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Full text of "La conjura de Aaron Burr y las primeras tentativas de conquista de México por americanos del oeste"

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LA CONJURA DE AARON BURR 



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monografía 



POR V. SALADO ALVAREZ, 



Miembro correspondiente de la Academia Mexicana y socio de número 
del Liceo Altamirano. 



Edición de los "Anales del Museo Nacional/' ilustrada con dos retratos y un mapa. 



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MÉXICO 

TALLERES HE IMPRENTA Y FOTOGRABADO DEL MUSEO NACIONAL. 
1908 



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LA CONJURA DE AARON BURR 

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TENTATIVAS DE CONQUISTA DE MÉXICO 

POR AMERICANOS DEL OESTE. 



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POR AMERICANOS DEL OESTE. 
MONOGRAFÍA 

POR V. SALADO ÁLVAREZ, 



Miembro correspondiente db la Academia Mexicana y socio de número 
del Liceo Altamikano. 




MÉXICO 

TALLERES DE IMPRENTA Y FOTOGRABADO DEL MUSEO NACIONAL 

1908 



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NOV ?5 1918 

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Este ensayo, así como el libro de que forma parte, está dedicado á mi noble y 
generoso amigo don ROSENDO PINEDA} gran corazón, gran inteligencia, gran 
carácter. 




ADVERTENCIA 



Este ensayo forma parte de mi libro un imperio mexicano en el 
siglo xvín, que pronto saldrá de estampa, editado por la casa de 
don Eusebio Gómez de la Puente, y publícase ahora en esta forma, 
por acceder á los deseos de mi excelente amigo el distinguidísimo 
erudito don Genaro García, Director del Museo Nacional. 

Tengo la convicción de que mi estudio no enseñará nada á los 
distinguidos scholars americanos que, con tanta ciencia como for- 
tuna, han logrado desentrañar los misterios de la conjura de Aaron 
Burr y de las andanzas de su agitada y romancesca vida ; pero sí 
creo que enseñe algo á muchas gentes que en México todavía 
ignoran ó desconocen el papel prominente que pudo desempeñar 
en nuestros destinos el primer imperialista americano. Apenas 
si en algún apéndice de la obra de Filisola creo haber visto una 
mención de la empresa de Burr, y no sé que exista en libro mexicano 
ninguno, ni siquiera en los más voluminosos que se han escrito 
sobre nuestra independencia y los sucesos que la precedieron, ca- 
pítulo ó párrafo que haga notar la parte que tuvo en los nego- 
cios de esta fracción del mundo la aventurera tentativa del hom- 
bre que, á serle la fortuna propicia, habría cambiado la suerte de 
México, la suerte de su país, la suerte del continente americano y 
quizás la suerte del mundo. 



VIII 

El autor que con más habilidad y ciencia ha tratado del asunto 
de la conjura de Burr, se queja del desdén con que se miran en los 
Estados Unidos los antecedentes que en la historia de aquel pueblo 
ha dejado el elemento español; y si eso puede decirse en el país en 
que se han producido The opening ofthe Mississippi, The Flori- 
da Purchase y The Aaron Burr conspiracy, é innúmera serie de 
estudios en quarterlys y demás publicaciones de historia, ¿qué di-* 
remos nosotros, que, con contadísimas excepciones, desconocemos 
de todo en todo la trascendencia que en nuestras cosas han tenido 
los americanos, y, sobre todo, los americanos del oeste? 

Yo he retratado á Aaron Burr tal como me lo mostraron los li- 
bros y documentos que tuve á la vista, sin pasión ni zana, sin amor 
ni enojo — sine ira et sine odio. 

Bien sé que muchas personas habrían deseado que pintara al 
asesino de Hamilton con colores demoniacos; pero la verdad es 
que, por más que yo repruebe con todas las fuerzas de mi convic- 
ción el pensamiento de Burr, no puedo escribir cosa contraria á lo 
alegado y probado, pues de hacerlo, me expondría á la suerte de 
aquel Spinello cuya mala ventura relató Anatole France; como que 
no hay que poner con feos colores ni al diablo mismo, si por acaso 
el malo no lo merece. 

Habría podido ahondar en algunos pormenores, por ejemplo, la 
traición de Wilkinson á Burr y los diversos é intrincados juicios 
de éste; pero como tales cosas pertenecen más bien á la historia de 
los Estados Unidos que á la de México, sólo las mencioné inci- 
dentalmente, deteniéndome con especialidad en lo tocante á la 
aventura mexicana y á sus posibles consecuencias. 

Ojalá que el lector encuentre de su agrado este trabajo, pues 
de índole semejante son todos los que componen el tomo que pró- 
ximamente se publicará, y en el que saldrán á luz muchísimos he- 
chos y documentos que hasta ahora permanecen completamente 
ignorados por las gentes de México; — á no ser que, deslumhrado, 
me acontezca lo que de Alejandro Dumas aseguraba una chistosa 
caricatura de Gavarni : descubrir el mar Mediterráneo en el año 
de gracia 1844. 

México y septiembre de 1908. 

V. Salado Álvarez. 





I 



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En el estado mayor del gran Jorge Washington militaban, du- 
rante la guerra de independencia, dos mozos que por su ingenio, 
su despejo y su ambición, parecía destinar la suerte á los honores 
más grandes y á las posiciones más encumbradas; pero que la suer- 
te misma se había de complacer en colocar en campos opuestos, 
hasta traer la muerte del uno y la ruina del otro. 

El mayor de aquellos mancebos llamábase el capitán Alejandro 
Hamilton, y decíase el otro el capitán Aaron Burr. Afios después, 
cuando cargado de achaques, de desengaños y de dolores, recapi- 
tulaba Burr su aventurera vida pasada, solía decir que si de joven 
hubiera leído más á Sterne que á Voltaire, habría llegado á darse 
cuenta de que el mundo era bastante amplio para dos rivales ; 
pero tarde comprendió verdad tan palmaria, que de hacerlo en ho- 
ra propicia otra hubiera sido la suerte de ambos, y otro, tal vez, el 
giro que tomara la historia de México. 

Nació Aaron Burr en Newark, estado de New Jersey, el 6 de 
febrero de 1756; era hijo del Rev. Aaron Burr, teólogo eminente 
á quien se considera como fundador de la universidad de Prince- 
ton, y de Esther Edwards, hija de Jonathan Edwards, otro teólo- 
go, quizás el más grande que haya producido el nuevo mundo. 

2 



10 

Emparentado por todas las ramas con ministros y educadores fa- 
mosos por sus luces y su rectitud, Aaron Burr estaba inclinado á 
la iglesia y á la cátedra, con tanto más fundamento, cuanto que ya 
desde niño se anunciaba su aguda y precocísima comprensión. 

Pero si Aaron heredó el entendimiento de sus antecesores, no 
recibió asimismo sus tendencias sanas y pacíficas. Sólo contaba 
cuatro años de edad l cuando, por causa de un altercado con su 
profesor, se escapó de la casa y anduvo errante varios días; á los 
once estaba listo para matricularse en Princeton, donde se rehusa- 
ron á admitirlo por su extremada mocedad; Á los trece entraba á 
las clases de sophomore y se graduaba á los diez y seis. 

Su tío, Timoteo Edwards, en cuyo poder quedó por muerte de 
sus padres y abuelos, trató de hacerle abrazar la carrera de divine, 
en que tanto se habían señalado los suyos; pero en verdad que no 
podía haber nada más irracional ni infundado que tal deseo. El chi- 
co se extasiaba ya en la lectura de los enciclopedistas franceses 
que á la sazón privaban, y el viejo era, conforme nos lo pintan, 2 un 
riguroso ordenancista, un carácter forjado en frío y un rigidísimo 
teólogo puritano que más moraba en la sombra del Sinaí que en 
la dulzura, la luz, el amor y la compasión de la montaña de las 
bienaventuranzas. Pronto debía brotar el choque entre dos natu- 
ralezas tan opuestas; y en efecto, desgarrado Burr, como nuestros 
clásicos decían, de la casa de su pariente, se propuso seguir la ca- 
rrera del derecho, la ciencia de los hombres, ya que no era para 
él la ciencia de Dios, en que sus antecesores habían brillado. 

Apenas empezaba á tomar noticia de las Pandectas y la Insti- 
tuía, al lado de su hermano político, Tappan Reeve, cuando lo dis- 
trajo de tan pacífica ocupación el tronar de los cañones de Le- 
xington. Diez y nueve años tenía cuando empezó su carrera mi- 
litar, y era, desde entonces, en comer y beber, espartano, capaz de 
contentarse con dormir unas cuantas horas y de soportar sin pro- 
testa todas las fatigas físicas. De pronto y noble entendimiento, en 
plazo muy breve se asimiló todos los libros de la ciencia de la gue- 
rra; dotado de voluntad tenacísima, nadie mandaba en el ejército 
con más imperio que él; de natural exquisitamente bondadoso, sus 
soldados lo adoraban. Nunca supo Aaron Burr lo que era el mié- 
do; sus nervios no llegaron á estremecerse nunca, y á pesar de 
que se encontró frente á frente de las catástrofes más terribles 



1 Memoirs of Aaron Burr by Matthew L. Davis, vol. I, p. 25. 

2 The true Aaron Burr, by Charles Burr Todd., pag. 2. 



11 

de la historia americana, jamás llegó á perder la plena posesión 
de su persona, l 

Preparábase á la sazón la heroica aventura del Canadá, bajo la 
conducta del coronel Benedict Arnold, y Burr armó y equipó á sus 
expensas una compañía que bien menguada quedó en aquella ex- 
pedición, punto menos que fabulosa, en que por veintisiete días 
anduvieron los hazañosos americanos perdidos entre agrestes so- 
ledades, muertos de hambre y de frío, y obligados á comer hasta 
las correas de los zapatos y el cuero de las cartucheras. Murieron 
muchos, desertaron otros, enfermaron los más, y al fin la columna, 
que había salido fuerte de cosa de dos mil hombres, llegó á las co- 
lonias británicas reducida á menos de seiscientos. 

Había que llevar un mensaje al general Montgomery, y cuando 
se mostraban dudosos ó negativos los otros expedicionarios, Burr se 
propuso para el caso; disfrazado de sacerdote atravesó las doscien- 
tas millas que de la ciudad de Montreal distaba su campo y entregó 
el papel al general amigo. Tan complacido quedó éste, que hizo su 
ayudante á Burr con el grado de capitán. 

La tropa se encaminó contra Quebec, tratando de sorprender 
la guarnición; pero ésta pudo darse cuenta de lo que pasaba, dis- 
paró un cañón, y todos los de la sección de Montgomery cayeron 
difuntos, menos Burr y su guía. El joven ayudante, sin aturdirse, 
se echó en hombros al general muerto, y con él á cuestas cami- 
nó hasta depositar en campo amigo el cuerpo del malogrado jefe, 
con cuya vida acabó la esperanza de conquistar el Canadá para 
la Unión. 

Tan sonada fué aquella hazaña, que, pasados de ella muchos 
años, un ex-capellán de la heroica columna, que visitaba New- 
York, quiso hablar áBurr, que vivía en la gran ciudad, viejo, triste 
y enfermo. 

— No haga usted tal, le dijo su acompañante, que Aaron Burr 
está muy mal quisto y considerado por todos como traidor. 

—¿Traidor?— respondió el sacerdote. Nunca creeré que hayasido 
de madera de traidores aquel hombre tan esforzado y tan discre- 
to; debe de haber en esto alguna lamentable equivocación. Y des- 
cribió luego aquella noche de luna, aquel arrogante mozo portador 
de la más fúnebre carga, aquel caminar por las praderas cubier- 
tas de nieve, aquel recatarse de las balas de los ingleses, y aquel 
llegar al real americano y deponer en tierra con filial piedad los 
despojos mortales del héroe. 

1 Orth, Five american politicians, p. 21. 



12 

Cuando Burr volvió á su país, el general Washington lo colocó 
en su estado mayor; pero deseoso el joven de tener mando activo, 
renunció su puesto al lado del libertador, pasó á mandar las líneas 
de Westchester y á poco se casó con Teodosia Prevost, viuda de 
un general inglés y mujer en quien, por no ser rica, ni hermosa, ni 
joven, resaltaban más la portentosa cultura del entendimiento, la 
gracia exquisita de la conversación y la bondad nativa del espíritu. 
A su lado Burr fué dichoso por varios años, quedándole á la muer- 
te de la dama una sola hija, llamada Teodosia, como la madre, y 
marcada por la suerte, á semejanza de las mujeres de York, para 
tristes y trágicos destinos. 

Burr había ascendido á coronel; pero como no abrigaba idea 
muy elevada acerca de las capacidades militares del gran Was- 
hington, y éste no lo mirara con buenos ojos, renunció su puesto 
en el ejército y se dedicó á estudiar leyes. En seis meses quedó ca- 
paz para presentarse á solicitar el grado. Negáronse los doctores á 
admitirlo á examen, puesto que se necesitaban cuatro años de es- 
tudios; pero el altivo coronel respondió que ese tiempo, cabalmen- 
te, lo había empleado con más fruto que en leer «los cien mil libros 
de aquella ciencia enmarañada y torpe> sirviendo con las armas 
en la mano á su país, que en días de angustia y turbación lo había 
llamado á su defensa; que en cuanto á su habilidad, de ella podría 
juzgarse después de las pruebas. Fueron éstas tan rigurosas é in- 
trincadas como pudieron combinarlas los examinadores; pero el 
candidato salió avante, quedando licenciado como abogado en le- 
yes y admitido como consultor en el foro de la ciudad de Albany. 

No tardó en trasladarse á New York, donde de nuevo tropezó 
con Alejandro Hamilton, que acababa de dejar la carrera militar 
por causas idénticas á las de Aaron; pero que, á fuer de discre- 
to y precavido, en vez de granjearse la enemistad del gran hombre, 
haciéndole saber la opinión que de sus aptitudes se había formado, 
supo atraerse su favor consiguiendo que lo ayudara singularmente. 

Hamilton y Burr eran desde entonces rivales en el ejército, ri- 
vales en el foro, rivales en opiniones, y pronto debían ser también 
rivales en política. Y en verdad que pocas veces ha habido dos 
sujetos más contrapuestos y difíciles de amalgamarse . Hamilton 
era conciliador y discreto, conocía á maravilla el arte de vivir y 
estaba seguro de alcanzar un rápido encumbramiento. Hijo de un 
escocés ignorado, nacido en una islilla insignificante de las Indias 
occidentales, pobre y sin recursos, por aquellos tiempos estaba lla- 
mado ya á los puestos más elevados, pues acababa de contraer 
matrimonio con la bella hija del general Schuyler, jefe de una de 



13 

las dos familias que gobernaban políticamente el estado de New 
York; Burr casó con una viuda pobre que recibió de su marido «só- 
lo su limpia espada por herencia.» 

Elocuentes, lo eran ambos; pero la elocuencia de Burr era du- 
ra, concisa, punzante, sin distingos ni consideraciones, sin galas ni 
adornos: la de Hamilton era noble, reposada, llena de artificios re- 
tóricos y de elegantes y oblicuas figuras que hacían por extremo 
grato su discurso. Lo que Hamilton hablaba en dos horas, Burr lo 
destruía en unos cuantos minutos; pero sobre las ruinas que deja- 
ba Burr, Hamilton alzaba después un gallardo castillo que era en- 
canto de los ojos y alegría del entendimiento. 

En valor podían competir; pero el de Hamilton era reposado, 
razonador y reflexivo, mientras que el de su émulo era fogoso, ar- 
diente y capaz de atropellar por todo. 

La entrada de Burr en la política parece la de aquellos bisontes 
que Chateaubriand describe penetrando en la selva americana; en 
cuatro años pasó de simple abogado á rival de los hombres de es- 
tado más eminentes y á presunto sucesor de Washington; y sin 
estar enlazado con las familias reinantes, sin contar con servicios 
extraordinarios á su país y sin estar ligado con ninguno de los par- 
tidos que se disputaban el poder, alcanzó una fortuna política que 
todavía maravilla. 

No fué ésta, dice Orth, debida al prestigio de sus antecesores, 
nativos de Nueva Inglaterra, como pensaba John Adams; ni á bajas 
y tenebrosas maquinaciones, como llegó á escribir Hamilton ; ni á 
su reputación militar, como conjeturaba Jefferson; ni á suerte loca 
y temeraria, como vociferaba el inconsulto populacho. Su eleva- 
ción se debió á que Aaron Burr fué el primer político americano que 
comprendió la importancia de la organización compacta. Nada me- 
nos á Burr se atribuye el haber utilizado y puesto en pie de 
guerra la famosa organización de Tammany Hall, que todavía du- 
ra lozana y floreciente, valiéndose del influjo que ejercía sobre un 
tal Mooney, fundador del club. 

Senador durante seis años, pronto aspiró á gobernador de New 
York, el estado-imperio, cargo que era entonces tan codiciado como 
ahora, por su gran sueldo y por la representación que traía consigo. 
El famoso Wit Clinton ganó la elección; pero la habilidad que des- 
plegó Burr y las fuerzas de que hizo alarde, llamaron grandemente 
la atención de su rival más encarnizado, el coronel Alejandro Ha- 
milton. 

Lo cierto es que los turbios manejos de Aaron, tan distantes de 
los que hasta entonces se habían practicado en la política america- 



14 

na, empezaron á preocupar á todos, al grado que el mismo Hamü- 
ton escribió á Rufo King que consideraba «un deber de conciencia» 
(religious duty) entorpecer la carrera del terrible político. 

Del mismo parecer era Washington, pues en 1794, como un con- 
ventículo republicano le recomendase á Burr para desempeñar el 
puesto de ministro americano en París, el Presidente contestó con 
seguridad, que tenía como regla de su administración no designar 
para cargo importante á sujeto cuya inmaculada honradez no le 
constara. 

Cuando parecía inminente la guerra con Francia, Hamilton fué 
ascendido á general y nombrado para un puesto de peligro; Burr 
quedó desconocido é ignorado. Todavía más, el fundador de la 
Unión encargó al pueblo en su último mensaje, cabalmente redac- 
tado por Hamilton, que se cuidara de las organizaciones políticas 
secretas y de miras torcidas, aludiendo, de seguro, á los propósitos 
de Burr, y á hazañas suyas como la fundación del banco de Man- 
hatan, que parece cosa ideada conforme á los procedimientos vi- 
gentes hoy en los Estados Unidos. 

Cosas eran estas que debían ennardecer la lucha é inclinar á 
Burr al empleo de todos sus recursos; pero también Hamilton y sus 
amigos habían de mover los que poseían. Pintábase al partido fede- 
ralista como reunión de cínicos volterianos, ateos, jacobinos y per- 
vertidos, y á Burr como un Napoleón, un Catilina, un César, un 
enemigo de la libertad, en fin. El hábil intrigante fué propuesto 
como candidato para vice-presidente por la convención de Filadel- 
fia, en mayo de 1800; el país entero se conmovió; el día del escru- 
tinio, la asamblea de representantes decidió no separarse hasta que 
estuviera hecha la elección ; todos los diputados estaban presentes, 
los enfermos se habían hecho conducir en canapés ; uno que estaba 
á punto de muerte, era atendido por su mujer, y se comía y dormía 
en el local délas juntas. Al cabo de siete días, Jefferson resultó elec- 
to presidente y Burr vice-presidente. 

