berlín. 
Contiene ese precioso documento antiguo muchas palabras que ya los mismos 
indios no entienden bien hoy, acaso por haber caído en desuso. El testamento 
es la última voluntad de una viuda moribunda, que deja un sitio o solar sem- 
brado de chiles, un poco de ropa, una piedra de moler maíz, unas cuantas fa- 
negas de ese grano y algunos otros objetos. La mayor parte se lega para 
pagar misas en sufragio del alma de la testadora. La fecha del testamento es 
el 3 de diciembre de 1583. Se encuentra traducido al inglés con nuichas 
observaciones, por Roberto Burkitt, y publicado en la "American Anthro- 
pologíst. (i) 

Varias lenguas van desapareciendo, como la pupuluca, que se habló en 
varios pueblos de El Salvador, y que apenas queda en Yu])iltepeque, y como 
la sinca, que es congénere de aquella y derivada de un idioma distinto de los 
otros aborígenes de Guatemala (2). 

Pasando a tratar de las etimologías, no están de acuerdo los autores acerca 
de la (|ue corresponda al nombre de nuestra patria, Guatemala. Remseal 
piensa que en lengua india significa "donde se echa la madera." ¡''ncntcs y 
Guzmán afirma (|ue trac su origen de la voz mexicana Coctemalan, palo de 
leche, hule. J narros opina (jue viene de Quahutcmali, palo podrido. Ximéncz 
dijo (jue se derivaba de Cuahutimal, fuente de betún amarillo. Garcia Peláez 
pensaba que se traía de Guatezmaha, (¡ue en tzendal significa cerro que arroja 
agua. Bancroft, Milla y otros, sostienen que la etimología es Quahutemalan, 
nombre del pueblo Iximché, al cual llegaron primeramente don Pedro de Alva- 
rado y sus compañeros, en son de paz, habiéndose fundado el 25 de julio de 
1524, la primera capital del reino de Goathemala, con el nombre de Cibdad de 
Santiago de los Caballeros; después se extendió a todo el país el nombre de la 
capital. Meneos Franco escribió que podía atribuirse a Xotemal o Jiutemal o 
Xitemal, nombre del primer rey cakchiquel, lo cual Juarros ya lo había consig- 
nado en el tomo I, página J"] de su obra. Elgueta sostiene que la palabra Gua- 
temala, se formó de la'tlascalteca Quahuthimalán, compuesta de quahutli, 
águila, y del verbo ma, malli, mallán, que significa cautivar, cautivo, <í sea 
águila cautiva. Esta denominación recibieron los cakchiqueles, porque sus 
reyes usaban sobre su corona un geroglífico compuesto de una águila pequeña, 
de vistoso plumaje y en actitud de estar cautiva. Lo cierto es que los cakchi- 
queles se llamaban cuahutemalas ; pero no se sabe de dónde les vino ese nom- 
bre, ni de dónde procedió el de Jiutemal o Xotemal, su rey, aunque caben su- 



(1) Vol. 7? N? 2 Apr. .lune, 1905. 

(2) Dr. Euslor^io Calderón. Ensayo llnjrfiístlco, sobre el Pupuluca. 



— 297 — 

posiciones o conjeturas más o menos aceptables, como adelante se verá. Puede 
presumirse que en la palabra Cuauhtemalan, después sucesivamente, Quauh- 
temala, Goathimala, Goathemala, Guatemala, como ha venido escribiéndose, 
en el transcurso del tiempo, entra sin duda la palabra quauht, árbol, como en 
guapinol, guayaba, guachipilín, guayacán, guarumo, guanacaste, etc., que son 
árboles conocidos. 

Es curioso observar que el nombre de Buddha era Guatema, que significa 
salvado del agua, así como quiere decir lo mismo Moisés. Prevalece antiquí- 
sima tradición, confirmada por el Codex Cimalpopoca, de que al titilar la estre- 
lla matutina, en un nefasto instante, se hundió el gran Continente civilizado de 
los mayas primitivos, y quedaron sumergidas también por mucho tiempo, gran 
parte de las tierras del istmo de Centro- América, que volvieron después enjutas 
al haz del mundo ; Guatemala, lugar cautivo del agua, la llamarían entonces, y 
de ahí vendrían los nombres de sus reyes Xotemal o Jiutemal, y el feudo de 
Chutimala. Hay mucha analogía entre los principios religiosos de las maya- 
quichés y la filosofía isotérica de los budhas ; la lengua maya, como lo hemos 
dicho ya, tiene las riiismas raíces del annamíta, del caldeo y la elegante estruc- 
tura y concisión del siríaco. El hinduismo fué formado de los principios y 
tradiciones de aquellos pueblos americanos, que tuvieron admirable cultura, 
anterior a la asiática, según algunos opinan (i). 

En la "Literatura de las lenguas aborígenes americanas," que escribió, en 
inglés, H. E. Ludwing, publicada en Londres, en 1858, se explican ampliamen- 
te las conexiones de los idiomas asiáticos con los del Nuevo Mundo. Brasseur 
de Bourbourg comparó también nuestras lenguas indígenas con las del Mundo 
Antiguo, encontrando analogías. Las lenguas aborígenes americanas pueden 
entrar en el grupo de las arias, aunque para mí son anteriores a las otras, como 
opinan Chavero y varios historiadores. 

Los nombres castellanizados Mames, Atitanes, Guatemalas, son proceden- 
tes de los idiomas que hablan la mayor parte de los pueblos que hoy forman la 
república de Guatemala. Eran las tres grandes divisiones del reino quiche, 
dadas en feudo a los hijos del poderoso cacique. La primera al mayor, la se- 
gunda a la mujer, hija o hermana y la tercera al menor. Esto se infiere de la 
significación de las palabras mama viejo ; atitá viejas ; y chutimala o chutimala, 
muchacho pequeño, infante o nacido después del primogénito. Acaso Xotemal 
se llamó así por ser el más joven de los hijos de Acxopil ; y de Xotemal se de- 
nominaría Cuahutemálan la ciudad de Iximché. De ahí pudo venir Gohate- 
mala, como antes se escribía, resultando que significaba muchachos, en su 
origen. Esta opinión aunque sostenida por el erudito anticuario, don Juan 



(1) Filosofía esotérica de la Tndia, por el Hrahmacharfn Chatterjrl. versión castellana con notas 
aclaratorias, por el l)r. .losé Plana y Dorca. 



— 298 — 

Gavarrete, no pasa de ser una hipótesis más ingeniosa que filológica. No hay 
duda que nuestro apreciable compatriota Elgueta es el más autorizado en 
estas cuestiones. 

Los aztecas que vinieron de auxiliares de los españoles, fueron traducien- 
do los nombres de los pueblos que encontraban, o poniéndoles otros en su idio- 
ma. Asi a Chelahup (ch es sonido como en francés) llamáronle Quetzalte- 
nago. La sílaba final co vuelta por corrupción y suavidad go, signihca en, 
tenán, lugar, y quetzali, pájaros, o por antonomasia el quetzal. "Lugar en que 
hay quetzales." Inmediata a Quezaltenango estaba la ciudad quiche llamada 
Chui-mequen-a, que los aztecas tradujeron Totonil-co-apán, agua caliente. 
Hoy le llaman Totonicapán. Totonil es caliente, co es en, apán agua. 

Huehuetenango — el co, (después se pronunció Go) quiere decir en; hue- 
hue, en azteca, significa viejo — lugar de los viejos. Así tradujeron los auxilia- 
res de don Pedro de Alvarado la palabra mames, ])ues mama, en (|uichc y cak- 
chiquel quiere decir viejo. 

Al Este tenía a Cuimekená, pueblo perteneciente al feudo de Chutimala, y 
el primero era Tzololá, que se compone de dos palabras saúco y agua, o como 
quieren otros, de zololli-la, lugar de cosas antiguas. Del departamento de So- 
lóla, como hoy se escribe, fué parte, en la primera división legal, que tuvo el 
Estado de Guatemala, Suchitepéquez, corrupción de las palabras aztecas 
suchil-aepes, monte florido, cuya capital o cabecera, como por acá le llaman, es 
Mazatenango, en el lugar de los venados. Cuyotenango, en el lugar de los 
coyotes. Retalhuleu, lugar de tierra o mojón, en cakchiquel, que debió de ser 
chak-chi-shel, que quiere decir el hermano menor, y ésto conviene con el Chiu- 
timala o Chatimalá que mandaba el reino, cuya capital era Iximché, palo de 
maíz, de que no hicieron caso los aztecas, y llamaron Tecpán-Chiutemala, pa- 
lacios de i)iedra de Chiutimala. Joyabá, era una hermosa i)oblación Xol abah 
entre las piedras. Nahualá, quiere decir la magia, la ciencia. 

En Chak-chi-shel está la metonimia que en los idiomas europeos se comete, 
tomando la palabra lengua, por idioma; porque chi quiere decir boca, y mien- 
tras unos toman una parte como el principal instrumento de la palabra, los 
otros toman el todo. Por eso se halla el chi en la denominación de otros idio- 
mas, como el poconchí, quekchí, chinauteco, chirechota, etc. El shel es una 
terminación parecida a las que tenemos en español, como en línea, linaje, len- 
gua, lenguaje. 

El hecho de que se encuentren todavía muchísimos vocablos mexicanos 
por Guatemala, el Salvador, Honduras y Nicaragua, confirma la idea histórica 
de que los aztecas que vinieron con el conquistador Alvarado, dejaron muchfj 
nombres que, con pocas excepciones, aún se conservan ; siendo además de 
notar que los nahoas, como se ha dicho atrás, habían extendido su raza por la 
mayor parte del istmo centro-americano, hasta más allá de los lindísimos lagos 
de Nicaragua. La cremación y las urnas cinerarias, introducidas por esa 




— 299 — 

invasión, son semejantes desde Huchuetenango hasta la isla de Ometepeqnc. 
En todo el istmo centro-americano quedan restos de aquella histórica invasión : 
y no faltan pueblos, como el de Santa Inés Petapa, en Guatemala, que se 
precian de ser descendientes de los tlascaltecas, que trajo don Pedro de 
Alvarado (i). 

Por todos estos lugares se conoció el maíz desde antes de la conquista, 
como que en algunas partes era silvestre, y en México, Guatemala, el Perú, 
las Antillas, etc., formaba y aún forma la base de la alimentación de los in- 
dios (2). La palabra maíz se deriva del maya mayz, y en el Popol-Vuh se dice 
que de maíz fué hecho el hombre. En Guatemala se llama helóte al maíz 
tierno y chilote a los tallos de que se desprende el grano, palabras derivadas 
del mexicano xilotl. La mayor parte de los nombres de lugares de ríos, plan- 
tas, árboles, etc., se derivan del azteca. Tecpán, palacio real ; Pochuta, abun- 
dancia de ceibas ; Amatitlán, entre los amates ; Escuintla, abundancia de pe- 
rros ; Mixtán, junto a los leones ; Chiquimula, lugar de jilgueros ; Sinacantán, 
abundancia de murciélagos ; Atitlán, ontre el agua ; Cuyotenango, lugar de co- 
yotes ; Teculután, lugar de buhos ; Usumatlán, lugar de monos ; jA.casaguastlán, 
lugar de la grama ; Jocotán, lugar de frutales ; Alzatate, lugar de las garzas ; 
Jutiapa, en el agua de los caracoles ; Mita, abundancia de flechas ; Michatoya, 
río del pescado ; Usumacinta, abundancia de monitos ; Motocinta, abundancia 
de ardillitas ; Suchitán, entre las flores ; Tectictlán, entre las piedras ; Ixguatán, 
lugar de las palmeras ; Yepocapa, en el agua dormida ; Sacapulas, abundancia 
de sacate. Estos no son sino unos pocos ejemplos de las muchas pala- 
bras aztecas que quedaron por estas tierras, al pasar Alvarado con los indios 
mexicanos. Citamos esas por ser nombres de lugares conocidos de Guatemala, 
i Fenómeno curioso ! En busca de riquezas, instigados por la codicia, 
venían los conquistadores españoles, esparciendo, sin sentirlo, los gérmenes de 
un lenguaje nuevo, y subyugados por el espíritu religioso dejaban aquí y ahí, 
un lugar, un pueblo, un río, una flor, un pájaro, con nombres castellanos de 
santos o de objetos análogos a los que contemplaban. Tras aquellos heroicos 
soldados, llegaron también a la conquista de Guatemala millares de aztecas, en 
ayuda de los que allá por México los habían vencido. Ellos a su vez iban 
dejando, con la luctuosa hecatombe de sus hermanos, muchísimas voces que 
han alcanzado larga vida. Las lenguas primitivas de estas comarcas sufrían 
una mezcla ruda, así como el hebreo de los antiguos judíos, cuando aprendieron 
el caldeo de Babilonia y Nínive. 

No pocos filólogos extranjeros y varios centro-americanos han dado a 
conocer al mundo algunas lenguas y dialectos indígenas, haciendo de ellos 
merecidos encomios, como les tributan, en sus magistrales obras, Berendt, 



(1) Recordación Florida, tomo II, vág. 230. 

(2) Aseguran algunos historiadores que «/ »»<?/«, Zea, fué oritrinario de Guatemala. Rrinton. Annals 

of Cakchiíinels. 



— 300 — 

Gallatín, Buschmaun, Weitz y el doctor StoU. Bien valía la pena de impartir 
interés a recolectar noticias de los varios idiomas gfuatemaltecos, a reunir las 
obras que sobre ellos se han escrito, a fundar una clase de quiche o cakchiquel ; 
en una palabra, a conservar el tesoro de tantas lenguas interesantes, como son 
las on.Grinarias de estas tierras, muchas de ellas vivas todavía, aunque menos- 
preciadas por la isfnorancia y el orgullo torpe y ridículo de aquellos que miran 
con desdén lo que se refiere a los antiguos pobladores de la América pre- 
colombina. 

Con la invasión de los bárbaros del Norte en Europa acabó el latín de ser 
idioma vulgar ; pero cada lengua mqerta resuena como un eco prolongado. 
Todavía se hablan por tribus de indios en Guatemala, el quiche, el cakchiquel, 
el tzutugil, el kekchí, el poconchí, etc.. y todos estos idiomas esmaltados de 
palabras castellanas, a su vez dan al español que nosotros hablamos, no sólo 
muchísimas voces, sino también ciertos acentos que continúan vibrando en la 
pronunciación local. Como la nota de un instrumento provoca, despierta, 
engendra notas concordantes, armónicas, en otro instrumento del todo diferen- 
te, así una lengua antigua hace resonar cuerdas congéneres en la lengua que 
la reemplaza. El lenguaje humano, dice Edgard Quinet, es un teclado en que 
cada raza hiere una nota, y ésta tiene sus ecos, sus atavismos y sus resurrec- 
ciones (i). De ahí proceden los distintos dejos o cantos con que se habla, en 
Centro-América y en México, la lengua castellana. 

Tan curiosa como la etnografía es la lingüística de este istmo, no sólo 
por la multitud de idiomas y dialectos, sino porque de su estudio se deduce que 
existió un gran pueblo ramificado, de cultura notable, de gran esparcimiento, y 
después subdividióse de tal suerte que, a mérito de invasiones distintas y razas 
diversas, hasta hubo de perderse la memoria de su existencia. Convienen los 
historiadores en que de la rama maya-quiché. resultaron casi todos los pueblos 
civilizados aborígenes de la América Central (2) pero, como explica el doctor 
Berendt, que es el que más profundiza esta materia, hay otras ramas de oríge- 
nes distintos y lenguas diversas. Es curiosa la obra de don Francisco Gon- 
zález y Fernández, que lleva por título "Los lenguajes hablados por los indí- 
genas del Norte y Centro de América." Madrid, 1893 ; pero no cabe dudar que 
el ilustre profesor de arqueología y de lingüística americana, Mr. Brinton, en 
obras recientemente publicadas, es el que más erudición ha aportado al cúmulo 
bibHográfico que a los idiomas se refiere. El doctor Stoll ha dado a luz inte- 
resantes producciones sobre las lenguas de Guatemala. 

En el. Congreso de Orientalistas, que se celebró en Roma, en 1899, se 
reunieron inteligencias de notables personalidades, y se coleccionaron impor- 
tantes libros, habiendo sido el más notable de los trabajos el del profesor 



(1) La Creación Tomo II, uág. 171. 

(2) Bowditch. Mayan Nomenclature. Cambiidíre. 1906. 



f> • — 301 — 

G. Sergi, sobre Antropología Americana, con el cual tuvo la bondad de obse- 
quiarnos. Hoy se estudian en Europa y en los Estados Unidos todas las cues- 
tiones relativas a los idiomas antiguos de nuestros indios, y se prodigan gran- 
des elogios al quiche, que se conserva puro entre numerosas agrupaciones de 
aborígenes, aún no mezcladas con los españoles y los mestizos, sino que usan 
el idioma de sus mejores siglos de explendor, lo cual no sucede con la generali- 
dad de los indios mexicanos incásicos, que emplean idiomas en decadencia, de 
agrupaciones antráxticas e híbridas, apenas bastantes a revelar sus lenguas 
primitivas, tan degeneradas como su sangre y tan corrompidas como su rudo 
modo de vivir (i). 

