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Full text of "La literatura española en el siglo XIX."

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LA LITERATURA ESPjVÑOLA 

EN EL SIGLO XIX 



LA 



LITERATURA ESPAÑOLA 



EN EL SIGLO XIX 



P. FRANCISCO BLANCO GARCÍA 



ProfsaoT «n «I Keal Colegio del EicorltL 



PARTE SEGUNDA 

COH LAS LICENCIAS BECEISABIAS 
S*a«ada «dleléa. 



MADRID 

SAeiB it J«berm HmiauoM, fdlton*. 

CbxqNmwiHt, ID. 

1903 



PARTE SEGUNDA 



^^ ^"*' '*^ "'*" '*' '*' "'" ''^ "i^ 'i^ "i^^ ^ 



PARTE SEGUNDA 



CAPÍTULO PRLMERO 

TRANfTORMACIOSES t>E LA LlTF.RATtTÍA ESPAÑOLA D^DB 
nm A IW -CAfSA*i WTGRIORE-S V KXTERrORES 



la IIUrKrli*. Ui ■v»Btnil ilr ^nvlortm* i>a Huitrli. - !■•• 
|HTt*ilk-»a. Nanra* laHamrlK* (raaBplrrnáica*. - OaaiUm 
patitUoa J anclaln ilr la narjna, - IfMarlMlmta raUltrt. 

He recordado en otni parte que Saintc-Beuvc daba. 
por dcTinítívnmcntc concluido en 1848 el ciclo 
romántico fTiinc<>s. Otro tanto cíibe deeir del es- 
puflul i-on bs oportUDiis «uilvi-daJes; porque L*n uquetUí 
ferhn, y en los aflos inmctliucunentc posteriores, es 
mando «te t-omíi-nzan ¡1 notar r.\f;igas Je inspirai-iOn 
na.-c!i. vislumbres de nnnrti.- distinto Jcl hastii entonces 
■ rnlizado, Icndcndas simuUrtnesis en los autwcs y 
en d piiMiro A eambinr estilos y grustos, y A adoptar 
una ■ '■■ -•' ■ riin no Nen Jctmidií al pruielpio, y que vie- 
ne i'i con las mcKÍitn'.n-iones lentamente verifi- 
cadas en bi& esícriis politicn. socüil y rclíKiV*sa. 

L«s rorifcos lili rumanlirismo qUf ;nín vivían rn- 
mudei-Jerun. romo Kuriiüa. (V scattmiM.Tíirun ¡\ his vxi- 
penrias del tiempo, como HnnzenbuM'h y GarcLi Gu- 
tii-rfvz. mientras los tópicos y txtrcmosiJadcs drlaan- 
tiru-Kla escuela fueron relegados ¡1 los novelones, y no 



8 UA LITERATIIIL\ ESPAROI.A 

encontruhin partiJarios sido entre ¡luiorcilJos de última 
flia, ;iunque, jxir desgracia, lojjrasen mucha aceputcMn. 

La inopia de cultuní literaria fue el cariictcr seneml 
de los romAnticüs, y no pocos dejaron de svrlo al entre- 
ver en el estudio Iiorízontes cuya existencia no suspe- 
t-|i«h:in. La edad, que no iransiurre en vano pora los 
ingcnÍKs su]K;riores, el trato de personas crudlcaa, y aun 
el fiimiliar de antí^uus camamdíis de colegio, contribu- 
yeron :l re.<^(rcir en algunos conspicuos miemhrus de la 
Keneracidn del ano 3-") los jrruves perjuicios irrojiados 
por la ¡(rnoranjciii. 

Coiindo el Liceo dtsapcirccúi. y en la marcha del 
Ateneo se notaMn síntomaíi de ostensible decadencia, 
los penittes de la literatura se trasladaron al recinto do- 
méstico, y iiís moradjujücalg-unus prohombres politices 
6 de meros litenitos se vieronionvertidii> en academias 
del huen giisto, templos de Apolo y lugares de refugio 
para las musas, donde se dcnochabn ct ingenio en sa- 
ladiis improvisacionas, si- distutían lus obras de los con- 
lcrtulíi>s. y sé disertaba sobre tcmits de arte y erudición. 

Lu m&* jintígua de uücs reuniones ' era taqúese- 
mnnalmente se constituía en la casa de D. Patricio de 
la EsLüsura, calle del Amor de Dios, Allí cotifcrencia- 
lian con D. Juan Nicasio Gallego, el mayor en txlad 
respet:idu de loduíi los asistentes, los oradores, perio- 
dífttiu y poetas del jxinido modenidd, tales como Pache- 
co, Notetlal, Dunusu Conés, Pastor Díaz, Bretón de los 
Herreros. Ventura de la Vega y Rodríguez Rubí, sin 
contar con otros n<> tan conot-idos il la síizón, entre ellos 
G<UiÍno Tejado y González F'odroso. 

Cisi todos los literatos que concluyo de citar, y mu- 
chos cuyas tirmas constan en el periótüco £7 Btlén y en 
el libro L(t-i Cim/ro Navüi(ut<'S (publiciidos los dos en 



■ t)r clliK irau mb JeUnUnlaiio el Martii*¿,<dc Mollit-cn <u ||bn,> ^obtc 
lUttín .le (w //c-nrrv* !£mp>. XXXVIl. XI. }■ XLtI, dd cml vMiM lMti»<lM 



inr WL siava xíx *t 

1-' " Mc los que recordaré A Amador tic los Rios. 

D- ; )-:l R;tmir(a Sjtavcdru. actiuil Duque de Riv:i->, 

D. JoAijutn Josí Cen*ino, D. Aureliano Fcrndndez-Oue- 
rra, D. Aniuniu ("lil y Zarate, D. )uan E. Ilarizenbusch. 
D. Modeslíj Ijafucntc, D. Francisco Navarro Villoslaüa 
y D. Eugenio ilc Och<^Ki. ucuüían A In tcriulia del Mar- 
qués de Molfns en lus miércoles de todns Ins semanas. 
En ellu híHcrün v^tta de in^cnío^^idad y iravL-sura los 
'gníves y sesudos hombres de Estido, los huniildes jor- 
naliírus ite la prensa, los versificadores obscuros y pre- 
tntosos y los poetas de alto vuelo. Las tres octavas reít- 
Ie& en que Ventura de la Veg» explica el mudo de hacet 
/fl* sopan di- ajo, el soneto de Bretón sobre iguitl asun- 
ta, T Otros con píes for7^dos en que los dos insignes 
dr"~ ■* -y Ilartwnbuseh cant¡\n las batallas de liis 
1,^ - y dt' \Vaterl(>o. y Las (nhcUv^ rfc SatisAft, 
r«clamnn lo^ir de preferencia entre los jubetes de 
Tít ' ' y modernít liteíatur.i, i indican adem;'i> 

ut 1j lenirua y de lus secretos rítmicos supe- 
rior a todo cneomio. No se olvide, (inalmcntc. que Ln 
muerítr de César fue leída y juzg^iida i>or primera vc7 
Kti umt de CALIS a-sambleas en que bacía Je anlitri<^n el 
Afarqu¿-5 de Mulins. 

El es quien nos ha dmlo ú conocer otTA-s muy scme- 
><! .-onvoeaki el autor de Oott .Uutra. y las que 

pi- : Lí. Aureliano l-emiinUez-tluerray 11. Manuil 
Caflctc en MI» respectivos domicilios. De las de FcmAn- 
dcz-<iuerni se habla tambiiín en el prólojio con que el 
cntüticcs reputado critico de ¿V Ueru/tlo auioríztl Im 
Primavera, de Sel(fas. Los tertulianos del futuro bio- 
Cmfu y editor de Qucvl-Oo se eni^uUnban en disquisicio- 
nc- ' ■■'■' 1, aniiltsis de obras clilsicas anlÍK'Uíís y 
I'i I udiiirtn, rindiendo A la ve/, tributo A l:is 

inu»a« conforme al ritual de los simios XVI y XV'II. Uno 
de li» jOvcncíi qne alH leían versos eni .Antonln .\maii, 
coya mejor obra fue quizA el haber contribuido jl que 
los de SelgassulÍL-sende la obscuridad. En la munida de 



10 U^ UTSXAtVKA E»rAKoU\ 

Cafíctf alternaron el pianisia Morphi ron el bihlirtfito 
Zano del Valle. Venturu de U Vega y Campcamor con 
el americnno Boralr. que inicmba A 1q<; demás en el 
conocimientü de la literatuní del Nuevo \fundo. 

La mayor pirle de los poetas jóvenes no iis;istin A 
ninnun^ de estas reuniones docuiü y arisioí-raüwK, sino 
li la vergonzante del café del Príncipe, que sobrevivid 
poco A liis del Liceo, y desde 1854 rt la que sostenía con 
nimbo D. Grcíjorio Cnmadu Viltamil, y ri la no menos 
famosa del caf^* Ue la Esmeralda. 

Cruzada fue el aitcr rgo de Eulogio norentíno Sanz. 
.i quien acompaftrt á Berlín «.«ando el último fue nom- 
brado. stcreiürio de la Lef.'ici'in española; pero no tar- 
dó en rcBTcsar rt Madrid, donde le esperaba la colonia 
RTanadina, compuesta de escritores y artistas nacidos 
6 naturalizados en la ciudad de la Alhambra, que vi- 
nieron á la corte en 1854. ,v entre, los cuales los había 
tan de buena cepa como Josí de Castro y Serrano, Pe- 
dro Antonio de Alarccín y Manuel del Palacio, para no 
hablar de otros menos conocidos. Todos ellos se congre- 
gaban en el piso prindpal de una casa sita en 1» calle 
de Lope de Vega, y próxima rt In haliiíacirtn donde 
compartian esperanza> y amarguriLs Luis Iiguílaz. An- 
tonio TnieKi. el pintor Germán Hernández y algunos 
mds. Fundidas las dos colonias en una, aprendieron ios 
individuos de entramáis el arte de la esgrima en un 
salón destinado al efecto por Cruxada. y convertido 
dcjipuís 'en local de veladas poéticas donde leían sus 
composicíunes Xilftez dt Arce, Alarcón, Trueba y Flo- 
rentino S:Lnz. 

El OFifí de Ui Esmeralda (en la calle de la Montera) 
fue otro punto de eibi paní la juventud diseminada por 
las Redacciones de los periiVltcos, las otk'íniís de los 
ministerios y l¡ui aulas de la Universidad; pero tas divi- 
siones politiciis disolvieron aquel círculo de fraternidad 
literaria antes que las tertulias y los tes de Cruzada 
Villa mil. 



IL-t EL Mai.O XIX II 

Ea tas puMicnciúnes pcrí^ícíis de In ¿poca se la vi* 
r« ■ ■ -m rUils fidelidad que en Ins parciales rcmi- 

BE- üc literatura intima, siempre VdgoA y du 

autentit'iUad discutible. 

Lo» partidos moderado y profrresLsta coniahun. como 
en los dl:ts en que se consii luyeron, con sus respectivos 
lárganos en \u prensa. Ei Ctainrir Público (1844-1864), 
dirieido por Comidi; Las Sú\:aiades (líSiO-ISfiti), por 
D.Anecl Fcrniínüez de los Ríos, y La fínría (1854-1666). 
porD. Pedro Calvo Asensio, mantenúin enhiesto el pen- 
Jáa de todas las libertades, incluso la de escribir mal; 
mientras ¿7 Jítra/i/o en sus pcrstrimeriiis (hasta el aOo 
Je ISTA), Lit Espafia (184S-186rt) y La Época . patrando y 
iodi> tributo A la.s nir>das mils antll iterar tas, abrían algu- 
Tia vcx stts puertas a! míríto obscurecido. 

£/ Cnutrmpordttco (t860-ltí63), fundado por D. Josí 
LaLv AlbQireda. se honró con la aureoLi de virido» eolo- 
re» que U* prestaba la colaburaci^n de girandes ingenios, 
C"i' - allí de iTÍs;lIidits en mariposiLi, y entre los 

qu- . - ^ilúm el insigne Ufícquer y-el litieo Valem. 

LoR tres periódicos que representahm el llamado 
ii<- mu eran de los mejor pensados y escrítos.así 

f^r aurón de Canjfa- Arguelles y AparisI, como 

L.: ,>¡sa, en que D. Pedro de la Hoz continuaki 

Ins tradiciones de Balmes, y El Pcnsatmcnto E<fiarío/. 
¡de alian vibr.indü Iíls ñechas del racio- 

icin. .- ---...L disparadas por manos tan hábiles 

fcpmo lat de Navarro \'iUoslad», Gabíno Tejado y 
E. / Pcdroso. 

....V.ÍS rcpublieaniLs, que se encontraban enion- 
[c€s. en istado de incubariAn, fueron defendidas en dos. 
[diariüi^ hauüladoí-es por Nicolils Maria Rivcro y Emilio 
' :Jos por una turba de periodistas inci- 

■:i los más de fll-rs. Asi ¿íi DlMHS'iÓél y 

\ La OtntiKrnda sembraron la .semilla de que habían de 

M ' - hftrrores de IStó. 
; -^ las publicaciones poUticas, en que tas letras 



12 LA UTERATÜRA ESPA.IOLA 

otnipabíin puesto iiccesorio y como de prestado. cxisHe- 
roo, desde 1850 A 1868. numerosas revistas con miXs 
vitalidad que las de ahora, y en cujas colecciones viven 
jiTchivados los productos del arte creador y de la critica 
seria. I^s últimos volúmenes de £1 Srtnutiario l*¿Hto- 
rt-sco (que feneció en 1857}. y todos los de Im íiuslru- 
cióM (líM^lOT)?), acreditan la lnburtosid;id puramente 
mecánica de Fcmrindez de los Ríos; pero la ]iarte ma- 
terial de Ostos os una verdadera lAstima, una serie de 
caricaturas con andrajos. Casi lo mismo puede decirse 
del j\fusfo rfr tas Familias (1843-1867}, eclipsado por 
AV Aíuseo C'w'ivrsaf (Ifi.'iT-Ifíh'íJ. que precedía Á la actual 
Jlustradón Española y Amrricona. 

De las publicaciones no ilustradas toca la primacía 
A Lii Ami'rita, fundada en Itó? por los hermanos As- 
querino, que recogió las firmas de escritores y poetas 
pcrienccienies á todos los grupos políticos, y justificó 
el nombre que llevaba Aiiltrarizando la literatura de 
nuestras perdidas colonias del nuevo Continente. La 
A'tiista Efi^afioia ifc Ambos Mitihlos i Iti.i3-18ñ5), la 
CrÓHica tie Ambos Mundos tl8<iO-1863). la Ncvísta Ihé 
rica, verbo de los Iti-íiusístas (1S61-1S62). la Revista 
fiispaNo-Aitiericatta (.1864-1867) y otras de menos enti- 
dad, dan idea del movimiento científico y literario de la 
corle. 

El de provincias, siempre ruin y desmedrado, sólo 
alentaba en el Diario de Harcrlona y la Rcvi!>ta de 
Catíiluüa. en la fíe7iisla de Ciencias. Literatura y 
Artes, de SevHU (lHjr>.18íiO). y en periódicos anodinos 
y de efímcrd duración. 

El yuf^o impuesto A la literatura cspaflola por la 
supresión de los Pirineos, que dijo Luis XIV. no se 
quebró al Uesap;irccer de la eMena el ruinanücismo, 
sino que scfínía siendo de tan de bronce, tan autoritario 
y caprichoso como en el Instante funesto en que abdi- 
camos nuestra autonomía y recibimos el primer código 
del buen ^sto. 



tX Rt. 8tCU» XDC 13 

íri(-:i francesa coniinurt reprcscnt^ídii por 

cl úü^: Je Jersey, & quien no querían ni podían 

airebsitar el cetro los parnasianos dirigidos pi»r Teófilo 
Caatier, Teodoro de Banville, el autor de las Odas 
/■««omAK/rífas. Carlos Kaudeliiirc, el satflníco pesimis- 
ta de las Flores del $na¡. y Lt'funie de Lisie, cuya per- 
soniüidad no se mostrú de relieve hasta la publicación 
de >UK ültima<i ohras. Los cuatro pocrt:is, unidos en me- 
dio de sus divergentes aspiraciones por el amor & la 
rima rica. A la habilidad t<ícnica de la vcrsificaciún, 
proceden A no dudarlo de la escuela de Mugo, aunque 
aportase cada uno de ellos su respectiva nota indivi- 
dnn), }- juntos proclamamn un dogma que no aia^ dcs- 
u^Tado al maestro. Todavia menos que cf^ta labor colec- 
tiva alcanzó á perjudicarle en su dictadura la apiiritJón 
dr alfTUnos ingenios aislados como N'ictor de I^iprade. 
cantor de la Naturalera ysatirico temible. La semejaiuKL 
mtre los precitados autores franceses y los líricos que 
he de presentar en los capítulos siguientes, es escasí- 
«ima ó nula; como que apenas se leyó en España á tos. 
primeros hasta nuestros días. Lo que airacterizó á la 
fkocsla Úrica naci<mal desde el afto IftnO fue c! regresa 
A tos, olvidadas tnidícioncs rlilsiras, asf en sus fuentes 
latinas como en las castellanas de los siglos X\T y XVIL 
Jil nuMno tiempo que contínuaKtn las Inllucncias del 
período romAntico y las de algunos poetas alemanes 
é itolianoe, como Hcine y AlcJUtlí. 

En t-ambio nuestra literatura dramática retlej<\ stice- 
Ivamcntc el neoclasicismo de Ponsard y Latour de 
lint-lbars, y la tendencia Ülosótica de E. Augier, Du- 
mas hijo y Victoriano Sardou, depurada de cscurtas 6 
(■ y reg^^neradu por el espíritu cristiano. 

Lt_ :mH tr^ éíita que nadie p^xlrd nfgar A los 

radares de £/ ianio por nenio y Lo fiost/ívo; pero 
rrtmo no deplorar que aun ellos rindiesen parlas á la 
lodu de la ii*''' •' '■" francesa, y qoe dos de l-i»; mft'i 
[uLiiiK-s y pr.: obfiís de Tamayu estOn inspira- 



14 



LA I.TTSRA'nntA E^U'AÜOLA 



das ca las de obscuros dramacui^os, inmensamentc 
Inferlorcs al refundidori' No hay pani quí recordar el 
copioso número de piezas traducidas que inundabun 
mieslro leatro, los dramones espeluznantes, las despre- 
ciables farsas y hasta los libreto?, de zarzuela, pues todo 
el mundo .sabe que los de Camprodón, verbigracia, estiín 
tommius del reperlorio de Scribe, 

La novela parisiense nos servía, en abundancia de 
platos, ifrost-ros manjares de figón que arreglaban ¡í su 
modo los editores >■ lus períndisuis, atiborrando al pú- 
blico con páffiniLS de F'onson-du-Terrail y otros follc- 
tinistas de la misma cuerda. depravAnd<>sc ;isi el Eusto 
de la muchedumbre indocta en los término» que indi- 
ca un capitulo de la primera parte de e«le libro. Hl sen- 
cimeatnIÍ!>mo y la dÍ!>tini:íón añstocráücti de Octavio 
Fcuillet encontraron buemí acugida, aunque menos 
univcr&al. pues sólo se vertieron ;d ciistelluno tres 6 
cuatro de sus novelas, como también alguna de J. San- 
deau y de Jorge Saiid en su segunda etapa. Contra las 
groserías realistas de E. Feidcau protestaba con ener- 
Kla, en un artículo de ISIVí, el futuro autor de £7 Escáti- 
ríaío, El rapíriÍM Venetío y La pródiga, O. Pedro Anto- 
nio de yUarcón, cuyas bellísimas historiccis, lo mismo 
que las narraciones de Kemiin Caballero, respiran orí- 
ginatidad y espaflolismo por todas sus líneas, constitu- 
yendo las unas y las otras el iicdest:d t.le oro sobre que 
se levant<> después la novela contumponlnea. Idéntico 
carácter de independencia, de amor patrio y i^ncillcí: 
primitiva resalta en los cuentos de Trucba, sin per- 
juicio de que fuesen celebrados en todas las naciones 
cultas. 

En resumen: los vientos de la literatura transpire- 
naica nos trajeron copiosos gfrmenes de destrucción, 
esterilizaron las aptitudes de mñs de un infrcnio, corrom- 
pieron lavida moral <■ intelectual del pueblo cspafiol.que 
nada apenas le debió de sólido y fecundo en compensa- 
ción de t^n graves daños. 



Kf n. siguí xiz 1^ 

^- influem-tas directos que iu-.\i><} dt rea*ftiir 
v: n las i:\tc-i"i-.'rL-s Jcl movimiento pulitico, su- 

i*íaJ j rcli^oso que üistinguen y singularizan esta fase 
de nucstru hi^rtoria cuntcmpiir/mcii. 

Utístlc que eUiíTújo üi;l ccnenil Narvííe?. encadem^ 
b íicn» «voluciünnria que en 1S4.S cslurud puotoüc 
reproducir en tu Península los horrürcs simuluUiea- 
mrnte acumuIaJus en l;i.s ¡trnindes mctrópuüs Uc Ui cí- 
Hliznricín europea pí)r la dcmaiíu^ia cosmtjpuliti, ini- 
riitsc en EspafLa una reacciún víKorora y a^ccnücncc, 
f.-; ■■ Ja en espefial por el Ministerio Bravo Mu- 

riJ- ___L_.j de 1S.)1— Dicicmlire de Is5"J), que mejuró 
lii s>tunrii'>n de la Hacienda y satisfizo las justas recla- 
maciones del sentimiento catúUco nacionid por nu-düo 
de un Cnncx>rdmü i'un la Santa Sede, tjx tradición de 
t<is partido-s libei'ules no podía transigir con las repre- 
uODCs de una autoridad fuerte, y concluyó por obU- 
t^arU ii dimitir. Ti":is el breve mando de Ruticali, Ler- 
snndi y «-I Ct>ndi' de San Luis estudia la revolución 
del 54, principio del htenlo prof^esinta, y reaparece la 
poUlica tumultuaria, demoledora y moiineswra, ;\ que 
pu<w ÜD el rompimiento entre Espartero y O'Donoell 
enléQ6. 

Desde esia feclut h:ista el destronamiento de dofta 
bubel n alternan en el poder el partido moderado y el 
d(! la Unlf^n Libenil, formada de elümencos discordan- 
tes y SÍn doctrinas ñjns, pero oncmifcos uno y otro de 
penur^ " ' 'ales y auda<-iai. extremosas, por lo 

(Oal M. : : 1 los anaiemat^ de lo> prof;resist:is, 

que, alci{Ult>s siscematícamente del inmo legal, eonclu- 
yemn i mirse anlidin,^stii*05. A pesar del fcr- 

nt«-"'' -narioquc desarrollaban 1í>s trabajos de 

-.'. y los de la naciente democracia; A. pe- 
sar de las mcdidu-s a>'iin2adas que adoptú el liltimu Ga- 
btoeic O'Donnell, ius corrientes can-scrvudorus tenían 
mwha tuerza y, se acrecentaban con la misma opiisirirVn, 
imp«.ini(.*ndu$ciil Trono y d tus Gubiemoá. 



t6 



LA UTERArUSA BS'AffOLA 



En la 



i bien 



piirte relativa a los intereses relij^iosos es i 
ostentible la Uncíi que separa la minoría y la mayor 
edad de Isabel U. La desamortización eclesíAstica y la 
extinción de las corporaciones regalares; la guerra 
civil, en que la causa católica pareció identificarse con 
la de Carlos V; Li hcwtiliUad permanente- del liberalismo 
y de la tradición, representan un estado de cosas que, 
sin cambiar de faz en absoluto, se mudiiicó por grados 
aunque con inevitables intercudcncius. Bastan á de- 
mostrarlo las distintos relaciones de nuestra monarquía 
constitucion.ll con la Sant;i Sede durante los pontifica- 
dos de Gregorio X\'I y Pío IX, 

Los libros de Balmcs, y la grandilocuente oratoria, 
así hablada como escrita, de Donoso Corttís y de Apa- 
TÍsi, con sus presaírios é intuiciones, y hasta con sus 
sofismas de buena fe. dcsperuiron del sueflo del indife- 
rentismo volteriano d una parte de la generación anui- 
mantada con las doctrinas de la Enciclopedia, y abrie- 
ron los ojos de muchos entendimientos extraviados A la 
luz de la verdad cristiitna. Mientras en el orden exte- 
rior y politice Uis armas espartólas se ponían al servicio 
del Papa en I84S, y humillaban once anos más tarde la 
soberbia del poder marroquí, haciendo reverdecer los 
laureles de la Reconquista at májj^fco ^{co de "San- 
tiago, y cierra Espafia"; mientras el Concordato de 
litril, á despecho de Lis posteriores violaciones, ser\'ía 
de lazo de unión entre la Iglesia y el Estado, surge en 
el seno de las conciercias un movimiento an:Uogo de 
conversión al Catolicismo, y en su defensa se unen la 
palabra y la pluma de esclarecidos ingenios. 

La religión de nuestros padres honradamente arrai- 
gada en las costumbres, en cl idioma, en las leyes, en 
cl hogar y en la vida pública, utiliza en la primera mi- 
tad del siglo presente el poder de la inercia, que con- 
servó la energía acumulada por una serie de generacio- 
nes; pero tardó biistaotc en ccílirsc ta armadura p:ira 
descender A la arena de la discusión, org-anizando la 



B» EL SlOtO XIX 17 

reástcnt'in contra los atjujues del enemi(co, y deíen- 
Jtt'nJd sus alcilxart'S con ejérciios úv apósiolcs laicus, 
miuilt-ncdDrfS do uiui iTuz;iUa universal. 

La ortodoxia militanic, que recibió el nombre de 
ncjcaioli cismo, participó en Espada del mísm^» espíritu 
qoe en lüilia y l*rancia, influyendo no p<K(i en nuestra 
litenirara. La descarada franqueza con que se exhibían 
las nee^iciones racioniUisuis, asf en la ensenan»! de Ia« 
Universidades, donde plantó sus tiendas el kraasismo, 
como en los periódicos y en el I*arlamcnto. invadidos 
por la democracia librepensadora, contribuyeron :1 que 
b lucha arreciara ptir una y otra píirte. extendiéndose 
d. todos lus órdenes de la actividad intelectual. En el 
literario predominó hasta la revolución de IfiftH la ten- 
dencia cjtlólica, ó lo cual obedecieron inconsciente- 
nK*nle hasta los defensores de las nuevas ideas, como 
Ayala; aparte de aquellos que. como Selgas, Fcmiin 
Caballero. Trucha y Tamayo. no necesiuiban ser in- 
foosíxucntes ptmi seguir este camino, y en quienes 
estwbtm de ¡auerdu el corazón y la cabeza, el instinto v 
lits convicciones '. 



t- uji^ikKkiurc^utcKtiintMitpB^uatuca^NtaoliiLn influM«lnt 

ii i. ^ Upotftlro. 



!^ 



TOMO n 



míi^mf^/^)!^^^^MMm 






O ' '^. ^- •;•-- 



?íil.íi.,^,!.íü.jf;I.íi-.j?.I.ai ^'„%_,^'.!.'í:¿._í.!1 



CAPITULO II 



XL'KVAS TR.Vl)!iríCL\S EN LA POESfA LIRICA 
V 1,.\ LETEXDA 



Srlcu, Arnu J Zra. Trurlm, llarladii y Unrrnnlm. Knxtllla. Hanny j rl 
ll«n|i**il''AUknn.<>oaúli'ailrT>-jB(lB, 1Unu<'lilfl Hulark), Hd. 



Ü:\s ventíijtií que del romanlitNsmü rcjxirtú lii put-- 
siíi líric», iiunquf griinües sobru todo encomio, 
se unieron con cicrtits exageraciones pernicio- 
sas, no tanto por su irascendencla como por su uni- 
versalidad; y de ahi que al calmarse la üobrexcicacidn, 
compañera de tudits las crisis, aun las mAs fecundas y 
lejfhlraas, se iniciara una tendencia que parece de re- 
troceso, pero que es de eclecticismo sano, de recons- 
iruix'itín nct^esaria, atendido el ciirjtcter demoledor ^ 
irreflexivo de la ípoca precedente. Al buscar la grim- 
dlosídad de las ideas no se había evitado, como era jus- 
to, el amiuicnimicnto y la verbosidad, la hincbazón y el 
conceptismo; lo orijginal degeneró en extravagancia; y 
si los gnmdes maestros de la escuela lo son hoy mismo 
á pesar de los aOos, los extravíos de los imitadores hi- 
cieron precisa una contrancvolución, cuyos progresos 
comenzaré .-1 rcsefUir en este capitulo. Los que la lleva- 
ron al terreno de la poesía lírica y narr;itiva no enm, 
fuerza es confesarlo, gigantes de ^ran uilla; pero con- 



BV EL SIGLO XU P 

virtii^nilusc lín colectivos los esfuerzos parciales, el rc- 
sulrado fue prActieamcnte seguro. 

Cn foTiJo comün Ji- ingcnmi y sencilla nnturalidad 
h» ani* A tudos cn mL-Jio de sus diferencias, lo mismo á 
los apasionados d<: la narmción lejrcndaria qyK & los 
íniírpretes dt Iii pw^fa popular y de la subjetiva en sus 
ianumerabU-s rumiliv aciones. No voy, puey, á presenta!' 
A una )cgt<5n de apt^ole;; borrascosos, Colones de un 
nnc'vti mundo de idea?;; antes bien cl primero y míís 
^in^n.,;.., nombrt! que se ofrece A la memoria ts ti 
m iiH' de Sellas ', el cantor de la inocencia y de 

I&» Üvres. 

Joven l.ibunos'j i.'ntcrriiJu en cl obscuro rineún de 
unii jwuvincia. *in otros i>íius que los hurtados ú lus 
facflas de) d(a, &in otro mentor que su propio estro, sin 
n> <ud<> que el de la amistad, fue trusladundo al 

pa, - ~i..is cuant¡]s poesías, cuyo mériio singular y 
Miz destino igínorabn, y que juntas formaron Ca Pri- 
tt$a\rra, colerciAn breve i>eTo de muy subidos quila- 
M<^ L-sta A Nljidrid, donde un amigo de Self?:as, 
cl aficionado A las musíis, el jovrn Arnao, la dir^ 
1 conocer tm una cerculta literaria A que por cjLsuatfdad 
a-" ■ í nombnulo crítico D. M.inuet Carteie; cl cual, 

cn -- i'i de las M,*ncillas composiciones que acababa 
tlir saborotr. invcrtú algunas en un diario conservador, 



• D- Jnt^ K-^ff%t y Cjtr^tfn Hírtí .n Mlln'n -I .iD» UOI. Hlío hu» irrlnv' 
^ c«i= ; ■ oilii; piTTt'hulMilr atwn 

■■''t' '^ Jrní (amllU. *\t> |vr|ut- 

iwurai ib ^uo tf wntia dolAJa. Kl 
I -■'. U bOn «uillUi Jd MlnlMtrlo *•■ In 

i\±i^ ntl nm l«t in«« Unte JtipiM* ib "U InllUnll^lma (lunpalU m 
In (i-V«. ■!(, m! iii SLit'wiicuiiU. tkitrini»ltanihi n^uiL-Ua C3iiera d»n 
CteilU «on>unu«unU> loil» careo pollUc». •^(Hvu 

— .. iiuitifw- tí» Jr-«n»nt(r ninm mi IcndoiUii' 
7\'>r»crii('l'Vi ik«rm|«fl6 la SR-rvtartadr la Plmi 
. • "ilnrl* pivvliKJ» fnt i-l irrnif Bt Hwllnrt Caait"^ 
I -kU AcA^nia IkkpaAolA. faliiviit fMn*- ui M^ 



31) LA UTERATDKA ESPAÑOLA 

E¡ Heraliio, honradas desde lucíro con la benevolcnciii 
del púWk-fi y los cluiricvsde discretos jueces. El Ministro 
de la Gobcrruiciún. D. Luis Jusí? Sartorius. Conde de 
San I-uis. personaie de gran si¡íti¡1icaci«^n en el partido 
moderado, antiguo director del susodicho periíidico. y A 
quien unos dan y otros qüitiin el titulo de Mecenas, 
protegid. [Kini honra suya y provecho de las letras, al 
¡íinonido peromeriiísímo vate. 

Salirt A luz por ím Im Priitutvcra ílÑJiO); saltú m.-is 
tarde Ei Estío, y reunidos en un solo volumen dieron la 
vuelta á Espafla, coronando de gloria la frente del poeta 
novel, y acallando los gritos de la envidia, que en un 
principio le hizo blanco de sas ataques '. 

En el prólogo con que iha enr;ihe7Jida ¿-a Pr/ma- 
7'era se ptmderabn, y eon razón, como prineipul entre 
los méritos que avaloran las poesías ds Selgas, el de la 
originalidad, t:uito m:ís ostensible cuanto menos rebus- 
cnda; mérito no disminuido por las reminiscencias que 
en toda almii wnsibk* dejan las primera*i lecturas. 

^Buscaremos en lo.s íobulistns antiguos 6 moderno*; 
los predecesores de Sclgus? Tanto valdría suponer que 
de un manantial síiturado de rtcidos corrosivos puede 
bruia.r un arroyo de aguas dulces y cristaliniís. El 
apólogo encierra, por lo común. las amarguras de Iri 
experiencia, y viene Á ser una regla. compcndío«>a de 
bien vivir, dirigida ¡\ la inteliircnciu, más bien que á la 
voluntad, para hacer la virtud simpiítica y amable. Por 
el contrario, este último fin resalta, con exclusión de 
cualquier otro, en f^ Frimarcra y EJ Estío, cautiva el 
ánimo por medio del lenguaje y de los encantos de la 
inoccJicia, descubre en las llores el candor virginal, de 
que son sfmbolo, v bafla la luz purísima la imagen de 



> Othc ediclonr^ van pubtkariaa dr La Frittatrr^ y )3 Kilio. I.i tlltlma 
(HiuIrM. IMR. poilcrtor á U mocilc d*- StIbiI", lonrn ti tono I ik sus pouiat, 
cooirlirtJido por oin «lltDTv* Kvn oire II '/"Akm t Ikpfbu. Cmo* tnAUfiu. M«- 
drM. Ifaf). 



e» Bi. siGLu nx 21 

b bel]t.>zn munil. que uiatus han pintado coa sumbrio 
«■efttt y repulsiva ¡iduster.. 

De La Prítttairnt dice Oiftetc cun aciorio qut; 
rcunc "dos cualidades inip^nüinU.xinuu;, pero muy difí- 
ciles d« concpTUir: el espirimallsmo, ta vaguedad, la 
metincólioi lemum de las pijcsía'í del Norte; ia gallar- 
día, lii íresi'ura, la riqucz;), la pompa de l;is poesüu me- 
ridionales"; juicio uxaeto que con la mbuna verdad 
puede aplicarse d £7 Eslío, cuma parto de la propia 
musa y pvneneciente A un género totalmente idiíntico, 
El ulma sudadora de SeUras volaba con la misma fai'ili- 
dfu] por entre Ui bruma que A tniV4>(^ del hori/onic ilu- 
minado pur un sol de fueeo; sentía y cantalíij Ui hermo- 
sura de la naturaleza en todas sus manifestaciones, 
pero prestándola vid:i, traduciendo sus confusoii rumu- 
res en el riimo concreto que brot:» del espíritu y sólo el 
1-s.níi-itu entiende, y abril lantandu el panorama de la 
,id cxtcrtuí- El hechizo que producen talca icso- 
nrí> de pociia íngcnua, de candorosa ternura y honda 
■•■^ ií'ilidnd, se siente mejor que se t-Nplica. 

atribuye A aumentiirlo la suíive melancolía que, 
A tnanera de exquisito perfume se mczclii con el de la.-s 
n< < uic ronlirma una vez mAs Uí cxL*>tem-ia de li;^ 

ni< '^ liuus de atraiTÍ<)n ( oo que ^c apoderan del 

ser humano la tristeza y el doloi , retlejadirí y ennuble- 
cidirs pr»r el arte; extraña )xirado>ti, si no fuese A la ve?. 
fto hecha coastanie y universal. No por otro medio la 
nuütfi tfunquílu y humilde de L*i Primavera y Ei EsHn 
liX^ alguna vez, sin pretenderlo, en las inaccesibles 
cti"'-- If la sublimidad. 

■ jempliTs I onozeu de pesimismo tan inüínuan- 
Be 5* hamano, can opuesto A la?; crudeza» de Pascid 
y ni anitlí-iís i<'>nno|;ism de la i«^uela de Schopen- 
luiuer, tun •¿ujcesiivuy profundo ^-omo el que informa 
lüs iiulc(íiimo<í terceto!; de la introduccfdn A Im Prima- 



22 



r.A LITRBATtniA PSPA^OI.A 



fKs, por ventuní, el sahio mits dichoso, 

Y el que la suene A las riquezas laaza 
Cuenta muohoi instantes d<^ reposo? 

y la füpcransa ai fin... ^qm' es la tspcransa 
Más que la (foioros<t resis/eruia 
Qur httcetnos ul flcsar qu^ nos alamsa-^ 

¡Ditlctl inquietud! ¡Triste experiencia! 
¡Quién pudiera trocar todas sus aiios 
Por unas breves horas i/e Ínocchcíü! 

jY por qut- d la vinud Mimos extraños? 
¿Por qu¿ CHte afán tenemos &. una vida 
Tan llena de amarj^ura y desenjiaflos? 

La bulUciiKU juventud convida 
A le'StinftS de amor, y nos iiffxx:e 
La co^ de) placer apetecida. 

Hl .lima se dilata y se estreinece; 
Palpa Ul realidad, rrtsgase el velo, 

Y toda la Quíiia'in des.'iparece. 
EníoOL-es llega el matador recelo. 

Entonces llega la inquietud «Jombría, 

Y llciian el dolor y el desconsuelo. 
Y lento llegii y perezoso un día, 

Y otro día tambii*n, y todo llega 
Sin t4^rmíno poner .1 su agonfa. 

Cl amor encartado «c repleca: 
Crece la ílor de los recuerdos triste. 
Porque (-on iri-üeí l.1s;rimas se rie^a. 



Las notis de alegría sana, de platónico amor, de 
rcligi'-'siüad sinecTíi, que se unen A. la vt;/df lii tristeza 
resi^naila en la sinfonía ,tonniovLti6r¡i de los versos de 
Selffas, han dado etcrnu prestigio á las composiciones. 
Antier lirl Porta, arrullo dignu Jcl Pctriirra; La mwies- 
tta y iü Same y el a'pn's, que han ptisado ya A las :m- 
lolíijíías de la moderna, liieniiura cspai^ola; ta espuma 
dd agua, serennia que conírgnca con las mejores de 
Zorrilla; la íniroducdón A E/ £stfo, ¿7 rnisrñor. Las 
cftrella^ y La inuigr». 

Desde que el cantor de Laura se convirtió en jomn- 
lero de I:* prensa, enmudecieron las cuerdas de aquella 



XN n. &tCLO xtx 



23 



lir.i que el amor paternal volvió ;i pulsar, arranc4nüo- 
\iA las vibrueiones de La tuna vacía y ;CJnsr.'. y por 
\as que últim.'imente posaron tas ráfhgns^ sitfrjca!; de) 
prologo en verso con que pensó (."nciibezar una nueva 
Cülwfión de pc^sías. dostinaUa, como sus ronceptuosos 
cuadrwi de costumbres, á retratar de perfil los Uesea- 
rrfos y fliiquezos del siglo XIX. 

El recuerdo de Selffus evoca el de Amonio Arnao 
(lt£¡t^ltü^.i, su fratcrnaJ umítiro, poeL-i de escasa) numen 
y cuyas obras no corresponden ,1 su indefensa laborio- 
sidad ni á la nobleza de sus seniimicntos. nunca prosti- 
tuidos ú impulso de la vanidad 6 la avaricia. De los nu- 
merosoí. libnis en verso que llevan su nombre, ninjjunu 
quisA Lio valioso como himnos v qiujas, el primero 
CimblOn en el urden del tiempo, pues salió á luz en líJSI 
(con prólogo de Selgasj, dejimdo ver los rasgos carac- 
terísticos de Iji personalidad poética de Arnao; el dulce 
y vago sen timen til Usmo, el esmero y la pulcritud lleva- 
dos hiuttu la exageración, el horror á toda suerte de 
violencias, la pleiura de lugares comunes y In insipidez, 
no siempre redimida por el candor ingenuo. 

Las ñ/elntrcoíi'as ', coleccirtn semejante á la de fíim- 
Hos y ijtuja¿, los lüos Mi Tatitr ', el poema lut utrn- 
fmíla dr África, laureado con accésit por la Acjidemia 
I- . y lii cdiiiíiito lie ¡os ctcftJo^, novela en ver- 

s.-. .,,...; un bastante aceptación por la correspondencia 
que existía entre el espíritu del poeta y el de la socieUad 
que le escuchaba con agrado. Lxt mismo, nunque por 
r : — ■ ■ , sucedió con la colección religiosa ', cuyos 
ii .nezcladosconlosgritosde lasorgiasrevotuciu- 

nnriaü. resonnron dulcemente en Li muchedumbre que 
protestaba conini el nteismo oficial, y para la que le- 



i y-. 

' ÍM .J«. fMaiMCoMfaiM, por D. 4iitaiü« Ar«aq.UMlTM,IT.. 



24 



LA LrreRATUKA ESPAÜOLA 



nían que ser muy simp-'iticas las paráfrasis de Ins pre- 
ces consa(íniiJ:is ]>or la Iplc&in, las itradótifn tlictidas 
pon^imxTo fervor místico, Uh <'!intus A la Virgtm y Iha 
/¡artnonfas, que forman la úliima sccf iijn de La voe del 
creyente. La fe pura y scncilln, el amor casto, el respe- 
to íi las glorias de la patria y la antipatía hacia l;i vida 
moderna, y hacúi Uis ideas y los hábitos stK'iales incu- 
bados al calor del materialismo escéptico. cristalizaron 
en una serie de sonetos ' en que Arnao varió la forma, 
ya qQc no el fondo, de su inspiración. Aquel arte di- 
fícil de so^ener cl interC-^ ocultando el pensamiento, 
no se acomodaba A las condiciones in£:£nitas de una 
musa todií diaf¡inidad y candor, y cl escribir tiradas de 
catorce lincas en riimi stír.'l todo lo difícil que se quiera, 
pero nunca serii esci'ihir buenos sonetos. No m¡is blan- 
da, aunque sí distíniii censura, merecen las Gofas de 
rocío, colección de madríg:alcs publicada inmediata- 
mente dcspuís de la anterior '. ConvcnUrí ante todo en 
que. no estando bien deslíndadjis líis difcrenciiis que sc- 
panin al inadrijral de oirás cura posicionciías similares. 
sería impeninente disputir sobre la oportunidad de los 
nombres; pero las varijicioncs sobre un tema, cuando no 
cstíln realzadas por los primores del dcM-mpcflo. y aquí 
lo e.stiln las menos veces, tienen que fastidiar pronto, 
aunque entre los madrigales haya algrunos tan sentidos 
como el que se titula Dulce desengaño. El pensamiento 
de la poesía .1 Víctor Huíío. y tal cual versión del ita- 
liano, son lo mAs selecto del volumen jxisiumo que con- 
tiene las últimas inspiraciones del vate murciano *, idén- 
ticas en un todo A sus primicias. 

Profesó Arnan vcnladero culto A la poesía, no sólo 
en su fondo, sino en su í^rma interna y extema; estu- 
dió profunda y detenidamente los elementos musicales 



■ r^ mina de iwNKiwfnttM. M«<JiU, ITh. 
« M«drU. WKi. 

rdofo. UiLdrld. im. 



ex BL &ir.LO XIX 25 

dH idíDfim cubtclliino, ucilizAnduIos en los much<» ver- 
sos que CiH'rihid destinados A ser puestos en música, y 
s*>bre t'xJo en los dnimiis Hrieos/tow /foiirifio, Peiayo, 
Gustiuín ci Jiiti-no, Las ttat'rsííc Cortéis, La murrU- tfr 
Carrilaso, etc. Todo esto da :» sus producciones po^tí- 
scllü de unidad, realzado por la lirmeza de pro- 
, .::-^ y con^^CL■i^)nes en que se mantuvo constanie- 
mente, A dcspccbo de las mil Wcisitudcs por que pasa- 
ron el íusto del publico y Uis escuelas literarias. "Na- 
die advirciú en él jamás (dice de Amao el autor de li>s 
Heterodoxos fspufíolcs) dcsifrualdad ni desequilibrio 

ftro lUida; lo que prim:ipalmcnte llamaba lii atención li 
*iu'' I que le traUist;, era una perfecta templan?jt 

y li i ; lie futultíides y LonUitiones. un suave y Mcil 

I ritmo interiúr. que se traslada sin esfuerzu íl las pala- 
bras del poeUi. iRual impresión senliriin siempre sus 

, lecturcs. Amau era ante todo un espíritu disciplinado, 

icondicíAn cnvidíahleí condición rarísima, que le salvó 
de todo genero de an:irquí.'is de palubni y de pensa- 
miento, y que, iisí como en vida le libró de tener ning'ün 
cncmi^q. asi tiunbifn i'i los oji»s de la pt»iteridad te h;Lr:'i 
Jnvalncnible ante lii crítica más severa." El ide;ü á que 
lUpimKi ts el que expresan aquellos versos de su poesía 
Amor li ftt solí-tiltil: 

Sólo iiuiero en paz obscum 
Sentir que mi vida pasa 
Como arroyo solitario 
Bajo la verde enramada. 

Mi» i^nonido que el anterior vivió y mttrió otro poct» 
i!(t piirlji m;m'»dc la adversidad. Vil quien 
, . . .. _.i. ..i hoysi sus amigos no hubiesen coleccio- 
|nado las Obras *w vrnio y prosa f/c Francisco Zea '. 
Ktnriindolnü con eiicomJdsiico!» artículos de Castro y 

. 1 , y Je Florentino Sanz. La deficiente educación 

! de Xca, %u fantasía calenturienta y v<>lcUnÍcu, 



in4. i«u 



as LA CrrCRATURA ESPAÜOLA 

y el estudio tardío, pero intenso y profundo, que hizo 
üc los clAsicoís espiíflole^, se reflejan A partes ¡puiíles 
en esis obras dp heterogéneo gusto, por Uls que cniziin 
alternativamente nabe*; Je desaciertan y re1;lmpíigos de 
Inspiraciún. Con este último nombre encabeza el autor 
la más celebrada de sus poesías, en laque habla el incen- 
dio amenazando consumir la creación, y dice Dios desde 
su trono: 



¡Sube, incendio *-oraz! Yo te contemplo. 

iLlet'A Á mi en tu victoria! 
¡Un paso más! Te culjiart- i-n mi templo 

Y alumbrarás mi gloria. 



El incendiu. i-n la viüi<*in del poeta, serrt e! ejecutor 
de las divinas venítanz;is, y... nada mAs se desprende 
en substancia del arrebato lírico il que puso Zea el 
nombre de Inspiración. Algo semejante ocurre con 
£/ itia ¡y iie Novieittfirc, A /as cí/rW/íW y Tofn\< y 
campanas, por no citir la oda ^ Cabrera y las piezas 
dramáticas, entre las que híiy una graciosa imitucii>n 
de nuestros antiguos entremeses, Ei li/ah/o airaitic. 

íVntes que .Antonio de Truebu fuese universiUmentc 
conocido por sus cuentos, había hecho su entrada en 
el mundo de las letras con /i7//V/roí//' /os íC/M/firfS (1851), 
que ali-an/.rt en bre\-e tiem|W inho ediciones; número 
caá fabuloso é inverosímil en líspafta, donde la afici<in 
A la lectura es tan exigua. V no sólo los españoles, sino 
los extranjeros, y relativ:unentf más los extranjeros 
que lt;s esjKiñolts, enaltecieron y propagaron esos tnu- 
tarcs, que su autor dio A la luz pública sin sospechar 
tan benC'vola acogida. 

La poesía popular tiene sus achaques y sus punios 
luminosos; pero nuestro siglo ha tratado de rehabiltutr- 
la, ora embelleciendo sus mitos, ñcciones y leyendas, 
ora archivando ron .supersticioso cuidado cuanto ella 
anima con su aliento. El poeta que entre los esplendores 



aa EL SIGLO XIX 27 

Je aoa ciTilizaciAn reñnada. como Ui que alcanzamos, 
rcpr'-xluce -en sí los rasaros y propietlades de aquella 
mu-xa impersonal y i-ülertiva que acompnfia y dirige li 
Lis nacñinaliüadcs en su infancia, constituye un caso- 
iknormal y simpAticu, por la ley de los contrastes, paru 
d complicadn crítcriu dv la ^poca litenirüi tnAs ajena A 
Iji Ncnríllc?, rúMiVa y vrímitivii. fisto explica en pjirte 
la popularidad de que disfruirt Trucha, el cual comenzó 
á escribir sus cíinUtrcs aín haber asistido A nin^n aula 
de Rct<\r¡ea. estando de dcpcmlicnte en una ferretería 
de la corte, y eüdcAndosc á diario con el vul^^o indcx-to 
que conocín y amaba al t/o Anión antedi que supieran 
tic & los Uterntas de úñelo. Al salir de la obscuridad 1a.s 
ciipla.* dL- Trocha obtui'ieron los sufrapios de las clases 
ilustradas, y el ñn^íido «.íego se vi<^ ensalxndo en los 
periódicos y leído en todas partes. 

Tructxi inierpret<S el Mlm:i del pueblo con la fres- 
cura y la ausencia de artificio, con la íklelidad, tan di- 
fícil para un hombre culto, manifestadas en el Libro 
ir los cantares y ES libro tte fas nto$itafías. No subscri- 
biré yo nuni-a iV los extremos de admíniciün y desdén 
de que suresivamentc hxm sido objeto; y sin dejnr de 
recpn*-tcer aquf la fusión de la naturalidjtd con el inte- 
r-" ■ meque I:i ynn dejrcneni Ivistantes veces en 
Ti. ...; ,'rosaifimo, mientnis el otro decae lastimosa- 
mente. íQuiín aíeai"li el intento de adonuir con su poco 
du orle ks cuneares del vulgo? {ftuiín negarla lo ad- 
mirable díí In ejecución en les de Trueba si no tran- 
S'Jirie;^ demasindo, y sin plausible disculpa, con el des- 
uUflu pedestre que parí) nada ayuda il la esponta- 
neidad? 

ÜifHatvufurativs tos tjue crccu. Pato seco. La sc- 
rrama, La gorra de peto. La ttmurtia i/r ta mora, La 
ordftHtuza militar, son títulos de oíros u^nlos can tares, 
más ó menos valiosos, imprcífnados de dulce y exqui- 
sita sencillez, de li«s que el üUimo podríji emparejar 
fon laü mejores haladíis idcmanas; ninguno quizA es 



S8 



L.\ UTERArL-BA KSPA.'ÍOLA 



tan delicado ni uin jirenuinuniiínte espnflol como La 

Perejílcrn: 

Al salir el sol dorado 
Hsta mañana, te v{ 
Cof;icQdo. oiña, en lu huerto 
Matttiiíi de perejil. 
Par;» verte tnAs de cercn 
En el iiuerio me metí, 
Y snbr.is que eche de menos 
Mi corazún al «nlir. 
Tú debiste de encontrarle, 
Que en el huerto le perdí. 
«DAmclo. perejilera, 
»Que le lo vengo A pedir.» 

La forma artística de Uin bello cantar se aplebeya en 
otros, no sé si para scfiruír y copiar máíi de cerca la poe- 
sía del pueblo. Pero si no quiso ni dcbiA imitarla Trueba 
en los defectos prosódicos, 'ij'i qué conservar los resíi- 
bios de una vulgaridad floja y desmayada, con la que 
no van ^njindo sils \'crsos en loznnía y pierden en 
corrección? 

E¡ libro tff ¡as montañas ' rcpresenuí en cíite .sentido 
alg^dn progreso con relación A £7 libro de los eaniares, 
y trae además en sus alas rumores y perfumes del noble 
RoUir vascongado, de la tierra de las lluvias y las liber- 
tóles, sin dejar de ser eco de otra poesía no menav 
sana y de amplio y universal carActer: la poesía del 
amor inocente, del hogar, del patriotismo y de la fe 
cristiana. 

E$to$i fueron umbién los ideales A que rindió tri- 
buto de cariño y entu.»iiasmo el tierno y elegante líri- 
co, el narrador fácil y ameno que se llamó Antonio 
Hurtado *, y que sólo en los líltimos afios de su vida re- 
negó de sus antiguas creencúis, perdiendo ul mismo 



> Madrid. IM7. 

* Xacid cH CüLvrr» el nlto UGC Kmik-L-M vn Mulrid. tiento CiM4o)cro d» 
E-ttado. rt l« dr Junü> út XKk 



ttX m. SIGLO XIX 29 

tirmpo la llave del misterioso alcázar donde liiibía sor- 
ido las ficciones que supo vestir con espléndido 



\ún ptTsistfci hondani«rnie arraigada la unción A las 
tÜMorluii en verso; aun &e cuhivaban por adocenados 
irr'- ' ' - las de orientales amoríos. las de fantasía 
pi. ' nuil llam;idus (ratfífi'oHalfs. lU-níispor loeo- 

mün df anacTonisnrus ¿- inexactitudes, cuando comenzó 
Hurtado su preciüso RcmaMero de HertuÍH^Cartéa, 
del que se publicaron varios fragmentos (1847/ en B¡ 
^émix Exinmrüo, peritíJíco de Badajoz '. La mismii 
clecci4^n de un asunto tan gIurÍ(r.so \ tan poético, sin 
mezcla de averiado romnnticú^niQ, estaba anunciando 
al émulo del Duque de Riv.ns, cuya labor continuó, sin 
perjuicio de ser tíin esponidne:imenie galano como Zo- 
rrill:!. A quien mAs tardo había de arrebatar su paleta 
multicolora y su mílgitu pincel *. 

Los Cantos populares A La Virgen de fa Montaña. 
las poesías lincas insertas en los periódicos de Madrid 



* temnies -*t>ar«iii bíM*frAlta< pon* (a AUMna A <Mi wwilwtt. t. 11, pft- 

Pri rmlici MHlAAín aliado cR la «BUi prrcrdtntt tamo, ]aki« con 1* rd- 
msntni ikl fOfnaii'Li Ul"m}«, XXIV nirc l«* <l(l 




30 LA LtreitATURA ESPAÑOLA 

y los [nigmtntos del fiontaticero dr fíerudtt'Corté^, 
juntamente con las numei'iísns pk-ziis driimáticus y no- 
velas que escribió Hurtadu untes Uc U revolución de 
1868, parecían aufrurar el buen éxito de las leyendas 
publícadiu dos afSos mjis tarde *, y en líis que el color 
local y tic ípiKa. la variedad de tonos y asuntos, el 
vuelo de I:t íantasia, y haila la sustitución del roman- 
ce por otras formas poéticas menos trilladas y m.-ls di- 
fíciles, basuiban para compensar lo anticuado y sospe- 
choso del genero. A pes;u" de todo, el Matiriti dratuático 
pasó por el nubloso horizonte de la épocu ret'olucio- 
naria como estrella desprendida del firmamento del 
romanticismo, como eco débil de una (.escuela olvidada, 
y como cons.'ijfración de los recuerdos de oir;i ed;id, 
en los que no babfa de detenerse la que con febril 
impaciencia so ocup:iha en destruir lo posíido, pi'cicn- 
diendo arrancitr de raíz el árbol de las tradiciones es- 
pañolas. 

Dejando apañe toda considcraeiAn de circunstm- 
cias para mirar desde la tranquila esfera del arte este 
brillantísimo panorama de \i\ corte y \'Ulu de Madrid 



Lo mimioaBi van lia Uwlw , 
Ot pOlTO j il« Mact« WClMi 

Qbc de upain» y Aultr nunSa*, 
F*Kcea wacrlenua notbtw 
SaHdudt (m «epulcroi. 

D* Gitatimocín y Hcfiiiui-Can«« AUx. 

nciiima— DMnuaBtMt, 

V cono M«lo* *rbiHi«4 

Se f alauíi, liulwii, vitllin, 

V *I C*bo «n jMilMch&o luin^ 
AatbM »»lpican la itnra 
Cva i wwoaw puifutcin. 



Potrea iMfirf ütr(i> uv* MiannMtinfl .Smaiiarte PM*re*M fiillolWiAL 
9*l^«t*tW>, tío* KtFt* « l^^TM j Ki^^fV^ntn ¥<}!!» Cfigt, SÜ.'SÍS y llii. 

) ttodrtl Maaútíco. Vot/nlán 4t IcmmliM d» lof Mf (m J IV r XVII, |W Iton 
JafMto iíilrHd» kUdrtd. líT». 



EN BI. SICUJ XI3C 



31 



durante loet reinados de los tres últimos Peiipes; Uistni- 
yctido la vista de tus puntas de Huminísmo impucstiis 
por d scctnrio incipiente ul poctji vigoroso, icúmo no 
cm^ * I ron aqufl ruiidro del hogardonnísticü, ilu- 

mii .1 lurcs du lírmbiiindt, en qui: se diístaain Uis 

Retiras del labriego Pascual Kodrígo y su mujer, go- 
zandu de Idülfa ícÜcidad primero, estremer iiíndosc 

I despuís de congoja con el recuerdo del hijo idolatrado 

I que sienta (Aa/Ji en los tercios de Flundcs, y por remate 
de su haJtafloKi hravum gime cautívu de) musulmiln en 

'lo5 caIabo7os de Arjcel, mientras su padre blasfema y 
*e retuerce de dolor hasta que ve y palpa los secretos 

I lie la Providencia divina, que te trae sano y sulvo al 
hijo de! alma por medio de Los Padres df la Mertetí, 

I de Iuí; futuros lilKTf idnrtó de Cervjinte^' 

En otru orden de sentimientos son también ínterc- 
santÍsímH& Uü; muTaciones que llevan por epij^afc Los. 
dos F/rfs, misteriosos homónimos cuya amistad lermi- 
na con el :iM.-sinato de uno de ellos cometído por su ca< 
mamd.1. A quien, tras sigilosas investigaciones, absuel- 
ve la )Ui(ici;» de l-elipe II; l'ti ¡Iruui,! otullodi- lj>pe, 
en que el Fínix de los ingenios remata con un nisfío de 
senil bumorismo la tragicomedia de sus amores con 
Inils de Pftflioja. h quien robrt el h^nor un mal caballc- 
XM, y que concluye por olvidar sus pcnasdando Ui mimo 
de cspofiu al mismo catisador del ultraje; üh fnnci- di 
Qttev>fdo, donde el poeta misóg-ino esjítirae la tizona 
to defensa de una dama (lance rigurosamente históri- 
fü); £7 fa€(dor de un vutuerto y ri dts/m'rdar de 
agravios, animada uuCobÍoe:nifia de Cervantes; En la 

\soHtí>ra. Ijt Maya. ¡^ ejítucióti de ttu vaiido íD. Ro- 

Idrigo Calderón); iWwí-rfrrfr Villatticdiatta. referida en 
íorma epistolar por Adán de la Parra ñ D, Francisco 

¡de Quevetio; Fl actnt dr Madrid, imitación libre de Li 
(nmusa curm.'din de I,opc. y /-«.< f^radaii de San Fefipe, 
apiilbcia de D. Agustín Morcto. 

El Madrid dnimdtito rivaliza con Ijls mejores pro- 



teo 



t.A T.llEHATÜB.^ B8PA90LA 

Jucrioncí! lí'í;i>nil;iri:4s dt- nut*;tni m<.KUTn;i líleratnn», 
sin Jfsconiitr los Catiíos. del irmaUor, ni l«s Koitunnrs 
Históricos tlcl Duque de Rivas. Citaré en abono de 
esta aseveración un frairniento del diálogo (de la le- 
yendií En ¡a suntíira) sustenido entre una madre y el 
miiLidorde f:u hijo, á quien oculm de las pesquisas del 
Alcalde por nu quebrtuiuir I;í psilubra que diú ul homi- 
eida fugiiivo cuando ntin no era conocedora de su des- 
gracia: 

El («culto dctttt del upU) ...no he de salir 
%m vuestro nombrr saber. 

ELLA.(deMU Ion). Nunca. (Cua OfvcuJ 

—Dejad que rae asombre. 
—Sellad el labio, buen hombre, 
queesigfs un desvario; 
yo no quiero dar mi nombre 
ni el vuestro saber ansfo, 
— Quiero el vuestro bendecir. 
— Vo el vuestro quiero ÍHiiorar; 
que al saberlo, sin sentir, 
pudlérnle maldecir 
y o^ pudiera denunciar. 
Y porque mis confiado 
viváis, eon cautela rara 
de esc lugar recatado 
quiero que sal}(:aí» tapado 
para no veros la cara. 

¿Lo oís? (Csfl ikercla ) 

{Rnifiiíiía)— ¡V'ucsiro f sclavo soy!... 
Llenaré vuestros antojos. 
— ;Estáis cubierto? 

—Lo estoy. 
— I*ue3 ved que de espaldas voy 

[St dlríg* á uaa puma «ecicu) 

para alivio de mis ojos- 
Quc si o» llrgasen & ver, 
y recordasen la densa 
que aquí me acabáis de hacer, 
dudo que en vuestra defensa 
os pudiera Dios valer. 
—Ya salgo. 



E!t BU SIGLO Xn 

— Scifiiid en pos. 
^-Ya os sigo. 

— ¡Xoche íbneata! is* ntbit*! tMtM.) 
—¡Qué noche para los dos! 
—Salid por la pucrm aquesta. 

'— Adi^S, señoril. (Salicnta.) 
(Sin mir»il(-)— Id COn lliOS. 

Sonó el lijííTo estitllido 
de una llave alpo apretada; 
salló el matndor huido, 
y la d:ima, aconfrojada, 
Innzó lü cerrar un tremido. 
V & sola» con <m oríandad, 
mirando al cielo exclamó: 

¡Wos mío, Dios de bondad, 
ante tu Inmensa piedad 
aún Soy muy pequefta yo! 



33 



¡LAstima profunda y elocuente ejemplo de lii nnor- 
qaia intelectim3 ea que vivimosl El tierno y simpiUicu 
poeta ti cuyas peregrinas dotes me complazco en hacer 
jusiicía. no pudo resistir el ddctírco influjo de 1u pi-o- 
pig;)niJn d«H"trinHl que el escepticismo del Esiíido mo- 
derno permtie jí todos los errores, y fue victima de su 
propia sensibilidad, excitada por la píntídii de sores 
qucridoa:, y que de la nostalgia punzadoru y tcn;t/. le 
tOTojó til fondo tie los delirios espiri lisias. En rano pre- 
tendí:! ennoblecerlos e! de.sdíchado neófito, purque Iils 
inspinicMioe* que les debió no son mAs que destellos 
fritw y .ipagados de una lAmpura que se extingue, ven- 
cid:! por la imipciíín de las sombras. 

Hace ya fflucliijs aflüs que si* deKpidW de las musas 
D- Vírente Harnmtes, otro iníjenio extremeflo. ;1 quien 
Sólo se ctmoee hoy como escritor elegante, avenía jadn 
trmdítn y miembro numenuio de las Academias Rspa- 
ftttlu T de la HL'J.oria. Sus aficiones A la Poesía aplicadas 
di cultivo de íttíneros muy desemejantes, se manifesta- 
r-* jvimenimentc en una cosecha de frutos ¡\ medíu 
fiuonar. los del volumen de tía/tulas r^paAotoji, dor; 

TOMO II ■* 



34 LA. LmRATtTRA ESPAÑOLA 

veoes impreso '. Corazón sano é impresionaHe, intetí- 
SX'ncia cuUivaila con el estiulio de la Liieraiiira, sobre 
toilo Irt Ucl presente si^Io; Uiles stm las dotes eon que 
Barninies conMba, y que tal cual vez le sacaron airoso 
de la lueíui con l:is múltiplos dificuliadcs de la empresa. 
Si todíis cst;is baladas fuesen como la que se titula Et 
alma c» veía, que por la impíilpnble suavidad del senti- 
miento rivalia» con El velo blanco, de Hartmann; si 
cuando menos se sostuvieran en la apacible medíocn- 
daü de La aoiottdrhm, Sania /saM y MuriUo, Cati- 
dotics del mfíí rfc Mayo, f^for traspiantmia y Esposa 
si'ii dcsf>o^ar (la tiltimu est:l imitada de la Fiaméc dn 
timhidicr, de Víctor Hugo); si el perfecto scñorio de lu 
forma hubiese dejado decir al poeta todo lo que él sen- 
tía y pensaba, entonces la colección de Baladas espa- 
ñolas poseería otros míritos que el relativo de haber 
aportado una \*ariedad nueva rt Ui flora iwética nacio- 
nal. No hay para quC- hablar de la trivialidad insfpidit 
i:on iipuríencia de humorismo, ni de las ex Inivagancias 
métricas que deslucen ¡i trechos la colecciún. 

Menos comiwria los rigores del análisis el libro de 
Barrantes Üias sin sitl, poesías filosóíicas que se sepa- 
ran mucho de las baladas, aunque algfuna ver., y sólo en 
la forma, afecten cierto parecido. Algo de cbo hay en la 
dedicada A los poetas, grito de horror amincado por 
los excesos de la fiera revolucionaria. Aquel metro en 
que Jorge Manrique encerró sus quejas A la muerte de 
su p;idrc, legándonos una joya custodiada en urna in- 
moruil, sirve al poeta del siglo XIX para llorar las ago- 
nías de la patria: 

Vo digo *adtús» á l.i. gloria, 
■ A Espafla que se Ueminiba: 
Adiós todo. 

Pufblo que llenó 1.1 historia 

iisti mejor en la turaba 
Que en el lodo. 



■ BalcdaM upaÁolÉiM (t* VinaU üamimti» MftdHil. iSSl-Seipiiida cdidAo. 
Madrlil. IM5. 



EN EL SIOLO XIX S 

A U luz de In íc csciulrífla el autor los senos de In 
sociedad nctuul, lanzando A su frente cl encendido nna- 
tctnn, lo misinr> en esta t-omposición qu<- en «trus mucho 
nuLs incorrccuis, pcru au memw intenc¡onad¡w. 

El cantor de Las cuatro cíttai:ione:t, D. Eduardo Tíus- 
IÍUm, sc distinguió hasti estos últimos «ños por su afición 
A ta p\.KrsIit íntima y ps¡tológ:iea. si bien fignm entre sus 
produeciuncs un Roniamero de la guerra de África 
baño menos conocido que el que dirigió y coleccionó 
el *.' - Je Mülins. Ln^ cuatro cilariones contienen 

ni\^ • ■ vquisittí seniimienlo y apasionado amon'i la 
Ktttimlerji, Hunquu no la busca tanto el autor por si 
mt^ni:t como por las alias ix>n templar iones filosóficas :i 
que brinda con sus cnc:mtos y misterios. El lia deter- 
minado en una composición cl carácter de tcidas Ijis 
wyus-, carácter sereno y razonador propio de los poeta** 
Kcptentrionales, A diferencia de los que recibieron desde 
la cuna los abracados ó<u'Ulos de un <^) indeficiente en 
loí« políies del Mediodia. Ln intención moral escompti- 
Rera inseparable de la muwt de tlustillo; pero no la 
flboga. ni la umistra por los suelos de la impertinente 
pedaj^oeln. sino que brota de ella suave y espontánea, 
lo mismo que la forma exterior, sencilla siempre y libre 
de monotonías fatigosas. 

La tlltima fase del ing-cnio de BustUlo está represen- 
tada por cl primoroso romancero satírico, £/ O'ego de 
ÜHettavista *, rasgueado cun la pluma de Quevcdo. y 
por los poesia-sque scRinnalmcntc estampa en e1 fron- 
tispicio del Madrid Cárnica. Quien :ispirc A conocer bu 
lla^pLs de la sociedad ii»ntemp(ir.''<neíi convertidas en 
tcmtiít de arte, ^jn que la Itdelidad de ta reproducción 

[estorbe d los vuelos de la inventiva, ni al sabor cseru- 
puluvimentc castizo de la forma; quien admire al gnin 

icquiv(x|uista del siglo XVII, y guste del naturalismo 
viva/ V palpitiinte en que ha tenido tíin escasos conti- 



I iá*it\^ um, 



36 UA l-tTEJtATnu ESPAÜOLA 

nn;iilores, lea los versos del noxnamo Ciego y le hen- 
rhinin Vas. metlldns. 

Muy üiras aptitudes quo ias de Bustillo fueron Ins 
del mnlognido pocia de CartiiRena Jostf Míinínez Mon- 
roy (IS37-1861), muerto en l:i flor de la edad, y cuando 
sólo nos pudo legar I:is primieias de su esplendido 
numen, cuyas fuerzas asi ahareaban las re^fiones plíl- 
eldas del sentimiento como las tcmpestuosíis de la ins- 
piración social ', Su pocsíii £/ fñ'Hto, publicada en las 
columnas de La Crónica (H de Noviembre de 1858) y 
reproducida en A*arios periódicos, le ficarreó una fama 
prematura, en que entraron por mucho la amistad y el 
compadrazí^o político, ya que le tocase su pnrte A 1u 
orÍEiniüídad atrevida de la composición. Leyéndola hoy 
con i-l mtis hcnignu y favorable criterio, no se le pue- 
den reconocer otnks condiciones fuera de la apuntada. 
y aun por ese respecto adolece de indecisión vaíía, hija 
de la inexperiencia y no de la profundidad de conceiv 
tos. Aquella alejroría personificíidji It^rra tal vez iLsum- 
bramos por un instante; pero luego la vemos convertida 
en vapor tenuísimo í impalpable que se esconde d la^ 
mris sutiles miradas. La forma no es tampoco muy 
correcta, como, ni en general, la de todos sus versos, 
en que no se ha de atender tanto al valor alisolutft 
como al relativo, y íl las promesas que sobre él podían 
fundarse. 

Hn Im victoria de Tetiuíu se entreoí .Vlonroy A los 
entusi.lsmos bélicos, muy en harmonía con su carííc- 
ler. excediendo en lo que apellidó Horacio os tmif-un 
sonaionntt í\ todos los líricos que cantaron la glorio- 
sísima campofla de Áírica. j\llí se decía de la Victoria 
que 



■ ^«uuMib D. JW Ui»rUma ihnmt. MiblrlJ. U6J. Vnn m-omiMAndu tk 
umN tM<llliclauMii|p«lfB dclnuiirpor l-jn II ln Cji untar, y Ji niiinercMtoiKMiMa- 
larl»^^ IIUHlmctMiwpor «I iniilünt Haiitínbuick. 



BX BL SIGLO XtK 

E* el beso de amor qu^ ronco brotn 
De los ardientes labios de la guerra. 

fVItí csmmpiiKi Mooroy estu f^ntencüi sublime; 

Que los brnzo-s del déspota se ctermn 
Donde los brazos de In Cruz se abren. 



sr 



No me dctcnürtí A analizar los frag-mcnios .^/ icié- 
gra/o tríMnco, l£i arle, etc., notas sueltas del himno 
4I progreso humano que llenaba el corazón y la cabeza 
de aquel joven precoz, y le acrnían con mayor imperio 
i|uc 1ji» rtsucflas frivolidades Uc la entnida en el mundo. 
I-' I- n Munroy presi-ntian un Fk-rAnjícr 1^ un Oiiín- 

tii , Lipadu A inmiirlaliziir Iits i,onquÍ'>Uis de la tiví- 
Ibad^Sn y la libertad de lo» pueblos, no parece que vnn 
fuera de ntzón; aunque no fulla en estos ensayos cierta 
inata laricdad de tonos, sin excluir el del sentimiento 
mijful y rcligiuso. por el que apitreccn inspirados el 
fratcmento A la V'irgrn y Lo t/iw tfi'cr mí madre, serie 
<Ie agradables y tiemísinuis estrofas. Como dcsempefio 
el cargo de critico, y no e! du proíeui, me guardaré 
muy bien de repetir ó refut:tr ios diifnunbos y pronos- 
ticos cm que honnin al perdido ingenio una parte de 
[ «US admiradores. 

Vive y tiene asiento en la Academia Espaílola el an- 
ticuo Marque de Aqnón, hoy Duque de Rivas. cuyos 
I primeros versos se daban también A luz hacia la miwd 
]^Xv\ siglo, aunque ni entonces ni ahora han lujürnido sino 
ly cono niímcix) de Icccores, y ístos entre la nristo- 
fi-r-i' ■ ""■ ' tjo del insitmc creador de üt moro vxpó?il'> 
\y i ■ "O h;i cncontnulo sólo anim: id versión bosdi 

fmliíercncla en la opinión pública, que mira siempre 
ron recelo h los Títulos poetas y no acata los fallos 
l^radt^icos, ni aun tratíVndose. como aquí, del heredero 
l-dc un hombre simpjiíico y »rloriusisimo en nucsii-a Lite- 
Iratura. 

Escritos en ffencnU hace muchos aúos.uunque reuni- 



38 LA UTSRATCRA EM-aAoLA 

dos m.1s tarde en colección ', no celebran al amor los 
vi-rsos dfl Duque de Rivas ton la impetuosa vehemen- 
cia de la juventud; antes obedecen á un impulso casi 
radiealmenie contrario, y exhalan un perfume de tris- 
teza apacible que pudiera creerse engendrado por la 
experiencia y los contratiempos de la vida. Va en 1851 
componía su balada A un <irb<U, cuyas melancólicas 
esu'ofas parecen arrcK-itadas á LThland. sin que en ellas 
se proyecte ni un rayo siquiera de luz meridíümd. Pero 
(Cuún poético es este modo de <:ontemplar la natunüc- 
7JI, en que el espectador la asocia á su propio destino, 
V diee: 



Cuando la muerte mt destino amanse, 
Árbol, -quiín sabe si cacrAs tamblt'n. 
Si el féretro serás en que descanse 
Mi helado pecho, mi marchiu si^nl * 

Si se entrejía el Duque X m¡is plácidos pensamien- 
tos, es pitra volver con insistt-ncia ;i la meditación írni- 
VK y ñlosóftca, ya cultive la epístola moral íl la mane- 
ra de Jovcllanus, ya entre de lleno en el subjetivismo, 
emulando á Byron y Leopardl, con lo sombrio y obs- 
curo de las tintas, aunque nunca desoye la voz de la 
fe, ni amarara el Animo del lector con el corrosivo dejo, 
tan frecuente en los dos colosos, de la desesperación 
pcsimisui. ¡Lástima que ;'t la superioridad moral de los 
scmimientos no corresponda la perfección de la forma, 
atestada de ripios O incongruencias en el autor es- 
panol! 



I Anftr y *»íMf, vttft4 ifa D. Sttriqiu Jt S¡uh<Ji^ Í>w}M de B¡tMt. KUdri4, 
tSMi L^itftu- cl ilUcurv> lie conietiitclún tli-l >lnr\|u^ ik- Mollnt tt\ Autor. «1 In- 

y H Ivk'ln Je VaIcth tobiv U «brA vltndA, inkcrin «« La ;)iurr>iiSdn OfuMoM 
f i^fMrtoaiM inAmcr» cotrchpnaJIciiU' «t .10 4r .\ti(n Sr IfTé/. El IIul|(k Je kl- 

VM h* |>at)|fc«(lo niKv* tdlrk^ <k mu ttni»». <|<ir loraiftn tt volMnrtí LXXIJl 
(Ir lü aUttltkí át rjrriloreí ciimUMM. 
< IJi- r->ia pcMiu h.i hit'liD aaa.ll<uFcctda i-rud, y 4iodk«litc«*lnJvKtk,cl 

«Olor át l«k aiflii* aríHocrálica». 



KH Bl. SIGLO XIX 



:» 



Por lo demds, el tono dominante en sus quejas cabe 
dentro del dogma cristiano, y riun dt* ("-1 en parte recibe 
su liliación, poes cristiana y misüíament^ se puede 
nñrmar: 

Mayor ventura que el presente alcanza, 

Cualquiera tiempo enciemí; 
Un recuerdo nn m.-is y iin:i cí>pcninza 

Es U dicha en la tíerm. 

Oetiisü sería ponderar cuanto se apsirca ísia de la 
víTt poesía, toda halados y colorido, en que, A difercn- 
cii del actual, se distinpaió el anterior Duque de RIva»;. 
Sñn cmtuirgo, entre i:is dhnis del primero se registran 
tres romances y una leyend;! histórica, Zm hija lif 
Alime-uñM. 

La sAtini social y política tuvo sus. rcprcstntantc!; 
entre U*s poetas de la Rencraciún literaria que voy estu- 
diando. S»tn célebres en &ste sentido las improvlsaciii- 
nes de FemAndez y Oonzíllez, los varapnlos que Josí 
l7a repartió C\ todo* lo»; personajes de alguna reprcswm- 
tacíAn en el iM.'rÍódÍco La y/fiora, y en los que se deja 
adivinar Li mano de un nuevo Fljzaro, que conc!uyi'> 
por suicidarse rt los vcintiün aflos, y varias composicio- 
flt» do Eulogio Horentino Sanz, una espocialmenteque 
circulú manuscriUí por todo Madrid y preparó la rev'v 
Tiic4<in del iifiQ M. 

Entretanto se dt-sKirdaKi inquicut y retozona por 
la-i culumnas Jd Stinafiario /'iníortsco la mu.síi de vn 
aprendiz de abofrado. asiduo lector de los nnii^os auto- 
res espaflotcs, Qucvedo en miniatura, pero sin bilis, y 
má&Jiflcionndo A l:is alegorías que A las personalidades 
o41osu>. La tisonomia de! .Ntadríd que yn podemos llamar 
iioti^o, (otografíadjL en los aflo*i inmediatamente ante- 
riorcft Á la w-nída de las anuas Ji-l Lozoya. m- estudiará 
^empre con fruto en los Jíomutni-^ de 13. Jos»!' Cronz;!- 
kz de Tejada ', aunque no es necesario tal aliciente 



.wra. 



40 LA LtTKRAttieA ESTA^DLA 

piíra leerlos con la dülcct<u-ión que se experimenta al 
sJiboreiir ios frutos de un ingenio rWo en travesuras y 
Uuniíircs. retrechero, saleroso y de cepa castiza. No 
desmienten tampoco $u estirpe las Atmireónticas de 
filtitua moda *, caricaturas del niño vendado, parodias 
del íunor platónico, idilios vueltos al revés, faUiíicin: io- 
nes del género de Víllc^^ns y Meléndez, mi\s tesn'timiLs 
que los originales. 

Paríceme oportuno hablar aquí del popularísimo 
Manuel del Pjüacio ', por ra:ls que la variedad de sus 
dotes como poeta le hacen digno de figurar en muy 
distintos !3TUP'>S y de ser considurado por muy dilüren- 
tes aspectos. La leyenda y la catira, el soneto y la ele- 
gía, la copla y el epigrama, todo lo ba recorrido su 
fecundo numen, sin fatigarse en el transcurso de un 
periodo ya muy largo y de trabajo continuo. Veinte 
volúmenes Ue regulares dimensiones podrían formarse 
con sus versos, según calcula con fundamento el sefior 
Sánchez Moguel, su último y autorizado biógrafo. 

Talacio. asegura el mismo critico, pasa y pasará 
mucho tiempo iKirn la generalidad solamente como poe- 
ta satírico. A ello ha contribuido sobremimcni la cclc- 
l>rídad que alcanzaron sus versos puliticos." Desde 
las Redacciones de los periódicos mAs cxaltndos de- 



vlnclit*. I 



• Uoilrtd. lSi»>. 

• N«i,-|(>(-n r.:ri.lncl Sltlr Dtctcmbrf ac laXT. Patóloi nfloaile la Infaac 
vn Saria, VaIUíIdiM y la Corulla, irjitaitAnJiM « Iftt6 A Madrid, d«nlv 
Con«clnÜcMto ■;«n l«s lltcrtto>< Jdwnvn t*i:htn llcicado*, c«nia fl, dv pravl 
Bn GratiAjB, rv-l Jcnvis Je mi UmIllA JrsUc Uño. formA twnc <iv la iiMi.-la«:l4n 
)a*mll V altere iiw mu lakmlMoi upodaran ton d Kiulo it La AtriAi. t>c 
v«cUa tn U oorw.coUboMcn lospMl6Jlca>dfnMrátlico«y cKlniprincIpatM 
nviibit |(c«rirla«- Uaipu^ ún la ivvolvctda tic tSCB ««blami nvlabtmiFnic 
U rlila )' \ta Ulim.^ de Puinvto. y hny, M trtiba Ar mil cncontradA^ viuldtadch 
fliplra rne\ pailldocOR-tcrvidor rl ABUKUnaJvcnuladc ta H<ipan]alB. conf 
lnnle*dloi-« rl iimorA Ua ntUui». Ba ¡«dlvldoa d« itAnen. eiMto. (le U Acn- 
dcmU E^tMAflU. tV. O^int dt Uamtitt det J^aela. 9vitd«9. taneitnti v «vlo^ 
Madrid. ItHf Víladof de uCoAo. Madrid. l'^iM.-JUUaM attlamOtieat. \eST.t 



BK EL Sir.LO XIX 41 

ícfldiA la democraria con no menor brfú que otn>s ile^ 
(le Fa (ribuiui. El dominio del (.ronsonnnte y Iti dura 
DcccMÜiiü hirieron de Palixt-io un poeta A diiiriu, un 
íjervo de ía pluma, que usaba y abusaba de la rima con 
mú% facilidad aún que de la prosa. Los que alainznron 
el decenio anterior lí la rcvolueión de IB6ÍS guiU"diin 
memori:! de aquellos voladores y aecrodos rasgos i:on 
que llenaba Uis publleacioncs de su partido el infatiga- 
ble redactor del Gi'í Blas y La Disiiisiótt. Nunca como 
entonces se recrudecieron las luchas políticas en Es- 
lafla, nunca hubiera tenido tal alcance esa arma, al 
parecer inofensiva. Ni las ideas ni I;is personas cwapa- 
bun al láti$;o del poeta uibuno, empeñado sin ce«;ar en 
una cruzada que hoy mira con indiferencia y casi con 
Arrepentimiento. Aimque se censure el espíritu á que 
celoKimente servüi; aunque muchas de estis tineiis des- 
iguale*» L-arezcim de tuda valor ariistieo, y estén afea- 
das por la precipitación y las consiguientes p^ravfsimas 
incorrecciones, PaLicio mímeja la sátira con relativa 
destreza, y ahí cst;l paní demostrarlo la celebrada co- 
lección Ue fisonomias y caricaturas que escribió en co- 
Uborucíón con Luis Rivera, y que con el siRnificativu 
titulo de Cabezas y talaba~as tanto morlificó á mAs de 
un cticopettdo personaje '. 

£1 infatigable gladiador cambió de aliclones, d<1n- 
' «105C á bcTcficIar la ven.i del sentimiento, profus;imente 
dcmmada por sus ultimas pocsfas, en las que suelen 
hcnnanorsc la ligereza y sencillez de la forma con la 
intensidad y trastendenda del pensamiento. I-as im- 
presiones mils fugaces, los miis impercepiit>lcs ecos de 
Ut realtd^id, Ui historial cotidiana del mundo y del cora- 
aún, c:M es lo que canta el poeta en sus deliciosas mcIo- 



* e* Ubfv mveho raá> taro 4«e H Je CloAoa» y mbhkMM vi poptt)utb«rv j 
áMwaAC**^ W: tMuUtd Piit«<.-io can c«lc iraaipjnntvrTitBnk: Ot TWüia it 



42 LA UTEBATtrHA ESFAKoLA 

días, lleven 6 no este título, que para el caso no es in- 
dispensiblc. Siempre envuelto en la atm(5sfeTa de un 
•ubjetivismo melancólieo <? idealista, gniba hondamen- 
te en cl molde de la rima los errAticos movimienios de 
la reflexirtn. dejando adivinar en lo que dice lo que no 
dice, y dando A las, mAs vuluares ideas aspecto de gran- 
deza y originalidad. 

Donde mjls resaltan, sin embarg'O, sus eondieione-s 
de pí)et)i es en el difícil soneto, que cultiva con asidui- 
dad y carino, jugando eon las aspcre/^x*; del artificio 
métrico como juef^an manos robustas con la ponderosa 
mazii de bronce. Si un buen soneto v;ile por un lar^ro 
poem;i, según sentía Boileau, mucho debe de valer Ui 
colección de Palacio, en la cual to esmerado y sobrio 
de la factura, lo ení-rpico de la frase y lo elevado de! 
concepto no estorban ú la transparencia y claridad de 
la expresi<^n, que pueden rivalizar con las de la prosa 
mfls sencilla. 

Afi tr'ra, Kft la mucric ácl c<.citltor Fifítwnts, l'oj 
damúutis, Stdln imttutñoi, TánUtío y Hasta ei fin, n 
yan en lo perfecto; otros que sería prolijo citar deja 
en el alma del lector, ora la impresión impalpable 
tierna de la balada, ora la enérgica y tempestuosa del 
canto bílico, reinando en casi todos cl elemento perso- 
nal £ intimo, que Uinto los avalom. Lo insiga ificiin te 
de la idea unas veces, y otras el descuido de la forma, 
destruyen narcial ú totalmente el mírito de algunos, 
aunque pueda explicarse aquello de ex uu^nr leoHf^m 
A los menos favorecidos. Palacio hahetho muy conoci- 
da esa v.iriedad que apellidan í^ouvto Jilosójico. y cuyo 
fin es colocar enfrente del optimismo candido las vul- 
garísimas escenas de la vida práctica. Aunque el pro- 
cedimiento no es original de Palacio ', ni deja de pre- 



* Lbvmrli-Acnrli-lcle XVII D. A|iu-<Un dt- Salniar y Tdini*. itfltcn á tv 
*ci parral hAbtTie InipIrAdo *ti Lope dr Vc^a. Qnevctl» y alcdn otn> 



B3t BL »GU> XI.-C 43 

Mmtar inconvenientes, le ha validu elogios í imicacio- 
nt^ qiu' na sé si senln de su ajrnulo. Distíngucnse entre 
sus s*mi-tos filosóficos lus ^uo titula Meu&aje, Al lies- 
perlar. Poesía y prosa, Eí atftor idcai , A un critico y 
El néctar úf los dioses, que recuerdan insensiblemente 
tí ítritiro tono de Iglesias y Moralín, cuando nolu in- 
cisiva sAxinx de Queredo. 

Recientemente ha venido ú dedicarse Palacio á l.i 
tcycfldu rom.lnticji, propósito que no estft muy con- 
forme con el gu-sio dt la época presente y que no le 
Biabo, porque en ello se ha npartndo de ?.yx rocnci6n 
lefiflima. Distan mui-ho de ser indi-scutihles Ir* man- 
danucntos de la moda; pero el que los inüiní;e y con- 
traria se condena ñ si propio cuando no se impone con 
ol»ras Je miis fuste que las medianas narnicíones de 
nuestro autor. 

Las Onspas que senuiniílmentc llenan ¡üioru un 
haeco de Los Lunes fie El Impnnial, troimiden en ci 
lono y hasui en bus ;ipnr¡cncia-s mm otras m;inifestii- 
ekjnes conocidas del ingenio salado y morda?: del an- 
(íjnio periodista üemocrátieo. Los acerbo» desengHfios 
dcLi experiencia, las cabriolas y bufonadas humorísti- 
cas, ta nota sentimental y la docente, las lágrimas y la 
risa, tixio fundido en un molde elAstico como la goma, 
hacrn de las Chispas una lectuní variada é interesan- 
te: pero conviene que no se fatigue tanto el eslabrin, > 
que sf eüjfin piedras xnAs A prop<teito que al(f un;u- de Ui - 
empleaJns por el poeta. 

Un critico extranjero, Boris de Tannenbcrír, cree 
vrr en I*alaeiu los canicteres que diüiíneucn ii \aÁp<ir- 
iMsioÉtos de la literatura írancesii. Algo se les aproxi- 
ma en el ornato exterior, en el artificio del verso, en Ui 
manera de cincelar la palabm, pero por coincidencia 
fortuita, y no por imiuci^n; pues sin contar l¡ts osten- 
sibles afkHones de Tolacio A la poesía tradicional e?^ 
paAola y A la italiana de estos últimos años, no cabe 
decir de ¿1 .sin injustíiia \\\ic inni<<la en el altar de la 



44 LA LITERATDBA ESPAÑOLA 

rima rica, como sus predecesores, el vigor y la virtua- 
lidad de los pensamientos '. 



t Las postrimerías del romanticismo seflatan una <<poca de florecimiento 
para U poesía didáctica, y en cspocial para la fábala. El Insigne Harticnhuscb 
naturalizó en castellano muchas de distintos autores alemanes, y tas publicó 
reunidas con otras originales suyas en 1S48. logrando las más selectas asom- 
broso número de ediciones. Cuatro aNos después salid á la luz una colección de 
fábulas políticas y morales por el magistrado D. Pascual Femándei Baexa 
Valen mucho más las de D. Miguel Agustín Prfnclpe, osado é Infelli merodea' 
dor de todos los géneros literarios, pero que en éste nos dej6 muestras no In- 
dignas de triarte y Samanlego, ni aun del mismo Lafontatne. Hay que afladir 
á las tres enumeradas las obras similares de Campoamor. de Carlos Pravia y 
Antonio de Trueba, del Barón de AndIUa, de D. José H. Gutiérrez de Alba, etc. 




CAPÍTULO m 

lA POESÍA TK-VOICIONAI. AJÍDALITEA EN SU ÚLTIMO 
PEKfODO 



brarta •rvüluiB: Aprtrvbra, KntlniCBrs X»|iati. RBvan. .Imnilvr áf loo 
fUiH, TrmñuAn yliontiW, KHiit. FrrndailM Ílapt*a.rHflrli>. 1» hrnns- 
pHm llrrrrrn ; F^pluM*. I(m n|KMu* t.iBiun|HP. I'iifii|itni>, Jiialintuiiii. Dr 
tiékrifl. Hrrrrra y Kiililn. MrrrMtn il<* VHIIU. _ PivtM Inili'prailifBlii; 
UpM lisma. AUrr4B. (irllti. Alralil» y ValluUmi. liltutnl. MMrhrft 
IU$*»m. tUrria («twlUm. <'oBc*|irlitii )*>t»v«ivna. HoAmBita. VftlArdr. 



Üv> L-nsL'Aiuizas de D. Alberto Lista, l« vitalidad 
do una tnidictón amurti^iíidn por el ímpetu del 
román liclsmu, ptru nuni-a lotidmcnii* exdnjfuí- 
da, y Ijl* íníluencias de la raza, ücl clima y de la san- 
fr*r, fueron las causas generadoras de la cñurescencía 
{•óptica que se dcsarroUií en las espítales de Andatu- 
iía a! promediar t'I siulo presente, y que aún no ha 
itgouidu su íevundiUíid. f-i patria úv Herrera y de 
Riuja resiste á U invasión del cusmupolitismo, y con- 
«rn-n en su literatura alpo del carActer que Ifl ha 
di&ttn^ído y la di>;tinfi:u(-' perfectamente; alifo Indes- 
inictiMe y superior al vaivín de las teorías, íi las vici- 
situdes de los tiempos y al pasajero y cst<!ril conven- 






úpurtunu, necesaria me parece esta obser- 



vación si hemos tie explicar las evidentes relaciones 
que firuartliin los últimos represen lanies tic ki pocsia 
andaluza con sus más remotos antecesores, ya se res- 
trinja la tk-nominariún, como hacen miichus, á la que 
se suele llíimar rsciieía srvUIana. ya se extienda á la 
que con accidental diversidad de matices se difunde 
por lodo el Mediodía de España. 

El exceso de lirismo, la gala y pulimento de la fra- 
se, la tendencia A lo grandioso y épico mils bien que 
A las intimidades psicológicas, la opulencia dest-riprl- 
vn, el inmoderado níAn de pindáricos arrebatamientos, 
que por lo común desfiguran el lenguaje al desfigurar 
1u idea, éatoi son los principales, no los únicos, toques 
que forman el cuadro de la poesía andaluza, reducida 
por esa causa li los limites del género lírico y del na- 
rrativo, pues no pasan de excepciones las cooiadisi- 
mas obras con que ha enriquecido nuestra escena. 

Por la semejanza aparente y parcial que hay entre 
los caracteres de esa poesía y los que distinguieron á 
la romi'intica en sus albores, hubo quien las procurase 
hermanar mejorándolas con el consorcio. Pero ya fue- 
se marcada preferencia en favor de la una ó de la otra, 
ya amor de patria 6 instinto de arte, aflojáronse poco 
íl ptjco los lazos, y cami>ei> libre y sola la musa del di- 
vino Herrera en el suelo donde tuvo origen. A este 
propósito uhcdecieron, quizá sin reflcxiiSn. todos tos 
poetas que ú la ligera he de enumerar en este capitu-* 
lo, y que coadjTivaron al logro de una empresa común 
con intenciones y íxito muy desemejantes. 

Para unirles aquí me bastan, sobre la razón del mé- 
todo, cierta comunidad de origen, ciertos y generales 
signos enumentdos arril^a; pero excluiré del grupo ;l 
algunos poetas que parece debieran formarle, y que 
tendrían cabida en otro lugar más oportuno. 

Comenzando pur hi escuela sevillana, que es donde 
se nota más conformidad y consecuencia en medio de 
ciertas desviaciones, vienesc al punto A la memoria el 



EX BL SIGLO XIX 47 

nombre de Pucoie y ApezechcA. que imitó A su maes- 
tro Listn rn lii misma épocu üel romiiniicismo, y mu- 
dius afl(i!> después inidujo en verso lo<t dos |)i'ímfro!> ti- 
teos de la Eneida y algunos de ta Escritura ', fon- 
funnándose en esto ultimo con Ui afición A la poesía 
«apradíi. distintivo permanente de los discípulos de He- 
rrera. 

Entre ellos debe colocarse también ni presbítero y 
proffsor de Retórica D. Francisco Rodrigue'/ Zap:ita 
llSUi-lti**!, en cuyo canto Débora y Barac, & pesar de 
lur cnidíis y desigualdades, lucen destellos de tnspira- 
cirtn hiWicji'. 

Antes de 183^ escrihian, medio abstraídos del movi- 
miento gencr;il que impulsaba á las Ictnis castelta- 
nas, el upreciahle poeta D. Juan J. Bueno, y su amigro 
D. JosC- Amador de los Ríos, el futuro y portentoso 
t-rudiio .1 oiiii-n i.»doí. conocen *. De llut-in/ íí>ii l^s 



I M anur <c*«l*d*nigite t\ qor 4 mniiniwcMn mn«crlba: 

ADIÓS 

Ha hay ni) «ur ni- U tiarr», el liiiimiMiiri. 
OwlqaxB aiclw* auna rfrvrbtra, 
Soa, r«na ni >— tita jr U C(cacl6a ■ntara, 
RáCtfw (asUva* <!• ta tlltnto. 

Di la nada m alaaraa 1 la aevaaa 
MI ■bmIm, publicasda *■ w cattava 
^> Mi«a oiU f otna arfl lansax p*dl(>a 
r*a palabn «afK, o* piiiia»liiaii 

Doqaiar coHMipto w bwMiilafcl* cltaeia, 
Ttft4a •« laalMnd r «» MMf pur», 
DMda**p«t«MuaInanal pMKriio, 

V *> paui^ iiiai *bi*» lu «ulaUBCU 
La V— Um, \i> p wx nw, lo funro, 
V MB mil «lU -. la *nt**, la tn£silO- 

Ka I* cJUsiin, Ji Sodricuiri ZApalit ae cda.3>»a mallltuj de Utent»*y CV- 
^ CTtBtra» tvma IKciiurt. Camptlto. F>W. Pcfl«r*»iU. tic. 

X (MwvMb tU fomat nrugiém de 0. /U» AM Smmi v AM jH«<Br * Im 
kia* It'vinK. ISR- 1^1 mi» ificaUnw* Ja ARui4ar ntán m.'^^iliUt ■« <m v«- 
HB« OUikMi UW, <«n rxWNM |- kko nciii» prfloco <lc D. Joan \'alt(A. 



48 I.A MriniATntA bspaRol^ 

cantos .4 Srvtlla y A ¡a Pas, de entonación solemne, y 
de tanto sabor á Quintana, como indican estos versos 
de Ui segunda composición: 

¡No nii&3 lid, no más lidt Los que vcnncron 
En Huesca y en Las Nnvas y el Salado, 

Y ante sus pies postrado 

En Xa. hermosa BailOn al galo Weron, 

Y cenizas sus fí^ilas hicieron; 
Ij>s hijos de Rodrigo y de Pclayo, 
De Alfonso y de Gonzalo, no nacieron 
Para lanzarse el rayo 

Y desunirse en fratricida guerra. 
■Patria y unión! y os temblará la tierra. 

El actor de !a Historia crítica de la Literatura rs- 
pañola reunió en su frente los laureles de Apolo con 
los de Mincr\'a. la emoción sincera con el saber sólido 
y profundo; y sin ¡ípsirdirse en todo de In corriente he- 
rreriima, fue uno de los mrts conspicuos cultivadores 
del romanücismo histórico á la manera del Duque de 
Rivas, y adivinó en los despojos de la civilización de 
los sisólos pasados, no sólo lo que descubre ta ciencia 
escrutíidora. sino lu que está reservado d las intuicio- 
nes de Ui Poiísía. Dstas dos fases de su capacidail inte- 
lectual se completan mutuamente, y son como el cuer- 
po y Iji clave de un mismo edificio- La erudición del 
arqueólogo eminente y del investigador sagaz dan las- 
tre y relieve á las fantásticas concepciones del artista, 
que viviftca con la magín del relato las páginas de la 
inerte rrónira, las ceníz:» de los héroes y el polvo de 
los derruidos monumentos. 

El culto de la antíg^Uedad inspiró A Amador sus vs\i\% 
hermosos versos, los de las epístolas y romances, y 
hasta cierto punto los de algun;is composiciones en la- 
bia, como la que se intitula A ta creación dcf Teatro 
espafíof. ICntre las epístolas sobresale ta dirigida á don 
Jacobo María Parga con urotiiv de un viaje que ttizo 
éste d Salatnanca, lamentación melincólíca en que p:ü- 



en EL siCLO xa 4*1 

(ifta el espjritu tic Kodrífcti Caro y lti que los rerucr* 
doí de la Aleñas espaftola hacen exclamar al poeta: 



SI an (lempo de CtíiAa el alto acento 
Reson<t en los dorador anesíMies, 
Asombrí) úc los subios y portento. 

Desiertos de tan ínclitos varones 
Yacen los noWe* prtnicos. trocadas 
En bloebre silencio sus lecciones. 

Do sos precliiro* timbres despojadas, 
Las musas huyen del recinto ameno 
Do se vieron de lauro coronadas. 

Ijos mitmioles de efire^ias inscrípeíones 
Cubre ignorante polvo, envilecidas 
Sos glorixt y sus (últiid'is blasones, 

Tm las rabiosas manos sacudidas 
Arde la desimctor.-i liurrlble tea, 
Las íábricafi del arte deisiruldas. 

El rico alerce entre el etícomhro humea, 
Y derrumbado el L-jipiu-l lamoso, 
La torre de cien codos ya llaquea. 

El humo crece, y crece el espantoso 
Cruju*, y Iii alta bóveda cayendo, 
GI Mielo gime al ^olpe rrngoroso. 

AI bárb.Tro estallido y ronco estmcndo 
IV l«« ahiiTtas tumbas prolanadas, 
X'v. J olor sale Irenieudo; 

\ jro centro levantadas. 

Entre las turbias llamas resplandecen 
De cíen héroes las«iomhras veneradiis. 

Faltiitn ñ Amador el dominio de la vérsificarirtn, in 
1i " ■ ' ' ' L.|Ue Sillo se adquiere con el ejerciflü 

< . . ' I Dancias, m;\s f;lcj|es;dc manejar que 
la rinuí pcrfcctn, corren cun iksemlxtrazo en los pri- 
fT de la cdlcrcirtn Lrt f»iÍof>rtt ttc/ iífy. 

^i;.,. . — . ... -. .;![a. El Hryylíi ÍKÍi'íiÍa(\oi<trcsvc\V' 

lies A Don I'cJro I de Cn-itUln. retratado nquf come 
rea %-aleraso, pero cruel), La arrofit$tHÍ<ffrati(i'Sn 

K- habla, del daelo fnistmdo entre Kennco de Anjou 
roaM n 4 



50 LA LrmRAniKA e^aRola 

y Alfonso V de Aj'agón) y la kfs puerta de Zaj 
desafío íie Tarfe. 

Las traducciones de los Salmos, en que Amador si- 
gne el original hebreo, no desmerecen de las del mismo 
Fr. Luis de León, y traen á la memoria la esplendidez 
oriental de Herrera. 

Del celebérrimo novelista popular D. Manuel I'cr- 
nilndez y Gonzíilez existen numerosas composiciones 
en vcrsu ', nu tun invariablemente ajusta^is al neo> 
cliLsioismo fievillano que no dejen triLslucir su fíliaciún 
romilntica. El poema 1m batalla de Lf Patito, escriti» en 
octava rima, le acredita de poeta filcil y entonado, y lo 
mismo sus canciones y melopeas, de voluptuaiiidad 
ílrabe y ritmo tan dulce que pudiera prohijarlas Zorri- 
lla *. líl íuc unto por lo mcnus cumo Herrera, el pr<»- 
lotipo i\ quien procuró imitar HcmAndez y González, 
y con tal forttma que al^^imos crUIcos ;mteponcn la 
colección de sus versos A la de sus novelas, sin excep- 
tuar las mejores. Fantasía creadora y meridional, ca- 
tíicier irovadürcsco y como formado pura hacer rcvi- 



■ Pqo*^ rartot^ MiHlrlJ. MT.— B ftijbrw) rtri aa*/, k]rvad> Árabe. Ma- 
drid. U»l. 
* l.M<w «I «ipiJimtp f racnento di- lanuacc. in>* in ua ilTCluuia út dnUurm 

Balfa oUjt* JU Xttfa. 
Tru •! ucHO •> poM 
SI (ni 1 tn sbMurn oaiUB 
D«i(>lt«Ki 1« «mlira lnr«n*. 
El iucimd* U tmria 
En uImuIv* (c*i>l*niUn« 
lUKtlMraadv «pcrvc*! 
tica nitro di la noclK. 
Se HDtnKua U Uu, t\ dit 
\'í a ftluBibiu i uow nfioM*, 
Y U liiiicMa *c «dUnda 
Llcnit»da Im hoiUoom. 
iBclU Unpaiit d< plau, 
Que tnua«alD ncoirw, 
BfUla *lcDip«t OMt* ti bruna, 
l>M w tnvuelic mM» ra|><«n 
C»na mniiitnaic (*■• 
Qil* I velar ai K dcicupl 



▼ir b Imagen de las fdiuJcS |>rctcridas, condiciones 
pañi U descripción vJvii y rum.^nüra, todo eso dcnun- 
ñi i\ un eTi»n poeta leecndario. perdido quÍKA por la 
müJu dirirct^-ii)!! que di<j á ^u ingenio. 

Lns odus de alto meló, tiin del irusto de los poetas 
ÍIkin<»>cn todas ¿pociis, se tninsforman en la noví- 
la de que voy hablando, merced al innegable induj'' 
tjuc en todas pjirtes ha ejercido Quintana. Ya he citad 
aluún ejemplo; mas ahora se nos ofrecerán tantos y tan 
e) '•■ -, que hiuen de esta observación una crítica 

*r , ' i y cumún i\ todos. 

La oda jf la gtvrra tir Stipaíla contra Marruecos. 
por D. Tomás Reina y Reina ' en nada rt casi nada se 
dtstin^e de tas que inspin*^ aquel glorioso aconteci- 
miento il nn;i p<^trción reducida de literatos que, rumo 
afrrupadiis d Li «tumbra de una Imndera, cotaN>raKin 
por entonces en una publicaciiin justamente cCIebre. 

H^u publicación, que contribuyó no poro fl resiau- 
mrln antigua escuela herreríana. es la fíevistade Q'rn 
fías. fMrratHra y Artes, de Sevilla (.ISf^l^O), que di- 



Mlwtini murmunnrtA «om 
. n Ha. (IV 1 tu d>M*UH 
BiRcK» At plus tivisp*. 

V «n U uIuBi» illx», 

Y liuaiUIci pUiMu i«U(bI 

A mi* «n M» Mlimi'-m. 

^^v <Ieaií« lnllJan tovufu* 
He Notnji «tTfypB.íum 

Slkv el falfM i* cien mIc*- 



Jit(i-«laniv Jriet ih AcolU«L «do InV. 



I VLfi«fv ■fTy tlpilrní''!. 



52 LA LtTEKATUHA ESMÍOI-A 

rijfieron D. Manud Caflcte y r>. José FcnirtnUc7.-Esp¡- 
no. El aniur ii las opiniones templatlüs y el cclwticismo 
razonuble, puesto al servicio de lu tradk'iún artíst¡t*:i 
que se pretendía favorecer, distinguieron siempre ft la 
Revista y A sus redactores, constantes partidarios de 
lus misnuos principios vn todjis las i»hnis que dieron á 
luz antes 6 después de la mencionada fecha. 

Hernández-Espino cultivó mAs la teoría que la prAc- 
tíca del arte; y si por el primer respecto merecen clo- 
ífio su Historia rfc la Ulcratitra ispnrtola y sus estu- 
dios críttcos, en cambio las composiciones poíiicas del 
modesto profesor no son muchas ni de mucha valia. 
Distiniíucnsc entre clUis la que cunsajírú A la iruerra de 
África por su libre y levantado vuelo, y por su delica- 
deza la dedicada M ittspirado pintor /iarloiomtf Es- 
tdmu AíiiriHo '. 

Al liablor de D. Manuel Cafleto, cuya reputación 
de critico csttt muy por encima de la que g;o7^ como 
poeta, no querría que mis pjilahras se tradujesen por 
eco de maledicencias pcriodisticas impropias de una 
obra cuya primer condición debe ser la impítrcialidad 
severa. No os culpa mía si resulta desfavorable al autor 
el juicio que espontáneamente hacen formar partos tan 
laboriosos, y en que tan difícil es ver el enlace de la 
exuberancia lírica con la sencillez y la corrección, 
como la oda .4 Sh .'ifajtslaí/ ia fírina f?.ahct flru n'- 
cucrdo (fcf 28 fie Juiio. y las cpistol¡is íi Tamayo, Á lii 
CoQdcs.1 de Vellc, A D. Pedro de E^fla. etc., etc., en 
las que se adunim la intolerancia pedafí<''íri»^. \^^ re- 
peticiones molcstíLS y la fallii de inspiniciiin. No me 
iiirevo X hoprar con el nombre de clasicismo ¡i Ja rijí'- 
dez inerte, interrumpida p^r fujraccs é intertadentes 
centelleos, que da el tono en la breve coleccJún de 
FocÁÍas publiaida por el autur co 1859. 



I pBblfci4í*nUmlnma Ktnnn.nwno VI, r^r- '"" *!ií«lnitc». 



EX EL SlOlJÍ XtX 53 

¡Con menuH «líñcultitü se Ice In que cunsaf^ró i\ La 

,/ '".'ífirt, fiinalilu por In miijestad del romance en- 

f*.:,-., .,..iw, >■ en lu que, recordando fl los insignes capl- 

lune» qutruiTch:it;ir<m al Océano un mundo im^gnuo. 

a« diriíie á los indignos sucesores de aquellos héroes 

con esta valiente alusión: 

Hablen los destrozados monumento» 
Que mnclicos vándalos injurian, 
Ardiendo en sed de inútiles horrores, 
Tnilo 4c Ift soberbia ú de la duda, 
V elLoM dir.'tn qué llama lo& enciende 
Cuando lii antorcha de hi fe se oculta. 

Pero bi obm que sobrevivini A Caílctc, la única que 
le acredita de poeta, es su bellfsima Imlada AV lir/yoí 
Seco, piedra de lino oriente esmaltada por el sentimien- 
tu y In pi>e<iía. y que no desdice jumo .1 los mejores 
lüttiT alcm.ines. Hiisui la íorma strntilla, atarea y deli- 
r3Ün sienta ax|ul primorosamente, y sin que su nntuni- 
lÍJ;u] quede ubscureeída por los decaimientos fatales, 
t.tn mmunes en el autor. 

Cuando ¿1, comenzaron á escribir en la ciudad de 
San Fernandti dutt versííieadores poco conocidos, que 
'•' H'-iíritron sus dispusiciones aunque píjr diversas cau- 
Hl uno, después del triunfo dramático obtenido en 
ti representación L*e (nircía rí Cnlttntmaáor , ghra de 
' t.'s, se dedicó ix la earrcrn eclesiástica, 
■ t-ní>i por completo sus anURUus aticiones. 
Salo DOS queda aijc^una que otra poesía religiosa ó de 
coenrco. entre las escritas por el timo. Sr. O. Sebastian 
Ho^rero lispiniísi de los \tf>nieros, que mi is el nom- 
bre del iUudida, compafiero de Tassara y mAs uirdc 
Obi.spodc Vitoriii. 

De st) liemuino D. Uícro conservamos un poema, 
_£/ Oiluvio, publicado como postumo en Puris el aflu 
*, y conFormc en un todo con el carActer de In 



íVMiO. *!■ i/aiTMrv». cllstla una vAMOn de VUX lipctia ra Xrrina. 



!>l L.\ LITEfUniRA esPA<!OLA 

escuela sevillana, de que eí amor era feryoroso secuaz. 
LX: aquí broiAn siis abierto» y extravíos; pues si en el 
corle de la-i obliíradas ocmvas reales hay algo que elo- 
ÍTÍar, en cuanto a) fomlo no pasa de ser el poema un re- 
lato (le humildes vuelos y escasa inventiva. 

Mayor nombre que los I lerreru aUanzaron los espo- 
sos I^marque, autores de varios libros en verso, dife- 
rentemente apreciados. 

El Sr. D. José Lamurque de iSovoa ' ha cultivado 
con prcfcrenciu la oda majestuosa, imitando á QuintJi- 
na quííiri más que A ningún otro poeta; y. aplaúdase 6 
no el (jc^ncro. fuerza es lonvenir en que tiene para ¿1 
alientos nada comunes. El vuelo lírico, la riqueza de 
contrastes y harmonía, la tersura y facilidad del verso 
amenguan los lunares de sus ctimpcisitione»; líricas, 
entre las que mereLc-n pariicuUir mención las intitula- 
das .4/ Mar y Ala SaNt/stma Virgen María en .ifoni- 
serrat *. La misma robustez que A. la? odas patrióticas 
de Quintana caracteriza rt la presente, con mástl pralo 
perfume de lus sentimiemos relÍRÍosos. Tambií-n ha 
heehü resonar el Sr, Lamarque en su lira la cuerda - 
i>picü-Icírondaria, asi en Iru; imitaciones de Zorrilla co* 
mo en las baladas (El iniior feíutal , Ei hijo espurio, ci- 
cíceru), que inserta el aflo lütfí una Rcvi«sta literaria de 
la corte *. 

No soy el primero en seflalar In semejanza qae exis- 
te entre las aficiones poéticas de dofla Antonia Diaz 
y Lamarque y las de su distín^ido esposo \ En el 



■ Pmjíml SpvUla. l|ir>7. 

fm pvMko fmr pilmrra vr( ce el l^'foncn jrvtíiio ccfcttwM pwr lo utrttwltt 
itead<nla pira «itnaalKtr ti MpsiMlg awlctriarla fU «u itutatacUm^ irte. T^ 
rfaU. IHU. pAffH. lili J- McDlFMtrft. 

• i>M#kH. ScvllLb IfloT. Har olni *t>U-i:i:loo mXt nvitütc vinil Utolr.di- 
ntff narr AltM. Kn In-^ ilivtrriot prúhiK'i^ >;"^ irte van iiiniticaitdat U« Ponía» 
4e !■ írAnta 1.4m«r^iH U Jaii^n, aanqo- i-o* .lUtloio* crtitTki^ VI ya diado 
Frr«ilniJ(i.BiI.'rK>. l,nU VUutt j Fi:rr>-"niltí Jt '•j^'tIiíL 



KS BL SIGLO XtX '£> 

menclonatto rcrtamcn de Lérida, j en el mismu año de 
iHfC, fue premiada la sefloTa l^marqne por su rasgo 
poético María en AfoNscrraí , escrito en sonoras octa- 
vos reales, aunque con la falta de inventiva que antes 
censuré en otro poema religioso. Bien es verdad que 
lo angmtodel espacio no permitía A la autora explüjTir 
so ingenio; pero entonces hemos de rcKijar un poco la 
cntefrorfa de la obra, reduciéndola A las condiciones de 
narrariiün lírica. Este mismo juicio es aplicable ;il OiH' 
to d Potottia. A Lu ítcstrufctótt de Nitmauda y /ti 
IriuMfo rfí" ín sania Cru3 en ia<i JVavas de Totos-o, que 
rn su raleniía emulan ¡ilgunn vez los alientos déla epo- 
pc)-», pero no en su disposición y conjumo. 

Los afectos religiosos y morales han ^liado consuin- 
lemenie la musa de la respetable dama, dando oc:isión 
para que alguien le aconsejase descender ¡i la ardien- 
te arena de la poesía filosófica; pero la seflora I^i- 
marquc ha preferido con mucho acierto se^ir e! im- 
pulso Je s« voeuciún propia, y el ejemplo de Avella- 
ncUa y de Cei ilia íírrhl, antes que el de madama Ac- 
fcerman y la autora de Lelia, de las que en todo caso 
lA MiHiraria el abismo que media entre ta negaciún y 
laíc. 

Varia, elegrante y espll^ndida es la ínspinutón de don 
NaTi-iso Campillo, que como ningún otro represento en 
ta c«.-Ufla Sevillana el i-spírítu eclíK'tico y tolerante, 
f.m argistonado de la pocsia mtidemn como de la tradi- 
il. ei:in sus respectivos canieteres '. Su afición ¡I 
Hcrreni no es mayor que la que profesa A Fr. Luis de 
LeúQ por jun lado, y por otro ¡1 Zorrilla. EspronccUn y 
el P. Arólas, recorriendo los tramos todos de una es- 
cala que comienza en el sensualismo erótico y concluya 
en U snenr¡i>sa y mística c»mtempl ación. Desde las le- 
yes impuotiis por l-I clasícbuno rÍKuru!A) hasüi los aire- 
TimlcnioK de la musa romántica, todo anda aqui entre- 



r^wttm >*inU, t«^ JlWwatfqwi— CMIl, t«tiT. 



S6 LA iJi-a«,\TU8A espaSola 

mezclado, hi^ que l-I gustú del poeta imprime cierto 
Hellu lie uniüiid l*ii eluneiiius tan vuriados que se traD.v 
parenta en la disiK>siciún general, en la nitidez de las 
fonnits y en Ul modelación de Iti fni>c. 

No me rt-tiero al íwxiUí de estos últimos años, a<,-cr- 
bamcnte discuiido en Uvs g'aceülljts de los perii^ieos. 
sino al de las odas A Aiurülo, A los empatióles en Í85 9 
y A Dios: ul cantor modesto de la tnrlatictilfa, f-a pla- 
ya de Saiüikar, Uis mclüdí;is A liosa y IC¡ a$if;ct caí- 
do: tú inliSrprete fiel de V- Hugo y L:im:irtinc, í imita- 
dor de Zorrilla y el Duque de Rivi^s en los romances 
Sevilla por Satt PVrtiaiido. 1 'alor y lealtad rf un tiem- 
po y El pesrador. Reconozco las desigualdades y los 
amiií^us de prdsiiísmu que existen en estas y otras poe- 
sías de las colecciomidas por Campillo en lf«>7; pero 
pueden entreí«carie algunas, que no me delendrtf á 
cUisifícar en determinado género, porque no necesitan 
de formalidad tan pueril para figurar dignamente entre 
las joyas del moderno rlasicismo. Aludo A las dos com- 
jiosiciones Al fitvifrno y Al Eslió, seflnli idamente lu 
última, que, por la sobriedad de las palabras y por el 
naturalismo sano y viril, parece una esmerada trnduc- 
citSn de l;is Ceórií/cas, y en la que se leen octavas como 
^ta: 

Tiempo es ahora que el vellón de nieve 
Rinda al pastor la eAndtda cordera, 
<¿üe el perezoso buey mugiendo lleve 
La mies nutriü.'i A la redonda era, 
De donde esparaa murmunmdo leve 
La seca paja ct aura más liíjera. 
Cuando con duro y resonante callo 
Huella la espiga el volador caballo '. 

Campillo ha incurrido en el mal gusto de renun- 
ciar A sus antiguos laureles desde que perdirt, con la 



* DtAoftdvcrtlritn honor Je In verdad. 4iMla« 4m t)lili*<» *mii<i m |m- 
tvotin dcnaaladi). ác filo 'In pii'UrJrTln «a nuctr, i «tro* ion cor ^w flnaltsa 
MiM(K-uiTxdci.d*iiAt<uabO>rU<,[K^-in-t dv Morailit vi padre. 



E.V EL StCLO XIX Zu 

Tirífinltlnü de sus rrxwnciiis y scnümicntos, la de aque- 
lt:i ing^cniía inspiraiirtn. luyos vestigios en vano se 
buscarán tn la udu .4/ siglo AI/A', ú en los versos siiel- 
ios df La imfyrrsión de hk libro, que indehidamencc 
pont el aucor sobre sus yacidas /kw.-í/íis. 

Con la inexperiencia propia de los años juveniles 
tuvo D. Juan Justiníano y Arribas ct arrojo de compo- 
ner un poema épico sobre üo^cr de Flor, escofficndo 
por auía al cantor inmortal de ím Jera^léti ¡ibrriada '. 
justlniano abrevió con prudente acuerdo las haznfla^ 
de su híroc, haciéndolas convcrgt-r j'i Ui toma y de- 
fensa de lu p\azíi de Nii.-ca. y aun asi resulta monótona 
y csuisada la narración, cuyo m^to se reduce al de 
I li'W. I-"ormjm uno muy interesante las avcntu- 

Ul -^ ,.laría, esposa de Roger, en busca det cual $e 
«xpooe il los pcliííios de un viaje marítimo, siendo 
s:ilrada de ellos por milagrosa intervención de Dios* 
y i'ondurtJu i\ una cueva, y m-ls Lirde al palztcío donde 
csiíi el har¿n de /Vlmanzor. para encontmrse al tin 
incitUime y fdix en lus brazos de su amante, com- 
partiendo con él los triunfos y la muerte. íís también 
muy hermasji la fijíura de Zuyni, hija del sarraceno 
Ormando, y que. según el pronostico de una maga, 
rinde el postrer suspiro sobre la tumba de su amado 
Jamci Las invenciones de la fantasía que embellecen 
ei poema son A menudo contrarías A los datos histó- 
licof;; y asi, por ejemplo, en Iils dos primcnus edicione'* 
«le la obra, Roger no perece ast-sinadí), sinoarrojAndost; 
volunciriumente á las Uaniiis '. Incurre además el autor 
«n oíros innumerables defectos de fondo y forma, como 
son el parecido mutuo de varios personajes, la ahun- 



Ak^fF ik n>t. J'^tma ilnUt<iia ú X H tit Juina ík>m (mVI II per D. Jmb 

téintíaiUrUt.tít... Srrffla.MA Hay «na odlCtM luitrrtM rZa- 
»■*». mu 1 «tnt iMftlvrfnr tM*driil. !«&. 



S» UA MTUIATVRA E&PASOIj^ 

itíinci» üc arengas inútík-s, la abusiva intcrvcnciúo de 
las iilejíorias. cl c-mpU'o ctinstiintf Je la wtava reíd, la 
prosaica factura de muchos versos, y, por contrxsic, la 
ampulosidad, el lirismo y la hipérbole, llevados hasta los 
últimos limites. 

Siguiendo los principios que en su Rogcr de Flor, 
ha compuesto Justiniano im poemji sobre Hcrtitin'Cor- 
ti^s, del que leyó, aflosha. un fragmento en el Ateneo de 
Madrid. 

En sus composiciones sueltas ' distingüese Jiisti- 
niano por el harmonioso corte del período poético, y 
por lo varonil y levantado de la infipiracirtn, cualidades 
que en Oí denuncian cl estudio constante de los autores 
modernos, tirntoacnso como de los antiguos. 

El difunto presidente de ta Academia de Huen:is 
I-etras de Sevilla, Ferniíndo de Gabriel, publicó un vo- 
lumen de poesías ' muy medianas, raiís de una vez im- 
presas. La elogia al modo del c]asicisfflt> antiguo, la oda 
religiosa y los versos de circunstancias, son los princi- 
pales componentes de la mencionada colección, afeadíi 
por viciosos prosjiísmos siempre censurables. í- inespe- 
rados en un discípulo de Herrera. Figurando, como figu- 
ran, en primer término, no andan libres de c* achaque 
Im espada y la líra, A la Íuat*^itra<Í<iit de ¡a rslat un de 
Aftirt'lh, A Ctmviníes rn lu-pattt^ y .-I la f'urfstttta 
CoHCffKt'ÓH. Ideas y arles pertenecían en Fernando de 
Gabriel Aoiros tiempos muy apartados de los que corren; 
por lo cual, sin enumerar otras causas, no encontraron 
eco en hi bulliciosa multitud esas notas íntimas y sose- 
giidus. Manejó mris diestramente la epístola que la oda, 
la dc^cima que el soneto, alcan/^tndo muy rara vez la 



> fVJifd*. .Sivftia. lUfe. 

ntira Stf9Sif~ TVDitttlaM. nnm rl lilKr«ti(n<, j con aiá^ pniM)ld«d i|«e itn\ IMK 
va on ailuala Tccicnu de U Xnítta OmtmtMMtn. 



E» EL acto XtX J9 

cfusii^n arüuro!ia de los grandes líricos, reftida coa su 
habitual temperamento literario. 

El prcsbiicro Kcrrerii y Robles es uno de loemos 
conirtcrintilos representantes <Je la direceión rcli^iosii. 
en la CicucUi poétira de StvÜlu ', é iírualmente sigue 
aX *-anr<»r de Heliodora que al de La Profecía dt¡ Tajo. 
Ko se busque en ^\ I» errática orÍKÍnalidud de los infire- 
nios indepi-ndicntcc, hijos de si propios y de sus obnis. 
porque huye tomo por instinto de eí«is rejíiones inex- 
plonid;is, donde son tan (áeiles loscxinivios y tan á po- 
Ft». reservado el 11016710. Muévese, en cambio, con hol- 
gura en el círculo m.-ts estrecho de la imitación, con- 
tentándose mt»destamcnte con revestir de nuevusformas 
Xas ideas que poüí:unus llamar de dominio común. Ese 
meticuloso borrur A las novedades, que de suyo obede- 
ce A un buen instinto, ha engendrado A la larea entre 
alsunos ingenios sevillanos un uspiritu de sbitemíi rrt;il 
avenido con In lihcnnd del arte, y del que, si hay hon- 
rusas cx*epi'iune'í enumeradas y enaliecidjis anterior- 
mente, no laltan tampoco ejemplos tan conspicuos 
cirtDo el que ahon) se ofrece it nuestra consideración. 
V cit mis deplorable por las mismas condiciones de 
Pía que reúne el autor, y de que son prueba ostcn- 
(c sus; oUa.s .-I Xu4Slra ¡Señora de la AnííRua y .1 la 
4tcu¡ttda CemepdÓM, aimquc no siempre la frost- 
"la ba^ta ú encubrir en ellas la inanidad oculta 

Cttsi no debiera incluir en este «rupü A uno poeiisii 
en quien puede mas la fuerza del ineenio propio que la 
inailJuiAn; pt-ro sí es verdad que en Mercedes de Veli- 
Ita rebotín la temurn y v\ apiLsionamiento femenil, 
mfrecuenics en la escuela sevillana, y que no busca 



• fl — I M t<*> I>. ¿uU Utrrtra y KuMm. PrtwMtn. S«vllU. IK?J. 
' :: dr Vlrxnii^, rnNUniw»il« la^nr nmilelil ütt pti- 



40 LA LITERA rUSA ESPAi^OLA 

con tanlo ahínco U\ KcnndWoc-ucnc'm como la intiiniüitit 
de! aiccio, no es í-Ma suficiente causa para nue se haya 
de desconocer su filiación. 

Lo que deducimos de nqui es la mayor lilxrrtad do- 
minnntc entre los modernos adalides de esta c»-uela, 
sobre iodo si se parangiínan con los que la formaban 
en el primer tercio de este slg:lo. Las preocupaciones 
sistemriiicas subsisten adn, pero no con el predominio 
y lit univcriüdidud de otros tiempi>s, y de ciidn día mds 
van bomindiíse con la in-^ensible rapidez detfjdas las 
•i'Oiuis caducan. Para que la i-omunidad de principíat y 
tradiciones deje de ser viciosa ( infecunda, no ha de 
consistir sólo en la oljstinadii defensa de lo antifjuo con 
exclusión de ttKio elemento que lo m(»difique y perfec- 
•clone. Desde este punto de vista, así como dc1>e elo- 
giarse el movimiento de aproximación A que he aludi- 
do, asf no es difícil prever que, aumentándose ptiula- 
timimeme, conclnirú con 1o odioso y exclusivista de las 
literaturas regionales en bencficin de la (frande y glo- 
riosísima común a todos los espaflolcs. 

Lo que de propio debe conservar cada reglón y aun 
«ida poeta, puede deducirse de lo que son en la misma 
Andalucía algunos ingenios imiepniííieMiefí, relacio- 
nados, no obsiiinte, merced á un vínculo secreto que 
!% ve aunque no ?e dcl^na, y de que forman parte esen- 
cial el amor de la pompa y el colorido, innato en Ins 
naiuralezas meridioniües, y la exaffcración en los con- 
■cepcos. «n que nunca les han faltado sucesores A Luca- 
flo y A Góngora dentro de su patria. 

Sin Animo de incluir aquí á todos ni á la mayoría de 
los poetas andaluces, ¡k unos por su insignificancia, y á 
otros por reservarles puesto mñs adecuado, comenza- 
ré en el autor de las décimas Al Dos de Mayó, Ber- 
nardo López García '. Joven ago.stado en lo mejor de 
su edad, cuando quizd iban A toírrarsc las legitimas es- 



< fatMlV- Jiifl. ltlD.-S«r«>lavdl<:'. Ja«n. tMO 



En EL SIGLO XIX 6f 

peranzH^ qut hicieron concebir sus pritncrtis y dcfec- 
inuMs cnHiyus no h.i de juzf;ár^>le ni con censoriníi 
mltistcz. ni tnmpoio con el entusiiismo de sus admim- 
(Jorcsi, sinu hiicicndo conM:er lu que hubieiu sñJo por lo- 
{{He fue en rcalidaii. 

Su fuíEoíio car;Uner le iirrastraha insensiblemente 
mera de si, impiditjmlule la Rrílexii''n trannuiUi y psicu- 
Irtjriea, de donde proceden su ineptitud píira Iti poesía 
*abjcnva y su propensión al ditirambo. Los triunfos 
de la guerra y de la fe cristiuníi hiülaron co hópex. 
García un tni«írprete digrno, pero que lo nmoldahit todo 
A su genialidad ju^íscíea. I-a exuberancia de la funta- 
^n, el lono de vidrtüf arrebatado y la vegetat-ión pa- 
msicirLi de tropo» y frases, en que la grandiosidad irae 
de la mano la hinchazón y el gon^orlsmo, despuntan yu 
m la <Hlít At Af^ia. inserta en el periódico La Discnsiiíii 
ti nflo IiiW, y iampean libremente en las décimas de 
Arfr., y en los eancos Poiotu'u, £/ Mediterttíueo. Ei hf- 
roiy'tm pníncn y /-« fffljgtórt. Y para que resultara 
iplctamente andaluz el tempenunenio literario de 

kpcz Garcia, iillern;in cun las caldeadas estrofas de 
tía!, himnos las humorísticas notas de tos sonetos A un 
f>: y A Hit mal por/o ronr^nlfro. y dt lii extra- 

0^1 ; ., lición qut se inüiula ¿>f cótuo se ptrnU- atit- 
Mmr geografía itisf^rica por el piso y ofi-os acfiti^ti- 
/rs lie Jaétt. 

LugJir y ponderarión cspc<"ialcs corresponden á las 
dñimas Al ¡Jos di- .l/rtw. que t<ín su popularidiid iisom- 
hruMi han invadido & toda EspitAa y hasta eiltpaudo en 
r. * ' ' ' ■'■' de Nicasio GalUtro. aunque no han fal- 
i.ii '-y C':intnidiitiiini.-s miis ú men-'S fundii- 

«Ib*. Scuar a la composición el poder -del entustismo 
■ ' lívo. por ni» decir Címütíri^so; algo del timbre 

dv c cuando estalla; algo de toque ü somatén y 

de UtiSriirii3t solemnidad; algo que embriaga cuino el 
humo de la pólvora y de !a sangre, y -que hace vibrar 
en amplias ondus sunonis lu cuerda Sensible del amor 



(Í2 



LA UTEKATUKA KSPAS0L.\ 



paitriu, sería evidente sinraxón, fuura de que do puedt- 
cxpUcitrse por esc camino un renombre tíin universal, 
tiuc en tal ai.so dcbicnt llamarse preocupación ridicula, 
Pero tiin grandes rumo el mtírito son las imperfeccio- 
nes en el fondo, en la forma y hasta en la gramAticu, 
C|uc de iodo eneontraremos algo sin salir de la primera 
dCcima: 

Oigo, patria, tu añicciún, 

Y escucho el irisie concierio 
Que forman tocando A miicrio 
I.a campana y el cnnón. 
Sobre tu invicto pendan 
Miro notantes crespones, 

Y elevarse A otras ret^ione» 
Kn estrofas funerarias 

De la Iglesia las plegarlas 

Y del arte las canciones. 

Aun no haciendo alto en otros defectos, difícilmen- 
te se puede transiijir con el otr aftÍccione.<, ni tíim]>u- 
vo con el ^rniñ de amlm^iiin. (untando guerra, y dc- 
míts frases de equivoco ó nulo signilioando que abun- 
dan en casi todas laü estrofas. \j\ misma robustez de la 
insplnieirtn se confunde A las vet'cs con el clamoreo de 
una perorata tribunicia, A lo que se afladc la reix?t¡ci(>n 
molesta de ciertas consonancias, muy afine al efectismo. 

Aunque no haya conseguido uintos triunfos en la 1(' 
rica como en la novela, sabe D. P. A. de Alarcón her- 
manar como pocos la espontaneidad con el aliflo, y la 
elevación cun el sentimtenlo *. La brillante/ de ttwios 
que cubre con lujoso mamo de púpura las poesías se- 
ria*; de AlarotSn, redime y ennoblece los asuntos mAs 
pobres y iIcs;iirados, y arrebatando Lt fantasía en pos 
de si, la llena de luminosas y placenteras imágenes. Ra- 
ra VQ7. se tropieza en este <'aminocon una expresión :*is- 
pent ó inculta, pero no es infrecuente la falta de cohe- 
rencia y naturalidad. 



* PMÉamm1a»9h»3»»fiMta» MkdrlJ, tSTu.-TwMimedieiMi MadrM. itCA. 



SICLO XIX fi3 

Xjsavótth» c^ntudú U deslumhradur» pumpa de 1a 
lUiiumleTii, apurando para «lio los vivido colores de su 
palfU, _v respondiendo ü I:is sol iiriuu' iones del mun- 
do exturlor ames que A la conciencia propia. Si al paso 
se ofrece fn dilicuUad de* una pintura exagerada, le s:i- 
cTiftca fjtcilmenie las iaspi rae iones del buen sentido. 
<ofno se ve, por ejemplo, eri las odas At Oafatto attdn- 
tüa y al Mont-BInnc, De esta úUi niH son los versos ijuc 

Aquí enmudece hasta la voz del viento... 
Inmenso mor parece el horizonte... 
Única playa el alto firmamento... 
Anclada nave el solitario monte... 

Kt Shs^t0 dfl Moro, cinto laureado en |5úblicoccr- 
Lunen, parece un trozo escogido entre los mejores del 
pocmn f^ranada. La súbita evocación de aquel perÍ<HÍ<> 
en que terminó la guerra de la Reconquista espiífio- 
ta levnnti at poeta sobre si mismo, y pone en su boca 
■ü que transportan el ánimo A lus cármenes del 

., y h;ilaganel oido con una música toda fugi»sidjid 

y CLiUencia. 

Liis poesías humorísticas de Alarcón constituyen un 
medio entre la jovialidad de todas las épotu4s y el Au- 
fmmr propio de la presente. Tiene de aqut^tla el chiste 
y la Irescura, y de éste la movilidad caprichosa de to 
Oiít y el cnricter persona! ísimo. Por u>dos ctmreptos 
residt:! en el poeta., lu mLsmu que «n el novelista, la fn- 
dtienetn de la singre andaluza, germen desushumora- 
<|tis y VUK arroKilüs líricos. 

n.H nomhrede Alarcón es inseparable el de Grilo, 
VI cordobés en toda la extensión de la íiuse. pue- 
1(1 p'»r ti-mperamí-nio, por cduc.icitVn. pof hilbíto ó se- 
gunda n:tEuraleza, que remonta el vuelo de >iu numen 
A olturi'i iniícoesibles, y se í-omele con docilidad d to- 
dos stts capriclios. Es Grilo de esos hombres en quie- 
p ' ii.ilidadc^ del sexo fuerte estún contrastiidiis 
|- . i lemcnino, y la imagimición supera, si va del 



64 LA LITBR ATURA ESfAÍtOUl 

lodü no eclipsa, Ins dcm^ faculmdes del nlma. Sus 
versos deslumhran como un sueflo de color de ro«ji¡ 
pero se desvanecen con el más ligero contJicto del 
iinálms. 

Cierto escritor, mmbiín pocti, ha trazado nccrca 
del nuestro (con esa almibarada prosa que bu-sca lo ex- 
traordinario y suele parar en lo ridUruIo) una semblan- 
za ó cosa í\sf, de que transcribo muestra: "Otros poe- 
tas hiillartfis mis enír^icos y viriles, m.'is audaces, más 
profetas, míis correctos; ninguno Ic supera en la es- 
pontaneidad y frescura, en d color brillante, y sobre 
todo en la incomparable sonoridad harmoniosa de su 
rinuida músiai. Cumn pompas de jabón, de un soplo 
construye la redonda y cristalina arquitectura de sus 
estrofas, en las que se complace en juntar todos los 
iris y esplendores de la \ida. la esperanza, la juventud. 
las ilusiones, los perfumes 3' todiLs las hermosas objeti- 
vidades del mundo sensible... Nfariposa de colores, sus- 
pira y vive en la luz, y la sombra y la soledad le asus- 
tan... Ubre de todo precepto y género, su inspiración 
amplia y elitstica no cabe en molde alguno; su musii 
necesita libertad; no admite figurines, ni soporta, corsíí 
ú zapatos apretados '.'* 

I^'i brilljmiez de la imagen y el rurooroso halago de 
la rima son como un imán para Grilo, & quieií pii«!c 
llamar*ie, para definirle r.;>n una expresión grAfica, el 
Castelar de !a poesía, tan esclavo como ti Ucl ritmo, 
tan espléndido y monótono. 

Míis vario es el objeto de sus poesías en que, sin 
embargo, predomina el elemento descriptivo sobre el 
apasionado y de afecto. Lo mi.smo le inspiran los ojos 
de una mujer que los bramidos del Ocíano; lo mismo 
el esplendor de la natoinilcza que el de lii Religión; ya 
recuerda La mtu-rtf <ic Jfsih y ei cnicitijo de su ma- 



< La llMtrac(i>n ISiyaMa v AwttneoMa, «il» 1871, mmn [], nOnt SLVlt.pA- 



EJt EU SIÜLO XW (6 

drc; ya celebra emu»;Ía-sniido las gloriaMle la industrii* 
en la perforación del Moui-Ceuis. 

El KC h» retnicado á si mismo en esta décínm, si kc la 
cnttcmle n) revés: 

No soy el aura sonora 
Que en inútil embeleso 
Busca ei perfumado beso 
De la flor que la enamora; 
Ko soy la bruma incolor-a 
De la yerta tradirión, 
KilJi c&ndid.t ilu^iiin, 
K¡ los sueños de la cuna. 
Ni el tibio rayo de Luna 
Que duerme en el torreón. 

r 

CrOo es iodo eso que i\ no quiere ser: el poeta de tas 
. Huraii y ^liá flores, de la tradíctón y los recuerdos en 
lo que tienen de mi\.s íntimo é impalpable; ranbi con 1.1 
dulzura, pt-ro tmnbii^n con la ineunsclencia de un nit- 
scfior. La p<)tentc llni de NiJilc-2 de Arce ú de Espron- 
cctla se le cae muy pronto de lus nmnos, porque el co- 
ni7A>n y la fantasía han decidido de é\ para siempre, y 
co vitno Se esforzaril por ir un contni de su cstrcllii; 
pero esta especie de exclusivismo espontaneo no se le 
ha de Imputiir d defecto, yn que tampoco lo tomemos 
por pcrfi-ri ii'm. 

PoLHiíjcik emlx-lcsodores, lindísimos miniatnras. tejí- 
dtVkde rica lilignma, vistosos juceos de luz ó inii^ot:i- 
H.- --. '■■--l-in de harmoníiis: lodu eso abunda en las 
pi íics de Orilo; pero en cada estrofa, en c;ul¡: 

Unen acaw», se encuentran fnises incorrectas y de mal 
CT ■ ' ' "Ta de -lu luííar. afcccaciún y monotonía, 
V -----í la cUiridad y la sinuixis. Tiene con 

'Hi tontn atinidad por sus condiciones poética'^ 
(.odio por haber nacido Kijo el mismo cielo; como .1 
toni. le viihra talonto y le falti rorrcccit^n; como 

va formando una c<;cuela de discipultis v admlradti. 

que son ti un tiempo su gloria y su despret^ilgio. 

tnuo n 5 



€6 L-A. UTKRATCRA BSPAROLA 

iOjalil no vendamos por aquí & parar donde paró 
vi auior del PoUfema, y con 61 la literatura del si- 
glo XVII! 

Achaques son cstus comunes tam^ién A las obras 
poéticas de D. Antonio Alcalde y VaMad¡»rcs, que aún 
vive y cania, sin prometer más [Jara lo por venir de lo 
que hasm ahora va ofreciendo Á la censura pública 
A sus Flores dri Guadutipavir \ primicias de un estro 
virgen é infarigíiblc, se sucedieron un sinnúmero de 
cumpoític-iünes sueltas para certámenes, en lus que ha 
lo(crado una serie de triunfos no interrumpida ' n¡ en- 
vidiable. 

Rl amor, ti guerra, la religión, todo le inspira igunl- 
monce, y á todo Ke extienden sus facultades uriísticas, 
aunque, por otra parte, no se sustraigan siempre :i U 
vulgaridad y el servilismo. En lupar de explayarse por 
nuevos horizontes, se pierde en variaciones sobre un 
toma )"■• agoüiJo, desliendo las más comunes ideas en 
un mar Ue palabras sonoras. PruObanlo suporabundan- 
lemcnte sus odas 6 cantos A Colón, A la batalla de ¿c- 
paMo, A la Concepción tic Nucsíra Saifora, y otros pa- 
recidos. Maneja el romiince con soltura; pero el objeto 
de sus predilecciones es la tentad jra décima, si bien 
domina en las suyas un tono cnf&tico y magistral que 
se aproxima tanto mis i\ la afectación cuanto que no 
infrecuentemente cede el lugar al ripio y ¡i la prosaica 
languidez. Entre las obras del autor sobresalen dos <> 
tres pocraiías, de los que La /vente del olvido es acaso 
el de mayor inventiva y originalidad. 

El £faditano Ginard de la Rasa muestra, en \aíi Me- 
lodías de otros dimas y otras composiciones no eolec- 
cionadris, invencible i>ropcnsifin al tono lúgubre ó hin- 
chadij que rcnsunm i-n el críticos nada sospechosos y , 



* UtJiU lU tamní. FvetlúM jirnttaitai en uót de ntar<ata MrtrtncM*, Nsdrk). 
imc TIcBC oir«i irarlos l«Brt^*ila> lutirrli^rmrnic. 




B.l BL SIGUO XUC 67 

que afen constnntcmenie sus dotes nrtfsitcas. Así, por 
ejemplo, y» llama íí la \una 

Ln ccjn de alg^n ojo místeríoso; 

jra noe> hublu dc 

CQiindo In mar se alza ronca, 
y escupe su ira A la tierra 
en In espuma de sus ola&; 

jTH, en !in, retrocede en sus cantigiis orientales al perío- 
do ikl^ido del ronuinü cismo. 

Mucha mAs transparencia y mis inspiración se ve 
en los Cantón y Cui-utos (1877) de D. J. Sánchez Arjo- 
na, imÍt;idor de Zurríl la así en los arrebatos líricos como 
«n la nanacit^n legendaria. 

Del malí^rado García Caballero (D. Federico) no 
fOL* cumple repetir ciertos encomios exagerados, cuan- 
do «m tan relativos los que merecen £/ ifrdugodr Ta- 
ttlm/a y las odas M Mémies A'ihles, A la Utertad, ct- 
'."i. Ln dirigida .■( ¡a Patria obeilecc más iil mcio- 
. ihm- que A la pcisiOn, descontando y todo la impenetra- 
blL' nebulosidad de alg:uno!> pensamientos. 

Pocofi son los caracteres de La poesía andaluT» que 
-.'/ ■ 1 en las de la también malograda Concepción 
L lui '.deeu,v.i liru sólo brotabim ícmcnilcs y de- 

licados acentos envueltos en aéreas y sencillas forimus. 
.*> rmcntada por uno de esos dolores que se con- 

í-,,.. ,. - /a la misma vida, sOlo tuvo tiempo pam pen- 
sar en él. revistiéndolo sucesivamenie con Iíis aparien- 
dc rtvucrdo desgurrador. de realidad triste y de 
?Jt' nosuilifia. Las ii{lhtta¿i flores ostentan no s-6 
ivc mari iiiiez, l>itn díscinuí de l;vs rosadas ilusi»>- 
n» de la juventud, y no exhalan otro aroma sino el de 
!;■ ' nil y prematura que acarreó por fin la 

v.. ^it hada piK-ti<i. 



• ijm^mfbn», pofsUL SfVllU. un. 



66 LA LJTERATCRA ESI'aRoLA 

No por defecto, como la Esle^Tirena, sino por exce- 
so, se apartii <lc los enumerüdos otro íiifi^enio andaluz 
idcntificnilo con el tatito Uc Quintana hastii en los mAs 
imperceptibles matices. Desde que comenzó & diirse 
Á conocer, nada hu variado el uniforme tono de Cario» 
Peflaranda '; hoy, como entonces, adora en la libertad 
y en el progreso con un fervor que parece de neófito, 
convirtiendo sus odas en Hreng:!is, conforme en su tiem- 
po lo hi/o el cantor de Iii Constitución gadiuinii y de la 
independencia espaflola. Su lonu inspirado y agrada- 
Ne unas veces, otras gárrulo y declamatorio, se estrella 
con más frecuencia contra el ScHIa de la hinchazón 
que contra el Carybdís de la vulgaridad. En su tira hay 
sólo una cuerda, en que se repiten más de lo debido las 
mismas vibraciones. 

De D. José Velarde, uno de los mAs discutidos ix»e- 
ms procedentes de la ciudad del Betis, he de hablar con 
algtma detención para no confundirle con la lurfja tnifl- 
ta de versilicadiires sin conciencia que íi m;inera de to- 
rrente nos inundan. 

Coinciden kus inclinaciones con las de casi todos lo$ 
poctxs sevillanos, pero con vistas al romanticismo y 
al arte filosófico y trascendental. IZn sus composicio- 
nes legítimamente poéticas (porque las tiene flojísi- 
m;uí y execrables) reinan el lujo descriptivo y los alar- 
des de profundidad, y se advierte el esfuerzo por co- 
municar al ritmo poético timbre y cadencia musica- 
les; restiltando de aquí una tirantez amanentda é in- 
natural, una sucesión de espasmos y contracciones 
violentas, un efecto, en fin, contrario ni que con tanto 
ahinco se procura. No acierta Velarde á cambiar de 
moldes, y por eso es reprensible como sistema lo que 
•seria diicno de Ion como variación oportuna. Léanse A 
este propósito sus décimas Ante mt tructji jo, cuyaacn- 



■ AtoAmns lira- SerlIU, ttrfi.~0éu.potrla* nriM. .Mndrlil, tíff^.-SU*- 
«ntpanfn. ModriJ. iWTi. 



EX EL SIGLO XtX 69 

cencíos» ullívez se <iviene mal con tí humilde acáta- 
lo y la serenidad que convienen á la pocttfa rcU- 

Admirador ardiente de Zorrilla, le sígui<} paso & poso 
«n sus primeros ensayos; mas hoy, sin desmentir estas 
«•ndenriii*,, fiíjuní en el prupo acaudillado porNúflczde 
Arce. Quiere que la l'oesía sea instnunento de la vcr- 
dud y del bien, como Cl ha dieho recientemente ha- 
blando 4 5« mtiíta, y antes en tn epístola al autor del 
ffaiHtNHdo Lutio: 

¡Poeía! Combatimos el delito; 
V semejante nuestra voz al truc-no, 
Retumbe en In extensión del infínfto. 

Todo vicio, iiunque llegue al descnl'rcnn, 
Tiene algunit virtud que lo combata, 
Como llene su antidoto el veneno. 



Preocupado por la intencíún docente, la hiicc inter- 
venir, no siempre á proprtsito, en los asuntos más libros 
y que con mayor dificultad la comportan. Prueba, nu 
obstante, üe que nu se abogaron así sus alientos de 
otros df;is, son. aparte de otros, los cantos A Muríllo y 
A la mtiir/f rfc D. José MorvHO Xiclo. inspínidos. ar- 
dientes y eadenciiisos, aiini|Ut nu limpios de toda afec- 
tací4>n inoportuna. 

Tanto y miW que /-os Gritos le seducen los poemas 
de Múflez de Arce, .-1 cu}*¡i imitación ha ido publicando 
La velada. Fray Juan, El úlíitno beso, Lai vtMgansa, 
E¡ capiláM fiarcia, Lm Mita de fifimez Arias, A orí- 
tti3* dft mar. etc. La distinción que no sin cauwi ha es- 
table* idu entre laslrycmtasy los poemas, nada dice en 
contni de lu unidad de carácter y modelo d que todos 
olicdceen con liberas ^variaciones. El tin moral mrts o 
menos embo/nUo, la falta de inventiva y hasta el gene* 
ro de verftiAc:tción, me excusim de emplear otros razo- 
nes si se necesitasen liara cosa tan evidente de suyo. 
Las Uívendas de Vclardeen nada se parecen ú las del 



70 M UTERATintA E&PA5tOLA 

romanticismo, y sí al Rirímitmio í.ulio, El vértigo y 
/Jirtifiíi Lobo. Pero la (¡eneralidail de ellas y de sus poc- 
míts distan mucho, por otro lado, de los do Nüftcz de 
Arte, ya por sus dimensiones homeopáticas, que depri- 
men y desvirtúan el pensamiento, ya por la estasa 
trascendencia del mismo, ya, en tin. por otros defec- 
tos que dejan soLi y sin ayuda la fecunda habilidad de 
vcrsificaüor. 

En cl pOQmii Alfgria , último de los de Vclardc, y 
cuyus frufímentos van publícílndi>se con larcas inte- 
rrupciones, se destaca el realismo ensayado por Nüfiez 
üc Arce en Lm pcfca y Maruja, pero con liga de adul- 
tiTíiciones lastimosas que dcsfitiiran hi indttlc sjina y 
patiítica del argumento. I.iis desventuras de la heroinii, 
cuyo nombre lo es también de la narración; el idilio 
tríVfiico de sus ¡imores con Perieo. y hasta la pírdida 
tli'l honor, redimida con el llanto, y que hi impele á íu- 
irarsc de la casa del srílií Jcronw; V\ fisonomía de este 
ultimo y la del bendito sacerdote que strve como de 
la/o de unifVn entre tridos lo< actores del drama, sacu- 
den las fibras del corazón y hacen asomar las lágrimas 
á los ojos sin artificios de mala ley. «Por qué el autor 
los emplea en prolijas y á veces nauseabundas des- 
cripciones? íPor quO ha de proilig-ar los colorines 
eromo chillón ó de friso de pared quien sabe mojar s¿ 
pinecles en la paleta de Vclázquez? jMo es un dolor 
que los mas brillantes fragmentos del poema cstín 
manchados por cierto linaje de poesía basta, que ora 
recuerda los delirios de Riltasar Graeián en \st& Selvas 
del aÑo. ora la pedestre simptieíUíid de D. Francis<'i> 
Gregorio Salas en cl Ofisenn/orio nistícn.-' Quizí no., 
corrcspond:i & Velarde toda la culpa de la novísii 
evolución do su ingenio, que, aun amarrado por las ca- 
denas de la falsedad y el convenciünalismo, tiende 
las alas por el horizonte de la belleza ideal; quízA estos 
defectos del vate andaluz son hijos de la sug^cstión 
ejercida sobre G por la escuela de Zola, cuyos procc- 



ms SL UGU) xuc 71 

^I05 parece imiuu sin perjuicio de rechazarlos en 



I n WA , 



Las. pocsius üe D. Juan A. Cfivcsuuiy, el precoz au- 
IPT dnunáiico de ¿7 esclavo de su culpa, colcerionaUíis 
rw:teincmeine(l890). obedeix-n.porconrcsírtn del mismo 
al Infltijo de Zorrilla, Ndficz de Arce y Vclarde. 
K infiera de aquí que los calcus (• imitaciones del 
srtior Cavcscany no ostenten el sello de su modesta per- 
Mozlidad; que, si busca arrimos y modelos, puede re- 
clonar como propia una parte del mc^rito que avalora 
ks poemas La confesión y María, y aljBrunos versos de 
circunstancias. 

El lirismo desenfrenado, la exaltaciún nerviosa, la 

iOcLttríii del color y de la miísiea, y la carencia de las-' 

tre intclcctufll, explican i-umplidiimentc lo que hay de 

Sí'-'i" y malo en las rimas de Salvador Rueda, el im- 

nable escenógrafo de las Costumbres attdalusas ', 

trovador apasionado y sin escrúpulos del cierno fctur- 

■' V actualmente reo de un Hi'tnuo 4 la farnc en 

:■ st'netos, que hasta el laxísimo V;dera ha con- 

> con justa acritud, y cuya j^éncsis hallaríamos 

^■n i.1 eclipse del sentido moral y en el prurito del es- 

rftndiüü, que proceden de una indieestion de lecturas 

infecciosas^. 