Nadie ha dirigido con más habilidad y talento que éste las ta- 
reas del senado de los Estados Unidos, ni se ha visto nunca un ma- 
gistrado más francamente pervertido, menos cuidadoso de las for- 
mas y más lleno de esa soltura agradable y fina que fué el distintivo 
de Burr durante su existencia. 

Uno de sus biógrafos l píntanoslo de pequeña estatura, pues 
apenas alcanzaba cinco pies seis pulgadas, delgado de complexión; 
erguido de cuerpo y clásica la apostura de la cabeza. La boca la 

1 Orth, op. cit M p. 25. 



15 

tenía grande, largas las narices, pequeñas las orejas, la frente an- 
cha en la base y angosta en el nacimiento, comunicándole este de- 
talle un aspecto muy particular al rostro. Sus ojos eran ardientes 
carbones, al grado que no hubo nadie que resistiera su mirada. Re- 
posado en su porte, lleno de aparente calma en su discurso, en sus 
hábitos sobrio, aquel sujeto privilegiado era á un tiempo mismo 
petimetre y erudito, ingenioso y reflexivo, benévolo y sin entrañas. 

En 1804 aspiró de nuevo al cargo de gobernador de Nueva York, 
pero de nuevo fué ruidosamente derrotado; la activa labor de Ha- 
milton traía resultados decisivos, y por consecuencia de ella ata- 
caban acerbamente á Burr los periódicos del partido demócrata, l 
El perdidoso, lleno de acedía, pidió á su rival explicaciones que éste 
le suministró amplísimas: había ido contra el político, no contra el 
hombre, y daba descargos tales y tan claros, que habrían sa- 
tisfecho al más desconten tizado. Pero Burr tenía sed de la sangre 
de su enemigo, y sin admitir réplica ni espera, precipitó las cosas 
hasta obtener un duelo á muerte. 

Años después, Burr contaba el caso al famoso Jeremías Bentham, 
y éste escribía en sus Memorias: 2 «Me habló de su duelo con Ha- 
milton ; estaba enteramente seguro de matarlo, por lo cual creo que 
el lance fué poco menos que un asesinato.» Y en efecto, Hamilton 
quedó gravemente herido y murió al día siguiente del encuentro; 
no sin declarar que tenía propósito de disparar su pistola al aire. 

Aquel homicidio fríamente premeditado, el inmenso valor de 
Hamilton. el poder de los enemigos de Burr, la privanza que el due- 
lo estaba adquiriendo en los Estados Unidos y que hacía temer 
á las gentes previsoras que llegara á propagarse tan terrible cala- 
midad, levantaron grita tan grande, que no falta quien crea que 
fué Burr quien murió en los collados de Wechawken, ó que por lo 
menos, hubo dos muertos después de la tremenda jornada. 

Es verdaderamente curioso el saber que, si Burr y Hamilton 
fueron rivales en política, rivales en el foro y rivales en el cam- 
po de honor, fueron también rivales en una empresa colosal y 
que pensaron había de inmortalizar sus sendos nombres: la conquis- 
ta de la América Española. Se lee en Life of Alexander Hamilton, 
libro escrito por el hijo del biografiado, John C. Hamilton, á páginas 
217 del tomo VII: «Había entonces una empresa digna de un hombre 
de las más elevadas aspiraciones: emancipar á la América Española 

1 Como muestra de los ataques que en esos días se estilaban, véase la 
curiosísima pieza The Battle of Muskingiim, or defeat of the Burrües. 
2 Citado por James Parton, The Ufe and time of Aaron Burr, vol. II, p. 170. 



16 

de un cetro colonial, teórica y prácticamente el más pesado de la tie- 
rra; capacitar á las numerosas poblaciones que la forman para es- 
tablecer gobiernos de tendencias moderadas y adecuados á sus 
condiciones; abrir al mundo un comercio importantísimo, postrado 
por un monopolio opresor; apartar, una vez por todas, el único pe- 
ligro serio á que estaba expuesta la Unión americana, la división . 
del enorme territorio que se encontraba al sur de sus límites; cor- 
tar, como Hamilton decía, el nudo gordiano de los grandes desti- 
nos déla nación; parar el progreso de las doctrinas revolucionarias, 
que Francia propagaba á la sazón en aquellas regiones, y unir el he- 
misferio americano en una gran sociedad de intereses y de princi- 
pios comunes, contra la corrupción, los vicios y las teorías nuevas 
de Europa; todos estos eran temas dignos del genio más grande, y 
Hamilton palpó claramente la importancia del movimiento. Creía 
que la empresa era de fácil realización, y que para llevarla á tér 
mino serían suficientes diez mil hombres ayudados por los natura- 
les oprimidos y por una marina competente. Esa fuerza habría 
bastado (así lo esperaba confiadamente), para que su nombre se 
designara por la posteridad agradecida con el título de Libertador 
de la América Española.» 



II 

En ejercicio de su cargo de vice-presidente de la república, Burr 
siguió presidiendo el senado, tocándole participar en el jurado del 
juez Chace, acusado de prevaricato y falta á sus deberes oficiales, 
y ora porque le corriera prisa de salir lo más pronto posible en 
busca de la aventura que tenía premeditada, ora porque le llega- 
ran al alma las manifestaciones de desagrado que le hacían sus 
conciudadanos de New York y New Jersey, l ello es que el sábado 
dos de marzo de 1806 se despidió de sus colegas los senadores y 
renunció su encargo, pronunciando en la ocasión un discurso tan elo- 
cuente, que El Federalista de Washington escribió que «laasam- 

1 Carta de Burr á su yerno Joseph Alston, fecha 22 de marzo de 1805. 
Habla en ella con dolorosa ironía de que en New York se le había declarado 
exento de los derechos de ciudadanía y de que sus paisanos de New Jersey 
trataban de ahorcarlo en efigie. 



17 

blea entera había Horado, no siendo poderosos los senadores para 
reprimir sus lágrimas, pues más de media hora transcurrió antes 
de que llegaran á recobrarse lo necesario para poder elegir un 
vice-presidente temporal.» 

Burr parecía muerto políticamente; pero él creyó que aquel 
letargo no era sino el preludio de una nueva v*ida, y satisfecho y 
seguro salió para el oeste con la intención aparente de pasar allá 
la primavera, pero, en definitiva, resuelto á intentar la conquista de 
México. 

Este pensamiento ciertamente que no era nuevo para Burr: 
por el año de 1796, l siendo John Jay gobernador de New York, el 
coronel Burr tuvo con él ciertas pláticas reservadas acerca de tal 
asunto. Burr expresó en aquellas ocasiones su opinión sobre la 
América española, que, en su concepto, podría ser fácilmente ocu- 
pada después de introducirse en ella la propaganda revolucionaria. 
Contestó Jay que precisamente lo atrevido de la idea podía ser 
parte para el logro completo de ella, pues en verdad que no le pa- 
recía impracticable; y desde entonces, hasta 1805, el ambicioso Burr 
no dejó un instante de pensar en la manera de llevar á cabo pro- 
pósito tan arriesgado como peregrino. 

Y en verdad que las circunstancias eran como mandadas hacer 
para la realización del intento: los Estados Unidos acababan de ad- 
quirir la Luisiana, y aquel traspaso, que señaló especialmente la 
administración de Jeff erson, aumentó, si cabe, en los hombres del 
oeste, que se sentían más que nunca impulsados por su prurito de 
aventuras, el afán de poseer tierras. Y como si quisiera azuzar- 
los, impacientándolos, España dictaba cada día disposiciones más 
y más restrictivas en lo que á sus dominios tocaba. En 9 de enero 
de 1804 el comandante general de las Provincias Internas, don Ne- 
mesio Salcedo, ordenaba al gobernador don Antonio Cordero que 
no permitiera á persona nacida la entrada á Nueva España, pues 
los emigrantes sólo llevaban por objeto maquinar contra los domi- 
nios de S. M. C. 2 El mismo Salcedo llegó á tal extremo, que en oc- 

1 Davis, Afemoirs of Aaron Burr, tom. II, cap. XX, p. 376. 

2 The Aaron Burr Conspiracy by Walter Flavius Me. Caleb, exquisi- 
to estudio que está basado en datos irrecusables y en íuentes antes no explo- 
tadas, y que me ha servido en gran manera para el conocimiento de lo que 
constituye la verdadera conjuración de Burr y sus trabajos respecto á México. 
Puede asegurarse con verdad, que antes del libro del Dr. Me. Caleb, todo era 
tinieblas y confusión en esta materia, y que las ha venido á disipar el erudi- 
tísimo trabajo del historiador. A menudo citaré á Mr. Me. Caleb, pues difícil 
sería decir las cosas con más tino y con más doctrina que los que él emplea. 

3 



18 

tubre de 1805 se quejó á Iturrigaray contra la expedición de Le- 
wis y Clark, que socapa, decía Salcedo, de descubrir las fuentes 
del Missouri, trataba en realidad de soliviantar á los indios alia- 
dos del Rey. 1 

En concepto de los empleados españoles, los Estados Unidos 
sólo se ocupaban en sustraer las naciones indias de la dependen- 
cia de España; para cuyo efecto fortificarían pronto el puerto de 
Natchitoches, hallándose ya en ese lugar las compañías americanas 
que se esperaban para guarnición. 2 

Empeoró las cosas, si cabe, la ruptura de las negociaciones in- 
tentadas por los americanos para fijar los límites de la Luisiana 
conforme á sus ideas. En 24 de mayo de 1806 Fray Francisco Gil co- 
municaba á Iturrrigaray que tomara todas las disposiciones nece- 
sarias para evitar cualquier atentado por parte de los americanos 
«pues han ya sido recibidos en audiencia de despedida los dos 
plenipotenciarios americanos, don Jaime Monroe y Mr. Pinkney.» 3 

Más cundió la alarma al saberse que comisionados del Gobier- 
no de Washington habían hecho interrogar á los habitantes de 
Natchitotches acerca de si podían contar con ellos en el caso de una 
guerra contra España. En el mismo despacho se daba cuenta de 
la salida de una expedición de veinte hombres destinada á abrir 
un camino hasta el Illinois; expedición que se pensaba aumentar 
hasta el número de mil exploradores, que ganarían tres pesos dia- 
rios cada uno. 4 

Las incursiones hacia el oeste desconocido iban creciendo en 
número é importancia. Irujo comunicaba que la comisión nombra- 
da por el gobierno americano para explorar el Missouri había lle- 
gado á esta (¿Washington?) en noviembre de 1806 «atravesando por 
tierra 340 millas desde las márgenes de dicho río, habiendo vuelto 
á embarcarse en otro llamado Koskooske, brazo del Columbia, ba- 
jando todo este afluente y reconociendo el Océano Pacífico hasta 
la desembocadura.» 

El marqués proponía que se formaran establecimientos en las 
márgenes del Columbia, «pues mucho abunda la caza en tales terri- 
torios y pueden exportarse las pieles á Filipinas, á cuyo efecto los 



1 Ib., pág. 12. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas. Tomo 239, pp. 66 y 72. 

3 M. SS. Archivo Nacional. Reales cédulas. Tomo 195, pza. núm. 137, 
p. 284. 

4 M. SS. Archivo Nacional. Cordero á Salcedo, Bexar, 23 de noviem- 
bre de 1805. Provincias internas, tomo 239, pp. 74 y 76. 



19 

naturales de estas islas ó la Compañía Mercantil organizarán el 
comercio con los naturales.» l 

Los americanos se internaban en dominios españoles recono- 
ciendo el curso del Colorado hasta su origen, y los subditos de 
Carlos IV se limitaban A «patrullar el terreno en question para. ... 
impedir que se hagan establecimientos en él.» 2 

Hacía pública propaganda de sus doctrinas una junta llamada 
Mexican Association 6 Spanish Associaíion, la cual, con el pretex- 
to de obtener datos y noticias aceróa de las cosas del sur de los 
Estados Unidos, en realidad se ocupaba en dar á conocer las ideas 
nuevas entre los colonos españoles. 

Cierto que se había obtenido la cesión de Luisiana y que con 
eso había terminado por el momento la causa de cualquier dispu- 
ta, pero ¿cuáles eran, por el oriente, los límites de la provincia que 
había enajenado Napoleón? ¿Llegaban á Iverbille ó al Perdido? 
¿Y por el oeste? ¿Se debía entender que el lindero se extendía has- 
ta el Arroyo Hondo, hasta el Sabina ó hasta el Río Grande? 3 

Mas á donde quiera que llegaran tales aledaños, había otra causa 
para que los occidentales consideraran la obra incompleta: los abo- 
rrecidos dones poseían casi todo el curso del Padre de las Aguas, 
los barcos de la gente del oeste no podían, sin pagar onerosísimas 
gabelas, pasar del límite que habían marcado los poseedores del gran 
río, y no era posible consentir, sin mengua de la honra, dejar tierras 
fértiles y enormes fuentes de riqueza en manos que no habían de 
explotarlas. « Estos republicanos, escribía en enero de 1805 á Itu- 
rrigaray el obispo del Nuevo Reino de León, se consideran due- 
ños de toda la tierra hasta el Río Grande. » 

Y la verdad es que ni estaba el virreinato apercibido para la de- 
fensa, y que en México no se conocía siquiera la extensión de los 
recursos de que, en caso ofrecido, podían disponer los enemigos. 
Hombres determinados, valientes, hechos á todas las fatigas, cono- 
cedores del terreno, filibusteros sin escrúpulos y capaces de aco- 
meter las más locas empresas con tal que para ejecutarlas sólo se 
requirieran arrestos, bríos y perseverancia, aquellos pionieers no 
habían de prescindir fácilmente de su empeño, que se complacían 
en cubrir con colorido humanitario y civilizador. 

« Si sobreviene una guerra, escribía Bradf ord, el director de la 



1 M. SS. Archivo Nacional. Iturrigaray á Cevallos, 20 de enero de 1807. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Cevallos, por acuerdo de Godoy, el prínci- 
pe generalísimo, 24 de marzo de 1807. 

3 Me. Caleb, p. 10. 



20 

Orleans Gazzete (24 de mayo de 1805), si sobreviene una guerra, 
España tiene todas las probabilidades de perderla y ninguna de 
ganar .... Por el oeste caerán en nuestras manos las Floridas, y 
por el suroeste Nuevo México con sus incontables riquezas: no tie- 
nen, en verdad, manera de oponerse á la invasión Nos dará esta 

guerra la llave de la parte sur del continente; y los soldados de 
la libertad, movidos por el fuego del 76 y por el genio de Washing- 
ton, marcharán al combate, no para traer botín, sino para vengar 
los agravios hechos á su país y dar libertad á un nuevo mundo. 
La sangre inocente de los naturales, que tan pródigamente de- 
rramaron los crudelísimos Cortés y Pizarro, clama venganza to- 
davía, y por ella desenvainarán la espada homicida los descen- 
dientes de Moctezuma y de Manco Capac tan pronto como se 

acerque el ejército salvador De este modo, bastarán diez y 

ocho meses para que dos continentes queden sujetos al dominio 
de nuestras leyes.» 

Al leer esto, se ocurre preguntar por qué tan generosas dispo- 
siciones no se aplicaban á la emancipación de los pobres negros, 
que estaban á la vista de los declamadores, y que quizás eran pro- 
piedad de los que tan generosamente deseaban libertar á gentes 
que nada les tocaban: hay que sospechar que esa filantropía sólo 
era el tapujo de apetitos menos puros y altruistas, ó que, por lo 
menos, como escribe el discreto Me. Caleb, estaba mezclada en 
gran proporción con la concupiscencia de adquirir lo que poseía 
un soberano cuyas posesiones se codiciaban. 

Cuando Burr llegó á Nueva Orleans, su situación era muy dis- 
tinta que en el este. Mirábasele allí como al duelista afortunado, 
como el héroe de cien combates sangrientos y de cien luchas amo- 
rosas, como el político hábil y osado que se había opuesto brava- 
mente á los hombres de la situación, y como el abogado diestro en 
las artimañas legales y en los recursos de la curia. Recíbesele 
con los brazos abiertos, danse comidas y fiestas en su honor y en 
ellas se habla sin recato de la salvación de la gente de raza espa- 
ñola del yugo ominoso que la oprimía. 

Trescientos eran al menos, los miembros de la Asociación mexi- 
cana; pero la ciudad entera, según dice el historiador Adams, sim- 
patizaba con los conjurados y sin reserva se ponía de su parte; el 
secreto de la conquista de México no sólo se escribía en los pape- 
les públicos, sino que andaba en todas las bocas considerándose la 
cosa más sencilla y natural del mundo. 

Pertenecían ala Asociación John Walkins, jefe político de Nue- 
va Orleans, y James Workman, magistrado del Tribunal. Daniel 



21 

Clark conocía el proyecto en todos sus pormenores y se había com- 
prometido á anticipar cincuenta mil pesos para el logro de la 
obra, l 

Este mismo Clark había estado en México en dos ocasiones dis- 
tintas, celebrando conferencias con los oficiales de los regimien- 
tos de Nueva España y obteniendo la seguridad de la cooperación 
de éstos. También se había consultado al obispo católico de Nue- 
va Orleans, y estaba listo para promover lo que fuera necesario. 
S. S. Urna, designó á tres sacerdotes jesuítas como agentes muy 
apropiados para el trabajo, y se les empleó conforme á lo propues- 
to. El obispo era hombre muy culto é inteligente, había vivido en 
México y solía hablar con suma libertad del disgusto que reinaba 
entre el clero hispano americano. 

