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HOMERO. 



LA ILÍADA. 



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BIBLIOTECA CLASICA. 

TRES PESETAS CADA TOMO. —CUATRO ENCUADERNADO. 

OBRAS PUBLICADAS. '''^'"o»» 

HOMERO.— La Iliada, traducción directa del griego en 

Yerso y con notas de D. Jo¿é Gómez Hermosilla 3 

CERVANTES ^Novelas ej mplare» y viaje del Parnaso 2 

HfíRODOTO. — Los nueve libros de la historia, traducción 

directa del g^riego, del padre Bartolomé Pou 2 

ALCALÁ GALIA NO. - Recuerdos de un anciano 1 

VIRGILIO.— La Sneida, traducción directa del latín, en ver- 
so y con notas de D. Miguel Antonio Caro 2 

— Las églogoM, traducción en verso, de Hidalgo. — Loa 
geórgicas, traducción en verso, de Caro; ambas traduc- 
ciones directas del latín, con un estudio del Sr. Me- 
néndez Pelayo 1 

U.A.CAVLA.Y .—Estudias liiernrios.— Estudios históricos.— Es- 
tudios poltíicot.— Estudios tiogtá/tco.s- Estudio» críticos. 
Traducción directa del iuglés de M. Juderías Bénder. 5 

— Historia tíe la Revolución de Inglaterra, traducción di- 
recta del inglés de M . Juderías Bénder 2 

QUINTANA.— Vidas rf« españoles célebres 2 

CICERÓN. —Tratados didácticos de la elocuencia, traducción 
directa del latín de í). Marcelino Menóndez Pelayo. . . 2 

SALUSTIO. — (7o»vuractdn de Oatilina.—Guer' a de Juyurta^ 
traducción del Infante D. Q&bTÍel.— Fragmentos de la 
giunde historia, traducción del Sr. Menéndez Pelayo, 
ambas directas del latín .' 1 

TÁCITO.— Lo t anales, traducción directa del latín de don 

Carlos Coloma 8 

— Las historias, tralucción del mismo 1 

PLUTARCO.— La* vidas paralelas, traducción directa del 

Í riego por D . Antonio Ranz Romanillos 5 
OFANES.— Tfl'iíro completo, traducción directa del 

g'ñego por D. Federico Baráib«r 8 

POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS fTeócHto, Bió > y MoseoJ. 
Traducción directa del griego, en verso, por D. Ignacio 

Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico) 1 

MANZÜNI. - LoíiVoüíoí, traducción de D. Juan Nicasio Ga- 
llego ¡ 

— La Moral Católica 1 

ESQUILO.— Teaíro completo, traducción directa del griego. 

con notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra 1 

QUEVEDO. Obras satíricas y festivas 1 

DUQUE DE mVKS,— Sublevación de Nypoles 1 

CALDERÓN DE LA BARCA.— Téaíro selecto 4 

HURTADO DE MENDOZA. -06ra««npro#a 1 

SCHILLER. — Teatro completo, traducción directa del ale- 
mán por Eauardo de Mi r 2 

JULIO CESAR.— /o* Comentarios 2 

XENOFONTE. — Historia de la entrada de Cyro el Menor 

en Asia 1 

— Ta Cyropeiia ó Hif-toriu de Cyro el Mayor 1 

MILTON.— Paraíso perdido 2 

LAM A RTIN E .-^Civilizadores y conquistadores 2 

LUCIANO.— Oftmí completas 1 

MADRID. — IMPRENTA CENTRAL Á CARGO DE V. SAIZ, COLEGIATA, 6 



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BIBLIOTECA CLÁSICA 

TOMO III 



HOMERO 



I.A ILlADA 



TRADUCIDA DEL GRIEGO AL CASTELLANO 



B. JOSÉ GÓMEZ HERMOSILLA 



TOMO in 



o»" t \^ !> * j- 



MADRID 
1-UIS NAVARRO, EDITOR 

CALLE DE LA COLEGIATA , 6 

i883 



J. C. Cebrian, D¡g¡tizedbyGooQle 

«ANfllAMOlAOfX - CAU 



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HERMOSILLA Y SÜ^IUÁbA/*' 



Los lectores que hayan saboreado la elegante ver* 
^n de Hermosilla, quizá echen de menos algunos 
datos biográñcos de este filólogo, una breve apre- 
ciación del mérito de su IHada^ y un catáfogo de 
las demás versiones del mismo poema. A satisfacer 
68ta curiosidad van los siguientes párrafos, fragmen- ' 
408 de una obra más completa y detallada. 

I. — ^Traducciones espaIJolas de la Ilíada. 

ü) Siguiendo la costumbre general, aunque ab- 
surda de nuestros eruditos, cuento por primer tra- 
b8úo homérico, en lenguas peninsulares, el de Juan 
<ie Mena, por más que no sea traducción, sino epí* 
tome, ni merezca en modo alguno el título de Ovm^ 



<1) Esta noticia está extractada de la Sibliografia enn^ 
^ea de tradtteíore» españoles, en que hace afios trabajo. Lo 
que aquí indico de las traducciones anteriores & la de Her- 
mosilla. puede verse con más extensión en los artículos 
correspondientes de dicha obra. De U parte crítioa aquí 
í prescindimos. 



238008 

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6 

ro Romanzado. Es obra rara y curiosa. El ejemplar 
por mi examinado tiene la siguiente portada: 

i<El presente libro se nombra la yliada de hornera 
en romace, (raduzida por Juan de Mena.y> 

En la hoja siguiente se lee: 

nEl presente libro se nombra la yliada de homertt 
historiador muy antiguo, padre y principio (sic) de^ 
¡os poetas. Traduzida del griego y latinen Ungwi 
tulgar castellana por el famoso poeta castellan»^ 
Juan de mena: embióla el licenciado Alonso rodrí- 
guez de Tudela al ilustre e muy magnifico señor el 
señor D. Hernando enrriquez con ¡aprésente carta.rt 

Precedido todo de un grabado en madera, que re* 
presenta una ciudad torreada, y al pié de sus muros^ 
gente llorando. 

Encabezado con un largo y pedantesco Prohemiú- 
di rey D. Juan Segundo, sigue el Omero, que se di- 
vide en *36 capítulos. Llega hasta la signatura d-^ 
YI, y asi termina: 

iíAquíse acaba la Yliada de Homero hystoriadof^ 
muy excellente: traduzida del Griego y Latin en len^ 
gua vulgar castellana por el Poeta Castellano Juan 
de Mena. Emhiola el licdo. Alonso Rodriguet de 
Tudela al illustre y muy magnífico señor el señor 
don Hernando HenrriqueZy para que lean sus MJes^ 
los que han de ^'ercitar la disciplina y acto militar^ 
Fué imprimida en la villa de Valladolid por Arnao 
Cfuillén de Brocár d ^Z dias del mes de Abril. Aña^ 
de mil y quinientos y diez nueve años. 

Son 30 fs. en letra de tórtis. Van inseparablemen- 
te unidas á las Contienda que ovieron Ayáw de The^ 
lamonyU¿isses,ir^á\icc\on\ihTe del episodio ovi- 
dlano del libro xiu de los Metámorf óseos, hecha ea 
estancias de arte mayor por Alonso Rodríguez de^ 
Tudela. 



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7 

Además del ejemplar impreso (i) he visto varias 
copias aDliguas de este Omero, En la Biblioteca 
Nacional hay cuatro; el mejor es el T.— i30, que 
contiene además otros opúsculos. En el folio 43 se 
lee: Aqui comienza el Omero romanzado por Johan 
de Mena. Termina en el folio 77, y en cosa esencial 
no varía del impreso. 

La extensión de todo el libro de Juan de Mena 
apenas iguala á la de un canto de la I liada, con lo 
cual dicho se está que no es traducción ni por aso- 
mos. É por esta razón muy prepotente^ «^ñor.(dice 
en la dedicatoria) dispuse no interpretar los %4t li- 
Iros que son en el volumen de la Iliada^ salvo las 
sumas brevemente dellos, Y la razón á que se refiere 
está expresada con el gracioso símil de las dulces y 
sahrossas frutas en la fin del verano, que á la pri- 
mera agua se dañan y ala segunda se pierden. Asi 
acaescerá á la omérica lUada, etc. Limitóse por lo 
general el egregio autor del Labyrintho á trasladar 
los argumentos ó periochas atribuidos á Ausonio; 
pero como tenia á la vista una traducción latina más 
ó menos íntegra y fiel (quizá la de Leoncio Piiato), 
adornó á veces las sumas ó extractos con diálogos y 
descripciones, todo brevísimo y en estilo de lo más 
latinizado y altisonante que puede verse. Juzgúese • 
por el principio, que está traducido con exactitud: 

Cap. I, en el qual Omero... asigna en suma la 
cadsa de la pestilencia que ovo en el real de los 
griegos. 

Divinal Musa, canta conmigo Omero locura del 
soberbio fijo de Peleo, es á dezir Achilles, el cual 
trayó mortajas tristes á los miserables griegos, y 
assimesmo did al infernal huerco las ánimas fuer» 



(1) Biblioteca Nacional de Lisboa* 



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8 
tes de loe eeñaree^ trayendo los miembros en sanare 
de aqnelloe i los rostros de las aoes ladrantes y los 
sus hneesos al logar syn sepoltura. 

h) En el Museo Británico (Add. 21, 245) se con- 
serva, según resulta del catálogo del Sr. Gayangos, 
una traducción de los cinco primeros libros de la 
litada^ en prosa castellana, según la versión latina 
de Pedro Cándido Decimbre. La castellana está de- 
dicada á D. iñigo López de Mendoza, por cuyo en- 
cargo se hizo. Es un códice en folio, papel coü 
letras iluminadas y el retrato del autor, que parece 
monje benedictino. 

Contiene además la vida de Homero, traducida d^ 
mismo Cándido, el verdadero argumento de la kiS' 
ioria troyana, y otros opúsculos. 

c) Pobre es nuestra bibliográfica homérica del 
gran siglo. Gonzalo Pérez, que, como es sabido, in- 
terpretó la Odisea^ pensó hacer lo mismo con la 
Iliada. Tal se infiere de las cartas de su amigo Juan 
Paez de Castro. aDíteme v, m. que le escriva lo 
principal que me parece de la vida ageste poeta: yo 
lopusse luego por obra, y si sejuntasse tanta ma- 
teria de lo que tratan diversos autores,, se harta un 
gran libro. Por esto lo dilaté para quando v, m,^ 
* plaziendo a Dios traslade la Iliada.» Y en la misma 
carta: aJSntre tanto no deje v, m. de algunos ratos de 
entender en la Iliada^ que yo no faltaré de lo prome* 
tidor* (i). 

é^ El Maestro Juan de Mal-Lara tradujo al latín 
(probablemente en verso) el libro primero de la 
Iliada. Cítalo Francisco Pacheco en su Blogio. No 
queda otra noticia. 



(1) Biblioteca Qraeca ]lí(Urit$nii9 de D. Joan de Iriarte;. 
pftg. 123. 



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9 

e) Juan de Lebrija Cano, hijo tal vez de Fr. Mar- 
celo de Lebrija, comendador de la Puebla, en la or- 
den de Alcántara, tradujo La Jliada de Homero, en 
verso suelto endecasílabo castellano. £1 ms. de esta 
peregrina versión se conservaba, á principios de 
nuestro siglo, en la librería del Conde del Águila en 
Sevilla. Parecía dispuesto para la imprenta; y lleva- 
ba una aprobación autógrafa de Lope de Vega, fecha 
en 7 de Noviembre de 1628, y el privilegio á favor 
de Francisco deTrejo Lebrija, sobrino del traductor, 
quien (según aflrma Lope) fué docto, herencia de su 
casa desde el insigne español Antonio de LeMaa. 

Da estas noticias D. Bartolomé J. Gallardo en su 
Carta sobre el asonante. {Antologia Española 1848.) 
Vanas han sido mis diligencias para indagar el para- 
dero de la traslación de Lebrija Cano. 

J) £1 Mtro. Francisco Sánchez de las Brozas hiza 
una traducción de la Iliada en verso latino y otra en 
verso castellano. £staban entre los papeles suyos que 
recogió la Inquisición, y no sabemos si se perdieron 
allí ó volvieron á poder de sus hijos con los demás do- 
cumentos extraños al proceso. Alguno que otro verso 
de la traducción latina anda como perdido en dife- 
rentes obras del Brócense, sobre todo en los comen- 
tarios á Akiüto y á Policiano. También hay alguno 
de la Odisea. De la versión castellana solo queda 
68te retazo en el Enchiridion de Bpitecto (anotación 
al capitulo XL). £s del libro tercero de la Iliad»: 

Bien vayan empleados 
Los casos y dolores 
ftue Griegos y Troyanos padecieron; 
Sus gastos y cuidados 
Ya tienen sus loores. 
Pues á tan alto grado so subieron. 



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^0 

Las Diosas tío tuvieron 

Sobre ésta, preeminencia 
; Porque esta hermosura 
I Iguala la figura '- 

De las eternas Diosas, su excelencia: 

Mas llévenla ya luego: 

No deje en nuestro reino incendio y fuego. 

Son palabras de los ancianos de Troya, habland> 
de Helena. 

ff) Cristóbal deJMesa tradujo en verso castellano" 
la Iliada. Vio el ms. Tamayo de Vargas, que le^ 
cita en su Junla de libros (ms. en la Biblioteca Na- 
cional). De allí tomó la noticia N. Antonio. 

h) Vicente Marinér de Alagon, el más fecundo 
de nuestros helenistas, trasladó en verso latino, 
exámetro por exámetro, los poemas homéricos. 
Consérvase este trabajo, con los demás de Marinér, 
en la Biblioteca Nacional, y llena los códices Ff. 
34, 35, 36, 37, 38, 39. Se ha perdido el que debia 
contener los cinco primeros libros ó rapsodias de 1» 
Jliada. El Ff. 34, comprende los libros sexto, sép- 
timo, etc., hasta el decimotercio, acompañados del 
Comentario de Eustacio, arzobispo Tesalonicense, 
traducido asimismo del griego . Su título es: 

tíEuslhatii Archiepiscopi Thesalonicensis in Ha- 
1 meri Iliada Commentaria, Tum et ipsa Homeri 
Ilias heroico carmine Latina f acta. Deo óptimo Man 
wimo Dico, voveo^ sacro. Vincentio Marinerio inter^ 
prete. Tomus secundus. Tiene i. 529 páginas de le- 
tra sumamente compacta, y el autor lo encabeza con 
este dístico: 

Noli hsec, stulte, legas: sunt hgec tantummodo docto^ 
ftui quia rarus adest, laus queque rara advenit. 



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11 

otro códice, el Ff. 35>, abraza los líhros restíintes 
hasta el 24.° y último: siempre con los comentarios 
de Eustacio. 2.138 pp. en folio. Dedicado á D. Fran» 
cisco de Sandoval, Duque de Cea, Adelantado mayor 
de España. 

Los versos latinos de Marinér son fáciles y elecfan- 
tes como de rica é inexhausta vena. La traducción de 
Homero es mucho más fiel aunque no tan agradable 
como la del P. Francisco Alegre. 

Además de los escolios de Eustacio (que por pri- 
mera vez puso en latin), interpretó Marinér los de 
Didimo. El códice Ff. 38 de la B. N. contiene: 

iíScholia in Homeri litada Doctissimi Interpretis 
JHdymi. Vincentio Marinerio Valentino^ iníerpreie.y^ 
Anteceden á los escolios los dos epigramas de Leo» 
nidas Tarentino y Alfeo de Mitilene en loor de Ho- 
mero, traducidos en verso latino por Marinér. 

Tuvo éste cuidado de apuntar al fin de cada libro 
el día en que le terminaba. Así sabemos que acabó 
el libro sexto de la Iliada en 30 de Abril de i620, y 
el U."^ en i2 de Agosto de 1622. Los escolios de Di- 
dimo fueron tarea de dos meses escasos, desde 6 de 
Enero hasta 28 de Febrero de 1624. Celeridad que 
fio asusta á quien conoce los inauditos trabajos de 
aquel hombre, más fecundo qiie el Tostado, y com- 
parable sólo con Lope de Vega, aunque en materia 
más ingrata y que no tolera improvisaciones. 

Amigo de Marinér fué Quevedo, á quien cito aquí 
fio en concepto de Iraductor, sino por babor escrita 
un libro latino en defensa de Homero contra Escalí- 
gero, el P. La Cerda y demás admiradores incondi- 
cionados de Virgilio. ¡Lástima grande que esla obi^a 
haya perecido! Montalban la cita en su . Para Todos^ 
con el rótulo de Homeri Achules adversus impostu- 
ras Maronianas. El mismo Quevedo alude á ella ea 



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12 

ana de las ñolas de su trad. de Anaereontei aComo 
yo probaré en. la defensa de Homero contra las ca- 
lumnias de Julio Scaligeto^ y otros de esta seeta^ 
apostatas de la buena fama del padre de todas las 
ciencias. 

A fines del siglo XVII y principios del XVIII el 
Dean de Alicante Manuel Martí acometió de nuevo la 
enojosa tarea de poner en latin los Escalios de Eus* 
tacio, pero no pasó de los dos primeros libros (i). 
Animábale á tal empresa Lorenzo Zaccagna, prefecto 
de la Bibl. Vaticana. 

Reanudemos el hilo de las traducciones homéricas. 

ij Un anónimo tradujo toda la Iliada en octavas 
castellanas, comenzando este trabajo en 1.® de Se- 
tiembre de 4745 y acabándole en 30 de Marzo 
de 1746. Posee ó poseia esta versión, absolutamente 
ignorada, D. Santiago Pérez Junqueras, del comercio 
de libros de Madrid, que me la facilitó para su exa- 
men. Está dividida en dos volúmenes en 4.*, com- 
prensivo cada uno de doce libros, y la antecede un 
largo proemio con estos párrafos: Concepto de la 
Iliada y de Homero, — Qausa^ disculpa y utilidad de 
la versión. — Lo que suena la obra y puede apro- 
vecharse de ella. — Advertencias deducidas de la 
Iliada.^Plano (sic) de Homero para la Iliada. — 
Argumento de la Iliada. 

Así dice la primera octava: 

Canta, Diosa, la ira lamentable 
Del grande Achules, hijo de Peleo, 
Causa de inmensos males insaciable, 
Del campo griego el vengativo empleo 



(l) Vid. Enmanuelit UarUhx Vita (por Mayan?) al frente 
¿e Ihs EpUtolas del Deüii (éd. de Wiseliup:), pág. di 



dby Google 



i3 

Que mil heroicas almas implacable 
Rencor ocioso anticipó al Leteo, 
Colmando en sus destrozos las riberas 
Pasto y cebo á las aves y á las Aeras. 

Del autor nada puede rastrearse. En uno de los 
tomos servía de registro un sobre dirigido al duque 
de Sotomayor, embajador en Portugal, lo cual puede 
inducir á creer que la traducción se hizo en la em- 
bajada de Lisboa. 

De todas suertes es muy floja. El traductor era 
helenista, pero estaba contagiado de todos los re- 
sabios de su tiempo, y es conceptuoso en grado 
sumo. Juzgúese qué tormento habrá dado á Homero 
para traducirle. Versífica, en general, con lozanía 
y soltura. 

m) EIP. Francisco Xavier Alegre, natural de 
Yeracruz, uno de los jesuitas desterrados á Italia, es 
autor de una hermosa versión de la Iliada en exá- 
metros latinos. Imprimióse en Bolonia, 1776, con 
un poema original del mismo Alegre, De opugna- 
iione Tyri. Pero la edición que poseo es la 2.*, cuya 
portada dice así: 

«Francisd Xaverii Alegre MexieaniVeracmcenr 
m, Eomeri Jlias^ ¡atino carmine ewpresea. Bditio 
romana venustior^ et emendatior. S. B. Ápnd Sal- 
WHum^ typographum Vaiieannmj 1788.» 4.* x-f- 
456 pp. 

Cuidó de esta edición Juan de Malo Villavicencio, 
amigo y paisano del autor. 

La Iliada de Alegre tiene un sabor mucho más 
virgiliano que homérico^ y este es su defecto. El 
traductor no lo tenía por tal, y en el prólogo dice: 
Poetarnm Principie mtntem, non verba, latinie ver- 
eibue eaprimere eonatij Virgilinm Uaronem, Ec- 



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44 

«ííft Optimum et pulcherrimwn interpréteme 

4ucem se^uimiAr, El empeño de imitar la Bneida^ dd 
la cual reproduce hemistiquios enteros, le aparta de 
la simplicidad helénica. Pero su elegancia es tal, 
que será leido coa deleite' aun por el meaos aficioaa- 
•do á versos latinos modernos. 

1) Otro de aquellos ilustres emigrados, el P. Ma- 
nuel Aponte, natural de Oropesa, en Castilla la Nue- 
ya, meritísimo profesor de griego en la Universidad 
de Bolonia, maestro de Clotilde Tambroni y de Mez- 
■zofanti, que escribió su Elogio^ tradujo en verso 
castellano la Iliada y la Odisea con admirable Me- 
Hdad, y con notas doctísimas, según escribe D. Lean- 
dro Fernandez de Moratin (i). Aun es mayor el en- 
tjomio que de ellas hace el cardenal Mezzofanti, 
cuyas palabras voy á trasladar, porque están en un 
toUeto de i 6 págs., hoy rarísimo: «En Homero puso 
x¡\ P. Manuel particular estudio, y enamorado de sus 
admirables bellezas, sintió encenderse su estro poé- 
tico, y trató de expresar en su propia lengua, y 
hasta de emular Iversificando espléndidamente) las 
•magnifieencias del griego con la dignidad del habla 
castellana. Añadió á la traducción comentarios doc- 
tísimos, en que sagazmente ilustra palabras y cosas, 
íl defendió á Homero de algunos detractores que 
por amor á la novedad osaban censurarlo, para con- 
üucir á los italianos á un género de literatura extra- 
fío y fantástico... (2) El P. Manuel, desde su cátedra 
rodeada de jóvenes, vindicaba la gloina de Homero, 
hacía notar sus bellezas sencillas y maravillosas, 
tmte las cuales son nada los estudiados artilicios, y 



(1) Obras Postumas de Moratin, tomo I, pág". 323. 

(2) Probablemuiitü el guato de íuá pvw.ííaá g&si4a:.as, dti 
¿uudiuu por el u L>a;e C e;»Mr o t ó. 



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4o 
^e desvanecen las falaces creaciones de la desenfre- 
jiada fantasía. Él, con su celo por el honor de lc3 
^egos y su profundo conocimiento de la antigüe* 
"dad, sirvió para conservar en Bolonia el sentimiento 
de la verdadera belleza de las letras, sentimiento 
que no puede menos de acrecentarse con el estudio 
-de los ejemplares griegos (4).» 

Esto escribe Mezzofanti. Y sin embargo, ¿quién 
tecuerda en España el nombre del Padre Aponte? 
llngratitud sin ejemplo! ¿Tienen noticia nuestros 
helenistas de sus EUmenlos Gkefirianos? 1^2). 

La traducción de Homero debe de haberse perdido. 
Cuantas investigaciones he hecho en Bolonia para 
hallarla, han resultado inútiles. 

%) D. Juan Melendez Valdés comenzó á traducir 
la Uiada en endecasilabos Sueltos, pero no sé que 
pasase de los 300 primeros versos. Hállase noticia 
de este trabajo en las Cartas de Melenüez á Jove- 
Llanos (Bih. de Autores Españolee, tom. 63.**). Así 
icomenzaba: 

Canta, ¡oh Diosa! de Aquíles de Peleo 
La perniciosa ira, que t$n graves 
Males trajo á los griegos, y echó al Orco 
Muchas ánimas fuertes de los héroes, 
4iue las aves y perros devoraron. 

p) «El P. Pedro Estala (de las Escuelas Pías), á 
cuya celda concurríamos por la nocheydias de 
^esta, nos leía la traducción de algunas rapsodias 



(1) Diücorso in lode del P. BmanueU Aponte,., dalir Abata 
<íiuseppe Mezzofanti. Bolog-na, 182i). — (De mi Biblioteca.) 

(2) Preciosa ¿^ramaticii íjdeffa, de la cual posoo la 3.' ed. 
Bolonia, im. 



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46 
de Homero, que hdbia traducido del griego... Pera 
le distrsúo un carmelita descalzo dándole á traducir 
sermones franceses, que le pagaba muy bien, coa 
lo- que se inclinó á trabajar en lo que le valía, di* 
Ciendo: Querencia pecunia primum. » 

Tomo esta noticia de un escrito del Abate D. Juan 
Antonio Melón, intitulado Desordenadas y matdigC' 
ridas apuntaciones (1). 

q) D. Cándido María Trigueros hizo algunos en- 
sayos de traducción de la lUada, Perdiéronse, sin 
duda, y no se ha perdido mucho. 
' r) La fatalidad que habia hecho que no se impri» 
miesen la traducción del P. Aponte y alguna otra de 
las anteriores, quizá excelentes, concedió ese honor á 

La Iliada de Homero^ traducida del griego en ver» 
so endecasílabo castellano^ por D.. Ignacio Garda 
Malo, Con licencia, en Madrid^ por Pantaleon Az' 
nár.añoilSS. 

Tres tomos en S.^el i.® de xc-t-375 págs. (los 
preliminares son una dedicatoria al conde de Florida- 
blanca y un Discurso preliminar sobre Homero y la 
Iliada): el 2.° de 390 págs.: el 3.^ de 356h-2 ps. sin 
fohaturapara una advertencia. 

Hay una reimpresión de Madrid^ imprenta di 
Vérges^ calle de la Oreda, 1825. Tres tomos, idénti- 
cos á los déla primera, aunque en tamaño más 
pequeño. 

Como obra poética, el Homero de García Malo 
(estimable á veces por la fidelidad), es infelicísimo, 
arrastrado y prosaico. Apenas puede soportarse su 
lectura. Pruébelo el lector, y se convencerá por sí 
mismo. £1 intérprete llevaba en su non^re la sen- 
tencia. 



(1) Of»r<k9 P^iíiénMs de Moratin, t III, p. SSS. 



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17 

s) D. Miguel José Moreno (nombre para mí des- 
conocido) hizo en verso castellano una traducción 
de la Jliada. Sobre ella escribió Gallardo una Caria 
eritiea, en Cbiclana, el 26 de Setiembre de 4826. No 
be visto la Carta, ni la traducción, ni sé que «inguna 
de las dos cosas se imprimiese (i). 

i) D. Pedro A. Crowley Gaditano, incluyó la 
IHada en laí cinco Joyas épicas: traducción en verso 
castellano de las cinco airas cláiica más célebres del 
mundo. — Madrid^ 1844, 8.* rnayor. Citada por don 
Dionisio Hidalgo en su Diccionario de hibl%ogr(\fia 
española. 

Con ser tan moderna la impresión de Las cinca 
joyas épicasy en tales términos se ha oscurecido, 
que ni la diligencia de mi buen amigo D. Julián 
Apraiz ni la mia han bastado para haberla á las ma- 
nos. No puedo decir á mis lectores si la Iliada de 
Crowley es de su cosecha ó reproducción de la de 
Hermosilla. He llegado á sospechar que de Las cinco 
joyas sólo circularían el prospecto y alguna entrega. 

x) D. Francisco Estrada y. Campos, natural de 
Valladolid, distinguido diplomático, fallecido en Di- 
ciembre de 1868, dejó entre sus papeles, que hoy 
conserva su hijo y heredero en Valencia, una tra- 
ducción de la Iliada y de la Odisea en verso suelto, 
anotadas é ilustradas con dibujos del mismo traduc- 
tor. Las planchas llegaron á grabarse en París. 

Gozaba el difunto Sr. Estrada reputación de nota- 
ble helenista, y sería de desear que su obra viese la 
pública luz. Quizá supere á la de Hermosilla, y de 
todas suertes nada perderá nuestra literatura {esca- 
sa en esta parte) con poseer una versión más. 



(1) vid. CatAlogo de las obras de Gallardo, en el t. ni de 
Líricos del siglo XVliI. ^Biblioteca de Rivadeneyra.) 
TOMO III. 2 



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i8 

«) Otro tanto digo de la que tiene yá muy ade- 
lantada el elegante poeta sevillano D. Narciso Cam- 
pillo. ¿Quién sabe si en su frente reverdecerán los 
lauros de Monti? 

Ala enumeración de los traductores castellanos 
debe seguir en ley de justicia la de los portugueses 
y catalanes. 

a) Bartolomé Cordovil de Sequeira y Mello, pro- 
fesor de gramática latina á íln&s del siglo pasado* 
tradujo (del latin ó del francés) La Iliada. El origi- 
nal, escrito en papeles sueltos y sobres de cartas, 
vino á poder del Sr. Francisco de Paula Ferreira da 
Costa, que la continuó traduciendo lo que faltaba, de 
una traslación castellana en verso suelto. Forma todo 
el trabajo tres volúmenes en 4.°, que vio Inocencio 
da Silva. 

h) Joaquín José Caetano Pereira é Sonsa, juris- 
consulto acreditado y razonable poeta de principios 
de este siglo, publicó una traducción del Lidro pri- 
mero de La Iliada^ Lisboa, na off, de Joan Roári- 
gnes N%ñes (según otros, en la Typoffraphia Lacer- 
dina), Pero la edición fué completamente destruida. 
Inocencio da Silva sólo llegó á poseer un fragmento 
(desde la pág. 47 á la 24). 

c) José María da Costa é Silva tradujo en verso 
suelto los cuatro primeros cantos de la iliada. Con 
interés abrí el cuaderno rotulado: 

(ílliada de Homero, íraduzida do Qrego em veno 
portuguez por José María da Costa e Silva, libro 
primeiro.yy Lisboa, 1811, 8.^, 14 pp. 

Pero encontré que no contenía traducción alguna, 
sino sólo un parecer del P. Macedo, que habia de 
servir como áe prefacio á la anunciada versión de 
Costa é Silva, de la cual no sé que llegara á impri- 
mirse una línea. 



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49 

iQ Antonio Marí^i do Gouto, profesor de griego 
«n Lisboa, asociado con Blpino Tagidio (¿Costa é 
:SiWa?), publicó en 1810 el primer libro de 

iíiLa Iliada de Somero iradMzida en verso heroica 
^ortuffuez e annoiada sobre os coetumes dos antigot 
^Tegot..,Ti> Lisboa, MDCCCX, 8.°, XV pp. preliminares 
y 50 de texto -h 8 (con nueva foliación) de notas. 

Esta publicación no pasó adelante. 

Gouto usa de mucbas palabras compuestas y lati* 
Tiizadas. Ofrece para el fin de la obra un diccionario 
geográfico homérico y una lista de los capitanes 
griegos y troyános. 

Los 611 versos del original están vertidos en 721. 
La traducción parece pertenecer á Gouto, declarán- 
dose Blpino Tagidio autor de las notas. 

En el Observador Portuguez^ revista qué en 1818 
publicaba Pato Moniz, vinieron insertos dos frag- 
mentos más de la Iliada traducida por Gouto: la 
despedida de Andrómaca (libro 6.^) y el Llanto de 
Agüites por la muerte de Patroclo (libro 18.^) (1). 

e) Antorio María Ribeiro dos Santos, entre los 
Arcados Blpino Duriense^ tiene en el tomo primero 
4e sus Poesías (Lisboa, 1812) traducciones de dos 
fragmentos homéricos, á saber: los primei*os versos 
<ie la Iliada^ y la despedida de Héctor y Andró- 
maca (2). 

/) Doña Leonor de Almeida, marquesa de Alor- 
na, tradujo (presumo que del latín) en 123 ceta vas 
reales la mayor parte del primer canto de la Itiada^ 
Puede verse en el tomo 3.^ de sus Obras^ edicioa 
hecha por sus hijas en 1847. 

g) Francisco Xavier Monteiro de Barros, máitft* 



(1) Vid. páginas 134 y 167 del Observador. 

^) Vid. páff. 906 y n. de las Poesías de ElpUio Durié»elf^ 



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20 
mático, autor de un tratado ípbre el fno9imient(t 
elíptico de loí planetas j dejó á su fallecimiento, ocur- 
rido en i 855, una traducción manuscrita (no directa, 
según parece) del primer libro de la liada. 

h) Mondes Leal ha traducido en rotundas y ya- 
lientos octavas el episodio de Diomédes y Héctor en 
el sexto libro. Puede verse (precedido de una curiosa 
advertencia) en el tomo primero de los Ánnaes das 
Sciéndas e Lettras publicado por la Academia de 
Ciencias de Lisboa, en i 857. Las octavas son iS. 

i) El brasileño Manuel Odorico Mendos, eximio 
latinista, tan conocido por su Eneida^ fué autor de 
la única traducción completa de la Iliada que hasta 
ahora posee Portugal. La edición es postuma y re- 
ciente: 

tdliada de Homero em verso portugués por Ma- 
nuel Odorico Mendes, da cidade de S. Luis do Mo- 
ranhon. Editor e revisor Eenrique Álves de Carva- 
Iho,.. Rio de Janeiro, 1874. XL pp. de preliminares 
y 313 de texto. 

No es dilecta, sino tomada del latin. Se distingue 
por la concisión, puesto que traduce en 13.116 en- 
decasílabos los 15.674 exámetros del original, supri- 
miendo infinitos giros con libertad extremada. Usa 
Mondes de muchas palabras anticuadas, é inventa 
compuestos, á veces muy felices, como el braci-nivea 
aplicado á Andrómaca. 

La edición está llena de yerros tipográficos. Se 
encabeza con una breve advertencia suscrita por el 
editor (que apenas contiene otra cosa que los argu- 
mentos de los cantos) y una biografía de Odorico 
Mondes por Juan Francisco Lisboa, ya impresa 
en 1862. 

J) El Dr. Luis Vicente de Simoni, médico resi- 
dente en el Brasil, tenia (hace años) aducidos algu- 



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2i 

nos trozos de la Iliada^ según apunta Inocencio da 
Silva. 

1) Manuel Rodríguez de Silva Abreu tradujo (de 
la versión francesa de Bitaubé) el encuentro de Dio* 
médee y Oláuco (libro 6.°). Poseía autógrafo esti 
fragmento Inocencio da Silva. 

f») Casi ninguna de las anteriores tentativaír 
babia sido afortunada, ni podía estimarse como tra- 
ducción, unas por serlo de retazos brevísimos, y las 
más por no ser directas. A llenar el vacío que en 
esta parte principalísima tiene aún la lengua lusitana, 
encamina, bace años, sus esfuerzos el docto profe- 
sor do literatura clásica de Lisboa, mi amigo D. An- 
tonio José Víale. De su elegante versión de Homero 
no ha impreso. hasta ahora más que muestras. En el 
tomo sexto de O Instituto, revista de Coimbra, pá* 
gina 128, publicó traducidos los 67 primeros versos 
de la litada. En el tomo primero, parte segunda de 
las Memorias de la Academia de Ciencias, y después 
en un cuaderno aparte dio á conocer (Lisboa, 4854)^ 
el sexto canto del mismo poema, leído á la Academia 
en 9 de Febrero de 1854. Fragmentos que con algún 
etro reprodujo en su Miscellanea helénico-literaria. 
Todo tiace esperar que pronto habrá traducción por- 
tuguesa de la Iliada. 

aa) Quizá salga antes á luz la catalana que, según 
mis noticias, tiene ya dispuesta para imprimirse don 
Juan Montserrat y Archs. Antes de mucho se podrá 
leer á Homero, directamente vertido, en todas las 
lenguas literarias de la península ibérica. 

Oportunas son las circunstancias para reproducir 
el monumento que más honra á nuestros helenis- 
tas, la Iliada traducida por Hermosilla; obra ya es- 
casa y ni de mucho tan conocida como su mérito é 
importancia reclaman. Pero antes de decir algo de 



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a persoüa del traductor, de sus obras y en especia! 
de esta, cúmpleme dirigir un ruego á nuestros edi- 
tores. Sigan el loable ejemplo del Sr, Navarro; ha- 
gan un esfuerzo más; impriman un texto homérico* 
en su lengua original á la luz de los adelantos de Ist 
filología moderna, y así no tendremos que avergon» 
zarnos cuando los de fuera nos pregunten por edi- 
ciones ^rt^^o^ de Homero, hechas en España (1). 

11. — ^Noticias biográficas t críticas acerca dk 
D. José Gómez y Herhosilla. 

Nació este docto helenista y crítico atrabiliario (2) 
en Madrid, el 11 de Mayo de 1771. Estudió latinidad 
y retórica en el Colegio de escolapios de Getafe, y 
filosofía en el convento de Santo Tomás de Madrid. 
En 1786 empezó á cursar Teología, cuyo estudio con- 
tinuó en los cuatro años siguientes. En 1791 y 92 
asistió con notable aprovechamiento á las cátedras 
de Disciplina eclesiástica y Liturgia establecidas en 
los Reales Estudios de San. Isidro. En la Academia de 
Teología de Santo Tomás fué cuatro años actuante^ 
cuatro profesor, y ejerció en diversas ocasiones los 
cargos dé vicesecretario, decano, moderante y fis- 
cal. Desde 1786 á 1792 perteneció asimismo á las 
Academias prácticas de Teología Moral y Escritura, 
establecidas en la casa-oralorio de San Felipe Neri, 



(1) Ni en Castilla ni en Portugal se han impreso trozos 
de los poemas homéricos, fuera de las colecciones de -S^ 
lectat (y. gfr., la de los Jesuítas, la del Sr. Berg'nes de laa 
Casas, las Lectiones Groecce áQ Bardon, etc..) en ninguna 
un canto completo. 

(2) No conozco más que una biografía de él: la inserta 
por D. E. de Ochoa en sus Apunlespara una BibHot§ca dé 
€SCiHtor4$ eontemporántos. 



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23 
siendo en ellas secretario y fiscal. En los años 9S y 
S6 estudió matemáticas en San Isidro, y al propio 
tiempo, y con mayor fruto, lengua griega bajo la di- 
rección del sabio traductor de Luciano D. Casimiro 
Florez Canseco, que en el citado año de 96 le nom- 
bró sustituto de su cátedra, cargo que desempeñó 
por otros cuatro, celebrando tres exámenes públicos. 
En 1800 bizo oposición á la cátedra de Disciplina 
eclesiástica de los Estudios, siendo propuesto en 
terna por los jueces. Al año siguiente desempeñó en 
calidad de sustituto la cátedra de Retórica de San 
Isidro, y la obtuvo ^n propiedad en 1802. En 1808 
siguió el bando de los $^france8ados^ y obtuvo altos 
cargos en la administración intrusa, teniendo que 
emigrar por ello en 1813. En Montpellier se mantu- 
vo dando lecciones de retórica á varios jóvenes es- 
pañoles, y en París enseñó, por algún tiempo, grie- 
go, idioma que, según su amigo Moralin, jPdííia me- 
jor que Screvelio. En 1820 pudo volver á Madrid, y 
durante el trienio constitucional, figuró con un do- 
ble carácter político-literario, ya como periodista en 
El Censor^ que fundó en unión con Lista y Miñano, 
ya como profesor *de humanidades, ideología y pro- 
piedad latina en el Colegio de San Mateo. Hei*mosilla 
fué sin duda de los prohombres de cierto partido po- 
lítico que vmo á injuir, y no poco, en las vicisitudes 
de la nación muchos años adelante. Quintana, en sus 
Cartas Poliiicas á Lord Holland acerca de la época 
constítucional del 20 al 23, juzga con severidad los 
actos de esta bandería dúctil y acomodaticia, en los 
términos siguientes: 

«Con estos esfuerzos combinaron los suyos cier- 
»tos escritores que, aunque al principio favorables á 
»la causa de la libertad, se les vio de pronto cam- 
jjtóar de rumbo y ladearse á las opiniones é intereses 



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21 
>5 3e la corte (i). Su celo habia parecido siempre muy 
«equívoco, porque perteneciendo á la clase de los 
»qu6 el vulgo llama afrancesados^ sus doctrinas se 
wtenfan por sospechosas y sus consejos por poco se- 
»guros. Es verdad que los afrancesados se hallaban 
^habilitados por la ley, pero era temprano todavía 
«para estarlo en la opinión. Veíase e^to bien claro, 
»y mejor ellos que nadie, en la mala acogida que 
«encontraron algunos ai presentarse en las juntas 
«electorales, y en la poca cuenta que se hacia de 
»ellos para la provisión de los empleos. Ya acibara- 
«dos así, subió de todo punto su resentimiento cuan- 
»do vieron que dos sujetos muy notables entre ellos 
«(Lista y Hermosilia), propuestos para dos cátedras 
«de los estudios de San Isidro de Madrid, fueron pos- 
«tergados á otros que les eran muy inferiores en ta- 
«lento y en saber. De aquí tomaron pretexto los es- 
«critores de su bando para hacer abiertamente la 
«guerra á un gobierno que así los desairaba y desfa- 
«vorecia. Comenzaron las hostilidades cuando el 
«acontecimiento del Escorial, y no han cesado toda- 
«vía aun después de abolida la Constitución y pros- 
«criptos y perseguidos sus autores*. Hoy atacaban los 
«actos Sel Gobierno y de las Cortes con el rigor de 
«las teorías, y mañana se mofaban de las teorías 
«como de sueños de ilusos, conlrarios á la realidad 
«de las cosas y al curso que ordinariamente llevan 
«los negocios en el mundo. Su doctrina, varia y fle- 
«xible, se prestaba á todos los tonos y tomaba lodos 
«los aspectos, con tal que sirviesen á desacreditar el 



(1) Nótase solDre todo esta trasformacion en Miñano, 
que comenzó escribiendo las Cart(u del Pobreciio Holgazán 
é insertó luego en El Censor artículos en muy opuesto 
sentido. 

(Nota del autor de esto articulo.) 



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25 

borden establecido y las personas que le sostenían. 
«Uniéronse al principio con los bullangueros para 
«derribar al Ministerio, y después se han unido con 
»los invasores para derribar la libertad. Así esto- 
í>escritores por cálculo, por error ó por destino, se 
»han colocado siempre en una posición contraria á la 
»opinion nacional y á los intereses públicos del Es- 
»tado. Dejo aparte las relaciones monstruosamente 
«embusteras que algunos de ellos han hecho de los 
^sucesos de entonces para que circulasen fuera de 
»España... Omito también las risibles palinodias que 
í)hemo9 visto en que los discípulos de Locke y Mon- 
3)tesquieu se han vuelto de repente en ecos del aba- 
»te Barruel y del capuch no Velez (i).» 

Sin negar que la pasión política pudo influir en las 
anteriores apreciaciones del ilustre Quintana, ha de 
confesarse que la conducta de Lista, Hermosilla y 
Miñano en aquel período y en el siguiente, poco 
ofrece de laudable, por más que en ella dieran no 
lables pruebas de habilidad y tacto político. £1 go- 
bierno absoluto restablecido, no olvidó los buenos 
servicios de los afrancesados-^ y aunque estos hubie- 
ron de tropezar eon la animadversión y los recelos 
de los realistas exaltados, que les tenían, no sin fun- 
damento, por muy sospechosos en religión y en po- 
lítica, lograron, no oJ)stante, singular influjo en la 
épocas más templadas del gobierno de Fernan- 
do Vil, especialmente en sus últimos años, gracias al 
talento de Lista, Reinóse y Burgos. Tampoco ha de 
negarse que esta influencia fué en general beneficio- 
sa, y que el despotismo ilustrado de aquel partido 
templó en parte los rigores de la reacción absolutis- 



<1) Este tiro va derecho contra Hermosilla y su yacoM- 



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la. En cuanto á nuestro literato, la vehemencia da 
8u adhesión al monarca, mañifíesta en El Jacobinis» 
mo, ütrájole muy pronto los favores de la corte, y 
en 1825 fué nombrado secretario de la Inspección 
general de Estudios, destino que sirvió hasta el 2S 
de Octubre de'1835 en que fué declarado cesante» 
Desde 4836 distrutaba los honores de secretario del 
Rey con ejercicio de decretos. El hecho más nota- 
ble de esta segunda época de su* vida polítipa y li- 
teraria fué la publicación del Arte de hablar^ contra 
el cual se levantó una verdadera tormenta, según 
puede verse por dos cartas curiosísimas insertas en 
el tomo III de las Obras postumas de Moratin, publi- 
cadas en 1867. El Arte de hablar apareció en 1826, 
dedicado á la reina Amalia. Lo que aconteció á poco 
de la publicación de la obra, dícelo Hermosilla 
en una epístola á su ídolo Inarco : « Sepa usted 
»que en la noche del 14 de Mayo (de d826) en 
»que presenté á SS. MM. y AA. ejemplares de la 
wobra, pasó uno de ellos á manos de... (el nom- 
»bre en blanco tal vez por excesiva meticulosidad 
»del docto editor de las cartas moratinianas), y al 
»dia siguiente habia ya fallado su Reverendísima 
3)que la tal obra estaba llena de obscenidades, pa- 
«labrasque repitieron en los cuartos reales... (más 
«nombres en blanco), sin qije ninguno de los tres 
«hubiese visto, ni aun por el forro, el libro qua 
«desacreditaban. Dado, pues, por sentado que era 
Mnmoral é induclivo á lascivia^ y que debia pro» 
•hibirse, se empezó á tratar sobre los medios de 
«conseguirlo. La cosa no era muy fácil, porque ha- 
«bia sido examinado y aprobado por el Obispo de 
«Málaga y recomendado por la Comisión Regia de 
«Estudios, y declarado por el Rey libro de asigna- 
«tura para las clases de Humanidades, y estaba 



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27 
iKiedicado á la Reina con Real permiso, y eü Minis* 
3»tro de Gracia y Justicia le habia elogiado coa entu- 
»siasmo, y el público le habia acogido benignamen- 
»te. Fué, pues, necesario poner en movimiento altos 
»y poderosos personajes, tales como el Nuncio y el 
«confesor de la Reina, y hasta el mismo Consejo de 
«Estado, que en consulta formal elevada á manos del 
»Rey, acusó la obra de inductiva á la molicie. Sin 
«embargo, los meses iban corridos y nada se conse- 
»guía, pero al fin el Confesor presentó personalmen- 
«te al Rey una exposición muy breve, en la cual 
«manifestaba que siendo obscenos varios pasajes de 
«la obra, y señaladamente el verso del idilio (i) 

y>FáiU labio (al vez uniendo el mio^ 

«era indecoroso que llevase al frente el nombre de 
»la Reina. Pasó la exposición á Calomarde, y asus- 
«tado éste al nombre sólo de la Reina, mandó sus- 
«pender la venta de la obra* y que la examinsf- 
«sen nada menos que el Arzobispo de Toledo, el 
«Patriarca y el Obispo de León; pero á mayor abun- 
«damiento, y antes de pasársela á los tres, quiso oir 
«el dictamen del muy reverendo Nuncio de Su San- 
«tidad. Este le dio pronto, y sentando que la obra, 
«en su totalidad, era recomendable por suerudi- 
«cion, delicadeza y solidez, dijo que era menester 
«repeler de ella el idilio A la ausencia, y un verso 
«de Valbuena en que se habla de pechos. Y es de 
«notar que el mismo Nuncio habia sido el principal 
«autor de la conjuración contra la obra, ó más bien 
«contra el autor, y habia estado instigando al confe- 



De Moratia Á la ausencia, citado por Hermosilla 
eomo ejemplo. 



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28 
«sor de la Reina por espacio de cinco meses para quo 
T>la delatase. Los tres prelados han tardado ocho 
«meses en dar su censura, pero al fin la dieron, y 
«después de hacer también elogios de la obra y jus- 
«ticia á las rectas intenciones del autor, proponen 
»que se suprima el idilio por intolerable, la ropa 
'^^disceñida, en una de las traducciones de Horacio; 
«losjOícAoj, de Valbuena; la concha de Ve'nuSy de 
»Garcilasso, repetida por Francisco de la Torre; las 
«reflexiones mias que siguen á los versos Malo me 
yiOalatea petit; las palabras luz resplandeciente, ha- 
«blando de la metáfora continuada, y las de irresis- 
tible necesidad en el tratado de los tropos.» 

Hermosilla sigue refiriendo largamente los por- 
menores de este asunto, y da noticia de su contes- 
tación al dictamen de los censores. Termina mani- 
festando el temor de que se prohibiera ó expurgara 
su libro. No fué así; antes bien, después de haber 
sido suspendida por algún tiempo la venta de los 
templares, volvieron á circular libremente, señala- 
dos como único texto para las cátedras de Huma- 
nidades. 

Este incidente, y algunas polémicas literarias á 
que arrastró á Hermosilla su genio atrabiliario y 
batallador, llenan los últimos años de su vida. Murió 
en 34 de Marzo de 1837. Era secretario de la Acade- 
mia Greco-latina Matritense é individuo de varias 
sociedades económicas. 

Sus obras, aparte de El Jacobinismo, Hbro de 
circunstancias, que refutó en sentido más exaltada- 
mente realista el P., Vidal en su Origen de los erro- 
res revolucionarios de Europa, son las siguientes: 



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29 



MANUSCRITAS. 



Compendio de Bellas Letras, por D. José Gómez 
Hermosilla. Montpellier, 1818. Poseo este manuscri- 
to, que puede considerarse como el primer bosquejo 
del Arte de hablar. La doctrina es en sustancia la 
misma, y la exposición tampoco varia en cosa nota- 
ble. Es, sin embargo, curioso ir advirtiendo la cre- 
ciente rigidez de la crítica de Hermosilla desde el 
Curso de Bellas Letras hasta el Arte de hablar y el 
Juicio Critico. En nuestro manuscrito nunca men- 
ciona á Melendez más que para elogiarle, y califica 
á Valbuena de buen poeta. 

Gramática de la lengua griega, con un apéndice 
sobre su verdadera pronunciación (la erasmiana). Ms. 
Ignoramos dónde exista. 



IMPRESAS. 

Artículos en Bl Censor. Casi todos los de política 
son de su pluma. 

Arte de hablar. De este libro, que ha sido por 
muchos años y es aún en parte, y no sé si por des- 
gracia, el texto en nuestras aulas, existen varias 
ediciones. I^ primera apareció en 1825 con las cir- 
cunstancias en su lugar referidas. Por Real orden de 
19 de Diciembre se la declaró obra única de estudio 
en las clases de Humanidades. 

Arte de hablar en prosa y verso, por D. José Gómez 
Hermosilla, secretario de la Inspección general de 
Instrucción pública. Segunda edición. Madrid. En la 
imprenta Nacional, 1839. Dos tomos, el 1.^ de xvm-h 



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30 

397, el 2.^ (le 276h-ciii de Suplemento, con d prólo- 
go de Moratin á sus Comedias en la edición de París 
y diversas poesías líricas del mismo. 

La grande influencia de Hermosiila como precep- 
tista de la fracción más extremada y recalcitrante 
del neo-clasicismo ha sido en parte útil y en paite 
no menor dañosa. Sus minuciosos análisis condñla- 
quistas de pensamientos, expresiones, formas de len- 
guaje, etc., sus consejos de utilidad práctica (más 
gramatical, no obstante, que literaria) y el esmero 
con que miró siempre por la pureza de la elocución, 
oponiéndose al neologismo cien/ueguisÍQ y no alcan- 
zan á contrapesar el perjuicio, aún sensible, que 
causaron á Ha educación estética de gran parte de 
nuestra juventud amamantada en su libro, su /of- 
malismo exclusivo é intransigente; su apreciación 
mecánica de los productos del ingenio; su calculado 
desprecio á toda especulación metafísica acerca de 
la belleza; el rastrero sensualismo que asoma siem- 
pre en su obra, apenas intenta penetrar en el terre- 
no filosófico; las" atix)pelladas censuras contra los 
más venerandos monumentos del arte nacional; el 
desden con que miró el teatro; el crimen de lesa na- 
• cionalidad en sus famosas ocko razones contra los ro- 
mances, que calificó de Jácara y poesía tabemaria, 
como de canijos y copleros á sus cultivadores; el 
epíteto de calenturiento dado á Calderón, y la saña 
con que atacó la memoria de Lope y de Valbuena 
en cuantas ocasiones le parecieron oportunas para 
ello, y aun muchas veces sin venir á cuento. 

Del libro de Hermosiila existen dos ediciones con 
notas criticas (enderezadas á corregir algunos de 
sus más graves yerros) hechas en París, por Salva. 
Como reproducciones del Arte de hablar pueden 
considerarse no pocos tratados de retórica que cor* 



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f9fi eñ nuestras escuelas, especialmente los Siénten- 
los de literaHra, de D. Pedro Felipe Monlau, que 
«tto vsrlan eo algún párrafo de más ó de menos i* 
« los ejemplos. 

No parece inútil advertir que Hermosilla, á pesnr 
de su odio á los secuaces de la escuela salmanti- 
na, cuyo código literario era el Blair, traducido per 
Munárriz, saqueó á manos llenas las lecciones del 
profesor escocés para el segundo tomo de su Arte. 

Los salmantinos acogieron con una tempestad de 
iblletos y sátiras el libro de Hermosilla. Movíales á 
^0 la enemistad política no poco encarnizada entre 
los afrancesados prepotentes y los liberales, enton- 
ces en desgracia, á cuyo númerd pertenecían casi 
todos los discípulos de Meléndez, pero incitábales 
aún más el desden y afectado olvido de Hermosilla 
liácia su maestro, las críticas duras y poco emboza- 
das contra Cienfuegos, y el ensañamiento del ira- 
cundo preceptista con Valbuena y los romances, jus- 
tamente' ensalzados por Quintana en prólogos de la 
colección Fernandez y en el de las Poesías selectas, 
. é injustamente deprimidos en odio á él por el futuro 
traductor de la Iliada, Así es que recuerdo haber 
leido hasta dos ó tres opúsculos anónimos, no mal 
escritos ni razonados, en que se ponían de manifiesto 
los errores y contradiccioíies de Hermosilla. 

En la memoria de algunos eruditos se conserva 
cierto epigrama, parodia de otro de Moratin, quo 
circuló por Madrid, pocos días después de la publi- 
cación del Arte de ¿oblar: 

«jVeis á Hermosilla escuálido, estropeádoj^ 
Tuerto, deformo, feo por esencia? 
Pues lo mejor que tiene es la presencia.» 



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32 
No fueron sólo los discípulos de la escuela de Sa- 
lamanca los conjurados contra la inlransigencia de 
Hermosilla. Con ellos hicieron causa común los eru- 
ditos amantes de nuestra antigua literatura, y los 
campeones del naciente romanticismo , que compren- 
dieron los daños que iba á causar la promulgación 
o/icial de aquel código inflexible, en que se desesti- 
maba y proscribia lo más bello y espontáneo del arte 
nacional. Los traductores del Bouterrocch salieron 
briosamente á la defensa de los romances, califi- 
cando de rapsodia el Arte de hablar y de a%tor de 
centones á Hermosilla. Gallardo apuró el vocabulario 
de los dicterios con ocasión de lo que él llamaba 
Arte de hablar disparates, en el folleto de gladiador 
que tituló Las letras, letras de cambio ó los merca- 
chifles literarios, y en otros papeles volantes que por 
aquellos años salieron de su acerada pluma. El sabio 
y mesurado D. Agustin Duran en su Discurso sobre 
el influjo de la critica moderna en la decadencia del 
teatro español, primer escrito en sentido romántico 
que vio la luz en nuestro suelo desde la desaparición 
de El Europeo de 4823, opúsose con alto sentido 
crítico alo que él llamaba el análisis-prosaico propio 
de almas de pedernal, y redujo fácilmente á polvo 
las razona; de Ifermosilla contra los romances, con 
sólo insertar, acompañado de algunas notas críticas» 
el bellísimo de Angélica y Medoro. Y cual si todo esto 
no bastara, años después, el Duque de Rivas, inge- 
nio español de pura raza, hizose cargo, en el prólo- 
go de sus bellísimos Romances histéricos, de las 
doctrinas hermosillescas sobre el particular, demos- 
trando teórica y prácticamente la sinrazón con que 
se llamaba jácaras á tan portentosas creaciones, y 
canijos á ios ignorados y modestos ingenios que 
Ules maravillas produjeron. A estas refutaciones y á 



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33 
las etísefianzas de Lista debióse el qne en parte se 
atajara el mal causado por la critica estrecha de 
Hermosilla, cuya pbra es en otros conceptos digna 
de estima y de loa. 

. Principios de gramática general^ por D. José Gó- 
mez Hermosilla, segunda edición, Madrid. En la im- 
prenta nacional, año de 1837. 245 pp. en 8.^ 

Esta obrita fué compuesta en i 823 para la cátedra 
de Ideología del colegio de San Mateo, y de igual 
suerte que el Arte de hablar ha sido por muchos 
años texto en nuestras aulas. Está escrita con cla- 
ridad, erudición y agudeza, pero sus teorías son 
crudamente sensualistas y hasta con visos de empi- 
rismo en ocasiones. No se para en Condillac.el autor 
de El Jacobinismyy llega hasta Destutt-Tracy y Ca- 
banis. Hasta se atrevió á poner como epígrafe de su 
libro y síntesis de su doctrina, estas palabras de un 
naturalista: aEl universo no nos presenta más que 
materia y movimienlo.y) Indudablemente Hermosilla 
no procedía de buena fe en sus invectivas anti- 
jacMnas. La primera edición de su libro debió-de 
hacerse en i 833. 

Juicio critico (i) de los principales poetas espa- 
ñoles de la última era. Obra postuma de D, José 
Gómez Hermosilla, Paris, librería de Garnier Her- 
manos , sucesores de D. F. Salva, 1855. (Saint- 
Cloud, imprenta de la viuda de Belin.J Esta es la 
segunda edición; la primera se publicó en 1845, 
Paris, libreria de Salva, imprenta de H, Fournier 
yCompañia, con un prólogo del editor que se ha 
suprimido en la reimpresión de 1855. Consta esta 



(1) Es extraño que Hermosilla, helenista consmnado. 
incurriese en el tan intolerable como frecuente pleonasmo 
de JuMo óptico. 

TOMO m. 3 



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34 
de un volumen, 8.**, 504 pp. y VIH de advertencia 
pfeliminar: la primera edición está dividida en dos, 
y algunos ejemplares dicen en la portada: Valenei4p 
librería de Mallén^ para que pudiesen circular en 
España. 

En este curioso libro analízanse composición por 
composición y casi verso por verso las obras lirioae 
de Mors^tin (hijo), Meléndez, Cienfuegos, el Conde de 
Noroña, Jovellanos y algunas de Arjona, Rolda», 
Castro y Sánchez Barbero. La crítica de lo bueno es 
en general pobre, de estrechas miras y ninguna el^ 
vacion: Hermosilla apenas emite juicios sobre el con- 
junto de las poesías que examina. Dirígese con pre- 
ferencia á los pormenores, párase mucho en cues- 
tiones gramaticales y métricas, y es por ende su libro 
de provechosa doctrina para todos y en especial 
para los principiantes. 

Por desdicha, el Juicio critico se escribió con apoh 
sionamiento y saña injustificables contra Meléndez y 
Cienfuegos, y con tono de mal disimulado desden 
hacia los poetas de la escuela sevillana. Hermo^lla 
es implacable, mordaz é injusto en sumo gi*ado; so 
perdona ripio, y dirige sus esfuerzos todos al ©nalie- 
cimiento-de su ídolo Moratm, en cuyas aras sacr^lea 
á cuantos pudieran hacerle sombra. Hermosilla y 
D. Juan Tineo, de quien hay insertas en el libro dto» 
críticas, una de Moratm y otra de Meléndez, repre- 
sentaron en el terreno del análisis la fracción más 
eictremada é intransigente del grupo literario quo 
admiraba á Inarco. No negamos que les asistía harta 
razón para ello, dado caso que las poesías sueidis 
de Moratin son de mérito mucho más alto que su 
fama, habiéndose perjudicado en este punto su 
notoria superioridad como dramático; pero tam- 
bién hemos de confesar que así Meléndez coioo Gien- 



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35 
fuegos y Arjona le superaban eñ estro Úrico, aunque 
DO llegasen á su aliidamiento y pureza. 

Cuando se publicó por vez pdmera el J%icú> ori- 
Mc9y D. Juan Nicasto Oaliego« ilustre entre ios disd" 
pules de Melendez, insertó en la J^evista de Madrid 
4IB. examen en fornaa de Diálogo^ docta j aguda- 
otente escrito. 

Aparte de los nueve estudios críticos que fonnaa 
éi Juicio, hizo Herraosilla algunos otaros acerca de 
poetas del siglo XVIU y comienzos del XIX. Cuando 
«1 lírico catalán D. Manuel Cabanyes le remitió, para 
<iue los censurara, sus admirable Preludias de mi 
lira, contestóle Hermosílla, con su severidad de pre- 
4^ista y de filólogo más que de crítico, en unas 
Observaciones sobre las poesías de Cabanyes, ma* 
Quscrito que poseia la familia del poeta en Yillanue- 
'va y GeUrú. 



TRADUCCIONES. 

La lliada de Homero, traducida del griego al c^s* 
tellano por D. José Gómez Hermosilla. — Madrid. — En 
la imprenta Real, año de i83i. 

Tres tomos en 4.°: el primero de XXXVI -+- 394 
págiinas y una de erratas; el segundo de 448 y una 
de engatas; el tercero de 463 y una de erratas. Los 
4os primeros volúmenes encierran la traducción de 
la Miada, precedida de un IHsourso preliminar, en 
que se trata de Bomero f sus poesías (admite Ser « 
mosilla la unidad de los poemas y la personalidad 
del poeta, aunque se hace cargo de las oiíjeciones); 
del punto de vista en que deben colocarse los leedores 
parajuzjfar las poesías de Homero; del stniUdo en 
^ue debe entenderse la parte miCeié^iea de las p&* 



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sias de Homero (literal y no alegóricamente), y dt r<r 
traducción^ advirtiéndose las razones de hacerla ea 
prosa y no en verso, en endecasílabos sueltos y no 
^n otro metro, y en los términos más fieles y exao 
tos que sea posible. 

La líiada de Hermosilla vino á remediar una gwh 
ve falta en nuestra literatura, que carecía aún de 
una versión digna de aquel inmortal poema. Sólo 
corría antes de 183i la infeliz versión de García Ma- 
lo, hecha con alguna inteligencia del original, pero 
sin gustó poético ni suficiente estudio, obra que se 
suelta de las manos antes de acabar el primer cantov 
Desde que Hermosilla dio á luz la suya, cayó en ol- 
vido y menosprecio el mtolerable ensayo de su pre- 
decesor, y no es grande elogio para nuestro precep- 
tista el afirmar que su litada supera de mucho á tan 
desdichado engendro y á todas las tentativas de tra* 
duccion anteriores. 

Pero no es este sólo el mérito de la tarea de Her- 
mosilla. Su traducción de Homero es quizá el traba- 
jo que más honra á nuestros helenistas, puede esli- 
marse como una joya filológica; excede, según pare- 
cer fundado del sabio crítico D. Juan Valora, & la tra- 
duccion inglesa de Pope y á todas las francesas^ ij 
sólo cede á la alemana de Voss y ala italiana de Aíon- 
ti. Y sin embargo, es común opinión entre nosotros 
que la traducción de Hermosilla es mala, aunque na- 
die se ha tomado la molestia de probarlo, contentán- 
dose con vagas generalidades que demuestran en los 
detractores escasa lectura del libro tan agriamente 
censurado. Es de sobra frecuente entre nuestros 
hombres de UtraSy cuando ignoran el griego, leer á 
Homero no en el texto de Hermosilla, que despre- 
cian, ni en el latino del P. Alegre, que suelen no co- 
nocer, ni aun en el italiano de Monti, que iuera me- 



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37 
flor daño, sino en las traducciones francesas en pro* 
^ de Mad. Dacier, Bitaubé, Rochefort y algunos mo- 
dernos, en especial DugasMombel y Paul Guignet, 
que (cosa en verdad lamentable) se encuentran en 
loa estantes españoles con más frecuencia que los 
trabs^os de nuestros helenistas. Separándonos, con 
plena conciencia, del parecer de los que aGrman 
i>sgo su palabra que es malo el trabsgo de Hermosilla, 
^stenemos que es muy estimable, ya que no eac4- 
Unte, por las razones á continuación expuestas: 

i.* La traducción de Hermosilla es fiel, exacta y 
literal en cuanto puede serlo una traducción poética 
(y adviértase que los poetas jamás deben traducirse 
«n prosa), está hecha con admirable inteligencia del 
texto griego, y demuestra en su autor largos y pror 
fundos estudios, que son su verdadero título de glo- 
ria, más bien que los aciertos y errores de su crítica. 
Se hallan en esta versión corregidos no pocos defec- 
tos de inteligencia del sentido notados en otros in- 
térpretes, por más que aún queden algunos inevita- 
Wes en obra tan difícil. Para convencerse de ello, 
basta leer las notas de Hermosilla, hacerse cargo de 
las razones allí expuestas, cotejar íüs pasajes dudo- 
sos con el original y con otras versiones, y ver lue- 
go de parte de quién está el mérito de la fidelidad 
en este punto. En cuanto á exactitud gramatical, hay 
poco que pedir á Hermosilla. 

2.* Su traducción tiene un sabor bastante homé» 
■ricOj á diferencia de las francesas y de la de Pope, 
que envuelven la sencillez del original en largas, aca- 
démicas y ridiculas perífrasis. Sabido es que el mno 
'Comparado con Ayax se convierte en una traducción 
francesa en animal domes tico á quien ultrajan nues- 
tros desdenes. Los intérpretes de esta laya borran 6 
alteran los epítetos de corazón de ciervo^ cara dej^er- 



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38 
ro^ vinoso y otros semejantes; dulcifican los insultos: 
dirigidos por los héroes á los guerreros moribundos; 
se asustan de las ingenuidades de Fénix con Aqui- 
les; omiten las repeticiones de los heraldos que dsri> 
palabra por palabra el mensaje que ántec^ les enco- 
mendara el héroe; suprimen los epítetos y demaí 
palabras de fórmula el de los pies ligeros, la de los^ 
ojos garzos, las aladas palabras, el dulce suenOy 
aquél ih^ epato con tanta frecuencia reproducido, y 
por tal manera despojan á la poesía homérica de su 
sello primitivo y característico, convirtiendo la ¡lia- 
da en un poema académico, y en ocasiones insopor- 
table. Rara vez cede Hermosilla á tal manía; no tie- 
ne reparo en escribir vertsos como los siguientes: 

¿Al asno perezoso 

Has visto alguna vez que á los sembrado» 
Se acerca, despreciando la cuadrilla 
De muchachos que intentan alejarle 
En su lomo rompiendo muchas varas, 
Y al fin penetra y con agudo diente 
El alcacer despunta, y los rapaces 
Más y más le apalean, pero débil 
Es su fuerza, y si al fin con gran trabajo 
Le ahuyentan, es después que de alimenten 

Está saciado ya ^ 

(LiB. XI.; 

comparación que califica de kermosa. 

¡ Aquiles! 

Mira que soy el que de tí he cuidado 
Desde la infancia^ hasta la edad madura 
Amándote cual padre; y cariñoso 
Tú pagabas mi amor. Jamás quisiste 



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Ir con otro á convites, ni en tn casa 
La comida gustar si yo primero 
Haciéndote sentar eii mis rodillas. 
No dividía en trozos los manjares 
T te los daba con mi mano, y luego 
Acercaba á tus labios la bebida, 

Y muchas veces de la misma boca 
Volviendo el vino, me regaste el pecho 

Y manchaste la túnica 

(LlB. IX.) 

Alguna cosilla altera, no obstante. Con la frase de 
d¿bil pié, traduce la cojera de las súplicas en el dis- 
curso de Fénix; y en cuanto á los epítetos de fór- 
mula, á veces los omite por parecerle inoportunos 
en el lugar en que se hallan, aunque más comun- 
mente los conserva. Las repeticiones de otras pala- 
bras, y sobre todo, los discursos de los heraldos es- 
tán religiosamente trasladados. 

3.* El tono, lenguaje y colorido poético de la 
versión, son muy superiores á lo que pudiera espe- 
rarse de un tan helado preceptista como Hermosi- 
lla. La versificación, débil en ocasiones, es en otras 
fácil, fluida y armoniosa; los cortes rítmicos, tan im- 
portantes en el verso suelto, están dados no pocas 
veces con destreza que honraría al metrificador 
más eminente. Razón tuvo el ilustre y malogrado 
Xiabanyes (harto más poeta que todos los detracto- 
res de Hermosilla) al afirmar que en esta traslación 
homérica habia excelentes versos y (¡/ran conocimien- 
to de los recursos poéticos de nuestra lengua. En los 
símiles, sobre todo, suele andar feliz el intérprete: 

Cual en noche serena en que agitada 
Es por el viento la región del éter: 



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40 
En tomo de h luna radiantes 
Brillan los astros, y su luz colora 
Los riscos todos, la elevada cima 
De las montañas y las altas selvas, 

Y del cielo la bóveda azulada 

En su inmensa extensión pura aparecOt 

Y las estrellas todas se descubren, 

Y se goza el pastor; tales y tantas 
Ardían en el campo las hogueras. 

(LlB. IX.} 

Como el fuego voraz rápido corre 
Por dilatada selva en las alturas 
Del monte, y á lo lejos se divisa 
Inmenso resplandor; no de otro modo, 
Al marchar las falanges de la Grecia, 
Del luciente metal el claro brillo 
Llegaba al cielo, atravesando el éter; 

Y cual en raudo vuelo las bandadas 
De chilladoras aves, como grullas. 
Gansos ó cisnes de alongado cuello, 
En la verde pradera que á la orilla 
Se extiende del Caistro, por el aire 
Discurren bulliciosas, y las alas 
Tienden alegres, y con gran ruido 
Al fin se posan, y retumba el prado; 
Así desde las tiendas y las naves 

Las diversas escuadras de los Griegos 
Se derramaban por la gran llanura 
Que riega el Escamandro. Y en terrible 
Estruendo resoiiaba la ancha tierra 
Bayo sus pies, y por el casco herida 
De tantos alazanes. Y venidos 
A la florida vega que la margen 
De la corriente ciñe, hicieron alto 



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41 
Tan numerosos como son las hojas 
Y las flores que nacen cuando vuelve 
La templada estación de primavera, 
Cuantos son los enjambres voladores 
De moscas que eñ espeso remolino 
Las mañanas de Abril vagan errantes 
Por las majadas, cuando ya la leche 
Los hondos tarros abundosa riega. 

(LlB. u.) 

Estos y otros infinitos versos esparcidos en estt 
traducción son á todas luces buenos, y hemos de 
confesar que Hf.rmosilla sé excedió á sí propio, ca- 
lentándose á veces en el sacro fpego de su modelo. 
£s cuanto puede hacer un hombre que no ha nacido 
poeta. Para comprender aún más claramente el me- 
ntó de su trabajo y lo que le falta para acercarse á 
la perfección requerida en este linaje de tareaa, co- 
tejemos su interpretación en alguno de los passges 
de mayor diñcultad y empeño con la italiana de 
Monti, generalmente tenida por superior á cuantas 
se han hecho en todas lenguas, ya que de la famosí- 
sima alemana de Voss hecha exámetro por exáme- 
tro, afirmó un notable humanista español que era 
odra de geómetra y no de poeta. 

DESPEDIDil DB HÉCTOR Y ANDRÓMaCü. 

Andrómaca, acercándose afligida, 
Lágrimas derramaba. Y al esposo 
Asiendo de la mano, y por su nombre 
Llamándole, decía acongojada: * 
— ¡Infeliz! tu valor ha de perderte, 
Ni tienes compasión del tierno infante, 
Wi de esta desgraciada que muy pronto 



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42 

En viudez quedará; porque los Griegos 
Cargando todos sobre tí, la vida 
Fieros te quitarán^ Más me valiera 
Descender á la turaba, que privada 
De tí quedar; que si á morir llegases. 
Ya no habrá para mí consuelo alguno» 
Sino llanto y dolor. Ya no me quedan 
Tierno padre ni madre cariñosa. 
Mató al primero el furibundo Aquíles, 
Mas no le despojó de la armadura 

Mis siete hermanos en el mismo dia 
Bajaron todos al Averno oscuro; 
Que á todos de la vida despiadado 
Aquíles despojó, mientras estaban 
Guardando los rebaños numerosos 
De bueyes y de ovejas. Á mi madre 
La que antes imperaba poderosa 
En la rica Hipoplácia, prisionera 
Aquí trajo también con sus tesoros» 

Y admitido el magnífico rescate 
La dejó en libertad; pero llegada 
Al palacio que fuera de su esposo, 
La hirió Diana con suave flecha. 
¡Héctor! tú solo ya da tierno padre 

Y de madre me sirves y de hermanos, 

Y eres mi dulce esposo. Compadece 

A esta infeliz; la torrre no abandones, 

Y en orfandad no dejes á este niño 

Y viuda á tu mujer 

Kespondió el héroe á su afligida esposa: 
«liada de cuanto dices se me oculta (i)» 



(1) Verso malo. 



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43 

Pero temo también lo que dirían (4) 
Contra mi los Troyanos y Troyanas 
Si cual cobarde de I3 lid huyera. 
Ni lo permite mi valor; que siempre (f) 
Intrépido he sabido presentarme 
En la liza, y al frente de los Teneros 
Combatir animoso por la gloria 

De mi padre y la mia. 

Bien conozco 

fiue alguno de los príncipes Aqueos, 

Dejándote la vida, por esclava 

k Argos te llevará, bañada en lloro. 

y allí de una extranjera desdeñosa 

Obediente á la voz, á pesar tuyo 

La tela tejerás é irás por agua 

A la fuente Meseida é Hiperea. 

Y cuando vayas, los Argivos todos 

Que te vean pasar triste y llorosa, 

El uno al. otro se dirán alegres: 

«Esta es la viuda de Héctor, el famoso 

«Campeón, que de todos los Troyanos 

»Era el más fuerte, cuando en torno al muro 

»De Ilion con los Griegos peleaba.» 

La tierra amontonada mi cadáver 
Antes oculte que llevarte vea 
. Por esclava, y escuche tus gemidos.» 
Así decía, y alargó la mano 
Para tomar en brazos al infante; 
Pero asustado el niño, sobre el pecho 
De la nodriza se arrojó gritando. 
Porque al ver la armadura refulgente 



(1) Verso malo. 

<^ ídem. Istas caídas no son raras en Hermaiflk» 



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44 

y la criri de caballo que terrible 

Sobre la alta cimera tremolaba, • , 

Se llenó de pavor. Su tierno padre 

Y su madre amorosa se reían, 

Y el héroe se quitó de la cabeza 
El casco reluciente, y en el suelo 
Poniéndole, en sus brazos al infante 

Tomó y acarició. Y el dulce beso ' 

Imprimiendo en la candida mejilla, 
Esta plegaria al soberano Jove 
Dirigió y á los otros inmortales: 
«¡Padre Jove, y vosotras bienhadadas 
Deidades del Olimpo! Concededme 
Que mi hijo llegue á ser tan esforzado 
Como yo, y á los Teneros aventaje 
En fuerzas y valor, y que algún dia 
Sobre el Ilion impere poderoso, 

Y que al verle tornar de las batallas 
Trayendo por dosppjo, en sangre tinto, 
El arnés de un guerrero, á quien la vida 
Él mismo haya quitado, diga alguno: 

«Este es más valeroso que su padre.» • 

Y Andrómaca se alegre al escucharlo.» 
Así dijo, y en manos de su esposa 

Al niño puso, y la dolionte madre, ' 

Mezclando con sus lágrimas la risa 
Le recibió en él seno, que fragancia ' . 

Despedía suave 

Leído con detencioií este fragmento, tome mi lec- 
tor el texto griego, convénzase de la fidelidad y 
exactitud con que está vertido^ consulte á mayor 
íibundamiento la interpretación literal latina corre- 
gida por Dindorf, y la paráfrasis que en exámetros 
hizo el Padre Alegre, y visto lo que puede conse^ir 



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45 
el trabajo de filólogos y humanistas, vea cómo in- 
terpretó el mismo pasaje un verdadero y altísimo 
poeta: 

Ma di gran piante Andromaca bagnata 
Accostosi al marito, e per la mano 
Stríngendoio, e per nome in dolce suono 
Chiamandolo, proruppe: «¡Oh troppo ardito! 
n tuo valor ti perderá; nessuna 
Pi'etá del figlio né di me tu senti; 
Crudel, di me, che vedova infelice 
Rimarrommi ira poco, perche tutti 
Di concertó gfi Achei centro te solo 
Si scaglierranno á trucidarte intensí, 
E a me fía meglio allor, se mi sei tollo, 
L'ándar soterra. Di te priva, ah lassa! 
Ch'altro mi resta che perpetuo piantu? 
Orba del padre lo sonó e della madre. 
M^uccise il padre lo spíetalo Achille 
n di che de'Cilici egli Teccelsa 
Popolosa cittú Tebe distrusse: 
M'uccise, ¡o dlco, Eezion quel crudo, 
Ma dispogliarlo non osó, compreso 

Da divino terror 

Di ben sette fratelli iva superba 
La mia casa. Di questi in un sol giorno 
Lo stesso figlio della Dea sospinse 
L*anime á Pluto, e 11 trasfisse in tnezzo 
Alie muggianti mandre ed alie gregge. 
Della boscosa Ipóplaca regina^ 
Mi rimanea \z madre. II vincitore 
Coiraltre prcde qua Taddusse, e poseía 
Per largo prezzo in liberta la pose... 
Or mi resti tu solo, Ettore caro. 
Tu pudre mío, tu madre, tu fraiello, 



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46 
Tu florido manto. Abbi deh! dunqae 
Di me pietade, e qui rimanti meco 
Aquesta torre; ne voler che sia 
Vedova la consorte, orfano il figlio!» 

«Dolce consorte, le rispóse Ettorre, 
Cío tutto che dicesti a me pur anco 
Ange il pensier, ma de' Ti*oiani io temo 
Fortemente lo spregio, e delFaltere 
Troiane donne, se guerrier codardo 
Mi tenessi in disparle, e della pugna 

Evitassi i cimenti 

Misera! in Argo ali'insoiente cenoo 
D'una straniera tesserai le tele. 
Dal fonte di Messide ó dlperéa 
(Ben repugnante, ma dal fatto astretta) 
Alia auperba richerai le linfe, 
E vedendo talun piovere il piante 
Dal tuo ciglío, dirá: Queila é d'£Uorre 
La alta consorte, di quel prode Ettorre» 
Che fra troiani eroi di generosi 
Cavalli agitatori ei^a il primiero 
Quando in torno a Ilion si combattea. 
Ma pria morto la térra mi ricopra . 
Ch'io di te schiava i lai pietosi intenda. 
Cosí detto, distesse al caro figlio 
! L'aperte braccia. Acuto mise un grido 
' n bambinello, e declinato il volto, 
Tutto il nascosse alia nutrice il seno, 
Dalle fiera atterritj armi paterno 
E dal cimiero che di chiome equine 
Alto sulFehno orribilmente ondeggia^ 
Sorrise il genitor, sorrise anchadla 
La veneranda madi*e, e della fronld 
L^intenerito eroe tostó ai tolsd 



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47 
i élmo, e raggiunte sul ierren lo pose, 
ludí bacciato con inmenso affetto 
£ dolcemente tra le maní alquanlo 
fdlleggiato Uníante, alzollo al cíelo 
C 8upp1ice sclamd: «Giove pietoso 
E voi tutti, oh celesti, ah! concédete 
€he di me degno un di questo mió (iglio 
Sía splendor.della patria, e deTroiani 
Forte e possente regnator. Deh! fate, 
€he il veggendo tornar dalla battaglia 
DelParmi onusto de'nemici uccisi, 
Bica talun: Non fú si forte il padre, 
£*il cor materno nelFudirlo esuUi.i» 
€osi dicendo, in braccio alia diletta 
Sposa egli cesse il pargoletto, ed ella, 
€on un misto di pianti almo sorríso, 
Lo si raccolse alFodoroso seno. 



Hó aquí el ideal de una traducción de Homero 
eono aun ño la poseemos en. castellano. Ifermosílla 
afirma que Montt sabia poco ff riego, y es tradición 
constante que se vali3 de una interpretación latina 
literal hecha á ruego suyo por Mustoxidi, de Corfú; 
pero es lo cierto que nadie penetró el espíritu de 
fiomefo ni supo expresarle con la gala y belleza poé- 
tica qoe campean en la Ilíada del autor de AriitC" 
demo y de la Basvigliana, En tanto qne aparece el 
Honti espallol, justo es que apreciemos en su mé- 
rito real la elegante y trabajada versión de Hermosi- 
na, que la leamos con preferencia á las extranjeras, 
y que no desdeñemos, sin estudiarlo despacio, lo que 
nuestro helenista llamaba el trajbajo de tu vida en- 
tera. ^ 

El tomo 3.® contiene un extenso Examen de la 
Iliada^ hecho en general con crítica pobre y estre* 



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48 

cha, aunque sana, que para más la atención en las 
figuras y aliños i*etóricos que en las grandes bette- 
zas, y ajena en lo demás á casi todas las cuestiones 
suscitadas por la critica moderna. Siguen al Eaáwun 
extensas Notas á^ cada uno de los libros, sobrema» 
ñera apreciables por su erudición filológica. -, 

(2.^ ed.) La Iliada de Homero, traducida del 
griego por D. José Gómez Hermosilla. Paris, Rosa y 
Bouret, 1862. Dos tomos 8.° Contiene el texto sin 
Discurso preliminar. Examen ni Notas. 

En el Arte de hablar insertó traducidos Hermosi- 
lla, por vía de ejemplos, diferentes trozos de clásicos 
griegos y latinos. Los que traslada en versos casto* 
llanos, son: 

De Virgilio, libro 4.*^ de la Eneida: Nox eroL 

Era la noche y hora en que los astros... 

pág. 58, al hablar de la descripción. 

De Ovidio, libro 2.° de los Metamorjóseos, des- 
cripción de la noche: Pallor in ore sedet, pág. 69. 

Pálido rostro, cuerpo descamado... / 

De Virgilio, libro 4.^ de la Eneida, i, sequera 
Italiam veniis, pág. 122. (Acerca de la conminación^) 

Vete, pues, y camina en seguimiento... 

Del mismo, librj 4.^ de hs' Geórgicas: Qmn age. 

Si no estás satisfecha, por tu mano-. 

pág. 123. (De la Permisión,) 
Del mismo, égloga primera: Ante ¡eves ergo. 



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49 

Primero pacerán ligeros gamos.** 

pág. 140 (ejemplo de imposible.) 

Del mismo, libro XI de la Eneida^ Pr&inde tone 
$lof%io. 

Truena por tdnto en elocuentes voces... 

pág. 464 (ejemplo de Cleuasmo.) 

Del mismo, libro primero de las Qeárgietíi: Scili^ 
eet et tempus veniet. 

En aquellos parsges algún día... 

tomo 2.^, pág. d56, tratando del poema didáctico. 
«Ecce supercilio...» 

De la tendida cuesta en lo más alto... 

pág. 457. 
«Veré novo...» 

Así que empiece ya la primavera... 

pág. 457. 
«Hen, magnum alterius...» 

¡Ay, triste! Con tardío desedgafio... 

pág. 458. 

De Horacio, comienzo de la oda 34.* dd libio 
primero, Quid dedicatum: dos traducciones 

Primera: 

iQué le pide al poeta el Dios Apolo... ^ 

TOMO ni. 4 



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50 

Segunda: 

¿Qué le pide el poeta... 

De Homero, los primeros versos de la ll(ai$ 
Mi)V(v ae($e Oea en romance^ para desacreditar este 
género de metro, intentando demostrar su escasa 
aptitud para la poesía elevada. 

Cauta, musa, la venganza..^ 

Casi todas estas versiones, que son muy fieles y 
apreciables, han sido reproducidas en otros tratados 
de Retórica y Poética, entre cuyos autores ha sido y 
es cosa corriente saquear la obra de Hermosilla hasta 
en los ejemplos. 

M. Menendsz Pslayo* 

Santander 19 da Enero de 187S. 



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ADICIÓN ÁUNOTICIá 

Bl LOS 

mDDCTORES Bf PAIRÓLES DS HOMEtO. 



Lk ILÍADA. DI tBBRIXA CAIfO. 

Al fln he logrado ver el manuscrito de esta traduo- 
cion, que perteneció al Conde del Águila y se con- 
serva ahora en la Biblioteca Colombina. Su rótulo es 
como sigue: 

TraductUm ñdelUHma de los VeinU y Qmkto 
libros de la Ufada del famosso y celebrado Poetft 
Eomero, interpretada del Qriego en terso emeU0 
HendecasyUabo Castellano por las mismas letras M 
Álphabeto en gue escrieio esta obra el dicho Poeta» 
El qufll érden y stilo sigue el traductor deHa^ ime» 
el licenciado Joan de Lebriaa Gano^ Mtur^ly F#- 
sino de la Ciudad dsPlaeencia. 

Tiene este códice 1^93 hojas dohtes en papel. 
La aprobación autógrafa de Lope de Vega dice tex- 
tualmente: «Por mandado y oomission de Y. A. tus 
.yiBjto la Iliada de Homero, tracjluzida en v^vsos caft- 
^tel)^ao9. No tiene cossa algujoa que contradiga ;á 
nuestra sancta fée y costu(ntMrea. SX traductor 6tó 



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52 
docto: herencia en so casa desde el insigne españdt 
Antonio de Lebrixa, á quien tanto debe nuestra na- 
ción. Homero fué principe de los poetas griegos, tan 
célebre, que en muchos santos se hallan hoy algunos 
de sus versos: no necessita de censura, sino de ala» 
banza en nuestra lengua como la tiene en la suya» 
Puede V. A., siendo servido, dar licencia para qu» 
los que ignoran la lengua griega y latina, la gozen eil . 
la castellana. Y este es mi parecer. Á 7 de Noviem» 
bre de 4628, Lope Félix de Vega Carpió.» 

Privilegio: «Por cuanto por parte de vos, Frands* 
co de Trexo Lebrixa, vezino y regidor de la ciudad 
de Ptasencia, nos fué fecha relación que el licenciado 
Juan de Lebrixa Cano, vuestro tio difunto, natural 
que avia sido de la dicha ciudad, avia traducido 
y dexado escrito un libro yntitulado traducción do 
los veynte y quatro libros de La IHad'» de Home- 
tOf etc., etc. Dado en 15 de Noviembre de 16í28. Por 
mandato del Rey: Juan Lasso de la Vega.» 

En cuanto al mérito de la traducción (muy seme- 
jante en tono y color á La Ulyxea de Gonzalo 
Pérez), dice con acierto D. Cándido María Triguero» 
en una carta que va unida al códice: «Aunque 
el Autor fuese capaz de corregir bien su obra» 
lo cierto es que no la corrigió: algunos versos están 
mancos ó mal sonantes, algunos pasajes muy oscu- 
ros, otros sin sentido: quales traducidos demasiado 
gramaticalmente, quales sin consultar el original» 
por la antigua versión latina, quales perifraseados» * 
quales con una traducción diminuta y encogida.» 

