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LA GU&RRA 
DEL PaCÍHCO 



POR 

CMARLES DE VARiQnY 



Santiago de Chila 

IMPRENTA CERVANTES 

Moneda, 1170 

1922 



o JRA EDITADA EN CASTELLANO 


por 


ALEJANDRO WALKER VALDES 


Oficial de la ®rden del Imperio Británico. 


Oficial de Instrucción Pública de Francia. 


Caballero de la Orden de S. M. Leopoldo 


de Bélgica. 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 

HISTORIA Y geografía 

1. — El Periodismo en Estados Unidos. 

2. — La invasión china y el socialismo en E. E, U. U. 

3.— La Doctrina Monroe y el Canadá. 

4.— Una campana electoral en E. E. U. U. 

5. — Un socialista chino en el siglo XI. 

6. — Francia en el Océano Pacíñco: Tahiti, 

7.— La Guerra del Pacífico. 

8. — Emma, reina de las Islas Haway. 



NOVELAS 



1. — Kiana. 

2. — Parley Pratt. 

3.— Ella Wilson. 

4. — Las ruinas da Uxural. 



PROLOGO 

La historia de la Guerra del Pacífico del escri- 
tor francés D. Carlos de Varigny que ahora extrae- 
mos de la ''Revue des Deux Mondes" de los años 
1881 y 1882, es una novedad entre nosotros. Po- 
cos la han conocido, y ha permanecido en el olvido, 
escondida en el silencio de las bibliotecas, como un 
buen vino en la bodega. Al traducirla cuarenta 
años después de escrita — a cuatro mil millas del 
teatro de la guerra — recobra toda su vitalidad, 
porque es el mejor relato sintético de la guerra, 
de sus causas, su desarrollo y consecuencias. Es 
la mirada imparcial de un extranjero instruido 
por periódicos, libros y publicaciones, de las nacio- 
nes en lucha, sin que ninguna especial simpatía 
indique su juicio, acaso sin conocer los países tra- 
bados en guerra. 

Sin duda los chilenos que en su tiempo la leye- 
ron, inflamados por el patriótico orgullo de vence- 
dores, encontraron fría la historia de Varigny, acaso 
cargada de simpatía hacia las naciones vencidas 
y en parte injusta o excesivamente severa con el 
vencedor: que siempre el caido arrastro las simpa- 
tías de todo corazón bien puesto — ¡Y la dejaron 
en olvido! 



VI 



Olvidáronla también porque, convencidos de la 
justicia de la causa chilena, no cuidaron nunca la 
debida demostración de ella ante el criterio extran- 
jero. 

Raza chilena fría y desinteresada, habitante de 
país montañoso, en lucha pertinaz con la natura- 
leza y aislada en sus fatigas, conserva ese carácter 
heredado de España, de ser más capaz de realizar 
hazañas que de coartarlas; y he aquí por qué si 
hemos tenido historiadores caudalosos, tan enamo- 
rados del pasado como desdeñosos del presente, 
no hemos tenido propagandistas y hasta carece- 
mos de las facultades propias a la difusión de nues- 
tra historia, que tiene páginas que justificarían 
para Chile el dictado honroso del Quijote de 
América. 

No hubiera Varigny trepidado en dárselo si 
hubiera tenido presente que las tropas chilenas 
que en 1880 entraron en Lima en correcta formación 
y a paso de vencedoras habían estado dos veces 
en la ciudad de los virreyes, no en guerra con el 
Perú, sino en guerra con los enemigos del Perú, 
en expediciones libertadoras; y que la única ocasión 
en que Valparaíso ha recibido las balas enemigas 
fué por haber Chile declarado la guerra a España, 
cuando ésta quiso volver a reconquistar su perdi- 
do virreinato del Pacífico. Esas tres guerras, las 
únicas que hemos tenido fuera de la de 1879, fue- 
ron el sacrificio heroico de un pueblo en aras del 
idealismo de la fraternidad americana, bautismo 
en sangre y fuego en Sud América de la incruenta 



Vil 

doctrina Monroe formulada por los americanos del 
Norte. 

Por ese carácter de orgullosa entereza no se ha 
hecho una debida difusión de nuestra historia y 
de la causa y desarrollo de nuestro conflicto con 
Perú y Bolivia y sus actuales consecuencias. El 
Gobierno ha sido censurado muchas veces por ello. 

Ese descuido de la opinión ajena, fundado en 
la propia estimación, ha sido parte principal en 
que las quejas sentimentales del Perú hayan po- 
dido hacer creer a muchos que nuestro juicio del 
norte sea semejante al de Alsacia y Lorena, hoy 
recobradas por el heroísmo francés. 

No lo es, ni en el origen de la guerra de 1879, 
ni en las condiciones de la retención condicional 
de Tacna bajo la soberanía chilena. La guerra del 
79 fué tramada por el Perú y Bolivia por el tratado 
secreto de 1873 solo conocido en Chile en víspe- 
ras de estallar la guerra; y la retención de la provin- 
cia no depende sino de la voluntad de sus propios 
habitantes. Adelantándose Chile a los tiempos es- 
tatuyó el plebiscito como fuente de la soberanía 
y principio de la nacionalidad mucho antes que lo 
consagrara el Tratado de Versalles; como en el 
arreglo posterior de sus pleitos de límites con la 
República Argentina estatuyó el arbitraje y la 
limitación de armamentos veinte años antes que 
lo establecieran la Liga de las Naciones y la Confe- 
rencia del desarme de Washington. Estos hechos 
hablan más alto que las quejumbres de despojo 



VIII 



con que el Perú ha removido los ecos en todos los 
ángulos del mundo. 

No ha perdonado el Perú, hábil en explotar los 
sentimientos, medio de obtener la gracia de los 
grandes países del orbe. Durante la guerra europea, 
mientras Chile mantuvo ima decorosa neutralidad, 
él declaró la guerra a los imperios centrales y se 
manifestó en favor de los aliados cuando el triunfo 
ya no era dudoso, pero ni un soldado, ni un cañón, 
ni un óbolo salió de su territorio para demostrar 
la sinceridad de la causa de que se hacía defensor; 
en cambio pretendió que en virtud de la sangre 
aliada vertida en Europa se le devolvieran Tacna 
y Arica, sin consultar la voluntad de sus habitantes! 

Si Chile hubiera creído de su deber hacer causa 
común con los aliados, habría participado en la 
guerra. No está en su carácter hacer alardes de amis- 
tad sin cumplir como amigo. Si el año 66 declaró 
la guerra a España, en nombre de la independencia 
de América, cuando España reclamaba al Perú 
las islas Chinchas, tomó las armas para sostener 
su actitud y sufrió las consecuencias de la guerra 
con el bombardeo de Valparaíso por la escuadra 
española. 

Chile, neutral, tuvo no obstante muchos de sus 
hijos en las filas aliadas y su sangre se mezcló con 
la francesa en los holocaustos a la patria; y conclui- 
da la gran guerra, ayudó a la reconstrucción de los 
territorio devastados. Un caserío en el norte de 
Francia muestra la adhesión chilena a los sufri- 
mientos de ese gran país. 



IX 



Si durante las exaltaciones patrióticas en el ar- 
dor de la lucha pudo parecer a los aliados toda neu- 
tralidad sospechosa de parcialidad; y algún diario 
francés, estimulado por la propaganda peruana, 
pudo decir que nos inclinábamos hacia Alemania, 
hoy, pasado el himno de los combates, se ve claro 
la correcta y discreta actitud de Chile, su neutrali- 
dad vigilante y sus simpatías por una paz fundada 
en cordialidad entre naciones. El testimonio de 
esos países lo certifica. 

Si entonces hubiéramos expuesto con tesón has- 
ta llegar al convencimiento público, el origen y 
situación de nuestras diferencias con el Perú, más 
equitativos sentimientos habrían dominado en el 
mundo en guerra hacia el lejano país que ha sido 
el primero en levantar la bandera del arbitraje 
en los diferendos internacionales, el primero en reco- 
nocer el principio de las nacionalidades y ha busca- 
do el plebiscito como medio de establecer y respe- 
tar la libertad y la voluntad humanas. 

* 
* * 

Habría bastado para llevar ese convencimiento 
a la opinión universal, reproducir y difundir la his- 
toria de ia guerra de 1879 entre Chile y el Perú y 
Bolivia, de Carlos de Varigny. 

Ningún testimonio habría parecido más imparcial. 
Los antecedentes de este historiador y geógrafo, 
que escribe a cuatro mil millas del teatro de los su- 
cesos la historia de un conflicto entre países que solo 
conoce por los libros, y que ha distribuido censuras 



y alabanzas, según su leal entender, a los beligeran- 
tes, no podía entonces y menos ahora, ser sospe- 
choso siquiera de simpatías. Nosotros sentimos, al 
leerlo hoy, que sus simpatías humanitarias se caen 
más bien del lado del Perú. 

Pero la exactitud de los datos que ha recogido, 
la abundancia de detalles, la visión del campo que 
recorren los ejércitos en lucha, el certero criterio de 
historiador con que discierne la importancia de los 
hechos y penetra en los móviles que los inspiran, 
todo en él revela al escritor que se ha documentado 
prolijamente, que ha estudiado a conciencia su 
tema, y al escritor que sabe agrupar los datos, dis- 
tribuirlos y presentarlos con tal arte, que añade al 
interés del asunto el agrado de la lectura. 

M. de Varigny fué im hábil escritor, y un alto 
funcionario francés. Había nacido en 1829. Cono- 
ció la costa del Pacífico en sus viajes: fué cónsul 
de Francia en San Francisco de California y en las 
islas Haway donde llegó a ser Jefe Político. 

La historia de su gobierno en Haway es parti- 
cularmente interesante, y revela todo su carácter 
de francés. 

Las islas Haway, en el Pacífico, están a la altura 
de la costa norte-americana y por esta situación 
constituyen una importante estación estratégica. 
Estados Unidos deseaba ganarlas para sí. 

Pobladas de individuos de raza amarilla, de ori- 
ge polinesio, como las demás islas sus vecinas, 
formaban un país independiente, gobernadas por 
reyesuelos hereditarios. Las descubrieron los es- 



XI 



pañoles en sus frecuentes correrías marítimas en 
busca de tierras que agregar a la corona peninsular. 
A la población indígena se han unido colonias de 
chinos, japoneses y norte-americanos, que han lle- 
vado a ellas su comercio e industrias. 

Estados Unidos mantuvo siempre misioneros 
protestantes que iban difundiendo el amor a Esta- 
dos Unidos, prólogo de la futura incorporación al 
territorio yanqui. 

Ello estuvo a punto de ocurrir en 1851. Gober- 
naba entonces el rey Kamehameha Ill.ggrande amigo 
de los norte-americanos. Estaba dispuesto a reali- 
zar una expedición política por el archipiélago 
para obtener su propósito, cuando lo sorprendió 
la muerte. Pero Kamehameha IV ys|u sucesor, el V 
de su dinastía, no fueron amigos de los norte-ame- 
ricanos y sí partidarios de la independencia nacional. 

Kamehameha V tuvo de amigo íntimo al cónsul 
francés, M. de Varigny, y conociendo sus maravi- 
llosas facultades quiso aprovecharlas, en el gobier- 
no de las islas, especialmente para poner un dique 
a la creciente influencia norte-americana. 

Carlos de Varigny fué nombrado Ministro de 
Hacienda primero; luego Ministro del Orden (In- 
terior) y finalmente. Primer Ministro de las islas. 

La política de Varigny tuvo dos caracteres de- 
finidos: fué anti-yanqui y civilizadora. Para des- 
truir el predominio norte-americano, servido por 
sus misioneros y los ingenios de azúcar, cuyos tra- 
bajadores debían votar como querían sus amos, 
concedió amplia libertad religiosa y estimuló el 



XII 



celo de los católicos; y propuso una reforma a la 
Constitución, para que solo fueran electores los 
propietarios de un bien raíz. 

La reforma levantó polvaredas, mítines, asonadas 
y tiros; y fué aprobada con el aplauso de los mismos 
a quienes privaba del voto, que preferían carecer 
de ese derecho a usarlo forzados. 

La reforma se impuso en 1864. 

Otro de sus grandes afanes fué la instrucción 
pública, hasta llegar a obtener para las islas el 75 
por ciento de alfabetos. Y es de notar que el 25 por 
ciento de analfabetos, las dos terceras partes eran 
de extranjeros inmigrantes. 

Estas reformas y el fomento del comercio y las 
industrias fueron el principio de un período de pro- 
greso. 

Pero no fué eterno. En 1872 murió Kamehameha V 
y con él acabaron en Haway el poder de Varigny 
y el influjo francés. El sucesor del rey fué amigo 
de Estados Unidos. Gobernaba allí el general Grant, 
quien propuso el amparo de Estados Unidos al ar- 
chipiélago en cambio del establecimiento de ima base 
naval. Y desde entonces el poder de Norte América 
ha crecido y hoy domina sin contrapeso. 

M. de Varigny fué ante todo un hombre de es- 
tudio y observación, y escritor. Luego que perdió 
su poder en las islas, regresó a Francia donde entró 
a colaborar en la Revue des Deux Mondes hasta su 
muerte en 1899. 

La labor de M. de Varigny en esta revista es 
extensa, y se especializa en estudios de historia y 



XIII 



geografía; algunas de sus obras como el Estudio 
sobre el Océano Pacífico, fueron coronados por la 
Academia Francesa. 

* * 

La Revue des Deux Mondes en que M de Varigny 
publicó sus interesantes estudios y novelas es la 
que ha sobrevivido a la plétora de revistas que en 
Francia se publicó a fines del siglo XVIII y princi- 
pio del XIX. 

Se recuerda que Inglaterra fué el primer país en 
que se creó la revista, el libro periódico que trata 
de asuntos de actualidad. En 1794 salió a luz la 
Monthley Revieu; y las discusiones que en ella se 
empeñaron sobre el significado e incdencias de la 
Revolución Francesa del 89, despertó en Francia 
la emulación. Multitud de revistas aparecieron, 
muchas efímeras; y de todas ellas quedó la de Deux 
Mondes, fundada por uiio de los espíritus más in- 
quietos de la Francia de la Restauración borbónica, 
encadenada ya en Santa Elena el águila napoleóni- 
ca. Fué M. Segur Dupeyron, en 1829. 

Un año apenas corrido, la tomó Mr. Buloz, quien 
fué su verdadero fundador, el que le dio forma y 
carácter. Gastó en ello esfuerzos considerables, una 
tenacidad envidiable y una gran fe en el éxito. 
Por tres veces en el espacio de veinte años cambió 
la sociedad propietaria y se gastó en consolidarla 
im capital no inferior a seiscientos mil francos que 
entonces representaban muchísimo mas que ahora. 

Fué en 1848 el eje de uno de los partidos de la re- 
volución de Julio. A su alrededor se agruparon 



XIV 



quienes defendían el orden social, dentro de un am- 
plio liberalismo democrático. Cimentado el segundo 
Imperio, el éxito sonrió a la revista, después de trein- 
ta años de esfuerzos; se difundió por todo el mundo 
y en sus páginas colaboraban los más distinguidos 
espíritus, muchos de ellos eminentes .en ciencias y 
en artes. En ella se instruían y deleitaban la juven- 
tud universitaria, la política y la militar; era la 
voz de Francia en el exterior. 

En la revista hicieron sus primeras armas o fue- 
ron consagrados escritores cuyos nombres han da- 
do la vuelta a mundo; allí escribieron, Alejandro 
Dumas, sus novelas históricas; Teófilo Gautier, 
sus fantasías; Guizot sus juicios políticos; Merimée, 
sus novelas hispanófilas; Murger, sus recuerdos 
de vida bohemia; Balzac, escenas de su comedia 
humana; Taine, sus estudios filosóficos e historias 
impregnadas de determinismo; Renán, sus investi- 
gaciones orientales; Jorge Sand, sus novelas revo- 
lucionarias y pasionales; Reclus sus estudios geo- 
gráficos; Claudio Bernard, sus investigaciones bio- 
lógicas; Cousin, sus filosofías panteísticas; Saint 
Beuve, sus críticas y retratos; Vigny, sus versos im- 
pecables y dolientes; Musset sus quejas; Saint 
Hilaire . . . 

Y colaboran hoy, como ayer, los más notables li- 
teratos franceses; los Mariscales Foch y Fayolle, 
de asuntos militares; Loti, sus fantasías de Oriente; 
Bourget, Benoít, Bordeaux, Bazin, novelas; Goi- 
f yau, filosofía; Lavedan, política; Poincaré, el ex- 
** Presidente, de política internacional, cuyo progra- 



XV 



ma ha conquistado la opinión parlamentaría, que 
lo ha impuesto en la jefatura del Gabinete. 

Así, siempre selecta y prudente en los avances, 
sin contar los lazos de la tradición, La Revue des 
Deux Mondes es llamada hoy la Tout Puissante y 
es la consultora de todas las cancillerías. 

En una publicación tan importante vio la luz 
la historia escrita por M. de Varigny poco tiempo 
después de los sucesos, que debió esparcir la noticia 
cierta de las causas y desarrollo de esta guerra; 
pero tales hazañas de países desconocidos y lejanos 
se olvidan pronto y la historia, apesar de su intrín- 
seco valor, fué olvidada. 

No debemos olvidarla nosotros. Era al menos un 
testimonio imparcial y lejano, rendido a la seriedad 
de la administración chilena, a la solidez de su or- 
ganización política, a la disciplina y cultura de los 
ejércitos, a la dirección técnica de sus jefes. 

Porque la obra de Varigny es hija de estudios 
desapasionados de la fuente de información de uno 
y otro de los beligerantes; él ha estudiado la geogra- 
fía, los recursos y capacidades de los países en lucha, 
los efectivos de sus ejércitos, sus rutas, sus planes 
de campaña y su ejecución; ha escrito las batallas, 
perfilado la silueta intelectual y moral de los jefes 
y sus consejeros, y ha penetrado en el alma de los 
pueblos. 

Faltan, sin duda, detalles; hay apreciaciones de- 
fectuosas, incomprensión de la importancia de al- 
gunos hechos de armas; pero tales defectos son ex- 



XVI 

plicables y pequeños en relación con la exactitud 
del conjunto, con la alta imparcialidad de la narra- 
ción y con el arte y belleza del relato. 

Ninguna obra de historia escrita en Chile puede 
alcanzar la comprensión de extraños como la de 
M. de Varigny. Es desde luego, un epítome reducido 
a los hechos principales, en el cual es fácilmente 
comprensible el conjunto; por lo mismo, el relato es 
más interesante, se presta a observaciones genera- 
les, a líneas precisas, a bellezas de lenguaje. La 
agrupación de hechos importantes en que se ve en jue- 
go la suerte de miles de hombres; en que a la ca- 
beza de sus ejércitos van los Presidentes dé Repú- 
blicas (Perú y Bolivia) y de cuyas acciones depende 
la salvación o la ruina de su autoridad y de sus pue- 
blos; las luchas de primacía entre ellos, sus celos y 
ambiciones rompiendo la necesaria unidad del 
comando; de otro lado, un ejército menor en nú- 
mero pero envalentonado por sus triunfos, disci- 
plinado e impetuoso; todo en avance o retroceso, 
buscando posiciones para librar las batallas deci- 
sivas, cuya suerte esperan ansiosas y atribuladas 
poblaciones importantes; todo se agrupa, pasiones 
nobles y plebeyas, amor de sacrificio y egoísmo, 
anhelos de gloria y de codicia, fanfarronadas y se- 
renidad calculadora; tal pasa en las vísperas de las 
batallas de Dolores y Tarapacá y entonces el re- 
lato adquiere la alteza de la epopeya y el historia- 
dor parece un noble bardo que canta pasadas gran- 
dezas y miserias de pueblos en lucha. 

Porque es preciso reconocer que en un período 



XVII 



de días Chile ha vivido una epopeya. De Tacna a 
Tarapacá, el cóndor chileno, como las águilas de 
Napoleón en Italia, vuela de campanario en campa- 
nario y su gorquera blanca es como un signo de paz, 
y de gloria sobre los campos ensangrentados. Al 
avance victorioso del ejército que nada resiste, ya 
escale de frente las escarpas del Morro de Arica, 
ya corra por los arenales de Tarapacá, dos ejércitos 
son deshechos y dos jefes de pueblos. Prado, Pre- 
sidente del Perú, Daza de Bolivia, huyen del cam- 
po y de sus patrias, salvando sus vidas empañadas 
que no supieron sacrificarse, y todo el Sur del Perú 
y las salidas de Bolivia quedan bajo el dominio 
chileno. Ya nada podrá detenerlo, y el cóndor vo- 
lará hasta la torre del palacio de los Virreyes, nido 
secular de leyendas de amores, tiranías y sacrificios. 

M. de Varigny elogia con calurosa simpatía el 
valor peruano. Acaso tal afirmación nos sorprenda, 
porque el roto chileno aprendió por exceso de en- 
vanecimiento, a despreciar su endebles y poca re- 
sistencia; pero de Varigny prueba con el número de 
víctimas en las batallas, que los peruanos resistie- 
ron con heroica decisión. 

Acusa de inútil crueldad, de afán de amedrentar, 
las destrucciones que el Coronel Lynch efectuó 
en el Norte del Perú, para preparar las vías al ejér- 
cito que venía del Sur hacia Lima; pero es preciso 
tener en cuenta que era necesario precaverse de 
amagos del Norte para asegurar el avance chileno; 
que desde Chimbóte al Callao tenía Piérola, ya 
Dictador por la fuga de Prado, sus parciales y que 



XVIII 

el Ejército que fuera vencido en Lima iría a recw:- 
ganizarse en el Norte y que convenía a vencedores y 
vencidos acortar la guerra y no hacerla indefinida 
transformando ejércitos regulares en montoneras 
que vivieran del merodeo de poblaciones. Fueron 
resoluciones fríamente tomadas, no hijas de arran- 
ques pasionales. 

La disciplina y mesura del ejército chileno queda 
de manifiesto en su entrada a Lima, después de las 
batallas de Chorrillos y Miraflores. Violado por 
una parte del ejército peruano el armisticio de -un 
día después de Chorrillos, atacado imprevistamente, 
era lógico temer que en su favor el ejército chileno 
hubiera entrado en Lima en persecusión de los fu- 
gitivos y hubiera convertido la ciudad en campo de 
batallas y represalias. 

Sin embargo, no fué así. Los generales contuvie- 
ron el ímpetu de los soldados, que quedaron tran- 
quilos en sus campamentos. Ahí recibieron las pre- 
miosas felicitaciones de las autoridades de Lima 
para que se apresurara a tomar la ciudad que se le 
rendía incondicionalmente. La soldadesca desmora- 
lizada y no desarmada saqueaba la ciudad en la 
noche del 16, el incendio la alumbraba siniestra- 
mente y el espanto reinaba en toda ella. 

En la tarde del 17 el General Baquedano entró 
con los primeros batallones, en correcta formación. 
El sordo rumor cadencioso de su marcha, sin gritos 
ni alardes, llevó la confianza al vecindario. La ciu- 
dad vencida se asomó a sus balcones a mirar el paso 
tranquilo y seguro de sus vencedores. 



XIX 



Es un extranjero, Vicente Holguin residente en 
Lima, hermano de dos Presidentes de Colombia 
y unido en matrimonio a una distinguida dama 
peruana, quien ha relatado minuciosamente la his- 
toria de los últimos días de la ciudad virreynal, 
en correspondencia publicada en el Repertorio 
Colombiano de Junio de 1881. 

**E1 Ejército de Chile, cuenta, hizo su entrada 
con una moderación que ponía de manifiesto la 
disciplina de los soldados y la sensatez de los jefes, 
así como sus triunfos habían atestiguado su bien 
dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, 
hubieron de sentir la superioridad de un enemigo 
que después de vencerlos les devolvía la seguridad 
de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa 
burlona o la mirada compasiva de los fatuos'*. 

No es nuestro ánimo refutar o aclarar los datos 
incompletamente comprendidos o desarrollados, las 
pequeñas lagunas o los errores de hecho en que el 
historiador francés haya incurrido; son pequeñas 
sombras que valorizan la luz del cuadro. Ni ello 
interesa sino al investigador. El lector que solo quie- 
re saber lo que ha pasado, tiene sobrada materia 
en que nutrir su espíritu y en que deleitarlo. 

Es un feliz hallazgo el de esta historia, cuarenta 
años después de escrita. Tiene la serenidad de los 
años que ha dormido en las bibliotecas; tiene tam- 
bién su respetabilidad y su grandeza. 



Se ha dicho que es Chile el único país de América 



XX 



que tiene su epopeya. Los araucanos defendieron 
su independencia durante tres siglos; los batallones 
chilenos combatieron en Chacabuco, en Maipú, 
en Pichincha, en Junín, y en Ayacucho. Más tarde 
restablecieron el equilibrio sud-americano pertur- 
bado por la ambición del Mariscal Santa Cruz y 
triunfaron en Yungay. En 1879 y 1881 escribieron 
sus cronistas la mas bella historia militar del Con- 
tinente. Las banderas de Chile han flameado tres 
veces en el Palacio de los Virreyes de Lima; sus sol- 
dados conocen el camino de la capital fundada 
por Pizarro yendo desde el occidente, por el Callao; 
desde el norte, por la Portada de Guias, y desde el 
Sur, por Chorrillos y Miraflores. 

Solamente la Gran Colombia con Bolívar y Sucre 
puede presentar, narrar semejante epopeya; estas 
glorias producen emulaciones y rivalidades que se 
traducen en alfilerazos en las discusiones diplo- 
máticas. 

¿Tiene acaso la República de Chile la culpa de 
que sus hijos sean valerosos y esforzados y sepan 
vencer en cada una de las ocasiones en que han 
puesto sus pechos en frente al enemigo? 

¿Pueden ser culpados de altivez o de conquistado- 
res sus gobernantes que han sabido repeler las ame- 
nazas que contra su independencia significaban, 
en 1838, la Confederación Perú-Boliviana; y, en 
1873, el Tratado Secreto de 1873? 

El Editor. 



La Gu&rra 
delPacípíco 



Cuando desde casi medio siglo la atención del 
mundo se mostraba indiferente respecto a los acon- 
tecimientos de la América del Sur, se ha despertado 
ésta súbitamente por los memorables combates que 
han ensangrentado las aguas del Mar Pacífico, por 
las guerras heroicas del Perú, contra Chile y por la 
toma de Lima, todo lo cual ha llegado hasta nosotros 
y se ha escuchado por todos, con extraordinario 
interés. 

La historia ofrece sus sorpresas, la guerra tie- 
ne sus enseñanzas. Puede decirse que únicamente 
un reducido número de geógrafos eruditos o de co- 
merciantes aventureros, eran los que estaban al 
corriente del estado político de estas repúblicas 
americanas. 

Una generación distinta de la nuestra, se sintió 
apasionada por la relación de los combates libra- 
dos por estas repúblicas contra España, para con- 
quistar su independencia. 

Los nombres de Bolívar, San Martín, O'Higgins, 
no evocaban ya sino un confuso recuerdo. A los 
grandes hechos sucedieron los pequeños aconteci- 
mientos, a los patrióticos esfuerzos la anarquía 
militar y a la unión que hace la fuerza, el régimen 



_4-^ 

de los * 'pronunciamientos" que destruyen hasta el 
respeto a la bandera. 

Un presidente derrocado por un cuartelazo, la 
insurrección de las provincias contra la capital, 
intrigas mezquinas más grotescas que sangrientas, 
la anarquía permanente, tal era para la inmensa 
mayoría de todo el mundo el triste y monótono 
espectáculo que ofrecían la mayor parte de las re- 
públicas hispano-americanas. 

La guerra de México, la ejecución de Maximilia- 
no, la restauración de Juárez, los desastres económi- 
cos de Honduras los enormes capitales inverticíos en 
empresas sospechosas, no eran, en verdad asuntos 
adecuados para conquistarse el favor del público y 
despertar las simpatías. 

Nadie podía tornearse interés por estas repúblicas 
del Pacífico y apenas si se prestaba una mediana 
atención a los relatos de los acontecimientos, que 
les afectaban. 

Pero esta situación ha concluido. Los grandes 
hechos que acaban de producirse, se imponen a la 
atención universal. Se ha revelado la existencia de 
una nueva Potencia que cada vez más se consoli- 
da. En el espacio de año y medio esta nueva poten- 
cia ha dado buena cuenta de los ejércitos coaliga- 
dos de Perú y Bolivia". Victoriosa en el mar. ha 
llegado con sus armas triunfantes hasta las mismas 
murallas de Lima, que se ha visto obligada a ca- 
pitular, no obstante su heroica resistencia. 

Chile dicta la paz, la fortuna sonríe a sus esfuer- 
zos y este nuevo Piamonte encerrado en re las mo- 
les gigantes de los Andes el mar y el desierto, ha 
entrevisto también la posibilidad de dominar por 
medio de la fuerza o de seducir con el ejemplo de 
sus prosperidad a sus vecinos menos hábiles, menos 
afortunados y sobre todo menos cuerdos. 



— 5 — 

Pero estos cambios no se realizan sin luchas y 
tales luchas exigen persistentes esfuerzos. La te- 
nacidad de Chile ha superado todos los obstáculos. 
Ha dado pruebas de una fuerza de resistencia 
que no se le suponía y ha demostrado una previsión 
sorprendente, unida a una singular destreza. 

Chile ha triunfado y su triunfo es merecido. Fá- 
cilmente nos lo demostrará el estudio de esta gue- 
rra, que nos pondrá de relieve las cualidades a las 
que ha debido su éxito, la heroica defensa de sus 
enemigos y las causas de su derrota. 

A la luz de los acontecimientos que acaban de 
producirse, tal vez nos sea dado leer aquellos que el 
porvenir tiene deparados a este pueblo esforzado, 
acontecimientos que pudieran muy bien, en tiempo 
no remoto, transformar el mapa de Sud-Amiérica 
y abrir a 'os productos y a la emigración de Europa 
nuevos campos de actividad, reunir en un haz^ co- 
mún fuerzas que hoy se obstruyen y se neutralizan 
y crear en las riberas del Suj* Pacífico un Estado 
próspero y rico. 

I 

Al pie de la inmensa muralla de los Andes, cuyos 
enhiestos contrafuertes y nevados picachos la sepa- 
ran de la República Argentina y que levantan sus 
cimas gigantescas a través de una extensión de 1,800 
leguas de sur a norte, bañada al oeste por el Océano 
Pacífico, Chile presenta el aspecto de una estrecha 
faja de terreno, oprimida entre dos barreras in- 
franqueables y desarrollándose en una extensión 
de 500 leguas. 

Forma, por consiguiente, un largo y estrecho 
valle, que corre de norte a sur, cortado, a su vez por 
valles laterales aún más estrechos y cuyo suelo se 



eleva en forma de terrazas y planicies hasta el mismo 
pie de las murallas colosales de los Andes. 

Al sur, la cordillera se inclina hacia el mar el 
valle se estrecha más, formando una especie de 
surco entre las abruptas rocosidades de las monta- 
ñas, contra las que se estrellan los vientos, y las 
costas rudas y severas, incesantem.ente azotadas 
por las olas del embravecido mar del polo antartico. 

Los últimos contrafuertes de los Andes se achatan 
y se alargan, formando las altas llanuras de la Pa- 
tagonia que ofrece paso al Estrecho de Magalla- 
nes: después, empinándose de nuevo, como en un 
esfuerzo supremo, forman la llamada Tierra del 
Fuego y los pujantes macizos del Cabo de Hornos, 
especie de centinela avanzado y perdido en el últi- 
mo extremo de la América. 

Más allá, la región de las tempestades, los parajes 
más temidos por los marinos, el polo sur, que va 
agrandándose cada siglo ganando todo lo que pierde 
el polo norte, y que va avanzando cada vez más 
sus bancos de hielo, región desconocida, inexplora- 
da, amenazante en su inabordable soledad. 

A veces, a lo lejos, en tiempo despejado y sereno, 
detrás de la barrera de hielo cruza el mar un fulgor 
estridente, se oyen sordos gruñidos, hay quebranta- 
miento de las enormes masas de hielo: es que se 
revela la existencia del Erebo y del Terror, volca- 
nes antarticos aparecidos un siglo atrás y objeto 
de un terror supersticioso. En ninguna otra parte 
se presenta el Océano con un aspecto más espantoso. 

En este punto extremo del mundo, se juntan el 
Atlántico y el Pacífico. Y se confunden lanzando 
el uno contra el otro sus olas enormes como monta- 
ñas, impulsadas por fuerzas contrarias, impacientes 
porlfabrirse paso y enfurecidas por los impetuosos 
vientos -deljpolo. 



7 — 



Por el norte, cambia radicalmente la escena. La 
frontera chilena llega a los 24 grados de latitud, lo 
que en el hemisferio norte corresponde a la latitud 
de La Habana, de Egipto y de la India. 

Allí, en una superficie de 100 leguas, se extienden 
las arenosas llanuras del desierto de Atacama, 
Blancas placas de cristales nitrosos se ven alter- 
nando con enormes materias de lavas. • 

Nada de vegetación. El sol ardiente, el cielo im- 
placable, la costa severa. Falta el agua en todas 
partes. La vida animal concluye. Los riachuelos 
que en otros tiempos surcaban este territorio se han 
secado por completo. El suelo onduloso se levanta 
y se hunde en montículos de arena y de rocas cor- 
tados por masas plutonianas y atravesados por nu- 
merosas líneas de color som.brío. Por todas partes 
una desnudez monótona. De cuando en cuando se 
ven surgir del seno de la llanura grandes rocas 
de formas extrañas que evocan las ruinas de anti- 
guos edificios con sus ventanas y sus agujas altas 
y finas que contrastan con las unidas y redondeadas 
formas de las alturas. Son rocas plutonianas, corta- 
das, comidas por la acción permanente del sol y 
cuyas aristas menos resistentes han sido reducidas 
a polvo. 

El desierto de Atacama separa a Chile del Perú 
y Bolivia. Del uno al otro de estos puntos extremos 
serpentea Chile entre los Andes y el mar. 

Su superficie es igual a vez y media la de Ita- 
lia, de todos los países de Europa el que más se le 
asemeja por su producción y su clima. Su suelo es 
rico en minas de plata, cobre, hulla, plomo, hierro, 
y se adapta admirablemente al cultivo de los cerea- 
les y a la mantención del ganado. A lo largo de su 
costa, puertos seguros atraen y resguardan infini- 
dad de embarcaciones; entre estos puertos, están 



8 — 



Coquimbo, Valparaíso, el mayor puerto comercial 
de Sud-América: Concepción, Talcahuano, Val- 
divia, Punta Arenas, el más meridional de los puer- 
tos civilizados del globo. Su población es de dos mi- 
llones y medio de habitantes, más o menos, con un 
promedio de diez habitantes por milla cuadrada; 
pero si la superficie de Chile es mucho mayor que 
la de Italia, que cuenta con 248 habitantes por milla 
cuadrada, hay que tener en cuenta, sin embargo, 
que sólo una tercera parte del suelo italiano es 
improductiva y que apenas si está cultivada una 
cuarta parte del suelo chileno. 

Por su posición geográfica, 'que hemos descrito 
brevemente, Chile es necesariamente un país ma- 
r'timo, agrícola y comercial. El océano ante el cual 
extiende gran partes de su territorio es la via na- 
tural de comunicación de un punto a otro de su 
suelo. El océano es, además, el único punto por 
donde se le puede atacar. 

Los Andes, con sus estrechos desfiladeros, sus 
gargantas inaccesibles, lo protegen y defienden de to- 
do ataque por tierra. Por el norte y el sur es ina- 
bordable. 