De paso diré que era condición indispensable para la ayuda de 
los clérigos, que no se había de causar molestia ninguna á los insti- 
tutos religiosos. También estaba en el secreto Madame Javier Ta- 
rejón, superiora del convento de Ursulinas de Nueva Orleans, que 
mandó á México algunas monjas de su religión. A reserva de las 
decisiones que se tomaron posteriormente, el desembarco debía 
efectuarse en Tampico. 2 

Ya Burr tenía noticias de la mala voluntad de los clérigos ha- 
cia el gobierno, y ya sabía que si les conservaba intactas sus po- 
sesiones, los sacerdotes quedarían neutrales. Contaba, además, el 
nuevo Cortés, con las promesas de ciertos jefes de milicias españo- 
las, para unírsele en masaban pronto como apareciera en Texas, 
al frente de un regular cuerpo de tropas. 3 

Esta participación de los eclesiásticos en el movimiento, no de- 
be de haber sido mera invención de Burr. En 12 de mayo de 1906. 
el intendente Morales escribía desde Panzacola al virrey Iturriga- 
ray: «Existe en Nueva Orleans un grupo considerable cuyo fin es 
revolucionar el reino de México; y en verdad que las condiciones 
de la frontera se prestan á maravilla para tal intento.» Hace sa- 
ber luego que tenía noticias fidedignas de que se propagaba la re- 
volución por medio de escritos y emisarios que circulaban de un 
extremo á otro del país. Había en el complot muchos eclesiásticos, 
y muchos subditos habían sido ganados á las nuevas ideas. 4 Burr 
aseguraba que podía contar con muchos amigos en territorio es- 



1 Da vis, Memoirs of Aaron Burr, II, p. 381-382. 

2 Davis, Memoirs of Aaron Burr, loe. cit. 

3 Parton, Life of Aaron Burr, II, p. 58, 59. 

4 Me. Caleb, op. cit., p. 64. 



22 

pañol; que no menos de dos mil sacerdotes católicos estaban en el 
secreto y que á ellos se unirían todos los paniaguados de éstos, l 

Los recursos de Burr eran muy escasos: ciento treinta hom- 
bres, según el autor de las Memorias, pero tenía la seguridad de 
aumentarlos en proporción grandísima aprovechándose del entu- 
siasmo reinante. El general Andrew Jackson se había ofrecido á 
reunírsele, acompañándolo con toda su división; « Adair no iría en 
persona, pero alistaría un respetable contingente.» 2 Se le habían 
incorporado también veintisiete jóvenes de las principales familias 
de Pittsburg, algunos de ellos con el consentimiento de sus padres 
y debido á la influencia del general Neville. 3 Miles de aventure- 
ros estaban prontos á alistarse bajo las banderas del jefe popular 

El pretexto ostensible para empezarla aventura filibustera con- 
sistía en lo siguiente: el gobierno español había donado un millón 
doscientos mil acres de tierra en la Washita ó Cuachita, región si- 
tuada en la parte sur de Oklahoma, regada por el río de su nom- 
bre y capaz de comunicarse fácilmente con el Mississippi. El coro- 
nel Lynch había comprado las seis décimas partes de la concesión 
en cantidad de cien mil pesos, que no había podido pagar íntegra- 
mente, si bien la tierra estaba poblándose ya con rapidez. La mi- 
tad de los derechos de Lynch pasó á Burr por cincuenta mil pe- 
sos, de los cuales no había dado el adquirente más que cinco mil 
pesos al contado, si bien interesando en el asunto á muchos de sus 
amigos y partidarios, de los mismos que Hamilton llamaba mirmi- 
dones de Burr. 4 

El astuto coronel pensó que la situación de su heredad lo favo- 
recía en extremo para su proyectada conquista, pues no sólo podía 
servirle de refugio en caso de un descalabro, sino aprovecharle 
grandemente para intentar un golpe de mano contra México, y para 
justificar la actitud de colonizador que pensaba asumir, pues la con- 
cesión avecindaba Kansas, Colorado, el Territorio indio, Nuevo 
México y Texas. 

1 Me. Caleb, op. cit, p. 90. 

2 Jenkinson, Aaron Burr, p. 350. 

3 Me. Caleb, op. cit, p. 81. 

4 Davis, Memoirs of Burr, II, p. 380. 



23 



III 



Pero no se limitó la diligencia de Burr á procurarse amigos y 
valedores que le ayudaran con su persona ó con su dinero; recu- 
rrió, además, á otro arbitrio que se le figuró el más agudo y dis- 
creto que podía pensar conspirador alguno, y fué hacer que lo 
ayudaran á su empresa y la costearan con su dinero los mismos 
que iban á ser perjudicados con ella. 

En 29 de marzo de 1805 l decía á Lord Harrowby el ministro 
inglés, Antony Merry, acreditado ante el gobierno de los Estados 

Unidos: «Mr. Burr me ha asegurado que los habitantes de la 

Luisiana parecen dispuestos á independerse de los Estados Unidos, 
y que sólo se han detenido en la ejecución de su buen deseo por 
la dificultad de obtener de alguna potencia extranjera la ayuda 
que han menester á fin de concertarse con los demás vecinos 
de los estados occidentales, que deben, al cabo, de tener algún in- 
flujo sobre ellos por causa de los ríos que los comunican con el 

Mississippi Mr. Burr me ha asegurado que no obstante 

que casi todos los habitantes de la Luisiana son de origen francés 

ó español por clarísimas razones prefieren la ayuda de la 

Gran Bretaña á la de Francia; pero que si el gobierno de S. M. no 
juzga conveniente escuchar su propuesta, se dirigirán á Francia, 
la cual, por circunstancias especiales que se reservan, estará pron- 
ta á auxiliarlos del modo más cabal » 

Continúa el ministro dando á conocer la buena voluntad de 
Burr para enviar, si es preciso, comisionado suficientemente ins- 
truido que trate el asunto en Londres, y declara así la parte subs- 
tancial de las propuestas. 2 «Por lo que á auxilio militar se re- 
fiere, dice que les bastarán dos ó tres fragatas é igual número de 
navios pequeños que se estacionen en la desembocadura del Mis- 
sissippi para impedir los bloqueen las fuerzas que envían los Esta- 
dos Unidos, y para mantener expeditas las comunicaciones con 
el Océano. Es todo lo que necesitan. Por lo que á dineros se 



1 Me. Caleb, op. cit., p. 20. 

2 Me. Caleb, op. cit., p. 23. 



24 

refiere, les sobraría con un préstamo de cien mil libras para los 
primeros gastos de la empresa, si bien todavía no pueden hablar 
con absoluta seguridad tocante á esta espinosa materia.» 

Por lo que hace á la manera de arbitrarse los fondos, el desen- 
fadado coronel sugiere una que se le figura excelente: los Estados 
Unidos tienen que enviar á Inglaterra doscientas mil libras en el 
mes de julio inmediato; bastaría con que la mitad de esa suma se 
aplicara á obra de tan perentoria utilidad como la propuesta, y na- 
die podría darse cata de la ayuda que había prestado la madre 
patria á los insurrectos del oeste. 

Lisonjeaba á la Gran Bretaña nada menos que con la especta- 
tiva de que, una vez separada Luisiana y realizada la independen- 
cia de los estados del oeste, los del este se segregarían sin tardanza 
de los del sur, «quedando de este modo destruida virtualmente la 
inmensa potencia que ahora empieza á levantarse en el hemisferio 
occidental.» l 

Por último, á punto de salir Merry de Washington 2 recibe la 
visita de Burr, quien vuelve á insistir en su empresa amenazando 
con cederles la gloria y los provechos que resultaran, á Francia, á 
España ó á ambas; pero si ni ellas aceptaban, la obra se ejecuta- 
ría sin auxilio extraño y en plazo brevísimo. 

Mas como si no bastara aquella intriga, Burr imaginó otra 
que se le figuró todavía más aguda y sutil que la que le había ser- 
vido para el ministro inglés: se había enviado á Nueva España 
una comisión que llevaba consigo instrumentos geográficos desti- 
nados á observaciones, se habían solicitado pasaportes para dife- 
rentes individuos, y lo que era más grave, en periódicos y conver- 
saciones se hablaba sin recato de la expedición filibustera que ha- 
bía de encabezar el revoltoso coronel. 

Por de pronto la aventura le parece quimérica y ridicula al mi- 
nistro español, marqués de Casa Irujo: se trataba solamente, se- 
gún comunicaba este diplomático al ministro Cevallos en 5 de 
agosto de 1805, de explotar el candor del ministro inglés. 3 Pero 
por los fines de ese año visitó en Filadelf ia al marqués el ex-sena- 
dor Johnatan Dayton, gran amigo y conmilitón de Burr. 4 Empezó 
por inquirir si resultaría pesado para S. M. C. galardonar con 
treinta ó cuarenta mil duros á quien le llevara noticias ciertas 
acerca de las cosas que tramaban los enemigos del nombre espa- 



1 Me. Caleb, op. cit., p. 48. 

2 Me. Caleb, op. cit, p. 69, 70. 

3 Me. Caleb, op. cit., p. 39. 

4 Me. Caleb, op. cit., p. 54. 



25 

ñol en América. Irujo aseguró que su amo era liberal y que el de- 
nunciante podía abrírsele confiadamente, seguro de una buena re- 
compensa. Dayton habló entonces del propósito de separar de la 
Unión los estados del oeste y de invadir las Floridas y el reino de 
la Nueva España, mediante el auxilio que en dinero y barcos 
proporcionara Inglaterra. El alzamiento estallaría en febrero ó 
marzo de 1806, y el gobierno americano ni tenía noticias de los 
acontecimientos, ni podía impedirlos, dada su falta de recursos. 

Exageró Dayton los de Burr, dijo que la costa de Panuco esta- 
ba designada para el desembarco, y aseguró que eran muchos los 
parciales con que los filibusteros contaban en Texas, á donde man- 
daban constantemente emisarios que los tuvieran al tanto de las no- 
vedades del virreinato. 

Irujo no echó en saco roto las noticias de Dayton y pensó en 
aprovechar su oficiosidad de delincuente honrado, como le llama 
en sus despachos; pero á poco el intrigante, de seguro asesorado 
por Burr, cambió de táctica y convino en que el jefe de la conspira- 
ción lo había facultado para decirle que España no tenía que afli- 
girse por sus colonias: al contrario, podía creer en la sincera y 
cordial amistad de los separatistas; en lo relativo á límites, todo se 
arreglaría á placer del gobierno de Carlos IV; y en lo que á las 
Floridas tocaba, las cosas no sufrirían mudanza, pues aparte que 
Burr y los suyos deseaban la amistad de España, á sus intereses 
convenía que una potencia extraña tuviera posesiones en los es- 
tados del oeste y los de la costa atlántica, i 

Irujo consideraba excelente la oportunidad que se presentaba 
de destruir el poder «colosal que se desarrollaba, como quien dice, 
á la puerta délas más preciosas é importantes colonias» españolas 
y urgía porque se facilitara á Burr el auxilio que pedía, pues In- 
glaterra ó Francia podían ganarle á España por la mano. Y tanta 
era la ceguera del torpísimo diplomático, que todavía en noviem- 
bre de 1806, 2 cuando era de pública notoriedad que la expedición 
conquistadora debía tomar tierra en Veracruz, 3 escribía confiada- 
mente á Cevallos (noviembre 7 de 1806), que sólo se trataba de 
independer varios estados y formar una república del oeste con 
Burr á la cabeza; por lo cual bate palmas, advirtiendo que sólo por 
un exceso de precaución había indicado algunas medidas de cui- 
dado al gobernador Folch, de la Florida occidental. 



1 Me. Caleb, op. cit, p. 60. 

2 Me. Caleb, op. cit., p. 92. 

3 Me. Caleb, op. cit., p. 86. 



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h. :er _n. - - rxr _ - r m c;-t~?. Méxzc i. y iún eve~: — rúente apode- 

e~ e-~ta:: Je £ -¿.s que se premiar, est^b e\irr allí, y arraer á sus 
-i n: tís tiJ.-s lis rrsrírt-s inquiets y ¿rtb"¿::sos Je este país 
- -c /t' ::i r- 2^:;*;: p r la perspectiva Je las ntiniis de Méxi- 
. : : i::rrr:í tan:? en í la Oírte haíra sabi J i que el c ironel Burr 
n: -=./- se h^ v « I:rí¿rJ> al Ministre ic^Irs en s*:":c-tud Je que 
-su i irte ar-:yase este plan, sin > que había envíaJí- también un 
: ¿ ~n:e á Lcn Ir-rs p--ra rr". rr/sm :■ •- b^et •. E* G- berr :• Infles no en- 
:rS en es^s ie-is, y '. is c ■VuraJi-s se virrz-n precisadas á limitar 
;:.s s-v^s ^ p'.-r: priniírívo Je la enkocipaclors Je "c-s Esuiuos del 
O.-te. Q~L~¿- ? - r *-& muerte Je Pit: se íirn:.'- en Ir^aterra una 
nueva AJm jr_ entiendo que Burr había rer. -vad - sus propuestas 
: aq--". Gabinete. Qual haya s:J> o st-a e*. -.b^eco Je este. último 
z ■ ^> ^ e es enteramente deseos :oIJo. >*i lo s: se me aseguró confi- 
JencÍL'mente que el coronel Burr había abanJonaJo "as ideas de 
esta> expedkí .n-s. y que su objeto estaba concentrado en la re- 
-.^u.i'in -S >*s?:z- :<r.jn Je \*j$ Estados ce! Oeste Para este efecto 
p.rro Je aquí :\ pr"nc:p:os de Asrosto u":;m-j y supe que antes de 
su partida h:ib:a organizado en parte los medios que debían ser- 
virle para executar y c- »nso!idar su empresa, deponiendo secreta- 
mente un acopio de Armas, víveres y otros efect >s Je esta natu- 
raleza, como igualmente el enganche de aventureros en varios 
estados qur deben unírsele en Marieta en t-j Jo e" mes deDiziembre. 
L:¡^ diligencias que ha practicado desde que se halla en los esta- 
dos de! Oeste á fin de preparar los medios de excutar su plan exi- 

1 Mr. Cal^b. op. ciu p. o& 



27 

taron la atención de este gobierno, rezeloso ya de sus intenciones, 
asi por avisos anteriores que había recevido, como por las sospe- 
chas que excitaban los movimientos del Coronel Burr.» l 



IV 



Estas diligencias eran, por decirlo así, exuberancias del genio 
maleante de Burr, muestra de su deseo de llevar A cabo una intri- 
ga artística, un bellissimo inganno á la italiana; la parte sustan- 
cial de la empresa estaba vinculada en el cumplimiento de tres 
condiciones que parecían de segura realización: 

La ayuda del general James Wilkinson. 

La guerra con España. 

La complicidad del gobierno de los Estados Unidos. 

Wilkinson había sido nombrado gobernador del territorio de 
Orleans, recién adquirido. Según Burr, era Wilkinson quien había 
concebido primero la idea de la conquista de México; según Wil- 
kinson, 2 que en toda esta intriga se reveló el más hábil y afortu- 
nado de todos los picaros que en ella tomaron parte, había conocido 
á Burr en la época en que éste servía lealmente á su país y ejecuta- 
do las hazañas que lo hicieron tan famoso; siendo aquél vicepresi- 
dente de la república, le indicó la conveniencia de escribirle en clave 
y él aceptó figurándose que se trataba de cosas del servicio; pero 
tan pronto como llegaron á su poder cartas enigmáticas, alarman- 
tes y comprometedoras, Wilkinson, sin vacilar, había delatado el 
movimiento al presidente de la república. 

Burr dice lo contrario: uno de sus más ardientes partidarios era 
Wilkinson, 3 quien á la hora que se proclamara la guerra contra 
España estaba pronto á salir con seiscientos veteranos que tenía 
listos, yendo Burr á su zaga con la gente colecticia que alcanzara 
á reunir. 

Wilkinson negó constantemente su culpabilidad; pero fueron 
tales las pruebas que en su contra se acumularon, sobre todo en el 



1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 230, exp. 30, p. 404. 

2 Wilkinson. Memoirs of tny own-times, t. II, caps. VIII, IX y X, passim. 

3 Da vis, Memoirs of Burr, n, p. 380. 



28 

virulento alegato de Daniel Clark, Proofs on the corruption of Ge- 
neral James Wilkinson, y frescamente por el Dr.Mc. Caleb, que ya 
no debe caber duda de la duplicidad del gobernador de Luisiana. 

La guerra con España era cosa segura para Burr y sus ami- 
gos, i Parton dice que «todos los milicianos se ocupaban en hacer 
sus aprestos y se hallaban prontos para cuando se les llamara al 
campo.» En un banquete público que en Nashville se dio en sep- 
tiembre de 1806, Jackson desarrolló el viejo tema de brindis: «mi- 
llones para la defensa; ni un maravedí para tributo.» El mismo 
Jackson lanzó, en octubre de 1807, una proclama en que luego de 
hablar de la amenazante actitud de los españoles, « acampados ya 
dentro de los límites de nuestro territorio,» pedía que la tropa es- 
tuviera lista para cumplir con su obligación. 

De acuerdo con ese belicoso temperamento, Jefferson expidió 
una proclama (3 de diciembre de 1805) que rezaba así: «No han te- 
nido resultado satisfactorio las negociaciones que con España ini- 
ciamos para el arreglo de las mutuas diferencias. Se rehusa aque- 
lla potencia á satisfacer perjuicios sufridos por nosotros durante 
la pasada guerra, de los cuales, por cierto, se ha confesado respon- 
sable, á no ser en circunstancias tales que afectan otras reclama- 
ciones que no están en modo alguno ligadas con aquéllas. Mas aún, 
ha aplicado prácticas idénticas á la guerra actual ; por cierto que 
los daños llegan ya á una suma crecida. Nuestro comercio que tran- 
sita por el Mobila continúa obstruido por gabelas arbitrarias y ve- 
jatorias inspecciones, y no se ha accedido á nuestra propuesta de 
ajustar legalmente los límites de Luisiana. 

«Mientras las cosas se ponen en claro, hemos evitado tomar 
violentamente posesión de nuestros puestos en los territorios dis- 
putados, pensando que la otra potencia contendiente no nos obli- 
garía á hacer un ejemplar empeñando conflictos de autoridad cuya 
terminación no se puede fácilmente preveer. Pero como no ha sido 
así, razón nos asiste para disminuir nuestra confianza. Se han he- 
cho incursiones dentro del territorio de Orleans y Mississippi, se ha 
capturado á nuestros ciudadanos arrebatándoles su propiedad en 
los mismos lugares que España había abandonado, é interviniendo 
para perpetrar tal abuso soldados y dependientes de aquel gobier- 
no. Por eso al fin he creído necesario ordenar á las tropas que 
guarnecen la frontera, que estén prontas para proteger á nuestros 
nacionales y para repeler con las armas cualesquiera agresiones 
en lo futuro » 

1 Me. Caleb, op. cit., p. 81 y sig. 



29 

Seguía hablando de los agravios, confesaba que muchos de ellos 
podían arreglarse por amistosos convenios, pero que, en cambio 
«algunos no tenían más solución que la fuerza;» mencionaba las 
fortificaciones, artillería y demás preparativos que estaban pen- 
dientes y concluía por tratar del levantamiento de un ejército de 
300,000 soldados, compuesto principalmente de mozos entre los 
diez y ocho y los veintiséis, l 

La famosa Orleans Gassette, cjue llevaba siempre la voz de aquel 
absorbente jingoísmo, decía en 23 de septiembre de 1806: «He- 
mos sabido con gusto que al fin ha resuelto el gobierno rechazar 
por l,a fuerza las agresiones de nuestros enemigos: en verdad que 
los hemos tolerado más de lo que puede exigirse al humano sufri- 
miento El periodista se las prometía felices, asegurando 

no sólo el vencimiento de los españoles, sino la necesidad de perse- 
guirlos por largo trecho; y continuaba: «Confiadamente podemos 
esperar que nuestro presidente, que tanta parte tuvo en la inde- 
pendencia de los Estados Unidos, acogerá presuroso y satisfecho 
la propicia oportunidad que se le presenta de otorgar á nuestros 
oprimidos hermanos de México los bienes inestimables de la li- 
bertad que nosotros gozamos Esta es la ocasión de distin- 
guiros, bizarros luisianeses Si los esfuerzos generosos de 

nuestro gobierno se logran cumplidamente, qué envidiable va á 
ser la situación de Nueva Orleans. Siendo el depósito de los in- 
contables tesoros del sur y de la inagotable fertilidad de los estados 
del oeste, pronto rivalizaremos con las ciudades más opulentas del 
mundo.» 

