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Full text of "La ciudad alegre y confiada : comedia en tres cuadros y un prólogo, considerados como tres actos"

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JACINTO S£NAV£NT£ 

Ca ciudad alegre 

y confiada 

c o >«1 E U I A 

^r-> -tres cciadros y \^x~\ prólogo 

CONSIDERADOS COMO TRES ACTOS 

(Segunda paite de LOS iNTEBESES CREADOS) 






Copyright, by Jacinto Benavente, 1916 

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Calle del PradOy míktnm 24 



LA CIUDAD ALEGRE Y CONFIADA 



Epta obra es propiedad de su autor, y nadie po- 
drí, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países coa los cuales se hayan ce^e 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internado 
nales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad dt 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 

Droits de representatlon, de traductlon et de repro- 
duetlon reserves povr tous les pays, y comprls la Sué- 
de, la Norvége et la Hóllande. 

Qneds hecho el ot^póslto que marca I9 ley. 



GOIvI EDI A 

eri tres cusclros y un pr<¿logo 
CONSIDERADOS COMO TRES ACTOS 

2.» parte de Los intereses creados 

DE 

JACINTO BENA VENTE 



Estrenada en el TEATRO LARA el 18 de Mayo de 1916, 
-en el beneficio del primer actor y director D. Emilio Thuillier 



*• 



MADRID 

-R. Ve'asco, impresor, Marqués de Sania Ana, 11, dup. 

THLáFONO, NOMBRO 5SX 

19 16 



^ Cmilio c^/iuiííier 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



LAURO. . . c Seta. Abadía. 

SILVIA MoNEEÓ. 

JULIA Pardo. 

LA SEÑORA POLICHINELA ... Alba. 

COLOMBINA. Sea. Sánchez Akiño. 

GIRASOL Seta. Gelabeet. 

DAMA 1.a Heebeeo. 

ídem 2.a Gaecés. 

EL DESTERRADO Se. Thotlliee, 

CRISPÍN Ramírez. 

ARLEQUÍN Manrique. 

EL SEÑOR POLICHINELA Moea. 

PUBLIO. Pacheco. 

LEANDRO Peña. 

PANTALÓN IsBERT 

AURELIO Balagueb. 

FLORENCIO OzoRES. 

HOSTELERO.. Mihuea. 

CAPITÁN I . _ 

MOZO 1.0 j ^^'^^^- 

ÍDEM 2.0 , Alemán. 

Damas, caballeros, mozos de hostería 



La acción en un país imaginario 



Derecha e izquierda, las del actor 






PRÓLOGO 



EL DESTERRADO 

Vuelve el tinglado de la antigua farsa. 

Al tr^í^oeteo y los chirridos de la carreta 
desvencijada, a tirones penosos de una muía 
anatómica, endosados los desteñidos colori- 
nes de sus trajes escénicos, se entra por la 
plaza del lugar la farándula. 

Si el dia es triste, con cerrazón de tor- 
menta o entoldado el cielo de nubes o sucia 
polvareda de ventisca y en el lugar es día de 
trabajo, y el año fué de calamidades, y la 
gente mohina no está para fiestas ni farsas, 
nada mas triste, descolorido y lacio que la 
carreta farandulera, í?in la luz del f?ol que 
avive sus colorines, sin vítores que pre^a^ien 
monedas, sin mozos que palmeteen a las 
damas, ni mozas que sonrían a los galanes, 
ni muchachos que aturdan al gracioso con 
griterío. 

Bajo la pesadumbre de un cielo, como 
lona mojada, al horizonte tierras sin promi- 
sión; entre las casas color de barro, sin hu- 
mear las chimeneas, porque están sin lum- 
bre los hogares y vacías las ollas bajo el hu- 
mero, la farándula pasa, y es una tristeza 
más en la tristeza... 

— A buena parte vienen, — piensan todos. 
¿Quién les habrá engañado? Y los pobres 
faranduleros ni a mirarse se atreven unos a 
otros corridos y afrentados. 

607885 



— 8 — 

Mas si el día es alegre y el raso azul del 
cielo se desgarra en resplandor de luz vi- 
brante y es fiesta en el lugar, y las tierras en 
torno son como cañamazo que bordan los 
olivos de plata y los trigales de oro, de lu- 
ciente esmeralda los viñedos, y bumean 
los hogares y los hornos con sabroso olor de 
cochura, y es todo señal de abundancia, hen- 
chidas las paneras, repletos los arcones de 
hogazas, y, bajo la campana, en las cocinas, 
en sarta los pemiles y embutidos... Entonces, 
al llegar la carreta, acude la gente bulliciosa 
y todo es palmoteo y alborozo. La luz des 
lumbradora, anima los colores desvahídos, 
enciende lentejuelas y talcos, y la pobre fa- 
rándula se viste del esplendor triunfal del 
f día; la polvareda misma que la envuelve a 
1 su paso, es el plumaje de una nube de oro 
en ascensión gloriosa, y los faranduleros, 
hijos vergonzantes de Apolo, pueden creerse 
en aquél punto transfigurados, como si la 
carreta desvencijada, fuera el mismo carro 
del Dios, que es Dios del Sol y de la Poesía, 
y, por serlo, es piadosS con todas las criatu- 
ras, y más si son sus hijos artistas y poetas, 
y son pobres y humildes. 

Por donde pase, adonde se encamine, hoy 
sabe la farándula, que es todo el mundo lu- 
gar de miseria, todos los días tristes. Y, aun- 
que de alegrar a las gentes vivimos, no pre- 
tendemos hoy regocijaros. 

Aún no sabré decir si a vuestro aplauso 
no preferimos hoy vuestra indignación, por- 
que tal vez heñios de disgustaros, porque 
acaso sobre el estruendo del bombo y los 
platillos, pregón de nuestra farsa, suene es- 
tridente y clara trompetería, que, si no al 
juicio final del mundo, a nuestro propio jui- 
cio nos reclama, mientras el juicio final lle- 
.U'^^^ ga. Entre los muñecos y fantoches de cartón 
y trapo, ya conocidos vuestros, veréis ahora 
algún hombre que hablará como hombre 
para espanto de los muñecos. Y ved a cuánto 
fuerza la costumbre; como ya conocéis a los 
fantoches de nuestra farsa y son tan viva 
imitación de verdaderos hombres, ahora tal 



vez el hombre verdadero os parezca un mu- 
ñeco y los muñecos más hombres que nun- 
ca. Ni habrá de qué asombrarse si así fuera. 
Los muñecos son todo resortes, dobleces y 
junturas; como se yerguen, se doblegan; 
como se alzan, se arrastran, y esta flexible 
facilidad es el mejor remedo de lo humano. 
Estos muñecos son hombres que saben vi- 
vir: los hombres listos que todos conocemos. 
El hombre verdadero os parecerá en cambio 
con rigidez inflexible, sin coyunturas, poi- 
que alienta en él un noble espíritu y es todo 
frente y todo corazón. Su voz sonará sobre 
todas las voces de la farsa con palabras de 
profecía. Y este es el temor de quien com- 
puso esta nueva farsa de hombres y muñe- 
cos. ¿Qué es un profeta mientras sus profe- 
cías no se cumplen? Enfadoso agorero, agua- 
ñestas insoportable. Y si a costa de ver cum- 
plidas sus profecías de i ninas y de estragos 
habrá de ser su gloria, nunca sea profeta, 
quédese en agorero. Mas si juzgáis enojoso 
el aviso, estimadle a lo menos por bien in- 
tencionado. Hoy la farándula no pretende 
vuestra risa. (Todo el mundo es teatro de 
tragedi^y si el arte mismo no puede ser hoy 
serenidad, si no quiere parecer inhumano, 
¿cómo puede ser bufonada sin parecemos 
un insulto al dolor y a la muerte? Con todo, 
aún pudierais reir de 1 a misma gravedad 
nuestra. Y siempre tendríais razón y vuestra 
risa tal vez fuera una razón más de las razo- 
nes que hubo para escribir esta farsa, cuyo 
título se halló en libro santo, en palabras 
proféticas, que dicen: «Esta es la ciudad 
alegre que estaba confiada, la que decía en 
su corazón: yo y no más, ¿cómo fué su aso- 
lamiento?» Y fué el asolamiento de la ciu- 
dad alegre, tal vez porque juzgó la profecía 
como farsa y despreció el aviso entre risas y 
burlas. 

Si la intención del temeroso aviso es bue- 
na y así el temor no salga nunca cierto, ¿no 
juzgaréis la farsa profecía? 

FIK DEL PROLOGO 



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CUADRO PRIMEJRO 



Terraza de una hostería. Al fondo, el río y jardines. Es de noche; 
Iluminación para una fiesta. 



ESCENA PRIMERA 

HOSTELERO. MOZOS DE LA HOSTERÍA, entrando por la segunda 
derecha 

HosT. ¡Listos, muchachos, listos! Es la hora y no 

tardarán en llegar los señores poetas. Cuidad 
que no falte nada y que el señor Arlequín 
quede complacido. La fiesta de esta noche 
ha de inmortalizar mi nombre y el de mi 
hostería. ¡Ahí es nada, que el señor Arle- 
quín y los poetas y gaceteros, amigos suyos, 
hayan escogido mi casa para celebrar esta 
fiesta en honor de la hermosa Girasol, la 
bailarina, que es tanto como si el Magnífico 
honrara mi casa con su presencia, como ya 
la honró en tiempos. . 

Mozo 1.0 Sí, cuando quisisteis llevarle a galeras a él y 
a su amo, el que hoy es yerno del señor Po- 
lichinela. 

HosT. ¡Calle el lenguaraz! Todos saben que mi casa 

y mi hacienda estuvieron siempre al servi- 
cio del señor Crispín y del señor Leandro,. 



— 12 -- 



Mjzo 1.0 

HOST. 

Mozo 2.0 
Mozo 1.0 

HosT. 

Mozo 1.0 



HosT. 
Mozo 2.0 

HosT. 
Mozo 1.0 



Mozos 
HosT. 



y ellos, por bu parte, cuando se vieron en 
grandeza, no olvidaron el desinterés conque 
les serví siempre. Y hoy mismo, con ser 
quien es el señor Crispín, el Magnífico no 
paga por delante de mí sin saludarme con la 
más afectuosa cortesía. En cuanto al señor 
Leandro, ya sabéis cómo honra mi casa con 
frecuencia. 

Y cómo ^asta y triunfa con el dinero del 
señor Polichinela. 

Por mucho que gaste no llegará a empobre- 
cerse. 

Mientras le viva el suegro. 
Todos dicen que dentro de poco entre el 
Magnifico y el señor Polichinela, tendrán 
todo el dinero de la ciudad. 
¡Silencio! En mi casa no quiero murmura- 
ciones. Yo vivo con todos y nunca he vivido 
mejor, ¿de qué puedo quejarme? 
|Yal Como cuando vais al mercado os im- 
porta poco que haya subido el pr.-cio de 
todo, porque compráis para vender a los que 
tienen dinero... ¡Si tuvierais que comprar 
como nosotros para mantener una mujer y 
muchos hijos... 
¡Baí-tH, dije! 

Lo único que no sube de precio es nuestro 
trabajo. 

¡Basta de insolencias! Si no os conviene... 
Ya lo sabemos: que no tardaríais en encon- 
trar quien os sirviese por menos. Hay mu- 
cha hambre en la ciudad. Y ya se sabe, 
cuando todo está más caro, los hombres es- 
tán más baratos... 
¡Eso, ee-o! 

Bien se advierte que los discursos y las ga- 
cetas del señor Publio os han levantado de 
cascos en estos díat?. ¡Sois unos infelice.^! 
Cuando el señor Publio quiere que gritéis 
por esas calles y plazas contra el gobierno 
de la ciudad, es porque necesita que los go- 
bernantes os tapen la boca, a vosotros y a 
él. Solo que a vosotros os la taparán con 
mordaza o con plomo y a él con dinero o 
cosa que lo valga. ¿Cuándo aprenderéis? 
^^Desgraciados! 



— 13 — 

Mozo l.o ¿Quién nos enseñará? ¿Ni de quién podre- 
mos fiarnof-? El señor Fublio, siquiera, dice 
las verdades... 

HesT. El que dice la verdad suele andar desnudo, 

como ella. Y él ya veis que anda muy bien 
vestido. No es culpa suya, que no levantaría 
él tantas tempestades si no hubiese quien le 
ofreciera tridente de oro para aquietarlas 
después de levantadas. 



ESCENA II 

DICHOS y EL DESTERRADO,, que aparece por la stí?uuda derecha 

Dest. Tenéis razón, amigo. Es que de ese oro que 

amansa tempestades nadie pide cuentas. Se 
prodiga en non^bre de la tranquilidad pú- 
blica y la tranquilidad pública es el mejor 
narcótico para disponer del tesoro de la 
ciudad, sin que a nadie le duela, Pero esa 
tranquilidad no envilece tanto al que la ven- 
de como al que la compra... 

HosT. ^Eh? ¿Quién sois?... ¿Estáis invitado a la 

fiesta^^ Esta noche no puedo admitir a nadie 
en mi casa. 

Dest. ¿Tan cambiado estoy que no me conoces? 

Es verdad. Pasa el tiempo. Tu hostería tam- 
poco es la que era, aquél pobre albergue a la 
entrada de la ciudad, junto al río, sin estos 
jardines que ahora hermosean sus orillas. 
Tú no has cambiado mucho. Antes que tu. 
ca&a te he conocido a ti. Y de mí, ¿no re- 
cuerdas? 

HosT. Sí .. tú ere«... Pero no es posible .. tú eres... 

Dest. ¡Chis! ¡Calla! El Desterrado, no tengo otro 

nombre... 

HosT. Andad allá dentro, muchachos... ¿Qué mur- 

muráis? ¡Buenos estamos! (Salen ios mozos por la- 
derecha.) Sí, eres tú... Y ¿no temes que te des- 
cubran? So> tu amigo, pero no querrás com- 
prometerme con tu presencia. Si te hallaran 
aquí... creerían que yo... 

Dest. No tiembles. . Ahora veo que tú también 

has cambiado. Verdad que eres protegido- 



— 14 — 

del Magnífico. Olvidaba que todo lo que 
eres se lo debes a él. 

HosT. Por eso mismo, no puedo acoger en mi casa 

a su mayor contrario, su mortal enemigo. 
El Magnífico te desterró y puedes agrade- 
cer que se contentara con desterrarte, por 
hablar contra su gobierno, por amotinar al 
pueblo en contra suya... ¿Cómo te has atre- 
vido a dejar tu destierro? 

Dest. Tranquilízate y mira... El sello con las ar- 

mas del Magnífico, permitiéndome volver a 
la Ciudad, a mi patria querida... 

HosT. ¿Su perdón? ¡Y aún dirás que no es grande 

y generoso! 

Dest. v Diré lo mismo q'ie he dicho siempre, que, 
con ser como es, aun vale más que el pue- 
blo que le soporta. Ese pueblo que murmu- 
ra sin cesar contra sus gobernantes, ponién- 
dose a su nivel, pues los conoce y permite 
que le gobiernen. Y no contentos con mur- 
murar la verdad, como si la verdad no fue- 
se bastante, aún añade calumnias y calum- 
nias, a sabiendas de que lo s:>n, de que no 
podrían probarse. Y esto ya es ponerse más 
bajo, mucho más bajo; que si murmurar 
la verdad aun puede ser la justicia de los 
débiles, la calumnia no puede ser nunca 
más que la venganza de los cobardes. 

HosT. Dices bien. Yo te aseguro que no hay razón 

para culpar al Magnifico, que nunca hubo 
en la Ciudad tanto dinero ni se gastó con 
tanto garbo. 

Dest. Eso dices porque el dinero entra en tu casa, 

que es casa de alegría y holgorio... Pero 
creo que, por fuerza, ha de sentirse el mal- 
estar ocasionado por esa terrible guerra, en- 
tre las más poderosas ciudades de Italia, 
repúblicas y señoríos, el temor de vernos 
• envueltos en una contienda, cuyo resul- 
tado no será nunca satisfactorio para nos- 
otros. 

HosT. Según quien venza... 

Dest. ¡Ilusiones! El vencedor creerá que se lo 

debe todo a sí propio y no será amigo de 
nadie; el vencido creerá que nadie le ayudó 
como debía y será enemigo de todos. Uno y 



— 15 — 

otro solo aguardarán la ocasión de imponer- 
se a los débiles; el vencedor por afirmar sa 
triunfo, el vencido por desquitarse de su 
derrota. 
HosT. ¡Bahl Kl Magnífico es hombre hábil y sabrá 

sortear todos los peligros. 
Dest. Pero, ¿tú crees que son los hombres, que es 

la política, que pon las mismas armas, lo 
que previene y decide las guerras? Sí, hay 
en toda guerra un motivo aparente que solo 
engaña a los cronistas vulgares... Un pique 
de amor propio entre dos soberanos, un 
desaire a un embajador, unas leguas de te- 
rritorio fronterizo disputadas... ¡Bahl... Pre- 
textos risibles, buenos para entretener la 
historia del día.' Bajo estas causas super- 
ficiales, hay razones más hondas, de interés, 
de competencia, de rivalidad en comercio y 
manufacturas ,. Y todavía no son estas las 
verdaderas causas, que, sobre todo esto, hay 
en toda guerra, lo que solo a lo largo del 
tiempo se percibe, como desde muy lejos, 
como desde muy alto, el designio provi- 
dencial, el predominio de un pueblo sobre 
los otros pueblos, de una raza sobre las de- 
más razas, de una idea nueva sobre ideas 
caducas. Por eso, cuando mira-i desde cerca 
esta guerra de ahora, te apasionas, te exal- 
tas, porque todo te dice, odio, sangre, vio- 
lencia, y te inclinas al uno o al otro lado, 
pones también odio y violencia de tu parte 
sin saber de qué lado están la razón y la 
justicia. Pero si lees, con la serenidad que 
sólo da el tiempo, en historias de guerras 
que pasaron, verás que en todas ellas, aun 
las que fueron humillación y vencimiento 
de tu patria, triunfó siempre lo que debe 
triunfar... la idea de Dio.-^, que para triun- 
far en el mundo se vale siempre de los fuer- 
tes... y ten entendido, aunque por fuerza de 
brazos o armat se manifieste, que la verda- 
dera fuerza es la espiritual, que solo el espí- 
ritu es quien pone en las espadas luz de in- 
teligencia, en las inteligencias temple de 
espadas. , . x?. 

HosT. Yo no entiendo ni quiero entender tus üio- 



— 16 ~ 

Sofías; lo que sí sé es que nadie quiere la- 
guerra. 

Dest. y ¿basta no quererla? 

HosT. Nosotros vivimos en paz con todo el mun- 

do. Y no podrán quejarle unos ni otros de 
nueí-tros buenos oficios, que con todos ne- 
gociamos y a todos proveemos de lo necesa- 
rio. 

Dest. Y muchos se enriquecen. Lo sé. Por lucrar- 

se hoy empobrecerán mañana. Hoy venden 
a buen precio lo que mañana han de nece- 
sitar y no podrán hallarlo a ningún precio. 
¡Ay del que atesora del tesoro de la Ciudad! 
que caando la Ciudad se pierda, ¿dónde es- 
conderá su tesoro? 

HosT. Vuelves a tus predicaciones. Aún no has 

escarmentado. 

Dest. Ni escarmentaré nunca. Por eso no hubiera 

vuelto si no hubiera sido por mi hijo. 

HosT. ¿Tienes un hijo? 

Dest, Sí, del que no debí separarme al salir deste- 

rrado. ¡Era tan niño! ¿Qué hubiera sido de 
él? ¿Cómo exponer su vida a los azares, a la 
miseria de mi vida errante? Quedó aquí con 
un tío suyo, hefmano de su madre, enemi- 
go mío. Nada he sabido de él en tantos 
años. No me permitían comunicación con 
nadie de la Ciudad. Ni mi nombre Jlevará 
de seguro. Y, ¿qué habrán hecho de él? 
¿Qué habrá en su alma? ¿En qué podré co- 
nocer que es mi hijo? 

HosT. Yo no sabía que tal hijo tuyo hubiera en la 

Ciudad. Sin duda, como dices, no lleva tu 
nombre. 

Dest. El nombre del Desterrado no era un nom- 

bre. 

HosT. Y, ¿cómo ha tido el perdonarte el Magní- 

fico? Sin duda hay alguien que te quiere 
bien cerca de su persona... De otro modo no 
te hubiera levantado el destierro... ¿Tú no 
sabes?... 

Dest. Con el perdón recibí esta carta, sin firma... 

La letia parece de mujer, sólo dice: «Ben- 
decid a quien sin conoceros os ama, solo 
porque sois padre de quien no puede ser mi 
enemigo ..» 



— 17 — 

HosT. Esa carta... No conozco la letra, pero... 

Dest. ¿Sabes tú?... 

HosT. ¿Saber? No... Pero... tal vez... si... tal vez sea 

tu hijo el que. . 

Dest. ¡Mi hijo! ¿Qué quieres decirme?... 

HosT. A mi casa acuden a diario muchos jóvenes 

de las mejores familias de la Ciudad. Entre 
ellos hay uno de quien se dicp, se murmu- 
ra, que está en amores con la hija del Mag- 
nífico, la hermosa Julia. Una hija que el 
Magnífico hubo allá en sus mocedades y se 
trajo consigo cuando su antiguo amo, el se- 
ñor Leandro, al casart-e con la hija del se- 
ñor Polichinela, le puso en estado de gran 
señor, del que ha sabido alzarse, hasta la 
Señoría de la Ciudaa. 

Dest, ¡Imposible! ¡Mi hijo! No... Su tío no era más 

de un mercader; por mucho que haya pros- 
perado, no es posible que su situación per- 
mita a mi hijo enamorar a la que es tanto 
como una princesa, porque no menos que 
un príncipe soberano es el Magnífico, su 
padre. 

HosT. ¿Quién era él? ¿Quién era su amo cuando 

enamoró a la hija del señor Polichinela? El 
Magnífico no puede asombrarse de nada... 

Dest. Y, ¿dices que ese joven de quien se dice 

que está en amores con la hija del Magní- 
fico, viene alguna vez a tu casa? 

HosT. No faltará a la fiesta de esta noche. 

Dest. ¿Tienes fiesta esta noche? 

