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Full text of "La Gallega, nave capitana de Colón en el primer viaje de descubrimientos"

G1FT OF 




A ; ^ 

C. García de la Riega. 



LA GALLEGA, 

NAVE CAPITANA 
DE 

COLÓN 



PONTEVEDRA 

l\u\ de i.A Viuda DE •). A. Antvíiíb 



ÍS97 

^r 



k 



LA GALLEGA, 

Nave capitana de COLÓN. 



LA GALLEGA, 



Nave capitana de COLÓN 



PRIMER VIAJE DE DESCUBRIMIENTOS. 



Estudio histórico 

POR 

(triso ©ateta íre la tticiia, 

socio de mérito 

de la Sociedad Arqueológica 

de Pontevedra. 



PONTEVEDRA 

Imp. de la Viuda de J. A. Antunez 
1897 






ES PROPIEDAD DEL AUTOR. 



AL PUEBLO DE PONTEVEDRA. 



El único éxito que ambiciono para 
este libro, es el de que sirva de estímulo 
á empresas provechosas para Ponteve- 
dra. Hubiera querido que en sus pági- 
nas se dibujase claramente un acabado 
cuadro de la importancia de nuestro 
pueblo en otros siglos, que despertase 
las energías de sus hijos ij de sus veci- 
nos y que les impulsase d utilizar los 
poderosos elementos que el progreso mo- 



277920 



II 
derno proporciona fácilmente á quie- 
nes ejercitan una decidida voluntad, 
porque no en vano se dice que querer 
es poder; pero mis fuerzas no alcanzan 
á trazar dicho cuadro ij me limito á ex- 
hibir algunos datos que atestiguan aque- 
lla pasada grandeza, ya que me facilita 
ocasión para ello el deseo de reivindicar 
una gloria de que se ha pretendido des- 
pojarnos. 

Si los pueblos viven de sus gloriosos 
recuerdos, es porque el ejemplo de los 
buenos tiempos tiene la virtud, ó debe 
tenerla, de alimentar el perseverante pro- 
pósito de acrecer los bienes presentes g 
de recobrar los perdidos; es porque mer- 
ced d dichos recuerdos, no se apoderan 
del ánimo, ó por lo menos pueden ser 
combatidas con fruto, la indiferente pa- 
sividad y la descuidada indolencia, ca- 
rriles ciertos por donde se llega á la ex- 



III 
tinción de toda fuerza y, por consiguien- 
te, á la mas completa anulación. 

No es cierto que Pontevedra carezca 
de bases para hacer el debido honor á 
su pasado. Por su situación y la del in- 
mediato puerto de Marín, que en nada 
cede á los demás de Galicia y aun les su- 
pera en la condición de que los buques 
no necesitan práctico para entrar y fon- 
dear en él, puede convertirse en centro 
mercantil y fabril de una extensa y po- 
blada comarca: para ello, solo se re- 
quieren unión y amor al trabajo. 

Tales son las ideas que originan esta 
dedicatoria, en la cual, no solo por gra- 
titud, sino también por sentimiento de 
justicia, debo incluir desde luego el nom- 
bre del Sr. Marqués de Riestra, amante 
hijo de Pontevedra, bajo cuyos aus- 
picios publico el presente estudio, y 
quien, por la instalación de grandes 



IV 

industrias y por su constante coopera- 
ción á cuanto engrandezca moral y ma- 
terialmente á nuestro pueblo, ha inicia- 
do en éste el seguró camino para la re- 
conquista de su pasada prosperidad. 

Dedico, pues, mi modesto trabajo á 
Pontevedra, cuyo nombre ha querido 
Dios enlazar al de la carabela «La Ga- 
llega», desde cuyo castillo vio Colón, en 
memorable noche y cual ansiado faro, 
la luz reveladora de un nuevo mundo. 

¡Aunque descubierto ese mundo en 
bien de la humanidad y de la civiliza- 
ción, haya costado á España tantas Id- 
grimas y tantos sacrificios! 

Celso G. de la Riega. 
Pontevedra, Mayo de 1897. 



bíhíh&UiUííiíi^&Uhií^&íiíi^ 



Emprendemos la difícil tarea de restable- 
cer la verdad sobre detalles de grandiosos 
hechos acaecidos al principiar la Edad mo- 
derna, pretensión temeraria indudablemente 
en toda ocasión y mucho mas cuando es 
preciso analizar afirmaciones de altas auto- 
ridades científicas y cuando la situación 
creada en los archivos, en los libros, en las 
tradiciones y en las demás fuentes históricas 
por el trascurso de cuatro siglos de cons- 
tantes perturbaciones y por los apasiona- 



micntos de los hombres, es poco favorable 
á la investigación de lo pasado por los que 
no poseemos las condiciones que se requie- 
ren, en primer término, para examinar, es- 
coger y ordenar los elementos de prueba, y 
luego, para utilizarlos con la eficacia apete- 
cida. 

El deseo de acertar, unido á la confianza 
en la bondad de la causa que nos propone- 
mos defender, pueden acaso evitar aquella 
deficiencia y, fundados en este sincero 
raciocinio, no hemos vacilado en acome- 
ter la empresa, realizando así nuestro an- 
helo, desde hace mucho tiempo bien sen- 
tido, de rectificar aseveraciones que hemos 
juzgado caprichosas y que vienen reclaman- 
do, desde que se han estampado por la im- 
prenta, clara y adecuada respuesta. 

Quizás aparezcamos en algún momento 
dominados por el orgullo; mas aparte de 
que este sentimiento pudiera justificarse por 



la honrosa historia del pueblo en que he- 
mos nacido, afirmamos desde luego que 
estamos muy poseídos de la verdad que 
defendemos y que á este convencimiento 
deberá atribuirse la severidad ó la altivez de 
nuestros juicios. 



^^MMM^^¿i^MMU¿¿M^i¿Mi^^i¿^MMU¿¿¿¿¿¿é^ 



II. 



La historia del* Descubridor del Nuevo 
Mundo ofrece diversos incidentes que han 
sido, son y serán durante mucho tiempo ob- 
jeto de minucioso estudio y de animadísima 
discusión. La patria y origen del primer Al- 
mirante de las Indias; el día, ó por lo me- 
nos, el año de su nacimiento; su infancia, 
educación, juventud y vida anterior á su 
aparición en Castilla; la calidad de sus pa* 
rientes; la fecha y el lugar de su casamiento 
en Portugal; sus relaciones amorosas en 
Córdoba y otras interesantes circunstancias 



— 6 — 
de su existencia, permanecen envueltas en 
la obscuridad. 

Luchan varias poblaciones por la gloria 
de ser indisputable cuna del eximio nave- 
gante; discuten historiadores y críticos con 
el debido interés sobre los varios puntos de 
controversia; documentos tras documentos 
brotan de los archivos produciendo alterna- 
tivas en el aspecto y en las momentáneas re- 
sultancias déla perenne información abierta; 
y aunque al parecer la confusión crece y ame- 
naza convertir en arcano aquella obscuridad, 
es indudable que en el fondo de las cuestio- 
nes planteadas la verdad vá labrando su di- 
ficilísimo camino, y probablemente, porque 
tal es el objetivo de las ciencias históricas, 
resplandecerá un día en toda su plenitud. 

Cuanto se refiere á los hombres extraor- 
dinarios que sobresalen en la historia del 
mundo como fundadores de las religiones, 
como genios de la ciencia, como conquista- 



~ 7 — 
clores de la tierra, ejerce sugestión muy ac- 
tiva en la mente de las clases cultas y en 
el ánimo de los pueblos. El estudio ele las 
virtudes que han brillado en su carácter; de 
las particularidades de su vida y hasta de 
sus defectos; de los actos que llevaron á ca- 
bo; de la época en que vivieron; de las per- 
sonas y colectividades que intervinieron en 
su empresa; de los acontecimientos que de- 
tuvieron ó apresuraron la ejecución de sus 
altos pensamientos; de los medios que tu- 
vieron á su alcance ó que la Providencia les 
proporcionó ostensiblemente para la obra 
inmortal que realizaron; y, por último, de 
los ínfimos instrumentos de su misión en la 
humanidad, constituye una parte esencial 
del culto que podemos rendirles cuantos no 
hacemos otra cosa que nacer, vivir y morir 
sin dejar huella alguna de nuestro paso por 
la tierra. 

La gloria de los grandes hombres se re- 



— 8 — 
fleja en todo lo que les ha rodeado y, con 
relación á ellos, el único fin á que podemos 
aspirar los simples mortales, es el de preten- 
der que una parte de esa gloria encumbre 
aquello que á todos inspira también expon- 
tánea y ferviente pasión: el pueblo en que 
se ha nacido. 

Tiene, por consiguiente, para nosotros 
grande atractivo el estudio de ciertos de- 
talles del primer viaje de descubrimientos 
emprendido por Colón desde el inmortal 
pueblo de Palos y cuyo feliz éxito transfor- 
mó radicalmente las ideas, los conocimien- 
tos científicos, el comercio, las aspiraciones 
sociales, la vida entera de la humanidad, co- 
mo uno de los más sorprendentes y maravi- 
llosos sucesos acaecidos desde la Creación. 
Tres pequeñas embarcaciones españolas di- 
rigieron sus atrevidas proas hacia el desco- 
nocido Occidente, á cuyo extremo la fanta- 
sía popular creía que se desbordaba el te- 



— 9 -*■ 
nebroso piélago que había sepultado en re- 
mota edad extensos continentes y numero- 
sos pueblos, é imaginaba abruptas riberas 
pobladas por deformes seres y constante- 
mente asaltadas por iracundas olas; y, en 
verdad, que si Colón alcanzó gloria imarce- 
sible por su inteligencia, no menor la logra- 
ron por su corazón aquellos pobres tripu- 
lantes que no poseían la perseverante fé del 
Genio que les guiaba, ni la fuerza persuasi- 
va de la Ciencia á que servían. 

Nuestra insignificancia no impedirá que 
saludemos con orgullo y con respeto la me- 
moria de aquellos humildes marineros, ni 
que dediquemos entusiasta aplauso á la 
aristocracia española que, pocos años há, es- 
culpió los nombres de dichos inmortales tri- 
pulantes en el monumento de Madrid, por 
ella erigido noble y patrióticamente. 






III. 



Tres fueron, como nuestros lectores sa- 
ben, los buques que Colón guió en su pri- 
mer viaje: las carabelas Santa María, ó La 
Gallega, la Pinta y la Niña] las dos últimas 

del puerto de Palos y la primera del de 

Estos puntos suspensivos indican el objeto 
de las presentes páginas: dejamos en blan- 
co ese espacio por más que nosotros, ple- 
namente convencidos, pudiéramos reempla- 
zarlo con una afirmación. 

Interesante cuestión se ha suscitado acer- 
ca de si la nave capitana de dicho primer 



— 12 — 

viaje era carabela ó nao, y parece resuelta 
en favor de les que han opinado que La Ga- 
llega era tal carabela, pues los mismos eru- 
ditos críticos que en un principio sostuvie- 
ron el concepto de nao como forma especial 
de aquel barco, vinieron luego, más ó me- 
nos francamente, á adherirse á la opinión 
triunfante, que por cierto defendió con ga- 
llardía y con sólidas razones el distinguido é 
ilustrado General de Infantería de Marina 
Don Pelayo Alcalá Galiano. 

No pretendemos intervenir en dicha po- 
lémica, ni renovarla; pero de ella debemos 
recojer, para nuestros raciocinios y para 
nuestra demostración con respecto al puerto 
de que procedía la Sania María, ciertas no- 
ticias, mejor dicho, apreciaciones, que un 
doctísimo académico de la Historia y escla- 
recido marino, Sr. Fernández Duro, se deci- 
dió á autorizar con su valiosa adhesión; 
apreciaciones que seguramente hubiéramos 



— i 3 — 
ignorado, (ya porque no es posible leer todo 
lo que se escribe é imprime, ya por otras 
preocupaciones del ánimo y de la vida) si 
los estudios que hubimos de emprender 
desde hace poco tiempo no las hubieran 
puesto ante nuestra vista, y son las siguien- 
tes, conviene á saber: en su notable trabajo 
histórico «Pinzón en el descubrimiento de 
las Indias,» año de 1892, página 44, dice 
que para el mencionado primer viaje de Co- 
lón «se fletó además una nao de Cantabria 
fuer le y buena» y en la Revista del Cente- 
nario, cuaderno 6.°, página 252, afirma que 
«Juan de la Cosa era capitán y propietario 
de la Santa María, capitana nao construida 
en Cantabria expresamente para la carrera 
de Flandes.» 

Respecto á la primera proposición, y á 
una parte de la segunda hemos advertido 
desde luego que la misma vaguedad del con- 
cepto destruye la aseveración; cuanto á la de 



— . 14 — 
haber sido Juan de la Cosa propietario de 
La Gallega, conocíamos el documento que 
el ilustre Navarrete ha incluido en su «B¿- 
blioteca marítima», esto es, la carta de los 
Reyes Católicos, que dice: «Por faser bien 
»y merced á vos Juan de la Cosa vesino de 
» Santa María del Puerto porque en nuestro 
» servicio e nuestro mandado fuistes por 
» maestre de una nao vuestra a los mares 
»del Océano donde en aquel viaje fueran 
» descubiertas las tierras e islas de la parte 
»de las Indias e vos perdistes la dicha nao e 
»por vos lo remunerar e satisfacer por la 
» presente vos damos licencia e facultad pa- 
»ra que vos o quien vuestro poder hobiere 
»podades sacar de la cibdad de Jerez de la 
» Frontera o de otra qualquier cibdad o villa 
»o logar de Andalucía doscientos cahises de 
» trigo & a & a .» 

Esta Real carta, expedida en Medina del 
Campo á 28 de Febrero de 1494, no ofrece 



— i5 — 

ningún otro detalle ó frase que se preste á 
estudio ó á interpretación interesante. 

Y, por último, en su hermoso libro titula- 
do ata Marina de Castilla», el Sr. Fernán- 
dez Duro, al hablar de la gigantesca empre- 
sa de Colón, dice así: «La actividad de Pin- 
»zón organizó en breve escuadrilla en que, 
»por caprichos del azar, eran componentes 
»dos carabelas del puerto mismo de Palos, 
» fuertes y veleras, y una nao de mayor por- 
»te, propiedad de su maestre Juan de la Co- 
»sa, tripulada por cántabros como él, cur- 
»tidos en la navegación del norte de Euro- 
»pa. Los tres bajeles, en su pequenez bus- 
»cada, representaban á los de Andalucía, le- 
breles de los moros, á la vez que á los de 
y>las Cuatro villas, Vizcaya y Guipúzcoa, 
Ȏmulos de cualquier otro en Flandes como 
»cn Venecia.» «Eran síntesis de la marina 
>>castellana que, acabado el servicio de su 
» nación, iban á servir á la humanidad.» 



*¿&¿x±£&¿£*¿¿¿¿&*^^ 



IV, 



«Se fletó además una nao de Cantabria 
fuerte y buena.» 

Según todas las noticias que se tienen del 
período angustioso que Colón pasó en Palos 
organizando su pequeña armada de descu^ 
brimientos, se hizo lo que se pudo, esto es, 
se fletaron los barcos que se encontraron á 
mano. No hubo elección, ya porque no exis- 
tían en aquel puerto otras naves, ya porque 
todo el mundo esquivaba tomar parte en una 
empresa considerada como absurda y de fa- 
tales consecuencias. 



Conocidas son las amarguras que sufrió 
el insigne navegante en la preparación de 
su escuadrilla y las dificultades de todo ge- 
nero que se le presentaron, unas de oposi- 
ción manifiesta, otras de resistencia pasiva, 
no obstante las apremiantes órdenes de los 
Reyes; hacíanse mal y volvían á hacerse 
peor las obras que requerían los dos barcos 
con que aquel puerto tenía obligación de 
servir á la Corona, embargados para el via- 
je; desert?ban los tripulantes contratados y 
huían los que temían ser alistados por la 
fuerza; habíase formado terrible atmósfera 
que amenazaba destruir todas las esperan- 
zas de Colón ¡Es que se trataba de los 

proyectos descabellados de un extranjero 
visionario que, por ambición ó por extrava- 
gante manía, pretendía arrastrar á ignora- 
dos tormentos y á horrorosa muerte á cuan- 
tos tuviesen la debilidad de seguirle! Es po- 
sible que sin los piadosos consuelos y las 



— 19 — 
animosas exhortaciones de los Franciscanos 
de la Rábida, el Descubridor de las Indias 
se hubiera entregado á la desesperación; 
porque, en efecto, tarca sobrehumana era la 
de vencer las preocupaciones de las clases 
inferiores, después de haber luchado duran- 
te siete años con las de las elevadas; la de 
alcanzar el consentimiento del pueblo, des- 
pués de haber logrado el apoyo de la Corte. 
Antes, había encontrado enfrente de sí la 
ciencia oficial y la altivez de arriba; des- 
pués, veía obstruido su camino por la igno- 
rancia y por el fanatismo de aquellos que 
eran brazos indispensables para realizar su 
obra. 

El mérito de los Pinzones y de Juan de la 
Cosa estriba precisamente en la decisión 
con que por fin favorecieron los planes de 
Colón; pero no existió, lo repetimos, verda- 
dera elececión de buques y se alistaron les 
que «á su alcance y disposición tuvieron los 



mencionados ilustres marinos. No había 
tiempo ni sobraba dinero para ir de puerto en 
puerto examinando buques ó para encargar 
á Cantabria una nao fuerte y buena: acaso 
la llegada á las aguas de Palos, en recalada 
de viaje comercial al Mediterráneo, de La 
Gallega, conducida por su maestre Juan de 
la Cosa, fué causa de que éste se enterase al 
pormenor de las científicas teorías de Colón 
y se determinase á secundar sus proyectos, 
pues indudablemente poseía, como los Pin- 
zones, conocimientos, experiencia y ánimo 
suficientes para comprender la verosimilitud 
de la empresa patrocinada por los Reyes Ca- 
tólicos; y así la Providencia proporcionó á 
Colón un buque de carga. (1.) El mismo se- 
ñor Fernández Duro dice en La Marina de 
Castilla, que las tres carabelas componían, 
por caprichos del azar, la escuadrilla orga- 
nizada en Palos. 

Examinaremos mas adelante si La Ga- 



llega era ó nó de Cantabria: veamos por de 
pronto, en pocas líneas, el grado de impor- 
tancia que tienen los adjetivos «fuerte y 
buena:» El docto Sr. Fernández Duro no 
los ha estampado aeguramente en oposición 
á los de «débiles y malas» como condicio- 
nes de las otras dos carabelas de Palos, 
pues en el párrafo de La Marina de Casti- 
lla, arriba copiado, afirma que eran fuertes 
y veleras; quiso indudablemente expresar 
que en Cantabria se construían barcos fuer- 
tes y buenos, en el sentido de tener mu- 
cha, bien curada y bien trabada madera, 
porque los marinos de una parte de la costa 
cantábrica lanzábanse denodadamente hacia 
el Norte y el Noroeste, en busca de las ba- 
llenas, donde tenían que luchar y chocar 
con la fuerza de estos monstruos, con la 
constante bravura del Océano y con los flo- 
tantes y temibles témpanos de hielo que 
se desgajaban de la zona glacial. Mas en 



— 22 — 
la «Revista del Centenario», según hemos 
dicho, venios enunciada otra idea, afirma- 
da sin vacilación alguna, como verdad in- 
concusa y averiguada: la de que la nao 
Santa Mana fué construida «en Cantabria 
expresamente para la carrera de F laudes», 
esto es, para el comercio de las regiones 
del Norte, y por consiguiente, requería la 
condición de fuerte unida á la de buena que 
comprende las necesarias para que rindiese 
provecho positivo á su propietario y á los 
mercaderes que la fletasen; pero es de ob- 
servar que estas condiciones no eran exigi- 
das exclusivamente á los buques destinados 
á la carrera de Flandes, sino también á los 
que hubieren de navegar por los demás ma- 
res conocidos, que en todos ellos los peligros 
son idénticos y frecuentes. No creemos que 
el Sr. Fernández Duro quiso expresar que 
solo en Cantabria se construían naves fuer- 
tes y buenas, y en las demás regiones es- 



— 23 — 
pañolas débiles y malas; á nosotros se nos 
figura que su propósito fué, por una parte, 
adornar, y por otra justificar indirectamente 
su aseveración de que La Gallega fué cons- 
truida en Cantabria. 

Este es uno de los puntos que nos propo- 
nemos analizar en nuestro trabajo. La ex- 
presada aseveración del Sr. Fernández Du- 
ro, que á primera vista aparece concluyente, 
en el fondo es vaga, incierta; se vé la exis- 
tencia de una convicción, pero de una con- 
vicción que no descansa en fundamentos 
decisivos, que quizás se deriva tan solo del 
raciocinio, sobradamente débil, de que sien- 
do Juan de la Cosa marino cántabro, el bar- 
co de que era maestre ó propietario debía 
ser producto de la industria de Cantabria. 
Si La Gallega hubiera sido construida en 
alguna de las Cuatro villas ó en alguno de 
los puertos vascos, noticia necesaria para 
hacer la mencionada afirmación, el Sr. Fer- 



*- 24 — 

hández Duro no hubiera usado la voz gené- 
rica «Cantabria», sino empleando la indi- 
vidual: «construida en Castro, en Laredo, 
en San Sebastian», Así que las circunstan- 
cias que contiene la carta de los Reyes Ca- 
tólicos, no son fundamento bastante, dice 
*el Sr. Alcalá Galiano, para que una perso- 
na tan erudita afirme que la Santa María 
era nao construida en Cantabria expresa- 
mente para la carrera de Flandes; y añadi- 
remos que no constando, siquiera por indi- 
cios persuasivos, que haya sido flotada en 
una de las villas cantábricas para formar 
parte de la expedición de Colón al Occi- 
dente, se nos antoja que hubiera sido muy 
singular su aparición en un puerlo como 
el de Palos, tan aleja. lo de aquella carre- 
ra, con lo cual queda desautorizado el ad- 
verbio «expresamente»; mientras que no 
resulta violenta, ni mucho menos, la presun- 
ción de que, dedicados muchos barcos de 



Galicia al trasporte de la sardina salada, del 
abadejo y otros pescados curados á los puer- 
tos del Mediterráneo, tornando algunos con 
sal, arroz, especias, aceite, telas de seda, 
y demás artículos de aquel comercio, y 
otros en lastre buscando carga por el litoral, 
se ofreciera á Colón y á los Pinzones la 
ocasión de fletar La Gallega en el Puerto 
de Santa María ó en el mismo de Palos. (2) 



V. 



En materia de tanta importancia lrstóri- 
ca y trascurridos cuatro siglos desde los su- 
cesos que se examinan, no basta hacer de- 
terminadas afirmaciones, por grande y por 
merecida que sea la autoridad de los escri- 
tores que las consignen: es imprescindible 
presentar la correspondiente justificación, 
porque, como dice el P. Mariana, «la histo- 
ria no pasa partida sin que le muestren 
quitanza.» 

Al lado de la aserveración que origina Los 
presentes comentarios no vemos las prue- 



— 28 — 

bas, ó indicios serios por lo menos, de que 
los contemporáneos de Culón daban capri- 
chosamentelsL denominación de La Gallega 
á la nave Santa María, ni hallamos indica- 
da siquiera la causa de que el navio man- 
dado por Juan de la Cosa tuviera aquel so- 
brenombre, ni cita, dato ó documento algu- 
no que justifique la sospecha, siquiera, de 
que dicho barco fué construido en Canta- 
bria. 