Que el gobierno de los Estados Unidos no vería con malos ojos 
el auxilio que le prestaran voluntarios animosos y que nada le cos- 
taran, se cae de su peso; pero cuando la combinación estaba en sa- 
zón y á punto de lograrse la desgració un hecho impensado. 

Los españoles estaban acampados en Nacogdoches bajo las ór- 
denes de don Antonio Cordero; 2 cuatrocientos hombres más, que 
mandaba don Simón de Herrera, se hallaban en Arroyo de Piedra. 
Al llegar Wilkinson á Natchitoches no trató con Herrera, sino di- 
rectamente con Cordero, declarando de plano que era americano el 
territorio que poseían los españoles; manifestó que el presidente le 
había ordenado considerar el Sabina como límite temporal de los 
Estados Unidos, y que trataría á toda costa de llevar á cabo aque- 
lla determinación expeliendo por la fuerza á los invasores. 

1 A compilation of the messages and papers of the presidents, vol. I, p. 
384, 385, fifth annual message, 3 december 1805. 

2 Me. Caleb, op. cit, p. 132 



30 

La respuesta de Cordero, el jefe supremo, estaba concebida en 
los términos que debía esperarse: había recibido órdenes para sos- 
tener el punto, y no lo abandonaría sino mediantes nuevas instruc- 
ciones que comunicara el comandante general de las Provincias 
Internas, don Nemesio Salcedo, á quien ya había escrito sobre el 
caso 

Pero el veintisiete de septiembre, l mientras Burr presidía el 
banquete de Nashville y la muchedumbre aplaudía ruidosamente 
el brindis de Jackson: «para la defensa millones, ni un maravedí pa- 
ra tributo;» mientras el ejército americano ardía en deseos de pro- 
bar su acero en pechos enemigos, y Jefferson esperaba tejpbloroso la 
noticia de la ruptura, Herrera, de propia autoridad, dispuso la reti- 
rada y la bandera española ondeó por última vez en Arroyo de 
Piedra. Había pasado la crisis. 

Y es lo curioso que aquel paso arriesgado de un subalterno tra- 
jo para España un doble y excelente resultado: evitar una gue- 
rra en que probablemente no habría llevado la parte mejor, y 
sentar que el Sabina había de considerarse el límite de los Estados 
Unidos, alejando por entonces cualquier pretensión á Texas, que 
muchos americanos creían comprendida en la Louisiana-pur- 
chase. 

Aquella tan atrevida como inesperada determinación ¿se debía 
tan sólo al buen deseo de Herrera, á sus propósitos de paz y á su 
buena voluntad á los americanos? Los documentos que se conser- 
van en nuestro Archivo Nacional van á darnos completa razón de lo 
acontecido. 

El secreto se supo guardar tan bien, que la Gaceta de México 
podía lanzar esta chistosa gasconada en su número de cinco de no- 
viembre de 1806. «Sobre las noticas que se han divulgado de 
nuestras Provincias internas, se halla en papel público de los 
Estados Unidos: Nueva Orleans 2 de octubre. Las cartas recibi- 
das en este día de Naches y del fuerte Adam, dicen que se han he- 
cho todos los preparativos necesarios para ir afrente de los Espa- 
ñoles y rechazarlos del terreno que usurpan. El resto de las tro- 
pas arregladas por el Coronel Kingsburry ha dejado en el fuerte 
Adam, partió ya para Nacuiteches bajo el mando del Capitán Spar- 
arks. El Mayor Fernando, y L'Claiborne le aguardaban de un ins- 
tante á otro (cuando el correo partió del fuerte Adam) con los Dra- 
gones del Capitán Farrar. Un destacamento de Milicias también 
estaba en marcha para Nachitoches, dirigiéndose por los Rapides. 

1 Me. Caleb, op. cit, p. 134. 



31 

No se duda que para el día de hoy haya habido derramamiento 
de sangre si los españoles no han retrocedido ó dejado libres aque- 
llos puestos. (Gazeta de Orleans. — Monitor de la Luisiana, N. 655). 
— México 5 de Noviembre. Nadie duda de que si estas fuerzas que 
citan los colonos se hubiesen determinado á introducirse en los do- 
minios del Rey de España, conseguirían (aunque vertiéndose san- 
gre, como ellos dicen) rechazar las pocas tropas que había allí, y 
apoderarse de campos solitarios; pero ya estas medidas serán in- 
fructuosas respecto de las que ha tomado el Comandante de Pro- 
vincias internas D. Nemesio Salcedo para inutilizar esta injusta 
tentativa. leñemos la satisfacción y confianza de que á este Gefc 
le asiste, además de sus conocimientos militares, un espíritu sobre- 
saliente: que están adornados de lo mismo sus oficiales subalter- 
nos el Coronel D. Antonio Cordero, Gobernador de Texas, el Te- 
niente Coronel D. Simón de Herrera, el Ayudante Inspector D. 
Francisco Viana y otros, á quienes ha mandado varias tropas, cu- 
yos soldados tienen dadas también sobradas pruebas de su valor: 
en suma, si los Colonos intentan (acaso por travesura) la hostilidad 
que se proponen, pueden tal vez retirarse con demasiado escar- 
miento. — Lo diremos más claro— con los cascos machacados . . . . » 

Pero en verdad que las cosas no andaban tan bien como presu- 
mía el gacetero virreinal. El comandante general Salcedo oficiaba 
á Iturrigaray (3 de diciembre de 1805) pidiendo que enviara vio- 
lentamente á Cordero ochocientos hombres de tropa sobre los se- 
tecientos con que ya contaba; para lo cual propon a sacar, en caso 
de urgencia, los que fueren menester de las provine as de Chihua- 
hua y Sonora; pero, como esas tierras, á su vez, quedaban des- 
guarnecidas, solicitaba seiscientos hombres de caballería, uno ó 
dos oficiales del cuerpo de ingenieros, quince ó veinte hombres del 
cuerpo de artillería y el número de cañones volantes que fuere 
posible, i 

«V. E. se hará cargo, continuaba Salcedo, de que debiendo ver- 
se la enunciada Provincia de Texas como el territorio más expuesto 
á ser invadido en las novedades del día, no debe mi cuidado des- 
cansar un momento hasta ponerla en el pie de defensa que requiere 
la conducta y poder del Gobierno Americano, pues aunque lleve 
mi consideración hasta la incertidumbre del resultado de todos sus 
preparativos, teniendo los antecedentes que V. E. no ignora, de la 
posibilidad de un rompimiento, jamás en un suceso adverso creería 
haber satisfecho lo que debo al Rey, ni cubierto mi responsabilidad, 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, t. 239, pp. 73 y 80. 



32 

si prevalidado de haber apurado los arvitrios de este mando omi- 
tiese impetrar de V. E. los demás auxilios que con tanto fundamen- 
to considero necesarios.» l 

La situación era apurada en verdad. En la provincia de Texas 
había setecientos hombres por todo auxilio; y el territorio compren- 
día «el dilatado espacio de trescientas leguas que corre la frontera 
de los Estados Unidos sobre la provincia de Texas, y ciento cin- 
cuenta de costa.» 2 

La respuesta de Iturrigaray fué verdaderamente desconsolado- 
ra. «Luego que recibí, dice, la carta de V. S. de 3 de Diz. último, 
en que me pidió 600 hombres de Cavallería, uno ó dos oficiales de 
Ingenieros, y 15 ó 20 hombres de artillería y el núm.° de cañones 
volantes que me fuere posible, dispuse que me diesen los informes 
convtes. sobre la facultad ó dificultad que hubiera para proporcio- 
nar esa gente, y lo correspondiente á Art. á los Sres. Comte. de dho. 
R. Cuerpo, y de la 10a. Brigada de Milicias, ps. qe. en cuanto á los 
oficiales de Ingenieros me veo absolutamente imposibilitado de ha- 
cerlo respecto qe. solo hay cuatro en el distrito de mi mando. 

«He recivido ya aquellos informes, y de ellos resulta qe. sin des- 
atender la defensa de la Colonia del N. Santadr. y del Nuevo Rey- 
no de León no se pueden facilitar los 600 hombres respecto que 
son muy pocos mas los que en ambas se hallan armados, pero en 
el caso de ser preferente reformar á Texas lo sería también veri- 
ficarlo con Tropas Mejicanas de la Colonia y Nuevo Reyno en cu- 
yos parajes hay formados dos cuerpos de 300 hombres entresaca- 
dos de las Compañías sueltas; que no parece verosímil que los Es- 
tados Unidos emprendan desembarco en las costas de la Colonia- 
dejando á sus espaldas lo de Texas, pero que como las conjeturas en 
tales casos son demasiado falibles tampoco se puede confiar que 
no sucederá, ni opinar que la Colonia no necesita guarnición por 
esta razón. 

«El Sor. Comdte. de Artillería dice que no solamente no puede 
facilitar oficiales de Artillería sino que es necesario que se le auxi- 
lie con los primeros del exercito y que costara trabajo el completar 
todos los que falten de los segundos: Que algunos cañones volan- 
tes podrían removerse pr. Mar á la Bahia de Sn. Bernardo, pero te- 
niéndose presente que en dicha Bahía solo hay de 5 á 6 pies de fon- 
do, y que debiendo ir dhos. cañones con sus municiones y todos los 



1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias Internas, tomo 239, pp. 73 y 80. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Salcedo á Iturrigaray, Chihuahua, 23 de 
diciembre de 1805. Provincias Internas, tomo 239, exp. 3o, p. 26. 



33 

útiles necesarios pa. el servicio es preciso construirlo todo y esto 
demanda trabajo y tiempo, pues no se puede desmembrar nada de 
lo q.e corresponde al tren volante de Vera Cruz conservándolo con 
el mayor cuidado por si se presentase el Enemigo. 

«Manifiesto á V. E. todo lo referido en contestación á su citada 
carta y á la posterior de 23 del mismo q.e acavo de recibir, p. a su 
inteligencia y govno; añadiendo que siempre franquearé á V. S. 
quantos auxilios fueren posibles, p.° que al mismo tiempo es pre- 
ciso se haga cargo de las atenciones q. e demanda Veracruz y sus 
costas laterales en toda su estension, y la necesidad de que acuda 
yo oportunamente a su defensa y resguardo como puede suceder 
s : n todos los auxilios y medios que exigen y son precisos acomo- 
dando y convinan lo m's disposiciones a los nuevos recursos con 
q.e cuento y de q e s *a suceptible el actual estado de las cosas de 
este Reyno.» i 

Y los preparat'vos de los filibusteros no sólo eran conocidos, 
sino que se <>xd ra 1 an grandemente. El ministro Caballero escri- 
bía a Iturr .aray (Aran juez, 24 de marzo de 1807) que el gobierno 
americano pretendía á v va fuerza tomar las posesiones españo- 
las; que se preparaban en el Qiiintoqui 15,000 cazadores que in- 
vadirían á Texas, y que ya era, como quien dice, propiedad de los 
colonos del Norte la margen izquierda del Sabina, de la cual se 
habían apoderado los americanos sin que pudiera impedirlo el 
fuerte de Nacogdoches por falta de caballos, víveres y otros 
recursos. 2 

En tales circunstancias no se ocurría más que á remedios de es- 
tampilla, á frases hechas que en nada aligeraban la situación. Cuan- 
do se comunicaba que había reunidos en Natchitoches 7,000 hom- 
bres y 20 cañones, la respuesta era: «que el comandante general 
ocurra al virrey para la defensa: que obre siempre con la pruden- 
cia y precaución que exije el crítico estado de las cosas, y en caso 
de no confiar en la defensa de todo el territorio, abandone lo me- 
nos útil antes de exponerse al desaire de una retirada en que las 
tropas preveen desgracias.» 3 

« no caben más medios que los conocidos y posibles en 

nuestra situación, y llevando por cierto el principio de que el ve- 
cino no nos es amigo, debemos procurar la defensa como si efecti- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 239, exp. 3, pp. 82 
y 8i. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Cédulas Reales. Cédula núm. 113, p. 174. 

3 M. SS. Archivo Nacional. Caballero á Iturrigaray. Aranjuez, 7 de ma- 
yo de 1807. 

5 



34 

vamente estuvieran invadidas nuestras posesiones, sin decir des- 
confianza ni dejar de tenerla.» l 

Conocemos la versión de los jefes españoles acerca de la reti- 
rada de Herrera. «El general americano Wilkinson hizo intimación 
para que las tropas de su majestad se retiraran de la otra parte 
del rio Sabina y para ello se puso en marcha dicho general con el 
Exercito de su mando en número de seis mil hombres de Infante- 
ría, Cavallería y tren correspondiente de Artillería, pasando los 
límites de Arroyo-Hondo, y colocando destacamentos avanza- 
dos en los puestos que juzgó á propósito. 

«Las tropas del Rey se disponían á atacarlas, pero reflexionan- 
do el Comandante, D. Simón de Herrera, que sólo tenía trescien- 
tos hombres disponibles, se resolvió á suspenderlo y dar cuenta al 
Governador de la Provincia, conservando, sin embargo, su posición: 
El Governador de Texas le contestó, en cumplimiento de lo preveni- 
do por el Comandante General, se mantuviese en observación de 
los movimientos de los americanos, sin dar paso que pudiese cali- 
ficarse de hostilidad, y que procediese á mantener bajo este prin- 
cipio el decoro de las armas del Rey, si notaba provocación de 
parte de aquéllos. 

«El general americano, bien fuese por el recelo del vigor con que 
podría ser recibido por nuestras tropas, prácticas en aquel terreno, 
ó porque recibiese otras instrucciones, consecuentes á la carta es- 
crita por el Comandante General el 16 de Septiembre al Goberna- 
dor C. Clayborne, y de la que no había tenido contestación; pro- 
puso al Comandante español retiraría sus tropas de Arroyo-Hondo 
siempre que las nuestras repasasen el Sabinas, quedando las cosas 
in Estatuqno sin pasar unos y otros los límites indicados hasta 
que la question quedase terminada y resuelta por los Goviernos 
respectivos; y convenidos en esto se verificó la retirada de los ame- 
ricanos sin esperar la contestación del Comandante General de la 
Provincia, mediante las convenciones que particularmente hizo el 
Comandante de nuestras tropas. 

«Repite Salcedo la escacez de tropas, y auxilios de toda espe- 
cie de que necesita para oponer una fuerza vigorosa y capaz de con- 
tener á los americanos, según ha manifestado anteriormente. 

«Sin embargo de este extraordinario incidente, dice Salcedo que 
no innova las disposiciones de defensa que había noticiado á S. 
A. S. anteriormente, relativas á la permanencia de las tropas reu- 

1 M SS. Archivo Nacional. Reales Cédulas, voi. 198. Caballero á Itu- 
rrigaray, 16 de abril de 1807. 



i 



35 

nidas en determinados puntos de la frontera, pues además del res- 
peto que causarían á los revolucionarios, podrían obrar según 
conviniese en caso de ser atacado el Reino de Nueva España.» 

La resolución era de lo más vago, pero también de lo más des- 
consolador: podían haberla firmado conjuntamente Demócrito y M. 
de la Palisse: 

«En vista dé todo se ha servido el Sermo. Príncipe Generalísi- 
mo Almirante resolver: Que desde esta distancia no es posible de- 
tallar las marchas y movimientos de las tropas; pero suponiendo 
nuestra prudente desconfianza que si el enemigo puede ofendernos, 
no perdonará ocasión y medio; deben también hacerse mayo- 
res nuestros aprestos y diligencias, siguiendo el movimiento del 
enemigo para burlar sus ideas por posiciones del Exercito.» l 

Y tan ocultos quedaron los móviles de aquella retirada, que al 
visitar las Provincias Internas el famoso viajero Zebulon Montgo- 
mery Pike, escribía este sabrosísimo trozo publicado años después: 

« Contaba don Antonio Cordero cosa de cincuenta años de edad, 
era de cinco pies seis pulgadas de estatura, blanco y de ojos azu- 
les; el cabello lo llevaba echado hacia atrás, y en cada prenda de su 
traje se dejaba ver que era un soldado. Robusto de constitución, 
su cuerpo no parecía fatigado por las muchísimas campañas que ha- 
bía hecho ni desfigurado por las numerosas heridas que había re- 
cibido de mano de los enemigos de su rey. La corte de Madrid lo 
había escogido entre muchos oficiales para enviarlo á América 
con el fin de disciplinar y organizar las milicias, y había servido 

ya en casi todos los reinos y provincias de Nueva España 

Era umversalmente querido y respetado, y sin duda el personaje 
más popular de las Provincias Internas. Hablaba bien latín y fran- 
cés; era generoso, caballeresco, valiente y de verdad adicto á su 
rey y á su patria. Debido á tales partes había llegado á adqui- 
rir el grado de coronel de caballería y gobernador de las provin- 
cias de Coahuila y Texas. 

« Don Simón de Herrera mide cosa de cinco pies once pulgadas 
de altura, ojos negros resplandecientes, piel morena y cabello oscu- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Reales Cédulas, 1807, tomo 198, Cédula 
n.o 194, f. 305. 

Sobre lo desguarnecido de la provincia de Texas y los cuidados que con 
razón inspiraba á sus guardianes, pueden verse en el Archivo Nacional los 
M. SS. de Provincias Internas, tomo 201, 5 de abril de 1810 (Bonavia á Sal- 
cedo), y despachos subsecuentes sobre estado de tropas, plan de defensa, ex- 
ploraciones y fortificaciones. Véase asimismo, en el propio volumen de Pro- 
vincias Internas, la larguísima nota de 25 de abril de 1810 (Salcedo á Bonavia). 



36 

ro. Nació en las Islas Canarias; sirvió en la infantería en Francia, 
España y Flandes; habla con perfección el francés y conoce algo 
de inglés. Es agradable conversando con sus iguales y correcto y 
comedido al tratar con sus inferiores; en los actos todos de su vida 
es uno de los sujetos más bizarros y bien criados que yo haya vis- 
to. Conoce bien á los hombres por haber morado en varios países 
y sociedades, y sabe emplear, según conviene, las aptitudes de sus 
subordinados. 