Aunque reservo más larga noticia y copi sos ex* 
tractos de esta versión para mi Biblioteca de tradue- 
tOf4iy no quiero defraudar ahora á los curiosot 
de algún trozo, siquiera sea breve. Elijo las súplicas 
4o Priamo á Aquilea en el libro XXiV: 



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53 

«D6 tu padre te acuerda, ilustre Achiles» 
Pues á los Dioses eres semejante, 
4íue tal cual yo está ya jen el fin postrero 
De la vejez, y los circunvecinos 
Le afiigen y dan pena, y no hay alguno 
iíue la tristeza del expella y lance. 
Mas ciertamente viendo que eres vivo, 
fin el alma se alegra, y cada dia 
A ti su amado Hijo está esperando 
<}uando de Troia vuelvas á sus ojos. 
Yo soy el infeliz y desdichado 
üue engendré y tuve hijos valerosos 
En la ancha Troia fértil y famosa 

Y ninguno de aquestos me ha quedado. 
Cinqúenta hijos tenía en aquel tiempo 
<iue los Griegos vinieron contra Troia. 
Destos los Diez y nueve eran de un vientre, 

Y á los demás parieron en sus casas 
Differentes mujeres, y de aquestos 
Las vidas quitó el Marte impetuoso, 

Y uno sólo que habia, el qual libraba 

La ciudad y á sí mismo (el qual era Héctor), 
k este ha pocos dias tú mataste 
Contra ti peleando por su patria: 

Y por este ora vengo á los navios 

Be los Griegos, y traigo muchos dones, 

Para que los recibas en rescate. 

Ten á los Dioses, pues, respeto. Achiles, 

Reverenciándolos, de él te apiada. 

De tu padre te acuerda, pues yo he sido 

£1 más desventurado que hubo Padre, 

Y he padecido tanta desventura, 
ünanta hombre terrenal nunca ha passado,^ 
Hasta extender mis manos á la boca 

De un varón homicida de mis hijos.» 



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S4 

Nadie dudará que los cuatro últimos versos sov 
basta belloSy aunque los restantes abunden en negli- 
gencias y desaliños. La iraduocion, como se acaba 
de ver, es bastante exacta, salvo en alguno que otK> 
pasaje mal entendido por Lebrixa Gano. 

Ib. Ha 1^ 

Seyñla 4 de Mano de 1818. 



P. D. Trigueros, en la carta antedicha, asegura 
que él tenía (raducida casi toda la Iliada. 



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EXAMEN DE LA ILÍADA. 



Bdjo este titulo no esperen los lectores hallar co- 
piadas las innumerables observaciones de todas cla- 
ses que los comentadores han hecho sobre la Ufada 
de Homero, ni renovadas las famosas disputas que 
sobre su mérito sostuvieron con tanto acaloramiento 
en el siglo XVII varios literatos fhinceses. Lo que yo 
me propongo es examinar este célebre poema como 
si nadie le hubiera examinado hasta el día; exponer 
las reflexiones que su atenta lectura excita en el 
ánimo de todo lector inteligente é imparcial; dar á 
conocer sus principales bellezas, é indicar también 
los que á mi juicio pueden considerarse como lige- 
ros defectos propios del autor, no del siglo en que es- 
cribía. Asi, no entrarán en este número los epítetos 
ociosos y como de fórmula, la casi uniforme manera 
de comenzar y concluir las arengas, la repetición na 
necesaria de expresiones, frases, versos enteros, y 
aun pasajes bastante largos, y la variación de un 
mismo pensamiento por afirmación y negación. Ya 
dije en el discurso preliminar que estas como ino- 
centadas no prueban que á Homero le faltasen nue- 



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56 
vas ideas ó nuevas exprésiottes. ¿Qué poeta há sido 
hasta ahora tan feliz en la invención de los pensa- 
mientos, ni qué escritor hubo jamás tan afluente y 
(isicundo? Estas faltillas, que hoy evit^ fácilmente el 
más infeliz coplero, eran como vestigios de la infan- 
cia del arte; y por lo mismo que era tan fácil no co- 
meterlas, se conoce que Homero las dejó correr por 
no alterar la ^.láctica establecida. 

Guando digo que voy á examinar la lUada como 
si nadie la hubiese examinado todavía, no quiero dar 
á entender que todas mis observaciones son nuevas: 
muchas de ellas se encontrarán en otros libros. 
Quiero decir que los lectores instruidos podrían ha- 
cerlas por si mismos, aun cuando nadie se las hu« 
biera indicado. Y en efecto, á mí me ha sucedido, y 
sucederá á otros muchos, que leyendo el simple 
texto de Homero sin notas ni comentarios, se me 
ocurrían reflexiones que después he hallado con- 
signadas ya en las obras de los comentadores y crí- 
ticos. Sin embargo, algunas se verán en este examen 
que acaso otros habrán hecho, pero que no están 
impresas. Entremos ya en materia. 



PLAN DEL POEMA. 



Ya indiqué en el discurso preliminar que el ver- 
dadero argumento de hlliada no es precisamente la 
riña entre Agamenón y Aquíles, sino la famosa ex- 
pedición de los Griegos contra el Asia Menor; hecho 
histórico en el fondo, aunque exornado con leyen- 
das fabulosas, acaecido en el siglo decimotercio an- 
tes de la era cristiana. Y aquí es donde más venta- 
josamente se muestra el talento poético de Homero» 



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57 

y se descubren el delicadísimo ^leto, el graü juicio 
y el profundo conocimiento del arte que dirígian sa 
pluma. Un poeta menos poeta que Homero, un es- 
critor que no hubiese meditado tanto como él sobre 
el efecto que deben producir en el ánimo de los lee- 
. tores los poemas épicos, y en general todas las com- 
posiciones literarias, según el modo con que está 
dispuesto y combmado su plan, hubiera escrito un 
poema histórico en el cual, sin subir precisamente 
hasta el nacimiento de Elena, hubiera comenzado, 6 
por su rapto, ó por la embajada de Ulíses y Menelao 
para reclamarla, ó por la reunión de las tropas grie- 
gas en Áulide, ó por el desembarco en la Trjade, 6 
por el último año del sitio; y desde allí, refiriendo 
oportunamente los sucesos anteriores, hubiera con* 
tinuado la historia de aquella guerra hasta su con- 
clusión, amenizándola con digresiones, episodios, 
descripciones, incidentes casuales y escenas varia- 
das, para dibujar los caracteres de los personajes y 
conmover la sensibilidad de sus lectores. Y si todo 
estaba bien imaginado y mejor escrito, el poema 
hubiera sido muy bueno. Sin embargo, Homero rayó 
más alto. Conoció que escribiendo un poema histó- 
rico del sitio de Troya, en cualquier época que 
abriese la escena, y por más que diese interés y va- 
riedad á su narración, siempre resultaría un como 
diario de operaciones militares; y con una previsión 
que hasta ahora no ha sido bastantemente admirada, 
supo evitar este inconveniente, dar al poema la uni- 
dad que no hubiera tenido si hubiese abrazado toda 
la duración de la guerra, y circunscribirle al corto 
período de unos cincuenta dias. ¿Qué hizo, pues? Es- 
coger UD episodio de aquella famosa guerra, la dis- 
puta entre Agamenón y Aquües; suponer que éste 
por despique se retira de los combates; reierir los 



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• 58 

que se dieroii durante su inacción, en los cuales 
íüepon vencidos los Griegos y pereció Patroclo, y 
hacer que Aquiles acuda á vengar su muerte y quite 
la vida á Iléctor, el más valiente de los Troyanos. ¿Y 
cómo, reducido el poema á un espacio tan breve, 
supo el poeta extenderle hasta más de diez y seis 
mil versos, sin perder nunca de vista la acción os- 
tensible que se propone cantar, á saber, la venganza 
que Aquiles tomó del agravio recibido? ¿Y cómo 
ocultando su verdadero objeto, que era el de inmor- 
talizar los nombres de los Principes griegos que con- 
currieron al sitio de Troya, lo consiguió sin indicar 
siquiera que lo intentaba? ¿Y cómo con una acción 
que consiste en la inacción del héroe, y no es has* 
lante grandiosa por sí misma, supo componer un 
poema tan interesante que hasta ahora ningún otro^ 
lo ha sido tanto, recayendo sobre empresas memo- 
rables por su naturaleza? La fundación del Imperio 
romano, las guerras púnicas, la civil de César y 
Pompeyo, las Cruzadas, el establecimiento de los 
I^tugueses en la India, la sublevación de Ai*auco, 
son acontecimientos ruidosos, grandes y fecundos 
en acciones subalternas capaces de interesar á los 
lectores. Y sin embargo, entre los poemas compues- 
tos para celebrarlos, ninguno interesa tanto como 
la riña de dos Princí pillos cuyos nombres, por fa* 
mosos-que entonces fuesen, quizá se ignorarían 
ahora si los versos de Homero no los hubiesen con- 
servado. ¿Qué habilidad, pues, qué especie de ma- 
gia no fué necesaria para engrandecer á los ojos de 
los siglos venideros un objeto tan pequeño ó indife- 
rente en sí mismo? Esto es, á mi juicio, lo más ad- 
mirable en Homero. Presentar en toda su nobleza y 
elevación lo que de su naturaleza es noble y ele- 
vado, no deja de ser difícil; pero no lo es tanto 



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S9 
eomo ennoblecer los sncesos comniies y hdcer gran- 
des los pequeños. Y esto es cabalmente lo qne supo 
hacer el autor de la IKada, Si hubiera cantado toda 
la guerra de Troya, cualquiera forma que hubiese 
dado al poema, siempre tenía un dilatadísimo campo 
para lucir y brillar. Viaje de Páris; sus amores con 
Elena; robo de esta Princesa ; reclamación de Mene* 
lao por sí y á nombre de los demás Reyes de Gre- 
cia; repulsa de los Troyanos; coalición general de 
los Estados griegos contra el Asia; preparativos de 
la expedición; viaje por mar; variados sucesos de 
un sitio de diez años; toma, incendio y ruina de la 
gran capital de un Imperio poderoso, ¡qué riquezas 
poéticas de toda especie no ofrecían á tan felicísimo 
ingenio! Pero renunciando voluntariamente á todas 
ellas, ciñéndose á un breve tiempo anterior á la toma 
de la ciudad, y reduciendo toda la parte bélica á 
cuatro días de combate, ¿quién esperaria un poema 
tan rico, variado é interesante? Pues el voto unáni- 
me de veintinueve siglos le tiene declarado el más 
perfecto en su línea. 

Y ¿cómo logró Homero darle esta riqueza, estd 
variedad, este interés, esta perfección que tanto ad- 
miran los inteligentes? Ya lo han visto los lectores, 
y ya han podido conocer cuáñ fecundo era el inge- 
nio y cuan rica la imaginación del poeta que en una 
simple disputa entre dos jefes, que se termina en el 
verso 303 del primer libro, supo hallar argumento 
para un poema épico, en el cual todas las galas de 
la más alta poesía están derramadas á manos llenas, 
sin que un solo instante se pierdan de vista la acción 
y los principales actores, y sin haber necesitado 
para extenderla de ningún episodio inútil, y ni aun 
de acciones secundarias traidas de lejos y con vio 
lencia. Todo es natural, verosímil» necesario, y nace 



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60 
dei fondo mismo de la materia. Y si á esto se añade 
el modo con que cada uno de los sucesos ó hechos 
particulares está referido y exornado, ¿quién no 
aplicará también á la Jlíada lo que de la Odisea de- 
cía con tanta verdad Horacio, á saber, que su inmor- 
tal autor ccm^i/ molitwr iitepte: Tton fumun ea/ul- 
gore^ sed exfvmo daré lucem cogitat?y* Esto se verá 
mejor por lo que diré sobre cada uno de los veinti- 
cuatro libros en que los antiguos dividieron el 
poema. 

LIBRO PRIMERO. 



De Aquíles de Peleo, etc. (v. 1.) 
Exposición del argumento, clara, sencilla y tan 
breve, que en el original sólo ocupa siete versos. 

De Latona, etc. (v. i6 y sig.) 
Ya desde aqui puede verse cuánta era' la destreza de 
Homero, y cuan grande el tino con que sabía esco- 
ger, entre todos los pensamientos que en cada oca- 
sión le ocurrirían, aquellos solamente que hacen al 
caso para el fín que se propone. Otro poeta se hu- 
biera detenido á. contar cuándo y en dónde habia 
sido cautivada la doncella, y á quién habia tocado 
en la partición del botín; hubiera pintado el estado 
de aflicción y desconsuelo en que su padre había, 
quedado, y quizá le hubiera hecho' prorumpir en 
largas lamentaciones al recibir la noticia. Mas Ho- 
mero conoció que todo esto era inútil para el ob- 
jeto de que se trata, que es la repulsa qiíe recibió el 
anciano al proponer el rescate. Así, se limita á indi- 
car el motivo de su venida, á describir con la verdad 
que acostumbra la actitud de humilde suplicante en 



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61 

que se presentó al ejército griego, y á referir tex- 
tualmente el discurso que pronunció. Detengámo- 
nos en él. 

¿Qué poeta, haciendo hablar á un padre anciano 
que viene á rescatar una hija, consuelo de su v^'e*/, 
hubiera resistido á la tentación de poner ed su fooea 
un discurso patético en el cual hablase de su dolor, 
de sus lágrimas, de la falta que le hacía la cara 
prenda que venía á redimir, etc., etc.? Pues Homero 
vio que estos lugares comunes, esta arenga decla- 
matoria, no cuadraban con la situación de un Reye- 
zuelo del país enemigo, que se presentaba temUando 
delante de la formidable hueste de los Griegos á pe- 
dir una gracia para cuya concesión no podia alegar 
otro título que su carácter sacerdotal, venerado y 
respetado aun entre los horrores de la guerra. Así, 
después de captarse la benevolencia de los oyentes 
con una sola proposición, expone sencillamente su 
demanda y la apoya en la única razón que podia 
tener alguna fuerza, la de que en su persona debian 
los Aquivos respetar á la temible y poderosa deidad 
de quien era sacerdote. 

Iguales observaciones pueden hacerse sobre la res- 
puesta de Agamenón, y la plegaria de Grises. Seque- 
dad y dureza en la primera, unción y ternura en la 
segunda, y gran concisión en ambas. Aquí, y en todo 
Homero, no se busquen piropos, ampliOcaeiones de 
escuela, é inútil verbosidad. Lo preciso, lo impor- 
tante, y nada más. Sépase desde ahora, y los lecto- 
res ya lo habrán observado por sí mismos, que los 
personajes que hablan en sus innumerables arengas 
dicen siempre lo que atendidas todas las circunstan- 
cias debieron decir entonces, y no dicen nunca más. 

Bajada de Apolo, Jlechas que dispara, principio 
jl propagación de la peete. Empecemos á reconocer 



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la gran cualidad que distingue á los ingeaios 4e pri- 
mer orden, la de poner los objetos á la vístíi da \(m 
lectores con tanta claridad como si los estuvieiapi 
viendo; lo cual supone gran tino y disoernünientQ al 
escoger para las descripciones los rasgos más nee»^ 
«arios é interesantes, ün poeta mediano hubtev» 
kecho una pomposa descripción de la divinidad qo^ 
hm del Olimpo; hubiera hablado de su gallarda pe^ 
fiona, de su rubia cabellera, de su rozagante vestí- 
xiura, etc. Hornero se ciñó á las circunstancias qm 
lenian directa é inmediata relación coa el eiíratgoq^ 
la bajada del Dios debia causar en el ejército gri^o. 
Así, se contenta con decir en la descripción <te 
• Apolo (v. 80 y sig.): 

Pendían de sus hombros 
arco y cerrada aljaba; y al moverse, 
en hórrido ruido retemblando 
sobre la espalda del airado numen, 
resonaban las flechas; pero él iba 
semejante á la noche. 
Ya teneoios pintada la persona con los únicos rasgos 
que en esta situación interesan, el arco, la aljaba 
Jas flechas que retiemblan al compás de sus pasos' 
y la nube en que va envuelta la Deidad para no ser 
Arista; pues esto es lo que significa la bellísima expre- 
sion poética, senu^'ante á ia nocÁe. Veamos ahora lo 
que hace (v. 85 y sig.): 

Guando estaba 
cerca ya de las naves se detuvo, 
lanzó una flecha, y en chasquido horrendo 
«riyió el arco de plata, etc. 
Wada sobra, nada falta; estamos viendo lo que hace 
Febo^ y hasta oimos el chasquido de la ballesta. 

J^curso de AguOes, proponiendo que se consulte 
a 108 adivmos para saber por qué Apolo castiga á los 



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63 

€rieg03 coa la peste, y si habi*á medios para coüsd- 
^air que cesen sus estragos, (v. i05.) 

Atrida! juzgo que de nuevo errantes, etc. • 
Vuélvase á leer ahora, y diga todo hombre de gusto 
Bi Aquiles debi6 hablar de otra manera. Quítese un 
^olo pensamiento, añádanse otros nuevos, óampliíl- 
quense más los que contiene, y al instante se verá, 
^ que íalta algo, ó que sobra mucho, ó que las ideas 
están demasiado desleídas. 
Arenga pimera de Cáleos (v. 433): 

Ah Jove caro! valeroso AquíJes, etc. 
Oportuna precaución. £l debia rovelar á los Griegos 
que el verdadero autor de la peste era Agamenón, el 
resentimiento de este Príncipe era consiguiente; y 
siendo el caudillo supremo de las tropas, todo podía 
temerlo de su prepotencia y orgullo. Nótese aquella 
tan verdadera observación: 

Y enemigo 

poderoso es un Rey cuando se enoja 

coa algún inferior, etc., 
y dígase si el autor de la llíada escribia.sólo por 
inspiración. No hay estro poético que revele las ver- 
dades prácticas: la experiencia, el estudio, lá propia 
observación y el trato con las gentes son las únicas 
musas que las enseñan. 
Jlespueeta de Aquiles al adivino (v. 151): 
Depon ese temor, etc. 
Ya empieza á retratarse en sus discursos el fogoso 
Aquiles, el valentón que njwra negat siU nata, nihü 
iwn arrogat armis,» Así es como se dibujan los ca- 
racteres de los personajes; en sus hechos y sus di- 
chos, no en compasados y antitéticos retratos forma- 
dos por el poeta. Por esta razón (y sea dicho de paso) 
los de César y Pompeyo en la Farsalia, aunque ver- 
daderos y bien escritos» no son ya del gusto de 



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64 

Homero. Este nunca dice en extendidas descripcio* 
nes que Agamenón, Ayax, Diomédes, Héctor, etc. 
tsnián tal carácter, tal genio, tales defectos; pero lo 
vamos en sus palabras y en sus acciones. ¡Y cómo 
lo vemos! Como si fuesen nuestros contemporáneos» 
y los hubiéramos conocido y tratado muy de cerca. 
Nótese la habilidad con que se prepara el enojo de 
Agamenón contra Aquíles, que de otro modo no pa- 
recería bastante motivado. 

Ha dicho CálcaB que sus palabras irritarán á uo 
guerrero. 

que sobre todos los Argivos tiene 
grande poder, y su persona mucho 
acatan los Aqueos. 
Y aunque en esta expresión, de intento vaga, na 
esté designado precisamente Agamenón, Aquíles se 
adelanta á maliciarlo, y dice al adivino que aun 
cuando el guerrero que se resienta de lo que él re- 
vele sea el mismo Agamenón, nada tiene que temer: 
bravata que debió ofender el amor pi'opio del Atrida, 
y alterar no poco su bilis. Y asi vemos que cuando 
este dice luego que si no le dan la esclava él la es- 
cogerá y se la quitará á su dueño, señala expresa* 
mente entre otros jefes al mismo Aquilas, y éste al 
instante se da por ofendido. ¿Y por qué él sólo 
se pica, por decirlo así, y no se pican ni Ayax ni 
Ulíses? Porque aquel conoce que el haberle nombra- 
do no ha sido por casualidad, sino hecho de intento^ 
y como en desquite del «aunque nombraras al 
mismo Agamenón.» 

Segwnda arenga de Cálcat (v. 163): 
No nos acusa 
Apolo, etc. 
Sencillez y concisión. 

Cólera de Agamenón al escucharle (y. 179): 



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L 



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alzóse el fuerte 

y poderoso Agamenón de Atreo, 

el ánimo turbado, etc» 
Esto es lo que se llaipa pintar. Vemos lo que pasa en 
lo interior del Atrida, el fuego que arrojan sus ojos, 
la cólera que ennegrece sus extrañas, y las torvas 
miradas con que amenaza al adivino. 

¿Y qué diremos del animado y elocuente discurso 
que Homero pone en su boca? Si Agamenón habló 
realmente, ¿pudo hablar de otra manera? Nótese la 
apostrofe: 

¡Adivino de males! Á mí nunca, etc. 
El elogio *de Criseida está magistralmente trazado en 
cuatro ligeras pinceladas que comprenden todos los 
dotes de alma y cuerpo, hermosura, gracia, talento 
y habilidad. 

Eesjmesta moderada y conclwyente de Aqvdles 
IV. 213); 

¡Glorioso Atrida? Cuando así te sea, etc. 
Aquí se ve comprobado lo que antes indiqué, á 
saber: que el enojo del Atrida' contra Aquíles no re- 
sultó precisamente de que éste le aconsejase entre- 
gar á su padre la cautiva, sino de la especie de fan- 
farronada que soltó al animar á Calcas para que ha- 
blase claro, diciéndole: 

en tí ninguno 

de todos los Aquivos será osado 

las manos á poner, aunque nombraras 

al mismo Agamenón, que se gloría 

de ser en el ejército el primero. 
Esto, esto fué lo que hirió al orgulloso Atrida, no lo 
que ahora le dice Aquíles; porque ni puede ser más 
equitativo, ni expresarse con más decoro. En efec- 
to, su respuesta se reduce á lo siguiente: «Ya que te 
es tan doloroso peVder la esclava que te fué dada 

TOMO Ul. 5 



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como premio de honor, y quieres otra en su lugar, 
espera á que tomemos á Troya, y entonces te dare- 
mos, no una, sino tres ó cuatro; mas ahora tú 
mismo sabes que todas las que hemos hecho están 
ya repartidas y adjudicadas, y no sería decoroso 
exigir del ejército que reunido otra vez el botin se 
hiciese nueva repartición. Aquí no hay injuria algu- 
na de que pueda resentirse. el A trida. Y, sin embar- 
go, vemos que al replicar, aunque por cumplimiento 
da al hijo de Peleo el epíteto de parecido á los Dioses 
para corresponder ai 

¡Glorioso Atrida! 
empieza, no obstante, suponiendo que aquél intenta 
engañarle con estudiadas voces, y le hace el débilí- 
simo argumento 

¿Acaso quieres 
que mientras tú conservas la Iroyana 
premio de tu valor, sin recompensa 
yo álamia renuncie? 
Esta razón nada prueba, y sólo es alegada para pro- 
vocar gratuitamente *la cólera de Aquiles; porque 
Apolo no pedia la esclava de este jefe, sino la dé 
Agamenón. Nótese, además, en todo su discurso el 
tono arrogante con que se explica, y particularmen- 
te la amenaza de que él, como Generalísimo, esco- 
gerá la cautiva que más le agrade y de propia 
autoridad se la quitará á su dueño, nombrando á 
Aquiles el primero; y no se dudará de que si este le 
responde ya colérico y furioso, es porque ha visto 
que á él principalmente fué dirigida la amenaza. 
Nótese también la rápida y completa enumeración: 
hoy lancemos del mar á la llanura 
embreado navio, en él se pongan, etc. 
R^lica de Aquiles (v. 263): 
¡HouU)re tú sin pudor, alma dolosa* 



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ITrozo elocuente, superior á todo elogio. Examínenle 
lie nuevo los lectores , analícenle con cuidado, 
y digan si en Démostenos y Cicerón se hallan rasgos 
más valientes. 

Contra-réplica del Aírida, más elocuente, si cabe, 
que la de Aquíles. Nótense las amargas expresiones 
4€l exordio (v. 300): . 

Huye en buen hora, 

huye; no te detengas si impaciente 

estás ya por huir, etc., 
y sobre todo la palabra hndr^ escogida de intento 
para insultar, y repetida hasta tres veces; eldesppd- 
-cio de la persona de Aquíles en lo de 
Yo no te ruego 

que por vengar mi ofensa, etc. 

Tengo yo otros valientes campeones 

que mi honor desagravien. 

Odioso 

me eres tú cual ninguno de los Reyes, efe 

Si valiente naciste, beneflcio 

es de alguna Deidad. Así, i Tesalia 

con tus soldados vuelve y con tus naves, 

y sobre los Mirmidones impera. 

Yo de tí no me curo, ni me importa 

que estés airado, etc., 
y las bravatas de 

á la hermosa Briseida, tu cautiva, 

he de traerme yo: é iré á buscarla 

á tu tienda en persona, porque veas 

cuánto yo te aventsgo en poderío. 
Aquíles, al escuchar tamaños insultos, pone manó i 
^ espada; baja Minerva; turbación del héroe; bredes 
preguntas que la hace sobre el motivo de su aparición, 
y respuesta de la Diosa, Verdad, rapidez, ligereza do 
píacel en ^todo este pasaje, en que otro hubiera 



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divagado haciendo inútiles descrípciones. Se está 
^endo á Minerva que se pone detras de Aqufles y le^ 
(ira de la rubia cabellera, y á éste que se turba al 
sentirlo, vuelve el rostro, conoce á la Diosa, advier- 
te que le mira con terribles ojos, y en agitada» 
voces la pregunta (v. 352): 

¿Á qué del alto cielo 
bajaste ahora, etc. 
Nótese la reflexión de que los Dioses oyen las súpli* 
cas del que obedece y cumple sus mandatos. 

Jwramento de Aquíles. No me detendré á elogiar 
el discurso en que se halla; porque basta leerle para 
conocer que en él están retratadas la agitación, la 
cólera, la desesperación, la rabia de que está poseí- 
do el que le pronuncia. 

Arenga de Néstor (v. 439 y sig.). Cotéjese con las 
que llevamos recorridas, y se conocerá con cuánta 
razón dijo Quíntiliano que Homero es el más elo- 
cuente de todos los oradores. Las dos de Calcas son 
breves, y están escritas en el tono grave, sencillo y 
majestuoso, propio de un sacerdote que revela 
los arcanos de la Divinidad. Las de Aquíles y Aga- 
menón, mientras disputan, son más largas, pero 
vehementes, acres, fogosas; y están animadas con 
interrogaciones y exclamaciones, é interrumpidas 
con reticencias. Al contrario en la de Néstor; todo es 
pausado y tranquilo después de la exclamación con 
que empieza, sugerida por el pesar que le causaba 
ver enemistados á los dos primeros capitanes. Así, 
en el corte mismo de los versos castellanos, en que 
se ha procurado imitar el de los origi ]ales, se per- 
cibe en cierto modo la respiración fatigosa de un an- 
ciano, y como que se siente el peso del dolor que le 
• oprimia. Nótese ahora la feliz elección de los pensa- 
í mientos: i.^ Males que la enemistad de AquHes y 



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Agamenón deberá causar á la Grecia. }.• Placer que 
tendrían los Troyanos si supiesen lo que entonces 
•estaba sucediendo en el campo griego. 3.® Motivos 
para que los dos le escuchen y no desprecien lo que 
va á decirles, á saber, que ellos son mucho más jó* 
venes, y que él ya en ocasiones semejantes se hizo 
escuchar de otros campeones más valerosos. 4.** Ras- 
go característico de la vejez, el laudator temporis 
ücH, recuerdo de sus proezas en la guerra de 
los Centauros. 5.^ Razón nacida de esta misma digre- 
sión para que los dos rivales sigan ahora su consejo, 
la de que también le siguieron aquellos antiguos 
héroes. 6.^ Propuesta de reconciliación con las 
siguientes condiciones, apoyadas en razones solidí- 
simas: i.^, que Agamenón no quite á Aquíles su es- 
clava, porque se la había dado todo el ejército 
^n premio de sus servicios; y 2.*, que Aquíles res- 
pete y reconozca la autoridad del Generalísimo, 
porque emana de Jove,.y porque, si Aquíles es más 
fuerte y ha nacido de una Diosa, aquel es Monarca 
más poderoso. 7.° Conclusión. Súplica á Agamenón 
para que la reconciliación sea duradera por su 
parte, teniendo presente que Aquíles es el antemu- 
ral del ejército. 

¿Y quién (digámoslo, ya que la ocasión se presen- 
ta) al acabar de leer este discurso, modelo inhnitable 
«n su linea, no conocerá cuan infundada es la crítica 
que de él hizo Voltaire dando la preferencia al de 
Colocólo en la Araucana^ Concediendo que este sea 
tan perfecto como él supone, ¿cómo pueden ponerse 
en paralelo.dos arengas de tan distinta naturaleza, y 
pronunciadas en tan diversas situaciones t Néstor 
s31o habla para templar la cólera de dos caudillos 
iiYítados, y reconciliarlos si es posible; y Colocólo, 
aunque también trata de cortar una disputa, se pro- 



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pone principalmente avivar en los Araucahos el odto^ 
conti*a los Españoles. ¿Cómo, pues, han de hablar 
ambos personajes de la misma manera, ni cómo 
Néstor hubiera podido emplear los argumentos de 
Colocólo? Se dirá acaso que éste consigue su intento,, 
y la arenga de aquél no produce efecto alguno. Mal 
conocería el arte el que hiciera esta objeción. El 
discurso de Colocólo debió, ó no pronunciarse» ó in- 
flamar el ánimo de los oyentes. El de Néstor no 
debió reconciliar á Aquíles con Agamenón, porque 
allí se hubiera acabado el poema, cuyo argumento* 
es la enemistad de ambos, prolongada por algunos 
dias; y debió pronunciarse para que en el libro nono . 
pueda Néstor proponer al Atrida que desagravie al 
hijo de Peleo, á quien sin razón habia robado su 
cautiva, y decirle: «se la quitaste, 

no con mi aprobación; que mucho enidncés 

procuré. disuadirte,y> etc. 
Asi, estemas seguros de que • el üallo de VoHaire fué 
pronunciado con demasiada ligereza. 

Sobre la respuesta del Atrida y la fogosa última 
réplica de Aquíles, baste decir que una y otra son 
admirables. 

En el discurso de Aquíles á los heraldos, observe» 
se la decorosa majestad con que se explica. Y ea el 
que dirige á su madre para explicarla el origen de 
sus lágrimas, véase también el primer modelo de 
rápida y animada narración que nos presenta la an- 
tigüedad clásica, y que hasta ahora no ha sido so- 
brepujado ni aun por los historiadores de profesioa 
(V. 627 y sig.): 

Fuimos á Teba, 

rica ciudad en que Etlon reinaba, 

la saqueamos, el botin se trajo, 

en justa división le repartieron 



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de los Aqueos entre sí los hijos, etc. 
Y no se tenga por' defecto que Aqufles, al referir la 
venida de Grises al campamento griego, repita los 
seis ó siete versos en que la musa, ó el autor, la 
contó antes á los lectores. Ya he dicho que era uso 
conslante, y como sagrado, en tiempo de Homero 
repelir las mismas palabras cuando se repetian las 
mismas ideas. Y si asi no fuese, ¿qué le hubiera 
costado variar las. expresiones? 

Pasaré de largo por la entrega de Criseida á su 
padre, y el sacrificio ofrecido por los Griegos; y 
tampoco hablaré del coloquio de Júpiter y Tétis, en 
el cual está el famoso pasaje que di6 á Fidias la idea 
de su Júpiter olímpico. En cuanto á este, se ha ha- 
blaáo tanto del arqueo de cejas, la cabellera erizada 
y el estremecimiento del Olimpo, que sin nota de 
pedantería ya no se puede tocar este punto. Lo único 
que debo advertir es que he traducido el original 
palabra por palabra, y colocado las expresiones en 
el mismo orden que jallí tienen; y, sin embargo, no 
ha perdido mucho de su sencillez sublime. 

La rencilla entre Júpiter y Juno y el discurso de 
Vulcano para ponerlos en paz, pasajes bellísimos, 
escritos con verdad, y acomodados al carácter y á la 
situación de los personajes, pierden para nosotros 
toda la importancia que tenian en el siglo de Home- 
ro. Y, ciertamente, aunque no debemos culparle por 
líaber dado lugar en su poema á estos y otros seme- 
jantes altercados entre los dioses, no llevaríamos á 
mal que los hubiese omitido. Porque entendidos 
alegóricamente nada significan, y tomados en senti- 
do hteral son para nosotros ridículos. Él habló de los 
dioses como se hablaba en su tiempo; pero estos 
dioses no son para nosotros lo que eran para los 
Griegos. 



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Concluiré lo perteneciente al primer libro hacien- , 
do notar á los lectores que, si bien los discursos de 
Agamenón y Aquiles cuando ya se han acalorado en 
la disputa son de la más alta elocuencia, todo lo de- 
mas está escrito con elegante sencillez, pero sin los 
adornos brillantes que veremos desde el libro segun- 
do. Así, no hay en todo él más que un solo y breví- 
simo símil ilustrativo, cuando dice que Tétis, al oir 
desde el fondo del mar los lamentos de Aquiles, 

salió á la orilla, como niebla leve, 
Pero en esta misma economía de adornos puede co- 
nocerse cuan delicado era. el gusto de Homero, y 
cuan fino era su tacto. Todo lo contenido en este 
libro es la exposición de los hechos que precedierQn 
á la acción que se celebra, los que la prepararon y 
produjeron. Por consiguiente, estando destinado, no 
á exaltar la imaginación de los lectores ni á mover 
sus afectos, sino á instruirlos en ciertos anteceden- 
tes, ni el estilo debe ser el que los retóricos llaman 
sublime, ni el tono elevarse demasiado. Esta regla 
es verdadera, y después que la vemos observada por 
Homero, conocemos y decimos que en efecto debió 
observarla; pero, ¿quién es el poeta que sabe conte- 
nerse en semejante situación? ¿y quién el que, de- 
biendo hablar de una peste, resiste á la tentación de 
presentar á sus lectores el poético y magnífico, 
aunque horroroso, cuadro de tan terrible calamidad? 
No resistió Lucrecio, que no tenía necesidad de in^. 
troducirle en su poema, ni resistió Tucídides, siendo 
simple historiador y escribiendo en prosa. No es 
esto decir que el historiador griego y el poeta latino 
hiciesen mal en describir la peste cuando tuvieron 
ocasión, sino que Homero hizo mejor en no aprove- 
char la que tan n^ituralmente se le venía á las ma* 
nos. Y no se crea que omitir lo supérfluo es cosa 



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fácil. Nada más difícil cuando se escribe; popqiie al 
autor menos fecundo siempre se le ocurre mucho 
más de lo que necesita, y el desechar algo de lo ya 
nventado es un sacrificio de que se resiente el amor 
propio. En suma, como ya tengo dicho y probado en 
otra parte, contenerse siempre dentro de los justos 
límites, no diciendo nunca ni más menos de lo que 
conviene para producir el efecto que se desea, es 
uno de los pricipales secretos del arte que sólo po- 
seen los escritores de primer orden, y sobre todos, 
Homero. Él es, en efecto, el único escritor en quien 
á veces, debe admirarse más lo que calla que lo 
que dice. 



LIBRO SEGUNDO. 



Aquí tenemos otra prueba de la observación ante- 
cedente en el discurso de Júpiter al Sueño. Añádase 
una sola expresión, y ya será redundante; quítese, 
y ya será diminuto. Sin embargo, no nos detenga- 
mos en él ni nos incomode verle repetido otras dos 
veces: primero, porque, siendo una orden de Júpi- 
ter, ni el mensajero que la comunica, ni el héroe 
que la refiere á los otros caudillos, deben alterar el 
texto; y segundo, porque, como ya otros han nota- 
do, esto mismo se observa en la Sagrada Escritura. 
Cuando Dios envía un ángel, ó un profeta, á intimar 
á alguno su voluntad, el sagrado nuncio repite tex- 
tualmente el mandato que ha recibido; y el hacer lo 
contrario se hubiera mirado en la antigüedad como 
una falta de respeto por su parte.' 

Bejemqs también el discurso del Sueño, el de Aga- 



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74 
jinenon á los otros capitanes, y el de Néstor que le 
apoya; y detengámonos en la pintura que hace el 
poeta del modo can que las tropas acudían al llama- 
miento de los heraldos. Aquí comienza ya á levantar 
d tono en la bellísima comparación entre un ejército 
numeroso que concurre á la junta general, y los 
enjambres de abejas que salen de las hendiduras de 
las peñas á los campos sembrados de flores. Vuélva- 
S3 á leer todo el pasaje, y nótense una por una todas 
su3 expresiones; porque en todas hay que estudiar 
y que aprender. La prodigiosa muchedumbre de los 
Griegos, la Fama personificada que los aguija á mar- 
char, el ruido que hacen al sentarse, la tierra que 
gime bajo sus pies, el tumulto que reina en tan nu- 
merosa junta, los heraldos que les mandan callar 
para que escuchen á los Reyes, y el silencio que si- 
gue á la confusa vocería de la soldadesca, son todas 
circunstancias interesantes. 

Cuando se levanta Agamenón con el cetro en la ma- 
no para manifestar al ejército el motivo de convocar- 
le, no nos paremos en la historia del cetro y el catá- 
logo de sus diferentes poseedores, historia y catálogo 
muy importantes para los Griegos; pero examinemos 
el magnífico discurso del Atrida. Quiere, al parecer, 
persuadir á los Griegos que abandonen la empresa y 
S3 vuelvan á su patria; y les dice, en efecto, que 
Júpiter así lo manda, les manifiesta la poca esperan- 
za que tiene de tomar á Troya habiéndose prolon- 
gado el sitio por el dilatado tiempo de nueve anos 
cumplidos, y les renueva la memoria de sus hijos y 
sus esposas que los aguardan con impaciencia; ra- 
zones todas para que se decidan á embarcarse. Pero 
al mismo tiempo les pone á la vista el deshonor de 
que en este caso van á cubrirse, y lo que de ellos 
se dh*ia en los siglos venideros; motivo para que nc 



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se retiren, más poderoso él solo que todas las otras 
consideraciones ligeramente apuntadas. Tocar, por 
decirlo así, esta tecla del orgullo nacional á los Grie- 
gos i^prmter hudem, nulHus avans,yi era lo mismo 
que decirles: «No hay que levantar el sitio; ó morir 
aquí, ó conquistar á Troya.» Esto es superior á todo 
elogio. Ni en el mismo Demóstenes se halla un dis- 
curso trabajado con tan primoroso artificio. 

Agamenón acaba de hablar, y el ejército griego se 
conmueve y agita (v. 240) 

como las vastas 

olas del mar Icario, etc., 

ó en estío 

como la espesa mies, etc. 
¡Qué dos símiles tan bien escogidos! Y ¡qué pintura 
la que sigue! Se ve á los Griegos volver presurosos á 
sus tiendas, levantando nubes de polvo; anilnarse 
unos á otros á aparejar las naves para botarlas al 
agua; estar ya limpiando los fosos ó canales por don- 
de habían de arrastrarlas hasta la orilla, y quitar los 
gruesos rodillos que las sostenían en alto; y ya cree 
el lector que de hecho se embarcarán y se acabará 
la guerra. Pero no hay que temer: Juno y Minerva, 
que tienen jurada la ruina de Troya, no lo permiti- 
rán; y valiéndose del elocuente y sagaz Ulíses, harán 
que el ejército vuelva á reunirse y renuncie á la co- 
menzada fuga. En efecto, baja del cielo Minerva, en- 
viada por Juno, y manda al hijo de Laértes que re- 
corra el campo y contenga á la multitud para que no 
saquen al mar las veleras naves. Él obedece, habla á 
los jefes y á la soldadesca, les persuade á que no se 
muevan, se reúnen segunda vez, callan todos, y sólo 
Tersítes habla para insultar al Generalísimo. Pero el 
mismo Ulíses le reprende y castiga, y pronuncia el 
elocuentísimo discurso que luego examinaremos. 



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76 
Entre tanto, hagamos algunas olíservaciones sobre 
los precedentes. 

El de Juno á Minerva y el de ésta á ülíses son cortos 
y agitados, como lo exige la situación; y contienen, 
presentada bajo otro aspecto, la única razón con que 
se podia contener á los Griegos para que no levanta- 
sen el sitio, á saber, lo vergonzoso que sería retirar- 
se sin conseguir el objeto de tan formidable y costosa 
expedición. Los de Dlíses á los jefes y á los soldados 
son admirables también por su concisión y oportu- 
nidad, y sobre todo el segundo, donde es J aquella 
tan antigua como importante verdad (v. 332): 
No es bueno 

el gobierno de muchos: uno sólo 

el caudillo supremo y soberano 

de todos sea. 
Pero es más hermoso todavía el de Tersítes; y no en 
vano advierte Homero por boca de ülíses que era un 
orador facundo. ¡Qué violentas apostrofes al Átrida, 
qué interrogaciones llenas de fuego! (v. 369). 
¿por qué te quejas? 

¿de qué careces? etc. 
¿Y qué rasgos de carácter tan verdaderos, tan opor- 
tunamente empleados, los de 

(están) pobladas 
tus tiendas de mujeres escogidas 
que á tí el primero damos los Aquivos 
cuando alguna ciudad henos tomado. 
¿O ya e'l oro codicias que te traiga 
un opulento habitador de Troya 
en rescate del hijo á quien yo acaso, 
ú otro de los Aquivos, prisionero 
hiciera en la batalla? 
¡Qué verdad hay en esta pincelada, y qué conoci- 
miento supone del corazón humano! El más despre- 



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77 

dable, el últímo, el más cobarde de los soldados 
rasos llamarse, por decirlo así, á la parte en la re« 
partición de la gloria militar, y suponer que hace 
prisioneros cuyo opulento rescate recibirá luego el 
Generalísimo! De estos rasgos se encuentran pocos, 
aun en los llamados poetas filósofos. Paso en silencio 
la bellísima pintura de la persona del mismo Tersí- 
tes, y la descripción de sus gestos, acciones, lágri- 
mas, rostro macilento y tristes miradas, cuando Ulíses 
le hiere con el cetro; y no me detendré tampoco en 
la reprensión que Ulíses le dirige, aunque tiene co 
sas muy dignas de notarse, particularmente la enér- 
gica precaución contra sí mismo (v. 429) 
ni su cabeza más sobre lo» hombros 
conserve Ulíses, ni llamado sea 
de Telémaco padre- 
pero hablaré del discui*so que Homero pone en su 
boca para decidir á los Griegos á que continúen 
guerreando (v. 467), 

¡Excelso Agamenón! este es el día, etc. 
Analícese punto por punto esta obra maestra, y se 
verá que ningún orador ha sido jamás tan elocuente 
en prosa, como lo es en verso Homero. Exordio pro- 
pio para excitar en el auditorio la pasión que le con- 
venía, y oportunos pensamientos para conseguirlo, 
los de «cuando aquí llegaron te ofrecían que no vol- 
verías á Grecia sin haber destruido las murallas de 
Hion,» 

y como flacos- 
tiernos infantes, ó dolientes viudas, 
ya en tímido lamento se querellan 
unos coa otros, y á su patria vuelven 
todos la vista. 
¿Cuál de los Griegos, al oírle, no se llenaría de con- 
fusión y de vergüenza? Pero obsérvese con qué inge- 



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78 
Diosa disculpa. templa lo amargo de esta dura re* 
convención: 

pero si vemos 

que el navegante... etc. 

no debemos culpar á los Aquivos 

si ya cansados, etc.; 
y nótese luego cómo, después de haber calmado ái- 
gun tanto la violenta pasión que han debido excitar 
las primeras cláusulas, vuelve al instante á avivarla 
porque tal vez no se resfrie demasiado, añadiendo: 

vergonzoso 

es también que después de tantos anos 

sin tomar la ciudad nos retiremos. 
Proposición del discu/rso. 

Tolerad, pues, amigos, y más dias 

permaneced aquí... 
Prueba tomada del prodigio con que Jove les dio i 
entender, cuando estaban para embarcarse en Áulide, 
que el sitio de Troya durarla nueve años completo^^ 
y que corriendo ya el décimo la tomarían. Narración 
de este prodigio, hecha de mano de maestro. El su- 
ceso no se nos cuenta, pasa á nuestra vista. Pero- 
radon. 

Así Calcas hablaba, y ya se acerca 

el tiempo de cumplirse el vaticinio. 

Esperad, pues, aquí. Griegos valientes, etc. 
Pasajes escritos de esta, manera no necesitan de elo- 
gios. 

¿Y qué diremos de la arenga que en seguida pro- 
nuncia Néstor, no para apoyar la propuesta de Uli- 
ses (se supone que éste ha persuadido al auditorio), 
sino para rehabilitar aí Atrida en la opinión de la 
multitud, é inspirar á ésta el valor y la confianza que 
conoce se habrán disminuido con la retirada de Aquí- 
les? Véase con cuánta delicadeza, y siQ nombrarte. 



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70 
da á entender que no hace falta. Néstor sabia lo coc* 
trario, lo ha dicho en el libro anterior, y se lo repe- 
tirá más adelante al Atrida en Consejo de Genérale ; 
pero ahora, y delante de la soldadesca, es necesario 
usar de otro lenguaje; y más cuando Jove les tíecc 
ya concedida la victoria con la fausta señal del re- 
lámpago que vieron al embarcarse para Troya. As*, 
ya no se admiten dudas, excusas, ni temores: el que 
se atreva á tocar á su navio será castigado de muerte. 
Conclusión. Consejos al Generalísimo sobre el modo 
de ordenar y distribuir el ejército; primera precau- 
ción, omitida hasta entonces, que se tace ya necesa- 
ria por la falta de Aquíles. Luego vendrá la de forti- 
ficar el campamento. 

JRéspuesta de Agamenón á Néstor (v. 623). Es' a 
es superior á todo lo que hemos visto. Elogio debido 
Á la prudencia del venerable Rey de Pilos, é ingenio- 
sa manera de disculparse con el ejército de haber in- 
juriado al hijo de Peleo: así lo ha querido Jove; pero 
disculpa acompañada de la ingenua confesión de que 
él fué el que provocó la cólera de Aquíles, y de que 
si éste vuelve á los combates, pronto será Troya des- 
truida. Orden á las tropas para que tomen alimento 
y se empiece la batalla, é instrucciones sobre lo que 
deben hacer antes de entrar en la lid; pasaje muchas 
veces imitado, y hasta ahora no igualado por ninguno. 
Uno afile su lanza, etc. 



Y mucho en torna al pecho las correas, etc. 
]Lo$ literatos saben que varias de estas expresiones 
fuerotí empleadas, y aun literalmente traducidas, por 
Horacio en laoda a^Pastor cum traherety* é imitadas 
por nuestro León en la profecía del Tajo; pero tam- 
bién saben que no llegaron al modelo, y que Virgilio 
no se atrevió á cQn^>e^r en esta parte con Ho- 



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mero, habiendo tenido tantas ocasiones de hacerlo» 
Descripción del sacriñcio que Agamenón ofrece á 
Jove. Está repetida la del libro primero} pero no es 
fácil saber si esta repetición es del poeta ó de los 
Rapsodes, los cuales, recitando de memoria pasaje» 
-sueltos, pudieron fácilmente aplicar á este sacrificio 
la descripción del ofrecido por Grises. Concedamos, 
no obstante, que esta es una de las inocentadas dé 
Homero: bien compensada está con la hermosa sú- 
plica del Atrida (v. 695). ¡Qué expresiones tan va- 
lientes las de 

á cenizas reducido 
de Príamo el alcázar caiga al suelo, 
y el fuego abrasador rompa su puerta, etc. 
Nótesela inversión de ideas, natural y oportuna en 
la agitada situación en que se supone al que habla, 
pero que en un pasaje tranquilo deberia evitarse, 
pues el fuego no habia de romper la puerta del alcá- 
zar después que este se hubiese arruinado. En los 
grandes maestros hasta estas pequeneces son dignas 
de observarse, porque se ve que no fueron efecto 
del acaso, sino del arte. Nótese también con qué ha- 
bilidad, al nombrar á Héctor por la vez primera, se 
previene al lector, sin decírselo expresamente, que es 
el más valeroso de todoc los enemigos. Por eso Aga- 
menón pide á Jove que le dé romper su fuerte coraza 
y atravesarle el pecho, lo cual es lo mismo que decir: 
«Dame tú que yo mate á Héctor; que los demás, aun 
sin auxilio tuyo especial, seráfn vencidos.» 

Ya se hizo el sacrificio necesario en esta ocasión, 
ya las tropas han tomado alimento, ya se han cu- 
bierto de sus brillantes armas, ya se reúnen y los 
jefes las forman, ya se ponen en marcha, atraviesan 
el llano, y se van acercando á las murallas de Troya, 
y la imaginacioa del poeta se exalta. Pero ¡de qué 



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84 
modo! Búsquese en todos los antiguos y modernos 
un pasaje tan brillante, y no se hallará por cierto. 
¡Qué símiles* tan hermosos y amontonados de inten- 
to! (v. 768 y sig.): 
, Como el fuego voraz, etc. 

Y cual el raudo vuelo, etc. 

Tan numerosos como son las hojas, etc. 
Cuantos son los enjambres, etc. 

Y así como en los hatos numerosos, etc. 

Cual entre todas 
las reses sobresale en la vacada, etc. 
¿Y habrá quien sostenga todavía que el no haber in* 
troducido en todo el libro primero más que una sola 
y brevísima comparación, y haber acumulado ahora 
seis bastante largas en una sola página, fué por pura 
casualidad, por mero instinto, y que domero no sabía 
teóricamente y por principios cuándo y cómo deben 
emplearse los símiles? Recuérdense también los otros 
que contiene la parte de este libro que dejamos re- 
corrida y de que no se ha hecho mención: 
como las olas (v. 343) 
del estruendoso mar 

como en alto risco (v. 666) 
.y se verá que en todas ocasiones son oportunos, y 
están bien escogidos^y magníficamente amplificado^ 
No hablaré del catálogo de las naves, en el cual va 
mezclada lá enumeración de los pueblos que habían 
suministrado las tropas que las tripulaban. Este 
trozOi admirable por la exactitud geográfica con que 
está dispuesto, ha perdido toda la importancia que 
le daban los antiguos; y una vez parodiado por Cer- 
rantes, queda ya en el número de aquellas vener&- 
Dles antiguallas que no deben imitarse, aunque en su 
úémpo fuesen muy dignas de estimación. Quiere esto 
decir que no aciertan los épicos modernos que por 

TOMO lU. 6 

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82 
servil imitación iatroduceo reseñas, ó revistas mili- 
tares, muy extendidas y pomposas. Una breve enu- 
meración de las diversas naciones que se reúnen 
bago una misma bandera puede bastar por lo común. 
Y si las muy dilatadas se hacen ridiculas, aun siendo 
de las tropas que luego han de pelear, ¿qué diríamos* 
del poeta que, como Valbuena, hiciese un largo y 
empalagoso catálogo de todos los batallones de que 
se componía un ejército que no vuelve á parecer, ni 
toma parte en la acción que se celebra? "* 

Tampoco hablaré del de los Troyanos, aunque es 
mucho más corto; pero no concluiré lo perteneciente 
á este libro sin rogar á los lectores que vuelvan á leer 
el discurso que Iris, en figura de Polítes, dirige á 
Príamo para anunciarle que los Griegos vienen á 
presentar batalla. ¡Qué rasgo de carácter en el exor- 
dio! (v- 1325): 

¡Anciano! siempre el escuchar te agrada 

inútiles discursos 
y qué hipérbole, tan natural en boca de un joven 
que ha visto venir contra su patria un grande ejér- 
cito enemigo, la de 

Los Aqueos, 

en escuadrones ya tan numerosos 

como son de los árboles las hojas, 

6 del m>ar las arenas, etc. 
También les pido que vuelvan á leer la otra hipér- 
bole (v. 1-298): 

Luego que ya formados los Aquivos 

se pusieron en marcha, parecia 

que la anchurosa f ai del orbe todo 

en fuego se abrasaba. ^ 

Aquí es la imaginación del poeta la que se exalta, y 
le presenta los objetos mucho más abultados de !• 
que son en realidad. 



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S3 



LIBRO TERCERO- 



Nótense ante todo los cuatro hermosos símiles que 
36 leen en las dos primeras páginas: 

Tal resuena 

en la bóveda cóncava del cielo... 

Como en las cumbres de la sierra el Noto... 
Gomo el hambriento 

león se alegra... 

A la manera 

que al ver un caminante en la espesura 

del bosque umbrío verdinegra sierpe, * 

atrás salta medroso, se retira, 

tiemblan todos sus miembros, tuerce el paso» 

y de mortal amarillez se cubren 

sus mejillas... 
Nótese también h breve pero exacta pintura del 
modo con que estaba armado Páris cuando marchaba 
al frente de los Teneros, y aquella feliz expresión 
para describir su marcha (v. 42): 

en cadenciosos arrogantes pasos, 
y pasemos á la dura reprensión con que Héctor cas- 
tiga su cobardía (v. 70 y sig.). No cabe cosa más 
bella: no hay un pensamiento, una expresión, que 
fio ofrezca materia para un elogio. Pero, no pudiendo 
detenerme tanto, sólo quiero que se observe aquel 
pasaje que también aprovechó Horacio en la oda ya 
«citada: 

No te hubieran valido, morih^do 

al rodar en el polvo, m la lira, 

ni los dones de Venus, ni el cabello, 

. ni la macha Mleta. 



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84 

Admírese también en la respuesta de París la des» 
treza con que éste, sin negar los hechos ni respon- 
der á los cargos, templa el enojo de su hermano- 
alabando su rígida entereza, y sólo se extiende so- 
bre aquella expresión que se le ha escapado y podía 
ser refutada, alos dones de Vénus.y> ¡Cómo trluafa^el 
taimado, respondiendo con verdad: (v. 114.) 
Renunciar no puede 

el hombre á las ventajas que benignas 

concederle quisieron las Deidades, 

ni el hacer la elección está en su mano...! 
Mo nos detengamos en el resto del discurso de París» 
en la pintura de Héctor conteniendo á sus tropas, en 
la acción tan natural de los Aquivos cuando le ven 
solo y adelantado de su hueste, en la urbanidad del 
Atrida cuando conoce que va á decir útil palabra, 
ni en la propuesta del desafío en la cual se repite, 
y debe repetirse, en términos literales la oferta de 
Páris; pero nótese en el discurso tan oportuno de 
Menelao aquel pasaje (v. 181): 

De Priamo también la respetable 

persona venga, y el tratado jure; 

él mismo, porque ínfleles y perjuros 

son sus hijos 
y aquella sentencia (v. 186): 

Inconstante 

siempre fué de los jóvenes el alma, etc. . 
Pasemos rápidamente por aquella fina observación 
de que Griegos y Teneros se alegraban esperando 
que en breve acabaría la guerra asoladora, por la 
ingeniosa ficción de que iris, la menssgera de los 
Dioses, va á llamar á Elena para que presencie e 
combate, por la bella sencillez de su discurso, por 
el natural deseo de ver á su primer esposo y á sus 
deudos que al oiría se excita en el coraion de la 



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S5 
CMega, por su salida del alcázar y aquellas tiernas 
Ii^rt0k»/por su llegada á la torre en que estain 
Príamo rcídeado de los aúeianos, por la gracioaa 
comparación de éstos con las cigarras, por el elogto 
que hacen de Elena y la oportuna correecton coa 
que le terminan, y por la indulgencia de Príamo y 
la natural curiosidad que le mueve á llamar á su 
nuera para que le diga quiénes son los príncipes 
aquivos que descubre á lo legos; y observemos el 
^ran conocimiento del arte que supone el modo 
4)on que Elena se presenta por primera vez en e^ 
poema. 

Viene llamada por Iris, viene á presenciar un com- 
Date que va á decidir de su suerte, viene pudibunda 
y llorosa, y sobre todo, viene agitada de crueles re- 
mordimientos; y por más que el bondadoso Príamo 
iá consuela diciendo que los -Dioses son los que le 
Mn traído la guerra lamentable de los Dáñaos, ella 
empieza su respuesta confesándose culpada; quisie- 
ra haber perecido de muerte dolorosa antes de haber 
cometido el error de seguir á París, abandonando el 
tálamo nupcial, su familia, su única hija y las com- 
pañeras de su niñez, y añade que estos recuerdos 
la hacen consumirse llorando. ¡Qué hombre debió 
de ser el que veintiocho siglos hace escribía de esta 
manera! ¿Quién puede serle comparado, aun en los 
cultísimos siglos posteríores al descubrimiento de 
la imprenta? Y si acaput artis est deceres*^ es decir, 
si lo principal, lo importante, lo más difícil del arto 
08 hacer que los personajes digan y hagan precisa- 
mente 'lo que, dadas todas las circunstancias, debie- 
ron decir y hacer, ¿quién jamás conoció y poseyó 
diás completamente el wrte que el divino Homero? 
Su gran mérito, como ya observé, consiste en que 
3US personajes jamás dicen en las muchas arengas 

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que les presta cosa que ho debieron decir, y dicen 
siempre lo que nosotros hubiéramos dicho puestos 
en aquella situación. Pero aunque esto se observa 
en todo el poema, en ninguna parte se descubre 
tanta habilidad como en aquellos pasajes en que 
Elena aparece, por decirlo así, en la escena. Es un 
personaje necesariamente odioso, mala madre, espo* 
sa infiel, y autora de todos los horrores y extragos 
de una guerra de diez años; y sin embargo, debe 
hacer papel en el poema. ¿Qué hará, pues, el poeta 
para presentarla á sus lectores y pintarla por él 
único lado que puede no incomodarlos, y aun inte- 
resarlos hasta cierto punto? Presentarla pocas veces, 
y presentarla arrepentida de su yerro, confesándole 
«lia misma, echándosele en cara, y aliviando con su 
ingenua confesión el peso de los remordimientos de 
que se siente agobiada. Pues esto es lo que Homero 
hizo las cuatro veces que Elena se muestra: la pri- 
mera y segunda en este libro, la tercera en el sexto, 
y la cuarta en el vigésimocuarto. Siempre se reco- 
noce culpada, siempre confiesa que es la causa de 
los males y que debe ser odiosa á Griegos y Troya- 
nos. ¿Y se dirá que Homero escribia guiado sólo del 
instinto, y no alumbrado por la antorcha de la filo- 
sofía? 

Dejemos las preguntas del anciano y las respues- 
tas de Elena, la oportunidad con que Antenor la in- 
terrumpe para hacer el elogio de Ulíses, la vuelta 
de los heraldos con las víctimas, la llegada de Pría- 
mo, las ceremonias del sacrificio, la plegaria de 
Agamenón, la de los Griegos y Troyanos, y la reti- 
rada del Rey de Troya antes de que empiece el 
combate de Páris y Menelao, tan diestramente moti- 
lada por la razón de que sus ojos (v. 500) 
ver no podrian combatiendo á un hijo 



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87 

con tdn fuerte ddalid; 
y pasemos al famoso combate singular, en cuya des- 
cripción no sobra ni falta una sola pincelada. 

Héctor y Ulíses miden el campo, echan en •un 
casco de bronce las tarjas ó suertes de los dos riva- 
les; entretanto Griegos y Troyanos piden á Jove que 
sea vencido el autor de los males que padecen, y 
Héctor agita las suertes pero apartando ¡a vista; 
rasgo que no tiene precio. Porque si Héctor repren- 
de agriamente á Páris cuando la ocasión se presen- 
ta, conoce y predice que su liviandad causará la 
ruina de Troya, y al pensar en ello le desea á veces 
la muerte; al fin es su hermano y no quiere ver saltar 
del casco las suertes, no acaso salga primero la de 
Menelao, lo cual le daba ya una gran ventaja sobre 
su enemigo. Salta la de Páris, y éste se arma; por- 
que antes sólo estaba cubierto con una piel de leo- 
pardo y no tenía más armas* que el arco y la espada, , 
y ahora ha de combatir con lanza y armado de punta 
en blanco. Por eso el poeta en magníficos versos 
enumera una por una las piezas de la armadura; y 
respecto de Menelao, se contenta con decir que vol- 
vió á tomar la suya, que, como los demás, se había 
quitado durante el sacrificio. 

Marchan los dos campeones á encontrarse, y des- 
de lejos se amenazan ya con torvas miradas; quedan • 
en temerosa expectación los circunstantes, llegan 
aquellos al medido campo, se paran en su centro, 
blanden sus lanzas respirando venganzas y rencores, 
tira Páris y acierta el golpe, pero no puede penetrar 
el sólido escudo de Menelao. Arroja éste la pica im- 
plorando antes el favor de Jove, pasa la rodela del 
Troyano, rompe su coraza, desgarra su túnica, y si 
no se hubiese ladeado le hubiera dejado muerto. 
Desenvama la espada cortadoi*a, y descarga furibun- 



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do golpe sobre el almete de París; pero la hoja 80 
rompe en tres ó cuatro trozos (en las palabras grie- 
gas se está oyendo el ruido que hace al romperse, y 
en* las castellanas se ha conservado cuanto es posible 
la armonía imitativa), y lleno de rabia y furor al ver 
inutilizados sus esfuerzos, prorumpe en imprecacio- 
nes contra Jove., Salta, no obstante, sobre su ene- 
migo, le coge del penacho y le quiere arrastrar hacia 
su escuadra; pero Venus baja del cielo, corta la cor- 
rea que sujetaba el morrión por bajo de la barba y 
que ya estrechaba demasiado el tierm cuello de 
Páris, cerca á éste de oscura nube, y por los aires 
le lleva á su palacio y le sienta en el lecho. ¿Sobra 
6 falta alguna cosa en esta descripción? ¿Puede ser 
más animada? ¿No estamos viendo el combate? ¿No 
puede pintarle cualquier pintor por la sola descrip- 
ción del poeta? Pues todavía es más admirable lo que 
' sigue. 

Sale Venus del alcázar de Páris á llamar á Elena 
que todavía estaba en la torre á donde antes fuera 
para desde allí ver el combate; se acerca á ella en 
figura de una esclava que la habia acompañado desde 
Lacedemonia, la tira blandamente por el manto, la 
hace volver la cabeza, la dice que Páris la llama, y 
se le pinta con los colores más halagüeños y capaces 
de renovar y avivar su antigua y por entonces amor* 
tiguada pasión. Llénase Elena de cólera al escuchar- 
la; pero cuando reconoce á Venus, la dirige en 
amarga ironía el discurso más elocuente que á mi 
juicio se encuentra en todo Homero, que en este 
passge se excedió, como dicQn, á si mismo. Léase 
de nuevo (v. 664): 

Divinidad cruel! etc. 
Aquí no hay necesidad de comentarios. Con este 
troto nadie ha competido hasta ahora. Y no es mó- 



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líos enérgica la reooiiveiicion que Elena hace á sn 
amante (v. 709): 

Vienes de pelear, etc., 
ni menos sagaz la disculpa de París, y la manera con 
que la recuerda las circustancias de sus primeros 
amores para templar su enojo. También es admi- 
rable la conclusión del libro. Nótese aquella feliz 
observación del poeta, cuando Menelao andaba bus- 
cando á Páris por entre las filas de los Troyanos y 
auxiliares, ninguno de ios cuales pudo decirle dónde 
se ocultaba, porque no lo sabían: 

Y á saberlo, 

nadie por amistad callado hubiera ; 

porque de todos era aborrecido 

como la negra muerte, (v. 751 y sig.) 



LIBRO CUARTO. 



Sin embargo de que el principio de este libro pre- 
senta una de aquellas escenas mitológicas que part 
los modernos han perdido todo el interés con que las 
leían los antiguos, obsérvese cuan bien escríto está 
el pasaje. Olvidemos que, en la religión del poeta, 
Júpiter y Juno eran divinidades; supongamos que 
6ran Rey y Reina en cuya mano estaba la suerte^de 
una ciudad sitiada, y demos por sentado que él que- 
ría conservarla y ella tenia empeño en que fuese 
destruida; ¿pudieron altercar en más elocuentes 
voces? ¡Qué arenga tan hermosa la de Júpiter! 
<v. 54.) 

¡Cruel! ¿qué ofensa, etc. 
¡Qué expresiones tan valientes aquellas de: 
Si dentro de las puertas y los muros 



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90 

penetraras, y vivos devorases 

á Príamo, y de Priamo á los hijos, 

y á los demás Troyanos, sólo entonces 

el odio que les tienes saciarías 

y las otras: 

Sí: bajo el sol y el estrellado cielo . 

no hay entrp todas las demás ciudades 

que los hombres habitan una sola 

que me haya sido al corazón tan grata... etc. 
Dejemos el mandato de Júpiter á Minerva-*para que 
baje al campo de Ilion y haga de modo que los Tro- 
yanos rompan la tregua y violen la fe del juramento, 
la ejecución de este mandato, el artiOcioso discurso 
con que la Diosa engaña y seduce á Pándaro, las pre- 
cauciones que este toma para que los Griegos no le 
' impidan la ejecución de su disignio, el acto de dispa- 
rar, la salida de la flecha, el sordo ruido del arco, 
«1 crujido de la cuerda, y el rápido vuelo de la sae- 
ta que va por el aire ansiosa de clavarse, expresión 
que en cierto modo la personiflca suponiéndola capaz 
de pasiones y deseos; y detengámonos un poco en el 
modo con que Homero habla de la herida de Me- 
nelao. 

La oportunidad de la apostrofe, este modo inespe- 
rado de llamar la atención, este no contentarse con 
decir narrativamente «la saeta hirió en efecto a Me- 
nelao aunque ligeramente,» este asegurar de antema- 
no al lector que los Dioses no se olvidaron del Atri- 
da, aquel tan bien ideado símil para hacer visible el 
modo con que Palas hizo ladear la flecha sin alejarla 
del todo (porque era menester que Menelao, á quien 
iba encaminada, fuese herido), diciendo (v. 221 y 
siguientes) que la separó 

cuanto suele 

tierna madre alejar alguna mosca 



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91 

del hijo amado que sumido yace 
en dulce sueño, 
y la otra comparación (la cual, sin embargo, quisiera 
yo que acabase en la palabra marjll, ó á lo más en 
la de caballos) para dar á conocer cómo fué mancha- 
do con la sangre el cutis de Menelao, forman de este 
cuadro uno de los más bellos de Id Iliada. 

El sobresalto de Agamenón cuando ve correr la 
sangre de su hermano, el temor de éste hasta que 
conoce que la herida no es peligrosa, y el tierno y 
elocuentísimo discurso que aquel le dirige suponién-^ 
dolé herido mortalmente, son rasgos que se elogian 
á sí mismos: basta leer el pasaje. ¡Qué verdad en 
todo, qué ternura en la expresión del amor frater- 
nal, qué fuerza en las amenazas hechas á los Troya* 
nos, qué confianza en la protección que Júpiter no 
puede menos de dispensar á la justa causa, qué 
amarga ironía en la jactanciosa arenga que los Tro- 
ydnos pronunciarán insultando á la tumba del va- 
liente Menelao, y qué feliz conclusión! 

Nada diré sobre la llamada de Macaón, su venida, 
y curación del herido. En estos pasajes puramente 
expositivos, todo lo que puede exigirse del poeta es 
que refiera concisa y sencillamente los hechos; y 
esto siempre lo hace Homero con singular maestría. 
Pasemos, pues, á la revista que Agamenón hace de 
sus tropas para animarlas al combate. 

Observemos ante todo cuan diferente lenguaje es 
el que emplea cuando habla con los valientes, y el 
que usa cuando reprende á los cobardes. En el pri- 
mer caso, el tono es tranquilo, templado dulce; en 
el segundo, iracundo, violento, amargo. 

Respecto de los primeros se contenta con afirmar- 
los en sus buenas disposiciones con la poderosa y 
verdadera reflexión de que Jove 



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92 

no será el auxiliar de los perjuros, etc. (v. 394.) 
Nótese al paso cuan feliz es aquel epíteto iídeUcadar^ 
dado á la carne de los hombres sin fe, como para dar 
á entender que sólo hombres afeminados, voluptuo- 
sos y muelles, pueden recurrir á la perfidia part 
vencer en los combates. A los segundos los confuñ^ 
de y avergüenza llamándolos arckeros (estos eran 
menos estimados que los opUtas, óffravis armatvra 
miUtesJ, cobardes, sin honor, etc., y comparándolos 
con los tímidos ciervos. 

Notemos después el arte con que Homero supo 
variar las arengas que pone en boca del Generalísi- 
mo y las respuestas que le dan los capitanes, ya que 
los alabe y ya que los reprenda. Dejemos á Idome- 
neo y los dos Ayaces, aunque al hablar de estos no 
debe quedar sin elogio la bellísima comparación de. 
su espesa cohorte con la negra nube que vieoe del 
mar cargada de mucha tempestad; y detengámonos 
con Néstor. ¡Qué rasgos de carácter en su respues- 
ta! ¿Quién puede desconocer al anciano de las tres 
edades en aquel recuerdo de sus fazañas, en aquella 
triste confesión de que ya le oprime la vejez rugosa, 
y en aquella fanfarronada tan propia del que filé 
valiente, á saber, que aun así no dejará su carro de 
hallarse entre los demás, y que si con los puños no 
puede será útil con sus consejos? 

Véase, finalmente, cuánta verdad hay en la res- 
puesta de Ulíses á la no merecida reprensión que le 
dirige el Atrida, y cuánta naturalidad en la satisfae- 
cion que éste le da; y obsérvese la diferente manera 
con que están presentadas las mismas ideas cuando 
Esténelo se da también por sentido de que Agame- 
nón haya llamado cobardes á él y á Diomédes, y la 
prudente moderación con que éste disimula por 
ahora su enojo delante de la soldadesca. Ya más ade- 



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lante se dará por entendido en el Consejo á que sólo 
asistían los Príncipes. Pues esto no se hizo sin arte. 
Algunos han criticado » como demasiado prolijo^ 
el discurso de Agamenón á Diomédes; pero no han 
tenido presente que siendo el último á quien habló, 
y no estando formado todavía ef ejército entero, 
había lugar para extenderse algo más que en los an- 
teriores. 

Concluidas ya la revista y las arengas, vengamos á 
los magníficos y brillantes símiles con que se infla- 
ma la imaginación y se prepara el ánimo del lector, 
para que atienda á la relación de la gran batalla que 
van á darse Griegos y Troyanos. 
Como del mar en resonante playa, etc. (v. 713.) 
Marchaban los Troyanos, semejantes, etc. (v. 734.) 
Ningún poeta ha llegado á tanta sublimidad. Y ¿qué 
diré de la pintura de la Discordia (v. 753) que Virgi- 
lio se»apropió para hacer la de la Fama» 
al principio 
es de corta estatura , pero luego, 
creciendo lentamente, su cabeza 
en los cielos afirma, y con su planta ^ 
huella la tierra, y en furor insano 

nunca se sacia de dañar 

y de aquel presentarla atravesando por las filas 
y arrojando en medio de .ellas la lucha, ó la batalla, 
para todos luctuosa? ¡Y la descripción de la em- 
bestida de los dos ejércitos! Es tan singularmente 
bella y animada, que no puedo menos de copiaiia. 
(V. 763.) 

Cuando ya las escuadras á encontrarse 
en su marcha vinieron; los escudos 
86 entrechocaron, y en el aire alzadas 
86 cruzaron las picas, y el aliento 
se m^zoiaba tambiea de k>8 armados. 



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94 

Y al oponer los cóncavos broqueles 
el uno al otro, inmensa vocería 

se alzó en el campo; y juntos resonaban 

del matador el insolente grito 

y el triste lamentardel moribundo, 

y de sangre la tierra fué inundada. 
¡Qué verdad! ¡qué pincel! Estamos viendo el objeta 
que se nos describe. Pero, ¡cuánto se ilustra todavía 
con el símil que sigue á la descripción! Quiero tam- 
bién repetirle, porque es de los más felices y máft 
bien escritos de todo el poema, (v. 774.) 

Y como en el invierno dos torrentes, 
saliendo de abundosos manantiales * 
y de altísima sierra derrumbados, 
sus espumosas resonantes aguas 
juntan del valle en el profundo seno, 
y á lo lejos el ruido estrepitoso 

oye el pastor desde las altas cumbres • ^ 

de los montes vecinos; tal se oia 

espantoso clamor en la llanura, 

cuando el choque empezó de las escuadras. 
El que no vea en este símil la grandilocuencia épica 
llevada al más alto punto; el que por este sólo pasaje 
no renozca en Homero el os magna sonatnrwn; 
el que no perciba el ruido estrepitoso que hacen al 
mezclarse en el valle las espumosas resonantes 
aguas de dos torrentes derrumbados de altísima 
sierra,, y el que no descubra la semejanza entre este 
ruido y el inmenso clamor que debió alzarse en la 
llanura al comenzarse uúa batalla en la cual comba- 
tían ciento cincuenta mil guerreros, no pase adelan* 
te. No se hizo para él la poesía. 

No quiero dejar este libro sin notar la bellísima 
comparación de Simoisio con el álamo que cae 
m tierra, cortado por el carretero que luego le dw- 



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95 
poja de sus ramas. ¡Qué bien escogidas las circuns- 
tancias de que el álamo criado á la orilla del lago 
crece y se corona de espesas ramas, pero viene el 
carretero y le corta, etc., debiendo aplicarse todo el 
símil á un tierno joven criado con mucho regalo por 
sus padres, y que muere en la floi;de su edad atra- 
^«esado por una lanza enemiga! 

Nótense fínalmenle en el discurso de Apolo á los 
Troyanos la finura, la oportunidad y la destreza con 
que es alabado Aqufles, y el cuidado que el poeta 
tiene de recordar su nombre á los lectores, ya que 
por ahora él no debe presentarse. 



LIBRO QUINTO. 



No me detendré mucho en él; porque, destinado á 
descrfbir la primera batalla de las cuatro que ha de 
contar, el fondo de la tela es el mismo en todas ellas, 
aunque infinita la variedad de matices y colores. Sin 
embargo, es preciso decir aquí una vez por todas en 
elogio de Homero lo que sus mismos detractores no 
han podido negar, y es que hasta ahora ningún 
poeta ha sabido presentar una misma escena bajo tan 
diferentes aspectos, y dar variedad, interés y nove- 
dad á la constante repetición de unas mismas cosas. 
En efecto, una batalla como las que se daban Griegos 
y Troyanos es un objeto esencial y necesariamente 
monótono; porque siempre se reduce á que dos 
campeones se encuentran, y provocándose ó no 
antes del combate, arrojan sus lanzas, y el primero 
hiere al segundo en el pecho, ó el segundo atraviesa 
al primero por el vientre. Cae en tierra el vencido, y 
el vencedor le insulta, ó no le insulta; y le despoja 



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96 
de la armadora, ó pasa de largo á encontrarse oon 
otro, con el cual se repite la misma escena, sin más 
diferencia que la de ser ahora la herida en la firente, 
ó en medio de los hombros, si el otro volvió la espal- 
da. No obstante, léanse con cuidado las innumera- 
bles descripciones de estos combates singulares que 
se encuentran en Homero, y se verá que, á excepción 
de la inocentada de repetir no pocas veces lo de 
Cayó en la arena, y temeroso ruido 
sobre él hicieron al caer las armas, 
en lo demás siempre hay alguna circunstancia que 
diversifica el cuadro y le da cierta novedad intere- 
sante. Observémoslo en algunos de los muchos com- 
bates que se desqriben en este libro. 

Dos Teücros, hijos de un sacerdote de Vulcano,8e 
atdelantan de su escuadra y desde un alto carro aco- 
menten á Diomédes, que sólo y á pié se encaminaba 
por aquella parte á lo más recio de la pelea. £l los 
espera; Fegeo le tira su lanza, pero no le hiere; arroja 
entonces la suya el h^o de Tideo, atraviesa el pecho 
á su enemigo, huye el hermano despavorido sin 
atreverse á defender el cadáver, y Vulcano le salva 
la vida. Este cuadro es magnifico; pefo no volvere- 
mos á verle en todo el poema, sin embargo de que 
varias veces se nos hablará de dos campeones que 
subidos en un mismo carro combaten con otro 
que los espera ó acomete, ya desde tierra, ya mon- 
tado también en el suyo. 

Viendo los Troyanos que el mayor de los hyos de 
Dáres ha sido muerto y el otro se ha salvado con la 
ñiga, se desalientan y vuelven la espalda; y en esta 
derrota matan, Agamenón á Hodío, Idomeneo á 
Festo, Menelao á Escamandrio, Meriónes á Feredo, 
Megos á Pedeo, y Euripilo á Ipsenor; pero en cada 
dno de los muertos hay alguna circunstanda parti- 



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97 

cular que diversifica la escena y llama nuestra aten- 
ción. Hodio es el corpulento caudillo de los Álizones, 
está sin carro, y al volver la espalda para huir 
le atraviesa por detras Agamenón. Idomeneo hace lo 
mismo con Festo; pero éste subia entonces en 
su carro, era hijo de Boro y habitante de Ama. Me- 
nelao hiere también por la espalda á Escamandrio; 
pero este no es auxiliar, es Troyano y cazador famo- 
so enseñado por Diana 

a herir certero cuantas fieras cría 
de los bosques umbríos la espesura. 
Y, sin embargo, ni la Diosa su protectora, ni la gran 
destreza en manejar el arco, le salvaron entonces la 
vida. Meriónes alcanza en la fuga á Fereclo, y 
le atraviesa el ijar derecho; pero este Fereclo no 
era un oscuro combatiente, era un artífice famoso y 
el mismo que había construido los b^^eles en que 
Páris recorrió los mares y trajo robada á Elena. 
Méges atravesó igualmente con su lanza á Pedeo, 
metiéndosela por la nuca; pero Pedeo era un hijo 
bastardo de Antenor, y el poeta interesa nuestra 
sensibilidad aávirtiéndonos que la vii'tuosa Teano 
habia criado al bastardo con el mismo amor y regalo 
que á los suyos. Baste esta muestra para dar á co- 
nocer la habilidad con que Homero, presentando las 
mismas escenas, supo variarlas y mantener siempre 
despierta la atención del lector, y recorramos rápi- 
damente lo restante del libro. 

Ya observaron los antiguos comentadores la des- 
treza con que Homero consiguió dar cierta unidad á 
la narración de varios combates sueltos é inconexos, 
hacienda en cpda batalla el héroe del dia, por decir- 
lo asi, á uno de los principales campeones. Diomédes 
k) es en todo este libro quinto, Teucro en el octavo, 
Agamenón en el undécimo hasta que sale herido, y 

TOMO Uí. 7 



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98 
saoesivamente lo son Ulíses, Áydx, Idomeneo, etc. 
Y hasta el mismo MenelaOf que no pasa por el más 
valiente, defiende, sin embargo, con denuedo el 
cadáver de Patroclo en el decimoséptimo;^») desde 
el vigésimo, en que se presenta Aquíles, todos 
quedan oscurecidos y •eclipsados, de la misma suerte 
que las estrellas desaparecen así que el sol se 
muestra sobre el horizonte. Y es muy digno de 
observarse el cuidado que Homero tuvo de no hacer 
nunca combatir á Néstor. Este anciano en todo se 
halla, en todo interviene; es como el numen tutelar 
de 'Grecia y el alma del ejército; libra la vida á 
Macaón sacándole en su carro cuando le ve herido, 
y él mismo asiste á los combates; pero acordándose 
de lo que deja dicho, á saber, que los ancianos sólo 
son útiles en la guerra por los consejos que dan, y 
que los jóvenes son los que deben ensangrentar sus 
lanzas, nunca la echa de valiente, por más que diga 
y repita que lo fué en su mocedad. Y esto, ¿se hizo 
sin arte y sin estudio? No lo creerá ciertamente 
el que reflexione que Néstor no debe pelear, porque 
peleando, ha de vencer ó ser vencido. Lo segundo 
hubiera sido indecorosa, inútil y contrario á la tra- 
dición histórica; y lo primero inverosímil en la edad 
de noventa años. 

Supuestas, pues, estas observaciones generádes, 
déjenlos todos los combates de que se trata en este 
libro, y detengámonos en los demás trozos con (pie 
está hábilmente suspendida y amenizada la narración 
de los encuentros, que continuada sin intanoáaioD ' 
hubiera sido fastidiosa. 

Observa Pándaro que Dkuiédes d^riba él ñSto 
escuadrones enteros de Troyanos; y armando w im- 
Ueston, le tira una fleeha, ycon eíla le J;iiene*ea el 
hombro. Grita gozoso á los Trafiíios ipara fue rwA- 



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99 
Tan de la fuga; Díomédes se retira, aunque conoce 
<iue la herida no es mortal; itnplora el favor de Mi- 
nerva, acude ésta, y reanima sus fuerzas. 

Vuelve animoso al combate y hace nuevos pródi- 
gos de valor; Eneas lo advierte, y busca á Pándaro 
para que este le mate con sus flechas, porque el 
¿riego está peleando á bastante distancia. Responde 
Pándaro que ya le ha tirado una, pero aunque 
ba logrado herirle no ha conseguido matarle; y con 
«9te motivo se queja de su arco, y siente no haber 
traído su carro y sus bridones. Eneas le ofrece el 
suyo, y 16 asegura que los caballos, como son de raza 
divina, los sacarán ilesos del combate si fuere nece- 
sario volver la espalda al enemigo. Sube Pándaro en 
el carro de Eneas, deja á éste con muy sabia previ- 
sión el cuidado de dirigir los caballos, se encarga é\ 
de pelear con Diómedes, y marchan ufanos á encon- 
trarle. Los ve Esténelo, aconseja á su amigo que ae 
retire, desecha aquél indignado su consejo, espera, 
llegan, y ayudado de Minerva mata á Pándaro, y este 
paga la merecida pena de haber violado el primero 
la santidad d^ juramento. Eneas defiende su cad^ 
ver, pero es herido con uña gran piedra que le tira 
«I Griego; cae desmayado, y hubiera perecido si su 
madre Venus no \& hubiera sacado del combate; y el 
Griego, autorizado para ello por Minerva, la sigue y 
la hiere en la palma de la mano. Se desmaya la deli- 
cada Diosa, iris la saca de entre el ruido de las 
•armas. Marte la da su oárro, sube al Olimpo, se la- 
jnenta de la osadía del aquivo; Dione procura conso- 
larla refiriendo antiguas leyendas según las cuales 
otros varios Dioses habiaii sido heridos y áua eocar- 
oekdos por los hombres, y la cura instantánestfneo- 
te. Minerva y Juno se burlan de Ciprina, Júpiter la 
«caricia; entre tanto» Diomédes persigue todavía 



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400 
á Enéds, y no eesá de perseguirle hasta que Febo I»* 
intimida y hace retiraf , 

£ste pasaje, bellísimamente escrito y felizmei^ 
imaginado para variar la escena y suspender la con- 
tinua relación de combates y de muertes, merece 
sin embargo algunas observaciones. 

£1 discurso de Dione, aunque para nosotros Ha 
perdido yá una gran parte del encanto que tendría 
para los Griegos, es admirable todavía por aquellos 
últimos versos en que amenaza á Diomédes, ó más 
bien le pronostica la suerte que le cabrá por haber 
hefido á una Diosa (v. 658): 

¡Necio! no sabe qué de larga vida 

no será aquel mortal que peleare 

con los eternos Dioses, etc. 

Que tiemble, pues, etc. 
Pero es preciso reconocerlo y confesarlo: la burla 
que Minerva hace de Venus cuando la ve llegar he- 
rida, es demasiado familiar y degrada la majestad 
épica. Yo sé que se puede todavía defender á Home- 
ro, echando la culpa á las ideas poco elevadas que 
los Griegos se habían formado de sus divinidades; 
pero siempre resultará que si pudo mitológicamente 
introducir este pasaje, hubiera hecho mejor en su- 
primirle como poeta. Para nada hace falta. Y dígase 
cuanto se quiera, semejantes jocosidades, aun pues- 
tas en boca de mujeres mortales, siempre chocarían 
en un poema épico en que todo debe ser grave, se- 
rio y majestuoso. ¡Cuánto, pues, no incomodarán en 
boca de una Diosa! Y ¡qué Diosa! La de la sabiduría. 
No se debe decir lo mismo, supuesta ya la burla 
de Minerva, del gracioso, Íkio y dehcado modo con 
que Júpiter consuela á la insultada y afligida Vénu» 
diciéndola (v. 696): 

iNo á U fué dado en las sangrientas lides 



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404 
presidir, hija mia! Entiende sólo 
en los dulces cuidados deliimeneo, etc. 
Esto es bellísimo, y prueba que si Homero da de 
tarde en tarde alguna cabezada de sueño, pronto des- 
pierta más despabilado y vigoroso que antes de ador- 
mitarse. Y, en efecto, lo que inmediatamente sigue 
todo es magnífico. El discurso que Mavorte, tomando 
la figura de Acamante, dirige á los Troyanos para re- 
animar su valor; las duras verdades con que Sarpe- 
4on reconviene á Héctor; el símil de la parva; la 
vuelta de Eneas; la fina observación de que sus ami- 
gos no le hicieron ninguna pregunta, porque no se 
lo permitía el peligro en que se hallaban; la arenga 
de Agamenón á los Aquivos; la comparación de Or- 
^oco y Greton con los dos leonclUos que después 
áe haber hecho tantos estragos mueren á manos de 
^gun pastor; el sentimiento que tuvo por su muerte 
Menelao; la tierna solicitud de Antíloco cuando ve 
que éste atraviosa las hileras exponiendo su vida; la 
llegada de Héctor, acompañado de Belona y de 
Harte; la retirada de Diomédes, y sobre todo el símil 
con que está justificada (v. 986) 

Y cual viajero que la vez primera, etc., 
liada dejan que desear al lector inteligente. 

Lo mismo debe decirse del combate de Tlepólemo 
y Sarpedon, y de las arengas con que á él se provo- 
can. La de aquél es la que debió pronunciar un fan- 
farrón que á üalta de hazañas propias se envanece 
con las de sus .progenitores, y la de éste es un mo- 
delo de elocuente y sólida refutación. 

^tSi á Troya 
Hércules saqueó.. . etc. 
Tí'Hense en este pasaje aquellas dos tan verdaderas 
<5omo oportunas reflexiones que hace el poeta: la 
primera que al retirar á Sarpedon herido no se ocur- 



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102 
rió á sus amigos sacarle del muslo la pica que Hevaba 
arrastrando, porque tal era el peligro en que se veian 
y tal el azoramiento en que estaban; y la segunda que 
impaciente Héctor por rechazar á los enemigos, pasa 
de largo por junto á Sarpedon, sin responder á la 
tierna súplica que le hace para que le defienda. Ea 
estas que parecen pequeneces se ve el gran conocí» 
miento que Homero tenía de las reglas, el gran tino 
con que sabía contenerse dentro de los límites que 
ellas prescriben, y la previsión con que anticipa la 
respuesta á las objeciones que se le pudieran hacer. 
Esto se ve en el primer pasaje, y aquello en ^ se* 
gundo. 