U.i manuscrito existente en el Archivo 
de Indias consigna, según el Sr. Alcalá Ga- 
liano, que Colón salió de Palos con tres 
carabelas, la mayor llamada La Gallega; 
en la Colección de documentos inéditos de 
Indias, tomo XIV, página 563, se consigna 
también que «de las tres naves era capitana 
La Gallega; Gonzalo Fernández de Oviedo, 
cuya Historia general de Indias, escrita á 
principios del siglo XVI, está reconocida 
como fuente histórica de primera importan- 



— 2 9 — 

cia, denomina repetidas veces La Gallego, 
en el capítulo 5.0 del tomo primero, á la 
carabela capitana. 

«Debeys saber que desde alli (Palos) prin- 
»cipio su camino con tres caravelas, la una 
»c mayor de ellas llamada La Gallega. — 
»De estas tres caravelas era capitana La 
iG'dlega en la qual ybala persona de Co- 
llón. — Se llamo La Gallega, dedicada a 
» Santa Maria. — Y a la entrada del Puerto 
»Real toco en tierra la nao capitana llama- 
»da La Gallega e abrióse. — E fico hacer 
«un castillo quadrado a manera de palen- 
»que con la madera de la caravela capitana 
»La Gallega.y> 

Diversos escritores, tanto de la época co- 
mo de las subcesivas, distinguen con el mis- 
mo sobrenombre á la nave capitana; y, por 
último, el propio Colón dio á una isla la de- 
nominación de La Gallega, siendo de pre- 
sumir que para ello no tuvo otro motivo que 



— 30 — 
el noble pensamiento de dedicar un recuer- 
do al barco en que realizó la idea que había 
acariciado al través de múltiples amarguras: 
el descubrimiento de las Indias Occidenta- 
les. En carta que dirigió á los Reyes desde 
Jamaica, fecha 7 de Julio de 1503, dice que 
«el navio Sospechoso había echado á la mar, 
por escapar, (de la tormenta) hasta la isla la 
Gallega.» La antecedente noticia es muy 
importante para nuestra demostración, pues 
Colón no debió haber dado caprichosamen- 
te aquel nombre á la mencionada isla; y re- 
petimos bajo esta forma la consideración an- 
tes apuntada, porque creemos necesario de- 
jar bien inculcada en el juicio de nuestros 
lectores, tan evidente prueba de que Gonza- 
lo Fernández de Oviedo cumplió su obliga- 
ción de historiador puntual y fiel, trasmi- 
tiendo á la posteridad el nombre «La Galle- 
ga •> que vulgarmente se daba á la nave capi- 
tana de Colón al emprender su primer viaje. 



kmmákm&mmmmjámmkmMm 



vi. 



¿Por qué la nave capitana de Colón se lla- 
maba La Gallega á pesar de que su maes- 
tre era Juan de la Cosa? ¿Por su forma de 
construcción, esto es, por su corte, por sus 
líneas y por otras singularidades de su casco 
y de su arboladura? ¿Por haber sido cons- 
truida en Pontevedra, en Noya, en la Coru< 
ña, en Vivero? ¿Por su historia desde que 
flotó en el mar? ¿Por los viajes comerciales 
que verificaba? ¿Por ser gallegos sus propie- 
tarios antes de adquirirla el piloto de San- 
toña? Por serlo los copropietarios, dado que 



Juan de la Cosa no fuese su único dueño, de 
la misma manera que la Santa Clara, por 
pertenecer en gran parte á la familia de los 
Niño, tenía el sobrenombre de La Niña? 

Estas presunciones pueden sin violencia 
alguna expresar la verdad histórica ó acer- 
carse á ella y ser además suficientemente 
razonables para que el Sr. Fernández Duro 
no tuviera escrúpulo alguno en permitir, 
mientras no dispusiera de pruebas irrefuta- 
bles, que alcanzase á la marina de Galicia 
un reflejo de la gloria que irradia del des- 
cubrimiento del Nuevo Mundo. Bien es ver- 
dad que el ilustre académico de la Historia 
no ha querido descender al estudio de la 
marina gallega de la Edad Media. Véase su 
notabilísimo libro titulado «La Marina de 
Castilla,» del cual resulta que la marina 
castellana de aquellos tiempos estuvo redu- 
cida á los barcos de las Cuatro villas y á los 
de Vizcaya y Guipúzcoa. Ligerísimas indi- 



— 33 - 
cationes con respecto á Sevilla y algún otro 
puerto de Andalucía; leves alusiones á uno 
ó dos de los de Galicia y de Asturias, es to- 
do lo más que en su libro les concede bon- 
dadosamente. Gijón, Aviles, Vivero, Ri va- 
deo, Coruña, Noya, Pontevedra, Bayona de 
Mignor, debieron presentarse ante el alto 
criterio del Sr. Fernández Duro como escon- 
didas charcas donde flotaron algún dia, si 
acaso, míseros bateles de pescadores de ca- 
ña, á pesar de constarle que en 2 de Sep- 
tiembre del ano de 4343 el rey Eduardo de 
Inglaterra reclamó al de Castilla por los da- 
ños que en las costas y en los barcos de sus 
dominios lucieron varias «naos de Arribe- 
deu, Viverro, La Croinhe, Noie, Pount De- 
berre e Bayeu Demyor. » Para ocasionar ta- 
les daños es de presumir que dichas naos 
eran tan «buenas y fuertes,» como las de 
Cantabria. No extrañen nuestros lectores 
este lenguaje, un tanto nervioso, porque sin 



— 34 ~ 
que seamos llorones, nos afecta que persona 
tan autorizada por relevantes títulos y por 
considerables méritos, haya preterido en su 
libro una parte interesante y extensa de la 
costa del reino de Castilla como es la de As- 
turias y Galicia, sobre todo después de asen- 
tar que el glorioso fundador de la marina 
castellana fué el célebre arzobispo de Santia- 
go de Compostela, D. Diego Gelmirez, en el 
siglo XII. 

Que el animoso prelado hubiese traido á 
los llamados «puertos bajos» de Galicia, des- 
de Francia é Italia, maestros de construc- 
ción naval, demuestra que á la sazón no los 
había más cerca, esto es, en las Cuatro vi- 
llas y demás puertos cantábricos; y sería 
muy lógico pensar, si no lo hubieran justifi- 
cado sucesos, noticias, datos y documentos 
de los tiempos posteriores, que á la iniciati- 
va del arzobispo respondió el desarrollo en 
Galicia de la industria de construcción de 



— 35 — 
barcos, porque no se pretenderá afirmar 
que habiendo instalado Gelmirez aquellos 
elementos de progreso en las rías bajas ga- 
llegas, su esfuerzo hubo de ser en ellas 
completamente estéril, resultando en cam- 
bio fecundo allí donde no existieron dichos 
maestros y obreros de construcción naval, 
esto es, un despropósito parecido al de sos- 
tener que la siembra que se hace en campo 
propio dá sus frutos en el del vecino. 

Puesto que el arzobispo de Com postela 
creó tan útil industria en las villas marítimas 
de su señorío, en ellas fué donde debió arrai- 
garse y florecer; y de esta manera racional 
puede explicarse, á nuestro juicio, el miste- 
rio que el Sr. Fernández Duro consigna en 
las siguientes palabras: «A los diez años 
(de la iniciativa de Gelmirez) una escuadra 
respetable figura ya, sin saberse corno fué 
formada.-» 

El docto académico, que por el simple 



- 36 - 
hecho de haber sido Juan de la Cosa maes- 
tre de La Gallega y por el de existir comer- 
cio entre la costa del norte de España y los 
países comprendidos entonces en la deno- 
minación de Flandes (3) sacó libremente 
la consecuencia de que aquella carabela 
fué construida en Cantabria para dicho co- 
mercio, bien pudo, y con verdadera lógica, 
ligar la iniciativa de Gelmirez á la existen- 
cia, diez años después, de una respetable 
armad?; á no ser que se establezca el pre- 
juicio de que en Galicia los efectos no son 
congruentes con sus causas, como arriba 
hemos insinuado. Pongamos al obispo de 
Burgos en lugar del arzobispo de Santiago, 
y seguramente el Sr. Fernández Duro adi- 
vinaría como se había formado aquella es* 
cuadra y en cuales puertos cantábricos. 

¿Cómo fué formada? En gran parte, des- 
de luego, con los elementos reunidos por 
dicho prelado; en los astilleros que él creó 



— 37 — 
en sus dominios, y con los mareantes, ya 
gallegos, ya cántabros, que debieron con- 
currir para tripularla. Así se instaló y des- 
arrolló la industria de construcción naval en 
Galicia; así pudieron los reyes de Castilla 
hacer más eficaz la guerra con los moros y 
premiar con notables privilegios y franqui- 
cias especialísimas el auxilio que obtuvieron 
de los puertos gallegos; así fué despertán- 
dose la afición de los nobles de los mismos 
puertos y comarcas de éstos á la marina mi- 
litar y así se vio en la Edad Media salir de 
Pontevedra almirantes como Payo Gómez 
Charino, Alfonso Jofre Tenorio, Alvar Paez, 
(4) y más tarde otros marinos famosos co- 
mo Juan da Nova, Sarmiento de Gamboa, 
los Nodal, los almirantes Matos &. a (5) ¡Quién 
sabe si la historia de la marina de Galicia 
reserva á dicho distinguido académico algu- 
na sorpresa extraordinaria! 

Consideraciones tan razonables parecen 



- 38 - 
invitar á una previa averiguación, y si aquél 
erudito escritor hubiese querido investigar 
por sí ó encargando de ello á persona com- 
petente, en los archivos de los concejos y 
de las cofradías de los puertos gallegos, por 
él olvidados, noticias relativas á la historia 
marítima de éstos, tenemos la seguridad 
de que hubiera no solo incluido en La Ma- 
rina de Castilla datos muy interesantes, si- 
no también suavizado con oportunas salve- 
dades la escueta afirmación de haber sido 
construida en Cantabria la carabela La da - 
llrrja. Creemos también que no hubiera re- 
ducido á las Cuatro villas y puertos vascos 
la representación que, por su sola autoridad, 
adjudica á la nave capitana de Colón en el 
primer viaje al Occidente. 



áMMiAUAAMMUMMMMMMiUUAMM AAUii.U U ; U,U¿¿U¿* 



VII. 



Los privilegios que gozaban varios puer- 
tos de Galicia desde antigua fecha y espe- 
cialmente el de Pontevedra á consecuencia 
de la conquista de Sevilla en la que, según 
el concienzudo Riobóo, tomaron parte vein- 
tisiete naves de dicha villa y diez y siete 
de la de Noya, fueron elementos poderosos 
para que en ella se desarrollasen el comercio 
y la construcción naval. En el número de di- 
chos privilegios figuraba el de que sus veci- 
nos y mareantes podían traer libremente de 
cualquiera parte á los reinos de Castilla y 



'— 40 — 
vender con franquicia en sus naves, esto es, 
sin pago de alcabalas ni de impuesto alguno, 
un quinto de las mercancías que condujesen, 
y si hubiesen de morir por mandato de justi- 
cia, se ejecutase en ellos la pena como en 
personas nobles. (6.) 

Tan extraordinarias franquicias fueron in- 
mediato origen de la gran cofradía de ma- 
reantes de Pontevedra, pues se vio la nece- 
sidad de hacer constar en todo momento y 
en todo lugar cuales mareantes y cuales na- 
ves eran de dicha villa y podían disfrutar 
aquellas ventajas. Establecióse antes que la 
Hermandad de las villas cantábricas y mu- 
cho antes que la cofradía de San Roque de 
Santiago, puesto que al decretarse la festivi- 
dad del Corpus Christi, 131 1, ya tenía im- 
portancia suficiente para tomar esta advo- 
cación (Corpo de Deus) y encargarse del 
culto correspondiente, que llegó á celebrar 
con la mayor esplendidez. 



— 4i — 
Inscribiéronse en dicho gremio los puer- 
tos y los mareantes de la llamada costa baja 
ele Galicia, formando una verdadera liga ó 
hermandad que defendía los intereses y per- 
sonas que la componían, y del grado de im- 
portancia que llegó á adquirir puede juzgar- 
se per el siguiente hecho, extractado de una 
ejecutoria que consta en el archivo del gre- 
mio. Habiendo impuesto el Arzobispo de 
Santiago, D. Alonso de Fonseca, como se- 
ñor de la tierra, un derecho sobre el pesca- 
do y sobre el par de millares de sardinas, 
que cobró durante los años de 1472 á 1478 
inclusive, promovióle pleito el gremio de 
mareantes en defensa de sus privilegios de 
tiempo inmemorial, y después de correr to- 
dos sus trámites y apelaciones, terminó en la 
Cnancillería de Valladolid por sentencia de* 
finitiva á favor del gremio. La Mitra procu- 
ró demorar el cumplimiento del fallo que le 
había condenado á una indemnización de 



— 42 - 
343-649 maravedís y la correspondiente su- 
ma por costas, transigiéndose esta cuestión, 
derivada de la principal, por escritura de 
concordia celebrada en Santiago, en virtud 
de la cual quedó reducida aquella indemniza- 
ción á 105.669 maravedís, pues los marean- 
tes, según el texto de dicha escritura, apro- 
bada por el Prelado, «suspenden, quitan, 
remeten, é perdonan á su Señoría» el resto 
de la cantidad señalada por la sentencia. Lo 
elevado de la suma de 343.649 maravedís, 
que seguramente, atendiendo á la calidad y 
altura de uno de los pleiteantes, no revela 
la verdadera recaudación obtenida en los 
siete años, demuestra el florecimiento increí- 
ble de la pesca y de la salazón en la ría de 
Pontevedra á mediados del siglo XV. 

No es esta ocasión adecuada para dar no- 
ticia circunstanciada y completa de tan po- 
deroso gremio; lo haremos en otro trabajo, 
pero creemos oportuno indicar que, sin du- 



— 43 — 
da por desconocer su existencia, el Sr. Fer- 
nández Duro, en su citada obra La Marina 
de Castilla, se extraña de que los puertos 
de Galicia no hayan tenido representación 
en la junta celebrada en Castrourdiales para 
el establecimiento de la Hermandad de las 
villas cantábricas. No es de suponer que el 
erudito crítico, al manifestar su extrañeza, 
ha querido expresar que Castrourdiales era 
en aquellos tiempos cabeza de la costa com- 
prendida entre la desembocadura del río Mi- 
ño y la del Behovia y que todos los puer- 
tos de ella debieron acudir con afán á inscri- 
birse en el gremio que se creaba; y no lo 
suponemos, porque no había entonces ca- 
pital ó capitales oficiales de jurisdiciones 
marítimas, ni en el terreno de la realidad 
disfrutaba aquella villa cantábrica superio- 
ridad señalada ó evidente con respecto á 
gran parte de las demás, aunque, en efecto, 
fuese importante y rica, ni la instalación de 



— 44 — 
la hermandad era cosa nueva para las que, 
como Pontevedra, ya disfrutaban los benefi- 
cios de la asociación y de privilegios no con- 
cedidos á ninguna otra. 



VIII. 



Era también muy importante en Ponte- 
vedra la cofradía de San Juan Bautista, 
formada por los carpinteros de mar y de 
tierra. Poseía grandes propiedades territo- 
riales y en el primer tercio del siglo XV 
constituyó muchos foros y censos; según el 
cartulario de 1431 á 1562, sus vicarios 
y procuradores podían penorar (embargar) 
á los deudores por pensiones, fueros y ana- 
les sin intervención de los jueces y alcal- 
des, facultad que se extendía á «quitar las 



- 4 6 - 
puertas de las casas (penetrar en el domi- 
cilio) por dineros y heredades.» 

Los constructores de barcos y carpinte- 
ros de mar que la constituían en gran par- 
te, disfrutaban desde tiempo inmemorial 
la franquicia de no satisfacer alcabalas ni 
impuesto alguno por la madera, clavazón y 
brea, ni por razón de «empreytada e tra- 
ballo das suas maos e personas» ni por ha- 
cer «navios, naves, barcas, baixeles, cara- 
belas, pinazas, barcos, e bateéis e todas e 
quaesquier fustas maijores e menores para 
marear aunque las figesen e labrasen a cote 
o a jornal o en qualquier manera ena dita 
villa de pontevedra» según sentencia del 
arzobispo de Santiago, Don Rodrigo de 
Luna, fecha 8 de Junio de 1456, en el pleito 
de la cofradía de mareantes (á que también 
pertenecían los constructores de barcos y 
los obreros correspondientes) con Miguel 
Ferrandez arrendador de las alcabalas de 



— 47 — 
los navios de Pontevedra en el año de 

1449.(7-) 

Estos y otros privilegios, repetimos, die- 
ron notable impulso á la industrio de cons- 
trucción naval, que resultaba en Pontevedra 
menos costosa que en otras partes, y acre- 
centaron su población y su comercio; para 
demostrarlo, bastará que apuntemos las 
siguientes noticias: 

Apoderado de la villa, en 1476, el famo- 
so Madruga, Don Pedro Alvarez de Soto- 
mayor, conde de Camina, el arzobispo de 
Santiago, para recuperarla, tras la inútil ten- 
tativa anterior realizada con el auxilio de la 
armada de Don Ladrón de Guevara, pidió 
al cabildo de su catedral veinte mil marave- 
dís pares de blancas y organizó una legión 
de «maravillosas doscientas lanzas, dice 
Vasco de Aponte, y cinco mil peones, bue- 
nos hombres»; pero no logró tomarla villa, 
y habiendo sido derrotado por el de Cami- 



- 4 3 - 
ña, tuvo que levantar seguidamente el cer- 
co y huir con el conde de Monterrey que le 
acompañara en la empresa. Por cierto que el 
Sr. Murguía, en su libro Galicia, ha padeci- 
do la equivocación de rebajar el menciona- 
do auxilio del cabildo á dos mil maravedís 
y los cinco mil peones á quinientos, á pesar 
de haber tomado separadamente las citas; 
la primera, de la obra del docto Sr. López 
Ferreiro, «Galicia en el último tercio del si- 
glo XV» en cuyo primer tomo, página 177, 
se inserta el documento relativo á los veinte 
mil y no dos mil maravedís; y la segunda, 
del mismo Sr. López Ferreiro y de la cróni- 
ca de Vasco de Aponte, que escriben «cinco 
mil peones» y no quinientos; como que el 
conde de Camina disponía, dentro de Pon- 
tevedra, de dos mil. 

Estas cifras patentizan la importancia de 
un pueblo que á mediados del siglo XV, co- 
mo consta en el Libro del Concejo, ya tenía 



fc> 



— 49 — 
Lonja (8) y calles de Platería nueva y de 
Platería vieja. 

Otro dato especial revela el grado de pro- 
reso á que la villa había llegado al finali- 
zar la Edad Media; dato que siempre fué 
considerado como signo indudable de la ri- 
queza y de la cultura de un pueblo, cual es 
la existencia de un hospital para ¡azarados 
y otro para pobres, titulado también de 
«Corpo de Deus», engrandecido á principios 
del siglo XV por la caritativa vecina Teresa 
Pérez Fiota. ¡Cuántas poblaciones á las cua- 
les se pretende adjudicar, con los más leves 
fundamentos, lauros y glorias fantásticas, no 
pueden exhibir el elecuente dato de haber 
sostenido un establecimiento de beneficen- 
cia en la época de su supuesta grandeza! 

En el siglo XVI, los canónigos visitado- 
res del arzobispado de Santiago llaman á 
Pontevedra el «mayor lugar de Galicia, y 
con razón, puesto que contaba más de siete 



— 5o — 
mil vecinos; el licenciado Molina, malague- 
ño, ensalza el comercio é industria del mar 
de la «gran villa de las primeras del reino»; 
y Ambrosio de Morales la denomina «lugar 
grande y rico con más naranjos y arrayanes 
que Córdoba.» Ya en el siglo XIV el cro- 
nista francés Froissart la distinguía con el 
dictado de «bonne ville.» 

Como señal indudable en todos tiempos 
de la abundancia de recursos para la vida y 
de la prosperidad de un pueblo, Pontevedra 
presenta la existencia en ella y en sus cer- 
canías de varios monasterios poseedores de 
grandes bienes terrenales: el de Santa Clara, 
en que profesaban las damas de la nobleza 
de Galicia y aun de Castilla; los de Santo 
Domingo y de San Francisco, que soste- 
nían estudios de Teología y de Filosofía; y 
los de Lerez y Poyo con iguales estudios y 
antiquísimas mercedes de los reyes. De es- 
tas dos comunidades eran respectivamente 



— Si — 

abades perpetuos, á principios del siglo XVI 
el noble romano Príncipe de Monfiore y 
Don Juan de Vibena, Cardenal de Santa 
María in Pórtici. Muy cerca también de Pon- 
tevedra alzábanse el Real monasterio de 
San Pedro de Tenorio, el de Santa María de 
Armentera, el de San Fructuoso de Tambo 
y el de monjas de Tomeza; todos ellos en 
una comarca de poco más de una legua de 
radio. 

No debemos olvidar la industria de fabri- 
cación de armas, también muy floreciente 
en Pontevedra. En sus armarías no solo se 
labraban aquellos famosos escudos de que 
habla la ordenanza de Tarazona, dada por 
los Reyes Católicos é incluida en la Nueva 
Recopilación, sino también ballestas, viro- 
tes, dardos, lanzas, adargas, espadas, puña- 
les, cuchillos y quizás aquellas corazas y ar- 
mas de fuego que tanta superioridad dieron 
al célebre conde de Camina. Tenemos va- 



— 52 -- 
rios contratos de aprendizaje del oficio de la 
armaría y antes del año 1440 aparecen co- 
mo maestros Ruy de Nantes, Pedro Velas- 
co, Diego Yans, Fernando Gutiérrez Sobre- 
ferro y otros, vicarios de la cofradía de San 
Nicolás, formada por armeros, cuchilleros y 
herreros. La fama de los escudos de Ponte- 
vedra, oficialmente reconocida por los Reyes 
Católicos, nos sugiere la conjetura de que 
tal vez no hubo solución de continuidad en 
la vida de dicha población desde remotos 
tiempos y que los escudos galaicos que Silio 
Itálico alaba al describir las legiones de Aní- 
bal, procedían de Pontevedra y de la co- 
marca que es su vecina inmediata por el 
Oriente, que comprende la tierra de Teno- 
rio y de Cotovad, denominada por los ro- 
manos país de los escuta ríos, de que habla 
el cronicón Iriense á propósito de los lími- 
tes de la diócesis de Iría Flavia. Creemos 
que el nombre de escutarios no significa- 



— 53 — 
ba la clase ó calidad de escuderos como su- 
pone algún escritor, sino de fabricantes de 
escudos, pues no debe prescindirse de que el 
de Tenorio viene de Tanoi ras, Tenerlas, se- 
gún demuestra el P. Sarmiento; y muy sa- 
bido es que en dichas armas defensivas se 
empleaban antiguamente los cueros con 
mayor ó menor armazón metálica. A nues- 
tro juicio, ambas ideas justifican la interpre- 
tación que damos á la palabra escalarlos 
y la creencia de que la fabricación de escu- 
dos, juntamente con la de otros artefactos 
de defensa y de ataque, se mantuvo sin in- 
terrupción en Pontevedra: lo cierto es que en 
cualquiera sitio en que se remueve el suelo 
de la villa se encuentran con frecuencia mul- 
titud de escorias que acusan antiguas for- 
jas. No es aventurado presumir que los re- 
yes de la reconquista se proveían de armas 
en sus talleres. 