«Vivió en los Estados Unidos durante la presidencia del gene- 
ral Washington, fué presentado al héroe, y siempre habla de él en 
los términos de la más exaltada veneración. Ahora es teniente co- 
ronel de infantería y gobernador del Nuevo Reino de León. La 
capital de su gobierno es Monterrey, y si hubo alguna vez un go- 
bernante querido de sus administrados, sin duda que este lo fué He- 
rrera. Al terminar su período salió para México acompañado por 
trescientas personas de las más respetables en su distrito y llevando 
consigo los sollozos, lágrimas é imploraciones de muchos millares 
de otras que pedían continuara en el gobierno. 

«Creyó prudente el virrey acceder temporalmente á tales de 
seos, á reserva de que el monarca confirmara ó n< > J nombramiento. 
Cuan Jo yo estuve allí, Herrera llevaba aus :u • ^osa de un año, y 
durante ese tiempo las gentes Je arraigo en Monterrey no habían 
querido que se efectuara un so!o matrimon o ó bautizo en sus fa- 
milias, esperando que tornara el padre común y consintiera en 
dar con su presencia lustre y alegría á tales ceremonias. ¿Qué 
prueba mejor podía darse de estima y consideración á un hom- 
bre? 

« Si quisiera bosquejar un paralelo entre los dos amigos, diría 
que Cordero era hombre de más letras y Herrera de más mundo. 
Cordero, vive soltero hasta ahora. En su primera mocedad, Herre- 
ra casó en Cádiz con una dama inglesa, y por la suavidad de su 
trato la señora es tan querida y estimada de las mujeres como lo es 
de los hombres su noble esposo: tiene de ella varios hijos, uno de 
los cuales ya le sirve al rey actualmente. 

«Los dos amigos se hallan conformes en un punto: su odio á la 
tiranía y su secreto propósito de no consentir que caiga esta parte 
tan floreciente del Nuevo Mundo en las manos de otro amo que no 
sea el que su honor y lealtad han jurado defender, consagrándole 
vidas y haciendas. 

« Quizás valga la pena hacer notar, continúa Pike, que al ge- 
neral Herrera le debemos el no estar ahora guerreando con Espa- 
ña; cosa que se comprobará por la anécdota siguiente, que me re- 



37 

lato en presencia de su amigo Cordero y que éste confirmó en to- 
dos sus puntos. 

« Al comenzar las dificultades en el Sabina, el comandante ge- 
neral y el virrey se consultaron, disponiendo de mutuo acuerdo man- 
tener intactos los dominios de su amo común. El virrey ordenó á He- 
rrera que se incorporara á Cordero con 1,300 hombres; y tanto el 
virrey como el general Salcedo le dispusieron á aquél que atacara 
á nuestros soldados si llegaban á pasar el Río Hondo. Tales preven- 
ciones se reiteraron á Herrera, actual comandante del ejército es- 
pañol en las fronteras, y dieron origen á los muchos mensajes que 
éste envió al general Wilkinson, cuando nuestras tropas seguían 
su camino de avance; pero mirando no se detenían éstas, convocó 
un consejo de guerra para saber si debía ó no acometer. 

«Fué opinión del consejo que debía comenzarse una guerra de 
guerrillas, pero evitándose siempre una acción decisiva. 

« Mas á pesar de las órdenes del virrey, de las del comandante 
general Cordero y de la opinión de sus subordinados, tuvo la fir- 
meza y temeridad de pactar con el general Wilkinson el arreglo 
que existe hasta el presente acerca de límites en la frontera. Al 
volver, fué recibido por Cordero con suma frialdad, darido ambos 
cuenta á sus superiores de lo que habían ejecutado. 

« Mientras no tuve la respuesta, dice Herrera, pasé los días mus 
amargos de mi vida, pues si estaba seguro de haber servido fiel- 
mente á mi patria, también lo estaba de haber violado los princi- 
pios de la disciplina militar. 

«La contestación llegó al fin, dándole las gracias el virrey y el 
Comandante General por haber desobedecido sus órdenes, y ase- 
gurándole que recomendarían al rey sus servicios en los términos 
más calurosos. Yo no sé cuál haya sido la causa de tal cambio, pe- 
ro la carta se publicó y la confianza quedó restablecida entre los 
dos jefes y sus tropas.» 

En su sexto mensaje anual, de 2 de diciembre de 1806, dirigido 
al Senado y á la Cámara de Representantes, el Presidente Thomas 
Jefferson decía: i «Habiendo recibido noticia de que un gran nú- 
mero de sujetos particulares combinaba en cierta parte de los 
Estados Unidos una expedición ilegal contra territorios que perte- 
necen á España, creí necesario, así por una proclama como por ór- 
denes especiales, tomar medidas para impedir y terminar la em- 
presa arrestando y sujetando á procedimientos judiciales á los je- 
fes y fautores.» 

1 A compilation ofthe messages and papers of the presidents,\o\ I, p. 406. 



38 

En 22 de enero de 1807 el mismo Presidente decía l en un men- 
saje especial: «Obsequio gustoso el deseo de la Camarade Repre- 
sentantes, que se me comunicó por resolución de 16 del corriente, 
suministrando, bajo la reserva necesaria, los informes con que 
cuento acerca de una combinación ilegal de individuos privados 
contra la paz y seguridad de la Unión, y de una expedición militar 
por aquéllos dispuesta contra el territorio de una potencia que es- 
tá en paz con los Estados Unidos; así como de las medidas que he 
dispuesto para reprimir una y otra.» 

En seguida pasa á explicar el Presidente cómo empezó á reci- 
bir primero denuncias que se le mandaban bajo la forma de cartas 
que «constituyen legal y formal prueba;» pero sin que el estado de 
las cosas le consienta decir todavía los nombres de los comprome- 
tidos, «exceptuándose el actor principal, cuya culpabilidad no ad- 
mite discusión.» «El primer móvil del complot, continúa el Presi- 
dente, lo era Aaron Burr, en otro tiempo distinguido con el favor 
de su patria.» Hace saber luego cómo en octubre de 1806 comenzó 
á darse cuenta de los fines de la conspiración; pero estos eran tan 
confusos y estaban envueltos en tal misterio, que no se podía obte- 
ner mate'ria para una querella. 

Pensó mandar un agente confidencial que averiguara lo que 
acontecía; pero los sucesos se precipitaron, y pudo saberse que ya 
estaban en conserva muchos barcos, se hacía acopio de provisio- 
nes para ellos é intrigaban en el Ohio y sus aguas muchas gentes 
peligrosas. Previno Jefferson al general Wilkinson que se pusiera 
de acuerdo con el comandante español del Sabina para caer sobre 
los rebeldes desde la parte acá del Mississippi para la defensa de los 
puntos interesantes de dicho río. 

Un agente de x\aron Burr había sido comisionado para sobor- 
nar á Wilkinson explicándole los propósitos de los conjurados, exa- 
gerando sus recursos y haciendo ofrecimientos tales en ganancias 
pecuniarias y en mando, que otro que no hubiera sido el fiel gober- 
nador, que poseía á carta cabal «el honor de un soldado y la fide- 
lidad de un buen ciudadano,» las habría aceptado sin vacilar. 

Lo que Aaron Burr tramaba era nada menos que separar de la 
Unión todos los estados más allá de los montes Álleghany y una 
invasión de México. Para el efecto había «colectado en cuantos lu- 
gares contaban con influencias él ó sus seides, á todos los truhanes 
violentos, furiosos y desalmados que están siempre dispuestos pa- 
ra empresas análogas; y seducido á varios excelentes ciudadanos 

1 A compilation ofthe messages andpapers ofthe presidents, vol I,p. 412 
y siguientes. 



39 

asegurándoles que contaban con la confianza del gobierno y su 
secreta ayuda.» 

Refiere cómo fracasó el complot, el éxito que habían obtenido 
los conjurados; y concluye anunciando que en el juicio que se efec- 
tuará á poco estarán garantizados suficientemente los intereses 
de la sociedad y los de los presuntos culpables, por la presencia de 

las más elevadas autoridades judiciales 

El plan consistía en reunirse i los conjurados el 1.° de noviem- 
bre; salir el 15 de Ohio Fall acompañados de 500 ó 1,000 hombres 
y llegar á Natchez, Mississippi, del 5 al 15 de diciembre, reuniéndo- 
se allí con el general Wilkinson. 

Harrman Blennerhasset, irlandés de nación, hombre de algún 
talento, de pocas luces, de escasísima prudencia y de ninguna ha- 
bilidad, estaba metido de hoz y coz en la conjura, é impaciente de 
que aquélla se llevara á cabo y de atraerle simpatizadores, escri- 
bió en los periódicos de la región, con el pseudónimo de Queerist, 
muchos artículos en que hablaba franca y desembozadamente de 
dividir la Unión y conquistar á México. 

Pero á principios de octubre las cosas empezaron á tomar cariz 
tan alarmante, que un grupo de ciudadanos se reunió en junta en 
Wood county, W. Virginia,- á fin de deliberar acerca del «miste- 
rioso y verosímilmente traidor designio de Burr y Blennerhasset. > 
Las resoluciones que se tomaron en la reunión dan á conocer cuál 
era el estado de los ánimos: se acordó reunir un cuerpo de volun- 
tarios, colectar armas, publicar artículos en los papeles públicos, 
constituirse en junta permamente y, sobre todo, protestar formal 
acatamiento á la Constitución de los Estados Unidos y someterse 
á las autoridades que aquélla establecía. 

Blennerhasset tuvo lenguas de lo que se tramaba, supo que, sin 
darse cuenta de ello, había revelado el complot á un enviado pre- 
sidencial que se decía John Graham, supo de la expedición de la 
proclama de Jefferson, y supo, sobre todo, que había órdenes para 
prenderlo y secuestrar los aperos de la expedición, y salió de es- 
capada en compañía de su familia, seguró, como dice el refrán espa- 
ñol, de que más vale salto de mata que ruego de buenos. 

Ni los cinco mil, ni siquiera los mil ó los quinientos desesperados 
que se decía estaban comprometidos, ni los caballos, ni las armas, 
ni el dinero que se debía afrontar para aquella conquista que iba 
á borrar los rastros y á emular las hazañas de la de Cortés, llega- 
ron á tiempo de utilizarse, si acaso los había. Mississippi ahajo sa- 

1 Historie Blennerhasset island ¡tome by Alvaro F. Gibbens, p. 23. 

2 Historie Blennerhasset island home by Alvaro F. Gibbens, p. 2b. 



40 

lió la flotilla compuesta de trece botes, inclusive los qqe llevaban 
al jefe reconocido. 

• Se capturó á los expedicionarios en Arroyo de Piedra, á trein- 
ta millas de Natchez; á Aaron Burr se le condujo hasta Washing- 
ton, donde el populacho quedó prenda dfsimo de su audacia y des- 
enfado, siendo la resolución del jurado que lo juzgó «que tras el 
examen que de las pruebas se había hecho, resultaba que Aaron 
Burr no era culpable de ningún crimen ni delito contra las leyes de 
lps Estados Unidos.» 

El sutil tramposo estaba libre, pero no seguro; pues de mano 
del Presidente había una orden para to take íhe body of Aaron 
Burr, olive or dead, and to confíscate his propertyA El ex -vice- 
presidente anduvo fugitivo muchos días; pero al fin fué detenido 
por el capitán Gaines, llevado al fuerte de Stoddard y después á 
Richmond, donde debía juzgársele. 

Saliendo de la serranía, al entrar á los caminos más frecuenta- 
dos, pasaron por Chester, Carolina del Sur, cerca de una posadi- 
11a donde estaban reunidos unos cuantos vecinos. Burr pensó apro- 
vechar la oportunidad para una escapatoria, saltó violentamente 
de su caballo y dio una gran voz diciendo: «Yo soy Aaron Burr, 
que vengo detenido militarmente, y reclamo la protección de las 
autoridades civiles.» Perkins, así se llamaba el conductor, echó 
también pie á tierra y poniéndole á Burr la pistola en la sien, con 
mellos modos le ordenó que montara de nuevo. Burr cerdeaba des- 
confiado; pero Perkins, que á cuenta era hombre brusco, lo cogió 
por la cintura y lo puso á horcajadas en la silla, un soldado tomó 
las riendas y la expedición se metió bosque adentro antes de que 
hubieran podido discernir la significación del caso los atónitos 
campesinos que lo presenciaban. 

«La indiferencia de la gente, dice el puntualísimo historiador 
Parton, el mal trato que sufrió, la idea de su inocencia y la viola- 
ción de ley que importaba el triunfo de sus enemigos, todo se vino 
á las mientes de Burr y lo anonadó. Por primera vez, después de 
todas sus desgracias sin ejemplo, su voluntad de hierro lo abando- 
nó por un instante y lloró amargamente » Que era lo que había 

hecho su antecesor, Cortés, aunque, por cierto, en coyuntura algo 
más apretada que aquella. 

El sábado 26 de marzo llegaron á Richmond el prisionero y sus 
custodios, y el lunes inmediato compareció aquel ante el Presiden- 
te de la Suprema Corte de Justicia, que lo era el famoso John Mar- 

1 Todd The true Aaron Burr, p. 39. 



41 

shall; había sido puesto en libertad bajo fianza, y después de tres 
días de debates se le declaró culpable sólo de un misdemeanor, 
(delito de menor cuantía) aunque el juez dispuso que se le juzgara 
por crimen de alta traición. 

El gran jurado empezó el 22 de mayo de 1807, y fué uno de los 
más famosos que ha habido desde aquel tiempo, por el crimen que se 
atribuía á los acusados, por la categoría del principal de entre ellos, 
por el número y calidad de los defensores, por la importancia de 
los testigos, por la inmensa cantidad de gentes— damas, sobre todo, 
— que ocurrieron á presenciar los debates, y por el tiempo que és- 
tos duraron, que no fué menor de cinco semanas. 

Al fin el gran jurado determinó juzgar á Aaron Burr y Blen- 
nerhasset por indictement de traición, y, después de muchas peripe- 
cias, el 31 de agosto declaró «Decimos nosotros, los que forma- 
mos el jurado, que de las pruebas que hemos examinado Aaron 
Burr no aparece culpable del delito que se le imputa.» Era aque- 
lla la absolución por falta de pruebas (scotch verdict) y Aaron 
Burr y sus defensores se esforzaron por obtener un fallo de sim- 
ple inculpabilidad, que al fin se otorgó tanto en lo que tocaba al 
cargo principal como en los accesorios. 

Ál leer en qué consistía la acusación, ocurre preguntar si real- 
mente Aaron Burr era tan culpable como se le ha supuesto. Claro 
que si sólo hubiera tratado de conquistar á México no tendría sobre 
su cabeza el cargo de traición que se le acumula; pero como procuró 
fraccionar la Unión y encender una guerra civil, llevó mucho tiem- 
po y lleva todavía un sambenito que apenas ha conseguido quitar- 
le la habilidad de sus apologistas, que son muchos y excelentes. 

Según Irujo, con quien están conformes historiadores tan serios 
como Adams, era el plan de Burr introducir á la capital federal un 
buen número de sus sicarios, sorprender al Presidente, al Vi- 
ce-Presidente y Presidente del Senado, disolver el gobierno y 
apoderarse del dinero que se hallara en los bancos de Washing- 
ton y Georgetown, y del arsenal de Eastern Branch. Aprovechán- 
dose de la consternación que sobrevendría, el nuevo Catilina 
entraría en arreglos con los estados; pero, si como parecía pro- 
bable, no lograba sostenerse en Washington, quemaría los bu- 
ques de guerra que se encontraran en el Navy Yard, menos dos ó 
tres fragatas, en las cuales se haría á la vela para New Orleans, 
donde proclamaría la independencia de Luisiana y del oeste, l 

También asegura Irujo que era el designio de Burr «disolver el 

1 Me. Caleb, op. cit., p. 59. 



42 

Congreso, matar al Presidente ó á quien hiciera sus veces y po- 
nerse él mismo á la cabeza de un gobierno fuerte.» l 

Los Morgans sostuvieron (y casi fueron los únicos testigos de 
cargo) que el osado coronel pensaba nada menos que en tomar á 
Washington con doscientos hombres, á New York con quinientos 
y en echar al Potomac al Presidente y al Congreso. 2 

Baladronadas eran estas, como observa Me. Caleb, más dignas 
del entendimiento huero del barón de Munchaussen, que de hom- 
bre cuerdo y bien equilibrado como Burr lo era sin duda; y la 
prueba de que lo que perdió el famoso filibustero fué sólo su afán de 
obtener auxilios extraños, de querer costear la expedición con el 
dinero de sus enemigos, en suma, el pasarse de listo, es que el úni- 
co documento importante que en su contra se presentó es la famo- 
sa carta de 29 de julio de 1806 que no contiene nada que se refiera 
á traición. Únicamente hay en ella un párrafo 3 que puede apli- 
carse á la expedición de México: «está lista para recibirnos la gen- 
te del país á quien vamos á salvar. Sus comisionados, que nada 
menos ahora están con Burr, dicen que si se protege su religión y no 
se les sujeta á un poder extraño, en tres semanas pondrán á aquél' 
en el mando. Los dioses os llaman á la gloria y á la fortuna » 

Como se ve, no hay nada que haga relación á los tenebrosos 
intentos que tanto han ennegrecido la memoria de Burr, y ocurre 
preguntar por qué causa Jefferson, que era un político agudo, no 
permitió que su enemigo se alejara á una expedición en que en- 
contraría la ruina ó quizas la muerte, y cuando, si la empresa se 
lograba, serían sus resultados en detrimento de España, el eterno 
enemigo, y en favor de los Estados Unidos. 

La respuesta la hallamos en las siguientes líneas que parecen 
inspiradas en el conocimiento exacto de los hechos. 4 John Smith, 
senador por Ohio y que fué detenido por complicidad con Burr, 
dijo en conversación á sus amigos que, antes de que los trabajos de 
Burr llamaran la atención, Mr. Jefferson tuvo con él (Smith) una 
entrevista privada en que le interrogó acerca de si era amigo de 
oficiales españoles en Luisiana y Florida. Como Smith respondie- 
ra afirmativamente, le dijo que parecía inevitable una guerra con 
España, por lo cual convenía estar al tanto de la opinión de aque- 
llas gentes acerca de los Estados Unidos, y el grado de confian- 



1 Me. Caleb, op. t cit. p. 62. 

2 Me. Caleb, op. cit, p. 76. 

3 Wilkinson, Memoirs, II, p. 317. 

4 Burnefs Notes, p. 264. 



43 

za que en su buena voluntad se podía abrigar para el caso que 
estallara la contienda entre los dos países. Le suplicó que las visi- 
tara para informarse de aquellas cosas, Mr. Smith cumplió con 
el encargo y á su vuelta pudo comunicar á Jefferson que, tanto el 
gobernador como los empleados inferiores y los habitantes en ge- 
neral, no sólo eran partidarios de los Estados Unidos, sino que es- 
taban deseosos de anexarse á este país. Esto pasaba en la prima- 
vera anterior al «mensaje de guerra,» que se envió al Congreso en 
diciembre de 1805. 

