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Full text of "La losa de los sueños : drama en dos actos y en prosa"

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JACINTO BENAVENTE 



Lli LOSH DE LOS SDElOS 



DRfiMfl EN DOS ACTOS t EN PROSA 



Estrenado en el Teatro Lara en ia noche del 9 de noviembre de 1911. 



SEGUNDA EDICIÓN 



Copyright by Jacinto Benavente. — 1922. 



Administración de las obras teatrales 
, de JACINTO BENAVENTE = 
Mesón de Paredes, 6 y 8, 2." >— Horas: de dos y media a cinco. 

1922 



La losa de los sueños 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España Jii en los países con los cuales se haj'an cele- 
brado, o se celebren en adelante, Tratados internacio- 
nales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción.. 

La Administración y representantes de Jacinto Be- 
navente son los encargados exclusivamente de conce- 
der o negar el permiso de representación y del cobro 
de los derechos de propiedad. 



Droits de représentation, de traduction et de repro- 
duction reserves pour tous les pays, y cpmpris la Sué- 
de, la Norvége et la HoUande. 



Queda hecho el depósito que marca la ley. 



Jacinto bena Vente 



LB LOSil DE LOS SDEÍOS 



DRfllYIfl EN DOS ACTOS ? EN PROSA 



Estrenado en el Teatro Lara en la noche del 9 de noviembre de 1911. 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADRID 

CIBRBRÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO 

Calle del Arenal, núm. ii. 
1922 



Madrid.— Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



HOSINA Sra. Barcena. 

DOÑA ROSA Srta. Pino. 

LEONOR — Pardo. 

ESTELA — Rósala. 

DOÑA ANTONIA. — Alba. 

AMELIA — Illbscas. 

MATILDE — Escudero. 

UNA JOVEN — MoNERO. 

•CIPRIANO Sr. Muñoz. 

DON PACO — Palanca. 

PEPE — Manrique. 

ADOLFO — Barraycoa. 

FÉLIX - — Romea. 

ENRIQUE - Vargas. 

.JOAQUÍN — Mora (J.) - 

GERMÁN — Carrerb. 

DON MANUEL — Pérez Indarte. 

UN JOVEN - Mancha. 

UN CAMARERO. — Mora (S.) 

EL FOSFORERO — De Diego. 

'OTRO CAMARERO — Tordesillas. 



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iiiiiiiiiiiiiii III. I., I 



ACTO prime;ro 



En un café madrileño, de los de piano y violín. Antes de levantarse el telón se 
oye la música del café, y termina poco después de levantarse el telón; están en 
escena D.* Antonia y D. Manuel, sentados a la mesa del primer término izquier- 
da; D." Antonia toma chocolate con bizcochos; D. Manuel, café. Pepe y Joaquín, 
ssntados a las mesas del foro, escriben. Cuando ha terminado la música, salen 
por la derecha Félix y Germán, y vienen a sentarse a la mesa donde están 
Pepe y Joaquín. * , 



Pepe. 
Joaquín. 
Pepe. 
Germán. 

FÉLIX. 

Joaquín. 
Pepe. 

FÉLIX. 

Pepe. 

FÉLIX. 



Germán. 
Pepe. 

FÉLIX. 



Germán. 
Joaquín. 

Pepe. 



Muy bien, chicos, muy bien. 
¡Qué hermosura! * 

No hay más que un Bethoven. 
Sí, es muy grande. 

Pero el único no, cuidado. No hay que olvidar al 
otro tío. 
¡A don Ricardo! 

Sí, sí, todo lo que queráis; pero no me toquéis a 
éste. 

¡Hombre! ¿Tan mal lo hemos tocado? 
Chistes, no, querido Félix. 

Sin chiste, te advierto que si hoy hemos podido 
obsequiaros con Bethoven, es porque estamos 
solos. El dueño del café nos ha prohibido toda la 
música sabia, como él dice. ¡Música proimía/ 
Los parroquianos se quejan. 
Pero ¿hay parroquianos? 

Dice que los hemos ahuyentado con nuestra mú- 
sica. Es injusto con su agua de achicoria y sus 
bistés de perro. 
¿Cómo va eso? 

Chicos, ¡estupendo! Una barbaridad, pero con la 
mar de gracia. 
Un asco, chicos, un verdadero asco. 



— 8 



Joaquín. 
Pepe. 

Joaquín; 

Pepe. 

Joaquín. 



FÉLIX. 

Joaquín. 

Pepe. 
Joaquín. 
Pepe. 
Joaquín. 



Pepe. 
Joaquín. 

FÉLIX. 

Joaquín. 

Pepe. 

Joaquín. 

Pepe. 

FÉLIX. 

Joaquín. 
Pepe. 
Manuel. 
Camarero. 

Manuel. 
Camarero. 



Antonia. 

Camarero. 

Antonia. 

Camarero. 

Antonia. 



Os vamos a leer el segundo cuadro. 
No, no quiero oírlo. Esas cosas se escriben, pero 
no se leen; basta con que se representen. 
El tío del cine está entusiasmado. 
Por ahí podéis juzgar el mérito de la obra. 
Este se indigna, pero ¿qué hacer uno? Mi drama, 
la comedia de éste... dos años de teatro en teatro, 
y diciéndonos en todos que están muy bien y 
que deben representarse; pero siempre en otro 
teatro. Parece el chascarrillo de la acera de en- 
frente: «Es una obra para el Español...» «Si allí 
nos han dicho que es para la Comedia...* Y asi 
en todos los teatros. 
Lo mismo que mi zarzuela. 

Esto es una burrada, pero aún no está concluida 
y ya nos han dado veinte duros. 
Dan ganas de emigrar. 
Vais a oír, vais a oír. 
Este goza. 

(Leyendo.) «Cuadro segundo. El cuarto de baño 
de Mimí. A la derecha el baño con sus grifos de 
agua fría y caliente...» Veréis, con esto de los gri- 
fos hay luego un efectazo. 

Bueno, no grites; ten el pudor de tus desatinos. 
Convendría saber si le hace gracia al camarero. 
La criada de Moliere. 
Vais a oír. 

¡Qué vergüenza! Casi todo es de éste. 
No hagáis caso; las mayores barbaridades se le 
ocurren a él. 
De indignación. 
Bueno, lee. 

«Cuadro segundo. El cuarto de baño...» 
Baja la voz, hombre. 
(Llamando al camarero.) ¡Mateo! 
(Saliendo por la izquierda.) ¿Qué deseaba don 
Manuel? 

¿No ha salido todavía el Heraldo? 
No me parece haberle oído de vocear... No está 
el chico. Habrá ido a buscarlo. Tardar no puede 
mucho. 

Oiga usted, Mateo. 
Usted mande, doña Antonia. 
¿Qué le pasa esta noche al chocolate? 
¿Pues luego? 
Que le he notado un gustillo... Todas estas no- 



— 9 — . 

ches estaba muy bueno. Y consiste en el choco- 
late, porque aquí el cafó con leche que ha toma- 
do mi esposo, estaba como de costumbre. ¿Sabe 
usted si es que lo han cambiado? 

'Camarero. No, señora; el chocolate es el mismo de siempre. 
Será el gusto de la señora. 

Manuel. aQuó le has notado? 

Antonia. Que se yo. Un saborcillo; pegado no era, y ahu- 
mado tampoco. 

Camarero. Dirólo en la cocina. 

Antonia. No, no diga usted nada. No es que no se pudiera 
tomar; sólo un gustillo raro... ya digo... 

Fosforero (Dentro.) ¡ Heraldo! 

Camarero. Ya vino el Heraldo. (Llamando.) ¡Chico, aquí a 
don Manuel, el Heraldo. 

Fosforero (Saliendo por la derecha con Heraldos.) Ya sé... 
¡Heraldo! 

Manuel. Ya estoy sin cerillas; dame una caja. (El Fosfore- 
ro le da el Heraldo y va por una caja de cerillas, 
volviendo en seguida y dándosela a D. Manuel. 
Se pone a doblar los periódicos encima de la mesa 
del primer término derecha.) 

Antonia. La que compraste anoche re la has dejado enci- 
ma del comedor. 

Manuel. No, mujer, esa estaba vacía. La que compró ano- 
che no he podido encontrarla. 

Antonia. La habrá cogido la muchacha. Es una pelea con 
ella y con las cerillas. Cuidado que siempre tiene 
para ella un vagón de esas de cocina, pero nunca 
sabe dónde lo ha puesto. 

Camarero. Es lo que pasa. 

Antonia. Luego, siempre está pidiendo cerillas. Y mire 
usted que no las necesita más que para encender 
la triste lumbre; porque tenemos luz eléctrica en 
toda la casa. 

Camarero. La luz elóctrica es una cosa buena. 

Antonia. Es mucha comodidad. Yo creo que no ha habido 
otro invento tan bueno. 

Camarero. Así lo creo. 

Antonia. Porque hay otros inventos modernos con los que 
yo no estoy conforme; ahí tiene usted la chu- 
hesqui sin ir más lejos. En casa pusimos una el 
año pasado y no pudimos hacer carrera de ella. 
Y la pusimos porque yo padezco mucho de do- 
lores de cabeza, y el módico se empeñó que se- 
ría del brasero; yes lo que yo digo, si en verano 



- 10 — 

me duele lo mismo, y en verano no será del bra- 
sero. 

Camarero. Claro es. Esos son males que están en la predis- 
posición de la persona. Hay quien le duele la ca- 
beza, hay quien le duele el estómago sin saber 
de qué; ahora que los módicos, ellos algo han de 
decir. 

Antonia. Harta estoy de que me vean unos y otros; con- 
migo no han acertado nunca. ¿Sabe usted con lo 
único que me ha ido bien? Parece una tontería, 
y a cualquiera que se le diga se ríe. Fué remedio 
de una amiga de casa, que se lo había recomen- 
dado a ella otra amiga suya, viuda de un magis- 
trado; y es : ponerme un duro encima del ojo 
izquierdo, que ya tengo uno reservado para eso, 
muy limpio y muy reluciente siempre; por cierto 
que es un duro que le dieron a mi esposo, no 
sabe dónde, que no lo han querido tomar en 
ninguna parte, y es de plata, no crea usted, por- 
que ha de ser de plata para que haga su efecto. 

Camarero. Claro es. 

Antonia. Me ato un pañuelo por encima, que si me ve 
usted, parezco un caballo de la plaza de toros, 
como dice mi esposo, y así me estoy dos o tres 
horas en una habitación bien a obscuras, y es con 
lo único que he encontrado alivio. Mucha gente 
se ríe, yo fui la primera en reírme; pero está 
visto que no puede una reírse de nada en este 
mundo. ' 

Camarero. Así es; si usted encontró con ello mejoría... 
(Llaman al camarero Pepe y Joaquín, dando con 
las cucharillas en las copas.) Voy a ver qué quie- 
ren los poetas. 

Antonia. Se puede venir a este cafe por este camarero; es 
tan atento... 

Camarero. (Después de haber estado hablando con Pepe se di- 
rige al Fosforero.) ¡Chico! Allí te llaman; no sé 
qué dicen de la tinta. 

Fosforero Que habrán dao fin de ella. ¡Me tienen más harto! 
(Se acerca a la mesa de Pepe, y recoge el tintero, 
llenándoselo y trayendo otro al poco tiempo.) 

Antonia.' (Al Camarero.) Pero oiga usted, estos músicos 
tocan muy poco. No sé por qué se me figura que 
tienen muy poca formalidad. 

Camarero. ¿PocaV... Ninguna. Ahí se reúnen con esos otros 
poetas; unos locos todos. 



— 11 — 

i^NTONiA. Y tocan uaas piezas tan serias... Cuidado que a 
mí, en siendo música, me gusta toda; pero estos 
chicos, para ser tan jóvenes, qué cosas tan anti- 
guas tocan. Digo yo que deben ser cosas antiguas. 

Camarero. Pues no será que el amo no se lo tiene dicho, 
pero ellos se burlan. ¡Si fuera yo que el amo!... 

Manuel. ¡Qué atrocidad! 

Antonia. ¿Qué lees? 

Manuel. En Alemania, en un pueblo... Shrr... ¡Qué nombre 
tan raro! La mujer de un molinero ha dado a luz 
tres criaturas. 

Antonia. ¡Pobre mujer! 

Manuel. Niñas las tres. 

Antonia. ¡Qué ricas! 

Manuel. Dice que el emperador ha mandado que les den 
a los padres trescientos marcos. 

Antonia. Me gusta a mí ese emperador; está en todo. 

Manuel. Dice que si hubieran sido chicos les hubiera 
dado el doble. 

Antonia. ¡Que siempre las mujeres hemos de valer menos! 

Manuel. ¿No ves que el emperador lo que quiere son sol- 
dados? 

Antonia. ¿Si?... Pues que no nacieran más que chicos, y a 
ver de dónde iba a sacarlos. (Entra por la dere- 
cha una Joven, y después de mirar por todo el 
café se sienta en el velador de la derecha.) 

Camarero. En mi pueblo también una mujer tuvo tres chicas. 

Antonia. Y nadie le daría nada. 

Camarero. ¿Darle? Que su marido en poco la mata, cuando 
volvió de allí a los dos años. 

Antonia. ¡Ah! ¿Pero el marido?... ¡Sí que era para matarla! 

Camarero. Pues, mire usted; luego fué su suerte; que las 

tres chicas vinieron a criar a Madrid en rauy 

buenas casas, después se casaron muy bien, y 

/ hoy está el padre que no hay otro como él en el 

pueblo. 

Anto:n'ia. Pero ¿el padre? 

Camarero. No, señora; el casado con la madre. Del padre, 
nadie supo más nada. Voy ver esa joven. 

Antonia. ¡Hay algo de los moros! 

Camarero. (A la Joven.) ¿Quiere algo ahora, o espera? 

La joven. Ahora, nada; después. 

Camarero. Está bien. 

La joven. Oiga, ¿no ha venido nadie? 

Camarero. Ya sé quién dice; el joven. No, señora, no ha 
venido. 



— 12 — 

La joven. ¿Va bien ese reloj? 

Camarero. Sí, señora; mismo con la Puerta del Sol. 

La JOVEN. ¡Pues sí que es! 

Camarero. ¿Decía usted?... 

La joven. Nada; que creí que ora más temprano. 

Camarero. No es, no señora. 

La joven. (Levantándose.) Bueno, si viene... ¿Usted le co- 
noce bien? 

Camarero. Sí, señora. Digo yo, si es el joven que la acom- 
paña otras noches. 