Esta industria continuó ejerciéndose y 



— 54 -^ 
prosperando hasta el año de 17 19 en que los 
ingleses incendiaron la maestranza; algunas 
de las bombas reventaron sobre el templo 
de Santo Domingo, causando su ruina, se- 
gún manifestación escrita hecha al ayun- 
tamiento, en solicitud de ciertos auxilios, 
por el Prior de aquel Monasterio. (Archivo 
municipal.) 

Por último, la importancia del movimiento 
de su puerto puede calcularse también por 
el hecho de existir todavía, aunque rui- 
nosos en gran parte, veintiséis muelles, de 
los cuales son los más antiguos ocho ó nue- 
ve que miden diez y seis á veinticinco me- 
tros de largo por doce á cuarenta de an- 
cho, con sus correspondientes graderías al 
frente. Construíanse los barcos en los am- 
plios espacios que dichos muelles dejan en 
la ribera y aún no hace muchos años que 
presenciamos la botadura de una gallarda 
corbeta, postrer aliento de aquella flore- 



— 55 — 
cíente industria creada en el siglo XII por 
el arzobispo Gelmirez: de los astilleros ape- 
nas queda rastro. 

Nada puede ofrecer aspecto más descon- 
solador que esta desierta ribera, ni sugerir 
ideas mas tristes que la contemplación de 
sus ruinas, sobre todo á las horas en que la 
pleamar dibuja la línea de sus descoyunta- 
dos y corroídos muelles: la hermosura singu- 
lar del paisaje no logra desterrar del ánimo 
la dolorosa impresión que causa la muda 
elocuencia de aquellos restos, testimonio 
irrefutable de grandezas desvanecidas. Al 
evocar lo pasado, surgen en rápida visión 
las naves entrando y saliendo del puerto; 
los peirados ó muelles rebosando en movi- 
miento de mercancías, marineros y merca- 
deres; los astilleros mezclando el martilleo 
de sus obreros con el canto de los marean- 
tes al levar ancla ó al cargar las velas, y los 
bateles de las embarcaciones cruzando en 



- 5 6- 
todos sentidos las siempre apacibles aguas 
de la mágica ensenada El tiempo conti- 
núa su serena y misteriosa marcha: acaso 
el silencio que allí impera será reemplazado 
en breve por nueva y fecunda agitación de 
las modernas industrias que ya asoman sus 
altas chimeneas, sus potentes grúas y sus 
acerados carriles por las poéticas márgenes 
del rio, (9) con cuyo motivo empiezan á sur- 
car sus aguas algunos buques. Dichas in- 
dustrias traerán otras; los primeros pasos, 
que son los mas difíciles, están dados, para 
honra de su iniciador, con verdadera intre- 
pidez. Si Pontevedra se convence de que la 
asociación, la ciencia y la voluntad son 
fecundas fuentes de renacimiento, no tar- 
dará en recobrar su prosperidad de otros 
tiempos. 



IX. 



Apoyados en algunos de los anteceden- 
tes expuestos, sin esforzar la imaginación y 
sin dejarnos arrastrar por la fantasía, podría- 
mos afirmar que en Pontevedra existía uno 
de los mas importantes astilleros de Casti- 
lla en la Edad Media; pero basta al objeto 
del presente libro haber demostrado que ha- 
cia la segunda mitad del siglo XV se halla- 
ba floreciente en dicha villa la industria de 
construcción naval, porque de ello puede 
deducirse, sin apurar el raciocinio, que 



- 5 8 - 
la nave Santa María llevaba el segundo 
nombre de La Gallega á consecuencia de 
haber sido construida en un puerto tan im- 
portante de la costa de Galicia, de la misma 
manera que, según el Sr. Asensio en su li- 
bro «Cristóbal Colón», á la carabela Santa 
Cruz construida en 1496 en la Isabela (Isla 
Española) «¡vulgarmente dieron en llamar 
La India, por haberse allí construido.» (10) 

Era costumbre en aquella época, y siguió 
siéndolo por mucho tiempo, según los se- 
ñores Alcalá Galiano y Capmani, dar á los 
buques dos nombres, uno el vulgar con que 
comunmente se les designaba, y otro por 
devoción á algún santo ó santa en el acto 
de bendecirlas; la carabela Niña se llamaba 
legalmenteSa/í¿a Clara, y el de La Gallega 
era sin duda alguna el nombre vulgar de la 
Santa María. 

El Padre Sarmiento, que jamás hizo afir- 
mación alguna que no fuera resultado de es- 



— 59 — 
tudios concienzudos y de noticias ó datos se- 
guros, dice que es verosímil que la carabela 
La Gallega se hubiese labrado en los astille- 
ros de Pontevedra, esto es, en el Arrabal ó 
Pescadería de la villa y que fuese dedicada á 
Santa María la Grande, «que es la parroquia 
de todos los marineros en parroquia separa- 
da,» de cuya manera el ilustre sabio vino á 
corroborar estas palabras del historiador 
Fernández de Oviedo, ya copiadas; «Se lla- 
mó La Gallega, dedicada á Santa María. » 
Más el Sr. Murguía, en su hermoso libro 
Galicia, después de consignar esta opinión 
del erudito benedictino, le aplica distraída- 
mente y sin necesidad alguna, la palmeta 
con que corrige (nosotros carecemos de au- 
toridad para decir si justa ó injustamente) á 
Strabon, á Plinio, á Pomponio Mela y á 
otros historiadores y escritores antiguos y 
modernos, lanzando apresuradamente la si- 
guiente rectificación; «No lo creemos. El es- 



— 6o — 
tar dedicada á la Virgen no es razón; ni un 
solo puerto de Galicia deja de tenerle dedi- 
cada su primera y principal iglesia parro- 
quial.» Decimos que le rectifica distraída- 
mente, porque de las palabras del P. Sar- 
miento no se deduce que intente, siquiera, 
afirmar que el hecho de haber sido dedica- 
da á Santa María la nave capitana de Colón 
demuestre que ha sido construida en Ponte- 
vedra; y añadimos sin necesidad alguna, 
porque ni de cerca ni de lejos vemos que la 
cita y rectificación del Sr. Murguía, sirvan 
para apoyar ó para aclarar el texto, pues el 
historiador gallego dice en este que «da fé 
de su naciente industria, á mediados de la 
décima quinta centuria, el hecho de que en 
sus muelles se fabricaban las pequeñas em- 
barcaciones del tiempo.» Como se vé resul- 
ta que la rectificación de lo dicho por el 
P. Sarmiento, más bien destruye que con- 
firma la aseveración del texto; pero no he- 



— ol- 
mos de hacer hincapié en este detalle y 
aprovecharemos la oportunidad para rectifi- 
car á nuestra vez lo dicho por el Sr. Mur< 
guía. 

La construcción naval no era en Ponteve- 
dra industria naciente á mediados del siglo 
XV, sino arraigada de antiguo. Lo prueba 
la confirmación del privilegio de exención 
del impuesto de la galea por D. Alfonso XI 
en Toro á 22 de Agosto de 13 16, que cita- 
mos en la nota núm. 4, pues se refiere al he- 
cho de que el rey D. Sancho dispuso que la 
galera construida en Pontevedra para pagar, 
por fuerza mayor, dicho impuesto, no saliera 
de su puerto y se pudriera en él: de modo 
que en el siglo XIII se construían galeras en 
la expresada villa. Demuéstralo también la 
sentencia del arzobispo D. Rodrigo de Luna, 
ya citada, fechada en 1456, en la que se enu- 
meran todas las embarcaciones mayores y 
menores que entonces se fabricaban en 



— 62 — 

la mencionada villa. Esta fabricación no 
se verificaba en los muelles, sino en los 
sitios de la ribera apropiados al caso pol- 
la inclinación del terreno y por otras con- 
diciones; los muelles ó peirados (algunos 
con cubierta y entrada especial, esto es, 
no libre) eran necesarios para el desahoga- 
do movimiento del tráfico mercantil, (u.) 
más importante en Pontevedra que en nin- 
gún otro puerto de Galicia; y claro es que 
con dicho tráfico habría de caminar parale- 
la la industria de construcción naval. Las 
afirmaciones sobre puntos históricos deben 
ser acompañadas, insistimos en decirlo, de 
las correspondientes pruebas: la autoridad 
literaria no es suficiente para dar á los pue- 
blos patentes de mayor ó menor importan- 
cia en este ó en otro sentido. 

Rogando á los lectores que nos perdonen 
la anterior digresión y volviendo al punto 
que examinábamos, diremos que el sabio 



- 63 - 
P. Sarmiento tenía plena conciencia de 
cuanto decía, y lo que dice se reduce á «que 
es verosímil se fabricase en Pontevedra la 
carabela La Gallega y se dedicase á Santa 
María», que se nos figura una cosa comple- 
tamente distinta de la que supone el comen- 
tario del Sr. Murguía. (12) 

La opinión del P. Sarmiento es suma- 
mente valiosa; nosotros le damos toda la 
autoridad que umversalmente merecen cuan- 
tos juicios ha emitido el insigne fraile de 
San Martin de Madrid, y no terminaremos 
este capítulo sin recordar su aseveración re- 
lativa á que el más antiguo faro de Galicia, 
el de la Lanzada, cuyos restos de especial 
contextura betuminosa revelan su construc- 
ción por los fenicios, designaba exclusiva- 
mente á los navegantes la entrada de la ría 
de Pontevedra, dato interesante para paten- 
tizar la importancia que tenía en remotas 
edades, quizás por hallarse situada en su fon- 



- 64 - 
do (como opina también el ilustre P. Fita) la 
ciudad de Lambriaca, cuya resistencia á las 
legiones de Décio Junio Bruto le dio señala- 
do puesto en la historia. 



WWWW-^WWWWWWWWWWWWWWVV'wwWvVVVWv^ 



X. 



Al llegar á este punto de nuestra tarea, 
creemos que ya es ocasión de presentar una 
prueba decisiva para aclarar la cuestión que 
ventilamos. 

En nuestro afán de recojer por doquiera 
documentos antiguos de toda clase, secun- 
dando dentro de nuestra modesta esfera las 
útiles, nobles y patrióticas labores de la So- 
ciedad Arqueológica de Pontevedra, presi- 
dida por nuestro docto, activo y querido 



— 66 — 
amigo Don Casto Sampedro, digna por to- 
dos conceptos de la consideración que dis- 
fruta y de ser protegida por el país, por las 
entidades oficiales de toda clase y por las 
personas ilustradas, (13.) hemos logrado 
reunir diversos instrumentos del siglo XV. 
Algunos son escrituras en pergamino y en 
papel, completamente formalizadas; otros 
pertenecen á minutarios notariales con todas 
las condiciones apetecibles de autenticidad 
en esta clase de documentos, por el papel, 
por la redacción, por la letra, por la tinta y 
por esas otras particularidades que solo el 
prolongado trascurso del tiempo imprime en 
los objetos. 

La escritura que á continuación copia- 
mos, manchada en varios sitios y deteriora- 
da en alguno de sus bordes, pero sin que 
ninguna de estas circunstancias perjudique 
á lo esencial del documento, ni dificulte la 
lectura y apreciación de sus términos, encie- 



-6/ - 
rra á nuestro juicio un valor inestimable pa- 
ra la historia. 

La primera página de la primera hoja 
contiene la mayor y última parte de un con- 
trato de censo anual que hace García Day, 
mareante, por valor de nueve maravedís 
viejos, blanca en tres dineros, á favor de «di- 
ta cofradía e cofrades déla»: creemos que se 
trata de la de San Juan Bautista ó de la de 
Santa Catalina. Comienza la segunda pági- 
na de la misma hoja con un breve apunte de 
préstamo que Constanza Alfonso facilita á 
Alfonso Alvariño: su letra es igual á la del 
contrato anterior. Sigue, en la misma letra, 
un recibo de la manda que en su testamen- 
to había dejado María García á su padre Gar- 
cía líuiz da Correaría; subrayamos este 
detalle para fijar en él la atención de nues- 
tros lectores. Al final de cada una de estas 
escrituras figuran los testigos asistentes á ca- 
da acto. Y á continuación se encuentra el si- 



— 68 -*- 
guíente contrato, escrito por la misma mano 
que los precedentes. 

«Año de lxxxuij | cinco diasdodito mes 
«dejulljo | St (Sabean todos) qeu luis mns 
«(Méndez, Martínez ó Muñiz) mercader be- 
«siño da villa de pontvedra q soo presente 
«en nom de afon vaasqs mercader besiño da 
«villa de aveiro do regno de portogal ana- 
«dell (?) dos bes (la segunda sílaba no se lee 
«á causa de un borrón de tinta) de caualo | 
«Qbestas de cabalo?) do q 1 dto a° bs | eu ey 
«poder pra faser e outorgar esto aquí adeant 
«contenido p hna carta de poder firmada do 
«nom e signal de jua colago cabellan Qcham- 
«belan?) da dita villa de aveiro polo señor 
«Infante | do q 1 dta ca de pder o tenor atal 
«he | (Sigue un espacio de cuatro líneas en 
blanco, con que termina esta página: em- 
pieza la primera plana de la segunda hoja 
con otro espacio de ocho ó nueve líneas, tam- 



- 6 9 - 

bien en blanco, en donde habría de insertar- 
se la carta de poder.) «por ende en nom do 
«dito a° vaasqs po el e po vertude da dta 
«carta de pder Afreto de vos ferna cervyño 
«besiño da dta villa o boso nabio | q deus 
«salue q dise por nom sta m (Santa María) 
«o q 1 agora esta a o porto da pont da dta 
«villa de pontvedra pa q plasendo a deus 
« o d ° a ° vaasqs ¡ carrege o d ° navio de sal 
«en o prto da dta villa de a veiro | pa a dta 
«villa de pontvedra ou pa a villa de pdron | 
«o q 1 nabio deue de aqui de partir a tomar 
«a dta carrega doje este dia ata quise dias 
«logo siguentes dando lie dous qo desevarjen 
«e do dia que arribare a o dto prto de avei- 
«ro ata cinco dias siguentes o d ° navyo de- 
«ue de ser cargado do dto sal e deue de par- 
«tir co a boa bentura do prmo (primero) 
«tpo (tempo) q lie deus de e vyr tato a vian 
«(;,Viana do Castelo?) como a o prto de mor 



— /o - 
«(Bayona de Mignor?) e ende pousar ancla 
«e estar dous dias siguentes e en estos dtos 
«dous dias o d° a° vs deue dar deuysa (di- 
«visa) se o dto navio yra descarregar o dto 
«sal en dta villa de pontevedra (ou) se yra 
«descarregar a a dta villa de pdron | e do 
«dia q o dto navio la g (ininteligible: ¿la 
«Gallega?) arribare a cada hunadas dtas vi- 
días a a sua descarrega ata oyto dias o di- 

«to nabio deue ser descargado do 

«e vos od" ni c (dito maestre) pago de voso 
«frete conuen a saber o frete q auedes de 

«auer de cada leiro (?) qo d° navio 

«trouxer por frete e seuo e crauos e 

« | e caabres tresentos e des mrs de mone- 
«da vella contando a branqa en tres dine- 

«ros | e alamajas (¿almácigas?) e 

«alaman (?) grande e petite sean sobre o d ° 
«mercader sopna (so pena) v U ^ (cinco 

o 

«mil maravedís.) ts (testigos) Ruy gs (Go- 



— 7i — 
«tierrez) carpentero f o lops (Fernando Lo* 

«pez) alfayate | (Carcomido el 

papel en la esquina inferior, pero viéndose 
trazos superiores de letras) «de foroda e g 
« Hujs m rs e outros | (de Foronda y García 
Ruiz mareantes y otros.) Por los bordes la- 
teral y superior de un borrón de tinta salen 
claramente, como en otras escrituras, los 
trazos de fta (feita, hecha) con parte de un 
signo ó rúbrica. Los puntos suspensivos in- 
dican palabras que no hemos podido leer ó 
descifrar: este documento no contiene ras- 
paduras ni enmiendas, y para inteligencia 
de nuestros lectores en cuanto al puerto de 
la puente, diremos que el de Pontevedra te- 
nía tiene fondeaderos para buques mayo- 
res; el de la Puente, el de la Barca y el de 
los Buraces, hoy de la Corbaceiras. A di- 
chos fondeaderos se les llamaba puertos: 
actualmente están casi cegados. 



XI. 



El navio Santa María, á que se refiere el 
anterior contrato de flete, ¿era la nao capita- 
na de Colón en su primer viaje de descubri- 
mientos? Acaso nos impulse la alucinación, 
pero no vacilamos en responder afirmativa- 
mente. 

Nao, navio, nave y bajel son voces genéri- 
cas que se usaban indistintamente en el siglo 
XV; la primera, sin embargo, expresaba á la 
vez mayor capacidad que la ordinaria ó co- 
rriente en buques de una misma forma y ar- 



— 74 — 
boladura; y por esta razón, como lo han de- 
mostrado varios eruditos críticos, á la cara- 
bela La Gallega, se le llama con frecuencia 
nao con relación á la Pinta y á la Niña; en 
la denominación genérica vulgar de navios 
eran incluidos todos los barcos, naos, pina- 
zas, carabelas, barcas y fustas mayores y 
menores que hacían la guerra ó el comercio. 
Navios llaman Herrera y otros historiadores, 
diversas veces, á las tres carabelas de Co- 
lón; en las instrucciones y cartas reales de la 
época también se usa la misma voz genéri- 
ca; y vemos en varios documentos, relativos 
al puerto de Pontevedra, citar «las alcaba- 
las de los navios», el «seguro que el concejo 
hacía de los navios y de las mercancías» 
(14) «la armada de navios de Gonzalo Co- 
rrea», el «navio de Gonzalo de Camoens», 
al que también se le llama carabela, «el 
navio Santa María del Camino» llamado 
asimismo pinaza, la barca «San Salvador, 



— 75 — 
la naao de Alvaro López» y otras em- 
barcaciones, á las que se daba á la vez el 
nombre de navios, empleándose el de na- 
ves y el de bajeles en lenguaje más culto. 
No hay, pues, reparo alguno que oponer 
respecto al hecho de que á la Sania María 
se le llame navio en el contrato copiado. 

Trátase en dicho documento de un bu- 
que de carga, y lo era también la carabela 
La Gallega, como lo asegura Pedro Mártir 
de Angleria, contemporáneo de Colón, en 
sus Ocho décadas, libro primero, que al ha- 
blar de los tres barcos del primer viaje al 
Occidente dice: «tria navigia: unum onera~ 
rium cavéatum, alia dúo mcrcatoria levia 
sine cavéis,» esto es, la una de carga con 
gavias, otras dos mercantes, ligeras y sin 
gavias, (cofas actualmente, según el Sr. Al- 
calá Galiano.) (15.) 

Ninguna de estas circunstancias y la de 
haberse hecho el contrato en el año de 



- 7 6 - 
1489, tan próximo al que constituye una de 
las fechas más memorables de la Historia, 
bastarían para sugerirnos la convicción de 
que el navio Sania María, fletado en Pon- 
tevedra por el mercader de Aveiro, era la 
misma nao La Gallega de Colón, si el do- 
cumento de que se trata no exhibiese un 
detalle muy favorable á nuestro criterio. En 
él aparecen como testigos del flete dos ma- 
reantes, uno apellidado de Foronda, sin 
nombre á causa del deterioro del papel, y 
otro llamado García Ruiz, quienes, á nues- 
tro juicio, son los mismos García Ruiz y 
Pedro de Foronda que respectivamente figu- 
ran en la relación de tripulantes de La Ga- 
llega y en la lista de desventurados que, al 
mando de Diego de Arana, quedaron en la 
Isla Española al regresar Colón de su pri- 
mer viaje y fueron asesinados por los indí- 
genas. (16.) 

Es posible que hayan sido distintas perso- 



— 77 — 
ñas; pero no es de presumir, dado que unos 
y otros eran marineros, que se trata de una 
embarcación con el nombre de Santa Ma- 
ría, fletada tres años antes del descubri- 
miento del Nuevo Mundo, en un puerto de 
Galicia que florecía en la construcción de 
naves, y que, por otra parte, se trata tam- 
bién de la que fué capitana de Colón, cuyo 
nombre de bendición era Santa María y el 
vulgar La Gallega. No es probable, por lo 
tanto, que estas circunstancias sean meras 
coincidencias. Es verdad que el nombre y 
apellido de García Ruiz, juntos en una mis- 
ma persona, eran muy comunes en aquellos 
tiempos, demostrándolo el recibo de man- 
da testamentaria que precede al contrato 
que examinamos, en que aparece un Gar- 
cía Ruiz da Correaría (calle de Pontevedra) 
que nosotros suponemos diverso del marine- 
ro testigo del flete (pues la indicación de la 
calle ó barrio servía para distinguir á indi- 



-78 - 
viduos de iguales nombres] pero acompa- 
ñándole un Foronda, apellido nada vulgar, 
y constando ambos en las listas antes men- 
cionadas, la cuestión cambia de aspecto y 
no es aventurado ni caprichoso dar á este 
detalle la interpretación que desde luego le 
damos. 

El Pedro de Foronda que formó en el 
destacamento sacrificado por los indios, 
aparece en la lista citada sin indicación del 
pueblo de su naturaleza, y hay que notar la 
circunstancia de que, á más de figurar un 
Foronda en el contrato de flete, figura tam- 
bién en el acta del concejo de Pontevedra, 
reunido á 16 de Abril de 1437, entre otras 
personas, un Ruy da Fronda; y no es preci- 
so gran esfuerzo para admitir que este ape- 
llido y el de Foronda son uno mismo, de- 
mostrándose así su existencia en la mencio- 
nada villp. (17) 

García Ruiz figura en la relación de tri- 



— 79 — 
pialantes de la carabela Santa María (La 
Gallega ) en esta forma: «García Ruiz, de 
Santoña». Parece que ya no es posible ha- 
cer objeción alguna, pues nada más sencillo 
que siendo Juan de la Cosa natural de aque- 
lla villa, le acompañara algún marinero pai- 
sano suyo, por más que el piloto de Santo- 
ña hacía mucho tiempo que se había aleja- 
do de su pueblo y se hallaba avecindado en 
Puerto de Santa María: sabido es que la ve- 
cindad no se adquiría de cualquiera mane- 
ra. Más revisando dicha relación de tripu- 
lantes de La Gallega, apercibimos un error 
de importancia por cierto, y es el siguiente: 
aparece en aquella relación un «Pedro de 
Villa, de Sanloua» que en otro documento 
de la época, irrefutable, nada menos que el 
Diario de navegación de Colón, se dice ser 
de Puerto de Santa María. Cuando al regre- 
sar del primer viaje el ínclito Descubridor 
del Nuevo Mundo y los tripulantes de la ca- 



— 8o — 
rabela Niña (Santa Clara), se vieron en in- 
minente peligro de naufragar, elevaron sus 
ojos al Cielo y ofrecieron echar á la suerte 
tres romeros; dos de ellos habrían de ir en 
peregrinación á Nuestra Señora de Guada- 
lupe, en Extremadura, y á Nuestra Señora 
de Loreto en Ancona, Italia; el tercero ha- 
bría de velar una noche en Santa Clara de 
Moguer. Echadas las suertes, tocó el pri- 
mer voto y el último á Colón; el segundo á 
«Pedro de Villa, marinero del Puerto de 
Santa María y el Almirante le prometió de 
le dar dinero para las costas del camino » 
Es de creer que el error está en la lista de 
la tripulación de La Gallega, que es un do- 
cumento muy moderno, y no en el Diario 
de navegación citado; y ahora bien ¿no pu- 
do padecerse igual equivocación al señalar 
también la naturaleza de Santoña á García 
Ruiz? Porque hay que tener en cuenta que 
los manuscritos ordinarios ó corrientes del 



— 8i — 
siglo XV son muy difíciles de traducir, so- 
bre todo en lo que toca á nombres de per- 
sonas y de pueblos, para los cuales se usa- 
ban generalmente por los oficinistas y curia- 
les de la época abreviaturas singulares, ca- 
si indescifrables. 