«Aunque era confidencial el dicho mensaje, pronto estuvo al ca- 
bo de su contenido el cuerpo diplomático residente en Washington; 
por lo cual el embajador francés recibió órdenes de Napoleón, su 
amo, para informar al gobierno americano que Francia tomaría 
parte, en unión de España, en cualquier disputa que ésta pudiera te- 
ner con los Estados Unidos. Y es histórico que, después de la inti- 
mación, se abandonó el proyecto de guerra contra España, que se 
había comunicado en mensaje confidencial, y al que había hecho 
clara referencia el Presidente, lo cual coincidió con las medidas 
que se tomaron para atajar los movimientos de Mr. Burr.» 

El mensaje de Jefferson debe de haberse conocido en Francia 
en principios de 1806; el embajador ha de haber recibido las ins- 
trucciones y hecho su intimación á mediados de ese año, y concuer- 
dan así perfectamente el veto puesto contra la expedición de Mé- 
xico, el encarcelamiento y juicio de Burr y sus cómplices, y los 
designios de Napoleón contra España, la cual quería no quedara 
desmembrada ni reducida en sus posesiones ultramarinas, ya que 
el gran capitán tenía dispuesto agregarla al imperio. 

Y resultaría un caso curioso y digno de noticia: los realistas 
americanos creían que el Emperador de los franceses era el ene- 
migo jurado de los reyes de España, y en puridad era su defensor, 

su fiel aliado y su amigo aunque con la mira puesta en la 

península, caso que tales cosas sean verdad. 

Y parecen serlo, porque las confirma un fragmento de una carta 
de Jefferson, escrita á raíz de los sucesos, l «Nación ninguna ha 
sido para con otra más pérfida é injusta que España con la nues- 
tra; y si hasta ahora hemos conservado quietas las manos, ha sido 
por respeto d Francia y por lo mucho en que tenemos su amistad. 
Aguardamos por eso de la buena voluntad del Emperador que ó 
bien obligará d España á hacernos cumplida justicia ó que nos 
la abandonará sin reservas. Sólo un mes pedimos para posesio- 

1 Jefíerson ajames Bowdoin, ministro de España, abril 2 de 1807, Jeífer- 
son, MSS. 



44 

narnos de la ciudad de México. No puede haber prueba más clara 
de la buena f é de nuestra nación, que el vigor con que obró y los 
gastos que hizo para sofocar la intentona que recientemente me- 
ditaba Burr en contra de México; y aunque primeramente ideaba 
la separación de los Estados del oeste y para tal fin obtuvo auxi- 
lios de Irujo (pues tal es el modo ordinario de obrar de ese pueblo 
para con nosotros) pronto pudo convencerse de que no había ma- 
nera de quebrantar la fidelidad de las gentes de esa región, por lo 
cual todos sus esfuerzos los enderezó contra México; empresa que 
es tan popular en este país, que nos habría bastado dejar d Burr 
en libertad para que hubiera conseguido partidarios con que lle- 
gar d la ciudad de México en seis semanas» 

La expedición de Burr lograda, México en poder de america- 
nos en 1807, los Estados Unidos guerreando con Francia por pro- 
teger la conquista de los filibusteros del oeste, el gran ejército al 
lado de las milicias provinciales por defender los territorios del rey 
de España ¿Cual habría sido en tal caso la suerte de Méxi- 
co, la suerte de España, la suerte de Estados Unidos y la suerte 
del mundo? Celdfait songer, como decía M.^e de Sevigné. 



No conozco los primeros despachos en que se haya noticiado 
la tentativa de Burr al virrey y autoridades de Nueva España. El 
que inserto enseguida parece ser consecuencia de otros que ha- 
bían mediado sobre la materia y se halla en una comunicación que 
el marqués de Irujo dirigía á don Joseph Vidal, comandante del 
puesto de Nacogdoches: «Me consta que Burr y sus sequaces, 
entre ellos personas de algún carácter, han reclutado en varios 
parages del Ohio de toda Casta de gentes, ofreciéndoles por el tér- 
mino de seis meses 15 ps. mensuales y 200 asps. de tierra en el 
Rio Colorado que desagua en el Misisipi. A mi bajada de Fort Pitt 
he visto algunas de esas gentes y lanchas con dos proas en que 
debían baxar y también ovserve que los vecinos de aquellos esta- 
dos estavan sobre las armas para impedir su paso dorn. del Presi- 
dente. No obstante logró Burr pasar con 80 hombres embarcados 



45 

en Chalan y cuatro barcos de la construcción que llevo dicho llegó 
á Naches donde fué arrestado por la autoridad civil y baxo fianza 
se le permitió estar livre deviendo ser juzgado en todo el termino 
de la semana presente. Es mi opinión que el resultado será poner- 
lo en livertad y que luego para mejor disfrazar sus malévolos pro- 
yectos vendrá á establecerse en Wahita en las Tierras que com- 
pró de un tal Barón de Bastrop y allí hacerse fuerte á medida que 
vayan llegando sus partidarios hasta tanto que se juzgue, capaz de 
poner en planta sus planes, que se pueden inferir se dirijan á dis- 
turbar la tranquilidad de estos Países con miras hostiles. Me han 
informado personas fidedignas del Naches que Burr.se explicó de- 
clarando que el Gral. Wilkinson es el primero de la caveza de este 
secreto Plan, que según dize tiene principio de quince años á esta 
p> y que viendo ahora este Gl. que la cosa mudava de aspecto 
contrario, había cambiado de sentimientos para hacerse lugar con 
su Gobierno y con nosotros. — Este es el lenguaje que públicamen- 
te usa el tal Burr y el mismo que la mayor parte de la gente ere 
y que yo no dificulto. — Dice también dho. Burr que el referido Ge- 
neral tiene ya recivido como cien mil duros para la execusión de es- 
te plan cuya suma con otra más considerable le ha sido enviada 
por individuos de este Reyno de México. Lo que me consta es que 
el Barón de Bastrop esta sospechado por sugetos de carácter 
en el Naches de hallarse cómplice en los proyectos de Burr, por dife- 
rentes circunstancias que dan indicios vehementes del fundamento 
de estas sospechas, y aunque no obstante no % son concluy entes. Es 
notorio sin embargo que Bastrop es amigo de Burr que le vendió 
al parecer entre él y un tal Moorchouse sugeto de la más mala con- 
ducta que estuvo condenado á ser ahorcado en los Estados Unidos 
por falcificar Villetes de Banca las Tierras del Washita; que dicho 
Barón está indiciado considerablemente, y que proyecta planes 
que jamás pondrá en ejecución por falta de crédito, á no ser que 
otros sujetos los emprendan en su nombre.— Esta es la situación 
que publicamente se delata de este Barón y que yo solo menciono 
repitiendo lo que ha llegado á mi noticia. — Es también del caso 
insinué á V. m <* que será preciso si lo estimare por conveniente es- 
tar en la mira de quanto Extranjero se pueda introducir en estos 
parages, aunque pretexten y aparenten negocios muy distintos de 
los planes de Burr.» i 

Irufo había abierto los ojos, y arrepentido de su vieja credu- 
lidad recaía en el más absoluto escepticismo, ó le había hecho com- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 239, E. 3, fs. 44. 



46 

prender la verdad el gobierno de Madrid; ello es que refería así el 
juicio de Burr y la actitud del gobierno americano: 

«En estas circunstancias, las únicas medidas que ha podido to- 
mar este Gobierno, han sido de entrar en un acto de acusación, 
en el Tribunal de Frankford contra el citado Coronel Burr espe- 
cificando en él el procurador del distrito el doble obgeto de las 
miras de Burr; pero este proceso según acabo de saber no ha sido 
mas que una farza pues Burr queda en la misma livertad de obrar 
que antes, y una proclamación del Presidente de los Estados Uni- 
dos, en que por motivos que podrían comprometer su popularidad, 
y por miedo del citado Coronel Burr ni se atreve á mencionar su 
nombre ni su proyecto de desmembrar la unión sino menciona úni- 
camente que se ha descubierto la existencia de una conspiración 
contra México é intima á los Ciudadanos de estos Estados se abs- 
tengan de entrar en ella, y que por el contrario denuncien al rigor 
de las leyes á los que sepan implicados en este atentado. Como es- 
toy persuadido que estas medidas débiles de un Gobierno más dé- 
bil todavía no contrarrestan la execusión de los planes de Burr, y 
como nunca me inclino á creer que su único objeto es la de la se- 
paración de los Estados del Oeste, con todo, en la incertidumbre 
de las verdaderas miras de este hombre peligroso y emprehende- 
dor, me ha parecido prudente informar á V. S. de todas estas cir- 
cunstancias para su gobierno, en el supuesto de que me consta 
empiezan ya á baxar de los Estados del Oeste algunos abenture- 
ros para reunirsele al citado Coronel y que hacia el 23 del mes 
pasado había en Pittsburg unos cien de ellos preparándose para 
baxar al Ohio. También me hallo informado que tres de los ami- 
gos íntimos de burr, y que deven hacer papeles principales en sus 
operaciones cualesquiera que sean, están para embarcarse de un 
día para otro para la Nueva Orleans.» — Aunque tengo motivos 
fundados para creer se hallará V. S. imformado de estos antece- 
dentes, quizás con más detalles y pormenores que lo executo á ho- 
ra pr. no dejar á la casualidad, me ha parecido propio hacer á V. S. 
estas comunicaciones debiendo añadirle que requiere de parte de 
V. S. y en toda esa frontera la mayor vigilancia.» * 

La intervención de las gentes del oeste y la popularidad de la 
aventura burrista no dejaban de preocupar al de Casa Irujo, pues 
escribía así al respecto: 

«Tengo razones para considerar como muy probable se ha in- 
tentado y se intentará poner en los intereses de Burr las tropas al 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 239, exp, 3, fs. 40. 



47 

mando del General Wilkinson. No puede calcularse qual puede 
ser el éxito de esta tentativa; pero si aquellas tropas deslumbradas 
por la oferta de paga y ración doble, y sobre todo por la perspec- 
tiva de las minas de México que deven aguzar tanto su codicia, en- 
trasen en cuerpo de las miras de Burr, y se viesen reforzados por 
tres ó quatro mil aventureros, las consecuencias podrían ser de 
alguna seriedad. Por otra parte, si para realizar sus miras mas á 
su saibó se prometen verificarlas ensarzando en guerra las dos 
Naciones, verán al modo de cometer allí algunas hostilidades ó las 
aconsejaran á nuestra parte » i 



VI 



Al quedar Burr quito de culpa y pena salió para Europa; des- 
embarcó en el puerto de Falmouth y se encaminó á Londres, á don- 
de llegó felizmente en 16 de julio de 1808. Llevábale al antiguo 
mundo el deseo de conseguir que algún gobierno europeo — Fran- 
cia ó Inglaterra— le ayudara á libertar México del poder de España 
y libertarse él mismo de los crueles y tenaces acreedores que le 
habían causado múltiples desazones, entre otras, rematarle su her- 
mosa casa de Richmond Hill. 

Cuatro afíos, de 1808 á 1812, viajó por Inglaterra, Escocia, Sue- 
cia, Alemania y Holanda, padeciendo hambre y frío, sujeto á terri- 
bles privaciones, pero sin abandonar su pensamiento de conquistar 
á México. Cuántas veces el pobre aventurero debe de haberse com- 
parado con Colón en lo miserable y en lo ambicioso, y cuántas ha 
de haberse sentido desanimado al ver que los hombres á quienes 
ofrecía un mundo nuevo, le volvían desdeñosos la espalda. 2 

El día que él llegaba á Londres, entraba á Madrid José Bonapar- 
te, y la noticia casi equivalía al derrumbamiento de todas sus espe- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias Internas, tomo 239, E. 3, fs. 43. 

2 Es curioso que uno de los intentos que con mayor constancia persiguió 
Burr haya sido aprender el español, de seguro para comunicarse con sus fu- 
turos subditos; si bien parece haber hecho pocos progresos en la materia. Su 
diario (recientemente publicado enRochester,N.Y M por WilliamSamson, y dis- 
tinto casi en todo del incorrectísimo que en 1838 sacó de estampa Davis), en 



48 

ranzas. Burr no podía dirigirse al gabinete inglés, porque éste ha- 
bía decidido firmemente consagrarse á la defensa de los reyes 
destronados y no había de ser quien contribuyera á que se menos- 
cabaran los derechos de aquéllos; en cuanto á Napoleón, que consi- 
deraba á Nueva España parte de sus dominios, locura habría sido 
pedirle que se desprendiera de lo más floreciente y saneado que 
poseía ó pretendía poseer. 

Por disposición del ministerio, Burr tuvo que salir de Londres, 
y se hallaba en Gotinga cuando supo una noticia que mucho le ha- 
lagó: «£7 emperador consiente en la independencia de México y 
de las otras colonias españolas;» y añade el desenfadado coronel, 
por vía de comentario: «¿Por qué no hizo el diablo que me dijeran 
esto hace dos años?» 

Alentado por la noticia habló al duque de Cadora, escribió al 
rey de Westfalia, quien, como se sabe, estuvo casado con una ame- 
ricana, la Señorita Patterson, y era muy conocido en América; de- 
fendió su pleito ante el duque de Otranto; pero ni el ministerio de 
relaciones dio importancia á los planes del soñador, ni el rey Je- 
rónimo estaba en París, ni Fouché dijo una palabra que pudiera 
tomarse como expresión de la voluntad del que era entonces amo 
indisputable de Europa y del mundo. 

Su tema constante era acercarse á Napoleón, hablarle y decirle 
sus planes; estaba seguro de convencerlo, de arrancarle su con- 
sentimiento y su protección, de arrastrarlo sin remedio á la empre- 
sa de México. Para alcanzar su deseo se convirtió en eterno preten- 
diente, en habitante de antecámaras y galerías. ¡Qué memoriales 
escribió, qué cartas compuso, qué trazas imaginó, qué planes tenía 
ideados; pero ni planes, ni cartas, ni memoriales sirvieron de nada 
ante la enemiga infatigable del gobierno dejefferson, servida á ma- 
ravilla por su representante en Paris,l Jonathan Russell. ¡México 
ha sido abandonado! exclamó al fin en carta á su hija; y tras mil 
peripecias regresa á su tierra á terminar obscuramente su vida, que 
Jefferson había pintado de mano maestra: la de un «hombre pequeño 
en las cosas grandes, y grande en las chicas.» 

Para aquel hombre arisco y altanero, que no admitió nunca su- 

que apuntaba todo, desde sus gestiones cerca de los príncipes, hasta sus di- 
gestiones de los almodrotes nacionales, contiene notas como ésta: *Parted at 
thePont desarts, he to go onsotne errand, Ito come Home; but went round by 
Viol; out, Read two hours in my S'p' grammar* Made cafblanc Asi- 
mismo hay noticias de conferencias con españoles, de pesquisas sobre cosas 
de México, etc. 

1 Parton, Life and Times of Aaron Burr, II, p. 201 y sig. 



49 

misión ni sintió medrosidad, y que miró siempre al mundo con ade- 
mán de reto, su hija fué un suave electuario que sin falta curó to- 
das las llagas de su larga y aventurera vida; no de otro modo en 
los picos más agrios y en las cimas más elevadas de las crestas al- 
pinas, crece oculta y modesta la florecilla azul del eldelweise, 
encanto de los ojos é imán constante del arriesgado viajero, que 
por conquistarla suele perder hasta la vida. 

Durante todas sus luchas, Aaron Burr pensó en el bienestar 
de su Teodosia, y puede asegurarse que tanto como sus penden- 
cias con Jefferson ó con Hamilton le preocuparon los estudios 
de la rapaza, su destino en la vida y las cosas todas que le con- 
cernían. 

Contribuyó á hacerla humanista, teóloga, política y entendida, 
como seguramente lo fueran pocas mujeres de su tiempo, «en eso 
que llaman razón de estado y modos de gobierno.» Tanto le preo- 
cupa que su hija empiece el aprendizaje del griego como que no es- 
criba acurate por accurate; laudnam por laudanum; intirely por 
entírely, por más que advierta que esta última palabra se mira 
de las dos maneras, si bien la segunda es la más propia. 

Véase el plan que le propone para distribución de un día: 

«Plan del día 16 de diciembre de 1793. 

«Aprendí doscientas treinta líneas, con las cuales terminé, el 
Horacio. Omití el Terencio, dejando la gramática griega para 
mañana. 

«Practiqué dos horas, menos treinta y cinco minutos que dedi- 
qué al descanso. 

«Hewlet, maestro de baile, no vino hoy. 

«Ayer comencé con Gibbon, y á mi parecer requiere por lo me- 
nos tanto estudio y atención como Horacio ; no pondré, pues, su 
lectura entre los meros divertimientos. 

«Patiné una hora, di veinte caídas y noté la ventaja de tener la 
cabeza y los miembros duros. 

«Mamá está mejor; comió con nosotros á la mesa y todavía se 
encuentra sentada y sin sentir dolor.» 

Participó Teodosia de la suerte de Aaron en todas las coyun- 
turas adversas ó favorables, y su matrimonio con Joseph Alston, 
gobernador que fué de la Carolina del Norte, no disminuyó, sino que 
confortó los lazos entre el padre y la hija. Burr y los dos casados 
se consultaban todos los pasos que el primero había de dar en 
asuntos políticos, se hacían recomendaciones cariñosísimas y vi- 
vían en constante comunidad de ideas y de sentimientos. 

Al lado del filibustero se sentó Teodosia durante los días críti- 

7 



50 

eos del juicio de Richmond, y su mirada suave y blanda debe de 
haberlo alentado, cuando no le infundía esperanzas de buen éxito 
su voz serena y persuasiva. 

El destierro de Aaron fué una positiva desgracia para su hija: 
al saber que se hallaba pobre y abandonado, expuesto á ir á la cár- 
cel por deudas de dos ó tres duros y constreñido á residir en In- 
glaterra por disposición de los que allá mandaban, ha de haber 
más de una vez lanzado el apostrofe que el padre lanzó al aban- 
donar aquel país de proscripción. «Sacudo el polvo de mi calzado y 
me alejo de tí, tierra maldita, ínsula inhospitalibilis, como se te 
llamó 1800 aflos ha.» 

Siniestras visiones empezaron á perturbar el claro entendimien- 
to de la hija de Burr, y en carta dirigida á su marido habla con to- 
da claridad de su muerte y otorga sus últimas disposiciones segu- 
ra de pasar pronto á mundo mejor. 