L:ÍL-n negará, sin emharj!;o. el sello de indivídua- 
.u.iu que ha impreso Rueda á sus mrts deplorables ex- 
travíos, la linura de scnsuciones, ya que no de scnti- 
ttticniüü, el viKor plástico, Uisavíji meridional, la opu- 
lencia ntatrrinliMa, el incendiario calor imaírimiiivo. 
que laten t:n ta primera de los citadas uhrítas, en lu que 
SK rotula Estrelias errantes '. en los recentísimos Can' 
tos tít la veitditrua *. y hasta en el poema dramáiícü 



' * KjUc (« (t Ul«l« qBL- lia punta A U prlmrra parir iiInlCA pahtlriLdaí ^ «u 



72 LA UTKRATURA ESPaROUA 

£y secreto? '. Así como han sofocado en otros el gcx- 

men de la inspimciún las espinas de los estudios didAc- 
ücüs, asi es lásUma que «irccicsc de ellos totalmen- 
te en Ifi adolescencia cl espíritu soflador del humilde 
vate, tnisludado de la cierra malagueña á las Redac- 
ciones de los peri(klicos de la corle, sin mis guía ni 
más luz que los del instinto. Algo quizá ganaron en 
ello SUS fotografías de la naturaleza, por lu esiwntáncas; 
pero de alii también dimanaron la facilidad para dejar- 
se arrastrar i>or la corriente del mal ejemplo, y la falta 
del buen gusto sAlido y acentrado que hubiese defendi- 
do al poeta contra los vértigos de la fantasía. Aceptán- 
dole tal y como es, aún queda mucho que aplaudir en 
su delicada manera de observar la realid:id, en cl ex- 
traño antrupomorlismo con que da vida y lengua á to- 
dos los seres de la creación, y en la hermosura de la 
forma rítmica; aún cabe esperar que con los afltís se 
pucWe de ideas su entendimiento y se corrija la viciosa 
exuberancia de su estilo. 

Joven como Rueda es Carlos Feniáodcz-Shaw *, 
cuya vocación poética despuntó en los años de la ni- 
fiC7, y que á los diez y siete apenas cumplidos cokccio- 
nal>a un tomo de poesías, vagidos de un uilento con 
andadores al que seria cruel híicer cargos. Nada hay 
perfectq en los cantos .Veráu, Al fíimaiaya y Sueño 
til' fílon'a. ni en l;is narraciones Im JiipnU de ¡as Xa~ 
mis, Doe historian en una, Jm loca i/cl casHHo, etc., 
ni en la üccctún de /nfítnas, pnni no hablar de utnis 
composirione.'i de fecha jKistcrior, entre las que merece 
et primer puesto la consagnida Al so//c) drl JV/tígara. 
Pero el caudal de ideas comunes y gastadas se encierra 
Jiqui en unji forma brillante, aunque no muy correcta, 
que denuncia [lor lo menos finura de oído y conocimien- 
to del mecanismo de la vcrsilicación. 



• Madrid. I»*l. 

• Poeii** Mndrl4. iwi 



BIT EL SIGLO XIX 73 

No ca preciso itumentar este cautlu];ü üe poetas an- 
tiulucfs ' para hacer ver lo quo pueden en su comün 
labur iirtísüca liis influencúis del suelo y de la, tnidición, 
ctuujdo Lin vivas y lan coní;cantes permanecen ;l ües- 
pecho de los sif;lo!> y de las revoluciones. Gracias & 
eslits liizos de la exii^enirión en el foncepto y del arti- 
ficio en la palal>ni, nos ixirecen uno solo (salvando bu. 
«túuncias del respectivo nnírito personal) los nombres 
áe Velnrde y Grilo, de Herrera y Góngora. de St^neca 
V Lucano. 



M 



-,-■. A VKtor Hi«v y A U'WJ 8)to«; á hn 4o* Sii««rrrio tD. Baia.ii 

' v.'i.potiii irliutovirl unafHotrotnuncicwtiMlo y nmcTio¡ a Jon 

i 1 1. af nvIuWr itadoi'tor * l-n^efadow, y 4 H FmncWci» Di»» 



'm^ 



CAPÍTULO IV 



TRAOUCTORER & IMITADORES DR irEWB 



ni>r«-atin« «»■(, liil y Sani. T. y l^niilti, ttrrrrto. I.Ii)t«<bI» f (':. ' 
Buin. -fianUvu A. Bcniorr. - PbIk IVrrs, FrrTJ*. l.aicvM«. fVpoA. Ih 
MTtvU. PaU«. >M s Pnt. Sriiélvnla. 



YA luin pasado & ser la^i^ires comuncí; de la historl 
lUcrarúi el contradictorio temperamento, la nei 
rusisde raiia, el descoco audiiz, los rencores ani 
cristianos y el peculiar humorismo de Enrique Hein< 
cantor ÍTancoalemrtn del futfrmc^ao y el Regreso, 
rey del subjetivismo lírico. 

Con preferencia íi Mussct, Víctor Hugo y Bírar 
gcr, pudo llíimarle Luis Veuillot " el z-entadtro poeU 
pansicMSí, aunque no es la poesía de Heine, ingenua , 
melanc<>lica sohre todo, sino mas bien su candente 
uccrada prosa, la que justifica aquella defmicii>n que 
se hizo Ue ti al llamarle rtitsefior tih-mtÍM nutdaiin en ¡a 
pciiKa tic V'ottnire. Antes de la revolución del aílo 30 y 
de la moda romántica francesa, ya había destronado 



■ U» oamn ,y Po'O. Hbro iv. vii. 



EH «L SIGLO xn 7? 

el romrimicismo de Goethe (cn su primera (?po- 
... , :iiIler,Klüpsiok,Novalis y los hermanos Schlegel. 
lüs oinriones del nuevo rcstaunidor ao cnin clilsicas 
tii roniAnticas, inas sí ¡irofunüas como las afjuas del 
(Chin; no eran el eco de las leyendas monrtsticus y feu- 
dales:, pcru haiHan revivir i'un furma-S nuevas la musa 
de los antiguos mmtes>ingfrs. 

El triunfo de Heinc no fue universal, ni menos con- 
scfruiUo sin srrave y empeñada lufha. aun dentro de su 
patria; por eso t{uiz:ls tardó tanto en ser conocido de 
las dcm:ls naciones. 

Mientras los poetas y filósofos de allende el Rhin cn- 
rontmron en Francia una turba de comentaristas, se- 
cuaces y admiradores. natUe se acordó de E. llcine '. 
'llostiL que. traslad lindóse idli <:\ mismo, dio -X conocer 
A SUS pocos allegados las ignoradas pdfrinas del Intcr- 
mcsso. Tradújolns en prosa Gerardo de Nerval, como 
hídcron con las demás producciones él y su compaflcro 
Soint-RcnO TuilLmdicr. y la tentativa no fue. por cier- 
to, infructuosa, como lo hubiera sido A tnitarse de un 
poeta mAs culto y menos amigo de1 fondu. Dicho sea 
esto contra los que califican A Wt'tnv de segundo Ho- 
mero y elogian la elegancia de sus formas, en que no 
prn<airun nunca ni él ni sus más entendidos ínter* 
prctes. 

Fueron desconocidas en Esparta las obras del gran 
poeta hasia que Eulogio Florentino S;inz sorprendió el 
il^orado tesoro en su iñajo d Alemania. Perdidamen- 
tr en-imonido de <•!, comunicó una pune Wen pequeña 
Ñ ta lengua de Oíslilla en esmenidisimíL'; estrofas. No 
fue Ostu, como muchas que la slj^ieron, tuia tru- 
docciófl de traducciones, sino que apnreoe inspirmla di- 
rectamente en el original y empapada en su espíritu, 
aunque, contra lo que podía esperarse de la idoneid.id 






76 LA 14TSILATURA CSPAfinLA 

y lus aficiones Ue Florentino Sanz, fue muy poco loque 
tradujo, y no tan conocido como pedía su mCrito. Por 
cstii causa juzgo procedente traslíidar aquí alírtina 
de tales canciones, la segunda, por ejemplo, que es de 
nsupcrable pcrfcccidn ': 

jpor qué, djmc, bien mío, Lis rosas 

tan pálidas yacen? 
¿Por qué est.ln en su césped tan muertas 

las viola* azules..., lo sabes? 
¿Por qu^, üime, tan débil gorje» 

la alondra en el aire? 
¿Por quí exhalan balsámicas hierbas 

hedor de cadáver? 
-■Por qué lleca tan torvo y sombrío 

el sol .1 los valles? 
¿Por qué, dime, se extiende la tierra. 

Cual sepulcro, tan parda y salvaje? 
¿Por quí yazgo tan triste y enfermo 

yo propio..., lo sabes? 
(Por qu^, aliento vital de mi alma, 

por qué me dejaste? 

A aljETunos otros poetas alemanes inicrpret<í en cj 
tellano el autor de Don Francisco de Qufvcdo dent 
Uc su género favorito, dando así muestra de una poe- 
sía tan poco común entonces como empalagosamente 
imitada en estos últimos años. A Hcine en particular 
le bebió los alientos, no sólo al traducirte, sino al imi- 
tarle en la pocsíu que Ilevn por epígrafe í7 color de los 
OJOS, y en las ondulantes y himinosíis estrofas de Tri y 
yo. sumamente |>arccidas A aquellas de B(k-quer que 
comienzan 

Si al mecer las obscuros campanillas. 
Hablando con una nueva Ofelia, le dice con langut- 



■ nMutowi 4e ¿nrtfsf tMiu mnmelOaá ilii akmdm at e atiet t tMo par B. Sf 
ttgtn RorfMlbio San. i Kn el JVmm üiKMrní. nam, «. 13 <lc Mayo dt WT.l 



E» BL SIGLO SU 77 

dcz scQtünentnl, que se transparenta en ]a munma e»- 
enicnira Jel verso: 

Si entre despierta y dormidat 
Lánjfoida en tu dormitorio 
Percibieres tu nombre en los auras, 

¡Soy yo que te nombro! 
S de amor dulces quimeras 
IJaman de tu almohadu en tomo, 
y responde A tu voz un suspiro, 

¡Soy yo que respondo! 
Si en sueílos tu frente orea 
Tibio de un nabello el soplo, 
Que ni turba siquiera tu sueño, 

¡Soy yo que te tooo! 
Mas sí con otro soAando 
(Líbreme Dios) un sollozo 
Rompe acaso tu pérfido sacAo, 

iSoy yo... que me ahogo! 

Coa tan perfecto conocimiento y asimilación del 
modelo, no e* difícil conceliir cómo pudú ser norcnti- 
no Sanz tfíiductor. y sran traductor, Ixistanie mAs qut* 
Codos ctiantos han continundo su obra hasta nuesmis 
días. 

Diez aflos dcspui-s, y en la misma Revista que las 
Ctmríonrs ', se puMicri una traducción parafrástica y 
^umitmL'nti; infiel del luterntesso^ hecha sobre In de Ge- 
rardo de Serval j' afeada con lujo de frases y epítetos 
incohcrcnics que dcsiiíruran el texto. despujAndülc de 
MI caractcristica sencillez. 

Dejando ;í un ladt» aljiunas versiones parciales, exi- 
jfc particular recuerdo 1» qu<* hizo del ¡lUcrmrsso, el 
ftfgreso y La ntttva prinmvera ' el unti^o rcdacti>r 
de ES Fmparcinl D. M.anuel M. Femándoz y González 



I DMnmU. *Ao IMj. R1 mtfiíLtat en H. MMitano Gfl y S»imt, pocrA 



«t*«- 



' ?■— ttowny jwrwBi Uñeta db Airif w tttiiK. UndríiL 197A. V« al fmit*- 
n r\ «nior. nttnM 3 Mn ivitafta4o.>J>crnn>1n nlicUit. lli». 



78 Uí LIT8BATURA ESfAÍtotJl 

(distinto det novelista), autor de /^ ít'ra dei Gttatioí- 
ijtfivir, colección de poesífis anteriormenie pubtÍL'adu. 
La traducción es mtts fiel que poética, y los versos, por 
lo común, duros y fultos de lima, teniendo adumils la 
dcsventija de no habcrst- furmado tanto sobre el orÍ({i- 
mil altmán tomo sobre la iradutxión francesa, Femiiii- 
dez y Gonxález censura con acrimonia los defectos de 
sus untecesores olvidándose de los propios, que son 
constantes y de oo poca trascendencia. 

También ha puesto en csistellano los Poemas y 
Funlasias ' de lleíne el Sr. D. Josí J. Herrero, quien 
ha merecido los elog'ios de D. Marcelino Menéndcz y 
Peliiyo. Kl traductor no echa por el atajo, sino que en 
todo se atiene al texto original, siendo adem^ la suya 
una de las mils completas entre las traducciones espa- 
ñolas conocidas. Rivalizando con la anterior, y en la Bi- 
blioteca Arte y Letras (Barcelona, IS85) aparnrcció 
otra de D. Teodoro Llórente, casi al mismo tiempo quc 
la del poeta americano Josó Pérez de Bonaldc. 

Finalmente, la señora Pardo Razan, de cuyas apti- 
tudes parala poesía hablan muy alto el poema Jaime, 
y tal cual hermoso fragmento descriptivo, desdeñados 
mils de lo justo por su auiont, ha puesto sus priviJe- 
j^iadas manos en los versos de Hetne, cons id erándolos 
quizá como temas de estudio linítüistico, y dándoles, 
sin pretenderlo, el valor de miniaturas restauradas. 

Atendiendi) ü lo poco que se estudian entre nosotros 
las literaturas extranjeras, siempre arguye cierta afi- 
ción A Heinc la preferencia de hecho que se le concede 
en esia parte sobre lus mismos autores franceses, sin 
exceptuiu" A Lam.»rtine y Víctor Mugo. 



I4o laUril i)r ntAi rtuAnr (wr ría Je nou utr» i,t> iraJuc«>onr«: la d«l 
■lili II, pM D. AncH Rodrleui'i Chavci i.MudrliJ. IBTT), y la <lc variM calil 
«tu»Kld»3dc Hiiini, .jsr laciafA Jjaini;C[arke(i lU eolcv'U^ Je PotSÍeM 
■^lemanai. {Tomo VI U" U HaUoUea unturtil, Mndiia. IffJ. ?.■ «dlcf^a. I8Í79J) 



8M ta. sKiio in 79 

Fncra de qac existe una (atante de iniitadonrs, no 
del toju in?l.}r¡os;i, iip'Qpiída bitjo \ix somhra de un 
poeta simpático p;ir:i quien empezaron con la muerte 
los honores de \n jxipuljiridad, Gustavo A. Bícqucr ' 
forma on Núfte/ dv Arce y Campoamor un triunviniio 
que diripe y toiiJL-iis;4 todas las manifestaciones de lu 
Uríca i^paAola contemporánea. Si Bécquer imita ii no 
A Enrique llelne e?. problema que resolvere despuc-s; 
por ahurn, y reconociendo, como no puede menos dr 
rcconoeerse, la identidad de sus cualidades ariístic-.L'-, 
títíKi sentar como indudable que el primero, y no el sc- 
i^unda, es el modelo comtüunente preferido 6 imitado 
por nuestros poetas. 

Excepcional naturaleza la de Ilécquer. Hijo de la 
hcrmosi A.ndalucía, cuyo sol indeficiente llena los es- 
pacios de luz, de verdura eterna ios prados y los aires 
ele perfume, y de cuyo feracísimo suelo brotaron los je- 
fes de todas las exascraciones litentrias, desde Sííneca 
- ' -T-rino hJista Herrera y Gón^íXíi, HOcquer no con- 
. ninguno de los ráseos del car.1cter andaluz, y mi- 
dic le creería tal antes de leer .su biof^rafia. 



_< Na<ili> en ScvItL* ri 1T át BacroMc IHKt. A lo-i cinco «Jla« «k' t-djtil iKrdId 
I paJix. y A Ion Bm^c ) mnilo qucilitMi tarabliHi liuerfanq dr miilir y ba)D 
I iXe asi* «r<t»ri >iui- Ip h.it'U ucudo -U pila, y nw irviii úe codtliiiur 
iitránil-l- pcTo^ln cniaprmdcr bi-> lii<.ii«*<:tnnn ik 'lorl ititliU nlAo qur 
tnf.im , rf\ :;i íittirin jr A V9 culilt» luit>la de (oiiMKnir Uida la ttdn. Cntfrii' 
3 -■ Kii|*tlt)l- iTa<>inJ6w Ikir^virr A Sl'ililJ rn I>CU, y ntictl- 

i>n la niiTi:i.ÍAn ib ltl> nr* Nri('l<M>sk->. •urlJa Arl 

'•■. Un I» R^lJ<.^lA^•lv U Wmiíi-'i -■ .iiurt •■ 

' i'iUd L|wr Ir dliiiiii MMAthnlr-it' -i i><"u> 

. •.iFiiu -.irwar Kteclilft •(■"' •'*^nt>WI en el nkiii.i». i t^r j- Vvnitftu 

tü. l^iwnqMAiaJn •» tivnnaa» Vdlrrtiui'-, } tu> VMJ» arU-aU£«* i 

> Avila y oiru> clnJAilc^ niMitm>-nt.kIt> J: I4 IVnlasulii. cimtrV 

r>BI (I hviTi ililk|i> itc iVi'^jiirt. i|ur Uíl-.-it-V rn M.i>lrtd t\ ™4i' 

1 ' ' ' . I . ( pf linrr>i cdl-liM ilr tv> ohra*. RrUit* 

' i-n mil» tlIilmiMk aAo*. ha* li-tAa A tu 
: mid lAou. pjfj^iíiA aiJiHw uju-upIcaJIda y ualrarMl hik la guc dlUni- 



80 



LA LrTERATVRA ESPAOoLA 



Y no s<>lo pugna la índole de su fisonomia poeíieñ 
con la dtíl cielo y el clinuí que Ic vieron mifcr, sinu tam- 
bi<ín con sti invencible fnclinacidn i las artes plásticas, 
lie que d:in buena muestra la incoada Historia de los 
templos de Bspetita y muchos escritos sueltos que no es 
del caso enumerar. ^Cómo un poeta sevillíino, un aman- 
te de tos prodigios pfctórícos y csculturalce, se aparta 
tanto de la forma exterior para abrazarse con la idea 
pura, con ti subjetivismo mt-lamólico, tan común en 
las tenebrosas regiones que bafia el Sprée, como desco- 
nocido en las márgenes del Darro y el Guadalquivir? 
No trato de explicar esta evidente anonudía; pero sí ad- 
vcrtifó que Bícqucr siguió naturalmente los rumbos 
que lescftidaba In estrella de su íne:cnio, no porque A 
ello le forzase una educación torcida y repu^emantc A so 
gusto. 

Ya que no en la tradición poética de las escuelas 
andaluzas, <sc hallarjín en alguna otra de las cspaflulas 
verdaderos í inmediatos precedentes de la inspiración 
becqueriana? Sidvo alguna que otra excepción parcial 
y de poca trascendencia, puede responderse negatii'a- 
menie; porque si el subjetivismo lírico ha hecho atiijuna 
vez fortuna entre nosotros, no es sino en los poetas mís- 
ticos, como San Juan de la Cruz y Fr. Luis de León, 
dundf deben buscarse sus huellas. 

Fenómeno es csie naturalísimo, y para cuya expli- 
cación no hay necesidad de acudir d los consabidos di- 
tirambos anti-inquisitoriales, íí las tiranías contra la li- 
bertad del pens;ímÍento y demás vejeces progresistiis, 
que, por quererlo explicar, lo dejan todo entre som- 
bras; fenómeno que reconoce por fundamento la índole 
de nuestra raza, ohjelivistn de suj'olsi vale la expre- 
sión), esclava de la forma y el colorido *. En nuestro» 



■ Por «IvUar ««ln« •racilUt vcnUiks Ammutn rl Sr. Rodrlcun CTd 
tía iVéhtfo ft Ui Ot-rnidc B¿^'qDcrl imn InlínMaJ Jr¿r«itÍBO«, iT^MOcIAt ; 
Cir, rcárMndow k U lírica ¡.a^uUaiui drl ^kI" ^VI. (|ur ^lo ^c tlnftml 



en ID. sierro XIX 



Rl 



poetas modernos. Quintana, Zorrilla, Esproncedaysun 
infinhoK tmiinJores, se palpa esa desafición al subjeti- 
risno, que ni Bíícquer ha llegado & entronizar. 

Eso no quita que en ¿I sea muy simpático, como 

mímente lo es; pero fijándose en su extraordinaria 

' < n su rasi absoluto ensimismamiento y en la dul- 

tncolfa' que exhalan sus p.^nas, se admira un 

traiple de alma que no es el ordinario de los artistas 

nuridionalo!;. 

Hora es ya de examinar sus Rimas, sartal de pre- 
)'>yas, que lo parecen tanto por su escaso nume- 
ro romo por so inmsparencia. Las notas que forman 
e« poema, aun desprendidas de! conjunto, lucen una 
pIlMdíay un primor c;u"acteristicos. Bécquer desde- 
Md la s^ndilocuencia, en que als:nnos ponen el 
wsrito principal * exclusivo de la inspiración lírica; las 
•mociones inlinitcí-imalesde un mismo concepto en un 
nur de palabras racías; y de un solo toque, en una sola 
~, llcqpa ásu objeto sin preámbulos ni ampHlica- 
-..i 1 tíitraftas. Pura cxpresíir un afecto, sobre todo si 
tu honiLimente radica en el ánimo como los de Ins Üé- 
Hfts, no hay forma como la que en clla*i se emplea, a^- 
.tporosii y delicada, que se filtra impi-rccptible- 
^■n L'l espíritu, y, en vez de agitarlo con violen- 
cia, le sorprende de improviso. En la literatura cspa- 
flofci sólo se podrían entresacar algunJis composiciones 
de GarciliLso. y sobre todo de I-"r. Luis de León, que 
puedan dar Idea de esa rapidex en las tran^cíones y esa 
total c omprcnsirtn del asunto. 

El poeta, encontnmdo inadecuado y mezquino el 
'icn^aje común de los hombres, quisiera escribir el 



f ta del M- l-«n; ct dn athtiitlr * dciptcho coniTa la Iniolcrsncla rvlIcioM U^ 
«4lM ciincrttiBc Y. {Mr* nn prtxeder en Inruilla. aqurllo ilc i|Ur A Qnrvribi 
I •» U MlW M a*h>«<4 pora fwoaar ltt» w wi« « iM] MWNW/4. A Ul |><int« h* 
ttt 'tf* J» U nAnmlo tt«M4la pr«fre>ÍifU. 

TOMO n 6 



K2 UA. I.ITKKATURA ESPAÜOLA 

lümito gi'íínitfcy cxtraüo que palpita en lo más bondo 
de su alma 

Con palabras que mesen á un tiempo 
Suspiros y risas, colores y notas. 

¿Y qué otra cosa .'^on aquellas imáRenes, Tag:as ^ In- 
coherentes si se miden con el criterio de la retórica 
vulg'ar, pero al mismo tiempo bañadas en un aroma de 
irresistible ixx-sia? Aquella sactn volatiora, aquella ho- 
ja seca que arrebata el vendaval, aquella ola giganit-, 
aquella 

Luz que en cercos temblorosos 
Brilla, priixima á espirar, 

ltg:urHS todas con que s« describe ft si mismo, son pre- 
ludios de un nuevo y extraño numen que todavía luce 
más variaciones en la impalpable rima que nos descri- 
be la inspiración: 

Sacudimiento eitraflo 
Que agita \ii& ideas, 
Como huracán que empuja 
Las olas en tropel. 

Ideas sin palabras, 

Palabras sin sentido, 

Cadencias que no tienen 

NI ritmo ni compás- 
Actividad acnriosa 

Que no halla en que emplearse; 

Sin riendas que le guíe 

Caballo volador. 
Locura que el espíritu 

Exalta y enardece; 

Embriajfuez divina 

Del genio creador. 

Y al lado de esa fiebre voraz, la brtHante ríemía . 
oro que la enfrena, el 

Hilo de luz que en haces 
Los pensamientos ata; 



SN BZ. SIGLO XIX iSS 

' et JtartKom'osa ritmo que eniierra en et compás las /h- 

! gitivas trotas, la ajracdón recóndita que agrupa esos 
inviuble^ átomos; la ra^dw, en suma, principio eterno 
del orden y de la belleza. jContradicción notable! Esos 

¡ rasaos tan espontáneos, tan libres de toda traba, incluso 
Li del condonante, hala};un cí\9.\ tanto Xús. oídos como la 
f%ntU!ita, j' parece iiue susiituyen la música de la rima 

f con otra distinta, pero de muy semejante especie. 

H:^?!» aquí sólo hemi>s entrado ea el vestíbulo del 
pocmn, pues hi unidad del pcn^imícnto que á todo 01 
preside comienza á manifestarse en ta rima consagrada 

I A aquella arpo que silenciosamente duerme 

delftaldn en el áq^lo obscuro, 
jr de la. que nos dice Bécquer 

¡Cuánta nota dorinfa en .sus cuerdas, 
Como el pájaro duerme en Uis rama:^ 
Esperando La mano de nieve 
Que sabe ornincurlal 

El, iluminado por Vtr. rayos de un amor virgen, so 
cree destinado íi hacer resonar los acentos nunca oídos 
qoe en ella se esconden. Ese amor no es el fuego de la 
psisi<'>n, !n llamarada ardiente de los deseos juveniles, 
la volupluosidad y el placer; no es el numen de Iwi 
cancos orientales, ni el oupidiUo de Safo y Longo, de 
Cátalo, de 0\*Ídlo y de Tibulo, ni el brutal endiosa- 
mtefito de la mujer personificado en las trovas proven- 
2iiles, ni siquiera el amor que inspiró a Herrera y Gar- 
cfloso. Es el fantástico de las baladas septentrionales 
tfmidci y reposado, lleno de melancólica ternura, que 
se emplea mAs en llorar y en buscarse U si propio, que 
<n demimorse por los objetos exteriores. Tal es el sen- 
t tJdo Je este diálogo: 

Yo üoy un sucflo, un imposible, 
Vano fanUísina de niebla y luz; 
Soy incorpórea, soy intangible; 
No puedo amarte.— lOb, ven; ven tul 



M LA LIIERAITRA E«PA!tOLA 

Una mujer así, itoñaiJa por el poeta, le da la norma 
de sus inspiraciones. Kícquer se aplace en retratárnos- 
la con los colores que distinguen A las heroínas de 
Shakespeare, formada de oro y «/rw como las iizuce- 
nas; dirigitíndola aquella peregrina frase: 

¿Qué es poesía? ¡Y lú me lo preguntas? 
Poesía... eres tú. 

La historia de esii pasión pa-sa por los do-; citemos pe- 
riodos de bonanza y tempestad; aquí-lla breve como un 
sncflo, ísta feroz <:■ impIacaWe hasta que destruye el 
aéreo castillo forjiído por la imaginación. Las no|3s de 
ales^ia en Búcquer son muy escasas; pero la* de dolor 
brotan espontAneamcntc de su lini, como si el fondo y 
la forma hubiesen nacido para completarse mutua- 
mente. Hoy ya son del dominio común aquellas dos ri- 
mas, de los que una dice: 

LoK suspiros soD aire, y van al air«; 
Las lág;riinas son ajjua, y vau al mar; 
Uime, mnjcr, cuando el amor se olvida, 
íSabes tú adtlndc va? 

y la otru comienza: 

Volverán las obscuras golondrinas... 

parodiada infinitas veces esta última por los gacetille- 
ros del periodismo. Perú donde Btfcquer agotó el rico 
caudal de sentimiento que atesoraba su alma infantil y 
soñadora, es en la sombría meditación inspir:ida por el 
religioso silencio de las tumbas, en la que, dando rienda 
A la imaginacíóQ cngendradora de fantasmas y cuerpo 
& sus ficciones, se le ocurre pensar en los cadtlvores que 
le rodean, y exclíima: 

Dios mío, iqué solos 
se quedan los muertosl 

La sencillez de esta admiración, que acaso nos pa- 



H.V gt. MftLO «IX H» 

rcdese mal A no str tan sincem, es un dato más para 
t-om prender i» que he Hamaüo cxcepcionid niiiuntU'za 
de Bt:cquL*r. Hübíü nncitto cin exclusivíimenu- artUta, 
•que nu tuvo tiempo para s«r uira i'osa, consagraado en 
el fundo dv su coriizón an romo culto perenne al genio 
que le in&pimlm. 

H:ista en sus costumbres y en su naturaleza físicu 
«lucdaron hondamente grabsidiis Uis huellas de ese in- 
creíble ensimismamiento, pues viviú enirogado A los 
recuerdos de \:i historia y rt la nostalgia del amor: se 
reñro del mundo a la soledad de una celda sin que le 
tnovien <.-! espíritu religioso, y, finalmente, murió en la 
Itor iU- su cdul autcadü por una dolencia indelinible, no 
tanto como lo fue su corta vida. 

Al compararla con la tormentosa y dramática de 
Enrique llcinc, se creerá haber hjdlado un argumento 
moral contra la tiliBci4n artística del poeta espaílol. El 
mi'imo empeflo que hay en neg;tr el inüujo de B>Ton 
sobre Espronceda. se pone en asegurar A las rimas de 
Gitnavo A. Btcquer una originalidad ümnim'>da tí in- 
«JisctiUble '. Ñola juzgo yo tanto, porque comprendo 
■que t-1 i>iitrÍ(it¡smo debe ceder su puesto A la verdad, y 
la verdad es uqui i-ontraria A L'i<. al>solutas de estos upo- 
logislíLs, amigos en su mayor |xirte d admiradores del 
poda cspaflol, pero que hastíi ahora nada han dicho sri- 
liüamcnte fundado, y mucho menos decisivo. 

Afirmase que HC-cquer no podía imitar A Heine por- 
que no sabia alem<tn. Aunque parece íncrerble, este so- 
lí. r Ti' muy v.Alldo. y todo porquf lut quieren ver 
MI nadures que los que hoy imiuin A Heine de^- 



IZ^AwiLiar M] ntiEranpoctii alTinin a .lalm ponjr rrrvrvba IinlU'ln 
Cmu*<>.*«U< anakcln-ta. U Hn mlrp I-m 4uh ravt^ nurlu wmrjjinia • 
^ ■ "u^OMTiMfl. l.onlKtinhuhinnaiirmndo.cnliiiJI* 

<«• vtm Unudvrn* pm.^u iirl'* r*|iaAila. Vatcn y 

WliM i.i|Li. .Í14J.JI.» La lo» Mliiftut erlMcMilrl etivlinlr rvrllar i;«tan« 
D. KAtecl U. UfiL lian wdcDoilealaiWh con slmu novnlxl. 



H6 UA UIEftATVSA BSl'AÜOLA 

conocen mmbién la lengiin de su modelo, ni más n¡ 

menos que los innumerable?, autores de balad:is d imi- 
laciíndc (lUrger, Hanmany Uhland. Además, las Ca«- 
a'ofurs de Klorenrino Sanz, y una de las primeras ver- 
siones del ÍHtertttfsso, se insertaron en Et Afu^eo Uni- 
vcrsítí, revista en que colaboraba Uícqucr, y donde pu- 
blicó sus Rimas. 

Que las inclinaciones mondes del poeta alemán y 
las del español eran distintísimas, no lo negaré yo, y 
aun por eso tomó el último del primero la nitidez y cl 
fondo de su poesía, dejando In corteza amarg:a del cí^ 
ccptúi^mu y la ¡rrcüción. Cosas, si bien se mira, muy 
separables, porque en Hcine, lo mismo que en Hyrun, 
Leopardi y otros ciento, hay dos personalidades ^ de 
artista y la de sectario, que en vano pretendían identi- 
ficar ellos mismos. Hcine fue una simia de Voltaírc; un 
traficante en creencias, hombre que pisoteó todu U* 
stnto, noble y elevado; mas. A pesar de ello, fue un ar- 
tista de raza. De aquí procede lo bueno que hay en su-s. 
poemas, ;isí como, al contrario. Uus notas mal:imcnte 
llamadas hKmorisíicas son á la vez irreligiosas y an- 
tiestéticas. De ellas libertó ¡1 Bécquer su instinto de lo 
sobrenatural, aunque enfriado por el espíritu del siglo; 
de modo que apenas se percibe en el fondo de sus afi- 
ligranadas rinuLs )a hex envenenadora de la blasfemia; 
y aunque habia padecido mucho merced & las ingrati- 
tudes humanas, y acaso también d lo exquisito de su 
sensibilidad, nunca le hicieron dudar de la Providencia 
lOF ripToresdel infortunio. 

Por muy insigne que sen un poeta, siempre se pue- 
den designar su origen 5' sus predGcesorcs, y no es in- 
juriar A Becqucr cl considerarle incluido en esta ley 
general cuando tím evidente es su parecido con los poe- 
tas alemanes, y mayormente con Hcine. Dicho sea 
esto sin negar á Bécquer una gran dosis de originali- 
dad, aunque no t:m grande como quieren sus fanriticos 
y exclusivistas admiradores. Aun mrts: í-l es el único 



4}tic lo^ó lUiimtlarsc aquel señero extraño <iin tlar en 
^EagCFBdoocs risibles, antes bien con.sorvando siempre 
tendidas las- caerdiLs de una ins pjraci<''n í(\c\], sobriíi y 
vfflinenteneotc pcrsoiml- 

Anteriores á las Ritnas, á lo menos en el orden de 
la pablicacióQ, son las Coplas y Quíja:^ de D. José Pui^ 
y P^rez, quien nos dejó argumento inequívoco de su 
procedencia en un articulo meditado sobre la tumha de 
E. Hcinc '. La colección yace hoy casi por completo 
ulvidiidií, y no con entera injusticia, porque ahundií en 
pensamientos triviales y en prosaísmos de forma que 
fí^cqaer c\ntó sn^KÍa'i ¡x su mituralc/^i tan elevada y tan 
de artista. Las Coplas de í'uíg lo son con frct:ucnc¡a en 
d pevr sentido, y súlo de cuando en cuando le levanta 
sobre si mismo una ráfaga generosa de inspiración. 

Diga lo que quiera Fernández y GonzAlcz, no des- 
natundizó. üm torpemente como él supone, los cantos 
de Hcinc D. Augusto Fcrran, fitlus Achatis de B¿r- 
quer, y autor de La soledad y La pen'sa. Poco antes 
de tLs Hmias * se encuentra un an;ílisis detenido de La 
soledad, que por venir de tal pluma resumiré cuanto 
roe sea posible. Después de haber dicho que escis can- 
ciones representan un esfuery-o paraelevurlas populares 
A lu cumbre de la perfección artística, añade: '"...sus 
cancares, ora brillantes y graciosos, ora sentidos y pro- 
fundos, ya se traduzcan por medio de un rasgo apasio- 
nado y valiente, ya merced A una nota melancólica y 
raga, siempre vienen a herir alguna de las fibras del 

razón del poeta. 

"En ellos hay un grito para cada dolor, una sonrisa 
pora cada esperanzsi, una lágrima para cada desenga- 
tto, ttn suspiro paní cada re<'uerdo. 



■ mnu A trmitt»» éáaVo MetM ir . 4 ' r.Hr inren l||. pAstsa* |CA>ia 



88 1.A UrTCHATVIU rsi>aSola 

"En sus manos I:» scneilln ¡irpii popular recorre to- 
ihx6 lo>; gOnuros, respunde A todo-s 1o^ conos de la infi- 
nita escala del sentimiento y de las pasiones. No obs- 
tante, la mismo al reír que al suspirar, al hablar del 
amor que al exponer algunos de sus cxtniftos fenóme- 
nos, al traducir su sentimiunto que al t'ormulHr un;t es< 
peranza, t-stas canciones rebosan en una especie de va- 
ga é indennible mclancolfa, que produce en el ánimo 
una seniiacióo Jolorosa y suave." 

De las muestras que cita Bécquer, escojo, como si 
perior á todaí^, la que si^ue: 



Pasé por un bosque, y dije: 
«Aquí está la solediid,,.* 

Y el eco me respondió 

Con voz muy ronca: <AqaI estA.> 

Y me respondió: «aquí está», 

Y entonces me ontr<5 un temblor 
Al ver nue hi voz salía 

De mi mismo corazón. 



Sea 1» que quiera de su valer, no me parece este 
naje de poesía nacido para hacer fortuna en el pueble 
español, pues nada menos acomodado ú su Icnfruaje qu< 
esa pasión incolora, ese subjetivismo cernido y de ii 
posible compreasiún para las muchedumlircs sin que^ 
pretenda negar jI éstas el conocimiento del corazón hu- 
mano, tan evidente aun en tos mfts fugitivos rasgos de 
la musa popular. 

Semejante A los Cantares de Kerran, aunque rot 
lada con nombre distinto, es la colección Fuego y cet 
sas. baladas de D. lí. fl. Ladeve.se, vulgarísimiis por Le 
jccncral, lo mismo que otras varias del mismo autor ir 
rluidiui en diversas publicaciones. 

El poeta gallego L. Sipos, afectando siempre la so- 
briedad de formas, característica en los imlLidorcs de 
Heíne, aspiró Á combinar la melosa dulziu'a de los 



en EL SIGLO XIX 99 

cnntnrcs apusíoniutos con ct descafado s:itfrÍco, á veces 
Utn intK-ente como en /ü panto tic fisctictás ', 

Alus licrno y sentido, y sobre todo más original, es 
DitcíLiretc (Angcl María), d cuyas cantilenas llama un 
crítico 'tan ríciLs de sentimiento, como limpias y trans- 
tmrcnics en la íorma", y que al (in. si alguna vez la 
(IcsL-uida, no vs para ensiirtar un cúmulo de insulsas 
vnciedades. El mismo Bécqucr no se desdeñaría de 
reconocer por suyos los suaves y conceptuosos verson* 
que van al pie de la pügina ', dignos de figurar junto 
á la c:mclón de las golondrinas. 

El ingeniero D. Melchor de Paiau. sin perjuicio de 
escalar la.*; verti^lnusas cumbres de la poesía científi- 
ca \ O de constituirse en int(>rprctc de tradiciones pia- 
dosos ^ ha sido ante todo el primero, entre cuantos 
hnn escrito Cantaren; " en Esparta, el que mejor ha imi- 
uiilo las breves y sencilliis formas del arle popular, aun 
n! desviarse de su espíritu. No estaríl de mlis truer á In 



* DIBtK 

Dinc, {cuil laBUneAtii;!» lucero. 
Rrillaado (Ata ■! dajninuí ti allM 
Vknc uca tul cauto U liu tfave 
Uc MoürwU' 
IMiw. .1)04 cUia iDU lie roclo 
Pu4o t«ualu wbK iiuctBi bi>B6* 
A ■■• IMa 4> llamo rtibaUnilv 
^ Fot tu melllla plDiIa' 

Un*, ikabri ana woiíh tu* vromMa 
De vinud j «eMwi la *)t«r*ua, 
Qiaa («iwlc* tiulcat*) OalM taan 
Df fa anailu caau' 
[ilw, ,hsbrl una nulti fua, cstl rá, taipiít 
Aatar tin puro, aénndó» un caieaf 
Dlaia, ibabM itacpt >|im iu) mp» «"la 
Cana tu el alcu* 

* J'tfMái» ftMlea: lUJriJ. ISSl. 

« e«i«««p*H:«k>iV2(MiaJCIilwr<t. 

* C«o euc iluilo publUO «n U(6 nw hrrf j ntlmat>lr calecdúa poCUca. a 
la ^a( •igwtd U Jr Mnw mMdcno. 



*)0 Ul UTERA-rUHA ESPAROLA 

memoria del lector algunas muestras, qne de fijo le 
serán yu conociüjLs: 

íln Ib^ tosas de m cara 
Un beso ncabaii de dar; 
Rosas qac pica un gagguio 

IVesto se deshojarán. 

iQué no Uorel ¿Qué me importa 
Lágrima menos 6 más? 
ii}n( importa que llueva ó no 
Sobre las olas del mar? 

¡Qaé honito es tu semblante 
Por el llanto homedecido! 
iQaé bonicas son las llores 

Salpicadas de roof»! 

G<Has parecen mis lágrimas, 
Gotítas d« agua de mar 
Hn lo amargas, en lo muchas, 
V en que al cabo me ahocarin. 

Palaa no es propiíuncnte un imitador de Heii 
sino algo mucho mAs estimable y raro: un hombre eru- 
dito que supo revestirse de la impersonalidad caracte- 
rística de los primitivos burdos populares, y que ha 
hecho llegar sus rimas, no sólo & tos oídos de los lite- 
ratos, ya españoles, ya extranjeros, sino ¡i las clases 
más humildes de la sociedad, entre Lis cuales corren de 
boca en boca como st fuesen producto <lc generación 
espont.-^nea. 

El libro A'oduntos ' del sevillano Benito Mas y Prat 
entra en el estilo de Récqucr. aunque con más varie- 
dad en los cuadros y menos tcndcnciíi al cnsLmisrau- 
miento. Hl autor no busca exclusivamente los efectos 
de noche, sino que es paisajista y apasionado de la luz 
en alfiímos romances descriptivos, y en todas ocasitv 
nes robusto versificador. 

■ scvidm, tftn. 



Bit EL SIGLO XIX 91 

LiK ttimaSj que an dolor inumo y siaccro ha dicta- 
do i la mosa antes alegre de Ricardo Sepülveda, se 
aputan mucho de la elcíria inidiciunal; en eüa'i se ha 
filirado la comente germanka, quizA sin intento rcflc- 
livo y por esponiiknca asociación de lecturas y re- 

CTCTtloS- 

No quiero afladir más nombres, seguro de haber 
elcgidu todos los que representan con alguna origrinali- 
^ ' ntre nosotros un gínero destinado á morir quizá 
. j "S de sus mismos cultivadores. 
Pocos años cuenta, y ya son tantos los abusos comc- 
Woí á $u sombra, que cl púbüi-í» desconfía de él á pe- 
ni ile las gencniles simptitías de que gozit Kécquer. 
n principa) y más reconocido propaK:aadista. Una 
tuba de copleros adocenados que se creen artistas su- 
Nimcs por sAlo expresar un concepto plagiado en mise- 
Tttíes versos que ni siquiera tienen el mérito de la 
rima, inunda las revistas y periódicos literarios, re- 
tiúcndo mi'is tarde en insípidas colecciones los perezo- 
50b esfuerzos de su mus;i, 

El gran poeta Kiinez de Arce ha clamado con la ve- 
hemencia y el calor de costumbre contra los que él tla- 
BB "suspirillos germánicos y vuelos do gallina", mien- 
trttt cl crítico Valera abandona su benévola sonrisa de 
aprotxicit^n pora estigmatizar esa "mezcla hlhrídíL, ese 
ayuntamiento monstruoso de Ins lieilcr alemanes con 
tos S4rj;uiüillas y rupias Ue fandango anUaluziis". So- 
brada mzOn les asiste, ya que no para umi censura 
universíil, contni todos aquellos que, haciendo con las 
Ritmis de Bécquer lo que ha tres ó cuatro lustros hizo 
coo las leyendas de Zorrilla el fanatismo romitatico, 
creen acercarse li su modelo, cuando s<Jlo dan vida A 
risibles caricaturas é infelicísimas parodias. 

»<><>.,«<- 



SíSí. 



^^ 



CAPÍTULO V 

LA PORüiA KILOSdFICA 

l'jkm|kOiiniar >. 

POCAS ñ^uras cun orígfínales, t;m clíficUes de ct 
cerrar en un periodo d un prrupo dados, como 
de Oímpoíimor. Y no escá la causa prccisamí 
te en la lDn^e^'idad que le ha hecho actor y es( 
tador de dos ó tres revoluciones literarias; pues ahf 



■ Dm) RniBfln S<! C(ltnp<^dl^l<>t' y L*Hm|Hiiv.i>rlo niitjU an SatU¡ (iiV.<lurla.il H 
31 lie áepLtrmt'n de li*17. Hutfidino ih- pñiK Jí«dv tn etflci. y iuii>Iranlc á |c- 
Mfta en lo aJoh-'k'rticlH, inutiidiiv- al cumplir lot vcbíu- uKm i Uailrid, dnn- 
Oe nin'rnKV U cirri-ni du Mmlkfna. >jfli- no [ardahn pn il(^i;fjidjr paiii drdl- 
carK- al L'nllivn ái Ixh muoxi, convlrtl«njJt>w <n a-iiJun Invufntmliirdri rnlnn- 
vn L-eUbff Umo. Chao palllk-n, inerme ptoiilo tn el paitUu tanderadOk t|uu 
k tioinbrA KobernaJM de Allcnnu- y Vi,tcMitla. f niá* iHitlt oDcUl piiíacro áe 
HAClMitht, iin ronuir otra* ntrKciti Jv rovnoa Importaacta. Sosuvo m Io« p*- 
rlddlcAM y rn el Hurlainrnlo luchiit irH IJ Itlraaii con tn di-aincrwdlt, r dnclc- 
hiuc «Icfta Umpo (Igura «i vi p«nMo conservador. S«s vcphm ^db U ni<Jor 
<lr MU blogtallu y el ntralo más vjvo itr su cArAcicr. "CaHpcMinor n> iibi> 
.dt les po««s p»tut c«p*lloles cuya tnnu ha (raipoado In* Irontenudc ■■ t^ 
nlfuDla. 1.C hun i->tuJiiii1c> cono Ul Ci^ino y PatU'il to IiaUa¡ 1. ^ctntt, 
A. ik-TrtTcriM y virusa Boilnik Tnnnrnbt'rc. en Frnniin. ScrU muy Urc» 
cani1«in>r Iim miutlpln irntiajov tle >:rltl«« iiurmirc noMiii^t w hiui cmimi- 
KmdA al autor dr la« íblanif, J'sdr I>. <:»»'' r<>tKil« Lsvcrdc luitu Krvllla, 
dona, P*lau, V(tdc» Municntfrch y d P. RcttUnio tkl Valle, mi ^<tctlio 
«uiPAflMw, 4 qatoD i:iu <«■ ciarlo Conipoamsr «n la «libiu oJklta de «u. 



EN BL «CLO XIX W 

nemos A Zorrilla, por no ciiar :'■ otros, que, con ser con- 

icmporíineo nuestro pertenece A una ípoca ya pasada. 
de la eiuü no es posible sacarle s.in violencia. 

ÍJi distinción es obvia: Zorrilla tuvo precursores de 
todo gúncro y (ue imiculo con Kistante perfección, 
mimlnis la personalidad de Canipoamor aparece sola y 
Je repente, sin otro sequilo que el de algainos pocos 
mal lUintados discípulos, incapaces hasta de comfn'en- 
dcrlc- E^ite fiero c;u"¡lcter de independencia le coloca en 
un lagar que con ninf^n otro comparte, digan lo que 
(luieran sus detractores zahorícs. Tan libre es y tan 
hija Uc sf propift la inspiración de Campoaraor, que 
prefiere, por capricho nada común. ¡I la imitación el 
dcsUL'icrlü, la ridiculez al plagio. 

El sello de la originalidad va unido constantemente 
con otro no menos visible, sobre el que he de adcUuitnr 
at^una^ ideas muy conocidas ya. pero que serAn preli- 
mioar necesario y síntesis de las que se han de exponer 
méft adelante. 

Ha lafdo en i;racia el titulu de poeta filósofo aplí- 
cndo á Campaimor, y no sin motivo; pues, si un tanto- 
vaeu y ocasionado & confusión, ¿-I solóle caracteriza 
adecuadamente más de lo que pudienin prolijos exA- 
mcACS y afanuSH'i tnvesti(;ae iones. Iji filosofía es su 
numen, la substancia primera de todas sus inspiraciones: 
y, como si temiese no ser entendido, c! autor se apre- 
tura A hacer buenos el juicio y el IcnRuajc corrientes 
ac«rca de su persona, encomúmdu con énfasis un tanto 
cnifnL'igoso la utilidad de la Metafísica ', aun A ries- 
go de indisponerse con mcudí/^idas y prcsaicas inte- 
ligencia--. Knütndanse como se quiera tales declara- 



r Mtrr la «((«/trica % la Paau bo <«Mcnitlo nvlcntcnmic citi 
I Jasa Vktonana ctiUtou potmi» con «p«moimscn>da»al,«< U qiir 



91 t.A LnCKATURA BSPaAoLA 

cienes, siempre qucúorün muy por encima de todo 
mentíirio la preferencia otorisrada por Campoamor A 
Filosofía sobre los demás conocimientos huouinos, y 
empeño por aclimatarla en el terreno de lu Poesía. 

De aqui sus paradojas sobre el arte docente y la 
insíRnificancia del ornato rítmico, llevadas ti tal punto 
de exageración que haríim dudar de sus condiciones 
poéticas si no fueran tan excepcionales y evidentes. Yo 
no sí si por alj^unu de e-s;is paradojas se ha creído alfa- 
na vez Cajnpuíunor tan lilósofo como artista; pero, si 
asi es, que Dios 1c absuelva de este pecado, y que no 
tenjía <!oniinuacirtn la serie de ohras comenKtda en Ei 
Persottalismo. 

No falta quien las tome y analice en serio; mas In 
upinlón general, interpretada ü maravilla por un inst^ 
ne escritor, no ve en ellas otra cosa sino humorismo 
p%tTO, filosofía am geueris., que sí- parece muy poco á 
la vcrdadcnt. Por sí alguien estima contnidictorío el 
dar á Campoiimor el título de poeta-fiWsofo, mientras 
le niejBTo el de filósofo á secas, scr4 bien deslindar 
sentido de entrambas denominaciones. 

Ingenio retozón, festivo y maleante, no acierta Ca; 
poamor .1 contemplar las cosas por el cristal de au- 
mento que engendra en los líricos de raza un entusias- 
mo casi fan.itico de puro exclusivista. No enturbian 
sus ojos las Rasas de la ilusión, sino que las va rus- 
fiando por donde las encuentra; sabe regir el Peíraso 
de la faniasfa impidit^ndole triLspasar las fronteras de 
la realidad. La tendencia al análisis comunica lU autor 
de las Doloras cierto aire de filósofo; pero entran des- 
puOs por tanto el ingenioso y sutil discreteo, tan fá- 
cilmente da el poeta al üaste con la seriedad y la 
ífogía, que el concepto psicológico se evaiwra, y 
moral no asusta ni aun ."I los niños de lu escuela, com' 
dice uo crítico muy a^do, 

La filosofía de Campoamor cada tiene de inflexible 
y teórica; es la filosofía príiciica del hombre de mund 



BA Bb 5ICLO XTX % 

i|iK conoce l:i aguja Uc rretrear, como vulgarmente se 
Jicc, los móviles, las perplejidades y misterios del co- 
míai bumano. t Ji unscfionza, y sobre todo lu cnscHan- 
a moral, es aquí lo de menos; y si alf^una vez viene A 
lenninar el cuaUro, no es porque entre en las intenciu- 
Bisdcl pt>ctn. FocIrA él disertar i-uimto (fUste sobre el 
«fie doc'tnic, aHlhinUose entre sus más fervorosos 
wkptos, mas no le pernmncce tan ñel como indican 
bts apariencias. No es lilosoto en el sentido de adorador 
'•Vt vc-rdadcs abstractas, sino en el de satírico inten- 
■ ¿ implacable, y de otra manera no tendría, con 
^*turidad, tantos lectores y devotos. 

He dicho que Campoamor cnarbola la bandera del 
irte docente; pero, distinguiéndose en todo del servutu 
pKns, truc al campo de las doctrinas estéticas progra- 
n propio, formulas de su exelusiva invencitin, y ha 
fltmpuesto una Poi'íica ' tan atrevida, tan oripinal y tan 
ttlulatnentc uutoritíiria como sus versos. En ella, y en 
jtlRtinoscsrrítos Je Índole parecida, lanr^ los rayos de 
U cjccomunión contra los p;irtidar¡os de las sonorida- 
des vncias, adoradores de la forma estéril, intérpretes 
«dio de ío que se ve, mientras él aspira á descubrir lo 
V no sr vp y á hacer notar al lector rl putiín cu </uc 
l*s idfas iíurttitiati los hechos, mostrándole el camino 
fw roHiíuce de to real d lo ulira-idcal *. Eí arte por la 
idea es el mote que inscribe en su escudo, y del que son 
Urminos complementarlos la concisirtn ceñida de la 
frase, y tn proscrlivión de la superiluidad y aun de las 
lunplitk'aciones retoricas. En conformidad con estos 
principios, el iasiRnc humorista ha renunciado A la em- 
rcs3 fAa'l de cunquísuir la inteligencia y el cora/ón 
el luUago previo de los sentidos, y concentnindo 
[m el fondo la vitididad y >:\ jugo de sus poesías, parc- 
: que las escribe con tinta simpática y que deja á uula 






06 X.A LITERATURA ESPAROLA 

cual el derecho de enienJerlíis como j(U$te, ó como 
las presenten los reactivos, de üu perspií'aclii, de 
poca ú mucha trastienda, de la fíohlf ífs/rt negada ú Iq^ 
Cándidos. 

Aludo aquJ al Campoamor verdadero, al de las 
loras y \os Pequeños poema?, porque líimbién escri 
all<i en sus mocedades muchos versos anacreónticos & 
la manera de Gil Polo y de Melíndez, por no mencio- 
nar \o% Ayes liel alma, donde la candidez idílica cede 
el lugar á otros más graves afectos. Lamentan algu- 
nos, en obsequio de la literatura y de las buenas costum- 
bres, que el autor abandonase este su primer lamino 
por el otro escabroso, donde h:i encontrado también el 
de la gloria. Yo juzgo que no está el peligro en cl 
género precisamente, sino en el abuso; y en cuanto al 
valor artístico, bien podemos ceder al cantor inspirado 
pero monótono de los primeros días por el origínalísimo 
de las Dolaras. 

Las Fiíbn/as ya puede decirse que pertenecen á 
segunda manera de Carapüamor, no sólo por el carác- 
ter docente, pro{ño de todos los fabulistas, sino por la 
picante malignidad de sus moralejas, tan apartada de 
la sencillez de Esopo y de la uañ'ctéiW 1.41 Fontainc. Hn 
Insuficiencia de las leyes, El falso heroísmo, Amar 
por la apariencia y otros varios ejemplares de la co- 
lección, late el germen de la dolora y del peque 
poema, aunque con formas rudimentarias. 

No tardó Campoamor en elegir la de los Cantare, 
y en ella si que supo remozar el adagio del pueblo 
las coplílUis de ronda con el discreteo conceptuoso y las 
cavilaciones petrarquistas, íi la vez que se aleja del es- 
píritu platónico del cantor de Laura: 

Penlf media vídrí mía 
Por cierto placer fatal, 
Y la otra media daría 
Por otro placer igual. 



i 



:o- 

I 




ETt BL acto XIX *n 

Te pintaré en un cantnr 

ha rueda de Inexistencia: 
Pecar. hacLT pfnitcncia. 
Y luego vuelta A empezar. 

Si, como se sabe yu, 
El qae etpera desespera. 
Quien como ><) nada espera 
lCu.ll s« desesperará! 

Asi son casi todos estos Cantares: comentarios á la 
'sica del amor, con dejo pesimista que á veces re- 
via el lenguaje de los aolores místicos, y á veces 
coincide con el carpe dicmác la voluptuosidad t-picú- 
rra, lo mismo exactamente que posa con las Dolaras. 
Y ya tenemos delante, como una esfinge, csie nom- 
bre que insca'iibleincnte he repetido, y que á tantos 
alambicamientos ha dado mareen, cst¿-rilcs casi todos. 
Desde que Campoamor dijo de \a dulora ' que es una 
composicióíi fiO¿ti(a en la euul se debe hallar unida la 
Jíjgercaa caM el sentimiento, y la concisión con la im- 
\ porfatrn'a Jilo.^fica, todo el mundo se ha creído con au- 
turiclad pcira forjar su deílniciún propia, censurando, co- 
rrigiendo ó ampliando la del inventor. Con el deseo de 
conciliar todos los pareceres y decir Li ultima palabra 
Vibre el asumo, forjó Laverde este conjunto de labe- 
rintica fraseoIoRía en que lo superlluu anda ;i iwrfiu 
fcon lo inexacto: dolora es "una composición didfictico- 
rimMlic:! en verso, en la que harmoniz:m el corte k^íi- 
d{»so y ligero del epigrama y el melancólico scntimien- 
¡ lo de hi endecha, la exposición rispida y concisa de la 
bnlnda, y hi intenct<)n moml ó lUosófítii del apólogo A 
de • - ^■Jla•■. 

I iendo de que no es siempre propio, y mucho 

menos exclusivo de la balada, aqucUo de la expofi- 



pycOHMrH, lutr P JBomAh ib Qtmnvtmor. ib In AtnOmta ApoAata. 



TDVO n 



4B tji LtTKRAnrRA espaAola 

cíÓH rápida y coticisa. yo no sé qué tienen del epigra-" 
ma dyloras como La dicha es ¡a mut-tte, ni dt la cnüc- 
chji el Poder de la f/elíesa, y ¡Xfás!... ¡Más!, para no 
muUipliatr inútilmente los ejemplos. Serán bien conta- 
dos aquellas ¡V que pucUu apliciirsc lii definición en to- 
das sus paites. La analúgfa de las duloriis <'an estos tres 
géneros no es simultánea ni esencial, por lo mismo que 
puede revestirse de muy diversas formas, todas igual- 
mente legítimiis. Busfíir al definirla rasgos tan caractc- 
risticos. que siempre y desde luc^o la distingan en el 
fondo y en las apariencias, equivale A coartar el inge> 
nío y A introducir en el arte una nomenclatura tan ri- 
dicula como severa. Si entre el idilio y la balada no se 
han precisado aún la linea divisoria; si en t^tc y otros 
muclios casos viene á ser la eucsiirm puramente de 
nombres, <d qué perderse en inútiles sutilezas para dar 
jt la dolora una representación inconfnndible que nun- 
ca podrá poseer? 

Aunque parecen vagas y confusas las antedichas fra- 
ses de Campoamor para calificar el gíoero inventado ó 
clasificado por él, á ellas me atengo, ya que por su mis- 
ma víigucdad abarcan todas \sí<í diferencias, dando la 
claridad positjle al concepto, aunque no lo concreten, 
cosa que tampoco nos hace mucha falta. En salicndodc 
aqui iríamos á parar á las argucias de escuela y al ca- 
suismo de los antiguos preceptistas. 

El distintivo de la dolora os, pues, el enlace de la 
profundidad con la ligereza, del sentimiento con la bre- 
vedad, aunque frisando con otras especies del gínero H- 
rtcu y del mixto. Ni tan inocente como la balada, ni Luí 
sensual como la anacreóntica, repele asimismo la ma- 
lignidad abierta del epigrama, y huye la delicadczadel 
madrigal por lo exclusiva. Risuefla y todo en las apa- 
riencias, siempre va directamente á las más ocultas 
fibras del corazón, cual si intcnUsc seducirle para cla- 
var en él oculto y acerado dardo. 

cOebe reputarse la dolora coma enteramente orÍ^i> 



SK BL SIGLO XIX 9<> 

nal creación, de lal modo que ni en nucíttra Literatura 
ni en los extraflas sic le pueda encontrar precedente al- 
jftino-' El mi&mo Campoamor h¡i depuesto en contra de 
tal suposicitin, aunque rechazando con energía las acu- 
saciones de plagiario que á deshora vinieron á hacerle 
cícrtoü críticos sin cabeza '. No; aunque originalísimo 
ea los procedimientos, aunque inimitable casi, no ha 
crcAdo ni era posible que crease una cosa totalmente 
desconocida; lo que hizo fue transformarla, sistemati- 
zarla, djirle un nombre y una fisonomía propios, como 
BjTon. como Víctor Hugo, como Heinc, como todos los 
grandes poetas del presente siglo. Humorista tambi<-n 
con pontíis de cscíptico, no alcanza la sombría eríin- 
dcza deaqut^l, ni sigue á¿ste en sus salvajes bulrmadas, 
q:uard.indo un término medio, mezcla de optimi.smo y 
pesimismo, menos individual y mucho mds humano 
que Lis vintencins y extremos de los dos colosos. 

Campoamor se tui ucostumbnido & reírse de las 
cosas humanas; pero, aparte de que abunda en afirma- 
ciones tan rottmdas como las negaciones, nunca es su 
risa cfecio de aquella amarg^ura de ánimo que inspird 
á líoita y A D. Juan, sino que jisoma A los labios del 
poeta con t:tnta frescura é impasibilidad como á los de 
un Júpiter olímpico, A Campoamor, lo mismo que á 
un ht^roe de sus poemas, 

l« va en la vida bien y habla mal de ella. 

Sí se fuesen á tomar como suenan algunas de sus 
ímMTS, vendríamos á deducir que no cree ni en la dicha 
ni en la sinceridad de los afectos humanos, ni, lo que 
es más grave, en la virtud El escepticismo burlón, con 
su fnczcla de mural utilitaria y egoísta, os el puerto 
utlondc se ricíugia y el pie forzado de su sistema. 



■ KafNMtoJarw rfpllea mi* terrfbw. dc«perifm r amcsain qnr l« OtK 



too LA LIlBRATUtA ESPAÑOLA 

ComcQZíindo por oefrar el amor, foco de todos los 
afectos T de toda.-^ las nobles aspiraciones, nada deja en 
pie la musa demoledora é iconoclasta de Campoamor. 
Corolario de esta tesis es proclamar muy alto la inríud 
ácl egoísmo y de la inconsuincia: 

Que la incan.stancia es el ciclo 

Que el Seftor 
Abre al fin para consuelo 
A los mártires de amor, 



Es la constancia una estrella 
Qae A oira luz más densa muere; 
Pues quien más con ella quiere. 
Menos Le quieren con ella. 

Tan rudas invectivas, capaces de l«fvantar de sus 
tumbas á Pyramo y Tisbe, A Romeo y Julieta, y & tud;is 
las divinidades del arte, no sígniBcan nada junio á 
aquel apotegma materialista en que reduce todos los 
múviles de las acciones humanas d 

Calor, hambre, intcriís, amor «i frío. 

Parece que olmos A un discípulo ¡mticipado de Compte 
ú Spcncer disputando sobre la omnipotencia del tem- 
peramento, y aniquilando por medio del análisis la pio- 
na, la virtud, la esperanza, esos hermosos sueños, caan 
suelo único de la vida. 

Pero no siempre tiene el escepticismo de Cam^ 
poamor ese carácter gélido y sentencioso; antes blí 
estriba con frecuencia en las severas verdades de 
fe, llegando il convertirle en poeta místico, por la le] 
de que los extremos se tocan. Dl;;ase si no tíc*ne alj 
de paráfrasis bíblica la dolora No hay dicha en h 
tierra: 

De niño, en el vano aliño 
De la juventud soflando, 
Pasé la niftcz llorando 
Con todo el pesar de un njflo. 



Kx El. si<;i.o XIX 101 

Si empieza el hombre pcnnndo 
Cuando ni un mal le dcsvcln, 

;Ah.' 
La dicJta que el hombre anhela, 

¿fyónde estii? 

Ya joven, falto de calma 
Busco el placer de la vida, 

Y cada ilusión perdida 
Me arranca, ni partir, el alma. 
Si en la esiaciíin mAs rtoridji 
No hay mal que al alma iio duela, 

¡Ahf 
La dicha que el hombre anhela, 
¿DÓtu/í' e$t4? 

La paz ron ansia importuna 
Busco enla vejez incrle, 

Y huscartf en mal tan luertc 
Junto al sepulcro la cuna. 
Temo A la muerte, y la muerte 
Totlos los males consueta. 

¡Ah! 
La dicha que el itombre anhela, 
^■Dándc está? 

intimas abjuraciones, lui dicha es la muerte. El 
mayor castigo, ctc^ etc., cstAn iusímismo limpias de la 
Icviulura sensual y frívolü que hii ihidu origen A la opi- 
nión corriente sobre la ininoralidad y el c^ipiritu mal- 
sano ilc \as doloras. B^ ingenÍos:i lu hipótesis que para 
Yindicnrlas Á su manera cxjiuso el Sr, Laverde Ruiz 
«n un artículo * en que, después de citar Frases como 
éstas; 

No t& mi verdad la vcrdiid, 
No es mi razón la mz<3n; 

La virtud es inmortal; 
Si el mundo es un cenagal 
Buscadla siempre en la altura; 



* pBBdB Umrm «a mu autfM, a al fraile Oe lu Doton» cb Ik eJiclM de 



IOS LA LITKItATUKA BSPA.^OLA 

razona así: "Campoamor ha ido subiendo proírrcsi va- 
mente (leí mundo de los sentidos al mundo psicológico, 
y de íste a! de lo absoluto; y esos tres fi:rados de clcí*a- 
ción moral que seflalan indudablemente otros Ciuitos 
períodos culminantes de la vida íntima de nuestro poo- 
Ki, mostrándonosle epieúrco al principio, eseépiito 
luego, y por fin creyente, Horacio antes. Byron des- 
pués y Calderón á la postre, no aparecen inconexos en 
las Dotaras, sino que, por el contrario, derivados unos 
de otros sucesivamente..., vienen á formar en su rela- 
ción fil'isófiea una verdadeni trilogia. un solo y comple- 
to y harmónico organismo literario." 

Semejante defensa, que tendría razón de ser si el 
conjunto de las Doíoras estuviese tan unido y compac- 
to como las partes de un poema, no puede subsistir si- 
no con muchas atenuaciones. La supuesta gradación nu 
es fonstjmte ni intencion:uJa; cada una de aquellas ma- 
nifestaciones refleja un estado de ¡ínimo distinto, abso- 
luto ú independiente de los demUs, sin el enlace artifi- 
cioso que se les titribuyo. La buena ó mala tendencia 
de las /Jo/orai> ha de encontrarse en cada una de por 
si, y sólo en este sentido cabcdüiculparlíis. 

No es preciso para ello remontarse muy alto, sína 
considerar bien por un lado cuánto menos inmoral es. 
(ya que de inmoralidad se trata} la preconización del 
desengaño, causa del aborrecimiento A los phuerca, 
que las dilirámbicas ulahinzas de un amm" siempre sos- 
pechoso, cuando no pasiiiv;imente repryl>ahle. No que 
haya querido hacer Campoamor sermoncillos cortos y 
en verso, sino que esc fondo de escepticismo, ctiando 
no rebiisa sus justos límites, supone Ó conürma las mAs 
amargas verdades de la mística cristiiinn. Ijis conse- 
cuencias de las Do/oras revisten, es cierto. fornuLS de- 
masiado absoluta-s; su moralidad tiene mucho sabor epi- 
cúreo, pero siempre más inocente que el de la poesía 
erótica. Por otra parte, cuando CamixMunor nos dice 
que el cariño es sólo un nombre, que la dicha, la vir- 



HN EL SIGLO XIX. 103 

tuü y la esperanza no existen cu la tierra, está nay 
lejos de negar su realidnd, refiriéndose únicamente á la 
cscasisima .^uma que de coda£ esas cosas suele haber 
ca el olma humana. No es lugar A propósito ]a Poesía, 
como la son las obras filosofeas, para andar con distin- 

i-s y minuciosidades, y de ahí que la falta de exac- 
,.;;U resulte tan venial en la una, como en las otras 
inexcusable. 

Lejos de mi canonizar los atrevimientos de Cain- 
poauDor, rayanos ji veces de la bliLsfemia; no aíinnjirf 
tampoco que el mejor sistema pnra iipiinar al hombre 
ücl placer vedado (^ insidioso consista en matar sus 
ilusiones, ni en enseAarle las índuscrias del recelo y de 
ta desconfianza; pero repito que no es este extrt-mo tan 
pclt^oso como el que eonsUin temen te se encomia y se 
pnictica. 

En cuanto al mOriio artístico de las Dotaras, poro 
he de añadir á lo expuesto y A lo que han dicho jueces 
imiarciales y competentes. Gtinero mnra vinosamente 
flexible, mezcla de satírico y mural, lo mismo recibe en 
iDBnofideOimpoiimor la forma lírica que la dram.Uiía, 
lo mismo hace reír que interpreta las mas trascen- 
dcnialc-s verdades del orden práctico. L;x dolorx excita 
el interc-s por sus apariencias inpenuas, por la im- 
portancia del fondo y por alf^o mi)s intimo que se resiste 
al anftltsis, y cuyo se*Teto no poseen Iíjs imitadores, ni- 
Iñinxio». Por esc conjunto de cualidades el poeta se 
identifica con sus lectores, haciéndoles recibir como 
propias su.« ideas, nrninejindoles d un tiempo la sonrisa 
y la espontanea fnise de asentimiento. Muy píK-os han 
neceado ni li conocer al homhre c<>n m:^'^ profundidrid, 
ni á describirle con sencillez m.1s exacta. El humo- 
rismo de Campoamor no es el in.substancial y de mero 
pasatiempo con que se divieiten los franceses: no es 
tampoco la expresión de un esuido violento del ilni- 
no; siempre encierra en si un elemento de univcrsa- 
Udftd que pora iodos sirve como de espejo 5el donde 



t04 LA i.rmiiAnntA Esi>Afioi.A 

contempliirse. La jwlabra oportuna, gTi^lícavíle cor- 
tiintc precisión obcOecc como humüdc sierra al pensa- 
miento sohcr.'ino, tna^utahle en ajirudczas. 

No por aplicarse especialmente ú la dolora deja de 
convenir este juicio íl la npcva metamorfosi» del ínjfe- 
níocampoümorianoque ín^ U:imn pef¡HiyÍt> pornia \ pues 
entre la una y el otro existe i;»! semejan/a que, apiirie 
la diferencia de sus dimensiones, raya casi en identi- 
üjid. Lo que mrts me disgusui en el pequeñn poema es 
el nombre, y no lo repetiría si no fuese por no variar 
una nomenclatura üin constante como caprichosamente 
conscri'ada por el autor. íA quó esc galicismo inütil y 
audaz, cuando tan fácilmente podía di^rscle s;Lbor cus- 
tcllano con srtlo invenir el orden de las palabras, caso 
de no .-sustituirle, como ef; jiLsto, con uno de los muciios 
diminutivos en que es pródigo nuestro romance? (O es 
que. alentado por el ¿xito del neologismo eioiora, nuir- 
tirio de académicos y etimolugistas, lia querido otra 
ver, pTohitr fortuna en su mal empicada campaña contra 
los preceptos srnimaticales? 

Una cosa se sabe de cierto, y es la incorregible 
ten;icídad de Campoamor en la cuestión de nombres, lo 
mismo que en todas Uis dcm¡\s; así que no he de perder 
el tiempo en baldi-. Intentando ahora definir el pequcüo 
pocnia, nos asalta una dificultad no menor que en Iji 
dolora. fundada, entre otras catL^as. en su mutuo pareci- 
do. TambiO-n el peq unto poema debe hermanarla ¡ige- 
rvea con el setiiñmeitlo v ¡a (oncixiÓH con la int portan' 
da filosójica: también reviste ci propio carácter de 
espontaneidad y frescura en liis formas, y de indiferen- 
tismo escéptico en el fondo, como si pretendiese hacer 
la labia anatómica del corazón. 

Mucho se ha disertado sobre el pequeño poema, 






«H BL sítiva XIX 105 

aanque no tamo como acerca de la dolom, sin que faascí 
el díi* M hajiin puesto de :LCUen)Q, ni el itutor con sus 
críticos, ni Iü& misroo!; críticos entre sí. ^Hs, como al- 
guno pretende ', el inttmto de Cnmponmor llei'ar & la 
KSÍvm del arte todo lo pequeño, lo microscópico, aque- 
llo, en tin, A que en la vida no se da ningunji importJin- 
cia, psiin demostntr que Ui tiene muy recónditi y ttiis- 
eenderuaL' Ese introducirnos en el pensamiento vii^cn 
üc la criatura inocente, en los vajjos recuerdos, en las 
aspiraciones indetmibles, en tos lances mis raros y al 
parecer ínsígiiiftcantes, ¿es el principal constitutivo del 
pequeAo poema? Aunque íw intente justificar ul opi- 
fii6n por medio del análisis minucioso, no vacilo en 
considerarla crri'inca en alguna de su.s partes; en cUa 
«e confunde el medio con el tin, y lo accesorio con lo 
principal. 

1^ idea nuidrc de Cnmpoamor no ha cambiado, 
aunque se transforme; es exactamente la misma de las 
Datoraa. El mundo con sus hermosas apariencias y su 
trlHle realidad; el hombre con sus hipocresías veladas, 
con sus delirantes ensueños y sus múltiples torpezas; 
una como divinidad mellstufelica parecida á la suerte 6 
al hadi). prcsUlii-nJo ¡i nuestros destinos, y hurlilndolos 
rodos por mrdiu de sas ímprovisiidas tramoyas y sus 
infinitos servidores: el en^aflo y el dolor ocultándose y 
rcproduc lindóse por doquiera; tales son los elementos 
que en una 6 otra forma componen la vasui urdimbre 
de i:$üi poesía, toila malign[d:id y s:ircasmo. Rn cuanto 
A la Providencia, ni la desconoce ni la afirma, prefirien- 
do siempre la L-arcajada acremente cíimlca A los gran- 
de* priiblem.^s tilosrtruos, que sabe declinar con habi- 
lidad cuando se le ofrecen A su paso. Habla del mun- 
do Dd cual lo hnn hecho los mortales, y por eso es tan 
ÜrX, aunque imperfecta, la imagen que de él nos ofrece. 



* LoipaMa AIm. 4nk-iik> «abre lo» p t tjmttmt poma». Intvrto m hw BMm itt 



106 IJl UTESATtlRA ttSPAJIOI.A 

Elige SU parte defectuosa y ñaca, y todo lo vt trastur- 
nado de pies A cabeza: ht upíníón triunÍHndo de la 
verdad, ía carne del espíritu, la iníelicidad de la espe- 
ranza; A los sabios explotando la candidez de los buenos, 
y á los buenos prestándose A los caprichos y abomina- 
dones de los sabios. 

Andan tan juntos en el prqUtño poema lo humo- 
rístico y lo tranco, t|ue no se sabe si reír ó llorar 
ante aquel contraste do la ligereza epignimíliica con la 
dolorida lamontacíAn. Sin darse cuenta de ello, el lec- 
tor va evocando todas las memorias de lo pasado, que 
acuden en inacabíihle pjinunuiia á su imaginación, 
como si el poeta hubiese acerKido con el modelo ejem- 
plar de las almas en lo que todas tienen de genérico y 
esencial. 

Y lo que mAs admira es el modo de fundir la na- 
turalidad incomparable, y al parecer antipoética, de 
la narración, con la vaíruedad ideal de los personajes, 
que parecen sombras condensadas 6 abstracciones hi- 
jas de un cnsucflo. ^Qiiién conoció nunca hombres 
como jwm y Pedro Fcrnándc/^ ni mujeres como Roi^i, 
Rosaura y Rosidía? rV hay nada, sin eml>argo, mAs li- 
picamcnte real que unos y ulras? Las escenas de El 
qiunto tta tNatar, £1 trompo v ia muñeca. Dichas stH 
Honibrf, El amor y El río Piedra, por no extender 
mAs las ciliLs, van envueltas ;isimismü en un vuelu fan- 
lúítico donde se ven di-svanccerse las íiífuras mienlraH 
mAs y mi\s se fijan las idciw. Ni debe esto imputarse 
como falw .•'i Cam|XKimor, pues es un gínero de realismo 
tan legítimo como otro cualquiera, como los figurones. 
de Molí&re y Moratín. Los incidentes del pnjutíño poe- 
imi, encaminados siempre A la demüstra<-iín de alguna 
verdad práctica (ya se h;* dicho en qué sentido), resultan 
de es;i manera míis interesíintes y dnimiliicos, por lo- 
mismo que no fe necesita deducir del caso particular la 
ley constante, sino que toman cuerpo, vida y palabra 
los pensamientos. 



ES El. SICLO XIX 107 

De lo mucho originalJsimo, inimidible, cr que abun- 
dan los pequeños poemas, no dicen uinto todas las crí- 
ticas del mundo como su simplt lectura. Aquel modo 
de convertirlo todo en el elemento de arte, aquella mez- 
cla de conversación familiar y altísima poesía, aquellos 
ra^os de Íni;eTiio dignos de los humoristas mAs insig- 
nes, hacen da Camptamor un poeía aparte, más que en 
luü anteriores, en esta su última cvoluctáo literaria, co- 
rrcspondicmc A un pcrtoilo de reñexivu madure?:, du- 
rante el cual, por desdicha. tambi¿-n se va a^g^ntando 
«i proetesión ilimitada el mal espíritu, hasta cierto pun- 
to disculpable, de las Dohras *. 

Lqs atHores 4c tifta .<anta y ES iUettciado Torrat- 
t>a ', son dos productos típicos de la musa s*.'r(iil di- Cam- 
poumuT, libre, alborotada y resucita como la de un jo- 
ven de veinte abriles, eternamente preocupiída por las 
rosas de Venus y por su efímera duración, sensual y 
razooJidora en una pieza. La confusión y el dolorido la- 
mento de In hermosura femenina, ajada por la cnfer-^ 
mcdad. y que esconde en el claustro su verRÜenza para 
no ofender los ojos del amado, proporcionan al in- 
cérprutc amplísimo espacio por donde derramar la ve- 
na del sentimiento satunida de amiirgores corrosivos. 
Sobre Ui urdimbre que entretejen las aventuras del 
bruj4t Torralba, borda Campoamor ñligranas de poe- 
si& sublime y tilosoltsmo bastardo al pcrsoniftcar en 
figuras de pljlstira forma y vígoroíio relieve las hnta- 
\\aa del cspiriiu con la carne y de lo real con lo ideal, y 
el tr«cncndo problema de la felicidad humana. Catali- 
na, h.-^ -.■ sucesivamente del amnr tu-uíro ron el 
ángel ■ : ■, del amor sexual con Torralli;i y del 
atD'jT prohibido con el mismo /^quiel, transformado en 



al OnnM MwMaJ. ud«i «ul u-lo mi t\ clin ltEu4« dltUNl* >l< U rfc- 



* a Utn n t ta nmOn. f i^—n t» uc*a tvUtj. MaJrU. iWft 



lOK Í.A LITERATURA ESPAÑOLA 

diablo, buscíi la ilusión de la gloria mundana, y encuen- 
tra sfilo lii moene. Un proi-eso anúlugo empuja á To- 
rralba ;l separarse del espíritu de Cauüina, á emplear 
los secretos de las ciencias ocultas en la íorniación de 
un cuerpo de mujer, bautizada con el fuego del infier- 
no, y a tlej:ir ffiistos*^» I;t vida por asco de to(>o lo que 
existe en el mundo. ¡Üxtraíla concepciiín, y no menos 
extraflo credo filosófico". 

Ya habían aparecido algunos ;>í'V«<"rtí>.v/>wwfl5 cuan- 
do salió íl luz otro de fisonomía algo semejante, pero de 
mayores dimen^iiont-s y de más visible tendencia lilosó- 
flca ', con el extraño nombre de £1 Drama Umversai. 
Dificilisimo de clasificar, así en el fondo como en la for- 
ma, por la compleja multiplicidad de sus elementos, ora 
parece La Divimí Comedia de im siglo nuevo, ora la 
meditación de un pensador solitario «í idealista, orucn 
. fin, un ensayo de conciliación entre el Evangelio y las 
misteriosas tradiciones de los pueblos orientales y de la 
filosofía antigua. 

También aquí aparece muy subido de punto el amor 
Á las escenas fantásticas y de ultratumba , A los perso- 
najes aéreos engendrados por la fuerza de una imagi- 
nación colosal. En su viajo al mundo invisible no va 
Camporimor sostenido siempre, como Dante, por las 
creencias del Cristianismo, sino que, con el mágico po- 
der de su palabra, evucanuevas creaciones pobladasde 
seres desconocidos, arranca el secreto de su existencia 
A infinidad de astros no cliisificados aún por los sídnos 
modernos, y Iljinuí en su auxilio, ora ó la metempsico- 
sis do Pitíigoras, ora A las risueflas ficciones heienicas, 
ora á los sueños de la tcurgia. 

¿Cómo calificar acertadamente el amor de Honorio 
ú Soledad, la transmigración á la tumba de su amada, 
y las transí urinaciones que en él se obran hasta con- 



* a Dratmi UnirerMl. potma m oek» ¡orfiadai. Muí rid. 1570. 2.* cilk. m Ift 
ColcMüdn de BaiMlty. a*«Uc., M*JrlJ, 1873. 



■n BL SICLO XIX IW 

verkirsc en cjpréü y en Águila, llegando con rApído 
iruelo A la reffióo de la atmosfera, donde se oye la ver- 
dad df lo que se dice? ¿No serií esto más que un ca- 
-prjcbo sin intención, ó, al contrario, ha de reputarse 
como la vestidura exterior Ue un eran pensamiento 
filosófico? Algo obscuro es el de la raicudón por el 
amor que se manifiesta en la última parte de la obra. 
cuando, después de sus aventuras por la tien'a y de su 
excursión por los espacios pUinctarios, llcgíi Honorio' 
al valle de Josafíil, y al ahrirstr las bocas del infierno- 
pora tniyarle, cae sobre su frente impura una lAgrima 
derramiida por su madre y rccoírida por Soledad; Iji- 
(^ima regeneradora que le lleva al cielo. Obscuro 
e*, repilo, d pensíimiento; mas no purcce ser otro el 
del píxima, en el que exceden con mucho los primo- 
res de ejecución h la trascendencia moral ó filo- 
srtfit-d. 

Díganlo si no los admirables episodios de Teresína 
déla Prtia, Los 3fari/ut-ses Jr l'atvfrde. Him Fe-ruan- 
do Ruis (te Castro y Im coM/rsiÓH de fíorinda^ este 
ultimo sobre todo, del que podría tener celos el mismo 
Dante. La fnise 



No volvii^ (t darme el infeliz Rodrigo 
Aquel beso en los ojos que me daba; 



y Ukoira 



Mas por la sombra os juro de mi madre 
Que el cómo fué no sé; yo no quería, 

van cubiertas por el cendal de tan delicado circunlo- 
qaio, que rivaliza con las eternamente célebres de 
Francisca de Rimfni. Díjíi^e lo mismo de La crractótt 
dr un mutiiio y FJ primer idilio de un inundo, con tan- 
tos otrOr; gifip.intescus cuadros que por su originalidad 
y vigror parecen arrancados de ¡m Divina Comedia. 

Büsquesc en Et Ürama Universal la perfección 
parci.!!, no la del conjunto; búsquensc perlas, pero 
dcíencíirzadas. Por la falta de unidad, y casi pudic-ra- 



110 U i.rrEKATintA bspa.^ola 

mos decir de objeto, no debe paranjronarse con nin- 
guna de las (frandes epopeyas umversalmente celcbra- 
■das, sin que po-scn de hipérboles los encomios que 
•de £1 se harén en este sentido. Sí Campoamor es, 
como ha dicho su prologuista, W Ariosto de ios es- 
píritus , con los que sabe formar una ronda sin Go á 
modo de caballería andante, esto no debe enten- 
derse sólo de las buenas, sino también de las malas 
cualidades, entre ellas la abig:irrada confusión y el ge- 
neral desconcierto. El iircdominio de la imaginación, 
cuando no hay rienda que la enfrene, sirve para des- 
lumbrar con magnific:« perspectivas; pero despoja á 
las obras de arte de la solidez, que es prenda de du- 
ración. 

En p05i de las Dolaras y de los poema.tí, C:un- 
poamor ha creado la nueva fórmula poética de las 
Humoradas ', dísticos ó, & lo mAs, tercetos y cuarte- 
tos, que en breve espacio desenvuelven una idea ó un 
sentimiento, fotografías inslaniíneas de un estado psi- 
cológico, recelas de viejo contm las ilusiones de la ju- 
ventud, memorias del viaje de la vida condensadas en 
Sorbimos de pórfida intención. Las Ilutnoradas des- 
cienden alguna vez il la categoría de aleluyas ramplo- 
nas, y por eso se han creído aptos para fidsilicarlas cier- 
tos poclillas aficionados A espigar en mies ajena. 

Talento fecundo, original y rico en travesuras y 
agudezas, es á la vez el de Campoamor indócil y re- 
belde á toda disciplina, ó inepto para el cultivo de l^^f 
escena. Comenzando por El palacio de ¡a verdad y 1^^ 
dolora dramática Guerra á la guerra, y concluyendo 
por Dies ira y la estrafalaria comedia Cuerdos y fo- 
eos ', no encontraremos una sola excepción A esta regla 
C^neral. Campoamor, como el más inhábil prlnclpian- 



* Son poMtcfton^. v aun mO* cnJebkeB. ton d4i pkn> dnnáUou SI kimof 
y AM m McWac la üitUrta. 



EH EL SKLO XIX llt 

te* desíMooce los resortes del interés escóoíco, se pícr- 
«le en el mor <lc un lirismo conccptuosD y Itabl» por 
h-- -US pt-rsonujcs, que surijen i>ertre<'luiJ<>s de 

^. 1 ^ y equivui^uillüs íi fiilLt Je unit lisonunita 

prvptn y peculiar en cada uno. 

Disminuyen estos erarisimos im-on venientes en la 
menciun.'ula doloni Guerra d la guerra, como juícucte 
al fin que nuda tiene de drum^iuo sino e) »er repre- 
scntahle. Y A (e que no carece de gracia el (orneo de 
injfenloííidad entre el soldado manco y el cojo, conver- 
tidas en ana tcmitüzad ores de la wru«rm y de las glorias 
mUiíures. E^regimüi Enrique, lamen tilndosc, il su com- 
puftcro y rival: 

De ti y de mf. íqné memoria 
Quediir.! cadniii» ultcún diü 
Sea esta camieerfa 
Una limnosura en la historia? 

^-contesta el interpelado: 

Con voz por el llanto ahogada 
Probaremos A la historia 
Que e<) una infamia la gloria, 
Y mAs la md-s oelebrada. 

Pero falla advertir que la pregunu» y la respuesta son 
entrambas de) mismo <-unu. sin conservar de diiUi>go 
mils que la forma. 

(Y íiu¿ decir de Aqultes y Jaime, y Don tJI>oiñu de 
Torrente, con todas las demás futuras que forman la 
trama de Cnerdos y iocos.' Sacar á la escena cuatro ne- 
cios de prtíblem Ática cordura, A i\ir de otros que pusun 
por no tenerla y haM'in con la seriedad de un lilíisofo 
(todo ello para demostrar la tesis de ufoc aún no sabe- 
ibn-i M son locos los locos, rt los que se lo llaman), 
puede tolerarse sú\u como una ocurrencia bumoristíi.-a 
que ni aun (¡ene el mírito de la novedad; mas pensar 
en la n^^^^n de ser de aquellos lances, dignos vcrdíulc- 
Tamentc de un manicomio, es pensar en lo excusado, 



112 T_A LnSRATrKA espaRola 

A no ser tan monótonas y de tan tToda nusantropí», 
tnvicran también más gracia sentencias como las que 
siguen: 

Si fueroQ, cual se aseienra, 
Locos Sócrates y Taso, 
PreBuniami desventura: 
iQ\xé separa en este caso 
Al genio de la tocurn? ' 

Todos, aunque no lo vemos. 
Entre locuras vivimos: 
Cuando locos, las decimos; 
Cuando cuerdos, laü hacema'i *. 

El distintivo cccmo de Campoamor, aun cuand<» 
mis s*; extravia por sendító psira í1 vctíaüas, es el es- 
tilo. Ligero 6 grave sef^ún los ticmpoü; dotado de una 
movilidad y una tersura sin semejantes, aunque conciso 
por lo común, se pliega y adapta al tono narrativo y al 
sentencioso, á la descripción y al diAlc^o. Enemigo de 
dilaciones y redundnnc¡as, presta al concepto la forma 
más propiii para herir la mente, descartándole de esas 
sonoras vaciedades, escollo de los poetas castellanos. 
No porque Cajxjpoamor carezca de oído rCtmico (pues 
bien lo demostró en sus primeros ensayos y en El Dra- 
ma UtttiH-rsiü), sino por un descuido que fAciIraentc 
podría remediar, el lenguíijc. la versific-acíón. la parte, 
digámoslo asi, material de sus poesjas, están muy dis- 
lantesde la perfección. Si los ripios fueran parte para 
quitar la fanuí A un poeta, hubiúrala perdido Cam- 
poamor; pues no se necesitan, A la verdad, ojos de 
lince para tnislucir su af An de snlvar A tuertas ó á dere- 
chas las dílkuliades de la rima. El purismo en la len- 
gua, no ya entendido á ti m;ineni de los llamantes y 
BÍstemAticüs ¡trcaístas, sino dentro de sus justos límites, 
es tma de las cündiciones más de desear y menos fre- 



■ Acto l.eM<ciut XXI. 
•■ Ac» n. i-wmu IV, 



ES KL SIGLO XtX 113 

cuentes en las Qbras de Campoamor, rebelde al Tti£0 
auroritadvo aun en cosa tan importante y puesta en 
nuL*Jn. 

En cambio para describir los efectos del alma con 
todo cl dnuníitico interís de que son susí-epiiblcs, hay 
pocos m;iestros por encima de íl. Suya es este arte 
difícil; no de tantos y tantos discípulos como ex;igeran 
las faltas del modelo trabajando cuanto pueden por des- 
acreditarle. 

Digámoslo de una vez para desesperación y en- 
fnietula de todos ellos: no es sólo Campoamor «n gnm 
poeta, por cuanto ha podido resistir su f:tma A tantas 
profanaciones; es también por su genialidad personali- 
stma el mAs inimitable de cuantos ha producido Espa- 
fla en el presente siglo. 



TOinj it 



CjVpÍtulo vi 

LA POLÍSIa PlLOSf^KICA Y SOCIAL 



TUMira ■ y Kati AchUm*. 

m I O es hacedero el elogio de Tassara. Es, en mí scn- 
J^J tir, unodf los grandes líricos de este sigla. Es 
" romAntico y clásico, vehemente, libre en su 
pensamiento, pcrsonalísímo en la concepción y en d 
leneiiaje, y no üi;smcr«:e comparado con los mejo- 
res cultivadores de la tradición diVsica. Vuela su fan- 
tasía; pero tan fiícil y sostenido es el '\'uelo, que pare- 
ce su natural manera de ser. Tan dura es su Intuición 



■ D. GttDrlel GarcU TivHinin*rti>ro Sevilla rn unT^pl nliMioaAo rn i|Uc 
■ncicrotí Zorrílln y Cumpoiimcri. CnrtA c«n apravoclikinlMt* U« HitmanlJn- 
Jn) «o In iiü>inii oludoiL y, d^paO 4c terminar MU «studloii. vino i UaJrlJ. 
(iMutc tc<^n*nBn>il la pollltuí, alnlllcraiuin y ni pcrtodlima. Kac conniantc 
partidario üc Lm Itlras nuKlf nula* y rnlailor Or B Jbt, Kl Qirrto liaeiMUl. Si 
PaitatHeuo y IB HtralHa. Max uMc wdlú í cAiuk-cr f n la >.-ArTm d)|>lMiuiU- 
ca coiDO SllaUtro plcnlpotcncUrlo de EtpaDji en lut Estados UnMoa. DtapuAi 
de proMKlar ron «marKura tu mvIUClAn ik lasa, y ác volvrr lo* ojm al u- 
liado de la pDMla, lalkcU tn M7S— Vátat' FvetUu d( A Oairtri liirtia ñuta- 
rcLOiteMUa Armada por el oator. Madrid, Í932. Hay cira* i.-4ido«t*« hrl:^a* an- 
lortoracnic » América (|«« a« dcboa mlnnM coa lanlannlWwia. VeoMtaiB. 
bUala OwwMpoMra caAmiordiJ Mctareeildo pMiaD. Gabrbl (tartfo liutara, 
ffvetaiiínat paria» poertatlntmUnMmlMto. %evMU. um. 



EK 81. .SIGLO XI JC IK 

y uin WvB, que va siempre llena y como poblaUu üe mil 
pcnsaunicniosquc Ijisíf^ucn, formando enjambre de idcus 
«1 tomo suyo, Atluní el arte por el arte, y es proítta y 
maestro por lü sobi-ran-x altez^i üc su concepción. En 
SUS cernios se ve pa-sar hermosamente reflejado cuanto 
ha sentido Ui sociedad espartóla, aborrecido á amado el 
ecato español en este siglo '." 

Tan encarceiilas como todo esto son las alabanzas 

que un critico, ya difunto, tributó á García Tassara, y 

aun In parchen mis las de otros mucliüs. t;ilcs Lomi» 

Valen y Mcn(^ndez Pelayo. Afirma éste liaber sldu el 

poeta espnñol que posey<> en más alto jE^rado el os ntaf*- 

imiurum. y aquél piensa que sólo con Tass;ira y 

j ü de versos [Midenius aspirar al primer puesto en 

Iji poesía lírica entre todas Lis nH(.'ioneK europeiis. Hay 

■■\<, afirmaciones, con su tatito de verdad, un fon- 

■- i» iiip»*r|v>le ootorin. y aun casi no los he apuntado 

shw para rei'tificaTlas en un examen que, si no tan gc- 

I para con el poeta, retntcarii mils lielmentc su 

.tica lisiinoniía. 

'- n meramente, jes cldsieo Tassara coníonnc a la 

aás corriente acepción del calificativo? Solo ha podido 

r estíi pjimdoja (jracias ii alí^una traducción de 

- atores latinos, hija de los conocimicntus que ad- 

qoiriú en ^us mocedades, pero nada conforme con su 
tnclinucirtn nunca desmentida hacía el vuelo impetuo- 
so de la escuela andaluza, combinado con la gallardía 
bríc«:t del romüniii-isnio, cuyos primitivos tiempos ul- 
caiucó vi lírico sevillano, inspirándose en (A Utstante 
mAs que en la sobriedad griefi^a O latina. Su mtsniit tom- 
p05ici«^n Leyendo á llorado indica que le admiraba 
mas como espejo de las costumbres latinas que como 
tnacstro de la forma, y afii lo demuestran Ijls miiKnífiCiis 






116 LA UrEKATt'RA, SSPANotJS 

sintesls sobre Ib dccnüencia del Imperio ronuino y lu 
proximidad de las hordas ralvajes que A jwco habían Uc 
liiiuar sobre íl las raza'* vírgenes del SeptontrÍ<;>n; tema 
éste de sus más favorecidos, y que desenvuelve aqui 
con potT.'Ls pero soberbias pinceladas. No cabe dada so- 
bre la íilíacirtn artística de Tassara; por el carácter, por 
los asuntos, por el estilo, por todo, es romántico de los 
pies &. la cabeza, aunque dcsdeftasc la mirración leiofcn- 
dorúi y liLs trovas feudales, no menos quclasorfifiasUel 
repertoriií byroniano con sus fíi^antes df 1 vicio y sus 
apoieo&is de la pasión desenírcnada. Pagando tributo ul 
giisto reinuntc. se lo asimilii con la destreza de liis gnui- 
des urttslos: y aunando la troilitL-ión con lu originalidad, 
supo imprimir en sus rimas un sello propio é indeleble 
que le distingue de todos los románticos españoles y no 
e^pafloles. 

M»y en su vida literaria dos períodos que, sin upo- 
nerse. son distintos entre si y seftalan la vía por donde 
iba su musa caminando desde la infancia á la juventud. 
y de la juventud ii la m:idurcz perfecta y sazonada. 
Cierta propensión A la poesía sagrada y á la erótica, 
con dejos de eonfidcncia íntima y personal, es la nota 
distintiva del primer período, sin que ellu ubste para 
que en el subsij^uicnte entonase tal cual melodiosa can- 
ción A los dulces recuerdos de su infancia, al cielo 
abrasador de Andalucía y ni mAj;ico atmctívo de Lau- 
ra, visión consoladora formada A un tiempo jvtr el amur 
y la virtud. Su erotismo, sin que pueda llamarse escla- 
vo sftlo de! sentido y torpemente sensual, es arduro- 
so y vehementísimo, exhalando, no los quejidos bLin- 
dos del Petrarca y Garcilaso. sino la llamarada que ali- 
menta ci conizOn cuando ama de vems y busca fuera 
de si el ctunplimiento de su felicidad- Pero tanto en 
ijis canciones er6tii-as como enlass-ipnidasdel itirmen- 
toso vidente, va envuelta una aíeccíin engendrada por 
_ el subjetivismo de que he hablado; afección caprichosa 
pero una y cien veces repetida, y que, con estribar en 



El* KL sioLo xa 117 

un absurilü filos<Jfico, anda acompaflada de tícrta ar- 
tística y íasrinadom belleza. 

OtspuC-s de apurar Tassitra lodos los coloras para 
retraiar 1'^ esplendores de su pais nativo, y el placer de 
que hincheron su corazón los ojos de la mujer amada, 
»-;tmhÍ;i detono rcpcntinamenie, execrando lo que aca- 
Kt de divlniziir y puniendo la meta de sus .ispirae iones 
.-quilín lo creeriaíl en trasladarse á,las regiones hi- 
pcrbrtrcíis. 

donde de espanto ¡^me, 

y nn dr Linííaidcz. nataralcza; 

<Iondc el aire, no estíl emb;ils;imado con los perFume* 
< .t , . ,i^;,r^ sinoeon loí. de la planta sah'aje. y el eora- 

, no al impulso do un amor muelle, sino de otro 
espontáneo y rudo, con iJi rudeza virgen de los pue- 
blos ■ ' " '•. Repit'» qUe e>ta aspirm-ión no es uiin 
rdc-i . i i-.jera como las bautij!.iUa% hoy con el nom- 
bre de humorismo, sino reflejo vivo de un estado pcr- 
janente del ánimo: es ansia íjue tiene visos de pasiAn 
tin (reno, A juzsmr por In insistencia y el fervor i-on que 
poeta suele expresarlít. Sirvan de compartía al ante- 
rior 5 de palpables demostraciones los ejemplos que 
siguen: 

Nacient yo. nnciem en las raontaftiis, 

Yo <|ae admiro su mlMloii belleza. 

Más cercana dr tí ¡naturalcía! 

Con tu luna, tu sol, tu inmeniiidad. 



I No hubiera con sa aliento corrompido 
Mi fiitlet.' lente «er In soeicdnd. 

Y üirifíitfndtise al sol, desea verle 

En donde enciende el trrtpico «a nntorchii. 
En la pl:i> a hiperhr»re¡i de l.i lierra... 

Trabajo cuesta el creer en la sinceridad de ules 
c:xcluinu(.' iones; pero no es suponible tumixKro que tid 
icmencia de expixsirtn encubra solamente una puc- 
illdnd nfcctadft y ^n objeto. Por otra parte, In verd/td 



lis Lil LirERATdU ESPASOLA 

estética no t^, i-omo la mctafisica. radicalmente opu«n 
hasta rt las mAs inocentes liccíones; ;mles se combii 
con ellas muy frecuentemente, porque el modo de sentir 
del poeta cuando está arrebatado por la pasión, que le 
lo dcsfiuuní y ¡ignindn, no es romo el Tefiosadu y norms 
de los humbres, sujeta ñ Ja rellexión y el anrtitsis; y bii 
se concibe que molestado por la prosaica realidad, 
anheloso de ruqiptr sus aidenas. aspire i\ otro estitd^ 
diferente, íi un sueftip, á un imposible quizá, com^ 
sea poético el imposible. Tal es. en mi juicio, la üni( 
defensa que cabe hacer de ese inocente error de Tai 
sara, calcado en parte sobre las ideas de -Rousseau, peí 
vestido ron hermosos y originales conceptos, y men< 
convencional que las Arcadias piLstoriles de) siglo XVII 
La vocacirtn del poeta social, vocacirtn imperiosa 
irresistible en el cantor de Laura, se ve aquí Jespun^ 
tar, aunque no sea sino por contraposición y de 
layo, porque es;i sotl de un ideal utúpico proviene 
sa indignación contra la sociedad que le rodea, ca 
(¡ada de crímenes y tempestades; del bastió que le in^ 
¡rfra el placer, considerado comn único y supremo 
de la existencia. Fue Tassara pesimista hasta un ej 
■tremo censurable, y de ahí que por rodas partes 
viera sino temorts, sombnis y amenazas, y que en me- 
dio de las conquistas materiales del sifrlo no encontrara 
una sola senda p:ira el bien entre las muchas que aceU 
radamente nos arrastran hacia el abismo. Ve la fliosof 
convertida en 

Cama) matron.! de inlecundo seno, 
Incapaz de engendrar una creenctn; 

la*! artes prostituyen su disrnidad para convertirse 
instrumentos de perversión y licencia; en las razas an- 
tes viporosas y robustas va penetrando la molicie encr- 
vadora; y la falta de prinriiMos, la confusión de las ideas 
y la decadencia moral convierten A la sociedad mo- 
derna en un caos sin fondo ni salida. Para 01 no le 



BK BL SIGLO XIX 119 

quc4ln rcscTviulo otro destino sino el de tantas cii'Oiza- 
■"t'finíuttó y Ue<T<*piuis: Ih !uch;i con los pueblos 
_ -, qui; h:i de ser el medio destinado por \:\ Pr'>- 
vidcnciu para su total ruina y dcsapartciún. Hn todoü 
retos oasucflos lucubres cmpl«i Tassara cl lengua- 
je airei'ido y ííisoinador ile la proíecia, y, como nue- 
vo Júpiter en su Olimpo, despide rayo» y centellas 
cuntra todo lo que ven sus ojos, creyendo ya asistir A 
las agonías de este cuerpo social, anímico y corrom- 
pido, y entonando su himno fúnebre como los Angeles 
en cl Apocalipsis. Tal es el espíritu que informa sus 

Lfantos .1 Xapoleé», A Da>tU\ y tantos otros como le 

rEaspin>»u impaciencia febril, ayudada poruña intuici<>n 
poderosa y una vena inagotable. 

Debemos dar & í.stc, que algunos llaman capriihu 
tic Tassara. la misma interpretación que al mencionado 
orribu. pues ambos proceden de una raír,: cl melani-ó- 
lico pesimismo, que sólo deja ver una parte de la rca- 
lidjid, cubriendo la otra como con espeso velo, y dando 
al todo un aspecto horripilante y fatídico. Punto de 
vi>ia dcricientc, como lo es cl del optimismo, propiu 

glambiín de almas ardientes y soñadoras en que pre- 
lumina la fantasía sobre la razón, y fuente abundosa 
de poesía, sobre todo cuando el pesimismo no se funda 
rn un sistema filosófico y d priori, ni envuelve la ne- 
gación di; una F'rovídcnciíi consoladuní, sino que i-s 

rexcluslvamL'nte engendrado por la c<intempl:ición do 
los grandes crisis que atraen sobre sí mismas las nacía- 
les con sus torpezas y desenfrenos. Y en esto se dts- 

Fljngve TasKira de los pseudu-liktsofüs á la moda y del 
mismo Lcopurdl, en cuya egoísta y antipática inspini- 
Jflo no cabe el desiniercíwdo celo por la buena suerte 
los demils hombres, ni la inquietud por intereses 
que no sean propiíis y pcrsunaUsimos. Los dolores de la 
humanidad sólü arrancan a la lint del gran poeta ita- 

l|r.ino un lamento estí-ri! y sombrío, mientras encien- 
ta singre v la ínnl!i.sin Jel esixtOol. hariondole pro- 



I2IJ LA UIERATÜRA KSPAÜOI.A 

(TUnii^ en cííos ap<5í;trofes nacidos <Ic un corazón 
sano, y que, bajo Ui corteza nmarga del desaliento, ocul- 
tan un deseo generoso y ft-cundo. 

Pese & iiqucllii exclamación de su juventud 

¡Ayt lU verdad, en mi razón la dada 
Se aposentó alffún día; 
Yo nuíse ver la realidad desnuda 
Del mundo en que vivfa, 

y A otras confesiones no meno!> explicita^, Tassara no 
sintió el aguijón de la duda, si por duda se entiende 
falta de fe en los grandes principios morales y reli- 
>n(j«os, la onformedad de Byron, Leopardi, E-ipronc» 
y ríúflez de Arce; porque su escepticismo, aparte de i 
un tanto retórico, versa mAs bien acerca de losdestint 
del mundo que délos medios conducentes para rege 
nerarlo. Si a&í no fuese, él nos hubiera dejado en sus 
versos las huellas de esc combate ang:ustioso entro 
Fe y la razón, cuando, en realidad, apenas si de 61 buet 
mcmoriíi. 

Ni en sus más intitnas quejas se siente apnjcada del 
todo la V07 de la esperanza, aunque alguna vez paj 
rczca darle el adiós último; y como coroiuimiento d< 
sus magníficos cantos sociales, impregnados del 
pfritu pesimista de que antes hablé, aparecen otroi 
Ue opuestas tendencias al parecer, pero nacidos ei 
realidad de un mismo principio, bajo dos formas dúí' 
ilintas. 

El poeta que veía próximo el fin del universo y* 
A Dios arrojado de ¿I, y vibrando en sü diestra el rayo 
vengador, siente plisar sobre su alma la brisa dulce 
reposada de una Hueva ttispíraciÓM, y en alas de ellí 
se remonta ¡d cielo, y abre sus ojos ¡1 la luz de la nueva 
aurora que ha de iluminar al hombre ctmndo 
lv« días de la confusión y el espanto. En su líintHo ni 
i\fc-ilas es donde iirincipal mente desenvuelve esa gran 
idea con aquel tonn solemne que es en Él caracieristir 



ttS EX. SIGLO XIX 121 

«o; r poreeJéndolo ya oír al nuevo Rctlentor, exclama; 

Luzhtrt ha vuelto al mundo. 
Y Dios, ^0 volverAÍ... 

Así ntimifie¿ta Tassara el ardor de su fe, lo mismo 
«.niHndu se dcsalienti que cuando oonfía; asi, al tender 
In vista hacia lo por venir, no se contenuí con el ¿quitan 
.•ui6p.^ del escepticismo ciesro, ni invoca ü la íaUUÍdad, 
i-oco do los pusiUnimcs; sino que, iufticiera ó miscri- 
vordioíBi, nos presenta la mano de Dios que cascijEra 
con riííor y perdona con misericordia los crímenes dt 
)ii6 hombres. 

Traí-L-mof. ahora t-n iírc-visima síntesis el proceso del 
«ron puemu loriiiadü por la menie creadür:i de Tassa- 
ra. y del que son, como partes sin orden fijo, la serie de 
»naen(fic<i« ciintos A ¡u .nwrra <Íc Oriente , A .Viipi}/fxín, 
■A D. Juan Hotioao Corít's, A Mirabeeiu. A Quintana, y 
lüs fríifimenios de l/n diablo nuis, sobre todo Id nutn/tt 
Mlla y A Dai/íi: 

jAsial iPatría común! iCuna del mundo! 
iProreüsa ianiorul de las oacionL'Sl 

"■■[•■ grito de admirariOn y entusiasmo nació de lii 

' la, perenne en e! autor, de que al Oriente toi-a 

Pwetcrna ley de la ProvidencUi decidir los destinos 

*l mundo. Reeuerdat Bene«iíacos, sombnis de los anti- 

*'"''" ' "nquismdorcs, loRendarias proezas de las Cru2a- 

[ vidumbre y esplendores del Califatu, todo rc\'i- 

''c en las estrofas A la f(Mrrra de Oritule, atesiiguan- 

"tttta falidica profe» (¡i á que obodccen ct alfanje de 

■Ícheroei-Ali y lot; vjcrtitos de las naciones europeas. 

'^oliayconcilinciAn ni felicidad posible entre los mor- 

'■'«; el dolor y la cuerrn fueron irrcmedjahle.s des- 

** Mué brotú la espina del pecado en »/ árbol de la hU' 

"^^Vilíit/. Podrí! taclinrsc de obscuro el pensamiento 

daiDiiuiotc; sedirA que parcec fiebre de visionario se- 

"*ÍaTitc Afiofíilifi^is de Asia y Europa; pero jcuAn vi- 



123 



LA UTHSArVSA BSPAfCOLA 



VOS dcsiellüs de luz deja en el alma ckui rcsurrccctÁn 
tie la historia que eslabona el principio y el fin de los 
seres, y va recopienüo cl ¡ay! de las Ecncracíoncs has- 
ta que sf pierde en Ja eternidad! 

Es caraeterfstico en Tassara el trántUto de la rc:tll- 
dad concreta ¡I las abstracciones ideales y sinil>óllcns. 
Si reiTonstruye con su fantasía la trran epope>'a napo- 
leónica, es para fijar lueso la atención en las brumas 
de lo por venir, tuyus arcanos descubre en la nist de 
nuevos biirbaros que no necesiu lanxar el Septentrión 
porque se hallan ya dentro tie Roma. Si le suspende la 
flgura de Mirabeau, es para encerrarla en el cuadro de 
los revoluciones modernas, y concluir con ansiedad y 
desconfianza: 

^D6nde la libcnad> Tras largos d(as , 
Volvió de Ruropa A Uoniinar los cielos; 
Mas Aún la cubren Tuaerarios rolos, 

Y elU misma engendró cien tiranías. 
* Aun levanta su frente en el espacio 

Con moles de triuoliintc simetría 
El excelso cditicio i|uc debía 
Ser Je la huinimi±td el gran palacio. 
Mas de los vientos se soltó la tropa, 
La soberbia armazt^n yace desnuda, 

V el mundo, al contemplarlo, liembla y duda 
Si es ese el templo 6 el panteón de Europa. 

íín lii oilii -í Qtiittiatia. en las demris de esta ctierda, 
y hasta en los vers<»s amorosos, gusta Tassara de entre- 
mezclar los mismos auffurios filosóficos y las bríllanies 
pinceladas de efecto, pertenencia exclusíviimcntc suya. 

Obra monumental en este sentido y m lodos es la 
que tituló l'u diablo mds. pura viiyn compa'.icii'm hubo 
de romper la pluma de doctrinario equilibrista y abra- 
zarse con las afirmaciones absolutas de la verdad. El 
humorismo qoe retoza en líis tres epístoUis de la pri- 
mera parte reúne la más cómica y andaluza originali- 
dad con el atractivo de ideas profundas y sobrada- 
mente serias, A lasque sirve como de tnmsparcntc 



EN EL SIGLO XIX 133 

cendal. Los cantos Et nuevo Atiln y A Oanie son rfl- 
fn^« üe hurncanado torbellino. aKTestes y sablímcs 
vibrn<H'»ni*s dt* un ¡irptt primitivü, que hubiesen íij^ra- 
üo üfiin-'Énicntf t-n un dnimade Sliak-ípcaro Ojunto i1 las 
dtl Pttriiiso Pentiiio y La Divina Cottitdia. ¡Atlmlrablc 
CTvacitJn la del nuevo nzote de las celestes vene:anza<. 

Dcsícnditnic de Dios, hiio del polo. 
Siempre entre dos Inmensidades solo; 

' mcKclJi de guerrero y sacerdote que no sólo trac de 
SO» bosqocs sed de tremendos exterminiof, sombras 
de miHTic y díii-i de expiín-itSn, sino también el chatna 
rftirvtnr rfc ¡as Macionrs.' ¡Admirable apostrofe ludcl 
hfnnnü A la niurva fiomn.' 

Tú eres la intelmencia: 

Vo soy Ui ]*>. yo sny la Providencia: 
Kl mundo es de londn**. ^';^ claiiro aiioma 
t»c la edad renaciente. Atila y Roma, 
-Sobre el sepulcro del aniígno mundo 
Que sastetiti} la huntanidfld e<)<.-lava, 
K-otícndraron la Europa que se acaba; 
Tú y yo sobre otro pueblo moribundo 
tin el nombre de Dios nos iunlaremos, 
Y otra Europa, otro mundo cntícndrarcmos. 

A) dirí^rir» il Dante acuden A los labios del poeta 
las nubiles tonos de la clcífia y el La^daí^ ogiti s/ir- 
raHStt..J ecos del humano dolor que nf se cxtiníiue ni 

miticn. Por eso c-i mus bello el contraste del mcn- 
ido Himno ai Mt-íiías, que cierra ron las visitones 
de Ia i^lorin las lobregueces y abismos que hasta 01 nos 
van í'.'nil II citado. 

Aunqnc. rL»;! y todo, quedan vacíos en el famoso 
poema del diablo, como le llamaban el autor y sus aini> 
fi t'tíuro indicio Ucl encumbrado luear 

di-.w^ .iv,uu. . r.u■^ .i¡>a las idei«% madres A cuyo servicio 
wnivo siempre su géneros;! inspiración. 

Mas no por atender timto A la trascendencia filo- 
iAfica de la Poesía lu ahogó en un mar de discusiones 



124 LA >.rTfcltATlJSA b-spaRoia 

profundas, dcspojrtndula de las elegancias de la forma; 
antes ÍTie en ellus maestro sohcrano, ímulo de Herrtífa 
y Quiniana. de ZuitÍIIü y E».pronceda, tomando de 
unos el arrebato pind.lricü, y de otros la rapidez en 
las transiciones, el afervorado vuelo del espíritu, la 
pompa dcí;lum^^an^c y mairnlfica, la dicción enOrgica 
y encendida, junto lodo con ciert;! esplendidez exclu- 
sivamente Kuya, que es lit víhrac-ión de la personalidad. 
No por esto sot>rcpuja Tassara á todos los líricos de 
Europa, como parece sospechar Valcra, ni siquiera á 
los de Espiífla en el sijílo XIX; porque, si otros faltasen, 
basui y sobra iwira el easo el nombre abrumador de 
Núftcz de Arce. Fue Tassirasu dicno precursor; pero 
con mils fe y menos dotes artísticas, y aun en el mismo 
terreno de la Poesía, elige el tono profítieo que desdefla 
Núflcz de Arce, y ffusta de esos idealismos vagos que 
ceden su puesto á la realidad viva en el gran cantor de 
los Gr/fos ít^i coNifurlf. La figura del uno parece disi- 
parse cuando se eleva á las regiones de lo iaftnito; 
la del otro permanece inmóvil y grave como la de una 
divinidad, superior jí la impetuosa oleada de la-N pasionti. 
que bullen y sultán en el fondo de sus estrofas. No 
siempre son agradables los movimientos variados y ra- 
pidlsimus de Tascara, que á veces se convierten en sal- 
tos de Tolatfn y contorsiones epilépticas; pero siempre 
atrae con nuevo hechizo la sublimidad uniforme y se> 
rcna de Núflcz de Arce. 

Con ambos (igurrt por algún tiempo el autor de los 
Ecos Naciomiles. Ventura Ruiz Aguilera ', cuya ínspí- 



■ X*ck>tn SulMiD'tni.M vi iiAi \m.<. Su> tcwpnuuit oUcIomcs k >n llicratuna 
ne h implilIrriMi conwniiif y ifioctuli la tamm >lf AlnlMna. Qn XMi, rciuiiUi 
A atian'fnaarU. vino A .Modrli), iltdli.^nil'.iu il la\ mui>n« y al pirfnJIíBiD.. Ko* 
dr^F cniaai;«* nBprDiroUtncanvMwlJb y lEtraftarla k loibicUuedcACttinft- 
tlamlcnitn coala ruicrlón. A priai Jv MlnK^lMmcKkttla.obiuvo. «iwrtf Je 
la ■.-ck-brtdaJ rmnn Ifttml'), carx»* T ilUilndogc* taipntuntc*, cnifc rltm U 
illrrcditn lid Muwn Ariti*fdliSBÍc<iN»claHii1 y la Gran nof dclulliclla CaUili* 
£B. MnrM cftMtaaftMcnu m IMt 



ES EL SKLO lux Ife 

'mcfóQ focuDdn y no muy Icvnnadji recorrió con for- 
irann constante el c¡imÍno que mAt' filcil y hrevemenic 
[conilutx A la popularidad. Hn vez de remontarse iV las 
luUums do) entusiasmo lírico, para lo cual nunca fue- 
tuB muy poderosas sus al;is. di<>se .1 interpretar los 
afectos espontáneos y colcttivos de la multítud, eomo 
\o» anrtnimos que formaron las grandes epopeyas de 
laías las nacioocíí, y en Hspana nuestro incomparable 
Romitm-eru. La musa legendaria, loamisima en los 
tiempos del romanticismo é inmurtaliziula en Los can- 
tofiífsl trovador, muríú con Espronccda, Arólas y Zo- 
mTln. y crn inútil empeño el de resucitar las cantigras 
'h'i'- dcrruidus cisiillus y los recuerdos déla KdaJ 
Así lo comprendió el autor de los i^os nacio- 
naits ' al revestir las tradiciones antiEuas con el carác- 
ter did:iciico de una cierta filosofía vulgar endcreza- 
Ja ;: la prap(i({acióQ, por el arte, de la moral y el pa- 
~no. Ambos aparecen brisados en los Ecos nacio- 
iéiir¿ Mil^rc la fe (.Tb.tiana. pero súlo hasta cierto pun- 
to: p>muc, como nota muy bien el critico porcuguér 
Luciano Cordeiro *, es el de Ruiz Aguilera uncristia- 
raeionalistn, de sJnrertdad dudosa y que se pn^u 
^-"-Mvamente delsentimii.-nto. Verdad que el poeta, 
eoíu invocación A D$os, hace solenme profesión de 
iM creencias religiosas; verdad que ha cantado las 
- "K i< .-((stumbres del Ouolicismo; que nos habla 
' i-.-^^a cs*-!avitud y redencjún» y de nuestrus lii- 
*ff<K destinos; que )n oración es para él 

Vaso lleno de Wgrimns 
V de alegrilla cAMi 

' A>r -"-ImrrardlclOn.t Son ■«rtVBolw 

*<a*i'.- >. hifléá. IU¡f»*a,MHtíéií, paOt- 

^ réiMg jiiiii»Mt Hat» tdlCTM. Mti4rtt. Bnifr l<r* iiiidiii.'(>>n* riintith'[''i 






126 LA UTBSAniKA ESPAROLA 

Que & Dios ofrece c\ hombre 

De amor y (rratitud en liomena)*, 

Tablft áe sus naulragioii 

Cuando 1.a rota nave 

No halla pueno en la tierra. 

No ve socorro humano viue la salve; 



\iCTQ soo muy equjvocíis todas (fstiis fnises, y, por des- 
gracia, atcndieady al «spíritu que las informa, ubede- 
(-C11, tiü tanto ;1 la idea citólíca en toüasu integridad, 
como li las vaguedades del teísmo más 6 menos divor- 
ciado de la enseñanza evangélica. Así cstAn fundadas 
<-n el aire muchas de la^ que proruru incokar el poeta, 
lo mismo en los £<'ú^ que en sus restantes obras por lo 
cual he crcido absolutamente necesaria esta adverten- 
cia, no sólo en el terreno de la ortodoxia, sino en el 
puramente literario. 

IX- los ICros ttacioNaics muchos cstAn consagriidos 
ttírcctamcnte A. la moral y Ji la religión; otros, cum- 
pliendü mejor con su titulo, recuerdan nls'una pjígina 
Rloriosa de nuestra Jinii^a ó moderna historia, co- 
memtamk) por /fwwcrstw/A-í y concluyendo con Verga- 
ra y la guerra contra Marruecos. En cíelo anterior A es- 
tis dos fechas tljíuní la Historia de uitn guítarni.rtístit 
glorioso de Trafalfrar, que nc»s pinta ei poeta otvíiíaiia 
V sola después de haber excitado tantos y tan nobU 
afectos con sus notas, que, a manera de fuego, aumcií^ 
laron el volcan del amor piitriu y el odio al usurp;idor 
extranjero en la titánica epopeya de 1906. Bn el mismo 
sentido abunda /?/ ^etienU A'o importa; y lleijandu A 
épocas mAs recientes, no deja de exlialar el grato pec^ 
fume de las canciones populares La Correspondenci 
tff¡ moro, bien que la deslucen al^funos prosaísmos 
necesarios. Esta erl orificación de los sentimientos na 
cionatcs ofendidos no impide que el poeta execre las 
ambiciones injustas y las escenas de sangre, fruto üe 
todait las guerras; quc nos haga llorar con el soldado 
que abandona, quizá para siempre, el hogar doméstico- 



Ett BL SIGLO XIX 127 

«c despide de Li mailre cariflosa y el inocente hcrma- 
»; que evoque, en fin, una serie de dolurcs fnlimiw uin 
^Ucniñ de ternura eomu de poesía. 

Con los recuerdos propiamente nacionales altemim 
loíí^decada región y jMroviocia, desde \¡i ííttita s'i^iega, 
[que con sus dulce? sonidos no so s;iK' -■*/ Ifora ó >v' tan- 
ta, tui^tii U ha/uda df Caíaiufia. di^llugo de una profun- 
didad lan ífrnnde como su delicadeza, en que el obrero 
•I pr-iftifie A su noble madre el ivs//*(/o nució ¡ja- 

■- .íi\ el sudor de su frente por medio de la industria 

y d trabajo. Todo anda A una en esta hermosii baUída: 

^■eniimiento, idea y disposición simétrica, al mo- 

is tonadiLS %'ul}íare'í. También acarició ApuÜera 

■:'>, que por desgracia lo seni siempre, de la unión 

eoire E-spofia y Portugal,— ese rasgón arrancado üe 

•ntstro manto por los capriohoíi y las vicisitudes do los 

lieoipos, —encerrando su pensamiento en \x\ Imagen del 

dcspüMirio entre las dos naciones, próximas ya A eon- 

hBulir tiernamente sus destinos. Decía esto en tB(i^\ y 

.iL' n„ .;^ tit cxtraflar. dados sus ideales, algún que otro 

- Je iberismo progresista. 

Nq contento con enaltecer las glorias cspaflolas, in- 
iwpTílA .Aguilera los sentimientos de los pueblos opri- 
ttidot, sentimicncos que, al pertenoccrk-s y por el sa- 
Ipiulo derecho de la compasión, se hacen en clurto mo- 
Acosmopi^litus. Por eso no desdicen 1;ls t;sirof;ií con- 
i^^Ctadias á irlanda entre Á'oucrMaJíirs y J.(t rorr.-s- 
M^ruda del Mofo. 

De los Ecos, que con tendencia abiertamente doctri- 

"i'-ícscní^uclven una icaís mrts ó men'js en harmonin 

^ cxigenciíis del arte, no he de decir mucho, ya 

esto me conducírlu A discusiones que tienen 

■ I lie literarias, ya porque las moralidades de 

,j lü mlsmu las de los Cmüares. Rimas varias, 

frías y Sd/irasj suelen reducirse A unas poca*. 

■•JlOo la influencíji de los esfuerzos individuales en la 

obra etcnuí d- indestructible del progreso, la redención 



128 LA LtTBttATÜRA SSPAl<ÍDUA 

<lcl mundo por el tralxtjo. la igiiaklaíl tlt' üererhos^ 
lx!res comunes ¡i tixJus lus hümbres, y nmis tales, irr¡ 
prensibles unas, y otras de sospethosa procedencia. 

El género tle los Cantares, extraordinariamente fe- 
cundo en nuestra literatura del siglo XIX. estábil muy 
conforme con las aficiones de momlisut tan visibles en 
Ruiz Aguilera, quien, si no alcanza en ellos la fílosof ia 
maleante y .•;»" ¡íni»ris de los de Campoamor. ni ¡mita 
de los compuestoá por el vuIro la exactitud frrAlica y 
pintoresca, conserva de estos ültimos el tono unifor- 
memente scpcillo en cuanto lo permite la variedad de 
los asuntos. 

Ajenas á todo otro pensamiento que no sea la ex- 
presión de un dolor profundo y sin limites, aparecen 
las Regias ' de Aguilera como una nota discordante 
entre sus hermanas de padre; pero ¡cuAn dulce no re- 
suena esta nota en todos los corazonesl ¡de cuiUitas y 
^u&xi hermosas maneras no está en ellas variado un 
mismo sentimiento! El poeta consagra el libro encero A 
la memoria de tma hija idolatrada, ángel del hogar 
arrebatado :l su caríflo en la flor de la juventud, y con 
tma solicitud casi supersticiosa nos va pintando sus 
alegrías de antes y sus tristezas de hoy, fij.lndosc en la 
golondrina qae va^a errante buscando el amij^o rostro 
de oíros tiempos; en el saboyano. cuya miisica fue en- 
canto de la doncella; en los juguetes que fonnalvm el 
monumento de Navidad, hoy confundidos, mudos y dis- 
persos. 1^1 pena del patlre cariñoso en busca de un 
consuelo y una espenmr-i, llega hasta soñar con poéti- 
ca candidez en el jardín que han de prepjirar sus ma- 
nos para que se duerma A cusco el tttifíe/ de la tus ben- 
dito, y broten en su boca azucenas, rosas y lirios; como 
enlas de aquella heroína cantadn en los antiguos poemas 
ingleses, y en los modernos /rf/Z/os de Tennyson. Tal es 






es EL KICTXI XIX 129 

[el libro de las Elenias, tesoro de imaginación y sentí- 
míenco. poema dt infioiía ternura, por el que un critico 
ha apellidado i\ Aguilera i-l UhlanU de) Mi-Jiodía. 

Las Rimas vanas se accrrun mucho á los Ei:os na- 
^fJOMM/r^, aunque ostentan formas más cultas, entre ellas 
Li de la epístola moral scRÚn la fórmula consagradíi 
pCT nuestros clásicos. 

Otra cosa son las ffarmott/as y Las Estaciones tlfi 

Mb> \ á las que informan, respectivamente, el idealís- 

~ i-marttniono y la exuberancia descriptix'a, aunque 

ntc ísta. pv.irquc no cabe imitar, con un insini- 

ntcnio tan pohre como las leng-uas modernas, la vivaz ú 

■'íirablc fuerza de significación que tienen la fra- 

^- L^-a y latina. Pero si al^io valen los esfuerzos pitra 

Tmcer ese imposible, si son algo mAs que un capricho 

ilucciones de Fr. Luis de León, la silva A fu 

-^■:HÍtura itr io sana tórrida, y cantáis otras joyas 

eofBo han producido nuestras escuelas clAsicas de los 

trw últimos »glos, y en el presento la de Andrés Bello 

yiusdU*-ipuloK de E.spafl;i y Am(>rioa, entonces mere- 

rtcl píivia s:ilm;intino un iuji^ir en esa pUyade Kiorio- 

sst, cuando menos el de inspirado y tiel imicidor. ¿Quif-n 

■n i-as JístafioHrs lit'l ailo, con sus variados con- 

y sus maj»nííiciis escena,s, lides como la reculw- 

Ins mieses y la vendimia, alfío que no es nfec- 

aciMibucóHcn, y sí manantial irrtstaflable de pocsia, 

de " r -f.i cmbriae^ndora que se debe .1 los fecundos 

pe ;,i naturalcE;»:' Si el autor de los Efos tian'a- 

' ta^lés acttdió d ella sólo por casualidad, no faltnrá quien 

jpottjpi su gloria principal en est;i desviación momentA- 

iMMi del Cíimino único y constante que siguió en casi i->- 

¡ das ms obras poólicas. 

No puedo pasar en silencio la deliciosa Lcyenáu lít 
[J^MimfMa ", que, con encerrar un fondo no muy puro 



• Uéárié. ttr*. 



190 I^ LtrBRATURA BSPAÜOLA 

por la lign de ciertas ideas ú que antes hice alttsión, ha- 
blii, sin embargo, al espirítu con el lenguaje irresis- 
tiblí: Ul-I sentimiento, muvíéndono» A entusiasmo y ho- 
rror, A ligrimas y simpjitta. La nostalgia del hogar, des- 
pertada en el que gime de él ausente por el mágiro 
nombre de Xochebui-Ma. compendio de tantas y tm 
dulces ilusiones como atesora la infancia; la animada 
y bulliciosa alegría que pasa A ser la atmósfera moral 
donde respiran los hombres en aquellos instantes; el 
clamor del indigente, que en vano llama :\ las puertas 
de la avaricia desdeñosa, y el providencial infortunio 
que la castiga; el generoso desprendimiento del sacer- 
dote que, con el manteo roto y despedazado, reparte 
A los ptibrcs de Cristo el ultimo pedazo de pan y la 
última moneda que posee, toda una serie de conmove- 
doras perspectivas estíi ref1eja<Li en esas breves piígt- 
nas. Y subre todo en la final, ¿(.¡uién no siente herido 
«I coniz<>n A la vista de aquel reo de muerte, para cu- 
yo rescate nació también el Salvador, y de aquel cru- 
cifijo que, como súbitamente animado ante el espec- 
táculo de la ingratitud humana para con su ejemplo y 
su cariño, parece arrancar del pecho rft* piedra td gri- 
mas líe cristal que discurren silenciosas por sus me- 
jillas? 

Tránsito grande separa esta ingenua y melancólica 
inspiración de la que produjo el libro de l;is Sátiras \ 
que, A decir verdad, no es en Aguilera ni muy espon- 
tánea ni de muy subidos quilates. El seftaló en loa Co- 
racícres con ra^os inequívocos el punto de vista en 
que pretende colocarse como censor de costumbres. 

jOh Juvenall Tú al menos, cuando & santa 
Indignación movido, viendo en Roma 
Kenaccr tnás ínlame oini Sodonia. 



* Comprnidc: 9itítat. La Jrcodlii MxbnM. OrMdaaikl^i^KVufwai. Bfiígm* 
Ui y MWJl». KoriM/iMltu v wrakM*. Srrnada edldAe. M«dr14. tST(. 



BX BL SIGLO UX tS 

Duras cuerdas haciendo de tus versos, 

Amarrabiis perversos á perversos. 

De la liistoria sublimes galeotes, 

Marcados en Li e^spalda y en la frente 

Con tu sátira ardiente 

y el ocíEro verduífAn de tus azotes; 

Tfl al menos. Juveoal, en lagrandeZH 

[nsolenir del crimen y del vicio 

Fundabas la razún de tu ejercicio; 

Vicio y crimen bastantes 

A tu i^nio y tu cfllera jugantes. 

Mas hoy. ¿qué acento varonil se emplea 

En decir al garito y al palacio 

Caía qup digna de ellos y de *^1 sea?... 

Cuando Mecenas haya, alg^ún Horacio 

Aparecer podrá flexible y suave, 

vividor, cortesano, nada grave. 

Esclavo de la mesa y los placeres 

Que recete á to sumo uaas cosquHIOSt 

Especie de p.isiíllas 

De giíaní ó malvavisco, por ejemplo, 

Para extirpar un cáncer como un templo. 

Acaso tcnm A^ilcm nicnos de Juvcnal que de Ko- 
racío, y por e^o no rcsuUú tan fecunda la rectitud de 
sus íntcDciunus al Ueeur A U ejecucíiÍD del programa. 
No se hable de los tercetos endecasílabos, dignos de 
I cualquier principiante, y que biiuttzú, A la bui;nu de 
Dios, con el nombre de Siitiras, aunque el afecto de 
podre no le impídíú reconocer Ui deformidad de nljfu- 
iws. Tampoco hay que pedirle cuenta del üempo mal- 
gastado en epigrama» inocentes y letrillas sin sal. Por 
su trascendencia en el fondo y su valor artístico, úm> 
camcn»; merecen atención, en el libro de las Sii/ínrs, 
mi cual fraífmeoto perdido y las íglogas de La ArcuUia 
moftfnm. 

Todas tíenilun i\ sustituir la hucúlica del Renaci- 
nüentu por la pintura franca y desenfadada de la reali- 
dad, sin pudorosos velos ni tapujos f.-ilaces. Va es una 
porudia de los siglos dichosos cantados por [).-dbuena 
y MelOmlez (OJra edaií Je oro): ya un dialogo de Pas- 



132 LA LITEHATCBA ESPASOLA 

lores ai natural, en quo gruflen y ladran, como ello» 
saben, dos Batilos transformados en Mamerto y Zao- 
caslargas, y una Filis, Nicolás» por nwl nombre, 

Cara de carantoña, 
Cutis lleno de rofta 
V de color incferio, 
Ojos en blanco, de besugo muerto; 

ya presenciamos una reyerta de mellizos en el claustro 
materno (Los mayoraagosj, O historias de miseria cor- 
tesana y erotismo de escalera abajo (Percances fie ta 
ii'i/íi. Cangas de la ^pocaj; ú, en fin, un idilio campe- 
sino á porrazos entre el perverso hioceHÍe que los da y 
la pacientísima consono que los recibe fDn/rds de la 
crus el diablo). 

Cierta abundancia de rima, con la que el autor su- 
ple y remeda el donaire esponti'mco que realmente le 
faltabn; un conocimiento del mundo bnstímce exacto 
para contrarrestar el optimismo de color de rosa que le 
distinffuia en sus opiniones, y en parte también la at- 
mósfera del ejemplo que puso la pluma en sus manos, 
contribuyeron i\ hacer de La Arcadia moderna una 
ohrilla picante y de frtan lectura. A pesar de que el tuno 
pasa il veces de familiar A tabernario. 

El lector ha vislumbrado, de fijo, el consorcio secreto 
que viene jl establecer vínculo Je nnidud en las varia- 
das muestras de poesía lírica que nos deje» Ruiz Agui- 
lera: la conformidad existente entre el hombre y el ar- 
tista. El apasionado amor A deslumbradores ideales, asi 
el del hogar y la patria como el de la religión y la hu- 
manidad, le inspiraron himnos de entusiasmo sincero y 
estrofas varoniles. iLóstinuí de aberraciones morales 
que pervirtieron su natural honradez! De íl se podrá 
decir, uniendo el encomio ¡i la censura, que fue el pro- 
icresísta más poeLí de una generación. 






CAPÍTULO VU 



EL NEOCLASICISMO BN LA FOBSiA LÍRICA 



Ta« ritoilM il* l>a>Di|alBlD y d* rferaU, Kt Sjlilrirh, Mnr>. Karall, fl*iidl«1ia, 
IU4H UB*a*, C>IU>|B>,l.h<fwiB«, Vxraáiidi-livxTB, Moni-f^l, Vtl^rk, l^rrr- 

^«r. ■«■N'BdPC j i>fl«j«, Ten « laU, CoUii4«, el*. 
« ■< -1 se ahoíTó compiti;iincnte la tradición cLisk-a en 
1^1 el piclagodel román li cismo, y. por residuos de 
I* la edocxición de colegio en unos, por tcndem-ía 
f-instinii^-a en otros, y en muchos por reacción natu- 
|.nd L'onEra los excesos, víviú siempre entre nosotros 
l^mpo que lo defendió con escás.'! gloría y sin 
[unlformiUud de propósito. No es el impulso propio, 
Uino la tmitsción; no el urte, sino el anifício, lo que 
lt.-aniciiTÍ2a esta fíise de lu moderna lírica c-astella- 
ni son en Rencral los que la representan verda- 
pfwUts, sino versificadores y enidiios mAs ó 
lineaos aceptables. 

He dicho que la tendencia clásica fue en pane hija 
[lie \a .intifTua educación, tnl como se recibía en el prí- 
'nier tercio de siglo, y entre los ejemplos que pudieran 
luccr iil caso citar(í dos títulos de España que quisie- 
ron Hemr A las letras el modfranti'imo de sus opinio- 
poliücas. 



134 LA UTBIUTVaA ESPAROLA 

Apcfuis se habla ya de ¿V cerco de Zamora, ni de su 
autor, el Conde de Gdcndulain, antes Barón de BfgQe- 
zal. que en público y ruidoso certamen obtuvo el pre- 
mio ofrecido porta Academia Espaflota. AlR'unos de Ios- 
concurrentes no premiados dieron á luz sus poemas. 
pretendiendo vindicarse y demostrar injusto el fallo, 
mientras Donoso Cortés confesaba, con exceso de mo- 
destia, haberse quedado él mismo inferior al Conde, 
no precisamente en la riquez;i de fondo é inspiración, 
sino en la sobriedad y el atildamiento. !-a Academia 
no tuvo á bien alentar con su autoridad las manifes- 
taciones de revolución literaria, y antepuso al exacto 
observador délas reglas sobre losaraiRosdc noveda- 
des, llam.'indole pronto á su seno gracias íl este solo 
triunfo, pues apenas si en su larj^a vida volvió á darse 
A conocer como poeta el Conde de Gtlendulain '. 

Más laborioso y conocido es el antiguo MarquCs de 
la Pezuola. despuC-s Conde de Chestc. Aspiró A unir los 
latireles del campamento y la política con los que pro- 
duce el cultivo de las musas, no tanto por la esponta- 
nea originalidad como por la reflexiva y penosa tarea 
de intérprete, que ha desempaftado con tanta constan- 
cia como escaso fruto. Dcspuís de rendir parias il ia 
moda bucólica, aún no desterrada de nuestro sucio cuan- 
do empezaba íí dar al público sus primeros ensayos coo 
el nombre de Dalnuro. abandonó estos juegos infanti- 
les para hacer ima versión de La JeruíiaiéH cotiquis' 
tada ' menos indigna del original y de nuestro buen 
nombre que las dos ó tres anteriormente conocidas. 
Ni por el mérito intrínseco n¡ por el lujo tipognifíco lo- 
gró la general aceptación, sin que esta frialdad del pú- 
blico se haya compensado con los elogios de los Inteli- 
gentes. Lo mismo sucedió con las traducciones de Los 



■ TawDWa cMtHM va Coal» tfin <n U eaucnc Jcl Coadc <lc Cainiro> 
Atifig*. 

■ Madrid. IHSCí D«*t«MO**« tollo itM9i»r. 



E» UL SIGLO nx 13& 

¿MSiadas, La DitvHa Comedia y el Orlando furioxo, 
■rtfrbnmente rricirad.is hasta la injusticia por I;i tropel 
ligera del periodismo. 

Dices* (leí Conde que versifica mal y expresa obR- 
ctmuncntc los conceptos, buscando con ojos de lince, 
nota palabra más exacta r propia, sino la menos co- 
Brtn í inteligible, molestando asi á la mayoría inmen- 
nde los lectores y A los mismos eruditos, que no siem- 
pre pueden scf^uir sin tropiezo el curso de aquella locu- 
ci*i caliginosa. Tengo para mi que tales cargos no ca- 
neen de fundamento, aunque los haya exagerado la pa- 
rtió; que los arcaísmos de estas traducciones son into- 
VfBbles por lo innecesarios y frecuentes, y que el lector 
om de entender a) intérprete entenderá, y acaso con 
B«flo$ trabajo, los originales. 

Ko s¿ si dar el título de poeta al autor de las Esce- 
xnsattíiaÍHsas, D. Serafín íistíbancK, cuyo renombre 
*»pof este aspecto harto menor quetl de regocijado 
JWaista. Los versos que cscriblú antes de 1831 no sig- 
Bifiean gran rosa, ni aun pariing uñándolos con otros 
drseginido orden, y son en su mayoría piUidas imita- 
iiones de MelOndez Valdés, fuera de lo exclusivamente 
(iropiu, que es la versificación inharmdnica, no enmen- 
dada por la experiencia ni por lus aflús. tVrtcnccen il 
ettn época las anacreónticas M mar: pocas veces an- 
o un espüniáneu y fácil lisiéhanez Calderón; pocius 
ccn tan apasionada vehemencia, ni escogió asun- 
h» tan en harmonía con su carácter. Bajo las sencillas 
y DO tanto dcs.'Uifl;uIas aparienria.s de estas anacreón- 
ticas hay un fondo de apasionamiento sincero, que des- 
aparece por encanto en la composición al P. Artigas, su 
maestro de lengua árabe, y en la que preparó para lu 
corona poétím consagrada i 1» Duquesa de Frías. Hay 
en aqnélla trozos descriptivos no despreciables, com- 
pennindo de este modo la falta de nervio y virilidad, 
mientras que la última, con sus pujos de filosofía, su 
falta de unidad y sug friísimas lamentaciones parece. 



136 LA UTKKATtJIlA BKPAÜOLA 

m.-i-s quir la producción Uhre y natura! del ingenio, ait 
umpvdntdü ilc pulabras, ó si se* quiere cdilicio Je mum- 
poslL-ria. I-"JS aixntos que iiTntncó A Lista, Martíni-v, de 
la Rosa, Donoso Cortó» y otros muchos una muerte can 
•prematurii C- inesperada, se convierten aquí en reflexio- 
nes ailtx-'enadas subrc la inconsistencia du la hcrmosur 
y lü ilimitado de la eternidad. 

El jíeniu festivo y superficial del Solitaria le ataba 
los vuelos para subir A las altas regiones del cntusia.s- 
mo Hrico, presentándole otro campo miis humilde don- 
de pudiese emular, ora el rario y maleante tono de los 
romances quevedescos, ora el pljicido y grave de losde 
Gónjjjora y Mcléndez. Conservan, sin embargo, es tas. - 
imitaciones, como huellas de un pecado de oriji;en, 
falta de carácter ixirsona! y la dureza de la forma. V 
nejaba Estíbanez el metro hexasUabo con nig'una f 
cuencia; y afladiendo á este desacierto la ineptitud y 
descuido ixira t<Jho lo que fuese harmonía y perfeccii 
en lu estructura del verso, sacti los suyos flojos, lís; 
ros y discordíinlcs ', cosa digna de censura en iod< 
tiempos, y doblemente en el que vi6 nncer sk Zorrilla 
García Cutiiírrez. 

Sólo permanece, no como dechado de inspiraci 
sino como caprichoso jufruete y argrumento sininiUir 
la riqueza de nuestro idioma, y de la pericia de Esl 
lianez en mnncj^irlo, aquel cclebradisimo soneto q' 
enderezó contra su antiguo cumarada, y dcsputó e: 
migo irrcconciiiable, el bihlióülo D. iiartolomé }• 
Gullardo *. Desde que escribió Fr. Diego González 



■ VíMcd tÍ(BUil»r)n«4MiiifolrMl4,rn il JtMAWiWo Unl^rttto. año tfSi, 
pAglnn 7). 

■ Aitn(|tic tu coaocldoi na«unl dr ruin d ivprodndrta por vía de nota: 



SONETO 

Caco, cuco, (wtuin, MMbflnia. 
lasau de lu> Uhrat. ututo, p*^ 
Dt pa^tk*, «ptnt l« ipuiila. 
Hurta. cucMUipotlBtit, tal*. 



E!t BI. SIGLO XfX 137 

mm-ciilago alevoso no »e había visto un alarde üe erv- 
di iieniosUÍHiI como 6ste, en que parecen ago- 

tuu .. .... .'jIus mc(ÍJus ^ue ^utninistm el iJicoiOQunú 

paru expresar unit sul» idea, A pesar üu los obstáculos 
qiu: se opDSo libremente el autor con la reconüitc;! 
peres^ma de las ron^wmancias. 

Pür sus extraOas aventuras 3' por su compleja fiso- 
nomía titcraria, vive aún en el recuerdo de muchos 
D. Jc«l' Ji-Mquín de Moni, hombre fríu, eckVticO y ni- 
zoniidyr, en cuyo temperamento entraban por más las 
brumas septentrionales que la fogosidad del Mediodía. 
&i Cadi/ nacii), sin embargo: aunque mur joven, tuvo 
t|BC cmif^nu' de Espafla. produciendo fuera de ella los 
nús, conspicuos frutos de su numen, que coleccionó pri- 
ntru en tm tomo de leyendas ', y mAs tarde en otro de 
" " 1^ ', ambos sujetos íi una misma norma, y am- 
uy poco leídos A pesar de haber aprovechado 
d poeta para su respectiva publicación el furor le- 
■ii» en su periodo de apoíí*-*<>i y "^ decadencia 
nwnticismo, tan radicalmente upuesto A la par- 
i,i, por no decir frialdad, de las composiciones lí- 
ftros del académico Kiiditany. El Prólogo A l:is Leyen- 
ias ísfxiHolas, notable por la tersura y limpieza de su 
dtiio, es en cambín muy dcticJentc como exposición de 
teorías litctarías, A pesar de las tendencias concilíado- 
las cun que pretende velar el autor la poca tijera y pre- 



UHlwcVi km4»R«, 0tn»fmn 
Pala Mc«f lu* titira* MbiU, (tila, 
Afgal 4i blktluMcu, |M« iiXi^ 
Annada tn turto, luckaila («la j cala, 

lti>}Mpa* un arcMra ca b brtciou» 
Um ai»i»ca» n uk* %% •! bwltUla, 
T« p«nH pat oofban una maleta, 

Jaccw <1b1 doa, dal cinco, jr por HMlUa, 
V al fia H htlMrtí c(ubu i>k> wi», 
L1«HU O* Ubm*. Álfica r Kutofu . 



■ ítffM* ayahilM. par í> JoM JbtfwiN ai Mtfo, l'aru. tHO. 



138 



LA LimATVKA E»>AlIOLA 



cisión de sus principios. No quiere escribir como clási- 
co, ni como romiintico, sino como lo mandan Dios y el 
.sentido comün; pero insisto en que este afán por evitar 
los extravíos de escuela le coloca en una posición soli- 
taria, buena sólo para los ingenios creadores, no para 
otros t;tn medianos como el suyo. P;isión, nervio, in- 
terés, lodo lo 4ue nos hechfxa en Arólas, Zorrilla y Es- 
pronceda, todo está ausente de estas incoloras y de- 
sabridas narraciones, cuya lectura apenas es posible 
continuar mucho tiempo si no se pasan por alto las 
molestas 6 importunas rellexíones, los episodios sin 
substancia y las tiradas de prosa con apariencia de 
verso de que están sembradas casi todas ellas. Zafa~ 
dota, Esenias de ios íiempon fcuiinles y Don Opas, 
son otras tantas pruebas de infelicísima inventiva; y 
eso que tanto le daba adelantado la tradición. Je cuyo 
espirini debía constituirse intC-rprcie. Lo mismo que 
llamó espaflolas á varias de estas leyendas, pudo llamar- 
las turcas ó cbinits; pues apenas si descubren, no ya 
el simpático y respetuoso amor hacia lo pasado, dis- 
tintivo de Zorrilla, ni el hondo estudio y Ui distinción 
exacta de cada época, que dan vida á las relaciones 
de Walter Scott, sino ni siquiera los más indi.^pcnsa- 
bles conocimientos que Moni suple ó quiere suplir con 
aparatosas declamaciones, humorismo sin sal, y máxi- 
mas de fabulista adocenado. Dispénseme el lector 
tanta dureza con quien, si tuvo encomiadores entre 
cierto linaje de truditos, no llegó nunca A cautivar la 
atención del pueblo, como la cautivan siempre los ver- 
daderos poetas leKendarios, que saben reflejar en las 
creaciones del arte el espíritu de las gcneniciünes pa- 
sadas. 

Fucrzame la justicia A no ser más bemgno con la.s 
poesías sueltas de Mora, penetradas, en general, como 
de gélida corriente y anemia contagiosa, del más anti- 
pático escepticismo en las ideas, y la más lánguida mo- 
notonía en las formas, cualidades á que seria casi- profa- 



eif BL SICL^ XIX 19S' 

nación apUcAT el nombre dtit clasicismo. Tres 6 cuatro 
(le sos odas, /^ mwrte áel justo, Los Atidcs, La noche 
y La Verdad, recuerdan á Fr. LuLs de heón, ó m6& 
hlcn i Meiendez; pero á la no muy probable sinceridad 
de su misticismo le falta el jujéese entusiasmo, alma y 
viJa de la verdadcni inspiración rclidiusíi. Riizonador 
é incrMulo por naturaleza, hubo de jibandonar Mora 
CSC camino, para él vedado, y em pulid ía virga censo- 
rina, no con el hrlo de Juvenal ni con la provocante 
«onrisa de Bretón, sino con otro carílcter apenas cono- 
(. id o entre nosotros, mezcla de indiferentismo sajón y 
fxuüiífnidad volteriana, aunque sin la delicadeza 6nf- 
~ ima del patriarca de Femey. No se crea que la indig- 
!i,u iún de Mora reconoce por causa los srandes críme- 
nes y errores del mundo, porque lodos ellos no bastan 
sacarle de su normal indiíercncia: le apuran mus las 
líftxageraciüncs y los fanatismos, liis creencias firmes y 
radicales, todo, en fín, cuanto no sea mirar la vida por 
d i-mtal de un optimismo comodón y risuefto. Su 
lucja favorita va directamente contra la iniran5;igencia 
las doctrinas y se traduce en palabras como las que 
liguen: 

Si no eres de VoUaire, eres de Ignacio. 
Incrédulo bas de ser O jesuíta: 
Entre los dos extremos no hay espacio. 

Hombre sensnto que el exceso evita 
Y usa de la razón el puro Idioma, 
De ambas facciones el enojo excita '. 

Las exageraciones en titcnituní, representadas por 
escuela romántica, encuentran en fl MelancóÜco una. 
rn tan despiadada como las que en La Ofiimótt, 
m los Fragmentos de uh poctna y en otros cien luga- 
se leen contra los hechos consumados, contra el 
[io oniversui. contra los excesos del periodismo, 
coatra todo lo que huele A demagogia populachera. 



• Mkivtt't**' 



lio I.A LlIVeATUSA ESrAÜOLA 

Al hublar, por ejemplo, de las revoluciones en k 
mencionados FraK'"ftiff>^' de ntt pomta.^e el autor" 
con la si$:uicntc üetiaruci<)n, qut* ixireccrta prosii si nt 
fuefa por los consonantes: 

En esas urründc» crisis se proclamo 
Como ley el nivel: gntnde mentira. 
Porque la lUerza en muchos se encarama 
Cuando la tuerza en mucho» se retira. 

Esto no impide que, después de inrunsahle y ñadí 
ariisticü sermoneo, proponga por ensertanía suprema 
los máximas de un oicoísmo utilitario y epicúreo hastii 
los milanos, de inocentes «piiricncias pero cníicndra- 
do en realidad por un principio curruptor y disolvente. 

La vidií es un desierto, ya fte sabe; 
En pasarla sin pena está el busilis '. 

Tal es el códipo del insigne moralista. 

Fue Mora, apiírtc de esto, gran aficionado á los 
mores rítmicos, y advcrs-irio tenaz, en !a teoría y en la 
priictica, del asonante y de los versK» sueltos. Apoyado 
en las que él llama demostraciones inconcusas de los 
filósofos escoceses (cuyas doctrinas propagó entre 
nosotros), considera la runa como medio de inspira- 
ción, cosa bastante discutible en la mayoría de los ca- 
sos, y de que, si bay algunas muestras en Lope de Veg^t 
y Bretón de los Herreros, pueden enumerarse en con- 
tra muclias excepciones, sin rev'urrir íi otra parte en 
busca de ellos. Es, en efecto, tan artificiosa y desagra- 
dable la factura de los versos en el satírico jí:tdit;mo, 
qne apenas existe en los tiempos modernos un poeUi 
cspaflol, entre los de primero y sefrunUo orden, que por 
este lado no le lleve muy nouible ventaja. Tan cierto es 
que no bastan ni ct ing'cnio, ni la a^dcr^, ni el estudio 
detenido, á infundir en el alma el fuc^o sagrado de la 
inspiración, si no lo enciende con su soplo la inexorabU 
naturaleza. 



I £a(dntM*a lAbnU. 