HosT. Una fiesta de locos. Los poetas festejan a la 

hermosa Girasol, la bailarina que tiene al- 
borotada a la Ciudad con sus danzas. No 
puedo invitarte porque esta noche no soy el 
amo de mi casa. Pero si quieres ver sin ser 
visto, desde cualquiera .de esas ventanas 
puedes atisbar cuanto se te antoje. Valdrá 
la pena, porque es gente de ingenio, y la 
Girasol es hermosa. Vendrán también da- 
mas ilustres enmascaradas, y personajes, y, 
¿quién sabe? Es tanta la curiosidad, que tal 
vez el Magnífico en persona no deje pasar 
la noche sin presentarse por aquí, como un 
buen ciudadano. El tiene en mucha estima 
a los poetas, que él sabe son lenguas de la 

2 



— 18 — 

fama y conviene estar a bien con ellos 
para librarse de sus sátiras... Y aun si quie- 
res, cuándo la concurrencia sea más nume- 
rosa, observar más de cerca, yo te daré una 
máscara y bien puedes salir y andar entre 
la gente sin ser notado. 
Dest. Así lo baré, que es mucha mi curiosidad, 

después de haberte oído.,. (Se oyen voces den- 
tro ) 

HosT. Pues entra, que ya oigo voces de esta parte. 

Y entretanto que la fiesta se anima, cenarás 
por n:i cuenta, por nuestra antigua amistad. 

Dest. Graciíis por todo. 

HosT. . No sé por qué, presumo quf» acabaron tus 
desventuras y tus andanzas. Tu perdón, esa 
carta misteriosa con letra de mujer... Mira 
que si por tin acallaras por ser consuegro 
del Magnífico, del que tanto has odiado... 

Dest. Bien se ve que en tu casa tuvo principio su 

grandeza. Sueñas con aventuran extraordi- 
narias como las suyas. Por si la-? mías no 
llegaran a tanto, conténtate con ofrecerme 
una c<-na frugal No me tratas como a con- 
suejiro df 1 Magnífi-. o. ¿Cómo podría yo pa- 
garte f^i no contara un día con su dinero, 
como él con^ó con el dinero del s ñor Poli- 
chireJH?.. Yo no llego como él llegó para 
engañarte. Mira n)i escarcela. Esta es la 
verdad. Yo no soy I rispín... 

HosT. ¡Qué importa, si tu hij» puede ser Lean- 

dro'r^... Kntra en nji rasa que tú cenarás esta 
noche romo si fueras el Magnífico... (Vause 

por la primera derecha.) 



ESCENA m 

ARLEQUÍN, lauro; AURELIO y FLORENCIO, por la segunda 
derecha 

Lauro - Llegamos los primeros. 

AuR. Es la hora mejor. 

Flor. Dei^pués la muchedumbre nos traerá su vul- 

garidad. 

Arl. Mucho temo que la fiesta sea un vulgar bu- 

llicio. Yo hubiera querido que fuera como 



— 19 - 

iin recogimiento espiritual, una meditación, 
una fiesta de melancolía. Pero ya visteis 
cómo Girasol torció el lindo gesto cuando 
se propaso que la fiesta fuera para nosotros 
solos. 
Flor. Girasol es una mujer vulgar. 

Arl. Como todas. A mí no me ha engañado. Pre- 

fiere el aplauso ruidoso de la multitud a la 
admiración recogida de los entendidos. A 
mí desde que todos la celebran, ya no me 
parece la misma. 
AüR ¡Qué diferencia cuando al presentarse en la 

ciudad la gente se burlaba de sus danzas! 
Arl. y el público la silbaba y hasta cayó a sus 

divinos pies alguna hortaliza... ¡Era admi- 
rable! ¡Sólo nosotros la comprendíamos! 

AüR Ha perdido todo su encanto. * 

Akl. El soneto que yo cincelaba para ella no pa- 

sará de los dos primeros versos... ¿En qué 
piensas, Lauro? 

Lauro ¿Se sabe si el Magnífico asistirá por fin a la 
fiesta? 

Arl. Pero si asiste no vendrá con su hija. ¿Ks eso 

lo que piensas? ¡Ah!, Lauro, ¡hombre felizl 
No te atormentes con e.«e amor que tú crees 
imposible, iíi Magnifico es tan grande, tan 
grande, que es capaz de casarte con su hija... 

Lauro No digas locuras. 

Arl. ¿Sabéis la última grandeza del Magnífico?... 

Flor. No me habléis del Magnífico. También se 

empequeñece. Su grandioso cinismo de 
otros tiempos degenera en vulgares conce- 
siones a la opinión. 

Arl. Ahora le ha dado por mantener la paz a 

toda costa. 

AüR. ¿Y qué puede hacer? La guerra sería un 

desastre... 

Arl. ¿Por qué un desastre? Para nosotros no pue- 

de haber desastre. Nos gobernarían los ve- 
necianos o los genoveyes y eso iríamos ga- 
nando. 

Flor. Para lo que servimos... 

Aur Para lo que significamos... 

Arl. Una ciudad abierta al mar por todas partes 

, y que no tiene barcos para su defensa... 

Flor. ¿Y qué barcos podemos tener?... 



— 20 — 

AuR ¿Y para qué los queremos? 

Flor. ¿Y soldados? ¿No es risible que ahora quie- 

ran que todos seamos soldados? 

Arl. ¿Para qué queremos soldados? ¿Qué tene- 

mos que defender? ¿Qué importa que todo 
se pierda? Una ciudad que sólo encumbra a 
los que no tienen ningún talento. Aquí son 
reputados famosos cuatro hombres vulgares- 
que ni siquitíia son conocidos en Venecia 
ni en Genova. 

Flor. De los que allí se reirían si los conocieran.. .- 

Arl. Lo único que podemos presentar al mundo 

son nuestras bailarinas, nuestros desbrava- 
dores de potros y nuestros mendigos... Eso 
sí... Es nuestro orgullo... Por eeo he querido 
yo que nos juntáramos en esta fiesta los 
únicos que aun no hemos perdido la clara 
visión de las cosas. 

AuR. Hay que elevarse sobre la ramplonería. 

Flor. Sobre los respetos vulgares. 

Arl. Sobre el patriotismo que quiere obligarnos 

a una estúpida admiración por todo lo- 
nuestro. 

AuR Pero, ¿qué nos piden que admiremos? 

Arl. Una ciudad que puede ser gobernada por un. 

Crispí n. 

AuR. Y un señor Polichinela. 

Arl. Que la gobiernan como se merece. Despre 

dándola. Que por fortuna nos llevarán a la 
ruina y entonces empezaremos a ser algo...- 

Plor. Cuando nos gobierne el extranjero... 

Arl. Cuando nos imponga una cultura superior. 

AuR Cuando nos enseñe a ser hombres... 



ESCENA IV 

DICHOS y el DESTERRADO por la segunda derecha 

Dest. Eso sí, desdichados... 

Todos ¿Eh? ¿Quién es? ¿Qué dice? 

Dest. Oá digo ¡desdichadot^l, porque no es vuestra- 

toda la culpa, de otro modo os diría [mise- 
rables! 

AuR. ¿Y- quién os mete a vos...? 

PioR. ¡Tened cuenta con vuestras palabras! 



— 21 — 

Dest. No os alborotéis. Miradme a la cara: soy un 

hombre. Vosotros sois muy niños o muy 
viejos. De cualquier modo me dais compa- 
sión y por compasión he de hablaros. Sólo 
vos, señor Arlequín, por vuestra edad de- 
bierais ser más razonable; pero la vanidad 
os pierde. Y aunque no os falta entendi- 
miento, sabéis que no es tanto como para 
asombrar a las gentes y os amparáis del 
desatino que siempre asombra y pasma, y 
más en los que como vos saben escoger su 
auditorio. Sazonada con vuestro ingenio, 
sembráis entre estos mozalbetes la mala se- 
milla de vuestra vanidad. Tenéis cargo es- 
piritual sobre ellos y... ved lo que hicisteis 
de esta juventud. Mirad mi rostro enrojeci- 
do de vergüenza al escucharos maldecir de 
esta noble ciudad, que es nuestra patria, al 
oir cómo no os importaría verla dominada 
por el extranjero, que vendría, como decís, a 
imponernos su cultura. ¡Desventurados! Si 
el extranjero cayera sobre nosotros, su cul- 
tura, sus libertades, sus sabias leyes, las 
guardaría para él, a nosotros nos trataría 
como se trata a los traidores, que, vencidos, 
sólo eon dignos de ser esclavos. ¿Es eso lo 
que ambicionáis? A cuánto llega la sober 
bia, pecado de los ángeles rebeldes; a cuán- 
to llega la envidia, pecado de las almas rui- 
nes... Porque eso sois, soberbios y envidio- 
sos. Cuando vuestra conciencia os da la me- 
dida de vuestra insignificancia, bueno es 
culpar a los demás de nuestro fracaso. ¿Qué 
habíamos de hacer? En patria tan mezqui- 
na no vale la pena de hacer nada. ¿Quién 
iba a comprendernos^^ ¿Quién hnbía de ad- 
mirarnos? Si en vuestra vanidad creéis que 
habéis hecho algo grande y no sois bastante 
estimados, decis: ¡Lástima valer tanto en 
tierra que vale tan poco! Cuando veis esti- 
mados y aplaudidos a los que trabajan con 
fe, a los que luchan con entusiasmo, enton- 
ces es la envidia la que os muerde, y por 
empequeñecer a los que valen, no dudáis 
en empequeñecer a vuestra patria. Y cuando 
soíb vosotros los que os dais ocasión al ex- 



— 22 — 



Arl. 



Dest. 
Arl. 



Lauro 

Arl. 



AuR. 

Flor. 

Lauro 

Arl. 



Lauro 
Arl. 



tranjero para menospreciarnos, queréis me- 
dir vuestro valor por el valor que nos da el 
extranjero. ¿A quién visteis que para asegu- 
rarse de la virtud de su madre para encontrar 
razones de quererla pregunte a los extraños?' 
¿Qué pentais de mi madre? ¿Qué estimación 
hacéis de sus virtudes? ¿Cómo he de respetar- 
la? ¿cómo debo quererla? Pues tan indigno 
es pedir al extranjero razones para amar 
a nuestra patria. 

Ahora es cuando os hemos conocido, yo por 
lo menos, que estos mozalbetes como vos ios 
llamáis, por suerte suya no alcanzaron los 
tiempos en qpe vuestra ciceroniana oratoria 
era pasmo de las plazuelas. 
¿Sabéis quién soy? 

¿Qué otro pudiera ser? ¿No estabas desterra- 
do? Dicen que por medida de buen gobier- 
no; yo aseguré siempre que por medida de 

buen gusto. (Aurelio y Florencio ríen ) 

¿Qué decís? ¿Este hombre es...? 
El tribuno de la plebe, un ;yrandilocuente 
orador como habéis podido apreciar. ¿No os 
ha conmovido? ¡Amigos, hay que ser patrio- 
tas, hay que creer que nuestra ciudad es la 
más grande, la más gloriosa de las ciudades, 
que sólo nosotros somos indignos de haber 

nacido en ella! (Se oye dentro una música.) 

¿No OÍR? Esa música anuncia la llegada de 
Girasol. 

Girasol llega; vamos. Arlequín; vamos. 
Lauro. 

No, yo no; id vosotros. Espero aquí a un 
paje de Julia. Si su padre acude por fin a la 
fiesta, tendré aviso y... 

Y en ausencia del Magnífico entrarás por 
una puerta secreta en los jardines de su pa- 
lacio corno otras noches. Y habrá dulce plá- 
tica con la inocente Julia, tan inocente 
como su padre. 

|?eñor Arlequín, no os consiento...! 
Cuidado, joven, cuidado. Ya veo que pren- 
dió en ti el discurso del austero espartano. 
¿Vas a defender contra mí la inocencia de 
la hija del Magnífico? Bien está; no te enfa- 
des. Yo proclamaré que no la hay más ino- 



— 23 — 

cente y candorosa. Por patriotisrao. ¿Te pa- 
rece bien? Por patriotismo. Todas las jóve- 
nes de la ciudad son inocentes y candoro- 
sas. Austero espartano, vuestro discurso nos 
ha convencido tanto, que vamos a saludar en 
Girasol, la bailarina, a la más pura gloria 
de nuestra patria. Dejemos a Lauro. Vamos, 

amigOF. (Salen Arlequín, Florencio y Aurelio por la 
izquierda.) 



ESCENA V 



EL DESTERRADO y LAURO 



Dest, 

Lauro 



Dest. 



Lauro 



Dest. 



¿No vais con vuestros amigo?? 
Perdonad, señor, ien dije que debía esperar 
aquí; pero la verdad es que sólo me retiene 
el deseo de preguntaros... 
Adivinasteis mi d<-seo. Yo os responderé a 
todo, y por mi parte algo he de preguntaros 
también, i'or las chanzas que ti señor Arle- 
quín se ha permitido y al paiecer os ofen- 
dieron, pienso que sois el joven de quien 
me hablaron apenas llegué a la ciudad, el 
que... perdonad si también os ofende mi in- 
discreción, el que según dicen tiene amores 
con la hija del Magnifico. 
Señor, acaso os parezca jactanciosa pre- 
sunción de mi parte. No lo juzgareis así 
cuando sepáis la verdad. Ante todo, por ha- 
berme vi>to en compañía del n'eñor Arle- 
quín y de BUS amigos no me juzguéis como 
ellos ¿No me h beis visto avergonzado al 
oir con cuánta razón vuestras nobles pala- 
bras afeaban las suyas indignas? Lo que nos 
habéis dicho lo he pensado yo muchas ve- 
ces. Si yo lo dijera se burlarían de mí... 
{Corno el señor Arlequín y sus amigas son 
muchos jóvenes en la ciudad, muchos hom- 
bres también! 

Muchos, sí, pero no serán todos.,. Hay otros 
muchos, son los más, y lo creo; o quiero 
creerlo, que aun aman a su patria, que aun 
trabajan por ella con santo amor. ¿N'o es 
verdad? 



^ 24 — 

Lauro Sí, son muchos; pero son los humildes, les 
silenciosos, los resignados... 

Dest. Los que sólo esperan la voz del hombre que 

hable por ellos, que haga callar por siempre 
esas voces que claman plañideras: jNada 
somos! ¡Nada valemos! ¡No hay esperanza 
para nosotros! Y así es la vida de nuestra 
patria, como un cortejo de enterramiento. 
Aun el que tiabaja y lucha todavía parece 
también como si enterrara su propio esfuer- 
zo y quisiera decirnos desalentado: Yo sé 
que nada se remedia, que es trabajo perdi- 
do mi trabajo. Y lo que debiera caer como 
siembra de esperanza en la vida, cae como 
paletada de tierra en sepultura... Y así van 
enterrando a nuestra patria... 

Lauro ¿Vos fuisteis desterrado de ella? 

JDesT. Sí; por amarla mucho. Y más que verme 

desterrado de ella, sentí que ella de mí se 
desterraba. Y fué mi tristeza como al apar- 
tarnos de su corazón la mujer por cuya 
felicidad hubiéramos dado la vida, y más 
que su desamor, más que su desvío, más 
que nuestra propia desgracia, sentimos, que 
al apartarnos de ella, ya nada podemos ha- 
cer por verla a ella dichosa. Y ya lo veis; ni 
la injusticia de los que me desterraron, ni lo 
que fué niás triste, la indifeiencia de los 
que debieron impedir mi destierro; la cruel- 
dad en los unos, la ingratitud en los otros, 
bastaron a quebrantar en mi corazón el 
amor a mi Patria. Desterrado de ella, ella 
ha sido mi único pensamiento. En todas 
partes hallé amibos, nobles protectores, pero 
como el poeta florentino en su destierro, 
también supe de la amargura que es el su- 
bir por escalera ajena... Todos eran bon- 
dadosos conmigo, como a uno de los suyos 
me trataban; y a pesar mío, siempre me 
sentí extraño entre ellos, y como nunca 
comprendí lo que es éste sentimiento de 
Patria, del que se burlan vuestros amigos... 
porque ellos creen saber la verdad de los 
males de la Patria... pero no saben la triste- 
za de haberla perdido y cómo la recordamos 
entonces con todos sus males. Y si los ma- 



— 26 — 

les fueran tantos que no hubiera disculpa 
para ellos, aún sabríamos redimirlos todos 
en nuestro recuerdo, al decir, con orgullo, 
como de una grandeza de nuestra patria, 
cuando otras grandezas no tuviera: Que no 
hay rosas como sus rosas, que no hay pues- 
tas de sol como las de su cielu... que, lejos 
de la Patria, al recordarla una flor, un cela- 
je, bastan para encender el corazón en amor 
patrio. 

Lauro Sí, cada palabra vuestra me asegura que 

sois... el que pienso que poís desde que os 
escucho, el que ya temo que seáis, con de- 
sear con toda el alma que no podáis ser 
otro. Yo no recuerdo de mi padre, pero sé 
que mi padre vive, y vive desterrado, como 
vos lo estuvisteis. Era yo muy niño, y al 
pasar por las calles de la Ciudad, acompa- 
ñado de algún servidor de mi tío, solía 
pararse delante de mí algún hombre de! 
pueblo, un viejo tal vez, tal vez un joven, y 
mirándome ñjo, me decía: todos hemos per- 
dido a nuestro padre. Tu padre era nuestra 
guarda y nuestro amparo, contra el poder y 
la injusticia de les grandes... Bien merece- 
mos cuanto nos sucede, que antes de con- 
sentir que saliera desterrado debimos morir 
todos... Y esto mismo lo oí muchas veces. 
Después... ya nadie me hablaba de mi pa- 
dre; yo preguntaba, y nadie respondía... Mi 
tío me prohibió por fin que volviera a pre- 
guntar nada. Nombrar a tu padre es traer 
la ruina sobre nuestra casa. Tu padre no 
volverá nunca, y si volviera, sería su muer- 
te, porque el Magnífico no tiene mayor ene- 
mii<o, y no le perdonará nunca... Y este es 
mi temor, que si fuerais... [Ah! .. ¡Sí! ¡Srás 
vos, mi padre! ¡Es verdad! ¡Mi padre! 

Dest. ¡Hijo mío! Tú amor y el amor a mi Patria 

era todo mi pensamiento. Al volver, ya sa- 
bía que el alma de mi Patria volvía conmi- 
go... Pero temblaba al pensar qué habrían 
hecho de tu alma... Te encuentro, y te en- 
cuentro... hijo mío. Si hubiera hallado en tí 
a uno de esos jóvenes que te acompañaban... 
hubiera preferido no hallarte nunca... 



— 26 — 

Lauro ¡Padre míol ¡Mi padrel Pero si es verdad lo 
que dijeron, que el Magnífico os odia, que 
volver a la Ciudad es la muerte... ¡No, no es 
po&ible!... 

Dest. Is'o, hijo mío. Todo puede temerse del astu- 

to señor Crispín, pero no le creo capaz de 
tan negra perfidia... No me habría perdo- 
nado para asesinarme... tengo su perdón... 
mira. 

Lauro Sí, son sivs armas, las armas de la Ciudad, 
la firma del Magnífico. No, no hay nada 
que temer, estáis seguro... ¡Qué alegría! El 
Magnífico os ha perdonado... 

Dest. Y a su perdón acompañaba esta carta... ¿Tú 

conoces la letra? 

Lauro ¿Esta letra? Si; es suya, de Julia, de su hija... 

¡Cómo no conocerla! Si esta letra es la que 
dicta leyes a mi corazón; si esta letra es la 
que ordena en mi vida alegría o tristeza... 
una vez más he de be&arla, que esta vez me 
devuelve a mi padre... Ahora recuerdo, pocos 
días ha, me habló de una alegría muy gran- 
de que me esperaba, no quiso decirme cuál 
sería; cat-i reñimos porfiando... la hice llorar. 
Dios mío, cuando ahora m.e vea llorar de 
alegría, ¡cómo ha de perdonarme! Si su- 
pierais... ¡Es tan hermosa! No, ¡es tan bue- 
na! Si creyerais que yo la amo por ser quien 
es, os engañaríais... Nuestro amor empezó 
cuando ni ella ni yo podíamos temer que 
nunca pudiera separarnos esta grandeza de 
6U padre. El Magnífico aún no la había pre- 
sentado como hija suya. Vivía como una 
joven de condición modesta, venía a com- 
prar a nuestra tienda, acompañada de algu- 
na dueña de resjeto... Cuando el Magnífico 
la proclamó hija suya y la llevó consigo a 
su palacio... nuestro amor era ya más fuerte 
que todo el poderío de su padre, a quien 
todo se rinde en la Ciudad; todo, menos mi 
corazón y el de su propia hija, cuando in- 
tentara con todo su poder, con toda su gran- 
deza, arrancar este i. mor de nuestras almas. 

Dest. (Leyendo la carta.) Bendecid a quien os ama 

sin conoceros, solo porque sois padre de 
quien no puede ser mi enemigo. 



- 27 — 

Lauro No, no podéis serlo. De su padre tampoco. 
Os ha perdonado por amor de su hija, y 
ella pidió vuestro perdón por amor mío... 
¿Verdad que ya no le odiáis, que no vol- 
veréis a ser su enemigo'? Entre él, a quien 
ofendisteis y os perdona, y ese pueblo, al 
que amabais tanto, por el que tanto sacri- 
ficasteis, y os dejó salir desterrado, y ya que 
no se atrevió a impedirlo, por cobardía, no 
volvió nunca a pedir vuestro perdón, por 
ingratitud o por olvido, que todo es cobar- 
día... decid, ¿quien merece vuestra estima- 
ción y quien vuestro desprecio? 

Dest. Es verdad, es verdad... JSo es el Magnífico 

el más culpable... El ¿sabe de tus amores 
con su hijaV 

Laubo Nada de cuanto sucede en la Ciudad puede 

escapar a su noticia. Estoy cierto de que lo 
sabe, pero hasta ahora nada intentó para 
impedirlo. Nunca se dio por entendido con 
su hij-^, según ella asegura, y ella no me 
hubiera mentido. 

Dest. No obetante, de tu condición a la suya hay 

tal distancia, que es locura presumir que el 
Magoííico pueda consentir esos amores ... 
si no es que así conviene a sus intereses. Y 
es lo que temo. Es hombre que eabe llegar 
a cuanto se propone, por los más extraños 
caminos... Acaso mi perdón, que tú crees 
noble, generoso, sna un engaño más. 

Lauro No, padre mío... Tu perdón es obra de Julia; 

ella ha sabido que el desterrado era mi pa- 
dre, y rogó al suyo que te perdonara. Y tú 
no puedes ser enemigo del padre de la que 
es para mí... 