La lingüística es hoy la base principal de la etnografía, el hilo misterioso 
que conduce, al través de las edades, para penetrar en el laberinto del pasado, 
encontrándose siempre el mismo fondo de construcción gramatical, con las 
variaciones consiguientes a pueblos primitivos o a naciones adelantadas. Todo 
reconoce unidad admirable, por más que retrocedamos hasta donde la historia 
alcanza, y comparemos edades, pueblos y lenguas. La humanidad, sea cual- 
quiera su origen, se hizo en el mismo molde y ha venido desenvolviéndose al 
soplo del mismo espíritu. El lenguaje se formó del genio de cada raza. 

Entre los curas párracos de los pueblos de indios no han faltado algimos 
que supieron muy bien las lenguas respectivas. El P. Hernández, que durante 
muchos años sirvió la vicaría de Santa Catarina Ixtahuacán, fué casi adorado 
por aquel pueblo rico y de pura raza. En una ocasión que la Curia Eclesiásti- 
ca suspendió al sacerdote, venían de ese pueblo centenares de feligreses suyos 
a reclamarlo. Acudieron al capitán general don Rafael Carrera, a la sazón 
presidente de la república, como pudieron acudir a Felipe H, en uso del pa- 
tronato real, los que en tiempos coloniales se querellaban de los diocesanos. 
Se negó el arzobispo, señor García Peláez, a levantar la censura al P. Hernán- 
dez, a pesar de las observaciones del general Carrera, que veía la necesidad de 
mandar al cura a Santa Catarina, para tranquilizar a más de veinte mil indios. 
Llegó a tal punto la dificultad, que el famoso presidente dijo: "que 
los nudos gordianos los cortaba él con la espada: que el P. Hernández 
volvería al curato aunque fuera suspenso." Entonces el arzobispo tuvo que 
ceder ; pero mandando otro sacerdote para que administrara la parroquia. Los 
indios contentísimos, ni oían la misa, ni se confesaban, ni ponían los pies en la 
iglesia, a pesar de las exortaciones del P. Hernández, para que reconocieran al 
nuevo cura. En vista de eso el arzobispo García Peláez vióse obligado a reti- 
rar a éste, levantando la suspensión al primero, quien por mucho tiempo, hasta 
su muerte, no hubo de abandonar a sus queridos catarinos. 

En esa época de la suspensión del P. Hernández, se propuso enseñar cak- 
chiquel al abogado e ingeniero don Cayetano Batres del Castillo, padre del 



(1) Brlnton.-Charactoii.sticsof Amorifíinlantruaíros. 



— 302 — 

autor de la presente obra, y para facilitarle el aprendizaje, escribió un precioso 
vocabulario, que inédito he conservado, como homenaje a la memoria de un 
sacerdote que supo captarse el amor del pueblo más importante de indios de la 
república de Guatemala, y en recuerdo del ser a quien más amé en el mundo. 

Cabe conmemorar aquí a don Felipe Silva, quien escribió un diccionario 
kiché y cakchiquel, lenguas que sabia bien y que de viva voz habia aprendido. 
El doctor Eustorgio Calderón, de Mazatenango, publicó en 1890 un vocabulario 
yupe, idioma que casi está desapareciendo, de Yupiltepeque y Chiquimulilla. El 
coronel don Manuel G. Elgueta, de Totonicapán, no sólo exploró las ruinas de 
Chalchitán, sino que conociendo a fondo el quiche, ha escrito varias obras como 
las que se intitulan "Un pueblo de los Altos," "Etimologías Nacionales" y muy 
interesantes artículos. El doctor don Santiago Ignacio Barberena dio a luz 
la obra "Nahuatlismos y Kicheismos," y ha enriquecido además la literatura 
aborigen con otras producciones valiosas. 

Para concluir el presente capítulo, diremos que las lenguas de las naciones 
civilizadas antiguas de Centro-América, se pueden clasificar, por lo general, 
como de la familia maya-quiché, demostrando todas aún, la simplicidad y regu- 
laridad del idioma primitivo, que muchos han comparado al caldeo, al hebreo y 
aún al griego. El quiche puro, que todavía se habla en varios pueblos y lugares 
de Guatemala, es una lengua tan perfecta, filosófica y admirable, que bien 
revela el grado de cultura que habían alcanzado, miles de años antes de la 
venida de los españoles, los aborígenes de este privilegiado suelo (i). 

Los idiomas indígenas de Centro-América, hoy tan apreciados en Europa 
y Estados Unidos, tienen intérpretes como Eduardo Seler, en sus estudios 
lingüísticos y arqueológicos, en gran parte referentes a Guatemala ; como Otto 
Stoll, que escribió buenos libros sobre arqueología, etnografía y grupo Pokom- 
chí ; como el doctor Berendt, que estableció la geografía de los idiomas indios 
de nuestro suelo; como el norte-americano Brinton y los guatemaltecos cuyn^ 
nombres hemos citado anteriormente (2). 

Hace años había en la Universidad de Guatemala una clase de lenguas 
indígenas. Hoy, que tanto interés se presta en el mundo sabio a esos idiomas, 
ninguna atención se les da entre nosotros. Vendrá un día en que tales lenguas 
mostrarán históricamente la existencia de pueblos destinados a desaparecer. 
Lo que nunca desaparecerá es la influencia de los idiomas indígenas de estas 
tierras en el castellano que hablamos, salpicado de voces aborígenes, y más que 



(1) Brasseur de Bourburp. M. S. Troano. tomo II. x>ág. 3. 4 y 5.— Duns Guathemala páíf. 265.— Temaus- 
CJoDans, In Nouvelles annalesdes voyajres, tomo XCVII, o&g. 32. -Squier. vol. CLIII. páir- 178.— Bancroft. 
MlthsandLaníniaees. vol. III, pajf. 75S. 

(2) En la pran librería de Karl W. Hicsepmanii, en Leipzisr. hemos visto la mejor colección de libros 
en venta sobre llntrüística americana. Su catálogo abraza 378 obras. Todas ellas y algunas más se pueden 
leer en la monumental "I.ihrary ofthe Congress," que es hoy una de las más grande» instituciones que hay 
en Washington, y que ya contiene mucho sobre Centro América. 




— 303 ~ 

todo, con el acento especial que en cada región existe, y que lleva las notas 
de la lengua de cada zona (i). Así como.no existen pueblos de raza absoluta- 
mente pura y única, tampoco existen lenguas que no hayan recibido la influen- 
cia de sus vecinos. Si en el castellano sobrevive el recuerdo de que hace mil 
doscientos años los árabes llevaron a España elementos de cultura nueva, en la 
América hispana, se encuentra el español lleno de voces indígenas y de regio- 
nalismos pintorescos y curiosos. Las lenguas son como las plantas, que 
reflejan el terreno en que se hallan, y el pensamiento se tiñe del color de los 
idiomas, como decía Voltaire. 



(1) Rodolfo Lens.— Los elementas indios del castellano en Chile,— Santiago, 1810. En la obra que 
publicamos con el título de "Vicios del Lenguaje y Provincialismos de Guatemala," se hace notar la parte 
india o el elemento aborigen en el castellano que hablamos. 



I 




CAPITULO XI 
LA MEDICINA, PESTES, BRUJOS Y HECHICEROS 



SUMARIO 



I 



La medicina estaba reservada a los sacerdotes, — Daban muerte a los que creían 
que ya no sanaban. — Médicos entre los quichés, cakchiqueles y tzutugiles, — Baños 
medicinales. — Conocimientos médicos guardados en el "cyperus papyrus. — Dioses 
de la Medicina, tutelares de los aborígenes. — Importantes remedios que conocían 
los indios. — Plantas americanas. — El bálsamo, la jalapa, zarza-parrilla, coca gua- 
yacán, achiote, quina, guarumo, camacarlata, capitaneja, jilipliegue, monecillo, cuaja 
tinta, huis chichicaste, floripundia, hule, piciete, ischté, isiquequi, xique, alonquén, 
telonquén, amché, yerba del cáncer, cacao, canutillo, celidonia, cedrón, tamarindo, 
teopatli, yupactli, aguacate, chilmecat, chicalote, zarzuela, hipericón, marrubio, hier- 
ba del pastor, lengua de serpiente, limoncillo, lechuguilla, paixte, chamico, cebadilla, 
chulbalán, doradilla, hierba mora, culantrillo, fumaria, espino real, cuxtipactli, toron- 
jillo, hinojillo, zumaque, yerba lechosa, yerba de la golondrina, izquizuchil, cacalot- 
suchil, tapat, cempoalzuchil, matalisti, tocoyolo, mandragora, zacatón, verdolaga, 
caparrosa, mangle, rojo, etc. — Obras notables que tratan de la botánica de estos 
países. — Pestes asoladoras que hubo por estas regiones. — La sífilis, su origen y 
cuestiones que se han suscitado acerca de si hubo esta enfermedad en América. — 
Los agoreros y brujos. — La profecía de la conquista. — Gran papel que el demonio 
hacía en aquellas tiempos. — Boticas y jardines botánicos de los quichés. — Sepul- 
turas que daban los indios a sus reyes y nobles. — La cremación. — Los quichés se 
abstuvieron de ayuntarse para no dar esclavos a los españoles. — Hambres y terri- 
bles epidemias. — El naguédismo. — Los maleficios. — El Padre Gage vio, según 
dice, indios que se convertían en leones, tigres, águilas, perros, etc. — La magia es 
tan antigua como el mundo. — Introducción a la mitología por la historia natural. — 
Los indios prestaban crédito a los sueños. — Las ciencias ocultas. 



En ciertos pueblos de América, la medicina estaba reservada a los sacerdo- 
tes, que conocían muchas enfermedades y no pocas yerbas y remedios para 
curarlas, según explica Oviedo en la "Historia General y Natural de las In- 
dias" (i). Varias razas, como la de los meca, no fueron partidarias de aplicar 
remedios, sino de una higiene primitiva. Cuando la dolencia era grave y no 
sanaba sola, reunían a los parientes del enfermo, y previo consejo de ellos, lo 
mataban para que no penase, atravesándolo con una flecha. A los viejos invá- 
lidos, dice Sahagún, que también les daban muerte, a fin de ahorrarles las 
penas de la senectud ; en todo lo cual no hacían estos pobladores del Nuevo 
Mundo mas que lo mismo que hicieron los pueblos antiguos de Asia y Europa. 

Entre los quichés, cakchiqueles y tzutugiles sí hubo médicos, que de pa- 
dres a hijos transmitíanse sus conocimientos. Algo practicaban de cirugía, y 



(1) Tomo TTT, víg. 12(5. 



— 3o6 — 

a lo que parece, tuvieron un sistema de anestesia, procurada con la coca y con 
sustancias análogas a las que empleaban los egipcios. Los baños medicinales 
eran muy usados, sobre todo el del temaxcalli, que hoy llaman temaxcal, y que 
es un fuerte baño de vapor. Lo raro era que no creían saludable que se ba- 
ñase el hombre solo, sino con la mujer, pues de otro modo, tenían la supersti- 
tición de que el baño se tornaba en fuente de enfermedad y desgracia. Los 
primeros maestros de medicina, en la naci<Sn quiche, fueron Xmucane y Xpi- 
yacoc, tenidos por semidioses. 

Así como los sacerdotes egipcios tuvieron, desde la más remota antigüe- 
dad, conocimientos médicos, que recopilaron en un tratado — cuyo facsímile 
hemos podido admirar — escrito en cyperus papyrus, en la Biblioteca de Astor, 
en Nueva York, los nahoas, mayas, quichés, y demás naciones civilizadas de 
América, usaron en remotos tiempos ciertos secretos, prácticas y supersticio- 
nes, que apenas han quedado en la tradición y en las antiguas historias. 

"Procuremos penetrar en la época precolombina, interrogando en lo posi- 
ble los monumentos primitivos, y comparando con los datos que ellos nos pro- 
porcionen, los procedimientos que actualmente están en boga, aquí o allí, en el 
seno de la población nativa. Esto nos llevará a comprobar una vez más la 
obstinación con que muchos indígenas se acantonan en las prácticas heredita- 
rias. Veremos, además, cuan rica es la materia médica indiana todavía poco 
conocida en Europa, y cómo supieron hacerla provechosa. 

Este estudio, tan largo tiempo omitido, y ahora apenas comenzado por los 
americanistas, no adelanta sin dificultades. Para llegar a formarse una idea, 
aun superficial, de los antiguos métodos curativos, sería menester abrirse paso 
a través de una tupida maleza de mitos, ceremonias religiosas y supersticiones. 
Hay aquí un mundo de extravagantes incoherencias, y que sin embargo domina 
la atención : él revive a nuestros ojos una de las fa.ses notables de lo que se 
llama la civilización precortesiana ; además, aun en medio de raras costumbres 
legadas por los antepasados y constantemente mantenidas, se perciben ya los 
esfuerzos de una raza que aspira a un conocimiento más práctico y más racio- 
nal del arte de curar (i). 

Por lo demás, se sabe que varios pueblos americanos tenían medios muy 
simples para combatir la enfermedad. ¿La afección parecía grave? Al ins- 
tantes la familia trasladaba al paciente al punto más elevado de alguna monta- 
ña vecina, depositaba junto al enfermo alimentos y un vaso lleno de agua, 
abandonándolo después hasta que moría o se curaba, sin permitir que nadie se 
le aproximara. Según sus creencias, el agua era el remedio por excelencia, 
porque curaba el cuerpo lavando las manchas del alma (2). Después de tres 



(1) En las obras de Gosolludo, Landa y Llzana se samlnistran curiosos datos sobi-e la medicina y la 
botánica indígenas. 

(2) TORQUEMADA, Monarquía Indiana, libro XIII, capítulo 3.S. pp. 490 sqq. Cfr. ibfd.. c. 21, pácr. 451. 
Fray Diego DürAn. Historia de las Indias de Nueva España e tslas de Tierra firme, capítulo 97. edlt. Méxlcí;, 
1880, tomo TT.páer. 211. 



I 



— 307 — 

o cuatro días de seria indisposición, los teochichimecas hundían una flecha en 
la garganta del enfermo. Ellos mataban de igual modo a sus ancianos, para 
no ver prolongarse sus padecimientos, y los enterraban con demostraciones de 
júbilo, con cantos y bailes que duraban hasta tres días (i). 

La mayor parte de las tribus meca permanecieron extrañas al movimiento 
médico iniciado en Tollan, y fue muy tarde cuando los mismos aztecas reco- 
gieron este arte con otros restos de la civilización tolteca. Bien visto, ellos lo 
recibieron mezclado con prácticas religiosas que no tardaron en multiplicar. 
He aquí una bastante notable. Desde que el caso se volvía amenazante, el 
médico decía al enfermo: "Tú has cometido algún pecado," y se lo repetía 
hasta que lograba la confesión de una falta que podía ser ya muy antigua. 
Ksto constituía a los ojos de todos, el principal tratamiento: para salvar el 
cuerpo era preciso, desde luego, purificar el alma (2). ¿No se diría un recuer- 
do del Eclesiástico (3) en los consejos que da a los enfermos? La idea tan 
profunda y tan justa que inspiraba estos consejos, se vuelve a encontrar, desfi- 
gurada, entre otras razas americanas, al igual que en las creencias del antiguo 
mundo. Entre tantos textos bien conocidos, no queremos recordar sino la 
fórmula del conjuro, descubierta en la biblioteca de Assurbanipal (4) ; ella es- 
tablece una relación entre el pecado y la enfermedad : 

Atrás espíritu malo ; retírate de este hombre. 

Aun cuando seas el pecado de su padre, 

O el pecado de su madre, 

O el pecado de su hermano mayor, 
'":' O el pecado de un desconocido, 

5 ¡Atrás! 

^ Es sabido que antes de la conquista había en América una especie de con- 
fesión curiosa. Aunque muy diferente de la de los cristianos, ella explica, en 
parte, sin embargo, la increíble prontitud con que los indios recibieron de los 
primeros misioneros el sacramento de la penitencia (5). 



(1) Sahagum, Historia de las cosas de Nueva España, 11b. X. capítulo 29, tomo III. pá?. 119.— Entre los 
payos (Coahuila) no se dejaba, al infeliz, tiempo para expirar. Cuando el fin era Inminente se le llevaba 
vivo a la sepultura para que entregara su alma sin testigos; para estos pobres supersticiosos, el que veía 
morir a alguno debía sucumbir poco después (Andrés P¿rez be Ribas. Historia de los Triumphosde nuestra 
santa fee).\\\). XI, capítulo 9, pág. 684. Alegke, Historia de la Compaflia de Jesús en Nueva España, tomo I 
pág. 371. Entre otras tribus, para salvar al padre o a la madre gravemente enfermos, se daba muerte al 
más ioven de los niños como víctima expiatoria (Okozoot Berra, Geografía de las lenguas y carta ethnogri- 
fica de México, pág. 305). 