ES KL S1CL0 XIX 141 

Nodebfa hallar cabida, rijirii rosamente hablando, tn 
eiic lufn^ir el egrcfflo venezolano, cantor de Colón, 
eraulü de Andrtís Betlo, y, como et, timbre de la litcra- 
tuia htspano-americana, D. Rafael Marta Baralt. Pero 
teniendo en cuenta que en Espafia comenzó y concluyó 
« carrera de escritor, que tuvo asiento en nuestra 
Academia como individuo de número, y que inñuyó 
aJpiln lanco con sus composiciones al promediar el si- 
jjlo -préseme, no serA impropio consaífrarle aqui un 
renicrdo. Baralt bebió directamente en los antig:uos 
modelos castellanos el fondo y la forma de su poesía, 
y sobre todo de la religiosa, que cultivó con una sen- 
cillez difi^n^ de nuestro írran si^Lo, C imitando, más que 
Á nadie, ú Fr. Luis de t-cón. Esto no equivale íi negar 
sus afinidades con el autor de la silva A la agrtciütura 
de ¡ti sana tórriila, evidentes sobre todo en el culto ex- 
tremado y religioso déla frase, ni la amplia libertad 
coa que siguió el ímpetu de la lírica moderna id tradu- 
cir el himno de Gabriel Rossetti, Al añodc las grandes 
ff^pfrnnzas. ¡830. 

El espíritu de imitación amengua el vigor subjetivo 
de la pocüía de Banih, é introduce en sus mAs gallar- 
das estrofas un enjiimbre dv reminiscencias arcaicas y 
ouüiionanies idioüsinos, como se ve en la oda A Colótt 
y la inspirada por el cuadro La desesperación tU Ju- 
das, de Germán Hern;lndez. En la última reproduce 
así ai pensamiento del pintor: 



Al pie del .Irhol aftoso 
Que sin htifiís, ^pfltíro, «: divisa 
En alto pedregoso. 
A U luz del reMmpag:o indecisa. 
Abadas miro; del des-nndc cuello 
Un laio pfnde: mís.isc el cabello 
V al cielo insulta con íeroz sonrisa. 

La luenga vcsiidura 
En desorden csiá: muéstrase el pecho 
Latiendo con presura. 
Cual oía brava en reducido lecho; 



142 LA LtnsA-toaA ■bpaRola 

Salidos de sus cuencas, arabos ojos 
Eo alto fija con la saAa rojos, 

Y á Dios .imaB^ en su infernal despecho. 
El ,ila recogida, 

Junto A él, de espaldas, su custodio llora 
Al alma ya perdidji; 
El arcánífel rebelde Tenjtadora 
Llama dispone en el sulfúreo abismo, 

Y el tormento de Judas eit si mismo 
Doblado siente que su ser devora. 



Bntrc tas reliquias que de la escuela sevillana han 
llegado hasta nuestros días pudieran figurar los versos 
del eleptante y modesto traductor de Valerio Flaco, 
D. Javier de LeAn y Bendichu *. La versión de Los 
arfionauías no pasó completamente inadvertida, il pe- 
sar del mi^nible estado y la decadencia UDÍvcrsul 
de los estudios clAsicos. en EspaRa. j á pesar también 
•de la ¿poca ínfansta en que aparcci<) tan esmerado tra- 
bajo, qac fue cabalmente la de nuestra últiina revo- 
hición- 

Humanista insífi^ne, y más humaniala que poeta, 
«studiú Rendicho con escrtipvlo y detenimiento c) poe- 
ma de C. Valerio Flaco, y lo realzó con los primores de 
que es susceptible la octjiva real, metro poco conducen- 
te pitra la hüclidad de una traducción. Aunque el autor 
que cIíríó Bcndicho no es ningún modelo de primer 
orden, esta circunstancia, lejos de amenguar el mérito 
del interprete, lo sube de punto al ofrecerle numerosas 
dtñcultades, que salva con ¡irrojo y gallardía. Añádase 
que valen casi i;into como el texto las notas é ilustn»- 
ciones que le acumpafían, llenas de conocimientos c\A~ 
sicos naü;i vulgares, de curiosas noticias y de excelente 
criterio, y nadie negará A Ij)S argonautas un lugar 



* K«* ar g ^fww t a', po«Ma (offcw d« Ctat« VoXtrbt floto, tp«ift«M0 n ttrie eat- 
.tcUmo4a»4iivd«ccim«tatpor />. JdMtr (b l4i>« J}aW(t4o r Wi^O*- MadrliJ. 1869. 
UM Trai tamot en S.*-HI Qltimo ca«(lon« ■! uito Utino orlcinftL 



BH EL SIGU> nx tO 

hanroso, aunque inferior al fí<rracio de D. Javier de 
BorgDS. 

Rasgos sueltos no mAs, caídos de la pluma en mo- 
mentos de ocio, parei-en las poesías del fogoso tribuno 
D. Antonio de los Ríos y Rosas '. La epístola á Pastor 
Diaz, y dos sonetos, uno A Lisboa y otro A ¡a opinión, 
son lúe frutos más sazonados de esta mus;i varonil, que 
si tuvo sus veleidades románticas merced al imperio y 
fasrlnaJor airaitivo de la escuela dominante, buscó 
proniu en la (ínllUa precisión del clasicismo la forma 
m&s conveniente á la en^gica austeridad de sus con- 
cepciones, sin ocultar su temperamento oratorio bajo 
las vesciduRis de la rima. 

En el certamen abierto por la Academia Española 
d uflu Iá50 fue premiado con medalla de oro un canto 
de D. Emilio García de OUoquí á La victoria de Bai- 
¡éM, Despute de una invocación que sejfunimentc no 
fue oída por el cielo, quiere el poeta laureado enalte- 
cer el triunfo de las ICavas de Tutosa como preliminar 
del que habiím de conseguir los españoles en el mismo 
lu^ur y siete siglos mils t:u-de, comenzando de esta ma- 
nera, inverosímil: 

Nn paz, nunca sosiego 
Mohomnipii Ren Yacub, torvo africano, 
Di¿ á Su viólenlo fuego: 
Siempre ai yu^o inhumano 
Trayendo á Nazarctb ¡y siempre en vanol 

íípicse la enumeración de los aprestos del /ítw 
afruiuw, ii pesar de los cuales 

No dr<*;ilirnta al pío 
Noble Alfonso del ri^probo la audacia; 
Su corazón m&% brío. 






144 LA LITESATURA ESPAKOI-A 

Sa voz míls eficacia. 

Su mcme más se Hñrma e-n la desgracia, 

A eoantos fe mantienen 
En el nombre de Ciírio fué i ganallos; 
Y ya animosos vienen 
Con armas y caballos 
Los ungidos y Condes y vasallos. 

Si alguien creyera que están escogidas & propósito 
los estrofas copiadas, lea las UemAs y tropezad con mu- 
chas de la siguiente factura: 

Dios, que infunde en sus pechos ' 
Valeroso desdt^n al enemigo, 
L>ió voz para sus hechos 

V amor, Ba(l(in, contigo, 

Y humilde luentc de salud y abrigo. 

No se comprende crtmo la Academia distinguió con 
sos palmas este aborto de infame prosa, lleno de ripios, 
obscuridades y afccdiciones, este pecjido de lesa gra- 
mática, ya que no hablemos de poesía, ni cómo el se- 
ñor García Olloqui ha tenido audacia para estar mal- 
tratando A Ix'i musas un año tras otro, cumplitMido la 
promesa encerrada en estos versos: 

...raieniras yo aliente 
No el clarín de los hí-roes en reposo 
Yacer verás, ni el arpa del creyente. 

Al cabo de tales esfuerzos, t'Mvita Minerva, ha reu- 
nido tres ó cuatro enormes volúmenes ", que no leerán 
media docena de personas, y que comprenden un poe- 
ma en diez y seis libros y 372 páginas sobre los godos, 
y un sinnúmero de poesias líricas y narratii'as por el 
estilo de La victoria de BaiUn. (Lástima de vigilias es- 
téril es y rf<*.</«/é'rr.'ííírfo amor al arte! ¡Lástimade estudios 



> Lm ik 1» «oldadoi Fipaflolc». 

* abnápUlivuatD. SmummrrtnátOUoirU. .\lMi«u<frla d*Exrtta. IWl. 
Al tn del («100 in tmlBT(a promete «Ira» ikit, ■)■« no sí d luit>TtL pubtiCido. 



VX EL SIGLO XIX 14S 

Iclásicw, empicados m pueril ejercicio de gimniísia in- 
í telcTtoal. mes deplorable que ct injfreninso delirar de 
iGón^ora y Quevedol 

Tampoco ta sana intcnci<in TcUgiosít y patriótica 
I que olicnUL c-n lüs poemas de D. Joaquín Jost? Cervino 
[iJBSia puru redimir los pecados conrra el arte que en 
todos dios abundan, asi en La Virfíf» de ios Dotares ', 
cono en La vtctoha tic BoíUh * y La nueva guerra 
pim'ca ó Espaüa rti Marruecos *. Este dirimo fue pre- 
ndado por In Academia Esp:iflola en el certamen que 
convocó pftra conmemorar los triunfas de España en 
k suerm de África (1860), y eo el que obtuvieron 
"í— '■• -^nes honoríficas Aparisi. Raimundo de Miguel y 
_ ucl Agustín Principe, adjudicjlndose el acctfsit A 
D. Antonio Amao. Creo sincenunenic que los poetas 
IMspaestos A Cervino valían poco, pero valían mits que 
fl; y Mí lü demuestra el terriWe examen analítico de la 
obra laureada, publicado por D. Manuel FemAndex y 
'' "'"ilez en Museo UnhTrsal. 

Nti ha rendido uui ciego culto A la afectación erudi- 
to como Cervino su amigo D. Aureliano F. Guerra, 
OfiK cnsayoíi métricos datin ya de muy antiguo, de 
'"■-!( aparecieron entre nosotros las primitivas imi- 
(■-:-. del romanticismo transpirenaico. Reilacior de 
t* Alkamüra . periódico granadino identificado coo 
Winevfis doctrinas, iHmtribuyó ¡i propagarlas con sus 
itnos, que oculiatKín con la briosa lozanía la falta de 
fOtrección, y entre los que descuella por su extensiOfi 
l^srns de la Plasa .\'ue",Ht, narración legendaria que 
t* tSíí preludia los Oih/os tfcl Irmnidor. Loíi her\-ores 
¡■Víniles que en esta ocasión inspiraron ¡i Fernrtndez- 
I palpitan asimismo en lu canción erótica A 
■>ra *, á la que Canalejas no enconirabo rival en 



>.', 



•14. UMA. 



tma nAU á 1u ponU» de D. Uuiutt CaAetc 9«Ani. tO<. lU- 

70X0 a to 



146 I.A t,rrERAntKA I£>íPa5!0I^\ 

nuestra literatura, y que, aptirtc encarecimientos, se 
Ice con agrado y simpatía. Dominan en clin el afecto 
hondo y desbordado, la tersura y üescmlianiw> de las 
rimas, y la rapidez Je los vuelos líricos que agita >' 
atempera la pasión, servida pt>r los esplendores del co- 
lorido exuberante y de la más exquisita elegancia. 

Las investigaciones eruditas en que poco á poco 
fue engolfíndose el futuro ilustrador de Quevedo in- 
fluyeron, tanto como en su intdigencia, en su buen 
gusto; y solicitado por lo<i modelos que un aflo y otro 
traía entre manos, se entregó decididamente á su imi- 
tación, naciendo de aquí ese sabor de antiptiedad que 
nos obtifr*^ .1 considenirle como un rezagado del sí- 
0o XVn, el siglo de sus estudios y preferencias. Lo 
mismo en sus cincelados romanees que en el ditirambo 
A/ 3 ifp OctHhre de JS55, en las odas A Esfiaffa y A la 
Trumijiiíuradó» di'f ScOor, y en sus viriles sonetos* 
canta una musa que no es la de nuestros días, y que 
aduna la enérgica originalidad de Quevedo con la pla- 
cidez y melancólica ternura de Rioja y Rodrigo Caro. 
Implacable censor del desenfreno y la impiedad, cuan- 
do el honradísimo acadímico mira á la situación de su 
ixttria, lanza el rayo que enciende la inüignacióo, A 
vuelve los ojos ni ciclo, repitiendo las melodía? del arpo 
que pulsaron los Profetas. A esc intento obedece la oda 
A la TraHsJitctiradótt, donde, si las primcnLs estrofas 
son hemianas gemelas de la Cattdótt rf ¡as ruinas de 
itálica, y el corte general pertenece á la escuela aevi- 
llanii, es del todo hebreo el espíritu que )a informa. Eti 
lo de íisímilarse el estilo de nucrtros antiguos poetas, 
y sobre todo los que vivieron en la primera mitad del 
siglo XVII. no tiene rival FerDínder-Guerra; y de tal 
modo parecen haberse fundido en ¿1 la erudición y d 
numen artístico, que podría engañar d los miís linces, 
dando por encontradas en un archivo de rancios pape- 
les las rimas que espontáneamente traza su pluma. 
Con la diferencia del más ó el menos, otro tanto 



E.V BL S1CL1> XIX 147 

ocurría, con. Julio MonrenI, l'1 mismo que con amor y 

prolijidad Je pormenores nos dvscrihió las Costumbres 

dri u'alo Xl'/I. al par que hizo de sus poa^ias calcos 

fieles del conceptismo y la malignidad quevedescos. 

Dtl gran satírico son su frase culta, vivaz y pinto- 

■%us desenfados y burlas, los i-um-epti"<>s é in- 

■JaJos de sus caftciones amatorias, el derroche 

y originalidad de los epítetos, y la atici6n constante & 

po&er en solfa las mAs austeras O iocoatestablcs ver- 

dailtt. 

¿y «Jmo juzgar las poesías ' de D. Juan Valera? ¿Son 
bprftsa rimada que dicen algunos, 6 las nuinifcstacio- 
ncs dn un íns-enio superior, de aquellos guos (equu? 
nuvtt y//^//tr. el único clásico entre los que va produ- 
ciendo España en este sl^lo, como dn á entender Me- 
- y Pela yo con liÍpérI>oles dictadas por la amistad? 
' - . \iraflos le dclH.-n de pare^."cr estos encomios como, 
BlUcIlas cerwuras li quien st^lo cultiva la poesía por 
' nimicnio, A quien destierrn de la suya las imA- 
».wi'.> Lual si fuese igifsiit ¡ttlfrana, prefiriendo la 
desnudez de las ideas absti actas al vistor del senti- 
miemo. 

Valcni es un csciíptiro que expone las teorías de 
PítilEora-i y l'ljitón, de la escuela tcúrgicu de Alejan- 
dría y del misticismo cristiano, revolviéndolas como 
Us fiRuras del calidoscopio. Léanse los versos eróticos 
A i-ttíla. la i)da EÍ J'itfgo dhi'na, ó el cuento sobre la 
beUtrza ide:il titulado f^as ai'tn/uras de Cide-Yahyc, y 
•e Tvnl ni erudito que dice lo mucho que sabe, pero no 
dice lo que siente. Xi se busque tampoco imidad y con- 
«rcuencia en tan extraflo modo de filosofar, que consti- 
tuye una mitolüg-ía m.ls amplia, aunque no menos con- 
vencieren, que la de los autores dilsicüs; mitología de 
mun.i,,^ iil<_-ales en los que habitan, como en su ¡ücázar, 



■ Uaáná, OTA ScfoitiatiUcUB. conal iliiiki JcOwwftMci, r«aHMn|ii«t- 



148 LA LrrCRATCRA BSPAfiOUl 

el amor, la verdad y la hermosura, y donde se atiende^ 
á la apariencia, no á la realidad de las cosas. 

Aparte de las poesías originiiles. que al ftn. y á 
sar de todos los vulgarismos de dicción scñaladut; 
ellas por la critica menuda, ostentan sello propio 6 : 
confundible, ha aclimatado el Sr. Valera en nuest 
idioma flores anistiais de remotos suelos y diferen- 
tes edades, como el Pcrivif-Uum Vencris, haladas de 
Uhlímd, romances de Hcine, y fragmentos de! Fausto, 
de Gi>{íthe, El Paraíso y laperi, de Tomás Moore, y 
varias composiciones de J. Russel LoweI. W. Wetino- 
rc Siory y John Grccnleaf Whitiier, poetas norteame- 
ricanos. 

Un ejemplo de la elasticidad qae posee el calificati- 
vo de clásico, con que se designa A muchos poetas, 
tenemos en D. Gumersindo Laverde Ruiz, pensador 
üriginaJisimo, si los hay, tanto en prasa como en ver- 
so, y que tan distintas tendencias representa en los 
suyos, conocidos hoy gracias al esfuerzo de stis admi- 
radores '. Si algo de unidad puede descubrirse en aque- 
llos, si allí domina algún carácter permanente y genO- 
ríco, es. á lo que juzgo, la antítesis entre el fondo y la 
vxpresicín, v;»ko y misterioso el primen», gráfira ísta y 
esmerada; empapado el uno en las nieblas de las ficcio- 
nes imaginarías, esculpida la otra con toda 1a elegancia 
que pueden dar de si la laboriosidad y el estudio. La- 
verde es el Ossijín español, lo mismo cuando recuerda 
con primorosas y desusadas imágenes las gloriíis de 
su país, que cuando sube á las regiones del cielo, 
invocando ron pía credulidad al astro de la noche, en 
cuyos rayos se ve descender, como el bardo de Islandia. 
las almas de las personas queridas, y hasta cuando vue- 
la, en brazos de la fe cristiana, más allá de donde se 



< Ntafvno t«n lavoroM como WoKndn y Pcl*yc, qnt boMÚ drtcnid 
rocntcderioDiiniirUciilaiobn fianwofRrttrAM. y «i hHque 4«|HMlt lormu. 
ron ri JDlBrafto an Apota. 



EN EU SIGLO xa 149 

ogTUpnn tiis aabes, y ruedan los astros sobre sus ejes 

tle oru: A hi rcgiiin de lu?. fmic-cesíhte donde se uoah:in 

lo&dolorcs y llene %u asíeiitü la hienaveniuran7-i.;QuÍt';n 

hft tcfdo sin curiosidad y ternura la deliciosa baiada 

Laliuta y W tirio, historia de dos amantes, de los que 

el nao baja & la tierra, desde el lugar de su expiación, 

paraa^Hirtar al otro de) vicio, mientras acompañan su 

jHitica lOb esplendores de una noche serena, el mur- 

iBoIlo de las auras y el perfume de! simbúlico lirio, que, 

o(»í!i«nte, hace brolar la tierra de su seno? ¿Y dónde 

h&lUr creaciones tan pot^Ucas como la de codas esas 

amantes misteriosas que viven lejos del mundo, y cuyas 

voces siente el poeta, con la candorosa ingenuidad de 

unniflú? 

Cciro de lirios y ¡iruccnas trae, 

Bnjo SUS pies la inmensidad Horece; 

Vierten aromas del Edín sus labios, 

Gloria sus ojos: 

■-' " >■ describe en Pac y misterio A la visión que otro s 
>e le ofrece de perverso ettcaniaiior cautiva. Cada 
óna^cn, coda expresión exhalan una fragancia suavisi- 
wa, mostrando asi Laverde que no hay género radical- 
tiente malo, puesto que supo dar ioterOs .1 uno tan con- 
^clvnal y ocasionado A abusos. 
' .mo pocüi festivo, víilió poco el distinguido cale- 
■íUii; como versifioidor, le pertenece la introducción 
ulgunos caprichos métricos que no me parecen lau- 
•Its ni felices. 
Mucho se ha discutido, y casi siempre con la ani- 
oujslilad y las preocupaciones de secta, sobre las poe- 
**** Ocl que tirios y troyanos. impelidos por la fuerza 
**b Verdad, juzgim portento de erudición, peritisimu 
*Wogbi[a de nuestras cosas y crítico sin segundo, don 
''^siVcUno Menéndcz y Pelayo. Contra los que nief^an en 
'^dotulo su personalidad política le him defendido hrlo- 
^VAcate. no ya sus amigos en ideas políticas y religio- 
^ sino hombres que tanto de ellas se apartan y tanto 



150 LA LITKRA-nlRA ESPASOLA 

nombre gozan en los partidos tihcnilcs como Valera y 
Leupüido Alas. Que Menéndez ndorJi en algiln c)nsi~ 
tismo. todos lo afirman y v\ lo ronfiesH. JPcro es su 
clasicismo el contrahecho y retórico délos dos últimos. 
siplos. como alpiiicn da A entender? No; porque, co- 
nocedor el insigne erudita del caos que medía entre 
las falsas ímitacionc<; T la inmacuUida belleza de los 
modelos anti^os, busca directamente en ésios la anhe- 
lada perfección, sobre todo en Horacio, el gran maes- 
tro y legislador del arte. De ahí su entusiasmo por 
Fr. Luis de León, por Andrés Chenier y por Cabanyes, 
como enamorados de esa misma belleza y enemigos, 
de toda servidumbre; de ahí que ponga al primero sobre 
todos nuestros líricos, que traduzca los idilios del se- 
gundo y que celebre al tercero en una de sus odas. 

Esto cuanto d las aspiraciones de Menéndez y Pe- 
layo; porque, en la realidad, yo creo que tienen mucho- 
de modernas, y poco de ¡Uicas «5 latinas, sus cunciones- 
amatürias ¡l Aglaj-a, Lidia y Epicaris, donde, sin que- 
rer, cae de golpe en la mania anilclíistca del arte (I5cen- 
te; su epístola á Horacio, atiborrada de teorías filosóñ- 
eas C- históriciis, y hasta la que dirigió á sus amigos de 
Símiimder. á lo menos en las diatribas contra la raza 
germánica, peligro constante, según 61, de la ctiltura 
latina. Ya advirtió Valera que no hay cosa tan contra- 
ria i\ la pl.lcida y epicúrea tranquilidad del cisne de 
Venusa como la fervorosa candidez y los juveniles ar- 
dores del imitador. 

La naicrua del Sdhado Santo sí que es un dechado 
de sobriedad é inspiración, de arte sereno y majestuoso, 
donde se siente hablar á Horacio, pero A un Horacio 
cristiano; ilondc en magnifica perspectiva se suceden 
las tempestades del Occimo, los horrores del naufragio 
y la bendición del sacerdote que alcanzó d ver á las des- 
graciadas víctimas; donde hay, en fin, versos de ttmta 
dulzura como los siguientes: 

Puso Dios en mis cántabras montaflas 



SM Xt. &1GL0 XIX 



Auras ür inwrtatl, tocas de nieve, 

Y la vena del hierro en sus entrañas. 
Tejió del roble de Li adusia sierra, 

Y no de frá^l mirto, su corona. 



151 



En Dn uin fervoroso adorador de la forma como Mc- 
nííndezy PeUiyo sorprenden los descuidos de vcrsifirw- 
cián, que, sin embargo, le son frecuentes, con nlgiina»; 
excepciones como ta apuntada. Al traducir A Teócrtto, 
Prudencio, A. Chénier y Hugo Fúscolo pierde el sello 
de' la inspiracit^n propia, sín sorprender del todo la de 
los originales. 

Pero si el impariente espíritu ju?cnil le ha Impedi- 
do labrar sus ritreis con l.-i escrupulosidad necesaria, 
nadie que lea el epílogo de los Heterodoxos rs/iawo/c.-;, 
y otras cien fUijíranas líricas en prosa de la misma ex- 
celsa proíienie, neganí á Menéndez y Pelayo el vi}(or 
áe idea y pens.amiento, y la vívidí^ frescura de imapi- 
TuiLHón. quf bxstan & acreditar un ;di11a de verdadero 
poecn. 

En los aflos anteriores á su reciente fallecimien- 
to rlndi<í culto A la tradición clilsica en versos de 
laboriosa factura D. Femando de la Vera 6 Isla ', un 
tránsfui^dcl romanücismo, tan enamorado de Zorri- 
Its en sus mocedades, como, después, de Fr. Luis de 
LeiJn y Andrís Bello. Entoné en su primera ¿pí'cn una 
«■le^fo sobre la tumba de Enrique Gil, de quien fue 
arnt£:o y editor; cantó la-s ruinas de Mt'rida, el abr;i/o 
de Vergarft y la muerte de Espronceda; pero una nue- 
va corriente le inspiró sus traducciones de los Sal- 
mos, los rasgos A vuela pluma, y sobre (odo los so- 
netos. 

Son los nKJores los en que predomina la nota psico- 
lógica (ím aspiración y la imftoiencia. La puesta itti 



• l«MM * i> nMM»4* 4t tm r«r« / J(J«. pr*c*aM*t di «ato Mr^^M^n *■ 
■WM>w O. /mi ¿•rrtíU. Sitimtla tékUm. UMlrlil. MU U pHnirra «-puliiriA 



ISS t-A UTKRATlTtA USPASOI-A 

sol, Recuerdo. Los dos luceros, Cotitraslr dt rstado^ 
nes, Triste despertar. El liattpo, !m i'ifclta d la fe 
cristiana), y r;iyaríiin cn lo perfecto si el embiir.izü Je 
ta expre-^iiSn no empafíara el fulgor de las Ideas. Léase 
el siguiente, jiasando deprisa por algunos finales: 

• 

LOS DOS LUCEROS 

De su lecho de nácar pura y ticlla 
Se asoma al cielo la indecisa aurora, 
Y del alba el lucero la enamora 
Con dulce brillo al despedirse de ella. 

FroQio A esa tinta suave la atmpella 
El sol con lUmia altiva y quemadora; 
Nfas también, cuando se hunde y descolora, 
Va tras él consolándole una estrella. 

¡Dichoso aquel que, cuando ya del mome 
Huye aprisa la luz y apenas arde, 
Para que el t-efto de la sombra afronte, 

Con mirada ni turbia ni cobarde 
Vuelve Á hallar sobre el pálido horizonte 
Brillos en el lucero de la tarde. 

Venga A coronar á esta prolija serie, donde 
ido succdiéndose los más conspicuos íidoradorcs ci< 
clasicismo, uno que rivaliza con cuiílquiera de ellos 
grusto y discreción, y A cuyo variado y robusto numen 
sirven de moderadora ^fa el asiduo manejo de los el A- 
-sicos y la mAn severa cduciu-iiin literaria. Aunque na- 
cido cn las monuiñas de .Santander, paró en AmOríca 
D. Casimiro del Collado la mejor y más fecimda parte 
de su vida, y allí cedieron las viciosts lozanías de una 
imaRlnación extraviada por los caprichos propiosy por 
el ejemplo de Zorrilla, al difícil arte de la sabried^icl 
y la corrección, arte en que llegú á igualar A AndrOs 
Helio, descollando en primera linca entre sus iniíui- 
dores '. 



( paula* dt D. Caiti»fnntelOta»4»,ietaAeadfi*ia>ltiU»a. wr 
^ ta MfH Oif^iol^ Madrid. \m>. 



E."» k:. siglo iix 153 

Dejemos aparte los himnos rotnilntícos, á pesar Je 
sa cnti:>nacidn \'aroniI. para admirar esa joya del nrnla- 
dcro clubicLsmo que so Ibima Licndo ód valie patcrHo. 
Lieodo, nombre del lugar donde tninscurrieron los 
dios bonancibles de la infancia del poeta, aparece á suk 
ojos, dcsputís lie prolongada ausencia, con el halago 
roclanciilico dt los ret'uerdos. La antig^ casa soUiric- 
ga. el reK-tfiú ju^etdn. 

La s?lva que en gracioso laberinto 
Las laderas del término vestU, 

cuanto fue delicia de sus moccdiidcs, 6 ha desapareci- 
do, ó está desierto y solitario, sin una voz amiga que 
responda A la suya. Al impulso de encontradas emocio- 
nes dice asi: 

Valle donde benigna suene quiso 
Cercaran mi niftez dicha y tcmurii. 
Cuando goc*^ tu paz de paraíso 
No supe viüorar tanta ventura. 

Después maestra dura 
EnseftiSme la ausenria catre zoiobras 
A comprender. .1 desear tu calma; 
V vuelvo, como ves, de los excraflos 
Coo heridas de pcoas en el alma, 
Con la escarcha, en el rostro, de los años. 

Todo encarecimiento resulta inferior á lo que dice 
la lectura de tiin dulce poesía, en Li que el scntimícntü 
y \i\ corrección se aunan sin cmlKirazjirsc para níida, 
7 la sencillez verdaderamente homérica de la narración 
cxciLsa el tumultuoso conjunto de las imiigenes y el va- 
do de las frases huecas; poesía srrandii>sd que dignifi- 
ca y ennoblece hasta lo más insigniticante y, al parc- 
[oer, prosaico; poesía que es toda naturalidad y lla- 
ncca, porque no necesita de abigarrada-s vestiduras y 
oropeles fascinadores. Este tono um hondamente ele- 
g^hco desciende en linea recta de Rodrigo Caro y de 
Tomjis Gray; pero ni la sublime canción íl las ruinas 
de Itálica, donde se aspira el polvo de los marmoles 



154 LA LITEKATUKA ESTAROLA 

ilcrrulclos, y se ve y se palpa el liesprtiasaiio ajt/ih-aíro7 
ni ElccmcMlrrtoife aldea con su elevaU;i íüosofíu, tienen 
el carácter subjetivo y personal que tanto vigor presta 
Á la clc^a vcrUadera, como lo tiene £7 VfiUc patento. 

No menos bella es la Oda d México; y aun en las 
liras de La Prñttavcra, afeadas por ripios como el in- 
vierno qu£ ae pregona en ci voícán y el sol qnc contriS' 
la ai df¡o en esquives, hay primores descriptivos y de 
lenguaje. 

Realzan la exquisita sensibilidad del 5t. Collada 
un g:usto escrupuloso y un gran conocímíenco de los 
autores líitinos y de la Icnguii castcllanii, que poquísi- 
mos, t-ntre nuestros poetas del siglo XIX, lian ma- 
nejado con tanta perfección. De ahí esa variedad siem- 
pre fecunda de su frase, y esas audacias tan difíciles 
en nuestros verbosos y analíticos idiomas, y piíra las 
que. Tío sólo no es obstáculo la rima, sino ayuda y últi- 
mo complemento. iC6mo no aplaudir á quien así hu 
seniidu é idealizado lavirieren naturaleza americana, en 
vez de halagar pasiones poHücas de bastarda proceden- 
cia, ó de encender y fomentar el fue^o consumidor de 
las discordias civiles? 

Ingenios de esta talla son bastantes para honrar al 
clasicismo, demostrando además que nu es de suyo j 
esencialmenteexclusivista. Laaniifoia escuela atada por 
lascadena^dela RelóriCii,jam!LS resultaría fecunda; pero 
con las amplias y libérrima^ bases .-obre que se puede 
llevar á cabo su reconstitución, será un elemento de 
variedad y de belleza, un contnipcso li la denuigogia 
liteniria, un despertador constante que, en vez de gal- 
vanizar las tradiciones yertas y caducas, descubra á la 
lantasfa nuevos y dilatados horizontes; porque el cla- 
sicismo no consiste en los sueflos mitológicos y la ana- 
crónica fraseología, argumento gastado de muchos que 
lu combaten sin conocerlo, ó que confunden las doc- 
trinas con el abuso de sus defensores. 






jftr\'*-f^r 



■■ l^rff-I^P'H^ 



CAPÍTULO VIH 



CL TEATRO DESrvUS DEL RO&I.VN TI CISMO 



TuHy« >. 



HABLAR de Taraayo es hablar de un muerto. Liir- 
iios aflos hat-'e que ithandtmó la escena el ins- 
pínulo autor de Virginia. Locura de amor, La 
riía-hnnhra. Lxi bola de tiitmr. y tantas otms produc- 
ciones H\iv fueron delicia y udmiración del público en 
aquel periodo brillante que siguió al romanticismo, y 
que se extiende desde lu época de la dominación de 
los niMlcntiloK basta la revolurirtn de Septiembre." Esto 



> i ' Manatí Tanayo y Baan natlA en UnilrU t-l afl« tR^ L« clfViMWU»* 
-•lia éK pnvnr(«r « un* tnmliu <k Ktnrrt y anioro •1riimAiic<K. lomcnio oi 
(1 BTiA r:- ,i<'ti'»i ilc^-tillita T prrwvtrmntr par* rl mli-B, CiunJn non no i'nnU- 
bJ I idad hIM un arrrclA drl lranvV% may .iplaudltlr'. y huhn He 

■a) !.>>m b(>xA4 ilr \a madrt. la raitnml? tvirli l*nila Joaquina 

|i«ai. iH-iroiptOA nia« adrla&u lU onrl*^ <^ AilmlnltiiaiziM iIb jitanJatai 
■ai Aftkiaací liittariai. ñi\ U'dc Junio de Uff» Incrnd «oao inJivklan «k* r<i> 
•MS •« U A<a>dnnln E*T>k6ola. .)Ik k nombrd *u iwcrvtatlo |><r|wti>o. Pup 

•*r~ • — t-<nlc la lUMIatrca tk) Innitiio Je Snn ttlJn, y hoy *» P(t»w- 

V'- 'i-ai|Mr»t*tiM<Tlsltnonnnit<Tuin|(n[o(|i'l UlMvtit» D. Atctamlio 

r>< .■■' ^ \ f , ,1 hatta la iTvnlB--«Aa Ja SiTrttatiiHrt. üt*'*' 

m-t 1i<U. F-l ii.-lwaimntc uv aUolca Ae «hifDn 



IM LA LITEItArURA ESrAKOLA 

que dijo, hace aflos, D. Manuel de la Rcvilla ', es hoy. 
por de?ffracin, tancí verdad como entonces, pues st- 
STUe Tamayo muerto para las leti-as; y salvas una li otra 
acta académica, redúceose codos sus trabajos al anó- 
nimo, aunque, scg:ún cuentan, muy notable que em- 
pleó en Ut última edición del Diccionariu oficial do la 
lengfua castelliina. Sus triunfo;? dramiUícos no son de 
los tiempos actuales, sino de otros relativamente apar- 
tados; y ni su gloria, de que es muy p«-o cuidadoso, 
ni los consejos y estímulos mrts apremiantes, basUin A 
sacarle de su obstinado y casi inexplicable silencio. 

Sin embarfiTo. en unas poeas obras, que en su mayo- 
ría tienen asegurada la inmoruilidad, recorrió, y siem- 
pre con grandísimo ¿xito, desde la trag:cdia clásica 
hasta el dnima shakspeariano, desde la alta comedia 
hasta el humilde proverbio y la pieza de circunstan- 
cias. Fueron sus primei'as tentativas Juana de Arco, 
imitación de Schiiler (1847); E¡ 5 de Agosto, drama ro- 
mántico original; Cna apuesta, comedia arretíljida A la 
escena espaOob y en un acto; Una aventura df Riche- 
tieii, dn«na calculo sobre otro (raneas de Alejandro 
Duval: y Angeta (13 de Noviembre de 1832), drama 
en cinco actos y en prosa que recuerda el conocidísimo 
de Schiiler Ititriga y amor, y sobre cuya origimUidad 
se discutió mucho en los periódicos. 

Tamayo volvió después los ojos ñ la muerta tradi- 
ción de Racine y AUieri, que en Parts intentaban resu- 
vitiir Ponsard y sus discípulos, y que en Espafia había 
inspirado alpunas obras de D. JosO M. DU\7. y la .'\vclla- 
ncda, y la Sara de D. J. J. Cervino. Parece mentira 
que Tamayo creyese posible la restauración de la anti- 
fíu;i tragedia, aunque adaptándola á las necesidades 
creadas por el romanticismo, concediéndole la va- 
riedad de tonos que antes no poseía, y despojándola 



■ o. JhiMwl naoM t JBow. artlciUo IdcMIJo ourc taa i 



lUwrviBs. 



EÜ EL SIGLO XIX 157 

del mulestn ropiijc con que %c la de»fif;urú en Europji 
de^t el siglo XV'II. Sin nejrar que lal convencionalis- 
mo procedía de conocer impcrfcclaraenic los ttandcs 
modelos de la antigüedad, todavía es cierto que Ui tru- 
icdifl clüsica, aun en su mAs amplúi forma, no puede 
«menerse con (jloria en las literaturas de hoy, como 
togemlrada al fin por una cívilizaciún y unas costum- 
hm distinrísimas de las nuestnis, ni menos fundirse 
con el dnima moderno, de lo qui- sólo podría resultar 
un pruducto híbrido. Las razones de Tamayo en contra 
00 tienen ronsisiencia; pues practicada la fusiún dedos 
elementos, como é\ aconseja ', el uno habría de sacrifi- 
lardc por necesidad, resultando el otro casi anulado y 
períeciamenie intitil. No es esto proscribir el estudio de 
los cljksicos, sino darle su verdadero y estable víüor 
por lo que se refiere al conocimiento del corazrtn hu- 
mao y al insuperable tw quid m'mis. de que son y se- 
rdn eternamente dechados. En lo denuis, Shakspearc. 
ÍJípp y Calderón deben preferirse A Esquilo, Sófocles 
J Eurípides; ni da A entender Tamayo otra cos;i en 
^ prictica, ses» ctuU fuere la intención con que hizo 
1* :ipoloíín de la tnieedía, al dar A luz la única suya 
<|i» poseemos. 

i'irginia, centésima reproducción de un arfirumcn- 
to pistado, aunque muy hermoso, alcanzó gran 6xito 
«o Madrid [7 de Diciembre de lhó3) », al revés de lo 
1"» hubo de suceder artos adelante con I-a muvrte <ic 
^fiar. sin embargo de que el m£ríto de VirgiNia estri- 
í* prinrip;U mente en la perfección de las formas, que 
V" iy común no sabe aprecúiB el público. Con la scgu- 
ridail propia de los enmdcs ing"enius dramatizó Tama- 
haciéndola humana, la personificación tradicional 



* Ca <u cuna tn.MjtntKlCalteto. que, jonuincatccMitaCMiUaiBClAM.tof 

I Mbre I» Irynilc micaM * IVmUn «a bt tidroisra 4nni4iifa «w4(rna. 
panUa dt Jmta* JTKutfM, \. L pac». «6 <f dmknicU 



1S8 T.A LITEAATUHA. BSCAJTOLA 

del estoicismo íemcninu, y ü Jos. rasgos felices de sus 
predecesores aftadid otros fundados en el amor á In 
honra y A la libertad. Para ennoblecer A su heroína, 
-dAndole un cierto carácter de ^andeza moml y cstú- 
tica, convirtió á Icjlio de desposado en marido; cinuns- 
tiinein que pcrjudio» mucho A las rcclamíiciont^ que 
pur lii libertad de Virginia hace su padre, y á la lernin- 
dczji sublime- de lii situación última en que Vlrg^inio 
clava el puñal en el pecho de su hija cujindo yn no le 
IK-Ttenece el derecho de vida y muerte sobre ella, ex- 
clusivamente propio de ícilio. Pero con todo el rigo- 
rismo-de l:i crítica que ha denuncijido esta inverosimi- 
litud contra Isia costumbres de la sofiedad romana, 
siempre serA admirable el JiAlogo enuc Virg^inia y su 
podre: 

^'I^GIK1A. Ten, mi (rente besa (Dáttdoit eí putíalj, 

Y aoaba. 
ViRoiKio. (Horrible acero! 

VimihMA. íFres mi padre? 

ViRGiKio. ¿Lo dudas tú? 
V'iRcuciA. I^ dodaré .si tiemblas '. 

Esta vifforosa austeridad de frase recuerda A AIR^ 
ri. de quien es distintivo y en quien Ucíra A fastidi;ir 
por su eterna munotonía; no así en Tamayo, 4U« la 
i'ombina con la exposición razonada, caminando siem- 
pre A igual distancia de los dos extremos. Por todo lo 
cual, sumando los primores del fundo con los de estilo 
y lenguaje, qucdarA la Virtíinia, A par del EiHpo y La 
muerte de C/sar. eomo una de nucstriLS mejores trage- 
dias, si ya no hemos de considerarla en absoluto por 
la mejor. 

El buen sentido de Tamayo le hizo reconocer des- 
pués del triunfo lo ixrligroso del camino que hitbía an- 
dado, y las ventajas que sobre él le ofrecían los del 
drama y la comedia modernos; y comenzando por el 



< Acia V. e««iu Olllnul. 



Bit BL SIGLO XIX lü? 

dmma. raiTibití, en colaboración con D. AureUano Fer- 
niVnüez-Ouerra. el admirable que lleva por título Ím 
riia-kL'ntbra (teatro del Principe. "JO de Abril de 1854). 
y en el que se alian 1a exactitud del retrato y cl varonjt 
arranque de la creación. Doña Juan.1 de Mendoza, la 
noble y altiva dama (con la que tan bien supo identiH- 
car»e TetHlora Lamadrid), la mujer fuerte que inmo- 
la «US afectos amorosos á la ley del honor, desposan- 
do al caballero de quien ha recibido una bofetada en el 
rostro, y al que anieriormenie mcnospreiió, para que 
DO pudieni decir<;e que la babfa injuriado ningún hom- 
bre fueni de su marido, es una figura de alio relieve, 
-con \i\ que forman primoroso grupo D. Alfonso Enrl- 
qucz, fl poje Vivaldo, lícltri^n y María. 

Vh*aldo alimenta en su alma una pasión violentísi- 
ma hacia su sefiora. que tampoco es roca insensible, 
ni deja de espcrimcniar alg-o de aquella incendiaria 
llitina: pero la virtud y la religión bastan para que la 
ricahembra se sobrep«>nga d sus instintos, desarme la 
espada de los celos vcngadore» que D. Alfonso vu á 
des*,-argar sobre cl atrevido paje, traíera ii mA?. nobles 
pcnsuoiientos al propio Vivaldo, que empieza á corres- 
fiondcr ul desdeñado amor de Marina, y. como ¡ingel 
«Je paz, labre con su siicrilicio la dicha y el sosiego de 
todos*. 

Kl diólogu del drama rt-une ki concisión cliisica con 
cl idealismo y la piicsia espU:ndt>rüsa de lu es«'uelu de 
\jatK, en la forma que indiairA la siguiente esccn;t en- 
tre cl esposo y el amante de doña Juana de Mendoza; 

Ü»Alfoiwo. ijCierLi e» mí deshonra, sí; 

iSirrvu alevfl ;Esposii inlieUJ 
VlVAtOo. ÓT amblen tiene celos élt 

Sufra lo que yo sufrí.) 



■ La xioAa p.ivi en \a\ iktnfkM do D. Jiun I ilv CuitlIU. j na fo k» Je 
t) fNrfnt I, «nao Jkr draitD'JBOKnir CíihUto Hul^bstd. piinlQ que dotk la 
fiFUKt» EM^aa im\ dmmB te «uponm mncriat n In baialU i¡k Altutxamta al 
"-• '" * al irUntr opuan de ta (IC»'licin)Ka. 



^ 160 


LA LITERATL'RA SSPAROLA ^^^^| 


^^^^1 D. Auwttw. 


(No hay duda: de verlo acabo.) ^^^| 


^^^H VlVALDO. 


(Salgamos; mi safla ardiente ^^^H 


^^^^B 


Domar no pucdo.l ^^^H 


^^^^H D. Ai.po.isD. 


Detente. ^^^H 


^^^^P VlVALDO. 


Perdonnd. ^^^H 


^^^^1 D. Alfonso. 


(Relente, esclavo. ^^^H 


^^^^B 


iOhl... Me alrtMitiiis sin razdn. ^^^| 


^^^H V. Alfonso. 


A mf me oTcnde tu lengua, ^^^H 


^^^^B 


Y no le escarmiento.... ^^^B 


^^^H VrVALDO 


(¡Oh mencuatí ^^H 


^^^^V Ü, ALF0>C80. 


Porque me das compasión. ^^^H 


^^^^1 


;Compasi6nl ^^^H 


^^^^1 D. Alpohso. 


CAiífiaHUÍndose.JiQuéatTtvimiaitoí ^^ 


^^^^1 VlVALOtl. 


No h.igais de piadoso alarde. ^^^| 


^^^^B n. Ai.rOKso. 


|Vil. mal iiacidu, L-oburde!... ^^^| 


^^^H Viv 


Apurad mi surrímícnto. ^^^H 


^^^H D. Alfonso. 


De eüo trato. ^^^B 


^^^^^ Vívalo». 


Pues fe ^^^1 


^^^^^^w 


Que si se me apura mAs ^^^H 


^^^^^^P 


V olvido quien sois... ^^^^| 


^^^^^^ D. Alfonso. 


•Qué hará»? ^^^H 


^^^^K Vivalix}. 


Dios lo sabe, y yo lo s¿. ^^^H 


^^^^H D. AljrOKSO. 


^^H 


^^^^H 


MI valor probaros. ^^^H 


^^^H U. AlJ'O.NSO. 


^Tú? ^1 


^^^^H Viva LOO. 


Ahora mismo. ^H 


^^^^1 D. Alfonso. 


¿Dftndc? ^^H 


^^^^H 


^^^1 


^^^H D. Alfonso. 


^Provocarrou usarás? ^^^H 


^^^H 


^^H 


^^^^1 D. Alfonso. 


¿Y pelear? ^^^H 


^^^^H VlVALDO. 


Y mataros. ^^^H 


^^^^1 D. ALF0.N80. 


Pues ya aquí, tcnln entendido, ^H 


^^^H 


No h.'ty vasallo ni liay señor. ^| 


^^^^B 


Pues vos sois el vil initdor, ^H 


^^^^B 


El cobarda, el m.il nacido. ^^^^| 


^^^H D. Alfokso. 


Haz de tu impudent:ia ^^la. ^^^H 


^^^^M 


Pronto probarás mi furia. ^H 


^^^^M 


Kada reparo: la injuria ^^^M 


^^^^M 


Con quien me oiendc me iguala. ^^^| 


^^^^m D. Alfonso. 


Dices ^^^^^H 


^^^H VirALDO. 


Fuerza es ^^^^H 


^^^p D. Alfonso 


|Vengai)r.af ^^^^^^^1 


^^Li VlVALDO, 


Vengarme quiero. ^^^^H 



BU EL &1GLO xa 



161 



D. Alfoxso. Ved mi copuda. COcsnuddndolu,} 
[Vjvaudo. Ved mi acero. (Hacivntio to mtsmo.j 

Id. AL-Kti.-fso. A matar, pues. 
|ViVAJ,po. o fl morir. 

>. ALfo.TSO. SI, qae en matar ¡vive Díosl 

O en morir mi dicha fundo. 

Btro drcfü, que yn en el mundo 

No hay lugar para los dos. ' 

La gloría de Tamayo. compartida aqu( con un cola- 
boradur ;1 quien le unen los lazos de una amistad casi 
nitemu. hrílló aún con más intensos y paros rcsplan- 
res en La foctira dfl amor {títr>5). Desde Calderón y 
Lope de Vefía acaso no conoció Esparta cosa somejan- 
', Parecía ÍLiberse derramado sobre l;i frente del poc- 
m novel ta inspinu-ión ile los dos fnpinte'; del teatro 
«¥purt'.>l, ami;:iihkmencü unida á la dv Slmkspeare y 
Scbiller, con algo de García Gutiérrez y Harizenbusch. 
Algo nada m/is: porque Tamayo, conocedor profundí- 
I simo de los recui-sos escénicos, no se dejó seducir por 
L la pompu h:UatrUcfla que sedujo & nucslros romilntícos, 
By pOMJ empeño en la x'cnlad y cojisccaencía de los re- 
Ftnií'js, en el an.'UiKis psicutógico, en la interpretación 

»úv l'-rs afectos, cualidades tan difíciles y tan descuida- 
<las tvista él entre nosotros. Aquí encuentro yo la cln- 
Tc pam explicar cómo en La focrtra de amor, y en casi 
fc lodos sus rcsuinies dramas, reemplazó el verso por Iíi 
Hfvou, H pesar de* lo mucho que contribuyen li velar el 
Híno y X descubrir la otra los x-acios y decaimientos del 
"fondo. No puedo creer casual csíi sustitución, ni menos 
mutiwida por la diticulcad de la rima, que tan dicstra- 
mcnit- numeja Tamayo en otras ocasiones, por ejemplo 
ca La btfta de ittt"l'i\ 

ArrÍt^>cado cmixflo el de transFomuir en l»s tablas 
nM iWtnomia moral tnn conocida como la de Doftn 
Jmmu lo Loco, la infeliz consorte de Felipe el lícrmo- 



.\'-\m 111. .— twi MI 

lOMO II 



n 



1£C I.A UTfiKMURA ESTABULA 

SO. y que tanto (jana en Interés y slmp:itía al conven 
lirse su locura en locura de amor; amor ardiente, ^c- 
ncri>so, dcsinteresiido, ;iunquc tan sin ventura y tan nia- 
laincntc rorrcspondido; amor cánUidu y celoso como 
ti de un niflo, y en cuyo fuego se transfiguran y digni- 
fican esas nimiedades t;in sublimes, esos arrclKi oimien- 
tos irreflexivos y esa omnisciente prudencia que van 
dándose la mjino en el decurso de la obra. No entran 
en el afecto de DoiVi Juana el raciocinio de convenien- 
cias sociales que pone Calderón tD boca de todos sus 
celosos, ni el vehementísimo y arrebatado impulso de 
Ótelo, sino que es algo mils complejo y de mils difícil 
interpretación: un conjunto dt: piisionesantit<fticiisi:as¡, 
aunque muy hondas y muy humanas. Vemos Á la Kcl- 
na sin ventur;i convenirse en Argos del esposo infiel, 
seguir cuidadosa todas sus huellas, descubrir todos sus 
secretos; iK'netrur, valida de recursos ingeniosos, en 
la morada donde vive su rival; arrostrar, cuando la 
tiene en palacio, el suplicio de la evidencia, y atormen- 
tarse á sf misma para hacer lugar á la duda, palpar las 
infamia»; del Rey y pagdrseUis con nuevo y mils 
hemcnte cariflo. Sabe que la tienen por loca, y al 
mo tiempo que desh:ice todas las maquinaciones 
SUR rivales, paret*e darles la razón en aquel monólt 
que enorgullecer ia al primero de los primeros trille 
del mimUo: 



«iLocft, loea...I ¡Si fuera vcrdadI;V por qué no? Los i 
dicos lo aseguran, cuantos me rodean lo creen... Entone 
lodo seríl obra de mi locura, y no de la pcrlidia de un 
poso adorado. Rso..., c<io debe üp .ser. l->lipp me ama; ni 
ca estuve yo en un mesón; yo no be visto carta mne^imn: 
esa mujer no se llama Aldara, sino Beatriz; es deuda de 
D. Juan Manuel, no hija de un Rey moro de Granada. jCó- 
iiio he podido creer tales disparates? Todo, todo, electo de 
mi delirio. Uíme tií, Murliuno (tiiri sitándose d ruda uno de 
los /vrsonajts ifue nombra), decidme vosotros, scflorcs; 
vos, señora; vos, capitán: tú, esposo mío: ¿no es cierto que 
estoy tocar Cierto es; nadie lo dude. ¡Qué felicidad, Dios 



EX a. SIGLO XIX 



»i3 



demo, qué frtlcldadf Crci qac era dcsgrncfadn, y no ern 
ao;¡efa que eswbíi local» '- 

Pcfo de hecho cI Rey se había cnamoniüü pcrdi- 
lUmcntc de Aldara. verdadero nombre de la supuesta 
Ikutrix: y. i\ trueque de t-i>nseifuir su correspondencia, 
(ksoin el insistente curiTio de su esposa y las voces de 
dcs^onicnto que cundiíin en derredor suyo, no apiííríi- 
4ui por las de una turb:i de eompnid^/s iiüulaüvre?). 
JUdam ndmitift los obsequios de Felipe, no porque 
■ if tcaniíise, sino por encelar ¡I la Rctna, ¡^ quien 
rival suya en el alecto del bizarro D. Alvar, 
' constante de dofta Juana y enemigo de adve- 
tlamencos y espartóles degenenulos. Gracias 
1 Almirante de Castilla no se ve nunca ¡ibjin- 
la causa nacional, por cuyos fueros vuelve el 
frito de ta muhitud im'laün, siempre que se le prc- 
1' hivstíírtí- ^ 
- -„:ilIo cI Rey D. Felipe, desatada la trania en que 
It ImbUn enredado sus malas pasiones y las compln- 
de sus rtulicos. siente descender sobre el cria! 
corazón la lluvia bicnherhora del carino hacia la 
todo lo sacrificaba por ^1. toma la acciOn un sesgo 
Enspenido, tennín;lndose con la muerte del monarca. 
itra la que en vano lucha la inquieta solicitud de su 
. Las sublimes frases Je dona Juana, dtnrmr, 
mfo, duermr..., rfwfrwr..., dirigidas al ínjmimado 
iver. cierran con broche de oro este pr.Kligio escé- 
qoe, con fortuna no frecuente en las cosas de Es- 
dio en pocoK anos la vuelta il Europa, entusias* 
ú espectadores y críticos, no sOlo en los puises 
r- ' : ""rtdo^ con nosotros por la comunidad de 
' irías, sino tamhii^n en Alem^mia, donde 
4poca su rci>rcsentaciOn '. 



r par U iml«CE)i>4 d* (ivlHvnno llndimi. Cm i'aia 



IM LA UTElUn-RA BSTAÜOLA 

En ffijo y madre palide<:i<> la estrella de Tamayo 
para resurgir con nuevo aspecto en La bola rfc m'ti-r, 
dando rt conocer la comedia de costumbres ajustada A 
una paula que no era la Je Muratin ni Iji de Bretón, y 
de que apenas había precedente en nuestro moderno 
Teatro, fuera de fíl hombre de mitmio. La rasiím de los 
celos, realzada con lumbres de fj^loria en La locura rfc 
amor, viste una nueva fase en La bola de m'eve. Esa 
sospecha infundada que al principio no atormenta, que 
paulatinamente se transforma en molesta pesiídilla,' y. 
por último, en encono ciciro é irracional, está encar- 
nada en dos hermanos, Luis, enamorado de María, y 
Clara, de Femando, ambos obstinadamente incrOdulos 
a las mAs sinceras demostraciones de cariño. La suspi- 
cacia de los dos cieg;os voluntarios les induce rt ver tu 
sus respectivos amantes una softada reciprocidad de 
afecto, que llega á ser verdadera para eastipo de los 
culpados. 

<C<>mo ponderar debidamcnie la maestría, la naiu- 
mlidad, con que van eslabón iíndose las jíradaciones de 
la pasión celosa, hasta provocar el duelo entre Luis y 
Fernando, hasta convertir el desvío simuItAneo en ley 
de atracción morid paní los corazones que lo sufren.' 
Fípurímonos á Taifa con coturno, ú fi Mclpómenc sin 
pufial, y ese serA el símbolo representativo de Lo hola 
rfr nievf. Tamayo ha introducido dos soberbias escul- 
turas femeninas en la gíUcria que formaban Otelu y 
el Tctrarca de Jenisalín, con otra multitud de herma- 
nos menores; ya se ve que aludo A Clara y á Dona 
Juana la Loca. 

Hl gran dramático tenia bien merecido un asiento 
en la Academia EspafVola, y lo ocupó en 1859, pro- 
nunciando ron este motivo uno de los más oriKÍmi- 
les y hermosos discursos que se han oído en lalcs cir- 
cunstancias. Versa todo sobre la verdad en el drama, 
asunto difícil que extensamente desenvuelve el autor, 
apelando íl los principios m;is libres de estética, y á la 



Elt El. SIGIA XIX 165 

fampiracliín del arte anti^o y propio de las nuclo- 
iKs paisanas, con el moderno víi-íñcndo por el Cristta- 
- ~ y mas amplio, mAs filos*>fico, mfts sublime en 

ccpcioncs. Mirando desde este punto de visca la 
diferencia entre el clasicismo y el romanticismo, entre 

:imicnto artístico de la naturaleza exterior y el 
— :,:.ritu humano con suí mundos incógnitos, sus li- 
liaKw; esfuerzos 6 insaciables aspiraciones, atribuye 
ron toda justicia al arte moderno la palma del triunfo, 
''-""'■^ de hacer un recuento de sus tesoros desde 

-are y Calderón hasta Gutfthc, St'hillcr y el Du- 
^lotilc Kivu;. Juzgados se^n este criterio, son pam él 
románticos tt>tloA los grandes maestros de la escena, 
hiBtad mismísimo Muratin, que lo es, dice, irontra toda 
«ITOlunUld '. 

El repcrtoriu de Tamayo después de ser aradémico, 
t»s(Jlo isiuala, sino que excede al de su primera época; 
poqnc, sin perder nada de vigor en la fantasía crea- 
dom y el genio aniílítico, iba perfeccionando su cono- 
"í^' :mo de los recursos teatrales, y purificando hasui 

- insignilicantes pormenores, en el crisol de un 
KQsio escrupuloso y refinadísimo. Cayó en sus manos 
Una obra francesa. Le Dtic Job, de León Laya; y, 
<quicn lo peDsíiria? lo que quizA hubiera sido uaduc- 
ciihi uiliKcnada y ttr ptnir Imramlo. se convirtió en 
■KCnlík-o arreglo. Je los que mejoran un buen nrigi- 
W '^mirado con cien ojos para encontrar sus Uncos y 



nr*.^t ntr pjimtrlo 41K mumc en cieña nwiitni mAo tt dbcurwr «Scvic- 

' iBtlc driaiiOi'oi A icrrno Inno contcnlJ') m ctrcn Je Ititr», 

II ]r ■! |Mrnta> (Thi«llnat «kim*, rMrfCfVPi modoniaai imi. 

iili4», Un < BiJa .(Ur al |<am'i r I» lloilU. ikv^i^Aa A iDt (i^m, na 

■ Mt )^aiUvina,>lpciit\rar luLita la lünil«. m ,ii»t Jv lo4a>««.n 

•■'•■iii iviiiu lú nUipnviOM) y adnlroMi:: tocnoH tir»o de Vmii a^Oil. 

'*^>iiin.t;w 'nj>iiatiic«teai n|i<Mi ln(«rtnBlla:üi1e. vniMel carro át EUftV 

^, toca en la tlvrr». f v«ct*c df<rtil(«ulo Hsniíi, A conhMdlr- 

- .1......1. H«ntiint)el1n; r| Oim n raíMUar.t tH* cu im « Mi'dHM'O* t- 

«^^ >4AMMf «M ta <«r(>aA> áailf ;t #; la Jtear «inMfrwM UImUMiv ToiMO n. 



166 LA UfBRATtiRA EVA^OLA 

sustiniirlos con bellezas, Lo positivo va encriminaao .1 
rt*mh;tiir en su rjifz la t-nferm«lad epidOmici que alli- 
íít' al siglo XIX: la tendencia universa] íi nivelarlo lody 
por el vil y proseo rasero Ue los placeres roaterialcs. 
Al apüirccc-r tó f>o¿itivo en t-sccna (1862) tcpía i.| 
rhar ton un n-fUtrUt» tanabrumaUurtomu el de / 
lo por ciento, de cuya represen tatñón primera le sepo^ 
raba un afto srtlo, tiempo insuficiente para hacer quetic 
ulviJara un triunfo tan esplíndido. 

Sin embargo, en medio de la afíniílad del prnpó- 
sitü reina gron desemejanza en la disposic¡<^n gene- 
ral y en los respectivos personajes; porque, si El tanto 
por ciento ostenta mayor aparato, como para resolver 
inapelablemente una tesis. Lo positivo remueve coR 
su m.'igia las más secretas y delicadas fibras del c<r* 
raztin. 

|Qu(> deliciosa candidez la de Cecilia, lutnismu cuaO" 
do habla A impulsos de su inocencia que ctiando repite 
eun palabra torpe al^o de la jer(?a positivista, sin com- 
prender el alcance de un idioma tan ¡Ispero y malso- 
nante en sus labios! Al ulr de ellos las nuone^ que da á 
Cecilia su padre para desdeñar el amor puro de su pri- 
mo Rafael; iú ver próxinuí á ennegrecerse la rt»«idu 
nube de felicidad que iba A cubrir tas frentes de dus 
eriaturas nacidas píira formar una alma sola, se sienten 
cierto frió Rlacíal y aversión instintiva al espectro que 
se pone por deliinie, y que no es sino el becerro de or» 
adorado por lii sociedad moderna. El ¡rran dramaturpj 
conjura el conflicto que podría resxiltar de esta situa- 
ción, é introduciendo al Marqués como un án^el tute- 
lar, hac« rico al desdeñado Rafael, discreta y avisada 
á la candorosa Cecilia, y A los doí contentos y f ' 
volviéndonos después de leve rodeo al punto de p^- . 
al idiUo encantador que se espera desde las primcnu» 
escenas. 

Adviértese en las comcdi;ui de Tamaj'o xm incre- 
mento progresivo, no pnecisamente por el valor ab: 



ES ÍL 61CU> SIX 167 

tvto, sino por el carActer batallador y de optiriuniUiiü, 
M revés de lo practicndo por Avala, A quien siempre 
Intlioó su estrella por el Áspero camino de los proble- 
ntu achiles. Triinsito mils difícil que üe La f>o/a tic 
iñrvt A Lo positivo, hay de Lo positivo A. Latuea lie 
honor, uno de tos strande*; pirniiof iicocatálicos que no 
Je acaban de perduruir á Taniiiyo los enemigos de sus^ 
ideiis. En Lances de honor se estigmatiza esa infame 

■ ' -ília que se llama duelo, lialdón de liis naeicvnes ci- 

■ li/.iJas, costumhre de salvajes, y brutal apoteosis del 
*Jtilo sobre la inocencia. Cuando Ferrari en Italia tnm- 
«íffw con la odiosa necesidad impuesta por las preocu- 
ríi-v,nes sociales. Tamiívo la condenaba recia y varo- 
nini-n[i'. levantando un monumento al arte y illa moral 
pilNica, que vive y vivirA á despecho de improvisados 
Ariíitiiri*os. 

ün hombre de bien que, mirando sólo íi su con- 
ciesrin. dice «¡temprc y & todos la verdad, y consideni 
e) acta de diputado, no como un medio de e.scalar la^s 
■' V del iwxJer, sino como una carilla molesta y espi- 
de encuentra por dos veces en el sagrado del ho- 
CW con la arroKunte provocación de tm reto; mas pre- 
valido de su virttul y de su fe rclÍgios;i, contesta ri»n 
el ücsdén.y la rotunda negjiUva. Y aquí de los falsus 
deberes sani'ionadoti por la costumbre, y la consplra- 
drtn universal dislra7-ada con el nombre de convcnicn- 
«ria: el mundo condena al hombre honntdo, y cnsal/a al 
provotador; y el hombre honrado, que siente agolparse 
Asa comziín In san^n'^-' toda de las venas pidi&ndolc 
venpnn/^i, que ve manchada ku frente con el estigma 
de 1.T reprobación pühWca, y acotados los últimos re- 
ran;u& de su paciencia sin consefruir nada, como no 
SCO hacer mAs grande su deshonni, sucumbe .1 la lon- 
tacián y se decide á aceptar el duelo. Pero el que 
«e concertiihii entre el infame \'illena y el honrado 
D'Fablrtn no ileija á vcrilicarse, y si otro entre sus res- 
pectivo» hijos Paulino y Miguel, mutuamente enemis- 



LirBRA TI/KA BSPAÍf 

tiíJos por el Ueseo de vendar ta afrenta de sus pndrc 
Cuaiido éstos UcRan (I socorrerles, ya ha recibido NI 
(juel una herida de muerte; bien que, corriendo con 
aceleración del temur, ;iún puede la virtuos;i doflii Ca 
Ueliiria recoger el último suspiro de! hijo moribum 
después de lialxffle hecho reconciliarse con Dios porl 
bendición sacerdotal. El lujrar de! combate lo viene 
wrde perdón y ¡irrepentímiento; purque, presenciiini 
aqucllJi des^rradorii escena, se pcrdoniin los dos 
mígos irreconciliables, siente el mismo Villenu renat 
en si la fe de sus primeros aflos, y perdona con beroíi 
mo de neófito un bofetón recibido del hombre A quien 
injurió iniciando con ello la fatiUica serie de timios de- 
siistres. 

Salvando la inverosimilitud de este incidente, nada 
hay en Lances de honor que no estí dispuesto con maes- 
tría, hastii el entorpecimiento do la acción primitiva 
por oint inesperada; pues para el intento de 1 "anuiyo, 
que es la condenación de los duelos, no pudo bu-scar nuls 
persuasivos acusadores que á los dos padres, recono- 
ciendo en sus hijos la culpa que en sí no reróOtKian. 
Ut lucha de D. l'íibián consigo mismo y con las aman- 
tes reconvenciones de su esposa, es un dechado de sj- 
luacioncs dramáticas, y tanto ellos como los personajes 
subalternos se si>stienon n unn alturasieraprcgr;tnUi( 
aunque desig:ual. 

Pero el autor de tantas niaríivillas escénicas 
subir más alto..., más alto..., y desde las cimas adon^ 
se remontó triíjoíd Teatro Un drama nuevo (4 de Nfcy 
lie 1867): 'esa producción, dice RevUla. en que todo 
ndmirnble (incluso el lenguaje sentencioso), en la qi 
palpita una inspiración gigante, en Ui que las pasi( 
nes humanas vibnin al unisono con las que Shak.spca- 
re pintara en sus obras inmortales,. y la fuerza dramü- 
tica, el efecto escénico, el terror trágico y la atrevida 
originalidad de las situaciones llegan á punto altísimo 
de perfección; producción que hace (xilpitar todas las 




Bt EL SICLO XIX 169 

flbnis del corazón hufnano, y que lo mismo JirnincíL lA- 
in'inias de tcrnum y de piedad que gritos de terror y 
espuniu; produciión, en sumii, que basta, no ya para 
gloriñcar A un hombre, sino pant enorgullecer á un 
puehiu." Cito este párrafo de Revilla, que iwdríi no ser 
muy correcto, pero sí desinteresado y elocuente, para 
decir con palabras de un testigo nada sospechaso lo 
<iuc en boca mía pudiera serlo de parcialidad. 

Bien que no necesita de encomios (/m tlrama nuevo. 
donde Tamayo, al introducir en la escena al gran 
ir^co Inglés, pareció arrebatarle su inspiración crean- 
do peiNonajc^i que él hubieni tenido par suyos. Como 
empiezan por li(fera*i nutxíiillas \\\s tempestades del 
ci*-*Io, así empiezan aquí las del alma por un capricho, 
por urtí sorpresa insignificante; pues si el tierno ¿ in- 
felicísimo esposo Vórik, cuando se empella en repre- 
sentar un papel, para el que Shakspeare y sus com- 
pañeros le niegan aptitud, mueve más A risa que íl eom ■ 
pasión, pronto se ven acumularse las sombras de Ui 
dcffdichn sobre su serena frente, hasta que le llega el 
casa de abarcar con la mirada atónita toda la profun- 
didad del abismo. IIl pcnsitmiento capiUil adonde con- 
verge todo el poema es originalisimo, y de tal sublimi- 
dad tfiigiea, que túrbala vista y hiela la simare, hacien- 
do prorrumpir A. un tiempo en gritos de horror y de 
cnta<ú.-ismo. Cuando Vúrik (el Conde), Alicia (Beatrizl 
y Edmundo (Miinfredo) se convierten de actores de im 
drama imaginario en actores de otro drama tan real, t:ui 
tremendo y palpitante de interés; cuando to> itpó?itro- 
fc4 al amigo y A lu esposa injieles se dirigen repentina- 
mente d los mismus personajes que ocujian la escena, 
dud.-i uno por un momento si la ficción es verdad, y 
todos saben que en las represen t;u:iuncs de Un drama 
rruevo siempre caen en el lazo un buen número de es* 
pcctadores de entre los que lo son por primera vez. La 
CT k'I argumt-nto represcnuí un asfuerzo titrtnieu 

y no, du CS.JS que sólo aparecen como por ca- 



17n LA UTERATtTRA BSPAÜOl^ 

sualiüad aun en los grandes maestros: y en cuanto á 
Tamayo. bien pucUe asegurarse que Uh drama tturva 
es hi más ¡uJmiriible y lu nuis aclminida de sus obnis- 

¡Ví^rik! ¡Alicia! ¡Edmundo! ¡Walionl iShakspenrt'! 
¿Quií-n puede olvidar esta regia familia de seres á los- 
i(uc dio forma plástica la fantasía, músculos y nervios 
la idea, y la pasión sangre y movimiento? Nunca tvi- 
blaron con mAs clucncncía su idioma propio hi confia- 
da candidez del bueno y el súbito despertar de la in- 
dignación dormida, la medrosa conciencia de 1<ys cul- 
pables, y las vacilaciones de la misera voluntad enra- 
denada por el amor, la envidia insomne y roedora, lar- 
va del corazón, y laamistid inteligente y compasiva, 
con cxpkísioncs de brusquedad. L<« conocedores üc 
Shakspeare y su teatro pueden aprender mucho toda- 
vía estudiílnUiílos en l'tt tframa nuevo. 

La moilcstia de Tamjiyo hizo que, acreditado ya de 
maestro entre Iíís maestros, no se dcsdefVaní de poner 
mano en una obra ajena, Lafeu aufom;€Ht, refundién- 
dola con el título de No hay mal <¡ur por hínt tía vptu 
ga. si'iüra redentora y sublime del mismo género <|ne 
LttHccs tle honor, inspirada también por el espectáculo 
de las miserias sociales, y penetrada, como de perfume 
delicioso, de los más puros sentimientos cristianos. El 
autor nos ofrece dos tipos A cual más perfectos de dcs- 
prcwupación é irreligiosidad: el del hombre vicioso 
que da por buenas cuantas teorías llegan A su conoct- 
micnto, como sirvan para ensancharle las caminos de! 
placer y la liccncixi, sin quebrarse la cabeza en estu- 
diarlas, y el del filósofo hinchado que juzga ít la huma- 
nidad pasada, presente y futura, des<le las alturas de 
su Olimpo, y diserta, con afre de orgullos» suficiencia. 
sobre todas las cosas habidas y posibles, disecando 
con el escalpelo del anílUsis frío los secretos del cora- 
zón y de la inteligencia. Enrique conserva, en medio 
de sus extravíos, un fondo de inclinación hacia el bien 
que no se advierte en la rcflniída malicia de Julián, el 



ItN EL SIGLO XIX 



171 



pensador solitario y nebuloso idálatni de su miifnm 
cvgucdíid, y que abrazit el absurdo por sisi<-ma, no por 
fa^üji-ni descuido. 

Enrique vs viudo, y iicne una hiju que se le présen- 
la invocando los derechos que Julián preconizabn eo un 
tibrd suyo rwlt'n publicado, y cst;i insolencia razoniido- 
ra, hijii de l¡i malii cdueaeión. es cl primer rayo de luz 
(|oc viene il herir sus ojtis para hacerle ver cl abismo 
donde se encuentra. Rayo de luz aumcnuido por otro 
•"'l'- intenso: la ardiente f implacable umvTtíu» de un 
I 'írt- y honrado padre, ron cuya hija tiene Enritiuc 
criminales amores, de que es fruto una inocente crú'i- 
Wra, Ln necíAn entera, poco complicada rumo todas 
1^ de Ta mayo, gira alredetUjr de este incidente, que 
parece a^ra'v-arse para el culpado ante la enérgica ac- 
í''uil Jcl viejo. F.l desafio il muerte concertado entre 
".'i düs y la prematura del niflo. colman tic acerbas 
Wclcs el corazón de Enrique, quien, iluminado por la 
'-'" >iíntcia y decidido ya A morir, escribe A Jullitn y A 
L-iM un:i cana que piensa 01 sea su leítamento, y en 
ju. !(.«; tlisuade di-l miurimonio con eMas admirables 
i'i'.ii'r.í-.: ■. Mo brotan llores en el corazún del impío. 
'' amar ¡i nadie quien no ama A Dios. Luisa. Ju- 

.^.iraosqufesun murihundo el que os habla. Pur 

b ntemurín del pcidre y del íimigo. jurad obedecerme" '. 

Pero Dios, sacando de males bienes, hace que, coian- 

di» los dos amantes leen estupefactos esta carta, por 

tiij'ís conceptos extrañísima, se les presente de impro- 

nw Enrique dcirnmando lil^imas de alegría, reeon- 

cÍlí;iJo con el hombT^*' cuyas canas deshonrd al deshon- 

Híf a «I hija, y decidiiloriUnr á c-sta la mano de esposo. 

Con el dcscnpaflo de Enrique coincide el de Julián, que 

VK en tales sucesos la intervención de la l'rovidencin, 

empeíVada en traerle A la senda de la virtud y la rcli- 

j?iOn, y coincide la felicidad de todos, que viene rt i-nl- 



< \o« Ul. I 



.l\-. 



17''! LA UTERArVRA ESPAÑOLA 

mar la deshecha bornista. Inúiil es decir, habliindose 
de TuoiHyo, que cstn acción, tan dnim.'itica dv sny^ 
esi;i realzadíi por riqulsirmm lalx>rcs de estilo. 

No obstintc luibcrsc representado Ab Aoy mal ipu 
por hien no venga en el aftu tristemente memonible 
de 1868, obtuvo un Rnin éxito; el último que puede 
contar su autor; pues /.os homhreíi de hictt, con que Se 
retifí} definitivamente de la escena, fracaso casi por 
completo ffTiicias il lo tremendo de sus consecuencias 
morales, y ív la üesolladora critica que hace de preocu- 
paciones muy á b moda. El público, que permicía se 
fotografiasen las repufrnanccs escenas del crimen y Iti 
prostitución, quiso demostrar su cómoda virtud conde- 
nando inexorable ¡d autor dramático que se atrevió A 
llamarte hipócrita, r aplaudía con furor ú los bufos 
mientras hacía enmudecer ú Tamayo. "Los pers-majíríi 
del drama son muastruosas caricaturas", decían uisi 
todos los periódicos liberales, aunque A este /toile, 
íoiU.' DO le faltara su correctivo por parte de las publi- 
caciones tradicionalisUis, que eran entonces números 
y de mucha sipnificación V 

AjETTióse esta polémica hasta desconocer unos tos 
ILicos y otros las perfeccíoncrs del drama, que si no 
puede figurar, dígase en contra cuanto .se quiera, entre 
los mejores de Tamayo, tampoco es indigno de su nom- 
bre. El asunto cstJl Heno de asperezas; liis situacio- 
nes nuevas y dram.-^iiras abundan; pero es A cosui de 
la verosimilitud, y eso, por otra parte, lo mismo que la 
perfección del estilo, era lo menos que podía exigirse A 
Tamayo. Hombres tic hieti como D. Lorenzo de V'elas- 
co. el conde de V'oluifia y Juanito Esquivel; nwlvadus 
como Quiroga; Quijotes de la virtud como Damián 
Ortiz, y mujeres como Adelaida, son casos aislados que 
nada demuestran; aberraciones de la ley general, tipo» 



( Es la KcThu la andad 4e Moa piorno Vt Uto D. RamiMi Naced» I 



EK KL BüCLO XUC 173 

«nejuies A los qae hoy ptnutn Eufrenio Sell<^s y Leo- 
poldo Cano. 

De este pecado orif;Ínal nacen como de raiz otros 
mwhos. porque forzosamente llcpa á ser antipático lo 
que es innatural ; ni se requería tantn durczn pam ín- 
cutcnr una verdad, aunque fuese muy amarga. Mas no 
por eso se justifica la conducía observada con el in- 
comparable poeta, ya porque ios censuras obedecían 
A un fin de polftif-a y á mezquinos intereses de secta. 
yj» purque el drama era en si mismo bueno, infinita- 
mente superior A cuanto entonces se representaba, sin 
contar con lo que se merecía de por sf el nombre de 
Tamayo. 

Desde aquel dfa romi^ií su pluma, no es suponible 
qoetle Indignación, dejándola ociosa para la escena en 
mis de veinte aflos. en cuyo transcurso ha ido agi- 
gnnt.'ütduse su fiuna. hasta el punto de conocer por la 
de hoy lo que pensanl de él lu posteridad. Sin entu- 
stiLsmtw prematuros ni adulaciones odiosas, sin rebajar 
en nada al autor de Marola, ni A los de Don Ah'aro, 
Juan LorntBo, El pitiial ttvt godo. Los amantes de 7>- 
rttfi, m hombre de ttnnido y Ki lauto por n'eu/o; ain 
desconocer que es muy difícil la comparación en jféne- 
ros tan distintos, puede afirmarse en ricor que Tamayo 
ocupa en nuestra literatura un puesto superior al de 
todo» ellos, que es nuestro primer dramrtiito en el si- 
glo XIX. I¿1 ha creado La locura de amor y Cu (irania 
Huefo. eiftendo ft sus sienes el reverdecido Lluro de 
Siakspearc y Calderón; i] ha traspasado cumu nin- 
e:iino las rronteriLs de su pntrin, haciendo resonar su 
nombre, aunque cspíiflol, allí donde se cultiva ciarte 
y « ofrece & sus Interpretes el tributo de la admiración 
y el entustasTHO. 

Cuando más oIip«cinadamente vinieron il tentar su 
invencible y simpática modestia, tendió sobre su fama 
cl tupido Velo del pieudónimo, pensando esquivar así 
nti-n. If-nr'i v lístjnjas; pero el íul^or del genio hizo que 



174 LA UmCATUICA E»rAJ!OLA 

ul punto st dtíjc'ubriese A Tamayo en El otro, ^ul 
íi< Tai y Joaquín íis/t'vaufz, porque enü'e la tiiferoDci;i 
de los nombres perninnecia una ¿ idéntica %u persona- 
lidad literurin. 

Los que siempre están predicando el divorcio entré' 
til Poesía y la Monil; los que no admiten que puedan 
ser buenas obras las obras buenJis, si se permite el re* 
trui^-ano, trabajo tienen en explicar cómo Tamayo ha 
reunido lo.s dos eNtremos, dejando caer sobre las lla- 
mas de la emoción apasionada la refrigerante lluvia de 
la virtud, haciendo en el Teatro In apología de todo lo 
frrandc y digmo de veneración, sin convertirse en hue- 
co ^^ insufrible hierofantc. Si no fuera digno de sentir- 
se su prolongado silencio para el amante desinteresado 
de la belleza, lo seríit para los que buscan en las ci t-a- 
ciones del ing'enio un dique :d torrente desbordado d^l_ 
vicio y dé la impiedad que nos inunda. 



S^^ 



ft; » '^ — y. — z^ 









CAPÍTULO IX 



BL 're.\tttO bSSPUfíS DSL ROMANTICISMO (COSTINU ACIÓN) 



4ívzi, dichoso y raro equilibrio en que se comhina 
lo más templado y aceptable de las audacias ro- 
ntániicas con ei acicalamiento y la conrccción 
dd clostrismo, tuvo y tiene en muy pocos rcprcscn- 
tari^ tan cnhal y gcnuina como en el egreso autor 



U. A4cUrdci tApet de Ayata naclú ca C«adalcmat [St^lla} et 1.*4c Um- 
' Bk \33í t r>*4 lo* OJI'» ik «i nlnc< en VniitK^ri~U (Badajoi). F-'-^'ntr 
lo» lu L'nlrrnlA* J Je Iwvnli. fK «ImiiIc tsimd pkrlf en *l^ti«k motl»..-- 
i <AA 4 \oa«<,i T >iiH)« p<w:ti>, -vino A UxlrlJ msrllc 4 kbdnJ'TiMr il iMtl'^i 
¡«bogaAapnr loi Uanlnili ta nccD4, halUndo m piotcclor crncroManí:! 
ti»t \omAc nal taja Ia |u<n>iu>l lltnnrU. el Conilc Su San Lulv Anta ile 
O: I lO'» mineaba ni Tratro Eüpallol <u {irlmirr ilram*. Qk 

*- - " bnh» (k |ui|i=>' <v>) canJc* <l9f to4 D. ManiKl CailMc, 

I I'. rn SVdc Cnrro Je IfAl. ILinplraJo rlt cl MlnUtrrlo dr la 

• •'-'- -iiicalioinaijar si trienio pmgTcxl«I>. •>■ ilcdl<:«i:on nU» 

abtnc'i • nt-rthir fiara l»t tiairoayra td ]tnma. ■.'oInhoranJo. «n»i]ur be sul- 
tlWJiwnTi. I TI n roiirf Oih>(. R<i>tv-ioi((\ iV Daila^vi cixnoitlruiJtJo tu liQ?, 
cia*n<< . -))a rn U> UUi Jrl noik-tanlUinn.ifBn m Uiarfcla UsUn 

Uhcnl- i: i>i<S-.i ui |i4rtlilo la reralortMi de laóH, mi csyo^ pnrpntmU- 

^p* U*a A)-iUcrsn ^ttt, t*iVfMc>Jode»pil<*r] UnniErUn c«lrbt« Jc CA- 
A«, Parole 'jK nimba opo buvii«« «jqa la canJIJaiui» 4cl t>uqiic Jr Moat- 
■ taafcf para d xn^oi pvro no iHuiUIctnn icln iin^oknics que t«c*c Mlnl**ro 



176 LA LtrCRATCRA RSPA^OLA 

de Riaja, El tejado de vidrio y Consuf-lo. Era di 
Ayala el gusto acendrado cualidad innata y excepcio- 
nal, y por ella las conuidas obriLs que sjilieron de ^ 
plum^i excitan una admiracitjn unánime y sindístinct 
nps. no oiorgíiUa A otros ingenios de mrts empuje, pei^ 
también mAs desigtmJes y menos cultos. 

Y lo que era en ¿1 natural y característico llegó 
á tiempo y en circunstancias tan favorables para stí 
manifestación, que no es de extrañar se haya anticipa- 
do para el ¡lustre poeta el juicio de la posteridad, con- 
tra lo que suele suceder. BrülO Ayala en aquellos días 
de transición en que, si no se maldecía de las pompas, 
efusiones, y alguna vez extravagancitis puestas sobre 
Los cielos en el período antcríur, se buscaba unu moüifj- 
cacióo saludable que las hiciese más fecundas. En la 
gloriosa pléyade de ingenios que realizaron tai empre- 
sa no hubo, propiamente hablando, unidad de propú^ 
sito, y de ahí el carácter indívidu;ilista que les distíi 
gitc, y la imposibilidad de incluirles en el círculo de ' 
escuela y una aspiración delL-rminadas; pero no cal 
duda que, si hay entre ellos alguna personalidad de mi 
grandeí5i y significaciún {verbigracia. Tamayo), nb 
guna, en cambio, tan uniforme, tan consecuente y bit 
dcñnida. 

Son muy pocas en numero las poesías líricas 



tn el primcT flafclnt-u ¡U tn Kc^iauriirtAB, ptt-tdl J" por Clin-va», Se 3<««no 
iDcIor iil i-nrldcf v hi^U * U ñ'oniioilii de A>nU l3 Prv-ildcnvU dd Cmi 
ut. que <Jc««ni|M.-nat<a hI "tiii rir lU Ir.tfprrotln miivrlc im .Mijfld. H dui Mi 
Bncfoae 1S7«--Eii U Oottfcl^di atrit<iri4 Ctoi(«a>Mni i* bu puMKndoln] 
menwlicliln tomplt-iN ilcU» OSn» de Ayalfi. «n ilcM volflaunn, por dt 
ilgnb-ntir. 

■ n. ' Et ttjíuíu A rtttrb,. ' BCoiVU lie OutnUa. 

• llt. > UHwu^to. Li» QtmmmH. 

• V. • Kttatliipor cUalv. — KlioKulctle motrAamM. 

• VL > OuUtM V PrnUiL—filntict» Cdn Aw». 
fnvttKU tic PomtiUa»- 



BK EL SIGLO XLt 177 

Ayah *; pero encierran cales primores de arte (muy por 
wirima Mcmpre de la inspiración], que todo eloRÍo de 
elhis píirece esipuo y menguado. íín cierUi décima de 
ilbomencerróunadeiiniciúndelamüíiica.que h.i llega- 
do i hacerse popular, y en la que no hay modo de sn- 
nada sin perjuicio del fondo «i de la expresión. 
iJos en parte para el gasto de casa, como íl 
dedil, esto es, para felicitaciones y compromisos, están 
te sonetos de Avala muy por encima de las vaciedades 
lisíKi;er!íS O do cajón, comunes en tales circunstancins, 
y altfunoB exhalan un aroma confortante de piedad re- 
ligiosa. ^¿QuiOn no puede recitar aquellos versos que 
comienzan 

Dame, Señor, la ürroe voluntad, 
Corapiftera y sosten de la virtud. 
La que sabe en el ^oIPo hallar quietud, 
Y en medio de las sombras claridad, 

hermusa plcgraria A In que ha prestado los hechizos de 

' "" ■ Ii-a uno de nuestros mris conocidos composJto- 
' ■p;lrese bien: no tienen los de Ayala las cualida- 
des que principalmente distinguen al soneto; les falni 
t* !Wt es entre todas esencial: unidad de pcnsamicnio 
Címscrvada de^e el principio al fin, de modo que se le 
**pwe siempre, y, al de^-ubrirle, nos hiera con su pro- 
funJiJad. Sin embaído agradan, y es A fuerza de arte. 
' '" -7,T de encubrir esc pecado origina! con el afili- 
i>» rop;tje de las formas y con la alteza de los 
'-> cuncepu>s, que atraen, siendo múltiples, como 
'•I iui_si'n uno sillo. 

PcR) la i'jya. exquisita y por excelencia de Ayala es 

lAvpii^toIa que dirigió. MA en 1S56, A D. Emilio Arrie- 

o. iligna rival de la de Rioja (ó quien sea), A Fahto, 

■■'^■■' illa inspiraLla en el desengttAo Ülosófico y en 

estoicismo cristiano, que descubren, por la scme- 



"- -9M dr iM pctiBrrii*. (llaUda Amotu í 'irrrrnhtroM, IcycntU Miitda n 
> ÍH ttrr O. RwIrlKQ, W nnu lo tanoEncU mnltntlca. ilc tan ec carA 

TOMO n 12 



178 LA LITEHATL'UA CSPASOLA 

jan»i, Im huella Je b imitíición. Imitación libérrioia y 
v.n el mejor de los scntidus, con lii que se compadece la 
diversidad de (ono y objeto; pues tan visibles son los de 
moralista y censor ilspero de las costumbres ajenas en 
el múdelo, como el subjetivismo lírico, de intimidad 
honda y reposatUí, en el imitador. Middice el uno de las 
ambiciones cortesanas, y busca en el retiro y en la tem- 
planza de los deseos una defens:i contra los cuidados 
insomnes y las congojosas ansLis del placer; el otro re- 
sidencia con autoridad inexorable sus propias acciones, 
describe la lucha entre el mal y el bien, y, al recordar 
sus llaquczas, exclama: 

Perdido tengo el crédito conmino, 

Y avanza cual gangrena el desalienta; 
Conozco y aborrezco í1 mi enemigo, 

Y en sos brazos me arrojo soñoliento. 
La conciencia, el deleite que consigo, 
Perttirb;i siempre; sofocar su acento 
Quiere el placer, y lleno de impaciencia, 
üi gozo el mal, ni aplaco la conciencia. 

Inquieto, vacilante, confundido 
Con la múltiple Ibrma del deseo, 
Impávido una vez, otra cnrrido 
Del vergonzoso estado en que me veo* 
AI mismo Dios contemplo arrepentido 
De darme un alma que tan mal empleo; 
La hacienda que he perdido no era mía, 

Y el deshonor los tuétanos me enfría. 
Aquí revuLlto en la fatal madeja 

Del torpe amor, disipador cans.tdo 

Del tiempo, que al pasar súlo me deja 

Hl disgusto de haberlo maluastado; 

Si el hondo nfiln con que de mi se queja 

Todo mi ser me tiene desvelado, 

¡Por qué no es antes noble impedimento 

Lo que es después atroz rcniordimiento> 

jVaiorl y que resulte de mi daíio 
Fecundo el bien; que de la edad perdida 
Brote la clara luz del desen^aflo, 
iluminando mi raz6n dormida. 
Para vivir me basta con un año. 



K.V EL SIGLO XSX 



Que crtTojceer no es alantrar La vI<1a. 
jjovon murió tal vez que eterno hn ftícjo. 
Y viejos mueren sio haber vivido! 



179 



Ni> *e sabe qué admirar mfls en tan bellas octavas, 
si e! tonn viironil, austero y sentencioso, ó I» expresión 
jfTflÚca, sobria y escultural, que asi di^sUcrra de lu 
Poesiij ta plítora de palabras sin oficio, fardando, en- 
tre Uk diticiiluides de la rima y las impuest;is por tan 
peculiar estilo, ona llaneza corriente y nc afectada. 
Esta sola epístola, y la dirigida & D. Mariano Zabal- 
bani. b!i»itan pan» colocar li su autor entre nuesQ'Os 
primaros líricos, y para desmentir, cuando menos en 
el C31S0 presente, bi teoriu de que los ^nindes poeCis 
dramáticos no saben expresar por cuenta propia sus 
%cntímÍL-ntos y necesitan de ¡dgiin personaje en quien 
trun5íunUÍrlos. 

Y eso que Avala tuvo siempre al Teatro una afición 
decidida, cie^a y casi idolátrica, escribiendo para él 
<Icsdc 9U niñez alírunstó plccecitas ', aun cuando se re- 
tirdascn alffún tiempo los primeros lauros que recogió 
«m la difícil ciirrcra. Dos iiflosdcspui!-s de representarse 
cl rílcbrc Don Francisco tir Qncirilo terminaba Ayati 
Um htmthre de Fsfndo, luciendo tambiin, junto con lii 
I. ■ ' - 1 moral y filnsótica, el idealismo cahnllcresco 
ij. X\'I1, con el indis|H'ns»blc síquiío de intri- 

(ins p:ilacie8ras. amores ocultos, altiveces y cnidns de 
on íav.irilu, capricho*, regios y maquinaciones corte- 
sanas. Sabido es que el drama anduvo por muchas ma-* 
OL» hitsta nu;íar A Uis del entonces reputadísimo critico 
D. Manuel Ciiílete, que informó sobre aquól en sentido 
rrr- •■-■■■ rabie, contribuyendo asi jí aceleniT su prime- 
r-. nuicíón. 

Antes Uc Avala, y con alffün óxlto, se habtu lle\-ado 
■ " ts la historia trflirica de D. RodríRoOiíderón, 

* «ft^a |«- ¡tm U í mttrw. M* f-V •! "trillo, Iv torvna y H ruíai, 1a* dx (fw 
mi^mt. La ^.-irrulaní 1 1. . 



180 tA LimATUSA espaRoui 

como dije en otro Ingar de este libro; pero Ayida la mo- 
dificó notablemcnie, para adapiarl» & su gusto ariis- 
tico y «1 que entonces domintihii en la generalidad. Don 
Rodrigo no es únicamente el ambicioso que Uega al po- 
der por el camino de la intrigra, ejemplo triste de curtn 
etimcraíson las glorias humanas, sino también el aman- 
te oculto y sincero de Matilde de SanUoval, A cuyo ca- 
rifto le manda iwsponer sus ambiciones el impulso del 
corazón. La lucha está lacónicamente expresada por cl 
protagonista: 

¡Palftdol Rey que no mande; 
¡mujer! ¡arccto divinol... 
es placer, pero mezquino; 
es tormento, ptro itrnndc '. 

Don Rodrigo no es malo en t-l fondo, y sus rondel 
ct-ndencias con la liviandad del I*rincipe, y susdefcctos 
todas, no proceden de la depravación, sino del ansia de 
nombre y poderío, duramente castigada por los rigo- 
res, de Ui suerte. Unidos asi los dos ¡ispéelos de la tlso- 
numia moral de Don Rodrigo, no se vuelven ú separar 
en todo el drama hasta el momento triste en que te 
mano del infortunio, hiriéndole sin compíi-sión. le arre- 
bala todas sus esperanzas y te arroja en la estrechez 
sombría de un calabozo. 

La intención moral del poeta, perenne distintivo de 
¿'Sta y de sus futuras obra*, no sólo alcanza al ttii. 
mentó, sino al modo de disponerlo y ft las circuí, 
cias que acompañan al desenlace. El hombre de lista- 
do que en las alturas del poder vivía entre penas •■■ " 
sicUadcs, menospreciado y menosprcciador de v 
conoce á la luz del desengaño cl secreto de la vcnla- 
dvra fflícidad , que halla dentro de sí mismo después 
de buscarla, sin fruto, en el honor y los placeres. Sus 
mayores enemigos le brindan con la reconcíliaciún y 
le respetíin como si en él admiraran una nueva digrti- 



* Acto It, tanaa XXJI. 



EN BL StCLO XUC 181 

(hit superior d loJas las Uel mundo. No nos enconira- 
aqai con un ilnumi histi^rico solumence, aun cuan- 
Ii =ii*an los surL-íios, siñio cün un preludio de El leja- 
■lí-ii,- lidrfxi y El tanto por a't'iito; con un bosquejo de 
la íiiosof (u Ucl comzón, más bien qut de ísta O aquellii 
•Ictcrminndus. 
- tiiiré ulio en la rapidez y atropethunienio con 
cfl ocasiones se desenvuelve la fábula. El lengua- 
muc^itra las exuberancias y frondosidades de un li- 
' -T , inoportuno y propio para fascinar A principian- 
si poco extraña, pues aún n<> habían pa>ndú por 
^(«qucUa scj^r inexorable y aquel rebusco minucioso 
7 liii» que tal gradu de perfección le dieron al extir- 
i.xwrablemcnte t'jda cbise de encrvadonts redun- 
^buh-ias. 

i lien i n media Lamen te .■í t'n hotnhn- de Estaiiolns 

'.VAS Casi I fío y perdón y Los dos Gitstiiauc!^ , rc- 

'itadas en el mismo año de 1851, y que ^igniAcan 

maf |<><ra cosa en el teatro de Ayala. Ocupan luego un 

piTiudij de diez aflos la serie de zitrzuelas que la de»- 

apüdcTHdn aHci«ín del público arrancó il la avara mujsa 

del poeta, violeniamcnie desviado de su centro. La Es- 

t'úla ,{c Xfadríd 1IS.TÍJ y Guerra d muerte f Ifiü5). que 

v;ii':!ün la vida efímera de las (lores; ¿o5 CoiNiotcros 

liSlói. cuya relad^Ti fama se debió A las alusiones que 

JtDí se tTeyerun ver contra lox pithicus del Cunde de San 

is. y que exciuilxin por ic;iial el regocijo de los pro- 

ístas V la cólera de los moderados, v El conde de 

'nlJa {Í6íi6), «.niyas primeras representaciones die- 

lu^ar A una prohibición Inmedlaut del Gobierno, 

Forman un conjunto nada feliz que remata de la peor 

psoaeni en Ei a^jceule de Mníriworuoa (\Stí2^. 

'la traducción f/aydi'c' ó et sccrfto, y el 

dr^^i— i- --■•() /w/)tT;/«iK;i-, escrito en colatxmíción 

0011 Antonio Hurtada, sobre el conocido episodio del 
Qmjoit, Ayala enriqueció la esi^cnu española en l!^ 
con su Rioja. hermoso contraste de los proyectos de 



1S2 LA I.lT1tRATL*HA RSPARoLiV 

zarzuela en que malírastaha su rica inspiraci<5n . Rioja 
es la apoteosis de la nrtud y cI htfoísmo á que puede 
cntumbrarse v\ alma humana entre las a<iperezas y 
fnijiusidades del camino de lii vida; es el sitcrificiO' 
hecho carne, iomolando la dicha propia en obsequio 
de Xa. ajena. Pero faltan á la gTí'idiosidnd de esta idcn 
moral, para su üescnrolvimicnto. la lucha, la colisión 
de piísiones é intereses, la intensidad dnunrttica, el 
claro ohscuro que nos atraen y «iubyugnn en L'n hom- 
brtr tic Estado, con ser y todo muy superior á la de este 
drama la concepción de Rioja. Lo que los aproxima 
y confunde entre sf es el pred^wninio del elemento 
humano sohrc el color local y la exactitud cr(m<^líVi<."i. 
pues el poeta sevillano del siglo XAII podria su-süiutr- 
se, con ligeras variaciones, por otro personaje de. 
su misma representación moviéndose en distinto esc^ 
nario. 

La tendencia moral, que en Avala era irresistible, 
nece<ütaha explayarse sin cohibiciones; é introducién- 
dose de lleno en la pintura do la sociedad contemporá- 
nea, produjo £1 tejado de lidrio, obra desigual y de 
grandes alientos, que demuestra prácticamente la posi- 
bilidad de hacer nuevo ú Interesante un asunto vulpar 
y manoseado, por medio del arte, que todo lo exalta y 
dignifica, y de ocultar la intención docente identlficfln- 
dola con el andar mismo de la intriga en sus diferentes 
cambios y tninsieiones. 

A esta luz, Ei tejado de vidrio es un portento; por- 
que, ¿dónde hay míls seguro medio de hacer odiosa la 
culpa que rransfonnarla en delatora de si mií^ma? -:Dón- 
de h¡iy creación míls origimil que la de aquel cínico y 
desf.achacado Conde del Laurel, mofador eterno de 
las virtudes femeninas, corrompido 6 insuperable maes- 
tro en la ciencia del gralantco y la seducción, que con- 
vierte en imagen suya ¡1 un jo\'cn inexperto, que le 
inspira y dirige sus planes de campafla, que sigue con 
infame satisfacción todos los pasos preliminares de la 



tS EL SIGLO xa 183 

onijuiRia, y cuando Ui ca.sua1id:id te Imcx* ver que estú 
jucando con su propia honra, que et tejado roto es el 
Jr su casa, que la esposji infiel es su misma esposa, 
anida & él por el vínculo de un mittrimonio secreto; 
cMndo todo esto ve y palpti, se encuentra con el dis- 
cipnlo aprovechado, que le aplici los principios de su 
csrnela, atándole las manos, la lengua y el eoraz<in? 

SI casada está, 
¿corno accede A tu demencia? 

pTcfTinla el Conde & Carlos. 

—Apenas hay dilereocia 
de un marido á una mama, 

k repilca el discípulo, repitiéndole las palabras con que 
al principio le había alentado su Mentor, y aquello prin- 
ripalmente de 

contraste divertido 
qne forma en esta borrasca 

Iln fitíunt de t;irasca 
del aleladn marido, 
que ni sabe lo ^uc pasii, 
ni toma parte en la tiesta, 
hasta que el pelo le tuesta 
el incendl» de su casa '. 
El Kolpe es rudo y decisivo, et cambio radical, y 
oWui la soluciún del contiicio. 

I^ culpa engendra la pena, 
pena que nadie detiene: 
sólo quien honra no tiene 
puede jagar con la ajena *. 

No faltan en esta admirable comedia ciertas imper- 
fecciones, ciertjis notas Ásperas y aRudas, jimio con la 
imíerosimitiiud de nljíunos recursos; pero hay, en t~am- 
bk). Impetuoso y recio choque de pasiones, alteza de 
concepción, maestría técnica y sobriedad en la forma. 

' Acta m. •«:«•> XI. 



t8J 1^ i.rreRAnrRA sspaKoi^ 

El argumento ofrecía algún lado flaco y otros muy 
driosos, en los que, sin embargo, sabe el poeta sost 
nerse firme casi siempre, sin herir los ojos con el 
pectái'ulo repugnante de la degradación, y haciendo 
adivimir lo que no describe. 

Goza £/ tattto por atufo mAs fama que Ei tejado i 
vidrio, y no quiero yo combatir la apreciación genenil; 
pero tengo por m:ls dramiUico y víg^oroso el contlicio 
del último drama que el del primero, en el cual &e en- 
contrara, si, milH sCjÜda trabazón en las panes, má&^ 
enredo y trascendencia; pero no un personaje d, h^ 
blando con propiedad, una situación como la que 
poco admiramos en El tcjutlo de vidrio. 

£f tatito por ciento es la anatomía fiel, estudiada y 
minuciosa del positivismo avasidlador que nos invade, 
y por obedecer íl un intento tan eminentemente so- 
cial no cabe con hol{e:ura dentro del hogar doméstico, 
ocupando en realidad un espacio mayor, á pesar de lus 
apariencias. Los personajes que interA*¡cncn en la ac- 
ción, y la acción en si misma, van supc-diíados á otro- 
elemento de oculta é irresistible virtualidad que influ- 
ye en ellos y en ella, y que es el verdadero núcleo en 
cuyo derredor ginm. Piensan alsfunos que el mérito de 
Ayala está en haber creado encarnaciones perfectas de 
la avaricia febril y sin entraflas; pero evidentemente 
no cstA ahí, y basta reflexionar un poco para i>ersua- 
dirsc de ello. Si v\\ hubiera sido la idea del autor, sus 
avaros serian, de deseos y obras, infinitamente peores; 
serian criminales de los que convierten el oro en llanto 
de sus victimas, ó mi-^crablcs ridiculos como los dt 
Moliere y D. Juan de la Hoz. 

Pero los avaros de /T/ tanto por cirn/o estAn distan" 
tísimos del figurón y la caricatura; son de esos avaros 
que se encuentran en todas jxirtes y A todas horas, y 
que, sin perfonificar el vicio, siguen sus ÍnspÍracion( 
por conveniencia mal entendida, por debilidad, 
moda ó por coni:igio. Con lo cual ya se dejan tnis- 



EX BL 5IGL.0 XIK 18& 

iuctr el proposita del poeta y el procedimiento que 
u<a: el propó^to es ticmosU'ar que hoy el interés ha ve- 
; iii.iíar con despotismo irresponsable to- 
. ...: in. - aspiraciones del atnia bunmna; que no 
tlvbc reputarse ésta aberración individual y Ci'an$itorÍa, 
como lo ha sido siempre, sino que forma parte de nues- 
tni existencia social y se ultra en las co'itiirabres al 
[amparo de la civilización y las conquistas de Ut ma- 
teria. El procedimiento consiste, no en cscoffer una re- 
prcsontución típica ilc esc egoísmo, sino vurias, srra- 
üiutlmcntc di>i>utsias, para dar A comprender por este 
mctliú las proporciones del coloso, mostrándole pre- 
sente en los neg;ocios más ordinarios ili: la vida, y 
co ul lenguaje de la convcrsuciiin. cumo i;ni.-migoencu- 
bicrrto, á quien se tienden los brazos porque no se le 
conoce. 

Tan claro me piírece semejante modo de inierpi'etar 
sentido moral y ariísiico de £f tanto por cicttío. que 
reo una confirmación de él ha*;ta en la naturaleza de los 
[obstdculos que «usUenen la aeoión desde el principio 
[kosia el fin del drama, Andrés y Roberto son los dos 
pefíwnajes que resultan más desairados, cínico el uno 
\y Til usurero el otro, ambos empeftados en impedir que 
¡«c loifte el amor reciproco de I'ablu y de la Condesa. 
IPero en el coro de la complicidad, en la oposición de 
Petra, de Gaspar, de Sabino y Ramona, predomina so- 
bre la culpa la faudidad de las preocupaciones orriíncas, 
,4Ui*^:aado el espontáneo tirito de la concÍenci;i el af.in 
fdcl ac^octú, el demonio del tanto por ciento, que apa- 
rece en tiKlú el drama como un agente desligado de los 
ocru¿ y mAs robusto que eUos, como un poder anúnimo 
I ¿ iodettniblc, impuesto li la mayor parte de la sotHedad 
en forma de mílxinuis universidmente admitidas, cuyo 
fruto es 

esc afán de enriquecer 
el cuerpo A cosu del alma; 
ese universal veneno 



186 C.A UTERATURA BSPA^OUi 

de la coficleticia del hombre, 
qoe nos tupa, con t-l nombre 
de negocio, tanto cieno '. 

Ahora, cl ponderar d tacto s¡iig;ularÍsimo, la prcn- 
si(Sn sagaz, y cl arte, en suma, con que se va desenvol- 
viendo !a urdimbre, y se concentran en una sola tantas 
y tan diícrcntes personalidades, adunadas sólo por la 
hidropesía del negocio; In solidez que presta tal artifi- 
cio á la demostración de la tesis, no reñida, ni mucho 
menas, con el carácter independiente y desinteresado 
de la belleza, y la complicación y originalidad de los re- 
cursos dntmdtícos; el ponderar lodo esto sería excusa- 
do tratándose de una obm de Ayala, y de obra tan «ni- 
vcrsalmente aplaudida desde su aparición. 

Porque el primer triunfo que consiguió en 136l no 
fue sino preliminar de ocros^ como el regalo de umi co- 
rona de oro, costeada por subscripción, que inició 
¿a Iberia, y en que, contni costumbre, entraron por 
muy poco las miras de compadrazgo político. Si no 
seftala FJ taHlo por ciento la cumbre m:ls excelsa 
adonde llegó ol ingenio de su autor, en aquel drama es, 
por lómenos, donde aprovechó como nunca la madurez 
de los artos, la experiencia del mundo y el conocimiemo 
del corazón, sin contar las prendas rigurosamente lite- 
rarias. 

Dos aftos más carde ( I8e3) dló Ayala d la escena EX 
nuevo Don Juan , comedia de mírito inferiur, pero üe 
igual corte que El tejado d( vidrio. El ¡auto por Kictf' 
to y Consuelo. Elena y Paulina de una píirtc, D. Juan y 
Diego de otni, son figuras que no desmienten su pro- 
cedencia, ni la afinidad que las liga con las de las tres 
obras maestras citadas. El intento de ridiculizar al osa- 
do Lovdace, galanteador de una mujer casada, está, 
muy en cl carActer y el habitual sistema dramático de 
Ayala; mas por esta vez le faltó la asistencia de su gc- 



> Acw IIL tw«iu oJiloift. 



E\ Ki. siT.LO nx IH7 

nio para dar unidad aí conjunio y ofrecer en las situa- 
cioneü rapitates al^o superior ni nivel de la medianía. 
Lji frialdad, <i fuiíndo menos falta de entusiasnn), ron 
que fue acogido El nuívo Don Juan, hirieron en lo 
VITO el amor propio de Ayaln, que disparó en la dedi- 
catoria & Seigns tos dardos de su ira contra los envi- 
diosos. No ha de achacarse .1 esta injusticia imaginaria 
el silencio con que mortificó A sus admiradores, sino i> 
las aventuras políticas, ijue. pervirtiendo las dotes de 
Ayulo, como han pervertido lasdotanto^i otr<»s, pu^íie- 
ron jldemAs en ostensible contradiot^i.^n :il hombre val 
artista. 

Mientras permaneció inactiva la musii del e^reíjio 
ümm:tiur$;o se hablaba no poco sobre su silencio y so- 
bre la obra con que había de romperlo, llcffando, por ñn, 
C9H$mlo ÍI87») A colmar tantas esperanzas. La lucha 
eterna entre el politit^o tornadizo y el poeta de sanas 
tendencias no se desmintiú esta vea, aunque algruicn 
quístese ocultarla con gran aparato de distinciones. 
CoH&nfio es un alesrato clocut-ntísimo en pro de Ui 
mbma verdad defendida en £7 tanto por ciento, umi 
invectiva contra el positivismo de Ui vida practica y la 
falta de lljezu en los ideales: y en cuanto á la factura, 
hcrman;i gemela de casi todas las obras de .Avala, scn- 
üda sin st-nsiblería. djisica sin afcctaciún. y i-n los por- 
menores irreprochable. 

El perüonaje mus estudiado y ;iriístico de la come- 
día es, sin disputa, Fernando, el prometido de Consue- 
lo, corazón de oro que no acierta á arrastrarse por el 
fan)^ de los agios y las vilezas; que busca pura amar- 
le oircí dotado de su misma rectitud y pure/a, y que, 
íncnpíu de venderse por nada, lo es tambiún de síspe- 
cbnr que pisotea su carino la inñel y voluble hermo- 
sura, El tormento que le produce la pavorosa reali- 
dad, tormento conmovedor y muy pgf encima del de 
Patrio, el lunante de la CoiKles:i, tiene, íl pesar de su 
aparente \rulsTuidad, írrandísima si^iñcacidn por Ip 



188 LA MlSRAlUftA BSPASOLA 

mismo que el ^olpc viene, no ¿c una mano extrafln y 
enemiga, empeñada en impedir su ventura, sino U<r una 
niujcr, idülo suyo hasta entuncus y ilc no malus scnií- 
micntos. dtrsIumhraOii pvr los orujxrlcs del lujo y las 
promesa» fascinadoras. 

Después de verificado el matrimonio de Ricardo y 
Consuelo: después de experimentar ésta, por su mal, lo 
que le pronosticó &u verdadero amante entre frases-de 
dulce reconvención y de infinita ternura, hay una si- 
tuación suprema y grandiosa, rayana con lo tri'tfíico. lil 
amor propio ofendido subiere A la esposíi de Ricardo un 
medio para atraerle liacia sí: e$e medio, el m.'is ¡w^uro 
en su opioiíJn, es el acicate de los celos, y con este lin 
da una cita ú Fernando. La lucha de Fernando consiíjo 
mismo al entrar por umi senda píira él incú^nita, la 
resistencia de su virtud contra los estímulos del amor 
aún no extinguido en su pecho, y de la venganza que 
se ofrece ú su& ojos como el mAs exquisito de los pla- 
ceres, aquellas sus frases tan hondamente tristes y 
sentidas^ son de una grimdcT'.i superior A todu encare- 
cimiento. 

|Dichns que yo merecí 
en cambio dv amor sincero: 
por lanlo obscuro >iondero 
quí tristes llcgilis A md 

En la paz de hi inocencln 
las bu5c<i mí tierno ufAn; 
£por qué, por qué se me dan 
á costa de mi concienciar 

Surge, al par que ral deseo, 
de la vida que me aguarda 
el cuadro... ¡V no me acobardal 
lY es horrible!... jSíl Ya veo 
el acechar escondido, 
la perdurahle talRÍn. 
el placer sin ale^ftía. 
el tormento sin ^etnido; 
afecto» que se reprimen, 
eondJctos que la impostura 



ZV EL, SICL4 XIX tW 

protege, y como -veniura 
suprenuí ipar en el crimen! 
(Pausfi coriti.J 
(Cese tu Utircitrafio, 

{Con ía tttaiio cu ei corasóu.J 
y pr^amc deciclido, 
6 virtud para el nlvido, 
ú Uxfnmía par» el en^afto! 
Huir-.. MU veces luiirla, 
>• el papel que ah<ua recibo, 
como esclavo logitivo, 
i sus pies me arrastrarf.*! 
jmil veces!... ¡Hoaor!... ¡Deber!... 
Calle, conciencia, tu grito; 

(Colpeiimiosi' t» i'l ptxHo con ira.) 
si no impides el delito, 
-•por qué turbas el placer? 
Yo.:qué he ¡uradoí... Me espera... 
■yo no he jorfldo extinguir ' 
ral amor. Ir*'. ¡No he de ir?... 
(Aunque el tnundo se opusiera! 
¡Abrd el alma con anchura 
sus poros, y ¿atre de Heno 
el delicioso veneno 
de que el miindn me natural 



La caída de Femíindo no puede hacerle cerrar los 
¡os ante el abismo en donde va A sumereírse: la no- 
lezii de corazón le sHiva en meiio de su cxtraWo. y 
renunciar A. tt mujer ajena so encargii de vengiirle 
1 d(Kf:u:liat»da infidelidad del marido. 
El carácter dt* Consuelo es un prodÍR¡o de ol^s^-rva- 
t'\<fn íniema, en el que se nüircnn las pradaciopes in- 
siensiblcs <>e la culpa naciente y veninl, de cuyo ger- 
men brota la dejírncia. Si la improsirtr que producen 
no fuese b:istantv prueba del escrupuloso esmero con 
que Avala disponía sus comedias, ahí están las delica- 
das observaciones y notas previas con que trazA e! plan 



■ f^tVttlit 



I XX. 



190 Ul uti£Satvra española 

áeCoNSuelo; prtciosíi curíoüiüíicl litcniria que con ñcl 
to han (ladú A luz recientemente sus editores. 

La situación última, la rspaulosa soifdad en que ter- 
mina la obra, le da un airilcter inconfundible con el de 
las brctoníanas y umi ¡ntcnsklad maravillosa de colo- 
rido. Ayala es el mAi» i£«n"ií"> represenuince entre nos- 
otros de la alta comedia, superando en este concepto 
al mismo Tamayo; y dipo sólo en esie concepto, porque 
Tamayo tiene otras glorias mis grnndes, para las que 
no scr\'ía el ingenio, potente y sí reflexivo, pero nu 
shakspeariano de su ríviü. 

Lji representación de Ayala en nuestro moüer 
Teatro os casi ln misma que la de Alarcón en el si 
g-lo XVII: la del poeta elcganiísimú que purifica y en- 
cauza los elementos allegados anteriormente, impri- 
miéndoles el sello de la corrección y el buen gusto. Esta 
tarea paciente y fecunda luce en ocasiones más que la 
potencia crcadorn, por cunnto es mils accesible ¡V todos, 
y no muesirn en la superficie cíí.is desigualdades de es- 
tilo y esas asperezas desapacibles, arG:^Imento Uc los 
Zoilos y los críticos A rmáxaa tintas contra los Hércules 
del arte como Shakspeare y Calderón. -:Qui«fn pondni 
hoy E¡ si íiv tas w'tlas sobre La vítia es sucño y El al- 
caide de Znlttmca? Con todo, un Hermosilla que no cn- 
•contrara en la cumedía tantos defertos como en los don 
dramas, quíziis por esto sólo le otorgaría una preferen- 
cia injusUi. Así tambiOn muchfis obras maestras de nues- 
tro antig:uü y moderno Teatro no resisten el análisis mi- . 
nucíosü y de pormenores. <'omo lo resiste Cot/s/w/o, y 
valen Íncompiír;d>lcniente mñs. Kn el romanticismo 
había mucho bueno y aprovechable que las circunstan- 
cias, la moda y la preocupación ligaron con la escoria 
de líis cxiígeraciones sistemiUicíis, y por eso fue Km ne- 
cesaria csua obra de depuración, que levantó el nombro 
de Ayala il las cumbres de una gloria mils modestii que 
otras, pero tambiiín menos discutida. 



CAPÍTULO X 



KL TEATKO IlESPUÉS DEL ROMANTICISMO (cO.VTDíUALlds) 



Luí* itr Eicvilft*. Nknl*v ^rr*. 

SI d t;.tutliü di* las costumbres contcmporAnwis en 
Ut v^o^nu fuv, üumiuc üI pori^g rúmi'miico, pn- 
trimoDío cxtlusivü del inmúrtal BreWn y de al- 
gunos con tadísimos imitadores suyos, en cambio nada 
habo después m.'Vs íuvorccido del público ni de lus 
aatoreii ^uc la antes desdeñada comedia. El espíritu 
irefienil y ULoricntacióndd gusto litciiirio se apartaban 
dt! vertiginoso tumulto de Ins pasiones iTíífricas, para 
adoptir d rumbo de la emoción trunquilii. de lus scnli- 
oúcntüg fik'iles y cúlet'tivos, y la ejemplarid;id moral. 
pi ■ ■ ' A los lontnistes fuertes de luz y sombra el 

cj'-,--:- ' de lu vivía ordinaria. No síJIo lub dos grandes 
driiraaturcos de hi nueva generación estudiados en los 
precedentes capítulos; no sólo Hnrtzenbusch y Garefa 
Outtt-rrez, que aUernativamenie sacaban sus héroes del 
punicón de la historia y de la. superficie sris Je hi mu- 
dema Nrguesía, sino la muchedumbre de los poetas 
menores (gramlcs algunos en otro sentido, como Nú- 



192 IJt UTERATORA FSTAÍ 

nez de Arce) á que he de pasar revisDi, dan elocuente 
testimonio de In reacción veríficaüa L-n la socícüad v en 
el Teatro dunuiie los dosdecenios anteriores A la revo' 
lucióit de 1 SOS. 

Por entonce*; fue cuando brilló con efímeros r< 
plandorcs, seguidos de un eclipse total, la estrella 
autor de I 'erdades amarf(as, Alarcótt, GraMolcma y . 
cr US fiel ttMírítnoiiiO '. Tanto y mAsque Aj'ala y Tama- 
yo, aspiró por sistema Luis de Eguilaz A Ui ^enovac•il^n 
del Teatro por medio de la moral y la filosofía, impri- 
miendo a sus obras dramñticns serias el sello didActlco 
y trascendental que poco A poco vino i\ convertirse cn 
costumbre. Effuítaz creía de buena fe que el Teatro es 
tina institución moralizadora, y que, al dejar de serlo, 
deja también de cumplir con uno de sus fines principa- 
les; el espectador, scg'iin su tcorfa. no busca únicamente 
el placer estítico, sino A la vez la cnscflanza provechosa 
y aplicable A la vida prílctica. Esto, que de puro discutí- 
do es boy faticoso, tú\'olo é\ en sus primeros aftos por 
novedad perefnina. juzgAndose inventor de un nuevo 
arte de hacer comedias, difirámoslo asf, que ya era :m- 
liguo en tiempo de Tcrcncio. Cuando Eguilaz Ilegrt A 



1 D. Liili dL Ecullni niii;iAcn Suililcjtr ilc BMrramcilii iCAiIlti. el «fio 1| 
ErttidlOlA «rgnadn unwftaniA m el tnMflBIo df )fm Ae U Fimlvn, dn 
priKisii de- prccc-i locIlii«cl4« ni Ttaiio con In plt<«:IU P*r <Hwr« hatta 
iwm.tiac rlaIlrp^cKtlUlda^lcIKlOIlú(l^dolncultc. Ludtrvcct6ndctpnA4li 
ricliuuraJo * Intlsnc hntnanUu D. Jaiin M»tU CaptiAo (oncnu) laa tf 
dn llTor>rU« dr Ripiilni. 41M' conUaaarMí mimlIcstAAdAt* dccptrtí do su n# 
d« A Bbdclil. d<'i>dc («OKai^ y It-rmlofr tn farrcr» Je Lcjet. DamktltBj'i tn 
HlA iBiüa tiablUclOn <K la t'jilk ilc Lope dr Vi-|¡ii, y nlrnuido por U ainUI<4 
dumncnoiotí-M límalo* litcIplwiM. comr» Tilefo Luiinc >- Anioelodr Trw- 
IM. nptrímrntA E^tullxi Utx ronmrtm r{t.-iilt«d«3 de la (cnniu. ut rci ilok 
cvfiMlndvn» y nJveon. l»l vv» pr*"prf 4, y (ii eonoli-<inU» ■;oii l»i cdUorcí y 
m pobllco. TlHi larca y pcnwH <Ptrrmi.4«d mnrM ri porta andatai rn ?l itc 
JqHeiI»lS7J. -Rci^aiii-iDenunapiMIodo ti X««WI ití Ktpntka <im>n'\ Biir«t«. 
dí« dtr D. Angrl Lai*o de la V«git, cnn «I KiuU do Dtñ Lui» XfMai Conttrrm 
rlMWltu* •!( nu obn* d/amáUt«t,- trabaja rtcomoidath por I* afaunJaocli do 
iluot y p wi T i non». mucta» mii que por tu r'^pirtta criitcn. SA\o lujr uiui ^ tu* 
COmfWtlt eokcrUn de lAh Ubnu áramálltiu ilc K^Iiu (PArü, 1SU>. - 



KS EL SIGLO XIX 193 

Ift candidez de su error, contando entre sus pre- 
decesores itl gran dramiUiro de La verdad sospechosa, 
Otridabo, sin duda, que aquello de instruir deleitando 
fue úempre el temn de los prct-eptístas v la aspiradún 
dt Li escuela clásica. A pesar de todo, algo de inaudito 
y sorprendente tenían cStos procedimientos en aquellos 
dlss, aunque bien frescos estiiban los laureles de Ei 
k-mthre de mundo, para que no se vinieran & la memo- 
ria del supuesto innovadur antes de presentirse con lii 
aadaria y las pretensiones de tal. 
So inoeprable buen sentido y su moral pnlciica se 
' L'ien muy poco de los conocidos en el Teatro de 
-A.,., iijs tiempos. Carecía Eguflaz de las fuerzas nece- 
sarias para disponer artísticamente los jírandes con- 
ffitios y pavorosos problemas en cuya solución tanto 
'- ■' '-Jan los urandes dramAticos modernos; y si nlgo 
.Axi con defc.trezií, nu fue el temible escaliwíln mo- 
ral, qoc descubre hasta las más ocultas ñbras del cora- 
■'frece A los ojtis las llagas que corroen el cuer- 
- ut sociedad; sus xspiracíones no son tan alta*;; 
SKixinscjos son de hombre de bien, pero sin aquella 
I vital, sin aquel movimiento y aquella grandín- 
^kJ lascinadora, que nunca pueden tí-ner las mjiximas 
filosofía vulffar y cjiseni, pnr mucho que se transfor- 
' oen y relinen. 

Lu mismo que á Ayida con i'n hombre </»■ Enfado. 
««ifdirt ú Epuílar con su primera comedia W-rdadvs 
«marfias, ma desdcftada por los empresarios como fn- 
tvrecidii después por el público. Joven inexperto en 
j^í-.. i;,(... i-L,n la, conftiuiza y las ilusiones de los prí- 
m' '. mintió dcrtiuncnte la inesperada repulSii, 

qnr bubiL-sc sido deñniíii'n A no haber parado el ma- 
nuscrito en manos del bondadoso I), tíuecnío de Ochoa, 
prntcctor de j>rincipiante^ y desalcntJidi>s, y cuya in- 
Julircnciano reconocUi limites. Bfruila/. ha pintado con 
cro*M:i(}n sin<_eni la que produjeron en su alma acrra- 
deiida lus lavurrs y el u-ariílü dd respctublc anciano, 

TIUIO u 13 




1^ LA UTBKAntlíA EST^VHOLA 

que & costa de sacrificios. í interponiendo totla su re-' 
put:K'i(5n literiiriii, consiRuió SJicar ñ h;i1v(» la obra del 
]HiL'tu nuvel. Tras del primor 0xilo(2üdu Enero de 1853) 
obtuvo muchos otros en Madrid y en provincias, dan- 
do repentinamenie i\ Egunaz una reputación conside- 
rable, aunque no muy duradera, port^ue no se basaba 
tunto en el mi?rito positivo como en 1ns aficiones do- 
minantes y en la aquiescencia de críticos y periodis- 
tas. El pensamiento de Verdades untar gas no tenia 
mucho de origimil; la acciún rápida, pero poco intere- 
sante, y los descuidos de forma, en la que nunca Ucgú 
el autor A ser maestro, no cstAn compensados con nin- 
^na cualidad sobresaliente. Los recursos, en cambio. 
no pecan de i-ulfirarcs; antes bien denotan un conoci- 
miento de la escena que salva A E^ulla/ en muchíLS oc*a- 
.siones, y que constantemente le acompañó en sus ulte- 
riores obras. De la intención moral nada hay que de- 
cir, sino que desde ahora comienza á ser su distintivo, 
y no iifcJidii por la tendencia pedagópca tan dincil Ut 
eviutr en este género. 

Don Félix es el hombre ocperimcntado il quien 
duele, pero no asombra, In ingratitud, y cuyos nobles 
sentimientos no pueden resistir la atmítefcra infecta de 
liui intrij^is políticíLS. Su hija, Margarita, es un ;tngcl. it 
quien cortan sus abis las ¡mpurc7.jis de la realidad y la 
perdida de las primeras ilusiones, tras la cual viene A 
i>orprcndcrle la ya inesperada ventura. Luis padece 
nn espejismo propio de la juventud al sacrificar el amor 
que juró í la inocente Margarita en aras de una hri- 
llimte posición sociíil, y vuelve por el aimino del des- 
engaño cruel d los brazos de los dos únicos sere.s que 
correspondieron al dcsdCn con el cariño. Carlos perso- 
nilica la ti<tición hipócrita del que adula pora medrar. 
No cstAn mal disenados fimpoco Hortensia y Don Ka- 
(^undo, aunque ¿ste raya en la caiicatura. Talos perso- 
najes, en una acción regularmente urdida, con su tanto 
de sentimentalismo, su perfume de virtud y su inofen- 



KJt RI. ftr.LO XIX 1% 

HTa sAtira de costumbres socúiles. hastan para explí- 

c*r U repQtnci(}n de I 'frUtutes amargas y de su autof. 

Pfricnercn n\ Bénero de l'rriítKÍi'S amargas, Las 

prohibí (lurtes, Qtiiiroy uo piutío, MctUiras dulces. La 

ame árí tHatrimonio, Los soidaíios de plomo y variiis 

«ras comedias, con las que han de sumarse los dra- 

~ ' UarcóM. /H cabal tero dd milagro, La •vaqui'ra de 

'i'jfisa, El Patriarca del Furia, Las t/uerell as del 

Hry Sabio, La payesa de Sarrfd, etc.; dos piezas de 

V- his conocidas zjirzuclas La %iergnnaosa en Pa- 

t'l mvti/icro de Suhisa y El sallo det pasiega. 

liiriinaít vino A ser uno de ios poetas miniados de lu 

:. sin np:irlarse del camino que le trazahan dt 

" .iFiu las incliiuiciones propias, cl buen fiísultaUo de 

« primcni comedia y el gusto de sus admírnüores, 

V^^' uunbi4;n sin exceder tos limites de la humiJdc rac- 

' ■ Apnrte de La criis del maihmonio, tjue rcí|uic- 

- prolijo examen, son quizá Los soldados de pío- 

•*> T Las quírdlas dfl /tey Sabio las obras mejores de 

I/. Alguien dcsdcflaril como empidacosamentc 

'- Lis dos prini¡p;iles figuras que intervienen en 

A« so/dados de plomo; yo creo rigor excesivo el con- 

'laü en absoluto y sin ulenuacioncs. Los coloquios 

Clemencia y Carmen ' no llegan á la encantadora 

iUidad de los de Tantiyo; pero conmueven de vcr- 

i. j no pueden calificarse de pueriles tonterías sin 

■ !fden comprcndido> en el nnatcma los dramas 

.■-: . .:illcr y las novelas de HernínCabiUIcro, siilvandu 

jlodoladlstanciuquc media entre ellos y lu comedía de 

tgniflaz. Va que mcncioní il Tamayo, no puedo dejar 

(Ic advertir la-; Lifinidade?> que existen entre Lo posili- 

fo y Jj}S so/dados de plomo, afinidades grandes en cl 

fondo aunque no en los procedimicntus, porque Tama- 

ro €3. m;U rertexivo y tilosdfico. habla y combina el pian 

ton m;iyor desU'eza, y da A sus personajes esa indi%i- 



196 LA UTratATURA BSPAROLA 

ilUfiUduJ poderosa C inronfundihlr, rcscrviuL-i A I 
grandes maestros. 

/mí í/uerelias iiei Rey Sabio representa otra de 
dírc-ccíones caractcrfsticíis del poeta andaluz: la del 
drama l^scórico y sentimental, inspirado en las grande' 
zas de Ui historia patria, fastinador, lírico y efectista, 
propio para excitar la simpatía y adhesión de las mu- 
chedumbres, pero no siempre adaptado d las leyes de 
la \'crosimilitud. ni artísticamente aceptable. En pos de 
Alfonso X destilan p<»r et teatro de Luis l£^il:tx otros 
personajes ilustres, formando una os(X;cie do PluuiTfO 
en acción ó galería Hiernria, en que se rinde pleito 
menaje al ingenio, realzado tas mi\s veces por la 
^•cntu^n. Así el autor de /-« verdad sospfcbosa, c 
Lope de Vega y Tirso de Molina, así Et cahaltero 
ttt/iíifíro. Aiíusiin de Rojas, como Lope de Rueda y ] 
de Timoneda, prccursi^rcs de nuestro pran Teatro 
ciontü, encontraron un panegirista infatigable que 
exhibió en h\s tablas coronados de gloría ante una 
neración olvidadiza, estragada por cl-corruptor infl 
jo dci rosmopoUlismo anliespiíflol, heterogéneo y anáiv 
quico. jLAstima que tal nobleza de propósito no csi 
vieíe scr^'ida por una vena poderosa y fecunda, y q 
los retratos hisli^ricos del autor adolcwan de tan 
Tcs pecados como sus bien intencionadas pinturas 
costuml>res! 

Ninguna de ellas valió & Bguílaz tanta fama co 
La crtis drl ttutiriniottio (2S de Noviembre de tS6I). 
estimada ya hoy como en sus buenos días, pero que. fi 
pesar de todas las tTÍticas, sigue encantando í la mul- 
titud, no toda de amigos ó ignorantes. La apacible vida 
del hogar y sus delicias, contrapuesta A la aparat 
esplendidez del gran mundí) y las enscflanKis del Ev¡ 
gelio con el Inextinguible brillo de su hermosura, co 
lituycn el fondo de la comedia de Eguflaz, presentada 
con patética sencillez, aunque no sin incorrecciones y 
descuidos. Al caracterizar A F¿-Íix y Manuel, y A 



id^ 

I 



eir 7L SIGLO XIX 197 

respetivas cspOisiSi da el autor muestras de juiciosa 
• T. y experimentado tino. FiMix no es el vcrdupo 
..i . iirañas de Mercedes, i^omo lo habría sido á caer en 
manos mhilbiles; el tipo de Enriqueta, tan laboriosa y 
fottsian temen te sostenido, descubre un estudio pstco- 
1..^^-, intachable y una sobriedad en las tintas no 
dificultosa. 
MeriTtdes es el alma de la comedia, la mujer fuerte 
del Evangelio, que lucha incansable con los horrores 
(lela desgracia, y aumenta con la resignación sus pú- 
dicos y virginales atmcrivos. Sus labios destilan cl néc- 
tar de la más simpiitica mansedumbre, su amor con>-u- 
gal ruya en el heroísmo, y llega, por fin, á convertir al 
ifescuriido padre con un recurso tan comiin como 
:ible y omnipotente. Félix sc avergüenza de sí 
"iiMuii, y tiene siempre delante de los ojos la reprcn- 
sjíii cfica/- de sus desnrdcnes en el ejemplo de su es- 
Itoa; ni las diversiones ni el juego hacen desaparecer 
apiri lorceJor eterno de su concicncUi. Merci.'dfs, al 
Tw A su esposo entrar en cas:» antes de lo acostumbra- 
do, cree haber hecho una conquista; pero al calavera no 
Ichim movido los buenos propósitos, sino la falta de di- 
nero, y U vuetuí de frases equívocas se atreve por fin á 
pedirlo abiertamente. Mercedes sólo dispone del que, 
impuesto ¡i interés para el nlflo y en nombre del niño, 
pntliem se^^•i^le mafiana de subsistencia Ajiyuda; al re- 
cibirla FtMix, debe hacer cuenta que recibe una limos- 
atdesu hijo para disiparla en locas prodigalidades. 
jC4mo ide:ir un conflicto mjls humano y de mayor in- 
temidad dramática? La solución no puede ser más que 
ma en buena lógica, de no traspasar los límites de 1u 
?erosimílitud: el hombre ingrato y olvidadizo se rendi- 
riiantc cl deber imperioso, y serfl el marido mjls fiel y 
el padrazo mayor del mundo. En cambio, las locuras de 
Eartqueta traen consigo la muerte de Alfredo, A quten 
K la da Manuel ofendido por In conducta de aquella. 
Un dcíeclo, gravísimo <-n mi sentir, desluce la liso- 



196 tA LITOTATl'HA ESPASot^ 

nomía moral de ^í^í^ctílJes y cl tíncaniu de la obra.' 
de ser Utn lulorante y bcnévolíi la virtud que, ri-du- 
oii^ndoRC & un estado merumente pa(;iv'o, aparezca poco 
menos que comu cómplice del desorden? <Ucbió aque- 
lla csposii consentir los de su marido sin exhalar siqulirra 
una queja, aun previendo que podría ser fecunda, sin 
acudir á oiro remedio que el del carifio y la condescen- 
dencia pctiírrosa? En creerlO' asi estuvo el yerro mfls 
imperdonable del poeta, que no acertó A pintar sino un 
heroísmo enteco, femenil y meticuloso. La resi^uciOn 
de Mercedes carece de enercia verdadera, y mAs prirece 
engendrada por el temperamento y el hilbito que por la 
conciencia del deber; faltan allf la integridad y la Ür- 
mcza que levantan al alma sobre si misma, prestándole 
el valor necesario para los rudos coml'-ates contra el 
desfallecimiento propio y las provocaciones de los de- 
más. Es el de Mercedes un carácter aeradable, pero de- 
lineado solamente á medias, y que carece de muchas 
perfecciones indispensables A la virtud sólida y legiti- 
ma. iCuAnto no granaría ¿m crus del matrñtiottio si el 
autor hubiese aprovechado los ricos y variados ele- 
mentos que le depjtró su inventiva paralabmr. d fuerza 
de estudio y de constancia, un monumento de gloría 
duradera, pues /t todo se prestaban las proporciones y 
la naturaleza del asunto! 

Aparte de las deficiencias del fondo, hay en la obríi 
de Eguilaz un diluvio de versos flojos, ripios y cacofo- 
nfas insoportables. 

Sin carecer de ellos el diálogo entre Mercedes, y 
Fí'lix, en que remata La cruz del matrimom'o, es una 
de las escenas mejor pensadas y menos mal escritas, y 
por esü seni tambicn la que citarO, en descargo siquiera 
del ri^or con que las he calificado en conjunto: 

Féux. jMerccdcs! 

Mp-KCRdcs. ¡Féli:c! 

FéLix. Se han Ido. 

Solo me encuentro en presencia 



£!« ei. StCtJO XDC 



I49 



JAbscedbs 



FáLHt. 

Mte>cBDEa. 



F*ux. 

Féui. 

MEHCEnES. 

Félii. 

■hfKHCKDH». 



FBUX. 



Mnnxoes. 



de ti, que eres mi concienda; 
de tí, qnc me Kas redimido. 
Quisicni ser pcrdon.ido. 
¿Podrás tú olvidar...? 

|Por Diast 
Pacs entre nosotros dos, 
F¿\ix mío. ;qiie ha pasador 
-;Lo olvidaste? 

Puede ser. 
¡Mi memoria es tan escasa! 
SLis repara: en nuestra casa 
esi-l todo como ayer. 
Mira en derredor de ti: 
allí duerme nuestro nífto; 
aqui vela mi cariAo: (/¡ti el corasen.) 
mis brazos estAn aqui. ífírindámiolc can eltos.) 
i Eres una santal 
(Sonriendo) No. 
Oe un ahi«mo me h.-i<; sacado. 
;Y quién en eso ha ;¡anado? 
Yo, Mercedes. 

¿Pues y yo? 
—Félix mío, si el deber, 
ai Dios mismo no exigiese 
qur lo que he hecho yo w hiciese, 
lo mismo volviera :1 iiacer. 
P<iri|ue tú eres la bondad; 
porque tu pecho es tan sanio 
como el de un .1ngel. 

No tanto; 

CCon fiiearcsca íngrituidad.) 

pof- mi propia utilidad. 

— Dime; 5Í de oira manera 

hubiese sido, -'tendría 

en mi casa rsta ale¿rtar (AtgQ (onmovida^ 

Como Enriijueta me viera, 

quii.1 entre penlescxtraflas, 

sin sosiego ni reposo, 

separada de mi esposo, 

del hijo di' 'idas. 

Con daros i, 

con llenar de ella mi pecho, 

nada he hecho. 



^^F 


LA UTBR.\nVA ESPAÑOLA ^^H 


^^1 


Maa lo has hecho ^^H 


^^^M 


porque tú eres la iKMidad. ^^M 


^^^^^ NÍERCEDES. 


No. no, Fétix; porque s<5 ^^| 


^^^^^K 


que es de la mujer el centro ^^H 


^^^^^H 


su casa; y xi de c\\:i dentro ^^^| 


^^^^^H 


la dicha lucir no ve, ^^M 


^^^^H 


por más que tras elLl quiera ^^H 


^^^^^^B 


correr con desvelo ansioso, ^^H 


^^^^^H 


es Inútil, es ocioso ^^^| 


^^^^^V 


que vaya á buscarla luera. ^^H 


^^^V 


;Feliz el hombre que el día (Con arrebato.. 


^^^^^_ 


que en el buen camino entra, m 


^^^^^H 


con una mujer se encuentra 1 


^^^^^V 


como tú, Mercedes mía! ^^^| 


^^^^^K 


Mi vida A li consagrada ^^^| 


^^^^^^T 


me pagaril con exceso ^^^| 


^^^^^F 


tanto bien. -^^H 


^^^M Mercbdes. 


No di)caá eso, ^^H 


^^^1 


Que me pones colorada. *^^^1 


^^K^ F6ux. 


Tú me has mostrado la luz ^^^| 


^^^^^K 


hacia la cual me dirijo; ^^H 


^^^^^V 


tú me has salvado. ^^H 


^^^V Mkrcsdbs. 


[Pues hijo!... ■ 


^^H 


Va me pesaba lacruz. (Con cariñosa con/ianí 


^HV 


Ejemplo me daba Dios; 


^^^^ 


pero bien se necesita. M 


H FíLÜC. 


líe hoy más. aunque iigcrita, ^^H 


^H 


llevémosla entre los dos. ^^H 


■ 


(Haciéndole una caricia.) ^^| 


^^^ h(BltC£OB&. 


iQué reliz soy! ^^H 


^^B 


Tal carifto • ^^^| 


^^^B 


nccc-'5Íta de un altar. ^^H 


^^H Mercedes. 


. \^o ten^o. Ven ti besar ^^^| 


^^^H 


la frente de nuestro niflo. ^^H 


^^H 


[Me lo como! — Di en el quitl: ^^H 


^^H 


con ¿1 aquí, y tú del brazo, ^^^ 


^^H 


(Huciemio la acción iit Uwar en brasosa^k 


^^^L^ 


y ilíl brasa á su mujer.) fl 


^^^v 


jlie de ser lo mSs padrazo J 


^^^f 


que pasee por Madrid! ^^H 


^^H MeRCEoas. 


(Gracias, Ditts! ^^H 


^^^^ FÓLIX. 


V no te asombre ^^H 


■ 


de lo mucho que he suTrido. ^^H 



B» Bi. SIGLO XIX 201 

Este el rcBaltado ha fiido: 
que la mujer.,, h.i-sta al hombre 
mAs pareoido ni demonio 
tmeca en todo lo contrario, 
si llegar sabe al Calrario 
con la cruz del fnatrimonio. 

La obm ofrece puatos de vistn de üinegaMe bellc- 
n, y no debe exiraflar que el público I;l recibiese en 
ia primera reprc-ienlacirtii uon un entusiasmo cxcesi- 
Tü, propio de las; impresiones fuertes y repentinas, que 
nodAQ Iug:ar al nnitltsis maduro y escrupuloso. No 
li' fue á Eíjtinuz menos favorable el voto de los inteli- 
gences; pues además de habírsele ofrecido en \n nwhe 
^ «strctio una corona Ue laurel, con una medalla de 
(troy felicitaciones íiutiítffíífas de Harlzenbuw:h y don 
AíUMla Duran, casi todos lus críticos militantes enal- 
twicTon por unanimidad la trascendencia y el valor 
literario de La crtts dd matrimonio. Entre los que re- 
«stieroo A la corriente de la opinión estaba el acadí- 
mito Cañete ', que, apelando ¡i un ex;imen prolijo é in- 
iPtiblc, \ixm6 sobre la comedia una serie de ucusacio- 
015 11(1 del todo impiirciales, pero sí temibles y funda- 
***s. El tíem|>o le ha venido iS dar en parle la razian; 
PWs mientras viven y vivirán con inmarcesible juven- 
tud /,M drama tmn.'0. Lo positivo. El tejado Ue vi- 
^rjí). El tanto por denlo y las demás obras macstra^í 
(ItAyala y Tamuyo. piíni no recordar Ijis del ronvin- 
títismo; mientras reciben consurntcmcnic de propios 
jrcximftüs un tributo de universal admiración, va decrc- 
cirodo paulatinamente la que excitó La cruz drl matri- 

mo. 

>i:' ihIíó desde un principio con Rguflaz io que de»* 



rtmmtf.a9^1il(eofta90Utata<iLño\. mlai. SDj' »(K«h«tn). y en 
rwcMitnimBr'nclactanwrBn tSuntcamn ia« qni- inawrnm (No im- 

attt 4ttfttttáal vnmnrtA. cvisn tncra Ji- •prtc-.tt. rl bflln |u«(a- 
IfVrii prOfuio i'l aulur, y f<M4c<.oni|<eilr. en puato A pftmi^rc* Je ir«t^ 
I f da ««too, OM U> oKn* úk Cpmrltk.- 



2Ü2 LA LirCRATÍTM ESTASoLA 

pa^ y en imiyor escala con Ech«garay: objeto de 

opuestas y csagcradas pasioní-í, nunca vio el flogriosín 
la censura, uno y otra dcsmediJus y violentos. l*utlií 
oUidar la terTÍble indirecta de £7 Padre Cobos ', cuyo 
atrabUiario pesimismos nadie perdomiba; pero siempre 
dcbiú de conseiTiir en la memoria como un espectro. 
y como punamlc espina en el ronizón, cí teniiz empe- 
fio de otros enemigos míls poderosos en deprimir sus 
obras. Ijis nieblas del olvido que p(K'o A povo han ¡do 
envolviéndolas no parecen disiparse por ahora, cuandu 
l;í indiferencia para con el antes conocidísimo dramjUi- 
co se va conviniendo en verdadera injusticia. 

A par de Eguíliu!. aunque en distinto tono, csc-ribl* 
para el Teatro el popular \ari:iso Serra '. ingenio pre- 
coz y fecundo, cuyas dotes se malpastaron por desgra- 
cia en muchas ocasiones, dejitndonos mAs pniehas de 
lu qut? hubiese podido ser, qiie de lo que fue realmente, 
abandonado A sus genialidades y caprichos. Aún no 
contaba diez y ocho aflos cuando saHa á luz la colección 
de sus primeras Poesías, destellos de una musa jugue- 
tón:! y fAcil. que recorre con holgura el sendero de la 
imitii<-i()n, dando espemn^is de volar nlfHín diu sin cl 
arrimo ajeno. 



■ Kn nlt frriMlcn v Jíji> >|iic m IB* mm-Jis* Jr BguUat rMn U(-m|w«| 
hkI'jt Im aiftlnuf lyrcM d« t« ñíMm«* cmomu ilr l« ittinot oclof, parque 1» i 
im de lu cous nuilnt o cl ««harte. 

■ Nad» en UaJdd cl 3J de Febrero de tSM. t>nAf m nlflex dlA mi 
Mn> laclItdMl poriculm.» pat* Is fmprovba^ldn «i vcrv», y cnlllvó g<w ml| 
rct«ludv todj» Ut Tnrintuihrt dr tu FVn-.'iIh. IMh'AJa A la \'arretn ilc lu^ 
tnai. ea U (jiu: nnnc* tinMn ár llr|ir a ti Kl Inzuí rw. tomA parle cu In inaír 
vlAn lie VicHtTiro. mas Metí r*''' lumpriimivoii pvrtVADlrh y por c^lrlln «V 
lurfio. qiK-á lmpulij>t A.-itnin.-<mTi.^íl¿o (Mlltkn. Skmlo e*pli4B >k cito 
[4dlA y obiUTo U nbwluta pira ocupar nan pliU4 itc oScUI m rl MAhtcrlo < 
lii C^otM-ruBcti^e. fxi InM «.■ IrronriA IniTfiKuní <K irotrcs; prinxlirlinitir la 
fcvfllud^n lie IF%H ur vlA il'-ultat<fo Je t^t^■ fntgn, y tln n>l>> iie.rDr>M4 pam vi- 
vir qus kit ¡pn Ir oltt<U « ya latlunda pluma. Rnfemo. pottrv y prlraJo Jr 
tikln iiuatlla dr la IkTrn, volvió lunoio» A Dio*. uilrccindoM: t (tcrcli:M>.> ibr 
LfliUnni plnlatlf A devola* Jettaraw En 1877. j'a.uiinitod Cuino de In Píen- 
•dIrhDMa li>crad«iindcMla<><)p3l.iMJrT«)ctrflelMlnlslcrlodeI''ootcnlo, mn- 
/■l* Strri ro Mnitrltl eelrví:! Jnrlo ^ vis laiKkoi nmlfot 5- ftdmlndorc*. 



nn UL. SIGLO XIX S03 

Hoac curapJicr»jn towlmcntc ni entonces ni cuando 
(JclDcrrií'sü poctii lírico nnci»'i el drarajltico, imitador 
tJt Urtuín, df Tirso y de los autores franceses, siempre 
IncorreeiMe en sus crriliicos piros y múltiples transfor- 
niatiunes. "Cuatro elementos infurman su irrcKular 
- - rnrcrcvintísima Teatro -diec con mróti el último 
lííj y piinf}£irist.'i de Scrra '.—La lectura de nues- 
tros dram. i tict« antiguos, que le inspiró obras como La 
tafír Jf lu Montrra. cuyo primer acto es Uin K-Iloy lo- 
iiffio que, si los otros dos correspondiesen <l su ji:íillarda 
eiposicíOo, no hubiera comedía más apropiada pura 
ni ' ir;i y tipo del talento de su autor. La intluencia de 
l^-t-i.tgenieii«nes románticas, que se ve claramente en 
B Tfloj t/f Siiti Pldfido y Cois rl liiobto ii (uchüladas. 
UithscTv-acitSn y copia fiel de la sociedad en que vtvia. 
' ' nU" en cometlias tan nalumUstas como E¡ amttr y 
. .ftí y .1 la f>uerla iit¡ (narie!; y el humorismo 
rtiinifo wniímenti] de ciertos escritores franceses.como 
'' ■ V, do euj-a alición hay pruebas en sus pasl- 

■;iv:os El Último mutto y Xmíir sr muerv ha^ta 
ITW DioR quiere," 

De estos cuatro elementos hay que descartar algu- 
•^ "■ ' mo iijntrarios 6 poco conformes al tcmperamen- 
j.irin del autor. A imitar el Teatro clilsico espu- 
id le arrastraba su amor á la lihercid ortistiea y A In 
llbtna ustenUiciún de la forma; pero k- falto el tiempo 
7 la paciencia para emjiaparse en so espíritu, y aban- 
donó Li tarejí sin üejarnos otra cosa que una ó dos imi- 
■s de escaso earilctcr. y alpuna refundición de 
II- Molina. A los rumAnticos hís conocía Ixistuntc 
V (ornando por modelo ií ZnrrílUí, trazaba las •Xúa 
IcycoUus drnmflticfts de que ya se ha hecho racnción y 
.|Ue torturó sin íniio su brillante y reciH-ijadií 
.1 - FxaKcrado y i\. la v« frío en los prucedimien- 



• P^^MjmM Dmata. •• lo» Atdom amt-Ulea* 6nt*w^*rAt,aM. Xtmo I. !»*• 



204 LA UTEHATVHA BSPaRoLA 

tos, como sucede ñ. los imirnUorcs inhúbilcs. pudo con- 
vencerle ti mal éxito de Ules tentiitivas que no bastan 
el empeño decidido y ía relativa destreza á torcer las 
inclinaciones naturales, sin que al punto se note la Fal- 
s¡ficaci<ín. 

De lus pasillos, para los que no pucJe neffiírstle 
vocación y pust» verdaderos, acertó Scrra íi sacar pran 
partido en los últimos tiempos de su carrera dramática, 
luando la experiencia v los desengaños híibían entur- 
biado el río de sus alegres ilusiones, cuando ya no mi- 
mba el mundo con el optimismo risuefío de la juventud. 
Nadie entre nosotros le ha ¡ínialado en este punto, con 
ser el gí-nero de impurtacirtn francesa y aparentemente 
fi-icil. 

Al poner en solfa los alardes de falsa democrnclft 
que abop;an por la nivelación de las clases sociales 
cuando de ellas puede sacar provecho el egoísmo pro- 
pio, sin perjuicio de hacer sentir el peso de irritante 
superioridad sobre el ser m.ls d¿bU CSi tiltírtr» numo}, 
ni pun¿íir con el estilete de la ironía delicada el pesi- 
mismo de brocha Rorda de un suicida, frustrado que 
busra la muerte aconsejando fl otros nvir, y que, por 
fin, se decide á adoptar el mismo partido {Nadie sr 
muere basta que Dios (/uicre); al pintar la agonia del 
ffcnio, y el doloroso contraste entre el espíritu que crea 
y el cuerpo que padece, simbolizado todo ello en el 
grlorioso autor de Don QmJoíc (Ei toco tic la fíuardiHa), 
y muy singularmente al interpretar los sentimientos de 
la pobre cicea Aurora, cuyo corazón vemos abrirse al 
amor como se abre A la luz el clliz de las flores, mien- 
tras la ridicula vieja Jcsuiui atrapa A su antiguo esposo 
Gim^s, que reniega de tal encuentro (en la lindísima 
halada Luz y SQUitira): en tales piccecitas y en alguna 
mds de i^ual corte ostentó Serra la vis cómica ligcni y 
saladísima, y la intuición de los misterios del alma, 
unidas por el la/.o de no sí quó dulce y simpática deli- 
cadeza. De un pensamiento sencillo y á veces ajeno 



Elt SI. SICLO XtX. S(0 

hilo brotar raudales de sp^cia y de ternura, supliendo 
cDfl tas bellezas de ejecución In falta de oriK:m.'iIJüfid, 
r elevando Ut zaníucla d la rnayM* altura á que jami)s 
ha rayndo. 