Después de todo, haya habido error ó no 
en la confección de la lista de que se trata, 
para esclarecer si el navio Santa María fle- 
tado en Pontevedra por un mercader de 
Aveiro en 1489, es la nao La Gallega capi- 
tana de Colón, el hecho de haber presencia- 
do el contrato de flete un Foronda y un 
García Ruiz, fuese de Santoña, fuese de Pon- 
tevedra, reviste verdadera importancia; na- 
da más frecuente que al cambiar un buque 
de amo y señor, como entonces se decía, 
ó de maestre, continúen alguno ó algunos 
marineros perteneciendo á su tripulación y 
esto pudo haber sucedido al encargarse 
Juan de la Cosa de La Sania María, en Pon- 



— 82 — 

tevedra ó en otro puerto, ya como propie- 
tario ó copropietario, ya como capitán ó 
maestre, y pudo suceder también que dichos 
mareantes, con posterioridad al acto de ser 
testigos del flete, hubiesen entrado á formar 
parte de la expresada tripulación. 

Hay que añadir á las anteriores conside- 
raciones las siguientes. Vemos entre los tri- 
pulantes de la Pinta á un Juan de Sevilla, de 
quien no se indica pueblo de naturaleza, por 
desconocerse ó quizás por haberse concep- 
tuado su apellido como dato elocuente, ra- 
ciocinio que en verdad no tiene sólido fun- 
damento. En el Libro del concejo de Pon- 
tevedra que empieza en 1437 y. termina en 
1463, aparecen desde 1438 varios Juan de 
Sevilla; uno como alcalde ordinario y luego 
como procurador de dicho concejo, otro co- 
mo alcabalero y otro como mareante, algu- 
no de ellos como testigo, repitiéndose el 
nombre y apellido con mucha frecuencia. 



- 8 3 - 
¿Habrá pertenecido á alguna de estas fami- 
lias Sevilla el marinero de la Pinta, por ha- 
ber pasado á ella, en el arreglo de las tripu- 
laciones, si lo hubo, desde la Santa María 
ó La Gallega? 

Análoga sospecha nos inspira la circuns- 
tancia de llamarse Cristóbal García Sar- 
miento (i 8) el piloto de la Pinta, apellidos 
que en aquella época, y aún hoy, formaban 
uno solo nada vulgar y muy notorio á la sa- 
zón en la comarca de la actual provincia de 
Pontevedra comprendida entre el curso ba- 
jo del río Miño y el río Lerez, así como en 
dicha villa. Los García Sarmiento, señores 
del castillo de Sobroso, después condes de 
Salvatierra y de Gondomar, poseían propie- 
dades territoriales en el interior y en la costa 
de que era puerto principal el de Bayona de 
Mignor; una de sus ramas se había unido 
tiempo atrá¿ á la familia de los Sotomayor, 
de las más ilustres de Galicia, por el casa- 



- 84 - 
miento de Fernán García Sarmiento con 
D. a María Paez Charino, (tercera hija del al- 
mirante Payo Gómez Charino) sepultados 
en la iglesia de Bembibre. Poseían capilla 
y enterramientos en la del Monasterio de 
San Francisco de Pontevedra; uno de los in- 
dividuos de la misma, que el Sr. López Fe- 
rreiro escribe García Xarmiento, fué prisio- 
nero del Conde de Camina en el siglo XV, y 
otro, á principios del XVI, arbitro nombra- 
do por los concejos de Pontevedra y de 
Portonovo para dirimir la cuestión que ven- 
tilaban sobre uso de los cercos de mar. (Enor- 
mes aparatos de pesca.) Posible es, y muy 
probable, que un segundón de dicha familia 
hubiese abrazado la profesión de marino y 
que, por conocer prácticamente aquella par- 
te del Occéano, hubiese dirigido la proa de 
la Pinta, en el viaje de regreso y pasada la 
borrasca, al citado puerto de Bayona, en el 
cual fondeó, ¿Habría sido piloto de La Ga* 



- 85 - 
llega antes de que esta carabela formase 
parte de la expedición al Occidente? Nues- 
tra presunción no tiene nada de extrava- 
gante; por el contrario, su fundamento es 
racional, y creemos que puede admitirse 
mientras no vengan nuevos datos á des- 
truirla. 

Por último, haremos constar que tene- 
mos el evidente recuerdo de haber leido 
que el criado de Colón en su primer viaje 
era natural de Galicia, pero nuestros esfuer- 
zos para comprobar este recuerdo y atesti- 
guarlo con la cita correspondiente, han si- 
do inútiles, ya por haber trascurrido varios 
años desde que hemos visto la noticia en le- 
tras de molde, ya por ser muy extensa la 
colección de libros, folletos y artículos pe- 
riodísticos dedicada á la vida del revelador 
del Nuevo Mundo y á su glorioso descubri- 
miento. Despertóse en nuestra memoria al 
reparar que figura, como criado de Colón, 



— 86 — 
en la mencionada lista de tripulantes, un 
Diego de Salcedo, en quien concurre la cir- 
cunstancia de apellidarse con el nombre de 
una parroquia limítrofe de Pontevedra y ri- 
bereña de su ría; y por mas que lo antedi- 
cho es simple conjetura, no hemos vacilado 
en apuntarla, porque tratándose de la acla- 
ración de remotos sucesos, el mas insignifi- 
cante detalle puede producir la luz. 

Formaron, pues, en nuestro concepto, 
parte de las tripulaciones que acompañaron 
á Colón á la realización de su memorable 
empresa, los gallegos Cristóbal García Sar- 
miento, Pedro de Foronda, Juan de Sevilla, 
Diego de Salcedo, García Ruiz probable- 
mente, y quizás habrán tenido la misma na- 
turaleza algunos individuos de los que figu- 
ran en las listas sin indicación de su pueblo 
natal, pues de ser hijos de Andalucía, como 
la mayor parte de los tripulantes de las ca- 
rabelas, hubiera sido también mas conocida 



-8/ - 
su procedencia y puntualizada en los docu- 
mentos de la época. De manera que, á mas 
de nuestra legítima satisfacción en consig- 
nar aquellos nombres unidos al glorioso des- 
cubrimiento de las Indias de España, nos 
parece que dejamos demostrada en parte la 
inconveniencia de que se estampen, en li- 
bros dedicados á exclarecer la historia, 
afirmaciones aventuradas y de ellas se deri- 
ven pretericiones injustas. 



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XII. 



Llegamos ahora al examen de otro inte- 
resante punto; el relativo á que la carta de 
los Reyes Católicos, demuestre que Juan 
de la Cosa era propietario de «/a Gallega.» 

A nuestro juicio, no lo prueba plenamente 
ni mucho menos. Hasta los tiempos moder- 
nos, en que los correos primero y el telé- 
grafo después, pusieron á las compañías ó á 
las personas que eran amos y señores de las 
embarcaciones, en fácil y frecuente comuni- 
cación con los maestres, capitanes ó patro- 



— 9 o — 
nes que las gobernaban, estos tuvieron fa- 
cultades generales y asumieron, digámoslo 
así, la propiedad del buque de su mando, á 
fin de que en toda ocasión pudiesen obte- 
ner ó aprovechar las ventajas que las cir- 
cunstancias les ofreciesen, ya en lo refe- 
rente al comercio, esto es, á los fletes y 
trasportes, ya cuando las averías ó el estado 
de los barcos imponían gastos de repara- 
ción ó la venta de los mismos. La buena fé 
era en el siglo XV una condición muy 
general en las relaciones sociales y en los 
negocios; pero á mayor abundamiento y 
con gran frecuencia, los maestres de navios 
tenían en la propiedad de ellos una parte 
más ó menos importante, que en cierta ma- 
nera garantizaba á los demás copropietarios 
el buen gobierno de las naves; y aunque 
así no fuese, los últimos tenían que entre- 
garse siempre á aquella buena fé y á la hon- 
radez de dichos maestres, que en todos lu- 



— Qi — 
gares ostentaban la absoluta representación 
de los dueños, aunque no poseyesen parte 
en los buques y, con mayor motivo, en el 
caso de poseerla; así vemos que en los 
documentos, en los libros y en el lenguaje 
se decía, y hoy aun se emplea una forma 
equivalente, vuestra nao, vuestra carabela, 
voso navio, vosa barca, vosa pinaza, & n , 
de cuya manera se abreviaban las frases de 
«la nao, la carabela, el navio, la barca, la 
pinaza de que sois maestre ó capitán.» Que 
esta interpretación se halla dentro de la 
verdad ó se acerca mucho á ella, lo demues- 
tra el mismo contrato de ñete del navio 
«Santa María», antes copiado, puesto que 
empieza diciendo: «afreto de vos fernan 
cervino besiño da dita villa o boso navio» 
y luego: «o dito navio debe ser descargado 
do dito sal e vos o dito maestre pago de vo- 
so frete.» En buena lógica, no debe deducir- 
se de dichas frases que Fernán Cervino era 



— Q2 — 

propietario del barco de que aparece como 
maestre, que no es suficiente para ello el 
pronombre voso aplicado al sustantivo na- 
vio. 

La expresada orden de los Reyes ofrece 
la especialidad de haber sido expontánea, 
es decir, de no haberla precedido gestión 
oficial de Juan de la Cosa, porque en este ca- 
so, y dado el estilo formalista y machacón 
de los documentos de aquella época, se hu- 
biera referido seguramente á la demanda ó 
súplica del piloto de Santoña: lo prueba 
también la circunstancia de la vaguedad ó 
indeterminación con que se halla redactada 
la carta real. «En nuestro servicio e nuestro 
mandado fuistes por maestre de una nao 
vuestra.» No parece sino que los oficinistas 
reales ignoraban cual nao era la perdida y 
que no tenían á la vista una demanda, súpli- 
ca ó instancia, que hoy se dice, de Juan de 
la Cosa, en que éste hubiera de consignar 



— 93 — 
forzosamente que la carabela naufragada 
era la Santa María: ni somos, por cierto, 
los primeros que reparamos en la omisión 
que del nombre de la nave hace el expresa- 
do documento. Este debió ser, por consi- 
guiente, resultado de una gestión privada, 
quizás de una recomendación y por esta 
causa, á la claridad, repetición y machaquea 
formalista de las decisiones recaídas en los 
expedientes administrativos de aquellos 
tiempos, reemplazó la expresada frase vaga 
de «una nao vuestra.» Tenemos la seguri- 
dad, y en ella nos acompañarán las personas 
conocedoras de estos asuntos, de que si di- 
cha orden real hubiera sido resultado de 
una súplica oficialmente hecha y cursada, 
empezaría diciendo, como en las demás de 
esta clase: «Vimos vuestra súplica ó deman- 
da» «Por cuanto vos Juan de la Cosa acu- 
distes &. a » pues con estas fórmulas ó con 
otras análogas empiezan ó terminan siem- 



— 94 — 
pre, absolutamente siempre, las provisiones 
otorgadas á consecuencia de solicitudes ofi- 
cialmente tramitadas; á más de esto, en 
una resolución derivada de antecedentes en 
forma no se hubiera omitido, según ya he- 
mos dicho, el nombre de la nao naufragada. 
Por el contrario, la orden real para remu- 
nerar esta pérdida exhibe ese carácter de 
brevedad y de indeterminación propio de 
todo lo que en las oficinas antiguas y mo- 
dernas se hace expeditivamente y sin vista 
de documentos, informaciones, tasaciones y 
demás requisitos que daban y dan larga 
vida á las reclamaciones particulares contra 
el Estado, convirtiendo á los interesados en 
porfiados pretendientes ó en asendereados 
peregrinos. 

Pudo Juan de la Cosa no ser amo y se- 
ñor, es decir, propietario de La Gallega y 
recibir como maestre de ella una indemniza- 
ción por el naufragio y pérdida de la em- 



— 95 — 
barcación; los dueños ó copropietarios re- 
cogerían luego el quiñón que les correspon- 
diese, y hubiera podido venderla, que á su 
tiempo rendiría las cuentas consiguientes. 
Esta manera de ser de tales negocios marí- 
timos se demuestra por los siguientes docu- 
mentos de un minutario notarial del siglo 
XV, depositado en el Museo Arqueológico 
de Pontevedra. 

«Dous dias do mes de nobembre. Sabean 
» todos que nos vasco rrodrigues da correa- 
ría c Ruy gotierres marineros vesiños da 
» villa de pontvedra que somos presentes 
»outorgamos e conoscemos que rescebemos 
»de vos juan de vibeiro marin° besiño da 
»dita villa que sodes presente toda a contia 
»de maravedís porque vos bendestes o na- 
»vio Santiago de que nos eramos pargoeiros 
» (copropietarios) en tres quartos del e eso 
»mesmo vos erades del maestre e pargoei- 
»ro en o outro quarto | por quanto o ben- 



_ 9 6- 

»destes por noso nom eso mesmo conoscc- 
»mos e outorgamos que rescebemos de vos 
»o dito juan de bibeiro | toda a nosa parte 
»e quiñón de todlos fretes e gaanancias e 
»percobros que o dito nabio gaanou e per- 
»cobrou o tempo que asi del fostes maestre 
» ] e rescebido por nos e de todo elo nos 
»outorgamos por entregados e pagos a toda 
«nosa voontade ben e compridamente | e 
» renunciamos a ley de non numerata pecu- 
»nia &.°» «por ende desde oje este dia da- 
»mos por libre e quito de dita contia de 
»mrs a vos o dito juan de vibeiro e bosos 
»bees para todo sempre de todo pago do di- 
sto nabio e os seus aparellos que bendestes 
» | e eso mesmo de todos los ditos fretes 
»e gaanancias que del asi oubo e gaanou o 
»dito tempo de que asi del fostes maes- 
tre &. a » 

«En vinte e seys dias do mes de Abril 
»Sabean todos que eu estebo de saines es- 



— 97 — 
»cudero de pedro bermudes de montaos 
»que soo presente Afreto de vos juan de ba- 
»yona marino | vesiño da villa de pontve- 
»dra que sodes presente a barcha que di- 
»sen por nom sant salvador que deus salve 
»de que vos sodes maestre | para que pra 
» sendo a deus carrege ena dita barcha tres 
»mill ceramins de myllo medidos po la 
» medida dita da praga da dita villa de Pon- 
vtvedra | pa a costa de biscaya | a qual dita 
»bosa barcha debe ser cargada do dito millo 
»doje ata quinse dias siguentes e debe de 
» partir a boa ventura do prim° boo tempo 
»que He deus de e yr en seguemento de seu 
»biajen ata o porto de laredo | e ende pou- 
»sar ancla e estar tres dias hun en pos de 
»outro | e debo eu o dito mercader de dar 
»debysa se iremos descargar a a vill? de 
»bermeu ou a a villa de sant Sebastian & a e 
»vos maestre debedes de me dar a dita vosa 
charcha ben afranqueada de agoa de costado 



- 9 8 - 
» (cala falcada) eben aparellada de boos mas- 
»tos bergas e treu e de ancoras e de caabres 
»e de todos los outros aparellos & a » «E de 
»todo percobro que nos deus de a aver e ga- 
»anar en agoa doce ou salgada en esta viajen 
»debe de ser as duas partes de vos maestre 
»e compaña e a terga parte de min o dito 
» mercader & a Eu o dito juan de bayona 
» maestre sobredito asi rescebo e outorgo o 
»ditofretamento por lo dito prego (4500 ma- 
ravedís viejos) devisas maneras e condi- 
»goes sobreditas | e esto todo como dito he 
»debe ser conprido e goardado entre nos o 
»dito maestre e compaña e mercader a a 
«boa fe de deus e sen muto engaño & a » 

Por los anteriores documentos se vé al 
maestre de un navio, que solo tenía un cuar- 
to de propiedad en la embarcación, vender- 
la libremente y los demás propietarios re- 
cibir después la cuantía de maravedís ó im- 
porte de la venta y darse por entregados 



— 99 — 
y payos, aprobándola tácitamente, sin re- 
ferirse á poder especial previo ó anterior, 
pues con las palabras «bendcstes por noso 
nom» se reconocían y consagraban, al liqui- 
dar cuentas, las omnímodas facultades del 
maestre del navio. Vése también que éste 
había contratado libremente los fletes, pues- 
to que sus socios en la propiedad otorgaban 
carta de pago de los que había servido el 
barco y demás ganancias; por dichas razo- 
nes, y solo por ellas, se advierte que en las 
escrituras de dichos fletes se dice voso na- 
vio con relación á la persona que lo manda- 
ba, en la forma que expresa el segundo do- 
cumento, esto es «duas partes de vos maes- 
tre e compaña e a terga parte de mino dito 
mercader», así como en la de «vos o dito 
maestre debedes de me dar a dita vosa bar- 
ca.» Nótese como los contratantes para 
cumplir y guardar lo convenido, se entrega- 
ban á la buena fé de Dios sin mutuo enga- 



— IOO — 

ño; á pesar de ello, los verdaderos dueños 
de los barcos sufrían alguna vez las conse- 
cuencias de la absoluta necesidad en que es- 
taban de confiarse á la honradez de los capi- 
tanes. Aún en tiempos mas cercanos á los 
nuestros, á fines del siglo XVII, cuan- 
do el poder del Estado era más eficaz y 
cuando se hallaba más adelantada la legisla- 
ción marítima, dióse el caso de acudir al 
Juez de Pontevedra el clérigo Simón de Mo- 
reira y Saabedra, dueño del navio llamado 
nádamenos que «La Santísima Trinidad, 
Sania Cruz, Soledad y Animas» pidiendo 
se hiciese información con los tripulantes 
de dicha embarcación existentes en la villa, 
porque habiéndole sido fletada para llevar 
vino á Londres, y después en esta capital 
de Inglaterra para traer tabaco á Bilbao, el 
capitán no le había dado cuenta de los fletes 
ni de la venta del navio, que por sí había 
hecho. Esta información solo aparece inicia- 



10 1 — 

da; quizás no prosiguió por haberse pre- 
sentado el capitán al dueño del barco y ha- 
berle rendido dicha cuenta. (Archivo del 
Ayuntamiento.) 

Creemos, pues, que no vamos descamina- 
dos en nuestra argumentación y que, en 
efecto, la carta de los Reyes Católicos no 
demuestra que Juan de la Cosa era propie- 
tario de La Santa María ó La Gallega. 

El marino de Santoña pudo ser tan solo 
copropietario de la capitana de Colón, pudo 
no serlo también y, sin embargo, al referir- 
se á dicha nave y a su maestre decírsele 
vuestra nao ó una nao vuestra, porque tal 
era la frase corriente, el uso consagrado y 
la costumbre establecida hasta en los docu- 
mentos notariales de contratos de fletes. En 
ningún caso relativo á otra clase de propie- 
dades puede hacerse igual interpretación: 
los maestres ó capitanes de buques, por el 
carácter peculiar á este género de bienes, 



— 102 — 

eran en verdad y plenamente, dueños de las 
embarcaciones que gobernaban. Nadie exa- 
minaba, en ningún caso, si eran ó nó pro- 
pietarios de ellas: se les decía «vuestra na- 
ve», cuya frase no es seguramente un indis- 
cutible título de propiedad legal y absoluta. 



XIII. 



Otro documento reclama nuestro estudio. 
Carece de la indicación del año, pues debió 
pertenecer á un libro ó cuaderno notarial 
donde tenía su lugar per orden de fechas; 
pero la circunstancia de figurar entre los 
testigos un Lopo de Montenegro, caballero 
de mucha notoriedad en el último tercio del 
siglo XV, nos induce á creer que dicha es- 
critura se hizo, poco más ó menos, cuando 
el contrato de flete del navio Sania María. 

El expresado documento empieza en esta 



— 104 — 
forma: «ihus.=: en seys dias do dito mes de 
»Jane¡ro | Sabean todos que eu pedro filio 
»de sueiro ferrandes e de sua moller maria 
»soares que deus perdone moradores en co- 
»lledero | que he en térra de asturias que 
»soo presente j non costreñido de forga nen 
»por engaño rescebido mais de miña libre 
»e propia vootande prometo e outorgo de 
»servyravos juan do rio | mar | vesiño da 
» villa de pontbedra que sodes presente eno 
»voso oficio de mariñajen de mar en nabios 
»quando vos en eles foredes e eso mesmo 
»eno oficio de mareantes e en todas las ou- 
»tras cousas que vos me mandaredes faser 
«que de ben sejan | por tempo doje este dia 
»ata dous anos &. a » Siguen las condiciones 
del contrato, entre las cuales es muy singu- 
lar la de que el Pedro habría de dar á Juan 
del Rio, al término de los dos años, seiscien- 
tos maravedís viejos, á mas de «dous gabaas 
de fustán» y «un balandrán e hun corpo de 



— ios — 
paño de raso que valla cada vara un frolin 
de ouro | ou sua valía.» Presenciaron el 
acto de contrato como testigos: «juan ferrs 
águila not° ejuan de la c e lopo montene- 
gro mos (moradores) de pontvedra e outros.» 
En nuestro concepto, Juan del Rio era un 
profesor de náutica: la circunstancia de ex- 
presarse en el contrato dos oficios, uno de 
«marinajeen de mar en navios» y otro de 
«mareantes» solo puede referirse ala ense- 
ñanza de los conocimientos científicos a la 
sazón existentes y á la de los prácticos; en- 
señanza que se contrataba ante notario, in- 
gresando así en la carrera de marino los jó- 
venes de regular ó de noble familia. Esta de- 
bía ser la condición social de Pedro Ferran- 
dez, dada la calidad de los testigos y visto 
el precio en moneda y trajes que se estipu- 
ló en dicho contrato, pues un pobre marine- 
ro no habría de costear su carrera con tales 
condiciones, ni venir de Asturias á Ponteve- 



— 10Ó — 

dra teniendo mas cerca las villas cantábricas, 
en las cuales suponemos que debían existir 
también iguales estudios. 

Pero si la calidad de los testigos es una 
de las causas que nos inspiran la anterior 
reflexión, no deja también de sugerirnos la 
sospecha, y aun la evidencia, de que el 
Juan de la C. a que entre ellos figura, es el 
ilustre piloto de Santoña, maestre de La 
Gallega. Posible es que se trate de otro 
apellido, pues nada tiene de particular el 
hecho de que no hayan llegado á nuestros 
tiempos noticias de las personas de alguna 
notoriedad que han vivido en los pasados y 
sobretodo en los del siglo XV, que ya pue- 
den considerarse remotos, no pudiendo, por 
lo tanto, descifrarse aquella abreviatura; 
pero la circunstancia del nombre vulgar que 
tenía la capitana de Colón; la de haberse 
fletado en Pontevedra un navio Santa María 
y la de que en el contrato de dicho flete 



— 107 — 
aparezcan como testigos ciertos mareantes 
con los mismos nombres y apellidos de los 
que figuraron en las tripulaciones de las ca- 
rabelas del primer viaje, forman conjunto 
sobrado notable para que, alerta el espíritu, 
aprecie exagerada, ó fantásticamente si se 
quiere, los mas frivolos indicios. 