El mar es su dominio natural, por él exporta sus 
productos y por él importa lo que necesita, por él 
está en comunicación con el mundo, por él es sola- 
mente accesible y vulnerable, y es por este motivo 
por el que necesita concentrar sus esfuerzos en sus 
costas crear una marina mercante para las necesi- 
dades de su comercio, una marina de guerra para su 
defensa y para fortificar sus puertos. 

Un país que tiene sus fronteras naturales, sus 
accidentes de terreno, sus montañas, llanuras y 
valles, ríos, suelo, clima y productos propios es el 
molde en que una nación se engrandece o se debilita, 
prospera o fenece, según que se establezca o que se 



— 9 — 

rompa la armonía entre su genio propio y el medio 
en que se halla y en el que actúa. Un pueblo es más 
o menos colonizador, según que se adapte con ma- 
yor o menor facilidad a las condiciones geográficas 
y climatológicas de otros países distintos al suyo. 
La raza española que pobló la América del Sur 
y cuyos descendientes gozan aún como señores del 
suelo conquistado por sus antepasados hace ya tres 
sfglos, merece figurar a la cabeza de las razas 
esencialmente colonizadoras. 

Sobrio, valiente, duro para la fatiga, el español 
ha sufrido sin perder ninguna de las características 
de su raza, la transplantación a un nuevo continen- 
te. Tal como se nos mostraba en Europa lo volve- 
mos a encontrar en América. Allí donde lo llevó el 
genio aventurero de sus navegantes ha echado 
raíces con una firmeza verdaderamente asombrosa. 
La poderosa República de Estados Unidos no ha 
podido arrebatarle la Florida, sino a fuerza de di- 
nero, y Texas y California a costa de innumerables 
esfuerzos. En México sigue aún resistiendo a todas 
las agresiones. (1) Ni ^a guerra civil, ni la guerra 
extranjera, ni la incuria de la administración, ni 
el desbarajuste de la Hacienda han sido capaces 
de despojarla de este vasto imperio. En la América 
Central, bajo el clima más abrasador, aún retiene 
en su poder lo que conquistó; la América meridional 
le pertenece toda entera y Cuba continúa siendo 
española a pesar de todos y de todo, a pesar de las 
faltas de la metrópoli y a pesar de la inmoderada 
codicia de los Estados' Unidos. 

Independizado sólo cincuenta años ha del yugo 
español. Chile ha pasado como todos los países en 



(*) Nota del traductor, — Téngase en cuenta que este estudio 
de M. Varigny* se publicó en el año 1881, 



— ló- 
seme jante caso ese período turbulento inevitable 
de discusiones y de luchas intestinas que sucede in- 
variablemente a todo supremo esfuerzo nacional. 
Unidas durante la lucha, vencedoras precisamente 
por esta unión, aparecen después las ambiciones; 
al día siguiente de la victoria salen a luz y se acen- 
túan las tendencias diferentes. Período crítico en que 
más de un pueblo heroico ha visto obscurecerse su 
fortuna y sucumbir su independencia. Para Chile 
este período fué breve. Un Gobierno regular, acep- 
tado por todos, restableció el orden en las finanzas, 
en la administración y en el ejército. El mismo 
día después de su victoria sobre España. Chile 
enviaba sus soldados a combatir por la libertad 
del Perú, dejaba exhausto su tesoro para crear una 
flota, reclutar un ejéricto y librar en Ayacucho 
una nueva y sangrienta batalla en favor de la inde- 
pendencia de la América del Sur. En paz con sus 
vecinos, separado de ellos por sus barreras naturales. 
Chile pudo consagrarse al trabajo, cultivar su suelo, 
desarrollar sus riquezas y durante los últimos trein- 
ta años, gozar de una prosperidad y de una tranquili- 
dad desconocidas para las otras repúblicas hispano- 
americanas. 

El descubrimiento de California, la gran corrien- 
te de emigración que se dirigió hacia la costa nor- 
te del Océano Pacífico, dieron al comercio de Chile 
un impulso vigoroso y contribuyeron a modificar 
notablemente su situación económica. 

La emigración europea, que iba hacia las minas 
de oro de California, se efectuó en un principio por 
el Cabo de Hornos. Valparaíso se convirtió muy 
pronto en un centro importante por ser el punto 
obligado de fondeadero para los barcos que aca- 
baban de afrontar las tempestades del Cabo de 



— 11 — 



Hornos, y que forzosamente tenían que repararse 
y aprovisionarse en este puerto. 

De 1848 a 1852, se duplicó el movimiento comer- 
cial de Valparaíso a consecuencia de este continuo 
tránsito de barcos. La exportación contribuyo a 
engrandecerlo más aún. California no producía mas 
que oro. Los emigrantes llegaban por millares. Todo 
faltaba allí y lo que hacía falta sólo Chile podía 
proporcionarlo por entonces. Durante muchos anos 
tuvo Chile el monopolio en el suministro de ha- 
rinas y provisiones de todo género. Valparaíso Val- 
divia'' y Concepción se enriquecieron. El oro de 
California afluía a Chile, ^os viajes marítimos le 
proporcionaban no pocos emigrantes descorazona- 
dos, su población aumentaba de hecho de una ma- 
nera rápida por estas corrientes de emigrantes de 
las que siempre se quedaba con una parte 

Este movimiento duró sólo un tiempo. La cons- 
trucción del ferrocarril de Panamá y el estableci- 
miento de líneas de vapores de Europa a Estados 
Unidos y de Estados Uniños a Aspmwall, hicieron 
desviar su ruta a las emigraciones, abriéndoseles 
una nueva vía mucho más rápida y mucho menos 
peligrosa. Por último, más tarde, la construcción 
del gran ferrocarril del Pacífico estableció comuni- 
caciones seguras y rápidas y fué causa de que 
los viajeros al menos, abandonasen el paso por 
Panamá. ^ , , . 

Chile supo aprovecharse hábilmente de su bri- 
llante, aunque efímera prosperidad. 

Su comercio marítimo, notablemente acrecenta- 
do había ya formado a sus marinos; la audacia vi- 
no acompañada con el éxito; hubo armadores, la- 
bradores enriquecidos, que vislumbraron un por- 
venir seguro. Circunstancias imprevistas habían 
hecho de Valparaíso el puerto comercial más impor- 



— 12 — 

tante del Pacífico. Durante .muchos años habían 
visitado este puerto todos los marinos de la tierra, 
originando allí una animación extraordinaria y una 
prosperidad sin ejemplo. Después bruscamente, 
la corriente se desvió y tomó rumbo en dirección al 
norte. Se hablaba de la apertura del Itsmo de Pa- 
namá El día en que esta nueva vía quedase abierta 
el comercio marítimo dejaría definitivamente la vía 
del Cabo de Hornos ; si no los pasajeros las mercade- 
rías continuarían sin embargo usando esta vía des- 
pués de todo más económica a pesar de ser más larga 
y más peligrosa. El oro sembrado en Chile había 
dado sus frutos; la agricultura había recibido un 
gran impulso, se explotaban las minas y por cierto 
con gran rendimiento ; estaban en estado florecien- 
te las finanzas, todo alentaba para las grandes espe- 
ranzas y las grandes ambiciones. Veinticinco años 
de paz, una marina considerable, un ejército bien 
disciplinado, un crédito firme y amplio, permitían 
seguramente realizar grandes cosas. 

Chile se sentía oprimido y estrecho dentro de 
sus límites actuales: al este los Andes, a sur el 
Mar Pacífico, al oeste el Océano. Sólo por el norte 
podía extenderse. Además, yendo hacia el norte, 
se acercaba al Itsmo, al movimiento europeo. El 
norte le atraía con la fuerza que el imán atrae al 
hierro Las naciones, lo mismo que los individuos, 
sufren estas influencias exteriores, que son para 
ellas el resultado de su situación geográfica y eco- 
nómica. 

Hace un siglo que los Estados Unidos van cami- 
nando hacia el oeste; no han detenido su marcha 
sino cuando han llegado a las costas del Pacífico . . . 
y aún. 

Más allá, en el remoto confín del océano entre 
brumas, divisan ellos las soleadas costas de 'as is- 



— is- 
las Sandwich, en las que sueñan ellos construir 
su base naval, el lugar de recreo de sus millonarios 
de California, y su estación invernal, la Niza tro- 
pical de aquellos Estados donde impera el oro. 

Precisamente, en este mismo momento, por una 
singular coincidencia, las barreras naturales que 
parecían destinadas a impedir la salida de Chile 
hacia el norte, se derrumban por sí mismas. El 
desierto de Atacama dejó de ser un obstáculo y pasó 
a ser el blanco de la codicia. Aquel suelo árido y 
arenoso, rebelde a todo cultivo, encerraba en su 
seno depósitos inmensos de salitre. Bajo la corteza 
terrestre, cuyo espesor varía en algimos centímetros, 
se encuentra una tierra de color claro, compacta, 
compuesta en gran parte de gypsa y de piedrecitas 
que los buscadores de salitre designan con el nom- 
bres de * 'costras". El espesor de este terreno es de 
dos a cuatro centímetros, y bajo esta capa se en- 
cuentra el salitre. Este se presenta en capas muy 
irregulares, cuyo espesor varía desde uno o dos 
centímetros hasta dos y mas metros. ¿De dónde 
proviene? La presencia del cloruro de sodio o sal co- 
mún en los terrenos salitreros, sugirió en un prin- 
cipio la idea de que estos eran antiguas formaciones 
marinas, pero al observarlos con mayor detenimien- 
to, se pudo constatar la falta absoluta de forma- 
ciones calcáreas y de rocas estratificadas ; en ningu- 
no de estos depósitos de salitre se han podido en- 
contrar vestigios de conchas marinas. Y, por último, 
a veces, en lugar de ocupar las partes bajas del te- 
rreno, se encuentra ei salitre amontonado en pe- 
queñas colinas y hasta en alturas considerables, 
como en las minas de Paposo y hasta en la cumbre 
de la .cordillera de Maricunga. Por consiguiente es 
evidente que su origen es local y que el salitre se 
ha formado allí donde se encuentra. La hipótesis más 



— 14 — 

admisibles es la de que el salitre proviene de la 
descomposición de rocas feldespáticas sumamente 
abundantes en toda esa región, y cuyos elementos 
constitutivos bajo la influencia del aire se convier- 
ten en nitrato. 

La explotación del salitre, emprendida en los 
confines del desierto de Atacama, había dado exce- 
lentes resultados. El descubrimiento de los yacimien- 
tos de Antofagasta, determinó, hace algunos años, 
una verdadera fiebre minera. 

Antofagasta está situada en el desierto de Ata- 
cama, que separa el norte de Chile de las provincias 
del sur del Perú y de Bolivia. En los momentos de 
formarse las Repúblicas chilena y boliviana, este 
territorio inculto y sin valor, servía de frontera 
natural entre los dos países, frontera vaga e indecisa, 
a la que ni uno ni otro Estado concedieron durante 
mucho tiempo ninguna importancia, hasta el día en 
que exploradores afortunadas descubrieron los ya- 
cimientos de salitre y de guano. 

Diez años duraron las negociaciones diplí)máticas 
entabladas en 1856. Chile exhibía títulos de posesión, 
que demostraban que su jurisdicción se extendía 
hasta el grado 22 de latitud sur. Bolivia reclamaba 
hasta el 25 grado. Un peligro común trajo consigo 
una ''entente". En 1866, a la terminación de la gue- 
rra sostenida conjuntamente por Chile, Bolivia y 
Perú, contra España, se hicieron de una y otra 
parte mutuas concesiones, y en un tratado firmado 
en aquel mismo año, se fijo en el grado 24 de lati- 
tud sur la frontera de los dos Estados. Quedó, sin 
embargo, estipulado que explotarían en común y 
compartirían por iguales partes lo que se recau- 
dase por derechos de explotación de las minas y los 
yacimientos situados entre los grados 23 y 25. En 
estos límite se encuentra Antofagasta, a diez leguas 



— 15 — 

al norte del grado 24, y por consiguiente, en terri- 
torio boliviano. Fué, por tanto, el Gobierno de Bo- 
livia quien, de acuerdo con el Tratado de 1866, 
otorgó a las compañías chilenas las concesiones ne- 
cesarias. 

Relegada toda ella al interior del continente, 
donde ocupa una superficie doble de la de Francia, 
Bolivia no posee otra salida al mar que esta estre- 
cha faja de terreno de alrededor de 40 leguas, li- 
mítrofe de Chile. Al norte obstruye el acceso al 
mar la provincia peruana de Arequipa, de manera 
que el comercio boliviano se ejerce en gran parte 
por los puertos del Perú. Después del tratado de 
1866, la emigración chilena, atraída por el afán de 
la ganancia, fué remontando poco a poco la costa 
e invadió el desierto, que exploró en todas direccio- 
nes; entonces hizo nuevos descubrimientos de ya- 
cimientos. En las costas, sobre todo, se formaron 
nuevos centros de población. Puertos pequeños, 
desconocidos poco antes, adquirieron una gran 
importancia; los depósitos de salitre, en vista de la 
dificultad de comunicaciones, no podían ser explo- 
tados eficientemente, sino cuando estaban situados 
a poca distancia de la costa. 

Descubiertos por los chilenos los importantes 
yacimientos de Antofagasta, fueron explotados por 
una compañía chilena que disponía de capitales 
considerables. 

Nadie puso en discusión el derecho de propiedad 
de Bolivia; la compañía chilena lo reconoció de la 
manera más explícita, conformándose a las leyes y 
reglamentos bolivianos relativos a la explotación 
de minas. En pocos años Antofagasta adquirió 
un enorme desarrollo y enriqueció a los accionistas 
de sus minas. 

Estos resultados debidos a la actividad, al es- 



— 16 — 

píritu de empresa y a la iniciativa de los chilenos, 
despertaron la envidia primero y la inquietud des- 
pués, de Boiivia. Surgieron dificultades La vaga 
cláusula del Tratado de 1866, que estipulaba el 
disfrute de común de las minas entre los grados 
23 y 25, se prestaba a muy diversas interpretaciones. 
A instancias de sus nacionales y deseoso de no arries- 
gar sus capitales en una empresa de tanta importan- 
cia, sino después de una entente previa con Boii- 
via, el Gobierno chileno volvió a entablar negociacio- 
nes que concluyeron en 1874, con las siguientes de- 
claraciones: Chile se comprometía a renunciar a su 
parte correspondiente en los derechos que debía 
percibir sobre los guanos y las minas, en virtud del 
Tratado de 1866, y, por su parte, el Gobierno de 
Boiivia declaraba que los derechos de exportación 
en la zona común no se elevarían sobre los que re- 
gían en aquel entonces; que las personas, las indus- 
trias y capitales chilenos no serían sometidos a nin- 
guna otra contribución que las actualmente existen- 
tes. Esta cláusula del Tratado debería regir por es- 
pacio de 25 años. 

Boiivia no preveía entonces que en un plazo no 
lejano, bajo el régimen de una legislación minera 
sumamente liberal, Antofagasta se había de convertir 
en una colonia chilena, que contaba con cerca de 
20,000 obreros, dueños en realidad de un territorio 
sobre el que el Gobierno de Boiivia no ejercía más 
que soberanía nominal. A Boiivia no se le ocurrió 
ni en sueños distraer un ejército, construir fortale- 
zas, ocupai- militarmente una región absolutamente 
estéril, en la que faltaba por completo todo lo más 
necesario e indispensable para la vida del hombre, 
donde no podía conseguirse un poco de agua potable 
siquiera, sino merced a aparatos de destilación ins- 
talados en la playa, donde escaseaba el combustible 



hasta el punto de que sus habitantes no podían 
cocer sus ahmentos, sino después que sus an males 
de carga habían digerido los suyos y el sol abrasa- 
dor del desierto había secado sus excrementos. 

Protegida con su tratado con Bolivia, la emigra- 
ción chilena avanzaba con paso lento, pero seguro. 
En muchas circunstancias surgieron dificultades 
con las autoridades locales, impotentes para hacer 
respetar sus resoluciones y afirmar su autoridad. 

En La Paz, sede del Gobierno boliviano, la opi- 
nión pública inquieta, cormiovida, reprochaba al 
Presidente su excesiva condescendencia para Chile 
y le acusaba de sacrificar los intereses nacionales. 
No estaba lejos la hora, decían, en que Bolivia de- 
jaría de ser una nación independiente, y no tendría 
más remedio que someterse a la dominación chilena. 
Esa hora, llegaría cuando, . privada de toda salida 
al mar, encerrada por todas partes, Bolivia se viese 
obligada a exportar sus productos y a importar sus 
artículos por los puertos de su- rival. 

Pero estas alarmas no eran sólo de Bolivia. Por 
razones diversas, el Perú seguía con mirada recelosa 
esta invasión pacífica de Chile. El desierto de Ata- 
cama separaba sus provincias meridionales del nor- 
te* de Chile y el desierto se poblaba rápidamente. 
Por otra parte, el Perú estaba lleno de deudas, su 
Hacienda mal administrada, le obligaba a acudir 
al crédito y el crédito se agotaba. 

A pesar de disponer de infinidad de recursos natu- 
rales, iba a la bancarrota; las islas Chinchas, esos 
yacimientos enormes de guano, eran para el Perú 
lo que el Perú mismo con sus prodigiosas minas de 
oro, había sido para España: una fuente de fáciles 
r quezas, al parecer inagotables, y en realidad mo- 
tivo de incuria, de miseria, y en último término, 
de ruina. 

G. del Pacífico— 2 



Se gastaba sin tasa ni medida, vendiendo, hipo- 
tecando las ganancias del porvenir. Los depósitos 
de guano debían proveer a todo, permitirlo todo y 
excusarlo todo. Pero estos depósitos se agotaron 
también. Se les pidió demasiado, adelantos enormes, 
intereses exorbitantes. El Perú, urgido, se apresu- 
ró a reparar su déficit, cargando con un subido im- 
puesto la exportación de sus salitres. En su territo- 
rio había inmensos yacimientos. Pero estos elevados 
impuestos producían poco, y no dieron otro resulta- 
do que el de constituir una pr ma en favor del sali- 
tre chileno, activar su producción y estimular su 
exportación. Los barcos europeos abandonaron los 
puertos del Perú y vinieron a cargar a Mejillones 
y Antofagasta el salitre que las compañías chilenas 
vendían a más bajo precio, no teniendo que pagar, 
en virtud del Tratado de 1874, sino derechos muy 
moderados. 

Para impedir esta competencia tan desastrosa, no 
había más que un medio: persuadir al Gobierno 
boliviano que impusiese a sus salitreras contribu- 
ciones más subidas. Oponíase a ello el Tratado de 
1874, pero Bolivia estaba también empobrecida, la 
opinión pública era contraria a la explotación chi- 
lena. Esta medida tenía por tanto, para ella la sim- 
patía de su Gobierno y la de su pueblo. En realidad 
podía ser causa de una guerra, pero no se creía en 
ella. Chile no se atrevería, pensaron ellos, a aventu- 
rarse en una guerra con Bolivia, en una lucha larga 
y costosa, en la que tendría que transportar a tra- 
vés del desierto un ejército con todos sus aprovisio- 
namientos, franquear enormes distancias de terre- 
no estéril, la cordillera de los Andes y emprender 
una marcha peligrosa sobre La Paz. Chile vacilaría 
aún más si Bolivia, firmando un tratado de alianza 
ofensiva y defensiva con el Perú, podía poner sobre 



-19- 

las armas los efectivos militares y las fuerzas na- 
vales de esta nación. Un tratado de esta naturaleza 
fué precisamente la condición que puso Boliyia para 
aceptar la aventura que el Perú le proponía. 

Se iniciaron negociaciones y quedó firmado el 
Tratado, que se convino en mantener secreto, con 
el fin de proporcionar al Perú la ocasión de ofrecer 
su mediación, no revelándolo sino en caso de que 
Chüe rechazase esta mediación y declarase la gue- 
rra. 

El 11 de Febrero de 1878 el Congreso Nacional de 
Bolivia, aprobó el siguiente decreto: 

''Artículo único.— Se aprueba la transacción he- 
cha por el Poder Ejecutivo el 27 de Noviembre de 
1873, con la compañía de salitre y del ferrocarril de 
Antofagasta, "con la condición de que se haga efec- 
tivo un impuesto de diez centavos por quintal 
de salitre exportado". 

El Congreso se excedía en sus facultades. La ley 
de 22 de Noviembre de 1872, había concedido al 
Presidente y a su Gabinete autorización para arre- 
glar de una manera definitiva todas las cuestiones 
suscitadas sobre la validez de las concesiones. 
Esta ley aprobaba por tanto el convenio celebrado 
el 27 de Noviembre con la Compañía de Antofagas- 
ta y no era necesaria una sanción legislativa posterior. 
Tal había sido en efecto la opinión de los Congresos 
Nacionales de 1874, 1875, 1876 y 1877. Ellos ha- 
bían consagrado con su silencio y su aprobación 
implícita la validez de una transacción sobre la que 
el Congreso de 1878 no estaba llamado a interve- 
nir. 

Por otra parte, este decreto constituía una vio- 
lación formal del artículo 4." del Tratado de 1874, 
por el que el Gobierno boliviano se comprometía 



^ no establecer nuevos impuestos sobre la explota- 
ción chilena durante un período de 25 años. 

Chile protestó contra esta violación de un pacto 
internacional. 

Su Ministro en La Paz pidió al Gobierno bolivia- 
no la reconsideración de este decreto. Entabláronse 
negociaciones, que duraron todo el año 1878. Bolivia 
trataba de aplazar la discusión. Necesitaba tiempo 
para hacer sus preparativos militares y dejar al 
Perú que organizase sus fuerzas para impedir con 
un imponente despliegue de fuerzas de los dos ejér- 
citos aliados la entrada en campaña del ejército 
chileno. 

El Gabinete de Santiago, irritado con los aplaza- 
mientos de la cuestión, exigió una respuesta inmedia- 
ta y definitiva, declarando que sólo la derogación 
del decreto podía satisfacerlo. Acorralado, el Go- 
bierno de Bolivia, sostuvo la tesis singular de que el 
Congreso Nacional tenía el derecho de poder ex- 
pedir decretos en contraposición con leyes anteriores 
y pactos internacionales. Por fin, el 18 de Septiembre 
de 1878 informó al Ministro de Chile que mantenía 
en todas sus partes el decreto y que se habían dado 
órdenes terminantes a las autoridades de la costa 
para la percepción del impuesto prescrito por el de- 
creto de Febrero. El Gobierno boliviano exigía, 
además, el pago de una suma de 450 mil pesos que 
se le adeudaba, según él por los impuestos anteriores 
y alegaba que, como consecuencia de la concesión 
hecha por él a la compañía constructora del ferro- 
carril destinado a unir las minas con el mar, se creía 
en el derecho de exigir una compensación propor- 
cional a la garantía financiera aceptada por él en 
interés de la explotación. 

En Chile fué enorme la sorpresa. Chile se sentía 



— 21- 

amenazado, pero se encontraba listo. El Gobierno 
llamó a su Ministro en La Paz y decretó la movili- 
zación del ejército, poniendo en pie de guerra 20 
mil hombres y movilizando su escuadra 

El Gobierno boliviano no esperaba tan enérgicas 
medidas; invocando, a su vez, el texto del Tratado 
de 1874, recordó a Chile que uno de los artículos 
de este Tratado estipulaba, en caso de divergencias, 
el recurso de mediación de un país neutral, y ofre- 
ció la mediación del Perú. El golpe era hábil y magis- 
tral. Si Chile aceptaba, ganaba la causa Bolivia; 
si rehusaba, se ponía en evidencia y ofrecía al Perú 
un pretexto para intervenir. Junto con esta propo- 
sición de arbitraje, llegaba a Santiago un Plenipo- 
tenciario peruano con la misión de ofrecer a Chile 
su amistosa mediación. 

Ciertas indiscreciones, intencionadas, dejaron 
comprender que, en caso que Chile rehusase su ofre- 
cimiento, el Perú, muy a pesar suyo, se vería en la 
obligación de entrar en guerra y defender la causa 
de Bolivia. En tales condiciones y bajo tales reservas, 
no podía ser escuchada la proposición de arbitraje. 
Chile, sin entrar siquiera en discusiones, contestó 
declarando que la violación por parte de Bolivia 
del Tratado de 1874, retrotraía la cuestión al estado 
en que se hallaba antes de la firma del Tratado; 
que en aquella época él tenía establecidos sus derechos 
sobre el territorio situado entre los grados 23 y 25 
de latitud sur y que solamente había consentido en 
limitar su soberanía al grado 24 con la precisa con- 
dición de disfrutar en común la parte del desierto 
de At acama, comprendida entre el grado 24 y 25 
y que quebrantado este acuerdo por parte de Bo- 
livia, Chile tomaba posesión de lo que le pertenecía, 



— 22 — 

II 

Era la guerra. Bolivia creyó evitarla o al menos 
retardarla, revocando el decreto expedido, pero 
declarando que se consideraba desligada de sus úl- 
timas concesiones, y en consecuencia retiraba los 
previlegios otorgados a la Compañía de Antofagasta. 
Desprovista de las fórmulas diplomáticas, aquella 
declaración equivalía a ésta: Bolivia revocaba un 
decreto que imponía una contribución de 450 mil 
francos, pero confiscaba o arruinaba una propie- 
dad que valía más de veinte millones. 

El 12 de Febrero de 1879, Santiago celebraba el 
aniversario de la batalla de Chacabuco, fecha ins- 
crita en los fastos históricos de Chile. Aquel mismo 
día el Ministro del Interior recibía el siguiente des- 
pacho mandado desde Antofagasta, el que inmedia- 
tamente fué publicado y pegado en todas las esquinas 
de las calles de la capital: "El Gobierno de Bolivia, 
a despecho de nuestras reclamaciones ha decretado 
la confiscación de la propiedad de nuestros conciuda- 
danos y ha tomado posesión de los depósitos de 
salitre, sin dignarse siquiera dar una explicación". 

Una explosión de cólera acogió esta noticia. 
Sobreexcitada la opinión pública, obligó al Gabinete 
a proceder. Este estaba pronto. Los obreros chilenos 
empleados en las faenas mineras recibieron por 
telégrafo la orden de resistir; reforzados con un gru- 
po de tropas regulares, se apoderaron de Antofa- 
gasta, Mejillones y de Caracoles. Un acorazado 
chileno bloqueaba el puerto de Cobija, donde se 
habían refugiado las autoridades bolivianas arroja- 
das de los distritos mineros. El ejército se ponía en 
acción y nuevos transportes cargados de tropas 
llegaban con toda rapidez a las costas de Bolivia 
con inayore§ refuerzos. 



El Gobierno de Santiago no se hacía ilusiones 
sobre la gravedad de las resoluciones adoptadas. 
Chile se encontraba entonces en una de esas situa- 
ciones en que se impone la audacia y en que la for- 
tuna prodiga sus favores según el grado de vitalidad 
de un pueblo, la habilidad de su Gobierno y el co- 
raje de sus soldados. No tenía solamente que temer 
la coalición del Perú con Bolivia, tenía que temer 
también a la República Argentina, con la que sus 
relaciones diplomáticas eran cada día más tirantes, 
a causa de una profunda desinteligencia y que po- 
día, aprovechando la ocasión, venirse en contra 
de Chile, crear una situación difícil o por lo menos 
hacer pagar su neutralidad a un precio muy subido. 

Como ya hemos manifestado, la Cordillera de 
los Andes separa a Chile de la República Argentina, 
cuya capital es Buenos Aires. Estos montes, difíciles 
de franquear, fáciles para defenderse de una y otra 
parte, previenen todo conflicto; pero por el sur de 
los Andes se achatan alargándose y formando las 
altas llanuras de la Patagonia, sobre las que ambas 
Repúblicas reclaman el derecho de soberanía. La 
posesión de la Patagonia asegura el control del Es- 
trecho de Magallanes, línea directa de los vapores 
que van con rumbo al Pacífico. Dueña de este te- 
rritorio, la República Argentina tendría entre sus 
manos una parte del comercio de Chile, que recibe 
sobre todo la vía del Estrecho. Quedaría, es verdad, 
el paso libre por el Cabo de Hornos, pero este paso 
es uno de los más largos, más penosos y más peli- 
grosos que existen. Los barcos que vienen del Atlán- 
tico al Pacífico encuentran ahí corrientes contrarias, 
vientos de arriba que les obligan las más de las ve- 
ces a permanecer durante semanas enteras en medio 
de tormentas y tempestades, expuestos a chocar 
con los bancos de arena y expuestos a las furias del 



— 24 — 

mar. Chile mantiene con Europa un comercio de 
intercambio de productos de los más importantes; 
no posee puerto ninguno en el Atlántico, el estable- 
cimiento de una vía férrea proyectada entre él y 
la República Argentina, a través de uno de los des- 
filaderos de los Andes, facilitaría grandemente 
su comercio ; pero ese comercio quedaría siempre 
sujeto a la buena voluntad de sus vecinos, los que, si 
por otra parte eran además dueños del Estrecho, que- 
daba el comercio chileno como tributario suyo. 

La perforación del Itsmo de Panamá salvaría 
estas dificultades, pero la vía del canal, aún siendo 
más corta y más segura, será siempre la m.ás costosa, 
y para todos aquellos productos que estorban y 
son de escaso valor, será siempre el Estrecho de 
Magallanes la ruta más utilizada. 

En 1877 había abierto el Gobierno chileno nego- 
ciaciones con la República Argentina para solucio- 
nar amigablemente sus dificultades tocante a sus 
respectivas pretensiones sobre la Patagonia. Dichas 
negociaciones eran de carácter secreto, a instancias 
de la Cancillería de Chile. Ya en 1873 había logrado 
el Gobierno peruano que fracasasen las negociaciones 
emprendidas por Chile. A fines de 1877 los pleni- 
potenciarios se pusieron de acuerdo y convinieron 
en que el tratado, resultado de sus deliberaciones, 
se sometería a un mismo tiempo a la aprobación, 
de las asambleas legislativas de ambos países. La 
Cámara Legislativa chilena rechazó el tratado des- 
pués de una viva discusión, por no ofrecer las garan- 
tías necesarias. De esto se dio aviso oficial al Ga- 
binete de Buenos Aires, el que contestó por un men- 
saje del Presidente a las Cámaras, en el que decla- 
raba que, en vista del rechazo chileno del pacto 
llevado a cabo por su plenipotenciario, estimaba 
que la República Argentina debía atenerse al **uti 



— 25 — 

possidetis, de 1810. Terminaba el mensaje con es- 
tas significativas palabras: ''Entre tanto, nuestro 
deber es encarar friamente la situación que se nos 
ha creado. Se han roto las negociaciones, pero no 
por culpa nuestra, Tengamos calma, pero estemos 
resueltos a mantener nuestros derechos. Sabremos 
defenderlos y esperamos aún que sabias inspira- 
ciones animen a Chile y nos permitan llegar por m.e- 
dios pacíficos a una solución que hace mucho tiem.- 
po debía haberse alcanzado. 

Este mensaje del Presidente tuvo una favorable 
acogida. En la Cámara de Diputados, en la prensa 
y en las reuniones públicas se acentuó más aún la 
nota belicosa, se reclamó y se Consiguió el envío 
de buques de guerra a las costas de la Patagonia; 
se hicieron bajo cuerda negociaciones con el Perú 
y Bolivia, cuyo concurso estaba asegurado por una 
acción común en contra de Chile. Por su parte, este 
último enviaba a Río de Janeiro un hábil diplo- 
mático para sondear al Gabinete brasilero y des- 
pertar el recuerdo de antiguas rencillas que 
subsistían entre el Imperio del Brasil y la 
República Argentina, y que databan nada menos 
que de 1870. En esta época, estas dos potencias, 
aliadas entonces contra el Paraguay, habían im- 
puesto a éste por la fuerza un tratado de cesión 
territorial y la libre navegación del Paraná y del 
Paraguay superior; pero estas concesiones obteni- 
das habían llegado a convertirse en causas de dis- 
cordia, pues cada uno de los dos países opinaba 
que era el otro el que únicamente se aprovechaba 
de las ventajas conseguidas. 

Al Perú y Bolivia no cabía la menor duda que la 
República Argentina se aprovecharía de la compro- 
metida situación de Chile para hacer valer sus pre- 
tensiones. Se creían, por lo tanto, con derecho para 



— 26-. 

contar con una poderosa ayuda por el sur; pero aún 
en el caso de que ésta les fallace, no por eso se juz- 
gaban menos seguros del éxito. 

En cuanto a Chile, sentía instintivamente que el 
nudo de todas sus dificultades estaba en el norte, 
que un éxito al principio haría vacilar al Gabinete 
de Buenos Aires y que una victoria sobre el Perú 
y Bolivia le garantizaría la neutralidad por el sur. 

Las fuerzas que sus enemigos podían poner en 
pie de guerra eran numéricam^ente superiores a las 
suyas, Bolivia y el Perú juntos contaban con cerca 
de cinco millones de habitantes, el doble de la pobla- 
ción de Chile. 

Cierto es que Bolivia no poseía marina militar, 
pero el efectivo de su ejército de tierra era bastan- 
te considerable, y en un país en que todo el mundo 
es soldado y está habituado al manejo de las armas, 
nada m.ás fácil que organizar grandes levas. El sol- 
dado boliviano es por naturaleza bravo, sobrio, 
resistente. Vestido con un capote de tosco género, 
pantalones largos y calzado de ojotas, especie de 
sandalia de cuero que él mismo se fabrica, resiste 
las marchas más rudas y opone a las privaciones, 
una obediencia ciega a sus jefes y una paciencia a to- 
da prueba, cualidades que compensan la falta de ar- 
dor guerrero y de patriótico entusiasmo. Firme 
ante el fuego, muere, pero no retrocede. Habituado 
a recorrer montañas y desiertos arenosos, franquea 
sin vacilar grandes distancias, se alimenta poco y 
es ingenioso para subvenir a sus necesidades, muy 
limitadas por otra parte. Menos numeroso, pero 
más entusiasta, el ejército peruano se compone de 
elementos diferentes. Su instrucción es superior. 
Las continuas revoluciones han militarizado su 
población. Jinetes excelentes y buenos infantes, 
de un valor brillante, los oficiales y soldados pe- 



— 27 — 

ruanos no ponían en duda su buen éxito. Veían en 
la guerra entablada una especie de paseo militar, 
destinado a humillar la arrogancia de Chile, por 
cuyo espíritu mercantil sentían un profundo despre- 
cio, y cuyo ejército no era para ellos motivo de m.ayor 
estimación. Al cabo de 25 años de una paz no in- 
terrumpida no había tenido Chile ocasión para ague- 
rrirse y poco a poco había ido haciendo en su ejér- 
cito reducciones sucesivas. Pero en cambio impera- 
ban en sus tropas la disciplina, la moralidad y la 
instrucción técnica; sus efectivos eran buenos y no 
faltaban los hombres de quienes servirse eficiente- 
mente. 

Por todas las razones que acabamos de exponer, 
los esfuerzos de Chile se habían dirigido preferen- 
temente hacia el mar. Contaba, pues con una res- 
petable marina compuesta de dos fragatas acora- 
zadas, el ' Blanco Encalada" y el ''Almirante Cochra- 
ne", con seis cañones de SOO cada uno, cuatro cor- 
betas, una cañonera, la ''Magallanes dos pontones 
y diez transportes. 