(2) Mendieta. Historia el. indiana, libro III, capítulo 41, pág. 281. La misma aserción, en términos 
casi idénticos, se vuelve a encontraren Las historias de los indios de esta provincia de Guatemala, traducidas 

déla lengua quiche al castellano por el R. P. Franoisco Ximénez, edit. Scherzer, Vlenne, 1857, páff. 192. 

Cfr. Sahagün. libro V, capítulo 7, tomo II, pág. 64. Ioazbaloeta, op. clt., pág. 160. 

(3) XXXVIII 10 s QQ. Ab omni delicio inunda cor tuum et da locum medico. 

(4) Yvl.Kkvi,^ta. Assyrien und Babylonien nach den tieuesten Entdec J(^ungen,Z^eáit.,\9«b,y&V' 16}: 5e 
edit., 1899, pág. 174. Otros leen "maldición," en vez de "pecado" (Maspero, Histoire ancienne des peuples de 
l'orient classique Egypte et Chaldée, Paris. 1895, pág. 781 s a). En todo caso hay numerosos textos cuyo 
sentido no admite duda alguna. 

(5) Véanse a este propósito curiosos detalles en Mendieta, op. clt. pág. 282. Sahaoün. libro I, c. 12; 
t. T. Dp. 11-16. DüR.ÍN. op. cit. t. II. p. 198. 



— 3o8 — 

Una de las divinidades tutelares de la medicina era Tocitzin o Toci (nues- 
tra abuela), llamada igualmente Teteo innan, Tlalli iyollo, (i) Youalticitl, Te- 
mazacalteci. La representaban algunas veces bajo la forma de una mujer 
anciana, de rostro blanco en lo alto, y negro desde la nariz (2). Su festividad, 
que caía en el mes de ochpaniztli (3), se señalaba inmolando una mujer llama- 
da Toci, como la diosa, y ornada de Iqs mismos atributos. Después de varios 
días de festejos, en los cuales las titici (4), es decir, las mujeres médicas y las 
parteras, divididas en dos grupos, simulaban un combate, se cortaba la cabeza 
a la Toci, la desollaban, y un joven cubierto con la piel ensangrentada iba al 
templo a arrancar el corazón de cuatro víctimas humanas (5). En el mes 
ueitecuilhuitl, (6) las tatici sacrificaban todavía una joven a la Diosa Xilonen. 
Después de adornarla con flores y obligarla a largos bailes, la entregaban a 
los victimarios. El corazón era ofrecido al sol, la sangre servía i)ara ungir el 
umbral del templo y los ídolos (7). 

Los médicos eran particularmente devotos de Tzapotla teñan, "la madre 
de Tzapotlan": ellos le atribuían el descubrimiento de la resina medicamentosa 
oxitl (trementina). 

Otro de sus protectores Ixtlilton (8), acogía en su templo a los niños en- 
fermos. Estos, cuando les era posible, debían bailar delante del ídolo, o al 
menos beber una agua santa conservada en el santuario (9). 

¿ No hay en ello semejanza con las sociedades primitivas del antiguo mun- 
do? Entre los más civilizados, la medicina se ejercía en los templos y era el 
patrimonio exclusivo de la casta sacerdotal. Los hombres que se consagraban 
al alivio de las enfermedades pasaban a la categoría de los dioses y obtenían 
altares. 



(1) Cfr. el frairmento manoflciito de U biblioteca nacional de México, publicado por M. Toazbaixjeta. 
Bibliografia mexicana, páu. 309 y 312. Teteo innan quiere decir la madre de los dlose» (teotl, dios: plural, 
teico); Tlalli iyollo, ol corazón de la tierra; Youaltiatl, médico de la noche: Tematcaltect . la abuela de loa 
baños de vapor. 

(2) Icazbalcota. Blblioírraffa mexicana, P. 309. 

(3) Tkzozojíoo. Crónica mexicana, edlt. Vljrll, México. 1878. pá«r. 505 y .'iOH. Cfr. Códice Hamires. Ilild.. 
pá» 28 8 <i<l. Bajo el nombre de Tlacolleotl, esta divinidad hacía un irrari papel en el panteón Indígena. 
Las formas diversas (jue ella reviste en las pinturas, especialmente en las del trrupo Bf)riria. han sido Inter- 
pretadas por M. E. Seler, Codex Vaticanus nr. 3773. (Codex Vaticanut B) heraus^egeben auf Koííen Setner 



Excellent des Hertogs von Ijtubat — erlaiiterí von Dr. Eduard Seler, Berlín. 190¿, pátrs. 101. 102. 173. etc.. 

Codex Horgia t. I. Berlín. 1904, páirs. 152. 165, 230, 276. Cfr. Das Tonalamatl der Aubtn, schen Sammlune, 

Berlín. 1900. págs. 92, 98, 95, 100. 

(4) Acerca del mes ochpaniztli y los otros, Cfr. E. de Jonobe. l^ calendrier mexicain. Essai de 
synthese et de coordination, París, 1906. pásr. 27 s qq., páir. 12. y la plancha lie de la reproducción cromotíplca. 

(5) Forma plural de tlcltl, médico. 

(6) SahagÚn, llb. I, c. 8, llb. II, c. 11 y 30. t. I. páps. 6. 65. 148 s. q. 
DürAn. Historia de las indias de Nuera España — Calendario antlmio. c. 3, t. II. pájr. 287. 



(7) 
(8) 



I t)aiie y 
los jueiros. es muy fácil de reconocíT en varias de nuestras anticnias pIrUvrafías. entre otras, en ei Codex 
Fején'dry Mayer, edit. Loubat. f. 24 Véase el comentario de M. Seler. pátr. 127. Cfr. todavía el Codex 
Magliabecchiano, edit. Loubat. Roma 1004. f. Tti V. /.v/////í;« significa "ei o"*- tiene ia cara neerra. netrrito." 
Recordemos, de paso, que los mexicanos eml)adurnaban sus ídolos con olli, ulli, resina ))rnna o de Cí)lor 
plomo nejrrusco (caucho) y (iue sus sacerdotes se pintaban de nejrro. "tanto que parecían negrrw muy 
relucientes. (Agosta. Historie naturelle et morale des Indes, llb. V, c. 5. fol. 243). ;,.<erá este un nuevo 
pormenor que apre<rar a los recuerdos de una inmlirración negra cuyas huellas parecen encontrarse en 
varios puntos de México? 

(9) SahagÚn. lib. I. c. 16. t. I. pájr. 24. Clavioero. Stona antica del Messico. Cesena. 1780. III). VI. 
8 7. páír. 21. 



— 309 — 

Los primeros analistas mexicanos nos han dejado a este respecto indica- 
ciones vagas y asaz defectuosas ; pero todo induce a creer que entre los nahuas, 
como en Egipto y Babilonia, el arte de devolver la salud se contenia parcial- 
mente en cierto número de preceptos que cada generación de sacerdotes legaba 
a la generación siguiente. Los tratados que se conservaron en el templo de 
Imhotep, en Menfis, suministraban numerosas recetas aun a los médicos ex- 
tranjeros (i). Que los teocalli han guardado, de manera análoga compilacio- 
nes medicamentarias, es una conjetura cuyo valor sólo se hará apreciar por el 
estudio más completo de los monumentos jeroglíficos. 

Esta ha sido sugerida, entre otros, por este pasaje de Sahagun : "Los 
sacerdotes (de Tlacolteotl) eran detentadores de libros, en los cuales se veían 
el destino de los recién nacidos, las brujerías, los augurios y las tradiciones 
que el pasado había trasmitido (2)." ¿ Entre esas tradiciones seculares, no ten- 
drían su lugar las de la terapéutica, tan íntimamente unidas a las artes ocultas? 

Desde ahora, nos parece que se desprende un hecho del estudio compara- 
tivo de las razas americanas. A medida que nos aproximamos a sus orígenes, 
se muestran más claramente ciertas analogías con las concepciones médicas del 
mundo antiguo. Entre los toltecas, por ejemplo, según el testimonio de los 
antepasados, la medicina era un arte sagrado que formaba parte del ministerio 
sacerdotal, y eso desde antes de la fundación de Tollan. En California, donde 
encontramos especies de kjoekkenmoddings de nahuas primitivos, y en donde 
verosímilmente corrió el período lacustre o semilacustre de la raza (3), los 
hechiceros acumulaban las funciones de sacerdotes y médicos. Salvatierra, 
al menos, creía ésto respecto de algunos grupos aborígenes de su tiempo ; y si 
ello era así, la terca persistencia de los indios en sus usos tradicionales, no me- 
nos que las condiciones especiales de las tribus californianas, nos harían referir 
esta costumbre a una antigüedad mayor. Sin embargo, no nos atreveríamos 
a ver familias sacerdotales en diversas clases de magos-curanderos de la Baja 
California : los niparaja o tuparan de Pericués, los dicuinocho de Guaicures, los 
guama de Cochimis (4). 

Los que se decían médicos-hechiceros, que encontraremos a cada instante, 
"eran como ministros de los ídolos, los principales mediadores entre ellos y el 



(1) Gabien.— Cf r. Maspebo, Histoire ancienne des peuples de l'Orient, 3» edlt., pásr. 81. 

(2) Llb. I, c. 12, 1. 1, páer. 11. Cfr. abajo, c. IV. 

(3) Chavebo, México a través de los siglos, t. I, pág, 116, 117 Cfr. 

(4) Cfr Clavigero. Historia de la antigua o baja California. \\\\ T, « 25. piísr. 30 sq., Mé.xico. 1852- 
En su relación acerca de la California, el P. Baeprert. uno de los misioneros antijruos. pone en escena a los 
hechiceros-médicos y sus juglerías, semejantes a las nue practicaban sus cofrades del Anahuac: poro no 
admite que estos magos fueran también considerados como sacerdotes {Nachnchten vonder Amertkantsehen 
Habinsel Californien, Mannheim. 1773, traducida libremente por Charles Rau en Articleson antAro/><>logtcal 
subjects contributed to the annual reports of the Smithsontan Insttiutton. W ashington. 1882. piígs. 28, 32). Tocan- 
te a los hechiceros huichols. médicos a la vez .v, en ciertas circunstancias, directores del culto religioso, 
véase a León Diguet, La Sierra de Nayarit ct ses indlgenes e.xtracto de NouveU anhtves des Missions 
scienii fiques, t. TX. París. 1899, pág.58 sq. 



— 3IO — 

pueblo (i)." El papel de los encantadores "parecía en cierto modo el de sa- 
cerdotes de los falsos dioses." (2) 

Después de la invasión de la península maya por emigrantes originarios del 
norte, la raza del sur, tenía, según parece, dividido su sacerdocio en cuatro 
clases : profetas, guardianes de los ritos, sacrificadores y médicos ; estos últimos 
aliviaban a los enfermos por medio de medicamentos vegetales y con el empleo 
de suertes." (3) 

Los aborígenes de Guatemala conocían muchos remedios. De algunos 
haremos perfunctoria mención, sin pretender escribir un tratado científico 
sobre el particular, sino algunas noticias adecuadas a la índole de esta obrí 
El bálsamo (miroxillón sonsonatense) impropiamente llamado del Perú, que 
se recoge en la costa del Sur, principalmente entre Acajutla y el río Comalapa, 
se usaba mucho por los aborígenes, que lo vendían a los españoles, recién 
pasada la conquista, a doscientos cuarenta pesos una botija perulera. La raíz 
del mechoacán que denominan jalapa, la empleaban ya los indios como purgan- 
te. El ruibarbo se conoció desde remotos tiempos, como un específico contra 
la bilis. En 1535, se introdujo en la materia médica la zarzaparrilla (meca- 
pactli) que los indios habían empleado hacía miles de años contra las bubas. 
La coca, dice Garcilaso de la Vega, que también la usaban los incas para curar 
úlceras venéreas. El guayacáti, el achiote, la quina y otros muchos medica- 
mentos, fueron de América a Europa. Ni eran pocas las plantas que los aborí- 
genes de Centro-América empleaban para sanar ciertas dolencias. Puede afir- 
marse que la farmacopea recibió un beneficio muy grande con los remedios 
americanos. Enumeraremos algunos de los más conocidos, comprendiendo 
que muchos formarían un tratado digno de ser escrito por inteligentes botáni- 
cos. La infusión de la hoja de guarumo blanco para la tos, asma y desarreglos 
del corazón, es, según sabios naturalistas, la digital americana, sin los incon- 
venientes conocidos de la digital europea. La cama-carlata o calzoncillo, lo 
empleaban para curar los catarros y hasta las piedras en la vejiga. Es una 
passiflora, con propiedades diuréticas caracterizadas, que los indios tuvieron 
como panacea, empleándola, sobre todo, para la tapasen de la orina, como 
llaman al mal de piedra. La capitaneja la usaban para lavados sobre tumores 
cancerosos. El jilipliegue, para irritaciones del estómago y curar la inflama- 
ción de las encías. El monecillo, para inflamaciones intestinales. La cuaja- 
tinta, para males del hígado. El huís, para fomentos que alivian los golpes. 
La raíz del chichicaste (ortiga) para hacer una infusión y curar el mal de estó- 
mago. La flor de muerto, para curar dolor de muelas. 



(1) Pérez de Rivas, op. clt. VIII, c. 3, Dájr. 474. 

(2) Hld., lib. I. ce. 5 y 11. v&ks. 18 y 33. Cfr. llb. III, ce. 21 y 23. vágs. 191, líV. í Alegue, op. cit. 
píír. 45ft). 

CO La medicina y la botánica de los antitruos indios, por A. Gerste H. I. 



— 311 — 

Borrachero llaman los españoles al árbol que después se denominó en el 
Perú floripondio, de donde lo llevó a México, con el muelle y otras plantas 
raras, el virrey Mendoza. Los muiscas lo tenían por árbol sagrado y emplea- 
ban sus hojas y flores como antiespasmódicas (i). En Guatemala se "conocen 
las hermosas campánulas blancas de aquel arbusto con el nombre de flori- 
pundias. 

El Ulli o hule, como le decimos a la goma elástica, lo mezclaban los qui- 
chés con el chocolate, según refiere Torquemada, por considerar aquella sus- 
tancia alimenticia y estimulante. 

"Hay, decía Herrera (2) infinitos géneros de cortezas, raíces, hojas de 
árboles y gomas, para muchas enfermedades, con que los indios curaban en su 
gentilidad, con soplos e invenciones del demonio." En otra parte, el mismo 
autor habla del "piciete, por común nombre tabaco, que quita, dice, dolores de 
frío e hinchazones, y tomado en humo es provechoso como desinfectante y para 
las reumas, asma y tos. Le traen, en polvo, en la boca los indios y los negros 
para no sentir el trabajo" (3). Fumaban de dos modos el tabaco, arrollando 
las hojas o desmenuzado y metido en cañutos, mezclado con yerbas olorosas. 

En el Norte del istmo, sobre todo en la parte que los españoles llamaron 
Verapaz, existen muchas plantas medicinales, que los indios conocían, desde 
tiempos remotos, como el istché, árbol de lindo follaje y sumamente cáustico, 
el isiquequi, que al acercárselo a las narices, causa una inmediata hemorragia, 
el xique, planta que crece cerca de la anterior, y que produce el efecto contra- 
rio, es decir, de suspender y quitar las hemorragias de las narices, al aspirarla ; 
el alonquén, semejante en su estructura a las partes pudendas de la mujer, es 
antídoto contra la esterilidad, según dicen, mientras que el telenquén la produ- 
ce, y se parece a los órganos viriles de la reproducción. El amché, árbol del 
diablo, palo de la muerte, es arbusto de blancas flores, que conocieron los ma- 
yas, los kechís y poconchís, y que aún contemplan con temor los aborígenes, 
quienes se persignaban y hacían la señal de la cruz, al ver uno de esos árboles. 
Basta que una gota de su jugo toque la piel, para que se hinche el cuerpo y 
muera el individuo. La yerba del cáncer, aseguran vulgarmente que cura esta 
terrible enfermedad. Conocen también, vegetales que dicen servir para sanar 
la locura y fortalecer el cerebro ; otras plantas para curar las enfermedades de 
la matriz, los males de estómago, las inflamaciones de la vista, etc. Además 
tienen muchos venenos vegetales activísimos, y algunos de ellos que matan a la 
larga, sin dejar huella. 

El intendente de León de Nicaragua, remitió a la Sociedad Económica de 
Amigos de Guatemala, el año 1815, curiosos datos sobre una planta que llaman 



(1) Plantas Americanas, Dor W. Sandlno Gi-oot. 

(2) Histeria General de las Indias. Década TV, 11b. 10. cap. 14. 

(3) DécadaTIT, lil). 7. cap. TU. 