La joven. Ese. Me hace usted el favor de decirle que he es- 
tado aquí y que volveré en seguida; que se es- 
pere. 

Camarero. Está muy bien. 

La joven. ¿No se le olvidará? 

Camarero. Descuide. Que ha estado aquí y que volverá de- 
seguida, que espere. Descuide. (Vase ¡a Joven por 
la derecha.) (Al Fosforero, que está doblando los 
periódicos en escena, encima de la mesa del primer 
término derecha.) ¿Qué será de la hermana y de 
aquel pequeño que traían consigo, que las dos le 
decían sobrino? 

Fosforero A la hermana la he visto yo por ahí muy puesta 
de sombrero. (Vase con los periódicos doblados, 
por la derecha Germán y Félix ríen a carcajada.) 

Camarero. ¡Anda con Dios! 

Joaquín. ¿Qué os ha parecido? 

Germán. Que os matan. 

FÉLIX. Que si esto gusta, gustará una barbaridad. 

Pepe. ^ Y el empresario quiere que demos nuestros 
nombres. 

FÉLIX. Oye, ¿quién os hace la música de esos numeritos? 

Joaquín. El músico de la casa; es imposición. Ya pensamos 
en vosotros. 

Pepe Para que no tuvierais nada que echarnos en cara. 

Germán. ¿Por eso? Di que los libretistas tenéis más suerte... 

FÉLIX. ¿Tú crees que por vergüenza iba yo a dejar de 

escribir garrotines y burradas de esas? Tampoco 
estaría aquí en esa especie de patíbulo. 

Germán. Oye, oye; en clase de ejecutores, ¿eh? 

FÉLIX. Y en clase de reos; aunque no sea más que del 

delito de haber nacido, como Segismundo. 

Pepe. De haber nacido artista y en este país, por aña- 

didura. 

FÉLIX. En este país y en todos los países, ¿qué artista 

no ha pasado lo suyo? Yo me dedico a leer bio- 



- 13 



grafías de los grandes artistas y cada día estoy 
más esperanzado. Cuando peor es mi situación, 
más grande me siento. ¿Que estoy sin dos pese- 
tas?, lo mismo que Wagner; ¿que la familia me da 
disgustos?, lo mismo queBethoven; ¿que los em- 
presarios no quieren mi música?, lo mismo que 

Bizet. . -, n 9 

Germán. Pero ¿estás seguro de ser cualquiera de ellos ^ 
FÉLIX. Cualquiera de ellos no, ni querría serlo. Quiero 

ser yo, yo... y lo seré; estoy seguro. 
Pepe ¡Feliz tú! Yo no creo ya ni en mí mismo. Y nadie 

ha tenido más ilusiones que yo; pero se agotan 
las fuerzas, las pocas fuerzas; porque es seguro 
que se puede luchar contra las naturales contra- 
riedades y vencerlas todas, cuando el artista, 
aunque por sí mismo sea flor delicada, nació de 
un tronco robusto, arraigado en terreno bien nu- 
trido. Pero nosotros somos flores descoloridas 
brotadas en rama seca y de pobre tierra. Todos 
somos algo Usvaldos, herederos forzosos de tris- 
te herencia. Como Usbaldo pedimos al Sol por- 
que no tenemos alas bastante fuertes para volar 

hacia él. . j i 

Pues yo, con alas o en aeroplano, he de volar y 

Volaré. - 

Yo también volaría, pero alas no tengo, y el aero- 
plano, como tú dices, cuesta mucho dinero. 
Sí pero los viajes a America están muy baratos. 
Sí! sí; buenas noticias tengo yo de América. Vete 
allí con tu violín y tu música, sin dinero y sin el 
reclamo de un hombre célebre, y entonces ya no 
pedirás alas; te contentarás con aletas para volver 

a nado. 
Germán. Chico, vamos a tocar; no nos manden un re- 
cadito atento del mostrador; ya sabes como las 

gastan. ^ .« 

Pepe No hay nadie; tocad algo seno. Purifiquemos un 

poco el ambiente, emponzoñado con la lectura de 

esta joya. - ^ , , 

Germán. ¿Cómo que no hay nadie, y esta allí la mas alta 
representación de la burj/uesía, los parroquianos 
más antiguos y caracterizados de la casa? ^ 
FÉLIX Además hay que ponerse a tono. Veréis que poi- 

quita;los domingos es con acompañamiento obli- 
gado de platillos y cucharillas. 
Germán. Es de unos cuplés que me pidieron una vez para 



FÉLIX. 

Pepe. 

FÉLIX. 

Joaquín. 



- 14 



FÉLIX. 

Germán. 

FÉLIX. 

Pbpe. 



FÉLIX. 

Germán. 
Pepe. 

FÉLIX. 

Germán. 



Camarero. 

El joven. 
Camarero. 



El joven. 
Camarero. 
El joven. 
Camarero. 
El joven. 
Camarero. 
El joven. 



Camarero. 
El joven. 

Camarero 
El joven. 
Camarero. 
El joven. 



no sé qué cupletista de esas que han encarecido 
la lentejuela. 

Esas artistas que el fregadero añora. 
Diez duros me dieron; la mayor cantidad que he 
cobrado de una vez en mi vida. 
¿Lo veis? Pues todo eso va luego muy bien en la 
biografía. 

En las que llegan a escribirse, que son las que 
llegan al capítulo de la gloria; pero, ¿y las que 
interrumpe la vida bruscamente en el capítulo 
de la miseria y áe la muerte? Esas no las escribe 
nadie. 

¡Chico! Eso pide música de Chopin. 
Pero no estamos aquí para tocar lo que nos 
gusta. 

¿Aquí? Ni en ninguna parte. Vosotros en el cafó, 
nosotros en el cine. ¡Hay que vivir! 
¡Hay que vivir! (Se oye dentro el timbre del mos- 
trador.) 

¿No lo dije? El timbrecito. Vamos a tocar. (Vanse 
por la derecha Félix y Germán. Al mismo tiempo 
entra por el mismo sitio un Joven. Durante esta 
escena se oirá tocar muy piano lapolquita de que se 
habla anteriormente.) 

(Al Joven que se ha sentado a la mesa del término 
derecha.) Buenas noches. 
Muy buenas. ¿No ha venido nadie? 
Ya sé quién dice. Ha venido la joven, ha dejado 
dicho que volvía deseguida y que le dijera a us- 
ted de esperarla. 
Está bien. ¿Hace mucho? 
Mucho no puede hacer. ¿Quiere tomar algo? 
Ahora, no. 
Está bien. 

¿Es esa la hora? (Mirando hacia la izquierda.) 
Mismo con la Puerta del Sol. 
(Levantándose.) Oiga usted, si viene esa joven la 
dice usted que he estado aquí esperando más de 
una hora y que me he cansado de esperar. 
Dijo de volver deseguida. 

Bueno, dígale que puede que vuelva, pero que si 
no vuelvo... No, que vuelvo j^ que espere aquí. 
Bien está. 
Oiga. 
Mande. 
No diga usted siquiera que he venido. 



— 15 — 

Camarero. Yo, usted verá : lo que usted me diga; pero si 
sabe que ha estado usted aquí... (Viendo llegar a 
la Joven por la derecha.) Ve, aquí está. 

La joven. ¿Entrabas o salías? 

El joven. Salía; llevo aquí dos horas. 

La joven. ¡Vamos! ¡Hay que ver! No habrías hecho más que 
llegar... 

El joven. Pregunta al camarero. 

La joven. Pero, ¿qué tengo yo que preguntar a nadie, si no 
hace cinco minutos que he salido de aquí, que 
llevaba tres horas plantifica .esperándote?... Tú 
mira la hora que es. 

El joven. No tengo que mirar nada. 

La joven, y ahora vienes tarde y con prisa... ¿Te estarán 
esperando de ande vienes...? 

El JOVEN. Vengo de... 

La joven. De allí mismo. ¿A dónde ibas a las ocho por la 
calle de Relatores? 

El joven. ¡Vamos, que te alivies! ¿Qué tenía yo que ir por 
la calle de Relatores? 

La joven. ¿Si querrás tú hacerme a mí tonta del todo? 

Camarero; (Acercándose.) ¿Quieren algo? 

El joven. Tú, ¿qué quieres? 

La joven. No quiero nada. 

El joven. Ahora nada, luego volvemos. Anda. 

La joven. No, si no voy. 

El joven. Déjate de tonterías. 

La joven. Te digo que no voy. Lo mismo que ahora. Cree- 
rás que no te he visto bajar del tranvía en la 
esquina... camino de tu casa... lo mismo tiene 
calle arriba que calle abajo. 

El joven. Pero, ¿es que no puede uno venir más que de su 
casa? 

La joven, a estas horas. 

El joven. Es verdad, que son las cinco de la madrugada. 

La joven. Son las cinco de tu poca vergüenza. 

El joven. Bueno. ¿Te has callado ya? 

La joven. Tan callada, que me voy ahora mismo. 

El joven. No te vas. 

La joven. ¡Puede! 

El joven. ¡Si no mirara! 

La joven. Haces bien de mirarlo. Bueno; ahí te quedas. 

El joven. ¡Maldita sea!... Te digo... 

La joven. ¡Sin vergüenza! ¡Tío! 

El joven. (Amenazándola.) ¡Te doy así!... 

La joven, ¿a mí tú?... (Vanse disputando por la derecha.) 



16 



Camarero. 
Fosforero 

Camarero. 

Antonia. 

Camarero. 



Antonia. 



Cipriano. 

Joaquín. 

Germán. 

Pepe. 

Félix. 

Cipriano. 

Germán. 

Camarero. 

Cipriano. 

Camarero. 

Adolfo. 

Joaquín. 

Cipriano. 

Pepe. 

Cipriano. 

Adolfo. 



Cipriano. 



Pepe. 



Cipriano. 



¡Anda con Dios! 

¡Digo; valiente torta le ha arreao en mitad la cara!' 
(Cesa dentro la música.) 

¡Qué cosas, Señor, qué cosas! ¡Está este Madrid!.., 
¿Qué les pasa a esos jóvenes? 
¡Calle usted! Le digo a usted, doña Antonia... Pe- 
leando van por medio la calle. Estos paran esta 
noche en la delegación. 

¡Qué parejitas, qué parejitas! (Entranpor la dere- 
cha Cipriano, Adolfo, Félix y Germán y se sien- 
tan todos a la mesa en que están Pepe y Joaquín.) 
¡Hola, chicos! 
Adiós. 

Hola, Cipriano... Adolfo... 
^iCómo venís tan tarde? 
Os habéis perdido la gran lectura. 
¿Qué? ¿El segundo cuadro? ¿Lo habéis termina^ 
do ya? 

Es graciosísimo. 

¿Quieren algo? (A Cipriano y Adolfo.) 
Ahora nada. 
¿Y usted? 

Tampoco. Ya te avisaremos. 
¿Habéis estado en algún tBatro? 
No; fui a buscar a éste; me dijo que Juanito Mon- 
tero estaba peor, y hemos ido a verle. 
¿Y cómo está? 
Muy mal, acabando. 

Pues yo creo que no está tan malo como tú dices. 
Ya sabes que los enfermos del pecho cuanto peor 
están se figuran que están mejor. Y Juanito no 
hace más que decir que se muere, que lo sabe, 
que está seguro de ello. 

No lo creas. Es por eso mismo; porque él ha oído 
decir que el peor síntoma de su enfermedad es 
no creer en ella, y por engañarse a sí mismo se 
finge aprensivo; pero ya ves cómo nos hablaba 
de sus proyectos literarios. Nos ha preguntado 
por vosotros. 

Chico, nosotros no hemos ido a verle porque ya 
sabes cómo es Juanito; muy buen muchacho, 
pero tan fantástico... Nunca le ha gustado que se 
sepa dónde vive y cómo vive. 
Antes sí; ahora el pobre se ha alegrado tanto de 
vernos. Es muy buen chico... con sus cosas como 
todo el mundo. 



— 17 — 

Adolfo. Yo creo que el no gustarle que se fuera a su casa, 
no era por la casa, sino por la madre y la her- 
mana, que son muy ridiculas. 

Cipriano. Unas infelices, A^hV; pero de estas cursis que no 
tienen qué comer y están siempre hablando de 
grandezas. 

Adolfo. Dicióndonos que ya no sabían qué darle de co- 
mer al pobre Juanito, que había aborrecido las 
perdices, y la ternera, y el Jerez y el champag- 
ne... Y todo esto viendo aquella casa y aquella 
habitación. 

Cipriano. Y viéndolos a los tres. 

Adolfo. Y luego la madre y la hija con el pelo pintado y 
unos chafarrinones de colorete y una arroba de 
polvos. 

Cipriano. Cuando salieron a despedirnos, muy afectuosas, 
deshaciéndose en palabras de agradecimiento, 
los dos lloraban, y era algo grotescamente trá- 
gico verlas llorar; recordaban esos cuentos de 
payasos tristes que dejan caer sus lagrimones 
sobre la cara enharinada. Este no podía contener 
la risa. 

Adolfo. Tuve que taparme la cara con el pañuelo y hacer 
como que lloraba yo también. El caso es que aho- 
ra me dan ganas de llorar de veras al recordarlas. 

Cipriano. No; si yo estaba muy emocionado, porque quie- 
ro de verdad a Juanito, y aun así por poco no 
me río de las pobres señoras; y es que la ridicu- 
lez es compatible con todo, hasta con el dolor, 
hasta con la muerte. 

FÉLIX. Chicos, no hablemos de cosas tristes; Pepe ya 

estaba esta noche lo más fúnebre. 

Pepe. ' ¡Pobre Juanito! Mañana iremos a verle, ¿te pa- 
rece? 

Joaquín. Como tú quieras. 

Cipriano. Os lo agradecerá. Yo creo que no dura ocho días. 

Pepe. Y era un poeta. 

Cipriano. ¡Si vierais! Nos ha leído, digo, quiso leernos, tuve 
yo que acabar la lectura, unos verbos, los últimos 
que ha escrito, los últimos que escribirá segura- 
mente, muy hermosos, ¿verdad? 

Adolfo. Sí; muy sentidos; con alguna incorrección de for- 
ma, pero están muy bien. 

Cipriano. Sobre todo, escuchados allíy sabiendo que sonde 

un poeta que muere y se despide de la vida como 

. de una mujer a quien se quiso con toda el alma 

2 



— 18 — 



FÉLIX. 

Cipriano. 
Joaquín. 



Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 



Germán. 
Cipriano. 