¿Por qué no habría de ser Juan de la Cosa 
el Juan de la C. a de quien se trata? ¿Hubiera 
sido imposible acaso que el piloto cánta- 
bro, por las peripecias de la vida de mari- 
no, se encontrase en Pontevedra, no sólo 
alguna vez, sino también como morador ó 
residente por mayor ó menor tiempo? 

Establecido como hecho indudable el de 
que Juan de la Cosa fué maestre de una na- 
ve construida en Galicia, podemos admitir 
como hechos muy probables el de que 
compró La Gallega en la misma comarca, 
el de que era partícipe en la propiedad de 
dicha carabela con otro ó con otros marcan- 



— 108 — 
tes ó mercaderes gallegos, ó el de que pudo 
encargarse del mando de la embarcación 
en Pontevedra; en cualquiera de estos casos 
nada tiene de violento creer que residió en 
dicha villa y asistió al contrato acompañan- 
do á un alto caballero como Lopo de Mon- 
tenegro, de nobilísimo linaje y Juez por el 
Arzobispo de Santiago, y al lado del notario 
Juan Fernandez Águila, también persona 
distinguida, no sólo por el cargo público 
que ejercía, sino por pertenecer á una de las 
dos familias, los Águila y los Ponte, que te- 
nían el privilegio de presentar al Prelado 
Señor de Pontevedra, las ternas para desig- 
nación de los dos alcaldes de la villa. (19.) 
Si fué Juan de la Cosa el expresado testigo, 
es lícito presumir que el Pedro Ferrandez 
habría venido desde Cantabria recomenda- 
do á dicho piloto y á los dos mencionados 
caballeros; no puede explicarse de otra ma- 
nera el hecho de que personas tan califica- 



— ioq — 
das hayan asistido á la celebración de un 
contrato vulgar. 

Pueden demostrar también la residencia 
temporal de Juan de la Cosa en Ponteve- 
dra las dos siguientes reflexiones. Primera: 
á los tres testigos se les adjudica la calidad 
de moradores, palabra perfectamente esco- 
gida por el notario para no faltar á la ver- 
dad de los hechos, porque siendo Lopo de 
Montenegro y Juan Fernandez Águila na- 
turales y vecinos de la villa, y no siéndolo 
Juan de la Cosa, que sólo era residente 
temporal, dicha palabra moradores com- 
prendía á los tres testigos, y empleándola, el 
notario abreviaba además la redacción del 
contrato. Segunda; los artículos en genitivo 
del y de la, de la lengua castellana, son 
en dialecto gallego do y da, únicos usa- 
dos en los documentos redactados en di- 
cho dialecto, sin escepción alguna para los 
apellidos de los naturales, como Juan do 



— 110 — 

Rio, Juan do Outeiro, Ruy da Fronda, Pe- 
dro da Nova: el artículo de la en el testigo 
Juan de la C. a designa, pues, no un hijo del 
país, sino un forastero castellano. 

Por otra parte, no debía serle desagrada- 
ble al maestre de La Gallega la residencia 
en Pontevedra, ya por las condiciones de la 
localidad, ya por el movimiento marítimo, 
comercial y aun científico que en ella exis- 
tía. En sus numerosos peirados ó muelles 
amontonábanse los géneros de importación 
y exportación, y de barco en barco, cam- 
biarían impresiones y noticias comerciales, 
náuticas y geográficas los maestres y pilo- 
tos que navegaban por el mar Mediterráneo, 
y por los de Portugal, Francia, Flandes, In- 
glaterra é Irlanda, pues con todas estas re- 
giones sostenía mayores ó menores relacio- 
nes mercantiles el puerto de Pontevedra. 

En sus conventos de Santo Domingo y de 
San Francisco había cátedras de Teología 



— III — 
moral y de Filosofía; podríamos citar los 
nombres de varios doctores que pertene- 
cían á cada una de ambas comunidades. En 
el año de 1484 existía un «Maestro de la 
orden de la Trinidad» que predecía los 
eclipses. (20) No faltaba en la familia de los 
Vélaseos quien trazaba cartas de marear. 
(21) A un G. uo de Correa, hijo sin duda del 
que se cita en el libro del Concejo (22) le ha- 
bía encargado esta corporación la venta «das 
bujolas» (brújulas) (23) que la misma tenía 
estancadas sin duda, por ser dichos instru- 
mentos garantía para la vida de los nave- 
gantes y solo podían confiarse á quien su- 
piese cuidarlos y, acaso, enseñar su empleo. 
Es muy probable también que por las 
mencionadas y por otras cultas personas de 
Pontevedra, al hablarse de los proyectos de 
Colón, sin duda muy conocidos en las po- 
blaciones marítimas, se recordase al ponte- 
yedrés Payo Gómez de Sotomayor (biznieto 



de Payo Gómez Charino) Mariscal de Cas- 
tilla, caballero de la Banda, que había pe- 
netrado y vivido en Asia durante tres años 
como Embajador del rey D. Enrique III al 
Gran Tamorlan, y que debió traer á su pue- 
blo noticias extraordinarias relativas á nu- 
merosas gentes y á populosas y ricas ciuda- 
des del extremo Oriente; noticias segura- 
mente exageradas y fantaseadas, sin haber 
leído á Marco Polo, por los propagadores y 
comentadores de vecindad. 

Estos y otros elementos de ilustración pu- 
dieron haber contribuido á cautivar, ó pre- 
parar por lo menos, la singular inteligencia 
de Juan de la Cosa, dado que hubiese esta- 
do en Pontevedra como es de sospechar, 
para que al asistir á las conversaciones de 
Colón, de los Pinzones y de los Francisca- 
nos de la Rábida, el convencimiento pene- 
trase en su ánimo y le decidiese á secundar 
los gigantescos pensamientos del inmortal 



— H3 — 
Descubridor del Nuevo Mundo, pues soste- 
nemos que el piloto de Santoña no fué obli- 
gado, como pudiera deducirse de la real carta 
de remuneración por el naufragio de La Ga- 
llega, á tomar parte en el primer viaje de 
descubrimientos, sino perfectamente per- 
suadido de que los planes de Colón no eran 
fantásticos. 

Creemos que los fundamentos en que nos 
hemos apoyado para todo lo antedicho, son 
tan razonables como exactos, y que no pue- 
den ser rechazados sin perjuicio de la ver- 
dad histórica. 



,i;í;í;i:íi;uí«.uí*í4. 



XIV. 



En las primeras páginas de este libro he- 
mos copiado el párrafo que en hIm Marina 
de Castilla» dedica el muy respetable y 
docto académico Sr. Fernández Duro á las 
carabelas con que Colón emprendió su pri- 
mer viaje de descubrimientos: en él dice que 
la nao Santa María {La Gallega) era pro- 
piedad de su maestre Juan de la Cosa, tri- 
pulada por cántabros como él. 

Examinada la relación de tripulantes de 
las tres naves, no se vé á tales cántabros, 



— no — 

porque Pedro de Villa era de Puerto de 
Santa María y García Raíz ofrece duda 
respecto á su naturaleza, aunque la proba- 
bilidad de haber sido pontevedrés es muy 
evidente; pero aun concediendo que fuesen 
cántabros, no solo ambos mareantes, sino 
también algunos otros tripulantes de La Ga- 
llega consideramos tan exclusiva como in- 
justa la aseveración deque la nave capitana 
representaba en la gloriosa empresa de Co- 
lón «á las Cuatro villas, á Vizcaya y á 
Guipúzcoa.» ¡Singular obsesión la del Señor 
Fernández Duro, tanto al prescindir de que 
bastaba el nombre vulgar de La Gallega, 
que tenía la carabela Santa María, para 
recordarle la existencia y los timbres de Ga- 
licia, como al reducir la costa y los puertos 
del reino de Castilla á la exclusiva cita de 
las cuatro villas y de las del país vasco! 

Nación era ya la española, en que se ha- 
bían reunido al fin los diversos territorios 



— uy — 
antes disgregados; y las tres naves, La Ga- 
llega, la Pinta, y la Niña no eran solo sín- 
tesis de la marina castellana, sino de la ma- 
rina nacional, que ya comprendía los bra- 
vos marinos catalanes, valencianos y ma- 
llorquines, así como á los atrevidos audalu- 
ces y á los perseverantes gallegos, asturia- 
nos, castellanos y vascos. — Si fué Doña Isa- 
bel quien dijo la última palabra á favor de 
los proyectos de Colón, lícito es presumir 
y muy justo afirmar que, dadas las condi- 
ciones personales de aquella insigne Reina, 
como soberana y como esposa, y vista la 
intervención oportuna del aragonés Luis de 
Santdngel, secretario del Rey Don Fernan- 
nando, no se realizó la empresa sin el reser- 
vado acuerdo y consentimiento de éste, á 
pesar de que su previsión juzgaba compro- 
metedores para la soberanía de los reyes, 
y antipolíticos, los altos cargos y títulos 
que exigía Colón para sí y para sus suceso- 



— u8 — 
res, concedidos, luego en la estipulación de 
Santa Fé. 

Creemos, además de lo dicho, que en los 
tiempos actuales no deben ser estimulados 
los exclusivismos regionales, pues una cosa 
es aclarar y establecer los hechos históricos 
acaecidos en cada territorio de la península 
ibérica, y otra, distinguirlos con mayores 
ó menores pretericiones en meros giros 
de la retórica. Persuadidos de la exactitud 
y conveniencia de esta idea, esperamos que 
el Sr. Fernandez Duro nos perdone que re- 
chacemos la exigua representación que ad- 
judica a las carabelas Gallega, Pinta y AV- 
ñay que digamos: «eran síntesis de la ma- 
rina española que, para gloria de la nación; 
iban á ensanchar los dominios del progreso 
humano» 



U tlttHttiittttitUitUiiUtlUltilhilíttilUíííilltlliUíi 



xv. 



Llegamos al término de nuestra tarea; 
condensaremos, pues, nuestros raciocinios 
y pruebas en las siguientes conclusiones. 

Primera, No existe justificación alguna 
para la afirmación de que la carabela Santa 
María ó La Gallega era nave construida 
en Cantabria. 

Segunda. Es muy problemático el hecho 
de que la mencionada embarcación haya 
pertenecido en propiedad al piloto Juan de 
la Cosa. 



— Í2Ó — 

Tercera. Basta el nombre de La Gallega, 
con que era conocida al tiempo del descu- 
brimiento de las Indias Occidentales, para 
que pueda afirmase, sin excnipulo alguno, 
que no procedía de las villas cantábricas si- 
tuadas en Asturias, Santander y provincias 
vascongadas. 

Cuarta. En la de Pontevedra, población 
de importancia marítima y comercial, se 
construían en el siglo XV embarcaciones de 
toda clase, merced al desarrollo de la indus- 
tria existente en dicha villa desde el siglo 
XII, creada en ella, en Padrón y en Noya 
por el arzobispo Gelmirez, y protegida por 
sus sucesores y por los reyes. 

Y quinta. Por el contrato de flete del na- 
vio Santa María, tres años antes del descu- 
brimiento, y por los detalles relativos á los 
tripulantes Pedro de Foronda, García Ruiz, 
Juan de Sevilla y Diego de Salcedo, y al 
piloto Cristóbal García Sarmiento, unidos 



— 121 — 

á los demás antecedentes expuestos, puede 
afirmarse que la nave capitana de Colón, La 
Gallega, haya sido ó no propiedad del ilus- 
tre marino Juan de la Cosa, procedía de los 
astilleros de Galicia, y, seguramente, del 
puerto de Pontevedra. 
Suum cuique. 



XVI. 



Debemos evitará nuestros lectores el tra- 
bajo de adivinar las causas de la decadencia 
de Pontevedra, por más que lo harían fácil- 
mente recordando que las alternativas de la 
vida son análogas para los pueblos y para 
los individuos; que el tiempo trascurre para 
todos y que, si ha sepultado fuertes impe- 
rios y borrado de la tierra hasta los cimien- 
tos de populosas ciudades, con mayor mo- 
tivo pudo ejercer su incesante acción sobre 
una villa de relativa importancia, aunque no 



— 124 — 
llegó á aniquilarla, merced sin duda á su 
incomparable emplazamiento. 

Es de creer que tras varias centurias de 
modesta existencia, las comprendidas entre 
la conquista de Galicia por los romanos y el 
siglo XII de nuestra era, empezaron á acre- 
centarse la población y el tráfico en Ponte- 
vedra por virtud de las mercedes con que 
D. Fernando II de León premió la victoriosa 
resistencia que la villa hizo al rey de Portugal 
y á la eficaz ayuda que le dio para tomar al 
monarca lusitano el castillo de Cedofeita, 
(24) situado en un cástrelo próximo al mo- 
nasterio de Lerez y, por consiguiente, á po- 
co más de un kilómetro de Pontevedra. 
Gran importancia concedía á esta comarca 
el rey, cuando se consideró en el caso de 
venir á defenderla personalmente. 

Poco después el arzobispo de Santiago 
obtuvo el señorío de la villa y puede decir- 
se que reyes y prelados se esmeraron en 



— 125 — 
concederle con frecuencia todo género de 
franquicias y de regalías; merced á esta 
constante protección, creáronse en ella los 
gremios para los diversos oficios y profesio- 
nes, con el nombre de co freirías bajo la ad- 
vocación de santas y santos, y desenvolvié- 
ronse las industrias, aumentándose el vecin- 
dario y el tráfico en tal grado, que llegó á 
adquirir verdadera notoriedad, demostrán- 
dolo el hecho de que á mediados del siglo 
XIII el arzobispo de Santiago D. Juan 
Arias dispuso que hombres buenos de 
Pontevedra recopilasen las ordenanzas que 
la regían, á fin de que la villa de Noya se 
gobernase por ellas, según documentos que 
el docto Sr. López Ferreiro ha publicado en 
su notabilísima obra «Fueros municipales 
de Santiago y su tierra.» 

A fines del mismo siglo XIII, Ponteve- 
dra sufrió, lo mismo que otras villas y luga- 
res de Galicia, Asturias y Castilla, breve 



I2Ó 

período de decadencia, ocasionado no solo 
por la guerra, sino también por las conti- 
nuas conquistas que á los moros hacían los 
reyes castellanos, pues eran tantas y tales 
las ventajas que se concedían á los nuevos 
pobladores de las ciudades y tierras con- 
quistadas, que se despoblaron aquellas, tras- 
ladando su domicilio así las clases popu- 
lares, como los mercaderes, los hidalgos y 
los nobles. Pontevedra quedó reducida aun 
vencindario insignificante y pobre; pero bien 
pronto se repuso del quebranto sufrido, 
gracias á que su inmejorable situación y sus 
industrias, no abandonadas del todo, le pro- 
porcionaron fuerzas para renacer y progre- 
sar. 

Con objeto de facilitar á la población ru- 
ral el aprovisionamiento de los géneros y 
de los artículos necesarios para la vida, se 
celebraban en la villa varias ferias anuales, 
siendo la principal la de San Bartolomé, que, 



— 127 — 

en el reinado de D. Enrique IV y por pri- 
vilegio de este rey, se convirtió en feria 
franca (25) que durábalos quince dias an- 
teriores y los quince posteriores al del San- 
to: en virtud de dicho privilegio, los que á 
dicha feria concurrían no podían ser dete- 
nidos por deudas ó por otras causas, ni em- 
bargadas sus mercancías. 

Esta ocasión no es la mas oportuna para 
describir la vida civil de Pontevedra en las 
pasadas épocas, ñipara enumerar todas las 
franquicias, regalías y libertades que en ellas 
disfrutaron sus vecinos y aun sus moradores 
temporales; pero nos consideramos en el 
deber de consignar, atendiendo á la verdad 
histórica, que el señorío de los arzobispos 
compostelanos en Pontevedra, donde resi- 
dían con frecuencia largas temporadas, ya 
habitando su palacio y fortaleza de las To- 
rres, ya hospedados en los monasterios, fué 
benigno, patriarcal, sin que exista memoria 



— 128 — 

ó noticia de período alguno de tiranía y sin 
que jamás intentaran destruir el derecho ó 
privilegio de los vecinos «de inmemorial uso 
y costumbre» de no ser detenidos ni presos 
sin orden del Juez ordinario. (26) Cuando en 
algún caso (muy contados por cierto) eran 
olvidados ó mal interpretados los privi- 
legios, se originaba seguidamente una cues- 
tión, y en muy pocas ocasiones llegaron los 
pleitos á la cnancillería de Valladolid ó al 
Consejo real, pues la mayor parte de las ve- 
ces terminaban en los primeros trámites por 
concordia ó por real reconocimiento de di- 
chos privilegios: haremos notar, por último, 
que la Inquisición no dejó en Pontevedra 
huellas de sus tremendos rigores ni de sus 
caprichosas y despóticas persecuciones, á 
pesar de que la villa sostenía grandes rela- 
ciones con Flandes, Inglaterra y Francia. 

Tantas inmunidades y una administración 
sumamente cuidadosa y vigilante, (27) aun- 



— 129 — 
que dominada por los defectos propios de 
aquellas épocas, juntamente con su benig- 
no clima, y con la belleza y fecundidad 
agrícola de su término, daban á Pontevedra 
especial ísi mas condiciones para el bienestar 
de sus habitantes, que alcanzaron el apogeo 
de su prosperidad en el primer tercio del 
siglo XVII: inmediatamente y con suma ra- 
pidez, sobrevino su decadencia á causa de la 
rebelión de Portugal, de las pestes y de la 
trasformación de la marina. 

Convertida Pontevedra en cuartel general 
de las tropas que pasaban luego á invadir 
por el Miño el territorio portugués ó que de 
ella se destacaban para defensa de la fron- 
tera y de la costa, y exhausto de recursos 
el real erario, cayó sobre la villa la abru- 
madora carga del servicio y morada de 
los generales, jefes, clases y tropas de dicho 
cuartel. Menudeaban los alojamientos y los 
repartos vecinales; repetíanse los préstamos 



— 130 — 
del Concejo y los donativos forzosos de los 
mercaderes y de los vecinos acaudalados; 
tomábanse y consumíanse, según dicen do- 
cumentos de aquel tiempo (28) los navios 
délos mareantes, (cuyo número pasaba en- 
tonces de ochenta) para la conducción de tro- 
pas, vituallas y municiones é inútiles añadir 
que eran constantemente hollados los pri- 
vilegios y regalías del vecindario, además 
de verse atropellado en sus propiedades y 
hasta desposeído de frutos y ganados en 
cuanto se aglomeraban fuerzas militares en 
la villa y faltaban los ranchos para estas. 
¿Qué importaba la ostensosa devoción reli- 
giosa del Capitán general de Galicia y de 
sus subordinados, ni la atención ceremonio- 
sa de dicho supremo jefe pidiendo permiso 
al Gremio de mareantes, y obteniéndolo 
por escritura notarial, {Archivo del Gremio) 
para asistir humildemente á la procesión 
ele Corpus Christi entre los alumbrantes del 



— 131 - 

Santísimo Sacramento, (á los mareantes per- 
tenecía exclusivamente tal privilegio) si en 
cambio no podía contener el merodeo de las 
partidas de soldados, verdaderos salteado- 
res entonces, ni devolver los préstamos, ni 
prescindir de tomar los granos, los vinos y 
los barcos, y de tener angustiados con los 
alojamientos, que producían pérdida de bie- 
nes y de honra, á los habitantes de la villa? 
Baste decir que se llegó al extremo de 
arrebatar las caballerías á los más pobres 
arrieros. 

Despoblóse Pontevedra por masas; huye- 
ron los mareantes á otros puertos llevándo- 
se las industrias del mar; desapareció la 
concurrencia de embarcaciones y de mer- 
cancías, anulándose las corrientes del comer- 
cio con la península y con el extranjero; de- 
jaron de cultivarse los campos, de podarse 
las viñas y, en resumen, la miseria se ense- 
ñoreó de la villa. Desde esta tremenda é in- 



— 132 — 
merecida calamidad no ha podido reponerse 
Pontevedra; y verdaderamente, si por haber 
existido en ella un cuartel general sufrió tan 
enorme quebranto, del cual nunca obtuvo re- 
paración, es, entre las que recientemente se 
han disputado una capitanía general, la única 
ciudad que tendría derecho á esta clase de 
indemnización; mas, como ya hemos dicho, 
otros elementos de mayor solidez son los 
que debe utilizar para recobrar lo perdido. 

Unióse á tantas desdichas la de una es- 
pantosa peste que agobió á los pocos veci- 
nos que quedaron en la villa y, por último, 
hasta el poético rio Lerez, con repetidas cre- 
cidas, cegó los fondeaderos, á la vez que el 
progreso aumentó el tonelaje y el calado de 
los buques, circunstancia que fué verdade- 
ramente la causa principal de la decaden- 
cia de Pontevedra. 

Nuestros lectores podrán figurarse que 
humor tendrían sus habitantes para celebrar 



— 133 — 
la paz con Portugal, esto es, la pérdida de 
una parte de la nación, después de las pro- 
pias calamidades, con fiestas impuestas por 
el gobierno de Madrid. Hubo festejos; pero 
¡qué diferentes de los que á principios del 
mismo siglo motivó el nacimiento del prín- 
cipe heredero! Entonces Pontevedra era ri- 
ca; entonces, no habiendo parecido dignos 
del suceso los festejos celebrados de orden 
de D. Maximiliano de Austria, arzobispo de 
Santiago, se realizaron expléndidamente 
otros durante ocho dias con nueve danzas 
de espadas, cintas y arcos, presentadas pol- 
los gremios, cuadrillas de vistosas libreas, 
luchas de caballeros en diversos juegos, fun- 
ciones religiosas, caza de delfines, pealas 
engalanadas de valiosas alhajas á cargo de 
las ochenta y dos panaderas de la villa, co- 
rrida de cuatro toros por el gremio de car- 
niceros en la plaza del cantón do Regó (hoy 
plaza de Teucro) y paseos por las calles de 



~ 134 — 
la Nao, vistosamente empavesada; dato este 
último que demostrará al Sr. Fernandez Du- 
ro que dicha nao no era, como cree, singular 
alegoría del triunfo de la Iglesia en la proce- 
sión del Corpus Christi, sino representación 
de una gloria de Pontevedra, que se osten- 
taba en las ocasiones solemnes. 

No tenía fuerzas de ninguna clase la mal 
tratada Pontevedra para celebrar la paz, 
por mas que gracias á ella, pudiese prome- 
terse que se vería libre del famoso cuartel 
general que en ella existía desde la rebelión 
de Portugal y que fuese indemnizada con- 
venientemente, para poder restablecer su 
pasado bienestar. 

Hiciéronse grandes esfuerzos por los arzo- 
bispos y por los vecinos para reponer en lo 
posible las fuerzas de la villa; pero Dios lo 
dispuso de otro modo, pues á principios del 
siglo XVIII vino la guerra de sucesión, con 
cuartel general (29) y consiguientes aloja- 



— 135 — 
mientos de tropas, gastos y extorsiones, con 
la irrupción incendiaria de los soldados in- 
gleses y, como repetición del drama del si- 
glo anterior, con otra asoladora peste. 

Restablecida la tranquilidad de España, 
se realizaron con algún éxito, hasta 1808, 
varias tentativas para dar nueva vida á Pon- 
tevedra y tomaron, en efecto, cierto vuelo 
las industrias de pesca, salazón y construc- 
ción de buques menores; estableciéronse te- 
lares de lienzos de lino, fábricas de sombre- 
ros, (una de ellas titulábase Real) otra de 
panas y otra de tejidos de algodón; mas la 
guerra de la Independencia primero, luego 
las luchas civiles y por remate, extrañas y 
mal consideradas gestiones, arrebataron á 
Pontevedra, que ala sazón no tenía, como en 
los siglos anteriores, (30) hijos ó vecinos in- 
fluyentes que la amparasen, diversos me- 
dios de existencia, y gracias á la justicia 
de sus méritos y á la excelencia de sus con- 



10 



— 136 — 
(liciones, pudo obtener la capitalidad de la 
provincia de su nombre. 