— 312 — 

en Yucatán chuch y en la América Central mozotillo (verbena Lampazo) y que 
desde el tiempo anterior a la Conquista se empleaba para curar las fístulas, 
lavando unas tres veces al día la parte enferma con el cocimiento tibio de la 
planta, y poniendo también el polvo de ella en la boca de la fístula, aunque no 
es tan necesario, según aparece en el número 8° del "Periódico de la Sociedad 
Económica de Guatemala" del 15 de agosto de 181 5, 

1^1 alcotán es antipalúdico, cura las mordeduras de las serpientes, corta los 
ataques de colerina, y se preconiza para sanar el cáncer del estómago y la dis- 
pepsia. El cedrón, tónico, febrífugo, sirve también para curar la mordida de 
las culebras, sucedáneo de la quina y alexítero. La Lobelia Obalifolia, emé- 
tico fuerte que acelera los movimientos respiratorios, y cuyo alcaloide, la lobe- 
lina, sirve contra el asma. El hipomane mancinella, árbol notabilísimo de la 
Guadalupe, se ha preparado en extracto para reemplazar al Rux Toxicodcn- 
drum, en el tratamiento de la lepra, que los indios sabían curar. 

Los indios quekchís usan mucho el ycvolay, el sacvolay, el cuxba, el rax- 
bulay y el lachual para curar las mordeduras o piquetes de animales venenosos, 
y el pumpunjuche para sanar los riñones. 

El chupac (securidaca polygala) es un arbusto bastante común en nues- 
tras tierras, que los moradores de Tesulutlán usaban, antes de la conquista, 
para limpiar el cuero cabelludo y abrillantar el pelo. Los dominicos curaban 
con las hojas la tina y otras enfermedades. 

El ixbut es una herbácea, muy conocida por los indígenas del Peten, que 
los mayas empleaban desde remotos tiempos, para hacer bajar la leche de las 
mujeres. Hoy se reconoce que es el más eficaz de los remedios lactágogos. 
Hay una planta que los aborígenes llamaban tumpatbanoc, y es una euforbia 
emética, c|ue según dicen, empleaban como remedio para curar el alcoholismo. 
El ipacín, en infusión, sana la tos y sirve para curar hinchazones y golpes, po- 
niendo emplastos de las hojas. 

Los indios usaban la raíz del mangle para sanar males de la sangre, y hasta 
la lepra. Empleaban también ese remedio para fiebres intermitentes y hemorra- 
gias. Habían observado que donde hay manglares disminuyen las enfermeda- 
des de la sangre y las fiebres. En fin, el tabaco, la coca, el cacao y numerosas 
reciñas y gomas, además de incontables plantas medicinales de América, enri- 
quecieron notablemente la antigua terapéutica del viejo mundo. 

"El Mangle-Rojo es originario del Continente Americano, y debió llamar 
especial atención de sus primeros habitantes y conquistadores ; ya por su 
porte, ora por su abundancia, ya por su manera de vegetar, o bien por algunas 
particularidades que presenta a los ojos del que lo observa, usa o aplica. 

El famoso Capitán, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, generalmen- 
te reconocido como el primer cronista de las Indias, que visitó nuestro Conti- 
nente allá por el año de 1512, poco tiempo después de su conquista, lo menciona 



I 



— 313 — 

en su "Historia Natural y General de las Indias," libro 9, capítulo 5, publicado 
en Sevilla en el año de 1535, diciendo: "Mangle es un árbol de los mejores 
que en estas tierras hay y es común en estas islas (alude a la de Cuba) e tierra 
firme," mención que justifica la hipótesis de su nombre vulgar y de su ameri- 
canismo, según la opinión de varios autores. El ilustre naturalista Carlos 
Linneo, se ocupó del Mangle-Rojo, en su inmortal obra "Hortus Uplanticus," 
que vio la luz en 1731, colocándole junto con los demás de su género, entre las 
plantas Fanerógamas, o sea la primera de las dos grandes secciones en que di- 
vidió todas las plantas conocidas. Fué también Linneo, el que colocó el Man- 
gle-Rojo, en la Hoctandria Monoginia de su obra, porque su flor tiene ocho 
estambres y un solo pistilo. 

Cuando se trató de establecer el método natural, el célebre botánico fran- 
cés, Antonio Lorenzo Jussieu, se ocupó también del Mangle-Rojo, en su inmor- 
tal obra "Genera Plantarum Secundum Ordines Naturales Disposita," publi- 
cada a mediados del siglo décimo séptimo, colocándolo con las demás plantas 
del género Rhizophora, en la familia de las Caprifoliáceas." 

Los indios curaban a los asmáticos, haciéndoles tomar goma de conacaxte 
e infusión de las orejitas que tiene el árbol. Personas respetables aseguran 
haber sanado de la tuberculosis con ese remedio. Esto se entiende, después de 
la Conquista, pues antes no se conoció la tisis. ¿ Por qué no aplican los facul- 
tativos esa goma y ensayan sus resultados? 

Interesantes obras se han escrito sobre la flora de América, y algunas acer- 
ca de las propiedades terapéuticas de sus productos vegetales. Felipe II se 
empeñó mucho en que se diesen a conocer al Consejo de Indias estos países. 
En cédula de 23 de septiembre de 1580, mandó que se hiciese un estudio de 
todo lo más interesante de Goathemala. Vino por estas regiones el doctor 
Hernández, Médico Real, y después de un detenido estudio, escribió la notable 
obra que lleva por título "Nova Plantarum," cuyo manuscrito, en 21 libros de 
texto y once de láminas, hemos podido admirar en la Biblioteca del Escorial, 
habiéndose publicado impresas en México y en Roma, dos ediciones compen- 
diadas. Sahagún describe también largamente la flora médica de estos luga- 
res, en el Libro X de su "Historia General," Tomo III. Existe una obra cu- 
riosa, y en extremo rara, impresa en Sevilla, el año 1569, escrita por el doctor 
Monardes, que trata de las plantas medicinales que encontró en México y en 
Centro-América. Respecto de las regiones del Río de la Plata debe citarse el 
libro intitulado "Plantae Diaforicae Florae Argentinae," por J. Hieronimus. 

Por los años de 1720, vivía en una de las casas de la Parroquia de los Re- 
medios, en la Antigua Guatemala, el célebre Blas Pineda de Polanco, que cul- 
tivaba un ameno huerto, y que dedicó toda su vida al estudio de nuestra 
flora y fauna, dejando escritos cincuenta y cuatro volúmenes, sobre la historia 
natural guatemalteca y peculiaridades de la raza aborigen. Murió ese notable 



— 314 — 

botánico a los noventa y siete años de una constante labor, y fué tal la incuria 
de los tiempos, que se perdió su obra, según explica Fuentes y Guzmán, quien 
la había conocido, y dice que su autor era descendiente de don Gaspar de Po- 
lanco. uno de los conquistadores que, con don Pedro de Alvarado, vinieron a 
Guatemala. Entre los nombres de los escritores guatemaltecos figuraba, en 
una de las famosas pinturas decorativas, del templete de la Jura de Fernan- 
do VII, el nombre de nuestro antiguo naturalista. El turbión de los tiempos 
fué a sepultar muchas de las producciones científicas y literarias de nuestros 
mayores a las estigias aguas del olvido. Es tanta la aberración de algunos, que 
llegan a creer que antaño todo era ignorancia, obscuridad y sombras. 

Hay una obra que contiene los nombres de muchas yerbas medicinales de 
estas tierras, intitulada el "Médico Criollo," por el doctor F. Bayón, y el que 
quiera profundizar en la botánica indígena, puede hacerlo estudiando el célebre 
libro del doctor Troncoso. En las Crónicas antiguas de los países de América 
y en la "Historia General de las Indias," existen muchas noticias interesantí- 
simas sobre las virtudes medicinales de las plantas americanas. 

Don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán encomia el canutillo, que en 
realidad es de admirable efecto, pues aplicado en polvo cierra la úlcera más 
rebelde (i) y usado en emplasto, de la hoja y del bejuco molido, sana los gra- 
nos cancroides y las llagas. Dicho autor de "La Recordación Florida" men- 
ciona además el yapactli, medicina del corazón : el aguacate, el chilmecat, el 
chicalote, la zarzuela, el hipericón, el marrubio, la hierba del pastor, la lengua 
de serpiente, el limoncillo, la lechuguilla, el paixte, el chamico, la cebadilla, el 
chulbalán, la doradilla, la hierba mora, el culantrillo, la fumaria, el espino real, 
el cuzticpactli, el toronjil, el hinojillo, la contra-yerba, la yerba lechosa, la yerba 
de la golondrina, el izquisuchil, el cacalotzuchil, el tapat, el cempo alzpchil, el 
matalisti, el tocoyolo, la mandragora, el limoncillo, el zumaque, el sacatón, la 
verdolaga, la caparrosa, etc. (2) 

Los indios quichés operaban las cataratas, refrescaban la vista con estiér- 
col de lagarto, o con la decocción de una planta que los españoles apreciaron 
mucho, dándole el nombre de celidonia; para curar las enfermedades cutáneas 
usaban limaduras de cobre, la infusión de guayacán, agua de achiote, carne de 
ciertas lagartijas, agua de tamarindo y otras drogas ; purgantes y diuréticos 
famosos muy en boga ; bálsamos, anestésicos, aceites y cataplasmas ; almen- 
dras, como el cedrón, para las mordeduras de las serpientes, etc. Acosta en- 
seña que las cenizas de insectos venenosos, mezcladas con la composición del 
teopatli, amortiguaban las carnes, pareciendo efecto de sanidad y de virtud 
divina (3). 



(1) Recordación Florida, t. I. páe. 328. 

(2) Recordación Florida, pásrs. 328. 348. tomo I. 

(3) Historia ('e las Indias, vág. .370. 



I 



— 3T5~ 

Las plantas americanas tenían denominaciones indígenas, muchas de ellas 
conservadas hasta ahora, y no pocas transformadas por los españoles. Los 
nombres aborígenes son expresivos de alguna cualidad de la planta o de sus 
rasgos físicos o propiedades terapéuticas. La goma elástica se llamaba por 
acá ulli (i ). Los indios de Quito le decían cauchiú, y de ahí viene que en Cen- 
tro-América se denomine hule, y en la América del Sur caucho a aquella goma, 
que los naturales de estas tierras empleaban en su medicina herbolaria. 

Tenían nuestros indios nomenclatura botánica en términos compuestos 
que indicaban el género y la especie y hasta la cualidad del árbol o de la plan- 
ta. Las radicales daban a entender la idea dominante, y la terminación esta- 
blecía la diferencia. Por ejemplo tollín (tule) ixtollín, tule para las oftalmías, 
de ixtli ojo. Ayotli, quilitl, zapotl, suministran una larga serie de derivados. 
La nomenclatura ofrece un aire de semejanza con la moderna. Era natural- 
mente bastante imperfecta; pero, según enseña el sabio jesuíta Gerste, supera- 
ba a la de Europa, en aquella época, dado que hasta el siglo XVII no se deter- 
minó con precisión el límite de los géneros, en el Antiguo Continente. 

Abundan hoy en las diversas repúblicas hispano-americanas nombres dis- 
tintos para la misma planta, lo cual acarrea dificultades y embarazos, no 
faltando ocasiones en que dase la misma nomenclatura a frutos o productos 
diversos. Hay además nombres de algunas especies europeas aplicadas a otras 
americanas. 

Como regla general puede establecerse que en las regiones intertropicales 
no existen las plantas de Europa, a no ser como introducidas. 

Los indios de Guatemala usaban las aguas medicinales, que conocían per- 
fectamente, y así cuentan los historiadores que cerca del pueblo de Atitlán, que 
todavía existe, se encuentra una fuente de aguas agrias, con la cual tomándola, 
curaban el mal de piedra y las hinchazones de garganta o bocios, que vulgar- 
mente llaman güegüechos. La misma virtud atribuían a las magníficas aguas 
del Cubo, Ciudad Vieja y otros alrededores de la Antigua Guatemala. 

La elefantiasis era común, sobre todo entre los indios moscos y otras 
tribus de Nicaragua y Costa-Rica. Decían que la curaban con encantamientos 
y mordeduras de ciertas culebras muy venenosas, tomando aguas de plantas 
especiales y carne de ciertas lagartijas. 

Había en estas regiones pestes desoladoras, como la que despobló Guate- 
mala en 1521, que según presumen algunos, sería el cólera morbus, acompaña- 
do de una terrible afección en la sangre. Asegura Ximénez que la sífilis se 
había extendido muchísimo, sobre todo entre los nobles o grandes. Ello su- 
cedió que en 1522, más de veinte reyezuelos murieron de aquella enfermedad, 
que comenzó primero en Iximché (Tecpán Guatemala) y se propagó por otras 
partes. 



(1) Toi-quemada, Monarquía Indiana, páff. 14, cap. 43. 



— 3^6 — 

Poco tiempo después, cundió la peste de viruela, o sea la gran lepra, como 
los indios la llamaban, hueizahuatl, introducida a nuestro Continente por un 
negro esclavo de Panfilo de Narváez, que vino plagado de tales viruelas. El 
tifo, el sarampión, y otras enfermedades traídas por los españoles, hacían 
grandísimos estragos entre los indios, por lo mismo que su naturaleza estaba 
apta para recibirlas y no había acumulado los elementos para resistirlas. Cru- 
zadas después las razas, y aún permaneciendo i)ura en muchos pueblos, ya: las 
pestes no producen tantísimo daño, por la resistencia de los más aptos para 
salvarse de ellas, transmitida por herencia a sus descendientes. El abuso de 
licores espirituosos produjo también grandes males entre los indios y no poca 
enfermedad y degeneración. El aguardiente de Castilla, que después se ha 
fabricado en estas tierras, ha sido un veneno, una fuente de males sin cuento. 

Las enfermedades que resistían los europeos, hicieron entre los indios 
estragos espantosos. La tisis, al desarrollarse en América, en el seno de una 
raza que no la había padecido, revistió formas asoladoras. El atraso de los 
estudios de patología general, en los primeros siglos de la colonización america- 
na, nos impide saber hasta que punto la tuberculosis, importada por los euro- 
peos, pudo diezmar a los indios americanos, tan afines de los habitantes de la 
Polinesia. El ilustre patólogo italiano Tomassio Crudeli afirma que la tisis 
era enfermedad ignorada entre los indígenas de América, suponiendo que les 
fué transmitida por medio de las vacas que los españoles trajeron. Las fiebres 
eruptivas, el sarampión, que entre la raza blanca es de favorable pronóstico, 
producía entre los indios desastrosos efectos. La viruela, decía el padre N.uix, 
fué funesta en sumo grado, pues cuando este contagio se cierne sobre un pue- 
blo, derrama la desolación y la ruina. 

Así como los animales fieros reducidos a la domesticidad apenas procrean, 
los pueblos independientes sometidos al dominio de otros pueblos opresores, 
sienten decrecer su vida renuncian al poder genésico, prefieren no engendrar 
hijos, se enferman de desesperanza. Miran obscura la vida, como dice Qua- 
trefages, en su hermoso libro L* espéce humaine. 

No se puede negar que el gobierno español hizo lo que pudo para dismi- 
nuir la gran lepra, como llamaban los aborígenes a la viruela. Una real cédula 
dispuso que una comisión de personas entendidas viniese a Guatemala, trayen- 
do algunos niños vacunados, para propagar el fluido de brazo a brazo, en 1793. 
Produjo mucha exitación de ánimos. No podían comprender cómo una úlcera 
pudiera evitar otras. El Muy Noble y Leal Ayuntamiento trabajó mucho. Se 
escribió en "La Gaceta," se distribuyeron instrucciones y se promulgaron ban- 
dos. El P. don Juan J. González de Batres dio dinero y puso, en el frente del 
estanque de San Sebastián, un busto de Jenner. En Costa-Rica se hizo la pri- 
mera vacunación en Cartago, en febrero de 1805, con fluido remitido desde 
Guatemala en vidrios. Don JManuel del Sol, licenciado en cirugía, fué en co- 






— 317 — 

misión del Capitán General, en abril de 1806, y estuvo dos años propagando la 
vacuna. En 1816 hacia estragos en Nicaragua la peste de viruela, por lo que 
de Costa-Rica mandaron fluido vacuno ; pero la gente y los curanderos creían 
mejores las sangrías, lavativas, purgativos y vomitivos. La Ciencia de Hipó- 
crates no andaba por allá muy adelantada. 

Sabido es que en el siglo XVI devastó la sífilis Roma y muchas otras ciu- 
dades de Europa. Algunos supusieron que era llevada de América tan fatal 
enfermedad, mientras que no faltaron personas que opinaran que había sido 
importada al Nuevo Mundo por los conquistadores. La verdad parece ser que 
tan fatal azote, es común al género humano desde remotísimos tiempos (i). El 
sabio don Andrés Bello, cuya acuciosidad era admirable, recogió, en la Biblio- 
teca Real de Londres, muchos datos y numerosas citas, que se encuentran en el 
tomo VI de las obras del insigne literato venezolano, en las páginas XXXVII 
y siguientes, para vindicar a América de haber sido origen del mal venéreo. 
Jerónimo Fracastor, médico del Papa Paulo III, escribió un poema "Syphilis, 
sive de morvo gállico," divulgando haber sido llevado de América el mal fran- 
cés, como otros lo llamaban. Los españoles americanos se sintieron muy agra- 
viados después, con las aseveraciones de Astruc y Robertson, que divulgaron 
más la suposición de Fracastor, y sobre todo, las muy despreciativas de Paw. 
Esto dio lugar a que el ex-jesuita mexicano Francisco Saverio Clavígero, pu- 
blicase, en 1780, una eruditísima disertación, que se intitula "Origen del mal 
venéreo." Quien quiera estudiar este punto histórico, hallará en ella los más 
])rolijos datos. Bancroft dice que el mal venéreo existió en Europa antes del 
siglo XVI, y que también en América fué común en algunas de sus formas, 
dicha enfermedad, antes de la conquista (2). En América, antes de la con- 
quista, se conoció la lejjra arábiga. El primer español muerto del mal de 
Lázaro en este Continente, fué Jiménez de Quesada fundador de Bogotá. 