Erfas variaciones y estos escarceos de Scrm no 
tasan junios a hacerni>s formar exacta idea de su cnlcn- 
14, destinado principalmente ¿i brillar en el /;6nero tómi- 
o>. Tenia la vena ¡na^ütuhJe de Bretón, y sus dotes de 
fb«T^■;ldor minucioso y versificador espontáneo. No 
se le pida A Serra la descripción de los fi^randes con- 
flictos, las pinceladas de Shiiksi)cíirc ni Ui grandilocuen- 
cia de Calderón: nada de lus alturas sublimes que 
■ i .n vírtiiros. ni dt- los cluKfues en que estalla 
. -iorn la clc-ctricidad de líis pasiones. Su musa es 
b rralidtid lüuia de todos los días, sus personajes han 
lie pertenecer esencialmente al ^■lIIí^o más ó menos 
''"•;!■'') con que todo cl mundo se roat. y no tiene otro 
- ijc que el de la conversación ordimiria, conver- 
Odo por tH en insiTumento de un arte, cuyo mérito 
""' 1 en laniíturalidad. La cJase media con susinfí- 
ii.itices. el cuartel, la calle pública y la cassi de 
hiM^spcdes, todos los que pudiéramos llamar centros ile 
las ridiculeces sociales, le atraen irresistiblemente, en 
i.»Vw i'ticuentra elementos puní su obra, y tipos donde 
.r liis chillonas y recargadas Untas de su pnlela. 
i'ur los militares, sobre lodo, tiene Serra una predl- 
kwión característica, f.lcilmentc explicable por laseir- 
tiuistancias y el tnatiu tuuhifiíte en que le locó vivir, 
ü/ qNrreryet rascar..., Kí omor yfa (iacrta y Don 
T'.-':' I, por nit i'v[<*ndrr la enumeraci(>n, efecto y 

pT'. !;ilesiirui'.'nc-i, Rsta ülttmíi, con sus achaques 

y descuidos, inevitables casi para el autor, ocupa el 
primer puesto en su Teatro, y deja ver como ninguna 
sit> hut-n.-L'; y m:üas cualidades, y el norte aJonde ten- 
dían sus ináiint'js poéticos. Inocencia y Don Tonuls por 
una parte, ¿apata y Aniceía por otra, son creacio- 
Dcs típicas de ese pincel renlisui y esa retozona íma- 



206 LA I.ITCRATVHA StiTAAoLA 

gjnación que todo lo huccn ú su ímaj^en y semejaium. 
AIeü hay ii\U que tmscicndc A procctlimicnto de bro- 
cha gürdu, y iX c&cnsez de gusto rufimido y escrupuloso; 
pcru ci|uii?n no lo tolera y In olvida al escuchar el (liA- 
logo iinimadísimo, y encoQtrnrse con el recurso hdbil- 
menlc preparado y el lance insuperablemente cómico, 
y la rima dócil y voliidnra? Nu hurífi mucho m&% el 
mismísimo Bretón, aunque arrendara el plan y rcfun- 
dicni nljí'untt.s versos y refrenan» olriis indiKrilidadescleí 
discípulii dianas de explicación y disculpa. Don Toiutis 
es una comedia pura reir, y A este objeto predominante 
se síicrificnn los dcniíts que acaso se presentaron á la 
mente del autor, Hn cuaniy al f»mdo, sin negarle la in- 
j^cniosidad qut- rcalmenti; lo avalora, -;cómo no recor- 
dar el originjil de donde consciente 6 inconsciente- 
mente estA dcrivador ;Cómo no pcnsir, ante la fiarura 
de Inocencia, y sus retrecherías para vencer el desamor 
de su futuro esposo, en las tan conocidas escenas <le £3 
i/t'Siii'n con el liesdi'tt* El autor moderno, tomando una 
dirección contraria n la de la antigua comedia, no la 
sl^uc en el sutil y primoroso análisis del corazón, y sólo 
atiende á provocar con hitante mente la carcajada por 
medio de los liRuroncs. El descuido y la precipitación 
con que íTakijaba Serra, setrún confesión un.-^nime de 
sus biógrafos, su vida tempestuosa é inquieta, su carác- 
ter ligero y su misnuí facilidad de escribir tiradas de 
versos y escenas, por no mencionar el poderoso móvU 
del intenís, le estimularon á producir mucho, antes que 
ii pr<Klucir bien, l^s obras que desafian los rigores del 
tiempo y de la censura, aumentando con ellos su vnlor, 
suponen mAs fuerzas, y, sobre todo, mayor tranquilidad 
que las de que C-1 disfrutó. Poeta ÍAcil y ameno, acosado 
por peticiones y exigencias continuadas, poco amigo 
de revisar los primeros ensayos de su pluma, ;cómo 
extrañar en eUos las desigualdades ¿ incoherencias que 
sólo hace desaparecer el roce de la lima"- Así se ven tan 
A menudo en sus comedias hermosos argumentos des- 



E» EL SIGLO XIX 207 

¡Ucídos ó csbozadus soliunente, cuantío no se repro- 
Uttcco. como el de />í»« Tomíía. dos y tres veces con 
ütcniv variantes y creciuiic inhabilidad. ^Vsí no hay 
atre n^aíllos una que pueda proponerse como modelo 
Ten que no resalten, junto á los espontáneos vuelos 
de tu inspinición, Uis torpezas y los extravíos deplo- 

Por lii fecundidad, lo mismo que por las dotes pc- 
ualiares de su talento Uraniiitico. Scrra figura desde 
totyo cnire los discípulos fieles y aprovechados de 
Rtcidn. Como ¿1, era apto pora desenvolver un mismo 
teniíi en distint-ts obnis con variedad y perfección, no 
tti par.1 concebirlos nuevos y úrífrinalcs; como ¿1, te- 
tk siempre á su disposición un mundo propio, donde 
Mcr explayarse jl su gusto, imag^inación rLsucflit y 
f ■^— 1 'i verbosidad chispeante y prodigiosa, y domi> 
-luto stjbre la rima, en la ^ue no enconin^ dl- 
iculiaües, lúna ayuda. El sello brctoniano que dístln- 
Ifl». obras dnim.llicas de Serra, se extiende hasta 
más imperceptibles pormenores, aunque nunca per- 
nite ver las huellas del plagio, porque eran más gran- 
i^t]Up todo eso las disposiciones del imitador. Sino 
haliígadoá la posteridad pórtenlos de inspiraeión su- 
bióle, no morirán, cmambio, tan fAcilmentc varias de 
las fiaras á que dj^ vida; si no fue un Moliere ni un 
tío, ni sup<.' asimilarse de Bretón m.is que la^^ cuii- 
les externas y de forma, todavía pueble colocarse 
tulla entre lus Unimúticos de segundo orden. El 
5 todo entero, con algunos actos de otra.s 
i5 suyas, son honra y Rala de nuestro moderno 
o, singularmente por esc sabroso buen dtícJr, y 
esa vena de excelso versificiidor que fue inscpara- 
fcom» natural distintivo de su mu.^t. 

inrorrccciones t-on que esLíhi afeadas las obras 
•tScrrasólo indican la falta de sosiego en que vivió 
tcmentc. la vertiginosa fat^iÜdad para pRtducir 
impaciente lígere<!a, que fueron Jas dos ola:» de su 



206 LA UTERATLltA REPARoua 

espíritu meridional, tíui abierto A las impri'sioncs del 
mundo fxtcriür como inciipat de vidver sobre sí mis- 
mo, é imlcW-il ií toda rellexión y disciplina. 'Alegre soU- 
düdo y bohemio maleante en sus juventudes (concluiré 
con Manuel de la Revilla), poeta mimado del público 
más tarde, viciima después de penoKi enfermedad, t|ue 
convirtió en varón de doíorcs al que anics fuera flor y 
njiia de la gente desenfadada y de buen humor, Marcisi> 
Serra ofrece cierta semejanza en lo* últimos aflos de 
su vida con ;iquel célebre alemAn afntncesido que aun 
dictaba irúnicos vereos desde el le<hü del dolor: con el 
simpático ' desvenim-ado Enrique Heine. Pero aq«t 
concluye la semejanza: sí al humorista alemiSn arranca- 
ba el dolor gritos de desesperación, risas sarcisticas y 
emponzofladas srttirus, ei vate espuflol fue siempre sen- 
cillo y bondadoso, sobrelleró con resijfnación las do- 
lencias, el desamparo y la pobreza, y en medio do su* 
más asudos dolores sólo brotó de su pluma ei chiste 
fAcil, galano, inofensivo, más libre que inteocionndo, y 
mfls reEocijado que libre; y su espíritu, mjís benévolo 
(quizü por ser menos profundo) que el de Ileine. no se 
vengó de sus sufrimientos azotando con látigo «nn- 
gricnto el rostro de la humanidad. 

"ííra Serra un poeta íácW, calano. cspontáncü. sen- 
cillo, dotado de esa inagotable gracia que sólo en in- 
genios españoles se encuentra, falto de idea y de pro- 
fundidad (aunque á veces sorgienm, como por magia, 
en su cerebro admirables pensamientos}; apto ]xini pin- 
tar sentimientos deitcadus y tiemus, mas no para ex- 
presar las grandes pasiones; añcionado ante todo jíl 
chiste, que siempre manejó con soltuia y naturalidad, 
con licencia A veces, pero sin grosería y torpes bufo- 
nadas. Mjincjabu el idioma, si no con pulcritud aca- 
démica, al menos con portentosa facilidad y admirable 






GR EL SIC.LO XIX 



209 



desenfado, y el hacer versos era para él cosa tan scn- 
dlUcomo lo es el formar fritses para el comtín de los 
mortales. Ser poeta era en Serra tan natural como lü es 
en lüs pojaros ser cantores, y su poesía, fruto de líi ins- 
praclón oaüva mds que del estudio, brotaba de él con 
anta facilidad como el afíua de los manantiales. Era un 
twml>rc nacido pura hacer versos y decir chistes, en 
qirienera tan natural esm facilitad que casi puede de- 
cirse que no suponía mérito" '. 

No quedaría completa la semblanza del autor sin re- 
coger altfunas de las inagotables ocurrencias rimadas 
^K,A diario y como inconscientemente, brotaban de 
la incentiva de Sorra, y que son á sus versos escritos 
ia que el Kermcn á la flor. 

Saboreaba en cierta ocasión el müsico Gaztambide 
■ 'i'jerzo opíparo, mientras le contemplaban cuatro 
, -.- mds ú menos discutibles, pero todos ellos sin un 
nano, y al punto exclamaba Serra: 

Bebe un músico Bordó, 

V gasta de flor el pan, 

Y lacayo, y... ¡quí sé ya...'. 
¡V junco al músicu rsián 
Cuatro autores sin rtló! 

M úüT un aviso rt otro músico. D. Cristúbnl Oudrid, 
improvisó el autor de Don ToHt4s la siguiente redon- 

dilU: 

Oudrid: me ha dicho Reguera 
Que, al acabar \a lunciAn. 
Subas A Li Oirecciiün. 
Que? en la Dirección te espera. 

En un juicio de faltas, al que Serra llamó á un em- 
presario, llevando como hombre bueno A D. Francisco 



TOXO II 1<1 



210 LA UTERATinA ESTARoLA 

de Camprodón, había hablado éste del asunto, y el juez 
falló en contra del poeta demandante, que dijo 6 su 
colega: 

[Camproddnt me has dado un palo 
Con ese discurso ameno; 
Yo te traje de hombre bueno, 
Y me has salido hombre malo. 




,»,T.'<H. K>í<^>*"'."^>*<T?*'- 



CAPfTÜLO XI 

EL TEATRO DGSPUfiS DKl. ROMASTICISMO (cOKTIÍíUACÍÓn) 



rkn««UM Mu. l'koiv»)»*' Trnímúfi. ) lianiálMi. Pmlon. Naim Rnva. 
Miu 4* Atfx. UttM»*», Urr* ID. l/nU ll.l. KMm jp K*liM«rri«. 



bA tendencia docente y filosófica de que pjirticipó 
la comedia en manos de Ayala, Tamayo, Serra 
y E^Jlaz se filtraba simultáneamente en el 
drama histórico y el de costumbres desde que en IS48 

• r¡(j sobre las tablas el célebre Don Francisco de 

■ io, de Eulogio Florentino Sanz ', coincidiendo 
prvcisamcnte su representación con las. tumoltuosas 
«ccnns que en Uis calles presenciaba el pueblo de 
ifadrid. y que eran como fugitivo destello de la con- 



• .tacia M ArfnüD tAiUa' <l 11 ilc Mnim de 1920. «Hmirrano «An nur iiIAo. 
r fMltda A la tutela 4c un [urK-ntc limo de condUtOn, tcoa de fonnai t InlUl 
MrfflUMladelMnreo^ltx. panlvdncIniP-kMguracl Sr. CAsiro ]r ScmkBo * — 
ittkio M ftii «>lo >* «MU» áe re^nriMii. Lmi fcWui«iea nn ni tmor. * 
I IIWMb« tío, ai nvvUnlB M«b na oto bfcvl*lm« dUl«rx •— ScAor»»- 
•kiriJl* nn dM c) vIpI», ruiUi Irnipiak AwEnrBii gncravktodon Hlcmnc 
*rtM«. - Sxlnr Ua. coalntAlc rl >iui_-hsi-h(F, yo «a w lo Iw lUdo á oUa Imgui 
«mU>U it%wd.*KaMUy«*m*«A«cJauw, r«l«ridM porrt «bB«bUfnlo, 



t cnriHo ilUoitM de mietucit* al d* l«f f« d« D. JUm^o H«alm Fx 



S12 LA LITURATVKA eSl'AÜOLA 

tla^acióft ea que se abrasaba Europa. Grajide es el 
valor absoluto del drama, pero se necesita retroi^radar 
hasta la época cíe su estreno, y apreciar bien twJiís las 
cireunslancias, para darse cuenta del entusiasmo que 
excitó, y que contrasta con el olvido posterior tan la- 
mentado por el poeta. 

Un sello de prohtnda originalidad distingue al Doh 
Francisco de Quevedo de todas las obras que ocu paron 
la escena espafiola desde 1834 á 1S48. No sé qué alien- 
to innovador se siente discurrir por aqueMos cxtraflos 
diálogos» tan Ucnos de estudio, de intención y (iloso' 
fía, y por las situaciones, el estilo y la versificación. 
Nada tan frecuente hasta entonces, aun éntrelos mAs 
juiciosos dramáticos, como las exuberancia.s de un li- 
rismo tentador y lujuriante; nada tampoco más con- 
trario á él que la precisión nimia y monosilábica y la 
constante sobriedad, distintivos de Üon Frutídsco de 
Qtuvedo. 

Ilistórlco por los personajes, este drama anunció en- 
tre nosotros una evolución artística, no siendo al cabo 
cl personaje principal sino un instrumento por cuya 
boca habla el autor, vertiendo á raudales t;l desengaflo 
y la misantropía. El gran sítírico aparece, no con su 
rostro festiva y provocante, sino con otro enlutado por 
el dolor, y al que asoman de cuando en cuando 1n<; son- 
risas, pero siempre mezcUidas con los desdenes, cl .«uir- 
casmo y la amargura; carácter aiuicrónico en el siglo 



u dllMi)* MI canlctcr qiM «i imiIa varió cmi Io« ailo* iri con las tMrílp<nM ilr !■ 
«K[H.'>li;svU. Ht V>Uadeltil, dQ«4'* lo' nxidlnno j rcvolloeq athulinnlc. f»i>i> 
Fl«rai»ltiD Swu * U corle paia cotitaKiarir A tu Mtm» y tí iMrfodüaK<. L« 
nvotacUn dr ISM Ic tilio EncareaJo >ir NcsiKlmcn Btcltn. Dnraauíu per- 
nuuieocriA ea At^imuiU ntodld U literatura dí ».incl paU. intdudcftdo al^U- 
nnicanctoivtcdcBatlque ÍUiat c«n tu piHccv-J^ iavy«>,i* ti>ilaKUd«cncac 
tltno. Los Jo» diTcnlM anleiiorvn á U mucclc de FlomUno Saat, ncnrrliln rn 
;9iI«AbtlliJc ttSi. )o tHroapant^lika>t>wiluio.il«Uiitl«flii>.bl|odrt>itctill«-o 
«cpliini ili^ mpertorUttd, qme te Inducía á cruM-M InJiwtAnenic pe«i«nc>>d«]' A 
vJvIrcnlAÜMccMn «m ftriiütív pnr* so (amo. 



EH BL SICLO XIX 213 

*ellpe IV, y perteneciente en realidad a! XIX. Ahí 
kn para demostrarlo estas famosas quintillas: 

...Es fuerte aparo 
Que me h:iy.in de perseguir 
Necios siempre, y de seguro 
Con este intame conjuro: 
iQuevedo, haccdnos reir.> 
Y es, por Dios, contraste horrendo, 

Y aun viceversa neTando, 

Y hasta sarc:ismo estupendo, 
Que ellos escucheo riendo 
I^ que yo áigo rabiando. 

Tal vez porque se desvien 
Suelto un chiste insulso y Irío... 
Mas de gusto se deslíen, 

Y tanto A veces se rien 
Que al (tu... yo tamblín me río. 

Kisas hay de Lucifer.... 
|RÍsas preft.tdas de horror; 
Que en nue^itro mezquino ser, 
Como -su ILinto el placer, 
Tiene su risa et dolorl 

jNecios, los que abrís Us bocas, 
Abrid los ojos!... QuizAs 
Ver -is que mis risas locas 
Son de lastima no pocas, 

Y de tedio 1.ir demís. 
¡No!... Con su chata razón 

No comprenden, cosa es clara, 
Que mis chistes »otas son 
De la hie) del cornión 
Que les escupo & la cara. 

S(: los necios de mil modos 
Que se divierten discurro 
Hasta por cogote y codos... 

Y yo, ni divertirse todos, 
Siempre me canso y me aburro '. 



La mi.santrop)a de Qucvedo no equivale ai egoísmo; 



I m. nona V ti 



2U LA LITERATURA ESPAÍlOLA 

y « desdeña á los sicrr-os del rrimcn y de la ndulacicín. 
si se pone enfrcnie de las iilmncras aspiracione* de un 
privado, esgrimiendo, mA'^ que ninfi:uiia otra, el arma 
de la burla sangrienta, también se rinde ante la ino- 
cencia coronada por la desventura. Estas dos fases del 
carácter de Quevedo se explican y compieun mutim- 
mente; lo mismo agrada verle sorprender los tenebro- 
sos planos del Conde-Duque para desbaratarlos de im- 
proviso, que seguir de cerca sus esfuerzos en pro de la 
Infanta Margarita de Sahoya, robusto estorbo del fa- 
vorito, almíi varonil y ñ pnieba de contradicciones. Los 
rerursos de que se sirve Quevedo para intimidar íi Olí- 
vares tienen algo de pueriles; pero no sin placer se es- 
cuchan los comentarios de su soneto A una nariJS, y los 
de la carta real donde va la condenación del privado, 
bien ajena de su pensamiento y del de sus enemigos. 
Quevedo, el más temible de todos, que ya en otras oca- 
siones le había hecho temblar y desdecirse con mostrar- 
le la orden de asesinato eontra la Infanta, firmada por 
el mismo Conde-i:)uque. prende en sus espaldas el es- 
crito en que constaba haber sido ístc parte principalí- 
sima en la pérdida de Portugal; el Conde-Duqut- no lo- 
noce la estratagema, y jura A Quevedo que nunca lle- 
garA el escrito á manos del Rey. cuya benévola sonrisa 
le asegura más y m;is, ahuyentando sus temores. La 
sorprendente conclusión del pliego real, que descubre 
á Olivares cuan fundados estaban, varía repentinamen- 
te la posici(}n de todos los personajes, levanta de su uha- 
timiento A la Reina, postrando la soberbia de su enco- 
nado perseguidor, y deja solos y frente á frente á Que- 
vedo y A la Infanta Margarita, cuyo mutuo ú ideal amor, 
que ya de muy atrás se presiente, da lugar A un nuevo 
drama, tan breve como de hondo y palpitante interés. 
¡Qué sensación no causan aquellas frases, que, cruzan- 
do con las ap:irienci:is de un relAmpago fugaz, dejan en 
pos de sí toda una serie de lamentables ruinas, no me- 
nos lamentables por lo más ocultas! 



ES SI. Sir.LO XIX 

^jQniV A 3er nnclmos quizás 

sfempre amantes... 
&(asc. iSicRipre bucnosl 

|Ay! venturosos... jamAsI 
Qi^Ev. ¡Por nué yo no nací mis? 
Marg. ¿Por qué yo no nact menos.' 



215 



Ese morir altogaito á la orilla, en expresión de Que- 
Tcdn; ese anhelo Imposible, que es al mismo tiempo 
remora y desventura, hiere el alma como tui puftal y 
«instituye una situación digna de la tmgedin. Tal os 
wta joya del Teatro moderno, que justamente envane- 
riit* su autor, de cuya musa, A juz^íar por tales primi- 
cias, no era de esperar aquel obstinado silencio con 
il« intentó castigar la supuesta indiferencia del pü- 
Htco. 

Otro drama, Acltaques de la twjrs. y los frajímenios 
Jt tmo no reprcsenaido, La escarcefa v el puñal, es 
l*lo lo que produjo, después del Oom Franasro rfir 
^uvedo. Li inspiración dramittica de E. Florentino 
Smiz. Los que llegaron it eonocerlc, sin excluir á los 
«4? amigos, hablím muy mal de su carícter, tocado de 
"r^llu desdeñoso y exigente, gracias al ctuil, y juz- 
gando inferior su renombre a! mérito de sus obras, se 
«B«tstill<^ en im Olimpo inaccesible, de que no luvo íl 
Men salir en el último y más largo periodo de su rida. 
Q Qttíi'ft/o pcrsisiirí, sin embargo, ya que no en la 
memoria de la plebe literaria, en la de lí>s que conoz- 
ain nuestra moderna escena, A la que comunicii un tm- 
polsn. mitad hijo de su ingenio propio, mitad inspirado 
pw los inmortales maestros del siglo XVU. 

Lo que para el dmma histórico fue Pon Frandsro 
dt Qurfedo, lo fue para el sentimental y de costumbres 
c\ qucr tres aliw mAs tarde dio á la escena (IJv'^l), titula- 
do Flor de tiH día, el fecundísimo poeta de Vich, don 
Francitico CamprodAn. Las lágrimas que hizo derra- 
nur el infortunio de Diego, desdeñado por Lola; la 
coanoeiOn que un i versal mente excitaban las escenas 



216 LA LITCRATVKA B&TAROt^ 

rcputndas entonces como de inefable ternura, y qac 
hoy nos parecen cursis, viven como recuerdo en Ui 
memoria de los que alcanzaron las primcr.-is represen- 
taciones de fior de un día. Pero lo que repite llega A 
empalíigur ú la postre, y eso fue lo que aconieciú d 
Camprodón con la segunda parte de su obra: JSsfiñías 
dt' una flor llenó cumplidamente su título, desacredi- 
tando los di^rcteo^ y la melosidad que binto agradaban 
en un principia. El autor se consagró al arenero lírico, 
y aumentó nombre y fortuna con los libretos de zarzu^ 
la que todús conocen. 

En D. Miinucl Fernández y González encalcaba 
Htavismo rom.'üitico, que, esgrimiendo las mismas 
mas de sus célebres novelas, cautivó A un público bien 
desemejante de! que había aplaudido />7h Alvaro y £/ 
Trovador con su copiosa descendencia. Muy joven aún 
llevó Fernilndez y GonzAlez ul Teatro lu historia de 
O. Pedro I de Castilla, conquistando en la ciudad de 
Granada una reputíición que aumentaron la tragedia 
bíblica Síiw>"fÍM lI*48> y algunos draraitas. Utilizando A 
su modo los datos de la Historia, las tradiciones popu- 
lares y los recuerdos cíiballcrest-os. compuso Don f.ut's 
Osorio, Como padre y como rey, Avfuiurasj'mperi'a- 
Jes, Cid Rodrigo de Vivar y La muerte de O'sneros. 
GiLllogo á que deben afladirse Nerón, Dudas de la con- 
(ieticia , Los encantos de Mcrltn, E¡ Tasso, Vtriato, 
etcétera . De todo este cúmulo de producciones quedan 
en pie algunos fragmentos brillantísimos de la tragedia 
Nerón y del drama Cid Rodrigo de Vivar, refundido 
en IS74 con ese nombre, y que cerró dignamente la se- 
rie de interpretaciones teatrales de que ha sido objeto 
la gran figxira del hOroe castellano A partir de GuUICn 
de Castro y Pedro Comeille. I''cmilndez y González en- 
contral>a acotado el asunto, y aún acertó á extraer de él 
algo que no se ve en sus predecesores: á hablar de nue- 
vo el lenguaje del heroísmo rudo, de la hidalguía y el 
honor, mezclado, y esto es lo deplorable, con el de la 



KN EL lUCLO XIX 217 

arn^ancla riolentn, A que propcntlicí siempre el dramá- 

lico-aovclista. 
Dtscurtando, odemds, como descartó, algunos episo- 

liú» épicos de la leyenda medioeval, privaba Á su obra 

Je grandes elementos de belleza, aunque por otra p:ir- 
telii hiciese pinar en unidad y cohesión. Los antece- 
dcmes de U fábula ocupan casi todo el acto primero, en 
mu de cuyas últimas escenas comunica Diego Lai- 
BC2 á su hijo la terrible noticia del bofetón descnrgrado 
sobre el rostro del venerable viejo por c! Conde Loza- 
no. Ijis leyes del honor estAn miis stiavizadas en el dra- 
BBde Fernández y Gonzdler que en el de Guillen de 
Castro, y no impiden que el corazón del Conde se abra 
á tot sentimientos de piedad paternal, impulsándole A 
rrthaziir, mientras puede, el reto que le propone el 
Cid, y que cuesta la vida al padre de Jimena. t-i lucha 
catre el deber de la hija y la pasión de la mujer aman- 
K la admirable situación en que Jimena va & clavar el 
poftal en el pecho de Rodrigo sin hallar en sí fuerzas 
PVri liíLcerlo, y la lectura de las dos cartas en que el 
Coode, decidido ú morir, había bendecido el matrimo- 
"Wiie ios enamorados, representan tres momentos so- 
fcmncs que el poeta traduce con vibrante y concentra- 
^ sobriedad. 

No es el ultimo entre los atractivos de Orf Roitrino 
^ Vivar el de la versificación, siempre numerosa y 
nvaifante, por el estilo de la cita que va á leerse: 

Kev. Con vos ansiaba quedar 

& solas. 
RofUiUio. Yo con el Rey. 

Rey. Hablemos d baena ley, 

Rdüxioo. Mano claro os he de hablar. 

O mucho me engafto, 6 vos 

estnis contra mi irritado. 

Me mandasteis desterrado 

un arto, y me «tuve dos. 

Os punzó lo de Vivar 

cuando de vos me partí 



3)B 



LA LTIEltATCRA BSPaRoLA 



soberbio, y & retar fu( 

á quien me Mcgíi á injariar; 

y vos, por ello enojado, 

me escribisteis en un pliego: 

«Salid de mis reínon luej^o 

por un arto desterrado.» 

Obedeceros ley fue, 

y como ley la campU; 

por un ano obedecí, 

por otro me desterré. 

Pero roienio; & raí pesar 

siempre estuve en vuestra tierra, 

porque os gané en buena gucfra 

la que he Iletrado A pisar. 

For tiecesitltui batallo, 

y una vez puesta en mi síHa, 

se Vfl cHsauiharuío Castilla 

delante de mi cat»ilIo. 

Y es que, aunque os llegue A enojar, 

aunque me nparti^is de vos, 

no quiere en sus juicios Dios 

que me podáis desterrar. 
Rev. iSoberbio hablaxst 

HoDiuco. Pero 4 ley, 

como hldalg'O y como honrado, 

que no siempre el enojado 

hii de ser, scrtor. el Rey. 
Rev. Desenojaros espero; 

podéis hablarme, seguro 

que, aun contra raí, yo os lo jaro 

me haWis de hallar justiciero. 
Rodrigo. Que asi os mostréis es raz4^n, 

que el Key, sertor, t;irahién yerra," 

& un hombre sr le dcsticrrii 

por rebelde, por fcWn; 

pero al hombre que. injuriado, 

venga su honor como puede, 

á un tal hombre se concede 

m.1s aprecio por honrado '. 

No está desterrado atin del repertorio modí 



Ano 111. (tcena XV. 



m lU. 3K.L0 xtx 219 

vlcorijso cuadro de historia que se ticuln Im campana 
í- .' ( Áhmiáayna, y cuyo estreno (3 de Nov-iembre de 
' 'ue en su épwa un acontecimiento muy ruidoso. 
El obscuro poeta mallor^^uín, de cuyo ingenio brotó, ta; 
bowba D. Juan Palou y Coll, y no ha dejado más que 
aquella y otra secunda prodaccÍ«5o escénica, /-« eapaüa 
yátanH, hermoso trasunto de la fisonomía moral de 
Aüíins March. Nada pierden con eso La campana déla 
AltmuiavHa, ni las afecciones y luchas internas que dan 
viAi ,1 la acciíín y á los personajes, en ios cuales se di- 
boja i trechos el perfil calderoniano. 

Es la épocíi de D. Pedro IV de Aragón, y se trata 
de IJK disensiones civiles que ensangrentaron las tsla^ 
Baleares en su reinado. El sentimiento de patlrc y la 
n^elldad al Monarca aragonés se disputan con ig^ual 
fcrczíi la voluntad del Gobernador Centellas, al oir que 
^ hija morirá de no hacer él traición d su palabra y A 
^ rarpo. La suerte del Principe D. Jaime de Mallorca, 
*" ' 'u itud de su madre doña Constanza, lasímpatiadel 
inio. la terribíe firanUezji del honor, todo contri- 
¡ye á agnmdar el valor dramático de estay las siguicn- 
■tituacioncs, diestramente preparadas por el poeta. 
critico muy perspitaz, que juzgó d Teatro de 
y Cüll con disculpjible espíritu de amistad y pai- 
íje, censuia en La campana de la Alwiulaytia la 
ti de fidelidad histórica, aunque añadiendo con en- 
tusiasmo: "En compensación de este defecto radical, la 
otmi de Palou tiene un valor dramAtlco ú todas luce;; 
subido. Su cualidad predominante es a^iuella fuerza 
■rara de si misma que suele constituir el sello caracte- 
rfulco de la verdadera potencia Intelectual . Tan genui- 
nn robustez, artística mente moderada por cierto ins- 
tinto sccTeio y maravilloso, se harmonizíi en este dra- 
ma con una delicadeza suave de sentir sobremanera 
exquisita. iCoosorcio admirable que recuerda aquel pa- 
nal de miel qut encontró el mAs fuerte de los hebreos 
en la boca del Icón! Hn La campana los caracteres se 



200 t,\ t-tTERATURA ESfA.IOLA 

desarrollan con vigorosa espontaneidad, estalla el diA* 
logo con reconcentrada enerpía. la palabra hierve sin 
solt:4r el freno :l su exjiansivo impulso, y la acción c:t" 
mina con paso (irme y seguro <1 su originalísimo des- 
enlance. Imponderable es su mérito psicológico si se 
atiende A la doble y complicada lucha que traban entre 
sí pasiones lle^-adas & su apogeo de exaltación y senti- 
mientos intensísimos '...*' 

El mismo amor á las osadías románticas que antes 
señalé en FemAndcz y González informa el Teatro del 
entonces joven Lilwrioso y aún superviviente periodis- 
ta D. Coferino Suitrez Bravo.autor de losdramus Aman- 
te y cahalltro, ¡Es un ángel-', Jíurique JII y Los dos 
compadres, y de las comedías í^« nw/fn conira Esqni- 
lai/ir y EJ Junar df ¡a man/Ncsa, con al^na más de 
fecha posterior. 

Su fantasía ardiente, y un sí es no es tétrica y vaga- 
bunda, le condujo hacía el inmenso cami» de las tradi- 
ciones Icgcadarias, con las que cantas cabezas hnbia 
trastornado ZorrilU, y que íl por innata afición, y fl 
despecho de modas y vicisitudes, no se resignalia & dnr 
por definitivamente muertas. Omito lo que pudiera de- 
cirse de otros frutos no muy sazonados de su inspira- 
ción para hablar de Los dos compadres. Verdugo y sc- 
pidturcro. 

Galería de visiones, espectros y lubrcsrucccs; tí 
es aquí triste y sombrío, desde el lucrar de la 
hasta la iaz de los personajes y la sucesión de los acon- 
tecimientos. En el fondo la muerte de D, Alvaro de 
Luna, con el misterioso s¿-quito de cmbü2uidos, intrigas 
y sobornos, y dlbujiindosc sobre aquíl las dos siniestras 
imáETcncs de Garduña y Juan Castríllo, Ixtnada la una 
por la fosforescente luz de los cementerios y la otra 



escefl 



> t^rcM <rMtat g ltí*mÍM <If OaUbrma rarUM. Tamo L r>laa de U«Uor- 
ca. IBS? ^pAclnu ^0 r 271». L* crítica áe La eanptmo <U ta Atmmuvoa ra bi- 
■i«dl*unLMie Mculda «n e>t« nU«au> (amo de la de Xa ttp<^da y tí iaiUL 



E» El, SIGLO XU 221 

con rojuüs vapores de sin^e; ¿quién trazó nunca un 
cuadro más terrorifico? 

TomAs. el supuesto hijo del vcrduieo. rebelándose 
ñ impulsos de su síingrc g"cnerosa contra la tiranía del 
nadnumto j la opinión, ostentando en su.s fraf^ei^ dolo- 
ridas la interna amarfcura y Las dcsierta.<: soledades de 
su alma, reconociendo por fin á su verdadero padre en 
el poderoso Conde de Castro, es la figura más lulcra- 
We de la obra, sobre kt que vierte algunos rayos de 
luz y de csperíinxa. Joven ine.xpcrto, no podía SuArez 
BfitTo «sustraerse á las engañadoras apariencias de lo 
que hoy llaman efectismo, ni á las galas líricas que pro- 
ftisomente dernimó prcvalífndose de su habilidad en 
Us dcseripciones y en Ui versificación. Lo que fue en 
tldesvfo de un momento, llcgti á convertirse, andando 
iMaflo», en sistema normal pora la escuela, aún hoy 
Humeros:» é importante, de Echegaray. entre cuyos pre- 
dfctsores debe contarse el autor de Verdugo y sepul- 
turero. 

Mny poco escribió para la escena después de este 
drama, entreteniéndose más en las luchas del periódico 
■iw en las pacificas de la Poesía, y sólo despuOs del 
hrjto período en que sucesivamente figuró como re- 
díwor de EJ Padre Cobos, Et Fensantienío Español y 
fl Stgio FulHro, quiso afladir un laurel A su ¡mtigua 
corona de poeta dramático escribiendo en colabora- 
cJbn con D. EsteKín Garrido la última de sus comediíu»: 
ta mttHcka en íafmtie. 

Al incluir aquí el nombre de D. Gaspar Niinez de 
Arce, hablaré sólo del autor dramático, no del lírico in- 
cccnpanible, que se h:i eclipsjidu A si mismo en cierto 
modo, porque realmente hay un abismo entre estos dos 
iupeciir> de su pcr^nalídad literaria. La comedia de 
costumbres al modo de Ayala y de Tamayo, y el dra- 
ma hiíiiórico con ixxs visos uunbicn de lilosoíía, &ón los 
dw géneros á que se consagró Niiftez de Arce, ora es- 
cribiendo por cuenta propia, ora en colaboración con 



SS2 



La UIBRArVRA ESPAÑOLA 



SU amlpi^o D. Antonio Hurtado. Deudas de la honra. 
Quien debe paga y Justicia providumiai se intitulan laB 
tres cümediuc; que ha colecciunuilo ültimiimento junto 
con Jtí hm de ¡eiia ', y en todas esLl de resalto la ten- 
dencia docente, la afíci<>n A discutir sobre las Uiblas 
problemas irasccnden tilles de filosofía y de moral pú- 
blica; fin equivalente, aunque menos elevado, al que 
inspirA los Gritos dei combate. Pero, ¡cuánta diferencia 
en la ejecución entre la espontánea é iiTestaflable vena 
del poeta Úrico, y las cscsibrosidadcs y violentos recur- 
sos del dramático! Justicia proiu<hncial apareció poco 
dcspuís de la revolución de 186a; mas comprendiendo 
Núflcz de Arce que no era ese el terreno dnmle retaba 
llamado ;l anatemati/^^r crbnenes y tiranías, lo abando- 
nó desde entoncer, retirándose por fin del Teatro COD 
la mejor y mSs cclcbrda de sus obras, E¡ has de h-fía. 
Nada tan fastidios:imcntc manoseado por poetas es< 
pañoles y no espíifioltrs como la vida pública, y privada 
de Felipe U. que. convertido en espectro Infernal por la 
historia protestante, vino á parar por las m.-ls extraflas 
transformaciones en la fanuisía de Alfieri, Schiller y 
Quintana. Los amoríos del Rey prudente con la Prin- 
cesa de ííboli, sus crueldades y maquiavélicas intrigas, 
la luctuosa muerte de Isabel de X'alois, y sobre todo 
la xaAs trágica del Principe Carlos, fueron lugares co- 
munes que nadie se atrevía A de^imcntir, y que dentro 
del arte daban vida rt las mAs al>surda5! ficciones, co- 
menzando por las de autores eminentísimos y conclu- 
yendo porliis del scrvum pecas, alentador de todos los 
motines. Niiñez de Arce demostró con El hnc de lefia 
que no era necesario acudir á inverosímiles fábulas, que 
por entonces había desacreditado ya la crítica, para 
hacer interesítntes las relaciones entre Felipe 11 y su 
infortunado hijo; y, sobreponiéndose su cordura á los 
instintos pro^csistas, no quiso sej^uir las huellas de su 



* 0>rw 4nimaÍUat utogltiai. MaMi. iSft. 



SS SL. SIC1.0 XIX 



2Z3 



ami^o y corrclígionnrio Calvo Ascnsio; antes aprove- 
cbú \aü datos rígiirus:imente histf^rirojn, hallando en ta 
rralklid la poesía que no hallaron otros en romiintlcos 
delirios. Nada de alardes librepensadores; nada del 
viacrúnico indiíerenttsmo en relíf^lón 6 de la& pasma- 
rotas republicanas en que se kibtan complacido sus 
ptJccesores. No es allí E^íisiila un jxiísde hipócritas y 
druoi, aunque si de profunda fe, de paflones exalta- 
bas y rencorosas, de sixnfírientas y continuas represa- 
lias. No es Felipe 11 el demonio del Mediodía, el Nerón 
ilesalmíido y sin sentimiento, que sólo vive encerrado 
cacl alcázar de su eg^oísmo y que se entretiene en mar- 
Qftetr inocentes víctimas, sin excluir las<A su sanare; 
o el Monarca integro <i inliexible. el defensor del Cato- 
Ucismo, cruel por convicción y por conciencia, si vale 
li frase; y aunque resulten indecisos y discutibles los 
ftleamicntos de esta risonijmía, por lo menos no repe- 
hn ai desentoiuin . 

Por otro liido, y éste es el grran acierto de Núflez de 
Arce, no aparece Felipe II en ¿V /wj de It-tia como 
Moiutrca solamente, sino también como padre amoroso, 
nntmriado por su hijo en sus más caras coavíccío- 
'Hipatías. y fatigánJosc. sin embargo, para rc- 
.1 su obcdienci;i. Es&t lucha intermí entre dos 
'Aertrs es harto mAs humíma que los rermamientos de 
«Cono soñados por Schiller. Don Carlos queda jus- 
lafitente miis desfavorecido y sin el velo de la ioocen- 
c» y el infortimio; pero no le faltan consejeros que. 
Htimutando su imprudencia y aprovechjtndusc de sus 
Alias condiciones, le precipitan en el abismo, nte- 
sbiikIo su culpii, ni tíimpoco una mujer que le redime 
J^ enaltece hasta cierto punto con su amor desintere- 
sado y vircinal. El farsante Cisneros. tipo admirable- 
nentc dibujado de ese rencor profundo, invisible y á 
lerte, que se alimenta é identifica con la sangre, es 
creación de una importancia artística que sólo se com- 
•rende bien al escuchar el grito de vencedora alegría. 



2» 



LA ).tTEKATtlRA ESTaIVOLA 



clave de su enifrmAtica existencia >■ de »us ocultas as- 
piraciones, con que da por vendada la afrenta de su 
padre, el infeliz dogmatizador Don Carlos de Sessa. 
Catalina, la generosa mártir de an amor imposible, la 
idctil é inseparable compoflcra del Príncipe en su pro- 
lonfrada aconta, honra tanto al corazún como A 1a ca- 
pacidad del poeta. 

No aspiraba A la ventura 
De llegar A mestra allura; 
Mil veces y esta me aHige, 
|AyI perdonad mi locura, 
Gloria y grandeza maldije. 
, Mas ya puedo sin temor 
Dar rienda A mi desvarío. 
¡Sois desgraciado, seftort 
Sufrís, {i(u¡<5n vuestro dolor 
Puede disputarme? jlís mío! ' 

Asi habla Catalina con su amante cuando, al borde 
de la tumba, desaparecen todas las miras posibles de 
intcr£-s, y sólo queda en pie la pasión ardiente y avasa- 
lladora sin una manchíi que empañe su purc7^. 

Las obras que en colaboración escribieron N'úñex de 
Arce y Antonio Hurtado, y especialmente los dos dra- 
mas históricos Herir cu la somhrn y La jota anij^one- 
sa, dan reunidas las perfecciones que separadamente 
adornaban A los dos ingenios. Yo, sin embargro. Juxgn 
HUv no tomrt allí tanta parte Ui virilidad robusta de £7 
has! de teña y Juslida providencial como el apasiona- 
miento y la delicadeza de Im Maya; es decir, que los 
rasgos salientes de estos dramas pertenecen mus S Hur- 
tado que A Núfie?. de Arce. 

Herir cm ¡o sombra {íS66t comprende también uno 
de los hechos más culminantes en la vida de Felipe II: 
su enemi'"tad con el secretario Antonio PiJrez, coloca- 
da por cierto & la luí do un criterio nada imparcial y 
bien contrario A la historia. Sobre Antonio Pérez des- 



« ActoV.vcmalV. 



EH EU SIGLO XIX ZS 

carenn las iras injusus del Rey, que castiga >mis sus 
(*Í0£ gtu- el delito, y se sirve Á este fin ücl otiioso espio- 
oiK. convirtic-ndo en tnstrumcnco <lc ¿I A un D. Rfxlrí- 
eo, fodre de Dicgro. el amante de la hija única que tic- 
oc el porscjfuido setTctario. La lucha entre cf amor 
Qial T los impulsos de su propio corazón hacen de 
Diígo un tipo de extraordinaria belleza moral, lo mís- 
moenando se va puriñcando su amor por la desgracia, 
<ne cuando se le oye contestar A las instigaciones Je 
sit padre para que acepte la protección y las mercedes 
íelRcy: 

Esa lorttina me inlama, 
Y lu rechazo... 

jVnir» ha dicho uno de los pcrsomues: 

E< la lortunn del mundo 
P4>rljdn como la ola; 
Mal está coníti¡£o mismo 
Quien sus impulsos no eofrenu, 
Pues, irritndn í serena. 
Oculta siempre el aWsmo '. 

Vftkn mds en esta obra los rasaros sueltos que la 
t'WUituiu intima; pero es en todo inferior A La jota 
*^i(í>Hrsa, representada tambiín en ltíW>. y en la que 
Ufladniirahlc-i rcsiikan el colorido, la vaiicdad de to- 
•bjr la intensidad dnimiHica. como U perfección de 
1 y el comunicativo iifctto Je patria que palpita 
-■ los escenas. Aquella noble democracia espa- 
lda al culur de In fe, que unbi los intereses y 
.lunes de todas Uis clases sociales, y que convir- 
liguerm de la Independencia, de insurrección dcs- 
a y motín de guerrilleros bisoAos, en epopeya 
:e díj^a .de un nuevo Homero; aquel triunfo in- 
f del cntu>¡asmíj sobre la fuer&'i, se vienen ít 
con Hu miiur;il expresión cn lus vnriaüo^ y bt- 
HÍRimüs lances de este drumn. Allí la heroica tntrepidejí 



1. .< it.««rtu IV. 
lOHit II 



ir» 



22b LA LITERATURA BSPAXOLA 

de la nubleza anticua, represeauída en D. Pablo; olU 
el irrellexiv'o valor de los jrtvcncs que, como Martín, 
cambiaban la sotana de estudiante por los arreos dd 
recluta; allí el afrancesado Uc buena fe sintiendo por 
toda? partes la persecución de un pueblo enfurecida; 
allf este mismo pueblo congregándose tumultuosamen- 
te en el templo de la Virgen del Pilar, i/m no t/urrfa 
ser/rancesn, y sublimándose con t.'mtos heroísmos anó- 
nimos c-ncubiertos por los barapos, y que no nos ba po- 
dido referir la HL'ítoría. 

A par con el gran drama de las calles se desenvuel- 
ve el más conmovedor del hogar dom^tico; la noble 
seflora que da por muerto al hijo de sus entrañas, el 
esposo que escucha las reconvenciones del amor ma- 
terno y enjuga las furtivas lágrimas que corren por &a 
rostro; In joven enamorada que teme por la existencia 
del üueflo de su curaxtín, y, como remate, la íntspenida, 
apnrición de Martin, nurora de unn felicidad que nt> 
larda en inundar de júbilo á La atribulada, y cristianísi- 
ma familia. Tales tesoros, en fin, de ;u*te y scniinüento 
hay derramados por La jola aragonesa, que no los 
encierra mayores la colección toda de Episodios na- 
dotmlcs, smnando las ventajas y desventajas respec- 
tivas del diálogo y la narración. 

Tal es el argoimento que me asiste para no atribuir 
tanto esta obra A Núñez de Axcq como A Antonio 
Hurtado, con cuyas aHcíones, nunca desmentidas por 
los recuenlúA heroicos y cabaJlcrescos de nuestra His- 
toria, tan extremadamente concuerda. Porque el autor 
del Afafiriil dramático lo es tambiín de Ei aw'lfo dti 
Rey y La Afuya, principio y fin Je sus triunfos cscénicm 
en el periodo de diez y siete ó dicr y ocho uftos, d 
los que produjo ademrts El toistin roto, Hítenos y rra, 
daties. La voa del íorasón. Entre dos ai^iias, Naufra» 
gar eii tierra firme, etc., etc. Cultivó, es verdad, dis- 
tintos gOneros, acaso por condescender con la moda; 
pero miró siempre los dramas de la Historia con espts 



ES EL SIGLO XtX SZ7 

' ctiil csriflo, cscogriendo, nojos acontecimientos ruidosos 
de lu pollcicii. que añcionan A genios más vehementes. 
>r¡idiis traJifioncs rctrionalcs, UisanécUotas 
it-ria, los segundos it^mínos del erranüioso 
cuadro A que giLsta de dar vireza y resalte por medio de 
n genial y el mórbido colorido. Las obras de Hur- 
— < . r. . deslumhran por la sublimidad, pero atraen con 
bitugiu de oculuí simpatía. 
Ain resonalxjn los aplausos unAnimes que le había 
■ ; ■ =iaJa Lti Mayti: tambÍL^n los mereció el arreglo 
■■/» de un dramii tan manoseado como Intriga y 
(WMT, de Schiller. cuando en hora pt^sima cuyo Hurca- 
1 1 tentación de idealizar á su modo Ins absurdos 
i>las, )i que rendía culto fervoroso, brotando de 
tste contubernio enere sus aptitudes de poeta y los dcs- 
lé SU proseütismo El vals de Vfttsatut (Dicicm- 
. . „i IS72), cuyo justo mal líxito decidió al autor 4 re- 
tirarK- pura siempre de la escena. Metamorfosis extra- 
fa que alcanzó también á sus producciones líricas, 
con» he notado en otra parte, y que demuestra una vez 
nUscuón ocasionada.s son l;usurganiz:u'iones artísticas, 
tuamlo no se dirigen con acierto, A las veleidades del 
1 ntaiismo y á los viínigos y cafH'ichosas locura.<; 
- Leonas más extravagantes. 
Algo se parece A Antonio Hurtado en la tendencia, 
ooen el mérito, el hijo de Fígaro, D. Luís; M. de Larní, 
"f ■ predilección por el género festivo no le impidió 
. ii el serio con escasa fortuna. Como Hurtado, 
iraj^e de los conAictos extremos y de las pasiones trági- 
cas, buscando, vs\ en la tradición romo en la sociedad 
(nsentc, los asuntos m.-ls acomodados á ese carácter, 
enemigo de tumultos y violencias; pero las vaciedades 
de un sentimentalismo trasnochado, la condescenden- 
cia con el mal gu.sto de los más, la intención moraliza- 
doTH comprometida por gravísimos tropiezos, y la infi- 
delidad psicológica e histórica han convertido frecuen- 
temente los dnunas de Larra en mosaicos de desaciertos. 



La LlTBKATtKA B&rA!!ciLA 

LoHusa, Eí cobatlcro lit' ffrgda, Eh palacio y en ¡a cá 
fie, iiicftírvf aturados ¡os <fue lloro», U*ta líígn'ma v Mil 
beso, La oructóu <ic la tarilr. Una HUhe riever/jtto, £l 
amor y /a mmia, La bolsa y p¡ (JOlsiUo y f¿J rey 
mnttílo. pueden sen*ir de muestras en los disiíntos 
pos qac forman el Tcacro de Larra, descontando las 
zuelas. La vena cómica y la melancolía sentimental 
las notas cafacceri<;ticafi de codo 6Í, ya scpanidf 
confundiéndose con variedad de tonos y matice 
pieza que más aplausos valió á Lamí, fue La orad 
la tanic. en que se preconiza y exalta el olvido de las. 
injuriíis, y cuya analogía con £i cura de aldea, drama! 
de l*ÍTC7. Kscrich, repre^niado, como aquel, en Ii^,! 
di(i margen A una contienda lileraria sobre supucsto< 
plagio, resuelta favorablemente para los dos autores. 

Han sonado juntos en las tres últimas ilícatlas los 
nombres de D. Fnmcisco Luis de Retes y D. Francisca 
Pérez Echevarría, fallecido este último recicntcmcnicj 
y conocido aqu¿l como autor drilmatico desde IS46J 
ambos adallde^i del drama histórico y de la comedia yi 
7^rzuela. y A los que designo este lujepir por el carilcier 
de sus obnis antes que por atender á la cronología. Lo! 
que en las de mancomún pertenece rt Retes, ha de scr| 
míis. si nu mienten las señiu;, la concepción y el deseo- : 
volvimiento drami^tíco. que la forma, muy en consonan- 
cia con los dotes de lírico y narrador que distinguen & , 
Echevarría. 

Oírlo, Doña htés de Castro. El ñsgem'o comí 
poder, Justicia y no por mi casa, tales son las ol 
que por si solo escribió Retes cuando aún no se ha' 
idcntiilcado con el aller cf^o de Va última ópoca. Dec 
dómente, su incenio le conduce mAs por el camin 
Shakspearc que por el de Molií^re y Bretón; perú n 
asi ofrecía serias diücultadcs el enmendar la plana al 
incomparable irApico infrias, como casi parece haber 
intentado en la refundición del Olelo, que resultó, c 
era de suponer, inferiorísima al orífirina). 



EX BL &ICLQ XIX 229 

Ethci-arria luce más que su corapnftero en la come- 
dia: ttíMisos £7 centro de gravetUid. Los celos de iitta 
ttfja. Las quiHias y Lo que vale eí taicnto, aunque en 
etaúltinm hay bastante que censurar. 

la ünica personalidad liteniria resultante de aque- 
" ' - ha producido La Beltramja, La FornarÍHa. 
.! y Doña María Coronel, etc., oUriis de varia 
fomuri, mjls aJejada-í de la perfección quede la rulga- 
y cuyas deficiencias de fondo encubre mal el ro- 
!de la forma exterior. L'Hereu determina quizá el 
pnnifi m^sirao íl que ha Ilefrado la facultad creadora de 
Sfws y Echevarría, con no ser obra tan geniat y espon- 
tánea comu otraí anteriores y posteriores. El interés 
deldntnut esttí hasitdo cq la rivalidad de dos hermanos. 
I ijuicnes ha hecho desiguales en fortuna la ley, pero 
-indo al menos favorecido el amor de una mu- 
, Jien entrambos idolatran. La virtud y el cariflo 
df sa madre, por cuya ímaírinaciín exaltada han cru- 
sombras de Caín y Abel, convierte las nubes 
en luz de ventura y fígociju. Aparte de algu- 
,i>s de candidez, son muy dignos de encomio 
I Aipiel cuadro délas virtudes que calientan el ho^ar de 
'" ' 'lii. aquellas patéticas situíiciones que conmue- 
. (-■ruzún en vez de dcspcdazíti'le con violentos 
[ncnrsos. y aquel ornato poético, que, no por to tAíi& 
flrtCBente, deja de ser díeno de estima. 

No pueden equipararse A L'Hereu los dramas histd- 

de Retes y Echcvurria. no yn los mils cndchlcji, 

|Co«B El frontero de Hacsa, sino ni aun Doña Mnrfa 

\C»OHel, ron sus epLsixlios de inierOs eterno y *ms pri- 

de versiiitaíidn. Tienen un inconveniente tas 

artísticas que reproducen un hecho htstúrico unl- 

nte conocido, desciirtandü y todo la parte que 

■ irigi nulidad , y cf. el de no •vorprender. ní acaso 

tr, con siiiL\donc5 y desenlaces que todo el mun- 

ki pn"v¿ de anteinanu. Tal sucede con la Lucrecia del 

l\o XIV, tan superior A Ude Roma, como «superior 



230 LA LITERATURA ESPAÑOLA 

el ideal cristiano al del paganismo; su fígura, círcaíd£ 
de luz, ha pasado de las crónicas á la tradición comí 
una de nuestras heroínas legendarias. Cabía, sí, en l< 
posible, no en las fuerzas de los autores, transforma] 
este argumento, al modo que lo verificó Tirso con el di 
Im prudencia en la mujer. Las inclinaciones todas 
buenas y malas, de Retes y Echevarría contribuyeron i 
hacer de su Doña María Coronel uno de tantos drama* 
históricos, no destinados, por cierto, á la inmortalidad 




CAPÍTULO XII 



BL DRAMA LlRICO Y LA ZARZUELA 



V i hisluriiir ligeramente un gínvro ürainátíco 

en que, sobre no hiiK-r sidu nunca los cspíiflulo* 

,mtty afortunados, no entra tanto la parto íi- 

•^ttirla como la muslciil, siendo para el caso de seeun- 

"•^ria imporiiincia, L-i obra del poeta, cuantío se une 

^"<>n 1)1 del músico, suele quedar obscure*"ida ú anulii- 

"^, I»3r ley constante de que sólo pueden enumerarse 

^Uy pocas excepciones en la historia del Teatro mo- 

''emo. Concretándonos á la misma Italia, cuyo genio 

'Iftisical no ha conocido rivales, impidiendo A todas las 

^fí"-Tics europeas su indiscutible sobemnia. /no es 

> ' que en ella se dehe lo principal A los Ro!%Ínís, 

Venus y Donizettis, y lo accesorio á los Metastasios y 

Romanis? Y eso que la lengua italiana, por su harmo- 

íiiiKisimii estructura y por cierto derecho de prescrip- 

*^i<Wi. pareee ser la hermana inseparable de la miisiea, 

5 p.iritcip;i mrts dírcetnmenie de sus glojiíis y ventajas; 

'in embJirfíu de lo cual nadie so ñja apenas en el libreto 

*e DuN fíitrjvitiMí cuando se ju/^a la ópera de Moairt, 

ni Bi los versos de Ssdvador Cammaruno cuando se ira- 

*a itr Tí Trovatorr, 

Otra cowí sucedía en las ¿glojpis pastoriles de los si- 



Ü31! t^ UTEftiVTDtlA ESPAÑOLA 

kIik XVI y XVII, donde la mtísica solamente f1)!:urjha 
como adorno, y no indispensable; pero mientras en Es- 
paña ' sipuiú ostentando ese carrtcter desde Juan de la 
Encina hasta Lope de VefiTi y Calderún, alboreaba ya 
la ópera italiana con resplandores dignos de su fuiuru 
grandeza. En el miserable olvido del arte nacional, quu 
abítrca todo el siglo XVIII. no faltó un Farinelli i|^ 
entretuviera al público de Madrid, como Lulli lo 
con el de Francia, m:is si un Quinault que aprove^-lisK?" 
tos encantos rítmicos de la poesía exsicUana, [*roveyi; 
de real orden en el ano 1800 que la letra de la ópera ft 
se española, sin que íl nada bueno condujese In cjccü" 
ción de e5ta providencia, infrinjjida m.1s tarde, dea 
ISOS hasta 1$2-1, en que renació aquel simulacro 
vida, muriendo definitivamente en Iíí26 al establecí 
en la cc-rtc la famosa compañía italiana presidido pe 
Mercadantc. 

Sólo un recuerdo muy va|;o se consen'a de las ápei 
españolas compuestas por ct sevillano Manuel Garc 
(Eí reloj de madera. Los ripios dd maestro Addtt, 
poeta caíadisla. etc.), que en 1S03 hubo de dejar & 
patria, consiguiendo así una reputación europea, nodl 
minuída con los anas. Sobre Ictni italiana componía 
Bjtrccluna, desde ISIO hasta IK27, el maestro Carníí 
sus operetas, con las que alternó en 1824 El triunfo i 
tntwr. música de Siddoni r libro de D. JosC AllegTetJ 

En 1331.' escribid otra D. Mari;mo Jostf de I-ai 
con el titulo de £7 rapto, puesta en miisíca por el 
tro D. Tomas GenovC-s. y que sólo merece recu< 
por la fecha y por el nombre de su autor, crítico y 
sista tan eminente como mediano alumno de las mt 
Bastantes artos tratiscurrieron sin que Ji estos mezqi 



* l.n tnat«Tta de ^wr n4<*i irnta oli nmplInmFnlr dOachtnila m on llhra de 
•tur loiiK) parte du ««».■> TiAUclaii ¿a iftn ufaitOa y (a huIm ctramirtca «n 
Hv<i>la a> tí *tO<- XIX. Aprntu huUfUo». p^ Áutoaív P**a t Ouái M»- 
•Irid. 11H&. 



SIGLO XIX 233 

w» ensayos sucediesen otros de mis vulor; y por lo to- 

í los libretas, no es poco signilimtivo l*I que fue- 

... .«iluinos los de Uis i5|>critó fompucüuus por Uslava, 

el eran restnuntdor de nuestra músJci religiosa, entre- 

IrniiJo por entonces en el género profjino. 

lioabtiii , ¡iltñno Kry moro de Crattada. tal era el 

litalü tif la primera ópera seria rigurosamente cspaflo- 

b,orí^nnl de D. Mif^uel <>onzítIez Aunóles y de Don 

ftilwsar Siikiorü, y desconoi-fda del lodo hasta qu^ se 

ODDinjn {Is45) algunos trozos escogidos en las rcunio- 

no lie fií Uceo. En el mismo afto, y con mayores alien- 

n:irecirt f'mtilta i¡ el asedio de Medina, esfuerzo 

■'''-* p;ira cre;ir nuestro Teatro lírico, que eclip- 

anteriores: elogio, en verdad, de bien poca 

;iclúQ. A) cabo c) poeta D. Crcj;orio Romero y 

tenía alfjo de tal, aunque Espin y Guilliín 

'in proywtiBta arriesuad'j que un i>n»n cgm- 

pBiJtor, especialmente companínUole con Bsluva '. 

ftos antes (IW'J) de terminar so ópera habla 

.j-j Espía La iberia Musical y Lileraria, revista 

o que fraternalmente colaboraban literatos y mft- 
>ÍaH preparando el camino para la fundación de la 
^Vm cípanuhi. A i&:ual designio respondía La EspaAa 
¡fiiitaJ, Smiirdad qut comenzó sus trabajos en 1847 
•■jo b presidencia de Eslava, y que no tardó mucho 
*t Btorir. 

Como resultndo de una aspimción universal, y quí- 
«1 tiunWín de las transformaciones por que ilm pasan- 
do tu escena patri^fen aquellos dLis, surgió casi de r^ 
^le y sin preptinitivos la asendereada zarzueUt, qoc 
toncxiraordiniiriu incremento cobró A partir de su miV 
■■ infandu. «Podían satisfacerse con la zarzuela los de- 
SRhdc tantos com" suspiraKín por lít ópera española, ó 
«ra el nuevo gt^ncro un capricho sin trascendencia 



* Db UtI li«T «Ira tipct*. tjMsu f ntdin iwnat. Jk an tal S<a(Uil. «o «m> 



234 LA UTERAIVRA ESPACIÓLA 

artística, sin mAs objeto que el de entretener A una 
multitud voltaria é ignorante? Muy divididos estiViin 
y sig:uen estando los pareceres en el pitrticular; rtro, 
aparte prevenciones y apasionamientos, quizá la zar- 
zuela no dista tanto de la ópera como dan á encender 
algunas Uiícrcncias innecesarias y convcncionulcs, 
ni tstil tampoco encerrada en cl estrecho círculo de 
las inconfrruencLis bajo-cónücas; porque así como hay 
<ipcras bufas, asi hay zarzuelas serias, por lo menos 
en los limites del arte y de la posibilidad, aparte de 
qoc ya veremos mAs de un ejemplo eñ la breve enu- 
meración que componan las proporciones de eslc 
capitulo. 

Tiene Pefta y GoñÍ por fundador ó restaurador de 
la zarzuela a) maestro Hernando, y con él, aunque <ro 
menor escala. A los poetas Pina y Lumbreras, que le 
escribieron el libro de Colegialas y soldados (1849). 
Siguieron.^ después el de El duende, original de Luis 
Olona, con música del mismo Hernando, y otros y otros 
sinnúmero, basta el punto de que, no halliUidose de^ 
ahog:ido el nuevo gCnero en los teatros existentes, ni 
siquiera en el del Circo, inaugunido más tarde pí>r una 
Sociedad artística, llegó ¡1 entronizanwdeliniUvMmi-nte 
en cl que llamaron Teafro de la Zar suela, abierto por 
vez primera en b de Octubre de líí56. Para entonces 
estaba en su período Álgido el furor zarzuelero, no sólo 
entre la plebe literaria y los traduetores adfK-enudos, 
sino entre los m<^s egrepios representantes de la dramA- 
tica espartóla, comenzimdo por Vefltura de la ^'el^a, 
Rubí, García tiutiérrcz y demás rezagados de la grey 
romAntica, y concluyendo por Ayala, Eguilaz, Selgas 
y Tamayo. 

Entre ellos cultivaron la zarzuela con mayor afición 
Ayala y Ventura de la Vega, autor el último, con Bar- 
Weri. ú<i Jugar cou fuego, celebérrima en sus días, y 
de EstcbaHitto. Laa piernas asNÍef. etc. El nombre de 
Hguflaz va unido al de El nioliuero de Subiea, aunque 



EK El. SIGLO XIX 23^ 

cüi esta zarzuela exceden los primores musicales álos 
literarios. 

Muchos más poetas cedían al c-mpujr de la co- 
rriente, pero sin reportar tan buen resultado práctico 
cuino Camprodón, los Olonas, y otros autores de úl- 
tima fila, cuyos irlimfos hacían suponer en la zarzuela 
ñnes y orígenes populacheros. Camprodón. que poscia 
todo el nmor al trabajo propio de los hijas de Cata- 
luña, logni el privilfjíid de ver jfeneralizadas sus obras 
por todas partes, y juntamente el de g;uiar mSs oro en 
pü<:o tiempo que los tenidos por reyes de la escena. S 
dominó asiit. Los diatnntiles de la roroMa, El diablo em 
ff poder, Qiu'eM HUinda mafida. Los dos mellizos, JéO' 
ríHa, El diablo ins carga, y Una vieja, productos los 
unoKdesu ml^ir ingenio, desperdicios los otros del mo- 
derno Teatro fnincés, en el quy entni íl ?íico como por 
derecho deconquista, dicen con harta frecuencia lo que 
puede il veces la fortuna, ayudada de la laboriosidad 
y las circunstancias. Por lo demAs. algunas desíiinadas 
ocurrencia*; de Camprod<3n hicieron raya y him quéda- 
lo en proverbio. 

Quizíl era mfis poeta el autor de Don Simón. Las 

fagyares y Cataiina, Luis (liona, cuyas atiriones pre- 
lomínantes no le impidieron cultivar la comedia de 
costumbres y el drama histiírico, aunque demostrarKlo 
I' isjt aptitud para el uno y la otni. Las zarzuelas 

c ' , :..., que ascienden á un número prodigiosa. Ixr- 
cefíciadas por diferentes músicos estuvieron en boea 
tnie muchos aftas (testigo las populnrísímas coplas 
... tMm Sitnóu); luias veces, como aquí, por el verso y 
la müíiii-a, otras por el verso súlo. y otras por sola la 
música, como en el consabido frasrmento de fiT posti- 
llón i/r la Rioja . 

D. LuU Mariano de Larra, qucalranxóen suh moce- 
dades el furor zarzuelero, se aproveclid de él en obras 
«mo Vm ntihuste y uiui /toda. Timíos son raptus . H bar- 

trílio dr Lítvapit's, CJtori^os y polacos y Juaudc ¿/r- 



£36 LA UTKRATURA ESPAÑOLA 

biua. En una de las no cnomeradiis. La conquista de 
Madrid, se ve prácticamynu- demostrado c<Smü la zí 
Euela no t-s esencialmente cómica ni bula, sino que a 
mite todo linaje de conflictos, intereses y pasiones, 
excluir los mils tráficos. 

No scfTUia tales rumbos D. José Picón, el regocija- 
do autor de Pan v toros (1864), libro lleno de natura- 
lismo y vida, de contrastes estudiados y escenas al aire 
libre, y en el que hay algo que recuerda los saínetes de 
D. Ramón üe la Cruz, subido de punto por la maravi^ 
>sa interpretación de Barbierí. Es cl gcniú cómicoi] 

cspOñoL't, trasliidandu de Las pla;uis á Ih escena sud 
sos, diálüffos y pormenores :>in mutilación níncutia 
su orieÍDalí3imo conjunto; ^cnio de que son más des- 
mayados resplandores t'n viaje eí CochiHchina, Memo- 
rias de un t:-<íudiatt/e y Anan/uia cony/tfial. 

Vino á dar nueva forma y representación ii la 
/.uela con su Teatro político y social D. José Gutierre 
de Alba, cuya;* intencionadas rei^islas de aílos y acon^ 
lecíitiientos eran en la escena claros y visibles indicio^ 
de la revolución futura, en el período inmcdiatamcnl 
anterior ri Septiembre de Ií^jíí. Los desaciertos de 
corte, las turpeJias y ambiciones de los hombres públ 
eos, el bÍ7JiDttnÍsmo en la política y en las costumbre 
aparacen aquí fotografiados con harta fidelidad, junt 
mente con ciertas enormidades de filosofía profiresist 
«n e•^ti1o tabernario, que denunciitn la penetración 
el aticismo del poeta. Bn Las elecciones de uti pu'ehU 
Afuera pasíeleroa, ¿Qtu'tUt serd el Hey?, hay ahundaí 
tes pruelutó de lodo, y muy especialmente en la iie\'ist\ 
de uH nmerio, en cuyos coros se adminin ínises de 
exquisito gusto como las si|;uientes, cantadas por los 
estudhintes de Madrid: 

Con cl aírccíllo 
de nuestros manteos 
se ponen furiosos 
carlifitaa y neoá. 



til %L SIGLO xu 237 

El aiAn por las zarzuelas se extendió por toda la 
Peninsula cont^iando á los literaturas independientes, 
■•--nr. la catalana, cuyos pueías, Víctor R'ilaaruer, el 

n.tor de Mí.miserrat, y el famoso Sera f i Pitarra 
(D. Federico Soler), cultivaron el peñero, aunque sin 
sran resultado. No faltó quien se opusiera al türrcnte 
de la aíicidn universal, y sobre todo el novelista Alar- 
c4n. que con verdadero encarnizamiento hizo la au- 

' 1 de la pobre zarzuela en un aniculo célebre. 

'íwi>li;rAndo1a fuera del arte y como una oberrncián 
Jel gusto, opuesta ^ todo proarreso musical y literario. 
Por lo tocante al literario, recordaba l0!$ nombres de 
■ '^"¡lirciistas más conocidos, haciendo resaltar la cir- 

.iiiM..uicia de no haber entre ellos un dramAticü emi- 
nente, como sí no fuese á veceü un estorbo esa mis* 
nui raidídnd pnni sobrcsiUir en el teatro libero y fn- 
niiliar. 

El único fundamento de tales acttsaciones era. 
como siempre, el abnso entraflado en todos los exclusj- 
f'vrnos; pero, bien lejos de disminuir ¿sic cuimdo tan 

< >•.. ataques le dirigía Alarcún, ftie Kimando aul;i 

illu mAs cuerpo, hasta que el capricho, la moda y el 

[Tnriio de imitación dieron vida ík los Bufos. Inauíru- 

rwloscün Li represen lación de EX joven Tvlématv fJL'dc 

Septiembre de ÍH66), libro de Ensebio Blasco y música 

de Ro^l. Como si por coincidencia func'iUi hubiesen 

tvnidu A mezclarse las heces del arte con las de la poli- 

bca. poco después, y cuando la patria se desangrabíi 

entre las mturnnles de una revolución sin ejemplo. 

j> : ' m en M.Klríd tii-s frivolidades de Offenlwch, 

» II la e!M;"ena impüdiros t-nyendrus ron rhisti-K 

wmejantes al sarcasmo, que cumplían asi la trií;te ley 

de totla-i las derndencias. Pcpr Hitlfí. <lnimT,-a tir 

BratttHlc, Pascual Üailíin y utraíi mil rapsudias rt 

fsle talle, nlcnnrjiKin el apliiuso que no se concedía 

I creador de l^'n tiraina mirto; y como iln supremo al 

debía sacTifícarse iodo, incluso la moral y las con- 




^3H LA LITHSATtJKA EUPaSoLA 

vcnicncias sociales, se csL'ibleci(> el omnipotente ha(*'r 
rvir. 

En estos últimos afios se ha visto reaparecer el gé- 
nero cómico-lírico, inundando los leatrillos de función 
por hora con todo linaje de despropósitos ramplones 
y bufonadas arlcquÍne«Tis, pnKlueto ruin de Ii»s inton- 
sos sietemesinos del Parnaso, ó, como dice el Sr. Oi- 
flete, bazofia atUilitttaria con que se va exiragando el 
ifuslo eslético de nuestra sociedad. Las revistas calle- 
jeras, las alegorías ^^sniüas t sin in^eniov tes parodias 
indecentes, las sfltiras políticas, en que el odio y la 
mala intención ocupan el lupar del mérito artístico; 
todos los delirios, en lin, que puede engendrar la ímu- 
fCbmción eiuienquc de una turlia de poetastros reflidus 
con el decoro y el sentido comün, constituyen hoy tu 
pelic^ro constance pora la moralidad pública, y un obs- 
tilculo paní el progreso de la Ulenitura dramíUií 
túonal. 

Causa rubor el hecho de que las piezas teatral» 
más dÍRparntadas, de miVs burda estufa, y en que nt si- 
quiera se satisíacen los preceptos elementales de Ui 
versificación y la rima, sean tambiín las que, en alas 
<le la música fácil y pe^fajosn, han llegrado al oído de 
todos los cRpaflolcs como türmento ó como halago. El 
numero colosal de representaciones de La fcratt vía . 
(que, sin embarco, no es. ni con mucho, lo peor en s\i 
especie) hace formar idea bien triste del vuIro que 
aplaudió aquel cnfrcndro para aplaudir después otros 
más miserables. 

Del acervo de poetas. difrAmosIo así, forjadores de 
eopla.s absurdas y esperpentos cantables liay que sc- 
pantr A unos pocos ingenios de cepa castiza, que com- 
jíOnen donosfjs saínetes, lindas /-^rzuelas y cuadros U- 
riciis de carrtcter mAs clevjulu. Ric.irUo de la Vega (¿J 
¡os toros! . La canaótt de ¡a Loia . De Geía/e a¡ Paraiso, 
ola familia iivt tío Maroma, novillos t-tt Polvoranca , ó 
las hija> de Paco Ti-rnero. Pepa la frescachona, ó 



Ua EL SIGLO XIX ZA 

falegiaf desenvuelto. El aHo pasudo por a/iua. A ca- 
sarse focan, ó la misa d grande orquesta. Bonitas cs- 
tdm las IrVfS, ó la istmia del inter/fCto. El seUor Luis 
d Tumbón ó despacho de hueiJOS frescos). Javier de 
Burgus (PotUica v tamomaquia, CddiE. 'fra/aJgarJ. 
N(m> y Cülson fTodo por ella), TomAs Luceflo y VHtil 
Aki. ilejunUü aparte A los crejtdores de La tempestad 
y El anillo de hierro, saben hallnr el efe<:io c<tTnico, el 
dUiW inesperado y U nom patrióiicu y popular, sio va- 
lerse, por lo comün, de recursos ilíciios y Kr^scros. 

Termimir»? diciendo cuatro palHbntó sobre los dUi- 
mK prof^resos de la Apera espiiñola. Entre laí^ So<^jedii* 
d(s fundadas con objeto de fomentarla merece atenciún 
el Centro Artístico y Literario, que por los aftos ISWi 
y W lüjrró dar nuevos pasos en el difícil camino valíC-n- 
. ,' ■ un certamen público, en el que fue premiado 
: L'stro üiibiaurre por su Fernando el Empta- 

■MfO. 

La represen lación de esta ópera en lí>71 Ui«> pie d los 
critjros de lodjis castas para que de nuevo disertasen 
sobfi- el <:ans;ibidu tema del Teatro lírico li-spañol, pe- 
CüaJo casi tpdos de radicales en su optimismo á pesimis* 
Uto. \Iorphi. Castro y Serrano '. Romero. Pe5a yGofti, 
ywuiis muchos sostuvieron el debute en diverso semi- 
no, dtsthigu ¡(endose los pesimistas por exageraciones 
íoc. juntamente con los ar>rumento^. resume IVIla y 
Gofli. en esta forma *; "Por supuesto que, it decir ver- 
Aul. loa uutorvs'de los escritos citados tienen ruíón que 
tes sobra. Son cmL-is las dificultades que encuentran, 
tantos le» requÍMtos que. ücgrün ellos, son, nos^ílo nccc- 
sartuü. sino indispensables, que te contiCMi con Iranque- 
n íiri articulista haMa coH un amiifoj se requiere un 



> L<«M> Uk euu* ^ uno y «tm ni L4 n»»tracUm ^i^^'- t ÁrntriOL^a 

»ia urt.. 

« {fe/«M<M«rurf(l«CKilUM«hia»«ramAycuia.dlrlcldM4Ur. Kart PU* 
ftt» <b« tltt'mtian lU U**rié. ata II. «Mirra Vt., 



2J0 LA LtmCATVBA mPASOUl 

valor heroico ^lara no desfallecer bajo el peso de can te- 
rribles angrurios. Se ha presenuido este problema como 
un fantasmíi atcmidor, como un verdadero coco desti- 
nado Á llevar el espwnto, el sdivfse qiu'ett pueda A 
animosas huestes de nuestra juventud mu&tcul, 

"El libreto de la ripera debe versar sobre tal asun' 
escribirse de esta manera; el corte do la música h:i de 
ser así: los ritmos tendrán este carAeter, la melodía 
aquel otro; el argumento no puede tratarse sino en tal 
ó cual forma; el compositor se ajustará lí estas, aq 
Uas y á las otras realas... 

"En una palabra, voy á síntetizur los artículos 
se han escrito hasta ahora, artículos que, si yo fu 
suspicaz, me ¡itrevcria íí creer obedecen á una c 
na: la de matar la ópera espafiola extraviando la o| 
nirtn, presentando un cúmulo do dificultades insupe: 
bles, llevando el asunto ri tm terreno absurdo, h^laui 
de Cpocas generadoras, de Calderón, Tirso, Moratfai 
toílos nuestros celebres autores dnimáticos, cuaní 
de lo que se debía hablar es de la melodía, harmonía 
instrumentacjíjn... '" 

Hay aquí alKOina especie que no necesito rectitkar 
ahora; pero es bastante justo el concepto que de In rtpe- 
ra nacional da cl critico, oponiéndose í\ los que toilo b 
([uermn espiíflol, sin excepctbir la procedencia de los 
iLsuntos, como si Guillermo Tell hubiese nacido en Ita- 
lia, como si en esta parte no fuesen propiedad nuestra 
El Trovador y El barftero de Snv'Ha. "El arte, nfladía 
Pefia y Gofli, es cosmopolita, no admite nacional idml es. 
Lo que aquí ncccsiUmios es la implantación de la ópe- 
ra escrita por compositores espníioles." Fórmula exac- 
ta si va en ella incluida la composición poítica junta- 
mente con la musical. 






GR SZ. SIGI.0 XIX 



241 



Aqn«tlo de que con cuatro producciones como 

Femando i'l Entplaaado habría suficiente para formar 

la Óiwra cspaflola, no pasa de hipérbole inspirada pvr 

b úTcflexión , porque mas de cuatro no inferiores 

oi nUor absoluto se han ensayado desde entonces ', 

sta consefifuir, X lo menos en su plenitud, el suspirado 

objeto. 

Dejando á los músicos para hiihlar de los poetas. 
' rrimer puesto, por raíMín de antigftledad, á don 
Arnao, que ya en 1859 obtuvo un premio de 
k Academia Española con su Don Rodrigo, en el que 
fiíCBÍcn v\6 renacer It)s laureles ele Mctastnsio. Al ingre- 
saren la mencionada Corporación disertó Arnao sobre 
d drama lírico y las condiciones que para él posee la 
lenena castellana, y aOos despuís hizo aparecer casi 
siinuliáneíunenie ¿as Have$ de Cortés, La muerte de 
finala.-io y Gnzmáu el tiuvtio. No desatendió Arnao 
^ leyes de la versíticación. necesarias en un drama 
fcico, pero le fiüiaba e! conocimiento de la escena y 
Él fiKgo de la inspiración; y reduciendo Ijistimosjimente 
lis proporciones del libreto, producía óperas humco- 
píticas, somo las llamó en cierta ocasión un revistero, 
na vigor, sin nervio y sin interiís. 

junto A Arnao debe ñgurnr D. Mariano Capdepdn, 
VK ha publicado una serie de dramas Úricos (aprovc- 
daíüs en parte por diferentes compositores) para de- 
mostrar en la príictica las excelencias rítmicas y mcl6- 
lUtudc nuestra lenf^ia. El propósito del poeta quedó 
nwtMen U'íllii'^^Jo en Ro^sicr de Ftor, El Cid, Esct- 
P*^n, fH ftamfülo, AUtridatcs, Raqiul, Ei Comunero. 
Puauaganga y Pedro Gil. 

Lii copiosa vena de Marcos Zapata, el mfts Hrtco Uc 



IbjItUcgolJji BtOiJc«y ocrtlor Jr Bjifvclonn, D. ^ttlpc fVtrrl). iii.-iit<:t 
ht irtli'Sia. en iro ciuUras y Dn [■rtl^s». £m Plrtnttt, Mtn« t) U- 
i da D. V Iclor OaUcacr. 

II 16 



243 LA UTSKATtnU ESPAJCOUi 

nuestros modernos dramatur$:os, ha invadido también 
el campo de la zarzuela seria, después de rcvorrer ol del 
drama, y siempre con la misma fogosidad constante y 
pcrsonalísimu. En el compositor Marqués ha hallado 
5íapata un digno Iniérprete de sus ^-ersos; mas, descon- 
tando la parte de gloria debida al músico, pocos libre- 
tistas superarán al autor de Camoens. El amito dt hir- 
rro y El reloj de Lucerna. 

Antes que Zapata se habia dado á conocer Ramos 
Carrión con el arreglo de Marina, que sirvió á Arrie- 
ta para transformar en úpera una de sus zarzuelas 
más inspiradas y populares. Sobre los libretos de -Ca 
íetftpcs/ad y La bruja, puestos en música por Chapi, 
^ unánime y muy lisongera para el poeta la opinión 
de los inteligentes, que adminin en él la intensidad 
de los efectos escénicos y la maestría en los porme- 
nores de la metrificación. Ojalá no estuviesen unos 
y otros deslucidos por ciertas tendencias que no pue- 
do menos de reprobar. Por lo demás, Ramos Carri^n 
no se aficiona exclusiva ni preferentemente al género 
serio, sino que desde muy anti^ruo paga tributo á las 
variedades bufas y de espectáculo; biiste citar, como tcs-^ 
timunio reciente, Los sobrinos del capitán GratU. 

Quedan preteridos otros libretistas, pero ninguno 
que con tan sincero y perseverante propósito trabaje 
en esta empresa de vigorizar nuestro incipiente Teatro 
Ifrlco, cuyo nacimiento, atendidas todas la.s circ:uns- 
tanclas, quizá preludie una época de total emancipación 
é inesperados triunfos. 

(Es esto posible? ¿Hay medios para llegar á su fácil y 
pronta consecución? Creo firmemente que sí, y que la 
parre más espinosa del camino está j'a recorrida, aun- 
que resta Ui más larga por andar. No es infundada la 
esperanza de que tras los compositores de hoy ven- 
drán otros, con más precedentes y menos dificuludes, 
á consolidar y concluir su obra, como ha sucedido en 
naciones menos favorecidas por la naturaleza y por 




Bíl Et, SK^LO XDE S43 

ti arte. Dicho se está que, siendo nuestro romani'e un 
i^trurntíntci tan admirablemente flexible y poderoso, no 
Je faltar libretistas cuando nazca un Auber ó un 
)unnü. ¿Qué tiene que ver en este punto nuestra ina- 
rütable versificación, igual á la italiana y superior A 
' is restnntes, con la monotonía fatigosíi y es- 
de la francesa? La lengua de Calderón y de 
'emuitus, grave, sonora y dtícil en la expresi<5n de 
lo*; miis encontrados efei'tos, no alcanza la suavidad 
istosa, pero lambiún indolente, de la del Petrar- 
y, sin embargo, quizd ese aparente defecto sea 
inii nueva perfección para el drama lírico, como no 
••■•■TA encerrarlo en e! carril de las ternezas bu- 
y los amoríos mttológ:icos, ú la manera de 
[Quinault. 

iV los arjíumcntos? Nimiedad seria pedir que todos 

«stuvienin bíisados en la historia á las tradiciones pa- 

VUs. pero, admitida la amplia libertad de que disfruta- 

nm Lope de Vegra, Calderón y sus imitadores, con ser 

' - "i;\s acabados intérpretes de nuestra nacionalidad, 

:■>> tesoros no quedan por descubrir en esc mismo 

Toiro, en las consejas del pueblo, en las historias lo- 

y rn los buenos poetas líricos y dramáticos de la 

¿poca!- ;Nü nacieron de Don Alvaro y E¡ Tro- 

r, dos óperas de Vcrdi? Este procedimiento ha de 

el más conducente para el progreso del Teatro II- 

9; y en cuanto A la propiedad y variación convenicn- 

iJpilc lis rimas, no queda mucho que hacer á los futu- 

< poetas. Cuando llegue a la altura que en otros pai- 

lelarte de Rossini y de Mozart, ningún obstáculo, y 

impchiu; i'entajas, le ofrecerrt la Poesía psira dar cabo 

tao su fecunda unión al edilicio, tuntas reces comcnza- 

•1*. 4c la É>pera nocional. 

La luita de oportunidad y de espacio me x'cdan til 

pianiumiento de los milltiples problemas i que han 

ngen las teorías revolucionarias y cl ejemplo de 

* '-litr, y por ¡(fual motÍ\*o me abstengo de tercbr 



] 



244 LA UTERATUEA BSFAft'oi^ 

en la flamante polémica sobre la ópera en prosa, tema 
complejo y que no se resolverá tan pronto ni en sentido 
tan radical como pretenden los idólatras y los enemigos 
de la versificación lírico-dramática. 




.'/ 



CAPfTUJ-0 Xlll 



PBOKA UGBHA 



Tri^a. •Vpllitta'.CMMjitcrrMKi». Uniera. F. llmKÚa.OrUfw ^ Uonlll». 
VtvMMira. ftaHria y Rn-nu^, Vrrvinár* fláprt, llmrtisra fpilriMa. 
U>*nla 4>l l>iil«<ln, TaboaiU. IIiin y l'ntt, UuihU. K. Sc-iMlvnda, AruarHl, 



Y A dije en otm parte que c-l antiguo género de cos- 
tumbres, manoseado por los que no servían para 
oua cosa, envejccici rápidamente, dejando en pos 
s( copioso rastro dü legajos inútiles y soñolientas 
[pügínas; pero la tradicf<)ii de Larra y Met^nero Koma- 
Inos no-w; interrumpió bruscíimente, sino que se ha ido 
I imn.'ííunnando li p:ir con el periodismo y con lo que, en 
l|[enerul, puede lUunorsc prosa Huera. 

Comencemw por la fet-lia perpetuamenie celebre 
jdcl bienio progrcsislii (Ii&4-ó6), que diú vida indirec- 
jtiunenté al juvenal andnimo, pesadilla de Ministerios 
ioíiaríos. terror de la patriotería at-tífala, y musco 

Idc -rr para llorar y rcir, Uanuido £/ Padre Cobos. 

¡Vi- • en la memoria de cuantos lo alcaazoron 

procesos jurídicos 6 al aire libre, murmuracio- 

ro<' ', quejas, encomios y apoteosis dv que si- 

Linu. - .-^:;iLnte era objeto aquel úrRano de la opinirtn 



2J$ LA UISRATUBA ESTAflOLA 

pública, de cuya fama, en\Tielia en las sombras 
misterio, solían hacerse partícipes los farfantones 
en eí círculo intimo y con voz muy baja, solían 
nicar & súgún curioso la noticia tJe ser ellos los qi 
res del sueltccito A', de las Indirectas celebradas 
número último, ó tal vez de la Fisotiotw'a de las ¡e. 
Mes. La verdadera Redacción de E¡ Padre Cobits, 
madií por unos cuantos jí>venes que reunía el exmi 
iro moderado D. Pedro de Egaffei, quedó p<ir m 
tiempo desconocida, aunque 3'a indiridmUmente 
quistaban jusca reputación José Sclg:as, C«fcrini> 5i 
rcz Bravo, Esteban Garrido. E. González PcUt' 
F. Navarro VilJoslada. y algún otro entre los colal 
dores menos asiduos. Fue uno de ellos Ayala. & la 
reaccionario por simpatías personales, pur jrr.u ' " 
temperamento estético, cuyas inspiraciones no < 
ba aún el brillo de la carteni ministerial. 

Tenia Ití Padre Cobos un time moderado que n» 
debe, sin t-mbargt», hacémaslc considerar como anmi^ 
de un partido exclusivamente político: era la contra- 
rrevolución encamada en el periódico, el buen seniidü 
en todas sus aplicaciones, la protesta viva de la Esja- 
fta no representada en el Congreso, y herida en su* 
más puros sentimientos por la farsa imix-rantc y el' 
desatentado orgullo de rídículus innovadores. Pur rso 
querían ellos limar las garras del león, empleando w* 
das las artes imaginables en la contienda; por eso itpfi* 
laban, aunque en vano, A la persecución mA& odioa 
en nombre de la libertad, si bien no faluiron elocuen- 
tisimas voces que ante los tribunales de justicia arru»- 
canuí el disfnu con que se escondían las vanidades j 
torpezas de muchos Ontones por calculo. La deíensí 
de £V Padre Cübo:^ inm'Xtiilizó en la conciencia dtí 
pueblo csi>anol y en la historia del foro el nombre de 
D. Cándido Nocedal. 

¿Qué decir del ingenio derrochado á mnnos llenas 
en las columnas de aquella publicación? A difcrciu:^ 



SI* EL siaio xa 247 

de tontas otros como consume la voracidad del tiempu, 
r'-.nsií.'ratlas á los frivolos iotereses de \in dia, conser- 
^'ü Ul aureola de un prestigio á prucbíi de ataques y 
PTKK-apaciones; sus rasgos satíricos se transformaron 
ta proverbios, su solo nombre en un símbolo. No hubo 
^arador-sloho, ni economista huero, ni finchado politi- 
stro á quien no alcanzara el tremendo azote, y á no 
puros les valió una frase intencionada las perniciosas 
consecuencias de una celebridad nada envidiable. El 
Padre Cobos pertenece por estas razones ¡í la litera- 
tBii, fuera de que también á ella extendió sus venga- 
' res rayos, sin perdonar reputaciones ni nombres 
rr' pius, tales como los de Escosura, Adolfo de Oístro, 
'*'h'Ki y Ventura de la Vega. Su critica, á veces ex- 
tremada, no carece, en general, de fundamento, y se 
ftlelaató A Li posteridad manejando el escalpelo en lu- 
ptfdel incensario, y contribuyendo ;i que diminuyese 
U plétora de elogios mutuos y pestilentes adulaciones. 
De £J Padre Cobos arranca asimismo una serie de 
periódicos satíricos que imitaron sus procedimientos, 
y en los que figuraban algunos redactores del gran 
modelo. No aludo aqui, claro estfl, á la propaganda soez 
de la caricatura y el escAndalo, que embrutece y co- 
rrompe ai vulgo, y que hoy mismo está inverosímil- 
mente representada, sino á unas pocas excepciones de 
Li H'Dcral. A raiz del infausto movimiento 

pe . ■-. y con espíritu abierLimente antirrevo- 

lucjonario, seoreronizóunacnizadiLdelu prensa, coque 
llevaron la mejor parte /-« Mano OaUta. Dou Quijote 
y La Qtrda, con escritos de Jitica sid y exquisita finura. 
Mis circuliiciún y resonancia alcanzaron, entre las dis- 
tíotus fracciones políticas, aquellas periódicos que dc» 
Imdfjín un¡i ú otra A cara descubierta, desde £7 Pape- 
Uta tuistit £J (Itl Bla.t: pero no he de entrar en este te- 
rreno c-tmdcnte, y sólo haré constar que el periodismo 
liirero suele dar en Rsmfla, como en otras partes, fru- 
tos amargos y sin sazón. 



943 LA UTERATÜRA ESPASoLA 

Entre los que lo han cultivado de oficio hay, no oibs-" 
Cunte, algunas personalidades «n que debe fijarse ta 
atención de la crítica. 

No sé si incluir en este grupo i\ Sel^ros, desde lue^o 
& título de injEfcnio aislado ¿ iniciador de una seriedad 
humorísticii que pocos pueden asimilarse. Las Hojas 
sueltas, las ÜeUdas tld nuevo Paraíso, Cosas dt¡ día 
y Fisonomías coHtempitr aneas son el digno remate de 
su campaftii en Ei Padre Cobos, libros de filosofía pe- 
culiar y sin precedentes, Vi'ajes ligeros aírededor de 
varios asuntos, romo él mismo los cnlifica, panorama 
de la vida moderna en sus múltiples fases '. Con todas 
estaba Selgas mal avenido, y, esgrimiendo el arma po- 
derosa de la ironía tolerante y benévola, sncó d plaza 
las ridiculeces del convencionalismo social y de la mo- 
da, que lian venido A sustituir al antiguo régimen en 
las costumbres. 

Sólo la lectura puede dar idea de lo que es en este 
punto Selgas: un hecho cualquiera, una frase vulgar, 
un contraste cogido al vuelo, le bastan y sobran para 
desenvolver sus pereípinas obser\*aciones sintéticas, 
ora haciendo asomar la sonrlsii A. los labios, oru esbo- 
Mndn, (^mo sin querer, un tema de meditación y es- 
tudio. Muy somero se lo permitía la incesante faena 
de la pluma, y muy poco le debió, á juzgar por d ca- 
rácter personalísimo y hasta por la candido?: maliciosa 
du sus ocurrcnciiis. La profundidad que parece ence- 
rrada en el dogmatismo sentencioso de la expresión 
es sólo aparente, cdando no resulta un ingenioso so- 
Asma, constituyendo en realidad este tro-siego de burlas 
y veras, delicioso encanto que encadena la atención y 
halaga la fantasía. 

Puestos h elegir entre los Estudios sociales de Sel- 



1 La primcni cdlcMn de loe Sbja» wutuu uUA i bu m tMl. La Ultima, asf 
<U foo U/Atit sBi Ubfo* en r\ mliMo toiM, u Iva taclntilo en tn colcvcUo d« aiM 
OQriH [íIcmIv el teño W", bajo el cplcr&i« («inibi tk SHméiM writUtf. 



EN BL StCLO XtX 3J9 

gas, todos peirecen mejores; pero quizás debamos que- 
clamw: con los primeros, con las preciosas Hojaii suel- 
tas, en las que aparecen todas l;is ideas repetid:is más 
tarde con divcreidad de adjuntos y pormenores estudia- 
dos. Los grandes y pequeftos errores del siglo XIX, que 
preferentemente le merecían lástima ó desprecio, en- 
cuadran admirablemente en Lis siluetas de fc"/ Pettsa- 
tm'ftito libré, La guerra, £1 crédito, £7 dinero, y El 
bmtr; allí está la delinición compendiosa del crédito en 
estas palabras, tantas veces repetidas: 'Coloqúese un 
doro en el centro de un circulo de espejos, y la multi- 
plicAcidn saltará A la vista; en cada espejo aparecerá un 
•nuevo duro. TratAndosc de duros, ésta es una verdade- 
ra especulaciún. El que tiene un duro tiene muchísimo 
más de veinte reales. Tiene tantos duros como personas 
saben quelü tienen." 

Los volúmenes sigriitentcs están inspirados por lu 
misma tendencia hostil al siglo del i*apory la electrici- 
dad, en cuya fa^ituoNa ostentaciíJn echatu de menos 
Selgas el oxljceno del ideal, no creyendo que la riluntro- 
píu pudiese reemplazar A la caridad, ni el culto de la 
niaterüi al del espíritu, ni las conquistas del saber á la 
hermosura cicma de la virtud. Desde el punto de vista 
artistico determinan estas semblanzas im gran progre- 
90 rebitfviunente & los antiguos bambochazos carica- 
turescos, con sus tipos mutilados é inenes y sus eternas 
dcKripr iones de ñsonomfa ú indumentaria. No negaré, 
sin embargo, que la abstracción por sistema h;ni- per- 
der aquí A los figuras en relieve lo que ganan en fuerza 
representativa. 

Sdgas fue ante todo un humorista inagotable en in- 
|reniosÍdad y travesura, un artífice del pens.'imientu y 

1.T palabra cre-ido para el conceptismo; Quevedo á Ui 
loderna, con algunos toques, aunque sin la frivolidad 
de lo que se llama cam^'rir entre los franceses. Su 
estilo, cortado por bruscas transiciones, sentencioso y 
flpigramfttícú, no sienta bien & la majestuosa y grave 



250 LA LlrBRATUBA SSPARoLA 

lensrua de Castilla; pero es viva imagen de un lempera- 
mento literario muy letritiino, y corresponde en su ner- 
viosa rapidez y sus características intcrcadencias oL 
vuelo libre de las facultades mentales. 

No solamente en El Padre Ce^os, sino también ea 
£? PcHsatmcfíio Espa/iol. E¡ Siglo Futuro, E¡ Fénix, 
e! Diario tic Harcdona y en dos libros aparte '. ha 
dado larera muestra de sus aptitudes para los cuadros 
en pequeflo y de su delicada vena satírica D. Cefcríno 
SuArcz Bravo. Quien fije la atención en los Perfilen se 
itafortaics y en el misántropo Vcneuillo de la España 
dctitagógica, 4 en otros retratos de los que suele trazar 
cl autor, no puede menos de reconocer la fidelidad y el 
piírctido con que cstAn proclamando A voces los nom- 
bres propios de sus originales. En los disparos al aire, 
quiero decir, en los sueltos :i modo de gacetilla, sor- 
prenden el fino tacto de bis alusiones y cl golpe cer- 
tero con que SuArez Bravo hiere y estigmatiza. Cuando 
apda á los recursos doctrinales disminuye el acierto, 
pues no suele consistir en la fuerza del raciocinio el va- 
lor de estas páginas, que entonces precisamente es 
cuando adolecen de relati\'a pesadez. 

Periodista, y periodista de toda la vid:i, os asimismo 
Gabino Tejado, como lo dan A conocer hasta sus es*^Ti- 
tOK serios en el felicísimo donaire y el aparente des- 
orden; pero asi como de la gravedad :í1 humorismo, 
pasa del humorismo a la grayeUad, siendo en la prácti- 
ca adversario decidido del arte por el arte. Tarea In- 
terminable se impondría quien intentase enumerar si- 
quiera las manifestaciones más ft menos literarias de 
su laboriosidad, aun en la especie a que ahora nos con- 
traemos; yo sólo me permitiré citar como un dechado 
la serie de impresiones tituladas La Esfiaita guc scva.... 






EK Et SICLO XIX 2M 

balliciosos recuerdos de la juventud imprcg-nados A la 
Tez tic no sé qué virginal y dulce melancolía. 

lia andado h;tsta fauct poco tiempo dividido entre 
las esrahrosídades de la jurisprudencia y la política un 
uncido artículisca de La /¡ustracíá» E&pañola y £J 
Heraldo (remota fecha\ ¡i quien apctltdaMn en sus mo- 
cedades V'ilisía (D. Manuel Silvcla) '- Y es el caso qut* 
ra crítien de costumbres, encumbrada hasta las nubes 
por juwes competentes, descubre un instinto un pers- 
picaz y un pusto tan bien educado, que no debieron que- 
dar ociosos á pesar de los bártulos y los expedientes. 
Admira sobre to<lo en Silvcla, aparte de su espontáneo 
Erracejo, esc sabor castizo lan raro en el día, y que pro- 
ceJe en linca recta, ya que nodt- Cervantes, de los bue- 
nos prosadores del sifflo XVIII. Nadade laconismo com- 
parto ni de aleluyas agrnipados en discordante formación 
i^C£Ún la moUa íranccsa, d la cual prefiere Velisla, con 
muy buen acuerdo, 1n rica y variada amplitud del perio- 
do castellano. E¡ perfecto novelista, Soür de Madrid, 
Literatura in/iuiUsittutl . El abobado de pobres y El 
fíiretouario y la Gaslroitomia. suministran curiosos 
ejemplos de lo antedicho, por su corte original no menos 
quf por el desenfado en l;i ejecución y el aticismo sobrio 
de Li frase. Mucho híice ya que Silvcla arrinconó la plu- 

1 con que fueron tnixadas cstjis pequeneces juveniles, 
y siMo en ocasión reciente í^alió disfra^ido de Jiiatt Fer- 
Htituiís A reñir una batalla en pro de la Academia Espa- 
flola y de su último Diccionario, olvidándose de sus ino- 
centes chistes contra el on/acotmit y la sopaipa. 

Mucha mayor notoriedad que los artículos de IV- 
tisla conquistaron, desde su aparición en La Amé- 
rica (1862), las Cartas transcemlenialcs de D. José 
!' r'i y -Serrano, cartas en que se discutínn, con 

j iiiie orijíinaliüad y curiosos datos üc mond y 
Cremastíscira, los problemas del lujo, de la educación 



. A> «M«r(W por natbi. Mmihii. ia(7. 



ffl2 



LA UTERATUBA ESPASOLA 



de la mujer y del matritnoniu. El autor, que estaba sol- 
tero, acreditaba, sin embarco, lal suma de conocimien- 
tos sobre la maieria, tal perspicacia y sentido práctico, 
tanto ingenio y tan buena fe, que introdujo verdadera 
perturbación en el sexo femenino y dio al masculino 
no poco en que pensar. Sí las Carias tratiscettit enla- 
tes han perdido con el transcurso de los aftos el inte- 
rés de actualidad, tienen para nosotros el de los recuei 
dos, según ya notó el autor al reimprimirlas en li 
A pesar del tono inofensivo que en ellits predomina no 
filemprc resultan aceptables por su fondo, particular- 
mente en lo que se refiere al ideal de la perfecta casji- 
da de nuestros días, mal contrapuesto al que retratój 
Fr. LuisUc León. 

La novela del Egipto, serie de veridicJis correspon- 
dencias escritas en Madrid al inaugurarse el Canal de 
Suez, y que todo el mundo leyó como descripciones 
de un testigo ocular, y los numerosos artículos de cfw- 
tumbres, viajes y erudición culinaria en que ha lucido 
Castro y Serrano su habilidosa travesura, mezcla de 
candor y sofistería inconsciente, no agradan tanto como 
las Cartas transcendentales. 

Don Santiago de Linicrs ' comenzó á disttngruirsc 
como escritor, durante el último periodo rcvoluciünu- 
rio, dentro del partido tradicional tsta. Sin que su ma- 
nera de pensar y escribir deje de ser persfjnal y pro- 
pia, parece haberse propuesto en algo la imitación de 
SelgfRs, á la que con efecto ha llegado, no s¿ si casual 
6 deliberadamente. Como él, busca en los escritos mtts 
ligeros un fin superior al de provocar la risa, y por eso 
l>rclícre á las arlequinadas bufonescas y bajo-cómicas 
el estilo medio, en que se compenetran la scvcridíid rc- 



■ TtHfa (1 twMit*. Brtvt» üftttt* (Merca ib lo indi imsoritoAt fyt€ At^ tahtr y 
di J« MiU frtieíft qut Ot^ Igaonir tí himbrt iMitanuí pora (4*& fmrtttamimU en 
bipalr{a,((i t« •Mifitod V m ta /omUIil MjidrlU. tST6.— UnMuy «andk«, iqgMK. 
H», roigwi if Mnl«n»M MimJm OiÍ aotunii. MndrU, IMÍ. 



Sexiva y el buen humor. A tal sistema obedecen, no 
i"on enicra icTiald.'id, las escenas de La Caridad en bai- 
le. En coífu-, I'rcsupitesto y Caracteres, con varias 
otnis sorprendidas en el retiro del bogar doméstico ó en 
las revueltas de la vida pública *. 

La ftrma de D, José Fernández Bremón va hacién- 
dose inseparable compañera de I:i Crónica semanal que 
encabeza los números de La Ilustración Española y 
Americana. Kn esa crónica se cniierra con profusión de 
comentarios el cadáver de la noticia muerta en el día, 
como las flores; se archivan los nombres que ha hecho 
célebres cl mírito ó la fortuna, y sirven de notas fina- 
les la anccdoriUa, el diálogo picante y l;i broma de di- 
versos tonos y colores. En la confusión de ideas, y en 
el práctico y benévolo escepticismo que hoy sirve de 
criterio á la generalidad, se halla el motivode semejan- 
te conducta, perfectísima encamación del Justo medio 
en todos los órdenes á que es aplicable. Lo cual no 
equivale á ncjifar los elogios que se merece la gracia 
infcenuu y candorosa, tan peculiar del amable rí-vi<i- 

ICTO. 

El mismo oficio ha desempeñado en Los tunes de El 
Intparctal D. José Ortega Munilla', sólo que con arre- 
glo á un plan definido y con menos indecisión en el 
fondo y en la forma. .Mardca igualmente de observador 
y de estilista, sobre todo de estilista, y aun por eso es 
tan amigo de los colores que agotaría de una vez los 
del arco iris, y busca la impresión onomatopéyícn y 
olorosa, dirigiéndose á su objeto por el camino de las 
sensaciones. No se puede reproducir con más poesía, 
una. vez por semana, el proceso monótono de hombres 
y coNLs: crímenes, desgracias, fiestas, cambios de Mi- 
olsterio... y de estaciones. 



* HvtA IJfiiUIIc»^ con Llnlnsí^ IJrsi y (irociedtnlailoKicImitortfe (VI- 
«MVMtBUlw. [^ Jiuut Ad(iK> Lnndero. 

* lian algOn tlimpo qac k ■uattivyci y rin tbwDotaja, í*. Folcrtcv 



LA UTBBAtVRA BSPAjtOLA 

Desde el I 'inje cómico rf la Exposición de París y tá" 
Galería de mal rimamos, hasta Las Tietidas y Tipt 
ynadrtleUoí, ha recorrido Cirios Frontauní una scn¿ 
uniforme con el decidido y firme propósito de la verda- 
dera vocación. El mundo cursi de exempleados ham- 
brientos, viudas olvidadizas, pisaverdes relamidos, be- 
llezas en expectación, y demás naipes de esta baraja in- 
terminable, se presenum de cuerpo entero en exactas 
fotoírrafi;is; y las llamo asi para caraclcrirar en una pa- 
labra l;ts tendencias del apreciahle narrador. Su inven- 
tiva y sus dotes in'opiamentc literarias estñn muy por 
debajo de las que le di^tingiien como intcírpretc pasivo 
de la realidad; tipos y diAlogos. fondo y forma se apro^ 
ximan al pcrtU ordinario de lo que se ve y se palpa tod< 
los dias. De aqui la apariencia vulg'ar y la falta de inte ~ 
res, compensadas con cierto apacible temperamento en 
conformidad con el predominio de las medias tintos. 

Casi todo lo dicho es aplicable ú las obras festiva 
de Manuel Ossorio y Bernard, el autor de los Cuadre 
de giUiero. del I 'inJe critico alrededor de la PHerta dé 
Sol, de £m Rcptiblica deiasleíras, Progresos y extra- 
vagancias y Motiólogos de un aprensivo. Al sacar il 
plaza las locuras y fliiqucKis de varia calidad no le 
^sla ensaflarse con sus víctimas, ni tocar con el dedo 
en la llaga, sino divertir al lector con una agudeza de 
buen tono. SÍ es ameno en sus pinturas de las costum- 
bres madrileñas, no decae Dimpoco en sus afic¡oncs_ 
A la parodia de los descubrí mientus novísimos, cnsayl 
da por Cl con bastante rc-suli:idi) sobre asunttíS como 
alma visible, He^coluctóu ntimenlicia y Telefonía y/G 
lografia. Ahí va tu didlog^o posible entre un futuí 
inquilino y su casero, para cuando se vulgaricen laíT 
aplicaciones sorprendentes del teléfono, que hoy s^^ 
proyectan: **— Va sé quién es usted..., mi casero.— Efe^^f 
tivamentc, y quisiera saber cuándo piensa usted pagar- 
me los alquileres que me del>e.— No oigo bien; sin 
duda el aparato no funciona regularmente.— Repit< 



BK EL SIGLO XIX Z» 

C|«e (l»co me pague usted los meses vencidos.— Repito 
t|tte nu se oye unu palabra '." 

Estrenóse en la5 columnas de El Imparciai un tuna- 

Uto muy avisado, que abora usa la denominación de 

Ftmaaflor^ t'uando no !a míis verdadera de Isidoro Fcr- 

D&ndcz Flore;;. Con los Cartas d tni //o y las revistas 

poblioidas en aquel periódico comenzó el renombre que 

' ■ i?n después las EnírePiiginas de Eí Liberal, y El 

..'■-Jet afio de ¿íi Ilustración Ibérica. Las inncga- 

Mts condiciones de satírico que posee Fernández Fió* 

rezno me parecen iodo lo españolas que yo desearla; 

y aun prescindiendo de sus extrai'íos en cuanto adalid 

de inaL-is causa*, veo en su estilo afectaciones, des- 

«lyuniamientos, esencias de tocador, y, en suma, los 

""':' ¡!)s refinados que lleva consigo la falta de na- 

iti:iU. Sirven de contraj>eso la doMe vista de lo ri- 

dtcolo y el tacto envidiable para sintetizar, en lo que 

cvFt-mandez Flórez un consumado maestro, lo mismo 

luc en la invención de atrevidas metáforas, (frílficos 

pormenores y locuciones delicadas, que forman un vo- 

'^t>uUrio de exclusivo privilegio. Hay en sus croquis 

'•'natural y en sus fantasía*; idealistas algo de Richtor 

í Heíae, con algo también del Grccco, si vale comparar 

^ iirtc de la palabra con el de la pintura: mezcla de 

*tetTicnios insociables, colores fuertes y exubenmcia de 

''''^*feinuci<in rebelde al freno del orden. Sólo que el 

"'''la espaflola de FernaHjíor repugna las perspectivas 

'^^^'iuus y espectrales, careciendo su sonrisa de la amar- 

í****» germánica y lo displicencia sajona. Resta, por fin, 

^Isignar que la abundancia forzosa de su producción 

''tíS en ru/ón inversa de su valor relativo; es decir, del 

*l**t tendría Ileíjadií Á su miulurez y sin las ímposicio- 

•^sUtl deber cuotidi;ino. 

El conocido autor dramático y periodista D. Fer- 
**íUjdü Martínez Pedrosaeultiva con gusto y discreción 

-fVMmwrvMnMawMu.pii. 151. MaJrid. 1197. 



as£ 



la 



I.TTERATL-RA KSE>aA0I^ 

la cual entra un libro r 
que .1 cien ItrgWLS sf 



sátira ligcrn, en la cual entra un libro suyo reciente, 
Perfiles y coiores ', que .1 cien !i*}fUiLs st* distingue de 
los con que suelen aburrirnos los merodeadores nficio- 
nados. Miserias cortesanas, recónditas Interioridades 
del f¡,ran mundo, grotescas fisonomías del natural, con 
algo también de romer¡:is y espectáculos taurinos, se 
mezclan acertadamente en esta amplia galería, bañada 
por opulenta luz meridional y rea!z:ida con grandes 
primores de arte. Xo quisiera yo que fuese tamo ni tan 
astcnsible el empleado en buscar y repulir las frases, 
que semejan las piececillas laboriosamente agrupadas 
de una incrosiaciín . Semejante censura, que en primer 
término se dirige al Ditf logo- Prólogo, no estorba al 
mérito positivo de descripciones tan animadas como 
Las seUoras del café, InMitos y nttótdmos. Los nues- 
tros y El santo. Da íl conocer la primera la antítc-sis 
frccucntfsima del hambre y la ostentación; la segunda, 
el almacén de frutos iliterarios producidos por el ansia 
implacable de hacer papel de genio en la comedia hu- 
matta; reflejando las dos últimas respectivamente el 
proceso cómico de la popularidad entre el infinito nú- 
mero de los necios, y la explotación del advenedizo |m-o- 
vinciano por lit hampa que se burla de la policía en lo. 
cafHtal de las Rspaflas. 

Pero esta clase de nuestni sociedad y otras más 
encopetadas han encontrado un pintor de ofíc-io, que 
responde por Seníimteutos (Eduardo del Palacio), en 
las malhadadas rcvisUis de toros, y que, cuando deja 
el bárbíiro cairt con que divierie d la gente más Ó 
tóenos Jtamctica, s;ibe convertirse en estimable artista. 
Inñnidad de artículos suyos sobre lance-s y percances 
de todos los diar inundan los periódicos de Madrid, 
y con repetirse forzosiunente en los asuntos y carac- 
teres, no le faltim nuevos puntos de vista para conside- 
rar unos y otros A distinta luz. Los chistes que cspon- 



* Piitatkad»pCirtaaitttet«cii*Anc-jr Uti»*. B«ir<r«hqw.ttt£ 



E7C EL StCtX> XIX S7 

tdneamcnte brotan de su pluma no suelen distinguirse 
por b delicadc7-a y el esmero; pero en su traza inculta 
llevan indeleblemente grabado su origen, como repro- 
ducciones fieles, basta el exceso.del lenguaje popular. 

Pertenece al mismo gremio que PjiIhcIo un hijo de 
Galicia, I.uisTiibofida, que prefiere, por excepción entre 
sos pabianos, ti iirte de hacer reír aJ de hacer política. 
Pom ello le bascan su mucha ag^udcza y un p:i5C0 ideal 
por bis guardillas averiadas, por la casa de hu^íspedes, 
por la tertulia íntima, ó también simplemente por la 
cAU«. Es amito del figurón, en parte por inclinaciones 
[sayas, en parte por la idiosincrasia de los tipos que sir- 
ven de objeto A sus estudios, y en el fondo de su SiUira 
deja vt-r algo del escepticismo que engendra el cumcr- 
tío con una porción de nuestros semejantes. Taboa- 
da colabora en distintas publicaciones, y especialmen- 
te en c! Mudriii Cómico, cuyo cronista sifi^Je siendo 
hasta lafctrha. 

D. Hcnitu Míis y i'rat, escritor andaluz y novísimo, 
Pft6crc Iiis columnas üc La nusiración Española y 
initriraHa, KJi cuyos últimos vulúmencs se repite cons- 
iMittmcnie «u firma al piedc artículos niAsó menos va- 
liosos y en no escaso número, consagrados á la historia, 
ilas tradiciones y á Uis costumbres de su país. .\ juzgar 
pi^r (üifunas muestnis no parece extraño al movimiento 
lataralista con su dcspreucupición en achaques de 
T^rA ^Q inmodentdo apego A las nimiedades de*;crip- 
- &u lenguaje retorcido con pretensiones de pla.v> 
titidail. Redvntemente ha escrito Mas y Prat el texto 
' ' ' '' ■aclúo por cntregíLs bautizada con el nombre 
ra íit' Marfil Sattíííiñna, 
B patío antiaitis, del joven Salvador Rued:i, y otros 
"tímlos *;" ;i-rÍores y de la misma índole, anun- 

•«n nn aji: ..l:.,.Jo continuador del Sotitario y de 
Ptrnán Caballero, decididamente imprestonistn (como 
*ora dicen) y quizá dom:*siaUo poeu para serlo en 
[^■Ma Los rumores misteriosos, impalpables esencias 
TRUC n 17 



296 I^ UTERArCRA ESPAÑOLA 

y secretos dulcísimos que atesoran el ciclo y el aire del 
Mediodía, se confunden en el alma sofladora del uutur 
con la memoria de liis fiestas populares, con el sonidu 
de las guitarros en lu noche tnmquíla, y los encendidos 
coloquios de los enamorados. 

También delw esuimparse aquí el nombre de E. Se- 
púlvcda. por sus libros aceri:a de La vida en Madrid 
desde 1886, cuyas páginas, descontando otras cualida- 
des, tendnin piira lo por venir la de ofrecer una imagen 
perfccia de la sociedad en que vivimos, y podrán con- 
siderarse como crdnica ilustrada en que alternan las 
habilidades del lápiz con las de la pluma. 

De análoga especie son los escritos de Kasabat en 
£7 Resunieu, El llrraltlo de Madrid y Lm ílustrariÓM 
Ibérica, y los de Mariano de Cavia en E¡ fJheral. 

Cavia, cuyo espíritu superficial, burlón y escípiio 
peirece una radia de viento frío colado de lo*-- Pirineos, 
naciá en Aragún por capricho de la naturaleza, que le 
negti todas las cualidades de aquel noble país, y le in- 
fundió un alma g:emel;i de la de VolUaire, rica de savia 
IntclcctiuU yhu^-rftuvi de sentimiento, condenada á ver 
á los hombres como una comparsa de muñecos de tra- 
po, y á \Mz%six todas las cosas de la vida como partes de 
una comedia bufa. La sátira punzante y demoledora de 
los Platos del dfa está produciendo en nuestra mcso- 
cracia, y en una porción numerosa del pueblo bajo de 
Madrid, los mismos resultados que producían en la 
Francia del siglo X\''[[I los libelos del Patriarca de 
Ferney y las piezas teatrales de Beaumarchais: es la 
piqueta del sarca^no mordiendo los sillares sobre que 
descansa el orden social; es el relámpago de brilliuitc y 
siniestro colorido que presagia tempestad; es la cur- 
cajada fúnebre que regocija á los incautos y entristece 
4 los pusilánimes. 

La colección dearriculos titulada AsotesygaUras • 



• Hadfld. uní. 



tat m. SICL4 xtx 2S9 

irve de psmorama sintético, dande se contemplan 
[reunidos los cambiantes y matices del ingenio de Ca- 
via, y se da á conocw el fondo de su? intenciones, mal 
'velndo por la transparente penumbra del humorismo. 

La ley de los extremos, que se tocan, explica la se- 
incjjinTii existente entre la fisonomía que acabo de per- 
ftlar y la del temible satírico, anarquista y reaccionario 
una pieza, que, con los motes de Miguel de £scaía- 
I lía y VetMHCío GotisiUcs, y con su lirma g'cnuina de Ao- 
I tonio de Volbucna, ha sostenido solo, reuniendo el cm- 
puK y la fiereza de una legión afrucn'ida, desiguales 
batallas contra instituciones, clases y partidos, causan- 
Uo y recibiendo ticrídas de muerte, y manejando & la 
vtz la espada del raciuciniu, las vibrantes flechas del 
iitsalto personal y el irttigo del desprecio. Desde que en 
In Pvliltiíi menuda de £7 Siglo Futuro se destacó de las 
bnunas del anónimo la inconfundible silueta del acera- 
do polemista; desde que sus cáusticas sales, aunque dc- 
naniadas en un periódico antijífitico para el gremio 
in_.-,i [i^-apcruiron en lodos los paladares goce vivisi- 
.iR«a de renovarlo diariamente, viene recorriendo 
* Vaibaena un camino erizado de abrojos, sin respetar 
(iÍBpin.i conveniencia ni retroceder ante niu^fün obs- 
Ucnltt, Sale primero de \i\ Redacción de El Siglo Futu^ 
n, escupiendo & la faz de su director invectivas de las 
^ dejan manchas imborrables; inicia en las columnas 
*fc£í Imparaal una campana contra la Academia Es- 
I»ifl")I¡i y su Diccionario, interesando á la muchedum- 
*** de lectores legos con áridas controversias filol<^i- 
.Tamaticalcs; arroja A la iilazadebí maledicencia 
1 los prestipiüsos tiiulos de la nobleza, encem\n- 
n la caja de juf^uetes de los Ripios aristocráticos 
vcpilo otras dos veces la misma operación con los 
. -.wif¿irf/iKiVos{1890) y los A"//"/*»*" f/í/^arí-s (1891), 
r oon&iBfUc que los futuros rasgos de su pluma se aguor- 
fi el pavor en unos y la impiíciencia en otros que 
■■^i->r;i lo misterioso desconocido. 



360 LA t.rTEaATVRA estaRola 

Valbuenn tiene de su parte 4 lodos los en\-i<]fosos, 
y ñ alBTunos jueces entendidos, que le reconocen sus 
míi'itos y le repruebiin sus exiremosidrides, apasíona- 
miento<t y virulencias; pero ha suscitado en contra suya 
innumerables cncmiffos, que Ic rebajan ni nivel de los 
libeli-itiis desvergonzados, y le niegan cl ap^uri y el fue- 
go, y hasta la razón cuando la lleva, El fundiunento para 
tanta dívcrgrencia de opiniones está en que las aptitu- 
des del distinguido escritor son esencialmente satíricas, 
y en que alrededor de él se extiende una atmósfera de 
escándalo que no permite contemplarle tal y como es, 
sin la ilusión óptica de las simpatías 6 los prejuicios. 

No hay quien iguale A Valbuena en vrs fornica, en 
mágica facilidad para provocar lii risa franca y estrepi- 
tosa, en castizo y donairoso decir; pero á la consctni- 
ción de estos fines van supeditados medios absoluta- 
mente reproK-ibles, ardides de mala ley, ataques en que 
del terreno de la literatura se pasa á otros vedados y 
se arrastran por el lodo las reputaciones más dignas de 
consideración. 

El vocabulario usuid de Valbuena y la índole de sus 
estudios recuerdan A los humanistas italianos del Rena- ' 
nmicnto, A Poggio, Lorenzo Valla y Bartolomé Fnrci; 
pero todavía le encuentro mayor parecido con algunos 
representantes del catolicismo laico francés, como Drti- 
mont, cl autor de /j7 Frattfiajittiia, y J. Barbey d'Au- 
revilly, paní no Iwblar de Luis Veuillot, cuya ix'rsona- 
lldod está mucho más encumbrada. La ortodoxia sin 
caridad y el menosprecio de todas las conveniencias so- 
ciales, el odio d la política doctrinaria y á las opiniones 
eclécticas y conciliadoras, combinado con cierta debi- 
lidad para con los enemigos francos, hacen que Valbue- 
na se ensarte con los católicos conservadores y h.isti 
con no pocos correligionarios suyos del partido carlista, 
mientras prodiga las frases de benevolencia A libre- 
pensadores empedernidos. ¿No es esta conducta seme- 
jante á la de Dnunont rebajando al Conde de Alun y 



EN BI. SIGLO XVL 361 

disoilponJo á RocheEort, y & la de Barbey J'AurcriUy, 
cuando buscaba paliativos para las /"lores fiel ma¡, de 
Baudelaire, y Las jSIas/vnüas, de Richcpin? 

Rcnunciu á explanar las consideraciones que ante- 
ceden para no sitlirmede la esfera del arte; s¿Jime lici- 
to, sin embarco, aconsejar á Valbucna que, en benefi- 
cio suyo, de la Religión, de las letras y de Li higiene 
moral, emplee la fuerza vcng:adoru de la sátira en ba- 
rrer las pestilentes inmundicias de Las Donünicalcs y 
BUotin*. 



* [It p^iM JV^fa ponleit CAtlUcaniv namstoioi libro» de vint^H. como lo* 

JtaM^b * mUa . li<72). par CnaUlnr, m l«i 4IK el dlllráoiblco UiiHno dd 

■Cit 1 ui J^rrocftailorn luiui^ia halUmn oblrloa dljciKM del uno y Je b> Mni 

1"» 1' — (.ii^l Ar luí t>roi>oicloao. timosfoniUadAic la hlpírttok to htrrmMii 

iiMlc». y el Piaría ib tu* Uttíaa <k la aittrr» Wc A/rien ClSVj, Z>« Jb- 

'-^'•.'Hfuta.r lo fi lie rtxrtontiiíailoittf ante la aterra aclS'i0t4iUoilcaaela 

«•ÜW Unditi). I^ril-. y id JJrWOFrw.-MNntaKiraw d coAall», prMCtfld)!* dr 

It^múalftwkrín Ma'IHd. U;j>.itinnl)iiauuRila>;i-Miia JcPcJtoA.JcAt«fc4n. 

IMnMIua ailinirablBntsiuUlwUadt 1p Irivlmly lo*al>lüBr, lo cdralcwy 

k>piuib:iL lüiirc U> obni ttmlUrv* de «cKutiilo orJcn k destacan, piir U lai 

9^rf■^f^ tlu. («Mrif la rl *nl ik rvsoiM cUnas, «I Wnf* ai iiUtri«r «b PtriM, 

':!, 1841% y lo» RalwMf vTíwMXadM «obn M- 

, < Fcccil (Uiit»4Blap/. rint»r ncrrjMo jr dtll- 

oUmoid, nan^Bs ii« pvci> «man*falo. il«1 paluijv y U« couimbr» ik Miine) 



•T^sr* 



CAPÍTULO XIV 



NUEVA FASE DE LA NOVELA HISTÓSICA 



Frraaado rtitxaf. Iisifiir. rinoTa*. Vtccrtu, Italainirr. CionnUps irí Vi 
>'avam» VllloulMln. hmiarr, A. di* Etolanlr. I'a>t«lar. «tP. 



LA musa de Wattcr Scott Eue ave de paso en la ar- 
diente y tempestuosa atmósfera del romanticis- 
mo; pero muy en breve, y en dlai de mñs serena 
calma, ensayó nuevamente su mclo inspirando á una 
hueste de novelistas, en la que, A par de los aficiona- 
dos sin vocíiciún 6 sin talento, se cuentan unos pocos 
elegidos, comparables con los mAs insignes imitadores 
de otros países, ya que no lleguen & la excclsítud del 
modelo. 

Aunque parezca raro encabezar la serie coa el 
nombre de D. Fernando Patxot ', misterioso y cele- 
brado autor de Las ruinas de mi convenio ', en nin- 
gtma otra parte estarla mejor la critica de este li- 
bro, atendiendo A sus excepcionales condiciones. De 



1 Nni-IJo rn Mn)i4B [li>U Ji^ Ucaomr) d Sldc Septiembre <k 1812. 7 muetI* 
(tt Biitixliinii el .1 de Aifíilo >tc I6M 

■ naturia MintnqHfnlnca. Uu rttmof 'tt ■/ enmaiM. Darcrloaa. ISit. Z ■ c>t|> 
CtfB «unnuodo »• Xt rlmuirm. jmjt Sor ÁáHa, thtd.. USo. J~*MMdn tn«i«a« 

BñnxJoaa, \«& la» ntrnoa, (t&i y Hi clnmlm, por Ftman*» PiOgvC Ibid.. i.tTi. 



ES BL SICLO XIX 263 

histérico aunque tnoüemo asumo, muy poca semvjan- 
**> conserva con las novehw del género; mas, por otro 
^*ulo, si cl autor se aproxima A las románticos france- 
ses eo ta rompí ¡car t(>n é interés de las aventuras, ni 
*Uneneso pierde su independencia y su originalidad, 
"ttjdadas en cl ohjcto que pretendía conseguir, y que 
"o /uc tanto componer una obra más 6 iiienos litera- 
*"«■ como perpetuar en ella la espantosa catástrofe 
"í" IK^, excitando la piedad hacia las victimas y la in- 
'íigníición contra Uw verdujjos. l-as rtiiHas de mí con- 
*'*^io, primera parte de la novela, y única que en rea- 
'úJatl la constituye. logró, apenas publicada, un éxito 
•ofprtndenu- en Espafla y en casi todas las naciones 
^^«^opcas, siendo traducida al francés, al alemán, al 
'Wliíuio y A otros idiomas. 

I— a elección de uo asunto tan cercano x >3e tan pa- 

"""osa importancia es cl mayor acierto de Patxot, 

1"í<ín. cncuHerto durante muchos aflos por el velo del 

^^íiniíno, fue tenido unas veces por fraile írancLscano, 

'^^^\& por un D. .Manuel Ortiz de la Vejra, nombres to- 

'^''s inventados por la curiosidad y la conjetura. Mu- 

'■"O contribuyeron estas circunstancias externas á la 

""flísión del libro; pero algo hsiy en él más hondo, ori- 

|í*«l de tantos entusiasmos, y es la ingenuidad t cl ca- 

; '*"■ «lel scntimientu en que allí se respira como en de- 

l^tosa aimrtsfera; sentimiento de fuerza irresistible, 

'^Hquc á veces se transforme en insípida candidez y 

'-'^adosa sensiMcriii. 

Eso acontece en li»s primeros capítulos, dunde 

***<*inim entre celajes lus amores y melindres piatOni- 

de Manuel y Adela, expuestos en interminables 

i^ogDS y cartas almlharadas, cuando no por el sím- 

^ico lenguaje de \i\& flores. Pero al cesar todas esas 

^^«íooifruencias, junto con la impiedad nheurda é inci- 

'1**^<;nte de M:inucl, comienzim ;l sucederse en grada- 

^^^ ' rMUi las escenas mrts trrttíicas y conmovedo- 

'"•I i;i üliima dtíspt'diíladcl manceho y su eníer- 



261 LA UTlEftATUBA ESPAÑOLA 

mcdad colérica, hastn la profesión religiosa y ulterfo- 
res aventuras. Aquel asistir en víila A sus huoras fúne- 
bres, aquel layl espantoso exhalado por una mujer ín- 
cógrita que viene á herirle en el momento mismo de 
consní;i"arsc á Dios, son preludio digno de las descrip- 
ciones subsiguientes: la matanza de los frailes con su 
lúgubre acompaílamiento de orgias, maldiciones y Mas- 
fcmtits, la entrada del P. Manuel con su Mentor 
las escondidas catacumbas del monasterio, la mueri 
del P. José á los golpes del a.scsino, y la milagrosa 
ración del protagonista. Hay eo ésta tanta ii-aricdad 
incidentes, pcíigrus y cspcrímzas; con tal viveza de es 
lorido aparecen ti misterioso fantasma forjado por 
soldadesca, los planes del piloto y de Andrés pora sfS" 
var A su antiguo cünocido. la exposición A fracasar 
que se encuentran cuando, oculto el P. Manuel cnt 
los escombros, se ve ya á dos pasos de sus encarniza- 
dos perseguidores; el arrebatado toque de la cjím\ 
que les dispersa, y los caminos todos por donde vi< 
& esca{>drseles su victima, que, A ana, la iroagínacíd 
y las pasiones se agitan con rápidos esiremecimientt 
y no hay manera de sustraerse á este influjo mtiltíplej 
concertado. 

[Y qué heroísmo el del fraile en exponer su 
para salvar la del piloto! iQué incidentes los que 
paran la conversión del empedernido blasfemo! A< 
30 no la justifican iwr entero, acaso quedan algw 
vacíos en la narración: pero todo ello se da al olvido i 
seguirla con creciente impaciencia, y se desest 
los pormenores ante aquel espectáculo sombrío y 
jestuoso con la majestad de las tinieblas y la muei 
Ln macíítrta con que van csUibonrindose tales escena 
con acre^.'cntamiento del interés y sin mengua de 
verosimilitud, compensad disgusto producido por 
primeras y descoloridas páginas de la obra. 

En cuanto A su segunda y tercera parte, no si 
afean el conjunto, sino que apenas contienen, con ser 



■n KL StGLO XiX ^A 

tan largos, an solo dato imporiance y desconocido, re- 
tlnciéoüosv á insol-sas rariacJones -sobrc ud ccma, em- 
pnrejuda-s con d bosquejo inexacto y larKUisímo de los 
costnmbres monacales, y la historia apologOtica de las 
tnlsmas, en que nada hay bueno fuera de la intención. 
Si uitE mano experta mejorase la primera parte, in- 
troduciendo en ella lo muy pot^o aprovechable de las 
(los simientes, ganarUin la novela, la relígitín y la U« 
iwaiara. No menos necesaria sería una expurgacíón 
scnra en el estilo, que por lo invariablemente inculto 
ydesaliflado, por el amasijo de voces peregrinas y el 
nal Curte de las frn.'u^, contrasta dolorosamento con los 
priaiwcs y relativa perfección del fondo. iVsi refundí- 
cl&¿a5 ruinas lie mí convcfiío, serían lectura tjín ron- 
Venicijtc á las personas indoctas por sus atnicüvos y 
■" -hablt moralidad, como por ese concepto y por 
a forma íi los miís escrupulosos literatos. 
No militaba Patxot en ning-una escuela dctermina- 
*i y por eso dista tanto su novela de las que entonces 
<* «scribtan, sin que se encuentren allí rastro.s de imi- 
tídAn como se encuentran en casi todas las dcnAs. 
liKUicn La Dama dcJ Coiutc-Duque ', una de las más 
Í^Ycs y descoloridas, se ve esa influencia del medio 
"«i^ieaie que por todas partes se respiraba, itsi en el 
'snto. que desde luego nos lleva al ast-ndcrcado si- 
Jl*i>X\TI, como en In forma de la narración, que. sin ser 
rtirurníBunenie la del inmortal novelista escoces, obe- 
Ltundo no al mismo, & algtmos otros de los mo- 
'IvIl-s rn boga. El amor idealista y romiincesco del 
tii-it r Herrera hacia I:i calumniada scfloru de Río-Be- 
-<:ubrc ii\ estudióse» imitador de nuestro anticuo 
TeuTo nacional, del que cstiln directamente traslada- 
^w damas y galles con todos los discreteos amorosos, 
PWipccias íntimas y avcntunis de encrucijada consi- 






266 



LA LtTEBATUKA SSPASOLA 



guicntcs. El puso cu que llcgfan A dcctarursc su posíún 
mntun el humilde artista y la encopetada dama del 
Conde-Duque, es de un efecto que hace olvidar la iO' 
verosimilitud. Repecto al mismo Conde- Duque» no 
queda tan adulterada su físonomm que no la rei'ono&- 
camos en la insaciable ambición, en d desdeñoso c*r- 
Kullo para con sus >ervÍdores, y en el dédalo de íniri- 
^illas palaciegas, causa de su elevación y de su es- 
trepitosa caída. 

Junto £i Diego Luque debe fijfurar el entonces inci- 
piente literato D. Antonio Cánovas del Castillo, que tn 
La Campana tic fíuesca ' se mostró émulo poco feliz de 
Walier Srotí, apasionado de Ijis tradiciones popula- 
res, Bobre todo las referentes A la Edad Medía, y eru- 
dito más versado en arcaísmos de lenguaje que en mis- 
terios psicológicos. No era Cílnovas entonces el ]>oUtÍco 
■de universal nombradla, el orador parl:imcni:trÍo ni 
el publicista de hoy; pero ya apunta en é] la reUexIva 
madurez y el laborioso estudio, tan reñidos con los 
hervores de la juventud. El fondo de Ui acción no esifl 
indeciso y mal delineado, como pudiera sospechíirse. 
sino que reproduce con bastante exactitud el color de 
la ¿poca en que se desenvuelve. El alcázar real de 
Huesca y el monasterio de Mont-./\ragón, los .Monarcas, 
los ricos-homes y la plebe, el tecnicismo de lu indumen- 
taria y de la guerra, todo está colocado & buena luz 
atmquc sin la ilusión mágica del arte. 

El flaco de la norcla se oculta en la parte más ínth 
ma, en la pereza con que se mueven sucesos y perso- 
najes, en la pcjuide/. del diálogo y en el desapasiona- 
miento con que toca y refiere el autor un drama tan 
rico en situaciones y tan palpitante en interés. No hay 
modo de estudiar con más fruto que en este arranque, 



OuWtft, CM cierto ^lo^ o«rf(Khi <ci WD v a/<Htoli> tvHmaao amtfaalOMrpQ át 



ZS EL SIGLO XIX 2S7 

Verdadero ó falso, del Rey Monje la dtárüca lucha en- 
tre U Monarquía y el feudalismo, y el vigoroso desper- 
tar dt L'i una. antes misera y enflaquecida, para dar por 
el pie á la fui-rza del colosii sccrular. El partido que de 
aquí podía sacarse era inmenso; pero los personajes no 
ist&n & la altura de su representación, y lo que delMÓ 
fier cuadro de grandiosas proporciones se convierte en 
esbozo ligerfsimo y frta reproducciiin de una conseja 
para noches de invierno. 

Entre los aciertos del novelista se distingue la des- 
cripcitín del almogávar, simbolizada en el rudo y va- 
liente Aznar, descripción conforme en sus lineas gene- 
rales con los datos de la historia. En el teireno de la no- 
vela era rasl nuevo im tipo tan artístico y original, que 
por su mismo aspecto de rustiquez primitiva y semisal- 
vaje alainzíi no sú qué majestad propia suya y digna de 
h epopeya. El es el verdaderohéroe de la novela; fíl quien 
«alva al Rey monje despuOs de su coronación, dando 
mueric til desbocado cabídlo en que iba D. Rjtmiro; 
*1 quien te arrancji de la prisión en que le encierran los 
oobks, y le saca victorioso de la lucha comcnza- 
ita contra ellos; él quien ejecutíi por su propia cuenta 
la terrible justicia de cortar sus cabezas, agrupán- 
dolas, para formar la campana famosa de que habla la 
iradirión. Pero la figura de D. Ramiro result» empc- 
queftccida, endeble y i-ulgar la de su esposa Dofla Inés 
y nial (Jispuesio el desenlace. 

Olsí se perdonan los pecados de fondo y forma en 
flUe incurrió el Sr. Cánoi'as cuando se recuerdan los 
f^^'iSimos de Henito Vicceto, del infeliz narrador A 
H«ien alguien ha apellidado con la mejor hucna fe el 
"OJter Scoil de Galicia '. f>ij¿mse de él que fue un me- 
''«»-no discípulo de Fernández y Oonzdlex en lo que <íste 



C^* UlalfM* tk ¡iMíforU. íllMlorla raAoOrrcMu <UI tifia XV. MAJrlil. UO!. - 
"**•* a4W.d(tpiU<d(lMrafiillM<«eii/a. HM<i'4aeatalUf«<c<aikl<ltiCu.¥;.&U> 





J 



'^ t^ LITBKArtntA espaRola 

tient' (le estrenioso, y quedaría la verdad en su pumo. 
Descartando la pasión revolucionaria que hierve en 
/-os hidalgos de Conforte, nos enconlramos con un 
Conde de Lentos, medio tirano y medio tonto, casado 
con una sflñdc tierna y sentimental (Udara de Courcl), 
que se enamora de uno de los hidalgos 6 gnard¡;is del 
castillo y comete la simpleza de contárselo ^si al Con- 
de, su esposo. El tal Adonis, Amaro de Villamele, es 
hijo nada menos que del .VLiríscal Fardo de Cela, caudi- 
llo principal de los Hermanos de Galicia, 6 sea de una 
insurrccci(^n democrjítica del ú^Xo X\', que al bueno del 
autor le parece ie:ual á las del reinado de Doña Isabel 11. 
Sucede además que algunos hidalgos hacen tnücirtn 
al Conde de Lcmos, y que éste mucre peleando ul fren- 
te de sus tropas contra las del Marísad, y que Ildara, 
después de muertos su marido y su amante, se consa- 
^a al amor platónico del última. El novelLsta conoce 
que los lances de su obra son inverosímiles, y echa la 
culpa al cronista & quien sigue y á la realidad de las 
cosas, más fecunda á veces en portentos que la misina 
fantasía. 

Así fue siempre Benito Vfcccto, y bien fiodríamos 
dar todo cuanto dejo escrito por unas cuantas piíginas 
de Widtcr Scott auténtico, mal que pese á las decisio- 
nes ciegas del paisanaje. 

Lo que Vicceto con las tradiciones regionales de i 
licia, practicó Víctor Balag-ucr con las catalanas y 
vénzales, entregando á la voracidad de un publico 
rioso y cosmopolita (quizA mayor en America que 
en Espafla) los complicadísimos relatos ' La ifii^la dft 
cedro, E¡ doncel de la reitia, La espada del ntiterto, EJ 
del capuz colorado, La damisela del castillo. Un c$ien~ 
ío de hadas, El dngel de las centellas, Eí attciano tfc 
FavcHcia c- Historia de un pañuelo. 



> Ciui 1M ncocldot por «I ««tor pa» tonur Im umot X XV t y XX Vil ■!* 



ES: El. SIGUÍ XIX 



3tfl 



Un insigne jurisconsulto valenciano, conoce<lor co- 
mo pocos del Icnpufljc y )¡\^ costumbres cspaflolas cala 
Edad MetlÜL, probrt A imitar d uno y repri.>ducir las otras 
en el ensayo que lleva por titulo Eí caballero de la 
Almanaca '. Sólo el colector del Romancero, D. A^tis- 
tín Darán, 3' el erudito Hartzcnbusch habían intentado 
hasta entonces cosa parecida, y en verdíid que se nece- 
sita esfuerzo para sostenerse en una relación tan larga 
como la de Gonzíilcz del Valls sin incurrir en traidoras 
infidelidades. \áx^ descubriría de ñju un zahori, aunque 
no habían de ser muchas ni de {grande significación, en 
cuanto se puede conjetumr por una lectura no muy re- 
posada ni escrupulosa. 

Yo no sé si aquí es tan principal el argumento como 
la forma; pero hay en íl situaciones tan hermosas y pa- 
téticas, tal intimidad de afectos y tan simpático candor, 
que no desdirían en obra üe mayores alientos. El fí-rreo 
pero generoso corazón de Garcí-Pérez, y la varonil in- 
trepidc/. de Dofl:i Sol; los luiln^os y tt-n tac iones ron que 
procuran rendir su Iklelidad mutua Zahira y Aben- 
zulhcc respectivamente, y dominando sobre todo tu 
sencillez no afectada con que el autor se hace eco fide- 
lísimo de las creenciiis, sentimientos y supersticiones 
propiosde la época, trasladan la fantasía j\ un país ideal, 
lleno de encantas y misterios. 

>!a5 >*a es hora de juzjpar rt nuestro gran novelista 
histiirico, al U'alter Scott de las tradiciones vasciis. 
cuyo pfluríoso nombre, hoy un tanto obscurecido por 
■prw»cup«ci(mi>s di- distinui pnicedencta, ha de colocar 
la posteridad en un lug^ir muy alto. Ya antes de 184S 
era conocido de propios y extraflos D. Francisco Ki 
vnrro Villoslnda * por sus obras Pofla Hiatica de .Vava- 



J^tI.^ MOvnultutbM'afi)^ Mjuln.). Urri. 

• N. I > Nnvnnaicit JiOiiaUrt il* intH. lÍMuitliMa «nnUtka 



270 LA UntlIATUItA RAPAltOLA 

rra y DoHa Urraca de OisíiUa, de que se hicieron 
traducciones & varifts lenguas, Todas las prendas que 
solicita el género, lu verídico de la narración, el ctmv- 
cimiento y dibujo de 1a$ lig'uras, y sobre iodo aquel 
acomodarse á las costumbres de rentólos sigrlos y civi- 
lizaciones, haciéndolos sentir en vez de analizarlas 
fríamente, descubren al novelista de raza, que no lo es, 
como tantos otros, por capricho ó por añción estéril. 
Allí se vela Edad \fedía tal como Fue, sin velos ni re- 
ticencias, con su caráter idealista y aventurero, sus 
luchas sangrientas entre raza y raza, entre institucio- 
nes é instituciones, sus (frandezas, crlmenesy desigual- 
dades. IntríRasde curte, trajíedías de amor, indómitas 
aristocracias y desenfrenos del populacho, todo apare- 
ce al natural jfracias al estudio reflexivo y a la perspi- 
cacLa propia do! verdadero ingenio. Sin ser aparatnsa- 
mcntc conmovedores y cxtraflos, guardan los incidentes 
un orden inalterable, obedecen & impulsos y pasiones 
de verdad, sucediéndose con rapidez, pero sin violen- 
cias de ninguna clase. 

Dotla Blanca de Navarra es una cralería de escenas 
hermosamente iluminadas, así en lo que tiene de fic- 
ción como en lo que tiene de historia, destacándose en 
el fondo la vire;inal fisonomía de la infortunada Prin- 
cesa. No a^.ida tanto como la primera parte la sc(:nn- 
da con que aumentó su obra el autor, estimulado por 



dattde MAAOte en Septiembre del mluM afl». %*i articoloH ea B Ktfiaial, t^ 
tlpaAa, el ütmaaafio J'hit*rttat y en mnchiUi oka» publloclonci. y bw phmr- 
f«* n(iv(ln%, t(-<miro« unn re(iut«i~lc!in HítMa, uní vena loicnut mfccatl'. Dct- 
puA de hsK-T «ido lecmaria ót\ Gflblrrtin it Aliva. y aiKisIvanienU oflcUI 
tureem, ■•(.|;aiEi<le y |>rlram><]«l MlnUlTtto >I? Ik (ícttirraiiciAi). it^iuivlá * t<Hlo 
canco pOtrUco ta IS&Sp«ia lasiUr £1 rMMMMiM* Cvoaot.cti'cUnic diario ck- 
■WIcol Un arilculo vonirn el vanüitlUmo de Rttli ZonllU inllü i Naiano VI- 
ItMl>4ateToondu<-M'>A lii< príitanr<d<:l Silndcro. AHIlnJoalfMrtldocarilkt*. 
qtic le blia Jipal.iJo y Hcnaikir. lathO tncnniaMr por rl tríanfo d« M^ 1J«U. A 
!>■ que eonUatM firlinnilc adhirlila iIcm1« t] rvüro d<l bofur, docdc rivc aleta- 
do dd iRiKiilo e inilllumle A Un büUicoa y llenen» de 1« rama. 



BX Bt SIGtA XIX 371 

el ¿liio, y acaso tamblt^n por lii fccunilidad del asunto. 
Cuando escrihtó e*ítas dos novelas era Navarro VÍ- 
UoJada un joven de Rrandes aliemos sobre quien Ü(^ú 
A pfsor to dirección de tres distintas publicucionos, en- 
tre ellas el & Semamirio Pitttoreaco Español. Sus en- 
vidiables titlentos de novelista estuvieron «-¡osos mu- 
chos afltis, en los que, consagráudoiic de lleno á los afa- 
nes del periodismo, colaboro en El Padre Cobos y fvm- 
dO £y PrnsamfMto España/, donde insertaba artículos 
^^ política cándenle junto con la famoyisima serie de 
los Tixfos vivos, máquina de guerra contra la hetero- 
doxia universitaria. íiuscando el reposo al fin de esta 
^^^'írrem, no menos abundante en glorijii; que en amar- 
í^rjis, volvió Á tomar en las manos la pluma de su ju- 
ventud, y de esta resolución íelicisíma nació eo la ol>s- 
*^**ri0ftd y el silencio su inmortal Amaya '. 

Cuando aparcíió. llegaba íi su apogeo la novela es- 
Polola en brazos de Caldos y I*crcüa; pero, aunque son- 
'"Oje el decirlo, la Amaya sólo encontró lectores y elo- 
■r*os en unJi parte del público, fuimada eo su inmensa 
"^í^yoría por tus correligtumirios del autor. Las Revis- 
^H que disertabiin largo y tendido sobre íUoria y La 
^"tniíia dr León Rock, sobre Salivt'lla y £3Í cofia de 
II ^"^^€, ni siquiera se dignaron saludar la obra eo que 
H *^*^'vian á reverdecer los lauros de nuestro primer no- 
H ^*íl¡sta histórico. Cierto que llejfaKi A deshora, que el 
H^*^*>t.»rn estaba soberanamente de-úicreditado, y que le 
H****stituían otros nuevos más en harmonía con las exí- 
^P^^c-ias de la época; pero .{donde está la dccanttda li- 
j^^^J'tad en el arle, sí en diez ó veinte aflos se convierte 
^^ motivos de desdtín lo que fue objeto de entusiasmos 
'■'■dientes? Fuent de que el no ser esta reserva univer- 
cla A entender que en ella intervinieron muchas 




**~ *« nVátttiin. Moilriil. I8T9;nrw lomo» ea 8.» Anm. f rw iWoicni »«, 



273 LA UTSaATURA ESPAfiOUl 

razones, y no toUas literarias, sino hijais en gran parte 
úel ranaiismo de secta, que no queHa rendir tributo de 
alabanza. A un neocatólico tan resucUo, aunque de umto 
valer, y que, introduciéndose descaradamente en el 
campo neutral de las letras, apartaba desdeñosa sus ojos 
del rayo d« la verdadera inspíracitín. 

En bien conuidas ocasiones fue más oi^tcnKíhle ta 
injusticia. Dejemos á un lado los pueriles ejercicios de 
retórica sobre si cabe la epopeya en los limites de la 
civilización nctuid, y si necesariamente ha de cncerrar- 
RG en ésta ó aquella forma determinada, quiera decir, 
sí son posibles las epopeyas en prosa. Discútanlo lus 
nuevos Hermosillas, y, sin hacer caso de sus rcsolucio* 
nes, dipamos con seguridad que el fondo de lu Aniaya. 
y lo mismo los caracteres, el objeto y los episodios, son 
rigurosamente épicos por su desusada grandejíi y su 
aspecto primitivo. Se respira allí iin aire de sencillez 
ingenua, patriarcal y homérica; hay en algunos cua- 
dros no só quí inimitable verdad, emanada directa- 
mente de la naturaleza virgen, sin las alteraciones in- 
troducidas por los retinamientús de Lis sociedades adul- 
tas, y otras veces sentimos el estruendo de las institu- 
ciones que caen, y el conflicto de ¡deas con ¡deas, y 
ejírcilos con ejércitos, ó presenciamos el ocaso de una 
civilJKacitSn decrípita, y el nacimiento de otra fornuida 
sobre sus ruinas por la fe y el patriotismo. 

El duelo A muerte entre el Imperio visigodo y los 
vascos, convirtiéndose en fusión venturosa contra los 
hijos del Islam, el triunfo de la Cruz sobre los hereda- 
dos y seculares odios de las dos rauís: ¡qué epopeya 
tan magnífica y deslumbradora! Así lo comprendi(> el 
poeta de las tradiciones éuscaras, que ba sabido comu- 
nicarles el soplo de la inmortalidad, encam And olas en 
los personajes de la obra sin tropezar con los escollos 
del simbolismo exagerado. 

Sirve en ella como de centro, al que convergen to- 
das las partes, la purisima figura do Amaya, en cuyo 



BN bx SIGLO XIX 273 

nombre compeniiió la profería los destinos de la Eus- 
caríu. Corre por las venas üe la angelical criatura ln 
^Dfjc goda del tlufado R:injmirú con la sangre vas- 
erogada de su madre Lorea tT'aula); y di por i*tü illti- 
«oo le corresponde el dictado de hija de Aiior (el Pa- 
triarca \-enido del Oriente y fundador del pueblo vas- 
^', tócale tJimbiín una parte del odio con que los 
kihiíantesde aquellas niontiiftas miran A su persegui- 
•íor Ranimiro. A pesar de semejante prevención, & pe- 
^r Ue la guerra lemiz que mueve la pagana Amagoya 
c^tr,! los derechos de su sobrina, vive y alienta para 
ífef enderlos, y para custodiar los tesoros de Aiior, una 
inu jvr en quien toma la fidelidad aspecto y proporcio- 
»*** de locura. Contra los cuidados de Petronila se es- 
trellan las pretcnsiones del judío Eudón, protegido de 
Aí**agoya, y las de Teodosio de Gofli, que obtiene la 
oirr— ' "tra Amaya distinta de la autentica. En vano 
li' n p\:rtida de los israelitas, y la debilidad de 

íf^ godos, y las preocupaciones erróneas de los vas- 
eoíigndus, contrarí;m los designios de la Providencia. 
Cari-iu Jiménez, el caudillo de Aharzuza, el íormidu- 
Me dt^belador de los enemigí>s de la Vasconia, el pu- 
•tor-íKo amonte de la hija de Ranimiro, es el llamado, 
Juntamente con ella. A realizar las esperanzas de su 
pucW.1, fundando un trono que scrvírjl de baluarte íl la 
(«tura reconquista. En toda la serie de dnunítii-as 
!*Vt3itunL«í que preceden al anhelado desenlace domina 
*^* íifiTira de Amaya. tipo de ideal hcrmosiu-a realzado 
<^*Hi los atractivos de la nacundera. ta virtud y lu per- 
dón inmere<-ida. envuelta en azulados y transpa- 
<tcs cendales, sobre lus que brilla un nimbo de ce- 
'este luz: tTeacÍ(>n, en suma, digna del pincel de Mu- 
riUo. 

Caiii t;in teliz como la de Am;iya es la de su esp<»0 
^Oa, cuyas It'í:cTiUjiTias proí-Ziis hacen voIvlt los 
^■íK. no A £ji flfftda, sino al Romaijeero español, ú 
*"niW*n á lu narración bíblica; alma de Ángel en 



274 LA LttBGATCRA ESPAÜOI^ 

cuerpo de atleta, héroe de la fe y del amor que rcfleju 
las grandezas de Amaya como refleja un astro los 
esplendores de otro superior y más luminoso. De su 
atolondrado rival, Teodosio de Gofli, perpetrador es 
inconsciente de un pan-icidío, y luego solitario ej< 
piar, encerrado en inaccesible ffruta y redimido dé áF 
crimen, no tíinio por la asidua penitencia como por 
el generoso perdón que otorg^a á su infame conscjcru 
ya murihundu; de este mismo consejero, falso Mesías 
de Amagoya, del santa Obispo Marciano y demAs pcrj 
sonajes accesorios, cabe asegurar que cada uno 
su esfera es un dechado, y que todos ae mueveai 
compás y sin embarazarse, conservándose ídénticr» 
i\ si mismos en medio de los mfc diferentes i:irci 
tancLis. 

El fondo de la noveUi no ofrece racnos variadas" 
deleitosas perspectivas, desde la tranquilidad de li 
montaflas hasta las turbulencias de que se conviei 
en teatro la Península después de la invasión sar 
na y la jomada del Guadalete. La signifícación de 1( 
judíos entre los visigodos, sus cAbalas, arterías y disi- 
mulos aparecen personificados en Abraham Aben Hez- 
ra y en su hijo Ilud<)n. En cuanto íi las creencias, mi- 
tad pi-imiiivas, mitad supersticiosas, del pueblo v';isco, 
y especialmente en la que se refiere al tesoro de Aitor^ 
producen, por su lejanía y fabulosa antigüedad, 
efecto algo semejante al de la Mitología griega y 
mana. 

Tal es, sin contar las bellezas del estilo, sicaí 
adecuado al objeto, y siempre pulcro sin afeotaci< 
esta novela de Amaya, monumento literario cuyo vs 
lor, como he dicho antes, han tic estimar en lo jus- 
to las generaciones futuras, menos preocupadas qt 
la presente. 