El Perú disponía por su parte, de una escuadra 
a lo menos igual; cuatro buques acorazados: la 
fragata "Independencia", el monitor "Huáscar" 
y las baterías flotantes "Atahualpa" y "Manco- 
Capac"; dos fragatas, la "Unión" y el "Apurimac"; 
una goleta, la "Pilcomayo" dos pontones y seis 
transportes. Por una y otra parte las tripulaciones 
eran sólidas y bien instruidas, y los oficiales esta- 
ban a la altura de su cometido. Pero Chile tenía 
en cambio a su favor una organización administra- 
tiva superior a la del Perú y una excelente situación 
financiera. La del Perú era deplorable, su tesoro 
estaba vacío y su crédito exhausto. La renta perua- 
na, cuya emisión se había heclio en Londres a 74, 
ya había bajado dos años antes de la guerra a 14. 



— 28 — 

Una legión de funcionarios esquilmaba el país. 
Víctimas de revoluciones incesantes, se apresuraban 
a enriquecerse durante su corto período adminis- 
trativo, y reemplazados en seguida por otros no 
menos ávidos de hacer su agosto, se retiraban para 
pasar el resto de sus días a expensas del Fisco. 
Sus viudas y sus hijos tenían derecho a pensiones. 
Una parte de la población vivía de las rentas que 
el Estado les proporcionaba, y el Estado empobre- 
cido sin cesar, veía cada año disminuir sus recursos 
y aumentarse sus cargas. 

III 

La noticia de la ocupación de Antofagasta por las 
tropas chilenas, causó en el Perú una emoción aún 
más viva que en Bolivia. Toda la población peruana 
hacía votos por la guerra: la prensa, incitando a 
ella, no era más que el eco de la opinión pública 
sobreexcitada y esperanzada en el éxito. En vano 
trataron de levantarse algunas voces moderadas 
en defensa de la neutralidad; sus prudentes consejos 
fueron ahogados por los belicosos clamores de los 
que veían en una entrada en campaña contra Chile 
grandes victorias, anexiones territoriales, la con- 
quista de Atacama, el monopolio del salitre y la so- 
lución de las dificultades financieras en que se veía 
envuelto el Perú. 

Don Mariano Ignacio Prado, Presidente del 
Perú, era considerado como persona de simpatías 
hacia Chile. Derribado del poder en 1867 por una 
de tantas revoluciones de cuartel como se producen 
frecuentemente en las Repúblicas hispano-america- 
nas, se había refugiado en Santiago, donde residió 
durante ocho años; en 1875 un cambio de opinión 
política lo había vuelto de nuevo al poder. De su 



-S9- 

prolongada estada en Chile, don Mariano Ignacio 
Prado había llevado ideas no tan superficiales como 
las de la mayor parte de sus conciudadanos acerca 
de los recursos y potencia de Chile. 

No creía él que el solo anuncio de una alianza 
del Perú con Bolivia había de llenar de terror a 
Chile, según lo presagiaban los diarios, y había 
de obligarlo a pedir humildemente la paz. Pero, 
por otra parte, Prado no tenía ni la firmeza de ca- 
rácter ni la autoridad necesaria para ponerse resuel- 
tamente en contra de la corriente de la opinión. 
La zozobra por su popularidad tan trabajosamente 
conquistada, la amarga experiencia del destierro 
y los cambios bruscos que desde el poder supremo 
lo habían lanzado a la obscuridad, la indolencia 
natural de su espíritu que le hacía encontrar más 
fácil de seguir, y al parecer de dirigir, una corriente 
nacional contra la cual no se sentía con fuerzas 
para nadar, el temor de los ataques de la prensa, 
todo le impulsaba a constituirse en abogado y el 
más ardoroso en apariencia, de una guerra sobre 
cuyo éxito no abrigaba la menor ilusión. 

Creyó, sin embargo de su deber, como jefe su- 
premo del Estado, tratar de conjurar la tormenta. 
''Yo respondo de la paz, dijo, si Chile evacúa An- 
tofagasta". Esta débil manifestación de resistencia 
no podía dar resultado, como no lo había dado la 
oferta de mediación hecha a Chile y a la que el 
Gobierno de Santiago respondió urgiendo a don 
Antonio Lavalle, plenipotenciario del Perú, a de- 
clarar si el Perú estaba o no ligado a Bolivia por 
algún tratado secreto. En vano don Antonio elu- 
día la cuestión, declarando que ''él no tenía conoci- 
miento de este tratado, que creía que no existía, 
pero que habiendo oído en Chile rumores a este res- 
pecto, había pedido a Lima los informes del caso". 



El Gobierno de Chile redobló sus instancias exigien- 
do una respuesta categórica y requiriendo al Perú 
para que se declarase neutral. 

El día 21 de Marzo hacía saber por fin el Perú 
que no era posible declararse neutral, en vista de la 
existencia de un tratado secreto de alianza firma- 
do con Bolivia en 1873. El 2 de Abril el Ministro 
de Relaciones Exteriores de Chile dirigía al pleni- 
potenciario peruano la siguiente nota: 

«Santiago 2 de Abril de 1879. — Señor: — La de- 
claración hecha por vuestro Gobierno en estos úl- 
timos días al Ministro de Chile en Lima, en la que 
expone que no puede declararse neutral en nuestro 
conflicto con Bolivia, a causa de un pacto firmado 
con Bolivia de alianza defensiva, y que es el mismo 
que usted me leyó en nuestra conferencia de 31 
de Marzo, ha dado a comprender a mi Gobierno 
que no podía seguir manteniendo relaciones de amis- 
tad con el Perú. En consecuencia a la respuesta 
que usted me dio en nuestra primera conferencia 
de 17 de Marzo, relativa a nuestra pregunta acer- 
ca de la existencia de dicho tratado, que US. creía 
que no existía, alegando en prueba de su aserto 
que tal acuerdo no había sido aprobado por el Con- 
greso peruano de 1873, y menos aún por los Congre- 
sos sucesivos, durante los cuales US. formaba parte 
de la comisión diplomática, en consecuencia de esta 
respuesta, repito, mi Gobierno ha visto que el vues- 
tro, al ocultaros ese tratado a US. y a nosotros, 
se ha colocado en una posición irregular. 

«Mi Gobierno se ha sorprendido al saber que el 
del Perú proyectaba y firmaba este tratado en los 
precisos momentos en que manifestaba a Chile sus 
sentimientos de la más cordial amistad. 

«A este acto misterioso, sobre el que se ha guar- 
dado el silencio más absoluto, el Gobierno de Chile 



-3i- 

ha respondido con una franqueza insuperable» 
que quedaban rotas sus relaciones con el Perú y 
que se consideraba a éste como país beligerante 
en virtud de la autorización que a este respecto y 
con fecha de ese día había recibido de los altos por 
deres del Estado. 

''Al devolver a US. sus pasaportes, creo un deber 
asegurarle que se han tomado todas las medidas 
para ofrecerle tanto a US. como al personal de su 
Legación todas las facilidades y consideraciones 
que les son debidas. 

"Reitero a US. con los sentimientos de mi más 
distinguida consideración las expresiones de la alta 
estimación con que soy de V. E. obsecuente servi- 
dor. — Alejandro Fierro.— A. S. E. don José Antonio 
de Lavalle Enviado Extraordinario del Perú". 

Quedaba declarada la guerra con el Perú, y en el 
terreno diplomático Chile conservaba las ventajas 
conseguidas en el terreno militar. Nada había que 
contestar a esta nota firme y mioderada que ponía 
fin a una negociación condenada desde un principio 
al fracaso. La opinión pública aprobó en todas sus 
partes la actitud de sus gobernantes, explicada en 
un memorándum que se dio a la publicidad el 5 de 
Abril en el Diario Oficial de Santiago, y que termi- 
naba con estas palabras: 

' Chile estará a la altura de la gran obra que se ha 
impuesto. El Gobierno se siente fuerte en presencia 
de la actitud enérgica y resuelta del país. En estas 
condiciones el éxito es indudable. 

'Esta nación honrada, pacífica y laboriosa, que 
hace tantos años sólo emplea el hierro en sus traba- 
jos agrícolas y en el transporte de sus productos, 
pone sus destinos en manos de la Providencia y en 
ella confía como en el valor, la energía y la infa- 
tigable constancia de sus hijos". 



-32- 

Estos sucesos modificaron la situación. Cambiaba 
el terreno de la lucha y el Perú se convertía en el 
principal adversario, siendo por tanto el primero 
contra el que había que ponerse en guardia y di- 
rigir los primeros ataques. La campaña contra Boli- 
via exigía tiempo. Separado Chile y Bolivia por 
vastos desiertos, lo mismo podía Chile dirigir sus 
tropas contra La Paz, que podía Eolivia invadir 
el suelo chileno antes de reunir un material consi- 
derable y haber asegurado la subsistecia de sus tro- 
pas y el transporte de su artillería. La ocupación 
del litoral boliviano era cosa fácil para Chile, país 
dueño del mar; pero esto en nada impedía la unión 
de las fuerzas del Perú y Bolivia; además, iba a 
entrar en batalla la escuadra peruana. Mientras 
Chile no tuviese delante más que a Eolivia, la lu- 
cha quedaba necesariamente circunscrita. Y como 
Bolivia no contaba con marina militar, nada tenía 
Chile que temer por la enorme extensión de sus cos- 
tas. 

Pero la cosa era distinta. Existía la flota peruana, 
que era ciertamente temible y que se sabía estaba 
lista para darse al mar. El bloqueo de los puertos 
bolivianos se hacía peligroso, los barcos que en 
ellos había cargados podían de repente ser asaltados 
por fuerzas enemigas superiores y destruidos por 
completo. Un encuentro naval entre ambas escua- 
dras, en el que Chile estuviese en inferioridad, po- 
día asestar a éste un golpe m.ortal y exponer sus puer- 
tos al bombardeo, a Valparaíso a la ruina de su comer 
cío, y, en una palabra, a todo el país a una invasión 
por tierra apoyada por una flota victoriosa. Era 
por tanto necesario, ante todo, andar con prudencia 
en el mar y dii'igir a este punto todos los esfuerzos 
y todos los recursos de que se podía disponer. 

La ocupación de Antofagasta y del litoral boli- 



-33- 

viano había dado por resultado arrojar hacia el 
norte los débiles destacamentos que Bolivia mante- 
nía en estos parajes. Estos se habían replegado 
sobre Calama a poca distancia de la costa, donde 
esperaban repuestos para emprender al momento 
la ofensiva. A su frente se había puesto un abogado 
boliviano, Ladislao Cabrera. Hombre emprendedor 
y resuelto, había logrado restablecer la disciplina 
y levantar la moral de sus tropas, y se encontraba 
en disposición de oponer una seria resistencia, 
o de intentar una marcha ofensiva. Situado en los 
l'mites del Loa, Calam^a es una especie de oasis en 
el desierto de Atacama, el punto de aprovisiona- 
miento de las caravanas que van de Potosí al lito- 
ral Abundaban allí los víveres y las municiones. 
El punto estaba, pues, bien escogido para una con- 
centración. Por otra parte, desde Calama se ame- 
nazaba a las minas de Caracoles; al cabo de una 
buena marcha se podía llegar hasta Cobija y espe- 
rar allí en condiciones favorables la vanguardia 
del ejército boliviano, con la que se estaba en co- 
municación. 

Importaba mucho a Chile prevenii* esta última 
eventualidad, de tal naturaleza que comprometía 
los resultados del atrevido golpe de mano por me- 
dio del cual se había apoderado del territorio dispu- 
tado. 

Cuatro buques de la escuadra vinieron a bloquear 
a Cobija, la que ocupó sin derramamiento de san- 
gre un cuerpo de desembarque, mientras el coronel 
Sotomayor, saliendo de Antofagasta, tomaba po- 
sesión de Caracoles, donde era entusiastamente 
acogido por los mineros chilenos. Echados sucesiva- 
mente de estos dos puntos, se replegaron sobre 
Calama los destacamentos iDolivianos, engrosando 
los efectivos de Cabrera. 

G. del Pacífico— 3 



-34-^ 

Preocupado con este peligro, el coronel Sotoma- 
yor decidió caer sobre Calama antes de que la lle- 
gada, de refuerzos permitiese a Cabrera tomar la 
ofensiva. Dividiendo sus tropas en dos facciones, 
dejó un destacamento en Caracoles escogió 500 
hombres de los más robustos y marchó hacia el 
norte, marcha ruda y difícil por un país árido en 
que al abrasador calor del día suceden los fríos in- 
tensos de la noche, donde en el espacio de 24 horas 
hay en el termómetro una variación de 30 grados. 
Había que transportarlo todo consigo víveres, agua 
fon*aje, a través de llanuras arenosas y de quebra- 
das escarpadas. El 23 de Marzo por la mañana lle- 
gaba el coronel chileno a la vista de Calama. Insta- 
do a rendirse. Cabrera respondió con una enérgica 
negativa. Esperaba ser atacado y había tomado 
todas las precauciones necesarias para la resistencia. 
Abandonar Calama era entregar la llave de Ataca- 
ma. Hábilmente dispuestos a lo largo del río Loa, 
detrás de espesos matorrales que les servían de abri- 
go, los soldados bolivianos abrieron un fuego nu- 
trido contra las fuerzas chilenas, que combatían al 
descubierto contra un enemigo invisible. En estas 
condiciones desfavorables, sufrieron los chilenos 
pérdidas considerables; pero tanto los oficiales 
como los soldados no se hacían ilusiones sobre la 
imposibilidad de una retirada. Detrás de ellos es- 
taba el desierto, que acababan de atravesar con tan- 
tas dificultades; delante, el enemigo, pero también 
la salvación, el agua, los víveres que ya estaban 
próximos a faltarles. Vencidos, caerían todos ya 
bajo el fuego del enemigo que les perseguiría, ya 
de hambre y de sed en aquellas inmensas soledades. 
A las órdenes del coronel Sotomayor siguieron 
avanzando, incendiando los matorrales tras de los 
que se escondía el enemigo. El humo del incendio 



-35 — 

arremolinado por el viento envolvía a los soldados 
bolivianos, que se veían obligados a retirarse. Una 
carga vigorosa de los chilenos dio termino a su de- 
rrota. Cabrera congregó a los fugitivos y lentamente, 
sin ser perseguido, emprendió el camino de Potosí, 
dejando en manos de los chilenos a Calama, sus heri- 
dos y sólo una treintena de prisioneros, entre los cua- 
les había un coronel y dos oficiales. 

En Chile fué recibida con enorme entusiasmo la 
nueva de esta victoria. La toma de Calama descar- 
taba por un tiempo toda preocupación y todo te- 
mor de un ataque por tierra, permitiendo al Gobier- 
no chileno concentrar su atención y sus esfuerzos 
en las operaciones navales. La escuadra chilena re- 
cibió orden de darse al mar; cuatro navios cargados 
de tropas de desembarque ocuparon sin resistencia 
los puertos bolivianos de Cobija y de Tocopilla, 
mientras los acorazados chilenos bloqueaban el 
puerto peruano de Iquique, centro de comercio im- 
portante, defendido por una guarnición de 3,000 
hombres. 

En la interesante obra que sobre la guerra del 
Pacífico acaba de publicar un distinguido escritor, 
que es al propio tiempo uno de los más autoriza- 
dos estadistas de Chile, don Diego Barros Arana, 
leemos que la escuadra chilena pudo entonces, 
cayendo sobre el Callao, apoderarse por un vigo- 
roso golpe de mano de este puerto, derrotar en él a 
la flota peruana y asegurarse así las ventajas que 
sólo consiguió más tarde al precio de enormes sa- 
crificios y de desesperados combates. El Gobierno 
chileno cometió el error, a lo que parece, de tom.ar 
demasiado en serio las fanfarronadas de los perua- 
nos y de dar demasiada importancia a su potencia 
naval y a sus medios de resistencia. Es posible, en 
efecto, que en los primeros momentos de la lucha 



^36- 

hubiese tenido éxito semejante tentativa, pero nun- 
ca había seguridades de ello. El Callao estaba en 
situación de defenderse. Los acorazados peruanos 
poseían una artillería formidable. Resguardados 
en el puerto, se duplicaba su fuerza de resistencia 
con sus baterías de tierra ; las tropas de desembarque 
de Chile no constituían aún más que un efectivo 
insuficiente, y un fracaso ante el Callao, al princi- 
pio de la campaña, habría comprometido grande- 
mente la situación. Si el Gobierno chileno concibió 
este arriesgado proyecto, es seguro que renunció a 
él después de un maduro examen, y nosotros no 
podemos m.enos de alabar su prudencia. 

Desde el 7 de Abril, en efecto, estaba la escuadra 
peruana suficientemente aprontada para que los 
buques "La Unión" y el 'Tilcomayo" se hicieran 
a la mar bajo las órdenes del comandante García 
y García. Al norte de Antofagasta, en la frontera 
mism.a del Perú y Bolivia, se encuentra el puerte- 
cito de Loa, en la embocadura del río de su nombre. 
Aquí fué donde tuvo lugar el primer encuentro en- 
tre las fuerzas del Perú y de Chile, La cañonera chi- 
lena "Magallanes", destacada de la escuadra para 
reconocer esta parte de la costa y escoltar un convoy, 
se encontró de pronto frente a los buques del Perú. 
Demasiado avanzada para retroceder, tuvo que 
aceptar un combate en el que la superioridad de 
su tiro compensó la inferioridad de su armiamento. 
A las precipitadas descargas de los buques peruanos, 
contestaba la "Magallanes" con un fuego más lento 
y más metódico, pero también más eficaz. La "Unión 
bastante averiada, y el "Pilcomayo", que se mantu- 
vo a considerable distancia, tuvieron que dejar el 
campo libre a la cañonera chilena, que se incorporó 
a su escuadra sin mayores averías. 
Alentado con este primer éxito, el almirante chi- 



— 37- 

leno Williams Rebolledo, que bloqueaba Iquique, 
resolvió dirigirse hacia el Callao y presentar combate 
a la escuadra peruana. El mantenimiento del bloqueo 
de Iquique quedó confiado a dos buques chilenos, 
el * 'Esmeralda" y la ''Covadonga", a los que la len- 
titud de su marcha y su estado de vetustez hacían 
inútiles para la expedición que se proyectaba. Su 
misión debía limitarse a impedir el acceso y :a sa- 
lida del puerto de Iquique a los navios de comercio. 

Subiendo hacia el norte, el almirante chileno re- 
corrió la costa, bombardeando ^sucesivamicnte los 
puertos de Moliendo y Pisagua. Toda esta parte 
de la costa estaba enteramente desprovista de ve- 
getación y falta de agua. Hubo necesidad, como en 
Iquique, de recurrir a los condensadores y destilar 
el agua del mar. El 18 de Abril fué bombardeado 
Pisagua, y destruido todo el material de explotación 
del guano. En 500,000 soles, más de dos millones de 
francos, se calculan los daños causados por el fuego 
de la artillería chilena. Lo mismo en Pisagua que 
en Moliendo, tomados al descuido los peruanos, 
no habían tenido tiempo de preparar sus baterías. 
Sólo Arica estaba en condiciones de defenderse. 

Inmovilizada en el puerto del Callao, la flota 
peruana no daba señales de vida y dejaba que sus 
costas fuesen devastadas impunemente. El almi- 
rante chileno lo sabía y por eso iba derecho a su 
objeto. En Lima y eh el Callao, la opinión pública 
sobreexcitada exigía medidas enérgicas y anuncia- 
ba la próxima partida de uno de los buques de gue- 
rra, no para proteger las costas del sur sino para 
subir hacia el norte y para ir a esperar a Panamá el 
material de guerra que se esperaba de Europa. 
Estos rumores, puestos hábilmente en circulación, 
no tenían otro objeto que engañar a la escuadra chi- 
lena, arrastrarla hacia el norte y dar un golpe de 



— as- 
mano sobre el puerto de Iquique. Asegurado por 
esta inacción y por los avisos que le llegaban, el 
almirante Rebolledo dirigió su proa rumbo al 
Callao. 

El 16 de Mayo, el monitor "Huáscar" y la fra- 
gata acorazada "Independencia", abandonaban fur- 
tivamente este puerto, y en la madrugada del 21 
llegaban a la rada de Iquique. 

La "Independencia", revestida de una coraza, 
de 4 pulgadas y media, contaba con 22 cañones 
Armstrong, dos de ellos giratorios y un espolón 
de 12 pies de largo. El "Huáscar", monitor de 
torrecillas, estaba armado de cinco cañones Arms- 
trong y de tal manera construido que podía bajar 
su borda superior y no presentar al enemigo más 
que una borda plana de diez pulgadas sobre la 
línea de flotación. Contra estos dos temibles adver- 
sarios estaban lejos de poder combatir la "Cova- 
donga" y la "Esmeralda"; pero sus comandantes, 
jóvenes activos, y resueltos, decidieron pelear has- 
ta el fin y hundirse antes de entregarse. Intimado 
a rendición por el "Huáscar", el "Esmeralda" con- 
testó con una andanada de artillería. Dos veces se 
lanzó sobre él el "Huáscar" para atravesarlo con 
su poderoso espolón y dos veces la corbeta chilena 
logró evadir el golpe, manteniendo siempre su fue- 
go. Al tercer ataque, el "Huáscar" la atravesó. En 
el momento de hundirse, su comandante Arturo 
Prat llegó hasta el puente del "Huáscar" con un 
puñado de sus hombres, entablándose una lucha 
desigual, en la que pereció aquél y todos sus com- 
pañeros. El "Esmeralda" desapareció entre las olas 
no sin antes herir al buque enemigo en el puente, con 
una última abordada. De los ciento ochenta hombres 
de que se componía la tripulación del buque chileno 
sólo se salvaron 60. 



— 39 — 

Durante este tiempo, la fragata acorazada pe- 
ruana 'Independencia", perseguía a la **Covadonga" 
Su comandante contestó con indomable energía al 
fuego del peruano. Sus dos únicos cañones, admira- 
blemente apuntados, atravesaron el puente del 
buque peruano pero no podía morder en la dura 
coraza de hierro. Aprovechándose de su poco cala- 
do y de su perfecto conocimiento de la costa, el 
comandante Condell puso rumbo con toda audacia 
hacia los arrecifes llevando tras de sí en su persecu- 
ción a la 'Independencia", que encalló en un ban- 
co de arena. Aún cuando la "Covadonga" hacía 
agua por toda partes, acribillada como estaba por 
la poderosa artillería del adversario, siguió dispa- 
rando sobre el acorazado peruano y no lo abandonó 
hasta no ver completada su obra de destrucción. 
Sólo entonces se resigna, no sin pena, a reimirse 
a su escuadra en Antofagasta. 

Este combate de Iquique fué desastroso para el 
Perú. No solo le costó uno de sus más formidables 
buques de guerra, sin lograr infligir a sus adver- 
sarios más que una pérdida fácil de rem.ediar, sino 
que despertó en Chile un entusiasmo delirante; 
Chile había comprendido lo que podía esperar de 
su flota y de la energía de sus marinos. 

De una y otra parte se habían dado pruebas de 
valor y nada se podría reprochar a ios oficiales 
peruanos sino un exceso de ardor para sacar partido 
de las ventajas de una táctica hábil. 

Burlando la vigilancia del almirante chileno y 
marchando en fuerzas muy superiores sobre Iqui- 
que, la escuadra peruana sacaba provecho de la 
falta cometida. Traicionada por la fortuna y por 
su impaciencia, salía de este encuentro considera- 
blemente debilitada, pero temible aún. Mandaba 
^1 "Huáscar el capitán Grau; hábil marino, oficial 



— 40 — 

intrépido, debía más tarde dar lustre a su nombre 
y despertar la admiración de sus enemigos. Reduci- 
do a sus solas fuerzas, no podía, después de la pér- 
dida de la ''Independencia", volver a Antofagasta. 
El almirante Rebolledo acababa de imponerse en 
el Callao de la súbita partida de los buques peruanos 
hacia el sur. Allá llegó a todo vapor. El comandan- 
te del ''Huáscar" volvió a tomar rumbo al Callao 
perseguido de cerca por la escuadra chilena, de la 
que no pudo escapar sino gracias a su superioridad 
en el andar y a su sangre fría. El 7 de Junio se reu- 
nió a la escuadra en el Callao, donde la población 
lo acogió con verdadero transporte. Saludado con 
el nombre de primer salvador ilustre del Perú, el 
comandante Grau no soñó más que en tomarse el 
desquite del infortunado combate de Iquique. 

Mientras por el mar tenían lugar estos aconteci- 
mientos, el Perú y Solivia se apresuraban a concen- 
trar sus fuerzas militares. Las tres primeras divisio- 
nes del ejercito boliviano, o sea alrededor de seis 
mil hombres, habían hecho su entrada en Tacna 
por la provincia de Arequipa, a las órdenes del 
general Daza, Presidente de Bolivia; pero Tacna 
estaba aún a 175 leguas de la frontera de Chile, de 
donde la separaba el desierto de Atacama^ Para 
franquear esta distancia había que recorrer la costa 
apoyados por una escuadra de aprovisionamiento 
o embarcar el ejército en el puerto de Arica. Para 
llevar a efecto cualquiera de estas operaciones ha- 
bía que contar con la libre posesión del mar, a 
menos por un tiempo.fPara conseguir este resultado 
se contaba con la^campaña del "Huáscar" y del 
"Independencia".^?^ 

Las fuerzas peruanas, bajo el comando del gene- 
ral Prado,^ Presidente del Perú, ocupaban Arica, 
donde debía efectuarse la unión de los dos ejércitos. 



— 41 — 

El Congreso peruano, al dar al Presidente Pra- 
do plenos poderes para aumentar las fuerzas de mar 
y tierra, le había autorizado para hacer una emisión 
de 125 millones de francos en papel mioneda, y con- 
tratar en Europa la compra de armas y municiones. 

El ejército de Tarapacá era comandado por el 
general J. Buendía. El 20 de Mayo realizaban los 
presidentes Prado y Daza en Arica la unión de los 
dos ejércitos. Fué aquél un día de fiesta. Se había 
temido hasta entonces un ataque y un desembarque 
de tropas chilenas en este punto estratégico: pero 
las fuerzas considerables con que se contaba ya, 
ahuyentaban este peligro. Se sabía además la afor- 
tunada salida del puerto del Callao del ''Huáscar" 
y del 'Ir^dependencia", y se esperaba momento 
por momento la nueva del levantamiento del blo- 
queo del puerto de Iquique, de la reconquista de 
Antofagasta y de la destrucción de una parte de 
la escuadra chilena. 

Al día siguiente se supo ya a qué atenerse. El 
éxito no había respondido a las esperanzas. Sin 
embargo, sin desalentarse, se dio principio a los 
trabajos de defensa del puerto de Arica, de la que 
se hizo una plaza de guerra formidable. Iquique 
recibió una guarnición considerable y se levantaron 
allí fortificaciones guarnecidas de cañones de grue- 
so calibre. 

Pisagua, fuertemente ocupada por un cuerpo 
peruano y boliviano, quedó resguardada de un re- 
pentino golpe de mano. 

Al mismo tiempo se proseguían activamente en 
la República Argentina negociaciones para llegar 
a una^alianza ofensiva contra Chile; se propuso a 
esta nación cederle, en pago de su coopera- 
ción en la campaña emprendida, 60 leguas de 
costa en el Pacífico, que se arrebatarían a Chile, 



42 



desde el grado 24 hasta el 27. Bolivia decretaba por 
otra parte que se hicieran señalar todos los barcos, 
de cualquiera nacionalidad que fuesen, que comer- 
ciasen con los puertos chilenos. Faltaba dinero. 
Bolivia confiscó las propiedades de los ciudadanos 
chilenos en las minas de Coro-Coro y de Huancha- 
cha, y votó un empréstito forzado de cinco millo- 
nes de francos, de los que no se pudo cubrir m_ás 
que una parte insignificante. Por último, una ley 
de amnistía general, medida afortunada por cierto, 
cuyo honor .e cupo al Presidente Daza, dio por 
resultado reunirse al Gobierno y alistarse bajo las 
banderas gran número de descontentos, que depu- 
sieron sus rencillas particulares ante el peligro co- 
mún. 

Por su parte, el Gobierno de Chile, envalentonado 
con sus primeros éxitos, apresuraba con toda ac- 
tividad el armamento de sus tropas. Los mineros 
arrojados del territorio peruano constituyeron ex- 
celentes reclutas. Resistentes ante la fatiga y exas- 
perados por las medidas de rigor tomadas en su 
contra, perfectos conocedores del país, habituados 
a las marchas y a la vida del desierto, se alistaron 
'en masa y formaron en pocas semanas un contin- 
gente de cinco regimientos, cuya instrucción mili- 
tar, valor y disciplina no dejaba nada que desear. 
La organización de una guardia nacional local per- 
mitió a Chile disponer de tropas regulares, que for- 
maban cuadros excelentes. Se trajeron de Europa 
las municiones y el equipo necesario; todas las com- 
pras se efectuaron al contado, y el servicio de la 
deuda pública no por eso se vio obstaculizado. 
Chile mantenía su crédito, pero atravesaba también 
una crisis económica aguda, resultado de tres años 
de malas cosechas y de gastos considerables hechos 
para grandes obras públicas. Se suspendieron estas 



— 43 — 

últimas, se introdujo en la administración una severa 
economía y se recurrió por fin a una emisión de pa- 
pel moneda de curso forzoso, pero que, gracias a 
las sabias medidas tomadas y al prudente tempe- 
ramento adoptado en esta emisión, sufrió una de- 
preciación el papel de corta duración y que no ex- 
cedió tampoco del 25 por ciento. 

Después del bloqueo de Iquique, la escuadra pe- 
ruana se preparó para el combate. 

Si el bloqueo de Iquique paralizaba el comercio 
peruano e impedía la exportación de nitrato, tam- 
bién paralizaba una parte de la escuadra chilena, 
dejaba por otra parte libres los puertos de Pisagua 
y de Arica, situados más al norte y por los cuales 
hacía entrar y salir el Gobierno peruano todo lo que 
necesitaba para sus ejércitos: facilitaba además 
un atrevido golpe de mano, la experiencia lo había 
ya probado, y obligaba al ateirante chileno a una 
incesante vigilancia, difícil de ejercer en una tan 
considerable extensión de la costa. Fué así como la 
goleta peruana «Pilcomayo» logró burlar la vigi- 
lancia de la escuadra chilena de bloqueo y desem- 
barcar en Arica un importante cargamento, des- 
pués de sorpresa en el puerto de Tocopilla, ocupado 
por los chilenos, echar a pique un navio transporte 
y varios pontones y barcas y escapar después con 
habilidad y astucia a la persecución del enemigo. 
Esta aventura, que con todo éxito acababa de rea- 
lizarse por el «Pilcomayo», fué la base de las que el 
comandante Grau se propuso realizar en mayor 
escala con el «Huáscar». Avezado por la experiencia 
había hecho renovar y cambiar una parte de su ar- 
mamento, reparar sus máquinas, completar su tri- 
pulación, alistando en ella marineros expertos; 
el 6 de Julio se hacía a la mar y comenzaba una 



— 44 — 

campaña heroica que debía inmortalizar su nombre 
y dar gloria a su país. 

Se había podido ya ver por el ejemplo del Ala- 
bama en la época de la guerra de secesión de los 
Estados Unidos, los grandes perjuicios que se podían 
acarrear a un enemigo superior en número y en 
fuerzas con un solo navio de rápido andar y mane- 
jado con habilidad, un navio que disimulase sus 
movimientos, que apareciese de repente en los pun- 
tos en que menos se le esperaba, siempre amena- 
zando, no aceptando nunca el combate sino ante 
la seguridad de la victoria y esquivando siempre 
la presencia de los buques enemigos que podían 
imponer terror. 

Esta fué la táctica en que se inspiró el capitán 
Grau, promovido al cargo de almirante. Del Callao 
tomó rumbo a Arica, comunicó sus planes al Presi- 
dente Prado, que le dio plena autorización para 
obrar a su gusto, y de allí se dirigió a Iquique, 
bloqueado por la escuadra chilena. Sabía Grau que 
a la caída de la tarde los barcos chilenos se largaban 
a alta mar para evitar los torpedos que pudieran 
lanzar en contra de ellos los bloqueados. 

El 9 de Julio a media noche penetró en el puerto 
de Iquique el Huáscar;» el almirante conferenció 
con las autoridades peruanas y obtuvo de ellas las 
informaciones que necesitaba, y antes del alba se 
volvió a dar a la mar. Prevenido de la proximidad 
del «Matías Cousiño», vapor chileno que aprovi- 
sionaba de carbón a la escuadra de bloqueó, le salió 
al encuentro, sorprendiéndole a poca distancia del 
puerto y le intimó la rendición. Como quiera que el 
«Matías Cousiíío» no estaba en condiciones de sos- 
tener combate con el « Huáscar s iba ya este buque 
chileno a arriar el pabellón, cuando aparece la ca- 
ñonera chilena «Magallanes», comandada por don 



José Latorre, la que venía valerosamente a dis- 
putar su presa al buque peruano. Sorprendido Grau 
de tanta audacia y engañado por la noche y la dis- 
distancia, creyéndose atacado por la fragata acora- 
zada «Cochrane», muy superior en fuerza al moni- 
tor, se preparaba a evitar la lucha cuando reconoció 
su error. 

Vuelve entonces a todo vapor el «Huáscar» y se 
lanza sobre la cañonera chilena para dividirla en 
dos, pero el comandante Latorre esquiva el golpe 
y constesta con una andanada de artillería. El 
«Huáscar» abre también el fuego, venciendo en 
celeridad a su adversario, cuya pérdida parecía ya 
segura, cuando aparece en el horizonte el acorazdo 
«Cochrane», atraído por el estruendo de la arti- 
llería. El «Huáscar» tuvo entonces que abandonar 
su persecución y acogerse al abrigo de las baterías 
de Arica. 

Allí encontró a la corbeta peruana «Unión», 
barco de gran andar y de evolución rápida. El al- 
mirante Grau la tomó bajo sus órdenes, considerán- 
dola a propósito para la guerra de sorpresas que se 
proponía emprender, y se dirigió con sus dos barcos 
sobre Antofagasta. Durante la ruta capturó dos trans- 
portes chilenos, que mandó al Callao; siguiendo 
después por la costa, destruyó varios pontones chi- 
lenos en Cachanassa, Huasco y Carrizal, y virando 
de bordo, se dirigió al norte. A la vista de Antofa- 
gasta se encontró el «Huáscar» con un gran trans- 
porte chileno, el «Rimac», cargado de víveres y mu- 
niciones, que conducía además doscientos cincuenta 
hombres de caballería con sus caballos. El «Rimac» 
fué tomado y enviado a Arica. A bordo se encontra- 
ba la correspondencia oficial del Gobierno de Chile. 
Por ella se supo que se estaban esperando dos carga- 



--46- 

mentos de armas que venían de Europa, destinados 
al equipo del ejército de Antofagasta. 

Convencido por el tenor de estos despachos de 
que el ejército de Antofagasta estaba muy lejos de 
poder tomar la ofensiva mientras no llegasen los con- 
voyes que se esperaban, el almirante Grau dio orden 
al comandante de la «Unión» de salir a su 
encuentro y apoderarse de ellos. Según todas las 
probabilidades, debía encontrarlos en el Estrecho 
de Magallanes. Si tenía éxito este golpe de 
ano, se impedía por largo tiempo el avan- 
ce de las tropas chilenas; el comandante Gar- 
cía tomó rumbo inmediatamente hacia el sur. 
Acosado por grandes temporales, logró por fin, no 
sin muchas dificultades, penetrar en el Estrecho 
de Magallanes; pero entró precisamente en el mis- 
mo momento en que salía de él el primer vapor que, 
dándose a alta mar, se dirigió a Valparaíso. Poco 
después la «Unión» llebaga a la vista de Punta Are- 
mnas, estación chilena en el Estrecho de Magalla- 
nes. El comandante García se apoderó del puerto, 
pero engañado por las indiscreciones del comandante 
chileno creyó que los dos navios que buscaba ha- 
bían franqueado ya el Estrecho y se puso en su per- 
secución. 