Dest. Más que tu padre... E?o has pensado... Pue- 

des decirlo... Así es el amor, y es justo que 
así sea... Si me dijeras: ¡Padre mío! No ten 
go más amor que el tuyo en el mundo... Soy 
muy desgraciado... Me verías muy triste... 
Me dices: Soy dichoso... porque amo a 
una rrujer más que a nadie en el mun- 
do... Y, 'si tú eres dichoso, ¿qué importa 
que ella sea todo y yo nadaV JNo te lla- 
maré ingrato. Y de mí nada temas, que si 
mayor sacrificio no pudiera hacer por tu 



felicidad, yo te aseguro que el padre de tu 
amada do tendrá nunca en mí un enemigo... 
Recogeré mi corazón, que tal vez fué orgu- 
lloso en demasía, al pretender la gloria de 
mi Ciudad... Y desde hoy, mi Ciudad será 
mi casa, y vuestro amor su gloria... Nunca 
más la tristeza del deber austero, inflexible, 
que se clava en el corazón, como tronco 
f?eco, sin alegría de hojas, sin cantar de pá 
jaros al calor de sus nidos... tronco desnudo 
que se alza y se recorta sobre el cielo, rígido 
y geométrico, como palo de horca, que si 
dice: Justicia, dice: muerte... No, no es hu- 
mano el deber que por soñar con una huma- 
nidad perfecta es inexorable con los hom- 
bres... No hay un deber eterno... hay mu- 
chos deberes, conao hay muchos días y 
muchas horas en la vi'la... El deber de ser 
humildes, de ser compasivos... de perdonar 
para que nos perdonen... ¿Cómo nos atreve- 
mos a pedir justicia a los hombres en la 
tierra, si es del Cielo, es a Dios, y temerosos 
de su justicia, al rezar, sólo pedimos miseri- 
cordia? (Se oyeu deíatro unas voces.) 

Lauro jEscuchadl ¿Qué voces son esas? 

Dfst. 6in duda es que llega el Magnífico a la fies- 

ta y la gente se agolpa para saludarle. 

Lauro No; son voces como de asonada... Escuchad... 

Dicen: ¡Viva nuestro padre! ¡Viva el padre 
del pueblol ¿Será a vos? 

Dest. No es posible. ¿Quién puede saber que estoy 

en la Ciudad? 



ESCENA VI 

DICHOS y HOSTELERO por la segunda derecha 

HosT. l'ronto. . Vete de mi casa, pronto. ¿No oís? 

Dest. ¿.Qué te altera? 

HosT. Perdón, amigo; pero ya lo ves... por admi- 

tirte en mi casa. 

Lauro ¿Qué sucede? 

HosT. La gente ha sabido que llegabas a la Ciudad; 

saben que estás en mi casa, y acuden en 
tropel a vitorearte como en otros tiempos... 



— 29 ~ 

Lauro Los que no se acordaron de tí en la desgra- 

cia, los que nada hicieron por impedirla^ 
ahora, cuando el Magnífico te ha perdonado, 
pretenden con su griterío alarmar a la Ciu- 
dad, prevenir de nuevo al Magnífico, en 
contra tuya... ¡Mi.^erables! Yo iré, y a palos... 

Dest. Tente, hijo mío... Parece que callan las 

voces... 

HosT. Vete de mi casa; saldrás por una puertecilla 

que da al campo... En una noche como esta... 
cuando no tardará en llegar el Magnífico... 
Sería mi ruina... 

Dest. No tiembles... ¿Quién?... ¡Ah!, Publio... 

HosT. ¿El señor Publio? Eso es peor .. Si ha sido 

él quien lo ha urdido todo... 



ESCENA VII 



DICHOS y PUBLIO por la segunda derecha 



Publio ¡Amigo mío! Hermano mío! Ven a mis bra- 

zos... ¿No me abrazas?. . ¿Te retiras de mí?... 

Dest. ¡Publio! ¿Eres tú el que trae a esa gente? 

¿No has sido siempre mi enemigo? ¿No fuis- 
te tú el que contuvo al pueblo y hasta le 
volvió en conira mía, cuando quiso impedir 
mi destierro? Entonces estabas a sueldo 
del Magnífico... 

Publio No es verdad... Nunca lo he estado. Yo no 

he servido nunca más que al pueblo... Si 
fui enemigo tuyo fué porque tú te conten- 
tabas con predicarle, y yo he creído siempre 
que era preciso combatir... 

Dest. Sí... Yo quería que el pueblo tuviera con- 

ciencia de sí propio, para que fuera digno 
de acusar a los gobernantes indignos, más 
aún, de no poder tenerlos nunca, porque los 
gobernantes son hechura del pueblo, jamás 
el pueblo de los gobernantes. Los pueblos 
débiles y flojos, sin voluntad y sin concien- 
cia, son los que, no solo consienten, se_ com- 
placen en ser mal gobernados, El mal go- 
bierno es buena disculpa de picaros y de 
holgazanes. 



PUBUO 
IJEST . 



PUBLIO 
DE^T . 



PUBLI!,) 

Dest. 

PüBLIO 

Dest. 



PüBLIO 



Dest . 
Pgbliq 

H< ST , 



PüBLIO 

Dest . 

PüBLIO 



Lauro 

PüBLIO 



Lauro 



Eso es decir que yo adulo al pueblo y sólo tú 
le hablas verdad... 

Tú le mantienes en la ilusión de que todos 
sus males sólo provienen de estar mal go- 
bernado... 

Y ¿no lo está? 

Tú lo sabes mejor que nadie, que de eso vi- 
ves... El día en que el pueblo no tuviera 
por qué quejarse y los gobernantes no tuvie- 
ran por qué temer... Habrías concluido. 
¿Me insultas? Venía a proponerte la paz, 
una estrecha alianza... 
¿Contigo? Nunfca... 
El pueblo te aclama por mí. . 
No me aclama por ti, n>e aclama porque tú 
necesitas asustar al Magnífico para que no te 
retire su protección^ algo rehacía en estos 
tiempos... 

Para asustar al Magnífico, y pnra derribarle 
si quisiera, me basto yo sólo. Y para levan- 
tar al pueblo en contra tuya, si no quieres 
ser mi amigo... 
Nunca. 

Pues esta misma noche sabrá el Magnífico y 
sabrás tú de lo que soy capaz... 
E>ta noche... no. . Dej^á'^o para mañana. La 
fiesta en mi casa .. So}^ un buen ciudadano 
que vive de su trabajo... No queráis per- 
derme... 

i.o mismo que dije al pueblo que volvías a 
defenderle, a combatir a mi Indo contra el 
Magnífico y la corte de traficantes que le 
rodea... 

Y estorba tus tráficos. ¿No es eso? La com- 
petencia es dura... 

Les diré que si te ha perdonado es porque 
te has vendido a él... y el precio es su hija... 
que él consiente en casar con tn hijo a cam- 
bio de tu sumisión y del prestigio que aún 
tienes entre el pueblo y hoy habrá termi- 
nado. 
Callad o... 

El mozo es arrogante, ya cuenta con el po- 
der del suegro... Nuevo Leandro de este Po- 
lichinela... 
Callad he dicho... 



— 31 



Dest. Déjale... Nos conocemos. Y él lo sabe... 

PuBLio Sé que mejor te hubiera estado no volver 
nunca del destierro... porque ahora no será 
el Magnífico, será el pueblo (^uien te conde- 
na a muerte. No has de ser tú quien se in- 

terponga en mi camino. (Sale por la segunda de- 
recha.) 

HosT. ¡Señor, Stñor!... Ahora quisiera yo que el 

Magnifico no se dignara honrar mi casa. Vñ 
el pueblo se amotina... ¿qué será de mi 
casa?... Y el señor Publio es capaz de todo. 
^;Por qué no aceptaste su amistad? Es mejor 
para amigo que para enemigo... Si 3-0 pudie- 
ra convencerle a lo menos por esta noche... 
¡La fiesta de ios poetas! ¡(^on tantas señoras 
principales en mi casa! 

Lauro No tengas miedo... Las amenazas del señor 

Publio son siempre productivas. Dejnrían de 
serlo si pasaran de ser amenazas...' Todo su 
malestar es porque el señor Polichinela ha 
conseguido del Magnífico que se le permita 
vender todo género ^e m^^rcancías a los ve- 
necianos; el señor Publio quería vendérselas 
a los genoveses. 

Dest. ¡Son hombres listos, hombres emprendedo- 

res! Uon todo trafican, con todo negocian. 
Lo mismo venden las reliquias de nuestras 
glorias pasadas... pintura^ tapices, imáge- 
nes de palacios y tt-mplos, que trafican y 
negocian con todo lo presente y fodo lo fu- 
turo... Son muy listo.», muy hábiles... La 
ciudad se empobrece, la ciudad se arruina... 
Cuando la ciudad se hunda sobre todos... 
veremos si tienen la misma habilidad para 
salvarse ellos con sus hijos y sus riquezas... 
Entonces sí podremos decir que han sido 
hombres listos, que han sabido vivir... Ve- 
remos entonces si saben negociar con escom- 
bros y muertos. Cuando los escombros sean 
los de su casa y los muertos sus propios 

hijos... (cesan las voces.) 

íIosT. Calla, calla... No seas agorero... Todo estaba 

tranquilo en la ciudad y vienes a traernos la 
inquietud y la alarma .. Han callado las vo- 
ces... la fiesta se anima... ¡Señor! Que no 
ocurra nada esta noche. Mariana... mañana 



— 82 — 



Dest. 

Lauro 
HosT. 
Dest. 



HosT. 

Dest. 



no importa tanto; la gente estará cansada de 
la fiesta y no había de hacerse mucho nego- 
cio... Los pobres, que vivimos de los ricos, 
necesitamos que haya paz... sosiego, alegría. 
¿No es una gloria ver que todo el mundo se 
alegra y se divierte? Ved. Aquí llega la her- 
mosa Giri.8ol, rodeada de sus poetas y del 
señor Leandro, que según se murmura está 
muy enamorado de ella. 
Vuelven tus amigos. No quisiera encontrar- 
me con ellos... 

Tampoco yo quisiera verles ahora... 
¿Os vais? 

JjO deseas por tu tranquilidad y la de tu 
casa... Pero yo no puedo desairar la cena que 
me has ofrecido. 

Y que yo te serviré muy gustoso. 
Cenaré con mi hijo. ¡Nos debemos tantos 
años de ausencia!... (saien.) 



ESCENA VIII 



GIRASOL, COLOMBINA, LEANDRO, ARLEQUÍN, 
FLORENCIO por la segunda derecha 



AURELIO y 



Arl. Huyamos de la multitud. Busquemos el 

amable refugio de la intimidad. . 

GiR. ¿No vendrá por lin el iMagnífico? 

Arl. Es lo único que te interesa est^i noche. Te 

advierto, Girasol, que se malograrán tus en- 
cantos. Ai Magnífico no se le conoce favori- 
ta alguna. Es hombre práctico... 

CcL. (a Leandro.) ¿Vísteis fiesta más triste y abu- 

rrida? Como dispuesta por Arlequín y sus 
amigos. Los poetas imaginan muy linda- 
mente, pero realizan muy mal sus imagina- 
ciones. 

Lean. Tú debes saberlo, graciosa Colombina^ ya 

que siempre fuiste amada de algún poeta. 
¿Tan desengañada estás de sus realidades? 

Col. Los detesto. No me dejéis, Leandro- vos no 

sois poeta y no decís tonterías como ellos. 
No saben que a las mujeres nos aburren los 
hombres que dicen tonterías. Adoramos en 



- 33 — 

cambio a los que las hacen... porque de eso 
vivimos. 

Lean. ¿Quieres decir que yo soy de los que las ha- 

cen? 

Col. Habéis regalado un collar de perlas a Gira- 

sol. Los poetas no regalan perlas: las aconso- 
nantan con verterlas, pero no las vierten 
nunca, como no sea en lágrimas, tan falsas 
como sus poesías. ¿De veras os importa mu- 
cho Girasol? 

Lean. Con locura. Y, dime, Colombina. Tú, que a 

tu buen talento añades la experiencia del 
mundo que heredaste de doña Sirena, ¿no 
me dirás hasta cuándo ee burlará de mi- Gi- 
rasol? 

Col Decid hasta cuánto y nos entenderemos. 

Lean. Ponga ella misma el precio. 

Col, Si sois vos quien se ofrece, el precio es a vos 

mismo; no es a ella; vos sabréis en cuánto 
podéis estimaros. 

Lean. En lo que ella estime mi amor. 

Col. Vuestro amor, en nada. Vuestra vanidad, 

que es la que pone el precio, en tanto como 
vos la estiméis Fero pienso que os causáis 
en vano. La virtud de Girasol no se rendirá 
por ahora. 

Lean. ¿Su virtud, dices? ¿No.se rindió otras veces? 

Col. Sí: pero ahora, ¿no sabéis que Arlequín en 

una de las brillantes prosas que le ha dedi- 
cado, escribió que el espíritu de sus danzas 
era la castidad? 

Lean. ¿Y quién hace caso del señor Arlequín? 

Col. Perdonad, antes bailaba Girasol como vue- 

lan los pájaros. Hoy baila mucho peor, pero 
gracias al señor Arlequín ya sabe el sentido 
oculto de sus danzas. Cuando nos retrata un 
gran pintor, y el retrato como obra de arte 
es admirado por todo el mundo, hay el peli- 
gro de que ya toda nue.stra vida procuremos 
parecemos más a nuestro retrato que a nos- 
otros mismos. Ya tenéis explicado por qué 
Girasol, a lo menos mientras permanezca en 
esta ciudad, será respetuosa con el espíritu 
de sus danzas. 

Leax. Es que tú no te prestas a servirme, Colom- 

bina. Si tú hablaras por mí... 

S 



— 34 

Col. Pues bien, voy a ser franca. Le he hablado 

de vos por complaceros... Pero si vierais que 
cuando pienso en vuestra esposa, la hermo- 
sa Silvia... ¡Ah, señor Leandro! ¿Quién nos 
dijera que aquel amor que fué el orgullo de 
nuestra ciudad que ya imaginaba tener unos 
amantes inmortales como los de Verona... 

Lean. Tea en cuenta que Romeo y Julieta murie- 

ron muy jóvenes, que de su despedida en el 
florido balcón de Verona a su muerte en la 
tumba de los Capuletos sólo mediaron uno3 
días de ausencia; si hubieran vivido muchos 
años de plácido matrimonio... 

<DoL. Es verdad. Por algo los grandes poetas siem- 

pre terminan el amor en la muerte. La 
muerte es lo único que poetiza el amor. El 
señor Polichinela debió daros muerte y la 
enamorada Silvia debió sucumbir de pena. 
¡Hubiera sido una hermosa historia de amorl 

AüR. ¿Qué habrá sido de Lauro? 

Arl. Habrá recibido el aviso que esperaba y a 

estas horas estará más divertido que nos- 
otros. 

Oír . Pero, ¿es posible que la hija del Magnífico 

esté enamorada de un necio como Lauro? 

Arl. ¡Bravo inconveniente ponéis al amor de una 

mujer! La necedad de un hombre. 

Oír. Yo no sé cómo puede amarse a un necio. 

Arl. Probad en Leandro. Por vuestro amor sería 

capaz de arruinar a su suegro el señor Poli- 
chinela. Un yerno del señor Polichinela no 
puede hacer cosa mejor. 

(Se ven aparecer por el jardín, en el foro, a Silvia y 
Julia.) 

AüR. Amigos, observad... Dos damas enmascara- 

das nos atisban entre aquellas magnolias. 

Arl. No imaginéis aventuras de amor con damas 

principales; es la más vulgar aventura de 
mujer celosa. Una de esas damas enmasca- 
radas es Silvia, estoy seguro. Siempre que 
su marido acude a una fiesta no tarda en 
sorprenderle. He sido muchas veces testigo 
de tan ridiculas sorpresas. 

GiR. No estará celosa de mí. 

Arl. Seguramente. Temblad por vuestro tocado. 

GiR. Eso, no; qué se diría. Yo no he dado ocasión 



— as- 
para que el señor Leandro me persiga. Va- 
mos, vamos de aquí. 
Arl. Volved a los jardines, yo debo prevenir a 

Leandro. 

(salen Girasol, Aurelio y Florencio por la segunda de- 
recha ) 

Lean. ¿Dices que el lazo de diamantes y rubíes que 

vende Samuel el judío ablandaría tal vez su 
corazón? Son treinta mil escudos. 

Col ¿Qué son para vos treinta mil escudos? 

Leak. Fara mí, nada... Pero el señor Polichinela 

cada día está más fuerte, más fuerte que las 
galeras que ñor mediación suya ha compra- 
do el Magnífico para defensa de nuestra ciu- 
dad, y, que según murmuran todos, tarda- 
rán en hundirse lo que tarden en hacerse a 
ia mar. 

..Arl. Por dicha nuestra, con ellas se hundirán sus 

seis cañones, de los cuales nadie se atreve a 
disparar con cinco, después que reventó el 
primero con que fué a dispararse. 

Lean. Pues ei aún supierais... 

-Arl. ¿Qué no sabremos, amigo Leandro, del señor 

Polichinela y del Magnífico'? Da gracias a 
Dios que todo lo hallarás a su muerte. Aho- 
rra yo te aconsejo que N^uelvas a tu casa. 
Cerca de aquí rondan enma-carada?. Ya sa- 
bes en lo que suelen terminar estos carnava- 
les. Girasol no consentirá que te acerques a 
ella, porque ya sabes que, gracias a una in- 
discreta relación que escribí de sus danzas, 
está comprometida con el público y con ella 
misma a ser virtuosa. 

Lean. ^Tú crees que una de esas damas puede ser 

Silvia? 

Arl. Estoy seguro de ello. 

Col. ¿Lo vei?, señor Leandro? Silvia os ama to- 

davía, bebéis guardarla fidelidad. Ved que 
en vuestro amor tuvimos parte todos, y to- 
dos en la ciudad le miramos como cosa pro- 
pia. ¡Si mi noble tía, doña Sirena, levantara 
la cabtza!... 

Lean. jNoble doña Sirenal jCómo me hubiera ayu- 

dado con Girasol! 

OoL. ¡Respetad su memoria! 

J^RL. Las enmascaradas se acercan... Para disimu- 



— S6 — 

lar, hablemos de cosas indiferentes. ¿Creéis; 
que por tin tendremos guerra? 

(Entran por la segunda derecha Silvia y Julia.) 

Lean. ¿Guerra decís? ¿Quién piensa en eso? 

Gol. No habléis de cosas tristes. 

Arl. Por hablar de cosas indiferentes... (saien Co- 

lombina, Leandro y Arlequín por la segunda derecLa.)> 



ESCKNA IX 

SILVIA y JULIA 

Silvia ¿Lo ves, Julia, lo ves? Ha venido a la fiesta. 

Y ha venido por esa mujer. 

Julia Creo que no tenéis razón. Apenas si se ha 

acercado a ella, Y de Colombina no tendréis 
sospechas; es buena amiga vuestra. ¿Por 
qué os atormentáis de ese modo? Leandro- 
os ama como os amó siempre. Cuando mi 
padre me trajo a la ciudad, todos hablaban 
de vuestros amores. Era como un cuento 
maravilloso... Yo os envidiaba tanto... soña- 
ba también con mi Leandro... Y mi Lean- 
dro llegó y -oy muy dichosa... 

Silvia ¡Pobre Julia, pobre niña ilusionada! Tu 

Lauro será como mi Leandro... Ya lo ves... 
Ef-ta noche, esta fiesta, una vez más traen a 
mi corazón el recuerdo de otra noche, da 
otra fiesta en que por primera vez nos en- 
contramos. Una canción de Arlequín, cuan- 
do Arlequín no era el cínico poeta de ahora, 
cuando cantaba al i.mor y a la vida, llegó 
a nuestros oidos en el silencio de la noche 
y puso lágrimas en nuestros ojos, y al fin, 
un beso en nuestros labios, y en nuestro co- 
razón prendió ese anhelo de amor infinito, 
que es como un alma nueva dentro del al- 
ma; como una afirmación de su eternidad. 

Julia Así es el amor. Y es no temer ya nada en 

la vida porque sentimos que ya nada en la 
vida tendrá fuerza contra nuestro amor. Y' 
es afrontar sin espanto la misma muerte,,, 
como si fuera no más un dulce sueño entre 
enamorados, en que uno queda dormido an- 
tes que el otro, que no tardará en dormir 



— 87 --. 



;5ILVI\ 



JULI. 



Silvia 
Julia 

Silvia 



Julia 
Silvia 

J"ULIA 



el mismo sueño y unidos soñarán con su 
amor... que ha de ser en el cielo, para los 
que se amaron en la tierra, como un desho- 
jarse de rosas que fueran besr^s, como una 
claiidad de luz que acariciara el alma y fue- 
ra armonía de todas las músicas y todos los 
versos y todas las palabras de amor... 
jPobre ilusionada! ¿Crees en el amor de Lau- 
ro? ¿Y no ves que sólo amará en ti a la hija 
del Magnífico, como I^eandro me amó por 
las riquezas de mi padre? 
No, no. Lauro me creía pobre, de humilde 
condición... Cuando mi padre me llevó a su 
palacio, quiso alejarse de mí, lloró desespera- 
do, por nuestro amor que él creía imposi- 
ble... Pero no lo será; mi padre es bueno y 
consentirá que yo sea su esposa. 
Pero, ¿sabe tu padre que Lauro es hijo de 
su mayor enemigo? 

j^o sabe, sí; y ya le ha perdonado y ya está 
en la ciudad... Y ahora será el mejor amigo 
de mi padre, por mi amor todo, por el amor 
de Lauro. 

;Ah! Ya entiendo... Tu padre busca apoyo 
en el pueblo, que ahora el señor Publio 
quiere soliviantar en contra suya... ¡A y, Ju- 
lia mía! Cuando yo me creía dichosa con el 
amor de Leandro, qué poco pensaba en las 
intrigas del gobierno y de su política, qué 
poco me preocupaba la intervención de mi 
padre en esos tráficos y negocios que son 
escándalo de la ciudad. Ahora, todo me 
asusta; perdido el amor de mi esposo, 
sólo me queda el amor de mis hijos... y 
tiemblo por ellos. 

¿Y te preocupas por su suerte? Cuando tu 
padre aseguró para ellos riquezas fabulosas. 
¿Para ellos? Sí. Eso dice mi padre para dis- 
culpa suya, que sólo ha pensado en mí y 
•ahora en mis hijos al enriquecerse. Pero... 
¿es que debemos pensar sólo en nuestros 
hijos? 

Vamos, Silvia. Gocemos de la fiesta. Ya has 
visto que tu Leandro no vino por Girasol 
como pensabas. Yo aún espero encontrar a 
Lauro y embromarle bajo la máscara. 



— 88 — 

(Se oye dentro una música y voces.) ¿OyeS? eS mi 

padre el que llega a la fíesta... 
Silvia ¿Piensas descubrirte a él? 

Julia ¿Por qué no? Le diré que he venido por 

acompañarte. Mi padre no se enfada nunca 

conmigo. (Gritos y vocerío.) 

Silvia ¿Qué sucede? ¡Qué confusión! ¿No es mi pa- 

dre también el que llega? 

JüUA Sí, es el señor Polichinela. Parece muy alte- 

rado... 

Silvia ¡Oh! Traen a mi madre desmayada. ¿Qué 

habrá ocurrido^ 



ESCENA X 

DICHO, LA SEÑORA POLICHINELA, COLOMBINA, EL SEÑOR 
POLICHINELA, ARLEQUÍN, AURELIO y FLORENCIO. DAMAS, CA- 
BALLEROS y MOZOS de hoBtería por la segunda derecha 

Col. Pronto... pronto... traigan agua,, esencias... 