Llegamos ya á la magnífica descripción del carro 
de Juno y de la armadura de Palas, al rápido vuelo 
en que bajan las dos á socorrer á los Griegos contra 
Marte que los destroza, á la herida que á éste hizo 
Diómedes, á la llegada del numen al Olimpo, quejas^ 
que da á su padre Jove, áspera respuesta que recibe» 
y vuelta de las Diosas; en todo lo cual, supuesta la 
mitología de los Griegos, nada hay que merezca 
censura, y hay mucho digno de elogio y admira- 
ción. Yo no me detendré á analizar este trozo; loa 
lectores podrán hacerlo por sí mismos, y solóles- 
indicaré la sublime idea que nos da el poeta del 
modo con que los caballos de los Dioses atravesaban 
en breves instantes larguísimas distancias, diciendo 
(v. d293): 

Cuanto puede 
en el espacio descubrir la vista 
del que sentado en elevadas cumbre 
fija sus ojos en el ponto oscuro, 
otro tanto de un brinco los caballos 
saltan de las Deidades, 
Así es como pueden engrandecerse y enúoWecerse 



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4^3 
los objetos más pequeños y comtines. ¿Cuál puede 
serlo más que el brinco de un caballo? Y sin em- 
bargo, ¡qué grandioso aparece realzado oor una feliz 
comparación! 

Nótense también al principio ael libro las tres con 
que están ilustradas las proezas de Diomédes: 

Semejante 
al hinchado torrente, etc. (v. 457) 

Como si hiere 
levemente al león, etc. (v. 241) 

Como suele 
el hambriento león, etc. (v. 280) 



LIBRO SEXTO. . 



En él se demuestra lo que tengo dicho en mi ArU 
de hablar, á saber, que un poema épico, si en lo de- 
mas está bien escrito, no necesita de fabulosas fic- 
ciones, y que aun en aquellos que las contienen no 
son ellas lo que más nos interesa y conmueve, sino 
lo puramente humano. En efecto, en todo este libro 
no hay máquina, los Dioses no se muestran ni hacen 
mda, y sin embargo es el más hermoso de todos, no 
contando el vigésimocuarto. Veámoslo con alguna 
detención. 

Retirados los Dioses, sigue la batalla; Ayax de Te- 
lamón mata al caudillo de los Tracios Acamante, y 
Diomédes á un guerrero llamado Axilo que hospe- 
daba en su casa á cuantos pasaban por el camino á 
que estaba contigua; y Homero, recordando su vir- 
tud, añade (v. 28): 

Pero ninguno de los muchos héroes 
que él hospedara, de la triste muerte 



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104 

entonces le libró^ ni á su defensa 

acudió generoso. 
Oportuna reflexión para insinuar á los lectores cuán- 
ta es la ingratitud de los hombres. Todavía el poeta 
nos interesa en favor de esle personaje,' observando 
que á su lado murió también su fiel escudero y que 
sus almas bsgaron juntas al orco; tierno contraste 
entre la fidelidad del auriga y el abandono en que 
dejaron á Axilo los muchos que por él hablan sido 



Sigue la rápida narración de dos encuentros en 
que Enríalo mata él solo á cuatro enemigos, y la 
simple indicación de otros Troyanos muertos por va- 
rios caudillos griegos; y por la primera vez encon • 
tramos un pasaje en que se ve hacer un prisionero. 
Pero ¡qué pasaje! Merece que nos detengamos en él. 

Desbócanse los caballos de un Teucro llamado 
Adraste, rompen el carro por cerca del timón, cae 
su dueño en el polvo junto á la rueda, y se le acerca 
Menelao amenazándole con su larga pica; Se arroja 
á sus pies el infeliz Troyano, le pide en corta pero 
tierna plegaria que no le quite la vida, y le ofrece un 
magnífico rescate. Menelao, que en todas ocasiones 
se muestra bondadoso, se enternece al oirle, y ya 
iba á mandar á su escudero que le llevase vivo á las 
naves; pero sobreviene, su hermano Agamenón, le 
acusa de que sea tan indulgente y compasivo con 
los mismos que le tenian hechos tales agravios, y Me- 
nelao, sin responderle, cede á su autoridad. Sin em- 
bargo, no se atreve á matar por su mano al que una 
vez habia implorado su clemencia; se contenta con 
alejarle de siis pies, y Agamenón atraviesa el pecho 
con su lanza al infeliz Adraste. El que por sí mismo 
no conozca todo el mérito de este pasaje, no le cono- 
cerla por más observaciones que yo le hiciera. Así, 



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405 
me conleiíto con rogar á los lectores que vuelvan á 
repasarle, y señaladamente el disoursito de Agame- 
nón á su hermano {v. 93): 

¡Oh, bueno en demasía, etc., 
y noten cómo se retrata en sus palabras el orgulloso 
y vengativo Rey de Micénas. Menelao era el princi- 
pal agraviado en esta querella, y sin embargo, olvida 
su antigua ofensa y se Compadece de un Troyano 
que inerme é indefenso, no por cobardía sino por 
una desgracia casual, ha caido en sus manos; pero 
Agamenón no solo le impide ser generoso y huma- 
no, sino que le reprende y le intima la orden de no 
dar cuartel. íQué rasgos de ferocidad tan propios de 
aquellos siglos! 

y hasta el niño que en el vientre 

lleva la madre, ni ávm allí se libre. 

Todos acaben; ni llorados sean, 

ni la memoria de su nombre qtiede. 
No se contenta con vencerlos y matarlos: quiere que 
nadie los llore después de muertos, y que ni aun se 
conserve la memopia de su nombre. 

No es menos hermoso en su linea el discursHo de 
Néstor que sigue inmediatamente. El consejo que da 
á las tropas de que no se detengan á recoger despo- 
jos y mucho menos en llevarlos á las naves, y que 
por ahora sólo piensen en matar enemigos, es opor- 
tuno en el momento en que empieza á mostrárseles 
favorable la fortuna, que pudiera hacérseles contra- 
ria si desperdiciaban el tiempo; pero además convie- 
ne observar la delicadeza con que el buen Néstor se 
llama el primero á la parte cuando se trata de pelear, 
pero se excluye después cuando habla de ¡•ecoger el 
Lotin, que desde ahora cede y abandona á los sol- 
dados: 

Solo pensemos en matar Troyanos; 



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406 
y acabada la M^ podréis vosotros 
los muertos despojar en la llanura. . 
Esto no se hizo sin estudio y sin arte, y sin mucho 
conocimiento del quid deceat; y en estos casi imper- 
ceptibles rasgos se conoce la ejercitada mano del 
gran pintor, tan bien como en las fuertes pinceladas 
que vamos á ver ahora. 

Al delicado gusto de Homero no podia ocultarse 
que, habiendo empleado parte del libro cuartoy todo 
el quinto, que es muy largo, en describir combates 
singulares, porque, como se ha dicho, á esto se re- 
ducían las batallas de aquel tiempo, si hubiese con- 
tinuado la narración de los encuentros por todo el 
sexto, el lector se hubiera al fin cansado de ver 
siempre escenas de sangre idénticas en el fondo, 
aunque variadas en lo accesorio; y su grande ingenio 
halló modo de suspender los combates de los jefes, 
sin que del todo cesase la batalla entre la oscura 
soldadesca. Para esto supone que viendo Heleno, 
hijo de Priamo y célebre augur entre los Troyanos, 
cómo éstos huian dispersos y acobardados, aconseja 
á Héctor que, después de haberlos reunido y dejado 
en una posición ventajosa, vaya á la ciudad y mande 
que se hagan sacrificios á los Dioses, y señaladamente 
á Minerva, Diosa en otro tiempo su protectora y 
ahora su enemiga. Y con esta suposición tan verosí- 
mil prepara é introduce el admirable episodio de la 
entrevista del héroe con Andrómaca, y sin romper 
el hilo histórico aleja del campo de batalla á sus lec- 
tores por algunos breves instantes. 

En efecto, tomando Héctor el consejo de su her- 
mano, reúne los fugitivos, los anima con su voz, y 
les exhorta á que sostengan el choque mientras él 
va á la ciudad á decir á los ancianos y á las matro- 
nas que procuren aplacar la cólera de los Dioses; y 



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407 
86 pone en marcha. Su retirada y la nueva posición 
^pie han tomado los Troyanos al pió de sus murallas 
ocasionan un como breve descanso de ambos ejérci- 
tos, dfrante el cual se encuentran Glauco, Príncipe 
de Licia, y el hijo valiente de Tideo, y se disponen á 
medir sus armas. Pero en los discursos que mutua- 
mente se dirigen antes de empezar el combate, re- 
conocen ambos que están ligados entre sí con los sa- 
grados vínculos del hospedaje y la amistad que sus 
padres les habian dejado en herencia; renuncian al 
proyecto de combatir cuerpo á cuerpo, se apean de 
sus carros, se dan la mano de amigos, y truecan sus 
armaduras. Entre tanto, Héctor llega al palacio de 
Príamo, dice á Hécuba que reuniendo las matronas 
yaya con ellas á ofrecer á Palas el manto más pre- 
cioso de cuantos tiene en sus arcas, y marcha en 
busca de Páris. Le encuentra, le habla, le reprende, 
le propone que vuelva' al ejército, y en tanto que el 
hermano toma la armadura, se dirige él á su casa 
para ver á su esposa y su hijo; porque no sabe 
si volverán sus ojos 
á ver tan caras prendas, ó los Dioses 
le matarán por mano de los Griegos, (v. 618.) 
Llega á su alcázar, pero no está en él Andrómacü; 
porque, al oir que los Troyanos volvían fugitivos á 
los muros, había ido á la torre de Ilion á informarse 
por sí misma de la verdad. No hallándola, pues, sale 
de su casa para volver al campo; pero en el camino 
se encuentra con su esposa, y pasa entre los dos el 
tíemo coloquio que luego examinaremos. Se despi- 
den, llega Páris, y los dos hermanos marchan á re- 
unirse con su gente. 

Hé aquí el medio sencillo y verosímil que Homero 
empleó para suspender la relación de los combates; 
y hó aquí cómo sin agentes sobrenaturales supo 



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408 
conmover fuertemente el corazón de sus lectores, 
y hacer llorar á cuantas personas sensibles han leide 
este episodio por espacio de 2.800 años, y á cuan- 
tas le lean hasta la consumación de los siglos, ^olva* 
mos al principio. 

El discurso de Diomédes á Glauco es, como todos 
los de Homero, tan propio del personaje que le pro- 
nuncia, que si en efecto Diomédes habló con Glauco 
en aquellas circunstancias, no pudo hablar de otra 
manera. Nótese aquel rasgo tan característico en el 
hyo de Tideo, 

que nacieron de padres infelices 
los que conmigo á batallar se atreven, (v. 213.) 
Nótese también, porque no está dicho sin designio, 
cuánto cuidado pone Diomédes en hacer creer que 
él no será nunca osado á combatir 'con los eteimos 
Dioses, cuando poco antes babia herido á Venus y 
á Marte, y no estuvo muy lejos de arremeter con 
Apolo. Él conoce que su arrojo ha sido temerario é 
irreligioso, y por eso insiste ahoi*a en esta idea y 
procura justificarse. 

La respuesta de Glauco ha sido tachada por algu- 
nos- de muy larga, pero no han observado: 1.°, que 
la pregunta sobre su patria y alcurnia exigia una 
prolija explicación; 2.°, que esta arenga es pronun- 
ciada durante la suspensión de armas ocasionada 
por la retirada de Héctor y el nuevo aspecto que 
desde entonces ha tomado la batalla, y 3.**, que de- 
biendo Glauco instruir á Diomédes en la historia de 
Belerofonte, no pudo hacerlo con más rapidez y con- 
cisión. Pero cuando hubiera en efecto alguna pro- 
lijidad, ¿quién no se la perdonaría al poeta en favor 
de aquella tan feliz comparación de las generaciones 
humanas con las hojas de los árboles? Todos saben 
que Horacio se la a]^ropió. ¿Y aquel artificioso dls- 



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409 
cursito de Antea intercalado en el principal? ¿Y aque- 
lla breve descripción de la Quimera? ¿Y aquella pin- 
tura de Belerofonte cuando, cansado de vivir, abor- 
recido de los Dioses y vagando triste por los campos 



devoraba 

su propio corazón, y de los hombres 

evitaba las huellas... 
pasaje que Cicerón citó con elogio, y tradujo en muy 
buenos versos latinos? Y á vista de tantas bellezas, 
¿iremos ahora á contar las palabras para fallar que 
el discurso en su totalidad pudiera tener algunas me- 
nos? Dejemos la réplica de Diomédesy el trueque de 
las armas, y sigamos á Héctor, que ya se acerca á 
las hayas de la puerta Escea. (v. 407 y sig.) 
¡Qué verdad en la circunstancia de que 
corrieron á encontrarle 

las hijas y mujeres de los Teneros; 
, y cercándole todas, preguntaban 

por sus hijos y hermanos, sus amantes, 

y sus esposos...! 
Sigúela breve descripción del alcázar de Príamo 
y el encuentro de Hécuba con Héctor, y ya empieza 
á enternecerse el corazón al oiría decir (v. 432): 

¡Hijo mió! ¿por qué, la triste guerra 

abandonando, ala ciudad viniste? 
y añadir, sin esperar la respuesta y dándosela ella 
misma: 

Sin duda que los hijos de los Griegos, 

/aborrecido nombre/ etc. 
¡Qtié epíteto este último! y ¡qué cuidado tan propio 
de una madre el de ofrecer al héroe el dulce vino 
para que haga la libacibn á Jo ve, y gustándole repare 
con él sus debilitadas fuerzas! Y ¡qué excusa tan le- 
gitima la de Héctor para no beber el vino ai Juacer 



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lio 

libación á Jove! Esto último tío es permitido á los 
que como él están manchados con sangre, y lo pri- 
mero pudiera tal vez enflaquecer su valor en lugar 
de reanimar sus fuerzas. En efecto, el vino tomado á 
deshora y sin comer al mismo tiempo alguna cosa, 
lejos de ser corroborante, debilita y entorpece. Nó- 
tense al fm de la respuesta de Héctor las terribles 
imprecaciones contra Páris. Y nótense también los 
epítetos con que está calificado el manto que Hécuba 
saca para ofrecérselo á Minerva, 

t el que era más vanado en sus labores 
y más grande, y brillaba como un astro, 
y el último de todos se guardaba. 
¡Qué verdad, y qué especie de encantadora senci- 
llez, en esta última circunstancia! 

Breve descripción del palacio de Páris; entrada de 
Héctor en él para ver si está su hermano; actitud en 
que le halla requiriendo sus armas como quien ya se 
prepara á volver á los combates; áspera reprensión 
que le dirige; respuesta de Páris (respetuosa como 
todas las suyas, pero huyendo el cuerpo á la princi- 
pal reconvención, y agarrándose, por decirlo así, de 
la sola palabrilla cólera á que puede satisfacer); her- 
moso discurso que Elena, siempre amable aunque 
culpada, dirige á su cuñado; contestación urbana 
del héroe, y motivo que tiene para ir á su casa apro- 
vechando los breves instantes que Páris puede tardar 
en salir. Llega Héctor á su palacio, que Homero no 
se detiene á describir, como tal vez lo hubiera heoho 
otro poeta, y no encuentra en él á Andrómaca. El 
lector como que lo siente; pero queda agradablemen- 
te sorprendido al ver que por una feliz casualidad 
Héctor se encuentra con ella cuando él iba ya á salir 
de la ciudad. Y aquí empieza la fomosa despedida. 
Examinémosla parte por parte. 



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411 
í.^ Se da noticia de ]a persona de Andróniaca y 
de su regia estirpe; se indica que ya falleció su pa- 
dre, y se hace mención del riquísimo dolé que éste 
di j para casarla con Héctor. Nada de esto sobra; 
todo es necesario para que el lector forme alto con» 
cepto de esa Princesa y empiece á interesarse por 
ella. 

±^ Se habla del niño, y se nota que es hijo únl* 
co del campeón troyano, nacido de legítima unión, 
y de muy corta edad, pues le lleva en sus brazos la 
nodriza; se alaba su singular belleza diciendo qi^e 
ara tan hermoso como un lucero, y se da la razón de 
que el pueblo le llame Astianacte (como si nosotros 
dijéramos el defensor de la capital), siendo su nom- 
bre el de Escamandrio, 6 porque hubiese nacido á 
orillas del Escamandro, ó porque hubiese sido ofre- 
cido por sus padres á la deidad de este rio. Todo 
esto se dirige á recomendar este niño á los lectores, 
á prevenirlos en su favor y á que empiecen ya á llo- 
rar la desgraciada suerte que le espera. 

3.® Tierna súplica de Andrómaca á su esposo 
para que no exponga temerariamente su vida, consi- 
derando que sÁ muere, ni su esposa ni su hijo tienen 
ya quien los defienda y ampare. Detengámonos aquí. 
Si á un poeta que no fuese el mismo Homero se le 
hubiese dado tan feliz asunto para lucir su ingenio, 
¿hubiera reducido este discurso á los 33 versos qm 
tiene en el original? Para contener el valor impetuo- 
so de un guerrero como Héctor, ¿se hubiera conten- 
teütado con decirle (v. 681 y sig.): 
¡Infeliz! tu valor ha de perderte: 
ni tienes compasión del tierno infante, 
ni de esta desgraciada que muy pronto 
en viudez quedará...? 
iCttántos piropos, cuan almibaradas expresiones. 



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415 
cuántos ay mel icuántas reticencias hubiera emplesh 
do aquí un poeta de los llamados sentimentales! 
Pero Homero sabía que si el corazón dé Héctor üo S0 
enternecía al oírla sola expresión: 

esta desgraciada que muy pronto 

en viudez quedará,., 
menos caso hubiera hecho de una pomposa amplifl- 
caclon en que se le presentase desleída esta idea ca- 
pital. Sin embargo, Homero conoció también que sin 
amplificarla era menester reforzarla indicando el 
efecto necesario é inmediato de esta viudez; y por 
eso añade Andrómaca: 

más me valiera 

descender á la tumba que privada 

de tí quedar; pues si á morir llegases, 

ya no habrá para mí ningún consuelo, 

sino llanto y dolor. 
Pero no basta que lo diga: es necesario que haga ver 
á su esposo por qué, faltando él, ya no la queda en 
el mundo ningún consuelo. Lo hace, pues, recor- 
dando que ya no tiene padre, madre, ni hermanos 
que cuiden de ella y la defiendan muerto su marido. 
Pero icómo lo hace! iqué ternura respira todo el 
pasado en que habla de las desgracias de su familia! 

A mi padre mató el feroz Aquíles, etc. 
Nótese el natural, oportuno, y aun necesario re- 
cuerdo de Andrómaca al hablar de la muerte de su 
padre, á saber, que Aquíles no le quitó las armas ni 
insultó á su cadáver, sino que al contrario le quemó 
con la armadura y erigió un túmulo á sus cenizas. 
Esta circunstancia es la única que de algún modo 
templa el dolor de su hija y la que, según las cos- 
tumbres de aquel siglo, no debe omitir, porque el no 
haber sido sepultado el cadáver de algún personaje 
era una especie de infamia que recaía sobre sus hijos. 



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113 
Otra circunstatícia importante''paradar áeüteiider 
que Etion no hat^ía sido abandonado en su muerte 
por los Dioses, es la de que en torno de su sepulcro 
las ninfas de la selva^ hijas de Jove, 

las Oréades, álamos plantaron. 
La misma ternura al recordar la muerte de sus her- 
manos. No eran menos que siete, y 
en el mismo dia 

todos bajaron al averúo oscuro: 

que á todos de la vida despiadado 

Aquiles despojó mientras estaban 

giíardando los rebaños numerosos 

de bueyes y de ovejas: 
circunstancia no inútil para hacer más intéresanto 
su muerte notando que fueron sorprendidos, y mu- 
rieron inermes é indefensos, cuando estaban más 
descuidados y entretenidos en la inocente y pacíñca 
ocupación de la pastoría. 

Y al hablar de su madre, ;qué contraste entre su 
elevación y su caída, enti'e su anterior grandeza y el 
estado de esclavitud! 

A mi madre 

la que antes imperaba poderosa 

en la rica Hipoplacia, prisionera 

aquí trajo también con sus tesoros. 
Y como á esta no la quitó Aquílcs la vida, sino que 
permitió rescatarla, añade para realzar su desgracia 
en medio de esta ventura: 

pero llegada 

al palacio que fuera de su esposo, 

la hirió Diana con suave flecha; 
esto es, murió de repente. Porque los Griegos expli- 
caban las muertes repentinas, diciendo que con sus 
flechas hería Apolo á los varones y Diana á las mu« 

8. Estamos viendo á la desgraciada Reina volver 

TOMO III. 8 

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114 

del cautiverio á su capital, hallarla saqueada é inha- 
bitado el palacio de su esposo, y merirse de posar. 
¡Y la apostrofe que sigue: 

íHéctop! tú sólo ya de tierno padre, 

y de madre me sirves, y de hermanos, 

y eres mi dulce esposo...! 
¿Cómo podia éste, por duro que fuese, resistir á la 
súplica de una esposa querida que le dice: 
Compadece 

á esta infeliz: la torre no abandones, 

y en orfandad no dejes á este niño 

y viítda á tu mujer...! 
Súplica en la cual habla otra vez de su viudez, por- 
que conoce que esta es la idea que más debe enter- 
necer á un esposo. Ya veremos que es, en efecto, la 
que principalmente se representa Héctor en su ima- 
ginación al responder á su afligida consorte. Nótese 
ahora cuan oportuno, en la agitación en que ésta se 
halla, es el aviso que dp al héroe sobre el paraje 
por donde más fácilmente podia el enemigo pene- 
trar en la ciudad. Este aviso militar, ajeno en rea- 
lidad de una mujer, hubiera sido intempestivo y 
aun ridículo puesto en boca de una que no estuviese 
en la situación de Andrómaca; pero en ésta es miiy 
natural. Ha estado registrando el campo desde la tor- 
re de Ilion, ha visto que hasta tres veces han inten- 
tado los enemigos escalar el muro por aquella par- 
te, y como si Héctor no supiese cuál era el más 
accesible, se lo previene. Así hablan los que tienen 
miedo. 

Pero ¿qué hará,' qué dirá Héctor, teniendo ya en- 
ternecido, ó más bien despedazado, el corazón? Hará 
lo que le manda el honor, y dirá lo que debe decir 
un esposo tan bueno y tan sensible. Dirá á su esposa 
que tiene mucha razón, que todo es verdad, y que 



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115 

é\ lo caaoce y io siente; pero que su obligacioo y su 
fama son primero, y no debe dar lugar a que hom- 
bres y mujeres le traten de cobarde si ven que por 
evitar la muerte se retira de la pelea. £l conoce que 
al fin sus esfuerzos habrán sido inútiles, y Troya 
«era arruinada; pero dará á su consorte el último 
testimonio de su amor, asegurándola que no le ator- 
menta tanto la idea de las desgracias que amenazar 
ú 8u padre, á su madre, á sus muchos hermanos, y 
ú todo el pueblo, como la imagen de su viuda redu- 
<5¡da á esclavitud y obligada á tejer tela§ y á ir á la 
fuente por agua. Y al llegar á este punto, su ima- 
^nación acalorada le hará ya oir las palabras que 
para insultarla se dirán los Argivos unos á otros, pero 
•de modo que ella los oiga, cuando vean empleada en 
tan servil ministerio á la viuda de aquel Héctor que 
tantos estragos hizo en su hueste mientras sitiaban á 
Troya; y su dolor llegará á lo sumo al contemplar 
que estos oprobios aumentarán el dolor de Andróma- 
•ca, y la harán cada dia más sensible la pérdida de su 
Héctor, 

el solo que podría 
de esclavitud sacarla si viviese, 
y al pensar en esto deseará morir mil veces antes 
que ver cómo los Griegos llevan cautiva á su Andró- 
maca, y oir sus dolorosos gemidos. Y Homero con 
<3Ste discurso hará llorar á las piedras, y obligará á 
lodos los trágicos del mundo á que vayan á estudiar 
y aprender en su poema el arte de conmover al audi- 
torio; y la viuda de Héctor arrancará por fuerza lá- 
grimas en los teatros de Londres, París, Ñapóles y 
Madrid, después de tres mil añas. Todo esto ha pro- 
ducido y producirá siempre la respuesta de Hécior* 
;Y si fuera esto lo único que hay de admirable en estd 
libro! Pero queda mucho todavía. 

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419 

Acaba el héroe su discurso, y alarga la máQQ pac^ 
tomar en brazos á Astianacte; 

pero asustado el niño, sobre el pecho 

de la nodriza se arrojó gritando; 

porque al ver la armadura refulgente 

y la crin de caballo que terrible 

sobre la alta cimera tremolaba, 

se llenó de pavor; 
cuadro admirable, divino. Esto se llama saber copiar 
la bella naturaleza. Y ¿qué hará Héctor al ver al niña 
asustado? Sonreirá dulcemente, se quitará el morrión 
de la cabeza' y le pondrá en el suelo para qu0 ya éí 
niño no se asuste cuando él le tome en los brazos, 
le estrechará en ellos cariñoso, besará su candida 
frente, y vuelta la vista al cielo, pedirá á los Dioses^ 
que derramen sus bendiciones sobre aquella inocente 
criatura; y que pues el padre debe morir, tenga á lo 
menos el consuelo de que el hijo le sobreviva, le 
iguale en valor, sea el más esforzado de los Teucroa, 
y reine sobre Ilion. Y como si los Dioses ya se lo* 
hubiesen otorgado, se complacerá desde ahora en 
las futuras hazañas de su hyo, le verá volver de laa 
batallas cargado de sangrientos despojos que él por 
su mano habrá quitado á un valeroso enemigo, oirá 
las aclamaciones del pueblo, se alegrará de que let 
tengan por más valiente que su padre, y participará 
él mismo de la alegría que Andrómaca sentirá al oir 
las alabanzas del hijo. Esto es lo que teóricamente 
responderla el poeta de más delicado gusto, si no 
existiendo la Iliada se le preguntase lo qué dadas las 
circunstancias debió hacer y decir Héctor en aquella 
situación; y esto es lo que Homero escribió. 

Aún no hemos acabado. Entrega Héctor el niño ^ 
su esposa, ésta le recibe llorando y riendo al mismo- 
tiempo, imagen graciosa» circunstancia muy natura 



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417 

7 verdadera;y alver el héroe enternecida á su amada, 
m enternece también, y la consuela con la doctrint 
<iel fatalismo, tan popular en aquel tiempo, dicién- 
xJola: que el día de su muerte ha sido ya prefijado 
por la Parca; que mientras no llegue, ningún enemi- 
go logrará matarle, y que una vez llegado, es forzoso 
someterse á la dura ley del destino á la cual ninguno 
puede sustraerse desde que empieza á vivir. La acon- 
seja finalmente que vuelva á su alcázar y se entre* 
4enga con las labores de marros, y la asegura que los 
<^mpeones todos, y él más que ninguno, atenderán 
á la defensa de la ciudad. Alza el morrión del suelo» 
y mientras está bajado para tomarle, se retira Andró* 
maca, volmendo á cada paso la cabeza hasta que le 
pierde de vista. Otra pincelada. Llega en fin á su pa. 
lacio, y sus numerosas esclavas, viéndola afligida y 
llorosa, se a3igen también y lloran; y, como el poeta 
<^bserva con tanta oportunidad, 

Héctor en vida, y en su propia casa, 

era llorado... 
triste presagio, y como anuncio de lo que el lector 
verá en el libro xxii. 

Él, en tanto, sigue su camino, y á pocos pasos del 
lugar en que había hablado con Andrómaca le sale al 
encuentro su hermano Páris, que ya venía en su 
busca cubierto de brillantes armas y como haciendo 
alarde de su gallardía y de la ligereza de su pies. 
Por eso el poeta le compara con tanta verdad al ca- 
l>allo que, acostumbrado á bañarse en el agua cristali- 
na del rio, se impacienta si le tienen atado al pesebre: 
y los ronzales 

rompiendo, corre con ligera planta 

por la llanura, la cabeza ergviida, 

ondeantes las crines sobre el cuello, 

^ desu lozanía haciendo alarde. 



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44« 

y con fádl galope alegre vuela 
al verde solo en que pacer solia 
con los otros caballos: 
admirable pintura que muchos han imitado y nin- 
guno ha podido mejorar. 

Páris se excusa con su hermano de haber quizá- 
tardado mucho en alcanzarle, y es de notar el cui- 
dado que tieiíe de repetir la misma idea presentán- 
dola bajo tres aspectos diferentes, y diciendo: 
quizá cuando impgciente deseabas 
salir de la ciudad, más de lo Jiísto 
te hice esperar, y mucho en mi palacio 
me he detenido, y notan presto vine 
como tú me encargaras, . , 

Esta repetición de una misma idea, que en otra si- 
tuación seria inoportuna, aquí es útil para prevenir 
la reconvención de su hermano y templar su enojo; 
y en un poeta que sabe ser tan conciso cuando con- 
viene no fué introducida por acaso. Así, ]a reapuesta 
de Héctor, á quien Páris ha desarmado con su inge- 
nua confesión, es templada, y da ocasión al poeta 
para describir por boca del hermano y en dos pince- 
ladas el vei*dadero carácter del autor de la guerra. 
Este no es cobarde, ni carece tampoco de fuerza cob- 
poral; pero es ílojo y desidioso, y voluntariamente 
deja muchas veces de hacer lo que en rigor pudiera 
como guerrero. 

LIBRO SÉPTIMO. 



Tiene cosas bellísimas, y en todo él no se halla 
nada que censurar; pero aun así no me detendré tan- 
to como en el anterior, porque sería hacer intermi- 
nable este examen. 



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L 



419 
Dejemos, pues, los discursos de Apolo y de Mi- 
nerva, aunque el primero es notable por las anima- 
das interrogaciones con que empieza, y pasemos al 
de Heleno. Es sencillo y breve, como debia serlo 
una simple propuesta. Y aunque algunos ban criti- 
cado aquellas expresiones en que el augur asegura 
á su hermano que no morirá en el combate, porque 
con esta seguridad no se necesita mucho valor para 
desafiar á otro, tengo por injusta semejante critica. 
i.° Aunque Héctor entrase en la lid seguro de que 
no quedaría muerto en ella, no podia tener igual se- 
guridad, ni el adivino se la dio, de no quedar ven- 
cido. 2.® Héctor, como se verá más adelante, no era 
hombre que hiciese mucho caso de ios agüeros, ni 
de las seguridades que pudiesen darle los profetas 
de aquella edad; y de consiguiente, si hace lo que 
su hermano le dice, no es por el anuncio que recibe 
de que no morirá en el desafío, sino porque el con- 
sejo era conforme á sus deseos, y porque se creia 
más valiente y esforzado que cualquiera de los 
Griegos, excepto Aquíles. 3.** Tan lejos está de 
creer que de ningún modo morirá en aquel combate 
singular, que él mismo prevé el caso y dicta condi- 
ciones para si llega. 

Si la vida el Griego 
acaso me quitare... etc. 
Sea de esto lo que fuere, lo que importa es ver cómo 
el poeta sabe dar grandiosidad y magnificencia á la 
escena del desafío. Se adelanta Héctor de sus escua- 
dras; las hace detenerse empuñando el asta por el 
medio; lo nota Agamenón y manda á las suyas que 
hagan alto; obedecen y se sientan á descansar, pero 
cubiertas con sus escudos, y sin quitarse los morrio- 
nes ni soltar las picas. Y el poeta no se olvida de 
pintar aquella actitud marcial, comparando el aspecto 



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120 
pe presentaban coa el que ofrecen las olas del mar 
cuando empiezan á encresparse. Vuélvase á leer el 
símil, que es singularmente bello. 

Propone Héctor el duelo dictando equitativas coa- 
diclones para ambos casos, es decir, ya que él sea 
vencedor, ya que le venza el Aquivo. Pero contando 
eon que ha de ser suya la victoria, ya de antemano 
se complace y felicita como si estuviese oyendo lo 
que en su elogio dirán los venideros al pasar por de- 
lante del túmulo que los Griegos erigirán á su cam- 
peón. Estos raptos de la imaginación, por medio de 
los cuales se adelanta el personaje á los tiempos ve- 
nideros, y ve, y oye, y anuncia lo que entonces pa- 
sará, son sumamente ingeniosos y sobre manera poé- 
ticos; pero no veo que hayan sido bastantemente 
imitados por los poetas posteriores. Y no han hedía 
bien. Son útilísimos para animar los razonamientos^ 
y producen un efecto maravilloso.. Bien lo conoció 
Homero, y por eso los empleó siempre que pudo ha- 
cerlo sin violencia. Ya hemos visto otros dos ejen>- 
plos: el primero en el discurso de Agamenón cuando 
ve herido á su hermano, y suponiendo que morirá 
de la herida, se figura óir lo que dirán los Troyanos 
al pasar por su sepulcro; y el segundó en la res* 
puesta de Héctor cuando, suponiéndose él muerto y 
á su esposa cautiva en Argos, imagina y repite lo que 
dirán los Griegos para insultarla. 
) Acaba Héctor de hablar, y los Griegos enmudecen 
sin que ninguno se levante para admitir el desafío. 
Llénase de justa indignación Menelao al ver tanta co- 
bardía, y se ofrece á pelear con el Teucro; pero su 
hermano le disuade de tan fatal proyecto, confesando 
paladinamente que no iguala á Héctor en valentía, ó 
indicando que aun Aquiles miraba con respeto al 
campeón troyano y no le gustaba encontrarse con éí 



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m 

m las batallas: modo finísimo de salvar el honor do 
Menelao, y de justificar la poca gana de •combatir 
que mostraban los otros capitanes. Es menester re- 
petirlo. Homero nihü molitwr inepte: nada hay en él 
que huelgue, todo está pensado y dicho con cierta 
intención que el contexto manifiesta. * 

Cede Menelao á las prudentes reflexiones de su 
hermano, y se quita la armadura; pero ninguno se 
levanta. Aflígese Néstor, y hace un pomposo elogio 
de su antiguo valor para avergonzar á los otros 
jefes> manifestándoles que si él fuera tan joven y tu« 
viese tanta fuerza como tenía cuando mató, en desa* 
fío también, al famoso Ereutalion, saldría á pelear 
con Héctor. Siempre el mismo anciano, siempre el 
Umdator temporis acti, y siempre el amable é inte- 
resante Néstor. Nótese en su discurso cómo entre 
los Reyes de Grecia que por su ancianidad no habían 
concurrido á la expedición, los cuales todos deberían 
afligirse cuando llegasen á saber lo que entonces es* 
taba pasando, sólo cita á Peleo, padre de Aquües. No 
carece de misterio esta singular mención. Y nótese 
también cuan bien imitada está la puntualidad minu* 
ciosa con que los viejos suelen contar los hechos 
antiguos. Néstor na se contenta con decir, como ya 
dijo antes á Agamenón: «si yo fuera tan joven y fuer- 
te como lo era cuando quitó la vida al valiente Ereu- 
talion;» se detiene á señalar .el sitio y la batalla en 
que consiguió aquel triunfo; refiere cómo Licurgo se 
apoderó de la armadura de Areitoo matándole á 
traición, lo cual no es inútil, porque Ereutalion 
se presentaba ar combate defendido con aquellas 
armas divinas; y por último, cuenta, aunque rápida- 
mete, su combate con él y su victoria, y como-; 
varón piadoso la atribuye á Minerva. 

Este elocuente discurso, tan capaz dé avergonzar 



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122 

á los héroes á quienes va dirigido, produce en ellos 
el efecto que deseaba el orador, y se levantan hasta 
. nueve ofreciéndose á combatir con el Troyano; pero 
el mismo Néstor, para evitar quejas, propone que la 
suerte decida quién ha de ser el preferido. Se echan 
las tarjas en el yelmo de Agamenón, sale la de Ayax 
Telamonio, y éste se alegra; pero mientras se viste 
la armadura, manda á sus tropas que en voz baja, 
para que no lo entiendan los enemigos, pidan á los 
Dioses que le otorguen la victoria. Mas iconociendo 
que esta precaución puede parecer dictada por 
el temor, se corrige inmediatamente, diciendo: 
ó en alta voz; que yo no temo á nadie, etc.; 
bello rasgo de carácter. 

Las tropas imploran en favor suyo la protección 
de Jove; pero sabiendo que este Dios ama y favorece 
á Héctor, se contentan coa que la victoria quede du- 
dosa y ambos salgan del duelo con honor. Otra bien 
entendida pincelada. 

Armado ya el campeón de Grecia, marcha en 
busca del enemigo; pero ¿de qué modo marcha? Tan 
gallardo como el mismo Marte, en arrogantes pasos, 
blandiendo sin fatiga su enorme lañzon, y sonríen- 
dose entre torvas miradas; idea .feliz, graciosa ima- 
gen. Al verle marchar, se alegran los Griegos, los 
Troyanos se acobardan, y hasta el mismo Héctor 
experimenta cierto movimiento de temor; pero ya 
no le es dado rehusar un desafío que él mismo ha 
propuesto. ¡Qué verdad en estas observaciones! 

Llega por fin Ayax á donde está su competidor: 
descripción del. altísimo escudo que llevaba, y noti- 
cia del artífice que le hizo; noticia que ya no interesa 
á los lectores de la lUada, pero no indiferente para 
Ips Griegos, y de todos modos digna de elogio en 
Homero, que en ella se propuso honrar hasta losofi- 



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423 
¿ios que hoy se repulan por viles y no lo eran en- 
. tónces, inmortalizando con sus versos el nombre de 
un artífice famoso en aquel tiempo. 

Discurso arrogante de Ayax, en el cuál muy hábil- 
mente se hace el elogio de Aquíles al mismo tiempo 
que en cierto modo se le menosprecia, diciendo que 
. aun faltando él quedan todavía en el campo griego 
otros muchos valientes capitanes dignos de comba- 
tir con Héctor. 

Respuesta urbana y moderada de éste, en la ciial, 
aunque se elogia á sí mismo, lo hace sin vanidad y 
como obligado por las bravatas de su contrario. 

Combate de ambos, pintado con tan vivos colores 
que le estamos viendo. Se acerca la noche, vienen los 
heraldos y les mandan suspender la batalla. Res 
puesta de Ayax cual debió darla si habló; cortesana 
despedida de Héctor; vuelta de ambos á sus respec- 
tivos campamentos; convite dado por Agamenón para 
obsequiar al héroe, que, si no ha ventído, ha dejado 
bien puesto el honor de la hueste;. propuesta de 
Néstor para enterrar los muertos y construir, la em- 
palizada; junta de losTroyanos; consejo prudente de 
Antenor; respuesta de Páris; mensaje enviado á los 
Griegos; concesión de la tregua; quema y tumulacion 
de los cadáveres; construcción del muro; movi- 
miento como de envidia que siente Neptuno al ver- 
le; seguridad que le da Jove para templar su enojo; 
llegada de la noche; venida casual de embarcacio- 
nes que traen vino á los Griegos; banquetes cele- 
brados por ellos y por losTroyanos; truenos y relám- 
pagos con que Júpiter les anuncia lo^ estragos del 
dia siguiente, y profundo sueño en que yacen ambo» 
ejércitos en lo restante de la noche. No haré sobre 
estos pasajes ningún comentario; basta decir qua 
cada cosa es lo que debe ser. Sólo deseo que noten 



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124 

los lectores la breve, impetuosa y áspera respuesta 
de Diomédes, tan propia de su carácter, cuando ve 
que los Principes callan oido el mensaje de los Tro- 
yanos; las animadas y oportunas imprecaciones con- 
tra París con que el heraldo interrumpe su discur- 
. so; aquella feliz perífrasis poética para designar el 
crepúsculo matutino (v. 707): 

Guando ya quiso amanecer el dia, 
y ni era de la noche la tiniebla 
ni de la aurora el rosicler brillaba, 
y la observación de que Príamo habia prohibido á los 
Teneros llorar en alta voz á los que hablan muerto 
en la batalla. 



LIBRO OCTAVO. 



• Sublime anuncio del terrible combate en que Jú- 
piter empezará ya á cumplir la palabra dada á Tétis 
sobre hacer á los Troyanos vencedores. A este fin, 
apenas empieza á clarear el dia, convoca la junta de 
los Dioses, les intima la orden de que ninguno baje 
á socorrer á Griegos ni á Troyanos, amenazándoles 
con el terrible castigo que solo puede itoponer su 
omnipotencia, el de arrojarlos á la más honda sima 
del báratro, cárcel oseura y horrorosa situada de- 
bsgo del orco, y á tanta distancia de él cuanta es la 
de la tierra hasta el sol; hipérbole hecha* más gigan- 
tesca por Virgilio y por Milton, pero no mejorada. 
Porque, como observa juiciosamente Bitaubé, dupli- 
car, triplicar, cuadriplicar ó centuplicar la distancia es 
muy fácil, pero no necesario cuando la señalada por 
Homero es más que suüciente para dar idea de una 
inmensa profundidad. 



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I2S 

En lá cadena de que supone Homero colgados á los 
Dioses todos y al Universo, han visto algunos co- 
mentadores sabias y misteriosas alegorías relativas 
al orden de la naturaleza y á lo que ahora llaman los 
filósofos la cadena de los seres; pero yo por mi parte 
no veo más que otra magnífica hipérbole poética, fe- 
lizmente imaginada por Homero para dar la más alta 
idea que le fué posible del gran poder de su Júpiter 
óptimo máximo. En efecto, ¿qué dice éste para pro- 
bar su poderío sobre todas las Deidades? Lo siguiente: 
Del estrellado cielo 
en lo más alto atad una cadena 
de oro mazizo; y agarrados todos 
á la punta inferior, Dioses y Diosas, 
hacia abajo tirad, y á vuestro padre 
no arrastrareis á tierra desde el éter, 
por más que trabajéis. Mas si yo quiero 
á todos levantaros, al Olimpo 
os subiré, las tierras y los mares 
levantando también. Y si la punta 
de la fuerte cadena en' la alta cumbre • 
atare del Olimpo, el Universo 
pendiente quedará: tal poderío 
tengo sobre los Dioses y los hombres. 
Y bien, ¿qué tiene que ver esta poética fanfarronada 
eon la no interrumpida gradación que se observa 
entre los seres corpóreos que componen el universo 
visible? Yo no descubro la más mínima analogía en- 
tre ambas teosas. 

Sea, sin embargo, como los modernos quieren; lo 
que nos importa notar es la sublime poesía que reina 
en todo este discurso, y la dignidad con que esta 
vez habla el padre de los Dioses; ya que otras nos 
parezca á nosotros, no á los Griegos, algo pequeño, 
T una especie de pobre diablo que habla mucho do 



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126 

«u poder y luego no puede nada. Ya dejo dicho qae 
de esto no tiene la culpa Homero, sido la absurda 
mitdogia del politeísmo. 

Continúa la misina grandiosidad en lo que sigue. 
Intimada la orden á los Dioses, unce Jove al carro 
sus caballos inmortales, cuya crin es tan rubia como 
el oro y su casco tan duro como el bronce, epítetos 
que en castellano exigen muchas palabras para tra- 
ducirse y en griego se expresan con una sola; se 
ciñe su tánica recamada en oro, toma el látigo en- 
tretejido también de oro, sube en la carroza, aguija 
los caballos, vuelan ellos obedientes 

el espacio atravesando 
que hay de la tierra al estrellado cielo; 
llega la Deidad al Gárgaro, excelsa cumbre del Ida 
donde tiene consagrada un ara en que de continuo 
humean olorosos perfumes; paran á su voz los brido- 
nes, baja del carro, los desunce, los rodea de oscura 
niebla, se asienta en la peña más alta para descubrir 
desde allí la llanura en que iban á combatir Griegos 
y Troyanos, se traba la pelea, y está por algún tiempo 
indecisa la victoria. Al fin Júpiter saca y extiende su 
balanza de oro; pone en ella las suertes de los dos 
ejércitos, entendiéndose que pesará más l^ del que 
deba ser vencido; la coge por el medio, la equilibra 
y cae hasta la tierra el platillo que contiene la taqa 
de los Griegos, mientras que el otro se eleva hasta 
tocar el ancho cielo; truena Jove, envía á la hueste 
aquiva el relámpago ardiente, se acobardan los más 
valerosos campeones, huyen despavoridos, y solo 
queda Néstor, no por su voluntad, sino porque tiene 
herido mortaUnente uno de sus caballos. Lo nota 
Héctor, corre á él para matarle, lo advierte Diomédes, 
acude á la defensa del anciano, le hace subir en su 
propio carro, le entrega las riendas, espera al Tro- 



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1-27 
yano, y le mata el escudero. Y hubiera hecho grande 
38trago en los enemigos, si Júpiter no hubiese trona- 
do segunda vez y lanzado un rayo que cae á los pies 
de los caballos de Diomédes. Se consterna enton- 
ces el anciano, suelta las riendas, y aconseja al hijo 
de Tideo que huya como los demás hacia las naves. 
Brama de cólera y vergüenza Diomédes, al contem- 
plar lo que Héctor dirá cuando arengue á los Troya- 
nos si ahora le ve ponerse en fuga; pero el anciano 
le hace ver que aun cuando Héctor le llame cobarde, 
no le creerán ni Teneros ni Dardanios, y menos las 
tristes esposas de los muchos campeones que él ha 
muerto por su mano. Cede al fin el héroe, huye, Héc- 
tor le insulta .y él quiere volver; pero Júpiter lo im- 
pide con nuevos truenos y rayos. 

Lleno ya de esperanzas Héctor, arenga á sus tro- 
pas y anima á sus caballos, se indigna Juno, pide á 
Neptuno que libre de la muerte á los Aquivos; pero 
el Dios de las aguas no quiere oponerse á la volun- 
tad de Jove. Entre tanto, los Griegos hnyei\ despavo- 
ridos á su campo, se llena de carros y peones el es- 
pacio que habia entre el muro y los navios, Agame- 
nón les habla para reanimar su valor, y dirige á Jú- 
piter tierna plegaria pidiéndole, no ya la victoria, 
sino que la hueste se salve con la fuga y no sea del 
todo aniquilada. Jove se compadece, le otorga lo 
que pide, y le manifiesta su voluntad en el auspicio 
favorable de su águila. Vuelven en si los Griegos, 
salen fuera del muro los más valientes, rechazan á 
los Troyanos, y Teucro mata muchos de ellos con 
sus flechas; pero Héctor le hiere con una piedra, y 
le obliga á retirarse. Acometen de nuevo los Troya- 
nos, huyen otra vez los Griegos, y Juno, acompañada 
de Minerva, sale del Olimpo á socorrerlos; pero su 
esposo las obliga á retirarse, y él mismo vuelve tam- 



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128 
bien á su palacio, y allí manifiesta á los Dioses lo 
que el Hado tiene dispuesto, á saber, que los Troya- 
uos sean vencedores hasta que, muerto Patroclo, 
aalga Aquiles á campaña. 

Sobreviene la noche, muy deseada por los venci- 
dos, pero poco agradable á los vencedores; y Héc- 
tor da sus disposiciones para que el ejército la pasa 
acampado cerca de los bajeles de los Griegos, no sea 
qae éstos, á favor de la oscuridad, se embarquen y Id 
priven del triunfo con que ya cuenta. 

Por solo el resumen, se ve que este libro no cedo 
en magnificencia á los que llevamos recorridos; pero 
hay en él un pas^e que la sana crítica no puede 
aprobar, y respecto del cual no pueden, alegarse en 
favor de Homero más que las generalidades, ubi 
flwra nitent, in opere hngo, etc. Merece que nos^de- 
t^ngamos en él; porque los descuidos de los grandes 
escritores son por esta misma razón los más peligro- 
sos, y á sombra de su celebridad pueden pasar por • 
admirables bellezas. Es el siguiente: 

Indignada Juno al ver que los Griegos huyen y 
los Troyanos los persiguen, pide á Neptuno que so- 
corra á los primeros, y él se niega, dando por razón 
que no quiere entrar en competencia con Júpiter, 
cuyo poder excede al de todas las Deidades. Aquí 
hay ya algo en qué reparar; porque este mismo Nep- 
tuno saldrá dentro de poco á favorecer á los Grie- 
gos sin que le contenga el mandato de Jove ni le 
intimide su poder; pero no es esto lo más digno de 
censura, sino lo que sigue; No habiendo .Juno con- 
seguido lo que pedia á su hermano, se limita por 
entonces á dar un buen consejo al Atrida Agamenón; 
y en efecto, animados, los Griegos con el discurso 
que éste les dirige, suspenden la fuga, hacen frente 
ál enemigo, salen de su empalizada, y aun recobran 



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129 

te victoria por algún tiempo. Pero intimidados "nue- 
vamente por Jove, vuelven la espalda y corren des- 
pavoridos á sus naves; y entonces Juno habla á Mi- 
nerva, apresta su carro, suben ambas en él, y salen 
del Olimpo para socorrer á los Griegos. Mas apenas 
han pasado de las primeras colinas, llega iris y las 
manda en nombre de Jove que se retiren. £llas obe- 
decen, vuelven al Olimpo, dejan el carro, se asien- 
tan entre los otros Dioses, y las cosas quedan en el 
mismo estado que tenian antes de su inútil expedi- 
ción. Y este es precisamente el defecto capital de 
este pasaje, por otra parte bellísimo. En la epopeya, 
y lo mismo en las composiciones dramáticas, es re- 
gla esencial é importantísima la de no introducir 
ninguna acción secundaria que no contribuya á re- 
tarda^ ó á acelerar el progreso de la principal, y esta 
regla no está obsei'vada en el pasaje que examina- 
mos. Si las Diosas, bajando ó no bajando del Olimpo, 
hubiesen dado algún auxilio á los Griegos, ó inspi- 
rádoles denuedo de suerte que algún tanto hubiese 
•variado el aspecto de la batalla, nada habría que de- 
cir. Pero no es así: las Diosas salen, echan bravatas, 
creemos que van á hacer algo, y vemos que nada hi- 
cieron. Fué, pues, inútil su intervención, y este in- 
cidente es, como dice Bíair hablando en general de 
otros que se le parecen, lo que sería en cualquiera 
máquina una rueda que ni aumentase ni disminuyese 
él movimiento, ni contribuyese al efecto general que 
con ella se quiere producir. La prueba de que esta 
observación es justa, es el mismo pasaje criticado. 
Quítese, y concluido el párrafo que termina en el 
verso 559, 

ellos se abandonaron á la fuga, 
sígase leyendo desde el 784, que dice: 

Ocultábase ya la luz ardiente, etc., 
TOMO ui. 9 

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130 
y se verá que la accioR caminí» cotí más rapidez, y 
•que nadie echaría de menos el passge suprímido sí 
Homero no le hubiese dado lugar en su poema. Esto 
prueba que es inútil; y en este punto de admitir 6 
no admitir ciertos incidentes, sucede lo que en ge- 
neral con los pensamientos y las expresiones: la su- 
perfluidad es siempre vituperable. Obstat qmdguid 
non adjuvat. 

Por lo demás, el passge, considerado en sí mismo 
y prescindiendo de la oportunidad ó no oportunidad 
con que está introducido, es, como dije, bellísimo, 
y digno de Homero. El apresto del carro, el armarse 
JMinerva, la sahda del Olimpo, todo está copiado del 
libro quinto; pero el poeta cuidó de no repetirla 
ilescripcion del carro, é hizo muy bien; porque he- 
cha ya una vez, era inútil hacerla de nuevo. El dis- 
curso de Júpiter á írís, que ella repite fielmente, es 
digno del padre de los Dioses, y por su estilo y tono 
está en armonía con el primero de este libro. Lo que 
Juno dice á Minerva, oídas las amenazas de Jove, es 
admirable; porque en sus palabras se ve pintada la 
hembra orgullosa que sin confesarse humillada hace 
de la necesidad virtud. No es ya tan J:)ueno lo que 
luego dice á Júpiter, repitiendo lo que Minerva dyo 
al principio del mismo libro: 

Todos 
sabemos bien que tu poder excede, etc., 
porque esta forzada sumisión parece bien cuando to¿ 
davía no han quebrantado las dos el mandato de 
Jove, pero no cuando acaban de faltar á su promesa 
y á la orden que aquél les tenía intimada. La última 
respuesta de Júpiter es oportuna, porque en ella 
hace ver el motivo que tiene para no permitirlas au- 
xiliar á los Aquivos. 

Debo advertir que yá algunos críticos, sin desig- 



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fiarla y sin dar la razou, luQ not ido que una parta 
de este libro es algo floja; pero todos han observado, 
•y yo quiero que lo observen mis lectores, que si el 
indicado pasaje puede citarse como uno de aquelloa 
•pocos en que dormité el buen Homero, también es 
cierto que pronto despertó lleno de fuego y valentía. 
Ei discurso de Héctor á sus tropas, que no puede me- 
jorarse» y sobre todo la brillante, nueva, pomposa y 
muy poética comparación entre los Troyanos acam* 
irados delante de sus hogueras^ y las numerosas es- 
4reUas que brillan en el cielo en una noche serensu 
hacen ver que si el poeta pudo descuidarse un ins* 
Cante, supo reparar el descuido sobrepujándose á si 
mismo en esta magníflca pintura. Quiero repetirla: 

Cual en noche serena en que agitada 

DO es por el viento la región d»l éter 

en torno de la luna radiantes 

brillan los astros, y su luz colora 

los riscos todos, la elevada cima 

de las montañas y las altas selvas, 

y del cielo la bóveda azulada 

en su inmensa extensión pura aparece 

y las estrellas todas se de£cubren, 

y se goza el pastor; tales y tantas 

ardian las hogueras, etc. 
Cste ya es Homero. 

LIBRO NONO. 



La noche ha suspendido el combate, y los lectoreg 
«reen que la acción quedará suspensa hasta que 
amanezca el dia, como ha sucedido en la noche an- 
ieríor. Pero ¡cuánta es su admiración cuando ven la 
^destreza con que Homero supo llenar este vacío, y 



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m 

hallar en la inacción misma de los ejércitos motivor 
para introducir dos incidentes bastante largos, no^ 
episódicos, sino muy necesarios, y de los más inte^ 
cesantes del poema! 

Vencidos los Griegos y retirados á sus naves, es^ 
t \n inciertos sobre el partido que deben tomar, sí 
volver de nuevo á la pelea ó embarcarse y abando- 
nar el sitio de Troya; situación felicísimamente re- 
U'atada en la agitación del mar, cuando es combatida 
por dos vientos encontrado». Agamenón manda á los 
heraldos que avisen á los jefes para que se reunají 
en consejo, 

por su nombre llamándolos á todos 
y sin ahar la voz, 
y él mismo marcha el primero á citarlos. Se reúnen^ 
están largo tiempo sin hablar y abatidos y trisúes, se 
lovanta el Atrida, y derramando lágrimas de rabiosa 
desesperación, les propone seriamente y no con doble 
intención como en el libro segundo (aunque Homero 
por una de sus inocentadas repitió los mismos ver- 
sos) que se embarquen y abandonen la empresa. Le 
contradice Diomédes, dándose ahora «por sentido 
de que antes le hubiese motejado de cobarde; y con 
U!ia fanfarronada muy propia, de su carácter asegura 
que, aunque todos los Griegos se retiren, él y Esté- 
Dolo solos han de conquistar á Troya. 

Néstor alaba su discurso; pero sin explicarse to- 
davía con claridad, indica que él dará después otro 
consejo más útil; ordena que se pongan unas como 
cenliiielas avanzadas fuera del muro, y aconseja al 
Airida que dé un convite á los principales caudillos 
piu'a que, proponiendo todos ellos su dictamen, se 
elija el que parezca mejor. 

Se hace así: y acabada la cena, el mismo Néstor 
\uelve á hablar, y no se necesita que los otros to- 



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i33 
inen la palabra; porque da el consejo que tes cir- 
cunstancias exigen: ei de que Agamenón se pcconci» 
lie con Aquiles para que éste vuelva á tomar parte 
ea las batallas. 

Agamenón se presta, y enumera los magníficos y 
preciosos dones que ofrecerá al hijo de Peleo en 
desagravio de la injuria que le hiciera arrastrado de 
s\x violenta pasión: elije Néstor los tres caudillos que 
4eben llevar el mensaje, aceptan, marchan y hablan 
4il héroe; pero éste se niega obstinadamente á socor- 
rer á los Griegos. Vuelven los legados á la tienda del 
Atrida, refieren la respuesta de Aquiles, y todos se 
<5onsternan; pero Diomédes, siempre valiente y siem- 
pre el mismo, dice que más valiera no haberle ro- 
gado; que no se hable más de él, que se vaya, ó se 
-quede, y que por entonces conviene descansar de la 
fatiga para continuar al dia siguiente la batalla. Este 
^s el resumen. 

Dejemos lo demás; porque, para notar versó por 
verse todo lo que hayidigno de atención, se necesita- 
ría un comentario mucho más largo que el texto; y 
'examinemos los discursos que Ijlíses, Fénix y Ayax. 
dirigen á Aquiles y lo que éste les responde. 

Discurso de ülises. (v. 370 y sig.) 

Consideremos lo primero la actitud del orador y 
ta oportunidad del exordio. Acabada la cena, toma 
Ulíses la copa, se la ofrece á Aquiles y le dice: 
Salve, jAquíles valiente! de manjares 
deliciosos no habernos carecido... etc. 
Pero no del placer de los festines 
el ánimo se cura... 
-y esta idea tan natural abre camino á la proposición 
que es la de «estamos todos acobardados por la der- 
rota padecida, y no sabemos cómo salvar las naves 
s¡\ tú no. vienes á defendernos.» 



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434 
Observemos después el delicadísimo gusto coií que 
está escrito lo demás. Un poeta vulgar hubiera hecha 
aquí una pomposa descripción de la derrota pade- 
cida, exagerando el número de los muertos y refí- 
riendo les nombres de los Generales heridos; pero 
Homero conoció que, supuesto el resentimiento de 
Aquíles, éste se hubiera estado bañando, como sole- 
mos decir, en agua rosada al cir la circunstanciada 
relación de los males qUe por su ausencia habían su- 
frido los Griegos, pues esto era cabalmente lo que 
él deseaba y lo que había pedido á Jove por medio 
de su madre Tétis. Así, ülíses no hace más que pro- 
nunciar la palabra derrota, sin detenerse á pintarla; 
y solo insiste en las esperanzas que Héctor ha conce- 
bido de acabar con la hueste de los Griegos, y eií 
las amenazas que les hace. Este es el punto capital 
que extiende y amplifica por todos los medios ora- 
torios; porque sabe que esto es lo único que pueda 
picar el amor propio de Aquíles, encender en su 
ánimo el antiguo fuego marcial, y renovar en su co- 
razón el deseo de gloria que le había traído á la 
guerra aun sabiendo que en ella perecería. Recor* 
demos el pasaje: 

Y Héctor, ardiente llama de los ojos 
arrojando, cual furia se embravece; 
y en Júpiter fiado, ni á los hombres 
ni á las Deidades teme, y de terrible 
rabia está poseído, y á los cíelos 
ruega que pronto la divina aurora 
el oriente ilumine. Y vocifera 
que las excelsas proas de las naves 
romperá con el hacha, y á los vasos 
fuego pondrá voraz, y con su pica 
pasará á los Aqucos aturdidos 
con el humo y envueltos en la llama. 



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435 
Riqueza, grandiosrídad, y oportuna amplificación da 
un mismo pensamiento. Tan seguro estaba Ulises, 6 
por mejor decir, Homero, de que esta arrogancia de 
Héctor es la principal tecla que se debe tocar para 
conmover á Aquiles, que todavía vuelve á ella á lo 
último del discurso. Ya lo veremos á su tiempo; por 
ahora sigamos. 

Pero estas esperanzas de los enemigos no son 
infundadas; y es de temer, visto el auxilio que 
les presta Jove, que los Dioses les permitan ejecu- 
tar las amenazas que hacen á los Griegos. Es, pues, 
necesarío hacer esta observación á Aquiles, para 
que no se figure que es pánico, el terror de que 
se muestraa agitados los mensajeros. Y no es me- 
nos oportuna y conveniente la refiexion de que 
si ahora cuando no están los Griegos enteramente 
destruidos no sale Aquiles á su defensa, él mismo 
lo llorará inútilmente, y en vano querrá salir á cam- 
paña cuaúdo padecido el daño sea imposible reme, 
diarle. 

Entra luego el recordarle los prudentes consejos 
que le daba su padre Peleo, cuando le enviaba á la 
guerra. Y como entre estos consejos el más impor- 
tante fué el de que reprimiese 

dentro del pecho el natural fogoso, 
y de que no se empeñase en funesta rencilla, estas 
palabras de Peleo abren paso naturalmente á la sú- 
plica de que olvide el agravio recibido, deponga la 
triste coleara, y se reconcilie con Agamenón. Pero, 
para más obligarle, es necesario hacerfe ver que éste 
80 muestra ya pesaroso de su fatal error, y está 
pronto á desagraviarle con magníficos presentes que 
el orador enumera repitiendo textualmente las pala« 
bras del Atrida. Esta repetición, como ya dejo dicho, 
no es censurable; era entonces una como obliga- 



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436 
clon, un acto de urbanidad, en el legado que expo* 
nia el objeto de su mensaje. 

Mas Ulíses presiente que á un hombre como A qui- 
las no le tentarán mucho los regalos, teniendo él 
tantas riquezas; y para determinarle á tomar las ar- 
mas, añade por fin las dos razones más poderosas, 
la de que si no lo hace por Árgamenon lo haga á 
lo menos por los demás Aquivos, y la de que este 
día le presenta la ocasión, tan deseada por él, de 
combatir con Héctor y matarle, porque éste, 

llevado 
del insano furor que le domina, 
no temerá buscara en la pelea; 
pues dice que ninguno se le iguala 
de todos los Aqueos: 
último esfuerzo del orador para triunfar del oyente. 
¿Cómo? (debió decir Aquíles en su interior) ¿Héctor 
se atreve ya á compararse conmigo? ¿y osará espe- 
rarme? ¿y dice que ninguno de los Griegos es tan 
valiente y esforzado como él? Pues yo saldré á cam- 
paña, y lo veremos; que en este caso, primero es el 
honor que la venganza. No lo confesó, pero asi de- 
bió hablar consigo mismo. 

Respuesta de Aquíles, (v. 502 y sig.) 

Para hacer notar uno por uno todos sus primores, 
sería menester repetirla al pié de la letra; porque en 
ella no hay una sola idea que huelgue, que no esté 
escogida con intención, y que no contribuya al efecto 
general. Así, me contentaré con analizarla. 

El exordio se reduce á manifestar á los legados 
con toda franqueza, porque él aborrece la disimula- 
ción y el artificio, la resolución que ha tomado, y e» 
la de no volver á pelear en favor del Atrida ni de los 
demás Aquivos. Esta resolución se fun Ja en que ni 
éstos, ni aquél, han hecho de su valor el aprecio que 



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i37 

debían. Para probarlo, enumera las ciudades que 
tiene conquistadas, así en las islas como en el conti* 
aente del Asia; recuerda que de todas ellas recogió 
inmensos despojos y preciosas aihsgas que fielmente 
entregó al Generalismo, el cual, aunque no habla 
participado del peligro, se hizo dueño de todo el 
botin, repartió alas tropas la' parte que de derecha 
las tocaba, y del resto dio á los Reyes y más valero- 
sos campeones los premios particulares llamados de 
honor. Y cuando cada cual conserva el suyo, sólo 
con él ha sido injusto; pues de propia autoridad lo 
ha quitado la cautiva que más amaba, y la tiene en 
en poder y goza de sus favores. 

Aquí enti*a la obvia reflexión de que si aquella 
guerra se hace pai*a recobrar á Elena robada por Pa- 
rís, ¿cómo el mismo Príncipe que se cree con derecho 
para reclamar la mujer que quitaron á su hermano, 
roba ahora las ajenas y se las apropia? Según las le* 
yes y costumbres de los siglos posteriores, sería fácil 
rebatir este argumento, diciendo que Elena era es- 
posa legítima de Menelao, y Briseida simple esclava y 
concubina de Aquíles; pero es necesario considerar 
que en los tiempos heroicos esta circunstancia era casi 
indiferente en cuanto al derecho que ambos tenían 
para reclamarlas. Se llamaba esposa legítima la mu- 
jer libre que el varón tomaba para procrear hijos 
legítimos y herederos de sus bienes, y concubina la 
esclava destinada pública y legalmente á darle hijos 
no herederos; pero éslas eran una propiedad que na- 
die podía usurparle. Hay más: la esposa legítima que 
voluntariamente abandonaba al primer marido y se 
unía con otro, .no era tenida por concubina del últi- 
mo, y así vemos que Homero llama siempre á Páris 
esposo de Elena. Y todo el derecha que. los Atridas 
alegaban para reclamarla se fundaba^ no en que ha- 



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438 

bia sido esposa de Meoelao, sino en la suposición áe 
que siéndolo la habia robado Páris; pero esta supo- 
sición no era cierta. Si hubo violencia; fué puramen- 
te moral; pero, supuesto los halagos que la seduje- 
ron, la buena señora se dejó luego robar, y al pri- 
mer dia de navegación Jiizo ya al robador dueño de 
su belleza. Hago esta digresión porque es necesaria 
para entender varios pasajes del poema; pero por lo 
demás, aun suponiendo riguroso rapto el de Elena, 
el argumento de Aquíles no sólo no pierde nada de 
su fuerza, sino que aun la tiene mayor. Es el siguien- 
te. Si Menelao se cree con derecho para reclamar á 
Elena porque le fué robada, igual ó mayor derecho 
tengo yo para reclamar á Briseida que me ha sido 
injusta y violentamente quitada; pues aunque íio fue- 
se esposa legítima, era una esclava mia, una propie- 
dad legítimamente adquirida, y me habia sido adju- 
dicada por el mismo Agamenón, aprobándolo todo 
el ejército. Así, concluye con mucha razón: 
Y pues él de las manos, ¡atrevido! 
me la qiúíó, faltando á su palabra, 
no ya espere engañarme. 
A esta razón seria, y la principal que tiene para no 
acceder á la súplica del Atrida, sigue la irónica de 
que él no es necesario para salvar el ejército, pues 
sin él ha hecho Agamenón tantas fazañas. 
Ya sin mí gi*andes obras ha acabado, 
un muro ha construido... etc. 
Esta ironía es bellísima, y muy propia del que habla 
arrebatado de la cólera que se le inílama en el pecho 
al recordar el desprecio con que le trató Agamenón 
cuando le dijo: 

Huye, no te detengas, si impaciente 
cslfts ya*por huir; yo no te ruego 
que, por vengar mi honor, un sólo día 



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489 

tardes en alejarte de esta playa. 

Tengo yo otros mlientes camiones 

que mi honor desagravien, 
i también sirve para dos golpes importantísimos: 
i.^ hacer ver que ese Héctor, tan formidable ahora, 
no lo era cuando Aquiles cpmbalia; í.*, desvanecer 
en una sola palabra la esperanza que Ulíses tenía de 
vencer su obstinación excitando en su ánimo el de- 
seo de pelear con el Troyano. Ya no quiere matarle; 
y pues éste era antes el grande objeto de su ambi- 
ción, no hay ya motivo para que permanezca delan- 
te de Troya. Así, está resuelto á embarcarse al día 
siguiente y volverse á Tesalia. Allí tiene sobradas ri- 
quezas que dejó abandonadas por venir á la guorrá 
de Troya, y además llevará otras muchas que por 
suerte le han tocado en la repartición de los despo- 
jos; oro, hierro, bronce y hermosas cautivas; ya que 
el Atrida le ha robado la única que le diera como 
premio extraordinario. De todo lo cual resulta la res- 
puesta que deben darle, y de modo que la oigan todos 
ios Griegos, por si acaso espera engañar á otro cau- 
dillo; pues en cuanto á él, seguro es que no se atre- 
verá á mirarle cara á cara. 

Esta respuesta es que jamás le ayudará ni con su 
brazo, ni con sus consejos; que pues una vez le ha 
engañado, no le engañará segunda; que siga' cogien- 
do el fruto del error que cometió en insultarle; y por 
ultimo, que él desprecia sus dones y mira su perso- 
na como á la de un esclavo. Mas al llegar aquí es na- 
tural que su imagmacion se acalore y se conmueva 
su bilis. En efecto, ¿qué dádivas ni qué ofertas pue- 
den reparar la ofensa hecha á un héroe como Aqui- 
les? Así, exclama con toda la vehemencia de las pa- 
siones exaltadas: 

Aunque rae diese 



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i40 

diez veces, veinte veces, otro tanto 

como tiene, ó tener podrá algún día, etc. 
Pero lo que más debe irritarle, tratándose de üü 
hombre que le tenía tan ofendido, es la propuesta de 
casarle con una de sus hijas, como si en esto le hi^ 
ciera un grandísimo favor. Por esto exclama: 
¡Yo casarme 

de Agamenón con una de las hijas! 

Aunque en la gentileza y hermosura 
* con Venus compitiese... etc. 
iQué movimiento oratorio tan oportuno! Nótese al 
paso aquel rasgo característico de la vanidad humi- 
llada, cuando Aquíles aprovecha hábilmente la oca- 
sión de recriminar al que afectó despreciarle. Le ha- 
bla dicho Agamenón en el libro primero coa cierta 
ironía: 

á Tesalia 

con tus soldados vuelvo y con tus naves, 

y sobre los Mirmidones impera; 
porque, en efecto, estos formaban un Estadito pe- 
queño y de poca importancia en la gran confedera- 
ción de la Grecia, y por eso Aquíles ahora, cuando 
el Atrida le ofrece en matrimonio una de sus hijas, 
dice: 

.Elija entre los Dáñaos otro yerno 

que* le convenga, y poderoso impere 

sobre reino mayor. 
Sin embargo, lio crea Agamenón que á Aquíles le 
faltarán novias ricas y nobles. Hay muchas en Hélade 
hijas de Reyes poderosos, y de ellas escogerá, la que 
quiera y con ella vivirá feliz, ya que se propone re- 
líunciar á la gloria militar, y hecha esta renuncia lo 
único tiue ya le importa es conservar la vida, vida 
más preciosa que todos los tesoros del mundo y to- 
cias las riquezas que puede ganar en los combates. 



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441 

Esto le recuerda naturalmente lo que su madre le 
habia comunicado sobre la elección que le dejaba el 
Destino, ó de adquirir inmensa gloria muriendo jo- 
ven delante de Troya, ó vivir largos años en oscura 
felicidad. Pero, aunque ha hablado tanto de las dul- 
zuras de la vida y de su inestimable precio, no dice 
positivamente que ha elegido el último extremo; y es 
que realíhente no estaba decidido todavía á renunciar 
á la gloria. Así, sólo dice que los otros Dáñaos debe- 
rían seguir su ejemplo y volverse á sus casas, pues 
ya no es de esperar que tomen á Troya; y concluye 
proponiendo á Fénix que se quede en su tienda aque- 
lla noche para acompañarle en el viaje, si volunta- 
riamente quiere seguirle. 

Discv/rso de Fénix, (v. 708 y sig.) 

Aquí tenemos otro anciano, pero sólo parecido á 
Néstor en el modo de contar, porque éste siempre 
es el mismo en los que han vivido largo tiempo. Es el 
ayo de Aquiles, ha cuidado de su infancia, le ha se- 
guido á Troya para enseñarle el arte de la guerra y 
la elocuencia, tan necesaria en los Consejos privados 
y en las juntas generales del ejército. Y aunque vivia 
con Aquiles y mandaba una división de sus tropas, 
como se indica en el libro décimosesto, Homero su- 
pone con mucha destreza que aquel dia estaba por 
casualidad con los otros jefes en la tienda de Agame- 
nón, para que así pueda ser uno de los tres legados 
y al que más deba respetar Aquiles. 

¿Qué le dice, pues? Todo cuanto puede enterne- 
cerle. Primero, .tomando ocasión de las últimas ex- 
presiones de Aquiles, le asegura que jamás se apar- 
tará de su lado, y que si en efecto está resuelto á 
retirarse, él le acompañará en su viaje; y se lo ase- 
gura con tal firmeza, que llega á hacer un como im- 
posible juramento: el de que no se quedaría en ei 



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ejército aunque un Dios le prometiese restituirle á 1t 
vigorosa y lozana juventud que tenía cuando aban- 
donó la casa paterna; y se detiene, á fuer de ancia- 
no, á referir muy por menor el motivo que le obligó 
^ expatriarse. Esta relación no es inútil, porque le 
conduce naturalmente á contar cómo vino á parar al 
palacio de Peleo y éste le recibió cariñosamente, le 
colmó de bienes y de honores, y le hizo Gobernador 
ó Reyezuelo tributario de una de sus provincias. Es- 
tos beneficios de Peleo le recuerdan el mayor, el de 
haberle confiado la educación de Aqufles, recuerdo 
que trae por si mismo la tierna y bien sentida apos- 
trofe: 

¡Aquiles! 
mira que soy el que de tí ha cuidado 
desde la infancia hasta la edad madura, etc., 
y las dulces memorias de que siendo niño Aquiles le 
sentaba Fénix en sus rodillas, le dividia en menudos 
trozos los manjares, se los ponía en la boca, acerca- 
ba á sus labios la bebida, y no pocas veces le man- 
chaba aquél la túnica hasta humedecerle el pecho. 
Siguen á estos interesantes recuerdos la resolu- 
ción tomada por Fénix de adoptar por hijo á su alum- 
no, y la esperanza en que vivia de que éste sería el 
consuelo, el amparo de su vejez. Mas por si acaso 
tan tiernas memorias no bastan á ablandar el duro 
corazón del irritado joven, se añaden las poderosas 
reflexiones de que 

tener un corazón inexorable 

no le está bien: hasta los mismos Dioses» 

que tanto á los mortales aventajan 

en virtud, en honor, y en pocorío, 

se dejan ablandar; y cuando el hombre 

por criminal error la ley olvida, 

su cólera desarma con el ruego. 



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443 

agradables aromas, tiernos votos, 

libaciones y víctimas. 
£sta convincente razan está ilustrada con el ingo- 
üioso apólogo de las Súplicas y en el cual, personifíca- 
jdas éstas y suponiéndolas hijas de Jove, se dice ¡con 
cuánta verdad y cuan profunda filosofía! que aun- 
que débiles, arrugadas y cortas de vista, procuran 
ir siempre detrás de la Injuria (otro ser abstracto 
personificado) y reparan el daño que ésta ha causa- 
do, derramando ellas beneficios sobre los que benig- 
nos las acogen, y rogando á Júpiter que haga infeli- 
^8 á los que orgullosos las desprecian. 

Consecuencia legítima de este ap31ogo: Aqufles 
no debe desechar las súplicas que le hacen los lega- 
dos de los Aquivos, pues ya otros campeones tan va- 
lerosos como él dieron á las súplicas el honor que se 
merecen. A esto se añade que las hechas en nombre 
del Atrida van acompañadas de la oferta de riquí- 
simos presentes, y que los oradores son los prime- 
ros caudillos de la hueste y no debe desairarlos. En 
afecto, si Agamenón no se hubiera humillado hasta 
suplicarle ofreciéndole magníficos dones para repa- 
rar la ofensa, si todavía permaneciese inflexible-y 
obstinado en su primer error, nadie acusaría de in- 
justa la c Mera de Aquiles, ni el mismo Fénix se atre- 
vería á proponerle que olvidase su agravio, aun 
cuando los Griegos todos se encontraran en el ma- 
yor peligro. Pero si el Generalísimo cede ya por su 
parte y le ofrece ricos presentes, ¿por qué no cederá 
también el generoso Aquiles? Por valiente que éste 
sea, nunca valdrá más que los antiguos héroes; y sin 
embargo, aunque justamente irritados alguna vez, 

á las dádivas eran accesibles, 

y vencerse dejaban con el ruego. 
Esta memoria de los antiguos héroes recuerda al 



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114 
anciano el caso de Meleagro, muy semejante al de. 
Aquíles, y no puede resistir á la tentación de refe- 
rirle: primero, porque viene á cuento; segundo, por- 
que siendo amigos suyos todos los oyentes, le disi- 
mularán esta digresión, y tercero (añado yo), por- 
que durante si reposo de la noche uno ó dos minu- 
. tos más de coloquio nada peigudican al progfeso de 
la acción. 

Le refiere, pues, con las interrupciones y los lar- 
gos paréntesis, y las vueltas á los cabos sueltos, que 
tan al natural pintan al anciano que sin estudio, y 
en la efusión de la amistad, refiere un hecho hastaiUe 
antiguo, según se le va recordando su ya debilitada 
memoria. En ningún escritor profano hay un modelo 
igual de sencilla narración; y los traductores que 
por escrúpulo no han conservado los paréntesis, las 
interrupciones y las vueltas á los cuentos comenza- 
dos y suspendidos, han quitado todo su mérito á esta 
inimitable arenga. 

Aplicación del cuento al caso presente: Meleagro, 
también para vengarse, habia dejado de combatir 
por los Etólos; éstos son vencidos, le suplican que 
los liberte de su total exterminio, lé envian varones 
respetables que se lo rueguen, y le ofrecen una gran 
recompensa si accede á su petición. El anciano padre 
del héroe, sus hermanas, sus amigos, y hasta su 
misma madre, de quien estaba ofendido, se arrojan 
á sus piés y le suplican; pero él se niega, y sólo cede 
por fin á los femeniles lamentos de su esposa. Sale 
á campaña, vence á los Cu retes, y salva á sus con- 
ciudadanos; pero éstos ya no le dan las preciosos 
dones que le ofrecieran. Y hacen muy bien, porque 
si los ha defendido, no ha sido por ellos, sino por 
calmar los temores de su mujer. Vea, pues, Aquíles 
no le suceda lo mismo, aunque al Tin sea el salvador 



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L 



i45 
de los Griegos; tanto más, cuánto que si ahora no 
impide que los Troyanos quemen las naves, de nada 
jserviria que los venciese después, porque la pérdida 
de la escuadra sería irreparable. 

Respuesta de Aquíles. (v. 997 y sig.) 
A tan poderosas reflexiones, y á súplicas tan paté- 
ticas hechas por una persona tan respetable, nada 
tenía en realidad que responder; y asi vemos que, 
sin satisfacer á los argumentos de Fénix, se escapa, 
como suelen decir, por la tangente. Se atiene á las 
últimas expresiones del anciano,* á saber: las de que 
si sale á pelear después de quemadas las naves, de 
mi propia voluntad, sin que nadie se lo ruegue, y 
sin que le ofrezcan dones, ya los Griegos 
iguales honras 

no U harán aun habiéndolos salvado, 
lo mismo que en igual caso hicieron con Meleagro 
los Etolos, y dice: 

Esos honores 

yo no ambiciono; envanecerme puedo 

de que seré vengado por la mano 

de Jove, y en las naves de la Grecia 

respetado seré mientras me dure 

el aliento vital. 
Y luego, sin responder á nada de cuanto le ha dicho 
Fénix, se contenta con manifestar á éste el disgusto 
que le causa verle interceder por el Atrida; le indica 
que por lo mismo quaha sido su ayo debería t^er 
por enemigo al que lo fuese de su alumno, y le con- 
vida á que se quede en su tienda aquella noche para 
que á la mañana puedan acordar ambos lo que pa- 
rezca más acertado sobre volverse á Grecia ó que- 
darse en el ejército. Y como si el asunto del mensaje 
estuviese ya concluido, hace señas á Patroclo para 
que mande aderezar el locho de Fénix, y lo hace de 

TOMO III* 40 

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446 
modo que lo vean los otros legados y se retiren. Lo 
conoce Ayax, y con la concisión de un valiente que 
no gusta que se malgaste el tiempo en inútiles aren- 
gas, le dirige una de las más elocuentes del poema. 
Discurso de Ayax y respuesta de Aguíles. (v. 4025 

y sig-) 

Vuélvanse á leer ambos trozos, y ellos mismos 
servirán de comentario. No puede hacerse una re- 
convención más terrible, ni darse una razón más 
poderosa que las contenidas en aquellas palabras del 
primero: 

¡Desapiadado! hay hombre, etc., 
ni una corrección más oportuna que la de Aquíles 
cuando, reconociendo la justicia con que Ayax le 
habia reconvenido, y mostrándose ya como inclina* 
do á tomar su consejo, se arrepiente y dice: 
pero mucho 
en cólera mi pecho se enardece 
cuando me acuerdo de- la atroz injuria 
que me hizo Agamenón, como si fuera 
yo el villano más ruin. 
Nótese ahora le delicadeza con que está indicado por 
el poeta el efecto que en el ánimo de Aquíles van 
haciendo gradualmente los tres discursos que so le 
dirigen. Al primero responde que á la mañana 
siguiente se embarcará para Tesalia; al segundo ^ólf> 
dice que acordará con Fénix si se han de embarcar 
ó no, y al tercero ya no habla de embarque, sino 
solamente de que no tomará las armas hasta que 
Héctor llegue á las tiendas y naves de los otros Mir- 
midones; porque á la suya se guardará bien de 
acercarse. 

Finalmente, if ótense la ansiedad con que Agame- 
nón se informa de lo que ha respondido el hijo 
de Peleo, y el soberbio discurso en que Diomédes 1^ 



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447 

^icé que hizo muy mal en rogdrle, y sobretodo que 
no se hable ya más de él. Esto es lo que se llamsi 
pintar y sostener los caracteres. 



LIBRO DÉCIMO. 



Desvanecida la esperanza de que Aquües salve li 
escuadra, es natural que Agamenón esté más agitado 
é inquieto que los otros caudillos, que mientra* 
ellos duermen él revuelva 

muchos tristes cuidados en su mente, 
7 que mirando ya como inevitable la ruina de sir 
numeroso ejército, se lamente, suspire, salte del 
iecho, y vaya á consultar privadamente con loft 
pnncipales Jefes sobre el partido que deberán tomar 
«n tan apurada situación. Y no es menos natural 
que Meneiao, principal interesado en aquella guerra« 
«sté también desvelado y busque á su hermano part 
proponerle un proyecto que le ha ocurrido, y es el 
de que alguno vaya de explorador al campo enemir 
go para averiguar, si es posible, las intenciones de 
ios Troyanos. 

Aprovecha, pues, el poeta esta verosímil supo* 
lición, y sacia de ella uno de los pasajes más intere- 
santes del poema y que en rigor no puede ealificar- 
se de episodio; porque el hecho en él referido» á sa- 
ber, la muerte de Reso, contribuye á impedir que los 
Troyanos destruyan enteramente en la próxima ba- 
talla el ejército de Grecia. Pero, aun suponiend* 
que k) fuese, es oportuno para llenar el vacio de Mi 
noche y dar variedad á la narración. Observemoi 
rápidamente sus principales bellezas: 

4.* La coimparacion de los frecuentes suspires 



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148 

qne ehxálabd Agamenón, agitado y pensativo en ét 
lecbo, con los numerosos relámpagos que rasgan las 
nubes cuando amenaza tempestad ó quiere JúpUer 
^unciarcon prodigios alguna terrible guerra, m 
magníOca y oportuna. 

2.® La pintura del mismo Agamenón, ya miran- 
do afligido hacia sus naves y entristeciéndose más al 
observar el profundo silencio que en ellas reina, ya 
tolvióndose al campo enemigo y arrancándose da 
fabia los cabellos al escuchar la festiva algazara con 
^ue los vencedores solemnizaban el triunfo, es de 
mano maestra. 

3.° En el primer discurso de Agamenón á su her- 
mano es digna de notarse la exagerada ampUGcadon 
que hace de las hazañas de Héctor. Es propio del 
ánimo acobardado abultarse los peligros. En el 
segundo es más notable todavía aquel pasaje que por 
si sólo pinta, mejor que todas las descripciones, el 
estado de abatimiento y humillación en que se halla- 
ba el orgulloso Atrida. Dice á Menelao que vaya á 
despertar á Ayax de Telamón y á Idomeneo, y le re- 
oomienda mucho que los trate con respeto y con 
todo cumplimiento, si podemos decirlo asi, llamán- 
dolos por el nombre de su padre y su familia. Son 
dignas de repetirse las expresiones: 

Guando llegues 
Siza la voz y di que se levanten, 
á cada uno llamando por el nombre 
de su padre y familia, y cariñoso 
á todos habla. La grandeza olvida, etc. 
4.^ La pintura de Néstor reclinado en blando y 
mullido lecho. mientras los jóvenes, como Diou^édes, 
dormían sobre una piel de montaraz noviib y sin 
pitarse las armas: la cincunstancia de tener al lado 
las suyas, y señaladamente el cintúron vistoso con 



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r 



449 

^e solfa ceñirse cuando marchaba á la lid, porque 
ni aun quería gozar de la exención que le daba su 
ancianidad, y sobre todo la descripción de la actitud 
«n que recibió al Atrída, son rasgos copiados direc- 
tamente de la naturaleza, no sacados de los libros. 
5.® La pregunta de Néstor, y más todavía la res* 
puesta de Agamenón, nada dejan que desear. Siente 
^1 anciano cierto ruido cerca de sí, se incorpora en 
el lecho, divisa un bulto, y pregunta solícito, come 
<es natural: 

¿Quién eres que en oscura noche, 

cuando descansan los mortales todos, 

solo, así, por las tiendas y las naves 

discurres?.... 
y el Atrida le responde: 

. ¡Ilustre Néstor, 

honra de los Aquivos! reconoce 

al infeliz Agamenón de Aireo. 

Errante, cual me ves, recorro el campo, 
ni el dulce sueño se asentó en mis ojos: 
que mucho de la guerra y de los males 
me curo de los Dáñaos, y por ellos 
grande tengo temor. Ni, cual solia, 
hay valor en el ánimo: turbada 
la mente está, y el corazón del pecho 
salirse quiere, y las rodillas tiemblan. 

Xo estamos viendo. 

6.** En la réplica de Néstor son dignas de aten-' 

cdon dos pinceladas. La primera es aquella de que 

mayores males ha de padecer Héctor 
si el fuerte Aquíles 
de la funesta cólera apartare 
su corazón. • 

IBs conveniente recordar de tiempo en tiempo el 



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4S0 
nombre y la memoria del héroe principal, éinculcrr 
siempre que sólo él es el que ha de salvar la hueste^ 
La segunda es la naturalísima reflexión que debi<5i 
hacer Néstor al ver que Agamenón, y no Menelao^ 
era el que venía á despertarle, siendo este hermana 
menor y debiendo estar más inquieto que el primero^ 
Nada se le escapa al buen Homero. 