Por su emplazamiento, repetimos, junta- 
mente con su belleza, debe aspirar no solo 
a renovar su antigua prosperidad, sino tam- 
bién á lograr mayores bienes; para ello so- 
lo se necesita que el elocuente ejemplo da- 
do por un distinguido hijo suyo, creando 
fabricas, sirva de norma á los demás. 



FIN. 



^www^yvw/ vwwww vvw«yvYvvwwwwwwvvvv»/vyw^w 



NOTAS 



Preliminar. —Nos' duele sobremane- 
ra contradecir y rectificar opiniones emiti- 
das por persona tan respetable y de tanta 
erudición y autoridad como el digno acadé- 
mico Sr. Fernandez Duro; pero nos hemos 
visto en la precisión de hacerlo así á fin de 
restablecer la verdad histórica, tal como no- 
sotros la concebimos, sobre algún hecho de 
los que son objeto de nuestro estudio. Salva- 
mos, pues, desde luego la alta considera- 
ción que nos merece dicho ilustre escritor, 



- 138 - 
y para inteligencia de los lectores de este 
libro, creemos oportuno manifestar además 
que el concepto en que usamos la palabra 
«Cantabria» es el mismo que establece el 
Sr. Fernandez Duro al decir, en La Marina 
de Castilla, que la nave capitana de Colón 
representaba (aunque no lo demuestra) en 
la escuadrilla del primer viaje, «á las Cua- 
tro villas y á los puertos de Vizcaya y de 
Guipúzcoa.» Excluida así de la denomina- 
ción geográfica Cantabria el resto de la cos- 
ta del norte, esto es, la que limita Asturias 
y parte de Galicia, nos hemos visto obliga- 
dos, repetimos, á raciocinar sobre esta ba- 
se, y, por consiguiente, debe entenderse que 
empleamos la palabra mencionada refirién- 
donos, también exclusivamente, á la costa 
de Santander, Vizcaya y Guipúzcoa. 
Núm.o 1. 
No hemos vacilado en defender á Juan 
de la Cosa en los términos que contiene el 
texto, interpretando como concepto gene- 
ral, no como especial ó imposición ineludi- 
ble á aquel piloto, la alusión que á órdenes 



— 139 - 
anteriores (que fueron por cierto muy cbtre- 
chas) hace la carta de los RR. CC. en la si- 
guiente frase: «porque en nuestro servicio é 
nuestro mandado fuistes por maestre &. a » 
Sabido es que en los documentos burocrá- 
ticos se estampan frases hechas, digámoslo 
así, cuya significación no es la literal ó la 
que se contrae á la propiedad de cada una 
de sus palabras cuando no perjudican á la 
materia esencial del documento, sino que 
abarcan un sentido lato que comprende va- 
rios conceptos; y creemos que las frases 
«nuestro mandado» y auna nao vuestra» 
tienen aquel carácter. De todos modos, este 
no es lugar adecuado para analizar y discu- 
tir tal cuestión. 

Núm.o 2. 
Poseemos varias escrituras de contratos 
celebrados en Pontevedra desde principios 
del siglo XV, ya de fletes de navios, ya de 
obligación de entregar en fecha determinada 
(generalmente el mes de Noviembre) tantos 
ó cuantos «millares de sardina salada, pren- 
sada é boa, que sea de dar e de tomar de 



— 140 — 

mercader a mercader» fijándose como pena, 
de no entregarla en el plazo convenido, el 
importe del género «ácomo valere en Sivilla, 
Valengia, Alicante, Bargelona, Januva y aun 
« A llanera » que nosotros interpretamos Ale- 
jandría por no hallar nombre de población 
comercial y marítima mas parecido á la pa- 
labra subrayada. Esta sopeña indica clara- 
mente que Pontevedra sostenía con aquellas 
ciudades activo comercio de dicho artículo; 
no de otra suerte podrían sus mareantes sos- 
tener siete cercos (inmensa red que ordina- 
riamente sacaba del mar millón y medio á 
dos millones de sardinas). Por otra parte, la 
industria de salazón era muy antigua y flo- 
reciente en dicha villa á juzgar por un di- 
ploma de D. Alfonso IX, fechado en ella á 
27 de Septiembre de 1229, y copiado de 
una compulsa judicial hecha en 1 577 y exis- 
tente en el archivo de la catedral composte- 
lana, por el Sr. López Ferreiro en su obra 
«Fueros municipales de Santiago y su tie- 
rra.» 

Y por carta del Rey San Fernando, fe- 



— I4i — 
chada en Valladolid á 6 de Noviembre de 
1238, entre todos los puertos de Galicia, 
solo los de Pontevedra y Noya estaban fa- 
cultados para la fabricación del saín. 

Por estos y otros datos que enumeramos 
en el presente libro, demostrativos de la im- 
portancia de Pontevedra en la Edad media, 
se comprenderá que no estaba bien infor- 
mado el Si*. Murguía cuando dijo en su obra 
«Galicia» página 699, que «cien años antes 
apenas se le conocía» á propósito de que 
en una información de la Inquisición, año de 
1607, se lee que Pontevedra era puerto de 
mucho comercio «no solo con España, sino 
con Inglaterra y Francia.» Precisamente en 
el mismo siglo XVII empezó su decadencia 
por causas que mencionamos en las últimas 
paginas del texto. 

Núm.o 3. 

En la denominación de Flandessé incluía 
generalmente no solo la P>clgica y la Holan- 
da, sino también una parte de la costa nor- 
te de Francia, la de Alemania (Mamburgo), 
Dinamarca y aún Suecia y Noruega. 



— 142 - 

Pontevedra mantenía relaciones maríti- 
mas con Flandes, siendo notable el hecho 
de que mercaderes de Burgos se sirviesen de 
los barcos de aquella villa, como lo demues- 
tra el siguiente documento que copiamos á 
la letra. 

«xxviij dias de set° juan domle flamen- 
go besiño de burgos dou seu poder cunplido 
a afon yans jacob notario de pontvedra pa 
que por ele en seu nom pódese rescebirere- 
cabdar e avere cobrar todlas mercadorias de 
coyros c outras quaes quer cousas que el car- 
gase ena nao de pedro falqon este dito ano 
de que juan de san b° era m° pa frands e pa 
rescebir conta do pago e dar carta ou car- 
tas de pago testigos juan got s do ribeyro c 
alonso rrodrigucs de córdoba e outros» (Mi- 
nutario notarial de 1434 depositado en el 
Museo Arqueológico de Pontevedra por el 
vecino de la misma D. Joaquín iMuñez,) 
Núm.o 4. 

Payo Gómez Charino.— Por no haber 
querido enterarse, el Sr. Fernandez Duro 
estuvo á punto de excluirle de Ja lista 



— 143 — " 
de almirantes de Castilla; aparece firman- 
do como «Almirante mayor», no en un solo 
privilegio, como dice el ilustre académico, 
sino en varios; y en una confirmación á fa- 
vor de Pontevedra, datada en Toro por Don 
Alfonso XI á 22 de Agosto, era 1354, dicho 
rey se refiere al tiempo de su abuelo Don 
Sancho «seyendo don pay gomez su almi- 
rante de la mar.» No atinamos con la cau- 
sa en virtud de la cual el docto escritor reba- 
ja cuanto puede la figura de Charino, pocas 
páginas después de decir que «al supremo 
puesto de Almirante no se llegaba sin ha- 
ber dado antes verdaderas pruebas de pe- 
ricia en la navegación y de bravura en los 
combates marítimos.» 

Sabemos que el Sr. Alvarez Giménez, 
ilustradísimo Director del Instituto de Pon- 
tevedra, prepara un trabajo histórico para 
refutar los comentarios y rectificar las noti- 
cias equivocadas que el Sr. Fernandez Duro 
incluye en «La Marina de Castilla» con res- 
pecto á Charino y á la conquista de Sevi- 
lla y tenemos la seguridad de que el Sr. Al- 



— ¡44 — 
varez Giménez lo hará cumplida y elocuen- 
temente. Omitimos, pues, lo mucho que pu- 
diéramos decir acerca de esta materia y 
solo nos permitiremos manifestar nuestro 
asombro al ver que el Sr. Fernandez Duro 
admite con la mayor sencillez la acusación 
de que la respetable comunidad de Francis- 
canos de Pontevedra ha consentido la comi- 
sión de una superchería, ó de una falsedad, 
en el punto más visible del templo, cual es 
el crucero en el lugar inmediato á la capilla 
mayor, donde se alza la sepultura de Chari- 
-no. El Sr. Fernandez Duro cierra los ojos y 
acepta las negaciones del apasionado pole- 
mista Pérez Rcoyo, hasta el punto de decir 
que el Monasterio mencionado fué construi- 
do en el sifjlo XV y que aquel almirante no 
fué señor de Rianjo. ¿Qué trabajo le hubie- 
ra costado al Sr. Fernandez Duro pedir da- 
tos respecto á lo primero á los Sres. P. Fita 
y Fernandez Guerra, (de no merecerle crédi- 
to la Historia de la Orden Franciscana de 
Galicia por el P. Castro), y en cuanto á lo 
segundo á personas de Pontevedra, que hu- 



_ 145 — 
bieran tenido mucha complacencia en pro- 
porcionárselos? 

Alonso Jofre Tenorio, derrotó á Pe- 
zanho, jefe de las armadas del rey de Por- 
tugal. Por sus padres, D. Pedro Rodríguez 
Tenorio y D. a Teresa Paez de Sotomayor, 
hermana de Charino, y por el hecho de exis- 
tir, aún a principios del siglo XV, una calle 
en Pontevedra denominada de Jofre Tanoi- 
ro, se evidencia que no desvariaron Gari- 
bay y otros escritores al afirmar que dicho 
almirante fue gallego. Poseemos dos con- 
tratos de aforamiento, hechos respectiva- 
mente por Fernando da Nova y otros en 13 
de Mayo de 1456 y por el concejo de Pon- 
tevedra en 19 de Abril de 1437; el prime- 
ro á favor de Gonzalo García y de su mujer 
María da Nova, y el segundo á favor del 
clérigo Pedro de Montes, teniente lugar de 
Rector de Santa María la Grande, ambos 
por fincas en la citada Rúa de Jofre Tanoiro. 
A una legua de Pontevedra y en la parro- 
quia de Tenorio, donde nació también, á 19 
de Mayo de 1328, D. Pedro Tenorio, Arzo- 



— 146 - 

bispo de Toledo, aun existen grandes restos 
de los castillos de aquellos caballeros, cuyo 
apellido popularizó el insigne poeta Zorrilla; 
alguno de ellos tomó parte en las Cruzadas, 
pues arqueólogos ingleses encontraron re- 
cientemente en Chipre lápidas sepulcrales 
con el nombre de Tanoirus: acaso el de Jo- 
fre es reducción del de Godofredo, adoptado 
en memoria del más esclarecido jefe de las 
Cruzadas, Godofredo de Bouillon. La línea 
principal de esta familia vino á refundirse 
en la de los Duques de Sotomayor, mar- 
queses de Tenorio, señores de Cotobad &. a 
Alear Paez de Sotomayor, hijo de Payo 
Gómez Charino. Firma como Almirante ma- 
yor en dos privilegios fechados á 27 de Julio 
y 12 de Noviembre de 1302 y en una con- 
firmación de D. Fernando IV, á 17 de Fe- 
brero de 1303, de las mercedes otorgadas 
por D. a Urraca y su esposo el conde D. Rai- 
mundo al monasterio de San Juan de Poyo. 
De su vida solo tenemos noticias muy pro- 
blemáticas, como la de haber sido herido en 
un combate naval con los moros acaecido 



— 147 ~ 
cerca de Tarifa y la de hallarse enterrado 
en el convento de Santa Clara de Ponteve- 
dra. Respecto á la primera, se supone que 
los privilegios de la Casa de Alemparte pro- 
vienen de los servicios prestados por Albar 
Paez en dicha guerra; cuanto á la segunda, 
aunque en la iglesia de aquel convento hay, 
en efecto, una sepultura de arco en sitio pre- 
ferente, carece de inscripción y se ignora 
quien yace en ella. 

Núm.° 5. 
Juan da Nova, de quien da brillante no- 
ticia como marino gallego el Dr. Sophus 
Ruge, profesor del Instituto politécnico de 
Dresde en su «Historia de la época de los 
descubrimientos geográficos» incluida en el 
tomo Vil de la Universal de Oncken, entró 
al servicio del rey de Portugal, quien le dio 
en i 501 el mando de cuatro naves de ex- 
pedición á la India, regresando cubierto de 
laureles y de botín, y con el descubrimiento 
de las islas de la Ascensión y de Santa He- 
lena. El monarca portugués le hizo en Lis- 
boa un recibimiento tan ostentoso como el 



_ i 4 8 — 

que cerca de dos siglos antes había hecho 
el castellano á Jofre Tenorio en Sevilla des- 
pués de haber derrotado á Pezaño; y le col- 
mó de mercedes. Mientras no vengan nue- 
vos documentos á destruir nuestras conje- 
turas, no vacilamos en atribuir á Juan da 
Nova la patria pontevedresa atendiendo á 
los siguientes datos que demuestran la exis- 
tencia en Pontevedra de la familia Nova 
en el siglo XV y principios del XVI. — En 
primer lugar, el papel citado en la nota an- 
terior con relación al Almirante Jofre Teno- 
rio, en que figuran Fernando y Mari a da 
IVova. Además, una escritura relativa á cen- 
so de seis maravedís de moneda vieja, que 
á favor de la cofradía de San Juan Bautista 
de Pontevedra, en 2 de Noviembre de 
1428, hizo Teresa García, mujer que fué 
de Afonso Yans, en presencia de los procu- 
radores y cofrades de dicha cofradía «Bario- 
lamen de colon y a° da nova». — En 1457 
figuran en Pontevedra como alcabaleros de 
la sal Pedro Fariña y Pedro da Nova. — La 
ejecutoria de la sentencia dada por la Au- 



— 149 — 
diencia de la Coruña en el pleito del Monas- 
terio de Poyo con D. Melchor García de Fi- 
gueroa y Cienfuegos, alcalde ordinario de la 
villa, sobre la huerta de Andurique (limítro- 
fe de Portosanto, parroquia de San Salva- 
dor de Poyo) ejecutoria expedida á 13 de 
Agosto de 16 16, incluye por copia lite- 
ral y como prueba, una escritura de foro he- 
cha en 3 de Octubre de 1519 en nombre 
de D. Juan de Vibona, Cardenal de San- 
ta María in Pórtici, Abad perpetuo del Mo- 
nasterio de Poyo, á favor del mareante de 
Pontevedra Juan de Colon y de su mujer 
Constanza de Colon representados por Juan 
Nova, también mareante de dicha villa. Esta 
noticia ha sido publicada en la notable obra 
«El río Lerez» por D. Luis de la Puega, po- 
seedor del expresado documento. 

Pedro Sarmiento de Gamboa, á quien 
historiadores ingleses llaman el primer na* 
veganle del siglo 117, parece haber nacido 
en Alcalá de Henares, hijo de Bartolomé 
Sarmiento, pontevedrés, y de una señora 
vizxaina. Estudió la náutica en Pontevedra 



— iso — 

y la tradición señala todavía la casa que ha- 
bitaron él y sus padres: es probable que ha- 
ya sido pariente de Cristóbal García Sar- 
miento, piloto de La Pinta, y de Antonio 
Sarmiento Montenegro, Juez ordinario de 
dicha villa en 1540. 

Los Nodal, también famosos marinos en 
dicho siglo, y los Matos, que vivieron en el 
siguiente, son muy conocidos; más respecto 
de estos últimqs, consignaremos que sus ser- 
vicios fueron notables, según las certifica- 
ciones que existen en el archivo del Gre- 
mio de Mareantes: servicios verdaderamen- 
te eminentes, premiados con las más al- 
tas categorías de la marina militar. Juan de 
Matos, el viejo, fué Almirante de la escuadra 
de Barlovento; su hijo Juan de Matos, Almi- 
rante del mar Occéano y de las Escuadras 
de Galicia; y el sobrino de este último, hijo 
de su hermana D. a Teresa y del alférez Se- 
bastian García, llamado también D. Juan, 
Almirante de la Escuadra de Ñapóles. 

El Sr. Murguía, dice en su libro «Galicia» 
que D. Juan Matos y Eandiño, sobrino de 



— i5i — 
uno ele estos Almirantes, «fué mejor marin© 
que su tío, según se decía.» No sabemos á 
cual pariente se refiere el distinguido histo- 
riador de Galicia, ni que fundamentos tiene 
la frase «según se decía», ni que el Fandiño 
haya figurado en escala superior á la de cual - 
quiera de dichos ilustres marinos. 
Núm.o 6. 
Los privilegios á que nos referimos cons- 
tan, á falta de los documentos originales, 
destruidos en las perturbaciones del presen- 
te siglo XIX, en una compulsa judicial he- 
cha en 24 de Agosto de 1748 por el nota- 
rio de la villa José Antonio Rodríguez de 
Vera, en virtud de auto acordado y proveni- 
do por los señores Justicia, alcaldes y regi- 
dores, á petición de los procuradores gene- 
rales del ayuntamiento; el testimonio fué 
comprobado por los notarios Andrés Nuñez 
de Montenegro y Sebastian Nuñez y com- 
prende además el amplio privilegio de de- 
clarar á los habitatores de Pontevedra« tam 
présenles quam futuros)) libres de los tribu- 
tos llamados «luctuosa, fonsadera, goyosa, 



— 152 — 

anal, navigio, pedidalla, moneda &. a » Otra 
franquicia de los mareantes pontevedreses 
era la de vender libremente el pescado, sin 
que se les pudiera poner precio ni peso, se- 
gún la undécima ordenanza de las que re- 
gían de tiempo inmemorial en la villa, testi- 
moniadas por el notario Martin de Segura 
á 27 de Febrero de 1609. Estos privilegios 
y franquicias, juntamente con los demás, 
fueron concedidos unos y renovados otros 
por D. Fernando el Santo á consecuencia de 
la conquista de Sevilla, así como por diver- 
sos reyes, y confirmados todos por D. Enri- 
que IV en Badajoz y por el Emperador Don 
Carlos en la Cor uña. 

Núm.c* 7. 
« Don Rodrigo de Luna por la gracia de 
Dios et de la santa iglesia de Roma argobis- 
po de la santa iglesia e arzobispado de 
Santiago capellán mayor de nuestro señor 
el rey et su notario mayor del regno de 
león oydor de la su abdiencia y del su con- 
sejo vimos una carta de sentenci? dada por 
el juez que era á la sagon de la nuestra vi. la 



— i53 — 
de pontevedra escripia en pergamino de 
cuero firmada del nombre de dicho juez et 
sellada en pendente de su sello e firmada 
otrosy del nombre de Ruy g os escribano que 
era en la abdiencia del dicho juez ante nos 
presentada por juan basante carpentero por 
sy et en nombre de los otros carpenteros 
vecinos e moradores de la dicha nuestra vi- 
lla de pontevedra de la qual sentencia su 
thenor es el siguiente 

Sabean quantos esta carta de sentencia 
viren como ante min gongal peres juez lu- 
gar teniente de gongal sanches de vaamon- 
de juez ordinario da villa de pontevedra pa- 
resceron en juicio miguell ferrandez verde 
arrendador da alcauala dos navios o ano pa- 
sado de mili e quatrocentos e quorenta e 
nove anos Et por palabra demandou a 
afon de montes y a fernan nunez e afon juan 
e a juan basante y esteuo rrodriguez carpen- 
teros moradores en a dita villa que como 
eles e outros seus consortes feceran e labra- 
ran asy a enpreytada como por razón de 
bragalajeen e afán das suas maos certos na- 



— i54 — 
vios e pinagas e outros en o tempo de seu 
arrendamento que estimauan alcauala que 
entendían do que lie poderian deuer contia 
de dous mjll mrs Et pedia a o dito juez que 
líos mandase pagar y logo os ditos reos di- 
seron que lie negauan sua tal estimagon e 
pedían a o dito juez que lies mandase dar 
por sy y en nombre dos outros que quise- 
sen seer en ajuda do dito pleyto o traslado 
e término de dreito a que respóndese Et o 
juez mandoullo dar e responder a noue 
dias e a este termino troixesen procuragon 
de quales quier que quixeren seer en sua fa- 
vor e ajuda do dito pleito et a o dito termino 
parescesen as ditas partes et outros conteni- 
dos en huna procuraron ende mostraron et 
diseron que eles non eran tiudos a tal alca- 
uala de navios que eles fegesen e labrasen 
por seus jomas por cuanto alguos marean- 
tes querían facer seus navios enpreytada e 
atallamento et lies daban seu breu et rezina 
crauos e madeyra Et eles por afán de seus 
jornaas e corpos lies davan certa contia de 
mrs por razón de seu traballo de suas manos 



— 155 — 
et afán de seu corpo Et asy dezian que nun- 
ca se acostu ni aran grandes tiempos son pa- 
sados e oje en dia lie non pagaran alcavala 
alguna e dezian que en tal posesión estañan 
e pedían a o dito juez que selle esto fose ne- 
gado po lo dito miguel ferrandez alcaualero 
que pedia ser rescebido a prouar de lo sobre 
•esto dito o dito miguel ferrandez diso que 
eso meesmo el quería ser rescebido á pro- 
uar lo que el demandaua Et sobresto as di- 
tas partes me pediron que librase o que adia- 
se por dereito et concludian Et eu ouve o 
dito pleito por concluso et asigncy termino 
para o librar e a o termino por myn asigna- 
do en presencia das ditas partes dey una 
pronungiacion que decia que rrescebia anbas 
las ditas partes conjuntamente a prouar a os 
ditos reos suas defensiones et a o dito abtor 
sua demanda para o qual lies asigney certos 
términos e produgos para faceren mas pro- 
nas E lies mandey que en o dito termino po- 
sesen seus enterrogatorios e prouas para se 
presentaren suas testymonias e interloquen- 
do o pronunciey asi en o qual termino os di- 



- i 5 6- 

tos carperiteros trouxeron suas testymonias 
e en presenta do dito alcaualero foron aju- 
ramentados e despois tomados seus ditos 
apartadamente y cada un sobre sy et despois 
abertas e publicadas et dadas o traslado as 
partes a que dixesen o seu dereito E sobre 
esto dixeron e rrazoaron quanto dicer e ra- 
razoar quixeron fasta que concludieron e me' 
pidieron que librase o que adiase por direi- 
to E eu ouve opleyto por concluso e asigney 
termino e ócy esta sentencia que tal he... Et 
eu juez sobredito visto e diligentemente exa- 
minado hun proceso de pleito ante my tra- 
tado entre partes conven a saber entre mi- 
guell ferrandez verde arrendador da alcauala 
dos navios da villa de pontevedra o año pa- 
sado de mili e quatrocentos e quoarenta e 
nove anos abtor de huna parte e afon de 
montes e juan basante e afon juan e ferrand 
nunez c esteuo rrodriguez carpenteros de 
navios da dita villa de que se mostraron 
procuradores reos da outra parte 

E visto en como as ditas partes conjun- 
tamente foron por min recebidas aproua de 