A Aaron le sorprendió la noticia de la muerte de su nieto, el 
hijo de la bella dama, niño extremadamente precoz y destinado 
por los suyos nada menos que á ser el sucesor de Burr en el trono 
de México. Dispúsose que la cuitada señora pasara á New York 
á vivir algún tiempo al lado del desengañado pretendiente; pero sin 
que se sepa cómo, Teodosia desapareció misteriosamente, quizás 
en una tempestad en el mar, quizás á manos de piratas, quizás en 
una rebelión de los marinos que tripularon el barco. Apenas si años 
después se encontraron reliquias de la infeliz, presumiéndose que 
su altanera belleza fué pasto de la lujuria de gentes desapoderadas 
que no llegaron á dolerse de la discreción, ni del talento, ni de la des- 
gracia de la pobre é infeliz señora. 

Tanto amaba aquélla á su padre, que solía mirarlo con «mi- 
rada de humildad, admiración, reverencia, amor y orgullo 

y que más bien habría deseado no haber venido á la vida que de- 
jar de ser hija detal padre.» 

«Al convencerme de su muerte, escribía el triste aventurero, el 
mundo se convirtió para mí en un erial y la vida perdió todo su 
valor.» 

Valetudinario, achacoso, con la mitad del cuerpo presa de la 
parálisis, pero con el entendimiento expedito y firme, Aaron Burr 
llegó á los ochenta y tres años lleno de melancolías y desabrimien- 
tos y sin más aliciente que el de enseñar el manejo de la lengua 
inglesa, en que había sobresalido, á unas niñas de quien fué apode- 
rado judicial. 




2^32W¿e_ 



51 



VII 



Cualquiera pensará que Burr trataba de emancipar á México 
del ominoso yugo de rúbrica para plantear una república más li- 
beral, perfecta y bien ordenada que la americana; pero no habría 
nada más falso que tal suposición: Burr quería ser rey ó empera- 
dor de México y fundar una dinastía. 

Burr tenía como punto de mira á México, «que es uno de los paí- 
ses más bellos y ricos del mundo; »l Burr «iba á ser rey de México 
y Mrs. Alston (Teodosia Burr) sería la reina de México cuando el 
coronel muriera. Muchas fortunas había hecho para otros; pero 
ahora iba á levantar la suya. Contaba con numerosos partidarios 
en tierra española; nada menos había comprometidos más de dos 
mil sacerdotes católicos romanos que no tardarían en reunírsele 
con sus amigos.» 

Decía el Western World que el proyecto del coronel Burr era 
muy amplio de suyo, pues no sólo afectaría los intereses de la re- 
gión oeste de los Estados Unidos, sino el mundo todo. *La revolu- 
ción en las provincias españolas de Norte América, continuaba, trae- 
rá otra en Sud América, y si todas esas tierras incorporadas á los 
estados del oeste de la Unión se organizaran en la forma de impe- 
rio que encabezara hombre de la habilidad y la inteligencia del co- 
ronel Burr, presentaría un fenómeno que en la historia política del 
mundo apenas sería igualado por el moderno imperio de Francia.» 

El famoso jurista Jeremías Bentham, que en su tiempo tuvo una 
inmensa fama como reformador del sistema legislativo y, sobre to- 
do, del derecho penal, fué amigo de nuestro conquistador y en sus 
memorias escribió lo siguiente: «De esta manera conocí al coronel 
Aaron Burr: había él dado orden á un librero para que le remitiera 
cuantos libros míos se publicaran; entonces era yo apenas conocido; 
pero tal paso indicaba de sobra conformidad entre sus ideas y las 

1 Burr á Smith; Octubre 26 de 1806. Senate Reports en Me. Caleb, p. 89. 



52 

mías .... Realmente pensaba en hacerse emperador de México, me 
indicó que yo debía ser el legislador de aquel país y que enviaría 
un buque de guerra para conducirme 

Me pareció hombre de prodigiosa intrepidez, y nada menos tenía 
ideado, caso de que su proyecto fracasara en México, proclamarse 
rey en los Estados Unidos. Decía que los mexicanos lo seguirían 
como una manada de gansos.» 1 

Tanto gustó el proyecto al sabio inglés, que seriamente llegó á 
pensar en mover sus penates á las altiplanicies mexicanas, no lle- 
vando á cabo su deseo sólo por la oposición de sus amigos y por 
las dificultades de la traslación. Decía en carta de 31 de octubre 
de 1808, dirigida á Lord Holland: «Tan molesto me siento con el 
frío de nuestros inviernos ingleses, que gran parte del tiempo que 
debía emplear en menear la péñola lo paso pensando en el frío y 
procurando, aunque en vano, evitar la desagradable sensación que 

produce Ojos y pies riñen constante batalla por el calor; 

éstos nunca tienen bastante; aquéllos no desean tener nada — nueva 
edición de la parábola de los miembros. México, según el parecer 
de autoridades públicas y privadas, posee un clima en que se evi- 
tan tales cosas: la temperatura es á gusto del interesado; si se ne- 
cesita calor, se baja unas cuantas varas; si frío, se sube otras 
pocas.» 

Y tan claramente como Burr se expresaban sus segundos y 
cabos. 2 Depuso un testigo que había oído decir á Clark que de 
buena gana entraría en la empresa de conquistar á México, con tal 
que los aventureros se decidieran á no volver más á los Estados 
Unidos. «Por ejemplo, usted puede llegar á ser duque,» fué una 
de las expresiones que juró el testigo haber oído de boca de Clark. 

« Sienten sumo descontento, dice The Charleston Courrier, con- 
tra el gobierno español , el pueblo en general y en particular 
los sacerdotes, los cuales, por reciente decreto de la Corte de Ma- 
drid, han quedado privados de la mayor parte de los productos de 
sus iglesias, cosa que los inducirá á cambiar fácilmente de amo y 
á sacudir su abyecta esclavitud é ignorancia, y la endemoniada in- 
fluencia del Príncipe de la Paz. » 

Prueba fehaciente de los intentos de Burr y de la formalidad 
de sus preparativos son los tres mapas que el Dr. Me. Caleb en- 
contró en poder de Mrs. Thomas C. Wording, quien los heredó 
de su abuelo el Dr. John Cummins, que vivía en Bayou Pierre, 



*é 



1 Citado por Me. Caleb, p. 114. 

2 Parton, op cit, II., p. 45. 



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53 

territorio de Mississippi, donde definitivamente fracasó la expedi- 
ción de Burr. 

El acucioso historiador describe así los tres mapas. El número 
uno (que mide treinta y nueve por treinta y dos pulgadas) es de la 
región inferior del Mississippi con Natches, Nueva Orleans, los te- 
rrenos de Washita, Nuevo México y Yucatán. El mapa número 
dos es una carta marítima (veintitrés por veintinueve pulgadas) y 
muestra con extraordinaria minuciosidad el plano de la costa del 
Golfo desde Nueva Orleans hasta Campeche; islas, barras y calas 
están perfectamente dibujadas, existiendo, además, los sondeos co- 
rrespondientes. La carta está lindamente dibujada en papel que 
lleva la marca de agua de 1801. 

El mapa número tres, que se reproduce en la presente edición, 
tomándolo de la obra de Me. Caleb, en el original mide cuarenta 
y cinco por diez y nueve pulgadas y reproduce con meticulosa co- 
rrección la sección comprendida entre México y Veracruz hacia 
el este y al oeste de México. El escrupuloso cuidado con que han 
sido ejecutados estos mapas denuncia un conocimiento del terreno 
que sólo pudo haberse obtenido de fuentes españolas; confirmando 
en esta opinión la circunstancia de que en uno de los casos la lon- 
gitud está computada con arreglo al meridiano de Cádiz. 



VIII 



Luego que Wilkinson estuvo seguro de que no habría guerra 
con España, y más seguro aún de que no prosperarían las tra- 
zas de su camarada Burr, echó las suyas con gran destreza. Es- 
parció voces de que los conjurados caerían sobre Nueva Orleans 
en número de siete mil, que robarían bancos y almacenes, sin des- 
cuidarse, por supuesto, de matar hombres y niños, y de llevarse 
consigo á las más garridas doncellas, de seguro para servir de cor- 
tejo á los vencedores á su entrada á México. 

En seguida aquel rufián de rufianes proclamó la ley marcial. 
Mandó formar una guardia de ciudadanos armados hasta los dien- 
tes, que impidiera la entrada de los facinerosos; pidió, casi con lá- 
grimas en los ojos, el auxilio de los buques extranjeros anclados 



54 

en el puerto, prohibió que alma nacida entrara á la ciudad ó sa- 
liera de ella, declaró que derramaría hasta la última gota de su 
sangre por defender el puesto que se le había confiado, y se pro- 
clamó, nuevo Cicerón, salvador de la ciudad atacada por aquel 
catilinarian character, como apellidaba á Burr. i 

Pero no le bastaba á Wilkinson haber salvado á su patria; tam- 
bién pretendió haber salvado á Nueva España. Al mismo tiempo 
que encarcelaba, gemía, causaba terror, movía á compasión, daba 
noticia de tremendas conjuras y asombraba á los orleaneses con 
su habilidad de histrión consumadísimo, enviaba á México á Wal- 
ter Burling en misión extraordinaria y confidencial. 

El pretexto ostensible era la compra de muías y caballos; á 
Jefferson se le habló de la conveniencia de examinar por mar y 
tierra los caminos que á Nueva España conducían; á los jefes es- 
pañoles encargados de los puestos de Florida y Tejas, de dar al 
gobierno virreinal noticia circunstanciada de los planes de Burr; á 
Iturrigaray de la lealtad y buenas partes de Wilkinson, que había 
logrado desbaratar la espantosa tempestad que se avecinaba sólo 
por amor á España; y como Burling sintiera temores de ir á habi-' 
tar un castillo ó á trabajar una mina, su jefe lo proveyó de un pa- 
saporte que le sirviera en cualquier circunstancia apurada. 

Burling llegó á México en enero de 1807 y regresó á Nueva Or- 
leans en febrero; en 12 de marzo el virrey decía lo siguiente á Ce- 
vallos: 2 «En mi carta de 20 del pasado, empieza Iturrigaray, co- 
muniqué entre otras cosas que tenía noticia de la llegada de un 
edecán del general americano Wilkinson portador de despachos 
que se suponía se relacionaban con las intenciones del coronel 
Burr. El edecán llegó, en efecto, y me entregó la carta del general 
que en copia acompaño. Por ella puede V. E. enterarse de que el 
firmante hace gran hincapié en las medidas que ha tomado con 
riesgo de su vida, fama y fortuna, para salvar, ó al menos para pro- 
teger este reino de los ataques de los insurgentes. Llama mi aten- 
ción con suma especialidad acerca de que Veracruz y sus costas 
estaban escogidos como punto de ataque, y hasta indica que los 
bandidos, como los llama, pueden llegar á la ciudad de México. Por 
último, toca el punto que había anticipado y es el relativo al pago 
de sus servicios. Por una parte pide ochenta y cinco mil pesos y 

1 Quien desee detalles de este período puede consultar á los autores que 
han escrito sobre la materia y, sobre todo, el curioso y rarísimo opúsculo 
Faithful picture of the polüical situation of New Orleans at the cióse of the 
last and the begining of the present year, 1807. 

2 Me. Caleb, op cit., pp. 168, 169. 



r 



55 

veintiséis mil por otra, pero no contento con esto dice que conside- 
ra justo y equitativo que se le reembolsen las sumas que se ha vis- 
to obligado á gastar á fin de sostener debidamente la causa del 
buen gobierno, orden y humanidad. 

«De acuerdo con los deseos del general, después de hacer tra- 
ducir la carta, la destruí en presencia de su edecán, el cual, aparte 
de apoyar la demanda de su jefe, nada me dijo de nuevo acerca de 
las intenciones del coronel Burr. 

«Al contestarle al general le di á entender que me tenían sin 
cuidado los revolucionarios, pues me hallaba preparado para repe- 
lerlosporla fuerza, aunque se presentaran en número mucho mayor; 
y le informé también que no podía pagar la suma que me pedía sin 
órdenes expresas de S. M., haciéndole saber cómo tenía dispuesto 
todo para la pronta vuelta de su edecán. 

«En conclusión, dándole las gracias por su celo marcial le insi- 
nué que le deseaba éxito completo en la prosecusión de sus rectas 
intenciones. El edecán salió de aquí para Veracruz, de donde zar- 
pó el 10 de febrero para Nueva Orleans en la goleta «Liberty» 
acompañado de sus intérpretes y sirvientes.» 

A pesar de mi empeño no logré encontrar en el Archivo Gene- 
ral el despacho transcrito, l 

Sin embargo, mi impericia ó mi mala fortuna nada arguyen en 
contra de la existencia de la nota, cuya veracidad se halla compro- 
bada por otras muchas. Al referir el ministro Caballero las diligen- 
cias de Salcedo para contrarrestar la conjuración de Burr, asegura 
que se había presentado á éste «un edecán del General Americano 
Wilkinson, de quien traía una carta para el expresado Virrey, que 
debía darle en mano propia, siendo tan importante, que conducía á 
la seguridad del Reyno, pues manifestaba que el ex-vice Presiden- 
te Burr, asociado con otros individuos, tenía prevenidos doce mil 
hombres, á los que debía unirse mayor numero para atacar á Nue- 
va Orleans, y rendida esta invadir después al Reyno de Nueva Es- 
paña, dirigiéndose después de dicha Plaza á Veracruz.» 2 

1 Tampoco lo hallaron los comisionados del Museo Nacipnal ni el dis- 
tinguido historiador H. E. Bolton, que han trabajado con gran empeño en la 
recolección de documentos. Todas las notas tocantes á esta negociación 
existen reseñadas en los índices, pero los libros remiten siempre á la co- 
rrespondencia con el Príncipe Generalísimo Almirante; y desgraciadamente, 
ó han desaparecido esos registros, ó se han extraviado sin poderse dar con 
ellos por el momento, 

2 M. SS. Archivo Nacional. Reales cédulas, 1807, tomo 108, cédula 
núm. 194, f. 305. 



56 

Substancialmente repite el contenido de la nota de 12 de marzo 
la carta de fray Francisco Gil al virrey Iturrigaray, que dice así: 
«He recibido la carta de V. E de 12 de marzo ultimo en que da 
noticia de la que le entrego el edecán del General Americano Wil- 
kinson dándole parte de las providencias que había tomado con 
riesgo de su vida para precaber ese.Reyno de los ataques de los 
insurgentes pidiéndole 221,000 pesos para desvaratar los planes de 
los vandidos y gratificaciones de los Espías. De que enterado S. 
M. asi como de la respuesta que V. E. dio teniendo tomadas todas 
las medidas para que sus Rs. armas queden con aquella gloria y 
honor que corresponde, se lo digo á V. E. para su inteligencia 
y en contestación á dha. Carta.» l 

Quizás al mismo Burling ó á otro enviado del tunante Wilkin- 
son se refieren estas frases de una nota de Irujo al comandante de 
las tropas españolas en Béxar: «En la carta queescrivíá V. S. en 
5 del corriente se me olvidó explicarle con mas claridad una idea 
importante que no hize mas que indicarle. Aunque el personage 
alto de carácter y gordo de cuerpo que V. S. tiene en frente 
puede haberle manifestado razones muy poderosas para ganar su 
confianza, repito que en estas circunstancias debe V. S. oírle con 
mucha circunspenccion. Es un hecho que no puede dudarse esta 
unido con Burr en sus planes: me hago cargo lo fácil que le sera 
dar a ciertas circunstancias una interpretación plausible; pero tam- 
bién estoy convencido de que si por su calculo se promete sacar 
con Burr mayores ventajas, se valdrá de esta misma confianza pa- 
ra sorprender la buena fe de V. S. y por un doble juego causarnos 
tanto perjuicio quanto pueda ser útil si procede con la lealtad debi- 
da Por esta consideración, calculando sobre el 

carácter intrigante de ciertas personas, y que en su conducta y 
obgeto no miran sino á sus intereses particulares sin pararse en los 
medios, ni en la necesidad de guardar consecuencia que se acerque 
á la desconfianza y que V. S. esté muy alerta y averigüe también 
por otros canales los que pasa entre sus vecinos.» 2 

Todavía en doce de abril de 1807 Cevallos contestaba dándose * 
por entendido de la visita de Burling y avisando que, «según las noti- 
cias que aqui tenemos, el General Wilkinson esta vehementemen- 
te indiciado de hallarse en unión é inteligencia con Burr,» y en 



1 M. SS. Archivo Nacional. Reales cédulas, tomo 200, cédula núm. 12, 
f. 20. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Provincias Internas, tomo 239, E. 3, fo- 
jas. 43. 



57 

27 de septiembre del mismo año el virrey hacía saber que nada te- 
nía que añadir sobre la presencia de Burling. l 

Pero si las tremendas ocurrencias acaecidas en el reino de 
Nueva España hacían olvidar aquel incidente, no lo olvidaban por 
igual los enemigos de Wilkinson. 

En Davis, Memoirs of Aaron Burr, II, p. 400 y siguientes, se 
hallan estos documentos, que confirman el contenido del despa- 
cho de Iturrigaray acerca de la conducta de aquel que, según 
Jefferson, procedió siempre with the honour of a soldier and the 
fidelity of a good citisen: «Estado de Louisiana, ciudad de Nueva 
Orleans, Ante mí, Guillermo Young Lewis, notario público adscri- 
to á la ciudad de Nueva Orleans, comisionado y jurado en forma, 
compareció hoy Ricardo Reynal Keene, licenciado en leyes y con- 
sultor de derecho; y á mí, el mencionado notario, me entregó los 
documentos siguientes, pidiéndome que los agregara á los de mi 
protocolo corriente, á saber: 

1.° Un certificado de la virreina de México fechado en Madrid 
á 24 de enero de 1816. 

2.° Una carta del Reverendo Dr. Mangan, fecha en Madrid á 
21 de julio de 1821. 

3.° La respuesta del dicho Dr. Mangan á la carta citada, fecha 
en Madrid á 21 de julio de 1821. 

Y de conformidad con lo pedido agregué á mi protocolo corrien- 
te los dichos documentos para que allí queden depositados y pue- 
dan servir en lo que sea menester después de señalarlos con ne 
varietur A fin de identificarlos con el presente acto. 

Es hecho en Nueva Orleans á los 24 días del mes de diciembre 
de 1836, en presencia de los testigos Guillermo T. Lewis y Gusta- 
vo Harper, de este domicilio, que firman con el interesado y con- 
migo el Notario. — Firmados, Ricardo R. Keene, Guillermo T. Le- 
wis, Gustavo Harper. — W. J. Lewis, N. P 



Certificado de la virreina. 