Félix. 
Cipriano. 



j nos hizo traición... Porque lo cruel de la vida 
no es que lo niegue todo, es que promete mucho, 
como las mujeres coquetas y falsas. No es que 
se haga aborrecer, es que se hace amar y no co- 
rresponde nunca a nuestro amor. Nos deja soñar 
con todas las dichas, con todas las glorias, y 
cuando más soñamos, deja caer toda su pesa- 
dumbre sobre nosotros, y es la vida misma la losa 
que cae sobre nuestros sueños. 

¡Es la vida la losa de los sueños! 

Así dicen los versos del poeta moribundo; un 
joven como nosotros, más feliz que nosotros, 
porque para él muy pronto caerá otra losa que 
es paz y es descanso. Empeñado en que le pro- 
metiera qué le enterraríamos con muchas rosas. 
¿Tendremos dinero para comprárselas el día del 
entierro? 

¡Hombre! Yo no sé lo que cuestan las rosas en 
este tiempo, pero entre todos... 
Gracias, Félix. 

Pero chico, Cipriano, pvas a llorar? Jaanito era 
un buen muchacho, pero no un íntimo; se pasa- 
ban los meses sin verle. 

Si es que no sé si lloro por él o por mí. Es que 
cuando le veía hoy me pareció verme. 
Chico, pero si tú estás muy sano y muy fuerte. 
Sí, hoy, mañana; también él lo estaba...; pero he 
creído verme, su casa como la mía — salvo la ridi- 
culez de sil pobre madre y de su hermana—; mi 
madre y mis hermanas no son ridiculas; saben 
ser pobres y modestas. 
Vamos, vamos, hablemos de oti : cosa. 
Sí, sí, hablaremos de otras cosas y nos reiremos 
como otras noches; pero creedme, esta noche, 
cuando estemos acostados y antes de dormir- 
nos, todos pensaremos en el pobre Juanito Mon- 
tero. Hs la hora en que, sin darnos cuenta y aun- 
que queramos aturdimos con todos los pensa- 
mientos del día, se encara con nosotros solem- 
nemente lo que hemos pensado de más serio 
durante el día. 

También hay que ver la vida que llevaba Juanito; 
era muy golfo. 
No caigas en esa vulgaridad. ¿Qué vida llevaba? 



19 



Pepe. 



Cipriano. 



Joaquín. 

FÉLIX. 

Joaquín. 

Pepe. 

Cipriano. 

Adolfo. 

Germán. 

Cipriano. 

Adolfo. 

Félix. 

Pepe. 



¿Por qué era un golfo? También dicen de nos" 
otros que somos golfos con la misma razón. Lie-, 
vamos la vida que podemos llevar. ¿Que vivimos 
de noche? ¿Está nuestra indumentaria para vivir 
de día? Y hay también que decirlo: con la frugal 
alimentación que podemos permitirnos, ¿hay 
fuerzas en nosotros hasta que, gracias a las dos 
comidas malas del día, puede parecemos que 
hemos hecho una regular? 

Exacto. Yo confieso que sólo a estas horas, des- 
pués de haber tomado este brevaje, empiezo a 
vivir y a pensar con alguna lucidez. 
¿Qne nos levantamos tarde? Naturalmente; la 
cama es el abrigo y la alfombra y la estufa de 
todos los que viven como nosotros, en casas como 
las nuestras. ¿Que nos pasamos las horas en el 
café? Digo lo mismo. ¿Quién se queda en casa 
en estas noches de invierno en un cuarto des- 
amparado, con una mala luz, con una sutil este- 
ra, por todo mullido? ¿Quién trabaja ni piensa so- 
plándose los dedos y dando patadas en el suelo 
para no helarse? El café, el calumniado café, es 
nuestro Paraíso. Ya veis; yo he leído la Divina 
Comedia, El Paraíso perdido, otros muchos poe- 
mas y cuentos en que se describe la Gloria; -he 
visto cuadros y decoraciones celestiales; pues 
siempre que me figuro el cielo, mi imaginación 
no va más allá de representarme un lugar con 
muchos espejos, muchos dorados, algo de músi- 
ca y unos ángeles que le preguntan a uno ¿qué 
quiere usted tomar? Lo sirven en seguida y no 
cobran luego. 

¿Os acordáis de nuestro amigo Rivera? 
El famoso Rivera. 

Cuando se casó con una ricachona de pueblo y 
quiso poner su casa a todo lujo. 
Sí. Y la puso como un café. Todo eran divanes 
de terciopelo encarnado y grandes lunas. 
Naturalmente; como que él no había visto cosa 
mejor en su vida. 

¿No vendrán las chicas esta noche? 
Vendrán a última hora. Habrán ido al Real. 
Sí, lo dijeron anoche. 
Estando don Paco en Madrid, ya se sabe. 
Estando don Paco en Madrid hay diversiones. 
¿Qué misterio habrá con don Paco? 



20 — 



FÉLIX. 



Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 



FÉLIX. 



Cipriano. 
Germán. 



Adolfo. 
Félix. 



Adolfo. 
Germán. 

FÉLIX. 

Pepe. 
Germán. 



¡Hombre! ¿Misterio? A cualquier cosa llamas mis- 
terio. Que en sus .tiempos tuvo que ver con la 
madre, y ahora tendrá que ver con alguna de la& 
chicas. 

¡No seas bárbaro! 

¡Si vamos a creer ahora en la virtud de doña 
Rosa y sus tres pimpollos!... 
Digo lo mismo que de nuestra golfería: según lo 
que se entienda por virtud. Si vamos a hablar 
mal de ellas por lo mismo que alternan con nos- 
otros, cuando esa es la mejor prueba de que son 
unas infelices, porque el porvenir que nosotros 
podamos ofrecerles... 

No, aquí ya sabemos que vienen por pasar el 
rato, por las mismas razones que tenemos nos- 
otros para venir, y que tú has enumerado antes 
con tanta elocuencia. 
Gracias. 

Pero que la mamá y las niñas no se asustan de 
nada, ^.para qué vamos a discutirlo? (Entran por 
la derecha muy amartelados la Joven y el Joven, y 
se sientan a la mesa del primer término derecha.) 

Y si no, aparte don Paco, que es el que sostiene 
la casa seguramente (todos vemos cómo inejoran 
de posición, como por encanto, cuando él está 
en Madrid), ¿a quién de nosotros han hecho caso? 
A éste (Señalando a Adolfo), porque saben que 
será rico el día de mañana. 

¿Rico yo? ¡Valiente riqueza! 
¡Hombre!; tus padres son hacendados; tienen tie- 
rras, viñas, borregos; te mandan dinero todos 
los meses; llevas diez años en Madrid estudian- 
do, y tu padre no ha venido todavía a romperte 
algo. Todo esto ha sido tomado en consideración 
por doña Rosa y sus tres brotes, que se han di- 
cho, seguramente, «Aquí hay porvenir», que es 
como si dijeran, «Aquí hay matrimonio.» 
Ni que fuera yo tonto. 
Pues bien colado estabas con Leonorcita. 

Y lo está. Estas noches no va con ellas al teatro por 
respeto a don Paco y porque no está en fondos. 

Y por imitar a Enrique, que es sü modelo en 
todo : en las corbatas, en los calcetines y en las 
conquistas. 

Como Enrique se ha distanciado de Rosina, éste 
quiere imitarle. 



— 21 — 



FÉLIX. 

Joaquín. 

FÉLIX. 

Cipriano. 



FÉLIX. 

Cipriano. 



4 

FÉLIX. 

Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 

FÉLIX. 



Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 

FÉLIX. 

Cipriano. 



¿Y eso? Enrique, el capitalista de la reunión; a 
ése sí que han querido atraparle. 
¡A buena parte iban! Ese sabe mucho. 
Ese es el que ha sacado más partido. 
No lo creo. Rosina es una buena muchacha: lo 
mejor de la familia. Y ha sido ella la que ha de- 
jado a Enrique en cuanto comprendió que no 
había de casarse con ella. De Leonorcita, de Es- 
tela, no digo: son otra cosa. A Rosina la conoz- 
co bien: será muy romántica, muy cursi, todo lo 
que queráis, pero es buena. 
¡Paladín de virtudes de lance! ¡El caballero del 
Pato! 

No son quijotismos. ¿Sabré yo a qué atenerme 
respecto a doña Rosa y sus hijasV Pero de Rosi- 
na estoy seguro de que si hubiera caído ya, si 
cae algún día, será porque este enamorada. Vos- 
otros decís que Enrique va alabándose por ahí 
de haber conseguido algo. Eso prueba que Rosi- 
na no pensaba en atraparle, como él dice. El me- 
dio en que vive Rosina es para saber lo bastante 
de esas cosas, y que no es ése el medio de atra- 
par a un hombre; y, ya veis, yo, que estimo a 
Rosina, creo que la estimaría más si creyera 
que se había entregado por cariño que si cre- 
yera que se había defendido por cálculo. 
Hay un término medio, que suele ser el de casi 
todas las mujeres: haber calculado mal. 
Sí, es posible; cuando se calcula que un canalla 
como Enrique puede ser una persona decente. 
¡Bueno! Cada día se entera uno de algo nuevo. 
¿Por qué lo dices? 
Por nada. 
Dilo. 

No, no lo digo, porque es muy posible que no 
te hayas enterado tú mismo o no hayas querido 
enterarte, y protestes airadamente. Pero creo 
que todos estamos de acuerdo. ¿No es cierto, se- 
ñores? ¿Cuántas veces ha pronunciado nuestro 
amigo el nombre de Rosina? 
No seas majadero. 

¿Cuántas veces ha pronunciado la palabra cana- 
lla, reñriéndose a Enrique? 
Eso sí... 

¿Qué significa todo esto? Coladura. 
iPuede que lo creas... 



— 22 - 

FÉLIX. Señores, ¿ustedes lo creen? 

Todos. Sí, sí. 

FÉLIX. ¡Yox popula 

Cipriano. Sois unos imbéciles! Dejadme en paz; voy a es- 
cribir unas cartas. 

Manuel. ¡Mateo! 

Camarero. Va. Mil gracias, don Manuel. ¿Ya se retiran? 

Antonia. Sí, ya es muy tarde. ¡Qué bulla traen los poetas! 

Camarero. Ellos solos alborotan toda la casa. 

Antonia. Oiga usted, ¿no es la parejita de antes? 

Camarero. Los mismos, sí, señora. 

Antonia. ¡Vaya!; pues no han acabado en la Delegación, 
como usted creía; menos mal; se ve que han 
hecho las paces. 

Manuel. ¡Sí, caramba! 

Camarero. Vea usted si son formas ésas de estar ante un 
público. ¡Le digo a usted, doña Antonia!... Voy a 
ver si quieren algo y, de camino, reparan que 
están en un establecimiento. 

Antonia. ¡Qué parejitas éstas! Buenas noches, Mateo. 

Camarero. Muy buenas las tenga usted, doña Antonia. 

Manuel. Hasta mañana, Mateo. 

Camarero. Si Dios quiere, don Manuel. Abrigúese bien, que 
la noche se puso fresca. (Salen D.^ Antonia y 
D. Manuel. El Camarero se acerca a la mesa donde 
están el Joven y la Joven.) ¿Desean algo? 

La joyen. ¡Ay! ¿Pues no me he asustado...? 

El joven. ¿Qué quieres tú? 

La joven. ¿Yo? No sé. ¿Tú, qué quieres? 

El joven, a mí tráigame usted cafó con leche. 

La joven. Pues a mí lo mismo. 

El joven. Oiga: con media tostada. 

La joven. Pues lo mismo. 

Camarero. Está bien. 

La joven. Oiga: que no esté apegotá la manteca, si pué ser. 
Dígalo, haga el favor. 

Camarero. Dirélo así. 

La joven. Oiga : diga al del puesto que traiga unos ci- 
garros. 

Camarero. (Llamando al Fosforero.) Aquí, cigarros. 

Fosforero Va en seguida. 

El joven. ¿Vas a obsequiarme? 

La joven. Pa que veas cómo soy yo. ¡La tonta perdía! De 
eso te vales. 

El joven, y tú de que me tiés loco. 

Fosforero Aquí tienen. 



— 23 — 

El joven. Trae que escoja. 

La joven.' Ese no, que está así como apolillao. 

Fosforero ¡Apolillao! 

El joven. Trae acá; si éstos con pintas son los mejores. 

La joven. Lo que es no entender. ¿Son a veinte, verdá? 

Fosforero A veinte. 

La JOVEN. Ahí tió usté, veinte. 

Fosforero ¡Salud! 

Camarero. ¿Está a su gusto? 

La joven. Podía estar más extendía; pero... bueno está. 

Camarero. (Llamando.) ¡Féee! 

El joven. ¿Cuál quieres tú? ¿De arriba o de abajo? 

La joven. Me es lo mismo. 

El joven, a mí también. (Al Echador.) Bastante. Aquí café 
solo. 

La joven. Bueno está. Aquí un poco más, haga el favor. (Al 
Camarero.) Oiga usted: ¿es de vacas o de cabras? 

Camarero. Siempre fué de vacas. 

La joven. Siempre, no, que estos días atrás era de cabras. 

Camarero. Sabrá usted más que yo. 

La joven. Porque lo sé lo digo. Podía no saberlo: un tío 
mío tiene establecimiento. 

Camarero. ¿Cabrería? 

La joven. Un café como éste; vamos, no es como éste, por- 
que el barrio y la callo no son para una cosa así; 
pero un buen establecimiento. ¿No ha bajao 
usted por la calle de la Arganzuela? Pues allí, a 
la entradita según se sube, Café de Pastor. El 
dueño es tío mío, ya digo. 

Camarero. Por muchos años. 

La joven. Se ha gastao allí muy buenos cuartos. 

Camarero. Con permiso. 

La joven. No creas que al decirle todo esto ha sido nada 
más que por decirlo; es que como da la casuali- 
dad que siempre que hemos venido a este café 
ha sido para tener un disgusto; por cierto que no 
N volvemos más, que este café tiene muy mala pata, 
no vayan a crerse que es una una cualquier cosa. 

El joven. No sé por qué van a creerse nada, ni hay que 
darles cuentas a nadie. 

La joven. No es darles cuentas a nadie, pero bueno es que 
se sepa quién es cada uno. Guarda los terrones, 
pero no los juntes con el tabaco. (Entran doña 
Rosa, Rosina, Leonor, Estela y D. Paco.) 

Félix. Ya están aquí; dejad sitio. 

D.* Rosa. Muy buenas noches. 



— 24 — 



ROSINA. 

Estela. 
Leonor. 
Félix. 
D. Paco. 
Joaquín. 
D. Paco. 

FÉLIX. 

Pepe. 

Leonor. 