La pUcida y serena melancolia connatural en 
espíritu del tnalogrado Becquer, y que informa tt 
sus rimas, le inspiró también tina serie da leyendas 



'ICf RI. SIGLO XIX fiS 

prosa ' que nlfunos ponen lobre Uis rinias en mérito ll« 
iríario; pero como hay macho de pueril y caprichoso 
«üi ^^sias discusiones, no he de engolfarme en ellas 
pun^ DO ocupar inútilmente l;i atención du los lectores. 
E->ti».s leyendas tienen cercano parentesco, no sé si de- 
bitfo Á la casualidad, con los cuentos de Hoffman, que 
ya «Jl «sdc I33^í corrían traducidos en castellano, y con 
alptxxias baladas alemanas, cuyo indeciso y vaporoso 
asp«.í-<:io era muy simpático Á Beequer. En cambio, y á 
pcss^aT de las apariencias, dista mucho el autor espa- 
flol Ocl desmandado Vizconde d'Arlincourt, porque la 
afic i<jn de uno y otro A lo sorprendente y extraordina- 
t*» Ttconoce muy diversas causas, y no es en Becquer 
ni Xi w •¿i'^tcmAtica ni tan exclusivisui como en el no- 
vL-\ i -^ta imncés, sin sumar la* diveríjencias do forma, 
qac2 son muy notables. El idealismo en que rebosan 
la* leyendas es dulce y reposado, con otros fines su- 
periores al de herir la fantasía por medio de espectros 
y lobregueces, como lo acostumbra A hacer el V'íz- 
íonde. 

Ej precursor mAs inmediato de Ilecquer es Zorrilla, 
porque ambos poseen ese instinto de lo misterioso, esa 
aparente credulidad en todo cuanto ha forjado la fecun- 
da inventiva del vulgo, csjí facultíid de leer con los ojos 
itilerlorcs en Lis ruimis del desmoroniulo castillo, en la 
9^ta r^tednd y Iji vetusta aljadía, cosas veladas para 
los profanos y escritas en el polvo por la mano de los 
»irV>',. íiecquer, menos ardoroso que Zorrilla. ]ircfirii3 
la* tradiciones exiraflas, y sobre que se cierne algún 
Pftlw incógBitü y sobrenatural, íi esas otras más vero- 
'indlcíj, en que sMo intervienen las pasiones humanas 
•;aB8U)t loriau-sidadcs y violencias. 

tos asuntos son genuitiamente españoles, si se ex- 



' Cetoo:iuiia.hi« «n ti tono I Ja «a* obra». Bu lu cMTlMa Un* ni MMa ln> 



276 LA LtTCRATt'RA ESPAÑOLA 

ceptúan losde ¿íj Creación y E3 caiidílfo de ¡as mancas 
rojas, referentes á la historia de la Indúi, y por cler^KO 
interpretadus con ^an exactitacl, que tiizo A nl^m^^oR ' 
tomar pur iraducción lo que era parto ori^injü y « ^' 
pont:tneo. Pulo Dheli, el mngníñco <»?nor de Osira. v 

Siannah, la perla de Ornm::... la que formó Berma ^iftl 
j7« un delirio de placer, combñíamio ¡a genlfleaa de I 
paifttas de iVepouf:. la /¡exibihda/l de los Juntos a 
Gnngeít, /« esmeralda de los; ojof^ de una Shíva, ¡a í 
de un díamoMfe de Gol comía, la h^rtttonfa de una r^^oio 
(¡te de verano v ta esencia de un lirio salvaje del ^^mHi 
iHctlaya, estas dos peregrinas creaciones parecen íurx^ cq. 
dradas en la fantasía de un poeta oricnuü. 

Las demás Leyendas de Jíecquer, como Maese P^^*c- 
rea el organista. La crtts del diablo, E! Cristo ér^^la 
Calavera, y El Miserere, están cortadas por un solo ^Vft- 
Irón, Impiílpiibles y sutiles fantasmas. íiparicioncs it — te- 
rradoras que sursrcn en medio del silencio y las út^ ic- 
blns, piilacios encantados donde habitan los Rtiomos^ T 
las sílfHles, ensuedos de amor ideal que despierian los 
rayos de la luna con sus vagos resplandores: tales ^son 
los componentes obligados de estas leyendas. Toteas 
obedecen á lo que antes llamí instinto del misterio, ai 
af An de ver en éste oíros mundos poblados de seres C^*" 
reales como el hombre; todas encierran en el fondo l* fi^ 
aspiración A lo infinito, de esas que atormentan ú las. ^• 
mas sonadoras como la de liecquer, mal avenidas c;**^ 
la prosa de la realidad. 

Por esta y por otras razones produce tan honda i í^" 
presión Ei Miserere, esfuerzo último del inffenio p3t"i 
revestir con palabras lo que sólo cabe en el idioma '^^ 
los espíritus. ¡Qué concierto aquél, entre celestial í 
salvaje, arrancado de Iris tumbas, símbolo de las d 
res y miserias que afligen í\ toda la humjinidad! ¡W 
imagen tan acabada de la creación en el arte no es^ 



obscuro romero empeflado en traducir las gíRnr^ 
ideas grabadas en su mente por el canto sepulcral 






H.V EL SICLO XIX 277 

IcMcaUávercs rcdinvos! ¿Cuándo se expresó con más 
luleliduil lo que es la fiebre del genio, In desesperada 
lucha pcír diir form.T ;'i lu que no puede tenerla por su 
mi&ma inefabilidad? 

La prosa de Bocquer, semejante & música hablada ó 
jk choque ritmico de perlas y cristales, cautiva ü la vez 
por el tesoro de I;ís imiSgenes descriptivas y por la har- 
tnoniosa dulzura, de que antes había dado alguna mues- 
tra Enrique Gil. 

Muy de diversa manera entiende las bellezas de 
estilo y lenguaje el reputado escritor montafiCs cono- 
cido por Jim» García, y que por su nombre verdadero 
«e llama D. Amos de Escutantc, pintor idealista, en 
expresión de Mcnéndez f'elayo, rico en fenmraa y 
dtitcadesas, qtu ha eftvwHo ei paisaje de la montoAa 
canl4brica cm un vdo de suave y getitil poesía. Esiu- 
diosiálmo de la lengua castellana, hnge desconocer las 
mutaciones esenciales introducidas en ella por el lento 
ondJir de los siglos, y desluce el mérito de sus imi tacto- 
n£s rlás¡ca.<i por la mezcla de vinahlos modernísimos 
con otros anticuados, de que no quisieron ya us:ir nues- 
tros prosistas del siglo XVI. De este purismo afectado 
Adolecen rus cuadros de costumbres, sus relaciones 
de viaje ' y la leyenda histórica titulada Ave Aían\s 
Stel/a '. que es, entre todas sus oirás, la mus extensa y 
iiprecLible. 

Su argumento se entreteje con las discordias de tma 

noWe familia montaftesa, cuyos dos representantes, 

O. Diego y D. Alvaro, pretenden la mano de una misma 

tloncella, iXTccit-nd" el segundo ahugado en I:is aguas 

*^kI Saja, conviniOndose el primero ;mic?i de su muerte, 

■tyodado por su otro hermano Fr. Rodrigo, y quedando 



■ Pt Jtamti m om ot Barro. —.Ori B>ro<U na«/.— QmIcu b ncMUhu.— A tu 
,, ■ UWJtnril AtilO' í-efttda nmMfUM ibl (Cirto XVII, porAu* Oarttm-— 



278 I.A LITERATVIIA SSPAÜOI.A 

así trágicamc^nte cxtioguido el linaje de los Peres de 
Ongrayo. No se busquen aqui el calor y el apasiona- 
miento que píircccn írríitlúir Uc suyo las situaciones, 
sino mils bii-n la apaciMe tranquilidad i-on que se «obrc- 
pone ú ellas el novelista, desentendiéndose de las mis 
culmimintes para pintar un paisaje ó una marina con 
verdadera delectación morosa. 

Si se cxceptiia & D. EMego. los personajes no acci 
ríos de la novela, desde Fr. Rodrig:o hasta U." Mencl 
esuin respirando bondad y sentimiento, que, discreí 
mente variados, no empalagan por la monotonía. Fra^ 
Rodrigo, con su inalterable mansedumbre, su earíictcr 
de pacificador y sus admirables virtudes, recuerda, aun- 
que de lejos, al Fni Cristófuro de / protncssí sposi, 
como advirtió ya Meníndez Pelayo. En medio de los 
primores de la forma tiene Avv Maris Ste/la el defecto 
de la prolijidad en los diálogos, que embaraza y A tre- 
chos destruye el interés de los incidentes míls conmo- 
vedores, resultando la accián, aunque tan dulce y sim- 
pática, algo pobre y como desleída. 

Cosa semejante hizo Emilio Castelar en J^ra Fi~ 
Upo Lippi ' al referimos los amores del cílehre pin- 
tor con Lucrecia Buti: buscarse un tema para diser- 
tar laríío y tendido sobre el Renacimiento y la Ita- 
lia en la segunda nfitad del si^lo XV, con el estilo 
amplificador y lujuriante que es en él característico, y 
que, con utras razones no menos poderosas, habla 
muy mal de sus aptitudes como novelista. Todavía es 
inferior á la precedente la novela SantiaguíUo d Po- 
sadero, apología de tas guerras civiles que siguiíTun 
CD Alemania á la proclamación de la pscudo-Keforma, 
serie de repugnantes escenas que quieren ser panora- 
ma de las violenciiLs feudales, libro farragoso y de di- 
fícil lectura. Varios otros del mismo género lleva pu- 
blicados el Sr. Castelar, con tma vocación tim cons^ 



• Barctloao, 1979. 



ES EL SIGLO XIS 279 

tttCe «mío la del esciiso publico que los compra. Sirve 
ti* eaccepcién honrosa El suspiro fifi moro, donde rea- 
P^recxn brillantemente coloridas íUgrunas trndicionts 
refe^r-cntcs & la conquista Ue Granada. 

I— .-es insignes arqueftlojros y arabistas D. Francisco 

J. Slmonet y D. Rodrlsro ,\mador de los Ríos han vü]' 

gar^sEadú la historia del pueblo musulmiin en Espafía 

jon^sindo fci erudición con el ítrtc namitivo, aquél en 

las Kuirniciones AltttaHsor (1857). Aterícu (1858) y Co- 

tito»^ , y Amador en la titulad.-! Ai-Caíar-ui-.^íatisur (El 

paf ^Mcio encantado) (IttóT») y en Jm ieycmia fiel Rey 

ik^^^HeJo publicada recientemente en la Biblioteca Arle 

V f^~<-tfas ', y en 1;» que se pinta ron nejeros colores al 

usurpador Abu-Sald, condenado A muerte por Don Pe- 

üro I (Je Castilla. 

En Ei monje del mottastcrio de Yttstc * describe 

Lí^anOrfi Hern-ro con Linta verdad iomo atractivo los 

úUimos momentos del Emperador Carlos V y la caba- 

IICFCat-a (í^ra de, D. Juan de Austria, completando el 

L'nipi, con la del capitán Biirricntos, custodio y defcn- 

■• f Ufl joven kistardü. y la del ancíjino Ruy Gómez de 

^wcla, en cuyas venas arde un odio de muene contra 

*■ ^rítw V por creerle culpable de la de dos descendien- 

'''~ ■•';. Los hijos del último de ellos, Conrado y 

1 ¡na, iiman á D. Juíin, lo tual no impide que se 

eoot^ipfip un duelo entre los infortunadus amigos, opor- 

'""íXrnfnte frustnido por lu intervención de Ruy Gú- 

P**^ y por las solemnes palabras con que el invicto 

"""tMfrador jura, ¡mte el sepulcro de las víctimas, no 

^"^^ podido evitar la efusión de «mgre que mancha 

^^ ^la-íonesde los Várelas. El incipiente amor de Mag- 

^^^■»ia y D. Juan se desvanece con la ausencia del fu- 

"""^^ venctfdor de Lepanto, dejando ver en Jejana pers- 

I**^^4va el blanco velo de la doncella convertida en 






2H0 I^ LITSaATl'KA E&PAÜOLA 

esposa de Jcsüs, y el perfil del pajecillo de Yuste a^ 
gaotado con las proporciones del heroísmo. 
' Con el mismo espíritu, aunque en forma distinta que 
Antonia de Truebti, han celebrado las tradiciones de su 
país to? novclistiis vascongados Jos£ M. Guízueta (La 
fiodna lie Noldátt. Mastacarri , etc.), Santiago Mantel] 
en La dama de Anthoto, Juan V. Araquistain en iJaui- 
Ita, Laettiparaiada de írrasííftaí, /jfs cdnlabros. Las 
frfS o/f?í. BcOtt-har-€o-(f¡aya, La hilandera déla ca- 
pilla ' y en £V Jiasojauti de Etitttieta, y Vicente AruataJ 
en Los últimos ibrros, leyendas de Ettskaría ". ^H 

Flnalmenic, no ha faltado quien, siguiendo las hue- 
llas del alemán Jorg'e Evers, aprovechase como fuente 
de inspiración los descubrimientos egiptológicos, pues 
no a otro propósito obedecieron los sabios autores de 
El sortilegio de Karnak \ José R. Mélida é 1. López. A 
pesar de todo la novela histórica apenas uene hoy vida 
en Espafia, y el escjiso número de ellas que se publican 
no pasim de ser desxiaciones individuales y pasajeras 
del realismo imperante. cons.iRTado por el ejemplo 
los autores y iwr !a alíciün del público. 



< ThidMoM* muíA-cdi^atrO*. ToIi>m, IdSS. La (Uilina ifcl rolnurtí (¿a i 
di jroruMwN/ trtKA MCftt* cc Veno. 

* Madrid. I88Z 

* Madrid, \»i. 



•4>f*^^»6"< 



CAPÍTLTLO XV 



RKKACmittNTD DK I.A KOVELA DB C0STUU8KES 



Df> tL'nticin'iiis simultáneas predominaron en la no- 
vi'la cu;indo comcnitíiron ¡i calnutr lus fervores 
románticos en los pcrsomis .scnsatus: Ui cjcmpla- 
rtdíid doecnte. y el amor A la realidad viva y concreta, 
^cspoftadü en cierto modo por los escritores de eos- 
tumhres. Síntesis y personificación de las dos tenden- 
t»a fueron las obras de una mujer ilustre con quien 



* C(* oK nomliTT. que lo o> de an pocbkcillo de la 51jiai:li>. (mnA Wikw 
' tkzrtiM ámlM CtxUl» Uohl ilc Falm. kl|« del erudito hlipuiMlla di- 
I aptauo. VliM al mando U üiXen* n«v«liiiu rl 31 d* ntcl«tnt>f« do 
I MenP"* '.^laa'i; •rtrv iu nuiltc. dfcr lUi hl^icnifo, «allA dr ii*piill> 
cot* en nnc rUu Imipttla BiMCIía in t« entficflo di' i|iie nadJe U Ui- 
*^P»rrUfwi|cfai. Vuioaui>->ovená ta4aer<ir >u luirln adopUra. jr A Im 
'laitMr uo, omtrata «ainaMnra coa «1 C*pItAn Ptandlo. ditl qne ao UnlA 
•n aitbiar, cxianJ» McnlramcBlc con el HanpiA Je Arco llemMaa j coB 
^ <»i«iio Arnta ik- AyaU. Ij» «oln» l>o<i« ImM U oliwio d Fctnia CalM- 
' c* tI áh-iíai de SvttlU un» mUeai-'bL de ijar dUf rniA luua la iwnla> 
1^ UU. IX-Mlr nu fcfku ^tv\ó mftdp<il*lmanii:nU' rn unutau humlUf de 
> laplUl, i-«ftanKi-loJ'Mii (OcfiM i l«t Uiiai ituc al rr^oclHlcnuí mli- 
'*l*a «ftnu de i^nJaJ. 1^ inaerle ilt l-cni>lii (T dcAbtnilelSTDptuKi^ 
■ bu Mmfñl l É t ót qiuilUlruubacn UxUa iMniicloMa i.-«lUu — Apir> 



2S2 l.\ LITERATURA ESfAftoi.A 

E&pana contrajo una deuda de gratitud moral y litcnt* 
ría, aún no satisfecha dt:ñntti\^imente. 

Era el aíIo 1S48, el mismo en que apareció sohre 
las tablas el Don Francisco de Qiteivdo, de Florentino 
Sanz, cuando, encubierta con el provocante cebo del 
pseudónimo, y en las pilpínas del períódicu madríleflo 
£7 Heraldo, comenzó Á publicarse una novela que se 
(lamalxi tte costumbres, pero en nada semejante ¡i las 
que por entonces corrüín con el mismo tfiulo. Las pA- 
ffiníis de fuego, imitadas de Torpe Sand, E. Suí, Damos 
padre y el Vizconde d'Arlincourt, que timcaiiceptacióo 
aleanzaron por alffún tiempo, á nadie interesan hoy ea 
día, mientras vive Im Gai'toía ú despecho de vicisitu- 
des y caprichos, y vivirA hasta que no desíiparezcao cl 
buen ifusto y cl sentimiento de nuestra naciomilidad. 
Al^o permanente y de inmarcesible belleza ba de hab«r 
en esa obra para que no hayan podido desacreditarla 
ni el encontrado oleaje de las üpinioncs, ni t:i incredu- 
lidad, tan mal avenida siempre con la autora, ni sus 
propios innegables defectos. Retrato fiel y c-xnctt&ímo 
de una sut-iedad, no se ven en /j: ft'mtota ' dcsborda- 
mientas imaginativos, lances increíbles, exíiltaciones 
nerviosas ni pasidn efervescente, pero si primoroso* 
calcos de costumbres, sinceridad de afectos, colorido 
local, Verdad y consecuencia en los caracteres, y, en 



comrkia* <Iv Femrtn CMballcio nin^rc» taa rcpnladM cotna llnrticnhanchii 
I'arkc4;n, r) ITu^iw ilc Rlru». AparM, ptt. nr.. -il- le han i.'«oi«fni>l(i rrcloil» 
nrftir n R*p»*a iSoh ciiIadIntJirni-liiMrb: H Nocnkbcaik D. PvmUitodc Cáti> 
liHel, riH) t|B>* r% moattecadn In nnn'ln fA^tomM UcffdaStmlt, J ti leMO pOt ti 
Maiquf^ ik rÍKULT«M 1-n cl Alineo ¿r MaJrtd fftmdn O^mlttn jf tu mokíO cm 
M IICRp». Mailríd. t8W^. Rn Fnnrln hd-trrnn LonocTi A la 1lu*irc rocrdors 
límannJ úe Lniin*-'- Cario* di' Mnnutc .íntonlo dv Lalour f. coa ptt^WtlfV 
ríil>'!> r1 CfHíJr tinnnniwa Avifimt, 

• Im Oaiitta. íSrftia »rti)iiMt lU miMsVh «ipiiMa*. por nnán OatatUr^ 
M«>lrlit. IMI <:Jos loaioDi. Uno át u nlkl4n de UellNdo, hhc camprtAitc toda* 
Ut oMit*ilíUwiWni.«atsc<iaiuAt«pe«-D. F.drUPatnMy Af«M«hc*. 



EX eC. SICLO XIX 2S3 

rewluciúft, todo aquello que entonces se esümaba poco 
y constituye al verdadero novelista. 

El argumento de la novela es nn marco vuljfar, pero 
<iue encierra una pintura inestimable. Para dar A co- 
noctrlos destinos de la Gaviota y Stein huel(ran mu- 
chos de luftepÍ!;4>dioK que se van entretejiendo con la 
H«'Tia de los amores y del' desdichado matrimonio cn- 
I rwndadosí^imo m¿-dico alemán y la iracunda hija 
»W pescador Pedro Santalá: pero aihalmenie en los bo- 
" '' ^ aciuirelas y psusajes sueltos está el mayor eo- 
' i'i Je La <7ffVtr)ia. Nada más urdinario que los acto- 
res principales de este drama, y tos de sepindo térmt- 
'. como Fr. Gabriel, Momo, Rosa Mística y tantos 
nada, por lo mismo, que mAs perspiKicia de- 
c ni miU hofiilamcnte conmueva con un interís 
tnsndo en las aéreas construcciones del capricho. 
irho tiempo hacía que no se escuchaban en castellano 
iones y díAlotfos utn s,ibrosos, de tal y can exube- 
rante colorido, de tanta viveza y frescura, caldcados por 
el espíritu de un pueblo como el de Andalucía, inímita- 
hleji, en fin, por su misma naniratid;ul. FcrnAn CaKjUe- 
ro se propuso pintar, y pinto realmente, costumbres 
Cj^taitoUs en vez de Iniscurlns en los cuernos de la luna 
y en los espacios imapinnrios; sils creaciones son típicas 
por la fucnra de reprcsenutción, pero S4>n A la vez de 
€suiic y hueso, y se mueven con el irresistible atractivo 
de lo que se ve y no se finge. 

No me parecen ni tan exactas ni de tan ingenua be- 
UcjCa como Um escen:is populares las aristocráticas á 
qoc nos hace asistir li Jtutoni, iraslad.lndonos de Ví- 
llumar A SerÜlii, adonde va tumbién MarLsalada, con- 
vmiiU yn en esposa del angelical Stein. En las tcr- 
tolius de lu Condesa de Al^ar y en coda aquella elevada 
HOniJKfent se respira un aire maIs.'ino de afectaeifin y 
[rivolidud, harto menos agradable -.tue el de la campes- 
tre soledad que se nos describe en la primera parte. Ya 
*ea la falta del novelista, ya del orit^inal, parece que la 



'ISM LA UtT«RATlíRA ESPAÑOLA 

narración sale de su <:entro cuando á las saladísimas 
(K:urTenctas de Momo y d las plAticas de D. Modesto 
Guerrero con Rosa Mística se suceden los fríos c^ist<^s 
de Rafael, y las conversüciúncs del General, el Duqiife 
y la Mnrqucsii. Y ya en el mal camino, van aumentan- 
do los tropiezos y las cjiiUas hiista llegar al extremo cd 
los amores de María con Pepe \'eni, referidos con pro- 
lijidad de pormenores por una mano que parece in* 
creíble haya sido la de Fernán Caballero. Sin cmbaríro, 
y á pesar del voto en contra dado por D. Eugenio de 
Ochoa ', el carácter de Marisalada se sostiene ló^fica y 
^raUíutlmente; aquella alma fría, vulgfar y fosera no 
puede cmpiírejar con la dulcísim-i y sofiadora de Stein; 
nvci.-sita embriagarse de sensaciones fuertes, y por eso 
preñere A las caricias de su esposo las del torero bíctt 
plantado, que lacautivadcsdc el primer instante. Elsu> 
bido color de algunas páginas de La Gavióla no des- 
truye del todo, ni su belleza, ni su moralidad Tundamcn- 
talcs, reforr^idas por el castigo providencial de la he- 
roína cuando pierde su hermosa voz y se casa con el 
barbero Ramón Pérez. ■ 

Sobrada razón tuvo para decir el mencionado crld- 
code La Eüpnña. li pesar de sus escrúpulos: "No es, 
pues, repetimos, un literato de oficio, como la mayor 
parte de los que entre nosotros, y míU aún en Francia, 
escriben noveUts, el desconocido autor de la que hemos 
examinado en este y en nuestro anterior artículo; mas 
si se decide fl cultivar ésta y rt publicar nuevos cua- 
dras de costumbres como el que ya nos lia dado, cier- 
lamente La Gaviota seni en nuestra liieraiura lo que 
Wai'vrlcy en la literatura inglesa: el primer albor de 
de un hermoso día, el primer ftorón de la gloriosa coro- 
na política que ccftird las sienes de un Walttr Stott 
espaüoi," 



• JWri* er«(M ik- La Oaulnfai. laaerto » Im ICqMtAa (IM9. rrproüucido oí U 
nJictdn d« UcUa'lo. 



KN Kt. SlOia XIX 3S& 

No tiirJó en cumplirse la profecía, porque en muy 
CQoíudo espacio de liempo. y ú vuelUí de otras relució- 
oes m&s. breves, apíirecían ontrc el iiplauM> unánime 
de «spnfiúles y extranjeros Klta ú la España ircinta 
aion ha. Lágrimas. Círntcnaa. Uwt en otra. Cosa 
aimplitía, La farisea y Las dos gracias. La ten- 
dencia docente, que tal cual ver asoma en La Gaviota. 
he ciJa día más desembozaila y terminante, provocan- 
do himnos ^ improperios, aunque no estribase ahí la ín- 
ferioriilaJ de las ultimas respetio á la primera novela 
déla autora, sino en el menor atractivo y novedad dfe 
las «cenas. 

Femiln Caballero perdi<S necesariamente al trocar 
;.■; i'<--miiiires por las aristocráticAs; y esto, que ya noté 
se ve con toda la claridad en Eh'a ', novellta 
seotimcntal que, traducida al franc<-s, lo fue asimismo 
Bl nlcmAn por el ctlebrc Bardn Je Wolf . carepo npolo- 
giiXii de nuestra anliiíua y moderna literatura. PenJó- 
nescnie si no acierto ¡I ver en Ett'a esa creaciíSn cncan- 
tadomde que tantos han hablado, y sí sólo una fibrilla 
de cartón h/ibilmcntc manejada por resortes de cíec- 
to, pero inerte y fría á pesar de todo, por cuanto care- 
ce de la espontaneidad que acompafki A tus pasiones nu 
ficticiasS. Las mujeres buenas, y aun \a¿ santas, no 
accesitan ser tímidits ni tontas, y bien le corresponde 
«1 tantico de ambos cualidades A la inocente hu^^rfana, 
que Qunc;! pi-n<-Ii.i mAs allA de la superlirie de lüs. 
cosas, que se ai^iisnnut y se desapasiona con \n misma 
Cnciliduid, y & quien falta casi en absoluto la energía, 
madre y compaftera de las grandes resoluciones. Y no 
porque lo sean pdco las suyas, en las que se rcfie- 
joD opucsiisimos esiaJcw de alma, desde la c¡ind¡dcz idí- 
lica, prupia de una Ofelia por ímiL'iclón, hasta el rnáüi es- 
pantoso y repentino conocimiento de una realidad des- 
iDirmdora. Ella, se diril, la hija di: un baniUdo, am- 



* Ota itfaiftViakt treinta «ks« Ao. M^ tu. Ittíi 



236 LA 1JTEBATII8A BSPASOLA 

parailt por la caríilad, no puede dar so mano al hijo de 
ana Miirquesa, >* lo que fue pasión huciu Carlos onti^ de 
conofcr la propia des^raria. se convierte en desencaiV' 
to jr usplmcitSn A \»s cosas ilcl ciclo. 

Mas iy A i)uC- la violencia provocad va en las declara- 
ciones de la Marquesa irritada, que %ó\v sirven pam 
irritar uimbién al lector contra aquel orgullo, miil con- 
fundido, en toda la novela, con el privilegio de la cuna, 
y que viene A dar Impensada solucidn al conflicto? (Tan 
inmoral y anticrisriano sería que una jovtn dL^sg'nicia> 
da, pero con todas las cualidades pam hacer la felicidad 
de un hombre, salvase, en alas de la virtud, de los m^ 
ritos y del (¡eneroso olvido, las distancias, no siempre 
infranqueables, de la fortuna? Y si esto es pedir mucbo, 
¿d quO arrancar tan de raíz de un alma inocente la se- 
milla de un amor puro é inculpiiMe, paní encerrarla en 
nn convenio, no sin el adírts melodramático que da á sti 
prometido con la impa.iibílld;id de un 4ng«I en car- 
ne? Estos misticismos exaltado», cuando no son petrtos 
de la gracia, sino imposiciones de la sociedad, ni 
a^adnn ni conmueven, como no conmovería una afec- 
ción nerviosa, resultando, & mí ver, contríuios ¿ la 
letra y al espíritu del Evangfelio. Es cosa muy común 
en escritores bien intencionados la manía, que va com- 
batió Veuíllot, de presentar los conventos como hos- 
I^tales donde van sólo li parar los desheredados del 
mundo; pero no edifica á nadie eso de acudir ¡1 Dir«; 
cuapdo todos nos desdeñan, y hace formar bien pubrc 
concepto del sacrificio sublime que lleva consigo la 
vida religiosa. No puede desconocerse, con todo, qne 
en la obra abundan los incidentes drnmilttcos y lus 
delicadeces femeninas, distintivo constante de Fernán 
Caballero. 

Extiéndese la censura A Lágrimas *, donde 



t ld0ffBai«BaveUdecos(ainlm*eea(aBpanüic«m. MmItU, na- 



EM BL StCLO XU 2S7 

bllin Id Teli^usiduü tomu ud tinte de achacosa y en- 
fermiza no muy artístico, ni menos conducente :il 
buen prupcisito de la riuiora, que ni siquiera pondré 
en tela de juicio. Siempre el mismo procedimiento ex- 
tlusivista: lus mujeres ^apus, ríos y discretas, para el 
hcimbrr, y para Dios las que no pueden cons;ij{rnrse Ú 
otra cosa. Si no fuese falsi la supuesta regla, -;no po- 
drijuí dclinir la virtud los materialistas como un estado 
-ico connatural i\ ciertas organizacioneíí? Com- 
,;.¡..,.Jv, por un momento & Lágrimas con Rita Alo- 
coz, se ilivide entre ambos la simpatía; mas respecto 
<le aquella tiene mucho de la compasión que excitan 
' "-■ la debilidad y el infortunio; porque si allí 
I- La conformidad cristiana, no es con el dnimii- 
tico interés de las luchas internas, sino con cl de la 
trrcsolutn laneruídei: engendrada por el tempentmcto. 
fil personaje principal estií muy distante de serlo por 
I» novedad y la sÍEnificjición artística, y antes figuran, 
aula cual en su etfncro. D. Ro*iuc de la Piedra, Ti- 
'■'- Cívico, Rila Alocixz y su novio, cuj*u carta, di- 
^n parte sí y en parte no h la hija de la Mar- 
quesa, con aquella introducción en que se supone que 
inrmisiblc mente la ha de leer d pesar del sobrescrito, 
es un modelo de Índirect:ts abrumadoras y anilltsis 
pslcolt^co. El demócnita por interth». con ribetes de 
ipaliuite dcsdeliüsü, ave raHCrent que por untonces 
fcomenjtaba & piar en los inconmensurables campos de 
[la polftica, está [ñntado con tan valieote destreza 
::cianoQO era de esperar de la mano siempre delicada 
niln, y lo mismo cl usurero sin entrañiis, padre 
"aligado y siervodc la codicia. LsiííTinwLs tieuní 
d fondo de este cuadro como U tfmida y ruborosa 
IscBsitivit que pliega sus hojas al contacto rudo de la. 
icióo y el menosprecio. 
jCtiAoio niAs no vale Ciemenda *. una de hks mÚA 



, «dveIa lie c«*tBi«bie». Madrtit ÍMH 



S8B Ul LtTBHA-nJBA ESPAROt.A 

castigadas entre las obras de Fernán, y rica en sentí- 
miento de bitenn ley, que apenas si se concierte una 
sola vez en sensiblería! Amante como Elia. perseguida 
por una fuerza invisible, y blanco de domésticos contra- 
tiepipos como Ldgrímas, reúne Clemencia A esas eoD- 
dicionos la pariente intrepidez superior A todos los 
obstáculos que se produce sin vanos alardes ni mti- 
jeriles flaquezas. La protecci<Ín que recibe excitn en so 
alma la gratitud y el reconocimiento, mas. no por eso 
abdica de su difi^nídad; las desgracias no la encuentran 
insensible como «na roca, pero sí lo suficientemente ele- 
vada para no condenarse & la inacción y A los demayw 
inútiles. ¡Qui? vivo contraste no forma de$dc lueero so 
no desmentida prudencia, anticipilndosc á ia edad y al 
sexo, con la irreflexión y los devaneos de sib compaíle- 
ras y amifras! ;Curtn hermosos los primeros amores de 
aquel corazón virgen, abierto como una rosa A los 
ósculos del cariflo, y lacerado al punto por las espinas 
de una desgracia tan irreparable como la trágica muer- 
te Ue su esposo! Clemencia aparece Iwstíi este punto 
como un ángel vestido de blancas gasas, de los que 
envia Dios ti la tierra pura demostración de su bondad; 
pero en seguida ofrece otro aspecto no menos intere- 
sinte: el de la inocencia no ex pcri mentad;! lucliando 
con las pesadumbres de la triste realidiíd! 

Tal es el punto de partida jmni la segunda parte dt 
este idilio conmovedor en que la luz, alternando con 
las nubes, resalta más par el contraste. Clemencia, con 
su juventud y sus dotes morales, llega A ejercer irresfe- 
tibie atractivo sobre un hombre que no la merece, pero 
que logra rendirla por un momento, el indispensable 
para un dcsengaflo radical, principio de no soñadas 
venturas. Frío, razonador y egoista como buen ínglt^, 
desde luego empieza por repugnarnos Sír George Per- 
cy ft pesar de todas sus retrecherías y traidoras delica- 
dezas; pero ni en su intento príncipcd ni en las palabras 
de Clemencia se divisan siniestros resultados, y la io- 



sa EL SIGLO xvt 2!r^ 

qttfetuJ por separar á los dos personajes es plácida y 
MlDKit. como todas las sensaciones despenadas por la 
. El rompimiento, que se ve Uepar por instixntes, 
eo el escenario otra figura, hermana carnal Ut lA 
cDcia, creada por el corazón y la caheza de la 
y en la que. por fortuna, se aparta mucho la 
de bien de la candidez y la iírnorancia. Pablo 
ola mitad de un corazón que su completa con el de su 
anante, convertida en esposa tierna y solicita; y uni- 
Am pura siempre sus futuros destinos, fonrluye la 
obn dirsiTihiendo y haciendo adivinar la.s dulzuras de 
« enlace bendecido por Dios» y sin esas violentas con- 
' ' s y es'js vacíos dolorosos que reprobé antes en 

Ijífcrñmts. 

Eotrc las novelas laicas y los cnadro» Je cosium- 

cn el repertorio de Fernán un lírmíno medio, 

i..^-.-;itado por Ím familia de Ali'aredn, t'tt servilón 

y lot libcra/ilo, Una en otra. Un verano tu Bornos, 

nttícr:!, distinguiéndose sobre todo lii primera ohni * 

pw el terror afetiuoso que inspini un corarían noble, 

tuioulo pt>r culpii ajena en el camino del crimen. Breve 

4^el cuadro, pero de tan salientes y vigorosos tonos, 

■ al"* olvidar los rasgos de la terrible historia. 

-1... ayendo quizas ¡I lo mismo la rapidez y el paso 

acRinrü con que la novelista procede vn la mirraciún. 

La» horrores hieren mrts por cuanto no están hacinados 

Tintura ni entre sucedidos extraordinarios; ante*. 

í ve naeer Uigiea é insensiblemente por un conjun- 

[de drcufls(.incins de las que forman el tejido de la 

ron fin providencial y expialorio '. 
En t.M .<m'it'Ut v un ¡ihn-ahtf se truslHdn la escena, 



■4k 2ir»nát, oortUí «rlNlMl de caMiwAm i<»p«Ufn 



I, «MliH U votMiInJ de iitaMiln, ^e<i U vulub v j «Itiuii'fit 

Riko II 19 



1^ UTKftATURA ESiPAJtOLA 

como en otras obras de Femíln Caballero, al primer 
período di-I ;;ig'lo presente, mando comenzaban ii pw- 
minar nuestras disrordiiuí politicas, lo mismo entre lo* 
tumultos de la plaza que en el retiro del hog;ar. Dentro 
de 01 ocurren las discusiones del liberalito con el maes- 
tro de escuela >■ las dos amas de la casíi, caricaturas de- 
liciosas que sólo han podido hacerse sobre modelos au- 
ténticos; en él penetramos con curiosidad y vcncracfMi 
para admirar la santa influencia de las ideas religiosas 
sobre las almas sencillas, capaces de un heroísmo in- 
cógnito por la endiosada filosofía. Aquel arrostrar Ins 
privaciones y la miseria por no usar de una cantidad 
que con razón pudieran llamar suya, se impone ron la 
fuerza irresistible de la virtud que desconoce su propia 
valor, y que estima deber de fiícil cumplimiento !u que 
merece llamarse resolución sublime. F-n el efecto mocaJ 
y en el artístico entnm por mucho las mismas vulfcarcs 
apariencias de los personajes, que no son, como en tan- 
tas novelas fie tesis, fantasmas incorpóreos hechos de 
encargo para demostrarla- 
La casta sencillez que transpiran todas las escenas 
de (7ti vrratto f« Bortios ' les da un aspecto medio idí- 
lico y p:itríarcal, que á cien leguas descubre la inter- 
vención de una mano femenina en el delinear los puros 
contornos de tan agraciadas ñ(?urds como Qtrlos Pefia- 
rreal y Félix de Vea, como Primitiva y Serafina. De 
casi nulo que es aquí el enredo, aunque sustituido por 
otro linaje de intcríís mus difícil, pasa en Lady Virgi- 
nia A una imiv)rtancia tal, que no sin alffuna violencia 
va desenvolviéndose en reducido numero de págltuts 
llenas de vida, pasión y movimiento, El amor, el cri- 



di-l lu|ac dr >u nai:ÍRiknlo para ImUcm cu (ktaiM 4« Bap^Aa. Al rccrcMar 
Vnituni. Jcxilrfla i lU «ntleita ootIa tflrlra, nuuleoUmlO can Rita tvtad»- 
no» v)%{>*i:bnnuv Je Int h«p «Uf ifca Knita Intultar pQbl(catn(flt« 4 Pétreo. \^ 
Ini drl nlirAjailn npaco 1« l>dnt* á itsi murrir d vt rival f d aU*t>rKi ti «hi 
cnsJHlia «•: 'i>iiilhr>:hom, mwfcnde al Da •rrepeatldo m na cadalxi. 
■ Madíld. 1«e& 



K» a. scGLo xn 291 

nicn y tu peakencia de la señora de Amim ponen unu 
vez más üc resalto las dotes narrativas de Fernán, 
igualmente flexibles que extraordinarias, para no hablar 
muia de la intcncián que hace de tan bella novelíta un 
libro de propnjeandu untiiirotcstantc. Sólo por comple- 
tar eític enojoso recuento citaré el título de (/na en 
oirá \ conjunto de dos relaciones totalmente dLstinuis, 
aunque excediendo, como siempre, la popular, en que 
intervienen Manuel Diez y el hijo de Juan de Mena, á 
la otni, que es vivo retrato de la aristocracia impro- 
vÍHula. 

No resulta novela en todo rigor la serie de diálogos 
Cosa fumpiiiia... sato en la otra vida ', diálogos proli- 
jos y de trascendencia moral harto visible, aunque pura 
y sin manclia como en toda& las obras de Fernán Cab»- 
Uero. l^'t ancianidad experimentada convenciendo prác- 
ticaroente á la irreflexiva juventud de una verdad tan 
trlme y evidente como la de que no hay un solo hombre 
feliz sobre la tierr:i, hace de aquellos diillogos un reper- 
torio de máxím:is y dichos agudos. Aunque alli hablan 
dos Interlocutores, en Ut realidad hay tuto solo, la auto- 
ra, que no cambia un lipicc el estilo ni se acuerda del 
dialogo hasta que se desp'.icha d su gusto con una diser- 
tación, siempre impertinente en el lenguaje familiar. 
En cuanto al fondo, algo se podría censurar el que los 
hechos vayan amoldándose, de grado 6 por Tuerza, á 
un plan preconcebido; pero en pocas verdades existe 
tan irrecusable derecho pitra deducir de los casos par- 
ücularcs la ley hja y universal. En un lado la muerte, 
«n otro el deshonor; en todos la desgracia beijo diferen- 
tes aspectos, y ya o*:ulla, ya descubierta, destruyendo 
\as. miU grutas esperanzas, los ensueflos más dulces de 
(clicidad.,.; al termínsir la lectura de este libro siente 
uno la indefinible melancolía de las baladas ulemaiuus. 



• Uadrlit. UKl 

* IfBJrld, vaa 



LITEBATVRA ESPA!t< 

junto con la respetuosa humiltíicit^n que infanden 
misterios de I» existencia, aun dcspuds de ilumina 
por el sol del Cristianismo. 

El análisis de Lafarisrtt, l.ns dos (Iracia.<. y alg 
otra nrfvela de Fernán Caballero, no ser\'lria más que 
para poner de relieve la obsesión pediiírúírica experi- 
mentada por l;i insipne nove!í<;ia; pero la sincen'dad de 
sus eonvÍrt:ioncs, su mismo intento de obrar bien, no de 
servir á los caprichos de la moda, y la comunicaciva 
persuasión que sabe dar .1 sus escritos, son caiisji de qui- 
en (p*an parte aparezcan libresde ¡ifectacíones y melin- 
dres sistemáticos. Mientras aljrunos aurores extrmjcros 
se constituían en defensores de cierto cristianismo vago. 
enteco y de salón, iidapiablc á todo peñero de intereses 
y costumbres, y forjado en los senos de enfermizas ima - 
urinaciones, la autora de LágrinMs, L-ristiana de verdad, 
que no podía iransifrir con esas hipocresías eclícticas y 
de nuil ffusto, buscaba siempre la solidez y pureza de 
doctrina con que hizo tan gran servicio A la Moral como, 
á la IJtcratura, 

Perú, sin perjuicio de volver más adelanlf so 
este punto, tócame ahora hablar de los cuadros de 
costumbres, timbre indeleble de Ift gloria de Fcmdn, y 
píira los que. hasta ella, ningijn autor había mostnuln 
tan mfiraviltüsa aptitud ni l;m dccididaufición. Al decir 
costumbres me refiero, ya se enlfende. A las populares, 
conformándome en esto con la misma denuminaclón 
empleada por la autora. Amante hasta el delirio de la 
educación cristiana y de las iradiciones informailas en 
su espíritu, conocedora de estas tradiciones en sus más 
puras fuentes é insiírni ficantes circunsiancias, dióltrs 
ron tndíi propietlad, al trasIadíiTlai al papel, el nom- 
bre de cuadros, pues, en efecto, nada hay allí de nue- 
vo fuera de la pintura, siendo el fondo reproducción 
exactísima de vivos y verdaderos oriijinales. Los 
llam:idüs escritores de costumbres que precedieron 
& Fernán, no pensaban sin» en las de un circulo muy 



1 



un El. »ioLO XIX S93 

rcstringUlo de 1» sotTtedad; y «□ cuanto á la parte d« 
i'IU miis haj;i O inexplorada, súIü la retrataron en infie- 
les caricaiuras por cierta cíiltis¡m,'i y señoril aversión 
A iluminarla con los resplandores de un arte & que 
cnfan dar mAs legitimu empleo. Preocupación neeía 
tjuc se encargaron de desarrcditar Stmóa Vcrtíe. El 
üititnoioH^udo, Di (ha y suertf, Lutas C^rcfa y l'til- 
fiartdad y nohlrsa '. 

Un «olo iiUísimu pens:imiento p«lpjtu en iodos es* 
tw ciuidrus, y á una sola intención ubtxlecen: la de de* 
mostrar prácticamente cuan consoladora, irreemplaza- 
ble y práctica es la enseñanza de la Religión en esa 
aran míivoría tiel ffínero humano, incapaz de compren- 
der \qs profundidades de la Filosofía y los cánones de 
la moral independiente. Para el pobre labrador cargado 
de hijo» y de pesíidumbrcs, (i quien apenas dejan Ubre 
las faemis del trabajo el ttcmpu indispcns:ible ;U reposo 
de la nü<:be; para la mujer iicnorantc, para el niño dé- 
bil, i^tra todos los desheredados del mundo, gí. la Reli> 
tfión munil descendido del cielo, alivio de todos los do- 
lores, ciencia sublime, remedio único y sacratísima 
esperánzu. Fernán Oiballero nos introduce en el tugu- 
rio miserable, y bajo los míseros Hampos nos muestra 
¡nc0gnii(js herotsmos, eoraz-tmes síinos, crecm;i:is fir- 
mes, consuelos inefables, y, en el fondo de tanuí abnc- 
igacirtn resignada, un venero de'poesia oculto entre vi- 
les apirienrias. 

¿Cal)»; una creación de míls belleza mor;d que la de 
SimCtn Verde, con su amor fecundo y generoso a Dios, 
In familia y á lodos los hombres, sin exceptuar si- 
|uicra al que lia amargrado su vida con violencias, pro- 
vocaciones y calumnias? Cuando le vemos, rendido de 
*;tnvin(, ¡o y de muli-sti¡ts, dar dt: mimo .1 las excusas y 
reseuiimíenius Jcl amor propio ofendido para visitar 



> ■ Q^aáhm Jt «Mrusi.'irM. f»r ff*im tUaU«fo (dM taiiio«l. BlAJrId, VttCL 



do laliio con la I« (¡atan t"""; " ^encill»- <^ , 

de 5» <»»*'' ' Lcrlf con »» "^"0 N;«la >llf •^ '*'' 

J0S6 T^"^^^"' '^^l olucV6n para ^'f'^'^^^^^ ^ntes reu« 



ina- ^ 

¿» ^ '- ta'^" -»o. . >a 7 :rcÍ»«ercs .n«=^ 

I.MCBS fio" '" ^ calor de 1» ^as aras se sw 

,iWcí, «""P^'t rf erar conc?"- "U,"Vtütia, y 1'« 

-rlreo ftr.c.en.^^t: ^^^^0 del arUs».^ 
conozcan \a teto^' ^M 



a ML tanto XIX 



5Xi 



V iMesa *. La tia Ana es unu de esas encamaciones 
líI^a-N qui- nu lleiran & olvidarse nuncu, siempre en la 
misoa sublime cumbre desde qae aparece en la escena 
ttasta que la vemos morir con la muerte de los justes. 
Ai{iKJln fe tnquchrantahlc en la providencia de Dtos, 
B^ielU resignación sok-mne y como de máriir, ilumina 
fMi pcrefiTÍnos resplandores la historia de sangre en 
QUtle toca ser tres veces víctima. El crimen que arre- 
l«ió U vida & su esposo y d su hijo, crimen oculto por 
rooclio tiempo á sus sospechas y á las investidle iones 
de la justicia humana, llega á descubrirse merced A un 
(rtijtinto de providenciales circunstancias, y más tarde 
*<de.<ubTen asimismo sus perpetradores. La merecida 
condena de los culpados pone en mano de la heroína 
liTcnjiranza que rt priws le estii pidiendo su corazón; 
ma palabra suya equivaldrá á la vida 6 A la muerte... 
^uf del perdón {generoso y de la virtud santa escon- 
didos entre los andrajos de una mendif^a! Sólo sabrá 
pafir ta -ibsoluciún de los asesinos. Pero al querer ellos 
fobrlr la desnuder y saciar el hambre de su bienhe- 
chora, como pago del bien ijuc ha hecho, escuchjirán 
esa ircmcadu contestación; ¡Pago/ ¡Eso no! Yo tto 
vaido la sajtarc de mi hijo. 

íQuién no se inclinará respetuosamente ante un 
rncbtu que tan altíis y maravillosas ideas defiende por 
bwíi de esos ignorantes sabios? ¡V pensar que no son 
cans escepcioniücs, ó furjados á capricho, los que re- 
'üre ta egregia novelista, sino ejemplos de infinitos 
"iros, consecuencias prácticas de la educación rcligio- 
«» tal romo ha sido y sigue siendo en ISspaíla por la 
BDBolcordin de Dios, y A. pesar de todas las rcvolu- 
ooocs* No se requiere creer; hasta sentir para que 
^pierte honda simpatía esta mal llamada plebe, & la 
(jueintcnia dar lecciones una civilización falsa, que, en 

i pMkd por prUnrtm vri «n Sc«IUft (tSAll ctM nna dnOcaiorU «I Bu4n 



cxso de triunfar, seria un lamentable r*>[roc€fSO. 
tiene de extraflo que en la misma Alemania, y en otros 
países no católicos, hallasen frrata. acoRiüa estos be- 
Iltsimoí: cuadros de costumbres, aunque no fuese sino 
por causas artfsciciu:, por el atractivo de todas las cu- 
sas buenas y nobles. Realmente, Fcmfln Cnballcr" 
estndtú con solicitud y constancia increíbles al pucbl'j 
espaflol. y principalmente el ¡mdaluz; sus hilbitos, sus 
tradiciones, su peculiar y expresivo lenjíiiaie, su Liema 
y profunda poesía, sus mü:cimas encerrados, como el 
oro en la tierra, bajo la scnciUa forma del rcfrAn. Nun- 
ca fue ni más ní menos ori^inul que en sus cfw-'cnus. 
populares; nunca mus, porque casi no contaba con pre- 
decesores i\ quienes imitar; nunca menos, porque nadíi 
fimtíiscft á su arbitrio. corttcnLAndose con trii=' '-^ 
al lienzo la realidad toda entera »Von sus de- 
dades. 

Cunde abura no sé qué corriente de antipalia contra 
Fernán Caballero por sus aticiones al arte docente y 
porque en sus libros ne va por /odas patics é Rottta, pe- 
cado con que no transigen f^icilmcnte los mcnosprecia- 
dorcs fanáticos de nuestro canlctcr nacional inspirado 
por el Catolicismo. 

Cierto que en las novela» largas de Fernán se tro 
pieza frecuentemente ron declamaciones pedafftiK'- 
cas., no siempre de buen efecto, y que la ÍhíihcÍóh re- 
salta casi tanto como la belleza literaria; pero e«to, que 
ü veces es una perfección cuando no se i^nvíerte erx 
sistema, merece á todas luces ínrmiíamente mds di<^ 
culpa que las invectivas, tambiC-n sistem.lticas, contra 
todo lo que es cristiano y español, ensal^idas hasta lii<4 
nubes por tan imparcialrs críticos. Fuera de que aquc 
Iki intención cstit por lo comiia velada, aunque irresisti- 
blemente, y por la lúgfí'a de los hechos se desprenda 
de la narración. Si no se palpase, no acabaríamos de 
crtícr que hasta tal punto condujeran en Espafla A los 
hombres de lo revolución las preocupaciones de secta, 



KM EÜ. SIGLO XIX 297 

cn oírn> piirtcs, no mediando el ésiímulo dd amor 
;0. enmudecieron ante el virKÍnal idealismo de esta 
tura. Mas, pese á quien pese, ella seeuiril coosti- 
mdo un titulo de orgullo para los csp¡\,ñ<t\cs, un pro- 
constante contra los que intentan pervertir nucs- 
costumbrí'*;: y si alcTin día, no lo quiera ol ciclo, 
an d desaparecer, en nin^íuna parte se buscaríl su 
in, ni con más avidez ni con mayor fortuna, que 
las obnis de Fernán Cahallero, símbolo de Lxs xiriu- 
catnicterfsticus de nuestra r¡i/.u. 
'ero no es sc)1ú el espíritu ÍrreUf;io<u) el que Llene de- 
radaln guerra al glorioso recuerdo de Cecilia BOhl; 
fs uimbfín la basuirda e^iütíca naturalista, que, redu- 
cienüo los límites de iñ nrjvela A los de un eeniírulo, til- 
<ta de falsed:td todo lo que no ostentii el sello de 1a gro- 
ia. y llama candido ú cuanto no entra cn el círculo 
brutal y obsceno. Hasta algunas inteligencias 
riorcs que no acatan ciciramcnte los veredictos 
parcialidad injusta de la escueta francesa contem- 
ea, se han dejado contagiar del corrompido ano- 
te que nos persigue 3' en que nos movemos, y mal- 
vn&s ó menos á la¿ • ' color de rosa cn que 

envueltas las i ■ ' ■ de la novelista un- 

za. No se quien.: :. -. ^.^ :.„j. cn ellas mayor suma 
crdnd, mayor reíípelo'itl dualismo de lo bueno 
lo malo, factores integrantes de la vida del individuo 
y de la especie humana, que en los sucios y mal olíen- 
ciuidros de lu pornografía parisiense, accptiulos 
US admiradores como reproducción catxd y única 
lie del micftM'osmus de la cixilización moderna, 
dentro del dogma naturalista, que no ve en el arte 
la realiitad d travos dr un lemperamento, caben 
mnta holgm-a los optimismos de FcrnAn Caballero 
10 la desesperanzada lobreguez moral de Zola y sus 
dores. 
acusación vulg:tr contra los galicismos y las In- 
clones de lengtiaje. que efectivamente pululan 



k.i ■ ■ ■ ■ ■ I . . 1 •.«Xi 






M)s^-^ 



CAÍ'ÍTULÜ XVI 



CUraíTOS V NARRACIONES CORTAS 



■kiJv«*UB« rrtm»4a \M. Ar I<w Manto* Alvan-nV .tBlnnlo drTrui'tia.('iu^ 

^1» RakU, r„ NaKllIto. Rix ilr llUno. Kali Axitllrra. HarUr-nlnutrli. <.'«»■ 

tM ) Hrrraao. »ra&B<lpi flrrni^n. Corllu. UaM» CMrna. CJUBpiU*. H 



EL cuento, flor que tan esponiáncamcnte brota en 
la selva de los pueblos primitivos coma en los pen- 
siles lie las civilizaciones adultas, murió encrc 
Aúfiotros con las frialdades ncadénúcas del sigLo XVIII, 
y DO lleva A renacer en toda la <?poca romiVnticu, aun- 
que en contra se citen Uis escasas dem'jstrac iones que 
did de sí en tal ú cual nuvelísia de fama. 

De CueMtoít en prosa caltQcó Mijfuel de los Santos 
Alvarez sus TtnJaft'vas t/tt-rarias '. entre las cuides nos 
cncitntnimos con Ln proíetcioH <ie un .'m.ftrr, relación 
liomortsctca que dala ya del aOo IÓ40. y con las poste- 
riores y del mismo runo, Amor paterna!, Gacfta srn- 
timeMial de ¡^ de Scpliembre de teífi3, Ajíomas de ¡a 
Corte, El Hombre sin mujer, etc. Aquella mezcla de 

Wh UmUM, uca. 



300 LA LITKRATUBA RSfA.^OI.A 

frivolidad y misantropía, qué nos sorprende en. el íioti 
^ptan,. ik- BjTon, en S/ diablo mmufo^ tic EspronctUii, 
y en el poema Marta, ilc nuestro autor, hjirc cimbiér 
de-«stos Cuentos ett prosa un manjar affridulce, un pa- 
noram.1 trag'icOmicu üe la vida, en tt que la dcsgraciti 
y pl dolor visten de arlequín, y hasui Ui muerte afeita 
en su mano cascabeles bufos, Las htstoneuis referida* 
por Atvarez son'híjaü de un espíritu iuniírtfzido pur la 
triste experiencia, encamaciones del esceplicisrao su- 
perficial que jio ve en todas partes sino el triunfo de' 
mal bajo müliiplcs formas. La protecdón de un sastn 
nos presenta la historia de dos hermanos jóvenes > 
desheredados, para quienes la ilusión del amur estú il 
punco de hacerse impo>>ible por la indíg;encia en qiH 
st ven sumidos. Uno de ellos. Rafael, está prendado d( 
Wna muchachil rica, cuya mano cree perdida luista qu< 
cierto Coronel viejo le propone un sistema ndmirabU 
para salvar la situación: el de acudir á un saistre d< 
conñan/ji que le vista a la última moda y de ftadu 
Con esto, no sólo se logra el matrimonio de Rafael 
^no lambió el de su hermana con un iÍeuIo üe Cbs< 
cilla. Pero he aquí que se muere aquella inopin'a3a- 
mentv y se acaba la dicha de los personajes de I2 
novela. "Un sastre djó ta felicidad A Rafael— exchunn 
el autor.— ¡Tal seríl la felicidad cuando la puede dai 
□n sastre! ¡Pohrc género humano! Eso que llama»; feli- 
cidad os una eosjt que puede deberse á cualquiera 
pero la verdadera felicidad sólo se debe fl Dios, que is 
el que dispone de los sentimientos de los hombres 
cuando El quiere que uno sea feli2. le hace tonto, y S4 
concluyó.'' ;Vsi suelen resultar las salidas de tono cot 
que van matÍ7.ados los cuentos de Alvarez, chistas a 
que la jjrracía y el sabor caítizo de la frase van de U 
mano con la exasperación sistemática, y tal vez con Js 
blasfemia. fl 

Si con alguna de estas obríllns se suman la tradur 
rión de Hnffmann hecha por D. Cayetano 



en ct, sKiM xíjc 301 

* 

M^emfo y editor tic I.arra, las leyendas en prosa üe 
Enrique Oil, ("Vonziilez Pcdroso, ÍWrmiidez de Castro 
(D. José) y cl Marqués df Molins. tendremos reunido 
todo f1 caudal de nuestra lit<.'ratura en tan rica materia, 
hasta que, junto con jEÍ U'bro de los caulares, que marea 
li testmirarión de la poesía popular, aparecieron otros 
tn proK* y del mismo autor, encaminados a reproducir 
í imítur las variadas y pintorescas narraciones que al 
Hmorde la lumbre 6 á la claridad de la lumi entretienen 
li curiosidad de los niflos y los viejos. 

Antonio de Trueba ' naci<i con la m¡Ss ardiente y de- 
cidida vocación para el género, y con todas las dotes 
^ttetsíge: alma impresionable y soñadora, delicadeza, 
tcmoni o intensidad dt: sentimiento*^, candidez ingenua 



I Ea Us S*tat iwuUvrnUte) que poMIcft pnro «om dv «■ moertt <ÍM 
fri*iiii<t Ktt^ájota y Aturitaia. 9> Ji? Snrrn dr vs*'i aümaPa lo >)(i« uan*- 
"l^jl tarttÍiMM*:I4«)C9iiMdaioOvi«slJaolrn>,uu>bkr •MI punid» JvKxnUnw 
tkaVM-niicl rn ta Norhí^iarna iJclSI''; pito icnKi? ratrairK patiicDUrri, qor 
^<ih*.tA|tatl« tulUlJx! del acunlo. p«nr|t7Tqu« u<T wt afta «^doíittMirn 
liigitr ik mi narlmirntA l«i- MoAtrlIana. fcUert^'K <if\ <aiK'c^> A* 
,^!-:. ^.., m U« BiMiiii«k1<>Rnt ^ ViccnyH ..- A U nlnJ ik i|nLn«t oflrs \af 
) por Ms pabre* y li«iirHili>mn> piiJfr% a Madrid, >lnndp w.- ('olocftcn 
ü«d« fcm^iTia. hurUBdo^il lurAoy á U<>oi.-npii<rtnBnt<4adI1«Bip» 
4Éa pnrm ikJ»:ar|c> 4 U IccInriL t Vtdr StHHt ciiRHni^ Ji Inarrtar tívntn 

Rn IH:>.t cntM «l la R(d>(<'iAn Je ta OarrftpoKtlmtla Aiióiira/it ■!■ 
, 1^ I '. . '.^ fllll iMicTc «Aan, durante In* (Miabn itahu d lu( ain nil' 

io« Pni« •■nt'HiHi Ii'Mm t'aiiulii ya r<m dnAn Tc|i:«íi de 
, 4ur tui 'i < .< cv 'I>Mlt la ilUkc y unu cumpaArr.! ih üiilnm 5 

.■IktTtia dil pr> . < ^1' 4|iia<<iiJu crin tí aambiim\eu\o ili' Archivn» 

-Aatíiiii. Vltcnyii ■ '"' Trntb» Jtti aA«-i.<4iKiUú4iT 

I' '•. y l'llt cnn If itn'w Jtl h'tar y In (loUincl^M 

I túrñ-rt .Ir ni Intanvla, I, .«i rT-> u, 11 j< |>iI¡lu a« hicirmn gvr n- p[|v«*r 
^^ iIp'I prlm^rn .)i- .iiJlliilo* ¿ate'"- ■''^'U¡; -inAi-W é dctnr *TI Mirto rttBl v 
- » ll¡f;i. t » afwJUk-n J* Kw la.f íM va.>M'<. 
r al d tnA* pr^Canilo Jr su» acnilmlcaluT. r 1 ¡ 
>!««•• U Uctlditd lur «Innpiv liiMn tciurilaJa A DoAa Ikatirl II 5- a au 
»niniAUMjB.K&cl(llilitioprt1n4oilc(iavtJa 1874- IM»/ ao •.-««TrueM J<: 
r, «lutalo frtno Je >u 1i(bc>W<MÍ(la.I «viim ro«o* litro* y mA.' immmr-a^ 
> dr unU> «Tuvln. Invnn* rti K>« pcflAdlCf» 4(- UtU^ao y cfl /« flaa- 
Mi V ¿MrbaMi. A U c»n1 anvfit «u inttu'lona Ja aiiu>bl«aniru do* 
*a*U*án»onr. 



sos 



LA UTCRAIinCA ESPAÑOLA 



y como de lufio, amor inafrouiblc y vehemente hacia 
aquella bendita rejridn, cuya l>clleza ha sabido trastn- 
dar lan primorosamente á sus narraciones. Su patria le 
saliMlú con siitisfacciún y orgullo apenas pudo conocer 
las hermosas páginas que le ¡ha consagrando su pintor 
y su pi>et;i; lísijafia toda üupo discernirle de la turbo- 
muIUi que con ol vino á mezclarse lumuItUüKimentc, y 
all.1 en Lis naciones que súlo nos mencionan para mo- 
farse de nuestras filorias. donde se desconoce por com- 
pleto nuestra literatura, y seflnladamonte la moderno, 
se leyeron con uviüez los humildes cuentos de Antón ft 
de ios cantarrs, lo mismo que las novelas de la inolvi- 
dable Fernán Caballero. Junios compartían el fa^'ordel 
público y el aplauso universal, sobre todo en el decenio 
anterior á la revolución de Septiembre; pero la moda. 
que es inexorable en sus fallos ¿ injusticias, aspirii .1 
destronar poco ú poco el nombre de Trucha, sin que 
folten en este concierto de oposición voces muy respe- 
tables y autorizadas '. 

I.as acusaciones son tan varias como caprichosas. 
y es preciso examinarlas bien para que quede en su 
'puesto la verdad. Comencemos por la critica que ser- 
virá de fundamento h la dcfcrsii. 

Una de las excelentes cualidades que en Trucha se 
admiran es la fecundidad ', no estéril como en tnoios 
otroK, sino siempre lg;ual i\ sf misma, dócil ¿ incansable 
ayuda del iníjenio. Hermanos de padre, hijos del cora- 
zón mils que de la intelig'encía, estas libros son tan unos 
en el objeto y en la forma, de tal modo reflejan los mis- 



* Rlr«t« Icticr i|«c Irtcluii en r>k DAmria mI Insigne Hcnfadrí PtUjro, qm. 
■ItiRiik' pato r como al dnsalrc. ha drjad» «n)iar «Iminai Inan tau;' (Ifiü- 
fteadiru «a vt TritlAf a * la» Mriw mmpttHu St bu |uil*itiiA D. }. it. dt IVtolk. 

■ He aquí lw> Uluh«> de klgiansii tic uu obn*^- Citraíai di e»lar de ra«c [ItifiSl. 
Mmtiw mmpeiiaiM ■,tí6C¡\ C««nlo« cb «driM oHO'^' Cuadat pt^mttrt». Jtlmo» 
t9f»lM papalant, Xnmdmet fMjMldrn. CMaKM é» Wn* y wmtriim. omM Inclu* 
Ao% en La AaUUd IH<Mm4, a fáUn f la «Aa««(ia <IST9, JtarUtoNa (11(74^ 
iáMHa por jMn lUNt, ele. 



KM BL Sir.LO XIX 3K1 

mos sentimicnios y aspiraciones, que juzgajrei primero 
qac se nombre es juzgar A los dcmils. Súlo una línea 
dÍTisoria pudiera Irazarse que separa las narraciones 
i;cnui ñamen te vascongadas de las que presentan c-ordc- 
ter nuls abstracto y universal. Esta separación no pasa 
de recurso metódico, porque en la realidad no csld tan 
dcñnidii y terminante. 

Trucha fue antes que nada el felicísimo intí-rprete 
ic un £;ran pueblo, donde viven todas las virtudes do- 
méstíais y patriarcales, todo el aliento de una raza 
nrirgen ef indomable, todos los tesoros de la vida cris- 
rttuna en su miis alto grado de pureza. El, que los cono* 
da como pocos, que respirrt aquellas auras de íituivc y 
delicado perfume, supo también comuniatr con l;i 
.ma^a de la descripción y el entusiasmo las emo- 
ciones de su alma, y ha inmortalizado los lugares 
londe se deslizó su infancia, los valles risucftos, las 
atas bL'incas, el insuperable conjunto formado por 
hermosuní de la naturaleza, unida á la herm^sun 
moral. El afecto iTasto, ideal y purísimo de los aman- 
|left y esposos; la tranquilidad plAcida <^ inalterable del 
domestico; la sencillez y el pudor, todo lo 
jc traasforma y ennoblece, ese es el patrimonio de 
nqneU'i privilegiada raza, esos los elementos que conv 
MKíen las relaciones de Trucba, cautivando insensible- 
POte la euríasidad y la simpatía. AI ver á aqucllu-i an- 
ciano». cAndídos é inocentes como niños; ú aquellas 
res, tan ricas de amor y de l;\grimas; A aquellos 
pcncsquc casi desconocen los auninus de la disolu- 
ción, con sti eterna alearía y sus patriarcales rcgoci- 
jos no hay corazón que no se conmueva ni frente que 
I se incline. La felicidad, que tan mal se remeda en 
¿rendes mctrópoli.s del lujo y la ostentación, vive 
escondida en el desiireciado recinto de esos aldeas, en 
taca corazones cerrados A la ambición y al crimen. 
Semejantes escenas no se tinten, ni se pintan sin tiu- 
berUft visto; hay aquí algo um natural, tan bumiuio £ 



304 LA LtTESATVRA SSPAflOLA 

inimitable, qae excluye loda idea de Invención y 
percherfa . 

Como otros escritores de nuestras provincias septí 
trionales, Truetxi tenía horror Á la emigración, al at 
dono de las caricias nwiemales por la incierta íortuna 
con que suefl:) la destentada juventud; pud¡énd< 
afirmar de aljcunos cuento-i suyos que no son sino 
mentarío de nquclla exclamación de Lista: 

iDichüso el que nunca ha visto 
Más rio que el de su patria, 
Y duerme, anciano. & la sombra 
Do pequefluelo juyabn! 

El que va para las Indias, parece que lleva consigo la 
maldición del cielo; pierde las afecciones y costumbr 
de su infancia, se cnpolfa en el piílago de los aifi^ 
comerciales, y adquiere sus riquezas A costa de 
del alma. Los indianos de Trueba, ó son hi escoria 
país, ó corren inexpcrt<íS tras de su propia üesventuí 
prcsentíindose en uno y otro caso bajo un aspectq 
sombrto y desconsolador. Sólo Pereda le ha cjtc 
pintando uliro. sí no mfls triste, más repugnante en t^ 
am:irguisima slitini de fioH OoHsalo GoMsdlca tic /| 
Gottzalera. Pero la inquina del primero no parece 
rlgirse únicamente contra las tierras de allende \\ 
mares, sino que también se extiende á las ciudiidcs 
Castilla, y sobre todo á Madrid. PodrA haber, y 
de hecho, en tales quejas su parte de exítgeracíón; 
resulta al cabo muy disculpable si so la considera ni 
cidade predilección sanuimenie egoísta al sueldo naut^ 
y á los sabores y olores de la Iterrucn. 

Esta predilección no llefía rt confundirse con el ex^ 
clusiiismo, porque también supo Trueba cambiar 
escenario üe su monuitta por el de las llanuras de C{ 
tilla, pintando bajo otra forma la grandeza y el he- 
i;oÍiuno, las virtudes modcst;is y la desconocida ventura. 



BM EL SICIO XtX 'dOS 

En tos Cuentos campesinos hay tanto que sentir y ad- 
nirar como en los mejores de Trueba, con no hacerse 
caá mención en ellos de las costumbres vascongiulas. 
La feliciiiitd domestica es un cuadro ou» natural y tan 
ingenuo, que no descubre et más minlmo rastro de esii 
afectacián de que tanto hablan los críticos. A quienes 
puulen contestar con sus personas El tío Cachaba y 
compafleros. Para hacer reir A quien no tenga ganas 
>hf c&uln Los TomiUareses con el Conde de Picos-Al- 
tos, donde se retrata al rÍvo la fatuidad pedantesca 
de los que especulan con la candidez de los pueblos. 
Kad), en fin, cabe idear mus dramático y sentido que 
los borrachos, cuento en que Truoba se excede A .si 
nlano, y que nadie acaba de leer sin lágrimas en los 
ojcs ante la horrible tragedia final con que quedan cas- 
tigados los vidos y condescendencias del desdichado 
Lorenzo. 

Las Narraeioncs populares, los Cuentos populares, 
S algunos otros sueltos y por el mismo estilo, consti- 
íDJen una variante muy disrna de con.síderac¡ón en las 
«bnts de Tnieba. MAs curiosos que sentidos, con mñs 
I isidud que belleza descriptiva, descnvu<^lvensc 
-' t:i país abstracto donde coloca el vulgo todo lo que 
fiífft; y aunque alguna vez parecen circunscritos A 
<l«UTminada hicalídad, nuncü es para reproducirla y 
PihsuUi en el rtnimo del lector. Las fAbul<Ls invcnta- 
por la experiencia y el conocimiento de la vida, 
trdatos fantásticos con que se embellece el prosaico 
do en que nos movemos, las inocentes mentiras 
que la piedad ha procurado sensibilizar los miste- 
rios y verdades de la religión, tales son las fuentes de 
doojc sacó Trueba esta porción de sus cuentos, tan 
"PTtviable acaso aunque nn tan apreciada cnmu las 
^«Tids, ¿A quiín no cautiva aquella credulidad infan- 
* que se trasluce en la descripción de pormenores, 
razonamienius y en el estilo del autor? Y cuando 
^'-•i.-.i¿ ser malicioso en medio de su candidez constan- 
tuto u 20 



306 LA UTBKAZVirA ESPAÑOLA 

I 

te, ¿no parece convertirse en un nuevo La Fontaíiié, 
con sus inimitables y ai parefor aniíti-tiras perfeccio- 
nes? De mi Sí' decir ijue he recordado muchas veces la 
naívi'té del gran fabulista al leer los Cuentos y Narra- 
nones populares, y no conozco autor nlpjno que le 
vaya tan A los alcances como Trueba, quien iiroba 
mente no pens<5 nunca en imitarle. 

Hasta tal punto se iUenc)ñc<> cl slmpíltico autor 
conpnUo con lo humilde y lo pequeflo en todas sus 
ses. que no acert<> .1 escribir novelas de verdad, aungitc 
otra cosa indi<{uen las proporciones materiales d 
ffunas de sus obras. No hiiblcmos de l^s fi/jasfte/ 
una de Ins más sosas imitaciones que ha engendrad 
añcíón al srÉnero de Walter Scott. Marisanía y El 
Mu y la chaqueta bastan para demostrar, por dústiñ» 
camino que- Las hijas dei Cid, las escasas dotes, por 
no decir la incapacidad de Trueba como novelista. Di- 
^lasc de Marisauta que es un panorama deleitoso de 
bellezas morales y artísticas; pero ;d(Snde estrt d nú- 
cleo, la acciiSn y la unidad propios de la nov 
<C(Jmo encontrarlos tampoco en el truncado relal 
en las interminables digresiones de FJ Kabdn y ia n 
qufía, reconociendo y todo los primores característi- 
cos de estos que apenas me atrevo A llamar pecados ni 
caídas? No era esclava Fernán Caballero del intrréá 
que tanto adoran los lectores indoctos; pero sabía 
citar otro msis difícil y más esencial para el novel 
cl que resulta de la verdad, representación y 
cuencia en los caracteres, y así fue algü más que uña 
insiisne escritora de costumbres, al píuso que Trueba 
ha tenido otro renombre, aunque ese .tea tan mero 
y envidiable. 

Ahora veamos los carpos de sus censores, comí 
zando por el mfts irritante y repetido, que es el de nfec- 
tacit'jn y sensiblería, injustamente atribuidas á loscui 
tos Ue AulÓH rl de los cantares, sobro todo los consí 
dos a la descripción de su país natal. Hay corazoi 



BU EL SIGLO XJX 



307 



Je hielo que tienen por ridíj-ulu irxlo lo que es tit-mo 

lioso, y miden las afecciones de los dcmils por 

!u de las propias; hay críticos que traducen por 

L rías y Qoñeces los que en Trueba son desahogos 

legítimos del sentimiento, y sonríen desdeSosos ante 

<) candor y la inocencia, Iluso y optimista llaman 

üiTds veces a! autor por haberse empleado en pint;ir 

las costumbres de un pueblo modelo; mas como esos 

seflorcs, 6 no lo reconocen tal, ó no lo han visto, ó se 

enpeflan en su negativa />i>''V'('^>'''> juran que ese pueblo 

tu existe sino en la fantasía de sus admiradores. Pero 

ralulmente el distintivo de Trueba es el realismo, A 

''-'-■ uxaffcrado, que coloca d par de la virtud el victo, 

' ubre en Ui vida rural, no sólo sus encantos, sino 

tiuiihién su parte más prosiiica, desconocida p«ra los 

forjwlorcs de éRlog-as é idilios empalafrosos; salvo que 

vm no fallar ú la verdad, con no omitir Tnicba nada 

« sus descripciones, brota de ellas cierta hermosura 

1, de que sin motivo nincruno se le hace corito como 

I fuese defecto imperdonable. 

No hay forma di- demostrar á muchos ignorantes 
rr-:Mimidos de doctos que en Espafla existen aún re- 
Wlíis de las virtudes y grandezas de otros tiempos. 
Trj'iLise de visionarios á los que en cllaa creen, á los 
■{Be ba ven y las admiran, cuando, en lo que á Trucha 
refiere, habría podido ln.s mils veces ciwr los tipos 
[;6ríf^nales cuyos retratos nos ofrece en sus narnicio- 
i: tal es el sello de fidelidad y exactitud que las ava- 
Caso de ser exclusivamente obra de su imasfimt' 
o, dcscubririjm «n íl. si no las dotes de ubscn^udor 
Icndidu, algo miis admirable é ijifrecuente: el genio 
lur de lo» grandes artistas, con lo que nada per- 
líria en el cambio. 

Pciu hjty otro arifumcnto mis decisivo ú favor de 

Tnieba, y es el que resulta de cominirarle con los exa- 

' 'res y profanadores del sentimienuí, con los nove- 

..-..i- y dmin:tturg;os rt la /arí«íív«M/, plaga de todas las 



308 U^ UTElitATURA ESMSOLA 

literaturas, y principalmente de !a moderna. ¿Qué re- 
lación existe entre la naturalidad encantadora y casi 
extremada del uno, y los nnificios y melindres de los 
otros, entre aquellos personajes tan aproximados i 
la realidad, y estos muñecos de cera, en que parecen 
resortes mecánicos tos impulso; de la pasión)* Las lá- 
grimas que tal ves arrancan las tramoyas de falso sen- 
timentalismo á aljíün lector inexperto tienen mtictio 
de pasajeras é intranquilas, mientras la impresión que 
sabe Trucba llevaí' al Animo es á un mismo tiempo 
reposada y honda, y hace asomar las Wgriroas A los 
ojos, á la vez que el corazón rebosa de alcgxía y de 
temuni. No ncgarí que alfruniís veces decae, y que el 
apasionamiento por las cosas de su tierra le conduce & 
censurables extremos; pero esto no es sistemático, ni 
mucho menos obedece al propósito de desfigurar á sa- 
biendas la verdad con el fin de hacer efecto, como 
suele ahora decirse. Trucha era incapaz de estas men- 
tiras literarias; sólo expresa lo que siente, y si hay en 
ello falsedad ó exageración, ^1 fue el primer engafíado. 
|0h, y cuan disculpable no aparece, por todos los a^ 
pectos, el idealismo que se le atribuye, hoy que la n*« 
vela se harta con las heces de la lujuria y del crimen, 
ayudando con sus ínfulas docentes al absurdo determi* 
nismo materialista! No lean, no, esos libros escritos 
con el ;ilma los que en ella no creen, los que niefran 
la existencia y hasta la posibilidad de la virtud; perú, 
gracias á Dios, no le faltan ni le faltarán adminidorcs 
al pintor insigme de las monuifVíi'. éuscaras '. 

Cuando eran más leídos en Espafla los de Trueba, 
daba á luz sus cuentos en varias publicaciones, fre- 
euentemenle á beneficio del anónimo, el infeliz Carlos 
Rubio •, que sin duda debió de proponerse por modelo 



1 Acnulmi'ntc k Imita con Mi«tant» cMCUtiid D. Ricardo BeCiTrv de Bea> 
Xo*. iitM ha sIJe A la v<i <1 mejor M^it<^(<' <lv Tm^ii. 
■ Coleccloondoi, rain uiidc i>d on Tvlitnkrn. M«>lrM. I8M>. 



EN BL SIGLO XIX 309 

á Jloffmunn, Andersen li otros ^tutores por el mismo es- 
tilo, scfrün es de fantásiico vi que comúnmente emplea 
ai mils ni nicnos que la rcl;u-i(>n y los pertíonajes, toJo 
dio perteneciente ji regiones nunca descritas por los 
geógrafos, cuando no A las de la alegoría retórica y el 
«mboli-imo. 

Hdu^trdo Bustillo ' no se aparta sistemáticamente de 
la tierra tirme de la realidad ordinaria, y acierta A 
hallar la belleza en los centros sociiOes de donde pare- 
ce haberla desterrado la pros;i de la ipialdad. También 
prcocapa A Bustillo la tarca de cnscftar, aunque no sue- 
len ser escabrosas sus moralidades. Con tales prendas 
se hermana un estilo terso, f;lcil y abrillantado por re- 
flejos de límpida y suave elefrancia. 

£1 C^cncral Ros de Glano persoiUticó la antítesis más 
completa del pcnio literario meridional; en su pro- 
sa oarrativa, md.s aún que en sus versos, se amalganm 
lu estrambótico con lo nuevo, y lo disparatado cou 
lo profundo, constituyendo el total un log-ogrifo tndea- 
Cifmble. un caos de palabras sin sentido, ima arquitec- 
tura peregrina coronada por la esfinge del misterio. 
A quien haya tenido aguante para apurar las mortales 
¡mis de los Iípis<Mlios militares * y EJ doctor Jm- 
a ', escritas con Jisulufítin de opio, se le puede 
cflire^r sin escrüpulo. como libro de entretenímien- 
10, la Anaiftica de Sanz del Rio. Es de ver el caudal 
de fila>ofia derrochada por Ros de Olano en pintu- 
ras anecdóticas de la primera guerra civil y de Ui cam- 
pafla de África, pinturas que hubieran resultado in- 
teresantes con s<)lü copiar lu que en una y otra pre- 
sencii» como testigo de vista. Asi y todo, se sufren 
mejor los Spis-odios núUtares que los esotéricos y ar- 



• n taro cmJ. wmtuui» 1 hKMM de amWmVm. U*drU. ism. 

* Hwtrt'l. iMt. Lmt-Ktrniinálaprinera pKTT» civil «(MblICAnmaMín 
(IMU <• •! |k-rUJka « /•wMmtckl*. 

1 kUJflJ. l«ú». 



310 LA LITERAnilA BSTAROLA 

chisuciles embolismos de E¡ doctor tañttfla, aun de 
pues de saber que éste representa A los charlatiuies i 
baucadores, y I:i extíltica Luz, amada y perdida 
Jüsef, lii espcr.inz.-i por que lucha el hombre sin fruít 
y los callos del clérigo D. Cleofás las muserias de 
vida ordinaria. El cuento de Ros de Olano Ín<;pIrA 
Castclnr una tanda de reflexiones poéticas dadas A \\ 
en ÍM Discu^ón. y varios otros artículos laudatorios 
diferentes compjidres del General, yendo muy en br 
ve, y á pesar de todo, á engrosar las librerías de d> 
seclio. 

De raós notoriedad gozaron los Pfoverbios ejentpU 
res y Proverbios cómeos ' de Ventura Ruiz Aguiler 
Notables por lo ingenioso de la invenciún, por la lit 
pieza del estilo, y A veces por la profundidad del seni 
miento, aparte del fin moral que tanto preocupaba 
autor en sus obras, íucrun y serAn leídos ton agrá* 
proverbios tak-s i'omo Anlojamc ios daios hui'spedc 
A¡ tfue ai cíelo escupe en ¡a cara le cae. El beso de 
das. Herir por ¡os mistttos Jilos y Amor de padre, 
detnds es lu're. En cuanto á los Proverbios cánticos, 
desmienten la buena condic¡(Ín de Aguilera, y lo ¡ni 
te y Wen intencionado de su sátira, en la que apenas 
se descubre una g-ot:» de hiél. Críticos tan autorizad" 
en la materia como Pérez Oaldt^ lian hecho de es 
cortas é interesantes narraciones elogios que sería 
go reproducir. 

No he encabezado este capítulo con el nombre 
Hartzenbusch porque sus Cuentos ' son posteriores 
primer periodo de su vida literaria. Ya imitando o- 
habilidad de erudito consumado el Icnuuaje de 
siglos medios, ya en esmerada prosa académica, slt 
prc srnibA en estos fugaces ra^os de su pluma el se" 
de una corrección exquisita, iíl g^usto narrativo de : 



« D«3 untos. llMlrfd. lasi. 

• Cumtitt y/4ftala« akfMita nUrldn. Madrid. tSte. 



8X BL StGLO xa 311 

teotnisch dcblú de formarse más en \a lectum de los 
.iDtorcs nlcmane» que en la de los espartóles, como de- 
noiK su afición á lo rajiravilloso con cieno «irAcier que 
oimca hasta entonces habla sido frecuente en Esparta. 
Entre tales cuentos, alguno de extensión considerable, 
Jescuella indiscutiblemente La hermosura por casti- 
go, donde la agudeza de ingenio y el primor de Ui in- 
vención se unen á lo intencionado de la f Abula y al más 
exquisito buen dt^ ir. Joya de uinto precio lia sido ante- 
puesta por Menéndez Pelayo íV los mejores cuentos de 
AfuScrsco, entre los cuales no desdiría, por lo menos, el 
de Hartzenbusch. 

También he de citar las Historias vulgares con que 
desde hace ya mucho tiempo ha wupaUo las columnas 
(le las Revistas madrilcflas, y sobre todo de L(, Hms- 
traríón Eapaüola v Amrrfcnnft, D, fosé de Castro y 
Serrano, sin lijjir la atención del público no erudito. 
Loti Antonios, Blases, Vicentes y otros personajes que 
6guntn en tales historietas son de esos que enctientra 
uno en todas partos, sin que quiera yo fundar :iqu{ una 
acusación ' contra el novelisui. Hartas son las que íor- 
«nila mentalmente cualquier lector rcs'ífnadn de umi 
llistoria vulgar (parece que el autor se ha hecho adrede 
crftíco de si mismol contra la pesadez y monotonía que 
suele abrumarlas. No hay más sino que al Sr. Castro y 
Serrano te ha parecido que csiribír larKo es sinónimo 
di: escribir bien, y que el toque de la perfección consi?- 
le en decir lo menos posible en el mayor número de pa- 
Ubras. Sólo as! se comprende que A veces emplee tantas 
inútiles, cuando no incongruentes, que la acción y los 
hírocs permanezcan /« statu ifuo mienlras diserta el 
mitor sobre Agricultura, Administración ó Politicn, y 
que bi piírte accesoria mupe el puesto de la principal. 
Los incidentes urdimirius de la ^'lila hieren miis la' cu- 
riosidad y el sentimiento que csuls Historias vuigarcs . 
en cuyos intermínablt-s párrafos se con\'¡ene el asunto 
en tema ó muiivo p:tra hablar sobre todas la-i cosas del 



312 1.A LtTSRATVRA BSPA^OLA 

mundo risible, bcíanse comu prueba Eí mtxiftar qtan- 
io. Vicente, ó cualquiera Je las no cítaJas. 

Es preciso reconocer que Oístro y Serrano sabe 
eomuntcar á. su prosa cierta rapidez y solnint mi 
.-igradables, pero mal empleadas. Sin la corrccciiín 
un acad<;-mico purista, sin la majestad Uel antiguo le: 
guaje castelkmo, su estilo tiene, no obstante, la etegan- 
ciu del moderno, tal como lo gastan los periodistas no 
adocenados. 

El actual revistero de La Ilustraa'óH Espafiola y 
Americana, Fennindez Brcmón, parece ir olvidando 
sus alioiones y laureles de cuentista, y lo es, no obstan- 
te, de tanta valla como otros más celebrados *. Imitador 
de Uickens, más bien que de los alemanes, hay en 41 
mucho de personal y típico. Como si estuviese en su 
propio elemento vuela por tos países, ya lóbregos, ya 
encantadores de la ficción, y son de ver M habilidad 
con que se sostiene en tales alturas, el intcrís que des- 
piertan sus héroes y heroínas, la atrevida novedad de 
las situaciones y la característica belleza del cünjunto. 
Quien haya acompafiado A Mr. Dansatit, medico aeró- 
t>atti, ó asistido A las curiosísimas escenas de Cna/nga 
(ir diablos (dos de los primeros cuentos que insertó en 
la mencionada Revista), reconocerá la justicia de estos 
encomios, que deben hacerse extensivos A toda la c^ll 
lección. ™ 

Otra dio íi luz el mulogrado Carlos Cocllo, de Cueti' 
toa iítviTOs/ttu/cs ', en los que es mAs de celebrar lo 
peregrino del sistema inventado ó adoptado por el au- 
tor, que lo excelente del desempeAo. Interpretando ai 
revís la regla fundíimcntal en el arte, del estudia y co- 
nocimiento del corazón humano, nos presenta A los 
hombres con instintos y cai'acteres díame iralmcntc 



■ MaJr1.t. IS7U. O^m. HAdrld. iK3. Stftftda (lUeita. Uidrld. M». 
* MotUIJ, IBM 



KN BL SlCtO XIX 



313 



ofocscos A Iw que suelen gobernarlos, y :il mundo 
rxlo tu] como nu lo Weron ojos murtales desde Ad/tn 
hasta la fecha. Ya se lome comí) simple capricho de 
ingenio, ya como embozada siltira de la realidad, la 
Idea de los Cuantos invcrosímiUs no deja de ser acep- 
taMe. 

El critico valenciano D. Pereffrin GarcíR Cadena 
truslado A sus cuencos las cualidades que le dístlngruíuo, 
la í^msibilidad extremada, el idealismo vago y nebu- 
loso, y la encendida frase que tal sello de personalidad 
é independencia imprimen á ti>dos sus escritos. Las víc- 
timas (/«7 ííieai, titulo genérico que da ú ima serie de 
pereeriníis narraciones. La rotula de mi tio, y casi todas 
lus demás, abundim en iXTsonajcs al>stnifctos, mejor di- 
riomos pasiones pcrsonl&cadits, todos A cien Icg^uas de 
la realidad, no teniendo otra sino la que les prestó la 
ai:alonula ííuitnsia de donde brotaron. 

Muy diferentes sun los Cuentos de Narciso Campi- 
llo ', que sabe fymunicarles lii movilidad, gracia y tra- 
vcsan» dol genio espuftol, y del andaluz en particular. 
Nada de obscuridades y pcsadcct-s; allí e-S iodo diafani- 
daid y tran.sparencia, desde el estilo desenvuelto y grá- 
fico, hasta las consecuencias prilctlcas de la narración, 
que vienen A servirle de complemento. El desenfado de 
■Campillo se parece mucho al de Valera, aunque debe 
<le entrar por m<1s en el parecido la coincidencia espon- 
t4iicA que la imitación. E¡ bergantín Carita, Los tres 
perros. El tabaco, t^na ganga y Las noches largas de 
Córdota se leerían con placer convenientemente expur- 
[cndos; pero en Uis Jos rolecciones de Campillo se tro- 
, pieza A lo mejor con rasgos dignos de Boceado, y con 
Hlinln cuento incaliñcable por lo verde y antirreli- 
Ifioso. 

Mace aflos que La JtustractÓH Católica, de Madrid, 
pnblicabn una tiernfsíma antícdotn sobre la nifVez de 



• DiMétftMaAniMM. li4<tiM. IKTaAbcTiMnMiKM. Madrid, taBL 



3U 



Uk I.rrEKATURA B!U>A!tOtA 



Fr. Ltiis de Granada, referida antes por muchos de sus 
biógrafos; pero um posciiJo del a<íunto estaba el incóg- 
nito autor, que Ei lujo de ¡a /ai'attdera se reprodujo in- 
numerables veces. Desde entonces el P. Conrado Mui- 
fios se dio á escribir cuentos, y fue considerado por 
Trueba como uno de sus discípulos fieles y aventaja- 
dos '. A fl mAs <iuc i\ ningún otro recuerdan la simpá- 
tica Cttndidez y el sentimiento profundo de Los vhHch- 
íes. Dos cielos, Caridad, Ciento Por u/io. Las ¡oitíerías 
de Carias y ;Si\v tux'irsc madre!... Hl encamo de estas 
escenas se funda precisamente en la ingenuidad cando- 
rosa que llega al corazón con cl irresistible atractivo 
del lenguaje y tos recursos infantiles, retratados del na- 
ttiral y sin mezcla de elementos extraflos, porque el 
autor no cmpufia la palmeta de pedagogo, inculcando, 
sin echarla de tal, las verdades eternas de la moralcrís- 
tiana. I.o que algi'm descontentadizo podría tildar son 
ciertos asomos de exagerado idealismo y afectación sen- 
tímenCa), de que tan difícil es conservarse incólume, y 
en efecto, no me parecen limpios de osa mancha algu- 
nos di.1Iogos que es innecesario especificar, y :ilgün 
personaje como Carlos, el rivul de Roque, tan inferit 
á éste en el terreno del arte como superior por sus :inJ 
g(?licas virtudes. Bl P. Muiños ha acertado con su vo* 
cación, y superadas como tiene las principales dific 
tades, el tiempo y la experiencia harAn lo dcmAs. 

Líi vena humorística de Fcrttanflor , que cuando 
muevo libre y por sí sola ofrece á la vista mil capriclit 
sos juegos, ya como lluvia de irisados maticc-s, ya coi 
corriente de revueltos giros, se resiste indócil A eolrí 
«n el cauce de tm relato seguido y lópco. ;\sí lo vienen 
é patentizar los Cuentos rápidos *, en los que las defi- 
ciencias de la observación, la inverosimilitud de U 



■ Boro» de vMtityma. OmmIm tMraiM dom Im nUam. Vitlta4nlM. tfflS. 
gaaáa c4lcMn. VattjulolM. lOBb. 

■ BiimlonN. UH. 



E!C EL SIGLO XIX 315 

lances, y la incoherencia líel fonüf, contrastan con los 
chispazos de ingenio y la pcrcsrina frracia de In frase. 
La sociedad madrilefla tiene muy fw>coquc agradecerá 
qnien ha intentado retratarla en los bocetos snriricos de 
/ji escalcfa, Final de acto, iü tttittttro 6 , Soreít'ta, Eí 
pobrt Jacinto Peres, La opimón. etc., de los cuales se 
desprende que para el pesimismo de Fernanflor apenas 
existe nada bueno en la aristocracia ni tm la burguesía. 
ni siquk-ra en la clase popular. 

En el mismo afto que los Cuentos, rápidos salieron A 
laz los de J. I^pez Valdemoro, Conde de las Navas ', d 
quien la condición de primerizo, ó t\\xizÁ la sospechosa 
abundancia de libros semcjanics al suyo en la cubierta. 
priv<í de contar con tantos lectores y entusiastas como 
pide la justicwi. Tengo para mí que Alarctín hubiera fir- 
mado sin esíTiipuIo atgumw cuentos de La docitia dd 
fraiU. el primero y el último, verhipracia (Tapón y La 
fúSa Aractti). El desdichado Tapón, fruto del amor li- 
bre, alma heroica en cuerpo deforme, payaso A la fuer- 
za, platínico adorador de una muchacha A quien arran- 
ca de las garras de un tigre, entregíindose por ella A la 
muerte, sin merecer la mas ligera seftal de aprobación 
O Rratiiud por parte de la hermosísima estatua de car- 
ne, y cumpliendo, yacadíivor, la promesa que había he- 
dió de volver ft visitar A la Patronn de su pueblo, sim- 
boliza una tragedia de las que no se ven ni se oyen re- 
ferir sin emoción profunda. 

Fuera int«rmimih!e este capítulo si quisiese incluir 
efl úl los nombres de todos los que, con mfts ó menos 
fortuna, se dedican d escribir cuentos; mas. aparte de 
que para muchos ' quedan rescn'ados otros lugares 
donde podré hablar de ellos con amplitud y holgura, la 
restante mayoría no requiere particular mención. Me 
rcBcro aqaf á los autores que, ú por seguir la moda, 4 



* UkáttuaítiJrmU». ÍMMnnrtM y ana Auurltivw bi parece Umltia, UW. 
« CooM AlMv4n. Valcra. d P. Cokimii. cic. 



316 LA LITERATUBA ESPAÑOLA 

por exigencias editoriales, ó por otros motivos n 
literarios, pervierten y vulgarizan un género que : 
antoja fácil porque no han llegado á conocerle. E 
cuentos libres y picantes, que tan desdichadan 
abundan, no hay para qué hablar en un libro serio, 
no sea para levantar la voz contra las segundas i 
clones ó la desembozada lubricidad, que los conviei 
obras de propaganda antisocial y antiartística. 




s^^-gsflSiAgaBs-^, 



?'»vv*,"."7'rer 



^jt- 



\^''^-,',W.Vtf¿ft 



CAPÍTULO XVII 



U «lÜTICA V lj*S LETRAS DBSPITÉS DE LA REVOLUCIÓN 



Ti^ni Blniíltro Af U hiitteris contunparABot.— El lllrr* penMunlernto jr 
la dMiamcU. - Lm tfl*r»loii<« drl Airara.— 111 perlodliMO.— iIiUmm 



ÜAB rondescendoncias peligrosas con el espíritu 
revolucionario, mal compcnsadiis por la tardía 
represión que inütUmente ensayaron los tiliimos 
Minifaros Ue Dona Isabel 11, baswn A explicar cómu 
K desbordó la lava del volcí\n formado por los odios y 
las pasiones de partido, y A losanti^os pronunciamien- 
tos y á los motines de cuartel sucedió la tremenda cri- 
sis de Iri68. cuyos resuluidos no previeron suí mismos 
adalides. Así que desaparecen de la escena el prestigio- 
no valor de Narvúcz y el maquiavelismo de O'DonncIl. 
loeíaa cuerpo los. tantasmas apocalípticos sonado* p(»r 
la intuición de Apjirisi, se oye aíiin/ar medroso el 
nimtir de guerra y exterminio, y cruje en sus cimiento» 
e) aportillado edificio de la Monarquía española, cada 
vcí: m¡\^ indefenso desde el dUi en que dio entrada A las 
libertades sin Dios. 

El desgobierno imperante que desde el triunfo de 
Alcolcn, con diferentes matices y formas, sólo atendió 
á balngar bajas pasiones ú instintos populacheros, al 



31S U\ LITERATURA ESPAÍtOUi 

par que amordazaba ¡I los defensores y representantes 
de la verdad reltt^iosa y del orden social, no debe coD- 
siderarsc como pcirt^ncesis aislado en la historia de la 
España de! sifflo XIX, sino miis bien como realizacÍ<Sn 
de ideales nebulosos y no bien definidos, por los que 
lucluiron muclio<; hombre<; que hubiestm de ellus re- 
nefifado conociondolos mejor; como remate de una ca- 
dena cuyo primer eslabón fue el Código de 1812, y 
como principio de la nueva era en que el libcntltsmo 
y la democracia anticristiana se exhiben con sw ^enuí- 
na faz, sin disimulos veri^onzantes ni farisaicas hipo- 
crcsííis. 

Comenzada la obra de demolición por las Juntas 
revolucionarias y el Gobierno Provisional de Serrano, 
que inauguró sus funciones en 4 de Octubre de ltj68, 
proseg:uida por las Cortes Constituyentes del b% por 
los Ministros responsables de D. Amadeo, por los cua- 
tro Presidente» de Li República destituidos en menos 
de un afio, y por la nueva Regencia del Duque de la 
Torre, no hubo ley. ni derecho, ni institución de an- 
tiguo origen, contra que no atentase In furia de los Ic- 
gisLidorcs ó de la plebe. De Iiabcr continuado mucho 
tiempo el vandalismo de abajo y la aquiescencia de 
arriba, nuestros monumentos artísticos serían un mon- 
tón de escombros. las costumbres y uadiciones de nues- 
tros padres recuerdos confinados al panteón de la His- 
toria, y Esjiafta entera aquel presidio suelto de que ha- 
blaba, no sé si prof fóticamente, O'Donnell. 

El empuje de la reacción política y reli(;ia<wi igua- 
ló en intensidad al de la anarquía. El pueblo creyente 
y pacífico, que veía vulnerados sus sentimientos y afec- 
ciones mA% profundos, ^taqueados oficialmente los tem- 
plos, escarnecida la Re1irri(>n, au'opcUada la dignidad 
sacerdotal, reconocido legalmente el concubinato, en- 
tronizado el desorden, inerme Ui justicia, protestó con 
ira conu-a aquel estado de cosas y se agru|>ó en torno 
de la bandera que simbolizaba el regreso & la tradi- 



BK EL SlQUi XIK 319 

Htíti. Iní:enie muchedumbre de jóvenes bisónos, conver- 
tida tlf sühito en ejército fürmidahle, luchaba en Uis pro- 
vincias tiel Píorte, en Valencia, Ai-agún y CautiuftH, no 
por la adhesión á ami perstm» ó A una forma de Gobier- 
nu, no por interestrs egoístas, aunque puedan coniarsc 
muchim exocpcioneüen este sentido, sino por necesidad 
imperiosa de represalias, por instinto de conser>'aci<Jn 
moral, por aversí()n A las ideas innovadoras, de las que 
habla recordó £spaft:i tan abundante cosecha de lil^frí- 
mas y sanare. Tul es la (jenuina 5ÍBrniticaci6n del alza- 
mieiilo y de la guerra carlistas, íl los que se adhirieron 
activamente ó con la simp;itía, además de los veteranos 
de la primera guerra civil, numerosos exdefensores de 
la destronada hija de Fernando VTl, Ministros, Genera- 
les y escritores, y el núcleo de una grran parte de la 
clase media y de toda la población rural. En aquellos 
«lias de pavorosos y supremos combates, no quedaban 
más que dos campos: el üc la Revutución y el de Car- 
los VII. 

£1 grito de Sacrunto proclamando Rey de Bspafla A 
Don Alíoaso (2'í de Diciembre de 1S74J vino d calmar 
Citerior y materialmente la tempestad; la guerra civil 
íuc decreciendo con rapidez A pesia de algunos recru- 
dectmtentoti parciales y momenuVncos; el nuevo Trono 
nnstiiucional se «lianza, no tanto por sf como por la 
bnpc'tencta de los partidos exiremos, y por el concurso 
de los elementos revolucionarios que se proponen rea- 
lizar al amparo de In Momirquia lo que no pudieron con- 
seguir cu^indo eran dut'ños del mando. 

Fortuiui ó delIlH-radamente, la Restiuración se ha 
uncargadu de consolid:u' las conquistas de los princí- 
(Hos democr-'^ticos y prepararles el terreno para ana 
victuiin deünitiva. El cambio de ilabinetes, presididi>s 
purOlnovas ó .Scigastn, representa las oscilaciones de 
rWTucoso ó avance, que, en defmiiix'a, siempre conclu- 
yen por la admisión de una libertad más, ora de con- 
ciencia, ora de la ci\tedra, ya |H'rmiticndo la proiiagim- 



320 1.A UTESATUIIA ESPANOI.A 

da de club y de periódico, ya ampliñndo la ley det «oi- 
fragiu univerKiI. 

Corolarios pr Árticos de semejante laxitud van siendo 
la difusión rápida de toda clase de ideas disolventes, eJ 
deÑcrédito del principiode autoridad, el caos individua- 
lista que invade las esferas de la vida pública, las divi- 
siones y subdivisiones atomísticas de los partidos, y 
principalmente la disminución progresivadel sentimien- 
to religioso y del sentimiento monárquico. Por la mis- 
ma suavidad de formas con que se efectúan los cambios 
mAs radicales en el organismo del Estado, no se dejan 
ver tan A las claras como cuando se pretendió imponer- 
los violentamente y sin medidas preparatorias; pero, 
retrogradando un poco con la consideración, no ya á los 
tiempos del antiguo rOgimcn, sino á los del reinado de 
Doña Isabel 11, ¿á qui¿-n no se alcanza que hemos anda- 
do mucho y muy de prisa en el camino de las reformas, 
y que cada día se asemeja menos la Espada de ñn de 
siglo á la España tradicional? 

Tan hondamente arraigaron en la leg-islación, las 
costumbres, el arte y la literatura nacionales, así la fe 
cristiana como el respeto A la rcídezii. que el liberalis- 
mo no se atrevió desde lui-go A combatirlos de frente, 
é ideó monstruosas amalfriunas. transacciones hábiles. 
para ilusionar á los incautos y hacer -^nablcs d la largra 
los funestos dogmas del "JS en la patria de San Kernan- 
do. L;i imidad católica y la 1eg;itimidad monúrquicii 
obtuvieron la sanción mñs ú menos explícita de las di- 
ferentes Constituciones que se registran en nuestra his- 
toria hasta el aflo 18b9; los mismos hombres que arroja- 
ron de España & los Borbones anduvieron solicites en 
busca de un Rey de comedia, deparado al fin por la Casa 
de Saboya. De los ensayos de República conservan los 
españoles recuerdos amarguísimcís y luctuosos, que se- 
guramente no inducirían de suyo á repetir tas experien- 
cias si no hubiera sido tan imprevisora y desatentada la 
conducta de los prohombres de la Restauración. 



mi BL SIGLO xtx 321 

CoDscnüdos por ella, van agigantándose en proerc- 
siín ascendente la dcmatrofria y cI librcpcnwimiento, y 
se desbordan impunes en la tribuna y en la prensa, en 
la enseñanza oñcial, en los tratados cientiñco» y en las 
obras literarias. Sobre las ruinas del kj-ausismo pedan- 
tesco y bufo se dieron fita todas las aberraciones de la 
filosofía pjim crieir de consuno la Ribcl de nuestra ei- 
TÜización contemporánea, educando una gcncr&ctdn 
descreída que adora en Alian Kardec, en Comte, en 
Schopenhaucr... en Budha y en Mahoma antes que en 
Jesucristo. A par de la blasfemia culta de las aulas uaí- 
versiiarias y de otros centros docentes, cunden en las 
hojas de Las OominicaU-s, El MoHn y su numerosa 
descendencia los gritos de guerra sin cuartel contra la 
"Religión que las anatematiza y el doctrinarismo que las 
consiente. Calumniar al clero, hacer la apología del pu- 
fial y de la matan/a de los frailes, embrutecer al pueblo 
y & las lectores semí- ilustrados, y despertar en ellos 
lastintos de ferocidad salvaje, constituyen el propi^sito 
de atiaclLis publicaciones que, A ciencia y paciencLi del 
Gobierno, se exhiben y pregonan en las calles. A com- 
plctiir este horrible cuadro viene el nefando comercio 
de aseriioií en que el impudor y la pomüí»Tafm especu- 
lan con la flaquexa de la juventud, enseñiindole los ar- 
canos y refinamientos del vicio, y cnccnagándola en 
(. ' ' ontinas de la disolución. 

, no obstante, en honor de la verdad, que la 
tolenincüi para con las idens y las instituciones se h:i 
hecho extensiva á las comunid.'»dcs rcliposas, que en 
el Proftsonulo oficial csciüi rcprcsentadíis l:ts tenden- 
cias católicas y de orden, yi\ que lo esK-n Ij^ialmenle 
tos opuestas, y que el bien podría manifestarse sin co 
híbícjones. pujante y fecundo en todíis las esferas, si n^ 
lo impidieran la desunión y apatía de los que lo dc- 
Qcnden. 

Me he detenido un tmilo A Iwísquejjir el cstíidn polí- 
tico y religioso de EspaHa dunmie el ñlllmo cuarto del 
lOMo n .!1 



322 LA LlTBitArURA BSTAÜÚLA 

siplo XIX, porque re inüispensuble conuL-erlo en sus" 
lincas generales para apreciar en su justo valor las 
producciones de nuestra literatura contemporánea, en 
la cual se refleja con extraordinaria fidelidad. Bien al 
contrario de lo que aconccciú en la, C-poca del romanti- 
cismo, cuando los pi)Ctn.s, con ran'simxs excepciones, 
volvían tos ojos A lo pasado, en vez de interesarse por 
los trascendentales acontecimientos que prcsci\ciaban, 
y casi todos los géneros literarios solían revestir carác- 
ter arqueológico ú idealista; hoy el certamen de la 
pluma se unlversaliza, y litó crciicloncs del árlese tiflcn 
con los matices de las convicciones y sentimientos del 
individuo, y la impasihilidad marmórea, no menos que 
el Uirorcio entre la personalidad del hombre y la del es- 
critor se van haciendo ímjxwihlcs. 

Los íoí-os di! irnidiati'ín ^uc directamenie han in- 
fluido en la cultura general y en las nuevas direcciones 
del pcnsíimientü científico y literario [como tambíón en 
la pedantería y el escepticismo cursi de los sabios A la 
violeta) han sido los centros públicos de discusión, y los 
periódicos y revistas. 

El Ateneo de Madrid y los de algunas capitales de 
provincia han formado con sus enseñanzas el criterio 
y el gusto de nuestra juventud, sometiéndola A indefi- 
nida iTiriodad do corrientes doctrinales, desde la cató- 
lica hasta la positivista. Por lo que se reliure A Madrid, 
la batalla entre la ortodoxia y el libre pensamiento en 
las cjítednis y las secciones del Ateneo ofrece una des- 
igualdad palmaria, debida al rclnumiento sistemático 
de los tradlrionalistas, para quienes la a1¡anz:i con sus 
aíínes del partido conservador eonstituiria una especie 
de suicidio político. En cambio el Círculo de la Juven- 
tud Católica oyó resonar la voz de onidorcs, poetas y 
literatos insignes, divididos por accidentales aprccia>- 
ciónos ajenas al dogma, y entre los que se contaban 
Pidal y Meníndcz Pclayo junto á Not'edal y Navarro 
Villoslada, Selgns y Linicrs, Tamayo y Fernández- 



BTt El. SIOLO XiX 323 

Cuerra janto A Giibino Tejado, Antonio de Valbucna, 
V'jiIcQtín Gómez y Franciscu Sánchez de Castra. Al 
consUtuirsc Iíl Unltín Católica se fracciona este gran 
núcleo de fuerzas, convirtiéndose la ufleja cuestión dí- 
ná5it¡c3 en manzana de discordia y pretexto \inni acer- 
lus luchas de i.-:iriicter personal. 

Entretanto los conservadores de pu.'a raza no deja- 
ron de írLVuentar el Ateneo, que les debió su vida y su 
fama precisamente en el período de l^óiJ, á IS/ñ, cuan- 
do los hombres de la Revolución entuban entretenidos 
con las agitaciones del Piirhimento y de las calles, y no 
tenfan humor, segiin dice Rafael María de Labra, para 
las cspecitiacioties íranquilns. Aparte de alpiuios pro- 
fesores como el mismo Labra, Tubino, Revilla, y hasta 
cierto punto Víilera y Canalejas, el resto de ellos lo 
ojnsiiluian Cañete, Rosell, Maldon;ido Macjmaz, Bena- 
ridcs, ViLinova, Bravo y Tudela y el P. Sánchez di- 
Tiyiendu la Institución C;inuv;ís del Castillo, y la sec- 
tii.n de Ciencias morales y politicéis Moreno Nielo. Los 
üisi ursos presidenciales del futuro jefe del partido con- 
servador \ 1S71Í-I873) y del último de los oradores cita- 
do-; [I87t»-l!i7Sl, coinciden en su fondo conciliador y doc- 
trinario, tal vez favorable a los principios racionalistas, 
y tal otra ü las eternas verdades del Cristianismo. 

Después de la Restauración se han planteado en las 
nirresponUicntes secciones del Ateneo lodos los proble- 
mas científicos y .sociales que agitan la Europit mo- 
denui. y se ha discutido, por lo que toca ¡i la Literatu- 
ra, sobre la decadencia del Teilro español, el estada 
presente de nueslra poesia lírica en general y la rcli- 
in'osu en paiticular, sobre el naturalismo en el ortc. so- 
bre si la forma poética está ó no llamada fl desapare- 
cer, etc., etc. 

Desde el año 1SK4 cuenta ct Ateneo con casa propia 
j acrece en vit:didad, de <^ue ha hecho ostensible alar- 
de en publicaciones como la serie de conferencias 
históricas acerca de La EspaOn iltl siglo XIX, serie 



334 LA UTCRAnmA ESPASOtJI 

forzosamente desigual, pero que contiene unos pocos 
trabajos brillantísimos. La misma dcsigUíiIdad se echa 
de ver en las veladas literarias, en las que alternan 
Tcrdaderos poetas con rimadores pedestres. Sin em- 
bargo, ninguna insiliueirtn anilloga puede rivalizar 
con el Ateneo en la importancia de sus tarcas, ni en 
la exterior engendrada por el aprecio y la atención del 
publico. 

Iji prensa periódica en su última etapa ha coadyu- 
vado también poderoiísimamcnte á la difusión de todas 
las doctrinas y al sostenimiento de causas é intereses 
encontrados. 

Con la revolución de IRbS surgió, como para ser su 
verbo en el orden intelectual, la íftvista de España, 
que todavía dura después de pa&ir por algiln cclip?*, 
aunque sin el prestigio de otros días. Seis aAos despuOs 
de la precedente apíireciólii Revista fiitropea, publica- 
da por los editores Medina y Navarro haiíta el 1880, y en 
la cual, lo mismo que en la Contemporéfwa , de D. JosO 
del Pcrojo. se insertaron infinitas traducciones alema- 
nas, inglesas y francesas como medio de propiignr toda 
suerte de tcoríiis exóticas. Perojo se proponía dar el 
golpe de gracia al krausismo y entronizar la escuela 
neokantiana, que ñ muchoji renegados de la de Sanz del 
Rio sirvió de puente para dar consigo en la positivista, 
según aconteció, por ejemplo, ó Manuel de la Kovillii^ 
tan insigne critico como voluble é insignificante mere 
deador de la ciencia ftlosófica. La Revista Contemporá- 
nea pasó á ser propiedad de un personaje conscn-ador. 
D. Josí de Cárdenas, y conservadora es actualmente &u 
Redacción, de la que forman parte el distinguido inge- 
niero Rafael Alvarez Sereix, el caletlrítlco del Institu- 
to del Cardenal Cisncros Soler y Arqaís, y otros escri- 
- torcs de la misma procedencia, salvo algún intraso ene- 
migo de la Religión y la Sint-ixís, como el orondo cx- 
tremcrto NicoUs Díaz y Pérez. 

Ln ¡lustrado» Espaiiota y Autrricana, que sucedió 




RN EL SIGLO XI£ 325 

eo 1870 al Museo Umversal, ha llenado su texto con las 
(ToJuccioncs literarias de cuíintos estriben en Iti Pe- 
nínsula, y en Ultramar, desde los maestros indiscutibles 
basta los aprendices del montón. La Rex-ista Hispano- 
Ameri<aHa, nacida en 1881 , disfrutó una primavera bri- 
llante pero efímera. 

Por su carácter predominantemente ameno se dis- 
tinguen ahora La Espaiia Moderna, que se iníciú en 
18á9, y el A'un>o Tcairo Critico, que por sí sola redacta 
«loDa Emilia Pardo Bazán. 

Contra el espíritu más 6 menos libre y heterodoxo 
de tas antedichas publicaciones han luchado los católi- 
cos, no sólo insertando en ellas artículosde sana tenden- 
cw, sino fuDtlando La Dr/fHsa de la Sociedad, diripda 
por E. Carlos M . Perier en sentido algo liberal, La Ciu- 
dad dr Dios y La Ciencia Cristiana, p;ira las que lo- 
gró reunir D. Juan M. Orii y Lam una pléyade lucidi- 
nmn de escritores, sobre todo para la última, iniciada 
en lí>77, y herida de muerte por la funesta excisión de 
inicgristas y mestizos; Aa ílusíradÓN Cníólica, la Re- 
vista de Madrid, órgano de la Unión Católica, la Revisi- 
ta Agttstimatta (hoy ¿a Ciudad de Dios), que cuonLi 
iwce años de holgnda y próspera existencia, la Revista 
Calasaitcia, que dan á luz los Padres Escolapios, etc. 

En provincias no pueden rejíistrurse publicaciones 
de %x-rd¡idera importancia: las de ííarcelona, si se ex- 
ceptiian las consjiíjradas á fomentar ci movimiento ca- 
Ulunisui, como Lo Cay Sat)€r y La Rcftaíxfptsa, se re- 
ducen a La llustraciótt Ibérica, La IlustracióM fíispa- 
íta- Americana y La Hormiga de Oro, que, como La 
Revista Popular y Dogma y Razón, se mueve sólo en 
el circulo de la propaganda religiosji; la Revista de Va- 
lencia, fundada en IHSI, refleja con exactitud el movi- 
miento intelectual de la ciudad del Turiu, lo mismo que 
d ya finado Miisro Halear recoció en sus páginas las 
m.ls oIorosiLs llores de la literatura mallorquína. Podría 
aiiirRar este catálogo de publicaciones regionales citan- 



336 LA UTERATURA ESPA.IoUA 

do otras varias como La Jtu^tracidu Galliga y Asiu- 
rimta, la Revista de Asturias, etc.; pero me creo dis- 
pensado de hacerlo en gracia de la brevedad. 

Por idínüca razón me abstendré de penetrar en el 
d<Sdula de la prensa diaria de Madrid. AdcmAs, todo cl 
mundo sabe que La Época y La Iberia sim los dos ór- 
£ano,s respectivos del Kindo conservador y el fusiünis- 
ta, y mantienen la misma política, poco más ú menos, 
que antes de la crisis de 1868; que La Fe continúa las 
tradiciones de Aa Espt-raiisa, que EX Sif^io Futuro se 
crcfl para sustituir A Fi Pettsanuítito Español, y. des- 
pués de predicar la lntransí(tencia carlista, se separ* 
del partido de este nombre, fundándose ron tal motivo. 
por orden de Don Carlos, El Correo Español, ■ que Aa 
CorrespoMfieHcia y E¡ hupardaí son los dos peri<idi- 
cosde mayor circuliición en la Península, siguiéndoles 
de cerca Ei Liberal, republicano independiente; El 
Gl(ü>o, de Castelar; El Resumen. El Heraldo de Ma- 
drid. El Correo, Im ühíóu Católica. El Movimiento 
Cat ótico, etc. 

El cúmulo de ideas y sentimientos infiltrados como 
san^c nueva en el organismo de la Literatura por la 
marcha de los acontecimientos políticos, por las últimas 
variaciones de la cicncúi, y por los vientos de la discu- 
sión hablada ó escrita, serena 6 tempestuosa, no cabe 
en los estrechos moldes de una síntesis nípida y super- 
ficial. Baste A mi prop<>sito advertir que la era contem- 
poránea es de combate, y que en las letras se preocupa 
más con cl oleaje diario de la vida, y los intereses pal- 
pitantes de la actualidad, que con las visiones y los re- 
cuerdos de lo pasado. 

lln ta lírica se irguió la musa de Nünez de Arce 
para anatematizar los crímenes y horrores de la dema- 
gosria en triunfo, y congregó al derredor de s¡ á otros 
poetas menores, no todos identificados en cl ftmdo con 
su modelo. La Religión, el patriotismo, cl amor y las 
aspiraciones eternas del alma han tenido intérpretes 



B.1 U. SIGLO XDC 327 

no siempro inspirados que, al recaleniar manjares de 
que ya se encuentra hastuida la pcneración presente, 
dieron origen al Uescrítlito de la forma puéiica, y :ü 
reinado, dispuesto por muchas más cúncaus:is, del 
análisis y de la prosa. 

En el Teatro penetr<i el realismo & medias y en 
compaftia de las exagcniciones románticas, todo ello 
personificado en el turbio aunque poderoso genio de 
Eehe^aray, cuya razón busca lo verdadero con ansie- 
dad febril, mas cuya fantasía desordenada sólo se muc- 
re á f!:usto en el alcázar de hermosas mentiras y esplen- 
didos delirios calderonianos. Las imitaciones de Eche- 
garay, Ayala y Tamayo, y de los modelos de la fipoca 
rumántica, cunstituyen, junto con el género familiar y 
bofo, las principales direcciones de nuestra novísima 
litL-ratura dramátii-a. 

Pero el ejemplo de Francia y el Ímpetu irresistible 
de lu moda han dado á la novela el cetro de que hacía 
siglos estaba desposeída, y la representación de las 
creencias rcligiosíis, de las aspiraciones reformistas y 
del gusto general dominante, á üi vez que la crítica, 
tans:*Ja de mirar Iiacia atrAs, asumía el papel del ma- 
■ io con sus responsabilidades, tratando de dirigir 
- -r'iuión del publico y de los mismos autores. 



^í¿ 



i;íi;*J:;TiT?í?:'a:->: a: a;** »* t-ít-rri : 



CAPÍTULO x\au 



LA POESÍA Pn-OSÓFICA Y SOCIAL 



Nkft«t de Are* ■. 

CASO raro que un artista, dcsconücicndo cl ii 
pulso (le su vocíicíón, la tuerza ó la deje 
activa, em|ieñ:Índose en labor tan fatigosa coi 
es lucliar contra lo tnslintívo. contra lo que espon- 
táneamenie brota de la naturaleza. Tal cuentan que 
pas<V & Malebrache y a La Fontaine con sus talentos 
para la investigación y la poesía, res]x:ctívaniente, 
hasui que el despertador de una circunstancia feliz los 
vino ú descubrir & sus poseedores y al mundo todo. 



* Bn V'ültadolld. caaa del gru pocln li.-grndarl« ZorllU. >lao Uflit 
■itieilo, rl din 4 Je Asonin J< \ÍU, ct prlndfc d« nueilrus UrIroH i 
D. líatpnr NiUlc^ d< Arc«. Siendo nlflo ladarla. pai>6ccasutaralUni' 
\a vtc)ii dudaJ Di«iBBi«ntal, ih-uuyiiKDlnnno yaubtcrocjinUteritiieilartnl 

IU»cn ti ttcl tnemlo pnxot qii«i Im qulmT »im* hacia rtpmcniar iin4ri 
aptfloilhKMnu). y i Ion JiM-lnarv« trntialu rn lu Kcd.iccMn di'l pi^rliMIcoi 
IrAo Kl Oiurr^aar <iln hU>> rrvoflMtidaclonM qiu U del (irajiío vnkr p^rwiniil. 
No uirdiS Niinm Ji- Arce m «dquldr >v¡niiai.'(<^ doptrlHlHla por -nu arilculi^i 
taValbtfiít. JcCiüro .XsmisIo. Durante Ib cucrra de Alrica ■corapaflA cmf 
tu) tómente al GL-nrnlO'Dofiiwtl, y lu* comtponMl iM antedicho diario pro- 
xreaUtn. En 1^ icprovntó for rrliüc-ra «ci eatao diputada áVnIUdoIld. 
Dtipu^dcU vrilU Ji- \iM di-scmpclti I» vnrG^idc CotMnuidordrlli 



BU EL SIGLO XIX 329 

No Sé si podrA decirse lu mismo del gran poeta de 
los Gritos del comhaíe, La úifinia tamentadÓH dr Lord 
ByroH, El vértigo y La fitíica. \'eime :iDos estuvo re- 
presad;! aquella corriente ¡mpetuosii, que en muchos 
menos ha recorrido tanto, siempre con la misma pu- 
janza, con el mismo insuperable éxito; y, lo que más 
asombra, esos veinte iiftos. no lo fueron de estuciunu- 
niento, sino de gnin actividad en otros rumos üe litera- 
tura, para los cuales eran evidentemente menores sus 
fuerzas y monos apta su condición. 

El ardiente polemista de La Iberia, el autor dramá- 
tico que produjo Dfttdaa de ¡a fwnra, Justicia provi- 
itmcial y AV ha3 df leña, sijlo hübía ensayado su nu- 
men, futra de las tablas, en diálogos jocosos Ue un 
pesimismo negro y desalentado & la manera de Lco- 
Ittrdi. dÍAiog:os de ultratumba que compendian, exa- 
eeráadolas, la^ miserias de la vida humana, y tienden 
* probamos la superioridad de Los irracionales sobre 
«■■1 hombre por la mayor suma de una íelicidad anti- 
lética O imposible. Hizo bien Núftcz de í\rcc en no 
mezclar esas rapsodias con los (aritos del eomfiate *; y 
na la que por ria de muestra introdujo allí, con ser 
menos extravagante que otras, como Líi desf(racia y la 
ttMÍura, todavía desdice no poco y ocupa ün lujsar in- 
merecido. 

No fueron, ni la brisa leve de los primeros amores, 



UMh Plreaor Jri UUHtnIoiSi' UlKiimdr v .'icircuirlodtia PictiJcncLa tlc-l 
iSaMcituí 4 mlt (Ir) eoliM-ilt' KuaJí dt IKTI. Slfwlraijnut (tdIucImh* ddfiai- 
ttia pt:^¿rf*itia, trctwvi^ U Irtcnlídad |>racfUBa4a vn KAfwlUi, y mccfli 
iMB U 'tarví» ■]< nui»B*r cii un-j Jv U-t Ctahlnttri pn-ildM'» por S<i|piiiit. 
LAd ponini Oc NdCti de AKt tian lo^t'itda m^yoT (nituno qur Im> de ninfiUi 
mn ■n)OT «iMBfrl. nvitsU f^nUMvlBi'oiooMi AiUflca. KRAn lepatmli» 
ri l«biUiii« nfincfo Jtr uUclan» meMmJUt* rn i»«j pot^a• aAov AdcmA.*, vi IIuh- 
I tCKiMtM d«1oi OrilMdcJ n»*t4tf cntonnc nn cnilc4dlc»o4ed en Mencitilcf 
1^ Ittara. i|a» le CAiuagTO la maniTCllm;) M-molanni ttincfia m-l imtio II dr 

• thOm <ht onaAolr. pvtol» par D. G»of<" ÜMtt ilc Anv. lUdrM, IHnk U 
I iHOm táiOOm. teM* hoj tuim. a di tttlV 



330 LA UTBEtATCRA ESPAÑOLA 

ni el apacible viento de la inspiración religiosa, los que 
ajpuiron las recias y vibrantes cuerdas de estn podenv 
sa- lira, sino el impetuoso simoún de la revolución, las 
discusiones aculonulas del libro, las tempestades del 
Parlamento, las luchas políticas y las ambiciones des- 
bordadas, el rumor siniestro de Ui blasfemia, los char- 
cos de sangre, Ui marejada de las iras populares, qnc 
aborto juntos el periodo más nefasto de nuestra his- 
toria moderna. Tuvo Núflez de Arce notas de júbilo 
para las grandes acciones, pero muy contadas en rela- 
ción con los anatemas que le nrranaibti cl espcctdcalo 
de decadencia universal, de fraudulentos a^ias, de des- 
vergüenzas <■ infamias encubiertas con el haraposo y 
desgarrado manto de la libertad. Tan adecuadamente 
como de Qucvedu, puede decirse de Núflez de Arce: 

Fue su san^ienta sátira cauterio 
Que aplicó sollozando al patrio imperio 
Mísero, KanfH'enado y moribundo. 

El presagió en 1666, dos años antes de que estallara 
la revolución de Septiembre, su vergonzosa esterili- 
dad para todo lo bueno, nacida, no de una causa urtili- 
cial, psisajeni y extrafla, sino de estar corrompida su 
raíz, de ser aquélla la explosión de insaciadas vengan- 
zas y bizantinas rivalidades; él advirtió á tiempo que 
la libertad no nace de un cambio en las formas políti- 
cas, mucho menos si, basada en optimismos ideológicos, 
se opone al modo de ser, á los sentimientos y U'adicio- 
ncs seculares de la nación en que se ensaya. Pasaron 
dos anos, y sin advertir con el gran poeta 

Que cuando un pueblo la virtud olvida 
Lleva en sus propios vicios su tirano, 

forjaron los descontentos aquella tragicomedia coa su 
lúgubre cortejo de maldiciones y de ruinas; y viendo 
NúQcz de Arce tristemente cooñrmados porta roaUdad 



TitL mc.io XIX 33t 

sus ratícinios convirtió en látigo las cuerdas de su tira, 
Hngrlando sin picditd & la revolución cuando cntzaba 
las ailles coronadií de flores y en la cmbriHg'ucz de sus 
apetecidos triunfos. 

Al entonar el elogio fúnebre de Ríos y Rosas, el tri- 
bono fogoso, el revolucionario unionista í inconse- 
cuente, pero de indomable pecho y de cierta honra- 
dcj simpática que pocos posej-eron ni en su p:irtido 
ai en los dcm.ls de la coalición; al contemplar cómo 
dormía el varríii/iirrtí- cuando declinaba rt 5o/ de la 
faina, midió los limites del abi»imo A cuyo bórdese 
em-onintbíi aquella sociedad, víctima de sus propios 
excesos. 

1.a revolución avanzaba como la marea; el descoco 
rompirt al fin la máscara de la hipocresía, y entonces 
d poetn, en alas de su generosa indignación, la mal- 
«lijü en e^m> Estrofas, candente-; como el fueffo, ajfudas 
como puflal de dos filos, rumorosas y potentes como 
ittolns del Océano. La osadía de Juvcnnl, la sátira de 
Ouwedo, la viril entonación de Quintana y la íníml- 
üWc sobriedad de Dante, se dieron la mano para pro- 
tlocírias, y asi salieron ellas, preíUdas de ideas, resiñ- 
nodü iras y sarcasmos, presentando la verdad al des- 
BDdú y sin reticencias. Iji tencua castellana iiarccc 
aftioarse de si misin;i en tales manos, y nadie encarece- 
rá bastante "aquella rotundidad como de ariete", scgfün 
[la define un critico ¡nsifrnc. aqticl andar A un tiempo 
[llesembanizado y solemne, ¡uiuellii cadenciii casi mu- 
[stcikl de puro numerosa. Habla el poeta de la revolunón, 
dice: 

No es In rcvolucirtn raudal de plata 
Que fertiliza U extendida vega; 
Ea sorda inundación que se desata; 
No es viva luz que se dilunde grata. 
Sino conTuso resplandor que cie^a 
Y tormentoso v*':rtigo que mala. 

tabla de la libertad, de aquella blanca virpen qtie 



332 LA UrCKATUBA ESPAitOLA 

columbro tn sucflos, /wím/í dt perenne glorio y ángel 

vengador que (-asiiga á Iüs tíranos con la historia corno 
con hierro enrojecido, y al ver su imagen arrastrada 
por el populacho y sumida en los más inmundos loda- 
zales, excliunii con ín<iig;naci()n: 

mas ¿quf dip^o?. . . 

No eres la libertad; disfraces fuera; 
Liconcia desdeñada, vil ramera 
Del motín, te conozco y te maldigo. 

Todo es íjrandiosu en estt? monumonto de la [loesfa 
castellana; 1u cuerda do Li inspiración, siempre flexible 
y altisonante, ora produce vibraciones suaves, ora esta- 
lla en violento chasquido, y jKirece romperse cuando al 
punto torna A su natural y prístino eittado. 

Bien pueden considerarse las Estrofas como el can- 
to mas inspirado entre los que Núñez de Arce dedicó á 
la revolución ospafloUi. De ellos, y fuera délos enume- 
rados, merece honrosa, aunque no principal mención, 
el que lleva por titulo A Emilio Castelar, cuadro don- 
de se reflejan los ültimos sucesos de aquella sanijTicnta 
historia: \i\ barbarie cantonalista y el período de insu- 
rrección anárquicí», al que había de suceder, como l<>- 
gico desenvolvimiento, una dictadura mílitíir irrespon- 
sable y efímera. 

Pero apartemos los ojos de esa cenagosa charco, 
porque 

Nunca la ruin bajeza h^ merecido 
Censura eterna, sino eterno olvido; 

busquemos algo de mAs significación en el seno misma 
de la demagogia, que si no merecen atencidn sus des- 
enfrenos, la piden forzosamente sus raciocinios. Na 
cabe exhibirlos más de bulto que en el diillogo París, 
donde mutuamente se recriminan un huraués de los 
que nada ven sino por el prisma de su epicúreo utilita- 
rismo, que piensan detener A la hiena revolucionaria 
con espadas, caQones y gendarmes, y se entregan at 



BM BL SIGLO XtX 333 

'saeflo de la indolencia sobre el cr.lter <Ic un volcán; y 
un lifHtafiofío de los que no se comentan con fórmulas 
Ricín* y ¡iltisonanics, de los que busmn la consecuen- 
cia con el prindpio. y. abrazados al absurdo, no lo 

I uboiKlottan con tímida irresulución. Quíz.1 desentona un 
poco en este diálogo la sequedad de raciocinio; pero 
al Iftdo de Ift precisión silogística hierve la lava de 
la pasión, que revienta elocueniisima, salvaje, subli- 

imemcfite feroz, en la arenfra impi'ecatorta del dema- 
coeo contra la metrópoli del vicio bañada porlasa^ruas 

I del Scoa. Nunca se demostró tan bien cómo las blancas 
alas de !a Poesía pucdin, á la manera del SíjI, ixrnctrar 
en el infecto estcrquiUnio. abrillantando su pureza en 

I vcx de mancharla con inmundicias. Si suenan allí vehe- 
mentes los gritos de la discusión, no es i^ira aho- 
gTir el aliento del poeta con virtiéndole en declamador 
vulgar, sino para IcvunLirle sobre si mismo, haciendo 

[que el numen poético, la imagen delicada y el verso 
fAcIl sírviin de riquísima vestimenta <1 un i>ens:imiento 

; digno de ella pur sus colosdcs propiírciones. 

Con esca poesía nervuda. ípica y escultural ' ha 
hermanado NiSflez de Arce otra de muy diferente natu- 
raleza: la poesía íntima y psicológica de Tristezas, y la 

I Epístoia sobre La duiia. Trist^^ras es un poema de do- 

! lor y de ternura, donde surgen, como por evocación de 
un mai^o, los recuerdos de la infancia, los vidrios trans- 
parentes y la filigrana de las caiednilts góticos, la 
calma y la obscuridad del templo sagnid», la oración 

¡que sube d los cielos como una vir^tM sin mancha: 



■ ■ 1 ij lili Mlf*rt. nw, ^ln eirhiiri!»i. no pirilr anin""*"'» i1 

a^^ . , r^t'^'lv ni i T'iíJrku, Kl a ^ard, i>nn <i'rpi3n.ta. ramaatTp- 

ImbI ti^i •■'. '^, (I Hltrrtrt 'Ktnr aolej* un cranlkn- 

U i|b \ .< rrnlMDD. i< nonsimo-ji UnnsInarliM ou« 

Mi-<* i«r Ki*ri:i V •.'7111 puní') pi:>r Mieivl Aii4¡Tt.,Ubii|«ilo po' 

flur ... V'elAiqUrc MnbrcJilo jtor llntORtlo r- fllunitrada |H>r 

IfasiicnaadL* ílWtb» Htfart» aobrt ha fMfv« iM eviticU. - Ktf(<U fA*n«f«a, 
l.imf. t\ nnm. "Vi ' 



331 l^ tUGRATDRA ESPAÑOLA 

ttnJo contrastando con las vacilaciones y angrustias de 
un corasón acostado por el esceptii-isino, sin csperun- 
zas Y sin fe, que siente obscuro y desolmio un ciclo an- 
tes lleno para ¿1 án/iügorcs y hanttonfas. Apenas ca- 
be leer con ojos enjutos csii confusión sentida, ardiente 
y dolurosii, donde tantas otriLS se adivinan, donde upa- 
vecen en su repuírnanie desnudez el indiferentismo re- 
lí^oso y la falla de ideales lijos y elevados, como úlce- 
ra gangrenosa que corroe el corazón de nuestra socie- 
dad. Lo mismo pasa con Ul Episíoia. en que se Juntan 
con La queja individual y propia del poeta las que Ic 
inspira el espettáeulo de tantas otras victimas de osa 
duda, que él asemeja ya Á las tumultuosas y embrave- 
cidas aguas de una inimdaciún, ya al reptil cuyo diente 
se clava en lo mrts hondo de las entrañas. 

Vetando su pens^imientu en la alegoría, quiso tra- 
zar en Raimundo Lult'o la misma historia, que tal in- 
lluencia tiene sobre Nürtez de .-Xtoe acaso por haber- 
la leído muchas veces en el fondo de su ser; la man- 
zana tcnudora de la ciencia, nrrebatíindo al hombre 
hacia sí y dándole A gusuir luego las heces del dcsen- 
fi-arto. Sin embaríío de lo cual, y de que el poeta ex- 
plica (i su modo, en una introducción, el sentido ínti- 
mo del poema, pocos lectores habrán dejado de olvi- 
dar la advertencia A las pocas líneas, pues la pasión 
tan verdadera y tan humana de aquel desventurado 
mancebo no permite reparar en sutilezas extrañas al 
asunto. Ni ¿ste ios necesita tampoco para que muchos 
episodios, como el de la entrada en el templo, la carta 
de la doncella y el desencanto pavoroso de Raimundo 
Lulio, rivalicen en invención, en poesía, y en el arte 
sctTctisimu de decir poco para hacer adivinar mucho. 
con las mejores de la Divina Comatia. Niiñcz de xVrce 
ha sabido hacer de la leyenda que tontas veces recor- 
daron nuestros ascí-ticos, un poema inmortid, quizá lo 
mejor que íl ha producido nunca, como quiere el 
Sr. Mcn(índez Pclayo, dado que en esto de pi'efer encías, 



KM EX. SIG1.0 XIX 3S& 

y sin salimos üel caso actual, entran por mucho las 
afici'nnes indivitluiílcs de cada crítico. 

Sin embargo, iil ararccer los Grifos del combate, fue 
ton unilnimc el aplauso, fueron tan escasas y por lo 
:n tan ajenos al arce las censuras, que puede con- 
,;,->. i. kfsc éste por uno de los triunfos más gloriosos é 
indiscutidos de nuestra historia literaria. De tales cen- 
<;uras dos son las mAs repetidas, y una sola de ellas con 
fund-'iniento, A mAs de que Ui otra fue prevenida y am- 
pliamente contestada por el autor en el nervioso pre- 
facio que encabeza los Orílos del combate. Díccsc ' que 
una poesía tan sierra de la realidad, tan empeñada en 
corregir y amoncsuu-, resulta empalagosa, y que, coma 
til cabij no dejan de ser razones las de Núñcz de Ar- 
ce porque anden cubiertas por el deslumbrador ropaje 
del verso, todas ellas vienen á coseflur, dcspu¿-sdc mu- 
chos roileos. lo que enseña en pocas palabras un libro 
dcntfñco. Esto mimifícsUL una ignorancia crasísima 
sobre las nociones m;is c-lemcnLiles del arte. ¿Quiín no 
ve que con ese criterio se destruyen por su base to- 
dos los géneros de poesía, ya que las Mestmas, de 
Tirteo, y las Stfttras. de Juvcnal, y la Divimt Come' 
dio, y los citnttcos de Vr. Luis de León ú San Juan de 
la Cruz, y las odas inatrlOticas de Quinuna, y todos 
tos versos, en fin, que añrman algo y á algo tienden 
(sin excepttutr siquiera los pastoriles y amatorios) pu- 
dieran reducirse A huniilüe prosa sin perder un ¿Itomu 
de su fondo, ni cosa alguna que no sea Ui forma artísti- 
ca? Al poeta no le toca tanto convencer como pcrsua- 



»r.>. iKira ni> itctmmllr ctta vm «u nfidmtniM. conrimia por nrK'*r '* 
I it- ■!• fTMlH gup iliTpIuri Nan«i i1b Aivc y pan tí «un ilc t'iilKS toa 
'»n y U laplolnJ JH prncnlt, )' U> bU'frmlM^ de loi «a- 
Itse inAi i|UL- |<iii« llarar. Asi »e miiEiiia un mnl ai ciüilo 
> i)a> i't lUnu iliinaMton.it, poirnalitldo loa n^irtllcf 
I coBNUm *l UUrrtrt por Ia miV •**' lomo. lOMUitUra- 

jKc.-JfaWain OiniTM, «d» UCÍ. Uno IV, Bttm. i04 



336 



LA LITeSATUBA BÜTARoLA 



dir, ni hablar s<^lo al encendimiento, sino al corazón; su 
lenguaje deLx; ser el Icngu.ije del cniusiasmo sin dejar 
de ser el de la verdad, 

Y con esta adición doy ú entender que si no le níe- 
fro ninfifuno de sus privilcícios, si reconozco que no es 
sayo el terreno de la investigación científica, no It 
considero, sio embargo, libre para estampar todos loe 
desatinos y licencias que se le antojen. Tení:o por ab- 
surda la irresponsabilidad, como de reyes constituciona- 
les, que Hcinc otorgaba á los hijos de Apolo; y por eso, 
en medio del deleite con que me embriagan los (fri- 
tos del cottil/ate. no puedo menos de reconocer las enor- 
mísimas inconsecuencias en que Íí cada paso incurre 
el poeta, tales como el deplorar las impiedades y horro- 
res de la revolución, al mismo tiempo que bendice sus 
principios, sus hombres y su bandera; el sacar íi Ui ver- 
güenza los excesos de hoy, considerando otros análo- 
gos y de íccha mu}* reciente como conquistas de la ci- 
vilización; el llam;ir libertad degenerada y ramera del 
motín íl la libertad revolucionaria, y entonarle íl esa 
misma con otros nombres ditirambos pomposos y mag- 
níficos. Inconsecuencias todiusqiie iifean los cantos de 
Núfiez de Arce, habbmdo m.is en pro de su corazón, y 
de la rectitud de sus miras y carácter, que de la esta- 
bilidad y buena dirección de sus ideas. 

Numen tan abundante y robusto no había de con- 
tentarse con sólo un tono, aunque tan rica y esplén- 
didamente variado como en los Critos del combate; asf 
que en pos de ellos y del Raimtnido Lidio apareció 
un poema de menores dimensiones que éste y de cn- 
Tácier casi encontrado; un idilio, no íl la manera út 
Teócrito y Longo, antes bien Ubre dt- sus mórbidas y 
provocantes desnudeces, ni menos ¡dmibarado como 
los del pseudoclasicismo con las ílofteces bucólicas_ 
de marras, sino verdaderamente campestre y cot 
vetlor, perteneciente il la familia de /irruían» y Pon 
ua, de fivan}¡rltna y Ul- Min-ya. como ha dichu Me- 



EK El. &IÜLO XIX 337 

oioiivz y Pclayo. Cierto que no alcanza ni el perfil clá- 
sico de! poema alemán, ni el interís del norteamericano, 
ni la sencillez casi homérica que imprimió en el suyo el 
principe de los modernos trovadores provenzales; pero 
de los tres participa algo, y es sobre iodo un ensayo fe- 
liz de poesía realista en el buen sentido de la palabra, 
ensayo que tiende á introducir en el vocabulario poéti- 
co algo del que emplean los labnulorcs <ie Castilla, se- 
gún expresión del insigne crítico mencionado. 

Otra cusa es Li £JegÍa íi la muerte de Alejandro 
Hcrculano, el austero ú intencionado narrador de las 
cmdicioncs ponugucsas, y cuyo carácter tanta scme- 
jaaza tenia con el de Núnez de Arce. ^Vmigo el poeta 
dv la revolución ni más ni menos que su héroe, subli- 
ma en <] las virtudes cívicas, la espartana é indomable 
eatcreKfl, y va evocando, al par de sus hechos propíos, 
los de los personaje» ¡i que dio vida su ima};ínaci<>n, 
ücskIc el sacerdote Eurico hasta el arquitecto ciceo de 
ím bóveda. Hay en la Elegía algo del arranque varu- 
oil que nos suspende en los Gritos, pero es más sobria 
la forma, como conviene al clAsico terceto, sin dejar de 
ser nitidií y tríuisparcnte. El final cncierní una usplni- 
ciíin hacia la unidad de esos dos pueblos que nacir- 
ron pitra ser uno, que acaricia el sol con un mismo 
bc«o, y que tienen una sola bandera y una misma his- 
toria 

En La úi(ima lamentad mt fie Lord Byron (\&7S) 
ensayó Núnez de /Vrcc la epopeya, tal como & su juicio 
debe entenderse en las mtxlemas literaturas. Así prefi- 
rió la queja (niima y :imar<ru, ta indecisión ^mgustiosa, 
tos lucha.s del espíritu, en fin, al choque violento de la.*; 
annas, d los conquistas bélicas celebnidas en otros 
dios, y precisamente fue Á busaír un personaje marnvi- 



■• pvn íifíS; U üT'irtii <ii U ml>nu /(iMtrartM, y »nbn> turto* co un rirlirtn 
WW^MluiMUd» vdfiu «dMonn. 

TOHO U ^ 



338 LA LITERATURA BSPAfiOLA 

llí><;nmente itpto para el incentu; poeta, soldado y aven* 
lurero, encarnaciún pcrfocia de su siglo. Cierto que 
para eniifrandecer A su liérüc hubodcimitiUirle, cerran- 
do voluntariamente los ojos A tantas torpeza^; momles 
como afean la vida de Lord Byron, fijándolos sólo en 
sus desventuras, que forzosíimonte habían de haceile 
simpíltico, y en su entusiasmo |xjr la libertad de Grecia, 
condensado en aquel hermoso rasgo final: 

Grecia me espera; 

Doblo aate so tnrortunio La rodilla; 
V mientras llore oprcsa y desolada. 
Lira, déjame en paz, ven^a una espadal 

Cuanto A la parto descrípilva, pocas veces rayú tan 
alto Núfle/ de Arce como en los versos que le inspiran 
el recuerdo de las glorias hclínicas, y más aun los de- 
nodados ¿- infelicísimos esfuerzos de las ciudades some- 
tidas A la tiranía turca por reconquistar su independco- 
cia; la trágica muerte de los suliotas y el arrojo de 
aquellas madres, digno de Sagunlo y de NumaDcia; toda 
la espantosa dattsa de ¡a muerte, en que siempre se 
conserva el poeta & la altura del asunto. 

Otras veces, antes de entrar en este episodio, decae 
la inspiración, y hay series de octavas de lento andar 
y trabajosa factura, sin laEO que las una entre s[ y for- 
jadas como al acaso; cosas todas tanto más de cxtraflar 
en Núnez de Arce cuanto menos frecuentes, atendiendo 
A lo connalunil que le es el lenguaje ixxítico. 

Algo parecido debe dei^irst: do La selva otsctnra 
(1879) en algunos pasajes, aunque bien puede atribuirse 
aquí A las exigencias del terceto tí á la vaguedad pro-' 
pia Je Uis alegorías. ;Quit^a sabe si. instintiva ó inten- 
cionadamente, quiso el imitíidor de Dante reproducir 
en un idioma ya formado, rico de dicciones, rotundo y 
barmünioso, las asperezas que se notan en el modelo, 
procedentes de íl en parte, y en parte de no haber 



KX EX, SIGLO XXX 339 

tenido apenas predecesores en el manejo de aquel tos- 
cano tan melifluo en Iiis estrofas de Tasso y el Petrar- 
ca? Sea como fuere, Ndftcz de Arce ha introducido 
entre nosotros el terceto dantesco lo mismo en £m selTM 
ohscura que en Raimundo Luíio, empresa difícil por 
la misma exuberancia pomposa de nuestra Icnguii '■ Con 
la forma del maestro se asimiló su exiraOo y dot:trinal 
simbolismo; y como Dante buscó A Virgilio para qu^ 
le condujera por las tenebrosas regiones creadas por 
so fantasía, así buscó X Dante su imitador, y puso en 
sn boca p;iUibras qu*.* C-l no tiubieni desdeñado. Arre- 
batóte la inmaculada ñgura de Beatriz, sin luicerle per- 
der uno solo de los rayos que coronan su frente en el 
Parmtiso, y personiHcó en ella todo lo sublime, todo lo 
que un medio de los afanes de esta vida nos hace recor- 
dar otra mejor. 

Nancz de Arce, que á pesar de ciertas Ideas ha de- 
fendido siempre con ador la causa del espiritualismo, 
y que con tan varonil elocuencia denuncia repetidas 
veces la falta de caracteres, la anemia moral y el des- 
fallecimiento cfíóísta que nos consume, ha intentado 
oponerles un dique en sus versos, y Á ese propósito 
tfbcdcce La sth'a obscura. En otras composiciones se 
habla contentado con llaKt-Iar el vicio; aquí nos mues- 
tra de Heno lo que él esiima su antídoto. Hentrtz es d 
amor purisimo y la esperanza indefectible, y la luz 
nmoriis;t que conduce li los extraviados, y cl aliento 
que fintilica i\ los díbiics; es cl idcid de la virtud y 
MI recompensa, el estímulo en^endrador de los altos 
pensamientos y las acciones heroicas; ideal hermoso y 



1 CMtlMmindMM CDM «I Sr. MmMdct PcIbj-o vn ntmmxt l« iHHUBcla 

1. no ponlv Aitmliir nm iru Unlt-Q <\ c|cmiil« de P«uila tn la J> 
K i>4lliui oittM «ntcrlofc» .i|ii(cn lo crüycr*! ea dot Iryniila» ronuui- 
' '-MM éi t— y ím «MUflu mUatfMO, dcb(d«a mficvtlvanMite al Do* 
^a* 4i KrtM y at 0«i|ne d« IUv««. 



3J0 LA LirntAniiCA eSPAJtOLA 

deslumbrador en sí, pero infecundo y deficiente, como 
no Ínflu{dD por la savia de la fe cristiana. 

Es tal la aficirtn de Nüflet de Arce A la poesía do- 
cente, que la cncrcverd hasta en el gíncro mAs refrac- 
tario, en Ul leyenda. De todas esas grandes rerdiides 
que forman, di^iimoslo n.tt. el pntrimonio de la huma- 
nidad, y que 6\ tanto preconiza, es perenne dcmostra- 
■ci<5n el acento de la conciencia, que nunca muere aun- 
que se mitigue, ni cesa de amonestar al hombre cu 
medio de sus crimínales extravíos. Piirccc la pcrsoni- 
ík-aciún de ellos Juati rff Tobares, la figura má.-i culmi- 
nante de £? vériigo (1879) ': hermano cruel y sin enera- 
rías, déspota ccfludo que stílo goza con el clamor de las 
víctimas que encierran sus calabuüos. sin otro móvil 
que el odio rencoroso y brutal, sin otra satisfacción que 
el exterminio y la sangre. Perseguidor fiero de su her- 
mano D. Luis, DO le ablandan quejas ni súplicas, ni si- 
quiera la memoria 

de aquellas noches de invierno 
en que, al amparo de Dios, 
juntos oraban lo» dos 
en el regazo materno. 

El verdugo necesita saciar su cólera; insulta y hostiga 
iü inocente, cuyos pesares envidia, y, nuevo Caín, le 
hiere sin piedad, pcns;Hndo que ha de quedar tranquilo 
con evadir la vindicta de la justicia humuna. Pero el 
crimen, convertido en implacable y tenaz remordimien- 
to, desgarra el corazón de luán de Tahares, y coi 
sangriento fantasma vaga en tomo suyo haciéndot 
huir de los hombres y de sí mismo, porque, donde quie- 
ra que va. le siguen 



' PwBUt iQdUulo mtmtnblcnKHU po< KíiImI C«lra m d Teatro Su- 



BK HL SICLD, JUX 311 

loft ojos del nuevo Abel 
de cternn sombra cubiertos; 
siempre fijos, siempre abiertos, 
siempre clavados en éL 

El frairicida se derrumba en un precipicio al impulso 
de su conciencia, de es¡i conciencia A cuyo cargo puso 
Uiitó el resarcimiento de todas las injusdciíts y la re- 
compensa de todas las virtudes, haciéndola á un mbmo 
tiempo 

delator, juez y verdu^ '. 

Concepto altísimo que realzan insuperables primores 
de forma ; pues las décimas de E¡ vértigo son las col um- 
^nasde i IC-rcules de la versiíicación por su espontaneidad 
■ tersura, por su cadencia rítmica y por la combiniición 
le palabras, frases y períodos, siempre variada, hula- 
lefla y perfectisima. 
DuetVo de la rima y de sus secretos, no quiso el f^ran 
poeta convertirse en esclavo suyo; y así, pom dar unn 
jcbamíls de lo flexibles que son sus aptitudes, cultivó, 
Icspute del costoso terceto, de la sonora octava real y la 
nrtiflciosa décima, el verso suelto, entronizado en Es- 
pítña por el clasicismo intransigente, anticuado por la 
^invasión romántica y vuelto al esplendor de sus mcjo- 
es días por Núi^cz de-Arce, que desalió esta vez las iras 
de muchos encomíAdorcs suyos cerrando los oídos A por- 
fiadas censuras. 

No fueron pocas las que por esta causa excitó La vt- 

a'áit tic Fr. A/ariin {IS80) ', maravilladecolorídoy amt- 

fais psicolócico, aunque no los acompfiflc, como sería 

desear, la fidelidad histórica. r^Quién duda que N'úAez 

de Arce ha forjado un Lutero ñ imagen y semejanza 



t a MrUfa ha proiSikrldo un* InAnldaJ Je leytndM en JWlBMW. niUlitiM 
mnuí Jttl vni va <,x(ia(;i(U «leniu Je AiMonlo Hurtndoen tgmt meUo. 

• Bl pilnM:r liA^mcntu dr cUr poma «c fubllcd UmbMA Cfl «I jlliMHttfM 



312 LA LnCftATURA BSPAÜVLA 

propia, desicarrado por el torcedor di- la dudu, no en eT 
Sentido genérico que conviene A todiis l;uí <ípoca«;, sino 
en el que caracteriza A las llamadas de transición, y 
muy principalmente al siglo actual? Los mtiviles que 
impul-saron á Lutcro al proclíicnarsu reforma no fueron 
lus c-MTiipulos ni l:isv:iCÍl;i(Íones lnter¡ures,sino el amor 
propio despechado, la insubordinación presuntuosa y la 
lujuria sin freno; ahí está la historia demostrándolo con 
irresistible elocuencia. 

En loque ha hecho bien Núflez de Arce, es en pintar 
la duda, no con Faz hosca y sombría, sino ron el halaga 
propio de todas las tentaciones, y asi resulta tan poético 
d ósculo frío que imprime la visión en el pá-lido y sudo- 
ruso rostro del fraile. La roca adonde le conduce, y d 
cuadro de naciones en tropel qtie hace desfilar nntc so 
vista, son hijos de una fantasía creadora y gigiinto; pero 
guardan muy poco enlace con líi acción del poema, y 
sólo sirven para embarazarla con inútiles, bien que no 
can.^do.s, episodios. 