7.° La indicación del cpidado que tuvo Nésíor 
de tomar y abrocharse al pecho la vestidura 
de púrpura, que doble, y anchurosa, 
y afelpada, del fresco de la noche 
le defendiese, 
es otra pincelada de aquellas que solo Homero ha sa- 
bido dar hasta ahora. 

8.® El descuido, poco abrigo, y ningún regala 
con que Diomédes está durmiendo fuera de su tien- 
da, y que tan bien contrasta con la escena precedente; 
la especie de aspereza con que Néstor le echa en cara 
este mismo descuido; la natural admiración de aquél 
al ver que un anciano como Néstor es el que viene 
á llamarle habiendo tantos jóvenes que pudieran ha- 
cerlo; la respuesta del Rey de Pilos, y la especie de 
chanza que gasta con él cuando le envia á despertar 
á Méges y al menor do los Ayaces, diciendo: 



. .% ya que eres más joven, 

y de mi ancianidad te compadeces, 
son bellezas originales que sólo el talento inspira, y 
pan cuyo hallazgo no pueden darse reglas. 

9.** La comparación entre los caudillos que vigi- 
lan cuidadosos vuelta siempre la cara á la llanura, y 
los peiTOS que dentro del rodil 

en inquietud custodian el ganado, etc., 
es exactísima, y está escrita divinamente. 
iO. la precaución de Diomédes, ya que se ofrece 



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151 

á penetrar en el campo enemigo, de que le acompañe 
algún otro; porque 

cuando dos se juntan 
lo que el uno no ve previene el otro, etc., 
está fundada en una de aquellas veixlades prácticas 
que enseña la experiencia y el talento no adivino. 

11. La tierna solicitud con que Agamenón pro- 
cura, sin decirlo, que Diomédes no elija por compa- 
ñero á Menelao, no puede estar pintada con mus ver- 
dad en aquella repetición de una misma idea presen- 
tada bajo todos los aspectos posibles: 

tú mismo elige 
por compañero al que te fuere gi*nio, etc. ' 

12. El elogio que Diomédes hace de Ulíses al ele- 
girle, y la urbanidad modesta con que Ulíses se da 
por entendido, son de aquellos rasgos que á lodos 
parecen fáciles cuando los hallan escritos, pero que 
no á todos ocurren cuando los han menester. Estas 
son en realidad las que se llaman inspiraciones del 
Genio ó de la Musa que están dictando al poeta los 
versos que ha de escribir. '^ 

13. La descripción d£l modo con que Diomédes y 
Uli^s se armaron para su nocturna expedición, las 
súplicas que respectivamente hicieron á Minerva para 
que los protegiese en tan arriesgada emiiresa, la 
garza que la Diosa les envió en fuvomblo auspicio, 
la propuesta que al mismo tiempo estaba haciendo 
Héctor pami que alguno de los suyos fuese á espiar 
el campo do los Griegos, la orgullosa y necia con- 
fianza con que Holon pide por premio el carro y los 
caballos de Aquíles, la descripción de su armadura, 
sn salida, su aparente valor miénlras no escucha 
ruido alguno, el mal disfrazado miedo que en reali- 
dad llevaba y le hace creer cuando si«jnte pisadas que 
serán las de algún Troyano que vendrá á llamarle 



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153 
para que vuelva al campamento, su turbación cuando 
conoce que son enemigos lo que tiene cerca, su fugft 
comparada con la del cervatillo ó la liebre á quien 
persiguen galgos corredores, las precauciones que 
toman ülíses y Diomédes para cogerle vivo y que no 
se les escape ni hacia la ciudad ni hacia el campo de 
los Griegos, aquel tirarle Diomédes la pica, pero' er- 
rando con toda intención el tiro, el miedo de Doloa 
cuando al verse perseguido suspende la carrera, tan 
bien pintados en aquellos tres rasgos, 
la barba le temblaba, 

los dientes le crujían, y del miedo 

pálido se tornó, 
son las que los pintores llaman bellezas de ejecución; 
bellezas en las cuales consiste en gran parte el mé- 
rito de la obra, y en las cuales ninguno ha excedido 
á Homero, y sólo Cervantes se le iguala algunas 
veces. 

14. La súplica de Dolon para que no le quiten la 
vida; el precioso rescate que les ofrece; la seguridad 
que le da Ulíses para que, agradecido, les revele 
cuanto desean saber; la ingenuidad con que Dolon 
les confiesa que las promesas de Héctor le han há^ho 
perderla razón; la burlona respuesta de Ulises cuando 
sonriéndose le dice: 

Grande es el galardón que tú esperabas 

recibir, etc.; 
las preguntas que le hace tan circunscriptas y ade- 
cuadas; la completa satisfacción que da el espía á 
todas ellas; la importante noticia que añade sobre la 
llegada de los Tracios;los extraordinarios elogios que 
hace de los caballos, el carro y la armadura de Reso; 
la candorosa inocentada con que, fiado en la pala- 
bra de Ulises, les propone que le dejen atado hasta 
que vuelvan de su expedición; la inesperada senteo- 



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153 

tía de muerte que oye pronunciar á Dioméde8;h 
ejecución de ella pintada con tanta verdad; la entrada 
de los dos Aquivos en el campamento troyano; el 
destrozo que Diomédes hace mientras ülíses se apo- 
dera de los caballos de Beso; la consternación de los 
Tracios y Teuci:os cuando ven el estrago que han 
hecho los dos campeones; la vuelta de estos al es- 
cuadrón de guardia; la inquietud con que los esperan 
los otros caudillos; la alegría de Néstor cuando los ve 
llegar sanos y salvos; la admiración que le causa la 
vista de los caballos que traían; el elogiQ que al 
paso hace de sí mismo; la respuesta de Ulíses á sus* 
preguntas, y la conclusión de este incidente; todo, 
todo está escrito de una manera tan acabada que 
nada deja que desear. N6tes.e en particular, aquella 
expresión tan feliz y tan poética para encarecer 
la hermosura de los caballos de Reso: 
semejantes 
son al rayo del sol. 

LIBRO UNDÉCIMO, 

f . 

Destinado á describir nuevos combates, y siendo 
parecidas en el fondo sus escenas á muchas de las 
que ya hemos visto y veremos todavía, aunque va- 
riadas en las circunstancias cuanto puede esperarse 
de la fecunda imaginación de Homero, no me deten- 
dré mucho en él, y sólo indicaré las bellezas más de 
bulto. 

4.** La abertura de la escena en que se ve á la 
aurora saltando de su lecho, y á Jove arrojando á 
las naves de los Griegos 

la Discordia que en la maTio 
llevaba la señal de los combates. 



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154 
y que subida en la tiao de Ulíses, 

en ecos espantosos 

y penetrante voz á los Aquivos 

á la guerra animaba, etc., 
es magnífica, y la personificación del ser abstracto 
una de las más valientes y atrevidas .que puede in- 
troducir un poeta. La descripción de la armadura de 
Agamenón, la más. larga do esta clase que hay en 
toda la llíada, exccpio la del escudo de Aquíles, es 
de buen gusto y está rigurosamente ceñida á los 
preceptos del arte sin ser diminuta ni redundante. 
La última piacclada con que se concluye, diciendo 
que Juno y Palas hicieron retemblar el firmamento 
cuando armado ya el Atrída se encaminaba al lugar 
de la pelea, es de las más vigorosas. La lluvia de 
sangre con que Júpiter rocía ci campo de batalla, en 
señal de la gran mortandad que ha de haber en 
aquel dia, es invención muy poética y oportuna para 
dar allísima idea de este gran combate, en que los 
Troyanos penetrarán al fin en la empalizada y em- 
pezarán á quemar las naves do los Griegos, combate 
cuya narración se prolonga hasta el libro décimo- 
octavo. Y todo esto junto forma del principio del un- 
décimo uno de los cnadros más grandiosos y admi- 
rables del poema. 

2.® La comparación de Héctor con el astro de 
otoño, que saliendo luciente de las nubes, 
tan pronto brilla, 
tan pronto oitre la nube tenebrosa 
se ocu»la y desparece;. 
la del brillo de su armadura con el relámpago de 
Jovc, y la de ios ejércitos que marchan en dirección • 
opuesta y las dos bandas de segadores que partien-j 
do de los extremos se encuentran en medio del 
sembrado y derriban sm cesar las espigas al goli^e 



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455 

de sus cortantes hoces, no pueden ser ni más exac- 
tas ni más hermosas* 

3.° La perífrasis con que está designada la hora 
del mediodia, diciendo que es aquella en que 
el leñador el alimento 

en el bosque prepara silencioso, etc., 
demuestra que los buenos poetas, sin decir vacieda- 
des, saben extender y amplificar un pensamiento 
reuniendo las diversas circunstancias que pueden 
coincidir en un objeto, ó enumerando é mdividuali- 
zando, si conviniere, las ideas parciales contenidas 
en la total. 

4.® La muerte de los dos hijos de Príamo, Iso y 
Ántifo, el no indiferente recuerdo de que en otro 
tiempo Aquíles los hiciera prisioneros, y la circuns- 
tancia do que ningún Troyano osó defenderlos, 
porque á la fuga 

cobardes ellos mismos se entregaran; 
circunstancia tan oportunamente ilustrada en el 
símil de los cervatillos devorados por el león, á los 
cuales tampoco defiende su madre, aunque esté cér- 
ea, porque 

toda temblando, y en sudor copioso 

bañado el cuerpo, en rápida carrera 

huye hacia los espesos encinares 

y las selvas sombrías, 
nos muestra cómo deben y pueden variarse, para 
evitar la monotonía, las escenas que en el fondo s& 
parecen. 

5.° La relación de la muerte de los hijos de Anfí- 
maco está amenizada con el discurso de éstos ai 
Atrida y la dura respuesta que reciben. La derrota 
general de la infantería troyana está soberbiamente 
ilustrada con el símil del fuego que, avivado por el 
viento, derriba los ramos 



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y troncos de los árboles, y en tierra 

caen vencidos de la ardiente llama. 
6.^ La precaución de sacar á Héctor del comba- 
te, mientras Agamenón está haciendo estragos eú 
los Teneros, es sumamente ingeniosa y necesaria. 
Porque de otro modo debian encontrarse los dos 
héroes, y el poeta se hubiera metido en uno de 
aquellos atolladeros aunde pedem re/erre vetat operii 
lew.n En efecto, ni Agamenón podia matar al Troya- 
no, ni éste al Generalisímo de los Griegos, sin que 
en uno y otro caso se alterarse la tradición histórica 
y se trastornase el plan de todo el poema, según el 
cual, Héctor debe morir á manos de Aquíles, y Aga- 
menón conquistar á Troya; y hacerlos combatir para 
que al fin quede indecisa la batalla, no ofrecería in- 
terés ságuno, habiéndose terminado asi la de Héctor 
con Ayax Telamonio. No quedaba, pues, otro partido 
que el de hacer imposible el encuentro de ambos 
Generales; y Homero no dejó de tomarle, haciendo 
intervenir la máquina para cortar este nudo, ya qud 
no era posible desatarle. 

7.^ La muerte de Iñdamante y la do su herma- 
no Coon: la herida y retirada de Agamenón; la vuelta 
de Héctor, que penetra por entre las hileras enemiga» 

cual de repente de las altas nubes 

la ráfaga del viento embravecido 

bsga y conmueve el azulado ponto, 
él horrible estrago que hace, tan soberbiamente piíH 
tado en aquel otro símil: v 

Como suele 

el zéíiro barrer las densas nubes, etc.; 
los esfuerzos que ülises y Diomédes hacen para aíi- 
mar á su gente y restablecer el orden de batalla; la 
prontitud con que Héctor acude á donde ve que sus 
escuadras flaquean; la contusión que recibe; el des- 



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457 
pecho d^ Diomédes cuando ve que no ie ba herido 
mortalmente, y los denuestos que le dice cuando 
aquél se oculta entre las fílas, ofrecen materia para 
muchas reflexiones; pero baste la de que cada trozo 
de estos es lo que debe ser en su línea. 

8.^ La flecha que París, puesto en seguro detras 
del sepulcro de lio, dispara á Diomédes; la alegría 
con que al verle herido sale de su emboscada; el pe- 
sar que muestra por no haberle pasado el cuerpo de 
piarte á parte, y sobre todo la fanfarrona respuesta 
éeA Aquivo á los insultos del Troyano, merecen par- 
ticular atención. Nótense en la última aquellas va- 
lientes pinceladas: 

Fuerza no tiene el dardo que dispara 
un cobarde: muy otra de mi diestra 
sale la aguda lanza, etc., 
y todo lo que sigue hasta la conclusión del discurso, 
y se verá otra prueba de que ningún poeta ha sabido 
hacer hablar á sus personajes con la verdad, solidez, 
oportunidad y varonil elocuencia con que Homero 
hizo hablar á los suyos, logrando siempre que ellos 
se retraten á sí mismos en sus respectivas arengas. 

9.^ El sohloquio de Ulises cuando se ve abando- 
nado de los suyos y cercado de enemigos; la valen- 
tía con que se defiende, tan felizmente comparada 
con la del jabalí; el discurso que le dirige Soco antes 
de acometerle; la herida que en efecto le hace en el 
costado; la serenidad con que el Griego le amenaza 
por su parte, aunque se siente herido; la irónica 
piedad con que le compadece, después de haberle 
atravesado con su lanza; las palabras que Menelao 
dice á Ayax de Telamón para que, unido con él, vaya 
á socorrer á Ulises; el no detenei^se Ayax á respon* 
derle; el ponerse inmediatamente en marcha;/ la 
llegada de los dos; la fuga y dispersión de los Troya- 



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458 

nos cudndo los ven acercarse; el símil de los linces 
que están devorando el ciervo; el estrago que Ayax 
hace en los enemigos; el otro símil del torrente que 
hinchado con las copiosas lluvias se precipita de lo 
alto de la montaña, 

é inunda las campiñas, 
y encinas muchas y frondosas lleva 
en pos, y muchos pinos, y de cieno 
grandes montones á la mar arrastra; 
el consejo que Cebrion da á su hermano Héctor 80« 
bre que acuda á sostener la hueste en la parte e& 
que Ayax la estaba desbaratando; la llegada de am- 
bos; la fina observación de que Héctor 
({ los demás guerreros perseguía 
con la pica, la espada y puntiagudas 
piedras; pero evitaba cuidadoso 
con Ayax encontrarse en la peclea; 
el súbito terror que infunde Júpiter en el pecho del 
Aqiiivo; la necesidad en que se ve de retirarse, la 
pesadumbre que esto le cuesta, tan bien pintada en 
la actitud del león que, rechazado á pesar suyo del 
establo á que en vano acometiera, 
se retira á la selva macilento; 
la lentitud con que retrocede, tan hermosamente 
comparada con la del asno perezoso que sale del 
sembrado después de haberse hartado de hierba; U 
tierna solicitud de Euripilo cuando le ve acosado 
por los enemigos; el auxilio que le presta; la herida 
que en esta ocasión recibe, y la exhortación que al 
retirarse dirige á los Griegos para que acudan á la 
defensa de su amigo; todos estos rasgos, así reuni» 
dos y acumulados, y aun cada uno de ellos en par- 
ticular, no necesitan de comentario: basta leerloa 
para admirarlos. 
Finalmente* la escena que luego se presenta ^ 



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159 
^ntitítia hasta el fin del libro, os ya do otro género 
y merece parlicular examen. 

Ya hemos vislo que Aquíles, por más que so haya 
negado á aceptar los présenlos de Agamenón, á re- 
<5onc¡l¡arse con él y á socorrer á los Griegos^ quedó 
no obstante algo conmovido por los discursos de 
Ub'ses, Fénix y Ayax, y tiene ofrecido que tomará 
tas armas y rechazará á los Troyanos cuando éstos 
lleguen hasta las tiendas y naves de ios oíros Mirmi- 
dones. Veamos, pues, ahora la habilidad con que el 
poeta va preparando de lejos su vuelta á los comba- 
tes, sin que la derrota de ios Griegos llegue á tal 
punto que, destruidas las otras naves, sólo queden 
ilesas las de Aquíles. 

Ya hemos vislo también que, según lo dispuesto 
por el Hado, el hijo de Peleo no debia salir de. nuevo 
i campaña hasla que, muerto su amigo Patroclo, se 
peleara por su cadáver. Pero ni Patroclo ni los Mir- 
midones combaten, porque Aquíles se lo prohibe, y 
mientras aquél no tome parte en ia pelea, es imposi- 
ble que le maten. Es, pues, necesario hacer de modo 
^ue, sin renunciar Aquíles á su venganza, salga á 
campaña su escudero. Hacerle salir por la sola vo- 
luntad del poeta, no era difícil; pero motivar la sa- 
lida, prepararla de antemano, y hacerla á su tiempo» 
no sólo verosímil, sino casi necesaria, esto pedía un 
poco do aquel arte que no se adivina sino que se 
aprende, y sólo se adquiere á fuerza de ensayos 
y tentativas, y haciendo y deshaciendo, y corrigien- 
do, y limando, y puliendo los primeros borradores 
peritos en el Ci\lor de ia inspiración. 

La prueba está en el pasaje mismo que examina* 
mos. Supone Homei'o que rechazados los Griegos á 
su muralla y obligado á retirarse Ayax, el único que 
todavía procuraba contener á los Troyanos, llogí) 



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160 
entonces Néstor á las naves con Macaoú, á quien ssl^ 
caba herido del combate. Pasan cerca de las de 
Aquiles, y éste, que puesto de pié en la popa de su 
capitana 

la vergonzosa fuga 

y general derrota contemplaba 

de los Aqueos, 
no puede conocer quién es el héroe que iba en el 
carro de Néstor, porque los caballos hablan pasado 
con demasiada rapidez. Deseando, no obstante, sa- 
berlo, llama á Patroclo; y después de saborearse en 
su venganza, diciéndóle: 

hoy, no lo dudes, 

á mis plantas postrados á los Griegos 

suplicantes veré, 
le manda ir á las naves de Néstor y preguntarle 
quién es el capitán á quien ha traido en su carro. 
Entre tanto, ya Néstor y Macaón han llegado á la 
tienda del primero y alternan en suaves coloquios, 
cuando de repente se presenta á la puerta del pabe- 
llón el gallardo Patroclo. Néstor le hace entrar y le 
ruega que se siente; pero él responde que no le es 
posible detenerse, que sólo viene á saber quién era 
el herido á quien poco antes sacaba del combate, y 
que pues ya lo está viendo, vuelve á decírselo á 
Aquíles, por quien había sido enviado. Mas Néstor 
se aprovecha de esta ocasión para hacer el discurso 
más largo de toda la Híada, exceptuandq única- 
mente el de Fénix en el libro nono; y después de 
muchos rodeos y muy estudiadas preparaciones, 
propone á Patroclo que ó temple la cólera de Aquí- 
les, ó consiga de él permiso para socorrer á los 
Griegos acompañado de los Mirmidones y cubierto 
con las armas del mismo Aquíles. Patroclo se en* 
temec^ al oirle, y sin prometer nada y ni responder 



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161 
siquiera, echa á correr hacia la tienda de Aquiles; 
pero á pocos pasos se encuentra con Eurípilo, que 
viene cojeando, y éste le suplica que le haga lo que 
ahora llamamos la primera cura. Patroclo le mani- 
fiesta que no puede ya detenerse por más tiempo; 
pero al fín, condolido del héroe, le acompaña á su 
tienda, le saca la flecha y le aplica á la herida una 
raíz que mitigue los dolores. 

Es necesario ser absolutamente ciego en estas 
materias para no ver que nada de esto salló de la 
pluma del poeta por mera casualidad, ni por irre- 
flexivos movimientos del instinto, y que á falta de 
otros argumentos, este sólo pasaje probaria cuan 
profundo era el conocimiento que Homero tenía del 
arte que profesaba. Así, los que han tachado de pro- 
lijo é intempestivo el discurso de Néstor, sólo han 
conseguido con tan injusta crítica hacer pública su 
ignorancia. El mayor mérito de esta bellísima aren- 
ga consiste en su misma duración y en la oportuni- 
dad con que se hace. Néstor, ya que Patroclo ha 
llegado, quiere de intento entretenerle para que por 
sus ojos, y de cerca, y muy despacio, vea cyán 
grande era la derrota del ejército, y enternecido él 
á vista de tan doloroso espectáculo, procure enter- 
necer también el duro corazón de Aquiles. Porque 
es necesario tener presente que estando las naves 
de aquel héroe al un extremo de la línea toda, y te- 
niendo ésta una legua ó más de largo, Aquiles desde 
su capitana sólo podía ver en confuso y por mayor 
que los Griegos venían en derrota; pero no conocer 
la grandeza de su pérdida. Por eso dice Néstor al 
principiar su discurso: 

¿Y cómo Aquiles 
así se compadece de los Griegos 
que heridos yacen? ¡Ah! no bien conoce 

TOUO III. 14 

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162 

la gran calamidad que de los Dáñaos 
al ejército aflige. 

Me he detenido tanto en estas observaciones, por* 
qne veo que en general los comentadores las omi- 
ten, y sin embargo, son importantísimas para que 
los lectores de Homero vean comprobadas á cada 
paso la verdad de aquella frase en que Horacio, que 
le habia estudiado tan á fondo, compendió su mérito 
principal, á saber, el de que todo lo hace con inten- 
ción, con arte, con estudio, y úada á salga lo que sa- 
liere: nihü molitur inepte. Esto solo hace su elogio. 

Viniendo ya al discurso mismo de Néstor, me 
limitaré á observar que la prolija y circunstanciada 
narración que hace aquí de sus primeras fazañas, no 
tiene el solo mérito de pintar al anciano, al laudator 
temporis acti, sino el de servir para detener á Patro- 
clo con esta de intento larguísima digresión; porque 
sabía que Patroclo, por mucha prisa que tuviese, no 
le dejaría, como suele decirse, con la palabra en la 
booa. 

Por lo demás, el discurso entero, el de Patroclo á 
Euripilo, la respuesta de éste y la réphca del' pri- 
mero son trozos brillantísimos, en los cuales la más 
severa critica no encuentra qué reprender* 



LIBRO DUODÉCIMO. 



Es corto, pero no inferior en mérito á los que le 
preceden y siguen. Apuntaré lo más importante. 

i."* La revelación que el poeta hace del éxit» 
final de la guerra, era necesaria para satisfacer la 
curiosidad de sus lectores sin disminuir el ínteres 
del poema. Porque no estando destinado ésta á j)oii- 



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í 



463 
iár histórícam&nte toda la guerra, siao uno do sub 
incidentes, nada se anticipa aquí que luego haya de 
repetirse. 

S.® La oomparaoion de Héctor con el león 6 
Jabalí 

que rodeado 

de perros y valientes cazadores, 

á todas partes los terribles ojos 

vuelve, 
y respecto del eual se verifica que 

su propia valentía 

es causa de sq muerte^ 
lio puede ser más eicacta ni más acomodada al ob- 
jeto á que se aplica, sobre todo por este últím» 
rasgo, que es como un anuncio de lo que á Héctor 
«Qcedérá. 

3.* El consejo de Polidamante es útil, q>ortuno 
y prudente. Y aunque sin la advertencia que con^ 
tiene todos hubieran visto que subidos en los^ carros 
no podrian pasar el foso, hay su misterio en que 
Polidamante sea el primero que lo conozca y lo 
diga. Ya veremos pronto en este mismo libro, y 
después en el decimotercio y el decimoctavo, que 
Polidamante, animado con la buena acogida que ha 
tenido este su primer aviso, se anticipa otras tres 
veces á dar su dictamen sin que sea consultado, y 
que, aun hablando con tanta prudencia y cordura 
como ahora, Héctor desprecia dos de sus avisos, y 
este desprecio es causa de su muerte y de la ruina 
del ejército. Con este objeto, pues, se hace aquí 
mención de Polidamante y se le presenta como ua 
célebre adivino y sabio consejero. 

4.* La comparación de los dos Lapitas, que flr* 
mes, inmobles y arrimados á una de las puertas* 
esperan la acometida de los Teneros, « 



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464 

como están m los montes las frondoddd 

encinas corpulentas, que apoyadas 

en sus gruesas raíces extendidas 

al viento desafían y á la lluvia 

siglos enteros; 
la otra de los mismos Lapitas, cuando ya 86 arroJ9^ 
fuera de las puertas, 

á Qeros jabalíes semejantes 

que de los cazadores y los perros 

la acometida aguardan en el monte» 

y en torcida carrera atravesando 

el espeso jaral que los oculta, ' 

tronzan las jaras que á su paso encuentra», 

y las arrancan de raíz, y crujen 

en horrísono ruido los colmillos, • 
no pueden ser más poéticas. Nótese en lá filtima 
aquel epíteto de torcida dado á la carrera del jabalí, 
epíteto tan verdadero como pintoresco, y aquel 
tramar las jaras, y aquel crujir los colmillos en hor^ 
rísonormdo. 

. 5." El discurso de Polidamante cuando ve volar 
él águila que anuncia la verdadera derrota de los 
Troyanos; y el de Héctor cuando desprecia los avi- 
sos del augur, se burla de sus temores, y hasta le 
insulta y amenaza, son admirables en su totalidad. 
Pero nótese más particularmente en el exordio del 
primero aquella sentencia política: 

mas justo no será que un ciudadano 



haga traición á la verdad, etc.; 

Y«n el segundo aquello de 

un solo agüero la verdad anuncia, 

y es el que dice: a/defended lapatriah 

y dígase después si el autor de la liMa era d do 

fUóstfo. 



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165 
' 6.* El discurso de los dos Ayi^es pemí ftnímaré 
:su gente; la comparación entre las piedras que los 
diegos tirabau á los Teucros, y éstos les TOlvian, y 
k» espesos ec^os de la nieve, comparacioa empleada 
4os veces, aunque no repetida en los mismos tér* 
minos; la .de Sarpedon con el león que, deseaoA> 
destrozar un rebaño de ovejas, 

aunque las halle 

por armados pastores defendidas 

y colmilludos canes, no ya quiere 

el establo dejar sin que primero 

pruebe el asalto; 
y sobre todo, su discurso á Glauco, en que tan hei^ 
mosamente está dicho que si los Príncipes gozan d5 
dertas prorogativas, también están obligados á so- 
brepujar en mérito y virtud á sus vasallos, son pa- 
cajes en nada inferiores á los más celebrados del 
poema. Nótese en el último aquella arénguita de los 

* Licios intercalada en la principal, y recuérdese lo 
•que ya dejo observado sobre el buen efecto que pro^ 
cUicen estas intercalaciones. ** 

7/ Lo restante del libro es igual; pero sólo qulo- 
ro que los lectores fijen su atención en aquellas dos 
tan nuevas, exactas y felices comparaciones, en que 
se hace visible la firmeza con que los Griegos de- 
léndian la brecha y el empeño con que los Troyanos 
procuraban pasar por ella, sin que ni éstos pudierail 
á las naves 

abrirse paso, la muralla rota; 

ni las falanges Griegas á los Licios 

pudiesen rechazar lejos del muro 

desde que se acercaron. 

* La primera es la de los dos labradores que, parados 
sobre el límite de sus contiguas heredades, se dis- 
putan unos cuantos palmos de terreno. La segunda 



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4G3 
es la de una hilandera y vendedora de lana que, em- 
puñando la fiel balanza, iguala los pesos, para ven* 
der su hilaza y llevar con su producto escasa y po- 
bre comida á sus hijuelos. Estas comparaciones,, 
además de ser exactas y bellísimas, tienen el méríta 
particular de ofrecer un delicioso contraste entre 
las pacificas é inocentes ocupaciones de la vida ci» 
vil y las escenas horribles de las batallas. También 
es de esta clase el símil en que se ilustra la gran h- 
eilidad con que Héctor llevaba en la mano sin üaü* 
garse un enorme peñasco, diciendo: 

Como lleva el pastor en una mano 

el vellón de una oveja fácilmente, 

sin que el peso le oprima, etc. 

LIBRO DECIMOTERCIO. 

Este y los dos siguientes prueban, no sólo la in* 
agotable fecundidad de Homero para inventar nue» 
vas situaciones y nuevos incidentes con que alargar 
> y diversificar el poema, sino cuan á fondo poseia el 
arte que los dramáticos modernos han llamado ds 
ios sorpresas. Este arte consiste en que, cuando el 
lector ú oyente cree que la acción de una tragedia 6 
comedia llega ya á su término ó desenlace, el poeta 
haga nacer con naturalidad y verosimilitud algua 
incidente que la complique de nuevo y retarde su 
conclusión; y este arte ninguno hasta ahora le ha 
poseído en más alto grado que Homero. Y por esto 
se ha dicho con verdad que sus obras fueron la es» 
cuela en que aprendieron las reglas de la tragedia 
Esquilo, Sófocles, Eurípides y demás trágicos grie- 
gos, y en que todavía pueden estudiarlas los mo» 
demos. 



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i67 
Ya hemos visto cómo estando, al parecer, con- 
cluida la guerra con el desafío de Páris y Menelao, 
supo encenderla de nuevo con la flecha de Pándaro, 
y cómo, estando también terminada la enemistad de 
Aqufles y Agamenón en la satisfacción que éste da 
al primero, los magníficos dones que le ofrece y la 
solemne embajada que le envia, supo Homero pro- 
longarla con la negativa de Aquíles; negativa muy 
natural y verosímil, porque aún no estaba suficien- 
temente vengado y tenía demasiado reciente la he- 
rida para que pudiese ceder á la primera insinua- 
ción. Pero donde mejor se ve y conoce el artificio 
con que el poeta procura a'argar sin violencia una 
acción que parecía concluida, es desde el libro deci- 
motercio. Héctor no sólo ha derrotado en campo 
raso á los Griegos y los ha encerrado dentro de su 
empalizada, sino que ha escalado este muro, última 
esperanza de los vencidos, ha roto las puertas y ha 
penetrado con toda su gente hasta 4as tiendas y las 
naves. Eñ esta situación, estando los Griegos tan 
acobardados y heridos sus primeros campeones, el 
lector cree que Héctor va inmediatamente á incen- 
diar los bajeles; que viéndolo Aquíles, enviará á Pa- 
troclo, como ya está anunciado; que Héctor le ma- 
tará, y que saliendo á campaña el hijo de Peleo, 
vengará la muerte de su amigo y se acabará el poe- 
ma. Y en efecto, conducida, la acción al punto en 
que la deja el hbro duodécimo, otro poeta de imagi- 
nación menos rica con dificultad hubiera hallado 
materiales para continuarla por otros doce, más lar- 
gos en su totalidad que los precedentes, ó lo hubiera 
conseguido á fuerza de episodios é incidentes poco 
necesarios. Pero el autor de la llíada no era hom- 
bre que necesitase de tan pobres recursos para ex- 
tender su poema sin perder de vista un solo instante 



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168 
la acción principal y sin estirajarla, por decirlo asf, 
con violentos torniquetes, ó alargarla como se alarga 
una cuerda añadiendo al primero por medio de mh 
dos uno y otro cabo suelto. Veamos ya cómo lo hizo 
y con qué destreza está manejada esta segunda mi- 
tad del poema, la cual, por estar ya la acción muy 
cerca de su término, ofrecia más dificultad que la 
primera. 

Bien conoció Homero que, llegado el combate al 
estado que se nos pinta en los últimos versos del 
libro precedente, no era verosímil que los Griegos 
con sólo su valor natural tuviesen largo tiempo in- 
decisa la victoria, é impidiesen á Héctor poner fuego 
á los bajeles. Porque, si defendidos por ancho y 
hondo foso con estacada, y por alto y grueso muro 
flanqueado de excelsos torreones, no hablan podido 
conservar tan ventajosa posición, y el enemigo había 
penetrado en su campo; mal podrían rechazarle 
cuando dispersos, acobardados y en completa derro- 
ta, huian á esconderse en sus tiendas y nxivíos. Re-, 
currió, pues, y estos son los casos de hacerlo, 
al auxilio sobrenatural; y supuso que Neptuno, apro- 
vechando cierta distracción de Júpiter, acude i 
reanimar á los Aquivos, rehace sus escuadras, las 
capitanea él mismo, y por algunos instantes contiene 
el ínipetu de los Troyanos. 

Este es el arbitrio con que sin faltar á la verosi- 
militud pudo el poeta prolongar el combate y dila* 
tar el triunfo final de los Troyanos, que debe traer á 
Patroclo al campo de batalla y facilitar por medio de 
su muerte la reconciliación de Aquiles con el Atrída 
y la conclusión del poema. Todavía veremos en el 
libro siguiente otro nuevo recurso de que el poeta se 
valió para diferir un poco más la salida de Patroclo. 
Por ahora limitémonos al decimotercio. 



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169 

Observemos primeramente la buena razón con que 
está motivada la distraeeion de Júpiter que da coa* 
8ion á Neptuno para que favorezca á los Aquivos, i 
saber, que habiendo ya conducido á Héctor y sos 
escuadras basta el recinto de las naves, dejó que ellos 
por sí mismos continuasen la batalla; como qwen 
dice: «yo os he allanado ya el camino y os he ayu* 
dado á vencer el mayor obstáculo, que eran el foso 
y el muro; ahora haced vosotros lo que resta; que 
úo lo he de hacer yo todo.» Esto es tanto más vero- 
6imil y necesario, cuanto que Jove no quería, como 
ya k) ha dicho, destruir enteramente el ejército de 
los Griegos, sino hacer vencedores á los Troyanos 
hasta que empezando ya á quemar los bajeles fuese 
necesaria la salida de Patroclo para que su muerte 
pusiese fin á la venganza de Aquiles, éste matase á 
Héctor/ y restituido su cadáver, se concluyese el 
poema. Así, no puede Jove continuar favoreciendo 
á los Troyanos con la misma eficaz protección que 
al principio de esta batalla, porque entonces hubie- 
ran abrasado la escuadra toda y degollado á los Grie- 
gos, y el socorro de Patroclo y la salida de Aquilas 
hubieran sido inútiles. 

Observemos también el modo con que está prep^ 
rada la venida de Neptuno al campo de batalla. Este 
Dios, obedeoiendo el mandato de Jove, no ha querido 
hasta ahora socorrer á los Griegos, aunque era una 
de las Deidades que los protegían; pero estaba mi- 
rando el combate desde un monte de Samotracia, 
porque esto no le fuera prohibido. Ve desde allí que 
los Griegos son vencidos y derrotados, que perecen 
¿ manos de los Teneros, y que Héctor ha roto ya la 
puerta del muro y penetrado en el recinto de las na- 
ves; y se indigna contra Jove que tan abierta y po- 
derosamente auUliaba á los Troyanos. Observa al 



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170 

mismo tiempo que su hermano está distraído, y 
aprovecha este momento para socorrer á los Griegos 
antes que*Júpiter lo advierta. Este pasaje y los demás 
en que entra la máquina mitológica serian ridículos, 
absurdos é irreverentes, si se tratase del verdadero 
Dios; pero hablando de divinidades fabulosas, y tales 
como se las figuraban los idólatras, se admiten en 
los poetas por moneda corriente. 

Esto supuesto, admiremos luego la pomposa y 
muy poética descripción que se nos hace de la ba- 
jada de Neptuno desde el monte de Samotracia, sa 
llegada á Egas en solos tres pasos, su viaje por el 
mar en brillante carroza tirada de caballos que no 
parecen marinos, su llegada f" la caverna en que deja 
el carro, y su salida de las aguas. Vuélvase á leer el 
pasaje. 

Observemos en tercer lugar el discurso que dirige 
á los A yaces, lo que de Oileo dice al de Telamón, 
y la exhortación del mismo Neptuno á los principa- 
les caudillos que estaban acobardados. Reúno las 
tres arengas, y no me * detengo á analizarlas, por 
evitar prolijidad. Basta decir que son admirables, y 
que en ellas no hallará defecto alguno la crítica más 
severa. Sin embargo, citaré con particular elogio 
aquel pasaje de la tercera en que con tanta destreza 
está recordada la memoria de Aquíles, y reconocida 
la justicia con que se vengaba del Atrida: 
Es ciertamente 

culpable Agamenón, porque orgulloso 

con ásperas razones ha insultado 

al hijo valeroso de Peleo, etc. 
Observemos en cuarto lugar el bellísimo símil en 
que Héctor, qué acomete casi seguro de no encon- 
trar resistencia y es rechazado por la fuerte y esco- 
gida columna que mandaban los Ayaces, es compa] 



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471 
rddo con la piedra qne desgajada del monte va dando 
vuelcos y saltos, hasta que llegada á la llanura ya 
no Quede pasar adelante. 

No hablaré del combate de Meriónes con Deifobo» 
el dé Teucro con ímbrio, la muerte de Aníimaco, y 
el bote de lanza que Ayax da á Héctor hacién- 
dole retroceder; pero notaré en quinto lugar el pa- 
saje en que ímbrio, llevado en los brazos por los dos 
Ayaces, es comparado á la cabrilla que dos leones 
arrancan de los dientes de los perros, y levantada 
^e tierra la llevan entre los dos al oculto matorral 
para devorarla. La semejanza fio puede sor más 
exacta. 

Dejemos también la arenga que Neptuno, bajo la 
figura de Toante, dirige á Idomeneo; la. respuesta do 
éste y la réplica de aquél, aunque las tres son pre- 
ciosas; y no hablemos tampoco de la hermosa com* 
paracion en que Idomeneo es asemejado 

al ardiente relámpago que Jove 

despide con su diestra poderosa; 
pero detengámonos en el coloquio de Idomeneo y 
Meriónes, que algunos han tachado de intempestivo 
y prolijo. No es absolutameoto necesario, porque el 
poeta pudo no hablar del encuentro de estos héroes; 
pero está introducido sin violeucia, y lo que se di- 
cen loados no puede ser más natural ni más bello. 
Deja indicado el poeta que Meriónes, rota su lanza, 
ha ido á buscar otra; Idomeneo sale en aquel ins- 
tante de su tienda, y estando ésta y la de Meriónes 
hacia un mismo lado, es verosímil que se encuentren 
ambos. Encontrados ya en el camino, es natural que 
el Rey pregunte á su escudero, viéndole abandonar 
la bataúa, si está herido, ó si viene á buscarle á él 
porque su presencia es allí necesaria; y también 
^ natural que Meriónes le responda que habiendo 



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172 
roto su lanzd viene á tomar otra, y que estando h, 
tienda del Rey más próxima que la suya altí la tio- 
mará si es que alguna le queda disponil^. Y eslo 
supuesto, ¿qué debe responder Idomeneo? Lo'4|ue 
respondería cualquiera en igual caso: 

cuando quieras veinte» 
y aunque fuera una más, dentro la tienda 
las hallarás; 
porque, habiendo yo quitado la vida á tantos «na- 
migos y despojádolos de sus armas, tengo de sobra 
lanzas, escudos, cascos y lorigas. Y á esto, ¿quéde^ 
berá replicar Meriónes? Lo que cualquiera respoadd- 
ria en igual caso. «Yo también tengo muchas lanzas 
tomadas á ios Troyanos, pero mi tienda no está tan 
cerca como la tuya para ir á buscar la que necesito.» 
Y como el Rey se ha jactado vanaglorioso de haber 
quitado la vida á muchos de los Troyanos, es coma 
punto de honor en Meriónes responder que tambt^ 
él ha dado pruebas de valor en las batallas, y exten- 
derse en sus propias alabanzas apelando al testimo- 
nio del mismo Idomeneo, á cuyo lado peleaba ordi^ 
nanamente. ¿Y qué deberá hacer idomeneo? Dar el 
testimonio que se le pide. Así lo hace, pues; pero 
conociendo él mismo (ó por mejor decir, Homero) 
que con este casual coloquio han perdido algunot 
instantes, le corta oportunamente, diciendo^ 
Pero vamos 

á la lid, y en inútiles discursos 

no el tiempo se consuma. 
¿Qué hay, pues, en todo este pasaje que pueda lia* 
marse defecto? Nada ciertamente. Y sr á los poetas 
no les fuera permitido amenizar sus composiciones 
con estos incidehtes, no rigurosamente necesarios, 
pero posibles, verosímiles y que por sí mismos na- 
cen de lo que antecede, tos poemas quedarían redtip 



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173 
eidos á Qtíd disertación didáctica, secd, descarnada 
y empalagosa. Demos todavía que el coloquio sea 
algún tanto prolijo; ¿quién no perdonará esta peque*- 
fiísima falta en favor de la elocuencia con que está 
escrito, y sobre todo de aquella admirable pintura 
del cobarde y el valiente puestos en celada, que 
contiene la última réplica de Idomeneo? No puede ser 
más acabada. Adviértase finalmente, que si dos per- 
sonas hubieran de recitar hoy al pié de la letra los 
versos que Homero puso en boca de Idomeneo y Me- 
ríónes, no tardarían cuatro minutos. Y en la batalla 
más terrible, dos jefes que casualmente se encuen- 
tran lejos de la pelea ¿no se detienen muchas veces 
á hablarse, y emplean en su coloquio, no cuatro» 
sino cinco y seis minutos? 

Seamos generosos con los críticos, y concedamos- 
les que este pasaje puede ^contarse en el número de 
los descuidillos del poeta; ¿no estará bien compen- 
sado con la soberbia comparación que inmediata- 
mente sigue, en la cual con tanta verdad como be- 
lleza se asemejan las dos escuadras que se embisten 
i las tempestades que suelen venir 

agitadas 

por los vientos sonoros en los días 

en que, árida la tierra, están cubiertos 

despolvo los caminos, y levantan 

densa nube de oscura polvareda? 
¡Qué circunstancia tan bien escogida la de la polva'^ 
reda que necesariamente levantan los huracanes 
cuando, seca la tierra, están los caminos llenos de 
polvo! 

He defendido á Homero en este pasaje porque 
creo que se le hacríticado injustamente; pero no me 
atrevería á temar su defensa si alguno censurase el 
discurso que idomeneo diríge á Otrioneo después da 



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haberle atravesado con su lanza, en el cual, alo* 
diendo á su tratado casamiento con Casandra, le 
ofrece irónicamente por esposa una hija de Agame- 
nón. Yo sé que semejantes sarcasmos no son dd 
todo inverosímiles, atendidas las costumbres de 
aquellos siglos y la ferocidad con que se hacían laft 
guerras; pero aun así, el que Homero pone en boca 
de Idomeneo tiene más de frío y chocarrero que de 
feroz. 

- La muerte de Asió, la de su escudero, la de Ipse- 
Dor, la de Alcatoo, la v^ída de Eneas para defender 
el cadáver de este último, y los varios coinbates que 
siguen hasta el de Pisandro y Menelao inclusive^ 
no ofrecen materia para importantes observaciones; 
baste decir que todo está bien escrito. Sin embargo, 
deben notarse dos símiles en nada inferiores á los 
que ya hemos visto. Primero, cuando Idomeneo es 
comparado (v. 843) con .el jabalí que ha<áendo os- 
tentación de su bravura espera tranquilo 
de los mancebos 

el hórrido tumulto, y no abandona 

el matorral aunque se encuentre solo, 

y en el lomo las cerdas erizadas, 

brillan sus ojos en ardiente fuego, 

aguza los colmillos, é impaciente 

está por rechazar la acometida 

de los perros y fuertes cazadores. 
Esto es tan bueno como lo mejor. Segundo, cuando 
dice el poeta (v. 1028) que Adamante, caído eA 
tierra y teniendo clavada la pica, se agitaba furiosa 
en torno del astil 

como 6e agUa 

un toro, si á la fuerza los pastores 

con retorcidas cuerdas le han atado 

ea el monte y al valle le conducen. 



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175 
fliSte no es tan pomposo como el primero, pero es 
oportuno y exacto. 

El discurso que, vencido Pisandro, dirige Menelaa 
á los Troyanos es uno de los mejores de la Ilíada; 
y si Menelao habló en aquella ocasión, no debió ha- 
blar 4e otra manera. No señalaré una por una todas 
sus bellezas^ porque los lectores las distinguirán fá- 
cilmente. 

Lo que sigue, hasta que Héctor acude á sostener 
las legiones que aflojaban, no exige particular exa- 
men. Solo debe notarse la comparación de los dos 
Ayaces con los dos novillos que, marchando siempre 
juntos, 

del arado 
unidos tiran en noval profundo 
la torva frente de sudor bañada, etc., 
y el discurso de Polidamante á Héctor para probarle 
que si excedía á los demás en valor, no por eso de- 
bía presumir que los aventajaba en sabiduría, pru- 
dencia y previsión, y en el cual anuncia en térmi- 
nos vagos la próxima vuelta de Aquíles á los com- 
bates. 

La terrible reconvención que Héctor hace á Páris 
cuando echa de menos á Deifobo, á Heleno y á otros 
principales jefes, es lo que debe ser, acre, dura y 
vehemente; pues, aunque Páris no tenía en realidad 
la culpa de que hubiesen sido muertos ó heridos sino 
eu cuanto él era el autor de la guerra, por esta sola 
f azon es muy natural que Héctor se dirija á él y le 
pregunte: 

¿qué es lo que hiciste 
de tu hermano Deifobo, qué de Heleno? etc. 
Y aunque Páris responde bien y desvanece el cargo 
y Héctor se templa, el primer movimiento de éste 
debió ser el que le supone Homero. 



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476 
El pasaje que sigue y en el cual se dice que ]xj0 
Tpoyanos capitaneados por Héctor y los otros caxK 
dilles marcharon de líuevo de combate, 
cual desciende 

de rápido huracán el torbellino, etc. 
contiene en el fondo la misma comparación que Ti- 
mos hace poco; pero presentada con tanta novedad 
que no parece la misma. Allí es el huracán que le- 
vanta nubes de polvo cuando está seca la tierra; y 
aquí es 

de rápido huracán el torbellino, 

que del trueno de Jove acompañado ^ 

sobre tendida playa impetuoso 

se precipita, etc. 
Así es como un poeta, y cualquier escritor, debe ha- 
cer nuevos los pensamientos que toma de otros, 6 
que él mismo ha empleado en otra parte. 

El arrogante discurso de Áyax y la no menos vá- 
llente respuesta de Héctor con que acaba este libro, 
y sobre todo los tres últimos versos, no necesitáii 
de que yo los elogie. 



LIBRO DECIMOCUARTO. 



El símil con que se ilustra y hace visible en cierto 
modo la píerplejidad en que Néstor se encuentra, 
cuando ve el estado de la batalla, sobre ir al lugar 
de la pelea ó buscar á Agamenón, no puede ser más 
exacto, hermoso, nuevo y expresivo: 
Como la faz del piélago espumoso, 
lentamente arrugándose, comienza 
ya con sorda mareta á conmoverse; 
y renegrea si del alto cielo 



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177 

siente venir en rápidos caminos 

los resonantes vientos; y sus olas 

indecisas están sin resolverse 

ni á este lado ni aquel, etc. 
Este pincel se perdió á la muerte de Homero; y por 
más que muchos le han buscado, nadie ba podido 
encontrarle. 

Lá consternación del Atrida cuando ve á Néstor 
triste, abatido y alejado de la pelea, es muy natural; 
pero lo más notable en su breve discurso es aquella 
tan oportuna exclamación: 

¡Ay de mí! Sin duda todos 

los Aquivos la cólera en el pecho 

pusieron en mi daño como Aquíles. 
¡Qué feliz ocurrencia la de poner en su boca estás 
dos últimas palabras! jGuánto dicen ellas solas! 

La respuesta de Néstor es la que pide la situa- 
ción. La noche antes, cuando todavía el enemigo tío 
habia penetrado dentro del muro, Néstor, que con- 
fiaba mucho en esta fortificación construida por su 
consejo, debió mostrar menos cobardía que Agame- 
nón; pero ahora debe estar tanto ó más acobardado. 
Ya no es tiempo de hacerse ilusión con vanas espe- 
ranzas; el enemigo está combaliendo al pié de los 
bajeles, y se dispone á quemarlos. Pero ¡qué tacto 
se necesita en el poeta para percibir la diferencia 
que hay de una situación á otra! 

El profundo abatimiento en que debió caer el 
Atrida, al ver tan desalentado á Néstor, trae natural- 
mente el discurso en que el primero propone la re- 
tirada; pero obsérvesfi con qué verdad y destreza 
está anticipada la respuesta á la grande objeción 
que podrian hacerle los otros jefes y él mismo habia 
propuesto en otra ocasión; á saber, lo ignominioso 
que sería huir y abandonar la empresa. Este argu- 
TOMO m. i^ 



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178 
mentó tenía mucha fuerza entonces; pero abora que 
están en inminente peligro de quedar todos muertos 
ó prisioneros, 

vergonzoso 
no es evitar, aunque de noche sea, 
el último exterminio; y en las lides 
más prudente es salvarse con la fuga 
que dar las manos á servil cadena. 
El discurso en que Ulíses impugna el dictamen dol 
Atrida está dictado por la indignación que debió ex- 
citar en su ánimo la sola idea de una fuga tan ver- 
gonzosa; y como he 'dich ^ otras veces, y debe te- 
nerse por dicho siempre que examinemos arengas, 
si Ulises habló, dijo sin duda en la sustancia lo que 
Homero pone en su boca. 

La ingenua confesión del Atrida de que su dicta- 
men no es el más acertado; el deseo de que se pro- 
ponga otro mejor, y aquel sagaz modo de discul- 
parse diciendo que si ha propuesto la fuga ha sido 
en la inteligencia de que los demás aprobasen esta 
resolución y que su ánimo no es obligarlos á que la 
tomen, son de aquéllas cosas sencilUsimas que ahora 
después de escritas por Homero nos parecen fáciles; 
pero quizá costó gran dificultad hallarlas. 

£1 discurso de Diomédes me parece un poco largo 
para la situación en que se pronuncia, y la digre- 
sión sobre la nobleza de su origen no necesaria; 
porque es imposible que los oyentes ignorasen quién 
fueran Tideo, y cómo, establecido en Argos, se había 
casado con la hija de Adraste, etc. Estos son hechos 
que debian saber Agamenón, Ulises y Wéstor; y sa- 
biéndolos, era iaútil referírselos con tanta pyolijidad, 
sobre todo en el apuro en que se hallaban. Además, 
lo que después de tan largo preámbulo propone no 
exigía esta precaución oratoria; bastaba que lo hu- 






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l)iese indicado en tres palabras. En efecto, para ve- 
nir á parar en que será bueno acercarse al lugar de 
la pelea y sin tomar parte en ella animar con la voz 
á los soldados, no era necesario extenderse tanto 
sobre lo esclarecido de su linaje y justificar su im- 
portuna digresión diciendo: 

Lo refiero 

porque no acaso, de linaje oscuro 

creyéndome y nacido de cobardes, 

despreciéis mi consejo. 
Para tomarle ó no, era indiferente que su padre y 
su abuelo hubiesen sido valientes; lo que debió exa- 
minarse fué si en las circunstancias en que se halla- 
ban era ó no acertado y saludable. Este pasaje es, á 
mi parecer, una de las cabezadillas de nuestro poeta. 
No es de esta clase el discurso de Neptuno á Aga- 
menón. Aquel empezar el supuesto anciano nxos- 
trándose irritado con Aquiles; aquello de figurarse 
cuánto éste 

gozará en su pecho, 

la fuga y destrucción de los Aquivos 

al contemplar; 
aquella tan oportuna reflexión de que 

la razón le ofusca 

vengativo rencor; 
«quel 

¡ab! ¡si pereciera 

y el cielo de ignominia le cubriese! 
'aquella seguridad que en tono de inspirado da ti 
Atrida, díciéndole: 

Contigo no del todo las Deidades 

irritadas están, 
y la especie de profecía que sigue, 

y no es ya lejos 

6l dia en que los Príncipes y Jefes , 



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180 

de los Troyátíos en la gráñ llanura 
levantarán de polvo densa nube, etc.; 
todo esto es ya de buen gusto, y todo digno de Ho^ 
mero. 

La gigantesca hipérbole de que Neptuiio 

en alarido resonante 
tanto gritaba cual gritar pudieran 
nueve ó diez mil guerreros que la liza 
á empezar fuesen, 
«s permitida en poesía, y está oportunamente em-^ 
picada. 

La descripción del modo con que Juno se atavió 
para realzar su hermosura está hecha con tan exacta 
puntualidad, que la estamos viendo en su tocador y 
nada se nos oculta de cuanto hace. Y por cierto que 
la Emperatriz de Rusia (excepto Jos brillantes, que 
acaso entonces no se conocian en la Grecia) no se 
adornaría hoy más rica y lujosamente. Manto bor- 
dado en vistosas labores, áureo broche para pren- 
derle, ceñidor guarnecido de rapacejos de oro para 
sujetarle al cuerpo, pendientes de tres gajos en loa^ 
cuales están engastadas finísimas perlas, hermosa 
prendido tan brillante como el sol, y ricos chapines^ 
sin faltar las pomadas y los perfumados aceites, ¿qué 
puede añadir ahora para su engalanamiento la mujer 
más rica de Londres ó de Paris? Hago esta adverten» 
cia porque es importantísima para que se vea á qu6 
grado de cultura habia ya llegado la Grecia en 
tíempo de Homero, y que en tan cultísimo siglo y 
viviendo en ricas y populosas ciudades, cuyo lujo 
corria ya parejas con el de la Europa actual, el can- 
tor de Aquíles no pudo ser un Bardo oomo los na- 
cidos en los bosques de la Germania. 

Los discursos de Juno á Venus pidiéndola, pri- 
mero una gracia en general, y después su ce¿idor^ 



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181 

tío pueden ser más delicados ni estar escritos con 
inayor conocimiento del arte. Véase c6mo en el pri- 
mero se anticipa ella misma la repulsa que natural* . 
mente debia esperar de una Diosa que fayorecia á 
los Troyanos mientras ella procuraba su ruina con 
tanto encarnizamiento; y en el segundo el plausible 
motivo que alega para inclinarla á que la dé su en- 
•cantado ceñidor. En estos y otros muchos pasees 
en que se trata de objetos que no son por su natu* 
raleza grandiosos, sublimes y épicos, es donde yo 
quiero que se estudie y admire á Homero, y en los 
<iue hasta ahora no tiene competidor. Ser poeta de0* 
cribiendo una tempestad ó una batalla, y elocuente 
haciendo hablar á Dido abandonada por su pérfido 
amante, grande mérito es sin duda, pero ser al 
mismo tiempo gran poeta, elocuente orador y pro- 
fundo filósofo, refiriendo el coloquio de dos mujeres 
enemistadas, la una de las cuales necesita de la otra 
y á pesar de la rivalidad alcanza de ella lo que de- 
i9ea, esto nadie lo ha conseguido sino Homero. ¡Qué 
gracia, qué delicadeza,' qué finura hay en la aren- 
guita de Venus al otorgar á Juno lo que desea! 

Justo, ni decoroso, no sería 

esta gracia negar á la que hermana 

siendo y esposa del potente Jove, 

duerme en sus brazos, 
4Quién esperarla una razón tan ingeniosamente ima- 
ginada para justificar la condescendencia de Venus, 
que á primera vista parece inverosímil supuesta su 
enemistad con la*que entonces imploraba su favor? 
íío hablo dé la tan poética invención del ceñidor en- 
4^antado; los mayores enemigos de Homero no han 
podido menos de celebrarla. 

Allí el amor, allí el deseo; 

allí de los amantes los coloquios, 



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i82 
y allí la fácil persuasión estaba 
que á los más cuerdos la prudencia roba. 
¿Hay algo que se parezca á esto en los Bardos de la 
Escandinavia? 

Dejemos el diálogo entre Juno y el Sueño, porque 
en él hay oscuras mitologías, que á nosotros no nos 
interesan ya; y vengamos al famoso pasaje en que el 
poeta refiere el efecto que produjo el ceñidor de las 
Gracias. No puede negarse que el objeto, aunque 
está presentado con la posible decencia, es lúbrico 
en sí mismo; pero á un poeta idólatra se le puede 
perdonar esta gallardía en favor de la feliz invención 
y de la delicadeza de pincel con que está tocado 
el cuadro. Lo que á mi juicio no se le puede disir 
mular es que Jápiter, para enamorar á Juno, la re- 
cuerde y enumere tan prolijamente todas las trai- 
ciones que él habia hecho al amor conyugal y de 
que ella.estaba tan ofendida y celosa. No es verosí- 
mil que un casado, queriendo acariciar á su esposa 
y exagerarla su amor después de haberla sido no 
pocas veces infiel, la diga: «Te quiero tanto coma 
quise á Fulana, y á Gitana, y á Mengana,» y menos 
que la dé en ojos, como suele decirse, con los hijos 
que de ellas hubiese tenido. Este no es el modo de 
inspirar amor á una celosa : es otra cabezada del 
buen Homero, y ya se ve que yo no le disimula 
ninguna. 

¿Pero qué importan estos imperceptibles lunares? 
Son como las manchas en el sol; que sólo con el te- 
lescopio se descubren. Tres ó cuatro manchitas lie» 
vamos notadas hasta ahora, y todavía* hallaremos 
otras cuantas, que en todas no pasan de diez ó doce 
y son muy pequeñas. Pero, aun cuando fuesen veinte 
y un poco mayores, ¿no quedarían borradas con el 
solo pasaje que sigue poco después, en el cual, para 



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183 

dar ál lector alguna idea del horrísono clamor que 
alzaron Teucros y Aquivos al comenzar el combate 
al pié de los bajeles, agota el poeta la rica vena de 
su imaginación, amontonando uno sobre otro los sí- 
miles y diciendo (v. 652 y sig.): 

No braman tanto las hinchadas olas 

del vasto mar en resonante playa, 

cuando el soplo del Bóreas estruendoso 

del piélago á la orilla las empuja; 

no suena tanto del ardiente fuego 

el ruido estrepitoso en las alturas 

del monte, cuando airado se levanta 

para quemar el bosque dilatado; 

no silba tanto impetuoso viento ' 

de frondosas encinas en las ramas, 

cuando más iracundo las agita; 

como de los Aqueos y Troyanos, 

al dar de guerra el espantoso grito, 

resonaba la voz cuando furiosos 

el terrible combate comenzaron. 
¡Qué riqueza de expresión, qué abundancia de imá- 
genes, qué poesía, qué estilo! 

No es menos magnífico y poético el otro símil en 
que para mostrar cuan terrible caída dio Héctor al 
impulso de la piedra que Ayax le tiró, dice el poeta 
(v. 693): 

Cual, á impulso del rayo que despide 

de Júpiter la mano, cae en tierra 

de las hondas raíces arrancada 

la encina corpulenta, etc.' 
El sarcasmo en que Polidamante insulta á los Grie- 
gos después de haber atravesado con su lanza á Pro- 
lenor, diciendo: 

y me parece 

que de bastón le servirá, y en ella 

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^ 



184 
apoyado podrá bajar al orco, 
es frío, no me gusta, y de buena gana le hubiera su-* 
primido; pero como fiel traductor he debido conser- 
varle. 

Lo que Ayax, habiendo matado á Arquiloco, dice 
á Polidamante, como si no supiese que el muerto era 
hijo de Antenor; la arenga de Polidamante á los Grie- 
gos después de haber matado á Prómaco, y la répli- 
ca de Peneleo cuando ha vengado su muerte, no son 
pasajes muy brillantes, pero son buenos en su linea. 
Lo demás del hbro no ofrece cosa notable. 



LIBRO DECIMOQUINTO. 



Consternados los Troyanos al ver tan mal herido 
á su primer adalid, vuelven la espalda, y los Griegos 
los persiguen más allá del foso; pero en este mo- 
mento despierta Júpiter, ve á los Troyanos en der- 
rota y 

tendido en la llanura 

á Héctor, de sus amigos rodeado, 

exánime, sin fuerzas, sin sentido, 

anheloso, y vertiendo ppr la boca 

purpúrea sangre, porque no el más débil 

de los Griegos le hiriera; . 
y como es natural, se indigna contra Juno, la repren- 
de y amenaza. Pero yo, dejando aparte la ya ininte- 
ligible fábula contenida en su discurso, recordaré 
solamente la destreza con que Juno se disculpa sin 
faltar á la verdad. 

Tampoco olvidaré la feliz comparación en que el 
poeta ilustra la celeridad con que Juno sube en un 
instante desde el Ida al Olimpo, diciendo (v. 141): 



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485 

Gomo suele tal vez el caminante 

que viajó por numerosas tierraü 

repasar las ciudades en su mente, 

y dice: yo aquel pueblo he msiíado, 

y aquel otro también, etc. 
Estas sencillas, naturales, felices y al mismo tiempo 
originalisimas ocurrencias sólo se hallan en Homero. 
lío me detendré en el discurso de Témis á Juno, 
en lo que ésta responde, en la arenga que luego di- 
rige á todos los Dioses, en el arrebato de Marte cuan- 
do oye que su hijo Ascálafo ha sido muerto en la ba- 
talla, en io que Palas le dice para contenerle, en el 
mensaje que envia Júpiter á Neptuno por medio de 
iris, en la primera respuesta de éste, eji el prudente 
consejo que le da la mensajera, en la ya más tem- 
plada respuesta definitiva del Dios del mar á su her- 
mano, en la orden que éste comunica á Febo para 
que reanime á Héctor y le conduzca de nuevo hasta 
las naves de los Aquéos; ni en el modo con que Apolo 
ejecuta este mandato, lo que dice á Héctor y este le 
responde. Ya he dicho que todos estos pasajes pura- 
mente mitológicos, aunque buenos en sí mismos, no 
son ya tan interesantes para nosotros como lo eran 
para los Griegos. Por otra parte, habiendo tanto que 
alabar en la Ilíada^ no llevarán á mal los lectores 
que yo deje sin analizar los trozos menos importan- 
tes. Así, en esle notaré aquel símil solamente en que 
con tanta verdad está pintada la rapidez con que la 
mensajera de ios Dioses bajó desde las cumbres del 
¡da al llano en que se daba la batalla: 

De las altas nubes 

como desciende rápida la nieve, etc. 
Esto, que ya es humano, agrada más á los modernos. 
Reanimado Héctor al escuchar la voz de Apolo, 
vuelve al combate (v. 445) 



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186 
Cual brioso alazaú, etc., 
y yo advierto que esta comparación, ya empleada en 
el libro sexto, no está aquí tan felizmente aplicada 
como allí, y que aun estándolo, no era necesario ni 
conveniente repetirla. Y lo que es por mí la supri- 
mirla, casi seguro de que esta inútil repetición no 
es del poeta, sino de los Rapsodes. Sin embargo, no 
me he atrevido á quitarla. ''^ 

No sucede lo mismo con la siguiente, en la cual 
se nos pinta cómo los Griegos, viendo que Héctor 
volvía á la batalla ya curado y más animoso que nun- 
ca, se acobardan y desordenan,* y cesan de perse- 
guir á los Troyanos (v. 460), 

Como suelen los perros y pastores, etc. *^ 
Esto es bueno, y bastaba para dar idea de la vuelta 
de Héctor sin anticipar el símil del caballo. 

El consejo de Toante es oportuno, y la pintura de 
Apolo que marcha al frente de las escuadras teñeras 
rodeados los hombros de oscura nube y defendido 
con la égida brillante, 

espantosa, versátil, y con borlas 
de oro por todas partes guarnecida, 
tan hermosa como breve. 

La resistencia que al principio opone el escuadrón 
escogido de los Griegos que sostenía la retirada de la 
turbamulta; el abatimiento en que caen hasta los 
más valientes luego que Apolo agita sobre ellos su 
formidable égida, y la comparación de su precipitada 
fuga con la dispersión del rebaño de ovejas cuando 
á deshoras de la noche le acometen dos leones, lodo 
es homérico. 

Lo es también la pintura de Apolo cegando el foso, 
allanando sobre él á los Troyanos un espacioso ca- 
mino, y derribando luego el muro tan fácilmente 
(V. 627) 



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487 

como el rapaz que en inocente juego 

á la orilla del mar de leve arena 

tin valladar levanta y con la mano 

y los pies luego le derriba, y rie. 
ifttté símil tan gracioso! 

Son igualmente homéricas la súplica de Néstor 4 
Júpiter, y la comparación en que los Troyanos, cuan- 
do ya pasan por encima del foso y el arruinado muro 
y en numerosos escuadrones se arrojan sobre las 
naves, son asemejados á las olas del mar que (v. 664) 

embisten al costado del navio; 

y pasando del borde por encima, 

en la cubierta caen. 
El discurso con que Patroclo se despide de Eurí- 
pilo cuando ve que los Troyanos acometen ya á las 
naves, el de Héctor á su gente para que defiendan el 
cadáver de Caletor, el de Ayax á Teucro animán- 
dole á que con sus flechas vengue la muerte de Li- 
cofron, el de Teucro cuando. Jove le ha roto la cuerda 
del arco, la respuesta de Ayax, la nueva exhortación 
de Héctor á los suyos cuando ve inutilizadas las fle- 
chas de Teucro, la de Ayax para infundir aliento á 
los Griegos, la del mismo Héctor á Melanípo para 
que acuda á defender el cadáver do Dólope, la de 
Menalao á Antflocb, la de Néstor á todos los Aquivos, 
las voces de Héctor pidiendo fuego para abrasar las 
naves enemigas, y sobre todo, el último discurso de 
Ayax, son lo que deben ser en su línea, y están 
oportunamente colocados para cortar de tiempo en 
tiempo la simple narración de los combates. No los 
analizo uno por uno y parte por parte, por no hacer- 
me pesado; pero el lector hallará en todos ellos co- 
sas dignas de estudiarse. Debo, sin embargo, adver- 
tir, quo además de estas arengas hay otra (v. 101i2) 
en que Ayax repite sin necesidad una de Agamenón 



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i88 
que se hdlla en el libro quinto, y yo presumo que 
aquí no hay descuidó del poeta, sino equivocación 
de los rapsodes, que pasó á las copias y ediciones. 
En efecto, para decir á las tropas las mismas idénti- 
cas palabras que ya habian oido al Generalísimo, era 
inútil que Ayax las arengase, y esta observación tan 
obvia no pudo ocultarse á Homero. Sin embargo^ 
por si yo me equivoco en mi conjetura, no me h© 
atrevido á suprimir la tal arenga. 

Mas aun concediendo que aquí también se descui- 
dase Homero, ¿no estará bien compensado este des- 
cuidillo con los muchos y bellísimos símiles de que 
está sembrado todo este libro? Ya he señalado algu- 
nos, pero añádanse los siguientes: 
4 ,^ Como á deshoras de la noche oscura, etc. (v. 558.) 
2.° Como el hábil artífice que todas 

Jas reglas sabe, y de Minerva misma 

las aprendió, etc. (v. 722 y sig.) 
3.^ Como salta el lebrel .sobre el herido 

ciervo, etc. (v. 1052 y sig.) 
4.** Como la fiera que mató los perros, 

ó al pastor que guardaba las ovejas, etc. (v. 4065.) 
5.** (Le repetiré porque es singularmente bello.) 

Cual, blandiendo su lanza, se enfurece 

Marte en la guerra, ó cual en alto monte 

el fuego se embravece cuando abrasa 

espesísima selva; tal ahora , 

Héctor se enfurecía, y en espuma 

blanca tiñendo el encendido labio, 

ambos sus ojos en ardiente fuego 

bajo las torvas arrugadas cejas 

ardían, y en contorno de las sienes 

hórridamente el morrión crujía, 

mientras él animoso batallaba, (v. 4095 y sig.) 
6.** (Copiado tantas veces, pero mejorado ninguna.) 



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i89 

Como una grande roca inaccesible 

del espumoso mar en la ribera, 

firme sostiene el furibundo choque 

de los vientos sonoros, y el embate 

de las ingentes olas que sobre ella 

se rompen rebramando, etc. (v. 112:2 y sig.) 
¡Qué poesía! y (sea dicho una vez por todas) ¡qué 
lengua la castellana! pues manejada por tan débiles 
manos como son las mias, compile con la griega, ó 
por lo menos permite que aun traduciendo literal- 
mente se hagan en ella versos no muy inferiores á 
los del original. 
7.® Como á la nao 

embravecidas olas acometen 

que el viento ha levantado, etc. (v. 1133.) 
8.^ Cual si hambiiento león fiero arremete 

al rebaño de ovejas numeroso, etc. (v. 1145.) 
9.** Cual ligero suele 

diestro cabalgador, etc. (v. 1237.) 
10. Gomo el águila negra que la banda 
-.persigue de las aves, etc. (v. 1254.) 
En estos y en tantos otros símiles como se hallan eú 
Homero deben aprender los jóvenes el modo' de 
exornar la narración y hacer visibles las ideas abs- 
tractas^ primera obligación del poema. 



LIBRO DECIMOSEXTO. 



[ 



Es bellísimo en general, y sólo pueden notarse en 
iodo él dos ó tres ligeros descuidillos; pero, aun así, 
QO me detendré mucho en su examen. Porque, des- 
tinado en la mayor parle á referir nuevos combates, 
se deja conocer que éstos ea el fondo se han de pa- 



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i90 

i ecer á los anteriores, por más que el poeUi los haya 
variado en las circunstaúcias cuanto le ha sido posi- 
ble. Así, sólo hablaré de las arengas y los símiles. 
Arengas, 
La de Aquíles á Patroclo cuando le ve llegar afli- 
gido no puede ser más hermosa, ni la comparación 
que contiene más encantadora. 

Como suele 
llorar la niña, etc. 
¡Qué' pintura tan acabada y qué símil tan gracioso! 
L.a respuesta de Patroclo es sobremanera elocuen- 
te; pero nótense particularmente aquellas enérgicas 
expresiones: 

¡Cruel! No fué tu padre el bondadoso 
Peleo, ni tu madre la divina ' 

Tétis: el negro mar desús abismos 
te abortó, ó de las rocas escarpadas 
duras naciste, etc., 
y sabrán los que acaso lo ignoren de dónde Virgilio 
cogió casi literalmente las tan famosas de su hbro 
cuarto de la Eiieida: 
Nec Ubi diva parens, ffeneris nee Dardanm auctor, 
jl>¿rjlde; sed dttris genmt te cav,tibus horrent 
Caucasus. 
La réplica de Aquíles es la que corresponde. Patro- 
clo repitiendo, aunque sin n mibrarle porque es ne- 
cesario que él lo diga, como si el pensamiento fuera 
suyo, todo lo que Néstor le encargó, ha pedido á 
Aquíles que si no sale á pelear porque teme que se 
cumpla el vaticinio de su madre, á lo menos le per- 
mita á él sacar á campaña los Mirmidones; y Aquí- 
les monta en cólera á la sola indicación, á la sola 
duda de que si deja de combatir es porque teme la 
muerte con que le amenaza el Hado, y explica y re- 
pite, aunque ya se sabe, la verdadera causa de su 



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191 
Indicción, que es la ofensa recibida. Al fin se templa, 
reconoce que no es posible 

siempre abrigar la cólera en el alma, 
y concede á su escudero el permiso que solicita; pero 
añade prudentes advertencias sobre el modo con que 
debe conducirse. Y uno lee y relee, y vuelve toda- 
vía á leer su discursó, y por más vueltas que le dé, 
no encuentra que se pueda quitar ni añadir una sola 
idea ni expresar las que contiene con más elegante 
sencillez. Nótense particularmente dos admirables 
rasgos de carácter. Habla Aquíles de que rechazados 
los Griegos basta la orilla del mar carga sobre ellos 
la ciudad entera de Troya, y añade: 
llena de confianza porque ahora 
no ven de cerca el resplandor brillante 
de mi celada. Pronto, fugitivos, , 
de muertos los barrancos llenarían, etc* 
Este es Aquíles. Observa luego que ya no resuena 
eñ sus oidos la voz del Atrida, y para que no se crea 
que del todo le ha perdonado la ofensa, añade inme- 
diatamente: ' 

aunque odiosa su persona 
tanto me debe ser. 
£sto es lo que yo más admiro en Homero, á saber; 
que siempre dice, ó á lo menos insinúa, lo más pre- 
•cioso é importante que puede sugerir la materia. 

La otra arenguita del mismo Aquíles, cuando ve 
arder uno de los navios, tiene toda la rapidez y con- 
cisión que piden las circunstancias; y en ella se ve- 
^ue el estilo de Homero, ródio en general, es ático 
también, y aun lacónico si conviene. Ya lo hemos 
visto antes de ahora, y lo veremos todavía. 

La exhortación que dirige ó sus Mirmidones cuan- 
do los en via á pelear es otra obra maestra, y de 
aquellas que sólo se hallan en el autor de la Ilíada, 



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i92 
¡Qué fuerza tiene aquello de repetir á sus soldado? 
lo que ellos mismos le decían cuando no los dejaba 
pelear! y ¡qué buen efecto hacen, como ya dejo ob- 
servado, estas- breves arengas intercaladas en las 
principales! 

La súplica á Júpiter pidiéndole que ewoíe ea» Pa- 
iroclo la victoria (expresión muy poética), 
V en su fuerte pecho 
aliente el corazón, 
y que se le vuelva ileso 

y con las armas 
todas y sus valientes compañeros, 
no puede ser más tierna, ni más oportuna la obser* 
vacien del poeta sobre que Jove le concedió la pri- 
mera parte, y le negó la segunda. 

El discurso de Patroclo á sus legiones es breve 
como debió serlo, y la razón con que les prueba que 
deben dar muestras de valor es precisamente la que 
puede obligarlos á ello. Nótese aquel paréntesis 

(y también son valientes sus escuadras) 
interpuesto con arte para interesar su amor propio. 

£1 discursito de Sarpedon á sus tropas cuando las 
ve acobardadas; el de Júpiter á Juno para saber si 
ésta llevaría á mal que él librase de la muerte á un 
h^o que tanto amaba; la respuesta de Juno (que ya 
el lector adivina porque conoce su carácter venga- 
tivo y rencoroso); la súplica de Sarpedon á su prímo 
para que defienda su cadáver; la plegaria de Glauoo 
á Febo para que le cure la herida, y la terrible re^ 
convención que luego hace á Héctor, son lo que d^ 
ben ser. Cada interlocutor dice lo que debió decir 
en aquellas circunstancias. 

La exhortación de Patroclo á los Ayaces, termi- 
nada en una muy enfática reticencia, contiene dos 
cosas notables: la oportuna observación de que Sjiv» 



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1 



493 
pedon hibia sido el primero que derribó una almeDá 
del muro, y el deseo de insultar á su cadáver. La 
primera es importanl3, y el segundo un rasgo del 
carácter general de aquellos siglos, no del individual 
de Patroclo. 

Las palabras de Eneas á Meriónes cuando no ha 
logrado herirle, y la respuesta del Griego, son como 
bravatas de fórmula, y tienen todo el mérito que 
pueden tener semejantes fanfarronadas: el de la na- 
turalidad. 

La reprensión que Patroclo dirige á Meriónes 
cuando le ve perder el tiempo en palabras, además 
de la oportunidad, vehemencia y concisión con que 
está hecha, es notable por aquella observación ge- 
neral tan verdadera: 

Las batallas 
se ganan con los puños; en las juntas 
vienen bien las arengas. 
El discurso de Júpiter á Febo para que saque del 
campo el cadáver de Sarpedon y se le entregue á la 
Muerte y al Sueño; el do Apolo á Patroclo mandan- 
dolé que se aleje de los muros de Troya, y el de 
Asió increpando á Héctor, no contienen bellezas de 
primer orden, pero tampoco defectos; son lo que de- 
ben ser. 

No así el de Patroclo al moribundo, ó ya muerto, 
Cebrion; todo aquello del buzo y de la pesca es bajo, 
chabacano, y una especie de impertinente bufonada. 
Y para mí no es dudoso que este pasaje, y los otros 
dos de la misma especie que ya dejo señalados, son 
aquellas cabezadillas de sueño á cuya vista se indig- 
naba Horacio. A mí, por lo menos, me incomoda y 
aflige hallar tales miserias al lado de tantas bellezas, 
de tanta sublimidad. Y casi deseara que estos cuan- 
tos lunarcillos se suprimiesen en las ediciones y tra- 
TOMO ui. 43 



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494 
ducciones de la lUada^ si por otra parte no cono- 
ciera que deben conservarse para que en estas fallí- 
Uas vean los presumidos de poetas cuan fácil es que 
cometan muchas, pues no se libró de algunas el me- 
jor y más correcto de todos. 

De muy distinta clase es lo que Héctor dice al mo- 
ribundo Patroclo. Aquí ya reconocemos á Homero. 
Todo es magnífico; pero nótese particularmente el 
dialogismo, ó arenguita intercalada, que Héctor pone 
en boca de Aquíles. No parece que este dijo aque- 
llas palabras á Patroclo, pero Héctor en la em- 
briaguez de su triunfo debió suponer que las dijo 
y complacerse en repetirlas. Esto es conocer al 
hombre. 

La respuesta de Patroclo es la pura expresión de 
la verdad, y contiene una de aquellas predicciones 
que los moribundos podían hacer según la creencia 
de los idólatras. Estos suponían que al acercarse 
uno á la muerte se le quitaba de los ojos cierto velo 
que los cubre durante la vida, y que en tal estado 
podía ya leer, por decirle así, en el libro de lo fu- 
turó. A su tiempo veremos que Héctor hace igual 
predicción á Aquíles. Lo que ahora responde á la de 
Patroclo es lo que conviene á su situación, y á la 
vanidad y confianza que debió inspirarle el triunfo 
conseguido sobre tan valiente guerrero. 
Símiles. 

Ya dije algo sobre el 1.*, en que la aflicción 
de Patroclo y las lágrimas que vierte son compara- 
das tan graciosamente con las de una niña cuando 
pide á su madre que la tome en brazos. Ahora añado 
que está muy felizmente imaginado, porque Aquíles 
le emplea para que Patroclo se avergüence de su de* 
bilidad. ¡El escudero de Aquíles venírsele llorando 
como un niño porque ve consternados y vencidos ¿ 



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195 

los Griegos, cuando debiera alegrarse ál ver cumpU- 
«do /eV deseo de ^u amigo! 

El ^.^, en el cual el ardor con que los Mirmidones 
<)a9rian á tomar las armas es comparada al ansia 
€on que los lobos buscan el agua después que han 
devorado la presa, es exacto y tiene la suficiente 
novedad; pero me parece que se prolonga demasiado 
«1 primer término. 

El 3.^, cuando para demostrar lo cerradas que 
eran las filas y escuadras de los Mirmidones ya for- 
mados por sus jefos dice Homero que los soldados 
estaban tan uni^ como las piedras de un alcázar, 
es bueno y no tiene redundancias. 

£i 4.**, en el que la rapidez con que los Mirmido- 
nes cayeron sobre los Teuoros y la constancia con 
que peleaban para alejarlos de las naves son aseme- 
jadas á la prontitud cOn que las avispas irritadas y 
¡revocadas por los mucbachos acuden á vengarse, 
no puede ser ni más oportuno ni más bello. Nótese 
aquella fifia y verdadera observación: 

si ios malignos rapazuelos, 
como lo han de oostwmhre^ las irritan. 

El 5.% donde la alegrk de los Griegos al verse ya 
libres de los eniemigos es comparada á la serenidad 
<lel cielo cuando Júpiter ha disipado las nutres que 
le tenían como encapotado, es sobre manera gran- 
dioso y poético. Vuélvase á leer ahora. 

El 6.^, en el cual el destrozo que los Griegos ha- 
dan en los fii^tivos Troyanos se compara al que 
hacen ios lo^s en los batos de ovej^ ó de cabras, 
si ven que del paaior por impericia 
vagan errantes en ^ verde soto, 
^8 bveno, aunque no tiene tanta novedad y magnifí-' 
cencía como el anterior. 

SI 7.^ donde la desord^mijl^. triste y ^90]ibria fuga 



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196 
de los Troyaiios es comparada á la oscuridad qaof 
cubre la tierra cuando caen sobre ella las Dubes quft 
traen la tempestad, no puede ser más adecuado. 

El 8/, en el cual la celeridad con que huían kM^ 
caballos de los Teucros 

de relinchos lastimeros 

poblando el aire 
se asemeja á la de los ríos cuando acrecidos por las 
tempestuosas lluvias de otoño dilatan sus riberas, y 
á la de los torrentes repentinos cuando formados en 
los montes por las mismas lluvias 

se precipitan de la cima al llano 

arrastrando consigo las laderas, 

y en horrendos bramidos son llevados . 

á la mar y devastan las campiñas 

que el labrador aró, 
es verdaderamente sublime, pero me parece que 
Homero hubiera hecho mejor en suprimir el largo 
paréntesis 

(porque irritado 

Jove contra los hombres, etc.) 
La moralidad que contiene es de muy sana doctrina, 
y está bellísimamente escrita; pei^ la intercalación 
debilita y destruye en parte la sublimidad del pea 
samiento. Y si no, véase cuánto más fuerte, enér 
gico y grandioso quedaría este pasaje, diciendo sa 
lam.ente: 

como suele en los dias del otoño 

hórrida tempestad sobre la tierra 

descargar su furor; y sus riberas 

dilatan, con las lluvias acrecidos, 

los ríos más pequeños, etc. 
El 9.°, en que la acción de sacar PatrocloáTestor 
de su carro, trayéndole pendiente de la pica, está 
1»ntada en la del pescador que sentada ea alta pella 



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497 
^cá del mdr un pez colgado por las agallas y peo* 
4ieDte de la cuerda, es bueno y breve. 

El 40.^, donde Sarpedon y Patroclo son compara- 
dos á dos buitres 

()ue en excelsa roca, 
dando chillidos, con la enorme garra 
y el corvo pico empiezan la pelea, 
"tiene belleza, novedad y exactitud. 

El 4 1.^ en que la rabia y desesperación de Sar- 
pedon al caer herido mortalmente y los suspiros que 
<laba están exemplificados en el novillo que cogido 
por un león, 

enfurecido brama 
al espirar en la terrible boca 
de la flera, 
es también muy hermoso. 

El 42.®, por el cual la rapidez con que Patroclo, 
Indignado por la muerte de Epigeo, cayó sobre los 
Teneros, es comparada á la del gavilán cuando 
persigue las bandadas de ps^jarillos, también es de 
buen gusto. 

El 43.'', en que el ruido que resonaba en la lla- 
nura es comparado al fragoroso estruendo con que 
«aen sobre la tierra las encinas cortadas por el hacha 
del leñador, tiene toda la verdad y magnificencia 
-que puede exigir el gusto más delicado. 

El 44.*^, donde los Griegos que se agolpan sobre 
«I cadáver de Sarpedon se comparan á las moscas 
<iue zumban en torno de los tarros de leche, es bas- 
iante feliz. 

£1 45.®, por cuyo medio se pinta el mod3 con qud 
Cebrion cayó de bruces sobre la arena, comparán- 
dole con el 

ligero buzo 
que se arroja á la mar. 



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198 
68 bueno, aunque no lo sea lo que Patroclo le díe» 
luego insistiendo en esta semejanza. 

El 16.®, cuando el tutor con que Patroclo se arrcíó- 
al cadáver de Gebrion es comparado al del le<Hi qu» 
86 arroja á los establos 

y los despuebla hasta que herido cae 

de aguda flecha, y sit miar le pierde, 
es notable por esta última circunsliancia queltt 
bieo cuadra con la próxima desgracia de Pa- 
troclo* 

También es bueno el 17.**, en el que Patroclo y 
Héctor son asemejados. á dos leones 

que en las altas cumbres 

de un monte, hambrientos ambos, furibundos 

pelean por el ciervo que matara 

elunode los dos. 
Maé entendido y pomposo, y no menos bueno, es 
el 18.*, en que la batalla general de Griegos y Ttfo* 
yanos es comparada al combate de dos vientos en* 
oontrados á cuyo violento impulso se conmueven y 
agitan las selvas; ^ 

y las hayas, y los fresnos 

y frondosos cornejos con sus ramas 

extendidas se azotan uno al otro 

con inmenso ruido, y al romperse 

dan chasquidos horrendos. 
El último, en que el breve combate de Patroclo y 
Héctor es comparado al de un jabalí y un león, ea 
grandioso también y muy poético en sí mismo; pera 
está mal aplicado. Si Héctor en realidad hubiese pe- 
leado cuerpo á cuerpo con Patroclo mientras éste 
estaba ileso y conservaba sus armas, hubiera sido 
bien comparada su lucha á la del jabalí con el leod. 
Pero si Patroclo, cuando Héctor le acomete, ni lidia 
y^> ni se defiende, ni opone la menor resisteneia^ 



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199 
¿en qné pueden parecerse uno y otro al jabalí y al 
león que pelean 

pop el raudal escaso 
de pobre fuentecilla, porque quieren 
ambos beber; y de arrogancia llenos 
los dos combateríy y el león estrecha 
al jabalí en la lucha; y superiores 
siendo sus fuerzas, aunque más resista 
y anheloso respire fatigado 
el cerdoso animal, por fin le mata? 
En nada, sino en que el uno muere á manos del otro. 
Debo observar además que Homero, por salvar el 
honor de Patroclo, no quiere que Héctor le mate en 
buena guerra; y supone que para vencer al amigo 
de Aquíles fueron necesarios nada menos que Apo- 
lo, Euforbo y Héctor; pero hubiera hecho mejor en 
suponer lo contrario. Aquel espaldarazo que Apolo 
da al Aquivo, aquello de irle quitando una por una 
las piezas de la armadura, aquella lanzada de Eufor- 
bo dada cara á cara por detrás, y aquello de venir 
luego Héctor con el cachetero para rematar al ya 
mal ferido griego, todo es mezquino é inverosímil 
en el orden natural. Y ya que la inverosimilitud se 
salve con la intervención del Dios, éste hace un pa- 
pel poco decente y muy odioso. ¡Un Dios, que con 
una sola mirada podia vencer y aniquilar á un mise- 
rable mortal, entretenerse en irle desatando sucesi- 
vamente el yelmo, el escudo y la coraza! ¡Un cam- 
peón como Euforbo, que habia derribado de sus car- 
pos á veinte guerreros la vez primera que salió á 
campaña, herir á traición á un enemigo desarmado 
y correr á esconderse entre filas luego que le ha he- 
pido! ¡Y el gran Héctor envanecerse por haber aca- 
bado de matar á un moribundo que ya no podia ni 
ofender ni defenderse! ¡Cuánto más noble y decoroso 



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200 
hubiera sido hacer que Héctor y Patroclo combatie- 
sen cuerpo á cuerpo, de poder á poder, de igual á 
igual, y que el primero, pues era el más valiente de 
bs Troyanos, matase al segundo, que al fin no era 

el más fuerte de todos los Aquivos! 
El cuadro hubiera sido más poético; y el efecto, que 
es el odio especial de Aquíles contra Héctor, queda- 
ba el mismo. Y aun hubiera sido más motivado, por- 
que ahora, tal como está presentado el hecho, el 
verdadero matador de Patroclo, entre los moradores 
del Olimpo es Apolo, y entre los hombres Euforbo. 
Héctor no hace más que darle el golpe de gracia y 
abreviar su agonía, lo cual casi pudo agradecérsele. 
Ya ven los lectores que yo no disimulo á mi poeta 
el más ligero descuido; pero esto mismo me da cier- 
to derecho á que se me crea cuando le alabo. 