Nuestros indios tenían adelanto en artes, y hasta guardaban sus señales 
astronómicas y sus secretos médicos, en cuadernos de papel, hechos de corteza 
del amatl (3). Remesal encomia mucho la habilidad de los aborígenes de 
Guatemala como herbolarios y curanderos, refiriendo casos admirables de cu- 
raciones muy difíciles (4). El cronista Herrera, al tratar de Honduras, refiere 
que en aquellas tierras se encuentran plantas prodigiosas por sus propiedades 
medicinales. Los quichés tenían libros en los cuales habían consignado sus 
observaciones sobre ciencias naturales (Bourbourg, Hit. Nat. Civ. Tomo III, 
Pág. 637). 



(1) Dr. Mariano Fadilla.-Ensa.vohistóricosohrp la oiifermedafl veníi-ea. 

C) -En estas Indias pocos, mu.v ixicos cliristianos han escapado i\o este trabajoso mal de hulioes 
cuando han tenido participación carnal con los naturales: píjnine a la verdad es plata de esta 'l;V-«;« V "J«J' 
frecuente Oviedo Historia (ieneral. tomo T, p!Í«r..m-).-Ilnml)oldt. Esay. Pol. tomo I. piStf . u». Hourl«>ur»r. 
Historia Natural Civ. tomo I, me. 182.- Bancroft. vol. H. pa»?. MH. 

(3) Bernal Díaz del Castillo. Tomo 1. pásr- 207. 

(4) Liltro V. capítulo 10. 



-3iS- 

Supersticiosa como era la raza indígfena, creía en agoreros y brujos, entes 
malignos y hechicerías. Todo pueblo primitivo, dice Michelet, (i) es esen- 
cialmente crédulo. El hombre caza y combate ; la mujer se ingenia, imagina, 
crea sueños y dioses. Es vidente y supersticiosa ; tiene dos alas infinitas, las 
alas del deseo y las de la soñadora fantasía. Para contar mejor el tiempo ob- 
serva el cielo, mas no por eso está menos ligado a la tierra su corazón. Con 
los ojos puestos en las amorosas flores, flor ella también, hace con las flores 
conocimiento personal y como mujer les pide virtud para curar a los que ama. 
El único médico del pueblo, por miles de años fué la hechicera. Si no acerta- 
ba a curar se la decía bruja, y otras cosas peores ; pero generalmente, por un 
respeto mezclado de temor, llamábanla buena mujer, bella dama (bella donna) 
el mismo nombre que se daba a las hadas. Cuando Paracelso, en Basiléa, 
quemó en 1527, toda la medicina, declaró que no sabía nada sino lo que le ha- 
bían enseñado las hechiceras. Los indios conocían el hipnotismo, la transmi- 
sión del pensamiento y muchos otros fenómenos, que atribuían a brujerías. 

Aquí en América, antes de la venida de los españoles, tenían los aborígenes 
mucha fe en sus adivinas y brujas. Los conquistadores, por su parte, acaba- 
ban de dejar a las hechiceras en los parajes más desiertos y aislados, en los 
edificios viejos, entre las ruinas, huyendo de las llamas de la Santa Inquisición ; 
de suerte que eran tan fanáticos los unos como los otros. Todavía tienen los 
indios sus brujas y adivinadoras (2). 

Aún se conserva en muchos pueblos la tradición de haberse aparecido, 
doscientos años antes de la conquista, una mujer blanca, muy sabia en el arte- 
de la adivinación, llamada la Comiza-hual (tigre que vuela). Cuentan que rei- 
nando, en el Quiche, Quicab, llegaba un noble cakchiquel a dar tilaridos, por la 
noche, a la mansión del monarca. Como era gran hechicero, no podían capturar- 
k), hasta que lo aprehendió un encantador quiche, con no poco trabajo. Lo sacri 
ficaron cruelmente: y antes dijo: "Sabed que ha de venir un tiempo en {|ii( 
sufriréis grandes calamidades, y hasta este mama caixon (viejo agrio) sucum- 
birá. Los edificios serán madrigueras de lechuzas y gatos de monte, y des- 
aparecerá la grandeza de esta corte." En recuerdo de la profecía de la conquis- 
ta — como se llamó el augurio del hechicero cakchiquel — conservaban los in- 
dios, hasta en tiempo de Ximénez, un baile solemne, llamado Quiche Vinak. 

Los aborígenes y aun los españoles de la conquista, temían mucho a los 
brujos y hechiceros, hasta el punto de que pasma la credulidad de todos los 
cronistas que relatan artificios maravillosos, como convertir a las gentes en 
leones, tigres, culebras y otras sabandijas. Cuentan prolijos detalles, dando 
fe casi todos de haber presenciado algún caso ! ¡ Tanto puede la credulidad y 
la ignorancia! Las Casas, Cogolludo, Gomara, Gage, Remesal y Vásquez. 



(1) La Bruja. |já*r. 1* Introducción' 

(2) Ciurolliulo. Historia imjr. 183 -4- 



3T9 



re 



fieren metamorfosis y otras artes ocultas. A muchos azotaron y a no pocos 
quemaron por cuenta de los hechizados. Los Padres españoles, dice con gra- 
cia Bancroft, (i) creían en los dioses de los indios tan firmemente como ellos; 
la única diferencia parece haber sido que los primeros los conceptuaban de- 
monios y los segundos divinidades. Cuando los aborígenes de Costa-Rica 
vieron a los españoles escribiendo sobre un papel con tinta negra, se alarma- 
ron, en la creencia de que era asunto de maleficio, mientras que los castellanos 
al mirar que los indios les echaban humo de copal, con gritos y gestos, juzga- 
ron que era eso arte del diablo. 

En aquellos tiempos, en que el demonio hacía gran papel en el mundo 
— hasta el punto de que no hay casi una sola página en las antiguas crónicas 
sin que se hable de la influencia del espíritu maligno — atribuían los españoles 
las brujerías de los indios al poder de satanás. Así como en España se creía 
en la Misa Negra, pensaban los conquistadores que los piachas o adivinos de 
Centro-América, que sabían evocar espíritus, hipnotizar, predecir el futuro, y 
ver a distancias largas, tenían pacto con el diablo. Oviedo, en su interesante 
"Historia Natural y General de las Indias," (2) dice: "Le llaman Tequina, 
que quiere decir lo mesmo que maestro, por manera que al que es maestro de 
las responsiones e inteligencias con el diablo, llámanle tequina en aquel arte, 
porque aqueste tal es el que administra sus idolatrías e ceremonias e sacrifi- 
cios, y el que hablaba con el demonio." — "Tenían o había entre estas gentes 
unos sacerdotes que llamaban en su lengua piachas, muy expertos en la mági- 
ca, tanto que se revestía en ellos el diablo, y hablaba por su boca muchas false- 
dades, con que los tenía cautivos" (3). Fueron los piachas los fakires de estas 
tierras. 

Varios historiadores refieren que muchos indios tenían libidinosas costum- 
bres, o mejor dicho, hábitos indecentes. El mismo Oviedo habla de "ciertos 
malos hechiceros, que secan e matan de día en día, hasta que se enflaquecen 
tanto, que se les pueden contar los huesos. Estos chupadores, como les nom- 
bran los chrisptianos, son criados o naborías del tuyra, y que él se los manda 
assi hacer, y el tuyra es, como está dicho, el diablo." (4) 

Mendieta refiere que nuetros indios (5) "lanzaban por el suelo unos corde- 
les, como llaveros, y si quedaban revueltos, era señal de muerte, mientras que 
si alguno o algunos caían extendidos, teníase por señal de vida, diciéndose que 
ya el enfermo comenzaba a extender los pies y las manos." 



(1) Native Races, vol. uásr. 798. 

(2) Tomo III, pásr. 127. 

(3) Las Casas. Historia A |M)l()tr¿'lica. capítulo 245. 

(4) Historia General, tomo 1. páer. ir>!>. 
(.->) Historia Eolesiásiica pátr. 40. 



— 320 — 

Las Casas, en "La Historia Apologética," tiene un capítulo (141) en el 
cual se refiere a la medicina y supersticiones de los aborígenes, y dice : "que 
en las principales ciudades había hospitales dotados de rentas y vasallos, en 
donde se resabian y curan los enfermos pobres." 

Clavígero hace una descripción pintoresca del temascalli (i) y cuenta 
que ese baño de vapor era un gran remedio, muy usado entre los indios, y ade- 
más un elemento higiénico de limpieza y de refrescarse, que empleaban hasta 
los sanos. Todavía usan nuestros indios el baño temascal. 

Acostumbrados a sus sangrientos sacrificios y a morir en las guerras, veían 
como los japoneses, acercarse impávidos la muerte, sin pensar mucho en lo que 
dejaban, ni menos en la vida futura, para cuyo viaje poníanles, en los sepul- 
cros, y aún les ponen, el bastimento suficiente y algunas alhajas si eran ricos ; 
a las mujeres su piedra de moler, y sus armas a los hombres. Por caridad, 
los teochichimecas y otras tribus, mataban a los enfermos incurables que s*i- 
frían dolores agudos. 

Hernán Cortés, Herrera y Díaz del Castillo, aseguran que los mexicanos 
y quichés tenían boticas y jardines botánicos: "Hay la calle de herbolarios, 
donde se ven todas las raíces y yerbas medicinales que en la tierra se encuen- 
tran. Hay casas donde se venden las medicinas hechas, así potables como 
emplastos, ungüentos, etc." Poseían libros en los cuales minuciosamente 
consignaban sus remedios (2). 

Los indios de Guatemala sepultaban con gran solemnidad los cadáveres 
de los reyes y de los nobles. Cuando estaba moribundo el cacique, cubrían 
los principales ídolos con máscaras o con velos, y al expirar el enfermo quita- 
ban tales adefesios, y se apoderaban del cuerpo muerto ciertos hombres y mu- 
jeres pertenecientes a la casta de los sacerdotes. Embalsamaban el cadáver, 
a estilo tolteca, y el sumo sacerdote vertía agua sobre la cabeza del difunto, 
diciendo : "Esta es el agua que usaste en el mundo." A seguida, ponían una 
tinaja llena del mismo líquido, en las espaldas del cadáver, y exclamaban : 
"Esta es el agua para el viaje que vas a emprender." Había de pasar el 
muerto, en su transmigración, en medio de dos vcjlcanes que se erguían el uno 
frente al otro, después debía ir por el camino angosto, guardado por la gran 
culebra ; en seguida, por el arenal del lagarto, (xochitonal) ; por último, por 
la vereda de los vientos, tan fuertes que se llevaban las ceibas y las rocas. Con 
la sangre de una especie de perrito .colorado, que para el caso se mataba, mo- 
jaban unos algodones que ponían al cadáver en el cuello. El animalucho re- 
presentaba a Charón, quien conducía al muerto por la obscura laguna Chicuna- 
huapán. Clavígero dice "que el perro era para que lo guiase a donde debía ir. 
Ponían idolitos, trastos de metal o de barro, y otros utensilios para el difunto. 



(1) Historia Aiitiiaia. tomoIT, pácr n4. 

(2) Brassseurde Kour»)ouor. Hist. desNat. Civil, tomo III. váe. 037 



— 321 — 

que tendido en una especie de pavés, era llevado al lugar de la sepultura, por 
príncipes, cortesanos y una guardia de honor, que hacía grandes demostracio- 
nes de pesadumbre. Inmolaban al indio que tenía en su guarda los ídolos 
del rey. si éste era el muerto, tañendo tristes pitos y atambores," al decir de 
Acosta en la "Historia de las Indias." Atrás de la comitiva, venían los envia- 
dos de pueblos extranjeros, los grandes y los nobles. Después de muchas 
ceremonias, sepultaban el cadáver en la hendedura de una gran roca, bajo 
algún cerro artificial (mound) o en algún otro lugar apropiado para el caso, 
"aderezando, los cadáveres, dice Bernal Díaz del Castillo, de las mejores plu- 
mas, joyas e ídolos, y poniéndoles un escudo en la mano izquierda y un venablo 
en la derecha." 

La cremación la usaban en varios pueblos, y conservaban las cenizas 
coyio reliquias (Brasseur de Bourbourg). Los que nacían en los últimos cinco 
días desdichados del año, eran reservados para obsequios reales. Cuando una 
mujer moría de parto, la acompañaban todos sus parientes y amigos, a efecto 
de evitar que los extraaos arrebatasen los restos mortales, creyéndolos presa- 
gio de buena fortuna o amuleto contra las desgracias (i). En Nicaragua, al 
fallecer un gran señor, quemaban su cadáver y ponían en una urna las cenizas ; 
que a su vez se esparcían frente al palacio del difunto, según lo afirma Ovie- 
do (2). En Guatemala se teñían las viudas el cuerpo de amarillo, en señal de 
duelo, por lo que las llamaban malcam, y cuando expiraba un niño de pecho, 
había la madre de repartir su leche entre otros niños, durante cuatro días, para 
que el espíritu del infante muerto no padeciese (3). 

Gomara, en la "Historia de las Indias," (4) describe a los aborígenes de 
Guatemala, como guerreros infatigables, valerosos y muy sufridos. Algunos 
^de ellos se abstuvieron, durante los primeros años de la conquista, de yacer 
•^con sus hembras, a fin de no procrear hijos que fuesen esclavos de los blan- 
cos (5). Cuando una raza se destruye por otra, cuando el sufrimiento llega 
a su colmo, la vida instintivamente deja de reproducirse, ante la horrenda 
hecatombe de exterminio y de muerte. El eco de dolor, que, cual prolongado 
' suspiro, atraviesa los siglos de aniquilamiento y servidumbre de la raza abori- 
gen de este suelo, es como el tremendo grito de Job, que responde a la destruc- 
ción de un mundo. El choque de una civilización más avanzada con otra dis- 
tinta, produce un cataclismo semejante al que resulta del choque de dos astros 
que se encuentran en su carrera. El salvaje lanzado a la civilización se con- 
sume entre agonías horribles. Edgard Quinet ha dicho : ¿ No os habéis en- 
contrado nunca en un mundo hostil, extranjero, donde tenéis que ocultar todo 



(1) Torauemada, Monarquía Indiana, 

(i) Historia General t«mo IV, pátr. 48. 

(3) Landa.-lielaci(5n.— .liméne/. Historia de Guatemala. \mg. 214. 

(4) Folio 2(iS. 

C)) Herrera Historia (ieneral. TV^rada III. libro 4'.\ eapflulo Tf. 



— 322 — 

lo que sentís, callar todo lo que pensáis, olvidar vuestra naturaleza, vuestros 
recuerdos, vuestros padres, hasta vuestra leyenda?.... ¿No sabéis cómo el 
aire se torna pesado, cómo falta la respiración, cómo es odiosa la vida? (i) 

El indio vio de repente ocupado su suelo por el hombre pálido. El rayo y 
el trueno hacían que éste llevase la muerte y el exterminio por pueblos enteros. 
El que quedaba vivo era quemado a las veces a fuego lento, para que descu- 
briese los tesoros. Las mujeres robadas, los ídolos rotos, la vida tornada en 
persecución horrenda. Cada español era más temible (|ue una divinidad aira- 
da. La fuerza, el tormento, la explotación, el exterminio, la saña horrible, la 
crueldad más estupenda, llenaron de llanto y muerte el Nuevo Mundo. Los 
ingleses cazaban como bestias a los indios ; los españoles los condenaron a una 
agonía lenta, a pesar de las leyes humanitarias de los monarcas de Castilla. 
Todo ello era inevitable, desde que no es posible que luchen dos civilizaciones 
diversas sin que la una perezca violentamente. Edad de piedra, de bronce, de 
hierro, o de plata ; la transición de una a otra no puede efectuarse sin dolor. 
Hay para cada pueblo, ctmio en la vida de cada hombr^, una crisis, una muda, 
en el tránsito de la infancia a la adolescencia, a la juventud, a la edad madura. 
Muchos perecen en él. Las naciones polinesias fueron como un collar sus- 
pendido de isla en isla por todo el piélago de conchas. El collar se desató, y 
las perlas se perdieron. Los pueblos de América, numerosísimos, y extendi- 
dos, se hallaban en la región del oro, las esmeraldas y los ópalos. La raza 
conquistadora invadió su suelo, y quizo que los i)rimitivos dueños pasasen rá- 
pidamente de la edad de piedra a la edad de plata ; de la idolatría al cristianis- 
mo ; de la vida pastoral a los cabildos autónomos: de la moneda de cacao y 
plumas a los doblones y a los pesos de oro ; de la poligamia patriarcal al ma- 
trimonio; del canibalismo a la comunión mística del Nazareno. . . . Más aún. 
la codicia, el espíritu atávico de siete siglos de sangrientas luchas, el orgullo 
de la nacionalidad, que representaba la supremacía del poder mundial en aquel 
tiempo, el carácter de aventuras y fuerza que prevalecía entonces, y todas las 
demás circunstancias inherentes a la conqui.sta, dieron por resultado un gesto 
de infernal dolor, un lamento sui)remo, un gemido estridente de la raza primi- 
tiva que se hundía en el abismo; la pasividad de unos cuantf»s pueblos anacró- 
nicos que vejetan aún, siempre sufriendo. En una i)alabra, el soi)l() de muerte, 
al través del tiempo, dejando rezagos destinados a i)erecer en el turbión de los 
siglos, para que al fin sólo queden vocablos de lenguas muertas, que los erudi- 
tos, los sabios, tomarán como guías para reconstruir la historia, la cultura, la 
manera de vivir de las razas desventuradas del mundo. . . . ¡Con razón se abs- 
tenían muchos de los indios de ayuntarse con sus mujeres, para no dejar hijos 
que sufriesen su mísera suerte! El botín era el sueño del conquistador, como 
cantaba el gran Lope : "no los mueve cristiandad, sino el oro y la codicia." 