Pepe. 

FÉLIX. 

D.^ Rosa. 
Germán. 
D."" Rosa. 

FÉLIX. 

Leonor. 

FÉLIX. 

D.*" Rosa. 

FÉLIX. 

D.^ Rosa. 



FÉLIX. 

D.^ Rosa. 



Estela. 

Cipriano. 
Rosina. 
D.^ Rosa. 



Rosina. 

Camarero, 
D. Pago. 
D.* Rosa. 



Buenas noches. 

¡Doña Rosa! ¡Preciosidades! 

Muy buenas, pollos. ¿Cómo va? 

¡Don Paco! Siéntese usted aquí. 

No se mueva nadie, no se mueva nadie. 

No; pase usted, pase usted. 

Siéntese usted aquí, Leonorcita. 

Da lo mismo; está usted bien. 

No, no. Este es su sitio. 

¿Del Teatro Real? 

De allí venimos. 

¿Se han divertido ustedes? 

Venimos entusiasmadas. ¡Cómo ha cantado ese 

hombre! 

¿Qué daban esta noche? 

Tosca. 

¡Uy! 

Sí, ya sabemos que a usted no le gusta. A usted, 

no siendo las óperas de Wagner... 

Y otras también. 

Otras por el estilo. Yo no voy a discutir con 
usted : usted es músico, es usted un artista, en- 
tiende usted más que yo... 
No, señora. 

Yo no he llegado a esas sublimidades. A mí déme 
usted un Barbero, un Bigoleto... Esta misma Tosca 
es algo espeluznante; pero ¡tiene trozos!... Sólo 
por oír aquella romanza... 

Es divina, ¡y cantada por ese hombre!... Yo me 
estaría oyéndole toda la vida. 

Y usted, Rosina, ¿se ha divertido mucho? 
Como yo me divierto; ya sabe usted. 

Calle usted; toda la noche se la ha pasado llo- 
rando: haciendo el ridículo y llamando la aten- 
ción. Yo no digo que la música no haga sentir; 
a mí también se me saltan las lágrimas algunas 
veces; pero de eso a estar toda la noche gimo- 
teando... 

¿Qué voy a hacerle? Yo soy así; bastante lo 
siento. > 

¿Quieren algo? 

Nenas, ¿qué vais a tomar? Usted, Rosa. 
Yo, mi chocolate, como siempre, con su vaso de 
leche; ya sabe Mateo. 



— 25 — 

XiEONOR. Yo tomaría algo muy fresco. 

Estela. Y yo también. 

D.* Rosa. No, hijas, que estáis muy sofocadas. 

Leonor. Mamá, si estoy muerta de sed... 

D.* Rosa. Luego tomáis un vaso de agua, después del cho- 
colate. 

D. Paco. Déjelas usted que tomen lo que quieran. 

D.^ Rosa. No las haga usted caso. Chocolate para todas. 

Oamarero. ¿y el señor? 

D. Paco. También chocolate. 

Camarero. Cinco chocolates. ¿Todos con bizcochos? 

D.^ Rosa. Sí, como siempre. 

Leonor. Creí que estaría usted en el Real. 

Adolfo. Me ha sido imposible... Cipriano les dirá a uste- 
des; teníamos que ver a un amigo enfermo. 

Leonor. Sí, sí; ya está usted bueno. Por supuesto que yo 
ya le conozco a usted. 

Adolfo. Le juro a usted. Leonorcita... 

Leonor. Yo no soy una tonta como Rosina, y si ha creído 
usted otra cosa... 

Adolfo. ¿Qué he de creer yo, Leonorcita? 

D. Paco. Ése Teatro Real es una gloria. Yo no voy a otro 
teatro cuando vengo a Madrid. Soy apasionado 
por la música. En mi casa tengo un gramófono, 
y es mi única distracción en aquel aburrimiento 
provinciano. Y muchas veces ni ese recurso me 
queda; como mi señora está siempre tan delica- 
da, la mayor parte de los días no estamos para 
músicas. 

D.^ Rosa. El pobre don Paco puede decirse que no vive 
más que cuando puede hacer una escapadita a 
Madrid. 

D. Paco. Sí que llevo una vidita poco envidiable. 

D.* Rosa. Bien dicen que el dinero no es todo en este 
mundo. 

D. Paco. Diez y seis años, casi desde que me casé, metido 
en aquel lugarón; con mi señora siempre enfer- 
ma, y como todos los enfermos, con sus rarezas. 
¡Lo que yo me acuerdo de ustedes! De estos días 
que paso en Madrid, que para mí son un sueño; 
de ese Teatro Real, de estos ratos en compañía 
tan agradable. 

PÉLix. Muchas gracias. 

D. Paco. Aquí me siento como rejuvenecido. ¡Mis tiempos 
de estudiante, mi vida de Madrid!... 

Pepe, ¿Quiere usted que cambiemos, don Paco? 



— 26 — 



D. Paco. 



B.^ Rosa. 
Joaquín. 
Félix. 
D.'' Rosa. 



D. Paco. 
D.^ Rosa. 

FÉLIX. 

D.'' Rosa. 



D. Paco. 



D.^ Rosa. 



¡Calle usted! Pues si yo pudiera cambiarme por 
cualquiera de ustedes, con sus años, con su buen 
humor... 

¿Ustedes gustan? 
Buen provecho. 

Sí, sí, ¡nuestro buen humor! A estas horas, sí. 
Tiene razón. Los pobres también pasan sus ma- 
los ratos luchando por la vida, como luchamos 
todos en este Madrid. Lo que hay es que cuando 
viene usted, para cuatro días que está usted en- 
tre nosotros, no vamos a entristecérselos; pero si 
nos oyera usted aquí algunas noches..., cada una 
empieza a contar sus calamidades, y es el cuento 
de nunca acabar. El caso es que unos con otros 
acabamos por consolarnos; consuelo de tontos, 
como suele decirse. 
Pero ello es que ustedes se distraen. 
Eso sí. Con estos amigos siempre se pasa bien... 
Son tan instruidos, tan educados... 
Ustedes son muy amables. 

No, ya lo. saben ustedes que si no fuera así na 
vendría yo aquí con mis hijas. Ustedes saben 
que las tertulias de café no están muy bien mi- 
radas; yo sé que hay qujen nos critica porque 
j;asamos aquí estos ratos, como si aquí se hicie- 
ra algo malo. Y don Paco lo sabe, que si veni- 
mos es por ustedes. El también les aprecia a 
ustedes, y y; i ven ustedes que también tiene 
mucho gusto c i acompañarnos a la reunión, quo 
es tanto como autorizarnos para que vengamos 
nosotras, que de otro modo no vendríamos, por- 
que para mí don Paco es..., ¡qué sé yo qué de- 
cirles a ustedes!, un amigo de toda la vida, de 
los que ya van quedando muy pocos. 
Lo que yo siento es tener que vivir tan lejos de 
ustedes. ¡Es muy triste! Pero mientras viva mi 
esposa, y quiera Dios que sea por muchos años,, 
aunque la pobre ganaría con morirse, en el es- 
tado en que se encuentra, y no quiero pensar la 
que sería de ella si yo faltase antes. 
¡Por Dios, don Paco! Ni pensarlo; usted está 
en lo mejor de su vida, y quién sabe lo que 
Dios le tendrá reservado, por lo mismo que no 
ha sido usted muy feliz. Por supuesto, como no 
lo somos nadie en este mundo. ¡Ay, qué vida 
ésta! Y cuando ve una que lo que haría su feli~ 



27 — 



Pepe. 



D.* Rosa. 



D. Paco. 

FÉLIX. 

D. Paco. 

FÉLIX. 

D. Paco. 

Pepe. 

D. Paco. 
Pepe. 



D. Paco. 
Pepe. 



Todos. 
D. Paco. 
Pepe. 



D. Paco. 



cidad es lo que tiene de sobra mucha gente, que 
tampoco es feliz, porque no hace aprecio de ello... 
Yo siempre he dicho que con la felicidad que hay 
en el mundo todos podríamos ser felices, si la 
felicidad no se equivocara de puerta. 
Si nos oyera usted aquí algunas noches, se reía 
usted sin ganas, don Paco, cuando jugamos a 
los sueños, como yo digo. Empezamos a decir 
lo que hubiéramos querido ser en este mundo... 
Y, mire usted, no son cosas tan imposibles, pues 
ni eso. 

Sí que será divertido oírles a ustedes. ¿Y qué 
sueños son esos? Díganme ustedes. 
¿Piensa usted ser nuestro genio protector? 
¡Qué más quisiera yo! Pero ¿y a mí, quién me pro- 
tege? ¿Creen ustedes que yo no sueño también? 
Sueña el rico en su riqueza. 
¡Ay!, el dinero, sobre que no es tanto como uste- 
des creen, ¿qué vale el dinero? 
¿No lo dije? La 'felicidad, que se equivocó de 
puerta. 

¿Es ése su sueño de usted? 

Pues ¿cuál otro, don Paco? Si yo tuviera dinero, 
escribiría mis comedias, las que yo concibo, las 
que yo sueño... O renunciaría a escribirlas, y no 
sería un fracasado más. Ahora, como no tengo di- 
nero ni sirvo para nada, tengo que aferrarme como 
un desesperado a la idea de que sirvo para escri- 
birlas, porque yo' sé que no sirvo para otra cosa. 
Que no se lo habrá usted propuesto. 
No, don Paco. Fuera de nuestra literatura y de 
nuestra música, no servimos para nada. ¿No es 
verdad, señores, que no servimos para nada? 
¡Para nada, para nada! 
Será por culpa de ustedes. 

Quizás; por culpa también, que ellos tal vez di- 
rían que tampoco era suya, de nuestros padres^ 
que no tuvieron valor para darnos un oficio, ni 
bastante dinero para darnos una instrucción só- 
lida, que en la vida moderna representa o mu- 
cho dinero o un esfuerzo personal de energías 
extraordinario. 

¿Pero ustedes no se sienten artistas por verda- 
dera vocación? La vocación, el nombre lo dice^ 
es algo que nos llama, es la voz de nuestro des- 
tino en la vida. 



28 — 



Pepe. 



D. Paco. 
Pepe. 



D. Paco. 
Pepe. 

Cipriano. 

D.^ Rosa. 



D. Paco. 
D.^ Rosa. 

Cipriano. 
D. Paco. 
Cipriano. 
D. Paco. 
Cipriano. 



D. Paco. 

FÉLIX. 



<jERMÁN. 

Pepe. 
D. Paco. 
Pepe. 

D. Paco. 



Sí, es cierto; pero por una vida humana total- 
mente realizada como una obra de arte, ¡cuánta 
obra imperfecta! La Naturaleza es pródiga, y no 
se para a corregir : borra o suprime cuando se 
equivoca. Cada fruto cuajado supone mil flores 
heladas; ,por una cosecha que se logra, ¡cuántos 
campos arrasados!; por un hombre que llega a la 
plenitud de su vida, ¡cuántos niños que mueren! 
Para que un gran artista triunfe, ¡cuántos han de 
sucumbir fracasados! 
Con esos ánimos... 

Con esos ánimos va todo un ejército a la guerra; 
todos saben que ha de haber muertos, vencidos 
y vencedores. Si cada uno supiera de antemano 
la suerte que le corresponde, todos serían derro- 
tados, porque, ¿quién iba a dar su vida para que 
otros vencieran? 

Ya veo que no es usted el que más sueña. 
No, yo he despertado ya. Estos amigos, sí; todavía 
esperan. 

Yo no; ya veis que he renunciado por completo 
a escribir. 

Una lástima, porque usted no sabe qué cosas tan 
bonitas escribe. Pero le producía tan poco, tiene 
que atender a las necesidades de su casa. 
Eso está bien. 

Su madre es viuda, y sus hermanas... ¿Cuántas 
hermanas tiene usted Cipriano? 
Cuatro, señora. 

Y ¿trabaja usted? ¿Algún empleo? 
Modestísimo. 
¿Del Estado? 

No, en unas oficinas particulares. Todo el día 
trabajando. Cualquiera piensa después en litera- 
turas. Eso se acabó. 
¿Y los músicos? 

Yo no estoy desilusionado. Yo no sé cómo, pero 
yo sé que pronto he de realizar mi sueño... Via- 
jar por el extranjero, estudiar, saturarme de Arte, 
de música sublime, y después ¡el triunfo! 
Yo con ir a París me contentalja. 
Vosotros no tenéis familia que os ate. 
¡Ah! ¿Usted también tiene a su cargo?... 
A mi cargo, desgraciadamente, no. Soy casado, 
con una niña de tres años. 
No sabía... 



29 - 



D.* Rosa. 



Pepe. 
D.* Rosa. 
Pepe. 



Cipriano. 



D. Paco. 
Pepe. 



Adolfo. 

Pepe. 

Adolfo. 

FÉLIX. 



D. Paco. 
D.^ Rosa. 
D. Paco. 
D.* Rosa. 

D. Paco. 

ROSINA. 

Leonor. 

D. Paco. 
Leonor. 
D. Paco. 
Estela. 

D. Paco. . 
Estela. 



Es una historia. Se casó muy enamorado, sin pen- 
sar en nada; los padres de la muchacha tuvieron 
que hacerse cargo de ellos. La familia, lo que su- 
cede, se lo echaba en cara o cada momento; en- 
tonces él dejó a la muchacha con sus padres, y el 
matrimonio se ve por ahí como dos novios, por- 
que quererse se quieren mucho. 
Eso sí. ' 

Y ya ve usted, con una hija. 

A la que mis queridos suegros han enseñado a 
mirarme como a un criminal... En fin no quiero 
hablar de esto. Mi sueño, todo mi sueño sería 
encontrar algo donde ganar lo preciso para sos- 
tener una pobre casa; pero ni eso, ni eso. Y mis 
suegros tienen razón; fui un criminal cuando me 
enamoró de su hija. 

Por eso yo no me he atrevido en mi vida a que- 
rer a ninguna mujer; cuando alguna me gusta 
procuro no mirarla siquiera. ¿Para qué? 
¿Y usted, Adolfo, que está tan callado? 
¡Oh! Adolfo es el hombre feliz con camisa plan- 
chada, cuando dicen que el hombre feliz no tenía 
camisa. 
¿Feliz yo? 

Sólo sueña con ser literato. 
Eso sí, ¡literato! 

Y como no le falta para vivir, y será rico el día 
de mañana, también será literato; con dinero se 
es todo lo que se. quiere. 

¡Qué juventud tan desengañada! 
¿Qué le decía yo a usted don Paco? 