LIBRO DECIMOSÉPTIMO. 



1 



Todo en él es bueno; pero sólo examinaré, como 
en el anterior, las arengas y los símiles. 
— * Arengas. 

La de Euforbo amenazando á Menelao, y la de éste 
despreciando los fieros del Troyano, son buenas 
ambas; pero la segunda es más elocuente que la pri- 
mera, y debia serlo. Nótense la especie de recon- 
vención á Júpiter con que empieza, la enumeración 
de las fieras cuya arrogancia no iguala á la de Eu- 
forbo, y la sentencia con que acaba^ á saber, que 
recibido el daño escarmientan hasta los necios. 
En la réplica de Euforbo es notable aquel passge. 
Tú dejaste 
en viudez á su esposa, y entregada 



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201 

^l lloro en el palacio que el esposo 

de nuevo fabricara. -^* 
Esta circunstancia aumenta el interés. 

El discurso que Apolo, en figura de Mentes, dirige 
á Héctor, tiene la sencillez y brevedad que corres- 
ponden á un simple aviso. 

El soliloquio de Menelao, cuando ve que Héctor 
viene á combatir con él, es admirable por las inge- 
niosas razones con que procura disfi*azar su miedo 
y cohonestar su fuga. 

Las breves palabras que dice al hijo de Telamón, 
para que le ayudo á defender el cadáver de Patro- 
clo, son las que pide la situación. Haber puesto en 
su boca una prolija arenga, hubiera sido una falta 
imperdonable, y faltas de esta clase no se encuen- 
tran en Homero. 

Al contrario, la terrible reconvención que Glauco 
hace á Héctor sobre no haber defendido el cadáver 
de Sarpedon es larga, y debe serlo, y tan fogosa y 
vehemente como los pasajes más celebrados en los 
oradores de prosa. ¡Qué fuerza, qué sólida elocuen- 
cia en aquel trozo! . " 
¿Qué cadáver 

de oscwro combatiente de las manos 

sacarás, oh cruel, de los Aqueos, 

si Sarpedon, tu huésped y tu amigo^ 

dejaste que la presa y el escarnio 

sea de los Aqueos? Cuando estaba 

en vida, mucho á tu ciudad y gente, . 

y á t{ mismo, sirvió; y al verle muerto, 

¿á estorbar no te atreves que devoren 

los perros su cadáver? 
Démostenos y Cicerón no hacen raciocinios más só- 
lidos ni reconvenciones más enérgicas. 
La respuesta de Héctor es la que debió dar^ 



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si en efecto fué peconvenido por Glauco. Extrañare! 
tono insultante con que éste, tan comedido hasta 
entonces, le habla y reconviene; alabarse á sí mismo^ 
echar á Jove la culpa de no haber podido más, y 
prometer mucho para otra vez; es el único arbitrio 
que le queda para responder algo á la justa reoon* 
vención que se le hace. 

El soliloquio de Jove al ver á Héctor cubierto y» 
con la armadura de Aquíles, es 4ina de aquellas feli* 
ees ocurrencias que sólo se hallan en Homero. Nó- 
tense, sobre todo, aquellas tiernas expresiones des- 
tinadas á excitar la sensibilidad del lector en favor 
del Troyano, recordándole el nombre de su esposa: 
La doblada cuera 

del hijo de Peleó de tus hombros 

no desatará Andrómaca. •• 
¡Qué Andrómaca ésta, y qué habilidad la del poeta, 
que supo formar con su nombre una especie de 
talismán para hacer llorar á las generaciones veni- 
deras! 

La alocución de Héctor á su gente sorprende por 
la novedad. No hay en ella ninguno de los argumen- 
tos ya empleados en las otras exhortaciones que he- 
mos visto; aquí la poderosa y única razón que debe 
obligar á los auxiliares á pelear con valor es la de 
que son mantenidos y pagados por los Teneros. Nó» 
tense aquellas concisas expresiones, 

Muchedumbre tanta 

para que ociosa esté no he congregado, 

ni estándolo me es útil; 
y véase sí cuando conviene sabe Homero dar rapi- 
dez al estilo. *^ ^^ . 

En la arenguita de Ayax á Menelao, cuando ya 
Héctor se acerca seguido de sus mejores tropas, nó- 
*^8© aquella frase tan poética, y tan del gusto oriental 



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903 
qué parece tomada de algún salmo ó de algQii profeta: 
el oscuro nublado de la guerra 
\ Héctor, todo lo cubre. 
Las voces de Menelao llamando á los primeros cam> 
peones para que vengan á defender el cadáver de 
Patroclo son lo que deben ser, y en los títulos mis- 
mos que da á los jefes van envueltas las razones que 
los obligan á obedecerle: 

Los que en la tienda 
de Agamenón dé Atreo y Menelao 
bebéis el vino que los pueblos pagan, 
y escuadra acaudilláis, y honor y gloria 
á Júpiter debéis. 
La reconvención que Apolo, tomaüdó la figura de 
un beraldo, hace á Eneas, es tan valiente como la 
anterior de Glauco á Héctor. Nótese aquel poderoso 
argumento: 

Otros guerreros 
he visto yo que en su vigor fiados, 
y en su fuerza y valor y muchedumbre, 
con tropas que el temor no conocían 
osaron oponerse á las Deidades. 
Y otorgándoüos Jove la victoria, 
mád bien que á los Aquivos, ¿espantados 
y cobardes huis, y la batalla 
sostener no queréis? 
Lo que en seguida dice Eneas á las tropas es la con- 
secuencia de lo que acaba de oir. 

Las palabras con que Griegos y Troyanos se ani- 
maban recíprocamente, aquellos á salvar el cadáver 
de Patroclo, y estos á apoderarse de él, ofrecen el 
ejemplo de un artificio homérico que los poetas pue- 
den emplear para dar á conocer la opinión de la mul- 
titud. Ya hemos visto otros pasajes de la misma clase 
en el libro segundo y en el tercero. 



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204 
Ei otro soliloquio de Jove, cuando ve Uordr á lóf 
caballos de Aquíles, tieDe cierta gracia y cierta ter- 
nura que los lectores sensibles no dejarán de perci- 
bir, y es otra ocurrencia tan feliz como la del ante- 
rior. Le llamo soliloquio, porque en realidad lo es. 
Júpiter dirige su discurso á los caballos; pero como 
no estaban presentes ni le oian, habla en realidad 
á solas. Nótese aquella sentencia tan repetida por 
los filósofos, y que por primera vez encontramos eu 
Homero: 

pues de los animales que se crian 

sobre la tierra y viven, es el hombre ^ 

el más desventurado. 
El discurso de Alcimedonte al auriga de Aqufles 
muestra bien el interés que éste le inspiraba por el 
peligro á que se exponía, y la respuesta que recibe 
está líena de urbanidad y escrita con delicada finu* 
ra. ¡Qué bien dicho, y con cuánta oportunidad, aque- 
llo de 

¿Y quién, mejor que tú, de entre los Griegos 

fuera capaz de sujetar brioso 

ahora los caballos inmortales 

y su ardor reprimir? , ' 

Estos rasgos de civilidad, estos como cumplidos, ma- 
nifiestan á qué grado de cultura habia ya llegado la 
sociedad en tiempo de Homero, aunque se conserva- 
sen todavía algunos restos de la primitiva barbarie. 
El discurso de Héctor á Eneas proponiéndole que 
le siga para tomar el carro y los caballos de Aquíles, 
y los que Automedonte dirige á su nuevo auriga y á 
los Ayaces cuando ve que los dos Troyanos se enca- 
minan hacia él, no ofrecen materia para observacio- 
nes particulares, pero son lo que deben ser. 

La alegría que manifiesta el mismo Automedonte 
porque dando muerte á Areto ha vengado en parte 



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Í05 
la de Patroclo, no puede ser más natural ni expre- 
sarse con más sencillez y concisión. 

La plegaria que Minéya, bajo la figura de Fénix, 
dirige á Menelao para Ae salve el cadáver de Pa- 
troció, y la dura recQflrencíon que Apolo, aparen- 
tando ser Fénope, hct^á Héctor porque no acude á 
defender el de su amigo Podes, son breyes y enér- 
gicas, como lo requieren las circunstancias: no se 
pueden mejorar. 

£1 discurso de Ayax manifestando el deseo de que 
algún amigo de Aquiles vaya á su tienda y le anun- 
cie la muerte de Patroclo, y la súplica á Jove para 
que disipe la niebla, donde se halla aquel rasgo su- 
blime de valor que los críticos han admirado, 

serena el cielo, y á la luz del dia 

destruyenos á todos si te place, 
nada dejan que desear. 

Lo que Menelao dice á los Ayaces y á Meriónes, al 
separarse de ellos para buscar á Antiloco, tiene toda 
la ternura que exigia la situación: 

Acordaos, amigos, del amable 

y mísero Patroclo, que sabía 

mientras viv;jó, de mansedumbre lleno, 

hacerse á todos grato; pero yace 

frió cadáver ya. 
jQué elogio de Patroclo tan completo y tan oporto- 
no para obligar á sus amigos á defender su cadáver! 
¿Quién de ellos, al oirle, no haria los últimos esfuer- 
zos para salvar el cuerpo de su antiguo camarada, 
tan amable y tan amado de todos cuando vivia? ^ 

Lo que dice luego á AnUloco no puede ser ni más 
breve ni más animado, ni las ideas pueden colocarse 
en mejor orden.— Ven para que escuches triste noti- 
cia ya tú mismo conoces pues sabe ahora..... 

2one pues á los bs^eles..... Estos pasajes, tan send- 



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líos al parecer, son para mí los más admirables, )09 
que más se deben estudiar. 

La observación que después hace Menelao á los 
otros jefes sobre la necesidad de que ellos mismos 
salven el cuerpo de Patroclo, porque estando sin 
armas Aquiles no es posible que venga á salvarle, sm 
^ muy justas; y el arbitrio que en consecuencia pro^ 
pone Ayax el único que restaba. Pero qui;sá dirá al- 
guno: Si Menelao conocia que estando sin jarmas 
Aqpíles no podía venir á defender el cadáver de su 
amigo, ¿por qué le envía un mensajero para que le 
anuncie la muerte de Patroclo, y le diga: 
que sin tardanza vea 

cómo salvar d cuerpo de su amigo, 

ya que las armas no? 

Levísima objeción. Menelao no dice al mensajero 
que Aquiles venga al paraje en que estaba comba- 
tiendo y que tome parte en la pelea; ya sabía que 
esto no le era posible estando sin armadura y no 
viniéndole bien la de ningún otro campeón, coma se 
verá á su tiempo. Le dice solamente que lleve al hé- 
roe la triste noticia de la muerte de Patroclo y del 
peligro que corría 9u cadáver de caer en manos del 
enemigo, para que aquel vea el modo de salvarle; y 
luego veremos nosotros cuál era este modo, y que 
a» fué inútil el aviso anticipado. 
Símiles. 
i/ Menelao, corriendo en torno del cadj&ver de 
Paíroclo y defendiéndole con su escudo y con su lan- 
za, es comparado á la «vaca que da tiernos mugid ps. 
fin.este hay la semejanza que basta para que dos Qb- 
jetos puedan ser comparaos; y tiene, como taptos 
otros, la vieBtsga de hacer contrastar las escenas ru^ 
ralea con las de la guerra. 
S**^ fiuforbo ca^ m üerra a&rave^ado por la pi<(^ 



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' 207 
de Menelao, y en esta situación le asemeja Homero 
ú la frondosa oliva que, plantada en terreno fértil, 
hermosa crece 
y de altísimas ramas se corona, 
que los céfiros blandos con su aliento 
mecen suaves, y de blancas flores 
se cubre en primavera; pero viene 
impetuosa ráfaga de viento 
rápidamente, y de raíz la arranca 
y la tiende en el suelo. 
Esto se elogia á sí mismo. 

3.® El terror que la muerte de Euforbo infundió 
é los Troyanos, los cuales huyen despavoridos y de- 
jan abandonado su cadáver, es igual al de los per- 
ros y vaqueros cuando ven que un león ha penetrado 
«n la vacada y ha cogido y despedazado lá me» 
jor ternera. Hay exactitud y grandilocuencia poé- 
tica. 

4.° Héctor, al atravesar las illas cubierto de lu* 
cientos armas y dando horrendos alaridos, es 
semejante á la llama inextinguible 
que de Vulcano en las cavernas arde. 
Símil breve, y como soltado al paso; pero bueno. 

5.^ £1 pesar que siente Menelao al tener que 
abandonar el cadáver de Patroclo es asemejado al 
que experimenta 

melenudo león, á quien persiguen 
y ad^an del rebaño los pastores 
con armas y los perros con aullidos. 
Esto, en el fondo, es el mismo que el empleado en 
el libro undécimo para pintar el dolor de Ayax al 
tener que retirarse; pero aquí está presentado con 
cierta novedad y en menos palabras. 

6.*^ Ayax, que corre eu torno al cadáver para 
^^ 4o él á los enemigos, es comparado á la leona 



L 



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208' 
que de repente se párá á defender sus hyos, si A 
llevarlos por la selva 

le salen al encuentro cazadores; 

y bajando los párpados ceñuda, 

cierra los ojos, y en veloz corrida 

acomete á la turba numerosa. 

. La comparación es exacta, y lo que se dice de qoe 

la leona cierra los ojos para acometer es muy cierto. 

7.** El ruido estrepitoso de los Troyanos al caer 

sobre los que defendían el, cadáver es como el qoa 

hace un rio cuando, acrecido por las lluvias, 

corre á la mar, y por el ancho cauce 

refluye la corriente, y con estruendo 

las olas braman, y resuena en torno 
' la dilatada costa. 
Comparación propia y muy poética. 

8.** Cuando, rechazados los Griegos, se alejan 
algún tanto del cadáver y luego vuelven capitanea* 
dos por Ayax, que disipa la falange troyana, es com- 
parado éste 

al jabalí cerdoso que disipa 

fácilmente la turba numerosa 

de perros y robustos cazadores, 

si intrépido se tmelve y dala cara 

del matorral saliendo. • * 

La semejanza no puede ser mayor ni citarse eOn 
más oportunidad. 
9.** LosXJriegos y los Troyanos, que animosos 

en breve campo de batalla unidos, 
pugnaban por arrastrar el cadáver, aquéllos hacía 
8'js naves y éstos hacia su ciudad, se parecen á lo& 
obreros que, dispuestos en círculo y apartados, esti- 
ran una piel de buey. Aquí la semejanza no es tai^ 
grande, clara y perceptible como en el anterior; 
parque los guerreros y los curtidores s3lo son se- 



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200 
mejdAtes en cuánto unos y otros tiran de alguna 
cosa; pero ¡de cuan diferente modo! Si tantos hom- 
bres hubieran tirado á un tiempo del cadáver como 
los obreros tiran de la piel de buey, le hubieran 
hecho mil pedazos; y no fué así. Además, el primer 
término de la comparación se prolonga demasiado y 
contiene circunstancias que no pueden convenir al 
segundo, como son las de que la piel despide el agua, 
embebe el aceite y queda tirante. 

40.^ Los caballos de Aquíles están parados y sin 
moverse, 

cual firme está é inmóvil la columna 
que el túmulo corona de un guerrero, 
ó de alguna matrona: 
aquí hay brevedad, concisión y semejanza clara. 

44.° En él se dice que Automedonte acometía á 
los Troyanos, . 

como suelen 
acometer los buitres á los gansos: 
y es tan bueno como el anterior. 

42.° Areto, atravesado por la pica de Autome- 
donte, cae de espaldas y dando un salto hacia atrás; 
y por esto es comparado al novillo, al cual 
la robusta mano 
del sacrificador, etc. 
Este es magnífico. 

43.° Minerva, bajando del cielo cercada de arre- 
boladas nubes, es como el iris. La semejanza no 
puede ser más completa. 

44.° Es el del león, que rechazado por los pasto- 
res se retira á la selva macilento, y está copiado lite- 
ralmente del libro undécimo. Allí es muy oportuno, 
porque se aplica al hijo de Telamón, que á pesar 
suyo tiene que retirarse del combate porque se ve 
acosado de numerosos enemigos; pero aquí no cun- 

TOMO III. 44 



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2dO" 
ra con la situación de Menelao, que voluntariamen 
e, y porque lo cree necesario, se aleja del cadáver 
le Patroclo, dejando confiada su defensa á muchos 
/ muy valientes campeones. Asi¡, para mí no tiene 
luda que esta importuna repetición de un símil que 
no hace al caso es obra de los Rapsodes, y no des- 
cuido de Homero. Sin embargo, no he querido su- 
primirte, porque no se diga que me tomo demasiada 
libertad; 

45.° Menelao, qne con la vista va registrando 
cuidadosamente el campo todo para ver si en alguna 
parte descubre al hijo de Néstor, es comparado al 
ágila que desde la región de las nubes avizora la 
liebre que está escondida entre las ramas de alguñ 
arbusto. En este hay la suficiente semejanza y bas- 
tante novedad. 

46.° Menelao y Meriónes, seguidps de valerosos 
combatientes, llevan en. hombros el cadáver de Pa- 
troclo, y los dos Ayaces cierran el escuadi^on y sos- 
tienen la retirada. Los Tróvanos persiguen á esta 
columna, y logran herir á algunos mientras los Aya* 
ees marchan; pero así que aquellos dos héroes se 
paran y se vuelven hacia ellos, pierden el color y no 
se atreven á acometer. Y esta situación está pintada 
en el símil de los perros que, 

cuando al herido jabalí persiguen, 

ufanos corren, y en menudos trozos 

despedazarle esperan; y cobardes, 

si el animal en su valor fiado 

vuelve la cara, retroceden ellos, 

y. uno por una parte y otro por otra 

huyen y desparecen. 
La pintura no puede ser más exacta ni más bella. 

47.® El empeño con que los Troyanos perseguían 
y molestaban á los Griegos en su retirada, es com» 



1 



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til 

ípárado á la tenacidad con que el fuego que yá ha 
prendido en una ciudad sigue devorando los edifi- 
cios. La descripción del modo con que el fuego se 
propaga es de mano maestra; pero la semejanza en- 
^re los dos objetos (5bmparados es algo débil. 

i8.^ No sucede asi en esle. Menelao y Merióáes, 
<iue sacan en hombros el cadáver perseguidos poír 
iantos Troyanoa y en continuo riesgo de que se Id 
^iten, se paracen bastante á los dos mulos vigoro* 
.sos que 

j^or fragoso camino desde el monte 

arrastran una viga, ó un gran tronco 

á mástil de navio destinado, 

y ^cansan, y sudan, y anhelosos 

aceleran el paso todavía. 
iO.** Los dos Ayaces, que, puestos á retaguardit 
de los que acompañan al cadáver, resisten ellos solos 
al enemigo, y le contienen y no le permiten acer. 
carse al escuadrón de los Griegos, son comoarados 
31 robusto valladar que detiene 

el ímpetu del agua, y de los rios 

rápidos la corriente asoladora 

en su curso sujeta. 
Aquí hay exactitud y grandiosidad. 

20.° Los menos valientes de la falange griegl 
^ostenian su puesto, mientras les acometia la solda- 
desca troyana; pero cuando caian sobre ellos Héctor 
y Eneas, huian dando agudos chillidos; y el poeta los 
<x)mpara á las bandadas de vencejos ó de grí^s que 
huyen, chillando también, cuando ven venir al ga- 
vilán. Exacto y oportuno, aunque no tan brillante 
^mo el anterior. 



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212 



LIBRO DECIMOCTAVO. 



Eñ este ya no tenemos combates, porque no pn© 
úe llamarse tal la fuga precipitada en que se ponetf 
los Troyanos al escuchar la voz de Aquíles; y por la 
mismo exige un examen más detenido. 

El soliloquio de Aquíles cuando ve que los Grie- 
gos vienen huyendo segunda vez, y la conjetura de 
que Patroclo ha sido muerto en la batalla, son de 
aquellas mil y mil ocurrencias que después de leida& 
nos parecen obvias y fáciles, y casi no haltemos mé- 
rito en el poeta que las ofrece; pero este es su 
mayor elogio. 

El modo con que Antíloco anuncia al héroe 1» 
muerte de su amigo es uno de aquellos rasgos en 
que más se descubre el talento superior de Homero. 
¿Qué poeta, aun de los llamados filósofos, no hubiera 
puesto aquí en boca del orador un lastimero, largo y 
patético discurso, lleno de exclamaciones dolorosas? 
Pues Homero se contentó con las precisas, únicas,, 
breves y cortadas cláusulas afirmativas que exige la 
tótuacion, sin exornarlas con ninguna de las lormas 
oratorias, que en otro caso pudieran ser oportunas. 
Comienza el mensajero preparando el ánimo de 
Aquíles á oir la dolorosa noticia de una fatal desgra- 
cia que los Dioses no debieron permitir, y se la c'uonta 
en estas brevísimas palabras: 

Yace Patroclo; en torao del cadáver 
desnudo se pelea, 7 tu armadura 
Héctor la tiene. 
Becópranse todos los poemas épicos del mundo, y 
señálese un pasaje en que sus autores se hayan ex- 



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L 



2í3 
plicüdo coií tari admirable concisión. No hallará 
■ciertamente. Por eso Quintiliano, juez irrecusable 
^n la materia, dijo ya en su tiempo, citando un pasa- 
je, que nadie hablJ sabido referir un suceso con 
tanto laconismo como el autor de la Ilíada. Estas 
son sus palabras: ^Narrare vero quis brevius potest, 
qwtm qui mortem ntrnciat Patrocli?^ y todavía, des- 
pués de mil y setecientos años, podemos nosotros 
hacer la misma pregunta: ;tQuién puede contar un 
tiecho con más brevedad que Antíloco cuando anun- 
<5¡a la muerte de Patroclo? Y nadie responderá: «éste 
ó aquel escritor,» aun entrando los de prosa. 

La descripción de las demostraciones de dolor que 
Aquíles hizo, recibida la noticia, no puede ser más 
exacta, rápida y pintoresca. Le estamos viendo ar- 
rastrarse por el suelo, derramar ceniza sobre su 
<5abeza (costumbre oriental de que tantas veces se 
hace mención en la Sagrada Escritura) y arrancarse 
la rubia cabellera. 

La salida de sus esclavas para ver lo que sucede; 
«« actitud dolorosa en torno al héroe, pero sin ha- 
blarle; el llanto de Antiloco, y sobre todo la precau- 
eion que toma de tener asidas y sujetas las manos 
de Aquíles mientras éste se hallaba en el primer ac- 
ceso de furor, para evitar que se mate, son también 
de aquellas pinceladas que yo más admiro y más 
deben admirarse. El hecho debió pasar como nos le 
cuenta • Homero; y después de leida la narración, 
todo nos parece muy sencillo, fácil y natural; pero, 
«omo dije más arriba, este juicio del lector es el 
«logio del poeta, que siempre ríos refiere los sucesos 
^mo si él los hubiera presenciado. 

Nada diré de la letanía de las ninfas que se re- 
nnen alrededor de Tétis al escuchar sus lamentos: 
<sta comparsa nada significa ya para nosotros, pero 



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214 
interesaba á los Griegos. No sucede así con el dís» 
curso que les dirige la Diosa: ésle interesaba entón-^ 
ees, interesa ahora é interesará mientras haya buei» 
gusto entre los hombres. ¡Qué lenguaje de dolor, 
qué tierna melancolía! «Escuchadme, dice á sus her- 
«manas, porque quiero desahogar con vosotras mi 
j>corázon;» y al pronunciar esta última palabra ex.^ 
clama: 

¡Ay de mí, triste! 
¡qué desgraciada he sido en mis amoresl 
Un hijo yo di á luz, fuerte, gallardo, 
' y de todos los héroes el primero; 
y creció al tierno olivo semejante, 
y de su infancia y juventud yo misma 
solicita cuidé como de nueva 
planta se cunda que en feraz terreno 
nace y se cria. 
Nótense aquellas dos, tan breves como bellas, com- 
paraciones que he señalado con bastardilla, y ob- 
serven los lectores que la primera se halla tam* 
bien en un salmo: «Filii tui, sicutnovella olivarwm, 
in circuitu mensae tuae:» no para inferir que Horneros- 
la copió de los -libros santos, que no conocía, sino- 
para que vean cuan buen efecto hacen estos símiles 
tomados de los objetos campestres, y cuan propios- 
eran de los siglos patriarcales. El resto del discurso 
es igual á este principio, mas no me detendré á 
examinarle: el lector conocerá fácilmente todo sa 
mérito. 

No son menos hermosos el de Tétis á su hijo, y 
el que ésle pronuncia para responder á su pregun- 
ta. Nótese con particularidad en el segundo a(|U6l 
pasaje: 

¡Sí, madre naia! 
El dueño del Olimpo me ha otorgada 



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215 

cuanto yo le pedí; poro ¿qué fruto 
saqué de mi venganza, si el amigo 
he perdido más dulce, mi escudero 
Patroclo, etc. 
Esto es leer en el corazón humano; esto es hacer 
hablar á los personajes como necesariamente debie- 
ron hablar, dada la situación en que el poeta los su- 
pone. En efecto, sí Tétis preguntó al héroe (y fué lo 
que debió preguntarle ignorando ella todavía la 
muerte de Patroclo): «¿por qué estás afligido? ¿No te 
»ha concedido Jove lo que con tanto ahinco le ro- 
»gaste? ¿No estás ya vengado?» ó Aqulles no Respon- 
dió, ó debió decir: «Es verdad; estoy vengado; 
pero ¿qué fruto 
' saqué de mi venganza, si el amigo 
he perdido más dulce, etc. 
Lo mismo digo del otro discurso de Aquíles, cuan- 
do su madre le anu^pia que si mata á Héctor él 
morirá también á pocos dias. Esto supuesto, ¿qué 
debió responder un hombre como Aquiles, sino las 
precisas palabras que Homero le hace decir? Son 
estas: 

Venga la muerte, 
ya que el Hado no quiso que la vida 
salvase á mi escudero. ¡Ay! moribundo 
sin duda el triste me llamaba en vano 
para que de la Parca le librase. 
Y pues no debo ya volver á Grecia, 
ni á Patroclo mi brazo ha defendido, 
ni á los muchos valientes que por Héctor 
vencidos acabaron; y en las naves, 
inútil jpeso de la tierra, ahora 
ocioso estoy, etc. 
Esto es lo que se llama sólida y verdadera elo- 
cuencia. Obsérvese aquella expresión, inútil j^eso de 



i 



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216 
la tierra, que Horacio tradujo al pié de la letra di^ 
ciendo: <s.teTr(B jpOTidus inutile,y> Obsérvese igual- 
mente aquel otro pasaje: 

de entre los Dioses 
y los humanos la fatal discordia 
huya y desaparezca y la acompañe 
la cólera, que al hombre más sensato 
induce á ser cruel y se insinúa, 
más dulcemente que la miel gotea, 
dentro del alma, y como el hvmo crece, 
¡Qué personificación tan valiente de la discordia y 
de la «olera, y qué dos símiles tan bien escogidos 
para dar idea del modo como la ira se insinúa en el 
corazón del hombre y va creciendo por grados! 

La advertencia que después hace Tétis al héroe 
de que no tome parte en la lid*hasta que ella le traiga 
la armadura fabricada por Vulcano, y lo que luego 
dice la misma Diosa á la# Nereidas mandándolas 
volver ál palacio de Nereo para instruirle de lo que 
pasa, son lo que deben ser. 

La comparación del león que está devorando la 
presa, sin que los pastores logren ahuyentarle de la 
majada por más que lo pretenden, solo puede apli- 
carse á los Ayaces en cuanto no consiguen que Héc- 
tor se ponga en fuga; pero respecto de éste no se 
verifica como en el león lo de que está devorando la 
presa, porque no llegó á hacerse dueño del cadáver. 
El primer discurso de Iris es hermoso; la mensa- 
jera dice sin inútiles redundancias todo lo que debe 
decir al héroe para que salga á defender el cadáver 
de su amigo; pero la pregunta que él hace y la ob- 
jeción que propone no me gustan. El estado de las 
cosas exigia más naovimiento y menos conversación. • 
En efecto, cuando Aquilea oye que Héctor está á 
punto de apoderarse del cadáver de Patroclo, y so 



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217 

propone cortarle la cabeza y clavarla en un palo, no 
debe ya pararse á preguntar á la mensajera: 

¿Y cuaU iris divina, da los Dioses 

á darme este consejo te ha enviado? 
£1 consejo es bueno, y nada importa que le dé eslS 
<j aquella Deidad. Tampoco, en peligro tan urgente^ 
debe poner dificultades y argumentos para no ejecu- 
tar lo que se le manda. Además, la primera objedoc 
«s débil y aun ridicula, porque debia suponer quo 
iris sabía lo sucedido en la muerte de Patroclo. Así, 
la Diosa le responde que todos sabian que él estabt 
«in armadura. La segunda tampoco es muy fuette; 
porque su madre le habia prohibido tomar parte en 
la lid, pero no dejarse ver á lo lejos y dar espanto- 
sas voces. Esta critica recae sobre la oportunidad de 
lá arenga de Aquíles; pero en lo demás, y conside- 
rada en sí misma, tiene rasgos brillantísimos. Nó- 
ieso en particular el últim6. Ha dicho que ninguna 
armadura puede venirle bien, y que á lo más podría 
tomar el grande escudo de Ayax Telamonio; pero 
inmediatamente se le ocurre que 

entre los más ardidos campeones 

estará combatiendo y el cadáver 

defenderá, y en la troyana hueste 

estrago hará terrible con su lanza. 
Esto ya es homérico. 

También lo es la pintura de Aquíles cuando Uí*; 
nerva 

sus fornidos 

hombros cubrió con la égida espantable, 

cercó sus sienes con dorada nube, 

y eaceudiü en eiia esplendorosa llama; 
pero la comparación de esta llama con los fuegos 
que loa sitiados encienden por la noche sobre las 
cultas torres de sus muros para que los pueblos vecí- 



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213 
nos los vean y acudan á su socorro, aunque exacta 
y felicísima, se prolonga demasiado. 

No tiene este defecto la siguiente en que la voz 
terrible de Aquiles es como el sonido de la trom- 
peta 

que al arma toca en la ciudad que sitia 

poderoso enemigo. 
Aquí hay propiedad y concisión. 

El discurso que Polidamanto pronuncia en la junta 
de los Troyanos, además de ser oportuno, contiene 
reflexiones juiciosas y verdaderas y consejos muy 
saludables; y los lectores ya habrán adivinado, sin 
que yo se lo advierta, que en aquellas palabras, 
si armado (.\quiies) 

acomete mañana y nos encuentra 

acampados aquí, tal vez algimo 

conocerá lo que su brazo puede ^ 
está designado Héctor, aunque parecen vagas y diri- 
gidas á todos los oyentes. Este modo de intimidarle, 
y aun de zaherirle, es muy fino. 

El de Héctor, supuesto que Minerva ha privado 
ya de la razón á los Troyanos, es lo que debe ser, y 
está dicho con toda la arrogancia que debían inspi- 
rarle sus pasados triunfos, y la protección que hasta 
entonces le habia dispensado el padre de los Dioses. 
Nótense aquellas fogosas interrogaciones al referir lo 
que Polidamante ha dicho sobre que deben volver á 
la ciudad y encerrarse dentro do sus murallas: 
¿Qué? ¿cansados 

no estáis ya de vivir siempre escondidos 

dentro los muros? 
La reflexión que luego hace el poeta sobre la cegue- 
dad de los Troyanos que despreciaron el prudente 
consejo de Polidamante, y siguieron el do llécloí, 
que debía serles tan funesto, es justa, y como que 



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249 

respira cierto aire de compasión hacia ellos y excita 
en.su favor la de los lectores. 

La comparación de Aquilas, afligido y furioso por 
la muerte de su amigo, con la leona 

que habiéndola robado los cachorros 
el cazador miénéras estaba ausente, etc. 
es bellísima, y cuadra en todas sus partes con la si- 
tuación de Aquíles. 

El discurso que ésto pronuncia sobre el cadáver 
de Patroclo, puestas las manos sobre su pecho, no 
puede ser más tierno; y la venganza que le promete, 
aunque demasiado feroz para nosotros, es la que au- 
torizaban y aun exigían las costumbres de aquel 
tiempo. También es excelente la descripción del 
modo coh que sus donceles lavaron, ungieron y 
amortajaron el. cadáver. 

El breve diálogo entre Júpiter y Juno es propio 
de la situación, y bueno supuesta la teología del 
poeta; para nosotns ya no dice nada. 

La descripción del estado en que Tétis encuentra 
á Vulcano ocupado en fabricar aquellos trípodes se- 
movientes también es preciosa. 

Pl cumplido de Caris á Tétis cuando la ve llegar, 
las palabras que dice á Vulcano, y el recuerdo que 
éste hace del gran beneficio que en otro tiempo ha- 
bía recibido de la marina Diosa, son hoy mismo in- 
teresantes, si suponemos que Tétis es una princesa 
que va á pedir un favor áotro Príncipe, cuya esposa 
la recibe cariñosamente, llama á su marido, y ésta 
al oir el nombre de la huéspeda recuerda el benefi- 
cio que la debió en otro tiempo. Pero, si considera- 
mos á los tres personajes como seres divinos, el pa- 
saje es para nosotros frió. Sobre todo, la fábula de 
escondite de Vulcano en una gruta del mar, y lo de 
estar aUí labrando pendientes, collares y otras chu- 



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220 
cherías paira las ninfas, todo lo cual sería acaso en- 
t3nces una misteriossí alegoría de ciertos fenómenos 
naturales, ha perdido ya todo el interés que tendría 
para los lectores que entendiesen estas alegóricas 
tradiciones, si es que alguno las entendia ya en el 
fiiglo de Homero. ♦ ^ 

Lo mismo digo de las dos estatuas de oro fabrica- 
das por Vulcano, que hablaban, se movian, respira- 
ban, tenian inteligencia, y aun sabian hilar, coser, 
bordar y demás. labores mujeriles. Semejante prodi- 
gio tendría en aquel tiempo embelesado á los prime- 
ros personajes de la Grecia, al cantar los Rapsodes 
los versos que le refieren; pero en el dia, hasta para 
nuestro vulgo, es mero cuento de viejas. Esto no es 
culpa del poeta; es efecto del tiempo. * 

No sucede así con el discurso de Tétis á Vulcano» 
Este tiene hoy tanta belleza como tenía hace veinti- 
ocho siglos. No se puede mejorar. La- Diosa dice 
lo que debe decir; y lo dice con tanta ternura de ex* 
presión, que hoy mismo nos conmueve é interesa. 
El lector habrá notado que una parte de él está 
copiado del que dirigió antes á las Nereidas; pero ya 
sabe que entonces era costumbre recibida entre los 
poetas repetir, si á mano les venía, los mismos ver-, 
sos que ya dejaban empleados; costumbre que Ho- 
mero halló establecida y no quiso alterar por respeto 
á los antiguos, aunque le hubiera sido muy fácil. 

Eñ la respuesta de Vulcano es muy bella y opor- 
tuna aquella tan bien sentida exclamación: 

Asi pudiera 
á la muerte ocuUarie dolorosa, etc. ' 

Nada diré de la descripción del escudo de Aquíles, 
porque para ella sola sería necesaria una larga di- 
sertación. Los lectores pueden consultar la de Bi- 
taubé. 



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t2l 



LIBRO DÉCIMCNONO. 



Como M compone casi todo de arengAs, y estas 
son ias qu3 merecen particular examen, solo notaré 
al paso algunas bellezas en la parte narrativa y en los 
pocos símiles con que está exornada. >- 

El discursito de Tétis á su hijo cuando le presenta 
la armadura es breve y sencillo, como debe serlo el 
simple anuncio de que le trae las prometidas armas. 

La circunstancia de que al dejarlas caer sobre la 
arena se estremecen los circunstantes oyendo el 
ruido que hacen, y no se atrevea á mirarlas de hito 
en hito (sin duda porque los deslumhraba el resplan- 
dor que despedían), y la de que Aquíles al verlas se 
llena de dolor porque su vista le hacía pensar en la 
muerte de Patroclo, y luego que las toma en las ma- 
nos se complace en mirarlas y remirarlas; entran en 
el número de aquellas observaciones que sólo saben 
hacer los ingenios de prifher orden. 

La respuesta de Aquíles es lo que d^be ser mien- 
tras alaba la armadura; pero yo quisiera que hubiese 
omitido lo da que las moscas penetrarán en el cadá- 
ver de Patroclo por las bocas de las heridas, y allí 
engendrarán gusanos, y estos corromperán la carne 
toda; 4.**, porque, habiendo muerto la tarde antes y 
no de enfermedad sino de muerte violenta, y no pu- 
diendo durar la batalla más que un dia, no habla pe- 
ligro de que en las primeras veinticuatro horas ya 
se corrompiera el cadáver: 2.®, porque este peli- 
gro era menor, estando ya lavado y ungido con acei- 
tes aromáticos: 3.', porque, estando cubierto de pies 
4 cabeza coa una sá))ana, no era fácil que las mos- 



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cas penetrasen en él por las heridas; y 4.*, porque 
además las cautivas que le ve aban podían alejar de 
él las que se acercasen. Todo esto quiere decir que 
aquí se hace intervenir la máquina sin necesidad. 

La réplica de.Téti» es ya necesaria en su primera 
parte de las moscas, supuesto el temor de Aquílés; 
y en la segunda es bellísima por su concisión. 
Así, á los Griegos 

tú á la junta convoca, y renunciando 

á la venganza ya que del A trida 

hasta ahora tomaste, sal armado 

á campaña, y el ánimo te viste 

de intrepidez y fortaleza. 
Esta última expresión metafórica, muy v^ilientsy 
poética, se halla también en los libros santos. 

La observación de que, habiendo Aquííes convo- 
cado la junta general de los Aquivos, concurrieron 
aun aquellos 

que solían quedarse en los navios, 

y hasta los timoneros: 
es otra prueba de que Homero nunca' omite las cff- 
cunstancias interesantes. £sta lo es aquí. 

El discurso de Aquíles manifestando que olvida ya 
la ofensa que le hiciera Agamenón, y que se recon- 
cilia con él sinceramente, es digno de Homero en 
todas sus partes*. La bien sentida y naturalísima ex- 
clamación con que principia; la consiguiente refle- 
xión de que hubiera sido mejor que Diana hubiese 
herido con sus flechas á Briseida el día que él la 
cautivó, porque sin la riña á que ella dio ocaston no 
Jmbrian perecido Uintos Griegos; la de que esta riña, 
si ha sido fatal á los Aquivos, ha sido ventajosa á los 
Troyanos; el modo tan decorosa eon que sin bá)6S& 
propone al Atrida que los dos olviden lo pasado, 
ofreciéndolo él por su pari^t y ^^ ¿luna pinecdadft 



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223 
de qfoe en saliendo él á campaña se verá si los ene* 
: oigos quieren ya pasar las noches á vista do la» 
riaves; todo es bueno, y cada cosa ocupa el lugar 
lue le corresponde. Tal vez algún crítico demasiado 
.'>evero no llevará á bien que Aquiles manifieste un 
oomo deseo de que Briseida hubiese muerto repen- 
xinamento cuando él 4a hizo su cautiva; pero ho ten- 
- Irá razón. Dichas ya aquellas palabras, que debió 
-iecir, 

rencorosos 

enemistad por siempre nos juramos 

sólo por una esclava, 
€S naturalísimo, es necesario aquel movimiento, 
Más valiera 

que Diana en la vave con sus tiros 

la hubiese dado muerte, 
jorque entonces no hubieran perecido tantos hé- 
roes. Digo que es natural, porque para Aquílcsimpor- 
<aba más la salud del ejército que tpdas las esclavas 
del mundo. Y para convencerse de ello, basta obser- 
var que, aunque él prefería entre todas las suyas y 
amaba de corazón á Briseida, este amor era como el 
<[ue hoy tienen los Musulmanes á sus concubinas, 
puramente físico, dividido entre muchas, y de tal 
naturaleza, que tratándose del honor se olvida, y se 
:sacriñca si es necesario, la más favorecida del dueño. 
La respuesta de Agamenón está escrita con cierta 
fintira que yo no sabVé ponderar cuanto se merece, 
ál no puede negar que realmente ha sido injusto 
<:on Aquílcs; pero confesarlo ahora delante de todo 
el ejército, como ya lo hizo en la junta de Generales,, 
diciendo: 

hice mal, lo confieso; 
no hubiera sido decoroso en el caudillo supremo. 
4Qué palabras pondrá, pues, Hom oro en su boca? 



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«24 
Las siguientes, que quiero repetir, porípie extractó^ 
das perderían todo su mérito: 

el culpado 

no soy yo. Lo son Jove y el Destino, 

y la Furia que vaga en las tinieblas; 
] los cuales en mi pecho introdujeron 

la triste Diosa que al error preside, 

y á quien Ate llamar los hombres suelen, 

en el aciago di a en que su esclava 

á Aquíles yo quité. Mas ¿qué podia 

yo, mísero mortal, hacer entonces? 

Dios es quien todo lo dispone y hace. 
Pasajes tan finos, conocimiento tan profundo del arte^ 
sólo se hallan en Homero. 

No seguiremos al orador en la narración de la fá- 
bula con que pretende probar que aun los Dioses 
están sujetos al Genio maléfico del error; porque 
estos argumentos tomados de la mitología, convin- 
centes para los Griegos, son ya para nosotros verba^^ 
et voces, et prceterea nikil. Mas, supuesto el argu- 
mento, la conclusión que saca es legítima, á saber: 
que la misma Diosa, á cuyo maligno influjo no pudi> 
sustraerse Jove, fué la que á él le obligó á cometer 
el error de quitar á Aquíles su esclava. Y, sin em- 
bargo de que esle error fué como inevitable é invo- 
luntario, todavía quiere reparar el agravio ofreciendo 
al héroe los preciosos dones que le habia prometido. 
La respuesta de Aquíles es tan cortés y desintere- 
sada, como enérgica y oportuna: 

O ya quieras los dones ofrecerme 

porque justo lo creas, ó guardarlos, 

luego podrás hacer lo que te sea 

más grato al corazón. Kn este dia 

sólo pensemos en salir armados 

al hórrido combate. No conviene 



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que en discursos el tiempo se consuma, 

y la lid se retarde, etc. 
Esto no necesita de comentario; pero nótese también 
aquel otro rasgo tan propio en el carácter de Aquíles: 
Y ya es tiempo 

de que vean á Aquíles los Troyanos 

en las primeras filas, etc. 
Aquí vemos, como en tantos otros pasajes, ó por me- 
jor decir en todo el poeníia, que Homero nunca olvida 
ú omite cosa que deba decirse. 

El discurso de Ulíses, desde que ya empieza á pro- 
poner que se traigan allí mismo los regalos prome- 
tidos á Aquíles por el Atrida y que éste jure no ha- 
ber subido al lecho de Briseida, es oportuno. Pero 
yo quisiera que hubiese omitido, ó á lo menos abre- 
viado, la primera parte en que tanto se extiende so- 
bre que las tropas deben desayunarse antes de co- 
menzar la batalla. £l tiene razón; pero en las com- 
posiciones épicas, lo mismo que en las dramáticas, 
deben omitirse los incidentes y pormenores poco 
interesantes; y tal es el desayuno del ejército. Y 
cuando algo se dijese de él para que luego responda 
Aquíles que por su boca 

no entrará ni alimento ni bebida, 
y con esto se dé lugar á la bajada de Minerva y á la 
milagrosa infusión de las gotas de ambrosía, delHÓ 
hacerse en dos palabras. Pero la justicia exige que 
si algo censuramos en el principio del discurso, ala- 
bemos la conclusión. No puede ser más bella. 

Tú, oh Príncipe, también dentro del alma 

todo rencor olvida 

Desde este dic, 

oh hijo de Atreo, tú también procura 
ser más justo con todos; ni ya creas 

TOMO lli* í^ 



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que puede ser á un Rey indecoroso 

al varen aplacar á quien primero 

él hubiese injuriado. 
Esto es lo que debió decir el prudente Ulíses. 

La respuesta de Agamenón en lo que á él le toca, 
que es lo del juramento y los regalos, es buena en su 
totalidad. Nótense aquellas hermosas expresiones: 
^ Jurar yo quiero 

lo que deseas; ni repugna el alma ^ 

tal juramento hacer, ni cuando invoque 

de la divinidad el nombre santo 

perjurará mi lengua. 
Igualmente bueno es lo que en respuesta dice Aquf- 
les á los dos, y sobre todo la conclusión: 

sólo me es grata la matanza y sangre, 

y el triste lamentar de los que mueren. 
Aquí no habla Homero, habla el mismo Aquíles. 

En la réplica de Ulíses quisiera yo que no fuese 
necesario hablar más del almuerzo ó desayuno de 
las tropas, pero ya que es preciso responder á aqu&« 
lias pallabras de Aquíles... 

« Yo mandaría á las escuadras 

que, sin gustar el vino y los manjares, 

marcharan á la lid; 
debemos observar que Ulíses lo hace en pocas pala* 
bras. Por lo demás, el discurso es magniñco, y me* 
rece que hagamos sobre él algunas observacioaes: 
i.^ Es digna de atención la ingenuidad con que 
los antiguos confesaban que oti*o les aventajaba en 
esta ó aquella virtud, habilidad ó dote del ánimo, y 
señaladamente en el valor, cosa que hoy no confe* 
saria ningún militar. Pero consiste en que ahora el 
valiente y el forzudo se distinguen y entonces se 
confundían, y el guerrero más valeroso y más temi- 
do era el que tenia más puños. Y como no está en ma- 



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527 

^os del hombre tener tal ó cual cantidad de fuerza 
lisica, el que tenía menos que otro no se avergon- 
zaba en confesarlo. De esto tenemos aquí una prue- 
M, y la Iliada ofrece otras muchas. El mismo Héc- 
i,dr, siendo el más valeroso de los Troyanos, reco- 
üioce que Aquíles le aventaja en valentía. 
2.* Aquel passge en que dice: 

Los guerreros 

de combatir se cansan prontamente 

si ha derribado la segur por tierra 

ya mucha paja y la cosecha es poca, 
'Ofrece una expresión alegórica algo oscura para nos- 
otros, pera que no lo sería para los Griegos deí tiem- 
po de Homero. Parece que en ella se quiere signifi- 
car que los primeros campeones se fastidiaban 
en las babillas, aunque hubiesen muerto á muchos 
oscuros combatientes, si no habían logrado matar 
algunos de los jefes, enemigos, verificándose en és- 
tos casos lo de nuestro adagio amucha paja y poco' 
grano. y> 

3.* Son dignas de notarse las reflexiones que' 
fJlíses hace para consolar á Aquíles en la muerte dé' 
Patroclo, y probarle al mismo tiempo que por estáí' 
desgracia no debían los Griegos salir en ayuüás' áP 
-campáfiá: 

Con el vientre 

no es justó que los hijos de la Grecia 

lloren al que murió. Todos los dias 

muchos y valerosos adalides 

caíen; y si llorarlos sé debiera 

üttó'pór uno á todos, ¿ciiábdo el hoóibPiP 

el llatíló abobaría? Al que muriere 

é» jüUo' liíéiáb^ sépuílaír y mucho'^* 

^u pérdida senW,ru\i^átff(íiftá^' • 



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I 228 

salieron de la lid, en el sustento 

y en la bebida piensen. 
Consuelos más filosóficos, y presentados con más sen^ 
cillez y concisión, no se hallan en el mismo Séneca». 
. Dejemos el juramento del Atrida, cuyas expresio- 
nes son como de ritual, y observemos la delicadeza. 
y finura con que le disculpa Aquílés en el discursito 
que sigue al juramento. No habla con él, ni con el 
auditorio; se dirige á Júpiter, y le dice: 

Grandes y muchas desventuras sueles, 

padre Jove, enviar á los humanos; 

que si tú no lo hubieses permitido, 

nunca jamás en cólera mi pecho 

inflamara al Atrida, ni la joven 

él hubiera sacado de mi tienda % 

contra mi voluntad, de irresistible 

fuerza arrastrado, etc. 
¡Qué bien empleada está aquí la doctrina del fatalis» 
mo! Pero dirá alguno: ¿Y así habla ahora el hombre^ 
que tantos horrores ha estado diciendo del Atrida? 
¿ío es esto contradecirse, no es desmentir su carác- 
ter? No: la que técnicamente se llama constancia e¿ 
los caracteres, el servetwr ad imum^ no consiste en. 
que los personajes siempre hagan y digan lo mismo, 
sino en que siempre hagan y digan lo que convehga. 
á su carácter según las circunstancias. Y de consi- 
guiente, si estas han variado, variarán también sus 
opiniones y su lenguaje. Así en este caso, Aquíles 
decia horrores del Atrida cuando estaba enemistada 
con él; pero ya es su amigo, se han reconciliado lo& 
dos solemnemente, y debe hablar otro lenguaje. El 
que ahora emplea hubiera sido ridículo en el libra 
nono, y lo que entonces djjo sería ahora intempes- 
tivo y absurdo. Distingue témpora. 
El discurso que Bríseida pronuncia cuando al lie* 



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2^ 
^r á la tienda de Aquilea ve el cadáver de Patro- 
«clo, y las razones que da para mostrar cuan sensi- 
ble debe ser para ella la falta de su amigo y protec- 
tor, no exigen comentario. Este es uno de aquellos 
pasajes que la Musa de la tragedia dictó á Homero 
¿ntes que hubiese tragedias. 

De la observación que sigue sobre que las otras 
cautivas de Aquíles • > 

todas gemian lamentando tristes^ 
al parecer, la muerte de Patroclo, 
pero en la realidad sus propios males, 
l)aste decir que ha arrancado elogios á los más rígi- 
dos censores de Homero. 

No es menos tierno é interesante el discurso dd 
Aquíles al acordarse 

de la fidelidad con que otro tiempo 
oficioso Patroclo le servia. 
Tuélvase á leer, porque para analizarle aquí serla 
necesario copiarle todo. 

También es muy fina la observación de que los 
Príncipes que rodeaban á Aquíles mientras hablaba 
con el cadáver de Patroclo, suspiraban 
al acordarse 
cada cual de las prendas que dejado 
dentro su casa había. 
Pasemos por alto lo que Jove dice á Minerva, la ba- 
jada de ésta, y la infusión de la ambrosía, y venga- 
mos á la conclusión del libro. 

El símil de los copos de nieve, para dar á conocer 
cuan numeroso era el ejército griego que de nuevo 
jsaleá campaña, ha sido empleado anteriormente; 
pero aquí se presenta con tanta novedad, que ya no 
parece el mismo. 

La valiente personificación por medio de la cual 
í)uede decir el poeta que en contorno de los Griegos 



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532 
£sler pasaje prueba que si los héroes del tíempo de 
Homero se explicaban con toda esta ingenuidad, hoy 
ao se podrian poner iguales expresiones en boca de 
un militar. Ya di la razón más arriba. Lo que añade 
luego sobre que á nadie es dado pelear con Aquíles 
porque siempre tiene á su lado algún Dios que le li- 
berte la vida, pero que de igual á igual no temería 
combatirle, está bien imaginado para disculparse. 
Pero nótese cómo la fuerza de la verdad le arranca 
la confesión de que, aun sin los Dioses, vuela dere- 
cha de la mano de Aquiles 

la terrible lanza, 
y de volar no cesa hasta que logra 
el cuerpo atravesar de un enemigo. 
Esta pincelada es de maestro. 

La réplica del supuesto Licaon es concluyente. Ve 
que Eneas se disculpa con que el Griego tiene siem- 
pre en su favor alguna Divinidad; y le hace este ar- 
gumento: «Si Aquíles, siendo hijo de una Diosa mo- 
nos distinguida, logra ese favor de los Dioses, invó- 
calos tú igualmente; y siendo, como eres, hijo de 
Venus, Diosa también y superior á Tétis, serás pro- 
tegido por ellos.» 

La arenga de Juno á las Deidades de su bando 
cuando ve que Eneas marcha á pelear con Aquiles, 
y la respuesta de Neptuno, son insípidas para nos- 
otros; porque no podemos conciliar nada de lo que 
dicen con las ideas que en nosotros excita, y 
debe excitar, la palabra Divinidad. Pero ya queda 
dicho y probado que de esto no tiene la culpa Ho- 
mero^ 

Y cuando alguna tuviese, bien se le podia perdo- 
nar por la hermosa pintura del león acometido por 
los cazadores. No puedo darse una descripción más 
verdadera y animada. Nótese aquello de que 



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233 

desdeñoso 
primero los desprecia; mas, si herido 
es de un íuerU) mancebo por la pica, ' 
hacia él se vuelve con la boca abierta, 
baña en espuma los agvdos dientes, 
gime en el pecho el corazón fogoso, 
los muslos y costados cmi la cola 
duro se hiere, y al combate él mismo 
se anima y estimula, y con ceñudo 
rostro mirando al escuadrón le embiste 
enfurecido. 
El que así pinta habia visto por sus ojos combates 
de leones; no los copiaba de los libros, como los poe- 
tas modernos. 

La arenga de Aquíles á Eneas, cuando ya se le 
acerca para empezar la batalla, contiene los pensa- 
mientos que debjeron ocurrirle viendo tan atrevido 
al Troyand. Primeramente, debió pensar que sólo la 
esperanza de un gran premio podia inspirarle seme- 
jante osadía, y este premio no podia ser otro, en un 
flombre como Eneas, que el trono de Príamo, ó una 
rica heredad que la nación le diese, según la usanza 
de aquellos tiempos. Pero esta esperanza era vana; 
ni Príamo, conservando su razón y teniendo hijos, 
jpodia cederle la corona; ni á él le seria fácil matar á 
Aquiles, y por este medio adquirir la prometida he- 
redad. En segundo lugar, debió ocurrírsele el pasado 
combate en que este mismo Eneas echó á correr, y 
no paró hasta verse dentro de los muros de Lirneso; 
y aun allí hubiera caído en su poder, si los Dioses 
no le hubieran facilitado la fuga. Y ocurrjéndosele, 
debió recordárselo á Eneas para intimidarle. En ter- 
cer lugar, mirándole como un rival poco temible, 
pues ya sabía hasta dónde . alcanzaban sus fuerzas, 
debió aconsejarle que se retirase, dando á entender 



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!^4 

en ésto que él no buscaba triunfos tan fáciles y que 
tan poco le honrasen. Y esto es cabalmente lo que 
Homero pone en su boca. 

La respuesta de Eneas, examinada superficial- 
mente, puede parecer demasiado larga; porque 
Aquíles no ignoraba quién era ni quiénes habían sido 
sus abuelos; y no habiéndole preguntado nada acerca 
de su linaje, no hay razón, como en el discurso de 
Glauco en el libro sexto, para que Eneas gaste tan- 
tas palabras en informarle de su genealogía, que él 
no ignoraba, ó no quería saber. Sin embargo, refle- 
xionóse que Eneas no tenía mucha gana de pelear 
con Aquíles y confesaba que le era muy inferior en 
valentía; y se verá que esta misma prolijidad, el ia- 
sistir tanto en que es muy fácil injuriar, el decirlo 
al principio, el repetirlo al fin, y el presentar por 
tantos lados una misma idea, está hecho con grao 
conocimiento del corazón humano. Todo esto quiere 
decir que Eneas, á pesar de sus bravatas, temia lle- 
gar á las manos con Aquíles, y procuraba espantar 
el miedo charlando mucho, divagando, triunfando 
en cie.rto modo con argumentos, razones y morali- 
dades, ya que no esperaba conseguirlo con las ar* 
ioaas, y dilatando con árboles genealógicos el mo- 
mento del combate. Hubo tiempo en que á mi tam* 
bien me parecía esta arenga difusa, incoherente y 
$yena de la situación en que se pronuncia; pero he 
conocido después que acaso no hay en toda la /lia- 
da otra más bien imaginada y escrita con más deli- 
cado artificio. 

El combate de los dos héroes está descrito con la 
extensión que merece, y con la fidelidad que se ob- 
serva en todas las descripciones de Homero; pero no 
tiene mucha novedad. 

£1 discurso de Nepluno sobre salvar la vida á 



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235 

liiéds, es digno dejan Dios. Él es enemigo de Troya; 
y sin embargo, cuando ve en peligro á un Troyano 
Yiriuoso, se compadece de él y pide permiso á los 
«iros Dioses de su bando para salvarle la vida. Sod 
üotables sus expresiones: 

¿por qué ahora 

éste ha de perecer sin culpa suya 

por delitos ajenos en que parte 
^ él no tuviera, cuando siempre pió 

victimas escogidas á los Dioses 

que en el cielo habitamos anchuroso 

ofrecer suele? 
Este homenaje de respeto á la virtud y á la piedad, 
prestado por un enemigo, prueba, como dice Hora- 
do, que áates y mejor que los filósofos de profesión 
conoció y enseñó Homero los principios de la moral. 
La respuesta de Juno es como suya: siempre res- 
pirando odio contra los Troyanos y deseos de ven« 
gar el ultraje que Páris hizo á su belleza. Maneú alta 
mente repostvm. 

El discurso de Neptuno á Eneas después que le ha 
salvado la vida^ y el soliloquio de Aquiles cuando 
ve que el Troyano ha desaparecido, son lo que de- 
ben ser: nada sobra, nada falta, y ambos dicen lo 
que debieron decir en aquellas circunstancias. 

La exhortación de Aquiles á los Griegos es breve 
cual entonces convenia, pero enérgica. Nótese aque- 
lla convincente razón que alega para probarles que, 
aun peleando él, es menester que ellos también com^ 
batan y le ayuden: 

- - r A mí difícil, 

aun siendo tan valiente, me sería 

el alcance seguir á tantos hombres 

y con todos lidiar. Ni el mismo Marte, 

siendo Dios inmortal, y ni áuu Minervu, 



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236 

lan dilatódo campo de batalla 

podrían recorrer, y en todas partes 

hallarse y pelear. 
La de Héctor á sus tropas es igualmente bella, y 
tiene más artificio oratorio. El solo nombre de Aqui- 
les infundía tal terror en los Troyanos, que era muy 
difícil animarlos á pelear con él. ¿Qué hará, pues, el 
orador, no pudiendo negar la superioridad de aquel 
héroe? Alegar las generalidades de que si es fácil 
echar fieros y bravatas, no lo es tanto ejecutar des- 
pués lo prometido, y que si los Dioses permiteu al 
Griego cumplir algunas de sus amenazas, otras mu- 
chas se llevará el viento; y ofrecerse á combatir con 
el Griego. Nótense las expresiones con que está 
enunciado este último pensamiento; porque ellas 
mismas están manifestando la alta opinión que se 
tenía de Aquíles en el ejército de Troya, y que Héc- 
tor no estaba muy dispuesto á cumplir lo que ofrecía: 

Voy ahora 

en su busca, aunque sean semejantes 

sus manos á la llama; si, á la llama 

semejantes sus manos, y al acero 

su indomable valor. 
Obsérvese en la repetición notada con bastardilla 
cuan profundamente grabada tenía Héctor e» su me- 
moria la ¡dea del valor de Aquíles. Ha dicho que sus 
manos son semejantes á la llama, interrumpe el dis- 
curso como quien se detiene á pensar en aquellas 
manos terribles, y vuelve á continuarle repitiendo las 
últimas palabras: especie de repetición, muy enér- 
gica y enfática, de que no he hallado ejemplos en 
ningún otro escritor; y en la misma IKada sólo hay 
otro, y en boca de Héctor también, que veremos en 
el libro vigésimosegundo. 
La descripción del estrago que hace Aquíles eií 



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137 
los Troyanos, cuando ya empiézala batalla general, 
es como todas las de Homero. 

Que el sensible Héctor, cuando ve caer á su her- 
mano Polidoro, vaya á pelear con Áquües, está en la 
naturaleza. 

Lo que el Griego dice cuando le ve llegar sale del 
corazón, y las brevísimas palabras que añade, des- 
pués de concluido el primer discurso, no pueden ser 
más arrogantes, ni la frase más poética: 

Más cerca ven, para q\xe pronto llegues 

al conjin de la vida. 
La respuesta de Héctor es la que corresponde á las 
bravatas del Aquivo. Estas no son las que le intimi- 
dan, y fácil le sería responderle con otras iguales: lo 
que puede acobardarle es la persuasión en que está 
de que su antagonista es más valeroso; pero los Dio- 
ses pueden hacer que, aun siendo él menos esforza- 
do, le atraviese con su lanza; 

porque su punta 

afilada es también. 
£1 milagrito de Palas, que con un soplo aleja del es- 
cudo de Áquiles la pica lanzada por Héctor, no me 
parece necesario, y además rebaja el mérito del 
Griego. Así cualquiera sería valiente como éL Pero 
su furor, cuando ve que el enemigo se le ha esca- 
pado de entre las manos, está bien pintado en el 
breve discurso que pronuncia. 

£n lo restante del libro son dignos de atención el 
8imü en que Uipodamante es comparado (v. 704) 
con el hosco novillo 

que llevan arrastrando los mancebo 

á su pesar, etc.; 
el del fuego que corre 

V de árido monte por los anchos senos, etc. (y. 864) 
j el del trillador que oncd dos bueyes (v* 871) 



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S38 
de torva y ancha frente bajo el yngo, etc. 
Los tres son poéticos y están bien aplicados. 

También es hermosa la pintura del modo con que 
los caballos de Aqufles iban hoUahdo cadáveres y 
escudos, y salpicando de sangre el eje y los tableros 
del carro. 



LIBRO VIGESIMOPRIMERO. 



Ya dije, hablando del anterior, que ambos contie-. 
nen maravillas que los Griegos escucharían embele- 
sados y á nosotros nos parecen lo que son, fícdones 
absurdas. Así, en este libro, ¿qué pueden significar 
para nosotros un Dios-rio que combate con un hom- 
bre, y otro Dii)s-fuego que enciende las aguas del 
primero? ¿Y cómo no nos han de parecer ridiculas 
Divinidades las que luego andan á pedradas y se dan 
de mojicones? Mas,' pues estas fábulas eran védrda- 
des históricas para los lectores de Homero, y éste al 
referirlas hubo de conformarse con la creencia po¿ 
pulár, no examinemos ya las ficciones en sí mis-^ 
mas; veamos si están poéticamente contada?, indi- 
ca^o al paso lo que haya de notable en lo puramént» 
humano. 

La pintura de los Teucros que se predpitafif en el 
rio aébsados por Aquíles, y el símil de las Isragéstas 
con que se ilustra la descripción, no pueden ser, ni 
aquella más acabada, ni éste más hien escogido. 

La circunstanciada relación del estrago que haee 
ol Griego en los enemigos, y sobre todo, aquel cofeér 
ffftfedócfe* jóvenes panuque expíen 

c<4h"sii sfaogrria'muiBrte'cte'Patrwao'jí' 



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239 
son, como dicen los franceses, de tina horrorosa 
yetará. 

£1 soliloquio de Aquíles cuando ve delante de si 
é Licaon, á quien creia muerto ó esclavo en Lémnos, 
es naturalísimo; y si ciertamente hubo tal ocurreti- 
oia en el sitio de Troya y Aquíles habló consigo mis- 
mo, se dijo lo que supone el poeta. Nótese aquella 
íetiz conclusión: 

Mas ahora 
pruebe la punta de mi aguda lanza, 
para ver si también desde el sepulcro 
vuelve á la luz. 
¿Quién de nosotros,, puesto en la misma situación, 
no'^ diría lo que dice Aquíles? 

La súplica de Licaon está llena de rasgos bellísi- 
mos, y sería necesario copiarla para hacer sentir 
iodo su méríto. Nada omite de cuanto puede enter- 
necer el corazón de Aquíles: i.* Habiendo sido su 
cautivo, y gustado en su tienda de los frutos de Cé- 
res, goza en cierto modo del fuero de los suplican- 
tes, cuyas personas eran sagradas. 2." Ya cuando le 
vendió en Lémnos le valió una cantidad considera- 
ble, y ahora se la darían doble sus padres si permi- 
tíese rescatarle. 3." No hace más que once días que 
ví)lvi6 del cautiverio, y ya otra vez el cruel destino 
lópone en sus manos. 4." No teniendo más que otro 
If^rmaüo uterino, éste acaba Je ser muerto por el 
mismo Aquíles Y, sobre todo, 5.^ El no ha nacido de 
la^tnisma madre que Héctor, el matador de Patrocio. 
Esta' última pincelada es admirable. 

No lo es menos la respuesta de Aquíles. Vuélvase 
á leer, y no será necesario comentarla. Nótese, sin 
embargo, aquella palabra, amigo, que está en el 
original y yo no he querido variar, y se verá que ya 
losGríé^fMmft este título irónicamente, y como 



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240 
por chanza, aun á las personas que aborrecían ó des* 
preciaban, lo mismo que hacemos nosotros. Y nótese 
también la frialdad é indiferencia con que Aqufles 
habla de su propia muerte. Así se explican hoy mis- 
mo los fatalistas musulmanes. 

Los insultos que dice Aquíles al cadáver de Licaoii 
son propios de aquel siglo. 

El discursi to de Aquíles á Asteropeo, preguntan* 
dolé quién es y de qué país, está motivado por lo que 
éste le responde, á saber: que habia venido á Troya 
once días antes. En este caso, Aquíles no podia cono- 
cerle, porque no habia asistido á las batallas; y vien- 
do que osaba esperarle, era natural que le pregun- 
tase quién era y de qué linaje' y nación, pues tan 
atrevido se mostraba. Aquí está repetida literalmente 
la andaluzada que ya oimos en el libro sexto en boca 
de Diomédes: 

¿No sabes 
que nacieron de padres infelices 
los que conmigo á batallar se atreven? 
La respuesta de Asteropeo no contiene más de lo 
preciso para satisfacer á la pregunta de Aquíles, y 
este es el mayor elogio que de ella puedo yo hacer. 
Los insultos que según costumbre dice el matador 
al muerto no son importunas bufonadas; se fundan 
en lo que el mismo Asteropeo habia blasonado de su 
origen, y tienen todo el decoro que permiten estos 
sarcasmos. 

El discurso del Janto, es sencillo breve y oportu- 
no, y la respuesta de Aquíles la que conviene á mi 
carácter: 

Lo que tú mandas 
haré yo; mas primero á los perjuros 
TrOyanos seguiré dando la muerte 
hasta que en su ciudad se encierren todos. 



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241 

A la súplica que el Jan lo hace á Febo para que le 
ayude contra Aquíles, podemos aplicar lo que en una 
comedia se dice de cierta dama: «sin defecto común, 
ni perfección peregrina.» 

La descripción del combate del rio con Aquíles 
considerado el hecho como un suceso natural, esto 
es, suponiendo que estando aquél dentro del rio hu- 
biese una grande avenida, y huyendo de ella saltase 
fuera agarrándose á un árbol, y salido á la orilla en- 
contrase ya inundada la llanura y fuese brincando 
basta salir á lo seco, es magnifica; y el símil con que 
se ilustra, uno de los más hermosos de todo el poe- 
ma. ¡Qué bien y fielmente está pintada la acción del 
bortélano que saca el agua del pozo; 
y, el escardillo en mano, los estorbos 
quita de las regueras; y corriendo 
por el declive en plácido murmullo 
el agua lleva en pos las pied recillas 
que encuentra al paso, y siempre va delante 

del que la guia / 

La plegaria de Aquíles á Jove para que le saque del 
peligro en que se encuentra, es la que debió hacer 
en aquella situación. Nú tenso la tierna exclamación 
y el rasgo de valor con que empieza: 

¡Y ninguno entre los Dioses 
á este infeliz libertará del rio! 
Salga yo de él, y mas que luego muera; 
y aquel otro pensamiento tan natural: 
Más valdría 
que á manos de Héctor perecido hubiese., etc. 
Eq lo que hace y dice Neptuno, cuando uijido con 
Palas acude á socorrer al héroe, hay algún descui- 
dillo del poeta. Creemos que el Dios le librará del 
peligro en que se hallaba, y vemos que se contenta 
con darle buenas esperanzas. Suponemos que si le 

16 



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242 
da algún consejo será relativo á lo que debe hacer 
para salir del rio, y nos encontramos con que muy 
seria y formalmente se pone á decirle que no cese en 
la batalla hasta que encierre dentro de sus muros á 
los Troyanos que hoyan escapado con vida. Pero esto 
ya él lo quería, lo deseaba y estaba resuelto á hacer- 
lo. ¿A qué, pues, aconsejárselo? Además, esta inter- 
vención de Palas y Neptuno es inútil é ineficaz. Es 
cierto que animado Aquíles con la promesa de los 
Dioses empieza á caminar seguro; pero otra vez, y 
muy pronto, levantadas en alto las aguas 

del anchuroso rio, y detenidas, 

ya á derribar al suelo comenzaban 

al hijo de Peleo. 
Y fué menester que Juno implorase el auxilio de Vul- 
cano, y que éste incendiando la corriente salvase al 
perseguido Aquíles. ¿Qué hicieron, pues, Nepluno y 
Palas con su poderosa intervención? Darle inoportu- 
nos cornejos, volverse al terraplén, y dejarle en el 
mismo y aun mayor peligro. Pues para esto tanto 
valia que no se hubieran movido. 

El discurso del Janto al Símois es pomposo y bri- 
llante. 

El de Juno á Vulcano también es bueno; la des- 
cripción del incendio que este propagó por la llanu- 
ra, como de Homero; y el símil de los Nordestes, en 
que se hace sensible la prontitud con que la tierra 
quedó seca, más que bueno. 
. El otro del Janto á Vulcano, si por un instante su- 
ponemos que el rio es un hombre como nosotros, 
nos parecerá admirable. Es precisamente lo de la 
zorra: «están agraces.» £l ha hecho cuanto ha po- 
dido por matar al Griego y salvar á los Troyanos, no 
ha conseguido ni uno ni otro, y dice: 



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€43 

arroje Aquiles 
lioy mismo, si te place, á los Troyanos 
de su ciudad. ¿Qué fruto yo sacara 
de seguir combatiendo, y á los hombres 
de proteger ahora? 
Digo lo mismo del que luego dirige á Juno. Si supo- 
nemos que es un Príncipe auxiliar de los Troyanos 
que im(4ora piedad, y promete separarse de su alian* 
za, no puede ser lo que dice ni más oportuno ni 
más congruente. 

El símil de la caldera está bien presentado; pero no 
tiene mucha novedad. Los dos objetos comparados 
son demasiado semejantes, y cualquiera conoce, sin 
que el poeta se lo diga, que si el agua de un rio ca- 
lentada por los fuegos subterráneos llegase á hervir y 
á convertirse en vapor, herviría y se evaporarla como 
la de una caldera que tuviese mucho fuego por deba- 
Jo. En lo demás, el pasaje está bellísimamente escrito. 
Llegamos al combate de los Dioses. El anuncio no 
imedeser más sublime: 

bramó asustada la anchurosa tierra, 
y en sonorosa voz, cual si llamase 
la trompeta marcial á la batalla, 
el vaplo cielo resonó; 
pero desgraciadamente lo que sigue no corresponde 
Á este principio, ni llena la expectación en que el 
anuncio ha puesto á los lectores. Veámoslo ccm algu- 
na detención. 

Marte vibra su lanza contra Minerva; pero aunque 
>él es el Dios de la guerra, y su pica es aquel terríble 
y enorme ianzon 

que los fuertes escudos atraviesa, 
no puede romper la égida de Minerva. Esto se salvfii 
^on decir que ni el rayo de Jove rompería esta égida 
íbrmidable; pero, ¿cómo salvaremos la iuverosimili- 



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244 

tud de que und hembra pueda más que un tan forzan- 
do varón y le tienda en el suelo de una pedrada? Lo9^ 
alegoristas lo componen fácilmente diciendo que la 
prudencia y la maña triunfan siempre del valor, y 
que esto significa la victoria de Minerva; pero no 
advierten que esta no combate como Diosa de la Sa- 
biduría, sino como Diosa que preside también á las 
batallas. Además, si hubiera vencido á Marte con al-^ 
gun ardid, pudiera decirse que el arte vence al valor; 
pero si vence á fuerza de puños, ¿cómo puede enca- 
jar la alegoría? 

La misma Palas arremete luego con Venus, que 
procuraba levantar del suelo á Marte, y de una pu- 
ñada la derriba también al lado de su amante, y los 
dos quedan allí tendidos y hechos la burla de los 
otros Dioses. Esto no es inverosímil, porque Palas es 
guerrera y forzuda, y la tierna Venus débil y delica- 
da; pero el combate entre ambas, si así puede lla- 
marse, es el de dos verduleras. 

Todavía es más udecente, y no menos inverosi- 
mil, el modo con que Juno trata á Diana. Esta era 
como león entre mvjeres, y entraba en la lid armada 
con su arco y matadoras flechas; pero á pesar de la 
superioridad que la dan sus armas, y de que ella e? 
robusta cazadora. Juno, sin estar armada, la sujeta 
ambas manos con su izquierda, la quita con la otra 
la aljaba y el arco, y la da con él de pescozones en 
los carrillos. Y el león entre mujeres se contenta 
con volver la cara á uno y otro lado para evitar los 
golpes, echa á llorar como una niña, y sin hacer 
siquiera ademan de querer defenderse, huye al Olim- 
po á contar á su padre que la haii hartado de bofe- 
tones. ¿Pelearian de otro modo dos muchachas de 
la calle? ¿Haria otra cosa la vencida y abofeteada? 

Por fortuna, Apolo no quiere combatir con N^tu- 



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245 
Ido, por más que éste le provoca, y Mercurio se ex- 
cusa de medir sus fuerzas con Latona, alegando 

que difícil 
fuera lidiar con hembras que del lecho 
participan de Jove. 
Tal es el gran combate de los Dioses, en el cual 
«aperábamos que se estremeciesen los montes y se 
conmoviera el universo todo; y se reduce á una pe- 
iJrada, un puñetazo y cuatro mojicones. Yo sé, y dejo 
dicho, que Homero no tiene la culpa de que los Grie- 
gos adorasen á tan absurdas y ridiculas Divinidades; 
pero me parece que, habiéndolas hecho combatir, 
pudo y debió pintar una batalla en que no hiciesen 
\xn papel tan desairado el furibundo Marte, la caza- 
dora Diana, y aun la risueña Venus. Medios habia 
para que triunfasen los Dioses protectores de los 
Griegos, sin que apareciesen tan cobardes y débiles 
los defensores de los Troyanos. 

Sea de esto lo que se quiera, y aun concediendo 
<|ue Homero no es censurable, lo que no tiene duda 
«s que á nosotros no puede ya gustarnos este pasaje 
4e su Iliada, por más ilusión que procuremos hacer- 
nos; y esto es lo que yo he querido demostrar á mis 
lectores ridiculizando la batalla de los Dioses. 

Volvamos ahora á las arengas que mutuamente se 
dirigen, y ya es otra la cuestión. Todas ellas, su- 
'puesto el hecho, son hermosas, son como las demás 
de Homero. Véase, si no, cuan elocuente es el dis- 
curso de Marte desafiando á Minerva: 

¿Por qué otra vez, cual importuna mosca, 
á los Dioses empeñas en combates, 
atrevida Deidad? ¿A tanto llega 
tu orgulloso furor? etc. 
lío es menos valiente el de la Diosa, cuando ha 
iriunfodo de Marte y le dice: 



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246 

¡Necio! ¿será posible, ya que intentí» 

conmigo pelear, que ni aun ahora 

hayas llegado á conocer tú mismo 

cuánto yo soy más fuerte? Así castiga 

tu madre Juno la inconstancia tuya, etc. 
Igualmente fogosos y de buen gusto son los saroas- 
mos con que la misma Palas zahiere á Venus cuando* 
la ve caida. 

La reconvención que Neptuno hace á Febo porque^ 
favorece á los Troyanos, habiendo sido tan maltra- 
tado por Laomedonte, es justa y está hecha con todo- 
el fuego que requería el argumento. 

La excusa que Apolo da á Neptuno para no admi* 
tir el desafío, y en la cual está repetida, pero con 
novedad, la bellísima comparación de los hombrea 
con las hojas de los árboles, es también la de iei 
zorra. » 

También es elocuente la reconvención de Diana al 
mismo Apolo, cuando le ve rehusar el combate áque^ 
Neptuno le provocaba. 

¿Huyes (le dice), Flechador Apolo, 

y libre el campo dejas á Neptuno, 

y la gloria le das del vencimiento? 

¡Ah, tímido rapaz! ¿para qué al hombro 

llevas inútil arco? Mis oídos 

no te vuelvan á oír... etc. 
£1 discurso de Juno á Diana es como suyo; siempro^ 
crgullosa y altanera y despreciando á los demás: 

¿Cómo, insolente y de pudor desnuda, 

te atreves á esperarme? etc. 
La pregunta que hace Júpiter á Diana cuando la ve- 
llegar afligida y llorosa, es la misma que en igual 
caso hizo Dione á Venus en el libro quinto, y entra 
en tíl número de las inocentadas de Homero. Fácil le 
hubiera sido variarla; pero tenía ya hechos aquellos^ 



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247 
versos, y no quiso tomarse el pequeño trabajo de 
hacer otros. 

La respuesta de Diana es distinta de la que enton- 
ces dio Venus, y debe serlo, porque ni Diana viene 
realmente herida, sino un poco abanicada, niel 
agresor era un mortal. 

Salimos ya en parte de los Dioses; pues, excepto 
Apolo, vuelven todos al Olimpo, mustios los vencidos 
y alegres los vencedores. Digo en parte, porque 
Fabo todavía se presentará en la escena antes de 
acabar el libro. Volvamos, pues, también nosotros á 
los hombres. 
£1 símil del fuego, cuando incendiada una ciudad, 
afligidos los tristes habitatites 
todos trabajan, y total ruina 
á muchos trae el fuego, 
es adecuado para dar á conocer de qué modo 
Aquíles á los Teu**os perseguía 
llenando á todos de pavor, y á muchos 
dando la muerte en general estrago. 
La orden que da Príamo á los soldados que cus- 
todiaban las puertas para que las abran y las ten- 
gan abiertas hasta que acaben de entrar los fugiti- 
vos, y luego las cierren, está concebida en los preci- 
aos términos en que debieron dictarla, por una parte 
la próvida solicitud de que los suyos al acogerse á 
los muros hallasen abiertas las puertas de la ciudad, 
y por otra el fundado temor de que los enemigos 
penetrasen también, pues tan cerca les seguían el 
alcance. 

El soliloquio de Agenor^ en que delibera sobre 
pelear ó no con Aquíles, es admirable: todas las ra- 
zones en pro y en contra están pesadas, y en el tono 
y en las suspensiones y correcciones que le adornan 
está pintada la agitación interior del que habla. Nó- 



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2i8 
tese aquello de que el cuerpo de Aquíles era vulne- 
rable, y se verá que la fábula del lavatorio en él 
agua de la Estigia no era conocida en tiempo de Ho- 
mero. Además, en este mismo libro ya le hemos 
visto herido en un codo, aunque levemente. 

La comparación del tigre es buena; y lo poco que 
dice Agenor, al tirar su lanza, lo único que pudo 
alegar para cohonestar su atrevimiento, ó hacerse 
ilusión á sí mismo. 

Nótese en los últimos versos cuan bien pintado 
está el miedo de los Troyanos; pues aun llegados á 
sus murallas, 

fuera de la ciudad y su recinto 
no osaban esperai'se el uno al otro, 
y saber quién la vida con la fuga 
salvado habia y quién en la batalla 
hubiese perecido, etc. 
Pinceladas de maestro. * 



LIBRO VIGESIMOSEGÜNDO. 



Este libro, el tercero, el sexto, el nono y el vigó» 
simocuarto son para mí los mejores del poema, y 
creo que serán de mi opinión todos los inteligentes. 
Homero en los veinticuatro es el primer poeta del 
mundo, pero en los cinco fué superior á sí mismo. 
Ya lo hemos visto en los tres anteriores, y lo vere- 
mos en el último; ahora indicaré, no todas, sino las 
principales bellezas del presente. 

La inverosimilitud de que Héctor se quedase fuera 
de los muros, está perfectamente salvada con decir 
que, á pesar suyo. 



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249 

la díira Parca, 

cual si tuviera con pesados grillos 

sujetos ambos pies, allí parado 

. le delenia. 
£1 discurso de Apolo es propio de una Divinidad, 
y^ que no lo sea el engaño de que se ha valido para 
dlejar de las murallas al hijo de Peleo. 

¡Miserable mortal! ¿por qué persigues 

en incesante rápida carrei'a 

á un inmortal, aun Dios? ¿No has conocido 

que soy una Deidad? 
La respuesta .del héroe es la que corresponde á su 
carácter y á la situación. Nótese el último rasgo, 
si pudiera, 

caro el engaño tú me pagarías. 
El símil empleado para hacer ver cómo Aquücs 
caminaba hacia Troya, , ^ 

•**- como suele 

el ligero bridón que en la carrera 

al premio aspira, y por la gran llanura 

fácil arrastra el ponderoso carro, 

el galope tender, 
€3 oportuno y exacto. 

La comparación del mismo Aquíles oon el astro 
<le otoño, el cual 

brilla entre las estrellas, con sus rayos 

á las demás en claridad venciendo, 

en la profunda noche; y aunque sea 

tan reluciente y bello, infausto anuncia 

y acarrea á los míseros mortales 

peligrosas dolencias, 
es felicísima, y sobremanera poética. 

El tierno discurso de Príamo, disuadiendo á Héc- 
tor de combatir con el Griego, es un trozo de elo- 
4?uencia con el cual no se igualan los más celebrados 



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^ 



de Cicerón y Demóstenes, y aun en la misma Ilíada^ 
pocos hay que le disputen la palma. Es algo largo^ 
porque la situación lo permite, siendo pronunciado 
mientras Aquíles está todavía bastante alejado de los 
muros; y mucho debiéramos sentir que hubiese sido 
más breve. Cada cláusula suya es una piedra pre- 
ciosa, pero nótese en particular aquella descripción 
de la ruina de Troya hecha como en profecía por el 
anciano Rey: 

Mas, llegado 
yo al confín de la vida, el padre Jo ve 
eh adversa fortuna dolorosa 
me acabará, después que por mis ojos 
grandes y muchas desventuras vea: 
muertos mis hijos con agudo hierro, 
á esclavitud mis hijas reducidas, 
arrastradas mis nueras por las manos 
de los fieros Aquivos, de las torres 
arrojados mis nietos, mis nupciales 
tálamos profanados, y asolada 
esta ciudad en general ruina. • 

Nótese también aquella tan natural ocurrencia de 
que sus mismos perros, los perros que él habia 
criado dándoles la comida de su mesa, 
arrastrarán el mísero cadáver; 
y atormentados por la sed rabiosa, 
beberán de su sangre, y entre rumas 
dormirán en e\ pórtico abrasado. 
¡A quién no enternecerán hoy mismo presentimien- 
tos tan tristes y tan hábilmente presentados! Nótese» 
en fin, aquella observación de que 
al joven que animoso combatiendo 
murió en batalla, de laurel le sirve 
que todos vean la gloriosa herida 
que recibió en el pecho; y si quedare 



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«51 
en el campo desnudo, decorosa 
m misma desnudez es todavía, etc. 
Digo lo mismo del discurso de Hécuba, de aquella 
madre que 

lamentaba, 
la venerable faz bañada en lloro, 
de Héctor la triste suerte, y desnudando 
y mostrándole el pecho, y abundantes 
lágrimas derramando, le decía: 
«Héctor, ¡hijo del alma! Si otro tiempo 
»yo este pecho te di, con que acallaba 
»tus infantiles lloros, la memoria 
»de tu niñez recuerda, y compadece 
»á esta madre mfeliz...» 
¿k quién no conmoverán tan tiernas y cariñosas pí' 
lateas? 

El símil del dragón que alimentado de mortales 
venenos 

firme espera 
al hombre que le sigue, y no so oculta 
• en su guarida; que en ardiente saña 
enfurecido está, y á todas partes 
vuelve yre^dve los terribles ojos; 
y enroscado en la boca de la cueva 
la acometida espera, 
cuadra perfectamente con la situación do Héctor 
cuando, 

de valor revestido y ardimiento, 
no ya retrocedía, aunque acercarse 
vio al corpulento Aquíles. 
El soliloquio en que delibera si scró mejor esperar- 
le ó ir desarmado á proponerlo condiciones de paz^ 
merece que nos detengamos en él. Empieza por la 
naturalísima reflexión (única que justifica su que 
dada fuera de lo& muros) de que si ahora se aco- 



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252 
gíese también á ellos, sería Polidamante el primero 
que le insultase, y con razón; porque habiendodado 
éste el saludable consejo de que toda la hueste se 
retirase antes que Aquiles se presentara en la lid, él 
no quiso seguir su dictamen, y ahora reconoce que 
hubiei'a sido mejor. Sigue la otra, igualmente obvia 
y justa, de que los demás Troyanos, y hasta las mu- 
jeres, le culparían también diciendo: 

Perdió la hueste 

Héctor, fiado en sv, pujanza y brío. 
A esta es consiguiente la de que hubiera valido más 
pelear con Aquiles, y vencido éste, volver triunfante 
á Ilion, ó por la patria 

con gloria perecer muerto á sus manos. 
Aquí se le ocurre la idea de ir sin armas á pedir la 
paz á Aquiles, ofreciendo restituir á Elena y dar á 
los Griegos la mitad de los tesoros de Troya; pero 
pronto vuelve en sí, y reconoce que nada consegui- 
ría con semejante humillación. Resuelve, pues, com- 
batir con el Griego, para ver 

á quién concede la victoria Jove. * 

Búsquese ahora, digo yo, en los oradores de profe- 
sión un discurso más bien hilado. Nótese aquella tan 
enfática y enérgica repetición que ya indiqué en otro 
lugar, 

doncellas y mancebos. 
El símil del gavilán, para hacer visible el modo con 
que Aquiles sigue á su rival cuando éste se ha en- 
tregado á la fuga, está bien escogido y presentado. 
La descripción de las fuentes y los lavaderos cerca 
de los cuales pasan corriendo tres veces los dos 
<5ompetidores, y el símil de los carros que corren en 
torno de la meta, sirven para amenizar t'^io el passye. 
El .discurso de Júpiter á los Dioses, y la respuesta 
de Palas, son necesarios para dar importancia á este 



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253 
combate singular y á la muerte del Troyano, sobre 
la cual deliberan nada menos que los Dioses del 
Olimpo. ^' 

El símil del perro que sigue al cervatillo es exacto, 
y el del hombre que en sueños va persiguiendo á 
otro tiene además cierta originalidad que le hace su- 
mamente gracioso. 

La circunstancia de que al pasar Áquíles cerca de 
los Griegos les hacia seña con la cabeza para que no 
se moviesen, ni tirasen á Héctor armas arrojadizas, 
es interesante. 