No significa mucho entre estas joyas Uernátt rl 
Lobo, pero si La pesca (1894), ensayo de poesía natu- 
ralista como cl Idilio, pero de mayores proporciones 
y m!Ís feliz ejecución. Si estrt lo sumo del arte en decli- 
nar los extremos del idealismo caprichoso y de la imi- 
tación grosera, Núflez de Arce lo ha conseguido m.-ís 
en (^ta que en ninguna de sus obras anteriores, porque 
allí la elevación del asunto y la nobleza de los persona- 
jes traían Lt inspiración de la mano; pero aquf el autor, 
caminando siempre al lado de la prosaica realidad, 
jamás se acerca á eila si no es para dcpurarlii, convir- 
tiéndola en poesía robusta, como ^rhol que crece al aire 
libre combalido por los huracanes; poesía que no tiene 
el perfume de las ñores de jjtrdín, sino que iranspim 
por todos cuatro costados el olor acre de la costa, y 
parece impregnada en los efluvios marinos, y nacida 
entre el rumor de la marea y los bramidos de la tem- 
pestad. 



BN EL dlGLO XIX 343 

jQné delicioso idilio no forma aquella enamorada 
pareja, mn ajena & las ambiciones y tan ufana de sí 
misma, con su franco cuohíchwi, sus geniales y pliici- 
das expansiones, realzado todo ctuí la esperanza del 
chiquitín futuro A quien ya parecen ver, el padre lu- 
rhando con las olas, y la madre ofreciendo ¡i Dios la 
hostia stmta de los altarest ¡Qué simpatía despierta el 
hoorado Mit;ucl cuando suefla con el hatillo de prín- 
CTpc que ha de traer su hijo, con la pesca rica y abun- 
dante que ha do darle su próxima excursión, y con la 
risueíla perspectiva que ha de presentar pronto su do- 
mistico Edén! El episodio del marinero & quien se ha 
muerto su hija, y que no tícnc siquiera con que darle 
sepultura, enternece tanto como el desprendimiento de 
Mífifuel, que consafifra al socorro del aílíg^ído padre el tra- 
bajo de un día. El llanto que brota de tales corazones, 
y surca esos rostros curtidos por la intemperie y sere- 
nos ante la furia de los mares, semeja la oculta savia 
que fluye h;ijo la Aspeni cortez;i de un Árbol. 

Pero donde el poeta se excede A sí mismo es en lu 
descrípcldn de la tempestad; de aquella ¡dtemativa en- 
tre la esperanza y el desaliento; de aquella generosa 
rcsoloctiin con que se lanza el ministro de Dios al abis- 
mo para salvar & los infelices náufragos; del esposo 
i|oc siente latir su corazón con la proximidad de una 
dicha, tan fácil --intes romo ahora imposible, y de In es- 
pora amimte que, rígida, sin senlido y con los ojos 
abiertos como para absorber la inmensidad de las aguas, 
presenc'u aquel espectáculo defjarrador, uin diíi'rente 
de los que hasta entonces recrfab;in su fantasí^i. Todo 
esto, escrito con el corazón más que con la pluma, es 
artístico porque es humano, sin que falte tampoco el 
colorido local, que apenas tiene semejante en nuestnt 
litcmtura si no es en las Eszittas ntotitafíesas y otros 
libros análogos de Pereda. 

Dcspuís de La pesca aparecieron algunas estancias 
del p<>ema Lusbel, y cumpleto el que se titula Maru- 



^4 LA urcitATintA KSrARoLX 

ja (1886), episodio vulgar Uc?l que acertó á extraer Nú- 
flez de Arce raudales de poesía familjar y casera, ha- 
ciendo i'ibrar la nota regocijada con ieves maik-es pa- 
téticos, lo niL<;nio que en otras ocasiones había inter- 
pretado los grandes sentimientos colectivos co la to- 
nunte bocina de las bat:iUas. 

¿A qué causa obedece c1 silencio proloncrado con que 
Núfiez de Arce mortítica á sus adoradores? Sin tratar 
de invcsti(rarlo, harí- constar, de nuevo y por remate de 
este capitulo, mi admiración sincera hacia el estupen- 
do vcrsiücador y el Úrico que subyuga curando no 
convence, y mi protesta contra los vapores de hctcro- 
dúxíiiL que empañan la transparencia y el brillo de <nis 
honradas, pero deílcientes, convicciones espiritualistas. 



'(^^^^' 



^ >#^: 



CAPÍTULO XIX 

LA POESÍA FILOSí^KICA V SOCIAL (CONTINUACnJif) 



CMoN Hnkla. Alrrali liAllua». B*rirlH. lUvIUa. .rnmrt. IUbmI 
Brl». It«j mu.-(JkbJnaTid«da. 



COK el de N*úflC7. üe Arce deben unirse varius nom- 
hrcj; menas; gloriosos sin duda, pero que repre- 
sentan un erupo importante llatnado á serlu mus 
cm tos dfas, dada la boga en que están las obras del 
nue&tro y los imitadores, No quiere esto decir que 
I") s«in todos las poetas que voy á juzgar: pues unos 
apurecicrün untes que él, en otros se notan tenden- 
cias y filiación artística muy desemejantes, y casi lo- 
dos aprecian de diversa manera el estado de nuestra so- 
dcdad. 

Nü habían de sonar muy bien las cnCrgicas apóstro- 
fo de Núñez de Arce A la eorrupcíón de las costum- 
bres, A la venalidad política y á nuestni universal de- 
cadencia, originada, scsrún el, por la re\"oluci<Sn, en los 
oídos del que fue su corapaflero en la prens;i y fogoso 
profrresista, CnrXiy^ Rubio, alma de fuego, á quien las 
vicisitudes df una vid,t ¡ixarusa impidieron depurar 
su pusio, tocado de hinchazón y propenso A las exage- 
raciones. Bien se conoce en todo lo que de íl conser- 
vamos, tanto en su olvidado drama Kiensi como en 



346 LA UTEKATUKA ESrARt)LA 

]as poesías Úricas, más' célebres por sus Idcns aviinza- 
Uíisquc por su vafor llierario. Distinguióse por ambos 
títulos lü elegía >í unas mvs, cuya historia no han olvi- 
dado los que serian de cerca los planes revoluciona- 
rios del General Prlm, con quien se hallaba entonces 
Carlos Rubio en calidad de secretario, compartiendo 
con él la esperanza del triunfo, las alcernativas de la 
insurrcccirtn y las penalidades del destierro. Nadie ig- 
nor.i lo que pasó en la intentona de IS66, y cómo desde 
Inglaterra comenzó Prim A disponer la otra que dos 
aflos adelante obtuvo un éxito tan triste para Espoíla. 
Pues en estas circunstancias escribía Rubio, que ahoni 
prorrumpe en los dolientes aycs del proscripto, ahora 
en la dura invectiva del tribuno, siempre desman- 
dado y sin freno. Exclama dirigiéndose A su admirctda 
Mbióttr 

Asilo ofreces plácido y sef^aro 
Al proscripto ea tu hogar, donde luctcnie 
Ve de la libertad el fuego puro. 

Y no se iuzga de su patria ausente. 
Porque es la libcnad la patria sama 
De todo corazón y toda mente. 

Vuelve los ojos A Espafla y evoca los recuerdos 
más felices días, y le parece ver esc suelo bendito, cu- 
bierto de glorías y tan distante de é\ por su mala suer- 
te, subyugado por un espectro que tiene en su deret^hu 
el crucifijo, ^»ilo de mía espada enrojecida cu HotUe 
sanare, 

Y en la izquierda la copa. que. labrada 
Por todos los demonios déla orgía, 
De impurez.-is sin lin esiA colmada; 

divisa el poeta todo esto, y esuílla en iracundas malí 
ciones comparando bis que él juzgaba vilezas del parti- 
do imperante con las de Luís XI, Cain y líaltasar. 

I-a elegía entera es un programa político donde se 
dibujan los horrores de la tragetiia revolucionaria, y dtí 



EK EL SICLO KIX S47 

ahi que alcanzase a<]uélta tanta bog'a entre los partido? 
dt oposifión, corriendo ¡i sombra de tejado y conquis- 
tando una impofLuicLu que L-n parte conserva á titulo 
(le curiosidad histórica. 

D. Josí Alcalá Galiano, poeta muy poco fecundo 
hasta aquí, y & quien Rcrilta tuvo por una gran espc- 
ranzu, se dio A con<xcr, primero como tradm-ior de Hy- 
moD. y en ÍHtfí con uim oda, ó cosa así, A la aholiciÓH 
de la tsclazutiid, oda muy mediana por el prosaísmo 
de los vcrscfe y lo trivial de las idcAS, pero que el es- 
píritu de secta levantó hasta liis nubes. AlcaU Gaita- 
no conserva hoy integro el carácter que entonces ma- 
nifestó Je procresisia íervoroso y í1 ow/rflwfí. defensor 
roastantedc las llamadas ideas modernas, librepcnsiidor 
furibundo y enemigo de las religiones f>osiÍíva!i, como 
dicen hoy los que no tienen ninguna. Este pn»grcso es 
cxtraordinür lamente elástico y transciende il un pan- 
teísmo vulgar, refugio de todas Um cabezas calientes 
que. sin estudios serios y con brillante imaginación, se 
dejan fascinar por una poesía falsa y contrahecha, y 
quieren compcas:ir con el entusiasmo y la persuasión 
fervorosa las incoherencias del raciocinio. 

Como Castelar en sus abigarrados discursos, así 
Álcali! Galiano en sus versos gusta de recorrer, fl gui- 
sa de hábil funamhulu, lu linea que separa en el espa- 
cio y el tiempo los prin< ipios y el fin de la creación, y 
ora compt-ndia en síntesis históricas .>«/ .ifí'«rr/j; las vl- 
cúitudes y progresos de la humanidad, ora sucftu con 
el concierto sublime y la harmonía suprema que escon- 
de en sus senos el destino, y que aceleran día por día 

' los adelantos lUosóHcoü y los descubrimientos cicntfti- 
COB de la generación presente. El lelCgrafo y el vapor 

|e£trechar<'in, en sentir del poeta, las distancias de pue- 

iMosy razas, uniéndol.LS lixlas en perfecta fraternidad, 
loA-s que no la voz/atfdfíca fsic) del misionero llcvan- 

[du A extnifíos c)Ím;LS un» religión de paz y de amor, 
odiu brutal contra todo lo que no es materia, este 



3J8 LA UTBiCATVSA GPaKOLA 

empello de suprimir en el hombre la aspiración al cie- 
lo, sustituyen di>U con la felicidad del sentido y li>s pro 
f:rcsos materiales, se truduecn en üeclamacloncs del 
peor gusto. 

De A.lcalá Galiiino es tnmhii^n un librcjo humorísti- 
co bauíi/ado con et nombre de Estereoscopio social ', 
tras de cuyos cristales desfilan en vertiginosa danza "las 
doncellas inocentes, las esposas desen^nieltas. los atro- 
ces ó confiados maridos, los viejos verdes, los segundo- 
nes epicúreos, los enamorados mancebos y los scftores 
positivistas, así como los filósofos fastidiosos y los poe- 
tas tristes.. ." Asi lo asegura el prologuista del Estereon* 
copio, Pérez GaldOs, quien ademAs ve rebosar el inge- 
nio por todas las pdiginas del tomíto y por ninguna tas 
tendencias sectarias del autor, precisamente lo contra- 
rio de lo que á mí me sucede. 

Cierta expedíclc^n para rimar de que da prueba A1- 
calA Galíano en el Esterer/scopio y en algunas poesías 
serias, como El tifdti, escrita en fácik-s alejíindrinos, 
forma extraño contraste con la durezti Uo los versos 
sueltos ó asonaniados de sus iraducciones byronlanas ', 
que, sin embargo, poseen el mérito de la fidelidad. Por 
elmismoprocedimicntoha traído Alcalá Galíano ú nues- 
tro idioma cantos escogidos de Lcopardi, A quien profe- 
sa singular cariflo. pero sin porlicipor de su desespe- 
nuizada filosofía. antes bien miríindo los tiempos moder- 
nos & través de una candidez bonachona y ciega. 

Mds deplorable que esta candidez es cl pesimismo 
negro, sin fe en la Providencia ni en el hombre, infa- 
mador nato de toíto grandeza y sien'o del capricho; 
religión de corazones ruines, viciosos y desesperados, 
calamidad de muchos grandes ingenios y característica 
del siglo presente. Gracias á Dios, el pesimismo ea 



• M9d(td.UR?. 
pr6U>9v de D. Marulhm Xrn^áu FtKno. HaJrfd. UM. 



KS KI. SICLO XIX 



3W 



Esptifl» nunca hn sido cumo en otras naciones, ni tJrne 
por intírprctcs A un Byron ni á un Leopardi, porque 
tiastn L'I misniQ Espronctdu rendía culto á tdciilcs, ma- 
les sin duda, pero muy diferentes del egoísmo cnci-va- 
tior, y en cuimto A Nünez de Arce, no es posible des- 
ooccr cl espíritu viril y comunicativo que palpita en 
medio de sus dudas y desdit-ntos. Pesimista resuelto A 
la manera de Ileine, de Lcopardi y Leconte de Lis- 
ie, sijlo ha habido uno: foaquín M. Bartrina ', nacidn 
fTCcisamcnie en Cataluña, el país de los caracteres ra- 
dicales é indiscipliiuidos, amigos de la afirmación ó 
la negación, y opuestos A las utenuaciones y medios 
tintas. 

Emanadas de un mismo principio, tres son las no- 
tos dominantes en los versos de Joaquín Bartrina: el 
ateísmo, el materialismo y la misaniropin. Su aversión 
1 Dios se manifie^ia de soslayo en forma de dudas «í de 
burlón y grosero cinismo, con base pseudoeientifiea, 
pero en realidad muy poco desemejante de la blasfe- 
miu tabernaria. IVsman t^ indif^nan los alardes de im- 
friedad, con visos de prematura omnisciencia, en que 
promimpc el autor sólo porque había leído y mal di- 
ferido cuatro nociones de Fisiolojiria y las obras de Car- 
los Darwin *. 



V4AW (l^t1M cu frsfd y t«r*a ib fX /«aqai's IlaHa JIorfrAM, MCofUai y eo^. 

4» nraa «^ln htxks piir t-l «ui<rf riw el iftiilii ilr Ale». T •)<■■' hn tisUo lisvU 
•WMlni n]l>:ta*c«. IndAS l«f rrws 14 Hirrotnna: U OlUna. qWtMfvA ta vHU. 
•• WA.} UpriMwrii, «(ttmnifhlNM, cick<>«lliii>anK->. 



Sé qm el nkat qat «■riamla 1m <kcí»b«i 

Z* laiiiii utrtlkl, 
Qm Un Untan* voi !■• «untiflim 

Onl tBCn titrÍBili 
Qm la vtiiwd 4IW *) bU* al boakn Inelam 

Y ll victo, Mld Mil 

Panlailw da alMnlna y ÍMm 
Sn cam prapcnlAn 



3S0 t^ UTERATVIIA ESPAfiOLA 

Por cierto que en una compostcidn contra cJ natu- 
nilista inglC-s le reprende sus aseveraciones solire la 
descendencia simiana del hombre, quien, en concepto 
de Baririna. es mucho menos sensible y caritativo que 
el mono. Digna lilosoffa de quien se atrevió A escribir 
el siguiente aforismo: 

Kl hombre al hombre olvida, 

Si le cd indtíereate, cuando muere, 

Y si le debe algúu favor, en vida. 

Alguna vez nos sorirrcndc el atrabilííuHo poeta ca- 
talán con relámpagos de pelegrina agudcui y espíritu 
analítico; poro aun entonces le perjudican la desnudez 
con que exhibe 1:ís ideas, el ;üfc pedantesco de SU| 
rioridad y el desaliño selvático de la forma. 

Los que comparan A Itartrina con Hcinc no 
reparado en que, ademils de ser ijeine tan artista, 
tenia esos pujos de hierofante, y hablaba contra üio> 
y contra los hombres con In caprichosa volubilidad del 
que atiende sólo A las impresiones del momento. El frío 
razonar de Bartrina sólo se concibe en un alma seca é 
insensible; sus blasfemias sólo se parecen A las de Hei- 
ne en ser blasfemias; y sí .algo imitó de l*1 fue lo malo, 
y entre lu malo lo peor, al revés de Reequer, que se 
asimiló el jugo poético sin los principios disolventes 
que lo corrompen. Bartrina es por esa causa muy poeu 
conocido fuera de Catalufta, y de ello deben felicitarse 
lu Poesía, la Religión y el sentido común. 

Esas almas de lítelo que se empeflan en est^alar el 
templo del arte nunca !o consiguen sino A medi.14, por 
mucho ingenio que derrochen en el logro de sus aspi- 
niciones. Prueba de ello el elegante crítico de la Revt's- 
ta Cotttemportíitea, Manuel de Revilla, literato de inte- 
ligencia dócil y Hexible, pero medianisirao filósofo y no 
mucho mus poeta, aunque afirmen lo contrario sus 
amigos y cncomiadorcs. La suma de conocimientos li- 
terarios que poseyó Rcvílla, y su trabajada y ccmpcs- 



RH M. SI6L0 XU 35t 

taosa existencia, on la que tamo hubo de padecer y lu- 
char, hicieron que, al tru«Jadar al pape! sus combates. 

¡Íntimos y las variadísimaf; transformaciones de sus 
ideas, surg-ieni csponti'ineümenie una sombra do la ins- 
piración que su naturaleza le ncgaLxi, pero que en el 
terreno de las simulaciones era un dechado. Revilla apa- 
rentaba ser poeta aun cuando de hecho nu lo fuese. 

Ganas le tenían los autorcillos Á quienes trituró con 
so austera y desenfadada critica, y que quedaron chas- 
queados al aparea er Dudas y tristeaas *, escudadas con 
un prólogo encomiástico de Campoamor, faltas de vida, 
es verdad, pero con cierto bamix tstí-tico y de buco 

; sentido que las bacía relativamente invulnerables. Los 
tomas fundamentales del libro son el entusiasmo por el 

: progreso, y los terrores de la duda, tan sincera por lo 
menos como en Nüñcz de Arce, pues Rcvilla estudiaba 

I los problem¡ts (ilosóticos y sociales con aticiün decidida, 
aunque sin el suficiente detenimiento, y la misma rapi- 
dez de comprensión le hacía propender ¡i un sincretismo 

< caliginoso, A una scmtcíenciji que martiriza el entendi- 
miento en vez de sjitisfaccrlc ". No creo que las suyas 
puedan llamarse ¡k)¡oras como l;is de Cimpoamor, y 

I bien hizo éste al reconocer en aquéllas fisonomía pecu- 



II I/ítttaot, poai'otik J&nweidc ta Jt«i(fia,amii>uprdb0«(Mi>. JMMM 
o/. MaiIrlJ. u;<V. J.* oJlctdn. aitdfld. I(K.-Uitr jiitll»ro kc habla 
> aaiiTS en In Jtti^la Bámpta ((«ina IV. nOnero K.*. pndiMlMila un j 
[nrtosa Jitpou, po^trrrn vctnltlc vldn i)«c dlí cii Evpiifln el kr^uiiUino. y «n 
llBi|Ur (Ornaren parte, lir un lad» C<uiak-M» cnn la m«^x1JuIIl^rc ^indertdM 
lávatemprv. oíros <Iim kniu^KUiH murbnwAiohursras. y rifliKi»» KrvtlU. ni 
||lB,q«f A 1* uiAn ra am nrokaallanB; yJe In o\r» L'junpoamor mln, i|ik 
f t«|MnJI<í «m uii tisBi0rl*wi> uin wallcntt y ilcKBliiildtlQ roaiv «Idrl p(6loK«, 
|an»airan-lo * Ln inl>rm srcta pi>r loa «iwloi ct) tu* nrilculw ¡A la lateia> 
lÁ <a IfUtfal y KrpUo iw é Ai iimtfftx- Kl t, ItuU nar (nrclA m la pok-nilrn ni> 
I rra^vln» «|tii-^ r1 «IUbuIji prrifrwoT dn ^elijiK^i D, IJucn'r^foilo l^iavrrJ*. i-slAllro 
j MiintinuiibtJt frrrkiiic, <univloda 4«il(ndcrBU mUmantriari Ciinal<í^s«. 
I rVMittr todiM moH ilocunctito* en loa lomen IV j V ilc la iDcnclaaMU JtxrMí 
f AcajWK/ 

* Ciando pnfiArabd U M^unJ* «Ufldn Av Duitu f Milfi*' •ra y« rnUIO- 
ImoM m^llltfiaU. 



LA UTEBATL-RA BSPAfiOLA 

liar y propia, pues la licrcreza y el humorismo epicúreo 
del modelo nada tienen que ver con la filosofía, super- 
ficial si, pero gnive, de Dudas y frisUsas. 

La discusión informa el libro de ReviUa, aunque 
alguna vez se une con ella el sentimiento; en su mutua 
lucha siempre sale triunfando la razón f^obrc la fe, sin 
que velo alguno encubra las ideas máb osadtLsií irreli- 
giosas. El motivo de la elección aparece soberanamente 
infundado, pero el autor no se siente con Ánimos para 
ir fontra la corriente, y se excusa con el absurdo por' 
que sí ác Las dos bargueras, aunque nos dig'a en utra 
ocasión: 

Vo las vendas arranqué, 
Y el alma perdió el sosiego 
AI perder amor y le. 
¡Fciis ct qitc vive ciego/ 
/ DesveMíurado ei que -vt! 

Cuanto de razonador y ftlosófico el numen de Revi- 
lia, tiene de impetuoso y cnívgirw el del [xx'ta valliso 
letimo Emilio Ferrari, joven cuya celebridad data de 
su primer lectura en el Ateneo. Ya antes habfa publi- 
cado versos muy dignos de atención, entre los que figu- 
ran los consagrados á Cervantes, viriles y harmoniosí- 
simos, si bien afeados por ciertos alardes intempestivos 
de profundidad esotérica, y las octavas á La tmisa mo- 
(írma, comentario grandilocuente de unas palabras de 
Núftez de Arce. 

La leyenda sobre el matrimonio de los Reyes Ca- 
tólicos fDos cetros y dos atinas) y la oda A la batalla de 
l.epanto, scrrtn, mientras exista la len^a de Castilla, 
Qorones inmarcesibles de ki corona p043tica de Ferrari- 
Color locnl sin prolijas nimiedades en la una; entusias- 
mo generoso en la otra, y en ambas versificación irre- 
prochable, tanto en la apostrofe levantada eorao en las 
descripciones; tales son las prendas qae las separan de 
la literatura cursi y de repetición ó segunda mano. 

lin 11SÍ4 leyó Kerrari en el Ateneo de XLadrid el 



En EL Str.LO XIX 363 

pocntitii Pedro AManio, en el qac se dibuja á medias, 
mutÜAÜJi en sus conturnos y fnlscada en su represcnta- 
diln fundiimentfil por las simpaiífiíí revolucionarias det 
autor, \n silueta del tempestuoso dialccdco del si- 
glo Xi(. Serta superfluo discutir 1(iscnormtd:idcs histó- 
ricas y scfl-Uíir Iiis anacronismos ídi-olrtjricos L-n que ha 
incurrido el poeta valHsotetano iransfundíendo su alma 
profrfa en la del héroe, y haciéndole hablar y pro- 
dodrsc, no como un hereje más 6 menos resucito ilc la 
Edad Medía, sino como un demúcraut librepensador y 
tic olub. 

Perú apartaado los ojos de tan radical deficiencia, y 
hasLi concfdicndo una parte de razón :i Leopoldo Alai 
respLH:iü de los cargos tíramatiailes y de pormenor acu- 
mulados en un articulo vi*nenoso contra el poema de 
RTrari, totlavín hay que reconocer en ésto imaginaclún 
tropií-ai y brillantísima, dotes do versificador cstupen- 
Ju, on tjue srtlo cede á XúíVcE de Arce, y pusto y manos 
óe rerdndero artista para cincelar la estrofa, ddndulc el 
TtJicvc r pulimento de una escultuní de alabiistro. El 
ilQc no sienta tos primores de forma, la euritmtu y la 
icfsura de aleunos (ragmentos del Pairo Abelardo, 
La murttf de ÍIi/>afia ' y lu recién publicada Aitgoría 



I LUU nHUr\trn Je les Uctinil>lBm 141 >)Ue rtLá r^ 



iO* tirttU, mili . - II ■■.! '1 I i'!f-<(KU, 
CufM (thalluí • 111 1 J "ir 

jIJatM poní* lu ncuenLi lumi M ii miniotu, 
NlalcalMikia ■innbt*e*rntUc«n>i«a' 

I1U Cdlfi»* « ncarlin ■> tntua» ■■■•(■«dw: 
TM lioHiun (•Kifnlin(4,|>ant«ao, «1 •hfalul; 
L«*Ulu ucirciimltiiciul ptrUa dMgtaiutlia 
D<M«olt*I*cl«nn*nrl naaina uut. 

Ta (Imii 1 iwlo BD slou Par d «u liDptri^ cjntvn 

Lm »■»•. c«ae htiuoi. l(ic»a* « reiuttcaii. 
n *tH h^U la lu ittiui Jtl tlralu tttt li toil 
£buUi «■(«(■tuilMitt JeuiU Irvnda 



23 



354 LA LrreRATDKA ESPAitOLA 

//¿■ú/úrlo', nú sábelo ijuc son versos, ni Jístin^ír de co- 
lores y sonidos en materia de poesía castellana. 

Al seguir las huellas del autor de Ei v>'rligo no ha 
abdicado de su propia y errática personalidad Manuel 
Rctnu, <'uyas prtmcriis poesías andan coleccionadas en 
dos volümcncs • de agriidiiblo lertiira por la ingeniosi- 
dad del fondo y tos atrevimientos déla forma, y que ob- 
tuvieron regular acof^ida. La niusu de Reina, que pos- 
teriormente se buscó un cuasi domicilio en La flus- 
/fació// Española y Anu-ricami, imprime cierto sellu de 
ligereza á twlo lo que loca, sin excluir el ROncro socíjU, 
que con predilección, aunquv no exclusivamente, culti- 
va. Es amigo de los objetos múltiplos «i agrujíidos, 
de las antítesis y las comparaciones, que coiisticuyun 
en él verdadera mania; ha catalogado ¡as musas espa- 
fíoias, la Miísiai de las naciones modernas, las nuirai 
lias de la Alhambra, y sería capaz de hacer lo misiii< 
con las csirellas dul firmamcniu. Sin que pueda consi- 
derarse como un prodi)]¡-io su versiñcuciOn, Üra A r«- 



\ dU tul cerriinr** «gu», rt caÍb cnt^vil coáA 
K.I pcihadi una ninfa qtm Ktblii tu ctitul. 

^Saluit, Hilada nnilit! íft Jonu y ^ C«ria4o 
t1««*4A pf 1a* mart* ifuc artüllKhtje á U vea. 
Tu í4h1* fui uUjid* como un injiiento ^IÍaIo 
Dona» U fono« «liara tu *ii(ihI* dwuiuJct. 

Ti» ti«in|iaa icnonfon al mal ) la trialiuj 
Par* MB S1JÚ4, «bdi'M íi« ^■vsnciid ün ^, 
La tilia «ta ua IribdK» r«mKi!e á la hcUtia, 
La bmerlv tía dulce «usíio poE l^rmioo k un ícttltu 

Knirc lu> [>iiraa niaiiu* I* liw* (ut aaduUnW 
Su* rl<a*lDflcH¡<iim dot^ufíira Jet|i]«^, 
F<t« *«[b« d«1 vaiti, fue filmo palpIuDM, 
[■ti l)Iiiuu> que i lut ct«l« U pJtilrjt ltvB*(4. 

Cu ai» bualla taja ira ud« tobn el Wno 
El «aldt de mu Vanu* Jr/*itri al puuí 
LMcliiipa>qiMeD«aiiill(niiil«iiBr4»dt niCMrOi 
C<iiMGlacÍ4a d< M(iclb> nibUiMi ft («rmai. 



( rtWMiMnUiMrM. X. awmMMOtUH.^— Kn (I omifv. MadtKL ia9r 

> j<nila»UJ|riiíl<pfw.-CMnoif «cwmlcu, Maloiilt n«Mtni4p«ra, miHaprA. 



tat EL SIGLO XIX 355 

solver Uíia dificultad rítmica que alifunos ponsideraa 
insuperable: In de dar Üexibilidnd y harmonía ul roman- 
ce cnJcnisflabo, lenguaje propio de la tragedia olüsica. 
y que apt-nas ha manejadu nadie con dcstrcKi, fuera del 
Duque de Rivas en £1 moro expósito. 

Concluyanlos con los imitadores de Niiñcz de Arce. 
Lo es muy de corazón el periodista gallego Nicanor 
Rey y Día/., autor du una Epístola ji D. Emilio Alvarez, 
sobre El ptuhlo y ta rcvolmión ', por el estilo de La 
duda, de la que tiene copiosas reminiscencias. Rey Díaz 
contempla con pavor cl advenimiento de la anarquía, 
que avanza sin cesar prevalida del número y de 1u 
fucT7^i, gracias al concurso de las clases populares, so- 
íivUintada-i por el solisma y las promesas utdpiais. Sin 
fe cristiana ni creencias salvíuloras, el mal no tiene 
remedio en lo hum;mo; y apareciendo como aparecen 
jn los primeros indicios de la conflagración Inminen- 
te, no debe llamarse ni fanático ni profeta ul que jiro- 
cnra atajar sus pasos, que no son otros sino los de la 
Kevolutiíin atea y demoledora. Lejos de halagar el au- 
tor las ambiciones sin freno, fustiga con tmfasis retó- 
rico ú 

.>. laiuulülud inqnietai 

Nauseabunda baí-jinte desgreílada, 
Insensible A los cantos del poeta, 
De vino y lodo y sangre salpicada. 

El volumen de poesiiis rotulado Hierro yfncffo * 
qae concluye de dar á Ui estampa Rey Díaz, es de una 
mediocridad, por no decir insiífniticancia deplorable, 
debida al martilleo de un mismo tema variado en lodos 



t ei dutof k ti» NURblkdc Hte tltul» por U de n»«/ei. - Uvrccd 1 lu Umm 
«OTntfTAdonu <k la ep4st<»ln no fue prtmlaJa en un ci:tt»B*B, mlni Knft» 
|mkc* ft|,'"i>tMi cl bina*o bccüano liv la li><iilcr<l«> Ind«kvlo AnnoMo. KMiir 
^ out «fRiUcacidn apolof«Uca rmpolrnda Oi- M>Mnnu« jr ile*«tlBiM.q«i m 
hm, funia c«n U J>M»ls, m lA ItintratU» UulJiyftf 4'lHi'taM (votameo Oí. 

• UAdrlJ. ISMX 



356 LA UTBECATCBA ESPAÑOLA 

los tonos, al ca<5tico iruiriduje de la jerffii progresista 
con el cristiiinismo siti gftierís de Castelar, y Ú los nu- 
merosos descuidos métricos salvados en la fe de erratas 
con otros no menos garmfíiles. 

La difusión en el arte, de la verdad católica, único 
antidolo contra el veneno i3c las ideas con'uptoras, úni- 
co adversario rcviuclto que puede degollar la serpiente 
de 1n imarqufa, apenas ha encontrado hasta In fecha 
genuinos representantes, por haberse cciVido los poetas 
reliíiiosos rt la efusión de afectos trunijuilos, según la 
pauta tradicional. 

Uno de las muy contados que descendieron d la san- 
grienta liza, embrazando el escododela fe v esgrimien- 
do la espada de la poesía contra los errores y las con- 
cupiscencias del mundo moderno, fue el ardoroso po 
Icmista Gahini) Tejado, que acaba de morir entre la 
indifercnclT del público olvidadizo, amante de frivolidad 
des estrepitosas y pasajeras, y desdefloso para con el 
mérito realzado por la modestia. Nu bastó al insigne 
discípulo de Donoso Curtes luiber sobrepujado A todos 
los inidiK'iures españoles del siylo presente, ni derra- 
mar en el piélago de la prenda diaria torrentes de agn- 
deza ú Inpenio, ni habernos legado insignes míKlelos de 
prosa castiza, para impedir que le olvidas» la genera- 
ción contemporánea. íQue había do suceder con las 
rimas de Tejado, consideradas por ti mismo como pasa- 
tiempos apenas merecedores de la publicidad? 

Y, sin embargo, luiy entro ellas alguna oda clásica 
notable ', y cierto poemita fragmentario en que una 
inspiración robusta, si bien desiguul y poco ejercitada, 
celebra los triunfos de la Ijílcsia católica y la cp'-pv -va 
de sus trabajos por la civilización '. 

El poeta se considera fiislado en medio de tm »Í£]o 



> L» in»rrbt en Jd UbtrínU, tUutadn Paltnh m ki M«n/aCB< f que ilcbla 
lomar parte dr ua llbrfl no ])abllcad«, » lo i|ur tri-n. 
• a Irlmufv, nuayo poítko ck (MMmo THaá». MiulriO, 1t77. 



H^ BL SICLO XIX 357 

menüípffcüitlijr de las grandezu»» cristianas, y de ahf 
d tono de melancolía suave que va consiaiiicmcnu' 
unido al Ue la inUifíiiiiciún; mas, como si quisiera apar- 
tar la vista de ese abismo sin fondo, ia vuelve bacía lii 
región del hien y de la esiieranuí, hacia la mística lu/ 
que conduce A los pueblos A su prosperidad verdade- 
ra. El lümno l'mal á la Iglesia católica y al Pontificado 
contrasta por la dulzura de su lirismo (ú la que no co- 
rresp«jnde la de las versos, y es muy de sentir) con el 
lono agrio y juvenatesco de otras ixiries del poema. 
Doy traslado de la fmprecact<ln & Europa, que proba- 
blemente desconocerán mucbos de mis lectores: 

Seco el laurel en In c»ducn frente. 
Qoe el Sol ya no ilumiita del Calvario, 
Mejor es que le vuelvas indolente 
t)e eterna servidumbre en el sudario. 

Uobla, en rosas bañada, tus lesiines: 
To» mtisicaa y danzas peregrinas 
Sígante, coronada en tus jardines 
Por mano de tus bellas Mcsalina*. 

Apuní p1 eiiliit que te ofrece [Jaco. 
Liba liisfluresque tu Wnus ama. 
No cures si li tus puerlas espanaco, 
ccm su enjambre .-icrvil, A muerte llama. 

No cures si el eunuco en los umbrales 
De CSC tu mismn bari^D el bicrro añlu; 
Deja que alld en sus antros boreales 
Tome el corcel á relinchar de Atila. 

.^u¿ te asusta? ;Nü crecen cada hora 
[ J^ ilantres de tiett-s preiorianos? 
De tas nave» la mole nijridora, 
jNo puebla los domados Océanos? 

iHo le abre sus riquísimas emmftns 
La [Jerní, dÓcUá tu voí potente? 
Líi roca de las vírecncs montañas, 
¿No se rinilp A tus plani.is obedicateV 

¿No sabes tú llevar lir- toan en zona 
Con las alas del rayo tus acentos/ 
¿No es un cielo en la tierra la corona 
Oue ajíuardan tus altivos pensamientos? 



358 LA UTEfiATVRA CSPaROLA 

¿No ere» quixA tú miürriH RqnrUa obscura 
Divinicind qae el símbolo ñn0a, 
Y hoy ya, tiel liomhrc soberano hechura. 
AI sEmbolo caduco desafía? 

Si; 1(1 vencps, tú triuntas y tú Imperas, 
Roza augusta, inmortaU Tuyo es el mundo, 
Tú rob;is al arcAngcl sus banderas. 
Tú dominas al báratro profundo. 

Duerme, pues, al rumor de los gorjeos 
Que alzan las aves de lu Edén logrado; 
Duerme, y suefla feliz nuevos trofeos 
Que sublimen lu ser divinizado. 

Llene el mundo la \oí de los cantares 
Que en las ondas modulan tus sirenas. 
Escucha:— «Con su Dios y sus aliares 
Caigan del orbe antiguo las cadenas. 

•Cesa ya de tronar, voz inclemente. 
Que, aiíá inventada del Hiná en la cumbre, 
De tanto siglo corazón y mente 
Sujetaste con dolo A ser\'idnmbre. 

»Y calla tú tambi¿^n, turba nacida 
Para t;emir al pie de los osarios; 
Quema, en fin, esa historia rarcnmida 
De tu Cristo, tu Cruz y tus Calvarios. 

•¡Hombre ú gozar en libertad nacido! 
Tú eres tu solo juez; quien le lo niega, 
De ridiculo miedo al yugo uncido 
Con amenara hipócrita te entrega. 

•Jove ó Jesús, Alah ^^ Hrahma se llame, 
Supiste al fm i^ue Dios no es más que un nombre. 
Redime, pues, tu servidumbre infame, 
jViva la libertad! Dioses... el hombre.» 

Después de estas estrofas viene el siguiente soneto: 



¡Rayo del alto Juez! ¿Por qué en el seno 
De la nube encerrado vengadora, 
Tardas en descender, si it cada hora 
Te anuncia al mundo amenazante el trueno? 

¿El vaso, por ventura, no está Heno, 
SeAor, de la .luslícin aterradora? 
¿La iniquidad que en las entrañas mora 
Del hombre {guardar puede más venen»^ 



EN EL SIGLO XIX 3^ 

Si está escrito, Señor, que al fin perezca, 
No más con sus blasfemos desvarios 
Permitas que te insulte y que padezca 

Esta infeliz generación de impíos. 
Y pues en ti es piedad que más no crezca, 
¡Desciende, ira de Dios, desciende á ríos! 



Quien tales vibraciones arrancó á su lira en un hu- 
milde ensayo, ¿no merecerá la condonación de leves pe- 
cados contra la eufonía y el orden lógico de las palabras, 
facilísimos de remediar por otra parte? 







CAPÍTULO XX 

C'I.TIMOS DGTKRSEKTANTCS VK LA rOBHÍA RRUCIOSA 



Ap*rLit. i'oll j Mu-i. Urutx. sAnitirjt úr Cwlto, la> IT. Mnlii 
r drl VaIIp. 



ÜA rutina habítUiU da por definitivamente enterra- 
das las variaciones de que es susceptible en la lí- 
rica el sentimiento de lo infinito, y afirmíi que 
está muda en la Espufta y la Buropa del sÍeIo XIX el 
arpa divina de Fr. Luis de León y de Níanzoni, T.os tícm- 
pos que curren, se diec. son de transición y duda, fatal 
y absolutamente opuestos A la intluencta de la fe cristia- 
na en las bellas artes; y cunden estas rellcxioiías en boca 
de engreídos racionalistas y creyentes desalentados, 
ocult;mdo bajo las apciricnciiis de evidente verdad mu- 
cho de discutible ó absolutamente infundado. El sol de 
la fe declina ¡cómo negarlo? en el horizonte de las na- 
ciones que se llaman cultas; pero el mUmo acrecenta- 
miento del mal contribuye fl hacer viril, robusta y con- 
centrada la resistencia, que es cada día más visible y 
más fecunda en esperanz¡is consoladoras. 

En el terreno del arte, basta recordar que los albo- 
res del romanticúmo bajo una de sus principales fases 
coinciden con el retorno A esa fe que inspiró La MesiH' 
da, las Harmonios reU'giosas, Los Mtirlires y los Him^ 



Ktt KL SIGLO XIX 361 

ffiu sarros, por no decir mida de nuestra Literatura, 
domlc volvieron á renacer con nueva belleza las mis- 
ticus tlores, heladas por el viento del exelusivismu 
greco-romano. 

Al abrirse el .sisólo actual, una pléyade de poetas 
cantan A María en la ciudad de Herrera y Muríllo; vie- 
ne el período ramrtntico, y aparecen como interpretes 
de la poesía sagrada Zorrilla con una turba de imita- 
dores, AruljLS y la Avellaneda; persiste la nota religiosa 
«m la escuela sevillana y en todos los grupos literarios 
de Andalucía; y entre loa ingenios independientes que 
ñoreeieron después del romanticismo, recibían de la 
(estis inspirac-ioncs Ayala, Selgas, y en general cuan- 
tos alg^i han signiticado en su tiempo, fuera de unos 
■pocos en quienes no podía trazar hondo surco la idea 
de lo divino. 

Al presentar aqui reunidos A los ilUimos represen- 
tantes de nuestra lírica religiosa, no creo tampoco pres- 
tar un argumento ii los que la creen m->ribunda y de- 
cadente, pues l>astan tres ó cuatro nombres de los que 
aquí fi^ ciLin'in para imponer silencio & los que así ha- 
tean por torpeza irreflexiva ü orgulloso desdén. 

El insigne y nunca bien llorado Aparisi, aquel cora- 
x6a tan de niflu c-n el sentimiento como varonil en sus 
propdsítus, tan espontáneamente urtbta y tan abierto 
A las impresiones de la 1»t:llcza, había naciün para la 
poesía, aunque las a/arosas vicisitudes de la política 
ithogaran loa gérmenes depositados en t^l por la natu- 
raleza. Poesía son muchos Peusmm'cuíos de Aparisi 
escritos en prosa; poesía los rasgos de su admirable y 
pcrsü nal f sima dociicn<-Ía. que nu es la elocuencia del 
foro, ni la del Parlamento; y poesía, no versos sola» 
mente, tos pocos y por Ümar que nos ha legado '. Niflo 



* Úbriu ik D. ÁMknUu Awmitt f HHí)nrt9. lomo i. Madrid. 1*71 Al nn»l <lc 
«M« lamo, r dMpqf* de U Bntlela blAfrdlIra f lt>* PmtamltiUitt, m imcnimmR 



36S LA LinCSATUKA ESPAÑOLA 

aún, pedía con instíincia A su madre un libro de cííos; y 
al abrirlu pur vez. primera, tropezando con 

el dulce lamentar de dos pastores, 

se enamoró ciesamente de Garcílaso, comenzando .1 
imiiarle en almibaradas cantilenas. 

Robustecida sa musa» se consagn) á celebrar los 
triunfos de la Rfüípón y de la patria, ora imitando el 
tono bíblico y arrclvitado de Herrera, ora la mansa dul- 
zura de Fr. Luis de León, pues de arabos poseía algunas 
cualidades, bien que sin alcanzar la asiática opulencia 
del uno, ni la sobriedad horaciana del otro. 1-a des- 
igualdad de estilo, Uis frases hechas, los raspos pro- 
saicos, la desmayada frialdad, los ripios y las Ucencias, 
denuncian que no cinceló Aparisi sus poesías como 
era debido, y asi salieron de incorrectas y desarrenla- 
das, A pesar del fuego lírico que las caldca. L;is mejo- 
res, las consagradas A la ^ruerra de África y iS Bailen, 
escritas para los certámenes promondos por la Acade- 
mia Espíiñola en dos solemnes ocasiones, no cstdn 
inmunes de estos achaques, aunque A veces se les so- 
breponga y los haga desaparecer ta fuerza nvasnll 
dora de la inspiración. TrorOs huy en el canto A BaiU 
que recuerdan las odas patrióticas de Quintana; oíros 
al padre de la escuela sevillana, y sus canciones Á ia 
batalla de /wfiaiiío y Izh la muerte drl Rey Doh SebaS' 
lian; los consaírnidüs á Napoleón jsirecen mds amcna,-^ 
Tss, y vaticinios fatídicos de videute que apostrofes i 
poeta; porque cuando Aparisi se exalta. lo mismo en' 
sus cantos que en sus peroraciones, parece que aban- 
dona las regiones del mundo inferior, que asciende 
basta el 01im[)o en alas de la fant:isía, y que de»Je 
allí truena como Júpiter, en vez de indig^narse coma los 
mortales. ¡Lástima que tales disposiciones sólo hayan 
producido frutos por sazonar, primicias A las que pre- 
cisamente fáltalo mAs extemo y relativamente f^ícil: el 
trabajo de la lima! No middigamos por ello de su vida 



EX KL SIGt^ XIX 363 

públlcn, tan rica de heroísmo y abnegfaciAn, y en la que 
ronquistó la corona de orador eminentísimo y la de 
hombre de bien. 

Este úliimo título es ¡guídmente el que míis honra al 
difunto historiador de U sátira provenga!, proruptista, 
rrítíco y poeta D. Jos¿ CoU y Veh¡, cuyo gusto ecléc- 
lieu lo mismo se iba tras la deliciosa sencillez del maes- 
tro I..cdn, que tros la pompa de Lista y la entonación 
dt! Quintana, sin excluir tampoco A ZoiTilIa. Coll y 
Velii escribió muchos versos ', nosierapre tan limados 
[como harían creer los conocimientos teóricoi de raélri- 
¡ca e«pa0ola, que acredito en sns excelentes DitíJogos 
'literarios, modelo de lucidez y penetración. 

Poco después de la revolución de Septiembre, cuan- 
do la fiebre de las pusiones fln;trquie:i!%y anticri>;ciiuuis 
esparcía prtr do quier el luto y la desolación, dejitee oir, 
entre la asordante gritería de las saturnales parlamen- 
tarias, los movimientos políticos y 1a litemtuní popu- 
rhera, una voz solemne y melancólica: era la de un 
'cisne que preludiaba su propia afi-onía. En las columnas 
de La ilustración EspaiioJa y Amcncana aparecieron 
tmos cantos religiosos ñrmados con el modesto é indcs- 
[Cílrable nombre de l^rnii^, íQuiín CíiLarmig.', pre- 
funtó la curiosidad de sus admiradores; y sólo se les 
contestaba con el silencio, mientras corrld con crecien- 
le fama el afurtunadu pseudónimo, cuyo velo se des- 
corrió dfl toda con una ocíuiión tristísima: la de haber 
puesto el poeta Hn & sus dias por el suicidio(1874). Añá- 
dase la lyesente al número de las inconsecuencias hu- 
manas, si inconsecuencia fue, y no deducción lógica de 
lo?, mismos sentimientos en que rebosan sus poesías, 
tí desenlace de tan lújnihrc truc^edia: y repitiendo de 
pasada lo que todos saben, que Larntig no era sino 
IJ. Liiir, A. Ramírez Martínez y Güertero, compadezctl- 



colaDoradnr. 



364 LA LÍTERATURA BSPAÍIOLA 

münos de 01 al recorrer una rez mAs las maravillosas 
nunca marchitas pilíi'niís de ese libro, todo de uro ', 
se llanw Las mujert^s dt-l Evatij^clio. 

La Madre del Verbo encamadü, Lis dos hermanas 
Marta 3- \fagdalena, la bija de Jairo, la Samariíana y la 
Verónica, van liosqiiejando con su aparición el poema 
maravilloso que comienz;i en líeltfn y termina en e^ 
Calvario, y dejan adivinar un fondo de luz sobre el qi 
se destaca, ora severa, ora aptieible, la faz de Dios hi 
cho hombre, que llora y ensena, araa y sufre y se coi 
padece. Larmiff bebe en el Ev:mgelio su inspiruciúi! 
sencillamente casta y hondamente persuftsK*a; habla 
alma, cuyas mrts secretas fibras remueve, en vez de 
lagar con fígruras :\ los ojos y con sueños á la ima^t 
cidn. Es Úrico de infinita ternura en el canto J Marín 
y dramático en el dcX<7 SawarHaua, y scmicpico en U 
restantes por lo elevado de la narración, pese ¡I las i>r( 
porciones exiguas del espacio en que se desenvuelve 
sin perjuicio de combinar estas cualidades coa tanta 
rapidez como invisible destreza, Ko relata con lu sc-<tuc- 
dad A que eran tan ocasionados alanos temas, sino 
con aquella unción mística que todo lo penetra, con 
aquella seductora candidez, suave como la luz del cre- 
púsculo, que b;iña con sereno fulgor bis más insignifi- 
cantes e:ícenas. AI{;o hay allí que se siente mejor que 
se analiza, it saber: el espíritu de la iristezii con sus 
múltiples formiis, y el anhelo por inquirir ha-tta en sus 
ültimiis consecuencias la filosofía del dolor, de ese dolor 
que, siendo la más grande y la mrts iremend§ de todas 
his realidades, perenne misterio de la vida y problema 
indcscifridile, es tamb¡«?n el principal entre los elemen- 
tos artísticas, como el que mA& vive y se nutre de la 
verdad humana. No se busquen en otra parte el sentido 
íniinn). i I sello de originalidad y las perfecciones qi 



gunda e(Ikl>^4l. Oladrld, láTl 



US BL SlCtO XIX 3ti& 

avaluran Las nmjcrcs del Ex'angrUo: de ahí bimbíín 
su i-nrácter suhj'ctivo. derivado de que nuncn dewipn- 
rcti:, ni en la narración, ni en las aentenciíLs. ni un l-I 
(lij^log^o, 1n personalidad del poeta; antes siempre estil 
üciiintc üc los ojos, ceñida con el velo fünebre de Ib 
desgi-jicia. 

La tr^K'iea muerte de Larniig; dice bien que no cnin 
arcctadas sos quejas; pero liasta oirías para creer en su 
simeridnd, y ptim sentir en el alma \\n reflejo de lo que 
i\ sintió um hondamente, y ctm uin manivillosa fidelidad 
Inturprütaba. V ahora véase la prueba de lo dicho; véa- 
se cómo la simptitía por el dolor informa y vigoriza la 
musit de Litrmig, inspirándole sus conccptus más delica- 
dos y felices. Ya estl acudiendo A la memoria del lec- 
tor esta octava del canto A María: 

;Ah! Tú etfs el dolnr vohtndo al cielo. 
Bajel que boga en tormentosos mares; 
Tú sabes de la vida el desconsuelo; 
Td sabes. Madre, lo 400 son pesares; 
Es un valle de Uliírimas el sucio, 

Y el dolor cfcfrr ey/itr tn los allures: 
Tlijliistc iM liolor nimbólo santo, 

Y tú at llorar eimtti'cisle ti lUtitto. 

¡Y cuAntii ternum no hay en aquellos dos versos: 

y no le olvides del ^uc tn'mc triste 
F.n este valU* doiidc' lü y^cmiste! 

Vja intimidad de su pena no impide á Larmig re- 
montarse ft la causa de todas las que aHigen al género 
humano: 

El liomhrc drlíaqaíi^; nublfí el pecado 
La viva luK d(* la divina [»rai-ja, 

Y e! Rey uiiiver^il de lo creado 
Es el doliente Kcy de la dcsjf racia. 

I^ nota pesiaiiata resuena insistente en Las mujeres 
dgí Evangelio, y estA & veces fuera de su lugar, dcmos- 

Irimdü la irresistible predilección que hacía ella sentía 
Lormig; predilección que le produce grandiosos efet- 



366 LA I.ITBBATURA E&PA.^Oi^ 

tos en el terreno del arte, pero que, si bien se cjsiuJia, 
es demasiado exclusivista para inspiraiía únicamente 
en el dogma cristiano, cuya amplitud, al mostrarnos los 
dolores de la vida, los sabe hermanar con las alegres 
iniui('tone<; de la esperanza. 

Kn cuanto á la forma de estos poemas, tan insepa- 
rable del fondo como de el direciíunente emanada, con 
razón se admira y admirará aquel sano clasicismo en 
que ni la elegancia perjudica á la sencillez y esponia- 
ncidad, ni el relieve de !a imagen denuncia el cralxijo 
penoso de quien desbasta y cincela, ni la expresión, por 
ser elevada, deja de ser precisa, clara y transparcnK 
Las mujeres iie! E-vanfielw no parecen tiinto de estí 
üempos como de nuestro sigrlo de oro; por el candor y ^ 
ta ingenuidad del estilo, asi como en la profundld; 
psicoli'ígica, reflejan los angustiosos combates cngea-' 
grados por el individualismo moderno. 

Transcurrieron algunos aflos, y Larmig tuvo un su- 
cesor de .su misma talla en el aplaudido creador de 
Hermenegildo y Thettdis, D. Francisco Silncliez 
Casti'o, que, si hasta entonces había probado foiiui 
en laa lides dramáticas, liallúndola benévola y amistosa. 
quiso diir una prueba de sus aiuituüi-s para la lírica, y 
esa pniciía tan acabada y conclu\'ente fue el Oiittíeo 
al homhre '. 

El pocmii La Iglesia (atóliea, que, siendo el autor 
muy joven, ubtuvo el premio ofrecido por la Academia 
de la Juventud Cairilica de Madrid p¡u'a conmemonir 
la celebración del Concilio Vaticano, y conocido prin- 
cipalmente por el fragmento Los mártires: la oda i\ la 
Inmaculada Concc¡K"Íón de María, y otras del mismo 
gusto y acrisolada corrección, constituían un preludio 
digno del Ohiíico, que A su vez venia íi rivalizar, sin 
mucha desigualdad, con los Gritos del combate, y ú ser 
expresión, no de dudas estériles y lamentaciones egois- 



KMiiu,\m. 



m:i BL SIGLO xuc 367 

cas, sino de creencias vírgenes y enteras, de dulces y 
vivincuJoras espcran/jis. 

Ciertos críticos de uno y otro bando, mcticuloso-i 
los unos y los otros zalioríes, creyeron ver en el entu- 
siasmo del poeta católico, por la Efrandeza y la digni- 
dad del hombre, ínclinaciüncs al natunilísmo ri:lit;Íos<j 
y simpiitías para con el que llaman e.spíriiu del siglu; 
pero, 'Cómo negar que si el Cristianismo nos descubre 
las profundidades de la miseria encerrada en nuestro 
icr. viciado por la culpa, nos muestra asimismo la ex- 
celsiiud de nuestro origen y el valor de nuestro desti- 
no? SíJlo por ignorancia <^ mala fe pudo achacarse & 
SAnchezde Gistro la mAs remota connivencia con la 
negación racionalista, cuando sus versos son paráfra- 
sis unas veces, y otras compendio de la verdad evangé- 
lica, y siempre exhalan d perfume de la ingenuidad 
convencida. 

Un análisis breve nos convencerá de ello y de los 
subidos quilates que avaloran el Cántico. Ábrese con la 
coDlempIacidn roposiida de la oaturalezji; tal como, al 
declinar la pompa del día en el horizonte lejano, apare- 
ce & los ojos del poeta, que finge encontrarse sobre una 
roca, azoiiida por las olaí del mar Cantábrico. Íjí mag- 
niÜca pcrspe<Hiva del ciclo, la faz espantable del Océa- 
no, la inmensidad ofrociondosele doquier bajo diversas 
y elocuentes formas, le hacen preguntarse á sí mismo 
pr,- ' _ rificación que le alcanza en aquel cundro, sig- 
nii i-iH pequeña que le obliga A exclamar: 

V me llaman, burlando mi tormento, 
< 'insano de la tierra el Océano, 
C^r.'tno de polvo vil el firmamento- 

Pero al bajar con ia frente cotifuMditía, párase A 
contemplar el golfo, donde 

A In luz del crepúsculo vago 
Blancas velas bogando se ven, 
Como el«ies que cruzan el lago 
Y se mecen en dulce vaivén. 



36S LA UTERATDRA ESPAÍtOUV 

La fiierzji es vencida por el ingenio, y bastan un an- 
ciano y unos ntftos paní rolwr sus lesoros al imtumable 
colusu; el íítomo invisible, A quien ln<ui]tHlxin el cíelo 
y la tierra, lleva dentro de sí algo que le hace supe- 
rior A los dos. A. los labios del poeta acude la musa del 
entusiasmo: 

Cese, eese mi triste desvelo; 
Sea un himno, Sefior, mi cantar. 
Tú le díRte á esta sombra del sucio 
Pensamiento ra.-ts alto que el cielo. 
Corazón mils profundo que el mar- 



El hi;mbrc triunfando de la materia y hiuitínd 
servir ñ sus fines; grabando en perpetuos caracteres 
palabra indócil; haciendo brotar á su conjuro la chiftpa 
clí'Ctrica; dando alas al gig-ante de hierro animado por 
el vapor, que cruza por las eniraflas de la tíciTa y lanza 
d los aires el erito de victoria; escudríñiuido lo más al- 
to del ciclo y lo mjls pnifundo de los abismos como rey 
absoluto del orbe, ccflido de corona inmortal por la ma- 
no del Criador: tal es el asunto que va dc-sen^'olvién - _ 
dose en e) CdttUco con abundimcia de lirismo arrebuü^H 
dor, de intuiciones grandiosa-s. de uala, pasiún y har- 
monía, que parecen arrebatarnos íí más alias esfei-as 
en pos de un estro nacido para cantar las glorías de la 
edad presente. Kl tono Cpico y solemne <Je esa parte 
del Cántico al hombre demuestra que hoy en día es 
posible !a epopeya de la civilización, de la ciencia y del 
trabajo, cosas todas muy distintas del materialismo 
burdo, que en vano pretende identificarse con ellas 
para sus fines peculiares y bastardos. Los que creen 
incompatible la Poesía con el conocimiento de la natu- 
raleza, haciéndola vivir ünicamentc del misterio, que 
nos la ocu1t:i desfigura ndula, palpen aquí ct'imo su idea- 
liza hasta lo m.ls prosaico; cómo, sin desmentir las ex- 
plicaciones de un físico escrupuloso, se dice tiellisfma- 
mente del paran*ayos: 



KM Et. SIGLO XtX 3fi9 

Mas mientrnA mnnde e] iris de Dios la le jarndn, 
Adn pnede su granjera el hombre recordar; 
Que, si su Tuerza es déWA, sabrá con mano oseíAa 
El sizno de su Imperio clavar en su morada, 
y, en viéndole, va el rayo sus plantas & besar. 

Al penetrar en los senos del coni7-ón, ínvestijpindo 
[la causa de sus luchas y contradicciones, y el objeto A 
que tienden sus ansias; al hablarnos de la culpa prirai- 
Itiva, de su redención y de la nueva atmósfeni moral en- 
que respirA el espíritu después de la muerte del mis- 
[mo Dios, no se sostiene* SAnchcit de Castro A la altura 
londe se habla remontado, siendo mfls trilladas las 
[ ideas, menos brilliinte la imai;en, mAs apíig^uln y mus- 
do el wlorido. quizíís por no ser nuevo el aríjumento. 
¡El fimil, consagrado á caniítr los triunfos del arte, me- 
|fe<:e la mistna censura, y no sé si le alcanzar.1 i(rual 
'dcfensn. 

TnL-i un vuelo tan arriesgado y feliz sintió Sánchez 
de Castro el desaliento mortal que esteriliza, la apiUica 
Indiferencia que ahofra en flor los generosos entusias- 
mos por el arte. Muchos afios antes de que una muerte 
prematura i inesperada arrebatase al simpático profe- 
sor de la Universidad Central ' luibía decidido ¿stc vi- 
vir retirado del mundo de la líteriiturn militante, sin 
dejar de 5cr\'ir A la buena causa en otras esferas. 

(>uiiíís ha contagiado esc desalíenlo al que, no por 

amor de hábito «^ preocupaciones de amistad, sino por 

_ convicción sincera y profunda, considero desde hace 

ios ados como continuador de una tradición nunca 

[lotcrrompida en la Orden ñ que Tambi^^n me gflorío de 

[pertenecer. No es tan aplaudido como debiera, ni como 

lo son muchos poetíllas de agua chirle, el P. Pr. Conra- 

[do Muiflos y Sdcnz, á pedir de haber obtenido en mu- 

lofi certámenes premios más merecidos que gloriosos. 



( eiJUI<i4cD(daMM«<leina.S4HChM4cC«trAlMMit(UUliloM IWrat 

TOMO n 24 



370 



LA UTERATUKA ESPA.^OLA 



Bien quisiera ncnüir A ki irresistible elocucncfit de 
los ejemplos; pero no consienten baccrlu con ampIiwJ 
•los limites A que forzosamente he de sujctiumv, y el 
avisado lector adivinará lo que no indico por lo que. 
con la hrcvcdad posible, ir6 ofreciendo ú su conside- 
ración. 

Ctrvatties cu Argel ae titula la primera enlte las 
composiciones laureiidas del P. Muiftos ', y en la que 
aparecen sintetizados los caracteres que le habían de 
disünitciiir siempre: íjemilleic y elegancia en líis formas, 
sentimiento más que profundidad, esmero en d \txi- 
Kuajc. brillantez y galanura en la versificación. ¡Quí 
plrtcida y serena cxclumación la de los primeros cunr* 
tctos! 

jVivícra el genio en la región dícliosa 
Que allá en su mente arrebatada crea, 
Y aUi explayara la mirada ansiosa 
Do inspirnción sublime centellea! 

M;is siempre, siempre con el alma herida, 
Atormentada de murtal anhelo, 
Cruza llorando pI yermo de la vida 
En busv:a de su patria, que es el cielo. 

Lo propio sucede en las odas A la Fe y La convi^- 
siótt de San Agustín, donde &c ven imágenes como ésta, 
referente t\ los dilaciones que ponía (x la gracia el coru- 
7jC*ti del angustiado joven: 

Mañana eterno que á su vista huía 
Como en Lt Libia ardiente 
Huye de la sedienta caravana 
El engafloso lajfo transparente. 

Al cantor la guerra de la Independencia csp.iñola, 
emula el P. Muíflos la ptndílrtca elevación de Gallego 



I Puede locrte. cono ludas la* dm ik, cola JtivMi iUnutbitaMOcomlBCB^ 
te ÍA tMáti (1« IHaJ aHeatran Dota d dui «n que ui aoMt las cwiecdona. 



E¡t KL SIGLO XIX 371 

y de Quintana, [ifliidicndo al e'DUisíitsmo Mlícu el reli- 
gioso, «luc hermusca tanto lu oda romo ln dcsfíguran el 
iÍcsli!ÍroÍt.nto nimio y la vcrbosidud pomposa, recursos 
vanos pitra llenar el vacío del pensamiento. 

La baíalla de Acínas, leyenda histórica de pobre 
inrcodón, no atrae, como las de Zorrilla, por el irre- 
sislíble intcn^s y el vigor del colorido; pero tiene epi- 
sodios de mu3' buen efecto, y partes rigorosamente 
líricas que todo lo compensiin con ventaja. 

No dirí yo que exceda en valor A. las anteriores la 
odtt .4 Santa Teresa de Jesús, linica premiada entre 
las sinnúmero qae concurrieron al certamen promovido 
en Salamanca para conmemorar el centenario de la 
^oríosu Doctora avllesa; pero su tono es msSs intimo, 
dulce y afectuoso, recuerda más el de Fr. Luisdc León, 
A quien el pueta invoca, y llega A tocar en las regiones 
del misticismo sublime, de donde brotó ta ¡tama de 
oMor xt'va. 



Dulce es tener el conizóii herido 
Si es el amor divino i|uien le liierc; 
Que es el amor atmósfera del alma, 
Con él vive feliz y sin él muere. 
Tii lo dijiale, tú, mujer bendita: 
Entre el borror de la mansión maldita. 
Aun en la eterna, inextinguible biqjaera. 
El Jefe inmundo de la grey precita 
So sería infeliz si amar pudiera. 

El pensamiento de Santit Teresa: pobre del dctnomo 
porque no Puede amar, ntmca se ba expresado lan 
iirnte; ahoni v¿asc una muestra de acabada des- 
. . .,,.ión psicológica; 

Padecer ó morir, fue tu div'isa; 
Dios le otorgó el vivir paní tormento, 
P;ira que mírtir fueras 
Con m.inÍrio de ;unor profundo y lento. 

lOh! que es temible congojoüa muerte, 
At pobre corazón enamorado. 



373 LA LITERATtltA ISil>Af)OLA 

Entre cadenas arrastrar so suene 

Ausiintc de su AmatJo: 

Verle qüiz-ls que en loníananiji asoma, 

Y SMitir dp sus ojo^ los rc6nos 

Y oír su acento, y aspimr ai aroma; 

Y al lanzarse en pos de ¿I, ver con desvio 
Su hermosa faz desparecer de lejos, 

Y estrecharen los braios el vacío. 

El P. Muiflos, que, á pesar de ¡U^iinas caídas lo- 
mcntiiblcs, tiene tanta inteÜgCDcía como imagfimtcidn, 
y que luí cilucíido la umi y la otrn con la severidad de 
sus estudios, no corre desolado en pos de los oroixilcs 
con que frecuentemente se reviste la poesía contempo- 
ránea, y sólo ha escogido de ella la varia y brillajiie 
fecundidad de la inspiración, y cl artificio de la rima, 
mientras acude A los grandes modelos del siglo XVI 
en busca de la corrección y la claridad, desdeñadas 
por el scn-um pecus de las letras. Con todo eso. su 
inexperiencia ó su sangre juvenil le arrastran A imitar 
míls al cantor de Padilla qtic ul de Lt* noche st-rrua. 
y de ahi ciertos rasgc« de afectación, de fc^osidad in- 
disciplinada, y más que todo de lo que ya he dicho an- 
tes: de verbosidad y desleimiento. Las odas de alto vue- 
lo, tras un período de boga extraordinaria, han venido 
Á p;uar en descrédito, gnicias Á lu5 íníinitos abusos 
que de su nombre se han amparado, y por esto quizA 
no son apreciadas en todo su valor las del P. Muiños 
y Sdenz, ni distinguidas de otras que sólo en el iium- 
bre se les parecen. Yo le aconsejaría, no precisamente 
para evitar confusiones ó seguir los versátiles capri- 
chos de la opinión pública, sino para mejor beneticiar 
su talento, que mudase de rumbo y cultivara otros gv- 
neros más conformes con cl gusto y las aficiones de la 
i-poca. 

Así lo practica en parte otro agustino, más joven y 
no menos poeta, dueHo de los arcanos que se encierran 
en la gama de colores y sonidos del lenguaje, con cu- 
yos elementos pitucos teje visK^as ñlígraoas, y cu- 



Ks Ei> SIGLO xa 373 

y« temas musicales (ies<:ni*uelve en g^raus melopeas. 
El r. Fr. Resiituto del Valle, que es á quien roy alu- 
diendo, posee adcm;\s imaffinación creadora y sinj^lar 
instinto de U bclle/A. L.'l debJUdiid de b.tbcr concurrido 
Á numerosos certámenes acuiHfcinnda de la fuituna dd 
triunfo, no debe hacer sospechosos los cantos Úricos 
del P. Valle que. aun en temas impuestos y como de 
pie forzudo, se levanm de la esfera de lo ^Tilgar. En la 
seguridid de que á las primicias corresponderán Lis 
manÍfesuicione:s ulteriores dv una musn que timtu pro- 
mete, y por el temor de incurrir en amistosos apiísiona- 
micnios, dejuré que los años confirmen mis encomios y 
mis esperanzas. 

Como el medíocríbus esse poctts de Horacio, tie- 
ne cspccialísima aplicación cuando se tram de lo divino, 
no quiero mencionar A muchos autores que, con la me- 
jor intencit'in del mundo, y sin más condiciones que el 
atrevimiento candido, se entrometen en un terreno que 
tes esuk prohibido. La pla^ de los poetas gerundianos, 
siempre temible, lo es con doble motivo en este giínero, 
porque conscituye en blanco de la rechilla las creencias 
jn&s venerandas; y hoy, como siempre, estamos en el 
JelHT de demo(;ti"nr íi sus enemifíi>s que en ell'is se halla 
escondida la virtud rcg:eneradora del arte, bien lejos de 
que sin*an de obstáculo á su majestad y engrandeci- 
miento. 



-;ií— 3M6— i'> 



CAPÍTULO XXI 



MAS SOBKE LA LÍRICA CONTKMPOR4 MEA 



TMaloro Llsrpntr. V. W. Ijnrrnl, Kntclrtrh. .MPOTrr,f«lviiiiv, iHí.- ffpvol». 
Tatinadn. ('o^llo, Kloira, Anaorma. riwir». Balan. Kifanln )iU. Sñiirl 
MkdrtKal.-IVivIlBN Valonrla. Ímh piírUnArí .UnlHAVániira.. 

ENTKI-: la muchedumbre de aficiüiuulos & la lírica 
que han puesto su correspondiente tomito en los 
escaparates de las librerías, ó su tirma en las co> 
lumnas de fM Ilusíradíít/ Española y Atitrrícana, nos 
quedfi aún tjut cntrcsjicar una respftablc minoría de 
poetas, enteros ñ fraccionarios, grandes ó chicos, pero 
poetas de todos modos. 

íCómo olvidar al rey de nuestros traductores en 
verso, al valenciano Teoiloro Llórente, en cuyas sono- 
ras y delicadas rimas han cabido, sin apretura ni aho- 
go, las concepciones gigantescas de Longfclow, Byron, 
íii'hilicr, Goethe, Heinc, Lamariinc y Víctor Hugo? 
¿Cómo negar á las Leyendas de oro ' la misma ala- 



1 lifftniliudt om. Poetla* df ¡lu prbvipala iroJort» narfrma* errt{((ai<B rima 
carfettmo. Dndc t97!V nm puhUrailsH lrf-^(<ilÍ<.-tMic« de ttic libra: la SttlnA. 
corregida, nodcnprT con aiimo, loinu p«ricdcUSf>Ui(fMaKb<l<i (loao V. 
•m aflo) qae Imprlnuroi VnkiKla el editor AiufloT. 



EX m. SIGLO XIX 335 

h)pza que tributa Cervantes & la rcrsiii}n Je Amittta 
por D. Juan «Je JrtureKui? Apoderarse con liriosa valcn- 
lia dt' una idea ajena, rcctlentarla y fundirla en una 
forma riimica, comparable A veces con la del original, 
rs tarea que supure cjtsi tanto como la elaboración del 
material poético y un amor al arle muy poco común. 
Por este procedimientü han adquirido carui de natura- 
lexa en Ei^pafta^cantos y narraciones de dktintísima 
frTugcnie.Lativlinrífilla,E//¡ic,s:o(ifl cielo (de V.Hugo), 
Ostar de Alha i.de Byron) y Exalsior (de Longfelow). 
Esta Aliima poesía luce en los versos de Llórente una 
p^cci•nl^n y una firmeza esculturales, mientras en La 
bohardilla cede su puesto el monótono golpear del 
alejandrino al ajíraciado y flexible movimiento de es- 
trofas como la siguiente: 

Imponente, severa, misteriosa. 
Se alxa la i;.'lesia altiva; 
En sus muros dibújase la ojiva. 
Como una flor abierta. 

Y de calada piedra hermosa rosa 
Las hojas desplegó sobre la puerta. 
En la bóveda enorme 
De su na^-e sombría, 
Santos, AniTfrles, vtrpenes, el cielo 

Y el infierno dwforme. 
Se mueven y oonfunden 
Cual sucAu de ii;¿itada tantasla; 
Pero DO adrada tanto al alma mía 
La Iglesia venerada. 
Con sus arcos, sus vidrios de colores, 
Sus Wmparas de libios resplandores. 
Su torre audnz, su esplvndida fachada, 
Oimo ese coarto estrecho y encumbrado 
En donde suena música tan suave, 
Cual si estuviera un ave 
Cantando en el alero del tejado ', 

Lo que desa^rrada en esta prc-ciosa colección es cl 



* ttm im m t w t «( la ot^tw 'i V. iíMiTrcr|«U(daMin>rtMMMr40pUi:dcTSra 



376 LA LttERATttKA ESrA.^OLA 

trecuúntc empleo del romance endecasílabo, que de ^o 
no preferiría cl Sr. Llórente iratjlndosc de composicio- 
nes suyas; la. brusca succsiún de coritas y pausan, mal 
avenidos con Lt harmonía, y acaso también la excesiva 
libertad en las alteraciones y parafr;isis en que se sacri- 
lica la interpretación fiel i^ la elcg^incia. 

Previas tales ejercicios, aspiró l-Iorente á nada menos 
que traducir en verso el Fausto, de Goethe, proyecto 
acariciado por él de muy atrás, cuando asistía con es- 
casa afición á las aulas univcrsitaiias, y que realizó 
Fcl¡/.mentc siguiendo las huellas del italiano Ajidr<^$ 
Maffei '. El celebérrimo doctor de la leyenda alemana 
viste con holguní la ropilla de los héi'ocs de nuestro 
antiguo Teatro, y las cnrei'esadas frases y arcanos co*- 
ccptos del Júpiter Cic Wcímjir se reproducen sin ^run 
desventaja en cuartetos, romances heroicos y g:alUirü()s 
versos octosnal>os. Si se toma en cuenta la falta de pre- 
decesor y modelos en tan audaz é improba tarea, es el 
de Llórente algo más que un modesto ensayo, y así lo 
reconocerán cuantos sepan apreciar el mérito y tat 
diUcuItaües de las versiones poéticas. 

Hn el volumen intitulado Amorosas, los \'ersos á* 
In juvfíiluíi y otras muchas composiciones sueltas, se 
descubre por igual el cspontAneo y fecundo numen de 
Llórente. 

\^denci:mo como él, y como él apasionado de las 
musas, canto su umijío V. \V. Querol ' p;iru los pocos 
que no necesitan de la autoridad ajena ni de los eno- 
míos de guardarropía, que reparte la prensa despótica- 
mente, pora tos que saben escoger los lecturas sin cl 



I AmCd, irvftOU <te Am WiAJaug fivedn. trnduelilo por D. Ttodnra UormlM, 
PrOttrú ihiV. BaiCirkiniL KOlhleta • Arlt ^ Ulrtut , \i>tfi. 

■ Mag*.... cvH un pr^ivtfV M £m:iw. Sr D JYibv X itr diMFCAi... Vftlat. 
cU. IM7T. Dctirn Ipulnante toaiBnw rn cucni* la pocu.i <ii*' tucen duitf, 
lavrru «i un almana^Dr de Xa Ihultairftn, y ti brico (fuimiivín p&iiumo'm 
4NC Qar/ol cajiut cl Ji-tcubrimiepio Ja U Ani>!rlvji- iCa la Arate Votknw. 
NoTlcabfc <k \tfXi, páp. 3M y 3W.) 



Ett EL StOLO XUC 377 

vcnnl reclamo de las gacetillas. El que Valera y al^n 
Otro critico ponderasen la corrección elepancisima de 
(^uerul nu podía bastar para conquist:irle la gloria que 
íi ütros se regala t^ontra todo fuero de justicia, }' quizú 
sonó aquel nombre por primera vez, y comoextraflo en 
los oídos de muchos, cuando lej'eron la notícút de haber 
muerto el poeui que lo Uevab;» (IfíS^}. línfrastuido du. 
r.uitc los últimos aflos de su vida en la prosa de los ne- 
Rocios comerciales, no desminiiú nunca el autor de Eí 
rrh'pae, las Cartas tí Ataría y La Jirsla df Vrtttis, ni 
aun en los versos escritos al azar y |>or en<mrgo, aque- 
lla lubitidad tiícnica que no .se confunde en 01 con la pa- 
labrería sonora 3' sin objeto, aquella estima del arte que 
no le permite desmanes ni caídíis. 

No cabe leerle ni hablar de él sin recordar A Quinta- 
na, cuya amplia y rozagante estrofa fue el molde S que 
se adaptaron, como corriente de oro fundido, la profu- 
sa vnricdad de afecciones que en su espíritu atesoraba 
al hogar doméstico, A la mujer, & la í*atria y á la Rcli- 
p«jn. Sentia Qucrol lo bello en todas sils fases, sin per- 
juicio de dominarlo para que pudieran entrar todas den- 
trodc un estilo y una expresión uniformes; amaba por 
ierua! la pureza de línciuí y la intensidad del ci:>lorido; era 
iJolatm de Ui rima abundante y acendrada, huyendo 
tan de veras del ripio y las consonancias Mcili^s, que 
suele pecar por el extremo contrario. Con ser sus poe- 
sías bien poco numerosas, y con dominar en ellas la 
mutua semejanza aludida, encierran elementos de pro- 
. ncia clásica con otros modernos y novísimos, pri- 
iu"n.>as imitaciones de la poesía hebrea y pensamien- 
tos y palabras que podría usar Hatt'm hablando nuestro 
lenguaje. No es indica de ¿I la explicación del sim- 
b'ili'imo oculto en la leyenda de Venus, que desen- 
vuelve Qucrol dramiltii.iimi:nit! en un;i composición 
bcUísima ': 



tAfMla A t'ffMu, i<HMk»iU tM el Álmamiiti ib La Mitttmüii (tlOW. 



378 I.A LITERATUBA BSPASoLA 

Vmus DO (tic 1h meretriz Impura, 
ano el místico emblema 
De lii iiiL-fs;mií' y rpiiaciente vida 
Que eternamente dura 
D;l casto amor bajo la ley suprema. ' 
Venus es la escoodidn 
Fuerza qac late en todo, 
Alma, por arle misleríoso, unida 
Del cuerpo vil al deleznable lodo; 
Es cl consorcio, el plácido himeneo. 
La infatigable creación, la esencin 
Que, por secreto modo. 
Vivida alienta el peninaí deseo. 
Venus es la existencia 
Que audaz la muerte (vasajem tronca, 
Pero que entre sus brazos 
Naturaleza con amantes lazos 
Perpetua engendra sin cansarse nunca. 

TambiOn hny en Mnltorca quien, sustiayCndose 
parte i\ V.x iníluencia del Renaatnietito en bo^ra, prefie- 
re formar con los que piensan y cantan en el fran idií>- 
ma naLÍünül. Junto a! pocia reglonalisia Miguel Costa y 
Llobera, y con tendencias bien diferentes, podemos ci- 
tar A Juan Luis Estclrich, coleccionador de una Antoio- 
f;(a de pactas Uncos tíaiíairos, tradncidos cu verso '. 
muchos por ¿-I mismo, que ha encontrado en esta labor. 
quiiíii inconscientemente, un medio dq fijar la confusii 
abundancia de ideas y las oscilaciones de forma y estilo 
que ofenden en sus Pritn/cias *. Con mis estudio y 
menos indecisión dejanl de serle esquiva la Beltcsa re- 
cóndita de que tan amargamente se queja: 

Su amanto soy, y ral existencia ignora, 
Siento cl ansia sin lin de l'rometeo; 
Sueno la luz, y se obscurece el día; 
Cojo cl buril, y mU ideales puros 
Hl calor en los mármoleü engendran 
V el monstruo sólo mis callosas manos. 



• Pnliiu 4c Maltorvj. IWi. 



Joven y mallorquín como Esteirich, descubre Juan 
Alcover en sus Poesfas ' un gusto mAs acrisolado y 
uniforme, unn fant:tsia esplíínüida y educada con co- 
piosas y bien dieeridas lecturas, y un dominio de la 
versiíicacit^n que honraría A cualquier poeta castellano 
de nacimiento. Tal vez se asoma á los jardines de Cam- 
poamor; pero de ordinario prefiere libar las flores del 
sentimiento y la ilusif^n fascinadora A embriagarse con 
tos corrosivos jugos de la dada y el desencanto. El 
mismísimo Antonio de Valbucna no tuvo reparo en 
colmar de elogios las poesías de Alcover, analizando 
su pocmita £t nido con justlñcada dt'lcctncÍ<Sn, y co- 
piando el delicioso apólogo La nube y la fuente, que 
también ofrenx» ¡I mis lectores: 

TrOmuIa de placer ana fontana, 
Al beso h.iU{;»Uor se sonreía 
Del &ol de la mañana. 
Mas de pronta una sombra se interpuso 
Entre el amante y ella, 

Y con rumor confuso 

Así l:t luente dice y se querella: 

—¿Por quí de mi tesoro. 

Por qué del recalado sol del estío, 

0»e en mí hañah;i sus cabellos de oro, 

Me privas importuna?— 

1-n nube respondió:— ¿Del seno mío 

No -tabes tú que brota 

ti a^a que destila gota á gota 

Ese pcAasco azul sobre tu cuna> 

¿No sabes irt que el sol que le embelesa 

ExtiniTuiéndotc va cuando te besa? 

No lloros, pues, ingrata. 

Porque el materno amor que te da vida 

Guardarte quiera del amor que mata.— 

listrrmceió la selva obscurecida 
ÍMiiÉl y fresco viento; 
Suspiríi su follaje movedizo, 

Y la nube, llenando el firmamento. 
Sobre la tierra en llanto se deshilo. 



' r*kn «c Mnllom, Vm. 



390 



LA LITERA-TORA SSPASOLA 



El amor a\ dialecto y A todas las cosas do la tierra 
es mrts Intonso y exclustv¡«a en Cataluña que en las 
otras dos regiones hermanas, y los ooniados versifica- 
dores que se resuelven A abandonarlo piensjtn rcal- 
menie en cataWn y traducen su verbo interior en frase 
castellana con la premiosa diticiiltad de un 1iisp»nófilo 
extranjero. No contaré entre (as excepciynys á Jaime 
Martí-Miquel, el infatigabLc traductor de Poemas y 
Por.tíaf: <le los primipalcs atUores y extrattjrros, é 
quien no ap-adecerían mucho su ser^'¡cio Lord Byron. 
Walter Scott, Víctor Hug-o, Musset... y León XIIL 
Aunque significa algo míU el nombre de Juan Tomás 
Salvany que va al frente de dos voliimcncs en verso, y 
aunque en los dos hay diamantes revueltos con escoria 
y Calco, padece el incenio que los ha producido los acha- 
ques, al parecer contrarios, de la hinchazón v el prosaís- 
mo, se eleva del suelo con la misma facilidad que des- 
ciende hasta él, y por el deseo de mantener las cuerdas 
de la lira en rígida y violenta tensión consigue sólo que 
estallen en vibraciones inhiirmónicas. El idioma de la 
naturaleza y del espíritu, con cuya esponti'inea elocuen- 
cia atina Salvany en ocasiones, excluye los adornos 
postizos y el hablar ttorrcttíto, con que se hacen osten- 
sibles los desfallecimientos de la inspiración- 
Poeta de certámenes llamaría yo á D. José Devolx, 
qlie, con efecto, ha obtenido en ellos muchas coronas, 
si sobre unos y otras no pesítra el justificado desvía 
con que hasta la mus laxa benevolencia ha de mirar la 
apoteosis del mal gusto y la prosa rimada, hecha por 
obscuros jueces en la persona de más obscuros agra- 
ciados. El Sr. Devols obtuvo premio en los Juegos 
Florales con que se solemnizó el primer matrimonio 
de D. Alfonso XU (1878) por el Ayuntamiento de Ma- 
drid, y cuyo Jurado eonsticufim ilustres miembros de 
los Reales Academias Espaflola y de la Historia. La oda 
laureada, EJ amor, descn\*uelve un plan demasiado ex- 
tenso, y es de ejecución desigual, rdpida y fricil rt tre- 



BM EL SIGLO XIX 3^ 

chós, deslucida en otros por lugares comunes y tautolo- 
gías. Hity al final algunas estrofas que encierran en ger- 
men la composición .-í ¡a tntijcr. presentada en un cer- 
tamen de Burgos por el roUmo autor y que mereció et 
accésit. Por último, al Sr. Devolx adjudicó la Academia 
de la Lengua el primer premio ofrecido A la mejor pue- 
sta que conmemorase Uis j^lorias de D. Pedro Odderón 
tic I» Barca en su segundo centenario, sufriendo este 
dictamen vivos ataques de algunas publicaciones, mien- 
tras era en general recibido con silencio sospechoso, 
equi^iilente A la indiferencia. 

Con motivo del ajíendereado centenario dedicó al 
gfnin poew de Im ^ida es suelto otra oda, premiada en 
diez ó doce cerulmenes, un D. Nicolils Taboada y Fer- 
nández, imitador de Quintana en el estilo y las ideas, 
amigo de la declamación oratoria 3* los anatemas con- 
tr.1 los muertos, tan esmerado en la factura de los ver- 
sos como deficiente co ct fondo. Con el titulo de Albo- 
res, poesías prctmnttas ^ itii'riilas ' ha coleccionado 
ISK mejores y las peores, entre las que descuella la an- 
teriormente citada. 

Carlos Coello, el autor de los CtwHtos ittvcroí^imilfS, 
& quien ya conoceremos wmbiOn como dmm¡ítico, dejó 
en 5U temprana muerte una reputación de sonetista 
que no carece en absoluto de fundamento, aunque la 
híiyn exagenido mucho la amistad. Escojcfa, no siempre 
con acierto, los rasgos finales, prcpar.-lndolos hábil- 
mente, pero sm cuidarse tanto de ta naturalidad. El 
soneto i\ D. Francisco Salas en h\ muerte de su hijo, 
termina así: 

Huye el vano placer, amigo artero. 
Sembrando fa vergüenza de maflana. 
Cual la lanza de Aquilcs, el sincero 
Dolor la herida que produce sana; 
Que el hombre templa í golpes el acero, 
Y A golpes templa Dios el .lima humana. 



* Ukdrld. VfÜ. 



3RS LA UTEKATUBA ESTAÜOLA 

El adiós de CdcUo á las musas, repique de casoibc- 
les que no parecía prcsairiar cl de la campana fúnebre, 
es cl jócosu cuento en verso I^s trc^ lurntatias, que 
inserid el Alntanaqtie de La Ilttstradóu para 1888. 

Al tropezjir aquí con Eusebio Blasco, iicrdonen sus 
devotfts, no él, que habla de si mismo con laudable mo- 
destia, si, decidido A administrar justicia, y aun no evo- 
cando la negra sombra de los Atpegio.t. proscritos hoy 
de las librerí.'Ls, no Mepo ¡i reconocer tampoco en lus So- 
Irdadrs • ni en las Poesías /estivas * cl alicnt<.' de una 
personalidad que sienta y piense por cuenta propia. 
Blasco se acuerda con excesivo empello de Becquer y 
Campoamor, ralamdo liis rímxs y las doloras, como 
quien no sabe andar su camino sin atender al trazado 
de la guía, como principiante inexperto que no se atre- 
ve A confiar en sus fuerzas. Esta observacicm se refiere 
A las Solctlailfs, descontando una poesía A la Virgen del 
Pilar, otra, aftadída, ¡i los prodigios de la industria (Las 
ferrerfas), y cuyos alejandrinos suenan mejor que el 
Htulo, y las que no estAn precisamente ímiíadas de un 
autor, sino de muchos. En los bambochazos de las Poe- 
s(aa festivas brotan los chistes con espontaneidad, pero 
tal vez rt expens:is del pudor y de la gramiUica, llejían- 
do entonces l;is libertades para con el uno y la otra, y 
la amplísima laxitud de criterio que se permite cstiUu: 
Blasco, á los límites de lo intolemWc. 

Por el fervor y la asiduidad con que se consagra & 
la Poesía, da indicios de tomarla en serio Luis de .\n- 
sorena, en cuyas sombrías producciones, que por con- 
tnidicción extrafta ocupan frecuentemente las colum- 
nas del Madrid Cótniio, centellean ráfagas de luz no 
siempre procedentes de hi imitación. Cosas de ayer y 
E3 puñal df Alhacctc están diciendo cuáles son las filo- 
sofías, y cuAles los modelos preferidos por el autor. El 



• Madrid. 1876. 
■ Madrid, ism. 




un Ru sicIjO XIX 3B3 

p-énoro cHmpoamoríano sin la grada y hi flexibilidad 
t|Uc le son prop¡;is,«y con ck-rto dejo de austera eleva- 
ción mural, tiene en Ansorena un cuUiv.-idor asitluo y 
ri*Uitiv:imvnte afurtun:ido. 

Mucho tiempu antes- que apareciese en !ms ¿jittes 
lie E¡ Jmparria! [1 de Septiembre de 1891 ) el artictUo 
de Federico Balart, en que nos Imblnbn con justo en- 
carwimiento de Cn /tai/usgo, el del autor de Dédato, 
Gonzalo de Castro, conocía yo algunas composiciones 
de este poeta que me hicieron formar de él una idea 
muy aproximada á las apreciaciones del celebrado críti- 
co. Como ^1, entiendo que la (acuitad predominante en 
Castro es la ¡m;iff i nación, de cuya savia brout el capri- 
choso pero esplendido ramaje de metáforas y descrip- 
licnes características en el autor; que "esa factütad 
imag-inativa tiene á su servicio un vocabulario, no siem- 
pre rlínirosamente exacto, pero siempre rico de nom- 
bres correctos, de adjetivos pintorescos, y sobre todo 
de verbos expresivos que, un:is veces en sentido pri>- 
pio y otras en sentido ñgurado, comunican .il estilo 
rid;t, calor y movimiento", y que no falta á Castro pora 
ser poeta de primera fila nada más que el arte de com- 
poner, por cuyo defecto "'muchas de sus poesius, ó des- 
carrilan, iJ desmayan, ó Sic desvanecen á nuestra vista 
cuando más cebados nos tienen en su lectura". Hl fon* 
do mciunalista de algunos versos y la afectación de 
grandcjuí y originalidad, son otras dos cosas que me 
desagradan en Castro. Como muestra de sus aptitudes 
servirá la siguiente deímición teúrlco-práctíca de la 
Poesía; 



¡1^ Poesía! Impulso bendecido, 
Tal VC2 de Dios el misterioso rastro. 
Nace en el corazón, como el latido, 
Y se pierde en el cíelo, como el astro. 

Vibra sin cuerdas, sin buriles labra; 
Condcns.-ici<'>n pasmosa de. las artes, 
Su cuerd.! y su buril son la palabra. 



3M LA LrmiIATUItA. BSfAAOCA 

Us la santa elocuencia 

De todo lo creado é increado* 

\Ln idea y el tattdo hechos cadencia! 

[El Inmortal espiritn rítnado! 

Y el alma, y los espacios, y La tierra. 

Cunnto f^iarda en su (onda el universo, 

Con su poder lo encierra 

En una linea mAKÍca..., en el verso. 



Federico lialart, que ha servido de heraldo al aulor 
de Dé<iaJo, escribe también hermosas poesías, inspira- 
das por ese sentimiento profundo y melancólico que 
dejan en el alma las ruinas üc la felicidad, por esc amor 
purísimo, casto é inmaterial, que es como la sombra Jel 
bien perdido, revolando en torno de la memoria y de 
jando en ella altemativiimcntc semilla de dolores y iU< 
grlíis de terror y de cspernnzí». El antifcuo redactor 
de Gil Blas, el escritor punzante y cáustico que pare- 
ce disponer de un sexto sentido para descubrir el ras- 
tro de lo cómico, así en las obnts de la naturaleza como 
en las del arte, hu tejido sobre In tumba de su esposa 
una carona de -siemprevivas regada con llanto de los 
ojos y sanirre del coraj:ón, como si jamils hubiese ver- 
tido su pluma una crota de hicl; habla el lenguaje del 
misticismo cri'>tÍano, y de la fe resipiada y tranquila, 
como si su inteligencia no $e hubiera asomado i. tos 
abismos nebros de la duda, y sabe destüjir de la mirra 
del infortunio las mieles de la confidencia psicológica 
y el arrobamiento contemplativo. Al hacer Balai't á su 
esposíi muerta la /^tH/tíiiaÓM <lc sus canciones, Je dice 
con sencillez conmovedora: 



lel^ 

4 



Desde que abandonaste nuestra morada, 
De la mortal escoria purificada. 
Transformado está el fondo del alma mía, 
Y voces nign en ella que antes no ofa. 

Todo v-'Uluuo en la tierra, y el mar, y el viento, 
Tiene matiz, «ri»ma, lorma ú acento, 



1 



Bf« EL SICLO XIX 

IV mi Animo abntido turba la calmn. 

V ea canción se convierte dentro del alma. 

Ya lo vtó: las canciones que te consairro 
lin mi mente han nacido por un milagro. 
Nada en ellos es mío, todo es don tuyo; 
Por eso á tí de binojos las restituyo. 
¡Pobres liojas caldas de la arboleda. 
Sin su verdor el alma desnuda queda! 

Pero no, que arin te deben mis amarjfuras 
OtTíUi Tn.ls delicadas, otras mrts puras. 
Canciones que. por miedo de profanarlas, 
Ga ol aliTbi conservo sin pronunciarlos. 



3S 



V todavía nos bítbla el poeta de otras 

Dmciones sin paUíbra, sin pens;»miento. 
Vajeas emanaciones del sentimiento, 
Silencioso gemido de amor y pena 
Que en el fondo del pecho callado suena; 
Aspiración ronTu-ia qac, en vivo anhelo. 
Ya es c.nnción, ya ple;;ari.i que .sube al cielo; 
Inquietudes del alma de amor herida, 
Vagos presentimientos de la otra vida; 
Estasis de la mente que á Dios se lanza: 
Luminosos destellos de la esperanza; 
Voces que me ase;íuran que podré verte 
Cuando hI mundo mi.*) ojos cierre la mucrir; 
¡Canciones que, por santas, no tienen nombres 
En ta leoicua grosera que hablan los hombrea! 

Esas de mi esperanza fijan el polo;— 
I V ¿sas fion las que guardo para mi sólo! 

Paisanos de íialart, quiero decir, nacidos en Murcia, 
son otros dos poetas Á quienes el tiríVntco silencio, y 
t)UÍzá lu susf ícacin de la opinión ante Lodo libro de rtma^ 
00 auiiirirado por una firma ilustre, negaron la hojaUc 
Iaun:l que, en mi juicio, les corresponde. De uno de ellos, 
Ricardo Gil, disentí el mencionado critico de ¿o^ /.ím<'5 
de Ei fiit parcial (ló de Septiembre de ItW), cinco aflos 
después de publicadas las pocsúis De ¡os qm'uct lí ltí.< 

lONO u 25 



- tí6 LA LITERATURA ESfAÜOLA 

trri'nía, diciendo asi, después de copiar dísiintos trag- 
laentuK fscogidos: 

"1^1 (jmtH:i/»n de nuestro poeta siempre os sincera y 
profunda, pero casi siempre reprimida, con lo cual, lejos 
de dehilitiirsc, adquiere la fuerza de un licor reconcen- 
trado. 1^ delicadeza es uno de los modos que tiene Je 
funcionar la fuerza... 

"Desmenuzarlas obras de un poeta como Ricardo 
Gil, no es dar idea de su mérito. Despedazadas de esc 
modo, des;»parecc uno de sus principales méritos: la 
composición. Nadie supera il nuestro poeta en la elec- 
ción de asumo, ni en la distribución de las partes que 
cada uno da de si. Sus temas son siempre poéticos, su 
composición es siempre lój;^ca, es decir, acomodad? al 
fin que se propone, y ese fin nunca deja de ser artísti- 
co, aunque la obra resulte además iluminada por al£:ún 
pensamiento profundamente moral. Kl sentimiento da 
calor íitodassus palabras, yelestilocs^empre un ropa- 
je flexible que se ciñe al pensamiento del modo mils con- 
veniente para modelar sus formas sin destigurarlas." 

No ha tenido (anta suerte como Ricardo Gil el autor 
del Roitiantrro de Don Alvaro fíasátt, primer Marqués 
de Santa Cruz de hStulda ', Ricardo Sánchez Madrisrul. 
Omulodcl Duque de Rivosy de Zorrilla, narrador cniu- 
siaíita, más Úrico que ¿-pico, de antiguas pero inmarc*< 
sibtes proezas espaflolas. 

en esc romance altivo 
de antigua y noble prosapia, 
cuya scncílic): ingenua, 
eayas robu!)t.ii> estancias, 

SoH privilejiio que tienen 
habla y gloria c-.istellanas, 
como coa ellas nacido 
al fragor de las batallas. 

Lu toma del hábito de Santiago, el socorro de Mal- 
ta, las haxinus de la conquista de Portugiil y las islas 



■ UnJrU, IH»). 



SIGLO XIX 387 

Tcrcvras, los ümbvcs grucireros y poltUcos que ag:[$:an< 
tan \it soberbm figura de Don iVJvaro de Bazán. acrecen 
también la Tena de su panegirista, que, al referir con 
gallardía y dcscmbanizu los hechos contenidos en la 
historia de su héroe, ora \ix esculpe en raíaos concisos 
j esculturales, ora los pinta con la vivacidad de un 
lieny.u flamenco, ora los canta con fjrandilocuencia he- 
rreríona. La pesadez de algunas enumeraciones, la ex- 
cesiva ntriedad de las asonancias y el des;dÍento prosai- 
co, que tal %-ez cortan los vuelos á la musa de Sitnchez 
Madrigal, no quitan para que sus romances se hom- 
breen sin gran desventaja con los de C/n casteilaao ¡eat 
y A buen jties mejor íi'síígo. 

Tampoco es celebridad fastuosa la de Carolina Va- 
lencia, dulce y simpática po<:tÍsa que desde el retiro de 
sti hopar (porque ni reside siquiem en la corte) tuvo 
el arrojo de lanzar al público un libro de Foesfus ' 
empapadas en los aromas del romanticismo, tejidas de 
plegarias religiosas, ensueflos de amor ideal, visiones 
dtt ios siglos muertos, serenatas trovadorescas y arru- 
llos orientales; inspiradas canciones de un Zorrilla fe- 
menino que ama con apasionada ternura los eternos 
encantos de la Madre Naturaleza, y los de la Historia y 
la Rcligjt^n de nut-stros padres; hojas verdes y lozanas 
desprendidas del í^rbol de un corazón sano y nutrido 
por la savia de !a fe, el patriotismo y el amor. Los 
que estiman mortal toda culpa contni el Decálogo de 
la modjt, no perdonanln A Carolina Valencia sus aSeio- 
ncs A mirar hacia atrás y hacia lo alto, ni su desdén 
pora con ]¡i realidad presente; pero quien busque el rt- 
fugio del ideal para sustraerse á la pesadilla horrible del 
pesimismo que nos invade, quien desee respirar auras 
(niras y salutíferas, y embri;taarsc d<: piTÍumcs. notas y 
colores, y volver ¡I sentir 1;ls impresiom-s que haya ex- 
perimentado en la lectura de los Cantos del /rovador, 



r«k>Kla, Í9)K< 



386 



r™\. LirERATUBA ESrAÜOLA 



el poenuí Granada y Las mujeres det Ei'atigelfo, sin la 
molestia de la repetición, y con el sefluela de lo desco- 
non'do, acuda A estas Poesías de una mujer que reúne 
el nombro y la inspiración de la Coronado con el tono 
viril y las plausibles audacias de la Ax'cllancda. 

Pocos, muy pocos son los que conocen y utilizan 
el valor onomatopíyico de las pukibras como la seflora 
Valencia, cuya alma es un arpa cólica de la que nacen 
las rimas como agua de manantial copioso; síilo, sí. 
debe la autora ponerse en guardLi para que su espon- 
taneidad no la arrastre, sc(;ún 1u ha hecho hasUi nqul, 
á imitar los caprichos seniles de Zorrilla, seflalada- 
mente el de apilar las consonancias por medias doce- 
nas, alardcjmdu dt- una híibítiJad, disculpable en el in- 
signe maestro, pero que fdcilmcntc degenera en juego 
de niños. 

La generalidad del publico no suele ahora karersr 
cargo de las poesías serias que salen d luz (j- en mu- 
chos casos no le falta razón para conducirse asO- En 
cambio agota ejemplares de los numeres del Madrid 
Cómico y otros periódicos harto menos decentes, y se 
descalza de risa con las líneas desig^ualcs en que se 
retratan A carbón escenas cursis, flamencas ó de vida 
airada. Hay unos pocos ingenios que en el antedicho 
papel semanal insertan versos de intachable factura. 
donairosos y perfectamente cincelados; pero, aun pres- 
cindiendo por un instante de las frecuentLsímas faltas 
de respeto A la moral y al decoro, en que suelen abun- 
dar por desgracia, y que son cebo de la malicia y es- 
cuela de corrupción para la juventud, ¿pueden clusifi- 
cjiTse buenamente en ningún género poíiico Uls chusca- 
das de Sincslo Delgado, el pontiriee del gremio, de 
Perez Zúniga, López Silva y cien mils ', que hacen con 



) BntTT cUn JoM Eslnüll jr Luli Royo y VfUanurva. v¡r no Bicvniíi cntn 
1M rrdftclom de plnntlIU de\ MaiirU Otmko. Kl i>r1niero w ha dudo á i-nnocrr 
por«mctun[>«AiM librepensadoras, y «1 *tguiulAc-i autor dd gniclMO OfiAMU- 
lo JAwcAm <k iMo. El attdsBo de U fmM y «I drMmbanxo on la rJccvcMn 



EN EL SIGLO XIX 389 

la rima lo que Taboada con la prosa, y MecacHis y Ci- 
lla con el lápiz? 

La nota festiva ha vivido siempre á título de varían- 
te entre las infinitas manifestaciones en que puede ex- 
teriorizarse la inspiración poética; pero cuando mono- 
poliza el puesto de todas las demás y ejerce funciones 
docentes, y se hermana con la grosería y el cinismo..., 
entonces, ó corrompe el gusto y las costumbres de la 
sociedad, ó indica que ya están corrompidos y extra- 
viados. 



mmprwn en el SovMma BipeJo y Doetrinat <U caholterot en doce remanecí, por tí 
taekUUr Don DUgo de Briagat [Madrid, 1887}, manojo de fltchas satíricas con 
qne te acreditó una vei más el a^do Ingenio de Santiago de LtntorH. Tbdo en 
ftrpMo, finalmente, se rotula an libro recentísimo de Vital Aia, hermano ge- 
Bek) de sos comedias, pasillos y saínetes. 



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CAPITULO XXII 
Oltihas bvolucionrs du va utiíratura dramática 



KrhfcMKjr I y ni m<ii«-U. 



T A revolución de IH(i8, rebosando los límites de 
JLj la política y extendiéndose, como invasor Ocia- 
no, & todas las manifestaciones de la vida so- 
cial, coincide en la esfera del arte con el ecliiise de 
la inspiración sana y luminosa, con la apoteosis del 



* D. }<t^ Kchcfptny tuic\6cn MAdrld cIbRa ItOS; per«pBt4lMd»i 
cnMurda, (iicuyo InmKulo «e ginivi de bachiller -UldooMlD 
msitell lascirni.'L»<iciiiciaH. IncrcOcn la üacdcW di- CamlniM. cIi-MqH 
eativ AUS candi «cipo ICA por In arillcucliln asidua y d Ingenio penetrante. K ] 
dncoaflos, y vn rl dv IMíL Urmlnaba la camr* Je lajcnlnií. iJcnilo dc>ttn«iliv 
>ucnl vanen Ur ti vurlaH provlni-laa, hanla qutr v«lvi4 4 MailrU CQ¡no prQfcwrt 
de la anlnHclia Eicnclx. oi la >|ue le k t-onflaron iHiIiniax claan lie Mairiiuu 
tlcaí panu )■ ajillnulai. En ttwdlo Je ut» i-Kpllcartomr«. y ii ta tu qoe rompo- 
lUa l«mtnm<M tratntlo* dentllkon de {{ran TepuiacMn '^n GciwAa, ic coatriifTi^ 
al estadio itr la Bconomla política, y iian le muitM alciln i.-tpAi.-io de Hrmpo 
para devorar llhrtn J« Liuratnra. bkn tiaedP foña*etnn \oi Ia(ur«> lauírlea 
de autor dtiunáiJco. Al euatlar In rcvoluclAn At 1W>N luc HcbcexTAy unn de 
'li* irA* (crTOfWMjn adepto», y la itr»l* como Dlrvclor de Obra» pública* y M(- 
nlMrodcFoiBfflto. VoWU * dcacmpelLir cna cnncra ni tS73, y iwcch ■nr'^^ 
da^puf* la óe Hacknda. qiw huMi de abandonar al proclaman» la RcpohHca. 
KiBÍ(rad« A Path, dond* compaso cu drama R lOra lal^auHa, MfnUcro j»or 
tercera TU en leTJ, y dude cnUm^Tt alejado d« Vv parüdM y db La rhU pA- 
Mtciu oontcntú A ncrjbir para «1 irairo con una «ctltldad pnxUcloMi, (|ne na 
paf«cc scotaiU baau la leCtia. 



SN El. SIGLO XIX 391 

vicio, y la prostitución de la Poesía, coyas doradas vcs- 
tidanis se arrastraban por c! lodo de las calles, y de 
cuyos labios aridecidos sólo brotaron la vulgaridad 
demoledora y el cliiste obsceno. Ante tan lúgubres 
perspectivas enmudeció la exigua falange de los que 
supieron en días más serenos perpetuar las glorio- 
sas tnidicioncs del Teatro csimflol, invadido entonces 
por la parodia arlequioescn y las frivolas locuras de 
Offenbach. 

Tamayo, el creador sublime de I/h drama nuevo 
y Lo positivo, dio por terminada su carrera con la es- 
trepitosa silba que le valieron Los kombn'S tie bien; 
Ayala, que había vendido su primogenitura A los hom- 
bres del desgobierno triunfante, arrinconó la lira para 
no verse obligado á convertir sus cuerdas en axote 
vengador; los dramáticos de menor talla seguían la 
consigna del silencio, ó so dedicaban A. cosechar los 
laureles de una popularidad efímera y deshonrosa. 
Alguna vez cruzaron por bis tiibUis, como fugíiccs me- 
teoros que servían para que mejor se conociese l:i 
abyección general, producciones nuevas de antiguos, 
maestros que se llamaban Gitrcia Gutiérrez ó N'úflez de 
Arce. 

Toda anarquía trac de la mano una dictadura, todo 
tSesbordamícnto una reacción. Para despertar en el 
público, que se dejaba conquistar por el grosero atrac- 
tivo de los Bufos, el germen de la adormecida emoción 
estética; para remover las fibras del sentimicniu y sus- 
tituir la innoble carcajada por los latidos del corazón, 
cmn neccsiirios el uso de un procedimiento heroico, 
cl irresistible atiiquc de nervios, el sangriento apítrato 
de la tragedia con el puflal en una mano y el veneno en 
Th otra, de modo que la violencia de tos revulsivos 
diese paula litiamen te lugar á una resDiuracíón urtls- 
tíca, muy difícil de conseguir por medios directos. 

No sé si nizoniuria así el poeta que desde el puerto 
de la emigración, y en la hora miis crfüca de cumplir 



393 LA LITBSAtUftA SaPASOLA 

el pr<^rama indicado, diú ú la escena espnftola la pri- 
mera olrrn de una serie que lo realiza en codas sos 
partes. 

D. José Eche^aray, cuyo nombre comenzó A sonar 
tm la Gloriosa de Septiembre como uno de los prohom- 
bres del partido radical, y cuyo famosísimo di>>cursa 
parlamentario sobre el qncnuuitro inquisitorial y la 
ittuisa de pelo incotnbustible vivirrt tanto como la pre- 
sente generación, dcspuiís de haber sido comcntíiUo 
en todos los tonos por la prensa callejera, inició en 
el Teatro una revolución quizá más violenta que la 
política á cuyos intentos hiibia servido. 

No estarán de sobra estos datos para explicar el 
éxito alcanzado por Echegaray, los odios y los entu- 
siasraos>que excita, unos y otros apsisionadisimos 6 
injustos, aunque sobrado frecuentes en esta tierra, 
donde lodo vive y se mueve al impulso de una pulí- 
tica implacable 'y tortuosa. En el ci'anscurso de los 
diez y siete aOos que Echegaray Heva cons;if;rados A 
la escena, se han oído estallar con inusitado lujo de 
admiraciones ridiculas ó injustiñcados desdenes todos 
esos i^itos de oposición ó apoyo, conformes A los en- 
contradas sentimientos que á i-ada uno inspiraba el 
Jnier(}s de bandería. Mirado el asunto de lejos, con 
ojos de serena imparcialidad, es fácil descubiir en él 
la complicación de un drama de muchos personajes y 
lleno de peripecias, cuyo desenlace no ha llegado to- 
davía. 

Era el afto 1874, y cuando el furor bufo declinaba 
visiblemente entregó Echegaray su primer obra X la 
escena. Disfrazóse con el anagrama de Jorge Haycseca, 
que pocos descifraron, si bien ¿V Ittipardal advirtió 
que no el supuesto desconocido, sino un personaje po- 
litico muy famoso, em el verdadero autor de E¡ h'ffro 
talonario. Aunque el argumento de la comedia pecaba 
de vulgar, y las situaciones de violentas y amañadas, 
los periodi&tas y revisteros hablaron de ella con elo- 



KH BI. StOI.O XIX 3^ 

y mostrando curiosiúad por descubrir al aaúnímo 
dmmaturgo. 

Con esw primera tentativa no entró Echegaray de 
lleno en el camino que con tanta fortuna había de reco- 
rrer; aunque moviendo los resortes de enérgica pasión, 
aún estaba lejos de I:is lobregueces iniciadas con su 
segunda obra, La esposa ild vengador, drama histúri- 
coquc, no por su color de ípoca, sino por el time caba- 
lleresco de la acción y su ninguna conformidad con 
tis costumbres del día, recordaba los tiempos del ro- 
mán licismo. 

I-os personajes p¡irecen movidos A impulso de la fa- 
talidad; y si tienen pasiones, no son tas que comúnmen- 
te agitan A los hombres, sino otras violentas hasta el 
delirio, pero fríamente razonadoras, y por lo mismo, 
innaturales. Lo es mucho la de D. Carlos, el protago- 
nístu del drama, al enamorarse frenéticamente de Au- 
rora. In bija de su mayor enemigo, el conde Pacheco; 
al síicrificar ese amor en las aras de un odio tradicional, 
dando muerte al Conde cuando comienza á sentir el es- 
timulo de la pasión, y todo en cosa de pocos momentos. 
casi sin luchar consigo propio, sin reparar en que su 
crimen ahoga en flor todas sus cspcranzíis. Y esto por 
lo que at;iñ(r al acto primero del dnima, pues en los dos 
rcsbmte^i aparece D. Carlos con el nombre de D. Lo- 
rcnro, pretendiendo el poeta hacer mds vciosimil con 
este disfraz el apasionado amor de Aurora al matador 
de su padre. 

Femando, enaraonido también de Aurora, luibla con 
ella, ron Carlos y consigo mismo de una manera tan 
helada y repugnantemente egoÍi!>ta, que no es posible 
«upuner en él una sola centella de amor, ni aun sensual 
y degenerado. El, que con una perseverancia inconce- 
WWe lucha con su rival, seguro de que jamás podrá su- 
plantarle, vuela Sí las encantadas orillas del Ganges, y 
:dll se hace con un (litro para dilatar las pupilas de 
Aurora y conseguir que reconociera en el supuesto Lo- 



3M I^ I^TBOATURA ESPAflOLA 

Tcn7,o A D. C^los de Quirós. El por por qué de tan má- 
(Hca avcntum, digfuse on estas palabras de Fernando, di- 
rt^dos á la joven: 

El cadáver de tu podre, 
de rojo sangre el torrente, 
la viáUi del matador, 
de la luz el resplandor 
hirifndotc de repente, 
asaltaron tu pupila 
' y de horror la contrajeron, 

pero no la destruyeron. 

No quiso reparar el poeta en que sólo se necesitaba 
una pnlabni de Femando (euyo silencio se justifica mal) 
para destruir de un golpe la ventura de los dos aman- 
tes, pues con decir el vcnladcro nombre de I-orenzo 
podía consegruir lo propio que con el maravilloso filtro. 
Pero, iadónde ib¡i A parar entonces el interés de la fá- 
bula, bas.ido tínicamente en confusión tan pueril? 

Entretanto el forjador del filtro, con la imperturba- 
ble serenidad de una estatua, y como si nada le doliese 
el hacer infeliz á Li mujer querida, dice en un extrava- 
gante monólogo; 

¡Pobre Aurora! Anhela ver, 
y así conspira en su dafio, 
sin llegar á eompronücr 
que el dolor del desengaAo 
será su primer placer. 

por mi honor, 

que no dudo oí un instante; 
antes que verte, ¡oh dolurf 
en los brazosdc otro amante, 
muerta te quiere mi amor. 

Las frases de ternura y apasionamiento que profi* 
re Femando, no se harmonízím bien con su egoísnio 
de razonador filósofo, más empeñado en destruir la 
ventura ajena que en labrar la propia. Con estos re- 



EN EL SICLO XU 



396 



paros, que ni son leves ni todos los merecidos, pierde 
mucho en interés lii situación final, compuesta de bc- 
IlcEas y absurdos, de idealismo exaltado y proyecciontat 
de linterna mdRÍca. Aurora ve A Carlos por medio del 
filtro casi en la misma forma que le vio al terminar el 
acio primero, "iluminado por la lámpara del Cristo, el 
cabello en desorden, la espada en la mano"; pero aque- 
lla inesperada visión, horrorizándole y todo, no la hace 
retroceder en suamoroso empeño, especialmente cuan- 
do Carlos, vengando en sf mismo el crimen, se abre el 
pecho con la daga. Todo lo cual arranca A la infeliz 
amante, después de su matrimonio ante la cruz, este 
grito de frenesí, de horror y de piedad filial: 

iQaé mAs vencanza qucríis! 
¡El ha sido... y es mi amor! 
1?1 ha venjíado & mi padre; 
yo Soy ante Dios, ¡oh madre! 
ia esposa del vengador. 

El genio desigual, aparatoso y esencialmente ro- 
ntántíco de Echcg:aray, ensayó en la Última noche el 
draiTUí de costumbres con tendencias al realismo, que 
aquí, como en otras obras suyas posteriores, no pasa 
de ta superficie, resolviéndose al cabo en idcabMción 
vaga y metafísica. Un hijo del siglo p;ira quien no hay 
mAs Dios ni más ley divina n¡ humana que los monto- 
nes de oro; un mal esposo que es li la vez padre des- 
amorado. Tenorio repugnante y personificación di- 
todas las infamias: uhí csiil el procaKonista de la Últi- 
ma Mochc. ¿Cunsiguió el autor, como sin duda se pro- 
ponía, fundir esos elementos en un solo personaje, ó 
es estatua sin vida lo que parece fig:ura humana? Car- 
los entra en la misma categoría que otros héroes de 
Echef^nray: s;intos 6 criminales que, partiendo de 
opuestos extremos, van igualmente A parar en lo Impo- 
ísfble; seres en cuya concepción sólo ha tomado parte 
la fnntjisía sin el concurso de la inteligencia y del sen- 



3%) LA LITEKATUKA ESTA.'SOLA 

timicnto. A este vicio orgtlnií'o y de constitución in- 

termí se une la inexperiencia del autor, quien sobre Eí 
prólogo de un tiranta, título exacto de la UHima nocltc 
en su primitiva redacción, anterior en muchos aflos al 
estreno, hubo Je uflaüir un Epfíoieó. donde ct Lovcta- 
ce de lus tres primeros actos, á solas con la concien- 
cia y lüsachaqucíi de la decrepitud física, llalla, por tin, 
un consuelo tardío en la presencia de su familia, con- 
tra cuya felicidad luchó en otro tiempo. 

Tras esüi excursión por las temerosas profundida- 
des de la sociedad moderna, vuelve Echejfaray é. lo» 
abandfmados lares del romanticismo histórico, y en 
ellos sorprende las visiones sombrías de En el puño de 
¡a fspuíifi, sobre las qae se defitaca una aureola de 
lux, reflejo de Esquilo y el EX-mte. Como la critica se 
fijó exclusivamente en iJis muga i ficen cías del drama, 
desatendiendo las sombras y lu endeblez de sus partes, 
veré de recorrerlas prop-esivamente para evitar los 
inconvenientes de los fallos sintácticos que fx le pni- 
digaron en líi75. 

Un suceso de nefanda memoria ha enemistado á lu 
cosa de Moneada con la de Orgaz. D. Juan, el repre- 
sentante de ¿sta, profanó en su castillo A doila Violan- 
te, la espasa de D. Kodrigo Moneada. I^os dos viven 
ya en tranquila paz cuando aquel infame les Tiene á 
pedir la mano de I^uiti Mejia, joven protegida por los 
nobles marqueses, que pensaban enlazarla con su hijo 
Fernjmdü. Ui presencia de Orgaz turba tan apíiciblcs 
ensueños y da lugar A una serie de tr;^ici<-'as aventuras, 
ora por l(.»s recuerdos de su antigua vida y por su obs- 
tinada pasión, ora por el carácter escrupulosamente 
noble de D. Rodrigo y el vehemeniísimo del joven 
Femando. 

Hay de un cabo á otro contradicciones muy repa- 
rables, y sin las cuales se reduciría A la nada el interés 
de la acción. Dofta Violante, Iji esposa recatada y ma- 
dre carift(ís:i, no sabe impedir el duelo entre su hijo y 



E.V BL StCUO XIX 397 

el de Orgaz sino dando A éste cita ca su mi&ma casa y 
de nofhe, sin reparar en el pelijEtro de que la viese don 
Rodrigo, cuya pundonorosa hídalguia debía ser harto 
conocUl:! p:ira su espos». Por casualidad se presentan 
LjUira y Femando antcf: que el sefior de Moneada, y 
cuando éste proyunta por la culpable, calla Fernando, 
hace lo mismo \'iolan te, que podía maniíestar la verdad 
ún desdoro suyo, y viene d recaer la acusacÍ<Jn sobre la 
inocente Laura. El de Ürpaz, que tiene entre las manos 
su dicha, asiente A la calumnia, sin prever que en su 
amada se uniría al desamor de antes el odio de ahora 
para negarle su corazón. 

El escudero Xuño, fidelísimo siempre & sus señores, 
nov-uilacn Ucvarelbilkrtcdelacitaámanusdcüríraz; 
pero iniando éste se lo de^nielvc, joh prodífcio! entonces 
es fu;mdo le entran las sospechas de si \'iolante scrA 
otra Heatríz, la desdichada esposa de quien corrí;i Una 
Infausta y tradicional leyenda entre la familin de los 
Moneadas. Ñuño se decide y lee el billete, dejando pasar 
el tiempo sin decir una palabra & D. Rodrigo, h:Lsta que 
se cfe<iúa el matrimonio de Laura con Fernando, y 
viene A la fortalezii de Orgaz desafiando A D. Juan y 
muriendo al cabo en la demanda. 

Em el puño de la espada se oculta el fatal billete, y 
,tsi lo indicó NuRo con letra.s de santcrc, mand.indo 
enirejiar el arma íi D. Rodrigo. 

Porque neccsitabii el poeta d Femando le hace 
nsaltar el castillo, donde entra recitando esta ^ungo- 
riña imprecación: 

Va del abismo salí 
snbre vuftutru» trepando 
loa que la torre goardaift, 
dragones. t;ritos y endriagos, 
y cicnlas del aire lueron 
vuestras melenas y garfias. 

Todo este aparato es un preludio para el indispensable 
, g<^p* th' tjecto, di tima aspiración de la novfsinuí cs<:uc- 



398 l-A LITERATURA BSPASÍOU^ 

U. Cuando el Conde de Org^az acepta el reto de Feman- 
do púnese entre los dos Viólame, evita con ahinco el 
choque de I;is espiíUas, y dirigiéndose A su hijo le hace 
la sigiúenie espantosa manifestación: 

¡Deten el hierro faonUcidaf... 
iPárael brazol... jCaijca inerte!... 
]]Tú no puedes dar la muerte 
A quien te ha dado la vidaü 

De pronto apitrece en la escena el puflal de Ñoño, con 
el que Femando se atraviesa el pecho, y que tambiún 
tnisca D. Rodripo por suponer allí ocultos misterios; 
mas cuando de <M intenta apoderarse, Ic suplica su hijo 
moribundo que no lo h'iga y que se lo deje introducir 
consigo en la tumba. Concéde.<»lo todo el de Moneada, 
olvidado de su carácter, de su apellido, de su hístorí;i. 
de su honor y sus sospechas, y Femando puede decir A 
su madre con entrecortado acento: 

¡|Ya está... tu honra... asegurada... 
del sepulcro en el arcano..., 
que siempre tendrí... mí mano 
En el puño de la espada!! 

Reifia en el desenlace y en las catá.strofes que lo prc 
paran el horror melodram.itico más bien que la tráglc 
sublimidad, y una y otro se impusieron con imperios 
dominio á los espectadores y A la critica. 

Tales esfuerzos exigían una tregua, que el autor s( 
proporcionó trasladando In atención de su fatigado] 
espíritu desde las vertiginosas cimas de la tragedia 
los plácidos vergeles del idilio. No íalta, sin embargo,J 
la nota sentimental en l/n aot que Mace y un sol 
tHMcrc, sacrificio de un amor inocente por el desenfraflo, 
siquiera medien las mfts h:ilapüeflas compensaciones.! 
Al mismo gíncro pertenece el afiligranado cuadro Jrfs 
de pas. que se representó en 1877. Con esto demostró 
Echegaray que sabfu escribir comedias, pero no hacer 



ER EL SIGLO XtX 399 

reif , contra lo que tí Il<%ú á inuginíirsc al cnfircndrar 
las monstruosas cariraturas de Correr rn pos de «w 
i'deai (i^'fH). 

Para cuando se escrcni> la segunda de estas comedúis 
(6 lo que hayan de Uanuirse) ya había reñido el autor 
una campal y tremenda batalla, en que su probado atre- 
vimiento Ik-gú A temeridad csLandiilos;! y ataque en 
reírla contra el buen sentido. Cétno empieaa y cómo 
«íaíw (primera parte de una irilosria) Índica en Eche- 
jfaray una nueva fiise, más bien adversa que favorable, 
á su talento dramático, y en que las situaciones terro- 
ríficas v;)n suiH-dttadas al planteamiento de los mal lia- 
maduN problenu'iüswiules. 

El asunto de Cómo empiesa y cómo acaba es el amor 
Indefinible de una mujer, y la deshonra de un marido 
bonachivn, a quien involuntariamente asesina; todo ello 
preparado con lujo de enlradits y salid;is, de luchits en 
que In pasión se exhibe ¡iv:uialladoni y como irresisti- 
ble, y en que l¡i culpable c:lsí no lo parece gracias á sus 
eentimientoK generosos, ah(%:tdos por la llaqueza y por 
el poder de la ocasión. 

No voy A eniunerar aquí las escenas crudamente 
naturalistas ú mAs bien jrroseras y repuirnantes, de que 
ya htJ:o Revilla una disección cruel. Tam{x;cu insistiré 
en la falsedad intrínseca de los caracteres, y principal- 
mente el de Mnfidatcnn, rayano A veces con el sensua- 
Usmo. otnis enaltecido por un sentimiento de digniditd, 
y siempre inconcebible y antit<ítÍco. 

Admitiendo y todo los datos que ofrece la pro)rresÍva 
marcli:! de Ui acción, no hay defensa para el desenlace, 
coya friiddad horrible, hija de laabstníccíónyel cúlculo, 
hiere el alma como la punta de un pufUil. 

El error de Míif;dalcna, que pretendiendo matar á 
Enrique Je Torrente mata íi su mismo esposo, es, adc- 
«IUU> de inverosímil, ¡uiticstíticú y profundamente In- 
mural. A este error llama Echefraruy •'eminentemente 
simbólico V artístico, y resultado lógico de la tcrque- 



400 l.^ UTERAT1.1RA ESPAÑOLA 

dad de M.igd.ilcna, y de sa empcflo en atajar cl mal 
con ei mal, y no con la expiación"; 5" aflade más ade- 
lante: Ma lógica del crimen marcha por un eje fatal € 
invariable que d priori es determinada, por<iue es La 
lógica de fenómenos en que no impera lu libertad". 
Defensas tan torpes empeoran la mejor causa, cuanto 
más la presente, que es absolu Limen te indefendible. 
£Se demuestra con esa palabrería rana la intima y 
necesaria conexión de la muerte de Pablo con el crimen 
de Nfrtgdulcnii? ¿Se demuestra que clUi haya de ser por 
necesidad la causa, si no c¡ instrununto tifia muerte 
de su esposo, como pretende el celebrado dramaturjjo? 
Un crimen involuntario, ípuede hacer otra cosa que 
contraerías fibras del corazón, puede reputarse castigo 
necesario de otro crimen? 

Y si de moral se trata, ^no hubiera sido más ejem- 
plar el arrepentimiento de Magdalena que su resolución 
de matar A un hombre, aun siendo este hombre un se- 
ductor infame? ;Es justo, por otra parte, que el esposo 
honrado resulte muerto á manos de su propia mujer? 
¿Es esta la manera de presentar amíible la virtud y 
ahorrecihte el pecado? 

Tras el discutido triunfo de Cómo empieaa ycónto 
acatm, y el míis modesto de £7 gladiador de Rdveua. 
arreglo del alemán en un acto, se aplaudió con dcUríu 
en el Teutro Rspíifiol (22 de Enero de 1877) la produc- 
ción más auténticamente uiiginal de cuantas habla 
concebido Echefraray, In cifra mrts exacta de su ífenio 
A la vez sonador y matemático, ó locura ó santidad es 
como un edificio de dos cuerpos, cada cual de opucs- 
tlsimo orden y sistema; es la combinación extrafla de 
las vagrucdadcs informes que engendra la fantasía, con 
la rijridez severa de los pjarÍBmos y los postulados 
de la r:i2ón. El drama encierra un problema escrito 
con variedad de expresiones en la conciencia del pro- 
taíronista, hasta que. por la sustitución de unas á otras, 
leemos en la última la pavorosa fórmula en que se uorn 



EX SL SIGLO ZtX 401 

las dos mitades tlfl lítulo, O locura ó santidad. {Quién 
es el exmíRo agente de esas transformaciones? El fnia- 
lismo sin entradas, el dios :i quien se complace el poe- 
tu en oírecer I;is de sus victimas en sangriento y estéril 
holocausto. Para ello amontona los incidentes fortuitos, 
eleva el delwr A la ciuegoria de lo imposible, y borra 
las inllcxioncs de su aspecto relativo, no dejando rer 
sino Li Knen recta; convierte en negra y fatídica som- 
bra el claro obscuro de la vida humana ; traza, en fin. 
contra sus intenciones, la imag:cn verdadera del estoi- 
cismo kantiano, que aspira á suplantar por el orgullo la 
c&cada divina de la fe. 

El ya mencion.ido juguete Iris de pas y el drama 
Para tal ctdpa tal pena, compuesto diez uflos antes 
con el titulo de La hija natural, llenan el espacio de 
nueve meses que medió entre el estreno de O Jorura ó 
sanSidad y el de ¿x> qttr uo puede decirse, segunda par- 
te de una trilug-ia. • 

Hay en este drama ternura y sensibilidad, hay sitoa- 
ciooes trdg"¡cas, cnrartcres bien delineados; la acción 
es conmovedora, aunque concluye violentamente y con 
el obligado suicidio. Pero el mayor defecto de la obra 
es el tipo de Gabriel, alma fría, tan apasionado de la 
vintbid y la rectitud que las busca cuando y en donde 
no debe buscarlas; no porque dejen ellas nunca de ser 
veníad y rectitud, sino porque aquel iluso las confun- 
de frecuentemente con sus caprichos y a\-eniunidas 
opiniones. Un hijo rt quien su madre no puede conUir 
muí violencia plenamente involuntaria, inculp.ible ante 
la uprecLícidn del ofendido esposo, un hijo :isí no deK* 
figurar en la escena, porque es excepción repugnante 
lie una ley grabada por Dios en la conciencia humana. 
Ofrecía el conflicto una solución natural en las inge- 
DUas explicaciones de Eulalia al escC-ptico Gabriel; pero 
como no llegan sino incompletas y A destiempo, la har- 
monía esperada cede el lugar A la catástrofe que de an- 
temano dispuso el poeta. 

TOMO u 3b 



402 tA lUrrüRATURA ESPAÑOLA 

Y es que la musa trágica de Echcgaray, cncmífpi de 
la luz. no sufre ni aun los resplandores del crespdstnilo. 
¿Qué otra cosa dicen las lünubres perspectivas de En 
p{ pitar y rn la crns, AJgtimis rvces aquí, Morir por 
un despertar, En el snto tic la ttUierU', Bodas triigicas. 
Mar sin orillas y La muerte en ios labios.^ Evocar de 
la sepultura las sombra^í de los siglos pretéritos, dar vt- 
dii & las traifcdias ocultas en los abismos de la Historia 
ó en la-i tortuosidades del mundo psicolóírtco, recons' 
truyendo tradiciones, resucitando la casuística del ho- 
nor sin escrúpulo de confundir la sociedad presente con 
las pasadas; tales proccdimienios, habituales en el vigo- 
roso dramático, se dirigen en las ohras indicadas ú. lines 
cuj'o mutuo parecido rcconiKc un origL-n mAs próximo 
<iuc la miíima fraternidad: el de ser hijos de un solo y 
prolongado alumbramiento. 

A pesar de la quijotesca campaña de Clarín en pro 
de Mar sin orillas, ni óstc ni ningün otro draaw de los 
del írrupo log:ró tan excelente acogida como la leyenda 
triijrií.'a Eu el sího de la muerte. 

Palpitan en ella una inventiva poderosa, una inspira- 
ci6n g:ie:antc, aunque descarriada y sombría; tiene, ca 
fin, de malo el pertenecer A un género que amoniona 
los errores por sistema, haciendo así antipiiüco lo que 
pudiera ser artística y conmovedor. Aquel D, Jaime, 
Conde de Argclcz, tan caballeroso, tan ap;tsionado y tan 
leal; aquella Beatriz, en cuya alma ant«s pura se van 
filtrando las seducciones del crimen con sum:i maestría, 
con maestría perniciosa pintadas por el poeta; aquel 
Manfredo, idólatra de una hermosura cuyas llamas con- 
cluyen por abrasarle, y aquel Key tan Rey y tan infle- 
xible, forman un cuadro torplsimamente afeiulo por U 
inmerecida muerte de D. Jaime y por las historias de 
tumbas, esqueletos y endrL-igos. 

Y llegó la noche del 19 de Marzo de 1881, y con 
ella El gran Galeota, el draina moHStrtu>,a&í llamado 
con muy diversas significaciones, el drama que valió 6. 



E.1 BL atCLO XIX 403 

Ecbe^aray los renombres da aeguuUo Shafisprare, gr- 
ti/o fxd'ptional V mr comprendible en el cfraUo míni- 
mo ítf ia nnluraifcn ¡lutnana, pofta de¡ porvenir, y 
cvr<f& de no menor encarecimiento. 

No esui lu verdad ni con los atolondnidofi enco- 
miaseis, fü con tos ilctractores sistemáticos que todo 
lo bAllíui censurable en el drama, todo, hasta la versi- 
ficación y el titulo, siendo así que aquélla se distingue 
por su espontaneidad y eralanura, y el se^ndo resulta 
justilicado. De los personajes se ha dicho que no estiia 
delineados ni aun A medias, que son abstracciones sin 
vida L-nircndradíis por un cerebro matemático y dcs- 
pruvístus de sensibilidad; pero, aunque haya algu üc 
cierto en esas acusaciones, nu pueden admitirse &' 
buho sin injusticia y apasionamiento. Lo verdadera- 
mente falso e^ la tesis de que la maledicencia hace 
efectivas las culi>as que ha inventado, siendo la socic- 
diul c<^mp1icc y Gideoto de lo mismo que condena. En 
el transcurso de I;i act-íón Teodoni y Kmcsio justifican 
hasta cierto punto con su conducta las voces que de 
ellos corren; D. Julián es un zafio que pasa de una obs* 
linacirtn rt otra no menos insensata; pues si al principio 
no concibe las simpatías de lo que Waxtia fuego y estopa 
un adagio popular, de repunte se hace incrédulo h las 
protesta^ más apasionadas y vehementes de su misma 
esposa. Esta no debió presentarse en casa de Ernesto 
s:tbicndü, como sabía, los peligros á que voUmiaria- 
nento y sin necesidad entregaba su amenaz;idu honor. 
Y en ruímio al propio Ernesto, ^no delata su antiguo y 
arraigado amor hacia Teodora en el vehemente apos- 
trofe con que termina el dramJi, despuég de haber 
protestado juntos de su inocencia ante el lecho del mo- 
ribundo D. Juli.-ln? • 

Seftala B ^mri Caíeoto el punto m;lximo de apojceo 
en la gloria escénica del i»eta fecundísimo, que de en- 
tonces acil h.-i continuado produciendo sin irefrua. Me 
limitara, para nj proceder en intinito, ri la cnumem- 



401 LA UTERATCRA ESPAÑOLA 

ciiSn rápida de sus obras mñs aplaudidas en estos últi- 
mos diez íiflos. Abre la marcha Ilaroldo e¡ Xormnmio, 
á cuyo estreno en ISHl pcrjudictí considerablemente la 
proximidad de Ei gran Galeota, aunque hermoseen 
aquella leyenda alcrunos caracteres grrandiosos y to- 
ques magistrales. Los dos curiosos impertí tinttfS y 
Conflicto ftitrr dos deberes (1882); el estudio tríig'Co ^** 
milagro ett Efíipto, m que se descubren las huellas 
de una investig:íirl(5n laboriosa (1883), y el casi-provcr- 
bio cOmiro Piensa mal y acertarás (18íU), preparan et 
advenimiento de Vida alegre y muerte triste {7 Enero 
de 1885), si^o ostensible de progreso en la inspira- 
ción de Echc^aray, que, como Anteo, cobra fuentas 
'con el contacto de la rwilidad. Comparando el calavem 
que hace aquí de protagonista (Ricardo), víctima de 
sus desafueros, y azotado por los rigores del dolor que 
nuce de las entrañas del vicio, con el banquero Carlos 
de la lltima noctie. se palpan las diferencias que sepa- 
ran del sír humunt» y del soplo vital de la i-rearirtn 
artística los engendros inanimados y la inercia, que 
aspiran inütilmcnce a suplantarlos. ;C<^mo explicar que 
desde las :d turas adonde log;ró encumbrarse descendiera 
Echegaray tan hondo en ias terribles caítfcis de Ei ban- 
dido I.isa»dro y /V ttuda rasa (1886), ó que cediese & 
la llaqueza de hala^r Iils pasiones antirrclifriosas, 
medio único de salvar drama tan descosido y vulíraroie 
como Dosfattatismos, olvidándose de un tercer fana- 
tismo, en cuyo obsequio trazó las caricaturas de D. Lo- 
renzo y D. Martin? 

Después de tal aborto, parece una maravilla cual- 
quier cosa... que no sea El Conde Lotario: por ejemplo, 
Aí7 realidad y el ddirio, imitación de los príM'cdimicn- 
tos de Shakspí'rtre. afeados con exageraciones í inve- 
rosimilitudes üe mid ^usto. 

Lo sublime en lo vulgar, resurrección espléndida 
del por tanto tiempo eclipsado numen, se aplaudió en 
Barcelona (4 de Julio de 1888} antes que en Miidrid. 



£^i EL SIGLO XIX 4(£) 

Ptrasíimicnto elevado y relativamente oriffinal, acción 
tunJuclilít con destreza, personajes verdaderos y bien 
estudiados, conflictos de interCs sumo, diálopio sobrio 
y rica vcrsilkaciúfi: todo se reúne en este hermoso 
^ruiulro, fuya mAs. densa sombra está en el rei'urso del 
dudo, empleado para enaltecer la figura de D. Bernar- 
do de Montilla. cuando se transforma en fiebre de ven- 
ganza la mam^a ordinariez de su carácter. En pos áe 
Ln SHNime en lo vulgar vienen luego Manauíiaí que 
MO Sf nfioia, simbolizando en su título la fecundidad de 
su autor, Los rígt'Uos 'JííSMj, Sivtnprt- ni riiiúitin ilSOO) 
y Un tritito incipiente (1891). 

SirmptffH ridffiífo tiendo ¡i hacer buenn una lesis 
pesimista: la de que ct hombre virtuoso y honrado no 
paedc hallar el puesto que le corresponde en la socie- 
dad, cuyas torpeziís expía, de ley ordinaria, una victima 
inculpable. Tan pavoroso aforismo, hermano gemelo 
del que se desprende de ó loiura tí $a»tiílaii, va cimen- 
tado en tina E.lbula hábilmente conducida d trechos, 
pero sin oi'ultar su falsedad inlrinscca. 

Bn cnmbio, lu ültinrui victoria csc<.*nica de Echcgaray, 
likque ronsigulrt con Uttcrflico iucipieute [pues no hay 
que hablar del dntnuí fnigmenuirio cuyo prólc^o y pri- 
mer acto van represen til nd ose en Vidladolid, con inter- 
mcdioít lartuísiiiKts), conlirnia una \vr. miis que, i:uando 
su talento deja de encapricharse con lo monstruoso 
d¡jifr.izadi> du .sublime, y se entrega A las inspiraciunes 
de la rcídidad humana y elocuente, dispone de recursos 
para todo, sin excluir los gi^neros i\ que es más refnic- 
lariíj. ¡El autor de Eu el piíilo tir la rtipaita y En e¡ seno 
de !a ntucríe robando ¡i Moratin su aguja de oro, y 
bordando con ella una sjHíiíi liieniria contra nuevos 
Don Jlerm^genes, y contra los viciosos exclu$ivi.<uno<i 
de es4uelaí Admiremos en ta ductilidad de faculmde.*;, 
acreditada así por Hchegaray, A uo dramattugu que se 
ba equivocado muchas veces, pero que sale de la esfera 
de lo vulgnr. 



406 LA tJT^RAniKA ESPAÑOLA 

He recordado con la posible celeridad la serie de 
triunfos colosales v mínimos que va recomendó en 
su carrera dramátiai el inKeniem poeta. {Qué ffliro 
prodiffioso, á quC' deidad I>enélic-a influirán en la turba 
de sus admiradores para que ít el sólo se haya rerer- 
vado la apoteosis que nunca consiguieron Zorrilla, 
Hartzenbusch, Garcfn Gutiíírrez, Avala, ni Tamayo? 
Desear temos, pan» satisfacer fl esta pregunUi, la hipó- 
tesis que atribuye A Antonio Vico y í Rafael Cali-o el 
origen de la jfloría y la popularidad conquistadas por 
Echcg-aray, Tampoco se ha de creer que una y otra 
sean exclusivamente tributo rendido por la revoluciúa 
al hombre que la defendió en otros dhi» y hoy la re- 
presenta en el Teatro. Sin negar, ni mucho menos, a 
los indicada!! influencias su represen tacJón parcial en 
esee extraño concierto de alabanzas sinccra.'> y serviles 
adulaciones, hay que incluir unte todo, entre Iils cau- 
sas que mí'is han agieaniado las naturales proporciones 
de la figura de Eche^ray, el obstinado retraimiento 
de los dos 6 tres autores insignes que pudieron eclip- 
sarle, la escasa talla de ciuintos con Ol han compartida 
el imperio de la escena, las circunstancias que le acom- 
pañaron en su presentación y ulteriores Rlorias, y, 
finalmente, las condiciones especiales. de la novísima 
dramaturgia. 

No es ésta, contra lo que sin reflexión se afirma, 
mero calco del realismo franccs ñ la manera de A, Pu- 
mas (hijo) y Victoriano Sardou. ni menos se inspira 
en los principios promulgados por Zoia, y llc^ndos por 
el y por sus discípulos desde la novela A las tablas. 
No; A pesar de engaftadoras apariencias, A pesar dy los 
apositos que se arnmca rt vista del espectador y de 
los atrevimientos de otra clase que se permite Torrente 
en Crimo nnpiesa y cómo acaba, j- aunque se samen 
tambiOn ^-arias escenas ilc Mar sitt orillan y las demás 
que todo el mundo recuerda, siempre s»1e A flote sóbre- 
la ola cenagos:» el temperamento sohador é Idealista 



E» BL SIGLO XIX 407 

de Echt)í:u*iy; siempre resuluin los suyos dramas de 
Ipibincíi;, que ;iumontyn ó disminuyen I:is impurez;is 
de la vida, pero que no se dirigen ñ copiarlas por sis- 
tema preconcebido. 

íHay nada mds contrario al espíritu de aquellos que 
el de observación frút y anjilisis severo, canon prioui- 
rÍD y funduTncnt;il del niiturulismo en sus múltiples va- 
riedades y matices? cNo es la imaj^tnación, entre las 
rncultades de Echcg-aray, la mfls exuberante y caracte- 
rística, la que interviene como madre en el acto gene- 
rador de pasiones, sentimientos, intrigas 3* personajes? 
De tan exclusiva intervención nacen precisamente, asi 
los recursos con que deslumhra, como las violencias 
que le son habituales; ptinoramas máfficos, visiones es- 
pectrales, todo lo que scAala una desviación del tér- 
mjnü medio y de la ley ordinaria. 

A riesgo de C5candalizar A los enemigos de nove- 
dades, me atrevo A decir que el te;ttro de Echegaray, 
más que de Sluilcspearc y Calden^n, inmeasjimcnte 
más que de l.i« evuela'i realista y naturalista, arranca 
de Víctor Hujco. La misma irreg:ular y monstruosa 
grandeza en amlios. el mismo aspecto de bosque en- 
muraDadü y primitivo, íguid cnf:isis declamatorio; ha&- 
ta se identifican en los propüsiios de redención moral 
j en la manera de realizarla. Hcniatii, Marión Delor- 
mr, Lucricía Borgta y l^s burgraves son los herma- 
nos mayores de ¿m esposa (/<■/ vengador, En >■/ stno 
dr la mwrtc y Eí baudútn Lhatidro; y allí donde Eche- 
Riy no evoca tos fantasmas del romanticismo, es 
II cnsiiyar en una ficticia sociedad contcmpíTiínca 
los sinf^tilares específicos prodigados en Los Misera- 
bles, salvo las dlsianclis que hay entre la forma narra- 
tiva y el diálogo dramAtico. El pt>et:i írancís y el es- 
panol van de acuerdo en atribuir & la defectuosa confi- 
tinición del ctierpo social la responsabilidad de los crí- 
menes y dcsventurxs que lo inv:ulen; por eso son Km 
OLisolventes las preJicacioncí^ de uno y otro al presen- 



A'yi LA LtmtATCRA ESPAÑOLA 

lar las energiiis del bien y la vlrnid oprimidas 
pre ¡Ktr l'1 fiituUsmo terrible de las circunsumcias, y oí 
exacerhiii" los rencores del individuo contra lo que le 
rodea, en vez de combatir derec humen te los malo» 
instintos que (¡erminan en la soledad del corazún. 

La funesta tendencia docente de Echegaray se re- 
l>roduce en una turba de imitadores, por lo general de 
escasa importancia, aunque haya entre ellos aljBrtín poe- 
ta de Tcrdad, como el aplaudidísimo autor de £i tutdo 
gordiano. No es toda uniforme la labor dramática de 
Eugenio Selles, porque costaría no poco descubrir en 
La lorrf de Talavera, y aun si se quiere en Malda- 
tlcs giit' son justicias, al futuro admirador y discípulo 
de Echcgarny. En este último drama, sin cmbarsro, fib 
desenvuelve una acción vigorosa, aunque sencilla, lu- 
ciendo adem.ls el autor sus dotes de inspirado lírico y 
versificador admirable. 

Grandes esperanzas hizo concebir Scllfe con Mat- 
dadts tjuf- sntt Justinas; pero las Ilcnd con C/ nudo ¡íor- 
diatio (2>i de Noviembre de ItiTS). sí iwr un momento 
se dejan aparte las imposiciones de escuela y los inijos 
pseudofilosrtficos con que estíS enturbiada una corrien- 
te ti'iple de poesía, sensibilidad y talento dramático. 

Con esto queda dicho implicitamentc que el autor 
pretendiií resolver un problema social por medio de 
violentjis situaciones; pero tan grande como la torpe- 
za del dramaturgo sombrío y trascendental es el nu- 
men del poeta apasionado y conmovedor, cualidades 
íunb;is que se compenetran y hostilizan en la celebra- 
da obra de Eugenio Scltí-s. Conocer el problema plan- 
teado en ella, y declarar absurtla la solución í iireme- 
diable el fracaso, es todo un;i misma cosa en buena 
ley de crítica y moralidad. 

A nada menos se arroja el autor ' que A justificar 






EH EL SICLO XU 409 

la muerte violenüi üe una mujer adúltera por el cspo< 
so ofendido, que dice después del crimen; 

Dé el juez, 

O medios .i mi bonradcz, 
O indulgencia .1 mi delito. 

Seria exorbitíintc, si no fuera ridiculo, pedir de la 
justicia humana imposibles tan imposibles como el cas- 
tigar culpas que no conoce, 6 por falta de delator y de 
testimonios, ú por la intrínseca naturaleza de las mis- 
mas, ó por alípSn otro obstáculo á fuerzas humanas in- 
superable. Y con respecto á la muerte de la esposa 
infíel, i(qui<:-n duda que es tan lesiva como el mismo 
crimen para la honra del ofendido? <<5uién no ve en me- 
dio tan desproporcionado para lavar afrentas el segurf- 
«tmo de hacer más pública la antes encerrada en el 
rfrculü de unas pocas familias? Todo esto mirando el 
negocio en cuanto perjudicial paní el injuriado; por- 
que si la supuesta máxima de moral que invoca al dar 
muerte á lu infiel se pusiera en práctica todos los días, 
¿cuántos Ótelos y Lopes de Almeida harüm A una es- 
posa víctima inocente de barl>aros furores? V ya que 
«sto no acontezca en la sociedad actual, mn poco celosa 
por 1os intereses de la virtud, ¿cómo no temer que un 
esposo mal htiUado con'su suerte, 6 quimil pretendiendo 
saciar, sfn miedo á la opintdn pública, sucios y crimi- 
nales apetitos, bañase con sangre inocente el tálamo 
conyugal? 

Pero afirmo de nuevo que en E¡ »it4o gordiano hay 
tonta exuberancia de poesía como falta de sentido co- 
mún; di'íralú, entre otros ejemplos, la forma varonil y 
fftáfica con que va envuelta la siguiente apología del 
naturalismo: 



m >IUt y CiMira U jvrauíUn rmenl en oiui nlUní sutuda de m|imIou» 



410 LA UTERATURA BSPAROLA 

ScvBRO. Ni aerada tras el tcl6a 

ver como en cltnica losa 

la cavidad asquerosa 

del humano corazón. 
Fenn. Si es malo el ori^nal, 

¿qué culpa tiene el pincel? 

íes fiel el retrato? 
Sev. Es Reí. 

Fsfca. Luego conoces el maL 

Al autfir se k* olvidó que los retratos en Uieratuní 
deben reunir otras condiciones fuera de la lidcliJaU, 
pues, de lo contrario, nos hasta ver el objeto (y en estos 
casos no es difícil), resultando perfectamente inútil In 
ÍDto^aff». 

Cuando Selles se oMda de ser filósofo psu-a ser 
poeta, se adelanta á sti maestro Eohegíuny. Cierto que 
Á Cste pertenece en rigor la grandiosa escena V del 
acto 11, en que María dcsKarra el corazón de Julia con 
una relación inocente que ella no cree pueda aplicarse 
A su madre; cierto que lid sítiuición se encuentni subs- 
tancialmcnte en Cómo empicha y cómo acaba; pero, sX 
no me cnsraño, hay míis vida en el imitador que en el 
modelo. 

¿7 tiudo gariliaiio y su autor son vivientes argu- 
mentos de lo que pueden el extravío del gusto y el 
ansia desmedida de agradar. Entre los alucinados por 
el brillo fosfórico de la nuera dramaturg'ia, nlngumi 
merece tan proftmda compasión. Scllís ha sido, por 
desgnicia, liarto consecuente en cl fídso derrotero don- 
de alrdnzó .su falsí gloria: de £/ mtdo gordiano y £/ 
cielo ó el suelo, descendía liasLi Las csrultnras. df car- 
ue, de aquí hasta Las vengadoras, mosaicode olisceni- 
dades repulsivas. 

Después de Sellís hay que nombrar A Leopoldo 
Cano, entre otras razones porque ast lo exige la cos- 
tumbre, que ha hecho de estos dos nombres, y el de 
EcJiegaray, una trinidad inseparable. No siempre per- 
teneció al gremio cl autor de /-« jmsiottaria; y aun de»«| 



BK EL SIGLO XtX 411 

caruuulo las tcntad\-as Un filósofo en fiambre y Eí rmís 
sagrado deber, no faltó quien considerase tos cariKitu- 
rescos horrores de ¿o?; laureles de ¡tu poeta como sAti- 
m del naevo arte de escribir para el teatro, viendo en lo 
exujíeriiilo de la imitación Indudables tendencias á la pa- 
rodia. Pero vino dcs^puós el scnnrtn dialogado sobre Lxi 
opiHión púbiifa, en que se achacan ó esia respetable se- 
flora las culpas y desdichas de las buenas piezas que in- 
tervienen en una acci»ln incaliiiciible, y ya no pudo du- 
<larse del verdadero proposito del poeta, quien sólo mo- 
mentáneamente se desvió de 41 en La mar: posa. 

La idea ítindamcntal, stis nuevos y dramáticos re- 
cnrsús, sus v-ontrastes y aífradablc forma, realzan el m¿- 
rilo de ana comedia que pudiera llamarserf/'íiwhr. aten- 
dida la situa<¡ón final. I -a felicidad es la mariposa, que 
revolotea t-n lornu del protagonista Luis, presentAndo- 
scle como tin el alma de una mujer, y como medio en un 
billete de lotería, en la corona de poeta y en la cruz de 
militar. Cuando iba á tocar las alas de Ict taaripor^a, se 
le encapaba ésta de entre las manos por una serie de in- 
cidentes que truecan en ilusión la que él creyó corona- 
miento de su dicha. Sospecha Luis de su amante, la 
sospecha se conrierte en intuición, y cuando ve en otra 
mujer antes desdefljida la realidad de sus ensueños, elLi, 
la inocente Martina, muere de ^zo, sin atreverse A 
creerle verdadero. 

Poto cuando descarcó sobre Leopoldo Cano la tem- 
pestad de lisonjas y ditirambos que forja la consigna en 
el Olimpo de Iji prensa, fue en el estreno de La pa- 
sionaria (ISf«), i-ner^ndro melodramiíiico con puntas 
de íatínete bufo, en el que, conforme al ritual de la es- 
eticla, les toca pa^r á las personas decentes, Justos, 
Angelinas, Perfectos y Lucrecias, simbolizados en los 
ilcl drama, picaros opresores de la inocencia en forma 
de mujer prostituida. Montlidades ;m.-llogas se inculcan 
en las dos obras posteriores de Cnno (omitiendo La 
meterte de LucredaJ que llcviin por titulo Trata dr 



41:2 LA I.IT1ISATI'KA BSPAfiOLA 

blnucoS' y Ooría (1888). En esta última predominan 
con íinpc>3'Íuso exclusivismo las consiibidas personiñc.i- 
ciones alegóricas, y se reparten A diestro y siniestro 
los síieíazos de la sátira pesimusta contra las diferentes 
clases sociales. Y son doblemente lastimosos tales des- 
propóivitos por lo mismo que prometían al^o bueno, el 
amor de Gloría al escultor y lu solicitud con que logra 
tifiarCitrlc de los lazos tendidos por la falsa amistad y 
la seducción traidora, haciendo que triunfe el mérito 
del artista con sOIo enviar su estatua Á la Exposición. 
en la que se le adjudica un premio ¡i pesar de los cnv i- 
diosos. ^^B 

Aquí y en otras ocasiones patentiza Leopoldo CamP 
que es poeta de alguna inventiva, de llorido y concep- 
tuoso ingenio, tan capaz de interpretar el idilio como 
la s:Uira. ;Por qué se obstina en malversar, como hijo 
pnWigo, esas venas de metal no siempre despreciable, 
en construcciones de barroquismo aparatoso, y sin la 
base inconmovible de la realidad, única que respeta la 
corriente de los aflos al arrasar los aéreos cnscíllus de la 
muda? 