Y usted, Rosa, ¿qué sueños son los suyos? 

¡Ay! ¿Yo? Para mí; nada sueño ni deseo. Mis hijas 
es lo único que me preocupa en este mundo. 
Es natural. Y las nenas, ¿qué dicen cuando jue- 
gan ustedes a los sueños? ¿Qué dice Resina? 
Yo, nada. ¡Sea lo que Dios quiera! 
¿Yo? Ya lo saben todos. Mi sueño sería viajar, 
viajar mucho. 

¿Sola? . • 

En eso no he pensado. 
¿Y tú, Estela? 

Yo, todo lo contrario: tener una casita, una casi- 
ta mía, eso sí, con jardín... 
¿Aunque fuera en un pueblecito? 
¡Ay, mire usted, eso no! En Madrid, siempre. 



3j - 



Enriqus. 



Adolfo. 

FÉLIX. 

D/' Rosa. 
D. Paco. 

D:-' Rosa. 
Cipriano. 

ROSINA. 

Leonor. 
Estela. 

ROSINA. 

Cipriano. 
D.-'^ Rosa. 
D.Paco. 
Leonor. 

FÉLIX. 

Adolfo. 
Cipriano. 
D."^ Rosa. 
D. Paco. 
D.'' Rosa. 
D. Paco. 
D.'' Rosa. 



Cipriano. 
RosiNA. 
Cipriano. 
Pepe. 
D.*" Rosa. 
D. Paco. 
D.'' Rosa. 

ROSINA. 

D.^ Rosa. 

.FÉLIX. 

Pepe. 
D.-' Rosa. 



a lii reunión algunas 



(Entran Enrique con Amelia y Matilde por la 
derecha.) 

(Saludando a/ ^xísar.j Buenas noches, adiós. f^SaZew^ 
Enrique, Amelia y Matilde, suponiéndose cine van 
a sentarse a una mesa, fuera de la vista del espec- 
tador.) 

¿Es Enrique? 
Sí. 

¿Han visto ustedes? 
Ese joven también venía 
veces. 
Sí. 

¡Rosiná! ¿Qué tiene usted? 
Nada. ¿Ve usted como es un infame? 
Rosina ya está haciendo el paso. 
Ya, ya. Nos pondrá en ridículo, como siempre. 
No, no diga usted nada. 
Sí, sí... Rosina se ha puesto mala. 
¡Hija! ¿Qué tienes? 
¡Rosina! ¿Qué ha sido eso? ^ 

¿No lo dije? ¡La pegaría! 
El calor del Teatro. 

Que traigan tila, azahar... (Rosina rompe a llorar.) 
¡Rosina!* 

¡Ay hija! ¡Eres tan tonta! 
Déjela usted que llore; no será nada. 
¡Qué nervios! ¡Me tienes más harta!... 
No la riña usted. Que tome algo... 
No, no; nos vamos ahora mismo... Contigo no se 
puede ir a ninguna parte. Ustedes perdonen. 
Vamos hijas... Yo te diré en casa... 
¿Se sienttí usted mejor? 
Sí, ya se pasa. 
Está usted muy pálida. 
Abrigúese usted. 
Va bien abrigada. 
Que avisen un coche. 

¿Para qué? Si estamos a un paso. ¿Cómo te en- 
cuentras? 

Mejor, bien... no ha sido nada... 
Bueno, vamos. Muy buenas noches a todos, y per- 
donen ustedes el mal rato. 
¡Por Dios! 

¿Quieren ustedes que las acompañemos? 
No, muchísimas gracias... Viene don Paco; sería 
llamar la atención. 



— 31 — 



D. Paco. 

FÉLIX. 

Joaquín. 

Germán. 

Cipriano. 

Todos. 

Camarero. 

D.^ Rosa. 

Camarero. 

FÉLIX. 

Cipriano. 

Pepe. 
Cipriano. 
Pepe. 
Enrique. 

FÉLIX. 

Germán. 
Enrique. 



FÉLIX. 

Enrique. 

Pepe. 
Enrique. 



Cipriano. 

Enrique. 
Cipriano. 

Adolfo. 

Cipriano. 

Enrique. 

Cipriano. 

Enrique. 



Señores... 
Que no sea nada. 
Que usted se alivie, Rosina. 
Cuídese usted, Rosina. 
Hasta mañana, Rosina. 
Buenas noches, buenas noches. 
^Se puso mala la señoritaV 
No ha sido nada, un mareíUo. 
Más vale así. Muy bu'enas noches. (Salen D.'^ Rosa, 
Rosina, Leonor, Estela y D. Paco.) 
¡Gran escenn! Y decías-que era ella la que había 
dejado a Enrique. 

Ha sido elitJ, sí... Y lo que ha hecho Enrique es 
una canallada. 

Calla, que viene a saludarnos. 
No me importa. Se lo diré en su cara. 
¡Cállate! 
Hola, chicos! 
Adiós, Enrique! 
Hola! 

Antes, no me acerqué a saludaros por... Ya podéis 
figuraros. He venido con esas; Amelia se empeñó 
en que entrásemos aquí; ya sabéis lo que son las 
mujeres. Le bastaba saber que venían aquí las 
otras... ¿Cómo se han ido hoy tan temprano? 
No es tan temprano. 

Voy a llamar a esas. Nos sentaremos aquí, ya que 
estamos solos. 

No, deja, no...; hoy no estamos de humor. 
¿Qué os pasa? Estáis así... ¡Qué se yo! ¿Han dicho 
algo? ¿Han creído que he venido aquí a propósi- 
to, a darle achares? 

Lo hemos creído todos; mucho más, conocién- 
dote a ti. 
¡Oye, oye! 

Y que hiciera esas cosas un señorito de pueblo; 
que las hiciera éste... 
Oye, que no me meto contigo. 
¿Ño tenías otro sitio donde lucir tus conquistas? 
Mira, mira, si lo tomas así... Yo vengo de donde 
me parece; no tengo que dar cuentas a nadie. 
Pues yo te digo que eso no se hace cuando se 
tiene... 

Cuando se tiene, ¿qué? Vamos que estoy viendo 
lo que andas buscando, y no sé por qué. Ya tie- 
nes el campo libre. ¿No querías eso? 



— 32 - 

Cipriano. Lo que quiero es que no vuelvas a saludarme en> 
tu vida. 

Enrique. Me alegro tanto. Así, no tendré el sentimiento de- 
no poder decirte algo que te convendría saber. 

Cipriano. Lo que vas diciendo a todo el mundo, ¿verdad? 
Porque eres un canalla. 

Enrique. (Abalanzándose sobre Cipriano.) ¿A mí? ¡Toma! 

Cipriano. ¡Si me tocas, te mato! (Todos se apresuran a sepa- 
rarlos. Caen botellas y vasos.) 

Pepe. ¡Cipriano! 

FÉLIX. ¡Enrique! 

Joaquín. ¡Chicos! ¿Qué es eso? 

Enrique. ¡Suelta! 

Cipriano. ¡Déjame! 

Camarero. ¡Señorea! Tengan modo. ¿Qué formas son estas? 
(Amelia y Matilde aparecen muy asustadas.) 

Amelia. ¡Enrique, por Dios! 

Matilde. ¡Enrique! ¿Qué sucede? 

Enrique. Nada, nada. 

FÉLIX. Vamos, anda. 

Pepe. ¡Qué tontería; dos amigos!... 

Cipriano. Ese no es amigo de nadie. ¡Es un canalla, un ca- 
nalla! 

Pepe. Calla tú. 

Enrique. Ya sabes donde puedes buscarme. 

Cipriano. Yo te buscaré, descuida. 

Adolfo. (A Enrique.) Voy contigo. ¿Quién viene también? 
Ven tú, Joaquín. Esto no puede ser. ¡Dos amigosl 

Amelia. Pero, Enrique, ¡si yo me hubiera figurado una 
cosa así!... 

Enrique. No ha sido nada. ¿Qué se debe? 

Camarero. Va todo mojado. 

Enrique. Deje usted. 

Camarero. Son tres pesetas. (Salen Enrique con Amelia, Ma- 
tilde, Adolfo y Joaquín.) (Pausa.) 

FÉLIX. (A Cipriano.) Vamos, hombre, ¿ves lo que yo te 

decía en broma? Tú mismo no te dabas cuenta.. 

Camarero. (A Félix.) El encargado que quiere hablarles. 

FÉLIX. Vamos. 

Germán. ¿Te supones?... 

FÉLIX, Sí, que nos vayamos con la música a otra parte^ 

Era de esperar después de esto. 

Cipriano. Sentiría que por mí... 

FÉLIX. No sientas nada. Eso es lo de menos. Anda, va- 

mos a que nos den la cuenta. (Salen Félix t0 
Germán.) 



- 33 - 

Pepe. Pero, ¿es verdad? ¿Querías tú a Rosina? 

Cipriano. ¿No lo ves? ¿No lo estás viendo? ¡Con toda mi 

alma! 
Pepe. Vamos, no seas chiquillo, no llores así. ¿A ver? 

Te has hecho sangre; mira. 
Cipriano. Déjalo, ¡qué importa! 
Pepe. Te habrás herido con algún vidrio. 

Cipriano. ¡Déjalo, déjame! 
Pepe. Anda, levántate. Vamos a la calle, que te de el 

aire. 
Cipriano. No. ¡Déjame, déjame! ¡Ese canalla ha perdido a 

Rosina, por ser yo un cobarde, un cobarde!... 



TELÓN 



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ACTO SEGUNDO 



Habitación modestísima en casa de D.* Rosa. 



ESCENA I 



LEONOR y ESTELA. 



Estela. (Arreglando tin sombrero.) ¿Qué te parece? 

Leonor. No me gusta nada. 

Estela. A mí tampoco. Pero mejor que estaba... 

Leonor. No sé qué te diga. Yo le quitaría ese grupo. 

Estela. A ver. Sin el grupo no dice nada. 

Leonor. Pues déjalo. Para donde hemos de ir este in- 
vierno. 

Estela. Sí que vamos a divertirnos. ¡Qué vidita llevamos! 

Leonor. Esto es pagar justos por pecadores. Porque la 
señorita haya sido una loca... 

Estela. Oye. ¿Y hoy también ha salido? 

Leonor. Bien tempranito; por lo visto no piensa en vol- 
ver. Verás si mamá vuelve antes que ella... No, si 
la señorita se ha propuesto que tengamos una 
escena diaria. 

Estela. Bueno...; no le doy más vueltas. ¿Cómo hace 
puesto? 

Leonor. Mira, no está tan mal. A ver... Puede pasar. 

Estela. ¿Y a dónde ha ido la señorita? 

Leonor. Ya puedes figurártelo. 

Estela. ¡Ah! ¿Pero ahora va a ser todos los días? 

Leonor. Creerá que eso es quererle más. No, si por su 
gusto iría pregonándolo por esas calles... Y hoy 
también ha ido de facha, con la mantilla, para 
que toda la vecindad y cualquiera que la conozca 
y la vea por ahí se figure... 



- 35 — • 

Estela. Conque se figure la verdad, basta. 

Leonor. ¡Sí ya lo sabe todo el mundo! ¡Como que esas 

cosas pueden ocultarse! ¡Qué vergüenza! Y era 

esa la que se la daba de lista; sabía más que todas; 

todas éramos unas simples a su lado, cuando no 

éramos unas locas. 
Estela. ¡Qué estúpida! Fiarse de un hombre. 
Leonor. Y de un hombre como Enrique, tan corrido... 

(Suena el timbre.) ¿Será ellaV 
Estela. Ya es hora. 
Leonor. ¿Vas tú? 
Estela. • Yo iré... 

Leonor. Me alegraría que fuera mamá. 
Estela. Yo no, por no oír discusiones. 



ESCENA II 

Dichos y DOÑA ROSA por la derecha. 



D.^ Rosa. 
Leonor. 

D.* Rosa. 
Leonor. 



D.* Rosa. 



¿No ha venido nadie? 

Nadie... ¡Ah, sí!... Una muchacha que venía a pre- 
tender de parte del de la tienda de ultramarinos. 
¿Qué la habéis dicho? 

Que volviera, porque nosotras no podíamos de- 
cirla nada; como tú habías ido a tomar informes 
de la que vino a pretender esta mañana... De 
modo que quedó en volver anochecido. 
Me alegro; porque de esta no he podido conse- 
guir que me den informes. En una casa me salió 
una señora, que de todo tenía facha menos de 
señora, dando gritos, diciendo que de allí hacía 
dos meses que se había* ido y que ella no tenía 
para qué dar informes. En otra casa salió el se- 
ñor, y cuando empezaba a darme los informes, 
la señora, que según me dijo el señor, estaba en 
cama muy acatarrada, empezó también a dar gri- 
tos desde la alcoba: <^¿Qulé te mete a ti a dar in- 
formes? Aquí no ha estado más que ocho días y 
no sabemos nada... Eso de dar informes es muy 
delicado.» El señor, que debe ser un Juan Lanas, 
ya no se atrevió a decirme nada, me despidió 
muy fino y sólo a la puerta me dijo : «Mire usted, 
no parecía mala muchacha; ahora que mi seño- 
ra...» En esto, la señora vuelve otra vez a llnmarle 



36 — 



Leonor. 
D.* Rosa. 



Estela. 



D.* Rosa. 
Leonor. 



Estela. 
Leonor. 



D.^ Rosa. 



Leonor. 



Estela. 

D/' Rosa. 

Leonor. 
D." Rosa. 



a gritos... Debe ser de caballería la señora... Total^ 
que no me decido a tomarla. No es bastante que 
le parezca buena muchacha a un buen señor, que 
debe estar muy harto de su señora. Esta que ha. 
venido, ¿qué traza tiene? 
Muy buena traza. 

¡Qué pelea! Y como yo estoy tan mal acostum- 
brada... Habíamos tenido tanta suerte con las 
criadas... 

De eso ya podemos despedirnos. Con todas nos 
sucederá lo mismo. Como antes no tenía nin- 
guna por qué tomarse confianzas ni libertades. 
Eso es verdad. 

Pero ahora..., con traer y llevar recaditos y en- 
cargos de la señorita... Por fuerza han de ente- 
rarse de todo, por muy tontas que fueran. Lo 
que no averiguan aquí lo averiguan allí... ¡Y así 
que aquella mujer no debe ser preguntona!... Y 
ya enteradas, ¿qué autoridad tiene una para re- 
prenderlas?... Y si se las dice algo, Rosina sale 
a su favor... 