(1> La Crearión tomo T. irÁg. 338. 



— 323 — 

El nagualismo, especie de zoolatría, consistió en la práctica de los indios 
que se consagraban a algún animal, bajo cuya forma creían que una divinidad 
protectora los amparaba. Sacaban el horóscopo de la sangre de un niño recién 
nacido, en la primera ablución que le hacían ; iban al monte, sacrificaban un 
conejo o una ave, y después creían percibir en sueños su nagual, es decir la 
forma del bruto que debía ser como su ángel de guarda (i). 

Los mayas, los quichés y otros indios conocieron el hipnotismo, la suges- 
tión y demás ciencias ocultas que los sacerdotes estudiaban, y que atribuían a 
brujerías y hechizos. En todos los pueblos antiguos achacábase a causas dia- 
bólicas lo que hoy está demostrado ser efecto de fenómenos naturales y de 
fuerzas ignoradas que se procura descubrir. Las crónicas todas de los con- 
quistadores españoles refieren portentosos hechos, que la incredulidad tuvo 
por fábulas, y después se ha visto que en mucho son resultados del hipnotis- 
mo, ocultismo, magnetismo, transmisión del pensamiento, muertes aparentes, 
suspensión de la sensibilidad, vista a la distancia, etc. Todo lo del "Mundo 
de lo Desconocido" lo resolvían y lo explicaban por medio del diablo. 

Aun después de la conquista, se creyó que había indios brujos, zahoríes 
(zajorines) y agoreros. Refiere el padre Fr. Tomás Gage, que en Pínula vio 
él mismo a una mujer llamada Matea Carrillo y a un Gómez que hechizaban 
con malas artes. Vio además de esos, a un tal López que se volvía tigre, león 
y perro (2). Por más tornadizos que algunos sean al sol que se levanta, ya era 
mucho eso de convertirse en bestias. El listo espía inglés, el célebre Fr. To- 
más, sí se había convertido, por estas tierras, en religioso de Nuestro Padre 
Santo Domingo, sin serlo en realidad, según algunos creen, y vino a sacar 
buenos dineros a los infelices indios de Pínula y de Petapa. 

Los franciscanos contaban que Balan Quiche era llamado el portentoso, 
porque había sido un gran brujo (3). 

Los hechiceros eran los que sabían sanar, con plantas, las enfermedades, 
entendían de reducir una lujación, sangrar con obxidiana o chaye, extirpar 
tumores, embalsamar cadáveres, curar según dicen, el más venéreo y aún la 
lepra y el cáncer, empleando para estas últimas enfermedades, el comer carne 
de cierta lagartija, como aparece en la "Memoria del Protomédico de Guate- 
mala, doctor don José Flores," impresa en México, en 1782. También usaban 
el veneno de las vívoras y algunos remedios vegetales. 

Todavía tienen muchos secretos los indios, que no dan a conocer a los 
ladinos, y que no figuran en la terapéutica. Por lo común los tuertos, cojos, 
gibosos o de cara infernal, eran y son los brujos. Estos embaucadores hacen 
uso de venenos para operar maleficios ; emplean arañas que ponen a correr en 
mantas, después de quitarles una pata, o bien se sirven de zapos y culebras. 



(1) Herrera. Historia de las Indias. 

(2) En el capítulo XXI de los "Viajes del P. Gasrc," se habla de osos Gómez y CarrlllasQue era 
errandes hechiceros. 

(3) Tsaeroge hist<5nca. páf;. 348. 



— 324 — 

Hacen muñecos de trapo remedando al que quieren perjudicar, y lo pican con 
afileres, resultándole el daño al hombre de carne y hueso. Otros usan pelo 
de muerto, dientes de difunto, figurillas especiales de piedra y otras cosas 
raras, para engañar a los incautos. El graznido de la lechuza, el aullido del 
coyote, el revoloteo de la mariposa negra, el encontrar en el camino una cule- 
bra o un lagarto, augurios eran de grandes calamidades. Todavía duran en 
las tribus de indios muchas de esas preocupaciones (i). ¡Algunos creen que 
hay gallos viejos que ponen un huevo y nace de él un basilisco!. . . . 

El hechicero es el hombre excepcional que mantiene relaciones personales 
e íntimas con los espíritus, que está poseído por ellos, que es el médico para 
las enfermedades, encantador de amuletos, denunciante de culpables, adivino, 
sacerdote, sabio y profeta de las tribus primitivas (2). La hechicera enseñó en 
el trono de Oriente las virtudes de las plantas y los viajes de las estrellas ; en 
la trípode de Delfos, iluminada por el dios de la luz, daba sus oráculos al mun- 
do ; en Roma fue la sibila que en sus libros guardaba las profecías ; aquí en 
América, cual otra Circe o Medéa, tuvo su varita de virtud, y por guía a su 
hermana la naturaleza. 

Si aún entre gente civilizada prevalece la idea de que hay adivinos y nigro- 
mantes, cómo no la habían de tener los antiguos pobladores de Centro-Amé- 
rica. Nada tiene de raro que los aborígenes del Nuevo Mundo creyesen en 
todo eso, y que tímidos y supersticiosos, continúen dando ascenso a semejan- 
tes sortilegios y adivinaciones, cuando en aquellos tiempos de la conquista era 
opinión general la de existir encantamentos y hechicerías. El Papa Inocencio 
VIII encomendó a los inquisidores la persecución de los nigromantes, y Spren- 
ger escribió su famoso "Martillo de los Brujos," tremendo libro que chorrea 
sangre, que habla del comercio carnal con los demonios, de íncubos y súcubos, 
de otras ridiculas abominaciones, que serían simplemente risibles, si no hubie- 
ran dado motivo a tantos autos de fe, que hicieron morir a muchos desgracia- 
dos. El ergotismo medioeval fué causa de la muerte de cinco mil en Tréveris, 
quinientos en Genova, en sólo tres meses (15 13), ochocientos en Wurtzburgo, 
casi en una hornada ; mil quinientos en Bamberga ; y hasta el mismo Fernan- 
do II, el devoto, el cruel emperador de la guerra de treinta años, tuvo que vigi- 
lar de cerca a aquellos santos inquisidores, que tenían al parecer la buena 
intensión de purificar en el fuego a todos los vasallos (3). El concilio de 
París, de 829, declaró: "Que existen ciertas gentes que bajo la influencia y 
sugestiones del diablo, debilitan de tal manera, por medio de filtros y filacte- 
rías, la inteligencia de los hombres, que los vuelven estúpidos e insensibles a 
los males que les hacen sufrir. Débeseles castigar, tanto más cuanto que tie- 
nen la audacia de ponerse públicamente al servicio del demonio." En tiempo 



(1) Las Casas.-Historia Apolocrética. capítulo nO. 

(2) Albert Revllle.- Hlstolre des Rellsrlons des peuples non civilices. 

(3) .1. Mlchelet.— La Bruja.— Introducción. 



--325 — 

de la Colonia se instruyeron muchas causas por sortilegios y hechicerías. En 
la provincia de Cartago o Costa-Rica se siguió un curioso proceso criminal 
contra María Francisca Portuguesa y Petronila Quesada, por encantamientos 
y amoríos, por medio de un muñeco negro, con alfileres, para ligar a los 
hombres (i). 

La verdad es que siempre ha habido preocupaciones, y que los maravillo- 
sos resultados de causas naturales, se han hecho depender, por la ignorancia, 
de pactos con el diablo. Hoy hay todavía quienes atribuyen los efectos del 
hipnotismo, magnetismo y lo que llaman espiritismo, a malas artes diabólicas. 
Existe un curioso libro escrito, en tal sentido, por un jesuíta. Nuestros indios 
eran dados a creer en sueños, como todos los pueblos antiguos, lo cual nada 
tiene de raro, si se considera que Josué, Faraón, y otros muchos, tuvieron pro- 
féticos sueños, y hasta el mismo San Antonio no pudo escapar a visiones que 
refieren los místicos. Sin creer, como el sabio naturalista Debay (2) que 
])uede verse en sueños lo futuro, sí conceptuamos natural que los pueblos pri- 
mitivos den gran importancia, sobre todo a los sueños fatídicos, como el de 
Calpurnia, mujer de César. Sea lo que fuere de esa consciente actividad men- 
tal, mientras dormimos, la verdad la resumió en pocos renglones, Shakespeare, 
cuando exclamó : 

De lo que se hacen los sueños 

Somos hechos los mortales, 

Y nuestra vida se acaba 

En el postrer sueño eterno ! 

La magia y la credulidad son tan antiguas como el hombre, y las encon- 
tramos en todas las razas y en todos los países. Cautiva lo portentoso, y la 
superstición esparció por el mundo las más raras maravillas, muchos siglos 
antes de que el archi-druida verificara sus curaciones sorprendentes, y tremo- 
lando la rama de muérdago, arrancase con su hoz dorada el verde ramaje del 
añoso roble. Los misteriosos ritos de las sacerdotisas Voilers y Valas, son 
muy anteriores a aquella época. Los símbolos de todas las mitologías, tienen 
bastante realidad científica, desde los mayas, quichés, caldeos, egipcios y 
siríacos, hasta llegar a los modernos conocimientos físicos, según lo demuestra 
el sabio Schweigger, en su famosa obra "Introducción a la Mitología por la 
Historia Natural." Los indios maya-quichés revelan en su teogonia que ha- 
cían algo más que creer, y que en todas las épocas, bien sean idolátricas, ora 
materialistas, la naturaleza humana es parecida a la naturaleza universal, en 
su horror al vacío. Al través de brumas, de errores, de vicios y de sangre, 



(1) Arqueología criminal americana, 225 pásrlnas, por Anastasio Alfai-oíJonziíle/. 

(2) Los misterios del sueño y del maírnetlsmo. 



-326- 

ilumina siempre a los pueblos "el sol espiritual central." el dios de los antiguos 
y de los modernos profetas, que trazó, con un rayo de poder infinito, la armo- 
nía genésica sobre la faz del cosmos (i). 

En los fríos y mudos labios de los ídolos, en los geroglíficos de las ruinas 
soberbias de la América Central, quedan sellados innumerables secretos de ci- 
vilizaciones muertas : queda el desdeñoso gesto de una raza. Dícese que 
Votan era gran mago, y refiérense maravillas de Quezaltcoatl, cuya misteriosa 
vara acaso tenía más virtud que la de Moisés, si hemos de dar crédito a Bras- 
seur de Bourbourg y a Mousseau, que se empeñaron tanto en demostrar la 
identidad de los cananitas con nuestros aborígenes maya-quichés.... ambos 
pueblos maldecidos, descendientes de Can. Los magos caldeos y asirlos 
tuvieron a su jefe Nargal, y el más temible hechicero quiche fué Nagal, ambos 
nombres derivados del dios asirio, y ambos con poderes de un dcmón servidor, 
con el cual ellos se identificaban por completo ; el demonio asirio y caldeo 
estaba en sus templos en forma de animal sagrado ; el demonio de los indios 
quichés y mexicanos se encontraba en el monte, en el lago, o dentro de la pro- 
pia casa, bajo la forma de animal doméstico (2). Los caldeos y los mayas 
tuvieron ritos, i)reocupaciones y hasta palabras análogas. 

Eran harto supersticiosos los quichés y prestaban crédito a los sueños,, 
atribuían calamidades al canto de ciertos pájaros y se hallaban versados en la 
magia y en la quiromancia (3) tanto como los caldeos, siriacos, egipcios y 
demás pueblos antiguos. Al igual de aquellas gentes, no sólo conocían el 
curso de los astros, sino que, con ardiente imaginación, pensaban que las es- 
trellas, flores de la noche, estaban ligadas con el destino de los hombres, y que 
en sus misteriosos giros y centellantes titilaciones descendían sus efluvios, que 
dejaban marcada en la inmensidad la suerte de los mortales. Por antítesis, 
en la tierra se descubría' el oróscopo por mujeres lóbregas, envueltas en manto 
de tinieblas, con ojos fosforescentes, facciones angulosas, manos descarnadas 
y fauces hundidas. Eran las brujas, que sabían leer en el cielo los misterios de 
nuestro planeta y que recurrían al alma de la noche, la argentada luna, para 
arrancar de sus faces los augurios fastos o nefastos. 

El historiador Buckle considera, y con razón, que la influencia de la natu- 
raleza física que circunda a un i)ueblo, influye naturalmente sobre su mitología 
y superstición. En donde el terremoto, la tempestad y el huracán arrasan ciu- 
dades y hacen perecer víctimas innumerables, se excitan los sentimientos y las 
preocupaciones crecen. Con razón, pues, tenían nuestros indios esas divini- 
dades airadas en su teogonia. Cada año, siete doncellas se arrojaban vivas, 
en Nicaragua, entre el hirviente cráter del volcán de Managua, jjara tenerlo 
propicio. 



(1) I sis sin velo, páir. 01. 

(2) Bras.seur de Bourboursr.— .Méxiinu-. imirinas ."«.'> y r>r4. 

(3) Ximéiiez. nist. Ind. Guat.. ixísr. 101. 



— Z'zi — 

La esplendorosa floresta, los lindísimos valles, lag^os y montes de esta 
paradisíaca tierra, tornaban las imag-inacios en busca de agoreros, y los hacían 
creer que en cierto animal estaba su suerte vinculada, que había medios de in- 
terrogar al porvenir, de causar males por mágicas artes, y que las hechiceras 
tenían ]ioder extraordinario. 

En Guatemala, (piemaron a muchos hechiceros los españoles conquistado- 
res. Aún después de pasados los años de la conquista, siguieron las autorida- 
des coloniales persiguiendo cruelmente a los brujos, que eran torturados sin 
])iedad. Mientras que en la propia España quemaban herejes y brujas, aquí 
también se conducía a la hoguera a infelices sindicados de pacto con el diablo. 
Los extractos de Llórente, de Lamothe-Langon, la historia de la Inquisición 
de Lima, los anales de la de México, los expedientes que quedan en los archivos 
de la Real Audiencia de Guatemala, tienen una sequedad sombría, despiden 
el acre olor del sambenito ; sólo muerte es lo que se encuentra en cada página. 
La tortura previa rasgaba carnes, machacaba huesos y desesperaba almas. La 
impasibilidad de los verdugos era más fría que una daga toledana. 

Después de tanta 'crueldad, de tanta abominación, aún quedan por todas 
partes las brujas y hechiceras, no bajo el dolmen de algún sepulcro druida o en 
el bosque de los espinos, sino en medio de las ciudades, explotando la creduli- 
dad de las gentes. Aquí en Guatemala, no faltan adivinos, brujos, hechiceros, 
(jue saben hacer el mal con bebistrajos sucios y venenosos. Las ciencias ocul- 
tas, los misterios, cuanto se relaciona con seres fantásticos, embarga la imagi- 
nación del indio, llenándole de miedo y haciéndole cometer crímenes sin cuento. 
El vulgo confirma gran parte de tales supersticiones, y por eso, se alude a ellas, 
en cantos populares, como la copla tan común, que dice : 

La lechuza canta, 
y el indio muere : 
ello será mentira, 
pero sucede ! 