Tji celebridad de Echejfaray ha iníluído mucho mis 
que su verdadero miíiito en otros varifjs dramaturgos 
de que no debo hacer enumeración exacta. Muchos no' 
han entrado de lleno en el camino de la imitación, y, 
por tener sólo imporumcia como autores libres y origi- 
nales, hallarán cabida en lugar m.ls oportuno. 

De los no comprendidos en está excepcián es e! 
poeta andaluz D, José Sánchez Arjona, menos conoci- 
do como dramático que como Krico, por cuyo üliímii 
respecto posee estimables dotes. De dram:itico le acre- 
ditó su obra Veuanuza atnipUda, pensada y escrita 
A lo Echegaray. iíl joven Femando que desafía á un 
Conde (caI>almento el deshonrador de su madrej, llcjía 
rt saber, para colmo de desdichas, cómo de esos amo- 
res ilícitos nació Laura, la mujer querida de su co* 
razón, y en la que reconoce á su propia hermana. El 



ZH BL KJCIjO XIX 413 

titulo de Vrugansai Mttiffliíía sl- refiere principiilmcnte 
al Conde, que tiene t:n el descubrímicnco de sus mal* 
dadcs el castigo merecido, la perdición de su hija 
Laura. 

Filntmcntc se pfxlrí» aumentar este catálogo con 
los numhres de Emiliu Ferrari (La Justicia del acaso), 
Reus y Vahamonde (Morir dudando), Luís Rscnideroy 
José Velilla, dos in¡fenios. sevillanos, autores del drama 
A espaldas de fa ley, y sobre todo Joaquín Dícenta, 
coya dudosa inspiración, probada A medias en £V sui- 
cidio de Werthcr, palideció, resistiéndose con brillan- 
teces prestadas, al idear las situaciones culminantes de 
La mejor ¡ey. 

Todavía resultd más falso y aniícstíiico que el dra- 
ma anterior el que, con escándalo de las per->onas 
senratas, se representó cuatro noches en el Teatro 
Español (Noviembre de 1890), y que lleva el sierüfica- 
tiro epígrafe de Los irresponsables. Un periódico re- 
sumía así su arrúmenlo: Tclipc Cari-njal tuvo la des- 
Br.icia de casarse ron una mujer que al poco tiempo 
de contraer matrimonio puso en olvido sus más saca- 
dos deberes. Felipe sorprende el adulterio, maUt al 
amante, ven tanto escapa la mujer. Aver^unzado de 
que su nombre vaya de una en otra boca acompañado 
de deshonra, Felipe abimdona la corte y se establece 
en un pueblo cerca del cual existe una linca donde 
vive D. Anselmo con su hija Miu'sarita. Felipe se ena- 
mora de Margariui, feta le corresponde, y tras proceso 
más breve que militar sumaria es seducida. CiítIos. jo- 
ven ingeniero, piírienic de D. Anselmo, se presenta en 
1a finca A solicitar Ui mano de Margarita. Carlos cono- 
tia de antiguo ■\ Felipe; tfste le refiere su triste histo- 
ria, y le ruega que guarde el secreto comu cumple ha- 
cerlo A un caballero. Pero Carlos, al ver que Margarita 
una Á Felipe, cuenta la historia de óste ü D. Alselmo. 
Felipe es arrojado de la finca; Margarita acude .A rasa 
de Felipe, donde es sorprendida por su padre. .Allí sabe 



A\i LA UTERATCRA BSPAJÍOLA 

D. Anselmo, por confesión de Felipe, que Margaríti 
está deshonrada; quiere matar de un tiro al seductor; 
pero Margarita se interpone, recibe el proyectil y cae 
muerta." A quien declara irresponsables íí los dos tór- 
tolos ya le pueden echar nudos K<JrdÍ;ínos, pues él se 
dará mafia para cortai'Ios con la espitda de una versiiicn- 
ción gongorina (aunque en ocasiones briosa) y senten- 
cias dignas de cualquier presidiario. 

El drama Los irreí^pom^abUs indica un grado de 
descenso inverosímil en el barómetro de la moralidoíd 
y el arle escCnicos. Atendiendo á la caducidad propia 
de todas las aberraciones, no sé en quO ha de parar U 
entronizada por licbcgaray, aunque por el número de 
sus representantes todavía ha de promover grandes ba- 
tidLas y engendrar obras de trascendencia y monstruos 
abominables, que encontrarán apologiaü en el amor de 
la novedad y en el espíritu sectario. 



w 



^ 



te- 



f 




CAPÍTULO xxni 



OLTIHAS BVOLUCIOKES DB la LITBRATVR& DiLUlATlCA 
(CONtlNUACUto ) 



n drsaia liliil¿rl<« >' <lr raoniDlirva. KanAn Social. Trifilo. Zapata, *i^ 
am. .tAkc-lw* ür Castra. IVraaadMi Brrasa. (^laliaa, HM-raní, Kaurlv 
«• A<«fta. ?Í«T* 7 CaImmi. «te. 



\ 



NiJicvtiA modilicación profunda y trascendenutl 
ofrece el Teatro contemporáneo que no quede 
registrada ya en esta historia. Contrayéndonos 
al dramu en sus distintas manjfcstucíuncs, no es el de 
boy sino un remedo lict y constiuitc del romántico y del 
que creó la musu Je Ayala, T;imiiyu y sus imitadores. 
Por una parte, la mi<«ma afíciún A nuestras tradiciones 
nacionales y lcgrcnd;irias procKis que en las obras de 
Zorrilla y García Gutiérrez; por otra, el mismo espíritu 
de observación y an.'ílisls ^1 mismo i'stuJiu dv 1:ls cos- 
tumbres reinantes, que en Lo positivo. LaHCt-s tic honor 
y £i tanto por ciento. Con EcJiegaray y su escuela, 
aunque al uno y & la otra debe hacerse extensiva la 
observación precedente, lum coexistido otros int;enÍos 
en que es mas visible el sello de la imítaciún, y que, 
«iepanuios por el abismo de las ideas y las intenciones, 
sin dnimo de hacer causa común, guardan, no obstante, 
entre si las suficientes analogías para que su agrupa- 



416 L\ Lin^RATL-RA ESPAÜOLA 

cidn en este lugar no resulte efecto del capricho ó de las 

cxigencijis del mítodo. 

Ocupado en las lides pcríoUíslicas, que tan híen dicen 
con su carílcter enérgico y batallador, olvida Ramón 
Nocedal, el director de £7 Siglo Fn/uro, sus antiguos 
triunfos dramíiticos, que do tiene, por lo visto, intento 
de renovar. La modestia, la desconfianza ü otras razo- 
nes atendibles le indujeron A adoptar en su primer en- 
sayo para la escena aquel vulgarísimo pseudripimo con 
que dicen se encubría la-nuijesiad de Felipe IV en sus 
verdaderas cS falsas imitaciones de Caldetiio. C/n inge- 
nio d/' cata forte se llamaba .1 sf mismo el poeta novel 
que en 1868 hacia representar la castiza comedia El 
JHes de su eattsa, imitación sobria de nuestro Teatro 
clásico, con algo de su platónico idealismo y su galanu- 
ra de forma, líl piíblico y los críticos de todas castas 
convinieron en eruUteceria como se merecía, á pesar de 
la boga que iba alcanzando el género bufo; con lo que 
nadie atinaba era con el nombre del autor, atríbuyi-n- 
dose la obra á varios de los mAs conocidos, y con iri-sis- 
tcncia al Marquís de Molins. Nadie pensó en el redactor 
de La Coustaticia hasta que le citaron sus nmig-os 
Caftcte y FcrnAndez-Guerra [D. Aureliano) con motivo 
de juzgar /-o Cnnttafi&la, última produccÍ<Ín del ínc<^- 
nito dramaturgo. 

i'ublit-ada antes de su primerd representación ' con- 
tra la costumbre universal, sólo pudieron apreciar su 
mérito im número muy reducido de personas cuandu, 
sin pretenderlo el autor, apitreció la comedia sobre las 
tablas en los días de m¡is fervor revolucionario. Las 
manifestaciones csciinclalosas y el clamoreo de la mos- 
quetería adocenada y venal llegaron i\ un grado de fre- 
nética exalutciún, inverosímil casi, desconuciendu lo 
que es en Espafla la tiranía de un partido dominante. 



t ta Otraiutots. iMuMt n Int netH y m pnta, »rlft»tl ib mi t^fento de 



BM BL SIGLO XIX 417 

"cnando se le resiste con deniietlü y sin hip«lcritas ate- 
ntutciimes. Para los hombres sensatos nada puetle sig- 
nificar la estrepitosa silba, á la que no faltó uimpoco 
una reparación inmediata y espléndida; antes sirve para 
poner de relieve la verdad y la belleza de la obra. 

Aunque en ella se exhiben píUéiicaraenle los exce- 
sos del periodismo calumniador y demasrO^ico, no se 
vaya á creer que la tesis se plantea al descubierto ni 
que ahoga el interés, como acontece con tanuí frecuen- 
cia. La fíbula está dentro del curso ordinario de las co- 
sas; los tipos son de una realid:id artística indiscutible; la 
catástrofe, natural y bien preparada. Eduardo, el jo- 
ven seducido ú inconsciente criminal que ve con terror 
expuesta por su propia mano & la execración pú- 
blica la honra purísima de su madre; la angelical Maríii. 
que entrega su corazón A quien cree digno de él, des- 
cubriendo al cabo la inicua trama que lleva al seno de 
BU fiunilí;! horrores y calamidades tnaudiiO-s; la lucha 
dramática á que da lugar la repentina y espantosa tran- 
sición; las mismas liguras de D. Rafael, el reriodísta 
incrédulo, y de los dos honrados esposos, D. Antonio 
y dofla Tgnacia; la gradación y oportunidad de los 
fontnistcii, la maestria con que se desenvuelve el ar- 
SVmenlo, la apasionada y propia vehemencia del len- 
guaje,— todo parece indicar en La Carmañola un co- 
nocimiento del arte que no es patrimonio de la inex- 
periencia y los pocos aflos. Por muchas y muy distintas 
causas Nocedal admiraba ninio como cualquiera, y pro- 
eurd imitar como pocos, al eximio Tamayo, de cuya úl- 
tima obra Los ¡lonihres tic hien hac ía por aquellos mis- 
mos tiempos la vigorosa defensii que en otra parte 
he mencionado. La finidad de La Carntafíota ' con 



* IXMíuiaelCUctCcaiuafrOáLciamuAobidot UrBOKHilWuKMiincl pr* 
TOMO U 27 



418 I.A [.rrCRATÜRA KSTA^OLA 

Lances de honor, No hay tnal que por bien no venga y 
otros dramas de su insigne modelo, se extiende A los 
míls mentidos i>ormcnores, prescindiendo de la identi- 
diid de jdí-iis y la .semejanza de procedimientos. Hasta 
la preferencia dada A la prosa sobre el verso debióde ser 
calculada en Nocedal, que tambiín siguió & Tama- 
yo en su absoluto alejamiento de la escena, y en vez de 
intcrprerar conflictos de arte, se encarg:ó de crearlos 
reales y ía"avisimos en el terreno de la política, como 
inspirador olicíoso del inte^ismo y hoy su auttScrata In- 
discutible. 

La misma autoridad crítica que &. Nocedal apadrina 
á Carlos Cticllo íl&V)-lftíS]. el malo^ado autor de Iji 
mujer propia, Eí príncipe Hmnlet, Roque Ouinart, La 
' monja alférez y Im mujer ñe César. Con moiivu del 
estreno de esta última comedia (28 de Enero de 1838) 
Tiflrt el difunto D, Manuel Cnfiete, en su?; críticas de La 
Ilnsíracitíu Espafíola y Americana, uno de aquellus 
combares si que le inclinaron su amor & los que él es- 
tímaba lucros de la verdad y la justicia, su dosdeflosa 
indiícrencia para con la opinión de los mds, y su ten- 
dencia á derrocar ídolos y dar la mano ñ los débiles. Por 
lúf ico proceso de pasiones exacerbadas, vino á resul- 
tar calamitoso y contraproducente el apoyo del discuti- 
do critico para el no menos discutido dramaturfro, cuyas 
primeras producciones le habían creado una atmós- 
fera de disfavor merecido en parte. Pero en cambio 
La mujer ite CVíar, Uesenvolviendo atinadamente, con 
recursos sólidos y buRuinos, una tesis contraria A la 
de El gran Galeoto, demostrando que vale más para 
una mujer ser honrada que parccerlo, presentando A 
este propósito una heroína (Elena) que, como la Con- 
desil de Et tanto por ciento, es adorada de verdad y con 
celoso cariflo por otro nuevo Pablo (el pintor Andrés), 
mientras se conjuran contra los dos amantes la male- 
dicencia procaz, la astucia de los parientes de lílcna y 
^a despechada pasión de quien sofió con hacerla su es* 



e» SL SIGLO KtX 419 

posa, y desntandü el nudu de tan terribles obsUlcuios 
por la eacrgía salvadora de la sinceridad y de la mo- 
cencía, consiituye un i>oema patóiico, vaciadu en mül- 
tles convencionales, y desigual en sus píirtes cunstitutU 
vns, pero hermoso y conmovedor en conjunto. 

Muy otra que la Ue Coello es la idiosincrasia artís- 
tica del poeta aragonés Marcos Zapata, cuya celebridad 
comenzó al representarse el cuadro heroico ¿m capnia 
di" Lamina (Ití71), síntesis de las grandezas y siniestros 
que constantemente hablan de distíntruirle. Kcprodu- 
ciendo en él un tenaa gastado y aptísimo pam arrancar 
los aplausos de la patriotería revolucionaria, no lo ha- 
c«n allí todo, sin embargo, los ditirambos tribunicios; 
hay verdadera piísLón, hondo sentimicntu y galanura 
de forma en medio de los relumbrones falsos y las 
inepcias melodnunii ticas. 

Mis graves incongruencias, por no decir desatinos. 
hay que perdonar en £7 castillo dt Sí wfíinc as. apología 
Itirasa de las Comuuidaúcs. donde igualmente se ad- 
'miran lus arrebatos del poeta lírico que se lamentan 
los errores del inexperto dmmáiico. I.,a acción comien- 
za üespmHi de la rota de Villalar. y su principal interdi 
estriba en la suerte del comunero Maldonado, á quien 
trata de salvar del cadalso el Conde de Benavente. 
cu>-a hijii Is.'ibel est.1 ciega de amor por el vencido pa- 
lio de las libertades cisicUanas. A la nota de traición 

que incurre Maldonado para con los de su partido, 
lesvanecida por el e«.clarecimiento de la verdad, su- 
tnien la pC'rdida de las ilusiones cifradas en el amor de 
ihcl y la terrible sentencin de muerte firmada por 

ríos V contra todas las promesas de indulto a fíivor 
del comunero. 

Entre los atropellos históricos y las violentas hipér- 
boles que forman Lt trama de £7 rastilla de Simamas, 
deslumbru el ;iurco brillo de una versificación como la 
4)ac se admira en el siguiente parlamento de Maldona- 
ilo, pintura de la batalla de VMlalar: 



-KO 



LA I-rTBRATKRA BIPaSoLA 

—Día triste.— El suelo blando, 

Copiosa y tcnnz la lluvia, 
Húmedo el aire siDiando, 

Y las niihc-s eclipsando 
Del sol la madeja rubia- 
Firme y dispuesta la seattf. 

Llega al harranco fatal... 
Busca paso..., y diligente 
El ejírcíto imperial 
Nos cierra harranco y puente. 

Entonces embravecido 
En ambas pane.'í estalla 
El rencor mal comprimido..., 

Y entre el pavoroso ruido 
Da comienzo la batalla. 

iQuiíín puede el* odio atajar 
De aquellos pechos lebriles 
Que llevaban al chocar 
Esc (Uror... peculiar 
De l;is discordias civiles? 

Aquel feroz embestir, 
Aquel duro arremeter, 
Aquel tenaz resistir, 
La manera de caer, 

Y hastn el modo de morir. 



Una infernal herrerta 
Todo el campo Hcmcjuba; 

Y al -tronar la artillería. 
La tierra se est remecía 

Y el espacio retemblaba. 

Y desde la puente al cerro, 
Provocada por el hierro. 
La sanifre, en su curso franco. 
Rolo su caliente encierro, 
Enrojccfa el barranco. 

«¡Arribat», clama potente 
El animoso Padilla; 

Y arriba sube la gente, 

Y & la traición aporlilln, 

Y echa á la traición del puente. 
'|Mas todo, todo se allana 

De la fuerza á la opreslúnt 
Dc$de luuL altura cercana 



EX EL Sir.LO XIX 42t 

Iba mermando el caAóa 
La lealtad castelUna. 

Y ante Li mucnc y su imperio, 
Qucdi't ;t[ fin wnio roníe 
En fúiiL-tirc cautiverio, 

V aquel tétrico paraje 
Convertido en cementerio. 

Padilla íue acribillado; 
Bravo, en su inmortal latifjfn. 
Como fiera acorralado; 

Y yo caí ensangrentado 
Entre la turba enemiga. 

jMas queda en pie la traición, 
La patria sin restaurar, 
Castilla §iin corazi'tn!... 
y en su funeral crespón. 
El cadalso en Vlllalar; ' 



De casi todo el drama está ausente el colorido de 
I, indispensable en un cuadro tan conocido y en 
"Sjue tan mal sientan las inridelidaJcs históricas. El em- 
pefiü de convenir el teatro en cáteira de política bu- 
llan^fuera ba sido fatal para los intereses del arte legi- 
liai'f, y aún no hii muerto, como lo demuestran el ejem- 
plo presente y otros muchos más, c<n aliciftn il lo5 lu- 
gares comunes, que tiende A suplantar la suhlimíd,id 
verdadera por las falsas brillanteces que fascinun & la 
multitud. 

Uia incondicionales ponderaciones ditiríimhtca.s que 
se prodigaron al dnimnturgo aragon^?» por sus primc- 
nw lentativas, han impedido sti enmienda; asi que 
desde í¿¡ solflnrio de Vusté hasta /ui piedad de uua 
KeiHa (cuya ruidosa protiibiciún fue un acontecimiento 
púlítico) y Un cttHdtUo de ia Cru-?, íutci;Io del drama 
catalíln Olgcr, casi en nada ha variado ni progresado 
el ingenio del vigoroso autúf. Sus galeri.'is de persona- 
jes históricos ofrecen de ordinario la misma serie de 



• A'.lu III, P*cra*I\'. 



422 tA UTERAnniA ESPA.<!OLA 

gmndezas 6 inconstdernrioncs, el mismo nfíin de kater 
poütico í destiempo, la mi-tma potencia rr«idür;i, 
idéntiru abuso de las galx*; de dicción. Fl lalunU» p:ira 
esculpir la rima, encerrando en ella un peníyimiento vi- 
ril ó delicado, prestando A la pocsCa la cadencia y el ha- 
lago de la música; el efectismo de ta forma, que nunca 
es desagradable aun cuando extravíe; la vehemencia 
lírica, propia de dramáticos españoles, aunque no de 
Én"andes dramáticos; tales son tos distintivos de Zapat:i, 
fruto legítimo de su carAcier, y de que no se puede 
despojar ni aun escribiendo zarzuelas, porque consti- 
tuye pitra él una necesidad el construir sus versos de 
una sola manera: la mejor. 

Mucho más dúctil es la musa de Valentín Gómez. 
aragonés como Zapata, pero de opucstísimas ¡deas en 
rctipón, política y literatura, y partidario en la pr;U:tica 
de un edcírticismo sano y del mejor gusto/ Deseuntan- 
do una halada lírico-dramática por el estilo de las de 
Narciso Serrii, puede considerarse como el estreno de 
Gómez en bis tablas La HOirla í/iV auior, crt que, alter- 
nando la tv's cómica con la importancia del pensamien- 
to, se inicia el camino medio que habfa de seguir des- 
pués el poeta. 

No sería ahsoluüimenie impropio dar el título de 
drama á La novela dtl amor: pero no importa adop- 
tar cualquier nomenclatura con tal que observemos 
desde ahora cómo preponderan en Gómez la graveílad 
y el sentimiento sobre la sátira y el chiste. La dama {lel\ 
Rey fue el fruto de la evolución natural y espimt-Anca 
que experimentó su instinto dramiltico, consagnido 
desde entonces fl asuntos nobles y de visible trasceti- 
dent'ia monil, según lo demostraron l'n alnta ár hielo. 
El Celoso rfc ai mismo y Arturo. De ¡oUo utt poco parc- 
ee haber sido la divisa del poeta, d juzgar por los mül- 
tiples elementos que entran en sus obras, y lo variado 
de líis fuentes donde ha* bebido su inspiración, aparte 
de lo exclusivamente propio y original. Recuerdan á 



Sat EL SIGLO XIX J23 

rrimayo y Ayala la sencillcE y ordenada disposiciAn de 
lasiir^umentijs, A Calderón y García Gutiérrez las ele- 
gancias de forma, y ul ciud vez se llega á columbiar 
la energía InOexiblc del mismo Echcgaray. 

Lajior del espino, cuadro hisióríro en un artt». que 
se cstrenú en el Teatro Espaflol el 18 de Mirzu de iaS2, 
vale inmensamente masque muchiKdramasaparatosos 
y de empcñü, y cnmspira un delicioso y suave pi-rfume 
de violeta oeulta en la soledad del bosque y rodeada de 
jaramagos.— Después de la victoria de Brihuega. con- 
seguida por las tropas de Felipe V en la guerra de 
sucesión, trAt;isc de prender y cistigar al piraui Mar- 
tín Vargas, cílebre por sus crímenes y desafueros, y 
por el heroico valor que desplegó en las lilas del ejér- 
cito inglt!*. I'erseguitlo y acorraliido como una íicra, 
viene ¡I buscar refugio en la morada del hidalgo Pedro 
Alonso, octogenario ciego, que vive en compañía de 
SD niela EU'ira, ílngel de candor y pureza, ídolo del 
anciano y prometida del joven Diego. El pirata, acogi- 
do por la doncella, cuOntale una historia, de la que se 
desprende que une á los dos el vínculo mils santo de 
ta naturaleza, el que existe entre un p;»dre y su hija. 
Ei supuesto \'arg;is, cuyo mimbre verdadero es Juan 
Alonso, había huido de la casa paterna después de po- 
ner su mano en el rostro del hombre á quien debía el 
ser, y se apresuró ti amontonar delitos para atudar tí 
primero. Reconocido ya por Elvira y Pedro Alonso, 
entra Diego con sus soldados en la CAsa para apode- 
rara del criminal, & quien condena irrcmisíMemenie 
una orden de Felipe V, mostrada por Diego á su novia 
y ttl anciano. De ni|uí un conlticto supremo, que se 
úgnivn y compli(^l al manííeslar Diego sus dudas so- 
bre la veracidad del pirata en sus declaraciones, que 
el mismo Juan Alonso quiere contradecir preseni.-in- 
dose como un impostor. Este iu-did nu ^sui para con- 
trarrestar la elocuencia con que los corazones de El- 
vira y de su abuelo reconocen y defienden al culpado; 



JISÁ VA LITERATUbA ESTACÓLA 

quien, al expiar con la muerte sus maldades, puede 
ofrecer ante el Tribunal divino, no sólo su arrcpenci- 
micnto, sino el perdón del ultrajado padre y de la hijl 
abandonada. 

Uh alma de füeh cumple demasiado bien con su tí- 
tulo; porque, sin que deje de ser verosímil el caráctcr_ 
de la heroína, no sabe acomodarlo el autor A sQ intcnl 
originilndusc de aquí alguna violencia en el desenliic< 
I*or lo demiis. la exposición rápida y vijíorosa, el 
(fiiiU'a) af^rupamtento de los personajes, y la creacU 
felicísima del de D. Román, son pruebas de un ingenia 
grande y maduro, sin rival entre losdc segundo urdec 
Aludí imtcs á la ínñuencia de Echcgaray; y aunque n^ 
afirmo en absoluto que U ha experimentado Valentín 
Grtmez. me lo pers.uadun muchxs cscenris y situación* 
de Ei ct'ioso de sf ttu'smo, sin desconocer por eso si 
relaciones con 0/eh y A secre/o agravio secrtta ven- 
fíntisa. El problema que se propusieron resolver Shaks 
peare y Calderón, rada cual A su manera, apari 
muy modiltcado. Ni la pasión del moro venccianí 
ni las inflexibles máximas del honor A que obedc 
los hcíroes de nuestro antiguo Teatro, encajan en Ic 
moldes de la sociedad moderna; y comprendiendo! 
así G<.mez, encerró la fábula en otra esfera inferior 
mus reducida. 

¿41 íry di! fafjtersa, El mayordomo y los meloUrs 
mas extranjeros arreglados por el autor (E¡ soldotfoi 
San Mara'al, El perro del Hospicio), no marcan 
progresión ascendente que había derecho íí esperar ál 
sus incuestionables aptitudes; ]H'ro no i ellas, sino A las 
extraviadas alíciones del día, hn de acJiacarse la culpu 
de Lil estacionamiento. Rn la actualidad parecen absor- 
ber del todo íi Valentín Gómez las rudiis y cuotidia 
tarcfis del periodismo. 

I-a escena patria, hu¿rfiuia de su valioso apoyo, lo 
recobrará en pl;izo m/is-ó menos breve; quien la había 
dejado para siempre, aun antes de hjijar al sepulcro, 



KS EL SIGLO 13.x -tSK 

era el creador de Tfieudis, Francisco SAnchcz de 

Castro. 

Con su nombre upiirccía en 1374 el apreciablc drama 
histórico Ln mayor venjiansa, que, con haber logrado 
bcLKtante buena acogida, no puede parangonarse con el 
Hermenegildo, primer triunfo de consideración obte- 
nidu por el novel dramaturgo. En Im mayor vengatisa 
hay algunas situaciones de gran hermosura, proceden- 
tes de la idea fundamental; pero es Idnguidu el movi- 
miento y borrtjsa l;i pintura de los personajes. 

En cuanto al Hermenegildo, hay quien le tiene por 
superior x\ Thendis en la parte rigurosamente dramá- 
tica; y en verditd que el autor saca de la fííbula el par- 
tido posible, eni reteniéndose más en et buen efecto del 
ctinjunto que en las bellezas parciales y de mero ador- 
no, ffermntegiítio (16 de Noviembre de 1S75) supone 
esíuemo viril y laboriosa gestación interna, sujiediui- 
dos A tan arduo empeño como es el hacer viable en el 
Teatro, y animar con I;ís intermitentes oscilaciones de 
la lucha dramúüca, d un personaje que representa la 
perfección moral en su grado más alto: la santidad. El 
hecho de no haber tocado Lope ni Calderón, ni nin- 
gún otro autor de comedias devotíis, íl la figura de San 
Hermenegildo, debió poner en guai'dia á Silnchez de 
Castro contra la fascinación ejercida sobre su espíritu 
por los rayos de gloria que circuyen las sienas del in- 
TÍcto mártir visigodo. Tiene algo de repugnante la 
ffucrnt armada entre un padre y su hijo, y las razones 
que justifican la del católico Prfncifíe no caben des- 
nliügadamenie en el drama, cuya esencia pide acción y 
movimiento en vez de discusiones y api>lpgías, Et ca- 
rácter del híroe y el de Leoviglldo, aunque por divcr- 
60& motivos, no se destacan con el relieve necesario; 
8on indecisos y (altos de individualidad, ^ixír cwi lu- 
cen doblemente el estudio y la habilidad concentrados 
por el poeta en Ingunda, como esposa y como cris- 
liana. Por elLi adquiere intenso valor trágico el mar- 



436 LA LltERArUBA ISSPA.IOLA 

tirio de San Hermenegildo, quien le dice en hermoso 
apústroíc: 



Un llores, rtngel del cielo, 

Con esa ternura amante: 
Ko mates en un instante 
La esperanza por que anhelo; 
Fuiste mi bien, mi consacio, 

Y no sé vene sufrir... 
iAhl Yo esperé resistir 
tiasta el fin como resisto, 

V después de haberte visto 
No voy íl saber morir '. 

TkcHdis, estrenado en el Teatro Espafiol el 20 de 
Novlemlire de IS7S. perpetuará el nombre de Sánchez 
de Castro más tiempo del que suelen durar los am-ifla- 
dos éxitos producidos por las preocupaciones y la moda 
ptisajera. cCómo olvidar aquel memorable concierto de 
entusiiismo con que fue recibido desde su primera 
represeniíteiún? Callaron los rigores de Li crítica, calla- 
ron los odias y rivalidades mezquinos, mientras Rerilla, 
nada sospechoso de parcialidad, saludaba en el joven 
poeta al restiiurador de nuestro decadente Teatro, y la 
inmensa mayoría de los periodistas y revisteros ponían 
sobre sus cabezas la afortunada ubra, en cuya pondera- 
ci<>n no se quedaron atríls, ya se supone, l'^^ ait:ini.l--c del 
que llaman tico-caioüdsnto. 

La concepción del Ttn-mlis es verdaderamente cal- 
deroniana, y envuelve un problema filosófico cuya 
sublimidad no columbraba siquiera el gacclíllero qae 
intentó ridiculi7flrla con chistes btifos y citas del dítt' 
dido de \'o]tí»irc. Al hablar de problema filo<tíífico no 
quiero decir que el autor llevara ;U TtMtro lus sequeda- 
des de la Ciencia 6 \n Ca.suisttca, sino que en el terfcno 
del arte se lanza á escudriñar los hondos misterios de 



I Arto III. n*»i(iVtll. 





la líberind humana, cetnn de los píiadcs trjtgicos & par- 
tir de Esquilo. El mcxio con que la Providencia sabe 
emplear para sus secretos fines la voluntad desorde- 
niula del hombre se simboliza y encarna en el incons- 
ciente parricidio del protasonlsui', que podrá ofrecer, 
sí, puntos flacos y lunares de alguna importancia, pero 
que en lo substancial es una creación de grandiosidad 
índücutíhlc. 

Tuscia. la mujer injiisuimente repudiada por Theu- 
(lis, y Bitlta, Xa amante de Eurico, son los dos angeles 
que quieren contener el brazo justiciero del que aspira 
A. vengador de su padre y se convierte en su asesino '. 
Balta parece la Oíelia de un nuevo H:iinlet, menos orí- 
gimd, sin duda, que la de Shak^jM'-are, pero nu tan inútil 
para tu »ccí6n como imn^inalKL el criticustro qtte la 
llamo» yí ;?«/"« vestida <lc bhiitco qtw arrastra la cota y 
los eHdcca^^tiabo^ por lit csvcuo, acutiicmlo í¡íemprc que 
kay a/fíUHa desgracia que Itorar. Eeas impertinendas 
satíricas valdríjín, si aljro valiesen, contra Iti virjfinal 
fieura de la obra inglesa, á la que, pcrr fortun;i, habían 
de hacer muy poco daño: no deja de ser honrosa la 
compolUa. 

Una respuesta semejante se puede dar A la infundíi- 
4Ía acusaciiin de que el Tlirmiis atenta ú los ciVnones 
del drama histórico por no corresponder á un tiempo 
fijo y determinado, como si Fuese el intt-nSi esrénlco 
cosa de cronología é indumcnmria, y como si dentro de 
la historia no tuviera MK-rtid el poeta para fingir nom- 
bres y personaji-s con tal de evitar la inverosimilitud y 
el nnarronjsmo. Además hay dramas que teniendo un 
fin nii^s alto de loque puede serlo la representación viva 



1 ruKTta bu {irocvnuto i|iir Kurlcu nowp> ri rrniiulprnaioafrff Ji- «a pailn. 
j £V9UtRatÍca vl«BetiUficr«iuiitd«>lai|ucMillninah(.T«HlB(a j i, .|avh>Ma 
«Un BiBctti pM TbriiJU, *c ik^ldc á «MUr «I Hvf IcniHHnde ¡41*% k dvci* la 
«tu, r icAlIta tM p>opd%lto('«aniI'.>TtMii<lun.'«dfTcnfiai:rrle por hl¡ay ár«> 

ifir con B«ttn. « la m qor rfintnti'tM * TuwLt ra nt Jrrvchfn y >IIcbIiI«iI 

rIMna. 



J3S LA LtTERATUHA BSPAltOLA 

yexaciHilc una épo«i, sólo deben llamarse hLstdrtcas 
por la fcfha en que se supone veríílcarse la accirtn. 
^En qui? anales consta la existencia del Segismundo 
üe La vida es sueño, ní qué relaciones tiene con la Po- 
lonia de verdad la fantaseada por Calderón? ¿Se dirft 
que el género es híbrido y de mala ley? Pues renuncie- 
mos Á las glorias de nuestro gran Teatro, y aplaudamos 
las restricciones de Voltaire y Moratín contra el incon- 
mensurable genio de Shakspeare. 

1^1 signíiicaciún del nicmiis no estriba, cierto, en 
su fidelidad histtjrica, aunque tampoco le afean ios dts- 
jiarates que estilaban los dramrtiiccs españoles del si- 
glo XVII, sino en la profundidad del pensamiento gt!- 
nemdor y en la hermosura Uel adorno político. En este 
punto, sin cmbai'go, no suscribirá á las aseveraciones 
cniusíaslas de Revilla, que considenibii Ae f>rim<'r orden 
In vcrsiflcaci-Jn de la obra. Tampoco me hacen el me- 
jor efecto las aplaudid fsúnas dtíeiinas que pronuncia 
el hCroe en circuí; tanctas nada á propósito para filo- 
sofar tan A lo Ini^o, lo mismo exactamente quepusu 
con el protagonista de La vida es sueño. Hl monólogo 
de Eurico envuelve una apoteosis de la libertad hu- 
mana: 

Libre sintiéndome, el vaelo 
de mi anlielar s« agiganta; 
que nada l'ucrxn ó quebranta 
mí e-"*per.in7.T ni mí .nnbelo. 
Ni el mundo, ni el mismo ciclo, 
aunque anonade mi brío, 
nrriistrard mi albedrfo. 
ni lo forzara ñ ceder; 
que suyo serS el poder, 
pero el querer será mío '. 

Con todas sus tachas de fondo y forma, Thaidis 
fue la aurora esplendida de un sol con cuyos arrehole* 



' Acto I, rannn X. 



e» El. SIGLO XIX 4?) 

luminosos habría imanado mucho la escena pAtria, pero 
ijue se hundiíV ya. sin tocar al ceait, tai el ocaí» eterno 
de Ui muerte. 

El inofensivo humorista José Fernández Brcmón 
[hizo sus primeras armas en la escena manejando exclu- 
sÍTamcnti: el resorte dd scntimienio. Peligroso desig- 
nio 4|uc abre üe par en par la puerta A los aburos melo- 
Idmnulticos, y que stMo el i-uitUido continuo y la delicada 
<* infrecuente discreciíín pueden llevar íl feliz tí*Tmirio- 
L^ graves caídas. Por fortuna, el autor de Dos hijos y 
\Lo que Mo ve ¡a Justicia sabe coiunover sin raelín* 
l^cs ni recursos de efectismo nofto. El santo carino del 
[lu^Lr le ha sugerido :tre:umentos, diálogos y frases 
Ique no se pueden analir^ir sin profanación. Eldnima 
, Pttst'tin de viejo tiende á idealizar un sentimiento que 
I parecía exclusivo patrimonio de la musa cúmica, y á 
[hacer simpático el amor con amifiíis y achaques. Dos 
afios, no bien cumplidos, después que la obra antece- 
dente se puso en escena La Cnis Roja (19 de Noviem- 
hro de 1H*X)), cuyo asunto est.1 bi:is:ido en las terribles 
I colisiones entre cristianos y judíos que ensangrenwron 
cl reino do Portu^l A principios del siglo X\l. Lo^ 
procedimientos dramiUicos de Fernandez BremOn no 
I contentan il la (rene ral iUad, nt suelen merecerá loscri- 
ticos mAs que una benevolencia libia, 6 inspirada por la 
i amistad personal. 

Mucho peor se Iwbla y escribe acerca de Mariano 
[Catalina desde que sus tremendos fracasos en la esce- 
na, y la aparición de sus insusunc iales pocsias Úricas, 
! y «u prematuro ¡n^reso en Li .\cademia Espjtnola, y los 
,cuotidiani>s saetazos de la prensa, han hecho ohidar 
hasta los relativos ciclos tributados por Revilln al dm- 
ma A'o hay tmrn fin por mal (omino, que loirró excelen- 
te acüKida en 1S74. 'VMv drama, decía cl insipnc criti- 
co, se parece ñ esas mujeres que, siendo hermosas y en- 
amiadoras. nu tienen una faccírin buena. El drama no 
tiene idea oí carácter, y hormiguea en inverosímilitu- 



430 LA UTStUTUKA ES1*A.VOLA. 

des tle todo gínero, «parte de ser un edificio Icvuntado 
sobre wn cimiento de arena, y. sin emharE\>, en conjun- 
to el drama es bueno. La vigorosa inspiratiún del uutor 
ha logrado hacer itn cdifíc-to compuesto de malos matC' 
ríales y erigido sobre deleznables cimientos, y ¡1 pesar 
^c esto es hermoso. 

„Una pusíún inconcebible despertada en tina hora en 
el coraión de un hombre maduro y corrido por una mu- 
jer desconocida; unos celos promovidos por una frase 
jacdmcioKi fundada en un descubrimiento cisuai, cuya 
primera idea se encuentra en el prccí<KD pocmita de 
Campoamor, /m itiiumnia, tales son los fundamentos 
del drama. Y píira que esto se;i posible, es necesario ad- 
mitir una serie de improhiibles casualidades y de no pe- 
queñas; inveruRimlIltudes, sin Iílr cuales todo el artilk-iü 
de la obra vendría rApidumcnte al suelo. 

„Pero ¿qué importa? Otro tamo sucede con los dm- 
mas y las novelas de Víctor Hugo. Hxamin»dog en de- 
talle, son un conjunto de disparates; y, sin embargo, 
arrebatan, eml>cle»ui, deleitan, y su famusobrevÍ\-trA A 
la de otras mucha.<i obras harto m.ls correctas. ,\si acon- 
tece al drama del Sr. Catnlina. Analizado detenídauncn- 
tc, n«j resiste A Itis ataques de la critica; visto en conjun- 
to, observase en él inspiración, interOs, sentimiento. El 
drama es bueno por tanto." 

No se puede afirmíir lo propio de los desdichudisimu^ 
que produjo el autor mus adelante. 

Casi iil mismo tiempo que Catalitm, se dahii á cono- 
cer con el drama histérico fut virgen de la Lorcua rf 
fecundo poeta murciano D. Juan José Herranz. Pintan- 
do una ve?: mils la ínmortid fí^ra de Juana de Arco, 
no podía evitar el recuerdo terrible de Schillcr, yaft 
contentií con las supurticialt.-s bellezas de la forma. E! 
autor ciinocia las dificultades del género, y se consa- 
gró al de costumbres en Im sMperpcit del mar. El alnt» 
y d cuerpo, etc. Sin de-clararse abiertamente discípulo 
de Echcgaray, se le acerca Herranz en el uso y abuso 



BN EL SIGLO XIX 43t 

de los resortes trA^icos, y en lo sombría confomiiición 
tie los fiersonaje?. Después de lar^o periodo de silcnrío 
se ha presentado nuevamente al público con Las tres 
cmcef {ItWÍ), imitación libre de La bota de nieve. 

Triunfo bien extruflo fue el que consiguitS Rosario 
de Acuftft con su Riettm el tribuno (1K76), nbrii en que 
reatan mits lo-* aLirdes dcmoi'T Áticos que el eonoci- 
mienio de la escena. ^\ el protagfonista y las tiaras 
accesorias pjf^tn de la mcdtaníii, ni los amoresdc ttquél 
están hicn delineados; y por lo que hace A los desahogos 
de Rienzl y sus aptistrofes á la libertad, na hacía muchos 
ftllOK que en otro drama con el mismo tema había pre- 
cedido ú la poetisa el malogrado Carlos Rubio. El ta- 
lento de doOa Rosario ha concluido en punta, como las 
pirámides. Las atenciones y lisonjas que le prodigó la 
galanteria en 1S76, le hicieron concebir de sí propia 
una idea equivocada; y ansiando A toda costa inmoi ta- 
lizarse, formó una alianza ofensivo-defeniíiva con los 
herc)Ot(íS cursis do La^ Dominicales, escribió á desta- 
jo versos y prosas incendiarios, y anunció en los Ciir- 
teles un dramón archinecio que delata con elocuencia e! 
la.'ítimoso cstado'mcntal de la autora. 

Casi ninguno de los poetas acrupados en este ca- 
pítulu cumplió las esperanzas clfradxs en sus prime- 
ros ensayos; en casi todos fue la inspinición llama- 
rada subitánea y fugaz, no sujeta A proceso lógico y 
gradual, .sino manifeslada de ima sola vez, ó con eclip- 
acs totales ó parcLiles. El repertorio dramático del ilus- 
tre marino D. Pedro de Novo y Colson nos presenta, 
en sentido opuesto, las sucesivas etapas de un iogctilo 
<iue se estudia y perfecciona á sí propio; los tanteos 
de Iji inexperiencia, las evoluciones progresiras,y, final- 
mente, el vuelo seguro de quien toca la meta y con- 
quisui el ideal por largo tiempo acariciado. Desde el 
medroso y repulsivo cuento La manta tírl (abatió, has- 
ta la excelente tragedia romdntica Vasco NúHez de 
Balboa, hubo de dar el autor un paso de gigante; pero 




432 tX LITERATURA ESPACIÓLA 

quizíí no «.'s menor el trecho que separa la comedia (Th 
arcbinulfottario, con ser y lodo su asunto tan original y 
bm bello, del drama La bofetada, estrenado en el Teatro 
Español (13 de Febrero de 1890), y en cuyas numerosas 
representacitmes se repitieron, en progreülón ascen- 
dente, los aplausos que parcelan exclusiva pertenencia 
de Echegaray y sus secuaces. 

El juicio del pilblico no se engañó por esta vez, ol 
es un dnima de tantos el que Iliunó tan poderosamente 
su atención y removió sus entusiasmos sin acudir hI 
■repertorio del efectismo y la neurosis arüñcia]. Nada 
de tragedia cómica con abísrarrados colorines, nf de me- 
lodrama destilando sangre; i'<4uí no se confunde la emo- 
ción estética con los ataques convulsivos, porque el ati- 
lor tiene el buen susto de herir derechamente el alma 
sin perturbar los nervios. La obra es de buena raza, 
como casi todíis las de Tamayo y algunas de Echegaray. 
aunque no ijjualc por su fonna A las del primero, que 
gozan en este punto el privilegio de lo inimitable. 

La hnfviatia no resuelve nin^n problema socioló- 
gico: es el drama de conciencia, interpretado con la pe- 
netración lúcida y la firme seguridad de quícn sabe 
leer claro en sus senos í intimidades. líl cíuííId del ena- 
morado ante quien se cierra para siempre el cielo njiul 
de la esperanza; la pasión celosa, que. cotno Dios, hie- 
re (fottifc ttuíít ama. y lleva en los remordimientos y las 
dudas icmiccs su miis terrible aistíg-o; la fuerza de la 
sangre, sobreponiéndose A todos los desvía-fos y obce- 
caciones del entendimiento y la voluntad; el Instinto 
filial ahogando la fiebre de la veng'anza, y el instinto 
de padre cediendo & las dulces solicitaciones y ú los 
destellos de una verdad tan deseada como acus:idünL y 
tremenda: en esos sentimientos eternas, porque son nji- 
turales, se fundan las situaciones de La bofclnda y el 
interés vivísimo que despicrtím. Sólo he de protestar 
contra la tendencia lastimosa á confundií' el sentimien- 
to del honor con la barbarie del duelo, y protesto con 



B.f EL SICLO XIX 433 

\ 

ito mayor causa cuanto que la sitnciún de ese dísfra- 

sadft salvaitsmo por medio de la escena L-ontribuyc á 
afianzar las preocupaciones sociales que lo admiten. 
elcvAndoIo á la esfera de un deber. 

Fuera de esto, todo es admirable en los caracteres 
del Marquís y de su hijo; caracteres complicados y de 
difícil estudio, en los que la consecuencia consipo pro- 
pios no se limita Á la uniformidad de procedimientos y 
lenir^ajc, tal como se entiende vulgarmente, sino que es 
vigoroso sello de una ptrn^onalidud y vinculo superior 
queenlttzaaparentescontradiccioncs. En Albcriu luchan 
el amor arraigado á Mar^rarita con el deberdc respetarlo 
mando ella ya no es libre; el recuerdo santo de la virtud 
y la temun» de una madre, con la horrible certeza del 
asesinato perpetrado en la inocente víctima por el hom- 
bre que la llamó su esposa, y que se niega á reconocer 
A Alberto como hijo. E! M.irqués.arnistnido poreloleajt- 
de t;inias y contrapuestas emoíiones, con el torcedor 
contínuo de la desesperación en sus encraflas, Infeliz 
Ótelo que daría toda su sangre por saber que fue puní 
la mujer inmolada á sus furores, es una creación cuya 
trúgica sublimidad se va agigantando de escena en es- 
cena basta el fmal de la obra, discretamente oculto entre 
la penumbra de lo misterioso. 

No menos contribuyen & enaltecer cl mOrilo de La 
boj'ftada el artiticio con que estftn graduados los acon- 
Iwímitntos, y el paralclí^mu y l:i hiirmónica (.-«rreip^vn- 
dencta de sliuaciones. Cuando en la illtima del acto 
scí^ndo está Alberto escuchando lo historia de la noble 
dama, cuya muerte violenta le refiere el Doctor, ve ístc 
aparecer al Marqués en la puerta, y exclama: ;Ah , tt 
i/<->fonoct(íotfuc me f rajo arríe .«n Íec/io.'—,;Mip<Nirff.', 
grita Alberto. —S/; yo/uf quien la mató, le contesta 
stt padre. Difícilmente podría idearse otra dcclaraci<in 
que, con miis s<-Kuro efecto y mrts sobrio líiconitmo. 
recordara los friLses con que termina el acto primero y 
los que sir\'en de desenlace al drama. 

TOMO It S8 



434 LA UTERATirOA bspaSola 

Todos saben que en el título de La bofetada se alude 
á la que el Marqutfs da á Alberto para Uemostnirle que 
no es su hijo, constituyendo Ja misma pacienci» de, 
Alberto en no devolverle el ultraje \ix prueba moral y 
humana de todo lo contrario. La simple indicación de 
este oriíiinai y hermosísimo recurso draraíltico, bastii 
para formar concepto de lo que vale. 

Novo y Cobion no quiso enfralanai' su drama con 
el vistoso ropaje de la versificaciíJn, propósito que no 
del» condenarse y para el que le asistirían sus razo- 
nes. Se privo asi de un medio maravilloso pora fasci- 
nar y hasta para producir efectos de buena ley; pero, 
A cambio de tales desventajas, le diA el empleo de la 
prosa la faciliJad de decir, por boca de sus persunujcs, 
todo lo conveniente y nadíi mí^s, cerrándole el cumino 
de las exubcruniias líricas y la afeciaciAn sentencio- 
sa; de ahí la es|x}ntaneidud y el movimiento del üiAlo- 
Cfo, que corre sin apreturas ni tropiezos. Tratándose de 
obras como Ijí hofflada, hay derecho á ser nimio en 
exigencias y reparos; y por lo mismo que merece tan- 
tos encomios en la [«irte substancial y en la tócnica, 
desañnan más las imperfecciones de forma, los cndera- 
sflalMJs inoportunos, escapados de la pluma contra l.i 
voluntad del autor, y los galicismos intolerables, de esos 
que van introduciendo, como una plaga, en el idiomik 
castellano, la conversación ordinaria y las lecturas 
francesas. 

Algunas refundiciones esmeradísimas del antif 
Teatro español, y varios dramas sociales como £7 taso 
eterno, Ei crédito drí -vicio y La baíatta/i de ¡a tv'da, 
indican en Luís Calvo, hermano de los insignes actores 
de iífual apellido, persistente y fecunda vocación para 
la escena; pero no van comprendidas en este elosrio ios 
tendencias morales de que tal vez se ha hecho intC-r- 
prete. 

Como demostración de la escasa líjeza de ideales 
que hoy vemos en nuestra literatura dramática, y de 






CAPÍTULO XXIV 

I 

ULTIMAS EVOLVaOSES DE l.A LrrERATl-^\ DKAM-^TICA 

(conclusión) 



CarríÚD, Sniilinlflian, Blux-o jKsHrlilOi. (inapMir, \'-K» llUt«r4v ir Int. 

Lnrrfln. Itiincwh V(ia) AM. P. Pínv. Patrnclft, CKvMtanjr, ErIifearBjr 
tu.), «to. 



SI c! mimero lo supliera todo, no potlría hablnrse 
oon justicia de la decnilencia y el m:il estaüo 
en que parece Iiallaise la comcdin coniemporil- 
nea ú contar desde la muerte de Bretón. Pero sigtiien- 
do Tamayo con su silencio de siempre, impcíIidosEíruI- 
\¡a y SeiTíi de continuar su mixícsto piípel de imitiido- 
ros, entregado Avala & los ufanes de la política, muer- 
tos tfxtos material ó moralmcntc, sólo han enriquecido 
la escena en el transcurso do can Inrgo periodo con tnl 
cual obra, A manera de despedida tíltiraa ó canto de 
cisne moribundo. Los autores cómicos que han hecho 
el gasto, como si dijéramos, desde aquella memorable 
íccha, ó son compañeros rczas:ados de Bretón, que bri- 
Hallan menos cuando ól vivía, ó aficionados jóvenes, 
entre los que no hay uno con fuerzas pitra continuar 
su obra. Ya se entiende que hablo aquí de la comedia 



E» EL SIGUO XIX 437 

pura, y por extensión de las vurieUiiües cümprendiilus 
en el genero bajo-cOmico. 

Por orden de prioridad cronotágicB ocupa el primer 
pnestú de la afi^nipación D. Josií Marco, que hizo ya sus 
primenis armas mucho anees de la revolución de Scp- 
tíembre. Ei peor t'fttrtm'go, que fue su estreno, estii cor- 
lada por e) mismo patrón que todas sus hermanas de pa- 
dre: la intención moral, no fastidiúsa ni slstcmi'itica, el 
graicju culto» aunque nada fibundantc ni cspontilnco, 
el esmero en la disposición del conjuntD y la ausemiia 
de pompas y adornos Úricos, para no decir de poesía, 
tales son los caracteres que distinguen las comediiLs de 
Marco, cuya serie constituyen, entreoirás, JJhfríaH en 
lacaiiena, Jil ^o¡ de invierno, ¿Cómo Ita tle ser!. Los 
Jiacos, Ei mauicomio modelo. La pava trufada, Aiüln 
V Eva, A pesca ílc un marido, ¿Se puede?. Los couoa- 
mjfjitus y líohirio el diablo. 

Soa defecros graves y continuos de Marco la propen- 
sión A la caricntura, y el gusto de convertir en héroes 
y heroínas de sus comedias á una serie de Íioml>res ca- 
nijoü y senuritas cursis, que, no porque en la realidad 
abunden, deben llei'arsc A tas tablas tan constantemen- 
te y por sistema. Aquel pobre diablo de D. Bonifacio 
en EJ peor t'Mifwigo, ni más ni menos que el ebunisia y 
pRtrioni León en Ei manicomio moilelo, y el benditísi- 
mo y apocadísimo D. Prudencio en La feria délos mu- 
Jerts, sólij pUL'den ser excedidos, en punto A ridiculez. 
por los apéndices femeninos que respectivamente les 
nurtiriz^m. Casi siempre ha de s;ilir míilparnda la mujer 
en las comedias de Marco; porque, ó bien es la insufri- 
ble marimacho, que arregla y dcsarreg;la la cusa, ten- 
tando la paciencia del inocente marido, ó bien la solté- 
ttina que hace los imposibles para pcs«.'arle. ó, a lo sumo, 
Ib resignada mártir de la fortuna, con sus pretcnsiones 
de viriuosn. que ha aceptado del ciclo este don & costa 
de 1<M dem.^. incluso la sal del bttutismo. Líi candidez 
que furma la quinut esencia de los personajes, cua ex- 



a 



438 LA LITERATURA SSÍ'aSoI-A 

ccpc íón de uno ó dos por comedia, podría tolerarse como 
recurso excepcional y accesorio; pero cin lofítimosa- 
mente prodífi:ada, caasa la atenci<ín conlu \'Ul^:ar y mo- 
nótono de las perspecti%'as. 

Aunque no libre de esc pecado, ñútanse en Los co- 
ttodfiuctttos rapidez de situaciones, variada sucesión 
de fisonomías, y sobrio y uxucto naturalismo. Sin que 
el pensamiento sea del todo origrinal ni la forma muy 
escofrida. la concepción y el desenvolvimiento del plan 
descubren una mano hábil y experimentada. V ya que 
hablo de forma, no pasarit sin advertir que el ¡lutor no 
se le mucstrd tan devoto como es costumbre en nues- 
tro Teatro, y que si bien dialoga con soltura, rinde 
tributo A un prosíiísmo desmayado y de ramplona fami- 
liaridad. 

Compaflero de Marco en sus primeros días fue el au- 
tor de /jíí Cortf de Doña Urraca, Dott Jíamórt dr ta 
Crue, La fiiwtra causa. En la piedra de toque. Herida 
eneí a/tna, Los pretendientes y ¿17 miera. Cultiva Emi- 
lio Alvarez casi todas l.is variaciones de la comcdi;), des- 
de la ñlosófica hasta la de circunstancias, ya remontán- 
dose & las alturas del sentimiento, ya adaptando su fle- 
xible musa ít las exifi^encias del efímero jufpttíte. 

La sencillez característica dt- las obras en prosa y 
verso de Carlos Frontaura lo es partlcularmonto de las 
escritas para la escena, en las cuales se advierten, junto 
Á la insig^iiñcancia y casi nulidad de la acción, la ternu- 
ra de las situaciones parciales ó la espontaneidad y gra- 
cia del chiste. También ha compuesto zarzuelas. 

Mis:uel Ramos Carrión, olvidando el aticismo de los 
grandes modelos y el arte difícil de la sobria naturali- 
dad, sacríñc», al cmpeflo por hacer rcir á toda c< 
mtfritos y cualidades inaccesibles rt la apreciación de I 
multitud. León y Leona , Cada loco ton su tema, Los se-' 
aoritoa, El iunvno mandamiento, y en general los ju- 
gructcs, pasillos y comedias que brotan de su fecundo in- 
g'enio, no descubren esfuerzo ni dificultad de ninguna 



Slf BL SIGLO XU A39 

especie, como engendrados a) calor de una musainfatl- 
gubk'. Ramos Carridn es un vastago legitimo de !a anti- 
gua cvpn i.'sii;ifitila, con la s;ivia de Quevei"o, Tirso de 
Molina y D. RamOn de la Cruz. No quiere esto decir 
que no estudie y procure imitar A los autores franceses, 
cuj'a franca despreocupación se produce con harta 
üdelidnd en el asiduo compañero, Mentor en otros días, 
de Vluil Aza. Los que tratan con intimidad al autor de 
Xo Bruja, le llenen por aficionadísimo al doícc far- 
m'ertíe, y explican por esta pasividad de su tempera- 
mento la costumbre que ha observado de escribir en 
rolaboracWn. M¡i.s quiííii que sus comedi;uí tWfw (en el 
doble sentido de la palabra) sus conocidísimos libretos. 

Rafael Gaicía Saniistcban siente invencible propcn- 
sióa al efectismo de la caricatura, y le molestan poco 
los escrúpulos de fondo y forma; es imo de cantos inge- 
nios, indóciles y fecundos, que se agitan en el campo de 
la escena con el firme propósito de arrancar aplausos, 
promoviendo el buen humor por todos los caminos 
posibles. A! pretender oTra cosa recientemente con su 
liaría Egipíiaca, experimentó el fracaso que era de 
prever. 

Autor antiguo y experimentado, constante en sus 
buenas y malas condiciones, errático t inagotable, no 
pítrcce sino que Euscbio Hhtsco adquirió en algún 
tiempo la obliuación de escribir í1 Jestíijo arliculos de 
periódico, libros y piezas teatrales, para gowu" luego 
las caríciíts de la pereza y el descanso. Lu anlifzua espa- 
Ñoia. La mnji-r de Iflísci y £7 amor couMípado prece- 
dieron cT'ínoU'igiramenre i'i la q,uc casi todos reputan 
por In m(U importante obra del autor. El pailiwio blan- 
co^ coronada por muchos y merecidos éxitos después de 
pasadas las cii-cunstanci;is de su primcm representa- 
ción, y qae. sí bien recuerda demasiado un proverbio de 
Musset, est.l dlestnimente adíiptada A nuestro Teatro. 

Conforme A la ingeniosa teoría de Scríbe sobre los 
grandes resultados producidos por causas pequeñas. 



440 LA LITEBATURA BSPA.^OLA 

l?iastan en la obra de Blasco, p.nni enix-üar uiui fAtmla 
llena de confusiuncs y pcrípeciiis, Jos pañuelos que sira- 
boU/an respertivamenie los santos atractivos del hogar 
doméstico y tas Inquietudes roedoras de 1n inftdcHdad 
conyugal. El pañuelo blanco que borda la niña Kusita, 
como obsequio A su padre, sirve A la asiuia Clara para 
encelar & éste, 3- tejer una cadena de incidentes cómi- 
cos que terminan por el adiós dado por el Conde A sus 
trapícheos, y con su firme resolución Ue vivir en ade- 
lante para su mujer y sus hijos. Otro píifluelo con listas 
azules, regalo de la viuda bizca á (|uien ronda el mari- 
do intiel de la Condesa, sirve de argumento deUnltivo 
para demostrar el pocaJu del culpoiblc. Clara, que se 
ha propuesto arreglar aquel mairimonio desavenido, 
manda A la Condesa dar un pasco níx-tumo para yvr- 
suadjr al Conde de que su mujer se ha ido al baile. 
en uso de su libertad y derecho, y de que le engufta 
con un amante. ¡Cuál no es el asombro del Conde al 
verqueel5('/í(ír/V(?r(íf/<3í.elsupuestorÍval, es su mismo 
hijo, A quien la Condesa ha sacado Jel colegio, y que. 
efectivamente, la besó con efusión, como habla dicho 
el criado, y que la misteriosa donante del pañuelo blan- 
co es la hija del empedernido Tenorio! Blasco deja sin 
los debidos justificantes algujias de estas equivocacio- 
nes; pero las hace perdonar en obsequio A su trn- 
TTcsuní y il la belleza monil del pensamiento de lu 
obni. 

Nú ha cesado de producir desde aquella fecha, 
pero son partos endel>!es y para el día, insiga ¡licjuites 
por su brevedad ó por la precipitación con que cstiin 
concebidos; tales, en fin, como^ mittlo jíimnla la viOa, 
El aitsiuto, I^ rosa amaríH ti. Ei bastón y ti sombrero, 
SoJftluií, Pobre porfiado, etc. 

Siempre la misma vena chispeante, hermana menor 
de la de Bretón y Narciso Sorra, el mismo raudal de 
gracias, equívocos y todo linaje de ocun-cncias; pero 
siempre también la misnuí torpeza en la disposición del 



Hn EL SIGLO XIX 441 

plan, en la conducción Uc la fábula y en la verdad y 
cfHísecucnria de los caracteres. Fclifcs arpumc-ntos las- 
limoütmcnic inulversíi4os; escenas, ya delkadiis, ya de 
relieve, y A tas que falta poco para ser inmejorables, 
junto á olriis de factura desdiebadisinuí; los destellos 
de la inspiración obscurcvidos por espesas sombras; cl 
contraste y la irregularidad; tal es cl resumen gcncnil 
que pticde aplicarse A las obras dram/ilicas de Easebio 
Blasco. 

A pesar de los vacíos del fondo, y los dispara- 
tes |!TiunatÍcales y de otros géneros que , por desgni' 
fia. no son tan ruros en las comedias del autor, hay 
en las más desairadas huellas de iaspimciún y i'is cá- 
rnica, de maestría en el manejo del diálojfo y la versi- 
caclón. 

Se diíciitc mucho la originalidad de Rlasto. y sus 
obras dramiUicas abundan en reminiscencia.s, que ma- 
las lenguas traducen por plagio maníüesto, y que pocas 
veces pasan inadvertidas, por ser los originales casi 
siempre franceses y de los que todo el mundo conoce. 
Esta ctrcuQStancíadji lugar á comentarios, y disminuye 
cl valor de lo que pone de su cuenta Bhisco, que hu- 
biese se^i^idu otra conducta si no hiciera tan poco 
aprecio de su reputación, si no se hubiese apudentdo 
de £1 una costumbre inveterada, y sobre todo si cuida- 
se mAs de la corrección que de la fecundidad. 

Sólo me resta aftadir que pica üil cual vez en filo- 
sofo, patrocinando tests de democracia trasnochada y 
ciur&i; pero ya que se le hayan de ivrdooar los pecadfis 
veniales, que no oiga, por Dios, al enemigo que le 
ÍDspir<l su Soledad cuando intente hacerle reincidir en 
cl mismo crimen. 

Mds destemplada. Univcrsíi! y dcscortt-s que c<in 
Bbtsco ha sido la censura con Enrique Ga'ipur, autur 
e<>mico de otra talla, saj:onadfsimo en sus chUtes ¿ in- 
corregible en sus imperfecciones, y jiara quien, después 
de una temponida en que coserh(> abundantes laureles 



442 LA UTEKATUIU ESTaAOLA 

y en que su nombre llegó ú convertirse en ^arantia Uc 
iriunfo, vino la de súitcmiltjca y terrible oposLci<ín. 

En el teatro Ue Enrique Gaspar encama un realis- 
mo pcsimistn, que se diferencia de) de Dumas bijo, y 
del de Sardou, porque participa más de la sAtira que 
de la tesis docente. Cuando aún preduminjib» en la es- 
cena española el sentimentalismo dulzón y empalago- 
so, Gaspjir se arriesgó A exhibir en ellu las fotu^ntfíiut 
al desnudo de Las arciinsíaiirias (1B67Í, en que cienos 
tutores confiscan la herencia de una pobre muchacha á 
quien fingen amparar, ocultando el robo con el manto 
de la hipucresia, pero sin evadir el custijro condignn de 
su culpa. lj\ censorina severidad del autor se acentúa 
en ¿41 ¡mita. Don Ratnóny d sefíor Ramón, La catt-ca- 
Hottiattia y Et t-stótftago. para renovar sus procedímicn- 
los, después de muchos aflos, en /-o/íj (ItJfió) y Las ptr- 
sonas dfcctttes (1890). alegato éste formidable contra las 
costumbres de la socied;id, baraja de naipe* s;ilpÍcjulos 
de cieno, f!;eneralizaci('in sistemática del vicio que abun- 
da, si, y contag^ia como virus ponzoñoso, pero no tanto 
como supone el autor de la comedia. Para ser en todo 
realista, el Sr. Gtispar truena conlr:i las pompas del li- 
rismo, y hasta abc^i en la teoría y en la priU'tica por el 
predominio de la prosa sobre el verso en el teatro; e 
incurriendo en el mis-mo error que Zola, parece creer 
que la imitación de la naturaleza se reduce á copiar lo 
malo, lo repulsivo y lo sucio, y tortura su irmcgable 
talento al encerrarlo ea Las prisiones de un molde úi 
co y convencional. 

El gran dramático de £/ hombre de mundo y La 
muerte 4e César legó al Teatro cspaflol, juntamente 
con sus producciones, im heredero de su nombre y de 
su gloria en el popular sainetcru Kiairdo de la Vega» 
steudo y lodo las aficciones de éste tan distintas de 
de su padre. Con sus libros para música ha propor- 
cionado A los más distinguidos maestros de Madrid te- 
mas i- inspiración pitra zarzuelas y juguetes líricos, que 



ES EL SIGLO XIX 443 

por su sidatla ligereza obtienen aplausos y represenm- 
tiuncs sin numero. Las comedias (ó cosa asi) qnc constí- 
luj'cn otni rama de su teatro, no obedecen tampoco & 
rnAa leyes que A las del humorismo Kumht^n, picante y 
regocijado de que no hablan los legisladores rígidos del 
gusto y la poesía. El pueblo, sin embargo, y con cl pue- 
blo muchos entendidos, consiguen que Ricardo de la 
Vega rivalice en fama con cl mismísimo Rchegaray, de 
cuya s;mírrit-nta dramaturgia es srftira uno de los partos 
míis geniales de nuestro autor Ci^ abueia): y si con este 
motivo le retiraron su amistad y benevolencia algunos 
«pcisionados del ídolo, no ha dejado de seguir boyante 
ri nuevo D. Ramiin de la Cruz, como le llaman sus ad- 
miradores. Y en verdad que no escascan las analogía.? 
entre la gente airada de antaflo y la de hogaño, ni entre 
los sainetcsque extasiaban a los madrilcnosde la época 
de Carlos IV, y los que hoy lleva A las tablas el supuesto 
imitador. Hago extensivos los elogios de Ricardo de la 
Vega ií Ttim-ls Lureho y Javier de Burgos, de los cua- 
les no dLscurrirO en particular por no repetirme inútil- 
■mente; pero nada hay en el repertorio del primero que 
exceda á ¿os valientes del tíliimo. para citar tm ejem- 
plo conocido de todos. , 

Nadie olvida tampoco las revistas estudiantiles, sfttí- 
ras escénicas, tan chistosas como inofensivas, todo el 
tello aunque mondtono teatro de Vital Axa, teatro que 
se cclebraxía como simb<>lica columna de Hércules ;i no 
luiher nacido en Asturias sti autor, sino en la indispen- 
sable metrópoli parisiense, malgastando su talento en 
insulsos vaudrxitlt'S. A la memoria del lector c^iún acu- 
dietido.sin duda, tipos y escenas do, 'iSflsMrfcwrt/cwfíí- 
li<af!, Aprobados y fiuspeusos, lü psirietitc df todos. 
S&ft Sebastián, mártir. El sombrero de copa, Eí Si-fior 
Gobfftiador, etc., etc. ¡Qué donosura, qué flexibilidad y 
qu¿ riqueza la de su inextinguible caudal poético! Bn 
esta parte no le excctlcn, ni Blasco, ni Narciso Serra. ni 
naUic. fuera de Hretón, bca lo que quirrn d>- ntras cua- 



•14-1 LA UTERATVRA ESPAÑOLA 

Hdaücs no menos dignas de esñimí, compensadns en & 
por esl;i c¡isi úniai y t:in valiosa. 

Y nu es quv dest'ien Jn liasui la bufonada proi-az, gro- 
nem 6 malsoníinte; pues si pueden y deben censurarse 
rasgos menos cultos en sus comedías, distingüese en 
general por la delicadeza conceptuosa de las alusiones, 
y la fmura y comedimiento de la forma, en cuanto caben 
dentro del tigurún y de los exigeocios peculiares de cada 
asunto. Si no posee el aticismo moratiníano, ni la admi- 
ralíle vena y el conocimicnio de la rima que nos asom- 
Iwan en fiV pdo de la dt'hesa y MuéreU y verás, se 
mueve con holgura en otra esfera más humilde y más 
adecuada d su card^tcr. 

¿Quién puede olvidar al pedantísimo Fermín, rival de 
D.Elcutcrio, al viejo Cosnie.it Paco, el incorregible hol- 
gaxjln y buscarruidos, á toda la galería cscolarqitc hasta 
para hacer reír alas piedras en ^I^ro/>arfo5V5M.'i^r«Sfis, 
obrilln por otra parte modcsui y baladí? (Dónde encon- 
trar los motlelus de aqudlos incidentes tan originjiles y 
oportunos? ^Dónde l:m inagotable tiroteo de chistes de- 
liciosos y felicísimas ocurrencias, tan rico y tan variado 
museo de ingeniosidad? VíuilAza ha tenidocl buenacuer- 
do de no acercarse al género elevado, para el que se re- 
quiere un poder de concepción y de síntesis incompEití- 
hle con la sencillez nativa de su ingenio. Al fin su arce 
«s legitimo, aunque no de grandes aspiraciones, de lo 
que no ptnlrAn vanuglorlarí^ otros que las tienen mis 
subidas, y que vienen á parar en lo cómico sin preten- 
derlo. ^M 

La gran vía, csr talistnán de la España coniempeV 

ranea, extendió, inmortal i ¡^¡^ndole & su manera, el nom- 
bre de Felipe Pérez, que para entonces ya habia hecho 
representar las comedias Recurso de easactóH. Con tus 
y á libsiuraíi y Ei aV/üo Jt:itiir, un buen númeio de ju- 
guetes cómicos y cómico*! ¡ricos, y una serie de fan- 
tasías ligeras, bautizadas con distintos nombres. La 
lihima obrilla que ha dado & la escena (,Pfiiltos rf ¡a 



BX EL SlGtO XUl 4C 

mart) lüiunda en situaciunes bien j;niduadas y primores 
de versificación, ya que sea trillado el fensnmienco que 
desenvuelve. 

No es tan esencialmente cómtcíi la musa de Cefcrino 
Patencia como la de los poetas de que acabo de hablar. 
Después del terrible fracaso que hubo de sufrir en Ef 
cura df San Aitíouio, comenzó á manifestar en Carre- 
ra de obstáculo.^ Ins raras y envidiables aptitudes de 
observador hílbil y esperto, de poí'ta no vulgary versi- 
ficador intachable, conlirmadas en Ei gtutrdtdn de fa 
(asa. CariHo» que malati. y La Charra . t\\xc tan alio 
ponen su nombre entre los de nuestros dramáticos mo- 
dernos. La nota característica y predommante en sus 
obras, ni más ni menos que en las de Ayala. si bien en 
^mdo muy inferior, es el ^sto purísimo, diseminado 
por totULs panes á manera de fluido sem i-espiritual í in- 
coercible, que así en el fondo como en la forma graba 
el sello de la corrección clílsica, cercenando las tenta- 
doras superfluidades y tos 'vHolentos desentonos. Sus 
personajes carecen del atractivo fascinador engendra- 
do por las pasiones tumultutísiis y lo* choques silbitos é 
inesperados, pero cumplen perfeciumínie con lo que 
cada uno representa, son naturales y humanos, íí dife- 
rencia de los que estilan los geii/'os: al uso. Su diálogo 
es un modelo de sobriedad, y hermana con olla las per- 
fecciimes del romííntico, sin adoptar los excesos del 
inoportuno lirismo. Para que las semejanz;is con el autor 
de Cottsufíosean nuiyores, también el repertorio de Ce- 
ferino Falencia tiene de exiguo tnnio como de excelen- 
te, t:imbicn rinde A la sana moral el culto que en. tantas 
ooisiimcs es prend;i de acierto. 

El íxiio mAs considerable e indiscutldo de Pnlencla 
fué el de EJ guardidtt dt ta cam, no sólo por la inter- 
pretación que dio al papel de Carmela la insitrne actriz 
Marfa Tubau. despuís esposa del autor, sino porque ti- 
pos como el de ta joven toquilla y caprichosa, Ui madre 
Indolente, frivola y literata, el padrazo torpe que Iils 



446 LA LITCRATtlIlA RSFAJtOLA 

tolera, el L-xpcrto D. Justo y su hijo, el novio de Car- 
mela, acrcüitan un pincel delicado y un pulso firme y 
ílc macíitrü. 

No podían ser más felices los auspicios con que se 
presentó en la escena Juan A. Ca%'estaoy, obteniendo 
en tos día,s de la niñez un triunfo como el de £/ escía%>o 
de su culpa. En esta comedía, que bien comporti» el tf- 
tulu de dnimu, peirecia despuntar la aurora de una tns- 
piruciíin virK^n y precoz, que, superados l<>s obstAcuIos 
déla cJad y la inexpeiiencía. superaría mmbicn otros 
menos temibles. El poeta, casi oifto, acertaba á trazar 
un cuadro, con sus toques de sano realismo, muy honro- 
so pitra un principlante. Miis pronto pasó d concierto 
de alabanzas, dando tugar íi 1;is discusiones sobre la orí- 
finalidad de la obra después de aplaudida, y al valor 
de las que le sucedieron, e-xtremAndose el rigor tan- 
to como se extremó la benevolencia. Primero E¡ Ca- 
nino, donde hay, en verdad, frecuentes é imperdo- 
nablt-s caídas, y mucho efectismo cursi y amañado, y 
después Sobre qiii^n viene e¡ castigo, que nu merecii} 
tan uniJnime des:iprol>aeión, contribuyeron etlcazmence 
al doscrídíto del poeta. El drama histórico Pedro el 
Jiastardo, escrito en colaboración con D. Josí Velar- 
de {\i$S&), no bastó pura rehabilitar al autor de £/ escla- 
ZH>de sri (U¡pa, 

D. Miífiíel Echeifaray es un poeta tan original y tan 
desbordado en su gCncro como el homónimo que hoy 
recoge en España el cetro del drama trftg^ico, y no t^us- 
ta menos el uno de provtKar la risa que el otro de he- 
rir profundamente las tibras de la sensibilidad con d 
arma de sus tremendas catAstrofes. Aun si^fucn coro- 
partiendo el dominio de la escena; pero mientras el 
éxito de Un critico incipiente recuerda el de El fíraii 
Gattoto, decae un tanto la estrella de D. Mi^iel, que 
nunca ha sido muy viva y resplandeciente. Obnis en 
<iue palpiten la pasión intensa y el sentimiento Icffftimo, 
hijas de la meditación y el estudio, y de una g'ran fa- 



BX EL »[GU> XIX 447 

cultnd creadora, no se busquen en el ciimulo de las su- 
3'as. sin exceptuar las mejores. I^ aficióa de Echega- 
fay á lo hajo-cúmico es decidida y fauíl, obligái>dolc & 
torcer el curso espontáneo de los argumentos, A dcsfí- 
gtirar con afeites posti:!os la ñsonomín de los persona» 
jes, recargAndoIo iodo con lasm;isas de color, y destru- 
yendo asi la suavidad y hermosura de los contornos. 
La/uersa iis «« wAo. Sí» familia, En primera clase, 
Vivir r» grande, etc., y úUimamente I.a creúrmiai , 
adolecen de ciertos pecados de origen, identifirados 
«■asi con el ingenio del Sr. Echegaray. 

No le acusara de las frecuentes prostituciones A que 
toncos descienden sólo por transigir con feas concupis- 
cencias y e£lrag:idos paladares; lo que sí se necesita 
cooíesar es i)ue las nobles intenciones, ocultas en sus 
dram<-^ticas, no estAn conformes con lo trivial de 
, ejecución, y que, por sendas contrarias A las s<-guidas 
por su hermano, viene, como él, á dar en la falsedad y 
el convencionalismo. 

Talla y el dios Momo cuentan con mil adoradores 
oUls, retirados unos, y otros en actual servicio. Perte- 
necen al primer grupo el acerado y nervioso periodis- 
ta Leandro Herrero y el autor de Uis vetcfas (sátira 
politiía representada en 1870), Dr gustos no hay nada 
escrito. La caja de Pandora y los Diálogos de saiÓH, 
FcrnAndcz Martínez Pcdrosa. En la clase de autores 
militantes tiguran Antonio Silnche?. IVrez, quu lleva at 
Teatro sus condiciones de persona inteligente y dis- 
creta, observador asiduo de la sociedad y prosista ame- 
no y castizo; Francisco Flores García, que aun en los 
juguetes y pasatiempos se distingue de la turba adoce* 
nada, ejcmptar curioso del pocut autodidacto que sube 

ílirconel talento y el estudio la falca de una cam- 

y un titulo universitario; Eduardo S. Castilla, mis 
conocido como di rector de la revista Blanco y Xegro; 
Josí Jackson y VeyAn, que ha heredado con el apelli- 
do el buen humor de su padre; l"'nmcist:o Pleguezuelo, 



•UA LX UTBaATUUA KSPAJtOLA 

cayo primer cnsiyo. Mártires y dvlittcHent es., noanun- 
cialxt al (Teador de una comedia tan hermosa, sin fal- 
sos relumbrones, como Margarita, y Rafael Torróme, 
á quien alzó Caflete sobre el pavés al estrenarse La Jie- 
bre tteJ dfu, confesando su culpa ante un esperpento lla- 
mado, por mal nombre, Kt .tentitío común. Y aun que- 
dan sin íiiniar numeros<« autores cómicos de ocasión 
que viven domiciliados en este Olimpo de la comedia, 
aunque «isi siempre en los pisos liajos de la C-aricalum, 
el pa«iÍllo, el saínete, la parodia, el cuenco, el cuadro y 
el juífueic. 

Aquí vive tiimbiOn, en la categoría de los (//o.':f^£ Mtf- 
ttores, el hutmo de Pina Domínguez (Mariano), y conste 
que no k- llamo así por malicia 6 s«^unda intención. El 
sf que las suele prodigar en sus pasatiempos teatrales, 
picantes como la guindilla y de un matiz verde, que si 
en ocasiones aparece un poco desmayado, por lo común 
rompe toda ciase de cendales. Sus admiradores suelen 
equipararle fi Bretón con la candidez del mundo; sus 
émulos, que tampoco le faltan, han hecho en Cl cruele» 
experiencias de anntomia. 

Como se ve, no es njula lisonjera la impresión irc^ 
nerat que dejan en el ¡inimo la plétora de medianías, el 
retraimiento de los poetan de mAs esperanzas, y la ex- 
tinción casi total del genio luminoso y creador, triple 
motivo de la decadencia de nuestro Teatro, A la que 
también concurren cl fabuloso incremento de los espec- 
citculos innobles, populacheros y de baja estofa, y el 
extravío de una gran parte del público, que no sólo los 
sufre, sino que también los r[e, p:iea y aplaude. QuízA 
se abusa de la hipérbole al comparar el estado actual 
de la escena española con cl que a1canr.ó en otros días; 
pero no cabe tlesconoccr que yace atacada de anemia 
senil, y necu<>ita de nuevos elementas que le infundan 
sangre y vida. Por otra parte, y no ya en Espato, sino 
en otras naciones, se advierte cierto indiferentismo 
hacia la literatura dramrttica fomentado por insignes 



escritores, y que sirve de barómetro para conocer Im 
gustos de la época. 



El ane de la declamacirtn en la segunda mitad del 
siglo XIX vivió largo tiempo con tas reliquias del 
romanticismo, y continuó enorgulleciéndose con los 
prestigiosos nombres de Julián Romea, ^falilde Diez 
y Teodora Lamadrid, que aún no ha muerto para el 
mundo ni para la gloria. Va en 1844 se había hecho 
apl;iadir del público madrílcflo otro actor insigne, 
JoíUfuIn Arjona, despuís de recorrer triunfalmenie las 
capitules andaluzas; pero cuando se destacó su carac- 
ceristica personalidad de la masa común de los artistas 
adocenados, fue al i ñau [.airarse el Teatro Español por 
la iniciativa del Ministro Conde de San Luis {IH4% 
é intcTprctnndo maravillosamente el D. Diego de £7 sf 
de las ttiiias, y E¡ avaro, de Scribe. En el antedicho 
coliseo, en ct de los Itasilios (llamado después de Lope 
de Vega) y en el de Variedades estrenó Arjona las 
primeras producciones de Aj-ala, Tamayo, Eguflaz y 
otros dramaturgos de la nueva generación; pero su 
celebridad se funda principalmente en el desempeño de 
algimfts piezas traducidas 6 de escaso ^'alor, como La 
escala de la vida, de Rubí, El tío Tararira y La aÍiU-a 
de SaH Loreuso, melodrama en que asombró li cuímtos 
le vieron fingir la mudez patética del cabo Simón. En 
la escuela de Arjona se educaron Femando Ossorio, 
Victorino Tamayo (el Yortk de Uh drama nuevo) j el 
acttia) continuador de tas tradiciones de aquel maestro 
excelente. EmilioMario. Con estos actores compartieron 
la cstimarión dfl publico D. Josí Calvo {Apio Cíaiidio 
en I 'irginia, Dmjiiv de Lerma en f '« hotnhrc de Estado), 
cuyo apellido habían de inmortalizar sos hijos, Antonio 
PUarroso, Míuiutl Catalina, inteligente director de 
escena, y las actrices María Rodríguez (tíortcmia en 
lOHO u 29 



Ul UTEKATL'RA SSPaSOLA 

Verdades amargas. Dolores en El tejado de vidrio^ 
etcítera), Mercedes Buzón y muchas más. 

Cuando una plújrade de poetas nuevos vino i 
transformar el Teatro espaflol, surgió también otra 
de actores, mermada hoy por la muerte y las volun- 
tarias defecciones. Emilio Mario, que perpetúa como 
una herencia el recuerdo de Arjuna, personi6ca d 
estudio escrupuloso é incesante, la imitación de la 
naturaleza, el esmero en los pormenores, y ha desco- 
llado sin ri\'al en la cpmedia de costumbres. Su noví- 
sima anión con Antonio Vico hace presagiar malas 
consecuencias á los que conocen lo anlitiítico de sus 
aptitudes respectivas. Vico, Á pesar de su flexible talen- 
to, nació, como Rafael Cairo, pura la declamación tu- 
multuosa, enérffica y efectista, que avjisalla irresisti- 
blemente Á un auditorio meridional. I.a conjunción de 
«stos dot> astros de la escena, A partir de 1879, avivo 
los resplandores con que cada cual había brillado en su 
esfera sinfifular y propia; y á la vez que exhumaba las 
joviis de la literatura dramática nacional, desde Lope 
de Ve£ra hasta Zorrilla, difundió el neo-romanticismo 
de Echvfraray, velando sus deficiencias con hermoso 
manto de luz. Separadamente se había exhibido cada 
cual en obras de su particular repertorio» por ejemplo, 
Vico en Ai? capilla de Ltiuiisa, A.7 castillo de Simancas 
y £/ mottasterio de Vusté, de Zapata, y Calvo en rf 
Hermenegildo y el Tliciulis, de Sánchez de Castro. 
Con los dos eminentes artistas colaboró Elisa Boldün, 
constituyéndose asi una tríada irrcempLizable, pero 
que se deshizo pronto al morir Calvo y retirarse de las 
tablas la aplaudida actriz. Cairo dejó tm heredero de 
sus elorias en su hermano Ricardo, á quien itcompafla 
Donato jimínez, y ñ la Boldün sustituyó jwr túgúa 
tiempo Elisa Mendo/a Tenorio, que Á su vez tiene por 
succsora d Maria Tubau, ornamento del Teatro de la 
Princesa en la actualidad. 

Como no trato de presentar una galería completa 



EN El. SIGU) XK 451 

de actores ', sino sólo una resefla á vuela pluma, me 
contentaré con apuntar los nombres de Balbina Val- 
verde, Matilde Rodríguez, Josefa Guerra y María Gue- 
rrero, y los de Ramón Rosell, Pedro Ruiz de Arana, 
Sánchez de León, Mendiguchia, etc., etc., protestando 
de que las pretericiones obedecen únicamente á la ra- 
zón de la brevedad. 



' CotutUtesc In mny interesante que se eitá Vn^llcando en U revlst» Itiu- 
trada Btmeo y Stgrti. 







CAPÍTULO XXV 

LA NOVELA COSTBKíPORAKBA 

Aluv^B-^KI Padre CvlawL 

Po« cimii del dcscrátiito de la forma poética, del 
tibio razonar y los alardes de buen Sftttído, que; A 
toda prisa van invadiendo en la presente genera- 
ción el puesto t>cupadü antes por la efervesreneia líri- 
ca, la enttisíasta admiración y el idealismo en sus dlv 
tintas fases; por cima de la debilitación que experimen- 
tan los grandes ideales colectivos de la fe, l¡i patria y 
el amor desinteresado, y del vuelo cada vez m:is atre-' 
vido que toman las pasiones egoístas, y todo lo que 
tiende A aislar al iodiriduo de %vsí semejantes, se alza 
victorioso C* indiscutible el imperio del arte literiirto 
mils en consonancia con nuestrtí sitimcíón social: la 
novela. 

A impulsas del amor propio, y no sin razones d<9 
bastante solidez y paso, suele protestar la Estítiea de 
nuestros días contra la definición que reduce la novela 
¡1 la oprobiosa categoría de epopeya bastardeada, y la 
contina íí los ínfimos escalones del arte literario. Bn 
vano se objeta que fue desconocida para los griegos 
de las edades homéricas y del siglo de Pcriclcs, y 
para los romanos del tiempo de Augusto; que HcUo- 



!■ I ■ ^^^^^^^B 



B.T BL SICLO XII 



453 



(loro y Longo, to mismo que PctronJo y Apulcyo, son 
InJícadores de decadencia moral y artística. Todos 
van conviniendo en que la novela, como producción 
reñnada, heterogénea y complicadísima, sólo brota y 
medra al calor de las civilizaciones más aranzadaü y 
nuulanis, con su choque de intereses y pasiones con- 
trapuestos, con su f(:rvidit é impetuosa corriente de 
heehos é idens, y con el aparato cíe sus progresos cien- 
ifCcijs C- industriales. Nunca romo ahora lia podido va- 
, nagloriarse la humanidad de su sat>er y su dominio de 
[lii natiu-aleza; pero ;se negará que con este universa! 
[impulso de avance coexiste otro de descenso rápido y 
[aterrador cuyo punto Ue parada es el abisma? ¿Qué 
[indican la lucha íi vida ó muerte dt* instituciones, psir- 
jüdos y clases, la confusión babílóníc-a de sistemas y 
'teorías, la enfermedad que aqueja A cuantos respiran el 
^corrompido ambiente moral de Ijis grandes poblacio- 
y que, relajando la fibra del rarúcter, relaja tara- 
[1)Í4n los vínculos de la familia y del Estado? ;Xo es 
[cierto que la ola ncera del pesimismo ha cubierto el 
jiimndo de visiones lóbrcg-as y espectrales, y que la tra- 
Imade 1a rida va perdiendo los hilos de oro con que la 
«:xürnaba la fanta^iía, y sustituyéndolos con el estambre 
[irtirdu y prosaica de la realidad? 

Quédese aquí la discusión & que darían margen es~ 
[tos prciyrunlas, aunque c¡ment;id;is en una experiencia 
innivcrsal tan triste como indudable: y sin avanzar ha^- 
cl fondo obscuro de las cosas, sin seflalar el mistc- 
iHosu la/o que une los dos extremos de la cultura y la 
[barbarie, ni la pendiente resixiUidiza por donde ruedan 
[las sociedades desde la virilidad consumada A la decre- 
[pitud anímica, conste simplemente el hecho si^nüQca- 
[tivo de que. cuando la epopeya se ha hecho imposible, 
Ijr el aliento lírico luiquea teniendo que pedir su apoyo 
u la musa d¿bil del escepticismo, y el Teatro no acier- 
[ta & sejíuir los derroteros gloriosos de ÍNifiwles, Shaks- 
re y Calderón, ni siquiera los de SchlUer y Hugo, 



454 LA I.tTEKATtrRA ESPAÑOLA 

Zorrilla ó García Gutiérrez, el árbol de la novela se 
desarrolla en mil ramiÜcacioDes y rinde á diario, sin 
que se le a^fote l:i s:ivia, la enorme cantidad de fru- 
tos necesaria para jiHmentar el espíritu de una geno- 
raclún. 

Por lo que A España toca, bastarían las produccio- 
nes de Fernán Caballero para hacer ver que la no- 
vísima e\'olucitín novelesca contaha t-on valiosos pre- 
cedentes. Pero hubo un escritor de los que con más 
brío y fortuna descendieron al palenque del arte trtt- 
iJenrioso, y que antes había alcanzíido los tiempos de 
Cecilia BOhl, compartiendo con ella las simpatías de 
inftnitos lectores; un aventurero ilustre que, como po- 
lítico, empezó en demagogo y concluyó en conserva- 
dor, y, como literato, fue subiendo sraduiümcnte la es- 
cala que porte del bajo fondo de la bohemia y termina 
en los majestuosos recintos académicos. Ese escritor. 
ese aventurero afortunado, se llamaba Pedro Antonio 
de Alarcón '. 

"Yo no soy— escribía él con sinceridad y lecíiimo 
orgniUo— discípulo de ningün D, Alberto Lista grande 
ni pequeño." Y en realidad de verdad, Alarcón, como 
tantos otros fcenlos meridionales, .se lo debía todo & tí 
mismo: su inventiva Ínafi:ocable y vivaz, su Instinto de 



■ Vino al monde ni GMdli, A 10 de Maneo de M&S. Sa bunllhi. que rra de 
aveitdeacU noblr. pero «lo blene* de fortuna, podo apenas iwiportar lo* casiiM 
laoddtlilrooK <]Uc huela el dexpabUtulo miuicvtw m m» (studloi, Sl^ulú j<rlaK- 
To A]iirc4a lo» 4r JurtcprudirncUi y A poco los ¿e Tn>lot(la. pera mnnllot^aAp 
«InoT»^ una voi-«L-t(Sn fíraic j ctcImlvUla pnra el i.*a1ll«-o de lai Icinu. A Id» 
tUet y Dcho aftoa de edad haMn embarronado ya inüallo* plltjoi de papri «o* 
varwut y priHai i< todoi llüa^M. qae niái larde hnbU de coailtAor at Iu>co- 
EntoaccHi »<n «nbarco, caa»l|)u(í que »c irTrciicn taran do« dramas tujm tn 
üaMlli. patadcaado ca loi vliorv* dr im patamu Us prtmlcb» dr la relcbffr- 
dad. En unUa «on Torcuato Tanaco toada KlKevát OtttijeUt, prhMfco qai 
redactaban lo* do« antisos en llaaJIx, j* w tmrdmia M CA.IlJ. ¡'ara mn cfih 
dad Batl4 Atarean de bt laj-a naial en Enero de 1863, y. tnnuurrltUspocwtar- 
nuuiu » vliKi i U oottc. No lardo n reeruar i «u poli poi baber calda m|> 
dad»; pero ni ItnIlU le n<díaiia, y luí AUn:ú(i k vlclr 1 Graaada. doade for- 
m6 p*rte de la (ftmoM Our4a, y loBdO aa perlMIco rrvoluc^owitloi. Ttailüda- 



ett SL sisLO ztx 455 

moJeliir criatams humanas, su f^to exquisito y certe- 
ro, y p;irteííe su eilucacidn intelectual, naciJa, porge- 
ner.icii>n fspontAnea, de heteroKéneas lerturas y Jel 
consciTcio con a1guno<; amif^os tnAn cstudioROS que él. 
Aprenili<i el francOs sin gramática ni diccionario, los 
versos Je Zorilla y Esproncedíi oyéndolos recitar 4 los 
cómicos de la lcnfi:ua que pasaban por su pueblo, y las 
teorías y prácticas del arte literario en las novelas de 
Wnlter Scott, Dumas (padre), Víctor Hugo, Batzac y 
Jorpe Sand. Fue escritor antes de asomarle el bozo, y 
con el talento innato y la experiencia se creó una retóri- 
ca de su exclusivo privilcg-io. 

Aquí cstíi la clave para explicar la antítesis aparen- 
te y la uniformidad cfcctivadc los procedimientos y fór- 
mulas A que procuró adaptar sus producciones, y el em- 
pcRú heroico, rayano de la terquedad, con que en sus 
confesiones ó Historia de tm's libros tiró ú dejar bien 
sentado cómo había sido siempre el mismo, y profesado 
iguales ideas, arremetiendo contni los críticos que le 
afeaban sus ap^)sla^í;l^ y i-aüíicabon de este modo su 
conversión de última hora al neocatolicismo ultramon- 
tano, ó síase á la pura y verdadera ortodoxia. 

Desquitado aquel paréntesis de atlentura dcmagó- 



4a<«KaBda vct i Midrtd. dlrlElAoiroitc cuRii41«tnwi undencuif ilfm4e<>0- 
ew, S UMm, y hnbo de Aatlnw * c«iu«c«tfi<U d« Iim «■crlia* «tampUt» 
en a, Jcl)li7n4» U vida A ]a (cMcroalilik^ J« *u rival, et po«U Heribcrt» Carctn 
^■QMTntci. Almtllkt U cncrra de .Xff1c«,allitdK AlNrcdnconinTotunuiilo 
f p(M ea alcnit» iV Un «rrlMín* ituli ([Inrlotai y rin|;icft«itft). ASIüido doidr 
«uancoA U Unlrtn t.lbrnl. tlrvtAt i.upiartlJocoMlapIunudlrl(lenila«l dls- 
f to La fi«tilit<u Ka tikA t.-«iir«to iBii(rlm#iilA. y drbJc cAt«n«a w Istcln tn un 
lafiKicr lian (riinlnn ^tir n- habU de ri-rtcji«( tn *m ebnw Utcrarliif- Al de- 
rramMnr t\ imiw> Or t\>na liaNl ti Jri<ii.]fi^ la catiJIdatnn dr M<Min»««itr. 
Ta cml «0 l<' imr'''ii3. il<~-.i><>/t dr Ir Ki*i>iiriid¿n, ñprnt «ntrr \ot .:on*«rva- 
l(N*m. IIWa« l^v<tB^n. <t<-i l^(> pi'IKK'B* no «ollrivn it Alarcdn nincunti carVra 
«tnhlcfUl. al J<- v:;iiti> Ir lubtlnn Judo tMt<>tlnl>>l. i no l>*nrrtB cauíq/Ú*- 
Uila crní 4ut pt<j>tn< ' ti.T-.i. I-I intlenc noituua iKupaba en uilMi tn ta Ac^ 
dr«U EtpiRnU tlculf lI ait-^ IS77, y tallcHd «n M&dtlA, tm« UlTkb y («flO'kJ 
MUnonlaiJ, rl 19 «k julio it: 1»n. 



456 t.A MTBRATURA BATAÍEOI.A 

pica que caldeó el espíritu y la sangre juvenil de AJar- 
c^a en sus primeros escarceos de poUtico y escritor, sus 
ideas reliífiosas y literarias c-ambiaron nmy poco, aun- 
que Uls distintas circunstancias en que uparecicron res- 
pectivamente sus libros hicieran creer otra cosa A L-í 
generalidad. Asi como en un lucrar libre de las oscila- 
<Jones térmicas de la atmósfeni experimenta el orga- 
nismo humano diferentes sensiicioncs relacionadas con 
la akeraci'in de su propia temperatura, y que se atribu- 
yen erróneiimcntc al inalterable recinto, así la opiniAn 
pública, tan reaccionaria antes de la crisis septembrina 
como febril y tumuttuos;i después, achacó al ambiente 
moral de las obras de AJarcún los desequilibrios brus- 
cos que A ella la agitaban. Yo no negaré los reiaíí- 
ros cambios de postura que adoptó Alarcón en las su- 
cesivas etapas de su vitbi; pero en el fondo codüduú 
siendo su personalidad idi^ntica, á sf misma y lógica en 
su desenvolvimiento. 

En ose fondo entraban como partes constitutivas un 
sedimento de fe cristiana, amalí^amado con el espíritu 
del siglo y las ilusiones liberales; un cspafioUsmo rancio, 
intransigente y ó toda prueba, y una sed de lo ideal que 
sólo se sittisfacJa con la visión de vastos y luminosos 
horizontes, y que, naturalmente, buscábalas doHcade- 
jais morales, rclHílAndose ante el menor asomo de gro- 
seria y vulgaridad. 

Tal se nos presenta Alarcón en las Revistas de Ma- 
drid y los artículos de costumbres que insertó en los 
periódicos madrileños al emprender su carrera de autor, 
y que, en número bastante reducido por la expurgaciún 
severa, íornuin el ramillete de Cosas g He fueroH. 

El Diario df nú lesligo ¡le ¡a guerra df A/rifa, de 
cuya primera edición se tiraron .50.000 ejemplares, con 
un beneficio líquido de más de 90.000 duros para la 
empresa editorial de Gaspar y Roig, produjo en la Pe- 
nínsula una explosión de entusiasmo de que dan fe 
las 20.000 cartas recibidas y quemadas por Alarcón & 



BN BL SIGLO XCX 457 

BQ salida de Tetuda. Semejan los apuntes del Diario 
ona <;infon{a sobre motívos patrióticos, ó bien an lien- 
zo de no muy clásico dibuja, pero si de hermoso colo- 
rido; un i\lbum de notíciiis inconexas, que en su mismo 
desorden y en su procedencia llevan una fianza de 
exactitud. Para comprender los fines y el carActer de 
aquella campafla no Iiay otro libro miís á propósito que 
el de Alarcdn, ni donde más A lo viiro estén retratados 
el entusiasmo y la energia del ejírcito español. I^ des- 
cripción de un asalto <> una escaramuza, alternando con 
la de la Nochebuena co el campamento cristiano; los 
episodios de co5rambrc& moriscas; las relaciones de 
Jos principales hechos de anmis, escritas con la preci- 
pitarían y la viveza de quien usa indifcrentcincntc la 
pluma y el arma militar; las inspiraciones pasajeras del 
inomciito clavadas en el papel; el andiir suelto, marcial 
y desmandado del estilo, todo un conjunto de prendas 
«tractcrísticns hacen del Diario algo así como una no- 
vela con su unidad de acción, sus variadas peripecias y 
su singular atractivo. 

Y vamos con £/ finai de Norma, que es cronológi- 
camente el primer éxito de Aiarcdn, sobre Codo de 
los novelescos. Sin más noticias del mundo que las que 
dan los libros y con mucho viento en líi cabeza, hil- 
vanaba Alarcón este enjícndro á los diez y sci» anos en 
Guadix ', y lo saturó de romancescas aventuras y va- 
porosos idealismos. Los amores que dan vida y movi- 
miento á la acción, no habían de pcilenccer al mundo 
de la prosa familiar, sino al privilcifiado de losarti.s- 
tns, porque artistas son tanto Seniífn como Lxi hija 
dr¡ rielo, los dos remilgados héroes de esui historia. El 
se enamora de ella perdidamente al oiría cantar; per- 
seguido por el recuerdo la busca con insacLible y loca 
curiosidad, lanzi'indo^ por desconocidas sendas a true- 



r|KAIIc4 pBf pHiacni vvt «a 1166. 



458 IJ^ UntKATURA KSHAltOLA 

que de cncontrarUt, y to consigue por fin Enlacias A un 
//irfi/ pro Qtto de los que sabe repartir Alarcdn de tre- 
cho en trecho y á manera de excitantes. 

Pero la correspondencia no podía venir luego, sino 
después de grandes dilaciones, motivadas todas por la 
dcclarüción de Brunilda & Serafín de no pcrtcnccersc 
ella á sí propia, sino al misterioso personaje que Ui 
acompaña, presunto salvador de su padre, que le pro- 
metió la mano de I¡i doncella en un momento solemne 
y á costa de su propia vida. Para que todo resulte igual- 
mente curioso y original ísimo, lo es hasta el tu^ar 
adonde nos traslada el novelú^ta, que camhia los pensi- 
les de las ciudades andaluzas por el hielo eterno de ln& 
comarcas boreales. Muévese en ellos Serafín muy ú ru 
salior, siempre en busca del anhelado tesoro, y unas 
veces le pierde casi al tocarlo con las manos, otras le 
columbra JilUi A lo lejos y entre las nieblas de la e.spe- 
ranza, cuando por arte de encantamiento Uega á descu- 
brir que el prometido de Biiimlda no es de ningún 
modo el valeroso Runco de CAUx. sino el asesino que 
alevosíimentc le di<5 muerte, dejándole sepultado entre 
los témpanos, donde llefrii & verle Serafín. ¡Y qu£ de 
peripecias no surgen de aquí, alegres nunque costosas, 
para el artista softador, y fatales para el disfrazado ctí-_ 
mínal! Lle^ra aquél á ver il su amada en el critico m< 
mentó en que va á entregarla á su rival la bendición de 
sacerdote; lucha A brazo partido con las circunstanciaste 
y como um homba de f tugo lamra sobre la concurren- 
cia su espantosa declaración, que apoya después la an- 
ciana madre del verdadero Rurico. 

Pedro .Marcón, ya que fuese idealista, no gustaba del 
pesimismo tétrico, y remata EIJínoI de Noritta con el 
casamiento de Serafín y Hrunflda, como s¡ dijérami»s. 
con color de rosa que dcsviriüa el raal efecto cau?i;ido 
por el fondo obscuro de la novela. En poco la esti- 
maba su autor si hemos de tener por sincems las ma- 
nifestaciones que hizo ii este propósito en más de 



EH EL «ICLO XIX 

iH-asidn; pero las copiosas tiradas de El fitiai de Nor- 
ma st han repartido y sís:ucn repartiéndose como pan 
bendito, no sOlo en Espato y América, sino también en 
Francia. 

Aunque no subscribo A la excomunii5n cernida que 
fulmina la señora Pardo EUizAn contra c) airandcado 
capricho juvenil dc-1 gran noveh'sta, estoy muy confor- 
me con ella en posponerlo á las novelas cortas, á esos 
dijes primorosos que valen por una corona de bri- 
llantes. 

Las condiciones ingénitas de AlarcOn. su incompa- 
rable calentó narrativo, la alquimia para ti'ansmutar en 
oro de ley la pasta arcillosa de los msts desairados asun- 
tos, y la intensidad de color y el temple ehístico del es- 
tilo, bucen de las XoveJas cortas ' un mnseoen que hay 
algo deleitoso para todos los gustos, hasta los estraga- 
dos. Los Oi^utos amatorios rebosan de un realismo 
fresco y picante, aunque no siempre castizo, contra lo 
que imaginaba el autor, que A la cuenta leía en sus mo- 
cedades tantos libros franceses como es;pafSi>k'S, Im co- 
mfHdatiora, El coro de ánades, E¡ clavo. La beííesa 
iáeat, Et abraso de Vergara y Tic... rae... son hijos 
do una inventiva amaestrada en la ciencia del mundo, y 
(¿rtil en travesuras. 

En Uis Hísloriiias nacionales, tejido de anécdotas 
caiiosas y heroísmos antónimos, cuadro de las costum- 
bres esp.aflolas en tiempos nada lejanos de los presentes, 
hay un sello de verdad humana que contirma lasaseve- 
rwTiones de AlarcOn en la Historia de mis Ubros sobre 
\ñ exariitud, tradicional ó documentada, de El carbo- 
nero alcalde, E¡ ajraitcvsado, ¡\'iva el Paf>a!, El ex- 
íraHJero, El dngi'l de la guardia, La hHtrnaventHta, 
La corneta de llaves, etc. EX- estos encantadores boce- 



• MíWtew wrla» tU D. ftifrtí 4. <lf Atarte, /rf—fu MrUi Otmtot oM tí ftoHaa 
iMkAU. t»1); mgumda Kric ¡tMorttía» iMciMwki (U«ilrld. tsettt; tnwra «crfci 



460 



LA UTEKATUBA SSPaHOLX 



tos, CD que tal vez palpita el hálito de la epopeya, A las 
fantasmajíorías de la A'arract'ottes iuverositaHes^ hay 
un abÍMTio áa distancia. 

Entre las historietas, de trasnochada caballería an- 
dante unas, y otras mordicante;; y picarescas, que sue- 
len vender los ciegos en las plazas püNicas, muy pocíis 
se ban hecho tan populares como la üc Ef correfíidor 
V la molíHera, que, en pliego suelto y detestablemente 
versificjida, sigue cundiendo por las aldeas gr.índes ú 
chicas, y cuyos datos fundamentales coinciden con los 
de El sombrero 4e trís picos \ 

Al apodenurse AJarcdn de la historia la ha remoza- 
do, eso si. dando nuevo ser y vida á los personajes, y 
esparcido por toda la novela un torrente de .sal anda- 
luza, de bizarrías y de malignidad española á la antiiarua 
usanr^, que, para evitar equivocaciones, no debiera 
llamarse naturalismo. Porque, rcstringríOndosc boy el 
uso y la sifoiificación de este vocablo á la escuela de 
Zola, nos expondríamos A estiiblecer parentescos ab- 
surdos de supuciita consiinguinidad literaria. ¡Qu(* dis> 
crepancia no hay entre la alegría genial, desenfadada y 
retozona de Alarcón, y el sensualismo tétrico, repug- 
nante y de enfermería, distintivo de la novísima secta! 
¿Quó tit-ncn que ver el Corregidor y la setui Fr»íti¡uiíu 
con el cura Mourct, Nana. Mad. Hovary y Germinia La- 
certcux, ni aquellos gut'ti pro quo can ingeniosos con 
estas obscenidades í;istem.1 ticas y estos pujos de tiloso- 
fia social, determinista y fisiológica? Allí el deseo de la 
mujer ajena aparece tímido y vergonzante, excitado por 
la ocasidn y la hermosura; aquf es algo mucho m,1s bru- 
tal: es el iTÍunfu del instinto sobre l;i razón, triunfo com- 
pleto é irresistible; es el comercio asqueroso de los pía- 



* PublIc^wpoT primeen vecen la Kertrta Bitropea-S wmbftro 4* Iré» pf* 
«H. flülotia wttoiKra dr ■« mutdUú 9M axta ck rooMiKw. aeriu akma (01 v 
WiM piudi., tM»dr1d, IiC-1.1 Ndiru que rne«la (Mba no *r tiaMipublIcadoadn 
t,'At»mno4r. 



KN BL SIGLO XIX 46t 

ccresde la carne, rcglumentitdo por una falsa rivíliai- 
ddn que reduce A arro en la suma deln fcUcidfid las 
cantidades del pudor y la conciencia; allí es un efecto 
criste, pero pasajero, de las malas inclinaciones: aquí 
una enfermedad endímica y permanente que se des- 
arrolla como un cAncer en las cntraflas de !a sociedad. 
£■/ sombrero dr tres picoa es de otra filiación muy 
db:tinta de la que hemos seflalado á los Cnentos amato- 
rios: arranca de la :intigua ^novela picaresca, que no 
ha tenido, propiamente hahiando, ni imitadores ni mo- 
delos en otras llternturas, como planta tan indígena y 
tan exclusivamente propia de nuestro suelo. A buen 
seguro que AJarcón, cu¡mdü se consagró A vestir con 
naevu forma un relato uin popular y castizo, no tu- 
fo en cuenta para nadH los fines esotéricos y UemAü 
cánones de la que, con razón ú no, llaman escuela natu- 
ralista. 

Pero mientras Alarcón se entretenía con estos deli- 
ciosos jubetes, iha concluyéndose d más andar el pe- 
ríodo de la literatura pacifica, y comenzaba i reflejarse 
en el arte algo de las espantosas luchas sostenidas en 
las aulas, los I^rlamentos y las calles. La novela reci- 
\)\6 con la tremcndií crisis de 1368 un bautismo de 
Sangre, y desde entonces fue intóri>retf de los d'>s prin- 
cipios que dividieron á EspaAa como dividen A toda 
Europa: el principio católico y el racionalista. Los mis- 
mos escenógrafos de costumbres trocaron el campo 
neutral de sus obser\*aciones por el reñidísimo de la 
controversia religiosa; y A pesar de que no !e inclinaba 
por allí su estrella, t;imbÍOn descendió AJjircón A la tiza 
con su famosa novela !3 (■salm/alo '. 

Enumerar los dicterios, sarcasmos y violencias de 
toda especie que cayeron sotn^e ella, raya en lo impo- 
sible; a tal puniu df invcrosimiliiud llegii en esi;i cir- 
cunscanciael fanatismo revolucionaro, herido en mitad 



t Jtiüná. isn. 



463 LA urmsATUitA bsta^ol.^ 

del cora7ún por una apología (horribitc dicitt!) de los 
jesuítas. Se censuraron sus tendencias como de hosti- 
les á todo progrreso y pro p:iK'Jd oros de un misticismo 
malwuio; y c-n el afán do rebajar la obra hasta el sucio, 
se le ncgiiTun hasta stis prendas lUcrorías, dicit-ndose 
de los personajes que eran engendros de febril y des- 
orientada fantasía. 

Pero una parte del público, no compuesta sólo de 
latraniotitaiio-:, protestaba enírgicamcntc contra tan 
injusto clamoreo, ag^otando las ediciones de la obra y 
dándole el puesto que tenazmente «ic le regateaba. £1 
mérito de lü escándalo nu es de las que pusun con d 
día; y cuando tan rudamente se le combatí*} sin arre- 
batarle su popularidad, bien puede decirse q.ue no cun- 
scfruirá el olvido lo que no consiguió la persecución, y 
que ha de vivir muchos años, yn que no como monu- 
mento de nuestra literatura contemporánea, 'como uno 
de sus mis sa/onados y legítimos frutos. 

Primeramente, el conflicto que da vida á la novela 
no deja de ser tal conflicto, y por cierto muy humano, 
interesante y de honda verdad estática, porque lo nie- 
guen ignorantes gacetilleros, incapaces de ei^uírse un 
poco sobre el fuego de Lis mezquinas preocupaciones 
sectarias, para contemplar las serenas regiones del es* 
piritu. iCüsa irritante! Esos predicadores molestos de 
la verdad natuntUi^ta, que !>e escudan siempre, para de- 
fender todos los absurdos y aberraciones, con el pre- 
texto ünicw de que existen, no quieren reconocer que 
también existen las cimas luminosas de la conciencia y 
el rotmdo interior del alma, con sus aspiraciones infi- 
nitas, su energía culta y su amplitud para el sacrificio. 
Taoui y mjls rcalidjid tienen Fabijln Conde, Lázaro y 
el P. Manrique, que los héroes y heroínas de lupana- 
res ó tabernas tan prolÍj:unenie descritos por la enfer- 
miza novela parisiense; fuera de que siempre hay más 
belleza allí donde el bien, desput^s de prolongada lucha, 
concluye por triunfar del mal, que allí donde cst^l .inu- 



BM EI« SIGLO XU 463 

lado rodo poder de resistencia, y el vicio toma as- 
pecto de estado patolói^co y neurosis bereüitaria. ¿He- 
mos de resignarnos á creer que ya aingún joven extra- 
viado puede volver á la fe y á la virtud, ni aun por el 
R^liro y áspero camino de la desgracia, ó que levantar 
los ojos al cielo en busca de perdón y lenitivo es tonte- 
ría excusada y de corazones raquíticos, sueño de los 
que no se atreven con el revólver suicida? 

Para los que no tengan tan muertas las espcranKis. 
¿no es tierno y conmovedor el reíalo que liuce Fabiíln 
de sus desventuras y tristezas, y la sublime resig:nación 
de Lázaro, y las confortantes palabras del jesuíta? íNo 
es <:stc drama íntimo, más bii:n que un hecho aislado, 
un símbolo donde otros añalejos se representan? ¿No 
es feta, aun á los ojos del más impenitente iniTiklulo, 
una, cuando menos, de las soluciones que pueden 
darse al problema más trascendental de todor los pro- 
blemas? Los personajes de Sí escándaio andan muy 
lejos de ser cadáveres momificados ó figuras de estu- 
co; hierve en su pecho la lava de las pasiones, ven des- 
atarse, contra su propósito, el viento de la maledicen- 
cia pública, aunque todo lo arrostren con la vista fija 
en el cielo. Mudanzas de fortunayde pensamientos como 
las de Fabián, se presencian á diario; heroísmos como el 
de Lázaro son mucho menos comunes; pero no sólo 
caben dentro de los límites de la posibilidad, sinq que 
realmente existen para honra eterna del cur:iy.óii huma- 
no. Y hoy que se exhiben con lujo de circunstancias 
todos los refinamientos del t-rimen, y que una esí.-uelíi 
de novelistas se dedica á estudiar prolijamente la parte 
de itestia que hay en el hombre, ^no será permitido 
recrear el ánimo con la contemplación de las grandezas 
encerradas en la enerc:ia de la voluntad cuando Dios lu 
nyudn y la sostiene? 

Tan de rigurosa estética son los elementos compo- 
nentes de El r$cííH(iaIo, que sólo el positivismo burdo 
V alcornoqucfio puede tacharles por de mojigiUeria 



464 LA UTEBATURA ESPaNoL-A 

afeminada y convencional, siendo así que representan 
los más etnerosos j espontóncos instintos, y las mAs 
sublimes aspiraciones. Vo conñcso que hay allí araa- 
grosde sensibleria. y cierta atmósfera de idealismo qae 
ah<^ y bastardea los impulsos natumlcs de la pa-sirtn; 
que los caracteres no- ostentan verdadera energía, 
ni están formados de una sola pieza; pero estos acci- 
dentes tocan mAs ñ la i>ersona del novelista que A las 
condiciones del asunto elegido, y, aun cxaueriindolos. 
no justifican las intemperancias de que Á aqiit^l se hizo 
objeto '. 

Más endeble que Eí escdtidtilo es la obra posterior. 



> Ko xin dcMcnidablc sorprcvi tw vlilo tai el I«tkd y prccloto BMDdIo nae 
hft cnnaerado á AUrcAn )■ atitara del .Vnnw Itetro CriUsa ■ nOinPtx» de Srp- 
(Irmbrc. OcMtotv y NovUinbic de 1091j, y k vUcHb im «Kud<t& «bNCrvacim» 

na,\t»¿*» por bt brfllBnw oricbrcrlii dd oUlo. ctcniu c^>ccl«s t|n <lcfci)<g| 
patlblc, y rf^no* ataiiBrii qor laminKo l> iMim. ciundo inrno« m U> ituc h 
refiere á n MC4nd<tio. Au»nbn«ie U tcAora Fardo lUiáa dp que Badio «niM 4e 
«lU hutÑPw tv^rnAa tn qur Iit ■olnclén Axix por LAMr», r •.'onrinnadt por 
p| r. Manrítiac. ni proMcnin de itl FaMán Conde podía 4 no rdwblUUi U tan» 
ilr BU difunta padnr y hermliii iu nombro y hi* Wenc*. no o wluctún In^pIraAi 
en lo morvkl .:>l6lli'a. ^Inoi-n In it Jantrnio^ KntiiK. El cau> man) d( ipic w 
\TDU puede numlrsr cu cüioi t^ttnlno«: El Gearnil PvmAo'}«i dt Lata. 
«IcnrcailadrdcfpndrTBnn pUu fucnc ituianu U prlniLTa enirtr.-i ctvit. nun> 
luve retaclc«ie« ilfcluii con la Din)cr drl ii-fc pollilco de lii mKnia clMlaJ, y 
¿Me, «n vene*""' "= vnkdc Inl» IndoitríniqDr el Genrrnl mucn; linan«s d« 
Im caillxiat, r<l*cdn iBÍamaJo Inlnslaim-nie cierno iraMoi i )n r'ttia. El 
CdmpliC" di-l }c(c político rvllcn. andando ct ilcmpn. A KaMán Cmclr la if rcta- 
d«ta hlitorlu ÜL-t CFncral, y Ir propcine un molla de volvcrpui la hmiraitel 
difantu. i.*n)i<lR«aJo A cM lin píacbíu y JoCuvMntM/OiM*— ^Pianlí Kfvtnc te 
riloB FaMiln en Intcivt precio y para coBiitUr con la* cslgcncU* Jr U rlc^d 
filial?— Miaro j rt P. Haartquc nssKcIvniíiwr aa. focrf taniohiitilna tuvho 
ciutt(|u>er tMIo^a medlBn>inc«(r Inttntiln, La «Aom Pnrin Rniannn >.. flm 
en qaccIaitrunKnto A>iutlr*d* ).4caro para dcfmder mi «ttilcncla «In pichl- 
tili-liln divina dr bastar cl bk« pot »l canftbio del niaL de <-un)r4lr «1 pmcptg 
t|ne manda llannr jnufrc y wit4rr* pur U Uitraci-Kin <IcI qav pinbttw teVMMr 
/atiof ImUmovIM V Mralfr. Ka oi" parMV tan MCttro al tan CMiÍe>t«e con ta 
Ttxdad icolcdca nqtidki dt qavíaCroirldHa* MnM AMan£»,p tMlmi Imlihtn 
ttquc'tmil' tt an Ao'iaAiY «vnie W vw mtilc «n i^itt», ct«w M#nK^i ana maa 
MMM ri que «Mrri^a anii cfadod. Toda* la* tinlalrraidc Lácarn y todoi Inxlk- 
lABimciidH I*. MiinHqu< w prrtlan. itn embargo, iiuia Inlcrpwtadúti luilit- 
mi y Gti nada ilLsc«ii(umi« ác Ut tcyca rnc^'l^'*'' ^ ^mplemcate naonliorlaa 
del llvaaxclio. 



EN EL. SICLO XU -MS 

qne el celebrado novelista roraló £7 rn^o íÍú ¡a bola, 
con meiertos fines artísticos y religiosos. Considcrfl- 
roola algunos como réplica dada por el autor li los que 
le IlamaKín ueo desde la publicación de E¡ esalH- 
áato; otros la pusieron sobre las nubes sin hacer una 

fesiún tan expitcica; pero la opinión general viú 
defectos gravísimos, horrores de melodrama, in- 
consecuencias caprichosas y vacilaciones de princi- 
piante. La figura de ^tanuel Venegas, el Hércules que 
hace de protagonista, y más aún la de Soledad, aman- 
te suya, que llega A solicitarle dcsputfs de pertenecer -Á 
otro hombre y que muere en brazos de Vencgíís no 
se sabe cómo; todií la trama de la obra, compuesta de 
increíbles atrocidades, la colocan á gran desnivel res- 
pecto de la precedente, pese á algunas situaciones 
felices, A algiin ciirilctcr bien sostenido entre los se- 
cund;irios y á lo que se contiene en la Hisíorta <ic mis 
libros sobre la loiura inicia) del protagonista. 

Pan» demostrar una reí más la variedad de sus ap- 
titudes se entró Alarcón por el género de costumbres 
sin intenciones docentes, á lo menos visibles, y lam- 
Wén sin propíisitos tnisccndcn tales. En L» Pródiga 
predomina, por el comrario, un lono de uniforme 
templanza; no las ínfulas magistrales, ni tampoco I;i$ 
desnudeces del naturalismo al uso. Y eso que tam- 
bién se trata aquí de las miserias que un día y otto, y 
con diversidad de pormenores, nos refieren los natu- 
ralistiLS mAs conspicuos; pero en La Pródiga va acom- 
pafljida la culpa del castigo, y el mal no ofrece aspecto 
fatalLsta y desconsolador. Presidió il La Prédiffa el 
desenfrenado vagucir de la fantasía forjando un mun- 
do distinto di*l en que nos movemos: Julia, la hcroinu, 
cstA vnriaila en el molde bjToniano, y en ira en la gale- 
ría de I:ls mártires del amor, cuyos pecados se origi- 
nan de emplear mal los tesoros de ia sensibilidad apa- 
sionada y la imaginación inquieta. Es una mujer de 
historia que se ha sncriticado fi sus admiradores y muc- 

lOUO u 'tO 



466 



LA UTBRATtnU ESTAÜOLA 



re por ul último de ellos. La atracción del carlfto Irre- 
sistible entrt el diputido Ouillermo de Loja, que pasa, 
con motivo de las elecciones, por el retiro donde vívc 
Julia, y la resignada beldad que había resucito poner 
fin A sos extravíos, surge de la primer entrevista y 
concluye en unión ilegal reprohada por tos buenas al- 
deanos, serv'idores ó favoreeidoK de Im Pródiga. Tan 
i nsifrni ficante obstáculo como este coro de recelos 7 
suspicacias, destruye los planes de felicidad suflados 
por los liíroes de la novela, y les hace comprender 
que no se han substraído á las maltas opresoras de la 
sociedad, y que no es sólo la madre naturaleza quien 
ve y fiscaliza sus actos. Al sombrearse el idilio con 
los colores de la tmg'cdia, lo desenlaza pronto el sui- 
cídio de la protagonista, criatura desdichada hacia la 
quíf no disimula Alarcón cierta indulgente y pater- 
mU benevolencia, hurto peligrosa en el terreno de la 
moral. 

Desde el aflo IWl en que dio el ser í £/ Cafnídn 
W-tu'Mo y La Pródiga hasta el día de su muerte, vivió 
retraído el novelista guadijeflo, y sin escribir otra cosa 
que la Historia de mis ¡ihros. Si la fecundidad de su 
pluma no fue extraordinaria, tampoco sacrificó nun- 
i-a el esmero y la corrección al pueril afiín de multipli- 
car las páginas ó á otros más conti'arios al arte. No se 
busque unidad iibsolut:i de propósito, fuera de la que 
ya indiqué, en las obras de Alarcón, porque su incenio 
vivo, errjltico y accesible á todo gíncro de inclinacio- 
nes, fue amoldilndose á ésta ó &. aquélla, volviendo A 
veces á recorrer el camino andado, y otro» hmziVndose 
por uno incógnito y difícil. Romántico en Ei final dt 
yarum, realiscn mUs que naturalista en El sombrero de 
tres /í/ros, cultivador de la novela docente en El escdu- 
dalo, y de la de costumbres en El Mirlo dr la bola, y La 
Pródiga, casi siempre muestra inclinaciones y simpa- 
tías por el idealismo, y busca más lo gr:itu de la ficcióo 
que el relieve de las figuras. Presenció y promovió el 



EN ex. SICLO XU i67 

renAcímiento de lu novela en su úlctmo periodo; pero 
so verdadero lugar no ha de buscai'se entre Pereda y 
GaldO^s, ni entre la turba de sus respectivos imita- 
dores, sino UQ poco más alto que todos en el orden de 
tas fechas, precediéndoles ¡uites de acompañarles, y 
sirviéndoles de iazu para llegar hasta FernAn Caba- 
llero. 

Parcccnl extraño que presente yo aquí formando 
grupo con Alarcón al P. Luis Coloma '; pero nadie 
cnmo un jesuíta puede emparejar con el autor de ese 
paneítíricü de la Compañía, que se llama £/ escéndalo; 
y fU A esto se aiíadcn el gracejo andaluz, el realismo 
idealista, la tendencia docente y muchas más notas 
ciiracteristícas de entrambos eximios narradores, y la 
circunstancia de haber llegado el uno al cénit de la 



< fcnt 4c la Fronlcra fue U patrU M «KUrvddo auwr de fV«Ml<ta. 
KkM* elide Borro de noi. InsrcíMNi á l«i dixr alM ca U HKiicla rirpan* 
Mria luval. pcre aotanlA «e nulricnUrt* C«nio «lamno de Derecho de bt 
Vatvcr*!'!'') tcvillana. MIcntrsn •tricul' vu* nlndli» forvnim «alttviibii lan- 
tdtn con cntiulMino U smcna liicmlnra baro U dlicccMn de ftntún OíAdlIcr», 
CM qvkai It oniA «mlMcd stKiiMi9iilin«, cacicU 4c carino nilal y «raeradCn 
dídtfCfpalD-DiNnIHlladors M»dridd»paéidPticrmUuutnc*i-f*n, «tinwri- 
M4 <ii «1 Coir^o de übaKiiJiM, poro sin Dr*rc<t d« tnl. y coMka|¡iándo»t en 
carnw y alraa d lo« BancjiM Je pTopaeaad« üKondna duniOK el j«rfoi1p quc 
■RDMÜd InitdlaUnmli; i ta RcsIanraclAo. Enioacc* bailó ocaiMn dt t<•'I(r^'■ 
<toaaf el esnoclnkaio del nwado. y «tpecialmcntc Jr la» coalnmbnK iniíKt>- 
oAUcati que hnMa iii<lq<ilrl<lo en Sevilla InciKtiModo t»» ealoac* y tcriaUak 
ORte CMBo li« anlB» iii- la Vnlvenidad, ^ Im vclntlti^* aflm <iibú ci faturo 
P. Cdlsnara lu CompaAla i1« Jr>a( i i:n(Vhcriwti<rU doalnddoiItMiixupUca 
«ri la v4ara l'anln Rii.-tn: -PoCii aoln di- hrrtrlc i'l rayo de U (ntcla hlHMe 
otvlpc.'ba un» bala ik nrv-llrtTi (ají Hntrcmaiu >|u« Ion medico* te coaccdlaii 
mt liiviB* ih t Ma no mal, BsCc lance lo Aiiltiuircran alsunusá DtlvteflDHW 
maaa. pnn loa tncl«f inlofaiailo» Okofuraii tita» Cntiinna w hhid A il nUmo 
ln*<>lunUtU*a<«<U i-n ocatlOn de ntar llmplaado «1 anna m'Mi ciuirl«. Sea 
ooian qulott, v *u>i ncirpiando la lUilaui eipUcaddn por acnUlla y venxumll. 
LoU Cotúoia vl<> In niiienc muy de ccVca. y al Jcjar d lecbo dd Jolor mi tewv 
iMIda eitaDa (otnuLja, y efa (mrocahle \a prapúdto de ealrar eo la Con- 
palUa de J*MU„ .• Bl rr'flo >le la W»cr>((a del c^cbrc cKilivr >t cvoooilra tfi 
Ift iraUlaurld» dr «us obra*, putadaí al prucliHa de tAVa lo* lenom itrv«ioa> 
ytalehrmmnoilmIaqiwaectpUlvnMm lai llbtvna» ICMpniawn><r)<mptarra 
¿a Hi^aMüd- 



I.\ LmRATORA ESTAftOLA 

celebridad cuando la muerte arrebataba al oiro de! 
mundo, las relaciones se estrechan y casi imponen el 
deber de inscribir al recién renido at palenque de las 
letras, junto al atleta que en él acaba de saicumbir. 

El P. Coloma, al igrual de Alarcón, se hal>ía adies- 
trado en la gimnasia de tas novelas cortas antes de tra> 
zar un cuadro do grandes proporciones; pero los frag- 
mentarios bocetos, miniaturas, paisajes y apuntes del 
natural dejan ver ya el trazo flrmc, la seIecci<Sn exqui- 
sita y el vigor de tonos magistralmcnle combinados en 
Pequeftcccs. 

Prescindiendo de los Solaces de tnt £<.lu<iiatiíe, que 
salieron & luz cuando aún no estaba decidida la va- 
cación relig-íosa y literaria del autor. escren<>se ¿ste 
en el pulpito de la novela con E¡ prittter bat'le (ItílM), 
ensueflo místico que ofreció í sus lectores El Mett- 
sajero dd Corasen de Jcsü^, y con el que empalma- 
ron gradualmente Rauoijue, Polvos y iodos^ /Pos tí 
los muertos!. Cafti, La mal t-di renda, y, c<m interme- 
dios que ni> citaré, PüaliHo. La fiorriona. Por un 
piojo... y Pequeneces... 

El instinto seguro del P. Coloma le hizo conocer el 
inmctiso alcance social de la novela, espada de dos 
filos esgrimida en pro del bien y del mal, y que él dcs- 
envainabii resueliamente como paladín del catolicismo- 
Las pííginas de El Mensajero llevaron por todos los Ám- 
bitos de Esparta la voz Insinúame del jesuíta, ora pa- 
tética y grave, ora surcada por las vibraciones de la 
indignación y el sarcasmo, ya como blando roclo de 
plegaria, ya como chispa eléctrica que abnu«i y aniqui- 
la. El auditorio del P. Coloma estuvo restringido largo 
tiempo ü los límites del hogar doméstico, de las casas 
de educación religiosa y de los opulentos recintos aris- 
tocráticos; se componía de algunos devotos maduros, 
de muchísimas de\'ocas, auténticas 6 mundanas, y ái 
adolescentes próximos il hacer su entrada en el mun-l 
do. Todos hubieron de encontrar ptxleroso atractivo] 
t 



RK a. SIGLO xa 



<u/) 



cfi la<i historietas del mlsinnera novelista, que acertó á 
convertirlas en m.'injar apetitoso para tan distinto gé- 
nero Je paladares. 

En la Colecdón de iecturas recreativas ' se atribuye 
harto mayor importancia que en la generalidad de las 
novelas al elemento religioso y sobrenatural; juegan 
otros resortes desdeftailos por el indiferentismo racio- 
nalista; se retratan con interés afectuoso las travesuras 
infantiles: se aspiran, en fin, auras frescas y prímave- 
Talcs que üilaum ios senos del corazún y purificaD ti 
misma hediondez del vicio. 

Pero el más intolerante mcnosprcciador de la litc- 
Tatnni devota tropezara en líis Lt'xturas recreativas 
con tal gallarda silueta, primor descriptivo <} delicade- 
za psicológica que le obliguen á descubrirse con respeto 
ante el simpAlico mentor de la juventud e^tolar y del 
sexo ícm'inino. Kanoquc, ab;mUonado por sus padres 
naturales, el tío Oinijo y la tfa Cachatuí, recogido por 
una piadosa viuda, estupefacto al conocer de súbito la 
prisión y condena de los dos criminales á qiuenes debía 
el ser, y enscftando á su madre el Credo antes de que 
la infeliz suba al cadalso, es una figura de relieve que 
se esculpe con ntógus imborrables en Iti imaginación 
in.1s bcrroqueftii. Cunito Pencas, el de Polvos y lodoa. 
relatando ante un concurso de señoritos nobles y hol- 
ganines sus aventuras de torero en París de Fran- 
cia, y las palabnis que había dirigido al Srñó tVapo- 
ieóH imtcs de matar tm toro: "Brindo por bu y por la 
mujer del fm y por el bucesito chico": y el regalo que 
había hechu de su traje al príncipe imperial, y el seflo- 
ril dí-sd¿n con que habta recibido íÍ Monsiú Coliflor, 
haciendo una torda de los billetes que le presentaba 
como pago de su ñnezit indumentaria, pegándoles fue- 
go en el velón y oficcitíndosclos paní encender el ci- 



Cen «Mril iKia pabLIcA el P. Calima mi plfincrot (•«yo* dcasvt^U. (Cur- 



470 



LA MTERATVílA BsrASOLA 



garro; este Cunito Pencas, dtgfo, no cede en lo salero- 
so y bien plantado A ninírún personaje de los cartones 
de Coya. El baile üe piñata U:nJo por la condesa de 
Santa María (alias la Gorriona), instigada por sus lo- 
trigantes sobrinas, como reto de ñdclidnd borb<>aica 
lanzado d un Sancho Panza de la í poca de Don Amadeo, 
& quien cuelgan falsamente la prohibición del minué á 
la espaflola las pérKdíis que lo preparan; los cscrüpn- 
los nobiliarios y reUffiosos de la condesa, y su pjivoroso 
desencanto a! sorprender una conversación soez de 
aquellos jóvenes tan ñnos y corteses á quienes había 
abierto ella los salones de su casa; todas las escenas de 
La Gorriotia anuncian ya el maduro talento, la ¡men- 
ción social, la vena satírica y el desenfado cultísimo, de 
que el P. Coloma había de ofrecer pronto inolvidable 
demostración. 

Saltemos por encima de los Cuentos para irtüos, y 
délas narraciones /^orMw^/'ff/o,,. y Juan Miseria, pue* 
ya estii vibrando, como aguda nota de clarín, en mis 
oídos y en el del lector, el celebérrimo vocablo Pe~ 
qutñeces... 

Así bautizó el Padre ima nox'ela escrita tambiín 
para El Mt^usaj'ero, donde la leimosy saboreamos los 
antiguos admiradores del autor, aunque no se acorda- 
sen entonces de ella la mayor parte de los literatos de 
oficio. 

A poco se reunían los fragmentos desperdigados de 
Kc^nsia en dos lindos volúmenes ' que llamaban con 
su teniíHlora cubierta la atención de los inmseunies en 
los escapjirates de las librerías de Madrid; susurraron 
frases de misterio en los círculos y tertulias; recordá- 
base el encarecimiento con que Emilia Pardo Baz 
había ponderado ta superioridad del casi incógnito n< 



< Bilbao, uní. Hoy s^Tcnile U cuftru cidlclón, haMcftdo *IJa muj' i-oplawi» 
Ua mu ■atcrloiv*, Lm %tauk iMal de lu cmira ilniíla» axctcnilo A HkWO 
■ItsipUrTK 



I.f BI. SIGLO XLE 471 

veHsta sobre el ilustre Pereda, Palacio ValUés y ttiíti 
^nanli en la pintxiTii Ue costumbres ¡irisiocnliicar; se 
acnmulAen las cui>c*zu5 y en la atoK^sfcni enorme cun- 
tídad (le fluido etCctrico, desarroUndo simultáneamente 
por las cuviluciones políticas y el bizantÍt\ismo literario, 
yestoIM la tempestad en rcUmpafi:os de odio, 6 adhe- 
sión entusiasta, en truenos de vtvas ó mutras, y en llu- 
via de artículos ó folletos, y de cuchicheos confidencia- 
les 6 acalorada discusión. 

' Desde que apareció impreso El escdutialo, de Pedro 
Antonio de ^Marcón, —escribía Luis Alfonso ' atcomen- 
apcnus la marejada,— es decir, desde hace diez y 
. uRus, no se había publicado en Miidriú novela que 
tanto ocupase y preocupase ta atención pública como 
ff(7iír^fí-.s\..,dcl P. Luis Coloma. 

^Tíngase en cuenta antes de pasar adelante,— afla- 
ü&i d ceJebraUu critico— una circunstancia ímportanti* 
ítimn: jesuíta era el verdadero protagonista de £/ cscán- 
'i/a¡o; jesuiUL es el autor de Pcqttf Heces. No puede pe- 
dir mAs la Compaflia de Jesús; nadie, aun en el terreno 
literario, agita la opinión tanto como ella. 

,Si asi ha sucedido en este caso; si el libro de este 
autor ha logrado resonancia mayor que los de otros no- 
velistas de (íran valer y fama, no consiste sOlo en el 
mthitu intrínseco de la obra; consiste, además, en di- 
versídad de causas que concurren al mismo (in. 

.Trátase en primer lugar de la novela Je un clérigo, 
hecho que en otros tiempos, desde los de /-a lozana au~ 
ilaJusa h¡ista los de Fray Gmint/io ilf Campabas, no 
hubiera producido Ui menor extraflezii por lo usual, 
pero que hoy por lo Inusitado sorprende y choca. Anu- 
dase que la nox'cln no es como pudo imagrinar el lector 
tratándose de un eclesiástico, un libro devoto en forma 
amena, ni una homilía disfrazada de relato entrátc- 



Em ta. AfMS^t 21 <le Unta de IML 



472 LA ur»«ATUHA sspaSola 

nido, ni siquiera ana narración circunspecta, timora- 
ta y honestísima al modo de I.as tardes de ¡a (irán- 
ja. ó siquicm. siijuicra, al modo de los cuadros de cos- 
tumbres de Fernán Caliollero; de ningiin modo: Pegue- 
iícces... recuerda mucho más & Zola que á Goldsmith; 
y si el fin es muy religioso, los medios no pueden ser 
más profanos. 

nAgríffucse á lo expuesto que la novela no trata de 
la g'ente plebeya, ni del estado llano, sino de las clases 
aristocráticas y pudientes, de la sociedad cortesana, 
que, por estar más ó menos torpemente descrita en li- 
bros recientes de autores muy conspicuos^ había dado 
ocasltin A ruidoszu; polémicas. Considérese, además, que 
de un individuo de la Orden de San Ignacio de Lo- 
yola, al cargo de la cual corre la educación de los 
hijos de la mayor parte de las casíis nobles y acauda- 
ludJLs, pstrlia la diatriba más terrible y más despiadada 
que contra los padres de aquellos hijos se ha escrito 
nunca. Tííngase, por ultimo, en cuenta que, como del 
libro se colige y fuera del libro se tiene por uverig'uado, 
cl autor de Pequeneces,., "ha sido cocinero antes que 
fmile." 

En tales términos apreciaba un redactor de La Épo- 
ca ', del diario oficial de la aristocracia española, los 
violentísimos y encontrados sentimientos que despertó 
la novela del discutido jesuíta. 

Pero el motor m<Vs poderoso del escándalo que con&* 
tituyc la historia externa de Pegueileces.,., fue I» cu- 
riosidad malsana y contagiosa de esa muchedumbre que 



■ A iliillk EmiUd P«fik> DAtln •:sik lit eli>rí« Ji- Ka^rr llaiwulo antn .\<^ 
tmdU lo ■tinil'Vn Jcl pdMK» %al>iv Pr^uolocM... Ea d nUmcrffdDl XMw Jtallra 
oriUcu^ carmiwadlenic al mes de Abril. ItiKrItf ua UrKo muJIo Mbi* U obn. 
y lO aiiloT can d Ululo d( Vn JiutUa mumtMa. votidlo qnv muy tvIniulUo jr 

;implLido. liC i:Mivlrtl6 «n f6ÍUlo dr or» fEl f. J.tUt CoUna Bicvr%/4m y a- 

íwUo <Hlttv. -MUf M. Mln «So), FoOttívo Bula» átxnú «on la aplcmo .■ Udo- 
fcoáetti-ia acivMnsitifmJo* sobtr PttudiKU... n Lo» tnm lüt ¡tt^ottat (tB >■ 30 
(li; AtMtl dr imi\ D«Ndc d ilU 7 KiM« el 18 it eOe HtMia mMfou** •Mena ^ 



mt El. SIGLO XIX 473 

se vv en todas partes y en niojruiui, la fUcalización anó- 
nima soliv'ianiada por tan irresistible scfluclo como es 
la honra de personajes blasonados. 

Desde que, por inducciones maliciosas y secuelas 
arentunidas, se sustituyeron los nombres y a]x;llidos 
de la novela con otros de personas, vivas ó muertas, 
pero de carne y hueso; desde que se creyó halwr topa- 
do con la clave cuya existencia negaba el autor de ante- 
mano y con insistente energía, no hubo ya diques ni 
cümpueruis que contuviesen el oleaje de la murmura- 
ción universal. 

Pasaron los días en que el no haber leído Pequene- 
ces era como salir á la calle sin sombrero. Calmada la 
efeT^'esccncia de los ánimos, no es tan difícil como an- 
tes condensar en breves conclusiones el ^Tilor moral y 
literario de aquella obra de sinji^ulares destinos. 

El P. Coloma, no hay que dudarlo, se propuso 
atajar la ^dnf:rena de la corrupción que invade las mAs 
encumbradas esferas de la sociedad, y A ese ftn e^-hó 
mano de las medicinas convenientes, decidido ¿ utili- 
zarlas sin repulgos ni contemplaciones. La sátira inci- 
siva y cruel, el consejo en forma directa ó indirecta, 
las conminaciones de castigos eternos y temporales, y 
las prumesas de perdón para los arrepentidos, son re- 
cursos de que -se sirve el novelista, quizA rcbasimdo al- 
guna vez los lindes de la moderación, pero sin desmen- 
tir su noble intento. 

Que, por lo risible y recientes, se prestan los he- 
ellos narrados d srlosas malévolas: que Jacobo Saba- 



U printcim puna >K' Sí 0*r«káo át MittrU un |itlcl« pAbllcn y cnBiiadii:iDfio 
ttAm la ancndrnMda novela. Kuun la&ndola nUi béa por *d loado y alcnlAca- 
ddnqiM p«r ui v>l«r uthik-o, MpjttlAnd U. Jnan VaIeib lat áJÜniM coa la ta- 
lR>c|aurfUltnA carui ir CitrrUA jlüari»» al P. L»U Ottomt. Otr«i m(l ncritoTf 
tvrdAron en la nipcAada iroMIlFOda, nitrc oDoi el P. Fr. C«atadn Nniau* jr 
S4MII coa ello ccao TVMincfi LatrilStadt •ftqualUtm'.., |íp*fMA«M itr Id er*. 
Hm flA «hwlarf 4t l>*-. 3) de Abril de \»n¡. at ^uf i-^himu} U «rflvra Panto 



474 LA UrCRATORA ESPAÜOt-A 

dell resulta la encaroacióo del mal esposo, del rufián 
elegante y el político venal; y su querida Carrita Albor- 
noz la de lit casada infíel, reina de la moda, que por 
sólo esta cualidad se sobrepone ft la<! damas dignas y 
decentes; y el marquOs de Villamelón, marido de Cu- 
rrita, representa A otros muchoí; tan imbéciles y ciejíos 
como 01, y los demAs personajes responder A un sim- 
bolismo susceptible de apUcaciooes concretas; que, por 
referirse la acción á la ípoca de D. Amadeo y pintar á 
lo rivo las maniobras de la aristocracia alfonsina, que 
prepararon la Restauración, quedan t^sta y sus hombre» 
clavados en la picota; que los dotunierttos históricos y 
sociales de Pequcüeccs frisan en crudeza con Ion del na- 
turalismo fruncís, aunque siempre vayan rcpruljadus 
por la censura condigna, y nada contengan que ni re- 
motamente excite los bajos instintos de la concupiscen- 
cia sensual, todos esos y muchos mAs cargos qiK- abultó 
la mala fe servida por la ruindad del entendimiento y 
el coiazdn, se explican satisfactoriamente á la luz del 
proposito moralizador y correccional que prcsidiii al 
libro del P. Coloma. Mo se curan las lacerías tapándolas 
con velos de compasión ó de compltcidail. 

Por oira parte, al aplicar el cauterio ft l:i podredum- 
bre de luí» vicios refinados y elegantes no disimula ni 
apadrina los de las clases medía y popular, sin entrar 
tampoco en odiosíis compiiraciones que no compor 
la Índole de un relato novelesc-o. 

El saldo final de tatorce mujeres perdidas por ttem- 
to veinte tmtjeres honradas, y aun el otro de baatatilKS 
buenas, pocas ntalas. muchas que, .hiendo de /ns prime- 
ras, &c parecen d ins segí4ntías, expresiones numéricas 
del concepto que merece al autor la aristocracia feme- 
nina de Pequeneces:, no pueden tildarse de injuriosí 
ni depresivos. 

Los remedios prácticos que prescribe el P. Coloi 
y en particular el apartamiento de justos y pecadorc 
seríln todo lo impracticables y utópicos que se qui< 



BN El. «CLO Z1X 475 

pero nada dice esto contra ta rectitud de miras y la in- 
flexible enterezsi de principios en que van ¡nspirados. 

No menos int-ichable y diáfano que la intención pe- 
dagógica de Pequeneces, brilla su mOrico como concep- 
ción artística. Mucho es haber dado en el hito de la. 
noveln de alto coturno, y esclarecido la neblina que im- 
pedía contemplar en su verdadero ser el mundo, frí- 
v(^o y grande tí la par, de las costumbres aristocráticas. 
El P. Coloma I¡is conoce como testijjo presencial y las 
reproduce con mágica exactitud de pormenores, aun- 
qnc se baya discutido alguno de ellos. 

Con ta originalidad de Ft'qucfíeces se hermanan la 
verdad y consecuencia de los caracteres principales, si 
se exceptúa el de Jacobo Saixulell, afeado por ciertas 
desviaciones anormales que no pasaron Inadrertidas 
poní el autor. Curritn Albornoz puede alternar con las 
más excelsas figuras de mujer que ha producido la nove- 
la contemporánea, y así lo procUima, con su autoridad 
de artista y desenora, Rmilta Pardo Bazán. Los bocetos 
caricaturescos como VillumelAn y el tío Frasquito, su- 
plen con la gracia lo que les haya sustraído de realidad 
la hipérbole satírica, y el coro de los personajes de se- 
gundo tírmino se mueve con holgura, no por simple 
arbitrar ietlad del rramuyista que lus dirige. 

Desde luego sumo entre las perfecciones de Peque' 
Heces ese Interés irresistible que aprisiona y seduce la 
voluntad del lector; ese interiís que. cuando se basa, 
como aquí, en la fecundidad üc inventiva y en la total 
comprensión del asunto, no tiene nada que ver con 
los disparatados lances de las publicaciones por en- 
tregas. 

Nadie se híi atrevido á negar al P. Coloma la maes- 
tría, en el manejo del diálogo. En lo referente al es- 
tilo se le han escatimado los elogios con avara taca- 
fleria; se le ha pulverizado en el grosero almirez de un 
análisis impertinente su prosa, incorrecta, si, hasta el 
dcsftUfio y plagada de cacofoofos. pero tronspareDic y 



476 LA. LITSBATURA BSPAROLA 

animada, flexible y pintoresca, penable por las leyes de 
la Gramática, no por las de la Retórica. 

Si Pequeneces vale mucho como libro aislado, ¿cuán- 
to valdrá como cabeza de una serie? Ya nos lo dirán las 
futuras hermanas de aquella primorosa novela. 




4 



díVj/i 



K^'i-VAS 



«^ 






CAPÍTULO XXVI 

LA NOVELA CON TÉMPORA MEA 



PnLiTico. periodista, escritor ameno y elegnntc, cri- 
tico de alia fama, hombre de mundo y Bombrc de 
letras, todo esto tinhía .sido este admirador del 
Júpiter de Wcimur. ruyii amplitud inmensa de ínceniu 
emula en cierto modo. Pero no se mostraba satisfecha 
la arobiciiín del polígrafo ¡nsí^rnc que, cuando parecía 
ajotada su virtualidad creadora, la difundid en produc* 



• li. Jiuin VAkrKauí'liSco Cabra i,C«nktlu' rl*ll« 1877. dt nptik' lantliu. un- 
%•■ prvpotclpnd ana «liKii(I¿n dlpta Jr mi huih. I^ Ii» pflVaUi litl atttpr, \ 
leAiiUdaBieniP cu pifUa Jfmtaií y toa ttiutanw >iil <Xott»t faiuUva, Ilav c^ccnis 
BliflraiU* CD ten fccticrJoi ih- lu pala biibI y wii piuncre* «flox. Un Mrtlacn 

GraniMla. Dciltcado va un pttn. Ipln á \a <í»nxr»i-A tffti, klgiiiA luica ta dlplo 
nUliTA, f «cratpttBft «1 nui])ir (Ir RKa* «Iriutn íHir (-ffilwjadr-r iV- KkiMAa m 
K4tNLln, i U vel qw •KpvrnlM tu siitta aiiwih-r, cotí «1 itin'K-tralfvio dr IrM 
dijli:«> Bflr(«> Ull'*"* « iUtUunf>«. 1,1 rr^Ukni-U m t.Uho*. Hl<> Janslrv. 
Dnr«lc y Snn PcicrsburKt-. hlic ilc Valrra «n «froiUador Inicllsoiic de Iiu 
HUraiutu modernas nos üeBcanocUa». dn qni- c«ic i:«iin>>i>(<tlil>an) pFTti*dt< 
rav ni «bMlnu demlnln tic Ib IubItm, la frani'r^ y Ut miuAoU. Ur vntlLa « 
Mj.IrM. }-lra* krc*v tap-^ de tkmpoi tonoA |>iin<^ ilc la RrfncrlAn ikiSíW, 
l«ow(tnM iinvr {HitlOillca dr Idca.i mayUN-talu. fm iivc Indlicciamcnir 
«cr*U a lot U-turi ui (fci madtratitloxi l'n«Aoil<io» a U« &!*■ d« la L'nton 
Liberal, lu* Ftivlii.lo un IlteA p»i ti t^abliu4c OT>i>nn*tl t FntiKisrt m calMajl 



478 LA LITEBATiniA BSTAJIOLA. 

ciones sellaüas por la juventud eccma del espíritu, y la 
madurez de las canas. 

No era difícil presagiar al futuro novelista cu la 
hermosura plástica y descriptiva del estilo de Valera, 
eo el insuperable buen sentido de que alardea ronsuin- 
temenie, y en todos aquellos rasgos inconfundibles que 
constituyen su fisonomía moral y le dan una persona- 
lidad aparte, conseguida por muy pocos. Su vocacÍ<)o 
en este punto se manifestaba bien definida, y no creo 
que el haberla seguido fervorosamente merezca e! 
nombre de gentjUidad caprichosa, como el afirma entre 
burlas y veras, y suponen muchos que no saben leerle 
entre lincas. 

Estos mismos, sin exceptuar A los mAs bravos, se 
ven confundidos ante un argumento de tanta fuerza 
como Pepita Jiméncs. Desde que por primera vez se 
publicó en la Revista de España \ los entendidos salu- 
daron respetuosamente en su autor á un gran novelis- 
ta, cultivador de un g¿-nero novísimo, y civsi diriamos il 
su uso píirtíiular. Por la diAfami y escultural belleza 
de los formas, no menos que por la supresión absoluta 
y radical de los burdos procedimientas empleadas 
hasta entonces en la novela espaflola, parecta Pepita 
Jim¿i¡€sWnma.áTi á despertar únicamente la afición de 
la exigují aristocracia Uccraria, capaz de valuar su mC- 



di> Ulabtro plmlpotcn darlo. Adb«fUo «J teranlMaiMito de \90i. n«iiilrc*i4n 
Olnctor dr Inatrncdiii) pAbtlcA y nkabro de U Cnmlsldn cnc*rB»da da 
Dlrpcrr 4 Don AnuiiSco la coroitN de EipallA. Vnlcrn acrpiú laiti unS* lA 
leK*l<'l*<) ■Hoit^tnu émuo <kl pnrUdú Xbrrvl. y ba <(d« («bajador en LtkhM. 

Washington y BtixurlKk. tsl Idk vlcUlliklca polItlfBi, al <l <Aniatki.i» Ji Ufta 

ei«4 a*Rnj(siLi ni la roMiltifi «nrnradi- na ft-aombrvHlta y onlicoMlauaK 
iMia^ldcriJ'i. bailan A («lüIr la actividad tk Vnlira. ta« ttx-iin<la hoy coiaoca 
•«1 aAo9 JnvMllm. de Int q«» tamM«B coAicrví tnifffrns U vIvKMdiuL la 
sracia oaliUlioa y d dovMiUdo. La» nr>vc;iu d-- Valer» ulAn rrunlda*«ii 
trea volüRicDn de la CI*le»Ma de turtton* toMtUanM. iMadcld. le»B-ian,) 

• TomoiiXXXVn j-XXXVni. nmncrotdc» dr Maieo. 15 5 2S d« AMU. 
V 13 d< Mayo ik ISJI. DnplWa i« han bnpnao kan» iMfv« «dlcloBcs, aleoBa* 
aBaMoataiJoaii. 



EN SI. CTCLO UX 479 

ñto. Y, sin embargo, ínvailíó atrevida el folletín del pe- 
riódico, y salvando las fronteras es boy apreciada en 
la pairúi de Zola, en la de Dickens y en la de Nkinzonl; 
alcnnza, en fin, los honores de la popularidad. 

Conviene dar A conocer el origen de esta obra, lo 
que pudiéramos llamar su historia íntima, y para ello 
tntnscribiré una de las varias coniesiones que ha he- 
cho Valera sobre el asunto: "Escribí, dice, mi primera 
noTcIa sin caer hasta el fin que era novela lo que es- 
cribía. 

"Acababa yo de leer multilud de libros devotos. 

"Lo poítico de aquellos libros me tenia biH^hizado, 
pero nu cautivo. Mi fantasía se exaltó con tales lectu- 
ras; pero mi frío corazón si^ió en libertad y mi seco 
espiritii se atuvo á la razón severa. 