Sí que estamos bien por todos estilos. 
Aquí ya no puede vivir tranquila más que la 
única que tiene la culpa de todo. Esa, tan fres- 
ca..., con llorar y hacerse la víctima, cuando 
aquí no hay más víctimas que nosotras, porque 
ella es la única que sigue haciendo lo que le 
parece, sin importarle nada de las demás. Esta es 
la hora que no ha vuelto... Y no quieras saber 
cómo iba: con el velito, como una pordiosera. 
No quiero saber nada; me he propuesto no tener 
más disgustos. Y vosotras no le digáis nada tam- 
poco. 

¡Cualquiera le dice nada a la señorita! Todavía 
se atreve a llamarnos fieras, a decirnos que no 
tenemos corazón... Cada día está más orgullosa 
de la gracia... (Suena el timbre.) Ya esta ahí. Yé 
tú, Estela. (Vase Estela por la derecha y vuelve a 
poco.) ¿Era ella? 

Sí, se ha metido en su cuarto. Debe haber anda- 
do de compras. 

Sí, ya sé... Dejadla... ¿Para qué vamos a ator- 
mentarnos? 

No; por mí... Pues si una dijera todo !o que sabe... 
También yo lo sé. ¿Qué se propondrá esta hija 
mía? 



-r- 37 



Leonor. 
D.^ Rosa. 



Leonor. 



D.* Rosa. 
Estela. 

Leonor. 
D.^ Rosa. 



,- Leonor. 

D.* Rosa. 
Estela. 
D.* Rosa. 
Leonor. 



¡Ah! ¿Lo sabes? Ella cree que no lo sabe nadie. 
Cuando todavía pudiera arreglarse todo. La fa- 
milia de Enrique es una familia muy decente, 
la madre es una señora muy cristiana. Yo só 
que está muy apesadumbrada por la conducta 
de su hijo. Lo que dijeron de que Enrique estaba 
para* casarse con una muchacha muy rica, no 
es verdad. Tiene una novia de una familia en 
buena posición, pero nada serio... 
Es que si la oyes a ella..., jura y perjura que 
aunque viniera toda la familia a pedirla de ro- 
dillas que se casara con Enrique, no se casaría. 
¡Bah! Eso dice. 

Claro que se dice... Hasta ahí podrían llegar las 
bromas. 

Lo que hay es que no llegará ese caso. 
Sí; con el modo de ser de vuestra hermana... 
Cuando cualquier pretexto es bueno para excu- 
sarse, ella da más que pretextos, motivos. 
Figúrate si el otro no sabrá que se ve por ahí 
con Cipriano. 

Casi todos los días, ya me lo han dicho. 
Es su acompañante. 
No só que dirán allí. 
Allí creerán que Cipriano es el padre. 



ESCENA III 



Dichos y ROSINA, que aparece a la puerta de la derecha. 



KOSINA. 

D.* Rosa. 

Leonor. 

RosiNA. 

Leonor. 

RosiNA. 



Eso creen : es verdad. 
¡Hija! 

¿Estabas escuchando? ¡Bonita costumbre! 
No escuchaba; venía, y oí lo que hablabais. 
Pues tú dirás. 

No tengo por qué ocultarlo. Cipriano me acom- 
paña algunas veces, es verdad. A los pocos días 
de ir yo sola, me dijo un día aquella mujer: 
«También ha venido el padre... > Mucho había 
tardado, yo no podía creerlo. Tenía razón: el pa- 
dre era Cipriano. Sin decirme nada, había que- 
rido evitarme la vergüenza de que mi hijo no 
tuviera padre. Allí le encontré un día con el hijo 
mío en brazos. «Perdóneme usted que haya men- 



— 38 - 



Leonor. 

ROSIXA. 



Estela. 
Leonor. 

ROSINA. 



D." Rosa. 



RosiNA. 
Leonor. . 
D.'*^ Rosa. 
Leonor. 

Estela. 
Rosina. 



Leonor. 



D.^ Rosa. 
Leonor. 



Rosina. 



tido», me dijo. ¡El me decía a mí que perdonara!' 
Ahora voy allí todos los días, iría a todas horas, 
estaría allí siempre, porque mi hijo ha estado 
muy malo. Ya lo sabéis todo. 
No se morirá; descuida. 

A vosotras no os importaría, ¿verdad? Decidlo... 
No lo digáis, porque es lo único que no os con- 
siento. 
Ya saltó. 

¡Sí; aquí la única santa, la única buena, eres tul 
Ya lo sabemos. 

Yo seré todo lo que se quiera, todo lo que que- 
ráis decirme. Pero mi hijo es, para mí, antes que 
todo; ya lo sabéis: antes que todo. He consenti- 
do, por vosotras, en separarle de mi lado. ¿Qué 
más queréis? ¿Porqué no me dejasteis marchar- 
me sola con él, como yo quería? 
¡No digas disparates! ¿Cómo iba yo a consentir- 
lo? Ya sabes lo que significa un hijo, para com- 
prenderlo. Pero no eras tú sola; yo no podía per- 
judicar a tus hermanas. He procurado, en lo po- 
sible, y bien aconsejada, guardar las aparincias. 
No creo que tengas queja de tu madre. 
¡No, mamá, no; perdóname! 
¡Vaya! 

¿Quieres callarte? 

Si parece que ya no tienes más hija que ella; ella 
es la única que tiene razón siempre. 
La virtud, recompensada. 

¡Dios guarde esa virtud vuestra de que estáis or- 
guUosas! Yo no sabía cómo puede quererse con 
toda el alma, sin creer con toda el alma, también,, 
en quien se quiere. Yo no he sabido querer y 
desconfiar al mismo tiempo. 
Sí, todo eso está muy bien; pero lo que sucede 
siempre es lo que te ha sucedido a ti y lo que le 
sucederá a toda la que sea tan tonta como tú. 
¡Hija, Leonor! 

¡Déjame, que bien se hartaba ella de llamarnos 
tontas a Ins demás, y de parecerle mal todo lo 
que hacíamos! 

Ya estoy castigada, ya lo veis; ya sois vosotras 
las que podéis decírmelo todo; ya me lo decís a 
todas horas. Sería más generoso no humillarme 
tanto; pero tenéis razón: la virtud tiene sus pri- 
vilegios. Y está bien que me acuséis vosotras^ 



- 39 - 



D.* Rosa. 
Leonor. 

D.^ Rosa. 
Leonor. 



ROSINA. 

Leonor. 

RosiNA. 

Estela. 

ROSINA. 



D.* Rosa. 



ROSINA. 



que me acusen todos, hasta la madre mía. Mi 
conciencia me acusa tan poco, el cariño de mi 
hijo vale para mí tanto, que si no viera cómo he 
perdido vuestro cariño, si no me pesara el daño 
que por mi culpa he podido haceros, sería más 
dichosa que nunca, y no es justo, no es justo que 
yo sea tan dichosa cuando soy tan culpable. 
No atormentéis a vuestra hermana. 
Y si quieres, seremos nosotras las que nos va- 
yamos. 
¡Leonor! 

Si la señorita no tiene bastante libertad, cuando 
por ella estamos aquí encerradas; cuando no se 
atreve una a presentarse en ninguna parte por 
no pasar la vergüenza que ella no pasa; cuando 
por ella nos juzgarán a todas lo mismo... Y pue- 
de ser, como hay hombres para todo, que ella 
sea la única que se case. 
¡Oh! 

¿Por qué nó? Con Cipriano. 
¡No aceptaría yo! 

¡Vamos! Entonces, no os casaréis, y será peor. 
No aceptaría él. Con esto os he dicho cómo le 
quiero y cómo me quiere. No me casaría nunca 
con él, porque yo no podría consentir que hubie- 
ra en el mundo un honbre infame que pudiera 
sonreír burlonamente al pensar en un hombre 
honrado. No seré nunca suya, porque él sebe que 
el error que una mujer comete en su vida la obli- 
ga mns que la virtud de antes a ser ya siempre 
virtuosa. Un error puede justificarse, por lo mis- 
mo que tal vez no se explica; otro error... los ex- 
plica todos, y ya no puede justificarse ninguno. 
Entonces, si ves tan claro en tu situación, ¿por 
qué das lugar a que tu conducta pueda servir de 
pretexto para que el único hombre que puede 
ser tu marido tenga razón para negarse a ello? 
Cuando su familia está muy bien dispuesta, 
cuando aún podemos esperar... 
¿Esperar? ¿Qué? No; todo menos eso. Ya lo he 
dicho. Ya sé que has ido tú misma a suplicar a 
otra madre, ya sé que se ha discutido y se ha 
regateado mi honra. Lo que no saben ellos es 
que por nada de este mundo, ni por mi hijo, ¡ya 
ves, ni por mi hijo, que no llevará nunca el nom- 
bre de su padre!, consentiría yo en ser la mujer 



— 40 



D.* Rosa. 

ROSINA. 



Leonor. 

Estela. 
Leonor. 



de ese hombre. No; ése sí que sería un castigo 
superior a mis fuerzas. Yo le perdonaría que 
pensara de mí lo que quisiera, que me juzgara la 
mujer más despreciable, la más indigna de llevar 
su nombre, le perdonaría... hasta que me hubiera 
separado de mi hijo, creyendo que no podía ser 
una buena madre... Le perdonaría todas las infa- 
mias y todas las crueldades para conmigo solo... 
Pero ¡el hombre que se niega a ver a su hijo, y 
no es capaz de sentir, siquiera, esa compasión 
que el más extraño siente ante una pobre cria- 
tura, tan débil, tan indefensa, que no podría vi- 
vir unas horas desamparada de compasión y de 
cariño!... ¿Qué debe pensarse de ese hombre? 
¿Qué puedo pensar yo, que con ser ese hijo la 
perdición y la vergüenza de toda mi vida, con 
haber pensado hasta en darme muerte antes de 
darle vida, sólo al verle vivir ya lo olvidaba 
todo, y ya me parecía que aquella pobre vida 
valía para mí más que todo en el mundo... Y si 
ahora vinieran a decirme: a costa de su vida, 
como si nada hubiera sido..., ¡tu honra, tu felici- 
dad, tus ilusiones!..., diría, sin dudarlo un instan- 
te, una y mil veces: ¡No, no, mi hijo! ¡El hijo de 
mi vida vale más que todo! 
De modo que si Enrique... 

He comprado muy caro el derecho a despre- 
ciarle. Para abandonar a una mujer siempre 
puede haber una razón o un pretexto... Cual- 
quiera es bueno para tranquilizar la conciencia 
de un hombre. Para abandonar a un hijo no hay 
razón nunca. Yo soy mujer, y soy débil, y estoy 
sola, y cumplo con mi deber, que es aceptar las 
consecuencias de mi falta, que son bien penosas 
y bien pudieran acobardarme, y nunca me he 
sentido más fuerte. Para él, no era el deber tan 
penoso: no era la deshonra, no era la vergüenza, 
y huye como un cobarde. ¡Cobardía de hombre! 
Cuando una mujer tiene razón para llamar co- 
barde a un hombre, le entierra para siempre en 
lo más hondo de su desprecio. 
Sí, desprecia, desprecia. Como si se tratara sólo 
de ti. 

Será Cipriano quien la aconseja de ese modo. 
Por eso ya no está acobardada; así tiene tanta 
resolución para todo. 



— 41 - 



ROSINA. 



D.* Rosa. 
Leonor. 

D.* Rosa. 

ROSINA. 

Leonor. 
Estela. 
Leonor. 
D.^ Rosa. 

ROSINA. 

D.* Rosa. 

Leonor. 

Estela. 

Leonor. 

D.^ Rosa. 

Estela. 

D.^ Rosa. 



Estela. 
Leonor. 



Estela. 

Leonor. 
Estela. 



Para todo, sí; para salir de esta casa, para irme 
yo sola a ganarme un pedazo de pan o a morir- 
me de liambre, por no soportar más vuestros in- 
sultos. 

¡Por Dios, hijas! 

Que se vaya, o nos iremos nosotras. ¡Así no se 
puede vivir! 

A mí sí que me quitáis la vida. 
Me iré, sí, me iré; pero antes habéis de oírme 
todo lo que he callado. 
¿Tú, de nosotras? 
¿Qué puedes tú decir? 
¡Es lo que nos faltaba! 
Andad allá dentro; vamos... Y tú, Rosina. 
Déjalas, déjalas. Ya me voy, ya me callo. (Vase 
por la derecha.) 

¡Ay, hijas de mi vida, hijas de mi vida! 
Ya sólo falta que nos pegue. 
Esta era la que no hablaba nunca. AHora bien 
sabe explicarse. 

Ahora que debía estar más mansita, ya lo ves, 
una fiera. 

Fiera, no, hijas mías : madre. (Se oye dentro un 
portazo.) 

¿Habéis oído? Ha sonado la puerta. Es que se 
marcha. 

¡Eso no! ¡Hija de mi alma! ¡Rosina! ¿Veis a lo 
que habéis dado lugar? (Vase corriendo por la 
primera derecha.) 
¡Ay, Leonor! ¡Que no se vaya. 
No se irá, descuida. Lo que ella quiere es que 
nadie la diga nada, que todos seamos aquí a con- 
templarla. 

Escucha. Es don Paco... Oigo su voz. (Se oye 
dentro la vos de D. Paco.) 
Y ella también. 
¡Calla! Vienen. 



ESCENA IV 

Dichos, DOÑA ROSA, DON PACO y ROSINA, que vuelve llorando. 

Todos salen por la derecha. 



D. Paco. 
D.* Rosa. 



¡Vamos! ¿Qué sucede? ¿Adonde iba Rosina? 
¡Calle usted, calle usted! ¡Estas hijas! Me alegro 
que haya usted venido. Es preciso que las riña 



— 42 



D. Paco. 



D.* Rosa. 



ROSINA. 

D. Paco. 



D.* Rosa. 



usted a todas. Entre todas me van a quitar la 
vida. 

¡Vaya, si no tenemos juicio! ¿Para qué atormen- 
tarse por lo que ya no tiene remedio? Antes, 
antes es cuando hubieran estado en su lugar las 
reflexiones. 

No lo dirá ust^d por mí, que bastante las he 
predicado... Y vea usted. La que yo creía más 
juiciosa, la que nunca pensé que pudiera darme 
un disgusto... 

¡No puedo más, no puedo más! 
¡Vamos, Rosina! Anda allá dentro; tranquilízate. 
Y vosotras, andad también. Tengo que hablar 
con vuestra madre. (Vase Rosina por la derecha.) 
Id arreglándoos. Tenemos que salir a unas com- 
pras; los encargos de don Paco, que dirá que 
nunca nos acordamos, y ya no estará en Madrid 
muchos días. (Vanse Leonor y Estela por la iz- 
quierda.) 