Había fallado el objetivo de la expedición, pero 
la ocupación de Punta Arenas, la audacia de que ha- 
bía dado pruebas el comandante García al penetrar 
impunemente en el Estrecho y burlar la activa 
vigilancia de los acorazados chilenos, la captura 
del «Rimac » y de los soldados que iban a bordo, la 
divulgación de los despachos del Gabinete de San- 
tiago, habían sobreeexitado y alarmado la opinión 
pública de Chile. Se sentían en presencia de adver- 
sarios activos, resueltos, cuyos tiros daban en el 
blanco y cuyos golpes se repetían. Se reprochó al 



— 47 — 

Gobierno por no imprimir a las operaciones navales 
una acción más enérgica. Indudablemente qíie Chile 
no había sufrido en ninguna parte una derrota 
importante, pero toda una serie de desgracias y 
de contratiempos había despertado la inquietud y 
y había herido el patriotismo. 

Se creyó en el Perú que estos síntomas de descon- 
tentos darían margen a una insurrección y a un de- 
rrocamiento del Presidente. No hubo nada de eso. El 
Gobierno chileno, inspirándose en los deseos de la 
opinión pública y aconsejándose de los aconteci- 
mientos modificó su plan de campaña. Se levantó 
el bloqueo de Iquique y se repararon y aprovisio- 
naron los barcos reunidos en Valparaíso. El almi- 
rante Williams Rebolledo, fatigado y enfermo, 
fué sustituido por el capitán de navio Riveros, 
marino ya de alguna edad, pero lleno de energía 
y de resolución. El tomó el mando de una de las 
fragatas acorazadas, el «Blanco Encalada», confió 
el mando del «Cochrane» al capitán don José La- 
torre, que acababa de dar pruebas de su valor dis- 
putando y arrancando al «Huáscar» su presa ante 
la rada de Iquique, y se preparó para emprender, de 
acuerdo con él, una enérgica campaña contra el 
«Huáscar». 

Este continuaba sin interrupción el éxito de sus 
correrías. El 7 de Agosto se presentaba inopinada- 
mente ante el puerto chileno de Taltal, el que bom- 
bardeó. Esquivando toda persecución, reapareció 
bruscam.ente en Antofagasta, donde se encontraba 
la cañonera chilena «Magallanes» y el «Abtao». 
Antofagasta sufrió un nuevo bombardeo y el «Ab- 
tao» experimentó serias averías, pero una bala de 
300 atravesó las chimeneas del monitor peruano, 
estalló sobre el puente y le mató no pocos hombres, 

El. 1.° de Octubre se hacía a la mar la escuadra 



-^48 — 

chilena, bajo el mando del capitán Riveros, que 
iba decidido a concluir con el «Huáscar» y a arries- 
garlo todo para conseguir este resultado. Además 
del «Blanco Encalada» y del «Cocharne-, tenía a 
sus órdenes la corbeta «O'Higgins» y la goleta «Co- 
vadonga». 

La escuadra se dirigió hacia Arica; el «Huáscar» 
ya no estaba allí, pero el almirante chileno supo 
por unos pescadores que el «Unión» estaba ahora 
también a las órdenes directas del almirante Grau, 
y que este buque en unión del «Huáscar», había to- 
mado rumbo hacia el sur. En Mejillones supo, 
por comunicaciones telegráficas de Santiago, que 
los dos navios que perseguía, después de recorrer 
toda la costa destruyendo todos los barcos que ha- 
bía encontrado a su paso, habían vuelto al puerto 
de Arica. Bajo las órdenes del comandante Riveros, 
pasaron la noche ala vista de Mejillones el «Co- 
chrane», el «O'Higgins» y uno de los transportes 
mientras el resto de la escuadra cruzaba un poco 
más al sur a lo largo de Antofagasta. Si como 
todo parecía indicarlo, el almirante Grau se diri- 
gía hacia el sur, debía forzosamente encontrarse 
con una de las divisiones chilenas. 

El 8 de Octubre, antes de clarear el día, un ofi- 
cial de cuarto a bordo del «Blanco Encalada», se- 
ñaló cerca del Cabo de Angamos el humo de dos 
barcos de vapor. Eran el «Huáscar» y el «Unión», 
que seguían de cerca la costa y habían pasado mer- 
ced a la obscuridad, sin ser vistos por la división 
apostada más al norte. Inmediatamente el coman- 
dante Riveros se puso en persecución del «Huás- 
car», que al verse descubierto, viró de bordo y puso 
proa al norte. El «Huáscar», de más rápido an- 
dar, sacaba gran ventaja de su adversario, y ya se 
creía fuera de peligro cuando vio delante de sí tres 



— 49 — 

buques que^ maniobraban de modo que le quedase 
obstruido el paso. Era la escuadra chilena del nor- 
te que al mando del comandante Latorre le presen- 
taba combate. Por segunda vez, después del com- 
bate de Iquique, se encontraban uno frente a 
otro: Latorre y Grau. Pero ahora con armas iguales 
hierro contra hierro, coraza contra coraza. 

La situación del almirante Grau era de las más 
críticas. Detrás de él avanzaba el comandante 
Riveros a todo vapor: delante, Latorre, que le es- 
torbaba el paso. H^bía, pues, que forzar el paso 
sin esperar al «Blanco Encalada» . . . Pero el coman- 
dante del «Huáscar» no era hombre que desesperase 
de la fortuna; tenía fe en su estrella; su tripulación 
aguerrida, compuesta de marineros intrépidos, le 
inspiraba una confianza absoluta y la audacia 
podía proporcionarle la ayuda que necesitaba. 
Inquieto, sin embargo, por la suerte de la « Unión >, 
cuyo casco de madera hacía ilusorio tratar de oponer- 
se a la formidable artillería chilena, le telegrafió para 
que se diese a alta mar y rehuyese el combate. Gracias 
a lo rápido de su marcha, la «Unión» pudo evadirse 
y emprender la huida, seguida por la corbeta « O'Hig- 
gins, que el comandante Latorre mandó en su per- 
secución. 

Una vez solo, el «Huáscar» se dirigió hacia el 
norte forzando sus máquinas, disminuyendo la dis- 
tancia que lo separaba del «Cochrane». 

A tres kilómetros de distancia abrió el fuego, que 
su adversario sufrió silenciosamente; después, lle- 
gado a corta distancia, se lanzó por medio de una 
^iesgada maniobra sobre el acorazado chileno, 
intentando despedazarlo con su enorme espolón. 
Gracias a su doble hélice, pudo el «Cochrane> 
evitar el choque y los dos navios se deslizaron uno 
al costado del otro a pocos metros de distancia 

G.delP.— 4 



— 50 — 

cambiando terribles andanadas. Volviendo sobre 
sus pasos, el < Huáscar» se acercó a su adversario 
decidido a ponerle fuera de combate antes de la 
llegada del «Blanco Encalada», que corría a toda 
prisa en su socorro. 

En menos de una hora, hizo el ''Huáscar" 25 
descargas de su pesada artillería de 300, sobre el 
*'Cochrane", que respondía con energía, impi- 
diéndole decididamente el paso. A las 11 entraba 
en batalla el "Blanco Encalada" y abría el fuego 
contra el "Huáscar". A proa hacían poco efecto 
los proyectiles; era a popa donde estaba la parte 
vulnerable del "Huáscar". El almirante chilena 
concentró sobre este punto el fuego de sus piezas 
de 400 y logró estropearle el gobernalle. En vana 
trató la tripulación del "Huáscar" de reparar la 
avería. Los marinos chilenos apostados en las cofa& 
acribillaban el puente con incesantes descargas 
de mosquetería. El monitor peruano estaba ya sin 
gobierno; juguete de las olas seguía sin embargo 
combatiendo. A todas las intimaciones de rendirse 
y de arriar el pabellón contestaba con el fuego de 
su torrecilla blindada. Acorralado en esta forma 
tan peligrosa, el almirante Grau sostenía una lucha 
desesperada. A una orden del almirante chileno 
los dos acorazados empezaron a dirigir su fuego 
contra la torrecilla blindada. Un obús acabó por 
atravesarla y el almirante Grau sucumbió al dis- 
paro. 

Muerto el almirante, parecía inútil toda resis- 
tencia, pero la tripulación del "Huáscar" estaba 
resuelta a perecer antes de entregarse. Tomó el 
mando del buque el capitán Elias Aguirre y se ins- 
taló en la torre blindada. 

Engolfados en la lucha, exasperados por el com- 
bate, los adversarios cambiaban mortíferos dispa- 



— SI- 
TOS a una distancia de 300 metros. El "Blanco 
Encalada", a una orden del comandante Latorre, 
consigue aproximarse hasta una distancia de diez 
metros, mientras que se cargaba en el mterior una 
de las piezas del "Huáscar". En la abierta tronera 
cayó un obús de 300 libras, que explotó en la to- 
rrecilla, mató al capitán Aguirre y a los sirvientes 
de piezas v desmontó uno de los cañones del 
"Huáscar".' No quedaba más que uno en estado de 
servicio. Era suficiente para proseguir la lucha. 

Dirige ahora ésta el capitán Carvajal. Nuevos 
tripulantes entran con él en la torrecilla, continúa 
el fuego más lento, pero sostenido, hasta el mo- 
mento en que un obús del "Cochrane" penetra 
por la abierta brecha y hace estallar el blindaje, 
hiere a Carvajal y mata a los sirvientes. 

Eran las 11; hacía dos horas que se combatía. 
El puente del "Huáscar", inundado de sangre, la 
torrecilla sembrada de cadáveres, atestiguaban el 
heroísmo de la lucha. Los masteleros rotos no per- 
mitían utiHzar las ametralladoras de las cofas; 
por lo tanto, el "Huáscar" combatía con su única 
pieza de artillería y el teniente José Rodríguez 
sostenía el ardor de los combatientes. Una descar- 
ga de fusilería hecha desde las cofas del "Cochrane", 
derribó al teniente sobre el puente. 

El "Huáscar", desamparado, flotaba al azar; sus 
artilleros habían muerto; los marineros que inten- 
taban reemplazarlos, caían bajo el fuego de la ar- 
tillería enemiga; los obús habían hecho desplomar-^ 
se la techumbre de la torrecilla. Sobre el puente 
ensangrentado, atravesado continuamente por las 
descargas enemigas, era imposible mantenerse. A pe- 
sar de todo, toma el mando del "Huáscar" el teniente 
don Pedro Hareson. En vano el almirante chileno ha- 
ce cesar el fuego y bota al agua las chalupas para lan- 



— 52 — 

zar sus hombres al abordaje. Los últimos defensores 
del * 'Huáscar" los reciben a hachazo limpio y a tiros 
de revólver y los arrojan al agua. Era su último es- 
fuerzo. Una segunda tentativa de abordaje produjo 
mejor resultado. Los chilenos quedaban dueños del 
"Huáscar", pero los sobrevivientes han abierto las 
válvulas y el "Huáscar" amenaza irse a fondo; apenas 
si los chilenos tienen tiempo de cerrar las válvulas 
y mantener el buque a flote. Este combate de Ali- 
gamos aseguró la supremacía naval de Chile. Aún 
cuando fué glorioso para él, no lo fué menos para el 
Perú. De la tripulación del "Huáscar" murieron 
61 hombres y entre ellos los cinco oficiales de mayor 
grado; otros siete quedaron en estado agónico. 

Durante el combate trabado a la vista de Meji- 
llones, el telégrafo de este puerto informaba a las 
autoridades chilenas de las incidencias de la lucha. 
El resultado fué acogido en todo Chile con un júbi- 
lo indescriptible. Sin embargo, los vencedores rin- 
dieron a los vencidos el homenaje debido al valor 
y en un comunicado oficial, el almirante chileno 
hablaba en términos emocionantes de la intrepidez 
y del heroísmo del almirante Grau, al que llamaba 
un gran marino. 

Y lo fué, en efecto. Con él desapareció el mas 
hábil y el más arriesgado de los oficiales de la mari- 
na peruana. Sus compatriotas no se engañaron. 
El Senado peruano votó, en medio de las aclama- 
ciones del pueblo, el siguiente decreto: "Al ser lla- 
mado por lista, a bordo de la flota nacional, Miguel 
Grau, contestará el oficial de más alta graduación 
a bordo: "Presente en la mansión de los héroes". 

Dueño indisputado del mar, podía en adelante 
el Gobierno chileno imprimir un enérgico impulso 
a las operaciones de tierra y tentar la invasión 
del Perú. Lo que la intrepidez de sus marinos ha- 



— sa- 
bía comenzado, debían concluirlo sus generales. 
Sigámosles en este nuevo terreno donde veremos 
desarrollarse los últimos incidentes de la Guerra 
del Pacífico. 

II 

Ocupación de Pisagua. — Batalla de Dolores. — 
Combate de Tarapacá. — Caída de los Pre- 
sidentes Prado y Daza. — Combate de Los 
Angeles. — Batalla de Tacna. 

La fortuna había traicionado en el mar las esperan- 
zas de los defensores del Perú. La audacia que la sedu- 
ce, la tenacidad que la avasalla, la intrepidez que la 
subyuga, ninguna de estas cualidades había faltado al 
almirante Grau y a sus heroicos compañeros. En cual- 
quiera otra época éstas les habrían proporcionado la 
victoria o por lo menos, habrían mantenido el fiel 
de la balanza y la suerte hubiera sido indecisa 
entre las dos potencias rivales. La campaña del 
* 'Huáscar" ha quedado, sin duda, entre los hombres 
de mar como el tipo acabado de las operaciones 
navales modernas. En Iquique vimos a este buque 
acorazado en su combate con la ''Esmeralda", 
recurrir con éxito a la maniobra del espolón y echar 
a pique a su adversario; más tarde, gracias a su ve- 
locidad y a su excesiva movilidad, le vemos esqui- 
varse al "Blanco Encalada"; en Antofagasta tra- 
ba combate con dos navios enemigos y las baterías 
de la costa, evolucionando con una precisión ad- 
mirable, manteniéndose fuera del alcance de los 
proyectibles enemigos, hiriendo a distancia y a gol- 
pe seguro. En su última lucha, en fin, hubo nece- 
sidad de que se uniera toda la flota chilena para 
someterle. 



— 54 — 

Merced a la velocidad de su marcha, desconcertó 
durante largo tiempo las combinaciones estratégicas 
de su adversario, pudo herir en el momento oportu- 
no con golpes inesperados, inquietar al enemigo, 
burlar su vigilancia, compensando con su movilidad 
la desproporción de fuerzas. Arma a un mismo 
tiempo ofensiva y defensiva; su velocidad le permi- 
te llevar a los puntos vulnerables su poderosa ar- 
tillería. Ya en la guerra de separación en Estados 
Unidos, había quedado de manifiesto, con el **Ala- 
bama", que era absolutamente necesario unir a 
las cualidades requeridas en todo crucero, la velocidad 
la rapidez de evolución y una grande potencia de 
la artillería. El almirante Grau supo sacar de estas 
cualidades del ''Huáscar", todo el partido posible; 
supo asimismo, emplear con éxito el ataque del es- 
polón y dio pruebas de una rara habilidad en el 
difícil manejo de esta máquina de guerra. 

Por el otro lado, es conveniente señalar a la aten- 
ción de los entendidos, las ventajas que los chile- 
nos supieron sacar del empleo de sus ametrallado- 
ras ligeras y cañones-revólvers instalados en las 
cofas, transportables de babor a estribor y capaces 
de seguir con su tiro las evoluciones del navio. Con 
la ayuda de esta artillería, acribillaron material- 
mente los chilenos a balazos el puente del "Huás- 
car", dieron cima a la destrucción de su torrecilla 
e hicieron caer sobre sus últimos defensores, una 
lluvia de proyectiles, que paralizó su último esfuer- 
zo. Hasta ahora había sido considerado como el 
tipo naval moderno el combate de Lissa. 
El combate de Punta Angamos nos muestra los 
progresos alcanzados hasta hoy y los que se pueden 
esperar. Este combate ejercerá necesariamente una 
gran influencia sobre los planes de los ingenieros y 



— 55 — 

constructores navales y sobre las operaciones de 
los tácticos. ^ ^ , 

Vencedor en el mar y desembarazado de su te- 
rrible adversario, el Gobierno chileno dirigió to- 
da su atención a las operaciones de tierra. 

El cuerpo de ejército de Antofagasta fue reforza- 
do hasta contar con 16 mil hombres, bajo las orde- 
nes del general Erasmo Escala. Bien vestidos, bien 
■equipados y provistos de todo lo necesario, se formo 
un destacamento de diez mil hombres que se em- 
barcaron en la escuadra. 

Marinos, oficiales y soldados ignoraban el punto 
donde iban a desembarcar. Sólo el alimirante que 
comandaba la escuadra, el general en jefe y el Mi- 
nistro de la Guerra señor Rafael Sotomayor, sabían 
que la división se dirigía a Pisagua. 

El acceso al puerto era difícil, pero su ocupación 
por el ejército chileno debía dar por resultado di- 
vidir en dos partes las fuerzas de la coalición, par- 
te de las cuales estaban concentradas en Iquique, 
al sur, V otra parte en Arica, al norte. Pisagua se 
-encontraba casi a igual distancia de estos dos pun- 
tos. El 2 de Noviembre de 1879, se presentaba la 
escuadra a través de Pisagua, recorriendo la costa 
y eliminando con todo cuidado los obstáculos que 
la naturaleza y sus enemigos hubieran podido opo- 
nerles. Estos obstáculos eran terribles, mucho 
más aún de lo que los mismos jefes chilenos podían 
pensar. Dos baterías a flor de agua defendían la 
entrada al puerto; por detrás, las colinas que domi- 
naban la ciudad no presentaban más que picachos 
escarpados en cuyas crestas se habían atrincherado 
las tropas bolivianas. En tercera línea, al fin, y 
lo mismo que las anteriores, paralela al mar, la vía 
férrea que unía a Pisaeua al interior y que se la 



— 56 — 

había convertido en punto de resguardo para las 
reservas y para proteger sus piezas de artillería. 

Se decidió el ataque sin vacilaciones. Los buques 
de guerra recibieron la orden de abrir el fuego con- 
tra las baterías de tierra, al paso que dos fuertes 
destacamentos chilenos intentaban desembarcar por 
el norte de la ciudad, para tomarla por retaguardia. 
A las 7 de la mañana comenzó el fuego. El **Cochra- 
ne'' cañoneaba el puerto y el fuerte del sur; el **Co- 
vadonga" y el * 'Magallanes" atacaban el fuerte del 
norte y el ''O'Higgins" cubría de proyectiles los 
puntos por donde debía verificarse el desembarco. . . 

En menos de una hora consiguió la escuadra chi- 
lena extinguir las baterías enemigas y se lanzaron 
al ataque los destacamentos bajo un fuego de fu- 
silería vigoroso y sostenido. Protegidas por las ro- 
cas, las casas, la estación del ferrocarril, los vagones, 
los sacos de carbón y de salitre acumulados, las 
tropas bolivianas resistían y herían a sus enemigos 
al descubierto, que en las chalupas de desembar- 
que eran juguete de las olas y avanzaban lentamen- 
te por las aguas de un mar embravecido. Envalen- 
tonados por esta resistencia, los artilleros peruanos 
recobraron valor y corrieron a sus piezas. Sólo una 
columna chilena había puesto pie en tierra pero 
sus municiones se agotaban y los buques de la es- 
cuadra no podían defenderlos del fuego enemigo 
ni exponerse a ser alcanzados por los disparos de 
la artillería peruana. Hubo un momento en que 
pareció inevitable la derrota de los chilenos, pero 
con una hábil maniobra, el "0"Higgins" avanzó, 
cubrió con sus proyectiles las alturas y permitió 
que la columna chilena, ya agotada, se pusiese al 
abrigo bajo las rocas, en cuya cumbre se guarecían 
sus enemigos y tomase nuevo aliento. Después, 
animados por sus jefes y no viendo salvación, más. 



— 57 — 

haciendo un esfuerzo supremo, los chilenos se lan- 
zaron al asalto de aquellas escarpadas pendientes, 
franquearon los parapetos bajo los cuales por fin la 
escuadra, silenciando sus fuegos, vino a izar su ban- 
dera. 

La lucha había durado cinco horas. Las pendientes 
estaban cubiertas de muertos y heridos. La columna 
de ataque compuesta de diez mil hombres, había 
perdido trescientos cincuenta de éstos. Los peruanos 
y bolivianos contaban mayor número de muertos, 
heridos y prisioneros. La escuadra se hizo cargo 
de estos últimos, fueron transportados a Valparaíso 
y volvió con tropas de refresco para cubrir las bajas 
habidas en sus filas. 

Si los desastres sufridos por la marina peruana 
no le permitieron oponerse a las operaciones navales 
de Chile, ni impedir el paso a sus acorazados, había, 
sin embargo, aún algunos cruceros peruanos en el 
mar y los buques de transporte chilenos, pesadamente 
cargados, no podían hacerse a la mar sino escoltados 
por los navios de guerra. '*La Unión", el 'Tilcoma- 
yo" y el * 'Chalaco" recorrían las costas, evitando 
todo encuentro con fuerzas superiores, pero dando 
cuenta de los barcos aislados. El contraalmirante 
Riveros recibió orden de darles caza, y tomó el 
mando del ''Blanco Encalada". El 17 de Noviembre 
partía de Pisagua; el 18, delante de Moliendo, divi- 
saba en el horizonte tres columnas de humo y for- 
zando la velocidad reconocía los tres buques peruanos. 
La indiscutible superioridad de marcha de "La 
Unión", no permitía al almirante Riveros pensar 
en darle caza; bien pronto desapareció en el hori- 
zonte. El "Blanco Encalada" emprendió la perse^ 
cución del "Pilcomayo". El buque peruano huía 
a todo vapor; su adversario forzaba la máquina. 
Durante cinco horas recorriendo una distancia de 



— 58 — 

sesenta millas los dos buques lucharon en velocidad. 
El acorazado chileno iba ganando lentamente. 
A las 2 de la tarde solo estaban uno de otro a cinco 
kilómetros de distancia y el 'Tilcomayo", abrió 
el fuego. Sus disparos bien dirigidos dieron varias 
veces al "Blanco Encalada" en pleno flanco, pero 
gracias a la solidez de su coraza, los proyectiles res- 
balaban sin causarle averías. El almirante Riveros 
no contestó. Empeñado en la persecusión, no tenía 
mas afán que el de acortar la distancia que media- 
ba entre los dos navios. Al cabo de tres horas ésta 
era sólo de 4,300 metros. Se dio orden de hacer 
fuego y el primer proyectil chileno rompió el extre- 
mo del palo mayor del buque enemigo y estalló 
en su proa, donde se declaró el incendio. El *Til- 
comayo" tuvo que detenerse. Lanzándose a todo 
vapor, el * 'Blanco Encalada" se acercó tanto al 
buque peruano, que pudo mandarle una andanada 
con sus grandes cañones, los cañones de menor 
calibre del puente y las ametralladoras de las cofas. 
Gravemente afectado, el *Tilcomayo" no trató 
ya de resistir. El incendio redobló su actividad a 
bordo y a una orden del comandante Carlos Ferrei- 
ro, los marinos peruanos abordaron su navio para 
impedir que cayera en manos del enemigo. De un 
momento a otro podía el fuego alcanzar a la San- 
ta Bárbara. Sin tomar en cuenta el peligro, el al- 
mirante Riveros colocó su fragata costado con 
costado con el 'Tilcomayo" e hizo trasladar al 
''Blanco Encalada" a los oñciales y marinos perua- 
nos; después a la cabeza de su tripulación, se pu- 
so a extinguir el incendio. Gracias a las poderosas 
bombas del acorazado y al empleo de hachas, se 
logró dominar el fuego, pero el navio se iba a fon- 
do y el agua invadía el barco por las válvulas abier- 
tas. Los buzos de la fragata chilena consiguieron 



— 59 — 

por fin tapar la vía de agua, y el "Pilcomayo", 
remolcado por su vencedor, fué conducido a Val- 
paraíso, donde convenientemente reparado, se le 
puso de nuevo a flote y fué a engrosar el efectivo 
de la marina chilena. Esta nueva captura redujo 
la flota peruana en sus navios de guerra, a la cor- 
beta de madera la ''Unión" y a las baterías flotantes 
«Manco-Capac» y ''Atahualpa", ancladas la una 
en Arica y la otra en el Callao, completamente 
inmovilizadas. 

No era ya por tanto por el mar por donde Perú 
y Bolivia comprendían que habían de hacer coali- 
gados la guerra a Chile. Conocían su inferioridad 
naval aún considerándola transitoria. Se compra- 
rían buques en Europa: cuestión de tiempo; podía 
confiarse en el valor y la audacia de los marinos 
peruanos; en algunos meses podía reemplazarse 
la flota perdida; con las lecciones de la experiencia 
se armarían buques de rápido andar y se disputaría 
de nuevo a Chile la posesión del Océano. Pero en 
tierra el Perú y Bolivia se consideraban superiores. 
El combate de Pisagua no sólo no significaba na- 
da sino que había puesto a las fuerzas chilenas, 
según ellos, entre dos fuegos. 

Tanto en La Paz como en Lima se tenía por cosa 
cierta que el triunfo estaba cerca. 

Y, efectivamente, si el atrevido golpe de mano 
intentado por Chile contra Pisagua había dado 
resultado, no se podía, sin embargo, ocultar que el 
cuerpo de desembarque chileno, aislado en este 
punto de la costa, podía ser desalojado por medio 
de un ataque bien combinado y empujado hacia 
el mar. Pisagua se encontraba entre Iquique, fuer- 
temente ocupado por las tropas peruanas, y Arica, 
donde acampaba la vanguardia del ejército bolivia- 
no. Un poco al norte de Arica, en Tacna, se encon- 



— 60 — 

traba el grueso de las fuerzas bolivianas. Como 
líneas de retirada, no tenían los chilenos más que el 
mar. Desde Iquique podían los aliados mandar 
catorce mil hombres al norte sobre Pisagua. Desde 
Arica se podía lanzar una colimina casi igual en 
fuerzas y obligar al cuerpo chileno a rendir las ar- 
mas o a embarcarse en la escuadra, operación di- 
fícil en presencia de un enemigo superior en fuerzas. 
Los Presidentes del Perú y Bolivia se encontraban 
en Tacna y Arica; se convocó un consejo de guerra y 
se dispuso el plan de campaña. 

Se resolvió que ambos ejércitos, en lugar de mar- 
char directamente sobre Pisagua, uno desde el norte 
y el otro desde el sur, se uniesen en Dolores, situado 
entre Iquique y Pisagua, y juntos atacasen esta 
ciudad. Este plan tenía el inconveniente de imponer 
a las tropas que partieran desde Arica y desde Tac- 
na una fatiga inútil. Para llegar a Dolores, tenían 
que dar la vuelta por Pisagua, la que quedaba a su 
derecha, bajar hasta Dolores y volviendo después 
sobre sus pasos, subir hacia el norte para presentar 
la batalla. Durante esta marcha se exponían a un 
ataque de flanco, peligro que se correría inútilmen- 
te. El objetivo de los generales aliados era aplastar 
de un golpe, por medio de masas considerables a 
los defensores de Pisagua. El mismo resultado po- 
día conseguirse dirigiéndose a Pisagua por el norte 
y por el sur y constituyendo el blanco de su ataque 
el punto de reunión de sus fuerzas, con la condición, 
sin embargo, de calcular las distancias y las etapas 
con una rigurosa exactitud y abrir el fuego simul- 
táneamente. 

Una vez convenido su plan de campaña, los jefes 
aliados, dueños del interior del país y del telégrafo, 
transmitieron a Arica las órdenes necesarias, pero 
se olvidaron de ocupar los puestos telegráficos. 



— 61-- 

En Pisagua no se ocultaba al comandante chileno 
la gravedad de su posición. No conocía los planes 
enemigos, pero sí sabía que en Iquique había una 
numerosa guarnición peruana, que el puerto esta- 
ba suficientemente fortificado para resistir un ata- 
que por mar, y que de un momento a otro podía 
lanzarse contra él la casi totalidad de los efectivos 
que ocupaban Iquique. Sabía también que las fuer- 
zas bolivianas concentradas en Arica y Tacna, 
podían acometerle por el norte y cogerle entre dos 
fuegos. 

El ataque más inminente era el que le amenazaba 
por la costa de Iquique. Decidió, pues, no esperarle 
y marchar directamente hacia el sur de esta ciudad. 
Pero antes de emprender esta marcha tan peligrosa 
que debían hacer tan penoso los arenosos terrenos 
de Tarapacá para sus tropas, destacó una columna 
con orden de ir a observar al norte los movimientos 
del enemigo. Maniobrando con rapidez y habilidad 
consiguió esta columna sorprender un puesto de 
telégrafo y apoderarse de las comunicaciones de los 
aliados. Se pudo averiguar así en todos sus detalles 
el plan de campaña de sus ejércitos y su concentra- 
ción inminente en Dolores. 

Al quedar mucho más cerca de Iquique que de 
Arica, las fuerzas que partieran de Iquique debían 
ocupar primero Dolores. Había orden de que se 
acercasen allí los contingentes bolivianos que se les 
agregarían pocos días más tarde. Al saber estas no- 
ticias los generales chilenos modificaron sus planes 
y resolvieron anticiparse a sus adversarios, ocupar 
las alturas de Dolores, fortificarse allí y atacar de- 
cididamente la columna que venía de Iquique y 
arrojarla sobre esta ciudad antes de que llegasen las 
tropas bolivianas dándoles así una superioridad 
numérica muy considerable; después subirían ha- 



— 62 — 

cia el norte al encuentro de los bolivianos y los repe- 
lerían hacia Arica. Este plan era atrevido, pero se 
imponía. Era preciso ponerlo en práctica o reembar- 
carse, abandonando Pisagua y dejando al enemigo 
en libertad para efectuar su unión. 

Bajo las órdenes del coronel Sotomayor, se di- 
rigieron sobre Dolores seis mil hombres y se apode^ 
raron de sus picachos. El agua era abundante, ven- 
taja considerable en estas regiones. Al pie de las 
alturas ocupadas por los chilenos pasaba la vía 
férrea que ponía en comunicación Dolores con Pi- 
sagua. De esta vía se hizo uso para transportar 
la artillería y todo el material necesario. Avanza- 
dos los trabajos con una actividad febril, se pudo 
al poco tiempo construir una especie de campo- 
atrincherado, a cuyo abrigo podían las fuerzas chi- 
lenas sostener el choque de un enemigo con fuerzas 
superiores. Pero aunque suficientes para mantener- 
se a la defensiva, estas medidas no lo eran para to- 
mar la ofensiva y atacar resueltamente al ejército^ 
peruano. Este último avanzaba a marchas forza- 
das. 

El 18 de Noviembre los exploradores chilenos 
señalaban la presencia de su vanguardia a pocos 
kilómetros de Dolores. Inmediatamente, prevenido 
por el coronel Sotomayor, el general Escala decidió 
mandar sobre Dolores todo el resto de fuerzas de 
que disponía en Pisagua. El material de vía férrea, 
muy insuficiente, no permitía transportar estas 
tropas; debían, por lo tanto, llegar a Dolores a 
marchas forzadas. Por efecto de estas medidas,. 
Pisagua se encontraría virtualmente evacuada. La 
débil guarnición que la ocupaba no estaba en con- 
diciones de resistir un ataque serio de las fuerzas 
enemigas. Si en este momento las tropas bolivianas 
que avanzaban por el norte hubieran marchado- 



63 



sobre Pisagua, la habrían tomado sin un solo dis- 
paro; el ejército chileno acampado en Dolores, 
lejos de la costa, separado de la escuadra que le 
aprovisionaba, se habría visto cercado y obliga- 
do a capitular, falto de víveres y municiones. Al 
general Escala no se le ocultaba ciertamente el 
peligro en que se exponía; pero bien informado por 
sus exploradores, no ignoraba que las tropas boli- 
vianas avanzaban por un camino difícil y espera- 
ba poder llegar a Pisagua a tiempo para hacer 
frente a este nuevo enemigo. 

El dia 19 por la mañana el General Escala aban- 
donó Pisagua al frente de una fuerte División. El 
mismo día y a la misma hora se desplegaba en línea 
el ejército peruano ante las alturas de Dolores, 
y el general Buendía, que le comandaba, reunía 
a sus principales oficiales en consejo de guerra. 
Todos fueron de opinión de que los chilenos estaban 
perdidos; el ejército peruano contaba con doce mil 
hombres; el coronel Sotomayor sólo tenía cinco 
mil. Sin embargo, se resolvió esperar el día siguiente 
para iniciar la lucha. Se tenía por cierto que por la 
noche llegaría el general Daza con los contingentes 
peruanos, y que el ejército chileno, cercado por 
todas partes, se rendiría o perecería todo entero. 
Ni siquiera se llegó a sospechar en el Estado Mayor 
que el general Escala se dirigía hacia allí a marchas 
forzadas. 

La resolución tomada por los jefes del ejército pe- 
ruano aseguraban la reunión de las fuerzas de Es- 
cala y de Sotomayor. La columna que partiera de 
Pisagua por la mañana debía llegar a Dolores en 
horas, pero el caso es que el coronel Sotomayor, 
fuera por ignorar los movimientos de su jefe, fue- 
ra por el deseo de ligar su nombre a una memorable 
batalla, fuera, en fin, por el temor de verse atacado 



— 64 — 

por la espalda por la vanguardia boliviana, deci- 
dió presentar combate sin esperar los refuerzos del 
general Escala. Seguro de sus tropas y confiando 
en la ventajosa situación que ocupaba, tomó to- 
das las medidas para atacar bruscamente. A las 
tres de la tarde, en los momentos en que una colum- 
na peruana maniobraba para cambiar de posición, 
abría el fuego contra ella una batería de montaña 
colocada en el centro de la línea chilena. Contraria- 
mente a las órdenes de sus jefes, la columna peruana 
contestó con un fuego de artillería y de fusilería, 
que en pocos momentos hicieron general la acción. 
La artillería peruana concentró sus disparos sobre 
las alturas, pero las piezas chilenas, bien servidas 
y mejor apuntadas, respondían vigorosamente. Ba- 
jo las órdenes del general Buendía se formó una po- 
derosa columna de ataque. Escondida tras un re- 
pliegue del terreno, debía a una señal dada, fran- 
quear rápidamente el espacio descubierto que la se- 
paraba del pie de las montañas; una vez allí, tomar 
aliento y lanzarse al asalto de las posiciones enemi- 
gas. El movimiento se ejecutó con precisión. La 
artillería peruana redobló su violencia; después re- 
pentinamente cesó el fuego. Las tropas peruanas 
recorrieron apresuradamente el espacio descubierto 
y resguardadas momentáneamente de los proyec- 
tiles chilenos, se ordenaron en columna de asalto. 
Rápidamente escalaron las pendientes entre una 
lluvia de fuego graneado que aniquilaba sus filas 
pero no detenía su marcha. Ya estaban a punto de 
alcanzar las baterías; otro esfuerzo y quedaban 
en posesión del campo chileno. A tan pequeña dis- 
tancia de nada servía la artillería; se luchaba cuer- 
po a cuerpo. En este momento hace avanzar el 
coronel Sotomayor su última reserva, los batallones 
de Copiapó y de Coquimbo, reclutados entre los 



— 65 — 

mineros de estas localidades, hombres sólidos y 
vigorosos, enardecidos en la fatiga, habituados a 
luchar contra los indios y no contar el número de 
sus enemigos. Sin disparar un solo tiro, avanzaron 
con la bayoneta calada y rechazaron a los asaltan- 
tes por las pendientes, siguiendo ellos detrás llenos 
de un loco entusiasmo y de un impulso irresistible 
y yendo a caer sobre las mismas masas del ejército 
peruano. Obligados tres veces a retroceder, otras 
tres vuelven con nuevos bríos al ataque. La arti- 
llería peruana abre el fuego para contenerles, pero 
en esta horrible confusión los disparos hacen más 
víctimas entre las propias tropas que entre los chi- 
lenos. Asaltados en su frente por los batallones de 
Coquimbo y Copiapó, que se esforzaban en abrirse 
paso, atacados por retaguardia por un fuego de ar- 
tillería desconcertante, los batallones peruanos va- 
cilan. El coronel Sotomayor dirige contra ellos un 
fuego nutrido y viene en seguida una nueva carga a 
la bayoneta. 