La señora Polichinela se ha desmayado. 

Silvia ¡Viadre mía! ¡Padre! ¿Qué ha sido? 

Sr. Pol. ¡Ah! ¿EstáR tú aquí? Como siempre, detrás 
del bigardo de tu marido... ¡Buena está m¿ 
casa! ¡Bueno anda todo! 

Silvia Pero, ¿no me diréis qué le ha ocurrido a mi 

madre? 

Sr. Pol. ¡Es una mala vergüenza! ¡Sólo en esta ciu- 
dad sucede! Al venir a la fiesta, en el camino 
del Puente ha volcado nuestra carroza... ¡Fi- 
guraos cómo estará el caminol ¡Una mala 
vergüenza! 

S?A. Pol. ¡Ay, qué susto! ¡He creído morir! 

Dama 1.^ ¿Cómo estáis, señora? ¿Os halláis mejor? 

Dama 2.» Reponeos, señora... 

Sra Pol. Gracias, gracias a todos. 

Silvia ¡Madre mía! 

Julia Señora... 

Sra. Pol. ¿Tú aquí? ¡Ah, como siempre! Estás aqui 
por celar al bergante de tu marido... El ma- 
landrín, el buecadotes... Aparta de mi vista.. 
Una dama de calidad como tú no debe re- 
bajarse a ese extremo... Todo será ha^ta que • 
tu padre haga entender a ese aventurero el 
respeto que debe a nuestra hija... una hija. 



— 89 — 

del señor Polichinela... El insolente, el de- 
salmado... que 8Í no fuera por ti, rendaría en 
galeras. 

Col. Ya vemos que estáis muy repuesta... 

Sra. PoL. No ha sido mas que el susto. Figuraos, la 
carroza volcada.... 

Sr. Pol. La mejor carroza de la ciudad; aún no hará 
quince días pagué de ella veinte mil escu- 
dos... Un caballo ha quedado cojo, otro está 
mal herido... 

Sra. Pol. Y el cochero muerto... 

Sr.'Pol. Eso importa poco... Era un bellaco. .. Debió 
Traernos por otro camino. Debió saber que 

el camino del Puente... (óyese dentro vivas al 
Magnffleo.) 

Arl. El Magnífico llega. 

Todos ¡El Magnífico! 

Sr. Pol. El señor Crispín, lo celebro, ha de oirme..» 
¡Es una mala vergüenza como están los ca- 
minos! 

Arl. ¡Viva el Magnífico señor Crispín! 

Todos ¡Viva, viva! 



ESCENA XI 

DICHOS y CRISPÍN entra por la segunda izquierda 

Crispín Salud a todos. 

Todos ¡Señor!... ¡Gran señor! 

Crispín ¿Qué he oído al llegar que la señora Polichi- 
nela ha tenido un sobresalto? ¿No me diréis 
qué ha sido? 

Sr. Pol. Señor Crispín... A vuestras plantas... 

Crispín Besóos las manos^ señor Polichinela... ¿Qué 
fcé, decidme? 

Sr. Pol. ¿Qué puede haber sido? La mala vergüenza 
de esos caminos y de esas calles por dónde 
no pueden transitar las carrozas de las per- 
sonas de calidad... Figuraos que al entrar en 
el camino del Puente... 

Crispín ¿Kl camino del Puente, decísf... Oidme aquí 
aparte, señor Polichinela. ¿No recordáis que 
cuando se trató en la ciudad de abrir ese ca- 
mino, fuisteis vos el que no contíintió de 
ningún modo que se encargaran loe trabajos 



— 40 — 



a otro que a un muy allegado vuestro que 
se hizo pagar muy lindamente... cuando 
todos sabemos que por la mitad de coste ha- 
bía quien abriera mejor camino con venta- 
ja ae todos?... 

Sr. Pol. No es razón... Si el camino quedó en mal 
estado, debió componerse... 

Crispín y pagar la compostura a otro allegadovues- 
tro... ¡señor Polichinela! como de e-5a«cosas 
me acusan cada día, los mismos culpables 
de que sucedau. Es peligroso no asegurar los 
caminos por donde podemos pasar algún 
día en nuestras carrozas. Cuidad que, como 
en el camino, no nos suceda algún día tam- 
bién con la ciudad entera... 

Sr. Pol. 8eñor Crispín... ¿Es que ahora vamos a ha- 
cernos cargosV 

Crispín Entre nosotros puco importa. Pero sabed, 
que de un tiempo a esta parte he dado en 
tener miedo. 

Sr. Pol. Miedo... vos... ¿Es posible? 

Cri'Pím y ya sabéis que no hay nadie que a tanto 
se arroje como un cobarde; de puro miedo- 
so no hay cosa a que no se atreva. 

Sr. Pol. ¿Amenazáis? ¿Queréis hacer conmigo como 
con el señor Publio? retirarme vuestro fa- 
vor... Lo pensaréis bien. 

Crispín Lo he pensado... 

Sr. Pul. ¿Será verdad lo que dicen? ¿Que pensáis 
apoyaros en el pueblo y para ello queréis 
serviros de cierto desterrado padre de cierto 
mozo que enamora a vuestra hija? 

(Voces dentro.) 

Crispín Es posible... Ya sabéis cómo el amor me ha 
conmovido siempre. ¿Eh? ¿Qué voces son 
esas? ¿Quién grita? ¿Quién se atreve? 

Sr. Pol. Ahí tienes la reí^puesta. Ese es el pueblo. 
Ya tenía yo noticias de lo que esta noche se 
preparaba. K\ pueblo tiene hambre y se 
mdigna contra nosotros porque estamos 
fiesta. 

Crispín ¡Bah! Es la gente del señor Publio, la 
nozco. 

Arl. ¿Qué ocure? ¿Quién grita? 

Col. ¿Qué dicen? ¡Muera el Magnífico! 

Julia i 'adre mío, tengo miedo. 



de 



co- 



— . 41 — 

■Crispín Nada temas... 

Sr . PoL. Mandad que cargue sobre ellos vuestra guar- 
dia suiza... 

Arl. No consintáis que se os ultraje. 

Sra. Pol. liísconded mis joyas... Si llegan hasta aquí... 
¿Dónde puedo esconder mis joyas? 

Crispín ;No callaréis? Si falta mi paciencia, yo les 
juro... 

ESCENA XÍI 



DICHOS, EL DESTERR.\D0, L.^ÜRO y EL HOSTELERO por la pri- 
mera derecha 

Dest. ¡Señor! 

Crispín ¿Quién es este hombre? ¿Es de los revolto- 
sos? Creo conocerle. 

Dest. Señor, soy vuestro enemigo, lo sabéis, pero 

soy enemigo leal y quiero hablar al pueblo- 
ai verdadero pueblo que no es el que ahora 
grita. El pueblo aguarda allí en silencio, 
confundido con él están los hampones, se 
cuaces de Publio, y esos callarán cuando el 
pueblo hable. ¿Me permitís que vaya? 

Crispín Ya tarda?. 

Todos Vamos, vamos con él... Sí, sí. (vánse por segun- 

da derecha.) 

Julia ¡Ah, Lauro! ¿Es tu padre? ¿Verdad que es 

tu padre? 

Lauro Sí, mi padre, que gracias a ti ha sido perdo- 
nado y ahora por ti, por nuestro amor, harA 
callar a esas turbas que el señor Publio pre- 
tende levantar contra tu padre. 

Julia Si eso hiciera... 

Sr. Pol. A ese precio no es mucho tu hija. Sabes 
much'), Crispín... Buscas un lazo de unión 
entre el pueblo y tú... Es una peligrosa ha- 
bilidad. (Cesan las voces.) 

Crispín Vereojos si es habilidad o es el fin de las 
habilidades. 

Arl. Ya callan, (vuelven a oírse los gritos que aclaman 

al MagDÍñco. ) 
Col. Ahora aclaman al que habló. 

Arl. Ahora gritan: ¡Viva el Magnífico! 

5r. Pol. Pueblo mudable como el viento, como el 

mar inseguro. 



— 42 — 

JcLiA Tu padre y el mío unidos en amistad. ¡Qué- 

feliz soy! 

Lauro Qué felices seremos con nuestro amor... 

Crispín Todo en calma. iBravo! jEl hombre ha cum- 
plido! 

DesT. (Sale por la segunda derecha con Girasol, Leandro, 

Florencio. Aurelio y mozos.) Señor... Ya Veis... 

Las turbas de Publio se retiraron apenas 
habló el pueblo que aún conoce y respeta 
mi voz... 

Crispín Graciat^, amigo, gracias... Hemos de hablar 
1. 8 dos... Espero que vendrás a mi palacio. 

Dest. Nunca pisé un palacio. 

Crispín Si lo prefieres, iré yo a tu casa. 

Dest. Señor, el Desterrado no tiene casa. Yo iré a 

vuestro palacio. 

AuR. ¿No seguirá la fiesta? 

Arl. Ahora más que nunca. Hay que responder 

al populacho con arrogancia. Creerían que 
teníamos miedo. . Vuelva la música, traed 
flores. Llevemos a Girasol en triunfo, (se oye 

dentro una marcha triunfal.) 

Todos Eso es... ¡Viva Girasol!.., ¡Viva!... 

(Salcn todos por la segunda derecha menos Lauro y 
Desterrado.) 

Lauro ¿No estás contento, padre mío, no estás 

contento al verme tan dichoso? 

Dest. Sí, hijo mío. Quisiera estar alegre... 

Lauro ¿En qué piensas todavía? .. No ves que to- 

dos se alegriin... que nada hay que temer... 
Venid como todos a la fiesta. 

Julia (Entra por la segunda derecha. )¿No VÍeneS,LaUrO? 

Lauro Si, Julia mía. Mi amor, mi vida... Ya no es 

imponible nuestra felicidad. (í;aien por la se- 

gunda derecha.) 

Dest. Este es el amor que se juzga vencedor déla 

muerte, esa es la ciudad alegre que vive 
confiada... Entre esta alegría que es la de 
mi patria... esa felicidad que es la de mi 
hijo... ¿1 or qué está mi alnca triste, con tris- 
teza de muerte? 



IN DEL CUADRO PRIMERO 



II li 'I 't ti 'I 'I i II II M ll^iTlMI II I " i| Ti II .11 M II II II II II II II II II ¡I II J^ 



CUADRO SEGUNDO 



Un salón en el palacio de Crispía 

ESCENA PRIMERA 

LA StÑORA POLICHINELA y CRISPÍN, que entran por la derecha 

Cris. Señora Polichinela, volved a la ñesta antes 

que sea notada vuestra ausencia. 

Sra. Pol. Perdonad. Si pensabais traer una bailarina 
a vuestro palacio, nunca debisteis invitar a 
damas principales. 

Cris. Señora Polichinela, si me he atrevido a in- 

vitarlas ha sido para su seguridad. Como 
sus maridos hubieran venido, aun sin invi- 
tarlos, creí que siempre estarían más tran- 
quilas viendo por sus propios ojos lo que 
pasaba. Tened en cuenta que si he traído a 
la hermosa Girasol a mi palacio ha sido por 
contentar a muchas damas de calidad que 
rabiaban por conocerla y no se atrevían a 
presentarse en el teatro donde ella baila- 
Ya sabéis que siempre me he complacido 
en facilitar y satisfacer deseos y curiosida- 
des. Por lo demás, ya era hora de que en 
mi palacio, donde tantos danzantes asieten 
de ordinario, se danzara alguna vez de ver- 
dad y con arte. ¡Verdad y arte! Dos cosan 
ce n las que solemos andar reñidos los que^ 
gobernamos. 



— 44 — 

.^RA. PoL. Pero, ¿creéis que yo puedo autorizar con mi 
presencia la escandalosa conducta de mi 
3'erno? Tengo bien probada mi discreción 
en veinticinco años de matrimonio con el 
señor Polichinela; pero tratándose de mi 
hija... Ya me conocéis... ¡Ah, señor Crispín, 
bien nos engañasteis! 

Cris. Yo he pido el primer engañado. Mejor di- 

cho, el amor nos engañó a todos. ¿Quién po- 
día creer entonces que aquel gran amor no 
era verdadero? Si vuestra hija Hora una des- 
ilusión que vos deploráis como madre, aún 
es mayor mi desencanto... |Mi señor Lean- 
dro, el de los altivos pensamientos, el de los 
bellos sueños, por el que yo esperaba redi- 
mirme, es hoy... un yerno más... Y aun hay 
que agradecerle que sólo corteje bailarinas 
y sólo malgaste la dote de su mujer... Otros 
en su caso, C('n un suegro influyente corte- 
jan los cargos públicos y añaden a la dote 
algún saneado emolumento a costa del teso- 
ro de la ciudad... 

Sra. Pol. (!,Y no sería preferible? 

Cris. Para la familia, ¡quien lo duda! Para los de- 

más y tratándose del dinero del señor Poli- 
chinela, es más satisfactorio lo que tanto os 
desagrada. Los hijos y los yernos son de jus- 
ticia divina, por eso enmiendan tantas ve- 
ces deficiencias de la justicia humana. 

Sra. Pol. Bien está. Yo que esperaba que vos le re- 
prendierais, que le hicierais entender lo in- 
digno de su conducta... 

Cris. Y tenéis razón para esperarlo. Y no será a 

él sólo, por dcí-gracia. Muchos otros tam- 
bién han de entenderme. Pero esta noche 
no quiero entristecer la fiesta, no quiero en- 
tristecer a nadie... Una sola palabra mía... 

Sra. Pol. Me asustáis... decidme, señor Crispín, ¿es 
que nos ocultáis algo grave? ¿Es que los ve- 
necianos se obstinan en sus pretensiones? 
¿Es que por fin tendremos guerra? (Sería 
horriblel Vos haréis porque eso no suceda... 

Cris. ¿Yo? ¡He de ser yo! 

Sra. Pol. Lo podéis todo en la ciudad. Por algo os han 
elevado a la suprema jerarquía... 

<])ris. tíi. Soy el Magnífico... lüQagen visible de los 



— 45 — 

que me elevaron... Los Crispines cobardes 
necesitan un Crispín valeroso que autorice 
sus picardías; ellos solos no se atreverían a 
cometerlas. El sello del Magnífico es su ab- 
solución. Como en mis tiempos de criado 
era yo una parte de mi señor y suyas eran 
las grandezas y mías las ruindades, así ahora 
la ciudad me necesita para descargo de sus 
culpas. . Y soy yo el elegido. Siempre Cris- 
pín, el criado siempre .. Pero los pueblos 
para mayor sarcasmo o para engañar mejor 
su conciencia, a sus criados nos llaman se- 
ñores, nos dan una apariencia de gobierno... 
y ya es nuestra toda la culpa de las culpas 
de todos. 

Sra. Pol. Nunca os he visto tan solemne, señor Cris- 
pín. ¿Es que tenéis miedo? 

Cris. Sí, tengo miedo... por las culpas de todos^ 

También remordimiento... que en los demás 
será rabia y desesperación, que es el remor- 
dimiento de los pueblos cuando se creen 
engañados... ¡Engañados! Pocos serían los 
males de la ciudad si todo su mal fuera el 
que yo pude hacer. 



ESCENA II 

DICHOS. POLICHLNELA y PANTALÓN, por la derecha disputanda 

Sr. Pol. Podéis tirar por donde os plazca, pero, ¿pa- 
garos yo? ¡Nunca! ¡Nunca! 

Pant. Pero señor l^olichiuela. 

Sra. Pol. ¿Oís? Mi marido disputa con el señor Pan- 
talón. Sin duda es por algún dinero que el 
barbilindo de Leandro le adeuda. 

Cris. Vuestro marido y el señor Pantalón no pue- 

den di^^putar por otra cosa. 

Sr. Pol. Si creéis que puede importarme que pon- 
gáis a mi yerno en prisión... Ya debió ir an- 
tes si no lo hubierais estorbado por vuestra 
avaricia... Nunca hubiera sido mi yerno y 
no hubieran caído tantas desdichas sobre 
mi casa... ¿Habéis oído cosa semejante, se- 
ñor Crispió? ¡Pretender que yo pague las 
trampas de mi yernol 



— 46 — 

Pant. ¿y creéis que si él no fuera vuestro yerno 

nunca le hubiera yo fiado mi dinero? 

Sr. Pol. Esa es buena, y ¿qué garantía podía él ofre- 
cercs? 

Pant. Vuestro crédito en la ciudad, señor Polichi- 

nela, y cuando eso no fuera, el amor a vues- 
tra hija. 

:Sr. Pol. Ta ta ta. Por amor a mi hija, debo alegrar- 
me de que el bribón de su n.arido se vea 
por fín en galeras. . en cuanto a mi crédito 
en la ciudad... está muy alto para que mi 
yerno ni vos podáis comprometerlo. Decid 
que si le habéis prestado ha sido con la ga- 
rantía de mi muerte... Eso es, de mi muerte, 
y sabe Dios, como vierais que se tardaba, 
como se tardará... que no pienso morirme 
tan pronto, de lo que hubierais sido capaces 
mi yerno y vos por anticiparla. 

Pax\t. ¡Señor Tolichinela! ¡Yo nupca he deseado 

vuestra muerte! 

8r. Pol. ¿Pues con qué otra esperanza prestáis a mi 
yerno? ¿Qué otra garantía puede él cfrece- 
ros? ¡Mi pelleja, eso es! .. ;Mi linda pelleja! 
í?ois un miserable. El que presta con esa 
garantía es un miserable... 

Pant. Si el respeto a vuestra esposa y al señor 

Crispín no me contuvieran... Yo os diría .. 

Oris. Decid, decid... que la verdad purifica el aire. 

•Sra. Pol. Cálmate, esposo. Si al fin pagarás, como 
siempre, en cuanto nuestra hija venga a llo- 
rarte... 

Sr. Pol. ¡No, no! Conmigo se acabaron las lagrimi- 
tas... Y si nuestra hija es mujer para con- 
sentir que su marido arruine mi hacienda... 
no os ofendáis, señora Polichinela, pero du- 
daré de que sea hija mía... 

8ra. Pol. ,Ve lo que dices y piensa quien te oye! 

Cris. El señor Polichinela sabe muy bien que eso 

no es posible. Hablaba por ponderación. 

Pant. Todo es poner las cosas en puntos de honra 

que nada tienen que ver con nuestro asunto. 
¿Creéis que yo puedo perder mi dinero? 
¿Consentiréis que el esposo de vuestra hija, 
el padre de vuestros nietos, vaya a la cárcel 
como si fuera un malhechor? 

8r. Pol. ¿Decís como si fuera? Y ¿lo ponéis en du- 



— 47 — 

da? (Un malhechor, un malhechor talmente! 
Salteador de casas honradas, peor que de 
caminos y si tanto os importa vuestro dine- 
ro, pensad cómo habéis de cobraros, que de 
mí será pleito perdido... 

Sra. Pol. Señor Crispín. ¿No hablaréis con Leandro? 
Kl os escuchó siempre y sólo vos tenéis auto- 
ridad con él. 

Pant. y persuadid al señor Polichinela cómo nada 

le estará mejor que pagarme... 

Sr, Pol. ¿' agar yo? ¡Nunca, nuncal 

Cris. No os alborotéis, señor Polichinela. Cal- 

maos, señor Pantalón. El señor Polichinela 
pagará, pagaiá... Está cerca la hora en que 
todo se pague. Entre tanto no perturbemos 
la alegría de esta noche. Esta fiesta hemos 
de recordarla tiempre. Y, oidmeaquí, señor 
Polichinela, vos también, señor Pantalón. 
He de pediros un favor señalado. 

Pant. Vos mandáis siempre. 

Sk. Pol. Siempre me tenéie a vuestro servicio. 

Cris. Terminada la fiesta, esta noche, hemos de 

hablar aquí. No me faltéis. Otras personas 
muy significadas han de venir... Y entre 
todos ha de decidirse algo que mucho im- 
porta. 

S^. Pol. ¿No podéis decirnos? 

Cris. Todavía, no. Debo atender a mis convida- 

dos. Señor Polichinela, señor Pantalón, no 
disputéis ahora por unas migajas. Si suce- 
diera lo que yo no sé si temo o deseo, pron- 
to tendréis un festín espléndido... que tal 
vez hayáis de compartir con algunos de tan 
buen apetito como vosotros. 

Sa. Pol. ;,Qué queréis decirnos? 

Cris. Nada que importe. Estos días revolotea sobre 

la Ciudad una bandada de cuervos... Temi- 
bles competidores; pero no serán tan vora- 
ces; algo dejarán. Habrá para todos, (saie por 
la derecha.) 



— 48 - 

ESCENA III 

DICHOS menos CRISPIN 

Pant. ¿Oísteis, señor Polichinela? 

Sr. Pol. De poco tiempo a esta parte se permite tra- 
tarnos de un modo... 

Pant. El siempre fué insolente. 

Sr. Pol. Está envalentonado desde que ei padre de 
ese mozo que enamora a su hija volvió de 
su destierro... Al casar a su hija con el hijo 
de un ciudadano piensa que todo el partido 
popular estará de su parte y fuerte con su 
apoyo, tal vez quiera prescindir de los que 
le elevamos... Ya veis cómo nos trata... El 
no sabe que si casa a su hija con ese mozo... 
ese mozo será otro Leandro como el nues- 
tro. Y bien estará que asi sea, que en este 
mundo todo se paga. 

Pant. Vos lo deci.-^. Ved por donde lo que vuestro 

,yerno es en deberme ha de pagárseme. 

Sr. Pol. ¡Señor Pantalón, ya eso es monomanía! No 
/ pensáis más que en vuestro dinero. Y hay 
j muchas cosas en el mundo más importantes 
I que vuestro dinero. 

Pant. \Para vos, sí: el vuestro. 

Sr. Pol. jKs que vos no iríais ganando nada conque 
5^0 me arruinase. Si no, decidme: ¿que di- 
nero tenéis mejor colocado? Ki que yo os 
admini^tro en especulaciones lucrativas qut* 
vos estáis tan interesado como yo en defen- 
der. Figuraos que el señor Ciispín quiere 
emanciparse de nosotros. 

Pant. ¡Imposible! Sin nuestro dinero no podría 

sostener un solo día la farsa de su gobierno» 

Sk. Pol. Es cierto. Pero ^in la farsa de su gobierno 
no podríamos sostener la verdad de nuestro 
dinero... Criepín nos necesita, pero nosotros 
también le necesitamos... Si está disgustado 
hay que contentarle. 

Sra. Pol. Si queréis creerme, el señor Crispín ha de- 
bido tener esta noche algún disgusto y ello 
debe ser cosa grave... tal vez la guerra... 



— 49 — 

Pant. ¿La guerra?... No es posible... Los venecia- 

nos no pueden declararnos la guerra. 