ESCENA V 

doña rosa y DON PACO 



D. Paco. 
D.* Rosa. 
D. Paco. 



D.* Rosa. 



D. Paco. 



D.* Rosa. 
D. Paco. 



Mañana quisiera marcharme. 
¿Tan pronto? 

Estamos a primeros de mes, y yo estoy hacien- 
do allí falta. En resumidas cuentas: ¿por qué ha 
sido hoy el disgusto? ¿Por qué salía Rosina de 
ese modo? 

Lo de siempre. Que empiezan a discutir las her- 
manas... Yo lo comprendo: estas pobres han ve- 
nido a pagar de rechazo... Leonorcita, que se hu- 
biera casado con Adolfo; llevaban relaciones 
muy formales... Pero en cuanto el muchacho se 
enteró, fué retrayéndose... 

No se ha perdido nada. Las relaciones serían tan 
formales como las otras; no me fió ya de esas 
formalidades. De esas tertulias de café, de esas 
reuniones y bailoteos de vecindad, entre gente 
que se ha conocido la víspera, no puede resultar 
nada bueno. 

No diga usted, porque usted era el primero a 
quien no le parecía mal nada de eso. 
Porque usted me aseguraba que todo el mundo 



43 



D.*" Rosa. 

D. Paco. 

D.* Rosa. 

D. Paco. 
D.^ Rosa. 



D. Paco. 
D.'' Rosa. 



D. Paco. 
D.^ Rosa. 
D. Paco. 
D.^ Rosa. 
D. Paco. 
D.'^ Rosa. 

D. Paco. 



D.'^ Rosa. 



D. Paco. 



D.^ Rosa. 
D. Paco. 
D.*^ Rosa. 



D. Paco. 
D."" Rosa. 



era gente muy seria; que usted sabía bien con 
quien trataba y adonde llevaba usted a sus Jiijas, 
y ya ha visto usted..., ya ha visto usted. 
Sí; ya veo que acabará usted por decirme que 
yo he tenido la culpa de todo. ¿No es eso? 
¡La habré tenido yoi ¿Qué podía yo saber de la 
vida que llevaban ustedes? 

¿Qué vida llevábamos? ¿Qué quiere usted decir 
con eso? 
¡Mira, Rosa! 

Tú eres el que ha de mirar, Paco... Y no alces la 
voz, que se oye todo. ¿Qué vida he llevado yo 
con mis hijas? La vida que podía llevar..., ate- 
nida a mi pensión... 
¿A la pensión nada más? 

A muy poco más. Al que no sabe lo que cuesta 
la vida en Madrid, le parece que son esplendide- 
ces lo que aquí son tacañerías. 
¿Qué quieres decir con eso de tacañerías? 
Tacañerías, ya lo he dicho; tacañerías. 
En primer lugar, yo no soy rico. 
Nunca me he cuidado de averiguarlo. 
Ni yo dispongo de nada. 

¡Pobrecito! ¿Me harás creer que tu pobre mujer 
te tiene en un puño? 

No es eso. Pero yo soy lo bastante delicado para 
dar cuentas de todo, por lo mismo que nadie me 
las pide. Eso que tú llamas tacañerías me ha cos- 
tado muchos sacrificios. 

Los demás no hemos sacrificado nada, ¿verdad? 
La reputación de una mujer no significa nada. 
Yo hubiera podido casarme muy bien, a poco de 
quedarme viuda, usted lo sabe; pero entonces 
bien suplicaba usted. 

No lo niego; yo esperaba, tenía la seguridad de 
que, si las circunstancias de la vida nos habían se- 
parado tantas veces, algún día podrían reunimos 
para siempre. Esta casa era mi ilusión, mi sueño 
de toda la vida. 
¿Y ya no lo es? 
Ya no es lo que yo soñaba. 

Es verdad; porque como usted dice, hemos vivi- 
do de mala manera. ¿No es eso? ¡Habré yo sida 
una mala madre!. 
Yo no he dicho... 
Como no quisiera usted que hubiera tenido en- 



44 — 



D. Paco. 
D.* Rosa. 



D. Paco. 



cerradas a mis hijas bajo siete llaves... Crea usted 
que la mayor desgracia para una mujer es ser 
pobre. Que mis hijas hubieran sido ricas y que 
en vez de ir a un cafó de tertulia y a reuniones 
cursis, hubieran lucido en los palcos de los me- 
jores teatros y en bailes de gran tono y entre 
gente distinguida, ya nadie hubiera tenido que 
decir nada, y aunque hubieran hecho cosas peo- 
res, se hubieran casado cuando hubieran querido 
y con quien les hubiera parecido mejor. ^.Cree 
usted que por mi gusto no las liubiera puesto a 
trabajar, a ganarse la vida en un taller o en un 
comercio? Yo no soy vanidosa ni tonta. Pero 
como mis hijas, por suerte o por desgracia... 
Ahora ya veo que por desgracia, no son ningún 
coco que asuste, usted me dirá si no hubieran 
corrido mayor^es peligros de ese modo. Eso de 
la independencia y el trabajo de la mujer es muy 
bueno para las feas; la mujer que vale como 
mujer, donde quiera que vaya estará siempre 
expuesta. Una mujer guapa, una mujer, créa- 
lo usted, no se salva más que teniendo mucho 
dinero, porque se casará siempre que le dé la 
gana, o con nfiucho aplomo o mucho cálculo, 
para atrapar a un marido que la convenga. Y 
éstas, que son las que pasan por formales, crea 
usted que serán las formales, pero no son las 
mejores precisamente. Se trata de mis hijas, ha 
sucedido lo que ha sucedido y... ya ve usted, con 
la mano puesta en el corazón, no diría yo nunca 
que mi pobre Rosina sea la peor de las tres, por- 
que haya sido la más desgraciada. 
Pienso lo mismo. 

Entonces, no diga usted que nadie ha tenido la 
culpa. No consiste en vivir de esta o de la otra 
manera; es cuestión de dinero. Lo que le ha su- 
cedido a usted hoy es de lo que no hemos habla- 
do todavía, aunque era lo que más importaba; es 
que ha hablado usted con esos señores y le han 
convencido a usted, en vez de convencerlos us- 
ted a ellos. Los hombres siempre acaban por po- 
nerse de acuerdo cuando se trata de juzgara las 
mujeres. ¿Ha visto usted, por fin, al padre de 
Enrique? 

La entrevista ha sido tan poco satisfactoria, que 
no hubiera querido hablar de ella. 



— 45 — 



D.* Rosa. 
D. Paco. 



D.^ Rosa. 
D. Paco. 



D.* Rosa. 
D. Paco. 
D.^ Rosa. 
D. Paco. 

D.^ Rosa. 

D. Paco. 



D.*' Rosa, 



D. Paco. 



D.*" Rosa 



?a resumía yo que mi intervención y mi yisi a 
lerian contraproducentes. Pero, tú no lo quisiste 
entender así, y por no contrariarte, porque no 
creyeras que yo también me desentendía... ^ 
¡Smos tan solas! Yo creí que la intervención 

Wo'es^u'^** título tan vago.. Y este Madrid, 
donde parece que nadie le conoce a uno, no es 
más que un pueblo grande. Ese señor muy 
Sento^, sin decirme nada que pudiera ofenderme 
me ha dado a entender que yo era, acaso, el que 
menos podía extrañarme de n^da. 
iSí tú has dejado que se me ofenda! 
Alií no se ha dicho nada que fuera ofensivo. 
Tú dirás si esas suposiciones no son una otensa.. 
Pero, ¿vamos a engañarnos nosotros, cuando no 
encañamos a los demás? 

.Qué quiere.? Hay cosas que sien do verdad, cuando 
'uno las piensa, le parece mentira cuando las oye^ 
Por eso conviene oírlas de vez en cuando para 
acostumbarse: porque no dándonos cuenta ae 
nuestrrsttuación en la vida, estamos siempre 
expuestos a equivocarnos. ^ A^r^^^hn » 

Eso es decir que yo no tengo "^"^^^^^^^^^^f ^.^^ 
que mis hijas sean respetadas. Ya ves, ya ves 
?ú, que hablabas de sacrificios, quien ha sacrifi- 

S^ túTtus hijas, por no sacrificarlas. Si no hubie- 
ran tenido aspiraciones impropias de su posición. 
No las habrán faltado proporciones modestas. 
Sí, tan modestas. Ya ves, Cipriano, que ni siquie- 
ra se atrevió nunca a declararse porque el mismo 
comprendía que era una locura. Proporciones 
para morirse de hambre; bodas como la de Pepe, 
nara tener que irse cada uno por su lado a los 
Ts me^es d'l'matrimonio... iAy de las señoritas 
pobres! que son demasiado para casarse con otro 
üobre, y muy poco para casarse con un rico, l si 
CaJa atención del señorito de buena familia 
es sólo para burlarse de ellas . Y si resisten.. »lo 
que saben!; pero saben más ellos. Y si ceden ^que 
locas o qué infelices! Y siempre ellos los listos 
En fin, que mi pobre hija no debe esperar nada. 
¿No es eso? Ni tampoco esa criatura inocente que 
será mi pesadilla toda la vida. 



__ 46 - 

D. Paco. La familia cree tener razones... No obstante, ellos 
no se niegan a ofrecer alguna compensación 
material... Yo, naturalmente, no podía insistir so- 
bre este punto tan delicado. El buen señor no 
puntualizaba tampoco. Sólo me dio a entender 
que esto sería a petición de la misma Rosina, a 
nombre de su hijo, que ella misma indicara... 

D.* Rosa. Ya, una capitulación. 

D. Paco. Yo nada puedo aconsejar... Sobre esto, sólo ella, 
vosotras sois las que podéis resolver. 

D.^ Rosa. A Rosina es inútil decirle nada; sé lo que había 
de contestar. Yo por mi parte, tampoco quisiera 
verme precisada... Tú eres el que debes aconse- 
jarme. Yo no quisiera decirte nada nunca, pero 
nuestra situación... 

D. Paco! Ya, ya me hago cargo. 

D.* Rosa. Lo supongo. 

D. Paco. Yo creo que después de todo, aunque Rosina... 
no se trata de ella; se trata del porvenir de esa 
criatura... Yo creo que no hay humillación para 
una madre... 

D.^ Rosa. No, no hay humillación para una madre; lo sé 
por experiencia. Pero Rosina no conoce aún la 
vida lo bastante; aún se rebela contra su triste 
destino de mujer. No la digamos nada. Ella le 
estima a usted mucho. 

D. Paco. Tú crees que si yo la dijera... 

D.^ Rosa. Ya te he dicho que mi hija aún no sabe bastante 
de la vida. Sabe ya del egoísmo de los hombres; 
pero no es tan malo ese egoísmo de juventud que 
no se disfraza, como ese otro egoísmo reposado 
que se disfraza de cariño para no perder el dere- 
cho a exigirlo de. los demás. 

D. Paco. ¡Si crees que no entiendo tus reticencias! ¿Qué te 
propones? ¿Que tengamos un disgusto? 

D.^ Rosa. No, no. Yo conozco demasiado la vida; por eso, 
aunque conozco a la gente, sé hacer como si no 
la conociera. ¡Estela! ¡Leonor! ¿Estáis ya? Vamos. 

D. Paco. Yo siento... 

D.^ Rosa. No se hable más. 

D. Paco. Si te has disgustado... No tienes razón... Yo haré 
un nuevo «sacriñcio. 

D.* Rosa. Y yo te lo agradeceré mucho. También me ha 
enseñado la vida a no ser rencorosa. (Salen por 
la izquierda Leonor y Estela.) Usted siempre tan 
bueno, don Paco. ¿Nos acompaña usted? 



— 47 — 



D. Paco. 
D.^ Rosa. 

D. Paco. 
D.* Rosa. 



ROSINA. 

D.* Rosa. 

Rosina: 
D.^ Rosa. 



D. Paco. 
Rosina. 



Un poco. A las siete he de verme con unos 

amigos. , . - t:>i 

Si aqui llevo la lista de todos los encargos. El 
abrigo de su señora, ¿ha de ser negro, precisa- 
mente? 
O de cualquier otro color, siempre que sea en 

obscuro. A guato de ustedes. 

lAh! ¡Rosina! ¡Rosina! No la hemos dicho que 

nos vamos, y si vuelve la muchacha de antes... 

(Sale Rosina por la derecha.) 

sMe llamabas? xt ^ j ' 

Sí; que nos vamos. Te quedas sola. ¿No tendrás 

miedo? 

No. . j ^ 

Vamos a hacer esas compras antes de que ano- 
chezca. Si viene una muchacha que quedo en 
volver, que diga dónde hay que tomar los intor- 
mes y qué salario quiere ganar y lo que sabe 
hacer. Hasta luego. Mira qué ojos te has puesto. 
Adiós, hija mía. 
Adiós, Rosina. 

Hasta la noche, don Paco. (Vanse todos por la 
derecha, Rosina se queda sola, mira por las vidrie- 
ras un momento, después vase por la derecha y 
vuelve a poco con un envoltorio, el cuál deja encima 
del costurero, y en este momento se oye el timbre y 
vase ella a abrir, saliendo a poco con Cipriano por 
la derecha.) 



ESCENA VI 

rosina y CIPRIANO. 



Rosina. Pase usted, Cipriano, pase usted. 

Cipriano. Usted me perdonara que venga cuando esta ustea 

Rosina Siempre me está usted diciendo que perdone. 
Pero, ¿qué tengo yo que perdonarle a usted nun- 
ca, Cipriano? , ,^ ^^„u„ 

Cipriano. Yo creí que aún no había? usted vuelto; esperaba 
verla a usted pasar. Estaba sentado a una venta- 
na, en el cafó de enfrente, un cafó como el nues- 
tro, tan alegre, ¡tan triste como aquel! Vi salir a 
su mamá con Leonor y Estela, y pense que usted 



48 



ROSINA. 

Cipriano. 



RosiNA. 
Cipriano. 



ROSINA. 



Cipriano. 



ROSINA. 



Cipriano. 
RosiNA. 



Cipriano, 
RosiNA. 



debía estar ya en casa. Salí del café, pasé por 
delante de los balcones, la vi a usted asomada a 
la vidriera y me he atrevido a subir, porque su- 
ponía que estaba usted impaciente por saber... 
Sí, sí; ha hecho usted bien. Antes debió usted 
subir. 

No creí que estuviera usted, ya digo. Además, voy 
a serle a usted franco; he notado que su mamá y^ 
sus hermanas me ponen mala cara. Estuve ayer, 
no quiero menudear las visitas. No volverán muy 
pronto, ¿verdad? 