Al ver comprometida la suerte de la batalla, el 
general Buendía llama a si a su ala derecha. Conteni- 
da por una batería de cañones Krupp apostada 
en la altura, esta ala no había podido tomar parte 
en el asalto. El general peruano dio orden de que 
pasase a la izquierda y resistiese el choque de los 
batallones de Copiapó y de Coquimbo. La llegada 
de estas tropas de refresco podía comprometer la 
victoria. El coronel Sotomayor no vaciló ante este 
nuevo peligro. Desguarneciendo las pendientes que 
amenazaban el ala derecha de Buendía, hizo transpor- 
tar a toda prisa su batería Krupp al punto amagado 
y cubrió con sus disparos a las columnas peruanas, 
que retrocedieron y a las que los batallones de Co- 
piapó y Coquimbo acabaron de desbaratar. La de^ 
rrota era completa. A las 5 de la tarde, el ejército 

G.delR— 5 



— 66 — / 

peruano estaba en plena retirada. La retirada se- 
efectuaba con cierto orden, a pesar del fuego de 
la artillería chilena y la persecución organizada por 
algunos cuerpos de tiradores desplegados en guerri- 
lla. 

Pero a las cinco de la tarde sobrevino un fenóme- 
no bastante conocido en estas regiones y designado 
con el nombre de camanchaca, y la retirada se hizo 
a la desbandada. Una niebla intensa y repentina 
ocultaba a los fugitivos hasta la vista del suelo por 
donde caminaban. Errantes y perdidos entre la 
niebla, las compañías chocaban unas con otras, 
sin saber la dirección que seguían, tomando sus 
mismos confusos clamores, el estrépido sordo de la 
artillería, el piafar de sus caballos, los mil rum.ores. 
de un ejército en retirada, por los movimientos 
de un enemigo empeñado en su persecusión. 

Agotados y exhaustos, sin descanso desde la 
víspera, lejos de sus aprovisionamientos, los solda- 
dos huían al azar, abandonaban a sus heridos, su 
artillería desmontada, sus armas y un material de 
guerra considerable. 

En aquel mismo momento llegaba a Dolores la 
avanzada del general Escala, después de una mar- 
cha forzada de doce horas. Los refuerzos que éste 
llevaba podían acabar de aniquilar el ejército pe- 
ruano, pero el general chileno no se atrevía a creer 
en una victoria tan completa. Le parecía imposible 
que doce mil hombres de excelentes tropas hubiesen 
sido completamente derrotados por una división 
inferior en más de la mitad. Para él, el ejército pe- 
ruano no había sido deshecho, sino que reunido a 
poca distancia se prepararía seguramente a reanu- 
dar la ofensiva al despuntar el día. Por lo tanto, 
no accediendo a las instancias del coronel Sotomayor,^ 
se negó a lanzar sus tropas en persecusión de los^. 



— 67^ 

fugitivos. Por otra parte, extenuadas aquéllas por 
una marcha excesiva, tenían necesidad de una no- 
che de descanso para hacer frente a la lucha que el 
general Escala preveía para el día siguiente. 

Llegó el día y el enemigo no apareció. Los pri- 
meros destacamentos enviados en reconocimiento 
trajeron consigo gran número de fugitivos y heridos. 
Por ellos se supo la magnitud del desastre del ejér- 
cito peruano. El suelo sembrado de armas, de fur- 
gones, de municiones, atestiguaban la huida a la 
desbandada. En ninguna parte se encontró un desta- 
camento en estado de resistir a un simple reconoci- 
miento. La caballería se había dispersado completa- 
mente, la artillería había abandonado cañones. 
Todo el material quedó en manos del ejército chi- 
lenos, al que no costó aquella victoria más de 250 
hombres. 

¿Qué hacía, entre tanto, el general Daza a la ca- 
beza de los contingentes bolivianos? Había partido 
el 11 de Noviembre de Arica en medio del entusias- 
mo general de sus habitantes, y debía llegar a Do- 
lores y juntarse allí con el ejército peruano el día 
17. El 20, día en que se dio la batalla, no había 
llegado todavía. Ni él ni sus oficiales habían previs- 
to el cúmulo de dificultades de la marcha por eí 
desierto, donde faltaba el agua, donde no había, 
caminos marcados y donde los carros de la artille- 
ría se hundían en un terreno arenoso y alcalino 
cuyo polvo cegaba a los animales. El 16 de Noviem- 
bre se encontraba solamente un poco al sur del río 
Camarones, a 18 leguas al norte 'de Dolores, de donde 
le separaba un desierto parecido a los que acababa 
de atravesar. El general Daza calculó que no le 
sería posible llegar el día fijado. Descorazonado 
y vencido por las dificultades de la marcha, dudan- 
do del éxito, hizo alto. No se le ocultaba que si era 



— 68- 

derrotado había llegado el término de su poder pre- 
sidencial. Sabía que en La Paz, la capital de Bolivia, 
sus competidores y enemigos esperaban solamente 
una ocasión favorable para derrocarle y que saca- 
rían partido de su ausencia para conspirara en 
contra suya. Por otra parte estaba disgustado por la 
arrogancia y jactancia de los oficiales peruanos 
que en el momento de su partida de Arica decían 
a voz en cuello que bastaba el general Buendía pa- 
ra derrotar al ejército chileno. Entre el poder su- 
premo y el éxito de la campaña, Daza no vaciló. 
Dio orden a su cuerpo de ejército de acampar y tele- 
grafió al general Prado, Presidente del Perú, noti- 
ficándole las dificultades que experimentaba para 
proseguir avanzando. 

El general Prado que se había quedado en Arica, 
compartía todas las ilusiones de su Estado Mayor. 
No dudaba que Buendía, a la cabeza de sus doce 
mil hombres, de tropas excelentes, daría fácilmente 
cuenta de los cinco mil chilenos. Poco interesado en 
compartir con su colega boliviano la gloria de un 
triunfo asegurado, le contestó que aprobaba que 
no se prosiguiese adelante el avance de las tropas 
bolivianas y que por lo de más él, en su carácter 
de jefe supremo de los ejércitos aliados había da- 
do órdenes a Buendía para que presentase combate 
sin esperar la llegada del general Daza. Le invitaba 
por tanto a dejar descansar sus tropas y a hacer 
en adelante solamente algunos reconocimientos 
para estar al tanto de la retirada de las tropas chi- 
lenas a las que podría estorbar el paso y cuya de- 
rrota concluiría. Estas instrucciones se conforma- 
ban en un todo con los deseos del general Daza, 
que no se había atrevido a poner en práctica, pero 
cuando sus tropas comprendieron el papel que se 
les había reservado cundió entre sus filas el más 



— 69 — 

vivo descontento. Se llegó a hablar hasta de des- 
tituir al general Daza y de fusilarlo acusado del de- 
lito de alta traición a la patria. Daza logró dominar 
el descontento. Salió de su campamento en avanza- 
da, a la cabeza de algunos cuerpos dé caballería 
ligera y el día 20 pudo oir a distancia el estruendo 
de la artillería peruana que abría el fuego contra 
los chilenos atrincherados en las alturas de Dolores. 
Por algunos heridos se enteró de la derrota sufrida, 
y a toda prisa, se replegó con sus tropas sobre Arica. 

Los primeros fugitivos que llegaron a Iquique 
con las noticias del combate de Dolores fueron aco- 
gidos con una incredulidad general. 

Su número iba aumentando por momentos y 
todos concordaban en sus declaraciones. Un des- 
pacho del general Buendía vino a confirmar la mag- 
nitud del desastre. En él anunciaba que se replega- 
ba sobre Tarapacá donde esperaba reorganizar 
los restos de sus columnas y pedía el envío inmediato 
de todas las fuerzas que aun ocupaban a Iquique. 
Era la evacuación de la plaza, pero se hacía inevita- 
ble. Bloqueada por la escuadra chilena, a punto 
de ser tomada por detrás por el enemigo victorioso, 
Iquique no podía resistir. Valía más acudir al lla- 
mado de Buendía y tentar en Tarapacá una resis- 
tencia desesperada que capitular sin combatir en una 
plaza sin salida. Mohínas y cabizbajas desfilaron 
las tropas en columnas cerradas mientras las com- 
pañías de desembarque de los buques de guerra chi- 
lenos tomaban tranquilamente posesión de la ciu- 
dad abandonada. 

Buendía había logrado no sin dificultades llegar 
a Tarapacá, pequeña ciudad de 1,200 habitantes 
situada a una distancia aproximada de 10 leguas 
de la ciudad de Dolores, a las orillas de un río y al 
fondo de un estrecho valle que descendiendo de la 



— 70 — 

cordillera termina en el desierto. Encerrado entre 
dos cadenas de montañas, con una extensión a lo 
más de un kilómetro, no presentaba el valle otra 
salida que las 'llanuras arenosas que la separan de 
Dolores y en las que andaban, errantes los restos 
del ejército peruano. Buendía tenía en su compañía 
al jefe de su Estado Mayor el coronel Belisario 
Suárez, soldado valiente, de una energía indomable, 
dotado de una fuerza de resistencia extraordinaria, 
que consiguió levantar un poco el valor de su jefe 
y la moral de las tropas que le acompañaban. Tan 
pronto como llegó a Tarapacá mandó mensajeros 
en todas direcciones para reunir a los fugitivos. 
Muertos de hambre y de sed, acudieron todos al 
llamado del coronel y se encontraron en Tarapacá 
con agua, víveres, descanso y un principio de orga- 
nización. En pocos días habían entrado en Tarapa- 
cá más de dos mil hombres; el 26 de Noviembre 
llegaban también las columnas que habían salido 
de Iquique con un convoy de víveres y municiones. 
Traían estas columnas un espírtu nuevo, el ardiente 
deseo del desquite, la convicción de que no podían 
contar más que consigo mismos, que vencidos es- 
taban perdidos, y la fría resolución de vender ca- 
ras sus vidas. El ejército chileno les estorbaría 
indudablemente el camino de retirada en dirección 
de Arica, pero era de todo punto necesario for- 
zar el paso. Para despejar el camino, el general 
Buendía mandó una columna de 1.500 hombres 
con orden de asegurar que estaba libre la entrada 
del valle. El debía seguir a esta columna con el 
grueso de sus tropas a las que todavía era indispen- 
sable una noche de descanso. En la oscuridad flan- 
queó esta columna, sin verla, la vanguardia chilena 
e hizo alto a tres leguas de Tarapacá. 

Después de la batalla de Dolores, ya vimos que 



— 71 — 

'en vano el coronel Sotomayor quiso persuadir 
al general Escala para que mandase una parte de los 
refuerzos que llegaban en persecución del fugitivo 
ejército peruano. Fué solo al día siguiente cuando 
el general autorizó al coronel chileno para abando- 
nar a Dolores y entrar en campaña. Informado de' 
la marcha de Buendía, Sotomayor ocupaba la entra- 
da del valle en el mismo momento en que la vanguar- 
dia peruana acababa de atravesarla. Acometido 
por la espalda, privado de la m.ejor parte de sus tro- 
pas, sorprendido además repentinamente, Buendía 
iba a verse obligado a aceptar el combate en las 
condiciones más desfavorables. Parecía fatalmente 
perdido y tanto a él como a sus soldados no les 
quedaba otro recurso que luchar a la desesperada. 
A las ocho de la mañana, asegurado de la suerte 
de su vanguardia que no había encontrado al ene- 
migo, se preparaba Buendía a levantar el campamento 
de Tarapacá y dar la orden de marchar, cuando se 
señaló la presencia de una columna chilena. Esta, 
comandada por el teniente Vergara había durante 
la noche tomado posesión de las alturas que dominan 
el valle de Tarapacá por el norte. Parapetada en 
sus cimas la columna chilena se disponía a apo- 
derarse de las del sur, más elevadas, y a encerrar , 
a los peruanos en un círculo de fuego. Para apode- 
rarse de los picachos del sur la columna chilena 
tenía que descender por el barranco y trepar por 
las pendientes opuestas. Otras de las columnas 
desembocaron igualmente en Tarapacá, siguiendo 
la dirección del valle, cuya entrada cerraron. Sor- 
prendido por este ataque imprevisto, Buendía man- 
dó a toda prisa un mensajero con la orden de obligar 
a su vanguardia a volver a marchas forzadas so- 
bre Tarapacá. Escoltado por el coronel Suárez 
xecorrió las filas de sus tropas para animarlas a la 



— 72 — 

resistencia; su actitud revelaba una fría resolución, 
la conciencia del peligro, el ansia de venir a las ma- 
nos y vengar en el enemigo los reveses de la fortuna. 
El primer choque fué terrible. Los batallones perua- 
nos se lanzaron sobre la columna chilena que va- 
ciló y retrocedió. Avanzan entonces para sostener- 
la las otras dos columnas, pero su artillería no puede 
entrar en línea y se arma la lucha cuerpo a cuerpo. 
Los cañones chilenos tomados y vueltos a reconquis- 
tar son desmontados, las muías de tiro muertas. 
A la una de la tarde los peruanos iban ganando. 
Una carga de la caballería chilena permite a la in- 
fantería tomar aliento; se reorganizan las filas, 
vuelve a comenzar el combate. No hay nadie que 
se entregue de una ni otra parte. Las tropas de 
Buendía comienzan a replegarse y se da la orden 
de batirse en retirada ; pero en este mismo momento 
la cabeza de su columna de vanguardia desemboca- 
ba en el campo de batalla. 

En vista de los nuevos refuerzos que llegan, los 
peruanos se vuelven de frente y atacan de nuevo 
al enemigo, sorprendido por esta brusca ofensiva. 
Rechazados sobre la ciudad, los chilenos se emboscan 
en las casas, detrás de las cercas y vallados. Sienten 
que se les escapa la victoria, pero siguen comba- 
tiendo con toda energía. Para concluir con su 
resistencia incendian los peruanos los techos de 
totora que caen incendiados sobre los combatien- 
tes extenuados de fatiga, de hambre y de sed. A 
las cinco de la tarde, el ejéricto peruano queda 
dueño del campo de batalla; las columnas chilenas 
se baten en retirada dejando sobre el terreno 49 
oficiales, más de una tercera parte de sus efectivos, 
cuatro cañones y cincuenta y seis prisioneros sola- 
mente. Esta última cifra indica el encarnizamiento 
de la lucha; de una y otra parte se había dado 



~ 73 — 

muerte a todo el que ofrecía resistencia. Agota- 
dos por esta lucha sangrienta los vencedores no 
quedaron en condiciones de seguir tras sus enemigos, 
Buendía temiendo la llegada de nuevos contingen- 
tes chilenos no dejó a sus hombres más que seis 
horas de descanso. A las once de la noche se pone 
en marcha el ejército peruano, se dejan en el cam- 
po los muertos, los moribundos y los heridos y las 
llamas del incendio alumbran a lo lejos la marcha 
de los dos ejércitos que se pierden en el desierto. 
Tarapacá queda desocupado. Al día siguiente un 
cuerpo de ejército chileno compuesto de cinco 
mil hombres procedentes de Dolores viene a ocupar 
la ciudad justificando de este modo los presenti- 
mientos del general Buendía. 

Esta sangrienta victoria tan caramente conquis- 
tada fué debida a la heroica tenacidad de las tropas 
peruanas. Tanto vencedores como vencidos habían 
luchado con la energía de la desesperación, pero 
este combate más encarnizado que el de Dolores 
no podía tener los mismos resultados. Se había 
salvado el honor pero no se conquistaría con él la 
fortuna. La retirada de Buendía no fué ni menos 
difícil ni menos dolorosa que la del ejército chileno. 
Sus tropas extenuadas tardaron veinte días en 
franquear las 40 leguas que las separaban de Arica. 
Obligadas a rodear las abruptas pendientes de la 
cordillera para no encontrarse con los chilenos due- 
ños de la llanura, caminando durante la noche con 
un frío intenso y acampando en el día sin abrigo 
a los rayos de un sol implacable, encontrando muy 
raras veces una fuente donde apagar su sed, reduci- 
dos a beber de ordinario el agua estancada e in- 
fecta de las lagunas marinas, y atravesando de tar- 
de en tarde aldeas destruidas cuyos habitantes 
habían huido, llevando solamente sus pocas vitua- 



— 74 -- 

Has, llegaron a Arica estas columnas en un estado 
deplorable. La mitad había quedado en el camino. 
Para librarse de tan insufribles padecimientos unos 
se habían matado, el hambre, la sed, las enferme- 
dades habían suicidado a los otros. A pesar del san- 
griento combate de Tarapacá, el desierto de Atacama, 
los puertos de Antofagasta, Cobija, Iquique y Pisagua, 
120 leguas de costa en una palabra estaban aún en 
poder de los chileños. 

Inmóvil en Arica donde le retenía según él decía, 
el mal estado de su salud, el general Prado, Presidente 
del Perú se iba informando paso a paso de la toma de 
Pisagua, la pérdida de la batalla de Dolores, la eva- 
cuación de Iquique, la inútil victoria de Tarapacá, 
la retirada de las tropas aliadas cuyos restos iban 
llegando a Arica en desorden. Sin compartir ente- 
ramente en un principio la ciega confianza de sus 
compatriotas en su superioridad militar, el Pre- 
sidente del Perú no había ni previsto ni tomado las 
medidas necesarias para evitar tan enormes desas- 
tres. En la confusión que tales nuevas le produjeron, 
acogió sin reflexionar las acusaciones que a su alre- 
dedor se hacían contra las tropas bolivianas y el 
general Buendía. A juzgar por estas acusaciones las 
derrotas sufridas se debían a la falta de ayuda de 
los bolivianos, a los que el mismo general Prado 
había dado orden de hacer alto en las riberas del 
Camarones y esperar allí el resultado de la batalla 
de Dolores. Al general Buendía se le reprochó su 
incapacidad y su imprevisión. Olvidando su heroica 
resistencia de Tarapacá y su difícil retirada, el ge- 
neral Prado le quitó el comando y se lo entregó al 
almirante Montero, hombre inquieto y aventurero, 
comprometido en diversas tentativas de revolución. 
Buendía y su estado mayor fueron por otra parte 
sometidos a consejo de guerra. 



75 



Rehusando tomar él mismo el mando del ejército 
alegando para quedarse en Arica el mal estado de 
su salud, el Presidente del Perú había obedecido 
a consideraciones personales, al temor de compro- 
' meter su poder que veía estaba a merced del desca- 
labro militar. Sabía por una experiencia a mucha 
costa adquirida cómo se hacen y se derriban los 
presidentes en el Perú. Una insurrección le había 
llevado al poder y otra insurrección podía arre- 
batárselo. Atento siempre el oído a los rumores que 
llegaban de Lima, pudo enterarse que estos eran 
de descontento. Los partidos hostiles se agitaban 
y le reprochaban en alto su inacción; excitado vio- 
lentamente el orgullo nacional se le atribuía to- 
da la responsabilidad de los acontecimientos y no 
faltaban revoltosos audaces que sacaban partido 
de la circunstancia para levantar las masas. 

Entre ellos y en primera fila figuraba don Nicolás 
Piérola, antiguo Ministro de Hacienda, adversa- 
rio encarnizado del general Prado. Sometido a un 
proceso en 1872 por dilapidación de los caudales 
públicos se le acusó pero sin pruebas de haber si- 
do uno de los instigadores del asesinato de Pardo, 
antecesor de Prado en el sillón presidencial. Refu- 
giado en Chile, Piérola había seguido con atención 
los acontecimientos que trajeron consigo la guerra. 
Obedeciendo, decía él, a su patriotismo, que no le 
permitía asistir impasible a una lucha de la que 
dependía la suerte del Perú, había vuelto a Lima; 
su prestigio de conspirador y su audacia sobrada- 
mente conocida le proporcionaron una entusiasta 
acogida entre los adversarios del presidente Prado. 
El populacho de Lima veía en él un caudillo resuel- 
to, el único hombre capaz, decían, de vencer a 
Chile. Nombrado coronel de la guardia nacional, 
disponía a su antojo de esta fuerza militar, dueña 



— 76 — 

de la ciudad desde la partida de una parte del ejér- 
cito para el sur. 

Mejor informado por sus partidarios de lo que 
pasaba en Lima que lo había estado por sus generales 
de las operaciones del ejército chileno, el general 
Prado resolvió dejar Arica y volver a Lima, donde 
su presencia podría talvez salvar su poder amena- 
zado. Sólo algunos amigos fueron confidencialmen- 
te informados de esta resolución; en Lima nada 
se supo hasta el momento de desembarcar en el 
Callao. Esta vuelta repentina no tenía otro objeto 
que desbaratar los planes de sus adversarios en caso 
que ella coincidiese con la nueva de una victoria 
conseguida, pero el barco que conducía al Presiden- 
te Prado llevaba también los detalles de los reveses 
sufridos. Desconcertados en el primer momento, 
pronto se rehicieron y cobraron valor los conspi- 
radores. Por otra parte Piérola no era hombre de 
dejarse fácilmente abatir. Con su experiencia de 
los movimientos insurreccionales del Perú, Prado 
se dio cuenta desde el primer día de su llegada, 
de la gravedad de la situación. Acogido en la capi- 
tal con un mohíno silencio, veía alejarse de su lado 
a sus antiguos partidarios y hacía en vano un lla- 
mamiento a todos ante la necesidad de unirse en 
un esfuerzo supremo para resistir al enemigo ex- 
terior. Llegó hasta llamar a su presencia a Piérola 
y ofrecerle una cartera. Piérola rehusó brutalmente, 
con el desdén de un hombre que se siente sostenido 
por la opinión pública. 

Prado se vio perdido. A cada momento podía 
estallar en las calles de la ciudad la revolución 
triunfante; él sería la primera víctima. En el puntO' 
a que habían llegado las cosas Prado no pensó más 
que en salvar su vida. El 18 de Diciembrelpresidió 
su Consejo con la calma más aparente, despacho 



— 77 — 

los asuntos corrientes y anunció que visitaría des- 
pués de medio día los fuertes del Callao para asegu- 
rarse por si mismo de su aprovisionamiento. En 
-efecto, a las tres de la tarde, tomaba el tren para el 
Callao y dos horas más tarde se leía en las murallas 
de Lima la siguiente proclama: 

— "El Presidente constitucional de la república 
a la nación y al ejército" — Conciudadanos. Los 
suprem.os intereses de la patria me obligan a salir 
para el extranjero. Me alejo de vosotros temporal- 
mente. Hay razones poderosas para esta resolución 
que tomo en los momentos en que mi presencia 
aquí puede parecer necesaria. Los motivos que me 
deciden son en efecto muy graves y muy poderosos. 
Respetad mi resolución. Tengo el derecho de pe- 
díroslo después de todos los servicios que he prestado 
al Estado. 

Soldados. Si nuestras armas han experimentado al- 
gunos descalabros en los primeros días de noviembre, 
el día 27 del mismo mes se han cubierto de gloria 
en Tarapacá. Cualesquiera que sean las circuns- 
tancias yo sé que imitaréis el ejemplo que os dieron 
vuestros hermanos del Sur. Tened confianza en 
vuestro conciudadano y amigo. — M. J. Prado". 

Seguía a estas proclamas un decreto que confia- 
ba el poder en manos del vice-presidente. 

Prado lo tenía todo preparado para su fuga. 
Se embarcó secretamente a bordo del "Paita", 
vapor de la compañía inglesa del Pacífico que iba 
con destino a Panamá. Prado se dirigía, según de- 
cía a Europa y Estados Unidos para comprar 
allí barcos de guerra, armas y municiones. Desde 
Guayaquil dirigió a sus amigos de Lima una larga 
carta para justificar su partida: "Volveré pronto, 
decía; yo aseguraré al Perú una brillante victoria 
o quedaré sepultado entre las olas". 



— 78 — 

La partida de Prado dejaba el campo libre a 
todos' los ambiciosos; la cólera y la indignación 
del pueblo favorecían estas ambiciones. El Vice- 
presidente, general La Puerta, no estaba, según 
decían, en condiciones de llevar sobre sus hombros 
la pesada carga del poder en tan críticas circuns- 
tancias, debido a su edad y a sus enfermedades. 
Los partidarios de Piérola reclamaban a gritos su 
nombramiento como dictador. Solamente un dic- 
tador podía salvar al Perú ¿Debía darse el comando 
del ejército peruano al general Daza, Presidente 
de Bolivia, como lo pedían algunos, y consagrar 
de este modo la humillación del Perú? 

El gobierno resistía. El ministro de la guerra, 
señor La Gotera, a la cabeza de algunos batalla- 
nes fieles, contenía al populacho; pero el desconten- 
to iba cundiendo entre las tropas. Solicitadas por 
los partidarios de Piérola, indignados por la huida 
de Prado, las tropas vacilaban. En la noche del 21 
de Diciembre estalló por fin el movimiento. Un ba- 
tallón tomó las armas y se declaró en favor de 
Piérola. Instado a cumplir con su deber por el ge- 
neral La Gotera, rehusó y ocupó militarmente su 
cuartel. La Gotera emprendió resueltamente el 
combate. Sostenido por cuatro piezas de artillería 
atacó el cuartel y estaba ya a punto de tomarle, 
cuando recibió aviso de que una banda de insurgen- 
tes quería apoderarse del palacio de Gobierno. 
Piérola, a la cabeza de su batallón ocupaba las sa- 
lidas. La Gotera se lanzó a su encuentro, entablán- 
dose una lucha desesperada en la plaza y calles 
vecinas. La disciplina de las tropas, que habían per- 
manecido fieles a La Gotera y la energía desplegada 
por éste ganaron la partida; los insurgentes per- 
dieron más de trescientos hombres y el combate 
quedó suspendido en la noche. Pero Piérola no era 



— 79 — 

hombre de dejarse ganar la partida. Temiendo 
que una lucha demiasiado prolongada restase en- 
tusiasmo a sus partidarios abandonó de repente 
Lima a la cabeza de éstos, llevándose consigo al 
populacho sublevado, y se dirigió al Callao, puerto 
militar y almacén de Lima. En la plaza contaba 
con importantes partidarios; los fuertes y el arsenal 
le abrieron sus puertas. Dueño del Callao, tenía en 
su poder la llave de la capital, donde el Gobierno 
se mantenía con dificultad en medio de la irrita- 
ción popular. Acantonado en los fuertes podía 
desafiar las fuerzas de La Cotera, quien no intentó 
seguir en su persecución. 

Lima ofrecía entonces el espectáculo de una ciu- 
dad en plena revolución. Se había suspendido to- 
do el comercio. De cuando en cuando interrumpían 
el silencio de las calles gritos violentos, el paso ca- 
dencioso de los soldados y el rodar de la artillería. 
Turbas y grupos armados amenazaban los edifi- 
cios principales y se dispersaban a la vista de las 
tropas, para volver a reunirse y reforzarse más 
tarde. Instado a renunciar al poder en favor de 
Piérola, el Vice-presidente se negó y rehusó todo 
compromiso. A una orden de éste, La Cotera debía 
marchar contra Piérola y tratar de arrojarle del 
Callao. Recibido desde el m.omento de su salida 
de la capital por un continuo fuego de fusilería, 
ante la vacilación de sus tropas, cuyo número dis- 
minuía por momentos. La Cotera comprendió 
que iba a un desastre evidente. Vuelve entonces, 
a Lima y da cuenta al Vice-presidente de la impo- 
sibilidad en que se encuentra de ejecutar sus órde- 
nes. La Puerta presenta su dimisión y el 23 de Di- 
ciembre por la mañana Piérola entraba triunfan- 
te, en Lima saludado por las aclamaciones del po- 
pulacho como jefe supremo del Estado. Concentran- 



— 80 - 

do en su mano todos los poderes, agregó al título 
de Presidente el de ''Protector de la raza indígena" 
para asegurarse de esta manera el concurso de los 
indios y del bajo pueblo, y se ocupó al momento 
de organizar su gobierno. Los jefes del ejército del 
Sur y el mismo Montero, enemigo y rival de Piérola, 
reconocieron sin dificultad su autoridad; tenían 
que hacerse perdonar sus reveses, y a la distancia 
en que se encontraban sus tropas agotadas, estaban 
lejos de poder intentar un movimiento insurreccional. 

Mientras en Lima se llevaba a cabo una revolu- 
ción, el almirante Montero comandante en jefe 
del ejército peruano, recibía en Arica los batallo- 
nes exhaustos que el general Buendía traía de Ta- 
rapacá. A pesar de su gloriosa resistencia y de su 
inútil victoria, Buendía supo, al llegar a Arica, 
que se le había relevado del mando y se le iba a 
formar consejo de guerra. El almirante Montero 
no le permitió siquiera entrar en la ciudad a la ca- 
beza de sus tropas. Tenía ansia de afirmar su su- 
premacía. 

En virtud del tratado de alianza realizado al 
principio de la guerra entre el Perú y Bolivia, el 
comando en jefe de los ejércitos aliados correspon- 
día al Presidente de Bolivia; toda vez que había 
huido el Presidente Prado y, estaba retenido en 
Lima el nuevo Presidente Piérola. 

Pero el almirante Montero estaba poco dispuesto 
a reconocer la autoridad suprema del Presidente 
Daza. Retirado en Tacna, a algunas leguas de Arica, 
a la cabeza de los contingentes bolivianos, el general 
Daza presentía también que su autoridad presi- 
dencial estaba en peligro. 

En La Paz, capital de Bolivia, se señalaban al- 
gimos intentos de revueltas y se reprochaba a Daza 
su inacción, que era calificada de cobardía y de trai- 



— 81 — 

ción. Los oficiales y soldados peruanos exajeraban 
aún estas acusaciones. Acusaban a Daza de haberles 
dejado toda la carga de la guerra, de haberse mante- 
nido siempre lejos del peligro y de no haber tomado 
parte alguna en los combates^de Pisagua, de Doloresjy 
de Tarapacá. La alianza estaba gravemente compro- 
metida; Daza, en perpetuo conflicto con su colega pe- 
ruano, abandonó Arica. Acampado en Tacna, en el ca- 
mino de su capital, no_^aspiraba más que a volver allí 
para reafirmar su autoridad amenazada, contra- 
rrestar los proyectos de sus adversarios y esquivar 
la suerte de Prado; pero le era muy difícil, en las 
actuales circunstancias, batirse completamente en 
retirada y demostrar la sinrazón de las acusaciones 
de sus adversarios y aliados. Buscaba un pretexto 
para conciliario todo. 

Ofrecióselo un consejo de^fguerra convocado|en 
Arica para disponer un plan' de campaña. Acudió 
al llamado del almirante Montero, y el 27 de Di- 
ciempre se abrieron las deliberaciones entre los 
generales peruanos y bolivianos. El Presidente Da- 
za expuso su plan. Proponía volver a Bolivia para 
reforzar su ejército; después, siguiendo la línea 
de la Cordillera, la franquearía al sur para atacar 
por la espalda al ejército chileno, que sería atacado 
de frente por las tropas peruanas. 

Este plan, impracticable, difícilmente disimula- 
ba las preocupaciones personales del Presidente 
de Bolivia; fué por lo tanto acogido con muestras 
del mayor desagrado por los oficiales peruanos y 
por los mismos oficiales bolivianos. Estos últimos, 
exasperados por los reproches de sus aliados y por 
su propia inacción, soportaban con pena desde ha- 
cía mucho la impericia y la jactancia de su general 
en jefe. Sabían ellos que en La Paz la opinión es- 
taba cada día más en contra de Daza. Su actitud 

G.delP.— 6 



— 82 — 

en el Consejo de guerra, lo absurdo de su plan de 
campaña, el vergonzoso papel a que se veían con- 
denados si su plan prevalecía, los decidió a termi- 
nar de una vez y destituir a Daza. El almirante 
Montero les envalentonaba bajo cuerda. Inmedia- 
tamente se mandaron al campamento de Tacna 
avisos desde la sala m.isma del Consejo, donde la 
discusión se prolongó todo el día; el almirante 
Montero, que estaba al corriente de cuanto se pre- 
paraba, trataba de alargar la discusión ya presen- 
tando objeciones que Daza se encargaba de refutar, 
ya aparentando concordar con su opinión. A las 
cuatro se levantó sin haberse llegado a ninguna con- 
clusión, pero también sin ruptura aparente, y el 
almirante Montero acompañaba a la estación al 
Presidente de Bolivia cuando en el mismo momento 
de subir al tren, recibió éste un despacho que le 
llenó de estupor. 

Se le anunciaba que el campamento de Tacna 
estaba en plena insurrección y que sus oficiales y 
soldados acababan de proclamar su caída y reem- 
plazarlo por el coronel Camacho. 

Lo que el despacho no decía era que un pelotón 
de ejecución esperaba en Tacna la llegada del tren 
en que debía ir el Presidente Daza, para pasarlo 
por las armas. Fuera que él sospechase el peligro, 
fuera más probablemente que él se hiciera aún ilu- 
siones sobre la importancia de su papel y la mag- 
nitud de su poder, el caso es que Daza se quedó 
en Arica y pidió al almirante Montero que mandase 
inmediatamente sus tropas sobre Tacna para cas- 
tigar a los revoltosos y ponerle de nuevo en posesión 
de su comando. Instigador y cómplice del movi- 
miento. Montero le respondió con la mayor 
sangre fría que él no podía obrar sin órdenes de 
su gobierno ni arriesgarse a una batalla entre los dos 



— 83 — 

ejércitos aliados para imponerlo a sus tropas in- 
surgentes y a la capital también levantada. Aban- 
donado de todos, el Presidente Daza se embarcó para 
Inglaterra. 

Con pocos días de intervalo habían desaparecido 
de la escena política y del teatro de las operaciones 
militares los dos Presidentes del Perú y Bolivia. 
Ambos habían si no querido, aceptado al menos la 
guerra desastrosa que les imponía un partido tur- 
bulento; ambos habían sacrificado en aras de su 
popularidad y de la conservación de su poder, 
sus convicciones personales y el bien del Estado; 
ambos caían al mismo tiempo víctimas de los reve- 
ses que ellos no habían sabido ni conjurar ni prever. 