Nada diré d^ la balanza de oro en que Jove pesa 
las suertes de los dos campeones, porque la idea, las 
expresiones, y hasta los versos están copiados del 
libro octavo. Es otra de las inocentadas que de tiem- 
po en tienSpo se permitía nuestro poeta. 

Tampoco hablaré del discurso que Minerva dirige 
á Aquíles, ni del engaño con que atrae al infeliz Tro- 
yano adonde su rival, descansado y ya seguro de la 
victoria, le está esperando para matarle. La acción 
es vil, é indigna de la Diosa de la Sabiduría; y yo 
quisiera que el animoso Áquíles, si al fm Héctor de- 
bía morir á sus manos, hubiese peleado con él de 
igual á igual, y sin otra ventaja que la de su natural 
valor. Porque, en verdad, para matarle como él le 
mata hubiera bastado Tersites. Yo sé que se puede 
justifícar al poeta diciendo que en su tiempo no se 
tenía del heroísmo la misma idea que ahora, y que 
para sus contemporáneos el mayor héroe era aquel 
á quien más favorecían las Deidades. Concedido, y 
no culpemos á Homero sino al siglo en que vivía; 
pero siempre resultará que en este pasaje Minerva 
es un personaje odioso, Aquíles hace un papel desai- 
rado y todo el ínteres recae sobre el vencido. 

Sea de esto lo que iueie, los discursos de los dos 



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S54 
competidores, antes y después de la batalla, son dig* 
nos de atencioa. 

El de Héctor proponiendo condiciones para ambos 
casos, el de ser vencedor ó vencido, está en el tono 
bumilde que conviene á quien reconoce la superio* 
ridad de su -enemigo. 

La respuesta del Griego es arrogante y fiera, y 
debe serlo, parque, además de exigirlo su carácter, 
habla seguro del triunfo. Nótese aqud argumento 
fundado en la semejanza: 

Si entre hombres y leones 
no puede haber contratos, ni concordia 
entre lobo y cordero, y enemigos 
eternos son los unos de los otros; 
es imposible ya que amigo tuyo 
pueda yo ser, etc.; • 

y recuérdese lo que se dice en las retóricas, á saber, 
que estos argumentos, lógicamente débiles, tiea^ 
cierta eficacia en boca de un orador. 

En la réplica de Héctor son valientes aquellas eK* 
presiones: 

Pues no, cobarde huyendo, en las espaldas 
me clavarás la pica; por el medio 
pásame el corazón. 
Su soliloquio cuando reconoce el engaño de Miner^ 
va, respira al principio el abatimiento, la tristeza y 
la turbación en que ha debido caer viendo que fé 
¡as Dioses le llaman á la muerte; pero concluye eon 
un rasgo de valor que le honra y le hace más y más 
interesante. 

Mi fatal destino 
ya se cumplió; pero morir conviene 
con gloria y con valor, antes haciendo / 
heroica hazaña que por siempre dura 
en la memoria de io^j hombres todos. 



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Los dos símiles con que está exornada la narración 
<pie sigue, y señaladamente el último, por el cual el 
brillo que arrojaba la punta de la pica de Áquiles es 
<H)mparado al resplandor de la estrella matutina, son 
de aquellos que nada dejan que desear al gusto más 
delicado. La pintura de la actitud en que el Griego 
«esperaba á su enemigo, 

observando cuidadoso 
por qué parte del cuerpo fácilmente 
podía herirle, 
y aquel clavarle la pica en un lado del cuello, pero 
sin tocar en la garganta, 

para que hablase 
unas breves palabras todavía, 
ton pinceladas del pincel que se perdió. 

Lo que el vencedor Aquíles dice á Héctor, cuando 
ya le ve mortalmente herido y derribado en tierra, 
es tan propio de su carácter y tan poéticamente verr 
üadero, que si toda la guerra de Troya no es una 
^bula, y si en efecto un Griego llamado Aquíles mató 
á un Troyano llamado Héctor, y éste habia quitado 
la vida á un amigo del primero llamado Patroclo, el 
tal Aquíles dijo al moribundo Héctor lo mismo idén- 
ticamente que Homero pone en su boca. Vuélvase á 
leer, y se verá que no se puede añadir ó quitar una 
3ola idea, ni sustituir otras á las que contiene. 

La súplica de Héctor, para que permita rescatar sd 
cadáver, es. la que exigían las costumbres de aquel 
^glo. 

La dura respuesta de Aquíles á tan tierna y justa 

demanda respira toda la violencia d.e su carácter, y 

muestra la ferocidad con que las guerras se hacían 

^n los tiempos heroicos. Nótese aquel bárbaro deseos 

Ojalá, de furor arrebatado, 

á cortar en pedazos me atreviese 



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256 

lu éarne por mi mano, y á comerla 

cruda. 
Las últimas palabras que Héctor pronuncia paira va- 
ticinar á Aquíles su cercana muerte, y la serenidad 
con que éste las escucha acogiéndose á los consue- 
los del fatalismo, son de la misma verdad que la& 
anteriores arengas, y, ó no hubo tal suceso, ó si le 
hubo, matador y moribundo debieron decií^se lo que 
Homero les hace decir. 

Igualmente verdadera es la observación de que el 
alma de Héctor bajó á la región sombría, 

su fatal suerte lamentando triste, 

porque muriera en juveniles años 

y un cuerpo vigoroso abandonaba. 
Es natural, en efecto, que un hombre si muere de 
muerte violenta en la flor de la edad y cuando goza- 
ba de la mejor salud, sienta la muerte más que el 
anciano á quien acaban los años y las enfermedades^ 
La otra de que los Griegos todos acudieron á ver 
y contemplar el cadáver de un enemigo tan temible 
cuando vivia, y que 

entre tantos millares de guerreros 

no hubo quien ño le diese su lanzada, 
es justa é interesante. 

El sarcasmo de la soldadesca es algo frió en sí 
mismo, pero puede pasar en boca de un soldado rasa. 
El discurso de Aquíles á los Griegos es el que pe- 
dia la situación. Su primera idea es rodear la ciudad 
para ver si los enemigos, consternados por la muer- 
te de su General, están dispuestos á rendirse; pero 
al instante recuerda que el cadáver de Patroclo está 
insepulto, y que la primera obligación para él es la 
de quemarle y celebrar sus funerales. Nótense aquer 
Has palabras, que no se escribieron sin estudio: 



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257 

Alcanzado 

hemos glorioso triunfo, al formidable 

Héctor matando. 
Modestia de su parte, y cierta urbanidad por medio 
de la cual hace partícipes á todos de su gloria. 

La pintura del modo con que era tirrastrado el ca- 
dáver de Héctor por los caballos de Aquíles, no pue- 
de ser más acabada. 

Arrastrado 

asi el cadáver, que de polvo alzaba 

al aire espesa nube, y esparcida 

la negra cabellera por el suelo, 

el camino barría; y la cabeza, 

tan gallarda otro tiempo, en hondo surco 

iba abriendo la arena. 
Esto es poner el objeto á la vista del lector. Nótese 
cómo el poeta nos hace fijar la vista en aquella ca- 
beza tan gallarda otro tiempo^ y que si ahora va 
abriendo surcos en la arena, es porque Jove 

á fieros enemigos la entregara 

para que así afeasen su hermosura, 

allí, en su misma patria. 
¡Cuánto esta última circunstancia aumenta el interés 
de toda la escena! 

Lo mismo digo de la consternación en que caye- 
ron los Troyanos al ver muerto á su primer caudillo. 
El lamento de Príamo y el de Hécuba, cuando ven 
arrastrar el cadáver de su hijo, son de tal verdad y 
belleza, que nadie es capaz de elogiarlos como se 
merecen. Pero los omitiré, rogando á los lectores 
que los lean y relean. Vengamos á Andrómaca. 

Esta infeliz Princesa estaba retirada á lo interior 
de su palaqio labrando una tela, y cuidando de que 
las esclavas pusieran al fuego 

un anchuroso trípode con agua, 

TOMO ni. i 7 



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258 

para que en ella tibia se lavase 

Héctor cuando á su casa fatigado 

del combate viniera. La infelice 

no sabía que lejos de su baño 

por la mano de Aquíles ya Minerva /• 

muerto le había. Mas oyó el gemido 

y el lamento que triste resonaba 

hacia la torre de Ilion, y todo 

se estremeció su cuerpo, y de la mano 

se la cayó en el suelo la naveta. 
He copiado los versos, porque en prosa no pudiera 
ser la narración del suceso ni más exacta ni más 
concisa. Dice que la sigan dos de sus esclavas, por- 
que desea ver lo que ha sucedido. Está oyendo la 
dolorida voz de su suegra, su corazón late agitado y 
quiere salírsela del pecho, y las piernas ya- no la 
pueden llevar, é infiere con razón que alguna gran 
calamidad amenaza á los hijos de Príamo. Teme que 
aquel triste rumor provenga de que. Aqufles va per- 
siguiendo á fiu esposo por la llanura, y el motivo 
que tiene para temerlo es que su Héctor, siempre 
demasiado atrevido, jamás en las batallas quería per- 
manecer confundido entre la turba, y así es de temer 
que ahora Aquíles haya logrado cortarle de los su- 
yos y vaya en su alcance. 

. Con estos temores y negros presentimientos sale 
de su alcázar, y llegada al muro registra solícita la 
llanura toda, y ve á lo lejos, no que Aquíles persi- 
gue á Héctor, sino que ya lleva arrastrando su cadá- 
ver. Y á vista de tan doloroso espectáculo, ¿qué será 
de Andrómaca? El poeta nos lo dirá con la verdad 
que acostumbra: 

Oscura nube de dolor los ojos 

cubrió de la infeliz, y sin sentido 

cayó en tierra de espaldas, y á lo l^os 



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259 

de la hermosa cabeza los adornos » 

magníficos volaron; la diadema, 

ios lazos del prendido, y hasta el velo 

-con que la hermosa Venus la adornara 

aquel día feliz en que con ella 

Héctor se desposó, 
líótese esta circunstancia del velo, tan oportunamen- 
te añadida. Vuelve, en fin, del desmayo, y exclama: 

¡Héctor! ¡Triste de mí! Los dos nacimos 

con igual desventura, etc. 
Ifo analizo este inimitable discurso, porque sería ne- 
cerario copiarlo, y sobre cada cláusula hacer un lar- 
go comentario. Nótese con particularidad aquella 
viva y acabadísima pintura de los trabsgos que ame- 
nazan al niño que en tierna edad queda huérfano. 

LffiRO VIGÉSIMOTERCERO. 

El breve discurso que dirige Aquíles á sus tropas, 
mandándolas que colocados los carros y caballos en 
iorno de Patroclo le lloren y después se reúnan allí 
mismo para tomar la cena, está respirando la tristeza 
propia de semejante ceremonia. La descripción de 
esta es patética, y aquel diUce deseo de llorar, que 
Tétis excitaba en todos, una observación sumamente 
fina y delicada. En efecto, parece imposible que uno 
sienta placer y dolor al mismo tiempo y por una 
misma causa; y sin embargo, es muy cierto que 
cuando el hombre está afligido, y el dolor le arranca 
lágrimas, tiene cierto placer en derramarlas. 

El otro discurso al cadáver de Patroclo es tierno 
también, y lo sería más para nosotros si pudiéramos 
leer sin horror aquello de matar él mismo por su 
mano los doce jóvenes Troyanos. Pero en esto no 



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t60 
es reprensible el poeta; él dice lo que realmente 89» 
hacia en aquel siglo. 

£1 juramento que hace de no bañarse hasta haber 
quemado el cadáver de Patroclo, es conforme tam- 
bién á las costumbres de su tiempo. Nótese aqueUit 
expresión: 

mas, aun así, forzoso 
es tomar la comida gue aborrezco. 
Estas palabras salieron del corazón. 

La aparición del alma de Patroclo, y la conversíK 
cion que tiene con Aquíles, pertenecen á la especia^ 
de maravilloso que todavía pueden emplear los poe- 
tas siguiendo la creencia popular; é introducido con 
oportunidad suele hacer buen efecto, por las ideas- 
lúgubres, sombrías y misteriosas que excitan estaa 
visiones. No me detengo á comentar el coloquio en- 
tre el vivo y el muerto; el lector lo hará por sí mis- 
mo. Basta decir que es bellísimo. 

La descripción de los funerales está hecha con la 
maestría y puntualidad que admiramos en todas las^ 
de Homero; y las arengas con que está exornada é 
interrumpida la dan cierta variedad y belleza que 
echaríamos de menos si continuase siempre en la 
forma narrativa. Entre ellas merecen particular aten- 
ción las de Aquíles al Esperquio, al cadáver de Pa- 
troclo, y á los otros jefes. 

La ficción de que no queriendo arder la pira Aquí- 
les invoca á los vientos, é iris los manda venir, e» 
ingeniosa y muy poética. 

En el discurso que hace Aquíles, al proponer el 
combate de los carros, es digno de notarse aquel 
tierno recuerdo hablando de sus caballos y de Pa- 
troció: 

¡Ah! cuántas veces 
lavado habiendo sus hermosas crines 



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en agua crístalind, las regaba 

con untuoso aceite! 
Üste recuerdo es muy natural en Aqufles; pero 
jcuánto estudio supone en un poeta el introducir 
-con oportunidad pensamientos de esta clase! 

Las lecciones que da Néstor á su Iñjo son tan pro- 
*p¡a8 en boca de un padre, que (repito lo de otras ve- 
^es) ó Néstor no habló, ó dijo lo que nos refiere Ho- 
mero. Nótense aquellos oportunos ejemplos con que 
le prueba que la maña y la habilidad le darán la vic- 
toria, aunque sus caballos no sean tan ligeros como 
ios de sus rivales: 

Con el arte 

más hace el leñador que con la fuerza: 

con el arte el piloto por las ondas 

rige derecha frágil navecilla 

entre contrarios vientos: con el arte 

triunfa el auriga de rival más fuerte, 
^te último no admite réplica. 

Nada diré de las descripciones de los juegos: para 
^u elogio, baste saber que Virgilio las imitó casi to- 
cias, traduciendo á vejes las expresiones de Homero. 
Hablaré sólo de las arengas con que están amenizá- 
is y oportunamente interrumpidas. 

La exhortación de Antíloco á sus caballos está res- 
j)irando el fuego que ardia en el corazón del joven. 
Las palabras que Menelao le dice, cuando ve que 
intenta emparejarse con él en lo más estrecho del ca- 
«lino, son breves como lo pedia la situación, y están 
^chas en tono canfíoso, porque aun no conocía el 
Atrida la malicia con que obraba su rival; pero por 
lo mismo lo que añade, después que ha visto clara 
:6«iintencioR, es duro y amargo. £1 altercado entre 
<k Rey de Creta y Ayax de Oileo es propio del sigí», 
7 está escrito con energía y naturalidad. La media- 



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cion de Aquíles corta oportunamente la disputa, y 
la razón en que se funda es perentoria. No mas os- 
injuriéis, les dice: 

no os está bien; y con razori vosotros 
al que lo mismo hiciera culpariais. 
A esto no hay nada que responder. 

La propuesta de Aquíles para que* se dé á EumelO' 
el segundo premio, la resistencia que opone Antilo- 
co, la complacencia que al oirle experimenta aquél, 
y la generosidad con que premia al primero sin ofen- 
der al segundo, presentan en su totalidad un cuadro 
lleno de gracia, de verdad y de interesante senci- 
llez. Está copiado fielmente de la naturaleza. 

No es menos bello el que ofrece la contienda en- 
tre Menelao y Antüoco; pero ya es de otro tono. La 
queja del Atrida es justa, está expuesta con el decoro^ 
que convenia á su dignidad, y la satisfacción que 
exige es la prevenida en las ordenanzas de la caba- 
llería de aquel tiempo, porque cada siglo tiene la. 
suya. Nótese el ceremonial. 

La respuesta de Antüoco debería escribirse con 
letras de oro, si esto pudiera realzar su mérito, y 
exige que nos detengamos en ella. El amable hyo de 
Néstor ha vencido al Atrida en la carrera, valiéndo- 
se, no de la maña ó habilidad de que le habló su 
padre, sino de malas artes y faltando á la lealtad que 
en tales juegos debían mostrar los competidores; 
pero es un joven candoroso, franco, ingenuo y de 
nobles sentimientos; y cuando se ve justamente re- 
convenido por su rival, no tiene otro recurso que 
confesar su juvenil error, é implorar el perdón del 
ofendido, cuya mayor edad hubiera debido respetan. 
JiO hace, pues, así; pero ¿enqué términos? Es precise 
ifepetirlos; porque no es fácil compendiarlos, ni va» 
fiarlos, sin que pierdan muaho de su valor. Dice aah- 



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f 



563 
ia ofensa me perdona, ¡oh Menelao! 
pues soy mucho más mozo y en prudencia 
y en edad me aventajas, y conoces 
cuáles son los errores juveniles. 
Viveza tiene el joven, pero escasa 
es su prudencia aún. Nunca recuerde 
tu'corazon mi falta, y yo gustoso 
la yegua te daré que he recibido; 
y si alguna otra cosa de más precio 
de mis propias riquezas me pidieses, 
dártela yo al instante más quisiera, 
que perder para siempre tu cariño 
y hacerme criminal ante los Dioses. 
Y yo también dejara que en cualquiera de los poe- 
tas antiguos y modernos se me mostrase un pasaje 
escrito de esta manara: yo por mí no le conozco. 

Pues no le va en zaga la respuesta del Atrida. No 
la copio, porque es algo más larga; pero léase con 
cuidado, y se verá lo que vale. Tíótense aquellas ex- 
presiones: 

Te otorgo, pues, la gracia que me pides; 
y aunque mía es la yegua, te la cedo, 
para que todos vean que yo nunca 
soberbio fui ni duro, 
y apréndase en ellas y en todo el discurso á dibujar 
el carácter de un personaje, haciendo que él se re- 
trate á sí mismo en lo que hace y en lo que dice. 

La cortesanía de Aquíles en ofrecer á Néstor el 
premio que habla quedado sin adjudicar; lo que con 
este motivo le dice; fo que el anciano contesta, siA 
olvidarse de recordar sus antiguas fazafías, y la aten- 
ción y paciencia con que el hijo de Peleo escucha el 
largo elogio que de sí mismo hiciera el Rey de Pilos ^ 
son otros tantos rasgos de aquellos que se reco- 
miendan por si mismos. 



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264t 

La fanfarronada de £peo, cuando se presenta al 
combate del pugilato, es otro rasgo de carácter so* 
berbiamente trazado y notable por aquella ingenua 
confesión: 

¿No basta acaso que en las lides sea 
' á muchos inferior? A nadie es dado 
sobresalir en todo. < • 

El discursito de Antíloco, cuando ha sido vencido 
en la carrera por Ulíses; el encomio que al paso hace 
del ligero Áquíles, y la generosidad con que éste se 
le paga, pertenecen al género gracioso, y sirven para 
dar variedad á la descripción de los juegos. 

La hipérbole en que se pondera el gran tamaño 
de la bola de hierro que Áquíles presentó para que 
8irviei*a de disco, es algo gigantesca; pero en un 
poeta, y en esta situación, puede pasar. 

Finalmente, la galantería de Áquíles en adjudicar 
á Agamenón, sin permitir que le dispute, el premio 
á que se mostró pretendiente; y el alto elogio que 
con este motivo hace del poder, valor y destreza del 
Atrida, sen otros dos rasguitos de aquellos que no se 
encuernan en los bardos. 



LIBRO VIGESIMOCUARTO. 



Es el mejor de todos, y como tal merece un exa- 
men más detenido que el anterior. En el discurso de 
Apolo á las otras Divinidades olvidemos que es un 
Dios el que llama dv,ros y crueles á sus colegas: su- 
pongamos un Senador que reconviene á sus compa- 
ñeros, y veamos si es elocuente su arenga. No pueda 
serlo en más alto grado. 1.®, echa en cara á los Wo- 



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203 
ses su ingratitud, recordándoles los sacrificios que 
Héctor les ofrecía. 2.°, excita la compasión enume- 
rando las personas interesadas en rescatar su cadá- 
ver, el padre, la madre, la esposa, el hijo y hasta 
los soldados que antes capitaneaba. 3.^, hace ver 
la bárbara ferocidad de Aquíles, 

en cuyo pecho 

ni la razón ni la equidad habitan, 

ni tierno corazón. 
4.°, esfuerza este pensamiento con el símil del leoil 
que, 

á su fiereza y valentía 

aflojando la rienda, á los rebaños 

acomete rabioso; 
así como ahora Aquiles 

la compasión y la vergüenza 

(á los hombres á veces provechosa, 

y otras funesta) desconoce impío; 
y nótese el pensamiento, tan verdadero como pro» 
iunáOy contenido en el paréntesis. 

5.®, para demostrar su dureza propone el pode- 
roso argumento de que 

más caras prendas otros ya perdieron, 

el hermano carnal, ó el hijo amado, etc., 
y solo Aquíles, 

no ^tísfecho con haber quitado 

á Héctor la vida, su cadáver frió 

ata detrás del carro, etc. 
€.**, finalmente: Aquíles por semejante crueldad de-i 
beria temer la justa cólera de los Dioses. Nótese la 
última reflexión con que prueba cuánta es la ferocí-^ 
^ad del Griego, pues 

á un poco de tierra^ ya privada 

de sentimiento j en su furor insultí), 
y m^ arriba aquella sentencia filosófica de quo 



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266 
al hombre dieron 
ánimo sufridor de las desgracias 
las Parcas al nacer. 
En el discurso de Juno es digna de observarse lí 
copstancia con que hasta el fín sostiene su carácter, 
mostrándose inflexible siempre que se trata de ha- 
cer bien á los Troyanos; y también lo es la enérgica 
reconvención que al recordar las bodas de Peleo y 
Tétis dirige á Febo, diciéndole: 

y tú el primero, 
que ahora, ¡desleal! de los perjuros 
eres el defensor, en abundante 
mesa te regalabas, y tañias 
la cítara sonora. 
En el de Júpiter es notable la atención de llamar i 
Tétis para que ella sea la que intime á su hijo la orden 
de entregar el cadáver. En esto hay cierta galantería 
y urbanidad, muy bien imaginada y oportuna. 
La ligereza con que iris baja del Olimpo 
cual de la nube rápido se aleja 
el relámpago ardiente esplendoroso, 
y salta al fondo del mar 

como desciende 
rápido el plomo del anzuelo asido, 
está pintada en estos dos hermosos símiles. 

El discursito que dirige á Tétis no contiene más- 
palabras que las precisas, y la respuesta de la Diosst 
es la que conviene á su situación. 
La circunstancia de tomar 

el velo más oscuro 
de cuantos en su cámara teníai 
yladeque 

las cerúleas ondas 
del mar se abrían para darlas paso,' 
(4 iris y á Tétis) son otros dos toques bien entendí-^ 



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2G7 
dos; y en ellos, como en tantos otros, se reconoce 
la destreza del pintor que hasta en los más imper- 
ceptibles pormenores nada olvida de cuanto puede 
contribuir al efecto general. Lo mismo puede no- 
tarse en aquellas dos circunstancias de ceder Palas 
8U trono á la afligida Tétis para que se siente cerca 
de Jove, y de ofrecerla Juno la copa de néctar. Am- 
bas aumentan el interés de la escena. 

£1 discurso de Júpiter á Tétis está lleno de gracia 
y delicadeza. Sabe cuál y cuan justo es su dolor; 
pero aun así ha querido llamarla, porque se trata de 
un negocio en que está interesado Aquiles. No quiere 
menoscabar su triunfo, permitiendo que Mercurio le 
robe el cadáver de Héctor; pero desea que él mismo 
le entregue por un precioso rescate, y ha escogido á 
su madre, para que ella sea la que le haga saber esta 
resolución. Nótese que Tétis no responde, sino que 
obedece y marcha; otra pincelada que üo se dio sin 
estudio. 

£1 de Tétis á su hi¡jo es breve, como debia serlo; 
lo que hace al caso, y no más. Para nosotros puede 
ser chocante que una madre exhorte á su hijo á que 
piense en los placeres del amor; pero debemos re- 
flexionar que la moral de los Gentiles no era la del 
Evangelio. Entre ellos la unión de-ambos sexos, ya 
en matrimonio solemne, ya en secreto concubinato, 
era permitida sin ninguna restricción. Lo cual su- 
puesto, y estando Aquiles próximo á la muerte, era 
muy natural que su madre le animase á gozar de los 
placeres el poco tiempo que le guedaba de vida, di- 
déndole con mucha verdad, si se tratase de la pro- 
pia, que 

el consuelo de sus penas 
es para el hombre la mujer á veces. 
la respuesta de Aquiles es la que corresponde^ 



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f68 
breve y sencilla; y una palabra raás que se la añada» 
ya sería redundante. 

La orden que Júpiter da á su mensajera es más 
larga, porque debe contenerlas instrucciones que 
aquella ha de dar á Príamo sobre lo que ha de hacer 
para rescatar el cadáver de su hijo. 

La nueva salida de iris, y la descripción del es- 
tado en que encuentra al aOigido Rey, tienen rasgos 
bellísimos. Aquella bajó del cielo, 

cual raudo torbellino 

de tempestad; 
y al llegar á Troya, 

Danto, duelo y suspiros dolorosos 

escuchó resonar; 
y éste, rodeado de todos sus hijos, estaba sentada 
en tierra, á la inclemencia, en la cerca de su ^cázar, 
y muy ceñido 

con túnica de luto que cubria 

9u venerable faz y su cabeza, 

y del lodo manchada, etc.. 
Los hijos derramaban también 

lágrimas de dolor que humedecían 

sus vestiduras; 
y dentro del palacio 

sus hijas y sus nueras lamentaban 

la péi'dida de muchos y valientes 

campeoneá, que á manos de los Griegos 

habían perecido y en el valle 

insepultos yacían. 
No puede darse un cuadro más acabado. 

íins repite literalmente lo que iúgitfie la hd VM^ 

dado decir, y siendo su mensajera no debió hacer'^ 

lo en otros términos. Recuérdese lo dicho en otro 

lugar. 

Lo quo Príamo dice á su esposa, al darte noticia 



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ÍG9 
del menssge celestial que ha recibido, es breve y sen- 
cillo, porque es un simple anuncio. 

La respuesta de Uécuba es más larga y fogosa, 
porque al hablar de su hgo es natural que se renue- 
ve y exaspere la llaga de su dolor. Examínese coa 
cuidado, y se verá cuan oportunos son los pensa- 
mientos que contiene y qué bien ordenados están. 
La dice Priamo que se sieate muy inclinado á pene- 
tnur en el campo de los Griegos y pedir á Aquiles el 
cadáver de Héctor, ofreciéndole un rescate de gran 
valor, y al oirle exclama la infeliz: 

¿Adonde es ida 
la prudencia, etc.. 

¿Cómo en las naves de los Griegos quiere» 
tú, solo, penetrar, y á la presencia 
llegar del hombre que quitóla vida 

á tantos hijos tuyos? 

¿Ignoras que si llega 

á verle ese cruel, ese perjuro, etc. 



á Héctor lloremos, pues la dura Parea 

....... á que distante 

de sus padres muriese, etc. 

le condenó cruel, y ya ejecuta 
^ su voluntad el despiadado Aquiles; 
y contra toda razón; 

que si matarle 

logró, no fué sin que con él midiese 

cual valiente sus armas. 
Al acabar de leer todo el discurso es preciso confe- 
sar lo que dejo observado en otros muchos, á saber, 
que si Hécuba habló, dijo precisamente lo que la 
hace decir Homero. Nótese aquel tan natural movi» 
miento de cólera y de feroz venganza que se excita 
ea 8U ánimo al nombrar á Aquiles: 



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270 

¡Ah! si en la mano el corazón tuviera 

de ese bárbaro yo, etc. 
En la réplica de Príamo todo es bueno y oportuno; 
pero es singularmente bello aquel rasgo, tan propio 
«n boca de un padre á quien se quiere retraer de ir 
i rescatar el cadáver del hijo que idolatraba: 

y si morir en las aquivas naos 

es mi destino, moriré, etc. 
Las duras palabras que dirige luego á la turba que 
rodeaba el alcázar son necesarias para alejarla de 
allí, porque era menester que nadie viese su salida 
ni penetrase el motivo; y hay en ellas rasgos bellísi- 
mos. Tales son: 

¿No tenéis cada cual en vuestra casa 

motivos de llorar, que habéis venido 

á acrecer mi dolor? 

También vosotros lo veréis un día, etc. 

al hondo averno. 

antes yo baje, etc. 
Pero aun es más enérgica la amarga reprensión que 
da á sus hijos. No hay en ella una palabra que no 
jalga del corazón: 

malvados de ignominia eterna 

y deshonor cubiertos! ¡Ah! ¡si todos, 

en lugar de Héctor, en las griegas naos 

quedarais muertos! ¡Desdichado padre! 

Hijos yo tuve> etc 

Méstor murió 

Troilo murió 

y Héctor murió también 

. ..... ••••■•• 

A todos estos 

mató Mavorte y sólo ya me quedan ♦ 



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Í71 

los cobardes y viles etc. 

lEste es el verdadero lenguaje de un padre que llora 
Ja pérdida de un hijo 

• que entre los hombres 
era como Deidad, y parecía 
nacido de algún Dios y no engendrado 
por un padre mortal. 
lío hablaré de la descripción que hace el poeta del 
modo con que los hijos deF Rey prepararon el carro 
y la carreta; baste decir que es tan fiel y puntual 
-como todas las suyas. 

Tampoco me detendré en el consejo que le da Hé- 
cuba sobre que implore la protección de Jo ve antes 
de emprender tan peligroso visje, ni en la religiosi- 
dad con que el anciano le ejecuta. Basta decir tam- 
bién que el pasaje es bellísimo en su línea. Nótense, 
sin embargo, aquellos epítetos dados á Jove con tanta 
oportunidad, y que por eso no he querido omitir, 
aunque para traducirlos al castellano ha sido nece- 
sario acudir á las perífrasis, porque no tenemos pa- 
labras que literalmente correspondan á las del ori- 
ginal y expresen su fuerza: 

el que á su voz en negros '¡pabellones 
las nubes amontona, y que, sentado 
en las cumbres del Ida^ la llanura 
vasta registra y la ciudad de Troya. 
La comparación hiperbólica empleada para dar á 
-conocer cuan grande era el águila que Júpiter envió 
al Rey para anunciarle que podia emprender el viajo 
•con seguridad, es muy propia: 

cuanta es la anchura . 
de la puerta, etc. 
Vuélvase á leer. 

La observación de que los hijos y deudos de Pría- 
mo le acompañaron hasta fuera de la puerta, 



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272 
derramando muchas 
lágrimas de dolor, como si entonces 
el anciano á la muerte caminase, 
es fina, y hace buen efecto en el pasaje en que está^ 
El discurso de Jove á Mercurio, mandándole que 
acompañe y conduzca á Príanio á las naves de los 
Griegos, 

de modo que ninguno 
de ellos le pueda ver ni le descubra 
hasta que llegue al pabellón de Aquíles, 
no tiene adornos brillantes porque no los requiere; 
es sencillo y breve. Pero quizá extrañará alguna 
que Júpiter, no habiendo empleado en comisión al- 
guna al mensajero de los Dioses ^ le encargue ahor» 
la de acompañar á Príamo. La razón es clara. Mien- 
tras que no se ha tratado más que de simples anun- 
cios, ha bastado la^ensajera; más cuando llega el 
caso de conducir al anciano Rey hasta el campo ene- 
migo, ya no basta la hembra; es necesario un varón 
que le defienda con su brazo, si alguno quiere ofen- 
derle. 

La descripción de los preparativos que hace Mer» 
curio para su viaje, tomando 

las taloneras de oro 
de eterna duración, 

y 

la vara con que el sueño soporoso 
sobre los ojos de los hombres vierte, etc., 

y sobre todo, aquel disfrazarse bs^jo la figura 
de un joven en quien brilla • 

graciosa juventud 

.y que nacido 

de algún Rey poderoso^ á la belleza . 
la majestad añade, 

es magnífica. Nótese este último rasgo. 



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273 

El temor que se apodera del heraldo cuando ve 
cerca un bulto como de persona; lo que dice al Rey, 
y la turbación en que éste cayó al oírle, hasta el 
punto de no atreverse 

á responder ni á respirar siquiera, 
todo está copiado de la naturaleza. Nótese aquella 
circunstancia de que los cabellos del anciano Rey se 
erizaron en su cabeza, 

al peso de los años ya inclinada 
á tierra. 
Ya ven los pintores la actitud en que han de poner 
esta cabeza, si quieren hacer un cuadro que repre- 
sente el pasaje. 

El coloquio entre Mercurio y Príamo está lleno de 
bellezas y escrito con tan graciosa sencillez, que 
para elogiarle debidamente sería necesario copiar 
una por una todas las cláusulas de sus respectivos 
discursos. Así, me limitaré á rogar á los inteligentes 
que los vuelvan á leer, y examinándolos bien, digan 
si en los mismos poetas dramáticos se encuentra un 
diálogo tan hermoso, tan tierno y en que el inte- 
rés progresivo de. la escena esté tan bien graduado. 

La descripción de la fuerte empalizada que defen- 
día el pabellón de Aquíles, y la noticia de la enorme 
viga que aseguraba la puerta, son necesarias para 
hacer ver que sólo un Dios podía facilitar á Príamo 
la entrada en aquel recinto. 

En la despedida de Mercurio es notable aquello de 
indecoroso fuera, 
siendo Dios inmortal, públicamente 
favorecer á un hombre. 
En efecto, en todo el poema los Dioses, que respec- 
tivamente favorecen á Griegos y Troyanos, lo ha- 
cen sin dejarse ver sino de aquellos á quienes ellos 
mismos se descubren. 

TOMO III. i8 



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274 
En cuanto á la entrada de Priamo eü la tienda 8ÍQ 
ser visto de nadie hasta que, 

abrazando de Aquiles las rodillas, 
besó humilde la diestra poderosa, 
homicida, terrible, que con sangre 
de tantos hijos suyos se manchara, 
nada tengo que decir: basta leer el passge. 

La' sorpresa y admiración que causó á todos los 
circunstantes su repentina é inesperada aparición se 
pinta, se hace visible, en aquel símil tan oportuno 
como bien aplicado: 

Como atónitos quedan y admirados 
los que á la casa ven de un poderoso • 
de repente llegar al suplicante, etc. 
El discurso de Priamo debió enternecer, no sólo el 
duro corazón de Aquiles, sino las mismas paredes. 
No puede ser más bello. Vayanse notando los pen- 
samientos que contiene y el modo con que están ex- 
presados: 

De tu padre te acuerda, ilustre Aquiles, 

que en rugosa vejez ya de la vida 

al término se acerca, y tan anciano 

es como yo. ¿Quién sabe si á estas horas, etc. 

Pero tu padre, en fin 

se consuela, 

y yo, el más desdichado de los hombres, 
habiéndome los Dioses concedido 

tantos hijos valientes ♦ 

„ decir puedo 

que ninguno me queda 

cincuenta hijos tenía 

y la vida 

á casi todos el furioso Marte 




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275 
liabiendo ya quitado, me quedaba 
uno sólo que á Troya defendiese, 
y tú, no ha mucho, le mataste. 

Que me entregues 

su cadáver te pido 

V Respeta, Aquíles, 

á los eternos Dioses, y te duele 
<ie este infeliz anciano, á la memoria 
recordando la imagen de tu padre. 
Yo soy más infeliz; pues obligado 
á sellar con mis labios ya me veo 
la mano del varón que dio la muerte 
á tantos hijos mios, etc. 
Pepito lo que ya dejo dicho varias veces y debe de- 
cirse respecto de todas las arengas de la Iliada. 
Puesto Príamo á los pies de Aquíles, ¿debió hablar 
de otra manera? Y quitada, añadida, ó variada algu- 
na cláusula de su discurso, ó formado otro distinto, 
4será el nuevo tan sencillamente sublime, tan tier- 
no, tan patético, tan hermoso, y tan propio del per- 
sonaje? 

. Que Aquíles al acordarse de su padre rompa en 
doloroso llanto, que Príamo le acompañe, y que am- 
bos se deshagan en lágrimas, llorando el segundo á 
Héctor, y el primero 

por su padre, y á veces á Patroclo; 
es tan natural, que si el poeta nos dijese lo contrario 
no le creeríamos por más esfuerzos que hiciese. 

La respuesta de Aquíles, algo más larga que la 
súplica de Príamo, es, sin embargo, la que debió dar 
en aquellas circunstancias. Se propone hablar al afli- 
gido Rey en términos cariñosos, disipar sus temores 
ó inspirarle confianza; y para conseguirlo no hubiera 
bastado la respuesta breve y seca de «yo te concedo 



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lo que me pides.» Convenia reconocer que su dolor 
era justo, tomar parte en sus penas, consolarle, y 
para esto recurrir á moralidades filosóficas. Veamos,^ 
pues, si este plan está bien desempeñado. Empieza 
Aquíles mostróndose compadecido del suplicante que 
tiene á sus pies, y diciéndole: 

jAh, Monarca infeliz, que tantos males 

has padecido ya! 
Manifiesta luego la admiración que le causa ver que 
haya tenido valor para venir al campamento de los 
Aquívos y presentarse á un hombre que ha quitado 
la vida á tantos hijos suyos, le convida á que se alce 
del suelo y se siente, y procura consolarle y con- 
solarse á sí mismo, que también se hallaba afligido 
por la memoria de su padre y la muerte de Patroclo> 
añadiendo: 

y las amargas penas, , 

aun estando los dos tan afligidos, 

dentro del alma reposar dejemos. 

Ninguna utilidad del triste llanto 

el hombre saca; los eternos Dioses 

le condenaron á pasar la vida 

en tristeza y dolor, y solos ellos 

exentos siempre de pesares viven. 
Ningún filósofo ha expresado mejor estas verdades; y 
hoy mismo, sustituyendo el singular Dios al plural 
Dioses, pudiera un orador cristiano repetir en el pul- 
pito las palabras de Aquíles. s^ * 

Sigue el apólogo de los dos toneles que estáñala, 
entrada del palacio de Jove, 

uno de males y de bienes otro; ^ 

apólogo bellísimo, filosófico, y oportuno para el ob- 
jeto que se propone: y de aquí pasa naturalmente á 
otro género de consuelo, reducido á manifestar á 
Príamo que no es él sólo el desgraciado y que tam- 



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J 



277 
l)ien lo es Peleo en medio de sus venturas; pues te- 
niendo un solo hijo, éste debe morir en juveniles 
años, y entre tanto vive alejado de su padre y no 
cuida de él por ocuparse en la guerra. Esta idea lé 
conduce á pensar en los males que esta guerra ha 
causado á los Troyanos, y sobre todo á su Rey que 
6Stá presente; el cual, siendo antes Monarca tan po- 
deroso y padre de tantos hijos, está viendo de con- 
tinuo, desde que los Griegos aportaron á Troya, 

en torno á su ciudad muertos y sangre, 

y batallas no más; 
y de aquí nace por si misma la conclusión del dis- 
curso, donde vuelve á repetirle el consejo de que 
procure consolarse, moderar su dolor, y suspender 
^1 llanto. Por eso le dice: 

Resígnate, infeliz, y no en perpetuo 

llanto asi te consumas; porque nada 

lograrás con llorar al hijo amado, 

ni ya la vida le dará tü lloro; 

y acaso todavía te prepara 

nuevos pesares el cruel Destino. 
Este último pensamiento, que á primera vista parece 
debiera aumentar la tristeza de Príamo, es sin em- 
bargo un consuelo muy eficaz para la desgracia de 
que entonces se lamentaba. En efecto, llamada la 
atención del Rey hacia los pesares con que todavía 
le amenazaba el Destino, debió disminuirse algún 
tanto su dolor al considerar que aun tendría que llo- 
rar mayores calamidades. 

La réplica de Príamo, negándose á tomar asiento 
hasta que se le entregue el cadáver, es natural viendo 
que Aquiles no le ha dicho positivamente si admi- 
tiaó no el rescate; pero todavía es más natural el 
movimiento de cólera que éste experimenta al ver 
^e el Rey no obedece á su mandato. Es un rasgo 



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278 
muy propio de su carácter iracundo é impaciente^ 
También lo e3, aunque por distinta razoft, el dis« 
cursito que dirige á Patroclo así que se desprende^ 
de un cadáver que le habia prometido no entregar. 
Es naturalísimo que, al acordarse de esta promesa, 
no cumplida, exclamó: 

No conmigo te enojes, oh Patroclo, 
si oyes decir en el averno oscuro 
que de Héctor el cadáver rescatado 
á su padre entregué. 
Nótese la especie de satisfacción que da á su difunt<y 
amigo, ofreciéndole consagrar á sus manes una parte 
de los preciosos dones que ha recibido. Esto es ya 
lo único que puede hacer para quedar bien con él. 
El otro discurso, en que exhorta al Rey á que 
tome alimento, está respirando la amable sencillez 
de aquellos siglos casi patriarcales; la historia de 
Niobe es oportuna, está referida con cierto interés,. 
y conduce por sí misma á la conclusión de 
"^ nosotros, 

ilustre anciano, en la comida ahora 
sólo pensemos: que mañana el hijo 
llevarás á Ilion, y por su muerte 
lágrimas verterás; y todavía 
muchas tendrán que derramar tus ojos. 
jQué último rasgo tan feliz! 

La observación de que acabada la cena» 

fijos los ojos 
en Aqníles el Rey, no se cansaba 
de admirar su estatura y su belleza, 
que con la de los Dioses competía; 
y no menos Aquíles admirado 
estaba al contemplar la faz augusta 
del anciano y sus canas venerables, 
y al escuchar sus elocuentes voces; 



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279 

es otra de aquellas ocurrencias que sólo hallamos en 
Homero. Es verdadera, obvia, y fácil de hacer; pero 
tal vez no la hubiera hecho otro poeta tratando del 
mismo asunto. 

El permiso que pide el Rey, para retirarse á des- 
cansar, es otra pincelada de maestro. ¡Qué ternura 
en aquellas expresiones: 

Por mi parte 

yo bien lo he menester; que todavía 

los párpados mis ojos no cubrieron 

desde el aciago día, etc., 
y en aquellas 

y ahora 

la vez primera fué que la comida 

he gustado, y el vino delicioso 

humedeció mi paladar- 
La razón que alega Aquíles para no permitirle dor- 
mir dentro de su tienda es ingeniosa, y la precau- 
ción necesaria. 

La humildad, por decirlo así, con que el anciano 
le pide los once dias de tregua para celebrar los fu- 
nerales de Héctor, es la que conviene á su situa- 
ción. Nótese aquello de que sin la palabra de Aquí- 
les no se atreverían los Troyanos á salir de la ciudad 
para acarrear la leña. Ya he dicho varias veces que 
nada se le escapaba al buen Homero de cuanto podía 
ser interesante en cada pasaje, y aquí tenemos otra 
prueba. Lo mismo digo de aquel estrechar Aquíles 
la mano del Rey para que no temiese. ¡Cuánto dice 
aquella mano! 

La, razón que da Mercurio á Príamo para hacerle 
ver que conviene salir del campo griego antes que 
amanezca, es convincente; y la pintura del modo con 
que el Rey y el heraldo volvían á Troya, luego que 
emoezó á clarear el día v se aleló de ellos Mercurio, 



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280 
und de las más hermosas del poema. La repetiré: 

Caminaban 

ios dos ancianos en silencio triste; 

y en medio de suspiros y sollozos 

los caballos á Troya dirigían,^ 

y las mulas.detras con el cadáver 

la carreta arastraban lentamente. 
La expresión griega imita, cuanto es posible, el mo- 
vimiento pausado de la carreta. 

La circunstancia de ser Gasandra la primera que 
los ve desde lejos; el aviso que publica por toda la 
ciudad, y la -afluencia del pueblo á ver el cadáver de 
su antiguo defensor, sin que dentro de los muros 
quedase ni un hombre ni una mujer; todo contri- 
buye á hacer al héroe tan interesante en la muerte 
como lo fuera en la vida. Nótese en el discursito de 
Gasandra aquello de que cuando Hécítor volvia vic- 
torioso sallan lodos á recibirle, 

porque él era 

de Troya la alegría. 
¡Qué expresión tan hermosa! 

Dejemos lo que sigue, aunque todo es precioso, y 
vengamos al lamento de Andrómaca, último es- 
fuerzo del poeta para despedazar el corazón de sus 
lectores. Eá preciso copiarle casi todo. 

En juvenil edad, esposo mió, 

saliste de la vida, y me has dejado 

en el alcázar viuda, y en su infancia 

al hijo que nosotros ¡infelices! 
. del amor conyugal única prenda, 

habíamos tenido. Ni ya á joven 

es posible que llegue. No: primero 

arruinada será por los Aquivos 

esta ciudad habiendo tú faltado, 

su antemural, y defensor y padre 



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281 
de las castas matronas y sus hijos. 
Aquel' as pronto en las veleras naos 
á Argos serán llevadas, y con ellas 
Andrómaca también, Y tú, hijo mío, 
ó con tu triste madre irás esclavo, 
y en vil oQcio por ingrato dueño 
trabajarás, ó de la excelsa torre 
te arrojará indignado algún Aquívo 
- asiéndote del pié, porque á su padre 
Héctor quitó la vida, ó al hermano, 
ó acaso al hijo. 

Inexplicable 
€S, Héctor, el dolor y la tristeza 
que á tus ancianos padres ha traido 
tu prematura muerte, y sobre todos 
á mi en herencia llanto y amargura 
me has dejado por siempre. Ni el consuelo 
tuve de que al morir tú me alargares 
la moribunda mano, ni me dieses 
saludables consejos que en memoria 
tuviera y recordase noche y dia 
lágrimas deri*amando. 
Sobre tan tierna alocución es excusado hacer refle- 
xiones (Míticas. 

La de Hécuba es ya de otro tono, y el haberle va- 
riado prueba cuan fino era en todas ocasiones el dis- 
cernimiento del poeta. Hécuba ha llorado ya tres 
veces la pérdida de su hijo; la primera como en pre- 
sagio, cuando le vi6 quedarse fuera de los muros; la 
segunda, cuando ya muerto le llevaban arrastrando 
los caballos de Aquiles; y la tercera, cuando Príamo 
la dijo que estaba resuelto á ir al campo de los Grie- 
gos. Y si ahora volviese á hablar de la muerte del 
hijo y del dolor que la causaba, tendría que repetir 
las mismas ideas, aunque variase las expresiones. 



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282 
Por eso, pues, ya no habla de su pena ni se lamenta 
de nuevo, sino que se consuela en parte viendo que el 
cadáver estaba incorrupto, é infiriendo de este mi- 
lagro que Héctor habia sido amado de los Dioses en 
vida y en muerte . 

El discurso de Elena es admirable. Recuérdese lo 
que dije al examinar el libro III, y se conocerá todo 
el mérito que tiene. Empieza, cohm) siempre, reco- 
nociéndose culpada, y de esta misma confesión na- 
cen el elogio de Héctor y la prueba de que ella de« 
bia sentir su muerte más que ninguno. Porque él no 
sólo no la dijo nunca injuriosas i'azones, sino que 
tomaba su defensa cuando alguno la insultaba; de lo 
cual infiere con razón que muerto el héroe 

ya no la queda en la anchurosa Troya 

más defensor ni amigo. 
Nótese aquel rasgo con que el poeta acaba de dibujar 
el carácter del bondadoso Priamo, haciendo sentir, 
sin decirlo expresamente, cuánta era la indulgencia 
con que trataba á sus hijos, y señaladamente á Pa- 
rís; pues habiendo éste traido á Elena, causa de 
todos los males, la quería él como si fuese hija suya. 
Obsérvese finalmente la brevedad con que está re- 
ferido lo de los funerales; y se verá otra prueba de 
que Homero sabia ser conciso cuando convenía que 
lo fuese. En efecto, habiendo descrito con tanta pun- 
' tualidad los de Patroclo, era ya inútil hablar proH- 
jámente de las mismas ceremonias. 



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283 



NOTAS. 



Los versos á que se refieren, son los de la traduc- 
ción; los que en ellas se citan, los del original en la 
edición de Ernesti. 

ADVERTENCIA. 



Se han escrito para los Helenistas; pero aun los quo 
no lo sean pueden también leerlas con alguna utili- 
dad. Sin embargo, no esperen hallar reunidas aquí 
todas las noticias arqueológicas, críticas, históricas, 
geográficas, mitológicas y rituales que presupone la 
lectura del poema, y se hallan esparcidas en sus co- 
mentarios y traducciones. Yo supongo que mis lec- 
tores tienen suficiente instrucción para no necesitar- 
las; pero si así no fuese, podrán consultar las Anti- 
güedades homéricas de Feitio, ó la eruditas notas 
con que Madama Dacier enriqueció su traducción. 
Las mias están destinadas, como ya dije en el dis- 
curso preliminar, no á ilustrar el texto, sino á justi- 
ficar la versión en los pasajes en que me ha pare- 
cido necesario. . 

LBRO PRIMERO. 



Verso 2.<* la venganm.—QMe esta sea la verdadera 
significación de la palabra griega [ji?íví<; lo deben sa- 
ber los Helenistas; pero como hasta ahora todos los 
traductores de la Ilíada, antiguos y modernos, la 



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284 
han traducido con la voz que en sus respectivas len- 
guas significa lo que las castellanas, ira, cólera, eno- 
jo, resentimiento, encono, rencor; es preciso demos- 
trar que la fi^ívi; de los Griegos no es precisamente 
la ira, la cólera, el enojo que excita en el corazón del 
hombre el agravio recibido, ni el resentimiento que 
por algún tiempo le queda de la persona que le ofen- 
dió, ni el rencor, el odio, la ojeriza, con que la mira, 
sino la venganza que de ella toma ó procura tomar, 
los esfuerzos que hace para vengar la ofensa. 

i.^ La Ilíada misma toda entera prueba que el 
poeta se propuso cantar, no la cólera que excitaron 
en el ánimo de Aquíles los insultos de Agamenón, 
sino los funestos resultados de aquel enojo. Y si sólo 
de este se tratase, el poema quedaría concluido en 
el verso 303 del libro primero. 

2.* Si el argumento de la Ilíada fuese la sola có- 
lera de Aquíles, sería un poema épico sin acción; 
porque la ira es una pasión. Y no parezca juego de 
palabras; es una distinción necesaria é importante. 
Los afectos del ánimo considerados en sí mismos, no 
son ni pueden ser materia de un poema épico; y 
sólo ilegan á serlo cuando fueron el móvil de alguna 
acción memorable; y ésta es la que entonces se ce- 
lebra. Así, la piedad de Eneas pudo ser argu- 
mento de la Eneida, cuando movido por ella formó 
y ejecutó el arriesgado proyecto de atravesar los ma- 
res con las reliquias de su gente, y fundar en ítah'a 
un nuevo imperio para colocar en él las imágenes de 
los Dioses que habia salvado de las llamas; conderet 
urbem, in/erretque Déos Latió. Del mismo modo la 
cristiana religiosidad de los europeos en el siglo XI 
pudo dar materia para componer la Jermalen^ en 
cuanto movió á los Cruzados á emprender la con- 
quista de Palestina; y la ambición de César no hu- 



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285 
biera producido la Farsalia^ si la hubiese tenido 
Compre oculta en su corazoD; pero se hizo argu« 
mentó de una epopeya cuando le impelió á pasar el 
Rubicon, y á tomar las armas contra el Senado para 
alzarse con la suprema autoridad. De consiguiente^ 
asi como no sería exacto decir que Virgilio cantó la 
piedad de Eneas, el Tasso la religiosidad de Godo- 
fredo, y Lucano la ambición de César; tampoco lo 
ha sido decir que Homero cantó la ira, ó la cólera, 
de Aquiles. No: lo que cantó fué la terrible venganza 
que á impulso de su iracundo carácter tomó de Aga- 
menón y de los Griegos. Y en efecto, esta venganza, 
y no la simple y pasiva cólera, fué la que causó tan- 
tos males á los Aquivos, lanzó al averno las fuertes 
almas de muchos héroes, é hizo que sus cadáveres 
fuesen devorados por los perros y las aves de rapiña. 
La cólera, si no hubiese pasado de cólera, no hubiera 
hecho tales estragos en el ejército de Grecia. 

3.° La verdadera y precisa significación de la pa- 
labra [xfivtí se conoce y confirma por la del verbo 
(jLT)v(u>, su derivado; pero los traductores, habiendo 
errado aquella, han errado también esta, y han he- 
cho insulso y aun ridículo al poeta. Citaré en prueba 
tres ejemplos tomados de este libro: i.^ Deja dicho 
Homero que Agamenón, al oir que Calcas le acusaba 
de ser el autor de la peste^ entró en un acceso tal 
de furor que £e turbó su ánimo, ardió en ira su co- 
razón, echaba fuego por los ojos, y hasta sus entra- 
ñas se ennegrecieron con la bilis de que fueron 
inundadas. Y cuando, lejos de haber motivos para 
que se calme su cólera, Aquiles se la excita más y 
más, llamándole impudente,- doloso, cobarde, bor- 
racho, etc., añade Homero (v. 247) que sentado ya 
Aquiles, el Atrida ¿(xi^vte, y traducen irascehatur^ se 
Qiu>jaba. Buena fresca. Á buen tiempo esperaba, ^ 



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286 
para empezar á enojarse. No es eso. Lo que d poeta 
dice es que oidos los denuestos con que Aquíles 
acaba de insultarle; y viendo que ya volvía á su 
asiento, Agamenón desde él suyo, ¿x^pcoOsv, hacia 
ademanes de querer vengarse, iba ya á tomar ven- 
ganza, cuando Néstor se levantó para impedirlo. 
2.*^ Aquíles en el mayor acceso de su cólera invoca 
el favor de su madre, ésta se le aparece, 4a cuenta 
él lo que le acaba de pasar, la pide que la vengue, 
y Tétis le ofrece hablar á Júpiter; y añadiendo que 
éste no volverá al Olimpo hasta pasados once dias, 
le dice: «entre tanto ocioso tú en las naves, jjl^vI 
'A)rat($iatv», y irSiáxxeen airascere Aquvm,y> Pero, si 
él estaba echando chispas, ¿cómo le ha de aconsejar 
Tétis que se enoje con los Griegos? Demasiado eno- 
jado estaba. Tradúzcase, pues, el pasaje: 
ahora, retirado á tus bajeles, 
cesa de combatir, y de los Griegos 
así te venga; 
y resultará un sentido racional, coherente, y acó» 
modado á la situación. 3.° Vuelve de Crisa la nave 
que llevó á Criseida, se entran los remeros por las 
tiendas y las naves, y añade el poeta que desde en- 
tonces Aquíles, retirado á las suyas y sin asistir á 
las juntas ni alas batallas, {jii^we: y conociendo el 
traductor latmo que el irascebatwr seria ya más que 
ridiculo, elude la dificultad traduciendo iram/ovit; 
pero ni aun así lo acierta. Lo que Homero dice 
6S que ya entonces daba principio ^uíles á su 
venganza, esto es, á cumpUr el juramento que ha- 
bía hecho de no combatir más en defensa de los 
Griegos. 

4.° Para convencerse de que \x%)n^ jamás signi- 
fica la ira en sí misma^ sino los conatos, los esfuer- 
zos que uno hace para vengarse de otro, nótese 



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287 
^e Homero, cuando quiere decir que la ira se apo- 
deró de tal ó cual personaje, nunca dice fiíivt« XáSs 
^no x<^^o< ^^^s- 

5.^ Finalmente, el célebre Helenista Tiberio 
Hensteruis reconoció ya que la significación de jjlíJvic 
68 la que dejo indicada; pues en su adición di artículo 
<iel Diccionario etimológico de Lennep dice lo si- 
guiente: «Propie non significat iram qua ámperma- 
^ut, sed iram, qum ultionem spirat, et exqmrit, pro- 
peratque ad eam. Haec est caussa cur ixíJvk; tribuatur 
diis, et hi, verbo inde deductó, dicantur, fiTjvtav, vel 
)jLY)v(eev, quando ultionem scelerum^ ab hominibus 
commisorum, poscvmt.n El juez es competente, y la 
decisión terminante. 

Versos 2.° y 3.° que á los aquivos, etc. — ^La ver- 
sión literal sería: «que puso (causó) innumerables 
dolores á los Griegos»; pero, no pudiéndose conser- 
var la metáfora dolores por daños, males, etc., y sien- 
do alga gigantesca en un pasaje tan sencillo la hipér- 
bole de innumerables, ha sido preciso decir, nume^ 
rosos duelos. 

Verso 4.° á la oscura región. — Así llamaban por 
antonomasia los Griegos al subterráneo adonde se- 
gún su teología bajaban las almas de los finados; y 
esto es lo que significa la voz avSi: literalmente, lu" 
^arenque no se ve. 

Verso 7." aves de rapiña,'~'Esi2L es la verdadera 
significación de la palabra ¿tb>v6t(ri, no la de aves en 
general. Vé^e el citado etimológico de Lennep. 

Verso 9.** desde que habiendo, etc. — ^El texto dice 
«habiendo reñido ó tenido una disputa;» pero ambas 
expresiones son demasiado familiares. 

Verso 10. se desunieron, etc. — Esta es aquí la 
rigurosa significación de la palabra 8ta<rcr|t7¡v. Véase 
6l Diccionario homérico de'Damm. 



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288 
Versos 11 y 12. el Áív'iádi.adalid de las escuadra» 
todas de Grecia, y el valiente Aquíles. 
Adalid, etc., es la verdadera y genuina traducción de^ 
5va{ ávSfflvrylos que han traducido Rey de hombres^ 
á de los hombres^ se han equivocado. 1.* ¿íva{, no 
significa precisamente Eey, sino stiperior, je/e, caiW' 
dillo: 3< Sdxiv ávü), el que está encima; y por eso al- 
guna vez se dice de los Reyes. 2.° ávSpGv tampoco 
es hominum, hombres, sino mrorum^ varones; y 
como en esta última palabra se indica principal- 
mente la fuerza, la robustez, la valentía, se toma en 
general por los valieotes, los guerreros, los solda- 
dos, las tropas. Así, la frase griega quiere decir cath 
dillo de guerreros, de gente armada, y en lengusye 
moderno significa un Oficial genei*aL Aplicada, pues, 
al Atrida, significa el Generalísimo, y en frase poética 
el adalid de todas las escuadras. Para demostrarlo, 
baste citar el verso 680 do las Suplicantes de Eurí- 
pides, en el cual se llama á Forbante [xovoiv'Ttúxtov 
¿íva^: pues ciertamente nadie allí traducirá i^y ¿^ 
los caballos, sino General de la caballería. Pasaje por 
el cual se prueban dos cosas: primera, que áva{ no 
significa Rey, pues Forbante no lo era; y segunda, que 
es nuestro General, pues aquel era en efecto lo que 
ahora llamamos un General de división. 3.° valiente 
Aquíles. Así es como se debe traducir el Stoc. Este 
no significa siempre divino, ni de raza divina, como 
han creído los traductores, sino en general todo lo 
que es grande, magnífico, excelente, y superior en 
su clase; y respecto de cada personaje, expresa la 
cualidad en que más sobresale. Así, aplicado á Nés- 
tor, es el prudente, á Agamenón el poderoso, k kiiMi- 
les el esforzado, valiente, etc. Lo mismo se observa 
en castellano con el adjetivo divino, divina. No sig- 
nifica solamente ló que es propio de la divinidad» 



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289 

8ino pop metáfora lo que es excelente en eu género. 
Así se dice una voz divina, por sonora, dulce, me- 
lodiosa, etc. No será inútil advertir que del griego 
8ro< {contracción de Sítoc) escrito con digamma eó- 
íico, que se pronunciaba divos ^ y mudada la termi- 
naron oc en US, resultó el divus latino, del cual se 
derivó el divinus, y de este nuestro divino. 

Versos 13 y 14. á la' discordia sus almas entre- 
gó, etc. La versión literal sería: ¿cuál de los Dioses 
los echó á reñir? pero como la frase echar á reñir 
es baja en castellano, ha sido necesario expresar la 
idea por medio de una perífrasis. 

ffasta aquí la proposición del poema; pero antes 
de entrar en la narración, quiero ya probar con un 
ejemplo dos aserciones que dejo sentadas en el dis- 
curso preliminar. Primera, que traduciendo en ver- 
sos consonantes una epopeya griega, ó latina, unas 
veces se hace decir al poeta lo que no soñó en decir, 
y otras se calla lo que expresamente dijo; segunda, 
que respecto de Homero, suprimiendo ó añadiendo 
ideas, y sobre todo, sustituyendo á las suyas con- 
ceptos ingeniosos, se le quita su principal mérito, 
que es el de la naturalidad; se altera, por decirlo 
así, el sabor de antigüedad que caracteriza sus 
obras, y de un ñlósofo sencillamente vestido se hace 
un atusado pisaverde. Y este ejemplo será tomado 
de la traducción de St. Aignant, la más moderna de 
las francesas en verso. Empieza de esta manera: 
Chante lejier Achule, et sa longue colére, 
ó Deité! raconte un repos sanguinaire, 
qui plongea les héros au tenebreux sójour, 
et de leurs corps sanglants engraissa le vautowr. 
Áinsi Vavait permis le maiire du toiinerre 
depuis le \owt fatal, ou, planaíU sur la Ierre, 
• la Discorde frappa de son sceptre odieux 
TOMO ui. 19 

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£C0 

Atride, Eoi de Rois, kchiWe, Jls de Dieuca. 
Esto no necesitaba comentario, porque el lector me- 
nos instruido conocerá que no ^s traducir la Ilíada 
de Homero, sino componer otra nueva á la francesa; 
y que de estos ocho versos sólo el primero dice lo 
que dijo el poeta, pasando al traductor lo de lon^ue 
colire ya que otros han dado á ^jlííviv esta significa- 
ción. Sin embargo, para que los jóvenes vean prác- 
ticamente que traducir de este modo es retratar á 
Homero con frac, pantalón y botas, haré las obser- 
vaciones siguientes: 

i,^ Jier, — Soberbio, arrogante. Este epíteto, que 
no está en el original y es un miserable ripio |)ara 
llenar el verso, tiene además el inconveniente do 
prevenir al lector contra el héroe del poema, califi- 
cándole desde el primer verso por uno de sus de- 
fectos. 

2.* raconte un repos sanguimire. — Relumbroa 
de malísimo gusto, expresionaza hinchada, oscura 
y vacia de sentido. ¿Qué quiere decir un reposo, 6 
descanso, sanguinario? 

3.* plongea les héros. — El original dice con má3 
exactitud, las almas de los héroes; porque estas, y 
no los héroes en cuerpo y alma, fueron las que ba« 
jaron al averno. 

4.* ni el saJtglantSj ni el engraissa, ni el vautow 
son del original: y los perros se quedaron en el tin- 
tero. Y no se diga que la voz chiens es baja en fran- 
cés, habiéndola empleado Hacine en su Alalia. 

5.* Aítisí ravaitpermis le mailre d» tónnerre,-^ 
Nada de esto hay en Homero, y de permitir una cosa 
á quererla expresa y eficazmente, hay mucha dis- 
tancia. 

6.* jowr fatal. El epíteto es añadido, pero pu- 
diera pasar si b que sigue no fuese tan estudiado y 



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291 

t^ú ajeno de este lugar. ¿Cómo en la proposición del 
poema, en la cual todo debe ser sencillo, habia de 
haber empleado un poeta de tan delicado gusto las 
pomposas y altisonantes frases «La Discordia, revo- 
lando sobre la tierra, hirió con su odioso cetro al Atri- 
ta, Rey de Reyes, y á Aquiles, hijo de los Dioses?» 
Quid dignum tanto feret hic promissor hiatu? 
7.^ Ya dejo probado que el Boi de Rois y el Jlls 
de Dieua no son la traducción fiel del ávaj otvSpfi&v, y 
del Stoc 

8.* De todo el pasaje resulta que el consonante 
es el que obliga á parafrasear y desfigurar los origi- 
nales. En efecto, cualquiera conocerá que eolére tra- 
jo el sanguinaire, séjour el muUmr, tonnerre el ter- 
re, y que Dieux hizo necesario el odieux, Añádansa 
á estas infidelidades el martilleo de los versos parea- 
dos y la monotonía de su corte durante todo el poe- 
ma, y se tendrá idea de lo que son las traducciones 
Trancesas en verso alejandrino. Al contrario, léas3 
el mismo trozo traducido en italiano por Monti, y se 
verá la ventaja que llevan los endecasüabos á los 
alejandrinos, y los sueltos á los consonantes. Dico 
así: 

Cantami, o Diva, del Pelide Achille 
Tira funesta, che infiniti addusse 
lutti agli Achei, mol te anzi tempo al Orco 
generóse travolse alme d'eroi 
e di cani é d'augelli orrido pa.sto 
lor salme abbandonó (cosi di Giove 
l*alto consiglio s'adempia) daquando 
primamente disgiunse aspra contesa 
il re de'prodi Atride, e il divo Achille. 
üsto (salvo los descuidlUos notados con bastardilla) 
es lo que se llama traducir á Homero. 
Versos 17 y 18. álos Aqueos enviara la peste aso i 



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ladora,—^ texto dice enfermedad maligna; perc^ 
esta expresión castellana es buena para un tratado 
de Medicina. 

Verso 49. la ffente.—Téngdise entendido desde 
ahora para siempre que la voz Xáo< casi nunca sig- 
nifica en Homero lo que suena para nosotros la cas- 
tellana jwí^í^, sino lo que los latinos expresaban coo 
la suya copiay las tropas, el ejército. En consecuen- 
cia, sépase también que el icot^jiTiv XaQv, que tanta» 
veces se repite en la Ilíada y la Odisea, nunca debe 
traducirse pastor de pueblos, sino cavdillo de gente 
armada. Prueba. En las mismas Suplicantes de Eurí- 
pides ya citadas se lee, al verso 674, TcotjjLévsc ¿x^^» 
hablando de los aurigas ó conductores de los car- 
ros; y cierto que á los cocheros nadie los llama ni 
ha W^m^Ao pastores de coches. En la expresión Ttotjxilv 
XaC)v, la voz iroijxi^v está tomada en sentido metafó- 
rico, y la metáfora se funda en que así como los^ww- 
tores guian, 'conducen, dirigen el ganado, así lo» 
caudillos guian, conducen, dirigen las tropas. 

Verso 22. á las naves. — El epíteto de veleras, que 
les da Homero, es aquí conocidamente ocioso. 

Versos 23 y 24. De mucho valor. —El texto dice 
inmenso ó infinito; pero cualquiera de estas dos vo- 
ces dice demasiado para nosotros. 

Versos 25 y 26. siniestra m/ino, derecha. — El ori- 
ginal sólo dice en las manos; pero ya se deja enten- 
der que no habia de tener las dos cosas en araba» 
manos, sino una de ellas en la derecha y otra en la 
izquierda. 

• Ib. ínfula. — No eran, como han creído los tra- 
ductores, ciertas cintas que pendían de una mitra 
como la de nuestros Obispos; la ínfula era una espe- 
cie de gorra que llevaban los sacerdotes. Véanse las 
Antigüedades Romanas de Adam. He suprimido cQ 



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293 
.Apolo el epíteto de Flechador, porque está repelido 
imás abajo y allí es necesario. 

Verso 29. caudillos, — La palabra griega significa 
ordenadores; pero, si se emplease en castellano, 
parecería que los Atridas eran los Comisarios orde^ 
fiadores del ejército; y no es eso lo que Homero qui» 
so decir, sino que eran los dos primeros jefes, Aga* 
menon como Generalísimo, y Menelao por ser her* 
mano suyo. 

Versó 35. iww hija wm.— Esto es lo que aquí 
significa (p(XT)v; no, querida ó amada. Este adjetivo 
^iXo< en Homero es casi siempre un posesivo que 
4ebe traducirse por mió, tuyo, suyo, según que se re* 
íiere á la primera, á la segunda, ó á la tercera perso* 
na. Es evidente en el «p-Xov íTop, «píXa ^oúvata, etc., 
donde todos conocen que sería absurdo traducir, mi 
^¡uerido pecho, sus amadas rodillas. 

Versos 45 y 46. con imperiosa voz etc. — El texto 
dice, le despidió malamente; pero no siendo en cas- 
tellano poética esta frase, ba sido menester indivi- 
dualizar la idea por medio de una perífrasis. 

Verso 48. mejo.—YA voz de desprecio, y por eso 
la be empleado en este pasaje que la exige. En este 
-eampo.-'^X griego dice en las naves; pero como éstas 
«acadas á tierra formaban el campamento, be sus- 
tituido esta palabra para no repetir la otra tan á me- 
nudo. 

Verso 53. regio cetro.^^e añadido el regio para 
que se entienda que Grises no sólo era sacerdote de 
ApQlo, sino Rey de un pequeño territorio llamado 
Crisa, y que por esta razón llevaba cetro, pues Ids 
^simples Sacerdotes no le usaban. Si la adición des- 
:agrada, léase agüese, en lugar de regio. 

Verso 57. é mi lecho aderezando. — ^Madama Da- 
'der entendió y tradujo bien la frase griega, y los 



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294 
traductores que se han separado de ella, y han dicV^ 
participando de mi lecho, han errado la traducción^ 
i.^ ávTtáü) se construye con genitivo, dativo y acu- 
sativo. Con el primero significa conseguir, alcanzar^ 
alguna cosa, participar de ella; con el segundo taliit 
al encuentro de alguno, el obviam iré latino, y con ^ 
tercero tomar algo á su cargo, cuidar de ello; eti la- 
tín ohire rem, munus, etc. De consiguiente, estando 
aquí con acusativo, significa estar encargada, cuidar^ 
del lecho de su amo. 2.® Para conocer que áquf no 
se trata de concubinatos, no se necesita saber grie- 
go, basta tener sentido común. Agamenón habla del 
tiempo en que Criseida llegue á vieja, y dice que áua 
entonces continuará ocupada en tejer telas, y en 
hacer cierta cosa con su lecho; pero esta cierta coss^ 
no puede ser la de acompañar en él á su señor. 
¿Quién no sabe que para seiiejante ministerio no se 
buscaban las viejas? Al contrario, el mismo Homero 
(y él es su mejor intérprete) nos ensena en la Odisea 
que la escl wa de más confianza era la que en "stt 
vejez cuidaba del tálamo nupcial de sus señores. 
Téngase, pues, por seguro que esto es lo que en este^ 
pasaje significa la expresión 1|jlóv X¿p<; ávxtóüKav. 

Verso 61. Se volvió sin replicarle, — Se volvüh 
este es el tiempo, y esta la significación del griego 6iiv 
y en latin no debe traducirse ibat, sino perresit irer 
cebó á andar. Sin replicarle, — Esta es también 1» 
verdadera traducción del áxéiúv. Este participio sig- 
nifica literalmente, sin abrir la boca, sin desplegar 
sus labios; en latin ne hiscens quidem. Y si el Sr. Bi- 
taubé lo hubiera tenido presente, se hubiera ahor- 
rado la nota que puso á este pasaje, y la critica, eir 
parte injusta, que hizo de Madama Dacier. 4.° Es 
falso que el sacerdote caminase en silencio por la 
orilla del mar: el poeta dice expresamente que apo- 



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295 
ñas se alejó del campo griego iba hablando con 
Apolo. Así, el silencio de que habla Homero, es el 
que obserbó al oir la dura respuesta del Atrida. 
i° El 6fi, como ya he dicho, no es en francés mar- 
chaü, sino marcha. 3.° De consiguiente, aunque la 
frase sea familiar, Madama Dacier en cuanto al tiem- 
po tradujo bien, s'en alia, A,^ Si ésta hizo mal en su- 
primir las palabras sin responder, y el epíteto de es- 
truendoso dado al mar, también el individuo del Ins- 
tituto se equivocó en suponer aquí una admirable 
pintura, cuando no hay más que la sencilla observa- 
ción de que el anciano, intimidado al oir la repulsa 
de Agamenón, obedeció á su mandato y echó á an- 
dar sin decirle ya más palabra. 

Verso 64. En doloridas voces. — Es lo que real- 
mente quiere decir el icoXXá del original. Este signi- 
fica con ahinco, con fervor, y como el anciano estaba 
sobremanera afligido, se deja entender que el tono 
de la voz expresaria su dolor. 
' Verso 65. Zalona.— -l^e suprimido el epíteto, que 
tiene hermosos cabellos, porque aquí no se trata de 
cosa que tenga relación con su belleza. Pero si se 
quiere conservar, añádase este verso: 
la Diosa de la rubia cabellera. 

Versas 66 y 67. pues armado con el arco de pla- 
ta, etc.— El texto dice: «que tienes, ó llevas, arco de 
plata.» Pero como esta circunstancia, que en griego 
se indica con un s61o adjetivo, no puede expresarse 
con otro castellano, porque no podemos decir arcar- 
genteo teniente, y de emplear la oración de relativo 
resulta una. especie de paréntesis y una perífrasis 
prosaica; y como esto sucede con otros inumerables 
epítetos expresados en griego con palabras compues- 
tas que no tiene el castellano, debo manifestar aquí, 
para no repetirlo á cada paso, que sólo puede con- 



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296 
servarse haciéndolos complementos indirectos del 
verbo, ó circunstancias de la acción por él significa- 
da, y esto es lo que yo hago en muchas ocasiones. 
Por ejemplo, cuando Homero dice que iban, marcha- 
ban, corrían, los caballos xaXXlTpi^^e?, en latin j?ttí- 
chricomi, en castellano que tenian hermosas crina, 
he hecho de este epíteto una circunstancia del mo- 
vimiento, y he dicho: iban, corrían, etc., siieltasal 
aire las hermosas crines; con cuyo arbitrio he con- 
servado el epíteto, y ha resultado un buen verso, 
una circunstancia interesante, una graciosa imagen 
y una expresión nada prosaica. Y solo así es como 
he logrado conservar en castellano casi todos los 
epítetos griegos. El que no lo apruebe tradúzcalos 
por oraciones de relativo, incidentes, y como de pa- 
réntesis, y verá lo que resulta. Así en el caso pré- 
senle, si hubiese dicho «tú que llevas arco de plata,» 
hubiera resultado una insulsez, porq^ue lo es en efec- 
to, hablando con Apolo, decirle, como si él no lo su- 
piese, qu» su arco era de plata; pero dígasele que 
armado con su arco ha defendido siempre á Crtsa, 
es decir, hágase del epíteto el instrumento de que se 
sirvió para defenderla, y se hará interesante la cir- 
cunstancia del arco. 

Versos 68 y 69. He añadido las palabras región y 
civdad, para no poner al pié una nota en que se ad- 
virtiese que Crisa era todo el país que gobernaba Gri- 
ses, y Cila su capital. He dado á ésta el epíteto de 
populosa, porque el S^Gétiv, no es divina, ni sagrada^ 
sino rica, opulenta, etc., es decir, una ciudad consi- 
derable, capital de todo el Estadito de Crisa. Con 
ta6éiic sucede lo mismo que con 8to;: significa todo 
lo que en su línea es grandioso, magnífico, excelen- 
te, etc. Así el traductor latino tradujo bien diciendo 
eximían; y los franceses é italianos que han dado á 



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297 
la voz griega la significacíoa de diHna, sagrada^ no 
lo han acertado. 

Verso 70. También lo han errado los que han 
traducido el T<pt ovi<xci6!<; por eret Rey poderoso. El 
verbo áváavco, aplicado á los Dioses,, no significa m- 
nar, ni ser Rey, sino ser el numen tutelar del país 
de que se trata. Véase el Diccionario de Damm. Ade- 
más, en castellano, y en cualquiera lengua vulgar^ 
áería ridículo decir, por ejemplo, qOe Juno era Reina 
de Argos ó de Micenas, Palas Emperatriz de Alesco* 
mene, y Júpiter Rey ó Emperador de Olimpia. En las 
naciones modernas las palabras Rey, Reina, Empe- 
rador, Emperatriz, sólo se dicen con propiedad de 
los hombres ó mujeres que están revestidos de aque- 
llas dignidades. Asi Madama Dacier dijo, y dijo bien, 
qvi défendez avec tan d'eclat Ténédos, y Ritaubé con 
SMpwissant Roí de Ténédos, y Monti con ^xipossei^te 
imperador han dado á conocer que no sabían tanto 
griego como una mujer. Téngase entendido que aun- 
que la traducción de esta célebre literata es algo di- 
fusa "y perifrástica, y su estilo flojo y demasiado fa- 
miliar, ella es de todos los traductores que yo conoz- 
co la que entendió mejor á Homero. Ya lo veremos 
en otros pasajes. 

Verso 71. Oh Esmintiof-Se han equivocado los 
que han traducido. Dios de Esminta, 6 Esmintho, 
como si esta fuese una ciudad ó región, de la cual 
hubiese tomado Apolo el sobrenombre de Esminlio. 
Este se le dio, según dice un antiguo escoliasta, por 
haber ü^v^itado al país de Crisa de una plaga de rato- 
nes y llamarse allí esmintes estos animalejos. 

ib. Si en mejores dias.-^^i texto dice «en otro 
tiempo,» pero se deja conocer que es palabra enfá- 
tica, y quiere decir en tiempo de paz, antes que vi- 
niesen aquí los Griegos, etc. De consiguiente, es ne- 



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298 
cesario indicaren la traducción esta interesante oír* 
cunstancia. 

Verso 7:2. erigí, etc.— -Pasaje errado en todas las 
traducciones que tengo presentes, y lo que más ex- 
traño, hasta en. la interlineal latina y la de Madama 
Dacier. Esta dice: ííSí jamáis y ai orné de festom 
votre temple.yi Bitaubé: ii^Si jamáis je couronai de 
festons voire temple.» Dugas Montbel: <.iSi jamáis 
j'omaiton temple d'agréables festotts,yy Monti: 
se di serti devoti unqua il leggiadro 
tuo delubro adornai; 
pero aquí no se trata de semejante cosa, ni la pala- 
bra griega significa coronar una casa, ni colgar de 
ella guirnaldas. El vervo griego épi^pw, y su com- 
puesto ¿7ce(^á(pa>, significan lisa y llanamente, y nun- 
ca significaron otra cosa, techar un edificio, poner 
la .techumbre, hacer el tejado, etc., y de aquí, parte 
por todo, hacer, construir una casa; y hablándose 
de templos, erigirlos, Y á la verdad, ya que el anti- 
guo traductor latmo y Madama Dacier lo equivoca- 
sen, no sé cómo lo han errado los más modernos, 
estando ya bien explicado .el texto desde el año 
de 1765 en el Diccionario homérico de Damrf, y nada 
menos que dos veces. Este laborioso y doctísimo 
Helenista, en el artículo ¿iü6p¿<pü), cita el pasaje, y 
traduce: templum tibi contexi, et per sinechdoqusm 
pro adiflcavi; ut postremum in opere, i. e. contectio, 
positum sit pro tota templi constructioae; y en el 
artículo vaó<; (jónico vtjó;) repite lo mismo. Advierto, 
no obstante, que también él se cquivó por su parte 
en tomar adverbialmente el yap'evxa: este con- 
cierta con vT4¿v, y la expresión entera significa un 
gracioso templo, y de aquí en general, grandioso, 
magnifico, suntuoso, capaz, hermoso, etc. Además, 
cuando faltasen autoridades, y cuando el verbo fpé<pü> 



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£99 
pueda lomarse alguna vez en sentido figurado por 
coronar, en cuanto la corona culrcy tapa la cabeza, 
así como el techo cubre, tapa el edificio, acepción 
metafórica en que dos veces le tomó Píndaro, ¿cómo 
ha de cuadrar aquí la metáfora? ¿cómo ha de poner 
una corona á todo un templo? De buen^maño sería. 
Y 8i para salvar el inconveniente se dice que eran 
guirnaldas de flores que se colgaban de las paredes, 
ó con las cuales se adornaba la fachada, resulta otro 
mayor, y es el d )1 que el verbo Epe^w no puede sig- 
nificar tanto po* sí sMo; era necesario el ablativo 
GTeípavCtdt «cubrí tu templo con guirnaldas. to ¿Y qué 
resulta de todo esto? Que los traductores de Homero» 
aun cuando sepan el griego, se fian de la versión 
latina, y por lo regular no se toman el trabajo de 
examinar si es exacta. 

Verso 74. sabrosas piernas. — El texto dice gor- 
das, gruesas^ pingtes; pero antecedente por consi- 
guiente, esto quiere decir exquisitas, sabrosas; pues 
las carnes tanto más lo son, cuanto el animal está 
más bien cebado. 

Verso 75. Otórgame este don. — Literalmente 
cúmpleme este deseo; y así traduje primero; pero des- 
pués me pareció algo familiar la frase. 

Verso 98. la Diosa Jwno. — ^El texto añade «que 
tiene blancos brazos», lo cual, parte por todo, quiero 
decir blanca; y esto, antecedente por consiguiente, 
68 lo mismo que hermosa. Pero ya se deja conocer 
que semejante epíteto no es aquí necesario. Porque 
se trata de su compasión; y para que la tuviese nada 
importa que fuese bonita ó fea. 

Verso 103. el valeroso Aqufles.—El griego dice, 
él ligero de pies; pero este epíteto es como de fór- 
mula, y aquí no hace al caso, porque no se habla de 
cosa que tenga relación con la carrera. Por eso he 



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800 
sustituido el de valeroso, que es más oportuno. En 
efecto, si el más valiente campeón se muestra ya 
acobardado, se deja conocer que los estragos de la 
peste habían sido espantosos. Hago estas dos adver- 
tencias, para no hablar más de los epítetos. Cuando 
el lector eche de menos alguno, ó le vea sustituido 
por otro, examine todo el pasaje, y verá la razón 
que he tenido para omitirle, ó poner otro en su 
lugar. 

Verso 406. En vergonzosa fuga. — ^Lo literal se- 
ría, hada atrás; pero esta frase adverbial es dema- 
siado prosaica. 

Verso i 21. hayan subido, etc. — ^El original dice 
«luego que Apolo haya alcanzado, ó conseguido, 6 
participado de, el olor.» Pero como nada de esto se 
dice bien en castellano, he puesto el antecedente; y 
el mismo Homero lo hace así en otros pasajes. 

Verso i 41. un guerrero. ^Con esta generalidad 
debe traducirse ¿ívSpa; y los que, como Dugas, hafi 
dicho ccal héroe que lleno de majestad reina sobre 
todos los Argivos,» en cuyas palabras está expresa- 
mente designado Agamenón, han hecho inconse- 
cuente y aun ridículo al poeta. En efecto, si Calcas 
hubiera dicho clara y terminantemente que su res- 
puesta irritaria al Generalísimo, ro podría luego 
Aquíles dejarlo en duda, ó indicarlo hipotéticamente 
diciendo «aunque nombraras al mismo Agamenón. n 
Las expresiones de Calcas son de intento genéricas, 
y podían convenir á cualquiera de los jefes; porque 
de todos ellos podía decirse que tenían gran poder 
sobre losGriegos,y que éstos acataban sus personas. 
Todo este cuidado se necesita al traducir al poeta 
^ui nihil molitur inepte. 

Verso 160. se gloría. — ^Entiéndase en buen sen- 
tido, en ol de tiene ha gloria, el hsnor, y no el de ^ 



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SOI 
tana^loriá, se Jacta, como han dicho algunos tra- 
ductores. 1.® La gloria de ser el Generalísimo de la 
Grecia y tener á su mando tantos Reyes no era vana, 
era un honor que hasta ahora no ha tenido ningún 
otro. 2.° El verbo l\jyo[kai por lo común se toma en 
buena parte y tiene la indicada significación de tengo 
¡a gloria, la honra de. 3.^ En el libro siguiente, 
, verso 82, Néstor repite la expresión misma, y no es 
para tachar de jactancioso al Atrida, sino para hon- 
rarle. 4.** en fin: ya Ernesti corrigió en esta parte la 
nota de Glarke. 

Verso 195. oráculos mintiendo. — Así debe tradu- 
cirse el Beoicponécdv. Agamenón, aunque al fin resti- 
tuye la esclava, creía que el oráculo era ficción de 
Calcas para desacreditarle. Si hubiese creído que 
tal era la voluntad de Apolo, no hubiera insultado 'A 
sacerdote. 

Vei'so 201. mi legitima esposa. — Esta es la verda- 
dera y única significación del xoupi8íTj<; áXó^^oo; y no 
la de esposas que era ídrgen cuando me casé con ella* 
Está demostrado, contra todos los diccionaristas y 
traductores, por otro pasaje del mismo Homero y ( ü 
la misma litada. Es el siguiente. En el libro decimo- 
nono dice el poeta que cuando Briseida volvió á la 
tienda de Aquiles y vio muerto á Patroclo, se acercó 
al cadáver y le dirigió un tierno discurso. El objeto 
de este es hacer ver que ella más que nadie debía 
sentir la muerte de aquel júven tan amable, porque 
él habia sido su consuelo y amparo desde que fué 
cautivada, y para probarlo dice en sustancia lo si- 
guiente: «Aquiles, cuando tomó y saqueó á Lirneso, 
mató delante de los muros á mi esposo, al esposo 
que mis padres me habían dado, y yo sentí su muerte 
como era justo; pero tú me consolabas, diciéndome 
que me harías ¿Xo^ov de Aquiles.» Y para indicar 



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302 
que esta palabra no sigoifíca simple concubina, pues 
esto ya lo. estaba siendo Briseida, añade el epíteto 
de xoupiSíTiv; de lo cual resulta: 1.% que áXo^^oc solo 
signiflca en general la que participa del lecho, sea 
con el título que fuese;' 2.% que para dar á conocer 
cuándo no es simple concubina se añade el adjetivo 
xouptSÍTj, y de consiguiente que la expresión áXoj^oic 
xouptá'íii significa literalmente esposa legUima, que 
es lo opuesto á concubina, y no esposa qw es soliera 
cuaTido se casa; pues Briseida era ya viuda, y no 
obstante supone que todavía puede ser áíXo^oi; xou- 
ptSíTQ de Aquíles. A esto no hay respuesta; porque 
decir, como Damm, que Homero no empleó allí con 
propiedad la voz xoupiSív) es un absurdo que no me- 
rece refutación. 

Versos 208, 40 y 12. Olra yíf¿?<?».— Alguna es- 
clava. Así es como debe traducirse en estos pasíyes, 
y en otros varios, la palabra Ysp««. Esta significa 
siempre el premio de honor que al repartir los des- 
pojos se daba á los principales jefes, y á los que ha- 
bían hecho en la batalla alguna acción memorable; 
y este premio de honor solía ser, y aquí lo era en 
efecto, una cautiva distinguida por su linaje, belleza 
y habilidad de manos. 