No, seguramente. Dígame usted : ¿llevó usted a 
su amigo? ¿Ha visto a mi hijo? 
Sí, acababa usted de salir, según nos dijo la mu- 
jer. Mi amigo vio al niño; le encontró perfecta- 
mente, algo debilitado, pero no hay que temer 
nada. Mi amigo es un muchacho muy inteligente. 
Yo tengo mucha confianza en él... El otro médi- 
co, la verdad, no me inspiraba ninguna. 
Ya ve usted, yo, ¡pobre de mí! Me asusté tanto 
en los primeros momentos, tanto cuando me avi- 
saron; el que me dijo aquella gente, el primero 
que se encontró. Pero, ¿dice usted que su amigo? 
Sí, sí. Que no hay cuidado; el niño está perfecta- 
mente. Y si viera usted como se reía con nos- 
otros... 

¡Hijo de mi vida! ¡Estaba tan tristecito estos 
días!... ¡Qué días he pasado!... Digo días y digo que 
he pasado, y es siempre, y será así toda la vida. 
No, Rosina. ¿Por que? 

Sí, Cipriano, sí. Usted sólo me ve allí, cuando 
todo lo olvido, cuando todo se borra para mí, 
cuando tengo a mi hijo en los brazos, y me miro 
en sus ojos, los únicos ojos que puedo ya mirar, 
sin ver en ellos crueldad o tristeza... Cuando se 
ríe así, así como usted dice que se reía hoy... esas 
miradas y esas risas de niño que saben más del 
cielo que de la tierra... 

A mí, ya me conoce. Digo, yo me figuro que me 
conoce. 

No sé, Cipriano; pero esté usted seguro de que 
algún día le conocerá para bendecirle, y que si 
no le llama a usted padre será... porque usted 
tendrá unos hijos de una mujer que le querrá a 
usted mucho, que será muy dichosa y acaso pu- 
diera ofenderse de que mi hijo, el hijo de esta 



— 49 — 



Cipriano. 



ROSINA. 

Cipriano. 

ROSINA. 

Cipriano. 



RosiNA. 

Cipriano. 



ROSINA. 



Cipriano. 

ROSINA. 



desgraciada mujer, le llamara a usted padre como 
los suyos. 

Rosina, bien sabe usted que yo le hubiera dado 
mi nombre, mi pobre nombre, y ojalá fuera tan 
glorioso como yo le he soñado... Pero no tene- 
mos derecho a interponer nada irreparable entre 
el pasado y el porvenir. ¡Quién sabe lo que pue- 
de ser de la vida de todos! Enrique es joven : 
acaso algún día... 
No hable usted de él. 

¿No le ha dicho a usted hoy nada don Paco, 
Rosina? 

¿Era hoy la entrevista? Esa entrevista que yo no 
he podido evitar. 

Creo que era hoy, sí... Ya sabe usted que Adolfo 
me tiene al corriente de todo. Y quería decirle a 
usted algo, Rosina. ¿Me perdonará usted? 
¿Otra vez, Cipriano? 

Sí, sí; aunque a usted la ofenda. Tiene usted mu- 
cho que perdonarme: he sido muy egoísta; me 
he dejado llevar del cariño, del interés que us- 
ted me inspiraba, y creyendo hacer bien, he 
hecho mal. 

Sí, sé lo que va usted a decirme : que la familia 
de Enrique, el padre muy respetable, la madre 
muy cristiana, han tomado minuciosos informes 
de mi vida. Todo hace falta cuando se quiere 
tranquilizar la conciencia. Es difícil poder con- 
ciliar un sueñe tranquilo hasta no estar seguros 
de que el dinero que se ha robado era de un la- 
drón, y la honra de quien ya estaba deshonrado. 
Sé todo lo que dicen : deben agradecerme que 
yo haya facilitado sus mejores disculpas. Dicen 
que usted y yo estábamos en relaciones; saben 
que usted me acompaña; sabrán que está usted 
aquí ahora, los dos solos... Deben agradecerlo. 
Esta noche, cuando la familia se siente a la 
mesa, podrán mirarse unos a otros a la cara, 
sonrientes y satisfechos, todos con la conciencia 
tranquila... Y usted, Cipriano, usted en tanto, no 
está usted seguro de haber hecho bien, y viene 
usted a decirme que yo le perdone. 
¿Qué quiere usted? Yo me hubiera alegrado si 
Enrique... 

No mienta usted^ No va usted a parecerme me- 
jor por querer parecerme menos egoísta... Yo lo 



50 - 



Cipriano. 

ROSINA. 

Cipriano. 

ROSINA. 



Cipriano. 



ROSINA. 

Cipriano. 



ROSINA. 

Cipriano. 



he olvidado todo, lo he perdonado todo, por mi 
hijo y por usted. 

¡Por mí!... Adiós, Rosina. Hasta mañana. 
Espere usted. Tengo que decirle algo... Estoy re- 
suelta a marcharme de esta casa. 
¡No! ¿Por qué? 

Sí, sí. No puedo más, no es posible. Mis herma- 
nas, mi madre...: es una lucha continua, superior 
a mis fuerzas. Aquí soy un estorbo; mis herma- 
nas me lo dicen. Mi madre no lo dice, pero llora 
por mí y por ellas... Por mí, ya no es posible que 
haj^a alegría ni tranquilidad ^n esta casa, he 
comprometido híista su bienestar; sí, lo sé, ^su 
bienestar..., las esperanzas de todos... ¿Cómo no 
han de dejarme sentir que todo es por mi cul- 
pa?... Mis hermanas, con sus palabras; mi madre, 
con sus lágrimas; otras personas que antes me 
estimaban, con su acritud o su desvío... ¡Ay, Ci- 
priano! Creemos contar con afectos seguros, que 
nunca han de faltarnos, y cuando más necesita- 
mos de ellos, los vemos alejarse y perderse. 
Es verdad. Nos creemos rodeados de afectos, nos 
parece que ellos son nuestro sostén en la vida, 
y es porque sólo nos hemos apoyado en ellos con 
blandura, en los días apacibles de nuestra vida; 
pero si en días de borrasca, como náufragos des- 
esperados, necesitamos asirnos de, ellos fuerte- 
mente para salvarnos, los vemos hundirse con 
nosotros... ¿Y qué piensa usted hacer, Rosina? 
¿Qué voy a pensar? Ganar mi vida, sea como sea. 
Nada me asusta. 

No, Rosina. No salga usted de esta casa; crea 
usted en mí, Rosina... Con todas las amarguras, 
és donde menos ha de sentir usted la crueldad 
de la vida. 

¿Y es usted quien lo dice? 

Sí. ¡Yo, que la quiero con toda mi alma; yo, que 
he pensado por usted en todo; yo, que sería ca- 
paz de todo por verla a usted dichosa! ¡Usted 
no sabe! Por usted han vuelto a despertar mis 
ambiciones literarias. En mi corazón rebosaba 
el sentimiento; creí que en mi inteligencia re- 
bosaban las ideas. Ahora sí, ahora será la obra 
soñada, me decía...; ¡soñada!, que al ir a escribir- 
la, mi emoción era sólo una lágrima que caía so- 
bre el papel. Pero una lágrima sobre el papel no 



— sí- 
es una bella frase literaria que pueda conmover a 
nadie. Me revolvía contra mí mismo, contra las 
injusticias de la vida; mis manos golpeaban con 
rabia, pero un golpe sobre el papel no es un 
brillante apostrofe de indignación que pueda 
conmover a las muchedumbres. ¡Ya es tarde, ya 
es tarde! La vida ha dejado caer toda su pesa- 
dumbre sobre mí. Con todo mi cariño, ¿qué puedo 
yo ofrecerla a usted? Mi cariño, mi nombre, mi 
casa..., con mi madre, con mis hermanas, que 
necesitan de mí, a quienes yo no puedo abando- 
^nar nunca. Compartir con nosotros la miseria, 
la miseria triste, la única tristeza que no dis- 
minuye al compartirse, porque es mayor y es 
más angustiosa compartida. Mi madre, mis her- 
manas, son muy buenas, la acogerían a usted 
con cariño, pero no pongamos a prueba su bon- 
dad. A los pocos días sería... lo mismo que aquí: 
las mismas palabras, los mismos silencios hosti- 
les. Pero allí no serían sus hermanas de usted, 
no sería su madre; para usted sería más triste, 
y para mí... ¡No quiero pensarlo! Y son muy 
buenas, muy buenas... También su madre de 
usted, también sus hermanas de usted lo son... 
No son ellas. Es la crueldad de la vida. Esta vida 
que nos separa, que debe separarnos si quere- 
mos salvar lo mejor de nuestro corazón... ¡Los 
versos del poeta moribundo! 

¡Es la vida la losa de los sueños! 

Y si es triste enterrar los sueños de nuestra in- 
teligencia, los sueños de arte, de gloria, tal vez 
inaccesibles..., ¿qué será enterrar estos sueños 
de amor y de bondad? 

RosiNA. No, Cipriano. Estos sueños de bondad y de amor 
que la vida entierra, tendrán su resurrección en 
la otra vida. ¿No cree usted? Yo no puedo du- 
darlo. Cuando la vida era más triste, cuando po- 
día dudar de todo, he visto asomarse para mí el 
cielo en los ojos del hijo mío y en el alma de 
usted, Cipriano. 

Cipriano. ¡Adiós, Rosina! No saldrá usted de esta casa, 
¿verdad? 

Rosina. No : sea mi losa. Aun puedo bendecir mi suerte; 
todos los días vendrá a levantar esta losa el án- 



- 52 - 

gel de mis sueños... ¡Adiós, Cipriano! (Mase Ci- 
priano por la derecha^ Ha anochecido. Rosina en- 
ciende la luz que hay encima de la máquina de 
coser, cierra las maderas del balcón, coge una 
prenda de niño del envoltorio que dejó encima del 
costurero y se pone a coser a la máquina, y en este 
momento baja el telón pausadamente.) 



FIN 



CATÁLOGO 



DE LAS 



OBRAS ESTRENADAS Y PUBLICADAS 



DE 



D. Jacinto Benavente. 



FA nido ajeno, comedia eñ tres actos. 

Gente conocida, comedia en cuatro actos. 

El marido de la Téllez, comedia en un acto. 

De alivio, monólogo. 

Don Juan, comedia en cinco actos. (Traducción ) 

La Farándula, comedia en dos actos. 

La comida de las fieras, comedia en cuatro actos 

Cuento de amor, comedia en tres actos. 

Operación quirúrgica, comedia en un acto. 

Despedida cruel, comedia en un acto. 

La Gata de Angora, comedia en cuatro actos. 

Por la herida, drama en un acto. 

Modas, sainete en un acto 

Lo cursi, comedia en tres actos. 

Sin querer, boceto en un acto. 

Sacrificios, drama en tres actos. 

La Gobernadora, comedia en tres actos. 

Amor de amar, comedia en dos actos. 

El primo Román, comedia en tres actos. 

Libertad, comedia en tres actos. (Traducción.) 

El tren de los maridos, comedia en dos actos. 

Alm^a triunfante, comedia en tres actos. 

El automóvil, comedia en dos actos. 

La noche del sábado, comedia en cinco cuadros. 

Los favoritos, comedia en un acto. 



El Hombrecito, comedia en tres actos. 

Por qué se ama, comedia en un acto. 

Al natural, comedia en dos actos. 

La casa de la dicha, comedia en un acto. 

El dragón de fuego, drama en tres actos. 

Richelieu, drama en cinco actos. (Traducción.) 

Mademoiselle de Belle-Isle, ídem id. 

La princesa Bebé, comedia en cuatro actos. 

^No fumadores», chascarrillo en un acto. 

Rosas de otoño, comedia en tres actos. 

Buena boda, comedia en tres actos. (Traducción.) 

El susto de la Condesa, diálog^o. 

Cuento inmoral, monólogo. 

Manont Lescaut, drama en seis actos. 

Los malhechores del bien, comedia en dos actos. 

Las cigarras hormigas, juguete c<)mico en tres actos. 

El encanto de una hora, diálogo. 

Más fuerte que el amor, drama en cuatro actos. 

El amor asusta, comedia en un actU. 

Los buhos, comedia en tres actos. 

La historia de Ótelo, boceto de comedia en un acto. 

Los ojos de los muertos, drama en tres actos. ' 

Abuela y nieta, diálogo. 

Los intereses creados, comedia de polichinelas en dos actos. 

Señora ama, comedia en tres actos. 

El marido de su viuda, comedia en un acto. 

La fuerza bruta, comedia en un acto y dos cuadros. 

Por las nubes, comedia en dos actos. 

La escuelo, de las pnncesas, comedia en tres actos. 

El Príncipe que todo lo aprendió en los libros, comedia en dos 

actos. 
Ganarse la mda, juguete en un acto. 
El Nietecito, entremés. 
La señonta se abunde, comedia en un acto. 
La losa de los sueños, comedia en dos actos. 
La Malquerida, drama en tres actos. 
El destino manda, drama en dos actos. 
El collar de estrellas, comedia en cuatro actos. 
La propia estimación, comedia en tres actos. 
Cam,po de armiño, comedia en tres actos. , 

La túnica amanlla, leyenda china en tres actos. (Traducción.) 
La Ciudad alegre y confiada, comedia en tres cuadros y un 

prólogo. (Segunda parte de Los intereses creados.) 



De pequeñas causas, boceto de comedia en un acto. 
El mal que nos hacen, comedia en tres actos. 
De cerca, comedia en un acto. 
Los Cachorros, comedia en tres actos. 
Mefistófela, comedia-opereta en tres actos. 
La Inmaculada de los Dolores; novela escénica en cinco cua- 
dros. 
La ley de los hijos, comedia en tres actos. 
Por ser con todos leal, ser para todos traidor) drama en tres 

actos. 
La Vestal de Occidente, drama en cuatro actos. 
La honra de los hombres, comedia en dos actos. 
El Audaz, adaptación escénica en cinco actos. 
La Cenicienta, comedia de magia en tres actos y un prólogo. 
Una señora, novela escénica en tres actos. 
Una pobre mujer, drama en tres actos. 



ZARZUELAS 

Teatro feminista, un acto, música de Barbero. 
Viaje de instrucción, un acto, música de Vives. 
La Sohr esalienta, un acto, música de Chapí. 
La copa encantada, un acto, música de Lleó. 
Todos somos unos, un acto, música de Lleó. 
La fuerza bruta, dos actos, música de Chaves. 



Precio: 2 pesetas.