El pronunciamiento militar que derrocó al 
general Daza y puso en lugar de éste a la cabeza 
del ejército boliviano al coronel Camacho, se había 
preparado en La Paz, donde la noticia fué acogida 
no solamente sin sorpresa sino antes bien con en- 
tusiasmo. El general Narciso Campero, hombre 
enérgico y capaz, fué llamado a la Presidencia. 
Su elevación era vivamente deseada por el pueblo. 
Unido al coronel Camacho por los lazos de una es- 
trecha amistad y de una mutua confianza, su primer 
acto fué- el de confirmar la elección hecha por el 
ejército boliviano y dar el comando general de éste a 
aquel a cuyo golpe de mano sfe debía la desaparición 
de su enemigo y su encumbramiento al poder. 
Seguro de no ser atajado en sus planes, el coronel 
Camacho procedió a la reorganización del ejército 
boliviano. Querido de sus soldados, supo hacerse 
obedecer de estos y reanimar su valor. Campero 
le mandó refuerzos de hombres y material, y al 
poco tiempo el ejército boliviano estaba en condi- 
ciones de entrar en campaña. Pero entre Camacho 
y Montero reinaba ima sorda hostilidad. La jactan- 



— 84 — 

cia, la aparatosa agitación del comandante peruano 
inquietaba y desagradaban a su colega, que esta- 
ba, al menos nominalmente, bajo sus órdenes. 
Por lo, tanto Camacho apremiaba al general Campe- 
ro para que cuanto antes viniese a hacerse cargo 
del comando en jefe de los ejércitos aliados, a lo 
que tenía derecho por su título de Presidente de 
la República de Bolivia. 

Por su parte, el ejército chileno no estaba inac- 
tivo. Un atrevido reconocimiento intentado por la 
escuadra había dado por resultado un desembarque 
en la costa peruana, en el puertecito de lio, que 
llevó a cabo un destacamento de quinientos hombres. 
Su jefe se había apoderado, sin disparar un solo 
tiro, del puerto y de la línea férrea que desde lio 
se dirige al interior hacia Moquegua. Cortadas in- 
mediatamente las líneas telegráficas por los chi- 
lenos, no se pudo poner en conocimiento de Arica 
ni de Tacna el desembarque efectuado. El desta- 
camento chileno había llevado consigo maquinis- 
tas y mecánicos. Se cargó la artillería y las tropas 
en los vagones y el tren partió para Moquegua, don- 
de llegó de improviso. Sorprendida la guarnición 
peruana, no intentó siquiera defenderse. Los chile- 
nos se apoderaron de los víveres y del material, y 
se volvieron a lio sin perder un solo hombre, y 
después de haber reconocido la parte del territorio 
que el comandante chileno se proponía invadir. 

Su plan era cortar las comunicaciones entre La 
Paz y Lima por una parte y entre Tacna y Arica 
por otra. Los aliados ocupaban estos dos últimos 
puntos, situados al sur de lio. Una ocupación de la 
línea de lio a Moquegua encerraba al ejército alia- 
do entre las fuerzas chilenas dueñas de Pisagua y 
el cuerpo de ejército que, al ocupar lio, cerraría la 



— 85 — 

línea de retirada hacia el norte y estorbaría el ca- 
mino para los refuerzos que se pudieran mandar. 
El 25 de Febrero de 1880 ocuparon catorce mil 
chilenos el puerto de lio y el vecino de Pacocha al 
mismo tiempo que todo el valle de Moquegua. 
Al imponerse de esta noticia el almirante Montero 
telegrafió desde Arica al Presidente Piérola, quien 
lejos de ver con recelo este movimiento del ejér- 
cito chileno, no se cansaba de felicitarse de que 
''este ejército fuese a encontrar su tumba en el va- 
lle de Moquegua". 

En realidad estaba cercado por todas partes; 
pero su natural presunción y su incapacidad mili- 
tar, por una parte no le permitían apreciar debida- 
mente la situación y por otra parte contaba con las 
fuerzas de que disponía el coronel Gamarra, fuerte- 
mente acantonado en Moquegua:y'al que se habían 
mandado inmediatamente poderosos refuerzos, en 
cuanto se supo el reconocimiento efectuado por las 
tropas chilenas, algunas semanas atrás. Moquegua, 
estaba efectivamente en estado de defenderse. De- 
trás de la ciudad se encontraba la garganta de) los 
Angeles, conocida con el sobrenombre de las Termo- 
pilas peruanas. 

En 1823 se había encontrado en este punto una 
débil columna española con el ejército de la indepen- 
dencia; más tarde, en 1874, don Nicolás Piérola, 
el actual dictador del Perú, había rechazado allí el 
ataque de las fuerzas del gobierno. Quinientos hom- 
bres, decía él, podían, estando en posesión de este 
desfiladero, resistir el empuje de diez mil asaltan- 
tes. Gamarra se había fortificado allí y Piérola en 
Lima, lo mismo que Montero en Arica, considera- 
ban su posición inexpugnable. Todo el esfuerzo del 
ejército chileno, pensaban, debía estrellarse contra 
esta barrera y Montero no tendría más que perse- 



— se- 
guir los restos de sus columnas y empujarlos hacia 
el mar. 

Una vez dueños de Moquegua, podían los chi- 
lenos, sin hacer caso del campo atrincherado de 
Gamarra, marchar hacia el sur y obligar a Montero 
a presentar una batalla decisiva; pero era una im- 
prudencia dejar tras de sí un enemigo fortificado, 
que disponía de fuerzas considerables suficientes 
para atacar por la espalda o cerrarles la retirada 
en caso de un desastre. 

El estado mayor chileno no dejaba al azar más 
que la parte inevitable que siempre hay, y que 
no existe prudencia humana capaz de conjurar. 

Sus procedimientos metódicos habían hasta la 
fecha dado cuenta del valor impetuoso de sus ad- 
versarios. Persistía en una táctica a la que debía 
todo el éxito. El general Martínez, comandante de 
Ingenieros, recibió orden de estudiar el terreno y 
combinar un plan de ataque. 

Acampados en las cumbres de Los Angeles, los 
soldados peruanos dominaban el estrecho desfi- 
ladero a cuyo fondo pasaba el camino de Moquegua 
a Tarata. A su derecha se levantaban las abruptas 
montañas reputadas corneo inaccesibles; a la izquierda 
las colinas no eran abordables sino por medio de 
una marcha de flanco de muchos kilómetros y por 
un sendero en zig-zag. ¿Era posible arriegarse a es- 
calar las montañas por la derecha? El batallón 
de Copiapó se ofreció para intentarlo. Ya había he- 
cho sus pruebas en Dolores y los arriesgados mi- 
neros que lo componían estaban ya de largo tiempo 
acostumbrados a la vida de las m.ontañas y a las ru- 
das caminatas del desierto. Por otra parte se resol- 
vió que una columna escalaría durante la noche las 
cumbres de la izquierda. Esta marcha peligrosa 
exigía ciertamente una gran prudencia. La más mí- 



— 87 — 

nima señal de alarma que se diera a los peruanos 
exponía a la columna a ser dividida en dos, arrojada 
en desorden sobre Moquegua y paralizaría el ataque 
intentado por la derecha. El 21 de Marzo en la no- 
che se efectuó el movimiento y, al despuntar el 
día, el batallón Copiapó, escalando las cim.as, abría 
el fuego contra los destacamentos peruanos. A la 
izquierda, la columna, retardada su marcha, no pudo 
entrar en línea de fuego sino miás tarde, pero "con 
el éxito más completo. Atacados por sus flancos, 
abordados de frente, los peruanos se vieron precisa- 
dos a ceder, A medio día todo había terminado y 
el ejército chileno ocupaba los desfiladeros a través 
ue los cuales huían en desorden los soldados de Ga- 
marra. 

Esta derrota fué recibida en el Perú con gritos de 
rabia y de cólera. Al principio no se creyó, pero cuan- 
do fué necesario rendirse a la evidencia, se la atri- 
buyó a cobardía y a traición. No se podía admitir 
que este punto, tenido por inexpugnable, se hubiera 
podido tomar en un com.bate de pocas horas; el co- 
ronel Gamarra fué arrestado y conducido ante un 
Consejo de guerra. Y sin embargo no era culpable 
de otro delito que el de haber comipartido el error 
común y el de haber creído sus flancos suficientemen- 
te protegidos y no haber previsto el arriesgado es- 
calamiento que le puso bajo el graneado fuego del 
enemigo. Tanto él como sus tropas se habían batido 
valientem^ente, pero una vez más la negligencia del 
combando y su imprevisión habían comprometido 
el éxito de la jornada. Los ejércitos aliados del sur 
estaban definitivam.ente cercados. Dueños de Mo- 
quegua y de los desfiladeros de los Angeles, los chi- 
lenos estorbaban el camino a los refuerzos que se 
pudieran m.andar al norte. 

Concentrados los aliados en Arica y Tacna, 



— 88 — 

tenían que verse obligados a aceptar batalla el día 
y hora que se les antojase a sus enemigos y de este 
encuentro decisivo, dependería desde aquel momento 
la^ suerte de la campaña. 

Se imponía una concentración de fuerzas aliadas. 
Esta' se efectuó en Tacna, más fácil de defender 
que Arica, accesible por mar. Este forzoso acerca- 
miento tuvo por resultado acentuar más aún la de- 
sinteligencia que existía entre Camacho, comandan- 
te del ejército boliviano, y el almirante Montero, 
jefe del ejército peruano. El tratado de alianza con- 
cluido entre Bolivia y el Perú estipulaba que el 
comando en jefe correspondería a aquel de los dos 
Presidentes en cuyo territorio se efectuasen las 
operaciones, pero no se había previsto el caso en 
que ni uno ni otro estuviesen presentes. En virtud 
de su grado superior, el almirante Montero recla- 
maba la dirección de las operaciones. 

El coronel Camacho se oponía y apremiaba a 
Campero, Presidente de Bolivia, para quel viniese 
a ponerse al frente de sus tropas. La impericia y 
la arrogancia de Montero le aterraban. Sin popu- 
laridad en el ejército el almirante era hasta objeto 
de burla entre sus propios oficiales. Cuando la fuga 
de Prado y la revolución triunfante llevaron a Pié- 
rola a la presidencia del Perú, Montero se había 
apresurado a hacer acto de sumisión y de adhesión 
al nuevo Gobierno, pero nadie ignoraba ni en el 
ejército ni en Lima su pasada rivalidad con Pié- 
rola y la aversión que tenía a su afortunado com- 
petidor. El estado mayor peruano no dudaba de 
que en caso de tener un éxito militar, Montero re- 
curriendo a un pronunciamiento trataría de sublevar 
el ejército y proclamar la caída de Piérola y su pro- 
pia dictadura. La arrogancia de su actitud y las 
imprudencias de su lenguaje daban pie para todas 



89 



las suposiciones y desde Lima el presidente Piérola 
vigilaba con ojo avizor las operaciones de su lu- 
gar-teniente. 

Reunidas las fuerzas aliadas en Tacna, llegaron 
a formar un número de 40.000 hombres de buenas 
tropas, de los cuales 4.000 eran bolivianos. Arica 
estaba ocupada por un cuerpo de 2,000 hombres. 

Dos planes de campaña había a la vista. El 
almirante Montero era de opinión de mantenerse 
a la defensiva, fortificarse en las alturas arenosas 
que dominan a Tacna y esperar allí el ataque áe\ 
ejército chileno. Camacho, por el contrario, pensa- 
ba que se debía salir al encuentro del ejército chi- 
leno, esperarle a la salida del desierto, aprovechar 
la fatiga y el agotamiento causados por los pro- 
longados días de marcha por un país árido y deso- 
lado, y obligarles a presentar batalla, antes de que 
hubiesen podido descansar sus hombres y la caba- 
llería. La discusión se agriaba, hasta que la llegada 
del Presidente de Bolivia al campamento vino a 
restablecer el orden y la unidad de acción. Cediendo 
a las instancias de Camacho, su lugarteniente y su 
amigo, Campero, dándose plena cuenta de la si- 
tuación, había dejado La Paz. Su llegada fué salu- 
dada por las aclamaciones entusiastas del ejército. 
Este tenía toda su confianza en la capacidad mili- 
tar y en la energía de Campero. Y en verdad que 
esta confianza era merecida. Antiguo alumno de la 
Escuela de Minas en París, había estudiado mucho. 
La rectitud y nobleza de su carácter le habían 
conquistado numerosos amigos y los mismos ofi- 
ciales peruanos reconocían su superioridad y se con- 
sideraban felices de tenerlo a su cabeza. 

El ejército chileno avanzaba, venciendo poco a 
poco los obstáculos que la naturaleza más aún 
que el enemigo, le presentaba. De Moquegua a Tac- 



— Do- 
na no había trazado ningún camino; un desierto de 
arenas movibles, accidentado de colinas arenosas sin 
la menor vegetación, cortadas por estrechos valles 
que rara vez atravesaban riachuelos originados por 
el desbordamiento de las lluvias y que en verano 
exhalan miasmas pestilentes, separaba Moquegua 
de Tacna. Por esta época del año asolaban aquella 
región las fiebres intermitentes. El transporte de la 
artillería ofrecía dificultades casi insalvables. Los 
cañones se hundían en aquel suelo movedizo hasta 
la mitad de las ruedas. Era preciso llevarlo con- 
sigo todo, y el agua especialmente; el ejercito chi- 
leno llevaba una buena provisión calculada para un 
consumo de 40,000 litros diarios. La fatiga excesiva, 
el intenso calor del día, los terribles fríos de la no- 
che iban llenando las ambulancias de enfermos, 
entre los que hacia estragos espantosos la fiebre. 
De la mejor manera que se podía se les iba mandando 
a los hospitales de Iquique y de Pisagua. Bajo 
la enérgica dirección del general Baquedano, soste- 
nido por la presencia y la autoridad del ministro de 
la guerra, don Rafael Sotomayor, que desde el prin- 
cipio de la campaña presidía todas las operaciones, 
el ejército proseguía obstinadamente su marcha a 
través del desierto, los precipicios y las hondonadas, 
abriéndose camino por las arenas y demorando cer- 
ca de un mes en franquear las 30 leguas que lo separa- 
ban de Tacna. Durante este tiempo, la caballería 
chilena, haciendo activos reconocimientos, explo- 
raba el camino y rechazaba delante de ella los pues- 
tos avanzados del ejército aliado. El diez de mayo, 
salía por fin del desierto el ejército chileno y se con- 
centraba en Buena Vista a algunas leguas de Tacna, 
en número de 13.372 combatientes sostenidos por 
40 cañones Krupp servidos por 550 artilleros; la 
caballería, admirablemente montada, constaba de 



— 91 — 

1,200 hombres. Por otra parte una división de 
2,000 hombres ocupaba, a la espalda, los puestos 
de Hospicio y de Pacocha. 

Los chilenos acamparon por algunos días^ en Bue- 
na Vista para reponerse de sus fatigas; allí el agua 
era buena y abundaba el forraje y había aire salu- 
dable. Se dio fin a los últimos preparativos y el es- 
tado mayor dispuso su plan de ataque. Fué preci- 
samente en medio de estos trabajos cuando un 
ataque de aplopegía fulminante derribó al ministro 
de la guerra. Agotado por las fatigas y las inquie- 
tudes de aquella peligrosa marcha, don Rafael So- 
tomayor murió en el momento mismo en que se iba 
a decidir la suerte de la campaña. El la había pre- 
parado cuidadosamente; gracias a su enérgico im- 
pulso y a su inquebrantable energía había triunfado 
el ejército chileno de las dificultades que le oponía 
la naturaleza; concentrado en Buena Vista iba a 
medirse con el enemigo y a librar en Tacna una ba- 
talla decisiva. La muerte le arrebató en el momen- 
to en que iba a coger el fruto de sus esfuerzos. 

Por su parte, el general Campero no estaba inac- 
tivo. Desde el siguiente día de su llegada al campa- 
mento de Tacna, había sido convocado el consejo 
de guerra aliado. Camacho y Montero expusieron 
sus planes. Como podía preverse, el general en jefe 
dio su asentimiento al de Camacho. Este consistía 
en salir al encuentro del ejército chileno, esperarle 
a la salida d.el desierto, aprovechar el desorden que 
la ruda marcha habría introducido en sus filas, el 
agotamiento de sus hombres y su caballería, y 
rechazarlo de nuevo al desierto donde, vencido, 
sucumbiría íntegro. 

Este plan era arriesgado, pero ofrecía en cambio 
ventajas considerables. Para que resultase, había 
que llevar el ejército aliado a Buena \^ista, ocupar- 



— 92 — 

la y fortificarse allí antes de que llegasen los chi- 
lenos, a los que se atacaría en el momento en que, 
ya a la vista de Buena Vista, creyesen ellos habían 
terminado sus penurias. Después de una marcha 
de varios días por el desierto, los hombres y los ani- 
males excitados apresuraron el paso para apagar 
su sed y descansar. Fué una especie de desbandada 
que los oficiales fueron impotentes para reprimir. 
Cada uno se apresuraba para llegar primero al 
oasis. Atacado vigorosamente en estas condiciones 
por tropas de refresco y descansadas, el ejército chi- 
leno podía ser rechazado al desierto en completo 
desorden y allí, agotadas sus provisiones de agua, 
se vería impotente para sostenerse. 

Campero dio orden al ejército aliado de avanzar; 
pero había sido tal la impericia del comando en jefe 
que no se pudo avanzar más que una sola jornada 
de marcha desde Tacna. Todo hacía falta, furgones, 
animales, material. A legua y media de Tacna hubo 
que hacer alto. «Estamos, decía el general Campero, 
en su comunicado oficial, desprovistos de todos 
los medios de transporte, debido a la negligencia 
de una mala administración. No hemos podido traer 
con nosotros los víveres y el agua indispensable para 
la subsistencia de un ejército en el desierto en que 
todo falta. La misma artillería no pudo salir de Tac- 
na. Me he convencido, pues, plenamente de que el 
ejército aliado está condenado a esperar al enemigo 
en sus posiciones, sin poder salir a su encuentro». 

El ejército tuvo que entrar en su campamento 
de Tacna y Campero se preparó a recibir el ataque 
de los chilenos. 

El terreno era favorable para la defensa. Tacna 
está rodeada de colinas áridas cuyo suelo movedi- 
zo y arenoso hace sumamente difícil la ascensión 
a la ciudad desde cuyas alturas se podian desafiar 



— os- 
las cargas de la caballería chilena, cuya superioridad 
bien conocían los aliados. El general Campero escogió 
para instalar su campamento una planicie elevada que 
dominaba la llanura. ''Una vez allí, dice él en su 
parte oñcial sobre la batalla de Tacna, yo me con- 
sideré seguro, convencido de que ocupaba un punto 
estratégico de primer orden, una planicie rodeada 
por ima especie de reborde que bajaba hasta la lla- 
nura en forma de glacis. Por detrás, la configuración 
del terreno era la misma. Por ambos costados do- 
minábamos la llanura. Nuestros flancos estaban pro- 
tegidos por repliegues del terreno que cercaban 
la planicie. Nuestro campamento cubría Tacna, 
cuya ocupación defendía. El único inconveniente 
grave de la posición escogida era la falta de agua y 
de víveres, pero salvé esta dificultad haciendo traer 
a toda costa desde Tacna todo cuanto era necesa- 
rio para el ejército: agua, víveres, carbón, etc., y 
esperé al enemigo". 

Este iba acercándose. El 22 de Mayo un serio re- 
conocimiiento chileno llegó hasta ponerse al alcance 
de los cañones del campamento aliado. El coronel 
Velázquez, jefe del Estado Mayor chileno, iba al 
frente de esta columna de reconocimiento. Con un 
cuidado extremado examinó las posiciones del cam- 
pamento y se trabó en un simulacro de combate 
para cerciorarse del alcance de tiro de la artillería 
peruana. Se volvió después en el convencimiento 
de que los aliados se mantendrían a la defensiva. 
El 25 de Mayo amenazaba al ejército chileno un 
movimiento de avanzada, a dos leguas de Tacna; 
rechazados sus exploradores en todas direcciones, 
fueron a chocar con los puestos de avanzada perua- 
nos, que se replegaron sobre el campamento. El día 
26 por la mañana se desplegaban las columnas chi- 
lenas llegando al límite extremo de tiro de las ba- 



-.94 — 

terías peruanas, descubierto por el coronel Veláz- 
quez. 

El general Baquedano había resuelto atacar de 
frente. Contaba para el caso con la superioridad 
de su artillería, pero los rebordes de arenosos le ocul- 
taban las líneas y la artillería enemiga; sus obuses 
describían una curva e iban a estallar detrás del 
campamento. "Una onza de oro perdida", excla- 
maba a cada disparo el general boliviano Pérez, 
aludiendo al precio que costaba cada carga de un 
obús. 

Viendo la inutilidad de su artillería, ordenó el 
general Baquedano hacer más lento el fuego y deci- 
dió mandar sus *^ tropas al asalto. Tres divisiones 
de 2,000 hombres cada una avanzaron; otra divi- 
sión, que quedaba a la retaguardia, constituía la 
primera reserva y debía dirigirse al punto en que. 
fuese más necesario su concurso; esta división de 
reserva estaba a su vez apoyada por una segunda 
reserva que se utilizaría en último recurso. 

A mediodía se esparramaron las columnas y se 
abrió el fuego en toda la línea. Fué tal la impetuo- 
sidad del ataque chileno que las primeras líneas 
aliadas, no pudiendo resistir el empuje, se reple- 
plegaron en desorden y el pánico comenzó a esta- 
llar entre sus filas. 

Campero ordenó a los batallones que estaban a 
la retaguradia que hiciesen fuego sobre los fugitivos. 
En seguida, poniéndose a su cabeza, les obligó a avan- 
zar de nuevo, rechazó el empuje de las columnas 
chilenas y las obligó a retroceder al glacis. En vano 
trataron de reunir a los fugitivos dos batallones 
chilenos que les seguían; anonadados estos tam- 
bién por el fuego del enemigo, que coronaba las 
crestas, se replegaron y retrocedieron. Baquedano se 
dio inmediatamente cuenta del peligro e hizo avan- 



i 



— 95 — 

zar su primera reserva que escaló las pendientes 
a paso de carga. Trabóse la lucha cuerpo a cuerpo, 
se acercaron los cañones y las ametralladoras, ha- 
ciendo descargas cerradas a corta distancia. Cam- 
pero sostenía vigorosamente este nuevo ataque en 
que se disputaba el terreno palmo a palmo, pero 
la tenacidad de los chilenos se iba apoderando del 
campo. Poco a poco rechazan a sus adversarios, que 
combaten al descubierto y que destruyen las ba- 
terías lírupp extinguiendo el fuego de su artillería. 
A las dos de la tarde cedía ya el ejército aliado, y 
la infantería chilena se apoderaba de las alturas. 
Baquedano hace avanzar su segunda reserva, cuya 
sola presencia siembra el desaliento en los últimos 
combatientes, reunidos en torno a Campero. A las 
tres, vencido ya el ejército aliado, se repliega so- 
bre Tacna ; Campero quiere tentar el último esfuerzo 
desde allí, pero este esfuerzo sobrepuja las fuerzas 
de sus tropas. Los peruanos se baten en retirada 
bajo las órdenes de Montero y se dirigen sobre Pu- 
no. Campero, a la cabeza de los restos del ejército 
boliviano, toma el camino de La Paz. 

La batalla de Tacna costó a los aliados 2.800 hom- 
bres de sus mejores tropas y 2,500 prisioneros, en- 
tre ellos un general, diez coroneles, y un número 
considerable de oficiales. Los chilenos dejaban so- 
bre el campo la cuarta parte de sus efectivos que ha- 
bían tomado parte en el combate, o sea 2,128 hom- 
bres, entre ellos 23 oficiales muertos. Al día siguien- 
te, el ejército chileno, victorioso, ocupaba Tacna. 
Estaba en su poder todo el sur del Perú desde Mo- 
quegua. Arica, amenazado;-no podía resistir el ata- 
que combinado de la armada y del ejército. El 7 
de Junio capitulaba. Chile, vencedor en tierra y en 
el mar, iba a dirigir sobre Lima sus batallones vic- 
toriosos, tratando esta vez de asestar a su enemi- 
go un golpe en pleno corazón. 



— 96 



III 



Bloqueo del Callao. — Expedición de Lynch. — 
Campaña de Lima. — Batalla de Chorrillos. 
— Batalla de Miraflores. — Caída de Lima. 
— Incendio de la flota peruana. — Negocia- 
ciones de paz. 

Victorioso por mar y por tierra, dueño de Iquique 
y del Océano, Chile acababa de aplastar en Tacna 
y Arica al ejército peruano, cuyos restos se reple- 
gaban en desorden sobre Arequipa. En Lima no 
encontró la primera nueva de estos desastres más 
que incrédulos. No podía admitirse que un ejérci- 
to atrincherado en una posición aparentemente 
inexpugnable, parapetado detrás de fortificaciones 
herizadas de artillería, hubiese caído al choque 
de tropas agotadas por una marcha de más de 
tres meses por desiertos arenosos, diezmadas por 
las fiebres, obligadas a transportar sus víveres y 
el agua y a arrastrar ella misma su artillería. No 
se creía ni en tanta audacia ni en tanta fortuna. 
Pero fué necesario ceder a la evidencia. 

La opinión pública, confiada en los éxitos que anun- 
ciaba la prensa, dócil instrumento del dictador 
Piérola, se mostraba tanto más irritada cuanto 
mayor había sido el engaño. El gobierno se esforza- 
ba por desviar las iras populares hacia el almirante 
Montero al que declaraba responsable de los desas- 
tres sufridos. Era preciso buscar un culpable de 
las faltas de unos, la impericia de otros y la cegue- 
dad de todos. Y se lanzó al populacho el nombre 
del almirante. Montero. Por sus relaciones y por su 
familia, pertenecía a las clases aristocráticas y aun 
cuando el mando supremo del ejército de operacio- 



— 97 — 

nes estaba en manos del generaal boliviano Campero 
y aunque Montero había cumplido con su deber, 
a la cabeza de las tropas peruanas, se le denimció 
abiertamente a la vindicta pública. Impresionados 
por el peligro que le amenazaba, y amenazados 
ellos mismos con él, sus amigos y partidarios pro- 
testaron de estas acusaciones, echando la respon- 
sabilidad de las faltas cometidas sobre el gobierno 
y reclamando una encuesta. Piérola comprendió 
que había ido demasiado lejos, que los partidarios 
de Montero podían en un momento dado agregarse 
a sus propios enemigos y precipitar su caída; 
que Montero tenía todavía en el país y en el ejército 
una influencia con la que había necesariamente que 
contar. La prensa de que disponía el dictador cesó 
de repente de atacar a Montero y el dictador publi- 
có una proclama en la que atribuía los reveses su- 
fridos a la impaciente bravura de los ejércitos alia- 
dos, la que no les había permitido esperar, decía él, 
al abrigo de sus atrincheramientos el ataque de 
los chilenos, y les había impulsado a presentar com- 
bate en condiciones desfavorables. 

A juzgar por lo que aseveraba Piérola, estos éxi- 
tos estériles no podían conducir al ejército chileno 
sino a su pérdida, viéndose en país enemigo, impo- 
tentes para llenar los huecos que las enfermedades 
y las batallas hacían en sus filas. ''En cuanto a 
nosotros, agregaba, estamos más fuertes y más 
resueltos que nimca. Mi deber es mantener nues- 
tros derechos sin vacilaciones y sin desfallecimientos 
y sabré cumplir con él. Seis millones de hombres 
me sostienen». 

La impresión y la situación en Bolivia era muy 
distinta. Desde el 29 de Mayo había llegado a La 
Paz el rumor de que los ejércitos aliados de Bolivia 
y el Perú habían sido derrotados en Tacna. Al día 

G. del P.— 7 



98 



siguiente se recibió el parte oficial del general Cam- 
pero. No contenía más que breves palabras escritas 
apresuradamente en un campamento improvisado 
y en medio de las tropas desbandadas. 

**Ayer, decía, a dos leguas de Tacna ha sido de- 
rrotado el ejército aliado puesto bajo mis órdenes, 
después de un encarnizado combate de más de tres 
horas". Terminaba aceptando la responsabilidad 
de sus actos y declarando que se sometía al juicio 
de la convención nacional. Esta se mantuvo a la 
altura de los acontecimientos y de su cometido. 
Reunida el mismo día, escuchó en silencio la lec- 
tura del despacho, confirmó por cuarenta y seis 
votos de sesenta y cuatro al general vencido en su 
cargo de Presidente de la República de Bolivia y 
despachó una comisión de tres miembros para que 
lo pusiera en su conocimiento y le invitase a volver 
a La Paz. 

El diez de Junio entró^Campero en la capital, 
donde se acogió con respeto al general vencido y 
a los restos de su ejército. 

Ni Campero, desengañado por su derrota, ni los 
estadistas bolivianos se hacían ilusiones acerca de 
los brillantes desquites que el Perú esperaba tomar, 
ni cerca de las interesadas excitaciones que les lle- 
gaban de Lima. Veían bien que Bolivia estaba 
agotada, al cabo, de sus fuerzas y sus sacrificios. 
País pobre como era, no podía seguir en la lucha 
que la impericia de Daza había suscitado. Por otra 
parte, se corría el riesgo de que se sublevase el po- 
pulacho y de exponerse a la hostilidad del gobierno 
peruano negociando con Chile, bajo el golpe de las 
humillantes derrotas sufridas, una paz separada. 
Campero y sus ministros acordaron el plan siguiente : 
mantenerse a la expectativa y remonciar a la defen- 
jsa del litoral ocupado por los ejércitos victoriosos 



— 99 — 

de Chile; en caso de invasión, transportar la sede 
del gobierno al interior de las sierras por. donde el 
enemigo no podría avanzar sino alejándose de sus 
naves de guerra, su base de aprovisionamiento, 
y exponiéndose a ver cortada su retirada en el de- 
sierto. 

Esto era, por lo que tocaba a Bolivia, el fin de la 
guerra. Quedaba sólo el Perú para sostenerla. 

En Chile, fué acogida la nueva de las victorias 
de Tacna y Arica con un entusiasmo tanto mayor 
cuanto que sucesos tan descollantes hacían presa- 
giar una paz próxima y gloriosa. No se podía creer 
que. el Perú persistiese en una lucha desastrosa; 
no se daban cuenta exacta de la situación y de la 
sobreexcitación de los espíritus en Lima, de la nece- 
sidad en que estaba Piérola de proseguir la guerra 
o de abdicar el poder, de la repugnancia de un pue- 
blo va;liente a confesarse impotente y a aceptar una 
paz después de aplastantes derrotas. 

La proclamación del dictador peruano, las me- 
didas tomadas por éste en vista de una guerra for- 
zosa, su repulsión a negociar, disiparon bien pronto 
las dudas, al respecto. Era a Lima a la que había 
que imponer la paz; era Lima contra la que había 
que marchar. Se entraba en una nueva fase de la 
guerra. La muerte de don Rafael Sotomayor, mi- 
nistro de la guerra, dejaba una plaza vacante en el 
consejo. El consejo mismo estaba dividido; algunos 
de sus miembros afirmaban que ya se había hecho 
bastante y que era prudente no tentar la fortuna 
y no exigir al país nuevos sacrificios de hombres y 
dinero. Se había conquistado todo el sur del Perú. 
Chile era dueño del desierto de Atacama, de los 
territorios disputados; el éxito sobrepujaba sus es- 
peranzas. Apoderarse del Callao, considerado inex- 
pugnable, tomar a Lima en un asalto, afrontar una 



— 100 — 

campaña larga y difícil y exponerse a un choque 
que pudiera convertirse en desastre y desbaratar 
los resultados adquiridos, no era, según ellos, la 
obra de una política sabia ni de una hábil estrate- 
gia. 

Los otros por el contrario estimaban que nada se 
había hecho mientras quedase algo por hacer, y 
que si los éxitos de Chile bastaban para su gloria, 
ni eran suñcientes para asegurar sus conquistas 
por el presente ni su consolidación en el porvenir. 
Negándose el Perú a tratar la paz, no cabía otro 
medio de dominarlo que obligándole a sostener la 
lucha, abatiendo su orgullo y consagrando con un 
supremo esfuerzo los resultados obtenidos. 

En el parlamento, en la prensa, en las reuniones 
púb icas se pronunciaba la opinión en este sentido 
con tal energía que el Presidente Pinto no dudó 
mxás. El gabinete entero había presentado su dimi- 
sión para dejar al Presidente en libertad de rodearse 
de hombres nuevos. Don José Francisco Vergara, 
partidario decidido de una marcha sobre Lima, fué 
nombrado ministro de la guerra; don Manuel Ba- 
quedano, general de división, fué encargado del 
comando supremo del ejército. 

El ejército había experimentado grandes pérdi- 
das; más de doce mil hombres habían sucumbido 
sobre el campo de batalla; se cubrieron las bajas 
de las filas en los regimientos de línea suprimiendo 
las guarniciones de los puestos fronterizos de la 
Araucanía y se crearon nuevos batallones de la 
guardia nacional movilizada y de voluntarios re- 
clutados. Las tropas quedaron escalonadas en tal 
fomia que quedasen al norte las más aguerridas y 
las más novicias ocupasen los puertos del litoral. 
La marina recibió un complemento de hombres y 
armamento con la compra de nuevos transportes. 



— 101 — 

Cada navio de los que la componían pasaba al 
dique flotante de Valparaíso para limpiar allí su 
carena y sufrir las reparaciones necesarias. 

No se podía en efecto pensar en apoderarse de 
Lima sin bloquear el Callao. Este puerto militar, 
el primero del Pacífico, cuenta con una población 
de cerca de cuarenta mil habitantes y forma uno 
de los barrios de Lima, a la que está ligado por dos 
caminos de hierro. La naturaleza ha construido 
aquí una fortaleza natural a la que los reyes de Es- 
paña habían agregado a fuerza de costosísimos 
gastos fortificaciones formidables. 

Herizado de baterías modernas abundantemente 
provistas de municiones, el puerto del Callao abri- 
gaba además dentro de sí los restos de la flota pe- 
ruana y podía desafiar los esfuerzos de toda la es- 
cuadra chilena. No se podía pensar en apoderarse 
del Callao sino tras una terrible lucha y para apo- 
derarse de Lima era preciso antes apoderarse del 
Callao. Había pues, que atacar por detrás y por el 
interior esta posición tanto más temible cuanto que 
las dos plazas se prestaban mutuo apoyo y que 
del Callao se podía transportar a Lima en veinte 
minutos la artillería, las municiones, y los hombres 
necesarios para repeler un ataque y duplicar el es- 
fuerzo de la defensa. 

Mientras el puerto del Callao permaneciese abier- 
to, el Perú podía aprovisionarse del exterior. A 
una orden del gobierno chileno, el contraalmirante 
Riveros, a la cabeza de una división compuesta de 
la fragata acorazada ''Blanco Encalada", del mo- 
nitor ''Huáscar", de la corbeta "O'Higgins", de 
dos cruceros y de diez torpederas, estableció el 
bloqueo y fué a invitar a los barcos neutrales a aban- 
donar el puerto. Sus instrucciones eran evitar to- 
do encuentro serio con los fuertes, cortar las comu- 



— 102 — 

nicaciones por mar y aprovechar todas las ocasio- 
nes favorables para el tiro de sus cañones de largo 
alcance. Abrió el fuego el 22 de Abril y^ pudo con- 
vencerse que sus balas alcanzaban la dársena del 
Callao sin que sus barcos estuviesen en peligro. 
Logró hasta bombardear la vía férrea que une el 
Callao a Lima y en un corto trecho sigue la línea 
de la playa antes de alejarse hacia el Este. 