— 157 — 
suas entengoos E o dito abtor non prouou 
cousa alguna do por el demandado E visto 
a pronanga sóbrelo feyta polos ditos reos 
por sy e en nome das ditas mas partes e 
as contraditas e tachas por lo dito abtor 
opostas a seus testigos as quaes non foron 
legítimamente ne con as solepnidades dj 
dreito segund se requería en tal caso nea 
as prouou E visto todo o dito pleito e abtos 
del e todo cuanto era necesario de ver ávi- 
do sóbrelo meu acordó e plenarya delibe- 
ragión con letrados acho que o dito reo por 
por sy e en nome dos ditas partes prouou 
ben c conpridamente sua entengon conuen 
a saber nunca, ser costume en na dita villa 
deqos tacs carpenteiros dos ditos navios 
pagaren a tal alcauala dos navios pi nagas e 
batees que fazian e tomauan a sua ventura 
por razón de enpreytada e traballo das 
suas maos e personas nen da madeyra e cla- 
uagon e bren pagauan a noso señor o Rey 
et á seus arrendadores sua alcabala e eles 
que a conprauan segund ley do dito qua- 
derno eran quitos Et por ende dou por libres 



- i 5 8 - 
e quitos a os ditos carpenteiros e a seus 
bees a cada un deles da dita alcauala agora 
e daqui endeante das pinagas e navios e 
batees que asy fegeren por razón de enprey- 
tada a sua ventura E pono sylengio perpe- 
tuo a o dito miguel ferrs alcaualero sobre 
dito e a outro qualquier que arrendare a di- 
ta alcauala dos navios que de aqui en dean- 
te non demanden nen molesten nen enquie- 
ten sóbrelo a os ditos carpenteiros por ra- 
zón da dita alcauala E por myña sentenga 
definitiva o julgo mando declaro e discer- 
no todo asy en estos escriptos E por eles 
dou esta ser.tcnca test smonias que estauan 
presentes diego tendeiro ejuan cerreiro e 
lopo castaño e juan macriño e juan de do- 
mayo e outros dada dia sábado dez e septe 
dias do mes de Janeiro ano do nascemento 
de noso señor yhxpo de myll e quatrocen- 
tos e quarenta e nove anos. A qual sentenca 
asy dada o dito mygueell ferrnz diso que 
apelaua por palabra e entendía apelar por 
escripto en no termino de dereito — g n0 pe- 
res Rodericus gundisaluus escriptor 



— 159 — 
E la dicha sentencia asy ante nos pre- 
sentada fuenos pedido e suplicado por el 
dicho juan basante pediendonos por merced 
tovyeremos por bien de les confirmar la di- 
cha sentencia et todo lo en ella contenydo 
mandándola goardar e cumplir en todo E 
por todo doy en adelante para syempre 
costrenendo e apremyando á ios alcauale- 
ros e cogedores de las alcaualas ele la di- 
cha nuestra villa en renta o lieldat o en 
otra qualquicr manera que agora son e 
fueren de aqui adelante que les non de- 
manden las tales alcaualas de labrar e fa- 
cer navios naves barchas baixeles carauelas 
pinaeas barcos e bateéis et todas e quaes 
quier fustas mayores e menores para marear 
aunque las fiziesen e labrasen acote et a jor- 
nal o en otra qualquier manera en la dicha 
villa de pontevedra et en sus prayas et rrias 
c términos ct jurdiroos della mandando á 
los juezes e allcaldes e mayordomos de la 
dicha villa que agora son e fueren de aqui 
en adelante que los defiendan con todas 
las causas acerca de la dicha alcauala en la 



— i6o — 

dicha sentencia contenydas e que non con- 
sientan que alguno nin algunos non va- 
yan contra ella por gelo amenguar o que- 
brantar en alguna manera nyn por alguna ra- 
zón quanto mas que los derechos e leys e 
ordenamientos reales non les obligan a pa- 
gar trebuto alguno de lo que ganan de sus 
oíicios de carpintaria por afán y trabajo de 
sus manos a^y por razón de enpreytada e 
bragalajeen como en otra qualquier manera 
suplicándonos todavia que le confirmare- 
mos la dicha sentencia Et nos viendo la di- 
cha petición ser justa et en como la dicha 
sentencia fue et es racionabele jurídica amo- 
logada c passada en cossa julgada touimos 
por bien de les confirmar e por la presente 
confirmamos e aprouamos en todo e por 
todo la dicha sentencia et mandamos que 
le vala e sea goardada e comprida segund 
e por lo modo e manera que en ella se con- 
tiene Et que alguno nyn algunos no sean 
osados de los yr nin pasar contra ello nin 
contra parte de ello en alguna manera nyn 
por alguna rrazon por gela menguar e que- 



— i6i — 
brantar et defendemos firmemente a todos 
e aquales quier cogedores e recabdadores 
en rrenta o en fieldad o en otra qualquier 
manera que agora son et serán de aqui ade- 
lante de las alcaualas de los navios e naves 
e fustas de qualquier manera que sean para 
marear que les non puedan demandar nyn 
demanden las tales alcaualas en la dicha vi- 
lla e sus términos e jurdiciones pues que 
son quitos et exentos dellas segunt el 
thenor de la dicha sentencia e por semejan- 
te via mandamos á los dichos juezes e all- 
caldes e mayordomos de la dicha nuestra 
villa e sus lugares tenientes asy á los que 
agora son como los que daqui adelante fue- 
ren de la dicha villa e suas prayas e rrias 
e términos e jurdiyoos que auparen e de- 
fiendan a los dichos carpenteros que agora 
son e fueren de aqui adelante vezinos de la 
nuestra villa de pontevedra cerca de las co- 
sas en la dicha sentencia contenydas Et los 
unos c los otros non farades nin fasran de 
ende al sopeña de la nuestra merced y de 
cxcomonión e de diez mil mrs a cada 1411 



— IÓ2 — 

de vos e dellos para la nuestra cámara que 
lo ansy facer et conplir non quisyere en 
testymonyo de lo qual les mandamos dar 
e damos esta nuestra carta confirmatoria 
firmada de nuestro nombre et sellada con 
nuestro sello en pendiente et por mayor fir- 
meza mandamos a aluaro de casteenda no- 
tario de la nuestra cibdad de Santiago que 
la signare de su signo ¡ dada en la nuestra 
dicha cibdade oyto dias del mes de junyo 
ano del nascimento de noso señor Ihuxpo 
de mil e quatrocientos e cincuenta e seys 
anos estando presentes por testigos el car- 
denal martin lopez e Juan de la parra canoi- 
go de la dicha nuestra iglesia e el bachiller 
Rodrigo bailo nuestro familiar e otros | Ro- 
dericus archiepiscopus conpostellanus. Et 
eu alvaro de casteenda notario publico ju- 
rado de santiago por la igllia de Santia- 
go a esto que sobredito he en hun con 
os ditos testigos presente fuy. E por man- 
dado de meu señor o arzobispo de Santia- 
go don Rodrigo de luna esta sobredita con- 
firmatoria escripui e fige meu nome e signo 



- i6 3 - 
puse que tal he en testimonyo de verdade.» 

(Copia sacada del cartulario de la cofra- 
día de San Juan Bautista de Pontevedra, 
que empieza en 143 1 y termina en 1562,- 
publicada en la Revista «Galicia diplomá- 
tica.») 

De este documento se deduce también, 
aparte de lo manifestado en el texto, l.°: 
Que solo se trata del período de un año, de 
que fué alcabalero Miguel Ferrandez Verde, 
y que durante dicho período, los capinte- 
ros reclamantes y sus consortes labraron 
«certos navios e pinazas e outros», circuns- 
tancia que acusa actividad y variedad en 
la construcción naval. 2. , que existían á 
la sazón leyes y ordenamientos reales que 
eximían de los tributos á los constructores 
de barcos, con lo cual se comprueba el go- 
ce en Pontevedra de privilegios especiales. 
Y 3. , que la industria debía ser muy im- 
portante, pues si las alcabalas representaran 
una suma pequeña, el arrendador expresa- 
do no habría seguido un pleito bastante 
costoso por su duración de seis años. 



— IÓ4 — 

Núm.o 8. 

Por acuerdo del Concejo, que consta en 
el Libro del misino á 27 de Junio de 1440, 
se mandó pagar á Pedro Falcon la cantidad 
de cien maravedís por transporte del vino 
del Arzobispo desde la Lonja á la ribera. 
Parece ser que esta lonja se dedicó posterior- 
mente á casa consistorial, ocupándose al 
efecto el piso alto para sala de sesiones y 
oficinas, dedicándose los bajos á la contra- 
tación. A causa de la extremada decadencia 
de la villa en el siglo XVII, fué suprimida, 
sustituyéndole una simple albóndiga para 
granos. 

Núm.o 9. 

Aludimos á la vía férrea de Pontevedra 
á Carril y Santiago, cuyas obras se realizan 
actualmente; al amplio muelle de desem- 
barco del material de las mismas, que ser- 
virá en lo sucesivo para el tráfico mercantil 
de dicho camino; y, por último, á las im- 
portantes fábricas de productos cerámicos 
y de labrar madera, instaladas con todos 



- i65 - 
los perfeccionamientos modernos, ambas del 
Sr. Marqués de Riestra. 

Merece también ser mencionada la de fun- 
dición del Sr. Pazo, cuyos productos son 
tan sólidos como de buen gusto. Al entre- 
gar estas notas á la imprenta, nos entera- 
mos de la noticia, comunicada desde Madrid 
por el Sr. Gobernador de la provincia, Don 
Augusto González Besada (tan interesado 
por el bien de Pontevedra, de que el Sr. Mi- 
nistro de Fomento ha resuelto que se ejecu- 
ten por administración las obras del muelle 
de las Corbaceiras y que se estudie el en- 
cauzamiento del rio: la ocasión es oportu- 
na para que los pontevedreses, por el pode- 
roso recurso de la asociación, procuren se- 
cundar la animosa iniciativa del Sr. Marqués 
de Riestra. Las corporaciones, las socieda- 
des, las actuales cofradías y gremios, y la 
prensa local debieran estudiar detenidamen- 
te esta cuestión é impulsar ai vecindario 
en la dirección conveniente. 
Núm.o 10. 
Por cierto que el Sr. Asensio, como es- 



— 1 66 — 
critor cultísimo que no desciende al terreno 
de las vulgaridades, no quiso dar una sola 
vez en su reciente, voluminosa y notable 
obra citada, Cristóbal Culón, el sobrenom- 
bre vulgar de La Gallega á la Santa María, 
atendiendo sin duda á aquella frase: «Yo con 
perdón de Vd., soy gallego.» No puede ex- 
plicarse de otro modo la contradicción de 
consignar el sobrenombre de La India que 
tenía la Sania Cruz y omitir cuidadosamen- 
te el de la Gallega con que era conocida 
la Santa María, teniendo esta carabela ab- 
soluta notoriedad en la historia y no ha- 
biéndola alcanzado aquella. 
Núm.o 11. 
En la parte de alcabalas de la mar que el 
Rey tenía á su disposición, se hallaban si- 
tuados, precisamente á mediados del siglo 
XV, los sueldos del Arzobispo de Santiago 
como «Oydor de la Abdiencia del Rey» y 
como «Capellán mayor», este de 19.331 
maravedís, (carta de toma de D. Rodrigo de 
Luna al Concejo de Pontevedra fecha 20 de 
Mayo de 145 1, inserta en el Libro de dicho 



— i6y — 

Concejo) y aquel de 50.000 maravedís vie- 
jos, (carta idem, idem, fecha 6 de Diciem- 
bre de 1450) así como dos juros de á 10.000 
maravedís cada uno, concedidos para siem- 
pre jamás por el Rey D. Juan II, (carta de 
D. Lope de Mendoza á dicho Concejo fecha 
7 de Mayo de 1440) sin perjuicio de que 
el arzobispo, cuando lo había menester, ó 
cuando el monarca le encargaba apercibir 
su gente, castillos y fortalezas, tomaba an- 
ticipadas al Concejo mencionado, por cuen- 
ta de la recaudación real, sumas mayores 
de veinte mil maravedís, alguna de cuaren- 
ta y ocho mil quinientos. (Cartas del Arzo- 
bispo al Concejo en Julio de 1442, Diciem- 
bre de 1443 y Julio de 1444.) Con estos da- 
tos precisamente, lo repetimos, de media- 
dos del siglo XV, se demuestra la actividad 
comercial de Pontevedra, puesto que, sien- 
do muy módicos los impuestos de alcaba- 
las, y no cobrándose, en virtud de los privi- 
legios, otros tributos de mayor rendimiento, 
es indudable que para producir sumas co- 
mo las que el recaudador del Rey, entonces 



12 



— 1 68 — 

luí judío llamado Don Salomón Bagero, te- 
nía en sus cajas para hacer aquellos pagos 
álos arzobispos, además de los derechos que 
estos Prelados cobraban de las fieldades 
por su Señorío, el movimiento mercantil 
de dicha villa debía ser considerable. 
Núm.o 12. 
No es tal distracción la única padecida 
por el Sr. Murguía con relación al P. Sar- 
miento. En la página 664 de su «Galicia,» 
escribe lo siguiente. «Y asi el nuevo burgo 
«(Pontevedra) fué conocido en los primeros 
«tiempos de nuestra era con el nombre de 
«Dúos Pontes, no porque los tuviese á la 
«sazón, como quiere el P. Sarmiento, &. a » 
Para justificar la imputación subrayada, el 
distinguido historiador gallego inserta en la 
misma página esta nota: «En su Viaje (el 
«del P. Sarmiento) se lee: La primera noti- 
«cia que hallé de Pontevéteris aun no pasa 
«de 1 103. Pero siendo ya entonces Puente 
«vieja, es preciso retroceder mucho y supo- 
«nerla fabricada y es creíble que Pontevedra 
«sea el Ad dúos ponles del Itinerario de An- 



— 169 — 
« tonino y el Ambas Puentes de las donacio- 
nes de Santiago y de la pertiguería del 
«Conde de Lemos.» No hemos omitido una 
sola sílaba de la nota y como se vé, no se 
infiere de ella directa ni indirectamente que 
el P. Sarmiento quiera que Pontevedra tu- 
viese á la sazón dos puentes. Habla en sin- 
gular llamándola Puente vieja, y el nombre 
de Ambas Pílenles se refiere á las donacio- 
nes; hallábase perfectamente enterado el 
ilustre sabio, demostrándolo el título de 
Juez de Pontevedra á favor de Tristán de 
Montenegro, expedido por el Arzobispo 
D. Alonso de Fonseca, fecha 6 de Septiem- 
bre de 1463, inserto en el Libro del Conce- 
jo, pues le hace la merced de dicho cargo y 
del «judgado de Entramas las puentes, su 
anexo.» 

A más de esto, la explicación del Señor 
Murguía relativa á que Dnos pontos era la 
denominación de la comarca comprendida 
entre Pontevedra y Puente San Payo, es la 
misma, exactamente, que dio hace mas de 
un siglo el P. Sarmiento en su descripción 



— iyó — 

de dicha villa. El sabio benedictino, apo- 
yándose en fundamentos de consideración, 
entre ellos las noticias que Pomponio Mela 
nos dá de las rias bajas de Galicia, opina 
también que Pontevedra es la antiquísima 
Lambriaca, á cuya opinión se ha adherido 
el P. Fita; pero el Sr. Murguía define que 
los historiadores romanos se hallaban mal 
informados. 

De todos modos haremos constar que, 
por diversos títulos, tenemos la obligación 
de defender, aun en nuestra pequenez, al 
P. Sarmiento, y la cumplimos sin propósito 
alguno de menoscabar la justa fama del mo- 
derno é ilustrado historiador de Galicia, á 
quien ésta debe singular reconocimiento. 

Núm.o 13. 

Sociedad Arqueológica. 

A ella pertenecen varios de los documen- 
tos que utilizamos en el presente libro, al- 
gunos facilitados por D. Joaquín Nuñez, ve- 
cino de Pontevedra; y consideramos inelu- 
dible y grato deber el de dar noticia, siquiera 



— i7i — 
sucinta, de la Sociedad que nos ha honrado 
con el título de socio de mérito. 

El Sr. Sampedro, que citamos en el texto, 
es el creador de esta útilísima y distinguida 
sociedad, á cuya actividad é ilustración se de- 
be que en el corto tiempo que lleva de exis- 
tencia haya reunido multitud de objetos ar- 
tísticos é históricos de primera importancia. 
Tanto las autoridades civiles y eclesiásticas 
de la provincia, como las corporaciones pro- 
vincial y municipal de Pontevedra, como el 
Ministerio de Fomento, han auxiliado cons- 
tantemente á dicha Sociedad, aunque no en 
la medida que quisieran dichas entidades, á 
causa de la penuria de los tiempos; y es jus- 
to mencionar la decidida protección que á 
la misma han otorgado y otorgan los seño- 
res Riestra, Vincenti, Ordoñez (D. Ezequiel), 
Besada (D. Augusto) y otros distinguidos 
funcionarios y personas particulares de Pon- 
tevedra y de la provincia, ya coadyuvando á 
los fines de la Sociedad, ya concediendo á 
su museo ó depositando en él valiosos ob- 
jetos. 



— 172 — 

Ha celebrado ya dos notables exposicio- 
nes, que han llamado justamente la atención; 
y el museo, dividido en dos secciones, (co- 
locadas por ahora en locales separados) es 
constantemente visitado y alabado, especial- 
mente por eruditos extranjeros, que con- 
templan en él y admiran, curiosísimos re- 
cuerdos de los tiempos remotos. 

La primera sección situada en las her- 
mosas ruinas ojivales de Santo Domingo, 
(cuyas primeras reparaciones de conserva- 
ción, fundamento de las posteriores, se de- 
ben al patriotismo de D. Rogelio Lois) ofre- 
ce inestimables ejemplares arqueológicos de 
piedra, romanos, suevos y góticos, figuran- 
do en ellos, como inscripciones inéditas en 
todas las colecciones, las dedicadas á los 
emperadores Licinio Liciniano, Cnco Seve- 
ro, Carino, Maximino, Máximo y Numeria- 
110, además de las de Trajano, Adriano, 
Constantino el Grande, Cesar Decencio, y 
otras. Aras, lápidas funerarias, capiteles, 
imágenes del arte bizantino, molinos de ma- 
no, sepulturas, escudos nobiliarios, vénse allí 



— 173 — 
reunidos merced á las gestiones de la Socie- 
dad Arqueológica y á las donaciones de las 
personas de buena voluntad. 

La segunda sección, instalada en des sa- 
lones cedidos por la Diputación provincial 
comprende muebles, telas, cuadros, retra- 
tos, grabados y dibujos, porcelanas, objetos 
de cerámica, bronces, hierros, medallas y 
monedas, libros y pergaminos antiguos, pei- 
netas notables, armas europeas y ultramari- 
nas, reproducciones en yeso de detalles ar- 
quitectónicos clásicos y árabes, maderas ta- 
lladas, adornos y enseres de la edad de 
piedra, de los celtas y de los romanos, ob- 
jetos de vitrina como relojes, tabaqueras, 
sellos, esmaltes, abanicos y demás dignos 
de figurar en un museo arqueológico. Am- 
bas secciones reclaman la formación de un 
catálogo, merced al cual los visitantes y 
los aficionados puedan darse cuenta de las 
muchas curiosidades reunidas en un museo 
que honraría á cualquiera población de pri- 
mera clase. 

Todo ello se debe principalmente á la 



— 174 — 

singular perseverancia del Sr. Sampedro y 
así lo consignamos con la mayor satisfac- 
ción, seguros de que, con nosotros, los pon- 
tevedreses y los amantes de la cultura pú- 
blica le tributan el mas sincero recono- 
cimiento, así como á los demás socios, 
á los Sres. D. José Casal, D. Luís Sobrino, 
D. Rogelio Lois y D. Luís de Gorostola 
que le acompañaron en los primeros difíci- 
les pasos de la fundación, y á los Señores 
Obispo y Cabildo de Tuy, Mon (D. Alejan- 
dro) Becerra Armesto (D. Manuel), D. José 
Salgado de Caldas, Pazos Espéz, Cicerón, 
Sanabria y otros muchos, que donaron al 
Museo ó depositaron en él, objetos de gran 
importancia histórica y arqueológica. 
Núm.o 14. 
«Ano domini de mili e quatrocentos e trin- 
ta e scte día quinta feira quatro dias do mes 
de Jullyo | eabean todos que estando o con- 
cello e hornees boos da villa de pontvedra 
ajuntados em sen concello &. a diseron que 
por rason que alguns mercaderes e suas 
mercadorias e nabios se temían e regeaban 



— 175 ~ 
de byr a esta dita billa e seus portos con as 
ditas suas mercadurías e nabios entendendo 
de ser prendados e penorados por las mer- 
cadurías que goncalo correa tomara eno dito 
porto e lebara ena barcha chamada por nom 
rostro fremoso &. a por ende que eles todos 
juntamente en hun acordó por sy e por tod- 
los outros bezios e moradores da dita billa 
doje este dito día endeante seguraban e se- 
guraron a todos o a quaesquier mercaderes 
e todas suas mercadorias e nabios que a a 
dita billa e seu porto biesen que se temesen 
de ser prendados e penorados por rason do 
sobredito | ca eles por la presente se obliga- 
ban e obligaron delles teer e goardar o dito 
seguro e nolles seer feito dapno nen desa- 
guisado alguo en suas personas e nabios e 
mercadorias por rason do sobredito sub 
obligagon dos bees do dito concello e ve- 
zios e moradores desta dita billa que pa elo 
obligaron=testigos Ruy de lugo pedro qun 
o uello gongaluo de camoens mercaderes 
Ruy braqero scriban gongaluo fiel moor- 
domo bezios e moradores ena dita billa de 



— 176 — 

pontuedra e outros».— (Libro del Concejo.) 
Núm.o 15. 

El Sr. Alcalá Galiano, en su notabilísimo 
folleto «Nuevas consideraciones sobre las 
carabelas de Colón» ha dejado perfectamen- 
te establecidas las razones en virtud de las 
cuales el adjetivo caveatum y el sustantivo 
cavéis, (cuevas, huecos, bodegas) usados por 
Pedro Mártir, deben traducirse en el presen- 
te caso en el sentido de que La Gallega te- 
nía gavias y de que carecían de ellas La 
Piula y La Nina; de cuya manera se recti- 
fica el error en que importantes historiado- 
res han incurrido, por traducir mal aquellas 
palabras, de que dichas dos embarcaciones 
menores no tenían cubierta. Era verdadera- 
mente incomprensible que la Pinta y la Ni- 
ña hubiesen soportado y vencido, en el via- 
je de regreso, los peligros del ocecano: los 
viajeros que hayan atravesado el Atlántico 
y sufrido un mediano temporal, podrán cal- 
cular la imposibilidad de que unos barcos 
tan pequeños hubiesen resistido, sin cubier- 
ta, las terribles borrascas del mar, 



— *77 — 
Andando el tiempo, dióse á las gavias el 
nombre de cofas, según el mismo autorizado 
escritor. 

Núm.o 16. 
Lista de los individuos que acompañaron 
á Colón en el primer viaje y regresaron con 
él al puerto de Palos, según el Sr. Fernán- 
dez Duro. 

Nao Santa María. 