Atendiendo á que S. E. el señor Marqués de Campo Sagrado, mi- 
nistro de la guerra, se ha servido acceder á la petición que Ricardo 
Raynal Keene, coronel de los reales ejércitos, le dirigió con fecha 
12 del corriente con el fin de obtener mi declaración respecto á la 
comisión que el brigadier anglo americano Jaime Wilkinson dirigió 

1 M. SS. Archivo Nacional, Reales cédulas, tomo 198. 



58 

á mi finado esposo don José Iturrigaray, teniente general de los 
reales ejércitos de México y virrey de aquel país; ahora, con el fin 
indicado, declaro y certifico que, habiendo acompañado á México 
á mi citado esposo, y hallándome allí con él durante el tiempo que 
ejerció el cargo de virrey, esto es del año 1802 al 1808, recuerdo 
perfectamente bien la susodicha misión, que llevó un sujeto llama- 
do Burling; y aunque ahora no puedo aventurarme á relatar los por- 
menores de la dicha comisión, pues no me lo consiente la flaqueza 
. de mi memoria, la exposición que Keene ha dirigido al ministro de 
la guerra relatando los artificios y estratagemas de Wilkinson por 
medio de su agente confidencial, es cierta y verdadera en el fondo. 

Las miras interesadas de Wilkinson al reclamar grandes sumas 
de dinero por supuestos desembolsos que había tenido que hacer 
para contrarrestar los planes del vicepresidente americano Burr 
en contra de México, parecieron al virrey no menos incompati- 
bles con los derechos de S. M. que irreconciliables con el honor de 
un oficial y un patriota al servicio de un estado extranjero. Debi- 
do á esto el virrey no dio á Burling un solo peso, antes bien dictó 
providencias para que inmediatamente saliera del país. 

Esto expongo en cumplimiento de la orden de S. E. el ministro 
de la guerra. Madrid, enero 4 de 1816. 

María Inés Jduregui de Iturrigaray. 



Madrid, á 21 de julio de 1821. 

Reverendo Padre: 

Envío á usted una declaración de la virreina doña María Inés 
de Jáuregui de Iturrigaray, fecha 24 de enero de 1816, tocante á la 
intriga que en 1806 á 1807 trató de llevar á cabo el brigadier Wil- 
kinson por medio de Mr. Burling á fin de obtener dinero del virrey 
de México. En diferentes conversaciones que con la virreina tuve 
acerca del asunto, me dijo que gozaba usted de la absoluta y com- 
pleta confianza de su marido, y que ademas que él le habló á usted 
sin reservas del caso, lo comisionó para interpretar la carta que 
Wilkinson mandó por medio de Burling, y la cual carta estaba es- 
crita en lengua inglesa. Si el virrey no hubiera muerto como mu- 
rió, repentinamente, me habría suministrado sin duda la declara- 
ción que me dio su viuda. Y como es justicia que usted me comuni- 
que lo que sepa acerca de la susodicha declaración de la virreina, 
le ruego que lo haga. Debo sólo añadir que en una de sus conver- 
saciones el virrey me dijo que en la repetida carta, al hablar Wil- 



59 

kinson del servicio que había prestado impidiendo la invasión de 
México por el vicepresidente Burr, se comparaba á sí mismo con 
Leónidas en el Paso de las Termopilas. Cuente usted, reverendo 
padre, con mi profundo respeto. 

Richard Raynal Keene. 

Coronel al servicio de S. M. C 



Al Rev. Dr. Mangan, rector del colegio irlandés de Salamanca. 

Madrid á 23 de julio de 1821. 

Querido señor: 

Leí con todo cuidado la declaración que vino inclusa á su grata 
de 21 del corriente firmada por la ex-virreina de México, doña Ma- 
ría Inés Jáuregui de Iturrigaray, y relativa á la famosa embajada 
que el general Wilkinson mandó al esposo de aquella, don José de 
Iturrigaray, virrey de México. 

Como S. E. tuvo á bien emplearme como intérprete en la entre- 
vista que concedió á Mr. Walter Burling, portador de la carta del 
dicho general Wilkinson y comisionado suyo para manifestar al 
virrey la importancia de la Embajada, lealmente confieso que 
la declaración de la virreina es enteramente cierta, pues el objeto 
de la tal embajada era ponderarle al virrey los grandes sacrifi- 
cios pecuniarios que Wilkinson había emprendido para frustrar el 
plan de invasión que el expresidente Burr tenía concertado contra 
el reino de México, y solicitar, en atención á esos importantísimos 
servicios, una bonita y redonda suma: doscientos mil pesos. 

No puedo menos de observar que el virrey don José de Iturri- 
garay recibió esa pretensión con enojo é indignación ordenándome 
decir á Mr. Burling que si el general Wilkinson había en algún 
modo contrarrestado cualquier traidor intento de Burr, no había 
hecho más que cumplir con su obligación; y que el virrey tendría 
buen cuidado de defender el reyno de México contra cualquier ata- 
que ó invasión; por lo cual no se creía autorizado para dar á Wil- 
kinson un maravedí por sus supuestos servicios. Concluyó dispo- 
niéndole á Burling salir de la ciudad de México, haciéndole escoltar 
hasta el puerto de Veracruz, donde se embarcó para los Estados 
Unidos. 

Esta es, en mi concepto, la sustancia (según puedo recordar) 
de la famosa embajada del general Wilkinson al virrey de México 
don José de Iturrigaray, quien por cierto no anduvo descaminado 
al hablarle á usted de Leónidas, pues recuerdo bien que el general 
Wilkinson, tras de ponderar en pomposo estilo las dificultades que 



60 

había tenido que vencer para trastornar los planes de Burr, con- 
cluía diciendo: «Yo, como Leónidas, atrevidamente me arrojo en 
el desfiladero.» 

Original le devuelvo á usted la declaración de la virreina doña 
María Inés Jáuregui de Iturrigaray, y quedo de usted afmo. 

Patricio Mangan.» 

Rector del Colegio Irlandés de Salamanca. 

Al Sr Ricardo R. Keene, coronel al servicio de S. M. C. 

Por lo tanto certifico que la anterior es copia exacta de los ori- 
ginales que agregué á mi registro corriente. En testimonio de lo 
cual extiendo el presente, firmado de mano y sellado con mi sello, 
en Nueva Orleans á 26 de diciembre de 1836. 

Guillermo Y. Lewis,Not. Pub.* 

Y da la picara casualidad, dice Me. Caleb, que el mismo día que 
el virrey escribía á Cevallos sobre la conseja inventada por Wil- 
kinson y sobre su petición de dinero, el general dirigía á Jefferson 
un informe sobre la condición de México, suponiendo que lo había 
recibido de Burling. El papel iba acompañado de una solicitud de 
quinientos pesos, suma que se contaba había invertido Burling en 
su loable empresa. Y Jefferson no tuvo ánimo para negar aquella 
miseria al jefe á quien juzgaba un servidor fiel de su país y un ami- 
go decidido de su administración 



IX 



Pero ¿ejerció alguna influencia la tentativa de Burr en los suce- 
sos posteriores que se desarrollaran en la Nueva España? Así lo 
pensaban los españoles que tenían la responsabilidad de las Pro- 
vincias Internas, pero por más que no sea posible descubrir paren- 
tesco entre los planes de Hidalgo y los de los filibusteros america- 
nos, entre el imperio americano de Aaron Burr y Teodosia Alston 
y el reino español que debía encabezar Fernando VII, no hay ma- 
nera de desconocer que sí tienen gran similitud y son, por decirlo 
así, los eslabones de una cadena, los términos de una progresión, la 
conjura del segundo Vice-Presidente americano, la horrible y san- 



61 

guiñaría guerra que en Texas encabezaron Gutiérrez y Magee, las 
fogosas prédicas de Benton y la final usurpación de los territorios 
situados al norte del río Grande. 

En 1809 comunicaba el cónsul en Nueva Orleans á don José Vi- 
dal la llegada de Wilkinson acompañado de buen golpe de tropas 
y su paso á la Habana para conferir con el gobernador don Vicen- 
te Folch. «Deseoso yo de averiguar, dice el cónsul, el verdadero 
obgeto de este viage para en cumplimiento de mi de ver participár- 
selo á V. E. practique todas las diligencias posibles, pero el resul- 
tado no era mas que dudas y conjeturas pr. qe. este Gobierno es 
impenetrable algunas vezes sobre sus asuntos políticos. Permane- 
cí en esta obscuridad é inquietud hasta el 28 del mes po! po. en el 
que de intento vino á buscarme á mi casa el Gobernador de esta 
Provincia D. Guillermo Claiborne con el objeto de comunicarme 
reservadamente una carta que havia recivido del Presidente Jeffer- 
son, cuyo contenido se reducía á manifestarle, lo muy sencible que 
le era saber que por un efecto de tramas políticas, se pretendía 
desacreditar contra España y sus colonias á los Estados Unidos 
pretextando como un crimen el Embargo que subsistía, pero que 
podía comunicar en su nombre á todo español que el y el Gobier- 
no deseaban sinceramente los felices sucesos de la España sobre 
las armas del tirano de la Europa; y que si desgraciadamente lle- 
gaba á rendirse, los Estados Unidos prestarían toda clase de soco- 
rros y auxilios á las colonias que bajo los auspicios de Fernando 
7.° sus sucesores ú otra clase de Gobierno no quisiesen sufrir el 
yugo de la Francia, creyéndose suficientes para esta empresa sin 
influencia de qualquier otra Nación que tenga estas miras. 

«A esto añadió el Gobernador que atendidos los muchos recur- 
sos y fuerzas de Napoleón, era muy probable su triunfo en la Es- 
paña, y que le parecia que su Gobierno declararía de buena gana 
la guerra á la Francia, y se manifestaría Protector y Aliado de 
todas las colonias que no quisiesen seguir la suerte de la Metrópoli 
en caso de ser conquistada, y que igualmente me aseguraba que 
si los Americanos enviaban su representante para tratar sobre es- 
tos puntos con los Estados Unidos, serían muy bien recibidos, y 
sacarían todas las ventajas más favorables.» l 

Las pretensiones americanas, sin embargo, menudeaban con 
tanta priesa, que casi no pasaba día, semana, ni mes, sin que se re- 
cibieran denuncias respecto de tal punto. Puede servir de muestra 
ésta que trasmite al Real Acuerdo un anónimo residente en la Ha- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814. No. 1, Reservado. 



62 

baña: «A V. Alteza se dirige un leal español que penetrado de los 
más sanos sinceros deseos en cooperar por su parte en quanto le 
sea posible á la conservación de los Dominios de su legítimo So- 
berano el Adorado Fernando Séptimo, y le da la noticia de haber 
visto varias cartas de 23, 24 y 25 de Marzo próximo pasado, de 
Orleans, de diversa letra, y todas combienen en que se está prepa- 
rando una rebolucion en ese Nuebo Mundo auxiliada y fomentada 
por los Anglo-americanos, los que están acopiando tropas en el 
mencionado Orleans, y que cinco mil de ellos en el próximo sep- 
tiembre desembarcarán en Tampico, ó Tabasco, época en que hará 
la explosión. También dicen que frecuentemente tienen correos de 
lo interior del Reyno de los viles que están madurando, el plan del 
modo de que ya se halla en Orleans. 

Cree el qe. dirige á V. A. esta noticia que si las referidas car- 
tas son infundadas nada perjudica este aviso, y si lo contrario, 
surtirá el efecto que haya lugar en los nobles pechos de los qe. ten- 
gan presente que su existencia y felicidad consiste en la de nues- 
tra Patria, la España, y de ningún modo en separarse de ella; 
quanto más afligida esta, es quando' hay más obligación; y que 
triunfante como debemos esperarlo, el menos acreedor de su agra- 
decimiento y gratitud vivirá con leyes suaves y unos veneficios 
que no disfrutará el más leal de otro cualesquiera Gobierno de los 
conocidos; por lo solido y estable qe. sera el que nos rija. 

Dios gue. las vidas de V. A. ms. as. para el santo fin á que está 
creado tan esclarecido congreso. Havana 21 de abril de 1809.— 
Serenísimo y fidelísimo Rl. Aquerdo de México.» l 

Y la forma de empezar la revolución no era otra que la ideada 
por Burr. 

«El partido de Burr aunque oculto es considerable, escribía el 
cónsul de Nueva Orleans al jefe de las armas en Béxar. En esta ciu- 
dad de Nueva Orleans, continuaba, hay en el día de sus partida- 
rios que están empleados en su antiguo proyecto. Si están soste- 
nidos por los ingleses ó los franceses no me atrevo á decir; pero 
si diré que temo mucho de la desunión de nuestro Pais. Las intri- 
gas son extraordinarias. Viva Vm. con cautela sobre sus asuntos 
de intereses en esta provincia para que no sea una de las muchas 
inocentes víctimas de estos espíritus ambiciosos y destruidores.» 2 

En 1816, dice Davis, el general Toledo escribió á Burr en estos 
ó parecidos términos. «Aunque no tengo el honor de conocer á us- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814, fs. 6-7. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814. Vidal al Virrey. 



63 

ted personalmente, la fama de sus talentos y de sus buenos deseos 
en favor de la causa de América, han hecho su nombre familiar 
entre nosotros.» Se le llamaba en seguida para tomar la dirección 
política y militar de los negocios de México, como si Toledo hubiera 
podido disponer del puesto que tan liberalmente otorgaba; pero 
buenas ó malas las facultades que se atribuía era demasiado tarde 
para Burr: estaba muy viejo, muy lleno de cuidados, muy desenga- 
ñado y, naturalmente, desechó la invitación, l 

En la correspondencia del que no vacilo en llamar ilustre diplo- 
mático, don Luis de Onís, se encuentran docenas de despachos en 
que se habla de los temores al peligro americano y á la pérdida 
de las más ricas provincias españolas. He aquí este que puede ser- 
vir de tipo del género: 

«Exmo. Sor. 

«Muy Sor. mió: En este instante acavo de saber por el Cónsul 
de S. M. en Nueva Orleans, q. e corre allí la voz de que el Gober- 
nador de aquel Estado se preparaba á salir para Natchitochez con 
la tropa q. e se había publicado marcharía al Norte con el General 
Wilkinson, y q. e nadie dudaba q. e su objeto era el ir á tomar po- 
sesión de la Provincia d? Texas á nombre de los Estados Unidos, 
reproduciendo la misma escena que se ha puesto en planta para 
tomar posesión de la Florida Occidental, y se había empleado en 
la Oriental que después se ha evacuado. 

«Creo de mi obligación ponerlo en noticia de V. E. por si no le 
ha llegado esta noticia por otro conducto ; añadiéndole que he vis- 
to un plan q. e ha mandado sacar este Gobierno de las Provincias 
internas, en el qual fixa los límites entre este país y las posesiones 
de S. M. en rio Brabo ó del Norte, remontando por el curso de este 
rio hasta el grado 32 y tirando una linea á el oeste de dho. grado 
hasta el mar pacifico, quedando por consiguiente como territorio 
Americano toda la Provincia de Texas, el Nuevo Santander, par- 
te de Nueva Vizcaya, Coahuila y la Sonora, y toda la extensa 
Provincia de Nuevo México. Aunq. e este proyecto parezca quime- 

1 Dudo mucho de la autenticidad de la carta que Davis atribuye á To- 
ledo; no solamente sabía éste que no podía ofrecer lo que no era suyo ni le 
había entregado nadie, sino que, mientras no se demuestre lo contrario, de- 
bemos considerarlo un buen patriota. Y prueba de su buena fé son las cartas 
que obran en el expediente llamado Letters in relation to Burras Conspira- 
cy, que se halla en la Library of Congress, en las cuales rechaza todo pro- 
pósito de intervención de los Estados Unidos en los negocios mexicanos y 
reprende duramente á su compañero Gutiérrez de Lara por haber admitido 
en sus huestes á un individuo comprometido en los manejos de Burr. 



64 

rico por el momento, puede V. E. contar con q. e no se perderá de 
vista, y q. e se aprovecharan todas las circunstancias para realizar- 
lo, si no se acude con tiempo á destruir la gavilla de bandidos q. e se 
han introducido en la Provincia de Texas. 

«Renuevo á V. E. mis respetos y pido á Dios g. ue su vida m. s 
a.* Philadelphia, 11 de Sep.te de 1813. 
Exm.<> S. r 
B. La M. de V. E. 

Su m. s at. t0 Serv. r 

Luis de Onis (rúbrica.) 
Exmo. S. or Don Félix Calleja. 
Virrey de Nueva España. l 



Cuando Texas declaró su independencia, el viejo y revoltoso 
Burr siguió con sumo interés las peripecias de aquella lucha tan 
dolorosa para nosotros, y cuentan que un día, al leer las noticias 
que venían de la tierra insurrecta, exclamó radiante de gozo: «¡Va- 
ya! ¿Lo ve usted? ¡Si yo tenía razón; sólo que me había anticipado 
treinta años á los sucesos! Y ¡oh asombro! Lo que hace treinta 
años se apellidaba traición, ahora se llama patriotismo.» 

Y tenía razón Aaron Burr, porque sijackson y Houston fueron 
los que obtuvieron el fruto de aquella vergonzosa y triste hazaña, 
Burr fué quien la planeó, quien la ideó, y quien no la ejecutó por 
causas que no estuvieron en su mano. Su desairada tentativa fué 
sólo el prólogo de la inicua invasión del 46 y de las conquistas del 
flamante imperialismo americano. 

Pero estas cosas ya no las vio Aaron; tiempo hacía que su al- 
ma inquieta reposaba en mansiones más altas, y que su cuerpo 
baldado había ido á unirse á los de sus mayores en el cementerio 
de la Universidad de Pririceton, donde yace todavía. 2 



1 M. SS. Archivo Nacional. Tomo 26, Sección de Historia, Operaciones 
de Guerra. 1810-1820. 

2 Apenas habrá en la historia americana asunto más largamente tratado 
que el de la romántica vida de Aaron Burr, sus arrojadas empresas, su idea 
de separar los estados del oeste de la Unión Americana y sus ideas preimpe- 
rialistas. Seguramente que llegan a millares los libros y artículos escritos 
acerca de aquellos perturbados y obscuros tiempos y de aquellos personajes 
misteriosos é interesantísimos. Quien desee enterarse por menudo de la lite- 
ratura burrista, puede registrar Burr Bibliography, a UstofBooks relating 
to Aaron Burr by Hamilton Bullock Tompkins, Brooklin, 1892, 89 p. 250 
copies printed. 



. / 



¿ 

* 



Obras del mismo autor: 

De mi Cosecha. (Crítica literaria.) Ancira (Agotada.) 

De autos. (Cuentos.) García $ 1 25 

De Santa Anua á la Reforma. Ballescá. 3 vols 16 00 

La intervención y el imperio. Ballescá. 4 vols 20 00 

El papel de Juárez en la defensa de Puebla y en la campaña del 63. Ba- 
llescá 50 

Trascendencia del problema de la instrucción secundaria en México . . . (Agotada.) 
Don José Ivés Liman tour. (Semblanza.) Edición privada. 
Breve noticia de Algunos M. SS. de interés histórico para México, que se en- 
cuentran en los Archivos y bibliotecas de Washington, D. C. 

En preparación: 
Un imperio mexicano en el siglo XVIII. 

México en el segundo tercio del siglo XIX (Traducción de Life in México, de Mme. 
Calderón de la Barca). 



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