"Quise entonces recoger como en un ramillete todo 
lü más precioso, ó lo que mAs precioso me parecía de 
«qnelliis flores místicas y ascéticas, é inventé un per- 
sonaje que las recog-iera con fe y entusiasmo, juzgán- 
dome yo por mi mismo incapaz de tal cusa. Así brotó 
-espontánea una novela, cuando yo distaba tanto de 
querer ser novelista '." 

Cuantos estén familiarizados con las obriis de Va- 
lera recordarán las añciunes que muestra A la especu- 
lación scmifilosófica. y cuan exirafio conjunto fornum 
SOR Opiniones utilitirias y, A la par, archicspi ritualistas. 
Ecléctico hasta la temeridad y el imposible, no deja 
nunca de predicar la alianza de los dos mundos, que no 
puede creer en oposit-ión; éste, material y sen>iihle, con 
sus dos habitadores, la comodidad y el deleite, y aquel 
otro donde colocaba Platón á las (deas madres, y todos 
lijs hombres la suma de sos ensueños y esperanzas. El 
cristianismo de Valera no se extiende hasta lUmiar sin 
restricciones valle de lAgrimas al pUmeta que habita- 



DuUuiodA d« ja OMMdSKdfr Jtai*». 



480 1^ LnCRATUItA CSrASoLA 

mos; la ddda, por otra pane, no ha cerrado sus ojos 
A los inefables atractivos de la religión y la tüosoffa. 
Plotfno do guante blanco, con las alas del sentido estO- 
üco abiertas A toda especulación generosa, y poco des- 
contento de lina exístenrUi que no, le ha hecho akin- 
donar sus preocupaciones optimistas, lánzase imper- 
turbable por el justo medio, que viene á ser la lUtíma 
palabra de su credo ñiosófíco. 

No se conceptúen inútiles estos prcliminnres, pues 
catKtlmcnte viene aquí Á refundirse cuanto hay de mAs 
típico en las novelas de Valera, quien, tomando cons- 
tantemente la palabra por todos sus personajes, desco- 
noce el secreto de ocultar tras de ellos las preferencias 
y los ideales propios. Aunque partidario del arte por el 
arte, gusta de íiacer filosofía Linto como el mismísimo 
Campoamor; es, como él, pecaminosamente infi:enuo, 
y, conocedor profundo del hombre y de In socicdAd» 
sabe excitar pasiones y sentimientos á que no puede 
menos de responder la picara natumlczii humana, cu- 
yos Hacas aprovecha para conquistarla por el asenti- 
miento y la simpatía. 

Pepita _/f>«('//^5' nos explicara las sinuosidades y los 
arcanos del sistema. El misticismo insidioso de esta 
obni es un misticismo al revés, una rehabiliuiciún muy 
velada del deleite sensual frente á las aspiraciones del 
espíritu, un ensayo de conciliacidn entre la moral cris- 
tiana y la epictírca. Porque, si Valera parece prohijar 
los ideales de nuestros grímdcs ascc^ticos, no lo hace 
sin aíladirles su levadura falsamente plal<^nica y sus 
corolarios prácticos, que b;Lstan para destruir todo 
aquello que en apariencia los contraria. 

Es D. Luis de Vargns el héroe de la novela, un jo- 
ven rico, discreto, bien parecido y con ánimos de 
consagrar todaí; sus j^randeü dotes al servicio del cíelo. 
La educación recibida en casa de su ifo, el Deán, y en 
el Seminario, le tuvo completamente embebido en sus 
estudios teológicos y su oración continua, reduciendo 



EN EL SIGLO XIX 481 

d circulo de aspiraciones á ser un santo, y quizá tam- 
Uén un sabio. Al partir á su pueblo paro pasar una tcm- . 
florada en compañía ^Je su padre, comten;:.tn ú batirle 
fiimultáneamtiUe 1o^od^jd<; del buen ricacho, las ad- 
mixaciones y deferencias de todos, pero mAs aún las 
miradas de cierta viudita verde, que extrema los :tUt- 
qocs para con é\ títnto como los desdenes paní cron los 
üemd.s. ¡Pobre misionero en ciernes que se creía levan- 
tado sol>re lafí miserias de la realidad, y que ya casi se 
siente amíUidolas con irresistible y fervyoso amor! 
¡Pobres ilusiones místicas, tan fervorosas y tan puras, 
dcshechiLs como la nieve por los rayos que despiden los 
ojos de Pcpitii! Un vano acude á los remedios que U- 
aconsejan sus libros el recalcitrante tedlogu; en vanu 
reúne \»s, fuerzas de su org:uÍlo y su virtud comluitida. 
Va a adoptar el recurso heroico de JosC; pero, ¡cómo 
resistir á Uis 1rtgrim.is y al carino de un diabla tan se- 
ductor y tan IwIIo! No; tiene que ir A despedirse de Pe- 
pím, aunque con bi mente llena de siloginnos irrefuu- 
bles, que ac'al>ar;ín di- convencerla y eunsoI:irla. 

Los silogismos de Luis ceden ame los de la viuda, 
y aunque rechaza con alRún valor las primeras embes- 
tidas, sucumbe tinte el fiero espectáculo que se ofrece 
A sus ojos y ante la estratagema irresistible con que le 
hace caer en sus redes la bella enemiga, tmgiondo como 
que Ic deja libre el campo. Bonitas habrían salido tales 
escenas A caer en manos de al^ri^n discípulo de Zola, 
que rttrataní al desnndo lo que encubre el Sr, Valent 
ctm cendales idcidÍRtas. 

Pero todavía tiene que decir la última palabra no sí 
si 6U candidez ú su malicia, puesto que en <i\ son estos 
t^rminiK per fec tímente sinónimos. No le duele ¡qué le 
ha de dolerlla caída del estudiante, cunx'eriidu en un 
Adonis con sus ribetes de matachín y pendenciero, y, 
sin embarco, no permitiría ü su cruJicíón mística que le 
deje sin una disculpa fundada en el P. Arbiol.., y hasta 
en Santa Tcresu. Luís fue un ore:uUoso que presumía 
lowo n II 



482 LA LITSt&rUBA bspaKola 

llevar A cnbo por solas sus fuerzas lo que es obra cxclü- 
fiiVci Je la lanicia; pues he aquí por quC- le haaband 
do Dios, dejándole entre la turba de los cristianos 
perfectos, en vez de subirle á las regiones donde siúlo 
se moniricstn A los escogidos. jCon qué habilidiü discu- 
rre el novelista! Ij» lásiima es que al cabo viene á Híé- 
tcrsc iruiciiin á si mismo con aquella mal disímuluiLt 
simpatía que muestra liacia su pareja, y aquellos vcrsl- 
tos de Lucrecio, y todo aquel ambiente semipafi^anu que 
?e respira hacia el final... 

¿Cree sinceramente el Sr. Valcra que su libro no »a 
sino contra Ins falsas voc:ic¡ones al Sacerdocio, y qnc 
no hay en ¿1 elementos muy diferentes de I;t hipocre»ta 
mistíca? Si lo cree, no he de ser yo quien enuble la dis- 
cusión sobre el particular, pues harto me he distraído 
en escarceos y digresiones. 

Impv^irtaba dejar bien explicado y fuera de duda cómo 
el misticismo de Pepita Jiménex es un misticismo iU 
revés; y juzjíada la novela en cuanto A sus fund:imen- 
tos, súlo debe afladii'sc que en esto de analiaar las lios 
interiores del espíritu con stm sombras y tortuosidades, 
no cabe ir mAs allá ni sutilizar con más intención y dqj^H 
Hcndez:i. Ya nos seduce el autor con pereiírinas dísqul^ 
siciones de astTética trascendental; v-a traza un boceto 
que no dcsdcciria en los Diálogos de Platón; ya viste 
con exquisitos adornos las paradojas brillantes de la es- 
cuela alejandrina; ya, en lin, reproduce en raaravillosos 
calcos las ideas sublimes de RiTadencira, Granada y 
Fr.LuisdcLcón.Neírar condiciones de nox'eÜsta A quien 
asi tdionda en las profundidades del alma humana, y t;tn 
claro sentimiento posee de la realidad en todas sus ma- 
nif estaciones, raya en lo absurdo y lo ridiculo. 

¿Y cómo cloffiar debidamente aquel decir incompa- 
rable en que se aunan la serenidad cUisica y el arre- 
bato vivacísimo de los estilistas modernos? Lus más 
insignes prosadores del sijclo XVT ucepturían por sunis 
páginas enteras de Pepita /init'Hi-s: que tampoco oíre- 



Bis ZL SICLO XIX 483 

cen á la escrupulosa censura ningún resabio de afecta- 
ctóo * servilismo, nada que desfigure el propósito de 
asímttiir la belleza allí donde se encuentre, y recoger 
Ias llores de todos los pensiles. 

El ser Pepita Jiménes lo primero, y sin duda wm- 
bién lo mejor, que ha producido Valera como novelista, 
inñuyó mucho en la mala ventura de Las ilusiones del 
doctor FmtstíMo '. Con esta obra estuvo A pique de 
perder cuanto con aquélla ganó, salvo la fama üe cier- 
üis dotes indestructibles que nadie se atrevió á negarle; 
mas, ft pes;ir de todo, se afearon en la historia del doc- 
tor el raciocinio frío y monótono, la tendencia filosófica 
demasiado visible y al desiubierto, la escasez de interés, 
y lo vago y contradictorio de tos C4iracteres. Encastilla- 
do RcvUIa en las oposiciones de una Estética ruin y su- 
perficial, digna de cualquier mediano estudiante de Re- 
tórica, no supo estimar en lo justo la personalidad del 
protagonista á pesar de haberla analizado con suma dis- 
creción. 

El doctor Faustino— decía—'cs algo flotante, inco- 
loro, inconsistente- como la sombra, que resiste al aná- 
lisis, que se escapa de entre las manos; algo que obra 
sin sa1>cr por qué, piensa sin saber qu<í pienso, y A pun- 
to fijo no sabe si siente; algo que podrá existir en la rea- 
lidad, pero que carece de valor y de belleza en el te- 
rreno del arte, donde lo primero que se exige son figu- 
ras acentuadas, vigorosas, activas, que ¡nicrcsca y 
conmuevan al contemplador". Esta exigencia aforisiica 
dd malogrado crítico no tiene fundamento alguno, y 
ahí están pitra desmentirla los tipos simbólicos de todas 
la& líteraluriLS, scfLiladamcnte el HattUet de Shakspea- 
rey el Fausto de Goethe, cuyo hermano menor es el 
hOroe de Valera. En la Postdata adjunta A Lastiusto- 
Hcs díl doctor Faustitto van expresadas mis ideas so- 



UMáx%a.vax 



4tU LA LirSRATURA ESPAÑOLA 

brc el particular, que coinciden cnteramcntccon lasdd 
aucor.EI discutido personaje "rcpresenta.como hombro, 
A loda la freneracidn, mi contemporánea— afirma Vale- 
ra— : es un doctor Fausto en pequeOo. sin m;iííia ya, sin 
diablo y sin poderes sobreña tundes que le den auxilio. 
Es un compuesto de los vicios, ambiciones, eiisuefios, 
escepticismo, descreimiento^ concupiscencias, etc., que 
afligen ó alliíjieron á la juventud de mi tiempo. Kn él 
reúno los tres tipos ó formas principóles bajo que se 
presenta el hombre de dicha fjcneraciín y de cieña cla- 
se, si c)as€ pueden formar los que gastan Itvitn yno 
chaqueta. En su alma asisten 1a vana ñlosoffa, la ambi- 
ción poKticayla manía aristocrática. Vasí que hay hom- 
bres mejores; pero yo no quería escribir la vida de un 
simto.Só tambÍ4!n que loshay jnils ridículos; pero no que- 
ría yo hacer una novela enteramente cómica 3* de fiíjo- 
rón. V sé también que los hay mil veces más odiosos y 
malvados; pero si D. Faustino lo fuese dejaría de ser 
algo cómico, como yo quería, y dejaría carobit^n de te- 
ner algo de Íntcrc5imtc y de patótico, como me conve- 
nía que tuviese para mi plan de novela, ú de lo que yo 
entiendopor novela A pesar de los críticos. D. Faustino, 
dado mi plan, no podía ser sino como es: Fausto es más 
grande, pero también es más egoísta, más pervertido y 
más pei'aminosü." 

Valera ha hecho de su doctor un hidalgo sin cauda- 
les, ILsto pero enfermo de voluntad, enamorado del bien 
y débil ante las seducciones del vicio, sutil annli/ador 
de sus propias acciones, mitad incrédulo yraitad supers- 
ticioso, vera i-Jigics del hombre moderno con sus gran- 
des aspiraciones y su impotencia moral. Hl doctor cae 
también en las redes del eterno fewenino bajo la tri- 
ple fase de amor ptatdnico é idealista, personiñcado ea 
María, de cupidillo tra^^eso é inconstante, aunque se 
llame Constaiiía la mujer que lo representa, y de afi- 
ción camal y colosa, porque lal es la que InHama rt Ro- 
sita. La facilidad con 'que la^ tres se entregan al doctor 



B^ EL SIGL.0 XiX 485 

FAustino no cstú suficiememente razonnüa, pero con- 
tribuye á enaJtcccrlc como hombre, y á poner de relie- 
Te sus ñuquczns de conducta. Cuando ul protagonista 
vuelve aJ camino recto y á la fe de su iníancia, y dcs- 
pou A la nuls noble de sus amantes, ü aquellu María 
que si^nitkaba para él la encarnación ideal de 1a belleza 
ydcl bien, p<yÓin finalizarla novela adecuaiiimente; pero 
d autor prcürio fur7.ar Ui/iuta de In consecuencia en el 
carácter del nuevo Fausto que traiciona la fidelidad 
«inyupU, y remala con el revólver la serie de sus tor- 
pezas y extravíos. 

Aunque ofendido, y no sin razón, Valera por las 
insinuaciones de la critica, & poco nos ofrecía otra 
novela menos trascendental y mils hiimana, en que, 
con formar la tesis el núcleo principal de la acción, 
'.9C reviste de gnuides y poderosos atractívos. !Ün ari- 
deces acadt-miciis y sin pujos de filosofismo adc^cenado. 
£7 íotm-tulaiior Mftuiü^a ' (cuyo argumento recuerda 
al de CJ locura ó santidad, sin las deplorables cxagera- 
ciones de este último) reúne la imponente represen- 
tación de las leyendas tradicionales con el carácter 
genuino de U novela histórica, y el ajviraio de los pro- 
blemas filosóficos transformados en elemento de arte. 
Desde un principio excita poderosamente la atención, y 
ocupa por ¡tíujil la intelíRencia y el sentimiento, llegan- 
do & presentar A los ojos del lector una fábula de alguna 
complicación, mérito que no calilicaril' de insigne, pero 
si infrecucncc en el autor. 

Los personajes son de una grandeza excepcional, en 
nadA amigares, T en algo dignos del coturno; sobre lodo 
el Cwmcíidadur y dofla Blanca, que represenum una 
lucha i\íi\¡a y á muerte, engendrada i la vez por las 
pasiones religiosas y por la aniipatia invencible que ha 
venido & sustituir en el corazón de entrambos el afecto 



■ MaJrM. 1107. 



486 



LA LtTEHATVRA ECSrA^OLA 



criminal de otros días, oculto aún en las ctaieblas del 
misterio. AI encontrarse otra vez frente A frente el des- 
creído volteriano y la fervorosa católica, una nube de 
reconvenciones, quejas y remordimfontos se ve surgir 
del fondo de sus rxilabras ardientes y de incisiva rapi- 
dez; otra nueva tragedia parece ir á desenvolverse, tan 
terrible como la que le precedió. 

Doña Blanca, la intolerante y severísima esposa de! 
bendito D. Valentín, tuvo la descracia de rendirse A 
los pérñdos ha1ag:os del Comendador, siendo fruto de 
sus amores la bella C inocente Clara, cuyo verdadero 
padre desconoce el reputado por tal, Hija Única y here- 
dera de un capital muy considerable, va A disfrutar úc 
bienes que no son suyos; contingencia pravisima que 
preocupo igualmente A dofta Blanca y al Comendador, 
aunque de distinto modo. Piens;i aquélla, para encubrir 
su infamia y la de su familia, en casarla con el )uiricn- 
te m¡is próximo de D. Valentín, con el esUifermo don 
Casimiro, tentando después nuci-os caminos para ha- 
cerla entrar en un convento: D. Fadríque. en cambio 
(ó sea el Comendador), resiste con la tenacidad de su 
carácter y la entereza del airiflo paterno á éste que 61 
juzgTi asesinato moral y resolución Impuesta por al>> 
surdos terrores. 

lícnunciu á enumerar las valeniísíraas escenas que 
de tan magnífico contraste hace nacer el novelista; no 
nos tenía acostumbrados su pluma retozona y alcfn'e A 
los diíiloífos que por aquí abundan, ni al enérgico estilo 
qno eonstantcmcnte emplea. Copiemos umi piSglna, 
modelo de cortante y íspera vehemencia, y escrita en 
un tono, que si no es el de Shakspcare, rivaliza sin des- 
ventaja con el de Víctor Hugo: 

"Dofla Blanca se incorporó en la cama, miró con 
ojos extraviados d Lucía y rt Clara y al fraile, y habló 
de esta manera: 

—¡Vete, Valentín! ¿Por qué quieres matarme con, tu 
presencia? Mátame con un puflal... con una pistola. 



nr EL sicuo XIX 487 

Échame tina soga al cuello y ahórcame. No seas cobar- 
de. Toma la debida venganza. 

—Sosiégate, doña Blanca, iniemimpió el fraile, ú 
quien ella se dirlf^fa como si fticra D. Valentín. Sosié- 
gate; lu marido está fuera... Idos, muchachas, anadió 
diríKiéndose A las dos amigjis. Dejadme solo con la en- 
fermu, A ver sí Ic^ro que se sosiegue. 

Clara y Lucia, romo ai estuviesen allí clavadas, mi 
se movieron. Dona Blanca prosiguió: 

- Ten valor y mütíune. Tu honra lo exige. Es nece- 
sario que mates Rtmbién ni Comendador. EstA conde- 
nado. Se iril al infierno y me llevará consigo. 

— iMadre, madi-e, üd. delíral, exclamó Clara. 

—No, no deliro. Y tú, necio, afladió dirigióndosc al 
fraile, ¿eres ciego? ¿No la ves?, y seflalaba con el dedo 
á su hija. ¡Cómo se le parece! iDios mío! iCómo se Ic 
parcce! Es un retrato suyo. jApilrtate de mi vista, vivo 
testimonio de mi vergüenza! 

Clara, lU-nd de horror y de ansiosa curiosidad & la vez, 
ota<1 ^iumadreypugnabí^ parcomprendcr iixlu el arcano 
tremendo. Al sonarlas últimas palabras que iban dirigi- 
das á ella, se cubrió Clara el rostro con ambas manos." 

Si es cicrlot como dicen, que Valcra necesita violen- 
tarse para hablar de asuntos patéticos, y que raciocina 
mucho y sitmte poco, oo ha i>odido disimular mejor lu 
falta, ni aproximarse más & la verdad psicológica por 
la intuición lúcida del pensamiento. 

No quiero yo traerá examen el intrincado problema 
que envuelve lu narración de Ei comcndaiior Mituio^a^ 
y en cuyo planteamiento agou Valera los recursos de 
su ingeniosidad casuística, procurando suplir el ctíIctÍo 
inflexible de la moral con otro acomodaticio y sobera- 
namente habilidoso. Como la tare;i es delicada t^ impro- 
pia de este lugar, la abandono deiididamente, y um- 
bién las dcmfls observaciones que la novela admite, 
para decir dos palabras nada mJls sobre la que se JntituLi 
Pasarse de listo. 



Ese optimismo á prucbu de desengaños, que m 
identifica con el temperamento del insig^nc escritor, y 
que con tanta frecuencia le conduce al borde del prc- 
ctptrio, resalta de un modo especial en la |>res<*nte 
obra, compuesta de elementos monU y artísticamente 
falsos. El ]X;brc diablo, que se devana los sesos f>ensan- 
do en lu mujer que Dios le dio, y de que íl se conccp- 
rúa indigno, y la misma mujer que con tanta indo- 
lencia Se entretiene en jupir con el fuego, dcjándtwe 
querer de un Tenorio formidable, aunque sin rendír- 
sele lotalmenie, son dos creaciones que wMo se pueden 
oirurrir al Sr. Valera, quien se pone después muy for- 
mal A defender la causa de su heroína. Las razones no 
convencen A nadie, claro estíí, y i\ pesar de ellas bus- 
cará todo el mundo el prototipo de la esp<js:i liyl entre 
las que no se asemejen A doña Beatriz; y en cuanto A 
los hombrcj; á quienes toque en suerte el papel de már- 
tires, pocos imitarán el estéril sacrificio de D. Braulio, 
aun siguiéndole en Ui serie de razonamientos que le 
determinan ü saicidorse, no tan infundados como su- 
pone el novelista cuando nse^ra que el infeliz se fiase 
fie listo. 

Doña Lut ' reproduce con variedad de tonos las 
disquisiciones místicas do Pepita Jinu'ttejr, á cuyo don 
Luis sustituye el P. Enrique, pasando el ceftidor de Ve- 
nus íi la romántica señorita que da nombre y ser A la 
novela. Alentado qui/A por el ¿.^íto de su primera ten- 
tativa, el autor avanz:t un paso m/is y pone resuelta- 
mente el dedo en la llaga, en \c/. de contentarse con las 
itisinuac iones tímidas y el vacilante lUosofar de otros 
tiempos. No es ya el amor humano, sensual y ceflsufa- 
ble si se quiere, pero licito en e! fondo, el vicCorío6o 
adversario del amor divino, síno otro francamente cri- 
minal que en vano pretende disculparse con palabras y 



aptru. (Madrid. I8T9,) 



Kf BL StaUO XIX 



489 



luaciones. El amartelado fraile cae vencido de 1^ 
hertnüsura femenina y de la flaqueza propia por un 
proceso fácilmente explicable y muy parecido al que 
jra conicmplnmos en Prpita Jim¿nca. DufUi Luz no es 
solamente una mujer bien {larecidn y con las míi& ultas 
condiciones posibles; posc« asimismo es<? tesoro ile dis- 
creción y de ciencia infusa que líberalmente otorga el 
Sr. Valera á sus heroínas; discurre con elevada profun- 
didad acerca de abscrusos problema;» psicológicos, y 
escucha con religiosa atención al fraile, que \q& expo- 
ne admirablemente en sus tertulias. Los dos se entien- 
den demasiado bien, por desgracia, y pasan de la teo- 
ría á la práctica del amor, aunque sin comunicarse re- 
eípr-jcamente sus ocultos sentimientos, por una senda 
que tapiza de Hores la intencionada mano del novelista , 

La caída ücl P. Enrique esta dispuesta con maes- 
tría» y resulta al cabo coomovcdora por lo mismo que 
es tan natural y tan humaíui, sin que con esta confv- 
si<}n quiera yo absolver, ni mucho menos, el espíritu 
que infornm A la novela. Si la triste historia que con 
prolijidad se- rcHere en el diario intimo del Padre y en 
los concíihks cxclanvu' iones de doíla Luí: concluyera en 
d arrepentimiento ó en cualquier otra especie de rcha- 
bttitaclón miral, nada habría aquí de censurable; pero 
tí mismo carácter espiritualista, etéreo, quintescncia- 
do y pulcro de la p;Lsión que une las almas Je dofta 
Luz y el Padre Manrique, y la súrdída g^roserlu de don 
Jaime Pimcntc!, el cahiiUcro ¡i quien dit^ aquiMla. chK"'- 
Dada, ^u mano de esposa, contribuyen Á legitimar apa- 
rentemente el bfso estampado por do/ka Luz sobre el 
rostro del fraile moribundo, victima infeliz del interno 
fuego abnisador cuyas expansiones cohibidas le devo- 
ran. No puedo persuadirme de que Valora haya pre- 
tendido en esta nov«l» combatir el celibato del clero, 
ya que no sean muy vchementc-s uis escrüpulos de or< 
todoxta. Como ariisLt y psicúlugo analiza con pasmo- 
sa at^uridad A sus dos héroes, sin cuidarse de favore- 



490 LA LiTERATORA BSFARoLA 

cer ó lastimar ning^ún interés ítico v religioso, y signe 
su camino con entera indiferencia respecto de los co- 
rolarios que puedan inferirse de la íáhula. 

Es la que desenvuelve Videra en sumo erado res- 
boliidizii y v¡drii>s.i. y coincide substancial meme con 
la de una novela célebre de Zola; pero el autor de fhUa 
Lus supo resistir A la atraccidn del abisma, por lo cual 
no le debemos sino elc^os. El pec«d«.t de amor no lle- 
va consigo el conveniente cstijnna de reprobación ab- 
soluta y sin distinciones; pero tampoco se exhibe con 
el cínico descaro y la vehemencia brutal y fisÍolú|rica 
que en la novela aludida y en otras muchas del prtjpio 
genero y análogas tendencias. 

A formar la reputariún que ¡toza Valera como no- 
velista han contribuido algu sus midiciosos y originu- 
Ifsimos cuentos, en que emula la intención de Swift y 
la fvracfa de VolKiire, proi-urando encerrar Iwjo l;is ele- 
S^cias de la forma algún aforismo de los que com- 
ponen el evangelio de sus opiniones. Los personajes 
proceden del mundo ideal donde nacieron Vanderden- 
dur, Robinson Crusoe y los hí'roes liliputienses; ««n 
abstracciones personificados que dejim en libertad al 
autor para mancjarla<t íl tni antojo. Ei pájaro tyerde re- 
cuerda las maravillosas narraciones con que todos nos 
hemos entretenido en la infancia, y parece una imita- 
cÍ4$n de la literatura oriental por el estilo de la de 
Becquer, aunque menos brillimte y fascinadora. Var- 
scitdrs, tiende, como el Cándido y el .Vtcromcgas, a de- 
mostrar una tesis filosdfica con esa filosofía de sentido 
prüctico en que el autor se complace, imitando coa 
corrcípondientes variaciones A su móflelo francCs. ET' 
rasíTo caiacterístico é inconlundible de Valera en uilcs 
cuentos, lo mismo qne en todas sus narraciones, es la 
mezcla de seriwlad í ironía, de candidez infantil y es- 
cepticismo corrosivo, de que cíisi nunca puede ó quiere 
prescindir. 

AI mismo género fantástico, ide:U ¡sin y tendencioso 



EN EL SIGLO XIX 491 

pertenecen esas otnis minicitiiras labradas en miirinol 
pentélico, que se llaman Aselirpifíctna (en que el filiiso- 
fo Prwlo cambia las asperezas de la vJriud huraftii por 
los hjilagos del amor), Copa (condenación det pe-slmis- 
mo lanzado por la mujer de Kudha A nombre dc1 pro- 
feso cristiano) y. hasta cieno punto, la chistosa ha- 
lorada FJ bcrnu-Jítto prehistórico '. 
La Impresirtn general que llevan at ánimo las obras 
tic Valora, singularmente l:is narrativas, escomo la que 
produciría en admiradores inteligeníes un museo de 
esculturas priepas; impresión de serenidad aogiista e 
imperturbJible, de vida primaveral, de pompas y verdo- 
res sobre ios' que no tienen imperio la sombra ni la 
tristeza. El equilibrio perfecto de las facultades psíqui- 
cas, realitado por la erudición más selecta y el instinto 
para lilwr las flores íle la hermosura, han defendido al 
autor de Pepita Jiwénea (ron ira las enfermedudas del 
espíritu moderno, que más 6 menos contag:Ían d casi 
Jos los pensadores y artistas de la presente penem- 
Í6n. No caben en el alma de Valera las lobrefíueees 
apocalípticas, ni en su estilo la neurosis endémica que 
aspira k pasar plaza de refinamiento elegante. ¡Lástima 
grande que la idolatría de la forma y el racionalismo 
(Uos4ñco venffan á enturbiar los raudales de «racia y 
poesía atesorados en tan culto y pere^no inpeniul 

Sean tas distracciones de la \-ida pública, sean las 
mordeduras de la critica descortés, sea, en fin. la in- 
constancia de su ánimo ó el temor de perder el renotn- 
brc adquirido, las causas que tienen reducida al silcn- 
cii) su musa de novelador, Valera no da scftalcs de 
querer romperlo, y á bien que no necesita añadir nada 
A su repertorio para figurar dignamente al lado de Pe- 
reda j IVrcz Caldos. Igualándoles en la pureza del pus- 
to y en los condiciones de estilo (por no decir que les 



* Lo* CWaMr, ddUopn* y/unfofUj de Vakrn diiAm fauiM«« ni n iinBu dr 
mMweWü * vttntm c ii HH aw n , 



493 LA UTESATVKA ESPAÑOLA 

excede), le falra, la incomparable potencia descriptiva 
del primero y la inniición poderosii del últimu. Asegú- 
rase que las facultades del espíritu hiimiino crecen 
unas & cxiHrasus de otras, y yo no vacíUiri» en contar 
como uno de los ejemplo*; tnñs Insignes el de Valera, 
que con toda su QexibiÜdad, mil veces demostrada, rin- 
de también su tributo d las leyes del exclusiWsmo. Su 
ingenio vivo, razonador y portentosamente fecundo, y 
su comprensión rápida y clarísima, de que son traspa- 
rente c'spejü las palabHLs, superan con mucho en vigor 
A. las potencias efectivas, ó como si digiramos, cordia- 
les. Salvo una ú otra excepción íeliz, Valera se aproxi- 
ma A las llamas del sentimiento y la pasión sin recibir 
sus influencias; suple con perspicacia lo que nu sabe 
crear; discurre, sutiliza y agota los recursos todos para 
llegar con su bella frase al fondo del corazón; pero sólo 
lo conquista de pasada, il viva fuerza y como por asalto. 
Rebosan de su pluma el donaire y la elegancia, no los 
raudiücs del llanto consolador. 

Oiro inconveniente le nace de su mucho saber: el 
de modelar los personajes á su propia semejanza, Im- 
ciiSndoles á todos ig-ualmente discretos, elegantes y 
cultísimos, y poniendo en sus labios el idioma de loa 
héroes y los diuses. IX- aquí la uniformidad del diálo- 
go, en el que nunca desaparece la fi^uní del autor; de 
aquí la escasez de movimiento y vida. Valera tiene en 
su mano el poder incondicional de producir la belleza 
plástica, y la que se deriva del estudio, la ing-cniosidad 
y los reñnamienios artificiosos, sin remontarse A las 
alturas de la sublimidjid vcrdadem. 

E.sta limiíación de facultades, que no es justo se 
compute entre los defectos, en nada ol>sta al signifi- 
cado altísimo de Pepita Jiméttes y otras hermanas de 
origen, ni á que su común progenitor ocupe uno de 
los lugares de preferencia, no comp;irtido con modelos 
ni discípulos, entre nuestros grandes novelistas y pru- 
SMlores cuntempon^neos. 



».--ía?^)fss;>^ 






<p 



CAPÍTULO XXVII 



LA NOVELA CONTEUPORAN 8.\ 



P^rMUmldúNi. 



CKHiiS' al^tnos, con error palmario, que cl ínnr- 
gablc florecimiento de la novclji española en 
niie<itros üías tuvo por eausii la crisis potUita 
y rellgltísí» de IBíri, y citan como prueba (la única que 
merece discutirse) cl carácter, la ¿-poca de pubHcactón 
y las tendencias novísimas y francíimcnte revoluciona- 
rias de cuantu ha esi-riio el autor de (¡loria y iVartattt^- 
ttt, D. Benito PC-rez GaldíJs. Comienzo por confesiit que 
todo ello hubiese sido más raro 4 más dificil alg^unos 



• XmMmi La* l**tinit* rivlm Canarlitk) cf «Ko tM\ Dntuif* Ji- (tnnlfi«r 
tMcunilh» <tc srinnilÉ morfitaut. Tino A Matlrtd (tM$ y cufu> la nrrcrm dv 
Ufe». P^coaotn^c u revolaclOM 4* ScpilcmMT eonentiiancrlblr pon 'I 
pAt>IIe«. atlBqne *ln fijar •IcHnttlvainciKeCl c«filt« de la^aMrOaAtt» bi«U«*CI»- 
notUlvrarlnv DtsJ? ^uc taU4 tluc In/MimMt ilcorfliuudpreKiItc. <>«Ulii~ 
no ha (rvtiloiV- 'millar ol tTrrld» niUnrrii ilr *i»» novctan nsle kn t^nalllili* 
wv (lira mu que dlpaiBito caiá mrratiM«tr 4inAranfa rnn Im IUKlrMtaa« Un 
intlfDn it>ntf« d< D. JnuT Marta Pcrnlfl, «lahk y ■:ino Ac grnla. mnial|«dc tam 
r\IilWi:l"«r- *i-if.il<T»a», y lan rerolactonnrto m las ¡"icaí romo Mil»n lo* t|i»r 
han lcl.li> iBuliinicra ilr uuobra^. Loa paoommai >iiir aÉrvrn TfirlUidfloiMln 
tntibt ilelu* y- ■rn'.iil'» üe rr.f<3L y «U ontmitda HRCHldn «flaU lot lnearr« 
(lonilt d auifii' Iia tr:ilJo id roMefli^ni y Ob«ervaUi(U>. fijaiioa vn Madrl.l f»! 

mncho ikiapo, Jeipv^cii Tgkilo, oonaria Ac ^«fft «Twrrtf. r Brtu&lsimtc 
•u Sanuadcr. 



494 LA UTeKATUKA b&paSola 

afios antes, aun cuando bien sin tmbos corrían, du- 
rante ]a i]ominaci<>n moderada y Li unionista, los Tn&s 
absurdos engendros de Sué y Jorge Sand; pero et pun- 
to de la dificultad no es-tá. ahi: está en demostrar <jue 
el arte hubiese perdido con esa relativa coacción de la 
autoridad y las costumbres, y que Pérez Galdós no 
pudo ser un buen novelista sin ser al mismo tiempo 
el antípiltico defensor de disolventes ideas, cuyo alcan- 
ce quizás no comprende. No sólo se distinguen esos 
dos respectos, sino que el uno estaría perfc-ctamenie 
sin el otro, pues las pasiones extrañas al arle no lian 
hecho más que torcer una inspimcidn tan fecunda y 
optiienta. 

Asi, tengo por ima circunstancia fortuita el que haya, 
sido en 1671 cuando se publici) la primera novela de Cal- 
dos, pues ni en ella ni en las que inmediatamente le si- 
guieron hasta Gloria aparece de relieve la tendencia ú 
resolver (6 á involucrar) problemas sociales y religio- 
sos, y cuando se publicó Gloría había pasado ya la épo- 
ca de la revolución. Cierto que allt se siente latir su es- 
píritu, y que en este libro germinan ideas anteriormente 
sembradas en el campo de la discusión; pero ai la in- 
fluencia es innegable, no Jo es menos que debe reputar- 
se daflina >■ perjudicial por un Uidu, y por otro perfec- 
tamente inútil. Pereda, por ejemplo, no ha necesitado, 
para ser quien es. apelar h tales recursos. 

He aludido íl la primera obra de Galdós, y con esto 
quiero significar su primera novela; pues, aunque ya 
apreciado como escritor elegante, crítico y humorista 
de buena ley. al aparecer La fotUatm de oro y El 
nudas ', se dejó aparte todo cuanto no fuera admirar 
al restiurador de nuestra decadente novela. No son 
(^stas sino las primicias de G;üdós, y x-nlen, mils que 
como realidad, como promesa cumplida liasui cierto 



I It mutat, kttUri» i* Mk fotfMt ib imMHU. MultU. I87L Publlctulo nnic« 



E.1 KL sicu> xnc 445 

■ptmtó en los Episotlios nacionales, cuyas dos series 
compictó con Increíble Uibüriasidad en el espacio de 
seis anos ÍI870-J883) ', beneficiando en ellos xm tesoro 
biesplotado y abuniUmtfsJmo: la epogxrya de nuestra 
lucha con Napoleón, c:int:iUu por nuestros líricoü mAs 
bisignes, pero de que se hablan acordado poco los no- 
velístAfv. Alcanzaban mucha boga en Francia los fío- 
moNS tuílimtaitx , de Erkinann-Chatrian, con sus bri- 
llantes esrenas y sus fíeles reproducciones histCíriciis, 
asi del periodo revolucionario, como del Imperio y la 
Restauración, y otraa más modernas y cándenles, en 
qav no quisieron los narrudorcs ocultar sus ideales 
abiertamente dcmocrii ticos. Deseoso de hacer lo misino 
coa las glorias espiíAolas, ünlt6 Pérez Galdós el proptJ- 
siio. no ios procedimientos, y elijiió un cuadro mis 
breve y estrecho, Uescendiendo en 01 hasta los más 
in&ifrni ficantes pormenores y apurando los recursos de 
In descripción. 

IX- las do.s serie» que componen los Episodios 
Madotiaics, la primera abarca principalmente el pe- 
riodo que corre desde el alzamiento de 1808 hasta la 
reñida de Fernando Vil & E^píifla; pero antes traza el 
autor un bosquejo del espíritu y las custurabrcs domi- 
nantes, en que sirven de fondo la Corte de Carlos IV, 
ta haialla de Trafalgar y la misteriosa caida del favo- 
rilo Godoy. El personaje principal, quiero decir, el que 
faablu en toda esta serie, es un veterano obscuro, Ga- 
briel de Araceli. nacido en Cádiz, educado entre I» 



1 mini snii- t. Tra/iOvar.-lt. La QmU ib Oarto» ir.—Ul. Ki It tta 
Ikfiv f*ifilt ViiVD. ^ I V. SitfM>_V. Xafatéón r» ai»Mrllb.~VI. Xa'ofMo. ~ 
Vil. AmMi—Vnt. (VkNt— IX. Am MaHim *t amr»c^u4^~1ti. Ia Wolta út 
4rafki. 

MatavA niia. -t JO rT*'r<Ü* A' ihr -MX-'-n Vnndrtu <k M* (wrMMM* 
m nN.-t[l. la ttvMttde immv -IV. OrimA IMnMc. -V (3 7 de JMIto- 
VLioffiM MMttlMdt^oN teto.- VIL «ibrrwA/w¿f. VUI. t^wiiiMirt. 
«miloa— IX. /«tivMfMWM.-lL í% Jitrrtmi w«t y olp^tno» JnUtt mimm.—LM 
fdidM ík tojo Je iM ^dtodlm mant^atm, ilattnuu ¡hw Im Iwnuau i/UtU*, 
«NKni4't |>nblKni«< por «tivcM «> IBU yUtnlaAmUtb. 



4Qtl LA LireRATVRA ESPAROLA 

Uccpcla de los barrios bajos, y que, despuCs de entrar 
al servicio de un rapit:in de marimí, D. Alonso Gutié- 
rrez dii Cisniepa, asiste al comNite de Trafaípar. siendo 
testigo de aquel glorioso de*;astre. Sus inquietas aspira* 
cienes le llevan á ifadrid, donde tiene por ama á ana 
ctímica del te;ítro del Príncipe, la Pepita Gonzrtlcz, co- 
nociendo asi muy de cerca ia Corle de Carlos IV, la 
fusi<:>n lenta de las clnseü «¡ocíales, los enredos de Pa- 
lacio, los trapicheo? y aventuras de la aristocracia his- 
tíycicn y Ini; incri}rus de las compaflias teatrales. Esta 
situaci<\n le pone en contacto con una condensa tan en- 
copetada como lU'iana £■ intrigante, que A la postre re- 
sulta ser la madre de una pobre nina, novia de Ca- 
bricliUo. y que con su amor le empuja & desaliar todos 
los rífcores de la fortuna. El héroe pasa por una serie 
de vicisitudes larga do coniar, y, consaírríVndose ú 1* 
milicia, toma parte en casi lodos los hechos de armas 
principales de la guerra contra Napole^Q. En la his- 
toria íunorosa tie Gabriel con Ints se encierra un dra- 
ma con sus peripecias de duelo, rapto y auafíMortsis, 
y que coincide con el del campo de Kitalla en los ob^ 
táculos y el desenlace. 

La caída de Godoy, el 2 de Nfayo de ItíOS. el heroís- 
mo de generales, guerrilleros y plebe, las explosiones 
de la elocuencia en las Cortes de Oldiz, lo gnmdc y Id 
pequeño de aquel agigantadísimo periodo, aparecen 
ante tos ojos confusa, aunque cnírgicameotc evocados 
pur la pluma del novelista. 

No Tccordarí aquí las figuras accesorias que su- 
cc-sivamente van complicando la acción; pero hay cu 
esta primera serie de Episodios uno en que Araccli 
cede la palabra d su amigo Andrés Marijuáo, r por 
el que corre un aliento sanamente realista. I-;» relucitin 
del sitio de Gerona es la epopeya lúgubre del tuimhre 
en cuadros de admirable maestría, ya se atienda al in- 
terés vivísimo que despiertan los personajes, ya al vi- 
gor y colorida con que están retratados, ya al agrupa- 



B^f EL SIGLO XU 497 

miento, el contrasie y Ut perfección de \a& escenas. 
N&da tuD elocuente para formar idea cabal Ue lo que 
íue aquel glorioso asedio como estas páginas, llen;ts 
de verdad y de pasión, donde se ven y se palpan las 
fígaras gKLcúis & su rigorosa plosticidíid. íjis inleriorl- 
dttdcs del hoK^ir doméstico invadidas por la miseria; lu 
familia de inocentes huérfanos, d par de la que compo- 
nen una Joven enferma y su padre, cuyo supersticioso 
amor á la hija de su alma cobra las proiwrc iones del de- 
lirio calenturiento y de la ferocidad sublimemente sal- 
vaje; la mezcla de lo eútnico y lo trágico en la caza de 
ratones en que se emplean los dos niflos Nlanolet y Bu- 
doret; la irmpriCm de los animalejos acaudillados por 
napoleón, y la estratajeniacon que esac-ídopor el labci 
su nutjestad imperi;i); las alucinaciones pueriles, forma 
del patriotismo, y la lucha titánica entre el valor indo- 
mable y el instinto de conserviR-ión, sirvan al novelisti 
para •dfrr-.inda.r hasta lo sublime la realidad histórica, y 
la hazañosa leyenda del Cobernailor Alvarez de Castro. 
El lector olvida que le estA hablando Andresillo Mari- 
jUiln, y vuelve insensiblemente l:i atención al narrador 
verdadero, sin atender tampoco ú las excusas y protes- 
tas de Gabriel de Araccli. Pero esto de la forma aulo- 
bioRTílfica que GaldOs tuvo ii bien adoptar, pide comen- 
tario uparte. 

Sin duda encontró en ella algo que le deslumhró y 
le hizo desconocer los praves tropiezos .'i que le expo- 
nía irremediaMcmente. Ventíija es que en lugar de ex- 
plicarse el autor por si núsmo, aunque valiCndosc de la 
hi-iiorln, fi.ís h.iga presenciar los hechos, dándonos una 
prenda de iiilclídad en lo al-tonado del testigo que vio 
lodo cuanto relata, y no tiene neccsidíid para hacerlo 
de acudir ¡\ otra fuente dísünCii de su memoria. Poro en 
cambio, ¡cuAn inverosimü no parece tjue escriba como 
escribe, teniendo en cuenta su nacímieoto. vicisitudes 
y proíesiíin, y que se haya encontrado siempre en la.t 
circonsiancias mejores para ver y apreciar los sucesos! 

TOMO u 32 



498 LA UTERATtntA RSPASOLA 

[Cuan Inverosímil que en su humilde condición alcance 
los mrtviles ocultos y los pormenores para ¿1 hunutna- 
mente incognoscibles! 

Ademas, aunque esto no va sólo contm la forma 
aulobiogxáfica, sino también contra el afán de desen- 
volver una sola acción en muchos volúmenes y entre 
un sinnümvrii d<; incidentes coropleíamente extraños 
fl la misma, ;c<5mo suponer que el héroe llegue siem- 
pre d tiempo y en sazrtn á todas partes, que sü mueva 
de una á otra con holgura y libertad inconcebibles, y 
que entre los horrores de la guerra le sobre tiempo 
pfira i'er 6 representar tan distintos papeles? A la 
vez, el argumento, principal ó secundario, pues no 
s6 en realidad cómo llamarle (quiero decir, los desti- 
nos de Gabriel de Araccll), camina con una lentitud 
soflolicnta. que hace perder casi del todo la atención, 
entretenida en miVs interesantes objetos. 15c aquí que 
el propio Gabriel, Inés, Amaranta y todos los actore» 
de este drama aparezcan siempre á última hora y comf* 
por escotillón, que sus 6sononüas estén en\Tteltas en 
infranqueable penumbra, y que no puetLi uno, después 
de tanto ir y venir, ni conocerles, ni interesarse por 
ellos. 

A! protagonista de la primera serie le falta talla; el 
de la segunda es positivamente antipático, A pesar de 
las maliiis habílidos¡is con que Galdós pretende idca- 
liKirlc. Salvador Munsalud, hijo espurio de t). Fer- 
nando Garrote, afrancesado por temperamento y por 
el poder de las circunstancias, y amante de la hennosíi 
Jcnura, la prometida de Carlos Garrote, encuentra en 
¿stc, y iM>r distintos conceptos, un formidable rival. íji 
inquina entre los dos hermanos es tenaz, rencorotm y 
A miierte; cstíl como unida .1 su ser, identificada con la 
estrella de su destino, y recibe calor é incremento de 
tas encontradas opiniones políticas & que rinden culto. 
Monsalud. calculador y reflexivo, tiene concentrada en 
Ift calaza las energías del corazón, y no se apasiana 




EN EL SIGLO XIX 4W 

por ninguníi cosa; Naviirru es la personificación del fa- 
naü^mu por un lüt-al: cefludo, á-spcro é inquebrantable, 
pero rapaz de amar y de sentir. El uno es la serpiente 
astuta que sabe fingir y resguardarse; el otro es el león 
enfurecido que necesita la lucha p:ira vivir. La historia 
de los dos, lu mismo que Li de euanios se relacionan con 
ellos, reproduce en breve la de toda Espafta, al revés de 
lo que sucede en la primeni serie de los Episodios, y de 
ahi que no deban aplicárseles en rigor los mismos repa- 
ros y observaciones. 

El cnpftulo de los cargos que pudieran hacerse á las 
dos figuran culminantes y á las que con ellas se relacio- 
nan, sería inicrmíniíblc y de mucha jíra vedad. Con no 
distinguirse Gnld^s como creador de grandes caructe- 
r€S, jamis los Im producido tan ¡m]XTfectos y conira- 
tlictoriys. Se necesiuiria un volumen entero para nouir 
los antítesis á que van sometidos por el falseamiento de 
lógica ó por la pasión sectíiri;i. Con los rasgos geoe- 
^talcs que parecen propios de Mons;ilud y Garrote, 
hay otros diamctralmenie opuestos que ponen en tor- 
mra el espíritu del lector menos avisado. Salvador 
Mimsalud siente hacia jcnara una pasión ardiente, que 
en ocasiones se trueca en desvío inexplicable; expone 
sa vida y sus mhs caros intereses por defender ideales 
en que no cree; es il la vez liberal exaltado y cs- 
ctfptico menospreciador de todos los partidos; aborrece 
á su enemigo Garrote, y pone en juego todos los 
medios de salvarle con una abncgaiúón desinteresada, 
que seria admirable si no resultara absurda. Parece 
que el ingenio de Galdós se complace en colocar fren- 
te á los dos adversarios, y mi pintar repetidas veces 
como irremisible el choque, para sortear la üílicultad, 
perdonando la vida á entrambas generosamente. A 
Garrote, en cambio, le toca pagar las malas intenciones 
de) novelista, que se ha empefladu en hacer de él una 
caricatura de broclia gonhi, ó más bien un borrón 
de tinta, aunque en opuesto sentido que Monsatuü, 



SOO IJl LITERATURA ESTAfiout 

una ñera sin entronas que paga tn odio los beneficios, 
y un fnnático sin ronviccioncs. De Jenam, la heroína 
conspiradora, que ha ganado las simpaiúis de! autor 
sólo por ntT grunpa y discreta..,, habría mucho que ha- 
blar: es fuerte cosa absolver asi auna pecadora tan ira- 
penitente. Galdós atendía, sin duda, A su conciencia de 
historiador y novelista, y halló fácil otorgar la miseri- 
cordia de que Cl mismo necesitaba, Porque el tipo de U 
dicha scftorano cede en materia de contradice iones 
los de Carlos y Salvador; la famo«i partidaria del alisoí 
lutismo se entretiene en facilitar la fuga de los rerolu- 
cionaríos, dice pestes del partido en que milita, y á la 
postre reúne en sus salones A la flor y nata del doctri- 
narismo moderado. 

I-os personajes accesorios no lo son tanto que A 
veces no ocupen por largo tiempo la atención de tos 
lectores: tal sucede con Pipaón, el cortesano venal; Pa- 
tricio Sarmiento, encarnación del progresismo candi- 
do, ignorante y populachero; Gil de la Cuadra y su 
hija Sola, D. Benigno Cordero, Pcpet Armengot, Sor 
Teodora de Aransís y otros por el estilo. La trama se 
desenvuelve con m,-ls rapidez ú inienciún que en Ih se- 
rie primera, y haj* allí, no uno. sino muchos pnKtjes 
abiertamente románticos por lo ideal y cxtraflo de In.s 
avenruTds, y desembozsidamente revolucionarios por la 
tendencia. No niego que haya podido exLstir ese mons- 
truo de hcnnosura, de hipocresía y de crueldad que ha 
querido encerrar Galdós en un convento, pero la ale- 
vosía calculada con que procura la muerte del cabeci- 
lla os inverosímil; sólo puede creerse en su posibilidad 
como se cree en el de las aberraciones humanas. 
Galdós da al traste en esta serie de los Episodios na- 
cionalefi con la seriedad, con la buena fe y con los 
procedimientos de observación directa, p;ira deslum- 
hrar con otros que no me atrevo ¡i definir, convirtién- 
dose en imitador de Kemftndez y González y Ay 
de Izco. 




BR EL SICLO XIX 501 

La lectum de una ubra tan imperfecta sólo nlcitn- 
zara Á satisfacer el gusto de Iüs que en ella busquen un 
entreten imien 10, bueno ó malo, sin detenerse en Incon- 
secuencia de los caracteres, y en otras cualidades que 
no sean el interés burdo de la intriga, y el vertiginoso 
espejismo engendrado por la sucesión y variedad de Ijis 
decoraciones. 

Demuestran los episodios tiacíoHoJes una fccundi< 
dad ú toda prueba, como que constan de msts de siete 
mil píiginas y se escribieron en menos de seis aflos, de- 
jando Ubres las facujtaUes del autor para alternar esta 
publicación con la de otras novelas todavía más leí- 
das y menos dignas de serio. Do/ta Perfecta, Glorio y 
Lafamiiia lie Lcóm Jíodr, trinidad esencialmente una. 
más que por la filiación artística, por el deplorable es- 
píritu y las abominables aspiraciones que representan, 
dieron U vuelta á España en alas de la celebridad, hija 
del escíindalo, despertando, no las conciencias dormi- 
d&s, como dicen ciegos y sistemAttcos admiradores, 
sino los fatales gérmenes esparcidos, en hora mengua- 
da, por el soplo de las revoluciones. 

Dotla Perfecta ' es el cumplimiento del programa 
CD una de sus partes; es un conato infeliz que tiende A 
demostramos la incompatibilidad de la fe católica con 
los deberes maternales; y no se diga que semejante pro- 
pósito no estJl declarado allí, porque lo está de hecho 
y de un modo inequívoco, iwsc A todas tis alcnuacii>- 
ncs y reticencias. ¿Quí significa, si no, el principal 
personaje de este drama sangriento? Para quien no 
cierre los ojos A la luz, dona Perfecta no es un tipo 
ideal y escogido al acaso, sino que representa y supo- 
ne otros muchos en la intención del autor; y digo sola- 
mente en la intencíAn del autor, porque en la realidad 
no se ven s¡n«i muy conuida^; veces. Y si es un mons- 
mio una madre que p;int n:ula liune en cuenta l:t feli- 



■ UntiriiL mra 



502 



LA LtTEBATntA ESPASOI.A 



cidad de su hija, iqué diremos de las peripecias que 
dan vida A la narracíún, y muy espc?ci:ilmente del ase- 
üínato de Pepe Rey? Yo no creo que haya presencia- 
do un ca.so parecido el novelLsta; pero, aunque así fue- 
ra, ;cdnio no reparo en que una novcLi con ínfulas do- 
centes debe ame todo no desentenderse de la lógica, 
como íl se desentiende, ni demostrar la regla por la 
excepción, la inirinsec:i maldad de líis creenciiis por los 
supuestos crímenes de algunos cre5'entes? Todas las 
figuras de este escenario, que debía colocar el autor en 
Sierra Morena, son indiscutiblemente absurdas, y por 
serlo tanto no permiten fijar la atención en tul cual be- 
lleza episódica. Rosario, la novia de Pepe Rey, encabe- 
za la serie de esas heroínas sofíadas por Guidos, cu\-a 
personificación, tan tristemente célebre, no dir¿ en lu 
literatura, sino en la crónica escandalosa de Espai^a. 
Ue\'a un nombre para nadie desconocido: se llumi^H 
aorta. ^^1 

Cuando apareció la primera parte de esta novela ', 
lanzaron un grito de triunfo los periodistas y gacetille- 
ros de la revolución; aquello fue un echar Iils campa- 
nas á vuelo y la casa por la venfcma, una orgía de elo- 
gios, compstracioncs y ditirambos, l^o que no alcanza 
el mtfritn de los Episodios nadotialcs. lo alcanzaron las 
tendencias disulvcntes de Gloria, y una oleada de po- 
pularidad vino A levantar sobre las nubes al desile en- 
tonces adalid de la heterodoxia en la novela, al ene- 
migo ardiente del dogma católico y de nuestras costum- 
bres tradicionales por él informadas. 

T?asta anunciar el argumento para ver lo que hay 
en ól de fantasmagoría ideal inventada A capricho, y 
con proi>ósitos muy ajenos al arte. Gloria es una joven 
inquieta y descontentad i xa, por no decir más, á la que 
sólo falt» el birrete del doctorado y los pantalones 



■ MHdríd. 1S77. 



I 



EN Bt' SIGLO XIX 303 

podcf entrar en los Academias y los Ateneos; es el «i- 
pirltu de la contradicción y la peU^uilería, Trente & U 
candidez y el apocamiento encarnados en un tiu suya 
obispo, por nombre D. Ángel Lantignia, que habla con 
ella de teologías, laíitudinarismos y otros exrC5ios. El 
hermoso ángel con faldas tiene tanto del serafín en el 
omori^mo de querubín en la ciencia, y htíte aquí que 
se presenta en Ficábriga (pueblo de la geografía moral 
lindante coD los cerros de Ubedii y las Batuecas) un 
descrracúido niíufriígo, judio por miis senas, que al ele- 
var sus ojos A Gloria encuentra... cuanto deseaba.. De 
estos amores resulta lo que era de esperar: una ciLitu- 
ra, que es el cuerpo del delito, choque entre la pasión 
y los intereses religiosos, lances romAnticos en que el 
novelista siempre se pone, ya se ve, del Ijido de los 
inocrutcs, y descarga tajos y mandobles contra el des- 
carado /artaíis tno. 

Los caracteres, que son en su mayoría de brocha 
gorda y sin ningün atractivo, represenlíui. pant la críti- 
ca racionalista, todo lo que su autor pretende, resultan- 
do de uquJ, según ella, una aitástrofe inevíuible, bellí- 
sima y de signiticacirtn profunda por lo mismo que no 
está busc^du ariiñciosamente, sino fundada en Ui reali- 
dad de las cosas. Encomios tales no tienen fundamento 
ni disculpa; porque ¿dónde cstíl el necesario enlace 
entre los amores trAgicosde Gloria con Dimiel Morían, 
y Ia verdad doíimUtica, intransigente de suyu-* ¿\o se 
TC que por csic camino se pueden escribir send'ts obras 
contra todas y cada «na de las virtudes, sin excluir el 
pudor y la decencia, pues ambos se oponen muchas 
veces á loe deseos de una pasión? Por otra pnrte, jquí 
gentes y qué cosas uin extrufias y nunca vistas las de 
la famosa novela! ¿Cómo admirarse de los desatinois 
que se propalan en el Extranjero sobre nuestras cop- 
tumbres, cuando esto escribe, no sé por qué, un hom- 
bre que hiice profesión de describirlas y de tan robus- 
to y eminente ingenio? Con razón aobnuia dice Me- 



Mi LA rJTERATUttA BSTaSoi.^ 

nénácz Pclayo ': 'Gloría ha sido traducida al nlcmAn j 
al inglés, y no dudo que antes de mucho hiin de to- 
marla por su cuenta las Sociedades bíblicas y repartir- 
Ih en hojitas por los pueblos juntamente con el Atuirés 
Dumt (novela del género de doria), la Auatoutfa de 
ia Misa y la Sah'aaóii del pecador.^'' 

Mudados los nombres y alpunas circunstancias, Im 
familia de I^ón Rock * es hermana j;:emela de Gloria, 
salvo que el lonflicto se supone entre dos esposos: él 
virtuoso, simpático, y al tín librepensador {porque aquí 
son sinónimas estas palabras), ella católica ferviente 
con ribetes de pscudo misticismo y cncmigra de jioi 
dades en materia de rcliítiún. A haber hecho una hl 
tona fiel y que retratase de algiSn modo las creencii 
tuyo proceso forma, debería Gaidds poner en el cora- 
z<>n de Marfa Egipciaca el amor paro hacia su espoB 
eterno y superior íi todas las vicisitudes, que es en 
Cristianismo precepto escncijd, consecuencia y saX\ 
jlfuardia del matrimorio; pero entonces, '[en dónde ha^ 
llar esas altas lilosofías y esos pujos de reforma soi-ia 
Así, pues, mutila y desfigura torpemente la imafjfen < 
la verdadera esposa cristiana, la eleva .1 las regiones dp 
unsí vida mística, falsa y concrahecha; hace surgir de 
aquí la enemistad entre León Roch y Mitria, echando 
sobre la última codo lo odioso, y dejando para el pri- 
mero la rcsicnación y el desinterés, introduce 
nueva amante que le asedia con su carino hasta obli- 
garle ó infringir sus deberes; pero el adulterio no se 
con.suma, y el héroe se concilia con su consorte, cu] 
mpido fallecimiento viene á renuitar tan larga cadci 
de desventuras. Yo no sé si esto es una apología del 
vorcio en circunsbmcías apuradas, 6 una rcprobac 
de la vida ascética; poro de fijo es un libro de proj 
ganda ímpia en que el arle entra por mucho mem 
que la teridettaa. 



• Midr14. IHrR 



ex BL sKxjy XIX 90& 

V basta de enf^enüros amafludami^ntc tra<u:enden- 
lales, porque el Oitolici*ínio y la moral no necesitan de 
mis defens;i5, ni es ^ste lugar para semejante género de 
discusiones, que me impide prolongar la índole parifica 
de Marianeta *. Así Intitula Galdós un estudio de ínti- 
ro<i y dt'I¡<'ad(i análisis, que recuerda los do algunos 
(frandcs maestros, pero sin incurrir en el plagio, ni si- 
quiera en la ÍmitacJ<:^n; estudio que exornan los arabes- 
cos y filigranas; literarias, y los tesoros del sentimiento, 
de la poesía y del estilo. 

Marianela es una cria tura 'nacida en la miseria, y en 
la que los tesoros del espiritu, la discreción, la agude- 
za, los instintos elevados y las aspiraciones generosas 
tienen por cárcel un cuerpo ruin y despreciable; y 
como comprende, así el valor de entrambas cualidades, 
como el desnivel con que se encuentran en su persona, 
se Índif::na consigo misma y considera A todo el mundo 
con derecho A hacer otro tanto. Tierna y apasionada 
hasta el delirio. llega A amitr como ella sabe al scflorito 
Pablo Pcnitguilas, ciego, de quien se constituye en in- 
separaMf compañera y fiel ayuda, obteniendo igual co- 
rrespondencia y amor. Ansia PaWo recobrar la vistji 
par adminir d la que ijl conccptda la más hermosa de 
las mujeres, vislumbrando pur la del alma la hermosu- 
ra del cuerpo: la diestra mano del mtHltco comienza la 
obra, que llega á término dichoso; pero ¡oh dolor! 
coando parecía irse íl realizar el idilio, se coni'iertc en 
lúgubre drama. La protección tierna y cariflosa con 
que la prometida de Pablo fiivorece h la pobre huérfa- 
na es como ruin limosna en compensaciíin de un gnm 
tesoro perdido, y el amor de la virtuosa Florentina á 
su primo traspasa como un dardo el corazón de Ma- 
rianela, que sucumbe por fin al peso de la desdicha y 
la vergOenza, asesinada por los ojos de Pablo. Todo 
esto, descrito con pasión y viveza casi Uricns, lleva h1 



• Uiulr i. tgi*. 



506 



LA LirratAruHA. espaSola 



almn .ilgo así como nunor lejano de sinronfu cxtriifta y 
melancrtlifn, sensaciones y rellejus de la vida del espf- 
riíu, ondas de luz descompuestas en mil Uiíerentes co- 
lores, que juntos vienen A confundirse en uno solo si- 
niestro y espectral. 

El espíritu de Mariaiieiu es pesimista, cuando me- 
nos en el deKcnliice; jorque si el [x^simismo no consiste 
en descubrir los antinomias y contradicciones de la 
cxL<ttencla cuando son reales y positivas, las sombras 
del cuadro esi.^n recargadas desmedidamente y de pro- 
pósito, quedando en la n:trntción un vacío profundo, de 
esos que sólo se llenan con la esperanza cninquila, ma- 
dre de la rosipnación, y por faltar esta luz vivísima 
result¡tn tan lóbrci^üs y desconsoladores el amor y la 
muerte de Marianela. 

Del desaliento malsano pasó Galdós al naturalismo 
A la francesa en La desheredada *, cuya liliacíún por 
esta parte no cabe poner en duda. Isidora, víctima de 
sus aspiraciones y de las injusticias humanas, luctianUo 
por reconquistar un título de nobleza cuya posesión 
cree pertenecería, y i>crdicndo con ísta todas Iils ilusio- 
nes forjadas en su fantjtóía. pobre criatura envenenada 
por las heces de la dÍsoIuc¡<Vn y la desgracia, pcrii-tT-'-t- 
á CSC infierno social explorado por Zolay sus imiiiu!?- 
res, bien que no les siga Pírez Galdós en los refina- 
mientos y rrudezas del estilo. 

Ei amigo Manso * es producción más espimtAnca, 
en cuyo proti^onísta quizás se propuso et autor tra- 
zar los planos de una reconstitución de la Etica con- 
furme al espíritu de las teorías modernas, sustituyen- 
do la vrrtt:d iTÍstíana por la virtud filosófica. Míiximo 
Manso se consagra á la educación de un joven que 
llega .1 adquirir renombre brillante, y al amor do la 
mujer misma hacia la que siente su maestro una incU-, 



* Hulrtd, UN. 

■ UodrU. tan. 



nación poderosa é irresistible, sacrí6cada en obsequio 
de la felicidad ajenü. S«rá sólo conjetura mta, per» 
aqttí hay vislumbrcí de moral laica e independíente; 
el hi^roe de Caldos obedece menos al catecismo que 
al imperativo categórico, y aun por eso resulta, no- 
del todo inverosfmil, pero sí de hielo (i estuco, sin esa- 
oficacia persuasiva, incompatible con el egoísmo de la 
virtud que vive de fórmulas rígidas y deberes abs- 
tractos. 

En las tres obras sipuienies de üaldós, JlÍ doctw 
O-Htem (1883). Tormento (lííÉW) y J^dP ffr/«i'rt.'t (1884), 
resalta más el entronque de los personajes y aun su re- 
petida aparición en escena, que hacen de las Xoivlas 
t.tpAíiotas (OHiemporátii-as algo asi como La comedía 
Jtuwana de lbl7:ac y Los Rottgott-Aíacquart de Zola. 
£7 doctor Centeno es un dechado de análisis psicoI6- 
Igico» que á veces se extrema hasta raus;tr fatiga. En 
Tormento se complican los hilos sueUo:> de la narración 
«ntcríor. y los amores del clCrigo A palos, D. Pedro 
\ Poto, transformados en dcis'ríum tremáis, se desenvuel- 
ven con lujo de brutales y cínicos pormenores. Ampa- 
Iro, el ídolo de Polo, es noWa del inexperto y riquísimo 
Agustín Caballero, que no puede hacerla su esposa y la 
hace su querida. La de Brhigas retrotrae la acción 
unos cuantos aftos, hasta los en que enin niA>is, aquella 
^faría Egipciaca y sus hermanos, con quienes hicimos- 
contx'imiento en La familia de León ftoch. En Rosalía 
Pipaón, la protagonist:!, se proyectan juntas las som- 
bras del luju corruptor y de la infidelidad conyugal, 
cruelmente castigados por las recriminaciones de una 
I prostituta, ante quien se ve precisada ¡1 humillarse la 
I esposa de Uringas. 

Cuanto TnAs se ax-anza en la lectura de la colección, 
lAs de cerca se tocan las hediondeces del nniuralismo, 
el propósito de convertirla en archivo de crisis ner- 
rfoaas y vicios patológicos, en crónica de una sociedad 
inómica y corrompida, sombrío panorama de dolen- 



ÍS08 LA tJTKKATURA ESVJiüOlJt. 

cias morales, y galería de hestias humanas, en las que 
6 sobra ó se oculta del todo la existencia del espíritu. 
La impiisibilidad del novelista cede alfíiina ve/, el pues- 
to A la inducción doctrinal, inspirada de ordinario por 
la Fisiolopia pura. 

La relación autobiográfica de Lo prohibido ', mala- 
mente considerada por alguien como un himno d la vir- 
tud, celebra s6\o las ventajiís del temperamento síino y 
el equilibrio de los humores. De tres hermanas ¿ quien 
intenta seducir un primo suyo tan llcnu de pasiones 
bestiales como de ríque^uts, ríndcnse dos al que en nino 
ataca los desdenes de la tercera. Examinando 6, Eondo 
la resistencia teníiz de Camila y la gríidación con que 
se exacerban los deseos del recuestador, asistimos á una 
lucha muy humana, pero nu £1 la cxhibici<>n de un ejem- 
plo que sea para imitado. / 

lin los cuatro volúmenes de Forttmaia v Jacinia 
(Dos historias (te casadas) * se explica bien el criterio 
moral y estético de Galdás á vuelta de interminables 
genealogías y amplificaciones. Entre Fortunata, la que- 
rida de Juiínito Santa Cruz, y Jacinta,.su verdadera es- 
posa, representa aquélla el amor vcdjido que no se ol- 
vida y siempre parece g:ratjú, y su rival la monomanía 
de la maternidad junto á la indulgencia mt-ls 6 ipenos 
patente con los extravíos de los dos adúlteros. Con 
las familias de Amáiz y Santa Cruz alterna en impor- 
tancia la de los Rubín, en cuyos tres vAsisigos (Nicolíls 
el cura, Juan Pablo cl carlista convertido á i'ruudhon, 
y MaxI el Quijote infeliz que intenta ta redención de 
Fortunata y la hace su mujer, viéndose de ella bur- 
lado) clava GaJdds encaraizaJamente la punta de su 
escalpelo y luce sus habilidades anatómicas. No nece- 
sitaba tratar con tan san^icnto desprecio al pobre Ma- 
xi para estudiar su locura, que, por cierto, estít muj- 



• Madrid, 1089. 



GM EL SlCtM XtX 509 

bien pintida. No sé si decir tú mismo de la cosa de 

» recogidas y de los tipos accesorios, dofia Guillerminii 
Píichcco, doda Lupe, González Feij6o, el escoptico ca- 
larera Moreno-Isla, cl anplómano galanteador de Ja- 
cinta, losé Izquierdo fPíatótt). HstupiflA, etc. En el de- 
inirso de la novela se suceden primorosas vistas de 
Midríd y de In vida de la, corte, y es lAstinaa verlas 

■ deslucidas por las espesas manchas que sobre ellas 
B arroja el sensualismo leOtl y pornográfico. 

■ .ifiau ' debe considerarse como un juguete labrado 
por el genio de la íronia, que asoma su faz desdeñosa 

Iá la morada triste del cesante. Las páginas consagra- 
das á los ensueños de Luisito Cadal<»), el nieto de Vi- 
Uaamil, se diferencian considerablemente de las que 
escribió Diclícns en David Coppcrfiehl con cariñosa 
solicitud por los intereses de la infancia. 
La iticáguita ' y La realidad ' acumulan nuevos da- 
tos para el conocimiento de Madrid íntimo y la bisto- 
rin dr la proslítucirtn, asi Iji del hurdcl como la apnren- 
I (emente honríida. Kntrettíjese la primera novela con una 
serle de cartas dirigidas por Mhnolo Infante JÍ un tal 
Equis, A quien comunica sus impresiones y la descrip- 
ción de las personas que ordinariamente trauí. El autor 
de las cartas csti^ cnamonido de su prima Augoista, la 
esposa del inefable Ororxo, A quien se la disputan 
(aitibién HITOS amantes. Uno de ellos, Federico Viera, 
aparece muerto, no se sabe si por suicidio 6 por asesi- 
nato, hasta que presenciamos lo primer» en RmUdad. 
La forma dr;im;itii'a de esta novela da Ui^ar ¡i muchos 
inconvenientes v inverosimilitudes; p^Tu, aun admi- 
Ufándolas de grado, no bastan todas las trascendentales 
filosofías del mundo para justificar caracteres tan ex- 
traordinju-ios como el de Viera, esclavo del honor y 
ciiballero .andante de la moralidad, al par que vicioso 



• MadriJ. iw«. 
■ lUdrid. \9fí. 
> U>.1ib1 li^t. 



por ixtriíUa Joble, y el de Orozco, que resuelve la anü- 
nomiu del bien y el mal en 1h síntesis de un ideul abs- 
tracto y un estoicismo burdo, que suprime la sensibili- 
dad y dignifira la culpa. A Orozco oo le parece mal que 
su esposíi la haya cometido, sino que se nieg'ac á coa- 
fesársela, y al hablar con la sombra del difunto Viera 
hace la apología del amor libre. 

Tres volúmenes en S.°, de 400 pAeinos cada uno, 
forman la última novela ' que Gald6s ha socado de su 
in-odigrioso telar, y en la qnc no desmiente ni sus afi- 
ciones de observador sutil enamorado de las micros- 
cópicas pequeneces de la vida, ni sus alitfdcs de psicó- 
logo con puntas de hipnotiriidor, que busca en l.i-s alu- 
cinaciones y pesadillas los secretos 6 intimidades de 
la conciencia, ni so volterianismo de escalera abajo, 
que esgrime el estilete de la ironía impusible, más bien 
que la espada de las convicciones hondas y fijas, ni su 
temperamento burgués reñido con toda luz de ideal y 
todo asomo de elevación y grrandcica. 

La biografía de Attgeí Guerra es la del hombre 
desequilibrado, hOroé de aventuras quijoieíM-as y utó- 
pica-s que &e bate como un bravo por el triunfo de la 
república, y por no renunciar A. sus opiniones vive 
alejado de su anciana madre. Al morir ella, y tras bre- 
ve lapsM de tiempo la niña O'óu, hija del ideóloifo de- 
mócrut:i, concéntraiíe el caríflo de t*sie en Lrr¿ ó Loren- 
za, la in.'ttiiutriz que habla sido de Ción, y & quien en 
vano hace Ángel Guerra proposiciones de matrimonio, 
renunciando íl vivir con su querida Dulce ó DiHcenom- 
bre. En Toledo, adonde se trasladan los principales 
personajes de la rnirración, toma Lerú el habito Uc 
monja del Socorro, sin que por esto cesen las visitas 
de su platónico adorador, que la consulta y la oye 
como 11 un oráculo, 1-a intimidad va en aumento cada 
día, y de esta aproximación de los espíritus y de la 



Jafti (/Mr/u Modiid, t8M. 



KM ti. SIGLO XIX 511 

atntósfem mística conque envuelven al antígno revolu- 
cionaria los TTCuerdos seculares y las pompas litúrgicas 
de \íi ciudaJ de los Concilios, nacen en íl un nuevo 
estado de alma, un sallo atrfls interior, un reverdeci- 
micnio de las creencias catúlicas, fomenindas por la 
insinuante r dulce frase de LerC-. Ángel Guerra se 
Introduce en los senderos de la perfección cristiana, 
llevado de la miino por el serafín de carne, A cuyo inílujo 
no acierta íi sustniersc, yllofra á aceptarla proposición 
de hacerse ck-rigo y fundador de una confraternidad 
benéfica. Al realizar su épico cnsueflo de caridad tro- 
pieza con los sarcasmos de la maledicencia púWica y 
con liL ingratitud de sus mismos favorecidos, dos de los 
cuales, en connivencLi con otro menos valiente aunque 
no menos infame, sorprenden en un asalto nocturno & 
Aneel Guerra, intirit^ndoledespués de robarle una heri- 
da quc le acarrea lii muerte. 

Los escarceos y digresiones infinitos de que va sal- 
picado este sencillísimo argumento; los rtrholcs genea- 
lófiicos que parecen formados para impetrar una dis- 
pensit de consanguinidad en causa de matrimonio futu- 
ro; la ebullición de seres humanos que se cntrccnizím 
por las piSginas de la novela como ejército de infusorios, 
y In indecisión, por no decir heterogeneidad i inconse- 
cuencia, de los caracteres, contrastan con el vigor de 
las descripciones puramente plásticas de personas y 
cosas, y con hi vibrante harmonía y la (legibilidad del 
estilo, en el que se rellej.tn las mAs intrincaJias sinuo- 
sidades del mundo psicológico, y las mAs fug¡itv:L*^ im- 
presiones de la realidad externa. Es decir, en términos 
concretos, que los accidentes valen aqui mucho mAs que 
el fondo. 

No Uay m:inera de disculpar, por ejemplo, lus con- 
tradicciones que ofrece la conducta de Ángel Guerra 
dcspuc^K de convertido, ya entregándose & los arrebatos 
de la piedad mrts exaltada, ya diciendo ni cura D. Juan 
Casado im montón de disparates y herejías, y con- 



(e&ándosc como de cumplido cuando se halla A las 
puertas de la eternidad. Menos aún se concílx: que 
Lcré sostuviera relaciones íntimas con quien en rigor 
nunca dejó de ser su amante y muy por lo humano, 
ni que se las consintiesen en una comunidad religiosa, 
ni que L-n el clero toledano existan los ítfios cJu^iLUtu- 
rescos retratados por el autor de Ángel Guerra, que, 
A fuerza de recargar las tintas y prodigar los ptumeno- 
res, rinde parias A un idealismo extremoso y de la peor 
especie. 

No tardará en acrecerse la enorme suma de novelas 
que de veinte aftos ;icá ha producido el seflor Pérez 
Galdós con fortuna creciente para su bolsillo y su 
fama. 

ó mucho me equivoco, ó estamos enfrente de un 
novelistíi que, por su manera de ser y de escribir, se 
apait;i infmito de tas condicíoaes artísticas y aun étnicas 
que distinguen il la Htciatura castizamente española. 
Caldos tiene del tipo de sajón la impasibilidad fria y el 
humor aristocrático, desconociendo el entusiasmo cor- 
dial y la risa franca de Pereda y Fernán Caballero, En 
Caldos imperan las facultades intelecmales sobre las 
afectivas, cuando no las anulan; ve muy claro y sicoic 
muy poco; se exalta con la imaginación, no con la vo- 
luntad y con los nervios. Aunque ingk-s por tempera- 
mento, no se confunde con Dickens y Tackeray, de los 
que le dividen muchos rasffos de carácter personal, y, 
sobre todo, el abismo naturalista. La sociedad que le lev 
no es escrupulosa como la brilílnica, ni le impone la obli- 
gación de instruir y moralizar. 

Difícilmente se juzgar/l li Caldos sin mezclar de 
alguna manera al hombre con el novelista, ya que él 
ha elegido una bandera ú cuya sumbra milita, convir- 
tiendú sos Libros en arma terrible de combate. De ahí 
los apasionamientos con que se le cn.salza ó deprime, 
considerrtndole unos como imitador vulgar y otros 
como insuperable muestro. Yo, que he reprobado con 



RK EL SIGLO XUC &I3 

' energía sus pecados naiuralisuis y docentes, que no des- 
[coRüzco lo grave de sus tropiezos en el fondo y en elcs- 
lUo, me coloco desde luego entre los admiriidorcs de su 
ingenio. 

Que es grande y fecundísimo el de Pérez GaldÓs, lo 
cstAn diciendo muy nlto tantas producciones como han 
brotado de su pluma en espacio de tiempo rclaliviuncn- 
te breve, y. que de valer desigual, y muy raras veces 
extraordinario, forman en conjunto el retrato cabal, 
falsiñcado ó trechos, de la España contemporánea . 

¡Lástima que tan poderosas fuerzas se hayan empe- 
i fiado en luchar illa desesperada contra la religUin, el es- 
píritu y las tradiciones de nuestra raza, esterilizándo- 
se pora el bien y prestando sombra ü todos los errores 
y miseriiis encubiertos con el profanado nombre de li- 
bertad; Evidentemente, si alffiin fruto de arte legitimo 
y duradero cabe esperar del insigne escritor (y cabe aún 
esperar muchos), no ha de nacer, no, de los caprichos 
trascendentales, ni de los procedimientos de foiogrHfí!» 
realisut, sino de la Iut: indeficiente que comunicim A las 
obras de arte las grandes ideas. 



TOMO u 



33 



■3— 



t 



«n-Tj^-í 



CAPÍTULO xxvm 

LA NOVELA CONTEWORAKEA (CONTINUACIÓN) 



i>»r«<lk t. 



BiRv podemos pcrdúTiHr el sinnúmero de rapsodias 
insulsas de que se olimentú por largos aftos el ge- 
nero de fostumhres, sí se considera que A él se 
deben las obrají más lozaniis de Fernjin Caballero y 
liis delartisui insigne de quien voy .-I hablar, no con 
t:i amplitud y la competencia que él se merece. Tanto 
como novelista, y suponiendo de contado que entre 
las dos denominaciones na hay opi>R¡cÍrtn, sino casi 



* D. Jai4 Marli ób Penda n*<ia tti PfffuKo, pT«*l(id* ét SAntMMbr, ^ 
lau Cuniú U witiinda casrflanta «a Siifiiflndcr, y iomcsmI cb la «anc U ca- 
mrta d" titcmlrní civil. A la cut hobo de prcÍLtlf «I Ubrr y njmMeimáa nJicA 
Ib bcllcta BitliUcA. NnJa •leitnrtlctilar úlrtct'Ha vtda hmiii l> pu1>lk'u:t4n iV 
Uft Burruit /tmitai<*»t 'I9M1, óooJc »c lUO A •¡•taovit íoon r-..-t)iur lí' cwiíinii- 
tirpt- Cntiiianlcntulc ■Ictudí dcln pniltlL-n. lumO. •.'on loilo, potiu dr 1 1 <rTi^< 
rln cmtlIMn m ti ConifTeíO unir» de atHllur lu wnmida fncrr» civil. t_íi. ■ i 
l«rvlenlcy JucBo de unA gr^n f^rtuan. rivc rrllrado tm iMfoiiAii oatAl. >lM4r 
caerte >u> ni4rnTl1lo»ni obnuporMaor aj an< rstn ntojcun SnatlIttaH*. Sa 
id bombK fcUc tiac ciitit burlan y vcnu noa ildcrlbtd Horvcfo.— Cono bloKra* 
flajwioanniJafcatwTloráTlcliltaJcKk iMano», W«aedtaapvo~panpKDft- 
>tl« lo Jcw;on»{c— rl b«>'«io de Pcrolu •iix: tiaaA, por vía ik fraioipi i Cl «bar 
<li ht tlerrwM, el plncci dlscretlalniv dt- Ptrcí Gnld^^ •... o Aniabix nKitno f 



identlUad, es Peretla un gmn escritor de costumbres, 
DO s6Io en los cuadros sueltos, donde no tiene lucrar la 
duda, sino en aquellos de sus libros en que U unidad de 
la composición pudiera obscurecer la importune ia de la 
porte dcstriptiva y episfkUca. Juzgar el Don Gonaalo, 
E¡ sabor de la íi<rrH<a, Pedro Sánchea y SotUesa por 
la originalidad y los atractivos de la fábula, sería un 
error imperdonable; como que cabalmente por la aplica- 
cxim de este criterio no entenderá jamAs ni á Pereda, ni 
A nineuno de nuestros verdaderos novelistas, el vulga- 
cho admirador de Feroilndez y GonziUcz y de su per- 
versísima escuela. 

Si fuframi» á creer en engañosas aj-ciriencias, y en 
la sinceridad de algumis declaraciones que van al fren- 
te de los libros de Pereda en forma de prólogos ó de- 
diaitorias, le cunsiderarlamus discípulo de Mesonero 
Romanos, de Trueba, de Feruiln Caballero... ¡ilusoria 
espejismo de perspectiva! El es hijo y educador de sf 
propio, y el sello de indiridualidad omnímoda que ad- 
miramos en sus obras basta para desvanecer cualquie- 
ra sospeiíha en contrario, muy explicable adem/is por 
las circunstancias en que hizo su primera presentación 
ul público, y por el sentimiento de gratitud que con 
lazt^n manilicsta ú sus encomiadoros , bautizándoles 
con el dictado de maestros. Lo serían, á lo sumo, en 
cuanto libaron A inspirarle la conciencia de sus apti- 
tudes creadoras, no en trazarle derroteros por los que 
niuica les siguió. 



«•MllMMdoYiltrccnlamianta, cDfi bl|«i«y pcriUn. Ac «« cftewr ^■■ ■■«ln- 
•lamcats cs»>nal )- <rrvanm<o. Torc un tct rato vtja buena ptniutm y ecatll 
cAbru. van voloaa y roi)4Ua. al l-obI » hn:ewirio Jar t\ tratamtaiui Je luaiW- 
TtsModiMeJp lrnipcfBin<«lo> ncrvloví}*. luy i|Ue poalcrpirlM a Indn^paní 
4mx dlptoflU d< hwiL'ii ■! de ofti HoUxv, a quien (ircBentemoitr n pndco ttiven- 
4rt canta • (on nino* panifocielc ipillen tie la cabe» mil aprtnilanrt y nu- 
iiUu. May folra In Aic« qoe InJat tutxti* raéniuM ooo preir'^tn Jle U pcrna. y k 
1v nvela p*ra enraiic mía nKilItliui «llamcfibi provtn:ti<i*« para el •n'illiM. ei 
ifecli. HM « MBU media oiUlar -k i,-«arUlla» y !(■« no> bapi man m«cU.<- 



516 LA UTCRATiniA BSTASoLA 

Corrían con aplauso universal los libros de Truebu 
y de FcmAn Caballero cuando Pereda comenzó á es- 
cribir cl primero de los suyos en el orden cronológico, 
\as Escenas tfwataiiesas (1864) ', que tardó mucho en 
ser conocido y apreciado fuera de la provincia de San- 
tander. No hay dificultad en la explicación de tal injus- 
ticia; como que lo incógnito del escenario y del autor, 
d realismo franco de que éste alardeaba dentro de 
justos límites, y la fisonomía de aquellos híroes mdos 
y andrajosos, eran más para herir á la rutin;i que íi la 
curiosidad, principalmente por no ser cosa de allende 
los Pirineos. Cuando Pereda hacía insertar, seis años 
mils tarde, sus típicos bocetos en la Resista de España 
(La mujíT (¡ei César, Las Brujas, elc.l, eran contadísi- 
mos los que conocían su nombre, aun entre la ^ente 
de letras. Y no obstante, en concepto de un juw tan 
irrecusable como Meníndez Pelnyo, nada ha producido 
el autor que supere & La leva, que figura ya, con otros 
diamantes de exquisito viilor, en aquella obra íRnora- 
da. En La leva es donde por primera vez hacemos co- 
nocimiento con Tremontorio, esa soberbia figura ar- 
tística que hubiera envidiado Shakspeare, Rin asido 
al tcrrufio de la mar como la oscm á Li peña, y en 
cuyo entrecortado, enérgico y pecuüarísimo lenguaje 
se adivina toda una raza. Cuantas veces le ha hecho 
hablar el novelista (porque vuelve í\ aparecer en obra.s 
posteriores), otras tantas creemos estar frente & un 
hombre de carne y hueso, costando no escasa violen- 
cia cl disipar la ilusión. Bien que del todo no lo es, ni 
cabe que en una ú otra forma dejara de existir el viejo 
y honradote marino que tanto nos conmueve y enra- 
rifia. Como en el gríncro de La ¡wa ha escrito despufe 
el autor mucho y muy bueno, interrumpo la tarca para 



* Sc tian laiprt«> en la «UcMo conrpleM de mii 0>nw. La t^suulaHrkil 
tan OíotM \a.\\b il IBC en 1:871 ctm vi iiiula de Tfpo» tryolufA. 



BK EL Sir.LO XIX 517 

copiar unu parte de) prólugü de Mcnéndcz Pcluyo, en 
que ¿stf encomia otra.s tentativas juveniles de su g)i>- 
riosu paisano. 

"Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasio- 
nados son los cuadros rurales, en cuya riquísima serie 
descuellan dos verdaderas novel;is i)rimorosas y acaba- 
das aunque de cortas dimensiones: Situm citiqun y 
Blasones y talegas. Entre los más breves no se sabe 
ouúl esct^er, porque totlo es oro acendrado y de ley; 
yo pongo delante de todos Zm Rohta, Et ifia 4 de Ottu- 
bre y Al amor de los iiaones," "Entre la publicación 
de tos dos series de Escenas tuoftíafíesas —conimúa. el 
prologuista— mediaron muchos aftos. Todavía pasaron 
mAs antes que Pereda se decidiese ñ abandonar sus 
jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y ñ ensíuichar 
el nuHo de sus empresas imaginando fábulas de mayor 
complicación y cuadros m^ amplios. Hizo entretanto 
algunos Snsoyos (fra»i4iíi-os (verdaderos cuadros de 
costumbres en diálogo y en verso), los cuales andan 
coleccionados en un libro ya rarísimo; y pura pro* 
bur sus fucruis en trabajo de más empeño, compuso 
los tres narraciones que llenan el volumen de los Bo- 
íríos al iftiip/e '. AlU aparecitV por segunda vez la pin- 
toresca, ingeniosísima y mordicante novela de costum- 
bres políticas. Los hombres de pro, preludio de Do/t 
GoMsolü y glorioso trofeo de la única campjifln electoral 
y de la única aventura política de Pereda. Publicada 
esta novela en día de tremenda crisis y de exacerba- 
ción de los ánimos, y escrita, no ciertamente con par- 
cial injusticia, pero si con calor generoso y comunica- 
tivo b:ista en los durísimos at^iqucs que encierra con- 
tra el sistema parlamentario, aparecía en su primera 
edición un tanto sobrecargada de reflexiones, en que 
el autor, contra su costumbre, se dejaba ir á hablar 
por cuenta propia como en libro ó folleto de propa- 



M»4tia, UTt. 



518 LA LITERATURA SSPA^OUA 

j^nda... Se dirá que In novein sif^ic siendo política y 
que esto la üaíia; pero aunque sea cierto que Uis ideas 
políticas salen de los límites del arte, équl4?n duda que 
las extravagancias y ridiculeces de la vida pública 
caen, como todas las demAs rarezas humaníis, bajo la 
jurisdicción del sjiiirico y del pintor de costumbres? 
¿Por qué no ha de describirse una escena de club <> de 
comicios electorales como se describe una escena de ta- 
berna <S de mercado?" 

Conforme con este juicio de Menéndez Pelnyo sobre 
Los h(mU>rís de pro, y antes de entrar en la que él 
llama segunda época del frran escritor monraflés, men- 
cionaré la brc\-c colección de Tipos trattshuniauíes •; 
donde Pereda fotografió Uis htrtcrogíncas fisonomías 
de la colonia de tontos y desocupados que frccucrnt:in 
periódicamente, y con muy distintos fines, su provin- 
cia, desde el zafio campesino y el barbero ilustrado, 
hasta los aristócratas de similor y las cursis damiselas. 

Poco tanlaíxm en salir del telar /ti hury SHe¡to.„ y 
Don Gonzalo OottzáUz de la Gonsalcra ', libro aqtlél 
que desentona por muchas cauwis en el repertorio del 
autor, al paso que el otro es de lo mds auténdcAmcn- 
tc realista, de lo mejor pensado y esnito que hay en 
nuestra literatura contemporánea,. Ei bmy siivl/o, de 
asunto trascendental y \idrioso, como que reprodu- 
ce hasta los últimos pormenores de la vida del solterón 
epoista amigo de los placeres y no de las carfpis del 
matrimonio legal y como Dios ordena, descubre en la 
ejecución lo errado del camino que en mal hora esco- 
gió el novelista privado de sus habitualc^í recursos, 
del aire de la montada, donde tínicamente respira con 
holgura; del colorido y los aromas del paisaje; del 
mundo real cuyas imágenes llenan hatnpadoras su f:m- 
tasfa. Lanzándose repentinamente á otro ideal y al 



* SMUMlcr. 1077. 
■ Madrid, l87ll-tM% 



EK EL SICIX) XIX 519 

tMCto, cuyos misterios le eran desconocidos, la c:iida 
fue irremisible; Uw personajes, & fuerza de exagenicio- 
nes y grotescas pinceladas, se le convinieron en cari- 
caturas; la acción resaltó pobre y tin poco repii£:nante. 
GetIcÓn, Sólita, Judas, Caifas, Herodcs. etc., son fiífurai 
inertes y simbólicas con un simbolismo iriviiil que no 
convence ni interesa. En cuanto al pensamiento gene- 
rador y la Intención moral de la novela, sólo me atre- 
veré & decir que uno y otra debieron velarse alg^n 
tanto, y asi serían míls sobria la descripción de ciertas 
hediondeces y mejor preparado el desenlace. £/ buey 
suelto, con codas sus deñciencias y sin contar los pri- 
mores de dicción, contiene pasajes llenos de tis cómica, 
y está escrito por un maestro que no se desmiente á si 
propio en sus mayores extravíos. 

El DoH Con::it¡o le restituye A su natural elemento; y 
aunque sa visible tendencia HmnrK;ó á muchos directa ó 
indircct;imente aludidos, hubieron de desarmar A la cri- 
tica aquella serie inacabable de descripciones sin uicha, 
de sercíi-iípicos y esculturales, y aquella acabada pcrfcc- 
cióo en cl conjunto y los componentes. D. Román, el 
patriarca de aldea, encarnación de las virtudes tradi- 
cionales, del espíritu amplio y ¡generoso, que para todos 
da y á todos atiende; Don Gonzalo, el pednntón insu- 
frible, mezquino, incapaz hasta de lo malo, siempre que 
no es trivial y supone alg:unos alcances, con más torpe- 
zas en cl cniendimiento y cl corazón que oro en lus 
repletas arcas; Don Lope, carácíer excepcional y gigan- 
tesco, nu absurdo ni inverosímil siquiera, como podría 
haberlo sido en manos inh/ibiles; Patricio Ri^íüelta, el 
intrigante pHleto, cuya astucia serpentina suple con cre- 
ces los ardides retóricos de la erudición allc|;adiza y 
verbosa; Gorio, Carpió, Lucas..., todos son reproduc- 
ciones del natural, coloridas con el pincel de X'elázquez. 
\jx. farsa política en su vergonzosa desnudez, sin los 
engalladores trapos de púrpura que suelen encubrirla, 
nunca fue ¡i/otuda con t:in implacable crueldad, ni bra- 



5Q0 LA LltSRATtntA BSPAÍÍOI^ 

MK míLs hcrciilcoí* empuñaron el látigo de Jurenal y de 
Quex'edo. Bien conocia Pereda la historia de Coteruco, 
cuyos elementos imaginarios debieron de reducirse li 
un simple trueque de nomlires. 

De la rei'íproca dependencia de acontecimientos nace 
además un interés creciente y vivísimo: salvo la nota 
línal, que no satisface del todo, las mus cercanas A ella 
forman una sinfoniíi aterradora que raya en lo sublime. 
Los hilos de la narración se unen mAs eslTechamcme 
que en otras obras de Pereda, y es bien extraño que na_ 
lo aUvirüesen los que hnllan defectuoso en esta 
el Oon c:ou!:a¡o. donde apenas sc rompe la unidad de 
pu(i5 de b exposición, sin que por eso falte d los episo- 
dios la magia del pincel, tan insuperable, por ejemplo, 
en los diálogos de Carpió y Gorio, pora no ciiar ca| 
tulos enteros de la novela. 

F.n la que siguió inmediatamente ít Don Gonzalo 
Gon^dles de la GoHsalcra con el título Dr tal palo tai 
astilla ', tuvo el autor el honrado propósito (indudable 
si se atiende á las circunstancias en que se esrdbió) de 
neutralizar el escándalo producido en España por la 
Gloria de Pire?: Galdós, No es connatural A Pereda 
el géneni que ensayaba por primera vez franca y des- 
embo7.adamentc; pero sin salirse de los dominios del 
arte con la descarada libertad de su rival, arrebatán- 
dole los datos del problema, que igualmente planteaban 
los dos. aunque con contrallas tendencias, vistiendo 
galas pictdricas las arideces trascendentales, logró 
ceder A Galdós, digan lo que quieran los panegirisií 
sistemáticos. La concesión que A los adversarios Iwcc 
Galdós en la familia de los Lantigua ¿a muy infertor 
en generosidad á la de los PefiaiTUbia en Pereda; y sin 
discutir la verosimilitud de estos Últimos personajes, 
cualquiera ve que el carácter de Pcmando entra en ella 



« w&dríJ. tm. 



Kx n. SIGLO XIX 52t 

amcho mejor que el üel judío Daniel, y que todos co- 
nocemos ejemplares como el primero, mientras el sc- 
f^indo es rarísimo sobru todu pondcraciún, para no de- 
cir cnsuefto quimérico de la Fnntiisí». Y si Águeda es la 
virtud desabrida (no lo nejuraré del todo), ¿qut5 diremos 
de la pedantería y las locuras de Gloria? TOnjíiisc, ade- 
más, bien entendido que en Pereda es yerro accidcotnl 
lo que en Galdós necesidad forzosa, dadas la manera de 
ser y las condiciones de su hcroínií. 

Lo que justamenic se ha ccn<>urado en la novela ul- 
tratnoittnna es la solucióa del conflicto, que viene d 
desvirtuar la tesis del autor y casi resulta contrapro- 
ducente. El suicidio de Fernando, aunque se considere 
como tremendo castigo de la Providencia, produce 
en el ánimo una impresiún desagradable, y tiene un as- 
pecto de violencia, que hubieran podido evitarse con 
íadlidad. A quien no conociese las arraigadas y puras 
creencias religiosas del insí^e novelista, quizd 1c ha- 
rte sospechjir algo de transsicción con el enemigo esto 
golpe desesperado y de ¡stilvese el que puataf Cierto 
que la obcecacÍ<)n de Fernando nada lienc que ver con 
1» credibilidad de la fe; j^ero no faltO quien insinuara 
que Pereda había querido salir del atolladero cortan- 
do el nudo en vez de dcsittJirlo. 

Para Macabco, para las pinturas de X'oldccines y 
Pcrojales, en que sólo el autor sube excederse á si mis- 
mo, no puede haber más que alabanzas. En no abando- 
nando <^1 la tierm montañesa tiene que agradar íorEo- 
samcnte; porque la %nbracii3n del sonido entonces no 
tanl» parece suya cuanto inspirada por algún numen 
superior que de^di- el inmediato valle ha tendido el 
vuelo sobre su cabeza. 

Ignoro si Pereda quiso rt no quiso contesuir; pero 
contestó, y cun tunden temen te. en El ^^alior de la tic- 
TTHcn ' á los que le acusaban de seco, frío t incapaz 



t MBdrtd. im¿ 



522 LA t-itEKATuaA espaRola 

de hacer mentir las ternuras y enloquecimientos del 
amor, dcmostrundoque le eran tao conocidos los sccre* 
tos y el idioma del alma como el mudo y silencioso 
de líi niituraleza extema, que lo mismo sabe herir las 
fibras más sutiles y delicadas del sentimiento, que re- 
tratar los contornos y el colorido del paisaje. Y sin ne- 
ce^dad de recurrir á. los rctinamitintos que la cultura 
añade á las pasiones, antes bien sorprcndi^^ndolas <-n 
sus gérmenes y en su manifestación espontánea, nos las 
presenta vivas, palpitantes, en su virgen ó idílica puré* 
za, con )ii cncimtadom sencillez, patrtmctniu de lus lite- 
ratunis primitivas, <omo un nuevo Virgilio, ó más bien 
como un Teúcrito resuciuido. Cuando parecía sepulta- 
da en el olvido la poesta bucólica, t^l le infundió nuevo 
y vital aliento, despojándola del artificio cortesano para 
volverla .1 su nativa rusticidad sin afeites postizos y 
compostunus de mal gusto. 

Copias fifi uatural intituló Pereda d su liliro, y en 
esta denominación exact{s!ma va incluido su mayor 
dogio. Rl cielo inmenso y la dilatada llanura «ton los 
grandes testigos y espectadores de las esc-enas que se 
desenvuelven en las páginas de El esceMario, A niúiio 
de sinfonía, Vtia {iesfioja. etc.. etc. En cuanto A los 
actores del drama, no se s:ibe donde escoger; pero ti- 
pos como D. Juan y D. Pedro, y bclle;!as como Ana y 
María, podemos encontrarlos fácilmente en las ol>ras 
anteriores del novelista; lo característico en £( aabordc 
¡a tierruca son los amoríos de Nisco y Catalina, aun- 
que parezcan alas veces de secundaria importancia. Yo 
brindo á todos á que le;m la Efí¡oga entre los dos re- 
ñidos amantes, y decidan si es posible expresar con 
más variedad y delicadeza de toques la caricia blanda y 
el halago, miü encubierto por las reprensiones, con que 
el amor Terdadero corresponde á la fría puflaluila del 
desdén. j\l escuchar el soberbio diálogo de Vun dt'íhoja; 
al ver á Nisco, curado ya por la decepción más ami 
caer ensangrentado en los brazos de Catalina, 



rante de dolor >' de carlAo, parece mezquina toda ad- 
miración hacia eí gran artista que asf sabe hacer sen- 
tir, levanutndo el lenguaje rustico A la esferade lamas 
alta sublimidad. 

De los encuentros entre D. Juan de Prezancs y don 
Pedro Mortora surgen dos reiratos de cuerpo entero; 
en aquíl vemos moverse la red nerviosa, agitada de 
continuo por la corriente elóctrica de la pasión. D. Pe- 
dro recuerda involuntariamente al noble Pérez de la 
Ltosta- Ambos demuestnin maestría suma en el empleo 
del claro-oscuro, y que no es el autor como tamos otros 
de los que dividen A los hombres en dos categorías úni- 
cas, de hC-rocs y de criminales. 

¡Y D. Valentía! Cervantes mismo no se habría des- 
deñado de ser el padre de este nuevo Quijote, amarte- 
lado de ideales no menos abstractos que doña Dulcinea 
y herido por los yangüeses de Cumbralcs como el hi- 
dalgo de la \fnnchn. La ^tríoteria Cándida. buUan^e- 
ra y progresista no ha tenido una representación tan 
cahsil: ahí están el enmohecido sable de Luchfina. el ca- 
saquín v el chaleco a2ul, la tez arrugada, los verdosos 
ojos y el M^ote de pábilos. Cuiindo sale li la escena esta 
singularísima figura, es imposible contener la carcajada. 
[Pobre admirador de D. Baldomcro, machacando como 
en un yunque en el egoísmo del hijo que no se siente 
inllamadü al recordar su nombre de pila! ¡Y sus fil(pi' 
ras al bueno de Juanguirle, el alcalde, explicando las 
leona*: del do ttt dcf, de la libertad santa y los derechos 
individuales! Pereda no abandona & D. Valentín asi 
como quiertí, ni le h:irc la gracia do restituirle comple- 
tamente el juicio iti uriiciiio mnríis; le maui de la ma- 
nera más cómica, absotpiíndole como historiador con 
unas cuantas frases de lAstima, que son la última y ma- 
gistral pincelada de este cuadro. 

Sería cosa de nunca acabar si se quisiese reducir it 
minucioso y concreto análisis lo que hay de sorpren- 
dentemente bello en £J sabor át la Uerrttca, que, si no 



!^ LA UTlíKArURA BSTaROLA 

«s la llor miis pura del ing'cnio de Pcrcila, como dijo 
Pérez Caldos cuando utin no existía 5íi//7rjfl, basta para 
honrar por si sola á un autor y A una literatura. 

En Pctiro Sditches ' hace I*ereda una excursión fue- 
ra de la montana, como si quisiese avisarnos que no ne- 
cesitaba de ella para ser quien es. ó quizrl por huir de 
la monotonía, pecado de que en verdad no debía arre- 
l>eniirse, porque en su vida lo comctiri. El protaKonisla 
casi pertenece & la historia; quiero decir que no es ri- 
gurosamente contemporáneo, y que personiGca una 
España de que apenas queda ya memoria: la Es(Xifta 
<lcl afio 54, de las áiMecncias pctutistdareíi y los telé- 
Ktaíos Ópticos, de la milicia nacional, el fanatismo es- 
parterism y los motines minúsculos (en comparación 
con los qire después hemos presenciado). Bn la nutübit>- 
grafía, cómica y elegiaca á la vez de Pedro Sánchez, 
asistimos á las heroicas luchas del provinciano incxiier- 
lo que llega íl la corte sin más' protección que la pro- 
blem.Hica de un personaje hinchado por la vanidad, Ex- 
plot:tr las columnas de) periódico, echar teña A la ho- 
guera de la anarquía, eafniscai-se en tumultos de barri- 
cada y en la política de campanario, son los resortes 
que valen li Pedro Sjlnchez una credencial de íjobema- 
dor y la blanca mano üe una hija del mismísimo Valca- 
zuela, de aquel semidiós por quien había sido rechazado 
en otros t¡empi>s. Del infelicísimo matrimonio con la 
mujer sodada, y de la fortuna de estar en candelero, no 
saca otro fruto el experiodista montanas que acerbas 
ilusiones y una herida en su honor conyugal, tenazmen- 
te lijM en la memoria y cicíitrizada íl duras penas por el 
díctamo de los aflos. 

Sin duda la dramática biografía de Pedro Sánchez 
cala mAs hondo en ct espíritu, evoca recuerdos más 
vi\-os y íamiliares, y ejerce más intensa atracción sobre 
la ffeneralidad du los lectores que las pinturas rurales 



> HAdfid, tfiW. 




XK BL StCUI XIX 



52íi 



y costcflns del soliinrio de Polanco, pero no reproduce 
Un Tígorosamcntc la personalidad del autor, ni conser- 
va tan puro el aire de fumilíji. Votur por la superiori- 
úñd de la (p-andiosit novela cortesana de Pereda sobre 
todas las restantes equivale i. confundir nucirá impre- 
sidn subjetiva con el objeto que la produce. Conste, sin 
embargo, que, A juzgar por la primera, destrabada del 
escrupuloso raciocinio, no despojari't yo á Pedro Sáu- 
ches del cetro y la corona que le ha otorgado Emilia 
Pardo Baziin. 

Todavía resultaba l^ereda deudor insolvente ccm el 
público mientras no le entregú la ansiada íioffír^a ', 
donde era fama que el autor había de ag^otar I:is fuer- 
xas de su inírenio, no conocido del todo por las obras 
anteriores. Despu<^s de pinmr tantas veces y con tan 
inimitable perfección la vida y las costumbres del cam- 
po, s<>Io de ligero había tocado enl:is marítimas, crean- 
do alanos seres como Tremontoria, que estaban pi- 
diendí» comjvinía. ¡V qué buena se la deparó su padre! 
Sotilesa es un proi,ligio continuado desde la primera lí- 
nea hasta la última; podría tenerse como fórmula y pro- 
grama de un nuevo arte de tiacer novelas si el ^utor no 
se hubiese reservado el secreto y la propiedad exclusi- 
va. Pcredií se encargó de enscftar á los que nu lo síiben 
y presumen Siibcrlo rurtl es el natunilismo de vcrdjid, y 
en quií se distingue del ficticio y de copia, ostentando 
en RUS mismas audacias censurables {que las ticnel los 
rasgas de una indi vid u:üidad poderosa, por tos que ni d 
los ciegos debe permitírseles meninr el nombre de imi- 
tación. 

Casi se obscurece la figura de Sotlleza entre tantas 
y can soberbias como le hacen cortejo en los primeros 
capítulos de la novela; pero no tarda en asormir su com- 
plejo y sutilísimo carácter, igual A los mejores de 
Sthendal y Balxac. Las conferencias del Pde Poíiiiar 

t MMtHJ,UB5. ' 



596 LA LtTERATUBA BSPAfSOtJ^ 

con I» rminiiclH ele cafres que le escuch»n, descubren i 
un ani-Hta nada asutíUidizo, aunque luego vienen cosas 
más sucias y más g^ravcs, sin causar asco ni a) que las 
dice ni A los que las leemos. Entre estas cosas contaré 
il Muergo, la bestia humanal, como dirían los discípulos 
de Zola; pedazo de cíirne bauiiz:ida, pinni usjir del len- 
gtiaje corriente; zafio, grosero, embrutecido, sin mas 
indicio de ser animado que el movimiento: pcrsona|e, 
CD fin, de los que no pueden entrar en ninguna novela 
idealista y de buen tono. Lo estupendo es ver cómo Pe- 
reda locrra hacerle interesante; cómo en tan nbyectA 
criatura, y sin contradecirse á si mismo, halla nobles 
y humanos instintos; oimo acierta á transformarle 
con el contacto de la luz que irradia de liis palabras y 
del cariño de Sutileza. Este cartflo, que parece absurdo 
I? incomprensible, es de lo más artístico y hermosamen- 
te ideado que ocurre en el libro, aunque do le faltan sus 
lunares, como el brutiil atrevimiento de Muerg-o, que 
reprime Sotileza con la vara. 

En Andrés yeo yo el punto menos luminoso de la no- 
yela: su pasión por bi hermosa caHealtcra ofrece algo 
de irreflexivo y caprichoso atolondramiento, y toda su 
naturaleza mornl un tinte de vaguedad que no guarda 
relación con el asombroso relieve y la intensa vida de 
ctmnto hace y dice Cleto en sus hervores amorosos, 
cuyo premio es el anhelado sí de Sotile?^. Y no es que 
esté mal delineado el tipo de Andrés, sino que desento- 
na en el eunjuniu. asf como en otras circtmstancias hu- 
biese tenido oportunidad, y consiguientemente mayor 
grado de belleza. 

Tío Mochelin y consorte, ni m.1s ni monos que Ixs 
hembnis de Mocejón, encuentran allí su ambiente pro- 
pío; y asi las Iniallas al airo libre, como el encerra- 
miento de Sotileza, dan lugar d un movimiento tan dra- 
mático, que deja suspensa la atención y poblada la 
faniasia de imágenes y adivinaciones. Ese es el ane 
verdadero, ésa Ui vida, ésa la confusión del bien y el 




BX 81. SICU> XIX 

mal que en ella t-xi&tc, no con los celajes risuefios ni con 
la sombria desesperación, en que respectivamente suc- 
Aim la optimista candidez y el pesimismo sistemiUico. 
No pertenecen loshírocs de Pereda ni rt Ui Arcadia sen- 
timental de los poctiis bacülicos, ni al aquelarre donde 
se hunde la novela determinista y fisiológrica; son peda- 
zos de lii realidad que la retratan en sus ínBnitiis mimi- 
festaciones, y sin el exclusivismo de los que sólo ven lo 
deforme 6 lo bello, por suprimir lo que les ofende, lo que 
i:onlraría sus preocupaciones. 

Si Pereda no hubiese tenido Wen sentada su reputa- 
ción de observador delicadísimo é incomparable, basta- 
ría ii Kiimirsííl''* Solilesa; tal es de jugoso, vivaz y pjil- 
picanio su modo de describir, y tal de honda y difiííl el 
análisis Intimo del alma con su» misteriosos senos y 
recónditas energías. I-os horizontes y el fondo de estos 
nuevos cuadros en nada ceden á los de Ooh Gonzalo y 
El sabor de ¡a tierruca; mutuamente se completan y 
juntos resumen los múltiples y pintorescos aspectos de 
la montafVa. Viendo el novelista lo que vale Sotiicsa 
como copia, casi se muestra desdeñoso ron los profanos 
que no hayiui conocido la vida del antiguo mareante de 
Santander, y los cabildos de raarnis, en lo que no está 
completamente falto de niz<>n. Mus pura entrar en el 
pernio de los lectores y admir^ores se requiere mucho 
mcnus, y lo mismo para sjiber que no es de todos A/m- 
c/tíir f>t-rrofi de esta caUutura. Pues quO, ^no basta el 
instinto de lo bueno para saborear esta narración entre 
homérica y shalcspiriima, y para ver que no puede ser 
fulgida, y que no da frutos tan sazurnidos el convencio- 
nalismo rctc^ricM? f I>cjaríl de ser pocmit de exquisito 
vtdor estc^tico el que contemplamos con los ojos del 
alma, i^ mudarAn de esencia los elementos que lo com- 
ponen, porque se desconozcan los prolotipift ií que hubo 
de conformarse el Rnm artifíce? 

Si todo es pt-rfecto y atiabado en Sotiiesa, no sé 
cómo hemos de calificar diffnamen le loque constituye 



508 LA LrTESAnntA kspaÍíoui 

su mérito mAs conístante: el estilo y la diceii'>n. Verdad 
que siempre fue Pereda en este punto babllfsuno maes- 
tro, ú quien deben mucho míls de lo que se cree la 
novela y los novelistas contemporíineos, segain ya ad- 
virtió una autoridad de tanto peso c-omo Pérez Galddo. 
La propiedad, viifor y nobleza del diálogo eran cosa 
dc<»:onocida entre nosotros antes de Pereda, y ora 
se sustituían con el altisonante discreteo de Acade- 
mia, ora con la vulgaridad pedestre, grosera y cruda- 
mente fotográfica, que los merodeadores literarios lla- 
man naturalidad y exactitud. FáciJ es condenar los dos 
extremos y hablar teóricamente sobre el medio justo 
y equidistante de entrambos; pero reducir A la prAc- 
cica este aforí.^mo, hacer hablar A cada personaje con- 
forme á sus antecedentes y á lo que piden las circuns- 
tancias, supone una aptitud rarísima, una discreción 
y un tino que no dan todos \oñ preceptos del mundo. 
El conse$^uirlo »in modelos ni predecesores, y sin má& 
guia, que trl instinto sccuro y practico, como lo consi- 
guiú Pereda, es una de las cosas que demuestran la. 
vocación altísima y el genio creador. Nada sobra nt 
falta en este lenguaje, que es siempre el más apasio- 
nado, el más exacto y filosófico, que reproduce los 
caprichosos cambios y la sencillez ruda de In fnLsc 
popular, y en ella traduce los infinitos tonos de la paslúa 
y el sentimiento. 

Pedro Sdiuhes y Sottlesa ciñeron las sienes de su 
padre con aureola radiante de esplendores, ante los 
que cegó la envidia avergonzada, con ílnimo de tomar 
el desquite en la primera coyuntura, y lo tomó con 
uinuí mayor delectación cuanto que La AíotiídtveM ' 
enfrascaba A Pcieda en un mundo desconocido, ron 
escollos como los del Cantábrico, de verdosas v pro- 
fundas aguas, tendidas sobre un lecho misterioso cu- 
yos secretos no era fácil adivinar. Aspiraba el atister o 



■ u>afij. un 



en EL SIGLO xíx 32*} 

y nervioso castellano de Polanco 6, fla|felar desde su 
retiro los vicios de -la sociedad cortestuui en su clase 
más pudiente y prcstifíiosa, A rayar con el negro tizén 
de Ui sátira los cuarteles de Ioe blasones aristocrrt ticos; 
preparó su caja de colores, mojó en ellos su pincel, 
pero... no tenia delante ios modelos vivos de otras ve- 
ces; la imag-inacion sólo se los presentaba cn\"ucltos en 
la bnimo<»i lejanía de las ^neralizoc iones abstractos, 
7 al bosquejar las li^:tiras no tomaban la encamación 
incíLintc y fresca de las de su autor. La M^nfíílvfs se 
escribió con arreglo á apuntes de cartera, y llenando 
por esfuerzo iKismoso de intuición lo que en ellos no 
constaba, aunqUL-, así y lotlo, no valían tanto lus peri- 
follos de la opulenta dama como la vefciimenta humil- 
dísima del Piír Poiinar. 6 los andrajos de Muergo, ni 
como el mediocre avío burguds de Pedro Síinchez. 

¡Cosa cxtrafln! Los mismos que con tenacidad ha- 
Man aconsejado A Pereda que dilatase el campo de lu 
observación, fueron los primeros en aplicar el lente 
microscópico y el espejo multiplicador de doce canis 
á los lunares de La Afonttífvts. (Cómo demostrar más 
elocuentemente que aquellas manifestaciones no enm 
dcsiniere«cidas ó cuando menos que no eran ra:comi- 
bles ni discret;is? ¿A qué encarrUiu" el numen creador 
del artista por derroteros caprichosos? ¿A qué pres- 
cribirle receuis y leyes contrarias ;i su Índole nativa? 

Perdóneme la e(rregia autora de Ln cuestión patpi' 
ta»t€, que en las pi^ginas de este libro habló del 
ktttrto üe Pereda "bien regado, bien cultivado, oreado 
por aromíiticas y salubres auras campestres."; "pon* 
huerto, al fin,— ha dicho ella misma,— no extensa lla- 
nura ni dilatado parque"; yo no alcanzo á divisar por 
qo6 el m<'TÍio de una novela ha de agrandarse ó achi- 
carse segiín los limites del escenario en que se des- 
nrrolln, ni, sobre todo, por qué ha de encerrar menores 
elementos de belleza la perspectiva de las costumbres 
provincianas, del mar inmenso, de costas y campiAa'i, 

TOMO u 'M 



530 i^ LireRATUKA espaSola 

luí comí) revive tn las obras de Purcda, que el abi| 
rrado microcosmuA de las grandes poblaciones. 

El novelador de la montaña coIuml>r»i esponirtneñ" 
ó reflexivamente la contradicción en que incurrían 
sus críticos al pedirle estudios sociológicos, O cosa 
así, negándole competencia para realizarlos; y reple- 
f^^ilndose en sus naturales dominios, ofreció ni p:Lhular 
y olfato de ios golosos caladores literarios La puctU' 
ra ', «mfortante y exquisito manjar que recordaba 
A Sotilfsa en lo variado y selecto de los inRredientcs. 
Aquel tirano avaricioso de D. Baltasar W fierrtigo, 
precipitado en la rompiente de las olas desde la pefla 
altisíma donde soflrt hallar ipnorados tesoros; aquella 
Intfs— flor delicada do tan espinoso cardo— que rompe 
con viril cncrefa la clausura impuesta por la depravada 
voluntad de su padre, y logra unirse con el indiano que 
la adora, y á quien el amor hizo vanidoso y venial- 
mcntc embustero; la comparsii de los personajes se- 
cundarios, D. Alejo el cura, Marconcs el scminarísia 
(en quien Pereda se ensaña con inverosímil hidrope- 
sía de denuestos y caslicos), Juan Pedro ci Lebrato y 
su hijo Pedro Juan ef Josco, QuÜino y Pilara; el am- 
biente, la luz y el aroma salino, todo es di^no del Pe- 
veda, de los mejores tiempos. 

Las acusaciones de dccudencia que se han lanmdo 
contra tf! ñ prop'isito de Nubes de estío * y A¡ primer 
vitelo *, reconocen por origen la falta de enlacre y sol- 
dadura en los capítulos de la primera de estas obras, 
quizA tambiín los latiffazos crueles que en ella se re- 
parten, y el temple idílico, risueflo y vaporoso de la 
segunda. Reeiín salida de las prensas Xubt-s tic esíio, 
discurrió Emilia Pardo Biuón acerca de Los resque- 
mores de Pereda (Los Lunes de El Im parcial, 9 de Fe- 



• MmIHiL W9\. 

* UarcrfMin. \W\, Do* long». 




EN EL SIGLO XK 



531 



brero de IS91). Oando pie A éste para cerrar contra su 
ilustre contradiciorat que & su vez replicó pero sin de- 
volver el solpe. Encuentro deplorable y aciago por dc- 
más, que impidió, no á la recta voluntad, sino al despe- 
jado entendimiento de la autora del Nuevo Teatro Crf- 
jtco, ver hondo y claro en las diáfanas intimidades 
de Ai primer vucio; circunstancia que no le permitió as- 
pirar el blando aroma del jazmín y madreselva, confun- 
dido con el de plantas bravias y cíkusticas, pero do- 
mini'indolo. que fiotu por las páginas de) último libro de 
Pereda. 

Extremoso anduvo el autor de Pedro Sánchez contra 
los chicos df In prensa [frase suya que se ha estereoti- 
pado); pero había por mcLlio algo mus que su ncnMosa é 
irascible condición: había injusticias y vejaciones, y ol- 
vidos que Pereda no cita, porque no habla en caus:i pro- 
pia, ni era su ánimo satisfacer mezquinos egoísmos per- 
•(onales, y que citaré yo recordando dos casos particu- 
lares, cifra y compendio de otros muchos. 

Sin poner en tela de juicio ni por un momento lasal- 
uis prendas intelectuales y mondes que adumahim ú 
D. Manuel de la Revilla, ¿no constituye un hecho muy 
significativo oí que, habiendo recorrido los altos y bajos 
de la literatura de sus dias, no consagrase siquiera una 
pdgina ' al manivíUoso crejidor <Ie EsceHas montañe- 
sas, El buey suelto, Don Gonsalo Gonaútes de la (hm- 
saiera y De tai palo ¡al astiüa, libros todos anteriores 
al fallecimiento del crítico de la Revista Coutempord' 
uen? Y si alguien explica el silencio de Revilla, ¿cómo 
expHcarrt las furiosas arremetidas con que el desdicha- 
do autorcilio de La Resienta honró por entonces al gran 
novelista, ni el aire pedantesco de protección con que 
posteriormente, y echándola de amigo imparcial, ha 
disertado acerca de Sotilesa v La Montálvee/ 



■ A lo amM n Mn obra* cokcdOuídSB. f crao poilar aaccnrar i|iic unpo- 
cWMi klnxiln «itlculasurlw. 



532 



LA LITEBATintA. BSFAÍtOLA 



No cabe duda: los veredictos y reticencias de los pe* 
fiódicos, his ideas religiosas y potidcas de Percdu, y sa 
condición de escritor provinciano, disminuyeron por de 
pronto su gloria externa, y aun hacen que se 1c discuta 
y se le posponga por algunos A Pérez Galdds, injustí&í- 
luamente, á lo que yo entiendo. 

Lugar era ¿stc para decir algo sobre la tan debatida 
cuestión del naiunilismo de Pereda, si no hubiese ya 
indicado mi parecer, y si no considerara como última 
palabra to que tan amplia y atinadamente escribe Me- 
néndez y Pelayo en cl prt'ilogo A las Obras del gran no- 
velista santanderino. Pugnan de frente todas ellas con 
las de 7.ola y su grey, en que mienrras ístos obt-decen 
al fUstcmadet pesimismo absoluto, al amor de lofeopm* 
lo feo, es la realidad pata Pereda un conjunto variado, 
y casi diríamos harmónico, & lo menos en la esfera del 
arte, donde cl mal se desarrolla al lado del bien, pres- 
tándole mayor hermosura por el contr.isle. Partiendo 
de principios tan nidicAlmente opuestos, no puede se 
uno el término final. Pereda, como cristiano, admite." 
estudia y ens:ilza el libre albcdrio en cl hombre, crc-j 
yéndole capaz de la virtud y cl heroísmo, al revés 
lo$ que le consideran como un animal perfeccionado. 
No busca para fondo de sus cuadros las lól^regas man- 
siones donde recibe culto eí vicio en todas sus formaS|_ 
ni reduce el amor ú \a categoría de instinto sexual, 
hace de sus jn-rsonajcs seres corroídos por la lujuria; 
moviéndose en sentinas putrefa<tas. 

A cambio del hastio enervante y de las negras 
dillas del naturalismo, rebosa en !as novelas del gran 
autor monlaOés el pUicer dulce y tranquilo de todo lo 
delicadamente bello. Aquella atmósfera corrompida por 
los hedores de la concupiscencia desenfrenada no pue- 
de compararse con esta otra, en que siempre se aspi- 
ran aire puro, perfumes suaves y embriagadores. Rtien- 
tras Natía y Madama Bovary y los demás modelos pa- 
risienses, llcv:m arrastrando la imaginación por k 



cernéales de los centros popu!osos. Uondc rcinu una cí- 
viUzítción dccadcntf'y refinada, las Escenas nwntañe' 
sos, Don Gottsído, El sabor de la ticrruca y Siotilísa 
nos dan & gustar l-I idilio de In eiunptña ó la epopeya 
del tralmjo, Ideales (¡anos y fecundos que nada tienen 
que ver con el cansancio del espíritu, subyugado por la 
despótica fatalidad de la materia, 

Está en lo justo Pereda al desoír á gus mentores ofi- 
ciosos. El se ha conocido A sí mhmo mejor que nadie. 
A los reclamos de la novedad afortunada puede oponer 
la verdad inmutable; al lema de naturalismo, que es al 
fin cosa de ayer, gastada en menos espacio que un figu- 
rín, el lenKide uatitraJesa, que es de lodos los tiempos 
y de todas las latitudes. 




H 



^m^^^if^^^^^^^^f^ 



CAPÍTULO XXIX 



EL NATITÍAUSMO EÍJ LA NOVELA 



Urteica Miiallla, Palai-lo ValdÑ. EBiUn r«nlii nawU, VicAa. Hr. 



JC4 ei es fácil precisar con acierto los caracteres del 
JA| innovador sistema literario que, con el nombre 
^ de naturalismo, invadió no ha muchos aílos, como 
tromba de fuego, los campos de la novela. La va- 
guedad é inconexión de sus principios le convierten 
en Proteo multiforme, á quien viste cada cual se- 
gún su frusto, sin excluir & los fundadores y padres 
erares de la escuela, que no quieren ó no saben expo- 
ner sus doctrinas ton la lucidez y la firmeza debidas. 
Léanse los libros de crítica y las narraciones del mis- 
mísimo Zola; compárense ion los de sus imitadores, y 
nadie serA capaz de resolver sí el naturalismo es una 
cosa nueva, desconocida hasto nuestros tiempos, ó 
una resurrección de antiguas teorías, nunca muertas 
del todo, aimque sí transformadas en c! decurso y con- 
forme á las cxígcncííis de cada siglo. Micntnis la mayo- 
ria de admiradores y adversarios ve en el autor de, 
los Kotigoít-Mncquart y de Pot'Bouille al repreí 
tante genuino del arte naturalista, otros comienzan 
tUstoria, no ya con Ralzac ó con Sthendal, sino con 1( 



BN BL SIGLO XtX 535 

creadores del Parnaso hclOnico, entresacando después 
lo que más les place en la tíicraiura latina y en las mo- 
dernas. Tal autor hay entre los del gremio que no teme 
reprobar en Zola ctianto tiene de más oriffinal y carac- 
terístico, y le hulla, por otra i>urte, con facilidad asom- 
brosa un sinnúmero de predecesores, para demostrar 
así que no es ésta una moda mjís, sino un conjunto de 
máximas eternas en cuya observancia estriba la futant 
regeneración de In novela. 

Vaya iodo por Dios. Pero entonces no sé áqaé 
vienen esos ínfulas maj^istrales con que noí; habla Zola 
de su innovación y sus aspiraciones, esa (fuerra A lo 
existente propia de rcvoIucionari«>s anarquistas, ni ese 
excusado neologismo con que bautizan ñ su escuela, 
cuyo prestigio de ayer y descrédito de hoy tiene por 
causa principalísima, si no única, la versatilidad del 
público que liacc ruido. Algo hay, es cierto, en el des- 
coco dr: Aristófanes, en las obscenidades de Petronio, 
en el cinismo de Kabolai:> y en los audactiLs descripti- 
vas de Quevedo, que preludia al naturalismo de nues- 
tro» días; pero abundan más las distinciones que los 
semejanzas, y éstas á su vez son muy generales y de- 
ficientes. La historia lo dirá muy pronto, cuando haya 
pasado totalmente el naturalismo; porque pasará sin 
duda, como pasaron los caprichos clAsicos y las turbu- 
lencias romAniicas en un período no muy apartado de 
nosotros. 

Podríamos considerar el natm^ilismo contemporá- 
neo como conjunción de dos clementi.)s afines: la nega- 
ción pesimista en el fondo, y la desnudez absoluta en 
las formas. Cuidando ante todo de hacer fitosojía, y 
estableciendo por base el dotcrminismo radical , la tranR- 
misión patológica, hereditaria é inconsciente del vicio, 
estudia la vida con In indiferencia del anatómico que 
analiza un cadáver, reputando los Idealismos de la vir- 
tud, del siicrificio y la religión como fantasmagoría y 
cuento pueril, indignos de iigurar en el arte verdadero. 



536 LA Ll-neATVftA bstaSola 

que se nutre sólo de laTcalidad. Pese 11 quien pese, 

les son !a teoría y la práctica de Zola, por mñs que tra 
ten de sunvi/ítrla algunos de sus discípulu!; con ínt( 
pretaciones benignas í infundadas. De ahí losdi 
sos efectos de la novela naturalista y el inusitado favor" 
con que la recibieron los adalides del positivismo bur^ 
gfués por un lado, y por otro la clase proletaria, qi 
mira en tales libros canonizadas sus utopias y consagra- 
do el culto de la materia. 

Ya se enciende que aquí me refiero ul naturalismo 
francés, el imitado entre nosotros; pues en Italia, por 
ejemplo, reriste una fisonomía distinu, r no se da A 
conocer tanto en prosa como en los versos de Giosu^ 
C&rducci y Olindo Guerríni {L. Stcchctti). Los esi 
flolcs no negaron est'i vez el asiduo tributo que 
costumbre rinden & la moda transpirenaica, y siR-uierí 
las huellas de Zola con el mismo entusiasmo que ea . 
otros días las de Sué, Dumas y Víctor Hu£:o. A 
traducciones atropelladas y chapuceras se unieron U 
ensayos de imitación, tímidos y vergonzantes las mj 
veces, algunas desembozados, pero procedentes 
parte, por dicha ó desdicha nuestra, de muy ilustre" 
origen. 

La pluma hoy ociosa de D. José Ortega Munilla 
se ejercitó, al par que en trabajos periodísticos, 
una serie de narraciones arrumbad;^ por la indifert 
cia general *. Su filiación naluralisra no está siet 
pre definida, y si bien se trasluce en lo Intcmperaní 
y recargado de la pintura, y en cienos pujos de filos 
fía trascendental, va contrarrestada por un fondo 
cundídex infantil y soñadora. Mils amigo ol autor de 
los escarceos retóricos que de la descripción tritrica j 
nauseabunda, no atina A andar con dcsembara^.o 



■ La Cfgarra, Sor tiueÜa (conltniucldn 3t £« OVnrroJ, B fr«t éít*<ia, imtto 



RD a. SIGLO XIX 

los lo7.adales del sensualismo, y se queda en una sltua- 
fción desairada i(uc le hace molesto cuando pretende 
affradar, merced á lo monótono y mal c-scojiitlo de los 
asuolos, A las oscilaciones funambultscas del relato, y 
iil mismo refinamiento del estilo, con su exirafia é in- 
temperante omamentacldn. 

La Cigarra {\H1% libro con que se anunció Orte- 
ga Munilla como creador de novelas, lirvc de vestíbu- 
lo A una segunda parte, Sor Lucila, i\\ie es la refundición 
número 1.000 dt- tcm;is triviales y manoseadas, en cuyo 
desL-nvuIvimicntu rcsnltan la pasión irreligiosa y las 
vulgaridades de gacetilla. Retroceder hasta la famosa 
Aftiam'a y los desahogos antimunjilcs del riimanticis- 
mo, denotará cualquiera cosa menos originalidad y buen 
gusto, y lo mismo debe decirse de las sosísimas humo- 
radas con que el autor se descuelga & cada paso. De la 
acción, casi nula dt* puro sencilla, y de los personajes, 
que parecen i^ i;s¡X'Ctrus ó caricaturas, nada bueno cabe 
elogiar. Así D. .A,cisclo Aflorbe con su carActerdtogxo 
y SU5 simplezas de niflo, comodona Ana y Víctor, y Sor 
Lucila y el gig:intesco P. Amaro, no se han fundida 
en el troquel de la realidíid viviente, sino en el de 
una imaginación febril y sin atadero. Este P. Ama- 
ro recuertla A Ior curas gordinflones, idiotas, de sotana 
raída y llena de rapo, que con varícüed de muticts sue- 
len prodigar Zola y sus copistas. 

Entre ellos se ah'stó el director de Loít Lunes de El 
Jmpurciai, calcando primero algunos incidentes de Una 
pttgíftn lie amor, y atreviéndose mus tarde á espesar 
I las sombras de sus cuadros novelescos, á fundir los co- 
! lores de su paleta en el negro mate de carbón, y & ama- 
sar el cieno corrompido y la podredumbre apestosa de 
[Us cloacas sociales. Pero contra el propósito de Orte- 
ga Munilla se rebelaron li una su cabeza y su tempe- 
ramento, hasta convertir es;i historia de la prostitución 
'que se titula Qeopatra Pena eo borroso mosaico de 
Inexperiencias y contradicciones. 



536 LA LITERATURA BSPAÍtOLA 

Siempre han canicteriziido al autx)r la falsa riqueza 
irop«.il0(fica, los afeites posiúos ^ dislocación de la 
frase, y el afñn üe ver en tudas partes miis de lo que 
realmente hay, y de atormentarse A si mismo y á sos 
lectores para hallar una c-ompnración inaudita y estru- 
na, nn (jolpe de efecto 6 nn período estudiadamente 
musical. Es un Goncourt menos escrupuloso en acha- 
ques Ernunaticatcs y retóricos que los uutores de Grr- 
ntima Lacertcux, y míis idólatra aun del colorido, con 
evidentes reminiscencias castclarinas, en que no se 
ñjan, sin duda, los que le elogian por su ori(>:inali<Jad. 
Pocos habrá que si(ran sin disgusto en las obras üe Or- 
teíra Munilla la serie de brillantes vaciedades y recur- 
sos pictóricos, con que se esfuerza en suplir la ¡luscncía 
de mds altos dotes y en distraer la atención del objeto 
principal. 

No tiene esas exag'eradas preten^ones, y es. sinem- 
barpro, mucho más autiíntico novelista, firmando Pa- 
lacio Valdés, convertido igualmente al naturalismo, 
aunque muy A mcilíiis y con capitales restricciones. 
Observador minucioso y atentu de la realidad, algo 
filósofo y humoristíi, enemigo de tramoyas y complica- 
ciones, hasta pecar por el extremo contrario de la sen- 
cillez nimia; psicólogo y pintor de la naturaleza exicr- 
na, á partes iguales; tal se viene mnnifesumdu desde 
su pi imer tentativa novelesca ' este lujo de Asturias, 
naturalizado en tierrasajona por excepcional prii'itcgÍQ 
entre autores españoles. 

Marta y María ' representa la lucha entre el idea- 
lismo de la virtud y las conveniencias de la vida prflc- 
rica, entre la virginidad religiosa y el amor humano, 
personificados respectivamente en las dos heroína'; de 
la novela. El Sr. T*alacÍo Valdés ha caído, al hacer el 



( Huñaril^Oelaric, norria rtnpmmatletUotr^ttmfttnM.'HKiiiii.Mmi. 
■ Uamíana. »«. 



EN EL SICl^ XtX 5^ 

retrato de María, en irranUes errores, inevitables casi 
para los profanos (y peor si son im-redulos) que foten- 
Uin fienetrar tuista sus iotimidade^ cu el santuario del 
misticismo; pero, con honradez y delicadeza digims de 
elogio, huyú de tíis iníames caricaturas que tanto pri- 
van actualmente. Harto mis enterado t|nc Palacio Val- 
dés en cl asunto, y con la aptitud que pueden dar estu- 
dio 6 ingenio reunidos, no acertó Valera A evitar en 
Pepita Jiménez y Dofia Lns esas irremediables faltaí^ 
que notamos en Marta y María. Por lo demás, y aparte 
los reproches que de suyo merece cl cí-ncro. no es este 
libro de lo peor que cabe dentro de íl, ni carece de es- 
pontaneidad y brío en la narración, aun descontando las 
bcllezíis que pudiéramos llamar episótlicas . 

El /liiiío de un ettfcrnto despide jti un perfume acre 
y malsano, viniendo A ser en deñnitiva una historieta 
repugnante con toques acertados. I£n el dnimo del auior 
deslizáronse por esta vez los haíaeos de sirena con que 
le brindaban las aficiones dominantes, y se dejó arras- 
trar por cl las mucho más allá de lo justo, aunque la se- 
ducción no se prolongó, como era de temer. 

Por fortuna, el perspicaz instinto de Palacio, su va- 
riada complexión artfitica y su empeño de no someterse 
al yugo de un gremio ó comunión cerrados, le abríim 
camino expedito donde ensayar su espontáneo y mo- 
desto numen de novelador. Persuadióse una voz más 
de que en el corazón humano no vibra únicamente la 
cuerda del amor fisiológico y bestial, sino también líis 
de pasiones generosas y purísimas, y A riesgo de que 
le recltazaran los fan.-iticíjs de Zola por soñoliento y 
cursi, ó quizU por aptWtaUi y retrñgradu, escribió an 
Idilio de verdad. Impregnado de ciistlsímas ternuras ', 
y considerablemente obscurecido por los incompara- 
bles fulgores de Solitesa, con la cual vino & diirsc la 



■ AMiMniiib(MlvB.VnK)rfMiM». Mad(M. UH^ 



SM LA LITERATURA GSrAfiOLA 

mano en el orden cronológico de aparición. Int<íroa£e 
Palacio, al igual que Pereda, por los piinonimas del mar 
y de la í-osla, y estudia con carino las co^ítunibres de ud 
pueblo de pescadures, y una historia ordinaria de no- 
TÍOS contrariados, que sirve de tema fundamental. Las 
luchas de Josí, el protagonista que da nombre A la no- 
vela, con el cancerbero de su madre, con los rigores de 
la suerte y con la furia de las olas, para conseíruir la 
mano de su adorada Elisa, y el heroísmo con que sufre, 
y se resigna, y triunfa de la adversidad, prestan á la 
novela un matíj; ¿pico, combinado con la exactitud rea- 
lista, y embellecido por la aureola del sentimiento reli- 
gioso. 

Redüceae la labor de Palacio á cortar de la iticon- 
mensurable tela de la realidad heterogéneas porciones, 
de urdimbre basta ó lina, suaves ó ¡ispcras. scgün el 
orden eon que se le entran por los ojos y solicitan el 
bordado de la fantasía y de la pluma. Con semejante 
plan se explican los aciertos y desaciertos del novelista 
asturiano, la encontrada índole üe sus obras y el interno 
vinculo de unidad que mutuamente las aproxinKi. 
Añádanse Á esto la lentitud calculada y complacencia 
morosa con que Pal.icio desenvuelve los argumentos, 
muliiplicandü sin prisa las pájfinas, deteni¿-ndosc en 
preliminares, rondando el conflicto y esparciéndose en 
é\ una vez que se presenta, aplazjmdo la solución hasta 
que se cae de su propio peso; afl-ldase, por otro capí- 
tulo, el tacto singular para cubrir con luminosos y 
transparentes velos de poesía los seres y las escenas 
más humildes, y la prosa de la ordinariez fiuniliar más 
adocenada, y tendremos en la mano la clave p;ira dar- 
nos cuenta de por qué seducen y por qué cansan los 
cuatro tomos de Rfvcriíay Maxitmna. L-a observación 
puede estenderse á Ei cuarto poder y á las novelas an- 
teriores y posteriores de Palacio, aunque no en la mis- 
ma medida. 

Confírmansc Ijis inducciones anteriores con el pro- 



BN BL &ICLO X.IX 34L 

|()[rama ó profesión de fe que va al frente de /-a her' 
\rnaHa de San Sulpicio ', y en el cuaJ, A vuelta Je indc- 
ifendibles paradojas que nu es del casu discutir, se 
[retratan fidel i s ¡mámente el espíritu y los procedimien- 
Itos del autor. La obrn de suyo representa un grado 
máximo de tensión en Iük facultades creadoras del no- 
|Vel)sta, y el esruerxo más vigoroso de que h^in sido 
capaces hasta la focha; es la reproducción vivaz y ca- 
liente de las impresiones que deja en la retina de un 
I hijo del Norte el mílgico panorama de las pompas y 
; esplendores meridionales. Al referir los amores del 
poeta írallego Zeferíno Sanjurjo con la sevillana Gloria 
Bermúdez, ha transfundido Palacio en el primero su 
propia alma y sus sentimientos y lenguitie. eligiendo 
para el caso, como mAs adecuada é impersonal, la for- 
ma de autobiografía. Ningún andaluz de nacimiento 
hubiese descrito el cielo, el ptiisaje y las costumbres de 
su país con la sinceridad reflexiva y la apasionada 
emoción que el híroc de La hermana de San Sulpicio, 
de cuyo n-lati) s*.- dcstitcu la ciudad del Guíid^dquívif 
como una JMVt-n hechicera y juguetona, ya ceñida con 
el manto de polvillo de oro que le regala el sol. ya ba- 
ftjtndose en las aguas de su opulento rio, ya modulan- 
do canciones y endechas de amor al sonido locuaz y 
melancólico de sus guitarras. El patio y la reja, el día 
y la noche de aquel clima voluptuoso, los encantos 
poéticos, el cini'ímo desfachatado y la superficialidad 
característica de sus moradores, encuentran en Zcrcri- 
no Sanjurjo, O mAs bien en Palacio Valdíls, un plmor 
entusiasta, pero sobrio, original y concienzudo. 

Tales elogios se contrapesím con las severlsimas 
censuras & que soo acreedores e\ tono de ironía volte- 
riana reinante en muchos pasajes, no sólo opuestos á 
la Religión, sino i\ lii EstC-tica y A la verosimilitud; el 
bailoteo de Gloria delante de su novio siendo aún 



* Uulrtit tn>. D(» loaiM. 



MZ LA UTBRATVRA SSPA5tOL\ 

monja, y I« tenüenciii á poner en caricjuura del nudú 
mis bufo y Uestlk-liado la vida de convento y la auto- 
ridad maternal, harto jusiirtcadas en la narnicián por 
IBS tTurcsuras de aquella jovenzuela aisquivanu y ca- 
prichosa. Si /-« fu-rttinna tie San Sulpido tuviera se- 
cunda parle, el misno novelista hubiese seflalado pro- 
bablemente i:is malas consecuencias dct matrimonio 
entre Gloria Hermüdez y su adorador. 

Con ¿rt Espuma ' y La Fe ', novísimos cnfrcndros 
de Palacio Valdés. ha sufrido rudo KOll>e su fama de 
autor sensato é indc|x-ndientc ■ por entremeterse j1 
pintar medios sociales que no conoce, y echarla de sec- 
tario impenitenle, rabioso y pérfido. Para satirizar los 
vicios aristocráticus se necesitaba un libro de mayor 
cminijc que )a galería de miserables, conveacíonal y 
fantástii'ii. de 1m ftspuntit. En cuanto il ta defensa del 
ateísmo ramphin. denominada La Fe por antífríisís, y 
que debería estar ilustrada con los cromos chitiuncsdc 
£3f Afotift, sólo he de apuntar que el cura predilecto del 
novelista, entre los muchos que presenta, cí^ im maja- 
granzas iy:n«ranu- que desconoce las mrts elementales 
Tioc-ioncs de Geop'afía y estudios bíblk'os, un beato 
que se hace incrCdulo íí las primeras de cambio, y 
vuelve U su primitivo ser porque si. porque le da un 
vuelco el corazón; un mártir sandio que se deja enga- 
itar por una histf-ricii mojigata, y va á dar con stis 
inocentes huesos en el presidio, donde le deja encerra- 
do el inventor de este melodrama sainetesco. 

Y varaos ya h la tigum más excelsa del naturalismo 
espaftol. 

A tirios y troyanos cxtrafló, y mucho, que una 
escritora como la que tra2ó las piiginas idealistas y 
eatálícas de Sau Francisco de Asís ', sin renegar de 



* Barealaiia, nni. UoctoiM». 

* ibdfHí. uns. 

■ Ba lo* ¿fHiilM aitiMotrifioM qm drvca 4« pRUmlnAT A Lm fon* ib 
VU«a. no caiuliciM doAa EmlIU Panto Qautn ni loitat y U techa ée an nacJ- 



BN EL irciM XIX 543 

sus Ideas, y crkI rasi en nombre de la virtud y de la sana 
i liicraiura, saliese d defender el atacado sistema, así con 
! la teoría como con la práctica. El enttisíasmo de dofla 
Emilia Pardo Kazan no le impide estigmatizar el deter- 
minÍ!>mo y otros errores capitales de Zola, estando por 
otro lado libre de ellos la mayor parte de sus novelas. 
{Quién sabe si la moda, y no el convencimiento firme, 
hnbrA arrastrado su poderosa inteligencia, cuando tales 
vacilaciones y tan escasa uniformidad encontramos en 
sus procedimientos? Por de pronto, la señora Pardo 
Kazan ha manifestado rads de una vez que no quiere 
figurar en este ó el otro g^rupo determinado, que en 
materia de realismo simpatiza con la tradición espaflo- 
la, que 1c repuja la estrechez de las imitaciones vul- 
gares, y, por fin, que ú diferencia de sus concéneres, 
no gusta de falsificar la naturaleza, presentando sólo 
su pane deforme, sino de reproducirla toda entera con 
sus infinitas varíeüudcs, apart/indosc así también de los 
' que estima candideces del idealismo. 



laMnn: toe d primero l> Corulla (MrOaiado v» U* MOitliu de la autora con 
el aMn^r« pnoi^'a de JViiniwiU/. y cormpoodc Itk tccundii al Jin Ib de 9tp- 
IknbK tl< tATil. SiK tnr^Uafi a&cloací lltcmrli» bc t(iida|croB en udo« Tcral- 
tn bUfrindcH pnf l»* tiHinlos it ion opafioM» ca Marrtircov t la ftftClan 
I davorat roa iHiimclanvia <wintM llDmn llrKahan Á (tu luno». CoMda tn uai 
' mtl«dA«r eo« «■ Umilla A Uadrtd. donde ftttatcla Im rtccebt FcvotaidMta- 
ikn jr tof 1114 MI lo«rial»B<* Jr Im ^rí^Mcln>:U, pii-ocupAadow ni* mu U p»1t- 
UCa y tM teatro», iiuc cm el rMuiUn. I>t»ru£i i|r la calda Je j\ma<l€r. hU» un 
Viaje por Franela, InslalnTa o llalla^ leCUntUndoM pornte mnliii m «« alma 
to* f^naenii^ ifl ii|U>>lonantk«ta artlatiee. qiii.>. atiit* ár onajarm lUrr» f 
tntoi. fnrrini •afiMlhlo4 á ana atndslon de Kvntiail icittlcvttiBl y 4): cdnc*- 
clOa cUoiíAca y ratonada. Ea 1976 InliMA Id «eríc Je t«.- ^uNlcaci«n«^ roa ol 
t\flBM;ri) ■*>>>(« el P. FdtÓD. premiado en MI certamen de Ovfedn, y al fur dicnle- 
Kiucho* aTtlculo* fn>rit'vv n\ lA Oiflute OMiOMI, di- ModriJ. lK«Jii CtU 
IQ kan cunMailo natablcmente bu liln* de la ««0» l^nto UaiAn «n 
cft ycBUlrtatmn. poei ea puntad f*ll|lilaiMk»y motivo ruonaMcpars 
posef ta Uta de )tilclo w nrtedoala ealAlli;». (^ulea^dlrri fUe •««]■ U* ««lla- 
nta» Je tu ptunuL la tnlranalgmclacarllala y el Idcallunu pudoi«irfi si HWK aoB 
fMuaelU tloi afldcnaHax tut ba rvpadlado dcGatiIíamenic. Al bMrM regí- 
dmela m MailDit ka awsuraitn «w InSa)» «obre U> Irtra* con la tnndairlMi del 
AWm nafro Cria» j lat i«rtnUA« de mnnar» y anlua* nitc confrrcn «n ■■ 



54-1 LA tJTEKATUSA ESPANoLA 

Parece mtntira, pero en el primer ensayo con que se 
dio h conocer 1h renombrada escritora como novelista ', 
se cncucnlfiín mi^s candideces de esas que en Víctor 
liugo, Alarcón y Julio Vernc. ¿Qu<? hay, en cambio, de 
común entre el alumno de Medicina que se enriquece 
con el diamante obtenido por su sabio profesor A costa 
de la vida, y arrojado en un pozo por la novia de Piis- 
runl LóiK-z, para abandonarle y encerrarse en un con- 
venio; qui? hay. repito, de comün entre este héroe fun- 
tilscico y lüc de Zola, por no decir nadn de aquel ítna- 
crónico alquimista á quien la autora, mal enterada de 
su fe de bautismo, hace vivir después de Lavoisier y 
Damas, dubiendo de ser por las scfias «nicrior en no 
sé cuántos aflosr El tal doctor O'narr, I'aracclso del 
siglo XIX, pertenece á la familia de los GilUat y los 
Ruricos de Calix. hijo de una imaeínaciún exaltada y 
potentísima. May en Pascual Ijópcz flacos evidentes, 
fruto de la inexperiencia; pero muesti-a asimismo todas 
las bueniui cualidades que de entonces acaban distin- 
guido íl la autora: maestría en la composición, recursos 
descriptivos inagotables, rapidez, donaire y tersura 
en el estilo, aunque aveces adolezca de amanerado y 
arcaico. 

La obra, con ser buena, prometía otras mejores, y 
muy pronto vino, en efecto, a eclipsarla Un viaje de 
novios *, en que la dosis de naturaliiímo ha de ser ho- 
meopática, scfftln han tardado en descubrirla criticos 
tan sagraccs como interesados en el asunto. Al^o de- 
muestran en contrario el tono eeneral de incipiente 
pesimismo, y tal cual escena de subido color entre las 
ultimas; pero todos estos son muy leves indicios, y 
acaso podrían encontrarse otros mus claros en la pro- 
lijidad y corte de las descripciones, y en ciertas ctia- 



Aotca se bahU putilloidn tii U ütnMta de anula. 
* MadrlJ. \»H. 



EK EL StCLO XIX bVt 

formn exterior que, no por lo insignífiríin- 
(cs, Ocjiín de ser características. De la forma exterior 
proceden, cfccriramentc, los encantos y las ímperfer- 
ciones de esta novela, en la que su autora aspiró más 
A escribir bien que A conmover mucho. Los perso- 
najes no son aquí lo principal; son los Moiñ'os sobre 
que versan Interminables y harmoniosas meloclia£ se* 
mipoí-ticas, en que está calculado el efecto rítmico y 
explotados los recursos qu^ con la palabra puede «su- 
plir el .sonido musical y los colores de la p»leta. La ac- 
ción entretanto se interrumix» y pierde de vista, y 
sólo cuando le parece bien A In autora viene A reanu- 
^darse, para terminar en aquel desenlace que no era di- 
Icil prever, y que separa A los reclOn casados por 
ina fatal combinación de circunstancias sobria y dis- 
retamtnte referidas antes, contra lo que aconseja y 
ractica el naturalismo. 

De í-I habla en el prólogo la seflora fardo Bazán: 
íro en un sentido tan amplio y freneml, que ni por 
imo denota afición dcterminaüa á Zola ni & ninjíün 
^tro modelo extraño. No es tan indeterminado el ca- 
Cíicter de JUi tribuna: aquí si que hay situaciones pi- 
eanies, Icng-uajc atrí-vido y populiKhcro. ambitnte oa- 
turalistn de verdad, denunciando & leguas »i liliación 
y oricm, que nadie puede desconocer. Cracijis al buen 
instinto y á las ideas de la autora, no desciende la he- 
roína tan bajo como las del figurín parisiense; no es 
una máquina de carne animada, sin otro destino que 
•I placer y el padecimiento físicos. 

Segundo, el ]>ri)iaíri»n i.sta de Ei cisne de I 'ilatiioria '. 

Uble y amartelado Imitador de Bécquer. el amado, 

'tío amante, de la infelicísima Lcocjidia, tiene de ro- 

1ÜC0 menos de lo que teme Iji autora; y en todo 

se des\'ímece muy pronto el tal romanticismo en- 

et espeso vapor de tantos cuadros realistas comu 



añ 




fU6 t^ LimRATUHA IUPAÜOI.A 

abundan en la novela. Lo que hay en estos mismos 
es que la exapreración les presta un lintc ideal, comün 
á todas lus monstruosas aberraciones de la fantasía ii 
todo cuanto iransi-iendc el ordtn de la realidad, ya sea 
por mutilarla á capricho, ya por afladirle, como aquí 
ííucede, rasgos y circunstancias que, aun cuando po- 
sibles, no comporta la verosimilitud. En fsc sofludor 
é indcrmiblf Scjírundo son muclio más realistas, quie- 
ro decir, se creen mejor las ex traras anclas de pwla 
misántropo que las relaciones con la maesua y con 
Nieves, frías las uníis. tortuosas y sensuales las otras, 
é ígualmcntL- inexplicables todiisl La maestra ofrece 
una lisonomía tan repugnante y atroz, que no bastan 
A darle valor artístico los esfuerzo* heroicos de la 
autora. El estupro de los primeros aflos, las caricias; 
que prodiga el poeta, recompensadas con el cortés y 
gt'lido desamor; aquella existencia, víctima del pade- 
cimiento y el desengaño, aquel conjunto cspantosoj 
de desórdenes físicos y morales, píwlrá tenerse, que 
yo no lo tengo, por retrato de exactísima fidelidad, 
pero no cabe dentro del arte. De sobra comprende la 
señora Pardo Razíln que éste no tolera algunas cosas 
muy comunes en la vida priiclica, y que no son sus 
procedimientos los de la fotografía. El suicidio del 
final demuestra nuevamente lo que han notado muchos . 
criticos en Zola y sus secuaces: que el naturalismo 
no puede olvidar su procedencia rumiintica aunque la 
niegue. 

La novela transpir