Sr. Pol. Los genoveees son amigos nuestros. 8i la 
guerra fuera con los venecianos sería mi 
ruina... Con los genoveses róenos mal... yo 
no trato ni comercio con ellos. 

Pant. Pues mi ruina sería de cualquier modo... 

Que yo con todos trafico y aun mañana al 
amanecer habrán de zarpar por mi cuenta 
dos galeones abarrotados de trigo... que ven- 
dí a unos y a otros,.. 

Sr. Pol. Y yo que había de enviar mosquetes y pól- 
vora a los venecianos... 

Pant. Perdonad... Elsa pólvora y esos mosquetes, 

¿son como los que vendisteis al Magnífico 
para nuestros soldados?. . 

Sr. Pol. ¿Por qué lo decís? ¿No tuvisteis buena parte 
en las ganancias?... 

Pant. Por eso lo digo... 

Sr. Pjl. Esta pólvora y estos mosquetes que yo man- 
do ahora a los venecianos, son para la gue- 
rra... Los que aquí vendimos eran... coma 
para tiempos de paz... Ni el M-ignífico nos 
pagó entonces como los venecianos pagan 
ahora... 

Pant. Sí, pero si ahora tuviéramos guerra, pensad 

qué había de hacerse con esas armas y esa 
pólvora. 

Sr. Pol. Kl valor de nuestros soldados lo supliría 
todo... Saben morir con denuedo... Y cuanto 
más corta fuera la resistencia... Cuando no 
ee puede vencer .. una guerra corta puede 
ser lucrativa.... Una larga guerra y al fin la 
derrota seria la ruina de todos. Y como no 
es posible pensar en vencer... 

Pant. No puede pensarse. 

Sra. Pol. ¡Callad, calladl ¡Sería horrible! 

Sr. Pol. Dejaos de aspavientos y volved conmigo a 
la fiesta... Yo he de saber esta misma noche 
la verdad de lo que sucede. Si fuera la gue- 
rra... de saberlo esta noche a saberlo maña- 
na... importa mucho... 

Pant. ¡Cómo si importa!... Figuraos que pudiéra- 

mos antes .. 

Sra. Pol. ¡Sería horrible, sería horrible! (saien per la 

derecha.) 



— 60 -- 



ESCENA ÍV 

■GIRASOL, COLOMBINA, EL DESTERRADO, ARLEQUÍN, LEANDRO 
AURELIO y FLORENCIO, entran por la izquierda 

AuR. ¡Divina, incomparable! 

Flor. Hoy has bailado conao nunca. 

<jriR. Hoy he bailado para vosotros. ¿Estáis con- 

tentos de mi? 

Flor. Siempre así, siempre nuestra. 

Arl. Eres el momento y la eternidad, lo fugitivo 

y lo inmutable; mármol y nube. El rizo de 
la espuma en la ola sucesiva y la inmensi- 
dad del mar que se aquieta al confundirse 
con el cielo. 

Col. ¡Cuánta cosa en un baile! ¡El diablo son es- 

tos poetas! 

Leand. ¡Qué hermosa está... qué hermosa...! 

Col. Vos estáis en lo cierto... Es muy hermosa y 

baile como quiera... 

Arl. Esta noche has conseguido el mayor triunfo; 

que el auetero espartano te aplauda y te ce- 
lebre... 

Dest. ¿Por qué no? Las danzas de Girasol son de 

un arte gracioso y noble. 

Arl. Como censuráis tanto nuestra admiración 

por las bailarinas y los desbravadores de 
potros... 

Dest. Isada de eso, mis poetas amigos. No es vues- 

tra admiración lo que 3^0 censuro; es el mo- 
do de vuestra admiración... Supuesto que 
ella fuera excesiva hasta llegar a ser un vi- 
cio de vuestro carácter, yo nada tendría que 
censuraros si de ese vicio hicierais una fuer- 
za, no una debilidad. Los hombres, como 
los pueblos, quizás emprenden más grandes 
cosas por defender sus vicios que por afir- 
mar sus virtudes. Solemos }joner más pasión 
en nuestros defectos y la pasión es lo más 
parecido a la energía y está muy cerca de 
sfr voluntad. Nada diría yo de vuestros de- 
fectos si os viera decididos a luchar por ellos, 
a defenderlos como algo que es tan nuestro, 
como una virtud... Pero veo que de ellos ha- 



— 61 "- 

céis debilidad, humillación; que ante los 
extraños tratáis de disculparlos como algo 
vergonzoso... Y yo quisiera que ellos fueran 
una razón más de vuestra vida. ¿No sabéis 
lo que dijo Lulero de los pecadores? Ya que 
pequéis, pecad enérgicamente... Y bien dijo, 
que quizás probamos en nuestros pecados la 
voluntad que hemos de poner en la virtud 
algún día. Pero el vicio cobarde y desmaya- 
do, el pecador que peca y desfallece, ni es 
de Dios ni es del diablo. Así pusierais tanta 
voluntad, tanta pasión en vuestras culpas, 
que estuvierais dispuesto a defenderlas con 
vuestra propia vida. A la hora de combatir 
que me den hombres que luchen por algo, 
virtud o vicio. Con chusmas de bandoleros 
se fundaron grandes ciudades, se conquista- 
ron mundos; con virtudes discretas y vicios 
temblorosos fueron desvaneciéndose como 
niebla, pueblos y razas que ni siquiera es- 
pantaron al caer, porque no fué caer el suyo, 
fué desmoronarse... 

Arl. Sin duda vos sabéis de ese desmoronarse sin 

grandeza. Hubo un hombre en esta Ciudad 
cuya voz se alzó siempre contra toda injus- 
ticia y toda tiraría... El Magnífico le deste- 
rró por miedo. Después se dignó perdonarle 
y ha vuelto a la Ciudad el Desterrado; pero 
el pueblo aún espera a su tribuno, a su de- 
fensor de otros tiempos... ¿Sabéis qué ha 
sido de él? Dolorido por las persecuciones se 
rindió a la blandura del halago y su voz ya 
no truena contra ios poderosos; asiste a sus 
palacios y a sus fiestas, bien hallado entre 
ellos. Para no olvidar sus rugidos que ponían 
espanta en los tirano^ y opresores del pueblo, 
hoy bosteza sin convicción su oratoria, donde 
sabe que nada ha de perturbarse; en el pro- 
pio palacio del Magnifico. El león está do- 
mesticado. ¿No es esto desmoronarse un 
alma noble y fuerte? 

Dest. ¡Porque me veis aquí pensáis que ha sido mi 

abdicación! Ya no hahlo al pueblo, estoy en 
el palacio del Magnífico... Pero, ¿creéis que 
es mayor valentía gritar la verdad a los gran- 
des desde la plaza pública, defendido por 



— 62 — 

turbas hambrientas y amenazadoras, que- 
venir indefenso y solo a sus mismos palacios 
a decirles la verdad frente a frente? Cuando- 
yo no diga verdad podéis decir que he deja- 
do de ser el que era. Concitar el odio de los 
haml)rientos, de los desesperados que pade- 
cen injusticia y miseria para que amenacen, 
exijan y destruyan, es más fácil que persua- 
dir a los poderosos de la tierra, el amor que 
apacigua, edifica y concede... Cuando^ el 
amor no sienta a la justicia en su trono,' el 
odio la sustituye con la venganza, porque el 
trono de la jut-tieia no puede estnr vacío. Es 
como el Sol; si su luz y su calor le faltaran 
al mundo, para no perecer de frío, el mun- 
do entero ardería en incendios de hogueras... 
Yo he subido a lo alto para encender el sol 
de la justicia; ¡ri el sol no alumbra... tiempo 
habrá de encender las hogueras, aunque 
todo lo consuma el incendio. 

GiR. He aquí un hombre en quien yo quisiera 

probar la fuerza de mis encantos 

AuK. iberias nueva Salomé de un nuevo profeta. 

Qué prodigiosa sería tu danza ante el Mag- 
nífico para obtener en pago la noble testa 
del austero espartano. 

GiR. El austero espartano, como le llamáis, es 

muy divertido... ¡Quisiera saber lo que pien- 
sa de mí! ¿Queréis decírmelo? 

Dest. Que sois la única que cumple con su deber 

en esta Ciudad. 

GiR. Ya lo oís. 

Dest. Vuestro deber es ser hermosa y bailar con 

arte. Es divina vuestra hermosura y en vues- 
tro arte sois maravillosa. Sobre vuestro se- 
pulcro — tarde sea — podrá escribirse el latino 
epitafio que ilustró en Roma a una de vues- 
tras antecesora.-^. Saltavit et placuit: Danzó y 
agradó... Como compendio de vuestra vida 
me parece admirable. Lo triste es que haya 
en la Ciudad muchos hombres que no pare- 
ce sino que quieren disputaros el honor de 
esa inscripción mortuoria... Y solo debieran 
contentarse con la primera parte, porque 
ellos, sí es verdad que danzaron, pero sin 
agradar. 



— 53 — 



Arl. El discreteo de la corte no dice bien a vues- 

tro carácter. De espartano estáis mejor que 
de ateniense... 



ESCENA V 



DICHOS y LAURO por la derecha 



Lauro Amigos... Priváis a la fiesta de la que es rei- 

na en ella. Devolvadnos a Girasol. Su her- 
mosura y su arte pertenecen a todos... Al 
amor mismo no le consentiríamos que in- 
tentara robarla a nuestra admiración. 

GíR. Con las artistas, por desgracia nuestra, los 

enamorado-5 son más discretos que los admi- 
radores .. ¿Verdad, Leandro"? 

LsAN. Si llamáis discreción a la timidez. Pero mi 

timidez no es falta de mi amor. * 's había 
prometido un cimillo de diamantes para la 
fiesta y el cintillo no luce en vuestra gar- 
ganta. 

GiR. Si vuestro amor fuera tan grande como 

decís luciría el cintillo en mi garganta. 

Lean. No conocéis al señor Polichinela, al señor 

Pantalón, a todos los mercaderes de esta 
Ciudad... 

GíR. ¿No son famosos los estiletes que en ella se 

fabrican ? 

Lean. ¿Quisierais que fuera ladrón y asesino por 

traeros esos diamantes? 

GiR. No, Leandro; quisiera que no pusierais tanta 

ponderación en vuestro amor si vuestro 
amor no es capaz de todo. 

Lsan. Habéis de ser mi condenación. Yo os juro 

que el cintillo no tardará un día más en 
adornarse con vuestra garganta. 

GiR. Muy linio pensamiento para un madrigal. 

Veremos si sabéis darle forma. 

Lauro Padre mío, el Magnífico te espera, quiere 

hablar contigo de algo muy importante... 
¿No sabes? Por fin es la guerra. 

Dest. Lo esperaba. Los venecianos exigen de nos- 

otros una humillación... 

Lauro Para asegurarse de los genoveses, quieren 

que les entreguemos nuestra Ciudad. 



54 — 



Dest. 



Lauro 
Dest. 

Lauro 



Dest. Y el Magnífico y los suyos están prontos a 

complacerles:,. Y pedirán que sea yo el que- 
hable al pueblo... ¿No es eso? 

Lauro No, padre... No conoces tú al Magnífico... 

Es grande en su ambición y no escuchará la 
humillante demanda de los venecianos. 
Pero él no puede hablar al pueMo. No está 
limpio de culpa y no le escucharían. Sólo tú 
puedes despertar el alma de la Ciudad. Eso 
quieren de ti. 

Y se atreve el Magnífico... ¿No sabe que si 
la Ciudad despierta será para alzarse contra 
él y contra todos los suyosV 
Si, lo eabe y lo desea. 

Es tanta su grandeza... ¡Si de tanto fuera ca- 
paz!... 

Calla. Nos observan. Aún no debe sospechar 
nadie lo que sucede. Mientras todos se di. 
vierten con las danzas de Girasol, te llevaré 
conmigo, donde podáis hablar. Hermosa 
Girasol; el Magnífico desea que la fiesta se 
dé por terminada. Pero antes quiere que 
bailéis todavía aquella admirable danza que 
llamáis danza en la cena de Baltasar, la más 
admirable de vuestras danzas, cuando el rit- 
mo de voluptuosidad se quiebra y descoyun- 
ta en crispación de espanto, al figurar que 
las palabras fatídicas se aparecen en la sala 
del festín, agoreras terribles de destrucción 
y muerte. 

Arl. Sí, es una danza admirable. 

Lauro El Magnífico quiere que con ella sea vues- 

tra despedida. 

GiR Sólo deseo complacerle. 

Arl. y todos admirarte. 

GiR. Vamos, cuando gustéis... 

(Salen todos por la derecha, menos Leandro y Colom- 
bina.) 



Col. 
Lean. 



ESCENA VI 

colombina y LEANDRO 

No vayáis, Leandro. ¿No veis que se burla 

de vos? 

¡Si ella supiera que el cintillo está en mi 



— 56 — 

poder, que será suyo... Pero esta noche na 
podía ofrecérselo. Yo creí que Silvia no ven- 
dría a la fiesta, y ya lo veis, está aquí... 

Col. ¿y es suyo ese cintillo que ofrecíi?teis a Gi 

rasol? ¡Ah, señor Leandro! ¿Qué habéis he- 
cho? Por suerte, Silvia aún no habrá adver- 
tido su falta. 

Lean. Sí, la advirtió al adornarse para la fiesta. 

Pero no ha sospechado de mí... 

Col. a su amor tenéis que agradecer esa cegue- 

dad. Otra mujer, celosa como ella, no hu- 
biera t'^rdado en sospecharlo. Ved cuánto 
os estima todavía, cuando os estimáis en tan 
poco. 

Lean. Y, ¿qué hacer, si los usureros de la Ciudad 

se niegan a prestarme? ¿Cómo conseguir a 
Girasol?... Y ya es más que un deseo, es 
todo mi amor propio puesto en conseguirla. 

Col, No conocéis a las mujeres. Bastará que ella 

lo entienda así, para que ponga toda su va- 
nidad en despreciaros... 

Lean . Es que el hacerme suyo ha de halagar tanto 

su vanidad... Crispín ha de servirme como 
siempre. Yo que nunca he querido figurar 
para nada en el gobierno de la Ciudad, he 
de pedirle ahora aigún cargo elevado que 
deslumbre la vanidad de Girasol. 

Col. Era lo único que le faltaba al buen gobierno 

de la Ciudad. ¡Los cargos públicos converti- 
dos en espejuelos para cazar alondras volan- 
deras! ¿Os sentís ambicioso? 

Lean. Suprime la vanidad en las mujeres y habrás 

suprimido la mitad, por lo menos, de ambi- 
ción en los hombres. 

Col. Ai^uí llega Silvia con su madre. Sin dudase 

. retiran de la fiesta. Nada podéis hacer me- 
jor que acompañarlas... 



ESCENA VII 

DICHOS, SILVIA y la SEÑORA POLICHINELA por la derecha 

Sra. Pol. Yerno; Silvia y yo volvemos a casa. Tú eres 
el que menos debe ignorar que la fiesta no 
ha sido muy divertida para nosotras. Cuan- 



— se- 
do un marido olvida el respeto que debe a 
su esposa y el decoro que a sí mismo se debe, 
como tú ios has olvidado... 

Lean, Señora Polichinela... medid vuestras pa- 

labras. 

8ra. Pol. No temáis. No he de descomponerme... has- 
ta llegar a casa. Pero allí tendréis que oirme. 

Col. ¡Señora Polichinela!... 

Silvia Por favor... Volvamos a casa. 

Lean ¿No os acompaña tu padre? 

Sra. Pol. El señor Polichinela ha de tratar asuntos de 
importancia con el Magnífico y no puede 
acompañarnos. ¿Supongo que no pensaréis 
que volvamos solas. 

Lean. En vuestra carroza. ¿Por qué no? Pensad que 

yo también he de hablar esta noche con el 
Magoífico apenas termine la fic-ta. 

Sra. Pul. No busquéis pretextos. El Magnífico no te 
necesita para nada. ¿Qué puede significar 
un botarate como tú para resolver asunto- 
de importancia?... 

Lean. Permitiréis que no tiga escuchando vuestras 

impertinencias... 

Sra. Pol. Ellas serán impertinencias, pero habéis de 
escucharlas... Lo que tú pretendes es que- 
darte aquí para seguir escandalizando con 
tu persecución indecorosa y tus miradas 
procaces a esa hija de Babilonia... 

Lean. ¡S íiora Polichinela! 

SiLVLA Por favor... 

Sra. Pol. Péjame hablar, que no me descompongo.. . 

Lean. Vé con tu madre. Yo no he de acompa- 

ñíiros. 

Silvia Eso no, Leandro. No me dejes ir sola. Tú 

no sabes lo que yo he padecido esta noche... 
¡Ten compasión de mí! 

Lean. D*^jad locuras... ¡Qué llanto impertinente!... 

Col. ¡Pobre Silvia! ¡No llores! Yo os aseguro que 

no hay razón para ello... 

Sra. Pol. ¡En qué m-da hora llegó este mal hombre a 
la Ciudad! ¡Y en qué hora peor pusiste en 
él los ojos!.,. ¡Y cómo supo engañarnos a 
todos!... 

Lean. Volved a casaos digo, dejaos de llantos... 

Silvia No, no, soy tu mujer, tu Silvia... Si tú me 

aborreces, yo te quiero, te quiero... te querré 



— 67 — 

siempre. Y ninguna otra mujer puede dis- 
putarme tu C'iriño. Si te niegas a acompa- 
ñarme volveré a la fiesta y delante de todos 
le diré a esa mujer... 

Lean. ¡Basta ya, digo!... Volved a casa o... 

Silvia ¡Oh! 

Sra. Pol. ¿Qué es esto? ¿Amenazas a mi hija? ¡Y esto 
ha de sufrirse! Favor... aquí todos .. que ma- 
tan a mi hija .. 

Lean. Edtais loca... Señora... Callad también o... 

Col. Señor Leandro... 

Sra. Pol. No... conmigo no... Si el señor Pclichinela 
ha podido ponerme alguna vez la mano en- 
cima... tú no eres mi marido y no he de con- 
sentirlo... Ahora verás... 

Col . No os olvidéis de quien sois, señora Polichi- 

nela... 

Sra. Pol. Quitádmelo, quitádmelo o le dejaré bien 
señalado... 

"Col. Ved quién llega. 



ESCENA VIII 

DICHOS y CRlSPlN por la derecha 

Cris. ¿Qué es esto, señora Polichinela? ¡Que siem- 

pre he de hallaros sobre.^aitada! 

Sra. Pol. Yo os aseguro que si no llegáis tan a tiem- 
po, esta noche a más de las danzas, hubie- 
rais tenido tragedia en vuestro palacio. 

C«is. Ya entiendo... El señor Leandro... 

Silvia Crispín, amigo mío... ¡Soy muy desdicbadal 

Cris. ;Ah, mi señor Leandro! ¿No sabéis que yo 

quiero a Silvia como a mi propia hijay¿Qué 
habéis hecho uno y otro de aquel amor que 
era la disculpa de mi vida?... 

Sra. Pol. Señor ("rispín, libradnos de este mal hom 
bre... Desterradle de la Ciudad, enviadle a 
galeras... 

Lean. Ksiá loca... 

Cris. Callad, stñora Polichinela. Volved a vuestra 

casa, y vos también, Silvia, volved con vues- 
tra madre. Y no paséis cuidado, que Girasol 
se ha de.spedido y yo diré al señor Leandro 
lo que hace al caso... 



— 68 -^ 

Col. Vamos, señora... vamos, Silvia. Confiad en 

Crispín que es único para componer dificul- 
tades. 

Sra. Pol. Señor Crippín, ved que no ha de deciros una 
palabra de verdad. 

Cris. Foco importa. La verdad que 5^0 he de de- 

ciile es la que ha de poner orden en su co> 
razón. Esta noche quisiera hablar al corazón 
de todos y temo que ninguno me responda 

como yo quisiera... (Salen todos menos Crispín y 
Leandro por la izquierda.) 



ESCENA IX 

CRISPÍN y LEANDRO 

Cris. ¿No recuerdas, Leandro? En nuestra vida 

aventurera hubo una hora que decidió de 
nuestra suerte. La hora en que a nuestra 
ruindad supimos enredar las ruindades de 
todos, en que la misma codicia de los que 
nos perseguían fué nuestra salvación. Siem- 
pre juzgué a los hombres despreciables, y 
aquel día me hubieran parecido más des- 
preciables que nunca, si sobre tanta ruindad 
y tanta bajeza no hubiera resplandecido el 
amor de dos criaturas. ¡Erais tú y Silvia!... 
Sobre todo aquel amasijo de miserable hu- 
manidad, contemplaba yo vuestro amor, 
como contemplé tantas veces, encarcelado, 
por la claraboya de una prisión, aquel re- 
dondelillo de cielo azul, que con asomarse 
apenas a la negrura de la cárcel, embebido 
en el ansia de mis ojos, se entraba por el 
corazón y era como si el alma se llenase de 
cielo. Por vuestro amor pude salvar la fe en 
mí mismo. Y creer en nosotros es creer en 
algo superior a nosotros mismos, porque 
sólo el que nada divino siente en su alma, 
puede dudar de Dios... Tú no sabes lo que 
tu amor a Silvia ha sido para mí. Hundidos 
mis pies en la tierra, la luz de tu amor era 
como una estrella que me obligaba mirar al 
cielo. Mal hiciste en apagar su luz. Cuando 
en nuestra alma se alza una luz, por humil- 



- 59 - 

de que sea, si por desilusión o por cansancio- 
quisiéramos apagarla, debemos pensar antes 
que ya no es sólo nuestra la humilde luce- 
cilla, que si perdió ya su valor para nosotros, 
acaso es en la vida única estrell» para algún 
caminante de la vida, que sin su luz perde- 
ría el camino en las noches obscuras de su 
alma. 

Lean. No me culpes, Crispín. Tú conoces el cora- 

zón del hombre, tú sabes que el amor apa- 
sionado es una fiebre que sólo f-e cura con 
una medicina: el matrimonio. Quiero y res- 
peto a Silvia, y aún la querría mas si entre 
nosotros no se interpusiera siempre la odio- 
sa joroba del señor Polichinela. ¡Su tiranía 
no me consiente ser otra cosa que su yerno. 
¡El yerno del señor Polichinela! Título ver- 
gonzoso... Por olvidarlo, procuro alurdirme... 
Esa es toda mi culpa. 

Cris. Pues ocasión tendrás muy pronto de atur- 

dirte, de ennoblecer ene dictado vergonzoso, 
como tú lo juzgas ahora... 

Lean. Ocasión, ¿dices? 