Versos 245, 46 y 47. Glorioso Atrida, etc.— Pa- 
ssge errado en las traducciones que yo conozco. La 
interlineal, aun después de corregida por Clarke, 
dice: Átrida gloriosüsime, amrissime omnium, y el 
segundo epíteto, que es un atroz insulto, manifiesta 
que el primero debe también serlo y tomarse en el 
sentido de orgulloslsimo. En consecuencia. Madama 
üacier tradujo también «Fils d*Atróe, le plus am- 
bitieux, et le plus insatiable de tous les hommes.» 
fiitaubó «le plus ambitieux et lo plus avare.» Dugas 
«le plus vain et le plus avide.» Monti «O d'avarizia 



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,303 
tf par che di grandezza, famoso Atríde.» Pero todoír 
se han equivocado, y en un punto capital, como luego 
veremos. Aquí na hay insulto ninguno. l.°el*/.úSi;T:e 
siempre se toma en buen sentido, y significa jp^^O/ia 
4:<mdecoraday llena de hoiiorei, digna de respeto^ etc. 
Así es el título de honor que Néstor da varias veces 
^1 mismo Atrida: véase entre otros el verso 434 del 
libro siguiente. 2." «pt^ oxxáavo?, significa no avaro, 
sino hombre qiie toma demasiado cariño Á sits cosas 
y siente perderlas, no por su valor como alhajas, 
sino por el placer que tenía en poseerlas. Así vemos 
hombres manirotos que prodigarán, si llega el caso^ 
grandes tesoros, y sin embargo se incomodan y afli- 
gen si pierden cualquier alhajilla de poco valor, ya 
por afecto á la persona de quien la recibieron, ya 
por los gratos recuerdos que les excitaba, ya por 
cualquier otro motivo. Y esto es cabalmente lo que 
significa el tpiXoxxáavo; de los Griegos, «hombre que 
toma demasiado cariño á todo lo que le pertenece, 
y para quien de consiguiente es dolorosa su pérdida.» 
Y esta delicadísima diferencia entre el avaro y el 
hombre simplemente apegado á sus cosas, no por 
avaricia sino por otras razones, sean las que fueren, 
es la c[ue expresa mi traducción, y esta es la idea 
que Homero quiso darnos del carácter del Atrida. Y 
para que no se dude, copiaré el artículo correspon- 
diente del Diccionario de Damm. Dice así: ^oxxia- 
voc, suae rei diligens, qii sua tuetur libenter, qui ha- 
bere mavult quam amittere (cita el pasaje de que 
tratamos, y le traduce así\ diligentissime rerum tua- 
rum: añadiendo,* t» sensu bono, etsi faceto; nam prae- 
cessit xúScdxe, in sensu óptimo. Esta autoridad de- 
cide. 

He dicho que los traductores han errado el sen- 
tido en un pasaje capital, y voy á probarlo. Ea efecto, 



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S04^ 
pomo haber ccertado co»la traducción de eífa 
verso, han dado á sus lectores una idea equivocada 
de toda la disputa entre Aqufles.y Agamenón. Según 
ellos, aquél fué el agresor, el que primem insultó al 
otro, y en la intención del poeta es todo lo con- 
trario. 4. ^ el mismo Agamenón conflesa en el li- 
bro II (verso 378) que él fué el que primero se 
insolentó; y esto no sería cierto si antes que él hu- 
biese dicho nada al hijo de Peleo, éste le hubiera 
ya llamado el más ambicioso y avaro de los hom- 
bres; 2.®, si en efecto Aquiles le hubiera hablado en 
estos términos, no hubiera él correspondido á la- 
miñas injurias con el. cumplimiento de, oh Aquiles 
á los Dioses parecido. Asi, téngase por cierto que 
lo que ofendió el orgullo del Atrida no fueron los 
denuestos con que de buenas á primeras le saludó 
Aquiles, según han creido los traductores, cosa por 
otra parte inverosímil cuando aquél no habia dicho 
todavía cosa de que éste pudiera resentirse perso- 
nalmente; fué la bravata que se le escapó al res- 
ponder á Calcas, diciéndole: «No temas que nadie 
ponga las manos en ti, aun cuando nombres al 
mismo Agamenón, que es el jefe de todo el ejército.» 
Véase lo que sobre esto queda dicho en el Examen 
del poema. 

Verso 244. Aiante.^Segnn la analogía constante 
en todos los nombres propios acribados en a< avrcx, 
así debería terminarse en castellano el de Aya»; 
pero como ha prevalecido esta última forma, la he 
conservado en todo el poema; y sólo he usado la 
otra la primera vez que se presenta,' para que se en- 
tienda que es más analógica, y fué usada en otro 
tiempo. 

Verso 250. embreado navío.— Esio signiflca el 
epíteto de negras que Homero da muchas veces á 



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305 
las naves. Y áuiíque algunas veces es ocioso, aquí 
es importante; porque se trata de botar al agua este 
navio, y para que pudiese navegar era necesario 
que estuviese en buen estado. Por eso he conser- 
vado el adjetivo. 

Versos 265 y 66. délas marchas la fatiga á sU' 
frir, — Literalmente andar el camino, hacer una mar- 
cha, un viaje; y esto és lo que significa y puede sig- 
nificar la expresión 68dv ¿)v6¿{Aevai. El traductor la- 
tino entendió bien la frase; y no sé cómo algunos se 
han empeñado en que significa ponerse en emboscada,^ 
citando en apoyo de su opinión un pasaje de Demós- 
lenes que precisamente prueba lo contrario. Se co- 
pia en la oración contra Arístócrates la ley sobre 
homicidios casuales, y por uno de ellos se cuenta el 
cometido por uno que sin querer atrepellase (lit. der- 
ribase) á otro en un camino; y dice Demóstenes, ó 
más bien el texto de la ley, '¿v hl(b xaOeXwv, cuya 
frase quieren que signifique colocado en emboscada. 
Pero ¿no ven que si esto significase, ya el homicidio 
no seria casual, sino alevoso y hecho con toda pre- 
meditación? Esto es evidente; y yo no hubiera puesto 
esta nota si no hubiese visto que el antiguo esco- 
liasta, y hasta el mismo Glarke, han creído que en 
el pasaje de Demóstenes se trata de asechanzas, y si 
no se observase que Tailor y Reiske acusan injusta- 
mente á Wolfíode haber traducido el Ev 6$g> y.a06X()l>v, 
tn xtia postroAjerit^ cuando esta es la genuina ver- 
sión. El pasaje del orador está en el tomo I de sus 
obras, pág. 637, edición del citado Reiske. 

Versos 282 y 83. abusando de tu j?o<¿^.— Esta es 
toda la fuerza que aquí, y en todos los passges en que 
se trata del robo de Bríseida, tiene la palabra ¿ut^c, 
VA. por tí mismo^ esto es, sin contar con el ejército, 
de propia autoridad, abusando de ella, etc. Madama 
TOMom. 20 



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306 
Daciep lo entendió bien. Sin embargo, cuátído so 
juntó con verbo de movimiento y dice Agamenón 
que él mismo irá á la tienda de Aquíles, entonces 
quiere áeck en persona. 

Versos 287 y 88. Cuando por el ejército, etc. — 
Se han engañado los que han creído que la frase 
griega se refiere y limita á !a -toma de Troya. Aquí 
se habla en general de lo que sucedía cuando tomada 
una ciudad del enemigo se repartían los despojos. 
El contexto lo demuestra; y el mismo tiempo, que 
es un aoristo de subjuntivo, manifiesta que no 
se habla de cosa futura,^sii)o pasada. Así, Madama 
Dacier y Barnés habían traducido bien, y no hay 
razón para que Clarke los reprenda. 

Verso 294. Con la escasa porción que me ha toca- 
do.— VdiS^íe errado por todos los traductores. El 
latino dice: <iEffO vero modicum ffratvmque mihi, etc.» 
Madama Dacier: «il faut que je me contente de por- 
ter, etc.» Bitaubé: «je retourne avec una faibte 
recompense que j'ai pcqu sans murmures. Tf> Dugas: 
«et moi, satisfait d'v/ifí medique présent, je rentre.» 

Y Monti: «é tua la prima (porción de los despojos) ed 
ultima la mía, di cui m'é forza tornar contento, etc.» 

Y bien, estas divagaciones consisten en que todos 
han creido que «plXoi; no significa más que cosa 
grata, agradable, etc.; pero ya he dicho, y lo saben 
los buenos helenistas, que aquel adjetivo en Home- 
ro, y aun en otros poetas, es un posesivo que signi- 
fica, según la persona á que se refiere, mió, tuyo, 
suyo. Esto supuesto, el pasaje no puede ser más 
claro. Va diciendo Aquíles que cuando se reparten 
los despojos la porción del Atrida es siempre mucho 
mayor que la suya; é insistiendo en esta idea, añade: 
«Yo, después de haberme fatigado mucho en las 
batallas, vuelvo á las naves llevando la escasa parte 



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307 
^mia, es decir, la que me toca de derecho.» Este caf 
e\ gran misterio de un pasaje en que todos han tro- 
jezado, por no haber tenido presente que <p'Xo< sig- 
nifica mió. 

Verso 298. pues me desprecias, en provecho tuyo. 
— Este es otro pasaje en que el mismo Clarke nodvm 
in scirpo qucerit, es decir, supone dificultades que 
no hay. En sabiendD que ^l <' está apostrofado por 
^l, nada más sencillo ni más claro. Dice Aquíles: 
wYo, viéndome despreciado, no quiero ganar aquí 
riquezas y tesoros «ol, para tí, esta es, en provecho 
iuyo.» La cual concuerda maravillosamente con lo 
que deja dicho, á saber, que siendo el que más tra- 
l)ajaba, Agamenón era el que luego se llevaba la 
Tnayor y mejor parte de los despojos. 

Verso 309. que á Troya me han seguido.'-Vo está 
-en el texto; pero en castellano es necesario. Porque 
si solapiente se dijese, los Beyes, alumnos de Jove^ 
*en esta generalidad se comprenderían todos los 
Heyes del mundo, ó á lo menos de la Grecia; y no se 
trata de estos, sino de los que estaban en el sitio de 
Troya. 

Verso 328. Tacitwmo dolor,— -^ toda la fuerza 
del ¿x^c griego. Esta voz significa dolor tal, que no 
-permite ni aun hablar: lit. ni aun abrir la boca. 

Verso 350. Al resplandor, etc.— Pasaje errado 
-en la versión latina. Esta dice: «terribilesque ei 
oculi», refiriendo el ot al mismo Aquíles, con lo cual, 
y el haber traducido el «páav^v, por visi sunt, 
ba extraviado á los que la han seguido. Así, Madama 
Bacier traduce: «et la regardant avec des yeux 
enflammés de colére», como si los ojos terribles de 
C[ue se trata fuesen los de Aquües, cuando son los de 
Minerva. Véase á. Damm. 

Verso 356. y ya viéndolo ^íítjy— (literalmente, f 



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308 
juzgo que yá está hecho). También aquí se equivoc* 
el traductor latino, y los que le han copiado. Aquél 
dice: quod et perfectum iri puto, como si el xcceXéaOot 
fuese futuro; pero siendo, como es, un pretérito,, 
debió traducir quod etper/ectmi esseputo. 

Verso 368. y muchos, — El griego dice y triples 
pero en castellano suena mal y es prosaica esta voz. 

Versos 426 y 27. Agamenón^ etc.— Véase lo que 
60 dijo sobre la palabra {jl^ívk; en la nota al verso 2.^ 

Vereo 462. los Ceniawros^ etc.— El texto dice la» 
Jleras^ pero en castellano es preciso indicar cuáles 
eran estas fieras que habitaban en los montes^ 
porque sino parecería que eran tigres y leones. 

Versos 488 y 89. y en adelante ya, etc. — Tam- 
bién aquí está erizada la versión latina, y con ella 
otras varias. Dice aquella: verwn egoprecabor Aehi- 
Uem deponere iram; pero 4.° Xíajojiat es presente y 
no futuro, y de consiguiente debió traducirse jpr«»r 
y no preeabor. 2.** Con el verbo Xl<jao|jLat se pone en 
acusativo la persona á quien se suplica (ya vimos en el 
verso 45 éXlacyexo 'A^^áioo^), y de consiguiente dicien- 
do el texto 'AxtXXfjt no se puede traducir AcAillem. 
3.® Este dativo no se refiere á Xídaojxai sino á ixeOéiuv. 
4.** Gtótáp no es verum, sino insuper. Por tanto, la 
frase entera debió traducirse «wtíp^ ego precor te, 
%t iram deponas ingratiam Achillis, qui, etc. Véase 
á Damm. Además, cuando faltase esta autoridad y la 
frase griega no repugnase la inteligencia que la dio 
el traductor latino, el contexto manifiesta cómo 
debió traducirse; pues en todo él no se ve que Nés- 
tor, ni de presente ni de futuro, dijese al hijo 
de Peleo más palabras que las*que ya le deja dichas, 
á saber: ni tú^ Aquíles, rivalizar con el A trida quie- 
ras, etc. Dugas-Montbel entendió bien este pasaje. 

Versos 497 y 98. y á ninguno obedecer querrá.^ 



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ao9 

otro yerro muy garrafal en la versión latina, que ba 
pasado á casi todas las vulgares. DsiOu) en la activa 
t)S persuadir á otro, en la pasiva ser persuadí-^ 
do por él; y de aquí, intransitivamente, d^'arse per* 
^tMM^ir por la autoridad de otro; creerle, segwír ns' 
dktémen, obedecerle, etc. Por consiguiente, la frase 
griega debe ordenarse y traducirse de esta manera: 
8 (suple 81) qnamohremr^ 06 Ttv' (apostrofado, no 
por Tivá, sino por itvl) nemini; ic¿t«ff6at, obtempera^ 
4urwm; 'oteo, puto: y en c2iSie\hnOypor lo cual pienso 
gue á ninguno obedecerá. He querido descender 
á estas menudencias gramaticales, porque, después 
de tantos siglos como se está imprimiendo y tradu- 
ciendo la Ilíada, todavía son necesarias, y por no ba- 
berlas tenido presentes se han errado las traducción 
flíes. Veámoslo; porque es curioso observar cómo 
una mala puntuación en el texto y el error de la in<^ 
terlineal ban extraviado á helenistas muy doctos por 
otra parte. Madama Dacier dice: «je ne pense qu'il y 
ait ici personne qui soit d*bumeur á^plier sous lui.» 
Bitaubé, habiendo dicho en la frase antecedente «cet 

bomme veut prescrire des lois á tous», continúa: 

«ce que certainement il n'exécutera pas.» Dugas: ceje 
ne crois pas qu'il nous persuade.» Monti: «costui 
presume... tutti gravar del suo comando. £d iopotrei 
patirlo? lo no.» Y yo pregunto: y por semejantes 
traducciones, ¿quién podrá venir en conocimiento 
4e lo que en realidad dijo el poeta? 

Verso 510. no esgrimiré laespada. — Literalmente 
^cno llegaré á las manos»; pero esta expresión es algo 
familiar en castellano. 

Verso 549. reconozcan también... — Esta reticen- 
cia no está indicada en las ediciones; pero debe 
'estarlo. 

Verso 534. rizadas a¿w. — He sustituido e^ta 



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310 
imagen al «húmidas vias» (vei*síoa latina), porque eir 
castellano eso de vias húmedas debe reservarse á los- 
docimásticos. 

Verso 542. indomable, --Es la verdadera signifi-^ 
cacion del áxpu-ystoio, no la de in/rucíuoso. 

Verso 723. así te wíi^a.— Véase lo dicho en la. 
nota al verso 2.® 

Versos 733 y 36. i la fuerza, y muy á ipesar 
*ityí?.— Recuérdese lo que sobre estos pleonasmos- 
de estilo se dijo en el discurso preliminar. 

Versos 794 y 95. y enclavadas de las reses, etc. — 
Increíble parece que en tantas ediciones como s» 
han hecho de la llíada^ y habiendo tenido este poema 
tantos escoliastas y traductores, nadie, ni editor, ni 
escoliasta, ni traductor haya visto que aquí por des- 
cuido de los primeros copistas falta en el original ua 
verso que por fortuna se halla en el libro segundo. 
Sin embargo, es evidente que falta. Allí se copia estd 
mismo pasaje; y después de expresar, como aquí,, 
que echaron sobre leña encendida los cuartos trase* 
ros de la res con unos pedacitos de las otras partes, 
se dice que clavaron las entrañas en unos asadores 
pequeños^ y los tenian sobre la l¡<ima para que sd^ 
tostasen aquellas; y aquí falta esta circunstancia* 
Se dice, si, que unos mancebos tenian en las manoa 
asadores de cinco puntas; pero, sin expresar qué 
hacían estos jóvenes con sus asadores, se pasa in- 
mediatamente á referir que los asistentes al sacrifi- 
cio gustaron, ó probaron, las entrañas. Pero si áaa 
no se ha dicho que estaban asándose, ¿cómo se pasa 
á decir que las comieron? ¿Las habian de comer cru- 
das? Téngase, pues, por tan claro como la luz que 
aquí falta el verso 426 del libro segundo, y que debe^ 
insertarse después del 463. Así, yo no he dudado ea 
suponerle en el tex.to y li*aducirie. 



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311 

Verso 805. el sabroso manjar, -^Sigo, contra Ale- 
neo y la turba de editores y traductores, la opinión 
de Ernesti, que hasta cierto punto coincide con la de 
Bamm, según los cuales, aquí y en los demás pasa- 
jes en que se encuentra la expresión Satxó; étjTjc 
debe escribirse Saíxói; IdOXij; y traducirse en conse- 
cuencia: «no se careció de manjares exquisitos, sa- 
brosos, etc.» Los argumentos en que esta opinión se 
apoya no tienen réplica. 1.° Diga Ateneo lo que 
quiera, y fuese cual fuera la costumbre de su tiem- 
po, es falso que en el de Homero se sirviesen á los 
convidados porciones absolutamente iguales de la 
comida y del vino. El mismo Homero dice expresa- 
mente lo contrario en el libro cuarto de este mismo 
poema. Allí (versos 261, 62 y 63), para probar Aga- 
menón á Idomeneo que estaba en cierto modo más 
obligado que los otros caudillos á mostrar su valor 
en la pelea, le dice: «porque en los convites. los 
otros beben una porción determinada (no igual), 
pero tu vaso, como el mió, está siempre lleno para 
que puedas beber cuando te agrade.» De lo cual se 
infiere que las porciones de vino- que se servían al 
Atrida y al Rey de Creta no eran iguales á las de los 
otros convidados. Y si no lo eran las del vino, no hay 
pazon para suponer que lo eran las dé la carne. 
2.** En el libro sétimo, verso 320,- se halla la misma 
expresión Saixói; ¿bo^, y en el verso siguiente 
se dice que Agamenón, para agasajar á Ayax, le dio 
todo el lomo de la víctima; buena traza de que 
su porción fuese igual á la de los otros. ¿Cuántos 
lomos tenia el buey para que á cada uno de los con- 
vidados, que por lo menos eran siete, le tocase uno? 
3.** En el ya citado libro cuarto, al verso 48, hablan- 
do Júpiter de que los Troyanos siempre le habían 
ofrecido agradables sacrificios, dice: «jamás allí mi 



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312 

ara careció $xix¿c ¿f(rn<», y conociendo el traductor 
latino que sería ridículo decir cibo aquali, pues no 
había diferentes porciones sino una sola, tradu- 
ce ejmlis convenientibus; de lo cual resulta que 
Sstxd; ¿t9i)c no significa porción igual de comida, 
sino manjares sabrosos; ó lo que yo más creo, que 
allí y siempre debe escribirse SaVxóc I^OXijc Y no se 
oponga que disolviendo así el diptongo de Socixdc re- 
sulta la primera larga, contra la regla general que en 
este caso quiere breves las dos vocales separadas 
por diéresis; porque esta regla tiene la excepción de 
que resultando tres breves seguidas se hace larga la 
primera, como en áOávaxoc, áxáfjiaxoT. Véase la Pro- 
sodia de Becucci. 

Verso 808. coronaron. — Entiéndase materialmen- 
te como suena, en el sentido de que ^adornaron las 
urnas con guirnaldas de flores; y no se haga caso de 
Ateneo, el cual se empeña en que el c^é'l'avxo quiere 
decir únicamente que llenaron las urnas hasta arri- 
ba. Aquí hay dos cosas: primero, llenar de vino las 
urüas; y segundo, rodearlas ó coronarlas con guir- 
naldas de flores. Y que tal fuese la costumbre, nos 
consta por un pasaje de Virgilio que no deja duda ni 
admite otra interpretación. Está en los versos 525 y 
26 del libró tercero de la Eneida, y dice así. 
Tum pater Anchises magnum crátera corona 
induiú, implcvitque mero, 
en donde se separan y explican las dos operaciones, 
la de adornar con una corona la urna, y la de llenar- 
la de vino. Y téngase presente, para otros pasajes, 
que en muchas ocasiones Virgilio es el mejor ínter* 
prete de Homero. , 

Verso 821. sembró de rosas la región etérea,^Ea 
el texto es un simple epíteto, y traduciendo literal- 
mente deberla decirse, la mrora, que tiene dedos de 



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313 
rosa. Pero, además de lo dicho sobre estas oraciones 
de relativo, hay aquí el inconveniente de que di- 
ciendo en castellano dedos de rosa, ó rosados, ó d$ 
color de rosa, la frase resultaría demasiado lánguida. 
He tomado, pues, el arbitrio de reducir á imagen el 
epíteto, aprovechando la ingeniosa ficción de los an- 
tiguos, los cuales puntaban á la aurora sembrando de 
josas la región del cielo por. donde camina al anun* 
ciar el dia. Sin embargo, los partidarios de la nimia 
literalidad pueden leer así este verso: 
con sus dedos de rosa abrió el Olimpo. 

Verso 854. mya vista, etc.— Es la verdadera 
significación del éupüowa, late-prospicientem, no late* 
sonantem. Viene de t&<|^, y no de ^. 

Me he detenido tanto en el libro i.* para que se 
vea el cuidado con que está hecha la traducción. 
Pero como de seguir lo mismo en los restantes re- 
sultarían dos ó tres tomos de notas, y nadie tendría 
paciencia para leerlas, ya en lo sucesivo sólo indica- 
ré ciertos pasajes sobre cuya inteligencia puede 
haber alguna duda. 

LIBRO SEGUNDO. 



Verso 49. íwjaío.— -Esta palabra es tan esencial, 
que por haberla omitido vanos traductores han er- 
rado la traducción, haciendo afirmativa una frase 
que en la intención del poeta es y debe ser condi- 
cional. Júpiter no dijo que Agamenón tomaría en- 
tonces la ciudad de Troya; solo da á entender, para 
animarle, que tal vez pudiera tomarla; y esta dubita- 
ción está indicada en el original por la conjunción 
xsv, la cual, unida con el optativo, hace hipotéticas 
las frasea. 



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314 

Verso 35. en cariñosas voces. — Advierto, una vez 
para siempre, que siendo demasiado uniforme el 
modo con que Homero empieza y concluye las aren- 
gas, he procurado evitar la monotonía añadiendo al 
dijo alguna circunstancia indicada por el contexto 
y análoga á la situación del personaje. Así lo es aquí 
la de cariñosas voces, y en otras partes lo será, en 
dolorido acento suspirafido triste, etc. 

Verso 37. y de caballos domador famoso. — ^Este 
epíteto, quehoy seria innoble tratándose de un Prín- 
cipe, era entonces un titulo de honor; y por eso le 
he conservado la primera vez que sq presenta, aun- 
que en otros pasajes le he suprimido por ser uno do 
los que podemos llamar de mera fórmula. 

Verso 94. secreta. — Así debe traducirse el «uxtvíiv 
del original. Véase el Diccionario de Damm. 

Versos 179 y 80. Cuando la vida á Argos qui-- 
tara. — En el original es un simple epíteto, el Argi- 
cida, ó matador de Argos; pero convertido en cir- 
cunstancia de la acción, es más enérgico en caste- 
llano. Recuérdese lo que en general dejo dicho ya 
sobre este modo de conservar los epítetos. 

Versos 483 y 84. pero vencido por los Atridas. — 
Esta circunstancia, omitida en el texto porque los 
Griegos sabían sin que se les dijese de qué modo 
había pasado el cetro de las manos de Thiéstes alas 
de Agamenón, es necesaria en castellano; porque la 
mayor parte de los lectores ignorarán tal vez aquella 
historia, y pudieran creer que el Atrida le había he- 
redado por legítima y tranquila sucesión. 

Verso 197. cuando ya tanta gente ha perecí* 
do. — Para que se vea cuánta es la afinidad qua 
tiene la lengua griega con la castellana, observaré 
que la versión literal sería «después de haber per- 
dido mucha gentes, la misma mismísima expresión 



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S13 
que entre nosotros emplearía un escritor de prosa; 
pero en verso parecería demasiado familiar. Véase 
comprobado también en este pasaje lo que dije en la 
nota al verso 49 del libro precedente, á saber, que 
el Xaó< en Homero no debe traducirse pueblo, sino 
ffente, tropas, soldados, guerreros, etc. La y oz pueblo 
en castellano significa siempre la suma de hombres, 
mujeres y niños, de cuya reunión resulta una aldea, 
villa, ciudad ó nación; pero jamás el ejército que 
esta misma nación ha enviado á sitiar una ciudad 
enemiga; y este es cabalmente al que Homero llama 

Verso 498. iracundo, — Esta significación, una 
de las que dan los diccionarios á la voz unepixivet^ 
me parece preferible aquí á la de poderoso^ porque 
la idea del poder está luego indicada. 

Verso 360. Odiado, etc. — Esto es lo que significa 
i)^dt(ixo<; pero como la versión latina dice inimicis- 
simus^ debiendo decir invisus^ las vulgares han su- 
puesto que Tersítes era enemigo de Aquíles y de Ulí- 
ses; y no es esto lo que Homero dice, sino que los 
dos le aborrecían, porque á ellos principalmente in- 
sultaba cuando la ocasión se ofrecía. Mas esta prefe- 
rencia que les daba en sus injurias, no era por par- 
ticular enemistad que les tuviese, sino porque, ha- 
ciendo siempre del gracioso, conocía que la multitud 
oiria con placer los insultos dirigidos á los dos per- 
sonajes más distinguidos en el ejército. Y no se equi- 
vocaba el tal Tersítes. Cuanto mayor es «1 mérito de 
los hombres, tanto más se complace la envidia en 
verlos humillados y abatidos. Para convencerse de 
que l)^Ot(iTo; significa odioso, aborrecido^ bastará 
acordarse del verso 476 del libro primero, donde el 
traductor latino tradujo bien diciendo invisissimus; 
y aquel pasaje demuestra que aquí lo erró diciendo 



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316 
ittimicisHmm. En efecto, si cuando allí dice Agamo- 
non á Aquiles I^Oiaxoc 8¿ (jiot ¿avl se traduce H mé 
eres odioso, y no se debe traducir «tú eres mi ene- 
migo,» porque esto no es lo que el Atrida quiso de- 
cir, ni era cierto que Aquiles fuese entonces su 
enemigo; tampoco, cuando ahora dice el poeta que 
Tersítes era lx6c<rto; á los dos héroes, puede tradu- 
cirse era su enemigo, aun cuando supongamos que 
lo fuese en realidad. Porque aquí no se trata del odio 
que él podia tenerles, sino del que los dos le pro- 
fesaban. Todo este cuidado, vuelvo á repetirlo, se 
necesita al traducir á Homero. 

Verso 432. vestidos. — El original expresa la tú- 
nica^ el manto, y los femorales ó calzoncillos guecw- 
bren las partes vergonzosas; pero en castellano inco- 
modada la enumeración, sobre todo por la última 
frase. 

Verso 44i . lívidas señales. — ^Literalmente un tu- 
mor, ó burujón, Uvido, lo cual para nuestra delica- 
deza ya sería algo asqueroso. Téngase presente que 
los cetros de los antiguos no eran como los que 
ahora dan los pintores á los Beyes, es decir, unos 
cortos cilindros, sino largos bastones con los cuales 
podían dar de palos á cualquiera. 

Verso 485. se aburre. — Es tan exacta la corres^ 
pendencia entre esta voz castellana y la griega áa- 
^aXáa, que no he querido omitir aquella, aunque es 
algo familiar. i 

Verso 560. rmdosa.-^-Aáy'ieTio una vez por to- 
das que, en mi opinión, las palabras rvddo, ruina. 
Juicio, son disílabas, y sus compuestos ruidoso, a, 
ruinoso, a, arruinar, perjuicio, enjuiciar, etc., tri- 
sílabos; pero en verso puede disolverse el diptongo 
en todas las voces y hacerse trisílabas aquellas y 
cuadrisílabas estas, diciendo: ruido, ruina, juicio. 



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317 
redoso, etc. Mi opinión se futida en que la reunioü 
de la vocales i», t, forma diptongo en todas las vo* 
ees, menos en los verbos en mr, como atribuir, 
destindry huir, etc. Se ve en el pretérito /«*/, en el 
adverbio mui, en las voces cuita, cuitado, cuidar, 
cuidado, cuidadoso, y en tantas otras. Y para que se 
vea que la palabra /««?«>, por ejemplo, aun en verso 
68 disílaba si por licencia no se disuelve el diptongo, 
mídase ejste verso de Moratin en la lección poética 
<tomo lU, pág. 322 de la edición de Paris, terceto 
sexto, verso último). 

Y ^Q juicio y moral se queda á oscuras. 
Igualmente se ve que este célebre poeta hizo, aun en 
verso, trisílaba la \oz cuitado, diciendo en una epís- 
tola (el mismo tomo, pág. 389, verso quinto): 

una vez y otras muchas al cuitado. 
Hago esta advertencia, porque algunos sujetos inte- 
ligentes en la materia tienen por trisílabas en prosa 
las voces ruido, ruina. Juicio. Sin embargo, yo, aun- 
que venero su autoridad, no me conformo con su 
decisión en esta parte. Añado todavía que, aun su- 
poniendo trisílabas aquellas voces, no se debiera cul* 
par al poeta que en verso las hiciese disílabas, re- 
uniendo en diptongo las vocales u, i, porque esta 
es una de las licencias que le están concedidas y de 
que otros han usado. 

Versos 574 y 75. ¿un consejo no se Jcallará acer* 
tado? etc.— La expresión del original es algo vaga, 
pues sólo dice «no* podremos hallar un medio, un 
íirbitriO)), sin explicar para qué. Y aunque algunos 
traductores han creído que se trata de algún arbitrio 
para terminar la guerra, el contexto indica que Nés- 
tor sólo deseaba un medio de terminar las pi'olijas 
arengas y la inacción en que inútilmente consumían 
€l tiempo. 



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318 

Verso 583. y ni aun así, etc. — Conozco que te 
frase es algo prosaica; pero como el original no dice 
cuál era este intento de los dos ó tres disidentes, 
que son Aquíles, Patroclo y algún otro jefe de los 
Mirmidones, no me he atrevido á individualizar la 
idea. Sin embargo, resultando por el contexto que el 
deseo de Aquíles era arrastrar con su ejemplo á lo» 
demás á que se embarcasen, pudiera decir aquí: «y 
ni aun así seducirán á nadie.» Decida el lector. 

Verso 718. ufia sobre otfa piiestas (las pier- 
nas). — Esta es la verdadera significación del ^íicxu^^a 
itot^cravxeí; y es de admirar que ni aquí, ni en el 
verso 46 1 del libro primero donde se halla la misma 
expresión, la hayan entendido los traductores que 
tengo á la vista. Madama Dacier, en el libro primero 
solo dijo: coupent les cuisses, y ahora ils separirent 
íes cuisses, Bitaubé: et separant lesparties consacrés 
nux dieuúu; ils les couvren deuívfois de graisse, Du- 
gas: et dev^ fois le recouvrent Monti en el libro 
primero dijo: fasciar le incise cosce di doppio omefh 
to, y ahora dice le investir di doppio zirbo. Y bien; 
nada de todo esto es loque dijo el poeta. Y para ex- 
presar en las lenguas vulgares lo que él quiso decir 
en la suya, bastaba entender la versión latina, que 
en ambas ocasiones traduce postquam dvplicaverunt, 
«después de haberlas doblado,» esto es, haberlas 
puesto una'encima de otra. En efecto, según Home- 
ro, el orden de la operación fué el siguiente: Dego- 
llaron la víctima, ^(j®ajiv; la degollaron, iSstpav; 
cortaron los dos cuartos traseros juntos, ixTjpoú<; ¿{4- 
*cafjLov; y después de haberlos puesto uno sobre otro, 
^(irxuj^a irotiídavrec, los cubrieron con el redaño de 
la res, kvI(i<ti(^ fe/^áXi^^v; en todo lo cual nada hay 
del deuxfds, ni del d<yppío omento, 6 zirbo. 

Verso 788. en la verde pradera.— U griego dice 



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319 
'Aff'.ü) ev XstfjLf&vt; pero se disputa si 'Aa-o) es geni- 
tivo jónico del nombre propio 'Aa'ac, ou, ó dativo 
del adjetivo aatoc, a, ov. En el primer caso, se duda 
quién era ese Asías, y c6mo dio su nombre á la pra- 
dera; y en el segundo, se ignora k significación de 
tal adjetivo. Unos quieren que signifique cosa de 
Asios, y otros, cenagoso, a, derivándole de «crt;, de- 
no; y por desgracia Virgilio, que en dos pasajes tra- 
dujo la expresión de Homero, lejos de sacarnos de 
dudas, las aumentó en realidad. Porque en el uno, 
que está en el libro primero de las Geórgicas ál verso 
383 y 84, dice Asiaprata; y en el otro, que se halla 
en el sétimo de la Eneida, ^ verso 699 y siguientes» 
llama laguna á los que en las Geórgicas llamó pra- 
dos, y ^\QQAsiapalus, Además, en este último lugar 
se duda si Asia es un sustantivo de adposicion, ó 
adjetivo como en el primero. Siendo, pues, esta duda 
«na de aquellas que jamás llegaremos á resolver y 
de poquísima importancia para el objeto que se pro- 
pone el poeta, que es el de hacer ver la semejanza 
que hay entre utí ejército qub hace alto en una her- 
mosa pradera, y las numerosas bandadas de cisnes, 
grullas ó gansos, que después de andar revolando 
por encima de vn prado se dejan caer sobre él; he 
sustituido la expresión genérica de verde pradera á 
la de prado de Astas ó Asiano, que nosotros pudié- 
ramos decir. Adviértase que ^XAsia de Virgilio, si es 
adjetivo, no quiere decir Asiático, esto es, cosa del 
Asia, porque el Caistro está en el Asia menor, sino 
4ma de Asios. Ya Pope corrigió, en esta parte bien, 
é Madama Dacier. 

Verso 815. faz majestuosa. — El griego dico 
I5(i[xaxa los ojos; pero aquí y en otros muchos pasa- 
Jes los ojos se toman por la cara. Así, en el libro pri- 
fDcro, verso 225, xuv¿; ^iA^jiai' Ijm, no debe tradu- 



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320 

círse «que iienes ojos de perro», sino «cara <fe», y 
antecedente por consiguiente, descarado, desvergoña 
fa<^, impudente. 

Verso 847. fornidos hombros.— ^\ texto solo ha- 
bla del pecho; pero debe entenderse toda la parte 
«uperior del cuerpo; primero, porque el pecho de 
Agamenón, como el de todos, estaba cubierto con 
la coraza, y no podía saberse al de quién se parecia; 
y segundo, porque el de Neptuno tampoco tenía cosa 
particular que le diferenciase de los otros Dioses. A 
éste se le pintaba con muy nerviosa y fuerte mus- 
culatura, particularmente en la anchurosa espalda; 
y á esto sin duda alude el poeta. 

Verso 848. en el valor, — El texto dice ítíivtjv, el 
ceñidor ó cinto con que se sujetaban las aldas de la 
cuera doblándolas hacia arriba. Pero no teniendo el 
de Agamenón particularidad ninguna para compa* 
rarle al de Marte, es claro que aquí el ceñidor, parte 
de la armadura, se toma por esta, y que, antecedente 
por consiguiente, quiere decir campeón valiente, for-- 
nido, capaz de vestirse la armadwa del mismo Moa*- 
te. Estas son las razones que he tenido para traducir 
esto pasaje en los términos que muestran los versos 
845, 46, 17 y 48; pero si alguno quisiese más litera- 
lidad, puede leerlos así : 

que en la cabeza y los brillantes ojos 

á Júpiter tenante semejaba, 

en el pecho á Neptuno, y á Mavorte 

en la rica armadura. Como suele 

sobresalir en toda la vacada 

el toro, etc. 

Verso 837. y aun^.—Ei texto dice el \i^, nüí; 

pero, contra todos los códices y todas las ediciones, 

el sentido común y la légica exigen que se lea ¿e xal, 

etsi, á no suponer que Homero se centradlo dentro 



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321 
de una misma cláusula. Veámoslo. Ha dicho: aVos- 
olras, oh Musas, que lo sabéis todo y todo lo presen- 
ciáis, mientras que nosotros los hombres sólo sabe 
mos de oídas las cosas pasadas, decidme quiénes 
fueron los caudillos del ejército que sitió á Troya; 
porque en cuanto á les simples soldados, yo no po- 
dría enumerarlos, ni decir sus nombres, aun cuando 
tuviese diez lenguas, diez bocas, una voz inquebran- 
table y un pecho de bronce,» y añade otra proposi- 
ción enlazada con las antecedentes por una conjun- 
ción, que si es la exclusiva éi |xii, hará este sentido: 
á no ser que vosotras me los nombraseis, etc., y si 
es la adversativa ¿i xái, hace este otro: aunque vos- 
otras mismas me los nombraseis, etc. Diga ahora 
todo hombre que tenga lógica en cuál de las dos ver- 
siones hay sentido racional y coherente, y en cuál 
un absurdo y una implicación en los términos. En la 
primera resulta este contexto: «Nombradme los cau- 
dillos; porque en cuanto á los soldados rasos, yo no 
podría enumerarlos, ni repetir sus nombres, aun 
cuando tuviese diez lenguas, etc., á fw ser que vos- 
otras me los dijeseis;» eú cuyo caso resulta que si 
las Musas se los decían ya podría él repetir los nom- 
bres de todos los combatientes, sin necesitar diez 
lenguas, diez bocas, etc. Pero ¿cómo pudo decir el 
poeta semejante cosa, si la razón que da en la pri- 
mera parte del periodo para que las Musas sólo lo 
digan los nombres de los jefes, es la de que, por ser 
jtemtos los de los soldados rasos, él no podría repe- 
tirlos con una sola lengua, una sola boca, su voz or- 
dinaria y un pecho de carne y hueso? Sentada ya esta 
proposición, ¿no se ve la contradicción que habría, ú 
añadiese: «á no ser que vosoti*as me los fueseis di- 
ciendo uno á uno?» Pues qué, ¿en este caso no ne- 
cesitaba ya ni las diez lenguas, ni las diez bocas, ni la 

TOMO lU. 21 



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322 
voz infrangibie^ ni el pecho de bronce? Y si dición- 
doselo las Musas no necesitaba ya nada de eslo para 
repetirlos, ¿por qué las pide que sólo lo digan los 
nombres de los Capitanes, dando la razón de que en 
orden á los de la soldadesca él no podría repetirlos, 
aun cuando tuviese las diez bbcas, lenguas, etc.? La 
contradicción en este caso, la oscuridad y el embro- 
llo son manifiestos. Al contrario, sustituyase ala 
conjuncion.exclusiva ó exceptuante á no ser que, la 
adversativa aunque\ y todo resulta claro y coherente. 
¿3ué dice entonces Homero? Lo que sigue: «Musas, 
decidme los nombres de los caudillos solamente, 
porque los de los simples soldados, aunque vosotras 
luvíeseis la paciencia de írmelos diciendo uno por 
uno, yo no podría repetirlos, aun cuando tuviese pe- 
cho de bronce, voz incansable y diez lenguas para 
pronunciarlos.» O yo no lo entiendo, ó esto es lo que 
Homero dijo. Juzgue el lector. 

Verso 1.462, y á medio concluir, etc. Así mate- 
rialmente debe entenderse el f[iixEXT)c. El diálogo 
de Luciano, citado por Charke, lo demuestra; y bus- 
car sentidos alegóricos, en un pasaje tan claro, es 
propiamente soñar despierto. 



LroRO TERCERO. 



Verso 84. gente digna de ¿í.— Así debe traducirse 
el ixd^otx ¿pei)pa<. Es expresión irónica, y la ironía 
desaparece si se dice en latin sociis charii. 

Verso 87. De l^ana tierra, — Sigo la opinión de 
Damm en la inteligencia del dtirlnc yaíi^^. Otros le 
hacen nombre propio, y entienden el Peloponeso; 
pero hay en la Odisea un pas^e que no admite esta 



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323 

interpretación, porque no se trata de región deter- 
minada, sino de un país remoto. Véase en el mismo 
Damm, artículo óTitfoc. Apliqúese también esta nota 
al verso 464 del libro primero. 

Verso 403. ya no te cubre tánica de piedra, — Es 
la traducción literal de la expresión griega; pero 
«iendo esta rigurosamente alegórica porque todos 
los términos están tomados en sentido metafórico*, 
se ignora hoy su verdadera significación. Unos quie- 
ren que por túnica de piedra se entienda el sepulcro, 
•en cuyo caso el pensamiento de Homero es: ya esta* 
rias enterrado. Otros pretenden que vestirse h timica 
^piedra es ser apedreado; y entonces diria Homero: 
ya te hubieran muerto á pedradas. Siendo, pues, 
esta una de aquellaá cosas que ya es imposible ave- 
riguar, porque para explicar semejantes frases ale- 
góricas no hay otra clave que la intención del autor, 
y esta nos será eternamente desconocida, he tomado 
el partido de dejarla en castellano tan alegórica y 
oscura como está en el original, para que cada uno 
siga la opini m que mejor le cuadre. Pero advierto 
que en cualquiera de ellas el fondo del pensamiento 
^s que los Troyanos eran demasiado cobardes, pues 
no se hablan atrevido á quitar la vida al hombre que 
les habia hecho tantos males. 

Verso i32. ala Acaya. — ^El original .añade un 
epíteto que literalmente traducido diria: «en la cual 
hay hermosas mujeres,» y Bitaubé sostiene que aquí 
es muy enérgico ó interesante; porque Páris al nom- 
brar la Grecia debió pensar en las hermosas mujeres 
que producía. Sin embargo, séame permitido obser- 
var: primero, que este epíteto se halla repetido va-- 
rias veces por interlocutores que no son Páris; se- 
gundo, que este habla ahora en una situación que 
^0 era la más propia para pensar en hermosuras ni 



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3i4 
en sus pasadas galanterías, pues trata de salir á na 
desafío y con gran temor de perder en él la vida. 
De todo lo cual resulta que este epíteto de fórmula 
está aquí añadido para completar el verso. Por esa 
le he omitido, y lo mismo han hecho varios traduG* 
tores. 

Verso 257. la penetrante voz. — ^Esto es lo que 
propiamente significa la palabra griega Xeipióeaorav» 
Este adjetivo, aplicado á la voz, quiere decir que es- 
delgada,,aguda, chillona^ que se mete por los oidosy^ 
los aturde; y no dulce,, suave, sonora, melodiosa^ 
como algunos han creido, censurando en conse- 
cuencia al pobre Homero, como si un escritor tan 
exacto y puntual hubiese querido hacer de las incó- 
fliodas cigarras dulcísimos ruiseñores. Lo advierta 
para que cese la admiración con que algunos pre- 
guntan: ¿cómo, teniendo los Griegos un oido tan de- 
licado, gustaban del áspero y desagradable canto de 
las cigarras? Los Griegos no gustaban ciertamente 
más que nosotros de tan desapacible niúsica, pero 
^ababan en estos animalejos la constancia y tenaci- 
dad con que sin cansarse, y sin que su voz pierda 
liada de su intensión, están cantando todo el dia. T 
'^ate es también el sentido en que Anacreonte elo- 
giaba la infatigable voz de la cigarra. 

Verso 286. padre mio.—Lo literal sería suegro; 
pero como esta voz es algo familiar, he sustituido la 
áe padre, título que aun entre nosotros dan por ur- 
banidad las nueras á los suegros. Sin embargo, en el 
libro vigésimocuarto, cuando Elena distingue expre- 
samente la suegra, el suegro, los cuñados y las cu- 
fiadas, ha sido preciso conservar la distinción. AUf 
liubiera sido ridículo decir mi madre, mi padre, mis 
hermanos, mis hermanas. Lo mismo sucede en el 
libro sexto, cuando se trata de Preto. Glauco refiere 



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' 825 

-antiguos hechor, y como fíel historiador no deba 
llamar al Rey de Liái^ padre de Preto, cuando lo era 
de su mujer. 

Verso 292. y mi niña de pecho, — ^Esto es lo que 
significa en este lugar la palabra griega Ti^Xu'^tiyv. 
En general, es el hijo ó hija que ha nacido el último^ 
^ más chico de todos sus hermanos, si tiene otros; 
y antecedente por consiguiente, el más querido de 
«US padi'es; porque, en efecto, estos suelen querer 
más á los recien nacidos que á los ya criados. Pero 
como Hermione, que es dé la que se trata, era hija 
única y estaba criándose cuando su madre se dejó 
robar por el Adonis troyano, no debe traducirse 
aquí la menor de mis hijas ^ sino nifia de pecho. Ad- 
viértase que este solo pasaje de Homero prueba con- 
tra los diccionaristas que la voz xTjXuY¿'ia<; no puede 
«ignifícar hijo que nació cuando sus padres eran me- 
jos, porque no lo eran Menelao y Elena cuando tu- 
vieron á Hermione. Ambos eran muy jóvenes, aca- 
baban de casarse, y esta niña fué el primer fruto de 
su himeneo. 

Versos 300 y sigs. y también mi cuñado, etc. — 
Esta es laverdadera traducción del xuvcbíctSoc y de la 
felicísima corrección ^t «ox' Etjv 75, en latín siquidem 
olmfmt. Los traductores como que lo han presen- 
tido, pero no han acertado á explicarlo con claridad 
y con toda la enfática energía del original. La Da- 
<5ier jdice: «Helas! malheureuse, puis je vivre, et 
penser que je ne puis plus lui donner ce nom?» Bi- 
tanbé: «avant que Tinfamie eut souillé mes jours, ü 
etoit mont beau frere, si jamáis je fus digne de lui 
donner ce nom.» Dugas: «je le nommois mon frere. 
Malheureuse! helas! 11 le fut auire fois.» Monti: 
un di cognato a me, donna impúdica, 
s'unqua fui degna che a me tale ei fosse. 



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3Í6 

Versos 469 y 70. y continúen pagándole tarnbmt 
los venideros. — Esto es lo que significa la expresio» 
griega xi^jli?^ f[ te xtfl ¿jaojJLévotore ^zi" ¿v6p(í>iroe9t icéXi)» 
Tflw, literalmente «multa ó contribución que exista 
aun entre los hombres venideros;» y Pope y Clarke 
acusaron injustamente á Madama Dacier de haber 
errado la traducción. Ellos, y los traductores que se 
han dejado arrastrar de su autoridad, creen que aqui 
se habla de la duración en la memoria de los hom> 
bres; pero en el griego no hay palabra ninguna que 
k) dé á entender, ni puede suplirse por elipsis. Al 
contrario, el verbo «¿Xofiíat significa siempre la exis- 
tencia física y material. De consiguiente, Homero 
quiso decir, y dijo, que vencido Páris, los Troyanoa 
debian pagar á los Griegos lo que ahora llamamos 
una indemnización por los gastos de la guerra, y 
que sus descendientes continuarían pagando un tri- 
buto á los hijos y nietos de los vencedores. Esta era„ 
en efecto, la costumbre de los pueblos antiguos. El 
vencido no solo pagaba de una vez, como ahora„ 
cierta cantidad al vencedor, sino que además que- 
daba sujeto á pagar un tributo anual, y continuaba 
pagándole hasta que en circunstancias favorables 
lograba eximirse de semejante carga. Debo advertir 
que Bitaubé entendió este pasaje como Madama Da- 
cier; y esta autoridad es un testimonio más á mi fa- 
vor. Dugas y Monti siguieron á Clarke. . 

Verso 567. escudo pltmo. — Esto es lo que signi- 
fica el icávToae T<njv, no redondo, como algunos han 
traducido. Para denotar que el escudo era redon- 
do, ó circular, empleaban los Griegos el adjetivo 
lüXüxXo<;, beneorbiculatus. Cuando dicen itávxost l^n^ 
undique aqualis, quieren decir que la superficie es 
lisa, llana, igual, esto es, que no presenta desigual- 
dades ó prominencias, y se opone al ¿(jttpoXóe^va^ 



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327 

tmbUicata, es decir, que tenía uiiát especie de panza 
en cuyo centro habla cierta depresión parecida al 
ombligo de los animales. 

Verso 620. novillo mgoroso.^^X texto dice muer- 
to de muerte violenta, para dar á entender que no mu- 
rió de vejez ó de enfermedad; porque en este caso 
creían los antiguos, no sé si con razón, que su piel 
no era buena para hacer de ella correas. Y esta idea 
queda suficientemente explicada en castellano, con 
indicar que el novillo de cuya piel había sido he- 
cha la del morrión dePáris conservaba toda su fuerza 
y robustez cuando le mataron. 

Verso 643. y en mucho la preciaba su señora.-^ 
Creo, con Madama Dacier, que el nominativo de 
ipiXée<jx6 es *EA¿vti suplido por elipsis, y no el rela- 
tivo íl que antecede y se refiere á la vieja; pero no 
censuraré á los que siguen esta última opinión. 

Versos 679 y 80. y en prolongada agitacio:i la 
vista no apartes de él, — ^La palabra griega es «pú^aa- 
ae, y hasta ahora no ha sido bien traducida, á no 
ser que en la interlineal, que dice ipsvm serva, se 
tome esta voz en el sentido de observa. Madama 
Dacier dijo: mlleí étre sa gwrde fidelle,y> Bitaubé y 
Dugas: v^prodigue-lui tes soins. Monti: ail cova.y> Pero 
lodo esto, si no esiá absolutamente errado, es dema- 
siado vago, y no indica con bastante claridad lo que 
Homero quiso decir. El verbo griego ípuXádjü) signi- 
fica estar de guardia, y de aquí, en general, guardar^ 
defender, etc ; pero sin salir de su significación pri- 
mitiva tiene una acepción particular, que es la de 
guardar á uno de vista, observar todos sus movi- 
mientos, estarle siempre miranda, etc., y de aquí lo 
que en frase familiar decimjs nosotros estarle mi- 
rando á la cara, para ver quequiere, qué se le ofre- 
ce, qué. manda, etc.; y esto es lo que Elena dice á 



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328 
Venus. Ya lo indicó Damm traduciendo así esté pa- 
ssge: aobserva eum, quid mality>, pero lo echó á per- 
der añadiendo: met nepericuUs opprimatwr.y» Esto no 
es ya del caso. Aquí no se trata de que Venus li- 
brase á Páris de los peligros que podian amenazar- 
le, pues para dispensarle este género de protección 
no era necesario que la Diosa estuviese de asiento 
en su casa; desde el cielo podia guardarle y defen- 
derle. Se trata de aquel embobamiento con que los 
amantes se están siempre mirando el uno al otro sin 
pestañear, y observándose mutuamente para adivi- 
narse los pensamientos. La misma acepción tiene el 
verbo (puXáaau) en el verso 254 del libro segundo; 
pero como allí no hubiera quedado claro el pensa- 
miento diciendo: mno apartes la vista de la vueUa^T» 
traduje: «wo hables más de retiraday>, que es lo con- 
siguiente á estar pensando siempre en ella. 

Verso 734. sólo pensemos en placeres. — La pala- 
bra griega euvTfiSávxe, en latin concvmhentes, es más 
expresiva; pero en castellano es necesario sustituir 
otra expresión menos precisa. Lo mismo sucede en 
el verso 448 del original. 



LIBRO CUARTÍ). 




Verso 44. hablando con los otros inmor tales. --■■Eb 
la verdadera interpretación del iiapa^Xi^^i^v. Este 
adverbio se deriva de i:apa6áXX«tv, arrojar, echar, 
poner, al lado, y de consiguiente significa volvién- 
dose á otro lado: y que en esta acepción esté 
empleado aquí, el contexto lo demuestra. Dice Ho- 
mero que Júpiter, queriendo mortificar á Jhdo, 
habló itapa^XniStiv, es decir, sin mirarla, dirigiendo 



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329 
la palabra á los otros Dioses, y como s¡ ella no estu- 
viese presente y no oyese lo que decía. Esto es tan 
cierto, y el sentido que resulta de traducir, como la 
versión latina, ^^ compa/rationem, es tan incoheren- 
te y absurdo, que el mismo Clarke, ya que no 
la corrigió, da en la nota dos interpretaciones dife* 
rentes. Primeramente dice, refiriéndose al escoliasta 
de Aristófanes, que -reapjSXi^STiv puede traducirso 
subdole, con maliciosa intención; y luego añade: 
QiUdni Tcapi^Xi^ST^v ita accipiatur, quomodo latini 
dicunt, limis oculis intuens?-- mirándola de soslayo. 
Esto ya es mejor que el haciendo comparación, pero 
no es todavía exacto. Homero no dice que Júpiter 
hablaba mirando de reojo á su esposa, sino absolu- 
tamente sin mirarla, vuelto el rostro á los otros 
Dioses, y como haciéndose el desentendido de que 
ella le escuchaba. Véase ahora cuan lejos han estado 
los traductores de expresar esta idea tan sen- 
cilla, tan obvia, tan natural, tan graciosa y tan opor- 
tuna en la situación del personaje. Madama Dacíer 
traduce; faisant wne comparaison odieuse, etpleine de 
inepris, Bitaubé, escapándose como suele decirse 
por la tsmgente, se contenta con decir: le maitre des 
JHeux, voulant irriter Junon, pro/ere ees paroles* 
Monti: 

con un obliqüo paragon mordace. 
' Versos 44 y 45. protectora de Alalcomene, — Sigo 
la interpretación del escoliasta citado por Clarke y 
con cuya opinión se conforma en la nota, aunque en 
la versión latina dejó correr el auxiliatrix potens. Y 
á la verdad no sé cómo se ha podido traducir así la 
voz griega; pues aunque por el valor de los radica- 
les pudiera significar auwilia/r, poderosa, ha debido 
observarse que semejante epíteto era en este lugar, 
lio sólo ocioso, sino repugnante y contradictorio. £^ 



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330 
efecto, cuando Júpiter dice á Minerva que en vez de 
socorrer poderosa y eficazmente á Menelao se con- 
tenta con estarle mirando desde el cielo, ¿cómo ha 
de calificarla con el epíteto de poderosa atufiliar? 
Buenas pruebas daba de serlo, y se estaba mano 
sobre mano sin hacer nada por el Átrida, mientras 
Venus no se apartaba de Páris y le libraba de 
la muerte. Aquí tenemos otra prueba de lo que ya 
indiqué en la penúltima nota al libro segundo, 
¿ saber, que los traductores de Homero no atienden 
á veces áio que el contexto indica. 

Verso 170. al padre de la /w¡s.— La voz griega á 
que estas corresponden es iuxTiyev^í, que la versión 
latina traduce in Zj/cia-geniío, y extraviados por ella, 
casi todos los traductores han dicho en sus respecti- 
vas lenguas Zicien, Licio, Dios de la Licia, etc., pero 
para no equivocarse bastaba observar: 4.°, que 
XüXTfiYevT^c, no puede significar nacido en la Licia; 
porque para esto era menester que la palabra fuese 
>o*/ttjY6vii(;: 2.°, que Apolo no nació en la Licia, sino 
en Délos; y 3.*, que la voz de que se trata fué ya 
bien explicada por Macrobio. Y á la verdad no 
sé cómo, citándole Clarke, no corrigió su "versión. 
Dice Macrobio, y dice bien, que XuxTlYev^i^ se deriva, 
no de Aujclti, la región llamada Licia, sino de Xoxi), 
el crepúsculo matutino, y que con mucha propiedad 
se dio al sol el epíteto de Xüx7iy6viíc, como si dijéra- 
mos el que engendra el crepúsculo; porque, eil 
efecto, la luz del crepúsculo es como una emanacioil 
del sol. Sin embargo, debo yo añadir que, aunque 
esto sea astronómicamente verdadero, la voz griega 
no significa ni puede significar el que engendra 
el crepúsculo, ó la luz matutina, sino el que de ella 
es engendrado 6 nacido. Porque todos los nombres 
derivados de ifévoí, nacimiento, linaje, etc., tienen 



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33i 

significación pasiva. Así Atoy£vf,<, 'Epiio^evi?^!;, es, na 
6l padre de Júpiter ó Mercurio, sinq el hijo de» 
el engendrado ^or. De consiguiente Xu>t7iYevTi<; debe- 
ría traducirse el hijo del crepúsculo matutino. Na 
. obstante, como estando acostumbrados nosotros á 
considerar siempre al sol como al autor, al origen, 
al padre de toda luz, chocaría oírle llamar el hijo de 
la matutina, he preferido el epíteto ya recibido 
y. usado al que en rigor corresponde á la pala- 
bía gríega. 

Verso 178. caím.— El original dice cabrón; pero 
esta palabra es tan baja en castellano, que no me he 
atrevido á usarla en una epopeya. 

Verso 479. corpulenta. — E\ texto, como que 
liabla del macho de cabrio, dice lascivo; pero este 
epíteto, aunque conviene también á la cabra, es aquí 
ocioso. Por eso he sustituido el de corpulenta, más 
adecuado* 

Versos 226 y 227. y era doble la coraza.— Los 
Iraductores han creído, como puede verse en todos ^ 
ellos, que esta doble coraza consistía en que allí se 
unían las puntas del ceñidor, y no es eso. Lo 
que Homero dice es que en aquel punto estaba do- 
blada hacia arriba la cuera, y sujetada con el cinto* 
Debo advertir que el íwaxíip no es, ni el tahalí cas- 
tellano, ni el baudrier francés; era una faja como la 
de nuestros Generales, con que los Griegos se ceñían 
el cuerpo, sujetando con ella á la cintura la cuera» 
ó coraza, cuyas haldas se remangaban todo alrede- 
dor. £1 tahalí era, como entre nosotros, una especie 
de bandolera que pasando por el hombro derecho, y 
cruzando por encima del pecho, iba á parar á la ca- 
dera izquierda, y de cuyo remate pendía la espada. 
Los Griegos la llamaban -reXafji^v. 

Versos 514, 15 y 16. Bl que perdido, etc.— De las 



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332 

varias interpretaciones que se propoiíen, esta e» 
la genuina; las restantes ofrecen un sentido dena- 
siado violento, que sólo puede admitirse dando tor^ 
tura á las expresiones del original. Véase la adicií» 
de Ernesti á la nota de Clarke. 

Verso 549. ^Tiñan en sangre, — Leo, átXH^ác 
S'áifxáloují, en lugar de áixii.á(jaou(je, corrección feliz 
que nadie ha propuesto y que es absolutamente ne- 
cesaria. Según la lección común, Homero habría 
dicho; apunten lasjmntas de sus lamas; y según la 
que yo propongo dice: ensangrienten las pmtas de 
sus lanzas. Diga todo hombre de gusto cuál de las 
dos expresiones será más poética y elegante. 

Verso 552. Petao.—E\ texto dice üsieOo, geniti- 
vo poético de- Dexéüx;; pero este está ático por 
Ilétaoc, como MsveXéw; por MevAaoc. 

Verso 587. columnas.— E\ griego dice «6pYoe, 
torres; pero como estas, suponiéndolas redondas, 
ofrecen á la vista el aspecto de una columna, los mo- 
dernos han dado este nombre á la formación que I08 
griegos llamaban torre. 

Verso 593. ¿qué palabra tu lengua ha proferido? 
—El texto dice: «se ha escapado del seto ó valladar 
de los dientes», pero esta expresión metafórica pa- 
recería en castellano estudiada. 

Verso 630. ¿por qué, ocioso, estás mirando desfi- 
lar las tropas? lit. estás mirando á las entrejílas, es 
decir, al espacio, hueco ó vacío que hay entre fila 
y fila de soldados. Estos espacios, ó huecos, que se 
dejan entre las filas para poder pasar de un lado á 
otro cuando las tropas están formadas, son los que 
con mucha propiedad llamaban los Griegos icoXljioto 
Y8fúpa<;, puentes de la guerra; porque, en efecto, 
están destinados á facilitar el paso de una parte á 
otra, como los puentes le facilitan sobre los ríos. Y 



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333 
no sé á la verdad cómo pudo ignorar esto Madama 
Dacier y errar la traducción de este pasaje, haciendo 
que Homero diga lo que no pensó en decir. Observen 
wnu de lá, traduce la buena señora, ^r quels che i 
mins voiis poiirrez votts déróber <m danger? Bitaubé 
no erró absolutamente la traducción, pero empleó 
una expresión demasiado vaga, y por decirlo así, 
demasiado francesa, por lo cual no se ve claramente 
la actitud del hombre que ocioso y parado está 
viendo pasar los escuadrones. Traduce, «pour quoi 
tes regards se promenent-ils entre les rangs des 
combattans?» Dugas Montbel lo hace todavía peor, y 
da á conocer que no entendía la frase griega «oXéjjioto 
Ys^ópac.. Dice así: «pour quoi mesurez des yeux, 
rintervalle qui separe les deux armées?» Pero aque- 
lla significa el espacio que hay, no entre dos ejérci- 
tos, sino entre fila y fila de un mismo batallón. Monti 
erró también este pasaje siguiendo á Madama Dacier, 
y diciendo: perche guardi intomo le scwmpe de la 
jmgna? Hago y haré de tiempo en tiempo estas 
observaciones, para que vean los que sólo han leído 
á Homero en traducciones hechas en lenguas vulga- 
res, que todavía no le conocen. ¿Y qué diremos de 
las latinas? La interlineal dice aquí: cwr et circims* 
jpicis belli semitas? Uuy bien; pero ¿cuáles son las 
sendas de la guerra? ¿quién adivinará que son 
los huecos ó vacíos que se dejan entre las filas? La 
de Alegre dice simplemente ocies. 

Verso 749. de brillantes ojos. — La palabra grie- 
ga es Y^3CüKG)itt(;, lit. que tiene ojos de lechuza; y como 
estos son verdes, se traduce así generalmente, y 
también cerúleos por el color verdemar. Pero como 
los Cijos de la lechuza son al mismo tiempo brillan- 
tes, y este epíteto es más poético y noble que el de 
^•cerdleoa; y el mismo Homero se le da otras veces á 



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334 

los de Palas, le he preferido al segundo, apo- 
yado también en la autoridad de Damm. Véase en su 
diccionario el artículo y^«w-G>«i< Sin embargo, en el 
libro sétimo he conservado la significación literal de 
ojos verdes^ porque allí es un apodo chancero con 
que Júpiter solía llamar á su hija uomo echándola en 
cara aquel defecto, así como entre nosotros se dice, 
la morenita. 

Verso 833. y en el pecho le hirió cerca del brazo. 
— El original á\QQ junto á la tetilla; pero esta voz es 
bsga en castellano. Por la misma razón en el verso 
858, donde el griego dice la ingle, he sustituido 
el cuerpo; y en el 913 donde hay yi*?i¿(? al ombligo, he 
traducido por medio el vientre: y en general en todo 
el poema, donde se dice tetilla, ombligo, nalga, la 
vejiga, las partes pudendas, he empleado los nom- 
bres de pecho, costado, cuerpo, vientre, ijar, ú otro 
equivalente. Porque si bien los términos griegos soú 
más exactos, anatómicamente hablando, sus corres- 
pondientes son para nosotros menos poéticos, aun 
cuando no sean absolutamente igaobles. 



LIBRO QUINTO. 



Verso 45. varón esclarecido, -^Ia vos griega es 
¿|xú{ia)v; y aunque los diccionarios quieren que sig- 
nifique irreprensible, porque la suponen compuesta 
de OL privativa y (¿¿{jitpo^jiat, saben hoy los helenistas 
que debe traducirse por famoso, célebre, ilustre, y 
que se aplica á veces, como nnesiro famoso, aun á 
los que lo son por sus crímenes, en cuyo sentido se 
toma en la Odisea cuando se dice de Egisto. Sirva 
esta nota para el verso 92 y «1 49$ dol libro primero, 



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835 

y se verá por qué en aquel he traducido el célebre 
tugur, y en este los famosos Etíopes. 

Versos 24i y sig. Como, si hiere, etc.— Pasaje 
darísimo en el original, bien traducido en la interli- 
neal latina, y equivocado en las vulgares; porque sus 
autores, extraviados por un escoliasta, se han empe- 
ñado en que l{áXXeTat, verbo que por su composi- 
ción significa saltar de adentro afuera, signifique 
saltar de afuera adentro; como si en castellano so 
empeñase alguno en que salir significa entrar. La 
serie de sucesos, según la intención de Homero y 
según el valor de sus palabras, es la siguiente: Acó* 
mete el león al establo, y al saltar la pared, 6ictpiX- 
|jLcvov, le hiere levemente el pastor; pero él, lejos de 
retirarse, acomete más enfurecido al rebaño. El pas- 
tor ya no puede alejarle,. 6u upojajjLúvet; y temiendo 
por su propia vida, se oculta en la choza, xaxd 
9xa6(jLÓuc httcu; las ovejas, viéndose abandonadas 
por su defensor, huyen despavoridas, Ipfjfxa po6<txat; 
pero, perseguidas por el león, caen heridas ó muer- 
tas, unas sobre otras, óLf^tTít^on 1% oXkiiXyji xi^uvxoe; 
y el león, hecho aquel estrago, salla ufano y alegre 
desde el interior del establo al campo de donde habia 
venido, ¿(i.iAe{iaCbc SotOáv^c ^áXXtxae ¿oXfic, lit. en latin, 
alacof ex alto (i. e. profundo) exilit ovili. ¿Puede 
haber cosa más clara, más coherente y más ordena- 
da? ¿Y puede referirse con más exactitud? Pues toda 
«sta claridad desaparece en las traducciones de la 
Dacier, Bitaubé, Dugas y Monti. Léase en ellas el pa- 
saje, y se verá si es cierto lo que digo. Y es extraño 
que los tres últimos lo hayan errado, habiendo es- 
crito después que Glarke combatió ya en su nota el 
disparate del escoliasta y las sutilezas de Eustatio, é 
hizo ver que ^áXXexai no puede significar saltar por 
«ncima de la cerca para ^^trar dentro del est^blo^ 



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336 
8ÍD0 para salir de él. Sin embargo, el mismo Clarkt 
se equivoca en suponer que también puede signifi- 
car penetren en lo más interior; porque entonces 
no sería exilit, como él traduce, sino insiliU en 
suma, seria el mismo despropósito que combate. Ade* 
más, en esta suposición estaria alterado el orden de 
tiempo, tan necesario en tod^ narración; y sería ri- 
dículo que el poeta, después de haber dicho que las 
ovejas caen unas sobre otras, añadiese que el león 
entra en lo más escondido del establo, ¿Para qué? 
¿f^ara matarlas? Pero, si ya las suponemos destroza- 
das, ¿qué más destrozo ha de hacer en ellas la fiera? 
Verso 504. de variado color. — Que esta sea la sig- 
nificación del átóXa leú^ea, lo demuestra la traduc- 
ción de Virgilio versicoloribus armis. Y yo crea que 
¿(óXoc, aunque por su etimología signifique alguna 
vez móvil, verMtil, ligero en sus momentos, etc., sin 
embargo, aplicado á las piezas de la armadura, de- 
nota siempre que eran lo que nosotros decimos tor* 
nasoladas, esto es, de tal mezcla de colores que al 
moverse el campeón presentaban diverso color según 
el modo con que recibían la luz. Así, á pesar de la 
autoridad de Porfirio, que reprende á los antiguos 
escoliastas porque entendían en el sentido deirotxlXoc 
el xopvOa oX(K, el áioXoOcbpi)^, ¿(oXofxdpY^c, de Home- 
ro, yo creo que aquellos lo acertaban, y que las in^ 
terpretaciones de Clarke, Damm y otros son forza- 
das y violentas. En efecto, cuando Homero da á 
Héctor el epíteto de xopuOatoXoc, ¿no es más sencillo 
entender en esto que el penacho que sombreaba su 
nK)rrion, xópuc» era de varios colores, que traducirle 
por esta larga perífrasis, ewpedite pagnam-^ ciens? 
Además, el mismo Clarke, al encontrarse en el libro 
duodécimo, verso 208, con átóXov í<ptv, ya se olvidó 
de su doctrina, y tradujo no movilem, 6 coniortutm, 6 



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337 

áie eontorquentem^ sino maculosum, Y tradujo bien; 
porque realmente el color de la culebra es un verda- 
dero tornasolado, ó un verde que según varían los 
cambiantes de la luz presenta diverso matiz. Juzgue 
el lector; pero, cualquiera que sea su juicio, esté 
seguro de que Virgilio entendió el a(oXa xeó^^ea como 
los antiguos gramáticos. Añadiré todavía que, aun 
entendiéndose el xopu0átoXo<; en el sentido figurado 
que le da Porfirio, debe traducirse impetuoso, ardi- 
do, valiente, etc.; pero nunca el que dispone, émuew, 
ó empeña con agilidad la batalla: i. ^^ porque esto 
es hacer significar demasiado á la palabra griega; y 
2.®, porque en esta ninguna de las partes compo- 
nentes significa pugnam, batalla. De consiguiente, 
aun suponiendo que e( Kí^ipu; morrión se tome por el 
guerrero mismo que le lleva, y que átóXo< sea cosa 
que se mueve con ligereza, el todo del conTpuesto será, 
guerrero ágil, expedito, etc., pero nunca podrá ser, 
el que mueve, ú ordeña, expeditamente la batalla. 

Verso 936. la sacra deidad del rio Al/eo. — El ori- 
ginal solo dice, elAlfeo; pero como para nosotros es 
repugnante y absurdo entender literalmente que un 
rio tiene hijos, y aun los antiguos mismos creían que 
los engendraba, no él río material, sino el Dios que 
de él cuidaba, he añadido la deidad del; y lo mismo 
he observado siempre que se habla de hombres ó 
mujeres que se suponían nacidos de ríos y lagunas. 
Así, en el libro segundo, verso 865, donde el griego 
dice simplemente que Ántifo y Mésles habían sido 
engendrados por el lago Gigeo, he añadido: ajx>r la 
ninfa que dio su nombre al.n De otro modo, la mayor 
parte no hubieran entendido lo que en realidad quiso 
decir el poeta. 

Verso 4074. tan <ií¿o.— Advierto aquí, una vez 
por toda», que el \ki^%<iy grande, se toma siempre en 
TOMO nu 22 



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sentido literal, y significa, no como entre nosotros, 
hombre adornado de grande cualidades, sino alto 
de talla, agigantado, corpulentQ, hombro». 

Verso 4249. V{rgen,—Es la verdadera signiflcíh 
cion del ¿xpuTcbvi). Esta voz, deri\'ada*de tpówó 
xpú^cú, no quiere decir, tratándose de mujeres, uif* 
mcfaj como han creido los dU^^cionaristas y los tra- 
ductores, sino lo que en latin d\io Horacio, intacta, 
esto es, nondum sv^acta viro; jorque el verbo tg^i^i^ 
cuando se trata de hembras, es ^X subigere ópemuh 
lere de los latinos, y aun más liti\*»lmente el per/o 
rare. Así, el epíteto de aipoTcbvn kvo se da jamás i 
Juno, aunque también era invicta*, y sólo se da á 
Minerva, no por su cualidad de guerrora, sino por ss 
eterna virginidad. Para convencerse le que xpúco no 
significa vencer ó domar, sino agujereen, basta notar 
que esta es la significación de sus den*\'?dos xpúito- 
á(i>,-á(i> y que de este último se formare \ ios sustan- 
tivos Tpunávij, el agujero ó hueco en qro se coloca 
y mueve el fiel de la balanza, y xpóicavov barrena ó 
taladro. Obsérvese al paso, y es una prueba más de 
lo que he dicho (y también de que la u de les griegos 
se pronunciaba como nuestra u vocal), que del x^\m 
griego viene el trou francés y su verbo troner. 

Verso 4 274 y siguientes, y tan firme que so ^-a has- 

taria^ etc.— Es la interpretación de Ernesti, y h que 

debe adoptarse entre las varias que se proponer ^ara 

I explicar racionalmente la expresión griega k\ «dv 

^óXeü)v icpuX¿<c' ápapOiav. 

LIBRO SEXTO. 

Verso 93. bueno en de7nas{a.--L2í voz griega es 
iv¿icav; y aunque ya explicada por Damm, no ha.sido 
bien traducida, ni en la versión latina, ni en Jas vid- 



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-gnnes. Aquella dice ccoA molUs,y* flojo. Madama Dacier 
^ la dejó ea el tintero. Bitaubé y Dugas ^i/oibkyy, y 
J[oQti también (<debole.y> Gomo ü el hombre m'¿s 
tuerte no pudiera ser al mismo tiempo humano, ge- 
sieroso y compasivo. Nada de esto es, ni Agamenón 
i^ha en cara á su hermano su falta de valor, siiio su 
«ixcesiva bondad, su indulgencia hasta con los Tro- 
yanos, de quienes estaba tan altamente ofendido. 

Versos 405 y 406. la ant^ua ofensa, etc.— La 
expresión griega áiaijjLa «apemtbv (que literalmente 
aducida en latin significa, no recta como dice la 
interlineal, sino oj^portuna monens), dejada en esta 
vaga é indefinida latitud, darla lugar á creer que 
Homero aprobaba la crueldad de Agamenón. Y no 
.siendo este su ánimo, sino el de dar á entender que 
le dijo lo que convenía para hacerle mudar de pare- 
cer, lo he indicado con más precisión, compendiando 
en dos palabras la principal razón en que apoyó su 
oonsejo. 

Verso 194. á los padres de famüia.'-El texto 
dice, á los ancianos que tienen voto en los conseijos. 
Y como estos eran todos los padres de familia, me 
ha parecido conveniente decirlo así claramente; por- 
que de otro modo parecería que sólo se trataba de 
algunos Consejeros ó Senadores determinados que 
,1o fuesen por dignidad hereditaria ó por elección. 
Que el pensamiento de Homero sea el que yo supongo 
se demuestra por la contraposicioa que hace entre 
los ancianos y las matronas; pues no circunscribien- 
do estas á cierto número ni á clase determinada, sd 
ve que también habla de aquellos en su totalidad. 

Verso 262. envidiable valor.— Ia voz griega quo 
corresponde á. la de envidiable es la de ápaxst^, ja 
cual, como derivada de spáo) arnar, significa en ge- 
4ieral cosa amable. Pero esta voz castellana y auj 



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340 
correspondientes en italiano y francés se dicen d» 
las personas y no de las cosas, cuando en griego es 
al revés; y de'aquí resulta que en las lenguas mo- 
dernas tiene una acepción desconocida en la griega. 
En esta da á entender que la cosa á que se da aquel 
epíteto excita en el hombre el deseo de poseerla, át 
adquirirla: en suma, equivale á nuestro apetecibii^ 
En las modernas, como que sólo se aplica á las per» 
Bonas, quiere decir que por su apacible genio y su 
carácter bondadoso se hacen amar de quien las co- 
noce y trata, cosa que nunca significó la palabra 
griega. De consiguiente, nosotros tíunca decimos 
que una ciudad es amable, y en griego se la puede 
llamar, y se la llama kpa-ceivT); y al contrario en esta 
última lengua nunca se dijo que un hombre era 
Ipaxeevdí, y nosotros con mucha propiedad le califica- 
mos de amable. Esto es evidente para los que sabéis 
griego; y sin embargo, por no haberlo tenido pre- 
sente los traductores franceses é italianos, han dado 
en este pasaje una significación alambicada á la pa> 
labra gnega, ó por mejor decir, han comotid^ al tra- 
ducirla un verdadero galicismo ó italianismo de sig- 
nificación. Asi, la Dacier tradujo: «une valeur aima- 
ble qui le distinguoit de tous les hommes.» Bitaubé: 
«eette valeur que V hvmanitérend aimable,» Dugas: 
cele courage ttni d la doucem.y> Monti: «é quel dolce 
valor che i cuori acquista.» Nada de esto es lo que 
Homero quiso decir; su pensamiento es que Bolero- 
fonte estaba dotado de un valor tal, que todos los 
demás hubieran querido tenerle igual; y esta ¡dea se 
expresa perfectamente en castellano diciendo que 
. excitaba su envidia, que se le envidiaban, y de con- 
siguiente que era para ellos envidiable. 

Verso 598. m valor tiene, etc.— La expreslo» 
griega que yo traduzco por la palabra valor es ladd 



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341 
«^ve^ l(i.itc$ot; y aunque la voz <ppir)v signiflcá, en ge« 
neral, el ánimo^ la mente, y de diqmjwicio, cordwra, 
^prudencia, etc., el contexto y el epíteto S|jiice8of, 
con que está calificado el sustantivo, manifiestan 
que la expresión entera significa aquella /rm^2;a de 
ánima que hace arrostrar los peligros con sereni- 
dad^ sin turbarse, sin mostrar temor, etc.; en suma, 
lo cfue llamamos valor. Deja dicho Elena: «Ya que 
ios Dioses dispusieron que yo fuese la causa de 
estos males, debieron á lo menos darme por esposo 
un guerrero más valiente y quo fuese sensible al 
deshonor y á la censura de los hombres,» y añade: 
«pero éste (Páris) ni tiene ni tendrá (cierta cuah- 
dad.)» ¿Cuál será? La que le faltaba. ¿Y cuál no tenia? 
El valar. Esto es tan evidente, que los más de los 
traductores han expresado la idea, ya con la palabra 
misma que en sus respectivas lenguas significa va- 
lar, ya con otra equivalente. Así, Madama Dacier 
dice: «celui... n'a nul $entiment.y> Bitaubé: «manque 
4e fermeté.yy Dugas con más precisión: «son ame 
est sans cav/rage.y> Y Monti con una perífrasis: «a 
^)OStui manca il fermo carattere delPalma.» Y poco 
más ó menos todos los traductores que yo he visto. 

Verso 671. vm lucero. — El texto dice v/n astro 
anillante; pero felizmente esta ¡dea compleja se ex- 
presa bien con la palabra Iw^ero. 

Verso 681. Infeliz. -^hdi voz griega es SatfjLÓvte; 
pero siendo de muy vaga significación, y pudiendo 
tomarse en bueno y en mal sentido, unas veces sig- 
nifica afor timado (bono/aío gavdens, natusj y otras 
desgraciado, if^feliz, malhadado. Y en este pasaje 
no puede dudarse que tiene esta última acepción^ 
pues claro es que tratando Andrómaca del peligro 
^ue corria la vida de su esposo, no tendría por gran 
ventura que los Griegos le matasen. Sin embargo. 



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342 

excepto Diigas, qiie entendió bien Id palabra grie^ 
ga y tradujo malkeureml los otros, extraviados por 
la versión latina, que dice animóse, ban andado 
como á caza de sutilezas para traducir una expresioü 
tan sencilla. La Dacier dice: «Prince, trop magnam^ 
me.y* Bitaubé: «Prince trop prodigue de tesjowrsy*, y 
Monti: «OA troppo ardito.yi Coteje el lector estas es- 
tudiadas perífrasis con la enfática y natural exclama- 
ción. Infeliz! f decida, si tiene gusto, cuál eslaque^ 
debe preferirse. Téngase presente lo dicho en esta 
nota, y se conocerá por qué, traduciendo la misma, 
palabra Sat^jióxe, he dicho en el verso 549: «en mal 
hora nacido!» en el 840 «¡consuelo de mi vida!» y e» 
el 868 «¡gallardo Páris!» Las circunstancias en que 
se emplea aquella voz indican cómo debe tradu- 
cirse. 

Verso 852. con los otros caballos. — Como la voz: 
VTwitoi; es común de dos, y en consecuencia significa 
el caballo ó la yegua, la versión latina la ha traducid(K 
en esta última acepción. Pero no ha hecho bien; 
porque aquí se trata del prado ó soto en que el ca- 
ballo solia pacer con todo el ganado caballar, en 
el cual se debe suponer que habría individuos de 
ambos sexos. Esto es evidente; y sin embargo, 
la versión latina ha inducido en error á tres célebre»^ 
traductores, y les ha hecho ver en. una expresión 
tan sencilla un refinamiento de lascivia caballar en 
que seguramente no pensaba el buen Homero. Bitau- 
bé dice: «ses pieds... le portent... á ees bois cheris et: 
aux paturages de ses juments,» como si las yegu^ 
que allí estuviesen paciendo fuesen únicamente 
del caballo que se escapa del pesebre. Dugas: «les- 
paturages conñues oú paissent des jeunes cávales»,, 
fjomo si no pudiese haber alguna que ya pasara de 
joven. Monti, finalmente, en un muy gracioso venOi, 



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343 

se apdrtó más todavía del original, diciendo: «ai noti 
paschi ei vola 

ové amor d^erbe, o dipuUdre, il tira. 
Esto es muy lindo; pero no lo dice Homero, ni pen- 
samientos tan ingeniosos son del gusto de su siglo. 

Verso 860. por la vez postrera.— Esidi circunstan- 
cia no está expresa; pero siendo tan interesante, y 
resultando del contexto, he creído necesario in- 
dicarla. En efecto, toda la antigüedad estaba tan per- 
suadida, de que Héctor no volvió más á su casa, que 
por esta razón se llamó, y se llama todavía, este co- 
loquio, la despedida de Andrómaca y Héctor. 

Verso 868. gallardo Páris.^^a diie en la nota al 
verso 684 que la voz Saijjióvtoc varía de significación 
según las circunstancias en que se emplea. Así, allí 
quiere decir infeliz, porque habla Andrómaca, asus- 
tada al contemplar la triste suerte de que está ame- 
nazado su esposo, y aquí q^ gallardo, mlieníe, etc., 
porque habla Héctor, no para reprender á su herma- 
no como en el verso 326 del original, donde por esta 
razón he dicho «en mal hora nacido», sino -al contra- 
rio, para desagraviarle en cierto modo, y templar el 
sentimiento que debió causarle la dureza con que 
poco antes le tratara. Vuelvo á inculcar esta obser- 
vación, porque es .importante; y al mismo tiempo 
para dar una de las mil pruebas que á cada paso 
ofrecen las "traducciones del gran peligro que se 
corre cuando por hermosear áHomerase sustituyen 
á sus sencillas expresiones refinamientos y sutile- 
zas. Será tomada de la italiana de Monti. Ya hemos 
visto que cuando Páris se encuentra con Héctor, 
procura desarmar su enojo pidiéndole perdón, digá- 
moslo así, de haberle hecho esperar demasiado; y 
que en todo su discurso, discurso escrito con un de- 
licado artificio que no se puede encarecer bastante- 



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344 
mente, no hay ni una sola palabra que signiflque 
Umor. Y bien; el Sr. Monti, porque al traducir el 
último verso añadió para llenarle un «tem'io» que no 
hay en el original, tomó ocasión de aquí para 
comenzar la respuesta de Héctor con esta exclama- 
ción: ifjOeneroso timorh, refiriendo así el Sacjióvie, 
que en el original recae sobre Páris, á una entidad 
abstracta de que Homero no se acordó siquiera, y á 
la cual no puede convenir el epíteto griego. 

Versos 878 y 79. que su sangre, etc. — El griego 
dice literalmente: «que por tí pasan, sufren, to- 
leran, etc., muchos trabajos.» Pero siendo demasia- 
do humilde esta expresión castellana, he presentado 
bajo otro aspecto la idea, sin omitir la circunstancia 
de lo penosa que era para los Troyanos la guerra que 
sostenían por culpa de Páris. 



LIBRO SÉTIMO. 



Verso 155. ¡Ahí ¡si os viera yo á polvo reducidosl 
— El original dice: «¡Ojalá que todos os hicierais 
agua y tierrah Pero esta expresión, especie de fór- 
mula para desear á otro la muerte, sería oscura en 
castellano; y por eso he sustituido la de reducidos á 
polvo, que me parece más clara para ifosotros. Los 
demás traductores han hecho lo mismo, buscando en 
sus respectivas lenguas frases que expresan la idea 
sin traducir el texto palabra por palabra. 

Verso 215. y de Arcadia las falanges.— E\ texto 
dice los Arcados 6Yxs^¿H-«»>pot, en latín hastati, esto 
es, armados con lanzas. Y aunque en la traducción 
he omitido este epíteto por ser de pura fórmula, 
debo probar que tal es la significación de aquella 



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345 
voz, porque dsf quedará justificada la inteli^eiicia 
que di en el verso 242 del libro cuarto á la de lófjiwpoi, 
traduciendo archeros. Para ello basta observar que 
estos adjetivos, siendo compuestos respectivamente 
de toe, saeta, y Sy^o^, lanza, y de jAo^pa, la suerte, 
el hado, etc., significan «aquel á quien cupo en 
suerte disparar flechas, ó manejar la pica», y sen- 
cillamente, archero, lancero. Esta es su literal signi- 
ficación, y la otra que algunos quieren darles de 
ahpmbres destinados á morir de un tiro de flecha, ó 
lanza», es traída con maromas, sin que pueda citarse 
un pasaje de Homero en que sea necesario recurrir 
á ella y no sea preferible la primera. Así, en el verso 
del libro cuarto, ¿no sería ridiculo que Agamenón 
dijese á los soldados para animarlos á combatir: ccOh 
Argivos, que estáis condenados por la Parca á morir 
atravesados por las flechas enemigas!» Buen anuncio 
era para que marchasen animosos á la pelea. Al 
contrario, ¿no debemos estar seguros de que, sien- 
do los archeros tropas ligeras de menos impor- 
tancia y menos estimadas que los oplita^, y querien- 
do Agamenón avergonzar á los que veía algo aco- 
bardados, los llamase por desprecio viles a/rcheros? 
Es para mí tan evidente, como si el mismo Homero 
resucitara y nos explicase la acepción en que tomd 
la palabra ló^jicopot. 

Verso 217. ' Feya. — Sé que conservando la orto- 
grafía latina, como en otras voces, deberla escribirse" 
en castellano Fea; pero he interpuesto la y para evi- 
tar la homonimia con la terminación femenina de 
de nuestro adjetivo /(?o. 

Verso 390. de pieles fabricado. —^X texto dice 
árido, ó seco, Pero como tales son los cueros al pelo 
de que entonces se fabricaban los escudos, es claro 
qae aquí está el consiguiente por el antecedente. No 



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346 
liaria esta advertencia sí no viese á cada paso que lo» 
traductores, por no atender bastante al sentido 
flgurado y empeñarse en traducir las voces seguid 
m valor etimológico, han hecho insípido y ridículo 
al más elocuente de todos los escritores. Ya di algu- 
nas pruebas en el Arte de hablar, y aquí tenemos 
otra entre las innumerables que pudiera encontrar 
en toda la Híada. Bitaubé tradujo: «le bouclier bru-^ 
hnt>\ como si de un escudo se pudiera decir, aun 
pcM» metáfora, que es abrasador ó ardiente; y Dugast 
bouclier épais, broquel grueso. 