Impotentes para mantener a distancia la escua- 
dra por el tiro de sus baterías, los peruanos recurrie- 
ron a sus torpederas. El seis de Julio el crucero 
chileno 'Toa" abordó dentro de la bahía una cha- 
lupa cargada de víveres la que remolcó cerca de 
su bordo. Mientras se procedía a descargarla, se 
oyó una explosión formidable y la chalupa estalló 
en mil pedazos y el «Loa» con una gran 
abertura en sus flancos, se fué a pique hun- 
diendo consigo a la tripulación. Perecieron el co- 
mandante, tres oficiales y más de cien marineros. 
La chalupa contenía una caja de dinamita oculta 
entre las provisiones, cuyo peso m^antenía en ten- 
sión el resorte de percusión. EL 13 de Septiembre 
la corbeta Covadonga daba caza en Chancay, 
a 30 kilómetros al norte del Callao, a dos embarca- 
ciones peruanas. Una de ellas, tocada por una bala, 
acababa de zozobrar; sólo flotaba una pequeña 
canoa. Antes de apoderarse de ella mandó el co- 
mandante a registrarla; im examen meticuloso no 
revela nada de particular. La canoa es remolcada 
cerca d,e la corbeta y se da la orden de izarla a 
bordo. Se aprestan los aparejos, "a canoa se eleva 
lentamente, cuando de repente un choque espan- 
toso se lleva la proa de la corbeta que naufraga. 
En esta catástrofe perecieron treinta y cinco hom- 
bres. 

Exasperados por estas pérdidas los navios chi- 



i 



— 103 — 

leños, impotentes para causar serios perjuicios al 
Callao, bombardearon sucesivamente Chorrillos, An- 
cón y Chancay, pequeños puertos vecinos al Callao, 
balnearios frecuentados en el verano por ricos co- 
merciantes de Lima, pero estas represalias no po- 
dían dar resultados serios. Excitaban sin embargo 
la opinión pública de Lima, donde el dictador Piérola 
decretaba la organización de un ejército de reserva, 
la leva en masa de la población y anunciaba en en- 
fáticas y apasionadas proclamas que los chilenos 
encontrarían su tumba en los muros de la capital. 
El entusiasmo era tal que el arzobispo de Lima puso 
a disposición del gobierno los tesoros de sus iglesias, 
e invitaba a las damas peruanas a despojarse de 
sus joyas por la defensa -de la patria 

Inactivas hasta entonces las potencias neutrales, 
comenzaban a preocuparse de la prolongación de 
una lucha que ponía en peligíp grandes intereses, 
comerciales para unos, políticos para otros. Si los 
gobiernos inglés y francés se inquietaban ^por los 
riesgos que corrían sus connacionales establecidos 
en el Perú, el gobierno de Estados Unidos veía con 
cierta aprensión los éxitos de Chile, la conquista 
de' sur del Perú y la extensión en la Am.érica del 
Sur de una potencia marítim.a y militar que se reve- 
laba de repente con éxitos aplastantes y podía as- 
pirar un día a agrupar en tomo de ella o a someter 
a sus leyes otras repúblicas independientes, dividi- 
das entre ellas e inconscientes de la fuerza que les 
daría la unión. Lo que no habían podido conseguir 
el ejército y la armada peruanos, detener la marcha 
victoriosa y la suerte temible de Chile, talvez lo 
conseguiría la diplomacia; al menos había que in- 
tentarlo. Una intervención colectiva de las potencias 
neutrales requería conversaciones, tiempo, y no 
había que perderlo en el estado en que estaban las 



— 104 — 

cosas. Al principio de la guerra, Gran Bretaña 
había ofrecido su mediación al Perú, que confiando 
en el éxito, la había desechado. El gabinete de Wa- 
shington se decidió por lo tanto a obrar solo, y por 
intermedio de Mr. Thomas Osbom, ministro ple- 
nipotenciario en Chile, hizo ofrecimientos en Val- 
paraíso, en Lima y en Bolivia para negociar la paz. 

Se aceptó este ofrecimiento. Por una y otra parte 
se quería congratularse con la opinión pública y 
la buena voluntad de las potencias neutrales, so- 
bre todo la de Estados Unidos; pero Chile, victorio- 
so entendió que no debía abandonar sus pretensio- 
nes y el Perú, excitado y confiando en un éxito pró- 
ximo, estaban resueltos a no firmar un tratado de 
paz que habría consagrado su fracaso. En estas 
condiciones desfavorables se abrieron las conferen- 
cias a bordo de la corbeta de los Estados Unidos 
"Lackawana" en la rada de Arica el 22 de octubre 
de 1880. 

El Perú estaba representado por don Aurelio 
García y García y don Antonio Arenas; Chile por 
su ministro de la guerra el señor Vergara, el señor 
Altamirano y don Ensebio Lillo; Bolivia por don 
Mariano Baptista y don Juan Carrillo. El mi- 
nistro de los Estados Unidos Mr. Osbom presi- 
día la conferencia. Los plenipotenciarios chilenos 
expusieron las exigencias de su Gobierno y las con- 
diciones en que estaban autorizados para negociar 
la paz. Chile reclamaba: L° La cesión del territorio 
peruano y boliviano hasta el grado 19 norte (cien 
leguas de costa); una indemnización de guerra de 
20 millones de piastras (100 millones de francos); 
3.° La restitución de las propiedades confiscadas 
a los chilenos; 4.° La restitución del *'Rimac" apre- 
sado en el mar por el ''Huáscar"; 5.° La anulación 
de la alianza ofensivo-defensiva del Perú y Bolivia; 



— 105 — 

6.° La ocupación por las fuerzas chilenas de Moque- 
gua, Tacna y Arica hasta la completa ejecución del 
tratado propuesto, y 7° La destrucción de las for- 
tificaciones de Arica con el compromiso de no vol- 
verlas a erigir. 

Los p enipotenciarios peruanos dijeron que ellos 
no podían entablar ninguna negociación sobre la 
base de cesiones territoriales y que su gobierno 
prefería correr e albur de la guerra. Se separaron 
para proseguir las negociaciones posteriormente. 

En Chile como en el Perú se sentía que había so- 
nado la hora decisiva. Al llegar las noticias de la 
ruptura de las conferencias, se decidió la marcha 
sobre Lima; no había por qué retroceder, se preparó 
con actividad sin dejar por eso de comprender las 
dificultades que presentaría. Transportar hasta el 
pie de los muros de Lim.a, a través de un país ene- 
migo, un ejército de 25 a 30 mil hombres bien ar- 
mados y equipados, provistos de una numerosa 
artillería; ocupar con fuertes contingentes Tacna, 
Arica y Tarapacá, crear un segundo ejército de 
reserva para cubrir las bajas inevitables; mantener el 
bloqueo del Callao y tener con este objeto inmobiliza- 
da una parte de la escuadra tan necesaria para los in- 
mensos transportes de toda naturaleza que se necesi- 
taban en esta campaña difícil, he aquí el problema 
que se impusieron el Estado Mayor chileno y el minis- 
tro de la guerra. Este último, establecido en Tacna, re- 
cibía las tropas que los buques prestados, comprados y 
fletados conducían incesantemente de Valparaíso y 
desembarcaban en Arica, donde era tal el embara- 
zo que amenazaban faltar los víveres frescos fyf el 
forraje. 

Tacna, donde se había ganado la última batalla 
por el ejército chileno, está situada más de 300 le- 
guas al norte de Valparaíso, a cerca de 200 del 



— 106-« 

Callao y a escasa distancia del pueblo de Arica 
El agua es allí abundante, las llanuras fértiles y 
bien cultivadas, el país rico. El gobierno chileno es- 
tableció aquí su base de operaciones para la campaña 
que preparaba. Su plan era intentar un desembarque 
al sur del Callao molestando continuamente al ejér- 
cito peruano con una desviación al norte de esta 
ciudad. Con este designio se resolvió ocupar prime- 
ro Pisco, sobre la costa, alrededor de cincuenta 
leguas de Lima al sur; había la seguridad de encontrar 
allí buenos recursos y un acantonamiento confortable, 
El 15 de Noviembre de 1880 se embarcaba en Arica 
una primera división de 8.400 hombres y el 19 por 
la mañana entraba, sin disparar un solo tiro, en 
Pisco. El 30 llegaba la primera brigada de la segunda 
división . 

Excelente como punto de aprovisionamiento sobre 
estas costas en que tanto escasea el agua potable y 
donde las zonas arenosas sólo tienen a largas dis- 
tancias algunos raros pozos y oasis de verdura y 
de cultivo, Pisco estaba aún demasiado lejos de 
Lima para servir de punto de partida a un ataque 
por tierra. Había que acercarse. El puerto de Ancón 
a 35 kilómtros al norte del Callao o el de Chilca a 
70 kilómetros al sur, ofrecían buenas condiciones 
para acampar. Se resolvió ocupar este último. 
Sin embargo para distraer la atención de los perua- 
nos del verdadero objetivo del Estado Mayor chi- 
leno y para hacerles creer que el ejército chileno se 
proponía ocupar las provincias al norte de Lima, 
intentando por esta parte el ataque de la capital, 
el general en jefe decidió el embarque de una colum- 
na expedicionaria bajo las órdenes del coronel 
Linch con destino a Chimbóte. 

Llevaba instrucciones de ocupar Chimbóte de 
modo que hiciera suponer un desembarque inmi- 



— 107 — 

nente del ejército, del que la columna de Lynch 
no sería más que la avanzada, marchar desde allí 
sobre las ricas provincias de Libertad, Ancachs y 
Lambayeque y dispersar los cuerpos en formación 
reclutados en estas provincias para reforzar el ejer- 
cito de defensa de Lima. De origen irlandés, entra- 
do muy joven al servicio de Chile, el coronel Lynch 
había ya servido en la campaña de 1838 contra la 
confederación del Perú y Bolivia. Después y bajo 
los auspicios de su país de adopción, había comple- 
tado su educación militar en la marina inglesa, 
había tomado parte en la guerra contra China y 
había llegado a Chile después de conquistar honro- 
samente el grado de teniente de navio de la marma 
británica. Oficial distinguido, de un valor incon- 
trastable junto con una sangre fría y una gran 
firmeza de carácter, había jugado un papel impor- 
tante en la guerra actual. Gobernador de Iquique 
después de la capitulación de esta importante plaza, 
se le había dado después el mando de la primera 
brigada. La expedición que se le había confiado 
podía encontrar dificultades serias; obligado a 
operar aisladamente, su responsabilidad era enorme, 
pero se le dejó en plena libertad de acción. 

La columna a sus órdenes constaba de 1,900 hom- 
bres de infantería, 400 de caballería, la artillería 
de montaña, una sección del cuerpo de ingenieros 
y una ambulancia completa: en total 2,500 hombres^ 
El 4 de Septiembre salió de Arica la expedición 
a bordo de dos grandes transportes escoltados por 
la corbeta de guerra "Chacabuco" apoyada por la 
corbeta "O'Higgins", y el día 10 desembarcaba 
el convoy en la rada de Chimbóte, a 50 leguas al 
norte del Callao. La plaza ocupada por una débil 
guarnición peruana no intentó resistir; sm un solo 
disparo se apoderaron los chilenos de la vía férrea 



— 108 — 

y del telégrafo y para no dejar a la guarnición en 
fuga el tiempo de agregarse a algún cuerpo en for- 
mación o de sembrar la alarma, el coronel Lynch, 
a la cabeza de 400 hombres, se dirigió hacia el inte- 
rior de las tierras llegando hasta los ricos dominios 
del Puente y de Palo Seco. Estas dos magníficas 
plantaciones de caña de azúcar pertenecían a don 
Dionisio Derteano, rico propietario, amago personal 
del dictador Piérola. Requerido el pago inmediato 
de una contribución de guerra de cien mil piastras 
(500,000 francos) el director de las plantaciones 
pidió tres días para consultar a Lima y procurarse 
el dinero. El coronel Lynch consintió, pero agregó 
que en caso de rehusar, destruiría las usinas. A la 
terminación del plazo, el director le comunicó im 
decreto del dictador Piérola, manifestando que to- 
do pago de dinero hecho al enemigo sería conside- 
rado y castigado como acto de alta traición y que 
todo dominio cuyo propietario hubiese cedido a las 
imposiciones de los invasores, sería confiscado en 
beneficio del Estado. 

Al recibo de esta comunicación, el coronel Lynch, 
decidido a romper toda resistencia, y a imponerse 
por el terror, dio orden de proceder a la obra de 
destrucción. Con ayuda de la pólvora y de la dina- 
mita hizo saltar las construcciones, fué destruida 
la vía férrea, incendiadas las cosechas, talados los 
árboles frutales; se confiscaron los caballos y las 
muías y se embarcó a bordo de los transportes todo 
aquello que se pudo encontrar de arroz, azúcar y 
víveres. Estas hermosas propiedades, cuyo valor 
pasaba de 10 millones de francos, fueron devastadas 
y los chinos que las cultivaban tuvieron que servir 
en el ejército chileno como guías y portadores. 

De vuelta a Chimbóte, el coronel Lynch hizo 
incendiar la aduana, la estación del ferrocarril y el 



— 109 — 

muelle, y se hizo a la vela para el puerto de Supe, 
donde se le había dicho que se habían desembarca- 
do armas y municiones. Allí confiscó, en efecto, 
trescientas cajas de cartuchos, que hizo saltar por 
carecer de medios de transportes, destruyó las plan- 
taciones de los alrededores y se volvió a hacer a la 
mar para apresar un vapor, cuyo arribo anunciaban 
ios despachos interceptados en Chimbóte, con un 
im.portante cargamento para el gobierno peruano. 
En efecto, el vapor llegaba el 18 de Septiem.bre, 
abordaba y capturaba el vapor ''Islay" que venía 
de Panam.á y traía a bordo 7.200,000 piastras en 
papel moneda del Perú. Después de esta importante 
captura, el coronel Lynch, subiendo hacia el norte, 
desembarcó en Paita, a la que impuso una fuerte 
contribución de guerra. Ante la negativa para efec- 
tuarla, prendió fuego a la aduana y a los edificios 
públicos. El 26 de septiembre corrió la misma suer- 
te Etén. 

Estos actos de terror paralizaron toda resistencia. 
Los destacamentos recorrieron sucesivamente la 
provincia de Lambayeque y la de Libertad recibien- 
do en ellas sin ninguna dificultad las contribuciones 
de guerra impuestas por el comandante de la colum- 
na expedicionaria. 

El 1.° de Noviembre atracaba en el puerto de 
Quilca el coronel Lynch y poco después en Pisco, 
donde estaba concentrado el ejército chileno. 

En menos de dos meses había recorrido, sin en- 
contrar resistencia seria, cerca de cien leguas de 
costa y había invadido las más ricas provincias del 
Perú sembrando por todas partes el terror y la rui- 
na; se llevó, en carácter de contribución de guerra, 
cerca de un millón de francos en m^oneda y más 
de 35 millones en papel moneda, grandes aprovi- 



— lio— 

sionamientos de azúcar, arroz y algodón, y todo esto 
sin haber perdido más de tres hombres. 

Esta expedición sin resultados reales desde el 
punto de vista estratégico, colmó la rabia y la exas- 
peración del Perú. Aquellas destrucciones sistemá- 
ticas y crueles provocaron las reclamaciones de los 
neutrales. 

Buen número de las plantaciones saqueadas es- 
taban en efecto regentadas o pertenecían a extran- 
jeros. La falta de resistencia a mano armada daba, 
a las medidas tomadas un carácter de exacción 
financiera lamentable. 

La guerra tiene sus necesidades crueles que la 
lucha excusa y que la victoria hace olvidar frecuen- 
temente; pero que la opinión pública primero y la 
historia después juzgan con merecida severidad. 
La campaña del coronel Lynch en la región norte 
del Perú no agregó nada a la gloria de Chile. Ante 
ciertos actos la humanidad se siente solidaria con 
los vencidos y los oprimidos. 

A fines de Noviembre, estaba reunido en Pisco 
todo el ejército chileno. Estaba decidido el embar- 
que para Chilca, pero podía ser peligroso dejar 
tras de sí, en manos del enemigo, 25 leguas de costa. 
Se aseguró que entre Pisco y Chilca sostenían la 
campaña varios cuerpos expedicionarios peruanos. 
Había pues que rechazarlos hacia el norte o disper- 
sarles al menos, para no verse expuestos a ser to- 
mados por la espalda. 

El comandante en jefe dio orden a la brigada 
Lynch, compuesta de tropas avezadas y endurecidas 
por marchas rápidas, de seguir por tierra la distan- 
cia que la armada iba a recorrer por mar y de tras- 
ladarse rápidamente de Pisco a Chilca, despejando 
el terreno a su paso. 

El 13 de Diciembre comenzaba esta brigada su 



— 111 — 

marcha de avance, marcha ruda y penosa a través 
del desierto, donde los hombres y las caballerías se 
enterraban en la arena, sin ruta trazada, y donde 
no se encontró más que una aguada, a medio ca- 
mino, a la sombra de una sola palmera. 

Al mismo tiempo se embarcaba en Arica el grueso 
del ejército y tomaba el comando del convoy el Ai- 
rante Riveros. Se componía de 28 grandes barcos 
escoltados por los acorazodos "Cochrane" y ''Blan- 
co Encalada". La corbeta ''Magallanes" explora- 
ba la ruta y cerraba la marcha el "Abtao". El con- 
voy se extendía en un largo de 10 millas y una 
anchura de 4, navegando a una velocidad regular 
de cinco millas por hora. Llevaba 16,000 hombres 
de tropa, las muías, la artillería, los víveres, el ma- 
terial y las municiones necesarias. El 21 de Diciem- 
bre atracaba convoy en el puerto de Chilca cuidado- 
samente dragado por las cañoneras chilenas para 
asegurarse de que no había torpedos. Un destaca- 
mento de caballería, desembarcado, exploró el puerto 
y sus alrededores; por ninguna parte se encontraron 
rastros de enemigos. Por su parte el almirante, reco- 
rriendo la costa a bordo del "Blanco Encalada", bus- 
có y encontró cinco millas al norte de Chilca la dár- 
sena de Carayaco donde resolvió desembarcar. 

Cuatro días duró la operación, que se efectuó sin 
contratiempos. Estaban a un día. de marcha de 
Lurín donde se encontraban las avanzadas del ejér- 
cito peruano que guarnecían a Lima. El 22 de Di- 
ciembre salían en reconocimiento 100 soldados de 
caballería y se informaban de la presencia en Lurín 
de los destacamentos enemigos. No había que de- 
jar a los peruanos tiempo para concentrar sus 
fuerzas más considerables sobre este punto impor- 
tante. Lurín no es más que un villorrio, pero el ria- 
chuelo que pasa por él era indispensable al ejérci- 



— 112 — 

to chileno. En este país es'tan difícil encontrar agua, 
que el arroyuelo más insignificante tiene una im- 
portancia excepcional estratégicamente hablando. 
En este preciso momento la brigada mandada por 
el coronel Lynch, que debía llegar a Chilca, había 
sido detenida en su marcha por un enemigo invisi- 
ble que la hostilizaba incesantemente sin presentar 
nunca combate, pero más aún por la necesidad de 
aumentar la provisión de agua, ya que era tal la 
escasez que hombres y bestias se disputaban fre- 
cuentemente unas gotas de pozas salobres. Los 
aparatos destiladores a bordo funcionaban sin cesar, 
pero estaban lejos de dar abasto a las necesidades 
de todo un ejército y si las tropas chilenas hubieran 
encontrado en Lurín una resistencia seria su situa- 
ción se habría hecho sumamente crítica. Pero nada 
sucedió y el ejército chileno, rechazando as avanza- 
das peruanas ocupó Lurín sin combatir, con gran 
júbilo del campamento en el que soldados y oficia- 
les estaban con el temor de que faltase el agua. 

El 25 y el 26 llegó la brigada de Lynch después 
de una ruda prueba, habiendo caminado 180 ki- 
lómetros por la arena y el polvo. A cada hora había 
sido preciso dar un cuarto de hora de descanso a 
las tropas rendidas de cansancio; la marcha se había 
efectuado de noche. La brigada había perdido po- 
cos hombres en los combates que había tenido que 
librar, pero la mayor parte de los soldados camina- 
ban a pie desnudo y hacían llevar sus armas por un 
millar de chinos, fugitivos de las plantaciones, que 
seguían al ejército con la esperanza de saquear a 
Lima y ganarse algunos pesos prestando sus ser- 
vicios. 

El ejército reunido en Lurín se componía de un 
efectivo de 24 mil combatientes, sin contar los equi- 
pos de tren, las ambulancias y los chinos auxilia- 



— lia- 
res, cuyo número aumentaba por momentos y a los 
que se empleaba en trabajos de campamento para 
aliviar a los soldados. La primera división estaba 

las órdenes del general Lynch. La segimda estaba 
al mando del coronel de ingenieros señor Gana, 
que había tenido una actuación importante en 
las operaciones militares desde el principio de la 
guerra, de igual suerte que el coronel Pedro Lagos, 
jefe de la tercera brigada. La reserva estaba al 
mando de Martínez. Comandaba en jefe don Manuel 
Baquedano, en unión del ministro de la guerra don 
José Francisco Vergara. La artillería, a las órdenes 
del general Velásquez, se componía de cincuenta 
cañones de campaña y 27 de montaña cada uno 
con atalaje de 8 caballos. 

Acampado detrás de Lurín, el ejército chileno 
estaba frente a Lima, situada a 30 kilómetros al 
noroeste; el ala izquierda se inclinaba hacia el mar 
y estaba apoyada por la brigada Barboza, acampa- 
da cerca del viejo templo de Pachacamac; las avan- 
zadas instaladas al otro lado del río se encontraban 
a 6 kilómetros de la población. A la derecha se ex- 
tendían vastas llanuras arenosas, desprovistas de 
vegetación, sembradas por todas partes de colinas 
arenosas, de forma redondeada, llamadas cerros. 
A la izquierda la playa costeaba la mar bravia, 
golfo de enormes olas levantadas por el huracán y 
que azotando sin cesar la costa abrupta, habían 
corroído el suelo y formado profundos barrancos 
cerca de los cuales se levantaba la bonita ciudad 
de Chorrillos. Más allá el suelo formaba una pen- 
diente hasta la rica llanura del Rimac y la bahía del 
Callao. Al centro de esta llanura, Lima, situada a 
caballo sobre el Rimac, unida al mar por la plaza 
fuerte del Callao, extendía sobre las dos orillas sus 

G.delP.— 8 



~1U- 

suntuosos edificios, sus jardines, sus plazas públi- 
cas y sus monumentos. 

Defendía el acceso a Lima una doble línea de de- 
fensas. La primera a 12 kilómetros delante de la 
ciudad partía de Chorrillos y coronaba una cadena 
de cerros de los que el más elevado era el Morro 
Solar. Estas colinas enlazadas entre sí por un pa- 
rapeto de tierra estaban además protegidas por 
largos fosos y defensas delante de los cuales se habían 
cavado minas y sembrado bombas automáticas. 
Coronaban las alturas ciento veinte piezas de ar- 
tillería, cuyo fuego barría la llanura y las pendientes 
de acceso. Las murallas que rodeaban los jardines 
de los alrededores, las cercas, todo aquello que po- 
día prestar refugio al enemigo había sido nivelado. 
Esta primera línea de trincheras no medía menos de 
13 kilómetros, estaba ocupada por 22 mil comba- 
tientes y describía un semicírculo que permitía lle- 
var fácilmente las tropas del centro al punto prin- 
cipal de ataque. 

A 6 kilómetros detrás de esta primera línea y por 
consecuencia a medio camino entre ésta y Lima, 
se levantaba, cerca de Miraflores, la segunda línea 
de defensa, que medía alrededor de siete kilómetros 
de largo. Se la había utilizado para establecer mu- 
rallas de cerco de gran espesor, que separaban unas 
de otras las provincias rurales. 

Estas murallas almenadas servían de refugio a 
la infantería. Su acceso estaba defendido por lar- 
gos fosos llenos de agua y por reductos armados de 
setenta piezas de artillería. El ejército de reserva, 
compuesto de 10 mil hombres ocupaba este campo 
atrincherado, listo, según las circunstancias o a 
avanzar para defender las líneas de Chorrillos o a 
rehacer los batallones vencidos, en caso de derrota, 



i 



— 115 — 

y librar detrás de estas barreras una segunda ba- 
talla. 

En Lima la confianza era insuperable; no se ima- 
ginaba nadie que el ejército chileno pudiese atacar 
de frente posiciones tan terribles, exponiéndose a 
la descubierta a un fuego formidable. En semejantes 
circunstancias parecía una empresa imposible apo- 
derarse de Lima. ''Lima, se repetía constantemente, 
será la tumba de los chilenos". El 9 de Diciembre 
inauguró el dictador Piérola la ciudadela construida 
sobre el monte Cristóbal, en una gran fiesta militar 
en que el clero bendijo los estandartes del ejército 
y la espada del Presidente. Piérola pronunció en esta 
ocasión un discurso que entusiasmó hasta el delirio 
al pueblo y al ejército. ''Chile está loco, decía. 
Sueña ocupar la ciudad de Pizarro, la ciudad de 
los Titanes, para dictar desde aquí leyes al Perú y 
a la América del Sur. Quiere llegar a Lima; que ven- 
ga, que aquí recibirá el terrible castigo que merece 
su audacia". 

La confianza de los defensores de Lima parecía 
justificada y en el campamento había una com- 
pleta confianza sobre el resultado de la campaña. 
En el Estado mayor chileno estaban divididas las opi- 
niones. Atacar de frente y en descubierta las líneas de 
Chorrillos y Miraf lores era, en concepto de algunos 
de los jefes, una empresa peligrosa. En caso de fra- 
caso, no se podría retener a Lurín, habría que re- 
embarcarse, y un embarque bajo el fuego del ene- 
migo vencedor era cosa de temer verdaderamente. 
Aconsejaban estos diejar a la izquierda, sin atacarlas, 
las defensas de Chorrillos, llegar por la derecha has- 
ta la llanura del Rimac y atacar por retaguardia 
las líneas de defensa y la ciudad de Lima. Pero para 
esto era preciso franquear, en una marcha en que se 
corría el riesgo de ser atacados de flanco, extensas 



— 116 — 

llanuras arenosas por las cuales no avanzaba la 

artillería sino con enormes dificultades; se prescin- 
día además del concurso de ios buques de guerra, 
cuyas baterías cubrían el ala izquierda del ejército 
y si es cierto que se evitaban las líneas de Chorrillos 
se daba en cambio contra las fortalezas de San Bar- 
tolomé y de San Cristóbal, que cruzaban sus fuegos 
con las de Miraflores. Después de una viva discu- 
sión, el ministro de la guerra se decidió por el se- 
gundo plan, mientras el general en jefe se declaraba 
en favor de un ataque de frente sobre las líneas de 
Chorrillos, resultando por fin que este plan quedó 
adoptado por mayoría de votos. 

Al hacer prevalecer sus ideas, no se le ocultaba al 
general Baquedano que su plan de ataque, mucho 
más difícil, no se podría llevar a efecto sin grandes 
pérdidas, pero contaba con el empuje de sus tropas, 
su impaciencia por terminar la campaña y abando- 
nar un campamento agotado para encontrar en 
Lima el término de todas sus fatigas, los placeres y 
el botín de la victoria. Lima se les aparecía como la 
tierra prometida. En el campamento no se hablaba 
más que de sus riquezas inmensas, de su lujo, de 
sus palacios. 

Hacía meses que aquellos batallones, reclutados 
en su mayor parte entre los puntos fronterizos de 
la Araucanía, habituados a luchas sangrientas 
contra enemigos miserables, recorrían a marchas 
forzadas los desiertos del sur dei Perú o bien, amon- 
tonados a bordo de sus navios, atracaban a playas 
áridas en que todo faltaba. Hoy se desenvolvían 
ante ellos las ricas llanuras del Rimac, los inmensos 
naranjales, las villas elegantes, los campos hermosos, 
y finahnente Lima, la ciudad de Pizarro, la antigua 
ciudad de los Incas, donde mañana entrarían talvez 
ellos como señores y saciarían al mismo tiempo que 



— 117 — 

su cólera, todos los apetitos brutales sobreexcitados 
por dos meses de privaciones y de codicias impacien- 
tes. Estando tan cerca del fin, nada les importaba el 
peligro y solo aspiraban a entablar la lucha suprema. 

El 12 de Enero de 1881, a medio día, el general 
Baquedano pasó por última vez vez revista a sus tro- 
pas. ''Están a punto de concluir, les dijo, vuestras 
duras fatigas. Constreñidos hace dos años a la ruda 
disciplina de los campamentos, habéis sostenido la 
lucha, soportando las privaciones, las penosas mar- 
chas en que os torturaba la sed. Endurecidos en la 
fatiga, ya estáis prontos para la victoria . . . Aquí 
estáis bajo los muros de la capital del Perú. Os fal- 
ta el último golpe. Soldados victoriosos de Pisagua, 
de Tarapacá, de los Angeles, de Arica y de Tacna, 
adelante! . . . Detrás de esas trincheras encontraréis 
la victoria y el descanso y allá abajo, en Chile, os 
esperan la gloria y las aclamaciones de vuestros 
conciudadanos . . . Mañana, al alba, atacaréis al 
enemigo. Colocaréis vuestras bandera sobre las trin- 
cheras conquistadas, marcharéis a las órdenes de 
vuestro general en jefe, orgulloso de vosotros y que 
envía a la patria ausente el saludo del triunfo repi- 
tiendo con vosotros: "Viva Chile!!". 

En aquellos momentos en Lima se hacían las más 
extrañas ilusiones. Corría el rumor de que el ejérci- 
to chileno descorazonado, levantado contra sus je- 
fes impotentes para conducirlo al ataque de las 
líneas de Chorrillos, huía a la desbandada y se apo- 
deraba de los barcos para volver a Chile. Se citaba 
la opinión de un oficial extranjero, que después de 
recorrer las líneas de defensa, declaraba que para 
apoderarse de Lima se necesitarían al menos 80 
mil hombres de las mejoras tropas europeas. Se 
afirmaba, en fin, que dos divisiones chilenas, en 
plena retirada, huían hacia el sur. Lima acogía con 



— 118 — 

avidez estas noticias que tanto confirmaban sus 
esperanzas y los oficiales peruanos se irritaban por 
esta retirada ilusoria que les privaba de una victoria 
segura. 

A las cuatro y media de la mañana, maniobran- 
do con una táctica perfecta, se desplegaba el ejér- 
cito chileno en columnas, sobre las orillas de Lurín. 
A las cinco, la divisón de Lynch, de 7 mil hombres, 
se desparramaba por la línea de la playa y se di- 
rigía hacia Villa, una legua de Chorrillos. Formaba 
ésta el ala izquierda y se apoyaba en el mar. La se- 
gunda división, a las órdenes del general Sotomayor, 
siguió a lo largo de las arenosas llanuras de Manchay 
y se dirigió hacia la alta meseta de Mesa Tablada, 
situada al sureste de las trincheras enemigas a 
tiro de cañón. Entre las dos alas avanzaba la ter- 
cera división al mando del general Lagos. Tenía 
ésta órdenes de sostener la derecha de la segunda 
división y de detener al norte el ataque del ala iz- 
quierda peruana. La reserva y la caballería seguían 
a distancia. Se hacía la marcha de las columnas es- 
paciada para evitar a las tropas las molestias de las 
nubes de polvo que levantaban a su paso. Antes 
de levantar el campo y para mejor demostrar su 
resolución de no volver paso atrás, los soldados pren- 
dieron fuego a las chozas de follaje que por varias 
semanas les habían dado abrigo; por millares ex- 
plotaban los cartuchos abandonados, cubría la lla- 
nura un humo espeso y el fuego prendía en la yer- 
ba seca de los campos. Las mujeres que seguían al 
ejército, los enfermos y los equipajes, quedaron reu- 
nidos en la ribera custodiados por dos compañías. 
A las dos de la tarde no quedaba en las devastadas 
orillas de Lurín ni un resto del campamento; el 
ejército prosiguió su marcha silenciosa a través de las 



— 119 — 

llanuras arenosas iluminadas por los pálidos rayos 
de la luna. 

A media noche ocupaba el ejército las posiciones 
de ataque que le habían sido señaladas. Se acampó 
en lugar preciso. Después de una distribución de 
pan y agua, los soldados se acostaron sobre la arena 
en espera de la aurora y del combate. A las tres y 
media estaba el ejército en pie, pero una espesa nie- 
bla le ocultaba las líneas enemigas de las que sólo 
le sepraban cuatro kilómetros. 

A las cinco se había franqueado esta distancia; 
se disipa la niebla y las baterías peruanas de Villa 
cibrcn el fuego contra la primera división chilena, 
que avanza en línea de batalla detrás de sus tirado- 
res. El general Lynch da orden de hacer alto el fue- 
go y de no comenzar a disparar hasta un alcance 
de 40 metros. Los chilenos atacan resueltamente, es- 
calan las alturas, franquean los fosos y rechazan a 
los peruanos; pero estos no tardan en rehacerse. 
Detrás de estas colinas se levantaban otras cuyo 
fuego nutrido detenía el esfuerzo de los asaltantes. 
La segunda división chilena que debía atacar el 
centro del ejército peruano, detenida por las dificul- 
tades de su marcha, tarda en entrar en línea de 
combate. Piérola destaca una brigada del centro 
y la manda a sostener el esfuerzo de su ala izquierda. 
Queda detenido el empuje de la división Lynch, 
que apenas con grandes dificultades se mantiene 
en las primeras posiciones conquistadas, pero no 
puede avanzar. Su situación es comprometida. El 
general la hace apoyar con la reserva y manda a 
apresurar la llegada de la segunda división coman- 
dada por el teniente coronel don Arístides Martí- 
nez; lanzada la reserva a paso de carga llega a en- 
grosar las filas de los asaltantes ; los chilenos vuel- 
ven entonces a tomar la ofensiva; por un esfuerzo 



— 120 — 

lento y sostenido logran avanzar haciendo retroce- 
der al enemigo, en una lucha cuerpo a cuerpo. 
En dos horas de combate llegan a la cumbre de las 
alturas en los momentos en que su segunda división 
entra al fin en línea bajo las órdenes de don Francis- 
co Gana, arrolla a los peruanos, cerca el ala izquierda 
y envolviendo con una penosa marcha por un suelo 
cargado de bombas automáticas, los batallones 
enemigos, se une con los soldados victoriosos de 
Lynch. 

El ala izquierda y el centro del ejército peruano 
habían sido derrotados; sus restos se replegaban sin 
embargo en buen orden sobre Chorrillos. El general 
chileno lanza sobre ellos su caballería, cuyo irresisti- 
ble empuje acaba de dispersarlos y los sablea sin 
descanso. Bajo el galope de los caballos, bajo los 
pies de los fugitivos explotan las bombas automá- 
ticas disimuladas a ras del suelo, y al explotar oca- 
sionan tantas pérdidas a los peruanos como a los 
chilenos; pero no se reprime por esto el ímpetu de 
la caballería, por el contrario, se acrecienta su co- 
raje y se evita el tomar prisioneros. Los peruanos 
huyen en desorden hacia Chorrillos a donde llegan 
por fin protegidos por el fuego de las baterías del 
Morro Solar que detiene la persecución de los chi- 
lenos. 