Cris. De mostrarte como yo imaginaba... El señor 

de los altivos pensamientos, el de los bellos 
sueños, que vinieron a dar en perseguir bai- 
larinas. Escúchame, Leandro; sin duda es 
el destino del picaro Crispín, que en vano 
intente alzar su espíritu sobre las miserias 
del mundo. Amtvrré a mi interés sus inte- 
reses, y hoy pueden todos más que yo, y 
amarrado más que nunca a la tierra me en- 
cuentro... Y hoy, es en vano mirar a lo alto, 
como entonces, cuando tu amor era como 
una estrella... Esta noche, ahora mismo, 
soh citados por mí, verás aquí reunirse, 
como en aquella hora decisiva de nuestra 
vida, intereses, codicias, y ruindades... En- 
tonces teníamos que salvarnos y salvar tu 
amor... Hoy... no sé que pueda salvarse... Y 
algo que importa más que nuestras vidas, 
más que tu amor, es lo que va a perderse... 

Lean. ¿Qué ha de perderse, Crispín? ¿Quieres de- 

cirme? 

Chis. ¡La Ciudad! 

Lean. ¿Es la guerra? 



— 60 — 

Cris. Sí, es la guerra... 

Lean. ¿No hay medio de evitarla? 

Cris. Sí, uno muy fácil, muy cómodo... El que 

acaso parecerá muy aceptable a todos esos 
que pueden decidirlo... 

Lean. Y ese medio, ¿cuál es?, si no bay otro .. 

Cris. La vergüenza de entregarnos al extranjero... 

Lean. Los venecianos exigen... 

Cris. Hacerse dueños de nuestra Ciudad. Dicen 

que somos demasiado amigos de los geno- 
vese?. 

Lean. Y, ¿son ellos los que ban de decidir de 

nuestras simpatías y nuestras amistades?... 

Cris. Tienen razón .. si pueden... Y si pueden, 

solo es nuestra la culpa. Ahora, Leandro, fío 
en li, que serás ejemplo y estímulo de nues- 
tra juventud... Necesitamos soldados. . A tus 
órdenes pueden alistarse mucho.«, y guiados 
por tí... ¿Qué respondes, Leandro? 

Lean. ¿! uedes dud^r? 

Cris. bi en ebta hora de peligro y de angustia 

despierta tu alma, lo mismo despertará el 
alma de la Ciudad. 

Lean. ¿A. tu voz? 

Cris. No; mi voz es indigna, y sería cobarde. La 

voz del Desterrado será la que hable al pue 
blo. En él está lo mejor del alma de .la 
Ciudad. 

Lean. Y", ¿encontrarás el alma de la Ciudad? 

Cris. Juz^a por tí mismo .. Hace un instante ape- 

nas, cortejabas aquí a una bailarina, y era 
todo en tu corazón frivola indiferencia... 
El deber: ¡Qué lejano! El placer: ¡Qué cereal 
Era lo único que valía la pena de vivir. Y 
al)ora, dime. ¡Ante el peligro de nuestra 
Ciudad, tu patria de corazón, porque es la 
patria donde amaste a una mujer por vez 
primera, y esa mujer es madre de tus 
hijosl ¿no sientes de otro modo? ¿No ha des- 
pertado tn alma como una afirmación de 
remordimiento, de responf^abilidad, que tú 
mismo no sospechabas? Cuando filiamos a 
cualquiera de nuestros deberes, para no ver 
la falta, preferimos decir que el d^ber no 
existía. ¡Suprimimos, por no decir que he- 
mos olvidado. Pero de los deberes y los no- 



— . 61 — 

bles sentimientos del alnoa, es como de las 
dolencias, no sirve aturdinos para no sentir- 
las. No sirve decir: nada me daele, cuando 
el dolor existe. Y el amor a la patria alienta 
siempre en nuestro corazón, si en nuestro 
corazón hay 8entin:iientos de hombre nacido 
de mujer. Al correr de la vida acaso vamos 
desentendidos de él, por indiferentes o por 
desengañados, tal vez por ofendidos; pero 
en la misma amargura, en el encono acaso 
con que maldecimos alguna vez de nuestra 
patria, está .su amor, como en la mano que 
golpea a la mujer amada que hizo traición 
a nuestro amor... Vé, Leandro. Diles a todos 
que aquí les aguarda el Magnífico... dispues- 
to a luchar contra ellos por la Ciudad, como 
luchó Crispín por tu amor. Pero ahora... 
nada podrá Crispín. Entonces, esos mismo^, 
por su propio interés, tuvieron que salvar- 
nos. . Ahora, nada podrá salvarse, que de 
tanto salvar sus intereses. . todo se habrá 
perdido. Pero la Ciudad no se humillará al 
extranjero. Cuento con sus soldados y cuen- 
to con su juventud, que no toda es como el 
señor Arlequín y sus desmedrados poetas... 
¿Verdad, Leandro? ¿No serás tú el pimero 
en combatir por nuestra Ciudad? Si no bas- 
tó el amor de í^ilvia, el amor a la patria 
puede redimirte y redimir el dinero del 
señor Polichinela. Vuelve a ser conmigo, 
tan distinto de mí como yo soñaba que fue- 
ras... El señor de los altivos pensamientos, 
el de los bellos sueños, el espíritu de Cris- 
pín, libertado de las miserias de su vida... 
Vé a una muerte gloriosa, que tu Crispín, 
tu fiel criado, su vida, t^ombra de la tuya, 
como la sombra al cuerpo, ha de seguirte. 

(Sale Leandro por la izquierda. Crispía va hacia la 
puerta derecha y entra el Desterrado.) Llega. . ¿Ha- 
blaste con tu hijo? 

Dest. Sí. 

Cris. ¿Sabes entonces? 

Dest. Sí... Es la guerra o la humillación. 

Cris. Y, ¿qué has pensado? 

Dest. ¡Pensar, pensar!... Todo debiera estar pen- 

sado, y ahora bastaría sentir, como sienten 



'- 62 - 

los pueblos fuertes y unidos en el santo 
amor a la patria. Pero ahora, ¿dónde está el 
alma de la Ciudad? ¿En los que negociaron 
con los venecianos, y por asegurar sus nego- 
cios hubieran querido enviar a nuestros sol- 
dados de su parte, y ahora, en cambio, in- 
tentarán oponerse a que los enviemos en 
centra snyaV ¿En los que negociaron con los 
genoveses y antes quisieran vernos comba- 
tir a FU lado que combatir por cuenta nues- 
tra contra los venecianos? ¿En los que es- 
quilmaron la Ciudad de víveres y pertrechos 
de guerra y hasta hicieron su lucro de en- 
viar nuestros hombres al extranjero como 
una mercancía? ¿En los que nos proveyeron 
de pocos barcos y pobre armamento? ¿En 
los que predicaron no íé qué santo amor a 
la humanidad, que es amor a todo lo extra- 
ño y odio a todo lo nuestro, como fí nosotros 
no fuéramos también humanidad?. . ¿Kn los 
que temhlarán por su dinero, comprome- 
tido con los venecianos o cou los genoveses, 
los que querrán salvar el que atesoran o 
querrán ponerlo a mayor precio?. . ¿Dónde 
encontraremos el alma de la Ciudad? 
Cris. jMi Ciudad! Porque yo fní el primer mise- 

rable en todas sus miserias, el primer egoís- 
ta en todos sus egoísmos... Ahora... por en- 
contrar su alma entre tantas ruindades, 
quiero volver mis ojos a una Ciudad ide^l... 
que mereciera por salvarla todos los sacri- 
ficios... Esa Ciudad yo he creído verla, al 
pasar por sus calles, al recorrer sus campos... 
No eran estos hombres que me rodean. . 
Eran otros hombres, con sus mujeres y sus 
hijos, de los que no sabemos, a los que no 
contamos uno a uno, porque ellos son los 
miles; buenos para trabajar, bu nos para 
soldados, buenos para sostener las cargas 
de la Ciudad, buenos para sufrir nuestros 
desmanes y nuestras injusticias... Y en e-^ta 
hora es cuando veo con espanto que ellos 
son la verdadera Ciudad... que ellos son sus 
hombres... Pero tampoco está en ellos el 
alma que yo busco, que el alma de los pue- 
blos no debe ser la resignación, sino la for- 



63 — 



Dest. 
Cris. 



taleza con ]a serenidad... Y ellos aceptarán 
la humillación que les impongamos, conten- 
tándose una vez más con maldecir y mur- 
murar de nosotros... La Ciudad está sin 
alma... Si no lo estuviera, si no lo hubiera 
estado siempre... ¿Cómo pudieran juntarse 
en esta hora Crispines y PoUchinelas a de- 
cidir «u suerte? 

La Ciudad ideal ha de purificarse por la 
sangre y el fuego, por su propio dolor ha de 
redimirse. 

Ya están aquí... Ven a mi lado, muy cerca 
de mí, que nos vean unidos... Y así pudieran 
verte a tí solo, que de nada tienes como yo 
que avergonzarte ante ellos... 



ESCENA X 



DICHOS y POLICHINELA, PANTALÓN, PÜBLIO y EL CAFITÍN 
por la derecha 



Sk. Pul. 

Cap. 

Cris. 



Sr. Pol. 

Pant, 

Sr. Pol. 

Pant, 

Püblio 

Cris. 



Cap. 

Sr. Pol. 

Pant. 

Cap. 

Püblio 

Cap. 

Püblio 



A vuestro mandado, señor... 
Señor... 

Sentaos todos. Escuchadme. La Señoría de 
Venecia me ha comunicado por medio de 
su embajador, para que en el término de 
dos días, entreguemos el puerto de nuestra 
Ciudad, con todos sus fuertes. De no acceder 
a su demanda amistosa, nos declarará la 
guerra como a enemigos... 
¿La guerra? 
¡La guerra! 
No puede ser... 
Sería horrible... 
Habréis contestado que... 
Yo, por mí, y en nombre de la Ciudad, no 
he dudado un instante lo que ha de respon- 
derse... 

¿Quién puede dudarlo? La guerra. 
Toio antes que la guerra. 
|Todo...,todo! 

Todo antes que humillarnos al extranjero. 
Habláis como soldado. 
Como ciudadano ante todo... 
La guerra es vuestro oficio. 



— 64 — 



0/ 



PüBLIO 

Dest. 



PüBLIO 

Cap. 

PCBLIO 

Cap. 

Cris. 
Dest. 



PüBLIO 

Cris. 



Algo más noble que el vuestro, de perturbar 
la paz. Un oficio, como decís, en que se 
arriesga y se pierde la vida. ¿Pedéis decir 
otro tanto del vuestro? 
La guerra ee inhumana. 
Tenéis razón. Mas inhumana que nunca; 
cuando vemos que es tan humana, vemos 
como se preparan para ella los pueblos y 
las ciudades que pueden amenazarnos algún 
día, y hay, quien como vosotros, dificulta, 
entorpece y estorba que nosotros estemos 
preparados para deíendernos... Esa es la in- 
humanidad de la guerra, enviar a nuestros 
soldados vendidos a la derrota y a la muer- 
te, por falta de medios para combatir... Lo 
que habéis hecho siempre, oradores y apí'.s- 
toles de la humanidad... que más parecéis 
traidores a la patria... 

Traidores son los que pretenden aventurar- 
las en empresas guerreras. 
Traidores son los que las venden al extran- 
jero... 

Tened cuenta con vuestras palabras... 
Vos sois quien ha de tener cuenta. Que an- 
tes de combatir contra los enemigos de fue- 
ra, importaría mucho exterminar a los de 
dentro. 

Reportaos, señor Capitán... Vos tam.bién, 
señor Publio. No anticipemos la contienda. 
De tu opinión, señor Publio, comprenderéis 
que nada nos importe... Tú que una vez le- 
vantaste al pueblo para impedir una guerra 
que convenia al decoro de la Ciudad, y poco 
después quisiste levantarle para obligarnos 
a intervenir en favor de tus amigos y clien- 
tes, los veneciauos... que eres patriota de 
todas las patrias^ menos de la tuya, y hu- 
manitario con todo el mundo menos con 
tus compatriotas, y hasta eres celoso defen- 
sor de todas las religiones, y sólo escarne- 
ces la nuestra... tú que eres todo esto... y 
mucho más... si aún tienes por esas plazas 
quien te escuche y te siga... aquí no puedes 
nada. 

Lo veremos. ¿Quién podrá más que yo? 
Amigo Publio, bien sabéis que toda vuestra 



— es- 
fuerza ha estado siempre en nuestra debili- 
dad. El día en que nada se os conceda, ¿qué 
podréis ofrecer a los que os siguen? En caso 
de guerra, vuestro deber quedará reducido 
a proveernos en mejores condiciones que al 
extranjero de las mismas cosas con que,, 
íjracias a nuestra amable condescendencia, 
habéis traficado en provecho vuestro. Solo 
os pedimos un poco más de desinterés, de 
ningún modo desinterés absoluto. ¿Estamos 
de acuerdo? 

PüCLio ¡Ale insultáis! 

Cris. Habláis de insultos; vos, el inspirador de 

los más innobles libelos... Hablad vos. Capi- 
tán, que el señor Publio, entre tanto, irá. 
reflexionando por los dedos. ¿Contáis con el 
buen espíritu de vuestros soldados? 

Cap. Señor, los soldados son hombres, y en tiem- 

po de paz, no pueden ser ajenos a las dis- 
cordias que perturban y dividen en bandos 
políticos a los ciudadanos. Añadid a esto el 
natural descontento cuando vemos en tan- 
tas ocasiones desestimarse el mérito y en- 
cumbrarse la ineptitud por el favor o por la 
intriga. Considerad también que sabemos 
mejor que nadie lo que nos falta en armas 
y municiones, sin las cuales el valor es inú- 
til... Pero con todo esto, si la Ciudad nos 
manda combatir en su defensa, para nos- 
otros no hay más voz que la suya, no hay 
más bandera que la de nuestra Patria. Acaso 
no podamos vencer, pero sabremos morir 
siempre... Este es el espíritu de mis solda- 
dos, del que respondo con el mío. Si fuerais 
preguntando uno por uno, todos os respon* 
derían lo mismo. 

Cris. ¡Sabríais morir! Esa es mi tristeza. Ese debe 

ser nuestro remordimiento. ¡Enviaros a mo- 
rir cuando debiéramos enviaros seguros de 
vencer! Pero ya es mucho que la Ciudad 
cuente con vosotros, así pudierais vosotros 
contar con la Ciudad... Decidnos, señor Poli- 
chinela, y vos, señor Pantalón... ¿Podremos 
contar también con vuestro dinero?... 

Sr. Pol. ¡Nuestro dinero... nuestro dinero! ¿Quién 
puede decir que su dinero sea suyo en tiem- 

6 



-ce- 
po de guerra? ¿Sabéis lo que valdrá nuestro 
dinero apenas se declare la guerra?... 

Pant. El dinero es lo primero que huye y se es- 

conde. 

Sr. Pol. El poco dinero que pueda encontrarse subi- 
rá de precio... 

Pant. ¿Qué garantías puede ofrecernos la Ciudad 

en caso de guerra?... 

Sr. Pol, Eso es... ¿Qué garantías? 

Cris. Ninguna, es cierto. 

Dest. ¡Pobre Ciudad! Las garantías de las ciuda- 

des son sus ciudadanos. Con ciudadanos 
que ofrecen lo que vosotros, ¿qué puede ella 
ofrecer? Su venganza es que, cuando nada 
ofrecéis para salvarla, no sé qué pueda ella 
ofrecer para salvaros. Creed me. No habéis 
sabido ser bastante egoístas No habéis pen- 
sado más que en vosotros. ¡Mal egoísmo! 
Atesorar dinero, atesorar y nada más que 
atesorar... Y ese dinero es ahora vuestra 
ruina y vuestra pobreza... Porque ese dine- 
ro, ¿sabéis qué significa? Significa todo lo 
que se hizo mal, por lucraros y lucrar a 
vuestros amigos... Significa todo lo que se 
debió hacer y dejó de hacerse, porque no se 
lucraran otros... significa la falta y la mer- 
ma de muchas cosas que eran precisas en 
la Ciudad... significa que habéis sido muy 
listos, muy habilidosos... significa que Dios 
tiene su hora, y en esa hora es la cuenta en 
que todo se suma. 

Sr. Pol. ¿Y sólo a nosotros? Es que a vos ¿no habrá 
nada que anotaros en cuenta, señor Magní- 
fico?... 

Cris. Sí; tan culpable como vosotros, mías son 

todas vuestras culpas, en todas ellas tengo 
parte. 

PüBLio En ese caso, bien os estará dejar el gobierno 
de la Ciudad. 

Cris. Si fuera para estar yo, con la Ciudad, mejor 

gobernado, ¿quién lo duda? Pero, ¿quién 
ha de sustituirme? ¿Cualquiera de vosotros? 
Crispín por Crispín, me prefiero a mí mis- 
mo. Yo soy más grande en mis ambiciones. 
Ambicioné riquezas y tuve cuantas pude 
ambicionar; ambicioné el poder, el señorío 



- 67 ^ 

-de la ciudad, y nadie puede disputármelos .. 
Los medios fueron torpes, me serví de vos- 
otros y tuve que dejar que de mí os sirvie- 
rais. Pero mi ambición no se detiene tan 
bajo como la vuestra. Ahora ambiciono la 
grandeza de la Ciudad; por conseguirla sa- 
crificaría mis riquezas, mi vida... por de 
contado os sacrificaré a vosotros. Levantaré 
la Ciudad en contra vuestra y en contra 
mía si es preciso. Vos, Capitán, esperad mis 
'órdenes... A vosotros, no he de ser yo, ha de 
ser la Ciudad, el alma de la Ciudad que ha 
de despertarse, la que dispondrá de vos- 
otros; de mí también, que hasta el fia he- 
mos de estar unidos, como cómplices de un 
mismo crimen. Pero yo no he cegado mi 
entendimiento ni mi conciencia, os llevo 
esa ventaja. Sé lo que soy y sé lo que me- 
rezco. Ahora, salid, dejadme... Dejadme 
digo... Tú sólo no me dejes... 

^Salen todos por la izquierda menos Crispín y el Bes- 
xerrado.) 



ESCENA XI 

CRISPÍ M y el DESTERRADO 

■€ris. ¿Hablarás al pueblo? ¿Despertará el alma 

de la Ciudad... 
Dest. ¿y no temes su despertar? 

Cris. íSu despertar será... mi muerte. 

ESCENA XII 

DICHOS, JCLIA y LAURO, que entran i or la derecha 

Cris. ¡Hija míal ¡Lauro! 

Julia ¿Qué hablabais de muerte? ¿Tú también 

hablas de morir?... 

Cris. Julio. ¡Hija míal 

JuLíA ¡Pobre de mí! Desdichadcs de todos nos- 

otros. 

Cris. ¿Sabe ya?... 

■Lauro »'!'í, lo sabe... Nos lo dijo mi padre... 



— 68 ^ 

Julia Lo sé, es la guerra... Pero tú no expondrás 

tu vida, ¿verdad? Tú debes permanecer aquí 
y mi Lauro contigo. ¿No sabes? Dice que 
quiere ser el primero en combatir con nues- 
tros soldados, que es su deber... Pero tú le 
obligarás a no dejarte, le dirás que su deber 
está aquí, a tu lado, para servirte, para de- 
fenderte. ¿Verdad que él no irá, padre mío? 
La guerra es la muerte... No irá, no irá... 
Dime que no irá, ¡padre míol 

Cris. Si tú lo quieres... 

Dest. Entre tanto egoísmo de los hombres, trai- 

ciones, cobardías y miserias humanas, sólo 
tu egoísmo de mujer enamorada es como 
debe ser... Y es como debe ser, hija mía, 
noble corazón de mujer, porque tú misma 
crees que así siente tu corazón... cuando- 
sientes de otra manera... 

Julia De otra manera, ¿dices? Pues, ¿puedo yo 

sentir de otro modo?. . 

Lauro Sí, dice bien mi padre... El heroísmo de la 

mujer es así, se esconde vergonzoso entre 
lágrimas... Nos pedís llorando para probar 
nuestra fortaleza que está en negar lo mis- 
mo que nos pedís, ei es una indignidad o 
una cobardía... que si nos vierais acceder a 
ella... un instante sería la satisfacción de 
habernos convencido, pero después... el des 
precio porque nos dejamos convencer tan 
pronto... 

Julia ¡Padre mío! 

Dest. Vienes a impedir que Lauro sea el primero 

que vaya con nuestros soldados. Cuando él 
se conmoviera ante tus lágrimas, ¿qué pen- 
sarías de su valor? No quieras engañarte, tú 
haces bien en llorar, para impedirle que 
cumpla con su deber... el hará mejor en no 
escucharte. Y tú lloraiás, llorarás mucho... 
pero llorarás de otro modo... orguliosa de su 
amor más que nunca, cuando él por amor 
tuyo vaya a cumplir con su deber... 

Lauro Padre mío. ¿Hablarás al pueblo? 

Dest. Sí, le hablaré desgarrado mi corazón, por- 

que he de mentirle, he de mentirle por pri- 
mera vez en mi vida. Hablaré de triunfos, de- 
glorias... Y, sabemos lo que será esa guerra.. 



- 69 — 

Cris. Por nue&tra desdicha lo sabemos... 

Dest. Es enviar a la muerte a los soldados, al 

pueblo; es destruir la Ciudad. 

'Cbis. Si no hay un alma en ella. 

Dest. Ese alma es lo que importa salvar; la salva- 

remos. 

Julia No, Lauro, no, tú no irás ¡por mi amor!... 

Lauro Por tu amor debo ir... y tú lo sabes... Por 

nuestro amor que ha unido a nuestros pa- 
dres en ese abrazo santo que es el amor a 
sus hijos, el amor a la patria. 

Cris. ¿Dices que has de mentir? Sí, mentiremcs. 

Pero sobre nuestras mentiras estará la ver- 
dad de nuestro sacrificio... La vida de tu 
hijo, el dolor que destroza el corazón de mi 
hija. Y si aún no basta para espiar y redi- 
mir... cuando hables al pueblo dile que no 
tarde, que venga, que derribe las puertas de 
mi palacio, que entre a saco por mis rique- 
zas, que llegue hasta aquí y me arroje por 
una de esas ventanas, y arrastie por las ca- 
lles de la Ciudad mi cuerpo destrozado... 
Pero que al darme muerte, al arrastrarme, 
al destrozar mi cuerpo... piense que no fui 
yo el culpable de los males de la Ciudad. 

Dest. No lo eres. Tú solo has sido una culpa más 

de sus culpas. Eres el Crispín que se eleva 
del Crispín que todos llevan en su alma. . 
Por eso te temen y te odian. Eres su con- 
ciencia. 

(Telón.) 



FIN DEL CUADRO SEGUNDO 






CUADRO TERCERO 



Plaza en la Ciudad, al fondo vista del puerto, en él, tina galera 



ESCENA PRIMERA 

ARLEQUÍN, AURELIO y FLORENCIO, entran por la segunda 
izquierda 

Arl. ¿Visteis nada más despreciable que una Ciu- 

dad en tiempo de guerra? 

AuR. No hay modo de substraerse a la brutalidad 

circunstante. 