Juan de la Cosa, maestre, de Santoña. 
Sancho Ruiz, piloto. 
Maestre Alonso, de Moguer. 
Maestre Diego, contramaestre. 
Rodrigo Sánchez de Segovia, veedor. 
Pedro Gutiérrez, Rodrigo de Escobedo, 

de Segovia y 
Diego de Arana, de Córdoba, quedaron 

en la isla Española. 
Terreros, maestresala. 
Rodrigo de Jerez, de Ayamonte. 
García Ruiz, de Santoña. 
Rodrigo Escobar. 
Francisco de Huelva. 
Rui Fernandez, de Huelva, 



- i;8 - 
Pedro de Bilbao, de Larrabezúa. 
Pedro de Villa, de Santoña. 
Diego Salcedo, criado de Colón. 
Pedro de Acebedo, paje. 
Luis de Torres, judío converso, intérprete. 

Carabela Pinta. 

Martín Alonso Pinzón, capitán. \ 
Francisco Martín Pinzón, maes- >de Palos. 
fe j 

Cristóbal García Xalmiento, piloto. 
Juan Jerez * \ 

Bartolomé García, contramaestre de Palos. 

\ 
Juan Pérez Vizcaíno , 

Rodrigo de Triana, de Lepe. 

Juan Rodríguez Bermejo, de Molinos. 

Juan de Sevilla. 

García Hernández 

García Alonso.. , 

Gómez Rascón 

Cristóbal Quintero de Palos. 

Juan Quintero 

Diego Bermudez 

Juan Bermudez 



'{de Moguer 



— 179 — 
Francisco García Gallegos. 
Francisco García Vallejo. . 
Pedro de Arcos, de Palos. 

Carabela Niña. 

Vicente Yañez Pinzón, capitán; los demás 
tripulantes eran, unos de Palos, otros de 
Moguer. 



En una minuta del pregón llamando á 
los herederos de los difuntos en Indias, se 
incluye una nómin? de los que quedaron en 
la Española, en el primer viaje de Colón, y 
fueron asesinados en ella por los indios. 
Contiene cuarenta y un nombres, entre ellos 
el de Pedro de Foronda, sin pueblo de su 
naturaleza. 

Núm.o 17. 

«En este dito día (16 de Abril de 1437) 
estando o concello e homes boos dentro ena 
iglesia de san b° presentes y pedro ares de 
aldaan alfonsovelasco jurado & a ¡ mandaron 
a juan bieites ramos que dése a afonso Sán- 
chez de Valladolid quatro mili mrs de mone- 



— i8o -4 

da blanca contando blanca en cinco dine- 
ros ¡ para en conta e pago dos mrs que o 
dito concello devya por obligagon signada 
do signo de femando peres notario e el en- 
prestara para a Armada de navios que fege- 
ra gonzalo correa e recébese del carta de 
pago | e que lie serian rescebidos para en 
conta e pago dos mrs que o dito concello o 
alcanzara por conta que lie ficara de vendo 
da renta das posturas dos anos pasados | tes- 
tigos p° qun o mogo p° de montes clérigo 
gonzalo falcato vasco muñiz Ruy da frontil 
e outros. | » (Libro del concejo.) 
Núm.p 18 
En la lista que el Sr. Asensio atribuye al 
Sr. Fernández Duro, se escribe García Xal- 
tnienlo y nosotros creemos que es García 
Sarmiento, mal escrito en el documento de 
que se copió dicha lista. En algunos pa- 
peles de la época se vé Xar miento y Sar- 
miento, hablando de una misma persona; por 
esta razón hacemos notar en el texto el he- 
cho de que el Sr. López Ferreiro lo escribe 
del primer modo en su obra «Galicia en el 



último tercio del siglo XV», con relación al 
prisionero del Conde de Camina: nada más 
frecuente que el cambio de la r en /, Sal- 
miento. Por último, el nombre de Cristóbal 
era muy usual en Pontevedra, según docu- 
mentos de dicho siglo. 

Núm.o 19 
Es desconocido en absoluto el origen de 
este singular privilegio; pero nos permitire- 
mos explicarlo por medio de una conjetura, 
como materia á discutir. Dado que otros 
privilegios importantísimos de los vecinos 
y marcantes de Pontevedra provienen del 
rey D. Fernando III el Santo á causa de la 
conquista de Sevilla, posible es que los dos 
apellidos de Águila (aguja) y Ponte (puente) 
se deriven de la hazaña realizada en dicha 
conquista por dos naos de Pontevedra al 
mando cb Gómez Charino, que rompieron la 
cadena y el puente de barcas que unía las 
riberas del Guadalquivir. (Cronicón de la 
Botica, traducido del árabe por Sandoval, 
según D. José Renito Amado, notable poe- 
ta, escritor y Diputado constituyente, en sus 



— . 182 — 

«Misterios de Pontevedra, 1840.») Dichas 
dos naves fueron provistas de un refuerzo 
en la proa, sin duda á manera de espolón 
(aguja) y quizás estas circunstancias dieron 
origen á los apellidos Águila y Ponte, en 
un concepto parecido al que tuvieron el de 
Girón, el de Vargas Machuca y otros. En 
una capilla de la incomparable iglesia de 
Santa María la Grande de Pontevedra, edi- 
ficada por el gremio de mareantes, vése un 
escudo de armas con el siguiente cuartel: 
un barco á toda vela embiste la cadena ten- 
dida entre dos castillos. Se nos ha dicho 
que estas armas pertenecen á la familia de 
los Águila, materna del regidor perpetuo 
D. Benito de Arango y Sotomayor, sepul- 
tado en dicha capilla; y entre los muchos 
datos que vienen á corroborar la tradición 
relativa á la conquista de Sevilla, figuran los 
de la existencia en Pontevedra de la Torre 
«í/o ouro» (del oro) y del campo de la Ta- 
blada. Dicha torre fué aforada por el con- 
cejo en 10 de Marzo de 1492 á Martín de 
Bougoos, según escritura notarial que posee- 



- 1^3 - 
mos. La denominación ele Tablada subsiste 
todavía. 

Núm.o 20. 

Noticia del P. Sarmiento y del Sr. López 
Ferreiro en el tomo I de «Galicia en el úl- 
timo tercio del siglo XV» con relación al 
Tumbo de Santa María del Camino. El 
maestro de la Trinidad, de quien se trata, 
era el que estaba encargado de recoger en 
Pontevedra las limosnas para redención de 
cautivos, santa ocupación de los trinitarios, 
cuya orden había mandado á los principales 
pueblos de España, en que no tenían casa, 
frailes que hiciesen dicha colecta en virtud 
de la provisión de los RR. CC. fecha 2 de 
Octubre de 1475. En pueblos de poca im- 
portancia, desempeñaban tal comisión el 
párroco ó algún vecino calificado. 

Núm.o 21. 

En el libro del concejo figúrala siguiente 

relación de acuerdo. «ítem mandaron (los 

«del concejo) que p.o f. a (Pedro Fariña 

consta como alcabalero de la sal en el 



13 



— i§4 — 
«mismo libro) dése das posturas que se co- 
«mengaran en San juan de junyo tres fro- 
«lins de ouro a g vs co (G. Velasco) po la ca 
«(carta) do mundo para noso señor o argbpo 
«(arzobispo) de Stiago.» Acaso fué un re- 
galo curioso al Prelado, dueño y señor de 
Pontevedra. 

Núm.o 22. 

Véase la nota núm.° 17. 
Núm.o 23 

«It. mandaron que por morte de p.o vs. 00 
(Pedro Velasco) venda as bujolas g u0 de 
correa» (Libro del concejo.) En el dialecto 
gallego, la j tiene pronunciación francesa: en 
dialecto levantino también se llamaba bu- 
.rolas á las brújulas. 

Núm.o 24. 

El castillo de Cedofeita, Cito facía, fué 
reedificado por el obispo Sisnando para de- 
fensa del país contra las irrupciones de los 
normandos y escandinavos. Herculano, en su 
historia de Portugal, al referir la expedición 
á Galicia del rey Don Alonso, sitúa equivoca- 



- .8 5 - 
clámente dicho castillo en la actual provincia 
de Orense, según demuestran varios escri- 
tores. Los restos de esta fortaleza y las tie- 
rras contiguas pertenecían á fines del siglo 
XV á la noble familia pontevedresa de los 
Montenegro, según testamento otorgado en 
17 de Enero de 1491 por Gonzalo López de 
Montenegro, de que poseemos testimonio 
notarial. 

La resistencia de Pontevedra al ataque 
del portugués se apoyó en sus fosos, barba- 
canas, muros y torres; de estas fortificacio- 
nes tenemos noticias precisas por multitud 
de documentos que en gran parte y en ex- 
tracto publicó la Sociedad Arqueológica, 
así como por los recuerdos de los vecinos 
ancianos que alcanzaron á ver casi comple- 
tas las expresadas murallas y torres, y tam- 
bién por los restos existentes, alguno de 
los cuales no ha sido estudiado y revela á 
nuestro juicio, haberse construido en época 
remota; quizás sea la única reliquia que nos 
queda de la antigua ciudad de Lambriaca. 

Un documento existente en el archivo del 



— 1 86 — 
Ayuntamiento (exposición á S. M. en 1834 
pidiendo para Pontevedra el título de ciu- 
dad) cita el privilegio concedido por el rey 
Don Ordoño á la Catedral de Santiago, 
año 955, en el cual se menciona el suceso de 
la invasión de los moros y de haber sido 
Pontevedra refugio de los obispos de Gali- 
cia y de muchos señores del reino. No he- 
mos podido aun comprobar la cita, pero 
creemos que, sin base alguna, no se hubiera 
hecho en aquel documento. Esta noticia, 
unida á la circunstancia de llamarse Mou- 
rente una. de las parroquias limítrofes, situa- 
da en las colinas del Este, y Moureira el 
arrabal extramuros de la villa por el sud- 
oeste, puede justificar la conjetura, que no 
es nueva, de que los moros no tomaron 
á Pontevedra, limitándose á acampar ante 
ella durante el breve período en que aso- 
laron el país, derivándose de este hecho 
los dos nombres expresados. 
Núm.o 25. 
El privilegio tiene la fecha de 7 de Mayo 
de 1467, y decimos que ya existía la feria, 



_ i8 7 - 
porque en escrituras de prestamos, deudas 
y transaciones mercantiles como las relati- 
vas á anticipos de numerario con garantía 
de la salazón de pescado, á pagos de deu- 
das &. a , correspondientes al primer tercio 
del siglo XV, se fija el mes de Noviembre 
en unas y la íéria de San Bartolomé en 
otras, como fechas para el cumplimiento de 
los compromisos que se adquirían. La seña- 
lada merced de Don Enrique dio extraordi- 
naria importancia a dicha feria que, unida 
á otros privilegios y al que ya disfrutaba 
Pontevedra de ser único puerto de carga y 
descarga, (Ley II, libro IX, título XXIX de 
la Nueva Recopilación) de la extensa costa 
comprendida entre las «Estelas de Bayona 
y los Tranqueros ó Castros de Aquiño ó 
Aguiño» (ambos nombres se consignan en 
los documentos) fue una de las principales 
fuentes de prosperidad y de riqueza para la 
villa. 

Núm.o 26 
En la escritura de «pauto, contrabto y 
avynza» que hicieron á 28 de Diciembre de 



1445 e l concejo de Pontevedra y Suero Gó- 
mez de Sotomayor, dueño de muchos y 
grandes señoríos y mas tarde Mariscal de 
Castilla, para defenderse mutuamente en 
vista de que «eno tempo presente ocurren 
de cada día moytos bandos, pelejas, desas- 
tres, revoltas, roubos, péñoras, furtos é ou- 
tros moytos dapnos» promete el segundo 
«goardar los usos e costumes» entre los cua- 
les figura el de que «él nen seu lugar te- 
ncntc nen seus hornees que agora son ou 
sejan daqui endeante non posan prender 
nen prendan nen mande prender vesiño nin- 
gún da dita vila» sin requerir antes á la jus- 
ticia. 

Núm.o 27. 
Según documentos que obran en el archi- 
vo del Ayuntamiento relativos á órdenes de 
pagos por diversos conceptos, verificábanse, 
á fines del siglo XVI, visitas semanales á 
los barrios de la villa y á sus arrabales, por 
un cirujano, el regidor semanero y el escri- 
bano del concejo, para enterarse del núme- 
ro de enfermos y clase de enfermedades, pa- 



- 1 89 — 
gándose al primero de aquellos dos ducados 
por cada visita. 

La isla de Tambo, que hace pocos años 
fué destinada á lazareto, hizo igual servicio 
en otros tiempos: en 13 de Abril de 1598, 
(la mas antigua fecha que hemos hallado) el 
concejo manda pagar doscientos veinte rea- 
les para la «carne y rrefresco que se enbya 
para la infantería que vino en la almiranta 
del general Pedro Qubiauz e está aislada en 
la isla de tanbo por sospecha de enferme- 
dad de peste.» 

Hacíanse también semanalmente por los 
regidores de turno, escribano y testigos, vi- 
sitas de tiendas y reconocimiento de alimen- 
tos, pesas y medidas- existen en el mencio- 
nado archivo muchas relaciones de las dili- 
gencias que para tales fines se practicaban 
en la visita, extendidas con la minuciosidad 
y formalidades consiguientes. 
Núm.o 28. 

En 15 de Octubre de 1672, el procura- 
dor general de la villa de Pontevedra, Don 
Melchor Mosquera de Sotomayor, caballero 



del Habito de Santiago, presentó al ayun- 
tamiento una petición para que se «procure 
la restauración de la anterior importancia 
del pueblo.» Enumera las diversas causas 
de su decadencia: no las copiamos por no 
repetir lo que consignamos en el texto. 
Núm.o 29 

De un expediente que existe en el archi- 
vo municipal, extractamos los siguientes 
elocuentes datos: 

Estuvieron alojados en Pontevedra: du- 
rante treinta dias, 400 franceses de la es- 
cuadra de Mr. Chaternaut.— El tercio de la 
armada, con 600 hombres, al mando del 
maestre de campo Pacheco, 283 dias. Los 
tercios de Don Bernardino Delgado, de As- 
turias, de Aldao, del marqués de San Mi- 
guel y del de Oranie, durante 506 dias.= 
Las compañías de caballos de Amaza y de 
Villarrocl, un teniente general de Artillería, 
un gentil-hombre, condestables, y sesenta 
artilleros, durante 577 dias.=El Marques 
de San Vicente y sus ayudantes, 122 dias; 
y ocho camas de respeto para personajes de 



— 1 9-i — 
su comitiva, 55 dias.-— El duque de Híjar r 
con cuatro ayudantes, 872 d:as.=El mar- 
qués de Risbourg, con tres oficiales mayo- 
res y trece camas de respeto para su comi- 
tiva, 69 dias.=Varios capitanes de recluta 
y los tercios de infantería de Castro y de 
Cisneros, y uno de lanceros, hasta que se 
reunieron 4.000 reclutas, 220 dias.= Ade- 
más del Hospital del pueblo, dedicáronse 
cuatro casas á los soldados enfermos y heri- 
dos, con los correspondientes socorros.= 
Ocupáronse otras dos casas por el Teniente 
general de Caballería y por la compañía de 
caballos de Pignateli. 

Diéronse alojamientos, en las marchas y 
retiradas, á varios tercios de infantería y 
compañías de caballos. Todo ello ocasionó- 
crecidos gastos y angustias al ayuntamiento 
y al vecindario, que además soportaron los 
suministros de víveres, con mucha frecuen- 
cia, y los de forrajes, bagajes, Atarazana y 
otros, á diario. 

No consta que Pontevedra haya obtenido- 
indemnización de ninguna clase. 



• — 192 — 
Múm.o 30 

Lista (incompleta) de hijos ilustres de 
Pontevedra, deducida en su mayor parte de 
ejecutorias, informaciones, pleitos, y otros 
documentos del archivo municipal. 

Sorred Sotomayor, camarada de Don Pe- 
layo. 

Lupo Montenegro, que ayudó á Don Fer- 
nando II de León en la guerra al Rey de Por- 
tugal y en la toma del castillo de Cedofeita. 

Payo Correa, maestre de Santiago. 

Payo Gómez Charino de Sotomayor, Al- 
mirante. 

Payo Marino, que acompañó al anterior 
en la conquista de Sevilla. 

Lorenzo Suarez Gallinato, secretario de 
Don Fernando III. 

Ruy de Sotomayor, magnate de la corte 
de Don Sancho IV. 

Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo. 

Alfonso Jofre Tenorio, Almirante. 

Alfonso Fernández de Valladares, co- 
mendador de la Banda, muerto en la bata- 
lla de las Navas. 



— 193 — 

Albar Paez de Sotomayor, Almirante. 

Ñuño Fatel de Qun, Justicia de Ponteve- 
dra, muerto en la defensa de la villa contra 
el duque de Lancastre. 

Payo Gómez de Sotomayor, Embajador 
de Enrique III al Tamorlan de Persia, Ma- 
riscal de Castilla. 

Pedro Ares de Aldaan, jefe de Herman- 
dad en el siglo XV. 

Ares García de Raxoo, jefe de una arma- 
da de navios. 

Gonzalvo de Correa, idem. 

Gonzalvo de Camoens, alcalde, mercader 
y dueño de carabelas. Le citamos á causa de 
su ilustre apellido. 

Suero Gómez de Sotomayor, Mariscal de 
Castilla. 

Tristan de Montenegro, constante adver- 
sario del famoso Madruga, (conde de Cami- 
na). Muerto en la toma de Pontevedra á la 
condesa del mismo título. 

Juan Fernandez de Sotomayor, Mariscal 
de Castilla. 

Cristóbal García Sarmiento, piloto de La 
Pinta. 



— 194 — 

Pedro de Foronda, tripulante en las cara- 
belas de Colón. 

Juan de Sevilla, idem. 

Diego de Salcedo, idem. 

Juan da Nova, famoso marino al servicio 
de Portugal. 

Gonzalo y Bartolomé de Nodal, famosos 
marinos: descubridor el primero del estrecho 
de Lemaire. 

Juan de Gonsende, capitán, que figuró en 
la heroica defensa de la Cortina contra Dra- 
ke. Ascendiente del Padre Sarmiento. 

Alonso de Sotomayor, gobernador de Pa- 
namá, vencedor de Drake. 

Antonio M. Rodríguez de Pazos de Pro- 
vén, obispo de Córdoba, Presidente deL 
Consejo de Castilla. 

Juan García de Saavedra, insigne juris- 
consulto, que dedicó al anterior, como pai- 
sano suyo, la obra «De expensis.» 

García Sarmiento, justicia de Pontevedra, 
corregidor de Granada, capitán general de- 
Canarias. 

Pedro de Valladares, maestre de campo,. 



— 195 — 
fundador de la Obra pía para dotación de 
doncellas nobles, subsistente en Pontevedra. 

Juan de Matos el viejo, Almirante de 
Barlovento. 

Juan de Matos, hijo del anterior, Almi- 
rante del mar Occéano. 

Juan García de Matos, sobrino del ante- 
rior, Almirante de Ñapóles. 

Gregorio Hernández, escultor 

Pedro de Aldao. virrey de Navarra. 

Benito Marino de Lobera y Valladares, 
maestre de Campo. 

Cristóbal Marino de Lobera, maestre de 
campo. 

Gonzalo de Valladares Sarmiento, maes- 
tre de campo. 

Juan de Valladares Sarmiento, Asistente 
de Sevilla, del Consejo real. 

Fadrique Valladares del Villar, maestre 
de campo. 

Antonio Marino de Lobera, Gobernador 
de Gante. 

Pedro Ramón de Aldao, Gobernador del 
Henault, en Flandes, 



— 196 — 

Fernando Montenegro y Sotomayor, del 
Consejo real. 

Jorge de Andrade, que donó grandes su- 
mas para la construcción del Colegio de la 
Compañía de Jesús en Pontevedra. 

Jorge de Andrade, hijo del anterior, dis- 
tinguido capitán de marina en Indias, fun- 
dador de Obra pía en dicho colegio. 

Antonio de Mendoza, embajador en Vene- 
cia, virrey de Valencia, padre del Patriarca 
Cardenal. 

Jacinto Sarmiento Valladares y Barraga- 
nes, conde de San Román. 

Pedro Mosquera de Sotomayor, Gran 
Prior de Castilla. 

Fernando de Montenegro, Regente de Ña- 
póles. 

Fr. Tomás Sarria, Arzobispo de Taranto: 
en su testamento destinó once mil ducados 
á la fundación de un monte de piedad en 
Pontevedra. 

Juan Feijóo y Sotomayor, maestre de 
campo. 

Lope de Montenegro, gran canciller en 
Milán, 



— 197 — 

Conde de Maceda, virrey de Navarra. 

Miguel Enriquez Colón de Portugal, Al- 
calde mayor en Méjico. 

Fernando Bustillos y Azcona, Brigadier. 

Isidoro Casado de Rosales, Enviado ex- 
traordinario de Don Felipe V en Mantua, 
primer marqués de Monteleon. 

Pedro Casado de Rosales, Embajador en 
Italia y en Inglaterra, segundo marqués de 
Monteleon. 

Froilan Feijóo y Sotomayor, Asistente y 
Justicia mayor de Santiago y de su arzo- 
bispado. 

Fr. Martin Sarmiento: en escritos suyos 
llama «patria» á Pontevedra. 

Duque de Patino, gobernador de Milán, 
ministro de Marina. 

Teniente general conde de Maceda. 

Teniente general conde de San Román. 

Fr. Sebastian Malvar, Arzobispo de San- 
tiago. 

Pedro Acuña y Malvar, Ministro de Gra- 
cia y Justicia. 

Pedro Acuña y Malvar, Dean de Santiago. 



Francisco Javier Losada, Teniente gene- 
ral. 

Matías Ferraz, Brigadier de Artillería. 

Vicente Ferraz, Brigadier de Ingenieros. 

Vicente Fernández Iglesias, Mariscal de 
campo. 

José Miranda, Brigadier. 

Santiago Escario, Brigadier. 

Francisco Ant.° Diz, Brigadier 

Fernando, José y Francisco Javier Sara- 
bia, coroneles de Artillería. 

José Arias Teijeiro y Correa, ministro 
universal del pretendiente Don Carlos. 

Claudio González Zúñiga, historiador de 
Pontevedra. 

Antonio M. a Montenegro, Brigadier. 

Eduardo Gassct Artime, fundador de El 
lm parcial, Ministro de Ultramar. 

Indalecio Armesto, filósofo y escritor. 



Títulos del Reino, siglos XV al XIX, se- 
gún recuentos del vecindario de Ponteve- 
dra, informaciones, escrituras notariales, 



— 199 — 
pleitos y otros documentos del archivo mu- 
nicipal. 

Condes de Camina, de Salvatierra, de 
Gondomar. — Marqueses de Valladares, de 
Guimarey, de Aranda, de Villagarcía. — 
Condes de Maceda. — Marqueses de la Sie- 
rra, de Figueroa, de Montesacro. — Condes 
de San Román. — Duques de Estrada. — Viz- 
condes de la Vega de Gondar, de Fefiñanes, 
de San Tomé de Cambados. — Marqueses 
de Santa María del Villar, de Monteleon, de 
Leis, de Astariz. — Condes de la Vega. — 
Duques de Patino. — Condes de Oleiros. — 
Marqueses de Riestra. 



ERRATAS 



PAGINA LÍNEA DICE LÉASE 



->L i empleando empleado. 

08 3 año de lxxxuij año de Ixxxvuij 

71 16 tiene tres 

1-28 13 real leal 

En la nota rnírn. 6, página 144, últimas líneas, se 
rila entre paréntesis la Historia de la Orden Francis- 
cana del P. Castro, en vez de la Historia de Ponteve- 
dra por (1. Zúñiga y «Galicia» del Sr. Murguía. La equi- 
vocación fui' ocasionada por confusión de apuntes. 



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OCT 27 192 


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