Versos 392 y 93. Sé combatir á pié, y en caden- 
cioso movimiento cargar al enemigo. — Este es un pa- 
a^e en que por las traducciones vulgares que tengo 
á la vista es imposible adivinar lo qiie Homero quiso 
decir. El texto es oíSaS h\ ccaSí^i Stjf w ^éliíta^at 
"Aptj?; y la versión latina en prosa dice, no del todo 
mal; «Scio queque in stataria pugna ad síbví sonó» 
gressum-componere Martis.» Pero aunque esto ya 
da alguna idea del pensamiento del poeta, los ti*a* 
ductores en lenguas vulgares lo han embrollado 
y confundido hasta el punto de que ellos no se en- 
tienden á sí mismos. La Dacier dice: c< Je sais pousser 
mon ennemi, et donner au dieu Mars un spectacle 
agréable, Bitaubé, con una interrogación que ni hay 
ni debe haber en el original, exclama: «Faut-il 
combattre á pied? je marche aux sons du cruel 
Mars.» Pero, ¿cuáles serán hs sonidos del cruel 
Marte? Dugas: «Dans la plai/ie je combats vaillam- 
ment á la voix du dieu Mars.» Pero, 4.°, ¿vlaTa8ti[\, 
no es en la llanura, sino á pié firme; y 2.^, combatir 
á la voz de Marte da á entender que Marte es el Ge- 
neral que manda la batalla, y no ós esto ni de cien 
leguas lo que Homero quiso decir. Monti: «so.. ..a pí^ 
fermo danzar nel sanguinoso bailo di Marte.» Esto ya 



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347 
se acerca al verdadero sentido de la frase griega;, 
pero por desgracia la italiana y la castellana que la 
corresponde son oscuras, bajas y estudiadas. En 
efecto; ¿qué significaría en castellano: «sé danzar en 
el sangriento baile de Marte?» Ni ¿cómo podría 
entrar en una epopeya la expresión danzar en el 
baile? Y, suponiéndola noble, ¿cómo podría emplear- 
se sin afectación? El verso de Homero alude á 
la danza llamada pirrigim^ en la cual los jóvenes, al 
compás y música de los instrumentos marciales, se 
ejercitaban en el manejo de las armas y en evolucio-' 
nes militares; y de consiguiente el pensamiento que 
Homero pone en boca de Héctor es el siguiente: 
«Cuando peleo, no desde el carro, sino á pié firme, 
cuerpo á cuerpo, sé esgrimir la espada, ó manejar la 
pica, y ejecutar los movimientos con tanta precisión 
y regularidad como se hace en la danza pirriquia 
consagrada á Marte.» Y como el explicar con toda 
esta prolijidad una alusión que en el original sólo 
tiene tres palabras hubiera sido comentar y no tra- 
ducir, he creido que la idea quedaba suficien- 
temente indicada con decir: «Sé cargar al enemiga 
en cadencioso movimiento», reservando para esta 
nota explicar más extensamente la alusión del origi- 
nal. Si todavía no lo he acertado, agradecería que se 
me indicase otra expresión más clara y más poética, 
pero que no se aparte mucho del texto y conserve 
8u concisión. 

Versos 495 y siguientes, y la espada, etc. — Loa 
antiguos observaron que Ayax se mató con la espa- 
da que Héctor le regaló en esta ocasión, y que 
el cadáver de Héctor fué atado al carro de Aquilea 
con el ceñidor de Ayax, de lo cual resultó, dicen, el 
proverbio de que hasta las dádivas de los enemigos^ 
$0ñ funestas. Pero yo debo advertir que la segunda 



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348 
parte de la observación no es conforme á la narra- 
ción de Homero. Esto no dice, ni indica siquiera, que 
Aqufles ató á su carro el cadáver de Héctor con el 
ceñidor de Ayax. Al contrario, dice expresamente 
que horadados los pies por la parte atrás, junto al 
tobillo, metió por los agujeros unas correas hechas 
de piel de buey; palabras que no pueden significar 
im ceñidor de púrpura. 

Versos 526 y 27. y al servirse, etc.— Esta cir- 
cunstancia no está explícita en el original; pero en 
castellano conviene indicarla para mayor claridad. 

Verso 530. en premio del valor, etc.— Toda está 
fuerza tiene la voz ^épaipe del original. 



LIBRO OCTAVO. 



Verso 61. No de los griegos, etc.— La expresión 
griega fio vó -ri 6ujji(¡> irpócppovt jjLu6éo|i.ai, literalmente, 
no hablo con ánimo resuelto (á hacer lo que digo) es 
algo genérica; pero el contexto da á conocer que Jú- 
piter trata de calmar el temor que su discurso habia 
inspirado á Minerva, á saber, el de que intentaba 
acabar con el ejército de los Griegos. Ha sido, pues, 
necesario expresar la idea con toda claridad y pre- 
cisión. Y por no haberlo hecho los demás traducto- 
res, han dejado oscuro el pensamiento. Consúltense, 
y se verá. 

Versos 96 y 97. Entre el 57 del t)riginal que cor-, 
responde al 4.® y el 66 que corresponde al 2.% hay 
otros ocho cuya traducción he omitido porque están, 
tomados los dos primeros del libro segundo, y los^ 
seis últimos del cuarto, y esta repetición es una de 
aquellas que conocidamente son de los rapsodes, y 




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349 

Tío del poeta. Fácil es probarlo. Que Homero al anun- 
ciar por la primera vez que el ejército iroyano sale á 
campana, diga: 

•á las armas presurosos 
todos corrían, y las puertas todas 
fueron abiertas, y en tropel confuso 
el ejército entero á la batalla 
desalado corria, así peones 
como jinetes, con inmenso ruido; 
es oportuno, y casi necesario en aquella situación. 
Pero que, al continuarse la pelea, suspendida por la 
noche é interrumpida luego por la tregua, vuelva á 
repetir la misma descripción, es inútil, intempestivo, 
y sobre todo contradictorio con lo que dijo en el li- 
bro sétimo, verso 370, y repitió al 380. Allí se ve que 
suspendida la batalla por la llegada de la noche, el 
ejército de Troya permaneció reunido, y según pa- 
rece, acampado fuera de los muros; y como luego no 
se indica siquiera que volviese á entrar en la ciu- 
dad, mal pudo salir al otro día para dar segunda 
batalla. Y aun cuando supongamos que en efecto 
entró después de quemados los cadáveres, sería im- 
pertinente superfluidad hacer la descripción de su 
segunda salida. Digo lo mismo en cuanto á la segun- 
da parte del pasaje que yo he omitido. En efecto, 
que al hablar el poeta del primer encuentro de los 
dos ejércitos le describa con toda la extensión y 
magnificencia, diciendo: 

Cuando ya las escuadras á encontrarse 
en su marphá vinieron, los escudos 
se entrechocaron y en el aire alzadas 
se cruzaron las picas, y el aliento 
se mezclaba también de los armados. 
Y al oponer los cóncavos broqueles 
el uno al otro, inmensa vocería 



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350 

se alzó en el campo, y juntos resonaban 

del matador el insolente grito 

y el triste lamentar del moribundo, 

y de sangre la tierra fué inundada; 
«s del caso, y la situación exigía toda esta grandi* 
locuencia. Pero repetir toda esta descripción siem- 
pre que se hable de empezar una batalla, no es pro- 
pio del fino gusto de Homero. Este, por una especie 
4e inocentada, ó por conformarse con la práctica de 
su tiempo, repite los mismos versos cuando tiene 
que repetir las mismas ideas; pero no repite las mis- 
mas ideas cuando no hay necesidad. 

Verso 216. Se escondieron, — La trí^duccion lite- 
ral de la palabra griega xa-rairxiíxiiv es, u agacharon 
ó agazaparon\ pero desgraciadamente ambas voces 
^on b^as. 

Verso 373. en medio los banquetes. — El texto 
dice «comiendo muchas carnes de los bueyes que 
tienen altos (ó más bien derechos) cuernos.» Pero 
siendo inútil este epíteto, y estando las carnes por 
cualquier otro manjar, me ha parecido que bastaba 
la expresión genérica: en medio de los banquetes. Sin 
«mbargOi si se quiere otra más literal, léase «carnes 
- 4e buey comiendo.» 

Verso 640. Y empuñó la pica. — He omitido la 
traducción de los seis versos que siguen y están co- 
piados del libro quinto; porque nadie me persuadirá 
que habiendo Homero omitido con tanto juicio la 
descripción del carro, la del casco y la del escudo, 
hubiese conservado la de la pica, y la noticia, allí 
oportuna y aquí ya intempestiva, dé que las Estacio- 
nes están encargadas de abrir y cerrar las puertas 
4el cielo. Repeticiones tan insulsas y de tan mal 
gusto, no pueden ser de un escritor que tan conciso 
^abe ser cuando convieue. Al contrario: es para mi 



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351 
tan claro, como si lo hubiese visto, que los rapsodes, 
recitando de memoria este y otros pasajes en que se 
llalla repetido un verso, iban ensartando los siguien- 
tes, sin advertir que entonces ya no venían al caso. 
Asi aquí, habiendo llegado al 389, y dicho el XáíCero 
^hf/p^j continuarían • maquinalmente 6pt6ú, jjiffa, 
etcétera, y estas insustanciales i'epeticiones pasaren 
i los códices manuscritos, y de estos á las impresio- 
nes. Mas, si á pesar de estas razones se ostinase al- 
guno en suponerlas de Homero, puede añadir aquí^ 
úespuesáepicaf 

pesada, y grande, y poderosa, y fuerte, 
con que destrozar suele las hileras 
de los guerreros, si inflamada en ira 
con ellos cierra en desigual batalla 
la hija temible del potente Jove. 

Con el látigo Juno ¿ los caballos 
aguyó diligente; y por sí mismas 
se abríeron, rechinando sonorosas, 
las puertas celestiales donde asisten 
las Estaciones, pues del ancho cielo 
y del Olimpo franquear la entrada 
tienen á su cuidado, ó prohibirla; 
y ya separan las espesas nubes 
que ocultan de los Dioses el alcázar, 
ya con ellas le cubren. A la puerta 
dirigieron las Diosas los caballos, etc. 
^erso 749. Júpiter así habló.^Xqní he supri- 
mido ' también unos cuantos versos malamente re* 
pelidos del libro cuarto. Son los siguientes: 
Así Júpiter dijo: y al oirle 
Minerva y Juno, que los áureos tronos 
inmediatos tenian, y de Troya 
entre si la ruina concertaban, 
4e cólera los labios se mordieron* 



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352 

Hjiierva, aunque irritada con su padro 

y de altísimo enojo poseída, 

no siendo osada á replicar á Jove, 

permaneció en silencio; pero Juno, 

ya contener la cólera en el pecho 

no pudo, y exclamó: 
Verso 758. todos de perecer.^Aqai hay en las 
ediciones otros tres tomados del principio de esta 
mismo libro, y que yo dejo traducidos así: . 
Si tú lo mandas 

parte no tomaremos en la liza; 

y á los Dáñaos consejos saludables 

daremos solamente, porque todos 

víctimas de tu cólera no sean. 
Pero ¿quién no ve que estas expresiones, oportunas 
en boca de Minerva cuando Jove intima á todos los 
Dioses la orden de no auxiliar á Griegos ni á Troya- 
nos, serian soberanamente absurdas y ridiculas en 
boca de Juno cuando acaba de quebrantar aquel man- 
dato? Para mí es más que probable que esta y la an- 
terior repetición no son del poeta; pero si alguno 
piensa de otro modo, es muy dueño de repetir en la 
traducción los versos que yo he suprimido. Añado 
que sólo en este libro, y en otros dos muy cortos 
pasajes, me he tomado la libertad de omitir versos 
de los que se hallan en las ediciones, porque creo 
que si Homero resuci tase me lo agradecería. 

Verso 880 hasta el 888. y después d las Deidth 
des, etc. Algunos de los versos que en el origina 
corresponden á estos ocho de la traducción no se 
hallan en las ediciones comunes; pero Barnes y 
Wolf los insertaron en las suyas porque los citó Pla- 
tón. Y en efecto, su autoridad es tan decisiva, los 
versos son tan homéricos, y la voz xvf<jffijv que las 
ediciones conservan en el verso 548 es tan ritual en 



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353 
los sacrificios, que si no se hallasen conservados en 
un autor tan antiguo, sería necesario suplirlos ó in- 
sertar otros equivalentes. Suprímanse, y se notará 
el vacío que resulta saltando desde el eortaron leña 
hasta «los vientos llevaban al cielo el olor de las 
carnes asadas.» Si aun no ha dicho que encendieron 
aquella leña, y que en ella pusieron á asarlas carnes 
de las reses, ¿cómo ha de pasar á decir que los vien- 
IDS llevaban su olor al cielo? Véase la nota de Clarke 
adicionada por Ernesti. 



LIBRO NONO. 



• Versos 474 ysig. Fn honor tuyo, etc.— He expli- 
cado el pensamiento, pero no he traducido las pala- 
bras materiales del autor; porque la expresión griega 
eéo Sljexai eJ, rctxev ¿ípx*Oi es alegórica, y para nos- 
otros tan oscura, que traducida literalmente c<de tí 
estará asido, ó pendiente, lo que domine ó preva- 
lezca», nada signiíicaria. La versión latina quiso 
aclarar el concepto diciendo apeiies te autem erit 
fiUdguid optmtm vi$um /iterít^y, pero la frase caste- 
llana que literalmente corresponde, á saber, «en tu 
mano, en tu arbitrio, estará lo que haya parecido 
mejor», es demasiado vaga. Así, los traductores han 
recurrido á varias perífrasis que con más ó menos 
claridad dicen sustancialmente lo que parece quiso 
decir el poeta, pero no se atienen á lo literal del tex- 
to. Madama Dacier dice: «Le bon avis, des que vous 
Taurez suivi, doviendra le votre, et vous fera autant, 
00 plus d'honneur, qu'a cclui qui Taura donné.» Bi- 
taubé: «Cest á toi de choisir celui qui mente la pre- 
férence.» Esto es traducir la interlineal latina, pero 
tono uu S3 

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354 
no es exactamente b que dice el griego. Dugas: 
«Cette pensée jsera ta gloirfe; car seul tu peux Texé- 
cuter.» La'primera parte va bien: la segunda es una 
sutileza en que Homero no pensó. Honti: «Che 11 buon 
consiglio, da qualumque ei vegna, tuo lo faraí coll* 
eseguirlo.» Algo más se acerca esto, pero no es toda- 
vía la idea del poeta. Este, según la interpretación de 
los antiguos .escoliastas y según el contexto, que es 
el mejor comentario, repite aquí en otros términos 
lo que en el libro cuarto deja dicho por boca de Dio- 
médes, es decir, que si la expedición de los Griegos 
contra el Asia tenía feliz éxito, la gloria sería del Ge- 
neralísimo; así como también sería suya la ignomi- 
nia, si el ejército era destruido. El pensamiento es 
este. «¡Atrida! tú, como Jefe nuestra, debes dar el 
primero tu dictamen sobre el partido que conviene 
tomar en estas circunstancias; pero debes también 
oir lo que digan los otros caudillos, para que exami- 
nados los diversos pareceres se siga el más acer- 
tado y ventajoso; en inteligencia de que, cualquiera 
que fuere, cederá en tu honor si es el que conviene 
para salvar al ejército.» Véase el artículo ij^w en el 
Diccionario homérico de Damm, y allí se encontrará 
largamente explicado este pasaje, claro en el fondo 
de la idea, pero algo oscuro en la expresión, por es- 
tar tomadas todas las voces en sentido metafórico. 

Versos 221 y 22. que no he participado^ etc. — lA 
versión interlineal latina dice: aNumquam ejus cu- 
bile ascendisse, vel cum ea rem abuisse, qua mos 
est virorum, et mulierum», y aun pudiera sea más 
expresiva; pero en castellano me ha parecido conve- 
niente indicar con alguna oscuridad las dos prime- 
ras ideas y suprimir la tercera, porque vuelve á re- 
petirse en el libro 19.* Lo mismo han hecho Bi- 
taubé y Monti. Aquél se contenta con decir: «J^ai toa- 



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355 
^aats respecté sa pudeur»; y éste con más precisión: 
«Unqua il suo lelto non calcai.» Madama Dacier dijo 
€on más extensión, aunque sin faltar á la decencia: 
«Jamáis je n'ai pris avec elle la moíndre des libertes 
que les hommes peuvent prendre avec leui*s cap- 
tivos.» 

Versos 533 y 34. que animosos combatían por sus 
^esposas, — Pasaje clarísimo que casi todos los traduc- 
tores han errado dando al texto unos tornillazos tan 
violentos, que á no verlo no pudiera creerse que 
hombres, por otra parte doctísimos, hayan podido 
decir semejantes absurdos. Unos han hecho del 
acpexepicúv un posesivo de segunda persona plural, y 
han dicho: «en defensa de imestras mujeres», en lo 
cual hay dos disparates: i.^, el 9<p¿xepoc siempre es 
de tercera persona, y de consiguiente no puede sig- 
nificar vuestras t sino suyas; 2.^, traduciendo de 
maestras mujeres, diria Aquíles que él había peleado 
por las de Ayax, Ulises y Fénix, que eran ios tres 
con quienes hablaba; pero Fénix no era casado; de 
Ayax no consta que lo estuviese; y respecto de Uli- 
ses nada tiene que hacer aquí la buena Penélope, por 
la cual ciertamente no se combatia bajo los muros 
de Troya. Otros, siguiendo una de las interpreta- 
vciones de los escolios publicados por Victorio, y 
haciendo al «rcpéxepoc de tercera persona de dual lo 
refleren á los Atridas, de los cuales aun no se ha he- 
^ho mención, y quieren que Aquíles diga ahe estado 
peleando por las mujeres de los dos; en lo cual hay 
otro absurdo mayor. Allí se peleaba por Elena, y esta 
era una sola mujer y no muchas mujeres; y lo era 
de un solo Atrida, no de los dos. Pero no hay la 
menor necesidad de recurrir á estas arbitrarias su- 
i>osiciones» ni de violentar el texto. Este dice áv^prá 
|fcapvá|Uv<K, ¿CKpuiv Svftjca 9^«x6^áa>v, en laliu, literal 



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31» 
mente: ocnm viris pugnans, mulierum cdnsa mi^ 
rom.» Y este snarum ¿á qaién pu< de referirse, siuo^ 
al viris que precede? ¿Y qoé signiOcará en caslella- 
no? One Aquiles había peleado eon los Troyanos,, 
los cuales por su parte combatían para defender sas^ 
bogares, sus familias, sus esposas^ sus hijos, sus rí* 
qnezas, etc., así como Aquiles aspiraba á destruir 
sus casas, hacer esclavos á sus hijos y sus mujeres, 
y apoderarse de sus bienes. Pero de* todas estas co- 
sas sólo indicó la más preciosa, que es la mujer, y 
la indicó para dar á entender que aquellos comba- 
tían como desesperados tratándose del objeto que- 
les era más caro. Y no se crea que esta es sutileza 
ihia. El mismo escolio citado añade esta interpreta- 
ción , diciendo: iro^efx&v icpda ¿ívSpac 6it&p xalScoy* 
pH}w)xivBúvto< ¿Yovi^ojjLévouc; lit. en latín: «bellum ge- 
rens contra viros pro filiis (suis) strenue pugnan- 
tes.» Y aunque Clarke dice que esta interpretación 
es algo lánguida^ no es sino muy enérgica, y la única 
verdadera. Véase el artículo ayétepoc en el Dicciona- 
rio de Damm que la trae y defiende, sin embargo de 
que en el artículo Sap habia adoptado la otra. 
* Verso 872. ofrecer las primicias. — ^El texto dice 
celebrar las fiestas Talisias; pero esta palabra, que 
áólo esta vez se halla en Homei*o, se explica por 
teócrito y otros autores; y por ellos sabemos que se 
llamaban así las fiestas que los Qríegos celebraban 
después de la cosecha, en las cuales, además de 
ofrecer á los Dioses las primicias de los frutos, se les^ 
hacían también sacrificios cruentos. Poir eso afiade 
^ue los otros Dioses se regalaban con hecatombes* 
' Vel*so 876. y la cerdosa pieh^lLú dice el texto^ 
pero entiéndase, pai*té ^ot tótío; lá piel y la ó&híe; 
^'orque én el jabalí í'eblen muerto no )[^ü!áde^ i 
r^rBe ambas cosas. 



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357 
Terso 1.443. que se vaya ó que se quede.— Co- 
nozco que estas expresiones son algo familiares; 
pero corresponden tan exactamente á las del origi- 
nal, y son tan propias en boca del personaje que 
habla y tan acomodadas al tono general de su dis- 
oarso, qu^ sustituyendo otras más' elevadas, se hi^ 
luera quitado á esta efusión del corazón' toda la b^ 
Jleza que tiene. 



LIBRO DÉCIMO. 



Versos 57, 58 y 62. su reluciente armadura to* 
-maba.— tomar las armas, — Así dice el texto; pero, 
^ este fué alterado por los copistas, ú Homero 
ae olvidó de lo que deja dicho poco antes. Yo me 
inclino á lo primero. En efecto, acabando de re- 
ferir que Agamenón sólo se cubrió con la túnica y 
una piel de Icón, y que de las armas sólo tomó su 
laaza, ¿cómo pudo añadir al instante que cuando 
llegó su hermano estaba poniéndose sus hermosas 
^arma^^ Ni ¿para qué se las había de poner, si no iba 
entonces á pelear? Y si niguno de los otros jefes que 
86 reunieron iba armado de punta en blanco, ¿por 
qué en un Consejo privado habia de presentarse 
^ Generalísimo cubierto de su brillante armadura, 
<suando esto no era permitido aun en las juntas 
generales del ejército? Esto es para mí tan evi* 
dente, que si no hubiera temido la censura de los 
supersticiosos adoradores del texto tal como se haUa 
^en los códices, hubiera escrito el p^ssye de esta ma« 
Jiera: 

Y eerca de la proa de su nave 

ie eocootró cuando ya se encaounaba 



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358 

de Néstor á la tienda, y su venida 

á Agamenón fué grata. Menelao 

el primero le habló, y así le dijo: 

«¿Por qué tá, dulce hermano, y á estas horas- " 

jídejaste el lecho? Persuadir mientas, etc. 
Esto es lo que exige el contexto, y lo que el poeta 
debió decir; en lo que ahora leemos hay, como dejo^ 
probado, una contradicción con lo que precede, y 
una palpable inverosimilitud de aquellas que no 8& 
hallan en Homero. 

Versos 277, 78 y 79. siis anchos hombros con la 
^l cubría, etc. — Estos tres versos, que correspon» 
den al 477 y 78 del texto, son los mismos que el 23 
y el 24, y están malamente repetidos. Porque, si 
Diomédes se habia acostado sin quitarse la armadu- 
ra, ¿para qué, estando cubierto con ella, habia de- 
ponerse encima la piel de león? Estas pieles de fiera 
«ólo se tomaban cuando el guerrero no tenía puesta 
la coraza. Lo vimos en el libro tercero hablándose dd 
Páris, y en este lo hemos visto igualmente tratándose- 
de Agamenón y Menelao. • Es evidente; pero no me 
he atrevido á suprimir esta inútil repetición, porque 
la nación de los gramáticos no me trate' de impío- 
profanador de los códices. 

Verso 411. Cascos de monte. — En rigor hubiera 
debido traducir monteras, porque en efecto esto es^ 
lo que significa la voz griega xaxátxuj. Esta era una 
especie de casco chato ó aplastado, hecho de pieles» 
del cual usaban en la caza más para abrigo que para 
defensa contra las fieras. Y esta es la razón de que 
■no tuviese cimera ni penacho, como lo nota Home- 
ro; porque esta parte del morrión militar estaba des- 
tinada á recibir y embotar los tajos de espada que d 
enemigo -podia descargarles sobre la cabeza, y que 
«in aquella defensa serian todos mortales. Y coma 



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' 3S9 

por parte de los fieras no corrían semejante peligro, 
no se ponían en la cabeza arma defensiva contra las 
cortantes, sino un casco de piel que les sirviese 
de abrigo, y á lo más los resguardase también de 
alguna guantada. Sin embargo, no me he atrevido, 
por parecerme baja, á usar la voz montera^ y en su 
lugar he dicho casco de monte. 

Versos 628, 29 y 30. «Es Héctor quien con mu- 
chas súplicas y promesas me ha sacado fuera de mi 
razón.»— Pasaje en que casi todos los traductores se 

' han equivocado, por no haber hecho en el texto una 
ligera y necesaria corrección. Voy á demostrarlo. 
Leyendo (t-^-^^t, voz que significa daño, perjuicio, re- 
sulta este pensamiento: «Héctor me ha sacado fuera 
de juicio con muchos daños»; pero así no hay senti- 
do. En efecto, ¿qué significa saca/r á tino de juicio con 
muchos daños? Estos daños ¿son del que saca á otro 
de juicio, ó del que es sacado? Si lo segundo, el Sixysi 
será un ablativo de instrumento. Pero ¿cómo los da- 
ños pueden ser el medio de que uno se vale para 
seducir á otro? ¿No serian en este caso las promesas 
y la esperanza de que haciendo lo que se le dice 
conseguirá algún bien? Si lo primero, es mayor el 
absurdo todavía. ¿Quién hasta ahora ha seducido, ni 
seducirá jamás, á otro para que haga una cosa de la 
cual han de resultar muchos daños al mismo que la 
propone? Pues bien, estos absurdos se evitan con 
añadir á la voz cíf^<jt una t y leer acTT^tjt. Entonces re- 
sulta este sentido racionalísimo y congruente: uHéc- 
tor me sacó de juicio con sus muchas súplicas, ó 
instancias.» Y no se oponga á esta sencilla y felicí- 

•8ima corrección, que la voz oitzi\ no se halla en los 
diccionarios: primero, porque no hay hasta ahora 
ninguno en que no falten algunas, aun de las que se 
conservan en los autores cuyos escritos tenemos; y 



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860 

«egundo, porque aun suponiendo que en ninguno de 
ellos se encuentre, nadie podrá decir que no fué 
usada en tiempo de -Homero, siendo la raíz del verbo 
á'.xéü), tan común y tan usado. Debo advertir que el 
traductor latino conoció sin duda el absurdo que re- 
sulta de la lección común, y procuró salvarle dando 
á la preposición latina cum una acepción que no es 
aquí la del o6v griego, del cual está regido el abla- 
tivo áv^ai. El auv significa con, es decir, por medio 
de; pero el traductor latino, traduciendo ci^t»^ da á 
esta preposición el sentido áe juntamente, 6 más bien 
de para, diciendo: «multo me meo cum damno pr»- 
ter voluntatem induxit Héctor», esto es: «Héctor 
contra mi voluntad me indujo (se entiende á venir) 
con 6 para mucho daño mió.» Pero semejante tra- 
ducción está errada en todas sus partes. Primero, el 
ablativo en este caso no sería del verbo íy^T*^» sino 
del infinitivo Sp^^eaQat, callado por elipsis; y no es 
así. El át^fft, ó áttxifiít, debe juntarse con el íf «y^v, 
es de instrumento, é indica el medio de que Héctor 
se valió para seducirle. Segundo, el itapu vóov no 
significa prceter voluntatem, sino eívtra mentem, ra- 
tionem, etc. Tercero, el tjy^ysv no es tampoco indu- 
xit, sino simplemente duayit, ó á lo más, edumt, por 
la fuerza del é>t que está unido al itap. En suma, la 
frase debe ordenarse, y traducirse luego de este 
modo: "'Éx.xop -¡Jy^Y*^ P-^ iraply, vóov itoXX^gtv áixi(\<Ttv. 
©Héctor me sacó fuera de juicio con sus muchas sú- 
plicas.» Dije al principio de esta nota que casi todos 
los traductores han entendido mal este pasaje, por- 
que Madama Dacier, Damm, y algún otro han indi- 
cado el verdadero sentido; pero debo añadir que lo 
hacen, ó añadiendo palabras que no hay en el texto^ 
ó dando al &x-^<ji acepciones que no tiene ni puede 
tener. Así, Damm quiere que signifique deceptioni* 



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361 
lus, y la Dacier haca una concordancia de lo que 
60 el original es un simple sustantivo, y traduce: 
«Héctor m'a renversé Tesprit, et m'a séduit, par aas 
promesses perniciemes,T» 



LIBRO UNDÉCIMO. 



Verso 40. diez listones de acero pawmado, — E\ 
texto dice de negro domo, Y como los diccionarios 
solo dan á la voz xúavo< la significación de color azul 
oscuro, si á ellos hubiéramos de atenernos, traduci- 
ríamos, diez listones de negro azul oscuro, Pero en- 
tonces preguntada el lector, y con razón; «y esta cosa 
negra azul-oscura ¿cuál era?», y no sabríamos res- 
ponderle. Esto quiera decir que el pasaje de que tra- 
tamos prueba él solo, contra todos los diccionarios, 
que el ciano era una especie de metal y no un color. 
En efecto, aquí vemos que la coraza de Agamenón te- 
nia doce listones de oro, veinte de estaño, y otros 
diez de cierta cosa negra. Pero esta cosa debia ser 
un metal, pues los otros listones eran de ciertos me- 
tales, y se hace entre todos ellos la debida distin- 
ción. Pero ¿cuál sería este metal? No es difícil deter- 
minarlo. Por los derivados de xúavo<;, se ve que esta 
sustancia era de un color azul oscuro, y como aquí 
se refuerza la idea calificándola además con el epí- 
teto de negruaca, resulta que el ciano era un metal 
azulado, y tan oscuro que casi se confundía con el 
negro. Y como este color es el que tiene el acero 
pavonado, es evideiUe, á lo menos para mí, que los 
4iez listones eran de este metal. De la misma opinión 
^n la Dacier, Bitaubé, Dugas y Monti. 

Versos 289 y siguientes, de voraces buitres grato 



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alimento, etc.— El texto dice solamente amas agraK 
dables á los buitres que á sus mujeres.» Pero dejada 
el pensamiento en esta vaga generalidad, nada diría 
á la mayor p^rte de los lectores. Ha sido, pues, ne- 
cesario individualizar con más precisión la idea en 
el sentido que los buenos traductores han dado á la 
expresión original. Eustatio quiere que sea una es- 
pecie do pulla; como si Homero dijese que los escu- 
deros muertos eran más gratos á los buitres que la 
babian sido en vida á sus mujeres. Pero semejante 
bufonada, ni es del gusto de Homei*o, ni cuadra con 
el tono general del poema, ni podría aplicarse á los 
escuderos exclusivamente. ¡Cuántos de los mismo» 
Jefes serian poco amados de sus esposas! En Agame- 
nón se vio. 

Versos 585 y 86. ambos eran hijos de Mérope el 
Percosio. — Aquí repiten las ediciones los tres versos 
y medio del libro segundo, en que se dice que este 
Mérope, previendo como adivino que sus dos hijos 
morirían en la guerra, no les permitía venir á la de 
Troya; pero ellos despreciaron sus consejos, porque 
su hado era el de perecer en ella. Y yo he omitido 
esta repetición, porque me parece de los rapsodes 
y no del poeta. En efecto, que al dar el catálogo de 
los campeones que acaudillaban las tropas auxilia- 
res de los Troyanos indícase Homero esta circuns- 
tancia hablando de Adraste y Anfio, es oportuno, y 
si él no lo hubiese dicho, nadie lo hubiera imaginado 
siquiera; pero volver á repetirlo sin necesidad, sólo 
puede atribuirse al mecanismo de la memoria en los 
rapsodes. Llegando éstos, al recitar el verso 329 de 
este libro undécimo, al emistiquio uTe Soto Méponóc 
IlEpxa)7io\>, es muy natural y verosímil que por una 
involuntaria reminiscencia continuasen 5c ^épt itáv- 
titfVy etc., como en el libro segundo, y malamente re» 



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363 
petídos por ellos los tres versos siguientes, es muy 
fócil que pasasen á las copias manuscritas. Sin em- 
bargo, si así no fuese y esta es una de las inocenta- 
das de Homero, pueden repetir los lectores en mi 
traducción las últimas j)alabras del verso 1.390 del 
übro segundo y los seis siguientes, leyendo así todo 
el pasaje; 

y ambos eran hijos 

de Mérope el Percosio. Este sabía 

de adivinar el arte cual ninguno, 

y á sus valientes hijos no dejaba 

que á la guerra viniesen destructora; 

pero ellos sus avisos dospreciaron, 

porque al imperio de la negra muerte 

los arrastraba el hado Inevitable, 

y á los dos este dia Diomédes 

déla vida privó. 
Versoa 610 y li. Sobre nosotros, cual torrente 
hinchado, etc.— El texto dice: «este daño, el furi- 
bundo Héctor viene rodando sobre nosotros.» Pero 
ya se deja conocer que en castellano para traducir 
la expresión metafórica viene rodando, es menester 
comparar antes á Héctor con algún objeto del cual 
pueda decirse que rueda ó viene precipitado. Por 
-eso, pues, he dicho: cml torrente hinchado «se pre- 
^pita sobre nosotros.» Del mismo arbitrio se han 
valido los demás traductores. Madama Dacier dice: 
«Voici wifurieux orage qui vient fondre sur notre 
iéte.» Bitaubé: «(7 'est contre nous que rowlent cesjlots 
-precipites pwr Héctor fwrieiM}\ y Dugas: «Cette tem- 
póte, qm roule vers nous, c*est le furieux Héctor.)» 
Monti sustituyó otra imagen y dijo: 

ci piomba adosso 

del furibondo Etorre la rmna. 
Tersos 694 y 95. y los voraces buitres en tomo de 



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364 

él asisten, y no esckms. — Repito lo que dije ei| 1t 
nota al 289. Esta no. es una impertinente bufonad?, 
es una efusión de ternura y sensibilidad por part^ 
del poeta. Le representa su imaginación el cadáver 
ensangrentado de un poderoso caudillo, en torn^ 
del cual andan revoloteando los buitres para devot- 
rarle; se le ocurre la triste, pero oportuna, reflexiQt 
de que en otro tiempo estaba así rodeado de elegan- 
tes esclavas que observaban sus menores movimien- 
tos para adivinar y prevenir sus deseos; y no puede 
resistir al deseo de comunicar á sus lectores esta 
tierna é interesante observación. 

Verso 1.090. por pies de fino acero. — El texto 
dice que tenía pies de domo; pero por el verso 24 de 
este libro se ve que el ciano de los Griegos era lo 
que nosotros llamamos acero pavonado. Los traduc- 
tores han creído que aquí se trataba del color, y se 
han equivocado; se trata de la materia. 

Verso 1.093. y de la harina más pv/ra tierna 
pan, — ^Esto es lo que significa la expresión griega 
^(píTCü UpoG otxxi^íV, y los traductoi^s no la han en- 
tendido por no tener presente que en griego los ad- 
etivos Sies;, Ca^ltjc, Updc, y otros semejantes, signi- 
fican por metáfora todo Lo que en su linea es eúi^qni- 
sito, eafcelente, lo mejor. De consiguiente, aquí dice 
Homero, con una perífrasis poética, que Hecamede 
trajo lo que nosotros llamamos pan de flor. Ade- 
más, cuando las palabras materiales no lo indicasen 
€on bastante claridad, el contexto demuestra que la 
cautiva puso en la mesa, no harina en polvo, sino 
pan. Si el poeta dice primero que les sirvió unas ce- 
bollas para que les excitasen la sed, y además una 
porción de miel, y continúa diciendo que á estos 
manjares añadió cierta cosa de harina, ¿no es evi- 
dente que esta cierta cosa era pan» y que no podía 



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365 
ser la harina misma en sustancia? ¿Ha comido nadie 
basta ahora las cebollas y la miel con harina cruda? 

Verso 4.094. hermosa taza, — La palabra griega 
8¿icac, significa en general copa ó vaso para beber; 
pero, por la descripción que Homero hace de éste, 
se ve que era lo que nosotros llamamos un cuenco 
ó tazón, en el cual echó y revolvió la esclava vino, 
queso y harina, para que luego sacase cada uno con 
su vaso la porción que quisiese. 

Verso l.iOO. el espacio llenaban. — La voz gri^a 
es v8|jLé6ovTo; y como este verbo significa comun- 
mente í?íw^, han creido algunos que q1 poeta quiso 
dar á entender que las palomas estaban como pa- 
ciendo ó en actitud de pacer, que parecian vi- 
vas, etc., pero no hay necesidad de buscar sentidos 
tan recónditos. El verbo váfjtoiJLat, primitivo del ve- 
(jL¿Oo{jLac, significa muchas veces hahita/r en algwn, lu- 
gar, estar en él, ocuparle; y esta es la Aierza que 
tiene aquí su derivado. Véase el catálogo de las na- 
ves, y allí se hallará repetida bastantes veces la voz 
¿v¿{jLovxo en el sentido de tenebant, habitahant. 

Ib. y al siguiente, y el asiento formaban otras 
dos, — Así entendió y explicó Ateneo el üTcoiru6|A¿v6í. 

Verso 4.402. ningún awm^w.— El sustantivo no 
está en el texto; pero véase en el mismo pasaje de 
Ateneo, citado por Clarke, la razón por que debe 
suplirse. 

4.388. y por su mipna gloria.-^ La expresión 
griega ¿ec áyibóv icep, in bonvm sane^ es para nos- 
otros demasiado genérica; y siendo preciso indivi- 
dualizarla, he seguido la interpretación de Madama 
Daoier y Bitaubé. 



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366 



LIBRO DUOÜÉCniO. 



Verso 17. Aguüesss f)engaba.'^E\ griego diod 
^i^vlyla interlineal traduce irascehatwr, pero re^ 
cuérdese^o dicho en la nota al verso segundo del 
primer libro sobre la verdadera significación d^ 
verbo ^iiivíci). 

Verso 468. Asió de Eirtacio. — Aquí repite el 
texto dos versos del libro segundo que en mi tra* 
duccion son el 4.400 y siguientes, y dicen: 
y desde Arisbe vino 

en un brillante carro que tiraban 

tostados corpulentos alazanes 

criados en la vega deliciosa 

del caudaloso y claro Soléente; 
pero los he omitido, porque esta inútil repetición es 
de las introducidas por los rapsodes. A lo menos, 
yo así lo creo. 

Verso 289. ó pintadas avispas. —Recuérdese lo 
dicho en la nota al verso 504 del libro quinto sobre la 
significación de la voz áioXoc, y obsérvese que Ciar- 
ke, aunque en la nota reproduce la interpretacioa 
de ágiles, flexibles, etc., conservó en la traducción 
el maculosce, Y sépase también que el icó$a< áioXov 
?icitov, que un escoliasta citaren apoyo de la opinión 
de Porfirio, nada prueba, ó más bien prueba lo con- 
trario de lo que él pretende. Este epíteto no signi- 
fica que el caballo era ligero ó ágil de pies; en este 
caso Homero le hubiera llamado icóSsc 5xuv, ico$¿p* 
xtot, ó cosa semejante. Significa que el caballo de 
que se trata tenia los pies de distinto color que el 
resto del cuerpo,, era lo que nosotros decimos i 



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367 
líralho. Apliqúese esta nota al verso 365 en la veos 

Versos 373 y 74. ni durante lapaz^ etc.— Entre 
las varias traducciones en lengua vulgar que tengo 
á la vista, sólo en la de Madama Dacier se expresa 
^coa claridad la contraposición que hay en las pala- 
Ivas griegas 3ux' ¿vi 6ouXi\, fjuxé itox' ¿v itoX¿[jL(|), 'Ho- 
mero quiso dar á entender que un buen Ciudadano 
nunca debe ocultar la verdad cuando se trata del bien 
público ; y como poeta individualiza la idea general 
indicando las dos ocasiones en que este caso puede 
llegar, y son: primera, en los Consejos que se tienen 
durante la paz; y segunda, en las deliberaciones 
que también pueden ocurrir en la guerra. Asíi Ma- 
dama Dacier tradujo bien diciendo: ni d la vüle, ni 
Á Varmée\ y los demás, que no han indicado de un 
modo ó de otro esta contraposición, han dejado vago 
é indefinido el pensamiento del original. Bitaubé 
dice: ccM dans ees aaemblées, ni au milieu des 
combats»; pero le preguntaremos: ¿cuáles ^onestat 
asambleas que se oponen á los combates? Dugas omi- 
tió el c^^; pero contentándose con decir «soit dans 
les conseils, soitdans les combats», tampoco expresó 
si los ConSejos de que se trata son de los que se ce- 
lebran en tiempo de paz, ó los que durante la guerra 
podemos llamar de Generales. Lo mismo hizo Monti 
diciendo: Né in assemblea, né in mezzo airarmi. 
Debo advertir que Alegre entendióy tradujo este pa- 
^e como la Dacier, y dijo: 

In patriam nec enim civem fas ^Mtce^ vel omíf^ 
>quemque loquL 



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368 



LIBRO DECIMOTERCIO. 



Versos 42 y i3. y los Abios, etc.— Passje sobre 
cuya inteligencia estuvieron divididos ios antiguos 
escoliasta^, y lo están los modernos traductores. 
Ante todo se disputa si la voz iSícov se ha de escri- 
bir así, ó con letra mayúscula *A6'a}v. En el pnmer 
caso, es ya un epíteto dado á los Hipomolgos, y en 
el segundo, el nombre de un pueblo. Los que siguen 
esta última opinión se fundan en que se hace men- 
ción de los Abios en algunos geógrafos antiguos, y 
en que Homero no suele calificar con cuatro adjeti- 
vos á un solo sustantivo. Los que defienden la pri- 
mera responden que los geógrafos convirtieron en 
pueblo un adjetivo de Homero, y que dando éste ¿ 
veces dos epítetos á un mismo sujeto, nada tiene de 
inverosímil que alguno le haya dado tres ó cuatro. 
Sin embargo, la distribución simétrica que se olh 
serva en la cláusula de Homero no deja duda de ifae 
el 'A6t(ov debe leerse con letra mayúscula. Y, eú 
efecto, asi está en la edición de Wolf, lá última y 
más correcta de todas. En segundo lugar, se disputa 
sobre la significación de la voz, sea sustantivo ó ad- 
jetivo, y. sobre esto hay todavía mayor división de 
pareceres. Unos quieren que se componga de a pri^ 
vativa y 6io;, el sustento, lo necesario para «mr, 68 
cuyo caso significaría pobre. Otros pretetideá que 
componiéndose de Sío*;, vida, d a sea intensiva, y 
entonces querría decir, el que vive largo tíem^ 
Otros sostienen que se compone de a colectiva y 
6tó<, el arco de tirar flechas, y así sería el que usa 
de arco. Otros la componen dea privativa y CU, ié 



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violencia^ en cuyo edso sería el que no sufre violen- 
cia, no está sujeto, en suma, el hombre libre. Otros, 
concediendo que se componga de Sis, quieren que 
esta voz signifique la fuerza corporal^ y que el a sea 
intensiva, y entonces será el /anudo. Todavía hay 
quien se empeñe en que &6(o< está sincopado por 
á(ia(;o$io<, y de consiguiente significa los que viven 
en carros y tío en casas. Y como todas estas cir- 
cunstancias se reunían en los antiguos Escitas, por- 
que todos ellos eran pobres, longevos, libres y for- 
zudos, usaban del arco, y vivían en carros cubiertos 
que les servían de tiendas de campaña, es muy difí- 
cil saber hoy la acepción que tenía en tiempo de Ho- 
mero la voz de que se trata. A mi, entre las varias 
interpretaciones indicadas, la de pobre, ó más bien, 
hombre que vive frugal y sencillamente sin conocer 
los refinamientos del lujo, me parece preferible á las 
demás, y así lo he indicado diciendo, en rústica po- 
breza. 

Versos 53 y 74. excelsa deidad: su Señor. — En 
ambos el original tiene oívixxae, y en ambos se con- 
firma lo que dije en las notas al libro primero sobre 
la significación de esta voz; pues Neptuno no era 
Rey de las ballenas ni de los caballos. 

Verso 439. y me bullen.^QjonozGO que esta voz 
es algo familiar; pero es tan expresiva, y correspon- 
de tan exactamente al (xatfjLoxixn del original, que no 
he querido evitarla. Sin embargo, si alguno la de- 
secha, puede leer: 

y ansiado pide 
la guerra y el combate, y de alegría 
sallan manos y pies, 
y así he traducido más abajo el mismo verbo (Aae(Aác*. 

Verso 629. como Dios inmortal. — Lo literal sería, 
é aura descubierta; pero esta frase castellana, muy 

TOMO III. $4 



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370 

expresiva y exacta, es por desgracia demasiado fer 
miliar. 

" Verso 916. Javelinas.—^o ignoro que el Diccio 
nario de la Academia escribe Jabalinas; pero siendo 
indudablemente el javelot francés, y resultando de 
escribirla con í y ¿i un homónimo no necesario con 
la yoz jabalina, la hembra del jabalí, me he tomado 
la libertad de variar la ortografía. Si alguno lo dos- 
aprueba, puede seguir la del Diccionario. 

Versos i .d 82 y 83. muslo, raíz del vientre. — El 
original dice nalga^ y pasando por la vejiga\ pero 
recuérdese lo dicho en la nota al verso 834 del libro 
cuarto. 

Verso 1.188. cual gusano, — Así dice el texto; y 
aunque yo no quisiera que Homero hubiese emplea- 
do esta comparación, no me he. atrevido á supri- 
mirla; ni en el supuesto de conservarla, he tenido 
reparo en emplear la voz gusano. Esta no es bsga, 
pues se emplea con frecuencia en la oratoria sagra- 
da; y si el símil, aunque muy exacto, no me agrada, 
es porque el objeto de donde se toma es algo asque- 
roso, y menos noble que el otro á que se aplica. 

Versos 1 . 193 y 94. y con ellos iba su padre.— Los 
códices y las ediciones suprimen la negación, y se- 
gún ellos, dijo Homero que el padre de Harpalion iba 
también entre los Paflagones que acompañaban al 
cadáver; pero ya los antiguos escoliastas observaron 
que siendo aGrmativa la frase, Homero se había con- 
tradicho á sí mismo; pues en el libro quinto, ver- 
so 576, deja dicho que Pílémenes, caudillo de los 
PaHagones, fué muerto de una lanzada por Menelao. 
Y como era el padre de Harpalion, mal podia ahora ir 
acompañando al cadáyer de su hijo. Eustatio, Clar- 
ke y algunos otros suponen, para salvar la contra- 
dicción, que debía haber dos jefes de los Paflag^me» 



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371 

llamados Ptlémenes; pero esta es una suposición ün. 
bitraria. Homero dgo en el libro segundo, verso 851, 
que el caudillo de aquellas tropas era Pilémenes, y 
^hora en el decimotercio, verso 642, dice expresa^; 
mente que Harpalion era hgo del Rey Pilémenes, y 
que habia venido con su padre á la guerra de Troya. 
Y no siendo verosímil que los Paflagones que á ella 
^asistieron tuviesen dos Reyes llamados ambos Pilé* 
menes, es para mi evidente que el caudillo de este 
nombre de que se hace mención en el libro segun- 
do, el que murió en el libro quinto, y el Rey de quien 
era hijo el ]óven Harpalion son una misma y sola 
persona. Leo, pues, como ya algunos propusieron, 
jAtxd $'8u <T3pi icax^ip xU. Y aunque Clarke dice quo 
esta lección no se ajusta muy bien con lo que sigue: 
icotí)^ S'ovSxec, etc., es al contrario. Esta segunda ne> 
^cion supone otra en la frase precedente. Y creo 
-que si Homero resucitase, diria que los que supri- 
mieron la primera le hicieron caer en una grosera 
contradicción, que en su acostumbrada exactitud es 
absolutamente inverosímil. Además, véase cuánto 
más interesante es la observación del poeta enten- 
ciiendo el pasaje como yo traduzco, que no del otro 
modo. Si se omite la primera negación resulta este 
pensamiento: c<Los Paflagones llevaban á Troya el 
vcadáver de Harpahon, y con ellos iba su padre der- 
raaiando lágrimas; y no hubo (para él) ninguna ven- 
rganza de la muerte del hijo.» Pero si se conserva, 
resulta este otro: «Los Paflagones llevaban, etc«, 
y ccn ellos no iba su padre vertiendo lágrimas, ni 
pudo tampoco vengar la muerte del hijo.» ¿Y por qué 
no iba en el acompañamieiito, ni pudo vengar k 
muerte de un hijo que tanto amaba? Porque él misnDO 
habia ya pereci4P) como queda dicho en su lugur. 
•4Qitién no ve coán homérico es este triste é interés 



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372 

sante recuerdo, y cuan oportuna la observación de- 
que Harpalion no tuvo quien vengase su muerte» 
porque su padre, el único ó á lo menos el más inte» 
resido en vengarle, había ya muerto? Si hubiese vi- 
vido, ¿cómo había de notar Homero que ya no podia 
vengar á su hijo? ¿Quién se lo estorbaba? Advierta 
que la Dacier, Bitaubé, Dugas, Monti, Alegre, y la 
interlineal traducen sin negación; y aun yo mismo 
leí así en otro^ tiempo. Pero habiéndolo meditada 
después, me he decidido por el sentido negativo, y 
creo que lo he acertado. Sin embargo, si yome^ 
equivoco, puede leerse así el pasaje: * 
y con ellos 

lágrimas derramando iba su padre, 

y ni del hijo la temprana muerte 

tuvo el consuelo de vengar un día. 



LIBRO DECIMOCUARTO. 



Verso 220. los tres. — El texto se refiere en ge- 
neral á los cuatro interlocutores; pero como Néstor 
no estaba herido, ha sido necesario indicarlo, para 
que los lectores no crean que el poeta se contradice» 
ó se olvida de lo que deja dicho. 

Verso 339. y á r<&tí.— Según la ortografía latina» 
este nombre deberla escribirse Téthis^ y el de la otra 
Diosa, madre de Aquíles, Tkétis; pero como en este 
caso se confundirían ambos al pronunciarlos en es- 
pañol, he querido distinguirlos, llamando lézis (asi 
se pronuncia en griego) á la esposa de Océano, y 
Tétü á la hija de Nereo. 

Verso 473. Ledo. — Esta voz, d^ la cual result6 
el leclwm latino, significa el lecko; y por eso tenía 



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373 
'este nombre la cumbre del Ida, en que según la fá^ 
bula habían yacido Júpiter y Juno. 

Verso 487. buho, — No se sabe á punto fijo cuál 
era el pájaro que los Griegos llamaban Cálcis ó Ci- 
mináis. Se conoce que era una de las aves noctur* 
lias; y por el epíteto de Ai^up^, arruta, que la da Ho- 
mero, se ve que su chillido era agudo y desagrada- 
ble. Creo, pues, que era el buho; pero si fuere la 
lechuza, como algunos quieren, ó el mochuelo, ú 
otro cualquiera^ sustituyase su nombre al de buho, 
y hágase en el verso la variación consiguiente. Ad- 
vierto que la interlineal y los traductores en lengua 
Tulgar dejan á sus lectores tan á oscuras como que- 
Carian leyendo el griego; pues se contentan con 
4ecir el ave que los Dioses llaman Cálcis, y los hom- 
4)re3 Cimíndis, 

Verso 523. al imperio de amor cédameos. — La ex- 
presión griega es algo más precisa y clara; pero ya 
-dejo advertido que esta y otras semejantes no pue- 
• <ien traducirse al pié de la letra. 

Versos 529 y 33. D&nae, Ewropa.-^l^Q añadido 
-estos dos nombres propios, porque están expresos 
los de Sémele, Alcmena, Céres y Latona, y porque 
^in ellos muchos lectores no sabrían quiénes fueron 
íahija de Acrisio, y la joven de Fenicia, No es tan 
necesario expresar el de la esposa de Ixion, ya que 
el poeta le calló; pero sepan los curiosos que aquo- 
üa Princesa se llamaba IHa. 

UBRO DECIMOQUINTO. 



Verso 179. rubias. — Según el texto, deberían sor 
-cerúleas; pero con todo el respeto debido al seifíor 
Homero, este epíteto, dado ya otras veces 4 las 



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374 
cejas de Júpiter, no puede convenir á las de Juna¿. 

Verso 336. la región del éter. — El original dice- 
la tercera porción ó parte; pero en castellano esta 
frase sería demasiado humilde. 

Versos 476 y 77. yá los pies el alma se les cayé,-^ 
Esta expresión es familiar; pero siendo palabra por 
palabra la del texto, la he conservado para que se^ 
vea la grande analogía que la lengua castellana tiene 
con la griega, y cómo las mismas asociaciones á» 
ideas se forman en circunstancias idénticas, aunque 
los hombres hayan vivido en siglos y países muy^ 
distantes entre sí. 

Versos 575 y 76. Medonte hijo bastardo era ds 
Oileo. — Aquí repiten malamente las ediciones el 
Terso 694 y los tres siguientes del libro decimoter- 
cio, en los cuales se contiene la genealogía de Me- 
donte, y se explica el motivo que le obligó á ex- 
patriarse; pero yo los he omitido en la traducción, 
porque me parece imposible que Homero repitiesa^ 
aquí tan intempestivamente lo que entonces dijo^- 
con tanta oportunidad. 

Verso 596. Al que de los navios, etc. — Hornería 
empieza esta arenga sin anticipar, como otras veces», 
el habló así, dijo en aladas voces, ó cosa equivalen- 
te; y ya los antiguos críticos notaron que no lo hizo 
sin estudio," sino que en esta repentina transición de- 
la forma narrativa á la oratoria quiso pintar la fogo- 
sidad y agitación del personaje. Así es, en efecto; 
pero en castellano es preciso indicar el enlace dé- 
ambos párrafos, añadiendo up dijo, asídeda^ ú otr^ 
fórmula de transición. 



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375 



L1BR0 DECIMOSEXTO. 



Versos 228 y 29. Tal tobillo, etc. —La traduc- 
ción literal de los dos versos griegos, que ya hemos 
visto en el libro tercero hablando de Páris cuando 
se armó para combatir con Menelao, y en el undé- 
cimo tratándose de Agamenón, sería: «puso alrede- 
dor de las piernas las grevas hermosas, y unidas con 
sobretobillos de plata;» pero para que el lector su- 
piese lo qué eran estos sobretobillos sería necesaria 
una nota en que se dijese que las grevas, siendo 
uno9 como botines de metal, tenían en la parte que 
caia sobre el tobillo unas abrazaderas con que se su- 
jetaban. Para evitar, pues, esta nota, no emplear la 
voz sobretobillos desconocida en castellano, conser- 
var el epíteto, y expresar al mismo tiempo su valor 
etimológico, he dicho en los tres pasajes: . 
puso primero las bruñidas grevas 
de las piernas en torno, y al tobillo 
las ajustó con argentados broches. 
Verso 290. y Álos fuertes guerreros, etc. — El 
texto, aquí y en otros pasajes dice íit/coo?, c<á los 
caballos», para indicar los caballeros, la caballería; y 
si se dyese así en castellano, se pudiera creer que la 
caballería en el sitio de Troya era como ahora, gente 
montada en caballos. Pero no consistiendo entonces 
en simples jinetes, sino en carros do guerra, desde 
los cuales combatían los principales campeones, he 
dicho siempre que ha ocurrido la misma expresión 
«caudillos, ó guerreros, que combatían desdo los 
carros.» 
Versos 300 y 301. que vestía de variado color 



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376 
fvisrte coraza. ---Xa vaz griega es áto^oOtbptjJ, y sol>re 
ella vuelve Clarke á recordar la interpretación de 
Porfirio; pero para convencerse de (}ue esta es equi- 
vocada, basta este solo pasaje, además de. los otros 
que dejo marcados. La palabra,, según el genio de la 
lengua griega, significa, y no puede significar otra 
cosa, hombre que tiene puesta vma coraza^ á la cual 
conviene el epíteto de &io\r[. Este significará lo que 
se quiera; pero es de toda evidencia que califica á 
la coraza y no al hombre que la lleva. ¿Cómo, pues, 
ha de significar lo que pretende Porfirio, es decir, 
hombre que mueve con agilidad la coram? El mismo 
Clarke, conociendo cuan violenta sería esta inter- 
pretación, procura suavizarla, diciendo: «Thoracem 
(Corpus suum thorace indutum) agiliter motans.» 
Pero, como ya dije antes de ahora, esto es hacer 
significar demasiado á las palabras griegas por sos- 
tener la opinión singular de un hombre que vivió 
doce siglos después de Homero. ¿Y no será más ra- 
cional que adoptemos la interpretación de los esco- 
liastas y gramáticos anteriores á la era vulgar, se- 
gun los cuales el ¿ícoXoc de Homero es sinónimo de 
icotxíXoc, sobre todo cuando la- siguió Vii*gilio, qué 
tan estudiado y bien entendido tenía al modelo que 
imitaba? 

Versos 776 y 77. ¿Sólo ahora tenéis ligeros 
jh;^,??— Adopto la segunda interpretación de las dos 
que propone Clarke, la misma que prefirió Eustatio; 
y en consecuencia leo con interrogación, como pre« 
vino Ernesti. 

Versos 919, 20 y 21. Cuando ya vacio, etc.— Se- 
gún el texto que se halla en las ediciones debería 
decirse: «luego que ellos, los caballos, abandonaron 
el carro de sus señores»; pero entonces Homero ha- 
bría dicho un disparate. ¿Cómo ios caballos habían 



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de ponerse en fiiga luego que abündonaron el carro, 
si estaban uncidos á él? Asi, leo y debe leerse con- 
tra todos los códices y todas las ediciones, iitú Xí- 
«ov ápiAa-:' áváxxei;. Estos, es decir, Sarpedon y sa 
escudero, fueron los que abandonaron el carro; el 
primero cuando saltó en tierra para combatir á pié 
(verso 4!26),y el segundo cuando fué herido y muer- 
to por Patroclo (verso 465); y entonces fué cuando 
los caballos, que sintieron vacío el carro, echaroa 
á correr, y los Mirmidones los detuvieron. Toda- 
vía son necesarias estas correcciones en la Iliada 
después de tantos siglos, y por no haberlas hecho 
aparece desmemoriado é inconsecuente en algunos 
pasajes el escritor más puntual y exacto de todos 
los que hablaron por inspiración divina. 

LIBRO DECIMOSÉTIMO. 



Verso 19. que aun le quedaba, — Estas palabras no 
están en el texto; pero en castellano es preciso aña- 
dirlas para que no crean los lectores que el poeta se 
ha olvidado de lo que deja dicho, á saber, que Pa- 
troclo perdió antes de morir el casco, el escudo y la 
coraza; lo cual supuesto, ya no podia ahora Euforbo 
desnudarle de todas las armas, sino de las pocas 
que aun tenía, como las grevas, el tahalí, la espada, 
y la plancha de metal que llevaban debajo del cin- 
turón. 

Verso 9i, que con los de las Gracias competían. 
— ^El original dice que los cabellos de Euforbo eran 
semejantes á las Gracias; pero claro es que no 
podían serlo á las personas mismas. Por eso h^ 
dicho para mayor claridad que eran parecidos á los 
cabellos de las Gracias. 



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378 

Verso 202. y el corazón se le encoge.-^JA^ 

de esta frase lo que ya he dicho del se ahwtre, me 
tullen^ caerse el alma á los pies. Es algo familiar; 
pero corresponde tan exactamente al ica^^vooxai grie- 
i;o» que seria lástima no emplearla. 

Verso 373. á sv, talle acomodada.^E&idi es la 
verdadera y única significación de la expresión 
griega "Exxopt o'iipjxo<;e teuj^e' iicX xpot; y en este 
mismo sentido la vimos empleada en el libro tercero 
(verso 333), y el traductor latino dijo bien: «Hectori 
autem apta erant ad corpus.» Y, sin embargo, no 
ha faltado escoliasta que, haciendo transitivo al verbo 
ápjxóíu), ha pretendido que debe traducirse así: «Jú- 
piter (nominativo tácito según él) acomodó á Héctor 
las armas alrededor de su cuerpo», esto es, las esti- 
rajó, ó acortó, para que le viniesen bien. Y lo peor 
es que Madama Dacier, Bitaubé, Dugas y Monti, 
y quizá algún otro que no tengo presente, han adop- 
tado esta ridicula y violenta interpretación. Sin em- 
bargo,* con un poco de atención hubieran visto que 
en el lugar citado del libro tercero el nominativo 
es 6<í)p7i{, en el verso 385 del libro decimonono es 
Ivrea, y aquí teój^ea; y de consiguiente que en nin- 
guno de ellos el verbo es transitivo, ni puedo tener 
por sujeto á Páris, Aquíles, Júpiter, como deberían 
serlo si la construcción gramatical fuese la que ellos 
suponen. Alegre no tradujo literalmente, pero di- 
ciendo «armabatur Héctor» parece que tampoco en» 
tendió bien la frase griega. 

Verso 4.093 y siguientes hasta acabar el párrafo. — 
El estar incluidos en paréntesis cinco versos del ori- 
ginal (el 6i2 y siguientes hasta el ^16), y el no 
haber empleado el poeta los nombres propios sino 
los demostrativos, ha sido la causa de que este passje 
resulte oscuro, y aun esté errado en varias traduce 



dby Google 



379 
dones. Pnedeii verse las de Madama Dacier, Bitau- 
bé y Monti, y se hallará una especie de algarabía por 
haber referido sus autores el ireCóc del verso 613 y 
el T(p del 615 á Meriónes, cuando en realidad se re- 
fieren á Idomeneo. No las copiaré para no alargar 
demasiado la nota; pero para que se vea hasta qué 
punto puede cegarse un traductor cuando no llega á 
comprender bien el original, citaré solamente estos 
versos de la de Monti: 

Venüto egli era (habla de Cerano) 

dalla splendida Litto in compagnia 

di Merioni che di questa guerra 

al cominciar, sue navi abandonando, 

venne ad Wio pedone. 
¿Pudiera uno creer, si no lo viese, que todo un 
Monti haya estampado el disparate de que Meriónes 
fué á pié desde Ci*eta al Asia menor, habiendo mar 
de por medio? Debo advertir que Dugas entendió 
bien el pasaje, y le tradujo como yo le tenía tradu- 
cido mucho antes de ver su obra. 



LIBRO DECIMOCTAVO. 



Versos 25 y 26. y que con Héctor^ etc. — Estas 
palabras de Aquües favorecen mucho á los que en el 
libro decimosexto insertan, entre el verso 82 y 83, 
este otro, citado por Diógenes Laercio: tóuc aXXouc 
Ivápt?', 4itd S' "Exxopoc Tj^^so xsTpa<;, «mata á los de- 
mas (troyanos), pero abstente de venir á las manos 
con Héctor.» En efecto, sin este verso no se ve cómo 
ahora dice Aquíles que había prevenido. á Patroclo 
que no pelease con Héctor, porque en todo su dis- 
curso, tal como hoy está, no se halla semejante ad* 



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380 
vertencia, sino la general de qtie 9e retirase Inego 
que hubiese salvado las naves, y de que no llevase 
la hueste hasta los muros de Troya. Sin embargo» 
no hallándose aquel verso en las ediciones y ni aun 
en los códices que CKísten, no me he atrevido á in* 
sertarle. 

Verso 859. mientras vivió. — Esta proposición in- 
cidente no está en el original; pero en castellano es 
absolutamente necesaria. Porque nosotros no pode- 
mos decir de una constelación que es valerosa ó 
fuerte, ó robusta, ni estos epítetos pueden convenir 
á la de Orion, sino en cuanto supone la fábula que 
éste fué mientras vivía un hombre valiente, un ro- 
busto cazador y famoso guerrero, y que á su muerte 
fué trasladado al cielo y trasformado en la constela- 
ción que hoy lleva su nombre. 

Versos 860 y siguientes, que siempre gira, etc. — 
Estos cuatro versos, por los cuales han dicho algu- 
nos que Homero no sabía astronomía, prueban al 
contrario que no ignoraba lo que de esta ciencia po- 
día saberse en su tiempo. Véanse las notas de Clarke. 

Verso 1.008. el Rey. —La Dacier tradujo. «Le 
seigneur de cette terre», el amo ó dueño de aquella 
heredad: y Bitaubé, Dugas y Monti, íiunque emplean 
los dos primeros la palabra Roi, y el tercero la de 
Sire, entienden, según parece, esta palabra en el 
sentido que aquella traductora. Sin embargo, la voz 
griega SaaiXeí»;, que siempre significa Rey y ó á lo 
menos persona Real, Príncipe, y los heraldos de que 
se hace mención, no dejan duda de que Homero ha- 
bló de un Rey que está viendo segar su propia cose- 
cha. Ya se sabe que en aquellos siglos de mantenían 
los Reyes, no sólo con los tributos que les pagaban 
los pueblos, sino con el producto de sus bienes pa* 
trimoniales. 



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384 

Verso 1.039. de Uno U canci(m,^YA decir, la 
canción en que se lamentaba la muerte de Lino, cé- 
lebre poeta anterior á Homero. Los que han tradu- 
cido la voz griega XCvov, por cv>erda de la cítara, se 
han equivocado- Véase la nota de Clarke, adicionada 
por Ernesti. Adviértase que cuando Homero dice 
más arriba que se oia el canto de himeneo, y aquí 
indica la canción que el muchacho iba entonando 
en voz baja, quiere sólo dar á entender que por las 
actitudes de las figuras se venía en conocimiento de 
que las del primer cuadro iban entonando el canto 
nupcial, y este muchacho la canéioja que solian catr- 
tar los vendimiadores cuando volvían al pueblo con- 
cluida su tarea; en lo cual manitiesta cuan al vivo 
estaban hechos estos bajos relieves. No se crea, 
pues, que las figuras iban realmente cantando, y que 
los espectadores del escudo oian sus voces y cán- 
ticos. 



UBRO DECIMONONO. 



Verso 133. descansará después. — El texto dice 
doblará las rodillas; pero esta es una perífrasis poé- 
tica para decir se asentará, Y como conservándola 
en castellano no hubiera quedado bastante claro el 
sentido, he explicado el pensamiento. Algunos han 
entendido que se trata de poneree de rodillas para 
dar gracias á los Dioses; pero su interpretación c6 
forzada y falsa. Véase la nota de Clarke. La misma 
frase encontramos ya en el libro sétimo, verso 118 
del original. 

Versos 163 y siguientes, la triste Diosa, ele. — 
Todo csle passú6 mitulógico, en que el error que á 



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382 
veces comete el hombre y le acarrea graves daños, , 
está personificado y representado como una Divini- 
dad llamada Ate, resulta necesariamente oscuro en 
las traducciones vulgares. Yo he procurado darle 
toda la claridad que me ha sido posible. 

Versos 478 y 79. si acaso deja á la otra libré.^ 
Todas estas palabras son necesarias para expresar la 
fuerza de la partícula ^e. 

Versos 471 y 72. ni he logrado de ella fdngunfO' 
vor. — Vaga es y familiar esta expresión; pero lo es 
igualmente la griega Suxe le^ ¿iXXou. Y como esta no 
fué escogida sin designio, no he querido emplear al 
traducirla otra más precisa y elegante. 

Versos 491 y 92. de irresistible ftierza arrastrch 
do. — Esta es la verdadera significación del ¿{xift^^avoc 
griego, literalmente, sin poder hacer otra cosa, sin 
arbitrio para dejar de hacerlo. La interlinial lo erró 
diciendo: «mala struens.» Madama Dacier, Bitaubé y 
Dugas se dejaron por traducir esta palabra tan im- 
portante; y Monti, extraviado por la interlineal, dyo: 
«per farmi oltraggio.» 

Verso 533. en legítima unión, — Recuérdese lo 
que en las notas al libro primero dije sobre la signi- 
ficación de la frase xouptSíiiv oíXo^^ov, 

Verso 565. el ánimo. — Para enseñanza de los 
principiantes haré una observación sobre esta pala- 
labra.. Si yo hubiese dicho: «nada alegrar el coraton 
podía», el verso hubiera resultado más lleno, ro- 
busto y sonoro; pero no hubiera pintado también el 
estado de abatimiento y dolorosa languidez en que se 
hallaba Aquiles, como empleando la voz ánimo, la 
cual por ser esdrújula retrae la cesura á la octava 
sílaba. 

Verso 592. que es su gloria . — El griego dice: «de 
tin hijo tal», palabra miiy enfática que la Daoier» Uvh 



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383 
gM y Monti dejaron de traducir; y no hicieron bien 
por cierto. Bitaubé conoció que era importante y la 
tradujo, pero con esta expresión estudiada: «dont la 
valeur Thonore.» 

Verso 687. desde el mar, — Véase la nota de Er- 
nesti sobre el verso 375 del texto, y só conocerá 
4)uán fácil es equivocar el sentido ateniéndose á la 
versión interlineal latina. Aquí, según ella, parece 
que la llama está ardiendo en el mar. 

Verso 702. á su talle ajustadas.— VxyéXs^'^ á leer 
lo que dije en la nota al verso 373 del libro décimo- 
sétimo. 



LIBRO VIGÉSIMO. 



Versos 244 y 45. Ernesti desecha el verso griego 
que corresponde á estos dos, y es el 435; pero el 
contexto manifiesta que es absolutamente necesario. 
Suprímase, y se verá el vacío que resulta. 

verso 487. que se llevó consigo. — Esta circuns- 
tancia no está expresa, pero se infiere del contexto; 
y en la traducción es necesaria, para que se vea 
cómo la pica pudo estar clavada en el escudo y en 
la tierra al mismo tiempo. En efecto, si suponemos 
que pasó por el agujero que hizo en el escudo, íjue 
€Ste quedó en manos de Eneas, y que ella fué á caer 
«n tierra y allí se clavó, no se ve cómo luego tuvo 
Neptuno que arrancarla del escudo. Si no estaba fija 
en él, ¿cómo habla de sacarla de donde no estaba? Y 
si estaba clavada en el escudo y éste permanecía en 
manos de Eneas, ¿cómo ella podía estar al mismo 
tiempo en el aire colgando del broquel y clavada en 
el suelo? Esto es evidente; y por no haberlo explicado 



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384 
bien algunas traducciones, queipa en ellas bastante 
oscuro el pasaje. Véanse las de Bitaubé, Dugas y 
Monti. Sin embargo, sus autores pudieron haber visto 
en la de*Madama Dacier que ésta, al decir que la pica 
de Aquiles había atravesado el escudo de Eneas, 
añade: agui y demewe attaché.n Recuérdese lo que 
dije en las notas al libro primero hablando de aquella 
célebre helenista, á saber, que aunque su estilo eí 
algo familiar y su traducción demasiado perifrástica^ 
y alguna vez está equivocada; ella, sin embargo, a^ 
la que en general entendió mejor á Homero. 

Versos 778 y 79. y furibundo por cuarta vez^ ele. 
—También aquí desecha Ernesti el verso del origi- 
nal, y me parece que tiene razoc. En efecto, no es 
verosímil que habiendo acometido Aquíles inútil- 
mente y por tres veces á la niebla, repitiese por 
cuarta vez la acometida. Sin embargo, no he querido 
hacer novedad. El verso de que se trata está tomado 
del libro decimosexto, y es allí el 703. 

Verso 887. polvo, sangre y sudor. — Todo esta 
signiñca lo voz griega XúOpcp, y la versión interlineal 
lo expresa bien, diciendo; Qruore et sudore puherw^ 
lento. 



LIBRO VIGÉSIMOPRIMERO. 



Verso 42. y para detenerlos en tafuga.^-X^ bas 
observado otros que Madama Dacier erró la traduc* 
cion en este pasaje, y lo que es peor, se empeñó en 
sostener sü equivocación, esforzándose á probar que 
Juno cercó de niebla á losTroyanos para facilitarles 
la fuga, cuando el griego dice expresamente que le 
hizo para detenerlos en ella, ¿pu)c¿(t.ev. Y yo lo ad* 



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vierto también para que se vea cuan fácil es equivo- 
carse cuando en Homero se huscan sentidos recón- 
ditos y estudiadas sutilezas. Así, aquí se engañó 
aquélla excelente traductora porque creyó ver en la 
acción de Juno cierto refinamiento de crueldad, por 
el cual la Diosa favorecía la fuga de una parte del 
ejército para que el vencedor Aquiles pudiese más á 
su salvo acabar con la otra mitad. Tales alambica- 
mientos no son del gusto de Homero. 

Versos 280 y 84 . de los Pernios soy el caudillo.-^ 
Graciosa es la nota de Bitaul)é sobre este pasaje; y 
quiero traducirla, para que se vea hasta qué punto 
pueden extraviarse los come ataderos cuando susti^ 
tuyen ingeniosas conjeturas á la sencilla narración 
de Homero. Habia dicho en la traducción Bitaubé: 
<cYo he venido de las remotas provincias de la fértil 
Peonia,» y queriendo dar la razón de un hecho que 
no lo necesita, dice en la nota: «Sin duda para suce- 
der á Pirécmes, que habia acaudillado á los Peonios, 
y ha sido muerto en el libro decimosexto.» Pero si 
esta muerte se verificó el dia anterior, ¿cómo en el 
espacio de algunas horas habia ya llegado á la Peonia 
la noticia, y los Peonios habían enviado otro General? 
Además, si el mismo Asteropeo añade inmediata^ 
mente que hace ya once dias (jue llegó, ¿cómo pudo 
venir á suceder á Pirécmes, que entonces aún estaba 
vivo y sano? 

Versos 285 y 86. que derrama sobre la tierra, etc. 
— Creo que el verso del original está malamente re- 
petido del libi*o segundo, donde también se halla 
al <850; pero no siendo aquí del todo inoportuno, 
porque sirve para realzar la alta idea que de su orí- 
gen quiere dar Asteropeo, no he tenido por conve- 
niente omitirle, y más cuando se llalla en todas las 
edicioiies y en muchiámos códices. 

ami lii* « 1& 



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Verso 600. Sus, hi^o «»t<i. — El original dif56 
eqjito mió, y los antiguos calificaron de graciosa esta 
expresión, porque es una como caricia que Juno hace 
á su hijo para obligarle á obedecerla prontamente. 
Pero, concediendo que así soa, se ve también que 
este cariñito en boca de una Diosa, y dirigido, no á 
un niño de corta edad, sino á un barbón, y al tizna- 
do gigantesco numen de que se nos habló en el libro 
decimoctavo, es demasiado familiar, y aun tiene algo 
de ridículo para nosotros- He sustituido, pues, otra 
expresión de cariño, pero más noble: 

Verso 696 y siguientes, y m períetrcrnte voz, etc. — 
El original dice más concisamente: «el vasto cíelo 
tocó la trompeta.» Pero, como esta metáfora es de- 
masiado atrevida para nosotros y en castellano pare- 
cería dura y estudiada, ha sido preciso reducirla á 
comparación formal, para que ol pensamiento quede 
más claro. 

Verso 709. cual impartwna mosca.— -lÁgo lo mis- 
mo que en el anterior. La metáfora del original no 
podría pasar en castellano. La he convertido, pues, 
en símil ilustrativo. 

Verso 8i9. á los dos las orejas cortaría, — Los 
traductores franceses no se han atrevido á traducir 
tan literalmente la frase griegíí, y han recurrido á 
perífrasis más ó menos vagas, ninguna de las cuales 
dice con claridad lo que Laomedonte se proponía 
hacer con los Dioses sus jornuleros. Pero, no ha- 
biendo Monti reparado en decir en italiano: 
e mozM inoltre ad ambedu(> Vorecchie, 
he creído que tampoco debía yo tenerle en decir, á 
los dos las orejas coriaria. 

Versos 859 y 60. así la dijo en injuriosas arro* 

gantes voces. — Ernesti quiere que se borre el verso 

' 480 del texto que corresponde á estas psdabrdB, y 



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887 
que se supongar tina reticencia; pero yo creo 'que 
esta sería demasiado violenta, y que el verso es ne- 
cesario. Y sin duda pensaban lo mismo los copistas 
y editores que le han conservado. j 



LIBRO YIGGSIMOSEGUNDO. 



Versos 121 y 22. délas torres arrojoAos mis nie- 
tos. — ^El texto dice: «arrojados á la tierra los niños 
pequeños,» pero como se alude al género de muerte 
de que según las predicciones de los oráculos debia 
morir Astianacte, he indicado la alusión. De otro 
modo no la hubieran entendido la mayor parte de 
los lectores. 

Ib. y siguiente, mis nupciales tálamos profaHO' 
dos, — Esto es lo que Homero quiso decir con la ex- 
presión genérica, tillamos devastados ó destruidos. A 
lo menos así lo han entendido Bitaubé, Dugas y 
Monti. Madama Dacier indipa la misma idea, aunque 
con menos claridad, diciendo: «les appartements de 
mesfemmes forcés.» 

Versos 123 y 24. y asolada esta ciudad enhene- 
ral ruina, — Esta es también toda la fuerza de la ex- 
presión griega ¿v átvfl 8i(iVoxfixt, ingravihostili-vasta- 
tione. 

Versos 174, 75 y 76. ni la esposa que un dia de 
su mano, y sus muchas alhajas y riquezas^ dueño te 
hizo feliz. — Todas estas palabras son necesarias para 
expresar la fuerza del epíteto woXúStopoí; que algunos 
traductores han omitido, y á mí me parece preciosa 
é interesante. 

Verso 242 y siguientos. No es tiempo ya de entre.^ 
tener á Aquíles^ etc .—Literalmente: «no es tiempo ya 



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do hablar con éste sobve la encina y la piedra, como 
la doncella y el mancebo» (se entiende, hablan uno 
con otro). Esto pasaje sería ininteligible para nos* 
otros si un antiguo escoliasta no le hubiese explica- 
do, enseñándonos que siendo uno de los cuentos de 
viejas, como nosotros decimos, el de que los hom- 
bres primitivos hablan nacido de las piedras y de los 
troncos de las encinas, la expresión, hablar de la 
encina y la piedra, era entre los Griegos un prover- 
bio ó adagio, con el cual daban á entender que se- 
contaba algún cuento fabuloso. Véase la nota de 
Clarko, la do Bitaubé y otras á este pasaje, y se co- 
nocerá por qué yo he reducido la frase á la general 
de «entretener á Aqníles con anticuas consejas.!» 
Nótese la enérgica y enfática repetición de doncellas 
y mancebos, y recuérdese lo que sobre ella dije en 
el examen. 

Verso 340 y siguientes. Tri/orme Diosa, etc.— 
Los del original que á ellos corresponden están re- 
petidos del libro octavo; pero, siendo aquí distinto 
el objeto á que se aplican- las expresiones genéricas 
del texto, ha sido necesario variar la traducción. Allí 
el 6u vo xt GujA(p 7cpó©povt (x\>Oso{jLae, no hablo con áni- 
mo resuelto, se aplica á la destrucción total del ejér- 
cito, y aquí recae sobre libertar á Héctor de la 
muerte á que el hado le destinaba. 

Verso 59"2. sonriyéndose, — Esta circunstancia no 
está expresa en el original; pero siendo verosímil, y 
la única pincelada que falta para completar el cuadro, 
me he tomado la libertad de.introducirla. Si alguno 
lo reprueba, sustituya el ocioso, y en la situación 
casi ridículo, epíteto del texto, y lea: el mleroso 
Aqníles. Para mí no hay duda en que, ál clavar éste 
8u lanza en el cuello de su enemigo, debió manifes- 
tar con una amarga sonrisa el placer que sentía su 



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corazón. He dicho que el epíteto de mlenm es aquí, 
no sólo de fórmula, sino casi ridículo; porque en 
efecto, para matar á mansalva á un hambre desar- 
mado, pues la espada de Héctor es como si no la 
tuviese, no era necesario mucho valor. 



UBRO VIGÉSIMOTERCERO. 



Versa 65. y no poco trabajo les co8tara.---K\^ 
familiar es la frase castellana, y fácil me hubiera sido 
sustituir otra que no lo fuese. Pero corresponde 
aqueHa tan exactamente á la griega, que de intento 
no he querido variarla. Además, si yo no me engaño 
mucho, una ú otra de estas frases del trato común, 
y sobre todo en pasajes puramente expositivos, 
como lo es el presente, contribuyen admirablemente 
á que las traducciones de Homero conserven el sabor 
de antigua sencillez que le caracteriza. Sin embargo, 
no quiero decir que por esto ha de ser el estilo pro- 
saico. Ni lo es el verso de que se trata; porque el 
solo arcaísmo de les costara, por les habia costado^ 
hace ya poética la dicción. 

Verso 478. pero cuerpo, etc.— Que esta sea la 
acepción que tiene aquí la palabra griega «ppivec, lo 
demuestra la traducción de Virgilio tenties sine cor- 
pore vitas (Eneida, libro 6.^, v. 292). 

Versos 261 y 62. hecatombe.,, de cincuenta cor- 
deros, — ^Este solo pasaje probaria, cuando otros tes- 
timonios faltasen, que ya en tiempo de Homero las 
hecatombes no consistían en den víctimas precisa- 
mente: bastaba que se 3acríficase un número consi- 
derable. Y de aquí resulta que cuando en otros luga- 
res se ha dicho mmerosa hecatombe no se ha faltado 



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á la propiedad del letíguaje, aunque la voz signifiqna 
etímológicamente el número determinado de cien 
bueyes. El uso la hacia ya sinónima de sacrificio en 
que se degollaban muchas reses, y fuesen estas bue- 
yes, ovejas ó cabras. Aquí se demuestran ambos ex- 
tremes, pues tenemos una hecatombe que no es de 
bueyes^ sino de cameros, y en la cual solo se ofrecen 
cincuenta. 

Verso 4.373 y siguientes, cuan cercano, etc. — 
Sigo la interpretación de Madama Dacier. Otros creen 
que aquí se tratado la mujer que está tejiendo; pero 
en este sentido no es fácil explicar cómo la naveta ó 
lanzadera está cerca del pecho de la tejedora, siendo 
así que esta la hace correr de un lado al otro á bas- 
tante distancia; ni cómo la tiene sujeta al pecho, es- 
tando aquella en continuo movimiento. Además, 
1.°, la naveta no se llamaba en griego xavtbv, sino 
y,epxí<;. Lo hemos visto en el verso 448 del libro pre- 
cedente; 2.®, significando xavcbv una vara derecha 
(por la cual se llamó asi la regla que sirve para me- 
dir distancias lineales), se ve que aquí debe significar 
el cilindro alrededor del cual se va envolviendo el 
hilo que se extrae de la madeja cuando se está deva- 
nando; en suma, el devanador. Y como por el con- 
texto parece que este era bastante largo, y que el un 
extremo estaba asegurado al pecho de la mujer, le 
he llamado hvbso, aunque este sea propiamente el que 
sirve para hilar. Lo mismo hace Madama Dacier. Ad- 
vierto, finalmente, que en el verso 762 la verdadera 
lección es sap^vc [ilxou. 

Verso 4.380 y siguientes. T en la huella mis- 
im, etc.— Este es el verdadero sentido del 765 del 
original perfectamente explicado por Macrobio. Sin 
embargo, la Dacier, Dugas, Bitaubé y Montilehan 
oijuivocado, diciendo los cuatro que Ulíses ponia su 



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pié en la misma huella de Ayax antes que el polvo 
se levantase de ella, debiendo decir: antes que el 
polvo ya levantado volviese á caer sobre ella. Véase 
en la nota de Clarke el pasaje de Macrobio. 

Versos 1.605 y 6. y en las manos, etc.— Aquí se 
equivocó Madama Dacier, creyendo que Agamenón 
dio en propiedad á Taltibio el premio que recibía de 
mano de Aquiles, lo cual hubiera sido manifestar 
que no le estimaba en mucho. No es eso lo que Ho- 
mero quiso decir, sino que se le dio para que lo 
llevase á su tienda. Lo he expresado, pues, para 
quitar toda duda. 

LIBRO VIGÉSIMOCÜARTO. 



Versos 439 y 40. cual de la nube, etc.— En el 
original hay un solo epíteto que literalmente signi- 
fica, tiene pies de tempestad, esto es, que camina con 
tanta celeridad como las tempestades. Pero siendo 
aquella metáfora demasiado fuerte y atrevida para 
nuestros analíticos oidos, y debiendo resultar algo 
•oscura, la he reducido á comparación y sustituido á 
la tempestad el relámpago, que siempre las acompa- 
ña y camina con más rapidez que la nube de donde 
sale. 

Versos i 49 y 50. Entre las expresiones griegas 
que á ellos corresponden, hay un verso entero en 
el cual se dice que el anzuelo iba metido en un tubo 
de cuerno de buey, sin duda para que los peces no 
rompieran el sedal; y yo le he omitido. Porque esta 
noticia; preciosa sin duda para los arqueólogos, es 
;harto inútil y fría en un poema; é intercaloda en este 
pasaje, le quitaría su principal mérito, que es el de 
te concisión y rapidez en el estilo» necesaria pai» 



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S9t 
imitar la del vuelo ó caída de la Diosa. Sin embargó, 
si alguno echa meaos aquella circunstancia; intercaUi 
entre los dos versos este otro: ay can tubo de cuemú 
preservado»^ y verá qué mal efecto hace. 

Versos 237 y 38. el consuelo de sus penas, etc.— 
La expresión griega es algo más precisa y clarii, 
pero ya dejo advertido que las de esta clase ño deben 
traduci7se con demasiada fidelidad. 

Verso 300. nmy ceñido. — ^El original dice en la 
sola palabra ¿vxuicác que el anciano tenía tan sgustada 
al cuerpo la túnica con que estaba cubierto, que se 
dístínguian todos los contornos; pero ¿qué lengua 
vulgar puede expresar con una voz soía tantas ideas 
á un tiempo? No pudiemio, pues, hacerlo con una 
frase castellana, me he limitado á decir que estaba 
tan ceñido con la túnica cuanto le era posible. 

Verso 474. de mujeres ajenas. — ^El texto dice 
solo seductores; pero como en este rasgo zahiere 
Príamo á Páris, he indicado la especia de seducción 
de que se trata. , 

Versos 477 y 78. que criara desvalido pkhijfo.-^ 
Toda esta fuerza tiene aquí la voz griega ¿m84|JL(oc. 
Esta da á entender que los hijos de Príamo robaban* 
para sus francachelas corderos y cabritos en el pue- 
blo, es decú», á la gente del pueblo, do la plebe, á 
los pobres que no podían oponerles resistencia. ¿Y 
cómo sentirán toda esta fuerza los que lean en la 
'\VL\/dñ\nid2Xpv^lici raptores? ¿No entenderán que el 
públicos se opone á secretos, clandestinos, ocuUo^ 
Asi, en efecto, lo entendió Bitaubé, pues tradigo dsi 
ravisseurs publics. Sin embargo, la Dacier habia ya 
traducido bien, diciendo: ils ne font que ramger Ist 
troupeaux de wm peuple.n* Dugas ha exjireaado It 
misma idea« 



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