— 328- 

LISTA DE ALGUNAS PLANTAS MEDICINALES 
DE LA AMERICA CENTRAL 



Acedera 
Achicoria 
Achiote 
Agrá 
Aguacate 
Ajenjo 
Ajo 

Albahaca 
Alonquén 
Alcotán 
Amapola 
Amché 
Anisillo 
Añono 
Apasote 
Aromo 
Artemisa 
Azahar de monte 
Alacrán 
Agárico blanco 
Agárico negro 
Azafrán 
Aloe 
A-conito 
Amica 
Albarrana 
Asta de ciervo 
Aceituna 
Azucena 
Adormidera 
Avellana 
Anacahuita 
Alerojo 

Albahaca de anis 
Almendro 
Balsamito 
Bálsamo de Tolú 
Bálsamo del Perú 
Barbasco 
Bodoque 
Borraja 
Betivir 

Bálsamo del Bra- 
sil 
Belladona 
Beleño 



Bijaroo 

Berro 

Bijuana 

Bálsamo negro 

Bicho 

Conchalaeua 

Caottaneia 

Canela 

Cañafístola 

Calzoncillo 

Camacarlata 

Café 

Conacaxte 

Chupac 

Chicalote 

Caña agria 

Caña fístula 

Capitán eta 

Carao 

Carbonrillo 

Cardosanto 

amarillo 
Cardosanto 

blanco 
Carvalla 
Cedrón 
Cerraja 
China 
ChipUín 
Chirraca 
Cola de alacrán 
Contra-yerba 
Copal 
Copalchí 
Copey 
Coralillo 
Cucuhneca 
Culantrillo 
Chicasquil 
Culantro coyote 
Cardón 
Cordoncillo 
Caraña 
Coloquintida 
Cebada 
Copaiba 



de 



Cerillo 

Cedril 

Cedrón 

Coco 

Cativo 

Coyol 

Capsico 

Cornezuelo 
centeno 

Contra-veneno 

Chan 

Cuasia 

Cuasquite 

Capitana 

Chile de perro 

Camibar 

Cominillo 

Cristalino 

Caucho 

Calabazas 

Chiquite 

Chiquizá 

Cebadilla 

Doradilla 

F.ncino blanco 

Encino colo- 
rado 

Estoraque 

Fruta de agrá 

Floripundia 

Guácharo 

Grana 

Guaitil 

Tiquilite 

Jaboncillo 

Jagua 

Mangle 

Mercolina 

Moral 

Mozotillo 

Moran 

Nacascolote 

Nancite 

Nance 

Ojo de buey 

Pepino 



Purrúa 

^unpun juche 

Pavel 

Pino 

Palo amarillo 

Quina 

Ratoncillo 

Sanguinaria 

Sangre de drago 

Sanjuanillo 

Saca-tinta 

Cuaja-tinta 

Targua colo- 
rado 

Tintor 

Tucuico 

Uña de gato 

Ubita 

Canutillo 

Chichicaste 

Corrimiento 

Coroso 

Clevellina 

Cuerno de cier- 
vo 

Cero 

Coquillo 

Chasmol 

Doradilla 

Duerme muela 

Dijital 

Dormilona 

Dragón 

Eneldo 

Escoba blanca 

Escoba de cas- 
tilla 

Escoba negra 

Escoba de San 
Pedro 

Escobilla 

Escorsoneda 

Estoraque 

Espinillo 

Estramonio 

Francesa 



Frailecillo 

Floripundia 

Frijolillo 

Golondrina 

Guaco 

Guapinol 

Guarumo 

Guizaro 

Güitite 

Guiz 

Garrapatilla 

Guayaca 

Gique 

Guaria 

Granada 

Güis-coyol 

Guacuco 

Grama morada 

Gavilana 

Higuerilla blan- 
ca 

Higuerilla colo- 
rada 

Higuero 

Hinojo 

Huís 

Hoja del baso 

Hoja de Estre- 
lla 

Hoja del mila- 
gro 

Hoja de poro 

Hoja sen 

Hoja del aire 

Hoja drl guaco 

Hojas del co- 
razón 

Hombre grande 

Hule 

Hongos 

Helécho macho 

Heléchos 

Helotillo 

Huitirrc 

Istché 

Iciquequí 



— 329 — 



Ipecacuana 
Itabo 
Izpasín 
Javilla 
Jengfibre 
Jeñocuabe 
Juanislama 
Jalapa 
Jaral 
Jinete 
Jocote 
Lechilla 
Lengua de cier- 
vo 
Lengua de vaca 
Llantén 
Linaza 
Liquidambar 
Limoncillo 
Limón 

Lirio del valle 
Lechuga 
Lagarto 
Lombriccra 



Leche de vaca 
Mcdva 
Manzanilla 
Marañón 
Matasano 
Mechocán 
Mejovana 
Morera 

Mozote de ca- 
ballo 
Mostaza 
Maná 
Menta 
Mastuerzo 
María 
Mora 
Melisa 
Maíz negro 
Ojo de venado 
Ruibarbo 
Rudilla 
Raspa guacal 
Rosa 
Rosa de castilla 



Rosa té 

Rabo de puerco 
Raicesilla 
Ruibarbo pan- 

zón 
Salvia 
Sagú 

San Antonio 
San Diego 
San Carlos 
Sanco 
Sensitiva 
Sontol 
Suelda con 

suelda 
Simaruda 
Sanguinaria 
Sierra del gallo 
Saragundi 
Slémprevia 
Sotacaballo 
Savila 
Sandal 
Semicontra 



Sana-luego 

Sangre amarilla 

Talcacao 

Tamarindo 

Tapate 

Tuete 

Toro 

Tragacanto 

Té 

Té de limón 

Targúa 

Tucila 

Tacaco 

Tuna 

Tiquilote 

Trementina 

Uña de gato 

Urtica 

Valeriana 

Vainilla 

Verbena 

Vermut o 

sent 
Viborana 



ab- 



Varilla negra 
Violeta 

Vainilla negra 
Quequexque 
Sebo vegetal 
Yerba-tinta 
Yuquilla 
Yerba-mora 
Yerba del cán- 
cer 
Yazú 

Yerba-cacao 
Yerba-culebra 
Yerba del pesar 
Yerba-santa 
Yerba-té 
Yerba-tora 
Yerba del viejo 
Yerba-chau 
Yerba-escudilla 
Zacate de limón 
Zacate de olor 
Zarzaparrilla 
Zorrillo 



CAPITULO XIT 
RELIGIÓN, SACERDOTES, TEMPLOS Y SACRIFICIOS 



SUMARIO 



Era el miedo la base de la religión indiana. — Adoraba el indio a la naturaleza 
en sus fuerzas ocultas. — Los dioses cakchiqueles y quichés eran bi-personales. — 
Había tribus antropófagas. — La religión de los indios carece de tendencias filosófi- 
cas. — El enigma del mal. — Las razas vernáculas de América progresaron notable- 
mente. — La mayor parte de las religiones antiguas fueron religiones astronómicas. 

— La ciudad de Nachán. — Dioses de los quichés. — La persona de cada indio esta- 
ba, según creían, vinculada a un animal. — Reverenciaban las ceibas y otros 
árboles frondosos. — Tradición del diluvio. — Mitología comparada. — Escritores 
que han profundizado en el estudio de la mitología centro-americana. — Ceremonia 
del bautismo. — Los religiosos españoles veían en todas las prácticas indias la in- 
fluencia del demonio. — La diosa de la salacidad. — La confesión de los pecados. — 
Oraciones para la guerra, la peste, los terremotos, etc. — La cruz fué común entre 
los indios. — Leyenda de la venida, a estas tierras, de Santo Tomás. — La diosa de 
la generación. — Suplicio de la cruz. — Geroglíficos cruciformes. — Templo de la 
Cruz. — La circuncisión. — Costumbres religiosas. — El ayuno. — El culto a Falo. 

— XIBALBA, el lugar de los muertos. — Adoración del sol. — La trinidad india. — 
Pontífices y sacerdotes. — Templos, sacrificatorios y ritos. — Las castas. — Los 
teocalíes. — El Tectí o Papa. — Templos, sacrificatorios y ritos. — Las castas. — Los 
en Utatlán. — El fuego sagrado, que conservaban los choles y manches de la Vera- 
paz, en el Escurruchán. — La cueva de Lanquín. — Sacrificios públicos y privados. 

— La cuaresma que tenían los indios de Guatemala. — Cómo se vestía el pontífice. 

— Costumbres horripilantes. — Los lacandones adoran al sol. — Los poconchíes 
creen en la transmigración. — El sacrificio de la caza. — La obra más antigua que 
trata de la reHgión de los indios de Guatemala es la del cronista agustino Román y 
Zamora, escrita en 1573. — La clase indígena continúa siendo idólatra. — La cultura 
precolombina en América distaba mucho de ser la que se necesita para la religión de 
Cristo. — La evolución religiosa se impone y no procede PER SALTUM. — El cris- 
tianismo apostólico tiene su raíz en las doctrinas vedas. — El transformismo religioso. 



Era el miedo la base de la reHgión del indio ; su plegaria, un lamento 
arrancado por la fuerza. Cuando oía ruido insólito en la selva, o el relámpago 
iluminaba el cielo y el rayo destrozaba su choza, o la peste asolaba la comarca, 
o la sequía esterilizaba el campo, o temblaba la tierra, o lo atacaban las fieras 
del bosque, corría a aplacar a Gucumatz.con ofrendas y conjuros. Los aborí- 
genes menos rudos de Centro-América tenían idea incorpórea de la divinidad, 
pero como los semitas, con atributos de ira, venganza, desolación, infortunio, 
que demandaban cruentos sacrificios. Los dioses eran el huracán, el trueno, 
la tormenta, los elementos todos, cuanto tuviese apariencia de poder. Los ído- 
los, que representaban a los dioses, tenían figuras deformes, horribles, repug- 
nantes. Ni el sentimiento piadoso, ni la mansedumbre, ni el espíritu estético. 



— }^^^— 

dieron tinte a aquel politeísmo, que aunque rudo, asume mucho interés, porque 
siendo la teogonia quiche, como la nahoa, esencialmente astronómica, las di- 
versas representaciones de sus deidades nos enseñan muchos de sus conoci- 
mientos cosmogónicos y religiosos, así como las causas de sus grandes sucesos 
históricos y los motivos de su esplendor y decadencia. Las conquistas de los 
pueblos fueron conquistas de la religión, y la huella de los ídolos mismos era 
huella también del triunfo de las razas. 

Adoraba el indio a la naturaleza en sus fuerzas ocultas, en sus poderes 
misteriosos, en sus cósmicas transformaciones, como si aspirara muchas veces 
a penetrar en las entrañas de la tierra, imaginaria residencia de aquellas tene- 
brosas potestades, con gigantescos hipogeos. Los indios nahoas, quichés, 
cakchiqueles y pipiles, eran bi-personales. Habían observado aquellas gentes 
que en la naturaleza todo se reproduce por un par; y de ahí. dice C'lavígero. 
sugirióseles el dualismo divino. 

No faltaban algunas tribus bárbaras que devoraban los cuerpos palpitantes 
de los prisioneros y de las victimas sacrificadas. Sabido es que los chichimecas 
que acompañaron a Rodrigo de Contreras, en la conquista, en 1540, cuando éste 
era gobernador de Nicaragua, bajaron por el Desaguadero, desbarataron la 
colonia de Juan Sánchez de Badajoz, en el valle de Cuaza (Talamanca) y se 
comieron co^avidez salvaje a los que capturaron. 

Lo mismo en el Popol-Vuh, que en el Veda y en el Zend-Avesta, todo es 
árido, todo es frío, no hay sentimiento. Kn ninguna parte sorprendemos un 
anhelo, un suspiro, una sonrisa : en ninguna i)arte entrevemos la dicha de l.i 
humanidad. Kn e.se inmenso desierto, no hay más (|ue un oasis y es el pueblo 
judío. Moisés y el Nuevo Testamento sobresalen, como sobresale la i)alma en 
la llanura. La religión de los indios carecía de tendencias filosóficas. Era 
una creación abrupta del temor. Creían que la divinidad airada se aplacaba 
con sangre. Kn los pueblos primitivos ha sido la religión una doctrina social, 
que revela el rudimentario estado de sus costumbres. La idea religiosa vive 
en el tiempo y se desarrolla en la historia. En la inmensa calle de amargura 
que la humanidad ha venido recorriendo, entre las acerbas congojas de todí)s 
los días, la estrella de la esperanza a veces ha ocultado sus fulgores. Así y 
todo, la religión es un hecho mundial (|uc vive y se mueve con poder no negado 
por el juicio sereno ; hecho trascendente, de gran influencia en el mundo. 

Los primeros templos índicos, en donde surgieron de las espumas del 
Ganges y de las reverberaciones del Himalaya, los dioses de nuestra raza, 
aparecen como los lejanos astros de suave luz que evocan ideas eternas. La 
religión de los caldeos, el sabeísmo, tuvo también entre los aborígenes de 
América, la tendencia de adorar a los astros, lo más alto lejano y misteriost». 
Así como los mongoles, los indios de este Continente, tributaron homenaje a 
la creencia religiosa de hechiceros que dominaban la naturaleza ; de magos con 
fórmulas cabalísticas ; de brujos que hacían males ocultos ; de ídolos, de feti- 



— 333 — 

ches, dotados de todos los poderes de la magia. Hay tanta diferencia entre la 
religión de la naturaleza en los pueblos primitivos, y la religión mágica, en que 
parece espiritualizarse la naturaleza misma, como entre esta religión y la de 
los pueblos chinos y maya-quichés, con cierto carácter espiritual, signo de cul- 
tura, albores de nuevos horizontes. Siempre el panteísmo ; pero al nivel de los 
arios, progenitores del politeísmo helénico, que elevaron a la cima la trinidad 
misteriosa, y en la base pusieron legiones de divinidades que representan fuer- 
zas de la naturaleza. El enigma del mal, que es como un geroglífico escrito en 
los sepulcros de los Faraones, en las tumbas de Votan y Zamá, formaba 
parte de la teología quiche, según adelante explicaremos. Reconoce, en cierto 
modo, el bautismo, la confesión, la comunión y otras prácticas curiosas. Ado|>- 
taron la circuncisión, el ayuno, la penitencia y algunas fases del movimiento 
de la idea religiosa, que más tarde el pueblo bíblico, el griego, el romano y el 
alejandrino, amplísimamente refundirían en el cristianismo, síntesis de la filo- 
sofía y esencia de la cultura de antiquísimas nacionalidades. 

En alas del terror coloca el hombre primitivo, en sus pagodas y sacrificato- 
rios, a la escamada serpiente, al leopardo ebrio de sangre, al buho sombrío, al 
pájaro agreste de doradas plumas, como queriendo con esa zoolatría, repre- 
sentar las misteriosas fuerzas de la naturaleza y las virtudes mágicas de por- 
tentosos fenómenos. Depúrase la idea, y torna el tiempo los fiches y los 
ídolos en símbolos espirituales y en concepciones metafísicas, quedando al 
través de los siglos, las ruinas de aquellos templos, como esqueletos del alma 
de la humanidad, que se ensancha, sube, y llevada por la esperanza, toca al fin 
las puertas del empíreo. 

Las razas vernáculas de América progresaron notablemente, en algunas 
regiones ; de tal suerte, que los nahoas, los mayas y los quichés, pudieron, en 
medio de la esplendorosa naturaleza que los rodeaba, ponerse al nivel de los 
antiguos pueblos del Asia. Muchos años antes de la conquista, tuvieron nues- 
tros indios interesante fas en la historia de la humanidad. Los movimientos 
místicos han sido la resultante de condiciones etnológicas, sociales y hasta 
geográficas. 

La mayor parte de las religiones antiguas fueron astronómicas. En ellas 
brilla el sol como el primero de todos los cuerpos celestes, cual centro de la 
vida. La doctrina de Zoroastro, la de Votan, la del Popol-Vuh, era esencial- 
mente sabeísta, tributaba culto a la luz. Cuando el mago de Asiría o el sacer- 
dote quiche escrutaban los cielos, para leer en las estrellas los secretos del 
universo, se estremecían de dicha al despuntar el sol, el padre de los dioses, el 
corazón del mundo (i). La religión solar pasó, en transformaciones varias, a 
la religión helénica. En medio de los dogmas semíticos brilla la luz. El Ver- 



il) En la plegraria nuiché: "Cha ya tah K" etal Ka tzlhol chl ve. Danos nuestra «rufa y nuestra 
lumln-pra en el camino.- Popol Vuh, vág. 240.-Las//<vart'tíí aparecen con el nombre de A/oís, conjunto de 
¡íuerrerosdue comochispas se volvieron estrellas. 



— 334 — 

bo es luz de la luz, según el evangelio de San Juan. La Virgen de la Luz lleva 
un cestillo de corazones y saca de los obscuros abismos a las ánimas precitas. 
En el solsticio de verano es la Natividad santa del Bautista, y en el solsticio de 
invierno cae la Natividad más santa todavía del Salvador del Mundo. La 
proyección infinita de las cosas, es la omnipresencia del universo al través de 
la luz que recorre las vías del espacio. San Juan dijo que Jesucristo era la luz 
que vino a este mundo, para iluminar a todos los hombres. Zacarías, al ver al 
Bautista, fruto milagroso de su vejez, saludó al que había nacido para preparar 
las sendas a otro llegado de lo alto, a fin de alumbrar a los que yacen en las 
tinieblas y en las sombras de la muerte y enderezar nuestros pasos por el cami- 
no de la paz. Simeón, en su cántico, le llamó luz que había de iluminar a los 
gentiles ; y por fin, el mismo Nazareno dijo de sí : "Yo soy el camino, la ver- 
dad y la vida ; yo sol la luz del mundo, y el que me sigue no anda en tinieblas." 
Todas las religiones ensalzan la luz. La luz es germen de lo que se mueve y 
crece ; es destello divino. 