Flor. Todo lo invade la soldadesca. 

AuR. Yo entré hoy en la hostería por reunirme 

con vosotros, y vi que los soldados venecia- 
nos campaban allí por sus desafueros; gol- 
peaban las mesas con sus espadones, gol- 
peaban también a los ciudadanos que se 
detenían curiosos a contemplarlos. 

Arl. Yo quise refugiarme en casa de Girasol y 

uno de sus esclavos me detuvo a la puerta, 
diciéndome que no intentara visitarla, que 
unos capitanes de las galeías venecianas se 
habían entrado por la casa como señores y 
dueños de ella. 

AuR. jPobre Girasol! 

Arl. ;No quiero imaginarme lo que habrá sido 

del casto espíritu de sus danzas, entre esos 
capitanes venecianos! 

Flor. Y ¿se tardará mucho en firmar las paces? 



— 72 — 

AuR. Desde anoche tratan el General veneciano 

y el Magnífico. Según dicen, las condiciones _ 
que imponen los venecianos son duras. El 
Magnífico teme que la Ciudad no las 
acepte. 

Arl. ¡Bravatas ridiculas! ¿Qué sirve ya que no las 

aceptemos? A esto nos han traído los que se 
llaman buenos ciudadanos, los patriotas; y 
con ellos los gobernantes incapaces de im- 
poner su voluntad al pueblo. Si no podía- 
mos hacer la guerra, si sabíamos todos que 
el alarde de resistencia sería inútil, ¿por qué 
no haber pactado desde un principio con 
los venecianos? Siempre nos hubieran trata- 
do mejor como amigos. Ahora, como nada 
tienen que agradecernos, nos tratan como 
vencedores. ¡Y sí que el triunfo es para es- 
tar orgullosos! Hundir en el mar nuestras 
cuatro galeras inservibles y cañonear a man. 
salva la Ciudad fuera del alcance de los ca- 
ñones inútiles de nuestros fuertes. 

AuR. Nuestros soldados tuvieron que rendirse sin 

pelear, faltos de armas y municione?. 

Arl. Con eso nos dirán que ha sido una defensa 

.heroica. 

(voces.) 

AuR. ¿Qué sucede? La gente se arremolina y 

grita. 

Arl. Eea es otra; no n( s faltarán motines ni aso- 

nadas en estos días. Ahora todo es gritar, 
que nos han vendido, que nos han engaña- 
do. El pueblo necesita un traidor y un cul- 
pable: en esta ocasión dirán que es el Mag- 
nífico. 

Flor. Será justicia, que él nos llevó a la guerra 

por complacer a los soldados y a cuatro 
ciudadanos vocingleros. 

Arl. No lo creáis. El sabía muy bien que de ha- 

ber entregado la Ciudad a los venecianos 
sin combatir por defenderla, los soldados y 
los ilusos patriotas se hubieran levantado 
contra él declarándole traidor a la patria. 
Ahora, vencidos los soldados, rendida la 
Ciudad, será él quien pacte con los venecia- 
nos ein que nadie lo estorbe, y los venecia^ 
nos serán los que le defiendan y le aseguren 



— 73 — 

en el gobierno de la Ciudad como a su me 
jor amigo. 

l^LOR. Todo eso sería posible si el señor Pabilo es- 

tuviera como otras veces de acuerdo con el 
Magnífico. Pero ya sabéis que desde que 
volvió el Desterrado, el Magnífico se había 
desentendido de Publio y Fublio aún tiene 
quien le siga en la Ciudad. 

-Arl. ¡Bahl Los venecianos son ricos y habrá para 

contentar a todos. Que podamos vivir tran- 
quilos, es lo que nos importa. 

Flor. Que podamos volver a nuestra hostería 

como de costumbre. 

AuR. Deambular sosegadamente por las calles y 

jaidines de la Ciudad. 

Arl. Que Girasol vuelva a alegrarnos con sus 

danzas y el Magnífico nos gobierne por mu- 
chos años. 

Flor. Ved, aquí llegan el señor Polichinela y el 

señor Pantalón. 

-Arl. 8in duda vienen del palacio del Magnífico. 

Habrán sido llamados para tratar las paces 
en consejo. Veremos si quieren decirnos 
algo. 

J'lor. Disputan entre ellos. 

Arl. Esperemos. 



ESCENA II 

DICHOS. POLICHINELA y PANTALÓN, por la segunda derecha 

;Sr. Pol. Nunca, nunca. A ese precio no podemos 
aceptar la paz. 

Pant. Hemos entregado los fuertes, hemos entre- 

gado la Ciudad, ¿qué más piden? ¿Quieren 
empobrecernos, arruinarnos? 

'8r. Pol. Eso es lo que quiere el Magnífico, que nos- 
otros paguemos la contribución de guerra 
que él cobrará a medias con los venecianos. 
Eso, eso; pero no será, no será. 

-Pant. No hay razón para que nosotros paguemos 

por todos. Figuraos, con lamina que sobre 
mí ha caído con la guerra. Mis galeones car- 
gados de trigo apresados por los venecia- 
nos. 



— 74 — 

»- 

Sr. PvL. Dicen que iban cargados de armas que des 
tinábais a los genoveses. 

Pant. 'Mentira, calumnia! Yo no digo que no ee- 

hallaran algunas armas, pero yo nada tengo- 
que ver en eso; pacotilla de los capitanes y 
marineros. Yo no, yo no, que soy hombre- 
de paz y nunca he querido vender armas a 
venecianos y a genoveses. Que no quiero ya 
que las gentes se maten... Cosas necesarias 
para la vida, bueno está; que al fin es obra 
meritoria. 

Sr. Poi.. El caso es que con esas armas apresadas en^ 
vuestros galeones los venecianos hallaron 
buen refuerzo para asaltar nuestros fuertes..^ 
Y el pueblo lo sabe y os llama traidor, y... 
yo en vuestra pelleja no estaría muyt ran- 
quilo. 

Pant. ¡Infamias, calumnias! Quieren perderme. 

Sr. Poi.. Bien perdidos estamos. Mi casa y mis jar- 
dines a la orilla del río, arrasados... Mas de 
cien mil escudos. Las mercancías que yo 
destinaba a los venecianos, ahora en vez de 
pagármelas en buen dinero se apoderarán 
de ellas como de cosa propia. ¡Mi ruina, mi 
ruina! Y por si algo faltaba en mi casa, aún 
no sabemos si mi yerno es de los prisione- 
ros o estará mal herido o muerto a estas 
horas. 

Pant. ¿Muerto decís? Y si él ha muerto cualquie- 

ra os reclama lo que era en deberme. 

Sr. Pol. Señor Pantalón, eso es ya sordidez repug- 
nante. No habéis de perdonar ni a los muer- 
tos; y más cuando han muerto por la pa- 
tria. 

Pant. Esa misma razón debierais tener para pa- 

garme, que vuestro yerno ha muerto con- 
mucha honra, y no es bien que su honra 
ande en lenguas de nadie después de muer- 
to, por unos miserables escudos. 

Sr. Pol. Señor Pantalón, no respetáis ni el dolor de 
un padre. 

Pant. Dejaos de farsas conmigo. Si algo hay que 

pueda compensaros de cuanto habéis perdi- 
do con la guerra, será la pérdida de vuestra 
adorado yerno. 

Sr. Pol. Señor Pantalón, una cosa es que yo tuviera-. 



— 76 — 

desavenencias con mi yerno y otra que ye 
pueda alegrarme de su muerte. Por la ruin- 
dad de vuestros sentimientos no juzguéis 
de Jos míos. Si mi yerno iia muerto por la 
patria veréis qué suntuoso mausoleo pienso 
erigir a su memoria. 

Pant. Ostentosa vauidad que de ningún provecho 

será para su alma. Kl mejor mausoleo que 
podéis eri^rir a su memoria será pagar sus 
deudas y obligaciones. 

Sr. Pol. Señor Pantalón, ¿cómo queréis que el pue- 
blo no murmure de vuestra avaricia? Si su- 
pierais lo que dicen de vos... 

Pant. Pero, ¿no comprendéis, señor Polichinela, 

que cuando os hablan mal de mí es un mo- 
do de deciros en vuestra cara lo que piensan 
de vos? 

Arl. Señor Polichinela... señor Pantalón, perdo- 

nad si somos indiscretos al interrumpiros 
cuando sin duda tratabais intereses de la 
ciudad en esta hora tan solemne, pero es 
tanta nuestra curiosidad... Suponemos que 
el Magnífico os llamó a su palacio para tra- 
tar en Consejo con el general veneciano. ¿Se 
trataron las paces? 

Sr. Pol. Se trataron... Y ya estarían firmadas si nos- 
otros no tuviéramos dignidad. 

Arl. ¡Bravo, señor Polichinela! No esperábamos- 

menos de vosotros. Habéis defendido el ho- 
nor de la ciudad como cosa vuestra. 

Sr. Pol. Eso, eso. Aun estoy sofocado. 

AuR. ¿Qué condiciones imponen los venecianos? 

Sr. Pol. inaceptables, indignas... lermanecer en la 
ciudad mientras no se les pague una contri- 
bución de guerra. 

Pant. De la que hemos de responder nosotros con 

nuestra hacienda y nueitra persona... 

Sr. Pul. Decid si podíamos consentirlo. 

Pant. Antes la muerte. 

Arl. Sois heroico, señor Pantalón. ¿De modo que 

tendremos venecianos en la ciudad para 
largo?... 

Pant. Con lo cual nada iremos perdiendo. ¿No 

erais vos, señor Arlequín, el que tanto ad- 
miraba su cultura, la dulzura de su trato?... 

Arl. Sí, sí, en efecto... Los venecianos en su tie 



— Te- 
rra son admirables... Aquí desmerecen algo. 
Es natural, para estas empresas guerreras 
los pueblos no suelen enviar a sus poetas ni 
a sus filósofos... La humanidad, más que en 
pueblos, se divide en castas. Yo me sentiré 
É^iempre más compatriota de un poeta turco 
que de uno de nuestros soldadotes, que por 
su parte en nada se diferencia de un sóida 
dote veneciano. Por eso lo que importa ts 
vernos libres de unos y otros. 

BíL. PoL. Señor Arlequín, eso es lo difícil; que sin los 
soldados de casa no es posible librarnos de 
los extraños. Y en eso debimos pensar an- 
tes, en que los nuestros fueran más fuertes y 
aguerridos que los extraños. 

Arl. ¡Bah! Los pueblos sólo triunfan por el es- 

píritu. 

Sr. Pol. ¿Quién lo duda? Pero es que cuando hay 
fuerza espiritual hay fuerza en todo. Por 
algo aconeejé yo siempre al Magnífico que 
se compraran barcos, cañones... pertrechos 
de guerra... 

Arl. Es verdad... por algo. 

Sr. Pol. i¿i él me hubiera atendido hubiéramos con- 
tado con cincuenta galeras... 

Arl. Si habían de ser como las que se han hun- 

dido en dos horas... 

Sr. Pol. No me negareis que cincuenta galeras hu- 
bieran tardado más tiempo en hundirse. 

(Voces.) 

Pant. ¿Qué sucede? 

Flor. Otro alboroto. 

Sr. Pol. No gana uno para sustos... El populacho 

está inquieto. 
Pant. No hay autoridad... no hay fuerz£... 

Aur. Ka una conducción de muei tos y heridos... 

El pueblo clamorea a su paso. 
Flor. Dicen que falta lo más preciso para atender 

a los heridos. 
Pant. Señor Polichinela, mejor será retirarnos del 

bullicio. La gente anda desatinada estos 

días. 
Sr. Pol. No hay nada que temer... Cuando uno tiene 

su conciencia tranquila. 
jFant. Eso sí. Pero el pueblo no tiene conciencia... 

Es más prudente retirarse... 



^ 77 — 

Sr. Pol. Vamos cuando queráis... Señores... 

Arl. Señor Polichinela... Señor Pantalón... para 

serviros... (Salen Polichinela y Pautelón por la de 
recha.) 



ESCENA III 

DICHOS, menos POLICHINELA y PANTALÓM 

Flor . Van niuertos de miedo. 

Arl. Más temen por su dinero que por su vida. 

¿Y no les obligará el pueblo a pagar esa con- 
tribución que ha de librarnos de los vene- 
cianos? 

Flor. El pueblo cree que el único culpable es el 

Magnifico. 

Aur y él pagará por todos con ser el menos cul- 

pable. 

Arl. No hay cuidado. El sabrá prevenirlo todo, 

amparándose de los venecianos. El Magnifi 
co no es hombre para rendirse sin caer con 
sus eneociigo?. 



ESCENA IV 



DICHOS y PÜBLIO, por la segunda derecha 

Publio Lo veremos. El Magaífico tiene sus horas 
contadas. 

Arl. jAh, Publio! ¿Qué dice tu gente? 

PuBLio Mi gente dice siempre lo que yo digo. 

Arl. Ya es suerte tuya que tu gente diga lo que 

tú dices. Ello será porque tú sabes decirle&- 
lo que ellos piensan, que es todo el arte de 
dirigir muchedumbres... 

PjBLio ¿Creéis que es tan fácil, señor poeta? 

Arl. Facilísimo; ¿no ha de serlo? Predicar reli- 

gión en las iglesias, libertinaje en las taber- 
nas, a los ricos las ventajas de no trastornar 
el orden del mundo, a los pobres la de tras- 
tornarlo todo, convencer a los convencidos... 
Lo difícil es hacerse escachar de un audito- 
rio adverso. Si no, dime: Con tus ideas hu- 






PUBLIO 

Arl. 



PUBLIO 

-Arl. 



manitariap, ¿por qué no te atreviste a levan- 
tar a los tuyos pnra incí pedir la guerra? 

PüBLio Eran momentos de exaltación patriótica y 

nada hubiera conseguido. 

Arl. ¡ \h, eeñí r Publio! Para contrarreeter exal- 

taciones del sentimiento quiero yo las ideas. 

PüBLio ¡Señor poeta, versificad y no os mezcléis en 

lo que no os importa. 

Arl. No te enojes, Publio; n supieras que yo se- 

ría el primero en admirarte como a un gran 
poeta si no fuera porque al jugar como nos- 
otros con las ideas y los sentimientos hay 
eiempre en tu conducta un hilillo de lógica 
que le hace perder su valor artístico. 
¿Q'-ié hilillo es ese? 

El de tu conveniercia. Por más que ¿cómo 
puede nadie saber en dónde está su conve- 
niencia? La realidad suele hacernos más 
traiciones que el ideal. 
Señor Arlequín, vuestra charla es muy agra- 
dable, pero asuntos .de mayor importancia 
me solicitan. 

¿De mayor importancia dices? Sublevar al 
pueblo, desenfrenarle por esas calles... Crée- 
me, Publio, déjate aconsejar de un poeta; 
deja a la ciudad reponerse en calma de su 
derrota; pidamos perdón a los venecianos 
como chiquillos que han cometido una gra- 
ciola travesura; confiemos en que serán in- 
dulgentes con nosotros y querrán perdonar- 
nos y podremos volver a nuestra vida a la 
vez inquieta y fácil, opulenta y miserable, 
alegre y desesperada. Engañemos las hoias 
para que la vida no nos engañe demasiado: 
es la mejor filo&ofía. 
;PcBLio Sí, bueno sería ir por la vida filosofando si 

los caminos de la vida fueran sendas de 
Arcadia, pero cuando por el camino de la 
vida vienen gentes que llevan prisa y pue- 
den atropellarnos, hay que ir por lo menos 
a su paso si no queremos que pasen por en- 
cima de nosotros y... ¡adiós filosofía! 
-Arl. Tienes razón, pero bien está que haya de 

todo en el mundo, que de los mayores con- 
trarios procede su maravillosa armonía. \^é, 
pues, no tardes, desenfrena al pueblo; nos- 



— 79 -« 

otros haremos por apartarnos de tu camino, 
cuida tú también de ir por el tuyo y de no 

atropellarnOS. (Sale Publio por la izquierda.) Ya 

oísteis, amigos; no tardará el populacho en 
alborotarse y el populacho es como el caba- 
llo de Atila, con una desventaja, que no 
trae jinete. 

Flor. ¿Dónde pudiéramos retirarnos hasta que 

todo esté tranquilo? 

AüR. A nadie se permite entrar ni salir de la 

ciudad. 

Flor. No habrá lugar seguro. 

Arl. No habrá un refugio amable para los espí- 

ritus delicados. 

•Flor. ¿A dónde pudiéramos huir? 



ESCENA V 

DICHOS, el DESTERRADO y LAURO, por la segunda derecha 

Dest. Es inútil que lo intentéis, todos somos pri- 

sioneros de guerra. Vue-tro egoísmo había 
suprimido de vuestro corazón el amor a la 
patria y ahora las desdichas de nuestra pa- 
tria os duelen en vuestro egoísmo tanto 
como os dolerían en vuestro amor. jAh, 
pues si el egoísmo se ba-stara a sí propio! 
Pero cuando somos más egoístas; cuando 
más tranquilos queremos vivir, más necesi- 
mus de la tranquilidad de los que nos ro- 
dean. De lo que no quiso inquietarse nues- 
tro amor ha de inquietarse nuestro egoísmo. 

Arl. Nuestro egoísmo como decís nunca nos hu- 

biera llevadj a la guerra; sabíamos la suerte 
que nos esperaba. 

-Dest. También yo, pero era preciso llegar hasta el 

fin; era preciso que vuestro eg ú^mo y el de 
todos sintiera el dolor de no haber amado a 
la ciudad como debisteis amarla y hoy no 
padecería vuestro egoísmo con sus tristezas. 
Aún debierais padecer más; aún debiera ser 
más implacable el extranjero... Aún puede 
que lo sea si aún necesitamos de él para po- 
ner paz en vuestras propias discordias. 



— 80 — 

Arl. ¿y qué fué de ti, Lauro, nos dijeron que 

irías a combatir? 

Lauro ¿A combatir? ¿Pero hubo combate? ¿Hemos 
tenido guerra? ¿No ha sido todo un sueño? 
Si, yo pensaba ir, pensé haber ido; hubiera 
dado mi vida por la gloria, por el honor de 
la ciudad, pero ya lo veis, estoy entre vos* 
otros con mis galas cortesanas de siempre. 

Flor. Pues nos dijeron... 

AuR. Creímos que... Sin duda el Magnífico, con. 

movido ante los ruegos de su hija, te orde- 
nó que no fueras. 

Lauro Sí, eso ha sido; ¿podía yo desoír los ruegos 
de mi Julia? 

Dest. ¿Qué dices. Lauro? ¿Por qué mientes? Decid 

que no es verdad; fué a combatir; yo os lo 
digo. ¿Porqué quieres negarlo ahora?... 

Lauro Porque no fué combatir, padre; perqué no 

fué la guerra; porque no quisiera acordarme 
de nada; porque quisiera que nada hubiera 
sido; porque no fué la derrota en que se- 
lucha hasta h desesperación, hasta la muer- 
te; fué la vergüenza ante el enemigo, fué su 
burla despreciativa. Las armas inútiles en 
nuestras manos, sin balas y sin pólvora. Fué 
perdonarnos la vida .. porque pudieron des- 
trozarnos y ni morir era posible si no era a 
nuestras propias manos. ¿Para qué habían 
de matarnos si éramos suyos indefensos, 
rendidos?... ¡Ah, señor Arlequín! las ironías^ 
el desdén con que solíamos hablar de nues- 
tros males y nuestros defectos, la donosura 
con que motejábamos a nuestros gobernan- 
tes, la graciosa murmuración con que pon- 
derábamos sus listezas o sus desaciertos... 
Todo eso y nuestro vivir sin conciencia, con- 
tentos al señalarnos con el dedo unos a otros- 
para decir fllá va el pecador en vez de gol- 
pear cada uno a mano llena su propio pe- 
cho, diciendo: yo pequé, hasta que el cora- 
zón sangrara; todo eso que era nuestra vida» 
tan fácil, tan alegre, tan despreocupada, se 
ha sumado como un sarcasmo en la risa 
de los soldados enemigos que al vernos 
afrontar la muerte con insultos, que ya na 
nos quedaban otras armas, reían de nosotros 



— 81 — 

compasivos para que su risa fuera más hu- 
millante, y sin odio decían: jpobre genter 
¿quién la envió a combatir? ¿Qué gente es 
esta? ¿Son locos o son niños? Y así noe tra- 
tarán, como a niños o a locos. ¡Qué vergüen- 
za, padre, qué vergüenza! ¡Malditos los que 
a ella nos trajeron 1 ¡Malditos los que nada 
hicieron por evitarla! ¡Malditos los que nun- 
ca pensaron en ella! 

Dest. y aún hemos de caer más bajo, que en vez. 

de aceptar cada uno su parte de culpa, aún 
pretendemos culparnos unos a otros y, ante 
la patria crucificada, será echar suerte sobre 
sus vestiduras. El ardor que no pusimos en 
combatir contra el extranjero, lo pondremos 
ahora en combatir unos contra otios, hasta 
que el extranjero mismo haya de poner paz 
en nuestras discordias para mayor ver- 
güenza. 

Arl. ¿No veis, amigos? Girasol y Colombina lle- 

gan... Mucho es su atrevimiento, que no 
estilla Ciudad para que mujeres solas anden 
por sus calles. 



ESCENA VI 



DICHOS, GIRASOL y COLOMBINA, por la segunda izquierda 



Arl. ¿Qué es esto, Girasol? ¿No temes al puebla 

alborotado? 

GiR. ¿No sabéis nada? 

Col. ¡Ah, es horrible! Hasta ahora no lo supi- 

mos... Leandro ha muerto. 

Arl. ¡Leandro! 

Flor. ¡Nuestro amigo Leandro! 

Lauro Óí. ¿No lo sabíais? Ha muerto como un 
roe... 

Dest. El Magnífico le hizo llevar a su palacio., 

GiR. íbamos a dejar estas flores sobre su 

razón. 

Arl. Que te amó tanto. 

GiR. Yo no sé si fué amor, pero como el amor 

hablaba, y para mí fueron los últimos pen- 
samientos de su vida. Quizá al morir, en ese 



hé- 



co- 



-. &2 — 

instante en que según dicen, paea con ra 
pidez toda nuestra vida por nuestro pensa- 
miento, pasé yola última, como una ilusión, 
como uü deseo que no pudo lograrse en la 
vida y con el alma abre sus alas para perder- 
se en donde todo es infinito. 

Col. j Pobre Leandro! 

Arl. Iremos contigo, Girasol, también nosotros 

llevaremos flores al que fué nuestro amigo 
de los días felices. : : 

Flor. Esperad. El Magnífico llega acompañando 

a Silvia. 

AuR. El MRgnífico por las calles sin su guardia, 

sin cortejo alguno. 

Lauro Sa corazón es grande y nada teme... 



ESCENA Vil 

DICHOS, CRISPÍN y SILVIA por la segunda izquierda 

Flor. Señor... 