A las nueve de la mañana, ocupaba el ejército chi- 
leno toda el ala izquierda de las trincheras peruanas; 
pero una división peruana a la derecha resistía to- 
dos sus ataques. Bajo las órdenes del ministro de la 
guerra señor Iglesias esta división ocupaba Chorri- 
llos y el Morro -Solar. Situada cerca de la playa, 
la pequeña ciudad de Chorrillos está unida con el 
Morro Solar, colina escarpada de 270 metros de 
altura, por una cadena de cerros arenosos de difícil 
acceso. Coronaban las cimas cinco reductos heriza- 



— 121 — 

dos de artillería. Reforzada por tropas frescas 
mandadas de Lima y por los restos de las columnas 
peruanas rechazadas de San Juan y de Villa, esta 
división desafiaba el ataque de los asaltantes. De- 
trás de ella la ciudad de Chorrillos, fuertemente 
ocupada, había sido convertida en plaza fuerte. 

Las bonitas villas de este lugar de recreo de sólidas 
construcciones de piedra rodeadas de jardines, ha- 
bían sido almenadas y fortificadas lo mismo que 
las estrechas calles de la ciudad. Los balcones y 
azoteas defendidos con sacos de tierra y colchones, 
repletos de tiradores hacían de cada casa una espe- 
cie de plaza fuerte; las escaleras cortadas, estorba- 
ban el acceso a los pisos superiores. Además, para 
llegar a Chorrillos había que apoderarse del Morro 
Solar cuyo nutrido fuego dominaba la llanura y la 
ciudad. 

Llevada de su empuje victorioso, la divisón Lynch, 
dueña de las líneas de San Juan vino a estrellarse 
contra estos obstáculos, pero la primera tentativa 
para apoderarse de ellos fracasó. Agotadas las tro- 
pas por una noche de marcha, y una lucha encarni- 
zada de cuatro horas, apenas si podían mantenerse 
en las posiciones conquistadas. El general Iglesias 
esperaba el ataque a pie firme. Dejó a los chilenos 
avanzar hasta que estuvieran al alcance de su bate- 
rías, que permanecían en silencio después de haber 
contenido el empuje de la caballería chilena; a una 
orden suya las cimas del Morro-Solar brillaron con 
el fuego de su artillería. Las granadas y las balas 
de las ametralladores caían en medio de las filas chi- 
lenas. La división Lynch vacila y se repliega. Los 
peruanos se dan cuenta de esta vacilación y empren- 
den de nuevo la ofensiva rechazando hacia as pen- 
dientes cubiertas de muertos y heridos al cuarto 
de línea y al regimiento de Atacama. El segundo 



— 122 — 

de línea se ve obligado a retroceder. En vano se es- 
fuerzan el general Lynch y su jefe de Estado Mayor 
en reunir sus tropas. A despecho de sus esfuerzos 
sobrehumanos hay que ceder. Lynch manda un 
aviso al general en jefe y pide refuerzos, retroce- 
diendo entonces con sus tropas diezmadas, para 
hacerles tomar un descanso bien caramente conquis- 
tado. Los soldados agotados, se tumban sobre la 
arena sin soltar sus armas y preparándose a un es- 
fuerzo supremo. El general chileno estaba resuelto 
a tentarlo. Sólo una victoria decisiva podía justi- 
ficar los enormes sacrificios de hombres que costaba 
a Chile esta lucha gloriosa, pero indecisa todavía. 
Por medio de un difícil movimiento, hace retroce- 
der su derecha y su centro victoriosos; los batallo- 
nes de su primera división rehechos y concentrados 
han sido además reforzados por la reserva bajo 
las órdenes de Martínez. El coronel don Pedro 
Lagos recibe orden de poner también en línea su 
brigada y llega inmediatamente. Lanzando resuel- 
tamente esta masa de combatientes que se une a la 
brigada Lynch, al asalto de las pendientes fortifica- 
das, da la orden de apoderarse de las cimas y de 
Chorrillos. Las columnas chilenas se abren en per- 
fecto orden, franquean rápidamente la distancia 
que las separa del pie de las colinas y comienzan 
a escalar las cuestas. La artillería peruana redobla 
sus fuegos acribillando los batallones chilenos, 
sembrando las pendientes de muertos y heridos; 
pero los chilenos avanzan hasta llegar a la cumbre. 
Se enreda la lucha cuerpo a cuerpo; bajo el irresis- 
tible empuje y tenacidad del enemigo los peruanos se 
ven obligados a retroceder. Expulsados de trinche- 
ra en trinchera se repliegan sobre Chorrillos. La 
división peruana del general Iglesias espera sin em- 
bargo a pie firme; pero a medio día, rodeada por 



-123 — 



todas partes por un enemigo victorioso, diezmada y 
agotada, tiene que ceder también esta división y 
replegarse sobre Chorrillos. 

Dueñas de las alturas las divisiones chilenas des- 
cienden a paso de carga sobre Chorrillos, pero ape- 
nas se vieron en sus estrechas calles fueron recibi- 
das por una lluvia de balas que contuvo su empuje. 
Las ventanas, las terrazas, las azoteas repletas de 
tiradores hacen de cada casa una cindadela que es 
preciso tomar por asalto, y sus defensores, una vez 
agotadas las municiones, luchan todavía a la bayo- 
neta mientras los asaltantes hacen explotar sobre el 
suelo de cada casa, para forzar la entrada, bombas 
automáticas. Es tal el encarnizamiento de la lucha 
que ni de una ni de otra parte se hacen prisioneros. 
El oficial peruano Recabarren conduce paso a paso 
esta resistencia obstinada; su teniente Caceres reú- 
ne dos mil de los soldados fugitivos y los lleva a 
engrosar las filas de los defensores de Chorrillos. 
Ante lo inseguro del éxito, decidido a concluir a 
cualquier precio, y viendo sus tropas diezmadas, el 
general Baquedano hace avanzar la artillería chi- 
lena hasta una distancia de tiro de mosquete; es- 
tallan sobre la ciudad las bombas y los obuses, 
estalla el incendio, lo avivan los chilenos, las llamas 
. envuelven los edificios que se derrumban, arrastran- 
do entre sus escombros a sus defensores. A las tres 
de la tarde la lucha había terminado completamente. 

En Lima se esperaban con impaciencia las nuevas 
de la victoria anunciada. Remitimos a nuestros lec- 
tores a la excelente obra que don Diego Barros 
Arana publicó en París titulada **La Guerra del 
Pacífico", en la que se ve el relato de un ayudante 
peruano en Lima. Con evidente sinceridad nos pin- 
ta mejor que nadie el emocionante cuadro de lo que 



— 124 — 

pasaba en aquellas trágicas horas en la capital 
amenazada. 

*'Amanecia apenas el día 13 de enero, dice, cuan- 
do el tendido galope de los caballos, el paso preci- 
pitado de los transeúntes, las carretas que se ale- 
jaban, y los gritos nos despertaron bruscamente. 

"Un rumor sordo nos zumbaba al oído, a veces 
interrumpido por un ruido mas pronunciado — jla 
batalla ha comenzado! gritamos todos. En un mi- 
nuto estuvimos vestidos. Eran las cinco y media de 
la mañana. Recorrimos los cuatro reductos. Todos 
hacían preparativos para la marcha, la manta 
repleta de cartuchos, los oficiales revólver a la cin- 
tura, algunas carretas con municiones en movimien- 
to. No se oían sino los gritos de ¡viva el Perú! ¡vi- 
va el comandante general! a Surco! gritaban los 
oficiales, y repetían mil frenéticas voces. Esperá- 
bamos la orden para emprender la marcha. Pero 
la orden no llegaba y eran las siete y media de la 
mañana. El fuego del lado de San Juan se hacía 
mas violento cada vez. 

"Sobre todo en la izquierda de nuestra línea, 
dos baterías se hacían un fuego de los mas nutridos. 
La una cede, sin embargo; al presente el combate 
arrecia en la derecha. De pronto, a nuestro frente, 
como a una legua, vemos levantarse la columna 
de un humo denso y negro: San Juan estaba en 
llamas. No se disputan ya sino a Chorrillos, pensa- 
mos todos a un mismo tiempo. En efecto, los cuer- 
pos de Dávila, Cáceres y parte del de Suárez ha- 
bían cedido el terreno. Iglesias, abandonado, se 
sostiene heroicamente en las posiciones de Cho- 
rrillos. 

"El primer fugitivo que encontramos en el pue- 
blo de Miraflores fué un soldado raso; "vamos 
bien", nos contestó con voz desfalleciente, cuando 



— 125 — 

le pedimos noticias del combate. Tres o cuatro 
heridos llegaron después. No tardamos en conocer 
ia triste realidad. El camino estaba sembrado de 
dispersos que huían en el mas espantoso desorden, 
unos heridos arrastrándose, otros pidiendo auxilio; 
unos con armas, otros sin ellas, llenos de sangre y 
la ropa hecha pedazos, presentando el espectáculo 
mas desgarrador. 

'Tor el terraplén de la vía^férreaj^avanzaba un 
largo cordón de gente; por ei medio de los potre- 
ros corrían soldados en grupos. Se les llamaba, 
pero no hacían caso; no respetaban las amenazas, 
bino los balazos. No era esa la actitud de un ejér- 
cito victorioso. Un amargo desaliento se apoderó 
de nosotros. Varias compañías de los batallones se 
desplegaron en guerrilla y pequeñas fuerzas de caba- 
llería se escalonaron para cortar el camino de Lima 
a ios fugitivos. 

*'Pero, a medida que el tiempo transcurría, se 
hacía mas doloroso el cuadro de esa multitud que 
huía despavorida por todas partes; la caballería 
llegaba a bandadas, las muías cargadas de cajas 
de mun clones, los cañones y ametralladoras ro- 
dados; caballos sin jinetes a galope tendido; arti- 
lleros, coroneles, jefes de toda graduación inunda- 
ban las avenidas del ferrocarril, formando una es- 
pantosa confusión. No era una división desbanda- 
da, como habíamos oído decir; era todo un ejérci- 
to en fuga. Algunos batallones entraron íntegros en 
nuestra línea, y gran parte de una división quedó 
formada a la izquierda de la línea férrea. 

"Serían las diez de la mañana cuando llegó Pié- 
rola con un reducido estado mayor, en ei que se 
notaba a los generales Buendía y Segura y al co- 
ronel Suárez. Pasó a caballo por en medio de los 
batallones que lo vivaban frenéticamente. Man- 



— 126 — 

do que desfilaran hacia los reductos y se parape- 
tasen detrás de la tapias intermediarias entre 
cada uno de ellos. Estos refuerzos vinieron a au- 
mentar considerablemente nuestra línea. Mas de 
cinco mil dispersos habían sido recogidos a las do- 
ce del día ya por la caballería, ya por los batallones 
de la reserva, otros se habían presentado volunta- 
riamente. Veíase, sin embargo, muchos que se es- 
capaban. Se les hacía tiros de rifle, pero se escon- 
dían en las zanjas y seguían huyendo. 

''Atravesaba Piérola los rieles del tren cuando un 
soldado, que suponemos ebrio, se adelantó hacia 
él y prorrumpió en imprecaciones contra los jefes. 
''No me formen barullos", se limitó a contestar 
Piérola. Y se alejó apresuradamente". 

Esta terrible jornada costó al ejército chileno la 
pérdida de 3,309 hombres y al ejército peruano más 
de 8,000. Los chilenos no hicieron más que diecisiete 
prisioneros. 

El 14 por la mañana el general Baquedano en- 
viaba a Lima al secretario del ministro de la guerra 
señor Errázuriz con orden de declarar que después 
de una lucha tan sangrienta había quedado a salvo 
el honor del Perú y que el primer deber de su go- 
bierno era evitar a Lima la suerte de Chorrillos; 
ofreció un armisticio para tratar la paz. El general 
Piérola contestó que él no recibía más que a un emi- 
sario investido de plenos poderes para negociar. 
Ante esta disimulada negativa para entablar nego- 
ciaciones el general chileno hizo avanzar inmediata- 
mente su primera división apoyada sobre la se- 
gunda, mientras la tercera, ocupando Barranco, 
amenazaba Miraflores y la última línea de las de- 
fensas peruanas. Estos movimientos se ejecutaban 
en la noche del 14 al 15 y todo estaba listo en el 
campamento chileno para tomar la ofensiva al ama- 



hecer. Antes del alba se presentaron ante el general 
Baquedano dos oficiales neutrales, portadores de 
una carta colectiva del cuerpo diplomático residen- 
te en Lima, en la que se le pedía una conferencia. 
A las siete de la mañana los ministros de Francia 
e Inglaterra en unión del decano del cuerpo diplo- 
mático, el ministro de San Salvador, llegaban al 
campamento en un tren especial. A petición de es- 
tos el general Baquedano tuvo que conceder un ar- 
misticio bajo las bases siguientes: se pondría en 
sus manos el puerto militar del Callao y la flota 
peruana; mientras esperaba su respuesta consen- 
tía en suspender las hostilidades hasta la media 
noche, dejando estipulado que durante este tiempo 
los dos ejércitos beligerantes tendrían libertad para 
efectuar los movimientos de posición que les con- 
viniesen manteniéndose fuera del alcance de los 
disparos y sin abrir el fuego. 

De regreso a Miraflores, donde se encontraba el 
dxtador Piérola, los Ministros extranjeros le comu- 
nicaron la respuesta del general chileno y le urgieron 
para que iniciase negociaciones de paz, insistiendo 
en la necesidad de evitar a Lima la suerte de Cho- 
rrillos; le representaron que las numerosas casas co- 
merciales extranjeras de la capital corrían grave 
riesgo, que el populacho, sumamente excitado, 
amenazaba ya con el pillaje en caso de derrota, y 
que su deber tanto de jefe militar como político de 
la república era entrar en negociaciones antes que 
la capital cayese en manos de los enemigos o de ima 
insurrección victoriosa. Los almirantea inglés y 
francés unieron sus instancias a las del cuerpo di- 
plomático. 

Piérola vacilaba. Tenía en línea, detrás de los re- 
ductos de Miraflores, quince mil hombres de exce- 
lentes tropas, que se reforzaban de hora en hora 



— 128 — 

por los contingentes del Ca lao y de Lima, por vo- 
luntarios decididos a luchar hasta el último extre- 
mo para defender la ciudad. Disponía además de 
una poderosa artillería y de las municiones del puer- 
to militar del Callao; sabía que el ejército chileno 
había sido muy castigado en los combates del día 
anterior y no podía cubrir sus bajas; en suma, él 
creía de su deber llegar hasta el fin y tentar un úl- 
timo esfuerzo. 

Habiéndose prolongado la discusión hasta las 
dos de la tarde, retuvo a su lado a los ministros y 
almirantes extranjeros a quienes invitó a almor- 
zar. Acababan de sentarse a la mesa cuando de re- 
pente, se dejó oir el estruendo de la artillería seguido 
de las descargas de la infantería y de los gritos de 
las tropas. He aquí lo que había sucedido. 

Prevenido el general chileno de que desde la ma- 
ñana numerosos trenes de Lima y del Callao lleva- 
ban a las líneas de Miraflores refuerzos considera- 
bles, quiso darse cuenta por sí mismo de las posi- 
ciones ocupadas por el ejército peruano. Escoltado 
de un numeroso estado mayor pasó en primer lu- 
gar revista a su frente de bandera y llegó en su reco- 
nocimiento muy cerca de las líneas enemigas. Es- 
taba observando las posiciones uno de sus oficiales 
cuando de las avanzadas peruanas partieron al- 
gunos disparos de fusil que le obligaron a retroceder. 
Contestaron los chilenos y bien pronto se hizo ge- 
neral el fuego en toda la línea. En vano trató el 
general Baquedano de detenerlo; la artillería abrió 
el fuego; de una y otra parte había la convicción 
de que el ataque había sido premeditado; en los dos 
campos se creía en una traición; se enardecía la 
lucha, nadie podía ya detenerla. 

Piérola, seguido de su Estado Mayor, monta a 
caballo para tomar la dirección de sus tropas. Los 



— 129 — 

ministros y los almirantes, exponiéndose a los ma- 
yores peligros, atraviesan a pie la campiña y llegan 
a Lima donde esperan los acontecimientos. A las 
dos y media comenzaba la batalla en toda la línea. 
La división chilena comandada por el coronel don 
Pedro Lagos ataca la primera los reductos peruanos, 
pero recibida con im fuego asesino, se ve en la impo- 
sibilidad de avanzar. Los peruanos salen de sus trin- 
cheras y atacan a la bayoneta. Los chilenos se replie- 
gan la división Lagos se ve comprometida y cede po- 
co a poco bajo al empuje del enemigo, Baquedano 
manda para sostenerla un regimiento de caballería 
con orden de resistir hasta la llegada de la reserva. 
A pesar de su esfuerzo, a pesar de su resistencia he- 
roica, la división chilena es arrollada, entra el de- 
sorden en sus filas diezmadas por la artillería y 
amenazadas de flanco, cuando de repente se dejan 
oir penetrantes gritos y clamores. Era la división 
Lynch que llegaba desde Chorrillos a paso ligero, se- 
guida de la reserva, al mando del coronel Martínez. 
Los soldados de Lynch penetran como una bala en- 
tre los batallones peruanos, los rechazan en desor- 
den hasta las trincheras, reúnen consigo las tropas 
de Lagos y se lanzan con ellas al asalto de las forti- 
ficaciones enemigas. La escuadra chilena cubre 
con sus fuegos las alturas. Las líneas peruanas caen 
en poder de los chilenos por el lado de Miraflores. 
Y suponiendo una defensa enérgica de la ciudad y 
una lucha parecida a la que habían sostenido en 
Chorrillos la víspera, los chilenos incendian Mira- 
flores y oblicuando sobre el centro de las líneas pe- 
ruanas, las toman de flanco mientras que la primera 
división las ataca de frente. 

El empuje irresistible de la división Lynch arro- 
lla todos los obstáculos. Los peruanos huyen a la 
desbandada, perseguidos por dos regimientos de 

G.delP.— 9 



— 130 — 

caballería que el general Baquedano lanza en su 
persecusión. A las seis de la tarde la lucha había 
terminado; los chilenos vencedores ocupaban los 
reductos de Miraflores y la última línea de defensa 
de Lima. Esta victoria les costaba 3,124 hombres 
entre muertos y heridos y la muerte del coronel 
Martínez que cayó a la cabeza de sus tropas. Los 
peruanos dejaron sobre el campo de batalla setenta 
cañones con su material, diez mil muertos, tres ge- 
nerales y numerosos prisioneros. 

A las siete de la tarde Piérola entraba en Lima 
llevando consigo los restos de sus tropas y no soñan- 
do aún más que en la continuación de una lucha 
imposible. Quería encerrarse en el Callao, volver 
contra Lima las baterías del puerto y hacer de este 
modo imposible el acceso a la capital a las fuerzas 
chilenas; pero el desconcierto y el desaliento que 
reinaban en torno de él no le permitieron poner en 
práctica sus proyectos. A las once abandonaba Lima, 
acompañado de un pequeño estado mayor y busca- 
ba un refugio en las montañas. Lima y el Callao es- 
taban abandonadas a merced de un populacho ex- 
citado y de bandas de soldados irritados por su 
derrota, borrachos de pólvora y de vino. 

En ausencia de toda autoridad constituida, dis- 
puestos a tratar de la rendición de la ciudad, el 
cuerpo diplomático pidió en la noche al general chi- 
leno una entrevista para el siguiente día. Esta se 
celebró, en efecto, el 15 en el cuartel general de 
Baquedano, donde fué firmada el acta de capitu- 
lación de Lima en los términos siguientes: 

Cuartel General chileno de Chorrillos 

**En 16 de Enero de 1881, a las dos de la tarde, 
se presentaron don Rufino Torrico, de la alcaldía 



— 131 — 

de Lima; el Excmo. Sr. de Vorges, Ministro Pleni- 
potenciario de Francia, Excmo. Sr. Spencer Sain 
John, Ministro residente de S. M. Británica; Mr. 
Stirling, Almirante inglés; M. de Petit-Thouars, 
almirante francés y M. Sabrano, comandante de 
las fuerzas navales italianas. 

'*E1 señor Torrico expuso que el pueblo de Lima, 
convencido de la imposibilidad de defender la ciu- 
dad, le ha comisionado para entenderse con el ge- 
neral en jefe del ejército chileno respecto a la ren- 
dición de la capital. 

"El general Baquedano hace notar que esta ren- 
dición debe efectuarse sin condiciones, en el término 
de 24 horas pedido por el señor Torrico para desar- 
mar las fuerzas que quedan aún organizadas. Agre- 
ga que la ciudad será ocupada por las tropas chile- 
nas para mantener el orden". 

Las idas y venidas del cuerpo diplomático y la 
conferencia de Chorrillos no dejaban lugar a dudas 
sobre lo que sucedía. La población de Lima enfure- 
cida por la derrota, excitada por las proclamas que 
desde hacía ocho días le anunciaban una victoria 
segura que se había convertido en una irremediable 
derrota, espaldeada por los restos del ejército que 
acusaba de traición a sus jefes, no estando conteni- 
da por ninguna autoridad ni policía, se negaba a 
entregar las armas y acusaba a la clase pudiente de 
la población, a los extranjeros y a los chinos, a los 
que odiaba, de propiciar la entrada del ejército chi- 
leno en la ciudad. Se multiplicaban las amenazas 
de pillaje y de venganza. De una relación publica- 
da en Lima titulada "La campaña del ejército chi- 
leno en Lima" tomamos los siguientes párrafos que 
describen el estado en que se encontraba la ciudad 
durante las horas que precedieron a la entrada de 
las tropas chilenas. 



— 132 — 

"Desde el 16 de Enero a la caída de la tarde se 
podía prever la tempestad que se iba a desencadenar 
sobre Lima. Grupos de aspecto siniestro recorrían 
las calles de la ciudad amenazando a los transeún- 
tes y recordando los sacrificios que ellos habían he- 
cho por el país ... So pretexto que no se les habían 
distribuido víveres, se dejaron caer sobre los alma- 
cenes de los chinos desarmados, forzaron las puer- 
tas a culatazos de carabina o a hachazos, saquea- 
ron las casas y las incendiaron. 

"Atacaron enseguida los ricos almacenes de joyas, 
telas y objetos de arte, los saquearon y prendieron 
fuego. Del gran comercio que los chinos tenían en 
Lima no quedó más que un montón de ruinas, 
ensangrentados e incendiadas. Se estima en un nú- 
mero de trescientos por lo menos el de los comer- 
ciantos chinos asesinados bien en sus casas o bien 
en las calles. Uno de ellos al ver incendiar sus al- 
macenes hizo .depositar sus libros en la Legación 
inglesa. De su examen resultó que la pérdida ex- 
perimentada por él se elevaba a 140,000 libras es- 
terlinas. 

"Las calles de Bodegones, Melcharmalo, Palacio, 
Polvos, Azules, Zavala, Capón, Albaquitas, Hoyos, 
fueron saquedas. La calle Palacio estaba sembra- 
da de cadáveres ... En vano los bomberos trataban 
de detener el incendio; se dirigía sobre ellos un fuego 
graneado que se vieron obligados a retirarse ... El 
día 17 se armaban en fin las columnas extranjeras 
y con su actitud enérgica pusieron a raya a los des- 
vandados cuyo ardor iba ya cediendo a causa de la 
fatiga y de la borrachera . . . 

Esa noche costó a Lima más de 5 millones de 
francos por las casas y edificios incendiados y más 
de 25 millones por las casas de comercio saqueadas 
e incendiadas. 



— 133 — 

Prevenido de los desórdenes de que era teatro la 
ciudad, el general Baquedano aceleró la ocupación. 
El día 17 a las cuatro de la tarde hacía su entrada 
en Lima un división de cuatro mil hombres bajo 
las órdenes del Inspector general del ejército chi- 
leno don Cornelio Saavedra y ocupaba sin dila- 
ción los principales puntos estratégicos de la ciudad 
mientras las otras divisiones chilenas acampaban 
a sus puertas. 

Las mismas escenas de desorden que habían en- 
sangrentado las calles de Lima se habían producido 
en el Callao. El populacho destruyó los cañones, 
hizo saltar las minas y trató de incendiar los fuer- 
tes. Los comercios y almacenes fueron forzados y 
saqueados. La rabia del populacho se volvió ense- 
guida contra la armada a la que prendió fuego. En 
aquella noche acabó de destruir el incendio lo que 
quedaba de la flota peruana. Por todas partes es- 
tallaban en el puerto los obuses, las bombas y los 
torpedos. Para salvar su buque, el comandante 
de la "Unión" intentó una salida desesperada pero 
vino a estrellarse con la costa. El monitor "Atahual- 
pa" fué desmantelado y echado a pique; los trans-r 
portes, ardiendo, zozobraron en el puerto. El "Ri- 
mac", el "Chalaco" y el "Talismán" saltaron con 
su artillería a bordo. Toda la noche del 16 y el día 
y la noche del 17 el Callao ardiendo, presentaba el 
triste espectáculo de un puerto militar dominado 
por la locura del suicidio y de un populacho que 
acababa con sus propias manos la obra de destruc- 
ción de sus fuerzas navales. El 18, el coronel Lynch, 
a la cabeza de su división ocupaba la ciudad y el 
puerto donde concluían de arder las últimas chalu- 
pas peruanas. 

El general Baquedano podía sin ser tildado de 
orgulloso, terminar con estas líneas el parte oficial 



— 134 — 

sobre las operaciones que tan hábilmente había 
dirigido: 

*'E1 éxito es completo. Nada queda ya del gran 
ejército peruano. Ha perdido más de 12,000 hombres 
y el resto está en fuga o ha entregado las armas. 

"Ha dejado en nuestro poder im inmenso mate- 
rial de guerra, 222 cañones, 124 piezas de campaña, 
15 mil fusiles, más de 4 millones de cartuchos y 
grandes aprovisionamientos de pólvora y dinamita. 

"Agregaré que las fuerzas navales del Perú han 
sido aniquiladas a tal punto que no habría un solo 
barco que se pudiese dar a la mar". 

En estas condiciones no quedaba más que tratar 
de la paz. Pero con quién? 

Piérola, en fuga, se había ocultado en los Andes, 
desesperado de sus derrotas, pero listo aún para 
tentar la fortuna, acusando a los chilenos de trai- 
ción por el ataque de las líneas de Miraflores, cre- 
yendo o temiendo creer que con el lazo de un ar- 
misticio engañoso, había sido vencido por sorpresa; 
encarnando en sí el odio al invasor y la idea de re- 
sistencia; soñando reunir en su retiro de Ayacucho 
los restos de sus batallones dispersos; corrigiendo al 
fin con su tenacidad en la desgracia los errores de 
sus proclamas enfáticas y sus presuntuosas asevera- 
ciones. A las primeras propuestas de negociacio- 
nes que le fueron hechas por conducto del ministro 
de los Estados Unidos, respondió con un rechazo 
altanero que no trataría sobre la base de ninguna 
cesión territorial. Su plan era atraer en su persecu- 
ción al ejército chileno, cansarle con una lucha de 
guerrillas, disputarle una a una las regiones de las 
llanuras al pie de los Andes, donde un puñado de 
hombres decididos podía tener en jaque un ejército, 
hostilizarle sin tregua ni descanso, sublevar contra 
el enemigo nacional a los descendientes de los in- 



— 135 — 

dios Huancas, cuyo valor había resistido todo el 
empuje de Pizarro, y llegar si era preciso hasta 
Bolivia para arrastrar a esta república a la guerra 
que proyectaba. 

Para contrarrestar todos estos proyectos, los jefes 
chilenos provocaron en Lima la organización de 
un nuevo gobierno con el que le fuese posible ne- 
gociar. El coronel Lynch, llamado del Callao, fué 
nombrado gobernador militar de la capital. Bajo 
su enérgica dirección se restableció el orden, pero la 
ocupación chilena pesaba enormemente sobre las 
finanzas de esta desventurada ciudad, donde la 
clase pudiente e ilustrada no aspiraba más que a una 
paz que le permitiese cicatrizar las heridas de la 
guerra. Cediendo a instancias de los ciudadanos más 
influyentes, consintió en aceptar las delicadas fun- 
ciones de la presidentcia del Perú don Francisco 
García Calderón, célebre jurisconsulto de Lima, 
hombre rico y probo, que se rodeó de consejeros 
respetables y que con la autorización del general 
chileno, convocó al Congreso en Chorrillos. El Con- 
greso, compuesto en su mayoría de partidarios de 
Piérola, se reunió el 23 de Agosto de 1881 pero rehu- 
só al nuevo Presidente los poderes para tratar sobre 
la base de cualquiera cesión territorial. 

El improvisado gobierno, fuese cual fuese el mé- 
rito personal de los ministros que lo componían, no 
tenía ya razón de s&c. Impotente para negociar la 
paz, equivocadamente considerado como impuesto 
o patrocinado por el enemigo vencedor, tuvo que 
dimitir el 28 de Septiembre. 

Dos meses más tarde, el 28 de Noviembre de 1882, 
Piérola convencido al fin de la imposibilidad de 
sublevar al pueblo para recomenzar la lucha, desa- 
lojado sucesivamente por las columnas chilenas 
de Cauta y de Cerro de Pasco donde había estable- 



— 136 — 

cido su cuartel general, renunciaba a sus funciones 
de jefe supremo de la resistencia, y presentaba la 
dimisión de la presidencia del Perú, un poder más 
nominal que real desde la caída de Lima, abando- 
nando el país. 

Le sucedió el almirante Montero en calidad de 
vice-presidente y organizó en Arequipa un simulacro 
de Gobierno alrededor del cual consiguió reunir 
cerca de cinco mil hombres de tropa. Pero no podía 
soñar en tomar la ofensiva. El general Iglesias, mi- 
nistro de la guerra de Piérola, ilustre por su heroica 
de/ensa del Morro-Solar, se mantenía aún en las 
provincias del norte merced a prodigios de actividad 
y rechazaba en Septiembre de 1882 el ataque de una 
columna chilena, que derrotó en San Pablo y recha- 
zó en desorden sobre Pacasmayo; pero un hecho 
aislado que el exiguo número de sus soldados le 
impidió proseguir, no era suficiente para conquis- 
tar la fortuna y torcer el curso de los acontecimien- 
tos. El país agotado, cansado por una guerra de 
tres años, sin dinero y agotados todos sus recursos 
no podía ya tentar un esfuerzo tan desesperado. 
El general Iglesias lo sabía, pero sabía también 
que un pueblo vencido se vuelve instintivamente 
hacia aquellos que no han desesperado de salvar- 
le y que no pudiendo darle la victoria han enno- 
blecido su derrota y se han impuesto al respeto 
de los vencedores. 

La retirada de Piérola, la caída de Calderón, la 
impotencia de Montero ponían de manifiesto re- 
lieve la personalidad de Iglesias. El Perú veía en 
él su último defensor y Chile al único hombre capaz 
de constituir un gobierno, aun de carácter proviso- 
rio, con el que se pudiera negociar. Iglesias acogió 
favorablemente las proposiciones que se le hicieron; 
empezaron las conferencias y el 19 de Octubre se 



— 137 — 

firmó un tratado provisional que Iglesias se com- 
prometió a presentar al Congreso. Por su parte 
los jefes chilenos le reconocían como Presidente del 
Perú. 

El 20 de Octubre evacuaba Lima y el Callao el 
ejército chileno, retirándose a Chorrillos y a Ba- 
rranco; el 24 entraba Iglesias en la enlutada capital, 
sobre la que mandó izar nuevamente el pabellón 
nacional. 

La guerra ha terminado. Por mar y por tierra 
Chile ha afirmado la superioridad de sus armas. 
La solidez de sus tropas, su disciplina, la táctica 
de sus generales han triunfado del valor caballeres- 
co y brillante de sus adversarios. Sus finanzas bien 
administradas le han permitido llevar a feliz tér- 
mino una campaña al parecer puramente comercial, 
la guerra le ha hecho dueño de los ricos depósitos 
de nitrato de la provincia de Atacama y de más de 
cien leguas de costa del sur del Perú. Rechazada al 
interior del continente, Bolivia ha perdido el acceso 
al Océano Pacífico y el Perú ha visto su capital ocu- 
pada por un ejército enemigo. Chile ha hecho el 
ensayo de sus fuerzas y la fortuna se ha mostrado 
a la altura de sus esperanzas y de su audacia. 

Transplantada desde hace tres siglos en el Nuevo 
Mundo, la raza española no ha perdido nada de 
aquellas virtudes militares a las que debió su su- 
premacía en Europa durante tantos años. Sus cua- 
lidades como sus defectos han sufrido pocas modi- 
ficaciones en aquel lejano ambiente. En América 
como en Europa se ha mostrado sobria y dura para 
la fatiga, tenaz y resistente en la adversidad, intré- 
pida y valiente en la lucha. Los marinos del * 'Huás- 
car" son ni más ni menos los legítimos descendientes 
de los audaces compañeros de Cortés, y los soldados 
de Tacna, de Arequipa y de Lima han dado pruebas 



— 138 — 

tanto en un bando como en otro del heroísmo de los 
viejos soldados de Pizarro. 

Pero el mismo espíritu separatista que ha hecho 
durante tanto tiempo la desgracia de España y ha 
armado unas contra otras las valientes poblaciones 
de sus provincias, vascos contra aragoneses, nava- 
rros contra castellanos, Murcia contra Granada, y 
que puso más de una vez este vasto imperio a las 
puertas de su perdición, ese mismo espíritu se en- 
cuentra aún en los inmensos territorios apenas pobla- 
dos de la América meridional. Nosotros vemos allí 
una raza idéntica, una misma fe religiosa; la lengua, 
las costumbres, el origen, son los mismos, las mismas 
son sus cualidades y sus defectos, el orguíllo y el va- 
lor, la misma, en fin, su organización política y la for- 
ma de gobierno. En estas condiciones la guerra es 
verdaderamente una guerra civil y de una y otra 
parte se comienzan a dar cuenta de ello. Al calor de 
la lucha sucede una tranquilidad relativa que per- 
mite medir las pérdidas sufridas, los resultados ob- 
tenidos, y penetrar en las causas del éxito de Chile 
y de la derrota del Perú. 

Estas enseñanzas de la historia no deberían que- 
dar perdidas. Pero hay algo que se impone al es- 
píritu mismo de los más prevenidos y avisados y es 
que las cuestiones que dividen a las repúblicas his- 
pano-americanas pueden ser solucionadas sin re- 
currir a la guerra y que estas repúblicas tienen algo 
mejor que hacer y algo mejor en que invertir sus 
esfuerzos y su sangre. Triunfar de los obstáculos que 
les opone la naturaleza, sacar producto de las inmen- 
sas riquezas de su suelo y de su clima, conquistar 
para la civilización las vastas soledades con que li- 
mitan, y una tarea más útil y más gloriosa que la de 
medirse en los campos de batalla, glorificados ya 



139 



por la lucha común sostenida por sus antepasados 
para conquistar una independencia ya asegurada. 

Si sacando provecho del legítimo ascendiente 
que le han dado sus victorias, Chile logra atraerse 
por medio de una paz honrosa, a sus enemigos de 
ayer y convertirlos en sus aliados, si concentra sus 
fuerzas, hasta aquí divididas, en un haz común 
para aplicarlas a las conquistas de la paz, habrá he- 
cho más por su gloria y por su fortuna que triunfan- 
do de la coalición del Perú y Bolivia. Habrá echado 
los cimientos de un rico y poderoso estado cuya pros- 
peridad podrá igualar un día a la de la gran república 
americana. 

En ese vasto continente descubierto por los viejos 
conquistadores, se habrá creado un nuevo Imperio 
y se habrá añrmado la vitalidad de esa potente 
raza española que tan importante papel ha jugado 
en nuestra vieja Europa y sobre cuyos dominios 
nunca se ponía el sol. 

C. DE VARIGNY. 



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