Para el hombre primitivo, como para el pájaro, volver a ver la luz es re- 
nacer a la vida. El éxtasis de la luz se pierde en los abismos del infinito. El 
indio autóctono tenía himnos para los primeros momentos aurórales en que 
se desatan los cantos de las aves. Los gorgeos de las razas humanas siempre 
saludaron lo^ rayos matutinos, la sonrisa de la vida, la promesa de ventura 
plácida, la llegada del dios que ahuyentando las tinieblas del cielo y de la tie- 
rra, entra en el corazón del hombre, pone en él la claridad y disipa el mal. 

"Volviendo a la nación quiche, dice Chavero, desarrollaba y recibía gran 
incremento su civilización, teniendo i)<)r centro la ciudad sagrada de Nachán. 
Ningún sitio podía encontrarse mejor para una metrópoli suntuosa. Desde 
sus alturas, coronadas de templos y palacios de asombrosa magnificencia, abra- 
zaba la vista una inmensa llanura, perdiéndose en una serie no interrumpida 
de bosques y lomerías. El rey sacerdote, desde lo alto de su torre, dominaba 
la ciudad, en un vasto horizonte, y podía descubrir los movimientos de cual- 
quier enemigo y los progresos de la prosperidad pública (|ue en su derredor 
tomaba vuelo. La gran metrójjoli v los campos circunvecinos se veían llenas 
de vida; en ellos resonaba ese gran murmullo de los pueblos que es el aliento 
de la humanidad. Oíanse entusiastas cantares que acompañaban las tumul- 
tuosas danzas en los palacios. Aquellas escalinatas se cubrían de guerreros 
adornados de oro y hermosísimas plumas, al par que de mujeres lujosamente 
ataviadas, con collares riquísimos, tocados fantásticos y sartas de perlas y es- 
meraldas. Y el pueblo asistía solamente a contemplar la pompa del .sacrificio, 
que celebraba en lo alto del templo el sumo sacerdote, al sonido estrindente d- 
caracoles y vocinas que llenaban de estrépito el aire, acompañados de las cánli 
gas de toda esa ciudad. 

Había un dios invisible e incorpóreo, Hunab Ku. El dios de la vida It- 
zamaná, era el Sol naciente. Gucumatz, serpiente con plumas, era el dios héroe, 



— 335 — 

instituyó las leyes, formó el calendario, creó todo lo que era cultura v proj^rcso, 
como el Sol Poniente, que deja calor, crecimiento y renovación : Pueblos de la 
luna, Amek ri ik, llamaban al Continente, desde antes que viniera el hombre 
l)álido. 

Los ([uichés tenían adenicás tres dioses animales, la zorra, el coyote y el 
jabalí. Sobre ellos estaba el Espíritu del Cielo, Vgux-Cho que dio nacimiento 
al Huracán, que siornifica el más grande de los dioses; su nombre ha pasado a 
las lenguas modernas de Europa, para expresar el mcás fuerte de los vientos. 
Cabracán era el dios del terremoto, que derrumbaba chozas, árboles y montes. 
Chiracán, la diosa tierra (quiere decir boca grande, cráter largo, que todo lo 
traga). 

Creían los indios de Centro-América, dice el P. Gage, que sus personas y 
su vida entera estaban vinculadas a la de cierto animal, que si sufría, ellos 
también penaban ; y si moría, ellos igualmente dejaban de existir. Decían que 
tales animales eran sus espíritus familiares (i). 

En medio de la zoolatría, de la idolatría, y de las ridiculas supersticiones 
de los quichés, vino tiempo en que llegaron a reconocer la existencia de una 
causa primera, invisible y todo poderosa, llamada Theotl, por los nahoas, Vira- 
cocha i)or los peruanos, y Cabahuil por los quichés. Así como el sabio Daniel 
G. Brinton escudriñó el concepto que del amor tuvieron los aborígenes de este 
Continente, examinando las voces del sentimiento, del cariño y de la pasión, 
en las lenguas que aquellos usaban, es dable llegar a deducir, por ese proceso 
filológico, que entre los quichés y los cakchiqueles, se creyó que había una 
divinidad principal, aunque siempre consistente con el bi-personalismo, que 
en su teogonia prevaleció. El dualismo no era incompatible con la unidad 
monoteísta de la causa primera, como la existencia de las tres personas de la 
Trinidad, de los católicos, no se opone a que sea un solo Dios. El espiritualis- 
mo dio origen a las divinidades mayores del quiche. Los primeros religiosos 
que a los indios doctrinaban, tenían escrúpulo de valerse de la palabra Theotl 
o Cabahuil para designar la divinidad. Más tarde, comprendieron que no ha- 
bía en ello nada de impiedad, ni menos de pecaminoso, bien que no siempre se 
prestaban aquellas lenguas a significar los misterios del cristianismo. Así fué 
que los trductores cometían un desatino al aplicar a la Virgen la v<iz Gapoh, 
doncella, que significa sed de corromperse; porque los quichés, como los pue- 
blos antiguos de muchos puntos del Asia, no estimaron la virginidad, sino que. 
según la costumbre, la integridad corporal, se prestaba al deseo de perderla. 
La virgen dejaría de serlo pronto. Era la grávida merecedora de considera- 
ción, porque ofrecía ventajas al pueblo, dando hijos a la comunidad. Al nacer 
una niña la desvirgaba la madre, por precepto religioso. 



lomo II. i>;ítr ItM. 



Muchos indios reverenciaban, las corpulentas ceibas, de altísimo tronco y 
copado ramaje. Como que los árboles grandes que buscan el cielo, hacen 
nacer en el alma una aspiración hacia lo divino, hacia el poder creador, quo 
produce aquellos hermosísimos gigantes del bosque, que durante siglos resis- 
ten los airados elementos (i). La fuerza creadora de la naturaleza, que se 
muestra con tanta evidencia en el acto misterioso de la generación ha parecido 
a todos los pueblos una cosa divina, que han venerado en formas diversas, más 
o menos groseras. Lo mismo en el Indostán, que en Grecia, en Roma y en 
América, el lingam o el phallus se adoraba. Se rendía culto hasta a las rocas, 
cuando tenían algún parecido con los órganos sexuales (2). Todo lo que 
denotaba vida merecía homenaje y hasta adoración ; no se conformaban con la 
muerte. 

En medio de su rudeza, presentían después de la existencia terrenal, otra 
vida ulterior ; se preparaban para un viaje, no para un aniquilamiento, ni para 
desaparecer en la nada, que no existe. Más allá del sepulcro, siempre se ha 
anhelado un mundo mejor. Creencia es ésta de todos los tiempos. (|ue jamás 
se arrancará del corazón del hombre (3). 

Contemporáneo el indio de la primitiva y gigantesca fauna (|ue apareció 
en América, han sido siempre los árboles sus mejores amigos. Grandiosos los 
aborígenes de nuestro suelo, en sus concepciones respecto a la divinidad, tenían 
de templos las grutas, los lagos, las cascadas o las agrias cumbres de los mon- 
tes, como si prefiriesen las obras de la naturaleza a las obras de sus manos, o 
quizá porque en esos parajes había cierta poesía religiosa muy compatible con 
la solemnidad de sus ritos. Aún después de haber edificado adoratorios y 
lugares especiales para los sacrificios y las plegarias, siempre acudían a los 
montes y sitios campestres a tributar culto a sus ídolos. En la finca Miraflo- 
rcs, perteneciente al que escribe estas líneas, se encuentra, a dos millas de la 
capital de Guatemala, un gran edificio en ruinas, que fué adoratorio de los 
primitivos indios (4). 

Algunas razas de Centro-América, entre ellas la de los quichés, así como 
'a de los mayas, tenían tradición del diluvio y tributaban culto a las guacama- 
yas. Esta tradición tan generalizada que llegó hasta los cañarís del Ecuador, 
pudo haber sido reminiscencia de la catástrofe del diluvio que refiere el Géne- 
sis hebraico, o vago recuerdo de algún cataclismo geológico (5). A pesar de 
los argumentos del sabio Schoevel sobre la universalidad del diluvio, la ciencia 
ha opuesto múltiples objeciones a esa inundación general. Los terrenos que la 
geología reconoce por diluvianos, que llevan escombros oceánicos en sus remo- 



(1) Maury.-LaTlerray el Hombre. 

(2) Andrés Lefébre.-La Reliíflón. pá^. r.í.-París. 1892. 

(3) La Creación, por M. Ed«rar Qulnet.-Tomo II, pág. 145 

(4) A GHmpse at Guatemala, 

(5) Nardalllac, La América prehistórica, capítulo 9. 



— ^37 — 

vidos senos, preceden con mucho a las apariciones históricas del hombre. Xo 
hay en las zonas conocidas con el nombre de diluviales ninguno de aquellos 
restos humanos que aparecen tan abundantes en los terrenos cuaternarios. El 
gran Cuvier, a pesar de su empeño de unir la tradición hebraica con el conte- 
nido de la ciencia, ])roclamaba un diluvio en Asia ; pero del cual se había pre- 
servado el África. ?Ioy se cree que hubo diluvios parciales, a causa de sacudi- 
mientos terrestres, ascenso del gran lecho de los mares, descenso de las costas, 
desnivel entre las cantidades inmensas de hielo aglomeradas en los polos pre- 
cesión de los equinoccios, inclinaciones del eje de la tierra, y hasta oscilación 
(le su eje de gravedad. No ha habido diluvio universal, después de haber 
aparecido el hombre por los terrenos cuaternarios. A los diluvios parciales, 
])ues. se refieren las tradiciones de los viejos pueblos, desde los soles nahoas 
hasta la familia de Noé. El escritor más antiguo que narra un diluvio seme- 
jante al bíblico es el caldeo Beroso. Diecisiete siglos antes de la era cristiana 
ya los escribas caldeo-asirios. en Babilonio y Nínive habían esparcido la tradi- 
ción diluviana, cuando Abraham acababa de plantar sus tiendas en las tierras 
del Hebrón y Moisés distaba mucho de venir al mundo. Los iranios o persas 
conservaban memoria de aquella catástrofe, y en Grecia fué popular la tradi- 
ción de Tesalia. Desde la cima del Parnaso, salvados Deucalión y Pirra, des- 
cienden^arrojando piedras para que broten hombres, después que Júpiter ahoga 
al género humano. El Edda escandinavo supone la tierra sumergida en la 
sangre de un gigante. En Egipto se evocaba el castigo del agua que cubrió 
hasta los montes más altos. En América las tribus diversas guardaban re- 
cuerdos diluviales, además de memorias terribles de sumersiones de pueblos 
enteros en las aguas oceánicas. El solitario mar se ha revolcado, bramador y 
rabioso, por muchos puntos de la tierra. Continentes enteros desaparecieron. 
Los cristales polares han invadido la mayor parte del planeta hasta los trópi- 
cos. Los Andes se formaron entre los estremecimientos epilépticos del Nuevo 
Mundo. Las ondas del Seno Mexicano, después de tragarse impasibles las 
naciones más civilizadas de la tierra, sonríen tranquilas, como las mitológicas 
sirenas, o ruedan embravecidas cuando el ciclón azota las aguas antillanas. 

Lo grosero y hasta brutal de las prácticas religiosas de algunas tribus de 
indios, dan la medida de su modo de ser y de vivir. La mitología comparada 
demuestra que la humanidad ha venido uniformemente y por pasos muy lentos, 
hacia el desarrollo religioso. Lo mismo en el mundo antiguo que en el suelo 
americano, la evolución hubo de seguir iguales huellas. La analogía de ideas 
religiosas, la comunidad de ritos, la semejanza de principios, el i)arecimiento en 
las costumbres, no imi)lican unidad, ni tradición, ni solidaridad. La jriencia 
social ha i)n)1)a(l(), por modo irrefutable, que semejantes coincidencias son^ 
si mple mente fruto de análogo grado de cultura (i ). Así como el árbol tierno 



(¡iinrd íl«< líiüllo. 



-338- 

sólo da hojas, y el sasonado flores y reciñas, la humanidad produce madurez 
y cultura. La religión es la medida del adelanto de un pueblo. Cuando los 
judíos tuvieron a Moisés fueron grandes y salieron del cautiverio. Cuando 
Roma era la señora del orbe, y Augusto había cerrado las puertas del templo 
de Jano, para transformar el criterio moral y levantar al hombre a un nivel que 
jamás había alcanzado en los antiguos tiempos, aparece el Salvador del Mundo. 
La historia de la inspiración cristiana (fídes qua creditor) y la historia de la 
concepción religiosa, anterior a la mitología y al dogma (fides quae creditor) 
demuestran que la religión es un organismo, que se desarrolla y eleva al com- 
pás de la civilización de los pueblos, formándola y enriqueciéndola como la 
savia enriquece la vida de las plantas. 

Recorriendo la historia de los mitos indianos, que ha sido profundizada 
por Brinton, Brasseur de Bourbourg, MüUer, Kingsborough, Jarris y otros 
anticuarios, aparece que la circuncisión, el bautismo, la cruz, la confesión de 
los pecados, y algunas otras prácticas que, alteradas y reformadas, subsisten 
hoy, se conocieron entre los indios de México y otros de Centro-América, El 
dios relacionado con el nacimiento y purificación de los niños se denominaba 
Chalchihuites, nombre que por extensión se daba a las piedrecitas pulidas que 
ponían en forma de soguia a los infantes y a sus madres. El cuarzo verde, la 
esmeraldas y otras piedras finas, servían para tales adornos (i). Hoy la pala- 
bra chalchihuites se usa en Guatemala para designar baratijas, trastes de poco 
valor, objetos inútiles. En el lago de Coatepeque había en las márgenes de 
Coatán, un ídolo grande representando aquella divinidad bautismal (Squier). 
Los indios creían, como otros pueblos antiguos, que ciertas piedras eran de 
buen agüero. 

La ceremonia del bautismo comenzaba por poner en la mano izquierda del 
niño un escudo pequeño, y en la derecha un arco de flechas, simulado de paixte 
y semillas de amaranto, acompañado de arreo de guerra y de una ollita con 
maíz y frijoles (2). Al salir el sol rociaba la partera la cara de la criatura 
con agua fresca, colocándole la cabeza hacia el Poniente, y exclamando : "Oh, 
águila, oh tigre, oh hombre valeroso, has venido al mundo enviado pfir tu padre 
y madre, el gran Señor y la gran Señora ; fuiste creado y engendrado en tu 
casa, que es el lugar de los dioses supremos, que están encima de los nueve 
cielos. Eres un don de Gucumatz, que está en todas partes. Ahora júntate 
con tu madre, la diosa de las aguas Chalchihuiticue." En seguida la misma 
partera humedecía los labios al infante y levantándolo en alto, lo ofrendaba a 
los dioses ; después rociábale unas gotas de agua, y decía : "¡ Recibe el agua 
pura que limpia y purifica, que removerá de tu corazón toda mancha !" Al 
bañarle, por último ligeramente la cabeza, exclamaba : "¡ Oh hijo mío, toma 



(1) Palacio. Carta, páj?. 1 10. 

(2) Bancroft.twollustratioiisoiibaptlsmo.vol.nl pátr. 371 



— 339 — 

esta agua del Señor del mundo, que es tu vida, que da vigor y que refrezca. 
Ojalá que esta agua celeste, azul, penetre entre tu cuerpo y ahí viva; quiera el 
cielo que destruya en tí todos los elementos adversos y malos, que te fueron 
dados desde el principio del mundo. En tu mano, diosa de las aguas, está toda 
la humanidad porque eres nuestra madre." 

Torquemada, en la Monarquía Indiana, Sahagún y otros religiosos, en vez 
de encontrar en todo eso los gérmenes de la religión cristiana, veían el poder 
del diablo y la influencia del infierno (i). Este último cronista da una des- 
cripción detallada de Tlazolteotl, diosa de la salacidad, que ayudaba a cometer 
los pecados ; pero que tenía el poder de perdonarlos. "El sacerdote buscaba en 
el libro divino, tonalamatl, para adivinar los pecados del que traía leña y copal 
para encender el fuego. Si el pecador era noble iba el sacerdote a confesarlo 
a su casa, y con palabras de oración le perdonaba sus culpas, bajo juramento 
de no volver a repetirlas. Usaban una ceremonia en esta tierra, hombres y 
mujeres, niños y niñas, que cuando entraban en algún lugar en que había 
imágenes de los ídolos, una o muchas veces, luego tocaban con el dedo la tierra, 
y después lo besaban, (como hasta el día hacen los griegos sismáticos para 
santiguarse). A esto llamaban nuestros indios comer tierra, haciéndolo en 
reverencia de sus dioses, y todos los que salían de sus casas, aunque no saliesen 
del pueblo, y volviendo a su casa hacían lo mismo, y por los caminos cuando 
pasaban por algún Cú u oratorio, hacían igual cosa, y en lugar de juramento 
hacían esto mismo, y para afirmar que decían verdad usaban tal ceremonia, y 
la demandaban los que se querían satisfacer de que no mentía el que hablaba. 
Luego lo creían como bajo juramento (2). El sacerdote imponía al confesante 
una pen