Arl. Señor... 

Cris. El que fué mi señor ha muerto. ¿No lo sa- 

bíais? Con él murió Cris pin; sólo queda el 
Maguifion, una sombra vestida de uu ropaje 
señorial Quise ser yo quien lle>'ara a Silvia 
aiezar ante él... Yo fui testigo de su primer 
be^o de amor, cuando su corazón lleno de 
vida decía: Para siempre... Aboia... será el 
últiruo beso el que dirá... Ya nunca, que es 
también para siempre. El amor solo sabe 
decir palabras de eternidad... 
Silvia Llevadme pronto,.. No puedo más... Ah... 

JE^:a raujerl ¿Por qué Ilota? ¿Por qué lleva 
flores también? 
Cris. Ka Girasol. 

GiR. Señor, perdonad. Si yo hubiera s;.bido... 

Cris. ¿También eran para él esas flores? 

GiR. ' ^'o puedo negarla. 

Cris. Acércate. 

Silvia Vamon, vamos de aquí. No quiero verla, 

ofende mi dolor, le insulta. 
Cris. Dejadme No estaría bien que nos acompa- 

ñaras... Dame una de esas rosas y pon un 



— 83 -. 

beso en ella. Así... Ahora, bésala tú también. 
Yo te lo mego... Ponedlas todas sobre su 
corazón... Todos los amores de la tierra son 
un amor allá en el cielo... El alma es en la 
tierra mariposa, sus alas van hacia la luz a 
donde han de abrasarse, pero en tanto, las 
alas se fatigan y al reposar su vuelo en una 
flor o en otra se detienen. ¡Son todas tan 
hermosas! pero su vuelo era más alto, donde 
las flores son estrellas. ¡Allí en el alma ena- 
morada de Leandro, tú, la azucena del jar- 
dín virginal de sus amores, til, la rosa de un 
jardín de artificio, las flores de su vida, se- 
réis una flor sola, un solo aroma, en la cla- 
ridad de su alma... 

'GiR. Gracias, señor... 

Cris. Vamos, Silvia. 

(SaJe Silvia y Crispín por la derecha.) 



ESCENA VIÍI 

DICHOS menos CRISPÍN y SILVIA 

Arl. El Magnífico tiene alma de poeta, como 

todos los picaros. Sabe que el sentimiento 
solo se purifica alambicándole... Estas dos 
mujeres, dejándose llevar d-: su natural,, 
naturalmente se hubieran insultado al en- 
contrarse. Un poco de amanerada poesía ha 
bastado para ennoblecer su dolor... Es pre- 
ciso componer la vida como una obra de 
arte, amanerarla con sentimientos artificio- 
sos, para suavizar sus rudezas... Los poetas 
debiéramos gobernar el mundo, le quitaría- 
mos brutalidad en fuerza de artificio... 

Flor. Os acompañamos hasta vuestra casa... La 

Ciudad no está muy tranquila Y los vene- 
cianos son atrevidos con las mujeres. 

Col. Son muy groseros. 

AüR. ¿Es que se han propasado contigo? 

Col. ¿Conmigo decís? De ningún modo. 

Arl. For eso te parecen tan groseros. 

(salen Colombina. Girasol, Arlequín, Florencio y Au- 
relio, por la izquierda.) 



— 84 ^ 



ESCENA IX 



EL DESTERRADO y LAURO 



Lauro ¡Feliz Leandro! Envidiable suerte la suya, 

hasta en la muerte. Toda su vida fué como 
un torbellino de acción que no dejó lugar a 
la tristeza del pensamiento. Vivió de la vida 
más que de sí mismo. Murió al empezar el 
combate en la exaltación de entusiasmo que 
aleja el temor a la muerte y no deja percibir 
la inutilidad del sacrificio. Así hubiera yo 
querido morir... con el entusiasmo de la 
esperanza, con la ilusión del triunfo. Ahora, 
los que sobr'ivivimos, ante la humillación 
de la patria, llegamos a dudar de nuestro 
propio sacrificio al defenderla... 
Dest. Sí, en esta hora todos parecemos igualmen- 

te culpables; por eso la voz más indigna de 
acusarnos, nos parece voz justiciera. Por eso 
no nos atrevemos a mirarnos unos a otros, 
por eso el odio se levanta amenazador entre 
todos... y el má3^or enemigo de la Ciudad no 
es hoy el extranjero. 
Lauro El pueblo solo espera la decisión del Mag- 
nífico al aceptar las condiciones de paz, para 
levantarse contra él... 
Dest. Y ¿no sabe ya en qué condiciones se trata- 

rán las paces? ¡Ay de los vencidos! dirán los 
vencedores... No es lo triste la humillación 
de esta derrota, lo triste es dejarse ven- 
cer por ella. Siempre podemos vencer a 
quien nos vence si sabemos resurgir del 
dolor fortalecidos. Pero, ya lo ves... después 
de la derrota es la misma inconsciencia de 
siempre... tan inconscientes en la tristeza y 
el desengaño como lo fuimos en la alegría 
y confianza, que todos sabían sin funda- 
mento y parecían tan fundados como si to- 
dos hubieran estado seguros de haberlos ci- 
mentado en el deber cumplido, en el amor 
a la patria... Y era el patriotismo cosa fácil, 
era creerse cada uno mejor que los demá?, 
solo porque veía las culpas de todos y con 



-^as- 
eso las suyas ya tenían disculpa... Como en 
corrillos de comadres se murmuraba y se 
reía de la graciosa habilidad que tuvo el 
uno para engañar al otro, cómo se lucró 
aquel a costa del tesoro de la Ciudad, cómo 
éste vendió la mercancía averiada y estotro 
burló una ley o la dictó en provecho pro- 
pio... Todo era ocasión de murmuraciones. 
Cómo nos divertíamos, hasta cuando pare- 
cíamos indignad!. s al exclamar: ¡bueno anda 
todo! jlos picaros gobiernan, los bribones 
campan! Y con desconfiar unos de otros, 
todos vivían confiados ,. cada uno se sentía 
superior a los otros y cada uno pensaba 
que él solo era el justo por quien la Ciudad 
había de salvarse, como en las bíblicas ciu- 
dades. (Música.) 

Lauro ¿Oyes? El Magnífico sale con ceremonia de 
8U palacio. ¿Será el anuncio de la paz? El 
pueblo corre hacia su palacio. Yo debo ir 
también, debo defeoderle contra todos, su- 
ceda lo que suceda. ¿Qué harás tú, padre?... 
¿Qué harás si el pueblo se levanta en contra 
suya? 

Dest. Compartir su suerte... El sabía lo que sería 

el despertar del pueblo y por si despertaba 
en él un alma, quiso que yo le despertara... 
el alma de la Ciudad despertó un momento 
al amor de la patria... pero fué una sacudida 
estéril, como evocación del espíritu en un 
• cuerpo muerto... Un fantasma, una som- 

' bra... La j^ida fuerte y vigorosa, la plenitud 
de vida, lo que era neceí^ario para triunfar. . 
no podía ser... Ya desespero que pueda ser 
nunca... 



ESCENA X 

DICHOS, POLICHINELA y PANTALÓN por la derecha 

Sr. Pol. No puede ser... Debiéramos morir antes que 
consentirlo. 

Pant. No hay justicia en la tierra, no hay justi- 

cia... ¡Mi dinero, mi dinero!.. 

Sk. Pol. Es la ruina de mi casa. 



— 86 — 

Pant. Vos aún tenéis el consuelo de vuestra fami- 

lia, pero yo me veo a la vejez solo y arruina- 
do... Mi dinera, mi dinero... 

Dest. ¿Qué os sucede? ¿De qué os lamentáis? Si 

hubiera oído de lejos vuestros lamentos sin 
saber que erais vosotros los que os lamenta- 
bais, creyera que eran mujeres de las que 
lloran por sus esposos, madres de las que 
lloran por sus hijos. No creí que los hom- 
bres pudieran lamentarse de esa manera. 

Sr. Pol. Vos habláis como muy hombre, claro está,, 
como nada habéis perdido, que nada tenéis 
que perder y vivo está vuestro hijo y con 
esperanzas de una buena boda, que el bri- 
bón de Crispín a cuenta nuestra ha pactado 
la paz con los venecianos y ellos se compro- 
meten a defenderle y han de pagarle bien 
sus buenos oficios. 

Pant. Y nosotros lo pagaremos todo... nosotros 

que nos hemos arruinado por ofrecer cuanta 
teníamos para la guerra. 

Sr. Pol. Y yo que perdí un hijo, que un hijo era para 
mí Leandro y en mi casa ya nunca podrá 
haber alegría. 

Dest. De modo que, ¿se acordaron las paces? 

Sr. Pol. El Magnífico aceptó las condiciones... condi- 
ciones indignas... pagar una contribución de 
guerra a costa nuestra... Decid si esto es jus- 
ticia... entregar a los venecianos el puerto 
con sus fuertes, dejando libre, en cambio, la 
Ciudad... y para mayor ignominia, el Mag- 
nifií'O quiere que le aqompañemos en su 
galera, mucho es que no quiere que reme- 
mos en ella... a ofrecer en la suya al general 
veneciano la seguridad de nuestra fianza para 
que él ordene embarcar al punto a sus sol- 
dados y la Ciudad quede hbre de ellos... 
Farsa indigna que todos sabemos que el 
Magnífico quedará muy a salvo en la galera 
del general veneciano, mientras la guerra 
con los genoveees no termine... y a nosotros 
nos volverá a la Ciudad para que las gentes- 
soliviantadas por Publio, saqueen nuestras 
casas, atrepellen nuestras personas... 

Dest, No temáis. El Magnífico os retendrá a su 

lado mientras la Ciudad no se calme. 



^ b7 — 

Pant. Yo no iré, no iré... Prefiero que me maten 

aquí. Yo no dejo mi casa. . no iré, no iré... 

Lauro El Magnífico Ue^a. Su guardia le abre paso: 

El pueblo se retira en silencio... Pero su si- 
lencio es amenazador. 

Sr. Pol. Debieran arrastrarle, que él nos ha traído a 
la ruina por ambicioso 

Pant. Y por torpe... Que pudo tratar con los vene- 

cianos y ellos nos hubieran pagado a nos- 
otros. 

Sr. Pol. Claro está que nos hubieran pagado y no 
que ahora hemos de pagarles nosotros... Pero 
al señor Criepín le convenía honestar su trai- 
ción a la Ciudad. 

Pant. Haciéndonos creer que debíamos ir a la 

guerra... 

Sr. Pol. Y como no faltó quien le ayudara a enga- 
ñar al pueblo... 

Pant. El que a todos nos acusaba de malos ciuda- 

dano?. 

Lauro Oh, callad, ¡miserables! 

Dest. No, deja que hablen... que acusen. Ya no 

sé si son ellos los que tienen razón... pero es 
muy triste cuando la Ciudad sangra por 
tanta herida abierta, cuando tantas voccS 
debieran clamar en nombre de cosas más 
altas, que sólo se alce sobre todos la voz de 
estos hombres que van clamando... ¡mi di- 
nero!... ¡mi dinero!... ¡Parece que toda el 
alma de la Ciudad era el dinero de estOB 
hombres! 



ESCENA XI 

DICHOS, el MAGNÍFICO y acompañamiento por la derecha 



Cris. Las paces han quedado firmadas, gracias a 

la generosidad del señor Polichinela y del 
señor Pantalón, aquí presentes. Ellos, con 
singular desprendimiento han consentido 
en salir fiadores con su hacienda, de la con- 
tribución exiüida por los venecianos. La 
Ciudad no hubiera podido pagar en tan 
corto plazo. La Ciudad está en deuda con 
ellos... 



— 88 — 

Pant. jBuena quedará la Ciudad para que nunca 

pueda pagarnos! 

Cris. Señor Pantalón, no desgraciéis vuestra gene- 

rosidad... Los soldados veneciano» embarcan 
en sus galeras y la Ciudad queda libre de 
extranjeros... Sólo el puerto y lo3 fuertes 
quedarán en su poder hasta que termine la 
guerra con los genoveses... Para consolidar 
. . el tratado de nuestras paces, debéis acompa- 

ñarme. En la única galera que nos queda 
iremos a ofrecer acatamiento al general ve- 
neciano, que por graciosa cortesía quiere 
que mientras permanezca anclada ante 
nuestra Ciudad, sobre bu galera almirante 
ondee nuestra bandera que hemos de llevar 
con nosotros... Al izarse será saludada con 
cincuenta cañonazos. El general veneciano 
quería que sólo fueran veinticinco, pero no 
cedí en esto y serán cincuenta, ni uno me- 
nos. 

Sr. Pol. _, Tenéis humor de chanzas todavía. 

Cris. No por cierto... Por lo mismo que nos han 

derrotado debemos dar más importancia a 
estos pormenores honoríficos. La historia 
en su día lo recoge todo... Embarcad ya, se- 
ñor Polichinela, y vos también, señor Pan- 
talón, que yo no tardaré en seguiros y no he 
de llevar otro acompañamiento. Hemos de 
zarpar en seguida. 

Pant. No, yo no iré... si no me obligáis por la 

fuerza... 

Cris. De ningún modo. Pero hacéis mal. En la 

Ciudad no estáis muy seguro. 

Pant. ¿Qué puedo ya perder... si todo se ha per- 

dido?... 

Ckis. Vos no me dejaréis, señor Polichinela. Ved 

que os necesito a mi lado. Volveremos a./ 
juntarnos sobre una galera... pero no como 
en otro tiempo para remar en ella. Esta 
bien puede ser, como suele decirse en usada 
imagen poética... la nave del Estado, que 
con tanto acierto hemos regido. Hay quien 
maldice de nosotros. Por eso conviene ale- 
jarse. Señor Pantalón, mal hacéis en no 
acompañarme. 



— 89 - 



Pant. 

Cris. 



Lauro 

Dest. 
Cris. 



XiAÜRO 



Voces 



No, no, dejadme... dejadme... 
Bien está. Así como así, de acompañarme 
todos los que yo deseara no cabríamos en 
diez galeras... Y sólo nos ha quedado ésta... 
No tardéis, señor Polichinela, pronto os sigo. 

(Vase Pclichinela por la Izquierda. Al Desterrado.) TÚ, 

que fuiste enemigo leal en mi grandeza, 
amigo fiel en mi desgracia... 
No embarquéis, señor... pensad en vuestra 
hija. 

No lleváis quien os defienda... 
Los venecianos rae hubierau defendido, 
pero no quiero defenderme. Sé lo que pre- 
paran... Publio y los suyos... y nada haré 
por evitarlo. Conviene que el pueblo crea 
que hace justicia. Con la ilusión de que sus 
males han terminado se levantará su abati- 
do espíritu... Dejadle creer que con Crispín 
y Polichinela los Crispines y Polichinelas 
acabaron. Yo sé que apenas haya embarca- 
do, Publio y su gente caerán sobre mí, la 
tripulación se unirá a ellos, saltará a tierra 
dejándome encerrado... para mi satisfacción 
con el señor Polichinela... y la galera, como 
si fuera en verdad la nave del Estado, arde- 
rá, arderá como arderla la Ciudad entera... 
si todas sus culpas no pesaran sobre mí 
tanto que sólo deseo purificarme. Así la 
Ciudad supiera purificarse de mí, como yo 
de ella.». No intentes detenerme ni seguir- 
me... Queda aquí, con tus hijos... salva su 
amor y el amor a la Ciudad en su corazón y 
en el de sus hijos... [Nuestra Ciudad! Ale- 
gre y confiada, que nunca pensó en su aso- 
lamiento, que oyó la voz y despreció el avi- 
so... Lauro, los brazos. En ellos dejo el cora- 
zón de mi hija. En los tuyos el corazón de 
la Ciudad. Paso al Magnifico... (vase por la 

izquierda.) 

¿Qué te dijo, padre? ¿Qué piensa? ¿Es cierto 
que huye de la Ciudad? Que hizo traición y 
antes la guerra como la paz ahora sólo han 
sido un engaño más de Crispín... Oís... El 
pueblo lo dice... [Era verdadl 
(Dentro.) ¡A muerte los traidores! ¡Muera el 
traidor! Muera... muera... ¡Venganza! 



— 90 — 



Dest, 
Lauro 



Arl. 
Pant. 



Dest. 



PUBLIO 

Dest. 

FUBLIO 

Dest. 

PüBLIO 

Dest. 



Arl. 

Voces 

Pant. 

Voces 

Pant. 

Dkst. 



No, no es justo, no es justo. Han de oirme,, 

he de defenderle, (wás voces.) 

¿Qué es esto? ¿El pueblo se arroja sobre él?" 

(Salen por la izquierda. Arlequín y Pantalón entran por 
la izquierda.) 

Huyamos... El pueblo enloquece. 
Asaltarán mi casa... Mi dinero, mi dinero. 

(Salen por la derecha. Voces, algún disparo Vuelve el 
Desterrado con Lauro en los brazos, muerto, por la 
izquierda. Después Publio por el mismo lado.) 

¡Ahí ¡mi hijo! Han matado a mi hijo y no 
fué el extranjero... ¡Ciudad desventurada, 
madre de fatricidas... que al llorar por tus 
muertos has de llorar también por sus ase- 
sinos, que todos son tus hijos!... 
¡Mueran los traidores!... Eh, ¿qué es esto? 
¿Qué hicisteis? 
¡Es mi hijo, mi hijol 

No fué culpa mía. Se arrojó a salvar al Mag- 
nífico cuando el pueblo hacía justicia... 
Sí, habéis hecho justicia... vuestra justicia. 
Los traidores entregaban al extranjero la 
bandera de la Ciudad y la hemos rescatado. 
¿í;üs traidores? ¿Hablas tú de traidores? No, 
la bandera de la (.Mudad no puede estar en 
tus manos manchadas con sangre de la Ciu- 
dad, con sangre de sus hijos... Yo la arran- 
caré de tus manos... así. Y he de clavarla 
donde por fuerza ha de espantarte cuando 
quieras arrancarla... En el corazón de mi 
hijo... Ya vés cómo he de defenderla, clava- 
da en su corazón por mi mano... como en mi 
corazón el amor a la patria... Es mi alma y 
es la suya. ¡Es el alma de nuestra patria!... 
(Voces.) ¿Qué sucede? ¿Qué gritan? ¡Al loco, 

al loco! (Arlequlu y Pantalón entran por la derecha.) 

Es el señor Pantalón, las turbas saquearon 
su casa y ha perdido el juicio. 
¡Al loco! ¡Al loco! 
¡Mi dinero, mi dinero! 
¡Al loco, al loco! 
¡Mi dinero, mi dinero! 
Ven aqni, ¡miserable! Impiedad o locura, no 
clames así por tu dinero... Ya sé que para ti 
es eso nada más, ¡tu dinero!... Pero hay pala- 
bras más nobles para decir lo que vale tu 



— 91 — 

dinero... ¿Tú sabes lo que quiere decir... tu 
dinero?... La ruina de la Ciudad, su humi- 
llación... su vergüenza... la sangre de sus 
hijos... 

Pant. ¡Mi dinero... mi dinero! 

Dest. No, eso no... ¡Patria mía! ¡Hijo mío! 

(Telón.) 



FIN DE LA COMEDIA 



Obras de Jacinto Benavente 

PUBLICADAS EN TRECE VOLÚMENES, SEGÚN HAN SIDO 

ESTRENADAS. — Se VENDEN Á 3,50 PESETAS CADA TOMO 

EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS 



El nido ajeno, comedia en tres actos. 

Gente conocida, comedia en cuatro actos. 

El marido de la Téllez, comedia en un acto. 

De alivio (Monólogo). 

Don Juan, comedia en cinco actos. (Traducción.) 

La larándula, comedia en dos actos. 

La comida de las fieras, comedia en cuatro actos. 

Cuento de amor comedia en tres actos. 

Operación quirúrgica, comedia en un acto. 

Despedida cruel, comedia en un acto. 

La Gata de Angora, comedia en cuatro actos 

Por la herida, drama en un acto. 

Modas, sainete en un acto. 

Lo cursi, comedia en tres actos. 

Sin querer, boceto en un acto. 

Sacriñcios, drama en tres actos. 

La Gobernadora, comedia en tres actos. 

El primo Román, comedia en tres actos. 

Amor de ainar, comedia en dos actos. 

Libertad, comedia en tres actos. (Traducción.) 

El tren de los maridos, cojiedia ^n dos actos. 

Alma triunfante, comedia en tres actos. 

El automóvil, comedia en dos actos. 

La noche del sábado, comedia en cinco cuadrosr 

Los favoritos, comedia en un acto. 

El Hombrecito, comedia en tres actos. 

Por qu4 se ama, comedia en un acto. 

Al natural, comedia en dos actos. 

La casa de la dicha, comedia en un acto 

El dragón de fuego, drama en tres actos. 

Richelieu, drama en cinco actos. (Traducción.) 

Mademoiselle de Belle-Isle, ídem id. 



La princesa Bebé, comedia en cuatro actos. 
tNo fumadore8y y chascarrillo en un acto. 
Rosas de otoño, comedia en tres actos. 
Suena boda, comedia en tres actos. (Traducción.) 
El susto de la Condesa, diálogo. 
Cuento inmoral, monólogo. 
Manont Lescaut, drama en seis actos. 
Los malhechores del bien, comedia en dos actos. 
Las cigarras hormigas, juguete cómico en tres actos 
El encanto de una hora, diálogo. 
Mas fuerte que d amor, drama en cuatro actos. 
El amor asusta, comedia en un acto. 
Los buhos, comedia en tres actos. 
La historia de Ótelo, boceto de comedia en un acto 
Los ojos de los muertos^ drama en tres actos. 
Abuela y nieta, diálogo. 

Los intereses creados, comedia de polichinelas en dos actos 
Señora ama, comedia en tres actos. 
El marido de su viuda, comedia en un acto. 
La fuerza bruta, comedia en un acto y dos cuadros. 
Por las nubes, comedia en de s actos. 
La escuela de las princesas, comedia en tres actos. 
La señorita se aburre^ comedia en un acto. 
La losa de los sueños, comedia en des actos. 
La Malquerida, drama en tres actos. 
El destino manda, drama en dos actos. 
El collar de estrellas, comedia en cuatro actos. 
La propia estimación, comedia en tres actos. 
Campo de armiño, comedia en tres actos. 
La túnica amarilla, leyenda china en tres actos. (Traducción.) 
Xa ciudad alegre y confiada, comedia en tres cuadros y un 
prólogo. (Segunda parte de Los intereses creados.) 

Z AIIZTJBI1.-A.S 

Teatro feminista^ un acto, música de Barbero. 
Viaje de instrucción, un acto, música de Vives. 
La sobr esalienta, un acto, música de Chapí. 
La copa encantada, un acto, música de Lleó. 
^odos somos unos, un acto, música de Lleó. 



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Precio: DOS pesetos